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                    <text>nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

®[i]..-J

�El [usnto 5srnanal

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral

901 fV\a drI'd

Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Nuestto Concurso

.'

Suponemos enterado al público del Concurso abierto
para premiar con QUlNIENT AS PBSET AS el cue~to que,
á juicio de los señores que componen el Jurado, reuna mejores condiciones.
Componen el Jurado los Sres. D. Ramón del Valle
Inclán, D. Pío Baroja y D. Felipe Trigo. Secretario, don
Eduardo Zamacois.
Para conocer detalladamente todas las Bases de nuestro
Concurso, léase el núm. 41 de EL CUENTO SE~IANAL.

Libros y Revistas
La Invi•ible, novda político-social, .por Ernesto Bark.Biblioteca Germinal. Madrid.
Antes de volver á su patria rusa, quiere el autor resumir
su actividad de veinte años en España, publicando los doce
tomos de sus obras completas en castellano, y de las cuales
ya hemos hablado á propósito de su libro Filosofía del

ploar.

,

.

La Invisible es una novela politicofilosófica de gran mterés romántico. Da una cabal idea del inter&lt;sante movimiento internacionalista, extrañamente entretejido con el movimiento republicano en España.
.
Merecen citarse los capftulos donde el autor describe la
0
fiesta del primer _1. de l\l~yo de 18go; l_:1- r~dacción ~e Germinal con su director Dicenta; lus mh,hstas Padhevsky,
Abra~cof y la Venus rubia, Llubia y el libert,1rio español
Teobaldo Nieva.
Cuentos pasionales, por A. Hemández Catá. - M. Pért'z Villavicen, io, editor. :\1adrid.
En estas narracion"s, inspiradas por los calientes amores
de 1~ primera jnvencud, c~mpean _el verbo abundante .Y ':º·
lorista dd autor. La sobneclad vigorosa de las descripciones la agilidad del diálogo y la nov.,dad de los asuntos, hacen' de Cuentos pasionales un libro amenísimo.
El .Mundo. - El primer número del rotativo que dirige
Julio Bi,rdl, y del que es gerente Santiago Mataix, apareció
el lunes ú \timo.
El nuevo periódico está bastante bien confeccionado;
cuenta con buena información telegráfica y telefónica, y "n
él colaboun plumas pr.,sligiosas y brillantes.
Dese&gt;lmosle larga y próspera vida.

La Semana T eattal
Esta ha sido para los «señores cómicos» semana de fiebre. Las reprists se multiplican; comienzan los es1renos; los
revisteros de espectáculos no sabrn adónde acudir.
- El Espaftol inauguró anoche la temporada con la comedia en cuatro actos, de D. Benito Pérez G"ldós, tilulada
La loca d&lt;! la casa.
- La Comedia abrirá mañana sábado sus puertas, poniéndose "n escena Lo za11cadilla, entremés original de los
Sres. Alvarez Quintero, y la comedia en tres actos El matrimonio i•1terino, arreglada al castellano por Vital Aza. El primer .,,treno que se anuncia es el de otra obra de Vital Aza,
titula,l:t La i11róg1iilt1.
- En la Prioce~a trabaja con gran rxito la compañía
dramática que dirigen los exct:!entes artistas Carmen Cobeña y Francisco :\lorano.
La inau~ur ción, ~omo ya sabrán nuestros lectores por
la prensa diaria , ,e verificó con la comedia de Zorrilla La
lealtad de u11a mujer y la tra~t!&lt;lia .Sajro11ifl, dos de las obras
mejore, dd cantur de Don Juan.

AAO 1 • 25 Octubre 1907 · N.º 43

JULIO CAMBA

Precios de suscripción:
/Y\adrld

provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.
y

Número suelto:

3Ü

C é Il ti ffi OS

- En Lara fué muy aplaudido el arreglo hecho por Ricardo Blasco de Jl,forada histórica, gracioso vaud.ville de
Bisson y Turique.
- En el Gran Teatro comenzará mañana á actuar la notable compañía que dirige el simpático primer actor Manuel
Salvat.
- En la Zarzuela, los hermanos Alvarez Quintero y el
maestro Chapi han obtenido uno de los éxitos más brillantes de su larga y gloriosa carrera"con La patria chica.
- En el Cómico, Loreto Prado y Enrique Chicote preparan el estreno de la sátira ~n un acto, tit~lada Los .(a/sos
dioses, para la cual se han pintado dt:corac1ones preciosas.
- En Prlce ha triunfado el interesantísimo melodrama
Las dos golfas, estrenado con el título Gigolttte en el teatro
Ambigú, de París.
Por hoy, «no va más».

=

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•&lt;

Consultorio &amp;rafológico &amp;HR[HTNER
=

Respuestas

=

J. P. V, Madrid. - Naturaleza sensible y buena; deseo de

amparar y de hacer el bien á su alrededor; afición para los quehaceres domésticos; inteligencia muy viva; imaginación graciosa; temperamento inmaterial: carácter expansivo y since:ro; culto
del recuerdo; aficiones de coleccionista; hgera satisfacción de si
mismo.
José P. de S. - Con tan pocas lineas es casi imposible descifrar su carácter.
Naturaleza apasionada y muy celosa; temperamento l!'aterial;
salud vigorosa; orgullo desmedido; afición rMa_la buena comida;
disposiciones para el cálculu; excelente 11,emurta.
Un admirador de Larra. - lnt~ligencia viva; espiritu bastante cultivado; conciencia ancha y gen,rosa; voluntad dom,nadora· cons1ancia en amor; actividaa seguida; carácter franco y
leal· 'n. tu raleza sensible y apasionada; vivaciüad; propensión á
ten~r manias en la vejez; temperamento nervioso-sanguineo; cnriosidad para todo lo que se relaciona con las ciencias ocultas.
Un descendiente de italiano. - Inteligencia clara é imaginación muy desarrollada; buena memoria; espíritu combativo;
carácter amante de luchas y discusiones; intuición; naturaleza
puco expansiva, pero sincera; generosidact en la economla; temperamento bien equilibrado; buena salud; excelente gusto anistico; espiritu seductor; amor al confort.

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DE HIDALGO 1!. 9 CALLE DEL BARQUILLO 9

EL DESTIERRO
I
era un anarquista italiano, gordo, barbudo y jovial. Su padre tenía en 'Buenos
Aires tres grandes comercios, y el anarquismo del hijo debía parecerle un sport bastante
más caro que el automovilismo,
la bibliomanía ó el amor de los
cuadros antiguos. En cuanto á
Orsini, yo creo que un día de
aburrimiento, reflexionando sobre su porvenir, se dijo:
- La verdad es que, puesto que dispongo de un apellido
terrorífico, yo debiera hacerme
anarquista. ..
Y que se hizo anarquista de
esa manera.
Orsini frecuentaba todas las
reuniones anarquistas, donde
pronunciaba elocuentes discursos en italiano. De vez en cuan&lt;lo, su padre lo llamaba y lo ponía al frente de algún negocio;
pero Orsini era enemigo de la
propiedad y no tardaba en deshacerse de ella. Un día, el padre de Orsini estableció una
magnífica tienda de comestibles
en el sitio más céntrico de Buenos Aires, y se la regaló á su
hijo. La noticia cundió inmediatamente. Orsini estaba detrás
del mostrador y todos los días,
á medida que iban llegando los
compañeros á visitarle , él les
&lt;&gt;frecía sillas y los constituía en
club revolucionario. Durante
largas horas se hablaba allí del
comunismo, de la idea de patria,
del concepto del Estado, etc.
Por último, Orsini se levantaba,
le daba al uno un salchichón,
al otro un queso de bola, al otro
una lata de conservas y cerraba la tienda.
Otra vez ocurrió una cosa
muy graciosa. Los anarquistas más caracterizados
de Buenos Aires aparecieron de pr onto con unas
hermosas y deslumbradoras corbatas rojas, todas
iguales. Hubo policía que tomó aquello por una
contraseña, como las que usan los masones, y para
ver si un individuo tenía ó no tenía importancia
&lt;!entro del anarquismo, le miraba la corbata.
Una corbata, en efecto, puede servir para in-

O

RSINI

dicarnos las ideas de un hombre. Aparte la calidad, que es cuestión de dinero, la forma, el color
y el modo de estar colocada una corbata pueden
servir como origen para abrir una investigación
sobre las opiniones estéticas y políticas del ciudadano que la posee. Un espíritu de orden no comprará jamás una corbata muy
roja; elegirá un color discreto,
una forma de moda y cuidará
después de que el lazo no esté
ni muy á la derecha ni muy á
la izquierda, mientras que un
espíritu revolucionario hará de
modo que su corbata sea perfectamente contraria á todas las
demás.
Estas ideas sutiles las he
deducido del SartorResartus, y
las he puesto aquí para distraer
un poco la atención del lector;
pero en el caso concreto que
estoy refiriendo, las corbatas
no tienen psicología. Era que
Orsini había recibido de su padre un saldo de corbatas para
que las vendiese, y Orsini se las
fué regalando á todos los camaradas con quienes se encontró.
Cuando llegaba al café, hacía
como los prestidigitadores y comenzaba á sacar de sus bolsillos corbatas y corbatas, que
iba poniendo sobre la mesa. Un
día fué detenido misteriosamente un señor que paseaba
por la calle y fué llevado á la
Comisaría de Investigaciones,
donde lo retrataron y filiaron
como anarquista.
- ¿Yo anarquista? - decía
muy asustado-. ¡Si yo soy tenedor de libros!
- Tenedor de libros, ¿eh?
4. MÍ~A ¿Y esa corbata?
El desdichado llevaba una
corbata que era como una bomba: una corbata Orsini. Aquella
corbata constituía una profesión de fe.
Frente al teatro Politeama estaba el café Felsina que, á última hora, se poblaba de barítonos,
anarquistas, policías y ladrones. Allí solía ir Orsini
con todos sus inquilinos, porque en la última época e n que yo conocí á Orsini, Orsini era casero.
Su padre le había alquilado una hermosa casa para
que él realquilase las habitaciones y viviese con

�su producto. Ocurría que llegaba á Buenos Aires
un anarquista expulsado, ó que cualquier anarquista conocido se quedaba sin domicilio, y los compa1'íeros le decían en seguida:
- Vete á casa de Orsini.
La casa de Orsini era una verdadera madriguera de anarquistas, un foco revolucionario capaz
de estremecer al mundo. Allí vivían tipos tan curiosos como l'azzerini, un periodista italiano que
había recorrido la mitad de la tierra. Una noche
que yo me acosté en su cuarto, á medida que se
desnudaba me fué haciendo la historia de todas
sus prendas. Primero se quitó el gabán:
- Este gabán - me dijo - se lo compré á un
trapero de Londres por dos chelines. Hace ahora
unos tres años. Toda\'Ía está bien, ¿verdad?
En seguida se despojó del sombrero:
- Este son-.':&gt;rero me lo ha regalado un pintor
danés que vivía conmigo en París.
La americana:
- Esta americana se la robé á un espantapájaros en las inmediaciones de Milán.
El chaleco:
- Este chaleco me lo compré en Patterson el
-a.ño pasado...
Como buen italiano, Pazzerini era cantante, y
á las dos ó las tres de la mañana, cuando Orsini
se encaminaba á su casa rodeado de sus huéspedes, Pazzerini asustaba á los guardias cantando I
Pr,ifughi, I Laboratori y otros himnos revolucionarios.
También cantaba la Carmañola:
Dan~ons la carmaguole
Vive le son
Vive le son . . •
D:i.n~oqs la carmagnole
\ºive (,o son
De l'explosion •..
ira, c;a ira, g1. ira,
Tout,o le burgcoise
A la lanrerne ...

c\

{;\ irt, &lt;;l Íra, ~a ira,

Toute le l&gt;urgesic
A la lanternc ...

Entonces nosotros hacíamos coro:
Ton, ton
Din'\mitons, dinamitons ...
Ton, ton
Dinamitons, dinamitons ...

Yo dormí bastantes noches en casa de Orsini,
ó porque me encontraba á última hora con él en
el café Felsina, 6 porque no tenía sitio donde dormir. Había en casa de Orsini tres mujeres muy
guapas, una de ellas la del propio Orsini, y las
otras d,,s, compañeras de unos anarquistas que vivían allí.
Al evocar el cuadro de aquella casa sin casero, de aquel hoJar, mitad patriarcal, mitad falansteriano, me acuerdo especialmente de Angela y
de Arturo. Jam;\s unos ojos tan b &gt;nitos han tenido a111or para mirar {1 un hombre tan feo. La fealdad de Arturo no tenía hipérbole en ninguno de
los idillmas corrientes dentro de aquella extraña
mansión. Sh embargo, se daría una idea de esta
fealda J diciend &gt; que era tan grande como la hermosura de Angcla. Xosotro~ solíamos poner de
mal h 1rn&lt;&gt;r al libre m1trimo:1io dirigié ido 10s á
Angela, en cuyos labios el mohín de disgusto valía tanto como una sonrisa.

- Parece mentira que una mujer tan guapa
como usted quiera á un hombre tan feo como
Arturo.
Entonces Arturo, cuya fealdad no encontraba
justificación posible en ningún extremo de una
filosofía tan piadosa como la filosofía anarquista,
buscaba amparo en la filosofía popular y nos dedicaba este adagio:
- El hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso.
- Eso es- interrumpía Angela con vivacidad -: el hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso ...
- ~o lo crea usted - le decíamos á Angela-.
La filosofía de ese refrán es mucho más arbitraria
que la filosofía del Estado. Ese refrán es de origen italiano. Lo han discurrido los antecesores
de Arturo para consolarse un día que se vieron
al espejo ...
Arturo, además de ser feo, era fabricante de
tiradores de goma para matar pájaros.
- Tu oficio - le decía Pazzerini - es ridículo
y cruel. Es ridículo, porque en manos de un anarquista un tirador de goma no sirve para nada. Un
anarquista debe usar otras armas. Tú eres el armero de casa de Orsini, donde vive un grupo revolucionario que tal vez, el mejor día, tenga necesidad de echarse á la calle para subvertir el orden
social, y hasta ahora no se ha dado el caso de una
revolución hecha con tiradores de goma ... Por
lo demás, resulta cruel hacer instrumentos para
matar á los pájaros. Yo te prestaré un tratado de
Retórica para que comprendas toda la importancia lírica de los gorriones.
El bueno de Arturo oía estas graves disertaciones de Pazzerini con una profunda consternación. Arturo era feo y ridículo, pero era bueno y
valiente. En cuanto á J\ngela, como no estaba casada con él, le amaba sin obligación ninguna, lo
cual prueba que le amaba de verdad. Un día,
Blanca, Arturo, Orsini, Pazzerini, yo y otros cuantos, salíamos de un baile anarquista que se dió en
la Casa Suiza y, como ya era de día, resolvimos ir
á tomar el aire en los bosques de Palermo. Antes
de pasar adelante debo aclarar el concepto de
•baile anarquista• que acabo de emitir. Yo no
creo que el baile pueda tener jamás un carácter
político. El tango es el tango, y su influjo se produce de igual modo sobre los nervios del burgués
que sobre los del obrero, porque hay ciertos instantes en los cuales los nen ios recobran su autonomía y en los que todas las cabezas son de igual
modo antipolíticas. Pero tampoco el anarquismo
es incompatible con la corcogralia ni con la orquéstrica. Un anarquista puede pre,ocuparse mucho del malestar soci1l y al mismo tiempo marcarse muy dignamente unos compases de polka.
Los anarquistas de Buenos Aires habían celebrado una fiesta en la Casa Suila v habían bailado
allí con tanto entusiasmo como se puede bailar en
los salones de la marquesa de S ¡uilache. Cuando
salirnos de la Casa Suila ya el sol brillaba en las
vidrieras, y Orsini nos convid.S á oxígeno.
- ¿Qc1eréis venir á Palermo?
- \'amos.
Y nos fuinns á Palermn.
Estuvimos viendo la casa de fieras, que no
describo aquí, porque en Buenos Aires, como e,-.

todas partes, las casas de fieras son cosmopolitas
y no tienen color local. J,uego echamos á andar
por una hermosa avenida, y al llegar á la estatua
de Sarmiento nos detuvimos.
La estatua de Sarmiento es obra de Rodin, y
lo más notable de ella es el pedestal: un bloque
de piedra, enorme é informe, en el cual Rodin ha
pretendido esbozar el Apolo futuro. Un ho_mbr:e
robusto, desnudo y hermoso, parece como s1 qmsiera salir de la entraña del bloque en un esfuerzo
lleno de gallardía.
- Esa figura es una barbaridad - dijo Arturo -. Los brazos son demasiado largos.
- Eso está hecho conscientemente - expuso
Orsini - . Da la idea de que los brazos se alargan
en el esfuerzo gigantesco de la figura.
- Sin embargo, yo e11cuentro que ese hombre
es muy feo.
- Seguramente - observó Orsini - sería mucho más guapo si
Rodin te hubiese
tomado á ti por
modelo.
- Pues yodijo Paaerini - no
veo ninguna desproporción en los
brnLos.
- Eso no. Los
brazos son, efectivamente, muy largos.
- ¿ :\Iuy largos? ...
Pazzerini, en
menos de un segun do, se quitó
aquella misma
americana que un
propietario mi Ia nés había destinado para asustar á
los pájaros ladrones, se despojó del
chaleco que había
adquirido en Patt e r son, se desprendió los tirantes y saltó la pequeña verja que circundaba el
monumento. Luego se encaramó al pedestal y se
puso á medir los bra;,;os de la figura.
Una voz terrible y extraña gritó:
- ¡Detenidos!
Era ur. vigilante que, al ,·er la escena, debió

suponer que Pazzerini pretendía llevarse 1~ _estatua para decorar su cuarto de casa de Orsm1.
- Vengan ustedes á la Comisaría.
En la Comisaría esperamos dos horas á que
llegase el comisario. Ya en presencia de él, le contamos toda la verdad y nos soltó.
- Bueno - le preguntó entonces Orsini á
Pazzerini - . ¿Son largos los braws?
- N"o lo sé. Como tengo los tirantes de goma,
se me achicó la medida .. .
Llegamos á casa de Orsini á las ?ºCf' del día:
Las compañeras de .\ngela ya hah1an hecho sus
labores. Eran dos italianas tan guapas como la
compañera de Arturo.
Dadas las actuales tendencias de nuestra literatura, yo debía decir que seduje á aquellas tres
musas rojas; pero prefiero observar una honradez clásica á manchar este párrafo con una fanfarronería morlerna. Después de todo, el hombre
que ve á una mujer bonita, no contrae la obligación
imprescindible de
cortejarla inmediatamente.
Las tres mujeres
de casa de Orsini
servían para regorijo de sus maridos, para cuidado
de sus chicos y para ornamentación
del patio de la casa, en donde había
un lavadero sobre
el cual mostraban
los brazos desnudos al tiempo de
lavar la ropa, realizando así una función de belleza pública á la vez que
un acto de gran
utilidad doméstica.
Por las tardes, solía
hacerse una tertulia en el comedor
de Orsini, y al poco
rato cuando el tabaco ardía mejor en las pipas y
la h~bitación se cargaba de humo, aquellas mujeres y aquellos hombrrs parecían habitantes de
una nube que yo quisiera describir aquí de una
manera simbólica: una nube azul, hecha de anhelos, de dolores y de esperanzas; una nube en la

�/.~}

1

7 .. )~é•••';Í
i
,/,ll
:V

calaveras... En cuanto nos íbamos, algunos aficionados llamaban al mozo:
- ¿Han hecho algo hoy los anarquistas? Traígalo usted.
De vez en cuando, entraba en el Sportman alguna mujer elegante, y tanto Basterra como yo,
pensábamos que, á nuestra vista, un escalofrío de
terror la recorría la medula; pero, desgraciadamente, nosotros no ejercíamos en su medula influencia ninguna.
Basterra y yo nos habíamos dado á conocer en
el Sportman de una manera grosera y heroica. Era
la fiesta de los franceses. La orquesta comenzó á
ejecutar el himno nacional argentino y todos los
concurrentes se pusieron de pie y escucharon con

El estribillo de este himno, cantado con toda
la fuerza de tres mil pulmones, hacía retemblar
los edificios:
Torpe burgués...
Atrás .. .
Atrás.. .

Generalmente, en una misma manifestación
se cantaban himnos en diversos idiomas:
'
Bersagliero, ascolta, ascolta...
11 signa! della rivolta.

Ó:
Sú la libera bandiera
Splende el sol del'awenir.

En Buenos Aires, se puede calcular que la
mitad de la población está compuesta por italia-

i¡~. r
1

yo figure en una novela. ·Hace tiempo, he tenido
el honor de servirle como personaje al Sr. Baruja,
quien halló interesantes ciertos detalles míos para
el último libro de su serie La luc!ta por la vida.
Por cierto que Baroja ha tenido en mí, á la vez
que un personaje, un crítico y, en el artículo que
yo dediqué á su obra, no tuve grandes reparos que
II
oponer á mi figura. Sin embargo, yo no puedo
Llamo poderosamente la atención del público estar conforme con el papel, verdaderamente insobre el hecho de que yo haya dormido algunas significante, que represento en la obra de mi ilusnoches en casa de Orsini. Este hecho no tendrá tre amigo. Confieso francamente que me creo con
para el público ninguna importancia, pero es por- derecho á desempeñar en las novelas un cargo de
que el público no me conoce. El público se imagi- más importancia y, ahora que soy novelista, no
nará que yo soy únicamente el autor de esta no- debo perder la ocasión. Mis aventuras son tan
vela; pero, en realidad, soy algo bastante más im- dignas corno otras muchas de tener un historiaportante: soy el protagonista. A los diez y seis dor, y este historiador voy á serlo yo. Seguramenaños yo era protagonista de novelas, y á los veinti- te, ningún otro me describiría con más cariño ni
dós las escribo. Indudablemente he decaído mucho. con más exactitud.
En la época de estas andanzas tenía yo unos
Yo soy el protagonista de esta novela ó de esta
historia y quiero presentarme al lector en el se- diez y seis años. Por las noches salía de casa de
gundo capítulo, que es donde los novelistas sue- Orsini y me iba á tomar café á la Rottisserie Sportlen presentará los personajes de.más importancia. man, hecho que, como todos los que se relacionan
Cierre el lector las páginas de este volumen y con- con la vida del héroe de una historia, tiene tamtemple esa caricatura de la portada, que envuel- bién una gran importancia. No quiero describir
ve en un mismo ridículo á un héroe y á un histo- aquí la Rottisserie Sportman, porque, tan lejos de
riador. Los soldados boers, después de la lucha Buenos Aires, me sería imposible cobrar el reclahomérica que sostuvieron en las montañas del mo. Sin embargo, me es indispensable advertir que
Transvaal, se dedicaron, para ganarse la vida, á la Rottisserie Sportman es en Buenos Aires lo que
reconstruir, por medio de pantomimas, sus episo- Chez 1,/axim en París ó el Ideal Room en 1\ladrid,
dios más interesantes. Yo también, si cuento estas compar1l.ción esta última ya bastante fácil de cobrar.
aventuras de mi vida pasada, es para ir sostenien- En el Sportman yo me reunía con un camarada que
do la presente. Creo que al lector le dará igual to- se llamaba Basterra, y entre los dos nos dedicábamarme á mí de protagonista como tomará un ami- mos á espantar á los burgueses mientras disfrutágo mío, que acaso viniese luego á pedirme dinero, bamos de todas sus comodidades. Pedíamos unos
cuantos programas con los nombres de las piezas
diciéndome:
- ¡Soy un personaje de usted que se encuen- que iba {t ejecutar la orc¡uesta de zíngaros y pintábamos en ellos alegorías terribles, signos de
tra en muy mala situación! ...
Por lo demás, no será esta la primera vez que muerte, bombas, puñales, manos ensangrentadas,

que se cantaba, en la que se reía y en la que se
blas~maba; una nube que tenía juntamente la
vaguedad poética, la humedad bienhechora, la
quimérica hermosura y el rayo implacable...

las cabezas desnudas. Sólo Basterra y yo estábamos sentados.
- ¡Que se levanten ésos! - dijo una voz.
Nosotros permanecimos inconmovibles.
- ¡Que se levanten ésos si no quieren que los
levantemos! ...
Y un mozo, muy respetuosamente, nos rogó
«de parte del mostrador&gt; que nos levantásemos ó
que nos fuésemos.
- No le doy á usted contestación para el mostrador-le dijo Basterra- porque no acostumbro
á tener correspondencia con los muebles. Por lo
demás, nosotros nos levantaremos.
. Y, en efecto, cuando terminó el himno argentino, la orquesta tocó La Marsellesa. Entonces
Basterra y yo dejamos á un lado nuestros sombreros y nuestras pipas y nos pusimos en pie. ..
El anarquismo tenía entonces en Buenos Aires, y supongo que lo seguirá teniendo, un carácter. cosmopolita, pintoresco y alegre, capaz de entusiasmar á cualquier imaginación juvenil. Frecuentemente se daban veladas teatrales de las
q_ue, hombres y mujeres, salíamos en manifestación cantando ácoro himnos subversivos.
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
Y esta injusticia no puede seguir.
'
~¡ tu existencia es un mundo de penas,
Antes que esclavo, prefiere morir.
Prefiere morir. ..

nos. Pues bien, la mitad de los italianos son anarquistas. En Buenos Aires ha vivido mucho tiempo Pedro Gori, anarquista, italiano, orador, escritor, catedrático y hombre, en fin, de un extraordinario mérito. Cuando Gori daba una conferencia,
el teatro se llenaba de público; y bajo la sugestión
milagrosa de aquella palabra, bajo la magia de
aquel gesto, se estremecía el espíritu más indiferente. Un día se anunció una controversia pública entre Pedro Gori y José Ingegnieros, una de
las personalidades más notables en el partido socialista argentino. Este Ingegnieros, que por cierto estuvo en Madrid cuando la visita de Loubet,
y con el cual he tenido el honor de tomarme aquí
unos chatos de Montilla, es un hombre de ciencia,
pero pierde, frecuentemente, su dignidad cientí-

�fica. En la época de esta historia, publicaba en
Buenos Aires una revista de nombre pavoroso:
Archivos de criminologia, Aicdici11a legal y Psiqttiatrla, desempeñaba la cátedra de Neuropatologia
en la Universidad central, y tenía un consultorio
médico muy acreditado; pero, cuando le llamaban
á ver una joven enferma, él se sentía.más artista
que médico y, en vez de reconocula científicamente, la examinaba con arreglo á los preceptos
de la estética.
- ¿Qué le parece á usted mi chica) - le preguntaba el padre.
Y él formulaba este solemne diagnóstico:
- Es muy bonita.
En seguida extendía una receta y cobraba
treinta pesos.
La noche de la controversia anárquico-socialista entre Ingegnieros y Gori, el teatro Iris estaba
lleno de gente. Ya había pasado la hora anunciada cuando se presentó Ingegnieros, agobiado bajo
la carga de un enorme paquete.
- ¿Qué trae usted ahí?
- Cuartillas.
- ¿Cuartillas para leérnoslas ahora?
- Indudablemente. Esto es una cosa muy seria. Yo me estuve documentando durante tres meses y todo esto que traigo es indispensable.
Nos quedamos aterrados. Llegó el momento
preciso y Gori se dirigió á la multitud:
- Aun cuando el amigo Ingegnieros haya venido aquí con todo un expediente de cuartillas...
Entonces Ingegnieros arrojó sus cuartillas al
aire, sobre las filas de butacas más próximas al
escenario, y se puso á gritar:
- Si es una broma. Están en blanco.
Los mitins en Buenos Aires se daban al aire
libre, en las plazas públicas, y generalmente en

la Plaza Victoria. Yo no
sé si se elegía esta plaza porque
era la más
céntrica de
la ciudad ó
porque, al
mismo tiempo, era la
que más se
prestaba pan. los discursos anarquistas. En ella,
el orador se
encaramaba
á una pirámide que
hay en el
centro y desde allí iba
haciendo
una crítica
de la sociedad por un
orden arquitectónico,
esto es, derivándola de
los edificios que le rodeaban. Miraba enfrente de
sí y se encontr¡tba con la casa de Gobierno:
- He ahí el Gobierno - decía-. ¿Y qué es
el Gobierno? El Gobierno... (crítica del Gobierno).
Luego, señalaba la catedral, que estaba á su
izquierda:
- Esta catedral - exclamaba- representa la
Religión. ¿Y qué es la Religión? La Religión ...
(crítica de la Religión).
Entre la casa de Gobierno y la catedral estaba
el Banco Argentino.
- Ved ese Banco -vociferaba el orador-.
Ese Banco es el Capital. ¿Y qué es el Capital? El
Capital. .. (crítica del Capital).
Y, por último, se dirigía á su derecha, en donde estaba el Congreso:
- He ahí el Congreso - añadía-. He ahí el
sistema parlamentario. ¿Y qué es el sistema parlamentario? El sistema parlamentario... (crítica del
sistema parlamentario).
Un día subió á la pirámide un italiano que se
llamaba Locascio.
- Ved esa catedral - comenzó á decir - -. La
están recomponiendo porque está vieja. Es el último puntal que se le pone á la Religión, pero no
servirá de nada. La Religión se hunde porque está
muy vieja, y todo lo que está viejo se hunde ... se
hunde...
Entonces, como Locascio no encontraba palabra para seguir, se hun_dió también. Desde la pirámide cayó al suelo, como si el Dios á quien había
ofendidv le hubiese castigado. Y hubo uno que
dijo:
- Pero, hombre; yo no creía que este Locascio estaba tan viejo ...
Frecuentemente, cuando los oradores habían
examinado ya, en un sentido sociológico, la arqui-

tectura de todos los edificios que les rodeaban, sacerdote le bendijo ni le bendecirá; pero yo le
utilizaban, en clase de ejemplos, á los vigilantes. educaré con cariño y él será bueno, como yo soy
- ¡Los vigilantes! - decían-. ¿Y quién vigila buena.
Y ella era buena de verdad. Todas aquellas
á los vigilantes? Dicen que vienen á mantener el
gentes eran buenas, y en la casa de Orsini ó en la
orden; pero, en realidad, vienen á destruirlo.
Y, en efecto: los vigilantes, para confirmar este mesa de un figón partían su pan como hermanos
aserto, desnudaban los sables y se lanzaban sobre de una misma esperanza. Lo maravilloso era absnosotros. Los mitins terminaban casi siempre en traerse por un momento de la conversación genecarreras, lo que les daba un carácter gimnástico ral en cualquier tertulia y pensar qué cosa rara y
muy agradable. Entre los oradores que hablaban grande se habría propuesto el Destino al citar en un
en los mitins con más frecuencia, había una va- mismo punto del universo á hombres de tan disliente muchacha que se llamaba Virginia Volten. tinta especie: á un francés, que fabricaba anteojos
Recuerdo un mitin que se hizo cuando la muerte para ver los eclipses; á un estudiante ruso, á un
de Zola. Sobre una tribuna improvisada apareció barítono italiano, al doctor Creak, millonario inVirginia, que, á la sazón, estaba en ese estado que glés, y á mí, que soy natural de Villanueva de Arolas gentes suelen llamar interesante. Virginia co • sa, un pequeño pueblo de la provincia de Pontemenzó á hablar de Ft·cimdidad, llevándo~e las ma- vedra, adonde no ha llegado aún - tal vez por dificulta'.les postales -- la noticia del nóumeno ni
nos al vientre.
- Yo estoy embarazada - decía -y os mues- la del fenómeno. Me daban ganas de decir:
- Ilueno, señores, ya va siendo tarde. ¿Qué
tro con orgullo este vientre que está henchido por
el amor. Mi pudor ha sido antes. Mi pudor ha con- vamos á hacer aquí? ¿Para qué hemos venido dessistido en no ir á la iglesia con mi novio para noti- de tan lejo,, y con qué objeto nos hemos congreficarle al cura las intimidades de nue&lt;;tra pasión. gado? ¿Vamos á hacer la Social? Pues no perdamos
tiempo.
Yo no me junté con mi amante para cumplir un
En realidad todos estábamos convencidos de
sacramento, sino para divertirme; pero comprendo que me equivoqué, porque ahora siento que en que íbamos á hacer la Social, pero no teníamos
mis entrañas nace á la , i Ja un nuevo sér. Ningún prisa. La Anarquía nos había encantado á todos,
porque la Anarquía era para nosotros, más que una
concepción filosófica, un entretenimiento sentimental. En cualquier velada de teatro, en cualquier mitin ó en cualquier manifestación pública,
la Anarquía tenía expositores elocuentes, mujeres
hermosas y canciones aladas; tenía un espíritu
alegre, aventurero, cosmopolita, valiente, generoso y artístico; todo 'lo cual mantenía el entusiasmo
de los viejos y suscitaba el de los jóvenes. «¡Oh,
justo, sutil y poderoso veneno!• -decía, hablando
del opio, Tomás de Quincey. Justo, sutil y poderoso es también el veneno de la Anarquía, y nin-

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g~n fumador de opio, ningún bebedor de ajenjo,
nmgun tomador de morfina ni de haschis, ha tenido sus sueños poblados de visiones más hermosas
qu~ las visiones que pueblan el gran ensueño anarqmsta._ L3: Anarquí_a es también uno de los paraísos artific1ales, y bien vale la pena visitar esteparaíso cuando no se dispone de uno natural. La casa
de Orsini estaba en él, así como la reunión del café
Felsina, en donde no había más que un representante de la realidad: el camarero. ¡El camarero del
café Felsina! ¡El camarero del Sportman! Yo les
odiaba y me decía:
- ¿Por qué tendremos estos porteros en nuestros paraísos?

.

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III
Una tarde me fuí á casa de Basterra.
- ¿Quiere usted venirse á Campana? - me
dijo aquel excelente amigo mío.
- ¿A Campana?
- ¡Ah! Pero ¿no sabe usted lo que ha ocurrido?
-No.
- Pues si es terrible. Se habían declarado en
huelga ,los e~pi~ados de una fábrica frigorífica y
los hab1a sustituido la tropa. Ayer los huelguistas
se fueron á la prefectura para formular una solicitud, y los recibieron á tiros. Hay un muerto y va-

rios heridos. Se ha declarado el estado de sitio en
Campana y se ha enviado allí á un comisario para
que se encargue del mando militar de la población.
Yo voy como delegado de la Federación obrera.
A las dos horas, Basterra y yo estábamos en
el tren, camino de Campana.
- Usted hablará - me decía Basterra.
Basterra quería decir que yo pronunciaría un
discurso. Yo había pronunciado mi primer discurso hacía dos ó tres días, en un centro anzrquista
que se llamaba Los caballeros del ideal, y había pasado un miedo espantoso, que todavía me estremece al recordarlo, y del que podrían verse indicios si se examinara esta cuartilla en el consultorio grafológico de EL CUENTO SEMANAL.
- No, Basterra, yo no hablo; no sirvo para eso.
- ¡Pero si el otro día ha estado u~ted muy
elocuente! ...
Llegamos á Campa:-ia al anochecer. Un grupo
de huelguistas nos aguardaba en la estación.
- ¡Viva el delegado de la Federación obrera!
¡\'iva Basterra! ¡Viva la huelga! . . .
Para mí no hubo ningún viva. Yo sentía cierta
envidia al observar que no me vitoreaban, y cierto orgullo de ir con un hombre vitoreado. Acompañados por los huelguistas nos dirigimos al hotel.
Los huelguistas habían cortado la luz, y la ciudad
estaba iluminada tan sólo por una luna blanca,
piadosa y triste. De vez en cuando se oían las pisadas de un caballo, y. á poco, una especie de trágico centauro pasaba á nuestro lado. Eran soldados de caballería que recorrían la población con
las tercerolas montadas. Todo estaba en silencio
y en sombras.
Por fin llegamos al hotel, que era precisamente el hotel donde se hospedaba el delegado especial del Gobierno argentino. Mientras cenábamos,
los huelguistas nos expusieron la situación. Habían tomado el local de la Sociedad Italiana para
dar un mitin, pero el jefe militar se negaba á autorizarlo. Basterra y yo le mandamos una carta pidiéndole una entrevista. Al cabo de un rato, el
comisario nos mandó llamar.
- Yo autorizaría el mitin - nos dijo - si no
temiese que se iba á alterar el orden.
- Nosotros le damos á usted palabra de que
no se altera el orden si usted se abstiene de mandar al acto fuerzas de policía. Dado el estado de
espíritu de los huelguistas, sería muy posible que
ocurriese un choque entre ellos y los policías; pero
no habicnclo policías, nosotros, por si se altera el
orden, nos ponemos desde ahora mismo á la disposición de usted.
- Yo no puedo dejar de mandar policía. Además, el mitin acabará de sobrexcitar á los obreros. Yo sólo autorizaría el mitin si ustedes les hicieran ver á los obreros la necesidad de concluir
la huelga.
- Pues bien, les aconsejaremos que vayan á
trabajar.
- ¿Palabra?
- ¡Palabra!
- Nos fuimos á la Sociedad Italiana, que estaba llena de huelguistas. Era una Asamblea de
gentes extrañas, hoscas y rudas, dispuestas á todo.
Basterra me llamó aparte y me dijo:
- Nosotros aconsejaremos que siga la huelga, ¿eh?

- N'o. Yo no hablo.
- Usted habla - dijo Basterra - . E inmediatamente me anunció:
- Va á hacer uso de la palabra el compañero
Fulano.
El compañero Fulano era yo. Yo ~staba acostumbrado á hacer uso de la palabra para contar
anécdotas, decir banalidades amorosas y pedir
café; pero no para tratar asuntos tan serios como
la huelga de Campana en un acto público. Lleno
de miedo, exclamé:
- ¡Ciudadanos! . ..
Y después de este comienzo, que desde los
tiempos de Demóstenes á los de Dan ton, y desde
los de Danton á los de Facundo Dorado no ha
hecho nadie tan elocuentemente como yo, empecé á proferir exclamaciones ingenuas y balbucientes:
- La autoridad estará siempre contra vosotros, y vosotros jamás podréis poneros de acuerdo con ella. Hab¿is ido á la prefectura de policía
á exponer unas cuantas razones, y os han contestado con unos cuantos tiros. ¿Es posible razonar
así? Con un fusil que dispara no hay manera de
razonar. En vano invocaréis los más poderosos argumentos. La contestación del fusil será siempre,
siempre, igualmente absurda y salvaje. (Permítame
el lector que me ponga en este punto unos cuantos aplausos.)
- Un hombre, compañeros - añadí-, no
puede entenderse con un fusil. Cuando queráis
entenderos con un fusil, delegad otro fusil, y ambos hablarán entre ellos el lenguaje de los fusiles.
Cuando queráis hablar con vei:1te fusiles, delegad
otros tantos. Y si no los tenéis, elegid un instrumento cuya voz sea de la misma especie y tenga
la misma potencia que toda una descarga de fusilería ...
Terminé de hablar, y entonces comenzó Basterra. No reproduzco el discurso de mi camarada,
porque, á estas horas, resultaría muy atrasada una
reseña de aquel mitin memorable. Ello es que se
acordó proseguir la huelga, y que por la mañana,
en el primer tren, Basterra y yo regresamos á la
capital. Al despedirnos, no pude reprimir un movimiento de orgullo. Los huelguistas ya no decían sólo «¡viva Basterra!» Decían también «¡viva
Camba!&gt;
La huelga de Campana fué el origen de la
huelga general que poco después tuvo lugar en
Buenos Aires.
El 11 de Noviembre, fecha trágica en los anales del anarquismo, se celebraba en el teatro de
Ribadavia un mitin «monstruo• para conmemorar
la muerte de los mártires de Chicago. Primeramente se representó un drama de tesis. Luego
comenzaron los discursos. Ilablaba Basterra, al
que debíamos seguir, según los carteles, Orsini
y yo. De pronto se me acercó un compañero:
-- lle recibido un aviso de Campana para que
vayáis allí Basterra y tú. En caso de que no pueda
ir alguno de los dos, que vaya Orsini con otro.
Te advierto que faltan veinte minutos para que
salga el treo.
- Pues tendré que ir con Orsini, porque Basterra está hablando.
- Bueno; ¿quieres que avise á Orsini?
- Avísalo.

�habría corso. Basterra y yo nos fuimos á Palermo.
Tomamos el aperitivo en el Pabellón de los Lagos,
y luego nos pusimo_s á dar un paseo por la gran
avenida en donde iba á ser la batalla de flores.
Alguno; obreros estaban ultimando los preparativos de la fiesta. Nosotros nos acercábamos á ellos
y les decíamos:
- No se molesten ustedes. No va á haber corso.
Y los obreros nos miraban asombrados.
Basterra y yo íbamos por el medio del paseo,
y nos decíamos:
· - Vaya una plancha la que se van á tirar

- ¿La huelga general?
- Sí, hombre; aquí mismo hacemos una orden
del día y se la damos á La Prensa. Mañana aparece en todos los periódicos y los obreros no tendrán más remedio que ir á la huelga.
Fué aquella una broma que los burgueses de
Buenos Aires no nos perdonarán jamás. Probablemente, cuando algún parroquiano del Sportman
le preguntase al mozo •¿han hecho algo hoy los
anarquistas?• , el mozo le diría que no; pero, realmente, aquella noche habíamos hecho má~ que
ninguna. De todas las cosas que hemos escnto en

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Camino de la estación, yo le decía á Orsini:
- La verdad. Tenía preparado un discurso
bastante elocuente sobre los mártires de Chicago:
me da pena tener que guardarlo hasta el año que
viene .. .
- A mí me pasa lo mismo; pero como tendremos que hablar en Campana, yo lo colocaré
allí.
- El caso es que no pega.
- Yo lo pegaré. Se hace un preámbulo, y en
paz. Es muy fácil: «¡Compañeros . .. ! •
Y en actitud tribunicia, Orsini improvisó un
brillante preámbulo:
·
- Estáis luchando á brazo partido contra los
tiranos y los explotadores, y tal vez algunos de
vosotros sientan desfallecer su espíritu en una
lucha tan desigual. A estos hombres débiles es á
los que me quiero dirigir, porque los fuertes no
necesitan para nada de mi palabra. A los débiles,
en cambio, hay que recordarles su deber, y hay
que ponerles ante los ojos entristecidos el ej_emplo de los mártires que han luchado por su misma
causa. La historia revolucionaria está llena de
nombres gloriosos. Precisamente hoy hace años
que en la ciudad de Chicago ...
Ibamos en un tranvía, y Orsini, que se había
entusiasmado á las primeras palabras, se olvidó
en seguida de los viajeros y habló con tanto énfasis como si estuviera en pleno mitin. Se daba
el caso, verdaderamente extraño, de que todos
los viajeros eran unos humoristas, y cuando Orsini cesó de hablar recibió una ovación estrepitosa. Uno de los compañ~ros de tranvía le dijo:
- Debía haberme apeado en la calle anterior,
y he permanecido aquí para oirle á usted; de modo
que me veré obligado á tomar otro tranvía. Reciba usted mi enhorabuena, y estímela usted en
todo lo que vale.
- Vale diez centavos - le contestó Orsini.
- Justamente.
- Pues por diez centavos no podría usted

comprar en ninguna tienda más ideas ni más frases. Yo soy un comerciante loco, y lo vendo todo
muy barato.
- No crea usted que estoy avergonzado me decía luego Orsini, ya en el tren-. Un orador
no debe elegir su público ni debe ir mirando, una
por una, las orejas que le han de escuchar. Un
orador que conociese á todos sus oyentes, un
orador para los amigos ó para la familia, sería
muy ridículo. Por lo demás, no puedo quejarme.
He tenido un éxito que ya lo quisiera usted en
Campana ...
Afortunadamente, en Campana sólo hablamos
con unos cuantos compañeros y con el jefe militar de la ciudad, el cual, en cuanto me vió, me
dijo:
- ¿Conque iban ustedes á aconsejar que terminase la huelga, eh? Pues ahora mismo se va usted á la cárcel.
Yo me disculpé con Basterra, que estaba á salvo de todo peligro, y conseguí suavizar un poco á
aquel hombre irascible. Me dejó en libertad, pero
de ninguna manera quiso autorizar el mitin.
- Perdonen ustedes - dijo - , pero estoy
muy escamado.
- ¿Qué dice ese besugo?- nos preguntaron
luego los huelguistas.
- Dice que está muy escamado ...
Orsini y yo llevamos un Mensaje de los huelguistas para la Sociedad de Estibadores de Buenos Aires.
La Sociedad de Estibadores se declaró en
huelga para secundará sus compañeros de Campana. Luego, y poco á poco, fueron declarándose
en huelga otra porción de gremios, adscritos todos á la Federación obrera. Me acuerdo del día
en que se declaró en huelga la Sociedad de cocheros. A la noche, y no sé con motivo de qué
fiesta, debía celebrarse el corso en Palermo.
Los cocheros se reunían aquella tarde para
dejar de ir al trabajo, y no habiendo coches, no

esos cochinos de burgueses. Lo que es esta noche se van á aburrir de lo lindo.
-Sí, sí.
-- Y esas burguesitas que estarán terminando de arreglarse ... sus maridos las encontrarán muy nerviosas por la noche ...
Aquella noche, en efecto, no hubo corso.
Basterra, yo y algunos camaradas nos permitirnos la voluptuosidad de pasear lentamente
por el centro de la avenida de Mayo y de la
calle Florida, en donde todas las noches, menos aquella, el movimiento de coches era incesante. A la noche siguiente, todos los delegados de todas las Sociedades obreras se reunieron en el teatro Iris para ir á la huelga general.
El teatro Iris está enclavado en la Boca, que es
un barrio obrero habitado casi todo él por italianos. Yo estuve allí con Basterra á primera hora, y
luego nos fuimos al Sportman.
- Me parece que esta noche no se declara la
huelga general - me dijo Basterra.
- Sí; parece que esos hombres no se van á
poner de acuerdo.
Nos habíamos puesto á pintar nuestros monos,
cuando se nos acercó un amigo que era redactor
de La Prensa.
- ¡Qué! ¿Hay huelga general?
- Por ahora no se sabe nada. Vuelva usted
por aquí dentro de un par de horas.
El amigo se fué, y Basterra me dijo:
- ¿Quiere usted que hagamos la huelga general?

los programas del Sportman, ninguna fué tan siniestra como aquella. Aquella costó mucho oro y
mucha sangre.
IV
La huelga general fué terrible. Imaginaos una
gran ciudad, una gran ciudad_ cosmopolita, _industrial y moderna; una gran cmdad cuyo cielo se
halla turbado constantemente por el humo~de las
fábricas y por la voz de las sirenas que anuncian
á los buques entrantes ó que llaman al trabajo á
los obreros; una gran ciudad circundada de mástiles y de chimeneas; una gran ciudad, en fin, que
es como una gran máquina funcionando al agua y
al fuego; como una gran máquina compuesta_ de
muchas máquinas pequeñas y en donde todo gira,
todo chirría, todo palpita y se estremece sin cesar.

�Imaginaos esta gran ciudad como esta gran má- preciable espectáculo! Una revolución es siempre
quina, y acosttJ.mbrados al movimiento y al ruido, una obra de arte. Ningún artista ha podido imagi~ed que, de pronto, la máquina se para en seco. nar jamás una tragedia comparable á la RevoluTal sucedió en Buenos Aires. No rodaba un coche, ción francesa. Cada uno de aquellos anónimos reno giraba una grúa, no gemía el pito de una fábri- volucionarios, exaltados por el ambiente de terror
ca; las altas chimeneas se elevaban al cielo rígidas y de heroísmo que le rodeaba, era un artista de
y siniestras; arriba no había humo y abajo no ha- su propia vida y era un artista superior á los trábía brasa. Y el alma misma de la población, el _gicos griegos. La sociología puede ser antiartística
alma inquieta, nerviosa y alegre del monstruo, se mientras se desarrolla en libros, en discursos y en
llenó de frío y de espanto.
estatutos de Sociedades obreras; pero cuando se
El segundo día de la huelga iba yo del brazo lanza á la calle, ya es otra cosa. La sangre lo encon un camarada por una de las calles más céntri- noblece todo, y en la huelga general de Buenos
cas, cuando acertamos á pasar junto á dos gordos Aires no se echó de menos este gran elemento liburgueses de chistera y levita. En aquel momen- terario. Enardecido por él, yo confeccionaba mis
to, uno de ellos le decía al otro:
proclamas y yo mismo las pegaba y las repartía,
- Esto se va poniendo muy serio.
esquivando las miradas de la autoridad. Aquel
Y, ciertamente, aquello se iba poniendo muy entusiasmo sería ridículo en cualquier otra cirserio. Había m1a fábrica en donde, á pesar de la cunstancia, pero allí no.
huelga, unos obreros estaban trabajando. Se enteCreo que fué el segundo día de la huelga. Basró un grupo de muchachas tejedoras y se fué allí. terra y yo estábamos en el Sportman, cuando se
- ¿No tenéis vergüenza?- les dijeron-. ¿Se- nos acercó un compañero periodista, muy estimaréis cobardes cuando nosotras somos valientes?
do en Buenos Aires: Florencia Sánchez. Este comLos huelguistas mataron é hirieron á una por- pañero nos comunicó que el Congreso, reunido en
ción &lt;le esquzrols. Muchos policías fueron también sesión extraordinaria, acababa de votar la ley de
muertos y heridos. En el puerto, un oficial mandó residencia para expulsar á todos los extranjeros
á los soldados que disparasen sobre un grupo de peligrosos. Al mismo tiempo se había declarado el
propagandi~tas de la huelga, y los soldados se ne- estado de sitio en la capital.
garon á disparar. Indudablemente, aquello era
Basterra y yo echamos á andar por la calle de
serio .
Florida y torcimos por la de Corrientes. Al llegar
Yo me dedicaba á escribir manifiestos en un á la calle de Artes se nos ocurrió entrar en la Soestilo á lo Roque Barcia, según averigüé después, ciedad de cocheros, que hacía esquina á las dos
cuando conocí á este escritor. Aquellos manifies- calles. Yo conocía mucho aquel local porque en él
tos tenían por objeto enardecer el espíritu de la habían estado instaladas antes las oficinas de El
multitud, y yo mismo iba adquiriendo cierto ardor Curreo de España, periódico del que yo fuí redacbélico á medida que los escribía. Seguramente, no tor. Entramos y nos encontramos á unos cuantos
faltarán amigos que me desprecien al saber que compañeros que hablaban muy animados.
yo he cultivado ese género de lit&lt;'ratura. Sin em- Se ha votado la ley de residencia y se ha
bargo, cada una de aquellas páginas, que se im- declarado el estado de sitio; de manera, que nos
primían en hojas sueltas y que se fijaban clandes- cogerán en seguida y nos echarán.
tinamente en las paredes de los edificios, tenía
Nos pusimos á charlar y, cuando quisimos samás emoción y más intensidad que muchas cosas lir, un compañero nos advirtió que la policía roque he escrito después con arreglo á otros trata- deaba la casa. Estábamos bloqueados. Entonces
dos de estética. Yo no me avergüenzo de haber hicimos subir café y nos decidimos á pasar allí la
escrito aquellos manifiestos, y hasta me gustaría noche. Por la mañana, y aprovechando un descuitener aquí alguno para reproducirlo en estas pá- do de los pesqttisas, salimos. Subimos por Corrienginas. Hay quien opina que en arte únicamente se tes y, al llegar á una calle transversal donde vivía
debe hablar de las rosas; pero las rosas, que siem- Basterra, vimos á un hombre que se había dormipre son poéticas, no son oportunas en toda oca- do en pie, arrimado á una esquina. Este hombre
sión. Yo no acierto á acatar esos dogmas en vir- se despertó violentamente y pareció desconcertud de los cuales se pretende reglamentar el sen- tarse. Continuamos andando y observamos que
timiento. Esos dogmas son así: «Cuando un artista nos seguía. Ya en la calle del Callao acordamos
se halle en presencia de un jardín, de un cre- dividirnos en varios grupos. Basterra y yo, que
púsculo ó de un paisaje, contrae la obligación in- formábamos uno de ellos, tomamos un tranvía, y
quebrantable de enternecerse. En cambio, le que- el hombre extraño nos siguió. Ya no nos cupo
da terminantemente prohibido el derecho de emo· duda de que era policía. Nos bajamos sin avisar, y
ción ante el mendigo que le pida una limosna, y el policía se bajó también. Por último, después de
ante todo lo demás. , Yo soy un cismático de este haber tomado tres ó cuatro tranvías, conseguimos
dogma, y muchas veces, cuando el mendigo que extraviarlo. F;itonces, Basterra me dijo:
se me acerca es más pobre que yo, le doy una li- Yo me voy esta misma tarde á Montevideo.
mosna: una perra chica ó una perra gorda, con la Yo tengo familia y no puedo abandonarla. En Moncual, dicho sea de paso, no pretendo comprar una tevideo veré el giro que toman las cosas, y ya de-habitación en el cielo, cuyos alquileres supongo cidiré.
que no serán tan baratos.
Nos metimos en un coche de los que utilizaEn cuanto al acto de una huelga como la de ban los huelguistas para vigilar la huelga, y nos
Buenos Aires, si alguno me dice que fué un des- fuimos otra vez á la Sociedad de cocheros. Cuanpreciable espectáculo, yo le contestaré que no do quisimos salir había un policía en la esquina.
opinaría de igual manera si hubiera sido, á la sa- Basterra llamó á tres camaradas, y les dijo:
zón, dueño de una fábrica en aquella ciudad. ¡Des- Se puede hacer una cosa. Vosotros bajáis y

rodeáis al policía de tal modo que, para perseguir- después de cenar, yo le acompañé. Ya á la puerta,
nos tenga que abrirse paso por el medio. Proba- me dije:
«Si me voy á mi casa me van á detener. Lo meble:Oente no se atreverá, y si se atreve, no le
jor es que me quede á dormir aquí.&gt;
dejáis.
Y me quedé á dormir en casa de Orsini.
Los camaradas bajaron. A poco uno, que obAquello fué una estupidez, de la que no me
servaba la escena desde un balcón, nos dijo:
arrepiento. Si la policía vigilaba mi casa, porque
- Podéis marcharos.
había en ella un anarquista, mncho más debía vi- ¿Qué ha ocurrid~?
.
- ¡Qué iba á ocurnr! ¡Que el pesqmsa ha to- gilar la de Orsini, que era una madriguera.
Por la mañana salí á la calle, y no habría anmado el primer tranvía!
.
Nos fuimos á una taberna, almorzamos y pedi- dado aún cincuenta pasos cuando se me acercó
mos café. Luego nos marchamos á la dársena. un policía y me detuvo. Echamos á andar hacia la
Basterra quería á toda costa que yo me fuese con Delegación, y al cabo de un rato noté que una
mujer muy hermosa me seguía, y que en aquel
él á Montevideo, pero yo me negaba.
momento me saludaba con la mirada. Era la com- Le mandarán á usted á España...
- Pues me harán un favor. Precisamente yo pañera de un anarquista que se llamaba Tulio y
que vivía en casa de Orsini. Cuando llegué á la
quería irme y no podía.
Me despedí de Basterra y le di un gran abra- Comisaría volví la cabeza y la saludé.
El policía me condujo á una sala, en donde
zo. Basterra fué en Buenos Aires mi primero y mi
último amigo. Hacíamos una vida ~asi común. unos señores escribían y tomaban mate.
- Este, detenido- dijo.-Viene por orden del
Cuando le dejé, yo me puse muy tnste, porque
jefe
de policía.
comprendí que á aquel amigo fraternal, á aquel
Aquellos señores me examinaron minuciosacompañero de las pequeñas miserias y de las pequeñas opulencias, á aquel hermano de ensueños mente.
- Usted, ¿por qué viene?
y de esperanzas, yo no le volvería á ver nunca . ..
- No lo sé.
La autoridad había prohibido toda clase de re- ¿A usted no le gustará irá un calabozo?
uniones obreras, y La Prensa les había ofrecido
-No.
un gran hall á los huelguistas. Al dejará Basterra,
- Pues quédese usted aquí. ¿Quiere usted
yo me fuí á La Prensa, donde había un. rniti_n á la
sazón. Allí me encontré con Oreste R1ston que, mate?
- No. Muchas gracias.
según supe luego, no pudo salir de La Prensa e.n
- Usted se lo pierde.
diez días. Conversé un rato con él y con otros caPasaron dos horas mortales. De pronto metramaradas, y al anochecer me dirigí á El Sol.
&lt;El Sol al anochecer? Sí, señ?X:e~: El Sol. El S~l jeron un paquete.
- ¡Vaya unas amigas bonitas que tiene usted!...
era una revista anarquista que dmg1a Alberto Gh1Yo me puse á presumir un poco, y mientras
raldo. Las oficinas estaban en la calle de San Martín. Se bajaban unas escaleras y, ya en el sótano, tomaba el paquete hice «¡pschsl&gt;, como si eso de
se llegaba á un cuartucho lóbrego, húmedo y frío. las mujeres bonitas fuese para mí una cosa coAquello era El Sol. El Sol no tenía puerta, ignoro rriente. El paquete contenía los siguientes objetos
si por la falta de dinero ó si por las convicciones nutritivos, á la par que sentimentales:
Un panecilo,
anarquistas de Ghiraldo; de modo que allí llegaba
U na tortilla y
uno, entraba y, si era gimnasta, podía sentarse en
Un bistek.
una silla, donde yo no pude contar nunca más de
Y o me lo comí todo, pensando con ternura en
tres pies. Arrimadas á las paredes había grandes
pilas de números atrasados, de folletos y de obras la solicitud de aquella buena y bella mujer, de la
de Gbiraldo. Aquellas pilas eran otros tantos asien- que me despedí, no para entrar en la Comisarí~,
tos. Todas las noches, á primera hora, se bacía una sino para entrar en otro continente. Estaba ya ditertulia en El Sol, y los asistentes se instalaban giriendo cuando llegó el comisario.
- ¿Qué quiere usted?
respetuosamente sobre aquellos duros volúmenes
- Yo, nada.
de filosofía revolucionaria. La luz de El Sol era
- El señor - dijo uno de los escribientes una vela, que le daba á la asamblea todo el carácviene detenido.
ter de un agua-fuerte de Rembrandt.
,
- Detenido, ¿por qué?
Desde el primer día de la huelga, El Sol hab1a
- No sabemos. Viene á la disposición del jefe
comenzado á publicar un suplemento diario. Cuan.
..
.
do yo llegué me e ncontré allí á Ros, el tesorero de de policía.
- Siempre será un anarquista- d1Jo el comila Sociedad de Estibadores, que estaba buscado
por todo Buenos Aires; á Ghiraldo, á un chico es- sario.
- No sé si lo seré siempre. Por ahora, sí.
cultor que se llamaba Castro , y á Florencia Sán- Pues le exportarán á usted en seguida, amichez. Florencia Sánchez ignoraba que un periodista no debe manejar la tinta como un tintorero. go. No van á quedar en Buenos Aires ni los rabos
Muy ocupado en hacer el suplemento, se había de todos ustedes.
Al anochecer me sacaron de la Comisaría y me
arremangado los brazos y los presentaba de tal
suerte bañados en tinta, que á uno se le ocurría metieron en un coche de presos. El c)che ectió á
pensar cómo se las habría arreglado para pintarse rodar estrepitosamente. Llegamos al departamento de policía, me tomaron el nombre y me condude un modo tan difícil y tan perfecto.
Estuve un gran rato en El Sol, y á las nueve jeron á un sitio que habían habilitado para lo_s
de la noche me fuí á cenar con Castro á un restau- anarquistas detenidos en virtud de la lq de resirant contiguo. Castro vivía en casa de Orsini; y dencia.

�ta, leguleyo y ju~aizante, el mismo que se había
ca1do des~le su tnbuna en el párrafo más elocuente ~le un discurso; allí estaba Querchussoff el ruso
y _Stenley, el alemán, y Stefferson, el yanqui. Allí
esta~an t~idos, ª!egres, joviales y dicharacheros.
\ o fu1 abrazandolos uno á uno, como si me los
enco~1trase después de una larga ausencia. C
d
terminé esta difícil labor, me asediaron tªpn ~

~n~:

V
- ¡Es Camba!
- ¡Viva! ¡\'iva!
- illol~, che! Te estábamos esperando.
- Aqu1_s~ está muy bien. Es lo mismo que la
casa de Ors101.
Yo me iba_mara~illando poco á poco. ,\llí estaban _todos mis an11gos ele toda mi vida en Buenos 1~ 1res. ,\llí estaba :\Iuntesano, el profesor ,·e~etanan? que sólo _comía hierbas y qur, aunque
~ra débil y enferm1_zo como una criatura, decía:
Todo el que practica el sistema vegetariano se
ponr sano y fuerte.• Allí estaba ::\lattey el que
co~ .:\falatesta había hecho en BL1enos ,\ires las
primeras propaga~das anarquistas, y sobre cuya
enorme cabeza afeitada había gravitado el peso de
un-:t condena á muerte; allí estaba Troitiño recién
salido de la peniten,ciaría por supuesto ho:nicidio
de tres csqwrols; alb estaba Locascio, el anarquis-

•

re

- Y á ti, ¿dónde te han cogido?
- Oye, ¿sabes algo de Fulano?
- ¿Traes Et Sol?
- ¡Cuenta, cuenta!
Frecuentemente, los oyentes me interrumpían
el relato con el secreto desionio de convertirse á
su vez, en narradores.
"
•
- Pues _á mí me cogieron en ...
- Lo n11~mo me h~ pasado á mí; pero yo ...
Aqu~llas 1'.1t~rrupc1one_s me indignaban.
- S! se~1~ interrumpiendo, me callo.
- No, no. fe escuchamos.
Yo conté mi pequeña historia, y cada uno me
c~ntó la suya. _El primero en contar, después de
mr, fué Locasc10.
- yerás. Llegaro~ los policías, y como mi
companera es muy valiente ...
A ~edida que habían ido entrando los presos
Loeasc10 les h~bía ido diciendo lo mismo:
'
- Como m1 compañera es muy valiente
Y en seguida que entraba un nuevo det~~ido
se llamaba á Locaseio:
.- - Üfe, cuéntale á este lo de tu compañera.
Ls muy mteresante.
. - N'o es que sea interesante - decía Locasc10 -. L_o que pasa es que, como mi compañera es
muy valiente . ..
Este Locascio era un hombre sublime y ridículo con su levita impecable, su barba asiria y su
larga melena. Cuando yo lle~é disponía de tres
colchones, que había recibido por distintos conductos, Y me ofreció uno. En aquel colchón dormi
tres noches. La primera noche, las ventanas de
nuestro departamento estaban cerradas con grandes barras de hierro, y, además, en cada una de
&lt;'_llas había un soldado con la bayoneta calad·
l~stas precauciones eran altamente humanitaria~·
ya_ &lt;!u? no trataban de impedir la evasión, sino el
smcicho, puesto que, si ~lguno se tiraba por una
'entana, todo su porve111r consistía en estrellarse
con~ra las losas del_ patio. Expusimos esta obser'\~c1ón ante un oficial, y al día siguiente ya no temamos centinelas. En cuanto á la prisión fué corta Y a~radable. Había allí tipos muy curidsos y escenas mteresantísimas. :\le acuerdo ahora de un
pobre hombre que había inventado un aparato
para r~solver el problema del movimiento conti•~uo. ha u1! aparato digno de Silvestre l'aradox.
Se compoma de un cajón lleno de a,.,ua y de una
rueda con_ muchos Call{!ilones. La ;'ueda giraba;
u~10~ cangilones se llen_aban de agua, y en el mo'\ lmiento ~e la rueda, iban á vaciarse dentro de
ot_ros cangll~nes, lo cual debía producir el movin11ento continuo del armatoste. La policía había
toma~o aquello por una cosa explosiva y había
clct~mdo al ~utor. Este autor se creía una especie de Galileo, víctima de la injusticia de los
l~ombres, Y á la vez que se quejaba de sus vicisitudes, decfa: •E pur si 1m1ovc.• Quería decir

que, á pesar de todo, su rueda se moyía. Fre- das las cosas según la más pura filosofía anarquiscuentemente se enfadaba con nosotros, y excla- ta, pust• una de sus enormes manos sobre el hombro del ladrón.
maba:
- Amigo mío - le dijo - , su profesión
- Yo no tengo nada que ver con ustedes. Yo
ele usted me parece muy útil, y, seguramente,
soy un hombre de ciencia...
También estaba detenido un andaluz que se usted estará conforme conmigo en este punto
dedicaba á la fabricación de pasteles en un pue- de mi teoría. Donde hay hombres que guardan,
son de menester hombres que roben. De este
blo de la provincia. Era un tipo notable.
- ¿Por qué ha venido usted á Buenos Aires&gt;- modo el dinero circula y la propiedad se modifica .
El pohre ladrón estaba asombrado. Poco á
se le decía.
poco
fué tomando confianza con nosotros, y cuanY él contestaba:
- Pues verá usted. :\[e enteré de que uste- do en algún grupo se hablaba contra la propiedad,
des estaban haciendo la revolución, y me dije: al ladrón no se le ocurría nada que oponer á aque, Yo no abandono á mis hermanos.• Dejé los pas- llos argumentos.
- Eso es lo que digo yo - exclamaba -. ¡Si
teles y tomé el tren.
yo
pienso
lo mismo que ustedes! ...
- ¿Y cómo le detuvieron á usted?
- Xo lo crea usted - le dijo una vez Steffer- Pues Yerá usted. Estaba yo en la calle de
son - . Usted
Ribadayia y vi
destruye la proá unos soldados
piedad ajena
que se metían
para construir
con los obreros.
la propia. Xo
Los obreros son
hay nadie más
mis hermanos.
partidario de la
Yo, al principio,
propiedad que
me callé; pero
un ladrón.
yo soy andaluz,
Las horas se
y ele pronto me
pasaban
alegreempezó á hermente en la pri' ir la sangre ansión. Casi todos
daluza en las
estaban contenyenas. Entontos. Orbietto,
ces les dije á los
un italiano que
soldados: • \'os
había arribado
otros sois los
en
su juventud
siervos del caá las márgepital.• Y me denes del Plata
tuvieron.
para arreglar
Otro de los
un asunto de
de-tenidos ni era
ocho días y que,
anarquista,ni se
á los cincuenta
había declarado
años, no había
en huelga, ni sipodido aún requi cra estaba
gresar
á su adoloco. Todo su
delito consistía en tener una mujer bonita. Un co- rada Italia, se pasaba el tiempo cantando.
- Ancora - nos decía - io me vado á manmisario se había enamorado de ella, y para verse
libre del marido lo detuvo como anarquista, influ- ghiare la polenta...
No faltaba, sin embargo, el acerbo sentimenyendo á fin de que lo expulsaran.
También habían puesto con nosotros {1 un la- tal. El padre de l\fontesano, al verá su hijo detedrón. Como nadie sabía quién era, se le llegó á to- nido, se puso tan malo que se murió. Montesano
mar por un espía y estu,·o á punto de ser muerto recibió la noticia en la prisión, y sus ojos miopes
á puñetazos. Después de una conferencia privada se arrasaron de lágrimas detrás de los lentes ...
Hablábamos acerca de nuestro porvenir, y cada
entre los más juiciosos de la prisión, se le llamó y
uno elegía el sitio de la tierra adonde quería irse.
se le dijeron estas frases cariñosas:
- Oiga, ché. Xo le va á quedará usted ni un Una tarde nos llamaron uno á uno y nos llevaron
á la oficina antropométrica. Allí nos desnudaron,
hueso sano. Usted es un espía.
Entonces el hombre, temblando de miedo, bal- nos retrataron y nos filiaron minuciosamente. :'\os
hicieron embadurnar las manos en una tinta muy
buceó:
- Están ustedes engañados. Yo no soy un es- espesa, y luego nos calcaron las yemas de los depía, se lo juro á ustedes. Yo soy un senidor de dos sobre una hoja de papel blanco. Otro día nos
llevaron ante el jefe de policía, el cual nos preustedes. Soy ladrón ...
. - ¡Ah! ¿Es usted ladrón? -gritó alegremente guntó adónde queríamos ir.
- Yo - dije - quiero irme á Barcelona.
Stenley - . ¡Tanto gusto! Si quiere usted trabajar,
Y otros nueve dijeron lo mismo.
• hí tiene usted tarea. ¿Se dedica usted á los colLo que más nos inquietaba era el no tener nochones, ó prefiere usted los r('lojes? Mejor será el
servicio completo: un reloj para saber la hora de ticias de la huelga. Sabíamos que la huelga continuaba, pero ignorábamos su marcha. Xi los soldormir y un colchón para acostarse.
dados
ni los oficiales querían decirnos una palabra.
Entonces Querchussoff, que interpretaba to-

�~b·Qué pasará? ¿Qué no pasará? .\quclla incertidumre era espantosa.
Una tarde habíamos hecho alfombra de nuestros colchones y,sentados á la turca, nos habíamos
resto á fu°'.ar y á charlar. Las pipas humeaban
anzando hacia el techo volutas azules que e
1
~rado de nuestro espíritu, se nos aparecí~n
adas d~ bellas visiones. Se contaban anécdotas
la so~risa florecía en todos los labios mientras
as pup1~as se hallaban dormidas, quién sabe en
q_~é sueno _fastuoso y brillante. De pronto aparee, un oficial ante la puerta de nuestro de artamento Y comenzó á leer una lista.
p
-:- Que trai~an t?do lo que tengan ...
,l no de los mclmdos en la lista era yo que ne
te111~ nada._.. Abracé á mis amigos y ~e des~
ped1 p3:ra s1emp:e. El oficial nos hizo andar por
una sene de pasillos y nos llevó á otro departamento.
'
-:: :Mañana - nos dijo - saldrán ustedes para
E spana.
. Xos hicimos traer cena de la calle y cenamos
tristemente. Estábamos de sobremesa cuando
uno de los camaradas me dijo:
'
. - Oye, lamba. Yo quisiera pc-nsar una frase
celebre ...
- ¿Una frase célebre?
-:-- Sí. Una f:ase como la de Méndez-Xú11ez en
el C..1lla~,, por_ ejemplo, ú otra cosa parecida.
- No entiendo... ¿Para qué?
. - Pues, para cuando nos rnyamos á ir. La decm1&lt;1s desde el vapor. ..

~li-

r'

\'I
l'or la ma~ana muy temprano fué á despertarnos un oficial de policía Xos to ó 1
b e•
d'ó á
· ·
m os nomr :"'• nos i .. cada cual nuestro pasaje para Espana, y nos dijo:
- Y cngan llstedes.
Llegamos á la puerta y, por un rato estuvimos
contemplando la calle, el sol, el ciclo azul y las

muchachas bonitas. Un prisionero
de algunas horas se
entrega á la liberta? con igual alegria que un prisionero ?e muchos años. Nosotros hacía tres días que
no ve1amos nada de todo ac1uello" por fin lo . ,
mos t
,'
' , eiaen onces, aunque lo veíamos por última .
An_te la puerta del siniestro edificio había ci~e;~
carruajes. En cada un,, de ellos nos instalamos do
de nosotros con_ dos policías. En el mío me hicie~
rofin. la deferencia de ponerse un escribiente " el
o c1a.1
,
El coche comenzó á rodar y á poco entró
la_ Av~nida de ~la yo. Era esta '1a calle, más cé~~
tnca ) más bonita de Buenos Aires. Yo miraba los
~afés, donde tantas ve.ces ~1abía estado; los teatros,
onde tant? me babia divertido; las aceras por
?º.nde habta paseado tantas veces, y sentía' que
os recu~rdos brotaban de mi corazón á borbotones, ard1en tes y encendidos, como podría brotar un chorro ele sangre. Algo mío se quedaba ali'
y yo yolvía la cabeza para dirigirle una últim; !•
r~da. Ln que. SP quedaba allí era un trozo de~¡
'ida, el más mtenso seguramente y el más lle
de encantos.
no
~lientras tanto, el oficial que me acompañaba
hacia todo lo posible por serme agradable. Para
ser agradable hasta hablar, cuando se habla con
agr~do'. p~ro, cuan~o se dicen cosas faltas de ingemo ) clt oportumdacl, á medida que se habla
~·a aumentando el d_isgusto del que escucha. C~~
~alme~te, aquel ofi_c1al no poseía el arte dC' la con' ·';;'sac1ó~, y lo mejor que hubiese hecho hubiera
s! ~ cultl\ar el arte del silencio. Todo su afán cons1st!a en demostrarme que el anarquismo no tenía
r~zon de s~r en Buenos Aires. Aquel hombre habm descul_llerto en_ la Anarquía un nuevo carácter
~ue J?asó madYert1do para Kropotkine y para Bakounrne¿ d carácter local. El concebía el a a
.
mo
n rqms. en G e ta ~e, en \'a11ceas, en Ciempozuelos
y tal
\ cz en Cuenca; pero en Buenos Aires, no.

- Aquí - me decía - no puede haDer cues- dársena, y para evitar que, si adelgazábamos de
tión sncial, y si la ha habido hasta ahora, es por- pronto, pudiésemos fugarnos por allí, un soldado
que la han fomenta,fo ustedes, los extranjeros. se paseaba en la dársena, junto á la ventanilla, y
tenía el maiiser montado.
Por eso les echamos á ustedes.
Yo sentía cierta emoción. Aquellas precaucio- Sí, sí - le decía yo-. En cuanto salg~ el
nes me realzaban á mis propios ojos, haciéndome
,apor, se ,·a la Anarquía. Le han comprado ustecreer que yo era un hombre realmente peligroso
des un pasaje de tercera.
- Indudablemente. La Anarquía no tiene ra- y temible. Yo asistía á aqnella escena de mi vida
con la secreta vanidad de saber que se trataba de
zón de ser aquí. Aquí nu hay miseria.
una escena novelesca. Aquel momento era para mí
Entonces yo le señalé á un pordiosero que, con
l'I saco al hombro, acertó á pasar en aquel instan- un momento decisivo, v yo me daba muy claramente cuenta de ello. ;\li vida había tomado un camino.
te junto á nuestro coche:
En
él no abundaban ciertamente las legumbres,
- Perdone usted. La alforja de ese hombre no
pero había rosas 4ue yo cogía sin temor de&gt; las es\'a cargada de oro - le dije.
- ¡Claro! Como que ese hombre es un men- pinas y que yo deshojaba en un desvanecimiento
infantil de belleza y de perfume. De pronto, una
digo...
Aquel hombre era mendigo y el oficial era mano tiránica me i;olocaba ante otro camino. Y
tonto. Las tonterías florecian bajo su altivo bigote con los dedos ensangrentados por las últimas flocon una dignidad \'erdadcramente legal. Y, en res, yo echaba á andar sin rumbo y sin fin ... Una
nueva vida comenzaba para mí; una nueva vida
tanto, el coche rodaba, ráudo, ,·eloz.
Atravesamos la Plaza Victoria y llegamos al material y SC'ntimental, puesto que de la vida anpuerto. l;na pintoresca multitud ponía en las dár- terior, concluída apenas comenzada, no podría resenas notas alegres de color y de vida. Por allí ha- novar ni los intereses ni los afectos.
Estu,·imos en la enfermería, convertida en pribría muchos hombres que, al igual de nosotros,
sión, desde las diez de la mañana hasta las cuatro
irían á internarse en el horizonte ignorado del
ó cinco de la tarde. Aquella espera fué una espeOceano; pero aquellos hombres tenían un fin y
nosotros no; aquellos hombres se marchaban por ra histórica, y, sin embargo, yo no puedo fijar exacsu yo)untad y nosotros íbamos guiados por una tamente el número de horas que duró. Lo que sí
recuerdo es que pasamos un hambre horrible. Havoluntad ajena y tiránica. En las noches de tempestad, cuando el furor de la ola hiciese crujir el bíamos cenado el día anterior á las ocho de la noche, y hacia las dos de la tarde comenzó á invacasco de nuestro buque, ellos podrían ver, como
dirnos un apetito que bien merece pasar á la hisuna estrella, la luz del hogar lejano en donde, al
toria. El lector sabrá perdonarme esta pequeña
final de las borrascas, encontrarían paz y reposo.
digresión
de carácter gástrico. Los héroes necesiPara nosotros, en cambio, no habría paz ni porvetan
comer
como los demás mortales, y cuando se
nir y, después de la tempestad, nuestro destino
les retrasa el almuerzo, les duele el estómago. En
seguiría siendo un enigma inquieto y amenazador.
cuanto á los centinelas, consignaré que el apetito
Entre aquella multitud, los emi~rantes tenían amilos humanizó algún tanto; y que como el apetito
gos que les despedían. N"uestros amigos se quedaera común para ellos y para nosotros, comenzaron
ban presos para marchar, como nosotros, hacia
á identificarse con sus prisioneros y á participar de
una ventura forzosa, y los que, por acaso, estuvienuestro odio hacia los que nos mantenían en prisen libres, se comprometerían seriamente diciénsión. Yo les hice algunas consideraciones en este
donos adiós.
Ibamns ya por las dársenas, cuando yo yi á un sentido, y les dije:
- Ustedes se creen que nosotros estamos prehombre corriendo hacia nosotros:
sos y que ustedes no, pero ustedes están tan pre- ¡Paraos! ¡Paraos! ...
\ o no podía parar. El hombre seguía corrien- sos como nosotros. La prueba es que ustedes no
pueden irse. Para que les pongan á ustedes en lido), por fin, nos alcanzó. Era un compañero. Anbertad, es preciso que nos pongan en libertad á
dando á la par del coche, nos dijo:
nosotros. En realidad, ustedes dependen de nos, - ;Tened cuidado'. Esto está lleno de poliotros mucho más que nosotros de ustedes.
c1as ...
La conversación se hizo general entre nosotros
Inmediatamente se dió cuenta de todo, comy los centinelas. Generalizado el apetito se geneprendió que había cometido una indiscreción y se
ralizó la charla que, á pesar de la solemnidad del
fué. Llegamos al sitio en donde estaba el buque,
momento, se había limitado á un solo tema, nada
Y el coche se detuni. Poro á poco fuimos entranfilosófico ciertamente: la comida. Yo me a,·ergüendo los diez expulsados. l' n jefe de policía anotaba
zo de aquel hambre terrible que llenó de pensanuestros nombres y nos entregaba á un soldado,
mientos Yulgares las horas más épicas de mi exisel cual, por una serie de escaleras y ele pasillos,
tencia. ¡\ pesar de mis lecturas, no recuerdo á ninnos_ conducía hasta la enfermería. Cuando ya esgún héroe que haya sentido en una forma tan imtuy1mos todos allí se nos registró por centésima
periosa el deseo ele comer, y esta reflexión aumen\ ez desde que habíamos sido detenidos. Se puso
con nosotros á cuatro centinelas armados de fusil ta mi desconsuelo.
l'or fin, á eso de las tres ó las cuatro, se oyó
Y de bayoneta calada y se cerraron fuertemente
un chirriar de goznes y se sintieron unas pisadas
todas las puertas que, hasta la cubierta del buque,
fuertes, como de un hombre que ,·a cargado. Se
eran lo menos seis. Pero aun no he enumerado toabrió la puerta ele la enfermería, v, ante nuestros
das las precauciones. En la enfermería había una
ojos anhelantes, compareció un rnarino con una
de esas Yentanillas redondas que hay en el casco
cazuela y sus accesorios.
de los buques y por las que, dilicilmente, cabe la enorme
Carezco de palabras para describir nuestra alecabeza de un hombre. Esta yentanilla daba á la

�íbamos á hendir ni la línea baja del cielo que iba
á elevarse ante nosotros. Se nos había encerrado
y se nos llevaba por fuerza. ¿Adónde? ¿A qué?
Entonces uno de mis camaradas se levantó
p~ecipitadamente y metió su cabeza por la ventanilla. Sacó una voz enfática, y dijo:
. - Podéis ec~arnos á nosotros, pero nunca podéis echar de ah1 nuestras ideas ...
Aquel hombre era el que, la noche antes, me
había dicho que quería pensar una frase célebre.

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gría. Como aquel marino no ha habido otro
que haya tenido un recibimiento tan triunfal, una apoteosis tan grandiosa. La cazuela
contenía una sopa de macarrones abundante
y mala; pero después de tanto apetito no
era cosa de ponerle reparos.
Invitamos á los centine·as que, mucho más desgraciados que nosotros, no habían recibido comida
y que, ante nuestro ofrecimiento, acabaron de perder toda idea de esa dignidad inherente al principio de autoridad. Pero los centinelas eran víctimas
del infortunio. Recién comenzado el almuerzo recibieron orden de irse y nosotros nos quedamos
solos. Notamos gran estrépito sobre la cubierta
del buque. En seguida oímos que recogían el ancla.
El soldado que custodiaba la ventanilla desapareció, y lentamente, muy lentamente, el buque empezó á marchar.
Por fin nos íbamos. Buenos Aires se quedaba
allí, como es natural; pero en él se quedaba también algo nuestro, algo que, en el momento de
partir, nos dolía como si se nos desgarrase. Encerrados en nuestra prisión, no veíamos el mar que

VII
El viaje fué apacible, nostálgico y sentimental.
A poco de zarpar el buque se nos sacó de la enfermería, y nosotros fuimos todo el camino como otros
tantos pasajeros. Eramos libres. Si queríamos abandonar el buque, nadie nos impedía arrojarnos al
agua. Sólo en los puertos, que tanta alegría ofrecen al que, durante varios días, no ha tenido ante
sus ojos más que un mismo horizonte, se nos ponían vigilantes encargados de nuestra custodia.
Los hombres era;-i malos, pero los dioses fueron buenos, y ante la proa de nuestro buque iban
calmando los vientos y las aguas. De estar un poco
mejor instalados, el viaje hubiera sido delicioso;

pero el Gobierno argentino había considerado que,
dadas nuestras ideas, nos ofendería ir en primera
clase. Nuestros pasajes eran de tercera, y en la
proa del buque nos confundíamos con los bueyes
que iban á comerse los pasajeros de las clases superiores.
Yo me explico el que la gente se vaya á América en tercera clase, pero no el que vuelva en
ella. El que va en tercera clase lleva consigo la esperanza de un vellocino que no tardará en indemnizarle de todas sus desdichas; pero, el que vuelve
como se fué, es un fracasado. Nuestros compañeros de travesía eran gentes que habían tenido un
ideal hermoso y que volvían con una triste realidad. Desde lejos habían vislumbrado la gran ciudad transatlfotica en un miraje de oro y de púrpura; pero, á medida que fueron acercándose, la
ilusión se desvanedó, y entonces comprendieron
que toda aquella belleza era el producto fantástico de la lejanía.
Al medio día nos servían un rancho infecto, y
luego lo digeríamos á los acordes de un acordeón.
Había entre nosotros un buen hombre, que en
veinte años de lucha sólo había podido adquirir
un acordeón. Por las tardes, este hombre se sentaba en cuclillas sobre la cubierta y comenzaba á
tocar. Era una música triste. Las notas más alegres salían como sollozos de la vieja caja del acordeón. Yo he pensado que aquel acordeón tenía un
alma, un alma vulgar y agobiada como la nuestra,
y que aquella música tan lament;ible era el alma
del acordeón. A todos nos molestaba el horrible
instrumento y, sin embargo, hdcíamos corro en
torno del instrumentista y nos poníamos á oírlo.
¿No demuestra esto cierto parentesco espiritual
entre el acordeón y nosotros? En cuanto al propietario del acordeón, yo me figuro que, cuando
se muera, se morirá abrazado á él. Se oirá un solo
gemido y, si se acude prnnto, podrá advertirse
una débil vibración en el pecho del moribundo y
en la caja del instrumento: dos vibraciones acordes que formarán una sola queja...
Yo no tenía nada en que ocuparme, como no
fuese en soñar, que es, por cierto, una ocupación
bastante seria. Tendido panza arriba, en lo más
alto de la proa, me ponía durante largas horas á
mirar el cielo. Las puestas de sol eran hermsísi~as. Yo contemplaba toda aquella gloria con atención verdaderamente ref)orteril, y veía cómo la
alta inmensidad se iba poblando de estrellas. Esto
ocurría cuando me colocaba panza arriba. Otras
veces me instalaba panza abajo, con la cabeza fuera
de la toldilla, y entonces examin~ba el mar, que
también era inmenso y también azul. En las noches del trópico, llenas de sopor y de calma, el
mar también tenía estrellas. Yo las veía palpitar
en torno del buque, como flores de plata en un
manto obscuro. De día, la contemplación del mar
~e proporcionaba un grato espectáculo. Largas
hileras de golfines hacían regatas con el vapor. De
cuando e:i cuando, como en un alarde o-imnástico,
salían fuera de las aguas y hacían un pe~fecto salto
mortal. Luego tornaban á hundirse, y acomodaban
su velocidad á la velocidad del transatlántico.
Los pasajeros de tercera se divertían como
podían. Venía entre nosotros un pobre muchacho,
abogado y tonto, que era propietario de dos preciosos objetos: una capa y una hamaca. A primera

hora de la mañana se embozaba en la capa, se instalaba en la hamaca y se dedicaba á desdeñarnos.
¿Puede imaginarse cada más ridículo? Una capa y
una hamaca son dos objetos tan distintos, tan contradictorios, que únicamente se les concibe hermanados en la vanidad de un hombre. La capa es
para el frío y la hamaca es para el calor. La capa
es para el invierno y la hamaca es para el verano.
La capa es para andar, para pasearse, y la hamaca es un instrumento de pereza, para dormir y fantasear. Llegamos á la misma línea ecuatorial, que
nos fué indicada por un cañonazo. Pues, en la
misma línea ecuatorial, nuestro hombre estaba perfectamente embozado en su capa.
Una vez cosieron sigilosamente, y sin que su
propietario lo advirtiera, la capa á la hamaca. Llegó la hora del rancho, y el joven jurisconsulto quiso levantarse; pero aquel día la capa tenía un peso
mucho mayor que de ordinario. El abogado, por
no dejar la capa, dejó de comer.
Otro día, mientras echaba una siesta, le pintaron al abogado la cara con un corcho quemado.
La tripulación formó corro alrededor suyo y lo
despertó con su gritería. El abogado siguió despreciándonos. La gente se reía y, poco á poco, el
abogado se creyó en el caso de escamarse.
- No sé de qué se ríen ustedes ...
- Nos reímos de usted.
- ¿Es que tengo monos en la cara?
- Sí, señor.
Entonces el abogado corrió á mirarse en un espejo y se cercioró de que, efectivamente, tenía
monos en la cara. Se lavó, se embozó, se sentó y
nos despreció más profundamente que nunca.
Nosotros intimamos pronto con el resto de los
pasajeros. Por las noches nos poníamos al lado de
la cocina y nos constituíamos en mitin. Allí, Troitiño hacía largas disertaciones sobre temas de la
filosofía anarquista, y el joven de la frase célebre
adoptaba actitudes apostólicas.
U na mañana vimos una nube en el horizonte.
Un mismo grito salió de mil gargantas:
- ¡Tierra! ¡Tierra! ...
Ante los navegantes, las ciudades se aparecen
como nubes, y esta circunstancia constituye un
divino ptivilegio de belleza que los reyes no pueden otorgar á las poblaciones del interior. Había
un pasajero que tenía un catalejo, y el catalejo fué
pasando de mano en mano.
- Yo creo que no es tierra. Es una nube.
- Le digo á usted que es tierra.
Era tierra, en efecto. Era Santa Cruz de Tenerife. Serían á la sazón las nueve de la mañana y
hasta media tarde no llegamos al puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados á
la toldilla del buque, íbamos observando cómo se
concretaba poco á poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tornándose amarillento
y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En
cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de
esos prodigios que hacen los confiterns en lastar·
tas familiares y onomásticas. Permanecimos en el
puerto una~ cuantas horas. Infinidad de pequeñas
barquillas rodearon el buque des'le el primer momento, y los vendedores ofrecían á los tripulantes

�paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                    <text>El Cuento Semanal
__

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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�El [uBnto 5Bmonol
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡

¡ /v\adrid

Libros y Revistas
Prosas líricas, por Enrique Morales Ruiz. Palabras de

Arturo Gómez-Lobo. - Imprenta de E. Pérez. Ciudad Real.
::,e trata de una obra póstuma, obra de melancolía y de
&lt;:ansancio en cuyas páginas parece flotar la tristeza del presentimiento que, al escribirla!!: tenia el autor de no verlas
impresas nunca.
¿Qué resta de ese autor? Sin duda algo muy tierno.
«Dijo la paz de unas vidas - escribe su prologuista Gómez-Lobo - ; la quietud de una tierra inerme; la monotonía
de un&amp; calle ancha - vaso de sol - en donde se percibe el
leve latir de las fuerzas soterradas; la corta peregrinación
de dos corazones por tierras de amor; el cantar sabio de un
arroyo que baja de un monte, atalaya del llano.»
Lo eterno. - Comedia en un acto original de Juan Górnez Renovales, estrenada en el teatro Eslava de Jerez de la
Frontera, por la compañía de D. José Tallad, el 12 de Enero de 1907.

~===:,o:ao::===•oooococx,c==:xooccr.::====&gt;

La Semana Teatral

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre·6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelto:

3Ü

Cén

ti ffi OS

Cómico. - Aquí, como en todas partes, Loreto y Chlcote triunfan sin reservas.
Las obras que más éxito obtuvieron en la temporada anterior, La br_ocha gorda y La Puerta del Sol, han sido reformadas y meJoradas notablemente.
En la primera de estas zarzuelas, Loreto, imitando el
gesto, la vo, y hasta lindísima figura de La Fomarina, está
deliciosa. Tanto, que seguramente este invierno el público
irá á ver á La For11arina para ver «si se parece» á Loreto
Prado; ni mas ni menos que el año anterior fuimos todos á
cerciorarnos de si, efectivamente, Loreto se parecía á La
f-tornarina.

Esta semana se celebró la reprise de la aplaudida «alcaldada en cuatro cerrojazos y un prólogo»; titulada/ Qutse
va ti arra,-/, en la cual Enrique Chicote y Julio Castro cantan un «número» nuevo con muy graciosos couplds.
Gran Teatro. - Ha comenzado á actuar en este coliseo
una excelente compañía de Varidis. Hay coupletistas, acróbatas, cinematógrafo, etc. Todo muy pintoresco y variado.
Distínguense principalmente Nelson Follet y la Dika,
con su groom; las hermanas Mariano en el trapecio balancín,
la troupe tirolesa, The Lysthép's, etc.
Es un espectáculo de un cach,t internacional muy agradable.
••.
·

=cc====xx,a===acx,0-====n:=ccc==::&gt;

A polo. -«¡Ya está abierto A polo!» Es una frase callejera

que pone á los madrileños de buen humor, porque evoca
frescores otoñales, perspectivas de invierno. Es la señal de
que el aborrecible verano, perezoso y sudón, se ha ido.
La inauguración de «la catedral», donde «ofician» desde
hace tantos años los generosos empresarios Arregui y Aruej,
íué espléndida.
De telón adentro, salvo algunos nombres que nadie ha
-0lvidado, «lodo está igual». Allí vimos á Rosario Soler, hoy
más que nunca en la plenitud de su caliente hermosura española; Maria Palau, «boca de risa», pizpireta, ílexible y
pen·ersa, como una belleza del boulevard; Felisa Torres,
siempre jl;raciosa y bonita; Elisa Mornu, Amalia Campos,
María Valdemoro, Antonia Espinosa, Isabel Carceller, y la
excelente, la insuperable característica Pilar Vida!.
Ent, e los del «sexo feo•&gt; figuran e n primer término (no
por feos precisamente, sino por graciosos), Emilio Carreras, Pepe ;\!oncayo ·y García Valero; D. José... (ya saben
nuestros lectores que nos referimos á Mesejo ); Sarazzi, buen
actor y baríLono de grandes facultades; Vicente Cardón,
Manzano, Soriano, Mihura ... y otros.
En los carteles subsisten actualmente El luísar d, la
.f(Ullrdia, La mala sombra, L a suert,• loca y Ci11ematógrafo na,:io11al. Pronto empezarán los estrenos.
Zarzuela. - En el elegante coliseo de la calle de Jovellanos se han estrenado con gran éxito un arreglo de la famosísima obra de l\Iascagni Cavallería ru.rticann, y un sainete de los Sres. Labra y Chapí, tilulado Los vtlerall{&gt;s. La
temporada, por consiguiente, empieza bien.
La Empresa ha tenido la buena idea de resucitar E l dúo
;Ú la .-lfri,&lt;111,1, en que mucho sobresalen J oaquina Pino y el
tenor Simonetti; el inolvidable sainete La ca11ció1t de la Lo/a,
del maestro Ricardo de la Vega, y La co¡,a e11ca11tndo, de
Benavente.
Edu.va.- Continúan en este teatro las representaciones
de L,1 f¿,z dd ole, La gatita b/a¡¡ca, :..a /1osteri11 d,t L aurel, La
,:011q11i.rta .td marido y Ap,,ga y vci1110110s.
Alli la alegre «sicalipsis» triunfa, y el buen público aplau-0c á las tiples que lucen ante el incendio de la batería la
esplendidez de sus esculturas. ¡Ah, la poca ropa! Carmen
Andrés, por ejemplo, es una respuesta, una hermosa respuesta hecha carne, á todas las duda¡; que Colomhi11, en España r ;\[me. ;\ladrus en París han suscitado acerca del inJlujo que las faldas ejercen sobre la belleza de la mujer .

•

CLAUDI0 fR.0LLO

~ÑO__L:_!_3 Se).)tiembre 1907 - N.º 37

Consultorio &amp;rafoldgico &amp;RAtHTMEH
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

Admiro á Galdós filósofo. - Sensibilidad excesiv&amp;; actividad física muy seguida; voluntad pacienzuda, con momentos de
terquedad; buen grado de inteligencia; conciencia ancha; temperamento nervioso; ligero cansancio físico; sinceridad; carácter
muy expansivo; generosidad que sabe contar; afición para la buena comida
Según manifiesta usted el deseo de saberlo, para hacer un retrato grafológico no me fijo ni en el estilo ni en la ortografia, y si
no fuera por poder contestar á ciertas preguntas particulares
que me hacen n11s consultantes, no leería tan sólo las carlas, lo
que á pesar de lo raro que parece, lacilitaria mucho mi trabajo y
contribuiría a la sinceridad del análisis.
Luisa Catalana, de Barcelona. - Naturaleza bastante interesada; agitación; ausencia total de voluntad; cierta tendencia á
la exageración; carácter bastante rencoroso; temperamento muy
nervioso; salud bien equilibrada; ligero espíritu de contracción;
criterio justo; conciencia ancha.
Joaquinita G. Gata. -Afición extraordinaria a discutir; constancia; voluntad seguida, con tendencias á la dominación; expansión, sobre todo con los extraftos; orden; naturaleza que sujeta
siempre los impulsos de su corazón á las leyes de la razón; equilibrio perfecto en todas las facultades; temperamento vigoroso.
Eduardo Guzmán. - Espíritu fino y delicado; carácter amable; Vúluntad débil; gran constancia en amor; conocimientos variados y buen ~rado de cultura; prudencia en los negocios; gran
desconfianza; bastante actividad física; juicio seguro; corazón
tierno y sensible en exces~ deseo de hacer el bien en torno suyo;
temperamento inmaterial.

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO

COMO MURIÓ ARRIAGA
I
EL BOULEVARD DE CLICHY

boule,·ard de Clichy, en París, parece
como un brazo doblado. El hombro es la
plaza Pigalle; la mano, muy grande, muy
abierta, es la plaza Clichy, y frente al codo se
abre el puente de Colaincourt, luego calle de Colaincourt, sobre el cementerio de Montmartrc,
en el cual sabe la lectora que está la tumba de
la Dama de las Camelias, Margarita Gautier. Si al
brazo que hemos dicho, queremos darle u na estructura, ya enormemente g igantesca, el hombro
lo tendremos
hundid o e n la
Chapelle, yla palma de la mano en
las a I tu ra s des
Ternes, muy cerca de la Estrella.
E I boulevard
de C!ichy es la
ante sala del famo so r.Iontmartre, el cual i\Iontma rt re, después
de conocido, resulta, como todo
lo humano, inferior á su fama.
Pero es preciso
conservarla; los
extranjeros la guardan por snobismo, y los parisienses por mercantilismo, puesto que ciertas particularidades del famoso barrio son un ingreso natural de París. La cueva del Cabaret del Infierno es,
por ejemplo, tan producth·a cual la gruta de Lourdes, sólo que aquélla es inocente y ésta es embaucadora.
Frente á la plaza Blanche, e n el trozo principal del boulevard Clichy, esto es, e ntre el codo y
el hombro, entre la e ntrada del puente de Colaincourt y la plaza Pigalle, se inicia la espina dorsal
de Montmartre, la calle de Lépic, tan empinada,
que á la mitad de e lla tienen que detenerse los
carruajes porque no pueden arrastrarlos los caballos.
Este pedazo del boukvard Clichy es una de
las pocas porciones del París que no se acuesta á
su hora. E n la plaza Blanche es tá el restaurant dé
la plaza Blanche, y más arriba, por la misma ace-

E

L

ra, e n la plaza Pigallc, la Abaie Théleme, La ratamuerta y La r ata que no está muerta. Además, ef
Cabaret del Infierno, que para visto una vez, es.
distraído; el Cabaret del Cielo, que aun para visto
una vez sola, es tonto; dos ó tres modestos restaurants; dos ó tres panaderías; dos 6 tres librerías de viejo; tres 6 cuatro tiendas de cuadros,
donde jamás se ve uno bueno; y algunos baratillos con muebles y cachivaches desastrosos, que
tienen pretensiones de mobiliario y de arsenal artísticos, donde los pintores pobres de Montmartre compran , cuando colocan á buen precio un
cuadro en la calle de Laffite 6 una colección de
dibujos á los editores de la orilla
izquierda, cosas.
que v uelven á
vender en cuanto
se concluyen los.
cuartos. En esta
acera la s casas
son buenas y los.
vecinos burgueses, comerciantes; vecindario
pacífico, bellas
personas. En la
acera de enfrente
"" 1/ ,,l~~
se halla el Molino
Rojo archifamoso,
levantando al cielo sus grandes aspas coloradas. A
su izquierda, más
lejos, el Cabaret
de la Muerte, donde no se ven ángeles azules ni
diablos encarnados, sino muertos que van descomponiéndose, hasta llegar al esqueleto; donde se toman vasos de cerveza, puestos sobre un ataúd, en
medio de un salón 0bscuro y enlutado; donde se
observa, e n fin, cierta tétrica gracia. A la izquierda, más lejos, se e ncuentra el Cabaret de Quat'z'
Arts, e n el cual, en e fecto, hay un poco de arte.
Aquí está la avenida Rache!, vía corta y ancha
como un pequeño square, que lleva al cementerio
de Montmartre. E n esta esquina de la aven ida de
Rache! hay un restmerant modesto, con sus mesas,
como todos, e n la acera y un salón e n el entresuelo, anunciado especialmente en la fachada, para
bodas. Desde los balcones y desde la puerta se
ven las cruces y mausoleos de la necrópolis, indicadores de có mo termina todo e n este mundo.
Salvo una peluqueríá, una panadería, otros varios tenduchos, tocias las accesorias de esta acera

�son (r) brascrías y tabc-rnas, &lt;los d&lt;' éstas, buenas
y dos de aquéllas, elegantes. Casi todas las casas,
inferiores en altura, en arquitectura y en confort,
y sólo superiores en años á las fronteras, son hoteles, hoteles de esos parisienses donde se \ i\'e y
no se come ó come cada cual lo que puede, &lt;'n
su cuarto. El personal de huéspedes está compuesto, casi todo, por prostitutas, chulos, ladrones ,
asesinos; las cocottes, los maqttercaux y los apaches.
Hay un hotel en este lado, á la entrada de la calle
&lt;le Lépic, que se titula de La bella estancia, en d
que suenan tiros casi todas las noches y al que á
cada momento tiene que subir la policía.
Así, pues, entre una y otra acera, materialmente separadas por unos cuantos mrtros de calle
&lt;le adoquín y andén central de asfalto, hay varias
leguas, tal yez no en número cxcesin,, de camino
moral.
Las dos fach1.das Sl' conocrn, pero ni se hablan
ni se estorban. Ambas tienen los negocios fuera;
-el burgués, en el centro de París, y el apache, don&lt;le le pilla. Todos Yi\Cn tranquilos .•\lgunas noches, un viejo matrimonio que duerme en una alcoba de la acera honrada, se despierta al ruido de
&lt;lisparos que suenan en las casas de la acera malévola.
- ¿Qué es eso?
- Tiros ahí enfrente.
- Duerme, •gallinita,.
- Duerme, «palomito•.
Y los esposos vu&lt;'h·en á conciliar tranquilamente el sue110.
Al otro día, si es uno prima, eral de esos en que
todo París Yivc en la calle, nadie diría mirando
.aquel amplio boulc,·ard tan alegre, tan bello, que
la mitad ele las noches es perturbado por los juer_guistas del Rat .Mort ó del restaurant de la place:
Blanche, ó por los bandoleros del lado del ~foulin.
Las familias circulan con sus niños por el centro
asfaltado, entre los árboles; por los boquetes del
metropolitano suben y bajan filas de personas, cual
las hormigas por sus hormigueros, y desde los
balcones, las terrazas, las puertas ele las tiendas,
fas dos aceras se miran sonriendo amable y bona.chonamcntc.

II
EMPIEZA UN ARTICULO

Por dos trocitos de las sendas calles de Douai
-y de Bruxclles, se "ª del lugar que hemos descrito
.al squarc de \'intimillc, plaza pequena, poco transitada, con un jardinillo húmedo y enverjado en el
centro, adonde los nenes de la yecindad bajan {1
jugar con sus niñeras.
( 1) Unas veces subrayados, otras no, el lector encontrar-\
en estas cuartillas numerosos galicismos. Van puestos de
propósito. Así como opino que traducir, traduzca quien traduzca, es matar un libro, creo que cuando se babia de otro
país se debe, si se puede, lomar de él cuantas ,·oces sean
posibles y compatibles con la facilidad de entender del lector. También se encontrarán algunas cosas en francés qui:zás poco ortográfico, porque no me he tomado la molestia
de consultar con un amigo que lo escriba bien, y porque yo
.sé de francés muy poco más que Jacinto Arriaga. Además,
y esto lo explica todo, ni en ese francés, 1ni en mi español,
son excesivas mis pretensiones de purista. - C. F.

Cna ele las a,cnidas de C'sta plaza, que ofrece
el contraste muy frecuente i-n las capitall's populosas, de un lugar solitario junto á un paraje concurrido, es la continuación de la calle ele Bruxellcs, la calle donde murió Zola, y , a á salir á la
parte más alta de la ruede CliclÍy, inmediata á la
plaza de este nombre, acabando así el trapecio que
fi,rman la calle ele Uichy, la plaza y un trozo del
IJoulevarcl de Clichy, y el otro pedazo del mismo
b lUlernrd de que ya hemos hablado.
El número 5 de la rue de Bruxelles tiene este
letrero en su fachada: ll1aison mwblée. Entremos
y subamos hasta el último piso, en cuyo descansillo, que es como una saleta bastante amplia, sin
muebles, hay yarias puertas numeradas . ."\ la izquierda se abre un corredor, á cuyos lados otras
cuatro puertas dan paso para otras tantas chambres. Penetremos en el número 41, el primer número de la derecha. Es una pieza cuadrada, ni
chica ni grande. En un rincón, contra la pared,
se Ye una cama antigua, pero confortable, de madera barnizada de negro. ,\ &amp;u lado, una mesa de
noche. En igual línea que ésta, una cón_1uda, y presidiéndola, un gran espejo ele marco dorado, que
casi llega al techo. Entre el cristal y el marco,
pinchados, como danzando al aire, duplicados por
el cristal sus cuerpos de peluche ,·erde y colorado, con los ojos de azabache, saltones, y con el
rabo tieso, están cinco ó seis de esos diablillos
que dan en el Cabaret del Infierno; retratos de
actrices y literatos, y algunas bailarinas con un pie
en el suelo y el otro lo más alto posible. En el otro
rincón de este testero, hay un larnbo de caoba
con tapa resquebrajada de mármol, mueble antiguo también, como todos los que estas casas van
quitando de los primeros pisos que hay que renovar, para llevarlos al cinquiéme 6 al sixiéme. Enfrente de la cómoda se halla un sofá de terciopelo
rojo, al que podemos conceder que sea de Utrech,
pero al que hay que acusar de ancianidad. Yerde
es el tapete, lleno de papeles, de periódicos, de
libros, que cubre el \ elador colocado ante el sofá.
Frente á la cama, entre dos sillas, se abre una
ventana que da á un enorme patio. En fin, en
puerta y ventana, hay porticrs de cretona negra
con grandes flores rojas, y las paredes, de papel
vC'rdc claro, sin dibujos, se adornan con retratos,
con postales y con bibclots, desnudos de mujeres,
sobre unas repisitas. En el alféizar de la ventana,
que está abierta, hay un cacharrito azul con unas
flores. Sobre la cómoda, otras esculturillas bonitas
y baratas. El cuarto es alegre, claro y limpísimo.
Le da el sol.
Ante la cómoda acaba de ,·estirse un hombre .
Tiene treinta y ocho años, pero es la suya una de
esas fisonomías movibles, que en la tristeza se
aycjentan, que en el entusiasmo ó la alegría parecen niñas y que cambian veinte veces al día de
apariencia de edad, según sus impresiones. Si en
este instante preguntamos á este hombre por su
edad y nos responde, sonriendo como está, aunque se halla solo: «la de Cristo», no hay fundamento para decir que engaña.
Es de aspecto agradable y simpático. ~ada saliente , emos en su favor, pero tampoco en contra.
En sus ojos hay algo de espíritu y de luz, y sobre
todo, de sincera vehemencia. Su pelo, que blanquea un poco por las sienes, escasea algo y aun

algos por la coronilla. El bigote es completamente negro.
Acaba de ponerse la americana y ,·a á salir.
Se echa una ojeada gencral,que no le descontenta;
en efecto, no va mal vestido, y su calzado, su camisa, su corbata, acusan algo de distinción natural
y de b 1en gusto. Coge un !"&gt;itillo, lo enciende, lo
pone cuidadosamente en la boquillita de ámbar y
sale, llevándose la lla,·c. Por la escalera, con voz
que hace todo lo gutural que puede y con tono ele
niñez, de alegre despreoc,1pación, va cantando:
«Le roí fait battre le tambour,
pour voir /1. toutes cettes dames... »

Di\ isa al garzón que está barriendo por el entresuelo, y canta más fuerte, y luego se hace el
sorprendido cual si, embobado en su cantata, no
hubiera , isto al mozo, cuando éste, escoba rn
mano, se adelanta á saludarle co:1 familiaridad.
- Bon jour, m'sicu.
- Bon jour, mon Yieux. TI n'y a pas de lettrcs
pnur moi, ce matin?
- :;\fais non! \'ous sarez bien qu'il n'est pas
l'heurc•, cncore, pour le facteur.
Sí, es muy temprano, las ocho de la mañana, y
hasta las nuc\'c ó nucye y media no llegará el cartero. .\demás, él no espera carta; pero lo que importa á este hombre, que no es francés, es hablarlo
á todas horas, en c•1anto se despierta, hasta soñando, y busca todas las ocasiones para ello con
motivo ó sin él.
,\1 pasar por el bureau se halla con el patrón,
excelente sujeto, un pro,·enzal con un ca helio duro
y á~pcro, que tiene la propiedad rara de erizarse
cuando su poseedor se enfada.

- Buenos días, señor Renard; ¿no ha venido
nadie á buscarme?
- Pero, señor, ¡si son las ocho de la mañana!
Y con los pelos en acción:
- ,\demás, ¡si casi nunca viene nadie á preguntar por usted!
- Es que estoy esperando una visita de España.
- Pues no ha venido nadie.
- Bueno, hasta la tarde.
- 1Iasta la tarde.
Es una mañana suavísima de Abril. Kuestro
hombre sale, y continúa cantando:
~ ... et la prcmicre qu'il a vu
lui ll. raYi son a... ñ... •me ...»

Por sitios que conocemos ya, llega al boulcvard
de Clichy, y cerca del ~folino Rojo se sienta á la
puerta de un café. Pide un café, unos croissmrts,
una copita ele cognac, de que escribir. Cuando toma
su modesto clcs1yuno, coge un sobre y estampa:
Fe1úl!es pour l'illtjrimerie
Señor director d el Diario Cusmopolita.
Segovia (Espagne).
Deja el sobre á un lado para que se seque y
para que el camarero pueda verlo. Corta luego en
cuartillas algunos de los plieguecillos de papel
cuadriculado que le ha traído el mozo, y al frente
de la primera pone:
CRÓ::-;-!CAS PARISIENSES

L\ ACTITUD DE LAS C,\l\IAR.\S
:\lcdit:t un poco. Enéiende un pitillo. Se distrae mirando á los obreros, á los empleados, á las

�criadas y á las obreritas, que pasan veloces por el
boulevard. Vuelve á concentrar el pensamiento;
da otra chupada al cigarrillo; empieza:
Tengo fundados moti\'os para creer que las
( ámaras actuales ... •
\' sigue en su trabajo sobre el hacecito de
cuartillas.

do \'ohieron á Seg1wia, la mujer, muy preocupada
durante unos días, entró cierta mañana en el cuarto de su hermano, que se vestía para ir á rezar la
misita diaria, y le espeM sin más prcparati\'os:
- Oye: Jacinto y yo hemos decidido casarnos.
El can6nigo, sin alterarse mucho, respondió:
- ¡Qué barbaridad! l~se muchacho es tonto y
hí estás loca.
III
- ¿Por qué estoy loca: -Y ya enfureciéndose:
- ¡Pues lo queremos! Y además no hay más remeJUNTO AL ERESMA
dio. ¿Ln entiendes bien? ¡No hay más re-me-dio!
- ¡Bueno, bueno! - replicó el excelente homEste hombre, á quien tenemos escribiendo un
bre
que, sin sospecharlo, llevaba el espíritu de Volartículo á la puerta de una brasería parisiense, es
Jacinto Arriaga, cuyo nacimiento, como ya dijimos, taire dentro df.'I cuerpo. Y ,í los quince días los
casó con la misma indiferencia que los hubiera exelata ele treinta y ocho años, y cuya vida ha co- comulgado.
menzado hace tres meses.
A los siete meses la esposa trajo al mundo un
Jacinto nació en Zamarramala, un pueblecito,
pobrecillo infante muerto.
casi aldea, á media hora de camino ele Sego,·ia.
i\l año y medio, harto de comer y ele beber,
! lijo de unos labradores pobres, quedó sin padre
á los dos años y sin madre y sin amparo á los rcventcí el buen canónigo como una caldera que
seis. \'ivían en Segovia un canónigo que había estalla sujeta ,í más prcsiém de la p"sible. L'I \'ida
sido su padrino de bautismo, y una hermana de de los esposos, que no volvieron á tCn&lt;"r otro hijo,
éste, que cuando el nene quedó huérfano contaba continuó igual, mon&lt;&gt;tona, sin el accidente que la
diez y ocho años. La muchacha propuso recoger al vivificara de alguna alegría 6 de algÚ'n dolor. Ella,
chico, y su hermano replicó que sería un engorro. como todas las mujeres de un marido joven, que
«Le cuidaré yo&gt;, replicó aquélla; y como el buen Yiven siempre en el miedo de perderlo, era celosa,
canónigo fuera un amable egoísta, de esos que ha- tiránica y gruñona. 1Iás que por timidez, él la obecen el bien por ahorrarse la molestia que puede decía y la soportaba por indiferencia, por falta de
acarrear no hacerlo, consintió, para evitarse una una pasión ó un objetivo que le hici&lt;'ra saltar sobre
pelotera con su hermanita, que se aburría, que no todo, y también por gratitud y por bondad nativa,
era fea, pero que no era guapa, y que no tenía pues en aquella mujer con quien compartía el
novio con quien entretenerse, circunstañcia que desabrido lecho conyugal, miraba y reconlaba ,i
la buena madre ,·oluntaria que cuando nirio lo arnrhacía muy razonable que la distrajeran regalándo- llaba
en la cuna.
le un niño.
Así,
prisionero en la tranquila cárcel de una
No fué ascética ni mojigata la educación de
éste. Ni el canónigo ni su hermana eran santurro- vida apaisada, transcurría su existencia, sin otra
nes. El iba al coro como á la oficina. Ella rezaba distracción que los paseos solitarios y las lectucosas habituales sin ahondar mucho y sin derro- ras. Tal vez por la índole de las primeras que, sin
char fe. Tenían algtín dinero; se sentaban á una orden y por casualidad, vinieron á sus manos; tal
mesa ele príncipes; ella sin apetito y él como un vez por cualquier rara predisposición, el caso es
que aquel hombre, jamás salido ele una ciudad que
1Ieliogábalo.
.
El tres veC&lt;"S obligado protector del n"'ne, por s61o habla de cosas y de tiempos muertos, se afihaberlo apadrinado en el bautismo, por haberlo cionó á leer, y cada día con más pasión, cosas
recogido y por su santo personal sacerdocio, no nuevas y ex6ticas. Para su examen en Telégrafos,
se metió sino en que Jacintillo no le perturbara Jacinto había estudiado francés, y lo aprendió muy
bien, ó mejor dicho, fácilmente, y de la misma tal
el sueño; y la \'ida de la casa transcurrió muy en
paz, porque la hermana tenía cuidado de alejar al facilidad nació el contento con que lo estudiera.
pequeño cuando por las noches el señor canónigo Se examinó, se casó, ocupó su plaza y no vohió á
se acostaba resoplando, con sus dos botellas ) sus ocuparse del adorable idioma. Mas á su oficina de
enormes tajadas en el cuerpo, y por las tardes se Segovia vino un oficial que había corrido mucho
dormía la siesta con sus grandes tajadas y sus dos mundo, que había ,ivido en ,cinte partes, y un
botellas entre pecho y espalda. De manera qu&lt;' el año en Londres y un par de ellos en París. Y aquel
niño estudió poco, y como á los diez y ocho años hombre, que de todo cuanto había ,·isto y recorrino sabía una palabra, lo prepararon para una ca- do conservaba perenne é imborrable el recuerdo
de la ciudad luz, despertó en la imaginación de Jarrerita corta, la de telegrafista.
cinto,
que no tenía tampoco en qué ocuparla, el
Lo prepararon en Sego\ia, y para que no viniera solo, fué la solterona quien lo trajo á Madrid; amor al gran pueblo. Hay quien se enamora por
al canónigo no había quien lo sacara de su casa, ni un retrato ó una referencia.
El compañero de Arriaga no se hacía creer sólo
de sus costumbres. Se examinó Jacinto, obtuvo
plaza y se logró que fuera destinado á Segovia. por su palabra. Ilustraba y documentaba sus conPero, ¿qué había ocurrido en los tres meses que el versaciones con fotografías, grabados, periódicos,
joven y la hermana del canónigo pasaron en la cor- libros. Algunas veces, paseando con el índice por
te? El ambiente de ~Iadricl, los cafés, los teatros un plano de París, seguido por la ávida mirada de
que un barbarismo llama sicalípticos, la \'ida me- Jacinto, le describía edificios y lugares. «¿Ve usted
dianamente libre de la mediana capital, ¿qué in- esto? Aquí está la estatua de Gambetta... Puesto
fluencia tuvieron en el joven y en la que se figu- delante de la estatua, mirando al frente, atra,iesa
raba seguir siéndolo? Fuera ello lo que fuese, cuan- la vista el arco de triunfo del Carroussel, se adelanta por las Tullerías, se detiene en la plaza de

;n

la Concordia y, partido por la aguja de Cleopatra_,
,·e á lo lejos y á lo alto C'I arco de la Estrella. ¡Que
París! ¡~ada hay como París! Esto es la plaza de
la Opera. Esta calle que se encuentra detrás, es 1~
(haussée d'J\ntin. Pues aquí, en esta acera, casi
enfrente de una casa , ieja, en que se halla, por
cierto una sucursal del :iront&lt;" de Piedad, hay una
rotiss;rie, donde almorzaba yo casi todas las mañanas.•
Jacinto encontraba algo \'Crdaderamente superior en aquel hombre, que había visto el arco de
la Estrella por una arcada del del Carroussel, con
la aguja de Clcopatra en medio, y que había almorzado muchas \eces en la Chausséc d'Antin, al
lado de la Opera, al lado de los grandes bulc\'ares, ¡los bulevares!
.
. ,
Otras ,·eces, la sangre de este Joven que v1V1a
en la castidad y casi en la abstinencia, se encendía al oir la descripción de los lugares alegres y
de sitios descaradamente canallescos. ¡Qué noches
las de su amigo en el l\loulin de la Galette ó en el
Bal ele Boulier! Luego le hablaba de los cajés-concerts; de ciertos establecimientos que hay en las
transversales angostas del boulevard Sebastopol,
donclc las camareras sirven en traje de bebé, en
marineritas; y detrás del boulevard San Dionisio,
en callucas infectas, que parece mentira cómo no
ha derribado la piqueta que reformó París, hay
otros cafés, donde las dependientes acuden al parroquiano cubiertas con una capa y se sientan _á
su lado y se quitan la capa, y con ella se han qmtado ya todo el \'estido.
Pero no es esto, cosas para una \'CZ, para los
días de trueno, que dan idea de la licencia de
París, lo mejor del gran pueblo, sino su encantadora libertad. Estas preocupaciones españolas y Jacinto pensaba en las que conocía, las de Se-

govia - !&gt;1111 ridkuleces de que
l:,t C,LJ~ital &lt;le
Francia se reiría todo el mundo. ~mgun pa1s como
aquel puede ofrecer la independencia, la dcspreocu¡&gt;ación la ligereza encantadoras de su trat&lt;;&gt;,
1
¿Y las mujeres?
¡Qué mujeres.1 «'!'uve yo una armguita... &gt;
Trasladaron ele ScgoYia al oficial, pero el parisianismo de Jacinto nadie se lo ~acaba ya ~lel
cuerpo. Suplió á su amigo con los libros, que_ a ~a
esposa decía que eran científicos, y con penóchcos que recibía clandestinamente, para que no los
,iera su mujer, pues contenían estampas del t_odo
incompatibles con la más tolerante. de las ~1encias. El más grande disgusto de s~1 nda matnmo~
nial fué un día en que su costilla le encontro
ante un periódico, en cuya portada, ba)o el tí~ulo
L' Amottr, palabra que ella supo traduclf, halla hase un señor viejo y muy gordo d~ndo u_n beso_ en
la nuca ú una muchacha en camrsa y sm medias.
JI uyó con sus periódicos y leía en la oficina, entn•
tcl&lt;'grama y telegrama, 6 en la soledad de sus
paseos.
.
.
Aquel poético Eresma que sahc tanta h1stona
de España, que no entiende sino de avcntt_i_ras guerreras y de sentimientos fra_ilunos ó !111~nJ1les; que
impregnado del tiempo medmeval_odra a lc'.s ron~anos que alzaron el acueducto, od~a á los r_ngemeros que han abierto el túnel segonano, y sol? ml&lt;_&gt;ra á los constructores del Alcázar; aquel poético no
que ha inspirado tan sólo •ayes del&gt;, «brisas del&gt;,
«cantos del&gt;, «lamentos del&gt; y demás versos del
Eresma, ¡cómo se estreh1ecía en lo más hondo ele
su cauce cuando una \'Cz el aire le arrojaba algún
candente ejemplar del Frou-Frou, olvidado por
Jacinto en la orilla donde había leí~o! Y a9uellas
monjas del Parral, que tras sus cclosra~ podran ver
sin ser vistas, al contemplar en med10 de aquel
bello derruído claustro, que hace pensar en cosas
altas aun al cerebro que jamás haya pensado, ¿qué
sentirían, indignación 6 excitacio~es pecadoras,
ante el sacrílego, sentado en una piedra, que desplegaba en otra piedra aquella mala pre~sa, llena
de torpes láminas, cátedra torpe de erotismo?
¡Oh, terrible plle-1Jtéle! - _así se llamaba, por
más señas, uno de los pericíd1cos - ; ¡oh, ternhlc
péle-méle de nuestra edad, que ing_t&gt;rta~ lo prof~110 en lo cli\·ino y metes á la afrodita \ enus baJn
las tocas virginales de la madre de Dios!

*

* *

Bueno... El día mismo en que Jacinto Arriaga
cumplía los treinta y siete aiio~, se m~rió su_ mujer. Pareció como si la pobrecita hubiera dicho:
«basta de aquí no paso&gt;; porque, en efecto, aquella ex~clente alma, acabada de partir en _busca _de
la del canónigo no obstante haber recogido, cnado, hecho hombre, amado, protegido, en fin, á Jacinto de todas las maneras, obró con tal torpeza
que !~izo de Jacinto un aburrido, un desdichado.
Hay muchas buenas gentes cuyas bondades dan
tal extraño fruto.
Lloró con toda su alma noble el viudo, porque con toda el alma quería á aquella muje:, de
quien había tolerado los defectos en ara a las
bondades. Durante algunos meses, ~omo_ también
suele ocurrir muy á menudo, el mando sm esposa
vivió con ésta más de lo que vivió toda la vida, y
se acabaron los libros, y los periódicos, y los sue-

�ños parisienses, y no hubo sino el culto á la muerta; y la corriente del Eresma y las buenas monjas
del Parral viewn correr mil veces las lágrimas de
aquellos ojos que antes miraran encendidos, sonrientes y fijos en el texto de unos periódicos alegres. Continuó el planeta dando yueltas, se consoló Jacinto, y, ¿cuál sería su vida en adelante?
Una mañana de primavera, perfumada y tibia,
Jacinto estaba solo en aquel bello, derruído claustro del Parral, donde casi nunca entraba nadie,
salyo algún que otro forastero. No se oía sino el
cl)rrer precipitado y burbujeante del Eresma, y
de cuando en cuando el golpe, doloroso para oídos
artísticos, de un arco al truncarse, de una columna al caer sobre el piso, en que crecían hierbas
silvestres. En medio de tal calma, de sublimidad
imponderable, que hace nacer en el filósofo fuertes amores por la soledad, Jacinto, que no era un
pensador y que además estaba saturado de toda
aquella ambiencia, pensaba, tal vez como las monjas de allá adentro, en el ruido y el bullir del
mundo.
Algo que, durante mucho tiempo, permaneciera ausente de su ánimo, volvía pujantemente á él:
París. Estaba el hombre sentado en una piedra,
en medio del patio, como siempre, por miedo á
colocarse en los costados, donde el derrumbamiento de una arcada concluyera su historia. A su
espalda tenía el muro enrejado del convento; ante
sí el río, que no yeía, escuchaba. París. Y levantándose, exclamó:
- ¿Por qué no he de marcharme?
Salió de allí, y al salir para siempre, decía
con impaciencia, con fiebre:
- Sí, me voy. ¡En seguida me voy!

***
Jacinto había heredado de su mujer una renta
de setenta duros mensuales; pudo, pues, pedir su
excedencia del cuerpo de Telégrafos, sin que el
problema de vivir le preocupara. Hizo sus preparativos y se fué. Cayó en París en un hotel cualquiera de la calle Trevisse, donde paró muy pocos
días. El de su llegada, á la hora de haber pisado
el Quai d'Orsay y cambiado febrilmente de ropa,
salió de casa y se abismó en los grandes bulevares.

IV
LA DAME DE LA RUE DES BOURGUIGNONS

Una de las ridiculeces de Arriaga era no parecer burgués, sino bohemio. A poco de llegar á
París pensó en aparentar una situación, y ofreció
artículos gratuítos al Diario Cos11topolita, de Segovia.
Cuando recibía las mensualidades que su banquero le giraba, Jacinto decía que eran su sueldo,
y casi diariamente, el buen telegrafista, después
de leer la prensa de París, se ponía d trabajar.
Estas primeras mañanas de Mayo, que en el
gran pueblo suelen ser muy bel'as, Arriaga había
tomado la costumbre de irse á escribir al cementerio de Montmartre, jardín tanto cual cementerio, en donde ya no entierran. Esto le parecía del
mejor gusto, muy de artista. Los tres primeros
días se colocó á escribir frente á la' tumba de Mür-

ger, rasgo que también le pareció muy propio; pero
opinaba mal del busto aquel de un señor barbudo,
calvo y viejo, con más aspecto de empleado que
de poeta, y fué á sentarse definitivamente en un
banco que estaba frente á Reine. Allí escribía,
admirando al enorme humorista, de quien había
leído algunas estrofas en un Yiejo almanaque de
una casa de específicos americanos, la de Murray &amp; Lamman, que daba los versos de aquel
genio entre anuncios de aguas de olor y de zarzaparrilla.
Una mañana miraba á Reine, como preguntándole qué escribiría, cuando una mujer joven y linda, después de un Pardon 11/úw, dicho con delicioso acento, se colocó á su lado. ¡Qué bonita era,
en realidad! ¡Y qué elegante! No tendría más de
veintidós ó de veintitrés años aquella rubita, que
clavaba con disimulo sus ojos, de un azul transparente, en las cuartillas que llenaba Jacinto.
Al cabo de un rato, la joven sacó un reloj,
miró la hora, se levantó y se fué, llevándose las
miradas y algo más, de Jacinto, sobre su cuerpecito, que aparecía y desaparecía, serpenteando, entre los árboles. - ¡ Qué bl)nita es! ¡Qué feliz se
debe ser con ella! - sintió Arriaga; y quedó un
largo rato nostálgicamente pensativo. Pero ni la
había dicho una palabra, ni la quiso seguir. El telegrafista surgió en su espíritu; recordó á su mujer,
al canónigo, á la insignificancia de su vida, á lo
minúsculo de su historia ... No, una tan linda parisiense no podía estar destinada para él; y su
hambriento corazón de apasionado y sensitivo, lloró sin lágrimas. El no había sido nunca completamente desgraciado, pero tampoco sería nunca feliz. Y su tristeza, ante aquella mujer, visión perdida, tomó tan fuertes tonos que, durante un momento, pensó en el regreso á Segovia, á sus paseos
junto al Eresma, á su Parral, á su rincón.
A la otra mañana apareció la joven. Jacinto,
que seguía mirando á IIeine, al divisarla, comenzó
á escribir con pulso tembloroso. También ella
vino á colocarse á su lado. Y ella fué, fué ella misma quien hubo de comenzar las relaciones.
- Perdón, señor, usted está siempre aquí - lo
había visto dos veces-, siempre escribiendo... ¿Es
usted literato?
- Oui, mademoisselle.
- Señora, si usted gusta. ¡Qué hermosa profesión la ele usted!
- No tanto, señora.
A pesar de la sencillez del pas si tant, madame, ya Jacinto delató su extranjerismo al pronunciarlo.
- ¿De qué país es usted?
- De España.
Hubo, como En tren expresó, un poco de alabanza para los dos países. Luego un silencio, que
él debió cortar y no cortó. Ella después:
- ¿Tendrá usted su familia en España?
- No, señora.
- ¿Aquí entonces?
-Tampoco.
- ¿Es usted solo?
- Completamente solo-. Y al decir esto
Arriaga, con ese gran talento de actor que junto
á una mujer tienen aun los hombres más torpes,
hizo uno de esos gestos-discursos, en los que puede suponerse las borrascas, los dramas, las tra-

gedias mismas de una vida interesante y tormentosa.
- Soy solo, y ya seguiré solo, porque todo lo
probé y todo es muy malo - concluyó con frase
que debía ser de una no".ela.
.
.
Dijo esto sin afectación, con aire tnste, que
consiguió hacer de hombre de m~ndo.. Y es _lo curioso que, por dentro, con la puenl satisfacción de
los que llegan á conseguir cualquier beligerancia,
siendo ellos pobres séres que nunca la esperaron
ni soñaron, Jacint? estallaba de gozo a( considerar
que estaba en Pans, en pleno cementeno de Montmartre frente á Heine y hablando en francés con
una bellísima francesa que no era una cocotte, sino
una dama. La imagen de su compañero el telegrafista pasó por su memoria, ya sin prestigio alguno.
Hablaron más. Ella, con la franqueza que antes que con los íntimos se tiene á veces con aquellos que si queremos no volveremos á ver nunca, y
que no nos conocen y que no pueden «delatarnos•,
contó lo que era socialmente: casada con el jefe de
la sucursal del Crédit-Lyonnais de la plaza Clichy.
- Mujer de un b1trocrnte - dijo con gesto que no
ocultó el desdén. Al marido le gustaban las flores
y las aves, y vivían en un hotelito en Bois-Colombes - añadió en tono lleno de ironía.
En suma-diré yo- era una •romanesque,al castellano no puede traducirse bien esta bella
palabra - , una madame Bovary más parisiense,
esto es, menos buena y más cauta.
Refirió que muchas mañanas, aburrida de su
Bois-Colombes, se venía á París, paseaba por los
bulevares, leía en el parque de Monceau ó en el
cementerio de Montmartre, y luego acudía á reunirse con su marido el breve rato en que, como
jefe, podía salir de la oficina, para almorzar con él
en el Duval de la calle de Clichy; y siempre allí otro gesto resignado - porque él era un hombre
rutinario y metódico. Vida tremenda - vie manquée, comentó en un arranque de sinceridad, mirando á Arriacra con aquellos g1-andes, transparentes y profund~s ojos, en los cuales parecía posible
que otros ojos, que otra alma entrara y caminara
kilómetros de camino espiritual.
Y á una mirada de Arriaga -: Pero jamás, jamás, jamás fa! taré á mi marido.
Arriaga lo creyó, y por haberlo creído ganó
mucho, pues al llegar el turno de definirse él mismo ante aquella mujer enamorada del arte, de la
literatura, de la bohemia intelectual, en Yez de declarar una pasión que en efecto empezaba en el
telegrafista, se sostuvo en sus afirmaciones de que
todo había terminado para él. Había concluído
todo, puesto que con aquella gran tragedia de su
espíritu, de que no quería hablar, tan reciente se
hallaba, que quizás por ella se encontraba en París, terminaron el amor, la esperanza, la posibilidad
de que él amase.
Almas parecidas, almas desengañadas, quedaba para ambos la amistad; también fué ella quien
propuso esto. Y una sonrisa cerró el pacto.
Se veían ya todos los días, y fué aquello el
proceso usual de cuantos sincera ó falsamente empiezan por negar el amor para concluir enamorados. Almas, después de todo, ingenuas; él porque
no había vivido, ella porque no había comenzado
á vivir, estaban á la mi5ma altura y se entendían.
Luego les ligaba el encanto del exotismo de cada

uno, sobre todo á Jacinto, que si de pronto hubiera oído á Alicia expresarse en español, tal vez habría dejado de quererla. Más que á la mujer, quería en ella el francés, y el acento, mezcla de pájaro y de niño, con que lo pronunciaba. Y como él
no ~abía sino un francés literario, ambos hablaban
con las más nobles palabras del idioma, lo cual á
ella, que no entraba en psicologías, le daba idea
del talento de su amigo y, por su elevación de frase, de su elevación de alma.
Tenían conversaciones de ensueño. Era el tema
principal de ellas: «¡Si yo pudiera amar! ... ¡Si yo
pudiera amar! ... &gt;
Un día se confesaron ambos que si pudieran
querer, cada uno de ellos querría al otro. El final
se acercaba.
Como Alicia era tan libre cual su marido esclavo, pasaban los amigos gran parte del día juntos. Muchas mañanas él escribía su artículo delante de la joven, en un café solitario, y estos mo-.

�mentos en que él, como abstraído, mirándola de
tarde en tarde, ponía tonterías en el papel, eran
el arma de seducción más poderosa de Jacinto.
Alicia, que no había tratado á ningún literato, se
conmovía ante la severidad y la nobleza de aquel
grave semblante, que en el momento de escribir
no se fijaba ni aun en ella, conocedora ya de que
era amada.
Al día siguiente de aquella mutua confesión,
«si yo amase alguna vez, os amaría,, él tuvo la
exigencia coquetona de que á la próxima mañana, en vez de venir ella á París, iría él á BoisColombes, á pasar por delante de su casa, á esperarla en una esquina lejana, para marcharse juntos
á pásear al campo. Esto era inocente, y Alicia consintió.
Aquí tenemos á Arriaga que baja de su tren en
Bois-Colombes y enfila la calle de Bourguignons,
en que vive la dama. Va radiante. Como tantos hombres con más deber de ser fuertes y serenos que este pobre Jacinto, la satisfacción que le
rebosa, antes que de amor, es de amor propio. Su
corazón enamorado olvida que le espera una mujer bonita, inteligente y tierna, mientras su vanidad, ridículamente hipertrofiada, recuerda que
una mujer de veintitrés años, preciosa, elegante,
que puede escoger, que es casada, todas las circunstancias que avaloran el mérito de un seductor, le espera á él. Y al pasar por delante de los
escaparates, el pobre se miraba por ver si estaba
guapo; no si estaba, para ver que lo estaba. Estos
impulsos, que en otros hombres deleznables duran
lo que dura su pasión, en Arriaga, que era bueno é
ingenuo, duraron un instante. Su corazón volvió
á predominar. El la adoraba. Ella era el sueño, el
único sueño de su vida, de toda su vida. Esperaba ser amado. ¿Lo sería?
Llegó Alicia, haciéndose admirar desde lejos
por su gentileza. Ambos del brazo dejaron BoisColombes, y apartándose· de la vía férrea y de la
carretera, marcharon por el campo abierto, por
entre algunos raros sembrados, en medio de los
cuales se erguían de cuando en cuando unos cerezos ya floridos.
Alicia iba muy contenta. Charlaba y reía como
una niña. Andando, llegó la pareja hasta el otro
pueblecito de Colombes. Como quien tiene una
idea repentina, dijo Arriaga algo que pensaba hacía una hora:
- ¿'fa~os á almorzar juntos?
- S1, SI.
- ¿Habrá aquí dónde?
- Sí; pero aquí hay quien me conoce. Tomemos el tren, vámonos á Argcnteuil; allí hay algunos restaurants campestres que no son feos.
Tomaron el tren en la estación de Colombes,
y en pocos minutos llegaron á Argenteuil. Este
pueblo, este nombre, esta jornada, quedarían para
siempre en el recuerdo de Jacinto. Era este el día
primero de su vida que iba á pasar en téte-,l-téte
con una mujer bella, ante la mesa, propicia á la
franqueza, de un íntimo banquete.
A los treinta y ocho años iba á correr su primera aventura, y esto no acontecía en un rincón
del campo segoviano, ni en la Corte, sino en Francia, en París, centro rlel mundo, del lujo, del placer, de los amores.
1
A la espalda drl restaurant qur eligieron, una

gran explanada ofrecía al aire libre las mesitas cubiertas con los blancos manteles. Profusión de macetas había por todos lados. En un ángulo se alzaban dos columpios. Hasta tres parejas amorosas
almorzaban al llegar Alicia y Arriaga, y de las cuatro jóvenes, Alicia era la más bella.
A pesar de la confianza con su amiga, Jacinto
no sabía por qué se hallaba esta mañana algo turbado. A pretexto de que la lista era ininteligible,
dejó á la dama que ella sola eligiera el men,í,. A
Alicia le entusiasmaban los caracoles, y había caracoles; no había langosta, y fué sustituída con
una ensalada de homard; unos chateaitbriands, queso, unas frutas, completaron el sencillo almuerzo,
rociado con un agradable Chablis, porque á Alicia
no le gustaba el vino rojo.
Refiere el autor estos nimios detalles, porque
él no da importancia á lo que le parece que la
tiene, sino á lo que es de importancia para el protagonista; y todos los requisitos del almuerzo, su
duración, el sitio en que estaba la mesa, las señas
del camarero, hasta la moneda que le dió de vuelta cuando entregó para pagar un billete de cincuenta francos; y los caracoles, y la salade d' homard, y los chateaubriands, y el Brie, y el Chab!is,
y el café, y el cognac, y el color del cielo, y los
matices de la tierra y las miradas de Alicia, fueron cosas imborrables, magníficas, eternas, como
la eternidad cupiese en lo humano, para Jacinto
Arriaga.
Nada ocurrió de particular en el almuerzo. Alicia, muy contenta, hablaba frivolidades ingeniosas,
sin recordar que hay en la vida el capítulo amor.
Arriaga esperaba, sentía en el pecho ese vago ruido, esa inquietud, ese rumor moral de los enamorados, y no se atrevía á manifestarse. Sería después, á la vuelta; más tarde, más tarde ...
El cognac consumó la obra del Chablis. Alicia
estaba decididamente alegre y tuvo una media hora
del delicioso júbilo alcohólico, que pasa pronto en
quienes no han bebido demasiado.
- ¿Vamos á subirnos al columpio~ ¡ Los dos!
¡Los dos!
Arriaga, primero por atemperarse al contento
de Alicia, luego sinceramente ya, por sugestión,
estaba jubiloso. Sin embargo, se asustó del columpio; pero añadió riendo, loqueando, despreocupado, chico alegre:
- ¡Vamos! ¡Los dos! ¡Los dos!
Subieron ambos á la tabla del ligero balancín.
Cada uno se asía con una mano á una de las cuerdas, y enlazaba la otra al talle del compañero. Al
vaivén lento del comienzo sucedieron los moyimientos rápidos, cada vez más rápidos, que impulsaba la dama. Por un momento olvidó Jacinto qué
cintura estrechaba, para pensar en que iba á caer
y á abrirse la cabeza.
- ¡Prenez garde! Prenez garde! - exclamaba.
Alicia no hacía caso. Las otras parejas plus serieuses, que seguían de sobremesa, miraban sonriendo. De pronto, Alicia, desasiéndose de Arriaga, saltó ligeramente al suelo. Jacinto, falto de
apoyo y de equilibrio, agitó en el aire la mano
izquierda, y luego, en vez de apoyarla en la cuerda del mismo lado, la pasó á la otra, á la de la derecha. El desequilibrio aumentó; la tabla del columpio se inclinó más; á la brusca sacudida, voló
el sombrero del tclegrnfista; los pelos &lt;le los pa-

rietales de la nuca, que el pobre hombre llevaba
siempre sobre la coronilla para tapar la calva,
fueron diseminados por el aire y flotaban alrededor de la cabeza como un nimbo grotesco. El columpio seguía en su bailoteo y su ocupante no
acertaba ni á bajarse, ni á restablecerse en él. Las
parejas, testigos de la escena, estallaron en risas,
y más fuerte que nadie rió Alicia, que decía entre
carcajadas:
- Ah, les cheveux! Cest rigoló! Oh, qu'il est
drole comme ,;;al
El no veía ni decía nada, y suspendido á medio metro de tierra, lo que á él le parecía como
colgar sobre el abismo, el negro abismo de su ridículo y su desventura, consideró por esos saltos
del pensamiento, que en situaciones graves recuerda las situaciones calmas, que Segovia entera, con su mujer rediviva, el canónigo resucitado,
los cadetes de
la Plaza Mayor,
1as monjas del
Parral, le miraban, diciendo:
-¡Anda, por
tonto! Por habernos clejado.
Por haber salido de tu banco,
¡pobre ostra!
Luego consideró París, su
amor, su vida,
su ilusión, todo
perdido. No había caído del co1u m pi o, pero
había dado la
caída mortal á
lo ridículo.
Alicia había
cesado de reir;
vino á ayudarle.
Ya en el suelo, Jacinto se enjugó el sudor, se alisó
el pelo con la mano, se puso el sombrero que Alicia había limpiado de polvo, y le daba, todavía
sonriendo.
- Merci, madame - dijo muy serio.
Ambos salieron por entre las otras parejas, que
se sonreían. Iba él ceñudo; la joven no se daba
cuenta del daño tremendo que había hecho. Se
había reído, mas con la ingenuidad y la insoi,t,cience
francesas, sin dolo, sin malicia; reir por reir, de
una cosa graciosa, que no disminuía su afecto por
la persona de quien se riera. Eso de creer que
quien, por una vez, cae en postura que no sea
gallarda, está perdido para siempre, es cosa, por
ejemplo, de la raza española, intolerante y poco
amena, que cuando alguien da un minuto que reir,
lo considera muerto.
Por eso, sin sospechar siquiera el por qué del
enfado de Arriaga, le preguntó con mimo:
- Mais, mon cher, je vous trouve un petit peu
faché; et pour quoi, s'il vous plait? Qu'est-ce que
vos a\'ez, mon ami?
- No, yo no tengo nada.
- Siii!
- ¡Que no!
- Mais siiii!

Y eatonces él, comprendiendo que Alicia no
hacía burla:
- Alicia - empezó gravemente - : toda la
mañana estuve triste y disimulando la tristeza. Ya
no la puedo contener. lle vuelto á sentir aquellas
tormentas amorosas que creí muertas para siempre. Yo quiero como no he querido nunca, y yo la
adoro á usted.
- Ya lo sabía, querido amigo, y yo también
le quiero á usted
un poco - respondió ella, sonriendo gentilmente.
Vibrante y febril, deteniéndose en el campo
solitario que á la
sazón alra vesaban, Jacinto la
besó en la frente.
Ella, audaz, con el
franco valor de
quien desea una
cosa y la ejecuta
sin temores, le
pagó la ca.-icia
con uno de esos
besos hondos,
profundos, sostenidos, que se reciben en la boca
y estremecen I a
medula. Jacinto
experimentó algo
como un vértigo.
Desde aquí sesint ió mucho y se
habló poco. Tomaron el tren par a Bois-Co!ombes, donde ella se
quedó, exigiendo
de Jacinto que
continuara hasta
París. Por el trayecto, como tuvieran la fortuna ~e ir solos en un
coche, se comieron á besos, mientras se daban
cita para el día siguiente.
V

LAS VECINA'S

Jacinto tenía medios para vivir en el principal
ó el primero del hotel, pero prefería el último piso,
por la misma razón.que le inducía á escribir junto á
Mürger 6 frente á Reine: por conducirse á lo estudiante, á lo artista bohemio. Excepto él, toda la
población del sixieme era femenina: una cocotte y
cuatro obreras. La cocotte era una bretona, espléndida y abundante mujer, que en el trato ele Par(s
había adquirido lo que faltaba á su hermosura: ligereza y gracia. Era pobre, porque en París sobran mujeres. Lucía mu_y gentilmente sus blancas
y rotundas carnes; y salvo lo rná_s riguroso_ del invierno, andaba por su enarto, siempre ah1crto, \'

�Luisa era parisiense, de lo más parisiense, y no lo parecía. Sus diez y ocho años tenían la amplitud carnal de una matrona e!-'.panola; parecía valenciana y hasta r~cord,_tban esos «re\'entones, claveles de \ alenc1a
sus grandes ojos verde~, muy lu~1in?~os,
muy abiertos. Y no era smo de la n11sm1s1rna
\'illette. Su \'Oz, la gangosa y gutural drl
parisién de barrio bajo y baja estofa, de
cabaret y de faubourg. Reía á todas horas.
Leía á De 11usset y á Víctor Ilugo, y aun
debe conser\'ar como una joya, pues agradeció mucho el regalo, una edición muy
mona de Les Chatiments que Jacinto le compró en los muelks. Era honrada. Se dejaba besar por Jacinto mientras le decía: •¿Qué
saca usted dr' esto?• Su nodo, un chauffmr
sicmpn· de viaje, venía á \'erla los domingos,
y ella se sent1.ba ron él á la puerta de su
cuarto, para que \'iera todo el mundo que
no hacían nada malo. Iba á casarse pronto
y adoraba á su futuro, hermos•&gt; tipo de obrero inteligente. Trabajaba en una tintorería
de la plaza dr la Trinidad, lo cual afeaba,
ennegrecía sus manos, gordezuelas y chiquitas.

•

* *

por rl pasillo, con una falda y la camisa, de la que
desbordaba la opulrncia del seno. Sr ignoraba su
nombr&lt;.&gt;. Ella se hacía llamar Elena.
Al lado ~&lt;.&gt; esta bella mujer, en una misma
rhamóre, habitaban las dos cosas más altas, más
delgadas, más fanáticas, más hurañas y más feas
de que el lector pueda tener noticia. Eran de la
Alsacia. Dos mujeres que parecían dos hombres.
Creían mucho en Dios, rezaban é insultaban diariamente á Combes, á quien llamaban «ese perro
francmasón. • Hacían en su cuarto, y á destajo, armazones de sombreros. Bebían absenta y después
de beber, se peleaban.
¡Qué pobre niña la italiana! Era de- Turín- se
ll_arnaba Elis~, muy d&lt;.&gt;lgada también, sin pe~ho,
sm formas. Extremadam&lt;.&gt;nte rnor&lt;.&gt;na, tenía muy
bellos dientes, cabellos de azabache, rnz dura que
la afraba é insondables y mara\'illosos ojos negros, que equivalían á una entera hermosura. Era
muy buena; todas las noches, á las nue\'e después de haber llegado del taller de modista de
la ruc de Lafayattc, donde estaba empicada; después de hacerse en una maquinilla dr alcohol la
S'.&gt;bria cena, escribía á Italia: á su madre-, para decirla que la quería; á su hermano, empleado en
una casa de comercio, jefe de la familia, pidiéndole perdón por la falta que la l'xpatriara. Contaba esto llorando y moslranclo junlbs los retratos
de su padre, de su hermano y de su seductor. Xo

co:¡ueteaba, y era pueril, bondadosa y sencilla
como_una ni~a. Sufría, y los domingos, en que no
trabaJaba, deiaba que las alsacianas la atracaran de
absenta, y se emborrachaba también. Entonces
c~ntaba, decía cosas obscenas, decía que iba á dedicarse á cocottc, se sentaba en el suelo co:i las
pirrnas extendidas, abiertas, y C'l terrible \'aso en
la mano, sir:i noción del pudor, enseñando aquellas pantorrillas flacas como caiias, aquellos srnos
flácidos y chicos, extraviados los ojos. A última
hora rompía á llorar. se lanzaba á su cuarto. «¡Oh
la mía ~amá, la mía mamá!,, gritaba en italiano, y
se el orrn ia.
,\1 otro día, la cortinilla roja de su alcoba, que
formaba ángulo con la ,entana dr la de Jacinto,
n_o _se alzab~. La_ roz fea de la joven no gritaba, ding1éndose a J\rnaga: «Buenos días, señor Arriagd,
¿no se leranta usted?• Xi había con\'Crsaciones de
lecho á lecho, al trarés de las ventanas. A\'crgonzada de la borrachera del día antes, se ,estía quedito y marchaba silenciosa, sin entrar un momento
en el cuarto de Jacinto, que la reiiía se\'eramente
por sus intemperancias. Arriaga y ella se portaban
como hermanos. El aspiraba - y ella no quería portarse como amante. En realidad, quizá Elisa hubiera lle_gado á enamorarse del telegrafista, si éste
no hubiera andado tocio el día tras el pecho
ex~' erantc de Elena y las amplias caderas de
Luisa.

Tudo este mundo quería á Arriaga, pero
se reía un poco de él. .\unque en Francia :'1
un hombre de treinta y ocho anos no se le
considere, corno en España, casi un , iejo,
tampoco se mira en él á un niño, y un mozalbete quería parecer el pobre Arriaga en
sus maneras y conversaciones. Encantado del tra- rccon,cnnon; la , misma de él á ella cuando la
,
.
to de aquella población femenina, no faltaba de joven bebía absenta.
Los días de estas sorpresas, ya se sabia: .\rnarasa á las horas en que estaban las mujeres. Los
domingos no salía, permanecía en el sixic111t, Peri- ga, {t la salida de los talleres, se iba á la calle de
quito entre ellas, olfateándolas, oliéndolas, roz;ín- Lafaycttc á esperar á la modista. Daba con ella
dolas. llélene, la golfa profesional, lo \'Ol\'Ía loen. un largo y melancólico paseo, que él quería hacer
Cuando entraba en el cuarto de .\rriaga para alegre, que h situación y el temper.amento de!ª
pedirle una bujía, unas cerillas, unos terrones ele muchacha hacían ine,itablemente triste, y la pecha
azúcar, {¡ simplemente para cha•l::tr y pro,·ocarlo perdón y la juraba que la amaba de yeras.
- Perdón de nada - decía la italiana con
con sus hombros, sus senos, sus brazos hermosícierto gesto altivo-. Yo no tengo nada que ver
simo,; al aire, Jacinto la devoraba á besos.
con usted. Yo no seré nunca su amante. Pero en
- Xo sea ustrcl bruto; me hace usted mal mi país no es como en Francia; yo me eduqué de
decía ella riendo.
e,tra manera; me disgusta que un amigo á quien
Luego añadía:
quiero, ande siempre detrás de una coc_otte.
- Esos pasatiempos cuestan caros.
Como hermanos se querían en realidad aquePero él no quería esto. En sus pretensiones
de Tenorio inédito, estimaba un desdoro tener á llos dos séres, pobres, buenos y desgraciados en
Elena por dinero; quería su conquista. ?-Iuchas ve- el fondo. Mas como Arriaga pretendía otra cosa
ces, cuando las otras trabajaban, y ella y él solos de la Yida, cuando veía que la prostituta, con sus
en el piso, de codos en la ventana, se besaban burlas y la seducida, con su gravedad, no le concedían nada, hacía la rueda á la tintorera. Esta le
{1 la \'ista de todos los wcinos, impasibles ante el
natural y amoroso espectáculo, él la hablaba al decía en fresco: «En seguida. ¿Y mi novio? Si lo
.
oído, la pronunciaba largos y encendidos di~cur- su piera, lo rc\'en taba á usted.•
Todas estas cosas indignaban á las alsacianas,
sos amatorios. La joven, alguna vez, por embromarlo, se ponía seria, en actitud de quit'n sicntr que le llamaban incesantemente •¡puerco!,, «¡collegar hasta rl fondo del alma las palabras que chino!,, devorando su rabia por no ser pretenoye. Entonces él se acaloraba, creía lograda la didas.
Algunos domingos, día feliz, se YÍ\'Ía en famiconquista; mas ella prorrumpía en una de sus
desesperantes carcajadas, se libraba de él y es- lia. Jacinto proponía comer juntos, en casa, para
libertarse todos ellos de la monotonía del restaucapaba hacia su habitación, diciendo:
- Xo es desaire, pero no quiero amantes. Ya rant. Por imposición de las mujeres se pagaba ft
escote, pero Jacinto siempre aportaba los extralo sabe usted ...
Algunas wces los sorprendía así la italiana y ordinarios de un vino decentito, ele dulces, de aldirigía á Jacinto una larga y profunda mirada de gún plato selecto.

�Como campo neutral se elegía el cuarto de
Arriaga; allí comían todos, menos Luisa (estos días
pegada á su chauffe1er), que luego, á los postres, venía con la tintorera y aceptaba una copa «á
la salud de todos•. En tales días de los tales banquetes, Jacinto dominaba; las alsacianas no mentaban la absenta; Elena y Elisa, depuestas sus antipatías, se sentaban juntas, y todas miraban fraternalmente á Jacinto, quien á petición de las
mujeres contaba cosas de España y contribuía á
nuestra leyenda y á nuestro descrédito con historias fabulosas de toreros, de amores d~ celos trágicos, de aventuras bravías.
'
Después de haber comido y charlado ampliamente, Arriaga solía proponer un paseo y una cerveza al Bosque, al Jardín de Plantas, ó más lejos:
á Charenton, en vaporcito, ó á Fontainebleau, en
tren. Las mujeres palmoteaban; pretextaba Elena
que tenía que irse al boulevard «á trabajar»; mas
pronto aquel cuadro, aquella excursión familiar
la ganaban. En un momento, las cuatro tenían
puestos los sombreros, y salían ruidosamente, saludando al pasar por el b1trea1t á M. Renard, que,
con los pelos tiesos, miraba con indignación áaquel
español, tan poco práctico.
A la vuelta, temprano, á la hora de dormir
Elena, que en ciertos arranques de pudor sentí~
vergüenza de abandonar sus compañeros para
lanzarse á su vida habitual después de haber pasado el día como persona honrada, regresaba también. Arriaga, excitado por tantas horas junto á
las mujeres, esperaba que se encerrasen todas é
iba á llamar, quedito, al cuarto de la prostituta.
- ¡Elena, venga usted! - suplicaba.
Mas ella no cedía.
Era cuestión de amor propio. Los del sixieme
sabían este pugilato, y ni Jacinto ni Elena querían
quedar derrotados. Pero sin estar enamorada de
Jacinto, Elena sentía no complacerle; le estimaba
por ingenuo, por bueno. Con esa alma tan hermosa que tienen las mujeres que parecen vivir de no
tenerla, se conmovía al ver el desaliento de Jacinto.
Entonces, al dejarse besar, lo besaba casi maternalmente y lo empujaba con suavidad, diciendo:
- No, no. Además, yo lo quiero á usted como
á un hermano.
El hombre se iba triste á su cuarto, rumiando
su desgracia de que entre tantas mujeres como
hermanas, no encontrara una amante.
Ya en su habitación, se acercaba á la ventana.
Aunque hiciera frío, Elisa tenía la suya abierta;
estaba en la cama, tenía la luz encendida y no dormía. Aun Jacinto charlaba algo con ella.
Arriaga, tras del rato de palique, se acostaba á
su vez. Desde las sendas camas se miraban. Al fin,
después de la postrera Bonne nuit, las luces se
apagaban y el sixieme dormía tranquilamente.
*

* *

No paraban aquí las relaciones caseras y familiares de Jacinto. Varias veces, cuando asomado á
su ventana miraba al patio, una de esas enormes
coitrs francesas llenas de huecos y ventanas pertenecientes á distintas casas, había visto á la izquierda un balconcito donde fumaba sin cesar un
hombre como de cincuenta años, seco, enjuto, cetrino, todo el rostro afeitado, el pelo á lo torero.
/\que! tipo no podía ser sino español. Por el fnndo

del cuarto donde el flamenco estaba, solía cruzar
una muchacha. Arriaga no hacía caso del hombre
pero quiso entablar relaciones que pudieran acer~
carie á la mujer.
- ¿Con que somos paisanos? - preguntó un
día bruscarnen te al vecino.
- ¡Ah! ¿Usted es español? - respondió el otro
con muy marcado dejo de andaluz y con acento
de profunda alegría. Y sin dar tiempo á más:
- Paisano, no me desaire usted. Vamos á tomar una copeja. Ahí le espero á usted, en la taberna de la esquina.
Jacinto no tenía que hacer y bajó, aunque bien
hubiera preferido que el andaluz le invitara á su
casa.
Sentados ante unos vasos de cerveza - esta
perra bebía, como decía el señor Frasquito - se
dieron á conocer los dos españoles. El señor Fr'asquito era tocador de guitarra y bailador, y formaba pareja con aquella joven que sólo había entrevisto Arriaga. Habían corrido la Ceca y la Meca.
Habían trabajado en Inglaterra, en Alemania, en
Bélgica, en Dinamarca, en Rusia... Ahora-estaban
en un cajé-concert de la avenida de Wagran y esto probaba que la niña no era precisamente la
Otero -, pero esperaban que el invierno próximo
irían contratados á la Boucle...
Frasquito se quejaba de Francia. El no había
aprendido el idioma, ni nada. Creía que el hombre
estaba hecho para vivir en el «barrio de San Bernardo&gt; y que todo lo demás eran monsergas.
- Pero la pícara Carmela - añadía franqueándose -no sabe sino estar por aquí. Después é tó vamos á parmá, porque yo estoy ya viejo, la niña
tiene veintinueve años y pierde facurtades, y tó lo
poco que ganamos lo gastamos en ropa. A mí no
me toman pa bailá si no voy vestío de mataó de
toro, ¡hecho una facha y gastando un sentío! Y es
lo peó que tampoco servimo pa España; si allí nos
ven, nos afusilan. Aquí tó se ha de hacer sartando,
y ni ella baila, ni canta, ni yo bailo, ni canto, ni
toco, ni ná. Y aluego yo no he podío sabé en mi
vida sino el españó, y grasias. Ella habla de tó un
poco; en dié año que llevamos po estos mundo, de
tó sabe meno de españó. Vendrá usté á verla.
Esto era lo que quería Arriaga.
Y conoció á Carmela, que era, efectivamente,
una joven ya vieja, maquillée, pintarrajeada, que
no tenía perfume, ni encanto, ni gracia, ni era ya
andaluza ni de ninguna parte; pero era una mujer:
también la galanteó Jacinto. Una tarde, respondiendo á indirectas muy directas suyas, le regaló una
falda .. . Tal vez hubiera continuado aquel pequeño
lío, que repugnaba á su temperamento carnal, pero
poética y tiernamente carnal, sin el encuentro con
Alicia. Además, Carmela era española, y aunque
hablaba francés, no era francesa. Lo principal para
Jacinto era la inocente pose de hablar francés ...
en Francia. El francés para él era como el juguete
que desea y al cabo logra un niño.
\'l
UNA VISITA

Como los inquilinos del si:xieme no tenían timbre eléctrico en sus cuartos, ni derecho á que el
camarero subiera cada cinco minutos, un tnbo

acústico que partía del descansillo servía para comunicarlos con el b1treau. Pues la mañana, muy
de mañana, de uno de los domingos en que la población del sixi'eme no trabajaba y el jefe de la sucursal del Crédit Lyonés de la plaza de Clichy se
había de ir al campo con sus amigos, el pito del
tubo acústico sonó. Acudieron Luisa y una de las
alsacianas.
- ¿Qué hay?
- ¿El señor Arriaga?-dijo Antonio, el garzón.
- Señor Arriaga, que le llaman á usted.
- ¿Qué es?
- ¿Qué es? - repitió Luisa por el tubo.
- Dígale al señor Arriaga que hay una dama
que pregunta que si puede subir.
- Señor Arriaga, que hay una dama que pregunta que si puede subir - dijo Luisa, ya con una
risita maliciosa.
Jacinto salió como una flecha.
- Sí, sí; que suba - dijo él mismo, y se inclinó sobre la barandilla para ver si era quien sospechaba.
Salió la otra alsaciana, salió Elisa, salió la cocotte. Jacinto vió subirá Alicia.
- Señoritas, seamos formales; no os riáis, no
bromeéis, no perjudicarme.
Lo dijo demudado, en tal tono de súplica, que
no dudó ninguna de ellas que se trataba de un
lance ele amor.
- Si ustedes fuesen tan buenas que se retiraran ...
Las mujeres se quitaron de en medio. La cocotte y las alsacianas se pusieron á mirar por las
rendijas de sus puertas; Luisa y Elisa, cuyos cuartos estaban en el pasillo, se ocultaron en un ángulo, ·espiando en la sombra. Y en todas había la
misma risa de malicia y de burla; no sabían por
qué, pero esperaban ver llegar á un mamarracho.
Hubo, pues, un movimiento general de extrañeza
y de envidia, cuando, sin ver á las que la espiaban, apareció Alicia gallarda, lindísima, con porte
señoril, de burguesita, que á las ventajas de la decorosa posición une el buen gusto y la elegancia.
- Amigo mío, he querido ver su chambre y
darle á usted una sorpresa. ¿Le parece á usted
111al? ¿No tendrá usted nada que ocultar?
- Bien sahe usted, Alicia...
X o se oyó más. Los dos amigos habían penetrado en la habitación y cerrado la puerta. Las
cuatro mujeres, de puntillas, sin otro comentario
que el elocuente de sus miradas, vinieron á apostarse junto á la alcoba de Jacinto, á escuchar.
- La ha dado un beso.
- El suplica .. .
- Dice que no .. .
- Otro beso.. .
- Dice que sí; pero que ...
- No se oye bien ...
- No se oye bien sino cuando se besan.
Y esta observación fué de la italiana, que estaba un poco melancólica.
Cuando las muj eres notaron que la visita, que
fué breve, terminaba, voh ieron á sus escondites.
La pareja salió de nuevo al descansillo; ella, sin
notar que era observada; él, inquieto, como temeros(_)_, porque no se le habían escapado los leves
CruJ1dos de las puertas, las pisaclitas, las risitas, los
cuc-hicheos,

- ¿La acompaño á usted?
- No, ahora no; voy á tornar el metropolitano
ahí, en la plaza. Voy á despedirá mi marido.
- ¿Hasta luego, pues?
- Hasta luego.
- ¿Me quedo tranquilo?
- Tranquilísimo. A las ocho en punto estoy
aquí.
- ¡Oh, Alicia, por Dios!
- ¡Se lo juro!
Cuando la hubo perdido de vista, Jacinto se
quitó del pasamanos y entró en su habitación.
Todas las mujeres se metieron en el cuarto de las
alsacianas. Querían bromear y reírse de Jacinto,
pero no podían, no había de qué. Aquello era una
aventura y una aventura muy gallarda. Por la distinción, po:r la gracia, por la belleza, Alicia las derrotaba á todas. Aquellas mujeres, con ninguna de
las cuales tenía Jacinto la menor relación; aquellas
mujeres, á dos de las cuales Jacinto no había solicitado nunca, mientras que las demás lo rechazaban, sintiéronse como defraudadas, estafadas por
Arriaga. En el compañero de alojamiento que las
convidaba, las paseaba, las perseguía, pasaba con
ellas el tiempo posible, habían sospechado al pobre hombre que, fuera de ellas, á nadie conocía,
y en ellas tenía lodo su mundo. Y resultaba que
no era así, que no constituían sino un fútil entretenimiento para Arriaga, quien en el fondo debía
menospreciarlas, pues que se dedicaba, y para
triunfar, á más altas empresas. Fué un despecho
loco el de aquellas mujeres; así que cuando Jacinto, saliendo de su cuarto, acercándose á la puerta
entreabierta de las alsacianas, murmuró el «¿se
puede?• , fué contestado con el «pase usted• más
frío que sea posible sospechar.
El esperaba alguna broma. Nadie le dijo nada,
y este silencio de hostilidad le asustó. Se hizo el
tonto, calló un poco, y luego, viendo venir sobre
sí alguna tormenta que
quería alejar, dijo ingenuo, prefiriendo el camino de la franqueza y la
nobleza:
-Amigas mías, como
yo á ustedes se lo cuento todo y soy como un
hermano para ustedes,
voy á referirles una cosa
y á pedirles un favor.
- ¡Qué tiene usted
que contarnos! - gruñó
una de las alsacianas.
- ¡Qué nos importan
los asuntos de usted! ladró la otra.
Pero Jacinto habló
como un niño que suplica. Sí, él tenía relaciones
con aquella señora, pero
relaciones hasta la fecha
honestas. Ella iba á venir
aquella noche á cenar con
él; él conocía el carácter
bromista de sus amigas;
suplicaba que no hubiese ~
ninguna indirecta, ninguna broma; nada, en fin ...

�Al hablar así vaticinaba; porque efectivament~, exceptuando á Elisa, en el ánimo de aquellos
diablos de hembras bullía la idea de jugar alguna
mala ¡:Jasada á la pareja.
Y_ Luisa, un_ poco conmovida, touchée, por la
emoción de Jacmto, dijo:
- Señor Arriaga, esté usted muy tranquilo·
no le molestaremos en nada.
'
La cocotte exclamó:
- Mon cher ami: no le incomodaremos á usted·
podr_án ustedes dormir tranquilos.
'
l~l replicó en ~ompleto telegrafista de Segovia:
- No, ¡pero s1 no vamos {1 dormir!
- Ya lo supongo.
*

* *

¡
1

¡Cuánto anterior tormento significaba esta primera ~1~che de amor para Arriaga!
. A!1c1a, hembra francesa, esto es, casi extraordmana, un poco loca, un poco buena, un poco virtuosa,_ un poco disoluta, un poco honrada, cambiaba vemte veces al día de parecer y de actitud.
La tarde aquella en que sola con Jacinto volviera
en un coch~ del tren desde Argenteuil á Bois-Colon~bes, hab1a dado sus labios y su alma· pero en la
mu¡er ca~ada dar los labios y el alma, q~iere decir
que va a ~arse completamente; ella no lo había
dado todav1a, y hacía un mes de la mañana del alm~erzo_. Sus palabras: • pero jamás, jamás faltaré á
1111 manclo•, íbanse sosteniendo.
Jacint_o h_ac_ía esfuerzos enormes por mantenerse en s~ ¡ov1ahdad im¡:uesta de estudiante; pero
no pod1a. Aquella mu¡er, presa que diariamente
pare;ía como caída ya en sus manos y que se le
volv1a á escapar todos los días, le volvía loco le
desesperaba. Hab_ía enflaquecido un poco; quízás
las canas de sus sienes se habían multiplicado· sin
él qu_erer, sin él notarlo, comenzaba á cambiar.
Pendiente de los gestos de Alicia, todas las tardes
s~ sepa~aba de ella creído en que la haría sc1ya al
d1a s1gmentc.
Y_Alicia ~1isrna, ¿qué esperaba? ¿Lo sabía acaso'
Quena~ Jac1~to, le parecían pocas las horas que
pasab~ ¡unto a él; mas cuanto llegaba el momento,
~-ª ló,g1co, de franguear •el P,uente que sep:u-a á
Eva 111ocente de _Eva pecadora•, se arrepentía, y
~-s l~ peor, qu~ sm,s~be1: P?r qué. Tal vez por pru11to 111descer111_do e mstmt1vo de mortificar á su
amante platómco.
E:sto era tanto más cruel para Jacinto, cuanto
qu~ iba ac?rnpañado de protestas de amor, de can_c1as apasionadas y sinceras, de no faltar á una
cita, de _alargar los minutos que quedaban antes
de las diarias despedidas.
En el interior pueril é ingenuo de Jacinto Arria7a, tales tormentos tenían la ;ompensación de que,
~ fuerza de_ hablar todo el dia con la francesa, se
iba perfecc1onand~ en ;!_francés. En lo de gemir,
des~sperarse, suphcar e implorar, Coquelín no ¡0
hubiera pronunciado mejor. Además padecía se
des~si:craba, se encontraba algo en berlina, ;lgo
en ~1d1culo; pero era todo esto en Francia, en s1t
PanL
*

* *

Muy temprano solían reunirse los enamorados.
El la esperaba, en el café, en el parque ó en el cementeno; hacia su artículo. Luego, cogidos de ta
mano, paseaban hasta la hora de almorzar, en que

e!la iba á buscar al marido. Quería Alicia que Jacinto ah~1~rzara en el mismo restaurant, en otra
mesa, m1randola; pero él, español, se resistía por
pu~or y por celos. Una sola vez, por dar gusto á su
amiga, almor~ó en el Duval, contemplando á aquel
hombre á qu1c_n no engañaba todo lo que quería;
Y apenas comió, y pasó todo el tiempo fluctuando en dob!e sentimiento de pedir perdón á su
pobre nval, o estrangularlo.
Por las tarde~ :ecorrian todo París; ella, q~e
no era de las_ pans1enses que no han salido jamás
de su qttartzer, que conocía todos los rincones
ilustraba á Jacinto, y éste se distraía de su pasió 1~
y de_s!-1 tema único, viendo lugares y escuchando
a Ahcia. A la_s seis ó las siete, ella emprendía el
regr_eso á Bo1s-Colombes, á preparar la cena del
mando. Algunas veces, cuando se hacía muy tarde? la dama se marchaba en el tren y Jacinto la
de¡aba en la estación; pero generalmente, después de haber ll;gado á la gare, él suplicaba:
• Vete en el tran v1a• ; y daban la vuelta por la calle de Roma y salían al boulevard des Batignolles
para encontrar el tranvía que va hasta Bois-Colombes.
Ya en este sitio-: Mira, acompáñame á pie
hasta las barreras, aUí me subiré al tranvía· así
charlamos un poquito más.
'
Subían lentamente la avenida de Clichy y al
l!egar á las barreras, de día rientes, de noch~ peligrosas, se sentaban para descansará la puerta de
un ca~a~et, frente al cual se encontraba un puesto
de pohc1a.
. Jacinto no se encon~raba á gusto en aquel sitio, no sólo por temor, smo por repugnancia á mezclarse ~on las gentes que por allí pasaban. Era to
más ba¡o ~e la población parisiense: obreros borrachos, metas de las fur!as de la guillotina, ladrones que pasaban tranquilamente ante las barbas

e!

de los guardias. Y por depravación de espíritu, por
amor á lo raro, por hacer lo que no era lo ordinario en su vida, Alicia parecía allí como encantada. Sentada con su amigo á la puerta del cabaret,
él con un bock delante, ella con un aperitivo ligerito, sentía correr el tiempo y gozaba con llegar
tarde á casa, aun contando con la reprimenda del
marido y con que dormiría sin cenar, por tener que
decirle al esposo que había comido ya en París,
con su tía.
En este lugar, ya anochecido, estrechando la
mano de Jacinto, mirándose en sus ojos, eran los
más grandes deliquios amorosos de la parisiense.
Ahora era cuando lo prometía todo: de mañana ya
no pasaría; «cuando quieras, corno quieras•; él,
crédulo, transportado, olvidaba el disgusto que le
producía el lugar, y decía que sí, cuando ella le
proponía marchar hasta Bois-Colombes á pie, dejarse de los coches públicos, en los que no se puede hablar.
Cogidos del brazo emprendían la caminata de
una hora; ella fantaseaba, hablaba cosas del espíritu; luego, en arranques de amor que parecían
locos y enloquecían á Arriaga, proponía al infeliz:
- Sí, yo me daré á ti; pero deseo darme á ti
solo y para siempre; ¿quieres que deje á mi marido?, ¿quieres llevarme á España?
Así marchaban, ya de noche, por las largas y
amplias a\'enidas, bien iluminadas, pero solitarias.
Algunas veces caía esa lluvia menudita de París,
y los dos se estrechaban más, bajo el paraguas.
A los lados, de trecho en trecho, se veía la puerta
débilmente iluminada de un cabaret de arrabal,
donde no había sino apaches. Otras ocasiones,
Arriaga sentía cómo tras sí crujían los cailloux, las
piedrecitas del camino; volvía la vista y veía venir
dos ó tres hombres, que le aterrorizaban. Recordaba toda la negra historia de los alrededores de
París. Alicia, despreocupada y valiente, seguía hablando de amor, pero él entonces no la oía; esperaba un lazo que se arrollara á su pescuezo, un estilete que se le hundiera en un costado ...
Hasta que los extraños no pasaban y desaparecían, Jacinto no ,•olvía á enterarse de que marchaba
enlazado á su platónica querida. Esta, una noche,
creyó notar en él cierta inquietud, y preguntó:
- ¿Temes á los apaches.&gt;
- ¡Yo! ¡Un español! ¿Cómo?
Y medio temblando, porque en efecto había
vist o salir de una taberna un grupo sospechoso,
la dijo que en un último extremo sabría morir
matando y no sería el peor modo de acabar, el de
acabar junto á su Alicia.

VII
LA CENA

Lo tratado era, pues, que Alicia iría á cenar
con Jacinto y permanecería á su lado hasta el otro
d!a por la mañana. El pobre enamorado hizo nerv10~amente sus preparativos. Arregló su cuarto lo
me¡or que pudo, lo inundó de flores, celebró una
con~erencia con Antonio, y éste se encargó de que
s1rv1eran una cena delicada. Luego el enamorado
se marchó á la calle; no quería estar aquel día entre las vecinas. Paseó, miró, no supo bien por
dónde anduvo, no vió nada, ni se enteró de nada;

lo de todo amante con poco hábito de serlo. Mucho antes de la hora de la cita estaba ya en su
cuarto, pero en vez de asomarse á la ventana, corrió la cortinilla. Había entrado sigilosamente,
corno un ladrón, procurando no hacer ruido con
la llave ni al cerrar la puerta. Hubiera dado la mitad de su existencia por alejar, «volatilizar• á la
población femenina del sixieme.
Empezó á obscurecer. Jacinto no quiso encender luz. Pretendía pasar inadvertido hasta el último instante, hasta que no tuviera más remedio
que dar señales de existencia. Desde su cuarto
oía ruido en el cuarto de las alsacianas. La voz de
Elisa, ronca y dura, sonaba más desapacible que
nunca. Jacinto conocía demasiado á la muchacha
para no suponer que aquella noche se había entregado á la ración de absenta.
Pasó más tiempo, unos pocos minutos que no
acababan nunca. Arriaga hubiera salido á esperar
al descansillo, mas le contuvo el temor á las vecinas. Al fin, dos golpecitos en la puerta. Abrió y
abrazó con delirio á la mujer, que sin rubor, sin
turbarse, devolvió las caricias, se quitó el sombrero, se quitó los guantes, lo arrojó todo encima de
la cama, y se sentó diciendo:
- ¿Por qué no enciendes luz?
Obedeció Jacinto y luego se sentó junto á Alicia, con los labios secos, la mirada brillante, mas
sin querer tocarla; ahora, más que por timidez, por
buen gusto.
Fué ella quien le tomó una mano, preguntándole con su deliciosa voz de hada:
- ¿Y ahora ... ? ¿Estás contento? ¿Tu est content de moi?
El, borracho de felicidad, la miró con pasión,
sin responderle.
A poco entró Antonio seguido de un mozo de
restaurant. Como éste traía una gran bandeja, fué
preciso abrir bien la puerta. Jacinto miró al cuarto
de la alsaciana; no se veía luz por las rendijas.
Alicia miró al ángulo del pasillo, á la obscuridad.
- ¿Qué se mueve allí? - preguntó.
- ¿Allí? ¡Nada!
- Será alguna vecina - dijo Antonio.
Estaba visto que Jacinto no podía estar tranquilo, ni ser feliz completamente.
Se fueron los criados. Alicia comió en calma,
dirigiendo de vez en cuando á Aniaga una mirada de pasión. Al telegrafista le parecía en unos
momentos que nunca se acababa la comida, y deseaba en otros que nunca terminara.
Corno habían servido, por orden de Jacinto,
todos los platos de una vez, á la hora de tomar el
café lo hallaron frío. Alicia misma fué á calentarlo
{t la maquinilla de alcohol, que estaba encima de la
cómoda. Luego, ante el velador, ante las tazas, los
amantes se sentaron en el diván, juntos, muy juntos. El telegrafista rodeó con sus brazos el cuello
de Alicia; las bocas se juntaron ... El se levantó
atrayendo á la joven hacia sí, cogiéndola ambas
manos, dispuesto á tomar posesión de aquella plaza
por tanto tiempo sitiada.
Y ella, de pronto, desprendiéndose de él, retorciéndose las manos, estallando en sollozos, como
desesperada:
- ¡Oh, yo te adoro! ¡Pero no puede ser. . . no
he faltado nunca á mi marido... no puedo ... no
•
quiero
....1

�- ¿Qué dices?
- ¡Oh! Perdón, perdóname; ¡no puedo!
La histérica, la loca, que en su comedia de virtud había llegado i sugestionarse y á creerla, sollozaba, imploraba, estaba pronta {1 caer de rodillas. El:
- ¡Alicia, por Dios, me estás matando!
- ¡No puedo! ¡Perdóname! ¡Yo te adoro! ¡No
puedo! ¡Déjame ir! ¡Déjame que me vaya! ¡Adiós!
En medio del paroxismo aquel, Jacinto adivinó
una repentina, pero fría y decidida resolución, que
por el momento era implacable. Al mismo tiempo
sintió, al otra lado de la puerta, leve rumor de voces y unas risitas apagadas. Las vecinas oían, lo
sabían todo. El ridículo caía de nuevo sobre él.
Como en todas las ocasiones de su vida, su ritor1iel/o mental lo lle\·ó á su pueblo, á su plaza Mayor, á su Segovia.
En un momento se hizo cargo de la situación;
todo era imposible. Caballeroso, altivo, frío, dijo
en voz baja:
- Cálmese usted, señora. Esté tranquila.
- Pero, ¿no te enfadas? ¿Tú me quieres siempre?
- No, no me enojo. ¿Por qué? ¿Con qué derecho?
- Dame un beso. Me voy. Hasta mañana.
Y él, siempre hidalgo:
- No, señora; no se irá usted sola. Es tarde,
son las once. Habrá ya poca gente por las calles.
Voy á acompañarla á la estación.
Mientras decía esto había tomado el sombrero,
dispuesto á partir. Ella, en silencio, le siguió.
Al apagar la luz y abrir la puerta, se oyeron
unos pasos quedos y ligeros. Al salir, Jacinto oyó
unas leves risas y vió en un ángulo el movimiento
de unos bultos obscuros.

***

En vez de tomar el cam'ino más largo, como
siempre, por alargar el tiempo de estar juntos, entróse Arriaga por la calle de Amsterdam, para
cortar terreno. No hablaban. Caminaban de prisa,
sin darse el brazo, sin mirarse. Ella marchaba con
la cabeza baja.
En la estación había muy poca gente. Acababa de partir un tren á Bois-Colombes, y faltaban
quince minutos para que hubiera otro. Lentamente, Alicia y Arriaga se internaron en su andén, llegando hasta el final, solitario y obscuro.
- Jacinto, ¿me perdonas? Yo te quiero, yo te
quiero siempre. No sé qué me ha pasado hoy. Yo
seré tuya, Jte lo juro!
El, llorando, ya •entregado», sin defenderse,
depuestas la frialdad y la altivez:
- Alicia, yo no soy sino un pobre, solo, muy
solo, muy aislado en mí, falto de consuelo y
de cariño. Quiéreme, yo te lo suplico. Por ti me
estoy muriendo. Si es preciso, yo moriré por ti.
Pero oye: el tormento que sufro es insufrible. Si
no vas á ser mía, no vengas más á verme.
- Seré tuya.
- Pero dame una palabra, júrame cumplirla.
¿Me prometes que si no es para entregarte á mí,
no volverás?
- Sí, te lo prometo.
- De todos modos yo te querré si~mpre. Ven,
abrázame.

Alicia, conmovida, se deshiw en lágrimas. Llegó á esto el tren y la mujer partió.
*

* *

Jacinto vió en silencio cómo el tren culebreaba y desaparecía, sinuoso, en el túnel de Batignolles. Lloraba como un niño. Había cifrado la vida
toda en aquella deliciosa, cruel criatura que se le
escapaba, y su existencia entera estaba rota para
siempre.
Entró en el café de la estación. No era bebedor, pero apuró una tras otra muchas, muchas copas de cognac. Temía ir á su casa; aunque era
hora de que las vecinas estuviesen acostadas, temía que las implacables alsacianas le esperaran
despiertas para burlarse de él. Con el ridículo, no
sólo terminaba el gran encanto de su amor, sino
el otro con aquella su pequeña familia del sixii:me.
1 larto de beber, no ebrio, pero muy excitado,
tomó el camino de su casa. Al mismo tiempo que
Jacinto, llegó á la puerta cierta hembrita que vivía en el principal. Era una inglesa, cuya cara podría tomarse por la viva imagen del orgttllo, de la
castidad y del pudor, que trabajaba en el MoulinRouge, que no dejaba de buscar, como podía, suplementos al sueldo, y que despreciaba á todos
los pobladores del szxieme, Arriaga inclusive.
Jacinto la dejó pasar; subió lentamente tras
ella. Al llegará la puerta del cuarto de la artista,
él, que era tímido, la dijo con la brusca audacia
del alcohol:
- Tengo tres luises para usted ...
A la mañana siguiente, muy temprano, el tC'lcgrafista tuvo la desgracia de encontrarse á la tintorera, que bajaba la escalera.
- ¡Oh, lá, lá! - exclamó ésta riendo coh su
graciosa impertinencia de midinette; y sin hablarle
más, siempre riendo con descaro, continuó su camino.
Subió Arriaga y se encerró. No salió en todo
el día. Alicia no pareció. Por la noche, Luisa contó á las otras la pequeña aventura con la inglesa.
Todas juntas, menos la italiana, llamaron al cuarto
de Aniaga y entraron con amable hostilidad.
- ¿Conque... con la inglesita?
- ¡Buen mico le dió á usted su amiga!
Cuando le dejaron, Jacinto lloró, lloró largamente, amargamente, intensamente. Luego, como
se ahogaba, se asomó á la ventana. En la suya estaba la italiana.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
Reinó el silencio. Al cabo de un poco, dijo
Elisa con vo7, que esta vez sonó á dulce y suave:
- Señor Aniaga, señor Arriaga, no se apure
usted.

VIII
CÓMO MURIÓ ARRIAGA

Pasaron cuatro días, que en lo adjetivo no fueron muy mal para Arriaga. Estas penas de amor
son tan simpáticas, que las vecinas del sixieme depusieron sus hostiles burlas. Hasta las alsacianas
se rindieron, y en cuanto á Elena, mujer corrida,
de sobra comprendió y justificó la noche pasada
con la inglesa. Todas, sin referirse á la aventura,
por esa delicadeza innata en las mujeres, hacían

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por consolar á Jacinto. I';st: tan~bién prosuraba
consolarse. El amor á Pans, a la vida en Pa11s, por
un fenómeno moral no demasiado ra_ro, le confortaba y sostenía. Convidó á las vecm_as, fué dos
tardes á charlar con el señor Frasqmto y con la
bailadora. Pero su Alicia ...
No venía. Esto desesperaba al pobre que, aunque fuera para quedar ~url~do nuevamente, la esperaba. No podía presc111d1r de los largos paseo~,
las caricias, las charlas en aquel francé_s tan ~ehcioso de su amante platónica. El qutnto dia lo
pasó 'en una mortal agitaci_ón. Por la noche, á las
nueve, charlaba con sus anugas, cuando se levantó como tocado de un resorte.
- Voy por tabaco - dijo.
Se metió en su cuarto, tomó el sombrero, _se
marchó á la estación y se metió en el t_ren_ de Bo1~Colombes. ¿A qué iba? ¿Lo sabía _él_, s1qmera? BaJÓ
del tren, llegó junto á casa de Alicia. Al través de
las persianas se veía una luz. Entró en una taberna, y con lápiz escribió rápidamente unos renglones. Volvió y entró en la portería de la casa._ Llamó aparte y con misterio á la portera; la d1ó un
duro; le pareció poco y le d1ó otro; después la
dijo:
- ¿Quiere usted hacer el favor de dar esta
carta á madame Alicia?
- No puede ser.
- ¿Está su marido?
- Sí; mas quien no está aquí, es ella.
- ¿Dónde está?
,
. ,
- Ilace cinco días que se marcho á Cala1s, a
pasar una temporada con sus padres.
.
Como Jacinto sintió el golpe, mas no lo deti.1116,
el autor tampoco lo define. Fué algo _enorme. El
pobre se marchó atontado. El que temia á la soledad de aquellos sitios de la banliett, no fué á bu~car el tren, sino que siguió la calle de Bourgmonons entró en la grande y destartalada plaza de
"'
'
llourguignons,
temible, solitaria, y se d'1spuso á regresar á pie. Marchaba como un borracho ó como
un loco, haciendo zigs-zags, con el sombrero en la
mano.

Anduvo hacia París largo rato. Al aproximarse
á las barreras y al pasar por junto á uno de aquellos tabernuchos que él temía tanto, pero que no
vió ahora un hombre que se hallaba á la puerta
se le ace:có y le &lt;lió un fuer~e golpe en un costado. En aquel momento surgió un C?Che y el a~a~
che huyó sin decir ni h~cer más. Jacmto, se ac~1c~
vacilante al carruaje, que volvía de vac10, subió a
él y dió las señas de su ~as~. Al entrar e~ ella,
dijo á Antonio, que dorm1a Junto á la pue1 ta en
una cama de campaña:
,
.
- Antonio, acompáñeme, ayúdeme a subir. Me
han dado un golpe. Creo que me han herido.
- ¡Herido! ¿Dónde?
,
- Aquí. .. En el costado ... Aqu1. ..
- ¿Dónde fué?
- En las barreras.
y en su debilidad, esto de las l~arreras aun lo
dijo con cierta petulancia. Al dernbarlo al golpe
de un apache, París lo consagraba.
- ¿Le han robado?
- No ... Eché mano al cuello del miserable...
Huyó...
d
.,
Cuando Antonio le acostó, le des~u ó, v_10 en
el costado un boquetito del cual salia un hilo de
sangre.
- Cest un coup d'estilet.
.
El camarero, que quería mucho á Arnaga, se
alarmó, despertó al patró~, y el buen M. ~enai:d,
con los pelos tiesos, tam~nén_ ~uy conmov1do, dispuso que se avisara á la Justicia Y. se. b_uscara á u_n
médico. No nos importe lo de la iust1~ta. El médico llegó cuando ya el telegrafi_sta ard1_a en fiebre.
Vió al herido, auguró mal, sahó, vol v1ó con otros
médicos, cloroformizó, rajó, sondeó, puso. un apósito y se marchó diciendo que era posible que
Arriaga no contara aquello.
..
Sí que lo contó, pero en sus fie~r~s y delmos.
Lo refirió todo, toda su historia pans1ense, 9ue se
limitaba á unas aventuras que no hubo y ª. un?s
amores para los que no halló corresponde?c1~. En
el tal capítulo de enamoramientos, aparec1a s1e_mpre Alicia como un sol; mas, rodeándolo, también

�aparecían Elisa, Luisa, Elena, cual planetas que
giraran alrededor de un astro principal.
Inútil es decir que aquel día en que Jacinto
cayó en cama, ninguna de sus vecinas fué al trabajo. Por la tarde, llegaron la bailarina y el señor
Frasquito. Al obscurecer, antes de irse al l\Ioulin
subió la ingles~ unos minutos. Ya al día siguiente'.
como aquello iba para largo, se organizó el cui.dado al enfermo. Durante todo el día, lo asistían
las alsacianas, que trabajaban en casa, y que trasladaron al cuarto de Jacinto todos sus t1-ebejos, y
también, durante gran parte de él, turnando, b
cocotte, la andaluza y el señor Frasquito, cuyos trabajos eran por la noche.
Y por la noche, icrualmen. ,
.,
te por turno, y qmtandose horas de sueño, Elisa,
Luisa, Antonio y las mismas alsacianas. Aquellas
dos cosas tan altas, tan altas y tan feas, que odiaban tanto á C~mb~s y pasaban la vida renegando
de todo, eran mfattgables, se portaban muy bien.
En cuanto á la inglesa, sin haber por qué - y
esto había que agradecerle, decían las mismas alsacianas - subía dos veces diarias para hacer al
herido dos pequeñas visitas. El patrón no dejaba
un momento la escalera para dar un vistazo á aquel
pauvre espagnol, como decía con los pelos en ristre y con su fuerte voz meridional. El médico afirmaba que aquello iba para largo y que era muy
posible que acabara mal.
.
Jacinto estaba casi siempre en delirios, durante los cuales no cesaba de mezclar los nombres de
Alicia, París y las vecinas del sixieme. En los momentos de lucidez contaba su aventura con el apache. Le hirió á traición, ¡y cómo huyó, sin robarle, cuando ya herido, le dió en el rostro un puñetazo formidable y le echó mano al r:uello para estrangularlo! Robarlo á él, ¡un español! - Todo por
las mujeres - añadía sonriendo con misterio.
Porque su aventura con Alicia, qi1e había pa-

recido ridícu'.a, contada ahora por él, en los ratos
tranquilos, parecía propia del mismísimo don Juan.
Alicia era una mujer virtuosísima, muy enamorada
de su marido, un gallardo mozo de treinta años. El
la conoció, y tras duro asedio, se hizo amar de ella·
pero Alicia, virtud romana, resistía. Vencida po;
el amor, vino á su cuarto; vencida por el deber,
huyó y se fué á Calais con sus padres, pues viviendo en París no podría resistir más á Jacinto-.
Hombre terrible - dijeron, mirándose las alsacianas. Ahora comprendía Elisa por qué se sentía
atraída hacia él; ahora comprendía la andaluza por
qué la amó un día solo, desdeñánclola luego; ahora comprendía Luisa que hay algo en este mundo
de más fuerza seductora que un chaztjjmr; ahora
conocía la cocotte, por qué Jacinto no pagaba, sino
borracho, cuando no estaba en sí, las horas en
que hacía felices á las mujeres ... La misma inglesa confesó con pudor y con orgullo que era un
hombre excepcional. Y en un rasgo ele admiración
que honra á Inglaterra, sacó el portamonedas, una
vez que Jacinto dormía, y dejó en la mesa de noche tres luises, los tres luises ...
Todo aquello que contaba el herido tuvo una
corroboración, la más fehaciente. Era el cuarto día
de enfermedad; Jacinto estaba despejado; la herida no presentaba mal cariz; el médico había dicho
que quizá no muri~ra el enfermo. Tempranito, á
poco de haber salido las obreras, muy contentas
porque el paciente se encontraba mejor, en el primer correo vino una carta con el timbre de Calais.
Era de Alicia. Jacinto la leyó. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos. Metió la carta bajo la almohada y durante el día la leyó otras muchas veces.
Las alsacianas no se atrevieron á preguntar una
palabra. Por la tarde, cuando vino el médico, encontró peor al enfermo.
- No me lo explico - elijo con esa frase con-

sagrada de los jueces y de los médicos que nunca saben explicarse nada.
Por la tarde, al volver las mujeres, Jacinto estaba amodorrado. Las alsacianas refirieron lo de la
,carta. Elena, que también estuvo de calle casi todo
aquel día, cogió la esquela y la leyó á las otras.
¡Oh, y cómo no había mentido Arriaga! Eran
muchas carillas desbordantes de una ciega pasión.
Luchando entre su deber y su amor, loca por Jacinto, Alicia creyó lo mejor huir á Calais á refugiarse
y buscar fuerza y consuelo en el hogar honrado de
sus padres. ¿Qué haría en lo sucesivo? Lo ignoraba. :Mas cierta, como estaba, de que su pasión era
incurable, ó se moriría ó se mataría ó iría á pedir
.á Arriaga de rodillas que la quisiera un poco, que
tuviera piedad de ella, que la llevara con él y para
siempre lejos de París, lejos de todo, á Italia ó á
su España.
¡Qué prestigio! Si Jacinto curaba, ¡cómo lucharía por su amor todo el sixicme! ¡Y toda la casa y
todo el barrio, puesto que, sabidos por siete mujeres su aventura y su mérito, su nombre había
de correr de boca en boca! Todas le miraron suspirando. Las mismas alsacianas ...
Como respondiendo á un sentir general, dijo
en voz alta la cocotte:
- El nos decía cosas por bromear. Pero, ¡cómo
había de querernos! Valia más que nosotras.
He aquí de qué manera el perenne pobrecito
burlado, quedaba consagrado burlador.
La carta volvió á su sitio. A las ocho salió el
herido de su letargo. Tomó la carta, la leyó, llamó
.á Elena, la mujer vivida, la que comprendía más
bien ciertas cosas.
- ¡Elena! Un favor. Yo no puedo escribir.
¿Quiere usted poner un telegrama?
Y le encargó uno para Alicia.
- Dígale usted que estoy así, por ella.
Elena se dispuso á bajar.
- Ahí tiene usted dinero.
- ¡Tengo yo!
A la mañana siguiente, á las seis y media, paró
un carruaje á la puerta de la JJ1aison 111eublée, saltó de él una dama enlutada y dijo secamente á
Antonio, que acababa de abrir:
- Eso al cuarto del señor A rriaga - y señaló
una gran maleta.
Subió rápidamente; en el descansillo del sixii::me encontró á Elena que acababa de volver de la
calle, y antes ele acostarse había entrado á ver
.cómo estaba el enfermo. La miró Elena, la conoció
ó la adivinó y se fué á ella con un dedo en los
labios.
- Señora, está durmiendo, no le despertemos.
- ¿Cómo está?
- Un poco peor. La llama á usted. Yo le puse
.á usted el telegrama.
Alicia se echó á llorar.
Con gran sigilo entraron la maleta en el cuarto
de Jacinto. Con mayor sigilo, después de acercarse al lecho de Arriaga y besarle en la frente,
que mojaron algunas lágrimas, abrió la dama la
maleta y ante las alsacianas Elena todas las vecinas que habían acudido no se' atrevían á hablar, tomó posesión del cuarto, se. cambió de ropa,
Y envuelta en una flotante bata blanca, un pañuelo en la mano, se sentó junto á Aniaga. Estaba
encantadora.

y

En voz baja comenzó el cuchicheo. Se lo contaron todo; lo que había ocurrido y lo que no ocurrió.
¡Qué elogios á la Yirlud de ella! ¡Qué elogios á
la pasión ele él! Un hombre que había corrido tanto, ¡cómo se había enamorado en esta vez! ¡Oh,
qué español! ¡\" qué ,,aliente! Refirieron la lucha
con el feroz apache, como si la hubieran presenciado. Y herido y todo, no pudo robarle, y yencido
el criminal, huyó. Por un hombre así hay que dar
la vida.
Elena preguntó:
- ¿Usted se quedará aquí, señora)
En realidad, Alicia tenía pensado estar allí durante el día; al anochecer irse á su casa, decir al
marido que .había llegado en el tren ele la tarde y
volver con su amigo la mañana siguiente.
Pero, así como Jacinto había ascendido á temible Tenorio, había subido ella á casi una Lucrecia; el prestigio, como amante, de Arriaga, teníalo
ella como amada y amante. Conoció á lo que estaba obligada, y decidida en un momento su gentil
cabecita de presumida, de coqueta y de loca, respondió con heroísmo:
- ¡Cómo me he de marchar! Para mí han concluído familia, honor y todo. N"o hay para mí más
que este hombre adorado. Si sana, me iré con él,
donde él me lleye; si muere, moriré yo también.Todas las mujeres se admiraron; nadie habló;
Elisa y la cocotte lloraban como dos Magdalenas.
¡Lo perdían! ¡Lo perdían para siempre!
El enfermo hizo un movimiento para despertar. Las vecinas, prudentes, viendo que al momento no era suyo, salieron de la habitación. Quedó sola la pareja; y cuando Jacinto abrió los ojos
vió á su lado, arrodillada, estrechándole las manos, á Alicia, que lo miraba con pasión.
- ¡Alicia!
El grito debió oírse en la plaza Clichy, en la
oficina donde el esposo trabajaba. Besos, lágrimas, juramentos y risas se mezclaron.
- ¡Tuya! ¡Contigo para siempre! ¡No te dejaré más!
Desde fuera oían las mujeres con el corazón
encogido, sollozantes.
- ¡Cálmate! ¡Está tranquilo! ¡No te incorpores!. .. Te harás mal. ..
- ¿11e quieres siempre?
- Sí, Jacinto mío.
- ¡Ven, yen!. ..
- St prudente. Cálmate. Estás malo.
- Alice! Alice! Mon amour! Mon ame! Ma vie!
Toute una vie!
Y sonaban besos. Si las mujeres no entran nuevamente, aquí acaba la historia.
Cuando fué el médico, Jacinto estaba peor.
- Xo me lo explico - dijo aquél, y eso que
había mirado á Alicia, cuya belleza era bastante
á explicar tantas cosas.
*

* *

Pasaron cinco días y cinco noches. Jacinto deliraba siempre, ya en la calentura patológica, ya en
la fiebre de amor. De cualquier modo, era feliz.
Pero se moría y se moría de Alicia. ¡Aquellas cinco noches!. .. Ella no se apartaba de su cama; comía, ::'e desnudaba, se vestía junto al enfermo. El
veía semidesnudo aquel cuerpo hechicero. Sus ma-

�nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>López Fernández, Ernesto, (1867-1923), (Claudio Frollo, Seud.), Colaborador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>r

\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

Pastillas Antiepilépti cas de Ocboa

.

No quitan el apetito
No deprimen
Cortan rapidamente
los accesos

CONFESION
NOVELA POR FRANCIS-

HGOfl DE COLO H1H COHCEHTRRDfl

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Sus condiciones higiénicas, su perfume fino, elegante y permanente, hacen sea la predilecta en los tocadores de buen gusto
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Obras de F. Serrano de la PEdrosa

cARAMELos DE a&amp;Rnz 5iPEf1tkfx RotoAN
~17;)17,)

La punta del velo (folleto médico).
A medios pelos (artfculos y romances).
Las inundaciones y la repoblación forestal .
La lectura como arte.
El derecho del pataleo.
Tomo primero: La polltica.
Tomo segundo: La administración.
TEATRO (en un acto).
Gabinete magnético.
El pais del abanico (zarzuela).
El lazareto (zarzuela).
El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
La pelota en el tejado.
Por unos dias.
El pavo de la boda (zarzuela).
La gruta del eco (zarzuela).

35 CALLE DE CARRETAS 35

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�El [uento Semanal
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Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Libros y Revistas
Rima■ del trópico, por Alfredo Gámez Jaime. - Imprenta de Arcbi.-os. Madrid.
Rs un libro sano; libro caliente, lleno de emotividad y
de color. Al frente del volumen figura un gallardo prólogo
de Salvador Rueda, del cnal entresacamos los párrafos siguientes:

«Acaba de llegará nosotros la voz de un poeta americano, cuyos versos transmiten al espirilo la emoción firme
y reconfortadora de la vida. Me refiero á Alfredo Gámez
Jaime, que, acaso por venir de la República americana
donde el idioma español se conserva más puro (Colombia),
trae en sus poesías la fórmula largo tiempo esperada (é iniciada yn espléndidamente por algunos) de la fusión, bajo
un troquel propio, de los elementos ambulantes que se observan en la lírica general de aquellos países.» •..••.••...•
.........« Canta lo mismo lo externo que lo interno, el
sentimiento que la pldstica, la armadura carnal del hombre
que sn alma. Es amplio de visión; abarcador ambicioso de
horizontes emocionales; inopinado, al ,·olar de unos asuntos á otros; perseguidor de la imagen, que muchas veces le
brota repentina como una lumbrarada.» .•.••
Marrueco■,

Politlca é lntereaes de Bapall.a en cate
Imperio, por Eduardo Caballero de Puga. - Imprenta de
E. Arias. l\ladrid.
Obra ilustrada, mu y bien documentad:i y de gran actualidad.
~
Azul. - Ha empezado á publicarse en Zaragoza, bajo
la dirección de Eduardo de Ory, esta notable revista, entre cuyos colaboradores figuran los literatos españoles y
americanos más eminentes.

El Nuevo Mercurio. - El núm. 8.'' de esca importante
revista publica una sección titulada ,,~Conoce 11stt:d E.-.p2ña?»,
en la que colaboran Paul Adam, René Bazin, jules Clarctie,
:More! Fatio y olros prestigiosos escritores.
Ademlls publica artículos de Miguel de Unamuno, Rubén
; &gt;ario, Pérez Tria na, E. Lora y P. Aumechian.
Páginua Ltb.-es. -

El núm. 7 de esta reví.ta publica el

siguiente sumario:
«El nuevo renacimiento», por Claudio Reina; «Consejos
útiles», por Clemencia Jaquinet; ~Los siete enigmas del Universo», por Fernando 1'arrida del Mármol; «Primeras civilizaciones: La India», por Ramón Baños Martínez; «Anarquía
é individualismo», por Teresa Claramunt; «Sumisión y rebeldía», por M. Meléndez Muñoz; Papel recibido; Folletín: «El
mundo y el hombre», por Ralph \Valdo Emerson.»
Burla Burlando. ·-Tales el título de un semanario frs(h•o ilustrado que ha comenzado á publicarse en Granada.
El periódico en cuestión abunda en notas de buen humor
y está todo él escrito con ingenio y t,Pril,
Deseamos toda clase de prosperidades al simpático
colega.
Hojas SelectaA. - Sé ha publicado el nürn. 6q de b revista mensual llo¡as Stltclas. correspondiente á ~cptiembre, cn cuyos pA¡?inas, pulcra mente ilustradas, se cons•gra la alcnción debida á los asuntos de culminantc actualidad.
Publica ademh las acostumbradas secciones de «Moda
parisiense», nota cómica, nota política y pasatwmpos.

Yeclanerfo1. - Colección de poesías de Maximiliano
C. Soriano. -- 'fipogr,ilia l\lodcma1• Elda.

f.

FRANCISCO
ARO 1 - 6 Septiembre 1907 - N.º 36

VILLEGAS
(Z EDA}

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
ExtranJero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
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Número suelto:

30 CéntiffiOS

CONFESIÓN

Por el Arte. - Publica esta revista, cuyo número correspondiente á Agosto hemos recibido, interesantes artículos
que firman F. ~Iontagud, J. :M. Alcoreno, Manuel Abril,
J. Huidobro, J. Villaseñor; profusión de grabados, noticias,
etcétera, etc.

I

N

Consultorio 6rafoldgico 6RA[ HTN E8
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

J. R. B., Zaragoza. - Sensibilidad exceslvn; Impresionabilidad; carácter amable; gran deseo de ganar dinero; actividad; espfritu de organización; Inteligencia culttvada; mucha prudencia
en los negocios y disposiciones para el comercio; combatividad;
vivacidad; naturaleza poco entrglca; temperamento bien equilibrado.
Un neurasténico verde. - Espíritu muy independitnte; gran
amabilidad; Inteligencia muy claro; buen grado de cultura: gran
propensión II la melancolía y al desaliento; carácter sensible, á la
vez que muy rencoroso; voluntad dominadora; i:ran sinceridad;
temperamento nervioso-sangulneo; desconfianza

Meflstófeles. - Naturaleza bastante Interesada; gran actividad lfsica; bastnnle vanidad; sensibilidad muy despierta; espiritu
vivo; gran nervosidad; afición á discutir; bastante tenacidaa en la
resistencia: expansión con los extraftos; conciencia generosa y
bien equilibrada: inclinación á lo misterioso; puede usted cultivar
las ciencias ocultas, de tas cuales me dice poseer algunos conoc,.
miento~, porque tiene usted disposiciones muy marcadas para
ellas; fijese ea el signo tan raro que en JU graf,smo adorna ta d
minúscula, y tendrá usted el secreto del signo de la curiosidad de
lo oculto.
facasse -Amor al dinero; deseo de proteger; gran intuición;
generosidad bien entendida; equilibrio en las facultades; formulismo; voluntad pacienzuda con accesos de terquedad; expansión
prudente y sólo con los extraftos; poca vivacidad.
M. Htscbvan, Barcelona. - Sensibílldad desequilibrada; esplritu muy fino; l(ran inteligencia: vivacidad; voluntad que se gasta á troche y moche y que hace falta en los momentos decisivos
de la vida; temperamento débil; inmaterialidad; actividad fisica;
carácter Incomprensible (insais/ssable); ninguna expansión.

Oazeful.- Espirituacaparador; gran facilidad de asimilación;
Inteligencia mlly clara: es usted de estas naturalezas privilegiadas que poseen comprensión tan viva, que vislumbra todas tas
cuestiones; pero cuidado, porque et defecto general de estas naturalezas es :onlar demasiado con su maravillosa facilidad, lo
que puede dar por resultado un espiritu muy brillante, pero algo
suptrficial; carácter amable; salud bien equilibrada; mucha lógica; voluntad dominadora; actividad; buen gusto arlfstico; vanidad; naturaleza ávida de honores y alabanzas; creo que podrla
usted cultivar las letras con txilo.
Carmen la lista -Sensibilidad moderada; la cabeza domina
el corazón; deseo de perfeccionarse; ninguna expansión; voluntad
tenaz, á veces terca y tiránica; buenas d1sposic1oms para ta •conomfa; conciencia bien equilibrada; inclinación á ta tristeza: bastante afición á los quehaceres doméstico,¡ temperamento san•
guineo-nc1v10s0; deseo de agradar y de seducir.

CHAMPAGNE BINET
REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IOUAL PRECIO

estoy de ali\ iar las pen~s
e n que mi corazón rebosa, depositando en un pecho amigo la narraci(m de ellas. Todos los periódico~ han traído y llevado mi nombre, y rcfendo y comentado, por supuesto, falseándolos, los hechos que componen el doloroso. drama en
que me he \ isto envuelto. lmpos1hle es, po~
consiguiente, que no haya llegado hasta ~1
la noticia de mis desventuras. Para que tu,
tan recto como clarividente.
seas mi juez ó para que, si
no quieres serlo, me compadezcas, ó en todo caso,
con el fin de desahogar, por
medio de algo así c~mo _una
confesión general, mt atnl:&gt;Ulada conciencia, te escnbc~
estos renglones, en los c uales he de ser tan sincere&gt;
como el creyente convencido lo es á los p ies de su
confesor.
En la casa que poseo lejos de mi patria, en esta riscosa soledad, en donde he
de permanecer el resto de
mis días, podré trazar puntopor punto, ser~na ~ impar~
cialmente, la h1stona de mt·
vida. Soy como un náufrago•
que, resucito á no embarcarse jamás, cuenta, desde su
roca solitaria, ,los incidentes.
de su desastrada navegación
al t ravés de los mares tempestuosos.

1

ECESITADO

** *
Hasta poco ha la vida era
para mí una llan_ura _monó~
tona: ni altos ni baJOS, ni
grandes alegrías ni gran~es..
disgustos. Las pasiones violentas me parec1an
cosa de teatro 6 de nm ela, ó cuando más, raras
excepciones, raptos de una especie de l~~ura
que solamente debía de atac~r á los e~pmtus
desequilibrados. Yo me cons1d~rab~ libre de
tal peligro. Vivia, ó vegetaba mas ? 'en, com?"
aparentemente vege tan todos los seres anodinos que com ponen e l rebaño humano.
:,\li jmentud fué como la de la mayor parle de

�los jóvenes burgueses: seguí á trancas y barrancas
una carrera universitaria, acabada más por la tolerancia dañina de los profesores que en virtud de
mis propios esfuerzos; adquirí, en vez de ideas,
unas cuantas frases que sonaban á ciencia, pero
que estaban huecas, y con las cuales, sin embargo,
logré conquistar una posición. A los veinticinco
.años, muertos mis padres, me encontré dueño de
un capital, cuya renta, unida á mi sueldo, me daba
ücupar en sociedad un puesto en\'idiable. ¿Quién
me tosía á mí con mis cuatro mil reales de ingreso
.al mes, mis veinticinco añus, mi figura no despreciable y mi salud á prueba de excesos '-iue, á decir verdad, rara vez cometía? Porque yo era como
suelen ser los jóvenes de la moderna clase media:
serio, ordenado y económico. Ya habrás reparado
en que el ideal de la juventud contemporánea es
el ser práctica, y yo realizaba ese ideal. :\Jis vicios,
que también los tenía, estahan sujetos, por decirlo
.así, á una rigurosa disciplina. Cuando podía satisfacerlos gratis no desaprovechaba la ocasión; cuan&lt;lo tenía que pagarlos, buscaba siempre lo barato.
Podría decir al céntimo lo que me han costado las
.1legrías de mi juventud. Todo, absolutamente todo, lo conservo apuntado, con la exactitud con que
.anota el comerciante las operaciones de su casa.

** *

Cierto que el medio no crea nuestro carácter
pero ¡cuánto no lo modifica) aun deforma! La ciudad donde nací, y en la cual he pasado mi juventud, es una de esas de Castilla en las que sólo vive
lo que está muerto: sus , iejos monumentos, reliquias melancólicas de una sociedad desaparecida.
,\ la sombra de sus vetustos paredones, duermen
más que viven, unos cuantos centenares de familias hurañas, apegadas á legendarias rutinas, aisladas unas de otras, conservadoras de los defectos y
vicios del pasado, sin ninguna de SLIS virtudes y
enemigas de todo progreso espiritual; allí el fanatismo sin fe, la codicia sin grandeza, el deseo sin
pasión, el odio sin valentía; la , ida ha quedado
estancada y se ha corrompido.
En tal mundo, la hipocresía se convierte en
una segunda naturaleza: la más leve falta, si se
hace pública, es motin1 de escándalo; las más naturales expansiones de la juventud, actos de cinismo; calificase de ridículo el entusiasmo; el amor
debe ser mesurado y andar oculto; la intimidad y
aun el simple trato entre personas de distinto sexo,
es cosa I irohibida. Bajo estas apariencias austeras el
diablo anda suelto, pero siempre imisible. Poco importa que no seas casto con tal de que seas cauto.

***
Un hombre serio, y yo lo era á los veinticinco
a1'íos, no est{t bien soltero; el matrimonio da respetabilidad y suele servir á una persona práctica
para doblar dr un solo golpe su caudal. En todos
los negocios se arriesga el dinero por la hipótesis,
más ó mcnos probable, de obtenc&gt;r una ganancia;
en el negocio del matrimonio, no; se juega sobre
!.eguro. Para la mayor parte de los jóvenes como
yo era entonces, la cruz del matrimonio es la cri,z
&lt;!el signo de la suma.
Eso fué mi boda: una operación aritmética.

11aría de los Angeles, Angelita, como su papá
la llamaba, es hija de un acaudalado señor, hombre respetable, mangoneador de la política provincial y diestro en manejar los asuntos públicos,
sin olvidar los prirados. Además de respetable es
práctico, cualidades que caminan casi siempre en
íntimo consorcio. No hay cuidado. de que se deje
llevar de ridículos romanticismos - son sus palabras-, y para él es romanticismo puro todo acto
que no nos acarrea alguna utilidad. Hizo contratas
con el Estado, administró fondos ajenos, prestó
dinero á réditos y se hizo rico; se casó, fué padre
de una hija y se quC'dó dudo.
Angeles es en lo fisico un tipo insignificante;
una rubia linfática, ojos apagadPS, carnes flácidas
y manos lindas. Tales manos son una agravante de
la pereza de ,\ngelita; su esmero en cuidarlas Ir
impide hasta pegar un botón; son un adorno d •
su persona, no instrumentos de trabaj ,.
Yo la conocía desde niño, cosa que nada tienr
de particular, porque á Angeles, desdr que saliú
del colegio, se la veía en todas partes: en el paseo,
en la iglesia, rn el teatro, en el balcón. Antrs de
nuestras relaciones tuvo los novios á docenas,
como que era uno de los mejores partidos de b
provincia. Pero los noviazgos duraban poco. En
cuanto el padre se enteraba de que el pretendiente era un pelagatos, le decía á su pimpollo: «Angelita, no sigas tonteando con ese muchacho... ,
no tiene sobre qué caerse muerto: esas relaciones
no son prácticas•; y Angeles, incapa,: de sentir el
amor y penetrada también inconscientemente del
positiYismo paterno, plantaba con la mayor frescura al novio inservible, que en seguida era sustituído por otro, el cual, á los pocos días, sufría
la misma suerte... Y así sucesivamente.

.,

El padre, que desde mis primeros escarceos
estaba como quien dice al cabo de la calle, )' que
tuvo buen cuidado de hacer inquisiciones análogas á las mías, sobre mi estado ji11ancie1·0, me recibió en palmitas. En un ,·erbo quedó concertado
el enlace. «Si mi hija lleva para cenar, pens~lx1,
éste lleva para comer.• Y yo me repetía: •S1 yo
llevo para comer, ella llcYa para cenar... • Xo po
día haber, por lo tanto, más perfecto acuerdo entre los contrayentrs. La boda quedó concertada
para unas cuantas semanas: después de nuestra
conferencia.

* *

El último de la serir fuí vo. Desde mucho
tiempo antec; había puesto los ,íjos en ella ... ; no
los ojos del amor, ni siquiera los del deseo, sino
los del interés. Procuré enterarme, tem!'roso de
1111 posible desengaño, de la cantidad á que ascendía la hijuela de mi futura, y me convencí de que
era abundante y saneada. Tal maña hube de darme en husmear los bienes de Angeles, que, sin
vanidad lo digo, antes de comenzar mis operaciones diplomáticas cerca de ella, habría podido hacer con toda exactitud y minuciosidad el inrentario de su caudal.
De este modo documentado, empecé mi campaña; adulé al padre, le pedí consejo - que no
necesitaba - para emprender no sé qué negocio;
cortejé á la hija, ensalcé la belleza de sus manos,
y cuando me penetré de que el padre me trataba
con visible deferencia y de que la chica no me miraba con sobrecejo, expuse á :-\ngelita mi atrevido
pensamiento.
La primera con,·ersación que sobre asunto tan
delicado tuve con ella, me comprobó lo que ya
sospechaba yo, esto es, que Angeles era «un pedazo de carne con ojos•. Tan flácida como su
cuerpo blanducho era su alma; ninguna pasión, ni
buena ni mala, podía agitarla. Era una masa mantecosa modelada por la rnlgaridad. «Yo. . . si es
verdad lo que usted dice ... Hable usted á mi
papá, y si él quiere... ¡Qué cosas tiene usted! ...
Todos los hombres dicen lo mismo... •

** *
\' llegó el día de la IJocla. \'estida ella ele ~!aneo, con el wlo y el ramo de azahar consabidos;
yo de negro, circunsprcto y gra,·e, como el _caso
requería; estirados y solemnes nuestros padrinos,
elegidos entre lo más granado de la ciudad, _Y
amigas y amigos hechlls un brazo de mar, nos_ d_1rigimos, todos en coche, á la iglesia, dando ennd1a
á la burguesía provinciana, que se asomaba á los
balcones á Yernos pasar y asombrando al pueblo
soberano, que se agolpaba á las puertas del trmplo.

** *
1

•

Pocas eran las ilusiones que me había forjado
yo acerca del carácter y atractivos personales de
mi esposa; tampoco, ya lo he dicho, pasó por mi
corazón, respecto de ella, nada que se pareciese

al amor verdadero. Esto es la verdad pura; pero
no lo es menos que jamás creí que pudiera existir
una mujer tan insensible y apática _como ella. ,Su
temperamento era como mech~ moJada, que n,111guna llama podía encender. S1 á veces en m1 el
deseo tomaba apariencias de amor, ~n~on~rábame
con una pasiúdad indiferente que 111 stqut~ra me
rechazaba. Cuando esperaba de ella un suspiro, me
contestaba con un bostezo; cuando daba yo á mis
palabras el calor de la pasión, solí~ ella interru~pirlas para hablarme de los d~sc~1dos ~e ~a ~oc1nera. En un principio aquella 111d1ferenc1a trntaba
mi amor propio. Después llegué_ á percatarme _de
que mi mujer era un sér refractario al amor. ¡Qmé_n
sabe si muchas castidades no son como la castidad ele mi esposa: la Yirtud de callar que tiene el
mudo!
*
* *
,\ todo llega uno á hacerse, y yo también hube,
al cabo de algún tiempo, de acostumbrarme á la
compañía de :\ngeles. ! lasta he de declarar 9-ue
me molestaba poco. No encontré en ella, es cierto esa comunidad de ideas y de gustos que, cuand~ se amasan co_n el amor, son la gloria en la tic-

�rra, y si aquél falta, lo suplen; pero en cambio, por
lo mismo que la penetración de mi mujer era escasa, me veía libre de suspicacias y sospechas, para
las cuales no faltaba algunas veces motivo.
Mi conducta era correcta, como correspondía
á mi cualidad de hombre serio, cualidad que iba
acentuándose conforme los años pasaban. Con
todo género de precauciones evitaba el escándalo; pero de cuando en cuando, como mejor podía,
buscaba compensaciones á las frialdades de mi esposa. ¡Ruines compensaciones que, si encendían
momentáneamente el deseo, causábanme después
tedio y hasta algo así como menosprecio de mí
mismo!
Y de este modo se pasaban los días y los años,
y pasaron diez, y durante ellos mi vida fué la imagen_.q_el limbo, sin pena ni gloria... un camino sin
cuestas ni hondonadas ... la llanura inacabable del
aburrimiento.
Conservaba, sin embargo, la vaga conciencia
de que existían en mí fuerzas para vivir otra vida,
fue_rzas que, como tantas otras, se perdían sin empleQ, anuladas por el medio en que la suerte me
había colocado.

II
Las vacaciones del verano de 190... (sabido es
que en el verano hay vacaciones para todos), no
sólo me dejaron libre de trabajos apremiantes, sino
que me emanciparon por algún tiempo de mimonótona vida conyugal. Mi mujer, para quien San
Sebastián era el mejor de los mundos posibles, se
extasiaba ante la Ídea de pasar en la capital donostiarra un par de meses. A mí la vida de San
Sebastián, en compañía de mi esposa, me aburría
soberanamente. El ir y venir á hora fija por el boulevard, el bañarme con ella todas las mañanas á la
vista del público, las veladas y cotillones del Casino, el contacto con gentes que yo no conocía y
que además me parecían cursis ... todo era causa
de que no me apeteciese el viaje veraniego á la
concurrida ciudad vasca. ·
Por fortuna, un acontecimiento inesperado vino
aquella vez á librarme de la obligada excursión de
todos los años. Hacía poco tiempo que h!1bíamos
heredado de un lejano pariente unas tierras de escaso valor en Andalucía, y yo, así se lo dije á mi
mujer, debía ir en persona á fin de sacar el mejor
partido posible de la ve1'1ta.
A Angeles le pareció de perlas mi idea. Ella
se marcharía con su padre á remojarse en las aguas
de la Concha, y yo, una vez despachado el asunto,
iría á reunirme con ellos.
Como se pensó se hizo, y el mismo día en que
mi mujer y mi suegro salían camino del Norte, yo
me alejaba en dirección al Sur.
En cuanto el tren que me conducía hubo salvado el puerto de Despeñaperros, me pareció pasar de un mundo á otro completamente distinto
de aquel de donde acababa de salir. Todo era diferente: la vegetación, los tipos, los vestidos, el
lenguaje, e l acento. A la aridez de las llanuras de
la Mancha y á la austeridad de los paisajes castellanos, sucedíanse las rientes perspectivas andaluzas: extensas vegas regadas por ríos de sosegado
curso, que ya se deslizaban por entre cenicientos
olivares, ya por extensas praderas en que retozapan potros de arrogante estampa ó pastaban toros

de feroz aspecto. De cuando en cuando un pueblecillo de blancas casas diseminadas en torno de
alegre torre, con sus huertos cercados por pitas y
chumberas, sus ramilletes de palmas y sus setos
de rosales.
, En una estación, de cuyo nombre no me acuerdo, dejé el tren para tomar la diligencia que había
de llevarme á Bellamar, el pueblecillo término de
m~ Yiaje. Amanecía. Entre las ramas de un árbol
enbrme plantado en medio de la plazuela en donde estaba el parador de la diligencia, piaba, saludando la venida de la aurora, un enjambre de pajarillos.
Como media hora duraron los preparativos de
la partida. Una desgreñada moza, descalza de pie
y pierna, ayudaba al zagal á poner maletas y baúles en la baca del coche, contestando muy -complacida á los chicoleas del mozo. El mayoral, en
tanto, iba sacando de la cuadra y enganchando al
enorme vehículo, una antigua diligencia con berlina, intetior y rotonda, hasta ocho caballos de largas crines, que al sacudir, como para desperezarse,
las cabezas, hacían sonar los innumec_ables cascabeles de sus colleras. Tres viajeros soñolientos esperaban el momento de marchar, sentados en et
b~nco &lt;le piedra que rodeaba el tronco del árbol.
Cuando estuvieron enganchados los caballos,
el mayoral, _un mocetón moreno, fornido y simpático, de ancho sombrero, pantalón ajustado y chaquetilla corta, gritó con acento andaluz muy cerrado:
- ¡Cabayeros, ar 'coclte!
Y mientras los viajeros soñolientos se acomo~
daban en el interior de la diligencia, yo trepé al
pescante, deseoso de disfrutar del fresco airecillo
de la mañana y de recrear mis ojos con la contemplación del paisaje. Montó el zagal en uno de
los caballos delanteros, chascó el mayoral la tralla,
oyóse el «adiós,, «adiós• de la moza, y el viejo
armatoste, arrastrado por los ocho caballos y dando saltos sobre el empedrado, recorrió una larga
calle y salió á la carretera, cuya cinta blanca, serpenteando entre campos y praderas, aparecía y
desaparecía á causa de los altibajos del camino,
hasta perderse en el horizonte.

alegres caseríos de blancas azoteas, rodea_dos de
palmeras y de plátanos. Numerosas acequ~~s que
se entrecruzaban hacían pensar en un prohJo bordado de piata s¿bre verde terciopelo. Veíanse á
uno y otro lado del camino extensos viñedos cuyos pámpanos y hojas, en vez de arrastrarse por
tierra merced á redes de alambre colocadas en
alto por medio de cañas, formaban extensos túneles de temblorosas bóvedas.Las chumberas extendían por todas partes sus pinchosas palas, como
grandes manos que _Pi?iesen Jimosma á los b?rdes
de la carretera, y limitaban las hereda~es o fo!maban macizas manchas en los oteros leJanos. En
los remansos del río, cuya línea tortuosa señalaban altos árboles, lavaban grupos de mozas que,

-..

'

~

~·• ....,
...

*

* *

Habíamos subido ya hasta la venta del Altorcao, que no era otra cosa que unos cuantos paredones cuarteados entre montones de escombros.
Un poco más allá había una cruz de piedra rodeada de cantos; cada canto representaba un Padre
nuestro rezado por el alma del que allí perdió la
vida...
.
Paró el coche en lo alto de la cuesta á fin de
dar algunos minutos de descanso al ganado. Los
mulos echaban un chorro de sudor por cada pelo.
- Mire usté - dijo el mayoral.
Allá lejos se extendía el mar, cuyas brumas
apenas dejaban entrever junto al horizonte lo_s cont ornos abruptos de un cabo. Del agua azul venía
hasta nosotros una brisa fresca y olorosa que templaba el calor del sol. La diligencia comenzó á
bajar rápidamente hacia la arenosa ribera. El paisaje, que por el lado de la cuesta que acabábamos.
de dejar atrás era árido y peñascoso, se había convertido d e repente en hermosísimo panorama. En
medio de valles frescos y apacibles, destacábanse

don Luciano Cárceles, que este era el nombre de
la persona que deseaba comprar mis recién heredadas tierras.
En el ancho portalón, delante del cual descansaba llena de polvo la desenganchada diligencia el fondista ó posadero, cómodamente repantigado respiraba satisfecho la fresca brisa del mar.
~ ¿Sabe usted- le pregunté - dónde vive et
señor Cárceles?
- Cárceles hay dos, sin contar con la de los
presos - contestó el posadero, no queriendo desaprovechar la ocasión de hacer un juego de palabras-. Usted ¿por quién pregunta, por don Juan
Cárceles, el maestro de escuela, ó por don Luciano Cárceles, el amo ó poco menos de este pueblo~

al sentir el cascabeleo de la diligencia, suspen&lt;lían
momentáneamente su labor para mirar el coche.
A medida que avanzábamos, el caserío era más
nutrido y la vegetación más espesa. Hasta nosotros llegaba ya el rumor del oleaje que se desh~cía en la arena dorada de la playa. Al doblar la diligencia un recodo del camino, apareció ante nuestros ojos, como á dos kilómetros de distancia, el
pueblo de Bellamar, parecido á un rebaño de blancas ovejas custodiadas por un viejo rabadán, que
tal parecía el torreón ruinoso de la antigua alcazaba, erguido sobre el cerro á cuya falda, mirando
al mar, se escalonaba el pueblo en forma de anfiteatro.

III
Mediaba el día, cuando después de asearme y
de variar de traje en la posada con honores de
fonda en que acababa de dar con mis huesos, molidos de la larga caminata, me dispuse á visitar á
~

'l •r#'/

,

- Por don Luciano pregunto - le respondí.
- Pues mire usted, echando por esta calle
abajo - el posadero se había levantado y accionaba delante de la puerta - y luego tomando á la izquierda hasta llegar á la plaza _de
la fuente y torciendo después .. : Pero 1~eJOr
será que le acompañe á usted Colás. ¡Colás,
niño! - gritó.
Por una de las puertas interiores del zaguá_n
salió el niiio, un mocetón de treinta años cumplidos, que olía á cuadra.
- Ve con el señor á enseñarle la casa de don
Luciano Cárceles.
- ¡l\lfuehas gracias! - dije yo, y eché á andar
detrás del ni,io.
El sol dejaba caer sus rayos de oro d~rretido
sobre los moriscos edificios del pueblo, enplbegados todos ellos· su blancura, herida por el sol, producía un resplandor que cegaba_ Hacía un calor
asfixiante; mas al pasar frente á las bocacalles que
daban al mar, sentíase suave carici¡i de fresc_ura.
Subimos y bajamos varias cuestas, unas polvone1:tas de carretera y ot:as empedradas con puntiagudos chinarros.Al cabo de unos cuantos m111utos.
de fatigosa marcha, llegamos á una plaza á la que
daban alguna sombra grandes y copudos castaños. En el centro de frondoso jardín, uno de cuyos frentes dominaba la marina, alzábase un hotel

�elegante y coquetón, por cuya verja de entrada
se veía una escalinata protegida por elegante marquesina y flanqueada de grandes macetas.
- Esa es - me dijo Colás - la casa de don
Luciano Cárceles.
La verja estaba abierta; entré, subí la escalinata, y empujando una puerta de cristales que ostentaban la cifra del dueño, me encontré en un
espacioso recibimiento, fresco y sumido en apacible media luz. En la puerta que daba frente á la
de entrada apareció una hermosa mujer vestida
de claro y con flores en la cabeza.
- ¿Don Luciano Cárceles? - pregunté yo.
- ¡Ah!, ¿pregunta usted por mi tío? - dijo la
joven con gracioso acento andaluz y con una voz
un tanto opaca, pero insinuante y sugestiva-.
Pase usted, pase usted. Voy á avisarle en seguida-. Y haciéndome e ntrar en un gabinete más
bien agradable que lujoso, con mecedoras de las
llamadas de Viena, cortinas de cretona clara y
persianas verdes en las d os grandes ventanas,
desapareció ligera y silenciosa.
- ¡Hermosa mujer! - pensé.
A los pocos momentos se presentó
por la misma puerta
por donde yo acababa
de entrar un señor
más que maduro, pero
fuerte y bien plantado, de fisonomía franca y movible, vestido
con un traje de dril
de blancura impecable.
- ¿A quién tengo
el gusto de hablar?
-Soy el dueño de
las fincas que usted,
según carta que recibí
hace algunos días,
quiere adquirir.
-¡Ah! ¡Usted
es! ... Siéntese usted,
siéntese usted ... Me
alegro tanto. De palabra se entiende la
gente mejor que por
carta...
·
- Eso he pensado
yo también.
- Las cosas claras - dijo sin hacer
caso de mi interrupción. - Ya se lo dije á
usted por escrito. A
mí me convienen esas
tierras. Otro empezaría á hacer ascos. Yo
no. A mí me gusta la
franqueza; e l pan,
pan ... Puesto que
usted está resuelto á
venderlas, he de decirle que nadie se las
pagará mejor que yo.
¿Sabe usted por qué?
Pues porque con ellas

redondeo mi finca del Almendral. Lo que yo ofrezco no será mucho, convengo en ello. La propiedad
aquí en Andalucía ha bajado tanto, y se comprende ...
- Si, es verdad - dije yo tratando de poner
un dique á aquel torrente de palabras-. Si á usted le parece, podemos tratar. ..
- Tiempo hay de sobra. Además, por mil pesetas más ó menos no hemos de reñir. De todas
maneras, si usted se empeña ... yo doy quince mil
pesetas ... lo dicho; tres mil duros, y apuesto á
que no hay en el pueblo quien le dé á usted dos
mil. Sesenta mil reales; ya se lo he dicho á usted
para redondear... Bueno. De modo, que si usted
acepta, mañana vamos á casa del notario ...
Hablé yo, volvió á hablar él, y después de una
hora larga de repetir los mismos argumentos y
frases, convinimos en que me darí1 18.000 pesetas.
- Y apara quiero presentarle á mi hija y á mi
sobrina. Mi sobrina es la joven que ha visto usted
á la entrada. ¿Guapa, eh' ... Pues ahí donde usted
la ve, está casada con un hombre que tiene mi

--

carnaba totalmente mi ideal. Su figura, su rostro,
sus ojos soñadores, las inflexiones de su voz, se
correspondían con la mujer creada por mis ilusiones y mis sueños. Sentía, sin embargo, con el gozo
de haberla hablado, no sé qué especie de disgusto
por haberla conocido. Su preseneia inquietante representaba para mí un deseo que me parecía imposible satisfacer. Bien ó mal_, yo iba caminando
por la vida sin pena ni gloria, como casi toq~s los
humanos. Estaba acostumbrado á la mediocridad
de mi existencia; ¿para qué venía aquel rayo de luz
á hacerme entrever un paraíso cerrado para mí?
Ni por un momento pude pensar que á aquella
mujer le pudiera inspirar yo más que indiferencia.
Casada ella, y por lo que había dicho don Luciano, enamorada de su marido; casado
también,
nuestro encuentro en la vida era la intersección
de dos líneas que se cruzan en un punto para no
volverse á encontrar jamás.
** *
No obstante estos razonamientos, esperé con
impaciencia la hora de ir á casa del señor de Cárceles. Me vestí con esmero, me acicalé con prolijo
cuidado y me eché á la calle.
Un cuarto de hora antes del medio día, apretaba con mano temblorosa el botón eléctrico de la
verja. Una doncella, muy repeinada y peripuesta
de blanco delantal, abrió la puerta, y en lo alto de
la escalinata apareció don Luciano, tan pulcro
como el día anterior.
- Pase usted, pase usted. Las muchachas están ocupadas en su tocado. Ya sabe usted, las mujeres se pasan las horas muertas delante del espejo... Es natura), están en la edad ...
Y cogiéndome del brazo, añadió:
- Venga usted, daremos una vuelta por el
jardín.
Bajo las extensas alamedas «no era enojoso el
estío.• El sol filtrábase con dificultad al través de
las tupidas copas de los árboles, formando de trecho en trecho, sobre la arena de los paseos, corno
una complicada blonda de prolijas y tenues labores.
Entre el verdor de los arriates y macizos se entreveían blancuras de mármol. Daban, como dijo
el poeta, olor sobeio las flores bien olientes, y se
oía el murmullo misterioso de un surtidor.
- ¡Esto es un paraíso! - dije, realmente asombrado.
Sonrióse don Luciano con satisfacción, y dijo:
- Todo es obra mía. Hace veinte años, cuando nació Lola, compré el solar, un huerto en que
no se criaban más que algunas docenas de hortalizas. A fuerza de cuidados he ido haciendo lo que
*
usted
ve: esos árboles los he plantado yo. He traí* *
No pude apartar del pensamiento la imagen de do flores de Valencia, de Murcia, de Galicia ...
Soledad. El i&lt;leal de belleza que nos formamos Desde que murió mi mujer este es mi mundo, aquí
de la mujer, esbózase confuso entre las nieblas de ·vivo hace veinte años, y aquí moriré.
En esto habíamos llegado á una plazoleta, en
nuestra imaginación. Pasa el tiempo, á veces toda
la vida, sin que la borrosa figura se concrete y de- cuyo centro se alzaba un gran cenador, fresco como
termine en una mujer real. Otras nos gustan, pero una gruta. En el centro estaba servida la mesa.
á todas les falta algo; ninguna es la imaginada, la Sobre blanquísimo mantel brillaba la vajilla de
sonada, la nuestra. Cuando ella surge ante nos- porcelana, la cristalería y la plata.
Una doncella, la misma que me abrió la puerotros, pare~e que despierta nuestro sér, y allá, en
)as profundidades del alma, brota un grito seme- ta, se acercó al señor Cárceles:
- Cuando el señor quiera.
¡ante al ¡eureka! del sabio siracusano.
- ¡Santa palabra! - exclamó don Luciano - .
Esto me acontedó á mí con Soledad: ella en-

misma edad. Con don Alberto Fuertes... Quizás
le haya usted oído nombrar. No es un viejo, pero
ya la vejez le anda pisando los talones. Y se quieren, ¡vaya si se quieren! Es un Otelo. Es natural,
cuando se tiene una mujer como Soledad, tan guapa y con tanto ángel. .. Viv~n en Almanzora, á
diez leguas de aquí. El e_st~ bien; y eso que es_aficionado á tirar de la oreJa a Jorge .. . ¿Qué quiere
usted? En algo se ha de pasar el tiempo. Ahora ha
tenido que hacer un viaje ... , cuestión de un mes;
y por no dejar sola á mi sobrina, nos la ~andó
aquí. Ella y mi l;lija hacen muy buenas nugas .. .
Pero estoy hablando, hablando. Lola, Soledad... .
Oyóse crujir de faldas y entraron en el gabinete las dos jóvenes. Lola, la hija del señor de
Cárceles, era delgada, insignificante. Hablaba muy
poco, como si el don de la palabra lo hubiese agotado don Luciano, no dejando nada para ella.
Soledad era morena, con esa palidez mate, propia de las mujeres levantinas y andaluzas; sedosas y larguísimas pestañas daban sombra á sus ojos
africanos. Tenía recta la nariz, finas las cejas, rojos y grosezuelos los labios y los dientes parejos y
bien formados, deslumbrantes de blancura. En su
cabello negro y ondeado ostentaban sus hojas sangrientas dos claveles. Era alta, ligeramente gruesa, de amplias caderas y de pecho abultado, que
temblaba al andar cadencioso de su dueño. No he
conocido otra que mereciera con más justicia que
ella el nombre de real moza. Su traje claro y vaporoso realzaba todos los encantos de su figura, y
el descote dejaba descubierta la garganta hasta el
límite que separa lo honesto de lo atrevido. Mientras el señor de Cárceles hacía las obligadas presentaciones, yo saciaba mis ojos en aquella hermosa imagen del deseo.
- Mañana - dijo el locuaz señor - nos pertenece usted. Al medio día, ¿eh? Comeremos á la
antigua española. A mí lo español me gusta más
que nada. Probará usted el vino de mi casa; le tengo de mi misma edad ... Datemos luego una vuelta
en coche: le enseñaré á usted el Almendral. Después tocará el piano Lola: es una profesora, aunque no está bien que yo lo diga, y oirá usted cantar á Soledad al estilo de la tierra . . . Tiene un estilo que... ¡Vamos, me río yo de las cantadoras
de profesión!
Corté como pude la palabra á aquel hablador
infatigable, y después de despedirme de las dos
jóvenes y de desasirme de la mano del señor de
Cárceles, que me fué hablando hasta la puerta de
la verja, me alejé á buen paso camino de la posada,
mientras el buen señor me gritaba:
- ¡Ya lo sabe usted! Mañana, al medio día.

yp

�¡Ea!, llama á las señoritas y di
que las esperamos.
No tuvo necesidad de dar el
recado la doncella. Por la escalera del hotel, que daba á la plazoleta, aparecieron Lola y Soledad, ambas con trajes claros y
mangas flotantes, escotados los
cuellos y en ellos cintas de terciopelo negro. Ambas también lucían rnjos claveles en el cabello.
- Hemos hecho esperar á ustedes - me dijo
Soledad, al mismo tiempo que me daba la mano.
- Tuya ha sido la culpa, papá - dijo Lola.
-¡Mía!
- Sí, de usted - replicó Soledad - . Lola ha
tenido que hacer el dulce de fresa que á usted le
gusta tanto ... - Y dirigiéndose á mí, añadió-:
Un bocado exquisito.
Ya estábamos sentados, y la doncella de antes
y otra también de buen palmito, limpias como las
venas del oro y vestidas con cierta coquetería, comenzaron á servir el almuerzo.
Por las muestras, el señor de Cárceles era un
gozernut refinado. Los platos eran castizos, platos
andaluces: aves, caza, pescados con salsas especiales... todo sazonado con exquisita delicadeza.
De los vinos nada hay que decir; allí el Montilla
oro, que en efecto oro líquido parecía; el Jerez,
rey de toda especie de mosto; el vinillo de Niebla,
la Manzanilla, el Málaga, daban á cada plato el
acompañamiento que la estética del paladar exige.
A decir verdad, yo, más que á la inagotable
elocuencia de don Luciano, atendía á Soledad, que
cada vez me parecía más hermosa y atractiva.
- Brindemos por el ausente - dijo el señor
de Cárceles levantando una copa. El ausente era,
sin duda, el marido de Soledad.
- Y á propósito - siguió don Luciano -;
puesto que somos amigos, porque yo le tengo á
usted ya por un buen amigo mío, ¿será inoportuno
preguntarle á usted por su familia? Au1_1 no nos ha
dicho usted si es soltero ó si está casado.
- Sí que lo estoy.
Y al decirlo miré á Soledad.,
- ¿Tendrá usted hijos? ...
- No; mi matrimonio, por esa parte, no ha

sido bendecido por Dios - contesté sonriendo.
- Estará usted ya deseando verá su esposa- •
dijo Soledad.
- Mejor que nadie puede usted juzgarlo, puesto que también se halla ausente de su marido.
- Es verdad - saltó don Luciano - . Los dos
están ustedes, como quien dice, viudos temporalmente. Los dos echarán de menos á sus
mitades. Por eso nosotros debemos esforzarnos, ¿verdad, Lola?, en hacerles llevaderas sus penas.
Soledad se sonreía; pero era evidente,
á lo menos así me lo figuraba yo, que aquella conversación le hacía poca gracia.
Ya habíamos acabado de tomar el café,
y Soledad propuso que oyésemos tocar á
Lola. A don Luciano le pareció de perlas
la idea. Nos trasladamos al salón, y allí,
mientras su hija hacía prodigios de ejecución y Soledad daba vuelta á los papeles,
el buen señor, tendido en una mecedora,
se quedó dormido al arrullo qe la música.
Yo, en tanto, contemplaba á mi sabor la figura
de Soledad, que se destacaba gentil en la grata
penumbra de la habitación.

***
El resto de aquel día fué también encantador.
A la caída de la tarde, las dos jóvenes, don Luciano y yo, dimos en coche un largo paseo por un
pintoresco ·camino que se extendía por la orilla
del mar en forma de cornisa. Lo apacible del ambiente, la solemne serenidad del paisaje, en que
se combinaban, por un lado la aspereza de las rocas con los tonos verdes de los parrales, y por el
otro lado el mar, en cuyas olas se apagaba lentamente el sol; los cantares lejanos y dolientes que
el viento nos traía de los hombres que trabajaban
en los huertos, todo derramaba en mis sentidos
indecible bienestar.
La intimidad de aquel día había hecho crecer
entre nosotros la confianza, como si nuestra amistad datase de meses y no de horas. Don Luciano
charlaba, como de costumbre, más que catorce;
Soledad me hacía notar las bellezas del paisaje;
hasta Lolá se aventuraba á decir alguna que otra
palabra. Yo me sentia más comunicativo, me encontraba á mí mismo. La alegría desbordaba de
todo mi sér, y nunca como entonces hablé con
tanta sinceridad. ¡Qué lejos me parecía mi casa sin
amor! ¡Qué tediosa mi existencia hasta entonces!
Sentía rota la integridad de mi existencia. Mi yo
de otro tiempo no existía, se había deshecho, para
dar lugar á otro yo. Mi alma, un alma nueva, nacía
entonces.
Al regresar de nuestro paseo y separarme de
mis recientes amigos, me dirigí á la posada. A la
puerta, con la capota llena de polvo, estaba la diligencia en que llegué días antes á Bellamar. Me
dió un vuelco el corazón, pensando que muy pronto me metería en aquel viejo armatoste y me alejaría, quizás para siempre, del hermoso rincón en
que acababa de gustar tanta felicidad.

IV
Hecha y firmada la escritura y recibido el precio de las tierras vendidas, nada justificaba mi per-

manencia en Bellamar. Había corrido ya una se- me decidí á emplear el mismo procedimiento que
mana que á mí me pareció un soplo, desde mi lle- el protagonista de Negro y Rojo pone en práctica
gada ~l pueblo. No hay que decir qu~ durante t~da para convencerse ó desengañarse de los sentiella, el señor de Cárceles me agobió á obseqmos mientos de la mujer amada.
y á agasajos, y que mi intimidad con ~l y coi: su
Por las noches, como he dicho, nos sentábasobrina é hija habían aumentado de d1a en dm y mos en la terraza del hotel frente al mar, ó lo conde hora en hora. i Qué excursiones por aquellos templábamos apoyados en la balaustrada. Don
hermosos campos! Durante ellas, don Lu'ciano me Luciano, dando descanso á su elocuencia, solía
hablaba de todo lo existente y de algo·más; yo le dormitar al arrullo del piano que Lola tocaba de
contestaba maquinalmente y seguía cov, Ja vista cuando en cuando en el contiguo salón: «Esta nolos graciosos movimientos de l¡is dos jóvenes, que che - me dije - en el mismo momento de asomar
correteaban por las prader&lt;l$, saltaban los arro- la luna, estrecharé la mano de Soledad; si ella me
yuelos y hacían ramos con las floreci_llas silvestres. rechaza, partiré mañana mismo de Bellamar.
Otros días paseábamos en bote, aspirando con de- (
*
licia la brisa y recreándonos desqe el mar con el
* * '
cuadro que ofrecía á nuestros ojos/el pueblo blanco
L- Ni la más tenue nube n\anchaba el satinado
y riente recostado con dejadez oriental á la som- azul del firmamento, salpicado aquí y allá de pábra de frondosos bosquecillos de plátanos, palme- ,1.idás estrellas temblorosas. Por el Oriente, sobre
ras y laureles,_
Í!as crestas de los montes lejanos, suave claridad,
Por .las noches, en la terraza del hotel, colum- ,cada vez más intensa, anunciaba la próxima salida
piándonos en -sendas mecedoras, frente á la mar de la luna; el murmullo quejumbroso del mar forazul que la. luna recamaba de plata, escuchábamos •,maba como el sordo acompañamiento de las notas
los sones del piano que Lola tocaba con rara maes- que lanzaba el piano. So\edad estaba junto á mí;
tría. Soledad cantaba también algunas veces á me- me envolvía el perfume que emanaba su cuerpo.
dia voz coplas andaluzas, á las que ella sabía dar Ambos guardábamos silencio; don Luciano dorincomparable encanto.
,, mía. Apareció en el cielo el borde plateado de la
El sentimiento que me inspiraba Soledad cre- luna en menguante, poco á poco fué asomándose
cía con la rapidez y violencia de un incendio. su faz dolorida por encima de los picachos de la
Nunca antes de entonces sentí yo aquel contcn- · sierra, y por último, se remontó en el azul del cielo
tamiento con que contemplaba á la sobrina del se- vertiendo torrentes de luz pálida en el mar é iluñor de Cárceles, aquel gozo con que escuchaba su minando con poética vaguedad jardines y caseríos.
voz acariciadora, aquella delicia con que aspiraba
En aquel momento cogí y estreché con pasión
el aroma con que ella embalsamaba el aire con sólo la primorosa mano de Soledad. Fijó la hermosa
pasar. Mi alma, ante Soledad, estaba en perpetua sus ojo, en mí con expresión, no sé si de tristeza
adoración. Hacía, sin embargo, inauditos esfuer- ó de asombro, y la delicada mano forcejeó algunos
zos para ocultar el estado de mi espíritu. ¡Oh!, instantes por desasirse. Al fin, como pajarillo pripero á ella no le pasaban inadvertidos ni mi amor sionero que después de inútiles tentativas renunni mis esfuerzos para ocultarlo.
cia á escapar de su prisión, se abandonó vencida
De mis labios no salia una palabra que indi- á mis caricias.
case ni sombra de enamoramiento;en nuestros diáEn aquel momento sentí como si se paralizase
logos la letra era vulgar, pero sin que yo me lo mi corazón, en tanto que se esparcía en oleadas
propusiese; antes bien, tratando de evitarlo, latía por todo mi cuerpo un deleite inefable, como jasiempre un sentido esotérico, que de seguro pene- más lo había sentido.
traba ella con toda claridad.
Pasó así no sé cuánto tiempo; Lola se apartó
¡Y era preciso partir, alejarme para siempre de del piano y se acercó á nosotros; el se!'lor de CárSoledad, sin decir le u na vez siquiera « te adoro•, celes se despabiló, y yo, soltando la mano de Sosin recoger de sus labios una frase que no fueran ledad, dije:
las vulgares de la conversación!
- Esta es la última noche que paso al lado de
El señor de Cárceles solía nombrar á menudo ustedes.
al ausente; aquellas remembranzas me ponían nerSoledad me miró en silencio largamente.
vioso: «Si estuviera aquí tu marido&gt;, decía en al- ¿Tan pronto nos deja usted? - exclamó
gunas ocasiones á Soledad, cuando paseábamos Lola.
por las pintorescas cercanías del pueblo; «estás
Y don Luciano, sinceramente contrariado, saltriste, no pienses tanto en él., A veces se enca- tó en seguida:
raba conmigo: «¡Qué lástima que no haya usted
- Eso no puede ser. Usted no se va hasta la
traído á su señora! ... ¡Hubiéramos tenido tanto semana que viene. Tenemos que hacer varias exgusto en conocerla!• A cada una de estas frases, cursiones. Es menester que visite usted también
se cruzaban instintivamente las miradas de Sole- la Alcazaba. ¡Estar en Bellamar y no ver lo que
dad y las mías.
hay en ella de notable! ... No, no lo consentireLa intención de hablarle una vez siquiera de mos. ¿Verdad que no lo consentiremos?
amor, me aguijoneaba con atormentadora impaHablé de ocupaciones apremiantes; dije que
ciencia. Escribirle pintándole el estado de mi co- mi detención en Be llamar iba siendo ya demasiado
razón, me parecía ridículo; esperar una ocasión larga; empleé, flojamente á la verdai, los pretexpara decirle algo de lo que llenaba mi alma, equi- tos de que se suele echar mano en casos semevalía á desistir de mi propósito, puesto que mi es- jantes, cuando se :aparenta resistir para ceder al
t~ncia en Bellamar no podía prolongarse por más cabo... El señor de Cárceles me interrumpió ditiempo. Dando vueltas á estos pensamientos, re- ciendo:
cordé cierto pasaje de una novela de Stendhal, y
-Nada, nada ... No se va usted mañana.

�sición se había gastado el hombre casi todo su
caudal: había allí clavos de las primitivas puertas
de la fortaleza, una herradura del caballo del rey
Zagal, un chapín descolorido y deshilac~ado de la
traidora amante de Aben Humeya, vas11as de extrañas formas fabricadas en el siglo xvn, cuando
prosperaba en Bell9-mar la industria cerámica; espadas, cascos, broqueles y cimitarras llenos de
herrumbre; tocas, marlotas, caparazones, frenos,
sillas de montar,
ladrillos, pedruscos, azulejos ...
qué sé yo.
Visitar la casa
de don Exuperio
era muy superior
á la paciencia del
que no la tuviese
benedictina-.
«No se puede usted figurar, me
decía el señor de
Cárceles, lo que
sabe es te hombre. De cada chirimbolo de los
que tiene en su
casa, cuenta una
historia que y o
no sé si será verdadera, pero que siempre es larga. Si usted quiere, le llevaré á que vea su museo.
- ¡No! - contesté aterrado.
Tal era el cicerone que nos acompañaba en
nuestra excursión al castillo.

** *

l

¡Pues no faltaba más! Comprendo que le aguijonee el recuerdo de reunirs.e con su esposa· pero
tres ó cuatro días pronto se pasan. Vamos,' Soledad, ruégaselo ttí.
Soledad, con tono entre suplicante y despechado, contestó sin mirarme:
- Si de algo sirviera nuestro ruego. . .
Lola añadió:
- Tiene razón papá; por tres ó cuatro días ...
- Usted, Soledad, ¿qué haría en mi caso?
- Yo ... quedarme.
- ¡Bravo! - gritó palmoteando don Luciano.
- Hasta el lunes - estábamos en jueves - es usted nuestro. Subiremos al castillo; esa fortaleza
moruna en ruinas que habrá usted visto en lo allo
de un cerro. Es un punto de vista excelente· se
d?mina d~sde al_lí un panorama _precioso. Según
dice don Exupeno, hay en el castillo cosas de mucho mérito? recuerdos históricos ... c¡ué sé yo ...
Y á propósito, llevaremos. á don Exuperio·, el buen
senor se perece por explicar... Es un sabio un
pozo de ciencia ... ¡Qué memoria la suya!
'
No me halagaba mucho, la verdad, la idea de
ir saltando escombros y trepando por torreo:1es
cuarteados. l\Iejor hubiera querido consagrar las
tardes que iba á permanecer aún en el pueblo á
rcc~rrer con Soledad, Lola y su padre, los valles
cubiertos de flores ó los tortuosos senderos de la
costa, q~c escuc_har disertaciones arqueológicas
entre rumas cubiertas de ortigas y jarnmagos.
Pero, ¿qué hacer? Subiría al castillo.

-

- ¡Poco que me gustan á mí - dije - esas excursiones! ¿Irán ustedes también?
- Iremos todos. Ni mi hija ni mi sobrina han
visitado las ruinas.
Me despedí: al estrechar la mano de Soledad
advertí que temblaba.
'
V

A las cinco de una hermosa tarde subíamos por
la tortuosa senda que conduce al castillo don Luciano dando el brazo á Soledad y yo qu~ daba el
mío á L ola. Detrás de nosotros caminaba don Exuperio. Era el tal como de cincuenta años bien corridos, largo y estrecho, amojamado y huesudo. Su
cata~ura rccorda~a 1~ de Don Quijote: usaba gafas
que el llamaba «v1dnos correctores,, y vestía con
el desaseo propio de los sabios. Llevaba un &lt;Tran
'.
t,
som brero d e paJa
y se apoyab:t en un grueso
bastón.
Nadie como don Exuperio conocía las antigüedades de Bellamar. El se sabía de memoria el texto
de c'.1antos do~um~ntos históricos se guardan en los
archivos cons1stonal y parroquial; tenía al dedillo
los linajes de todas las casas señoriales de la comarca, y se había echado y se echab:t al coleto
cuantos libros, directa ó indirectamente, tratab:tn
de algún _suceso ó persona de Bellamar, ó por lo
menos, citaban el nombre del pueblo. A los bibliotecarios y archireros de Almanzora, la capital de
lJ provincia, los traía locos. Su casa era un revuelto museo de cosas Yiejas, en cuya busca y adqui-

Hablando don Exuperio y oyéndole nosotros,
llegamos al torreón de Carlos V. Era un gigante
por fuera, todavía vigoroso, que alzaba su frente
coronada de almenas como si intentase defender
aún los montones de ruina que yacían á sus pies.
Salvando trabajosamente los escombros que le rodeaban, penetramos en la enorme torre. Parecía
aquello un hondísimo pozo que se perdía por la
parte de abajo en pavorosas profundidades y que
dejaba ver en lo alto un pedazo de cielo azul. Una
estrechísima escalera que junto al muro subía, desde las negruras de abajo, permitía ascender á la
plataforma que rodeaba, á guisa de corona, la parte superior del torreón.
Antes de que nadie pudiese impedirlo, Soledad comenzó á trepar por la escalera.
- ¡Soledad! - voceó espantado don Luciano.
- Vas á matarte - gritó Lola.
- Baje usted, baje usted - añadió don Exuperio.
- ¡No hay cuidado! - contestó Soledad, que
había salvado ya la mitad de los peldaños.
Yo la seguí.
- No miren ustedes hacia bajo - dijo don
Exuperio - . ¡Hacia arriba . . siempre hacia el
cielo! ...
Los escalones estaban carcomidos; un mal paso
podía hacernos caer allá, sabe Dios dónde, en las
hondisimas cavernas de la Alcazaba, que nadie conocía, ni el mismo don Exu perio.
Llegamos por fin á la plataforma.
Nuestros amigos, viéndonos en salvo, se apar-

tarun del torreón algo más· tranquilos. Era la primera yez que me encontraba á solas con Soledad.
Ansiaba decirle t-Odo lo que desde que la ví llenaba mi pensamiento; quise hablar y mis labios no
acertaron á decir una palabra.
Durante algunos momentos contemplarnos en
silencio la tersa superficie del mar. Del puertecillo salía en aquel momento lentamente un vapor, cuya sirena parecía despedirse con un adiós
ronco y dolorido.
Soledad rompió el silencio.
- ¡Qué triste
es ver un barco
que se aleja!
-¡Muy triste!
¿Pero no le parece á usted que es
tan triste para el
marinero abandonar el puerto en
c,ue ha encontrado hospitalidad ...
cariño?
-¡Ay del que
se queda!
-¡Ay del que
se va!
- El que se
va - siguió Soledad dejando vagar por el mar su
mirada soñadora - fácilmente olvida. Otros lugares, otros semblantes, la diversidad de vida y costumbres borran poco á poco los recuerdos del pasado. Pero, ¿cómo habrá de olvidar el que tiene
siempre delante de los ojos objetos y lugares que
le hablan del ausente? Aquí le vi por primera vez,
por aquel paseo fuimos juntos...-Soledad calló de
repente, como arrepentida de lo que acababa de
decir.
- ¿Le hablará á usted de mí todo esto que
pronto he de dejar?
Soledad, apoyada en una de las almenas, parecía -absorta en la contemplación del hermoso panorama que se extendía frente á nosotros; la brisa
del mar agitaba suavemente el velo que adornaba
su sombrero de paja.
- Oigame usted, Soledad. Son estos momentos supremos de mi vida. Hasta que la he visto á
usted no vivía, porque ignoraba lo que era querer.
Usted ha sido una revelación para mí, sí, una revelación de belleza, de ternura, de amor. Si pudiera mostrarle mi alma se vería usted en ella.
- ¡Por qué no nos habremos conocido antes!
- dijo como hablando consigo misma.
- ¡Oh, sí! - dije aproximándome á ella y apoderándome de una de sus manos, mientras el velo
de su sombrero, impulsado por la brisa, acariciaba
mi rostro-. ¿Por qué no nos habremos conocido
antes? - Después de una pausa, añadí: - Pero al
fin Dios nos ha reunido.
- ¿Está usted seguro de que ha sido Dios?
- ¿Quién sabe? El acaso se ha dicho que es
obra de los cielos. Me parece que antes de ahora
la conocfa á usted; mi alma, sin darse cuenta de
ello, la buscaba; se ~ncontraba sola porque estaba separada de usted ... Mis días eran corno noche obscura; faltaba en ellos el amor, que es la
luz ...

'

.

�Los ojos de Soledad, llenos de lágrimas, se fijaron en los míos.
-- Esas lágrimas-seguí yo - me responden.
&lt;Verdad que no me engaño? ¿Verdad que es nuestro amor más fuerte ·que nuestra voluntad, más
poderoso que nuestro deber?
- Sí; aunque usted me juzgue mal, he de decirlo: yo tampoco sabía antes de ahora qué cosa
era querer. .. Ansiaba hacer esta confesión. Por
eso he subido hasta aquí; sabía que me seguiría
usted. ¡Oh, Dios mío! ... ¡Y pensar que dentro de
unas cuantas horas se alejará usted de aquí. .. quizás para siempre!
'
- Volveré; juro á usted que volveré':
Desde abajo, Lola, don Luciano y don Exuperio nos hacían señas para que bajásemos. Fué preciso obedecerlos; yo delante y ella apoyándose en
mí, descendimos lentamente. El interior de la torre casi estaba en tinieblas. Al llegar al pie de la
escalera enlacé el brazo al talle de Soledad, la
atraje hacia mí y cambiamos un beso largo y apasionado, cuyo recuerdo aun parece que me quema
los labios.
***

- Vamos á echarle mucho de menos - interrumpió Lola.
- Si usted desea - expuso gravemente don
Exuperio - µormenores de la historia de este pueblo, de su origen, de sus primitivos habitantes, de
su fauna, de su flora, de sus costumbres antiguas ó
modernas, de sus hijos ilustres, en una palabra, de
cuanto aquí existe ó ha existido, no tenga usted
inconveniente en dirigirse á mí. Lo poco que yo
sé, cuanto soy y valgo, están incondicionalmente
á su disposición.
Algunos viajeros habían ocupado ya sus asientos en la diligencia¡ .las seis mulas sacudían impacieH tes sus colleras-.
- ¡Al coche! - gritó el mayoral arrellenándose en el pesc·ante y empuñando las riendas.
Di un abrazo á don Luciano, sendos apretones
de manos á don Exuperio y Lola, y estreché y retuve durante algunos segundos entre las mías las
temblorosas manos de Soledad, dejando en ellas
una carta en que le vaciaba mi corazón.
Subí al coche, agarróse el zagal al fr.eno de la
mula delantera, y el pesado vehículo empezó á
rodar por el enguijarrado suelo de la plaza con
gran estrépito de herrajes y campanillas.
Mis amigos se dirigieron á la bocacalle que enfi Iaba la carretera, y desde allí me saludaron agitando sus pañuelos. Poco después la diligencia
torció el primer recodo del camino, y dejé de ver
los blancos pañuelos que me decían «adiós».
Recostado en un rincón del coche, con los ojos
cerrados, me puse á rehacer, con no sé qué especie de pena deleitosa, el hermoso pedazo de vida
que detrás de mí acababa de desvanecerse.

- ¡Qué locura! - dijo don Luciano cuando
nos vió salir del torreón-. Hemos estado con el
alma en un hilo.
- Se descubre desde allá arriba - dije, dominando á duras penas el temblor de mi voz - una
vista tan hermosa ...
- Estás pálida - exclamó Lola acercándose
á Soledad y cogiéndola las manos.
-Es natural-apuntó don Exuperio-. El menor descuido hubiera podido causarles la muerte.
- ¿Qué, te sientes mala? - preguntó cariñosamente don Luciano.
VI
- No; no es nada. Un ligero desvanecimiento,
un mareo... Ya pasó.
Una vez en mi casa escribí á Angeles, excusán- Así se manifiesta - aseguró sentenciosa- dome con no sé qué pretexto de ir á San Sebasmeute don Exuperio - el vértigo de las alturas. tián, donde ella lo pasaba tan guapamente en com- Ea, ea, á casa - dijo el señor de Cárceles-. pañía de su padre, tomando nota en los paseos y
Dame el brazo, Soledad, aunque mejor será que por la noche en el Casino, de los trajes y moños
se lo des á Mendoza. El tiene mejores piernas que
que allí lucían las madrileñas, para copiarlos desyo. V en tú, Lola.
pués y asombrará las señoras y señoritas de X. ..
Y precedidos de don Exuperio, que á cada ¿Qué otra cosa podía ella desear? Además, las expaso se volvía para ilustrarnos con sus eruditas cursiones y viajes á Biarritz, San Juan de Luz y
explicaciones, iban don Luciano y su hija. Soledad Bayona la encantaban, principalmente á causa del
y yo cerrábamos la marcha.
placer de pasar de matute por la frontera galas y
La suave presión de su mano y el roce en mi perifollos comprados en Francia. Al padre de Anbrazo de su seno de diosa, me producían no sé qué geles le gustaban también tales expediciones. El
especie de embriaguez.
hombre, aunque nunca había llegado más allá de
Nos detuvimos un momento antes de salir del
decía luego dándose tono: «¡Oh, los viajes
castillo y contemplamos el mar, sobre cuyo azul Bayona,
por el extranjero ilustran mucho!•
se proyectaba la vaga claridad del crepúsculo.
Cuando al cabo de un mes Angela regresó de
Lejos se destacaba todavía, en el confín del hori- San Sebastián, reanudamos nuestra vida de antes.
zonte, el humo del vapor que poco antes habíamos Mi suegro no me molestaba gran cosa; enfrascado
visto salir del puerto.
en sus negocios no se fijaba en lo demás. Para él
su hija - y no se equivocaba - era feliz. No le
*
* *
faltaba nada: tenía buena casa y buena mesa, vesY llegó el día de mi marcha. El coche salía á tía con lujo, y su marido ganaba lo bastante y algo
las cinco de la tarde. Lola, don Luciano y don más para vivir con holgura. ¿Qué otra cosa podía
Exuperio me rodeaban en la puerta del parador, desear?
haciéndome mil protestas de amistad. Soledad
guardaba silencio.
***
·- Aquí - decía el señor de Cárceles - deja
Encerrad:&gt; en mí mismo, yo solamente pensaba
usted unos amigos que le quieren de1 v eras. Siem- en Soledad; saboreaba una por una todas las palapre recordaremos con placer estos días.
bras que había oído de sus labios; recordaba hasta

los pormenores más insignificantes de los días felices pasados en Bellamar; me representaba á todas horas la imacren de la mujer querida; la besaba con el pensa':niento, y cuanto de bello veían
mis ojos con ella lo relacionaba. Si se cruzaba conmigo en la calle una mujer hermosa, «no es tan
hermosa como Soledad•, pensaba yo. Nunca como
entonces me parecieron bellas las flores, ~o por
las flores mismas, sino porque podían servir p~ra
adornarla y realzarla. Las alhajas de las joyenas
me hacían imaginar cómo brillarían en los hombros de ella. ¿Qué más? ::\1e pasaba á veces delante de los escaparates de las zapaterías mirando el
calzado que, por su elegante forma, evocaba en
mi memoria el recuerdo de los lindos pies de Soledad, ceñidos por ajustadas botas de piel amarilla ...
Placíame por extremo pasear por sende~os solitarios, entre árboles espesos, le¡os del rmdo de
la ciudad. Allí podía pensar libremente en ella y
leer y releer sus cartas, á las que no podía contestar por temor á que dieran en otras manos que
las suyas. Sus cartas largas, trazadas con lápiz y á
menudo en párrafos truncados, revelaban bien á
las claras la intranquilidad con que habían sido
escritas. Casi todas lo estaban con fechas atrasadas y en papeles arrugados. «No sabes las veces
que he tenido que esconderla en el pecho.» En
ellas me contaba punto por punto su vida, sus
tristezas, sus ensueños; me entregaba, me abandonaba su alma toda entera. «Quizás me preguntes
por qué aborreciéndole, me he casado con un hombre que podía ser mi padre. Piensa en la clase de
educación que se nos da á las m 1jeres, en el desconocimiento en que estamos de la vida conyugal
cuando vamos al matrimonio. Antes de mi boda,
él me parecía un hombre respetable, bien educado
y cariñoso. Mi padre, que presentía ya su próximo
fin y que á todo trance quería dejarme colocada,
le trataba con gran consideración. A mí, yo no
quiero tener secretos contigo, me halagaba que un
hombre de buena posición, casi viejo, se mostrase

tan rendido y obsequioso. ¡Oh, cuánto nos engaña y hace engañar la vanidad! Ni había pensado
yo, ni podía pensar entonc~s, en_ los debe,res y sacrificios que supone el matnmomo. Ademas, yo no
sabía qué cosa fuese el amor. El amor, que dormía
en el fondo de mi 'alma, no despertó hasta que tú
lo llamaste ... Ir por los paseos muy elegante, cocrida del brazo de mi marido, dando envidia á las
~uchachas de mi edad, era todo lo que el matrimonio significaba para mí. •
.
.
Y continuaba desplegando ante mis o¡os el
cuadro doloroso de su existencia. •Al día siguiente de mi boda, ¡qué desengaño! El hombre aquel,
tan comedido y obsequioso en visita, era en la intimidad brutal, exigente y bajo, que bajeza grande
es obtener por fuerza lo que sólo debe otorgarse
por espontáneo cons~n timien to. Con forme ~asab_an
días mejor iba conociendo su carácter y mas odioso lo encontraba. Duro, celoso, irritable, comprende que me es repulsivo, que ha encontrad? en mi,
hasta ahora, la sumisión, la fidelidad maten al, pero
nada parecido al amor. Por esto se han recrudecido en él antiguos vicios; pasa las noches en el
Casino jugando y vuelve á casa á la _mad:ug~da, y
no siempre sereno. Esto aumenta mt ant1pat1a hacia él. .. Así he vivido durante cinco años, hasta
que ha entrado en mi alma, con tu cariño, un rayo
de felicidad. Cuando pienso que á cien leguas de
mí hay otro corazón que late al compás del mío;
cuando mis pensamientos te acarician como manos cariñosas, me parecen insignificantes todas
mis penas. ¿Qué valen ellas comparadas con este
placer, nunca sentido por mí, de querer y ser querida?,
* **

Pocos días después de salir yo de Bellamar, Soledad había ido á reunirse con su marido. Por sus
cartas conocía, como si hubiera vivido en ella, la
casa que en Almanzora, la capital de la provincia,
habitaba el matrimonio. Veía con la imaginación el
jardín y su cenador en medio cubierto de plantas

�~repadoras; los setos de jazmines y los rosales cuaJados de rosas; la azotea, desde la cual se dominab:i
el mar; la fachada con sus rejas enguirnaldadas de
claveles. También estaba enterado de los sitios
que frecuentaba Soledad, de sus vestidos de las
galas con que se ataviaba. Entre los plieg~ecillos
de ~us cartas me mandaba hojas de las flores que
hab1an adornado sus cabellos. Como todos los pri~e:os amores, el nuestro se complacía con esas
d1vmas nonadas, que constituyen lo más dulce de
la vida.
«Escríbeme, me decía en otra carta· mi marido va á estar ocho días fuera de Alman~ora: dirígele á él el sobre.• ¡Con cuánto placer cogí la plun:ial ¡Tení~ tantas cosas que decirle!. .. Jamás he
sido tan smcero como lo fuí entonces· los sentimientos en que rebosaba mi corazón ~e vertían
apasionados, sobre el papel. Le hablé de mi vid~
prosaica y vulgar hasta que la conocí á
ella, le confié hasta mis pensamientos
más íntimos, le hice ver toda la grandeza de mi amor, le mostré, en fin, lo
más hondo de mi alma ... Cerré la carta
y, por extremo de precaución, hice que
el sobre, dirigido al marido de Soledad,
conforme ella me indicaba, fuera de
otra letra que la mía.

estaba lejos, me acerqué á una
de las rejas. El corazón me latía
con tanta violencia, que sentía en
la garganta sus latidos. Golpeé
suavemente el cristal; una mano,
que yo bien conocía, levantó el
visillo, y vi á Soledad en pie, iluminada por el resplandor de la
lámpara.
- Soy yo - dije.
Por adivinación, sin duda,
hubo de conocerme, porque oir-

** *
Y pasaron algunos meses, y el viento de la ausencia avivaba de día en día
el _fuego de mi amor. La primavera, esa
pnmave~a. enfermiza de Castilla, que
parece tmtar bajo la amenaza constante de las escarchas y de los hielos, me
hacía soñar con la primavera exuberante y lujuriosa de Andalucía. Grande
era mi impaciencia por correr al lado de
Soledad; pero aunque mi mujer como
he dicho, se ocupaba poco ó n~da de
~i persona, tenía y~ que tomar precauciones, á fin de evitar un escándalo promovido
no por su amor hacia mí, sino por su amor propio'.

VII
Busqué un pretexto y e~prendí mi viaje; llegué al anochecer á la estación de Almanzora. Di
en la fonda un nombre supuesto y, ya bien entrada la noche, salí á la calle.
Por las cartas de Soledad sabía las señas de su
casa, y orientado además por el plano de la ciudad, que d~ ant~mano había estudiado, pude, sin
pr~guntar a nadie, dar con lo que buscaba. El piso
baJo de la casa tenia dos rejas adornadas al uso
de Andalucía, con macetas de ~laveles. Al través
de las entreabiertas maderas brillaba luz. Por la
c~lle apenas pasaba gente. Medio oculto en el quicw de una puerta, sin quitar los ojos del resplandor que se escapaba por las ventanas, esperé duran~e una hora. A cada persona que pasaba junto
á rru, de las contadas que transitaban me estremecía de terror, como si pudiera conoc~rme ó adivinar por qué estaba yo allí. Con este temor se
mezclaba mi impaciencia por ver á Soledad. Al
ca~o salió un hombre de la casa y se •alejó calfe
arnba. Le seguí con la vista, y cuando calculé que

vivir. Cuando recuerdo aquellos momentos de felicidad suprema, aunque después me han atormentado pesares horribles, no puedo maldecir
sinceramente el haber nacido. Amar y ser amado
es pasar, aunque sea rápidamente, por el cielo.
¡Oh jardín de delicias por cuyas espesas enramadas penetraban envidiosos los rayos de la luna
y cuyo ambiente embalsamaba el aroma de las
Aores! ... T odavía me parece oir el suave susurro
de las hojas estremecidas por el aliento de la noche, y ver los dibujos primorosos que formaba en
la arena la sombra del ramaje de los árboles. Allí,
dulces confidencias, placeres nunca sentidos ni
siquiera imaginados. ¿Qué cosa puede haber más
bella? Las estrellas en el cielo, la primavera á nuestro derredor y el amor en el fondo de nuestras
almas.
Descuidados, saboreábamos nuestra ventura.
El marido de Soledad, atraído por el juego, iba al
Casino á las primeras horas de la noche y no volvía
de allí hasta la madrugada. Para mayor seguridad
nuestra, Soledad había hallado modo para que las
criadas pasaran la noche fuera de casa.
A la una dejaba yo el h1.1erto; el resto del tiempo estaba en mi cuarto del hotel esperando que
llegase la noche. A veces, por no despertar la suspicacia de los huéspedes, salía de la fonda y me
dirigía á la orilla del mar, cuya azulada llanura se
armonizaba, no sé por qué, con el estado de mi
espíritu.
*

* *

me er~ difícil, y verme, imposible, á causa de la
obscundad de la calle. Abrió, temblando, la vidriera, y con un acento en que se juntaban la pasión
la alegría y la sorpresa, exclamó:
'
- ¡Eres tú!
- Sí, yo soy, que no podía vivir lejos de ti;
yo, que te adoro.
- ¡Y dicen que la alegría mata!
El contento brillaba en sus ojos al través de las
l~grin~as. Nos contemplamos algunos instantes en
silencio! c_on t:is manos enlazadas, y luego dijo:
- El iard111 de la casa da á una callejuela paralela á esta calle. Ve allá; aquí pueden vernos.
Obedecí; forman la callejuela altas tapias de
huertos, á las cuales se asoman las copas de los árboles. Rechinó la puerta de uno de aquéllos cntreabrióse, y un momento después Soledad se
ab:111donaba en mis brazos, mientras nuestros labios se juntaban en larguísimo beso.
** *
Por tediosa que haya sido nuestra existencia
y por amargas las hieles que en ocasiones hayamos apurado, hay horas é instantes en ella de tan
~xquisi~a dulzura, de tan glorioso placer, que nos
rndemmzan de todos los dolores padecidos y nos
hacen comprender lo que vale el don divino de

volveríamos ,í reunirnos para no separarnos nunca. Nuestro apartamiento no sería más que un
breve paréntesis en nuestros amores. Sin embargo,
no acertábamos á separarnos. Junto á la puertecilla
del jardín, que aquella noche estaba iluminado por
la luna en toda su plenitud, estuvimos abrazados
durante algunos minutos.
- ¿Volverás pronto?- me dijo apoyando su
cabeza en mi pecho y fijando en mis ojos los suyos
llenos de lágrimas.
- l\fuy pronto-le contesté-. ¿No sabes que
no puedo vivir sin ti?
Haciendo un supremO" esfuerzo, me desasí de
ella y salí corriendo.

** *

Llegué á mi hotel, me acosté y traté de dormir. Inútil propósito. La imagen de Soledad y el
recuerdo de sus ardientes caricias ahuyentaban
mi sueño. El tren partía de Almanzora á las cinco
de la mañana y á las cuatro ya estaba yo en pie.
Cuando llegué á la estación, la luna iba á ocultarse. Lejos, la ciudad dormía arrullada por el
murmullo monótono del mar.
Entré en un departamento de primera y me
instalé cómodamente en un rincón. Sólo había un
viajero que parecía dormitar en el lado opuesto al
que yo ocupaba. Momentos antes de ponerse el
tren en marcha subió al vagón un tercer viajero,
que al reconocer al otro empezó á hablar amistosamente con él.
Silbó la locomotora, y el convoy, con gran estrépito, salió lenta,mente de la estación de Almanzora; apresuró después su marcha y emprendió
1uego desenfrenada carrera en medio de la obscuridad.

Pasó una semana con la desesperante rapidez
con que vuelan las horas felices. Forzoso era separarnos, más que por otra cosa, por evitar que
se descubriesen nuestros amores. La proximidad
*
de esta separación no nos entristecía; teníamos
* *
trazados ya nuestros planes para lo porvenir. PenDe pronto, y cuando yo, distraído, contemplasaba realizar todos mis bienes; mi mujer se quedaría con su dote, que estaba intacto, porque yo ba, apoyada la frente en el cristal de la ventahabía tenido cuidado de no gastar de ella un solo nilla, el blanquecino resplandor que anunciaba la
céntimo. Mis rentas habían bastado y aun sobra- proximidad de la aurora, oí pronunciar á uno de
do para sostener los gastos de la vida conyu- mis compañeros de viaje el nombre de Soledad y
gal. Además, el padre de Angeles nadaba en la el de Alberto Fuertes. ¿Por qué se mezclaban en
opulencia; separándome yo de su hija no causaba su conversación aquellos nombres? Agucé el oído,
á ésta ningún quebranto; antes bien, dado su capero el estrépito del tren sólo me dejó percibir alrácter y su temperamento, lo pasaría mucho me- gunas palabras sueltas: «Jardín, infamia, sorprejor no teniéndome á mí á su lado. ¿Por qué, pues, sa ... &gt; Vago temor asaltó mi pensamiento. ¿Se nos
había de sacrificar mi felicidad por una mujer á habría espiado? ¿Se habrían hecho públicos mis
quien no quería y de quien tampoco era .querido? amores con Soledad?
lloras me parecieron los treinta minutos que
Por su parte, Soledad aborrecía á su esposo,
cada dia más soez y brutal. Me amaba y la amaba tardamos en llegar á la primera estación. Al decon pasión avasalladora. «En amor-ha dicho uno tenerse el tren, sustituyó al estruendo anterior un
de nuestros clásicos - no hay caso injusto. &gt; Hui- gran silencio, sólo interrumpido por el hervor de
ríamos juntos, romperíamos nuestras cadenas y se- la caldera de la máquina y por las voces de los
ríamos felices en América, sin tener allí que ocul- mozos, que parecían venir de otro mundo. El diátarnos, ostentando nuestro cariño á la luz de sol. logo de los dos viajeros llegó entonces distintaFácil había de sernos, aprovechando la pri- mente á mis oídos, y sus palabras fueron otros
mera ausencia de Fuertes, tomar pasaje en alguno · tantos puñal&lt;ls que se clavaron en mi corazón.
de los barcos que hacen escala en el puerto de
- Siempre tuve yo - dijo el viajero que había
Almanzora. Ya arreglaríamos las cosas de modo entrado el último en el coche - á ese Fuertes por
que ni rastro dejase nuestra fuga. Vida nueva_en malísima persona. ¿Qué dirá usted que ha declaun país nuevo también. Y t razanJo proyectos en- rado?
cantadores, pensando ea nuestro hogar futuro y
- ¿Pero ha prestado ya declaración? - presaboreando nuestro amor y nuestra esperanza, guntó el otro.
llegó la noche de mi marcha.
- Eso me acaban de decir en el Casino. Como
~uestra despedida fué larga; el dolor de la au- tenía que madrugar para tomar el tren, he pasado
sencia templábalo la seguridad de que muy pronto allí la noche. A eso de la una y media fueron á

�..

buscar al juez, que estaba jugando al tresillo. Fuertes acababa de asesinar á su mujer.
- ¡Eh! ¡Cómo! - grité yo saltando más que
levantándome del asiento-. ¿Que han asesinado
á Soledad? ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Soledad vive; diga
usted que vive!
Los dos viajeros me miraron con expresión de
estupor.
- ¡Hablen ustedes, por Dios! ¡No comprenden
que me han atravesado el corazón! ...
- ¿Es usted acaso pariente suyo? - me preguntó urto de los viajeros.
- Sí; pariente... Pero lo que usted ha dicho
es, sin duda, una equivocación. Soledad no ha
muerto. ¿Verdad que no ha muerto? ...
Los sollozos me ahogaban y no pude seguir.
- Deploro de todo corazón mi inadvertencia
- dijo el que había hablado primero-. Por desgracia, lo que acabo de contar es cierto. Esa señora pariente de usted, ha sido asesinada por su
marido.
. Sentí como si una oleada de sangre me invadiese el cerebro; nubláronseme los ojos, me flaquearon las piernas y me dejé caer en mi asiento
casi sin sentido.
Mis dos compañeros de viaje se acercaron solícitos á mí.
- ¿Se ha puesto usted malo?
- Tranquilícese usted.
Haciendo un esfuerzo violento, pude dominar
algo mi emoción.
- ¡Ha sido - dije - una sorpresa terrible!
¡Estaba tan aj eno!
- A todos los que conocíamos á esa señora
nos ha sobrecogido la noticia. Figúrese usted . ..
- ¡Oh, sí; cuénteme usted todo ... todo ...
- Según parece - siguió diciendo el viajero
que había pasado la noche en el Casino - , Fuertes, después de perder cuantos billetes llevaba encima, fué á su casa en busca de dinero. Asegura
c¡ue al entrar en su despacho, cuyas ventanas dan
al jardín, vió en él á dos personas: una era su mujer Y, la otra_ un ~om~re. Sigue diciendo que, ciego
c.le_ co_lera baJó al Jardm (el despacho está en el piso
pnnc1pal); el hombre había desaparecido. Fuertes
trató de seguirle, pero Soledad se lo impidió. Forcejearon, y él, loco de rabia, hizo fuego ... y ya
sabe usted lo demás.
Por fortuna, la claridad del día era aún escasa
y mi interlocutor ni su compañero podían adver~
tir la congoja y el espanto que sin duda delataba
mi rostro.
- Pero lo cierto es - siguió el viajero - que
:ºn su re(ato el tal Fuertes no ha logrado enganar á nadie. Su esposa era una señora sin tacha.
En una ciudad pequeña, como Almanzora, en que
todo se sabe, ¿cómo hubieran podido permanecer
ocultas unas relaciones ilícitas? El mismo marido
al ser interrogado por el juez, no ha podido meno~
de contestar que no tenía sospechas de nadie. A
S_oledad no se la veía ni en paseos ni en teatrós:
s1 de algo se la motejaba, era de huraña. Créame
usted: el relato d e Fuertes es un tejido de embustes. Yo me explico lo que ha debido de pasar de
este modo: Fue1·tes es un vicioso capaz de jugarse
la cabeza. La noche pasada perdió urra cantidad
crecida. Cuando se quedó sin un real - como si lo
hubiera visto - fué á pedir á su mujer el dinero

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que ella guardaba, quizás sus alhajas. Ella, á quien
su marido ha despojado de todos los bienes que
llevó al matrimonio, se negaría á entregarle lo que
él r~clamaba.. : Sobrevendrían las palabras duras,
los insultos, qmzás los golpes, y al fin e l asesinato ... Seguro estoy de que no hay en Almanzora
una sola persona que no piense como yo.
- Cierto - dijo el otro viajero-. Y el infame,
después de haber asesinado á su mujer, trata de
deshonrarla.
El golpe que acababa de recibir me había dej2do tan aturdido, que no podía ni pensar. Las
ideas flotaban sueltas en la inmensidad de mi dolor; me parecía caer, corno acontece algunas veces
en los sueños, en una mina ten ebrosa que nunca
se acababa; sólo me daba cuenta del horror de mi
caída. En medio de la confusión en que estaba sumida mi alma, únicamente anhelaba volver á Almanzora. ¿Para qué? Lo ignoraba, pero decidí
volver.
Muy alto estaba ya el sol cuando se detuvo el
tren en una estación, como abandonada en una extensa y rojiza llanura. Cogí la maleta y, despidiéndome de mis compañeros de viaje, salté al andén.
Apenas me hube apeado, el convoy emprendió de
nuevo su marcha, y yo, inconscientemente, me

quedé mirándole marchar, hasta que desapareció
Deliberadamente me hospedé en fonda distintras una colina lejana.
ta de aquella en que antes estuve alojado. En el
hotel, corno en todas partes, no se hablaba de otra
*
* *
cosa que del crimen de la noche anterior. Los pe¿A qué hora pasa el tren descendente? - pre- riódicos locales publicaban artículos y noticias
gunté al jefe de estación.
acerca del espantoso drama. La explicación dada
- A las cinco y cuarenta - me contestó.
por el criminal y hecha pública á pesar del secreMiré el reloj ; eran las ocho. Tenía que esperar to del sumario, era considerada como un tejido de
nueve horas mortales. La estaci5n distaba del pue- mentiras; el asesino no se había contentado con
blo unos cuatro kilómetros y al pueblo me dirigí, arrancar la vida de su víctima: la calumniaba desnecesitado como estaba de aplacar a lgo con el can- pués de muerta.
..
sancio mi exaltación nerviosa.
En cafés y corrillos se comentaban las pérdiLa dilatada extensión que mis ojos alcanzaban das de Fuertes en el juego; la venta ó hipoteca
á ver, limitada en la parte del Poniente por altas d:! la, fincas de su esposa, venta ó hipoteca aumontañas, era de color de sangre y estaba inte- torizadas generosamente por SolP.dad; el abandorrumpida á trechos por praderas pequeñas en las no en que durante años la tuvo su vicioso marido,
que pastaban escuálidos jamelgos. Al final del ca- reclnída en su casa como en una cárcel, y viendo
minejo por donde yo avanzaba lentamente, -se agru- día por día cómo se acercaba á ella el fantasma de
paban unas cuantas casuchas en derredor de uná · la miseria. La prensa describía el entierro de Sodesvencijada torre. En un campo lejano, un labrie- ledad: una manifestación de duelo en la que hago lanzaba al viento su canto monótono, cuyas no- bían tomado parte todas las clases sociales de Altas se arrastraban perezosas por la rojiza llanura. manzora, dando de tal modo rotundo mentís á las
¿Para qué ir al pueblo? Dejé el camino y eché pérfidas afirmaciones del criminal.
á andar por una senda que sabe Dios en dónde
*
terminaría. Aquel camino siri rumbo se hermanaba
* *
perfectamente con el estado de mi espíri~u. MuerCuando llegué á mi ca~a, después de un mes
ta Soledad, ¿qué objeto ni qué fin tenía ya para mí de ausencia, mi mujer, sin manifestar la menor
la vida? Volverá mi antigua existencia, nunca. En sorpresa, me dijo con acento indiferente:
ios últimos meses la seguridad de que había un
- Creí que no volvíás.
corazón apasionado que latía por mí, de que una
- Muy cerca has estado de acertar.
mujer enamorada me consagraba todos sus pensa- ¿Por qué lo dices?
mientos, me infundían halagadoras esperanzas y
- Es largo de explicarlo; ya hablaremos.
eran como la razón de mi vivir. Ahora, en un ins- Como si no me lo explicas. Ya te he dicho
tante, todo se había desvanecido.1¡0h, Dios! ¿Era muchas veces que nq soy curiosa.
posible que aquella mujer ad9rad~ que pocas hoAl día siguiente, sentados uno frente á otro en
ras antes palpitaba de amor entre mis brazos, es- el gabinete de Angeles, la hablé de esta manera:
tuviese rígida, inerte, t endida en el ataúd?
- Lo que voy á decirte, hace mucho tiempo
Y en medio de estos pensamientos, me aco- que no es un secreto para ninguno de los dos.
metían impulsos de cólera insensata, de rencor Angeles, tú y yo no nos queremos.
monstruoso contra el hombre que había manchado
Angeles se encogió de hombros y movió la casus manos criminales en la sangre de Soledad ... beza con expresión de indiferencia burlona.
¡Con qué gozosa rabia y refinado ensañamiento
- ¿Y ahora te desayunas tú de eso?
arrancaría yo poco á poco la vida á aquel infame!
- N'o; desde antes de nuestra boda ya lo sabía.
¡Con qué saña placentera le vería ª"'onizar! Ni esa
- Entonces, ¿por qué te casaste?
satisfacción me quedaba: le defend~n de mi odio
- Por la misma razón que te casaste tú; por
los muros de la cárcel. ¡Oh, pero su condena sería lo que se hacen tantos matrimonios como el nues~rri_ble; nadie sospéchaba de Soledad, y por con- tro; por desconocer que el único lazo que puede
s1g mente, el crimen sería considerado por los jue- unir para siempre dos corazones es el amor. Heces, no como la venganz:t de un marido celoso, mos \'ivido junt.os, y sin embargo, nuestras almas
n_o como el_ castigo de un agravio, sino como ase- han estado y están á tanta distancia una de otra,
sinato motivado por la codicia. ¡La cadena p:.::rpe- que ha sido imposible entendernos. ¿Por tu culpa?
tua!. .. ¡Quizás el patíbulo! Y mi d~sesperación ¿Por culpa mía? No lo sé; pero el hecho es evidense iluminaba con el resplandor de una alegría te. A medida que ha pasado el tiempo, tú lo safrenética.
bes, nuestro apartamiento espiritual es cada vez
_Después de caminar largo rato m~ senté en un mayor. Sinceramente creo que nuestra vida bajo
penasco al que daba sombra un árbol solitario, no el mismo techo es materialmente imposible.
muy apartado del sendero. Allí, sumido en mis do- ¡Ah, comprendo! - dijo Angeles con más
lorosas imaginaciones, permanecí brgo rato ... vehemencia de lo que yo esperaba-. En las coCuando advertí, como al d espertar de un sueño, rrerías de estos ú !timos tiempos, ya lo sospech,aba
que ya era muy avanzada la tarde, emprendí el yo, has encontrado por ahí alguna mujer que te ha
regreso á la estación.
sacado de tus casillas. No me lo niegues ... Pero
. _Aun tuve que esperar largo tiempo. A la hora si crees que por eso me va á entrará mí ni frío ni
md1c_ada llegó el tren, y á las ocho de la noche, calor, te equivocas de medio á medio.
rendido de cansancio, quebrantado el espíritu y
Cierto temblor en la voz, cierta nerviosidad
en ese estado de inconsciencia que sigue á las gran- c¡ue yo nu:1ca había sospechado en ella, me indi. d_es tempestades del ánimo, me apcab:1 en la esta- caban bie:i á las claras que lo que no pudieron
ción de Almaozora.
ni caricias ni ternuras lo podía ahora su vanidad
*
herida.

* *

�-Lo que quiero-seguí yo-es que sin ruido,
sin violencias de ninguna especie, convencidos
como estamos los dos de nuestro mutuo desvío,
nos separemos como dos buenos compañeros de
yiaje que, al llegar al punto en que sus respectivos caminos se bifurcan, se separan sin ira ni rencor para seguir cada cual su destino. Tu dote está
intacta; yo tengo lo suficiente para vivir; hijos no
hemos tenido. Ko hay entre nosotros nada que
nos una. ¿Por qué hemos de continuar sujetós por
la misma cadena? ... Esto es lo que tenía que decirte.
Y seguidamente, sin dar oídos á las alteradas
voces de mi mujer, salí
del gabinete y luego de
casa.

** *
Apesardelavio!encía de los primeros
momentos, los ánimos
de mi mujer y de mi
suegro se calmaron
pronto. Ella volvió en
seguida á su indiferente
tranquilidad, un momento alterada, y él,
que en lo tocante á negocios era un águila,
quedó en· cierto modo
satisfecho al ver que,
en punto á intereses,
que eran para el buen
señor lo supremo de la
vida, transigí
sin protestas
con cuanto qui¡'"
so proponerme.
Realicé mi
e apita I q u e , \~~
aunque menguado por las
habilidades d e
mi suegro, importaba lo bastante para con
sus rentas vivir modestamente, pero sin estrechez,
y me trasladé á un pueblecillo próximo á Almanzora, á esperar la solución del drama terrible comenzado con la muerte de Soledad.Después de la
celebración del juicio oral, dejaría para siempre
España.

i

VIII
Ocho meses pasaron antes de que se viera la
causa seguida á Fuertes por el asesinato de su esposa. Durante ese tiempo puedo decir con verdad
que solamente pensé en el trágico suceso. Reconstituía la escena sangrienta tal y como yo la imaginaba; creía ver á Soledad, suplicante, pidiendo
piedad; me parecía verla caer herida de muerte,
y contemplaba su cuerpo adorado bañado en sangre sobre el césped de aquel jardín, testigo de
nuestros amores. La idea de que el matador pudiera ser sentenciado á muerte, prodújomc al principio, como ya creo haber dicho, rencorosa alPgría. ¿Qué mejor venganza que verle morir infa-

memente? Mas á medida que pasaba el tiempo y
se acercaba el día en que el delincuente iba á ser
juzgado, aquel gozo perverso se trocaba en inquietud dolorosa. Las nubes de rencor se desvanecían
ante mi conciencia, que se iba levantando en mi
alma con resplandores de aurora. Ante esta luz,
cada vez más intensa, veía yo menos infame la acción de Fuertes, y más negra y villana la mía. Yo
había penetrado como ladrón en su hogar, y sorprendido sus más íntimos secretos ... «No hay
nada, pensaba, contestando egoístamente á estos
remordimientos, que no esté justificado por el
anrnr. .. • Pero ¿acaso no sentía también Fuertes
amor por Soledad? ¿No
le había dado su nombre, no había sentido
en presencia de la in\
fidelidad celos furio1
,·,,
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sos? ¡Quién sabe si el
desamor de ella, su
desvío, su repulsión
--~
mal d~imu~da, exci,,,
taron las malas pasiones de su marido! Los
mismos vicios de
Fuertes, ¿°no se habrían exacerbado en
la atmósfera de aquel
hogar, en que faltaba
ternura, estimación,
hasta piedad?
A veces me acon) teda que la imagen de
la mujer amada se presentaba ante mi alma
en todo el esplendor
de su lozana hermosura, y me parecía oir su
voz y sentir sus caricias y respirar su
aliento, y entonces la
cólera y el rencor contra el matador me hacían enloquecer...
¡Ah!y aquello duraba
poco: la voz justiciera
de la conciencia acallaba los gritos rencorosos de
la pasión.
*

* *

Haciendo uso de una recomendación que difícilmente pude encontrar, entré en la sala antes de
que hubiese comenzado el acto.
,\ una señal del Presidente un hujier gritó:
«Audiencia pública», y por la puerta del fondo de
la sala, á empujones, insultándose y en confusión,
penetró abigarrada muchedumbre, cohorte pingajosa de golfos, mujerzuelas y vagos, para quienes
los espectáculos judiciales son mucho más atractivos y emocionantes que las funciones de teatro.
Aquietado el tumulto, dió orden el Presidente
de que entrase el acusado. Abrióse la puerta lateral del estrado, y entre dos Guardias civiles apareció Alberto Fuertes, vestido de negro, pálido, viejo y abatido. Toda mi sangre me afluyó al corazón,
y sentí no sé qué emoción indefinible, en la que se
mezclaban odio y piedad, compasión y remordimiento. Prodújosc en la sala un murmullo hostil

para el procesado; sentóse éste en. el ~a~1quillo,
situándose detrás de él dos Guardias c1v1les armados de carabinas, y una vez hecho el sorteo de
los jurados, y prestado por ellos juramento, empezóse el juicio.

***
- Yo - dijo Fuertes con voz temblorosa y entrecortada - volví aquella noche á mi casa antes
de la hora de costumbre. Iba en busca del dinero
que tenía guardado en mi despacho, para retornar
al Casino y probar de nuevo fortuna. Ll~vaba,
como siempre, la llave de la puerta, y nadie me
sintió entrar. Penetré en el despacho, por cuyas
ventanas entraba la luz de la luna. Abrí el cajón
en que guardaba el dinero, y u_n ruido_que venía .,
del jardín me hizo levantar la vista y mirar. Cerca
de la puertecilla falsa vi á mujer en los brazos de
un hombre.
Hubo en el público un largo rumor.
- ¡Orden! - gritó el Presidente.
- Creí que me engañaban mis ojos - siguió
Fuertes - ; me acerqué á una de las ventanas_ y
me convencí de que mi mujer me traicionaba. Ciego de cólera cogí el revólver, gue estaba_ guar_dado en el mismo cajón que el cimero, y baJé al Jardín, en lo qtÍe empleé algún tiempo, porque la
puerta de la escalera interior estaba cerrada, y á
causa de mi aturdimiento no acertaba á encontrar
el pestillo. Cuando llegué al sitio en que había v~sto
á. la pareja traidora, el hombre había desaparec1?º·
Mi mujer lanzó un grito. «¿Adónde vas?• me d1Jo,
cerrándome el paso. «Apártate•, le contesté. «N°O•,
.afirmó resueltamente ella, «no pasarás.• Traté de
separarla violentamente de la puerta, resistió y la
derribé. Entonces se abrazó á mis rodillas, gritando: «¡Te he dicho que no saldrás, y no saldrás!•
Furioso, sin saber lo que hacía, amartillé el revólver y disparé ...
Tuvo el Presidente que imponer de nuevo orden, para acallar los murmullos de indignación del
público. s\ las preguntas del juez y del fiscal,
Fuertes contestó invariablemente:
- Lo que he dicho es la verdad.
El desfile de testigos fué largo, y sus declaraciones todas adversas para Fuertes. La que más
impresionó al público fué la del señor de Cárceles.
Emocionado, con lágrimas en los ojos, dijo:
- Soledad era un ángel; quería á su marido y
le respetaba; en las largas temporadas que pasó
en mi casa de Bellamar, ni una sola queja salió de
sus labios. Yo la creía la más feliz de las esposas ...
El bueno de don Luciano se extendió en tan
largas consideraciones, que el Presidente tuvo necesidad de atajarle.
Fuertes soportaba con la cabeza baja todos los
cargos que se amontonaban sobre él. Yo sentía
tremenda angustia ante aquel hombre á quien meses antes habría ahogado con placer entre mismanos. Empecé por arrebatarle su honra, y ahora con
mi silencio le arrancaba la libertad, acaso la vida.
Mi proceder era peor que el suyo; mi crimen, más
bajo que su crimen. Así hablaba mi conciencia impulsándome á levantarme y decir la verdad toda;
pero cuando ya las palabras reveladoras iban á
salir á mis labios, me detenía el recuerdo de Soledad. ¿Era noble en mí hacer pública su falta, en-

tregar su memoria adorada al ludibrio de aquellas
gentes? ¿l labía muerto por mí y había de ser yo
quien cubriera de oprobio su nombre?
*

* *

En tanto, seguía el juicio. Al fiscal le costó
poco trabajo probar la delincuencia de Fuertes.
Llegó_el 111Qmen to de juzgar. Las dos horas que
el Jurado estuvo deliberando, me pareci~r9n dos
siglos. Al fin se abrió una puertecilla si~uada detrás del sillón presidencial, y los doce Jueces de
hecho, gra\'es y silenciosos, fueron á ocupar sus
asientos. Aunque estaba ya muy arnnzada la noche, ni una sola de las personas que asistieron
al comienzo del juicio había abandonado su puesto. Entre la multitud veía yo la cara anhelante de
don Luciano Cárceles.
Apretándome con la mano el c_orazón, caiei:ituriento, con impaciencia tan congoiosa que nadie
que no haya pasado por situación semeja1_1te pued_e
imaginar, esperaba la lectura del veredicto. Quizás el reo estaba menos intranquilo que yo.
En medio de solemne silencio comenzó á leer
el Presidente del Jurado; sus palabras caían sobre
mi corazón como gotas de plomo derretido. A todas las preguntas se contestaba de acuerdo con
la acusación fiscal. Ni una sola circunstancia atenuante. Fuertes era considerado como autor de un
delito de parricidio perpetrado con aleYosia y premeditación, y cometido por el estímulo de la codicia.
Un estremecimiento de satisfacción circuló por
la sala. El procesado, abatido por el golpe tremendo, sollozaba roncamente con la cabeza entre las
manos. Entonces sentí como si un vértigo invadiese mi cerebro; un impulso ciego, irreflexivo,
superior á mi voluntad, algo que venía de no sé
qué misteriosas profundidades de mi sér, y levantándome de mi asiento grité con voz que no me
pareció ser la mia:
- ¡El Tribunal se engaña:ese hombre ha dicho
la verdad. Su mujer tenía un amante, y ese amante
soy yo!
Tras breves instantes de estupor, alzóse en la
sala un clamor semejante al ruido del mar alborotado. De todas partes salían gritos:
- Está loco. Está loco.
El señor de Cárceles gesticulaba desaforadamente, y me dirigía desde su asiento palabras que
yo no entendía. Fuertes me miraba con extraña
expresión.
- Si el público no guarda silencio - gritó el
Presidente - haré despejar la sala.
- No, no estoy loco - dije yo cuando se hubo
restablecido algún tanto la calma-. Puedo probar lo que he dicho. Yo he penetrado traidoramente en la casa de ese hombre; estaba en el jardín
la noche del crimen, y me alejé sin que él me conociese é ignorando yo que había sido sorprendido.
Esa es toda la verdad.
- Son tan graves - dijo el Presidente - las
manifestaciones que aquí acaban de hacerse, que
el Tribunal tiene que deliberar acerca de ellas. Se
suspende el juicio.
*

:m declaración

*

*

fué ·eficaz; después de los trámites legales, en los que se emplearon \'arios me-

�El Cuento Semanal
__

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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>��o

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El [11ento Semanal )

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· NOVELA F'OR F. SE ..
. RRANO D.E LA FED~USA

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ILUSTRACIONES

DE

A.

LOZANO

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�El tuBnto&amp;Bmanal
Se publica los viernes

911c1nas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Kipsco de .. El

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1

/v\adrid

tuBnto SEmanal"

Alcalá 31 (acera de Apolo)

Se admiten suscripciones y anuncios. Se
venden números atrasados y colecciones.
Cuantos deseen comunicar con esta Revista, pueden dirigirse á nuestro Kiosco.

ADVERTENCIA
A todos los suscriptores de ,.EL CUENTO SE-

MANAL" en Madrid .que deseen recibir el ptr16dico
ea provincias durante los meses de Julio, Agosto y Sep11embre, se les enviará sin aumento de precio si remiten á L1 Admlnistracl6n de este peri6dlco las señas de
la nueva dirección y el importe anticipado por el tiempo
de su ausencia.

=
Libros y Revistas
Hbtorlu perveraaa, por Ramón del Valle-Inclán. Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En este libro resplandecen aquellas exquisiteces de for111&amp; y de pensamiento á que el autor de J:,p1ta/omio nos tiene
acostumbrados: la vivacidad en las descripciones, b riquea elegante del léxico, la sobriedad é impecable tersura del
estilo y la belleza de las figuras, refinadas y caballerescas.
1.a verdadera redención, por Rafael: Ruiz López wa Editorial Maucc;i. Barcelona.
Los rasgos culminantes de esta novela, una de las que
meJor definen la personalidad de Rafael Ruiz L6pez, son la
ternura y la pasión. Diríase que dentro del alma artista del
antor conviven un hombre y un niño.
1.a cueva de lo• buboo, por Luis Liípez- Ballesteros. Sáenz de Jubcra, Hermanos. l\ladrid.
Forman este volumen, además de la novela cuyo titulo
:figura en la portada del libro, otras novclitas y cuentos rnuy
notables, tales como El uimm d.: don l,1Qa11cio, 7eójil", J:.l
rn11niÍI&gt; dt las almas, etc.
López-Ballesteros es un novclador original, pintoresco
y robusto, cuyo verbo libre y caliente i11nora esa fría ecuanimidad empachosa de los estilistas. Creo que no debe
dolerse de que ello sea como digo. Las pasiones, esas grandes corrientes del alma que, cuando se desbordan, de todo
triunfan, ~iempre son íncorrectas.
Los aficionados á L'\ literatura deben desear que Luis
López- Ballesteros, que hace años descolló en la novela
con Ludia extra,i11, y en el teatro, con l.a butt1tr11t11t11ra,
no olvide el «jardín s:igrado» dd libro.

. Cantes gitano,, pnr El f/acl,11/er A,,tada. - Imprenta
Moderna. Logroño1

AÑO 1- 28 - JUNIO
1907 - N.º 26
--Precios de suscripción:
l'\odrld y provincias: Trimestre 3.25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convenclonales.

Número suelto:

3Q CéntiffiOS

Componen este libro algunos centenares de solearu,
uguiriyas gitanas y se-rr,mns, que rdlcjan fielmente el esplritu ,·ehemenle y dol9rido de nue5tro pueblo.
81 Clnemató~raln llu"trado. - Con este título, y bajo
la dirección de nuestro dlStinguido compañero en la Prensa D. Ramón '.\lendoza, ha comenzado á publicarse en Madrid una revista decenal.
Deseamos al colega muchas prosperidades.
Azul ... , por Rob~n D11rio.-F. Granada y C.", Edi•
tores. Barcelona.
De este libro, publicado diecinueve años' ha, dccin don
Juan Valern .
• • • &lt; Desde luego, se coí\oce que el autor es mny Joven:
que no puede tener mh de veinticinco aiios, pero que los
ha aprovechado marnvillosamente. l la aprendido muchlsimo, y en 10,lo lo que sabe y expresa muestra singular
talento artístico ó po¡\tico. Sabe con amor la anti~ua literatura gnega; sabe de todo lo moderno europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano ..• »

La preexcelenle labor que despuh ha realizado Rubén
Darlo, justifican plensmente estas palabras, casi proféticas
entonces, del maestro inolvidable.
Cuadros de miseria. Copiados del natural por José
Nakens. - Imprenta de Domingo Blanco. Madrid.
Resplandecen en esta obra aquel estilo robusto lleno
de concisa virilidad, aquella voluntad espartana, aquella
honradez sin tacha y aquella inamovible firmeza de criterio, que han granjeado á Nakens, juntamente con la admiración ferviente de sus partidarios, la simpatía y el respeto
de sus enemigos.
00CO

f.

•

SERRANO DE LA FEDROSA

occ:

i FO R JV\ALASI

La Semana Teatral
A polo. - Con un «lleno» enorme celebró, hace ~ocas
noches, su beneficio el popularlsimo actor Emilio Carre•
ras. Nosotros queremos mucho á Carreras; es quizás el
hombre á quien debemos más horas de risa.
Se estrenaron dos obras; El príndpe fi."uroki, que valió
á su autor, Sr. Gilli, muchos aplausos; y ÍA suer/t /qca, ori~inal de Amicbcs y (.;arcía Alvarez, menos afortunados en
esta ocasión que otras veces.
El público, no obstante, celebró mucho una especie de
tan~o donde la bellí~ima Rosario Soler luce y derrocha
á dntaros la picante ssl de su escultura.

Gran Teatro. - Sin las preciosas decoraciones de Mar1inez Gari, la dirección magistral do Enrique Chicote y los
prodigios de travesura y de ~racia de l.oreto Prado, es
e'&lt;'idente que Ln anloreha tÚ lfimmto habría fracasado rui•
dos amente.
La obra es del corle de ¡Al _,1gt111 patos/ y de 5.m 7ua1t
,ú Lus, pero bastante menos chm&lt;&gt;sa q ae nqoéllas.
l)islinguiéronsc en la interpretación las Sras. Franco y
Blanc, y los Sres. Ripoll, Soler y Llaneza.
Circo de Parlsb. -- llan ,ltbutndo en el hermoso Cin:o
de la Plaz:i. del Rey la Srta. Rosa de 1'"rance, bajo cuya
dirección un puñado de perros a rnacstrados realizan sorprendentes ejercicios, y Los Cltimmlas. dos cantantes de
gran originalidad.
&lt; Todo Madrid» pasará por el Circo de Parish.

L

A _s~ñora

d~. Andilla era una jamona g uapa;
sus &lt;lo~ h1Jas eran muy bonitas; la sobrina
de Mermo, u~ia ~mchacha muy hermosa· las
&lt;l?s _hermana_s ele_ (,uttérrez Baliza, monísima~; la
\ !u~a del bng~d1er (n~intinueye años), una prec10~1&lt;l_ad; _las chicas de don Ele uterio, dos buenas
mozas .. ; ' era, &lt;:~fin, una tertulia de hellc-zas.
Ilab1a t~mb1en una _fea, Antoñita; tal vez e l
acaso la hab~a llevado alh para que siry iera de unidad de medida a l apreciar la excelencia ele las demás; e ra co~o l_a figurita humana q ue pone el pintor en un pa1saJe de monta11as para dar idea de la
gran_cleza de las cumbres. Pero hasta esta fea tenía
gracia y no poco partido entre los much·tchos
Y había, por último, en &lt;·ste musco d~ muJ~res
guap.~s, algo que con?!laba á Antoñita, y este algo
~ra ~.len.~, la hermos1s1ma, la arrebatadora Elena,
I,~ marav~lla, el asombro, la perfección; la que e n la
c&lt;1lle hacia ,·oh·er la cabeza 110 sMo á lus hombres,

~i.no á las mismas mujeres; la que en el paisaje h11fl 1era e~taclo representada por la blanca nube que
o ta_á mmcnsa altura sobre las cumbres más soberbias.
. Sin la. presencia de Elena, Antoñita hubiera
sido senc1llamente la fea de la reunión. ahora
Elena
•
b a uno ele los extremos
·
'y ',\nto-'
_.
re pnsenta
mta
extremo or~uesto; e n medio quedaba e l
monton de las mediocres.
Así les ~lc~í.t ella cuando i enía á pelo:
-:- .\qm, !:.lena es la primrra tiple, yo httiple
cómica y ustedes el coro.
. Algunas corútas hubieran preferido que las hubiese llamarlo feas.
'
. .
na· De bu_&lt;:na gana_ hubieran querido odiará Ele'. P:rn, e&lt; {¡~1!&gt; odiar á un soberano que trae dinei o a _la nac1011 y a_demás renuncia á su sueldo?
A~~uell.i ~crmosur~. incomparable a traía á los mue '.1ch1'.~ a la rcun~on de la señora de Andilia, ,
los atr.i1a · con drsmtcrés, sin entablar relacione~
amorosas con ninguno.

:1

�De die1., nueve
El amigo que lo presentaba lo había anunciase resoh-ían inme- do en estos términos:
diatamente á dar
- Un perfecto caballero, una verdadera notacelos á Elena con bilidad en la ciencia médica, un hombre muy listo
alguna de las otras y un excelente partido para la muchacha más exichicas; y como Ele- gente.
na continuaba en
Y la amable Conchita, que llevaba la bondad
su indiferencia y hasta el punto de poner su amor propio en el núlas amigas favore- mero de matrimonios que salían de su tertulia,
cidas eran bonitas, repitió aquellas palabras la víspera de la presenlos despechados tación entre las chicas que aun estaban vacantes.
acababan por afiTodas las miradas se volvieron hacia Elena.
cionarse m u y en
- ¿Te rendirás ahora, Gibraltar? - le pregunserio á las que ha- tó Antoñita.
bían querido uti- ¡Ah! Pero ese caballero, ¿viene metido en
lizar como instru- un sobre en que se lee mi nombre?
mento de ven- Es la costumbre - replicó Antoñita con
ganza. Dicho se acento de cómica resignación.
está que, sabedo- Pues bien; si no es tuerto, ni cojo, ni enano,
ras e 11 as del pa- ni habla gangoso, ni es cabezota con el pelo rizapel de víctima que do, y si vosotras me lo cedéis y él no lo lleva á
sus novios preten- mal. ..
dían asignarles, en
La dueña de la casa intervino en la discusión.
cuanto lograban
- La verdad es que Elena se defiende mucho.
encalabrinarlos
- Doña Concha, eso quiere decir que me dey coger ellas lo alto de la cuesta, les hacían rodar fiendo demasiado.
de lo lindo y los trataban á zapatazo limpio. Hacían
- No, hija mía, hace usted muy bien; el matrimonio es una cosa muy seria. Pero, en fin, como
Jlerfectísimamcn te.
Ejemplo, el pobre Juanito Cansino. Al ir por usted no ha tenido desengaños...
la mañana al :\Iinisterio, había de dar unos paseos
- No tengo motivo para tanta cautela, ¿verpor enfrente de la casa de su novia, hasta que ésta dad?
- Parece poi· lo menos que ...
levantase un visillo y le saludara con la manita;
-desde el Ministerio, telefonazo entre once y doce,
- Y hasta se puede creer que estoy tan ory en seguida á escribir la carta que, al terminar gullosa de mi persona, que no encuentro quien la
Jas horas de oficina, llevaba un ordenanza; por la merezca.
- No, eso no - dijeron á un tiempo muchas
tarde, paseos por la acera de enfrente hasta que
voces; y Antoñita prosiguió:
fa doncella bajaba con la consigna; á escape, en
.seguida á la cuadra para alquilar un caballo, ó al
- Todas sabemos que eres tan modesta como
teatro para tomar una localidad, según el empleo guapa, y por lo mismo es necesaria una explicaque la niña diera á la tarde, ó bien á meterse en ción; hay que dar una explicación; pedimos una
el portal de enfrente si llovía, esperando las aso- explicación. (Así habla mi padre en el Congreso).
madas de la novia tras de los cristales con reca- Sí, sí; que se explique-exclamó el coro.
&lt;litos y tarjetas 1·espaldadas,intercaladas en el tex- Pero, niñas, eso es escudriñarme. No me ha
to; y llegada la noche, á comer con embudo y á solicitado nadie.
- ¡Quiá!
vestirse de prisa para no quedarse sin localidad ó
- Yo misma no sé por qué...
para acudir á casa de Concha, que así se llamaba
- ¡Quiá!
la de Andilla.
Hubo un silencio apremiante.
Más descansados estarían, seguramente, los
- Bueno-dijo Ell'na-;¿me dan ustedes per.sitiados de Puerto-Arturo; pero así son los noviajes en nuestra tierra. Si los futuros cónyuges son miso para que me ponga colorada?
- Concedido.
ricos, el noviaje así entendido constituye uHi'l '- :- Ahora que tengo el permiso, me parece más
&lt;:ciente preparación para lo que ha de ser única
ocupación del marido: esto es, prevenir y realizar difícil decirlo.
los gustos de su mujer; y hasta se puede afirmar
- ¿Es un secreto?
- No; es una preocupación, una manía. Suque la luna de miel durará diez ó doce días.
Si los novios no son ricos y el marido ha de pongamos que... en fin, cuando yo era niña leí un
trabajar y conquistar un puesto en el mundo, esta cuento en el cual se trataba de dos hermanas, una
manera de amar á la española, que suspende todo muy hermosa y otra muy fea; las dos estaban catrabajo social del hombre á la edad en que debe sadas y á la fea le iba muy bien en su matrimonio
ser más vigoroso y decisivo su esfuerzo, aportará y su marido la quería cada vez más, porque tenía
.segura1nente al matrimonio una renta de patatas, un ángel que la protegía y que le había dado un
alubias, lagrimitas y palabras gordas, que basta frasco de sal para que echase cada día un poquito
para encanijar á los hijos y matar al más débil en el plato de su marido.
- Hay feas con suerte - interrumpió Antode los cónyuges. :No hay que decir que es el
ñita.
marido.
- A la hermosa le iba cada \"Cz peor, y todo
Basta de noviazgos y vengamos al momento
en que iba á ser presentado Ramón Brieeño á la se volvía disgustos y peloteras en su matrimonio,
hasta que un día se presentó en casa de la fea dise;inra de Andilla.

11

,,j 1
l

tra menos fea; en cambio, el que
se acostumbra á una guapa...•
Antoñita no dejó á Elena terminar el cuento. Se arrojó frenéticamente, en sus brazos, y entre un
chaparron de besos, le decía:
- Tú sí que eres mi angelito
protector. ¡De1a que te coma á besos, preciosa!, que me has dado
consuelo para toda la vida.
Se interrumpió bruscamente y
después de una pausa, exclamó:'
. - Bueno; ¿y cómo meter esa
idea tan hermosa en la mollera del
pr_imer zanganito que se presente?
Mira, me dirás cómo se llama ese
libro; compraré dos ó tres docenas, y desde esta noche me colocaré en la puerta, y conforme vayan dejando los abrigos, «¡zas! ¡Lea
usted eso!»
- Con que ya ven 1,1stedes continuó Elena poniéndose como
una guinda-, que si pierdo la cabeza Y me cuento entre las guapas,
he de contar también con más desengaños que otra cualquiera en mi
matrimonio.
.- Di - preguntó Antoñita-:
¿qmén era ese talento monstruo,
autor del cuento?
_- Carlos Rubio; mi padre dice que era muy
amigo de Sagasta.
- ¡Ah! Entonces le habrá conocido papá seguramente. Se lo preguntaré.
.,- Ahí viene.
- Es verdad. Di, papá, ¿tú sabes quién era
Carlos Rubio?
--:-- ¿Carlos Rubio? ... ¡Ah, sí! Un chiflado. Siempre iba muy sucio.
La indignación de Antoñita no encontraba pa)abras para desbordarse. Poniendo los brazos en
Jarras y meneando la cabeza, dijo á su padre:
- ¡Así está el país!
El papá, acostumbrado á estas salidas de Antoñita, se encogió de hombros y pasó á otra sala.
Ella, como si aun pudiera oírle, le lanzó á través
del cortinaje estas palabras:
- Pues sepa ·su señoría que si su señoría me
ha hecho fea, Carios Rubio me ha hecho feliz.
. El grupo de . muchachas rompió en una carcaJada.
II

•
ciéndole: «Mi casa es un infierno y tú tienes la
culpa.• «¡Yo! ¿Por qué?, «Porque soñaste en alta
voz cuando el ángel te dió el frasco de sal, y yo,
antes de que desperta:as, te quité la mitad y la
voy echando en la co1!uda de mi marido; y no sé
cómo es esto; pero á ti te prueba muy bien y á mí
rematadam~nte.• Entonces se les apareció el ángel y les d110: «Esa sal se llama la costumbre. El
que se acostumbra á una fea, cada día la encuen-

Ya_ necesitaba Ramón Briceño ser un Don Juan
T en_ono para correspond_er á la expectación que
h~?1 provocado el &lt;lnunc10 de su visita. Nunca se
VIO la señora de Andilla tan estrechamente rodeada de sus amiguitas. Hasta la brigadiera mostraba aquella noche un empeño tan decidido en
no apartarse de Concha, que hubiera desao-radado
profundamente al brigadier si hubiera vu~lto del
otro mundo.
, Y la verda~ es que la figura de Ramón no tema n_~da que impresionase á primera vista, como
se VIO cuando, acompañado de Meseguer, sa-

ª

�f"

- Usted es un hombre excepcional. Ninguno
ludó á la dueña de la casa y tomó asiento junto
de nuestros contertulios conoce á Carlos Rubio.
á ella.
Era correcto, casi vulgar. Los ojos sí, eran ne- Es inicuo.
La de Andilla se había separado del grupo, y
gros y de mirada dura, agresiva, dominadora; Ramón ofreció su brazo á Antoñita y continuaron
aquel mirar parecía que calaba muy hondo, que
registraba é inventariaba el espíritu. Después, paseando.
- Dígame usted, señor Briceño: ¿es verdad
como si no hubiera encontrado en el inventario
que
ese escritor era muy sucio?
cosa alguna digna de atención, la mirada se apa- Esa fama ha dejado, pero disculpable. Cuangaba ó se distraía. Dijérase que los ojos de aquel do el cerebro consume demasiada energía, queda
médico habían contraído el hábito de la disección: poca actividad para los cuidados de la existencia.
funcionaban como escalpelos, y satisfecho el estu- Carlos Rubio tenía el aseo caro. Dé usted á un pedio, abandonaban la carne hecha piltrafas.
timetre una botella de agua, y la administrará tan
La conversación tampoco era brillante. En el
sabiamente que tendrá agua para todo. Otros, en
discreteo que en seguida tuvo que mantener con cambio, necesitarían un baño oriental; pero si se
media docena de señoritas, no parecía el jugador
impetuoso que, con peligro de perder unas cuan- les diera, serían aseados.
- También los hay muy cerdos.
tas piezas, avanza hasta dar un jaqne, sino el ju- Es que el cerdo es un animal muy calumgador machucho que conserva su fuerza en buen niado. Se revuelca en fango porque no le ponen
orden, aunque adelante !entamen té. Sin embargo,
Colonia.
alguna que otra réplica tan viva como ingeniosa agua- de
Me parece que usted no ve dificultades, y
y un impetuoso rapto de entusiasmo, al hablar cree que todo es cuestión de emplear estos ó los
precisamente de la disciplina y el dominio del sistema nervioso, demostraban que en aquel carác- otros recursos.
- Así es.
ter, limpio y cuidado como un paseo público, las
- Sin embargo, hay en este mundo muchas
avenidas más largas y tiradas á cordel podían descosas imposibles.
embocar en cráteres volcánicos.
- ¿Cuáles?
Las cuatro palabras que cambió con Elena no
- ¡Bravo! Esa es una pregunta valiente; pero
tuvieron gran importancia. Ramón recurrió en la contestación también es de mucha fuerza. Pueaquel momento á la perfidia que emplean los adu- den ser imposibles las cosas que dependen de la
ladores con los soberbios; cuando el hombre tiene
ajena.
aires de estatua, basta sustituir el pedestal por voluntad
- ¡La· voluntad ajena! Se la conquista y se la
una nube para que la estatua vacile y se rompa
dorna.
las narices.
Antoñita miró atentamente á Ramón.
Briceño quemó en cuatro palabras tanto in- ¿Le parece á usted fatuidad?
cienso, que otra que no hubiera sido Elena se hu- Precisamente porque me parece usted un
biera aturdido y bamboleado; pero la joven con- hombre serio, me sorprende esa seguridad de
testó con tal modestia que desarmó á su contenatraerse á los demás.
diente. Fué un tanteo que duró un momento, y
- Pues es positiva.
pasado el cual, los esgrimidores levantaron los flo- ¿De manera que tiene usted un talismá 1?
retes, se saludaron cortésmente y se dirigieron
- Es posible.
cada uno por su lado.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué mal repartido anda
El interés de cuantas personas formaban el
todo!
corro estaba satisfecho. No había flechazo. Ramón
- ¿Por qué dice usted eso?
no pretendería á Elena, y si la pretendía ~- !dría
- Porque usted que tiene prendas y condiciocon las manos en la cabeza.
nes para hacerse amar por sí mismo, tiene además
Y nada más. Cada una de las muchac'.:: que un talismán para que le quieran; mientras que yo,
no tenía novio se propuso aprovechar la ¡, r;mera pobrecita de mí, no tengo una cosa ni otra.
ocasión de cazar al nuevo contertulio; los bailari- Usted es un encanto.
nes volvieron á su delicioso ejercicio; los señores
- ¡Señor Briceño! Vamos por partes. Yo soy
de espada-mala-basto siguieron regañando al que la fea de la reunión, y aquí está prohibido atentar ganaba y regañando al que perdía; Elena continuó á mi soberanía de coquito; ¡cuidado con ello!
en su apacible serenidad, y Ramón, que daba una
- Es deliciosa - decía Briceño riendo.
vuelta con la señora de Andilla, se encontró de
- Lo que sucede es que soy buena y me gusmanos á boca con Antoñita.
ta intervenir y meterme en una porción de cosas,
- La señorita de Almeida.
siempre con buena intención y á título de amiga
- ¿Usted es hija de don Ulpiano?
desinteresada. ¡Forzosamente desinteradal, que si
- Sí, señor; y sobrina de Carlos Rubio.
pudiera. . . Pero estoy segura de que todas mis
- ¿Del escritor?
amigas me prestarían el novio para baila,.
- Del mismo.
- Harían mal.
- I&gt;ero, señorita, si Carlos Rubio viviera po- ¿Otra vez? Pues sepa usted que lo hacen,
dría ser abuelo de usted; pero tío...
siempre que están cansadas. Cuando alguna se
- Es que yo le he declarado mi tío adoptivo. sienta y viene el no\"Ío á sacarme, veo yo que anCreo que si viviera no me negaría ese favor.
tes le habla ella al oído. Y es que le dice: «Hom- Al contrario; se sentiría orgulloso de esa bre, haz bailar á la pobre Antoñita.• Y alguna vez
distinción.
replica él, seguramente diciendo el muy borrico:
- Por lo que observo, usted conoce las obras «¡Es tan fea!, Y observo yo que replica ella, ¡claro!,
de... mi tío.
le dirá: «Pues por eso.• En seguida viene el novio
- Conozco un torno de cuentos.

•

o

y me saca. Y yo les digo
i todos: «Es usted muy
amable.•
Briceño soltó la carcajada y Antoñita continuó:
- Sí, sei"íor; yo soy,
en cuanto al amor, una
pobrecita de pedir limosna; yo, si no fuera por mi
cetro, me pondría á la
puerta de esta casa para
decir á los que salieran:
«¿Me da usted un corazoncito, aunque sea moruno, por amor de Dios?,
Por eso me interesa mucho eso del talismán; porque usted podrá estar
equivocado, pero habla
u~ted en serio, y si tuviera usted razón ... ; porque yo tengo mucha fe en
los inventos y en las cosas científicas, sí, señor;
Y aquí ya sabemos que
usted es un médico que
tiene hecho pacto con Satanás, para curar á todas
las princesas moribundas
c?n u~a m~tita de perejil,
s1, senor, s1; todo se sabe.
Briceño se reía de
muy buena gana· hacía
mucho tiempo que' no disfrutaba de una conversac_ión de mujer tan divertida.
- Vamos á ver sei'ior Briceño; habl~mos
con toda seriedad: ;es
posible que alguien que
no sea usted se enamore
de mí?
- ¿Y por qué no he
de ser yo?
- Porque usted no
me gusta. Así; las faltas
de .. : compostura hay que
castigarlas. ¡ El demonio
del hombre! En tramos en
~l terreno de la formalidad y todavía le quedan
ganas de reir. ..
. --:_ Basta, ~asta- dijo
Bnceno-; ehJa usted entre sus amigos y conocidos, Y usted verá que no
la engaño.
- Ni una palabra más.
Ahora eche usted fuera
la media docena de preguntas que está usted rabiando por hacerme.
- Allá van - contes~ó Briceño mirando á
su _interlocutora como
quien firma un pacto-:

¿tiene Elena relaciones?
- Xinguna.
- ¿Sabe usted si su
corazón se ha interesado:
- Xo se ha interesado.
- ¿Es acaso que está
engreída con su belleza?
. - Xo, señor. Es que
tu:"ne mucho miedo.
- ¿I lan hablado ustecles_ esta noche después
de m1 presentación?
_ - ( Co1t tristeza). Sí,
senor.
- Le he producido
mal efecto...
- Ni malo ni bueno.
- De manera que
todo e I esfuerzo de la
primera impresión se ha
perdido...
- Completamente.
- Así me había pa
recido.
- Supongo que, por
eso, no desistirá usted.
- ~o sé clesistir. Sé
únicamente que si yo me
h_u bies e enamorado de
]•,lena, podría asegurar {t
usted que antes de ,eint&lt;.&gt; días Elena estaría enamorada de mí.
Antoñita experimentó cierta emoción al recibir aquella confidencia.
Ramón hablaba como un
loco ó como un hombre
capaz de hacer milagros.
- ¿Y se ha enamorado usted de Elena?
- Ya hace tiempo.
La conocía sin tratarla.
Desde esta noche ya sé
que la amo. Y me amará.
- Usted es seguramente digno de ella; pero
ya sabe usted que ...
- Es té ustecl tranquila; me querr{1 antes de
1 cinte días.
- No se lo ackertiré
porque no es un peligro'.
- Es indiferente.
·

** *
Ramón y su amigo
;\feseguer salieron juntos
de casa de Anclilla.
- ¿Qué tal? - preguntó el segundo.
- l\Iuy mal. La primera impresión ha sido
un fracaso.
- ¿Qué ha ocurrido?

�pleaba ahora una ingenuidarl afectuosa y ~encilla;
·11 o así romo el trato de un hermano, to &gt; amrn
~. Ti·a1~queza. Por este camino había aclelanta(~O mu,h ,
1 , ·mo &lt;i&lt;' Ekna; ¡&gt;&lt;'ro ésta no hacia otra
primer~ \'ista 6 nunca. Pero confiesa q1H' tu no has c o &lt;n e ,tm
cc&gt;rres
cosa que
estado mu y hábil
ponder á lo que
que digamos.
creía amistad Y
- Tienes ralealtad, sentimienzón.
tos que pueden llr_ Ese sistema
var al am0r como
de marear á fuerza
10 s callgrrjos nos
de alabanzas, sú!o
lle,·an á casa, danes bueno para hado antes la \uelta
cer cacr á cscn topor las cinco parres emine 1tes, artes del mundo.
tistas notables \
Ramón estaba
otras , ·anidacks
ya desespc:~do,
hambrientas de i'1cuando surg10 un
cicnso.
incidente que le es_ ¡Qué quieperanzó de nuevt,&gt;,
res! :\le acordé Cil
Juanito Cans1aquel momento de
n O desprendió e 1
cómo caycí uno de
primer copo de una
esos gwios, vok~bola de nieve. Era
dq por sus enemisobrino de la de
gos, que I&lt;' adulaAnclilla, y por paban á toda:, huras.
sar la tarde con su
Era un hombre c•xnovia, que había de
cclente y le hicieir al día siguiente á
ron creer que tenía
mostrar á Concha
un gcnio t&lt;'rriblc y
unas labores, dijo á
que era jaque y _treesta última:
mendo y c:xplos1vo.
- Tía: si me
Daba pena y risa.
das de merendar,
- Pues amigo,
vendré mañana
la mujer está más
tarde.
acustum!nada al
-Y aunque no
piropo y no muerhubiera meriende ese cebo tan
da también ven"rnsero. ¿Y quf
drías- contestó la
"pil'nsas hacer-.
de Andilla, quc ha- Camhi:, r de
bía pe1wtrarlo la in•
t.íctira.
tención dc su so-&lt;:\[ostrarte
brino.
indiferente?
_ ¡,,o, no; rc1Cá! De eso
clamo la merienda,
s(• ríen ellas. Xo;
f&lt;n-malmente.
aunque un poco
- Bueno, homtarde, apelaré á la
bre, la tendrás.
sinceridad.
_ ¡Quién tu-¿Y si también
\ iera ·una tía y un
falla es e recnrso?
.
_ ¡.\h! Entonces... si no me· quiere por bue- buen estómago! - exclamó un señor ~ayor, que
debía de carecer de ambas cosas ..
nas, me querrá por malas.
- También hay para usted, n~1 g(•neral. .·
- Hombre - elijo su companero de tr~s1llo.
clon Fabián - , si por un poco &lt;le poca vergu&lt;'nza
TI 1
se mcriencla yo mc apunto.
.
· _ y yo ~e disparo_ añadió don Ul1m~no.
Desde aquella noche, Ra!llón fué e) _contertu~
_ .y)'º
, vol_ dijeron muchos, contmuanl
, • •
lio más asiduo de la de Anchlla y tamb1en el más
do
la
broma.
, _
_ , .•
. ¡· ºta(l&lt;1 · Los• muchachos
le preguntaban una cosa,
so ICI
·
1
nta- Pero, señores - dcc1a Concha - ' esa se1 ia
los \·iejos otra, las muchachas... no e pregu
una merienda de negros. .
,
.
han nada, pero le daban cuerda.
. .
- Justamente; convert1remos !a rasa &lt;n una
Fn cuanto llegaba le hacían prcs1d1r un corro
..
.
de chicas, en el cual las cuestiones iban tom~n~, ranchería, en un campamento..
- Pero sin ac,'ptar la menenda - ch¡o la hncada día mayor vuelo. Elena formab~ parte, del c rro, pero sin gran asiduicla~. Ramo~ hab1a cam= gadiera.
_¿Qué?' ~
biado de táctica con ella. Le3os d~ 'olcarle el pe
_ ¿Cómo es eso?
destal con el explosirn del elogio forzado, cm-

-

Lo p&lt;'or: que no le h&lt;' producido imprcsibn
ninnuna.
.
t · f á
·: _ :\la! negocio. De las mu3cres S&lt;' ~11111 a '

•

•

- ~IU) !-&gt;&lt;'ncillo. Propongo que cada uno traiga con qu(• nwrendar y cada familia se coma lo
que traiga, formando rancho aparte; y cada grupo
tienda su mantel donde buenamente pueda: en
una mesa de tresillo, en una b 1taca, en el suelo,
&lt;'omo si estm·ic~ran10s c·1 e! campo.
Un palmoteo ct•rrado de la gente jo\'l'n acogí(,
la proposiri{m.
- ¡Será cli\'ino!
- ¡l'..nc-antador!
- Trat-ré mi instantánea.
- l~sta l'a ¡uita se pinta sola para idear diabluras.
- .\miga mía - le dijo un tresillista machu&lt;'h,, , eso de sentarse en el sucio St' queda para
usted, que tiene ...
- ¡Don Joaquín! - interrumpió á tiempo la de
.\ndilla.
- Pero ¿por qué quiere esta sefiora que me
sie:itt· en el suelo, si estoy e,1 los huesos?
- Rectifiquemos; habrá mesitas para la gente
de eda,I.
- Muy bícn - dijo d general - ; así tiraré los
huesos á los pollos que me rodeen.
- J !ablando seriamente, debemos hacer como
en las Exposiciones: á metro cuadrado por persona; que se apunte cada familia lo que necesite, y
que lo acote ele antemano.
- Con unas estaquitas cla,·aclas en el suelo.
- Estaquitas, no; pero algo que señale la instalación, sí.
- Tiendas de campa11a, sería muy bonito.
- \' árboles, y una carretera con carros y mulas - decía Concha, aterrada.
- :\"o te asustes, Conchita. Señores, hay que
pensar en cosas que ocupen poco espa: io; por
ejemplo, cada grupo traerá una pantalla, un bastidor, así, de medio metro, y que pinte en él lo que
quiera: la fachada de una casa, la de la Plaza de
toros...
- Yo, un cuartel - dijo el general.
- Yo, una casa de socorro, por si hay borracheras y puñaladas - dijo Ramón.
- ¡Jesús! ¡Se han vuelto locos! - decía lonc ha; y luego añadió: - Paso por todo, menos por
eso de que cada cual traiga su merienda. Xo me
arruinaré por dar á ustedes de merendar.
- ¡No, no, no! - gritaron treinta voces - .
Queremos traer lo que nos dé la gana.
•
- Y nada de obsequios.
- Kada. Se dará una señal, y á sentars~cada
cual en su puesto, como los albañiles al ciar las
doce.
- ¡Ah! - dijo Antrn'íita - ; cada familia debe
traer su sirviente que lernnte los manteles y YU&lt;'lva á arreglarlo tocl 11. El salón ha de quedar dispuesto en seguida para el baile.
- Entonces, digamos cena.
- Pues sea cena; ¡qué más da!
- ¡Sí, cena, cena!
- Otra cosa- dijo ,\nto11i1a - : para aclarar
algunos bastidores que estarán mal pintados, ¡porque se prohibe darlos {1 pintar!, se exige algo de
tocado en la cabeza; por ejemplo: el que haya pintado la fachada de la Plaza de toros, puede ponerse un:i montera; el general, un casco, y así los
demás. Eso puede venir con la meriendd, y no se
llama la at&lt;'nción en la calle.

- Mu) bien, muy lncn.
-- .\ l11s so!tcros - continuó ,\ntoñita - se
les prohibe en absoluto que traigan sin ientas
(¡sabe Dios lo que traerían!); ellos mismos cogerán su mantclito por las ruatn, puntas é irán á san1dirlo á la cocina. ( Risa gcncrnl¡.
- Es usted implacable coa los S.Jlterus.
- ¡Toma! ¡Como ellos conmigo!
;
vociferó e! general.
1Artículo último! - ¡,\ \er, á ver!
- Se prohibe añadir ni una palabra más al
proyecto.
- ¡Brarn!
- Sí, falta una palabra - exclamó don Ulpiano.
- ¿Cuál?
- La fecha.
- Es ,erdad. Y ,·a á ser difícil.
- Xo: pasa&lt;Jo mañana es \iernes, y como estamos en Cuaresma no es día de compromisos.
¿Les parece á ustedes buen día pasado mañana?
-¡Sí,sí!
- Yo pcnsaba casarme e l viernes; pero lo
aplazo.
- ,\ usted no lo casan los once curas, ¡camastrón!
- Está dicho: el viernes, á las nueye de la noche, la cena gitana.
- ¡Viva la cena gitana!
- Y esta noche se sortearán los puestos del
aduar.
- ¡Viya Concha, la caiil!- gritaba Cansino,
que se empeñaba en ,itorearlo todo.
- ¡Ay, churumbel, sobrino!, ¡buena la has armado con tu merienda!
- ¡Si esto va á ser delicioso, tía!
- Está bien; por mi parte, quieran ustedes ú
no quieran, yo pondré una mesa que pueda sen 1r
á cada cual de complemento.
- ¿Para los que quieran ir al robo?- prcgun tú
un t1-:.!sillist;, .
- Eso '.!s; pero sin dejar sus cartas.
- Es i'lútil - decía don Fabián, que era tragón - ; piens , t:·acrme bola.
- Y además yo le daré á usted co.ii'lo- concluyó el general.
*

* *
Aquella misma norhc se sortearon los sitios.
!as mesas, los ,·eladores, los talmrC'les y los cuadros de alfombra; tocio menos la mesa del comedor, que sólo había de servir de aparador.
Ramón, que ,cía con simpatía aquella idea
extravagante, tuyo también un ale,.(rc'&gt;n en el sorteo. Le tocó un metro cuadrado de santo suelo,
(Antoñita había ::.ido implacable), pl'ro á los pit·s
de Elena.
- ¡Qué felicidad! - le dijo Ramón - ; cenar{junto á usted.
- Sí; pero... en cl piso bajo.
- 'Usted podría cleyarmc ;í la altura de las
personas de Yelaclor.
- El regla¡nC'nto ele la cena lo prohibe.
Las dos últimas frases tu vieron respcctiramente los acentos de una declaración y unas calabazas.

* **

�Pasada la sorpresa, Ramón continuó su paseo y su
soliloquio:
- Supongamos que esas
jóvenes no quieren dejarse
convencer y encuentran más
poético entregar su corazón
al que acertó á ponerse una
corbata colorada ó hace un
gesto especial para sonreír
con media boca. Supongamos, en fin, que por darme
gusto se han casado sin pasión súbita ni emoción misteriosa. ¿Es que la vida conyugal, con toda su intensidad de adaptación, no ha de
engendrar el amor? l\lás aún:
si, como ellas creen, no nace
ese amor novelesco entre
los cónyuges, ¿no es bastante que el hombre y la mujer
estén bien educados para
que la mujer no eche el
amor -de menos?
Cuando por la tarde Ramón daba cuenta á Mcseguer de sus reflexiones, :\1eseguer se reía como un bendito.
- Está visto - dijo que, aun siendo un sabio
como tú, no se conoce el
matrimonio desde fuera.
- ¿Estoy equivocado?
- En algunas cosas. Sobre todo, es deplorable que
la mujer sólo se deje impresionar por prendas de ropa
y no por prendas de carácter; pero no es posible prescindir de impresionarla. Preséntate á ella si es
preciso metido en una armadura y cubierto con
un casco con plumas negras; pero enamórala. Sin
eso, no te cases.

-- En último extremo - decía Ramón al día
siguiente á los árboles próximos al Observatorio
.\stronómico - , yo estoy seguro de hacerme amar
ele Elena á la hora que quiera; pero ... ¿es que no
merezco yo la suerte de Pedro, Juan, Francisco, etc., que sin otros recursos que su físico y sus
IV
ruegos lkgan al corazón de la mujer? ¿Que no llegan todos? Com·enido. Pero tampoco yo estoy_ en
el caso de dar crédito á paparruchas como la simA las nueve y cuarto de la noche siguiente, los
patía inexplicable, la pasión súbita y otras tonte- salones de casa de la bondadosa Conchita presenrías por el estilo. Xo. El amor puede nacer de- un taban un aspecto rarísimo.
trato inclifcren te, nutrirse al principio de estimaApenas había sitio desocupado, y la multitud
ción 1 aumentar con la frecuencia y la costumbre que los llenaba parecía haberse escapado de una
de v erse y hablarse, y acabar por constituir una casa de locos.
necesidad; todo lo demás es monserga. Pero ¡ya
Caballeros y señoras vestlan los trajes habituase Ye!, es una monserga que estas niñas han lc•ído les, pero el general cubría su cabeza con una antien cirn novelas tontas, la han tragado como ar- gua gorra de cuartel con sus galones y su borla;
tículo de fe, y hoy, si al \'Cr por primera vez á un seguramente la última que había usado cuando
hombre no estornudan ó no sienten un chasquido eran de reglamento. Un poco inclinada sobre la
en el tobillo, dicen: « No m&lt;' he &lt;'namorado. • « Ese oreja, daba al simpático general un aspecto alegre
hombre no puede hacer mi felicidad.•
y emprendedor, como si hubiera conseryado en el
- ¡Pues no, señor! ¡Todo menos eso! - dijo forro las ideas y los ardimientos de otros tiempos.
enérgicamente· un hombre alto y delgado, que cruEl bastidor representaba, como el general haz{¡ por delante de Ramón y se alejó, apaleando con bía anunciado, un cuartel; el soldado que hacía la
el bastón el sc•to de la senda.
·
centinela á la puerta tenía el poncho que llevó la
Era otro que hablaba solo. En el Retiro son l infantería á Marruecos, y estaba rodeado de quinfrecuentes estos encuentros.
ce á veinte señoritas, debajo de las cuales se leía

•

•

esta pregunta en letras gordas: ¿Estd el teniente
- ¡A ver!, ¡mis pistolas!
Carrillo?
- ¡Ay!-gritú el otro viejo con voz de tiple-,
El general fué muy felicitado por este episodio ¡mi bote de ungüento! Que este bárbaro me ya á
histórico.
disparar un tiro á quemarropa... y va á matar á la
Don Fabián había tenido una inspiración de portera.
mal gusto. Comía con su señora, y el bastidor
- ¡Toma el taburete, pelmazo!, ¡y así hayan
plantado á un lado de la mesita representaba una clavado c-n él una aguja!
jaula de espesos barrotes de las que sin·en para la
Al ruido de las carcajadas que prorncaba la
exhibición de fieras.
contienda llegó Conchita, y enterada de lo que
A pesar de que la broma pasaba de la raya, ocurría, mandó traer una sillita baja.
como todo el mundo sabía las continuas disputas
Aun no se consolaba el perdidoso que, lleno
de aquellos cónyuges, que no tenían otro defecto de rencor, dijo á su amigo:
que el de pasarse la vida discutiendo, la ocurren- Al freír será el reir.
cia ~e don Fabián fué también muy celebrada.
- ¿Por qué?
l~l domador llevaba en la cabeza un gorrito de
- Tú te llevas el taburete, pero yo me he
piel y no había podido conseguir que su mujer S&lt;' traído unos perdigones en chocolate ...
encasquetara una magnífica melena de león que
- ¿Y no me darás?-preguntó el otro, ponienhabía adquirido para el caso.
'
do una cara como si oliera las perdicillas.
Elena estaba lindísima con un casco que imi- ¡No! - repuso ferozmente el amigo.
taba la cabeza de una paloma; y el bastidor, que
- ¡Toma el taburete!
•
representaba un palomar, era un cuadrito de Ho- Si no lo quiero.
rado Lengo.
- ¡Toma el taburete, ó te doy con él en lo!.
La brigadiera, defendida con su bastidor, copia sesos!
,
'·
del palacio de Trianón, estaba arrogantísima con
Y esta ,·ez acabó la con tienda á gusto de amsu artístico peinado y su cabeza empolvada.
bos respetables señores.
.
Ramón había pintado la fachada de una Casa
Por todas partes se producían incidentes pade Socorro, á cuya puerta llegaban unos camille- recidos.
ros conduciendo sobre parihuelas un corazón enorUn académico no quería que se les llamara
me chorreando sangre y atravesado por la simbó- comensales, puesto que faltaba la mensn, y decía
lica flecha.
que eran comientes á secas; y un aficionado al
Las muchachas se habían despachado á su
mosto se alarmaba al oir lo de •ÍL secas• y pedía
gusto comentando los defectos de la pintura, que otra palabra. Por fin vinieron á una transacción
estaba muy lejos de parecer un Velázquez.
patriótica, aceptando los tres la denominación de
- ¡Ay, qué pena!, ¡cómo han puesto á ese po- tragantes.
bre animal!
Los bastidores eran objeto de las más severas
- ¿Qué animal? ¡Si es un corazón!
críticas; como quiera que cada cual sabía que el
- ¡Ay!, perdone usted; creí que era un bicho suyo era muy malo, se desquitaba burlándose de
que traían al Matadero.
los demás.
- Señorita, ¡si es la Casa de Socorro!
Pero el que más dió que hablar fué el de Jua- ¡Cuidado que soy torpe!
nito Cansino.
- ¿Y en qué se conoce que esto es una Casa
Xadie sabía lo que aquello representaba: el
de Socorro? - preguntaba otra.
lienzo estaba dividido en dos partes por una línea
- En el farol, en este farol rojo.
ho~izontal; la parte superior pintada de blanco y
- ¡Toma! Por eso no la conocía yo. Si el farol
la 111f~rior de gris sucio. Ni una figura, ni un adorme parecía el morrión del portero.
no, m nada que revelase el mistrrioso asunto.
- Tiene usted razón, porque la cabeza del
- Yo necesito saber lo que es eso - decía
p_ort_ero está toca_ndo al farol; pero por algo soy Antoñita, en cuya cabeza bailaba un tremendo goc1ru1ano; ahora mismo le corto la cabeza al por- rro de plu~as.
tero...
- Adivínelo usted - decía Juanito mirando
- ¡No, por Dios! ¡No queremos verlo!
de soslayo á su novia.
. Y las muchachas huyeron lanzando alegres
Esta no quería mirarle. Sabía lo que significansas.
ba la pintura, y como el papá no autorizaba las
En un gabinete inmediato, dos señores que pa- relaciones, encontraba la broma un tanto atrevida.
saban de los cincuenta disputaban por un tabu- Pues á mí me parece que eso no es el mar.. .
rete que ambos tenían asido, y no estaban lejos (l,,fovimiento de negación de :Juanito) ni el río .. .
de quedarse cada uno con la mitad.
(ldem) ni el campo...
- Te digo que no lo suelto.
- Nada de eso.
- Ni yo tampoco.
- Y ese paraguas, ¿tiene que ver con la pin- Pues nos estaremos así hasta la consuma- tura?
ción de los siglos.
- Tiene que ver.
- Pero, ¡malvado!, ¡si sabes que me tocó en
- ¿Qué es?
suerte!
- ¿No se lo dirá usted á nadie?
- No, señor; ya dije entonces que este tabu- Lo juro por su vida de usted.
rete no se sorteaba.
- ¡No! Por la de mi futuro suegro.
- ¿Y q1:)ién eres tú para decirlo?
- ¡Pobre señor!
- ¿Yo? El padre del taburete.
- Pues lo blanco es una pared y la faja gris
- Lo creo: porque también tienes cuatro es la acera de enfrente, donde me paso la exispatas.
tencia.

�- Me parecerá exquisito.
- Elena lo hizo como lo había dicho, y Ramón
tragó el pedacito de pan.
- ¿Sabe usted lo que esto significa? - le preguntó ella.
- Usted dirá.
- Que hemos partido el pan y la sal y ya no
podemos dejar de ser amigos nunca.
- ¡Elena!
- ¿En tan poco estima usted mi amistad, que
no queda contento?
- Yo estimo la amistad de usted en mucho;
pero quiero más.
- ¿Y quiere usted que le mienta?
Ramón bajó la cabeza y no contestó.
De su doloroso ensimismamiento le sacó la voz
de Elena que le decía:
.
- Amigo llriceño, ¿querrá usted sacarme .í
bailar en cuanto empiece el baile?
Como sucede en estos casos, Elena y Ramón
discutieron, argumentaron, alegaron y no se avinieron. La Lógica es una señora muy pedante y
entonada, y Cupido es un chiquillo muy alegre y
rebelde á toda disciplina.
El ünico silogismo que el Amor admite es el
siguiente:
Premisa mayor: Yo te amo.
Premisa menor: Yo amo á otro.
Co11c/11sión: ¿Quién me compra un lio?
V

•

Antoñita se echó á reir, y la novia de Juanito,
que comprendía sin duda el asunto de la conversación, lanzó á Juanito una mirada fulminante.
La cena fué animadísima: se brindó por Concha, por la brigadiera, hasta por Juanito Cansino,
y se obtu\lieron instantáneas de todos los grupos.
- ¿Se ha fijado usted, Elena, en que estoy de
rodillas á sus pies? - decía Ramón cuando la cena
iba á terminar.
- Va ust~d á cansarse.

- Xo; porque esta es la postura de la adoración y yo no puedo cansarme de adorar á usted.
Elena reflexionó un momento. Ramón se había
puesto muy serio y parecía esperar con ansiedad
una contestación.
- ¿Ve usted este pedacito de pan? - dijo
ella.
- Sí.
- ¿Se lo comerá usted aunque lo espolvoree
con un poquito oe sal:

e

••

Pasaban los días sin que la situación se modificara en lo más mínimo.
La inquietud de Ramón iba en aumento. - «El
día menos pensado - decía - se la presenta un
mequetrefe que le causa á primera vista cierta.i~presión, ella se cree enamorada y entonces m1 situación será horrible. ¡Xo! Xo espero más.&gt;
Como Antoñita estaba en autos y veía que el
médico no imitaba á los demás buscando una víctima entre las señoritas disponibles, le dijo una
noche:
- Usted debe ser un amante modelo, para
sostener relaciones puramente espirituales.
- En efecto; soy tan sensual como el que m.á?.
- No; si digo lo contrario: puramente espmtuales.»
- Pero Antoñita, ¡si estamos diciendo lo mismo! ¿A qué llamamos relaciones puramente espirituales? A las que establecen la vista )' el oído, ¿no
es esto? Pues la \ista y el oído son dos sentidos, y
á todo lo que les pertenece se debe llamar sensual.
- ¡Puf! Eso es un chiste barato.
- No tanto Antoñita. Que se ponga un neJO
á mirarla á usted todo lo tiernamente que quiera
ó á pintar su amor con la elocuencia de Cicerón:
¿á que le da usted calabazas? Donde hay juven~ud
y amor éste es siempre sensual, corporal, material,
grosero, como usted quiera llamarle ..En ocasiones
sale por un cauce ancho y en otras tiene que correr por un alambre estrecho, como la electricidad
y hasta por un filamento, como un cabello al llegar
á la lámpara. ¿Y qué sucede? Que al encontrar ese
cauce estrechísimo la violencia con que pasa por
él lo incendia y nos alumbra. Lo mismo en el amor.

�•
Cuando dos amantes no pueden hacer otra cosa
que mirarse, las miradas forman un arco voltaico
que lo pone todo en claro; no necesitan palabras.
- Pero, en fin, se llama así: «amor espiritual»
- dijo Elena.
- Cl¡i.ro; porque si echamos al espíritu de los
ojos, ¿dónde diablos va á meterse? ¡Como no haya
vino en el estómago!
- ¡Ah, materialistón! - exclamó Antoñita - .
Ya está enseñando la oreja. Bien se ve que está
usted acostumbrado á emplear el hipnotismo y á
convertir en muñecos á los pobres enfermos.
- ¡El hipnotismo! El hipnotismo es el sello de
hostia; la medicina que encierra es la sugestión, y
esa la emplea usted y la empleamos todos,
-¡Yo!
- Pues, ¿qué es la amistad, sino sugestión? ¿Y
el amor? ¿Y el respeto del criado al amo? ¿Y el
prestigio que da la fama? Se aproximan y hablan
dos personas; cada una tiene su opinión; sin embargo, una de ellas cede á la voluntad de la otra.
¿Por qué? Porque la arrastra, la sugestiona como
amiga ó como amante.
- Perdone usted, Briceño - dijo una joven
del coro-; el amante y la amiga se resisten, discuten ...
- Y el hipn'otizado también. Antoñita sería un
sujeto terriblemente razonador y rebelde.
- Es de familia. Como papá es progresista...
- ¿Quién de nosotras es más fácil de dormir?
- preguntó la brigadiera.
- Elena - contestó Ramón.
-¡Yo!
- Usted caería como un pajarito.
- Buena cosa me ha dicho usted. Voy á huir
de usted cielos y tierra.
- ¡Cá! Está usted ya luchando entre el temor
y el deseo.
- ¡Yo! - exclamó Elena-, no lo crea usted.
Y añadió en voz baja al oído de Antoñita -: ¡el demonio del hombre:. ¡Si parece que adivina!
- Debo advertir á usted que los farsantes rodean el hipnotismo de un aparato ridículo completamente innecesario. ¿Ha observado usted que,
para dormir, se nos vuelven los ojos hacia adentro
y arriba? Pues una cosa parecida es nuestro artificio; una postura de los ojos que desvía el curso de
la sangre en el cerebro y produce un sueño que
tiene muy poco de particular.
- Lo agradezco; pero...
- Vendrá usted á pedir que la duerma.
-¡Yo!
- Ahora mismo querría usted estar lejos de
aquí, pero no se siente con fuerzas para marcharse.
Elena se sentía mal, y por disimularlo con~~&amp;

.

- ¿Y por qué he de marcharme? Para que vea
usted que no le temo, voy á sentarme.
- Hace usted muy bien en no temer. Dentro
de pocos momentos la habré dormido á usted y
verá que no le pasa nada.
- Lo veremos - dijo Elena dejándose caer en
una butaca.
- ¡Ya lo creo que lo veremos! ¿Qué decía usted, Antoñita?
Antoñita no decía nada. Recordaba la afirmación de Briceño y recordaba también cómo había

traido el hipnotismo á la conversación, cómo había
envuelto poco á poco;¡á Elena; comprendía, ya tarde, toda la habilidad con que había llegado el médico á aquel punto, y veía, en efecto, á Elena
como un pajarito pronto á sufrir la fascinación de
la serpiente.
La conversación se fraccionó, y Briceño aprovechó el descanso en que le dejaban para mirar á
Elena.
Fué una mirada de paz: ambos se miraban
como se miran y sonríen dos buenos amigos que
no están conformes y han agotado sus argumentos.
Pero en el alma de Ramón había una tremenda
ansiedad en aquel instante. ¡Con cuánto trabajo
había llegado á lo que en mecánica se llama un
disposi#vo! La luz iluminando de lleno el semblante del médico, Elena ya preparada y mirándole sin
desconfianza, las conversaciones fundiéndose en
un charloteo confuso, que era más bien un ruido
aislador; así el fenómeno tendría las apariencias de
un accidente casi fortuito, de.los que no obligan á
pedir permiso á la familia, reunir gente y desplegar una práctica de sacamuelas.
- Si suena siquiera un reloj antes de que la
duerma, todo se ha perdido, po'rque no volveré á
verme en otra - pensó Ramón.
Decíamos que Elena miraba al médico con ojos
y sonrisa de niño travieso, como diciéndole: «¿Ve
usted como no me duermo?&gt;
Ramón también la miraba fijamente; pero su
sonrisa era enigmática. Lo mismo podía significar
«Usted ha ganado», que «Ahora verás lo que te
espera.»
Y cumo había algo de reto en la actitud de la
joven, ésta no quería apartar los ojos porque no
se achacara á miedo, á pesar de que la fijeza de la
mirada iba haciéndose molesta. El amor propio,
origen de tantas caídas, la sostenía en aquella inmovilidad peligrosa.
Hubo un momento en que dudó de si miraba á
Ramón porque quería, ó porque los ojos de él la
sujetaban; sintió la angustia del que, inadvertidamente, ha caído en un lazo, y el miedo la hizo desfallecer, como á esas personas que en sueños se
ven acometidas por un asesino y quieren gritar y
no logran producir sonidos; entonces vió que la
.expresión de Ramón había cambiado y revelaba la
satánica alegría del que dice á su víctima: «¡Ya
es tarde!»; sus ojos se llenaron de agua; su vista
y su inteligencia se nublaron ...
Ramón se incorporó bruscamente, y exfendiendo sus manos, dijo con acento duro é imperioso:
- ¡Duerme!
Elena dobló la cabeza sobre un hombro, cerró los párpados y por sus mejillas resbalaron dos
lágrimas.
Fácil es comprender la sorpresa y el revuelo
producidos entre las muchachas; pero Ramón se
adelantó á las consecuencias, diciendo con autoridad profesional:
- Si hacen ustedes el menor ruido, no respondo de lo que ocurra.
- ¿Se ha dormido?- preguntaron en voz tan
baja como si estuvieran en la iglesia.
- Sí. Sin querer. Un momento en que se ha
quedado mirándome, y yo, distraído, efecto de la
costumbre, he dado la orden.

-- Pero ¿no le pasará. nada?
- Nada, si ustedes callan-. Y dirigiéndose á
Elena, la tranquilizó; le dijo que estaba sumergida
en el sueño hipnótico; que seguramente se encontraba tr.anquila y gustosa (afirmación de Elena);
que la despertaría cuando ella quisiese, y que, entre tanto, no tenía otra comunicación con el mundo que él, á cuya voluntad estaba sujeta.
Elena se estremeció ligeramente al oir esto último, y Ramón continuó:
- ¡Oh, ya verá usted que soy un tirano muy

Ramón practicó así esos juegos iniciales del
hipnotismo y le sugirió la idea que más le interesaba.(
-'- Se encuentra usted perfectamente-dijo-,
y siempre que la hipnotice á usted será para experimentar igual sensación de bienestar ·y de placidez.
- Sí, sí - diJt&gt; neryiosamente Elena, como si
Briceño hubiera esperado aquella respuesta.
- Así es que en cuanto me vea usted otra noche, deseará'usted que vuelva á hipnotizarla (li-

soportable, pero tirano al fin! Por ejemplo: yo no
quiero que levante usted el brazo derecho, y no
puede usted levantarlo. Hará usted los mayores
esfuerzos y no logrará levantar ese brazo. Pruebe
usted.
Elena expresaba una fatiga visible. Se adivinaba que hacía esfuerzos inauditos, pero en vano; el
brazo permanecía inerte.
- No puede usted. Pero ahora le mando yo
que lo levante (Elena levantó et brazo como 11n rmtómata) y que le sea imposible bajarlo (Aquí se repitieron los esfuerzos de antes y ta1t injructzeosos
como aquéllos). Bájelo usted ya.
Cayó el brazo de Elena.

gero 1,wvimientJ de protesta de Elena,
ahogado por la palabra enérgica é imperiosa del hipnotizador). ¡Sí! Deseará usted vivamente que vuelva á
dormirla, y si yo tardo en proponérselo, usted no podrá resistir á su
deseo y vendrá á reclamar de la
Ciencia la desaparición de ese malestar que la curiosidad ha hecho
nacer. Esto lo digo yo, y sucederá.
- Sí; sucederá - articuló Elena
con voz débil.
- Bueno; ahora voy á despertar
á usted. No recordará usted nada de
lo sucedido durante su sueño, y se
encontrará usted en un perfecto esta do de ánimo y contentísima de
haber realizado este experimento.
Frotó un instante con las yemas de los pulgares los párpados de Elena y ésta abrió los ojos.
- ¡Calla! ¡Me he dormido! Mejor dicho, me ha
dormido usted, doctor, ¿verdad?
- Así es.
- ¡Qué alegría siento! No me acuerdo de nada.
¿He soñado alguna tontería?
El asombro de las demás muchachas no estaba
exento de miedo. No hay cosa que entregue tanto
el ánimo como ver dormir hipnóticamente á otro.
Cualquiera de aquellas jóvenes hubiera caído en
plena hipnosis al simple mandato de Briceño.
Pero no entraba en los p lanes del médico que
Elena se convirtiera en espectadora. Toda aquella_

r

•

•

�,

S&lt;'SÍÓn de hipnotismo había durado cinco minutos;
Xadie, sin embargo, St' asustaba por semejante
había salido bien, no había llamado la atención de velocidad. Elena era una beldad en extr.!mo codinadie y había senido para infundir la idea de la ciable, de esas cuya posesión legítima parece un
repetici6n.
monopolio y un abuso, algo así como un latifundio
Briceño se apresuró á salir del gabinetito don- de belleza, cuya propiedad hubiera debido fracciode se había verificado la iniciación. ) á poco fué narse. Esta era, al menos, la opinión pecaminosa
alcanzado en C'l salón por Antoñita.
de los que forman calle á la puerta ele los teatros
- Ahora ya no lo dudo; le t1uerrá á usted en cuando sale la gente. Pero aquellos mismos inúticuanto usted se lo mande...
les que invocaban la propiedad colectiva, faltos de
- V sin mandárselo.
cualidades para ser due1'ws absolutos, se drscu- Y hasta se tirará por un balcón, si usted se brían respetuosamente al paso de la fC'liz pareja,
lo dice. ¡Pobre Elena!
y era su saludo el homenaje que- nunca se regatea
- ¡!'obre! ¿Tan mal cree usted que le va á ir á la virtud indiscutible.
con mi cariño?
Los amigos de él sabían que se había enamo- Sí, sí; me da miedo. Es mucho atar un alma. rado locamente de Elena y que, contra su costumSería preferible hasta que le engañaran á uno.
bre de pensar mucho las cosas, se había casado en
- ¡Pero .\ntoñita! Todo esto no es más que un seguida; de donde inferían que no era un amur
ahorro de tiempo.
pasajero el que se había posesionado de su es- Y á usted, ¿quién le hipnotiza? ¿Quién res- píritu.
ponde de que usted querrá á Elena como ella le
Y en realidad no era falta de amor lo qur hava á querer á usted?
bía reducido á ruinas la dicha de aquel matri- Yo estoy profundamente enamorado de monio.
Elena.
Ruinas, sí; la luna de miel había sido para ellos
- ¡Ojalá! Pero lo dudo; no hubiera usted teni- muy corta.
do la habilidad y la sangre fría que ha demosAl año de matrimonio no habían tenido sucetrado.
sión, y sabido es que, faltos de este elemento aglu- Eso no; cada cual ama á su manera.
tinante de la familia, los matrimonios no son una
- ¡Hum! - Y haciéndole la señal de la cruz se combinaci6n, son una mezcla.
apartó del médico.
Oigamos á la misma Elena contar á la señora
de Andilla y á ..\ntoñita, que habían ido á visitarla, el relato de sus penas.
VI
- l\Iire usted, Concha, esto no hay quien lo
entienda. Yo no puedo dudar de que Ramón me
Una nuch(· calurosa, apoyados Ramón y Elena quiere; yo le quiero con toda mi alma; no tenemos
en el alféizar de una ventana, y dormida ella por un sí ni un no; yo sé que Ramón me es fiel. .. y,
la tiránica n1luntad de su nue\·o señor, éste, exas- sin embargo, él es desgraciado ) yo no puedo ser
perado por la resistencia pasiva de Elena, siempre feliz.
obediente, pero no enamorada, puso fin á un dis- \TerdadC'ramen te es una charada lo que está
creteo que se hacía muy largo sin llegar á un usted '1iciendo, Elena; pero créame usted, yo tenacuerdo, con cstas frases:
go alguna experiC'ncia de estas cosas: todas esas
- Hay que quererme, hay que desearme, hay niñerías acaban t'n cuanto \'iene el primer hijo.
que identificarse conmigo, alegrarse ó c-ntristecer- Xo, no - contestó Elena mordiéndose los
se con mis alegrías ó mis tristezas. ¡Hay que amar- labios y saltándosele las lágrimas-; nosotros no
me! - terminó con ruda energía, dand,&gt; con el ta- seremos felices nunca.
cón en el suelo y clavando sus ojos en la hipnoti- Pero, niña, ¿qué fundamento tiene ese diszada como dos garfios de abordaje.
disgusto?
¿Qué pasó entonces en el alma de Elena? Su
- Xo puedo adivinarlo; indudablemente yo no
rostro se tiñó de carmín, moviéronse sus labios sin sirvo para casada, por bruta, por incapaz. La verpronunciar palabra alguna, y sus manos se junta- dad es que siempre he sido muy pava, y ahora me
ron sobre el pecho. La hermosísima cabeza se al- atasco donde otra más lista resolvería la cuestión
zaba ansiosan1C'nte hacia Briceño como buscando en dos manotadas.
su norte.
- Una en cada carrillo de él - interrumpió
.-\1 choque poderoso d&lt;' la férrea \·oluntad de
.\ntoñita.
él parecía haberse roto el delicado fanal que guar• - Yo no digo tanto - objetó la ele Andilla -;
dara el amor ele ella, esparciendo por todo su sér pero ¡\·aya!, que cuesta trabajo \·erla á usted sufrir
la inquietante y rmbriagadora esencia que nos sin motivo. ¡Una chica tan guapa, tan virtuosa, tan
arroja en brazos del sér querido, con la incontras- enamorada de su marido! ¿Qué más puede pedir?...
table fuerza de una reacción química, que termina
- La primera V&lt;'z que le hable - dijo Antorn la formación de un cuerpo nuc\·o.
ñita - va á tener que oirme.
Desde aquella noche venturosa tocio había ido
- i Xu, por Dios! - dijo tlena -; comprená las mil mara\illas y á paso de carga: declaración
dería que yo había hablado dr ello y sería peor.
oficial, petición de mano, preparativos, formalida- Pero usted le ha preguntado...
des y boda.
- Sí, señora; lo único que me dice es que yo
En tres meses, Ramón había llegado á la meta no debo mortificarme, porque la culpa es suya.
de sus deseos, siendo el ingeniero de s'u. propia Nada, que había soñado con una Elena y ha envida, determinando previamente el trazado de la contrado otra muy distinta.
línea férrea de su dicha y lanzándose por ella en
- Vamos, no digas tonterías, hija. Si yo me
un expreso loco.
casara y me saliera luego el gaznápiro de mi ma-

•

(

•

(

,.

•

rido con que se había equivocado, la emprendería
con él á bofetadas hasta que nos llevaran á la dt·lega, como dicen los chulos.
.
Poco más hablaron las tres muJeres hasta la
llegada de Ramón, que venía de visitar sus enfermos.
Ramón se mostró jovial; parecía el hombre más
ctichoso de la tierra, y la conversación fué desd_e
aquel momento un tejido de hipocresías y mentiras impuestas por el decoro.
.
Antoñita se contentaba con abnr de vez en
cuando unos ojos como platos, al oir ciertas cosas
y recordar la procesión que andab~ por dentro.
Por último se marcharon las v1s1tantes, y Ramón quiso aprovechar el ficticio ?uen humor de
que había hecho gala, para sugestionarse y sostenerlo de veras.
Iba á proponer á Elena ir por la noche al teatro, cuando ella, que adivinó su pC'nsamiento, se
adelantó y dijo:
- Ramón, ¿te parece que \·ayamos al teatro
esta noche?
Una nube de plomo que le cayera encima no
le hubiera puesto más desesperado. Con acento de
infinita amargura, exclamó:
.
- Muy bien; ¿por qué no á la Comedia?
- Es precisamente el teatro en que estaba
¡1ensando.
Ramón lanzó un rugido y salió á escape de la
habitación.

VII
Algunas noches después Ramón se s_entó ante
sus disrípulos para darles la clase gratuita de enfermedades nerdosas, que le ocupaba los martes,
jueves y sábados.
.
.
La habitación era la últtma de la casa, próxima
á una escalera de sen·icio, por la ·que subían los
&lt;'Studiantes.
.\ntes de que Ramón se pr&lt;'scntara, los estudiantes habían puesto un papelito sobre la mesa,
como acostumbraban siempre que le pedían algo.
Ramón tomó el papelito, lo leyó, ) tu\O que
hacer un esfuerzo para disimular su emoción. El
papelito decía: «Se suplica al scño~ proresor qur
nos diga algo acerca del amory el hipnotismo.•
Fué para Briceño una p~ñalada. .
Largo rato pasó, coor~mando sin dud_a sus
ideas, cosa que los estuchan tes . no extra,na_ron,
puesto que le obligaban á impro~1,sar. Por ultimo,
haciendo un ademán de resoluc1on, c-mpezó con
voz no muy segura:
- Señores: no me sorprende la petición de ustedes; por el contrario, me la explico_ y aun la celebro. Es w1a desgracia que muchos ltbros d_e te?&lt;to estfo escritos, no por los que hacen _la ciencia,
investigando y encontrando verdades, smo por especuladores que llevan minuciosa cuenta de lo que
trabajan otros, y se enriquecen con ello. .
.
Estos ruquitos, estos majaderos, estos 1mbéc1-

�•

•

•

les ( ~o_rpresa de los alumnos, acostumbrados á una
exquiszt~ correc~ión de lenguaje en las explicaciones
de Ramon) sacrifican y ocultan la verdad siempre
qu~ choca, á juicio de ellos, con el pudor ó con la
sen~·lad¡ esa seriedad del asno, incompatible con
la ~1enc1a, corno si un libro de ciencia fuese una
~ev~sta de moda~ que hubieran de hojear las sen_ontas, ó C?~º s1 no fuera asunto serio el que encierra la felicidad de toda la vida.
&lt;;oged un li?ro d_e Anatomía y veréis con qué
sob_nedad de~cnbe ciertas cosas; hojead una Fisiol?gia Y ve~é1s que pasa como sobre ascuas por
c1~rtos ~ap1tulos; y en cuanto al amor, al impulso
pn1;11ord1al de la humanidad, á la llave de la Pato!o~ia humana en su_s nueve décimas partes, esos
1d1ot_as autore~ de libros lo dejan en el tintero, y
sonnen des~enosamente ante esa nüierla; como si
ellos no hubiesen andado en su tiempo con la ¡¡:ui1

tarra al hmnbro, y como si hubiesen dejado más
tarde la ~area de perpetuar su nombre al cuidado
de lo~ cnados de la casa. (Tremenda explosión de
carca;adasy aplausos de los estudiantes),
¡De cuántas desgracias son responsables estos
explotadores de las ideas ajenas!
Veng~mos_ al asu_nto. En el amor hay dos clases de hipnotismo, o por mejor decir, dos clases
de sugestión; pues, como ustedes saben, aquél no
es más que e~ procedimiento para producir ésta.
Hay la sugestión suave, lenta y sana, que emplea
para hac~rse a~~r tod? el mundo, y hay también
la sugestión rap1da, v10lenta, agresiva, ¡criminal!,
que se logra con los procedimientos hipnóticos,
. To~ios ustedes conocen el fenómeno: entre un
h1pnotlzador y _una hipnotizada, á poco que el prime'.o se empene, es asunto de media docena de
l!~s1ones que la mujer se enamore del hombre que

e

•

ha secuestrado su albedrío. Este procedimiento
es una puñalada para la mujer y un veneno mortal para el hombre. (Ramón pasa su mauo por la
cara con violencia, como si quisiese aplanarla borrando las Jaccionts; despttés, mds tranquilo, continúa):
Tratemos del primer procedimiento.
El hombre se encuentra en presencia de la
m'Jjer á quien ama y, al declararle su pasión, lo
hace con la misma zozobra que el jugador que
arriesgara su último dinero y tuviera que pegarse
un tiro en caso de pérdida. No sabe si saldrá su
carta ó la contraria. Más aún: no ha hecho nada
para lograr que sea la suya la que salga. Todo lo fía
á la suerte, lo cual sería imperdonable pudiendo
ser él y no la suerte quien decidiese; pero más
imperdonable todavía no siendo él ni la suerte,
sino un cerebro femenino que se da á conocer sin
esfuerzo, al que quiere estudiarle y que, sorprendido y halagado por las circunstancias que prefiere, otorga en seguida el •sí• que se desea.
¿Qué circunstancias, qué condiciones personales son estas? El trato con la mujer lo revela pronto; el asunto es, como en las cajas de caudales,
formar una palabra con la cual cerró la Naturaleza el corazón de la mujer; «inteligencia•, « fuerza», belleza•, elegancia• , «melancolía,.,•, y una
vez hallada la palabra, el corazón se abrirá, mostrando su riqueza amorosa. (Pausa). De cada diez
veces, en nueve formen ustedes, desde luego, la
palabra «fuerza• (Risas de los nl111nnos). Entre las
más delicadas y porcelanescas beldades de un salón es objeto de muchos mimos el poeta; pero á la
hora de bailar le quita la pareja el sportman.
De cualquier modo: ya sea haciendo alardes
de matón, ya de hombre económico, bien de místico, bien de bohemio, tal vez de melancólico, tal
otra hablando mal de las patatas fritas, hay que ir
al asalto del corazón de la mujer, después de haber estudiado los caminos que á él conducen.
Si, como es probable, entráis en la fortaleza,
tened mucho cuidado con la sugestión, Tan peligroso es abandonar el poder hipnótico que nos da
nuestra condición de hombres, como abusar de la
imposición hasta matar el menor asomo de independencia, Precisamente el encanto de la vida
conyugal se cifra en ganar una tras otra esas batallas minúsculas que ofrece el trato íntimo; y es
mayor todavía si tenemos la suerte de perder alguna de vez en cuando, porque así animamos al
contrario, peleamos con más ahinco y es más gustosa la victoria siguiente. Es la lucha del maestro
de armas y su discípulo,
Bien entendido que hablamos siempre de mujeres medianamente educadas, por lo menos; no
de esa clase de bestias irreductibles que, para mover la maldita lengua, se ponen detrás del Código
y no hay manera de taparles la boca si no es yendo á la cárcel, como se ve frecuentemente en las
clases populares.
Pero con mujeres que merezcan el nombre de
tales, la sugestión bien administrada es un encanto
eterno ... Sin duda Ramón iba á continuar los elogios de
la armonía conyugal; pero se detuvo, se ensombreció su rostro, frunció el entrecejo, y al cabo
rompió, como quien suelta de los hombros un peso
abrumador:

e En cambio, señores, no hay nada tan horrible
como el amor logrado por la violencia, por la coacción del procedimiento hipnótico corriente. Para
que haya armonía, se necesitan dos ó más notas
distintas; el do y el ,ni y el sol armonizan en el
acorde de tónica; pero, ¿se puede llamar armonía
á la suma del do y el mismo do? ¿Es posible que
suene bien un piano si, teniendo pisado el do, pisáis también el mi y éste suena también como do?
La vida, señores, es un perpetuo roce con el
mundo exterior; el músculo necesita, para vivir y
fortalecerse, pesos que levantar y resistencias que
vencer; si éstos faltaran, el músculo se atrofiaría;
el tubo digestivo lucha á sus horas para separar
lo útil de lo inútil, y transformar convenientemente lo primero; dadle sustancia alimenticia prepa. rada ya de tal suerte que nuestros jugos nada tengan que hacer en ella y pueda pasar en el acto á
la sangre,y desorganizaréis el tubo digestivo y mataréis al paciente; el aparato respiratorio necesita
eliminar el ázoe y absorber el oxígeno; dadle oxígeno puro y abrasaréis los pulmones y acabaréis
co¡¡ la vida; en una palabra: nuestro cuerpo vive
luchando y venciendo resistencias, y tan mortal
sería para él suprimir la resistencia, la lucha que
ésta provoca y el esfuerzo que ello exige, como la
falta de vigor para obtener esas victorias de cada
momento y sucumbir'arrollado por el obstáculo.
Y si esto sucede con órganos y sistemas de
condición secundaria, ¿qué no sucederá con el cerebro, el primero, el más delicado, el más noble
de todos y, por lo mismo, el más sociable, el más
necesitado de ese ejercicio vivificante que se llama
controversia?
Es necesario á la vida del cerebro el choque
con la opinión ajena.
.
Solamente los brutos creen tener razón en
todo,
No puede vivir el cerebro sin reducir contradicciones, sin dar y tomar ideas, sin comercio intermental: el aislamiento lleva directamente á la
locura.
Dad un paseo por el campo y acabaréis hablando solos.
Porque, notadlo bien: la contemplación de la
Naturaleza despierta en nosotros multitud de
ideas, pero estas llegan á ser en tal número y se
mueven tan desordenadamente, que el pensamiento gira como un torbellino sin producir cosa
alguna de provecho y se pierde en un laberinto de
incongruencias;si entonces se abren vuestros labios
para lanzar alguna frase, veréis que la palabra, colgada como una señora gorda del brazo del pensamiento, le contiene, suprime los torbellinos vertiginosos y le encamina paso á paso hacia un objeto
determinado. Con ayuda de las palabras, el hombre extiende la doctrina, articula sus principios,
construye el sistema y determina una tras otra las
aplicaciones, (Aplattsos, en seguida contenidos para
no perder la continuación). Y es que la palabra no
sólo es un elemento regulador de la actividad del
cerebro, sino también su excitante más poderoso;
es que la idea que sale formulada en palabras por
la boca vuelve á entrar en el cerebro por el oído
y, como si fuera opinión ajena, estimula nuestro
pensamiento invitándole á la contradicción, á la
rectificación, á la depuración de la propia idea. El
que habla solo, discute con su propia voz; el que

�•

)9

mesa, afianzando la mano izquierda al ~orde y señalando con el índice de la d~re~ha, gntó:
«Pues esa, ¡esa es la obra mlame de la sug_estión hipnótica! Envuelve el cerebro de la mujer,
,aprieta las ligaduras, descoyunta y rompe los resortes del pensamiento, destruye toda fuerza de
Jnde¡iendencia y lo arrastra. e? _p~s del n_uestro,
matando su personalidad, su 1111ciativa, su h~ertad
y su gracia; y dejando el n~estro c_omo musculo
·sin pesos, como estómago sm trabajo, _como pulmón quemado por el exíg~n?, como piltrafa 1~erviosa impropia para la felicidad y para la vida.
JSííííí! ... •
Con la cara al ras del tablero de la mesa, Ramón babeaba las palabras:
.
«Es indudable - contmuó sm abandonar tan
-extraña postura, - es indudable que así como
Dios hizo al hombre libre para quererle ó para
.odiarle pudo sujetar su corazón, pudo negarle ese
.albedrí~ y que todas las criaturas hubiesen ama.~o
y amase~ eternamente f la divinidad.:. Pero Dios
no lo quiso porque sa~1a lo que los miserables humanos tan amigos de imponer amores y resp~tos
por la 'ruerza, ignorarán todavía por muchos anos:

Dios sabía que el amor, si no es espontáneo, no
satisface.•
,
Dos estudiantes se habían abalanzado a él y
procuraban incorporarle.
. .
En esto se oyó tras de la puerta v1dnera el
ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo. ,
Ramón se puso en pie, levantando con él a los
que le sujetaban. Estaba terri_ble, de,scomp~esto.
_ ¡Ah!-gritaba :--,¡cuán -~1en dec1'.'-el emmente fisiólogo inglés miss Antomta, sobrina, de Carlos Rubio: c¡Es mucho atar un alma! ¡Sena preferible hasta que le engañaran á uno!•_
.
Abrióse la puerta vidriera y saltó una cnada
llena de susto.
- ¡Señorito!. . .
.,
Ramón levantó el tintero para arroiarselo á la
cabeza.
· - ¡Fuera de aquí! ¡Todo e~tá roto!. ·.._
Y cayó desplomado en el sillón, respnando fas
tigosarnente.
.
- ¡Está loco!-decían en voz baja los alumnos.
Unos le rodeaban, otros ayudaron á la criada
á. levantar á Elena, que había caído desmayada en
el pasillo.

.ll3 F ~brero 1&lt;yJ7.

escribe, contiende con su propia letra, y en uno y
otro caso, al decir «discute• y «contiende», quiero significar que contradice y purifica la verdad
perseguida en aquel momento. Así como el diamante sólo se talla con polvo de diamante, las palabras son también las partículas con que se labran las facetas del pensamiento, . (Los estudiantes rompen en una ovación delirante y prolongada.
Un estudiantón que está en primera fila, coge la
mano del profesor y le contempla embobado y sonriente).
Cuando Ramón consiguió calmar con sus ademanes el frenesí de sus discípulos, había desaparecido de su semblante la animación producida
por el entusiasmo científico. Sólo quedaba en él
la excitación oratoria, pero apuntada, sin duda, á
la zona negra del asunto, á la que venía bordeando sin afrontarla, por temor á poner el dedo en la
llaga propia. Ya era irremediable; había que enlazar aquella fisiología cerebral con el amor y
el hipnotismo, que era lo que aguardaban los
alumnos.
« Hemos dicho antes que la palabra que hablamos ó que escribimos excita nuestro cerebro
como si fuera ajena, como si no reconociéramos
nuestra voz ó nuestra escritura y discutiéramos
con otra persona. Y es que el mayor placer y el
más fecundo del cerebro es ese: la comunicación
con otro cerebro, el choque de ideas, la discusión,
el ejercicio que conserva la salud del órgano.
Y como también hemos dicho antes, la nota
producida por el otro cerebro ha de ser distinta
de la que el nuestro produce: si nosotros damos el
do, la mujer debe dar el mi ó cualquiera otra de
las notas que con el do armonizan, que son todas·

menos el si, ¡cosa curiosa! La nota característica
del que en música se llama acorde de sétima dominante, y fuera de la música significa que no hay
marido que transija con ese acorde de la señora.
Ahora bien; ¿qué armonía, qué trato, qué vida
es posible cuando el cerebro de la mujer no da
una nota distinta, sino exactamente la misma que
nosotros y de una manera insistente, monótona,
infalible, que taladra el oído, perfora el cráneo y
desgarra como un proyectil nuestro cerebro?,
Al decir estas palabras, Ramón · había ido poniéndose en pie, y cogiendo un libro que tenía sobre la mesa, lo arrojó de plano contra ella á la conclusión del párrafo.
Entre los alumnos se produjo un silencio en
que se mezclaban la sorpresa y el temor. No sabían lo que le pasaba á don Ramón, pero era indudable que le pasaba algo.
Ramón, como asustado del ruido y corno avergonzado de aquella violencia, continuó:
« Ko; no hay trato ni vida posible cuando el
cerebro de la mujer es como un pedazo de nuestro
propio cerebro, cuando la idea que ha de salir al
paso de la nuestra es la misma idea que ha brotado en nuestra mente, cuando hasta las palabras
con que íbamos á formularla (Estrujando el papel
que habían escrito los alumnos) salen por la boca de
la mujer en vez de salir por nuestra boca. •
Las manos de Ramón temblaban. Su voz pasaba repentinamente d e ronca á chillona. La mayor
parte de los alumnos estaban sobrecogidos; algunos, alarmados y llenos de zozobra, habían visto
moverse los visillos de la puerta que daba paso al
interior de la casa.
De pronto Ramón, echando el cuerpo sobre la

•
FIN

¡ ti
literario -,, No se devuelven los orlglneles.
Reservados to-fas
los derechos
de p~~,z;~~I
i"m;r::1a de Jos~ Blass Y Cia., San /\'\ateo 1, l'\adrld.
Fotograbados
de Durá
y Compañia.
-

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\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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