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El [11ento Semanal )

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ILUSTRACIONES

DE

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LOZANO

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�El tuBnto&amp;Bmanal
Se publica los viernes

911c1nas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Kipsco de .. El

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1

/v\adrid

tuBnto SEmanal"

Alcalá 31 (acera de Apolo)

Se admiten suscripciones y anuncios. Se
venden números atrasados y colecciones.
Cuantos deseen comunicar con esta Revista, pueden dirigirse á nuestro Kiosco.

ADVERTENCIA
A todos los suscriptores de ,.EL CUENTO SE-

MANAL" en Madrid .que deseen recibir el ptr16dico
ea provincias durante los meses de Julio, Agosto y Sep11embre, se les enviará sin aumento de precio si remiten á L1 Admlnistracl6n de este peri6dlco las señas de
la nueva dirección y el importe anticipado por el tiempo
de su ausencia.

=
Libros y Revistas
Hbtorlu perveraaa, por Ramón del Valle-Inclán. Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En este libro resplandecen aquellas exquisiteces de for111&amp; y de pensamiento á que el autor de J:,p1ta/omio nos tiene
acostumbrados: la vivacidad en las descripciones, b riquea elegante del léxico, la sobriedad é impecable tersura del
estilo y la belleza de las figuras, refinadas y caballerescas.
1.a verdadera redención, por Rafael: Ruiz López wa Editorial Maucc;i. Barcelona.
Los rasgos culminantes de esta novela, una de las que
meJor definen la personalidad de Rafael Ruiz L6pez, son la
ternura y la pasión. Diríase que dentro del alma artista del
antor conviven un hombre y un niño.
1.a cueva de lo• buboo, por Luis Liípez- Ballesteros. Sáenz de Jubcra, Hermanos. l\ladrid.
Forman este volumen, además de la novela cuyo titulo
:figura en la portada del libro, otras novclitas y cuentos rnuy
notables, tales como El uimm d.: don l,1Qa11cio, 7eójil", J:.l
rn11niÍI&gt; dt las almas, etc.
López-Ballesteros es un novclador original, pintoresco
y robusto, cuyo verbo libre y caliente i11nora esa fría ecuanimidad empachosa de los estilistas. Creo que no debe
dolerse de que ello sea como digo. Las pasiones, esas grandes corrientes del alma que, cuando se desbordan, de todo
triunfan, ~iempre son íncorrectas.
Los aficionados á L'\ literatura deben desear que Luis
López- Ballesteros, que hace años descolló en la novela
con Ludia extra,i11, y en el teatro, con l.a butt1tr11t11t11ra,
no olvide el «jardín s:igrado» dd libro.

. Cantes gitano,, pnr El f/acl,11/er A,,tada. - Imprenta
Moderna. Logroño1

AÑO 1- 28 - JUNIO
1907 - N.º 26
--Precios de suscripción:
l'\odrld y provincias: Trimestre 3.25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convenclonales.

Número suelto:

3Q CéntiffiOS

Componen este libro algunos centenares de solearu,
uguiriyas gitanas y se-rr,mns, que rdlcjan fielmente el esplritu ,·ehemenle y dol9rido de nue5tro pueblo.
81 Clnemató~raln llu"trado. - Con este título, y bajo
la dirección de nuestro dlStinguido compañero en la Prensa D. Ramón '.\lendoza, ha comenzado á publicarse en Madrid una revista decenal.
Deseamos al colega muchas prosperidades.
Azul ... , por Rob~n D11rio.-F. Granada y C.", Edi•
tores. Barcelona.
De este libro, publicado diecinueve años' ha, dccin don
Juan Valern .
• • • &lt; Desde luego, se coí\oce que el autor es mny Joven:
que no puede tener mh de veinticinco aiios, pero que los
ha aprovechado marnvillosamente. l la aprendido muchlsimo, y en 10,lo lo que sabe y expresa muestra singular
talento artístico ó po¡\tico. Sabe con amor la anti~ua literatura gnega; sabe de todo lo moderno europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano ..• »

La preexcelenle labor que despuh ha realizado Rubén
Darlo, justifican plensmente estas palabras, casi proféticas
entonces, del maestro inolvidable.
Cuadros de miseria. Copiados del natural por José
Nakens. - Imprenta de Domingo Blanco. Madrid.
Resplandecen en esta obra aquel estilo robusto lleno
de concisa virilidad, aquella voluntad espartana, aquella
honradez sin tacha y aquella inamovible firmeza de criterio, que han granjeado á Nakens, juntamente con la admiración ferviente de sus partidarios, la simpatía y el respeto
de sus enemigos.
00CO

f.

•

SERRANO DE LA FEDROSA

occ:

i FO R JV\ALASI

La Semana Teatral
A polo. - Con un «lleno» enorme celebró, hace ~ocas
noches, su beneficio el popularlsimo actor Emilio Carre•
ras. Nosotros queremos mucho á Carreras; es quizás el
hombre á quien debemos más horas de risa.
Se estrenaron dos obras; El príndpe fi."uroki, que valió
á su autor, Sr. Gilli, muchos aplausos; y ÍA suer/t /qca, ori~inal de Amicbcs y (.;arcía Alvarez, menos afortunados en
esta ocasión que otras veces.
El público, no obstante, celebró mucho una especie de
tan~o donde la bellí~ima Rosario Soler luce y derrocha
á dntaros la picante ssl de su escultura.

Gran Teatro. - Sin las preciosas decoraciones de Mar1inez Gari, la dirección magistral do Enrique Chicote y los
prodigios de travesura y de ~racia de l.oreto Prado, es
e'&lt;'idente que Ln anloreha tÚ lfimmto habría fracasado rui•
dos amente.
La obra es del corle de ¡Al _,1gt111 patos/ y de 5.m 7ua1t
,ú Lus, pero bastante menos chm&lt;&gt;sa q ae nqoéllas.
l)islinguiéronsc en la interpretación las Sras. Franco y
Blanc, y los Sres. Ripoll, Soler y Llaneza.
Circo de Parlsb. -- llan ,ltbutndo en el hermoso Cin:o
de la Plaz:i. del Rey la Srta. Rosa de 1'"rance, bajo cuya
dirección un puñado de perros a rnacstrados realizan sorprendentes ejercicios, y Los Cltimmlas. dos cantantes de
gran originalidad.
&lt; Todo Madrid» pasará por el Circo de Parish.

L

A _s~ñora

d~. Andilla era una jamona g uapa;
sus &lt;lo~ h1Jas eran muy bonitas; la sobrina
de Mermo, u~ia ~mchacha muy hermosa· las
&lt;l?s _hermana_s ele_ (,uttérrez Baliza, monísima~; la
\ !u~a del bng~d1er (n~intinueye años), una prec10~1&lt;l_ad; _las chicas de don Ele uterio, dos buenas
mozas .. ; ' era, &lt;:~fin, una tertulia de hellc-zas.
Ilab1a t~mb1en una _fea, Antoñita; tal vez e l
acaso la hab~a llevado alh para que siry iera de unidad de medida a l apreciar la excelencia ele las demás; e ra co~o l_a figurita humana q ue pone el pintor en un pa1saJe de monta11as para dar idea de la
gran_cleza de las cumbres. Pero hasta esta fea tenía
gracia y no poco partido entre los much·tchos
Y había, por último, en &lt;·ste musco d~ muJ~res
guap.~s, algo que con?!laba á Antoñita, y este algo
~ra ~.len.~, la hermos1s1ma, la arrebatadora Elena,
I,~ marav~lla, el asombro, la perfección; la que e n la
c&lt;1lle hacia ,·oh·er la cabeza 110 sMo á lus hombres,

~i.no á las mismas mujeres; la que en el paisaje h11fl 1era e~taclo representada por la blanca nube que
o ta_á mmcnsa altura sobre las cumbres más soberbias.
. Sin la. presencia de Elena, Antoñita hubiera
sido senc1llamente la fea de la reunión. ahora
Elena
•
b a uno ele los extremos
·
'y ',\nto-'
_.
re pnsenta
mta
extremo or~uesto; e n medio quedaba e l
monton de las mediocres.
Así les ~lc~í.t ella cuando i enía á pelo:
-:- .\qm, !:.lena es la primrra tiple, yo httiple
cómica y ustedes el coro.
. Algunas corútas hubieran preferido que las hubiese llamarlo feas.
'
. .
na· De bu_&lt;:na gana_ hubieran querido odiará Ele'. P:rn, e&lt; {¡~1!&gt; odiar á un soberano que trae dinei o a _la nac1011 y a_demás renuncia á su sueldo?
A~~uell.i ~crmosur~. incomparable a traía á los mue '.1ch1'.~ a la rcun~on de la señora de Andilia, ,
los atr.i1a · con drsmtcrés, sin entablar relacione~
amorosas con ninguno.

:1

�De die1., nueve
El amigo que lo presentaba lo había anunciase resoh-ían inme- do en estos términos:
diatamente á dar
- Un perfecto caballero, una verdadera notacelos á Elena con bilidad en la ciencia médica, un hombre muy listo
alguna de las otras y un excelente partido para la muchacha más exichicas; y como Ele- gente.
na continuaba en
Y la amable Conchita, que llevaba la bondad
su indiferencia y hasta el punto de poner su amor propio en el núlas amigas favore- mero de matrimonios que salían de su tertulia,
cidas eran bonitas, repitió aquellas palabras la víspera de la presenlos despechados tación entre las chicas que aun estaban vacantes.
acababan por afiTodas las miradas se volvieron hacia Elena.
cionarse m u y en
- ¿Te rendirás ahora, Gibraltar? - le pregunserio á las que ha- tó Antoñita.
bían querido uti- ¡Ah! Pero ese caballero, ¿viene metido en
lizar como instru- un sobre en que se lee mi nombre?
mento de ven- Es la costumbre - replicó Antoñita con
ganza. Dicho se acento de cómica resignación.
está que, sabedo- Pues bien; si no es tuerto, ni cojo, ni enano,
ras e 11 as del pa- ni habla gangoso, ni es cabezota con el pelo rizapel de víctima que do, y si vosotras me lo cedéis y él no lo lleva á
sus novios preten- mal. ..
dían asignarles, en
La dueña de la casa intervino en la discusión.
cuanto lograban
- La verdad es que Elena se defiende mucho.
encalabrinarlos
- Doña Concha, eso quiere decir que me dey coger ellas lo alto de la cuesta, les hacían rodar fiendo demasiado.
de lo lindo y los trataban á zapatazo limpio. Hacían
- No, hija mía, hace usted muy bien; el matrimonio es una cosa muy seria. Pero, en fin, como
Jlerfectísimamcn te.
Ejemplo, el pobre Juanito Cansino. Al ir por usted no ha tenido desengaños...
la mañana al :\Iinisterio, había de dar unos paseos
- No tengo motivo para tanta cautela, ¿verpor enfrente de la casa de su novia, hasta que ésta dad?
- Parece poi· lo menos que ...
levantase un visillo y le saludara con la manita;
-desde el Ministerio, telefonazo entre once y doce,
- Y hasta se puede creer que estoy tan ory en seguida á escribir la carta que, al terminar gullosa de mi persona, que no encuentro quien la
Jas horas de oficina, llevaba un ordenanza; por la merezca.
- No, eso no - dijeron á un tiempo muchas
tarde, paseos por la acera de enfrente hasta que
voces; y Antoñita prosiguió:
fa doncella bajaba con la consigna; á escape, en
.seguida á la cuadra para alquilar un caballo, ó al
- Todas sabemos que eres tan modesta como
teatro para tomar una localidad, según el empleo guapa, y por lo mismo es necesaria una explicaque la niña diera á la tarde, ó bien á meterse en ción; hay que dar una explicación; pedimos una
el portal de enfrente si llovía, esperando las aso- explicación. (Así habla mi padre en el Congreso).
madas de la novia tras de los cristales con reca- Sí, sí; que se explique-exclamó el coro.
&lt;litos y tarjetas 1·espaldadas,intercaladas en el tex- Pero, niñas, eso es escudriñarme. No me ha
to; y llegada la noche, á comer con embudo y á solicitado nadie.
- ¡Quiá!
vestirse de prisa para no quedarse sin localidad ó
- Yo misma no sé por qué...
para acudir á casa de Concha, que así se llamaba
- ¡Quiá!
la de Andilla.
Hubo un silencio apremiante.
Más descansados estarían, seguramente, los
- Bueno-dijo Ell'na-;¿me dan ustedes per.sitiados de Puerto-Arturo; pero así son los noviajes en nuestra tierra. Si los futuros cónyuges son miso para que me ponga colorada?
- Concedido.
ricos, el noviaje así entendido constituye uHi'l '- :- Ahora que tengo el permiso, me parece más
&lt;:ciente preparación para lo que ha de ser única
ocupación del marido: esto es, prevenir y realizar difícil decirlo.
los gustos de su mujer; y hasta se puede afirmar
- ¿Es un secreto?
- No; es una preocupación, una manía. Suque la luna de miel durará diez ó doce días.
Si los novios no son ricos y el marido ha de pongamos que... en fin, cuando yo era niña leí un
trabajar y conquistar un puesto en el mundo, esta cuento en el cual se trataba de dos hermanas, una
manera de amar á la española, que suspende todo muy hermosa y otra muy fea; las dos estaban catrabajo social del hombre á la edad en que debe sadas y á la fea le iba muy bien en su matrimonio
ser más vigoroso y decisivo su esfuerzo, aportará y su marido la quería cada vez más, porque tenía
.segura1nente al matrimonio una renta de patatas, un ángel que la protegía y que le había dado un
alubias, lagrimitas y palabras gordas, que basta frasco de sal para que echase cada día un poquito
para encanijar á los hijos y matar al más débil en el plato de su marido.
- Hay feas con suerte - interrumpió Antode los cónyuges. :No hay que decir que es el
ñita.
marido.
- A la hermosa le iba cada \"Cz peor, y todo
Basta de noviazgos y vengamos al momento
en que iba á ser presentado Ramón Brieeño á la se volvía disgustos y peloteras en su matrimonio,
hasta que un día se presentó en casa de la fea dise;inra de Andilla.

11

,,j 1
l

tra menos fea; en cambio, el que
se acostumbra á una guapa...•
Antoñita no dejó á Elena terminar el cuento. Se arrojó frenéticamente, en sus brazos, y entre un
chaparron de besos, le decía:
- Tú sí que eres mi angelito
protector. ¡De1a que te coma á besos, preciosa!, que me has dado
consuelo para toda la vida.
Se interrumpió bruscamente y
después de una pausa, exclamó:'
. - Bueno; ¿y cómo meter esa
idea tan hermosa en la mollera del
pr_imer zanganito que se presente?
Mira, me dirás cómo se llama ese
libro; compraré dos ó tres docenas, y desde esta noche me colocaré en la puerta, y conforme vayan dejando los abrigos, «¡zas! ¡Lea
usted eso!»
- Con que ya ven 1,1stedes continuó Elena poniéndose como
una guinda-, que si pierdo la cabeza Y me cuento entre las guapas,
he de contar también con más desengaños que otra cualquiera en mi
matrimonio.
.- Di - preguntó Antoñita-:
¿qmén era ese talento monstruo,
autor del cuento?
_- Carlos Rubio; mi padre dice que era muy
amigo de Sagasta.
- ¡Ah! Entonces le habrá conocido papá seguramente. Se lo preguntaré.
.,- Ahí viene.
- Es verdad. Di, papá, ¿tú sabes quién era
Carlos Rubio?
--:-- ¿Carlos Rubio? ... ¡Ah, sí! Un chiflado. Siempre iba muy sucio.
La indignación de Antoñita no encontraba pa)abras para desbordarse. Poniendo los brazos en
Jarras y meneando la cabeza, dijo á su padre:
- ¡Así está el país!
El papá, acostumbrado á estas salidas de Antoñita, se encogió de hombros y pasó á otra sala.
Ella, como si aun pudiera oírle, le lanzó á través
del cortinaje estas palabras:
- Pues sepa ·su señoría que si su señoría me
ha hecho fea, Carios Rubio me ha hecho feliz.
. El grupo de . muchachas rompió en una carcaJada.
II

•
ciéndole: «Mi casa es un infierno y tú tienes la
culpa.• «¡Yo! ¿Por qué?, «Porque soñaste en alta
voz cuando el ángel te dió el frasco de sal, y yo,
antes de que desperta:as, te quité la mitad y la
voy echando en la co1!uda de mi marido; y no sé
cómo es esto; pero á ti te prueba muy bien y á mí
rematadam~nte.• Entonces se les apareció el ángel y les d110: «Esa sal se llama la costumbre. El
que se acostumbra á una fea, cada día la encuen-

Ya_ necesitaba Ramón Briceño ser un Don Juan
T en_ono para correspond_er á la expectación que
h~?1 provocado el &lt;lnunc10 de su visita. Nunca se
VIO la señora de Andilla tan estrechamente rodeada de sus amiguitas. Hasta la brigadiera mostraba aquella noche un empeño tan decidido en
no apartarse de Concha, que hubiera desao-radado
profundamente al brigadier si hubiera vu~lto del
otro mundo.
, Y la verda~ es que la figura de Ramón no tema n_~da que impresionase á primera vista, como
se VIO cuando, acompañado de Meseguer, sa-

ª

�f"

- Usted es un hombre excepcional. Ninguno
ludó á la dueña de la casa y tomó asiento junto
de nuestros contertulios conoce á Carlos Rubio.
á ella.
Era correcto, casi vulgar. Los ojos sí, eran ne- Es inicuo.
La de Andilla se había separado del grupo, y
gros y de mirada dura, agresiva, dominadora; Ramón ofreció su brazo á Antoñita y continuaron
aquel mirar parecía que calaba muy hondo, que
registraba é inventariaba el espíritu. Después, paseando.
- Dígame usted, señor Briceño: ¿es verdad
como si no hubiera encontrado en el inventario
que
ese escritor era muy sucio?
cosa alguna digna de atención, la mirada se apa- Esa fama ha dejado, pero disculpable. Cuangaba ó se distraía. Dijérase que los ojos de aquel do el cerebro consume demasiada energía, queda
médico habían contraído el hábito de la disección: poca actividad para los cuidados de la existencia.
funcionaban como escalpelos, y satisfecho el estu- Carlos Rubio tenía el aseo caro. Dé usted á un pedio, abandonaban la carne hecha piltrafas.
timetre una botella de agua, y la administrará tan
La conversación tampoco era brillante. En el
sabiamente que tendrá agua para todo. Otros, en
discreteo que en seguida tuvo que mantener con cambio, necesitarían un baño oriental; pero si se
media docena de señoritas, no parecía el jugador
impetuoso que, con peligro de perder unas cuan- les diera, serían aseados.
- También los hay muy cerdos.
tas piezas, avanza hasta dar un jaqne, sino el ju- Es que el cerdo es un animal muy calumgador machucho que conserva su fuerza en buen niado. Se revuelca en fango porque no le ponen
orden, aunque adelante !entamen té. Sin embargo,
Colonia.
alguna que otra réplica tan viva como ingeniosa agua- de
Me parece que usted no ve dificultades, y
y un impetuoso rapto de entusiasmo, al hablar cree que todo es cuestión de emplear estos ó los
precisamente de la disciplina y el dominio del sistema nervioso, demostraban que en aquel carác- otros recursos.
- Así es.
ter, limpio y cuidado como un paseo público, las
- Sin embargo, hay en este mundo muchas
avenidas más largas y tiradas á cordel podían descosas imposibles.
embocar en cráteres volcánicos.
- ¿Cuáles?
Las cuatro palabras que cambió con Elena no
- ¡Bravo! Esa es una pregunta valiente; pero
tuvieron gran importancia. Ramón recurrió en la contestación también es de mucha fuerza. Pueaquel momento á la perfidia que emplean los adu- den ser imposibles las cosas que dependen de la
ladores con los soberbios; cuando el hombre tiene
ajena.
aires de estatua, basta sustituir el pedestal por voluntad
- ¡La· voluntad ajena! Se la conquista y se la
una nube para que la estatua vacile y se rompa
dorna.
las narices.
Antoñita miró atentamente á Ramón.
Briceño quemó en cuatro palabras tanto in- ¿Le parece á usted fatuidad?
cienso, que otra que no hubiera sido Elena se hu- Precisamente porque me parece usted un
biera aturdido y bamboleado; pero la joven con- hombre serio, me sorprende esa seguridad de
testó con tal modestia que desarmó á su contenatraerse á los demás.
diente. Fué un tanteo que duró un momento, y
- Pues es positiva.
pasado el cual, los esgrimidores levantaron los flo- ¿De manera que tiene usted un talismá 1?
retes, se saludaron cortésmente y se dirigieron
- Es posible.
cada uno por su lado.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué mal repartido anda
El interés de cuantas personas formaban el
todo!
corro estaba satisfecho. No había flechazo. Ramón
- ¿Por qué dice usted eso?
no pretendería á Elena, y si la pretendía ~- !dría
- Porque usted que tiene prendas y condiciocon las manos en la cabeza.
nes para hacerse amar por sí mismo, tiene además
Y nada más. Cada una de las muchac'.:: que un talismán para que le quieran; mientras que yo,
no tenía novio se propuso aprovechar la ¡, r;mera pobrecita de mí, no tengo una cosa ni otra.
ocasión de cazar al nuevo contertulio; los bailari- Usted es un encanto.
nes volvieron á su delicioso ejercicio; los señores
- ¡Señor Briceño! Vamos por partes. Yo soy
de espada-mala-basto siguieron regañando al que la fea de la reunión, y aquí está prohibido atentar ganaba y regañando al que perdía; Elena continuó á mi soberanía de coquito; ¡cuidado con ello!
en su apacible serenidad, y Ramón, que daba una
- Es deliciosa - decía Briceño riendo.
vuelta con la señora de Andilla, se encontró de
- Lo que sucede es que soy buena y me gusmanos á boca con Antoñita.
ta intervenir y meterme en una porción de cosas,
- La señorita de Almeida.
siempre con buena intención y á título de amiga
- ¿Usted es hija de don Ulpiano?
desinteresada. ¡Forzosamente desinteradal, que si
- Sí, señor; y sobrina de Carlos Rubio.
pudiera. . . Pero estoy segura de que todas mis
- ¿Del escritor?
amigas me prestarían el novio para baila,.
- Del mismo.
- Harían mal.
- I&gt;ero, señorita, si Carlos Rubio viviera po- ¿Otra vez? Pues sepa usted que lo hacen,
dría ser abuelo de usted; pero tío...
siempre que están cansadas. Cuando alguna se
- Es que yo le he declarado mi tío adoptivo. sienta y viene el no\"Ío á sacarme, veo yo que anCreo que si viviera no me negaría ese favor.
tes le habla ella al oído. Y es que le dice: «Hom- Al contrario; se sentiría orgulloso de esa bre, haz bailar á la pobre Antoñita.• Y alguna vez
distinción.
replica él, seguramente diciendo el muy borrico:
- Por lo que observo, usted conoce las obras «¡Es tan fea!, Y observo yo que replica ella, ¡claro!,
de... mi tío.
le dirá: «Pues por eso.• En seguida viene el novio
- Conozco un torno de cuentos.

•

o

y me saca. Y yo les digo
i todos: «Es usted muy
amable.•
Briceño soltó la carcajada y Antoñita continuó:
- Sí, sei"íor; yo soy,
en cuanto al amor, una
pobrecita de pedir limosna; yo, si no fuera por mi
cetro, me pondría á la
puerta de esta casa para
decir á los que salieran:
«¿Me da usted un corazoncito, aunque sea moruno, por amor de Dios?,
Por eso me interesa mucho eso del talismán; porque usted podrá estar
equivocado, pero habla
u~ted en serio, y si tuviera usted razón ... ; porque yo tengo mucha fe en
los inventos y en las cosas científicas, sí, señor;
Y aquí ya sabemos que
usted es un médico que
tiene hecho pacto con Satanás, para curar á todas
las princesas moribundas
c?n u~a m~tita de perejil,
s1, senor, s1; todo se sabe.
Briceño se reía de
muy buena gana· hacía
mucho tiempo que' no disfrutaba de una conversac_ión de mujer tan divertida.
- Vamos á ver sei'ior Briceño; habl~mos
con toda seriedad: ;es
posible que alguien que
no sea usted se enamore
de mí?
- ¿Y por qué no he
de ser yo?
- Porque usted no
me gusta. Así; las faltas
de .. : compostura hay que
castigarlas. ¡ El demonio
del hombre! En tramos en
~l terreno de la formalidad y todavía le quedan
ganas de reir. ..
. --:_ Basta, ~asta- dijo
Bnceno-; ehJa usted entre sus amigos y conocidos, Y usted verá que no
la engaño.
- Ni una palabra más.
Ahora eche usted fuera
la media docena de preguntas que está usted rabiando por hacerme.
- Allá van - contes~ó Briceño mirando á
su _interlocutora como
quien firma un pacto-:

¿tiene Elena relaciones?
- Xinguna.
- ¿Sabe usted si su
corazón se ha interesado:
- Xo se ha interesado.
- ¿Es acaso que está
engreída con su belleza?
. - Xo, señor. Es que
tu:"ne mucho miedo.
- ¿I lan hablado ustecles_ esta noche después
de m1 presentación?
_ - ( Co1t tristeza). Sí,
senor.
- Le he producido
mal efecto...
- Ni malo ni bueno.
- De manera que
todo e I esfuerzo de la
primera impresión se ha
perdido...
- Completamente.
- Así me había pa
recido.
- Supongo que, por
eso, no desistirá usted.
- ~o sé clesistir. Sé
únicamente que si yo me
h_u bies e enamorado de
]•,lena, podría asegurar {t
usted que antes de ,eint&lt;.&gt; días Elena estaría enamorada de mí.
Antoñita experimentó cierta emoción al recibir aquella confidencia.
Ramón hablaba como un
loco ó como un hombre
capaz de hacer milagros.
- ¿Y se ha enamorado usted de Elena?
- Ya hace tiempo.
La conocía sin tratarla.
Desde esta noche ya sé
que la amo. Y me amará.
- Usted es seguramente digno de ella; pero
ya sabe usted que ...
- Es té ustecl tranquila; me querr{1 antes de
1 cinte días.
- No se lo ackertiré
porque no es un peligro'.
- Es indiferente.
·

** *
Ramón y su amigo
;\feseguer salieron juntos
de casa de Anclilla.
- ¿Qué tal? - preguntó el segundo.
- l\Iuy mal. La primera impresión ha sido
un fracaso.
- ¿Qué ha ocurrido?

�pleaba ahora una ingenuidarl afectuosa y ~encilla;
·11 o así romo el trato de un hermano, to &gt; amrn
~. Ti·a1~queza. Por este camino había aclelanta(~O mu,h ,
1 , ·mo &lt;i&lt;' Ekna; ¡&gt;&lt;'ro ésta no hacia otra
primer~ \'ista 6 nunca. Pero confiesa q1H' tu no has c o &lt;n e ,tm
cc&gt;rres
cosa que
estado mu y hábil
ponder á lo que
que digamos.
creía amistad Y
- Tienes ralealtad, sentimienzón.
tos que pueden llr_ Ese sistema
var al am0r como
de marear á fuerza
10 s callgrrjos nos
de alabanzas, sú!o
lle,·an á casa, danes bueno para hado antes la \uelta
cer cacr á cscn topor las cinco parres emine 1tes, artes del mundo.
tistas notables \
Ramón estaba
otras , ·anidacks
ya desespc:~do,
hambrientas de i'1cuando surg10 un
cicnso.
incidente que le es_ ¡Qué quieperanzó de nuevt,&gt;,
res! :\le acordé Cil
Juanito Cans1aquel momento de
n O desprendió e 1
cómo caycí uno de
primer copo de una
esos gwios, vok~bola de nieve. Era
dq por sus enemisobrino de la de
gos, que I&lt;' adulaAnclilla, y por paban á toda:, huras.
sar la tarde con su
Era un hombre c•xnovia, que había de
cclente y le hicieir al día siguiente á
ron creer que tenía
mostrar á Concha
un gcnio t&lt;'rriblc y
unas labores, dijo á
que era jaque y _treesta última:
mendo y c:xplos1vo.
- Tía: si me
Daba pena y risa.
das de merendar,
- Pues amigo,
vendré mañana
la mujer está más
tarde.
acustum!nada al
-Y aunque no
piropo y no muerhubiera meriende ese cebo tan
da también ven"rnsero. ¿Y quf
drías- contestó la
"pil'nsas hacer-.
de Andilla, quc ha- Camhi:, r de
bía pe1wtrarlo la in•
t.íctira.
tención dc su so-&lt;:\[ostrarte
brino.
indiferente?
_ ¡,,o, no; rc1Cá! De eso
clamo la merienda,
s(• ríen ellas. Xo;
f&lt;n-malmente.
aunque un poco
- Bueno, homtarde, apelaré á la
bre, la tendrás.
sinceridad.
_ ¡Quién tu-¿Y si también
\ iera ·una tía y un
falla es e recnrso?
.
_ ¡.\h! Entonces... si no me· quiere por bue- buen estómago! - exclamó un señor ~ayor, que
debía de carecer de ambas cosas ..
nas, me querrá por malas.
- También hay para usted, n~1 g(•neral. .·
- Hombre - elijo su companero de tr~s1llo.
clon Fabián - , si por un poco &lt;le poca vergu&lt;'nza
TI 1
se mcriencla yo mc apunto.
.
· _ y yo ~e disparo_ añadió don Ul1m~no.
Desde aquella noche, Ra!llón fué e) _contertu~
_ .y)'º
, vol_ dijeron muchos, contmuanl
, • •
lio más asiduo de la de Anchlla y tamb1en el más
do
la
broma.
, _
_ , .•
. ¡· ºta(l&lt;1 · Los• muchachos
le preguntaban una cosa,
so ICI
·
1
nta- Pero, señores - dcc1a Concha - ' esa se1 ia
los \·iejos otra, las muchachas... no e pregu
una merienda de negros. .
,
.
han nada, pero le daban cuerda.
. .
- Justamente; convert1remos !a rasa &lt;n una
Fn cuanto llegaba le hacían prcs1d1r un corro
..
.
de chicas, en el cual las cuestiones iban tom~n~, ranchería, en un campamento..
- Pero sin ac,'ptar la menenda - ch¡o la hncada día mayor vuelo. Elena formab~ parte, del c rro, pero sin gran asiduicla~. Ramo~ hab1a cam= gadiera.
_¿Qué?' ~
biado de táctica con ella. Le3os d~ 'olcarle el pe
_ ¿Cómo es eso?
destal con el explosirn del elogio forzado, cm-

-

Lo p&lt;'or: que no le h&lt;' producido imprcsibn
ninnuna.
.
t · f á
·: _ :\la! negocio. De las mu3cres S&lt;' ~11111 a '

•

•

- ~IU) !-&gt;&lt;'ncillo. Propongo que cada uno traiga con qu(• nwrendar y cada familia se coma lo
que traiga, formando rancho aparte; y cada grupo
tienda su mantel donde buenamente pueda: en
una mesa de tresillo, en una b 1taca, en el suelo,
&lt;'omo si estm·ic~ran10s c·1 e! campo.
Un palmoteo ct•rrado de la gente jo\'l'n acogí(,
la proposiri{m.
- ¡Será cli\'ino!
- ¡l'..nc-antador!
- Trat-ré mi instantánea.
- l~sta l'a ¡uita se pinta sola para idear diabluras.
- .\miga mía - le dijo un tresillista machu&lt;'h,, , eso de sentarse en el sucio St' queda para
usted, que tiene ...
- ¡Don Joaquín! - interrumpió á tiempo la de
.\ndilla.
- Pero ¿por qué quiere esta sefiora que me
sie:itt· en el suelo, si estoy e,1 los huesos?
- Rectifiquemos; habrá mesitas para la gente
de eda,I.
- Muy bícn - dijo d general - ; así tiraré los
huesos á los pollos que me rodeen.
- J !ablando seriamente, debemos hacer como
en las Exposiciones: á metro cuadrado por persona; que se apunte cada familia lo que necesite, y
que lo acote ele antemano.
- Con unas estaquitas cla,·aclas en el suelo.
- Estaquitas, no; pero algo que señale la instalación, sí.
- Tiendas de campa11a, sería muy bonito.
- \' árboles, y una carretera con carros y mulas - decía Concha, aterrada.
- :\"o te asustes, Conchita. Señores, hay que
pensar en cosas que ocupen poco espa: io; por
ejemplo, cada grupo traerá una pantalla, un bastidor, así, de medio metro, y que pinte en él lo que
quiera: la fachada de una casa, la de la Plaza de
toros...
- Yo, un cuartel - dijo el general.
- Yo, una casa de socorro, por si hay borracheras y puñaladas - dijo Ramón.
- ¡Jesús! ¡Se han vuelto locos! - decía lonc ha; y luego añadió: - Paso por todo, menos por
eso de que cada cual traiga su merienda. Xo me
arruinaré por dar á ustedes de merendar.
- ¡No, no, no! - gritaron treinta voces - .
Queremos traer lo que nos dé la gana.
•
- Y nada de obsequios.
- Kada. Se dará una señal, y á sentars~cada
cual en su puesto, como los albañiles al ciar las
doce.
- ¡Ah! - dijo Antrn'íita - ; cada familia debe
traer su sirviente que lernnte los manteles y YU&lt;'lva á arreglarlo tocl 11. El salón ha de quedar dispuesto en seguida para el baile.
- Entonces, digamos cena.
- Pues sea cena; ¡qué más da!
- ¡Sí, cena, cena!
- Otra cosa- dijo ,\nto11i1a - : para aclarar
algunos bastidores que estarán mal pintados, ¡porque se prohibe darlos {1 pintar!, se exige algo de
tocado en la cabeza; por ejemplo: el que haya pintado la fachada de la Plaza de toros, puede ponerse un:i montera; el general, un casco, y así los
demás. Eso puede venir con la meriendd, y no se
llama la at&lt;'nción en la calle.

- Mu) bien, muy lncn.
-- .\ l11s so!tcros - continuó ,\ntoñita - se
les prohibe en absoluto que traigan sin ientas
(¡sabe Dios lo que traerían!); ellos mismos cogerán su mantclito por las ruatn, puntas é irán á san1dirlo á la cocina. ( Risa gcncrnl¡.
- Es usted implacable coa los S.Jlterus.
- ¡Toma! ¡Como ellos conmigo!
;
vociferó e! general.
1Artículo último! - ¡,\ \er, á ver!
- Se prohibe añadir ni una palabra más al
proyecto.
- ¡Brarn!
- Sí, falta una palabra - exclamó don Ulpiano.
- ¿Cuál?
- La fecha.
- Es ,erdad. Y ,·a á ser difícil.
- Xo: pasa&lt;Jo mañana es \iernes, y como estamos en Cuaresma no es día de compromisos.
¿Les parece á ustedes buen día pasado mañana?
-¡Sí,sí!
- Yo pcnsaba casarme e l viernes; pero lo
aplazo.
- ,\ usted no lo casan los once curas, ¡camastrón!
- Está dicho: el viernes, á las nueye de la noche, la cena gitana.
- ¡Viva la cena gitana!
- Y esta noche se sortearán los puestos del
aduar.
- ¡Viya Concha, la caiil!- gritaba Cansino,
que se empeñaba en ,itorearlo todo.
- ¡Ay, churumbel, sobrino!, ¡buena la has armado con tu merienda!
- ¡Si esto va á ser delicioso, tía!
- Está bien; por mi parte, quieran ustedes ú
no quieran, yo pondré una mesa que pueda sen 1r
á cada cual de complemento.
- ¿Para los que quieran ir al robo?- prcgun tú
un t1-:.!sillist;, .
- Eso '.!s; pero sin dejar sus cartas.
- Es i'lútil - decía don Fabián, que era tragón - ; piens , t:·acrme bola.
- Y además yo le daré á usted co.ii'lo- concluyó el general.
*

* *
Aquella misma norhc se sortearon los sitios.
!as mesas, los ,·eladores, los talmrC'les y los cuadros de alfombra; tocio menos la mesa del comedor, que sólo había de servir de aparador.
Ramón, que ,cía con simpatía aquella idea
extravagante, tuyo también un ale,.(rc'&gt;n en el sorteo. Le tocó un metro cuadrado de santo suelo,
(Antoñita había ::.ido implacable), pl'ro á los pit·s
de Elena.
- ¡Qué felicidad! - le dijo Ramón - ; cenar{junto á usted.
- Sí; pero... en cl piso bajo.
- 'Usted podría cleyarmc ;í la altura de las
personas de Yelaclor.
- El regla¡nC'nto ele la cena lo prohibe.
Las dos últimas frases tu vieron respcctiramente los acentos de una declaración y unas calabazas.

* **

�Pasada la sorpresa, Ramón continuó su paseo y su
soliloquio:
- Supongamos que esas
jóvenes no quieren dejarse
convencer y encuentran más
poético entregar su corazón
al que acertó á ponerse una
corbata colorada ó hace un
gesto especial para sonreír
con media boca. Supongamos, en fin, que por darme
gusto se han casado sin pasión súbita ni emoción misteriosa. ¿Es que la vida conyugal, con toda su intensidad de adaptación, no ha de
engendrar el amor? l\lás aún:
si, como ellas creen, no nace
ese amor novelesco entre
los cónyuges, ¿no es bastante que el hombre y la mujer
estén bien educados para
que la mujer no eche el
amor -de menos?
Cuando por la tarde Ramón daba cuenta á Mcseguer de sus reflexiones, :\1eseguer se reía como un bendito.
- Está visto - dijo que, aun siendo un sabio
como tú, no se conoce el
matrimonio desde fuera.
- ¿Estoy equivocado?
- En algunas cosas. Sobre todo, es deplorable que
la mujer sólo se deje impresionar por prendas de ropa
y no por prendas de carácter; pero no es posible prescindir de impresionarla. Preséntate á ella si es
preciso metido en una armadura y cubierto con
un casco con plumas negras; pero enamórala. Sin
eso, no te cases.

-- En último extremo - decía Ramón al día
siguiente á los árboles próximos al Observatorio
.\stronómico - , yo estoy seguro de hacerme amar
ele Elena á la hora que quiera; pero ... ¿es que no
merezco yo la suerte de Pedro, Juan, Francisco, etc., que sin otros recursos que su físico y sus
IV
ruegos lkgan al corazón de la mujer? ¿Que no llegan todos? Com·enido. Pero tampoco yo estoy_ en
el caso de dar crédito á paparruchas como la simA las nueve y cuarto de la noche siguiente, los
patía inexplicable, la pasión súbita y otras tonte- salones de casa de la bondadosa Conchita presenrías por el estilo. Xo. El amor puede nacer de- un taban un aspecto rarísimo.
trato inclifcren te, nutrirse al principio de estimaApenas había sitio desocupado, y la multitud
ción 1 aumentar con la frecuencia y la costumbre que los llenaba parecía haberse escapado de una
de v erse y hablarse, y acabar por constituir una casa de locos.
necesidad; todo lo demás es monserga. Pero ¡ya
Caballeros y señoras vestlan los trajes habituase Ye!, es una monserga que estas niñas han lc•ído les, pero el general cubría su cabeza con una antien cirn novelas tontas, la han tragado como ar- gua gorra de cuartel con sus galones y su borla;
tículo de fe, y hoy, si al \'Cr por primera vez á un seguramente la última que había usado cuando
hombre no estornudan ó no sienten un chasquido eran de reglamento. Un poco inclinada sobre la
en el tobillo, dicen: « No m&lt;' he &lt;'namorado. • « Ese oreja, daba al simpático general un aspecto alegre
hombre no puede hacer mi felicidad.•
y emprendedor, como si hubiera conseryado en el
- ¡Pues no, señor! ¡Todo menos eso! - dijo forro las ideas y los ardimientos de otros tiempos.
enérgicamente· un hombre alto y delgado, que cruEl bastidor representaba, como el general haz{¡ por delante de Ramón y se alejó, apaleando con bía anunciado, un cuartel; el soldado que hacía la
el bastón el sc•to de la senda.
·
centinela á la puerta tenía el poncho que llevó la
Era otro que hablaba solo. En el Retiro son l infantería á Marruecos, y estaba rodeado de quinfrecuentes estos encuentros.
ce á veinte señoritas, debajo de las cuales se leía

•

•

esta pregunta en letras gordas: ¿Estd el teniente
- ¡A ver!, ¡mis pistolas!
Carrillo?
- ¡Ay!-gritú el otro viejo con voz de tiple-,
El general fué muy felicitado por este episodio ¡mi bote de ungüento! Que este bárbaro me ya á
histórico.
disparar un tiro á quemarropa... y va á matar á la
Don Fabián había tenido una inspiración de portera.
mal gusto. Comía con su señora, y el bastidor
- ¡Toma el taburete, pelmazo!, ¡y así hayan
plantado á un lado de la mesita representaba una clavado c-n él una aguja!
jaula de espesos barrotes de las que sin·en para la
Al ruido de las carcajadas que prorncaba la
exhibición de fieras.
contienda llegó Conchita, y enterada de lo que
A pesar de que la broma pasaba de la raya, ocurría, mandó traer una sillita baja.
como todo el mundo sabía las continuas disputas
Aun no se consolaba el perdidoso que, lleno
de aquellos cónyuges, que no tenían otro defecto de rencor, dijo á su amigo:
que el de pasarse la vida discutiendo, la ocurren- Al freír será el reir.
cia ~e don Fabián fué también muy celebrada.
- ¿Por qué?
l~l domador llevaba en la cabeza un gorrito de
- Tú te llevas el taburete, pero yo me he
piel y no había podido conseguir que su mujer S&lt;' traído unos perdigones en chocolate ...
encasquetara una magnífica melena de león que
- ¿Y no me darás?-preguntó el otro, ponienhabía adquirido para el caso.
'
do una cara como si oliera las perdicillas.
Elena estaba lindísima con un casco que imi- ¡No! - repuso ferozmente el amigo.
taba la cabeza de una paloma; y el bastidor, que
- ¡Toma el taburete!
•
representaba un palomar, era un cuadrito de Ho- Si no lo quiero.
rado Lengo.
- ¡Toma el taburete, ó te doy con él en lo!.
La brigadiera, defendida con su bastidor, copia sesos!
,
'·
del palacio de Trianón, estaba arrogantísima con
Y esta ,·ez acabó la con tienda á gusto de amsu artístico peinado y su cabeza empolvada.
bos respetables señores.
.
Ramón había pintado la fachada de una Casa
Por todas partes se producían incidentes pade Socorro, á cuya puerta llegaban unos camille- recidos.
ros conduciendo sobre parihuelas un corazón enorUn académico no quería que se les llamara
me chorreando sangre y atravesado por la simbó- comensales, puesto que faltaba la mensn, y decía
lica flecha.
que eran comientes á secas; y un aficionado al
Las muchachas se habían despachado á su
mosto se alarmaba al oir lo de •ÍL secas• y pedía
gusto comentando los defectos de la pintura, que otra palabra. Por fin vinieron á una transacción
estaba muy lejos de parecer un Velázquez.
patriótica, aceptando los tres la denominación de
- ¡Ay, qué pena!, ¡cómo han puesto á ese po- tragantes.
bre animal!
Los bastidores eran objeto de las más severas
- ¿Qué animal? ¡Si es un corazón!
críticas; como quiera que cada cual sabía que el
- ¡Ay!, perdone usted; creí que era un bicho suyo era muy malo, se desquitaba burlándose de
que traían al Matadero.
los demás.
- Señorita, ¡si es la Casa de Socorro!
Pero el que más dió que hablar fué el de Jua- ¡Cuidado que soy torpe!
nito Cansino.
- ¿Y en qué se conoce que esto es una Casa
Xadie sabía lo que aquello representaba: el
de Socorro? - preguntaba otra.
lienzo estaba dividido en dos partes por una línea
- En el farol, en este farol rojo.
ho~izontal; la parte superior pintada de blanco y
- ¡Toma! Por eso no la conocía yo. Si el farol
la 111f~rior de gris sucio. Ni una figura, ni un adorme parecía el morrión del portero.
no, m nada que revelase el mistrrioso asunto.
- Tiene usted razón, porque la cabeza del
- Yo necesito saber lo que es eso - decía
p_ort_ero está toca_ndo al farol; pero por algo soy Antoñita, en cuya cabeza bailaba un tremendo goc1ru1ano; ahora mismo le corto la cabeza al por- rro de plu~as.
tero...
- Adivínelo usted - decía Juanito mirando
- ¡No, por Dios! ¡No queremos verlo!
de soslayo á su novia.
. Y las muchachas huyeron lanzando alegres
Esta no quería mirarle. Sabía lo que significansas.
ba la pintura, y como el papá no autorizaba las
En un gabinete inmediato, dos señores que pa- relaciones, encontraba la broma un tanto atrevida.
saban de los cincuenta disputaban por un tabu- Pues á mí me parece que eso no es el mar.. .
rete que ambos tenían asido, y no estaban lejos (l,,fovimiento de negación de :Juanito) ni el río .. .
de quedarse cada uno con la mitad.
(ldem) ni el campo...
- Te digo que no lo suelto.
- Nada de eso.
- Ni yo tampoco.
- Y ese paraguas, ¿tiene que ver con la pin- Pues nos estaremos así hasta la consuma- tura?
ción de los siglos.
- Tiene que ver.
- Pero, ¡malvado!, ¡si sabes que me tocó en
- ¿Qué es?
suerte!
- ¿No se lo dirá usted á nadie?
- No, señor; ya dije entonces que este tabu- Lo juro por su vida de usted.
rete no se sorteaba.
- ¡No! Por la de mi futuro suegro.
- ¿Y q1:)ién eres tú para decirlo?
- ¡Pobre señor!
- ¿Yo? El padre del taburete.
- Pues lo blanco es una pared y la faja gris
- Lo creo: porque también tienes cuatro es la acera de enfrente, donde me paso la exispatas.
tencia.

�- Me parecerá exquisito.
- Elena lo hizo como lo había dicho, y Ramón
tragó el pedacito de pan.
- ¿Sabe usted lo que esto significa? - le preguntó ella.
- Usted dirá.
- Que hemos partido el pan y la sal y ya no
podemos dejar de ser amigos nunca.
- ¡Elena!
- ¿En tan poco estima usted mi amistad, que
no queda contento?
- Yo estimo la amistad de usted en mucho;
pero quiero más.
- ¿Y quiere usted que le mienta?
Ramón bajó la cabeza y no contestó.
De su doloroso ensimismamiento le sacó la voz
de Elena que le decía:
.
- Amigo llriceño, ¿querrá usted sacarme .í
bailar en cuanto empiece el baile?
Como sucede en estos casos, Elena y Ramón
discutieron, argumentaron, alegaron y no se avinieron. La Lógica es una señora muy pedante y
entonada, y Cupido es un chiquillo muy alegre y
rebelde á toda disciplina.
El ünico silogismo que el Amor admite es el
siguiente:
Premisa mayor: Yo te amo.
Premisa menor: Yo amo á otro.
Co11c/11sión: ¿Quién me compra un lio?
V

•

Antoñita se echó á reir, y la novia de Juanito,
que comprendía sin duda el asunto de la conversación, lanzó á Juanito una mirada fulminante.
La cena fué animadísima: se brindó por Concha, por la brigadiera, hasta por Juanito Cansino,
y se obtu\lieron instantáneas de todos los grupos.
- ¿Se ha fijado usted, Elena, en que estoy de
rodillas á sus pies? - decía Ramón cuando la cena
iba á terminar.
- Va ust~d á cansarse.

- Xo; porque esta es la postura de la adoración y yo no puedo cansarme de adorar á usted.
Elena reflexionó un momento. Ramón se había
puesto muy serio y parecía esperar con ansiedad
una contestación.
- ¿Ve usted este pedacito de pan? - dijo
ella.
- Sí.
- ¿Se lo comerá usted aunque lo espolvoree
con un poquito oe sal:

e

••

Pasaban los días sin que la situación se modificara en lo más mínimo.
La inquietud de Ramón iba en aumento. - «El
día menos pensado - decía - se la presenta un
mequetrefe que le causa á primera vista cierta.i~presión, ella se cree enamorada y entonces m1 situación será horrible. ¡Xo! Xo espero más.&gt;
Como Antoñita estaba en autos y veía que el
médico no imitaba á los demás buscando una víctima entre las señoritas disponibles, le dijo una
noche:
- Usted debe ser un amante modelo, para
sostener relaciones puramente espirituales.
- En efecto; soy tan sensual como el que m.á?.
- No; si digo lo contrario: puramente espmtuales.»
- Pero Antoñita, ¡si estamos diciendo lo mismo! ¿A qué llamamos relaciones puramente espirituales? A las que establecen la vista )' el oído, ¿no
es esto? Pues la \ista y el oído son dos sentidos, y
á todo lo que les pertenece se debe llamar sensual.
- ¡Puf! Eso es un chiste barato.
- No tanto Antoñita. Que se ponga un neJO
á mirarla á usted todo lo tiernamente que quiera
ó á pintar su amor con la elocuencia de Cicerón:
¿á que le da usted calabazas? Donde hay juven~ud
y amor éste es siempre sensual, corporal, material,
grosero, como usted quiera llamarle ..En ocasiones
sale por un cauce ancho y en otras tiene que correr por un alambre estrecho, como la electricidad
y hasta por un filamento, como un cabello al llegar
á la lámpara. ¿Y qué sucede? Que al encontrar ese
cauce estrechísimo la violencia con que pasa por
él lo incendia y nos alumbra. Lo mismo en el amor.

�•
Cuando dos amantes no pueden hacer otra cosa
que mirarse, las miradas forman un arco voltaico
que lo pone todo en claro; no necesitan palabras.
- Pero, en fin, se llama así: «amor espiritual»
- dijo Elena.
- Cl¡i.ro; porque si echamos al espíritu de los
ojos, ¿dónde diablos va á meterse? ¡Como no haya
vino en el estómago!
- ¡Ah, materialistón! - exclamó Antoñita - .
Ya está enseñando la oreja. Bien se ve que está
usted acostumbrado á emplear el hipnotismo y á
convertir en muñecos á los pobres enfermos.
- ¡El hipnotismo! El hipnotismo es el sello de
hostia; la medicina que encierra es la sugestión, y
esa la emplea usted y la empleamos todos,
-¡Yo!
- Pues, ¿qué es la amistad, sino sugestión? ¿Y
el amor? ¿Y el respeto del criado al amo? ¿Y el
prestigio que da la fama? Se aproximan y hablan
dos personas; cada una tiene su opinión; sin embargo, una de ellas cede á la voluntad de la otra.
¿Por qué? Porque la arrastra, la sugestiona como
amiga ó como amante.
- Perdone usted, Briceño - dijo una joven
del coro-; el amante y la amiga se resisten, discuten ...
- Y el hipn'otizado también. Antoñita sería un
sujeto terriblemente razonador y rebelde.
- Es de familia. Como papá es progresista...
- ¿Quién de nosotras es más fácil de dormir?
- preguntó la brigadiera.
- Elena - contestó Ramón.
-¡Yo!
- Usted caería como un pajarito.
- Buena cosa me ha dicho usted. Voy á huir
de usted cielos y tierra.
- ¡Cá! Está usted ya luchando entre el temor
y el deseo.
- ¡Yo! - exclamó Elena-, no lo crea usted.
Y añadió en voz baja al oído de Antoñita -: ¡el demonio del hombre:. ¡Si parece que adivina!
- Debo advertir á usted que los farsantes rodean el hipnotismo de un aparato ridículo completamente innecesario. ¿Ha observado usted que,
para dormir, se nos vuelven los ojos hacia adentro
y arriba? Pues una cosa parecida es nuestro artificio; una postura de los ojos que desvía el curso de
la sangre en el cerebro y produce un sueño que
tiene muy poco de particular.
- Lo agradezco; pero...
- Vendrá usted á pedir que la duerma.
-¡Yo!
- Ahora mismo querría usted estar lejos de
aquí, pero no se siente con fuerzas para marcharse.
Elena se sentía mal, y por disimularlo con~~&amp;

.

- ¿Y por qué he de marcharme? Para que vea
usted que no le temo, voy á sentarme.
- Hace usted muy bien en no temer. Dentro
de pocos momentos la habré dormido á usted y
verá que no le pasa nada.
- Lo veremos - dijo Elena dejándose caer en
una butaca.
- ¡Ya lo creo que lo veremos! ¿Qué decía usted, Antoñita?
Antoñita no decía nada. Recordaba la afirmación de Briceño y recordaba también cómo había

traido el hipnotismo á la conversación, cómo había
envuelto poco á poco;¡á Elena; comprendía, ya tarde, toda la habilidad con que había llegado el médico á aquel punto, y veía, en efecto, á Elena
como un pajarito pronto á sufrir la fascinación de
la serpiente.
La conversación se fraccionó, y Briceño aprovechó el descanso en que le dejaban para mirar á
Elena.
Fué una mirada de paz: ambos se miraban
como se miran y sonríen dos buenos amigos que
no están conformes y han agotado sus argumentos.
Pero en el alma de Ramón había una tremenda
ansiedad en aquel instante. ¡Con cuánto trabajo
había llegado á lo que en mecánica se llama un
disposi#vo! La luz iluminando de lleno el semblante del médico, Elena ya preparada y mirándole sin
desconfianza, las conversaciones fundiéndose en
un charloteo confuso, que era más bien un ruido
aislador; así el fenómeno tendría las apariencias de
un accidente casi fortuito, de.los que no obligan á
pedir permiso á la familia, reunir gente y desplegar una práctica de sacamuelas.
- Si suena siquiera un reloj antes de que la
duerma, todo se ha perdido, po'rque no volveré á
verme en otra - pensó Ramón.
Decíamos que Elena miraba al médico con ojos
y sonrisa de niño travieso, como diciéndole: «¿Ve
usted como no me duermo?&gt;
Ramón también la miraba fijamente; pero su
sonrisa era enigmática. Lo mismo podía significar
«Usted ha ganado», que «Ahora verás lo que te
espera.»
Y cumo había algo de reto en la actitud de la
joven, ésta no quería apartar los ojos porque no
se achacara á miedo, á pesar de que la fijeza de la
mirada iba haciéndose molesta. El amor propio,
origen de tantas caídas, la sostenía en aquella inmovilidad peligrosa.
Hubo un momento en que dudó de si miraba á
Ramón porque quería, ó porque los ojos de él la
sujetaban; sintió la angustia del que, inadvertidamente, ha caído en un lazo, y el miedo la hizo desfallecer, como á esas personas que en sueños se
ven acometidas por un asesino y quieren gritar y
no logran producir sonidos; entonces vió que la
.expresión de Ramón había cambiado y revelaba la
satánica alegría del que dice á su víctima: «¡Ya
es tarde!»; sus ojos se llenaron de agua; su vista
y su inteligencia se nublaron ...
Ramón se incorporó bruscamente, y exfendiendo sus manos, dijo con acento duro é imperioso:
- ¡Duerme!
Elena dobló la cabeza sobre un hombro, cerró los párpados y por sus mejillas resbalaron dos
lágrimas.
Fácil es comprender la sorpresa y el revuelo
producidos entre las muchachas; pero Ramón se
adelantó á las consecuencias, diciendo con autoridad profesional:
- Si hacen ustedes el menor ruido, no respondo de lo que ocurra.
- ¿Se ha dormido?- preguntaron en voz tan
baja como si estuvieran en la iglesia.
- Sí. Sin querer. Un momento en que se ha
quedado mirándome, y yo, distraído, efecto de la
costumbre, he dado la orden.

-- Pero ¿no le pasará. nada?
- Nada, si ustedes callan-. Y dirigiéndose á
Elena, la tranquilizó; le dijo que estaba sumergida
en el sueño hipnótico; que seguramente se encontraba tr.anquila y gustosa (afirmación de Elena);
que la despertaría cuando ella quisiese, y que, entre tanto, no tenía otra comunicación con el mundo que él, á cuya voluntad estaba sujeta.
Elena se estremeció ligeramente al oir esto último, y Ramón continuó:
- ¡Oh, ya verá usted que soy un tirano muy

Ramón practicó así esos juegos iniciales del
hipnotismo y le sugirió la idea que más le interesaba.(
-'- Se encuentra usted perfectamente-dijo-,
y siempre que la hipnotice á usted será para experimentar igual sensación de bienestar ·y de placidez.
- Sí, sí - diJt&gt; neryiosamente Elena, como si
Briceño hubiera esperado aquella respuesta.
- Así es que en cuanto me vea usted otra noche, deseará'usted que vuelva á hipnotizarla (li-

soportable, pero tirano al fin! Por ejemplo: yo no
quiero que levante usted el brazo derecho, y no
puede usted levantarlo. Hará usted los mayores
esfuerzos y no logrará levantar ese brazo. Pruebe
usted.
Elena expresaba una fatiga visible. Se adivinaba que hacía esfuerzos inauditos, pero en vano; el
brazo permanecía inerte.
- No puede usted. Pero ahora le mando yo
que lo levante (Elena levantó et brazo como 11n rmtómata) y que le sea imposible bajarlo (Aquí se repitieron los esfuerzos de antes y ta1t injructzeosos
como aquéllos). Bájelo usted ya.
Cayó el brazo de Elena.

gero 1,wvimientJ de protesta de Elena,
ahogado por la palabra enérgica é imperiosa del hipnotizador). ¡Sí! Deseará usted vivamente que vuelva á
dormirla, y si yo tardo en proponérselo, usted no podrá resistir á su
deseo y vendrá á reclamar de la
Ciencia la desaparición de ese malestar que la curiosidad ha hecho
nacer. Esto lo digo yo, y sucederá.
- Sí; sucederá - articuló Elena
con voz débil.
- Bueno; ahora voy á despertar
á usted. No recordará usted nada de
lo sucedido durante su sueño, y se
encontrará usted en un perfecto esta do de ánimo y contentísima de
haber realizado este experimento.
Frotó un instante con las yemas de los pulgares los párpados de Elena y ésta abrió los ojos.
- ¡Calla! ¡Me he dormido! Mejor dicho, me ha
dormido usted, doctor, ¿verdad?
- Así es.
- ¡Qué alegría siento! No me acuerdo de nada.
¿He soñado alguna tontería?
El asombro de las demás muchachas no estaba
exento de miedo. No hay cosa que entregue tanto
el ánimo como ver dormir hipnóticamente á otro.
Cualquiera de aquellas jóvenes hubiera caído en
plena hipnosis al simple mandato de Briceño.
Pero no entraba en los p lanes del médico que
Elena se convirtiera en espectadora. Toda aquella_

r

•

•

�,

S&lt;'SÍÓn de hipnotismo había durado cinco minutos;
Xadie, sin embargo, St' asustaba por semejante
había salido bien, no había llamado la atención de velocidad. Elena era una beldad en extr.!mo codinadie y había senido para infundir la idea de la ciable, de esas cuya posesión legítima parece un
repetici6n.
monopolio y un abuso, algo así como un latifundio
Briceño se apresuró á salir del gabinetito don- de belleza, cuya propiedad hubiera debido fracciode se había verificado la iniciación. ) á poco fué narse. Esta era, al menos, la opinión pecaminosa
alcanzado en C'l salón por Antoñita.
de los que forman calle á la puerta ele los teatros
- Ahora ya no lo dudo; le t1uerrá á usted en cuando sale la gente. Pero aquellos mismos inúticuanto usted se lo mande...
les que invocaban la propiedad colectiva, faltos de
- V sin mandárselo.
cualidades para ser due1'ws absolutos, se drscu- Y hasta se tirará por un balcón, si usted se brían respetuosamente al paso de la fC'liz pareja,
lo dice. ¡Pobre Elena!
y era su saludo el homenaje que- nunca se regatea
- ¡!'obre! ¿Tan mal cree usted que le va á ir á la virtud indiscutible.
con mi cariño?
Los amigos de él sabían que se había enamo- Sí, sí; me da miedo. Es mucho atar un alma. rado locamente de Elena y que, contra su costumSería preferible hasta que le engañaran á uno.
bre de pensar mucho las cosas, se había casado en
- ¡Pero .\ntoñita! Todo esto no es más que un seguida; de donde inferían que no era un amur
ahorro de tiempo.
pasajero el que se había posesionado de su es- Y á usted, ¿quién le hipnotiza? ¿Quién res- píritu.
ponde de que usted querrá á Elena como ella le
Y en realidad no era falta de amor lo qur hava á querer á usted?
bía reducido á ruinas la dicha de aquel matri- Yo estoy profundamente enamorado de monio.
Elena.
Ruinas, sí; la luna de miel había sido para ellos
- ¡Ojalá! Pero lo dudo; no hubiera usted teni- muy corta.
do la habilidad y la sangre fría que ha demosAl año de matrimonio no habían tenido sucetrado.
sión, y sabido es que, faltos de este elemento aglu- Eso no; cada cual ama á su manera.
tinante de la familia, los matrimonios no son una
- ¡Hum! - Y haciéndole la señal de la cruz se combinaci6n, son una mezcla.
apartó del médico.
Oigamos á la misma Elena contar á la señora
de Andilla y á ..\ntoñita, que habían ido á visitarla, el relato de sus penas.
VI
- l\Iire usted, Concha, esto no hay quien lo
entienda. Yo no puedo dudar de que Ramón me
Una nuch(· calurosa, apoyados Ramón y Elena quiere; yo le quiero con toda mi alma; no tenemos
en el alféizar de una ventana, y dormida ella por un sí ni un no; yo sé que Ramón me es fiel. .. y,
la tiránica n1luntad de su nue\·o señor, éste, exas- sin embargo, él es desgraciado ) yo no puedo ser
perado por la resistencia pasiva de Elena, siempre feliz.
obediente, pero no enamorada, puso fin á un dis- \TerdadC'ramen te es una charada lo que está
creteo que se hacía muy largo sin llegar á un usted '1iciendo, Elena; pero créame usted, yo tenacuerdo, con cstas frases:
go alguna experiC'ncia de estas cosas: todas esas
- Hay que quererme, hay que desearme, hay niñerías acaban t'n cuanto \'iene el primer hijo.
que identificarse conmigo, alegrarse ó c-ntristecer- Xo, no - contestó Elena mordiéndose los
se con mis alegrías ó mis tristezas. ¡Hay que amar- labios y saltándosele las lágrimas-; nosotros no
me! - terminó con ruda energía, dand,&gt; con el ta- seremos felices nunca.
cón en el suelo y clavando sus ojos en la hipnoti- Pero, niña, ¿qué fundamento tiene ese diszada como dos garfios de abordaje.
disgusto?
¿Qué pasó entonces en el alma de Elena? Su
- Xo puedo adivinarlo; indudablemente yo no
rostro se tiñó de carmín, moviéronse sus labios sin sirvo para casada, por bruta, por incapaz. La verpronunciar palabra alguna, y sus manos se junta- dad es que siempre he sido muy pava, y ahora me
ron sobre el pecho. La hermosísima cabeza se al- atasco donde otra más lista resolvería la cuestión
zaba ansiosan1C'nte hacia Briceño como buscando en dos manotadas.
su norte.
- Una en cada carrillo de él - interrumpió
.-\1 choque poderoso d&lt;' la férrea \·oluntad de
.\ntoñita.
él parecía haberse roto el delicado fanal que guar• - Yo no digo tanto - objetó la ele Andilla -;
dara el amor ele ella, esparciendo por todo su sér pero ¡\·aya!, que cuesta trabajo \·erla á usted sufrir
la inquietante y rmbriagadora esencia que nos sin motivo. ¡Una chica tan guapa, tan virtuosa, tan
arroja en brazos del sér querido, con la incontras- enamorada de su marido! ¿Qué más puede pedir?...
table fuerza de una reacción química, que termina
- La primera V&lt;'z que le hable - dijo Antorn la formación de un cuerpo nuc\·o.
ñita - va á tener que oirme.
Desde aquella noche venturosa tocio había ido
- i Xu, por Dios! - dijo tlena -; comprená las mil mara\illas y á paso de carga: declaración
dería que yo había hablado dr ello y sería peor.
oficial, petición de mano, preparativos, formalida- Pero usted le ha preguntado...
des y boda.
- Sí, señora; lo único que me dice es que yo
En tres meses, Ramón había llegado á la meta no debo mortificarme, porque la culpa es suya.
de sus deseos, siendo el ingeniero de s'u. propia Nada, que había soñado con una Elena y ha envida, determinando previamente el trazado de la contrado otra muy distinta.
línea férrea de su dicha y lanzándose por ella en
- Vamos, no digas tonterías, hija. Si yo me
un expreso loco.
casara y me saliera luego el gaznápiro de mi ma-

•

(

•

(

,.

•

rido con que se había equivocado, la emprendería
con él á bofetadas hasta que nos llevaran á la dt·lega, como dicen los chulos.
.
Poco más hablaron las tres muJeres hasta la
llegada de Ramón, que venía de visitar sus enfermos.
Ramón se mostró jovial; parecía el hombre más
ctichoso de la tierra, y la conversación fué desd_e
aquel momento un tejido de hipocresías y mentiras impuestas por el decoro.
.
Antoñita se contentaba con abnr de vez en
cuando unos ojos como platos, al oir ciertas cosas
y recordar la procesión que andab~ por dentro.
Por último se marcharon las v1s1tantes, y Ramón quiso aprovechar el ficticio ?uen humor de
que había hecho gala, para sugestionarse y sostenerlo de veras.
Iba á proponer á Elena ir por la noche al teatro, cuando ella, que adivinó su pC'nsamiento, se
adelantó y dijo:
- Ramón, ¿te parece que \·ayamos al teatro
esta noche?
Una nube de plomo que le cayera encima no
le hubiera puesto más desesperado. Con acento de
infinita amargura, exclamó:
.
- Muy bien; ¿por qué no á la Comedia?
- Es precisamente el teatro en que estaba
¡1ensando.
Ramón lanzó un rugido y salió á escape de la
habitación.

VII
Algunas noches después Ramón se s_entó ante
sus disrípulos para darles la clase gratuita de enfermedades nerdosas, que le ocupaba los martes,
jueves y sábados.
.
.
La habitación era la últtma de la casa, próxima
á una escalera de sen·icio, por la ·que subían los
&lt;'Studiantes.
.\ntes de que Ramón se pr&lt;'scntara, los estudiantes habían puesto un papelito sobre la mesa,
como acostumbraban siempre que le pedían algo.
Ramón tomó el papelito, lo leyó, ) tu\O que
hacer un esfuerzo para disimular su emoción. El
papelito decía: «Se suplica al scño~ proresor qur
nos diga algo acerca del amory el hipnotismo.•
Fué para Briceño una p~ñalada. .
Largo rato pasó, coor~mando sin dud_a sus
ideas, cosa que los estuchan tes . no extra,na_ron,
puesto que le obligaban á impro~1,sar. Por ultimo,
haciendo un ademán de resoluc1on, c-mpezó con
voz no muy segura:
- Señores: no me sorprende la petición de ustedes; por el contrario, me la explico_ y aun la celebro. Es w1a desgracia que muchos ltbros d_e te?&lt;to estfo escritos, no por los que hacen _la ciencia,
investigando y encontrando verdades, smo por especuladores que llevan minuciosa cuenta de lo que
trabajan otros, y se enriquecen con ello. .
.
Estos ruquitos, estos majaderos, estos 1mbéc1-

�•

•

•

les ( ~o_rpresa de los alumnos, acostumbrados á una
exquiszt~ correc~ión de lenguaje en las explicaciones
de Ramon) sacrifican y ocultan la verdad siempre
qu~ choca, á juicio de ellos, con el pudor ó con la
sen~·lad¡ esa seriedad del asno, incompatible con
la ~1enc1a, corno si un libro de ciencia fuese una
~ev~sta de moda~ que hubieran de hojear las sen_ontas, ó C?~º s1 no fuera asunto serio el que encierra la felicidad de toda la vida.
&lt;;oged un li?ro d_e Anatomía y veréis con qué
sob_nedad de~cnbe ciertas cosas; hojead una Fisiol?gia Y ve~é1s que pasa como sobre ascuas por
c1~rtos ~ap1tulos; y en cuanto al amor, al impulso
pn1;11ord1al de la humanidad, á la llave de la Pato!o~ia humana en su_s nueve décimas partes, esos
1d1ot_as autore~ de libros lo dejan en el tintero, y
sonnen des~enosamente ante esa nüierla; como si
ellos no hubiesen andado en su tiempo con la ¡¡:ui1

tarra al hmnbro, y como si hubiesen dejado más
tarde la ~area de perpetuar su nombre al cuidado
de lo~ cnados de la casa. (Tremenda explosión de
carca;adasy aplausos de los estudiantes),
¡De cuántas desgracias son responsables estos
explotadores de las ideas ajenas!
Veng~mos_ al asu_nto. En el amor hay dos clases de hipnotismo, o por mejor decir, dos clases
de sugestión; pues, como ustedes saben, aquél no
es más que e~ procedimiento para producir ésta.
Hay la sugestión suave, lenta y sana, que emplea
para hac~rse a~~r tod? el mundo, y hay también
la sugestión rap1da, v10lenta, agresiva, ¡criminal!,
que se logra con los procedimientos hipnóticos,
. To~ios ustedes conocen el fenómeno: entre un
h1pnotlzador y _una hipnotizada, á poco que el prime'.o se empene, es asunto de media docena de
l!~s1ones que la mujer se enamore del hombre que

e

•

ha secuestrado su albedrío. Este procedimiento
es una puñalada para la mujer y un veneno mortal para el hombre. (Ramón pasa su mauo por la
cara con violencia, como si quisiese aplanarla borrando las Jaccionts; despttés, mds tranquilo, continúa):
Tratemos del primer procedimiento.
El hombre se encuentra en presencia de la
m'Jjer á quien ama y, al declararle su pasión, lo
hace con la misma zozobra que el jugador que
arriesgara su último dinero y tuviera que pegarse
un tiro en caso de pérdida. No sabe si saldrá su
carta ó la contraria. Más aún: no ha hecho nada
para lograr que sea la suya la que salga. Todo lo fía
á la suerte, lo cual sería imperdonable pudiendo
ser él y no la suerte quien decidiese; pero más
imperdonable todavía no siendo él ni la suerte,
sino un cerebro femenino que se da á conocer sin
esfuerzo, al que quiere estudiarle y que, sorprendido y halagado por las circunstancias que prefiere, otorga en seguida el •sí• que se desea.
¿Qué circunstancias, qué condiciones personales son estas? El trato con la mujer lo revela pronto; el asunto es, como en las cajas de caudales,
formar una palabra con la cual cerró la Naturaleza el corazón de la mujer; «inteligencia•, « fuerza», belleza•, elegancia• , «melancolía,.,•, y una
vez hallada la palabra, el corazón se abrirá, mostrando su riqueza amorosa. (Pausa). De cada diez
veces, en nueve formen ustedes, desde luego, la
palabra «fuerza• (Risas de los nl111nnos). Entre las
más delicadas y porcelanescas beldades de un salón es objeto de muchos mimos el poeta; pero á la
hora de bailar le quita la pareja el sportman.
De cualquier modo: ya sea haciendo alardes
de matón, ya de hombre económico, bien de místico, bien de bohemio, tal vez de melancólico, tal
otra hablando mal de las patatas fritas, hay que ir
al asalto del corazón de la mujer, después de haber estudiado los caminos que á él conducen.
Si, como es probable, entráis en la fortaleza,
tened mucho cuidado con la sugestión, Tan peligroso es abandonar el poder hipnótico que nos da
nuestra condición de hombres, como abusar de la
imposición hasta matar el menor asomo de independencia, Precisamente el encanto de la vida
conyugal se cifra en ganar una tras otra esas batallas minúsculas que ofrece el trato íntimo; y es
mayor todavía si tenemos la suerte de perder alguna de vez en cuando, porque así animamos al
contrario, peleamos con más ahinco y es más gustosa la victoria siguiente. Es la lucha del maestro
de armas y su discípulo,
Bien entendido que hablamos siempre de mujeres medianamente educadas, por lo menos; no
de esa clase de bestias irreductibles que, para mover la maldita lengua, se ponen detrás del Código
y no hay manera de taparles la boca si no es yendo á la cárcel, como se ve frecuentemente en las
clases populares.
Pero con mujeres que merezcan el nombre de
tales, la sugestión bien administrada es un encanto
eterno ... Sin duda Ramón iba á continuar los elogios de
la armonía conyugal; pero se detuvo, se ensombreció su rostro, frunció el entrecejo, y al cabo
rompió, como quien suelta de los hombros un peso
abrumador:

e En cambio, señores, no hay nada tan horrible
como el amor logrado por la violencia, por la coacción del procedimiento hipnótico corriente. Para
que haya armonía, se necesitan dos ó más notas
distintas; el do y el ,ni y el sol armonizan en el
acorde de tónica; pero, ¿se puede llamar armonía
á la suma del do y el mismo do? ¿Es posible que
suene bien un piano si, teniendo pisado el do, pisáis también el mi y éste suena también como do?
La vida, señores, es un perpetuo roce con el
mundo exterior; el músculo necesita, para vivir y
fortalecerse, pesos que levantar y resistencias que
vencer; si éstos faltaran, el músculo se atrofiaría;
el tubo digestivo lucha á sus horas para separar
lo útil de lo inútil, y transformar convenientemente lo primero; dadle sustancia alimenticia prepa. rada ya de tal suerte que nuestros jugos nada tengan que hacer en ella y pueda pasar en el acto á
la sangre,y desorganizaréis el tubo digestivo y mataréis al paciente; el aparato respiratorio necesita
eliminar el ázoe y absorber el oxígeno; dadle oxígeno puro y abrasaréis los pulmones y acabaréis
co¡¡ la vida; en una palabra: nuestro cuerpo vive
luchando y venciendo resistencias, y tan mortal
sería para él suprimir la resistencia, la lucha que
ésta provoca y el esfuerzo que ello exige, como la
falta de vigor para obtener esas victorias de cada
momento y sucumbir'arrollado por el obstáculo.
Y si esto sucede con órganos y sistemas de
condición secundaria, ¿qué no sucederá con el cerebro, el primero, el más delicado, el más noble
de todos y, por lo mismo, el más sociable, el más
necesitado de ese ejercicio vivificante que se llama
controversia?
Es necesario á la vida del cerebro el choque
con la opinión ajena.
.
Solamente los brutos creen tener razón en
todo,
No puede vivir el cerebro sin reducir contradicciones, sin dar y tomar ideas, sin comercio intermental: el aislamiento lleva directamente á la
locura.
Dad un paseo por el campo y acabaréis hablando solos.
Porque, notadlo bien: la contemplación de la
Naturaleza despierta en nosotros multitud de
ideas, pero estas llegan á ser en tal número y se
mueven tan desordenadamente, que el pensamiento gira como un torbellino sin producir cosa
alguna de provecho y se pierde en un laberinto de
incongruencias;si entonces se abren vuestros labios
para lanzar alguna frase, veréis que la palabra, colgada como una señora gorda del brazo del pensamiento, le contiene, suprime los torbellinos vertiginosos y le encamina paso á paso hacia un objeto
determinado. Con ayuda de las palabras, el hombre extiende la doctrina, articula sus principios,
construye el sistema y determina una tras otra las
aplicaciones, (Aplattsos, en seguida contenidos para
no perder la continuación). Y es que la palabra no
sólo es un elemento regulador de la actividad del
cerebro, sino también su excitante más poderoso;
es que la idea que sale formulada en palabras por
la boca vuelve á entrar en el cerebro por el oído
y, como si fuera opinión ajena, estimula nuestro
pensamiento invitándole á la contradicción, á la
rectificación, á la depuración de la propia idea. El
que habla solo, discute con su propia voz; el que

�•

)9

mesa, afianzando la mano izquierda al ~orde y señalando con el índice de la d~re~ha, gntó:
«Pues esa, ¡esa es la obra mlame de la sug_estión hipnótica! Envuelve el cerebro de la mujer,
,aprieta las ligaduras, descoyunta y rompe los resortes del pensamiento, destruye toda fuerza de
Jnde¡iendencia y lo arrastra. e? _p~s del n_uestro,
matando su personalidad, su 1111ciativa, su h~ertad
y su gracia; y dejando el n~estro c_omo musculo
·sin pesos, como estómago sm trabajo, _como pulmón quemado por el exíg~n?, como piltrafa 1~erviosa impropia para la felicidad y para la vida.
JSííííí! ... •
Con la cara al ras del tablero de la mesa, Ramón babeaba las palabras:
.
«Es indudable - contmuó sm abandonar tan
-extraña postura, - es indudable que así como
Dios hizo al hombre libre para quererle ó para
.odiarle pudo sujetar su corazón, pudo negarle ese
.albedrí~ y que todas las criaturas hubiesen ama.~o
y amase~ eternamente f la divinidad.:. Pero Dios
no lo quiso porque sa~1a lo que los miserables humanos tan amigos de imponer amores y resp~tos
por la 'ruerza, ignorarán todavía por muchos anos:

Dios sabía que el amor, si no es espontáneo, no
satisface.•
,
Dos estudiantes se habían abalanzado a él y
procuraban incorporarle.
. .
En esto se oyó tras de la puerta v1dnera el
ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo. ,
Ramón se puso en pie, levantando con él a los
que le sujetaban. Estaba terri_ble, de,scomp~esto.
_ ¡Ah!-gritaba :--,¡cuán -~1en dec1'.'-el emmente fisiólogo inglés miss Antomta, sobrina, de Carlos Rubio: c¡Es mucho atar un alma! ¡Sena preferible hasta que le engañaran á uno!•_
.
Abrióse la puerta vidriera y saltó una cnada
llena de susto.
- ¡Señorito!. . .
.,
Ramón levantó el tintero para arroiarselo á la
cabeza.
· - ¡Fuera de aquí! ¡Todo e~tá roto!. ·.._
Y cayó desplomado en el sillón, respnando fas
tigosarnente.
.
- ¡Está loco!-decían en voz baja los alumnos.
Unos le rodeaban, otros ayudaron á la criada
á. levantar á Elena, que había caído desmayada en
el pasillo.

.ll3 F ~brero 1&lt;yJ7.

escribe, contiende con su propia letra, y en uno y
otro caso, al decir «discute• y «contiende», quiero significar que contradice y purifica la verdad
perseguida en aquel momento. Así como el diamante sólo se talla con polvo de diamante, las palabras son también las partículas con que se labran las facetas del pensamiento, . (Los estudiantes rompen en una ovación delirante y prolongada.
Un estudiantón que está en primera fila, coge la
mano del profesor y le contempla embobado y sonriente).
Cuando Ramón consiguió calmar con sus ademanes el frenesí de sus discípulos, había desaparecido de su semblante la animación producida
por el entusiasmo científico. Sólo quedaba en él
la excitación oratoria, pero apuntada, sin duda, á
la zona negra del asunto, á la que venía bordeando sin afrontarla, por temor á poner el dedo en la
llaga propia. Ya era irremediable; había que enlazar aquella fisiología cerebral con el amor y
el hipnotismo, que era lo que aguardaban los
alumnos.
« Hemos dicho antes que la palabra que hablamos ó que escribimos excita nuestro cerebro
como si fuera ajena, como si no reconociéramos
nuestra voz ó nuestra escritura y discutiéramos
con otra persona. Y es que el mayor placer y el
más fecundo del cerebro es ese: la comunicación
con otro cerebro, el choque de ideas, la discusión,
el ejercicio que conserva la salud del órgano.
Y como también hemos dicho antes, la nota
producida por el otro cerebro ha de ser distinta
de la que el nuestro produce: si nosotros damos el
do, la mujer debe dar el mi ó cualquiera otra de
las notas que con el do armonizan, que son todas·

menos el si, ¡cosa curiosa! La nota característica
del que en música se llama acorde de sétima dominante, y fuera de la música significa que no hay
marido que transija con ese acorde de la señora.
Ahora bien; ¿qué armonía, qué trato, qué vida
es posible cuando el cerebro de la mujer no da
una nota distinta, sino exactamente la misma que
nosotros y de una manera insistente, monótona,
infalible, que taladra el oído, perfora el cráneo y
desgarra como un proyectil nuestro cerebro?,
Al decir estas palabras, Ramón · había ido poniéndose en pie, y cogiendo un libro que tenía sobre la mesa, lo arrojó de plano contra ella á la conclusión del párrafo.
Entre los alumnos se produjo un silencio en
que se mezclaban la sorpresa y el temor. No sabían lo que le pasaba á don Ramón, pero era indudable que le pasaba algo.
Ramón, como asustado del ruido y corno avergonzado de aquella violencia, continuó:
« Ko; no hay trato ni vida posible cuando el
cerebro de la mujer es como un pedazo de nuestro
propio cerebro, cuando la idea que ha de salir al
paso de la nuestra es la misma idea que ha brotado en nuestra mente, cuando hasta las palabras
con que íbamos á formularla (Estrujando el papel
que habían escrito los alumnos) salen por la boca de
la mujer en vez de salir por nuestra boca. •
Las manos de Ramón temblaban. Su voz pasaba repentinamente d e ronca á chillona. La mayor
parte de los alumnos estaban sobrecogidos; algunos, alarmados y llenos de zozobra, habían visto
moverse los visillos de la puerta que daba paso al
interior de la casa.
De pronto Ramón, echando el cuerpo sobre la

•
FIN

¡ ti
literario -,, No se devuelven los orlglneles.
Reservados to-fas
los derechos
de p~~,z;~~I
i"m;r::1a de Jos~ Blass Y Cia., San /\'\ateo 1, l'\adrld.
Fotograbados
de Durá
y Compañia.
-

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\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

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.

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Obras de F. Serrano de la PEdrosa

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~17;)17,)

La punta del velo (folleto médico).
A medios pelos (artfculos y romances).
Las inundaciones y la repoblación forestal .
La lectura como arte.
El derecho del pataleo.
Tomo primero: La polltica.
Tomo segundo: La administración.
TEATRO (en un acto).
Gabinete magnético.
El pais del abanico (zarzuela).
El lazareto (zarzuela).
El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
La pelota en el tejado.
Por unos dias.
El pavo de la boda (zarzuela).
La gruta del eco (zarzuela).

35 CALLE DE CARRETAS 35

~C's:,~

Guardamuebles público

=

'¿ºp~:s~r.;:~:t~
EL MEJOR, MÁS ECONÓMICO Y MAS CÉNTRICO
GUARDAMUEBLES: OLIVAR 15 C's:, TELÉFONO 1946
CASA CENTRAL: PLAZA DEL ANGEL 6

AGUSTÍN G. FOVES

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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>r

\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

Pastillas Antiepilépti cas de Ocboa

.

No quitan el apetito
No deprimen
Cortan rapidamente
los accesos

CONFESION
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ALVAREZ GOMEZ - Calle de Peligros. núm 1 duplicado

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17;)

HABER RECIBIDO LOS GÉNEROS INGLESES Y DEL PAIS

Obras de F. Serrano de la PEdrosa

cARAMELos DE a&amp;Rnz 5iPEf1tkfx RotoAN
~17;)17,)

La punta del velo (folleto médico).
A medios pelos (artfculos y romances).
Las inundaciones y la repoblación forestal .
La lectura como arte.
El derecho del pataleo.
Tomo primero: La polltica.
Tomo segundo: La administración.
TEATRO (en un acto).
Gabinete magnético.
El pais del abanico (zarzuela).
El lazareto (zarzuela).
El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
La pelota en el tejado.
Por unos dias.
El pavo de la boda (zarzuela).
La gruta del eco (zarzuela).

35 CALLE DE CARRETAS 35

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30 Cínts.

�El [uento Semanal
¡/v'\adrid

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Libros y Revistas
Rima■ del trópico, por Alfredo Gámez Jaime. - Imprenta de Arcbi.-os. Madrid.
Rs un libro sano; libro caliente, lleno de emotividad y
de color. Al frente del volumen figura un gallardo prólogo
de Salvador Rueda, del cnal entresacamos los párrafos siguientes:

«Acaba de llegará nosotros la voz de un poeta americano, cuyos versos transmiten al espirilo la emoción firme
y reconfortadora de la vida. Me refiero á Alfredo Gámez
Jaime, que, acaso por venir de la República americana
donde el idioma español se conserva más puro (Colombia),
trae en sus poesías la fórmula largo tiempo esperada (é iniciada yn espléndidamente por algunos) de la fusión, bajo
un troquel propio, de los elementos ambulantes que se observan en la lírica general de aquellos países.» •..••.••...•
.........« Canta lo mismo lo externo que lo interno, el
sentimiento que la pldstica, la armadura carnal del hombre
que sn alma. Es amplio de visión; abarcador ambicioso de
horizontes emocionales; inopinado, al ,·olar de unos asuntos á otros; perseguidor de la imagen, que muchas veces le
brota repentina como una lumbrarada.» .•.••
Marrueco■,

Politlca é lntereaes de Bapall.a en cate
Imperio, por Eduardo Caballero de Puga. - Imprenta de
E. Arias. l\ladrid.
Obra ilustrada, mu y bien documentad:i y de gran actualidad.
~
Azul. - Ha empezado á publicarse en Zaragoza, bajo
la dirección de Eduardo de Ory, esta notable revista, entre cuyos colaboradores figuran los literatos españoles y
americanos más eminentes.

El Nuevo Mercurio. - El núm. 8.'' de esca importante
revista publica una sección titulada ,,~Conoce 11stt:d E.-.p2ña?»,
en la que colaboran Paul Adam, René Bazin, jules Clarctie,
:More! Fatio y olros prestigiosos escritores.
Ademlls publica artículos de Miguel de Unamuno, Rubén
; &gt;ario, Pérez Tria na, E. Lora y P. Aumechian.
Páginua Ltb.-es. -

El núm. 7 de esta reví.ta publica el

siguiente sumario:
«El nuevo renacimiento», por Claudio Reina; «Consejos
útiles», por Clemencia Jaquinet; ~Los siete enigmas del Universo», por Fernando 1'arrida del Mármol; «Primeras civilizaciones: La India», por Ramón Baños Martínez; «Anarquía
é individualismo», por Teresa Claramunt; «Sumisión y rebeldía», por M. Meléndez Muñoz; Papel recibido; Folletín: «El
mundo y el hombre», por Ralph \Valdo Emerson.»
Burla Burlando. ·-Tales el título de un semanario frs(h•o ilustrado que ha comenzado á publicarse en Granada.
El periódico en cuestión abunda en notas de buen humor
y está todo él escrito con ingenio y t,Pril,
Deseamos toda clase de prosperidades al simpático
colega.
Hojas SelectaA. - Sé ha publicado el nürn. 6q de b revista mensual llo¡as Stltclas. correspondiente á ~cptiembre, cn cuyos pA¡?inas, pulcra mente ilustradas, se cons•gra la alcnción debida á los asuntos de culminantc actualidad.
Publica ademh las acostumbradas secciones de «Moda
parisiense», nota cómica, nota política y pasatwmpos.

Yeclanerfo1. - Colección de poesías de Maximiliano
C. Soriano. -- 'fipogr,ilia l\lodcma1• Elda.

f.

FRANCISCO
ARO 1 - 6 Septiembre 1907 - N.º 36

VILLEGAS
(Z EDA}

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
ExtranJero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

30 CéntiffiOS

CONFESIÓN

Por el Arte. - Publica esta revista, cuyo número correspondiente á Agosto hemos recibido, interesantes artículos
que firman F. ~Iontagud, J. :M. Alcoreno, Manuel Abril,
J. Huidobro, J. Villaseñor; profusión de grabados, noticias,
etcétera, etc.

I

N

Consultorio 6rafoldgico 6RA[ HTN E8
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

J. R. B., Zaragoza. - Sensibilidad exceslvn; Impresionabilidad; carácter amable; gran deseo de ganar dinero; actividad; espfritu de organización; Inteligencia culttvada; mucha prudencia
en los negocios y disposiciones para el comercio; combatividad;
vivacidad; naturaleza poco entrglca; temperamento bien equilibrado.
Un neurasténico verde. - Espíritu muy independitnte; gran
amabilidad; Inteligencia muy claro; buen grado de cultura: gran
propensión II la melancolía y al desaliento; carácter sensible, á la
vez que muy rencoroso; voluntad dominadora; i:ran sinceridad;
temperamento nervioso-sangulneo; desconfianza

Meflstófeles. - Naturaleza bastante Interesada; gran actividad lfsica; bastnnle vanidad; sensibilidad muy despierta; espiritu
vivo; gran nervosidad; afición á discutir; bastante tenacidaa en la
resistencia: expansión con los extraftos; conciencia generosa y
bien equilibrada: inclinación á lo misterioso; puede usted cultivar
las ciencias ocultas, de tas cuales me dice poseer algunos conoc,.
miento~, porque tiene usted disposiciones muy marcadas para
ellas; fijese ea el signo tan raro que en JU graf,smo adorna ta d
minúscula, y tendrá usted el secreto del signo de la curiosidad de
lo oculto.
facasse -Amor al dinero; deseo de proteger; gran intuición;
generosidad bien entendida; equilibrio en las facultades; formulismo; voluntad pacienzuda con accesos de terquedad; expansión
prudente y sólo con los extraftos; poca vivacidad.
M. Htscbvan, Barcelona. - Sensibílldad desequilibrada; esplritu muy fino; l(ran inteligencia: vivacidad; voluntad que se gasta á troche y moche y que hace falta en los momentos decisivos
de la vida; temperamento débil; inmaterialidad; actividad fisica;
carácter Incomprensible (insais/ssable); ninguna expansión.

Oazeful.- Espirituacaparador; gran facilidad de asimilación;
Inteligencia mlly clara: es usted de estas naturalezas privilegiadas que poseen comprensión tan viva, que vislumbra todas tas
cuestiones; pero cuidado, porque et defecto general de estas naturalezas es :onlar demasiado con su maravillosa facilidad, lo
que puede dar por resultado un espiritu muy brillante, pero algo
suptrficial; carácter amable; salud bien equilibrada; mucha lógica; voluntad dominadora; actividad; buen gusto arlfstico; vanidad; naturaleza ávida de honores y alabanzas; creo que podrla
usted cultivar las letras con txilo.
Carmen la lista -Sensibilidad moderada; la cabeza domina
el corazón; deseo de perfeccionarse; ninguna expansión; voluntad
tenaz, á veces terca y tiránica; buenas d1sposic1oms para ta •conomfa; conciencia bien equilibrada; inclinación á ta tristeza: bastante afición á los quehaceres doméstico,¡ temperamento san•
guineo-nc1v10s0; deseo de agradar y de seducir.

CHAMPAGNE BINET
REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IOUAL PRECIO

estoy de ali\ iar las pen~s
e n que mi corazón rebosa, depositando en un pecho amigo la narraci(m de ellas. Todos los periódico~ han traído y llevado mi nombre, y rcfendo y comentado, por supuesto, falseándolos, los hechos que componen el doloroso. drama en
que me he \ isto envuelto. lmpos1hle es, po~
consiguiente, que no haya llegado hasta ~1
la noticia de mis desventuras. Para que tu,
tan recto como clarividente.
seas mi juez ó para que, si
no quieres serlo, me compadezcas, ó en todo caso,
con el fin de desahogar, por
medio de algo así c~mo _una
confesión general, mt atnl:&gt;Ulada conciencia, te escnbc~
estos renglones, en los c uales he de ser tan sincere&gt;
como el creyente convencido lo es á los p ies de su
confesor.
En la casa que poseo lejos de mi patria, en esta riscosa soledad, en donde he
de permanecer el resto de
mis días, podré trazar puntopor punto, ser~na ~ impar~
cialmente, la h1stona de mt·
vida. Soy como un náufrago•
que, resucito á no embarcarse jamás, cuenta, desde su
roca solitaria, ,los incidentes.
de su desastrada navegación
al t ravés de los mares tempestuosos.

1

ECESITADO

** *
Hasta poco ha la vida era
para mí una llan_ura _monó~
tona: ni altos ni baJOS, ni
grandes alegrías ni gran~es..
disgustos. Las pasiones violentas me parec1an
cosa de teatro 6 de nm ela, ó cuando más, raras
excepciones, raptos de una especie de l~~ura
que solamente debía de atac~r á los e~pmtus
desequilibrados. Yo me cons1d~rab~ libre de
tal peligro. Vivia, ó vegetaba mas ? 'en, com?"
aparentemente vege tan todos los seres anodinos que com ponen e l rebaño humano.
:,\li jmentud fué como la de la mayor parle de

�los jóvenes burgueses: seguí á trancas y barrancas
una carrera universitaria, acabada más por la tolerancia dañina de los profesores que en virtud de
mis propios esfuerzos; adquirí, en vez de ideas,
unas cuantas frases que sonaban á ciencia, pero
que estaban huecas, y con las cuales, sin embargo,
logré conquistar una posición. A los veinticinco
.años, muertos mis padres, me encontré dueño de
un capital, cuya renta, unida á mi sueldo, me daba
ücupar en sociedad un puesto en\'idiable. ¿Quién
me tosía á mí con mis cuatro mil reales de ingreso
.al mes, mis veinticinco añus, mi figura no despreciable y mi salud á prueba de excesos '-iue, á decir verdad, rara vez cometía? Porque yo era como
suelen ser los jóvenes de la moderna clase media:
serio, ordenado y económico. Ya habrás reparado
en que el ideal de la juventud contemporánea es
el ser práctica, y yo realizaba ese ideal. :\Jis vicios,
que también los tenía, estahan sujetos, por decirlo
.así, á una rigurosa disciplina. Cuando podía satisfacerlos gratis no desaprovechaba la ocasión; cuan&lt;lo tenía que pagarlos, buscaba siempre lo barato.
Podría decir al céntimo lo que me han costado las
.1legrías de mi juventud. Todo, absolutamente todo, lo conservo apuntado, con la exactitud con que
.anota el comerciante las operaciones de su casa.

** *

Cierto que el medio no crea nuestro carácter
pero ¡cuánto no lo modifica) aun deforma! La ciudad donde nací, y en la cual he pasado mi juventud, es una de esas de Castilla en las que sólo vive
lo que está muerto: sus , iejos monumentos, reliquias melancólicas de una sociedad desaparecida.
,\ la sombra de sus vetustos paredones, duermen
más que viven, unos cuantos centenares de familias hurañas, apegadas á legendarias rutinas, aisladas unas de otras, conservadoras de los defectos y
vicios del pasado, sin ninguna de SLIS virtudes y
enemigas de todo progreso espiritual; allí el fanatismo sin fe, la codicia sin grandeza, el deseo sin
pasión, el odio sin valentía; la , ida ha quedado
estancada y se ha corrompido.
En tal mundo, la hipocresía se convierte en
una segunda naturaleza: la más leve falta, si se
hace pública, es motin1 de escándalo; las más naturales expansiones de la juventud, actos de cinismo; calificase de ridículo el entusiasmo; el amor
debe ser mesurado y andar oculto; la intimidad y
aun el simple trato entre personas de distinto sexo,
es cosa I irohibida. Bajo estas apariencias austeras el
diablo anda suelto, pero siempre imisible. Poco importa que no seas casto con tal de que seas cauto.

***
Un hombre serio, y yo lo era á los veinticinco
a1'íos, no est{t bien soltero; el matrimonio da respetabilidad y suele servir á una persona práctica
para doblar dr un solo golpe su caudal. En todos
los negocios se arriesga el dinero por la hipótesis,
más ó mcnos probable, de obtenc&gt;r una ganancia;
en el negocio del matrimonio, no; se juega sobre
!.eguro. Para la mayor parte de los jóvenes como
yo era entonces, la cruz del matrimonio es la cri,z
&lt;!el signo de la suma.
Eso fué mi boda: una operación aritmética.

11aría de los Angeles, Angelita, como su papá
la llamaba, es hija de un acaudalado señor, hombre respetable, mangoneador de la política provincial y diestro en manejar los asuntos públicos,
sin olvidar los prirados. Además de respetable es
práctico, cualidades que caminan casi siempre en
íntimo consorcio. No hay cuidado. de que se deje
llevar de ridículos romanticismos - son sus palabras-, y para él es romanticismo puro todo acto
que no nos acarrea alguna utilidad. Hizo contratas
con el Estado, administró fondos ajenos, prestó
dinero á réditos y se hizo rico; se casó, fué padre
de una hija y se quC'dó dudo.
Angeles es en lo fisico un tipo insignificante;
una rubia linfática, ojos apagadPS, carnes flácidas
y manos lindas. Tales manos son una agravante de
la pereza de ,\ngelita; su esmero en cuidarlas Ir
impide hasta pegar un botón; son un adorno d •
su persona, no instrumentos de trabaj ,.
Yo la conocía desde niño, cosa que nada tienr
de particular, porque á Angeles, desdr que saliú
del colegio, se la veía en todas partes: en el paseo,
en la iglesia, rn el teatro, en el balcón. Antrs de
nuestras relaciones tuvo los novios á docenas,
como que era uno de los mejores partidos de b
provincia. Pero los noviazgos duraban poco. En
cuanto el padre se enteraba de que el pretendiente era un pelagatos, le decía á su pimpollo: «Angelita, no sigas tonteando con ese muchacho... ,
no tiene sobre qué caerse muerto: esas relaciones
no son prácticas•; y Angeles, incapa,: de sentir el
amor y penetrada también inconscientemente del
positiYismo paterno, plantaba con la mayor frescura al novio inservible, que en seguida era sustituído por otro, el cual, á los pocos días, sufría
la misma suerte... Y así sucesivamente.

.,

El padre, que desde mis primeros escarceos
estaba como quien dice al cabo de la calle, )' que
tuvo buen cuidado de hacer inquisiciones análogas á las mías, sobre mi estado ji11ancie1·0, me recibió en palmitas. En un ,·erbo quedó concertado
el enlace. «Si mi hija lleva para cenar, pens~lx1,
éste lleva para comer.• Y yo me repetía: •S1 yo
llevo para comer, ella llcYa para cenar... • Xo po
día haber, por lo tanto, más perfecto acuerdo entre los contrayentrs. La boda quedó concertada
para unas cuantas semanas: después de nuestra
conferencia.

* *

El último de la serir fuí vo. Desde mucho
tiempo antec; había puesto los ,íjos en ella ... ; no
los ojos del amor, ni siquiera los del deseo, sino
los del interés. Procuré enterarme, tem!'roso de
1111 posible desengaño, de la cantidad á que ascendía la hijuela de mi futura, y me convencí de que
era abundante y saneada. Tal maña hube de darme en husmear los bienes de Angeles, que, sin
vanidad lo digo, antes de comenzar mis operaciones diplomáticas cerca de ella, habría podido hacer con toda exactitud y minuciosidad el inrentario de su caudal.
De este modo documentado, empecé mi campaña; adulé al padre, le pedí consejo - que no
necesitaba - para emprender no sé qué negocio;
cortejé á la hija, ensalcé la belleza de sus manos,
y cuando me penetré de que el padre me trataba
con visible deferencia y de que la chica no me miraba con sobrecejo, expuse á :-\ngelita mi atrevido
pensamiento.
La primera con,·ersación que sobre asunto tan
delicado tuve con ella, me comprobó lo que ya
sospechaba yo, esto es, que Angeles era «un pedazo de carne con ojos•. Tan flácida como su
cuerpo blanducho era su alma; ninguna pasión, ni
buena ni mala, podía agitarla. Era una masa mantecosa modelada por la rnlgaridad. «Yo. . . si es
verdad lo que usted dice ... Hable usted á mi
papá, y si él quiere... ¡Qué cosas tiene usted! ...
Todos los hombres dicen lo mismo... •

** *
\' llegó el día de la IJocla. \'estida ella ele ~!aneo, con el wlo y el ramo de azahar consabidos;
yo de negro, circunsprcto y gra,·e, como el _caso
requería; estirados y solemnes nuestros padrinos,
elegidos entre lo más granado de la ciudad, _Y
amigas y amigos hechlls un brazo de mar, nos_ d_1rigimos, todos en coche, á la iglesia, dando ennd1a
á la burguesía provinciana, que se asomaba á los
balcones á Yernos pasar y asombrando al pueblo
soberano, que se agolpaba á las puertas del trmplo.

** *
1

•

Pocas eran las ilusiones que me había forjado
yo acerca del carácter y atractivos personales de
mi esposa; tampoco, ya lo he dicho, pasó por mi
corazón, respecto de ella, nada que se pareciese

al amor verdadero. Esto es la verdad pura; pero
no lo es menos que jamás creí que pudiera existir
una mujer tan insensible y apática _como ella. ,Su
temperamento era como mech~ moJada, que n,111guna llama podía encender. S1 á veces en m1 el
deseo tomaba apariencias de amor, ~n~on~rábame
con una pasiúdad indiferente que 111 stqut~ra me
rechazaba. Cuando esperaba de ella un suspiro, me
contestaba con un bostezo; cuando daba yo á mis
palabras el calor de la pasión, solí~ ella interru~pirlas para hablarme de los d~sc~1dos ~e ~a ~oc1nera. En un principio aquella 111d1ferenc1a trntaba
mi amor propio. Después llegué_ á percatarme _de
que mi mujer era un sér refractario al amor. ¡Qmé_n
sabe si muchas castidades no son como la castidad ele mi esposa: la Yirtud de callar que tiene el
mudo!
*
* *
,\ todo llega uno á hacerse, y yo también hube,
al cabo de algún tiempo, de acostumbrarme á la
compañía de :\ngeles. ! lasta he de declarar 9-ue
me molestaba poco. No encontré en ella, es cierto esa comunidad de ideas y de gustos que, cuand~ se amasan co_n el amor, son la gloria en la tic-

�rra, y si aquél falta, lo suplen; pero en cambio, por
lo mismo que la penetración de mi mujer era escasa, me veía libre de suspicacias y sospechas, para
las cuales no faltaba algunas veces motivo.
Mi conducta era correcta, como correspondía
á mi cualidad de hombre serio, cualidad que iba
acentuándose conforme los años pasaban. Con
todo género de precauciones evitaba el escándalo; pero de cuando en cuando, como mejor podía,
buscaba compensaciones á las frialdades de mi esposa. ¡Ruines compensaciones que, si encendían
momentáneamente el deseo, causábanme después
tedio y hasta algo así como menosprecio de mí
mismo!
Y de este modo se pasaban los días y los años,
y pasaron diez, y durante ellos mi vida fué la imagen_.q_el limbo, sin pena ni gloria... un camino sin
cuestas ni hondonadas ... la llanura inacabable del
aburrimiento.
Conservaba, sin embargo, la vaga conciencia
de que existían en mí fuerzas para vivir otra vida,
fue_rzas que, como tantas otras, se perdían sin empleQ, anuladas por el medio en que la suerte me
había colocado.

II
Las vacaciones del verano de 190... (sabido es
que en el verano hay vacaciones para todos), no
sólo me dejaron libre de trabajos apremiantes, sino
que me emanciparon por algún tiempo de mimonótona vida conyugal. Mi mujer, para quien San
Sebastián era el mejor de los mundos posibles, se
extasiaba ante la Ídea de pasar en la capital donostiarra un par de meses. A mí la vida de San
Sebastián, en compañía de mi esposa, me aburría
soberanamente. El ir y venir á hora fija por el boulevard, el bañarme con ella todas las mañanas á la
vista del público, las veladas y cotillones del Casino, el contacto con gentes que yo no conocía y
que además me parecían cursis ... todo era causa
de que no me apeteciese el viaje veraniego á la
concurrida ciudad vasca. ·
Por fortuna, un acontecimiento inesperado vino
aquella vez á librarme de la obligada excursión de
todos los años. Hacía poco tiempo que h!1bíamos
heredado de un lejano pariente unas tierras de escaso valor en Andalucía, y yo, así se lo dije á mi
mujer, debía ir en persona á fin de sacar el mejor
partido posible de la ve1'1ta.
A Angeles le pareció de perlas mi idea. Ella
se marcharía con su padre á remojarse en las aguas
de la Concha, y yo, una vez despachado el asunto,
iría á reunirme con ellos.
Como se pensó se hizo, y el mismo día en que
mi mujer y mi suegro salían camino del Norte, yo
me alejaba en dirección al Sur.
En cuanto el tren que me conducía hubo salvado el puerto de Despeñaperros, me pareció pasar de un mundo á otro completamente distinto
de aquel de donde acababa de salir. Todo era diferente: la vegetación, los tipos, los vestidos, el
lenguaje, e l acento. A la aridez de las llanuras de
la Mancha y á la austeridad de los paisajes castellanos, sucedíanse las rientes perspectivas andaluzas: extensas vegas regadas por ríos de sosegado
curso, que ya se deslizaban por entre cenicientos
olivares, ya por extensas praderas en que retozapan potros de arrogante estampa ó pastaban toros

de feroz aspecto. De cuando en cuando un pueblecillo de blancas casas diseminadas en torno de
alegre torre, con sus huertos cercados por pitas y
chumberas, sus ramilletes de palmas y sus setos
de rosales.
, En una estación, de cuyo nombre no me acuerdo, dejé el tren para tomar la diligencia que había
de llevarme á Bellamar, el pueblecillo término de
m~ Yiaje. Amanecía. Entre las ramas de un árbol
enbrme plantado en medio de la plazuela en donde estaba el parador de la diligencia, piaba, saludando la venida de la aurora, un enjambre de pajarillos.
Como media hora duraron los preparativos de
la partida. Una desgreñada moza, descalza de pie
y pierna, ayudaba al zagal á poner maletas y baúles en la baca del coche, contestando muy -complacida á los chicoleas del mozo. El mayoral, en
tanto, iba sacando de la cuadra y enganchando al
enorme vehículo, una antigua diligencia con berlina, intetior y rotonda, hasta ocho caballos de largas crines, que al sacudir, como para desperezarse,
las cabezas, hacían sonar los innumec_ables cascabeles de sus colleras. Tres viajeros soñolientos esperaban el momento de marchar, sentados en et
b~nco &lt;le piedra que rodeaba el tronco del árbol.
Cuando estuvieron enganchados los caballos,
el mayoral, _un mocetón moreno, fornido y simpático, de ancho sombrero, pantalón ajustado y chaquetilla corta, gritó con acento andaluz muy cerrado:
- ¡Cabayeros, ar 'coclte!
Y mientras los viajeros soñolientos se acomo~
daban en el interior de la diligencia, yo trepé al
pescante, deseoso de disfrutar del fresco airecillo
de la mañana y de recrear mis ojos con la contemplación del paisaje. Montó el zagal en uno de
los caballos delanteros, chascó el mayoral la tralla,
oyóse el «adiós,, «adiós• de la moza, y el viejo
armatoste, arrastrado por los ocho caballos y dando saltos sobre el empedrado, recorrió una larga
calle y salió á la carretera, cuya cinta blanca, serpenteando entre campos y praderas, aparecía y
desaparecía á causa de los altibajos del camino,
hasta perderse en el horizonte.

alegres caseríos de blancas azoteas, rodea_dos de
palmeras y de plátanos. Numerosas acequ~~s que
se entrecruzaban hacían pensar en un prohJo bordado de piata s¿bre verde terciopelo. Veíanse á
uno y otro lado del camino extensos viñedos cuyos pámpanos y hojas, en vez de arrastrarse por
tierra merced á redes de alambre colocadas en
alto por medio de cañas, formaban extensos túneles de temblorosas bóvedas.Las chumberas extendían por todas partes sus pinchosas palas, como
grandes manos que _Pi?iesen Jimosma á los b?rdes
de la carretera, y limitaban las hereda~es o fo!maban macizas manchas en los oteros leJanos. En
los remansos del río, cuya línea tortuosa señalaban altos árboles, lavaban grupos de mozas que,

-..

'

~

~·• ....,
...

*

* *

Habíamos subido ya hasta la venta del Altorcao, que no era otra cosa que unos cuantos paredones cuarteados entre montones de escombros.
Un poco más allá había una cruz de piedra rodeada de cantos; cada canto representaba un Padre
nuestro rezado por el alma del que allí perdió la
vida...
.
Paró el coche en lo alto de la cuesta á fin de
dar algunos minutos de descanso al ganado. Los
mulos echaban un chorro de sudor por cada pelo.
- Mire usté - dijo el mayoral.
Allá lejos se extendía el mar, cuyas brumas
apenas dejaban entrever junto al horizonte lo_s cont ornos abruptos de un cabo. Del agua azul venía
hasta nosotros una brisa fresca y olorosa que templaba el calor del sol. La diligencia comenzó á
bajar rápidamente hacia la arenosa ribera. El paisaje, que por el lado de la cuesta que acabábamos.
de dejar atrás era árido y peñascoso, se había convertido d e repente en hermosísimo panorama. En
medio de valles frescos y apacibles, destacábanse

don Luciano Cárceles, que este era el nombre de
la persona que deseaba comprar mis recién heredadas tierras.
En el ancho portalón, delante del cual descansaba llena de polvo la desenganchada diligencia el fondista ó posadero, cómodamente repantigado respiraba satisfecho la fresca brisa del mar.
~ ¿Sabe usted- le pregunté - dónde vive et
señor Cárceles?
- Cárceles hay dos, sin contar con la de los
presos - contestó el posadero, no queriendo desaprovechar la ocasión de hacer un juego de palabras-. Usted ¿por quién pregunta, por don Juan
Cárceles, el maestro de escuela, ó por don Luciano Cárceles, el amo ó poco menos de este pueblo~

al sentir el cascabeleo de la diligencia, suspen&lt;lían
momentáneamente su labor para mirar el coche.
A medida que avanzábamos, el caserío era más
nutrido y la vegetación más espesa. Hasta nosotros llegaba ya el rumor del oleaje que se desh~cía en la arena dorada de la playa. Al doblar la diligencia un recodo del camino, apareció ante nuestros ojos, como á dos kilómetros de distancia, el
pueblo de Bellamar, parecido á un rebaño de blancas ovejas custodiadas por un viejo rabadán, que
tal parecía el torreón ruinoso de la antigua alcazaba, erguido sobre el cerro á cuya falda, mirando
al mar, se escalonaba el pueblo en forma de anfiteatro.

III
Mediaba el día, cuando después de asearme y
de variar de traje en la posada con honores de
fonda en que acababa de dar con mis huesos, molidos de la larga caminata, me dispuse á visitar á
~

'l •r#'/

,

- Por don Luciano pregunto - le respondí.
- Pues mire usted, echando por esta calle
abajo - el posadero se había levantado y accionaba delante de la puerta - y luego tomando á la izquierda hasta llegar á la plaza _de
la fuente y torciendo después .. : Pero 1~eJOr
será que le acompañe á usted Colás. ¡Colás,
niño! - gritó.
Por una de las puertas interiores del zaguá_n
salió el niiio, un mocetón de treinta años cumplidos, que olía á cuadra.
- Ve con el señor á enseñarle la casa de don
Luciano Cárceles.
- ¡l\lfuehas gracias! - dije yo, y eché á andar
detrás del ni,io.
El sol dejaba caer sus rayos de oro d~rretido
sobre los moriscos edificios del pueblo, enplbegados todos ellos· su blancura, herida por el sol, producía un resplandor que cegaba_ Hacía un calor
asfixiante; mas al pasar frente á las bocacalles que
daban al mar, sentíase suave carici¡i de fresc_ura.
Subimos y bajamos varias cuestas, unas polvone1:tas de carretera y ot:as empedradas con puntiagudos chinarros.Al cabo de unos cuantos m111utos.
de fatigosa marcha, llegamos á una plaza á la que
daban alguna sombra grandes y copudos castaños. En el centro de frondoso jardín, uno de cuyos frentes dominaba la marina, alzábase un hotel

�elegante y coquetón, por cuya verja de entrada
se veía una escalinata protegida por elegante marquesina y flanqueada de grandes macetas.
- Esa es - me dijo Colás - la casa de don
Luciano Cárceles.
La verja estaba abierta; entré, subí la escalinata, y empujando una puerta de cristales que ostentaban la cifra del dueño, me encontré en un
espacioso recibimiento, fresco y sumido en apacible media luz. En la puerta que daba frente á la
de entrada apareció una hermosa mujer vestida
de claro y con flores en la cabeza.
- ¿Don Luciano Cárceles? - pregunté yo.
- ¡Ah!, ¿pregunta usted por mi tío? - dijo la
joven con gracioso acento andaluz y con una voz
un tanto opaca, pero insinuante y sugestiva-.
Pase usted, pase usted. Voy á avisarle en seguida-. Y haciéndome e ntrar en un gabinete más
bien agradable que lujoso, con mecedoras de las
llamadas de Viena, cortinas de cretona clara y
persianas verdes en las d os grandes ventanas,
desapareció ligera y silenciosa.
- ¡Hermosa mujer! - pensé.
A los pocos momentos se presentó
por la misma puerta
por donde yo acababa
de entrar un señor
más que maduro, pero
fuerte y bien plantado, de fisonomía franca y movible, vestido
con un traje de dril
de blancura impecable.
- ¿A quién tengo
el gusto de hablar?
-Soy el dueño de
las fincas que usted,
según carta que recibí
hace algunos días,
quiere adquirir.
-¡Ah! ¡Usted
es! ... Siéntese usted,
siéntese usted ... Me
alegro tanto. De palabra se entiende la
gente mejor que por
carta...
·
- Eso he pensado
yo también.
- Las cosas claras - dijo sin hacer
caso de mi interrupción. - Ya se lo dije á
usted por escrito. A
mí me convienen esas
tierras. Otro empezaría á hacer ascos. Yo
no. A mí me gusta la
franqueza; e l pan,
pan ... Puesto que
usted está resuelto á
venderlas, he de decirle que nadie se las
pagará mejor que yo.
¿Sabe usted por qué?
Pues porque con ellas

redondeo mi finca del Almendral. Lo que yo ofrezco no será mucho, convengo en ello. La propiedad
aquí en Andalucía ha bajado tanto, y se comprende ...
- Si, es verdad - dije yo tratando de poner
un dique á aquel torrente de palabras-. Si á usted le parece, podemos tratar. ..
- Tiempo hay de sobra. Además, por mil pesetas más ó menos no hemos de reñir. De todas
maneras, si usted se empeña ... yo doy quince mil
pesetas ... lo dicho; tres mil duros, y apuesto á
que no hay en el pueblo quien le dé á usted dos
mil. Sesenta mil reales; ya se lo he dicho á usted
para redondear... Bueno. De modo, que si usted
acepta, mañana vamos á casa del notario ...
Hablé yo, volvió á hablar él, y después de una
hora larga de repetir los mismos argumentos y
frases, convinimos en que me darí1 18.000 pesetas.
- Y apara quiero presentarle á mi hija y á mi
sobrina. Mi sobrina es la joven que ha visto usted
á la entrada. ¿Guapa, eh' ... Pues ahí donde usted
la ve, está casada con un hombre que tiene mi

--

carnaba totalmente mi ideal. Su figura, su rostro,
sus ojos soñadores, las inflexiones de su voz, se
correspondían con la mujer creada por mis ilusiones y mis sueños. Sentía, sin embargo, con el gozo
de haberla hablado, no sé qué especie de disgusto
por haberla conocido. Su preseneia inquietante representaba para mí un deseo que me parecía imposible satisfacer. Bien ó mal_, yo iba caminando
por la vida sin pena ni gloria, como casi toq~s los
humanos. Estaba acostumbrado á la mediocridad
de mi existencia; ¿para qué venía aquel rayo de luz
á hacerme entrever un paraíso cerrado para mí?
Ni por un momento pude pensar que á aquella
mujer le pudiera inspirar yo más que indiferencia.
Casada ella, y por lo que había dicho don Luciano, enamorada de su marido; casado
también,
nuestro encuentro en la vida era la intersección
de dos líneas que se cruzan en un punto para no
volverse á encontrar jamás.
** *
No obstante estos razonamientos, esperé con
impaciencia la hora de ir á casa del señor de Cárceles. Me vestí con esmero, me acicalé con prolijo
cuidado y me eché á la calle.
Un cuarto de hora antes del medio día, apretaba con mano temblorosa el botón eléctrico de la
verja. Una doncella, muy repeinada y peripuesta
de blanco delantal, abrió la puerta, y en lo alto de
la escalinata apareció don Luciano, tan pulcro
como el día anterior.
- Pase usted, pase usted. Las muchachas están ocupadas en su tocado. Ya sabe usted, las mujeres se pasan las horas muertas delante del espejo... Es natura), están en la edad ...
Y cogiéndome del brazo, añadió:
- Venga usted, daremos una vuelta por el
jardín.
Bajo las extensas alamedas «no era enojoso el
estío.• El sol filtrábase con dificultad al través de
las tupidas copas de los árboles, formando de trecho en trecho, sobre la arena de los paseos, corno
una complicada blonda de prolijas y tenues labores.
Entre el verdor de los arriates y macizos se entreveían blancuras de mármol. Daban, como dijo
el poeta, olor sobeio las flores bien olientes, y se
oía el murmullo misterioso de un surtidor.
- ¡Esto es un paraíso! - dije, realmente asombrado.
Sonrióse don Luciano con satisfacción, y dijo:
- Todo es obra mía. Hace veinte años, cuando nació Lola, compré el solar, un huerto en que
no se criaban más que algunas docenas de hortalizas. A fuerza de cuidados he ido haciendo lo que
*
usted
ve: esos árboles los he plantado yo. He traí* *
No pude apartar del pensamiento la imagen de do flores de Valencia, de Murcia, de Galicia ...
Soledad. El i&lt;leal de belleza que nos formamos Desde que murió mi mujer este es mi mundo, aquí
de la mujer, esbózase confuso entre las nieblas de ·vivo hace veinte años, y aquí moriré.
En esto habíamos llegado á una plazoleta, en
nuestra imaginación. Pasa el tiempo, á veces toda
la vida, sin que la borrosa figura se concrete y de- cuyo centro se alzaba un gran cenador, fresco como
termine en una mujer real. Otras nos gustan, pero una gruta. En el centro estaba servida la mesa.
á todas les falta algo; ninguna es la imaginada, la Sobre blanquísimo mantel brillaba la vajilla de
sonada, la nuestra. Cuando ella surge ante nos- porcelana, la cristalería y la plata.
Una doncella, la misma que me abrió la puerotros, pare~e que despierta nuestro sér, y allá, en
)as profundidades del alma, brota un grito seme- ta, se acercó al señor Cárceles:
- Cuando el señor quiera.
¡ante al ¡eureka! del sabio siracusano.
- ¡Santa palabra! - exclamó don Luciano - .
Esto me acontedó á mí con Soledad: ella en-

misma edad. Con don Alberto Fuertes... Quizás
le haya usted oído nombrar. No es un viejo, pero
ya la vejez le anda pisando los talones. Y se quieren, ¡vaya si se quieren! Es un Otelo. Es natural,
cuando se tiene una mujer como Soledad, tan guapa y con tanto ángel. .. Viv~n en Almanzora, á
diez leguas de aquí. El e_st~ bien; y eso que es_aficionado á tirar de la oreJa a Jorge .. . ¿Qué quiere
usted? En algo se ha de pasar el tiempo. Ahora ha
tenido que hacer un viaje ... , cuestión de un mes;
y por no dejar sola á mi sobrina, nos la ~andó
aquí. Ella y mi l;lija hacen muy buenas nugas .. .
Pero estoy hablando, hablando. Lola, Soledad... .
Oyóse crujir de faldas y entraron en el gabinete las dos jóvenes. Lola, la hija del señor de
Cárceles, era delgada, insignificante. Hablaba muy
poco, como si el don de la palabra lo hubiese agotado don Luciano, no dejando nada para ella.
Soledad era morena, con esa palidez mate, propia de las mujeres levantinas y andaluzas; sedosas y larguísimas pestañas daban sombra á sus ojos
africanos. Tenía recta la nariz, finas las cejas, rojos y grosezuelos los labios y los dientes parejos y
bien formados, deslumbrantes de blancura. En su
cabello negro y ondeado ostentaban sus hojas sangrientas dos claveles. Era alta, ligeramente gruesa, de amplias caderas y de pecho abultado, que
temblaba al andar cadencioso de su dueño. No he
conocido otra que mereciera con más justicia que
ella el nombre de real moza. Su traje claro y vaporoso realzaba todos los encantos de su figura, y
el descote dejaba descubierta la garganta hasta el
límite que separa lo honesto de lo atrevido. Mientras el señor de Cárceles hacía las obligadas presentaciones, yo saciaba mis ojos en aquella hermosa imagen del deseo.
- Mañana - dijo el locuaz señor - nos pertenece usted. Al medio día, ¿eh? Comeremos á la
antigua española. A mí lo español me gusta más
que nada. Probará usted el vino de mi casa; le tengo de mi misma edad ... Datemos luego una vuelta
en coche: le enseñaré á usted el Almendral. Después tocará el piano Lola: es una profesora, aunque no está bien que yo lo diga, y oirá usted cantar á Soledad al estilo de la tierra . . . Tiene un estilo que... ¡Vamos, me río yo de las cantadoras
de profesión!
Corté como pude la palabra á aquel hablador
infatigable, y después de despedirme de las dos
jóvenes y de desasirme de la mano del señor de
Cárceles, que me fué hablando hasta la puerta de
la verja, me alejé á buen paso camino de la posada,
mientras el buen señor me gritaba:
- ¡Ya lo sabe usted! Mañana, al medio día.

yp

�¡Ea!, llama á las señoritas y di
que las esperamos.
No tuvo necesidad de dar el
recado la doncella. Por la escalera del hotel, que daba á la plazoleta, aparecieron Lola y Soledad, ambas con trajes claros y
mangas flotantes, escotados los
cuellos y en ellos cintas de terciopelo negro. Ambas también lucían rnjos claveles en el cabello.
- Hemos hecho esperar á ustedes - me dijo
Soledad, al mismo tiempo que me daba la mano.
- Tuya ha sido la culpa, papá - dijo Lola.
-¡Mía!
- Sí, de usted - replicó Soledad - . Lola ha
tenido que hacer el dulce de fresa que á usted le
gusta tanto ... - Y dirigiéndose á mí, añadió-:
Un bocado exquisito.
Ya estábamos sentados, y la doncella de antes
y otra también de buen palmito, limpias como las
venas del oro y vestidas con cierta coquetería, comenzaron á servir el almuerzo.
Por las muestras, el señor de Cárceles era un
gozernut refinado. Los platos eran castizos, platos
andaluces: aves, caza, pescados con salsas especiales... todo sazonado con exquisita delicadeza.
De los vinos nada hay que decir; allí el Montilla
oro, que en efecto oro líquido parecía; el Jerez,
rey de toda especie de mosto; el vinillo de Niebla,
la Manzanilla, el Málaga, daban á cada plato el
acompañamiento que la estética del paladar exige.
A decir verdad, yo, más que á la inagotable
elocuencia de don Luciano, atendía á Soledad, que
cada vez me parecía más hermosa y atractiva.
- Brindemos por el ausente - dijo el señor
de Cárceles levantando una copa. El ausente era,
sin duda, el marido de Soledad.
- Y á propósito - siguió don Luciano -;
puesto que somos amigos, porque yo le tengo á
usted ya por un buen amigo mío, ¿será inoportuno
preguntarle á usted por su familia? Au1_1 no nos ha
dicho usted si es soltero ó si está casado.
- Sí que lo estoy.
Y al decirlo miré á Soledad.,
- ¿Tendrá usted hijos? ...
- No; mi matrimonio, por esa parte, no ha

sido bendecido por Dios - contesté sonriendo.
- Estará usted ya deseando verá su esposa- •
dijo Soledad.
- Mejor que nadie puede usted juzgarlo, puesto que también se halla ausente de su marido.
- Es verdad - saltó don Luciano - . Los dos
están ustedes, como quien dice, viudos temporalmente. Los dos echarán de menos á sus
mitades. Por eso nosotros debemos esforzarnos, ¿verdad, Lola?, en hacerles llevaderas sus penas.
Soledad se sonreía; pero era evidente,
á lo menos así me lo figuraba yo, que aquella conversación le hacía poca gracia.
Ya habíamos acabado de tomar el café,
y Soledad propuso que oyésemos tocar á
Lola. A don Luciano le pareció de perlas
la idea. Nos trasladamos al salón, y allí,
mientras su hija hacía prodigios de ejecución y Soledad daba vuelta á los papeles,
el buen señor, tendido en una mecedora,
se quedó dormido al arrullo qe la música.
Yo, en tanto, contemplaba á mi sabor la figura
de Soledad, que se destacaba gentil en la grata
penumbra de la habitación.

***
El resto de aquel día fué también encantador.
A la caída de la tarde, las dos jóvenes, don Luciano y yo, dimos en coche un largo paseo por un
pintoresco ·camino que se extendía por la orilla
del mar en forma de cornisa. Lo apacible del ambiente, la solemne serenidad del paisaje, en que
se combinaban, por un lado la aspereza de las rocas con los tonos verdes de los parrales, y por el
otro lado el mar, en cuyas olas se apagaba lentamente el sol; los cantares lejanos y dolientes que
el viento nos traía de los hombres que trabajaban
en los huertos, todo derramaba en mis sentidos
indecible bienestar.
La intimidad de aquel día había hecho crecer
entre nosotros la confianza, como si nuestra amistad datase de meses y no de horas. Don Luciano
charlaba, como de costumbre, más que catorce;
Soledad me hacía notar las bellezas del paisaje;
hasta Lolá se aventuraba á decir alguna que otra
palabra. Yo me sentia más comunicativo, me encontraba á mí mismo. La alegría desbordaba de
todo mi sér, y nunca como entonces hablé con
tanta sinceridad. ¡Qué lejos me parecía mi casa sin
amor! ¡Qué tediosa mi existencia hasta entonces!
Sentía rota la integridad de mi existencia. Mi yo
de otro tiempo no existía, se había deshecho, para
dar lugar á otro yo. Mi alma, un alma nueva, nacía
entonces.
Al regresar de nuestro paseo y separarme de
mis recientes amigos, me dirigí á la posada. A la
puerta, con la capota llena de polvo, estaba la diligencia en que llegué días antes á Bellamar. Me
dió un vuelco el corazón, pensando que muy pronto me metería en aquel viejo armatoste y me alejaría, quizás para siempre, del hermoso rincón en
que acababa de gustar tanta felicidad.

IV
Hecha y firmada la escritura y recibido el precio de las tierras vendidas, nada justificaba mi per-

manencia en Bellamar. Había corrido ya una se- me decidí á emplear el mismo procedimiento que
mana que á mí me pareció un soplo, desde mi lle- el protagonista de Negro y Rojo pone en práctica
gada ~l pueblo. No hay que decir qu~ durante t~da para convencerse ó desengañarse de los sentiella, el señor de Cárceles me agobió á obseqmos mientos de la mujer amada.
y á agasajos, y que mi intimidad con ~l y coi: su
Por las noches, como he dicho, nos sentábasobrina é hija habían aumentado de d1a en dm y mos en la terraza del hotel frente al mar, ó lo conde hora en hora. i Qué excursiones por aquellos templábamos apoyados en la balaustrada. Don
hermosos campos! Durante ellas, don Lu'ciano me Luciano, dando descanso á su elocuencia, solía
hablaba de todo lo existente y de algo·más; yo le dormitar al arrullo del piano que Lola tocaba de
contestaba maquinalmente y seguía cov, Ja vista cuando en cuando en el contiguo salón: «Esta nolos graciosos movimientos de l¡is dos jóvenes, que che - me dije - en el mismo momento de asomar
correteaban por las prader&lt;l$, saltaban los arro- la luna, estrecharé la mano de Soledad; si ella me
yuelos y hacían ramos con las floreci_llas silvestres. rechaza, partiré mañana mismo de Bellamar.
Otros días paseábamos en bote, aspirando con de- (
*
licia la brisa y recreándonos desqe el mar con el
* * '
cuadro que ofrecía á nuestros ojos/el pueblo blanco
L- Ni la más tenue nube n\anchaba el satinado
y riente recostado con dejadez oriental á la som- azul del firmamento, salpicado aquí y allá de pábra de frondosos bosquecillos de plátanos, palme- ,1.idás estrellas temblorosas. Por el Oriente, sobre
ras y laureles,_
Í!as crestas de los montes lejanos, suave claridad,
Por .las noches, en la terraza del hotel, colum- ,cada vez más intensa, anunciaba la próxima salida
piándonos en -sendas mecedoras, frente á la mar de la luna; el murmullo quejumbroso del mar forazul que la. luna recamaba de plata, escuchábamos •,maba como el sordo acompañamiento de las notas
los sones del piano que Lola tocaba con rara maes- que lanzaba el piano. So\edad estaba junto á mí;
tría. Soledad cantaba también algunas veces á me- me envolvía el perfume que emanaba su cuerpo.
dia voz coplas andaluzas, á las que ella sabía dar Ambos guardábamos silencio; don Luciano dorincomparable encanto.
,, mía. Apareció en el cielo el borde plateado de la
El sentimiento que me inspiraba Soledad cre- luna en menguante, poco á poco fué asomándose
cía con la rapidez y violencia de un incendio. su faz dolorida por encima de los picachos de la
Nunca antes de entonces sentí yo aquel contcn- · sierra, y por último, se remontó en el azul del cielo
tamiento con que contemplaba á la sobrina del se- vertiendo torrentes de luz pálida en el mar é iluñor de Cárceles, aquel gozo con que escuchaba su minando con poética vaguedad jardines y caseríos.
voz acariciadora, aquella delicia con que aspiraba
En aquel momento cogí y estreché con pasión
el aroma con que ella embalsamaba el aire con sólo la primorosa mano de Soledad. Fijó la hermosa
pasar. Mi alma, ante Soledad, estaba en perpetua sus ojo, en mí con expresión, no sé si de tristeza
adoración. Hacía, sin embargo, inauditos esfuer- ó de asombro, y la delicada mano forcejeó algunos
zos para ocultar el estado de mi espíritu. ¡Oh!, instantes por desasirse. Al fin, como pajarillo pripero á ella no le pasaban inadvertidos ni mi amor sionero que después de inútiles tentativas renunni mis esfuerzos para ocultarlo.
cia á escapar de su prisión, se abandonó vencida
De mis labios no salia una palabra que indi- á mis caricias.
case ni sombra de enamoramiento;en nuestros diáEn aquel momento sentí como si se paralizase
logos la letra era vulgar, pero sin que yo me lo mi corazón, en tanto que se esparcía en oleadas
propusiese; antes bien, tratando de evitarlo, latía por todo mi cuerpo un deleite inefable, como jasiempre un sentido esotérico, que de seguro pene- más lo había sentido.
traba ella con toda claridad.
Pasó así no sé cuánto tiempo; Lola se apartó
¡Y era preciso partir, alejarme para siempre de del piano y se acercó á nosotros; el se!'lor de CárSoledad, sin decir le u na vez siquiera « te adoro•, celes se despabiló, y yo, soltando la mano de Sosin recoger de sus labios una frase que no fueran ledad, dije:
las vulgares de la conversación!
- Esta es la última noche que paso al lado de
El señor de Cárceles solía nombrar á menudo ustedes.
al ausente; aquellas remembranzas me ponían nerSoledad me miró en silencio largamente.
vioso: «Si estuviera aquí tu marido&gt;, decía en al- ¿Tan pronto nos deja usted? - exclamó
gunas ocasiones á Soledad, cuando paseábamos Lola.
por las pintorescas cercanías del pueblo; «estás
Y don Luciano, sinceramente contrariado, saltriste, no pienses tanto en él., A veces se enca- tó en seguida:
raba conmigo: «¡Qué lástima que no haya usted
- Eso no puede ser. Usted no se va hasta la
traído á su señora! ... ¡Hubiéramos tenido tanto semana que viene. Tenemos que hacer varias exgusto en conocerla!• A cada una de estas frases, cursiones. Es menester que visite usted también
se cruzaban instintivamente las miradas de Sole- la Alcazaba. ¡Estar en Bellamar y no ver lo que
dad y las mías.
hay en ella de notable! ... No, no lo consentireLa intención de hablarle una vez siquiera de mos. ¿Verdad que no lo consentiremos?
amor, me aguijoneaba con atormentadora impaHablé de ocupaciones apremiantes; dije que
ciencia. Escribirle pintándole el estado de mi co- mi detención en Be llamar iba siendo ya demasiado
razón, me parecía ridículo; esperar una ocasión larga; empleé, flojamente á la verdai, los pretexpara decirle algo de lo que llenaba mi alma, equi- tos de que se suele echar mano en casos semevalía á desistir de mi propósito, puesto que mi es- jantes, cuando se :aparenta resistir para ceder al
t~ncia en Bellamar no podía prolongarse por más cabo... El señor de Cárceles me interrumpió ditiempo. Dando vueltas á estos pensamientos, re- ciendo:
cordé cierto pasaje de una novela de Stendhal, y
-Nada, nada ... No se va usted mañana.

�sición se había gastado el hombre casi todo su
caudal: había allí clavos de las primitivas puertas
de la fortaleza, una herradura del caballo del rey
Zagal, un chapín descolorido y deshilac~ado de la
traidora amante de Aben Humeya, vas11as de extrañas formas fabricadas en el siglo xvn, cuando
prosperaba en Bell9-mar la industria cerámica; espadas, cascos, broqueles y cimitarras llenos de
herrumbre; tocas, marlotas, caparazones, frenos,
sillas de montar,
ladrillos, pedruscos, azulejos ...
qué sé yo.
Visitar la casa
de don Exuperio
era muy superior
á la paciencia del
que no la tuviese
benedictina-.
«No se puede usted figurar, me
decía el señor de
Cárceles, lo que
sabe es te hombre. De cada chirimbolo de los
que tiene en su
casa, cuenta una
historia que y o
no sé si será verdadera, pero que siempre es larga. Si usted quiere, le llevaré á que vea su museo.
- ¡No! - contesté aterrado.
Tal era el cicerone que nos acompañaba en
nuestra excursión al castillo.

** *

l

¡Pues no faltaba más! Comprendo que le aguijonee el recuerdo de reunirs.e con su esposa· pero
tres ó cuatro días pronto se pasan. Vamos,' Soledad, ruégaselo ttí.
Soledad, con tono entre suplicante y despechado, contestó sin mirarme:
- Si de algo sirviera nuestro ruego. . .
Lola añadió:
- Tiene razón papá; por tres ó cuatro días ...
- Usted, Soledad, ¿qué haría en mi caso?
- Yo ... quedarme.
- ¡Bravo! - gritó palmoteando don Luciano.
- Hasta el lunes - estábamos en jueves - es usted nuestro. Subiremos al castillo; esa fortaleza
moruna en ruinas que habrá usted visto en lo allo
de un cerro. Es un punto de vista excelente· se
d?mina d~sde al_lí un panorama _precioso. Según
dice don Exupeno, hay en el castillo cosas de mucho mérito? recuerdos históricos ... c¡ué sé yo ...
Y á propósito, llevaremos. á don Exuperio·, el buen
senor se perece por explicar... Es un sabio un
pozo de ciencia ... ¡Qué memoria la suya!
'
No me halagaba mucho, la verdad, la idea de
ir saltando escombros y trepando por torreo:1es
cuarteados. l\Iejor hubiera querido consagrar las
tardes que iba á permanecer aún en el pueblo á
rcc~rrer con Soledad, Lola y su padre, los valles
cubiertos de flores ó los tortuosos senderos de la
costa, q~c escuc_har disertaciones arqueológicas
entre rumas cubiertas de ortigas y jarnmagos.
Pero, ¿qué hacer? Subiría al castillo.

-

- ¡Poco que me gustan á mí - dije - esas excursiones! ¿Irán ustedes también?
- Iremos todos. Ni mi hija ni mi sobrina han
visitado las ruinas.
Me despedí: al estrechar la mano de Soledad
advertí que temblaba.
'
V

A las cinco de una hermosa tarde subíamos por
la tortuosa senda que conduce al castillo don Luciano dando el brazo á Soledad y yo qu~ daba el
mío á L ola. Detrás de nosotros caminaba don Exuperio. Era el tal como de cincuenta años bien corridos, largo y estrecho, amojamado y huesudo. Su
cata~ura rccorda~a 1~ de Don Quijote: usaba gafas
que el llamaba «v1dnos correctores,, y vestía con
el desaseo propio de los sabios. Llevaba un &lt;Tran
'.
t,
som brero d e paJa
y se apoyab:t en un grueso
bastón.
Nadie como don Exuperio conocía las antigüedades de Bellamar. El se sabía de memoria el texto
de c'.1antos do~um~ntos históricos se guardan en los
archivos cons1stonal y parroquial; tenía al dedillo
los linajes de todas las casas señoriales de la comarca, y se había echado y se echab:t al coleto
cuantos libros, directa ó indirectamente, tratab:tn
de algún _suceso ó persona de Bellamar, ó por lo
menos, citaban el nombre del pueblo. A los bibliotecarios y archireros de Almanzora, la capital de
lJ provincia, los traía locos. Su casa era un revuelto museo de cosas Yiejas, en cuya busca y adqui-

Hablando don Exuperio y oyéndole nosotros,
llegamos al torreón de Carlos V. Era un gigante
por fuera, todavía vigoroso, que alzaba su frente
coronada de almenas como si intentase defender
aún los montones de ruina que yacían á sus pies.
Salvando trabajosamente los escombros que le rodeaban, penetramos en la enorme torre. Parecía
aquello un hondísimo pozo que se perdía por la
parte de abajo en pavorosas profundidades y que
dejaba ver en lo alto un pedazo de cielo azul. Una
estrechísima escalera que junto al muro subía, desde las negruras de abajo, permitía ascender á la
plataforma que rodeaba, á guisa de corona, la parte superior del torreón.
Antes de que nadie pudiese impedirlo, Soledad comenzó á trepar por la escalera.
- ¡Soledad! - voceó espantado don Luciano.
- Vas á matarte - gritó Lola.
- Baje usted, baje usted - añadió don Exuperio.
- ¡No hay cuidado! - contestó Soledad, que
había salvado ya la mitad de los peldaños.
Yo la seguí.
- No miren ustedes hacia bajo - dijo don
Exuperio - . ¡Hacia arriba . . siempre hacia el
cielo! ...
Los escalones estaban carcomidos; un mal paso
podía hacernos caer allá, sabe Dios dónde, en las
hondisimas cavernas de la Alcazaba, que nadie conocía, ni el mismo don Exu perio.
Llegamos por fin á la plataforma.
Nuestros amigos, viéndonos en salvo, se apar-

tarun del torreón algo más· tranquilos. Era la primera yez que me encontraba á solas con Soledad.
Ansiaba decirle t-Odo lo que desde que la ví llenaba mi pensamiento; quise hablar y mis labios no
acertaron á decir una palabra.
Durante algunos momentos contemplarnos en
silencio la tersa superficie del mar. Del puertecillo salía en aquel momento lentamente un vapor, cuya sirena parecía despedirse con un adiós
ronco y dolorido.
Soledad rompió el silencio.
- ¡Qué triste
es ver un barco
que se aleja!
-¡Muy triste!
¿Pero no le parece á usted que es
tan triste para el
marinero abandonar el puerto en
c,ue ha encontrado hospitalidad ...
cariño?
-¡Ay del que
se queda!
-¡Ay del que
se va!
- El que se
va - siguió Soledad dejando vagar por el mar su
mirada soñadora - fácilmente olvida. Otros lugares, otros semblantes, la diversidad de vida y costumbres borran poco á poco los recuerdos del pasado. Pero, ¿cómo habrá de olvidar el que tiene
siempre delante de los ojos objetos y lugares que
le hablan del ausente? Aquí le vi por primera vez,
por aquel paseo fuimos juntos...-Soledad calló de
repente, como arrepentida de lo que acababa de
decir.
- ¿Le hablará á usted de mí todo esto que
pronto he de dejar?
Soledad, apoyada en una de las almenas, parecía -absorta en la contemplación del hermoso panorama que se extendía frente á nosotros; la brisa
del mar agitaba suavemente el velo que adornaba
su sombrero de paja.
- Oigame usted, Soledad. Son estos momentos supremos de mi vida. Hasta que la he visto á
usted no vivía, porque ignoraba lo que era querer.
Usted ha sido una revelación para mí, sí, una revelación de belleza, de ternura, de amor. Si pudiera mostrarle mi alma se vería usted en ella.
- ¡Por qué no nos habremos conocido antes!
- dijo como hablando consigo misma.
- ¡Oh, sí! - dije aproximándome á ella y apoderándome de una de sus manos, mientras el velo
de su sombrero, impulsado por la brisa, acariciaba
mi rostro-. ¿Por qué no nos habremos conocido
antes? - Después de una pausa, añadí: - Pero al
fin Dios nos ha reunido.
- ¿Está usted seguro de que ha sido Dios?
- ¿Quién sabe? El acaso se ha dicho que es
obra de los cielos. Me parece que antes de ahora
la conocfa á usted; mi alma, sin darse cuenta de
ello, la buscaba; se ~ncontraba sola porque estaba separada de usted ... Mis días eran corno noche obscura; faltaba en ellos el amor, que es la
luz ...

'

.

�Los ojos de Soledad, llenos de lágrimas, se fijaron en los míos.
-- Esas lágrimas-seguí yo - me responden.
&lt;Verdad que no me engaño? ¿Verdad que es nuestro amor más fuerte ·que nuestra voluntad, más
poderoso que nuestro deber?
- Sí; aunque usted me juzgue mal, he de decirlo: yo tampoco sabía antes de ahora qué cosa
era querer. .. Ansiaba hacer esta confesión. Por
eso he subido hasta aquí; sabía que me seguiría
usted. ¡Oh, Dios mío! ... ¡Y pensar que dentro de
unas cuantas horas se alejará usted de aquí. .. quizás para siempre!
'
- Volveré; juro á usted que volveré':
Desde abajo, Lola, don Luciano y don Exuperio nos hacían señas para que bajásemos. Fué preciso obedecerlos; yo delante y ella apoyándose en
mí, descendimos lentamente. El interior de la torre casi estaba en tinieblas. Al llegar al pie de la
escalera enlacé el brazo al talle de Soledad, la
atraje hacia mí y cambiamos un beso largo y apasionado, cuyo recuerdo aun parece que me quema
los labios.
***

- Vamos á echarle mucho de menos - interrumpió Lola.
- Si usted desea - expuso gravemente don
Exuperio - µormenores de la historia de este pueblo, de su origen, de sus primitivos habitantes, de
su fauna, de su flora, de sus costumbres antiguas ó
modernas, de sus hijos ilustres, en una palabra, de
cuanto aquí existe ó ha existido, no tenga usted
inconveniente en dirigirse á mí. Lo poco que yo
sé, cuanto soy y valgo, están incondicionalmente
á su disposición.
Algunos viajeros habían ocupado ya sus asientos en la diligencia¡ .las seis mulas sacudían impacieH tes sus colleras-.
- ¡Al coche! - gritó el mayoral arrellenándose en el pesc·ante y empuñando las riendas.
Di un abrazo á don Luciano, sendos apretones
de manos á don Exuperio y Lola, y estreché y retuve durante algunos segundos entre las mías las
temblorosas manos de Soledad, dejando en ellas
una carta en que le vaciaba mi corazón.
Subí al coche, agarróse el zagal al fr.eno de la
mula delantera, y el pesado vehículo empezó á
rodar por el enguijarrado suelo de la plaza con
gran estrépito de herrajes y campanillas.
Mis amigos se dirigieron á la bocacalle que enfi Iaba la carretera, y desde allí me saludaron agitando sus pañuelos. Poco después la diligencia
torció el primer recodo del camino, y dejé de ver
los blancos pañuelos que me decían «adiós».
Recostado en un rincón del coche, con los ojos
cerrados, me puse á rehacer, con no sé qué especie de pena deleitosa, el hermoso pedazo de vida
que detrás de mí acababa de desvanecerse.

- ¡Qué locura! - dijo don Luciano cuando
nos vió salir del torreón-. Hemos estado con el
alma en un hilo.
- Se descubre desde allá arriba - dije, dominando á duras penas el temblor de mi voz - una
vista tan hermosa ...
- Estás pálida - exclamó Lola acercándose
á Soledad y cogiéndola las manos.
-Es natural-apuntó don Exuperio-. El menor descuido hubiera podido causarles la muerte.
- ¿Qué, te sientes mala? - preguntó cariñosamente don Luciano.
VI
- No; no es nada. Un ligero desvanecimiento,
un mareo... Ya pasó.
Una vez en mi casa escribí á Angeles, excusán- Así se manifiesta - aseguró sentenciosa- dome con no sé qué pretexto de ir á San Sebasmeute don Exuperio - el vértigo de las alturas. tián, donde ella lo pasaba tan guapamente en com- Ea, ea, á casa - dijo el señor de Cárceles-. pañía de su padre, tomando nota en los paseos y
Dame el brazo, Soledad, aunque mejor será que por la noche en el Casino, de los trajes y moños
se lo des á Mendoza. El tiene mejores piernas que
que allí lucían las madrileñas, para copiarlos desyo. V en tú, Lola.
pués y asombrará las señoras y señoritas de X. ..
Y precedidos de don Exuperio, que á cada ¿Qué otra cosa podía ella desear? Además, las expaso se volvía para ilustrarnos con sus eruditas cursiones y viajes á Biarritz, San Juan de Luz y
explicaciones, iban don Luciano y su hija. Soledad Bayona la encantaban, principalmente á causa del
y yo cerrábamos la marcha.
placer de pasar de matute por la frontera galas y
La suave presión de su mano y el roce en mi perifollos comprados en Francia. Al padre de Anbrazo de su seno de diosa, me producían no sé qué geles le gustaban también tales expediciones. El
especie de embriaguez.
hombre, aunque nunca había llegado más allá de
Nos detuvimos un momento antes de salir del
decía luego dándose tono: «¡Oh, los viajes
castillo y contemplamos el mar, sobre cuyo azul Bayona,
por el extranjero ilustran mucho!•
se proyectaba la vaga claridad del crepúsculo.
Cuando al cabo de un mes Angela regresó de
Lejos se destacaba todavía, en el confín del hori- San Sebastián, reanudamos nuestra vida de antes.
zonte, el humo del vapor que poco antes habíamos Mi suegro no me molestaba gran cosa; enfrascado
visto salir del puerto.
en sus negocios no se fijaba en lo demás. Para él
su hija - y no se equivocaba - era feliz. No le
*
* *
faltaba nada: tenía buena casa y buena mesa, vesY llegó el día de mi marcha. El coche salía á tía con lujo, y su marido ganaba lo bastante y algo
las cinco de la tarde. Lola, don Luciano y don más para vivir con holgura. ¿Qué otra cosa podía
Exuperio me rodeaban en la puerta del parador, desear?
haciéndome mil protestas de amistad. Soledad
guardaba silencio.
***
·- Aquí - decía el señor de Cárceles - deja
Encerrad:&gt; en mí mismo, yo solamente pensaba
usted unos amigos que le quieren de1 v eras. Siem- en Soledad; saboreaba una por una todas las palapre recordaremos con placer estos días.
bras que había oído de sus labios; recordaba hasta

los pormenores más insignificantes de los días felices pasados en Bellamar; me representaba á todas horas la imacren de la mujer querida; la besaba con el pensa':niento, y cuanto de bello veían
mis ojos con ella lo relacionaba. Si se cruzaba conmigo en la calle una mujer hermosa, «no es tan
hermosa como Soledad•, pensaba yo. Nunca como
entonces me parecieron bellas las flores, ~o por
las flores mismas, sino porque podían servir p~ra
adornarla y realzarla. Las alhajas de las joyenas
me hacían imaginar cómo brillarían en los hombros de ella. ¿Qué más? ::\1e pasaba á veces delante de los escaparates de las zapaterías mirando el
calzado que, por su elegante forma, evocaba en
mi memoria el recuerdo de los lindos pies de Soledad, ceñidos por ajustadas botas de piel amarilla ...
Placíame por extremo pasear por sende~os solitarios, entre árboles espesos, le¡os del rmdo de
la ciudad. Allí podía pensar libremente en ella y
leer y releer sus cartas, á las que no podía contestar por temor á que dieran en otras manos que
las suyas. Sus cartas largas, trazadas con lápiz y á
menudo en párrafos truncados, revelaban bien á
las claras la intranquilidad con que habían sido
escritas. Casi todas lo estaban con fechas atrasadas y en papeles arrugados. «No sabes las veces
que he tenido que esconderla en el pecho.» En
ellas me contaba punto por punto su vida, sus
tristezas, sus ensueños; me entregaba, me abandonaba su alma toda entera. «Quizás me preguntes
por qué aborreciéndole, me he casado con un hombre que podía ser mi padre. Piensa en la clase de
educación que se nos da á las m 1jeres, en el desconocimiento en que estamos de la vida conyugal
cuando vamos al matrimonio. Antes de mi boda,
él me parecía un hombre respetable, bien educado
y cariñoso. Mi padre, que presentía ya su próximo
fin y que á todo trance quería dejarme colocada,
le trataba con gran consideración. A mí, yo no
quiero tener secretos contigo, me halagaba que un
hombre de buena posición, casi viejo, se mostrase

tan rendido y obsequioso. ¡Oh, cuánto nos engaña y hace engañar la vanidad! Ni había pensado
yo, ni podía pensar entonc~s, en_ los debe,res y sacrificios que supone el matnmomo. Ademas, yo no
sabía qué cosa fuese el amor. El amor, que dormía
en el fondo de mi 'alma, no despertó hasta que tú
lo llamaste ... Ir por los paseos muy elegante, cocrida del brazo de mi marido, dando envidia á las
~uchachas de mi edad, era todo lo que el matrimonio significaba para mí. •
.
.
Y continuaba desplegando ante mis o¡os el
cuadro doloroso de su existencia. •Al día siguiente de mi boda, ¡qué desengaño! El hombre aquel,
tan comedido y obsequioso en visita, era en la intimidad brutal, exigente y bajo, que bajeza grande
es obtener por fuerza lo que sólo debe otorgarse
por espontáneo cons~n timien to. Con forme ~asab_an
días mejor iba conociendo su carácter y mas odioso lo encontraba. Duro, celoso, irritable, comprende que me es repulsivo, que ha encontrad? en mi,
hasta ahora, la sumisión, la fidelidad maten al, pero
nada parecido al amor. Por esto se han recrudecido en él antiguos vicios; pasa las noches en el
Casino jugando y vuelve á casa á la _mad:ug~da, y
no siempre sereno. Esto aumenta mt ant1pat1a hacia él. .. Así he vivido durante cinco años, hasta
que ha entrado en mi alma, con tu cariño, un rayo
de felicidad. Cuando pienso que á cien leguas de
mí hay otro corazón que late al compás del mío;
cuando mis pensamientos te acarician como manos cariñosas, me parecen insignificantes todas
mis penas. ¿Qué valen ellas comparadas con este
placer, nunca sentido por mí, de querer y ser querida?,
* **

Pocos días después de salir yo de Bellamar, Soledad había ido á reunirse con su marido. Por sus
cartas conocía, como si hubiera vivido en ella, la
casa que en Almanzora, la capital de la provincia,
habitaba el matrimonio. Veía con la imaginación el
jardín y su cenador en medio cubierto de plantas

�~repadoras; los setos de jazmines y los rosales cuaJados de rosas; la azotea, desde la cual se dominab:i
el mar; la fachada con sus rejas enguirnaldadas de
claveles. También estaba enterado de los sitios
que frecuentaba Soledad, de sus vestidos de las
galas con que se ataviaba. Entre los plieg~ecillos
de ~us cartas me mandaba hojas de las flores que
hab1an adornado sus cabellos. Como todos los pri~e:os amores, el nuestro se complacía con esas
d1vmas nonadas, que constituyen lo más dulce de
la vida.
«Escríbeme, me decía en otra carta· mi marido va á estar ocho días fuera de Alman~ora: dirígele á él el sobre.• ¡Con cuánto placer cogí la plun:ial ¡Tení~ tantas cosas que decirle!. .. Jamás he
sido tan smcero como lo fuí entonces· los sentimientos en que rebosaba mi corazón ~e vertían
apasionados, sobre el papel. Le hablé de mi vid~
prosaica y vulgar hasta que la conocí á
ella, le confié hasta mis pensamientos
más íntimos, le hice ver toda la grandeza de mi amor, le mostré, en fin, lo
más hondo de mi alma ... Cerré la carta
y, por extremo de precaución, hice que
el sobre, dirigido al marido de Soledad,
conforme ella me indicaba, fuera de
otra letra que la mía.

estaba lejos, me acerqué á una
de las rejas. El corazón me latía
con tanta violencia, que sentía en
la garganta sus latidos. Golpeé
suavemente el cristal; una mano,
que yo bien conocía, levantó el
visillo, y vi á Soledad en pie, iluminada por el resplandor de la
lámpara.
- Soy yo - dije.
Por adivinación, sin duda,
hubo de conocerme, porque oir-

** *
Y pasaron algunos meses, y el viento de la ausencia avivaba de día en día
el _fuego de mi amor. La primavera, esa
pnmave~a. enfermiza de Castilla, que
parece tmtar bajo la amenaza constante de las escarchas y de los hielos, me
hacía soñar con la primavera exuberante y lujuriosa de Andalucía. Grande
era mi impaciencia por correr al lado de
Soledad; pero aunque mi mujer como
he dicho, se ocupaba poco ó n~da de
~i persona, tenía y~ que tomar precauciones, á fin de evitar un escándalo promovido
no por su amor hacia mí, sino por su amor propio'.

VII
Busqué un pretexto y e~prendí mi viaje; llegué al anochecer á la estación de Almanzora. Di
en la fonda un nombre supuesto y, ya bien entrada la noche, salí á la calle.
Por las cartas de Soledad sabía las señas de su
casa, y orientado además por el plano de la ciudad, que d~ ant~mano había estudiado, pude, sin
pr~guntar a nadie, dar con lo que buscaba. El piso
baJo de la casa tenia dos rejas adornadas al uso
de Andalucía, con macetas de ~laveles. Al través
de las entreabiertas maderas brillaba luz. Por la
c~lle apenas pasaba gente. Medio oculto en el quicw de una puerta, sin quitar los ojos del resplandor que se escapaba por las ventanas, esperé duran~e una hora. A cada persona que pasaba junto
á rru, de las contadas que transitaban me estremecía de terror, como si pudiera conoc~rme ó adivinar por qué estaba yo allí. Con este temor se
mezclaba mi impaciencia por ver á Soledad. Al
ca~o salió un hombre de la casa y se •alejó calfe
arnba. Le seguí con la vista, y cuando calculé que

vivir. Cuando recuerdo aquellos momentos de felicidad suprema, aunque después me han atormentado pesares horribles, no puedo maldecir
sinceramente el haber nacido. Amar y ser amado
es pasar, aunque sea rápidamente, por el cielo.
¡Oh jardín de delicias por cuyas espesas enramadas penetraban envidiosos los rayos de la luna
y cuyo ambiente embalsamaba el aroma de las
Aores! ... T odavía me parece oir el suave susurro
de las hojas estremecidas por el aliento de la noche, y ver los dibujos primorosos que formaba en
la arena la sombra del ramaje de los árboles. Allí,
dulces confidencias, placeres nunca sentidos ni
siquiera imaginados. ¿Qué cosa puede haber más
bella? Las estrellas en el cielo, la primavera á nuestro derredor y el amor en el fondo de nuestras
almas.
Descuidados, saboreábamos nuestra ventura.
El marido de Soledad, atraído por el juego, iba al
Casino á las primeras horas de la noche y no volvía
de allí hasta la madrugada. Para mayor seguridad
nuestra, Soledad había hallado modo para que las
criadas pasaran la noche fuera de casa.
A la una dejaba yo el h1.1erto; el resto del tiempo estaba en mi cuarto del hotel esperando que
llegase la noche. A veces, por no despertar la suspicacia de los huéspedes, salía de la fonda y me
dirigía á la orilla del mar, cuya azulada llanura se
armonizaba, no sé por qué, con el estado de mi
espíritu.
*

* *

me er~ difícil, y verme, imposible, á causa de la
obscundad de la calle. Abrió, temblando, la vidriera, y con un acento en que se juntaban la pasión
la alegría y la sorpresa, exclamó:
'
- ¡Eres tú!
- Sí, yo soy, que no podía vivir lejos de ti;
yo, que te adoro.
- ¡Y dicen que la alegría mata!
El contento brillaba en sus ojos al través de las
l~grin~as. Nos contemplamos algunos instantes en
silencio! c_on t:is manos enlazadas, y luego dijo:
- El iard111 de la casa da á una callejuela paralela á esta calle. Ve allá; aquí pueden vernos.
Obedecí; forman la callejuela altas tapias de
huertos, á las cuales se asoman las copas de los árboles. Rechinó la puerta de uno de aquéllos cntreabrióse, y un momento después Soledad se
ab:111donaba en mis brazos, mientras nuestros labios se juntaban en larguísimo beso.
** *
Por tediosa que haya sido nuestra existencia
y por amargas las hieles que en ocasiones hayamos apurado, hay horas é instantes en ella de tan
~xquisi~a dulzura, de tan glorioso placer, que nos
rndemmzan de todos los dolores padecidos y nos
hacen comprender lo que vale el don divino de

volveríamos ,í reunirnos para no separarnos nunca. Nuestro apartamiento no sería más que un
breve paréntesis en nuestros amores. Sin embargo,
no acertábamos á separarnos. Junto á la puertecilla
del jardín, que aquella noche estaba iluminado por
la luna en toda su plenitud, estuvimos abrazados
durante algunos minutos.
- ¿Volverás pronto?- me dijo apoyando su
cabeza en mi pecho y fijando en mis ojos los suyos
llenos de lágrimas.
- l\fuy pronto-le contesté-. ¿No sabes que
no puedo vivir sin ti?
Haciendo un supremO" esfuerzo, me desasí de
ella y salí corriendo.

** *

Llegué á mi hotel, me acosté y traté de dormir. Inútil propósito. La imagen de Soledad y el
recuerdo de sus ardientes caricias ahuyentaban
mi sueño. El tren partía de Almanzora á las cinco
de la mañana y á las cuatro ya estaba yo en pie.
Cuando llegué á la estación, la luna iba á ocultarse. Lejos, la ciudad dormía arrullada por el
murmullo monótono del mar.
Entré en un departamento de primera y me
instalé cómodamente en un rincón. Sólo había un
viajero que parecía dormitar en el lado opuesto al
que yo ocupaba. Momentos antes de ponerse el
tren en marcha subió al vagón un tercer viajero,
que al reconocer al otro empezó á hablar amistosamente con él.
Silbó la locomotora, y el convoy, con gran estrépito, salió lenta,mente de la estación de Almanzora; apresuró después su marcha y emprendió
1uego desenfrenada carrera en medio de la obscuridad.

Pasó una semana con la desesperante rapidez
con que vuelan las horas felices. Forzoso era separarnos, más que por otra cosa, por evitar que
se descubriesen nuestros amores. La proximidad
*
de esta separación no nos entristecía; teníamos
* *
trazados ya nuestros planes para lo porvenir. PenDe pronto, y cuando yo, distraído, contemplasaba realizar todos mis bienes; mi mujer se quedaría con su dote, que estaba intacto, porque yo ba, apoyada la frente en el cristal de la ventahabía tenido cuidado de no gastar de ella un solo nilla, el blanquecino resplandor que anunciaba la
céntimo. Mis rentas habían bastado y aun sobra- proximidad de la aurora, oí pronunciar á uno de
do para sostener los gastos de la vida conyu- mis compañeros de viaje el nombre de Soledad y
gal. Además, el padre de Angeles nadaba en la el de Alberto Fuertes. ¿Por qué se mezclaban en
opulencia; separándome yo de su hija no causaba su conversación aquellos nombres? Agucé el oído,
á ésta ningún quebranto; antes bien, dado su capero el estrépito del tren sólo me dejó percibir alrácter y su temperamento, lo pasaría mucho me- gunas palabras sueltas: «Jardín, infamia, sorprejor no teniéndome á mí á su lado. ¿Por qué, pues, sa ... &gt; Vago temor asaltó mi pensamiento. ¿Se nos
había de sacrificar mi felicidad por una mujer á habría espiado? ¿Se habrían hecho públicos mis
quien no quería y de quien tampoco era .querido? amores con Soledad?
lloras me parecieron los treinta minutos que
Por su parte, Soledad aborrecía á su esposo,
cada dia más soez y brutal. Me amaba y la amaba tardamos en llegar á la primera estación. Al decon pasión avasalladora. «En amor-ha dicho uno tenerse el tren, sustituyó al estruendo anterior un
de nuestros clásicos - no hay caso injusto. &gt; Hui- gran silencio, sólo interrumpido por el hervor de
ríamos juntos, romperíamos nuestras cadenas y se- la caldera de la máquina y por las voces de los
ríamos felices en América, sin tener allí que ocul- mozos, que parecían venir de otro mundo. El diátarnos, ostentando nuestro cariño á la luz de sol. logo de los dos viajeros llegó entonces distintaFácil había de sernos, aprovechando la pri- mente á mis oídos, y sus palabras fueron otros
mera ausencia de Fuertes, tomar pasaje en alguno · tantos puñal&lt;ls que se clavaron en mi corazón.
de los barcos que hacen escala en el puerto de
- Siempre tuve yo - dijo el viajero que había
Almanzora. Ya arreglaríamos las cosas de modo entrado el último en el coche - á ese Fuertes por
que ni rastro dejase nuestra fuga. Vida nueva_en malísima persona. ¿Qué dirá usted que ha declaun país nuevo también. Y t razanJo proyectos en- rado?
cantadores, pensando ea nuestro hogar futuro y
- ¿Pero ha prestado ya declaración? - presaboreando nuestro amor y nuestra esperanza, guntó el otro.
llegó la noche de mi marcha.
- Eso me acaban de decir en el Casino. Como
~uestra despedida fué larga; el dolor de la au- tenía que madrugar para tomar el tren, he pasado
sencia templábalo la seguridad de que muy pronto allí la noche. A eso de la una y media fueron á

�..

buscar al juez, que estaba jugando al tresillo. Fuertes acababa de asesinar á su mujer.
- ¡Eh! ¡Cómo! - grité yo saltando más que
levantándome del asiento-. ¿Que han asesinado
á Soledad? ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Soledad vive; diga
usted que vive!
Los dos viajeros me miraron con expresión de
estupor.
- ¡Hablen ustedes, por Dios! ¡No comprenden
que me han atravesado el corazón! ...
- ¿Es usted acaso pariente suyo? - me preguntó urto de los viajeros.
- Sí; pariente... Pero lo que usted ha dicho
es, sin duda, una equivocación. Soledad no ha
muerto. ¿Verdad que no ha muerto? ...
Los sollozos me ahogaban y no pude seguir.
- Deploro de todo corazón mi inadvertencia
- dijo el que había hablado primero-. Por desgracia, lo que acabo de contar es cierto. Esa señora pariente de usted, ha sido asesinada por su
marido.
. Sentí como si una oleada de sangre me invadiese el cerebro; nubláronseme los ojos, me flaquearon las piernas y me dejé caer en mi asiento
casi sin sentido.
Mis dos compañeros de viaje se acercaron solícitos á mí.
- ¿Se ha puesto usted malo?
- Tranquilícese usted.
Haciendo un esfuerzo violento, pude dominar
algo mi emoción.
- ¡Ha sido - dije - una sorpresa terrible!
¡Estaba tan aj eno!
- A todos los que conocíamos á esa señora
nos ha sobrecogido la noticia. Figúrese usted . ..
- ¡Oh, sí; cuénteme usted todo ... todo ...
- Según parece - siguió diciendo el viajero
que había pasado la noche en el Casino - , Fuertes, después de perder cuantos billetes llevaba encima, fué á su casa en busca de dinero. Asegura
c¡ue al entrar en su despacho, cuyas ventanas dan
al jardín, vió en él á dos personas: una era su mujer Y, la otra_ un ~om~re. Sigue diciendo que, ciego
c.le_ co_lera baJó al Jardm (el despacho está en el piso
pnnc1pal); el hombre había desaparecido. Fuertes
trató de seguirle, pero Soledad se lo impidió. Forcejearon, y él, loco de rabia, hizo fuego ... y ya
sabe usted lo demás.
Por fortuna, la claridad del día era aún escasa
y mi interlocutor ni su compañero podían adver~
tir la congoja y el espanto que sin duda delataba
mi rostro.
- Pero lo cierto es - siguió el viajero - que
:ºn su re(ato el tal Fuertes no ha logrado enganar á nadie. Su esposa era una señora sin tacha.
En una ciudad pequeña, como Almanzora, en que
todo se sabe, ¿cómo hubieran podido permanecer
ocultas unas relaciones ilícitas? El mismo marido
al ser interrogado por el juez, no ha podido meno~
de contestar que no tenía sospechas de nadie. A
S_oledad no se la veía ni en paseos ni en teatrós:
s1 de algo se la motejaba, era de huraña. Créame
usted: el relato d e Fuertes es un tejido de embustes. Yo me explico lo que ha debido de pasar de
este modo: Fue1·tes es un vicioso capaz de jugarse
la cabeza. La noche pasada perdió urra cantidad
crecida. Cuando se quedó sin un real - como si lo
hubiera visto - fué á pedir á su mujer el dinero

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que ella guardaba, quizás sus alhajas. Ella, á quien
su marido ha despojado de todos los bienes que
llevó al matrimonio, se negaría á entregarle lo que
él r~clamaba.. : Sobrevendrían las palabras duras,
los insultos, qmzás los golpes, y al fin e l asesinato ... Seguro estoy de que no hay en Almanzora
una sola persona que no piense como yo.
- Cierto - dijo el otro viajero-. Y el infame,
después de haber asesinado á su mujer, trata de
deshonrarla.
El golpe que acababa de recibir me había dej2do tan aturdido, que no podía ni pensar. Las
ideas flotaban sueltas en la inmensidad de mi dolor; me parecía caer, corno acontece algunas veces
en los sueños, en una mina ten ebrosa que nunca
se acababa; sólo me daba cuenta del horror de mi
caída. En medio de la confusión en que estaba sumida mi alma, únicamente anhelaba volver á Almanzora. ¿Para qué? Lo ignoraba, pero decidí
volver.
Muy alto estaba ya el sol cuando se detuvo el
tren en una estación, como abandonada en una extensa y rojiza llanura. Cogí la maleta y, despidiéndome de mis compañeros de viaje, salté al andén.
Apenas me hube apeado, el convoy emprendió de
nuevo su marcha, y yo, inconscientemente, me

quedé mirándole marchar, hasta que desapareció
Deliberadamente me hospedé en fonda distintras una colina lejana.
ta de aquella en que antes estuve alojado. En el
hotel, corno en todas partes, no se hablaba de otra
*
* *
cosa que del crimen de la noche anterior. Los pe¿A qué hora pasa el tren descendente? - pre- riódicos locales publicaban artículos y noticias
gunté al jefe de estación.
acerca del espantoso drama. La explicación dada
- A las cinco y cuarenta - me contestó.
por el criminal y hecha pública á pesar del secreMiré el reloj ; eran las ocho. Tenía que esperar to del sumario, era considerada como un tejido de
nueve horas mortales. La estaci5n distaba del pue- mentiras; el asesino no se había contentado con
blo unos cuatro kilómetros y al pueblo me dirigí, arrancar la vida de su víctima: la calumniaba desnecesitado como estaba de aplacar a lgo con el can- pués de muerta.
..
sancio mi exaltación nerviosa.
En cafés y corrillos se comentaban las pérdiLa dilatada extensión que mis ojos alcanzaban das de Fuertes en el juego; la venta ó hipoteca
á ver, limitada en la parte del Poniente por altas d:! la, fincas de su esposa, venta ó hipoteca aumontañas, era de color de sangre y estaba inte- torizadas generosamente por SolP.dad; el abandorrumpida á trechos por praderas pequeñas en las no en que durante años la tuvo su vicioso marido,
que pastaban escuálidos jamelgos. Al final del ca- reclnída en su casa como en una cárcel, y viendo
minejo por donde yo avanzaba lentamente, -se agru- día por día cómo se acercaba á ella el fantasma de
paban unas cuantas casuchas en derredor de uná · la miseria. La prensa describía el entierro de Sodesvencijada torre. En un campo lejano, un labrie- ledad: una manifestación de duelo en la que hago lanzaba al viento su canto monótono, cuyas no- bían tomado parte todas las clases sociales de Altas se arrastraban perezosas por la rojiza llanura. manzora, dando de tal modo rotundo mentís á las
¿Para qué ir al pueblo? Dejé el camino y eché pérfidas afirmaciones del criminal.
á andar por una senda que sabe Dios en dónde
*
terminaría. Aquel camino siri rumbo se hermanaba
* *
perfectamente con el estado de mi espíri~u. MuerCuando llegué á mi ca~a, después de un mes
ta Soledad, ¿qué objeto ni qué fin tenía ya para mí de ausencia, mi mujer, sin manifestar la menor
la vida? Volverá mi antigua existencia, nunca. En sorpresa, me dijo con acento indiferente:
ios últimos meses la seguridad de que había un
- Creí que no volvíás.
corazón apasionado que latía por mí, de que una
- Muy cerca has estado de acertar.
mujer enamorada me consagraba todos sus pensa- ¿Por qué lo dices?
mientos, me infundían halagadoras esperanzas y
- Es largo de explicarlo; ya hablaremos.
eran como la razón de mi vivir. Ahora, en un ins- Como si no me lo explicas. Ya te he dicho
tante, todo se había desvanecido.1¡0h, Dios! ¿Era muchas veces que nq soy curiosa.
posible que aquella mujer ad9rad~ que pocas hoAl día siguiente, sentados uno frente á otro en
ras antes palpitaba de amor entre mis brazos, es- el gabinete de Angeles, la hablé de esta manera:
tuviese rígida, inerte, t endida en el ataúd?
- Lo que voy á decirte, hace mucho tiempo
Y en medio de estos pensamientos, me aco- que no es un secreto para ninguno de los dos.
metían impulsos de cólera insensata, de rencor Angeles, tú y yo no nos queremos.
monstruoso contra el hombre que había manchado
Angeles se encogió de hombros y movió la casus manos criminales en la sangre de Soledad ... beza con expresión de indiferencia burlona.
¡Con qué gozosa rabia y refinado ensañamiento
- ¿Y ahora te desayunas tú de eso?
arrancaría yo poco á poco la vida á aquel infame!
- N'o; desde antes de nuestra boda ya lo sabía.
¡Con qué saña placentera le vería ª"'onizar! Ni esa
- Entonces, ¿por qué te casaste?
satisfacción me quedaba: le defend~n de mi odio
- Por la misma razón que te casaste tú; por
los muros de la cárcel. ¡Oh, pero su condena sería lo que se hacen tantos matrimonios como el nues~rri_ble; nadie sospéchaba de Soledad, y por con- tro; por desconocer que el único lazo que puede
s1g mente, el crimen sería considerado por los jue- unir para siempre dos corazones es el amor. Heces, no como la venganz:t de un marido celoso, mos \'ivido junt.os, y sin embargo, nuestras almas
n_o como el_ castigo de un agravio, sino como ase- han estado y están á tanta distancia una de otra,
sinato motivado por la codicia. ¡La cadena p:.::rpe- que ha sido imposible entendernos. ¿Por tu culpa?
tua!. .. ¡Quizás el patíbulo! Y mi d~sesperación ¿Por culpa mía? No lo sé; pero el hecho es evidense iluminaba con el resplandor de una alegría te. A medida que ha pasado el tiempo, tú lo safrenética.
bes, nuestro apartamiento espiritual es cada vez
_Después de caminar largo rato m~ senté en un mayor. Sinceramente creo que nuestra vida bajo
penasco al que daba sombra un árbol solitario, no el mismo techo es materialmente imposible.
muy apartado del sendero. Allí, sumido en mis do- ¡Ah, comprendo! - dijo Angeles con más
lorosas imaginaciones, permanecí brgo rato ... vehemencia de lo que yo esperaba-. En las coCuando advertí, como al d espertar de un sueño, rrerías de estos ú !timos tiempos, ya lo sospech,aba
que ya era muy avanzada la tarde, emprendí el yo, has encontrado por ahí alguna mujer que te ha
regreso á la estación.
sacado de tus casillas. No me lo niegues ... Pero
. _Aun tuve que esperar largo tiempo. A la hora si crees que por eso me va á entrará mí ni frío ni
md1c_ada llegó el tren, y á las ocho de la noche, calor, te equivocas de medio á medio.
rendido de cansancio, quebrantado el espíritu y
Cierto temblor en la voz, cierta nerviosidad
en ese estado de inconsciencia que sigue á las gran- c¡ue yo nu:1ca había sospechado en ella, me indi. d_es tempestades del ánimo, me apcab:1 en la esta- caban bie:i á las claras que lo que no pudieron
ción de Almaozora.
ni caricias ni ternuras lo podía ahora su vanidad
*
herida.

* *

�-Lo que quiero-seguí yo-es que sin ruido,
sin violencias de ninguna especie, convencidos
como estamos los dos de nuestro mutuo desvío,
nos separemos como dos buenos compañeros de
yiaje que, al llegar al punto en que sus respectivos caminos se bifurcan, se separan sin ira ni rencor para seguir cada cual su destino. Tu dote está
intacta; yo tengo lo suficiente para vivir; hijos no
hemos tenido. Ko hay entre nosotros nada que
nos una. ¿Por qué hemos de continuar sujetós por
la misma cadena? ... Esto es lo que tenía que decirte.
Y seguidamente, sin dar oídos á las alteradas
voces de mi mujer, salí
del gabinete y luego de
casa.

** *
Apesardelavio!encía de los primeros
momentos, los ánimos
de mi mujer y de mi
suegro se calmaron
pronto. Ella volvió en
seguida á su indiferente
tranquilidad, un momento alterada, y él,
que en lo tocante á negocios era un águila,
quedó en· cierto modo
satisfecho al ver que,
en punto á intereses,
que eran para el buen
señor lo supremo de la
vida, transigí
sin protestas
con cuanto qui¡'"
so proponerme.
Realicé mi
e apita I q u e , \~~
aunque menguado por las
habilidades d e
mi suegro, importaba lo bastante para con
sus rentas vivir modestamente, pero sin estrechez,
y me trasladé á un pueblecillo próximo á Almanzora, á esperar la solución del drama terrible comenzado con la muerte de Soledad.Después de la
celebración del juicio oral, dejaría para siempre
España.

i

VIII
Ocho meses pasaron antes de que se viera la
causa seguida á Fuertes por el asesinato de su esposa. Durante ese tiempo puedo decir con verdad
que solamente pensé en el trágico suceso. Reconstituía la escena sangrienta tal y como yo la imaginaba; creía ver á Soledad, suplicante, pidiendo
piedad; me parecía verla caer herida de muerte,
y contemplaba su cuerpo adorado bañado en sangre sobre el césped de aquel jardín, testigo de
nuestros amores. La idea de que el matador pudiera ser sentenciado á muerte, prodújomc al principio, como ya creo haber dicho, rencorosa alPgría. ¿Qué mejor venganza que verle morir infa-

memente? Mas á medida que pasaba el tiempo y
se acercaba el día en que el delincuente iba á ser
juzgado, aquel gozo perverso se trocaba en inquietud dolorosa. Las nubes de rencor se desvanecían
ante mi conciencia, que se iba levantando en mi
alma con resplandores de aurora. Ante esta luz,
cada vez más intensa, veía yo menos infame la acción de Fuertes, y más negra y villana la mía. Yo
había penetrado como ladrón en su hogar, y sorprendido sus más íntimos secretos ... «No hay
nada, pensaba, contestando egoístamente á estos
remordimientos, que no esté justificado por el
anrnr. .. • Pero ¿acaso no sentía también Fuertes
amor por Soledad? ¿No
le había dado su nombre, no había sentido
en presencia de la in\
fidelidad celos furio1
,·,,
'
sos? ¡Quién sabe si el
desamor de ella, su
desvío, su repulsión
--~
mal d~imu~da, exci,,,
taron las malas pasiones de su marido! Los
mismos vicios de
Fuertes, ¿°no se habrían exacerbado en
la atmósfera de aquel
hogar, en que faltaba
ternura, estimación,
hasta piedad?
A veces me acon) teda que la imagen de
la mujer amada se presentaba ante mi alma
en todo el esplendor
de su lozana hermosura, y me parecía oir su
voz y sentir sus caricias y respirar su
aliento, y entonces la
cólera y el rencor contra el matador me hacían enloquecer...
¡Ah!y aquello duraba
poco: la voz justiciera
de la conciencia acallaba los gritos rencorosos de
la pasión.
*

* *

Haciendo uso de una recomendación que difícilmente pude encontrar, entré en la sala antes de
que hubiese comenzado el acto.
,\ una señal del Presidente un hujier gritó:
«Audiencia pública», y por la puerta del fondo de
la sala, á empujones, insultándose y en confusión,
penetró abigarrada muchedumbre, cohorte pingajosa de golfos, mujerzuelas y vagos, para quienes
los espectáculos judiciales son mucho más atractivos y emocionantes que las funciones de teatro.
Aquietado el tumulto, dió orden el Presidente
de que entrase el acusado. Abrióse la puerta lateral del estrado, y entre dos Guardias civiles apareció Alberto Fuertes, vestido de negro, pálido, viejo y abatido. Toda mi sangre me afluyó al corazón,
y sentí no sé qué emoción indefinible, en la que se
mezclaban odio y piedad, compasión y remordimiento. Prodújosc en la sala un murmullo hostil

para el procesado; sentóse éste en. el ~a~1quillo,
situándose detrás de él dos Guardias c1v1les armados de carabinas, y una vez hecho el sorteo de
los jurados, y prestado por ellos juramento, empezóse el juicio.

***
- Yo - dijo Fuertes con voz temblorosa y entrecortada - volví aquella noche á mi casa antes
de la hora de costumbre. Iba en busca del dinero
que tenía guardado en mi despacho, para retornar
al Casino y probar de nuevo fortuna. Ll~vaba,
como siempre, la llave de la puerta, y nadie me
sintió entrar. Penetré en el despacho, por cuyas
ventanas entraba la luz de la luna. Abrí el cajón
en que guardaba el dinero, y u_n ruido_que venía .,
del jardín me hizo levantar la vista y mirar. Cerca
de la puertecilla falsa vi á mujer en los brazos de
un hombre.
Hubo en el público un largo rumor.
- ¡Orden! - gritó el Presidente.
- Creí que me engañaban mis ojos - siguió
Fuertes - ; me acerqué á una de las ventanas_ y
me convencí de que mi mujer me traicionaba. Ciego de cólera cogí el revólver, gue estaba_ guar_dado en el mismo cajón que el cimero, y baJé al Jardín, en lo qtÍe empleé algún tiempo, porque la
puerta de la escalera interior estaba cerrada, y á
causa de mi aturdimiento no acertaba á encontrar
el pestillo. Cuando llegué al sitio en que había v~sto
á. la pareja traidora, el hombre había desaparec1?º·
Mi mujer lanzó un grito. «¿Adónde vas?• me d1Jo,
cerrándome el paso. «Apártate•, le contesté. «N°O•,
.afirmó resueltamente ella, «no pasarás.• Traté de
separarla violentamente de la puerta, resistió y la
derribé. Entonces se abrazó á mis rodillas, gritando: «¡Te he dicho que no saldrás, y no saldrás!•
Furioso, sin saber lo que hacía, amartillé el revólver y disparé ...
Tuvo el Presidente que imponer de nuevo orden, para acallar los murmullos de indignación del
público. s\ las preguntas del juez y del fiscal,
Fuertes contestó invariablemente:
- Lo que he dicho es la verdad.
El desfile de testigos fué largo, y sus declaraciones todas adversas para Fuertes. La que más
impresionó al público fué la del señor de Cárceles.
Emocionado, con lágrimas en los ojos, dijo:
- Soledad era un ángel; quería á su marido y
le respetaba; en las largas temporadas que pasó
en mi casa de Bellamar, ni una sola queja salió de
sus labios. Yo la creía la más feliz de las esposas ...
El bueno de don Luciano se extendió en tan
largas consideraciones, que el Presidente tuvo necesidad de atajarle.
Fuertes soportaba con la cabeza baja todos los
cargos que se amontonaban sobre él. Yo sentía
tremenda angustia ante aquel hombre á quien meses antes habría ahogado con placer entre mismanos. Empecé por arrebatarle su honra, y ahora con
mi silencio le arrancaba la libertad, acaso la vida.
Mi proceder era peor que el suyo; mi crimen, más
bajo que su crimen. Así hablaba mi conciencia impulsándome á levantarme y decir la verdad toda;
pero cuando ya las palabras reveladoras iban á
salir á mis labios, me detenía el recuerdo de Soledad. ¿Era noble en mí hacer pública su falta, en-

tregar su memoria adorada al ludibrio de aquellas
gentes? ¿l labía muerto por mí y había de ser yo
quien cubriera de oprobio su nombre?
*

* *

En tanto, seguía el juicio. Al fiscal le costó
poco trabajo probar la delincuencia de Fuertes.
Llegó_el 111Qmen to de juzgar. Las dos horas que
el Jurado estuvo deliberando, me pareci~r9n dos
siglos. Al fin se abrió una puertecilla si~uada detrás del sillón presidencial, y los doce Jueces de
hecho, gra\'es y silenciosos, fueron á ocupar sus
asientos. Aunque estaba ya muy arnnzada la noche, ni una sola de las personas que asistieron
al comienzo del juicio había abandonado su puesto. Entre la multitud veía yo la cara anhelante de
don Luciano Cárceles.
Apretándome con la mano el c_orazón, caiei:ituriento, con impaciencia tan congoiosa que nadie
que no haya pasado por situación semeja1_1te pued_e
imaginar, esperaba la lectura del veredicto. Quizás el reo estaba menos intranquilo que yo.
En medio de solemne silencio comenzó á leer
el Presidente del Jurado; sus palabras caían sobre
mi corazón como gotas de plomo derretido. A todas las preguntas se contestaba de acuerdo con
la acusación fiscal. Ni una sola circunstancia atenuante. Fuertes era considerado como autor de un
delito de parricidio perpetrado con aleYosia y premeditación, y cometido por el estímulo de la codicia.
Un estremecimiento de satisfacción circuló por
la sala. El procesado, abatido por el golpe tremendo, sollozaba roncamente con la cabeza entre las
manos. Entonces sentí como si un vértigo invadiese mi cerebro; un impulso ciego, irreflexivo,
superior á mi voluntad, algo que venía de no sé
qué misteriosas profundidades de mi sér, y levantándome de mi asiento grité con voz que no me
pareció ser la mia:
- ¡El Tribunal se engaña:ese hombre ha dicho
la verdad. Su mujer tenía un amante, y ese amante
soy yo!
Tras breves instantes de estupor, alzóse en la
sala un clamor semejante al ruido del mar alborotado. De todas partes salían gritos:
- Está loco. Está loco.
El señor de Cárceles gesticulaba desaforadamente, y me dirigía desde su asiento palabras que
yo no entendía. Fuertes me miraba con extraña
expresión.
- Si el público no guarda silencio - gritó el
Presidente - haré despejar la sala.
- No, no estoy loco - dije yo cuando se hubo
restablecido algún tanto la calma-. Puedo probar lo que he dicho. Yo he penetrado traidoramente en la casa de ese hombre; estaba en el jardín
la noche del crimen, y me alejé sin que él me conociese é ignorando yo que había sido sorprendido.
Esa es toda la verdad.
- Son tan graves - dijo el Presidente - las
manifestaciones que aquí acaban de hacerse, que
el Tribunal tiene que deliberar acerca de ellas. Se
suspende el juicio.
*

:m declaración

*

*

fué ·eficaz; después de los trámites legales, en los que se emplearon \'arios me-

�El Cuento Semanal
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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�</text>
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                    <text>El Cuento Semanal
__

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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�El [uBnto 5Bmonol
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡

¡ /v\adrid

Libros y Revistas
Prosas líricas, por Enrique Morales Ruiz. Palabras de

Arturo Gómez-Lobo. - Imprenta de E. Pérez. Ciudad Real.
::,e trata de una obra póstuma, obra de melancolía y de
&lt;:ansancio en cuyas páginas parece flotar la tristeza del presentimiento que, al escribirla!!: tenia el autor de no verlas
impresas nunca.
¿Qué resta de ese autor? Sin duda algo muy tierno.
«Dijo la paz de unas vidas - escribe su prologuista Gómez-Lobo - ; la quietud de una tierra inerme; la monotonía
de un&amp; calle ancha - vaso de sol - en donde se percibe el
leve latir de las fuerzas soterradas; la corta peregrinación
de dos corazones por tierras de amor; el cantar sabio de un
arroyo que baja de un monte, atalaya del llano.»
Lo eterno. - Comedia en un acto original de Juan Górnez Renovales, estrenada en el teatro Eslava de Jerez de la
Frontera, por la compañía de D. José Tallad, el 12 de Enero de 1907.

~===:,o:ao::===•oooococx,c==:xooccr.::====&gt;

La Semana Teatral

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre·6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelto:

3Ü

Cén

ti ffi OS

Cómico. - Aquí, como en todas partes, Loreto y Chlcote triunfan sin reservas.
Las obras que más éxito obtuvieron en la temporada anterior, La br_ocha gorda y La Puerta del Sol, han sido reformadas y meJoradas notablemente.
En la primera de estas zarzuelas, Loreto, imitando el
gesto, la vo, y hasta lindísima figura de La Fomarina, está
deliciosa. Tanto, que seguramente este invierno el público
irá á ver á La For11arina para ver «si se parece» á Loreto
Prado; ni mas ni menos que el año anterior fuimos todos á
cerciorarnos de si, efectivamente, Loreto se parecía á La
f-tornarina.

Esta semana se celebró la reprise de la aplaudida «alcaldada en cuatro cerrojazos y un prólogo»; titulada/ Qutse
va ti arra,-/, en la cual Enrique Chicote y Julio Castro cantan un «número» nuevo con muy graciosos couplds.
Gran Teatro. - Ha comenzado á actuar en este coliseo
una excelente compañía de Varidis. Hay coupletistas, acróbatas, cinematógrafo, etc. Todo muy pintoresco y variado.
Distínguense principalmente Nelson Follet y la Dika,
con su groom; las hermanas Mariano en el trapecio balancín,
la troupe tirolesa, The Lysthép's, etc.
Es un espectáculo de un cach,t internacional muy agradable.
••.
·

=cc====xx,a===acx,0-====n:=ccc==::&gt;

A polo. -«¡Ya está abierto A polo!» Es una frase callejera

que pone á los madrileños de buen humor, porque evoca
frescores otoñales, perspectivas de invierno. Es la señal de
que el aborrecible verano, perezoso y sudón, se ha ido.
La inauguración de «la catedral», donde «ofician» desde
hace tantos años los generosos empresarios Arregui y Aruej,
íué espléndida.
De telón adentro, salvo algunos nombres que nadie ha
-0lvidado, «lodo está igual». Allí vimos á Rosario Soler, hoy
más que nunca en la plenitud de su caliente hermosura española; Maria Palau, «boca de risa», pizpireta, ílexible y
pen·ersa, como una belleza del boulevard; Felisa Torres,
siempre jl;raciosa y bonita; Elisa Mornu, Amalia Campos,
María Valdemoro, Antonia Espinosa, Isabel Carceller, y la
excelente, la insuperable característica Pilar Vida!.
Ent, e los del «sexo feo•&gt; figuran e n primer término (no
por feos precisamente, sino por graciosos), Emilio Carreras, Pepe ;\!oncayo ·y García Valero; D. José... (ya saben
nuestros lectores que nos referimos á Mesejo ); Sarazzi, buen
actor y baríLono de grandes facultades; Vicente Cardón,
Manzano, Soriano, Mihura ... y otros.
En los carteles subsisten actualmente El luísar d, la
.f(Ullrdia, La mala sombra, L a suert,• loca y Ci11ematógrafo na,:io11al. Pronto empezarán los estrenos.
Zarzuela. - En el elegante coliseo de la calle de Jovellanos se han estrenado con gran éxito un arreglo de la famosísima obra de l\Iascagni Cavallería ru.rticann, y un sainete de los Sres. Labra y Chapí, tilulado Los vtlerall{&gt;s. La
temporada, por consiguiente, empieza bien.
La Empresa ha tenido la buena idea de resucitar E l dúo
;Ú la .-lfri,&lt;111,1, en que mucho sobresalen J oaquina Pino y el
tenor Simonetti; el inolvidable sainete La ca11ció1t de la Lo/a,
del maestro Ricardo de la Vega, y La co¡,a e11ca11tndo, de
Benavente.
Edu.va.- Continúan en este teatro las representaciones
de L,1 f¿,z dd ole, La gatita b/a¡¡ca, :..a /1osteri11 d,t L aurel, La
,:011q11i.rta .td marido y Ap,,ga y vci1110110s.
Alli la alegre «sicalipsis» triunfa, y el buen público aplau-0c á las tiples que lucen ante el incendio de la batería la
esplendidez de sus esculturas. ¡Ah, la poca ropa! Carmen
Andrés, por ejemplo, es una respuesta, una hermosa respuesta hecha carne, á todas las duda¡; que Colomhi11, en España r ;\[me. ;\ladrus en París han suscitado acerca del inJlujo que las faldas ejercen sobre la belleza de la mujer .

•

CLAUDI0 fR.0LLO

~ÑO__L:_!_3 Se).)tiembre 1907 - N.º 37

Consultorio &amp;rafoldgico &amp;RAtHTMEH
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

Admiro á Galdós filósofo. - Sensibilidad excesiv&amp;; actividad física muy seguida; voluntad pacienzuda, con momentos de
terquedad; buen grado de inteligencia; conciencia ancha; temperamento nervioso; ligero cansancio físico; sinceridad; carácter
muy expansivo; generosidad que sabe contar; afición para la buena comida
Según manifiesta usted el deseo de saberlo, para hacer un retrato grafológico no me fijo ni en el estilo ni en la ortografia, y si
no fuera por poder contestar á ciertas preguntas particulares
que me hacen n11s consultantes, no leería tan sólo las carlas, lo
que á pesar de lo raro que parece, lacilitaria mucho mi trabajo y
contribuiría a la sinceridad del análisis.
Luisa Catalana, de Barcelona. - Naturaleza bastante interesada; agitación; ausencia total de voluntad; cierta tendencia á
la exageración; carácter bastante rencoroso; temperamento muy
nervioso; salud bien equilibrada; ligero espíritu de contracción;
criterio justo; conciencia ancha.
Joaquinita G. Gata. -Afición extraordinaria a discutir; constancia; voluntad seguida, con tendencias á la dominación; expansión, sobre todo con los extraftos; orden; naturaleza que sujeta
siempre los impulsos de su corazón á las leyes de la razón; equilibrio perfecto en todas las facultades; temperamento vigoroso.
Eduardo Guzmán. - Espíritu fino y delicado; carácter amable; Vúluntad débil; gran constancia en amor; conocimientos variados y buen ~rado de cultura; prudencia en los negocios; gran
desconfianza; bastante actividad física; juicio seguro; corazón
tierno y sensible en exces~ deseo de hacer el bien en torno suyo;
temperamento inmaterial.

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO

COMO MURIÓ ARRIAGA
I
EL BOULEVARD DE CLICHY

boule,·ard de Clichy, en París, parece
como un brazo doblado. El hombro es la
plaza Pigalle; la mano, muy grande, muy
abierta, es la plaza Clichy, y frente al codo se
abre el puente de Colaincourt, luego calle de Colaincourt, sobre el cementerio de Montmartrc,
en el cual sabe la lectora que está la tumba de
la Dama de las Camelias, Margarita Gautier. Si al
brazo que hemos dicho, queremos darle u na estructura, ya enormemente g igantesca, el hombro
lo tendremos
hundid o e n la
Chapelle, yla palma de la mano en
las a I tu ra s des
Ternes, muy cerca de la Estrella.
E I boulevard
de C!ichy es la
ante sala del famo so r.Iontmartre, el cual i\Iontma rt re, después
de conocido, resulta, como todo
lo humano, inferior á su fama.
Pero es preciso
conservarla; los
extranjeros la guardan por snobismo, y los parisienses por mercantilismo, puesto que ciertas particularidades del famoso barrio son un ingreso natural de París. La cueva del Cabaret del Infierno es,
por ejemplo, tan producth·a cual la gruta de Lourdes, sólo que aquélla es inocente y ésta es embaucadora.
Frente á la plaza Blanche, e n el trozo principal del boulevard Clichy, esto es, e ntre el codo y
el hombro, entre la e ntrada del puente de Colaincourt y la plaza Pigalle, se inicia la espina dorsal
de Montmartre, la calle de Lépic, tan empinada,
que á la mitad de e lla tienen que detenerse los
carruajes porque no pueden arrastrarlos los caballos.
Este pedazo del boukvard Clichy es una de
las pocas porciones del París que no se acuesta á
su hora. E n la plaza Blanche es tá el restaurant dé
la plaza Blanche, y más arriba, por la misma ace-

E

L

ra, e n la plaza Pigallc, la Abaie Théleme, La ratamuerta y La r ata que no está muerta. Además, ef
Cabaret del Infierno, que para visto una vez, es.
distraído; el Cabaret del Cielo, que aun para visto
una vez sola, es tonto; dos ó tres modestos restaurants; dos ó tres panaderías; dos 6 tres librerías de viejo; tres 6 cuatro tiendas de cuadros,
donde jamás se ve uno bueno; y algunos baratillos con muebles y cachivaches desastrosos, que
tienen pretensiones de mobiliario y de arsenal artísticos, donde los pintores pobres de Montmartre compran , cuando colocan á buen precio un
cuadro en la calle de Laffite 6 una colección de
dibujos á los editores de la orilla
izquierda, cosas.
que v uelven á
vender en cuanto
se concluyen los.
cuartos. En esta
acera la s casas
son buenas y los.
vecinos burgueses, comerciantes; vecindario
pacífico, bellas
personas. En la
acera de enfrente
"" 1/ ,,l~~
se halla el Molino
Rojo archifamoso,
levantando al cielo sus grandes aspas coloradas. A
su izquierda, más
lejos, el Cabaret
de la Muerte, donde no se ven ángeles azules ni
diablos encarnados, sino muertos que van descomponiéndose, hasta llegar al esqueleto; donde se toman vasos de cerveza, puestos sobre un ataúd, en
medio de un salón 0bscuro y enlutado; donde se
observa, e n fin, cierta tétrica gracia. A la izquierda, más lejos, se e ncuentra el Cabaret de Quat'z'
Arts, e n el cual, en e fecto, hay un poco de arte.
Aquí está la avenida Rache!, vía corta y ancha
como un pequeño square, que lleva al cementerio
de Montmartre. E n esta esquina de la aven ida de
Rache! hay un restmerant modesto, con sus mesas,
como todos, e n la acera y un salón e n el entresuelo, anunciado especialmente en la fachada, para
bodas. Desde los balcones y desde la puerta se
ven las cruces y mausoleos de la necrópolis, indicadores de có mo termina todo e n este mundo.
Salvo una peluqueríá, una panadería, otros varios tenduchos, tocias las accesorias de esta acera

�son (r) brascrías y tabc-rnas, &lt;los d&lt;' éstas, buenas
y dos de aquéllas, elegantes. Casi todas las casas,
inferiores en altura, en arquitectura y en confort,
y sólo superiores en años á las fronteras, son hoteles, hoteles de esos parisienses donde se \ i\'e y
no se come ó come cada cual lo que puede, &lt;'n
su cuarto. El personal de huéspedes está compuesto, casi todo, por prostitutas, chulos, ladrones ,
asesinos; las cocottes, los maqttercaux y los apaches.
Hay un hotel en este lado, á la entrada de la calle
&lt;le Lépic, que se titula de La bella estancia, en d
que suenan tiros casi todas las noches y al que á
cada momento tiene que subir la policía.
Así, pues, entre una y otra acera, materialmente separadas por unos cuantos mrtros de calle
&lt;le adoquín y andén central de asfalto, hay varias
leguas, tal yez no en número cxcesin,, de camino
moral.
Las dos fach1.das Sl' conocrn, pero ni se hablan
ni se estorban. Ambas tienen los negocios fuera;
-el burgués, en el centro de París, y el apache, don&lt;le le pilla. Todos Yi\Cn tranquilos .•\lgunas noches, un viejo matrimonio que duerme en una alcoba de la acera honrada, se despierta al ruido de
&lt;lisparos que suenan en las casas de la acera malévola.
- ¿Qué es eso?
- Tiros ahí enfrente.
- Duerme, •gallinita,.
- Duerme, «palomito•.
Y los esposos vu&lt;'h·en á conciliar tranquilamente el sue110.
Al otro día, si es uno prima, eral de esos en que
todo París Yivc en la calle, nadie diría mirando
.aquel amplio boulc,·ard tan alegre, tan bello, que
la mitad ele las noches es perturbado por los juer_guistas del Rat .Mort ó del restaurant de la place:
Blanche, ó por los bandoleros del lado del ~foulin.
Las familias circulan con sus niños por el centro
asfaltado, entre los árboles; por los boquetes del
metropolitano suben y bajan filas de personas, cual
las hormigas por sus hormigueros, y desde los
balcones, las terrazas, las puertas ele las tiendas,
fas dos aceras se miran sonriendo amable y bona.chonamcntc.

II
EMPIEZA UN ARTICULO

Por dos trocitos de las sendas calles de Douai
-y de Bruxclles, se "ª del lugar que hemos descrito
.al squarc de \'intimillc, plaza pequena, poco transitada, con un jardinillo húmedo y enverjado en el
centro, adonde los nenes de la yecindad bajan {1
jugar con sus niñeras.
( 1) Unas veces subrayados, otras no, el lector encontrar-\
en estas cuartillas numerosos galicismos. Van puestos de
propósito. Así como opino que traducir, traduzca quien traduzca, es matar un libro, creo que cuando se babia de otro
país se debe, si se puede, lomar de él cuantas ,·oces sean
posibles y compatibles con la facilidad de entender del lector. También se encontrarán algunas cosas en francés qui:zás poco ortográfico, porque no me he tomado la molestia
de consultar con un amigo que lo escriba bien, y porque yo
.sé de francés muy poco más que Jacinto Arriaga. Además,
y esto lo explica todo, ni en ese francés, 1ni en mi español,
son excesivas mis pretensiones de purista. - C. F.

Cna ele las a,cnidas de C'sta plaza, que ofrece
el contraste muy frecuente i-n las capitall's populosas, de un lugar solitario junto á un paraje concurrido, es la continuación de la calle ele Bruxellcs, la calle donde murió Zola, y , a á salir á la
parte más alta de la ruede CliclÍy, inmediata á la
plaza de este nombre, acabando así el trapecio que
fi,rman la calle ele Uichy, la plaza y un trozo del
IJoulevarcl de Clichy, y el otro pedazo del mismo
b lUlernrd de que ya hemos hablado.
El número 5 de la rue de Bruxelles tiene este
letrero en su fachada: ll1aison mwblée. Entremos
y subamos hasta el último piso, en cuyo descansillo, que es como una saleta bastante amplia, sin
muebles, hay yarias puertas numeradas . ."\ la izquierda se abre un corredor, á cuyos lados otras
cuatro puertas dan paso para otras tantas chambres. Penetremos en el número 41, el primer número de la derecha. Es una pieza cuadrada, ni
chica ni grande. En un rincón, contra la pared,
se Ye una cama antigua, pero confortable, de madera barnizada de negro. ,\ &amp;u lado, una mesa de
noche. En igual línea que ésta, una cón_1uda, y presidiéndola, un gran espejo ele marco dorado, que
casi llega al techo. Entre el cristal y el marco,
pinchados, como danzando al aire, duplicados por
el cristal sus cuerpos de peluche ,·erde y colorado, con los ojos de azabache, saltones, y con el
rabo tieso, están cinco ó seis de esos diablillos
que dan en el Cabaret del Infierno; retratos de
actrices y literatos, y algunas bailarinas con un pie
en el suelo y el otro lo más alto posible. En el otro
rincón de este testero, hay un larnbo de caoba
con tapa resquebrajada de mármol, mueble antiguo también, como todos los que estas casas van
quitando de los primeros pisos que hay que renovar, para llevarlos al cinquiéme 6 al sixiéme. Enfrente de la cómoda se halla un sofá de terciopelo
rojo, al que podemos conceder que sea de Utrech,
pero al que hay que acusar de ancianidad. Yerde
es el tapete, lleno de papeles, de periódicos, de
libros, que cubre el \ elador colocado ante el sofá.
Frente á la cama, entre dos sillas, se abre una
ventana que da á un enorme patio. En fin, en
puerta y ventana, hay porticrs de cretona negra
con grandes flores rojas, y las paredes, de papel
vC'rdc claro, sin dibujos, se adornan con retratos,
con postales y con bibclots, desnudos de mujeres,
sobre unas repisitas. En el alféizar de la ventana,
que está abierta, hay un cacharrito azul con unas
flores. Sobre la cómoda, otras esculturillas bonitas
y baratas. El cuarto es alegre, claro y limpísimo.
Le da el sol.
Ante la cómoda acaba de ,·estirse un hombre .
Tiene treinta y ocho años, pero es la suya una de
esas fisonomías movibles, que en la tristeza se
aycjentan, que en el entusiasmo ó la alegría parecen niñas y que cambian veinte veces al día de
apariencia de edad, según sus impresiones. Si en
este instante preguntamos á este hombre por su
edad y nos responde, sonriendo como está, aunque se halla solo: «la de Cristo», no hay fundamento para decir que engaña.
Es de aspecto agradable y simpático. ~ada saliente , emos en su favor, pero tampoco en contra.
En sus ojos hay algo de espíritu y de luz, y sobre
todo, de sincera vehemencia. Su pelo, que blanquea un poco por las sienes, escasea algo y aun

algos por la coronilla. El bigote es completamente negro.
Acaba de ponerse la americana y ,·a á salir.
Se echa una ojeada gencral,que no le descontenta;
en efecto, no va mal vestido, y su calzado, su camisa, su corbata, acusan algo de distinción natural
y de b 1en gusto. Coge un !"&gt;itillo, lo enciende, lo
pone cuidadosamente en la boquillita de ámbar y
sale, llevándose la lla,·c. Por la escalera, con voz
que hace todo lo gutural que puede y con tono ele
niñez, de alegre despreoc,1pación, va cantando:
«Le roí fait battre le tambour,
pour voir /1. toutes cettes dames... »

Di\ isa al garzón que está barriendo por el entresuelo, y canta más fuerte, y luego se hace el
sorprendido cual si, embobado en su cantata, no
hubiera , isto al mozo, cuando éste, escoba rn
mano, se adelanta á saludarle co:1 familiaridad.
- Bon jour, m'sicu.
- Bon jour, mon Yieux. TI n'y a pas de lettrcs
pnur moi, ce matin?
- :;\fais non! \'ous sarez bien qu'il n'est pas
l'heurc•, cncore, pour le facteur.
Sí, es muy temprano, las ocho de la mañana, y
hasta las nuc\'c ó nucye y media no llegará el cartero. .\demás, él no espera carta; pero lo que importa á este hombre, que no es francés, es hablarlo
á todas horas, en c•1anto se despierta, hasta soñando, y busca todas las ocasiones para ello con
motivo ó sin él.
,\1 pasar por el bureau se halla con el patrón,
excelente sujeto, un pro,·enzal con un ca helio duro
y á~pcro, que tiene la propiedad rara de erizarse
cuando su poseedor se enfada.

- Buenos días, señor Renard; ¿no ha venido
nadie á buscarme?
- Pero, señor, ¡si son las ocho de la mañana!
Y con los pelos en acción:
- ,\demás, ¡si casi nunca viene nadie á preguntar por usted!
- Es que estoy esperando una visita de España.
- Pues no ha venido nadie.
- Bueno, hasta la tarde.
- 1Iasta la tarde.
Es una mañana suavísima de Abril. Kuestro
hombre sale, y continúa cantando:
~ ... et la prcmicre qu'il a vu
lui ll. raYi son a... ñ... •me ...»

Por sitios que conocemos ya, llega al boulcvard
de Clichy, y cerca del ~folino Rojo se sienta á la
puerta de un café. Pide un café, unos croissmrts,
una copita ele cognac, de que escribir. Cuando toma
su modesto clcs1yuno, coge un sobre y estampa:
Fe1úl!es pour l'illtjrimerie
Señor director d el Diario Cusmopolita.
Segovia (Espagne).
Deja el sobre á un lado para que se seque y
para que el camarero pueda verlo. Corta luego en
cuartillas algunos de los plieguecillos de papel
cuadriculado que le ha traído el mozo, y al frente
de la primera pone:
CRÓ::-;-!CAS PARISIENSES

L\ ACTITUD DE LAS C,\l\IAR.\S
:\lcdit:t un poco. Enéiende un pitillo. Se distrae mirando á los obreros, á los empleados, á las

�criadas y á las obreritas, que pasan veloces por el
boulevard. Vuelve á concentrar el pensamiento;
da otra chupada al cigarrillo; empieza:
Tengo fundados moti\'os para creer que las
( ámaras actuales ... •
\' sigue en su trabajo sobre el hacecito de
cuartillas.

do \'ohieron á Seg1wia, la mujer, muy preocupada
durante unos días, entró cierta mañana en el cuarto de su hermano, que se vestía para ir á rezar la
misita diaria, y le espeM sin más prcparati\'os:
- Oye: Jacinto y yo hemos decidido casarnos.
El can6nigo, sin alterarse mucho, respondió:
- ¡Qué barbaridad! l~se muchacho es tonto y
hí estás loca.
III
- ¿Por qué estoy loca: -Y ya enfureciéndose:
- ¡Pues lo queremos! Y además no hay más remeJUNTO AL ERESMA
dio. ¿Ln entiendes bien? ¡No hay más re-me-dio!
- ¡Bueno, bueno! - replicó el excelente homEste hombre, á quien tenemos escribiendo un
bre
que, sin sospecharlo, llevaba el espíritu de Volartículo á la puerta de una brasería parisiense, es
Jacinto Arriaga, cuyo nacimiento, como ya dijimos, taire dentro df.'I cuerpo. Y ,í los quince días los
casó con la misma indiferencia que los hubiera exelata ele treinta y ocho años, y cuya vida ha co- comulgado.
menzado hace tres meses.
A los siete meses la esposa trajo al mundo un
Jacinto nació en Zamarramala, un pueblecito,
pobrecillo infante muerto.
casi aldea, á media hora de camino ele Sego,·ia.
i\l año y medio, harto de comer y ele beber,
! lijo de unos labradores pobres, quedó sin padre
á los dos años y sin madre y sin amparo á los rcventcí el buen canónigo como una caldera que
seis. \'ivían en Segovia un canónigo que había estalla sujeta ,í más prcsiém de la p"sible. L'I \'ida
sido su padrino de bautismo, y una hermana de de los esposos, que no volvieron á tCn&lt;"r otro hijo,
éste, que cuando el nene quedó huérfano contaba continuó igual, mon&lt;&gt;tona, sin el accidente que la
diez y ocho años. La muchacha propuso recoger al vivificara de alguna alegría 6 de algÚ'n dolor. Ella,
chico, y su hermano replicó que sería un engorro. como todas las mujeres de un marido joven, que
«Le cuidaré yo&gt;, replicó aquélla; y como el buen Yiven siempre en el miedo de perderlo, era celosa,
canónigo fuera un amable egoísta, de esos que ha- tiránica y gruñona. 1Iás que por timidez, él la obecen el bien por ahorrarse la molestia que puede decía y la soportaba por indiferencia, por falta de
acarrear no hacerlo, consintió, para evitarse una una pasión ó un objetivo que le hici&lt;'ra saltar sobre
pelotera con su hermanita, que se aburría, que no todo, y también por gratitud y por bondad nativa,
era fea, pero que no era guapa, y que no tenía pues en aquella mujer con quien compartía el
novio con quien entretenerse, circunstañcia que desabrido lecho conyugal, miraba y reconlaba ,i
la buena madre ,·oluntaria que cuando nirio lo arnrhacía muy razonable que la distrajeran regalándo- llaba
en la cuna.
le un niño.
Así,
prisionero en la tranquila cárcel de una
No fué ascética ni mojigata la educación de
éste. Ni el canónigo ni su hermana eran santurro- vida apaisada, transcurría su existencia, sin otra
nes. El iba al coro como á la oficina. Ella rezaba distracción que los paseos solitarios y las lectucosas habituales sin ahondar mucho y sin derro- ras. Tal vez por la índole de las primeras que, sin
char fe. Tenían algtín dinero; se sentaban á una orden y por casualidad, vinieron á sus manos; tal
mesa ele príncipes; ella sin apetito y él como un vez por cualquier rara predisposición, el caso es
que aquel hombre, jamás salido ele una ciudad que
1Ieliogábalo.
.
El tres veC&lt;"S obligado protector del n"'ne, por s61o habla de cosas y de tiempos muertos, se afihaberlo apadrinado en el bautismo, por haberlo cionó á leer, y cada día con más pasión, cosas
recogido y por su santo personal sacerdocio, no nuevas y ex6ticas. Para su examen en Telégrafos,
se metió sino en que Jacintillo no le perturbara Jacinto había estudiado francés, y lo aprendió muy
bien, ó mejor dicho, fácilmente, y de la misma tal
el sueño; y la \'ida de la casa transcurrió muy en
paz, porque la hermana tenía cuidado de alejar al facilidad nació el contento con que lo estudiera.
pequeño cuando por las noches el señor canónigo Se examinó, se casó, ocupó su plaza y no vohió á
se acostaba resoplando, con sus dos botellas ) sus ocuparse del adorable idioma. Mas á su oficina de
enormes tajadas en el cuerpo, y por las tardes se Segovia vino un oficial que había corrido mucho
dormía la siesta con sus grandes tajadas y sus dos mundo, que había ,ivido en ,cinte partes, y un
botellas entre pecho y espalda. De manera qu&lt;' el año en Londres y un par de ellos en París. Y aquel
niño estudió poco, y como á los diez y ocho años hombre, que de todo cuanto había ,·isto y recorrino sabía una palabra, lo prepararon para una ca- do conservaba perenne é imborrable el recuerdo
de la ciudad luz, despertó en la imaginación de Jarrerita corta, la de telegrafista.
cinto,
que no tenía tampoco en qué ocuparla, el
Lo prepararon en Sego\ia, y para que no viniera solo, fué la solterona quien lo trajo á Madrid; amor al gran pueblo. Hay quien se enamora por
al canónigo no había quien lo sacara de su casa, ni un retrato ó una referencia.
El compañero de Arriaga no se hacía creer sólo
de sus costumbres. Se examinó Jacinto, obtuvo
plaza y se logró que fuera destinado á Segovia. por su palabra. Ilustraba y documentaba sus conPero, ¿qué había ocurrido en los tres meses que el versaciones con fotografías, grabados, periódicos,
joven y la hermana del canónigo pasaron en la cor- libros. Algunas veces, paseando con el índice por
te? El ambiente de ~Iadricl, los cafés, los teatros un plano de París, seguido por la ávida mirada de
que un barbarismo llama sicalípticos, la \'ida me- Jacinto, le describía edificios y lugares. «¿Ve usted
dianamente libre de la mediana capital, ¿qué in- esto? Aquí está la estatua de Gambetta... Puesto
fluencia tuvieron en el joven y en la que se figu- delante de la estatua, mirando al frente, atra,iesa
raba seguir siéndolo? Fuera ello lo que fuese, cuan- la vista el arco de triunfo del Carroussel, se adelanta por las Tullerías, se detiene en la plaza de

;n

la Concordia y, partido por la aguja de Cleopatra_,
,·e á lo lejos y á lo alto C'I arco de la Estrella. ¡Que
París! ¡~ada hay como París! Esto es la plaza de
la Opera. Esta calle que se encuentra detrás, es 1~
(haussée d'J\ntin. Pues aquí, en esta acera, casi
enfrente de una casa , ieja, en que se halla, por
cierto una sucursal del :iront&lt;" de Piedad, hay una
rotiss;rie, donde almorzaba yo casi todas las mañanas.•
Jacinto encontraba algo \'Crdaderamente superior en aquel hombre, que había visto el arco de
la Estrella por una arcada del del Carroussel, con
la aguja de Clcopatra en medio, y que había almorzado muchas \eces en la Chausséc d'Antin, al
lado de la Opera, al lado de los grandes bulc\'ares, ¡los bulevares!
.
. ,
Otras ,·eces, la sangre de este Joven que v1V1a
en la castidad y casi en la abstinencia, se encendía al oir la descripción de los lugares alegres y
de sitios descaradamente canallescos. ¡Qué noches
las de su amigo en el l\loulin de la Galette ó en el
Bal ele Boulier! Luego le hablaba de los cajés-concerts; de ciertos establecimientos que hay en las
transversales angostas del boulevard Sebastopol,
donclc las camareras sirven en traje de bebé, en
marineritas; y detrás del boulevard San Dionisio,
en callucas infectas, que parece mentira cómo no
ha derribado la piqueta que reformó París, hay
otros cafés, donde las dependientes acuden al parroquiano cubiertas con una capa y se sientan _á
su lado y se quitan la capa, y con ella se han qmtado ya todo el \'estido.
Pero no es esto, cosas para una \'CZ, para los
días de trueno, que dan idea de la licencia de
París, lo mejor del gran pueblo, sino su encantadora libertad. Estas preocupaciones españolas y Jacinto pensaba en las que conocía, las de Se-

govia - !&gt;1111 ridkuleces de que
l:,t C,LJ~ital &lt;le
Francia se reiría todo el mundo. ~mgun pa1s como
aquel puede ofrecer la independencia, la dcspreocu¡&gt;ación la ligereza encantadoras de su trat&lt;;&gt;,
1
¿Y las mujeres?
¡Qué mujeres.1 «'!'uve yo una armguita... &gt;
Trasladaron ele ScgoYia al oficial, pero el parisianismo de Jacinto nadie se lo ~acaba ya ~lel
cuerpo. Suplió á su amigo con los libros, que_ a ~a
esposa decía que eran científicos, y con penóchcos que recibía clandestinamente, para que no los
,iera su mujer, pues contenían estampas del t_odo
incompatibles con la más tolerante. de las ~1encias. El más grande disgusto de s~1 nda matnmo~
nial fué un día en que su costilla le encontro
ante un periódico, en cuya portada, ba)o el tí~ulo
L' Amottr, palabra que ella supo traduclf, halla hase un señor viejo y muy gordo d~ndo u_n beso_ en
la nuca ú una muchacha en camrsa y sm medias.
JI uyó con sus periódicos y leía en la oficina, entn•
tcl&lt;'grama y telegrama, 6 en la soledad de sus
paseos.
.
.
Aquel poético Eresma que sahc tanta h1stona
de España, que no entiende sino de avcntt_i_ras guerreras y de sentimientos fra_ilunos ó !111~nJ1les; que
impregnado del tiempo medmeval_odra a lc'.s ron~anos que alzaron el acueducto, od~a á los r_ngemeros que han abierto el túnel segonano, y sol? ml&lt;_&gt;ra á los constructores del Alcázar; aquel poético no
que ha inspirado tan sólo •ayes del&gt;, «brisas del&gt;,
«cantos del&gt;, «lamentos del&gt; y demás versos del
Eresma, ¡cómo se estreh1ecía en lo más hondo ele
su cauce cuando una \'Cz el aire le arrojaba algún
candente ejemplar del Frou-Frou, olvidado por
Jacinto en la orilla donde había leí~o! Y a9uellas
monjas del Parral, que tras sus cclosra~ podran ver
sin ser vistas, al contemplar en med10 de aquel
bello derruído claustro, que hace pensar en cosas
altas aun al cerebro que jamás haya pensado, ¿qué
sentirían, indignación 6 excitacio~es pecadoras,
ante el sacrílego, sentado en una piedra, que desplegaba en otra piedra aquella mala pre~sa, llena
de torpes láminas, cátedra torpe de erotismo?
¡Oh, terrible plle-1Jtéle! - _así se llamaba, por
más señas, uno de los pericíd1cos - ; ¡oh, ternhlc
péle-méle de nuestra edad, que ing_t&gt;rta~ lo prof~110 en lo cli\·ino y metes á la afrodita \ enus baJn
las tocas virginales de la madre de Dios!

*

* *

Bueno... El día mismo en que Jacinto Arriaga
cumplía los treinta y siete aiio~, se m~rió su_ mujer. Pareció como si la pobrecita hubiera dicho:
«basta de aquí no paso&gt;; porque, en efecto, aquella ex~clente alma, acabada de partir en _busca _de
la del canónigo no obstante haber recogido, cnado, hecho hombre, amado, protegido, en fin, á Jacinto de todas las maneras, obró con tal torpeza
que !~izo de Jacinto un aburrido, un desdichado.
Hay muchas buenas gentes cuyas bondades dan
tal extraño fruto.
Lloró con toda su alma noble el viudo, porque con toda el alma quería á aquella muje:, de
quien había tolerado los defectos en ara a las
bondades. Durante algunos meses, ~omo_ también
suele ocurrir muy á menudo, el mando sm esposa
vivió con ésta más de lo que vivió toda la vida, y
se acabaron los libros, y los periódicos, y los sue-

�ños parisienses, y no hubo sino el culto á la muerta; y la corriente del Eresma y las buenas monjas
del Parral viewn correr mil veces las lágrimas de
aquellos ojos que antes miraran encendidos, sonrientes y fijos en el texto de unos periódicos alegres. Continuó el planeta dando yueltas, se consoló Jacinto, y, ¿cuál sería su vida en adelante?
Una mañana de primavera, perfumada y tibia,
Jacinto estaba solo en aquel bello, derruído claustro del Parral, donde casi nunca entraba nadie,
salyo algún que otro forastero. No se oía sino el
cl)rrer precipitado y burbujeante del Eresma, y
de cuando en cuando el golpe, doloroso para oídos
artísticos, de un arco al truncarse, de una columna al caer sobre el piso, en que crecían hierbas
silvestres. En medio de tal calma, de sublimidad
imponderable, que hace nacer en el filósofo fuertes amores por la soledad, Jacinto, que no era un
pensador y que además estaba saturado de toda
aquella ambiencia, pensaba, tal vez como las monjas de allá adentro, en el ruido y el bullir del
mundo.
Algo que, durante mucho tiempo, permaneciera ausente de su ánimo, volvía pujantemente á él:
París. Estaba el hombre sentado en una piedra,
en medio del patio, como siempre, por miedo á
colocarse en los costados, donde el derrumbamiento de una arcada concluyera su historia. A su
espalda tenía el muro enrejado del convento; ante
sí el río, que no yeía, escuchaba. París. Y levantándose, exclamó:
- ¿Por qué no he de marcharme?
Salió de allí, y al salir para siempre, decía
con impaciencia, con fiebre:
- Sí, me voy. ¡En seguida me voy!

***
Jacinto había heredado de su mujer una renta
de setenta duros mensuales; pudo, pues, pedir su
excedencia del cuerpo de Telégrafos, sin que el
problema de vivir le preocupara. Hizo sus preparativos y se fué. Cayó en París en un hotel cualquiera de la calle Trevisse, donde paró muy pocos
días. El de su llegada, á la hora de haber pisado
el Quai d'Orsay y cambiado febrilmente de ropa,
salió de casa y se abismó en los grandes bulevares.

IV
LA DAME DE LA RUE DES BOURGUIGNONS

Una de las ridiculeces de Arriaga era no parecer burgués, sino bohemio. A poco de llegar á
París pensó en aparentar una situación, y ofreció
artículos gratuítos al Diario Cos11topolita, de Segovia.
Cuando recibía las mensualidades que su banquero le giraba, Jacinto decía que eran su sueldo,
y casi diariamente, el buen telegrafista, después
de leer la prensa de París, se ponía d trabajar.
Estas primeras mañanas de Mayo, que en el
gran pueblo suelen ser muy bel'as, Arriaga había
tomado la costumbre de irse á escribir al cementerio de Montmartre, jardín tanto cual cementerio, en donde ya no entierran. Esto le parecía del
mejor gusto, muy de artista. Los tres primeros
días se colocó á escribir frente á la' tumba de Mür-

ger, rasgo que también le pareció muy propio; pero
opinaba mal del busto aquel de un señor barbudo,
calvo y viejo, con más aspecto de empleado que
de poeta, y fué á sentarse definitivamente en un
banco que estaba frente á Reine. Allí escribía,
admirando al enorme humorista, de quien había
leído algunas estrofas en un Yiejo almanaque de
una casa de específicos americanos, la de Murray &amp; Lamman, que daba los versos de aquel
genio entre anuncios de aguas de olor y de zarzaparrilla.
Una mañana miraba á Reine, como preguntándole qué escribiría, cuando una mujer joven y linda, después de un Pardon 11/úw, dicho con delicioso acento, se colocó á su lado. ¡Qué bonita era,
en realidad! ¡Y qué elegante! No tendría más de
veintidós ó de veintitrés años aquella rubita, que
clavaba con disimulo sus ojos, de un azul transparente, en las cuartillas que llenaba Jacinto.
Al cabo de un rato, la joven sacó un reloj,
miró la hora, se levantó y se fué, llevándose las
miradas y algo más, de Jacinto, sobre su cuerpecito, que aparecía y desaparecía, serpenteando, entre los árboles. - ¡ Qué bl)nita es! ¡Qué feliz se
debe ser con ella! - sintió Arriaga; y quedó un
largo rato nostálgicamente pensativo. Pero ni la
había dicho una palabra, ni la quiso seguir. El telegrafista surgió en su espíritu; recordó á su mujer,
al canónigo, á la insignificancia de su vida, á lo
minúsculo de su historia ... No, una tan linda parisiense no podía estar destinada para él; y su
hambriento corazón de apasionado y sensitivo, lloró sin lágrimas. El no había sido nunca completamente desgraciado, pero tampoco sería nunca feliz. Y su tristeza, ante aquella mujer, visión perdida, tomó tan fuertes tonos que, durante un momento, pensó en el regreso á Segovia, á sus paseos
junto al Eresma, á su Parral, á su rincón.
A la otra mañana apareció la joven. Jacinto,
que seguía mirando á IIeine, al divisarla, comenzó
á escribir con pulso tembloroso. También ella
vino á colocarse á su lado. Y ella fué, fué ella misma quien hubo de comenzar las relaciones.
- Perdón, señor, usted está siempre aquí - lo
había visto dos veces-, siempre escribiendo... ¿Es
usted literato?
- Oui, mademoisselle.
- Señora, si usted gusta. ¡Qué hermosa profesión la ele usted!
- No tanto, señora.
A pesar de la sencillez del pas si tant, madame, ya Jacinto delató su extranjerismo al pronunciarlo.
- ¿De qué país es usted?
- De España.
Hubo, como En tren expresó, un poco de alabanza para los dos países. Luego un silencio, que
él debió cortar y no cortó. Ella después:
- ¿Tendrá usted su familia en España?
- No, señora.
- ¿Aquí entonces?
-Tampoco.
- ¿Es usted solo?
- Completamente solo-. Y al decir esto
Arriaga, con ese gran talento de actor que junto
á una mujer tienen aun los hombres más torpes,
hizo uno de esos gestos-discursos, en los que puede suponerse las borrascas, los dramas, las tra-

gedias mismas de una vida interesante y tormentosa.
- Soy solo, y ya seguiré solo, porque todo lo
probé y todo es muy malo - concluyó con frase
que debía ser de una no".ela.
.
.
Dijo esto sin afectación, con aire tnste, que
consiguió hacer de hombre de m~ndo.. Y es _lo curioso que, por dentro, con la puenl satisfacción de
los que llegan á conseguir cualquier beligerancia,
siendo ellos pobres séres que nunca la esperaron
ni soñaron, Jacint? estallaba de gozo a( considerar
que estaba en Pans, en pleno cementeno de Montmartre frente á Heine y hablando en francés con
una bellísima francesa que no era una cocotte, sino
una dama. La imagen de su compañero el telegrafista pasó por su memoria, ya sin prestigio alguno.
Hablaron más. Ella, con la franqueza que antes que con los íntimos se tiene á veces con aquellos que si queremos no volveremos á ver nunca, y
que no nos conocen y que no pueden «delatarnos•,
contó lo que era socialmente: casada con el jefe de
la sucursal del Crédit-Lyonnais de la plaza Clichy.
- Mujer de un b1trocrnte - dijo con gesto que no
ocultó el desdén. Al marido le gustaban las flores
y las aves, y vivían en un hotelito en Bois-Colombes - añadió en tono lleno de ironía.
En suma-diré yo- era una •romanesque,al castellano no puede traducirse bien esta bella
palabra - , una madame Bovary más parisiense,
esto es, menos buena y más cauta.
Refirió que muchas mañanas, aburrida de su
Bois-Colombes, se venía á París, paseaba por los
bulevares, leía en el parque de Monceau ó en el
cementerio de Montmartre, y luego acudía á reunirse con su marido el breve rato en que, como
jefe, podía salir de la oficina, para almorzar con él
en el Duval de la calle de Clichy; y siempre allí otro gesto resignado - porque él era un hombre
rutinario y metódico. Vida tremenda - vie manquée, comentó en un arranque de sinceridad, mirando á Arriacra con aquellos g1-andes, transparentes y profund~s ojos, en los cuales parecía posible
que otros ojos, que otra alma entrara y caminara
kilómetros de camino espiritual.
Y á una mirada de Arriaga -: Pero jamás, jamás, jamás fa! taré á mi marido.
Arriaga lo creyó, y por haberlo creído ganó
mucho, pues al llegar el turno de definirse él mismo ante aquella mujer enamorada del arte, de la
literatura, de la bohemia intelectual, en Yez de declarar una pasión que en efecto empezaba en el
telegrafista, se sostuvo en sus afirmaciones de que
todo había terminado para él. Había concluído
todo, puesto que con aquella gran tragedia de su
espíritu, de que no quería hablar, tan reciente se
hallaba, que quizás por ella se encontraba en París, terminaron el amor, la esperanza, la posibilidad
de que él amase.
Almas parecidas, almas desengañadas, quedaba para ambos la amistad; también fué ella quien
propuso esto. Y una sonrisa cerró el pacto.
Se veían ya todos los días, y fué aquello el
proceso usual de cuantos sincera ó falsamente empiezan por negar el amor para concluir enamorados. Almas, después de todo, ingenuas; él porque
no había vivido, ella porque no había comenzado
á vivir, estaban á la mi5ma altura y se entendían.
Luego les ligaba el encanto del exotismo de cada

uno, sobre todo á Jacinto, que si de pronto hubiera oído á Alicia expresarse en español, tal vez habría dejado de quererla. Más que á la mujer, quería en ella el francés, y el acento, mezcla de pájaro y de niño, con que lo pronunciaba. Y como él
no ~abía sino un francés literario, ambos hablaban
con las más nobles palabras del idioma, lo cual á
ella, que no entraba en psicologías, le daba idea
del talento de su amigo y, por su elevación de frase, de su elevación de alma.
Tenían conversaciones de ensueño. Era el tema
principal de ellas: «¡Si yo pudiera amar! ... ¡Si yo
pudiera amar! ... &gt;
Un día se confesaron ambos que si pudieran
querer, cada uno de ellos querría al otro. El final
se acercaba.
Como Alicia era tan libre cual su marido esclavo, pasaban los amigos gran parte del día juntos. Muchas mañanas él escribía su artículo delante de la joven, en un café solitario, y estos mo-.

�mentos en que él, como abstraído, mirándola de
tarde en tarde, ponía tonterías en el papel, eran
el arma de seducción más poderosa de Jacinto.
Alicia, que no había tratado á ningún literato, se
conmovía ante la severidad y la nobleza de aquel
grave semblante, que en el momento de escribir
no se fijaba ni aun en ella, conocedora ya de que
era amada.
Al día siguiente de aquella mutua confesión,
«si yo amase alguna vez, os amaría,, él tuvo la
exigencia coquetona de que á la próxima mañana, en vez de venir ella á París, iría él á BoisColombes, á pasar por delante de su casa, á esperarla en una esquina lejana, para marcharse juntos
á pásear al campo. Esto era inocente, y Alicia consintió.
Aquí tenemos á Arriaga que baja de su tren en
Bois-Colombes y enfila la calle de Bourguignons,
en que vive la dama. Va radiante. Como tantos hombres con más deber de ser fuertes y serenos que este pobre Jacinto, la satisfacción que le
rebosa, antes que de amor, es de amor propio. Su
corazón enamorado olvida que le espera una mujer bonita, inteligente y tierna, mientras su vanidad, ridículamente hipertrofiada, recuerda que
una mujer de veintitrés años, preciosa, elegante,
que puede escoger, que es casada, todas las circunstancias que avaloran el mérito de un seductor, le espera á él. Y al pasar por delante de los
escaparates, el pobre se miraba por ver si estaba
guapo; no si estaba, para ver que lo estaba. Estos
impulsos, que en otros hombres deleznables duran
lo que dura su pasión, en Arriaga, que era bueno é
ingenuo, duraron un instante. Su corazón volvió
á predominar. El la adoraba. Ella era el sueño, el
único sueño de su vida, de toda su vida. Esperaba ser amado. ¿Lo sería?
Llegó Alicia, haciéndose admirar desde lejos
por su gentileza. Ambos del brazo dejaron BoisColombes, y apartándose· de la vía férrea y de la
carretera, marcharon por el campo abierto, por
entre algunos raros sembrados, en medio de los
cuales se erguían de cuando en cuando unos cerezos ya floridos.
Alicia iba muy contenta. Charlaba y reía como
una niña. Andando, llegó la pareja hasta el otro
pueblecito de Colombes. Como quien tiene una
idea repentina, dijo Arriaga algo que pensaba hacía una hora:
- ¿'fa~os á almorzar juntos?
- S1, SI.
- ¿Habrá aquí dónde?
- Sí; pero aquí hay quien me conoce. Tomemos el tren, vámonos á Argcnteuil; allí hay algunos restaurants campestres que no son feos.
Tomaron el tren en la estación de Colombes,
y en pocos minutos llegaron á Argenteuil. Este
pueblo, este nombre, esta jornada, quedarían para
siempre en el recuerdo de Jacinto. Era este el día
primero de su vida que iba á pasar en téte-,l-téte
con una mujer bella, ante la mesa, propicia á la
franqueza, de un íntimo banquete.
A los treinta y ocho años iba á correr su primera aventura, y esto no acontecía en un rincón
del campo segoviano, ni en la Corte, sino en Francia, en París, centro rlel mundo, del lujo, del placer, de los amores.
1
A la espalda drl restaurant qur eligieron, una

gran explanada ofrecía al aire libre las mesitas cubiertas con los blancos manteles. Profusión de macetas había por todos lados. En un ángulo se alzaban dos columpios. Hasta tres parejas amorosas
almorzaban al llegar Alicia y Arriaga, y de las cuatro jóvenes, Alicia era la más bella.
A pesar de la confianza con su amiga, Jacinto
no sabía por qué se hallaba esta mañana algo turbado. A pretexto de que la lista era ininteligible,
dejó á la dama que ella sola eligiera el men,í,. A
Alicia le entusiasmaban los caracoles, y había caracoles; no había langosta, y fué sustituída con
una ensalada de homard; unos chateaitbriands, queso, unas frutas, completaron el sencillo almuerzo,
rociado con un agradable Chablis, porque á Alicia
no le gustaba el vino rojo.
Refiere el autor estos nimios detalles, porque
él no da importancia á lo que le parece que la
tiene, sino á lo que es de importancia para el protagonista; y todos los requisitos del almuerzo, su
duración, el sitio en que estaba la mesa, las señas
del camarero, hasta la moneda que le dió de vuelta cuando entregó para pagar un billete de cincuenta francos; y los caracoles, y la salade d' homard, y los chateaubriands, y el Brie, y el Chab!is,
y el café, y el cognac, y el color del cielo, y los
matices de la tierra y las miradas de Alicia, fueron cosas imborrables, magníficas, eternas, como
la eternidad cupiese en lo humano, para Jacinto
Arriaga.
Nada ocurrió de particular en el almuerzo. Alicia, muy contenta, hablaba frivolidades ingeniosas,
sin recordar que hay en la vida el capítulo amor.
Arriaga esperaba, sentía en el pecho ese vago ruido, esa inquietud, ese rumor moral de los enamorados, y no se atrevía á manifestarse. Sería después, á la vuelta; más tarde, más tarde ...
El cognac consumó la obra del Chablis. Alicia
estaba decididamente alegre y tuvo una media hora
del delicioso júbilo alcohólico, que pasa pronto en
quienes no han bebido demasiado.
- ¿Vamos á subirnos al columpio~ ¡ Los dos!
¡Los dos!
Arriaga, primero por atemperarse al contento
de Alicia, luego sinceramente ya, por sugestión,
estaba jubiloso. Sin embargo, se asustó del columpio; pero añadió riendo, loqueando, despreocupado, chico alegre:
- ¡Vamos! ¡Los dos! ¡Los dos!
Subieron ambos á la tabla del ligero balancín.
Cada uno se asía con una mano á una de las cuerdas, y enlazaba la otra al talle del compañero. Al
vaivén lento del comienzo sucedieron los moyimientos rápidos, cada vez más rápidos, que impulsaba la dama. Por un momento olvidó Jacinto qué
cintura estrechaba, para pensar en que iba á caer
y á abrirse la cabeza.
- ¡Prenez garde! Prenez garde! - exclamaba.
Alicia no hacía caso. Las otras parejas plus serieuses, que seguían de sobremesa, miraban sonriendo. De pronto, Alicia, desasiéndose de Arriaga, saltó ligeramente al suelo. Jacinto, falto de
apoyo y de equilibrio, agitó en el aire la mano
izquierda, y luego, en vez de apoyarla en la cuerda del mismo lado, la pasó á la otra, á la de la derecha. El desequilibrio aumentó; la tabla del columpio se inclinó más; á la brusca sacudida, voló
el sombrero del tclegrnfista; los pelos &lt;le los pa-

rietales de la nuca, que el pobre hombre llevaba
siempre sobre la coronilla para tapar la calva,
fueron diseminados por el aire y flotaban alrededor de la cabeza como un nimbo grotesco. El columpio seguía en su bailoteo y su ocupante no
acertaba ni á bajarse, ni á restablecerse en él. Las
parejas, testigos de la escena, estallaron en risas,
y más fuerte que nadie rió Alicia, que decía entre
carcajadas:
- Ah, les cheveux! Cest rigoló! Oh, qu'il est
drole comme ,;;al
El no veía ni decía nada, y suspendido á medio metro de tierra, lo que á él le parecía como
colgar sobre el abismo, el negro abismo de su ridículo y su desventura, consideró por esos saltos
del pensamiento, que en situaciones graves recuerda las situaciones calmas, que Segovia entera, con su mujer rediviva, el canónigo resucitado,
los cadetes de
la Plaza Mayor,
1as monjas del
Parral, le miraban, diciendo:
-¡Anda, por
tonto! Por habernos clejado.
Por haber salido de tu banco,
¡pobre ostra!
Luego consideró París, su
amor, su vida,
su ilusión, todo
perdido. No había caído del co1u m pi o, pero
había dado la
caída mortal á
lo ridículo.
Alicia había
cesado de reir;
vino á ayudarle.
Ya en el suelo, Jacinto se enjugó el sudor, se alisó
el pelo con la mano, se puso el sombrero que Alicia había limpiado de polvo, y le daba, todavía
sonriendo.
- Merci, madame - dijo muy serio.
Ambos salieron por entre las otras parejas, que
se sonreían. Iba él ceñudo; la joven no se daba
cuenta del daño tremendo que había hecho. Se
había reído, mas con la ingenuidad y la insoi,t,cience
francesas, sin dolo, sin malicia; reir por reir, de
una cosa graciosa, que no disminuía su afecto por
la persona de quien se riera. Eso de creer que
quien, por una vez, cae en postura que no sea
gallarda, está perdido para siempre, es cosa, por
ejemplo, de la raza española, intolerante y poco
amena, que cuando alguien da un minuto que reir,
lo considera muerto.
Por eso, sin sospechar siquiera el por qué del
enfado de Arriaga, le preguntó con mimo:
- Mais, mon cher, je vous trouve un petit peu
faché; et pour quoi, s'il vous plait? Qu'est-ce que
vos a\'ez, mon ami?
- No, yo no tengo nada.
- Siii!
- ¡Que no!
- Mais siiii!

Y eatonces él, comprendiendo que Alicia no
hacía burla:
- Alicia - empezó gravemente - : toda la
mañana estuve triste y disimulando la tristeza. Ya
no la puedo contener. lle vuelto á sentir aquellas
tormentas amorosas que creí muertas para siempre. Yo quiero como no he querido nunca, y yo la
adoro á usted.
- Ya lo sabía, querido amigo, y yo también
le quiero á usted
un poco - respondió ella, sonriendo gentilmente.
Vibrante y febril, deteniéndose en el campo
solitario que á la
sazón alra vesaban, Jacinto la
besó en la frente.
Ella, audaz, con el
franco valor de
quien desea una
cosa y la ejecuta
sin temores, le
pagó la ca.-icia
con uno de esos
besos hondos,
profundos, sostenidos, que se reciben en la boca
y estremecen I a
medula. Jacinto
experimentó algo
como un vértigo.
Desde aquí sesint ió mucho y se
habló poco. Tomaron el tren par a Bois-Co!ombes, donde ella se
quedó, exigiendo
de Jacinto que
continuara hasta
París. Por el trayecto, como tuvieran la fortuna ~e ir solos en un
coche, se comieron á besos, mientras se daban
cita para el día siguiente.
V

LAS VECINA'S

Jacinto tenía medios para vivir en el principal
ó el primero del hotel, pero prefería el último piso,
por la misma razón.que le inducía á escribir junto á
Mürger 6 frente á Reine: por conducirse á lo estudiante, á lo artista bohemio. Excepto él, toda la
población del sixieme era femenina: una cocotte y
cuatro obreras. La cocotte era una bretona, espléndida y abundante mujer, que en el trato ele Par(s
había adquirido lo que faltaba á su hermosura: ligereza y gracia. Era pobre, porque en París sobran mujeres. Lucía mu_y gentilmente sus blancas
y rotundas carnes; y salvo lo rná_s riguroso_ del invierno, andaba por su enarto, siempre ah1crto, \'

�Luisa era parisiense, de lo más parisiense, y no lo parecía. Sus diez y ocho años tenían la amplitud carnal de una matrona e!-'.panola; parecía valenciana y hasta r~cord,_tban esos «re\'entones, claveles de \ alenc1a
sus grandes ojos verde~, muy lu~1in?~os,
muy abiertos. Y no era smo de la n11sm1s1rna
\'illette. Su \'Oz, la gangosa y gutural drl
parisién de barrio bajo y baja estofa, de
cabaret y de faubourg. Reía á todas horas.
Leía á De 11usset y á Víctor Ilugo, y aun
debe conser\'ar como una joya, pues agradeció mucho el regalo, una edición muy
mona de Les Chatiments que Jacinto le compró en los muelks. Era honrada. Se dejaba besar por Jacinto mientras le decía: •¿Qué
saca usted dr' esto?• Su nodo, un chauffmr
sicmpn· de viaje, venía á \'erla los domingos,
y ella se sent1.ba ron él á la puerta de su
cuarto, para que \'iera todo el mundo que
no hacían nada malo. Iba á casarse pronto
y adoraba á su futuro, hermos•&gt; tipo de obrero inteligente. Trabajaba en una tintorería
de la plaza dr la Trinidad, lo cual afeaba,
ennegrecía sus manos, gordezuelas y chiquitas.

•

* *

por rl pasillo, con una falda y la camisa, de la que
desbordaba la opulrncia del seno. Sr ignoraba su
nombr&lt;.&gt;. Ella se hacía llamar Elena.
Al lado ~&lt;.&gt; esta bella mujer, en una misma
rhamóre, habitaban las dos cosas más altas, más
delgadas, más fanáticas, más hurañas y más feas
de que el lector pueda tener noticia. Eran de la
Alsacia. Dos mujeres que parecían dos hombres.
Creían mucho en Dios, rezaban é insultaban diariamente á Combes, á quien llamaban «ese perro
francmasón. • Hacían en su cuarto, y á destajo, armazones de sombreros. Bebían absenta y después
de beber, se peleaban.
¡Qué pobre niña la italiana! Era de- Turín- se
ll_arnaba Elis~, muy d&lt;.&gt;lgada también, sin pe~ho,
sm formas. Extremadam&lt;.&gt;nte rnor&lt;.&gt;na, tenía muy
bellos dientes, cabellos de azabache, rnz dura que
la afraba é insondables y mara\'illosos ojos negros, que equivalían á una entera hermosura. Era
muy buena; todas las noches, á las nue\'e después de haber llegado del taller de modista de
la ruc de Lafayattc, donde estaba empicada; después de hacerse en una maquinilla dr alcohol la
S'.&gt;bria cena, escribía á Italia: á su madre-, para decirla que la quería; á su hermano, empleado en
una casa de comercio, jefe de la familia, pidiéndole perdón por la falta que la l'xpatriara. Contaba esto llorando y moslranclo junlbs los retratos
de su padre, de su hermano y de su seductor. Xo

co:¡ueteaba, y era pueril, bondadosa y sencilla
como_una ni~a. Sufría, y los domingos, en que no
trabaJaba, deiaba que las alsacianas la atracaran de
absenta, y se emborrachaba también. Entonces
c~ntaba, decía cosas obscenas, decía que iba á dedicarse á cocottc, se sentaba en el suelo co:i las
pirrnas extendidas, abiertas, y C'l terrible \'aso en
la mano, sir:i noción del pudor, enseñando aquellas pantorrillas flacas como caiias, aquellos srnos
flácidos y chicos, extraviados los ojos. A última
hora rompía á llorar. se lanzaba á su cuarto. «¡Oh
la mía ~amá, la mía mamá!,, gritaba en italiano, y
se el orrn ia.
,\1 otro día, la cortinilla roja de su alcoba, que
formaba ángulo con la ,entana dr la de Jacinto,
n_o _se alzab~. La_ roz fea de la joven no gritaba, ding1éndose a J\rnaga: «Buenos días, señor Arriagd,
¿no se leranta usted?• Xi había con\'Crsaciones de
lecho á lecho, al trarés de las ventanas. A\'crgonzada de la borrachera del día antes, se ,estía quedito y marchaba silenciosa, sin entrar un momento
en el cuarto de Jacinto, que la reiiía se\'eramente
por sus intemperancias. Arriaga y ella se portaban
como hermanos. El aspiraba - y ella no quería portarse como amante. En realidad, quizá Elisa hubiera lle_gado á enamorarse del telegrafista, si éste
no hubiera andado tocio el día tras el pecho
ex~' erantc de Elena y las amplias caderas de
Luisa.

Tudo este mundo quería á Arriaga, pero
se reía un poco de él. .\unque en Francia :'1
un hombre de treinta y ocho anos no se le
considere, corno en España, casi un , iejo,
tampoco se mira en él á un niño, y un mozalbete quería parecer el pobre Arriaga en
sus maneras y conversaciones. Encantado del tra- rccon,cnnon; la , misma de él á ella cuando la
,
.
to de aquella población femenina, no faltaba de joven bebía absenta.
Los días de estas sorpresas, ya se sabia: .\rnarasa á las horas en que estaban las mujeres. Los
domingos no salía, permanecía en el sixic111t, Peri- ga, {t la salida de los talleres, se iba á la calle de
quito entre ellas, olfateándolas, oliéndolas, roz;ín- Lafaycttc á esperar á la modista. Daba con ella
dolas. llélene, la golfa profesional, lo \'Ol\'Ía loen. un largo y melancólico paseo, que él quería hacer
Cuando entraba en el cuarto de .\rriaga para alegre, que h situación y el temper.amento de!ª
pedirle una bujía, unas cerillas, unos terrones ele muchacha hacían ine,itablemente triste, y la pecha
azúcar, {¡ simplemente para cha•l::tr y pro,·ocarlo perdón y la juraba que la amaba de yeras.
- Perdón de nada - decía la italiana con
con sus hombros, sus senos, sus brazos hermosícierto gesto altivo-. Yo no tengo nada que ver
simo,; al aire, Jacinto la devoraba á besos.
con usted. Yo no seré nunca su amante. Pero en
- Xo sea ustrcl bruto; me hace usted mal mi país no es como en Francia; yo me eduqué de
decía ella riendo.
e,tra manera; me disgusta que un amigo á quien
Luego añadía:
quiero, ande siempre detrás de una coc_otte.
- Esos pasatiempos cuestan caros.
Como hermanos se querían en realidad aquePero él no quería esto. En sus pretensiones
de Tenorio inédito, estimaba un desdoro tener á llos dos séres, pobres, buenos y desgraciados en
Elena por dinero; quería su conquista. ?-Iuchas ve- el fondo. Mas como Arriaga pretendía otra cosa
ces, cuando las otras trabajaban, y ella y él solos de la Yida, cuando veía que la prostituta, con sus
en el piso, de codos en la ventana, se besaban burlas y la seducida, con su gravedad, no le concedían nada, hacía la rueda á la tintorera. Esta le
{1 la \'ista de todos los wcinos, impasibles ante el
natural y amoroso espectáculo, él la hablaba al decía en fresco: «En seguida. ¿Y mi novio? Si lo
.
oído, la pronunciaba largos y encendidos di~cur- su piera, lo rc\'en taba á usted.•
Todas estas cosas indignaban á las alsacianas,
sos amatorios. La joven, alguna vez, por embromarlo, se ponía seria, en actitud de quit'n sicntr que le llamaban incesantemente •¡puerco!,, «¡collegar hasta rl fondo del alma las palabras que chino!,, devorando su rabia por no ser pretenoye. Entonces él se acaloraba, creía lograda la didas.
Algunos domingos, día feliz, se YÍ\'Ía en famiconquista; mas ella prorrumpía en una de sus
desesperantes carcajadas, se libraba de él y es- lia. Jacinto proponía comer juntos, en casa, para
libertarse todos ellos de la monotonía del restaucapaba hacia su habitación, diciendo:
- Xo es desaire, pero no quiero amantes. Ya rant. Por imposición de las mujeres se pagaba ft
escote, pero Jacinto siempre aportaba los extralo sabe usted ...
Algunas wces los sorprendía así la italiana y ordinarios de un vino decentito, ele dulces, de aldirigía á Jacinto una larga y profunda mirada de gún plato selecto.

�Como campo neutral se elegía el cuarto de
Arriaga; allí comían todos, menos Luisa (estos días
pegada á su chauffe1er), que luego, á los postres, venía con la tintorera y aceptaba una copa «á
la salud de todos•. En tales días de los tales banquetes, Jacinto dominaba; las alsacianas no mentaban la absenta; Elena y Elisa, depuestas sus antipatías, se sentaban juntas, y todas miraban fraternalmente á Jacinto, quien á petición de las
mujeres contaba cosas de España y contribuía á
nuestra leyenda y á nuestro descrédito con historias fabulosas de toreros, de amores d~ celos trágicos, de aventuras bravías.
'
Después de haber comido y charlado ampliamente, Arriaga solía proponer un paseo y una cerveza al Bosque, al Jardín de Plantas, ó más lejos:
á Charenton, en vaporcito, ó á Fontainebleau, en
tren. Las mujeres palmoteaban; pretextaba Elena
que tenía que irse al boulevard «á trabajar»; mas
pronto aquel cuadro, aquella excursión familiar
la ganaban. En un momento, las cuatro tenían
puestos los sombreros, y salían ruidosamente, saludando al pasar por el b1trea1t á M. Renard, que,
con los pelos tiesos, miraba con indignación áaquel
español, tan poco práctico.
A la vuelta, temprano, á la hora de dormir
Elena, que en ciertos arranques de pudor sentí~
vergüenza de abandonar sus compañeros para
lanzarse á su vida habitual después de haber pasado el día como persona honrada, regresaba también. Arriaga, excitado por tantas horas junto á
las mujeres, esperaba que se encerrasen todas é
iba á llamar, quedito, al cuarto de la prostituta.
- ¡Elena, venga usted! - suplicaba.
Mas ella no cedía.
Era cuestión de amor propio. Los del sixieme
sabían este pugilato, y ni Jacinto ni Elena querían
quedar derrotados. Pero sin estar enamorada de
Jacinto, Elena sentía no complacerle; le estimaba
por ingenuo, por bueno. Con esa alma tan hermosa que tienen las mujeres que parecen vivir de no
tenerla, se conmovía al ver el desaliento de Jacinto.
Entonces, al dejarse besar, lo besaba casi maternalmente y lo empujaba con suavidad, diciendo:
- No, no. Además, yo lo quiero á usted como
á un hermano.
El hombre se iba triste á su cuarto, rumiando
su desgracia de que entre tantas mujeres como
hermanas, no encontrara una amante.
Ya en su habitación, se acercaba á la ventana.
Aunque hiciera frío, Elisa tenía la suya abierta;
estaba en la cama, tenía la luz encendida y no dormía. Aun Jacinto charlaba algo con ella.
Arriaga, tras del rato de palique, se acostaba á
su vez. Desde las sendas camas se miraban. Al fin,
después de la postrera Bonne nuit, las luces se
apagaban y el sixieme dormía tranquilamente.
*

* *

No paraban aquí las relaciones caseras y familiares de Jacinto. Varias veces, cuando asomado á
su ventana miraba al patio, una de esas enormes
coitrs francesas llenas de huecos y ventanas pertenecientes á distintas casas, había visto á la izquierda un balconcito donde fumaba sin cesar un
hombre como de cincuenta años, seco, enjuto, cetrino, todo el rostro afeitado, el pelo á lo torero.
/\que! tipo no podía ser sino español. Por el fnndo

del cuarto donde el flamenco estaba, solía cruzar
una muchacha. Arriaga no hacía caso del hombre
pero quiso entablar relaciones que pudieran acer~
carie á la mujer.
- ¿Con que somos paisanos? - preguntó un
día bruscarnen te al vecino.
- ¡Ah! ¿Usted es español? - respondió el otro
con muy marcado dejo de andaluz y con acento
de profunda alegría. Y sin dar tiempo á más:
- Paisano, no me desaire usted. Vamos á tomar una copeja. Ahí le espero á usted, en la taberna de la esquina.
Jacinto no tenía que hacer y bajó, aunque bien
hubiera preferido que el andaluz le invitara á su
casa.
Sentados ante unos vasos de cerveza - esta
perra bebía, como decía el señor Frasquito - se
dieron á conocer los dos españoles. El señor Fr'asquito era tocador de guitarra y bailador, y formaba pareja con aquella joven que sólo había entrevisto Arriaga. Habían corrido la Ceca y la Meca.
Habían trabajado en Inglaterra, en Alemania, en
Bélgica, en Dinamarca, en Rusia... Ahora-estaban
en un cajé-concert de la avenida de Wagran y esto probaba que la niña no era precisamente la
Otero -, pero esperaban que el invierno próximo
irían contratados á la Boucle...
Frasquito se quejaba de Francia. El no había
aprendido el idioma, ni nada. Creía que el hombre
estaba hecho para vivir en el «barrio de San Bernardo&gt; y que todo lo demás eran monsergas.
- Pero la pícara Carmela - añadía franqueándose -no sabe sino estar por aquí. Después é tó vamos á parmá, porque yo estoy ya viejo, la niña
tiene veintinueve años y pierde facurtades, y tó lo
poco que ganamos lo gastamos en ropa. A mí no
me toman pa bailá si no voy vestío de mataó de
toro, ¡hecho una facha y gastando un sentío! Y es
lo peó que tampoco servimo pa España; si allí nos
ven, nos afusilan. Aquí tó se ha de hacer sartando,
y ni ella baila, ni canta, ni yo bailo, ni canto, ni
toco, ni ná. Y aluego yo no he podío sabé en mi
vida sino el españó, y grasias. Ella habla de tó un
poco; en dié año que llevamos po estos mundo, de
tó sabe meno de españó. Vendrá usté á verla.
Esto era lo que quería Arriaga.
Y conoció á Carmela, que era, efectivamente,
una joven ya vieja, maquillée, pintarrajeada, que
no tenía perfume, ni encanto, ni gracia, ni era ya
andaluza ni de ninguna parte; pero era una mujer:
también la galanteó Jacinto. Una tarde, respondiendo á indirectas muy directas suyas, le regaló una
falda .. . Tal vez hubiera continuado aquel pequeño
lío, que repugnaba á su temperamento carnal, pero
poética y tiernamente carnal, sin el encuentro con
Alicia. Además, Carmela era española, y aunque
hablaba francés, no era francesa. Lo principal para
Jacinto era la inocente pose de hablar francés ...
en Francia. El francés para él era como el juguete
que desea y al cabo logra un niño.
\'l
UNA VISITA

Como los inquilinos del si:xieme no tenían timbre eléctrico en sus cuartos, ni derecho á que el
camarero subiera cada cinco minutos, un tnbo

acústico que partía del descansillo servía para comunicarlos con el b1treau. Pues la mañana, muy
de mañana, de uno de los domingos en que la población del sixi'eme no trabajaba y el jefe de la sucursal del Crédit Lyonés de la plaza de Clichy se
había de ir al campo con sus amigos, el pito del
tubo acústico sonó. Acudieron Luisa y una de las
alsacianas.
- ¿Qué hay?
- ¿El señor Arriaga?-dijo Antonio, el garzón.
- Señor Arriaga, que le llaman á usted.
- ¿Qué es?
- ¿Qué es? - repitió Luisa por el tubo.
- Dígale al señor Arriaga que hay una dama
que pregunta que si puede subir.
- Señor Arriaga, que hay una dama que pregunta que si puede subir - dijo Luisa, ya con una
risita maliciosa.
Jacinto salió como una flecha.
- Sí, sí; que suba - dijo él mismo, y se inclinó sobre la barandilla para ver si era quien sospechaba.
Salió la otra alsaciana, salió Elisa, salió la cocotte. Jacinto vió subirá Alicia.
- Señoritas, seamos formales; no os riáis, no
bromeéis, no perjudicarme.
Lo dijo demudado, en tal tono de súplica, que
no dudó ninguna de ellas que se trataba de un
lance ele amor.
- Si ustedes fuesen tan buenas que se retiraran ...
Las mujeres se quitaron de en medio. La cocotte y las alsacianas se pusieron á mirar por las
rendijas de sus puertas; Luisa y Elisa, cuyos cuartos estaban en el pasillo, se ocultaron en un ángulo, ·espiando en la sombra. Y en todas había la
misma risa de malicia y de burla; no sabían por
qué, pero esperaban ver llegar á un mamarracho.
Hubo, pues, un movimiento general de extrañeza
y de envidia, cuando, sin ver á las que la espiaban, apareció Alicia gallarda, lindísima, con porte
señoril, de burguesita, que á las ventajas de la decorosa posición une el buen gusto y la elegancia.
- Amigo mío, he querido ver su chambre y
darle á usted una sorpresa. ¿Le parece á usted
111al? ¿No tendrá usted nada que ocultar?
- Bien sahe usted, Alicia...
X o se oyó más. Los dos amigos habían penetrado en la habitación y cerrado la puerta. Las
cuatro mujeres, de puntillas, sin otro comentario
que el elocuente de sus miradas, vinieron á apostarse junto á la alcoba de Jacinto, á escuchar.
- La ha dado un beso.
- El suplica .. .
- Dice que no .. .
- Otro beso.. .
- Dice que sí; pero que ...
- No se oye bien ...
- No se oye bien sino cuando se besan.
Y esta observación fué de la italiana, que estaba un poco melancólica.
Cuando las muj eres notaron que la visita, que
fué breve, terminaba, voh ieron á sus escondites.
La pareja salió de nuevo al descansillo; ella, sin
notar que era observada; él, inquieto, como temeros(_)_, porque no se le habían escapado los leves
CruJ1dos de las puertas, las pisaclitas, las risitas, los
cuc-hicheos,

- ¿La acompaño á usted?
- No, ahora no; voy á tornar el metropolitano
ahí, en la plaza. Voy á despedirá mi marido.
- ¿Hasta luego, pues?
- Hasta luego.
- ¿Me quedo tranquilo?
- Tranquilísimo. A las ocho en punto estoy
aquí.
- ¡Oh, Alicia, por Dios!
- ¡Se lo juro!
Cuando la hubo perdido de vista, Jacinto se
quitó del pasamanos y entró en su habitación.
Todas las mujeres se metieron en el cuarto de las
alsacianas. Querían bromear y reírse de Jacinto,
pero no podían, no había de qué. Aquello era una
aventura y una aventura muy gallarda. Por la distinción, po:r la gracia, por la belleza, Alicia las derrotaba á todas. Aquellas mujeres, con ninguna de
las cuales tenía Jacinto la menor relación; aquellas
mujeres, á dos de las cuales Jacinto no había solicitado nunca, mientras que las demás lo rechazaban, sintiéronse como defraudadas, estafadas por
Arriaga. En el compañero de alojamiento que las
convidaba, las paseaba, las perseguía, pasaba con
ellas el tiempo posible, habían sospechado al pobre hombre que, fuera de ellas, á nadie conocía,
y en ellas tenía lodo su mundo. Y resultaba que
no era así, que no constituían sino un fútil entretenimiento para Arriaga, quien en el fondo debía
menospreciarlas, pues que se dedicaba, y para
triunfar, á más altas empresas. Fué un despecho
loco el de aquellas mujeres; así que cuando Jacinto, saliendo de su cuarto, acercándose á la puerta
entreabierta de las alsacianas, murmuró el «¿se
puede?• , fué contestado con el «pase usted• más
frío que sea posible sospechar.
El esperaba alguna broma. Nadie le dijo nada,
y este silencio de hostilidad le asustó. Se hizo el
tonto, calló un poco, y luego, viendo venir sobre
sí alguna tormenta que
quería alejar, dijo ingenuo, prefiriendo el camino de la franqueza y la
nobleza:
-Amigas mías, como
yo á ustedes se lo cuento todo y soy como un
hermano para ustedes,
voy á referirles una cosa
y á pedirles un favor.
- ¡Qué tiene usted
que contarnos! - gruñó
una de las alsacianas.
- ¡Qué nos importan
los asuntos de usted! ladró la otra.
Pero Jacinto habló
como un niño que suplica. Sí, él tenía relaciones
con aquella señora, pero
relaciones hasta la fecha
honestas. Ella iba á venir
aquella noche á cenar con
él; él conocía el carácter
bromista de sus amigas;
suplicaba que no hubiese ~
ninguna indirecta, ninguna broma; nada, en fin ...

�Al hablar así vaticinaba; porque efectivament~, exceptuando á Elisa, en el ánimo de aquellos
diablos de hembras bullía la idea de jugar alguna
mala ¡:Jasada á la pareja.
Y_ Luisa, un_ poco conmovida, touchée, por la
emoción de Jacmto, dijo:
- Señor Arriaga, esté usted muy tranquilo·
no le molestaremos en nada.
'
La cocotte exclamó:
- Mon cher ami: no le incomodaremos á usted·
podr_án ustedes dormir tranquilos.
'
l~l replicó en ~ompleto telegrafista de Segovia:
- No, ¡pero s1 no vamos {1 dormir!
- Ya lo supongo.
*

* *

¡
1

¡Cuánto anterior tormento significaba esta primera ~1~che de amor para Arriaga!
. A!1c1a, hembra francesa, esto es, casi extraordmana, un poco loca, un poco buena, un poco virtuosa,_ un poco disoluta, un poco honrada, cambiaba vemte veces al día de parecer y de actitud.
La tarde aquella en que sola con Jacinto volviera
en un coch~ del tren desde Argenteuil á Bois-Colon~bes, hab1a dado sus labios y su alma· pero en la
mu¡er ca~ada dar los labios y el alma, q~iere decir
que va a ~arse completamente; ella no lo había
dado todav1a, y hacía un mes de la mañana del alm~erzo_. Sus palabras: • pero jamás, jamás faltaré á
1111 manclo•, íbanse sosteniendo.
Jacint_o h_ac_ía esfuerzos enormes por mantenerse en s~ ¡ov1ahdad im¡:uesta de estudiante; pero
no pod1a. Aquella mu¡er, presa que diariamente
pare;ía como caída ya en sus manos y que se le
volv1a á escapar todos los días, le volvía loco le
desesperaba. Hab_ía enflaquecido un poco; quízás
las canas de sus sienes se habían multiplicado· sin
él qu_erer, sin él notarlo, comenzaba á cambiar.
Pendiente de los gestos de Alicia, todas las tardes
s~ sepa~aba de ella creído en que la haría sc1ya al
d1a s1gmentc.
Y_Alicia ~1isrna, ¿qué esperaba? ¿Lo sabía acaso'
Quena~ Jac1~to, le parecían pocas las horas que
pasab~ ¡unto a él; mas cuanto llegaba el momento,
~-ª ló,g1co, de franguear •el P,uente que sep:u-a á
Eva 111ocente de _Eva pecadora•, se arrepentía, y
~-s l~ peor, qu~ sm,s~be1: P?r qué. Tal vez por pru11to 111descer111_do e mstmt1vo de mortificar á su
amante platómco.
E:sto era tanto más cruel para Jacinto, cuanto
qu~ iba ac?rnpañado de protestas de amor, de can_c1as apasionadas y sinceras, de no faltar á una
cita, de _alargar los minutos que quedaban antes
de las diarias despedidas.
En el interior pueril é ingenuo de Jacinto Arria7a, tales tormentos tenían la ;ompensación de que,
~ fuerza de_ hablar todo el dia con la francesa, se
iba perfecc1onand~ en ;!_francés. En lo de gemir,
des~sperarse, suphcar e implorar, Coquelín no ¡0
hubiera pronunciado mejor. Además padecía se
des~si:craba, se encontraba algo en berlina, ;lgo
en ~1d1culo; pero era todo esto en Francia, en s1t
PanL
*

* *

Muy temprano solían reunirse los enamorados.
El la esperaba, en el café, en el parque ó en el cementeno; hacia su artículo. Luego, cogidos de ta
mano, paseaban hasta la hora de almorzar, en que

e!la iba á buscar al marido. Quería Alicia que Jacinto ah~1~rzara en el mismo restaurant, en otra
mesa, m1randola; pero él, español, se resistía por
pu~or y por celos. Una sola vez, por dar gusto á su
amiga, almor~ó en el Duval, contemplando á aquel
hombre á qu1c_n no engañaba todo lo que quería;
Y apenas comió, y pasó todo el tiempo fluctuando en dob!e sentimiento de pedir perdón á su
pobre nval, o estrangularlo.
Por las tarde~ :ecorrian todo París; ella, q~e
no era de las_ pans1enses que no han salido jamás
de su qttartzer, que conocía todos los rincones
ilustraba á Jacinto, y éste se distraía de su pasió 1~
y de_s!-1 tema único, viendo lugares y escuchando
a Ahcia. A la_s seis ó las siete, ella emprendía el
regr_eso á Bo1s-Colombes, á preparar la cena del
mando. Algunas veces, cuando se hacía muy tarde? la dama se marchaba en el tren y Jacinto la
de¡aba en la estación; pero generalmente, después de haber ll;gado á la gare, él suplicaba:
• Vete en el tran v1a• ; y daban la vuelta por la calle de Roma y salían al boulevard des Batignolles
para encontrar el tranvía que va hasta Bois-Colombes.
Ya en este sitio-: Mira, acompáñame á pie
hasta las barreras, aUí me subiré al tranvía· así
charlamos un poquito más.
'
Subían lentamente la avenida de Clichy y al
l!egar á las barreras, de día rientes, de noch~ peligrosas, se sentaban para descansará la puerta de
un ca~a~et, frente al cual se encontraba un puesto
de pohc1a.
. Jacinto no se encon~raba á gusto en aquel sitio, no sólo por temor, smo por repugnancia á mezclarse ~on las gentes que por allí pasaban. Era to
más ba¡o ~e la población parisiense: obreros borrachos, metas de las fur!as de la guillotina, ladrones que pasaban tranquilamente ante las barbas

e!

de los guardias. Y por depravación de espíritu, por
amor á lo raro, por hacer lo que no era lo ordinario en su vida, Alicia parecía allí como encantada. Sentada con su amigo á la puerta del cabaret,
él con un bock delante, ella con un aperitivo ligerito, sentía correr el tiempo y gozaba con llegar
tarde á casa, aun contando con la reprimenda del
marido y con que dormiría sin cenar, por tener que
decirle al esposo que había comido ya en París,
con su tía.
En este lugar, ya anochecido, estrechando la
mano de Jacinto, mirándose en sus ojos, eran los
más grandes deliquios amorosos de la parisiense.
Ahora era cuando lo prometía todo: de mañana ya
no pasaría; «cuando quieras, corno quieras•; él,
crédulo, transportado, olvidaba el disgusto que le
producía el lugar, y decía que sí, cuando ella le
proponía marchar hasta Bois-Colombes á pie, dejarse de los coches públicos, en los que no se puede hablar.
Cogidos del brazo emprendían la caminata de
una hora; ella fantaseaba, hablaba cosas del espíritu; luego, en arranques de amor que parecían
locos y enloquecían á Arriaga, proponía al infeliz:
- Sí, yo me daré á ti; pero deseo darme á ti
solo y para siempre; ¿quieres que deje á mi marido?, ¿quieres llevarme á España?
Así marchaban, ya de noche, por las largas y
amplias a\'enidas, bien iluminadas, pero solitarias.
Algunas veces caía esa lluvia menudita de París,
y los dos se estrechaban más, bajo el paraguas.
A los lados, de trecho en trecho, se veía la puerta
débilmente iluminada de un cabaret de arrabal,
donde no había sino apaches. Otras ocasiones,
Arriaga sentía cómo tras sí crujían los cailloux, las
piedrecitas del camino; volvía la vista y veía venir
dos ó tres hombres, que le aterrorizaban. Recordaba toda la negra historia de los alrededores de
París. Alicia, despreocupada y valiente, seguía hablando de amor, pero él entonces no la oía; esperaba un lazo que se arrollara á su pescuezo, un estilete que se le hundiera en un costado ...
Hasta que los extraños no pasaban y desaparecían, Jacinto no ,•olvía á enterarse de que marchaba
enlazado á su platónica querida. Esta, una noche,
creyó notar en él cierta inquietud, y preguntó:
- ¿Temes á los apaches.&gt;
- ¡Yo! ¡Un español! ¿Cómo?
Y medio temblando, porque en efecto había
vist o salir de una taberna un grupo sospechoso,
la dijo que en un último extremo sabría morir
matando y no sería el peor modo de acabar, el de
acabar junto á su Alicia.

VII
LA CENA

Lo tratado era, pues, que Alicia iría á cenar
con Jacinto y permanecería á su lado hasta el otro
d!a por la mañana. El pobre enamorado hizo nerv10~amente sus preparativos. Arregló su cuarto lo
me¡or que pudo, lo inundó de flores, celebró una
con~erencia con Antonio, y éste se encargó de que
s1rv1eran una cena delicada. Luego el enamorado
se marchó á la calle; no quería estar aquel día entre las vecinas. Paseó, miró, no supo bien por
dónde anduvo, no vió nada, ni se enteró de nada;

lo de todo amante con poco hábito de serlo. Mucho antes de la hora de la cita estaba ya en su
cuarto, pero en vez de asomarse á la ventana, corrió la cortinilla. Había entrado sigilosamente,
corno un ladrón, procurando no hacer ruido con
la llave ni al cerrar la puerta. Hubiera dado la mitad de su existencia por alejar, «volatilizar• á la
población femenina del sixieme.
Empezó á obscurecer. Jacinto no quiso encender luz. Pretendía pasar inadvertido hasta el último instante, hasta que no tuviera más remedio
que dar señales de existencia. Desde su cuarto
oía ruido en el cuarto de las alsacianas. La voz de
Elisa, ronca y dura, sonaba más desapacible que
nunca. Jacinto conocía demasiado á la muchacha
para no suponer que aquella noche se había entregado á la ración de absenta.
Pasó más tiempo, unos pocos minutos que no
acababan nunca. Arriaga hubiera salido á esperar
al descansillo, mas le contuvo el temor á las vecinas. Al fin, dos golpecitos en la puerta. Abrió y
abrazó con delirio á la mujer, que sin rubor, sin
turbarse, devolvió las caricias, se quitó el sombrero, se quitó los guantes, lo arrojó todo encima de
la cama, y se sentó diciendo:
- ¿Por qué no enciendes luz?
Obedeció Jacinto y luego se sentó junto á Alicia, con los labios secos, la mirada brillante, mas
sin querer tocarla; ahora, más que por timidez, por
buen gusto.
Fué ella quien le tomó una mano, preguntándole con su deliciosa voz de hada:
- ¿Y ahora ... ? ¿Estás contento? ¿Tu est content de moi?
El, borracho de felicidad, la miró con pasión,
sin responderle.
A poco entró Antonio seguido de un mozo de
restaurant. Como éste traía una gran bandeja, fué
preciso abrir bien la puerta. Jacinto miró al cuarto
de la alsaciana; no se veía luz por las rendijas.
Alicia miró al ángulo del pasillo, á la obscuridad.
- ¿Qué se mueve allí? - preguntó.
- ¿Allí? ¡Nada!
- Será alguna vecina - dijo Antonio.
Estaba visto que Jacinto no podía estar tranquilo, ni ser feliz completamente.
Se fueron los criados. Alicia comió en calma,
dirigiendo de vez en cuando á Aniaga una mirada de pasión. Al telegrafista le parecía en unos
momentos que nunca se acababa la comida, y deseaba en otros que nunca terminara.
Corno habían servido, por orden de Jacinto,
todos los platos de una vez, á la hora de tomar el
café lo hallaron frío. Alicia misma fué á calentarlo
{t la maquinilla de alcohol, que estaba encima de la
cómoda. Luego, ante el velador, ante las tazas, los
amantes se sentaron en el diván, juntos, muy juntos. El telegrafista rodeó con sus brazos el cuello
de Alicia; las bocas se juntaron ... El se levantó
atrayendo á la joven hacia sí, cogiéndola ambas
manos, dispuesto á tomar posesión de aquella plaza
por tanto tiempo sitiada.
Y ella, de pronto, desprendiéndose de él, retorciéndose las manos, estallando en sollozos, como
desesperada:
- ¡Oh, yo te adoro! ¡Pero no puede ser. . . no
he faltado nunca á mi marido... no puedo ... no
•
quiero
....1

�- ¿Qué dices?
- ¡Oh! Perdón, perdóname; ¡no puedo!
La histérica, la loca, que en su comedia de virtud había llegado i sugestionarse y á creerla, sollozaba, imploraba, estaba pronta {1 caer de rodillas. El:
- ¡Alicia, por Dios, me estás matando!
- ¡No puedo! ¡Perdóname! ¡Yo te adoro! ¡No
puedo! ¡Déjame ir! ¡Déjame que me vaya! ¡Adiós!
En medio del paroxismo aquel, Jacinto adivinó
una repentina, pero fría y decidida resolución, que
por el momento era implacable. Al mismo tiempo
sintió, al otra lado de la puerta, leve rumor de voces y unas risitas apagadas. Las vecinas oían, lo
sabían todo. El ridículo caía de nuevo sobre él.
Como en todas las ocasiones de su vida, su ritor1iel/o mental lo lle\·ó á su pueblo, á su plaza Mayor, á su Segovia.
En un momento se hizo cargo de la situación;
todo era imposible. Caballeroso, altivo, frío, dijo
en voz baja:
- Cálmese usted, señora. Esté tranquila.
- Pero, ¿no te enfadas? ¿Tú me quieres siempre?
- No, no me enojo. ¿Por qué? ¿Con qué derecho?
- Dame un beso. Me voy. Hasta mañana.
Y él, siempre hidalgo:
- No, señora; no se irá usted sola. Es tarde,
son las once. Habrá ya poca gente por las calles.
Voy á acompañarla á la estación.
Mientras decía esto había tomado el sombrero,
dispuesto á partir. Ella, en silencio, le siguió.
Al apagar la luz y abrir la puerta, se oyeron
unos pasos quedos y ligeros. Al salir, Jacinto oyó
unas leves risas y vió en un ángulo el movimiento
de unos bultos obscuros.

***

En vez de tomar el cam'ino más largo, como
siempre, por alargar el tiempo de estar juntos, entróse Arriaga por la calle de Amsterdam, para
cortar terreno. No hablaban. Caminaban de prisa,
sin darse el brazo, sin mirarse. Ella marchaba con
la cabeza baja.
En la estación había muy poca gente. Acababa de partir un tren á Bois-Colombes, y faltaban
quince minutos para que hubiera otro. Lentamente, Alicia y Arriaga se internaron en su andén, llegando hasta el final, solitario y obscuro.
- Jacinto, ¿me perdonas? Yo te quiero, yo te
quiero siempre. No sé qué me ha pasado hoy. Yo
seré tuya, Jte lo juro!
El, llorando, ya •entregado», sin defenderse,
depuestas la frialdad y la altivez:
- Alicia, yo no soy sino un pobre, solo, muy
solo, muy aislado en mí, falto de consuelo y
de cariño. Quiéreme, yo te lo suplico. Por ti me
estoy muriendo. Si es preciso, yo moriré por ti.
Pero oye: el tormento que sufro es insufrible. Si
no vas á ser mía, no vengas más á verme.
- Seré tuya.
- Pero dame una palabra, júrame cumplirla.
¿Me prometes que si no es para entregarte á mí,
no volverás?
- Sí, te lo prometo.
- De todos modos yo te querré si~mpre. Ven,
abrázame.

Alicia, conmovida, se deshiw en lágrimas. Llegó á esto el tren y la mujer partió.
*

* *

Jacinto vió en silencio cómo el tren culebreaba y desaparecía, sinuoso, en el túnel de Batignolles. Lloraba como un niño. Había cifrado la vida
toda en aquella deliciosa, cruel criatura que se le
escapaba, y su existencia entera estaba rota para
siempre.
Entró en el café de la estación. No era bebedor, pero apuró una tras otra muchas, muchas copas de cognac. Temía ir á su casa; aunque era
hora de que las vecinas estuviesen acostadas, temía que las implacables alsacianas le esperaran
despiertas para burlarse de él. Con el ridículo, no
sólo terminaba el gran encanto de su amor, sino
el otro con aquella su pequeña familia del sixii:me.
1 larto de beber, no ebrio, pero muy excitado,
tomó el camino de su casa. Al mismo tiempo que
Jacinto, llegó á la puerta cierta hembrita que vivía en el principal. Era una inglesa, cuya cara podría tomarse por la viva imagen del orgttllo, de la
castidad y del pudor, que trabajaba en el MoulinRouge, que no dejaba de buscar, como podía, suplementos al sueldo, y que despreciaba á todos
los pobladores del szxieme, Arriaga inclusive.
Jacinto la dejó pasar; subió lentamente tras
ella. Al llegará la puerta del cuarto de la artista,
él, que era tímido, la dijo con la brusca audacia
del alcohol:
- Tengo tres luises para usted ...
A la mañana siguiente, muy temprano, el tC'lcgrafista tuvo la desgracia de encontrarse á la tintorera, que bajaba la escalera.
- ¡Oh, lá, lá! - exclamó ésta riendo coh su
graciosa impertinencia de midinette; y sin hablarle
más, siempre riendo con descaro, continuó su camino.
Subió Arriaga y se encerró. No salió en todo
el día. Alicia no pareció. Por la noche, Luisa contó á las otras la pequeña aventura con la inglesa.
Todas juntas, menos la italiana, llamaron al cuarto
de Aniaga y entraron con amable hostilidad.
- ¿Conque... con la inglesita?
- ¡Buen mico le dió á usted su amiga!
Cuando le dejaron, Jacinto lloró, lloró largamente, amargamente, intensamente. Luego, como
se ahogaba, se asomó á la ventana. En la suya estaba la italiana.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
Reinó el silencio. Al cabo de un poco, dijo
Elisa con vo7, que esta vez sonó á dulce y suave:
- Señor Aniaga, señor Arriaga, no se apure
usted.

VIII
CÓMO MURIÓ ARRIAGA

Pasaron cuatro días, que en lo adjetivo no fueron muy mal para Arriaga. Estas penas de amor
son tan simpáticas, que las vecinas del sixieme depusieron sus hostiles burlas. Hasta las alsacianas
se rindieron, y en cuanto á Elena, mujer corrida,
de sobra comprendió y justificó la noche pasada
con la inglesa. Todas, sin referirse á la aventura,
por esa delicadeza innata en las mujeres, hacían

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por consolar á Jacinto. I';st: tan~bién prosuraba
consolarse. El amor á Pans, a la vida en Pa11s, por
un fenómeno moral no demasiado ra_ro, le confortaba y sostenía. Convidó á las vecm_as, fué dos
tardes á charlar con el señor Frasqmto y con la
bailadora. Pero su Alicia ...
No venía. Esto desesperaba al pobre que, aunque fuera para quedar ~url~do nuevamente, la esperaba. No podía presc111d1r de los largos paseo~,
las caricias, las charlas en aquel francé_s tan ~ehcioso de su amante platónica. El qutnto dia lo
pasó 'en una mortal agitaci_ón. Por la noche, á las
nueve, charlaba con sus anugas, cuando se levantó como tocado de un resorte.
- Voy por tabaco - dijo.
Se metió en su cuarto, tomó el sombrero, _se
marchó á la estación y se metió en el t_ren_ de Bo1~Colombes. ¿A qué iba? ¿Lo sabía _él_, s1qmera? BaJÓ
del tren, llegó junto á casa de Alicia. Al través de
las persianas se veía una luz. Entró en una taberna, y con lápiz escribió rápidamente unos renglones. Volvió y entró en la portería de la casa._ Llamó aparte y con misterio á la portera; la d1ó un
duro; le pareció poco y le d1ó otro; después la
dijo:
- ¿Quiere usted hacer el favor de dar esta
carta á madame Alicia?
- No puede ser.
- ¿Está su marido?
- Sí; mas quien no está aquí, es ella.
- ¿Dónde está?
,
. ,
- Ilace cinco días que se marcho á Cala1s, a
pasar una temporada con sus padres.
.
Como Jacinto sintió el golpe, mas no lo deti.1116,
el autor tampoco lo define. Fué algo _enorme. El
pobre se marchó atontado. El que temia á la soledad de aquellos sitios de la banliett, no fué á bu~car el tren, sino que siguió la calle de Bourgmonons entró en la grande y destartalada plaza de
"'
'
llourguignons,
temible, solitaria, y se d'1spuso á regresar á pie. Marchaba como un borracho ó como
un loco, haciendo zigs-zags, con el sombrero en la
mano.

Anduvo hacia París largo rato. Al aproximarse
á las barreras y al pasar por junto á uno de aquellos tabernuchos que él temía tanto, pero que no
vió ahora un hombre que se hallaba á la puerta
se le ace:có y le &lt;lió un fuer~e golpe en un costado. En aquel momento surgió un C?Che y el a~a~
che huyó sin decir ni h~cer más. Jacmto, se ac~1c~
vacilante al carruaje, que volvía de vac10, subió a
él y dió las señas de su ~as~. Al entrar e~ ella,
dijo á Antonio, que dorm1a Junto á la pue1 ta en
una cama de campaña:
,
.
- Antonio, acompáñeme, ayúdeme a subir. Me
han dado un golpe. Creo que me han herido.
- ¡Herido! ¿Dónde?
,
- Aquí. .. En el costado ... Aqu1. ..
- ¿Dónde fué?
- En las barreras.
y en su debilidad, esto de las l~arreras aun lo
dijo con cierta petulancia. Al dernbarlo al golpe
de un apache, París lo consagraba.
- ¿Le han robado?
- No ... Eché mano al cuello del miserable...
Huyó...
d
.,
Cuando Antonio le acostó, le des~u ó, v_10 en
el costado un boquetito del cual salia un hilo de
sangre.
- Cest un coup d'estilet.
.
El camarero, que quería mucho á Arnaga, se
alarmó, despertó al patró~, y el buen M. ~enai:d,
con los pelos tiesos, tam~nén_ ~uy conmov1do, dispuso que se avisara á la Justicia Y. se. b_uscara á u_n
médico. No nos importe lo de la iust1~ta. El médico llegó cuando ya el telegrafi_sta ard1_a en fiebre.
Vió al herido, auguró mal, sahó, vol v1ó con otros
médicos, cloroformizó, rajó, sondeó, puso. un apósito y se marchó diciendo que era posible que
Arriaga no contara aquello.
..
Sí que lo contó, pero en sus fie~r~s y delmos.
Lo refirió todo, toda su historia pans1ense, 9ue se
limitaba á unas aventuras que no hubo y ª. un?s
amores para los que no halló corresponde?c1~. En
el tal capítulo de enamoramientos, aparec1a s1e_mpre Alicia como un sol; mas, rodeándolo, también

�aparecían Elisa, Luisa, Elena, cual planetas que
giraran alrededor de un astro principal.
Inútil es decir que aquel día en que Jacinto
cayó en cama, ninguna de sus vecinas fué al trabajo. Por la tarde, llegaron la bailarina y el señor
Frasquito. Al obscurecer, antes de irse al l\Ioulin
subió la ingles~ unos minutos. Ya al día siguiente'.
como aquello iba para largo, se organizó el cui.dado al enfermo. Durante todo el día, lo asistían
las alsacianas, que trabajaban en casa, y que trasladaron al cuarto de Jacinto todos sus t1-ebejos, y
también, durante gran parte de él, turnando, b
cocotte, la andaluza y el señor Frasquito, cuyos trabajos eran por la noche.
Y por la noche, icrualmen. ,
.,
te por turno, y qmtandose horas de sueño, Elisa,
Luisa, Antonio y las mismas alsacianas. Aquellas
dos cosas tan altas, tan altas y tan feas, que odiaban tanto á C~mb~s y pasaban la vida renegando
de todo, eran mfattgables, se portaban muy bien.
En cuanto á la inglesa, sin haber por qué - y
esto había que agradecerle, decían las mismas alsacianas - subía dos veces diarias para hacer al
herido dos pequeñas visitas. El patrón no dejaba
un momento la escalera para dar un vistazo á aquel
pauvre espagnol, como decía con los pelos en ristre y con su fuerte voz meridional. El médico afirmaba que aquello iba para largo y que era muy
posible que acabara mal.
.
Jacinto estaba casi siempre en delirios, durante los cuales no cesaba de mezclar los nombres de
Alicia, París y las vecinas del sixieme. En los momentos de lucidez contaba su aventura con el apache. Le hirió á traición, ¡y cómo huyó, sin robarle, cuando ya herido, le dió en el rostro un puñetazo formidable y le echó mano al r:uello para estrangularlo! Robarlo á él, ¡un español! - Todo por
las mujeres - añadía sonriendo con misterio.
Porque su aventura con Alicia, qi1e había pa-

recido ridícu'.a, contada ahora por él, en los ratos
tranquilos, parecía propia del mismísimo don Juan.
Alicia era una mujer virtuosísima, muy enamorada
de su marido, un gallardo mozo de treinta años. El
la conoció, y tras duro asedio, se hizo amar de ella·
pero Alicia, virtud romana, resistía. Vencida po;
el amor, vino á su cuarto; vencida por el deber,
huyó y se fué á Calais con sus padres, pues viviendo en París no podría resistir más á Jacinto-.
Hombre terrible - dijeron, mirándose las alsacianas. Ahora comprendía Elisa por qué se sentía
atraída hacia él; ahora comprendía la andaluza por
qué la amó un día solo, desdeñánclola luego; ahora comprendía Luisa que hay algo en este mundo
de más fuerza seductora que un chaztjjmr; ahora
conocía la cocotte, por qué Jacinto no pagaba, sino
borracho, cuando no estaba en sí, las horas en
que hacía felices á las mujeres ... La misma inglesa confesó con pudor y con orgullo que era un
hombre excepcional. Y en un rasgo ele admiración
que honra á Inglaterra, sacó el portamonedas, una
vez que Jacinto dormía, y dejó en la mesa de noche tres luises, los tres luises ...
Todo aquello que contaba el herido tuvo una
corroboración, la más fehaciente. Era el cuarto día
de enfermedad; Jacinto estaba despejado; la herida no presentaba mal cariz; el médico había dicho
que quizá no muri~ra el enfermo. Tempranito, á
poco de haber salido las obreras, muy contentas
porque el paciente se encontraba mejor, en el primer correo vino una carta con el timbre de Calais.
Era de Alicia. Jacinto la leyó. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos. Metió la carta bajo la almohada y durante el día la leyó otras muchas veces.
Las alsacianas no se atrevieron á preguntar una
palabra. Por la tarde, cuando vino el médico, encontró peor al enfermo.
- No me lo explico - elijo con esa frase con-

sagrada de los jueces y de los médicos que nunca saben explicarse nada.
Por la tarde, al volver las mujeres, Jacinto estaba amodorrado. Las alsacianas refirieron lo de la
,carta. Elena, que también estuvo de calle casi todo
aquel día, cogió la esquela y la leyó á las otras.
¡Oh, y cómo no había mentido Arriaga! Eran
muchas carillas desbordantes de una ciega pasión.
Luchando entre su deber y su amor, loca por Jacinto, Alicia creyó lo mejor huir á Calais á refugiarse
y buscar fuerza y consuelo en el hogar honrado de
sus padres. ¿Qué haría en lo sucesivo? Lo ignoraba. :Mas cierta, como estaba, de que su pasión era
incurable, ó se moriría ó se mataría ó iría á pedir
.á Arriaga de rodillas que la quisiera un poco, que
tuviera piedad de ella, que la llevara con él y para
siempre lejos de París, lejos de todo, á Italia ó á
su España.
¡Qué prestigio! Si Jacinto curaba, ¡cómo lucharía por su amor todo el sixicme! ¡Y toda la casa y
todo el barrio, puesto que, sabidos por siete mujeres su aventura y su mérito, su nombre había
de correr de boca en boca! Todas le miraron suspirando. Las mismas alsacianas ...
Como respondiendo á un sentir general, dijo
en voz alta la cocotte:
- El nos decía cosas por bromear. Pero, ¡cómo
había de querernos! Valia más que nosotras.
He aquí de qué manera el perenne pobrecito
burlado, quedaba consagrado burlador.
La carta volvió á su sitio. A las ocho salió el
herido de su letargo. Tomó la carta, la leyó, llamó
.á Elena, la mujer vivida, la que comprendía más
bien ciertas cosas.
- ¡Elena! Un favor. Yo no puedo escribir.
¿Quiere usted poner un telegrama?
Y le encargó uno para Alicia.
- Dígale usted que estoy así, por ella.
Elena se dispuso á bajar.
- Ahí tiene usted dinero.
- ¡Tengo yo!
A la mañana siguiente, á las seis y media, paró
un carruaje á la puerta de la JJ1aison 111eublée, saltó de él una dama enlutada y dijo secamente á
Antonio, que acababa de abrir:
- Eso al cuarto del señor A rriaga - y señaló
una gran maleta.
Subió rápidamente; en el descansillo del sixii::me encontró á Elena que acababa de volver de la
calle, y antes ele acostarse había entrado á ver
.cómo estaba el enfermo. La miró Elena, la conoció
ó la adivinó y se fué á ella con un dedo en los
labios.
- Señora, está durmiendo, no le despertemos.
- ¿Cómo está?
- Un poco peor. La llama á usted. Yo le puse
.á usted el telegrama.
Alicia se echó á llorar.
Con gran sigilo entraron la maleta en el cuarto
de Jacinto. Con mayor sigilo, después de acercarse al lecho de Arriaga y besarle en la frente,
que mojaron algunas lágrimas, abrió la dama la
maleta y ante las alsacianas Elena todas las vecinas que habían acudido no se' atrevían á hablar, tomó posesión del cuarto, se. cambió de ropa,
Y envuelta en una flotante bata blanca, un pañuelo en la mano, se sentó junto á Aniaga. Estaba
encantadora.

y

En voz baja comenzó el cuchicheo. Se lo contaron todo; lo que había ocurrido y lo que no ocurrió.
¡Qué elogios á la Yirlud de ella! ¡Qué elogios á
la pasión ele él! Un hombre que había corrido tanto, ¡cómo se había enamorado en esta vez! ¡Oh,
qué español! ¡\" qué ,,aliente! Refirieron la lucha
con el feroz apache, como si la hubieran presenciado. Y herido y todo, no pudo robarle, y yencido
el criminal, huyó. Por un hombre así hay que dar
la vida.
Elena preguntó:
- ¿Usted se quedará aquí, señora)
En realidad, Alicia tenía pensado estar allí durante el día; al anochecer irse á su casa, decir al
marido que .había llegado en el tren ele la tarde y
volver con su amigo la mañana siguiente.
Pero, así como Jacinto había ascendido á temible Tenorio, había subido ella á casi una Lucrecia; el prestigio, como amante, de Arriaga, teníalo
ella como amada y amante. Conoció á lo que estaba obligada, y decidida en un momento su gentil
cabecita de presumida, de coqueta y de loca, respondió con heroísmo:
- ¡Cómo me he de marchar! Para mí han concluído familia, honor y todo. N"o hay para mí más
que este hombre adorado. Si sana, me iré con él,
donde él me lleye; si muere, moriré yo también.Todas las mujeres se admiraron; nadie habló;
Elisa y la cocotte lloraban como dos Magdalenas.
¡Lo perdían! ¡Lo perdían para siempre!
El enfermo hizo un movimiento para despertar. Las vecinas, prudentes, viendo que al momento no era suyo, salieron de la habitación. Quedó sola la pareja; y cuando Jacinto abrió los ojos
vió á su lado, arrodillada, estrechándole las manos, á Alicia, que lo miraba con pasión.
- ¡Alicia!
El grito debió oírse en la plaza Clichy, en la
oficina donde el esposo trabajaba. Besos, lágrimas, juramentos y risas se mezclaron.
- ¡Tuya! ¡Contigo para siempre! ¡No te dejaré más!
Desde fuera oían las mujeres con el corazón
encogido, sollozantes.
- ¡Cálmate! ¡Está tranquilo! ¡No te incorpores!. .. Te harás mal. ..
- ¿11e quieres siempre?
- Sí, Jacinto mío.
- ¡Ven, yen!. ..
- St prudente. Cálmate. Estás malo.
- Alice! Alice! Mon amour! Mon ame! Ma vie!
Toute una vie!
Y sonaban besos. Si las mujeres no entran nuevamente, aquí acaba la historia.
Cuando fué el médico, Jacinto estaba peor.
- Xo me lo explico - dijo aquél, y eso que
había mirado á Alicia, cuya belleza era bastante
á explicar tantas cosas.
*

* *

Pasaron cinco días y cinco noches. Jacinto deliraba siempre, ya en la calentura patológica, ya en
la fiebre de amor. De cualquier modo, era feliz.
Pero se moría y se moría de Alicia. ¡Aquellas cinco noches!. .. Ella no se apartaba de su cama; comía, ::'e desnudaba, se vestía junto al enfermo. El
veía semidesnudo aquel cuerpo hechicero. Sus ma-

�nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

®[i]..-J

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>López Fernández, Ernesto, (1867-1923), (Claudio Frollo, Seud.), Colaborador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

®[i]..-J

�El [usnto 5srnanal

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral

901 fV\a drI'd

Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Nuestto Concurso

.'

Suponemos enterado al público del Concurso abierto
para premiar con QUlNIENT AS PBSET AS el cue~to que,
á juicio de los señores que componen el Jurado, reuna mejores condiciones.
Componen el Jurado los Sres. D. Ramón del Valle
Inclán, D. Pío Baroja y D. Felipe Trigo. Secretario, don
Eduardo Zamacois.
Para conocer detalladamente todas las Bases de nuestro
Concurso, léase el núm. 41 de EL CUENTO SE~IANAL.

Libros y Revistas
La Invi•ible, novda político-social, .por Ernesto Bark.Biblioteca Germinal. Madrid.
Antes de volver á su patria rusa, quiere el autor resumir
su actividad de veinte años en España, publicando los doce
tomos de sus obras completas en castellano, y de las cuales
ya hemos hablado á propósito de su libro Filosofía del

ploar.

,

.

La Invisible es una novela politicofilosófica de gran mterés romántico. Da una cabal idea del inter&lt;sante movimiento internacionalista, extrañamente entretejido con el movimiento republicano en España.
.
Merecen citarse los capftulos donde el autor describe la
0
fiesta del primer _1. de l\l~yo de 18go; l_:1- r~dacción ~e Germinal con su director Dicenta; lus mh,hstas Padhevsky,
Abra~cof y la Venus rubia, Llubia y el libert,1rio español
Teobaldo Nieva.
Cuentos pasionales, por A. Hemández Catá. - M. Pért'z Villavicen, io, editor. :\1adrid.
En estas narracion"s, inspiradas por los calientes amores
de 1~ primera jnvencud, c~mpean _el verbo abundante .Y ':º·
lorista dd autor. La sobneclad vigorosa de las descripciones la agilidad del diálogo y la nov.,dad de los asuntos, hacen' de Cuentos pasionales un libro amenísimo.
El .Mundo. - El primer número del rotativo que dirige
Julio Bi,rdl, y del que es gerente Santiago Mataix, apareció
el lunes ú \timo.
El nuevo periódico está bastante bien confeccionado;
cuenta con buena información telegráfica y telefónica, y "n
él colaboun plumas pr.,sligiosas y brillantes.
Dese&gt;lmosle larga y próspera vida.

La Semana T eattal
Esta ha sido para los «señores cómicos» semana de fiebre. Las reprists se multiplican; comienzan los es1renos; los
revisteros de espectáculos no sabrn adónde acudir.
- El Espaftol inauguró anoche la temporada con la comedia en cuatro actos, de D. Benito Pérez G"ldós, tilulada
La loca d&lt;! la casa.
- La Comedia abrirá mañana sábado sus puertas, poniéndose "n escena Lo za11cadilla, entremés original de los
Sres. Alvarez Quintero, y la comedia en tres actos El matrimonio i•1terino, arreglada al castellano por Vital Aza. El primer .,,treno que se anuncia es el de otra obra de Vital Aza,
titula,l:t La i11róg1iilt1.
- En la Prioce~a trabaja con gran rxito la compañía
dramática que dirigen los exct:!entes artistas Carmen Cobeña y Francisco :\lorano.
La inau~ur ción, ~omo ya sabrán nuestros lectores por
la prensa diaria , ,e verificó con la comedia de Zorrilla La
lealtad de u11a mujer y la tra~t!&lt;lia .Sajro11ifl, dos de las obras
mejore, dd cantur de Don Juan.

AAO 1 • 25 Octubre 1907 · N.º 43

JULIO CAMBA

Precios de suscripción:
/Y\adrld

provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.
y

Número suelto:

3Ü

C é Il ti ffi OS

- En Lara fué muy aplaudido el arreglo hecho por Ricardo Blasco de Jl,forada histórica, gracioso vaud.ville de
Bisson y Turique.
- En el Gran Teatro comenzará mañana á actuar la notable compañía que dirige el simpático primer actor Manuel
Salvat.
- En la Zarzuela, los hermanos Alvarez Quintero y el
maestro Chapi han obtenido uno de los éxitos más brillantes de su larga y gloriosa carrera"con La patria chica.
- En el Cómico, Loreto Prado y Enrique Chicote preparan el estreno de la sátira ~n un acto, tit~lada Los .(a/sos
dioses, para la cual se han pintado dt:corac1ones preciosas.
- En Prlce ha triunfado el interesantísimo melodrama
Las dos golfas, estrenado con el título Gigolttte en el teatro
Ambigú, de París.
Por hoy, «no va más».

=

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•&lt;

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Respuestas

=

J. P. V, Madrid. - Naturaleza sensible y buena; deseo de

amparar y de hacer el bien á su alrededor; afición para los quehaceres domésticos; inteligencia muy viva; imaginación graciosa; temperamento inmaterial: carácter expansivo y since:ro; culto
del recuerdo; aficiones de coleccionista; hgera satisfacción de si
mismo.
José P. de S. - Con tan pocas lineas es casi imposible descifrar su carácter.
Naturaleza apasionada y muy celosa; temperamento l!'aterial;
salud vigorosa; orgullo desmedido; afición rMa_la buena comida;
disposiciones para el cálculu; excelente 11,emurta.
Un admirador de Larra. - lnt~ligencia viva; espiritu bastante cultivado; conciencia ancha y gen,rosa; voluntad dom,nadora· cons1ancia en amor; actividaa seguida; carácter franco y
leal· 'n. tu raleza sensible y apasionada; vivaciüad; propensión á
ten~r manias en la vejez; temperamento nervioso-sanguineo; cnriosidad para todo lo que se relaciona con las ciencias ocultas.
Un descendiente de italiano. - Inteligencia clara é imaginación muy desarrollada; buena memoria; espíritu combativo;
carácter amante de luchas y discusiones; intuición; naturaleza
puco expansiva, pero sincera; generosidact en la economla; temperamento bien equilibrado; buena salud; excelente gusto anistico; espiritu seductor; amor al confort.

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DE HIDALGO 1!. 9 CALLE DEL BARQUILLO 9

EL DESTIERRO
I
era un anarquista italiano, gordo, barbudo y jovial. Su padre tenía en 'Buenos
Aires tres grandes comercios, y el anarquismo del hijo debía parecerle un sport bastante
más caro que el automovilismo,
la bibliomanía ó el amor de los
cuadros antiguos. En cuanto á
Orsini, yo creo que un día de
aburrimiento, reflexionando sobre su porvenir, se dijo:
- La verdad es que, puesto que dispongo de un apellido
terrorífico, yo debiera hacerme
anarquista. ..
Y que se hizo anarquista de
esa manera.
Orsini frecuentaba todas las
reuniones anarquistas, donde
pronunciaba elocuentes discursos en italiano. De vez en cuan&lt;lo, su padre lo llamaba y lo ponía al frente de algún negocio;
pero Orsini era enemigo de la
propiedad y no tardaba en deshacerse de ella. Un día, el padre de Orsini estableció una
magnífica tienda de comestibles
en el sitio más céntrico de Buenos Aires, y se la regaló á su
hijo. La noticia cundió inmediatamente. Orsini estaba detrás
del mostrador y todos los días,
á medida que iban llegando los
compañeros á visitarle , él les
&lt;&gt;frecía sillas y los constituía en
club revolucionario. Durante
largas horas se hablaba allí del
comunismo, de la idea de patria,
del concepto del Estado, etc.
Por último, Orsini se levantaba,
le daba al uno un salchichón,
al otro un queso de bola, al otro
una lata de conservas y cerraba la tienda.
Otra vez ocurrió una cosa
muy graciosa. Los anarquistas más caracterizados
de Buenos Aires aparecieron de pr onto con unas
hermosas y deslumbradoras corbatas rojas, todas
iguales. Hubo policía que tomó aquello por una
contraseña, como las que usan los masones, y para
ver si un individuo tenía ó no tenía importancia
&lt;!entro del anarquismo, le miraba la corbata.
Una corbata, en efecto, puede servir para in-

O

RSINI

dicarnos las ideas de un hombre. Aparte la calidad, que es cuestión de dinero, la forma, el color
y el modo de estar colocada una corbata pueden
servir como origen para abrir una investigación
sobre las opiniones estéticas y políticas del ciudadano que la posee. Un espíritu de orden no comprará jamás una corbata muy
roja; elegirá un color discreto,
una forma de moda y cuidará
después de que el lazo no esté
ni muy á la derecha ni muy á
la izquierda, mientras que un
espíritu revolucionario hará de
modo que su corbata sea perfectamente contraria á todas las
demás.
Estas ideas sutiles las he
deducido del SartorResartus, y
las he puesto aquí para distraer
un poco la atención del lector;
pero en el caso concreto que
estoy refiriendo, las corbatas
no tienen psicología. Era que
Orsini había recibido de su padre un saldo de corbatas para
que las vendiese, y Orsini se las
fué regalando á todos los camaradas con quienes se encontró.
Cuando llegaba al café, hacía
como los prestidigitadores y comenzaba á sacar de sus bolsillos corbatas y corbatas, que
iba poniendo sobre la mesa. Un
día fué detenido misteriosamente un señor que paseaba
por la calle y fué llevado á la
Comisaría de Investigaciones,
donde lo retrataron y filiaron
como anarquista.
- ¿Yo anarquista? - decía
muy asustado-. ¡Si yo soy tenedor de libros!
- Tenedor de libros, ¿eh?
4. MÍ~A ¿Y esa corbata?
El desdichado llevaba una
corbata que era como una bomba: una corbata Orsini. Aquella
corbata constituía una profesión de fe.
Frente al teatro Politeama estaba el café Felsina que, á última hora, se poblaba de barítonos,
anarquistas, policías y ladrones. Allí solía ir Orsini
con todos sus inquilinos, porque en la última época e n que yo conocí á Orsini, Orsini era casero.
Su padre le había alquilado una hermosa casa para
que él realquilase las habitaciones y viviese con

�su producto. Ocurría que llegaba á Buenos Aires
un anarquista expulsado, ó que cualquier anarquista conocido se quedaba sin domicilio, y los compa1'íeros le decían en seguida:
- Vete á casa de Orsini.
La casa de Orsini era una verdadera madriguera de anarquistas, un foco revolucionario capaz
de estremecer al mundo. Allí vivían tipos tan curiosos como l'azzerini, un periodista italiano que
había recorrido la mitad de la tierra. Una noche
que yo me acosté en su cuarto, á medida que se
desnudaba me fué haciendo la historia de todas
sus prendas. Primero se quitó el gabán:
- Este gabán - me dijo - se lo compré á un
trapero de Londres por dos chelines. Hace ahora
unos tres años. Toda\'Ía está bien, ¿verdad?
En seguida se despojó del sombrero:
- Este son-.':&gt;rero me lo ha regalado un pintor
danés que vivía conmigo en París.
La americana:
- Esta americana se la robé á un espantapájaros en las inmediaciones de Milán.
El chaleco:
- Este chaleco me lo compré en Patterson el
-a.ño pasado...
Como buen italiano, Pazzerini era cantante, y
á las dos ó las tres de la mañana, cuando Orsini
se encaminaba á su casa rodeado de sus huéspedes, Pazzerini asustaba á los guardias cantando I
Pr,ifughi, I Laboratori y otros himnos revolucionarios.
También cantaba la Carmañola:
Dan~ons la carmaguole
Vive le son
Vive le son . . •
D:i.n~oqs la carmagnole
\ºive (,o son
De l'explosion •..
ira, c;a ira, g1. ira,
Tout,o le burgcoise
A la lanrerne ...

c\

{;\ irt, &lt;;l Íra, ~a ira,

Toute le l&gt;urgesic
A la lanternc ...

Entonces nosotros hacíamos coro:
Ton, ton
Din'\mitons, dinamitons ...
Ton, ton
Dinamitons, dinamitons ...

Yo dormí bastantes noches en casa de Orsini,
ó porque me encontraba á última hora con él en
el café Felsina, 6 porque no tenía sitio donde dormir. Había en casa de Orsini tres mujeres muy
guapas, una de ellas la del propio Orsini, y las
otras d,,s, compañeras de unos anarquistas que vivían allí.
Al evocar el cuadro de aquella casa sin casero, de aquel hoJar, mitad patriarcal, mitad falansteriano, me acuerdo especialmente de Angela y
de Arturo. Jam;\s unos ojos tan b &gt;nitos han tenido a111or para mirar {1 un hombre tan feo. La fealdad de Arturo no tenía hipérbole en ninguno de
los idillmas corrientes dentro de aquella extraña
mansión. Sh embargo, se daría una idea de esta
fealda J diciend &gt; que era tan grande como la hermosura de Angcla. Xosotro~ solíamos poner de
mal h 1rn&lt;&gt;r al libre m1trimo:1io dirigié ido 10s á
Angela, en cuyos labios el mohín de disgusto valía tanto como una sonrisa.

- Parece mentira que una mujer tan guapa
como usted quiera á un hombre tan feo como
Arturo.
Entonces Arturo, cuya fealdad no encontraba
justificación posible en ningún extremo de una
filosofía tan piadosa como la filosofía anarquista,
buscaba amparo en la filosofía popular y nos dedicaba este adagio:
- El hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso.
- Eso es- interrumpía Angela con vivacidad -: el hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso ...
- ~o lo crea usted - le decíamos á Angela-.
La filosofía de ese refrán es mucho más arbitraria
que la filosofía del Estado. Ese refrán es de origen italiano. Lo han discurrido los antecesores
de Arturo para consolarse un día que se vieron
al espejo ...
Arturo, además de ser feo, era fabricante de
tiradores de goma para matar pájaros.
- Tu oficio - le decía Pazzerini - es ridículo
y cruel. Es ridículo, porque en manos de un anarquista un tirador de goma no sirve para nada. Un
anarquista debe usar otras armas. Tú eres el armero de casa de Orsini, donde vive un grupo revolucionario que tal vez, el mejor día, tenga necesidad de echarse á la calle para subvertir el orden
social, y hasta ahora no se ha dado el caso de una
revolución hecha con tiradores de goma ... Por
lo demás, resulta cruel hacer instrumentos para
matar á los pájaros. Yo te prestaré un tratado de
Retórica para que comprendas toda la importancia lírica de los gorriones.
El bueno de Arturo oía estas graves disertaciones de Pazzerini con una profunda consternación. Arturo era feo y ridículo, pero era bueno y
valiente. En cuanto á J\ngela, como no estaba casada con él, le amaba sin obligación ninguna, lo
cual prueba que le amaba de verdad. Un día,
Blanca, Arturo, Orsini, Pazzerini, yo y otros cuantos, salíamos de un baile anarquista que se dió en
la Casa Suiza y, como ya era de día, resolvimos ir
á tomar el aire en los bosques de Palermo. Antes
de pasar adelante debo aclarar el concepto de
•baile anarquista• que acabo de emitir. Yo no
creo que el baile pueda tener jamás un carácter
político. El tango es el tango, y su influjo se produce de igual modo sobre los nervios del burgués
que sobre los del obrero, porque hay ciertos instantes en los cuales los nen ios recobran su autonomía y en los que todas las cabezas son de igual
modo antipolíticas. Pero tampoco el anarquismo
es incompatible con la corcogralia ni con la orquéstrica. Un anarquista puede pre,ocuparse mucho del malestar soci1l y al mismo tiempo marcarse muy dignamente unos compases de polka.
Los anarquistas de Buenos Aires habían celebrado una fiesta en la Casa Suila v habían bailado
allí con tanto entusiasmo como se puede bailar en
los salones de la marquesa de S ¡uilache. Cuando
salirnos de la Casa Suila ya el sol brillaba en las
vidrieras, y Orsini nos convid.S á oxígeno.
- ¿Qc1eréis venir á Palermo?
- \'amos.
Y nos fuinns á Palermn.
Estuvimos viendo la casa de fieras, que no
describo aquí, porque en Buenos Aires, como e,-.

todas partes, las casas de fieras son cosmopolitas
y no tienen color local. J,uego echamos á andar
por una hermosa avenida, y al llegar á la estatua
de Sarmiento nos detuvimos.
La estatua de Sarmiento es obra de Rodin, y
lo más notable de ella es el pedestal: un bloque
de piedra, enorme é informe, en el cual Rodin ha
pretendido esbozar el Apolo futuro. Un ho_mbr:e
robusto, desnudo y hermoso, parece como s1 qmsiera salir de la entraña del bloque en un esfuerzo
lleno de gallardía.
- Esa figura es una barbaridad - dijo Arturo -. Los brazos son demasiado largos.
- Eso está hecho conscientemente - expuso
Orsini - . Da la idea de que los brazos se alargan
en el esfuerzo gigantesco de la figura.
- Sin embargo, yo e11cuentro que ese hombre
es muy feo.
- Seguramente - observó Orsini - sería mucho más guapo si
Rodin te hubiese
tomado á ti por
modelo.
- Pues yodijo Paaerini - no
veo ninguna desproporción en los
brnLos.
- Eso no. Los
brazos son, efectivamente, muy largos.
- ¿ :\Iuy largos? ...
Pazzerini, en
menos de un segun do, se quitó
aquella misma
americana que un
propietario mi Ia nés había destinado para asustar á
los pájaros ladrones, se despojó del
chaleco que había
adquirido en Patt e r son, se desprendió los tirantes y saltó la pequeña verja que circundaba el
monumento. Luego se encaramó al pedestal y se
puso á medir los bra;,;os de la figura.
Una voz terrible y extraña gritó:
- ¡Detenidos!
Era ur. vigilante que, al ,·er la escena, debió

suponer que Pazzerini pretendía llevarse 1~ _estatua para decorar su cuarto de casa de Orsm1.
- Vengan ustedes á la Comisaría.
En la Comisaría esperamos dos horas á que
llegase el comisario. Ya en presencia de él, le contamos toda la verdad y nos soltó.
- Bueno - le preguntó entonces Orsini á
Pazzerini - . ¿Son largos los braws?
- N"o lo sé. Como tengo los tirantes de goma,
se me achicó la medida .. .
Llegamos á casa de Orsini á las ?ºCf' del día:
Las compañeras de .\ngela ya hah1an hecho sus
labores. Eran dos italianas tan guapas como la
compañera de Arturo.
Dadas las actuales tendencias de nuestra literatura, yo debía decir que seduje á aquellas tres
musas rojas; pero prefiero observar una honradez clásica á manchar este párrafo con una fanfarronería morlerna. Después de todo, el hombre
que ve á una mujer bonita, no contrae la obligación
imprescindible de
cortejarla inmediatamente.
Las tres mujeres
de casa de Orsini
servían para regorijo de sus maridos, para cuidado
de sus chicos y para ornamentación
del patio de la casa, en donde había
un lavadero sobre
el cual mostraban
los brazos desnudos al tiempo de
lavar la ropa, realizando así una función de belleza pública á la vez que
un acto de gran
utilidad doméstica.
Por las tardes, solía
hacerse una tertulia en el comedor
de Orsini, y al poco
rato cuando el tabaco ardía mejor en las pipas y
la h~bitación se cargaba de humo, aquellas mujeres y aquellos hombrrs parecían habitantes de
una nube que yo quisiera describir aquí de una
manera simbólica: una nube azul, hecha de anhelos, de dolores y de esperanzas; una nube en la

�/.~}

1

7 .. )~é•••';Í
i
,/,ll
:V

calaveras... En cuanto nos íbamos, algunos aficionados llamaban al mozo:
- ¿Han hecho algo hoy los anarquistas? Traígalo usted.
De vez en cuando, entraba en el Sportman alguna mujer elegante, y tanto Basterra como yo,
pensábamos que, á nuestra vista, un escalofrío de
terror la recorría la medula; pero, desgraciadamente, nosotros no ejercíamos en su medula influencia ninguna.
Basterra y yo nos habíamos dado á conocer en
el Sportman de una manera grosera y heroica. Era
la fiesta de los franceses. La orquesta comenzó á
ejecutar el himno nacional argentino y todos los
concurrentes se pusieron de pie y escucharon con

El estribillo de este himno, cantado con toda
la fuerza de tres mil pulmones, hacía retemblar
los edificios:
Torpe burgués...
Atrás .. .
Atrás.. .

Generalmente, en una misma manifestación
se cantaban himnos en diversos idiomas:
'
Bersagliero, ascolta, ascolta...
11 signa! della rivolta.

Ó:
Sú la libera bandiera
Splende el sol del'awenir.

En Buenos Aires, se puede calcular que la
mitad de la población está compuesta por italia-

i¡~. r
1

yo figure en una novela. ·Hace tiempo, he tenido
el honor de servirle como personaje al Sr. Baruja,
quien halló interesantes ciertos detalles míos para
el último libro de su serie La luc!ta por la vida.
Por cierto que Baroja ha tenido en mí, á la vez
que un personaje, un crítico y, en el artículo que
yo dediqué á su obra, no tuve grandes reparos que
II
oponer á mi figura. Sin embargo, yo no puedo
Llamo poderosamente la atención del público estar conforme con el papel, verdaderamente insobre el hecho de que yo haya dormido algunas significante, que represento en la obra de mi ilusnoches en casa de Orsini. Este hecho no tendrá tre amigo. Confieso francamente que me creo con
para el público ninguna importancia, pero es por- derecho á desempeñar en las novelas un cargo de
que el público no me conoce. El público se imagi- más importancia y, ahora que soy novelista, no
nará que yo soy únicamente el autor de esta no- debo perder la ocasión. Mis aventuras son tan
vela; pero, en realidad, soy algo bastante más im- dignas corno otras muchas de tener un historiaportante: soy el protagonista. A los diez y seis dor, y este historiador voy á serlo yo. Seguramenaños yo era protagonista de novelas, y á los veinti- te, ningún otro me describiría con más cariño ni
dós las escribo. Indudablemente he decaído mucho. con más exactitud.
En la época de estas andanzas tenía yo unos
Yo soy el protagonista de esta novela ó de esta
historia y quiero presentarme al lector en el se- diez y seis años. Por las noches salía de casa de
gundo capítulo, que es donde los novelistas sue- Orsini y me iba á tomar café á la Rottisserie Sportlen presentará los personajes de.más importancia. man, hecho que, como todos los que se relacionan
Cierre el lector las páginas de este volumen y con- con la vida del héroe de una historia, tiene tamtemple esa caricatura de la portada, que envuel- bién una gran importancia. No quiero describir
ve en un mismo ridículo á un héroe y á un histo- aquí la Rottisserie Sportman, porque, tan lejos de
riador. Los soldados boers, después de la lucha Buenos Aires, me sería imposible cobrar el reclahomérica que sostuvieron en las montañas del mo. Sin embargo, me es indispensable advertir que
Transvaal, se dedicaron, para ganarse la vida, á la Rottisserie Sportman es en Buenos Aires lo que
reconstruir, por medio de pantomimas, sus episo- Chez 1,/axim en París ó el Ideal Room en 1\ladrid,
dios más interesantes. Yo también, si cuento estas compar1l.ción esta última ya bastante fácil de cobrar.
aventuras de mi vida pasada, es para ir sostenien- En el Sportman yo me reunía con un camarada que
do la presente. Creo que al lector le dará igual to- se llamaba Basterra, y entre los dos nos dedicábamarme á mí de protagonista como tomará un ami- mos á espantar á los burgueses mientras disfrutágo mío, que acaso viniese luego á pedirme dinero, bamos de todas sus comodidades. Pedíamos unos
cuantos programas con los nombres de las piezas
diciéndome:
- ¡Soy un personaje de usted que se encuen- que iba {t ejecutar la orc¡uesta de zíngaros y pintábamos en ellos alegorías terribles, signos de
tra en muy mala situación! ...
Por lo demás, no será esta la primera vez que muerte, bombas, puñales, manos ensangrentadas,

que se cantaba, en la que se reía y en la que se
blas~maba; una nube que tenía juntamente la
vaguedad poética, la humedad bienhechora, la
quimérica hermosura y el rayo implacable...

las cabezas desnudas. Sólo Basterra y yo estábamos sentados.
- ¡Que se levanten ésos! - dijo una voz.
Nosotros permanecimos inconmovibles.
- ¡Que se levanten ésos si no quieren que los
levantemos! ...
Y un mozo, muy respetuosamente, nos rogó
«de parte del mostrador&gt; que nos levantásemos ó
que nos fuésemos.
- No le doy á usted contestación para el mostrador-le dijo Basterra- porque no acostumbro
á tener correspondencia con los muebles. Por lo
demás, nosotros nos levantaremos.
. Y, en efecto, cuando terminó el himno argentino, la orquesta tocó La Marsellesa. Entonces
Basterra y yo dejamos á un lado nuestros sombreros y nuestras pipas y nos pusimos en pie. ..
El anarquismo tenía entonces en Buenos Aires, y supongo que lo seguirá teniendo, un carácter. cosmopolita, pintoresco y alegre, capaz de entusiasmar á cualquier imaginación juvenil. Frecuentemente se daban veladas teatrales de las
q_ue, hombres y mujeres, salíamos en manifestación cantando ácoro himnos subversivos.
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
Y esta injusticia no puede seguir.
'
~¡ tu existencia es un mundo de penas,
Antes que esclavo, prefiere morir.
Prefiere morir. ..

nos. Pues bien, la mitad de los italianos son anarquistas. En Buenos Aires ha vivido mucho tiempo Pedro Gori, anarquista, italiano, orador, escritor, catedrático y hombre, en fin, de un extraordinario mérito. Cuando Gori daba una conferencia,
el teatro se llenaba de público; y bajo la sugestión
milagrosa de aquella palabra, bajo la magia de
aquel gesto, se estremecía el espíritu más indiferente. Un día se anunció una controversia pública entre Pedro Gori y José Ingegnieros, una de
las personalidades más notables en el partido socialista argentino. Este Ingegnieros, que por cierto estuvo en Madrid cuando la visita de Loubet,
y con el cual he tenido el honor de tomarme aquí
unos chatos de Montilla, es un hombre de ciencia,
pero pierde, frecuentemente, su dignidad cientí-

�fica. En la época de esta historia, publicaba en
Buenos Aires una revista de nombre pavoroso:
Archivos de criminologia, Aicdici11a legal y Psiqttiatrla, desempeñaba la cátedra de Neuropatologia
en la Universidad central, y tenía un consultorio
médico muy acreditado; pero, cuando le llamaban
á ver una joven enferma, él se sentía.más artista
que médico y, en vez de reconocula científicamente, la examinaba con arreglo á los preceptos
de la estética.
- ¿Qué le parece á usted mi chica) - le preguntaba el padre.
Y él formulaba este solemne diagnóstico:
- Es muy bonita.
En seguida extendía una receta y cobraba
treinta pesos.
La noche de la controversia anárquico-socialista entre Ingegnieros y Gori, el teatro Iris estaba
lleno de gente. Ya había pasado la hora anunciada cuando se presentó Ingegnieros, agobiado bajo
la carga de un enorme paquete.
- ¿Qué trae usted ahí?
- Cuartillas.
- ¿Cuartillas para leérnoslas ahora?
- Indudablemente. Esto es una cosa muy seria. Yo me estuve documentando durante tres meses y todo esto que traigo es indispensable.
Nos quedamos aterrados. Llegó el momento
preciso y Gori se dirigió á la multitud:
- Aun cuando el amigo Ingegnieros haya venido aquí con todo un expediente de cuartillas...
Entonces Ingegnieros arrojó sus cuartillas al
aire, sobre las filas de butacas más próximas al
escenario, y se puso á gritar:
- Si es una broma. Están en blanco.
Los mitins en Buenos Aires se daban al aire
libre, en las plazas públicas, y generalmente en

la Plaza Victoria. Yo no
sé si se elegía esta plaza porque
era la más
céntrica de
la ciudad ó
porque, al
mismo tiempo, era la
que más se
prestaba pan. los discursos anarquistas. En ella,
el orador se
encaramaba
á una pirámide que
hay en el
centro y desde allí iba
haciendo
una crítica
de la sociedad por un
orden arquitectónico,
esto es, derivándola de
los edificios que le rodeaban. Miraba enfrente de
sí y se encontr¡tba con la casa de Gobierno:
- He ahí el Gobierno - decía-. ¿Y qué es
el Gobierno? El Gobierno... (crítica del Gobierno).
Luego, señalaba la catedral, que estaba á su
izquierda:
- Esta catedral - exclamaba- representa la
Religión. ¿Y qué es la Religión? La Religión ...
(crítica de la Religión).
Entre la casa de Gobierno y la catedral estaba
el Banco Argentino.
- Ved ese Banco -vociferaba el orador-.
Ese Banco es el Capital. ¿Y qué es el Capital? El
Capital. .. (crítica del Capital).
Y, por último, se dirigía á su derecha, en donde estaba el Congreso:
- He ahí el Congreso - añadía-. He ahí el
sistema parlamentario. ¿Y qué es el sistema parlamentario? El sistema parlamentario... (crítica del
sistema parlamentario).
Un día subió á la pirámide un italiano que se
llamaba Locascio.
- Ved esa catedral - comenzó á decir - -. La
están recomponiendo porque está vieja. Es el último puntal que se le pone á la Religión, pero no
servirá de nada. La Religión se hunde porque está
muy vieja, y todo lo que está viejo se hunde ... se
hunde...
Entonces, como Locascio no encontraba palabra para seguir, se hun_dió también. Desde la pirámide cayó al suelo, como si el Dios á quien había
ofendidv le hubiese castigado. Y hubo uno que
dijo:
- Pero, hombre; yo no creía que este Locascio estaba tan viejo ...
Frecuentemente, cuando los oradores habían
examinado ya, en un sentido sociológico, la arqui-

tectura de todos los edificios que les rodeaban, sacerdote le bendijo ni le bendecirá; pero yo le
utilizaban, en clase de ejemplos, á los vigilantes. educaré con cariño y él será bueno, como yo soy
- ¡Los vigilantes! - decían-. ¿Y quién vigila buena.
Y ella era buena de verdad. Todas aquellas
á los vigilantes? Dicen que vienen á mantener el
gentes eran buenas, y en la casa de Orsini ó en la
orden; pero, en realidad, vienen á destruirlo.
Y, en efecto: los vigilantes, para confirmar este mesa de un figón partían su pan como hermanos
aserto, desnudaban los sables y se lanzaban sobre de una misma esperanza. Lo maravilloso era absnosotros. Los mitins terminaban casi siempre en traerse por un momento de la conversación genecarreras, lo que les daba un carácter gimnástico ral en cualquier tertulia y pensar qué cosa rara y
muy agradable. Entre los oradores que hablaban grande se habría propuesto el Destino al citar en un
en los mitins con más frecuencia, había una va- mismo punto del universo á hombres de tan disliente muchacha que se llamaba Virginia Volten. tinta especie: á un francés, que fabricaba anteojos
Recuerdo un mitin que se hizo cuando la muerte para ver los eclipses; á un estudiante ruso, á un
de Zola. Sobre una tribuna improvisada apareció barítono italiano, al doctor Creak, millonario inVirginia, que, á la sazón, estaba en ese estado que glés, y á mí, que soy natural de Villanueva de Arolas gentes suelen llamar interesante. Virginia co • sa, un pequeño pueblo de la provincia de Pontemenzó á hablar de Ft·cimdidad, llevándo~e las ma- vedra, adonde no ha llegado aún - tal vez por dificulta'.les postales -- la noticia del nóumeno ni
nos al vientre.
- Yo estoy embarazada - decía -y os mues- la del fenómeno. Me daban ganas de decir:
- Ilueno, señores, ya va siendo tarde. ¿Qué
tro con orgullo este vientre que está henchido por
el amor. Mi pudor ha sido antes. Mi pudor ha con- vamos á hacer aquí? ¿Para qué hemos venido dessistido en no ir á la iglesia con mi novio para noti- de tan lejo,, y con qué objeto nos hemos congreficarle al cura las intimidades de nue&lt;;tra pasión. gado? ¿Vamos á hacer la Social? Pues no perdamos
tiempo.
Yo no me junté con mi amante para cumplir un
En realidad todos estábamos convencidos de
sacramento, sino para divertirme; pero comprendo que me equivoqué, porque ahora siento que en que íbamos á hacer la Social, pero no teníamos
mis entrañas nace á la , i Ja un nuevo sér. Ningún prisa. La Anarquía nos había encantado á todos,
porque la Anarquía era para nosotros, más que una
concepción filosófica, un entretenimiento sentimental. En cualquier velada de teatro, en cualquier mitin ó en cualquier manifestación pública,
la Anarquía tenía expositores elocuentes, mujeres
hermosas y canciones aladas; tenía un espíritu
alegre, aventurero, cosmopolita, valiente, generoso y artístico; todo 'lo cual mantenía el entusiasmo
de los viejos y suscitaba el de los jóvenes. «¡Oh,
justo, sutil y poderoso veneno!• -decía, hablando
del opio, Tomás de Quincey. Justo, sutil y poderoso es también el veneno de la Anarquía, y nin-

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g~n fumador de opio, ningún bebedor de ajenjo,
nmgun tomador de morfina ni de haschis, ha tenido sus sueños poblados de visiones más hermosas
qu~ las visiones que pueblan el gran ensueño anarqmsta._ L3: Anarquí_a es también uno de los paraísos artific1ales, y bien vale la pena visitar esteparaíso cuando no se dispone de uno natural. La casa
de Orsini estaba en él, así como la reunión del café
Felsina, en donde no había más que un representante de la realidad: el camarero. ¡El camarero del
café Felsina! ¡El camarero del Sportman! Yo les
odiaba y me decía:
- ¿Por qué tendremos estos porteros en nuestros paraísos?

.

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III
Una tarde me fuí á casa de Basterra.
- ¿Quiere usted venirse á Campana? - me
dijo aquel excelente amigo mío.
- ¿A Campana?
- ¡Ah! Pero ¿no sabe usted lo que ha ocurrido?
-No.
- Pues si es terrible. Se habían declarado en
huelga ,los e~pi~ados de una fábrica frigorífica y
los hab1a sustituido la tropa. Ayer los huelguistas
se fueron á la prefectura para formular una solicitud, y los recibieron á tiros. Hay un muerto y va-

rios heridos. Se ha declarado el estado de sitio en
Campana y se ha enviado allí á un comisario para
que se encargue del mando militar de la población.
Yo voy como delegado de la Federación obrera.
A las dos horas, Basterra y yo estábamos en
el tren, camino de Campana.
- Usted hablará - me decía Basterra.
Basterra quería decir que yo pronunciaría un
discurso. Yo había pronunciado mi primer discurso hacía dos ó tres días, en un centro anzrquista
que se llamaba Los caballeros del ideal, y había pasado un miedo espantoso, que todavía me estremece al recordarlo, y del que podrían verse indicios si se examinara esta cuartilla en el consultorio grafológico de EL CUENTO SEMANAL.
- No, Basterra, yo no hablo; no sirvo para eso.
- ¡Pero si el otro día ha estado u~ted muy
elocuente! ...
Llegamos á Campa:-ia al anochecer. Un grupo
de huelguistas nos aguardaba en la estación.
- ¡Viva el delegado de la Federación obrera!
¡\'iva Basterra! ¡Viva la huelga! . . .
Para mí no hubo ningún viva. Yo sentía cierta
envidia al observar que no me vitoreaban, y cierto orgullo de ir con un hombre vitoreado. Acompañados por los huelguistas nos dirigimos al hotel.
Los huelguistas habían cortado la luz, y la ciudad
estaba iluminada tan sólo por una luna blanca,
piadosa y triste. De vez en cuando se oían las pisadas de un caballo, y. á poco, una especie de trágico centauro pasaba á nuestro lado. Eran soldados de caballería que recorrían la población con
las tercerolas montadas. Todo estaba en silencio
y en sombras.
Por fin llegamos al hotel, que era precisamente el hotel donde se hospedaba el delegado especial del Gobierno argentino. Mientras cenábamos,
los huelguistas nos expusieron la situación. Habían tomado el local de la Sociedad Italiana para
dar un mitin, pero el jefe militar se negaba á autorizarlo. Basterra y yo le mandamos una carta pidiéndole una entrevista. Al cabo de un rato, el
comisario nos mandó llamar.
- Yo autorizaría el mitin - nos dijo - si no
temiese que se iba á alterar el orden.
- Nosotros le damos á usted palabra de que
no se altera el orden si usted se abstiene de mandar al acto fuerzas de policía. Dado el estado de
espíritu de los huelguistas, sería muy posible que
ocurriese un choque entre ellos y los policías; pero
no habicnclo policías, nosotros, por si se altera el
orden, nos ponemos desde ahora mismo á la disposición de usted.
- Yo no puedo dejar de mandar policía. Además, el mitin acabará de sobrexcitar á los obreros. Yo sólo autorizaría el mitin si ustedes les hicieran ver á los obreros la necesidad de concluir
la huelga.
- Pues bien, les aconsejaremos que vayan á
trabajar.
- ¿Palabra?
- ¡Palabra!
- Nos fuimos á la Sociedad Italiana, que estaba llena de huelguistas. Era una Asamblea de
gentes extrañas, hoscas y rudas, dispuestas á todo.
Basterra me llamó aparte y me dijo:
- Nosotros aconsejaremos que siga la huelga, ¿eh?

- N'o. Yo no hablo.
- Usted habla - dijo Basterra - . E inmediatamente me anunció:
- Va á hacer uso de la palabra el compañero
Fulano.
El compañero Fulano era yo. Yo ~staba acostumbrado á hacer uso de la palabra para contar
anécdotas, decir banalidades amorosas y pedir
café; pero no para tratar asuntos tan serios como
la huelga de Campana en un acto público. Lleno
de miedo, exclamé:
- ¡Ciudadanos! . ..
Y después de este comienzo, que desde los
tiempos de Demóstenes á los de Dan ton, y desde
los de Danton á los de Facundo Dorado no ha
hecho nadie tan elocuentemente como yo, empecé á proferir exclamaciones ingenuas y balbucientes:
- La autoridad estará siempre contra vosotros, y vosotros jamás podréis poneros de acuerdo con ella. Hab¿is ido á la prefectura de policía
á exponer unas cuantas razones, y os han contestado con unos cuantos tiros. ¿Es posible razonar
así? Con un fusil que dispara no hay manera de
razonar. En vano invocaréis los más poderosos argumentos. La contestación del fusil será siempre,
siempre, igualmente absurda y salvaje. (Permítame
el lector que me ponga en este punto unos cuantos aplausos.)
- Un hombre, compañeros - añadí-, no
puede entenderse con un fusil. Cuando queráis
entenderos con un fusil, delegad otro fusil, y ambos hablarán entre ellos el lenguaje de los fusiles.
Cuando queráis hablar con vei:1te fusiles, delegad
otros tantos. Y si no los tenéis, elegid un instrumento cuya voz sea de la misma especie y tenga
la misma potencia que toda una descarga de fusilería ...
Terminé de hablar, y entonces comenzó Basterra. No reproduzco el discurso de mi camarada,
porque, á estas horas, resultaría muy atrasada una
reseña de aquel mitin memorable. Ello es que se
acordó proseguir la huelga, y que por la mañana,
en el primer tren, Basterra y yo regresamos á la
capital. Al despedirnos, no pude reprimir un movimiento de orgullo. Los huelguistas ya no decían sólo «¡viva Basterra!» Decían también «¡viva
Camba!&gt;
La huelga de Campana fué el origen de la
huelga general que poco después tuvo lugar en
Buenos Aires.
El 11 de Noviembre, fecha trágica en los anales del anarquismo, se celebraba en el teatro de
Ribadavia un mitin «monstruo• para conmemorar
la muerte de los mártires de Chicago. Primeramente se representó un drama de tesis. Luego
comenzaron los discursos. Ilablaba Basterra, al
que debíamos seguir, según los carteles, Orsini
y yo. De pronto se me acercó un compañero:
-- lle recibido un aviso de Campana para que
vayáis allí Basterra y tú. En caso de que no pueda
ir alguno de los dos, que vaya Orsini con otro.
Te advierto que faltan veinte minutos para que
salga el treo.
- Pues tendré que ir con Orsini, porque Basterra está hablando.
- Bueno; ¿quieres que avise á Orsini?
- Avísalo.

�habría corso. Basterra y yo nos fuimos á Palermo.
Tomamos el aperitivo en el Pabellón de los Lagos,
y luego nos pusimo_s á dar un paseo por la gran
avenida en donde iba á ser la batalla de flores.
Alguno; obreros estaban ultimando los preparativos de la fiesta. Nosotros nos acercábamos á ellos
y les decíamos:
- No se molesten ustedes. No va á haber corso.
Y los obreros nos miraban asombrados.
Basterra y yo íbamos por el medio del paseo,
y nos decíamos:
· - Vaya una plancha la que se van á tirar

- ¿La huelga general?
- Sí, hombre; aquí mismo hacemos una orden
del día y se la damos á La Prensa. Mañana aparece en todos los periódicos y los obreros no tendrán más remedio que ir á la huelga.
Fué aquella una broma que los burgueses de
Buenos Aires no nos perdonarán jamás. Probablemente, cuando algún parroquiano del Sportman
le preguntase al mozo •¿han hecho algo hoy los
anarquistas?• , el mozo le diría que no; pero, realmente, aquella noche habíamos hecho má~ que
ninguna. De todas las cosas que hemos escnto en

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Camino de la estación, yo le decía á Orsini:
- La verdad. Tenía preparado un discurso
bastante elocuente sobre los mártires de Chicago:
me da pena tener que guardarlo hasta el año que
viene .. .
- A mí me pasa lo mismo; pero como tendremos que hablar en Campana, yo lo colocaré
allí.
- El caso es que no pega.
- Yo lo pegaré. Se hace un preámbulo, y en
paz. Es muy fácil: «¡Compañeros . .. ! •
Y en actitud tribunicia, Orsini improvisó un
brillante preámbulo:
·
- Estáis luchando á brazo partido contra los
tiranos y los explotadores, y tal vez algunos de
vosotros sientan desfallecer su espíritu en una
lucha tan desigual. A estos hombres débiles es á
los que me quiero dirigir, porque los fuertes no
necesitan para nada de mi palabra. A los débiles,
en cambio, hay que recordarles su deber, y hay
que ponerles ante los ojos entristecidos el ej_emplo de los mártires que han luchado por su misma
causa. La historia revolucionaria está llena de
nombres gloriosos. Precisamente hoy hace años
que en la ciudad de Chicago ...
Ibamos en un tranvía, y Orsini, que se había
entusiasmado á las primeras palabras, se olvidó
en seguida de los viajeros y habló con tanto énfasis como si estuviera en pleno mitin. Se daba
el caso, verdaderamente extraño, de que todos
los viajeros eran unos humoristas, y cuando Orsini cesó de hablar recibió una ovación estrepitosa. Uno de los compañ~ros de tranvía le dijo:
- Debía haberme apeado en la calle anterior,
y he permanecido aquí para oirle á usted; de modo
que me veré obligado á tomar otro tranvía. Reciba usted mi enhorabuena, y estímela usted en
todo lo que vale.
- Vale diez centavos - le contestó Orsini.
- Justamente.
- Pues por diez centavos no podría usted

comprar en ninguna tienda más ideas ni más frases. Yo soy un comerciante loco, y lo vendo todo
muy barato.
- No crea usted que estoy avergonzado me decía luego Orsini, ya en el tren-. Un orador
no debe elegir su público ni debe ir mirando, una
por una, las orejas que le han de escuchar. Un
orador que conociese á todos sus oyentes, un
orador para los amigos ó para la familia, sería
muy ridículo. Por lo demás, no puedo quejarme.
He tenido un éxito que ya lo quisiera usted en
Campana ...
Afortunadamente, en Campana sólo hablamos
con unos cuantos compañeros y con el jefe militar de la ciudad, el cual, en cuanto me vió, me
dijo:
- ¿Conque iban ustedes á aconsejar que terminase la huelga, eh? Pues ahora mismo se va usted á la cárcel.
Yo me disculpé con Basterra, que estaba á salvo de todo peligro, y conseguí suavizar un poco á
aquel hombre irascible. Me dejó en libertad, pero
de ninguna manera quiso autorizar el mitin.
- Perdonen ustedes - dijo - , pero estoy
muy escamado.
- ¿Qué dice ese besugo?- nos preguntaron
luego los huelguistas.
- Dice que está muy escamado ...
Orsini y yo llevamos un Mensaje de los huelguistas para la Sociedad de Estibadores de Buenos Aires.
La Sociedad de Estibadores se declaró en
huelga para secundará sus compañeros de Campana. Luego, y poco á poco, fueron declarándose
en huelga otra porción de gremios, adscritos todos á la Federación obrera. Me acuerdo del día
en que se declaró en huelga la Sociedad de cocheros. A la noche, y no sé con motivo de qué
fiesta, debía celebrarse el corso en Palermo.
Los cocheros se reunían aquella tarde para
dejar de ir al trabajo, y no habiendo coches, no

esos cochinos de burgueses. Lo que es esta noche se van á aburrir de lo lindo.
-Sí, sí.
-- Y esas burguesitas que estarán terminando de arreglarse ... sus maridos las encontrarán muy nerviosas por la noche ...
Aquella noche, en efecto, no hubo corso.
Basterra, yo y algunos camaradas nos permitirnos la voluptuosidad de pasear lentamente
por el centro de la avenida de Mayo y de la
calle Florida, en donde todas las noches, menos aquella, el movimiento de coches era incesante. A la noche siguiente, todos los delegados de todas las Sociedades obreras se reunieron en el teatro Iris para ir á la huelga general.
El teatro Iris está enclavado en la Boca, que es
un barrio obrero habitado casi todo él por italianos. Yo estuve allí con Basterra á primera hora, y
luego nos fuimos al Sportman.
- Me parece que esta noche no se declara la
huelga general - me dijo Basterra.
- Sí; parece que esos hombres no se van á
poner de acuerdo.
Nos habíamos puesto á pintar nuestros monos,
cuando se nos acercó un amigo que era redactor
de La Prensa.
- ¡Qué! ¿Hay huelga general?
- Por ahora no se sabe nada. Vuelva usted
por aquí dentro de un par de horas.
El amigo se fué, y Basterra me dijo:
- ¿Quiere usted que hagamos la huelga general?

los programas del Sportman, ninguna fué tan siniestra como aquella. Aquella costó mucho oro y
mucha sangre.
IV
La huelga general fué terrible. Imaginaos una
gran ciudad, una gran ciudad_ cosmopolita, _industrial y moderna; una gran cmdad cuyo cielo se
halla turbado constantemente por el humo~de las
fábricas y por la voz de las sirenas que anuncian
á los buques entrantes ó que llaman al trabajo á
los obreros; una gran ciudad circundada de mástiles y de chimeneas; una gran ciudad, en fin, que
es como una gran máquina funcionando al agua y
al fuego; como una gran máquina compuesta_ de
muchas máquinas pequeñas y en donde todo gira,
todo chirría, todo palpita y se estremece sin cesar.

�Imaginaos esta gran ciudad como esta gran má- preciable espectáculo! Una revolución es siempre
quina, y acosttJ.mbrados al movimiento y al ruido, una obra de arte. Ningún artista ha podido imagi~ed que, de pronto, la máquina se para en seco. nar jamás una tragedia comparable á la RevoluTal sucedió en Buenos Aires. No rodaba un coche, ción francesa. Cada uno de aquellos anónimos reno giraba una grúa, no gemía el pito de una fábri- volucionarios, exaltados por el ambiente de terror
ca; las altas chimeneas se elevaban al cielo rígidas y de heroísmo que le rodeaba, era un artista de
y siniestras; arriba no había humo y abajo no ha- su propia vida y era un artista superior á los trábía brasa. Y el alma misma de la población, el _gicos griegos. La sociología puede ser antiartística
alma inquieta, nerviosa y alegre del monstruo, se mientras se desarrolla en libros, en discursos y en
llenó de frío y de espanto.
estatutos de Sociedades obreras; pero cuando se
El segundo día de la huelga iba yo del brazo lanza á la calle, ya es otra cosa. La sangre lo encon un camarada por una de las calles más céntri- noblece todo, y en la huelga general de Buenos
cas, cuando acertamos á pasar junto á dos gordos Aires no se echó de menos este gran elemento liburgueses de chistera y levita. En aquel momen- terario. Enardecido por él, yo confeccionaba mis
to, uno de ellos le decía al otro:
proclamas y yo mismo las pegaba y las repartía,
- Esto se va poniendo muy serio.
esquivando las miradas de la autoridad. Aquel
Y, ciertamente, aquello se iba poniendo muy entusiasmo sería ridículo en cualquier otra cirserio. Había m1a fábrica en donde, á pesar de la cunstancia, pero allí no.
huelga, unos obreros estaban trabajando. Se enteCreo que fué el segundo día de la huelga. Basró un grupo de muchachas tejedoras y se fué allí. terra y yo estábamos en el Sportman, cuando se
- ¿No tenéis vergüenza?- les dijeron-. ¿Se- nos acercó un compañero periodista, muy estimaréis cobardes cuando nosotras somos valientes?
do en Buenos Aires: Florencia Sánchez. Este comLos huelguistas mataron é hirieron á una por- pañero nos comunicó que el Congreso, reunido en
ción &lt;le esquzrols. Muchos policías fueron también sesión extraordinaria, acababa de votar la ley de
muertos y heridos. En el puerto, un oficial mandó residencia para expulsar á todos los extranjeros
á los soldados que disparasen sobre un grupo de peligrosos. Al mismo tiempo se había declarado el
propagandi~tas de la huelga, y los soldados se ne- estado de sitio en la capital.
garon á disparar. Indudablemente, aquello era
Basterra y yo echamos á andar por la calle de
serio .
Florida y torcimos por la de Corrientes. Al llegar
Yo me dedicaba á escribir manifiestos en un á la calle de Artes se nos ocurrió entrar en la Soestilo á lo Roque Barcia, según averigüé después, ciedad de cocheros, que hacía esquina á las dos
cuando conocí á este escritor. Aquellos manifies- calles. Yo conocía mucho aquel local porque en él
tos tenían por objeto enardecer el espíritu de la habían estado instaladas antes las oficinas de El
multitud, y yo mismo iba adquiriendo cierto ardor Curreo de España, periódico del que yo fuí redacbélico á medida que los escribía. Seguramente, no tor. Entramos y nos encontramos á unos cuantos
faltarán amigos que me desprecien al saber que compañeros que hablaban muy animados.
yo he cultivado ese género de lit&lt;'ratura. Sin em- Se ha votado la ley de residencia y se ha
bargo, cada una de aquellas páginas, que se im- declarado el estado de sitio; de manera, que nos
primían en hojas sueltas y que se fijaban clandes- cogerán en seguida y nos echarán.
tinamente en las paredes de los edificios, tenía
Nos pusimos á charlar y, cuando quisimos samás emoción y más intensidad que muchas cosas lir, un compañero nos advirtió que la policía roque he escrito después con arreglo á otros trata- deaba la casa. Estábamos bloqueados. Entonces
dos de estética. Yo no me avergüenzo de haber hicimos subir café y nos decidimos á pasar allí la
escrito aquellos manifiestos, y hasta me gustaría noche. Por la mañana, y aprovechando un descuitener aquí alguno para reproducirlo en estas pá- do de los pesqttisas, salimos. Subimos por Corrienginas. Hay quien opina que en arte únicamente se tes y, al llegar á una calle transversal donde vivía
debe hablar de las rosas; pero las rosas, que siem- Basterra, vimos á un hombre que se había dormipre son poéticas, no son oportunas en toda oca- do en pie, arrimado á una esquina. Este hombre
sión. Yo no acierto á acatar esos dogmas en vir- se despertó violentamente y pareció desconcertud de los cuales se pretende reglamentar el sen- tarse. Continuamos andando y observamos que
timiento. Esos dogmas son así: «Cuando un artista nos seguía. Ya en la calle del Callao acordamos
se halle en presencia de un jardín, de un cre- dividirnos en varios grupos. Basterra y yo, que
púsculo ó de un paisaje, contrae la obligación in- formábamos uno de ellos, tomamos un tranvía, y
quebrantable de enternecerse. En cambio, le que- el hombre extraño nos siguió. Ya no nos cupo
da terminantemente prohibido el derecho de emo· duda de que era policía. Nos bajamos sin avisar, y
ción ante el mendigo que le pida una limosna, y el policía se bajó también. Por último, después de
ante todo lo demás. , Yo soy un cismático de este haber tomado tres ó cuatro tranvías, conseguimos
dogma, y muchas veces, cuando el mendigo que extraviarlo. F;itonces, Basterra me dijo:
se me acerca es más pobre que yo, le doy una li- Yo me voy esta misma tarde á Montevideo.
mosna: una perra chica ó una perra gorda, con la Yo tengo familia y no puedo abandonarla. En Moncual, dicho sea de paso, no pretendo comprar una tevideo veré el giro que toman las cosas, y ya de-habitación en el cielo, cuyos alquileres supongo cidiré.
que no serán tan baratos.
Nos metimos en un coche de los que utilizaEn cuanto al acto de una huelga como la de ban los huelguistas para vigilar la huelga, y nos
Buenos Aires, si alguno me dice que fué un des- fuimos otra vez á la Sociedad de cocheros. Cuanpreciable espectáculo, yo le contestaré que no do quisimos salir había un policía en la esquina.
opinaría de igual manera si hubiera sido, á la sa- Basterra llamó á tres camaradas, y les dijo:
zón, dueño de una fábrica en aquella ciudad. ¡Des- Se puede hacer una cosa. Vosotros bajáis y

rodeáis al policía de tal modo que, para perseguir- después de cenar, yo le acompañé. Ya á la puerta,
nos tenga que abrirse paso por el medio. Proba- me dije:
«Si me voy á mi casa me van á detener. Lo meble:Oente no se atreverá, y si se atreve, no le
jor es que me quede á dormir aquí.&gt;
dejáis.
Y me quedé á dormir en casa de Orsini.
Los camaradas bajaron. A poco uno, que obAquello fué una estupidez, de la que no me
servaba la escena desde un balcón, nos dijo:
arrepiento. Si la policía vigilaba mi casa, porque
- Podéis marcharos.
había en ella un anarquista, mncho más debía vi- ¿Qué ha ocurrid~?
.
- ¡Qué iba á ocurnr! ¡Que el pesqmsa ha to- gilar la de Orsini, que era una madriguera.
Por la mañana salí á la calle, y no habría anmado el primer tranvía!
.
Nos fuimos á una taberna, almorzamos y pedi- dado aún cincuenta pasos cuando se me acercó
mos café. Luego nos marchamos á la dársena. un policía y me detuvo. Echamos á andar hacia la
Basterra quería á toda costa que yo me fuese con Delegación, y al cabo de un rato noté que una
mujer muy hermosa me seguía, y que en aquel
él á Montevideo, pero yo me negaba.
momento me saludaba con la mirada. Era la com- Le mandarán á usted á España...
- Pues me harán un favor. Precisamente yo pañera de un anarquista que se llamaba Tulio y
que vivía en casa de Orsini. Cuando llegué á la
quería irme y no podía.
Me despedí de Basterra y le di un gran abra- Comisaría volví la cabeza y la saludé.
El policía me condujo á una sala, en donde
zo. Basterra fué en Buenos Aires mi primero y mi
último amigo. Hacíamos una vida ~asi común. unos señores escribían y tomaban mate.
- Este, detenido- dijo.-Viene por orden del
Cuando le dejé, yo me puse muy tnste, porque
jefe
de policía.
comprendí que á aquel amigo fraternal, á aquel
Aquellos señores me examinaron minuciosacompañero de las pequeñas miserias y de las pequeñas opulencias, á aquel hermano de ensueños mente.
- Usted, ¿por qué viene?
y de esperanzas, yo no le volvería á ver nunca . ..
- No lo sé.
La autoridad había prohibido toda clase de re- ¿A usted no le gustará irá un calabozo?
uniones obreras, y La Prensa les había ofrecido
-No.
un gran hall á los huelguistas. Al dejará Basterra,
- Pues quédese usted aquí. ¿Quiere usted
yo me fuí á La Prensa, donde había un. rniti_n á la
sazón. Allí me encontré con Oreste R1ston que, mate?
- No. Muchas gracias.
según supe luego, no pudo salir de La Prensa e.n
- Usted se lo pierde.
diez días. Conversé un rato con él y con otros caPasaron dos horas mortales. De pronto metramaradas, y al anochecer me dirigí á El Sol.
&lt;El Sol al anochecer? Sí, señ?X:e~: El Sol. El S~l jeron un paquete.
- ¡Vaya unas amigas bonitas que tiene usted!...
era una revista anarquista que dmg1a Alberto Gh1Yo me puse á presumir un poco, y mientras
raldo. Las oficinas estaban en la calle de San Martín. Se bajaban unas escaleras y, ya en el sótano, tomaba el paquete hice «¡pschsl&gt;, como si eso de
se llegaba á un cuartucho lóbrego, húmedo y frío. las mujeres bonitas fuese para mí una cosa coAquello era El Sol. El Sol no tenía puerta, ignoro rriente. El paquete contenía los siguientes objetos
si por la falta de dinero ó si por las convicciones nutritivos, á la par que sentimentales:
Un panecilo,
anarquistas de Ghiraldo; de modo que allí llegaba
U na tortilla y
uno, entraba y, si era gimnasta, podía sentarse en
Un bistek.
una silla, donde yo no pude contar nunca más de
Y o me lo comí todo, pensando con ternura en
tres pies. Arrimadas á las paredes había grandes
pilas de números atrasados, de folletos y de obras la solicitud de aquella buena y bella mujer, de la
de Gbiraldo. Aquellas pilas eran otros tantos asien- que me despedí, no para entrar en la Comisarí~,
tos. Todas las noches, á primera hora, se bacía una sino para entrar en otro continente. Estaba ya ditertulia en El Sol, y los asistentes se instalaban giriendo cuando llegó el comisario.
- ¿Qué quiere usted?
respetuosamente sobre aquellos duros volúmenes
- Yo, nada.
de filosofía revolucionaria. La luz de El Sol era
- El señor - dijo uno de los escribientes una vela, que le daba á la asamblea todo el carácviene detenido.
ter de un agua-fuerte de Rembrandt.
,
- Detenido, ¿por qué?
Desde el primer día de la huelga, El Sol hab1a
- No sabemos. Viene á la disposición del jefe
comenzado á publicar un suplemento diario. Cuan.
..
.
do yo llegué me e ncontré allí á Ros, el tesorero de de policía.
- Siempre será un anarquista- d1Jo el comila Sociedad de Estibadores, que estaba buscado
por todo Buenos Aires; á Ghiraldo, á un chico es- sario.
- No sé si lo seré siempre. Por ahora, sí.
cultor que se llamaba Castro , y á Florencia Sán- Pues le exportarán á usted en seguida, amichez. Florencia Sánchez ignoraba que un periodista no debe manejar la tinta como un tintorero. go. No van á quedar en Buenos Aires ni los rabos
Muy ocupado en hacer el suplemento, se había de todos ustedes.
Al anochecer me sacaron de la Comisaría y me
arremangado los brazos y los presentaba de tal
suerte bañados en tinta, que á uno se le ocurría metieron en un coche de presos. El c)che ectió á
pensar cómo se las habría arreglado para pintarse rodar estrepitosamente. Llegamos al departamento de policía, me tomaron el nombre y me condude un modo tan difícil y tan perfecto.
Estuve un gran rato en El Sol, y á las nueve jeron á un sitio que habían habilitado para lo_s
de la noche me fuí á cenar con Castro á un restau- anarquistas detenidos en virtud de la lq de resirant contiguo. Castro vivía en casa de Orsini; y dencia.

�ta, leguleyo y ju~aizante, el mismo que se había
ca1do des~le su tnbuna en el párrafo más elocuente ~le un discurso; allí estaba Querchussoff el ruso
y _Stenley, el alemán, y Stefferson, el yanqui. Allí
esta~an t~idos, ª!egres, joviales y dicharacheros.
\ o fu1 abrazandolos uno á uno, como si me los
enco~1trase después de una larga ausencia. C
d
terminé esta difícil labor, me asediaron tªpn ~

~n~:

V
- ¡Es Camba!
- ¡Viva! ¡\'iva!
- illol~, che! Te estábamos esperando.
- Aqu1_s~ está muy bien. Es lo mismo que la
casa de Ors101.
Yo me iba_mara~illando poco á poco. ,\llí estaban _todos mis an11gos ele toda mi vida en Buenos 1~ 1res. ,\llí estaba :\Iuntesano, el profesor ,·e~etanan? que sólo _comía hierbas y qur, aunque
~ra débil y enferm1_zo como una criatura, decía:
Todo el que practica el sistema vegetariano se
ponr sano y fuerte.• Allí estaba ::\lattey el que
co~ .:\falatesta había hecho en BL1enos ,\ires las
primeras propaga~das anarquistas, y sobre cuya
enorme cabeza afeitada había gravitado el peso de
un-:t condena á muerte; allí estaba Troitiño recién
salido de la peniten,ciaría por supuesto ho:nicidio
de tres csqwrols; alb estaba Locascio, el anarquis-

•

re

- Y á ti, ¿dónde te han cogido?
- Oye, ¿sabes algo de Fulano?
- ¿Traes Et Sol?
- ¡Cuenta, cuenta!
Frecuentemente, los oyentes me interrumpían
el relato con el secreto desionio de convertirse á
su vez, en narradores.
"
•
- Pues _á mí me cogieron en ...
- Lo n11~mo me h~ pasado á mí; pero yo ...
Aqu~llas 1'.1t~rrupc1one_s me indignaban.
- S! se~1~ interrumpiendo, me callo.
- No, no. fe escuchamos.
Yo conté mi pequeña historia, y cada uno me
c~ntó la suya. _El primero en contar, después de
mr, fué Locasc10.
- yerás. Llegaro~ los policías, y como mi
companera es muy valiente ...
A ~edida que habían ido entrando los presos
Loeasc10 les h~bía ido diciendo lo mismo:
'
- Como m1 compañera es muy valiente
Y en seguida que entraba un nuevo det~~ido
se llamaba á Locaseio:
.- - Üfe, cuéntale á este lo de tu compañera.
Ls muy mteresante.
. - N'o es que sea interesante - decía Locasc10 -. L_o que pasa es que, como mi compañera es
muy valiente . ..
Este Locascio era un hombre sublime y ridículo con su levita impecable, su barba asiria y su
larga melena. Cuando yo lle~é disponía de tres
colchones, que había recibido por distintos conductos, Y me ofreció uno. En aquel colchón dormi
tres noches. La primera noche, las ventanas de
nuestro departamento estaban cerradas con grandes barras de hierro, y, además, en cada una de
&lt;'_llas había un soldado con la bayoneta calad·
l~stas precauciones eran altamente humanitaria~·
ya_ &lt;!u? no trataban de impedir la evasión, sino el
smcicho, puesto que, si ~lguno se tiraba por una
'entana, todo su porve111r consistía en estrellarse
con~ra las losas del_ patio. Expusimos esta obser'\~c1ón ante un oficial, y al día siguiente ya no temamos centinelas. En cuanto á la prisión fué corta Y a~radable. Había allí tipos muy curidsos y escenas mteresantísimas. :\le acuerdo ahora de un
pobre hombre que había inventado un aparato
para r~solver el problema del movimiento conti•~uo. ha u1! aparato digno de Silvestre l'aradox.
Se compoma de un cajón lleno de a,.,ua y de una
rueda con_ muchos Call{!ilones. La ;'ueda giraba;
u~10~ cangilones se llen_aban de agua, y en el mo'\ lmiento ~e la rueda, iban á vaciarse dentro de
ot_ros cangll~nes, lo cual debía producir el movin11ento continuo del armatoste. La policía había
toma~o aquello por una cosa explosiva y había
clct~mdo al ~utor. Este autor se creía una especie de Galileo, víctima de la injusticia de los
l~ombres, Y á la vez que se quejaba de sus vicisitudes, decfa: •E pur si 1m1ovc.• Quería decir

que, á pesar de todo, su rueda se moyía. Fre- das las cosas según la más pura filosofía anarquiscuentemente se enfadaba con nosotros, y excla- ta, pust• una de sus enormes manos sobre el hombro del ladrón.
maba:
- Amigo mío - le dijo - , su profesión
- Yo no tengo nada que ver con ustedes. Yo
ele usted me parece muy útil, y, seguramente,
soy un hombre de ciencia...
También estaba detenido un andaluz que se usted estará conforme conmigo en este punto
dedicaba á la fabricación de pasteles en un pue- de mi teoría. Donde hay hombres que guardan,
son de menester hombres que roben. De este
blo de la provincia. Era un tipo notable.
- ¿Por qué ha venido usted á Buenos Aires&gt;- modo el dinero circula y la propiedad se modifica .
El pohre ladrón estaba asombrado. Poco á
se le decía.
poco
fué tomando confianza con nosotros, y cuanY él contestaba:
- Pues verá usted. :\[e enteré de que uste- do en algún grupo se hablaba contra la propiedad,
des estaban haciendo la revolución, y me dije: al ladrón no se le ocurría nada que oponer á aque, Yo no abandono á mis hermanos.• Dejé los pas- llos argumentos.
- Eso es lo que digo yo - exclamaba -. ¡Si
teles y tomé el tren.
yo
pienso
lo mismo que ustedes! ...
- ¿Y cómo le detuvieron á usted?
- Xo lo crea usted - le dijo una vez Steffer- Pues Yerá usted. Estaba yo en la calle de
son - . Usted
Ribadayia y vi
destruye la proá unos soldados
piedad ajena
que se metían
para construir
con los obreros.
la propia. Xo
Los obreros son
hay nadie más
mis hermanos.
partidario de la
Yo, al principio,
propiedad que
me callé; pero
un ladrón.
yo soy andaluz,
Las horas se
y ele pronto me
pasaban
alegreempezó á hermente en la pri' ir la sangre ansión. Casi todos
daluza en las
estaban contenyenas. Entontos. Orbietto,
ces les dije á los
un italiano que
soldados: • \'os
había arribado
otros sois los
en
su juventud
siervos del caá las márgepital.• Y me denes del Plata
tuvieron.
para arreglar
Otro de los
un asunto de
de-tenidos ni era
ocho días y que,
anarquista,ni se
á los cincuenta
había declarado
años, no había
en huelga, ni sipodido aún requi cra estaba
gresar
á su adoloco. Todo su
delito consistía en tener una mujer bonita. Un co- rada Italia, se pasaba el tiempo cantando.
- Ancora - nos decía - io me vado á manmisario se había enamorado de ella, y para verse
libre del marido lo detuvo como anarquista, influ- ghiare la polenta...
No faltaba, sin embargo, el acerbo sentimenyendo á fin de que lo expulsaran.
También habían puesto con nosotros {1 un la- tal. El padre de l\fontesano, al verá su hijo detedrón. Como nadie sabía quién era, se le llegó á to- nido, se puso tan malo que se murió. Montesano
mar por un espía y estu,·o á punto de ser muerto recibió la noticia en la prisión, y sus ojos miopes
á puñetazos. Después de una conferencia privada se arrasaron de lágrimas detrás de los lentes ...
Hablábamos acerca de nuestro porvenir, y cada
entre los más juiciosos de la prisión, se le llamó y
uno elegía el sitio de la tierra adonde quería irse.
se le dijeron estas frases cariñosas:
- Oiga, ché. Xo le va á quedará usted ni un Una tarde nos llamaron uno á uno y nos llevaron
á la oficina antropométrica. Allí nos desnudaron,
hueso sano. Usted es un espía.
Entonces el hombre, temblando de miedo, bal- nos retrataron y nos filiaron minuciosamente. :'\os
hicieron embadurnar las manos en una tinta muy
buceó:
- Están ustedes engañados. Yo no soy un es- espesa, y luego nos calcaron las yemas de los depía, se lo juro á ustedes. Yo soy un senidor de dos sobre una hoja de papel blanco. Otro día nos
llevaron ante el jefe de policía, el cual nos preustedes. Soy ladrón ...
. - ¡Ah! ¿Es usted ladrón? -gritó alegremente guntó adónde queríamos ir.
- Yo - dije - quiero irme á Barcelona.
Stenley - . ¡Tanto gusto! Si quiere usted trabajar,
Y otros nueve dijeron lo mismo.
• hí tiene usted tarea. ¿Se dedica usted á los colLo que más nos inquietaba era el no tener nochones, ó prefiere usted los r('lojes? Mejor será el
servicio completo: un reloj para saber la hora de ticias de la huelga. Sabíamos que la huelga continuaba, pero ignorábamos su marcha. Xi los soldormir y un colchón para acostarse.
dados
ni los oficiales querían decirnos una palabra.
Entonces Querchussoff, que interpretaba to-

�~b·Qué pasará? ¿Qué no pasará? .\quclla incertidumre era espantosa.
Una tarde habíamos hecho alfombra de nuestros colchones y,sentados á la turca, nos habíamos
resto á fu°'.ar y á charlar. Las pipas humeaban
anzando hacia el techo volutas azules que e
1
~rado de nuestro espíritu, se nos aparecí~n
adas d~ bellas visiones. Se contaban anécdotas
la so~risa florecía en todos los labios mientras
as pup1~as se hallaban dormidas, quién sabe en
q_~é sueno _fastuoso y brillante. De pronto aparee, un oficial ante la puerta de nuestro de artamento Y comenzó á leer una lista.
p
-:- Que trai~an t?do lo que tengan ...
,l no de los mclmdos en la lista era yo que ne
te111~ nada._.. Abracé á mis amigos y ~e des~
ped1 p3:ra s1emp:e. El oficial nos hizo andar por
una sene de pasillos y nos llevó á otro departamento.
'
-:: :Mañana - nos dijo - saldrán ustedes para
E spana.
. Xos hicimos traer cena de la calle y cenamos
tristemente. Estábamos de sobremesa cuando
uno de los camaradas me dijo:
'
. - Oye, lamba. Yo quisiera pc-nsar una frase
celebre ...
- ¿Una frase célebre?
-:-- Sí. Una f:ase como la de Méndez-Xú11ez en
el C..1lla~,, por_ ejemplo, ú otra cosa parecida.
- No entiendo... ¿Para qué?
. - Pues, para cuando nos rnyamos á ir. La decm1&lt;1s desde el vapor. ..

~li-

r'

\'I
l'or la ma~ana muy temprano fué á despertarnos un oficial de policía Xos to ó 1
b e•
d'ó á
· ·
m os nomr :"'• nos i .. cada cual nuestro pasaje para Espana, y nos dijo:
- Y cngan llstedes.
Llegamos á la puerta y, por un rato estuvimos
contemplando la calle, el sol, el ciclo azul y las

muchachas bonitas. Un prisionero
de algunas horas se
entrega á la liberta? con igual alegria que un prisionero ?e muchos años. Nosotros hacía tres días que
no ve1amos nada de todo ac1uello" por fin lo . ,
mos t
,'
' , eiaen onces, aunque lo veíamos por última .
An_te la puerta del siniestro edificio había ci~e;~
carruajes. En cada un,, de ellos nos instalamos do
de nosotros con_ dos policías. En el mío me hicie~
rofin. la deferencia de ponerse un escribiente " el
o c1a.1
,
El coche comenzó á rodar y á poco entró
la_ Av~nida de ~la yo. Era esta '1a calle, más cé~~
tnca ) más bonita de Buenos Aires. Yo miraba los
~afés, donde tantas ve.ces ~1abía estado; los teatros,
onde tant? me babia divertido; las aceras por
?º.nde habta paseado tantas veces, y sentía' que
os recu~rdos brotaban de mi corazón á borbotones, ard1en tes y encendidos, como podría brotar un chorro ele sangre. Algo mío se quedaba ali'
y yo yolvía la cabeza para dirigirle una últim; !•
r~da. Ln que. SP quedaba allí era un trozo de~¡
'ida, el más mtenso seguramente y el más lle
de encantos.
no
~lientras tanto, el oficial que me acompañaba
hacia todo lo posible por serme agradable. Para
ser agradable hasta hablar, cuando se habla con
agr~do'. p~ro, cuan~o se dicen cosas faltas de ingemo ) clt oportumdacl, á medida que se habla
~·a aumentando el d_isgusto del que escucha. C~~
~alme~te, aquel ofi_c1al no poseía el arte dC' la con' ·';;'sac1ó~, y lo mejor que hubiese hecho hubiera
s! ~ cultl\ar el arte del silencio. Todo su afán cons1st!a en demostrarme que el anarquismo no tenía
r~zon de s~r en Buenos Aires. Aquel hombre habm descul_llerto en_ la Anarquía un nuevo carácter
~ue J?asó madYert1do para Kropotkine y para Bakounrne¿ d carácter local. El concebía el a a
.
mo
n rqms. en G e ta ~e, en \'a11ceas, en Ciempozuelos
y tal
\ cz en Cuenca; pero en Buenos Aires, no.

- Aquí - me decía - no puede haDer cues- dársena, y para evitar que, si adelgazábamos de
tión sncial, y si la ha habido hasta ahora, es por- pronto, pudiésemos fugarnos por allí, un soldado
que la han fomenta,fo ustedes, los extranjeros. se paseaba en la dársena, junto á la ventanilla, y
tenía el maiiser montado.
Por eso les echamos á ustedes.
Yo sentía cierta emoción. Aquellas precaucio- Sí, sí - le decía yo-. En cuanto salg~ el
nes me realzaban á mis propios ojos, haciéndome
,apor, se ,·a la Anarquía. Le han comprado ustecreer que yo era un hombre realmente peligroso
des un pasaje de tercera.
- Indudablemente. La Anarquía no tiene ra- y temible. Yo asistía á aqnella escena de mi vida
con la secreta vanidad de saber que se trataba de
zón de ser aquí. Aquí nu hay miseria.
una escena novelesca. Aquel momento era para mí
Entonces yo le señalé á un pordiosero que, con
l'I saco al hombro, acertó á pasar en aquel instan- un momento decisivo, v yo me daba muy claramente cuenta de ello. ;\li vida había tomado un camino.
te junto á nuestro coche:
En
él no abundaban ciertamente las legumbres,
- Perdone usted. La alforja de ese hombre no
pero había rosas 4ue yo cogía sin temor de&gt; las es\'a cargada de oro - le dije.
- ¡Claro! Como que ese hombre es un men- pinas y que yo deshojaba en un desvanecimiento
infantil de belleza y de perfume. De pronto, una
digo...
Aquel hombre era mendigo y el oficial era mano tiránica me i;olocaba ante otro camino. Y
tonto. Las tonterías florecian bajo su altivo bigote con los dedos ensangrentados por las últimas flocon una dignidad \'erdadcramente legal. Y, en res, yo echaba á andar sin rumbo y sin fin ... Una
nueva vida comenzaba para mí; una nueva vida
tanto, el coche rodaba, ráudo, ,·eloz.
Atravesamos la Plaza Victoria y llegamos al material y SC'ntimental, puesto que de la vida anpuerto. l;na pintoresca multitud ponía en las dár- terior, concluída apenas comenzada, no podría resenas notas alegres de color y de vida. Por allí ha- novar ni los intereses ni los afectos.
Estu,·imos en la enfermería, convertida en pribría muchos hombres que, al igual de nosotros,
sión, desde las diez de la mañana hasta las cuatro
irían á internarse en el horizonte ignorado del
ó cinco de la tarde. Aquella espera fué una espeOceano; pero aquellos hombres tenían un fin y
nosotros no; aquellos hombres se marchaban por ra histórica, y, sin embargo, yo no puedo fijar exacsu yo)untad y nosotros íbamos guiados por una tamente el número de horas que duró. Lo que sí
recuerdo es que pasamos un hambre horrible. Havoluntad ajena y tiránica. En las noches de tempestad, cuando el furor de la ola hiciese crujir el bíamos cenado el día anterior á las ocho de la noche, y hacia las dos de la tarde comenzó á invacasco de nuestro buque, ellos podrían ver, como
dirnos un apetito que bien merece pasar á la hisuna estrella, la luz del hogar lejano en donde, al
toria. El lector sabrá perdonarme esta pequeña
final de las borrascas, encontrarían paz y reposo.
digresión
de carácter gástrico. Los héroes necesiPara nosotros, en cambio, no habría paz ni porvetan
comer
como los demás mortales, y cuando se
nir y, después de la tempestad, nuestro destino
les retrasa el almuerzo, les duele el estómago. En
seguiría siendo un enigma inquieto y amenazador.
cuanto á los centinelas, consignaré que el apetito
Entre aquella multitud, los emi~rantes tenían amilos humanizó algún tanto; y que como el apetito
gos que les despedían. N"uestros amigos se quedaera común para ellos y para nosotros, comenzaron
ban presos para marchar, como nosotros, hacia
á identificarse con sus prisioneros y á participar de
una ventura forzosa, y los que, por acaso, estuvienuestro odio hacia los que nos mantenían en prisen libres, se comprometerían seriamente diciénsión. Yo les hice algunas consideraciones en este
donos adiós.
Ibamns ya por las dársenas, cuando yo yi á un sentido, y les dije:
- Ustedes se creen que nosotros estamos prehombre corriendo hacia nosotros:
sos y que ustedes no, pero ustedes están tan pre- ¡Paraos! ¡Paraos! ...
\ o no podía parar. El hombre seguía corrien- sos como nosotros. La prueba es que ustedes no
pueden irse. Para que les pongan á ustedes en lido), por fin, nos alcanzó. Era un compañero. Anbertad, es preciso que nos pongan en libertad á
dando á la par del coche, nos dijo:
nosotros. En realidad, ustedes dependen de nos, - ;Tened cuidado'. Esto está lleno de poliotros mucho más que nosotros de ustedes.
c1as ...
La conversación se hizo general entre nosotros
Inmediatamente se dió cuenta de todo, comy los centinelas. Generalizado el apetito se geneprendió que había cometido una indiscreción y se
ralizó la charla que, á pesar de la solemnidad del
fué. Llegamos al sitio en donde estaba el buque,
momento, se había limitado á un solo tema, nada
Y el coche se detuni. Poro á poco fuimos entranfilosófico ciertamente: la comida. Yo me a,·ergüendo los diez expulsados. l' n jefe de policía anotaba
zo de aquel hambre terrible que llenó de pensanuestros nombres y nos entregaba á un soldado,
mientos Yulgares las horas más épicas de mi exisel cual, por una serie de escaleras y ele pasillos,
tencia. ¡\ pesar de mis lecturas, no recuerdo á ninnos_ conducía hasta la enfermería. Cuando ya esgún héroe que haya sentido en una forma tan imtuy1mos todos allí se nos registró por centésima
periosa el deseo ele comer, y esta reflexión aumen\ ez desde que habíamos sido detenidos. Se puso
con nosotros á cuatro centinelas armados de fusil ta mi desconsuelo.
l'or fin, á eso de las tres ó las cuatro, se oyó
Y de bayoneta calada y se cerraron fuertemente
un chirriar de goznes y se sintieron unas pisadas
todas las puertas que, hasta la cubierta del buque,
fuertes, como de un hombre que ,·a cargado. Se
eran lo menos seis. Pero aun no he enumerado toabrió la puerta ele la enfermería, v, ante nuestros
das las precauciones. En la enfermería había una
ojos anhelantes, compareció un rnarino con una
de esas Yentanillas redondas que hay en el casco
cazuela y sus accesorios.
de los buques y por las que, dilicilmente, cabe la enorme
Carezco de palabras para describir nuestra alecabeza de un hombre. Esta yentanilla daba á la

�íbamos á hendir ni la línea baja del cielo que iba
á elevarse ante nosotros. Se nos había encerrado
y se nos llevaba por fuerza. ¿Adónde? ¿A qué?
Entonces uno de mis camaradas se levantó
p~ecipitadamente y metió su cabeza por la ventanilla. Sacó una voz enfática, y dijo:
. - Podéis ec~arnos á nosotros, pero nunca podéis echar de ah1 nuestras ideas ...
Aquel hombre era el que, la noche antes, me
había dicho que quería pensar una frase célebre.

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gría. Como aquel marino no ha habido otro
que haya tenido un recibimiento tan triunfal, una apoteosis tan grandiosa. La cazuela
contenía una sopa de macarrones abundante
y mala; pero después de tanto apetito no
era cosa de ponerle reparos.
Invitamos á los centine·as que, mucho más desgraciados que nosotros, no habían recibido comida
y que, ante nuestro ofrecimiento, acabaron de perder toda idea de esa dignidad inherente al principio de autoridad. Pero los centinelas eran víctimas
del infortunio. Recién comenzado el almuerzo recibieron orden de irse y nosotros nos quedamos
solos. Notamos gran estrépito sobre la cubierta
del buque. En seguida oímos que recogían el ancla.
El soldado que custodiaba la ventanilla desapareció, y lentamente, muy lentamente, el buque empezó á marchar.
Por fin nos íbamos. Buenos Aires se quedaba
allí, como es natural; pero en él se quedaba también algo nuestro, algo que, en el momento de
partir, nos dolía como si se nos desgarrase. Encerrados en nuestra prisión, no veíamos el mar que

VII
El viaje fué apacible, nostálgico y sentimental.
A poco de zarpar el buque se nos sacó de la enfermería, y nosotros fuimos todo el camino como otros
tantos pasajeros. Eramos libres. Si queríamos abandonar el buque, nadie nos impedía arrojarnos al
agua. Sólo en los puertos, que tanta alegría ofrecen al que, durante varios días, no ha tenido ante
sus ojos más que un mismo horizonte, se nos ponían vigilantes encargados de nuestra custodia.
Los hombres era;-i malos, pero los dioses fueron buenos, y ante la proa de nuestro buque iban
calmando los vientos y las aguas. De estar un poco
mejor instalados, el viaje hubiera sido delicioso;

pero el Gobierno argentino había considerado que,
dadas nuestras ideas, nos ofendería ir en primera
clase. Nuestros pasajes eran de tercera, y en la
proa del buque nos confundíamos con los bueyes
que iban á comerse los pasajeros de las clases superiores.
Yo me explico el que la gente se vaya á América en tercera clase, pero no el que vuelva en
ella. El que va en tercera clase lleva consigo la esperanza de un vellocino que no tardará en indemnizarle de todas sus desdichas; pero, el que vuelve
como se fué, es un fracasado. Nuestros compañeros de travesía eran gentes que habían tenido un
ideal hermoso y que volvían con una triste realidad. Desde lejos habían vislumbrado la gran ciudad transatlfotica en un miraje de oro y de púrpura; pero, á medida que fueron acercándose, la
ilusión se desvanedó, y entonces comprendieron
que toda aquella belleza era el producto fantástico de la lejanía.
Al medio día nos servían un rancho infecto, y
luego lo digeríamos á los acordes de un acordeón.
Había entre nosotros un buen hombre, que en
veinte años de lucha sólo había podido adquirir
un acordeón. Por las tardes, este hombre se sentaba en cuclillas sobre la cubierta y comenzaba á
tocar. Era una música triste. Las notas más alegres salían como sollozos de la vieja caja del acordeón. Yo he pensado que aquel acordeón tenía un
alma, un alma vulgar y agobiada como la nuestra,
y que aquella música tan lament;ible era el alma
del acordeón. A todos nos molestaba el horrible
instrumento y, sin embargo, hdcíamos corro en
torno del instrumentista y nos poníamos á oírlo.
¿No demuestra esto cierto parentesco espiritual
entre el acordeón y nosotros? En cuanto al propietario del acordeón, yo me figuro que, cuando
se muera, se morirá abrazado á él. Se oirá un solo
gemido y, si se acude prnnto, podrá advertirse
una débil vibración en el pecho del moribundo y
en la caja del instrumento: dos vibraciones acordes que formarán una sola queja...
Yo no tenía nada en que ocuparme, como no
fuese en soñar, que es, por cierto, una ocupación
bastante seria. Tendido panza arriba, en lo más
alto de la proa, me ponía durante largas horas á
mirar el cielo. Las puestas de sol eran hermsísi~as. Yo contemplaba toda aquella gloria con atención verdaderamente ref)orteril, y veía cómo la
alta inmensidad se iba poblando de estrellas. Esto
ocurría cuando me colocaba panza arriba. Otras
veces me instalaba panza abajo, con la cabeza fuera
de la toldilla, y entonces examin~ba el mar, que
también era inmenso y también azul. En las noches del trópico, llenas de sopor y de calma, el
mar también tenía estrellas. Yo las veía palpitar
en torno del buque, como flores de plata en un
manto obscuro. De día, la contemplación del mar
~e proporcionaba un grato espectáculo. Largas
hileras de golfines hacían regatas con el vapor. De
cuando e:i cuando, como en un alarde o-imnástico,
salían fuera de las aguas y hacían un pe~fecto salto
mortal. Luego tornaban á hundirse, y acomodaban
su velocidad á la velocidad del transatlántico.
Los pasajeros de tercera se divertían como
podían. Venía entre nosotros un pobre muchacho,
abogado y tonto, que era propietario de dos preciosos objetos: una capa y una hamaca. A primera

hora de la mañana se embozaba en la capa, se instalaba en la hamaca y se dedicaba á desdeñarnos.
¿Puede imaginarse cada más ridículo? Una capa y
una hamaca son dos objetos tan distintos, tan contradictorios, que únicamente se les concibe hermanados en la vanidad de un hombre. La capa es
para el frío y la hamaca es para el calor. La capa
es para el invierno y la hamaca es para el verano.
La capa es para andar, para pasearse, y la hamaca es un instrumento de pereza, para dormir y fantasear. Llegamos á la misma línea ecuatorial, que
nos fué indicada por un cañonazo. Pues, en la
misma línea ecuatorial, nuestro hombre estaba perfectamente embozado en su capa.
Una vez cosieron sigilosamente, y sin que su
propietario lo advirtiera, la capa á la hamaca. Llegó la hora del rancho, y el joven jurisconsulto quiso levantarse; pero aquel día la capa tenía un peso
mucho mayor que de ordinario. El abogado, por
no dejar la capa, dejó de comer.
Otro día, mientras echaba una siesta, le pintaron al abogado la cara con un corcho quemado.
La tripulación formó corro alrededor suyo y lo
despertó con su gritería. El abogado siguió despreciándonos. La gente se reía y, poco á poco, el
abogado se creyó en el caso de escamarse.
- No sé de qué se ríen ustedes ...
- Nos reímos de usted.
- ¿Es que tengo monos en la cara?
- Sí, señor.
Entonces el abogado corrió á mirarse en un espejo y se cercioró de que, efectivamente, tenía
monos en la cara. Se lavó, se embozó, se sentó y
nos despreció más profundamente que nunca.
Nosotros intimamos pronto con el resto de los
pasajeros. Por las noches nos poníamos al lado de
la cocina y nos constituíamos en mitin. Allí, Troitiño hacía largas disertaciones sobre temas de la
filosofía anarquista, y el joven de la frase célebre
adoptaba actitudes apostólicas.
U na mañana vimos una nube en el horizonte.
Un mismo grito salió de mil gargantas:
- ¡Tierra! ¡Tierra! ...
Ante los navegantes, las ciudades se aparecen
como nubes, y esta circunstancia constituye un
divino ptivilegio de belleza que los reyes no pueden otorgar á las poblaciones del interior. Había
un pasajero que tenía un catalejo, y el catalejo fué
pasando de mano en mano.
- Yo creo que no es tierra. Es una nube.
- Le digo á usted que es tierra.
Era tierra, en efecto. Era Santa Cruz de Tenerife. Serían á la sazón las nueve de la mañana y
hasta media tarde no llegamos al puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados á
la toldilla del buque, íbamos observando cómo se
concretaba poco á poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tornándose amarillento
y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En
cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de
esos prodigios que hacen los confiterns en lastar·
tas familiares y onomásticas. Permanecimos en el
puerto una~ cuantas horas. Infinidad de pequeñas
barquillas rodearon el buque des'le el primer momento, y los vendedores ofrecían á los tripulantes

�paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

�El [uBntoSBmanal
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡M.a drid

flDVERTENClfl
Por una ausencia inesperada d e nuestro colaborador artístico Medina Vera. no ha podido
ilustrar dicho artista el presente número. Como
cuando recibimos el anuncio de su viaje estaban
ya impresas las portadas, y en semanarios de tan
considerable tirada como EL CUENTO SEMANAL no
es posible improvisar un segundo tiraje, cosa que,
de ser factible, hubiPramos dispuesto sin reparar
en gastos, al anunciar al público que los dibujos
son de Lozano Sidro, esperamos que sabrá perdonarnos la errata.

AÑO I • 1.º Noviembre 1907 • N.º 44

Precios de suscripción:
l"\adrld y provincias: Trlme.si~e :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 peselas._.e,.ño 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelt.o:

La Semana

3Ü

C é n ti ffi OS

r.

Comedla. - La co
con que este teatro inauguró
el sábado la temporada, r
~~mogénea y ac.:ptable en conjunto, como
ro vaudevill.,sco
qu.:, al parecer, trata tMe
ar exclusivamente
este elegante coliseo.
!...J
,
La ZtZncadilla y El 111atrmffltl
'r,o, obras elegidas
para la prest!ntación d~ la compaílfA, olttuvi.:ron esm.:r•da
interpretación, mereciendo cilarse la Srta. Oria y los señores Calvo, Mendiguchía y Ramírez.
El público se vió gratamente sorprendido con la reforma, largo tit!mpo demandada en vant&gt;, de un café elegante,
confortable y ~en servido. Tirso Escud.:ro la ha realizado,
tomando por su cuenta d café del teatro de la Comdia, que
se ve concurridísimo, y que es hoy por hoy d cenáculo y
mentidero de la gente de letras.

Gra,n Teatro. - La compañía que dirige el aplaudido
actor Sr. Salvat - que, como de ello suponemos enterados á
nuestros rectores, hará una t.:mporada en dicho coliseo, ofreJCCC
CCIXi
ciendo al público arte bueno por un precio inverosímild.:butó el sábado con el vaudeville de Luis de Larra Jl,Iodtrnis11Ío, que no produjo frío ni calor al respetable.
Libros Revistas
, Modernismo es obra vaciada en antiguos moldes, y aunque á ratos hace reir, no ofrece ori¡:inalidad en las situacioGulgnol, por José Francés. - l\I. Pérez Villavicencio,
nes y tipos. El diálogo, chispeante é int.,ncionado, es lo meeditor, Madrid.
jor de la obra.
José Francés es uno de los escritores más notables de la
El Sr. Salvat füé bastante aplaudido por el público numeúluma g,meración. Entre su novela Abrazo mortal y los cinco
roso que ocupaba el teatro.
cu.,nios de su Gu'gn ol hay mucha distancia. De año en año
Zarzuela. - El éxito indiscutible de las obras estrenadas
este autor s" perfecciona; da á su sintaxis fl x:bili,lad eleen teatros de género chico en lo que va de temporada, es ingante, enriquece su léxico y depura la originalidad de sus
dudablemente para los Quintero. La patria chica gusta más
{ábulas,
Guig11ol e, un libro triste, intensamente triste, que derra- , cada noche, y es la obra que más llenos está proporcionanma por d espíritu del lector laxitud mortal. Esta emC'ción ' do á la empresa.
Esta procura dar variedad a1 cartel, intercalando obras
de melancolía persiste largo rato. Hemos leído la última pádel antiguo repertorio. Ullimamente se han representado en
~ina, y, sin motivo concreto, permanecemos absortos, desel precitado coliseo los Madgyares y una traducción de Paori.:ntados "º la rndancolía de que todo cuanto hagamos
gliacci al castellano.
por sustraernos al «dolor de vivir» es inútil. La juventud, las
ilusiones, l~s risa~, todo es efímero; en el «guignol» humano
Belava.-/ Anda la diosa/ Este es el título de la obra estre, ólo h•y u11a ,.,aJi&lt;tad: la muerte.
nada la semana anterior eo el llamado templo de la ~icalip0/rwdns dt v ida es un cuento inspirado por el pesimissis, y ésta la frase con que comentaba la g.:nte el abucheo
mo más d.:solador, pero hermosamente siniestro, con bellecon que fué acogida la obra. ¡ Anda la diosa!, que es un arreza punzant" inolvidable; U11a tardt fru,¡uita de Mayo•.. e-s
glo - desarreglo han dicho algnnos rotativos - de Orfeo m
una narración allamente poética, de dulzura inefable; en La
los infiernos, carece de muchas de las condiciones exigibles
ltyenda rota hay un breve soplo de salud y de vigor; en
á las obras de su género.
Cuando las hojas caen, suena p ia1tissimo la elegía de los amoEllo no obstante, sigue representándose, y como hay tires concluidos; en La fuente del mal, la duda triunfa, y ante
ples guapas, lujoso atrezzo, etc., etc.• el público se fija más
la esfinge que no habla, «Diódolo», el filósofo escéptico,
en los buenos palmitos que en los chistes trasnochados, y
«cruzado de brazos, sonríe».
váyase lo uno por lo otro.
El libro de Francés es bello, muy bello, pero malsano.
LaAlegre Trompetería continúa representándose con creDespués de leerlo, el escritor rompería su pluma; el pintor
ciente éxito.
colgaría su paleta; el industrial cerraría su fábrica; el labrador entregaría el surco á la cizaña.
¡Oh juve ntud! Tú que eres fuerza, esperanza, alegría, fe,
¿por qué te complaces en llamar al dolor? - E. Z.

·'

..

y

CHAMPAONE BINET
REIMS

Accediendo á reiteradas súplicas de nuestro• lectores y coleccionistas, hemos comenzado á reimprimir
los diez y ocho números agotados de BL CUBNTO SBM.ANAL.

B.ia edición, que en algunos números, como sucede
con los firmados por J. Octavlo Picón, J. Dicenta y algún
otro, es In euarta que de ellos hacemos, exige cuantiosos desembolsos á esta empresa. Ello no ob•tante, deseando corresponder al favor con que el público nos
distingue y honra, el precio de dichas nuevas ediciones
continuará siendo el de 30 céntimos ejemplar.

SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
VIVIR CON LA SALUD SUJETA Á LAS CONSTANTES MUDANZ._S DEL TIEMPO, ERA EL TRISTE DESTINO DE LOS
REUMÁTICOS MIENTRAS EL BÁLSAMO DE ORIVE FUÉ
DESCONO 'IDO DE LA HU\\ANIDAD. 2 PESF.TA&lt;: FRASCO

LA HABANERA, loyBrla y Platerla
Vende las cadenas de oro de ley con la garantía del contraste oficial, á menos de 4 pesetas el gramo. l\lontera, 31.

l"\IGUEL SAWÁ
(

r

r '

•. ~CGr·
t Z!

.

LA ·MUÑECA
QUELLA noche - como todas las noches el marqués de H ugo estaba completamel}.te borracho.
• ·
- Créame usted , amigo mío : d espués del
cham pagn e - ¡oh, yo e ntiendo mucho de estas
cosas! - , no hay nada mejor que el cognac; así
como, después de l cognac, no hay nad a mejor que
el champagne.
Hizo una pausa.
- No hablemos de mujeres. ¡ Mala peste en
ellas! Yo opino como Salomón: «Entre mil hombres, h ay uno bueno; entre tod as las mujeres del
mundo, no hay una bue na. »
Los ojos del marqués se iluminaron de repente con luz de fuego; luz de fuego instantánea
como la del relámpago, tan pronto encendida
como tan pronto apagada.
- ¡No, no hay una ouena! - gritó-. ¡Oh ,
las conozco muy bien ! Cincuenta y dos años
- ¡toda u na vida! - dedicado á estudiarlas ...
Sé mucho, por eso, d e psicología femenina. Como
Gcethe, yo he sometido á la investigación y al
análisis el alma de mis que ridas. Y '1.e llegado á
esta tremenda co nclusión: ¡ni u na b ue na!

A

~:)

: ,;!
1' '

ti':

;¡:!"!

..!

'

El marqués a puró d e un t rago su c:opa de
cognac, y re~itió iracundo :
')
- ¡Ni u na buena!
Y d espués de una larga pausa:
- Voy á contarle á usted, en apoyo de nii
tesis, la h istoria de mis amores con la Fanny
I-Iarrison, la célebre Fanny Harrison , qu e hizo
popular en todo el mundo su sobrenombre de
la llfuñeca. ¿Llegó usted á conocerla? Fué la
mejor mujer d e su tiempo, un encanto de criatura .. . Pero sin corazón, como todas: sin corazón.
Otra pausa.
- Sí. . . voy á contarle á usted ... Afortunadamente, estamos solos. Esta j uventud de ahora
es poco aficionada á trasnochar. ¡Si viera usted,
hace años, cómo estaba el Casino á eso de las
cuatro! ... Pero ya la gen te - repetir é la frase
de los viejos - no sabe d ivertirse.
Y n uevamente y fugazmente llamearon sus
pupilas con fulgor rojizo.
- Sí. . . voy á contarle á usted . . . ¡ Oh , es
una historia muy interesante ! IIoy me siento expansivo. Efectos del cognac. Con su permiso, voy

�á servirme otra copita. llay que acabar la botella. Luego nos dedicaremos al champagne.
Y apuró de un trago la copa.
- ¿Efectos del cognac ó mandatos imperativos
de la conciencia? ¡No lo sé! El hecho es que siento una i1J1periosa, una irresistible necesidad de hablar, de contarle á alguien ... ¡Oh, ya verá usted;
es una historia que µarece una novela! Escuche
usted. Y nada de interrupciones. ¡A interrumpir
al Congreso!
Y el marqués comenzó así su relato.

** *

-

- Sí que parecía una muñeca, una divina, una
adorable muñeca de carne... Sus ojos azules, de
extraña inmovilidad, eran como dos astros extáticos en el cielo de su cara; su boca, de labios sangrientos como los bordes de una herida, se prolongaba, se alargaba en una sonrisa, en una contracción banal; era su pelo de sol, partido en hebras doradas y fulgurantes; teñíanse sus mejillas
con la púrpura de las rosas... Una mmieca, una
divina, una adorable muñeca de carne...
Su cuerpo no, su cuerpo era exuberante de
sexo, de gracia femenina. ¡Ave, mujer!
Alta, delgada, el cuello ancho y largo, lleno de
vida, los senos pequeños pero audazmente erectiles, el vi'entre «como una taza &lt;le plata&gt;, que dijo
Salomón, los muslos fuertes, bien nutridos de carne, las piernas ligeras, ágiles, duras, como torneadas por un artífice.
Para completar este esbozo de retrato, debo
hablarle á usted de las manos de la Muit, ca - largas, finas, transparentes, suaves, acariciadoras,
casi inmateriales - y de sus pies, invisibles por
lo pequeños, que había que descubrirlos con el telescopio como á los astros, pies especiales de bailarina, hechos para posar sólo en el espacio.
¡Oh!, había que verla cuando se presentaba en
escena de muñeca, vestida, muy ligeramente vestida, de sedas y encajes, suelta y desparramada
sobre la espalda la cabellera áurea, el seno desnudo, las piernas y los brazos al aire...
Un foco de luz, que iba gradualmente cambiando de color, la iluminaba con todos los esplendores del iris, en una constante apoteo,is.
La J,[uñ, ca paseaba por la escena, andando á
saltitos como los pájaros, y sonriendo siempre, con
su sonrisa banal y acariciadora.
La orquesta acompañaba sus pasos con los sones alegres de un vals de Strauss, y ella miraba
fija y distraídamente al público con sus ojos extáticos, llenos de misterio ...
Fanny cantaba luego, con su ligera vocecita
de niña, una canción inocente como una égloga, y
que, sin embar~o, entusiasmaba á aquel público
canalla, titulada la A/u,zeca en el bosque.
Quiero contarle á usted la historia de mis amores con Fanny sin omitir el más mínimo detalle. Todo lo pequeño puede ser grande, y viceversa.
Asunto de La !,f11iicca en el bosque.
Pues señor, érase que se era una chiquilla que
despertaba todas las mañanas con el sol, y á hurto
de sus padres, se escapaba al campo para andar

descalza p.:,r entre las hierbas, húmedas de fresco
rocío.
Y Fanny se quitaba sus zapatitos de raso, mostrando al público la monería de sus pies desnudos - dos preciosos juguetitos de carne blanca y
rosada, del tamaño de un beso-, y corría loca por
la escena, riendo á carcajadas.
Luego venía la madre y castigaba á la niña con
sendos golpes. La "Jfitñt'ca lloraba á gritos, y con
sublime impudor mostraba al público las partes de
su cuerpo maltratadas por su madre.
Después de La !,/wieca en el bosque, Fanny repre~entaba un drama mímico, digno por su asunto
de Merimée, titulado EJ cuchilla y la rosa.
El bandido Alejandro, merodeando en el bosque, encuentra á la bella Dorotea, que ha ido á
contarle á la Luna, la eterna confidente de todos
los enamorados, sus cuitas de amor.
El bandolero admira codicioso las ricas joyas
con que se adorna la desesperada, y enarbolando
su cuchillo, se dirige á ella, decidido á ase~inarla.
Dorotea entonces comienza á bailar una danza
voluptuosa que enloquece de deseos al miserable-. «¡Tu amor!&gt; - grita frenético. Ella sonríe
y le ofrece el ramo de rosas que florece en lo alto
de sn corpiño-. ,¡Ven!&gt;
El bandido, después de besarla, enamorado, en
la boca, la entrega su cuchillo-. «11.átame, si no
has de quererme.&gt; Dorotea coge el arma en sus
manos, juguetea con ella, y de pronto se la clava
al bandido en el corazón.
Alejandro muere. La Luna se torna roja. Y
Dorotea llora, arrepentida de su crimen.
Había que ver á la Muñeca bailar la danza que
enloqueciera al bandido Alejandro.
Era la bacante ebria del vino nuevo y del amor
nuevo, excitando al pecado con la actitud, el gesto y el movimiento, convulsionada y frenética.
Pero lo más interesante de la !,fmieca en aquellos momentos eran sus piernas, flexibles y nerviosas como las de un potro árabe, sus piernas
«inteligentes&gt;, poseídas por el vértigo de la danza, que parecían grahar en el espacio signos y palabras misteriosas, sólo comprensibles para los iniciados en la alta hermanéutica del divino artP de
Terpsícore.

* **
- Todas las noches, al comenzar el espectáculo, ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando impaciente que se alzara el telón
para gozar una vez más de la presencia de la
1,/mkca.
Era una especie de sugestión hipnótica la que
aquella mujer ejercía sobre mí. Mis sentidos adquirían al verla mayor sensibilidad, mayor potencia.
Al aparecer en las tablas, mis ojos, fascinados,
ya no podían dejar de mirarla; y mi nariz se rlilataba, como la de un animal en celo, para aspirarla
mejor, para gustar mejor el perfume de mujer que
transcendía de su cuerpo.
Todas las noches, al salir á escena, Fanny me
miraba fijamente, con sus ojos extáticos, y prolongaba la sonrisa banal de su boca sangrienta.

\'o temblaba al
\'et la, cumo :í la presencia de un peligro,
presa de extraño
m a I estar físico, y
contestab:i, pálido de
emoción, con una leYe sonrisa :'t su oonrisa acariciadora.
Después parecía
ol\'idarse de mí y ya
no me miraba ni me
sonreía en toda la
noche. Esta actitud
de estudiado desdén
me irritab:i, mecxaspcrab:i hasta la locura.
Algunas veces;
para llamar su atención, la interrumpía,
aplaudiéndola, en el
comienzo de uno de
sus co11plcts.
Ella seguía cant~nclo impá\'ida, sin
dignarse volver :í
fijar en mí sus ojos
de misterio.
Y todas las nochc:s me marchaba
del teatro desesperado, jurando no ,·olver, y maldiciendo
del amor y de las
mujeres.
·Pero á la noche
siguiente ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando, impaciente,
que se alz:ira el telón para goz:ir una vez más de la presencia de
b 1lfo1,ccrr.
Estab:i perdido de amor por aquella mujer.

*

* *
LleJué ú ser un «habitual, del teatrucho donde s~ e_xl~ibía Fanny.
l~l umco_ acon_10dador del coliseo, antiguo bastrn~ero! ya hcenctado por sus años de no sé qué
bailes tnmundos, me saludaba todas las noches á
su modo, _encasquetándose la gorra, y me preguntaba sonriendo:
- ¿_I;a butac~ de siempre?
- S,, la de siempre.
d' Ta_?1 bién la. florista - una arrapieza como de
. 1~2 anos,de OJOS pen·ersos y hablar desvérgonza ~ - me trataba como, á antiguo conocido y
,·cni~ en todos los entreactos á ofrecermé su ~anaSt1llo de pobres flores niustia·s.
- ¿~a&lt;:emos un ramito para la llf11iiecrr?
tro ~I publ_ico canalla qúe llenaba á diario d tea' ugest1onado ·c ómo yo por la belleza de Fanny, comentaba mi prese1Ícia ¡le diversos modos.
- Es un marqués.
• •
- Dicen qul~ ha sido ~ií1istro.

- \' que es algo de Palacio
- Está loco por la J,1111iecrr. ·
- ¿Ilas \'isto c&lt;'&gt;mo la mira&gt;
- l~ues ella no está por él.
- Ella ... ella está por el dinero.
- ¡Nones! ·
.
,
- Enséñale un Cabarrús y verás.
- Para mí lo quisiera.
- ~ aunque sea un Quevedo:
-1ampoeo.
- Cuando yo te digo ... La llfufíeca es como
todas las mujeres de su clase.
- ¡:\lentira!
- Vamos, que para ti la ./Jf1tiieca y la Virg&lt;'n
de la Paloma...
- ~o tanto.
:- Parece mentira que seas hijo de Madrid y
nacido en la calle de Los Tres Peces.
- Otros los hay más brutos.
- ¿Es alusión?
- C~ll~, que nos está oyendo el marqués,
- ¡"\ahente marqués!
Y yo los oía, sí, aterrado de mi degradación,
pero sm rnluntad para huir de aquel antro.

** *

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ttsd tl3%

MÍít

- Una tarde, aquí, en este mismo saloncito,
me contó el pobre Cienfuegos, muerto hace poco
tiempo, y de quien seguramente fué usted amigo
- era uno de los hombres más populares de Madrid-, la historia de Fanny.
- ¡Vaya si la conozco! - me dijo-. ¡Demasiado! Yo he sido uno de tantos que han sufrido
amor por ese adorable monstruo. Pero al fin me
convencí de que era una mujer imposible. Y la
dejé antes que ella me dejara á mí. En la guerra,
como en el amor, no hay como una retirada á
tiempo. Debe ser terrible eso de oir á una mujer:
«¡Ahueque el señor!• ¡Terrible!
Sí. .. ¡vaya si la conozco! Una mujer distinta á las demás, una mujer extraordinaria. ¡Tenga
usted cuidado con ella! Nada de liarse. Hay que
huir de toda complicaci6n con Fanny. Si llega usted á caer en la red, está perdido. Y a no oodrá usted escapar. ¡Mucho cuidado, joven!
·
Y como respuesta á una interrogación mía:
- Cuando usted quiera. Es mujer que no se
niega al que sabe solicitarla. Pero insisto: nada de
enfrascarse. Fanny no es capaz - al menos yo no
la creo capaz - de querer á nadie. No hay quien
pueda vanagloriarse, no hay quien pueda decir en
verdad que ha hecho sentir á esa mujer. Fanny es
una verdadera muñeca de carne. En ella
«no hay una fibra qne al amor responda»,

como dijo el poeta.

Yo la creo incapaz de toda emoción física. ¿Me
comprende usted? ¿Falta de sensibilidad ó exceso
de sensibilidad? ¡Vaya usted á averiguarlo! Estas
cuestiones son muy hondas. Y o no sé de psicologías, ni quiero. Pero, en cambio, como le he dicho
á usted antes, sé escapar á tiempo.
Conozco á muchos don Juanes, hombres expertos en el amor, que han tratado de animar el mármol de su cuerpo. ¡Inútil empeño! Fanny es incombustible como el amianto. Puedo asegurarle á
usted que esa mujer está virgen de toda sensación
amorosa. De ahí que sea más apetecible. Pero no
olvide usted que quien ama el peligro, en _él muere
¡Psch! Después de todo, yo creo la empresa
dificil, pero no imposible. Ya le h~ dicho_ á usted
que en otro tiempo .. . Pero para ciertas aventuras
hace falta el valor de un Quijote. Y yo toda la vida
me he sentido algo Sancho.
·
Además, me encuentro sin fuerzas. Estoy en
los sesenta y cinco.
«¡Funesta edad de amargos desengaños!»

A mí déjeme usted de fantasías. Mujeres como
la Mztiieca, para usted, que todavía no ha pasado
de los cuarenta. Yo he decidido ya jubilarme. ¡Pero
con un haber de recuerdos gloriosos que otros
para sí quisieran! ¡Y que me quiten lo bailado!
Y como yo le instara nuevamente para que me
contara la historia de Fanny:
- Una historia muy accidentada, como todas
las de esas mujeres; una historia digna de ser llevada al libro ó al teatro.
Los padres de Fanny fueron famosos en su
tiempo, allá por los primeros años de la Res-

tauración. Seguramente, más de una vez
habrá usted oído hablar de ellos. El, el padre, era inglés, jockey de profesión - un
gran jockey, una especie de centauro á la
moderna - , y le llamaban de mote lo misrno que á su caballo predilecto: Perfecto IX.
Ella, la madre, era andaluza, nacida en Cártama, pueblo de la provincia de Málaga,
bailaoray cantaora de oficio, y conocida con
el sobrenombre de la Merengue. ¡ Ilustres
progenitores los de la pobre Fanny!
Es sabido el poder que las andaluzas
ejercen sobre los ingleses. Ver Perfecto IX
á la Merengue y enamorarse de ella fué todo
uno. Y como la Merengue, al fin y al cabo,
era una moza honrada, y corno la pasión quita conocimiento, Perfecto IX, después de
pensarlo mucho, acabó por irse á vivir con
ella, sin duda para que le cantase y le bailase á él solo.
Al decir de la gente, el inglés y la andaluza fueron muy felices en su matrimonio.
Curra, según la llamaba su madre; Fanny,
según la llamaba su padre, fué el principal
elemento de esta felicidad.
Pero las dichas de esta vida son de corta, de bien corta duración. Un día de carreras, Perfecto IX(el caballo), al saltar un obstáculo, tropezó y cayó, dando en tierra con
Perfecto IX (eljockey), que, á consecuencia
del porrazo, sufrió tan fuerte conmoción cerebral, que á las tres horas del percance entregaba su alma á Dios.
La Merengue lloró, mientras tuvo dinero, la muerte de su marido; pero después,
obligada por la necesidad, volvió al tab/ao
en busca del pan nuestro de cada día. Sólo
que, para olvidar sus penas, bebía ahora
aguardiente, todo el aguardiente que le pagaban, y la mayoría dP. las nocht&gt;s, al regresar á su casa, llevando corno única compaúía á su hija, iba agarrándose á las paredes
para no caerse, y llorando á lágrima viva en
recuerdo de su malogrado Perfecto.
Y claro, á fuerza de beber perdió la voz,
l~s años la hicieron engordar, y como al público le
titó por meterse con ella, acabó por no tener teat:o
ni café que la contrataran.
La pobre Merengue no servía para otra cosa
que par~ cantar soleares y seguirillas y bailarse
11nas sevillanas ó un tango ó lo quP. se «terciara•.
S; le cerraron las «puertas del cante, - como decia ella-y se encontró de pronto sin medios para
defender su vida y la de su hija. ¡A morir los caballeros!
La Merengue no tardó mucho tiempo en adoptar una resolución. «El quinto. . . no estorbar»
(frase admirable en la que ella sintetizaba su modo
de ser filosófico), y una noche, después de besar
mucho á Fanny, se dirigió al Viaducto, y aprovechando un descuido de los guardias se encaramó
~obre la barandilla, y... , ¡púm!, allá fué su pobre
cuerpo, después de dar unas cuantas volteretas
¡,or el espacio, á estrellarse en el empedrado de
la calle de Segovia.
d De modo que Fanny vino á quedar huérfana
e padre y madre á la edad de trece años.
Su primer protector fué el duque de las Tres

Gracias, gran spormant, amo un tiempo de aq·11e1
pobre Perfecto IX, muerto gloriosamente, en el
ejercicio de su profesión, una tarde de carreras.
El duque de las Tres Gracias era hombre que
pasaba de los sesenta cuando tomó bajo su amparo á la hija de su antiguo jockey.
Aquel don Juan gotoso, que tenía, como Barba
Azul, su leyenda trágica de amor y de sangre,
gustaba, á pesar de sus años, y quizá por sus años,
de la carne joven y fresca.
El caso es que Fanny tuvo que huir de su compañia, horrorizada. ¡Buen modo tuvo de conocer
el amor la pobre niña! ¡Y todavía nos quejamos de
su insensibilidad y de sus repugnancias!
Fanny sustituyó al duque de las Tres Gracias con el célebre transformista Capuani, un bellaco de gran hermosura, que imitaba á la perfección á las estrellas de París y muy especialmente
á la Cleo.
Aquel demonio de Capuani - ¿se acuerda usted de él? - , cuando salía á escena caracterizado parecía completamente una mujer. Había
que verlo con su traje ceñidísimo de mallas, para

�mejor lucir las formas, haciendo piruetas y batimane.; y enviando besos al público con sus mano:;
pequeiias y finas, blanqueadas con polyos de
arroz.
Más de una gran dama quiso verle de cerca y
le di6 cita en su casa, cá condición de que se caracterice usted como en el teatro. ¡Oh, imitando
á la Cleo, está usted delicioso!,
Capuani no hacía caso de tales citas. e Si fuera
á dar gusto á todas esas señoras, hace tiempo que
me hubieran enterrado.,
l'cro alguna vez estas cartas iban acompañadas de unos cuantos billetes del llaneo. •¿Quién
resiste á estos argumentos? •, decía el muy canalla. Y hubo noche, según cuentan, que asistió á
tres ó cuatro de estas citas misteriosas.
Pero todo el dinero que ganaba - y era mucho - se lo llevaba el juego. «¡Pcr Baco, me persigue la jdtahtra 1, Y para consolarse de su mala
fortuna se emborrachaba con Yino del más barato
y se iba á escandali1.ar por las calles, siempre dispuesto á disparar su revólver sobre el primer transeunte que osara mirarle. «;P.·r Bnco, per Baco!,
para mí no hay hombres.•
Obligado ,í trastocar tocias las noche:, su sexo,
{1 dejar de ser Capuani para convertirse en la
Cleo, en la Otero ó en la Guerrerito, había llegado á sent;r un gran desprecio hacia las mujeres.
•¡Hijas de Satan:ís! ¡1falditas! •
¿Por &lt;7ué se encaprichó de fa:111y? ¡Vaya usted
á averiguarlo!
La pobre Fa!rny s:1friú muc!10 en la compañía ele Capuani. Aquel b{irbaro, ,í pesar de sus
apariencias de mujer, tenía las' fuerzas de un titán, y la golpeaba, hasta hartarse, todas las nocl1es, con furor de borracho. •¡11ala bestia, mala
bestia!•
Fanny no se quejaba, no protestaba siquiera
de los malos tratos de que la hacía \ íctima el
transformista. ¡Acaso prefería los go_lpe_s de éste á
las caricias del duque de las Tres Gracias!
Capuani fué quién la inició en la \·ida del arte
(sin duda coa fines interesados, con el propósito de
explotarla), y él fué quien la bautizó con el sobrenombre de la l,fuíieca. c¡ Ah, maldita, si tú quisieras! . .. Condiciones no te faltan. Y como bonita,
¡más bonita que la Jfadú1ma!•
Una noche de borrachera el italiano disparó
su revólver sobre un cronpier, el !,fanitas de Oro,
á quien acusaba de robarle con malas artes el dinero, alojándole una bala entre la sexta y la séptima costilla.
Capuani tuvo que huir, que pasar la frontera,
para evitarse las molestias de un proceso y la estancia de unos cuantos -años en la cárcel.
Fanny le siguió, sumisa, en su fuga. Por aquella época comenzó su carrera de artista, en la que
le esperaban tantos triunfos. Ya conoce usted sus
éxitos de París, de Lond res, de Viena ... de todas
las grandes capitales de Europa. Durante algunos
años la 11/uiicca triunfó de todas las romanciéres, de
todas las gommcusrs, de todas las chrmtmses en
moda.
Por aquel entonces, recordando el estilo de su
madre, sólo cantaba so:eares y seguiriltas. París
~staba loco con ella. Para la gente del boulevard,
Fanny era la verdadera encarnación de aquella
Manola •descubierta• por Gautier:

«Un jupon serré sur ks anche$,
un peine énormc ít son chignon,

1111 manera, haciéndot~ sufrir. Sé que alguna vez te
he pegado más de lo Justo. El maldito vino. Por
~so, lo mejor es que me rnya. De seguir viviendo
J~ntos, acaso acabaría por darte un mal golpe. ¡Y
t1emblo, por las consecuencias!
Perdóname eso de los trescientos mil francos
y no me denuncies á la justicia. Tú estás en disposición de ganarlo. Yo, en cambio . . . Me siento
agotado, completamente agotado. ¡Ten compasión
de tu pobre maestro y amigo! ¡Líbrame de la cárcel y de todo otro mal!
Adiós, pequeña. Aunque no me creas, te juro
que estoy muy emocionado en estos momentos
que casi tengo ganas de llorar'.
Pero Dios nct me ha concedido,
como á los cocodrilos, el consuelo
de las lágrimas.
Ad i ós, pequeña. ¡Separarnos
después de haber vivido tanto
tiempo juntos! Pero así lo quiere
el Destino. Resignémonos.
¡Adiós otra vez! ¡Que seas feliz!
¡La !,[ad()1ma te guíe! ¡Adiós, /if1t1,ccn! - Tuyo,

jambe nervcusc et pie&lt;l mignon,
reil de fcu, tcint pale et dcnts bl:mches
¡alz~, ola:
¡voila'
la veritablc Manola.»

Los periódicos decían de ella:
«¡Oh, la bella española! Nadie como esa mujer
para el cantar doloroso de su tierra; nadie como
ella en d arte de la danza. \'iéndola, hay que admirarla; viéndola, hay que gritar: ¡\'iva la Andalucía!,
El canalla de Capuani, retirado provisionalmente de la escena, cya sabes, pequeña, que si
me descuido me meten en la cárcel•, era ahora su
apoderado y administrador.
Ya no jugaba. Poco á poco se había ido aficionando al dinero. • Tú no seas ton ta, y aprovéchate•, le decía á Fanny. Estas rachas pasan pronto.
¡El éxito de los artistas es tan fugaz! .. Ya me ves
á mí. '¿Quién se acuerda de Capuani? Y, sin embargo, tú sabes que en otro tiempo yo he sido el
ídolo de los públicos. Y ahora ... ¡ya me cuentan
entre los muertos!,
Y el italiano, á fuer de hombre práctico, dejaba en completa libertad á la .~fwicca para que aumentase su capital con toda suerte de ingresos
extraordinarios.
En poco tiempo, en menos de tres años, Fanny
llegó á reunir un capital de cerca de trescientos
mil francos. ¡Una fortuna, una verdadera fortuna!
Y lo que era de suponer: Capuani, que, como
ya le he dicho á usted, se había aficionado al dinero, se ºalzó un día con los fondos, dejando á la
pobre Jlmieca sin más recursos que su crédito
personal, lo que no era poco.
También rl muy cínico la dejó una carta llena
de consejos, que Fanny guarda en su joyero como
la mejor de sus alhajas, y que le aconsejo á usted
que lea si por casualidad llega á sus manos.
El marqu(-s interrumpió su narración para decirme:
- La carta á que hacía alusión Cien fuegos la
tengo aquí - y sacó la cartera-; se la robé una
noche á Fanny, y voy á leérsela ,í usted. ¡Oh,-es
un documento curiosísimo!
•1li cara pequeña: :\le yoy ... ¡Per Baco, estaba ya harto de aguantarte! l\[c voy ... llevándome
tu dinero. Poc:1. cosa, no creas; unos trescientos
mil francos. ¡Bien me los he ganado!
· Me voy ... El robo es un derecho concedido á
todos los que administran fondos, bien sean del
Estado ó bien de particulares. Hay que respetar
los precedentes.
Ya no tienes necesidad de mí, ya estás lanzada. Ahora, á poco que quieras ... Pero ha1.te valer.
Los hombres ele dinero, que por lo general son
muy brutos, aprecian á las mujeres según lo que
les cuestan. Xo olvides esto.
Oye mis consejos: no dejes el teatro. La escena es un gran lugar de exhibición, un gran escaparate. Con traje de mafias no se puede pasear
por los boulevarcs. Lo prohibe la moral del Estado. Y con traje de mallas, ó sin él, puedes presentarte en las tablas. Además, las mujeres de teatro
tiene n mucho partido entre los hombres.
A tu edad y con tu cara . . . Ya te digo: á poco

q_ue quieras el mundo se rá tuyo. Pero á condic~ón de que no te enamores. Quien más pone, más
pierde. El corazón, ¡en el bolsillo!
!~ara dominará los hombres no hay como desp~cc1arlos. El látigo tiene más aplicación para los
b1pedos que para los cuadrúpedos. Y créeme: el
hombre sería el animal más ruin de la creación si
no existiese la mujer.
~horra todo el dinero que puedas; sé mejor
t~c_an~ que J~ródiga. Ahora estás en la edad de ga11,11._ l ero la Juventud pasa pronto. No lo olvides.
La Juventud es flor de un día.
_11ir~, pe_queña: estos consejos, fruto de mi expenenc1a, btea \'alcn los trescientos mil francosno c~mpletos - que me llero.
Creo que no tendrás quejas de mí. Todo lo que
eres,_ todo In que llegan\s á ser, se lo debes á
tu Capuani. El te ha lanzado al mundo, como
u~d buen padre, después ele enseñarte á ganar la

,1

a.

Créeme, pequeña: aunque no te lo haya den1o~trado - ¡soy un hombre tan especial para las
muieres! .. - yo te he querido siempre. Pero á

Y comu posdata:
e Olddame ... No vuch·as á
acordarte más de mí. Y sigue mis
consejos y la vida será tuya.•
(Una línea de puntos suspensivos.)
«Acaso alguna vez esté en condiciones de de\'olrerte los trescien tos mil francos. Pienso poner
una casa de juego. ¡Si la suerte me
ayudara! ... &gt;
(Otra línea de puntos suspensiros.)
«¡Por Dios, no me denuncies á
la justicia!•
Concluída la lectura, el marqués volvió á guardar cuidadosamente en la cartera la epístola de
Capuani.
- Indudablemente aquel canalla tenía mucho
talento.
Y despu~s de sen·irse una copa de cognac:
- Tcrm1ncmos la historia de Fanny. Sigue hablando por mi boca el pobre Cienfuegos.

*

* *
- Vea usted si las mujeres son raras - contin'.16 mi amigo-; la Jll111icca, no sólo no denunció
á Cap_uani, sino que sin lió de tal modo su fuga ¿estana enamorada de él?, ¡vaya usted á saberlo!
- que dejó de trabajar durante unas cuantas noches, y al reaparecer en escena lo hizo vestida de
lut~ _Y despojada por completo de flores y alhajas.
I ampoco tra~ajaba ya con la alegría de antes.
Algunas veces miraba entristecida hacia las cajas.
Ya no estaba allí Capuani, como en otro tiempo,
para aconsejarla: e ¡Esa pierna más alta!• e Pero,
perra, ¿por qué no miras al público?, «¡Voy á romperte un hueso, á ver si aprendes á reir!•
El público comenzó á cansarse de ella. Ya se

�- &lt;Mira, Fanny - seguía-, la mujer es igual
oía murmurar á la gente: «Algo le pasa á la Mztñeca.• «Parece que trabaja de mala gana.• «No es que el vino . .. Un sorbo... un beso... otro sorla misma de antes.&gt; • Y está más delgada.• • Y bo ... otro beso... ¡Beber! ¡Amar! Estos son los
únicos placeres de la tierra ... •
no ríe.&gt;
Fanny bebía en silencio, sin contestarle paSu empresario llegó á aconsejarla que se marchase á América: «Hija, ¡qué quiere usted!, el pú- labra.
El seguía impertérrito de~variando:
blico es tan voluble ... Todos los artistas tienen
- «Sí; tú serías el alma del cognac si el cognac
su época. La de usted pasó ... En los Estados
Unidos tendría usted un gran éxito. Allí gusta- tuviese alma ... ¡Has debido de ser concebida en
una noche de embriaguez!
rían mucho sus trabajos.•
¡Mujer!, bebamos y amémonos. ¡Quiero mezSí, estaba en plena decadencia. Echada del
clar
el cognac con tus besos! ¡Doble borrachera!
Olimpia, echada del Casino, tuvo que buscar refugio en un cabaret de m~la muerte, donde gan~- Créeme, la vida no es más sino una serie de traba diez francos por función. ¡Ella que, no hacia gos. ¡Ay de los que ya no pueden beber!•
Y acometido de súbita crisis nerviosa se echamucho, había insultad9 á un empresario que tuvo
la avilantez de ofrecerla mil francos por noche! ba á llorar.
Estas escenas se repetían todas las noches. «El
¡Oh, el penoso descenso de los artistas!
Yo iba á visitarla de vez en cuando al cabaret. hijo de Musset• había llegado á convencerse de
Fanny, burlada por el amor y engañada por los que Fanny era un espíritu alcohólico en forma de
hombres, cansado el cuerpo y cansada el alma, se mujer.
- Vámonos - me decía la pobre-, me da
aburría.
- ¡Si no fuera por el cognac! ... Porque debo miedo ese hombre. Necesito respirar el aire ...
advertir á usted, que á la pobre - ¡terrible señal Me ahogo... Estoy algo borracha.
Ya en la calle, Fanny se cogía de mi brazo, y
de decadencia! - le había dado por la bebida.
excitada aún, me contaba sus penas.
- ¡Si no fuera por el cognac! ...
- Estoy aburrida, estoy desesperada... Vivir
Y me miraba con ojos de extravío.
¡Así deben de mirar los hartos de la vida, los así, no es vivir. ¡Oh!, ese canalla de Capuani, ¿por
que creen que en el suicidio está la solución de qué me habrá abandonado? Se fué él y vino la
desgracia.
todas las soluciones[
Al llegar á los puentes se detenía unos moLa había iniciado en el vicio, la había acostummentos
y sus ojos volvían á mirarme con extravío.
brado á beber, un poeta melenudo, decadente y
- ¿Estará ahí la felicidad?
majadero, gran parroquiano del cabaret, á quien
- Seguramente no - la contestaba yo brolos artistas del «establecimiento• llamaban en
meando-. Ahí, en el río, no encontrará usted
broma « el hijo de Musset&gt;.
El poeta, cuando se emborrachaba (una noche más que catarros y pulmonías.
Ella seguía mirando el correr de las aguas.
sí y otra. .. también), aburría á la pobre Fanny
- ¡Pues no hace frío, que digamos, para tocon sus discursos estrambóticos.
mar
ahora un baño! - continuaba yo. - Además,
- «Choquemos nuestras copas - la decía-.
Me parece que este licor pálido - «el hijo de Mus- observe usted que el Sena huele siempre mal. Hay
set • bebía siempre cognac - está compuesto de que no tener olfato para arrojarse á él. Yo, de intu sangre enferma, que al beberlo gusto de ti ... &gt; tentar alguna vez ahogarme, lo haría en un baño
de champagne.
Fanny, asombrada, se reía.
Y empujándola suavemente:
- «No, no te rías - continuaba el poeta -.
- Vámonos de aquí. ¡Está usted más chiflada
Tú tienes una extraña semejanza con esta extraña
que
«el hijo de Musset!&gt;
bebida. ¡Tú eres el alma del cognac!
Ella suspiraba:
¡Míralo! - gritaba - . ¡Míralo! Es rubio y pá- Tiene usted razón. ¿Por qué no esperar?
lido como rubia y pálida eres tú. ¡Sí, Fanny, tú eres
Todavía,
todavía...
el alma del cognac!•
Una noche, el «poeta• nos dió el gran disgusY después de apurar la copa:
- «¡El alcohol es la locura! ¿Qué es la embria- to. Cuando yo llegué al cabaret estaba ya comguez sino la pérdida temporal de la razón~ Por eso pletamente borracho. Fanny se sentaba á su mesa.
vamos para locos todos los que mezclamos el amor El la había cogido por los hombros, y mirándola á
los ojos, la decía:
con el vino...•
- «Ven... acércate á mí. .. ¡No te veo, no te
Y arrojándose sobre Fanny y besándola freoigo! Más cerca aún ... Así, juntos, juntos los dos...
nético:
.
- «¿Ves?, me he equivocado de vaso y he be- ¡Oh, qué bien estoy ahora!
¡Pero no llores! (Fanny no lloraba, ni había
bido ahora en tus labios. ¡Y qué daño hacen, pero
por qué; Fanny, según las crónicas, es mujer que
qué bien saben estos besos de fuego!•
no ha llorado nunca). ¡Si tú supieras lo feliz que
Fanny comenzaba á asustarse.
- «No, Fanny, no _te entristezcas - gritaba el soy en estos momentos! ¡Oh, sí, muy feliz! ¡Sient"
poeta-. La embriaguez debe ser alegre, estruen- un bienestar tan grande en todo mi sér!. .. Ya no
dosamente alegre... ¡Riámonos hasta la convul- me duele nada, ya todo mi pobre cuerpo es alesión! Yo me siento en estos momentos atacado de gría y satisfacción y goce. Ya que he sufrido tant0,
todos los deseos y de todas las ansias. ¡Te digo he dejado al fin de sufrir.
Y verás qué cosa más rara, más extraordinaque no hay nada en el mundo comparable á este
licor de dioses enfermos! ¡Bebamos hasta reven- ria: me parece que yo ya no soy yo, que soy otra
persona distinta, otro hombre.
tar!•
Mírame bien, mujer, y verás como no soy el
Y de un trago apuraba la copa.

mismo. Mírame: ¡si eso tiene que saltar á la vista;
si eso deben verlo hasta los ciegos!
¡Qué transformación más maravillosa! Mi cerebro no es ya una miserable piltrafa de carne y
hueso; mi cerebro es un colosal diamante de facetas rojas y deslumbradoras como la llama ... Mi
cerebro es el cerebro de Shakespeare, de Gcethe,
de Rugo ... ¡Qué cosas más admirables pienso!
¡Qué grandeza en las ideas! ¡Es la luz del genio la
que alumbra mi cabeza sobP.rana! ¡Prostérnate,
mujer, ante mí, y admírame!
Y escucha: mis ojos no ven como veían antes;
ahora todo lo que miran me parece bello y luminoso. ¡Para mí no hay nada negro, nada obscuro;
para mí no hay noche, ni sombras, ni tinieblas;
para mí todo es luz y resplandores!
Tú no sabes de qué visiones más hermosas
puede gozar la vista. Ahora te miro y me pareces
otra. Acércate... más... Quiero contemplarte á
mi sabor. ¡Qué soberana, qué suprema belleza!
En tus ojos azules hay todos los colores del prisma; no, muchos más colores, ¡muchos más! Tu
boca me parece de fuego, roja y ardiente; - ¡qué
bien deben saber tus besos! -; tu cabellera suave
se me antoja de oro y seda, y tu carne, ¡ah!, tu
carne, blanca y rosada, carne de tentación y de
pecado... ¡Divina Eva!
¿Pero sigues llorando? Ven, que quiero beber
tus lágrimas. Acaso ellas calmen la sed de mi fiebre. ¡Qué amargas me saben, qué amargas! ¡Parece
que me he llevado á la boca toda el agua salobre
del Oceano!•
(Imaginaciones del poeta; Fanny seguía mirándole asustada, los ojos secos, sin derramar ni una
lágrima).
«Mira, quizás me vaya á morir. ¡Pero no llores!
¡Si ·morir es dejar de padecer! Verás: la vida es
como una luz; viene la muerte y sopla. Obscuridad.. . noche. Y entonces se acaba todo. ¡Ya ves
que no hay nada tan sencillo!
¡Si yo fuera como el sol! ...
El sol no puede apagarse. de un soplo. ¡Aunque la muerte tiene unos pulmones! . . . ¡No hay
luz que se le resista!
¡Qué feliz voy á ser cuando me muera! Yo creo
que debe haber un lugar de promisión para los
q_ue han sufrido mucho en la tierra, un paraíso, un
cielo, una gloria ... como quieras llamarle. Y allá
iré yo, seguramente.
Pero aunque no exista ese lugar de bienaventuranza; aunque aquí acabe todo y no haya un
más allá, la muerte es el descanso, es el reposo
eterno. ¡Y yo tengo unas ganas de descansar! ...
,Qué frío siento! Aquí. . . en el pecho, en el
corazón ... Mira, la muerte acaba de entrar.•
. Todos los que estábamos en el cabaret nos dirigimos espantados á la mesa que ocupaba el poeta.
«Sí. .. acaba de entrar. .. ¡Mis ojos la han visto! ¡Qué sér más extraño! Es como una sombra...
No logro verla la cara... La tiene tapada con un
velo negro, muy negro . . . ¡Qué alta es y qué delgada! Ahora se acerca á mí y me mira de un
modo... ¡Tengo miedo! ¡Mujer, dile que se vaya,
que se vaya!
Sigue el frío helando mi pobre carne. . . La
muerte me coge en sus brazos y me besa en la
fre~t~ ... ¡Ya soy suyo! ¡Qué bien me ha hecho su
caricia! ¡Así me besaba mi madre!

¡Oh, siento un bienestar ahora! .. Ya no me
duele nada, ya no tengo frío ... La luz se apaga ...
La vida se me va... ¡Me muero... soy feliz!. . .•
Y, efectivamente, al decir estas palabras, «¡soy
feliz!,, «el hijo de Musset• cayó desplomado sobre
la mesa. ¡Una apoplegía fulminante! Cuando le reconoció el médico ya estaba muerto. ¡Pobre muchacho! Decididamente no conviene abusar de las
bebidas alcohólicas.
Fanny, horrorizada, huyó del cabaret dando
gritos. Yo estaba tan trastornado por aquella súbita desgracia, que no la vi salir del «establecimiento.• Cuando llegué á la calle había ya desaparecido. Pensé en el Sena. «¿Estará ahí la felicidad?• Sí, indudablemente en Fanny había una suicida. ¡Pobre muchacha! Y llorando por dentro único modo de llorar que nos es permitido á los
hombres - me fuí al Americano á beberme una
botella de champagne.
***

¿Qué fué de la Muñeca?
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Durante unos días-tres ó cuatro lo menos me dediqué á buscarla por teatros y cafés. ¡Pero
París es tan grande, y yo soy tan mal policía! ...
Una noche me pareció verla en Montmartre, del
brazo de un distinguido apaclte. ¿Era ella? No puedo asegurarlo.
Después, después ...
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Ahora dicen que está en Madrid, en un teatrucho de la calle de Embajadores, un poco envejecida, pero hermosa siempre. Esta gen te desaparece de pronto, como los buzos en el agua,
para volverá aparecer cuando menos se les espera. ¡La pobre Fanny! Tendría gusto en verla para
recordar aquellos tiempos. Yo la he querido siempre bien.
Y el pobre Cienfuegos terminó diciéndome:
- ¡Marqués, mucho cuidado con la MuFtecal
Esa mujer es muy peligrosa. Siga usted mis consejos. ¡Nada de liarse! Hay que huir de toda complicación con ese monstruo adorable. Si se enamora usted de ella es usted hombre perdido. Aun
está usted á tiempo. «Retirarse no es huir&gt;, ha
dicho un gran estratega.

** *
- Comprenderá usted que no hice ningún caso
de los prudentes consejos de Cienfuegos. Desgraciadamente, el amor no entiende de razones. Ya
sabía yo que Fanny era una mujer peligrosa. Pero
quizás por esto la deseaba más, quizás por esto,
cada noche, al verla de nuevo, acrecían mis ansias. Pero, asómbrese usted: yo, el gran despreciador de mujeres, sentía ante la Mztfíeca timideces
de adolescente.

�paredes para no caer, y tambaleándome como un
hombre ebrio.
Ya en el piso segundo, vi sobre una de las
puertas una gran tarj eta, escrita con letras rojas,
en la que me pareció leer:

LA MuRECA

Empujé la puerta y entré. Fanny estaba desnudándose ante el espejo. Al verme - ¡figúrese
usted la cara que tendría yo en aquellos momentos! - pareció asustarse. Luego sonrió, mirándome fría y serena, con sus ojos de misterio.
- Hace mucho tiempo que le esperaba.
La emoción no me dejó articular palabra. Ella
recibió impávida la ofrenda de mis caricias, sin
corresponder á mis besos con sus besos, sin un
estremecimiento de su carne, cerrando los ojos
para no verme.
En aquellos momentos, yo debí recordarla al
duque de las Tres Gracias.

** *

j

l

il
1

Me daba miedo llegar, «ascender» hasta el:::...
¿Cómo contenerme teniéndola al alcance de mis
manos?
Pensando en Fanny, me sentía capaz de la violencia y del atropello, como uno de esos sátiros
impulsivos, desbravadores de ninfas, de que nos
habla la leyenda mitológica.
Pero una noche... ¡El fuego del deseo me abrasaba en sus llamas! Mi cerebro, congestionado por
la acumulación de sangre, no me dejaba pensar.
Allí donde miraban mis ojos sólo veían manchas
rojas. Parecía que el corazón, en su palpitar furioso, iba á salírseme del pecho. Perdí la noción
de la realidad y creí morir.
Por un esfuerzo soberano de la voluntad me
levanté de b butaca y subí tropezando, como una
fuerza inconsciente y ciega, la estrecha y empinada escalerilla que conducía á los cuartos de los
artistas.
Hice un descanso al llegar al primer piso. Luego seguí mi penosa ascensión, agarrándome á las

Luego se vistió.
Yo me sentía ya más tranquilo, más dueño de
mí mismo, capaz de la reflexión y de la palabra.
Mis ojos, que lo veían antes todo rojo, ahora lo
veían todo azul, del color de las pupilas de Fanny.
- Perdona ... No he podido contenerme ...
Estaba loco ... Estoy loco... ¡Oh, si tú supieras
lo que te amo!
Y cogiéndola una mano y besándosela:
- Desde que te conozco mi vida no es vida ...
Siempre pensando en ti, á todas horas, en todos
los momentos ... Siempre pensando en ti, de día
y de noche . ..
La 'J1tt1zeca suspiró.
- ¡Cuánto le envidio á usted, cuánto te envidio!
- ¿Que me envidias? ¿Por qué?
- Porque amas.
Pasó así como una sombra por sus ojos azules,
y dejó de sonreírse.
- Yo no he amado nunca- continuó -. Dicen que no tengo corazón. Yo no he amado nunca.
Vol vió el azu I á sus ojos y volvió á sonreirse.
- l\1ira; yo no soy más que una muñeca, una
pobre muñeca de carne, sin alma y sin entrañas.
Haces mal en quererme. Yo soy insensible como
la piedra. La Naturaleza me ha hecho impotente
para el amor. Y ya la diosa Venus, sorda á las
súplicas de los mortales, no es capaz de repetir el
milagro de Pigmalión.
Como respuesta á sus palabras, volví á cogerla
las manos y á besárselas.
- Yo te quiero tal como eres.
La 1lfo1icca suspiró:
- ¿Dónde hallar la fuente que sacie mi sed?
La apreté ambas manos con fuerza, y mirándola fijamente á los ojos:
- ¿Y Capuani?

Volvió á obscurecerse el azul de sus pupilas.
- ¡Ah! ¿Conoce usted mi historia?
Y después de una pausa, exclamó solemne:
- ¡No; Capuani, no! ¡Ese, menos que ninguno!

** *
El marqués interrumpió bruscamente su narración para preguntarme:
- ¿Usted se hubiera enamorado de la J,fw2eca?
Y antes de que yo le contestara:
- Desconfíe usted de los hombres que no son
capaces de amará ciertas mujeres.
*
* *

- No, no fuí muy feliz-siguió el marqués el_ año _escaso _que viví con Fanny. Los primeros
d1as, s1, ~~recia contenta, pero después ...
- Deiame, yo me conozco; el teatro es para

mí una distracción; temo aburrirme en estas noches tan largas.
Yo protestaba.
- ¡No!, ya no han de verle más ojos que los
míos.
Ella insistía suplicante.
- ¡Qué tonto eres! ¿Pero es que vas á tener
celo:? ¡_Qué importa que siga desnudándome ante
el publico! Ya sabes que mi cuerpo no tiene misterios para nadie. ¡Llevo tantos años exhibiéndome!. .. Hasta en las postales me puede ver quien
quie~a tal y como soy.
Estas palabras, en boca de otra mujer, hubieran n?ª!ªd? en mí toda ilusión de amor. Pero yo
trans1gia_ siempre, sumiso á sus caprichos, porque
me sentia cada vez más locamente enamorado
de ella.
*

* *

. Yo no puedo asegurarle á usted si aquella muJCr ?ra buena ó mala; sólo puedo decirle que me
hacia sufrir _mucho.

�Una noche, sentada á mis pies, sus manos entre las mías, se empeñó en contarme, á pesar de
mis protestas, la historia de sus amores.
- No, no quiero saber nada... Calla... ¿A qué
atormentarme? Olvidemos el pasado. Yo te lo perdono todo. Tu vida comienza para mí desde que
nos amamos. Ya sé que has sufrido mucho. ¿A qué
recordar ahora? ... Quiero vivir en la ilusión de
que has sido sólo mía.
Ella insistió.
- Es un caso de responsabilidad ... Vives engañado... Es preciso que sepas. . .
La tapé la boca con las manos.
- Lo sé todo y te lo perdono todo.
- ¡Que vida la mía! ¡Figúrate! ¡Rodando por
el mundo desde los trece años!
La alcé del suelo y la senté á mi lado.
- Bésame y calla. ¿A qué hacerme sufrir recordando? ... Ya te he dicho que lo sé todo, tus
amores con el duque de las Tres Gracias ...
- ¡Oh, no me hables de eso! ¡Qué vergüenza!
- Tu amistad con el canalla de Capuani...
- Sí, tienes razqo; canalla y más que canalla.
- Tu vida en París. ..
- ¡Vida de abominación y de escándalo!
- Tu amistad con «el hijo de Musset &gt; ...
- ¿Lo sabes todo y me perdonas?
La besé en los ojos.
- Sí, te perdono porque te amo.
- ¡Qué bueno, qué generoso eres! Pero ya lo
ves, yo no soy digna de ti. Haces mal en quererme. Yo soy muy mala. Cualquier día.. . La fidelidad, la constancia, son virtudes que no ha querido darme Dios.
Volví á taparla la boca con mis manos.
- ¡Calla! ¡No hables así!
Pero ella insistió.
- Yo soy muy mala... Cualquier día... Créeme, es una desgracia que te hayas enamorado
de mí.
*

* *
Una mañana, al levantarse, me enseñó sus brazos desnudos.
- ¿Te has fijado en esta cicatriz? Es un recuerdo de Capuani. Una noche llegó desesperado. Había perdido todo su dinero - . «¡ Per Baco!, creo
que tú me traes la mala sombra... ¡Voy á matarte!• Se tambaleaba al andar. ¡Aquella noche la había tomado en grande el caballero! - «¡Perra, más
que perra, me estás arruinando. Desde que cometí la estupidez de traerte conmigo, para que me
calentaras la cama, la suerte me ha vuelto las espaldas. ¡Cochina! ¿Sabes cuánto he perdido esta
noche? ¡Mil doscientas pesetas! ¿Te enteras, perra?
¡Mil doscientas pesetas! ¡Te voy á deslomar!, Y
cada vez más furioso me amenazó con el bastón.
Pero yo era más fuerte que él y se lo arrebaté de
las manos-. ¡Borracho! ¡Conmigo te atreverás! •
- «¡Ah, me insultas!» Y de repente se arrojó sobre mí. Luchamos. Pero el miserable iba armado
de una navaja y me hirió en un brazo. El terror
me hizo gritar-. «¡Asesino!&gt; Al verme llena de
sangre se echó á llorar-. «¡Por el Santo Padre,
no me comprometas!&gt; Yo seguía gritando: - «¡Asesino, más que asesino!&gt; - «Calla y te compro un
collar de perlas., Y se arrastraba á mis pies sollo-

zando: - «¡Perdóname, perdóname; te juro por la
Madonna que no volveré á maltratarte.&gt;
Y para vergüenza de él, aquí está esta señal,
reveladora de su crimen; esta señal que, como
castigo, le he hecho besar tantas veces.
¿Por qué Fanny se complacía en contarme estos horrores? No lo sé. ¡Qué extraña psicología la
de aquella mujer!

***
Una noche me dijo:
- ¡Qué mala soy! ¿Verdad? ¡Qué mala soy! Yo
debiera quererte, aunque no fuera más que por
agradecimiento. Pero ya te lo dije la primera vez
que hablamos: yo no tengo corazón, yo estoy vacía por dentro.
¿Ves cómo no te mentía cuando te aseguraba
que la Naturaleza me había hecho impotente para
el amor? Es una desgracia, ¿verdad? ¿Qué haría yo
para ser como las demás mujeres? ¿Qué haría yo?
Mira, no quiero engañarte. Yo podía decirte,
si fuera como tantas otras, una mercenaria, una
profesional, que habías realizado el milagro santo
de hacerme sentir. .. Pero me repugna la mentira.
¡No! Mi alma y mi cuerpo están muertos y no hay
modo de darles vida. Amarme á mí, es lo mismo
que amará una sombra.
¡Vete, sí, vete y déjame! Yo no merezco que
me quieras como me quieres. Bien hacen los hombres en huir de mí. Yo soy el peor de los pecados: el pecado estéril.
Ya has podido convencerte que en mi cuerpo
no hay calor de vida, sino frío de muerte. ¡La Muñeca! Yo no soy más que eso: una muñeca.
Sí, vete, déjame. Busca el amor de una mujer
que sea mujer.No vengas á llenar tu cántaro en mi
fuente,porque mi fuente está seca y no hay en ella
agua para tu sed. Yo no soy Rebeca, sino Fanny
Harrison, la hija de la Merengue y de Perfecto IX
En el gran silencio de la alcoba, sentí el rechinar de sus dientes. La besé en los ojos. Sus ojos
estaban secos.
- Llora, Fanny, llora.
Fría como una muerta, y sin decir palabra, se
arrojó en mis brazos. Su cuerpo se estremecía convulsionado.
- Llora, Fanny, llora; eso te hará bien.
Vi brillar en la obscuridad sus ojos espantados.
- ¡No puedo! ¡No puedo!
Y rechinando los dientes:
- ¡Vete, vete, ó me iré yo!
La cogí de nuevo en mis brazos, y con palabras seguidas de besos la dije emocionado:
- Yo te quiero tal como eres, fría, insensible... Yo te quiero tal como eres. No hay mujer
que me haga sentir como tú. Tú eres mi único
amor, mi último amor. Desearía ser poeta para decirte todas estas cosas en verso.
«En tu boca roja y fresca
bebo, y mi sed no se apaga ...»

Decirte todas estas cosas acompañadas de la
música de mis besos.
¿Por qué desconfiar del amor? Yo sé que ha de

adoro tal cual eres! Basta á mis deseos con que te
dejes querer. ¡Pero de mí solo! ¡De mí solo y de
nadie más!
Y de pronto, irritado por su silencio:
- Sí, ya no puedes ser de nadie más que de
mí. ¿Lo oyes? ¡Más que de mí! He tomado de por
vida posesión de tu cuerpo. Ya no te pertenece~,
ya eres mía, ya eres de mi propiedad.
Ella entonces me besaba asustada.
- ¡Tuya, sóln tuya!
Yo seguía gritando exaltado:
- ¡Oh. la idea de perderte me vuelve loco! Ya
no podemos separarnos; ¿es verdad que ya no podemos separarnos nunca? La suerte está echada;
lo que sea de tí será de mí. ¡Unidos para siempre,
unidos en vida y en muerte!
Fanny seguía besándome para calmar con sus
caricias la furia de mis celos.
- . .. Y si tú me abandonases por otro hombre ... ¡Oh, no quiero pensarlo! Si tú me abandonases . .. ¡iba á espantar al mundo con el horror
de mi venganza! ¡Tú no sabes quién soy Yf?, tú no
sabes de lo que yo soy capaz! ¡Teme á mis celos
corno al mayor de los males! ¡Imagínate si se trocara mi amor en odio! ¡Imagínate! ¡Ni Dios, con
todo su poder, podría librarte de mi furor! ¡_Oh,
entonces, ya que no he podido hacerte sentir el
placer, yo te aseguro que te haría sentir el dolor!
Y la estreché en mis brazos furioso, con el pro* *
pósito de ahogarla.
- ¡Oh, dueño mío, cuánto me quieres!
.
Estas horribles escenas se repetían todas las
Avergonzado de mi brutalidad, besé sus pies
noches. Fanny, fría siempre como una muerta, me
contrito, en demanda de perdón.
abrazaba suspirando. Yo procuraba consolarla.
- ¡Pero júrame que no me abandonarás nunca!
- ¡Pero no te aflijas! ¡Cómo decirte que te

llegar un día en que hemos de adorarnos al unísono, que ha de llegar un día en que han de arder
nuestros cuerpos en un mismo fuego y nuestros
corazones en una misma llama.
- ¡Oh, si tú pudieras hacer ese milagro! ...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
- Me pasaría la vida á tus pies, adorándote.
Yo seguí hablándola con la elocuencia sugestiva de la pasión.
- Pues basta para el milagro con sólo tuvoluntad. ¡Entrégate á mí entera, en cuerpo y alma!
¡Oh, si tú quisieras, si tú quisiera_s!. .. Todo
es sensible en la Naturaleza; desde la piedra hasta
la planta, todo' es sensible. ¿Cómo no has de se~lo
tú, pobre criatura! Blasfemas al asegurar que Dios
ha podido,equivocarse haciéndote impotente para
el amo1. Pero si es así, rectifiquemos la obra del
Creador. Yo me siento con fuerzas para todo.
Mira, yo soy capaz de robar el fuego de! cielo sólo
para calentarte los pies. . . ¡Pero quiéreme un
poco! ...
Su boca se unió á la mía con un beso que terminó en un suspiro.
- ¡Ay, dueño mío, si bastara sólo con la voluntad!
- Probemos.
- Probemos.
*

�- ¡Te lo juro!
- ¡Que no amarás á nadie más que á mí!
- ¡A ti solo! ... ¡Te lo juro!
- ¡Mía para siempre!
- ¡Sí, para siempre! ¡Tuya, sólo tuya!
Apoyé mi cabeza sobre su seno y lloré hasta
quedarme sin lágrimas.
*

* *
- La señora salió esta mañana temprano y
aun no ha vuelto. Ha dejado esta carta para el
señor marqués.
Subí como un autómata las escaleras, llegué
á la alcoba y di luz.
- ¿Qué será esto? ...
Mis manos temblaban al romper el
sobre.
- ¿Qué será esto? ...
El marqués interrumpió nuevamente su narración para
apurar otra copa de
cognac.
- ¡Diablo! Esta
botella no se acaba
nunca.
Luego sacó de la
cartera un papel
arrugado.
-Aquí tiene usted la carta que me
escribió la .llfuiieca. ¡Oh, las mujeres, las mujeres!
¡Ni una buena!
Y con voz que hacía temblar la emoción, comenzó á leer:
«¿Yes como soy muy mala?¿\'es comonoten"gO corazón? Queriéndome como me quieres, me
voy y te dejo. ¡Dios mío! ¿Qué clase de mujer soy
yo? ¡Mal fruto echó á la tierra mi madre!
No te pido perdón. No lo merezco. Además, el
odio puede perdonar alguna vel, pero el amor
nunca. Y tú, á pesar de todo, continuarás queriéndome. ¡Sí!, d pesar de todo. Te he herido de
muerte en el corazón. Me voy tranquila, porque sé
que no hay mujer en el mundo que pueda hacerte olvidar á tu .llfuTteca.
~Por qué te abandono? ¿Por qué te dejo? Yo estaba decidida al sacrificio, yo estaba resuelta á no
separarme de ti en la vida. Pero ha venido Capuani, y ese hombre tiene sobre mí un poder de
sugestión irresistible. Ante él no tengo voluntad.
A una voz suya, á un mandato suyo, le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
¿Que por qué ejerce sobre mí tal poder ese
hombre? No he querido decírtelo antes por no
herir tu susceptibilidad, por no provocar tus celos. Capuani - ¡perdona, pobre enamorado, esta
declaración que las circunstancias me obligan á
hacerte!-, es el único sér en el mundo que me
ha hecho sentir el amor. Y por eso le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
Ese hombre es mi hombre. Y ese hombre
es un miserable; lo sé, me consta... Mala soy
yo, pero comparada con él. .. Te digo que no tie-

ne una condición buena. Un miserable completo.
¡Oh, !o conozco bien! Su único amor en la vida
es el dinero. Por el dinero ha sido ladrón, por el
&lt;linero acabará en asesino.
Ya estoy en su poder y sé la Yida que me espera. Yo no soy para él sino un vil objeto de explotación. Me lanzará de nucyo al teatro, me buscará
un «señor• de dinero ...
¡Oh, pero tengo la esperanza de que alguna noche, Yencido por mis súplicas, se digne ser mi
amante por unas horas!
Me queda aun mucho que sufrir en la vida. Ca¡JUani será tu yengador. Ese hombre ha venido al
mundo para mi castigo. ¡Si vieras lo que le odio!
¡Si vieras también lo
que le amo!
Me \"Oy lleYándorue mis alhajas y el
dinero que había en
el sccrctaire. Es decir, me voy robándote. Capuani me ha
obligado á cometer
este nuevo delito. Yo
me resistía. Pero llegó á pegarme. Y cedí, cedí como siempre. Ya te he dicho
que su voluntad es
mi ley.¡Oh, ese hombre! ¡Cómo se complace en degradarme! ...
No trates de Yolver á verme. No sé
en definiti\·a qué planes son los de Capuani. Me ha
hablado, vagamente, de un viaje á la Australia. El
estuvo allí, hace tiempo, y ganó mucho dinero. «Oh, una gran colonia, pequeña; la mayor del mundo, más de tres millones de habitantes: ¡calcula si
hay allí gente á quien explotar!•
Capuani, que en el fondo es un gran cobarde,
teme que des parte de mi fuga á la policía y me
mandes detener. • - Sí, pequeña; hay que poner
tierra de por medio.•
Yo sé que no cometerás tamaña locura. Tú eres
quien erE&gt;s y yo soy quien soy. El marqués de Uugo
no puede degradarse hasta el extremo de perseguir
á la .llfuíieca. Sería concederla demasiado honor.
¡Adiós! Ya no volveremos á vernos más. Olvídame, si puedes. ¡Qué mala he sido contigo! Tú,
en cambio ... ¡Como que eres el único hombre que
me ha amado en la vida! ¡El único!
¡Adiós! Odiame, pero no me desprecies. Después de todo, soy digna de lástima. ¡"Ko me desprecies! ¡Y adiós para siempre!•
Y luego, á modo de posdata:
•¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón!•
El marqués guardó cuid:i.dosamente la carta y
quedó en silencio algunos minutos. Después se
echó á reir y blasfemó á gritos, en un terrible acceso de cólera:
- ¡Cuando le digo ú usted que todas son unas
perras!
*
* *
- Vamos con el final de mi historia:
Leí yo no sé cuántas veces la carta de la Jin-

iieca sin enterarme de lo que leía. • - ¿Será verdad, será \'Crdad?• Luego apagué la luz y caí sobre la cama sollozando. Me pareció ver brillar en
la obscuridad los ojos fosforecentes de Fanny.
• - ¡Oh, ven, ven y te lo perdono todo!• Y estuYe llamándola á gritos, hasta enronquecer, yo no
sé cuanto tiempo: e - ¡Fanny! ¡Fanny!•
Dcsf)ués se apoderó de mí un furor frenético,
y arrojándome de la cama, corrí por la habitación
como un loco, destruyéndolo todo, rompiéndolo
todo: el espejo en que Fanny se miraba desnuda
antes de acostarse, nuestra cama, la chaissc-longue,
pequeña y estrecha, en que nos sentábamos para
hablar de nuestros amores ...
Pasado el acceso nervioso rompí de nuevo á
llorar. Después perdí el sentido y ya no sé lo que
fué de mí en mucho tiempo.
Estuve más de un mes entre la vida y la muerte. La fiebre me consumía. Los médicos llegaron
á desconfiar de mi salvación. Pero al fin sané del
cuerpo, ya que no del espíritu. «¡Bicho malo nunca
mucre!•
La convalecencia fué larga, muy larga. Un día
se me ocurrió mirarme al espejo. l\Ic costó gran
trabajo reconocerme. ¡Dios, á lo que había quedado reducido el marqués de Rugo!
Era el tipo perfecto del don Juan dccadeQtc,
el pelo y la barba blancos, la frente surcada de
arrugas, las mejillas flácidas, la mirada muerta.
Lloré mi juventud agotada y juré vengarme de
la infiel que así había dcstruído mi vida.
***

\

Recorrí palmo á palmo todo Mat.lrid en busca
de la ingrata. Lo del viaje ú la Australia me parecía una patraña inventada por Capuani para despistarme. Pero todas mis pesquisas fueron inútiles. El pájaro había volado. Pasó tiempo. Yo seguía siempre firme en mis propósitos de vcnganz:1.
Por fin, un día, alguien me dijo: e - ¿La 1l[niicca? No hace mucho que me pareció verla. ¿Dónde fué? ¡Ah, sí!, en París, en no recuerdo qué calle
del Barrio Latino. Debe trabajar en algún teatrucho ele aquel quarticr.•
Aquella misma tarde tomé el sudcxprcso y me
fuí á París. Mi amigo no me había engañado. Una
noche ...
El marqués se sirvió una nueva copa clccognac.
Después continuó:

- Una noche. . .
Estamos en la «casa• de los grandes «cancioneros• del q11artier, en el cabaret de Los gatos.
¿No conoce usted ese cabaretr Es uno de los
más curiosos de París. Yo se lo describiré. Tenemos tiempo. ,\un queda cognac.
Sentados en altísimos taburetes, fumando sus
pipas, el bock de cerveza en la mano, se hallan los
artistas del «establecimiento».
Entre ellos creo adivinar ú Capuani - ¡á Capuani! - , cuyo retrato vi hace tiempo en un periódico de teatros.
Oculto en un rincón, observo á los artistas.
¡Qué admirables tipos! El uno me recuerda á nues-

�..

1

I

tro Espronceda, con su gran melena negra, lustrosa de pomada, su bigote y perilla románticos, y
sus ojos de mirar vago y triste, absortos en la contemplación del ideal.
A su lado se sienta un hombrecillo con pretensiones de elegante, un parisiense á la moda, el bigote encrespado á lo Rostand, la cabeza peinada á
lo Cleo, la mirada insolente, el gesto altivo...
Un viejo gordo, de cabeza calva y ojos saltones, la nariz torcida, la boca desdentada, parece
presidir la reunión, y la anima, desde luego, con
sus ruidosas carcajadas.
A su lado se sienta Capuani, que entretiene al
público, desde su alto taburete, imitando el canto
del gallo ó el arrullo amoroso de la paloma.
Un tanto separada del grupo de los artistas, se
halla una joven vestida de azul, rubia, blanca, delgada, espiritual, la cabeza apoyada en la pared,
los ojos fijos en lo alto. Es la «musa» del cabaret.
En el mostrador, un anciano de barba blanca,
con enorme monóculo en el ojo izquierdo, vestido
de frac, pone en orden las botellas de la anaquelería.
Un gato de Angora, blanco como la nieve, de
patas sobre una mesa, maúlla con lúgubre acento
su canción de amores.
El cabaret está lleno de gente y hace un calor
insoportable.
***

Comienza el espectáculo.
«Abre plaza• el hombrecillo con pretensiones
de elegante, quien recita, con voz molesta de falsete, unos versos lúgubres, insultando á la Luna.
Luego aparecen el romántico á lo Espronceda
y el hombre gordo, y cantan á dúo unos couplets
sin ingenio y sin talento, que corean los espectadores.
Después entra en escena la joven vestida de
azul, que musita una candón indecente titulada
Toute la lyre.
De pronto el público prorrumpe en gritos:
- ¡Eh! ¡Eh! ¡La llfuñeca!
Y apareció Fanny.
Yo no sé que pasó por mí al verla. Fué aquello como una suspensión, como una paralización de
la vida. Creo que por espacio de algunos segundos - ¡t:xtraño fenómeno patológico! - , agotadas
de pronto mis energías físicas, dejaron de funcionar el corazón y el cerebro.
Cuando volví á la vida, Fanny se adelantaba
al público, sonriendo como siempre, con sonrisa
banal y acariciadora.
Mis ojos no se cansaban de mirarla. Estaba
muy cambiada. Ya no era aquella chiquilla alegre
de La Mu1ieca en el bosque, que andaba á sal titos
como los pájaros y reía á carcajadas.
Había envejecido; sus ojos azules no brillaban
ya como brillaban antes, con luz tomada del mismo sol; pálida, á pesar del colorete con que manchaba sus mejillas; la boca contraída por una mueca dolorosa que quería parecer una sonrisa, la pobre Fanny no era ya sino una somhra de aquella
otra Fanny de mi adoración.
¡Y su cuerpo! ¿Qué se había hecho de aquella
carne que yo besaba tanto? ¿Cómo en unos cuan-

tos meses se había marchitado, se había secado
aquella flor de amor?
Yo la encontraba hermosa, sin embargo. Su
belleza había adquirido en el sufrimiento cierta
dulce majestad. No era ya, no parecía ya la Magdalena pecadora - frivolidad y vicio-, sino la
Magdalena arrepentida - pena y amor.
Mis ojos no se cansaban de verla. Pero toda mi
cólera, todo mi odio habían desaparecido. Ya no me
sentía capaz de matarla. Recordé aquellas palabras
de su carta: «Me queda aun mucho que sufrir en
la vida. Capuani será tu vengador. Ese hombre ha
venido al mundo para mi castigo.• ¡Sí; bien estaba
pagando su traición!
De pronto, el público, puesto en pie, comenzó
á gritar:
- ¡El cuéhillo y la rosa! ¡El cuchillo y la rosa!
Cayó la cortina y á poco volvió á levantarse
para la representación de la pantomima.
Fanny apareció, como yo la había visto tantas
veces, triste y llorosa, contándole á la Luna sus
cuitas de amor.
¡Oh, qué hermosa me pareció entonces! ¡Y
pensar que aquella mujer había dejado de ser mía!
Y sentí que el fuego del amor volvía á abrasarme
el alma.
Pero apareció Capuani á representar el papel
del bandido Alejandro, y al llegar el momento en
que éste y Dorotea se besan, vi cómo la llfuñeca
se transfiguraba, y volvía el brillo á sus ojos, y el
color á su cara, y la sonrisa á sus labios.
Loco de celos, pensé matarla en aquel momento. «¡Ah, sigue enamorada del italiano! ¡Bien clarn
lo he visto! ¡Y yo, insensato, que estaba dispuesto
á perdonarla. •
Fanny comenzó á bailar. Cerré los ojos para no
verla. «¡Ah, pérfida!• Y aprovechando un momento en que el público, puesto en pie, aplaudía entusiasmado, abandoné cautelosamente la sala.
Ya en la call-e, examiné tranquilo mi revólver
Browing. Estaba bien cargado. Y esperé. Al dar la
una, cogidos del brazo, salieron por la puerta del
escenario ella y él, la Muñeca y Capuani, dirigiéndose, por el boulevard Saint-Michel, camino de los
puentes.
Seguí sus pasos con andar silencioso, esperando una ocasión en que poder abordarlos.
Iban disputando. La voz femenina de Capuani
se enronquecía al gritar. Algunos transeuntes se
detenían para observarlos.
· - Ahí va la ll111ñeca.
Llegamos al Puente Nuevo. Miré receloso á un
lado y á otro. ¡Estábamos solos! ¡Ellos y yo, y nadie más! Saqué el revólver y grité:
- ¡Eh! ¡Tú! ¡Fanny!
Volvió la cabeza asustada.
- ¡Dios mío! ¡El!
Capuani se dirigió á mí amenazador.
- ¡Mala peste de apaches! ¡Eh, compañero, cuidado conmigo, que yo también sé defenderme!
Le apunté con el revólver.
- ¡Vete y déjame con Fanny, ó te mato aquí
mismo como á un perro!
- ¡Compañero!. ..
La ,A!uñeca intervino.
- Es el marqués de Rugo.
- ¡Diablo! ¿E.! marqués de Hugo?
-Sí.

1

gañé, faltando á la fe jurada... Puedes matarme,
estás en tu derecho.
Y después de una pausa:
- No querrás creerme si te digo que hace
mucho tiempo que te esper,0 impaciente. ¡Oh',
¿cuándo vendrá el vengadór? - me preguntaba
todas las noches-. Ya estás aquí; ¡bien venido
seas! Ya estás aquí. Ahora no perdamos tiempo.
Yo besaré, agradecida, la mano con que me hieras.
Pero acaba de una vez y no prolongues más mi
suplicio. ¡Acaba de una vez!
Hizo una pausa, se ahogaba, y después continuó:
- ¡Si vieras qué alegría tuve cuando me lla*
* *
maste en el Puente! Luego, debo confesarlo, he
sentido un poco de miedo. Pero ya no; ya estoy
tranquila; ya espero, resignada, la muerte.
Estábamos solos, ¡solos los dos!
Y de pronto, con voz que hacía enronquecer la
- Levanta la cabeza y mírame.
cólera:
- No puedo ... no me atrevo.
- ¿Has visto cómo huyó el cobarde? ¿Has visLa cogí la cara con ambas manos, á pesar de
su resistencia, y estuve contemplándola unos mo- to cómo huyó sin defenderme?
La respondí con una injuria,
mentos en éxtasis.
- Para tal señora, tal caballero.
- ¡Siempre hermosa!
- Tú no sabes lo que me ha hecho sufrir duPor fin se atrevió á mirarme. Me pareció que
rante
este tiempo - siguió diciéndome Fanny - .
el azul de sus pupilas se había tornado negro.
¡Oh, he llegado á lo último! Yo no sé ya quién es
- Acaba. .. Puede venir gente.
Me sentí acometido por un nuevo acceso de más miserable, si él ó yo...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
turor.
- Tú has venido á salvarme... ¡Oh, verme li- ¡Silencio! ¡Tú no tienes derecho á hablar!
bre de él, romper las cadenas que me sujetan á
¡Ven aqui!
ese hombre!. ..
La arrastré hasta un farol inmediato.
Cayó de rodillas, p uestas las manos en cruz.
- ¡Quiero ver las manchas que ha dejado en
- Ahora que voy á morir me perdonarás todo
tu piel la baba de Capuanil
el
mal
que te he hecho, ¿verdad? ¡Oh, déjame que
Ella protestó suplicante.
- No me martirices... Acaba de una vez... te bese los pies! Humillándome á ti me ensalzo.
Yo seguía miránd0la, mirándola con ojos de Ya sé que he sido muy mala contigo, muy mala ...
¡Déjame que te bese los pies!
loco, que debían asustarla.
La levanté del suelo, donde se arrastraba y,
- ¡Acaba de una vez!
sin
poder contenerme, la besé, apasionado, en la
Me eché á reir.
- No tengas prisa ... Tenemos tiempo de so- boca.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
bra. ¡Si yieras lo que gozo viéndote sufrir!
Ella se resistía, forcejeando por desasirse de
Y después de una pausa:
- ¿Qué haría yo contigo?, ¿qué haría yo con- mis brazos.
- No... , ya no es posible.
tigo? Quitarte la vida me parece poco. ¡Un casti- Pues entonces - la grité colérico - , ¡prego más grande! ¡Ah, quisiera tener en estos mopárate
á morir!
mentos la inspiración de un inquisidor! ¿Qué haría
- ¡Haz de mí lo que quieras!
yo contigo!
- ¡Ah! ¿De modo, que con todos menos conElla seguía mirándome aterrada, sin atreverse
migo? - seguí furioso-. Pero, ¿qué te he heá decir palabra.
- ¡Habla; te autorizo para que hables! Díme cho yo? . . .
- Sí, con todos, menos contigo, porque tú
qué debo hacer para castigar tu traición. Tú que
eres maestra en la maldad, debes saber de estas eres el único hombre en el mundo á quien quiero,
eosas de crímenes y venganzas. ¡Habla, mala hem- del modo especial que yo soy capaz de querer.
- ¡Calla! ¡No mientas más! La verdad es que
bra, habla! ¡ Ya ves si soy insensato que todavía
sigues
enamorada de Capuani.
gusto de oir el engaño de tu voz!
Declaro á usted que, en aquellos momentos,
Ella seguía callada, mirándome con ojos de esestaba completamente loco, y no podía, por tanpanto.
- ¡Ah! ¿No quieres hablar? ¿No quieres defen- to, ser responsable de mis actos ni de mis palabras.
derte?
- ¡Prepárate á morir! - la grité.
. La cogí por ambos brazos, sacudiéndola fu- Preparada estoy - me respondió con voz
noso.
entera.
- ¿No quieres hablar?
- ¡Reza!
- Suéltame, me haces daño - gimió la mi- ¡No sé!
serable.
- ¡Llora!
Y luego, con una voz muy triste, que yo no le
- ¡No puedo!
habla oído nunca:
Pero, á pesar de mi cólera, no me decidía á
- Sí. .. , acaba de una vez. , . Mi vida es tuya;
dispón de ella como te venga en gan:1, .. Te en- matarla, Tiré el revólver al suelo.

- ¿El marqués de Hugo?
Y el miserable echó á correr acometido de súbito terror, perdiéndose á poco entre las sombras
de la noche.
Cogí á Fanny de un brazo y la llevé arrastrando hasta Nuestra Señora.
Ella no opuso la menor resistencia.
Sólo la oí decir:
- ¿Para qué. mancharte las manos de sangre?
Si quieres, ahí, en el Sena, yo misma...
La respondí con una carcajada.
- ¡Calla, perra!

�~ue,·amente clamú &lt;ioloritla la ,·oz ele Fanny:
- ¡,\caha de una \'ez!
demasiado noble para ti ... U na na\'aja ... ¡Si tuYo hice como que no la oía, y conlinué implaviera una navaja!. ..
eablc:
).le registré los bolsillos febrilmente.
- De modo que, ni corazón para sentir, ni ce- ¡lTna nanja!•.. ¡Una navaja!...
.
rebro
para pensar; que eres una muikca, una verY de pronto, arrojándome furio~o ! obre la indadera muñeca de carne, ¿no es eso?,
fortunada:
¡Qué birn te conocía Capuani! El te bautizó
- Voy á ver si efectivamente eres una muñeco:1 ese apoca. ,\quí, en el pecho, todos tenemos
uo denigranuna piltrafa de carne que se llama cote: ¡La Ji/,;razón. ¿Qué tienes tú ahí dentro? Voy
1iccn!
;í Yerlo, aunque, para ello, sea preciso
Dieron las
destruir el precioso mecanismo de tu
dos.
cuerpo. ¿Qué tienes tú ahí dentro?
--No creas
Y, mirándola fijamente ú la cara,
que porque
con ojos de loco:
he tirado el
- ¡Sí!, el insensato he siclo yo, que
revólverme he ('namorado de una muiieca. Ahoseguí dicienra que te contemplo sin pasión, me condo -- te pervenzo de que no eres más que eso: un
dono la \'ida.
húbil artificio de mujer, una apariencia
Esta es tu
engañosa de crialura humana.
íil tima no¡Xo te aprieto más en mis brazos,
che. ¡Lástiporque temo
ma no haber
romperte!
traído una
¡Débil es la
na,·aja! Pero
arcilla con
me basta con
que la Xatumis manos.
raleza consQuic-:·11 sentruyea l homtir,alahogarbrC'; pC'rnm,ís
te, cómo podébil es la
co ;í poco \.e
pasta - ¿se
ya acabando
llama biscuit.'
tu yida. ¡Ah,
- con que
quiero que
estás hecha
sufras, quietú.
ro castigar tu
Pero ¿cócarne con tomo es posidos los torble que mis
mentos del
ojos no hayan
dolor!
visto antes
Y de pronlo que ahora
to, en un acven? Todo
ceso de locuen ti es posra, la cogí por
tizo, artifiel cuello, decial; todo en
cidido á ahoti está muergarla.
to ... ¿Qué
l'erosenmano mistetí mis manos
riosa mueve
humedeciel hilo que
das por. sus
davidaá
lágrimas.
tu cuerpo?
¿Lloras,
Fanny,
lloras?
le
pregunté.
¡Sí!, ere!&gt; una muñeca con apariencias humanas,
:\'o me respondió.
una pobre muñeca... ¿Ves? Por mús que busco no
- ¿Lloras?
te encuentro el corazón ... , por más que busco,
- ¡Si'. - me contestó entre sollozos.
por mús que escudrii\o.
La cogí, conmoYi&lt;lo, en mis brazos.
¿\' pensar? ¿Piensas? ¿Tienes cerebro y en el
¡Sí que lloraba! ¡El milagro estaba hecho! ¡La
cerebro ideas? Ya sé que,desgraciadamentc, eres
capaz de la palabra. .. ¿Pero hablas mecánicamen- muñeca se había coll\·erlido en mujer'.
- ¡Pues si lloras, estás sah'ada!
te, como los fonógrafos? ¡Dime la verdad, no me
Se separó de- mis brazos, y con yoz resuc\t;i:
mientas! Ya ves que estamos solos y nadie ha de
- ¡~o! ¡Quiero recibir la muerte de tus maen tcrarse ele tu secreto.
nos!
¡Así Dios me perdonará!
Dime; ¿es que tienes en el cerebro una mú- ¡\'etc!
quina ele producir ideas? ¡Xn me extraí'íaría! Yo
- ¡~o!
creo en todos los progresos de la ciencia. ¡Vién- ¡Te perdono'.
dote á ti, cómo no creer en ellos!
-

~o ... , esta es un arma demasiado diJna,

- Pues entonces...
Y echó á correr con dirección á los puentes.
Yo la seguí á gran distancia.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
Siguió corriendo. De pronto se detuvo y gritó:
- ¡Adiós para siempre!
Y de un salto se arrojó al agua.
- ¡Fanny! ¡Fanny! - clamé desesperado.
Todavía la oí decir:
- ¡Adiós, amor mío!

. . . . .. . .. . . . . . . . . .

. . . .. . . . . . . . . . . . . .

La botella del cognac se había terminado. Y el
marqués, ya completamente borracho, me miró
con sus ojos ele fuego, nublados ahora por las lágrimas, y me dijo suspirando:
- ¡También las aguas del Sena pueden ser purificadoras como las del Jordán!
Luego, repitió maquinalmente (ya no se ciaba
cuenta de lo que decía):
- ¡Ni una buena, ni una buena! .. .

.. .. .. .. . ..........................
. ....... . ... ... .. . ......... . ........ .

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad art1s1ica y literaria. No se devuelven los ori&amp;inaks. Et papel empleado en esta
revbta es de la Papelera Espaftola. Fotograbados de Ourá y Comp&amp;llia. Imprenta de José Blass y Cia., San Mateo 1, Mad,id,

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siento que su amiga de usted la reciba.con tanto retraso, péro
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siento que su amiga de usted la reciba.con tanto retraso, péro
me ha sido inlp'osible contestarle á usted más pronto por no ha. berJe.Jlegado el turng. . . . .
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.
.
d
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la obra, dice lo s1.gmente:
«Almas de fuego es un libro vario; á yeces, irónico; á trozos, vigoroso y romántico; á ratos, también, refin_ado y de~adentc, donde surgen y se descomponen, cual pmtadas piedrecillas de un kaleidoscop10, las diferentes «penumbras de
alma» del autor.
.
li
»Cnentos hay, como Fetiquismo, enfenmzamente comp cados de una psicología dolorosa y «bodelere_sca», donde
la feli~idad total del protagonista reposa exclu~1vam_ent': en
el contraste de unas medias negras sobre la smfon_1a _n~eve
y rosa ele unos muslos de mujer; el rotulado t fft:s~crua?,
donde campean un {uerte ambient~ de cosmopolitJsm? ~
una penetración alqtútarada y mmuciosa_ del ~lma fememna,
los titulados La diosa Ca, ne y / Oh ~aó,a, c1'1Stw11a_ mansedu11iórel, escépticos, burlones, cual s1 el ~utor hubiese empleado, al escribirlos, la parte más d~scre1da Y n_iundana de
su es &gt;íritu· y entre otros de muy desiguales matices, El d~fmso~. cu¡nt~ de una ironía á lo ;\[aupas~ant, y La bufaard,lla, á mi juicio el más tierno, 1 más delicado, el meJor de

tod~~lmas de juego tituló Felipe Sassone ~ su libro, Y i por
mi honor que hizo bien! En esta obra, mas aun CJll:e. en su
noYela JI.falos amores, late una humanidad deseqmhbrad_a,
b roniana y ardiente. La ttiste noche de amor que dese1?1aza
1~ relaciones del pintor «lllarcelo RottJ» ~on_ «Claucli!1-e»,
la linda obrerilla de L e Printemps, en Fef,qutsmo, ¿que es
sino una crisis de histerismo? ... Y la _castidad de « Oiga», Y
el tr · o-ico fin de «Julián Fons», y el ,medo que el autor d:clar:1fiaber tenido á su buhardilla vacía, ¿no son estremecimientos morbosos de un espíritu colocado, por In abund¡r
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.,
A lmanaqu e de ,,La llustració_n". - La llustraczo11 EsfJañol,ty Americana acaba de pubhcar su Alrnan:ique para

ANO 1 • 6 Diciembre 1907 • N.º 49

Precios de suscripción:
/Y\a drid y provin cias : T rimes tre _'.3,25 pesetas.
Semestre 6 pese tas. A no ti. _
Extra n jero: Semestre 10 pes e tas. Ano 18.
A nuncios á p rec ios conve n cionales.
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3Q CéntiffiOS

el año de 19()8, compuesto bajo la inteligente dirección de
D Antonio Garrido y en el que colaboran: Acebal, Alcázar,
A~gel Guerra, Bergen, Cavestany, C!arán, Coullaut Valera,
Cuenca Díaz Huertas, Estrada, Fernand~z Bremón, Fernández Sh;w Garrido Gil, Jiménez, Larrubiera, Llorente, Martín , Meuzier, :\lota; Nogales, Ortiz de Pinedo, Pedrero, P érez
y González, Pérez de Guzmán, Ruii !,ópez, Sandoval, San~a
,,!aria, Sellés, Sentenach , Sorolla, Sourel, Vera, Weczerv1k
y Zirges.
. bl
.
Es un elegante volumen, ad!Illra emenre impreso.
De l ce rcado aje no, por En_rique Díez-Canedo. - M. Pérez Villavicencio, editor. ;\ladncl.
,
.
En este libro, el delicado poeta D1ez-Canedo ha ye_rttdo
al castellano, en armoniosos y serenos versos,_ c_ompos1c1,ones
de Shelley, de Rossetti, de Richeprn, de Vt!hers de l IsleAdam, de Rimbaud, ele :\lallarmé, de Yerhme, de Moreas,
de Mreterlinck, de Gregh, de D'Annunzio, etc., etc.
Del cercado aieno empieza con un soneto en el que el
poeta se aconseja á sí mismo :
.
« DeJa por hoy tus íntimas canciones.
Libre, á la cita con la ;\lusa falta.
Hoy una recia tentación te as_alta,
y eres como escolar en vacac10!1es..
Explora el campo en todas direcciones;
vadea ríos y cercados salta.
Ni fruta dejes de alcanzar, por alta,
ni flor extraña, tímido, abandones.
Nadie viITTla, nada te rehusa
la tierra fértil; pasajeros, vanos,
han de ser los enfados de tu ~I usa : .
después, en el secreto de tu estancia,
podrás acariciarla con tus manos, .
que tendrán de tus hurto5 la fragancia.»
Rom eros del d olor . Novela, por Miguel A. Ródenas. -

M . Pérez Villavicencio, editor. Madrid..
.
.
Es una novela «rústica», una narrac16n ca1npes1~a, escrita
en limpio y ,·igoroso estilo. Hay una gran exacttt~d ~ la
descripción de los paisajes, y las figuras aparecen cli'?uJadas
con energía y sobrie_dad. A_umen~a el mérito de este hbro u n
bonito prólogo de G . Martinez Sierra.
Zarza florida, Poesías, por J. :\luiíoz San Román. - Librería de Fernando Fé. Madrid.
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===O&lt;□
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La Semana Teatral
El estreno más importante de la semana anterior fué ~l
se,1orito, comedia lírica con música del maestro Cal)eJa Yonrinal de. .. (¡ni Loreto lo sabía la noche del estreno.) .
g El seiiorito triunfó completamente: el asunto, el diálogo,
la trabazón ele las escenas, todo es perfecto. Es la o bra de
un literato.
Y el público se preguntaba:
- ¿ De quién será esto?
.
Pero la «incógnita» era un penetrable. Después, Pepe
Loma «tiró de la manta» desde El Liberal, y todos hemos
sabido que el autor de la nueva obra era José Francos Rodríguez. Por cierto que la noche del estreno estuvo Francos
en Price y luego en el café de Leva~te, y hubo de hablar, co,~
varios amigos que venían del Có,mco, y que trataron a .E
se,iorito con cierto desdén: unos encontraban la obra lenta,
otsos la juzgaban sosita...
. .
. d'
Hace muchos años, Francos Rodríguez escnb16_u!I 1m 1simo cuento, cuyo protago:1isla! _para conocer la opimón
de él tenían sus amigos, se fing10 sordo, con }o que rec1 1
innúmeros desengaños. Ahora le ha. ocurndo a él algo _s~me. te con el misterio en que se h~bta envuelto. '.l[ora\ep. No
Jan
,
·
·
-• p eliaro
expongas
nunca a, tu meJor
amigo
,u
., de Juzgarte
cuando cree que tú no has de oule.

i~i

J. fl\.A SALA VERRÍA

EL LITERATO
I

no podía ser en aquel momento más halagador.
Otaño tenía treinta y dos años, era de figura bien
TAÑO, el joven y célebre escritor, entró en
parecida, alto, di' rostro claro y benévolo; era sonsu &lt;'uarto y se tendió e n la cama, dando riente por lo común y sabía recatar e l fondo de
un largo suspiro; cerró los ojos, abrió los tristeza que había en su carácter; era amable, quebrazos, se desplomó.
rido; acaso se le preparaba un risueño porveni r
Estaba tan cansado, tan hastiado, de tal modo dentro de la sociedad. Ocho días atrás publicó
sentía el agobio de la existencia, que en aquel mo- una novela, que la crítica acogió con gran entumento hubiera querido morir.
siasmo; los editores le solicitaban; ganaba ya bas«El hombre, pensó, debería tener la vida como tante dinero; sus artículos empezaban á ser cocogida de un hilo; ahora yo cogería ese hilo sutil, mentados por todo e l público; aquella misma malo rompería con un esfuerzo levísimo, acabaría dP ñana había salido un artículo suyo en el periódico
fatigarme ... &gt;
de mayor importancia de Madrid, artículo que proTendido como estaba, con los ojos cerrados, dujo honda sensación. Su carrera literaria llegaba
abandonado en cuerpo y en espíritu, comenzó á al máximo de potencia, su reputación era indiscurepasar los sucesos del día, los azares anteriores, tible, no tenía que hacer ya más sino abandonarsP
el tumulto entero de su breve é intensa carrera de al éxito, dejar que el nombre circulase y llegará
escritor. Pasaban por su mente los hPchos, las cuanto se pueda llegar: á la Academia, á la direcideas, los mil detalles de la vida, como en una ción de un gran periódico, á un b11en puesto políronda veloz y atropellada; él los veía pasar á totico, á la traducción de sus obras en el extranjedos y los iba recordando: unos le asustaban, de te- ro.
Su inteligencia, en suma, entraba en aquel
rribles como eran; los otros le sugerían un amable punto admirable de madurez y de equilibrio, y su
dulzor; pero estaba tan cansado, que solamente estilo era vibrante, fuerte, hermoso y fluido.
adquirían fuerza en su memoria los recuerdos más
- ¿Por qué, por qué esta tristeza? ...
amargos.
Venían sus recuerdos atropelladamente, y acu- ¡Qué triste es todo esto! . . .
dían los más pequeños y lejanos; todos tenían parSe volvió de lado, hundió la cabeza en la al- ticipación en aquella ronda espesa que ensommohada y suspiró nuevamente:
brecía su mente. Recordó su niñez, sus pobres
- Sin embargo, ¿por qué, por qué esta tris- años de miseria y de tristezas familiares, su primeteza? ...
ra jm·entud, exenta de alegrías y amoríos turbuEn efecto, el aspecto exterior de sus asuntos lentos, su timide7. contumaz, su torpeza, su ensi-

O

�punto muv alto y muy puro, formado de todos
los atributos' de la divinidad. ~n aquella altura
ideal, la gloria participaba de lo mefahle, de lo superhumano; era lo bueno, lo bello, lo más noble
de la existencia; serda &lt;le aureola á los guerreros, á los mártires, á los conduct?r~s ~e pueblos,
á los poetas. Asi su ~l~1a, que '.mgrn_ana y f~rn?amentalmente era rehg1nsa, me1or chclv&gt;, ~1st1ca,
inyentó un dios para su consuelo y para satisfacer
sus impulsos de a&lt;loración.
.
,
Junto con esta ~evoc~ón_ de la glona, tema
Otaño una reverencia optimista y generosa de la
opinión. Consideraba que en el mundo, por de~tro
de la humanidad dispersa, rc\·ue~ta y, en_em1ga,
latía 1111 aliento de comunidad y s1mpatla ideológicas que los grandes ~- fue~t~s talent?s lograban
infundir; este aliento 1deolog1co servia como de
espíritu universal que hacía con~xas_las al_m~s más
distanciadas; y las almas, las 111t~hgenc1~s, para
expresar concr~t~1;1cntr _su concx1~11, vahanse de
la opinión, del pucw critico que S\iha apa:e~er en
forma prrcisa ante la ohra del gemo; la ,op_tmdn ~ra
como una melodía surgit'ndo de la armumca umón
de las infinitas y disper!-aS inteligencias.
.
Ota110, pues. creía rn la rc~l~za ~e la glona,
creía en la unanimidad de la 0¡&gt;101611. fal como el
juicio crítico de la humanid~d se muestra a_cor~e
ante un problema matemático ó una expenenc1a
química se mostraría igualmente unámme ante
una obr;1 suhlimr de arte ó de filosofía. El pen~amiento del escritor pasaría claro y ¡n~ro, reve~tldo
de arrogantes imágenes, al pcnsa~11ento umv_ersal; la emoción del autor promm·ena_una emoción
semejan te en el alma de la humanidad; el ~lma
del autor se fundiría en la gran al_ma del umYerso; el uniYerso reflejaría lo recóndito de la mente
del escritor. . .
.
Otaño trabajaba con un ardor, _con u~a P3:il6n
y una fe, con un entusiasmo que 111 los anos n1 l~s
naturales fracasos pudieron enfriar. Per~ ~sa visión que él tenía de la gloria y de la op11116n se
mantuvo fuertr mientras el esfuerzo del avan_ce
ocupó toda su atención. Entre tanto q~e traba1aba preparando el éxito grande, su espmtu no po-

1111

mismamiento de solitario. ¡De todas las cosas agradables había carecido!
Pero precisamente porque careció &lt;le todo p~so
su ambición, desde muy jon~n, en poseer un t1_tulo de prestigio que le per~1ities~ pPnetrar l~1en
en lo hondo de la rxistencia social y rcsar~1rsc
allí de su escasez y humil&lt;lad pasadas. Conciu1~~a1ía un nombre que fuera como un tít11~0 n~b1hario, merced al cual su persona circulana digna y
libremente; conquistaría, aclem:ís, puesto q_uc era
enérgico y laborioso, una fortuna, y _ll_egana á la
gloria. SPría fuerte, respetallo, y adm1t1do por sus
obras espirituales; entraría á gozar del mundo;
tendría poder, mando ...
' ' toda la energía de su voluntad, reconcen1
'
tracia
y terca,
la empleó en alcanzar este_ ¡·111. I'ero
ahora que !u alcanzaba, ahora estaba. triste, rendido, con una tristeza y un cansancio abrumadores.
.d d
- Quisiera que la \ida estuviese prench a e
un hilo sutil. .. - pensó otra yez.

II
Otaño te-nía formado de la gloria un concepto
puramente rom,íntico é idealista. Cuando renunció á sus creencias de la infancia puso en el al~ar
yacío de su alma al dios de la gloria; á est~ dios
rogaba, adoraba, y en él creía. Para él la gloria era

día detenerse á analizar la esencia de la gloria y
de la opinión uni\·ersal: aun no las había alcanzado. Solamente al llegar arriba, en el reposo de la
llegada, su fuerza analítica cogió los ídolos de su
juventud, los giró y remiró, les dió cien vueltas,
y al fin sintió que su sér se anegaba en llanto.
Rompió á llorar interiormente, dando suelta á
esas lágrimas inmateriales y ocultas que manan de
ojos escondidos y que caen copiosamente en los
senos del alma. Este llanto y desencanto nacieron
precisamente cuando su novela logró aquel ruido
de aplausos y cuando sus artículos periodísticos
atraían sobre él la atención y simpatía del público.
- ¡Miserable público! - exclamaba el joven
literato Cf\n sorda irritación.
El suponía antes que las ideas de su mente
pasaban íntegras á la mente del lector, y que de
este modo el genio podía avasallar al público y
tenerlo pendiente y atado. Concebía á la idea
como formada de un modo total, redondo, pleno;
pero ahora observaba que la idea de su cerebro,
el hijo de sus soledades, al lanzarse al universo,
adquiría formas diversas, matices múltiples, y se
descomponía hasta el infinito. Conoció que la idea
no es una y total, redonda, plena, y que no moldea los cerebros á su misma capacidad, sino que
los cerebros del público son quienes moldean las
ideas á su medida. Cada mente era capaz de esta
ó de aquella magnitud ideológica; cada cerebro
era un recipiente que el destino había conformado caprichosamente, y las ideas se ajustaban á esta
capacidad caprichosa de los infinitos cerebros. Xo
era la idea quien vencía, avasallaba y moldeaba el
cerebro, sino el cerebro era quien cogía la idea y
la hacía suya. Entonces Otaño se dijo:
- ¿De manera que no soy yo quien triunfa,
sino mis lectores? ¿Yo labro mis ideas para que
otros las utilicen y les den forma á su placer? ¿:Mis
idras son siervas de mis lectores? ...
Al pensar de este modo, su orgullo se sublevaba y le hacía rugir de ira. Comprendió además
que, así como no existen dos cabezas iguales, tampoco hay dos formas ele mentalidad idénticas. Y
exclamó Otaño:
- ¿De m:mera que mi idea, concebida y depurada por mi, en cuanto pasa al dominio de los
lectores se transforma en tantos matices como IPctores hay en la tierra, y se anega en la multiplicidad de las mentes, y se pierde, se diluye en el infinito? ¿De manera que mis ideas, en cuanto salen
de mí, ya no son mías, y se me mueren y hacen
extrañas? ¿Es como si pariese hijos y se me desaparecieran?
Aquí Otaño empezó á afirmarse á sí mismo
que un creador de ideas lo mejor que puede hacer es guardárselas y no entregarlas á la inclusa
de la humanidad. No escribir más, en fin ...
Entonces se levantó del lecho, corrió hacia la
mesa de trabajo, agarró la pluma y la rompió, como
quien ahoga 6 despedaza á su tirano.
- ¿Qué me ha valido el pulir, educar, engrandecer mi inteligencia?- exclamó, desalentado.
La crítica había entrado en el campo de sus
producciones, y las había analizado: aquel análisis
arbitrario y contradictorio, vago, pedante y huído,
es lo que más descorazonaba al joven escritor.
Cierto crítico se fijaba en un aspecto solamente
del libro, y sacaba de él una consecuencia equivo-

cada; otro crítico aseguraba que la tendencia de
sus ideas era de tal forma, cuando, en realidad, era
lo opuesto; parte del público se detenía en ciertos
episodios ó aspectos que carecían de interés en
los propósitos del autor: la idea inicial y neta de
su libro y de sus artículos nadie la quería descubrir. Unos decían que la esencia de su talento era,
principalmente, descriptivo; otros, en cambio, opinaban que era discursivo; algunos le aconsejaban
que hiciese dramas; un editor le pidió una obra
sociológica; el director de un periódico le ofreció
la plaza de redactor jefe ... Ninguno acertaba á
Yer, al través de las obras, la idea y el ser del autor. Si él lanzaba un libro á la voracidad del público, el libro era dividido en fragmentos: cada lector cogía el libro y lo hacia suyo, lo interpretaba
como quería. ¡Su libro, al salir de sus manos, ya
no le pertenecía!
Aquella misma mañana publicó Otaño su celebrado artículo, y escuchó con asombro las diversas opiniones que sohre él íbanse forjando. Había
quien lo elogiaba por la precisión de la forma; otro
Yeía en la tendencia del trabajo demasiado atrevimiento; alguno lo motejaba de afectado; otros se
fijaban sencillamente en ciertos párrafos radicales;
nadie comprendió el artículo entero, completo de
forma y de idea, tal como saliera de la mente de

�mente, y cada día en diferente forma, piruetas
su autor. ¿De qué
ante la multitud...
le servía, entonces,
- ¡Ah miserable público, monstruo grosero Y
haber lanzado su
ba¡·o que p'irles siempre sangre nueva!. .. ¡No seré
hijo á la vida, si es)
. ya más.'
yo quien
me dé á ti en sacn.fi c10
te hijo era cogido
por la multitud y
III
deformado, has ta
adquirir tantos maOtaño no podía calmar la agitación de su sér,
tices, tantas idiola inquietud, el coraje de su pecho. Levantó la
s in cr as ias como
cortinilla de la ventana y
lectores existían?...
miró á la calle.
El público no
Por allí pasaba, bajo un
entendía ni aceptacielo plomizo, en la incierta
ba de corazón sino
luz de la tarde, la gente que
aquello que fuese
marchaba tevuelta y aprisa
bien sencillo y raá buscar su pan, su vicio ó su
so· admitía congodolor. Niños andrajosos, anzo' las superficialicianos mendicantes, obreros
dades, lo bonito, lo
de aire c, nsado, un ciego que
irónico, lo que le
tocaba el violín, una yieja
divertía; las obras
trapera, mujeres, jóvenes y
complicadas las cogía é
opulentas mujeres que ~ban
interpretaba como quede tiendas ó de conquista.
ría, sacándolas el jugo
Dejó caer la cortinilla y
conveniente. El público
era un tirano que, como
compraba las ideas, hacía
de ellas luego el uso 9-ue
le placía. Y los escnt~res, en el fondo, continuaban siendo juglares,
que unas veces cantaban ~ellas trovas, _otras
veces hacían piruetas, y s1emp_re_ tra?a¡aba~
á sueldo ... ¡Valla más no escnb1r! El es~ntor se descomponía como una cosa dócil Y
débil en el oceano de la muchedun:b_re.
Al llegará este punto en_su análts1s atormentado, Otaño se levantó de la cama Y co- .
menzó á pasear; de tal manera le ahogaba la ira.
- ¡Puercos lectores! - . rugía, apre~ando los
puños - . ¡Ignorantes, va01&lt;;1osos, nec,10s lectores! ... ¿Y á vosotros es á quien yo hab1a demostrar lo oculto, lo triste, lo inefable y amoroso de
mi espíritu?... ¡Ah, no, no! ¡Nunca más _volveré á
escribir! ¡No vale la pena de. daros, necios le&lt;:tores, la vida y el dolor de la vida, la flor de la vida,
por un miserable aplauso!
- ¿Qué era la gloria, finalmente? Cuando la
veía desde lejos, Otaño se la figuraba como un
algo completo y conexo, como un estado permanente que había de ofrecer una constante valoración del mérito, un grado de po~er estable, un
prestigio que el tiempo no podna alter'.1r. Pero
ahora Otaño veía todo lo opuesto: la glona era un
estado accidental, difuso; surgía la gl?ria _POr sorpresa, sin saberse cóm?, á veces ar~1tranamente;
h unanimidad del elogio duraba un ~ns~ai:ite, luego el elogio se dis~ersaba y hac}ase mdl\'ldual, se
disgregaba la glona, desaparecia; sólo ~n e'.ecto
de inercia la mantenía al fin con apanenc1a de
realidad. Hasta que llegaba otra obra nu_e~a, y la
gloria volvía á crecer: era como u~ arco 1ns. ~ara
mantener en auge la gloria, necesitaba el escntor
dar siempre nuevas y fuertes obras, _qu_e se renovase, que buscase la atención del publ~co, que lo
adulase, que sangrase el corazón contmu":mente,
que el autor siguiera sin cesa: la ondulación caprichosa del gusto de la multitud. Hacer eterna-

a

dió la espalda á la calle, al mundo, las mujeres.
- Yo pensé un día que las mujeres. . . ¡Pero
esas son bestias blancas, pedazos de carne caliente! Carne, carne blanca... ¡Eso no sirve para nada!
Pero oyó una música extraña que venía de la
calle, y estuvo un momento inmóvil, con el alma
atenta, escuchand().
Sin duda aquella música era su preferida, la
voz íntima y familiar que había escuchado otras
veces con sin igual delectación.
La música venía de un extremo de la calle, y
consistía sencillamente en uno de esos antiguos
armoniums que los viejos mendigos suelen usar todavía en las grandes ciudades.
Era un organillo del antiguo régimen, contemporáneo de la buena y sentimental época romántica, de aquel tiempo que fué como una convulsa
erupción de todas las amarguras, de todos los entusiasmos, idealidades y arrebatos humanos; de
aquel tiempo que nació enfermizo, como parto de
la revolución.
El organillo venía tocando un aire de la época,
una romanza de Rigoletto. Pero como el instrumento era ya muy viejo, la romanza llegaba desarticulada, tal como si la can tase un sér anciano y
jadeante; y á veces el tumulto de la calle, el estrépito de un coche, el grito de un vendedor, cubrían
la música del organillo y la ahuyentaban. Pero
nuevamente la música volvía á sonar, dulce, apagada, melancólica, lle na de una suave ternura,
fresca é insinuante aún, con la frescura amable de
aquella época sentimental y graciosa en que existían poetas, revoluciones y mujeres pálidas!
La música hablaba de cabezas hermosas, de
melenas románticas, de ojos febriles, de grisetas
que aman á los escritores, de escritores que mueren tísicos ó que se suicidan. Y mezclado con
la figura de Rigoletto, surgía la visión de toda
aquella multitud convulsa é incoherente del romanticismo: las barricadas de Los miserables, la
figura altiva de Ilyron, la griseta de l\Iusset, la
queja de Leopardi, las Orientales; las orgías de
Espronceda, levitas entalladas, corbatas pasmosas,
castillos feudales, claustros conventuales, grabados
de Gustavo Doré...
Otaño oía deleitado, hundido en un arrobo, la
música del organillo. Sin duda la había antes oído
muchas veces; sin duda era una voz amiga que venía por las tardes, cuando llovía, cuando caía la
vaguedad del crepúsculo, cuando el alma se siente más propicia á divagar y á evocar sueños queridos; y venía á remover en el alma de Otaño
aquel mundo sentimental, romántico, quimérico,
que estaba escondido bajo la capa de un modernismo racionalista y de última moda.
Levantó, pues, la cortinilla, atisbó la calle, vió
al músico callejero; abrió la ventana y arrojó una
moneda. Luego el organillo cambió de música,
tocó una marcha de Garibaldi, juvenil y vivaz y se
alejó por la calle _abajo, hasta extinguirse, como
un batallón de qmmeras que se desvanece...
IV
Volvió á sentarse junto á la mesa de trabajo.
Entonces se fijó en un cuadernito negro en donde
solía anotar sus ideas y proyectos á medida que
surgían en su mente; precisamente las últimas ho-

. - ¡¿/j:'I(!(

e

; ~"'t ,

jas del cuadernito estaban llenas de pensamientos
y párrafos sugeridos por aquella misma inquietud
que en el momento le embargaba. Ojeó el cuadernito y leyó en voz alta, como si quisiese penetrarse bien del sentido de sus amargas reflexiones:
«El público es un niño, ó es un monstruo voraz, ó es una mujer: aunque vista de diferentes
modos, aunque lleve levita y guantes, aunque tenga en el cerebro unas cuantas ideas cultas, el público siempre es como aquel público de los pueblos campesinos, compuesto de hombres brutales
que ven saltará los pobres gimnastas, que Yociferan, ríen, aplauden las piruetas más grotescas y
piden ejercicios arriesgados, en que haya peligro
de muerte, y al acabar dejan una moneda ó una
injuria. Si el público es así, ¿cómo puede imaginarse que un carácter orgulloso haga piruetas delante de él? El público es un tirano que pide al autor
sumisión completa: le manda, le dirige, le esclaviza ... &gt;
,•¡Ah, yo no soy ni más ni menos que una mujer! La mujer necesita que le elogien el brillo de
los ojos, la b lancura de los dientes, lo liv iano del
talle; y la mujer busca el elogio y lo compra aun á
costa de su libertad, su orgullo ó su honor. La
mujer adorna su cuerpo, adoba su cabellera y su
piel, se cubre con galas fantásticas y rrlucientes,
para que el hombre la admire; y la mujer se tiende
á los pies del hombre y se entrega á él, desvanecida, dócil, esclava. Yo también busco el elogio
desatinadamente, pulo mi estilo, exprimo mi cerebro, agoto la sensibilidad de mis nervios, me
adorno, me adobo, me exhibo desnudo, y me entrego dócilmente al lector que me acaricia; y sus
caricias me hacen desvanecer, con un desvanecimiento de hembra insaciable. ¡Ah, yo no soy digno de mi! Yo me entrego y me reparto; me doy en
venta á la multitud; sé ya lo que gusta á la multitud:
cuál adorno, cuál gesto, cuál sonrisa ó mohín doloroso le gusta á la multitud, y salgo á ofrecerle
al ~úblico lo que le gusta, y él me paga con una
cancia y con una moneda, á veces con una injuria.

�Ahora sondo ante la canc1a, ahora lloro ante la
injuria. Al despertar pienso en el público, y al dormirme sigo pensando en él: yo soy la man_ceba del
público. El público es un amante muy exigente, y
yo soy la amada siempre dócil. . . &gt; • ,
«El lector ama notablemente la 1roma: sólo los
grandes ironistas han tenido la verdadera y consecuente estimación del público. U na forma de estilo put&gt;de dar celos á los irónicos, y esta forma es
el sarcasmo, la indignación vibrante á lo Juvenal.
Por donde se infiere que el público es una selva
de almas inmundas, que sólo aullan ante el látig~
ó ante las muecas pintorescas. El lector busca a
quien le grita con gran~es voces,. á quie~ le de~cubre simas de inmoralidad, á quien fustiga los tiranos y los poderosos; el público, que es un hato

1

1

1

de plebeyos cobardes, busca al escritor que le trae
carne fresca que devorar, porque nada hay que la
canalla agradezca tanto como la decapitación de
la grandeza, de lo noble, de lo sagra_do: el qu~ t~nga bastante abnegación para servirle al publ~co
diariamente carnaza fresca y noble, ese será bien
querido y solicitado. Un rey podrido_, un papa abyecto, un genio falso, un héroe mentiroso, ~n ~lósofo desprestigiado, eso es lo que ama el publico:
escándalo, grandezas caídas, voces iracundas~ adulación á la canalla ... La canalla gusta, ademas, de
la ironía; los buenos escritores, los que saben s~nreir finamente, con sonrisas de dos filos que hieren igualmente al autor ó al _público, á la verd_~d
como á la mentira, esos escntores que salen diariamente embadurnados de yeso y que hacen bonitas piruetas, que entretienen, no molesta? mucho, son lindos, suaves, que tienen algunos pinchos
discretos, que ríen, que sonríen ... áesos los bu_sca
el público siempre. ¡Si comprendieran los escnto-

res de todos los siglos que la ironía es un signo de
abyección, un tributo á la canalla!. . . &gt;
•
Pero interrumpió la lectura del cuadernito negro, porque, á medida que i~a leyéndolo, su pecho se llenaba de mayor coraie.
Se levantó demudado, con los ojos chispeantes; crispó los puños: hubiese querido tener en
aquel momento, unidos en un haz, los pescuezos
de todos sus lectores, para retorcerlos y ahogarlos
de una vez.
Después volvió el pensamiento hacia los escritores, sus compañeros de fatiga. Los vió endebles de salud, llenos de histerismo, atormentados
por la envidia, decepcionados,, irrit~dos contra su
suerte, incapaces de abrazar a la VI?ª con _abrazo
viril; sin energía, sin voluntad, nerviosos é mtran-

quilos, sensibles á la menor impresión,_pob~es, con
grandes ambiciones y sin ninguna acción vigorosa
en el mundo de los negocios, del amor, de nada.
Desgraciados séres que se reunían en algún rincón de la ciudad para hablar de sus grandezas
imaginarias ó para contar, en un contraste i_-idículo el dinero que cobraban ó el que cobranan, el
d~stino que poseerían, el personaje político que
los protegería...

V
Otra vez levantó Otaño las cortinillas de la
ventana, y nuevamente dejó errar sus ojos por la
calle.
Era aquel momento indeciso de la huída_ de la
luz de la muerte del día, de la llegada tácita de
la ~oche· aquel momento crepuscular que en pleno camp~ suele tener tan suave, tan resignada melancolía, pero que en el fondo de las grandes po-

tranvías, y únicamente se veían figuras
y escenas lamentables: una pareja de
guardias, una castañera, dos golfos que
se calentaban al fuego, y la gente, la inmensa, la revuelta y acelerada gente
que caminaba tropezando, lo mismo
que un río de aguas turbias.
De repente Otaño palideció. Una
mujer joven había doblado la esquina
que daba enfrente de la ventana, y sus
ojos, vueltos hacia arriba en un movimiento instintivo, automático, tropezaron con la mirada del escritor.
Otaño palideció y quiso ocultarse,
soltando la cortinilla y metiéndose dentro del gabinete. Pero sin duda aquella joven y hermosa mujer tenía hondas raíces en su sentimiento, porque
Otaño, sin poderlo evitar, volvió á la
ventana y levantó la cortinilla, y otra
vez tropezaron sus ojos con los de la
mujer.
La mujer sonrió y levantó la mano, con un ademán gracioso de inteligencia; luego se dirigió al
portal y penetró en la casa.
- ¿A qué viene esta mujer trapacera? - murmuró O taño - . ¿Qué me quiere ese fardo de frivolidades? . ..
Pensó que aquella mujer estúpida, tan bella y
relarnpagueante como un faisán de adorno, no
vendría á su cuarto más que para turbar la grave
complicación de sus pensamientos. Quiso cerrar
la puerta y ahuyentarla como á un gato bonito;
pero la mujer se adelantó y llegó á la puerta antes
que él. Y penetró en el cuarto violentamente, dando saltos menudos y vivaces, sonriendo y hablando, iracunda y melosa, todo á la vez.
- Aquí estoy, Otaño, aquí estoy yo.
Se sentó en una silla, levantó la pierna, hurgó
entre las faldas y se entretuvo un momento en
arreglarse la liga. Luego se entretuvo en acicalarse el peinado, en componerse el lacito del cuello y en mirarse al espejo con cien diversas actitudes y femeniles marrullerías. Y no cesaba de
charlar, rápida, frívolamente.
- Pasaba por ahí, ¿sabes?, y te vi. .. Te vi, y
me dije: «Ahí está el ilustre Otaño, el que ya no
me quiere, el que me p osterga á las princesas de
sus sueños... • Y entré, ¡claro que entrr!, para demostrarte que yo no soy princesa...

blaciones adopta un matiz grisáceo, triste y desconsolador.
Otaño se acord.ó de su niñez. Pasó por su alma
como una ráfaga de aire libre, y pasó también un
cuadro idílico lleno de la dulce inocencia de los
primeros años. Cuando él era niño, cuando acaso
presentía la inexorable crueldad de su destino,
solía apartarst&gt;: de la ciudad é íbase por el malecón
del muelle á sorprender el último rayo del sol; y
allí quedaba extático, mudo y perplejo, viendo
cómo la luz crepuscular se diluía en la naciente
sombra y cómo los perfiles de las colinas se dibuLa princesa está pálida,
jaban limpiamente en la violácea serenidad del firtriste está la princesa . . .
mamento. Entonces se quedaba absorto y ensimismado, aguardando á que amaneciesen los lu¡Já, já, já!. .. Yo no soy princesa, ni ganas de
ceros, y cuando la primera estrella brotaba en el serlo; pero soy una mujer de corazón . .. ¿Te entecielo como una flor brillante y diminuta, el peque- ras? S oy una mujer de corazón, ¡de corazón sí de
ño O taño se conmovía hasta la raíz del alma, que- corazón!
' '
ría cantar versos, quería llorar, hubiese querido
. Y com~ si esta suprema y noble palabra huvolar, morir, conv ertirse en ángel. .. Y muchas biese agobiado á su frágil y pueril espíritu, la hertardes concluía por llorar de veras.
mosa mujer se tendió en la silla y puso en su rosMientras que ahora...
tro un gesto de cómica indignación.
Apenas si se divisaba una línea de cielo entre
Sentada en la silla, con el busto doblado lio-elos dos tejados de la calle, y aquel trozo de cielo r~mente, con el entrecejo obscuro, con los at~rera de una horrible suciedad. En lugar de las som
c iopelados ojos negros clavados en la alfombra,
bras fluctuantes, en vez de las nieblas indecisas aquella mujer sugería ideas de sensualidad más
y de los rumores suaves del crepúsculo, aquí, en bien que ideas de compasión 6 de ternura. Toda
el fondo de la calle, oíanse los ruidos agrios de aquella mujer era un conjunto de sensualismo .
los coches, de los vendedores ambulantes, de los Transcendía de toda su persona un aroma lúbri-

�- ¿Qué dices tú á eso? ¿No tienes nada que
co, tentador y vehemente. Parecía un sér excepcional creado expresamente por la Naturaleza para decirme? ... ¿Y te estás así, callado como un topo?
rodar entre los hombres, como objeto de lujuria, ¿No soy nadie yo? ... ¿O crees que tus pensamiencomo prenda de amor, de pasión primitiva, de tos valen más que mi persona? ... ¡Hijito, ilustre
sabio ó lo que seas, ten en cuenta que el tacón
concupiscencia.
Andaba por los cafés y los escenarios como de mi zapato vale más que todas tus ideas!
- ¡Bueno, basta! - exclamó por último Otauna pelota de juego, como un animal bonito que
brincaba ante el aplauso, que reía ante los gritos, ño, y se levantó con ademán resuelto-. Habíaque se embriagaba con la hirviente aura de la mul- mos quedado en que tú y yo...
- Habíamos quedado en que tú eras un potitud. Y era como un sér de condenación, inocenbre
chico, y en que yo no podía perder el tiempo
temente perverso, encargado de encender las más
torpes pasiones. Cuando la multitud hervía entu- con tus simplezas.
- Pues bien, Cielito, hermosa Cielito; eso
siasmada, cuando en el ardor de la danza su cuerpo vibraba lo mismo que un haz de fuego, enton- quiere decir que no nos entendíamos y que hicices ella se enardecía todavía más que el público, mos bien en separarnos. Ahora...
- Porque tú eras un pobrete, por eso no nos
y acentuaba sus ademanes lúbricos; y entonces
que el público rugía, como una bestia celosa, ella entendíamos. Tú eres un pobre hombre lleno de
temblaba desde los pies hasta el cabello, y hubie- vanidad, que te crees que las demás hemos nacise querido ofrecerse, de una vez, completamente, do para servirte ...
- Al contrario; yo te quería para lo otro...
al monstruo encandilado de la multitud.
para amarte.
- ¡Yo tengo corazón, sí, corazón, corazón!. .. - ¡Já, já, já!. .. ¡Qué tonto, qué romántico es
volvió á decir, mientras se incorporaba bruscamente. - En cambio, otros no lo tienen ... ¡No, señor; este ilustre sabio! ¡Para amarme como á las prinno lo tienen! Hay personas ridículas que se creen cesas pálidas! . . . ¡Já, já, jál ...
- Yo te quería para amarte, no como á las
severas, y son nada más que farsantes . ..
Pero el mutismo de Otaño debió de producirle princesas, sino como se ama á las mujeres que
una honda contrariedad, porque se fué hacia él, transitan por nuestro lado. Pero me equivoqué,
se plantó firmemente, puso los brazos en jarra, y me resultaste una...
- ¿El qué? Acaba de decirlo ...
chilló:

- Bueno, 0-elito; terminemos, porque estoy
en un trance moral que no consiente divagaciones.
:-- ¡Lo que hay es que tú eres un egoísta, un
vanidoso, un hombre fatuo! ...
- Basta, Cielito...
- ¡Y_que me cogiste para distraerte, para hacer conmigo u:1a pausa en tus trabajos ridículos! ...
- ¡Ea, acabemos!
- ¡Pero el tacón de mi zapato roto, vale más
que todos tus escritos necios! ...
Al_llegar_ aquí, Otaño avanzó hacia la puerta,
la abnó Y m!ró á ~a buena moza con tal imperio,
con tan ternble mirada, que la mujer vivaz y turbulenta c~lló amedrentada y traspuso la puerta
con pas_o hgero._Pero al llegar al pasillo, y cuando
~e v1ó libre del imperativo gesto de Otaño, la muJer_ ~e desató nuevamente en improperios y en
ch1lhdos.
- ¡~al escritor! . .. ¡Fatuo!. .. ¡Canalla! ...
. Otano se encogió de hombros, cerró la puerta
violentamente y se sentó ante la mesa. Luego apoyó_ la frente en la mano, y dejó que su espíritu sigmese anegándose en el mar profundo de su tristeza.
. - ¡Qué estúpido episodio el de esa necia muJer!: .. Pedazo de carne blanca, nido de lujuria,
vanidad de un placer enfermizo. ..

VI
Una mano llamó á la puerta.
- i No estoy! - gritó Otaño - . ¡ Al diablo
todos! . ..
Pero la mano volvió á repiquetear con más
fuerza que ant~s, de una manera autoritaria, y se
oyó una voz atiplada que decía:
- ¡Soy yo, Otaño; ábreme!
Como no le contestaran, la voz gimió nuevamente:
- ¡Otaño, Otañito, ilustre escritor! .. . 1·Abre
pronto, que soy yo!
Golpeó la puerta con furia, y gritó desaforad amente:
;-: i Abreme, Sltaño, que vengo con grandes
noticias! ¡Que traigo mucha prisa! ...
En~onces Otaño abrió la puerta de mal humor,
y entro turbulentamente en el cuarto un jovencillo feucho, mal fa~hado, de sombrero inverosímil,
d~ cuerpo mezquino, con unos ojos saltones que
m1raban descarada y burlonamente á todos los
lados.
. - ¡Hola, querido Otaño! Vengo á hablar contigo de un asunto muy grave.
S_e sentó en seguida cerca de la mesa, se repantigó muellemente, cogió un cigarrillo del ca•

�jón, lo encendió y comenzó á fumar, á escupir, á apura se muere. ¿No me ves á mí? Yo no tengo
mirarlo todo y á removerse inquieto, mientras reía prisa. Yo soy un ilustre dibujante, como tú sabes
con una risa mezcla de candor y de truhanería bien ... ¡jí, jí, jí! Pero no me apuro ni envejezco
como tú. Yo reservo parte de mi juventud para
ratonil.
- Fumas buenos cigarros, dicho sea entre pa- las buenas mozas ... ¡Ah, escucha! La Cielito creo
réntesis... ¡Jí, jí, jí! Comprendo muy bien que con que te es infiel; no te fíes.
- Yo no tengo nada que ver con esa mujer.
esta ayuda se escriban las gloriosas páginas que
- ¡Vamos, no disimules! Todos sabemos que
tú escribes. Un buen cigarro es un gran colabohabéis tenido vuesrador de la intelitras uniones ilícigencia. Si Homero
tas ... que habéis ...
hubiese fumado ...
¡Vamos, Otaño, no
Otaño se levanseas hipócrita!
tó, y dijo:
- Eso fué an- ¡Bueno, contes, en otro tiempo;
cluye!
eso ya pasó ...
- ¿Qué? ¿Qué
- Pues sabe
es eso? ... - chique ese trasto de
lló el jovencillo.
Cielito está Pn in- Que concluteligencia con el
yas, que digas lo
imbécil de Roda~.
que habías de de¿Y qué me dices tú
cirme.
de Rodas, del imEl jovencillo se
bécil de Rodas?
arrellanó en la silla,
¿Has visto en tu úpuso una pierna SO·
da un congrio más
bre la mesa, y exgrande? ¿Has leído
clamó con acento
los artículos que
meloso:
publica en El Es- ¡Oh, mi adtandarte?
.. . ¡Chimirado escritor, mi
co, te confieso que
ilustre y querido
estas cosas me
genio! Tú tienes
sacan de quicio!
prisa por dejarme,
y yo, por el contrario, desearía morirme á tu lado, ¡Cuánto imbécil anda suelto por ese mundo del
sin separarme de ti ni un momento de la vida. arte! ... ¿Pues no se atreve Urrutia á decir que
No comprendéis vosotros, los genios, que la lla- Rodé!;S es un muchacho de talento? ¿Tú crees que
ma de vuestra inteligencia nos atrae á nosotros, Rodas puede tener talento? ... Vamos á ver, sé
franco: ¿Tú crees que Rodas piensa, ni que bajo
corno la luz atrae á las ...
- Mira, Pino del demonio, no estoy ahora aquella bola cerebral guarda ni siquiera tres
para oirte, ni tengo ganas de paliquear. Acaba de ideas? ... ¿Y qué me dices de Urrutia, hombre?
¡Yo no he conocido un majadero más tonto que
una vez; dime á qué vienes, y márchate.
- ¡Bien, ilustre literato, bien por las energías! ese Urrutia! S_e figura que con ponerse grandes
Así me gustan á mí los hombres: rápidos, francos corbatas de lazo nos va á epay decididos. Pues yo también quiero ser franco y tar á los pobres burgueses...
rápido, y te diré, por no andar en circunloquios ¿Tú qué dices de !_a s corbaestériles, que hoy no he almorzado, qu~ necesito tas de Urrutia?
Otaño pensaba en aq~el
cenar á todo trance y que vengo á pedirte cinco
momento que la vida literaria
pesetas. ¿Te parece bien, ilustre escritor?
Otaño sacó una moneda de cinco pesetas, se era la más pobre que pudiera
darse en el mundo.
la dió al jovenzuelo y aguardó de pie.
- ¿Y siempre esto, siem- Toma, ahí tienes la cena. Ahora, déjame
pre, hasta morir, esta pobre
en paz.
Pero el jovencillo vivaz no tenía sin duda mu- vida de murmuración y mez- ·
chas ganas de marcharse, y con voz atiplada, con guindad? ...
- ¡Ay, Otaño de mi vifrase pintoresca y entrelazando muecas nerviosas,
saltos en la silla y carcajadas guturales, habló sin da! - siguió diciendo el jovencillo-; ¡tú vives en una
cansarse:
- No seas precipitado, Otaño; no te precipi- región fantástica de ideal, y
tes; atiéndeme á mí, que soy más viejo en este pQr eso no te enteras de las
mundo del arte. ¿Vas á trabajar? ¿Piensas pasarte miserias de este bajo munq.o!
la juventud trabajando? ... ¿Cuántos años tienes? Haces bien, haces bien. ¡Yo
¿Treinta, treinta y dos! . . . Ten calma, hombre, estoy asqueado, completaque ya llegarás. El porvenir te aguarda, el hermo- mente asqueado! No hay más
que imbéciles por Madrid, maso porvenir... ¡Jí, jí, jí! ...
Encendió otro pitillo, escupió á ambos lados las lenguas, lenguas viperinas.
de la silla, se limpió la baba de la boca con el re- ¿Crees que tú estás á salvo?
Pues qo lo estás, no; también
vés de la mano, y prosiguió:
- No vale apurarse, querido Otaño; quien se tú tienes que pagar el tributo . ,.,#.

á la perfidia humana. Por ejemplo, ayer decía en
~ornos ~l tonto ~e García que tu novela es un plagio_ de D Annunz10, que te traes las ideas de Anatollo France, que...
:¿Y para esto agoto mi sensibilidad, pensaba
Otano, y malg~s~o la flor de mi alma, para que me
muerda la env1d1a ocultamente? Si pudiese pesar
el ~r~ Y. el contra de la opinión, las alabanzas y
las 111JUna~, ¿acaso no pesarían éstas más que aquéllas? ¿Y nu carrera será entonces una caminata por
entre mal_vados, que me acechan en la sombra y
que me siguen mordiéndome, y yo nunca podré
con~cerlos á todos, y sentiré que hay algo que me
hos:1ga y mina, ojos que me celan, lenguas que
me mfa~an, manos que me hieren sin que que yo
pueda librarme? .•. ¿Y no conoceré al amigo y beberé, acaso,, co~ mi enemigo? ...
- Garcia dice - pro~e~uía entre tanto el jovenzu~lo - que está escnb1endo un artículo para
la revista La L~ctttra, en el que piensa atacarte
de un modo ternble. As~gura que tiene muy buenos datos, que ha recogido de tus obras anteriores un sinnúmero de vaciedades, no pocos galicismos y bastantes citas equivocadas. Añade García
que tú erP.s un hombre inculto ... ¿Qué dices á eso
Otaño? ¿No piensas defenderte?
'
«Me acosarán entre todos, se unirán para de-

rribarme; la rabia y la impotencia propias les dará
fuerza; no podrán consentir mi triunfo ... ¡N'o, no!
¡Nunca más escribir!•
- ¿Qué_ pi~nsas, Otaño? No me dices nada ...
Oy,e, necesitare de ti dentro de pocos días. En el
«Circulo• pensamos organizar una Exposición y
Y,º pr~sentaré 1;1nas acuarelas... ¿Me harás un ~rt~culo, ¿~I_e daras un bombo?... El imbécil de Urruha v_a diciendo por ahí que tú no entiendes nada
d; pmtu_ra. .. Voy á fumar otro pitillo. Toma, fuma
tu también.
Entonces ?taño, que sentía rebosar su alma de
asco y de fatiga, y que ya no podía resistir por
m~s t~em~o aq1;1ella repugnante exposición de las
m1senas !tteranas, se _levantó, cogió al jovenzuelo
del brazo y lo llevó nolentamente hacia la puerta.
:-- No seas bruto, Otaño, no seas incivil! ...
¡Chico, 9ué maner~ de despedir á la gente!. ..
Otano lo empujó al fondo del pasillo, sin hablar palabra, y se volvió á su gabinete.
- ¡Te aco~darás de esto, Otaño! ... ¡Me vengaré! ... - chillaba el jovencillo.
Pero Otaño cerró la puerta y se sentó, abrumado, más hastiado que nunca.
Tal era,el turbión de ideas que en aquel momen_to_ bulha en su mente, que Otaño se propuso
escnb1r l.ln artículo: ¡el último artículo!

�Pudo más en aquella ocasión el hábito que la
angustia de su alma y el desfallecimiento de sus
ideales. Estaba corrompido por la costumbre de
escribir, de darse al público en sus más intimas
ondulaciones psicológicas.
_
Pero se acordó de que había roto la pluma ...
Sin embargo, buscó en sus bolsillos, encontró un
lápiz y escribió rápidamente, sin pararse, sin titubear de un solo tirón, el siguiente artículo:
• LOS INMORALES
,La profesión más inmoral de todas las profesiones es la del escritor. Xo hay oficio tan humilde y desgraciado como el oficio de la literatura.
Sin embargo, nadie hay tampoco que sea tan altivo como el escritor.
•¿Y qué derecho tiene el escritor para sentirse
altivo? ¿Por ventura el literato es un centro, y un
fin, y una cosa única que se basta á sí misma? ¿Es
dueño, señor de sí mismo, el escritor?
,El escritor, al contrario, no es dueño de si
mismo, ni se pertenece, ni tampoco le pertenece
su renombre; este renombre, y su misma personalidad, no son pertenencias del escritor. El escritor, por consiguiente, si fuese lógico, habría de ser
humilde, puesto que es un servidor del público.
,El público manda en el literato, la fama de
éste pertenecr al público; el público es como un rey
antiguo, autoritario, que puede quitar y dar mercedes. Un tendero, barrigón y lucio, pasa por la
calle, me Ye, se acerca á mí y me sonríe paternalmente, me pasa la mano por la espalda, me aga- grado de su sér se enturbie y se haga febril, para
rra del hombro, como si tomara posesión de mi que las páginas resulten bien atormentadas, bien
persona, y elogia mis escritos.
febriles y originales. Retuerce el pescuezo á sus
,.\1 elogiarme, el rústico tendero realiza un pasiones más íntimas, para que su obra literaria
acto de benévola superioridad. En aquel momento degt:ile y caiga como un licor refinado, mortal y
yo soy suyo, yo no me pertenezco á mí, sino que
te ...
dependo del tendero barrigón y lucio¡ sin su bene- sorprenden
&gt;Coge las flores de su alma, las mariposas de su
plácito, yo, como escritor, no existiría. Vivo yo fantasía, las alas impalpables de su imaginación, el
gracias á la benevolencia de mi amigo el tendero. velo azul de sus sueños, el oro de sus esperanzas,
Y si le llamase imbécil y me rebelara, dando vue- el polvillo luminoso de sus ilusiones, la blancura
lo á mi altivez, ¿no tendría razón el tendero en in- de sus creencias, el plumón cándido de su virtud,
dignarse, como aquel á quien arrebatan una cosa la llama tímida de sus amores, y con todas estas
que es suya?
virginales excelenrias hace un compuesto y lo des,¿No es del tendero mi fama? ¿No me la otorgó tila, como un licor exquisito, terrible ... ¡Es como
él graciosamente? ¿}fo le debo yo cuanto soy y un ladrón de sí mismo, que se roba su mejor ricuanto valgo? ¿No está en su arbitrio el quitarme queza, para ofrecerla en homenaje... ¿A quién?
cuanto yo tengo, puesto que es suyo? El tendero
,Esa cruel é insaciable amada, es la vanidad.
es quien mide el mérito de mi trabajo, porque mi
• El escritor se arrodilló á los pies de la vanidad
trabajo no es nada por si mismo, sino mrdiante la y le ofreció cuanto él poseía: virtud, orgullo, inde·valuación ajena. Xo es mi trabajo como un puente pendencia, talento. Entonces la vanidad le exigió
ó como un par de zapatos, obras humanas que son más, todavia más, siempre más, hasta que no quepor ellas mismas, y dentro de ellas llevan el fin, el dase dentro de él ninguna cualidad de soberbia. Y
objeto de su valor, y son útiles y buenas sin ne- el escritor se hace siervo de la ,·anidad, y para ella
cesitar de ninguna extraña concesión ...
por ella muere...
•Perola inmoralidad del escritor estriba, prin- vive,,Los
escritores somos los juglares eternos, que
cipalmente, en su humillación continua¡ y es, ade- saltamos sobre la cuerda de la posteridad. Y para
más, inmoral, porque transforma los valores per- nosotros no hay remedio, no hay esperanza: toda
sonales y porque miente y enturbia la visión de la eternidad nos toca saltar sobre la cuerda del
todas las cosas universales.
circo. En el circo está sentada la humanidad, aten• El escritor necesita que las cosas se acomoden ta; salimos nosotros á la arena y nos lanzamos soal fin de su literatura, y no vacila en exagerar, en bre la cuerda, y brincamos á más y mejor: el púcorromper, en alterar el aspecto del mundo, con blico aplaude, el público ríe, y nosotros nos inclital de que cada una de sus páginas tenga un
dándole las gracias.
fuerte sabor de originalidad. Como además el es- namos
&gt;Cogemos la pelota de nuestra personalidadcritor saca del fondo inefable de su sér toda el y en la pelota va toda nuestra riqueza interior, los
alma de sus escritos, procura que ese fondo sa-

sueños, el ansia, las visiones, los pensamientos, los
dolores y las alegrías -¡ cogemos la pelota y la
echamos en alto y h~cemos con ella bonitos juegos. Y la ~elota va girando á la luz, ofreciendo sus
colores ?n!lantes ó siniestros; colores múltiples
que el publtco admira, aplaude y paga.
, •_Después que hemos alegrado la ociosidad del
publico con nuestros juegos, nos metemos en el
fon?o del barracón, en la gran feria de la vida.
A!h ~omemos nuestro pedazo de pan y roemos las
m1gaJaS de la _alabanza. El vino de la gloria nos
aturde; la vamdad, nuestra amada, nos azota sin
parar.
&gt;Allí, en el fondo del barracón, todos los juglares del arte nos mezclamos, y por una miga-

ja de pan gruñimos, Y por un pedacito de alaban~a trabamos fuerte pelea, mordiéndonos con
una ira reconcrntrada, allá en la intimidad del barracón.
•Luego salimos otra vez al circo. El público lleºª, I_as grndas, )as mujeres hermosas sonríen, la
n:1us1ca suena tnunfalmentc. Nosotros salimos disimulamos las heridas, tapamos el dolor, y j~gamo~ nuevamente con la pelota de nuestra personalidad ...•
VI

Pero_ de repente, cuando escribía con más calor y fl~1dez, )e.asaltó de nuevo la idea de que él
no deb1a escnbtr, de que el público era un miserable; él, (?~o, quería ser el saltimbanco orgulloso que h1c1era una mueca de desprecio ante el

�público y huyera del circo y del barracón. Sonrió
amargamente y murmuró:
- ¡No vale !a pena de contarle nada al público!
Y para afirmar definitivamente su propósito,
rompió también el lápiz, cogió el tintero y lo arrojó contra la pared; y el tintero, al estrellarse, metió un gran estampido y dejó en la pared un enorme chafarrinón.
- ¿Qué me queda por hacer ahora? ¿En qué
emplearé la vida? ...
Emprendería un trabajo honrado, digno, útil á
1a ouena marcha de la humanidad; sería comerciante, mecánico, agricultor. Pero, ¿lograría olvidar
su pasado, su intuición artística, su vicio de exprimir las ideas y sensaciones en artículos, en libros? ...
Delante de un crepúsculo de verano, ¿podría
resistir la opresión de una oficina 6 de un taller?
Cuando pasasen las golondrinas en primavera, ¿no
sentiría que se le llenaba el alma de ensueños inefables, que en seguida querría traducir en páginas
Ji terarias?
Al contemplar el divino cuadro de la Naturaleza, los mares rugientes, los horizontes azules, las
montañas· al oir el eco de los conflictos sociales;
al sentir 1~ vibración del mundo, ¿podría resistirá
la obsesión del artículo, ahogar sus ideas, guardárselas y callar?. . .
_
Ya no podría contemplar la Naturaleza con OJO
indiferente; ya no podría asistir á la tragedia humana como un silencioso espectador. Estaba condenado ya á producir imágenes é ideas, á ofrecer
sensaciones; su cerebro se había acostumbrado á
la creación; sus labios moldeaban la frase armónica inconscientemente; su hábito del análisis y de
la crítica no le permitían sosegar ante la ola de los
pensamientos que continuarhente se levantaba en
su cerebro. Y luego, la vanidad, el vicio del aplauso, la horrible é insaciable vanidad...
Era escritor por ley de su destino; ya no podría ser nada más que escritor. ¿Cómo contener
el turbión de ideas, comentarios, imágenes, sentimientos? Dentro de él se formaba diariamente
como un aluvión de aguas ideales que rebasaban
de su sér y saltaban fuera por conducto de la pluma; si dejasen de saltar aquellas aguas copiosas,
llegaría un momento en que no cupiesen dentro
de él y lo anegarían. Se formaba dentro de ~¡ una
concepción ideológica; una preñez angustJ.osa é
impaciente le embargaba cada día, hasta que se
abría en el parto, y entonces sentía una impresión
de júbilo y de sósiego. Si ahora quisiera encarcelar el aluvión de su inteligencia, las ideas romperían la cárcel y saldrían como locas...
- ¡Sí, yo terminaré por volverme loco!
De tal manera le agobiaban los pensamientos,
que ·por un instante se los figuró como dotados de
personalidad; ya no eran id~as inmateriale~ las que
rondaban por su cerebro, smo séres enemigos, séres corpóreos y tangibles ... Hast~ creía distinguirlos unos de otros, á sus pensamientos, y unos
eran rojos y le hacían muecas cínicas, otros eran
negros y le hacían guiños espantosos, y todos ellos
le perseguían, le acosaban, le mordían, y él no podía ahuyentarlos de ningún modo.
- Indudablemente, yo comienzo á desvariar.
Concluiré por volverme loco.
·

Se llevó la mano á la frente y observó que tenía calentura. Pensó en acostarse ... Pero en seguida que lo pensó, sus ideas dieron un brinco terrible en su cerebro y se le aparecieron más feroces que nunca. Unas eran rojas y le hacían muecas
cínicas; otras eran negras...
Tanto se asustó, que en lugar de acostarse cogió el abrigo y corrió hacia la puerta. En la puerta
notó la falta del sombrero ...
- ¡Sí; yo concluiré en loco!
Salió, en fin, y tomó la calle adelante, sin rumbo fijo. Nevaba copiosamente.

VII
Los copos de nieve voltejeaban en el aire y
sembraban la negrura de la noche con puntos blancos infinitos. La gente corría apresurada; como
aquella nevada era tan insólita, todos los transeuntes se asombraban viendo la nieve y prorrumpían en exclamaciones de admiración y de sorpresa. ¡Qué blanco, qué suave espectáculo! . ..
Los teatros se vaciaban en aquel preciso instante, y los buenos espectadores dominguero~,
que aun retenían en los ojos las visiones fantásticas de la escena, quedaban maravillados al ver
aquel otro espectáculo, blanco y tímido, con que
les obsequiaba la Naturaleza.
Una multitud de mujeres bellas y elegantes
llenaba el vestíbulo del teatro Real; los ojos femeninos, llenos todavía de la sqñadora poesía del
Lohengrin, los ojos que se habían anegado en la
blancura de Eisa, en la blancura del cisne mágico
y en la blancura del río misterioso y le2;endario,
se abrían asombrados al contemplar la nueva blancura de la nieve, de los levés y voltejeantes copos
que punteaban la negrura de la noche. «¡Qué lindo, qué blanco! ... • exclamaban las mujeres.
Otaño se detuvo en mitad de la plaza, y aguardó largo tiempo: parecía que deseaba sumergirse
en aquella limpia blancura, anegarse en frío y en
olvido. . . Después volvió á caminar, sin rumbo y
sin plan, como un sonámbulo.
Veía á los golfos que andaban como perrlejos,
como pájaros despavoridos; la nieve les había sorprendido de pronto, y buscaban en los rincones
algún lugar confortable en doade e_sconder s~s
pies descalzos. Sobre la capa de la 111eve, los ruidos de la ciudad se amortiguaron, se apagaron temerosamente; algo de siniestro, algo que tenía de
silencio triste, de asombro y de miedo, flotaba
en el ambiente. Poco á poco la ciudad fué enmudeciendo; aquel contraste de silencio actual con
el tumulto anterior, hacía que la capital de España apareciera como una ciudad que moría, que se
acababa. Interrumpiendo el raro silencio invernal,
los gritos de los vendedores atronaban de repente
la calle: eran vendedores de billetes de la Lotería, que gritaban agriamente:
- ¡Hoy sale, hoy! ¡Llevo la suerte! ¿Quién
quiere la suerte? ...
Después callaban también los gritos y todo se
sumía en el gran silencio de la nieve.
Desembocó Otaño en la Puerta del Sol. Vió la
plaza vacía, abandonada y sola. En medio de-la soledad nquella, como si la capa de nieve fuera un
tapiz blando y primaveral, un perro negro, lanudo1

vivaz, corría henchido de
júbilo, brincaba y se revolcaba en el suelo, hocicaba en la blanca alfombra, lanzaba las patas al
aire, rompía á correr una
carrera desenfrenada, ladrando alegremente.
Torció Otaño por la
calle del Príncipe y estuvo vagando mucho tiempo por sitios escondidos é
ignorados. La nieve le
azotaba el rostro, le cubría el cuerpo totalmente; pero él seguía como
un autómata, insensible á
los agentes exteriores,
ensimismado en su interna batalla moral.
Se paró de pronto, y
como si respondiese á
una terrible pregunta interior, exclamó en voz
alta:
- En fin de cuentas,
¿para qué vivir? ... ¿Qué
tiene esta vida de interesante? ...
Rompió á andar nuevamente y fué á dar en
la propia calle de Toledo,
allá por la parte de la Cebada. Vió unos cestos de
hortaliza arrumbados junto al mercado, algunas
verduleras arrecidas, un
carro en mitad de la calle,
casi cubierto por la nieve. Después, siguiendo
el extraño rumbo que le
marcaba su automatismo,
Otaño embocó una calle
estrecha, solitaria, que le
condujo al mismo corazón de los barrios bajos.
Por allí anduvo vagando á la ventura, sin
encontrar apenas gente:
la miserable gen te de
aquellos barrios estaba
guarecida en sus cuartuchos, al amparo de los braserillos centenarios, ó bebiendo vino en las angostas tabernas. De estas tabernas salía un vaho espeso, mezcla de vino, humo, aceite, harapos; los
hombres que bebían allá adentro tenían las caras
contraídas, los ojos apagados, los cuerpos encogidos; en los rincones más abrigados veíase la catadura de algún mozo de cuerda, triste como un día
sin pan, ó la borrosa facha de algún obrero, que
bebía silenciosamente para calentarse.
Ütaño vió una taberna abierta y entró incontinente. ¿Para qué había entrado? No sabía qué
hacer allí dentro... Pidió una botella de cerveza,
llenó el vaso y se lo bebió sin respirar. Miró en su
rededor: el dueño le contemplaba atentamente,
con una mirada que era toda una profunda interrogación; los parroquianos cesaron de charlar y

también le observaban curiosamente; hasta el gato
se le quedó mirando con gran extrañeza. ¿Qué
buscaba aquel señorito á tales horas y en tan inconveniente lugar? ... Pagó el gasto y se marchó.
La nevada iba cediendo poco á poco; la noche
se tranquilizaba: entonces adquirieron las calles
una dulce poesía invernal, una paz como de ensueño ó como de leyenda germana. La ronda de
Toledo aparecía como una gran vía fantástica,
toda blanca, toda limpia y con la nieve completamente incólume. Los árboles destacaban de la total blancura, lo mismo que si fuesen personajes
tácitos y pensativos puestos allí de centinelas del
ensueño. La luz de los faroles amarilleaba sobre
el nevado pavimento, y estaban los faroles colocados de tal manera, á lo largo de la extensa calle,
que se les veía perderse en la bruma del horizon-

�te, ni más ni menos que si se tratase de una fila de
lámparas perdiéndose en el Infinito... Todas aquellas cosas inusitadas, irreales, imaginativas, hacían
que la mente de Otaño se enturbiase cada vez
más, y que el trajín de sus ideas adquiriese las
proporciones de una verdadera locura.
Había llegado al paseo del Prado, y se le ocurrió detenerse enfrente de una ventana que tenía
las persianas corridas herméticamente. Algo de
singular le debió de atraer, y sin duda este algo
fué la música, velada y discreta, de un piano que
sonaba tras de aquellas herméticas persianas. Y
sucedió que la música estaba como hecha á la medida del estado ie alma de Otaño, porque la ventana, suavizando las •iotas del piano, sólo dejaba

pasar un rumor melodioso muy débil, muy apagado, semejante á una música que viniese de lejos,
ó semejante á una de esas músiras mentales que
únicamente se oyen cuando se sueña.
Otaño entonces traspuso la linde de lo material y alcanzaba el punto definitivo en que todo el
sér se deshace en sueño, en inconsciencia y en
fantasía. Las cosas de la calle no las miraba en su
verdadera forma, sino esfumadas, envueltas en
bruma; los árboles no los veía como árboles, sino
como objetos taciturnos, hieráticos; la nieve se le
figuraba una masa fluida que llenaba todo el mundo, y que ya no existían cuerpos pesados, ni la
tierra tenía solidez, sino que todo era fluido, flotante, blanco. ..

Bruscamente la música se hinchó, se agrandó
y se hizo robusta; ocurrió algo parecido á una ola
repentina que viniese tronando y envolviéndolo
todo. Se abrió, en fin, la ventana de par en par.
Entonces las cosas se materializaron nuevamente;
la luz fué más viva y verdadera, las notas del piano sonaban fuertes y chillonas, las fantasías y las
incoherencias se fueron, se escaparon. Una voz femenina sonó clara y vibrante para confirmar, de
un modo absoluto, la realidad de la vida.
Y Otaño despertó. Al tiempo que despertaba,
oyó que decía aquella voz de mujer:
- ¡Qué bonita está la nieve! ... Mira, Pilar,
mira qué encanto...
El encanto fué para Otaño, viendo la bellísima
mujer de la ventana. Era una joven pálida, morena, de grandes ojos garzos, de aire aristocrático é
inteligente, peinada con dos ondas que le caían
sobre las sienes y dábanle al rostro un fino matiz
romántico. A Ota.ño se le figuró aquella mujer la
más bella y espiritual del mundo entero; sintió
que el alma se le llenaba de ternura, sintió deseos
locos de poseer aquella mujer, de abrazarla y
amarla.
- ¿Por qué no había de ser mía esta joven? ...
Inmediatamente se puso á divagar su fantasía.
Si él lograse poseer aquella mujer, ¡ah, entonces
sí que tendría un objeto magnífico la vida! Amar
y ser amado, confundirse en una pasión inmensa
y ardiente... Puesto que la gloria era una ficción
engañosa, el amor vendría á completar y á llenar
su pobre existencia, y viviría una vida rica y elegante, con palacios, con habitaciones mullidas, con
viajes remotos, con alegría y con cariño...
Pero en el preciso momento &lt;.&gt;n que la fantasía
de Otaño alcanzaba su mayor altura, salió á la ventana la otra mujer, que era una jamona opulenta,
y los sueños del literato se desvanecieron.
Decía la opulenta jamona, bajando la voz y
sofocando la risa á duras penas:
- Pero chica, ¿estás loca? Tienes ahí al novio
muerto de frío ...
- ¿Qué novio?- respondió la bellísima joven.
-¿No le ves ahí? Y te mira como para comerte. .. ¡Já, já!
- ¡Qué cosas tienes, mujer! ¿~o comprendes
que es un cesante, que no habrá comido aún?
- ¡Chit, que nos oye! Pero... calla, yo le conozco.
-¿Quién es?
- Es Otaño, ese escritor que dicen que va
para académico.
- ¡Jesús, un académico mi no\'io! ...
- IJá!, ¡jál, ¡já!. . .
Las dos mujeres unieron en una sus carcajadas, y para reir más á gusto se metieron dentro de
la habitación. No contentas todavía, cerraron la
ventana, corrieron las persianas; y al poco rato
volvió á oirse la voz opaca, remota, sentimental
del piano. Otaño se restregó los ojos y arrancó á
andar nuevamente.
Mie~tras se perdía en las calles tortuosas de
Madrid, Otaño oía distintamente las carcajadas
con que las dos mujeres le despidieron; pero la
carcajada de la mujer joven, la pálida y divina joven cuyo amor había ambicionado un momento,
aquella carcajada le estaba sonando en el mismo corazón.

-¡Qué miseria esta! pensaba-; ¡qué
suerte de fracasos sentimenta1es!. .. ¡Y qué
vacía esta pobre
existencia mía!
Un coche
pasó á su lado
dando tumbos,
le rozó la espalda,casi le alcanzaron las ruedas. Una pobre
anciana, viendo
el riesgo, lanzó
u n chillido; 1a
gente se paró
consternada; el
cochero detuvo
los caballos; todos se alarmaron, menos Otaño, que apenas
si se &lt;lió cuenta
del peligro que
acababa de amagarle.
-En último
caso, ¿qué importaba? Si me
hubiese cogido
el c0che debajo, si me hubiera muerto, ¿qué importaba? . . .
Se encontró enfrente de su casa. Estaba cansado, muy cansado y muy triste. Subió, pues, á su
cuarto y cayó en la cama cuan largo era.

VIII

Sr agarró la frente con las dos manos, cerró
los ojos, se abismó dentro de sí, con un gran deseo de llorar. Estuvo en esta forma largo tiempo.
Y cuanto más se abismaba dentro de sí, sus ideas
negativas le atormentaban con mayor furia; y luego vinieron sus recuerdos á saltar en lo obscuro
de la imaginación, ¡sus recuerdoc; grises, feos, tristísimos! Vió la vida pasada, la miserable juventud, llena de fiebre y de angustia por llegar. Se le
apareció la vida como una llanura rasa; el cielo
era frío y gris, el horizonte negro é insensible ...
Todavía tuvo su ilusión un instante de alegría.
Pensó en una vida clara y sonriente, tal como su
alma, bC'névola é inocente en el fondo, solía muchas \'Cces imaginar. L'n río manso y profundo,
con molinos en la orilla, con suaves laderas verdes plantadas de cerezos y manzanos en flor. ..
Una casa blanca junto á un recodo del agua. y allí
dentro las gallinas, las dóciles reses, un perro ladrador, unos niños, una mujer que sería de buena
y cariñosa como lo fué su madre ... Una montaña
con pinos y robles, grillos que cantasen en las noches de Junio, mariposas bonitas, sol, aire puro y
blando... Una playa grande y solitaria, donde viniesen las olas á romper rumorosa y gravemente...
Los pinos se quejarían de un modo inefable, en
las horas cálidas del medio día; á lo lejos se ele-

�varían las montañas, doradas cuando el sol muere, blancas en el invierno, azulinas en el estío,
embozadas en mantos de bruma allá en la hora
religiosa del principio d~ la noche... El cú-c~, las
hojas movidas por el viento, el resonar contmuo
del agua limpia, las voces y estremecimientos de
la alta, solemne y profunda noche. ..
Sin embargo, estas imágenes amables y venturosas, en Jugar de reanimarle, por un efecto de
-fatiga, le sugirieron todavía ideas más negad?r~s.
Vió, en efecto, que todo aquello que él amb1c10naba en sus horas de recogimiento, aquello con
que soñó y para cuya conquista empleo él tanta
voluntad, ya no podría disfrutarlo en paz: estaba
corrompido hasta la entraña. La ambición, la literatura, la vanidad, el hábito, el público, le tenían
esclavizado, le corrompieron definitivamente.
En este punto de su derrotero ideológico, Otaño se puso de pie en mitad del gabinete y se afirmó á sí mismo que todo había acabado para él.
- Mi vida es ya imposible. Mi vida era la
pluma, la pluma, la síntesis de mi sér. He roto la
pluma. Ahora sólo me queda...
Dió un grito y exclamó:
- ¡La muerte, la muerte! ...
Corrió hacia la mesa, abrió un cajón, buscó
precipitadamente entre los papeles y sacó una
pistola reluciente, de dos tiros. Sus ojos se habían
abierto despavoridos, como si contemplasen un
fantasma alucinador. Temblaba todo su cuerpo.
Ante la súbita idea - la exacta, la precisa, la
culminante idea de toda su vida-, Otaño se estremeció hasta la raíz del pelo.
Fué á un extremo del gabinete, adonde esta-

ba el alto y gran espejo, se puso delante de él,
apuntó á la sien con la pistola...
Se vió á sí mismo, y se aterró de verse. Sus
ojos tenían un color desconocido; parecía que el
alma se asomaba á ellos. Quiso gritar, quiso bajar
la mano ...

~·-------------------------~
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· · L~ ·b~~n~ ·s~fio;a· qu·e · 1~ ~~r~í~ y· c~id~b~ :__:
¡quién sabe si conducida tan oportunamente por
algún genio benévolo! - abrió la puerta del cuarto en aquel crítico instante, y dijo con acento maternal y cansado:
- Aquí tiene, don Miguel, el vaso de leche
caliente. Bébalo, porque hace mucho frío. ¡Qué
noche, Virgen santa, qué noche! ... ¡Pobres marineros, á quienes les coja esta nieve en el mar!
La buena señora, lamentándose y renqueando,
salió del cuarto. Y Otaño se encontró solo otra
vez ...
Miró el revólver, miró en su torno, y sintió una
gran vergüenza de verse en aquel trance y con
aquella arma en la mano. Escondió, pues, el arma,
y suspiró fuertemente.
Sus nervios se distendieron; la angustia que le
oprimía antes la garganta, desapareció; sintió un
raro alivio, un descanso ... Bebió, en fin, la leche
y se sentó en su banco de galeote, frente á la mesa
de trabajo.
Abrió un cajón de la mesa, buscó por allí hasta encontrar una pluma; la armó, preparó cuartillas, otra vez suspiró fuertemente, y por último se
puso á escribir un artículo.
- Esto no tiene remedio - murmuró-. La
fatalidad lo ha dispuesto así. ..

'
FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empicado en e~ta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de Jos~ Blass Y Cía., San Mateo 1, Mad11d.

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Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
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NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

11

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(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

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Respuestas

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lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

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POR LITROS, HASTA 4 PESETAS CON ENVASE, PIDIÉNDOLA DESDE 4 LITROS Á SU AUTOR, BILBAO, REMITIENDO SU VALOR
==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>El [usnto Ssmannl
RlmonoquB dB ,,El tuBnto 5Bmonol" para 1908
Estamos preparando un Número•Almanaque, que constará de 40 páginas
y que contiene, además de,t.ma novela inédita de uno de los colaboradores
de Et Cuento Semanal que más éxito han obtenido. numerosos trabajos

literarios.
La novela tendrá las rnismas dimensiones, aproximadamente, que las que
hasta ahora venimos publicando, y los demás trabajos, entre los que figuran

cuentos, artículos festivos, poesías, etc., irán firmados por Jacinto O. Picón,
Eduardo Zamacois, M. Linares Rivas, E. Marquina, Salvador Rueda, J. Pérez
Zúñiga, Luis Gabaldón, E. Carrere, M. Machado, A. Palomero, Ortiz de Pineda
y otros renombr.ados y prestigiosos escritores.
La portada, á todo color, es de Tovar, y firman las ilustraciones interio-

res (bicromías y tricromías) E. Estevan, Pedrero, Francés, Lozano, Alvarez
Dumont, Apeles Mestres, Karikato, etc.
Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
•

NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

11

=

(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

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11

11

Respuestas

=====

lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

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SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
AGUA DE COLONIA ORlVE, DESDE 3 REALES FRASCO.
POR LITROS, HASTA 4 PESETAS CON ENVASE, PIDIÉNDOLA DESDE 4 LITROS Á SU AUTOR, BILBAO, REMITIENDO SU VALOR
==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

• l!I l!I

�El [uBnto SBmanal

Se publica los viernes
Oflclnás: Fuencarral 90 (
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409 1

/V\adrid

Camino adelante
Muy pronto, el día 4 de Enero, hará un año que apareció
el primer número de EL CUENTO SEMANAL,
S uestro periódico había tenido una gestación laboriosa
y activísima de más de cuatro meses.. Durante este tiempo,
cuantas opiniones se formularon acerca de nuestro proyecto
fueron pesimistas.
.
&lt;1En España se lee poco - decían-; al público, más que
una novela, Je interesa un telegrama ó la relación pintoresca
«del crimen de anoche». Por otra parte, aquí no hay cuen•
tistas•..»
Sin embar~o, como la idea era nueva y bonita, las simpati:is estaban con nosotros; todos deseaban que triuníásemos,
y la Prensa, siempre generosa, nos dispensó desde el primer
momento una protección que nunca agradeceremos bastante.
A cada momento nos preguntábamos: «¡Prevalecerá nuestro empeño?» Era esa inquietud, mezcla de alegría y de angustia, que únicamente co1\ocen los que de una vez y á una
sola carta arriesgaron todo su amor propio.
Y llegó el 4 de Enero. Fué un día espléndido, uno de esos
días rientes y azules de invierno, en que la gente siente necesidad de salir á la calle para caminar despacio y bañarse en
sol. El sol, nuestro aliado en aquella jornada memorable, aceleró nuestro triunfo: los vendedores trabajaron con ahinco;
el título de ¡EL CUENTO SE~IANAL! ... , repetido por centenares de gargantas, formaba un gran grito, ,qne parecía tremolar
sobre fas calles como una bandera; los tr:mseuntes, serenos
y contentos en la placidez tibia de la mañana, compraban el
periódico nuevo; que nada afüa tanto la curiosidad ó prurito
de saber qué pasa fuer2. de nosotros, como el «sentimos bien».
Como en Madrid, nuestra revista triunfó eu toda España;
aquella semana las cartas de íelicitación llovieron sobre nues•
tra mesa de trabajo. La campaña, por tanto, comenzaba bajo
augurios risueños; el camino mostrábase e,q,edito; á nuestros
anhelos ambiciosos, la Fortuna había respondido largamente.
Comprendemos, no obstante, que aun no hemos logrado,
ni con mucho, Jo que en la relatividad de todo lo humano
puede llamarse «defuútivo». La batalla primera está ganada;
el terrible reducto que la indiíerencia del público opone sistemáticamente á «lo que nace», quedó vencido. Pero dema·
siado sabemos que más diíícil que «llegar» es «conservar»
las posiciones merecidas, pues el esfuerzo personal se debi' lita y la opinión voltaria suele aburrirse hoy de lo que ayer
fué para ella motivo de curiosidad y regocijo. Por consiguiente, son numerosos y de grave cuantía los obstáculos que aun
esperan.
1 nosHasta
ahora nuestra labor ha sido de exploración 6 tan·
teo, y sin miedo á las «firmas nuevas» y á los nombres mal
conocidos ó un poco olvidados, fuimos aceptando cuantos
'trabajos nuestro criterio, demasiado indulgente quizás, estimó
publicables. Queríamos ofrecer á la mentalidad española un
-cauce libre, desenfadado, donde cupiesen las galla1das rebeldías del arte; queríamos que, bajo la protección de los «maes- .
tros», de los «consagrados», la juventud inédita, que nada
puede hacer por si misma, tuviese una buena tribuna, una
tribuna respetable, adonde asomarse. Si alguna vez nos equivoé.1.mos, sírvanos de disculpa aquel honrado propósito que
nos obligaba á ser benévolos.
·
•
Pero ya creemos conocer las tendencias del púhlico, ya
sabemos qué autores pr~fiere y, por tanto, desde aquí en adelante nuestto trabajo será cfé ··«selección y mejoramiento»,
tanto en lo .que atañe á la parte literaria como en lo concerniente á la parte decorativa, pues tenemos puesto todo nuestro empeño.en que, el tiempo andando, EL CUB:&lt;iTO SE)IANAL
neirie á ser ·\a revista literaria más culta y más genuinamente
art1stica de luantas se publican en España.
Con este objeto, á partir del próximo Enero empezaremos
árepetir dos ó más veces, aquellas firmas que mayor' éxito
-Obtuvieron en el transcurso del año que ahora concluye, y
con, ellas alternarán los autores premiados e!' nuestro Con-

AÑO 1 - 27 Diciembre 1907

N.º 52

Precios de suscdpción:
/Y\adrid y provincias: Trimestre :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

30

CéntiffiOS

curso y varias personalidades ilustres cuyos nombres están
en la memoria de todos y que todavía no han colaborado
aquí Así, poco á poco, iremos venciendo esa difícil cuesta
arriba que todas las empresas humanas - y como humanas
incompletas - necesitan recorrer antes de llegar á la períección anhelada. Tal s son nuestros propósitos.
Ahora bien: ¿Venceremos? ¡Seremos vencidos? 1Consesuiremos que entre nosotros prevalezca la nouvtlk, esa lindísuna
fonna literaria de la que son maestros los autores franceses
y que tan á mara\-illa responde al frívolo y sobresaltado vhir
de la sociedad contemporánea? El porvenir resolverá.
Entre tanto, seguros de prestar con nuestro esfuerzo un
alto servicio á la mentalidad nacional, continuamos nuestra
obra, que es obra &lt;le Belleza; y allá vamos todos, el público
y nosotros, camino adelante. ..

RAFAEL SALILLAS

La Dirección

=·o•~oc===o0&lt;co,c:,===-x::100&lt;====000,===-,ac:===&gt;

i

Libros y Revistas

I

A flor de piel. - Novela por Antonio de Hoyos y Vinent. - Imprenta de Idamor Moreno. Madrid.
La musa de Hoyos y Vinent es retozona, picaresca, amablemente. amoral, como la de Willy. Es un «refinado» que
describe la vida tolerante de los salones aristocráticos sin
acritud, echando sobre todas las fragilidades de sus personajes uná gran sonrisa de il'dulgencia evangélica. Y al vencedor 11¡tractivo de este criterio hay que añadir la tersura del
estilo1 pintoresco y íácil.
La Lectura. - Esta importante revista publica en su número de Diciembre notables artículos de Emilia Pardo Bazán,
Maragall, Urruti y Posada; un trabajo de A. Buylla, relativo
á «Caestio)'les íundamentales de Economía política»; un estudio acerca de «El Greco», por Rafael Domenech, y otros
originales de Bemaldo cte Quirós, Angel Guerra, M. Tenreiro! etc.
J'.rimicfas. - Poesías por Agustin Ginés. - Imprenta de
J. Gárrido Marín. Linares.

Consultorio Grafológico Gtacbtner

=

RESPUESTAS

=

r Antonio Castro. -Gran sensibilidad é intuición; buen grado
de inteligencia; combatividad por el dinero; temperamento inmaterial y absolutamente desprovisto de energía; amor al confort
y muy pocas ~anas de trabajar; satisfacción de su personaliJad;
bondad y dulzura.
C. Rhodes. - Inteligencia viva y cultivada; actividad hsica
casi febril; esplritu fino; naturaleza muy nerviosa é irritable; voluntad dominadora con accesos de arrebatos; carácter entusiasta
y algo exagerado; gran generosidad; naturakza poco ó nada ex•
pansiva y muy rencorosa; lógica extraordina:ia; temperamento
nervioso sanguineo.
Con - esa. - imagin:ición graciosa; gran gusto artistico; temperamento sensual; naturaleza dada á los celos; habi 1Jad manual; mucha amabilidad; voluntad viva; actividad bien reglada;
ninguna expansión.
Impertinente de P P y W. - Imaginación mu¡ v,va; amabi•
lídad; conocimientos variados; carácter muy rencorosn; sensibilidad apasionada; temperamento nervioso; voluntad muy débil;
generosidad prudente; conciencia ancha; poca expansión y sólo
con los extraños; algo de orgullo y de vanidad.

QUIERO SER SANTO
I
cúso,11m_. .. ¡No! No es acusación, porque no
es delito.
.
Me confieso... ¡Tampoco! N o es confesión, porque no es pecado.
Es. . . ¡no lo sé calificar!. .. Soy muy poco conocedor, muy poco psicólogo.
. Me pasa. . . ¡Eso es!. . . ¡Lo he dicho muy
bien! . .. Me pasa que en ocasiones cambio mi manera de ser, la sustituyo por otra y no soy el que
era; soy lo que me influye.
¿~~ un defecto de constitución mental? ¿Es una
deb~hdad neurasténica 6 histérica? ¿Es, por el contrano, _una desapoderada fuerza de asimilación?
Gmándome de lo poco que sé en cosas de la
mente, he de decir que me clasifico entre los visuales, entre aquellos cuyas representaciones di~anan preferentemente de las sensaciones recibidas por los ojos. Si veo repetidamente una cosa
a_l cerrar los ojos se me reproduce y en much~
tiempo no la puedo desechar. He visto huertos de
n:i-~anjos, y, al acostarme y cerrar los ojos, en vig1ha, _seg~ía viendo naranjos y naranjos en una
~uces1ón sm fin. He visto revistas militares, y, de
igual_ modo_, no me dejaba conciliar el sueño aquel!~ cinta cmematográfica que se desenvolvía en
m1 cabeza.
Ha y influencias de la misma índole que me

A

preocupan más hondamente. Al leer escritos con
ortografia deplorable ya no puedo escribir desenvuelta~ente en algunas horas, porque inevitab!emente mcurro en los mismos defectos. También me resulta peligroso, muy peligroso, observar con aten_ción á una persona, porque no tardo
en reprodu~1r de algún modo, como lo deben hacer los cómicos, el rasgo singular que la distingue
Y alguna vez me ha ocurrido parecerme que es~
persona estaba en mí.
. Quien l? sepa podrá decir si, en determinadas
c1rcunstanc1~s, estas son condiciones apropiadas
par_a producir estados de alucinación ó de obsesión.
¡yo n_o lo sél En mi sinceridad y en mi ignorancia, digo lo que siento.
Y de este modo justifico lo que voy á contar
un caso que, aunque no merezca llamarse sorpren~
dente, e_s la demostración palmaria de mi cualidad ó m1 defecto.

II
J:?urante muchos años de mi trajín profesional,
he visto C?n monotonía renovada á diario una de
las más miserables situaciones de la vida.
Me refiero á la vida penal, en cárceles y presi-

�ll

dios, en calabozos y cuadras, en patios y talleres.
Ya no sabré decir la primera impresión que me
produjo, pero seguramente fué muy grande, porque siempre he sentido con viveza. De muy joven, estudiando segunda enseñanza, vi ejecutar á
un reo y lo vi luego desprenderlo del garrote, colocarlo en el ataúd y llevárselo en procesión funeraria la Sangre de Cristo. Parecía no estar ni
poco ni mucho impresionado y que la curiosidad
únicamente me movía. Entonces no podía saber
lo que antes he manifestado, que soy un visual y
que tos que devoramos impresiones con los ojos
nos preparamos auroras y crepúsculos, y también
relampaguean tes tormentas. Así estalló mi primera tempestad en las primeras y apenas condensadas sombras del incipiente sueño. Desperté dando
un grito de horror. ¡El patíbulo, el verdugo, el
reo, la amenazadora mueca del estrangulado 1•••
Durante varios días padecí la alucinación y me
tuvieron que velar el sueño. Así me aparté para
siempre del patíbulo.
Si con las escenas presidiales no me ocurrió lo
propio - no lo recuerdo - es seguro que sólo
conocí de referencia, que no es lo mismo para el
efecto de impresión, las más horribles, las análogas, las sucedáneas de aquella escena capital. Por
otra parte, en cierto período de la vida ya tenemos el sentir apicarado y no creemos. Conforme
avanzamos en edad se nos va enfriando el egoísmo y nos acuden las ideas y conceptos desdeñosos. - «Déjalo y que lo ahorquen.• - «¡Que se
pudra!• - «No le hagas caso, es un maulón.•
1Cuántas veces he consentido hablar de esta manera, quedándome sin saber qué hacer ni qué decir! Y me ha ocurrido en esta incertidumbre que,
sin duda, relampagueó en mi pensamiento alguna
fulguración retardada de aquellas angustias juveniles, y me pareció ver en los desdeñosos y en
los desdeñados una mueca particular, como si
cada uno de ellos tuviese agarrocada una parte
muy sensible de la vida.
Y no era alucinación el presumirlo. Todo tiene
su eco~ lo tiene la alegría; lo tiene el dolor; lo tiene la locura; lo tiene la indiferencia; lo tiene el
menosprecio desdeñoso. El eco del tirano es el
servilismo, porque considerándose aquél mu y
grande, los demás se achican, se achican y se anulan. La pequeñez y la bajeza depende de contragolpes del magnate.
No lo digo para rebajar, para igualar, para alterar las cosas y que las altas torres d~sciendan á
adoquinar el suelo. No soy utopista. Lo grande
será grande, aunque con las grandezas por comparación no rija el precepto. ¡El que empequeñece para sobresalir es el mezquino! Y toda mezquindad es un mal trato, mándelo quien lo mande, dígalo quien lo diga, códigos, ordenanzas, reglamentos, leyes ...
Yo lo he comprobado en mi trajín profesional
y en una de las más miserables situaciones de la
vida. Vi el rebajamiento en acción. Los hundidos,
los maltrechos, los estigmatizados, desdeñados,
mancillados y apostrofados, no se erguían, no se
levantaban. Connaturalizados con el envilecimiento, hablaban convencidos de su mezquindad. e Somos muy malos, muy miserables, muy ruines.•
¡Se habían hundido en la desconceptuación reinante!

III
No se dirá que acudo á nada alambicado y culto al exponer tales ideas. Son ideas corrientes,
muy corrientes. Circulan en todos los cerebros y
no hay ánimo donde no palpiten y de donde no
fluyan con vengadores ímpetus. La condenación no
ha tenido otra palabra que esa. Es la voz general,
la voz de todos, la voz del pueblo, y nunca más
propiamente se la puede llamar vox Dei. El ángel
caído fué precipitado con sólo esta sentencia:
¡Que se hunda!
Tampoco nos debe sorprender que lo humano
se ampar~ en lo divino. Una fuerza de proyección
más poderosa que la del arco que despide la voladera flecha, nos identifica con la superioridac\, y
aunque alguien vitupere el pensamiento, me atreveré á decir que ciertos orígenes divinos son suplantadores y viciosos. Luzbel se ha remontado
muchas veces envuelto en la pomposidad humana.
Siempre que el hombre se ha creído un Jehová,
llevaba el diablo dentro, el diablo de la magnificación, del envanecimiento y la soberbia nutrida de
privilegiados é intolerantes egoísmos, que han tratado á lo opuesto á su manera de ser, á lo que la
contradecía de algún modo, con el mismo dictado
omnipotente que hace de la representación de los
antros de la tierra una víscera devondora que ha
de abrirse cuando la sentencia colérica pronuncie
el lacónico y decisivo:
¡Que se hunda!
Y no son las grandes potestades las únicamente capacitadas para decretar el rebajamiento, la
anulación y el exterminio. En cada naturaleza
alienta lo absoluto. Cada hombre se ha considerado rey, ¡nada menos que de la Creación! Elyo instala su trono en la más insignificante anatomía. En
el niño, en esa poquedad de hombre, se manifiesta antes que otra cosa el endiosamiento personal;
y en el hombre, que suele no ser más que un niño
grande, se exageran esas avasalladoras, crueles y
exterminadoras niñerías. Los niños, esos supuestos ángeles, son los más eficaces creadores y mantenedores del infierno. Cuando caen por precipitación ó por torpeza, no se saben culpar á sí mismos, culpan al suelo y patalean irasciblemente para
castigarlo. ¡También los hombres han desencadenado su ira ciega sobre los hombres que eran su
sostén!
Yo no sé si esto, que por tan particularizado en
todo y tan extendido á todo parece una cosa natural, es trasunto de la propia manera de ser de
la Naturaleza, que parece que en interminable sucesión se devora á sí misma y resurge de sí misma, mereciendo unas veces que se la llame próvida y otras que se la inculpe de implacable. Yo no
sé si en nosotros mismos se desenvuelve en sucesión una especie de trasunto estacional y si nuestras voliciones, juntamente con los sentimientos y
juicios, tienen, conforme á cada variedad é influjo, hálitos de primavera, destPmplanzas de invierno, bocanadas de estío ó indecisiones otoñales.
Evidentemente en nosotros, en cada uno de nosotros y en la asociación orgánica de todos, hay
algo de esa transitoria avalancha de exterminio,
siendo, tal vez, nuestras pasiones y nuestras frialdades equivalentes á los sacudimientos atmosféricos y á las convulsiones de la tierra. El simbolo

no es nada artificial. El símbolo es la analogía de
las cosas. IIay símbolos de exterminio, como hay
símbolos de sujeción, como también hay símbolos
de vida y libertad. ?lfezquina interpretación la de
considerar al hombre aislado atribuyéndole que lo
que manifiesta en su manera de ser es cosa suya.
Cada acción es una resultante de fuerzas conocigas é ignoradas. El hombre es un exteriorizador
tendencioso de las fuerzas de la naturaleza. Ha
exteriorizado en tendencias, creaciones y maneras

suyas el extermm10 natural. Además~ lo ha simbolizado en diferentes personalizaciones, incluso
las religiosas. El ángel exterminador no es un ángel ni luminoso ni florido, y parece que está formado de bocanadas de fuego y de témpanos de
hielo. De lo mismo parece formada la Edad Media. llay estaciones y hay épocas en que vivimos
bajo la mortal impresión del hundimiento, pero se
intercalan -épocas y estaciones en que surge el florecimiento de la vida natural, surge también la lo-

'

�para que no quedase ni una partícula tan sólu del
zanía del espíritu y también el sentimiento se eninflujo.
grandece. Lo más hermoso en toda la sucesión pernicinso
~le tranquiliza la serenidad de mi propio penhistórica, es el surgir de los hundidos, porque en samiento, que ve las cosas sin cristales de color.
todos esos momentos á la obra primitiva y predo- Me parece que mi humor cristalino no está empaminante ele la condenación, la sustituye la de sal- pado - según la suposición de Huarte - ni con
\·ación.
una gota de sangre, ó de cólera, ó de flema, ó de
En esa obra estamos. Es un programa de re- melancolía. Lo conceptúo limpio, con limpieza increneración natural en lo social. La Higiene es una di,;pensable para la experimentación de ver las
~ah-adora con la perenne expresión de la alegría cosas claras. En cambio, esa impregnación puede
del vivir. Salva de las decadencias de la enferme- ser el yicio colectivo de una mirada colectiva, indad; salva, por lo mismo, de los hundimientos de fluyente en la tonalidad de los juicios, en las dela muerte. La 1Iedicina es una sal\'adora, y de eny los procedimientos.
fermos reputados incurables. Se ha identificado cisiones
Y siguiendo al poeta que atribuyó el ser de las
con la Xaturaleza, haciendo del sol una medicina: cosas al color del cristal con que se miran, yu ¡mela helioterapia. Se ha identificado con las purezas do atreverme á exponer una rectificación á las miatmosféricas, elernndo á los hundidos en la tuber- radas sombrías, quitando los alterantes de la luz.
culosis á las restauradoras alturas del San.1torio. Yo puedo ver con buenos ojos lo mismo que se ve
La Economía política es una salvadora: lucha por con malos ojos. No podré decir rotundamente que
aminorar la miseria. La Pedagogía es una salvado- los malos son buenos, pero sí que los malos no son
ra y se esfuerza en hacernos á todos de la misma tan malos como los califican y los hacen, porque
fortaleza corporal, mental y moral. El nue\·o De- el calificativo es como la factura de la condición.
recho penal es un salvador de los hundidos en los Podré decir también que la maldad perpetua, la
infiernos del delito y de la pena fraguados por el de que el malo es siempre malo en aquel mismo
antiguo Derecho penal. E' antiguo Derecho con- género de maldad en que incurrió una vez, es el
denaba y condi&gt;na é imponía procedimientos con- vicio colectivo de una mirada colecth·a que por
denatorios en señalados lugares de aflicción. El influjo de una larga tradición mira de ese modo.
moderno Derf'cho reconoce lo que sintéticamente Y podré añadir que esa impresión constante de
e~puso doña Concepción .\renal al decir que el maldad es la perpetuadora de los males, es la que
vieio es debilidad y la fortaleza ·virtud. Los con- impone el estigma de la condición, la que cierra
denados no son más que débiles necesitados de los caminos de retorno, la que franquea las sendas
tú~la. La tutela es siempre una sostenedora del tortuosas, la que asocia á los viles después de hacaído con aspiraciones á ser elevadora.
cerlos convencer de su vileza y la que mantiene
. EYidentemente, en la humanidad hay algo ele- el infierno de la vida, llenando los abismos de la
vador, algo que se eleva, algo que no puede elede condenados.
varse y algo que se hunde. De igual modo en las condenación
Yo puedo pensar que el hombre no viYe de sí
tradiciones sociales hay maneras que, lejos de co- mismo, que no se sostiene á sí mismo, que lo sosrresponder á ese algo elevador, que ha de ser lo tienen sus modos de vivir. Lo que lo alimenta es
más expresivamente humano, tienden á hundir lo su sustento, y no se alimenta únicamente de proque no puede elevarse y á sepultar lo que se ductos naturales por la boca y por las narices; se
ha hundido.
alimenta también de productos sociales, de esenEsa tradición hay que anularla. Es preciso ele- cias espirituales y morales, por los sentidos y por
var. ¡Ese es el único programa de los fuertes para las potencias asimiladoras y transformadoras del
compensar con sus energías á los débiles!
cerebro. Hablando de la alimentación fisiológica,
solemos decir que una persona está bien tratada ó
mal tratada, y atribuímos á ese tratamiento los
resultantes del estado personal. Al tratamiento
fisiológico atribuimos consecuentemente los buenos estados y l0s malos estados, la rouustez ) la
fuerza, la debilidad y la atonía, el vigor de la sanY he aquí una manera de \'er las cosas que gre con la lozania del aspecto, y la pobreza de la
pudo serme adversa. Yo estoy en entredicho y se sangre con los apagamientos de color. Le atribuime acusa y se me atribuyen muchos males, suble- mos, en la evidente concordancia de las cosas, la
vaciones, motines, crímenes y muertes. Yo soy un alegria del vivir y la tristeza del morir, porque la
malvado, un malvado como jamás se ha conocido. tristeza es el camino de la muerte. Y le atribuimos
Para calificar la maldad que me atribuyen, no hay hasta la lucidez de las ideas. ~[etafisico estás.•
que acudir al Código. Eso es poco, muy poco. En
que no como.•
el Código penal hay catálogos de delitos, pero no •EsYo
puedo pensar, sin divorciarme en lo más
fuente de delitos. La fuente del mal es lo peor de mínimo de ese común sentir, recogiendo el pensatodo, y en ese origen se halla mi sentencia, por- miento común á sabios y á ignorantes, que si el
que las sublevaciones, motines, crímenes y muer- mal trato origina malas consecuencias, la transfortes son, seguramente, consecuencia de mi bon- mación se puede operar con el buen trato, camdad de corazón.•
biando así el aspecto de las cosas sólo con variaJ
De seguro que, si mi ánimo fuese timorato, de influjo. Y pensando así rectifico, aunque yo no
me sobrecogería, porque no solamente no quiero lo quiera y aunque no lo quieran los que ven con
hacer el mal, un mal determinado, uno solo, sino lentes ahumados, la opinión generalizada é incon •
'lue no quiero ser espíritu del mal. ¡Ni pensarlo secuente con otras maneras de ver que parecen
siquiera! Con conciencia de que mi bondad de co- limpias, de que los hombres permanecen constanrazón era fuente de males, me ahogaría yo mismo

temente en la manera de ser que se les atribu- hombre, será l:3- colectividad. Hay hombres que
ye, en la constancia de su personalidad y su ca- con la sola privanza del poder que ejercen, son
más 9ue hombres, porque de ellos emana algo que
rácter.
No, no es así; no puede ser así. La vida es un trasc1en?e y cr~an en el ambiente en que viven
equilibrio inestable, con tránsitos de inestabilidad un medio particular que afecta más ó menos inpara reponerse, y por eso ni la alegría, ni la tris- tensamente á la colectividad regida. Si el hombre
teza, ni la actividad, ni el reposo son cosas per- es i:noral, la m?rali?ad _trascenderá á todas partes
";lanent~s; pasan, y se recobran; vuelven, y se di- y eJercerá su mfluJO. S1 el hombre es inmoral el
sipan. En un dla, en una hora, en un minuto se va- vicio penetrará en todas las junturas del áni~o.
ría de aspe~to. Y _no se varía porque sí, porque el Este poder de emanación de un hombre influyenhombre quiera, smo porque las relaciones de la te en los demás hombres, transforma el aspecto de
vida y los estados de la vida nos hacen variar. La las colectividades. Ya lo dijo el comandante Cavida se nos aparece como un juego de reconstitu- nalejas, qu" fué un experimentador en largos años
yentes y alterantes. Nos acostamos siendo unos: de gobierno de las colectividades penales: «Todos
todos nos acostamos un poco neurastenizados. Nos los actos del jefe superior han de contribuir á aulevantamos _s_iendo otros: el sueño, como repara- mentar su fuerza moral en el concepto y ánimo
dor, es equihbrador. Podemos decir si nos acos- del penado, para que sólo su nombre sea suficientamos_ tristes, m~ñan:3- estaré alegre'. y podemos te en todas las cosas y en todas partes.• Un homexperimentar la mqmetud en nuestros estados dP. bre, un hombre solo, armoniza y desarmoniza, restaura ó debilita, eleva ó deprime, purifica ó coalegría, de que nos amague la tristeza.
. Ahora_ bien; yo, en mi juicio, con mi informa- rrompe. Un hombre, un hombre solo, hace yariar
ción y m1 experiencia en el proceso de mi vida el aspecto de una colectividad entera. La colectiinvestigadora y estudiosa, fallo contra las califica vidad no es como aparece calificada, porque á todones permanentes, porque no hay estados per- das las califican con el estigma de la condenación;
manentes, y fallo de igual modo contra las atribu- es decir, las califican de igual modo. La colectiviciones indi,iduales, porque el hombre no es indi- dad es según el influjo personal á que se la so\'idu~lmente en su grandeza lo que se supone que mete.
¿Qué importa que en la mayoría de los lugares
es, ni tampoco en su mezquindad sobre todo la
mayoría de los hombres, el montón humano en de condenación predomine el aspecto de las cosas
donde la individualidad aparece menos diferen~ia- mancilladas y vejadas? ¿Es, acaso, demostrativa
da. Y fallo así, ~o en lo fisiológico ni en lo psíqui- esa manera de ser tan uniforme? No, porque ha\
co solamente, smo en lo moral y en lo jurídico. :No demo~traciones en contrario. ¿Que son pocas?
es verdad que un hombre bueno sea siempre, y en Ta~b1én son _µocos, también constituyen una mitodo_momento, ~ueno. La religión así lo dice: «El nona excepcional los hombres que tienen en sí
más JUSto peca siete veces al día.• Xo es verdad fortaleza de espíritu con energía transformadora de
tamp~co que un hombre malo sea siempre, y en los rebajamientos y aflicciones. Esos pocos homtodo mstante, malo. ¿Por qué no admitir que el bres se singularizan por transformar en un solo
más ~iecador, el que peca á todas horas, tenga sie- concepto todo el yejatorio aparato de la rigidez.
te mmutos de bondad? El todo bueno y el todo En una sola frase se define su personalidad y su
m~lo es una cosa inadmisible, por~ue el tejido y obra:
- La penitenciaría sólo recibe al hombre· el
el Juego de la vida es una mixtión de las dos com'
binaciones é influencias, y en unos, los menos pe- delito se queda á la puerta.
Así habló Montesinos.
cadores, los contactos del mal se reducen á la más
- Estos hombres son hombres, y los trataré
~ínima ~xpres!ón, y _en los otros, en los relapsos,
a la i:náx1ma. Y ?tra idea: esos contactos que de- como tales.
Así habló Machonochic.
termman las acciones malas, así romo las buenas,
- Acépteme por consejero y por guía, y mi
no se establecen en virtud de una sola causa, no
se deben á la determinante individual al movi- afecto no le faltará jamás.
Así le hablaba Obermeyer á cada uno de los
~iento del á~imo pecador, porque lo externo, que
tiene su acción penetradora en nuestro interior que ingresaban.
:Montesinos suprimió en su establecimiento la
fisico y en nuestras profundidades anímicas actúa
estableciendo las buenas y las malas union~ pro- g_uardia militar, el aparato extremoso de las segud~~tora~ de las tendencias, y en tal caso una in- ndades materiales, y dispuso de sus penados ind1v1duahdad, sea como fuere, se modifica en bien cluso para defender el establecimiento de los asaló en_mal, según el mal influjo ó el buen influjo que tantes políticos. Hizo más: anuló la reincidencia.
. ~achonochic cambió el horrible aspecto de las
consigue penetrarla, modificando las disposiciones
pns1ones de la isla de Norfolk, y enseñó las made su propia contextura.
Hablemos concluyentemente. Los hombres no neras de dignificar al hombre y de levantar al
son calificadamente buenos ni calificadamente ma- caldo.
Obermeyer cambió también el aspecto de las
los. Los calificados de este último modo y condenados como tales, pueden seguir siendo malos y c?sas. «Los más malos participan de esta influenaun acrecentar su maldad, ó pueden manifestarse c_m, )'. entre los mejores, entre aquellos que el caucoi:no bue~os y llegar en definitiva á serlo, según tiverio más prolongado ha imbuido elementos reparadores, el éxito del tratamiento á que se los
la 10fluenc1a que los rija.
Hay muchos lugares de condenación donde som~te está comprobado por una serenidad de exvan los sentenciados á penas, regidos por hombres presión y una dulzura de fisonomía que no deja
en cuyas manos la ley y la tolerancia colocan un lugar á duda alguna.•
¡Pero la excepción es la excepción! La regla e.s
l'.Oder personal de los más absolutos. Según sea el
t

�la del hombre entallado en los conceptos restringidos en la rigurosa rigidez. Han de ser las cosas
corno fueron y no pueden ser de otro modo. Han
de ser las cosas corno las practicamos y no pueden ser de otra manera, porque nosotros somos
así y las cosas no pueden ser diferentes de nos?tros mismos. Todo nos apoya en este régimen de
igualdad de procederes. A nosotros no~ ha igualado un igualador común que tiene más fuerza que
las cosas singularizadas, y por eso prevalece y lo
demás se extingue. Ilay que ser como nosotros somos ó dejar de ser. No podemos consentir que se
descomponga el cuadro, y se descompondría si
cundiera el mal ejemplo. Donde rige el mal por
mal y rige por dictado de jurisconsultos clásicos;
donde rige la aflicción por aflicción y rige por precepto de la ley, la bondad es malvada, la bondad
es delincuente, la bondad es una acción contraria
á lo que la ley dispone.
Tú eres un malvado. Tú eres causante, con tu
mal ejemplo bondadoso, de la propagación del
mal. Has causado ya muchos males: sublevaciones,
motines, crímenes y muertes, propagados á distancia á toda la Península y más allá.
El delito está descubierto, la sentencia dictada; falta la ejecución.

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V

Al leer el escrito en que se me decían tales cosas, aunque con otras frases, que tien&lt;&gt;n la misma
fuerza acusatoria con que las interpreto, se desdoblaron todas las impresiones de la vida penal que
en mis recuerdos tenía acumuladas, y vi, efectivamente, el tradicional fundamento de mis acusadores implacables.
Vi el hierro de la ley en la propia ley, y vi los
hierros de la pena sujetando á los rebeldes. El
hierro tenía toda la razón legal y toda la fuerza
de la realidad y la costumbre. El hombre de hierro sólo cree en el hierro: hierro en las puertas,
en las rejas y en las carnes.
¡También hierro en el alma!
La realidad era verdaderamente abrumadora. La realidad se imponía. Era más
fuerte que la revolución de
las ideas. Las ideas habían dejado un rótulo y nada más:
«Odia el delito y compadece
al delincuente. » La realidad
lo había titulado de otro modo: La casa negra llamaban en
Cartagena á su presidio. Allí
desembarcó el galeote, y desembarcó con sus hierros y cordeles, libre tan sólo de las cormas, vestido de rojo, con capote, chaqueta, gorro y pantalón.
También desembarcó el
cómitre, y no se dejó olvidado
su rebenque, ya innecesario
para la maniobra forzada, pero
no para el castigo, pues en alguna ocasión se disponía que,

, sin ninguna intermisión ni demora, se conducirá
al criminal al cañón de corrección y se le darán
doscientos azotes sin perjuicio de la causa, y sin
más preparativo que el de formar prontamente la
tropa necesaria, y la asistencia de un capellán
por si quisiera confesarse, para caso de que expire.»
La dureza. del hierro, el eslabonamiento de
los hierros y la tradición férrea, que imponía que
unos estuviesen amarrados con cadena, apareados; otros, en ramal; otros, con grillete grueso, y
otros, con grillete delgado, transcendió á los Códigos y eslabonó la pena, y la
denominó como pena de cadena perpetua ó temporal. ¡El
hierro, el hierro siempre! En
el garrote, el hierro de la argolla; en la prisión, los grillos,
denominados por Quevedo
«ruiseñores del diablo•; en el
calabozo, la cadena fija á la
pared, para amarrar en blanca; en los almacenes, el depósito de férreos artefactos, tan
antiguos como la Edad Media y tan usuales como entonces; en la herrería, la pequeña maza, el pequeño bloque y
el pequeño cortafrío para remachar ó cortar 'la chaveta, y
en los procedimientos, las decisiones duras, enrojecidas y
forjadas á martillo sobre el
yunque, echando chispas.
Sin duda estas consideraciones hicieron desenvolver
en mi cerebro todo lo archi-

vado de la historia penal, y como si se personali- papel, pero no cambian las naturalezas en su arzase en un estado de obsesión histórica vi surgir, mazón de carne y hueso. Yo vivo en las entrañas,
flamante, de las hondonadas de los sótanos, yapa- y de las entrañas resurjo tal como fuí siempre. Me
recérseme, un sér extrañamente vestido, de fiso- miran mal los galeotes, sin atreverse á mirarme,
nomía dura, fulgurantes ojos, tez morena, cabello y poniéndose su máscara de disimulo para aplacar
barba negros, actitud desafiadora, formas hercú- mi máscara ceñuda; pero me miran bien los capileas y apostura de carretero al fustigar la reata tanes de las galeras de la vida, porque yo las
muevo, porque yo represento siempre el movipara avivar el viaje.
- «¡Yo soy el cómitre! - me dijo arrogante- miento: soy el rigor y soy la utilidad. ¡Dos cosas
mente-. Yo soy el cómitre calabrés, fustigador eternas! Las dos columnas de la dominación. No
de espaldas españolas. Yo forcé la maniobra, per- hay nada más allá. Te lo dice este Hércules y sus
siguiendo al enemigo ó huyendo de él. De las des- hazañas. Te lo dice el cómitre, que es más que el
héroe que muordenadas fuerrió y que pasó
zas del delito
á la historia.•
hice motores
La visión se
útiles y consuhabía insinuado
mi las sangres y
y transformado
las vidas para
de manera que,
generar el moen vez de disivimiento. Antes
parse, me paque apareciese
recía diluída en
la hulla negra y
la trama de mi
que se utilizase
propio pensala hulla blanca
miento, haciénen máquinas
do rn e consideobedientes é inrar la coincidensensibles, e m cia de los alarpleé la hulla rodes fantásticos
ja. Lo que arrocon las realidajábais antes al
des vistas y senverdugo, lo sutidas. No hacía
jeté al banco, lo
mucho que, visiacomodé al retando un cierto
mo y lo consumí
establecimiento
como se consupenal, oíamos
me el carbón en
desde la entrael hogar para
da, y al través
que d agua se
de un muro, un
evapore y emrechinar y golpuje al émbolo
pear de las cacon su fuerza
denas de los enexpansiva. Sin
mí, las cinco escuadras de galeras españolas hu- cadenados y, recordándolo, me parece que, en su
bieran estado flotantes en el puerto como boyas. actual transformación, algún aparecido pudo deY, en pago á tal servicio, cuando la galera fué de- cirme, como la aparición histórica: «¡Yo soy el cóclarada inútil, se me dejó en la orilla, licenciado, mitre!&gt;
Entramos, y al frente de la comitiva vi un homdesocupado, despalmado. Y, entonces, riéndome
de la desconsideración y acariciando la venganza, bre, trajeado con distintivos oficiales, que llevaba
por vengarme me embarqué de nuevo en otras ga- levantado el brazo derecho, y de la muñeca, penleras, surcando otros mares de la vida, de la vida diente y e? exhibición, un rebenque, un vergajo,
como se dice ahora. ¡Era el símbolo del cómitre,
penal.
»¡Yo soy el cómitre! La ley no me abandona, que le hablaba á la multitud de esa manera!
Entonces recordé otra huella del aparecido,
me revive. Mi rebenque domina, Mi forzado, con
sus trabajos duros y penosos, allí está. Si desfa- inscrita en las sucias paredes de un calabozo obsllece, le mosqueo las espaldas; si se irrita, lo apla- curo:
«Aquí estuvo el celador,
co sacudiendo; si protesta, lo arrizo para azotarlo
¡lo recuerdo con horror!,
en forma, y si aun tiene humos, arrecio en peor
cejijunto, atrabiliario,
parte, y repito lo que le oí á un capitán que tuve:
con facha de curtidor
de pieles de presidiario.»
«Mal conoce vuestra merced á estos ladrones, que
son como raposas: hácense mortecinos y, en quitándolos de aquí, corren como unos potros, y otros,
por un real se dejarían quitar el pellejo.•
VI
•¡Yo soy el cómitre, el eterno cómitre! ¡Mírame en otro traje, en otros tiempos, saltando las
Era entrada la noche, y salí de la prisión. El
revoluciones, prevaleciendo sobre las filosofías!
Ríome 1e apóstoles, renovadores y teorizantes. Hijo empleado de cancela me dió la noticia de que acade la fuerza y el rigor, mis renovados padres me baban de llegar nuevos ingresos.
Me lo dijo empleando una locución jerga!:
sostienen. Cambian las ideas en sus soportes de

�- La Guardia civil acaba de traer ocho cadenas.
Es la jerga muy expresiva, muy representativa,_ muy denunciadora. No lo han presumido los
jurisconsultos, y por eso no ven cómo se traduce
la esencia de las leyes. «Ocho cadenas• son ocho
rematados, provinientes de los presidios de Africa donde se cumplen las penas de cadena perpetu~ ó temporal. De este modo, en la jerga penitenciaria se representa la justicia al peso, y un recluso de una condena breve está poco cargado, y
otro de cadena ó reclusión, está muy cargado.
Salvé la cancela, crucé el claustro, penetré en
la oficina de filiaciones y· vi que, tras la reja, la
Guardia civil hacía entrega de los conducidos, retirándose después de formalizarla.
Me acerqué y me asomé. Los recién ingresados no me miraban. Retratábase en ellos una doble y ceñuda indiferencia: la de la fatiga y la de la
condición. Venían de un viaje largo, muy largo, del
otro lado del Estrecho, y sobre esto, desde la lejana estación á pie con el petate al hombro.
Muchas veces acostumbro á proceder como lo
hacen los experimentadores. No es cosa nueva.
En la vida, aunque lo hagamos sin saberlo, no seguimos otra norma. Y es lo comúi:i que la siga'?os
interesadamente, influya ó no el mterés afectivo.
A quién no le ha ocurrido, al ver preocupada á una
persona á quien se quiere, preguntarse, planteando la delicada ó curiosa experimentación: ¿Qué
tendrá? ¡Qué de mohines, mimos, picardihuelas,
travesuras, enfados, caricias y súplicas par~ conseguir lo que estos experimentadores afectivos se
proponen: desarrugar el ceño!
.
He aquí lo que yo me propuse y lo que hice.
Claro está que, en el sentir de al~unos, no hi~e
bien. Estos que son ceñudos por sistema, nec_es1tan, como aparato imprescindible,del entonamiento jurisdiccional, algo semejante á la máscara trágica: «¡A ver ése!. .. ¿Cómo se entiende? ... ¡Alza!
Y tú, ¿qué te has creído? ... ¡En fila! ¡Y tú, de frente!. .. ¡A cuadrarse!•
Lo que yo digo es que tales maneras me produce igual efecto que el de cerrar puertas, correr
cerrojos y dar vuelta á las llaves cuando en la galería vuelven los reclusos de la transitoria é higiénica expansión de los pas~os, y todo se queda
en silencio como una faraónica sepultura. En el
interior de cada uno, con parecer pequeño, hay
infinitamente más celdas que en las galerías de
muchísimas prisiones celulares, y esas celdas también se cierran cuando se siguen procederes carcelarios; y así como en la celda cerrada, inco1:1unicada, sepulttera de piedra, de que habló Rouvier,
se buscan comunicaciones disimuladoras, en los
hombres y en los pueblos cohibidos, no se &lt;:1esarruga el ceño ó lo desarruga la_ m_entira, la hipocresía, la humillación, el rendimiento aparente,
quedando dentro lo que queda en todo lo cerrado: algo en descomposición, que se corrompe.
A mí, en la tramoya del carácter, no me gusta
otra intervención que la de descorrer telones para
que lo velado se manifieste con sinceridad Y_ no
se encubra, y por eso no quiero que se me a~nbuyan, de primera intención, movi~ientos_sent1mentales, porque muchas veces, é ~nvenciblemente,
actúo nada más que como expenmentador, como
tramoyista que descorre.

?

- ¿Fuma alguno de ustedes?
He de advertir que tengo la costumbre de no
tutear, en lo que me parezco al famoso coronel
Montesinos.
De pronto no contestó ninguno. No me causó
extrañeza. La sensibilidad del hombre, cuando la
embotan, también se hace tarda en responder.
Además, entre hombre y hombre, de igual _modo
que en las líneas telegráficas, hay que pedir vía
libre. La sinceridad y la franqueza deben ser algo
semejante á la telegrafía sin hilos.
- ¿Fuma alguno de ustedes?
Uno de los ocho, más resuelto que los demás,
se atrevió á mirarme con alguna precaución, y al
quitársele el recelo me contestó:
- Yo fumo -. Y recogió y encendió el pitillo.
- ¿Nadie más?
Ya hubo otro confiado, con doble confianza,
pues señaló como fumador á un compañero.
Sólo los tres fumaban. Y no muy á gusto.
Yo sabía por qué. En aquellos cuerpos, asendereados por el molesto viaje, se sentían otras querencias, muy fácilmente presumibles, pero qu~ no las
quise interpretar porque mi experimentac1~n había de consentir en que hablasen ellos mismos,
recobrando una confianza largamente perdida en
un viaje muchísimo más largo, muchísimo más molesto, muchísimo más abrumador que el que acababan de traer.
Y, efectivamente, uno de ellos, respondiendo
á su necesidad, me hizo una petición, que fué atendida. Otro pidió lo mismo. Ya entonces se empezó á notar en el conjunto una cierta libertad de
movimientos, como cuando la Guardia civil les había quitado las esposas. No era otro el efe~to. ~n
aquel instante se les desencadenaba el mt~nor
atraíllado; se les rompía la chaveta de ur1os grillos
morales ó se les desprendía la invisible mordaza.
Uno de' aquellos hombres, que parecía renacido,
se atrevió á expresarse con ansiosa vehemencia y
á decir:
- ¡Tengo sed!
No tardó en tener un botijo entre sus manos,
y lo levantó para beber á ~horro y beb~a como
cuando cae la lluvia torrencial sobre la tierra en
año estéril; y los demás siete gaznates secos lo miraban, al principio con solicitud, luego afanosamente y después con ira, porque el hombre no cesaba de beber. ..
Todos bebieron, bebieron, se apagaron, aunque más tarde volvieron á lo mismo, porque su sequedad era mucha, y, probablemei;te, al qued~r
cada uno en su celda, la sed renacena, y en el agitado sueño, tal vez el primero que habló y que
bebió volviera á repetir una y más veces:
- ¡Tengo sed!

VII
La escena me habló, mientras la contemplaba,
á lo vivo de todos mis recuerdos de la vida penal.

Aquellos hombres eran el _d&lt;:shecho d~ una obra:
deshacíamos nuestros presidios de Afnca.
Me acordé de Ceuta, de la primera vez_ que estuve y me acordé con simpatía.
Se despertó en mí la inquietud que me pro-

dujo durante el viaje la lectura, tendido en el camarote del sleeping de la impresionante obra de
Relosillas Catorce meses en Ceuta. ¡No me d~jó
dormir!
Recordaba que, al embarcar en Cádiz en el
IVilliam Haynes, sentí una temerosa indecisión.
¡:V1e daba miedo aquel presidio! Era un presidio
suelto. Además, era un presidio en banderías. Los
capuletos y montescos del presidio eran allí sin Romeo y Julieta - los andaluces y los aragoneses. En estos dos bandos se dividían los presidiarios de la Pen'í nsula y Ultramar. Las renova-·
das luchas matonescas de los jefes de los dos bandos, con muerte de uno ú otro, y en ocasiones de
los dos, producían el estremecimiento de un régimen despiadadamente sanguinario. Lo último que
contaba Relosillas era el colmo de la saña. Se batieron el jefe de los andaluces y el de los aragoneses, y este segundo fué vencido y muerto. Se
presentó otro aragonés á ocupar el puesto, y comenzó la lucha, que también le fué adversa.. En
las angustias de la muerte aun tuvo coraje para
reaccionar y darle una puiíalada en el pecho al
jefe andaluz, que al herirlo había resbalado y
caído. Al ir por su pie al hospital, el andaluz
cayó súbitamente muerto: tenía interesado el corazón.
Esta era la nombradía del presidio, del de
Ceuta más que de ninguno, pero del presidio en
general. En parte la realidad, y el romance principalmente, habían hecho del presirlio un matonesco campo de batalla. Según esta leyenda, meterse en el presidio era entrar en una jaula de leones. El comandante antiguo se prestigiaba como
domador y presumía de imponerse por sí solo. Los
que dejaron fama, la dejaron por su planta presidia!, parodiando la locución torera. Eran, como
dc;!cía un clasificador, comandantes de medio cuerpo abajo.
Al dar frente á Ceuta, en la desembocadura
del Estrecho, cambié por completo de impresiones. El monstruo que había de aparecer, y que yo
llevaba formado con la sugestión de la lectura, se
convirtió en una doncella hermosa, de nítida blancura en su ropaje. Ceuta es bella, ó, por lo menos, yo la recuerdo bellamente. No parecía, por
ninguno de sus aspectos, una ciudad de presidiarios. Ni siquiera hecha por presidiarios. Y esto último era una verdad incuestionable. Ceuta nunca
ha tepido obreros libres. Fué siempre una población de desterrados: desterrados al servicio de
armas, los unos; desterrados á las obras de fortificación, los otros. Ceuta, como dije en otra parte, «puede decirse edificada sobre las espaldas de
los forzados. •
Esta consideración me reconcilió con el presidio y me enojé con los cronistas que se complacen en ocultar lo bueno. El presidio ha hecho la
ciudad y sus defensas. Ha hecho más el presidio.
Recorrí mis apuntes y encontré que tenía incluso
muy buena historia militar. En I 717, quinientos
presidiarios que llevaban los útiles para el trabajo,
practicaron una salida para demoler las obras
avanzadas del enemigo. En 7 de Abril de 1726, salieron ochenta presidiarios armados con chuzos,
llevando fuegos artificiales, con las compañías de
granaderos de los regimientos de Saboya, :Flandes,.Africa, Badajoz y Ceuta. En I 751 los presi-

diarios volvieron á salir á la descubierta á demoler otras obras avanzadas. En I 754 hicieron lo
propio cincuenta presidiarios para destruir un
puente delos mauritanos. Lo propio hicieron otros
presidiarios para destruir un cañaveral que ocultaba á los moros...
No pude continuar la consulta, porque habíamos llegado al desembarcadero. Entré sin intranquilidad en Ceuta. Asomado á uno de los baleo-.,
nes de la fonda, vi el presidio suelto, no en desorden, sino con la soltura de la vida y en convivencia con la población civil. Aquel aguador que
distribuía el agua de casa en casa, conduciéndola
en sus borricos, era un presidiario. Aquellos otros
que arreglaban las calles, eran presidiarios. Aquellos otros que iban y venían realizando diferentes
menesteres y urgencias, lo eran también. Y aquel
que lleva los niños al colegio. Y aquel otro que
vuelve de la compra. Y un tendero, y un fabricante, y un industrial. Y los profesores del colegio
de segunda enseñanza. Y los operarios de las
maestranzas y talleres. Y los criados, y los jornaleros ... ¿Quiénes, quiénes no lo eran?
Los malos presos. Regla de utilidad: al buen
preso no se le mira el delito. La utilidad hizo esta
organización. La utilidad, por aprovechar los
hombres como remeros de galeras, los libró de la
horca. Si no es piadosa, es de efectos piadosos.
La utilidad moderó los castigos, porque no quería
que le inutilizaran á los hombres. La utilidad, entre nosotros y entre los ingleses, le abrió al presidio puertas para la relación social. Ella supo hacer el sistema progresivo. Los ingleses sistematizaron y reglamentaron lo que la utilidad había
hecho. La ciencia, que no es tan original como se
cree, y que suele aprovecharse de lo qt:e encuentra definido, lo convirtió en doctrina. Nosotros,
en la espontaneidad de los procedimientos, cosechamos la obra; pero no tuvimos tratadistas, ni
entre los encuadernadores universitarios, ni entre
los atadores de balduque. Importamos como novedad lo mismo que se producía en nuestro
huerto.
Aquel primer aspecto de una ciudad-presidio,
donde las gentes libres confraternizaban con los
llamados enemigos del sosiego público, encon trando precisamente su sosiego y su bienestar en los
repudiados por la ley, y utilizándolos muy apropiadamente para los fines activos de la vida, cambió
ante mis ojos aquella misma tarde, ar visitar en el
campo exterior el cuartel de Jadú, que era más
bien que otra cosa un cercado donde estaba en
aprisco parte del rebaño penal. Aquello era presidio, con sus mismas angustias de confinamiento y
la propia incuria y dejadez que en todas partes.
Un encierro de hombres, sin ningún estímulo para
las actividades del cuerpo y para los despertamientos del alma. Monotonía que obscurece el horizonte sensible de cada sér, que lo iguala todo en
la misma tonalidad y que deprime, engendrando
con la apatía el propio menosprecio, y con éste la
degradación.
Regresamos á Ceuta, muy cercana la hora del
crepúsculo, y al ausentarse el día y al empezar la
noche, me encontré en el patio del cuartel Principal, en aquel patio de los desafíos y luchas matonescas, en el centro de un cuadro cerrado por sus
cuatro frentes con filas de hombres en formación,

�11

...

que en junto eran más de mil, vestidos de pardo
con ribetes amarillos.
Después de pasar lista, tocaron oración, que
todos oímos descubiertos, y se iba á empezar á
distribuir e l rancho. La luz mortecina de la tarde
sombreaba las fisonomías y hacía brillar los ojos,
y proyectando sobre aqnellas sombras los prejuicios que todos tenemos archivados para hacer más
resaltante la maldad, poco á poco se reconstituía
fantásticamente un cuadro del infierno. Cada hombre era un protervo y tenia en sus vísceras su atormentadora maldad. Con la alucinación del miedo,
se hubieran visto salir llamaradas de las bocas, enroscarse culebras en el cuerpo y destacar sobre
las rapadas cabezas la cabellera de Medusa.
Interiormente temblaba . .Me sentía dominado
por la leyenda del terror que nos colocan al lado
mismo de la cuna, con el espantajo del coco, apartador de las espontaneidades del sentir y el querer. Enturbiaban mis ojos los sedimentos de las te-

rroríficas tradiciones que forman en nuestra educación una Edad Media horripilante. Esa misma
tradición me hablaba al oído para señalarme algunas celebridades siniestras. En aquellos hombres
no se señalaba otra cosa que la mancha criminal
que con la sentencia condenatoria había borrado
el pasado y el futuro. - «Ese es el que hizo tal .
estrago. &gt; Desde que lo hizo, eso era, eso sería y
eso había de ser eternamente.
Aun me duraba la impresión de angustia, aunque la recatase, cuando estábamos en la Comandancia general y la conversación se repartía en detalles del viaje, en referencias de lo que pasaba en
:Madrid y en preguntas acerca de mis impresiones
desde mi llegada.
- ¿Se ha portado bien el eochero?
- Muy bien. Guía admirablemente.
l\le dijeron aparte:
- Ese cochero cumple condena por asesinato.

Todavía seguía alucinado y se me repre~entó
un demonio con librea.
- Los señores están servidos.
Mi recatado cicerone me dijo por lo bajo que
aquel criado tan correcto era otro criminal.
- ¿Y estos que nos sirven?- le pregunto durante la comida.
- También son presidiarios. Y el cocinero y
el pinche. No es una excepción. En cada casa hay
algo parecido. Si los presidiarios se fueran, Ceuta
se quedaría sin brazos y sin pies.
Se comprenderá que más que por las fatigas
del viaje y la inspección, caí en el lecho de mi
cuarto en la fonda rendido por el sacudimiento de
las encontradas emociones.
La fonda era incómoda. Disponía de una alcoba, con cierre de cristales, y de un gabinete que
era habitación de paso. El mucho sueño no me
hizo reparar en escrúpulos, y sin ningún recelo,
como si estuviera en el seguro de mi hogar, coloqué sobre la mesilla de noche mi reloj y mi cartera, donde llevaba todos mis haberes para el
viaje.
Me dormí profundamente, aunque no con sueño libre de quimeras. Siempre sueño algo, y á veces en mi sueño se entrelazan fantasías y realidades. No sé lo que soñé. Sin duda se atropellaron
muchas impresiones y no dejaron rastro. La única
que se caracterizó
fué la del delito.
El sueño es una
parálisis. Yo lo he
comprobado alguna
vt?.z. La primera impresión del sueño es
la de sentir como esposadas l as muñecas. En los tobillos
se manifiesta luego
análoga impresión .
Cuando soñando nos
encontramos en un
trance que obliga á
reaccionar para huir
un peligro, la parálisis nos coloca en situación cohibida.
Yo vi, sin despertarme, que uno de
aquellos hombres
del cuartel Principal
abría con mesura la
puerta de paso algabinete, y, yendo de
puntillas, se acercaba al cierre de cristales. Me quise incorporar y no pude.
Quise también echar
mano á mi cartera
para salvarla, y quedé como atado en
cama de cordeles.La
puerta de cristales
se abrió. El hombre siniestro se apareció ante mi.
No había remedio. No me podía defender. Si me
quería matar, me mataría; si me quería robar, me
robaría. El hombre avanzó resueltamente acercán-

dose á la silla donde había puesto mis ropas, y
prenda tras prenda las cogió una á una. Desaparecida la visión, se calmó mi angustia, respiré con
afán y volví á dormir tranquilamente.
Nada me faltaba cuando desperté, ni tampoco recordé la pesadilla. Ilice mis abluciones,
me vestí, salí á tomar el desayuno, vinieron á buscarme y nos encaminamos. á la calle para continuar visitando las dependencias del extenso presidio.
En la puerta de la fonda había á cada lado un
penado con galones de cabo. Los había puesto el
director para estar á mis órdenes. 1Ie fijé en uno
de ellos y lo reconocí.
Entonces, como una fulguración súbita, se me
representó la pesadilla, que fué realidad telepática
en mi ensueño.
- ¿Ha entrado usted Pn mi cuarto esta mañana?
- Sí, señor; á coger las ropas para limpiarlas.
¿He despertado al señor?
-No.
Ni me despertó en las mañanas siguientes. Ni
despertaban tampoco á los vecinos de Ceuta que
tenían las puertas de sus casas enteramente francas á los criminales, que con toda honradez y todo
esmero los servían.
Este era el presidio que ahora se deshace y
envía esos despojos
á los encierros que
en l a Península lo
sustituyen.

\'Ill
El vigilante de
servicio empezó á
hacer las comprobaciones de filiación, á
anotar en los libros
y á extender los doc u me n tos de ingreso.
- ¿Cómo se llama usted?
- ¿Los nombres
de sus padres?
U no de los ocho
respondió:
- No los he conocido. ¡Hasta en
esto he sido desgraciado!
Otro no respondía, ni atendía: miraba al techo, á los lacios y al piso errabundamente.
Desde e I fondo
vi que uno, mirándome con intención, se
ponía el dedo índice en la sien, haciendo taladro
en la cabeza, como si quisiera decirme: «Está tocado... &gt;
Lo miré. No cabía duda. Estaba loco.

�- ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Me gusta este pala-cio! ¡Estoy contento!. ..
¡Otro loco!
E l mismo que desde el fondo me hizo señas,
me señaló á un vecino que, musitando y accionan•do, mantenía una conversación callada.
¡Tres locos de un presidio á otro presidio, y los
Tribunales y la Administración tan satisfechos de
-que las cosas se hacen bien!
El acento señaladamente provinciano del que
en aquel momento respondía á las preguntas, me
hizo fijarme.
- ¿Profesión?
- Astudiante...
¡Estudiante!. .. No lo parecía. Dijera jornalero
ó cosa tal y no cabría duda. Fisonomía vulgar, embrutecida y aviejada; actitud en dejadez; maneras
.astrosas; el cuello de la sucia camisa, desceñido;
la ropa como queriendo desprenderse del cuerpo
abandonado.
¿Estudiante?. . . ¿Estudiante? . . . ¿Será él? ...
¡Imposible! El está en presidio, y en el presidio de
cadenas, pero no puede ser una cosa tan distinta.
1No puede serlo! Era de la juventud dorada, elegante, ostentoso, renovador de apariencias y de
gustos, apurador de placeres, eterno contertulio de
la orgía. Eso lo condujo á atentar contra la vida
más sagrada, la de.su madre, sacrificando á la disipación el sentimiento y la naturaleza.
Hace pensar en aquel admirable apólogo de
Bartrina. Una mujer de las que no ~e sacian agotando el rendimiento de su amante, le pide á éste
.aquello que sólo la pasión esclavizada otorgaría.
¡Le pide el corazón de su madre! Y él, loco, sin
duda, aunque fuera loco de pasión, realiza la monstruosidad. Y bajando precipitadamente la escalera con la entraña preciosa entre sus manos, tropieza y cae, y del corazón sale una voz cariñosa
que le dice: ¿Te has hecho daño, hijo mío?
¡Sí, se ha hecho daño, mucho daño, santa ma&lt;lre! Al quererle llevar á la insaciable orgía hasta
la sangre de tus venas, cayó, como Luzbel, en la
hondonada, en el abismo. No en el fuego, en el
--cieno. En tres años de revolcarse, ya es enteramente otro.
¡Se ha hecho tanto daño, que ni su santa ma-&lt;lre, si lo viera, lo conocería!

VII
J
1

La escena fué relativamente breve; pero, para
mí, de una peligrosa intensidad.
He empezado por contar lo que me pasa cuando me fijo mucho. Y no es una excepción. Más ó
menos, aunque no se den cuenta, á todos les ocurre. Damos limosna, porque la caridad también
-obedece á una mecánica psico-fisiológica. Nos representamos el dolor del pobre, y al representárnoslo, lo padecemos en nosotros mismos, y para
curarnos de la pena, damos la limosna, que nos
nace bien, porque en aquel instante nos alivia del
peso de la angustia representada.
A mí no me sucedieron las cosas de ese modo:
me entregué tan fija y subordinadamente á la re·presentación, que me sentí identificado, y sutil-

mente, corno si cambiara de cuerpo y el mío se
fuera á tumbarse pesadamente y á dormir, me
transporté al otro lado de la reja y fuí uno de los
ocho, no sé si el errabundo, el ensimismado, el delirante, con delirio de grandezas, ú otro de los
aparentemente sanos; lo que sé es que no fuí el
estudiante; hay cosas que no me las representaría.
Un vigilante, el que identificaba, abrió la puerta del cuarto de filiaciones en que estábamos, lo
seguimos corredor adelante, llegamos á la cancela
donde estaban tumbados los petates que habíamos traído al hombro, los volvimos á cargar y entramos puerta tras puerta, hasta una especie de
rotonda, donde había una especie de fanal gigantesco y dentro un hombre que registraba unos colosales libros y nos iba llamando á nosotros uno
á uno.
Miré con curiosidad temerosa y vi á mi espalda una galería enorme en forma de un enorme
ataúd, y á lo largo de este ataúd, una sobre otras,
á distancia del piso, tres filas á cada lado de entristecidas luces. Me representé lo que debía ser
el interior de una pirámide. Aquello me parecía
mortuorio. ¿Dónde estaban los muertos?
Me fijé más y vi en cada piso de la gigante sepultura y á distancia simétrica, una puerta, otra
puerta, otra puerta ... Son los nichos, me dije.
¡Allí están! Y añadí con sobresalto: ¡allí voy!
No me equivoqué. Nos llevaron á uno de los
cinco enormes ataúdes, me señalaron una puerta,
la abrieron, la salvé y me quedé solo y en la obscuridad, un poco atenuada por la claridad de la
noche que me descubrió el entramado de los hierros de mi reja. ·
Yo he sufrido pesadillas, muchas y muy intensas, como si fueran realidades, y sé que aun en
las pesadillas hay asomos de reflexión y que uno
se pregunta si aquello es verdad, sucediendo que
esta interferencia razonadora la anula la tenacidad
del ensueño.
- ¿Pero es verdad?- me dije-. ¡Yo aquí!
¿Por qué?
Y el ambiente me daba la respuesta. Un nicho,
sí, un nicho abovedado, nicho mayor para enterrar en vida; una cama de hierro, con su jergón
y su manta; allí la mesa empotrada en la pared y
el banquillo enfrente... ¡La celda! ... ¿Qué he
hecho?
Si un justo peca siete veces al día y si los que
no lo somos pecamos á granel, de tanto pecar sedimentado en los recuerdos, puede salir cuando
nuestra mente queda en abandono y lo pasado y
lo presente se entrecruzan, á veces en afinidades
monstruosas, de muchos pecados y de muchas intenciones de pecar, y aun más que de pecar, de
delinquir, puede surgir, ya que no en concreto, la
representación del delito, de un delito real con
todas sus circunstancias y accidentes, un estado
de conciencia delictuosa lleno de las mortificaciones é inquietudes del mal causado, de las responsabilidades contraídas y de los tormentos y vejaciones de la pena. Y eso es lo que sentí, que había hecho algo que me había conducido al deshonor y á la vileza. ¿Pero qué? No lo sabía, no lo podía discernir y lo buscaba tenazmente penetrando
en lo más recóndito de la memoria, y agitando de
esa manera las asociaciones dinámicas de los re-

cuerdos más ocultos, y de ese modo se desvelaron
mis sentidos.
El del oído se afinó de modo que me pareció,
en el silencio de la noche, percibir nna conversación muy recatada. No era en el patio. Me encaramé á la ventana y sólo percibí el «alertaaaa... &gt;
que el centinela respondía. Seguía el rumor; descendí al suelo; me aproximé á la puerta; hablaban
en la galería, no lejos de mí·; me tendí en el suelo
y acerqué la oreja al ventanillo.
- Sí, es él, no cabe duda.
Y pronunció mi nombre.

Me aproximé más para no perder palabra y
contuve la respiración.
No oía; hablaban quedo. Percibía únicamente el
murmullo de las palabras, distinguiendo alguna
q~e otra que avivaba mi curiosidad. El apasionamiento fué elevando el tono y empecé á oir claro
frases enconadas, despiadadas, implacables. U no
~e los interlocutores, aunque no me defendía, mitig':1-b~ las acusaciones de su compañero, pero éste
se 1rntaba más y le oí decir en voz alta:
- ¡Muy mala persona! ... ¡De muchísimo cuidado! ...

�Mi defensor le opuso algún reparo, pero tan nioso me lo han vestido á mis espaldas mientras
vacilante y tenuemente, que no llegó á mí lo que vivía honradamente confiado. ¡No fiéis de los indecía. Lo que llegó á lo vivo fué la afirmativa con- dicios! ¡Mezquina lógica! ¿Sabéis qué es la calumtraria.
nia? La muñidora de indicios más activa y aviesa.
- No lo creas. Las cosas no- pasaron de ese La calumnia es Yago, sugeridor de indicios á la
modo. Este periódico
fácil susceptibilidad
lo dice. Ha tratado la
de Otelo.
cuestión en muchos
¡Yago! ... Miradle
números. Lee aquí.
bien ... ¡Aquél es! No
Callaron, sin duda
me tengáis por loco;
mientras leía el requeno lo soy. ¡Aquél es!
rido, y atendí con inSi lo mataron en Vequietud ya rayana en
necia, resucitó al mola angustia.
mento. Aquél es y
- De manera que
aquél otro. Es la mislo mató...
ma figura repetida en
Sentí un estremela variación de un tipo
cimiento y puse toda la
inacabable. Siempre
atención en mis oídos
envidioso, no de Capara saber á qué se
sio, sino de cualquiera
referían, y supe que
que ocupe el puesto
era á mí, aunque me
que ambiciona y no
merece. Ansia de dolo negué y o mismo,
desechando la idea.
minar es lo que sufre.
-¡Matar! ... ¡Yo! ...
Quiere, en la embriaguez de su codicia auNo puede ser. No hatoritaria, que todo se
blan de mí.
le deba, y aquello que
Así lo dije, .incorporándome de súbito
no hace ó de que no
y mirándome las maparticipa, 1o sacude
con su desdén para
nos y la ropa, como si
humillarlo. Como mubuscara las huellas de
chachuelo díscolo y
la sangre.
mal criado, importuna
- Lo asesinó.
á las gentes con des' Al oir esa afirmaticonsideradas id as y
va, un sudor frío me
vueltas, gestos, dessurcó las sienes, creí
plantes, muecas, paladesfallecer y me apobrotas, groserías imyé en el muro.
púdicas y alguna graQuería sustraerme
al apuñalamiento acusatorio; pero el que hablaba cia de mal gusto. Es tan infantil en sus rabiecontra mí, descompuesto y airado, en vehemente tas, que quiso derribar un alta torre escupiendo
y altaner?- locución, lanzaba á granel todo el re- colérico á los sillares de la basa. ¡Se necesita tropertorio de las peores circunstancias del Código pezar con el esforzado y bonachón Otelo para que
penal, y yo las recibía como lluvi~e balas en el al noble cuerpo lo derrumbe el vérti_go del deshonor, y el miserable, en actitud triunfadora, lo
cuerlJO herido y casi inerme.
- Se quiso aliviar con lo de violentado por mancille con su pie, exclamando con malvada sonuna fuerza irresistible, con que lo hizo para evi- risa: ¡Ecco il leone/
¡Que no os guíe la calumnia, ni la desconceptar un mal, y también con que obró en defensa de
derechos ... Ya lo sabes: las eximentes. Pero, 1quiá!; tuación, su prima hermana! Padecen de dislocar
alevosía, recompensa, males innecesarios, astucia, las cosas ó de verlas desfiguradas, retorcidas ó con
abuso de superioridad, ignominia, desprecio, rein- efectos de luz afeadores. Eso es la calumnia: hacidencia. . . ¡Agravantes, todas agravantes! Fué cer lo hermoso feo; convertir á la inocente Desdémona en ramera. Eso es la desconceptuación:
condenado á muerte.
¡No sé qué me pasó! Si los interlocutores lo transformar el simple defecto, ó el desliz, ó la encontaran, dirían que oyeron un estrépito en mi fermedad, ó la miseria en monstruosidades que se
celda, que acudieron á abrirla y que encontraron deben relegar á la condenación ó al exterminio.
Son hijas de la noche, engendradora de endriagos
mi cuerpo desplomado.
y quimeras, brujerías y maleficios, asechanzas y
espantos. Un pueblo en la noche sin fin de su estacionario quietismo, vive la encogida vida del
IX
rincón, siempre asediado por la inquietud de que
el enemigo circula y que contra él sólo valen las
- ¡Calumnia! ... Yo no soy asi. Si hubiera es- puertas atrancadas, las celosías y las rejas de enpejo de imágenes morales y me mirara en él con tramados barrotes, además de la precaución de
la figura que han querido hacerme, no me conoce- tener otros enemigos en el seguro de otras somría. Si tuvierais ojos para distinguir lo contrahe- bras clausurad.as fuertemente. Y con ese influjo,
cho, no os cabría duda de que el disfraz ignomi- avivando la suspicacia y el recelo, la desconcep-

tuación va engendrando la duda y habla de oído
en oído, haciendo creer que tras de la sonrisa se
oculta el veneno, tras del cumplido el puñal, y
que la mala intención se disfraza con halagos.
¡Yo soy una de las víctimas de la sombra, sin
duda por estar enamorado de la luz! Si algo hice...
No sé lo que he hecho. . . No sé de qué me acusan ... Jgnoro los considerandos y resultandos de la
sentencia y la severidad del fallo. ¡Lo ignoro todo!
Mi cabeza es un torbellino inquiriendo lo que ocurre. ¡Matar yo! ... ¡Imposible! Ni aun matando por
equivocación ó imprudencia. Ni aun matando por
obsesión. Sí; también se mata de ese modo. Recuerdo un caso excepcional. Figura en los archivos de una Audiencia, en la de Zaragoza, y lo encontrarían de primera busca, porque es muy reciente. Unos padres dormían matrimonialmente y cerca de ellos reposaba en la cuna una hija suya. La
madre se despertó, se incorporó y puso el oído
atento para atender solícita. Miró del lado de la
cun~ y vió espantada un monstruo. Despertó á su
mando y también lo vió, é inquietos por su hija

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se precipitaron de súbito contra la horrible aparición, descargaron animosamente sobre ella todos
los proyectiles que pudieron tener á mano, despertaron á los vecinos con el alboroto, y al entrar
éstos con luces... ¡Oh, desventura!. .. ¡Lo que
apareció es el cadaver de la niña terriblemente
magullada!
¿Habré visto otro monstruo como la buena madre y sobre alguna cuna en que durmiera algo
donde tenía puesta mi afección y mi vida? ¡Habré
descargado sobre el monstruo airados golpes y
dado muerte á lo mismo que quería defender!

X
- Vamos, ¿qué tal? Parece que se está tranquilo. Todo pasa. Tome usted esta medicina y se
curará del todo.
·
- ¿Dónde estoy?
- ¿No lo ve usted?; en la enfermería.
- ¿Y usted quién es?
- Un enfermero.
- ¿Empleado aquí?
- No; yo soy un preso que tiene el cargo de
enfermero, y me ha tocado estar de imaginaria
desde que lo trajeron á usted en la camilla. Todo
esto habrá sido del mal viaje.
Dicen que viene usted de Ceuta. ¡Muchas horas, mucho calor,
mucha molestia!
- No sé de dónde vengo.
- Vamos, á tranquilizarse y
á no delirar.
- ¿He delirado?
- ¡Mucho! ... Casi tenía miedo de estar solo. Yo no soy de
aquí\ de estas casas. Ni estoy
por nada malo. Vamos, hice un
mal, pero por acaloración, y sobre lodo, por defender á mi padre, que lo atropellaban malamente.
- ¿Qué decía cuando deliraba?
-¡Uy!. .. ¡Tantas cosas! Me
daba usted pena, no por estar
enfermo y delirando, que esto
á todos, á cual menos y á cual
más, nos ocurre alguna vez.
Cuando yo tuve el tifus me dijeron que deliraba; pero no daba pena, porque decía tonterías.
Pero usted, ¡ Dios bendito! ...
Pero en fin, ya pasó; serían locadas de la cabeza.
- ¿Qué decía? ... Lo quiero
saber. ..
- Vamos... ¡Muchas cosas!
Como repetirlas, no tengo disposición para ello; pero, vamos,
á mi manera me figuré que todo
tenía la misma composición.
- ¿Cuál? . . .
- La de que usted no ha
hecho lo que le acumulan. Así
lo he entendido; porque usted

�sólo decía medias palabras, aunque seguidamente.
- ¡Y no lo he hecho!
- Por mí. ..
- ¿Qué? ...
_ l\le conformo. Pero como dicen muchos lo
mismo, vaya usté á saber.
- ¡Tiene usted razón!. . .
.
_ Y á más, ya no tiene otro remedw c¡ue cu!Dplir día tras día, si no hay quien le apadrme el indulto.
_ Lo dicen muchos; ¡pero lo dicen delirando
como yo!
- .Mire usted, eso. mismo me hizo fuerza. Yo
me decía: ¡pobretico, no habla él, habla la calentura y puede que diga la verdad!
- ¡Puedes jurarlo!
.
..
.
_ Sí, lo juro; pero ¡pobret1co! N1 Jurando tiene
remedio. ;La ley es la ley!
,
~ ¡Vamos, hombre! No se desanime. ¡Se me ha
vuelto á cáer! ¡ \'amos, hombre! Tom~ otr_a poca
de medicina, que par&lt;'ce acertada. ¡As!! As1éntese
usté. Aguarde, que le traeré otra almohada de
prestado.
El pobre mozo me arregló cuidadosamente, Y
creyéndome tranqui_lú y te!11iendo que su co~,·ersación me hubiera sido peligrosa, se mantmo en
silencio, mirándome de cuando en cuando como
queriendo que lo invitase á_~ablar.
- ¿Qué piensas? - le d1Je. .
.
.
\'acilo, como si no se atreviera á dec1rlo, )
tuve que animarlo repitiéndole la pregunta.
_ Aunque me entrometa, me paeee, me
paece ...
- ·Qué?
vofvió á callarse y á vacilar de nuevo.
- ¿Qué?
_ Pues lo diré. Que usté necesita confesión.
- ¿Estoy tan malo?
- No es por eso.
- ¿Por qué?
_ Porque usté sólo le puede contar lo que
tiene dentro á uno que se lo crea, y sólo lo puede creer un sacerdote, porque en el confesonario es en el único lugar donde no nos atrevemos á
mentir.
:\fe admiró el discurrir del mozo y lo invité á
que llamara al sacerdote.
- No todos sirven para el caso.
Xuevamente volvió á maravillar~e.
_ Pa mí, que así c~mo hay o~c1ales de cada
oficio también h¡iy oficiales de misa, y ésto_s, pa
lo co:riente de las bendiciones y los rez?s, s1rv_en
como cualquiera, ¡aunque hay algunos ... •. Mire
usté era yo pequeño y estaba oyendo misa e_n
la igÍesia con mi padre. Ya sa~e usté que los chicos no tenemos correa y decimos lo que pensamos. El cura que decía misa, ,·amos, qu~ no me lo
hubiera querido encontrar en un cammo, Y me
quitó la devoción. ~uando ~onsagraba, se me ocu:
rrió una imprudencia y le ~iré de la manga á ~ 1
padre, que se abajó p~ra 01ri:11e - . «Paece mentira - le dije - que Dios baJe á esas mano~, - .
«¡Qué ha de bajar! - me contestó muy seno. Enviará un peón».
.
El ocurrente y expansivo joven me hizo sonreir.
á ·
1
_ ¡Vamos, ya parece que tenemos mmos ....
Adelante. Si viniera un sacerdote que yo conozco,

lo dejaría á usté tan tran&lt;;1~ilo. Ya es muy anciano y dice misa por devoc1on nada más, por9ue se
retiró hace tiempo. Y otra cosa: fué canómgo e~
Ceuta. ¡Cuántas cosas como la de usté_ ~abrá.I S~
usté quiere, usté lo pide y yo le escnb1ré á m1
padre.

X
:\Ie sentí poco á poco _invadido_ de una difusa
placidez, que yo la llamana la placidez de los creyentes.
.
Los creyentes, sólo por serlo, son bienaventurados, porque pueden disfrutar de e~e goce de que
yo disfrutaba, y que con~iste, á m1 entender, en
que la sensación de las t_nstezas y amargu!as de la
vida se desecha como s1 fuese una obsesión mezquina, sustituyéndola la realid~d de una esperanza inefable que se va á cumplir. Hoy se preocupan los médicos de una ~osa que l_e han d_ado el
nombre griego de eutanasia, que quiere decir buena muerte, y nada podrá se~ com¡,arable, po~ mucho que se invente, á la unción de la ,eut~n~sia espiritual que yo sentía, y que me hab1a ahv1ado de
la mortificación de los recuerdos.
.
.
Me sentía entre dormido y despierto, mcapaz
de emoción, sin que las cosas, que poco antes me
perturbaron y que aun las tema presentes! m_e parecieran algo más que un indife~ente art1fic10. Y
esas cosas se achicaban, se ach1&lt;:aban más cada
vez, hasta desleírse, y esto ocurrió al que?arme
poco á poco dormido en un sueño que. deb1~ ser
la última reverberación del abandono mfant1l de
mis primeros años.
Dormí no sé si poco ó si mucho, porque, lo que
satisface no se ajusta á tiempo, y desperte como
me había dormido; y si entonces poco á poco Y
muellemente me fuí hundiendo en el sopor, al des:
pertar también salí gradualmente á flote, Y abn
los ojos, como he visto algunas veces descorrerse
los celajes de la aurora.
- ¡Padre mío!
En pie, á mi cabecera) con una de sus manos
apoyada sobre mi frente, estaba un venerable anciano de elevada estatura y semblante severo Y
bond~doso, que vestía el traje talar.
Se sen tú á mi cabecera después de . h~berme
examinado, adoptó una actitud de recog1m1ento Y
me dijo:
- Ilabla, que te escucho.
.
Le hablé como si no fuera un homb~e, como s,
fuera algo espiritual y como si no estuviese delante, sino dentro de mí. II_asta_ me pa_rece q~e no le
hablé sino que mi conc1enc1a se hizo l~mmosa _Y
él la leía con los ojos cerrados y en acl!t~d meditabunda. Esta luz interior sólo se enciende en
nuestros estados de pureza, y sólo_ es estado de
pureza aquel de tan pura abnegación que hasta
suprime el sacrificio, que no lleva cue_nta de trabajos y pesadumbres, que anula el ménto y la obra
personal y los merecimientos y ~as re~ompe~sas,
para ir adonde lo destinen, obediente a los dictados de una ley infinita.
Ko le hablé de mí, ni le dije, aunque él_lo comprendiera, nada de mi angustia intei:ior, ?1 de ese
dualismo cruel en que lo que somos mten_orment:
se contradice con lo que de nosotros piensan )

fallan los demás. No podía decírselo. Yo estaba
En mis paseos - y aquí está la parábola conformado. Esa contradicción la aceptaba como
me
fijé mucho desde que por primera vez lo vi, en
si benéficamente se me hubiera imp11esto para hacer una buena obra. Yo no era quién para pregun- un trabajador, en un penado que trabajaba solo
tar é inquirir el por qué mi partícula vital había en uno de los tajos de la obra, y trabajaba alzando
y descargando el pico y rompiendo la tierra casi
de ser de esa manera. Debía contentarme con la sin
descansar.
luz que me alumbraba interiormente y que alum¿Qué por qué me fijaba? l\Ie fijé en muchos y
braba mi camino, que otros desventurados siguen
en la obscuridad y tropic,an y caen y se hunden. en casi todos, considerando lo que eran y lo que
habían sido. Todos, ya por su traje, ya por la conYo me mostré obediente, obediente del todo, con
la voluntad sumida y entregada, sólo con la re- dición en que vivían, ya por no sé qué de despreserva de recobrarla para la acción dispuesta. Yo ocupado, de ceñudo y áspero, me parecían delindije, contrito: «¡Aquí estoy! ¡Cúmplase la santa ,·o- cuentes, aunque no por ello los mirara sin lástima. Yo he pensado siempre en estas cosas sin
luntad!&gt;
ningún resquicio de venganza. :\Ii pensamiento lo
El anciano y venerable sacerdote levantó pauhe visto interpretado hace muy poco por persona
sadamente la cabeza, abrió sus ojos hundidos en
de mucha autoridad, de autoridad muy alta. «Las
la órbita, me cogió una mano entre las suyas y
penas deben ser elegidas por la Justicia y ejecucon evángelica placidez me habló lo que voy á
tadas por la Caridad». Lo firma: «Alejandro Groidecir:
zard, presidente del Consejo de Estado».
- Escucha una parábola. No lo es con toda
Tal vez mi contemplación pecara de importupropiedad, pero así la llamo. Escúchala y entiende
na, porque un día, en un momento de descanso,
su sentido:
apoyada la una mano sobre el pico y con el codo
Conozco, conozco bien, por haberlo visto año
tras año, tu miserable modo de vivir, aun más mi- de la otra enjugándose el copioso sudor, me preguntó sin acritud, más bien con cortesía:
serable todavía, porque entonces era de rigor lo
- ¿Por qué me mira usted tanto, padre cura?
de «llevarán siempre una cadena al pie, pendiente ¿Qué tengo?
de la cintura, se emplearán en trabajos duros y peMe acerqué y le dije, con el amor que lonosos y no recibirán auxilio alguno de fuera del sentía:
establecimiento.»
- Te miro, porque no me pareces lo que
Conozco, conozco bien, por haber vivido mueres. Te :miro, y al mirarte no me pareces crichos años junto á la desventura, lo que es trabajo minal.
duro y lo que es no recibir auxilio. Oye este caso,
:\le miró con fijeza, con tanta como si me quique lo sé de referencia. Lo refiere Sánchez Barsiera hablar y por los ojos le brotase la respuesta;
bero, aquel gran poeta latino, alter Apolo, que por
pero se repuso, volvió á empuñar el pico y á seel delito de ser escritor doceañista murió de pre- guir trabajando sin dPcirme palabra.
sidiario en el presidio menor de que nos habla.
Lo volví á ver algunas veces y lo miré como
Dice que el huerto del gobc•rnador de la plaza de siempre, aunque sin pararme, no obteniendo otra
.Melilla estaba tan alto, que no tenía riego, y, no
cosa que una cierta mirada agradecida y un callaobstante, era un huerto de lozanos árboles, visto- do saludo.
sas Aores y sabrosos frutos. ¿Sabes cómo se regaUn día, á la caída de la tarde, al regresar de
ba? Con una noria humana. Cada presidiario de los
mi paseo, me salió al camino. Sin duda por aguarque bajaban con la cuba vacía para subir con la darme, se quedó rezagado. Estábamos enteramencuba llena, era un cangilón. Y del mucho subir y te solos.
del poco comer, los cangilones se volvían éticos,
- Padre cura, me dijo, sólo un hombre, sólo
los transportaban al hospital y al cementerio y los
un sacerdote tiene derecho á conocer mi confesustituían otros en la cadena transportadora de las sión, porque sólo él me distinguió inocente.
aguas. ¿Sabes cómo llamaban á ese huerto? El huerSacó de entre su pecho unos papeles que el
to de la sangre.
correo le había traído el mismo día, y me los di&amp;
Conozco, conozco bien, la manera de trabajar á leer.
del presidiario. La vida en Ceuta es monótona, y
¿Sabes lo que era? La declaración que ü, armás entonces, que no había campo exterior. Para
ticulo mortis hacía el verdadero criminal, el autor
mí, apenas había otros caminos que el de la catedel delito que al infeliz se le imputaba. Y agitandral, el de mi casa y el de mis paseos. Paseaba por
do aquellos papeles con la alegría más pura de mi
hacer ejercicio y por recurso, y siempre que povida, y diciendo con emoción y vertiendo lágridía buscaba la salida del campo, huyendo de la ciu- ¡nas: •¡Corro á salvarte!•, me los arrebató y los
dad vieja y de la nueva.
rompió en menudos fragmentos, dejándome sin
Aun tengo en mis oídos el sonsonete de los es- saber qué decir ni qué pensar.
labones. Quiero decirte que en mis paseos me en- ¡Qué has hecho, desventurado!
contraba á los penados trabajando. y que era un
- ¡Padre cura! Hace años, muchos años que
trabajar que rechinaba, como si se publicase de ese arrastro mi cadena. Aquí lo he dejado todo: jumodo el trabajo aAictivo. ¡Torpe humanidad! Tra- ventud, afectos, memorias, anhelos, esperanzas. La
bajar con cadena es hacer de los oprimidos pere- resignación y lo pasado me han hecho á esta vida.
zosos. Por fortuna, el trabajo es redentor y rompe El que habló, habló tarde, al morirse, y habló vicódigos y artificios inútiles. Así se desencadena- llanamente para que yo, por recobrar una quimeron los de Ceuta, por la utilidad y eficacia del es- ra, ¡que la libertad ya lo es para mi!, cometiese una
fuerzo. Al construir el cuartel del Valle, cayeron infamia. ¡Sí; es una infamia! Ese hombre deja hide los andamios algunos que trabajaban con gri- jos, nietos, una familia que vive en el ambiente de
llete.
la honradez, no mancillada por la condenación, y

�con los pape~
les malditos
que he roto
quería que
yo, salvándome, señalase á
los hijos, á los
nietos, á la familia del atroz
asesino. ¡Yo
no he querido
envilecerme y
proclamar mi
inocencia como verdugo
que marca con
el hierro infame! ¡Yo no publico el anatema!
Lo dijo con
tan ta fe, con
tanto amor de
humanidad,
que caí de rodillas y besé
la cadena de
aquel santo.
.
.
Desde entonces quedó en m1 pensamiento u~a
idea indecisa, incierta, indefinible, sin aclarar, sm
duda porque las ideas no se aclaran hasta que un
estado de realidad las revela del to~o, y eso me
acaba de ocurrir, y con la espontaneidad con que
lo he pensado te lo digo.
.
Entre los Mandamientos de la ley de Dios, fa!-

ta uno y es
éste;eldelsanto presidiario:
¡N'omancillarás!

en mi recuerdo, ante mi vista, se me reprodujo lo
que el doctor lionés escribió en el álbum penitenciario del Congreso de Roma: «En nuestros tiempos, la justicia marchita, la prisión corrompe y las
sociedades tienen los delincuentes que merecen.•
Y un anhelo de regeneración invadió mi alma,

regeneración destructora de las miserias que nusotros mismos fomentamos, y acordándome de súbito de la esencia de mi pasado ensueño, exclamé
con fervor, mirando religiosamente á las alturas:
¡Sí: quiero ser santo, como el buen hombre del
grillete, para rasgar el anatema!

XI
Unaluzme
iluminó de súbito y me hizo
abrir los ojos.
Era la luz del
día que entraba alegremente por los desgu ar ne c idos
cristales. Era
la aurora rica
en colores, armonías y esen•
cias, y además
de rica, generosa.
Me sentí restaurado, alegre y animoso, y me
lancé del lecho á buscar la purificación del baño
frío.
En el jardín , las hojas de los árboles ~e mecían con el remusgo matinal, las flores hab1an sacudido el sueño y se mostraban frescas y ostentosas y los millares de gorriones armaban una d~sveladora algarabia.
Al desviar la
cabeza se fijaron
mis ojos en la fachada de lineales y
simétricas aberturas guarnecidas de
rejas; la fachada exterior de la primera galería de la cárcel, fachada de
Tántalo que ve la
libertad y el animoso bullici:o de la vida sin poderlos coger.
Entonces se
volvieron á agitar
en mi cabeza las
memorias de la pasada noche, y en
vertiginoso torJ?ellino vi leyes, códigos, ordenanzas,
destilando sangre,
despidiendo negrura con la herrumbr~ del antiguo rigor y el antiguo
tormento y los roñosos eslabones de
l os vetustos aparatos, y más que

Pabellón de la Prisión celular de Madrid, 25 de Septiembre de 1907.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Espaftola. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Blass y Cía., San Mateo 1, Madrid.

�El [usnto 5smanal

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Desde mi butaca
(Apuntes para una_psicologia de nuestros actores)
POR

Eduardo ZAMACOIS
SUMARIO: Consideraciones prellmlnares.-Maria
Guerrero. - Dlaz de Mendoza. - Rosario Pino. - Enrique Borrás. - Maria Tubau. - La vanidad en los
actores. - Los derechos del actor. - El adulterio en
el Teatro. - Teatro de acción y Teatro de ideas. Los orlgenes de la risa.- José Santiago.-¿osé Rublo.
Balblna Valverde.-Matllde Rodrlguez.- oreto Prado. - Emilio Carreras. - José Monea yo. - La risa en
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1LUSTRACIONES DE FEDRERO

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•

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de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las
tapas.
El precio de las tapas para el público es el de cuatro

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Número suelto:

3Ü

1

1

Abiertos los sobr~s secretos correspondientes á estos oriTemíamos (,por qu:, no decirlo ahora qae el peligro pas6?1
ginales, aparecieron como autores los señores siguientes:
que nuestro Coucu!so fuese un fiasco. :-los ,~o~·ían á pausar
:S.úmero 176, D. José ;\!aria ;\[atheu; núm. 181, D. Leoasí, primero 11;s dihcultades q~e o(rece. escnb1r un cuento
nordo Sherif; núm. 235, D. Ramón M, Tenreiro; núm. &lt;)O,
br&lt;&gt;o, de arquitectura y d11nens1ones casi.novelescas, y ~uego
D. Federico (;arcía-Sanchiz; núm. 325, D. :"\Iauricio Ló pez1:,. desconbnza injustitica,la q,ie si~nte la JUV_mtud lnc1: los
Roberts; núm. 65, D. Andrés Gonzilez-Blanco; núm. 59, don
Concursos. Afortunad:unente, la n:tdectuahdad esp:mola,
Juan T~llez y Lópec; núm. 206, !J. Juan José Lorente (de Zamucho más abundante)' vi;oro-a de lo que creemos, responragoza); núm. 173, D. Pedro González :\!agro; núm. 250, don
dió á nuestro lhmamiento, y de Stl gran csfucr,o ha resulta(;ui\lermo Hernández :\!ir (de Sevilla); núm. 230, D. ;\ligue\
do un cert1men brilhntisimo, no sólo por b«cantidad», sino
A. Ródenas; núm. 22, D. Bernardo Herrero Ochoa; núm. 295,
por la «calidad» de los o riginales recibidos.
.
D . .\lfonso G.uch del Busto; núm. 303, D. Jaime Ordóñez
Reunidos anoche e~ nuestra Redacción los tres ilustres
Lecároz; núm. 16~, !J. S,llvador \lartínez Cuenca; núm. 2S1,
novelistas que componían el Jurad~, Sres. D. Ramón del Vadoña ,\ngeh Barco (&lt;l.e Valladolid).
lle-Inclán, 1). Pío B.1roja y !J. Felipe Trigo, acordaron, «por
De 1, adquisición de estos diez y l&lt;els originales recounanimidad» conceder las 500 p~•etas del P HJ.\U,K PREm~ndados, la Dirección tratará particularmente con los au,'110 al cuento n111n. 25S, titul.,d,) Noma.da y firmado por El
tores seo-ún indicamos en la base 2.ª de «:sluestro Concurso».
bachiller Sans(m CJ.rrasco. R:1s"ado el sobr hcrado, donde
(V¿a;e é1 número &lt;le EL CuEXTO SE~axAL correspondiente
constaban el nombre y señas dc1 a~tor, resultó s~r ést~ don
al II de Octubre del año pasado).
, ;abricl :'lliró (de Ali~ante), á qmen desde a,¡m ennamos
Para concluir, felicitamos calurosamente á todos los autonuestra enhorabuena más cordial.
res recomendados, y damos una vez más las gracias á nuesDespu~s. y en vi,ta de que habü muchos cue1:tos dignos
tros queridos amigos D. Ramón del Valle-[nclán, D. Pío Bade ser a,lmitidos, el Jurado,. de acuerdo con la D1r~cc1ón de
ro¡a y D. Felipe Trigo por _la gran actividad y la p ~rspicacia
este periódico, acordó ampliar á diez y seis el numero de
clarísima con que han sabido hallar lo «meJor» en este Conorio'i.1ales rc~o1ncndodos.
curso, donde tanto «bueno» se ha presentado.
.,Estos son, por su orden &lt;l.e importancia, los signientes:
Cuento núm. Ií6, Un /,ouittJ 11t_l{oáo1 Pap::unoscas; númeLa Dirección
ro 181 U1s cuernos d! la lu. 1w, 'frota.conventos; núm. 235,
;\[adrid, 21 Enero de 1908.
/'.'111br),ja111imto, Cardenio; núm. 90, ffistoria rom&lt;Í•tli~a, Borregucnts; núm. 325, ~-,,... la_ o,arla flaua, .:\tamert?; nmn. 65,
Importante. - Los originales no admitidos quedan en
Un awor d: rrovi11d,1, Enn,¡u~ de Ofterdmgen; num. 59, Jllaesta RedacC'ión y á disposición de sus autores hasta el día 15
ltr ndmm1bilú, Pirrón; núm. 2o6, F11uos d, la c11nu, Radamés; núm. 173, Jlida~~fttia .morisfn, 1\[a~se Pe&lt;lro; n~'1:'· _250,
del próximo mes de Febrero.
Pedazos de vida, ;\lomo; nmn. 230, fíumo dt hoga1#, \&gt;rtsostoPasada esa fecha se inutilizarán.
mo; mím. 22, La e.rjiu1;, dt /,ido, Augusto Miquis; ~úm. 295,
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=

TELÉFONO Z599

I
0URMONT-ABEL, cuando yo le conocí, estaba
muy lejos de ser en París este pintor «para
mujeres», cuyos triunfos constituyen hoy la
mitad del aliciente de la crónica de. salones y dos
terceras partes de la crónica escandalosa y elegante.
Por entonces, Gourmont-Abel vivía en Montmartre, en lo que es ahora rue Ca11/ai11co11rt, que
no era sino la senda de
una colina inurbanizada
y pintoresca; no solía almorzar todos los días; tenía nostalgias de la provincia recién abandonada; iba por las noches á
los cafés del Boulevard
Clichy; solía tomar impresiones macabras del
llfoulin de la Galette, en
su apogeo entonces, con
Toulouse-Lautrec, su
amigo íntimo, y hasta
creo que había dibujado
sombras para el Chat
noir, y alentado y amparado á la nerviosa y admirable Jeanne Avril, en
sus comienzos coreográficos.
Gourmont-Abel iba
siguiendo aquella vid a
fácil, con todas las reservas mentales que su
temperamento egoísta,
ambicioso, calculador y
frío le sugería instantemente.
Todas las madrugadas, al regresar, tambaleante de absintio ó de
cerveza,ásu taller, cuando había dado en el puente el último arretón de
manos al último de sus
amigos trasnochadores,
..,
que vivía en un sexto
interior de la Plaza Clichy, Gourmont-Abel comenzaba á subir la cuesta que le conducía á su
taller, haciéndose las
mismas reflexiones ...
- No; verdaderamente, no valía la pena de
abandonar mi provincia y venir á París para llevar
esta vida improductiva y necia, que me gasta .. .
Sobre que los alimentos eran más higiénicos .. .
Exacto ... ¿Cómo comparar aquellos jarros de ma-

G

Fallo del Jurado

1

LA ,,/1\U ESTRA"

C é n ti ffi OS

NUESTRO CONCURSO

'i

EDUARDO f'\ARQUINA

AÑO 11 - 24 de Enero 1908 - N.0 56

=

CABALLERO DE 6RACIA, 48, ENTRESUELO - MADRID

dame Tocqueville, la lechera de la Plaza del Mercado, con estas botellas de absintio que parecen
embebidas en hu'rnos sulfurosos? ... ¡Y aquella
buena, afectuosa y grasa sonrisa de madame Tocqueville, la «orcita de manteca•, cuando por la
mañana me servía el desayuno, en la trastienda,
con mimos maternales, derritiéndose si yo le dirigía la palabra, por la fama de mordaz que tenía en
la provincia! ... Jeanne Avril tiene una cara más.
expresiva... Y en los ojos suyos, avivados de mixturas químicas, hay una
malicia y una perversión
más diabólica ... Pero ¡al
diablo los diablos! ... Entonces no me dolía el
estómago... ¡ay!. .. Y los
pobres debemos tener
buen estómago . .. Apostaré que aquella criatura
macilenta, que viene á
tentarme, con tan poca
animación y tanto frío,
piensa como yo . .. ¡Eh,
C!'ia tura desdichada, ven r
R.endido por la fatiga
de la cuesta, destrozado
el estómago por las ho rrendas libaciones
de poco precio, á
que acababa de
entregarse, Gourmont-Abel, á medio camino de su
taller, se agarraba
al poyo de un farol, arrollando en
él el brazo, y allí
mantenía con la
macilenta sacerdotisa de Venus,
que á aquellas horas rondaba todavía por el suburbio, muerta de frío,
un diálogo singular, que casi todas
las noches acababa de igual modo...
- ¿Tú eres provinciana, verdad?
- No, señor artista,
parigotte.

- Malo; de todos
modos tienes el aire de
una muchacha ejemplar; de una mujer de tu casa,
honrada y buena...
La chiquilla sonreía y aventuraba un empujón
que estaba á punto de hacer perder el equilibrio
á nuestro hombre.

�in

1

j

11

- No, no disimules; conmigo, hija mía, puedes espontanearte, contarme tus penas, pedirme
protección. Dime, dime, angel mío, ¿quién fué el
criminal? ... Porque tú y yo hemos nacido para
comprendernos ... No te canses; esa misma vida
ejemplar, burguesa. . . ¿por qué no decirlo? ... burguesa, que á ti te seduce; este orden, esta compost ura, esta buena apariencia ... y los vestidos
limpios... y los muebles bruñidos . . . y el mantel
planchado ... todo esto es mi ideal. .. No desdeñaríamos, ¿verdad?, un almuerzo bueno chez Roujun, ni un palco en la Opera...
- ¡Chouette! ... - se aventuraba á gritar la
muchachita con los ojillos encandilados y haciendo chascar sus dedos finos.
- ¡Angel de Dios!. . . ¿Quieres llegarte hasta
mi casa? .. . ¡Oh, es un cajón inmundo! ... Le faltan muebles, estilo... Pero tú le sacarás provecho... Tú tienes el instinto del hogar. . . no, no lo
niegues ... Me dirás lo que falta en mi casucha .. .
haremos inventario ... haremos inventario... Dame
el brazo. ¡Si vieras cómo sufro!. .. ¡ay!. .. ¡Y es el
absintio... ¿sabes? (Se han cogido del brazo). Yo
• solía desayunarme antes en casa de madame Tocqoeville... ¿la conoces? . .. ¡Claro que no!. .. Pero
habríais simpatizado; ya lo sé ... También una mujer de su casa, aquella buena señora.. . ¡y qué
limpieza! (Van andando; Gourmont-Abel tropieza
alguna vez). Estoy muy malo... ¿me cuidarás, verdad? ... Naturalmente ... Y si ves que me muero,
hijita mía, tú debes saber algunas oraciones ...
(Signo afirmativo de ella). ¡Naturalmente!. .. rézalas, rézalas ... mientras me voy muriendo, rézalas ...
¡es decorativo!
Llegan á la puerta del taller. No está más que
entornada. Gourmont-Abel empuja. Entran ...
Y á la mañana siguiente, ya ce.si al medio día,
cuando el pintor despierta con el mal gusto de
boca y de espíritu que le han dejado las pasadas
libaciones, y empieza á pasear por el taller inmundo sus ojos irritados y ve allí, en un rincón, sobre
l:t otomana, abrigadas las piernas con una alfombra sucia, á la infeliz mujer de la víspera, que duerme, todos los días es el mismo apóstrofe:
- ¡Eh, señora!, ¡á despertarse! .. . ¿Y mi desayuno? ... ¿Y el inventario? ... ¿Así se cuida de mis
cosas? ... ¿Este es su instinto del hogar? ... ¡Todo
está cochino! ... ¡más cochino que ayer, señora! . . .
¡No me sirve usted! ... ¡No nos comprendemos! .. .
Ha querido usted explotarme, ¡canalla! ¡Largo.. .
á la calle! ...
La infeliz muchachita se escabulle precipitadamente, creyendo de buena fe que acaba de pasar la noche con un loco...
Y todavía temblando del susto, en la calle, se
compone un poco el pelo rubio, saca un espejito,
se arregla los bandós sobre la frente y, desdoblando el pañuelito de batista, como hay en él un puñadito de algodón hidrófilo, embebido en polvos
de arroz, perfumados de «mimosa&gt;, se lo pasa pulcramente por la cara...

II
Yo no trataré de seguir paso á paso las aventuras de Gourmont-Abel, desde aquel indecente
cuchitril del Montmartre antiguo, al confortable
hotelito que hoy ocupa en Passy, cerca del Bois,

conocido de todas las damas que ha pintado Bol •
dini, y que no pueden privarse de unos cuantos
días de pose, chez Gourntont-Abel.
Lo verdaderamente curioso de este hombre es
el golpe de audacia que le valió bruscamente su
cambio de fortuna.
Lo he oído explicar diversas veces, seguido de
los más diversos comentarios.
Fué una página del París-escándalo que apasionó por algunos días á la alta sociedad, y que
tuvo el privilegio de hacer olvidar, en varias sobremesas, hasta los azares de la situación política.
En general, los hombres galantes abominaron
públicamente del proceder incalificable de Gourrnont-Abel y aprobaron la conducta de la· noble familia Dorval.
Pero en los «círculos&gt; y demás lugares equívocos, estos mismos hombres galantes no desdeñaban el trato de aquel hombre audaz que con una
«canallada• había echado á rodar la rueda de su
fortuna.
Por parte de las damas, la anécdota sufrió variadas alternativas de criterio. En público, las damas,
corno los hombres, condenaban. Pero lo público
no tiene interés; ya es sabido. Pasa como en las
comedias: la mejor se desarrolla en bastidores.
Donde las damas se pronunciaban abiertamenre sobre el proceder de Gourmont-Abel era en sus
cenáculos privados: antesalas de los modistos,
Ihea-room de la rue Rivoli, fiestas de caridad en
salones aristocráticos y puertas de las sacristías.
Solían decir:
- Este pequeño Gourrnont . . . ¡qué tupé!
- ¡Qué canalla!
- l'ero con genio...
- Es cierto ... Y sin tanta culpa corno ha pretendido dársele.. .
- La familia Dorval, por el buen ver...
- Es natural. .. pero convengamos en que la
pequeña Madelon ...
- ¡Unaalhajita!. ..
- Divorciada á los seis meses de matrimonio ...
- Tuvo relaciones con Willy, entonces, me
dijeron ...
- ¡Mujer! ...
- Me lo habían dicho ...
- Sí; fué un novelista, pero no Willy... Todo
lo contrario: un hombre de principios, un nacionalista decidido, que lleva un nombre ilustre ... No;
en eso ...
- Cubrió las apariencias.
- Exacto.
- Lo contrario ·del caso Gourmont, en una palabra.
- Me han dicho que ella estaba furiosa ...
- ¡Oh, se disimula tan bien!
- Yo creo que debió instigarle...
- Es una pervertida...
- Pero el pequeño Gourmont- Abe! tiene
genio ...
- Indudablemente; como casi todos los grandes canallas . ..
- ¡Qué horrores decimos!
- Está en el ambiente ...
- La tela de Gourmont era deliciosa...
- ¡Qué delicadeza!
- ¡Y qué intención!

palm·as, y realmente la frase hace fortuna . . .
No hace muchos días, un crítico americano,
realizando un estudio sobre p intura francesa, empezaba con ella una silueta de GourmontAbel. ..

III

- Sobre todo, ¡qué perversidad! ... ¡qué desvergüenza mordaz! Era admirable.
- ¿Le has visto en su nuevo taller?
- Todavía no; me han dicho que es exquisito
de trato.
- Un hombre espiritual. ..
- ¿Es cierto que la condesa... ?
- Sí; le empezó el retrato hace tres días.
- Esa condesa es un alma generosa. Ha querido rehabilitarle ...
- Expondrán el retrato chez Vollard. Iremos
á verlo. Será sensacional. ..
- ¡Oh, no dudo del éxito!
- Ni yo. .. Gourmont-Abel es de la prosapia
de Watteau .. .
- Pero más actual; más pervertido ...
- ¿Digo mi frase? ... ¡Oh, ha hecho fortuna!
La digo ... Gourmont-Abel, señoras mías, es el
genio elegante de vVatteau, con la joroba de
Lautrec. . .
- ¡Exacto! ¡Exacto! ...
El concurso de elegantes murmuradores bate

Antes del escándalo, GourmontAbel no perdía su tiempo picaresca.mente en las alturas de su incómodo
taller. Aquel hombre, nacido para el
regalo, la satisfacción sensual de todas
las necesidades, las buenas mesas y los salones
confortables, tenía vuelta en bilis, en su estómago,
toda la contrariedad de su vida miserable...
- ¡Dame un camino! ... - solía decir, agresivamente, á todos sus amigos, clavando en ello¡;
como una amenaza la fría excitación de sus pupilas de bilioso. . .
No podíais aventuraros con Gourmont por un
«boulevard• del centro, sin que al punto, si os
sorprendía saludando á un buen señor imponente, con apariencias de judío ó de aristócrata, no os
dijera:
- ¿Le conoces? ... ¿Le visitas? .. . ¿Es aficionado al arte? ... ¡Preséntarne! ...
Y aquel ¡preséntame!, subrayado por una sacudida brusca en vuestro brazo, estaba dicho en
un tono tan imperativo y conminante, que imponia la obediencia sin remedio.
Gourmont, cada vez más agriado, más bilioso,
más hipocondriaco, más malo, fué dejando la compañía de sus amigos trasnochadores, que no podían soportarle y ahora, ya, les saludaba de lejos,

�la obscuridad les obligaba á dejar el ventanal, estaban muchos días sudorosos y rendidos.
Sofía, la muchacha, dijo una tarde al pintor:
- Estuve ayer noche en la soirée de los Dorval. .. ¿Cómo no buscas tú quien te presente á esa
familia? Son amigos de los artistas ... Recibían á
Steinlein, á Willette, á Herman Paul. .. Pero han
roto con ellos á causa del «Dreyfusismo • . Los
Dorval son nacionalistas... ¿sabes?
Sofía no dijo más. Gourmont callaba.
En el taller miserable hacía tanto frío, que Sofia no se había atrevido á quitarse su abriguito de
pieles y se apelotonaba en él como una gata. Resplandecían, á veces, sus ojillos verdes como con
fosforescencias ...
Gourmont gustaba de acariciar aquella piel
tupida y noble del abriguito de su amiga. Hundía
con voluptuosidad sus dedos recios y menudos en
la tibieza blanda y confortable...
Sofía añadió:
- ¿Verdad que es hermoso este abrigo? ... Me
lo ha regalado Madelon Dorval; no lo había estrenado todavía. Esta muchacha adora á los artistas.
Volvió á callar Sofía. Los dedos de GourmontAbel tuvieron una presión extraña, al resbalar sobre la nutria espléndida. Pero el «rapín• calló otra
vez ...
Aquella noche Sofía no podía quedarse en el
taller; Gourmont-Abel, egoísta, miedoso de quedarse solo en la miseria aquella, intentó retenerla;
le había cogido el brazo, y su mano, como una zarpa, hacía presa en el abrigo, magullándolo. . . '
IV
- ¿Tienes concierto? ¿Tienes que estudiar? . . .
- En París - me decía una vez Gourmont- Te acompaño ...
No; no podía acompañarla ... Sofía no tenía
Abel - toda fortuna depende de la primera mujer
concierto;
Sofía no tenía que estudiar.
que tiene la intención de explotarte. Si das con
- Pues... ¿entonces ... ?
una virtuosa ingenua, has perdido tu vida.
- ¿Entonces ... ?
Gourmont-Abel dió con una insaciable.
Sofía acabó por confesarlo. Aquella noche volUna rusita rubia y sentimental, de ejos azules,
casi verdosos, fina como una serpiente, blanca vía al salón de los Dorval. Estaba invitada. Esto
como las estepas, insinuante y caprichosa como los pasaría ahora casi todas las noches. Los Dorval
niños viciados, frágil y voluntaria á un tiempo acababan de abrir sus salones. . . Y como había
como un lirio y un puñal, aquella almita llena de efervescencia... como los nacionalistas interesaansiedad, que por entonces era discípula del Con- dos en el proceso Dreyfus bullían febrilmente ...
servatorio, y á la que, por patriotismo de alianza, no podía preveerse nada, pero lo más probable
protegían muchas familias oficialmente aristocráti- era que los salones no se cerraran ni una noche...
cas de París, decidió de la fortuna de Gourmont. Estaban llenos. Se hacía música. Se hacía política,El antiguo «rapín&gt; adoró á aquella mujer como se conspiraba, se luchaba, se triunfaba tambié?-· .
Miró Gourmont-Abel á su Sofía con una mrraúnicamente pueden adorarse las cosas que son
da
de
odio implacable.
carne de nuestra propia vida. Ella cayó sobre su
- Vete - le dijo por todo comentario...
alma como el conquistador sobre su espada, y tuvo
- Volveré alguna tarde - dijo ella, prudente,
para el hombre insignificante y hosco los mismos
delicados mimos que tienen los gatos, á las ma- mimosa.
- No; voy á tí-abajar por las tardes; no vengas.
drugadas, para sus zarpas y sus uñas.
- ¿Cuándo nos veremos entonces? - preEn las alturas del taller innoble, después de
los raptos, cuando los dos amantes, descargados guntó ella con su vocecita más insinuante, más
del afán sentimental, descorrían la cortinilla sucia débil. ..
- Alguna noche...
que cerraba el ventanal, y en pie, el brazo de ella
- ¿Dónde?
descansando en el hombro de Gourmont, contemSonaban, palpitando, los corazones de los dos.
plaban el panorama enorme de París, en el incen- ¡En el salón de los Dorval!
dio de la puesta, á los pies de la colina ingente, el
- ¡Oh, mi César, te quiero siempre así!.
ansia dominadora se hacía tan vehemente en aqueY la gatita, febrilmente, evocando á la tigresa
l.los dos corazones ambiciosos, que les mantenía
que
dormía en ella, abrazó al «rapín•, que era en
inmóviles y rícridos como estatuas del deseo, apenas vibrátiles los labios y las ventanillas de la na- aquellos momentos como un témpano de hielo. La
riz, al soplo del aliento, que pasaba jadeante, ~~mo voluntad le congelaba, endureciéndolo.
Ya en la escalera fementida, volvióse Sofía para
en los galopes. Galopaban realmente sus espmtus
decirle
al pintor:
entonces en una correría de conquista, y cuando

cuando les encontraba, por las noches, en el puente, camino de su taller, adonde le aguardaban vigilias febriles de ambición y de impotencia ...
- ¿Has encontrado tu camino? ... - le gritaban ellos bromeando, locos, inconscientes. . .
- ¡Todavía no; pero lo busco! - respondía
Gourmont sin detenerse ...
- ¡Da un rodeo! ... ¡Da un rodeo! ... ¡La línea
recta es fatal, Gourmont-Abell ... Asusta á todos.
Y aun sonaban las carcajadas de los alegres
compadres en la plaza, cuando nuestro «rapín •,
ya á media senda, se decía:
- ¡Sí; daré el rodeo, locos! ... Daré el rodeo,
¡pero llegaré!
¡Llegar! . .. Había que oir esta palabra de labios de Gourmont ... Había que verle convertir
en prestigio inmóvil de triunfo toda la dinámica
torrencial que lleva en si. ..
¡Llegar!. .. Era todo, para Gourmont.. . Tenía
tales deseos de ello, que esta idea fija le sirvió de
disciplina y norma en la producción artística...
Le espoleó constantemente, y sobre todo organizó
su obra en cuerpo agresivo; fué Gourmont-Abel,
como todos los llamados «arrivistas•, un gran disciplinado, un gran técnico, un hombre enemigo de
perder su tiempo, su arte, é incapaz de hacerlo
perder á los demás . .. No salía plumada, trazo ó
pincelada de su espíritu, que no fuera embebida
de una ansia de dominación tenaz. Este es el secreto del «arrivismo&gt; .

.l
1

- Son nacionalistas ... No lo olvides...
Era como si dos ejércitos se separaran, en los
comienzos de una maniobra, para atacar por distintos flancos una misma fortaleza.
Y aquellas palabras, al parecer insignificantes,
que la muchachita acababa de pronunciar con su
vocecilla vana, recogiólas el pintor, en las alturas
de su taller, como una contraseña de guerra.
V

No se hablaba de otra cosa en el salón ni en la
mesa de los Dorval.
Aquella campaña insistente, personalísima, voluntaria, audaz, del descon oc id o
GourmontAbel, por la
santa causa
de Francia,
contra el semitismo, el
socialismo y
la impiedad;
aquella serie
de libelos
gráficos, armados de tan
venenosa intención, que
detonaban
en la atmósfera cargada
del París del
affaire como
otros tantos
latigazos de
un espíritu
hoscamente
adversario,
cruzando valientemente el rostro de la múltiple opinión, habían sorprendido á todos, habían intrigado á muchos, fueron el «suceso&gt;
durante algunas semanas y espolearon la curiosidad de amigos y enemigos.
Allí estaban, delante del grandios-.:- -,er, Jnal que daba á la serre, sobre la mesa-imperio, deliciosamente noble, entre unos bronces de Rodin, y
búcaros de cristal tallado con ejemplares raros de
flores anacrónicas, todas las revistas, todos los libelos, todos los pamfletos donde había ido apareciendo la obra caricaturesca de Gourmont-Abel .. .
Este nombre se hizo famoso en pocos días .. .
Del salón de los Dorval salió la idea de una suscripción para encargarle al genio desconocido un
álbum antisemita ...
Fué Sofía la iniciadora afortunada de la idea ...
- Pero ... ¿ha dicho usted que le conoce? hubo de preguntarle alguien.
La muchacha palideció. Hay que conocer, en
estos pequeños detalles, toda la fiebre, toda la
emoción, todo el supremo arte que pone en su
obra, en este complicado mundo de París, la mujer que os lanza.
. -Sí; le conozco vagamente ... Es un hombre
1~tratable, un salvaje ... Hace siglos que no le he
visto.

Madelon Dorval había hecho una seña á su
amiguita Sofía.
En aquel diminuto sofá Luis XV, del pasillo,
entre una mesita con bibelots japoneses y un m::nudo estante de maderas incrustadas con ediciones de bibliófilo, Madelon y Sofía hablaban, mientras los amigos de la casa iban y venían, por el pasillo, del salón al buffet, ó viceversa. Sabían ambas, con su experiencia aguda de mujeres, que el
sitio más adecuado para tratar de cosas trascendentales y secretas es aquel en que todo el mundo puede oiros. Se habla, naturalmente, con cierta malicia: levantando el tono en las palabras
insignificantes y bajándole en las que podrían
comprometeros. Nadie
sospechará,
al pasar, que
tratáis de algo secreto;
os ven entretenidos, os
saludan con
una sonrisa,
á lo más supondrán que
flirteáis ...
Madelon
decía:
-¿De modo que tú le
conoces? ...
- Un poco ...
-¿Y cómo es? ...
-Estáentero en su
obra; violento, voluntario, audaz ...
-No; el
hombre, el
hombre ...
Dime cómo
es el hombre ...
Sofía miró -..i 10s ojos á su amiga ... Había olfateado, instintivamente, un gran peligro. Replegósele adentro el alma, en un arrollamiento serpentino y continuó, impasible:
- Bajo, de la talla de César. Enérgico de trazos; las manos pequeñas y fuertes; la barba, los
cabellos recios, espesos y cortos; los dientes iguales; los labios finos, rojos; la frente de tenacidad;
los hombros de fuerza ...
Madelon paladeaba aquellas palabras y quedó
luego callada, suspensa, como en una soñación ...
Sofía, aviesamente, la dejó pensar ... Se había
inclinado un poco para arreglarse los pliegues de
la falda, que le ocultaba demasiado un pie, y alguien que)a conociera mucho habría adivinado entonces que su corazón estaba alterando ligeramente el ritmo de sus palpitaciones, por el movimiento de ondulación acelerada, en su escote finísimo,
á flor de piel ...
- Y hablando de otra cosa, amiga mía-dijo Sofía por fin . . . - ¿qué es de León, tu novelista? ...

�- ¡Oh, un farsante! - di~o Madelon con un
movimiento de desdén-. Quiso atraparme argumento para una novela ... y nada más ... Un
hombre viejo: hemos roto.
.
Ahora le tocó á Sofía quedarse pensativa.
- ¿Cómo podríamos - preguntó bruscamente

ponen en las personas demasido sa~isfechas, ~emasiado adormecidas en la monotonta de la vida
fácil los anuncios de un camt)io de actitud, de
una 'variación, de una novedad, de un interés nacien te.
Un- señor académico quiso obsequiar á las damas con hPlados. Venía ceremoniosamente á interrumpir su téte-a-téte.
Entonces dijo Sofía á Madelon, sin
dar importancia á las palabras y pasando ya su larga mano de pianista
por el hueco del guante para toma: la
cucharilla de manos del académico:

y solían darle de un día para otro algunas comisiones - Sofía Ivanowna, después de besar las
manos á madame Dorval y de presentar su frente
al bondadoso señor Dorval para que la besara, salió con Madelon hasta la puerta de la escalera,
suntuosa y abrigada, convertida en galería riquísima de cuadros, dijo la rusa maliciosa á la parisienne pensativa:
- Confiésame la verdad: ¿le amas ya un poco?
- ¡Oh, qué locura! - respondió Madelon, denegando con el gesto-. No lo digas . . .
Y en seguida, con mucha insistencia, echando
ya su medio cuerpo, blando y oloroso, por sobre
el barandal de la escalera, que era de nogal amplísimo:
- No te olvides; mañana, á las diez en punto,
me acompañarás, pequeña ... Veremos al editor.
En un refinamiento de simulación, la muchachita rusa, ya al pie de la escalinata, levantó la
cabeza, la sonrió cordialmente con los ojos, u¡i
poco avivados de picardía, y la mandó un beso
con la punta de los dedos.
VI

Madelon - averiguar la madriguera de ese monstruo?
- ¿De Gourmont-Abel?
- Sí; ¿no sabes dónde vive?
..
Meditó Sofía unos momentos; luego d1Jo:
- No; yo no recuerdo . .. Eso, un editor.
Puede írsele á ver para encargarle el álbum de la
suscripción y él se cuidará de dar con Gourmont;
no tengas miedo.
_
.
- Perfectamente; entonces mana na mismo veremos al editor ... ¿Te parece Pelletan?
- Admirable.
- ¿Me acompañarás?
- Con mil amores.
Volvieron á callar; los ojos de Madelon resplandecían luminosos, con este avivamiento que

- ¿De modo ... (pausa, porque un botón del
guante no quiere soltarse) de modo que tendré el
gusto de saludar á mi viejo camarada GourmontAbel en tus salones ... ¿verdad, Madelon?
- ¡Oh, es un empeño de honor! - respondió
ésta tomando con una sonrisa graciosa el" platito
que le presentaba el académico - . Es forzoso,
tengo que atraer á la fiera, aunque sólo s~a para
corresponder al interés de los buenos amigos de
la casa ...
El académico dijo unas cuantas banalidades,
mientras las dos damitas, á pequeños sorbos, probaban la deliciosa mixtura de crema, café y cognac
que les habían servido ...
Y aquella noche, cuando - la última de todos,
porque, además de amiga, era protegida de la casa

En 'el salón de los Dorval, aquella noche el
interés era vivísimo y la afluencia de gente extraordinaria.
Como en los grandes días, se había abierto la
puertecita de la serre que daba al jardín, iluminado de una manera que valió plácemes á madame
Dorval, con anchas flores de cristal bohemio, de
colores suavísimos ...
Los dos grandes salones, el de la mesa y el del
piano, estaban atestados ...
Las gentes habían invadido, inevitablemente,
la noble y modesta habitación de madame Dorval, que se componía de un sobrio menaje de muebles Luis XVI, blanco y oro; de una mesa, atestada de papeles y libros (porque madame Dorval tenía una inocente propensión á los ajfaires, un
virtuosismo de ministro del Interior) y de su lecho, en un rincón, igualmente blanco y oro, cubierto pulcramente de indianas caprichosas, recuerdo de una correría, siendo todavía joven, á
tierras del Asia . . .
Por su parte, el bondadoso y sonriente señor
Dorval se había refugiado, con sus amigos predilectos, en su cuartito recogido, donde tenía sus
libros, una mesa, una otomana y cuatro sillas de
roble viejo.
El pasillo, el buffet y todos los rellanos de la
escalera, hasta el vestíbulo, donde se había establecido el guardarropa, bullían de gente.
Los trajes claros, los admirables escotes de las
damas despedían, en ondas amplias, una fragancia quintesenciada y prestigiosa, que daba á toda
la atmósfera de la casa un recóndito y poderoso
valor de embriaguez.
En cuanto á Madelon, . no había descendido
todavía. Madelon, divorciada hacía dos años de su
primer marido, que le abandonó, escapando con
una prima suya, cariñosa y dulce, había continuado viviendo, independiente de sus padres, en el
segundo piso de aquel hotelito de la avenida Flandrín, conservando sus costumbres, sus hábitos,
sus relaciones y su vida, aparte de la de sus pa-

dres, quienes la invitaban ceremoniosamente,
como si se tratara de una forastera, á sus comidas
y á sus fiestas. . . Madelon era un espíritu desequilibrado y agresivo, que sólo hacía buenas migas con gente bullanguera y maleante ...
Se hablaba de algunas fiestas, en su propia
casa, que no parecían avenirse con los cánones estrictos de la moral reinante.
Madelon tenía una pobre opinión de la cultura
artística, del tacto mundano y del «saber recibir•
de sus buenos padres. Sin embargo, ella, que se
creía muy superior en todo esto, no había conseguido, á pesar de sus constantes esfuerzos, «tener
un salón•; y el de sus padres, tan poco mundanos,
á su juicio, era uno de los más famosos de París,
verdadera «puerta del mundo», cuyas invitaciones
se consideraban como patentes y certificados de
buena sociedad. Esto ponía á Madelon en un estado de irritación sorda contra el «salón• de sus
padres, y cuando se dignaba concurrirá él llegaba
siempre tarde, tenía un modo desdeñoso de mirar
las cosas, por encima y desde lejos, como dicen
que miraba á los hombres Jorge Brumell, y solía
hacer conversación aparte, en un rincón, con algunos descontentos, criticándolo todo y elaborando sordamente una escisión entre las relaciones
adictas á sus padres, con lo que esperaba ir preparando un reclutamiento feraz que acreciera, en
el momento oportuno, «su salón•.
Había tenido buen cuidado aquella noche madame Dorval de añadir, de su puño y letra, en las
cartas de invitación ceremoniosas, estas palabras
mágicas, causa indudable de la sofocante aglomeración que se notaba:
«Gourmont-Abel será de los nuestros.•
Aunque puede decirse que aquella conquista
del «hombre del día» era obra exclusiva de Madelon y de su amiguita la rusa, quienes habían
dado todos los pasos imaginables desde hacía un
mes para que llegase aquel momento; á quienes,
sin saberlo, debía Gourmont-Abel su último triunfo, el de aquel «álbum antisemita• que ya andaba
en la cuarenta edición y le había valido una fortunita; lo cierto es que, cuando Madelon, por la
mañana, sentándose á almorzar en deshabillé elegante, displicente y sola, in quieta y desconfiada,
porqite si, rompió el sobre con la cifra de su madre, y leyó la invitación con el aditamento consabido, tuvo un movimiento de viva contrariedad, y
murmuró cerrando sus puñitos:
- ¡Qué porquería! ¡Es una infamia!
Ella había pensado también en su GourmontAbel, para abrir, con el mismo aditamento que su
madre, sus salones de aquel año. Nada le había
dicho á la anciana señora que, por lo visto, se iba
dando unas mañas de mundanidad que Madelon
no sospechaba.
Gourmont-Abel era suyo; ella lo había «lanzado• ... ¿qué había hecho su madre por él? .. .
¿qué derecho tenía á semejante explotación? .. .
Y en todo caso, ¿por qué no lo advirtió antes?
¿Por qué no lo consultó con Madelon? ... ¿A qué
tantos disimulos? ... Ella y su madre, tal vez no
habíar, hablado dos veces del pintor.
Y la irritada personita seguía murmurando:
«¡qué infamia!•; y arrugaba entre sus deditos nerviosos la invitación, como si en realidad hubiera
sido un cartel de desafío, más aún, una sentencia

�definitiva y genial que, de una vez y para siempre, arruinara los problemáticos «salones• de Madelon ...
No almorzó la muchaC?hita; circuló nerviosamente, á largos pasos, por su cuarco; lloró, rompió su pañolito de batista; se dijo varias veces:
«¿cómo será Gnurmont-Abel?, ; y acabó por hacer
saber á su madre que se metía en cama con jaqueca...
A tanto como á justificar con su presencia
aquella «infamia, , no llegaba Madelon.

VII
Iba mediada la soirée. Gourmot-Abel, admitido
en el trato de todos, con una mimosidad y una llaneza muy poco «imperio• y muy «tercera república,, á pesar de las tradiciones nacionalistas de la
casa, había satisfecho á todo el mundo.
Tenía todas las condiciones del arrivista «perfecto,. Vulgar é insignificante de figura, lobastante para no despertar las rivalidades que un
aristocratismo cualquiera de la persona le habría
suscitado; de trato exquisito y urbano; muy en el
tono de la vulgaridad cortés; sin alardes geniales
ni refinamientos de selección personal; afectando
en el traje la misma compostura media que era
característica de su persona y de su trato, aquel
hombre hacía todo lo necesario por ocultar y hacerse perdonar la fuerza de vduntad, que era su
varita mágica; dominaba á la gente, sin que la
gente lo notara; triunfaba de ellos sin ofenderles;
ejercía un imperio que Je consentían todos, porque
no iba acompañado - Gourmont-Abel se habría
guardado bien.:.._de signos exteriores y aparentes.
En aquel rinconcito del pasillo donde, unas
semanas antes, Madelon y Sofía hablaban de él,
estaba, hacía rato, el pintor afectando la mayor
indiferencia, en un diálogo que mantenía con su
amiga la rusita ...
- ¿Es de verdad que no ha venido Madelon?...
- No la he visto en torla la noche ...
- ¿Viene siempre? . ..
- Es la primera vez que falta este año.
- ¿Sabía que estaba yo invitado? ...
- Debía saberlo...
- ¿Cómo es? ...
Superior al ambicioso en malicias, Sofía sonrió
esta vez.
- No te preocupes; viste bien, ha estudiado
las «poses• de tus modelos y, sobre todo ... «esto
hará ruido.,
Había pronunciado Sofía estas palabras con
una perfecta frialdad ... No podía señalarse qué
correspondía al cálculo, qué correspondía al despecho, qué parte tenía en ellas lo que podríamos
llamar la «ingenuidad feroz• de los eslavos.
Gourmont-Abel miró á Sofía.
- ¿Por qué has dicho «esto hará ruido»? ...
¿qué es «esto,?
Las gentes iban y venían... En pie, en aquel
rinconcito del pasillo, nuestros dos amigos, oprimidos por el flujo y reflujo de pasantes, estaban
tan juntos que sus hombros se tocaban ... Gourmont-Abel se sentía adivinado en sus planes por
Sofía... Sin embargo, aquel hombre positivo que
quería las cosas con tan enorme voluntad, era

incapaz de querer varias á la vez; tal vez de esta
aplicación unilateral y simplista de su voluntad
nacía su fuerza ... En aquel momento, más aún,
desde que Sofía le había dicho en el taller: «Madelon adora á los artistas•, el pensamiento fijo
del pintor era aprovechará Madelon para su triunfo. Ni por un instante se le había ocurrido que esto
podía herir la susceptibilidad de Sofía. La juzgaba
tan de su raza, que había creído inútiles las explicaciones...
- «Esto&gt; - dijo Sofía - es lo inevitable. No
vayas á creerte que me hago ilusiones: lee.
Y la deliciosa mujercita entregaba al pintor
una menuda tarjeta respaldada, donde se leían
estas palabras:
«Mi Sofía... ¡Búscame al pintor! ... ¡Oh!, ya
debe estar cansado de satisfacer la curiosidad de
todos en el salón de mi señora madre ... Dile que
una amiga del arte le invita á tomar un ponche al
é~r, sin ceremonias, á la buena de Dios, y - si
me atrevo á decirlo - entre camaradas. Estaremos los tres nada más. Subid sin que os vean.
,¡Ah, tengo pipas y tabaco inglés!
• Un abrazo.
»MADELON DORVAL.•

Cuando Gourmont-Abel hubo acabado la lectura, miró con gran curiosidad á su amiga.
- ¿Pero ... ?
- Madelon - dijo ella - no vive con sus padres. Tiene sus habitaciones en el segundo piso.
Hoy no ha descendido á la soirée pretextando
una jaqueca... Debe habérsele pasado ya, porque
hace una media hora me ha hecho entregar esta
tarjeta...
- Creo que deberíamos aceptar . . . Es una
atención ...
- Delicadísima--concluyó Sofía, con un acento intraducible.
Se miraron los dos. Las pupilas de la pianista
pobre estaban vidriadas, no llorosas. GourmontAbel había dado á las suyas una inexpresión
tenaz.
Sofía le dijo:
- Procura, disimuladamente, ganar la puerta
de la escalera... Hay cuadros allí. .. Puedes hacer creer á todos que los estás examinando ...
Yo iré á buscarte en seguida.
Como un río de pasión que repentinamente
bifurca su corriente, echaron cada cual por su camino. Gourmont, hacia la escalera; Solía, un poco
excitada, más locuaz, más nerviosa y más hermosa aún que de costumbre, hacia el bu/jet.

VIII
Había poca luz en la salita. Poca luz y tan discretamente agazapada por muebles y rincones,
que parecía un pretexto decorativo, más que un
servicio de necesidad ...
Muy cerca de la chimenea central, don&lt;le se
había encendido fuego todo el día, apeiotonada en
un sillón enorme, Madelon hojeaba unas revistas
que se había hecho traer previamente, examinando, por la centésima vez, con mucha detención,
toda la obra de Gourmont-Abel. ..
Era particular. ..

A todo el mundo había oído hacerse lenguas le has dicho, Sofía, que aquí se rinde culto á la lode aquellos diseños ... Y, sin embargo, la verda- cura?
- ¡Oh, no hace falta decirlo, amiga mía) Está
dera palabra acérca de ellos no la había pronuná la vista...
ciado nadie todavía.
- Y nos reímos de las grandes celebridades,
Madelon adivinaba la palabra aquella; sólo que
cuando están ausentes ...
no quería comunicarla á los demás.
- ¿Has leído la última novela de León?
Era la clave del enigma: sit clave del enigma,
- ¡Cocina! ... Este desdichado no podría esque nadie más había comprendido y que á ella le
esclarecía toda la obra y - orgullo y goce jun- cribir donde no escribiera nadie...
- ¡Es un farsante)
tos - le revelaba al hombre.
- ¿No le interesan á usted los libros, querido
Madelon no tenía el ardor de sus padres por
la«santa causa,. A Madelon le conmovían poco las Gourmont?
- A ratos.. . Suelo leer en mi taller, á solas,
alusiones políticas, todo el clamor de batalla social que atravesaba, como un grito de guerra, el cuando no puedo dormir...
- ¿Le gustan las novelas?
laberinto muelle de la obra de Gourmont.
- Leo á Diderot... No he salido nunca de él;
Lo que á la gentil desequilibrada le complacía más en la obra aquella, era la elegancia y la ¿para qué? ... Todo lo que Francia puede decir lo
gracia sensual de todas las figuras ... Pensaba Ma- ha dicho Diderot...
- ¿Nos ponemos serias? ... ¿Y tu famoso pondelon al contemplarla, en juegos de amor sobre
un fondo artificial y blando de pieles de nutria . .. che? ¡Una especialidad de la casa, Gourmont! ¡El
Con una perspicacia, que no era de la inteli- ponche, el éter! ... Tiene verdadero «sello.&gt; Y
gencia, sino de los sentidos, infinitamente más tiene historia: ha mareado á Saint-Saens, á Bruagudos, había sorprendido aquella mujer el secreto neau, á France, y estuvo á punto de matarnos á
Picard ...
de aquel hombre ...
- Tienes una manera de hacer el reclamo ...
Sofía conocía todas las interioridades de la casa
- ¡Excelente, para un nacionalista!
de su amiga.
- ¡Abajo la política!
Entró, como vulgarmente se dice, en torbelli- ¡Abajo!
no, seguida de cerca por Gourmont.
- ¡Y viva el ponche! ¡Juana! . .. ¡Jackl .. .
Decididamente, Sofía estaba aquella noche
más alegre, impetuosa, dicharachera y decidida ¡Miguel! ... Pero, ¿se han dormido tus criados? .. .
¡Oh, qué casa! ... ¿Me das una propina, Madelon,
que nunca.
Cuando Madelon levantó los ojos de aquellos si yo te sirvo el ponche?
- La que quieras ...
papeles que estaba revisando, le pareció Sofía
- ¡Oh, me es necesaria! .. . Quiero un recuerotra mujer.
- ¿Tú? - dijo con sincera dubitación en la do de esta noche.
- ¿Por ejemplo?
pregunta.
- Por ejemplo, esta esmeralda - dijo Sofía,
- Y nuestro amigo-añadió Sofía-, el hombre del día, que desde mañana será «el hombre arrancando suavemente un aro admirable del braá la moda, ... ¿no te parece afortunada mi compa- zo desnudo de su amiga.
Después de hacerlo, mantuvo todavía el brazo
ración, «figura de César,?
Sin darle tiempo á responder, Sofía volvióse á entre sus manos.
Madelon dejaba hacer.
Gourmont-Abel, y tomando la mano de su amiga,
Tenía Sofía cogido el brazo por dos partes.
dijo, preser, tándola:
Una mano en la muñeca, oprimiendo suavemente
- Madelon Dorval.
el haz de venas azuladas, que tenían una pulsaBesó el pintor aquella mano...
- Hija mía, nos hemos apresurado á aceptar ción divina y elocuente; la otra en lo alto, recotu invitación ... ¡Qué balumba abajo! ... ¡Qué ho- giendo la amplia manga japonesa, que en varrible! .. . Los salones de madame Dorval parece- no pretendía caer, velando el candidísimo desrán pronto los tés del Elíseo. ¡Hasta generales de nudo ...
Miró Sofía á Gourmont-Abel, que fingía disuniforme! ... Sólo falta un Delfín desdichado y alguna familia de reyes desterrados; si puede ser, traerse de una manera extraña.
Y luego, para dar las gracias á su amiga por el
una pareja con un niño... ¿no los tiene á mano tu
madre para las grandes solemnidades? ... Gour- recuerdo espléndido, levantó aquel brazo quepamont los ha echado de menos... Me lo decía su- recía el pedazo muerto de una magnífica escultura, que parecía también una serpiente aletargada
biendo la escalera...
por un opio suavísimo, y en el hoyuelo de con- ¡Qué calumnia! ... Señora, le aseguro ...
Madelon reía. . . reía á gusto; cortó un poco fluencia del brazo con el antebrazo, sobre el codo,
su risa para escuchar al pintor, y al ver el gesto donde la piel tenía una rayas exquisitas, como de
de sincera contrariedad que ponía el hombre atri- seda sutilísima arrugada en una presión, dejó un
bulado oyendo las inconveniencias de Sofía, soltó beso largo y sonoro.
Inclinóse Gourmont para depositar un leño en
el trapo nuevamente; rió Sofía también, de buena
gana, con una nerviosidad que hacía cantar su la chimenea.
Rió nuevamente Madelon y levantóse á perrisa en una gama de oro chillón, y acabó por reir
seguir á Sofía, que le había hecho cosquillas.
Gourmont-Abel, contagiado por la risa de ellas.
La rusita corría, corría sofocada, jadeante, miMadelon dijo:
- Choca, Sofía... y usted choque también, mi rando con el rabillo del ojo á Gourmont-Abel, que
querido Gourmont ... ¡Estamos redimidos de la no quería verla.
Cuando )a amiga salió del saloncito, quedaba
política! ... Somos camaradas, somos locos. . . ¿Ya

�prema caricia... También ella sentía en los labios
un calor. ..
Tintinearon los sones argentinos de unos vasos en la estancia próxima. Aflojó Gourmont sin
decir palabra, la presión con que sujetaba á 1~ selecta criatura.
- ¡Oh, es un abuso! - dijo ésta sofocada.
Y el pintor, sinceramente:
- ¡Perdón!
Llegó Sofía.
Desde que pudo verles y leyó todo el valor de
algunas miradas de su rival felina, la rusita imaginó todo lo que había pasado y algo más.
Y como no podía llorar, ni su temple de alma
se lo habría consentido, durante aquella media
hora que tardaron en apurar el ponche famoso inolvidable para Gourmont, inolvidable para la
Dorval, más inolvidable todavía para Ja rusa estuvo espiritual, brillante, feliz y oportunísima.
Habían llegado nuestros tres amigos á un pie
de camaradería tal, que al despedirse pudo decir
Sofía á Madelon, sin que la proposición pareciera
detonante ó de mal gusto:

todavía en él no sé qué tentación maligna, no sé
qué regusto sensual é irreparable que había nacido de su beso.

IX
' - Es loca, es loca - decía Madelon, volviendo á sentarse-. Pero es muy buena amiga.. .
La mujer, corno si quisiera borrar una impresión, con su mano se acariciaba el hoyuelo del
brazo donde Sofía había besado.
Repentinamente cesó en aquella tarea, y miró
el brazo detenidamente á la luz de una lámpara.
- ¡Me ha mordido -dijo, examinando bien-,
me ha mordido! Vea, mi querido Gourmont, aun
quedan huellas...
Invitaba la mujer al pintor á que mirara; ella
misma era ahora quien mantenía en alto aquella
holgadísima abundancia de la manga japonesa,
que pretendía caer, velando el hermosísimo desnudo.
Gourmont-Abel levantóse decidido:
- Es verdad; la ha mordido á usted ...
Para exarninºario bien, el pintor había cogido
la manita delicada y aristocrática de Madelon. Estaba ella sentada en el extremo del sillón monumental, y tenía todo el busto adelantado sobre la
mesita enana, de maderas embutidas, en que estaba la lámpara.
Tuvo que inclinarse un poco el pintor para
mirar bien aquellas huellas de que hablaba l\iadelon.
Y al inclinarse, la mujer se apelotonaba y encogía instintivamente, como si quisiera guarecerse

bien en el arco negro que formaba la recia figura
de Gourmont.
Este seguía examinando el brazo blanco, con
los hacecillos de venas azules que tenían súbitas
pulsaciones, solapados saltos bélicos en la nieve
deleitosa de la piel.
Sentía Gourmont una embriaguez indefinible
que le nacía del contacto de la mano aquella, de
la proximidad, del perfume y del aliento de aquella mujer desconocida y perfecta.
Sin decir nada volvió la cabeza, y vió que estaba su rostro á la altura del óvalo, delicado y
suave, de Madelon. Soltando su mano, el pintor
hincó el codo en la mesa, apoyó en el puño media
cara y envolvió á la mujer cerca, cerca, en una inequívoca mirada.
Madelon bajó los ojos.
- ¿Por qué?- preguntó el pintor.
- Me da usted miedo...
-¡No!...
,
- Esa mirada. . . parece que me busque dentro el esqueleto.. .
- O el alma .. .
- ¡Bah!
- O el alma, Madelon ... ¡Qué hermosa es
usted!
- V a á venir Sofía. ..
Audazmente, con una brusquedad de inexperiencia, Gourmont llevó su brazo izquierdo á la
espalda de Madelon, y en un zarpazo de fiera la
atrajo violentamente á sí, incrustando el revoltijo
de sedas, encajes y carne suavísima contra su corazón, potente y violento.
Acaso esperaba Madelon, resignada, una su-

,
I

. -, ¡Abraz~os! ¡Quedan suprimidas, en presencia mta, las hipocresías!
Y cuando, un poco en broma, pero un poco en
serio, Madelon y el pintor se abrazaron realmente
y el pintor - ¡oh, el éter del ponche Je había tras~
to:nad~! - ?uscab~ los labios de la mujer, c¡ue
reta, reia, reta nerv10samente defendiéndose Sofía
chilló graciosamente:
'
- ¡Tableau!
Y se escabulló como una gacela, sombras adelante, ganando la escalera, temerosa de delatarse
incapaz de contenerse, deseosa de achacar á 1~
furia de la carrera aquella punzada inevitable
cruel, dolorosísima, aquel picotazo de víbora qu~
le había partido el corazón.
- ¡Sofía! - exclamó la amiga desasiéndose.
- ¡Sofía! - gritó Gourmont á su vez volviendo á la realidad.
'
Era inútil. La muchachita había desaparecido.
Pero entonces, muy correctamente, el pintor
dijo á la dama:
- Mañana mismo, si usted no tiene inconveniente, empezaremos el retrato.
- Por la mañana. A las diez.
- A las diez la aguardo en mi taller. .. ¿Las señas?
- ¡Oh, las conozco bien! Por cierto que me cae un poco lejos; tendremos que variarlas.
Ella le tendió la mano, sonriendo.
El pintor besó respetuosamente
aquella mano.

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�X
Gourmont-Abel vivió aquella primera aventura de su vida con la gula y á la vez con la codicia de un avaro.
Volvía á encontrar en Madelon Dorval aquella sensación inexplicable que recorría todas los
nervios sensibles de su organismo, cuando hacía
cuatro meses, en su taller miserable, una noche
acariciaban sus dedos la nutria espléndida de cierto abriguito suave y opulento que enfundaba el
cuerpo ágil de Sofía.
No habría podido contestar el pintor si amaba
á aquella mujer. Sabía que Madelon le enloquecía,
que halagaba su ambición, que era su primer triunfo de artista. Ella, por su parte, gustaba de aquella
violencia, á la vez desordenada y voluntaria, del
pintor, que daba la impresión de una fuerte vitalidad.
Madelon - que era un poco frívola, que había
vivido de frivolidades-, por la primera vez de su
vida creía ir modelando con sus manitas delicadas un carácter férreo.
Gustaba de mostrarse caprichosa. Ponía un interés vivísimo en luchar con aquel hombre y dominarlo. Refinaba las seducciones.
Ella misma buscó el nuevo taller. Un hotelito
en Passy, cerca del río.
Compraba al pintor todos sus cuadros y tenía
delicadas tretas para no herir su orgullo 6, por lo
menos, su natural susceptibilidad de protegido.
- Traigo encargo de hacer compras. ¡Oh, esa
condesa se ha empeñado en llevar á su galería lo
mPjor de mi pintor!
Y apartaban, para la problemática galería de
aquella quimérica condesa, los dos amantes, apartaban telas, agua-fuertes, pasteles.
La determinación de precios era una subasta.
Gourmont daba los suyos. Madelon pujaba siempre. El pintor protestaba, argüía, daba sus razones ...
- Se asustarán; no querrán comprarme nada.
- Al revés: déjame hacer; conozco á mi
mundo.
- Pero es que el cuadro no lo vale... Es que
es ridículo ...
- ¿Tú qué sabes?
Y como es natural, triunfaba siempre Madelon.
Gourmont-Abel se levantaba temprano. Como
le había prohibido Madelon trabajar en pequeño,
para periódicos, par a revistas, hacer l' affiche,
•prostituir su firma», según ella decía, dedicaba
aquellas primeras horas de la mañana, horas perdidas para el trabajo grande (porque la impaciencia de la cita le desmenuzaba el tiempo en una sucesión de menudos arrebatos), en lo que él llamaba
la cocina del •agua-fuerte», es decir, preparar las
planchas, sumergirlas en los líquidos, aguardar á
que mordieran, corregirlas, sacar pruebas, hacer
los tirajes en color, etc., etc.
Madelon solía sorprenderle siempre en la misma faena. Madelon entraba con el sol en el taller
del artista. A las diez 6 diez y media. Traía la carita fría del aire mañanero; un poco húmedo el
pelotón de sus bucles de oro, que se habían embebido, al salir, en la niebla azul de junto al río.
Traía un perfume exquisito y penetrante á tocador. Un frou-frou de sedas; una soltura, una nove-

•

dad, una elegancia, una entonación siempre adecuada y justa, ligeramente audaz, de riquísimo
atavío.
Madelon comenzaba cambiando de sitio todas
las cosas; tiraba del cordón de algún visillo; graduaba la luz. Se quitaba el sombrero.. . las pieles.
Entre tanto, Gourmont-Abel, que estaba en el
recuarta lavándose las manos, despegándose de
las uñas y de los dedos, reciamente frotados en
un cepillo hirsuto, las manchas de color, hablaba
á gritos, pidiendo á :\Iadelon noticias del día, alabándole este detalle de su t raje, aquella rosa, aquella pluma del sombrero.
La mujer acababa retirándose junto al fuego,
desnudándose los altos guantes y pasando varias
veces los brazos casi desnudos por el relente cálido, como si garbosamente fuera amasando los átomos de la atmósfera impalpable.
Llegaba, en esto, Gourmont-Abel, ya correcto,
y besaba aquellos brazos, sobre todo el derecho,
y sobre todo aquel hoyuelo que - ¿sabes, Madelon? - tenía la culpa de todo.
La mañana, hasta las doce, era tranquila, afectuosa, ligeramente sentimental, llena de planes,
de propósitos, de ideas de labor.
Solían los amantes almorzar fuera de casa, en
un restaurant chic. Almorzaron varias veces en
casa de Madelon, que tenía una simpática despreocupación en punto á •guardar las conveniencias»,
y almorzaron también, alguna vez, en el taller.
La chimenea á todo fuego, el sol que, desde
las diez de la mañana hasta la puesta, no dejaba
los ventanales del taller, ponían en la atmósfera
una tibia calidad llena de vicio. Gourmont-Abel
trabajaba con luz artificial.
Las horas de claridad de la tarde se las llevaba el amor. Oficina refinada de sensaciones era
aquel recinto donde la voluntad poderosa y la
fuerza maleable de un artista, instigado por una
mujer curiosa, habían creado las formas, los modos, los artificios, las volutas más impensadas y
estupendas del amor.
Juegos de amor sobre pieles de nutria ... ¿No
estaba aquí toda la fórmula de arte de GourmontAbel. . . ?
El artista se arrancaba de los brazos de Madelon para ponerse febril á su trabajo .. . Quería ella
retenerle; su avidez autumnal pedía caricias; emergía de los encajes y las sedas su busto singular,
expresión mórbida de una voluntad impaciente
de placer . . . Los rizos de oro coronaban de llamas aquella frente estrecha y lisa; escondían las
orejitas coralinas, caían porel cuello y porlos hombros desnudos como una cascada de fuego .. . En
la fiebre que le quedaba remanente, Madelon
bizcaba un poco . . . Era un estrabismo de sibila
sobre el trípode; un fulgor felino y verdoso que
ahora se encendía en una pupila, ahora en la otra,
como si del cuerpo blando de aquella mujer surgieran y se apagaran, alternativamente, llamitas
de alcohol...
·
Sordo á sus voces, Gourmont-Abel trabajaba.
- Sigue, sigue - decía á la mujer, mientras
tenazmente iba fijando sobre la tela, con ayuda de
unas pinceladas de color amarillentas, verdosas,
falsas, suavísimas, toda aquella tensión de su figura, toda aquella ambarina llama de su cuerpo que
tenía crepitaciones misteriosas ...

. E_n pocas semanas de aquel trabajo tenaz, febnl, mcansable, tenso, Gourmont-Abel había realizado una obra y creado un estilo ...
Con los múltiples apuntes, con aquella profusión de geniales bocetos, enccrróse en su taller
toda una larga noche, y, á la mañana siguiente su
cuadro capital, Orqtddea, se parecía en el alto 'caballete central, resumiendo todos los prestigios de
aquella veleidad: complejo, sintético, dictatorial,
e~evan_do á definitivo arquetipo cada grito, cada
v_1brac16n, cada mohín de aquella delicada mujerc1ta, que era toda ella un mohín de la naturaleza
en un ocaso displicente ...
Gourmont-Abel estaba contento de su obra ...
La examinaba á las distintas luces ... De cerca ahora; ahora de lejos ... Cerraba los ventanales y encendía las lámparas para arrancarle toda
la secreta acción
de su artificio
sublime ...
Madelon le
sorprendió en
esta faena ... El
artista estaba
rendido, pálido,
febril,agotado ...
Madelon le quiso más que nunca ...
Gourmont la
contempló, al
principio con
cierta animosidad ... Te.nía
miedo de no haberle arrancado
bien todo su secreto... Una línea de su cuerpo, un temblor de su piel, el azul desvanecido de
una vena que se le hubiera escapado, pregonaría
una de~rota... _Duró algunos instantes aquella confrontación ansiosa, tenaz, voluntaria durante la cual
los ojos del artista tenían una seve;idad de juez ...
Como el cuadro era un desnudo, fué preciso
que Madelon se pre~tara voluntariamente á la confrontación completa . . .
Tenían un temblor las manos de GourmontAbel aquella mañana, que .Madelon desconocía ...
Y la hora inusitada, y la caricia relente del lecho, hacía poco abandonado, y el entumecimiento
natural del cuerpo entre las pieles rojas, sobre la
otomana, que Gourmont había dispuesto como
fondo, todo levantaba de las entrañas de Madelon un deseo imperial y magnífico de amor ...
Ya no veía el cuadro ...
:3us oji(los felinos seguían las alternativas y
ansiosas miradas del pintor, que iban del cuadro
á ella Y de ella al cuadro. En el abismo de su coraz_ón sintió Madelon, como en el abismo del mar,
fluJo Y reflujo, según la abandonaban ó la recogían
las pupilas del pintor . ..
Se había agazapado la mujercita en el revoltijo
~e sus pieles, como bestezuela menuda sobre la
tierra sangriPnta y roja, en el fondo de su madriguer~. Espiaba inquieta las primeras vacilaciones,
la primera condescendencia en la mirada del pintor, para caer sobre él ...

Pero la vacilación no vino; el entrecejo del
hombre, cargado de las preocupaciones de la creación, no se desarrugaba. Madelon comenzaba á
impacientarse ... Estaba irritada contra él ...
Tomó el pintor los pinceles, y, con mucho
ahinco, dió unas cuantas pinceladas en el cuadro;
era en el fondo: avivaba, en un sitio determinado
el r?jo de las ~ieles; ponía, en la cúspide de un~
rod1ll~, el refleJo atenuado de aquel rojo ...
Mientras tanto, había dicho distraidamentc á
Madelon:
- Ya puedes vestirte. Esto está bien.
Así, sencillamente, cesto está bien~;como Dios,
después de crear el mundo; •y le pareció bueno ».
¡Egoísmo y
orgullo y paz y
deleitación del
momento supremo!
Pero Madelon era incapaz
de comprenderlo. Y como no
lo comprendía,
se sonrojó. Sin.
tióse pospuesta
en el corazón
del artista á la
obra que, sin
ella, no habría
existido.
Sufrió su primera decepción
y se acomodó,
en silencio, la
elegancia estudiada de su
traje ...

XI
-¿De modo
que no almorzamos juntos?
-No.
- ¿No nos vemos esta tarde ... ?
- No. Tengo modistas.
- Está bien; pero lo siento ... Habría querido que almorzáramos en el taller ... ¿Te gusta mi
cuadro ... ?
Madelon estuvo torpe. El más feo pecado de
e~te mundo es la vanidad, porque él es el que más
directamente ataca y humilla á los demás . .. Y
Madelon, pensando vanidosamente que el pintor
la habí~ ofendido, no supo hallar el tono justo y
conv~111en~e p~ra responderá su pregunta ...
Miró, d1stra1da la tela prodigiosa, y murmuró:
- S1, me gusta; pero alguno de tus bocetos
me gustaba más .. .
Gourrnont-Abel le habría perdonado que
aquello fuese una mentira; lo que no pudo perdonarle es que fuera una necedad . . .
Fríamente respondió:
- Es mi única obra.
- Eso va á gustos ...
- ¡N?, va en leyes! - gritó Gourmont-Abel,
por la primera vez, oponiéndose á una afirmación
de Madelon, magnífico de fuerza . ..

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1

- Bien, bien, no discutamos: ya he notado, al
entrar, que hoy te sentías genio, amigo mío .. .
Decididamente, estaba torpe Madelon .. .
Cedió Gourmont-Abel á la necesidad imperiosa de mortificarla.
- Tal vez no te resulta parecido.
- Al revés; lo encuentro demasiado retrato;
el parecido es asombroso; pero eso le quita fuerza,
significación ...
- Yo lo veía caricatura! ... Estás ahí más canalla - perdón, es esa la palabra - más canalla
que de costumbre ...
- Sí; te has acordado un poco de tus aventuras de Montmartre mientras lo pintabas.
- ¿Por qué no ... ?
- Porque me parece una falta de delicadeza ...
- ¿Tanto?
- Si me hubieras dicho de palabra lo que has
puesto en ese cuadro, por muy genio que seas,
señor Gourmont-Abel, no te lo habría tolerado ...
- ¿Porque te ofende?
- ¡Porque me calumnia!
Ella estaba hermosísima de ira. A Gourmont
le temblaba en los labios el último insulto, el definitivo, el procaz ... Le daba miedo pronuncia1lo - . ¡Pero iba á vengarle tan bien!
Se decidió.
- ¡Y pensar que una caricia mía, un beso á
tiempo, un poco menos de emoción de artista, habría variado por completo tu criterio con respecto al cuadro!
Encendida de vergüenza, tenía las pupilas llorosas Madelon. Habría dado media vida porque sus
apasionamientos de antes no hubieran existido...

Se levantó.
GourmontAbel le dijo toda vía:
-¿No almorzamos juntos?
-No.
Madelon iba
á salir. El pintor - entonces,
precisamente
entonces-quiso darla un beso.
La tenía cogida
por la mano.
Fué tan brusca la sacudida
de la mujer para
desasirse, que
le crujieron los
omoplatos.. .
- ¡Ahora,
no!--gritó triunfando-. ¡Y delante de ese
cuadro, nunca
más!... El ó yo...
Escoge. ..
Y escapó,
encendida.
Gourmont-Abel movió la cabeza... Enfundó
las manos en los bolsillos de s11 pantalón holgado...
Encogió los hombros; tuvo una maquiavélica sonrisa contemplando la tela insultante y procaz, y
murmuró Pn voz baja: - ¡Era inevitable 1•.•

XII
A la hora, sirvieron el almuerzo.
Aquel almuerzo que él había encargado para
dos, esco,,.iendo premeditadamente los platos y los
vinos: aquéllos excitantes, capciosos éstos, con
una aenialidad de « hombre de mesa•, que si no
hubi;ra sido en él natural intuición, no habría podido adquirirla en los pocos meses que llevaba de
vida regalada. . .
.
.
Tenía el artista su pipa encendida y estaba medio tendido en la otomana, perezosamente, recogiendo con delicia las últimas emanaciones de perfume que había dejado en ella el cuerpo suave y
sensual de Madelon ...
Además de esto, lanzaba el humo al aire en
aros oblongos, haciendo para ello un movimiento
particular con los carrillos y los labios.
Además, iba dando órdenes al -maitre d hótel
que preparaba la mesa con dos mozos; y además,
de vez en vez, miraba su Orquídea y sonreía.
El cuarto se había llenado de sol ... á media
altura estaba tendida una ,;apa de humo azulada y
flotante, que se superponía en planos diferentes de
color y densidad.
En esto sonó bruscamente el timbre de la
puerta.
- Es particular - se dijo Gourmont, que esperaba aquella llamada-; no parece su modo de
llamar.
Y sin saber por qué retrogradó en su memoria
acústica á otros días miserables, cuando, á l¡is tar-

11

il

des, en el taller rancio de Montmartre, le arrancaba de sus negras meditaciones el cordón de la
escalera, sacudido por las manos de Sofía, de aquella misma manera brusca y conminante...
- ¡Sofía! - siguió pensando, todo ello con una
velocidad de sensación vertiginosa... - hace meses que no la he visto ... Desde mi primera entrevista con Madelon ... La noche del ponche al éter. ..
Cuando el beso aquel en el brazo ... Bien mirado,
Sofía tuvo la culpa. .. ¡Qué extraña mujer! ... Y
ahora... ¡tendría gracia!
Como el que hubiera llamado tardaba en entrar, se levantó el pintor.
No habría dado dos pasos, cuando penetró en
el taller, un poco pálida, pero segura de sí misma,
la rusa enigmática...
Mentalmente Gourmont-Abel comparó los ojos
de Sofía - indefinibles y tremendos - con los vagos ojos impersonales de Madelon, y tendió su
mano á la rusa.
Después del largo rodeo, los dos antiguos
amantes no tuvieron una palabra de reproche.
- ¿Esperabas á alguien? - dijo Sofía reparando en los dos cubiertos que estaban dispuestos
ya sobre la mesita.
- A nadie... Previsión nada más - respondió
Gourrnont-Abel con aplomo - . ¿Has almorzado?
- Todavía no ...
Sin consultarla, dió Gourmont-Abel las órdenes necesarias al mattre d hótel.
· - Sirvan ustedes: somos dos; no recibo á nadie; absolutamente á nadie.
Se inclinó el hombre imponente, y el antiguo
«rapín» dijo á Sofía:
- Almorzarás conmigo.
- Almorcemos ...
En los primeros momentos aquellas dos almas
iguales se espiaban. «¿A qué vendrá?• pensaba
Gourrnont; y la rusa calculaba: «¿Qué habrá su::edido? Porque la esperaba á ella; no me cabe duda.&gt;
En estas cavilaciones, iban comiendo los dos
en silencio y atisbándose...
- Tengo calor - dijo Sofía.
Se había desabrochado un abriguito de pieles
de marta. Hizo ademán de querer quitárselo. ..
Gourrnont-Abel se levantó ...
- ¿Te ayudo? - dijo.
- Me harás un favor-agregó Sofía-. «Esto»
está más abrigado que «aquello,.
Sofía pronunció esta observación á tiempo que
el pintor, á su espalda, ayudándole á sacarse el
abriguito, estaba considerando con delicia el cuello blanco, de cisne, que salía de la blusita de encajes, tan natural y fácilmente como el fino cho1-ro de agua del pilón de un surtidor.
- Tú estás más hermosa que «entonces» respondió recogiendo la alusión velada á su vida
anterior, que había en las palabras de Sofía.
Desde aquel momento la conversación fué una
delicia. Se multiplicaron las alusiones. Con cada
una estrechaban ambos el círculo, avanzando con
cautela, ganando siempre terreno hacia la cosa
trágica que en e'l momento aquel les interesaba á
entrambos por igual: sus dos corazones que sangraban. Imaginad dos felinos, con una presa entre
los dos. Cada cual pretende apoderarse de ella,
pero avanza la zarpa cautelosamente por no descubrir el juego á su adversario que, inevitable-

tnente, de un salto, á la menor sospecha, caería
sobre la presa, arrebatándosela...
Ninguno quería ser el primero en provocar la
explicación, porque aquel que la pidiera se colocaba en un plano de manifiesta inferioridad sentimental con referencia al otro.
Decía Gourrnónt-Abel:
- He trabajado mucho en estos meses.
- Así lo veo.
- ¿Te gusta ese cuadro?
Sofía le tenía ~nfrente.
- Mucho: es tu mejor obra.
- ¿Te parece un retrato?
- Es el parecido de un retrato; pero el interés
de un cuadro.
Callaron. Decididamente por aquella parte no
venía la deseaba explicación.
La rusa indicaba:
- Me he perdido dos veces al venir... Como
estos barrios están lejos ...
- Es verdad . . .
- Y creo que no había estado nunca aquí ...
- Yo mismo me confundo alguna vez... Distraído, torno el camino de Montmartre...
- Poco tiempo hace que dejaste aquel taller...
pero no tan poco tiempo...
- Un día es siempre una vida, si sabe aprovecharse...
- Es cierto.
Y volvían á estar graves ~ callados otra vez ...

I

u
/

�Reanudáronse las tentativas hasta la impertinencia. De arabesco en arabesco, la conversación
fué apurando todos los motivos triviales de relación en estos casos.
Como dos operadores quirúrgicos habían procedido aquellas dos almas, sacando una por una
con pinzas delicadas todas las vendas y gasas que
escondían la herida y dejándola por fin al descubierto.
Fué Gourmant-Abel el que, no pudiendo más,
habló á la postre:
- ¿Cómo no he vuelto á verte, Sofía, desde la
noche aquella del «ponche al éter• en casa de
Madelon?
- No necesitabas verme.
- ¿Tú qué sabes?
- ¿Tenías más que avisarme ó escribirme, en
todo caso?
Era verdad.
- No te has acordado de mí. No has tenido
siquiera la delicadeza de mixtificarme. Merecerías
que te hubiese pagado en la misma moneda, que
te abandonara á ti mismo cuando más cerca estás
de la derrota.
¡De la derrota! Sofía sabía perfectamente cuáles eran los modos de que había de valerse para
interesar á Gourmont.
Saltó éste como un tigre sobre la palabra intencionada.
- ¿De la derrota?
- Tú dirás.
- ¿Yo? ...
- Te dejé libre, camino de todas las fortunas;
te encuentro muerto, definitivamente encasillado,
al arbitrio de una mujer que te usufructúa en
nombre del gran mundo. Cuando parecía que tu
nombre iba á lanzarse á los cuatro vientos de
Europa, te dejé tranquilo. Pero en vez de hac1;r
hincapié en aquel estribo de oro que se te ofrec1a
para tomar carrera y lanzarte, te has dejado ~ncantar por la damita egoísta y te has convertido
en algo como su mueble de más precio ó su caballo favorito ... Pintas para su antesala.. . ¡Oh, el
tuvo es un espléndido mercado! Conocen tu nombre, además de los porteros de su casa, el ckauffeur de madame y la Jemme de clzambre, que todas
las mañanas pasa el plumero por tus cuadros con
la misma indiferencia con que coloca en el jarro
del salón las flores que lleva tu criado á «la señora.•
Gourmont callaba. Una sorda tempestad se
fraguaba en su entrecejo.
Sofía prosiguió:
.
- Has pretendido invadir, y te han conqmstado. Te armaste en son de guerra, y te han hecho prisionero. Eras un artista de genio, y te has
convertido en un «pintor-de cámara.•
Peintre de menage, dijo la rusita en francés, con
una acuidad de intención que no puede dar el
castellano.
- Hablemos claro, Sofía - rugió por fin el
pintor, yz. exacerbado-: tú misma me llevaste á
esta aventura.
- A la aventura, sí; á la situación que has
aceptado, no. Estás ahora peo: que ayer. De_ la
miseria has pasado á la esclavitud. En dos anos
tendrás calva y pintarás abanicos para Madelon.
Todo aquello era cierto, tan terriblemente

cierto que, como Gourmont no podía contestarlo,
se ponía iracundo y habría tapado con sus puños
la boquita de la rusa.
- En fin de cuentas - acabó por decir - ,
¿qué te propones?
- ¡Salvarte! No; salvarte, no; tú te salvarás si
quieres; abrirte los ojos nada más.
- Ya los he abierto.
- ¿Me das la razón?
- En cuanto has dicho.
- ¿Entonces ... ?
- Yo lo pregunto también: entonces ... ¿qué
medios hay para romper? ...
¡Medios! Nunca faltaban medíos en el magín
arbitrista de Sofía.. . Nunca, y en aquel instante
menos. A una mujer se le ocurren siempre medios
para triunfar de su rival.
.
Y, hay que confesarlo: desde la noche del ponche, Sofía estaba esperando aquel momento.
Era el rescate de sus largos meses de soledad
y de martirio.
Descontaba la ruptura y la quería escandalosa, brutal, inevitable, para que l.e sirviese de venganza.
Habían acabado el almuerzo.
Sofía sentóse en la otomana.
-¡Ven!
- ¿Qué medio? - seguía preguntando Gourmont, agresivo.
-Ven...
Furiosamente Sofía atrajo á Gourrnont por el
brazo y le obligó á besarla. : .
.
Volvió á encontrar el pmtor en los labios de
la rusa el impulso de su raza.
- No, no; dime antes, Sofía... dime qué medio, qué piensas, qué plan tienes ... Yo no puedo
continuar así; te necesito.
¡Oh, con aquella confesión dió el corazón de
Sofía, dentro del pecho, un bote de tigre!
Y apartándose del hombre, avanzando hasta
el cuadro solapadamente, contemplándolo con delectación infinita, dándole rodeos ceremoniosos,
escondiéndose las manos detrás de la espalda
como si temiese desgarrarlo con ellas, y hundiendo el cuello fino, esbelto, para verlo de cerca, de
cerca, para husmearlo, para embeber en el aliento
su olor á pintura fresca, Sofía acabó por llegarse
hasta él, lo tomó con ambas manos, lo alzó en alto,
en la atmósfera soleada y caldeada corno un escudo de guerra, y acabó por decir:
- ¡Este es el medio!
Luego Sofía y el pintor hablaron largamente,
ahincadamente, interminablemente, como los parlamentarios de dos potencias igualmente fuertes,
hasta noche entrada.
Y acabaron por convenir que el «medio• propuesto por Sofía, que luego conocerán nuestros
lectores, era oportuno, en efecto.

XIII
Aquella larga conversación trajo el escándalo.
Madelon había estado tres días sin asomar por
el taller. Le hacía gracia aquel mohín de displicencia, aquella nubecilla que venía á traer n1:1e:,,os
encantos á la igualdad no turbada de su lzatson
con el pintor.

Esperaba, á cada momento, una carta de éste
dándole excusas, una súplica, una cita, una petición.
Por su fantasía traviesa, alegre y casquivana
corrían ya ráfagas de perdón fácil, veleidades de
sorpresas, de farsas, de aventuras impensadas.
«Si hoy no me escribe, se decía aquella tarde,
al regresar á su casa temprano, porque tenía
«mundo•, iré mañana á verle. ¡Oh, debe estar furioso!•
Y la taimada personita sonreía, dándose de antemano la fiesta de todos los medi0s que iba á
emplear para calmar su enojo.
Efectivamente, en su casa encontró un sobre
con letra del pintor. ..
Guardóse, como una fiesta, la lectura para después de su toilette.
Vió, al pasar, que ya alguno de los invitados
aguard aba en el salón. Precipitó su tocado; no pasó
más de media hora en el arreglo de la cara, y abrió
el sobre.
Venía dentro un impreso, concebido en estos
términos:
•J. Gourmont-Abel tiene el honor de invitará
usted para esta noche, á las nueve-Galería Chanell - , donde inaugura la exposición de su cuadro Orq1tidea y de algunos bocetos, puntas secas
y pasteles.»
La sangre comenzó á batir duramente en los
pulsos de Madelon.
Estuvo á punto de desvanecerse.
No quería dar crédito á lo que estaba leyendo.
- ¡Pero esto es una odiosa cobardía! - pensaba-. Exponer este cuadro, equivale á cubrirme
de insultos en la plaza pública; peor aún, en mi
casa, entre mi gente, ante mi mundo.. .
- No es posible - proseguía - . Habrá cambiado el título . . . Pero él no tenía otro cuadro
acabado ... Lo habrá hecho en estos días ... Pero
los bocetos, los pasteles. . . En todos ellos estoy
yo... En cada uno un jirón de mi dignidad (no se
atrevía á decir de mi honor)...
- Yo no merecía esto - continuó, con un
resto de buen sentido-. Yo. . .
Dos lágrimas. Dos lágrimas de ira, de despecho, de sincero dolor; dos lágrimas irreprimibles
sobre el abandono, el desamparo y la frívola soledad en que se hallaba delante de aquella infamia.
- ¿Podemos servir á la señora?
«Es verdad - pensó Madelon - , tengo invitados» ...
Fué á levantarse. Vaciló un poco y tuvo que
apoyarse en el mármol de su tocador. . Sonaron
estremecidas todas las cristalerías . . . Madelon
echó mano del tarrito menudo, con cápsula de oro
y un rubí, de sales inglesas...
Se pasó la fina batista del pañuelo porlos ojos ...
Se miró al espejo; le pareció que quedaban huellas rojizamente plebeyas de la pasada borrasca
en sus párpados, y los bañó en un colirio perfumado... Empuñó segunda vez el lápiz chino y cubrió, con hábiles pinceladas, su dolor de corazón ... Se sintió realmente aliviada.
- Luego tomó la invitación y el sobre, mordióse
tres veces los labios para enrojecerlos bien, y dijo
al aparecer en su salón, donde algunos amigos la
esperaban:
- Esta noche, señores, acontecimiento: nues-

tro Gourmont-Abel inaugura su primera exposición.
Y, bravamente, afectando la mayor tranquilidad, dejó que la invitación pasara de mano en
mano...
Algunos dijeron:
- Ya la habíamos recibido; será sensacional. ..
Y otros:
- Iremos; ¿vendrás tú, Madelon?
- En todo caso, á última hora... Tengo mucho que hacer, pero no me resigno á perder esta
primicia...
Un diplomático respetable le dió el brazo.
El criado había aparecido, anunciando:
- La señora está servida.

XIV
Que la exposición del cuadro Orquídea y de
los bocetos y pasteles de Gourmont constituyó
un escándalo en París, lo saben ya nuestros lectores por haber oído los autorizados comentarios
de unas damas en los capítulos primeros de esta
historia.
Atribuyéronse al bondadoso y risueño señor
Dorval propósitos de llevar á los tribunales al
artista, persiguiéndole por aquella injuria y calumnia de nuevo cuño.
Como las fases de semejante proceso habrían
sido de un interés sensacional inexplicable, fueron
muchos los amigos que le animaban á ernprendelo, y ya los partidarios de uno y otro bando se preparaban á otro nuevo «affaire» mucho más picante y divertido que el que llevaban entre manos.
Condenaron los mundanos, en público, el gesto
de Gourmont; pero los artistas y escritores, ganados por la audacia y la factura genial del pamfletista, salieron con vigor á su defensa.
En las proximidades del proceso hizo Gourmont-Abel declaraciones hábiles en un periódko
semita, y á los pocos días todo París lo consideraha como un prófugo del campo nacionalista,
como un dejroqué del mundanismo tradicional,
que, habiendo visto con sorpresa el pantano cenagoso y corruptor en que sus arranques inconscientes del primer momento le habían metido, salía con indignación del sitio infame, no sin lanzar
antes con toda la potencia dictatorial de sus pinceles, su «yo acuso• formidable.
Madelon soportaba como podía su papel de
víctima.
En el fondo le importaba poco la calidad del
episodio, y no le descontentaba andar en lenguas
de la gente y hasta ser, durante tantos días, piedra de escándalo en París.
Pero lo que no podía tolerar era el abandono
y el olvido del pintor...
Era aquella su última aventura... Alrededor
de los ojos vagos de Madelon comenzaba la piel
á hacer arrugas, y en estas graves circunstancias
de la vida, una mujer que quiere amar pasa por
todo.
Ella no daba la culpa á Gourmont.
- Se ha querido vengar-pensaba-. Es que
me ama toda vía.
El mismo triunfo indiscutible del pintor después del escándalo, la apasionaba más.

�Su padre no oyó aquello. Pero Madelon salió
contenta de su casa, porque estaba segura de haber hecho abortar la idea del proceso.
En cuanto á la extradición que el bondadoso
progenitor acababa de fulminar sobre su cabecita ... ¿qué valor tenía para ella? .. .
Estaba en el siglo: los padres no nos comprenden.

1,

Madelon tuvo una entrevista con su padre.
Había que abandonar la idea del proceso, porque
ella no quería querellarse.
El buen señor oíala asombrado.
No quería querellarse. Había entre ella y el
pintor ciertas cosas que, nadie - ni su padre mismo, porque ella era libre - , tenía derecho á juzgar. Si. el mundo hablara, que _hablase. Ella ~frontaba las habladurías. Se consideraba supenor al
«suceso del día•. Prefería pagar una subvención á
los periódicos, que darles el derecho más mínimo
á lucrar con sus propias aventuras. Había en esto
un arranque sincero de raza. Por lo demás, ella no
comprendía el escándalo que había promovi~o
aquel fútil accidente .. . Verdaderamente, Pans
era muy necio ... Si algo quedaba pendiente, ella
sola podía liquidarlo con Gourmont ...
- Pero, ¿volverás á verle?
- ¿Por qué no? . ..
El bondadoso señor Dorval estaba rojo; si la
entrevista dura más, le da un ataque...

Volvió la espalda á Madelon.
Y en seguida, melosamente:
- Hija mía: hace tiempo que nosotros y tú no
nos comprendemos. He creído que venías á darme gracias por el interés que _tomaba en ~u defensa. Vienes á todo lo contrano: tal vez m1 gesto
te parece ridículo, poco moderno... No nos entendemos... ¿Por qué no viajas? . . . Te sería más
agradable estar lejos de nosotros y no vernos nunca que pasar todos los días por delante de nuestrl puerta y no poder cruzarla. La tranquilidad
de tu madre me impone este sacrificio: hija mía,
hemos concluido.
Y el bondadoso señor desapareció semilloroso,
arrastrando unas pantuflas indias y recogiendo
con una dignidad - á Madelon aquella dignidad
le pareció grotesca-, con una dignidad romana,
su holgada y blanda bata mañanera ...
- ¡Uf! .. - pensó, más que pronunció Madelon viéndole alejarse-. En esta casa siempre esta~os en tercer acto del Francés . . .

mercado propio: tienda propia.Ha habido unaligera revolución. Nuestros padres decían: «Beber en
nuestro vaso.» Nosotros corregimos: « Vender en
nuestra tienda.» Y,.1. la tienes. Acudía poca gente:
la «muestra,, la «enseña, era poco llamativa ...
No digas que mi consejo ha sido inútil.
- No lo digo.
- Te ha bastado seguirlo: exponer tu Orqnldea; colgarlo á la vista escandalizada del • Todo
París&gt; como «muestra, de tu tienda ... y ya lo ves
XV
- Sofía señalaba tres caballetes: había en los tres
otros tantos retratos comenzados de grandes daLas tardes aquellas del escándalo fueron ricas mas dreyfusistas -; el negocio marcha . ..
&lt;le sensaciones y de lucha para Sofía y el pintor.
Una infinita melancolía en el crepúsculo .. .
El golpe audaz les
Niebla sobre el río.. .
habí'l asustado á ellos
A
lo lejos el ruido inmismos la noche de la
menso de París ...
inauguración.
Sofía se acercó á
Contaban ambos
su hombre. Este cacon que la maledicenllaba. Aquella serpien•
cia descubriría semete peligrosa, corrupjanzas entre Madelon
tora, solapada, tenía,
y las figuras que el
en el crítico momento,
pintor había puesto en
miedo de perder á su
sus cuadros. Pero no
pintor... Se había senfué necesaria la maletado sobre sus rodidicencia ... Las figullas; le tenía cogido
ras eran verdaderos
con
ambos brazos por
.retratos y el ataque
el cuello.
, ,areció brutal.
-¿Te quejas de
Los mismos crítimí?
cos, ganosos de sentar
-No.
plaza de malici:i en sus
¿Por qué callas?
escritos, con tribu ye-No lo sé.. .
ron al apasionamiento
- Hace unos megeneral. Desde los peses, ¿recuerdas?, hariódicos de la clase
¡
brías dado lo mejor de
ianzáronse excomu'm
tu vida por lograr es11iones contra el pinte momento ...
tor iconoclasta. Se re- Y lo he dado...
cordaron y se glosaron en todos los tonos las paSofía tuvo un movimiento de ataque.
labras de Juvenal: •Dígase el vicio y el vicio- ¿Qué quieres decir? ...
so no.•
El pintor seguía callando. Se :1abía puesto en
. F_né entonces cuando, por instigaciones de So- pie. Sofía continuaba en la otomana, agazapada,
fia, hizo Gourmont-Abel sus declaraciones franca- encogida, espiándole.
mente dreyfusistas.
- ¿Qué quieres decir?
Festejaron los revolucionarios al recién veniEn este momento el pintor había llegado junto
&lt;lo... Acudieron las damas jacobinas al estudio del á su famoso cuadro Orquídea, que con el resto de
'.Ptntor.
la pasada exposición, aquella mañana habían deCitaron su caso los escritores avanzados. Le vuelto al taller.
-encargaron, en agua-fuerte, los retratos de Gorki y
Gourmont-Abel tomó el cnadro en ambas ma-de Gaponi. .. El paso estaba dado ...
nos. Después de contemplarlo unos momentos, dijo:
Y en el desbarajuste aquel del triunfo definiti-Tienes razón. Es mi «muestra•. Pero consivo, derramaba el pintor, por todo comentario, la dera que en la «muestra• suele ponerse lo mejor
-fnaldad de una sonrisa melancólica...
de la tienda. Yo he puesto mi corazón ...
. Sofía no le abandonaba. En la plenitud del
Esta confesión, Sofía la esperaba. El corazón es
tnunfo, s_u luchador perdía el gusto por la vida.
siempre de lo que se pierde. Además, Gourmont
La miraba á ella con cierta recriminación ine- amaba á aquella mujer. Sofía lo sabía bien. Un
fable en sus miradas.
hombre de menos temple que Gourmont no habría
Ya había llegado; sabe Dios á costa de qué sa- dado nunca el paso inexorable que el pintor aca&lt;:rificios . . . Pero ...
baba de dar.
Sofía le preguntaba:
Pero Sofía no pudo escuchar aquella confesión
- ¿No estás contento? . . .
sin un dolor humillante y real.
El respondía:
Se le llenaron de lágrimas los ojos.
- Sí. Pero me parece que he muerto. La vida
Irguióse. Echó á andar hacia la puerta.
-es demasiado fácil ...
A medio camino dijo:
- La vida es así. Todo el mundo organizado
- Estás á tiempo todavía: capitula y ella per&lt;:orno un vasto comercio. El triunfo está en tener donará ... Tienes un recurso: escapar con ella...

•

�Ha de aceptarlo,~no lo dudes; eres su último capricho ...
Iba á contestar Gourmont. La rusa le había
herido en 16 más recio de su orgullo.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta.
Tuvo Sofía un presentimiento. Miró por un tragaluz del taller, que daba á la escalera.
Muy pálida, volvióse para decir:
- Es ella ... ¿me marcho? ...
Había una vehemencia frenética en la pregunta de Sofía.
Sintió Gourmont-Abel que el deslino inexorable clavaba en él sus ojos de acero.
Y aquel austero voluntario, acallando la tempestad de su corazón, con una calma donde no
faltaba heroísmo, dijo sencillamente á Sofía:
-- Recíbela tú.
Luego se internó en su cuarto.
Sofía estaba radiante. La venganza era cabal.

XVI
- ¡Oh, no; nada, nada, amiga mía! . .. Deciros
adiós ... Me marcho á Niza ... Ya sabía, ya sabía...
Debí figurármelo antes ... ¿Y os comprendéis,
verdad? ...
- Los dos amamos el arte ...
- ¡Felicidades! ... Salgo escapada ... Si algo
4!_ueréis, á Niza... ¿verdad? ...
El aplomo de la dama era perfecto.
Ya se retiraba, cuando pasando por delante

del cuadro pecaminoso, volvióse para decir á Sofía con la mayor naturalidad:
- Se lo habría comprado... Pero me gustaba
poco, la verdad ... Y luego confiesa que el procedimiento para encajármelo fué poco delicado ...
¡casi un chantage! ... ¡Oh, estos artistas, estos artistas! ... Y á propósito: León viene conmigo.
- ¿Otra novela? - insinuó Sofía.
- No llegaremos á tanto: un «viaje sentimental&gt; y nada más; abur.
Se besaron.
Madelon salió.
Sofía, un tanto conmovida, ganó el cuarto donde Gourmont se había encerrado.
- Abre - dijo.
Abrió el pintor.
- ¿Qué haces?
- Mira; nada. . . Es preciso que vivamos ordenadamente. Hay que llevar nota de los encargos... Esos editores belgas que me encargaron el
retrato de Gorki me parece que acaban de estafarnos; mira, cuenta...
- A ver, á ver. ..
Sofía se inclinó. Gourmont seguía:
- Doscientos cincuenta á comisión, con el
veinticinco por ciento de descuento, tú verás...
Contaban.
En el taller, la deliciosa mujercita de la «muestra• parecía sonreír. La envolvía, como un nimbo,
toda la poesía de una vida.
Y adentro del recuarto, monótonamente, batían los números un compás de marcha prosaica.

g

Madrid, 16 Diciembre 1907

El Cuento Semanal

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ESTERIL
NOVELA POR ARTURO
Gófv\EZ- LOBO

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ILUS-

TRACIONES DE CÉSAR
ALVAREZ-DUMONT 1efli
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t&lt;eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Slass y Cta., San Mateo 1, Madrid.

•

30

Cínts.

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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Consultorio Jurídico</name>
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        <name>Eduardo Marquina</name>
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                    <text>Ha de aceptarlo,~no lo dudes; eres su último capricho ...
Iba á contestar Gourmont. La rusa le había
herido en 16 más recio de su orgullo.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta.
Tuvo Sofía un presentimiento. Miró por un tragaluz del taller, que daba á la escalera.
Muy pálida, volvióse para decir:
- Es ella ... ¿me marcho? ...
Había una vehemencia frenética en la pregunta de Sofía.
Sintió Gourmont-Abel que el deslino inexorable clavaba en él sus ojos de acero.
Y aquel austero voluntario, acallando la tempestad de su corazón, con una calma donde no
faltaba heroísmo, dijo sencillamente á Sofía:
-- Recíbela tú.
Luego se internó en su cuarto.
Sofía estaba radiante. La venganza era cabal.

XVI
- ¡Oh, no; nada, nada, amiga mía! . .. Deciros
adiós ... Me marcho á Niza ... Ya sabía, ya sabía...
Debí figurármelo antes ... ¿Y os comprendéis,
verdad? ...
- Los dos amamos el arte ...
- ¡Felicidades! ... Salgo escapada ... Si algo
4!_ueréis, á Niza... ¿verdad? ...
El aplomo de la dama era perfecto.
Ya se retiraba, cuando pasando por delante

del cuadro pecaminoso, volvióse para decir á Sofía con la mayor naturalidad:
- Se lo habría comprado... Pero me gustaba
poco, la verdad ... Y luego confiesa que el procedimiento para encajármelo fué poco delicado ...
¡casi un chantage! ... ¡Oh, estos artistas, estos artistas! ... Y á propósito: León viene conmigo.
- ¿Otra novela? - insinuó Sofía.
- No llegaremos á tanto: un «viaje sentimental&gt; y nada más; abur.
Se besaron.
Madelon salió.
Sofía, un tanto conmovida, ganó el cuarto donde Gourmont se había encerrado.
- Abre - dijo.
Abrió el pintor.
- ¿Qué haces?
- Mira; nada. . . Es preciso que vivamos ordenadamente. Hay que llevar nota de los encargos... Esos editores belgas que me encargaron el
retrato de Gorki me parece que acaban de estafarnos; mira, cuenta...
- A ver, á ver. ..
Sofía se inclinó. Gourmont seguía:
- Doscientos cincuenta á comisión, con el
veinticinco por ciento de descuento, tú verás...
Contaban.
En el taller, la deliciosa mujercita de la «muestra• parecía sonreír. La envolvía, como un nimbo,
toda la poesía de una vida.
Y adentro del recuarto, monótonamente, batían los números un compás de marcha prosaica.

g

Madrid, 16 Diciembre 1907

El Cuento Semanal

Lf\ SENDfl
ESTERIL
NOVELA POR ARTURO
Gófv\EZ- LOBO

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ILUS-

TRACIONES DE CÉSAR
ALVAREZ-DUMONT 1efli
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t&lt;eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Slass y Cta., San Mateo 1, Madrid.

•

30

Cínts.

�El Cuento Semanal

ANO 11 - 31 de Enero 1908 · N. 0 57

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 9 0
Teléfo n o 2054
Apartado de Co_rreos nllm. 409

: Madrid

Libros y revistas
Parnaso cubano.-Composiciones poéticas colecciona-

das por Adrian del Valle. - Casa Editorial Maucci. Barcelona.
Es un libro muy interesante, en que rc:splandece esa poesía objetiva, 6 mejor dicho, «panteísta», que caracteriza á los
pueblos meridionales; regiones ardientes u.. nas de luz, de
perfumes y de savias, donde la hermosura esplendorosa del
«marco» resta m¾crnitud á las figuras. En esta antología figuran los nombres más preclaros de la literatura cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda,José ;\[aria Heredia, Gabriel de
la Conct!pción Valdés (Plácido), Joaquín Lorenzo Luaces,
etcétera; y entre los má s modernos, Manuel S. Pichardo, Bonifacio Byrne, Fernando de Zayas, Enrique J . Varona y otros
muchos,
Lo que yo pienso ( Cúnfidencias de U1lfl tiple dd gi11 ero
chic1,J, por Julia Fans. - :\L Pérez Villavicencio, editor,
t\Iadrid.
La princesita de las sonrisas diabólicas, «la gatita blanca», Juma Fons, en fi.n, nos ha sorprendido con un libro íntimo, lleno de amenidad, donde su autora descubre un rinconcito de su alma romántica.
Y el buen pUblico, que habla y juzga superficialmente de
las cosas, dirÁ:
- ¿Pero !'S que la Fans tiene ribetes romá.nticos?
Sí lectores amados: dentro de su corsé «modernlsta»,Julita F~ns se aburre y bosteza, cPor qué nof El caso no es
nuevo. Son muchas, muchísimas las actrices que, en medio
de los aplausos de sus cortejadort!s y de las risas, se mueren
de tedio.
«Lo que m9.s anhelo - dice - es qut: nadie se ocupe de
mi; lo que más anhelo es pasar inadve!tida. Es posi~le que
desee esto por lo mismo que soy cózmca, pero lo cierto 1::s
que lo deseo. Quisiera vivir tranquila, consagrada á lo que
me gusta y no á lo qu&lt;! la vida me impone. Verdaderamente,
hay que hacer esta reflexión que todo el mundo ~a _hecho:
que no hay mayor tormento que el de tener que reir siempre
con ganas y sin ellas».
.
.
.
SI, muy cierto. Mas puesto que en este mgr~to y baJO
mundo la fatalidad nos obliga á esco;!cr entre la nsa, el fastidio y el llanto, créanos, fulia: ¡mejor es reir!

Revhtta Críilca. - Con este título empezará á publicarse
el mes prliximo una lujosa Revista dirigida por Carmen
di:: Burgos Segui (Colombine), la cual se ~cupará especialmente de la crítica de arte, sociología y literatura. Con un
programa muy amplio, la nueva Revista, que cuenta entre
sus colaboradores á las figuras más importantes de la litera·
tura espallola y extranjera, dedicará una sección especial á
la literatura sefardita.
Le deseamos un éxito completo.
Ho1as bohemias, por Francisco Legua. - F. Sempere y
Compañía, eJ itores. Valencia.
Es un libro muy curioso, muy ameno, donde hay _de lodo:
cuentos parisinos y espailOles, versos, cuadros, caricaturas,
etcetera, y que tienen, como escriben atinadamente los hermanos Alvarez Quintero, prologado res de la obra, «el encanto indecible de todo lo vivido por un artista» .
Hl dependiente, por Myrtil Lorient.-Librerfade Pueyo.
Madrid.

Fuencarrat 29

Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas . Año 18.
Anuncios a precios convencionales.

Número suelto:

30 CéntiffiOS

Bl Teatro por dentro. - Almanaque para 1go8. Madrid.
Hemos recibido el bonito Almanaque de esta interesante
Revista, que dirige nuestro compañero el'l fa prensa D. Antonio Velasco.
Colaboran en él Antonio Zozaya, Sinesio Delgado, Pedro
Barrantes, Felipe Trfgo y otros distinguidos escritor,,:s.
La mujer educada, por Myrtil Lorient. - Imprenta de
A. :\[amo. Madrid.

Obras de \[anuel Acuña. -Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En la memoria de todos viven los primeros versos de
aquel Noctunzo:
«¡Pues bien! Yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón ... »
Versos bellísimos, llenos de tt!mpestuoso arrebato, que
por sí solos bastarían :i perpetuar el nombre de quien, «si t~n
prematuramente no se roba á su propia gloria», como di.Jo
,,iúñez de Arce, hubiese sido una de las figuras más sobresalientes de la literatura mejicana.
Sabido es que 7\lanuel Acuña se suicidó con cianuro. Y
J11an de Di,os Peza, .en _el prólogo _que esc;i~ió para este li~r.o,
pinta con trazos ene.rgtcos y sobrios su últmrn conversacton
con d infortunado p ,eta:
« ... Me dijo al despedirnos:
- »Mañana, á la una en punto, te espero sin f.dta.
- »tEn punto?- le pregunté.
- &gt;&gt;Si tardas un minuto más ..
- »¿Qué sucederá?
- »Que me iré sin verte.
- &gt;&gt;¿Te irás adónde?
- ,&gt;Estoy de viaje.,. sí. .. de viaje .•. lo sabr~s despal!s&gt;!Al día siguiente, en efecto, «se marchó». Murtó como vivió: en •artista. Su suici,lio, tal vez, ful! el más bello gesto de
su obra.

-

===========••===a==

Consultorio 6rafológico 6RACHTHEH
=Respuestas=

Luisa Catalana dé Barcelona. - Carácter able-rto; tempera
mento nervioso; naturaleza algo interesada_ en cuestión de dinero· ausencia total de v0Juntad; allción á d1scJtir; carácter muy
reitcoroso; naturaleza .senci!la y candida,
Joaqutaita G. Gata, - Na1uraleza tierna y buena; expan!ión,
sobre todo c"On los extranos; voluntad dominadora; amor á la discusión; gran equilibrio en las facu,ltades; inc!inaciones materiales;
carácter prudente; deseo de ser sieu pre meJor.
Carmen la Lista. - Sensibilidad que se domina; gran ·economia; carácter dado á la tristeza; voluntad, ter~a; buen grado_ de
actividad física; espiritu sed"ctor¡ imag1~ac16n bastante viva;
temperamento sanguln'eo.
J. M. G , Madrid. - Inteligencia cultivada¡ .sensibilidad exquisita; espíritu tino y delicado; lógica, v1vac.idad; d~seo de amparar- naturaleza orgullosa· temperamento 1nmatenal; volunta_d
débil;' imaginación gracios'a; gran actividad; ligero canSanc10
flsico.
Violeta Blanca. - Carácter alegre y ben equilibrado; educación seria· sentimiento de la justicia y del deber: naturaleza bastante firm~; aptitudes para los ,Q~ehacer~s d&lt;J:més!icos y la '.organización en general; gran actividad física; mtellgtncla c~ara y
bastante cultivf\da; generosidad bien entendida; voluntad terca;
salud resistente .
'

COMPAÑY,

FOTÓGRAFO

Fuencarrat 2 9

.1

ARTURO GóMEZ- LOBO
'

\

'

\

1

LA SENDA ESTERIL
AR IA

humilde, llano aband onado: ¿á qué lugar de ventura llevaron los pájaros sus nidos? ¿Dónde suena la canción del agua y el
cuento murmurante de las frondas? ¿Qué dice el
aire bajo los viejos aleros, junto á las puertas cerradas, con esa música obscura que parece un salmo de muerte? ¿Y tus amapolas-sangre, y tus espigas de luz, llano, hermanas de aquellas risas que
corrieron con su juventud por sobre tu suelo sin
amor?
¡La tristeza del cielo se abraza con la tristeza
del llano!
La hostilidad de tu silencio fué sólo una vez
rota por un relámpago----:- llama de pasión - que
iluminó tu miseria.
Unos arbolillos tendieron sus brazos á la luz.
fugitiva; los cerros grises abrieron sus entrañas al
fuego y quedaron en la sombrai luego, llorando
tanta desventura.
¿Qué gemido es este, monocorde y errabundo,
que va por los campos?
¿Es una oración?
Son los palos rígidos, las Cuerdas tendidas del
telégrafo, que cuentan por los caminos historias
d e olvido y de dolor.
No hay un grito de vida. ¿Dónde un beso sob:-e la locura riente de unos labios amados?
La flauta de Pan, la dulce flauta de Pan, tuvo
miedo de verter su son en la religiosa soledad de
la llanada.

L

L ANO

El vuelo cauteloso de los grajos rueda sobre
los despojos sangrientos de las bestias muertas.
El silencio que viene del azul, se torna cantar
en el viento.
Ves aquel monte, tierra. En él hay encinas,
que son la voluntad, De él bajan las aguas, que
son el amor. Son sus piedras albergue y sus árb oles nidos. El azul que lo viste pone ante tus
ojos tela de esperanza. Tu hermano e l monte, que
tiene sus pies sobre tu frente, no te envía vientos
de salud, ni pájaro de sol.
·
Ves tus caminos, llanO. Pasan estrechos- cintas de luz - entre el verdor de las siembras. En
sus carriles profundos guardan el polvo de cien
cosechasi el sudor de los hombres, ofrenda de
humildad. Por sobre ellos hay siempre la caricia
lenta de las ruedas chirriantes,
Y cuando ya no cruzan por tus surcos, tierra,
entonces se hacen caminos ruidosos, carreteras
anchas, por donde peregrinan las cascabelinas alegrí&lt;!-S de las diligencias, Y alguna vez bajo el solllama líquida - el vino, el vino de sangre, vierte
su risa sobre la blancura del camino real.
Pasa un tren por tus lomos, llano. El puente
triunfador, el terraplén ó el desmonte le han tendido lazos suaves, encurvando su andar, metiéndole en un túnel, aBá al lejos, donde la tierra, tu
tierra le abraza. Y va orgulloso con el triunfo de
su marcha, saltando un río, besando unas sierras,
cantando á su modo, en la dura orquestación de
los hierros, el amor del campo.
Y al cruzar tu llanura huye airoso y magnífico,

�Una sacudida parece conmover el suelo. El
porque viene del mundo, y para tornar á la vida
viento no se mueve. La luna en el azul, transpaha de saber el dolor de tus suelos.
¿No ves este tu sol, tierra, este sol que te seca rente y clara, mira inmóvil. De los surcos parece
subir un incienso votivo. Y en el silencio místico,
las charcas y te arruga la frente?
Más allá del cendal de los montes, entibia el la vibración del bronce cristiano se extiende en
suelo, fecunda las semillas, abre los capullos, hin- oleadas lentas que vienen de una torre, de un camcha los senos de las siembras. Es salud, es fuego panil, de una cúpula, de cien pueblos, en nombre
que se hace carne, es claridad y esperanza, es ma- de cien almas que van pisando el jardín de la
nantial de vida. En sus ti~rnos cauces, su herma- vida por mirar al cielo ...
Ven, alma, alma primitiva de la tierruca llana;
na el agua lo espei-a y, abrazados luego, se meten
suelo abajo, cielo arriba, sembrando amor, dejan- ven á la vida y di tu maldición, que oraciones habrá de otras almas para aquellos labios de sangre
do en cada rama y en cada piedra una semilla.
que tuvieron una clara y loca risa de esperanza, y
Tu enemigo, llano, es el sol.
Tu triste río Guadiana nace ancho y cantari- que cantaron para morir como el pájaro legenna, porque irá ofreciendo su gloria á las tierras se- dario.
dientas. Corre riente buscando sombra de árbol,
remanso de ensueño, saltos de espuma y de crisHISTORIA DE ALMAS
tal. Pero el camino es solitario; el suelo no bebe la
clara linfa redentora, y el sol entonces raja impla« ...He tenido un gran alivio al comenzará escable la gleba secular.
El buen río, que ha visto cómo los hombres le cribirte, ¡oh, amigo! ¡Si vieras qué horas tan duradejan pasar sin ungir sus frentes en sus senos, se mente amargas las de esta noche, las de todas las
hunde de pronto tierra adentro para decir á su noches, desde algún tiempo á este año! ¡Qué bien
dormía yo antes! ¡Cómo recuerdo aquellos sueños
hermana:
«Tierruca, tierruca mísera, hermana mía: arri- profundos, llenos de ensoñaciones gozosas, de lenba, el sol enemigo te se calas fuentes. Aquí, en la tos despertares, que serenaban mi espíritu, posombra, haremos el tálamo de nuestras nupcias. niéndome en los ojos la ternura de una melanYo algún día levantaré tu pecho y regarás los colía y en los labios el calor de los amores nuecampos. 1Tierruca, tierruca mía, somos el amor vos!
Sustentábame de' mi propio intelecto, porque
laborando bajo la costra del llanol•
él me daba los
Y el Guaplaceres del
diana camina
sufrimiento y
duke y relilas realidades
gioso bajo el
1 --.- más propicias
suelo, huyená mis deseos.
do de los hom
¿Te acuerdas?
bres y del sol.
No quería
¿No sabes,
más que dortierra hum ilmir; enconde, dejar tu altrar siempre
ma en las canmi cuarto en
ciones? ¿Por
sombras; volqué no cantas,
ver ácaeren el
si canta el mar
olvido, al soy la montaña?
n ar de unas esEl ibero y el
quilillas mon- ·
moro, ¿no te
j iles, al tin tidejaron en el
n ea r de las
aire un grito
cencerras de
de pasión? ¿No
unas cabras,
hay en ti el
apenas oyendeseo atordo ruidos esmentador de
paciados en la
la carne-alma
concavidad de
del mundo?
la calle.
Tu piel se
Tanto dorva arrugando
y tienes la color morena como la esposa del Can- mir me producía un sopor laxo, del que me desembarazaba lentamente. Todas las cosas las veía
tar, «porque el sol te la estragó.•
Para ti, llano amado, hay el arroyo sin flores, como veladas, y el contacto de los cuerpos erael viento sin perfumes, el cielo sin cantares, las para mí siempre una sorpresa. ¡Cuántas veces me
encontraste inmóvil sobre la cama, en aquel raro
espigas hermanas con tu hermana la siembra.
Tú eres camino para todas las cosas que hu- estado del que no podía salir como no tuviera próyen. Purnte entre dos vidas. Estación triste. No- ximo el ruido de una voz, un golpe violento, una
sacudida inesperada!
che entre dos soles. Huerto abandonado.
¡Y ahora, qué mal duermo, amigo, qué terror
Amasaste corazones con tu tierra y humildes
viven como tú, sin apenarles su desamor y su me recorre el cuerpo cuando llega la hora de acostarme, la hora en que los otros duermen!
secura.

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0

Esta 1!ocli.'~ mis ojos permanecían abie1·tos con
un~ obst111ac1ón de locura. Cuando firmemente
qmse dormirme, mis nervios se irritaron en protesta atormentadora contra el pensamiento conso!ador del descanso. La sangre parecía correr
n~a~ Y con más fuego. Se me llenaba el cerebro de
vis10nes fantásticas. Sentí un deseo cosqui\leante
de s~cu d'ir 1os músculos, de emprender un largo
caminar, de hablar en voz alta mientras se me
ª~3:recían, lúcidas en la mente 'todas las figuras
v1v1das Y sona
- das con una corporeidad
'
que me
causaba dolor fisico.
la ¡Si _h~biera podido retener una idea, acariciar, do1 nnrme abrazado á ella, como hiciera otras
veces! No. Ahora veía la imposibilidad de pensar
en c~lma. Hubiera querido llorar tener algo imprevisto, _hacer una gimnasia vioienta para obtener la fatiga del cuerpo.
, ¿~óm_o do~mir, ~eñor; c'.5mo dormir? Llegaba el
dia. El stlenc10 deJÓ en mis oídos un rumor vagoroso. Una codorniz cantó. Este cantar me trajo
olor á _campo, el ruido de una noria, el verde de
unas siembras. «¿Me iré á dormir?•, pensé.

De pronto, creí fuera la cama un plano inclina-

~º- Me agarré á la ropa con fuerza. La sangre me

rnundaba la cara...
. Pasó la fi,cción y quedé mirando al techo siguiendo las. lineas de sus viejas maderas, forn'iand~ Y desha~1endo aquella randa incomprensible de
nus sel?sac10nes. Repentinamente, el techo perdió
su real~dad. C?menzó á bajar despacio, reduciendo el aire, achicando el cuarto, lentamente como
seguro de ahogarme. Parecía tener una piedra sobre el pecho...
Y ~eme aquí entre mis libros amados sobre mi
~esa, rnsomne y triste, diciéndote estas ~osas que
tu acog~s benévolo? sabiendo ya mis pesadumbres
Y conociendo también cuánto· se desinfla el globo
d~ nuestras I_ocuras en un rato confidencial escribiendo al amigo.
Viví mucho de mi propia sustancia. Gusté con
exceso del amor fugitivo, de ese amor que pasa
ante nosotros con un beso y una risa en un perfuo:,e. Sé de la n~iel de_ todas las flores, y en el vértigo de_esta ex1stenc1a, mi ansiedad inventó extravagancias que me alejaron de la rectriz de la vida.

�En mi estúpida alquimia, quise sacar el oro de todas las ¡.,iedras, y á cambio de un poco placer he
dado mi salud. ¡Ay, amigo: tú, que ahora vuelas,
ya conocerás la usura del goce andariego!
Este mal mío, ¿será producto de alguna herencia? ¿Habré estado siempre enfermo? He tenido
una gran lástima de mis sueños, recogidos y formados con dolor. ¿Seré frívolo, egoísta, miserablemente egoísta? ¿Acaso no justifica esto el deseo de
mis viajes diarios?
Pero no. Yo siento ternuras ante cosas, ni descubiertas siquiera por otros que pasan, y si huyo
los dolores es cuando amenazan destrozarme, buscando entonce:, con las ruinas de mi juventud un
rincón de sombra.
Amo lo pasado con verdadero fuego, porque
tengo conciencia de que fué, y su evocación lo
hace ideal. Amo el porvenir, porque es el Misterio. Odio al presente, porque es el dolor; pero el
dolor físico, material, que acogota y extermina.
En estos mis días crepusculares, por donde
voy busco soledades y desconsolanzas para gustar la esencia de las cosas sufridoras y los espíritus herma~os. Y siempre, entre lo viejo y entristecido, encuentro alguna alma buena, que pasa
ante mis ojos como perfume de flor - ¡flor de melancolía!
Este pueblo es tranquilo, estúpidamente callado y monótono. En él hay un barniz de vida. Tengo una larga hermandad con esta llanura. A pesar
de su reposo, me marcho. Mañana iré á otro pueblo, que será más triste, pero que, al lejos, veré
otros montes, y por la noche tendré otra cama.
¡Si yo encontrara un amor, una boca que me
besara la frente! ¿Y por qué ahora, en el momento, no lo tengo, junto á los labios voraces, entre
los dedos agitados, ante los ojos luminosos?
El sol mancha mi mesa. Ruidos lejanos suenan.
A mi espalda se oyen pasos blandos y palabras
medrosas: «¿Cómo tan temprano, hijo~&gt;
Ves, ahora tengo sueño. Ahora que viene el
sol, me duermo... •
« ...Hoy he tenido un encuentro, no sé si feliz
ó desdichado. Muy de mañana salí para hacer mi
primer visita al paisaje. Es. el escenario igual que
en toda la meseta: el llano in~enso, la alegría del
sol, un montecillo, los rebaños.
Las últimas derivaciones de una sierra, tímidas
y terreras, se meten llanura adentro, con el frescor de unas fuentes, con el bálsamo de sus retamas, con la blandura de unos musgos, oliendo á
monte entre la música de algún pájaro cantor.
Sobre la gracia dorada de los montículos blanquean legendarios, como viejas reliquias, unos molinos de viento. Se mueren con la soledad de las
ruinas, y en su quietud parecen añorar á Don
Alonso el Bueno. Algunos aun viven, moviendo
lentos sus brazos rendidos - aquellos brazos viriles que apalearon al ensueño bajo la encarnadura
del Quijote.
¡Ay, molinos de viento! No habéis visto pasar
una nueva y santa locura por el llano. Parecéis
a(repentiJos en vuestra calma mística. Bajo vuestros brazos, abiertos en oración eterna, yo tengo
palabras ungidas de amor para aquel valeroso
Hermano. ¡Llorad, molinos, llorad vuestro arrepentimiento!

Al subir á un altozano, tuve una sorpresa.
¿Te acuerdas de aquella muchachita pequeña
y morena, cándida y callada, delicia de mi amor
primero? Estaba sobre la hierba, dobladas las rodillas, inclinado el cuerpo sobre el espejo de una
fuentezuela, de la que cogía el agua con el cuenco
de la mano.
¡Si vieras qué nítida albura la de su traje; qué
fuego de rosa sobre la piel de la cara!
El agua, del suelo á su boca se vertía, y en la
boca formaba burbujas, ruidos claros, hervores
chispeantes, que más parecían cantares. Y el sol
ponía oro en los chorros líquidos y en las manos
húmedas, y cuentas de plata sobre el pelo castaño.
No tenía sed. Aquello era un juego. Rayaba el
sol sus dientes, poníale lumbre en la boca, y la clara linfa le daba la salud de su frescura.
El traje blanco, blanco, azuleaba sobre el verde de los líquenes, y el gris de la sombrilla rimaba con la palidez de las piedras.
Rendida, santificada por aquella ablución matutina, tendió su cuerpo á la luz, queriendo arder
en su llama, hundiendo sus ojos curiosos en el
suelo.
·¡Hubieras de ver, amigo, por entre aquella línea obscura que le trazaban los párpados, qué saltar de chispas de lumbre, qué brillo de blancos relámpagos, entre el fluir de unas lágrimas, lágrimas
de alegría ofrendadas á la luz celestial!
Hundía los dedos entre las hierbas, con una
caricia profunda, manchándose las uñas de tierra,
que se diría sangre. Su pecho se levantaba sereno
y jocundo con largas ritmaciones. Su vientre estéril parecía implorar fecundidad del cielo. Por sus
piernas ágiles, plenas &lt;le armonía lineal, corrían
estremecimientos espasmódicos.
Era como una bestezuela suelta á la vida, libre
y amorosa; como un animalejo que tuviera para
todo una risa, para cada cosa una canción.
¡Qué dulce carne; qué dulce jugo había de
guardar tan soleada fruta!
Solicitado por aquel espectáculo, avancé resuelto, á mi pesar, y mi presencia fué advertida.
Levantóse rápida del suelo, golpeando en menudas palmadas la espuma de su traje. Su cuerpo
se irguió mostrando la altivez de la forma. Sus manos, con la inquietud de la sorpresa, arreglaban los
cabellos, rebeldes en el aire. Unas florecillas cayeron de su falda, alegres en morir por haber besado á aquel cuerpo.
La voz tranquila de la madrugadora, un poco
tímida, llamó:
- ¡Alonso! ¡Alonso!
Tal vez pienses que fl.!€ incomprensible, al
cabo de los años, el que yo sintiera viva tristeza
mezclada de ira al ver aparecer por sobre las rocas á un hombre moreno, de rostro simpático, cubierta la cabeza por un gran sombrero, y que traía
en la mano un ramo de flores, mostrándolo en alto
con la jovialidad de un muchacho.
- Voy allá, voy allá, nenita.
Y al hablar fuerte, se notaba en su garganta
una dulce flexión que decía bondad y contento.
Por sus ojos azules pasaba el reposo de un corazón sano.
- ¿Qué me querías, nenita?, ¿qué me querías?
Llegó hasta ella y en sus manos puso las flores.
Me pareció que era mía la muchacha; mía como

.,...

entonces, ¿te acuerdas?, con toda la salud de su
sangre y todas las blancuras de su cuerpo. Pensé,
en el momento, que me robaban el amor deshaciéndome el encanto de su carne, tendida en un
monte, en una blanca mañana de verano.
Las manos de Alonso quisieron jugar con las
manos de la madrugadora, y sus labios llenos de
ansiedad, desearon juntarse.
'
El sol me puso ante los ojos el color de la sangre... Y avancé, en la mano el sombrero en !a
boca una sonrisa, inexperto y estúpido cdmo un
chico atolondrado.
'
- ¡Matilde! ¡Matilde!
Mi sencilla exclamación quiso ser alegre y
amical.
Su gesto ensombrecido se obscureció más.
Alzó los ojos, y en un ademán benevolente me
tendió su mano.
'
- ¡Ah! ¡Quién iba á pensar! ... Y mirándome
con aquellos _ojos serenos que me hicieron querer
nrnc~o, un tiempo, á un bello madrigal, en tanto
tend1a su brazo señalando á Alonso, dijo poniendo
en sus palabras una ligera entonación cómica: «Mi
marido.• Y mostrándome á él con sus manos levantadas: «Un antiguo amigo.•

. Hablamos de cosas indiferentes, de mil banalidades que llenaban los largos silencios de embarazo. Mi aparición _algo súbita y extraña en aquellos momentos felices, y esa sombra de los viejos
recuerdos que deja acentos medrosos en las voces, puso tímidos cambiantes en las miradas ha
ciendo un camino penoso nuestro conversar.'
Ella habló poco al principio mostrándose sobrecogida sin alzar los ojos. Seg~ro estoy que, de
haberle puesto la mano sobre el pecho, hubiera
not'.1do la carrera loca de su corazón. Luego pareció hacer gala de su jovialidad hablando de todo
incoherente y lo~a, con una clara y suave risa, baj~
unos suaves y humedos ojos.
El era un hombre afable. Su eterna conversació~ ~obre la ca:ª. aparecía llena de expresiones
fam1hares y estnb1llos cariñosos, envueltos siempre en aquella dulce flexión que hacía de su voz
una música.
Al co!11_enzar á bajar el monte, me despedí de
ellos. Sohc1tos me ofrecieron su amistad y su casa.
He prometido visitarlos.
Aunque ya hacía calor, quise descansar un rato
en la quietud sedante, bajo el silencio.
Somos así, amigo. Ahora me parece más apeti-

�de no sé qu(: componentes que determinan la actosa, más espléndida de prodigalidades esta anti- ción 11at11ralmoife - que se llama Vo.'imtad.
gua novia, mi primera pasión, que ri:!nace al pre;1lc resuelvo á obrar algunas veces, á pesar del
sente enriquecida por la plenitud de sus bellezas. esfuerzo que me cuesta. Pero llega un vago reEl sol se me ha metido nervios adentro, y ol- cuerdo - una de esas dulces añoranzas que en la
vidado de mis males, exultado por este baño de inquietud de nuestros días imprimen una acción
Naturaleza, tengo el deseo vivo y mordente de su calmante - y allí me detengo á gustar su placer,
boca de fuego y de sentir sobre mi pecho el paso destruída ya la acción del pensamiento, solicitado
fugitivo de su corazón.
por el deseo de no obrar. Y conducido por la Petle hundido mi cabeza en las mismas aguas y reza y la Tristeza, vagabundeo en todos los entendido mi cuerpo sobre la misma huella que ella sueños y por todas las mentiras y las imaginaciodejara. lle mirado al mismo sol, y he visto en sueengañosas.
ño un río de oro, una cortina de luz, una llama nes Si
y0 tuviera en la vida el valor de mis congigante que abrasaba al mundo.
vicciones, hoy buscara la dicha, aun á costa de
El aire dice un cuento entre las aspas viejas otras vidas, y triunfante el amor, esta mujer exde los molinos. «¡Llorad, llorad, molinos! ¡Xo ve- traña de la que sabrás una historia, me besaría
réis pasar de nuevo á don Alonso Quijano!•
la frente.
Ten, pues, aciuellas energías que solivian la
existencia y marcan el camino de la alegría. Ten
« ... ¿A qué vine yo á este pueblo?, me pre- aquella Voluntad que determina la Plenitud y ciue
gunto al fin, abiertos los ojos en la sombra.
Equilibrio.
Ko duermo. Un enfermo se queja constante. se llama
Nosotros somos hijos del llano y, fuertes ó déUna mujer, canturreando, duerme á un niño que
biles, hemos de andar enllora, y un perro atado
vueltos en su aridez, con
que arrastra su cadena,
su foscura y su pobreza.
aulla lastimero.
Su sol ha quemado nuesHe hundido aquí totros coraznnes y su infidas mis pompas ideolónitud germinó en nuesgicas, para encontrar la
tras almas el l\listerio•.
calma entre las realidades minúsculas.
Tengo una plácid~
... Quiero descanevocación diaria que me
sar. Pienso en la sereniacompaña en la noche
dad de las cosas inmudacon la dulzura de las imables, de los horizontes
ginaciones volanderas.
claros y lejanos, de las
La memoria la tengo llealmas buenas que sufren
na largas horas con la fiy callan.
gura de Ella. Es de un inEl «Genío de las Estenso placer caminar del
pecies•, aquel buen gebrazo de estas sombras
nio del viejo filósofo, diamables que nos solivian
ce en mis oídos leyendas
la vida, porque son el
de lascivia.
¿Cómo dormir, Señor?
amor.
Pero la idea de lo inAl fin, abandonando
conseguible, el pensala alcoba, he buscado la
miento de que se ha percalle. Hay en el viento una densidad que se hace
dido para siempre lo que en el porvenir queremos tangible á los labios. Hay en la noche azul la meque sea nuéstro, hace asomará mi cabeza la gana
lancolía de una guitarra.
terrible del mal.
Pasé por su calle, y en el balcón, apoyada la
Yo veo en ti una calma extraordinaria; una in- cabeza sobre las manos, fijos los codos en el batuición fácil de las cosas; una resolución para cada randal, parecía esperar. ¿Qué esperará esta pobre
pensamiento; todo eso, en fin, que es síntesis de víctima de la miseria espiritual, héroe de la virtud
un estado de capacidad y jtterza.
sacrificio?
Si mis mÍlsculos obedecieran á su cerebro, sal- y elSintió
mis pasos. Contestó á mi saludo con un
taría todos los obstáculos para llegar á la con- temblor de asombro en la voz, y los vidrios del
secución de mis deseos, llevando en camino de balcón, silenciosos, se plegaron.
triunfo) al egoísmo. Harían ellos brillar la verdad
En el reposo de esta noche estiva, tálamo muy el amor por sobre todas las cosas humanas, y el do de los amores geórgicos; entre este silencio
sufrimiento de los caídos me daría la medida del que parece envolver la obra de la fecundación
placer y del éxito.
universa, me ha llegado á los oídos una música
Observo cómo las cosas suceden y pienso cómo que rememora mis días luminosos, aquellos días
debieran ser, según mi visión del mundo, con que yo ennegrecí con mi estéril locura.
arreglo á las leyes naturales del vivir. Arrebatos
Era ella, mi novia primera, ¡ay!, casada, tosensibleros ó desordenados no borran á mis ojos cando en el piano aquel cuento mfantil que tantas
la verdad, y el interior de las almas se muestra veces me cerrara los ojos llenos de melancolía, en
preciso ante la serenidad de mi análisis. Pero horas lejanas. La evocación tuvo tal fuerza, que
á pesar de esto, que demuestra vigor en las facul- vi claramente, con la plasticidad de las cosas reatades mentales, me falta una Puerza - resultado

)es, el_ pasado idílico de mi vieaquel lienzo obscuro que resurgía ahora patinoso
Y atrayente en un amado cantar, ~n una noche de luna.
. En el lecho cálido de las
hierbas campesinas, dormí desfallecido. Tuve ensoñaciones
rememoran tes que me laxaron
l~s nervios. Los dedos finos del
aire ~adruguero me abrieron
los OJOS. Las estrellas parecían
bañarse en un mar lácteo. Olor
á plantas que renacen, ofrecieron al día el sacrificio de sus
perfumes.
El sol, en la altura de un
m~nte, se reía de mi pena. Un
pá¡aró cantó.
¿Por qué el Amor será Engaño?•
Jª pasión -

. « ••• Queridísima: Sí, me divierto. Pa~eo mucho por el
campo; á pie unas veces; otras
en la yegua que tú conoces
aquella que n~e regaló Alonso;
q_ue tantos dias me ha conducido_ por los_ largos olivares. Es
un tierno animal que parece saber mi descuido cuando ¡0 monto. Tiene un blando y largo andar, con el que parece mecerme_, llevándome por los sitios
amigos, abandonadas las riendas sobre la brava crin.
Alonso es bueno. ~1e quier~ co1~ toda la delicadela y la
smcendad que son hacederas
en un tan buen corazón. La casa_, rica~1ente amueblada, fué
mi capricho en sus decorados
más nimios. :Mi gusto aparece
en cualquier sitio, por insignificante que parezca.
Tenemos fincas de recreo
cotos de caza, caballos, coche~
que no usamos, porque en este
P_ueblo, sobre su inutilidad, sen~ un_a ostentación que no dice
bien a nuestra modestia.
_No h.ago nada, queridísima.
c;mdo mis pájaros, me baño dianamente en el agua fresquita
de un estanque que hay en el
huerto; me baño en el sol me
baño en los olores del m;nte
en todas las cosas buenas qu~
toe_an mis
· OJOS
· ó mis manos; me
bano, ya ves, hasta en mis recuerdos, en aquellos recuerdos
que conservo lúcidos y que vienen del pasado, triste á veces
á veces alegre, en que yo tuv~
un amor Y tú un desamor y
nueS t ra madrecita se moría'
¡Si vieras con qué pl~cer

�--------

•

me hundo en aquel pasado! Ue)~ correr _el alma
or todos los pensamientos acanc1ant_es, 1_1bres~de
ias ataduras de la realidad. ~Ieto mis o¡os anos
adentro y abraiada allí, á mis bellas cosas-. esas
hermos~s esreranzas, un día, que _nunca saltero~
á flor de la tierra para saber de 1~ vida - lloro co ena, lloro con alegría, porque tu sabes que, á pe_
far de todas mis buenaventuras, sólo tengo el pla
cer de las lágrimas.
S d
p
·Sabes que está en el pueblo Pedro an ova.
Lo ~irnos una mañana que paseábamos Alon;.º y
o por el monte. Está más palido y delgado. \ iste
ron elegancia, con aquella dist_inción que sabeés
.
e . ,Nos diJ. 0 que venia ,á curarse no.• s,·
tuvo s1empr
ué enfermedad nerviosa, contra1da en su nv1r
~aitado En breves visitas, Alonso y él se han hecho gra.ndes camaradas.
D ,
¡Qué tristezas, hermana! ¿Te acuer&lt;l:a~? i , ec1a
Pedro, entonces, quererme tanto! ¡Qué !el1z tu entonces también! Bien pronto emprend1mo~ rutas
diferentes: tú, por la senda Alegría; yo, can:uno del
Dolor.
t
Cada vez que me acuerdo de nuestra rup ura,
en ese instante le odio.
.
h
·íómo pudo ser tan duradero su eno¡o por abe;:i;e sorprendido mirándome atenta '.'-1 cnstal d~
la yentana, mientras él leía unos malditos ver~or
·T
e ueña debió verme entonces, que novo ~ii: ~e~acer su amor! ¿Qué de?ía importa~!~ que
no me cautivaran sus lecturas s1 yo !e quena. Todos sus libros, de entonces acá publicados, _los he
leído cien veces, sin entender algunos. Y, sm embargo... ¿Te acuerdas?
.
~
.
I !oré mucho en silencio. Estábamos a punto
de q~edarnos solas en la vida, porque nuestra madrecita se moría.
.
· 1 1•C á ·Cuántas oraciones perdidas en el c1e o I u n
1
•
lt
1
tos votos perdidos en mis a ares.
,
El buen don Alonso, enamorado de ~1 con 1a
fuerza de los treinta años, vino á s~r, segun nues·ra madre una salvación. y á medida que su ca~iño crecí~ aumentaba mi amor á Pedro.
.
1\fadre~ita murió. Don Alonso ~asó conmigo.
Tú realizaste tu ensueño, y eres fehz.
No me avergüenzo de mostrarte mis llagas,

hermana, porque sabes mi incapacidad para~¡ !11ª1;
de contarte mis pesares, porque de no escnb1rtelos me mataría.
h
d·
'Como por un soplo ,JP huracán se a encen !do en mí de nuevo aqu?I viejo amor que parec1a
dormirse ya que no olvidarse.
.· .
Pase~ por los sitios que él frecuenta. lle ns1tado cien veces la fuentecilla y el p.ado de nuestro encuentro. Lo creo Yer en tod:1s pa_rtes y e~cucho siempre su última com·ers:1c1ón. Es un ~esbordamiento de deseos q!-1e ~1e tten_e sobre~og_1da~
en un sacudir constante a mis n_ernos, que imen
ta en las noches pesadillas ternbles, que me persi ue como una ilusión y como una amenaza.
g ¡Si yo' pudiera escribirte cómo son algunos de
mis ratos de dolor!
V• d
Hay noches que no duermo. Deber, irtu ,
Amor, Arrepentimiento, son una cadena que tortura mi pobre carne como á ~na loe~.
.
Alonso duerme tranqmlo, cogidas mis manos
en las suyas. 11e dan deseos de de~pertarlo de
pronto para contarle la r~beldia de m1 c?r_azón; d :
ponerme á sus pies, suplicante de gracia, _de 1
garme de su brazo andando un largo camm~, orando en su pecho; de abrirle mi_ pensamiento
como á un padre. El duerme tranquilo, con la_rga~
respiraciones que me dan miedo, en la cara fi¡o e
último gesto de amor.
Deslizo mis manos de entre las suyas recoiéndome al extremo de la cama, y me pa~ece
J..1onso un hombre extraño, al que me hub1na
vendido por unas monedas, sin amor, en un lecho
impúdico.
•·
11
y
i ·\y hermana mial Entonces qu1s1era º~ª:'
mis ~jo~ se abrasan en una gran secura. Q_ms1era
huir de mi casa, sin ser vista, en busca de m1 amor~
recorrer el mundo como una llama. Pero aque
manos buenas, cruzadas ~ implorantes, par:cen buscarme el cuerpo, reteméndolo en un lec o
de pagada lascivia.
.
Al
- ¿Qué te p~sa, ?enit:? - me dice . onso,
despierto por mis 111qu1etudes.
.
Sus ojos azúleos tienen en la sem1lm un raro
brillo de metal.
calor
- Xada, nada - le digo - . i Hace un

~f

Ílas

tan- grande! ¿Por qué no descorres et mosquitero?
El va y viene, preguntándome solícito, arreglándome la ropa, mientras oigo la carrera loca de
mi corazón.
Atormento la casa tocando La Primavera, de
Grieg, aquella canción que tanto enamoraba á mi
novio. ¡Si vieras con qué delectación escribo las
palabras •mi novio•! Lo más . horrible, herrr,ana
mía, es que se ha encaprichado Alonso con mi
Primavera, y él me la pide tantas veces como yo
deseo tocarla. ~lientras mi~ dedos van sacando al
aire la nobleza lirica, la suavidad amorosa de la
canción, mi marido va besándome los labios, tocándome los ojos, hundiendo su cabeza entre mi
pelo, ungido por la música, que no va naciendo
para él, sino que busca á su amigo.
Aunque mi vida sea una tortura infinita, yo
seré fiel á mi virtud, que es la tuya, que fué la de
nuestra madre. Alonso se merece un gran cariño.
Yo le haré crecer, mejor, brotar por la fuerza. Seré
mi propio verdugo, y todas mis tristezas las ahogaré en lágrimas.
Ven, hermana, y sabrás al oído la fuga de mis
esperanzas.
11ándame á tu nena para alegrarme las horas
con sus risas.•
• ... Era una mañana clara, estallante de alegrías, llena de sol. La luz parecía líquida, llenando
el aire de una llama gigante, poniendo entonaciones de brasa sobre los tejados y las torres, en los
cantos lucientes, incandesciendo la tierra con una
vibración ele apocalipsis. Llegaba olor de paja y
de polrn sutil; el temblor estridente de los aldcranes, un zumbido vagoroso que venía de todas
partes: del campo, de la altura, de los más escondidos rincones, de los albergues más callados, como una voz imperativa que mandara el silencio.
El aire tiembla estremeciendo las cosas, trayendo al espíritu el recuerdo consolante de un inquieto velo de agua. El cielo, sin su azul, parece
anegado en polvo. La sombra tiene tal corporeidad, que finge hondas brechas baj~ los aleros. El
cántico de los grillos rima con esta vieja y larga
canción de verano.
Asi era el día en que yo amanecí con un inesperado renacimiento de mis energías; despiertas
las pasiones con toda la fuerza de un claro cielo
de salud. Estaba rendido por la constancia de mis
imaginaciones; extenuado por la esterilidad de
tantos sueños; dolorido por la infecundidad del
pensamiento; victima del deseo inconseguido y
del morbo de mi abulia.
«Iloy tengo amor á la vida• - he pensado-.
Amor á todo lo corpóreo que pueda ofrecerme el
placer tangible de una realidad. La exaltación de
n:ii egoísmo, del santo egoísmo, alma de los destinos humanos, quiere, con el imperio de las necesidades, vida para el cuerpo, sol para los nervios, un desenvolvimiento equilibrado de la máquina orgánica.
Hoy tengo voluntad. Tal \·ez sea un raro fenómeno que obedezca á una crisis de mi padecin:iiento; un ataque súbito de histerismo degenerativo que me arroje después en las negruras de la
neurastenia. Pero yo siento la salud como el más

animoso, y en este día he de luchar con todas mis
estrategias por la consecución del placer.
El mundo y su orden de vida caen deshechos
ante mis ojos ávidos y felices. Hoy puedo pasar
por cien cadáveres por hurtar un beso.
lloy comprendo la alegría y el triunfo de los
que van derechos á su objeto, armados de todas
las armas, sin prenderse en la trama de las vacilaciones y los embarazosos raciocinios.
Es esto que siento una oleada de ansia de
vida que me ha ensanchado el corazón.
¡Amor, amor! Yo iré á ti para enseñará tus labios á besar la boca del amado, y á tus dedos las
sabias caricias, y á tu pecho los cantares que duermen esperando á su elegido, y á tus cabellos rubios como las espigas y las hebras de la miel á envolver los cuerpos locos y bárbaros que dicen
un himno á la fecundidad.
Engalanado con refinamiento de coqueta, ágil
mi espíritu, ligero como el polvo, fuí resuelto á
obtener mi triunfo á costa de la dicha ajena.
Cuando el timbre sonó dentro del patio de mi
amigo Alonso, dudé todavía, y, en el temblor de
mi perplejidad, estuve por arrojar al suelo el ramo
de flores que llevara en las manos, volviéndome á
casa.
- Sabía que Alonso tuvo que salir muy de
mañana al campo - dije esforzándome por aparecer desenvuelto-; pero, aun ausente mi amigo, y contando con su bondad, he querido traer á
Lilí este ramo de flores.
¿Por qué la disculpa? ¿A qué decir en aquel tímido prólogo la confesión de un pecado? ¿No iba
yo resuelto á por el éxito?
Bonito comienzo. ¡\ punto estuve de salir huyendo, azorado y ruboroso como un escolar.
Sonó hueca mi voz; los ademane~ fueron torpes; mis ojos no resistían la mirada serena de Matilde.
- ¡Qué hermosas; qué hermo$as! ¿Y cómo en
este tiempo? ¡Lilí, Lilí, mira cuántas flores! ¡Se lo
agradecPmos tanto, Pedro!
Sus claras palabras volaron como pájaros por
la frescura del patio.
Tras de la cancela se veía la verdura del
huerto. Bajaba del toldo la sombra como una bendición.
En las altas columnas, entre las macetas, junto
á los balcones, dejaban unas jaulas la alegría de
sus canarios.
Una fuentecilla formaba en el centro leve encaje liquido. Llegaban coplas soñolientas. De la
concavidad de la calle, pasos cansados. Zumbaba
agorero un moscardón.
Las manos infantiles deshacían las flores en
lluvia de sangre, que hizo temblar el agua de la
fuente, cubriendo los búcaros, manchando gaya la
negrura del piano.
Aquella desenvoltura de mujer, que no parecía esperar de mí sino las palabras vulgares, el
conversar aburrido de una visita, y aquel mirar
sereno que, sin dureza, mostraba el limite de una
cortés galantería, humillaron mi orgullo.
:\fovido por la vergüenza de la inferioridad fuí
dueño de mi palabra, que surgió con todas las
arrogancias de los ímpetus imprevistos, con la firmeza de una superioridad que me llevaba por los
terrenos difíciles, sorteando el obstáculo, dete-

�•lffll1, .

¡,&gt;;risura del traje. Su garganta blanca, que se abría
en dos suaves líneas buscando la gracia de los
hombros, insinuaba el
alentar de su pecho.
Habló con una medrosa voz - voz que parecía de sombra - , levantando las manos con
ademanes tímidos, bajándolas rápidas como atemorizada de sus acciones,
deslizándolas por las piernas; tirando, Juego, de la
falda en las rodillas para
cubrir el lineamiento de
sus carnes.
- Ella-seguía-no
era como otras, víctimas
del amor de un hombre
y del amor de una madre. ¡Las in felices debían
encontrar rn á s amargu•
_·.:.ras de calvario en suma--;¡¡¡:;-···
trimonio, en su libertad
de pobrecitas abandonadas! ¡Debía parecerles su
I
casa y su lecho, el lecho
,,,y la casa de un hospital!
Por sus ojos pasó un
relámpago brillante y en
su cara hubo un gesto de
llanto.
Un fuerte huracán
golpeó las puertas, entur-bió el aire del patio con
un remolino de hojas y
polvo, agitando el toldo como en un aleteo de ave
gigante.
.
.
La sugestión y el deseo mflamaron m1 cuerpo,
empujado por una ráfaga emocional al campo de
mis incertidumbres. Yo quise saber toda la verdad interior de aquella mujer, porque es preferible la línea tenebrosa de las negaciones, llena de
esqueletismos desconsolantes, que la f~~ula de
los ensueños, viciadores de nuestros espmtus.
Encendido en las llamas del Jttego encantado,
he querido saber todas las rec~nditeces,. por ese
algo impreciso que _pas3: en la lmea gesticulante,
como insinuación m1stenosa que no escapa al análisis.
Dije de mi pasado, de nu~stro pasado, en u_n
manso decir de recuerdo quendo. La manera amtcal, casi confidente, de mis expresiones, inquietó
sus ojos, humillándole el busto.
Si. Ella recordaba toda la lejanía de las horas
huídas - que yo escudriñaba complacido, ~orno
si el amor pasado fuera presente - pero sm la
real corporeidad del pasado.
·Luego eran tan tontas las mujeres! No se har1
'
. de
taban
de saber
que el misterio era e ¡·mcenttvo
los apetitos, ni de ver cómo se mueren las ro;as
que dan su fragancia. ¡Las pobres muieres segu1an
dando la plenitud de su amo~ al hom~r~ que no
le sacian ciento! Ellas eran siempre v1ct1mas de
alguna ajena vanidad ó de algún extraño egoísmo,

..

niéndome con hábil perversidad en los conceptos
ambiguos. Toda mi energía de antes, toda~ las
fuerzas raras, pero verdaderas, que me sublimaron en aquella fresca mañana, rr_iostrárons&lt;: plenas.
Me complacía en oir la sonond~d de mis voc~s
correr en el patio como una música. Ante el ftmr
de las palabras, los ojos de Matilde, ca~tivados, s_e
fueron perdiendo en un profundo mirar, caminando tras mis evocaciones.
Le hablé de su matrimonio, de los días lejanos
de nuestra amistad, de la rápida sucesión de
acontecimientos familiares habidos ~urante la ausencia· y ante la insinuación de las sonrisas y las
pregu~tas corteses, ella hab!ó, dejando en_ sus labios una amargura que qmso ser, estérilmente
cien veces, risa de felicidad.
Ella era dichosa - decía - . Lo fué siempre,
porque supo en breves días el aprendizaje del sufrimiento resignado. Pero ahora, su C?~tento era
real. Alonso le trajo el sol de la felicidad, y su
vida estaba llena de placeres. Al casarse, la o~scuridad de su pasado se trocó en aurora de glona.
Sus deseos como sus ambiciones, estaban cumplidos, y esta plenitud de goces le ,trajo tal c?l~o
de buenaventuras, que sólo quena, como umco
bien posible, la felicidad de los otros.
Estaba en actitud recogida; enla;;:adas las manos finas sobre el regazo; un poco endurecido el
gesto por la luz cenital, manchando el suelo con la

perdiendo en el juego el albedrío de sus almas.
Su voz se hizo más medrosa y temblóle en los
párpados ülia lágrima. Por sobre el pecho, las
blancas manos iban y venían inquietas.
Mi evocación la sumergió, poco á poco, en una
semi-inconsciencia desconcertante, como en un
tibio baño. A sus nervios volvieron redivivas las
viejas sensaciones que yo hacía renacer, dueño
del pensamiento y la palabra, avivados por el brillo de la imaginación.
En su carne hubo un estremecimiento de miedo y deseo.
Sonó en largas vibraciones un reloj.
El aire parecía entrar por la boca como una
llama líquida. En el silencio se oía el cascabeleo
de la fuente y el tictaqueo de una péndola - eterna negación del tiempo.
Lilí manoteaba en el agua, salpicándose el vestido de una leve lluvia. Al ruido canoro del chapoteo los canarios trinaron alegres. La risa de la
fuente y de la niña hicieron un pareado.
Lilí, fatigada y enloquecida por el juego, quiso poner sus manos lucientes en la cara de Matilde.
Tuve el atroz deseo de lo no poseído, de lo
largo tiempo amado; el fuego de la pasión que resurge con el imperio de las necesidades. Transtornado por una punzante emoción, me levanté con
una extrema actitud afectuosa, besando á la niña,
que bullía locuela en los brazos de Matilde.
Ilubo en mi cara el cosquilleo de unos rizos,
fragancia de cuerpo sano, olor de manzana solea-

da. A mis oídos llegaba la fuga loca de de su corazón.
El cuerpo de Matilde, agitado por esas zozobras indefinibles y recónditas que estallan ante la
exaltación y la proximidad de otro cuerpo amado,
estaba inmóvil y pasivo aún; pero vencido el esfuerzo del pensar, que se obscurecía en la tempestad del deseo.
Busqué su boca y hallé en ella dulzura de panal.
Bebí de su linfa, ávido como un sediento, embriagándome en un largo olvido. Sus párpados me dejaron en los labios un recuerdo de sedas calientes,
y en mis brazos temblorosos cayó su pecho-,
carne de alegría, tierra fecunda del amor.
Olía á tierra mojada, á desperezo de jardín.
Una copla - abrazo del amor y la muerte - llegaba con su tristeza, ora sí, ora no, y los pájaros parecían cantar más fuertes, festejando aquel
sacrificio, en el que se ofrendaba una virginidad - la virginidad del amor, único y eterno,
que corriendo por bajo la piel, un día salta en una
fuente.
De pronto, empujado por un viril esfuerzo, caí
sobre las losas del patio.
Hubo un silencio enemigo y desconcertante.
Matilde hundió su cara en las manos, marchándose despacio, anegada en lágrimas, dejando en el
ritmo de su andar una estela de desilusión.
En mi cabeza oí el reflujo de la sangre. Me
llenó de vergüenza la humillación sufrida y el desencanto de la innoble derrota. La bestialidad secular de la raza debió asomar á mis ojos. En la

�madera sin savia, si somos manantial de alegría?
Nuestra planta, roja como una llama, retorcida
como el dolor, como la tristeza, seca, debía sazonar en cardos. ¿Cómo no morir?
Cantad, vendimiadores; cantad, podadores; bebed el fruto de mi dolor.&gt;
Cantan· los olivos: «Somos óleo santificador de
las cosas. En la suavidad de nuestro fruto, va todo
el amor de madre de la tierra. Ofrendamos piedad,
misericordia, remedio de males. Somos el árbol
hermano de las llanuras. tPor qué so_n de acero
nuestras hojas; por qué esta plata en nuestras ra•... lla comenzado para mí el crepúsculo de mas y este tronco centenario y viejo? ¿Cómo no
una larga noche de angustias. Mis nervios, sueltos morir?
Cantad, aceituneras; apalead nuestras ramas,
á la emoción de todo lo imprevisto, sufren de nuevo los ataques torturadores de la neurastenia. La tundid nuestra humildad. ¡Cristo nos dió para voscalma ejercida sobre mis sensibilidades por la vi- otras el óleo de la vida!»
Canta la luna: «¿Qué silencio es este? ¿Cómo
sión del campo, ha sido extinta por el reflorecino se alza una voz amante para mí? En los ríos no
miento vigoroso de los viejos amores.
Estoy largas horas inmóvil, cara al llano, sin- me veo; los bosques no me tienden blandura de
tiendo la comezón cosquilleante de las convulsio- lecho; las montañas no buscan mi luz. Blanca eres,
h~rmana mía, hermana llanura, casta y dormida
nes epilépticas.
Mi cabeza, desintegrada por un exceso de cul- como yo.&gt;
tivo mental, es el centro de mi vida - vida clamorosa y neurótica.-En estas crisis pierdo el senEspiga, olivo, Yid, humildes y pródigos: motido de la normalidad y del equilibrio.
Me tienes ahora hundido en un reposo de em- rid. No ser fuente de vida. No crear con dolor. La
brutecimiento desde la mañana trágica y gloriosa luna os tiende la blanca mortaja.
de mi visita á Matilde.
Amé á la vida y ella me destruye. Es de todas
las amantes la más avara de la propia sustancia.
H[STORIA DE ALMAS
Un día moriré solo y abandonado, y ·cuando
salten rotos mis nervios, no habrá para este pobre
« • . • Llevo un mes bajo la influencia de unas
corazón ni el aria lírica de las oraciones amanalucinantes
visiones nerviosas. El pueblo que yo
tes ... &gt;
creí remedio para mis males, me aguza los sufrimientos con cruel satanismo. He sentido una gran
rebeldía contra mi estado, porque las tristezas
CANCIONES DEL LLANO
vuelven formándome un anubarramiento en el cerebro. La impotencia de los actos me esteriliza
¿Qué voces son éstas, viajeras en el viento, que como nunca. Me avergüenza este automatismo de
suer:.an en una su;.ive acordación musical? ¿Qué le- imbecilidad. El deseo del viaje continuo me aguijonea. Ahora, atormentado por la fiebre, sal~ría
yendas dicen?
Cantan las espigas : • Somos humildes. En entre el silencio, abandonando esta casa hospitanuestros granos hay la bondad de la tierra; por laria.
Huyo de todo, recorriendo la escala de los denuestras cañas sube la sangre de la vida. Nacimos
en un alborear de invierno. Un día sentimos el seos y los rencores. Se va desgarrando la tela de
fruto en las entrañas y ofrendamos á los hombres mis esperanzas. De avanzar el mal me mataré, pornuestro pan, humillando las frentes. El sol nos ha que no quiero perpetuar con algún postrero amcr
secado dejándonos el oro en las espigas, y el aire el crimen de mi vida.
Abro el balcón. El humo de un tren rueda por
nos ha dicho todas las tristezas, todo el desamor
de nuestro suelo, el aire aquel que nos contara la el suelo. En el gris fosco de la lejanía hay manchas
historia de los frutos soleados que pueden verter verdes salpicadas en cuadros, que fingen frescor
en las bocas el dulce y la frescura de sus carnes. de lagunas llano adentro, hasta la sombra de los
¿Por qué vestirnos este duro traje de guerra montes.
El amor convulsionará mis nervios hasta la úlsi nosotras somos la humildad? Cantad, galeras;
cantad, cigarras; cantad, aventadores, que e~ lle- tima hora. El hoy es dueño de mí, y loqueando me
llevará no sé adónde. No lo tuve nunca como aho~ada la cosecha del oro.&gt;
Cantan las vides: «Som.o s la alegría. Cuando ra, con esta profundidad de honda raigambre, imlas cosas mueren, en los otoños caducos, ofrenda- perioso en el deseo y señor de mis acciones, esmos los racimos á la sombra de las pámpanas, lle- poleado por el imperativo de la posesión.
No es el amor fugitivo de otras veces - aquel
nos de la más dulce sangre que corre bajo el suelo.
Nuestro fruto parece hermano del río, parto de amor que yo llevara del brazo unas horas como se
los prados, hijo del sol, rima en todos los canta- lleva una flor en el ojal - , sino el amor íntegro de
res. ¿Por qué nace en el. llano, entre esta secura, las atracciones uní versas, sin banalidades artificioterrero y polvoriento, sin levantar su triunfo de sas. Es el amor todo ceguedad; instinto materialiámbares para ver los horizontes? ¿Por qué esta zado en la nobleza de unos nervios de hombre.
corteza de leña montaraz, de tronco estéril, de Es el amor humilde, sabio y poderoso que, entre el

quietud del patio, la paz cantarina de la fuente me
pareció una clara risa de ironía.
Ya en la calle, sólo vi color de sol, color de
sangre, albeante blancura: silencio y asfixia. En
la cabeza tenía un río de luz. Me acometió el terror de caminar, porque el suelo se me antojó de
una fra&lt;rilidad vidriosa, como si fuera á abrirse
una huclla profunda que me hundiera en la tierra.
Una ola de incendio me abrasó la cabeza&gt;.

dolor de la vida, va busca_ndo el tálamo sagrado en
donde salte la llama que inflame al mundo.
Si tú, amigo, sientes ese amor y !a mujer deseada está sujeta de por vida á otro hombre, ¿qué
harías? Si te matas- aunque deseos dan y motivos
hay á veces - destruyes lo que se sabe no vuelve á tener conciencia de su vida, cometiendo la
imbecilidad del que se atravesara el pecho al entrar en lucha con el enemigo. Si te arrancas ese
amor, pasas en
blanco un largo y placentero capítulo
del libro de los
años.
El instinto
de conservación y el de la
perpetuidad
de la especie,
en rudo combatir, andan
sembrando
por la tierra la
esterilidad y
las lágrimas.
Los hombres,
legislando sobre el corazón, han aventado los odios.
Por sobre
esta trama
inextricable
de los destinos
humanos, sólo
hay un poderoso instinto que debe
triunfar á costa de todas las catástrofes: Egoísmo, siempre que
sea justicia del derecho á la vida.
Esta mujer, mi amor, de la que es dueño Alonso, está á él sometida por la ley, por el deber, por
el falso deber que impone una ley mecánica, que
no puede saber nunca la ondulación de las almas.
¿Por qué no triunfa el instinto Vida? La moral
al uso, práctica y de circunstancias, aceptada por
el rebaño humano con admirable ingenuidad, reveladora de la estupidez y la altitud de miras de
los hombres, ha ido cortando los vuelos del pensamiento, reduciendo la claridad del criterio á un
sucio y risible sofisma.
La religión, pintando el cuadro feliz de la vida
ultraterrena, nos ha hecho olvidar al mundo dejándonos impasibles ante la cabalgata del dolor y
las tristes ruinas de la VIDA.
La virtud y el sacrificio, que en su puro sentido S?n siempre nobles formas del egoísmo, son
también el espantajo medroso de la tradición, ó
el pensdmiento de los antepasados hecho piedra.
Necesito por sobre todas las cosas á esta mujer,
Y debe ser mía; lejos raptos envidiosos porque otro
la posea.
La envidia - sentimiento natural que tan cuí
dadosamente ocultamos - no es otra cosa que la
autonegación del mérito personal, que los más nobles la destruyen y los más imbéciles la sufren.

Los ojos de Matilde me anuncian con claridad
cenital que tiene iguales sentimientos que yo, aunque se oculten tras una pobre máscara. Si así fuera, en la estación otoñal de nuestra juventud hemos de levantar un canto de esperanza.
Pronto ha de venir, porque si no moriría. Los
desengaños me pesan como sedimentaciones inservibles. Al escribir, cada palabra que estampo
deja en mi cerebro un surco que viene de lejos,
que se abre
con dolor: con
el dolor de las
tierras vírgenes rajadas
por el hierro ... &gt;

«Queridísima: Me paso
i
el tiempo penl'¡
sando cómo
encontrar un
achaque que
justifique
nuestra salida
del pueblo por
unos meses, y
soy tan atolondrada ó tan
sin recursos,
que no lo encuentro.Seme
hace mucho
más difícil,
porque ahora
está mi marido más cont en to que
nunca de vivir, de cazar y divertirse por esta
tierra.
M:e da remordimiento destruir su bienestar
con mis palabras. Yo misma me espanto ante mis
propósitos. ¿Por qué huir? • Debo aguantar firme
los golpes del infortunio y sacar ennoblecida mi
virtud de entre la impureza de esta pasión, escudando la debilidad de mis deseos con el tierno
amor de Alonso, pienso.• Pero esta idea pasa fugitiva por mi pensamiento, delatando el miedo de
mi cobardía.
¿Tengo culpa, hermana, de que haya renacido
tan fuerte mi amor á Pedro y que me envuelva
como una onda primaveral? ¿No hago por destruir-•
lo? &lt;He retenido el pensamiento alguna vez con
delectación pecadora, recordando el pasado? Y á
pesar de mi seguridad de ser inaccesible, ante sólo
una idea he visto ya cómo soy juguete de un amor
que me llena de vergüenza y que deja en mis días
huellas de placer de lágrimas.
¡Qué triste mi casa! Ya no la veo como antes,
nido caliente con una clara risa de sol. Oculto mis
pesadumbres en todos los rincones obscuros; en
las habitaciones ocultas; por los largos paseos del
huerto; en los crepúsculos inacabables, llenos de
melancolía y desilusión.
Me parece mi casa el lugar de un crimen, en
donde queda visible una mancha de sangre. Creo

�que en ella hay, sobre cada baldosa, flotando sobre
los muebles, entrando y saliendo por las puertas
abiertas, una profanación bestial que tiene la
densidad de una sombra, que envuelve las cabezas en pesadillas terribles, que va cubriendo con
tristes velaturas las luces de las lámparas en un
vuelo blando de pájaro mortal.
No salgo al sol porque me da pena. No me
baño - mi placer favorito - por no verme el cuerpo, que me parece una mancha de impureza.
A ti, hermana mía, puedo contártelo todo sin
rubor. Sabes que nunca quise casarme con Alonso; pero que nuestra buena madre me dejó en herencia este bonito negocio. Le quise después, por
costumbre, y la dicha comenzó á conducirme. Hoy
he visto que no le amaba sino como á hermano ó
amigo, como á un hombre bueno que me prodigaba delicadas atenciones.
¿Qué hacer hoy? Olvidar es muy fácil cuando
no !&gt;e tienen ojos; faltar al deber, muy difícil cuando se tiene conciencia. ¿Quién es la víctima? El
pobre corazón. Tentada estoy de seguirle, porque
su sendero es la verdadera vida.
¿Por qué no decírtelo, aunque me tiemble la
mano? Pedro me besó. Era una siesta. El amor
inflamó mi casa. Alonso estaba en el campo. Pedro me besó. ¡Ay!, mi boca está encantada; mi
boca dice siempre el elogio de sus labios, mi boca
está santificada por el único beso.
Una ráfaga de voluntad me evitó la caída.
Desde entonces son mis ojos fuentes de dolor, y
mi boca manantial de alegría.•

«Alonso vino anoche un poco tarde. Yo dormía. Llegó hasta mi cama y desperté. Me hablaba
lamentándose de su tardanza, mientras se despojaba las ropas, con esa su voz tierna y jovial que tú conoces - que parece una música.
Tuve lástima de su felicidad y de mi desgracia. Me avergoncé ante la idea de que aquel hombre se acostara en el mismo lecho que yo.
Aproximándose cariñoso, medió un beso. Bajo
la influencia de mis ideas y ante lo inesperafo
de la caricia, tuve un movimiento de repulsión
hacia la boca, que me pareció extraña.
Un brillo siniestro cruzó por los ojos de Alonso, y yo, pasiva entonces, me dejé acariciar.
Pedro se marchaba pronto. Lo había anunciado con naturalidad en una conversación indiferente aquella misma noche.
Cuando lo escuch¿ creí alegrarme, viendo próxima la separación. Luego en la realidad, ahora
en el silencio de la alcoba, junto á mi marido, que
tiene un extraño mirar, siento el vértigo del gow
que huye, de la dicha que se hunde, del amor que
se condena á morir.
¿Por qué?
Me senté en la cama. Alonso dormía con largas respiraciones que brotaban roncas por entre
la boca abierta. El cuello, estallan te de sangre, se
arrollaba en un grueso pliegue de carne por sobre la camisa. Su cuerpo, abandonado, tenía un
feo ademán.
Yo no podré nunca decirte lo que sentí, hermana mía. ¿Fué una bestial idea de crimen? Una
larga onda vibrante me recorrió los brazos.

Amaneció y aun me escuchaba, las manos en
el pecho, la fuga loca de mi corazón ... •

, ... Entre el diagnóstico que haces de tu enfermedad, hay en tus cartas un himno al amor. Al
amor duradero que vive alimentado por las historias milenarias, altivo y eterno como las esfinges.
Has llegado á creerte, ¡oh ermitaño de la llanura!, que amas ya de veras, y no es tu pasión
sino uno de tantos anhelos de las naturalezas curiosas, que se disipará una vez satisfecha.
Tus cariños deben ser el aire y el campo; el
buen vino y el buen manjar, desterrando de tu
casa el papel impreso.
Gran alegría tuviera yo de verte sano y fiel
amador. Propicio es á ello el escenario en que te
mueves, pero temo que tus nervios no puedan subir la cuesta que van bajando. Si consigues á esa
mujer y no te aburres, he ahí el remedio.
Esta vida heterogénea y voraginosa de nuestra
corte prende como una tela de araña con su perversidad. De entre su red invisible hay que encontrar un camino: el hilo laberíntico que guíe á
la propia vida. Yo encuentro esa senda, pasando
como espectador, con un lúcido juicio, con una
serenidad crítica y una sonrisa benevolentes, por
sobre todas estas cosas parlanchinas é intrigantes
que se llaman hombres.
La ruindad del medio es un mal, pero mal necesario para conocer la miseria.
El Desengaño y la Desesperanza van cubriendo el azul de nuestro cielo infantil, y el porvenir,
como el ensueño, se pierden en la lejanía de los
horizontes. Las tristezas muerden en nosotrós, y
la muerte del Deseo nos lleva á la aniquilación.
En mis paseos por este menguado campo de
Madrid, he leído tus cartas buscando su espíritu.
Ilay sol. Sobre la ondulación amarilla de los
desmontes, en esta hoscura de miseria; bajo la vibración soñolienta de los relojes que dicen la agonía de la cadncidad ambiente; ante el lienzo rojo
del sol crepuscular, de los rojos conventos - almas de la esterilidad del paisaje-, he tenido un
recuerdo de enamorado para nuestra llanura, para
esas almas pequeñas, llenas de bondad y de ignorancia, que viven mezcladas en nuestro vivir, y en
manos de las que tal vez seamos hombres.
En medio de la sutil variedad de esta vida favorable al apetito, saciadora de sensaciones para
los nervios curiosos; que exalta ó abruma, que
acaricia 6 muerde, tengo una visión constante en
el cerebro. Es la n·ostalgia de lo pasado, favorecida por el azul de las lejanías y el eh1bozo de lo inconseguido, que me aleja de la frivolidad y el vértigo hacia los silencios conventuales del ensueño.
De no fingirnos la imaginación un cuento en
cada noche, desdeñando la verdad por las mentiras piadosas, es necesario tener una cabeza capaz
de afrontar lo Imprevisto y de confiar en el propio triunfo.
Vengo de la calle. Unas luces rojas se meten
suelo abajo en un ziszás sangriento con el brillo
de la lluvia, y leves sombras huyen junto á los
muros. En la inmovilidad de un coche hay reflejos
de charol. El caballo duerme, baja la cabeza, casi
vertical el cuello. Del pescante vacío surge la fusta

como 1:1na ad~1iración. Una luz va y viene al lejos.
BaJu un larol rnJO hay una 1110zuela que cubre
su cuerpo con un chal. Le brillan los ojos cansados, bajo el pelo partido en b11nd6s. Al paso de
los hombres, sonríe y canta cantares perversos.
El pataleo de un café cantante surge de pronto. Las faldas ligerns de la impúber se pierden
en la noche cun el eco de unas tristes y falsas
palabras de amor.
Si no encuentras
el hastío en la posesión de esa mujer serás salvo, y debes,
entonces, á costa de
todas las dichas,
construir la tuya.
I'ero piensa que ese
tu amigo tiene tanto
rlerecho á no perder
la suya, y te juegas
en ello la vida que
buscas.•

RENACIMIENTO

El pueblo despierta perezosamente, rompiendo el crepúsculo el renquear
de las galeras y el
campanilleo de las
yuntas. El calor, soliviado por alguna
ventolina montaraz,
deja enervamientos
musculares. La luz
matutina aureola un
cerro; la tierra se llena de sol, y en la
alegría del amanecer
surgen oraciones de
la tierra.
El patear de unos
caballos alborota las
calles dormidas. Alg1111 ventanillo se entreabre curioso mirando á los madrugadores. Van ataviados con arreos de
caza, ginetes en bravos potros, en sus
caras la esperanza
de un día sin pesar,
atropellados entre
los perros, que ventean las presas en saltarinas
inquietudes.
~lonso y sus amigos van de larga excursión
al Cazadero. Pedro y Matilde, que les acompañan,
re~ornarán desde el Purnte acompañados de un
criado, para emprender, aquél su viaje y descansar ésta en su casa.
Pedro se encontraba realmente enfermo amed_rantado ante_ el ~ir? de sus sensaciones y ~u pastón. _Su asedio, t11111do casi siempre, más bien romántica galantería, fué infructuoso, y la ineficacia

del esfuerzo le exacerbó su neurastenia. Había
que partir, comenzar de nuevo la ruta inacabable
de judío errante.
. 1:os caballos levantan una nube de polvo. La
Jau na ven tea en los rastrojos, enloquece á los gritos de los ginetes, brinca gozosa entre las patas
de los potros.
Huertas y quinterías esparcidas por la llanura,
blanquean al sol.
Huele á paja quemada - olor de verano.
Los caballos saltan sudorosos, y
crecen las conversaciones entre el ruido
de los herrajes. El
vino borbotea en las
gargantas, y los perros corren - las
orejas inquietas, la
lengua colgante.
En la altura de
los ribazos, en la sumidad de los eriales,
en los linderos infinitos, bajo las zanjas, en los recuestos,
junto á las ruina~, en
los sitios humildes,
allí crece la flor de
malva, festoneando
el gris campesino,
ofreciendo una nota
fresca en el fuego
del campo.
·
Llegaron los cazadores junto al juncal de un riachuelo,
levan tan do vuelo
de aves, y bajaron á
tierra. Entre abrazos
y bromas hubo m1a
larga despedida de
camaradas.
Matilde y Pedro,
precedidos del viejo
servidor, em prendieron la vuelta.
Caminaron largo
trecho - sus caballos juntos- sin que
las palabras llegaran
á interrumpir lamonotonía de la marcha.
Temieron sentir
vergüenza de su proximidad si se miraban ó de
escurrirse en la pendiente peligrosa de las i~timidades.
Y ¿cómo seguir tan juntos, con la indiferencia
de un hastiado matrimonio, si en sus entrañas había, duramen~e sujeto, el latir de una pasión, alentada por el acicate de la dificultad y el romanticismo de lo inconseguido?
Sus cabalgaduras difundieron en el aire el temblor vagoroso y tierno de sus relinchos.
Pedro se marchaba, aguzado su padecimiento,

�lleno d espíritu de una infinita amargura, porque amor, como en un relámpago que levanta el velo
su suerte y su cobardía le perdieron un amor, el de la noche.
Al incendio de sus apetitos, libres del imperio
único sano, digno del mejor de los hombres. Y
ahora, al partir, cuando él mismo se marchaba cerebral, temblaron en sacudimientos que se habuscando nuevos infortunios para ahogar otros, te- cían casi angustiosos. La tierra quería ser el tánía junto á los ojos, cerca de la boca, casi entre lamo de sus nupcias - la tierra, que nunca tuvo
consolación de acequia, dulzura de hontanal, ni
los brazos, á la mujer deseada.
Tuvo remordimiento de aquella impotencia caricia de lluvia buena.
Las plantas morían abrasadas por la consunque le esterilizaba con ambigüedades é irresoluciones. Removido por· el orgullo - único balnarte ción de un sol implacable, por la pereza de una
en el que se defendía-, acicateado por la vani- raza, como las almas sedientas, sobre la lumbre de
dad de un posible triunfo y alegre por un relám- la gleba secular.
Una voz del viejo guía - ya oJvidado - los
pago optimista que inoculaba la mañana; ante la
serenidad de la mujer que parecía ofrecerse, sin- dejó inmóviles.
Aun triunfó aquel cuerpo, no rendido, ante el
tió, como en otro día, el imperio de las palabras
subyugadoras llenas de plasticidades pictóricas, y grito imperativo de la raza.
los hábiles atrevimientos insinuados entre la galantería de un caballero amante.
La idea de la soledad desamorada hahía heSIESTA
cho de Matilde su víctima, obscureciéndole la
mansedumbre de su cielo con un cendal de lágriEs la siesta. Sólo se oye el estridir tremante
mas. Pedro se iba, y con él la ternura única de su
de
las
cigarras. En la casa hay el frescor de los
existir; la felicidad prometida, que se alejaba ante
la magnitud del obstáculo. Vió envejecer su cuer- pozos.
Pedro y Matilde tienen el contento de los nipo sin la florescencia de una pasión, apagándose
ños, la jovialidad de los adolescentes. Corren por
en la obscuridad autumnal de su existencia.
Ante la separación inmed_iata que los exalta- las habitaciones solitarias, de las que sale olor conba, bajo la vibración solar que aceleraba la san- fortativo de limpieza, haciendo de las flores, robagre., movidos por un impulso de rebeldía, se to- das á las macetas, lluvia y alfombra.
El piano sonó loco y romántico, impetuoso y
caron las caras con un movimiento espontáneo,
de atracción orgánica, por las que temblaba el suave, bnzando por el patio todos los cánticos del·
amor: el lirismo de Grieg, la Serenata de Schuhálito santo.
Se miraron los ojos, profundos en la limpieza man, la galantería de una Gavota: una Sonata. La
matutina; se estrecharon las manos, y ya sólo fue- pasión voraginosa y mortal de Tristano; la poesía
ron libertad, almas. fecundas, corazones rendidos, romántica de Lohengrin; la polifonía eurítmica y
manantiales de vida. Se encontraron las bocas y evocadora de la Pastoral de Beethoven. . . Tose perdieron en el vértigo de las dulcedumbres, dos los gritos profundos que decían en el aire:
ron la voracidad de los que han hambre de VIDA.
Habían perdido el sentimiento de la realidad
amar.
Los caballos marchaban unidos, expandiendo y la orientación, obedeciendo sólo á los mandatos
en la claridad blanca del aire su&amp; blandos relin- que venían á través de las generaciones, acrisolachos, removiendo el polvo, que parecía un incien- dos en los nervios de los antepasados, · triunfanso votivo de la tierra al amor. El aire les tendía tes de todas las decadencias y las esterilidades
religiosas.
·
á la luz sus colas triunfantes.
Festejaron el triunfo de su amor, próximo ya
Verdean en la carretera dos hileras de árboles. Unos cerrillos pasan por el cielo sus líneas el sacrificio primero, vertiendo en sus bocas las rivagorosas. Las mulas giran en las norias chirrian- sas del Champaña. La inconsciencia los llevó de
tes. Andan trabajosamente; andan llenas de pere- la mano por un sendero de locura.
Cantaban los pájaros en sus jaulas. La fuente
za y de calor, tapados los ojos, moviendo las colas. Un agudo silbo hiende el aire; las mulas colo- decía un secreto infinito. Las hojas de las flores ponían blandura de alfombra al paso de los amantes.
can rígidas sus orejas y se paran, acechando.
En el huerto se hizo una música de árboles.
Abrasa el rojo sol. Paz en el silencio. Luz en
La atmósfera sofocante oprime la cabeza, difila luz.
Matilde y Pedro bajaron de sus caballos, bus- cultando el respirar. El cielo cárdeno viene sobre
cando el agua de un arroyo que corría e ntre el la tierra, achicando el ambieRte. Un golpe de
verdín de las piedras. De una suave ladera llegaba viento, que parece venir de una hoguera, arrastr.a
olor de retamas. La rotundidad de las cosas exul- las hojas, hace retumbar las puertas que se cierran, trae claros sonidos de cristales que se romta á los ojos.
Ya no eran esclavos del deber ni de las con- pen, retumbar de carreras.
El sudor baña el cuerpo, hundido en pereza
ciencias falseadas. No tenían memoria, ni los atasoñolienta.
ba ni desunía ningún cálculo. Eran la tierra hecha
Hay unos largos minutos de profunda calma,
carne, que emergía á la vida; el universo hecho
tras
de la que surge un vago olor de tierra mojaalma para crPar sin tristeza; el munchl hecho homda, y un relámpago seguido de un trueno balumbres, nuevos cantores de la fecundidad.
Se retorcieron como las llam;1s á los troncos, boso y rodante.
Fuertes hilos de agua chapotean las piedras.
secos por un largo tiempo de espera; se hundían
en sus cuerpos, como el agua en la tierra, tras las Se diría noche.
Pedro y Matilde, agobiados bajo aquel peso
sequías infinitas; descubrieron la claridad de su

mortal, agitados como por influencias magnéticas
p~saron po_r las estancias obscuras, lentos y ren~
d1dos, camino de la consagración.
. Un trueno estremeció los cristales con estrépito de mina.
·
La lluvia azotaba la calle con un ruido de
presa rebosante.
. Ante una puerta abierta, Pedro y Matilde, co~idos de la mano, un poco inquietos, vacilaron un
instante, mirándose á los ojos.
- No importa- se dijeron resueltos.
Y la habitación conyugal los envolvió en su
penumbra, regalada de ligeras esencias.
Los truenos cesaron y la llm·ia se oía lenta
co_mo un arrullo, cantaleando prometedora en lo~
cnstales.
. Crisol de una nueva raza había de ser aquel
nncón de Amor y Desamor.

OCASO

¿Qué hálito terrible es este que corre por la
casa? ¿Q~é viento de muerte ha tronchado una
flor de vida? ¿Qué maldición hay sobre esta tierra
seca?
El balcón de la alcoba está abierto. Una claridad de agua alumbra la estancia.
l\.Iatilde tiene inclinado el busto sobre la cama
en~arfiadas las manos entre la ropa, revuelto eÍ
pe!nado, en los ojos un gesto loco, en los ojos
a~1ertos y sobrecogidos, en sus suaves ojos de
v10leta.
El cuerpo de Pedro está sobre la cama bajo
de las ropas, hundida la cabeza en las al~ohadas, extendidos lo brazos, que parecen mostrar
la huella de otro cuerpo, levantados en una
postrera arrogancia las volutas rojas de sus bigo-

�tes: en la frenle un surco vertical, huella de su
muerte ...
Digno término de una vida de amor. Las infinitas esterilidades que atormentaron su existencia, hoy se habían de tornar hondura de goces,
mostrándole el camino de la salud y del equilibrio, consagrados en la posesión de un amor sin
término, como
las evolucio~ nes cósmicas.
Ahora que
en el ayuntamiento de los
cuerpos inAam ad os podía
poseerá la vida, hecha mujer, en una bella síntesis, saltaron rotas las
cuerdas líricas
de sus nervios,
y su sangre,
sazonada de
todas las torturas, extrabasada por una
ú I tima fiebre
de acabamiento y degeneración, ardiendo en la hoguera del supremo erotismo - abrazo al mundo - le derramó en su cuerpo, le anegó el cerebro cegándole los ojos, ¡trágico río de
su vida!
Fué Senda estéril lo que él quiso fuese camino
de amor, lo que él pensara fuese camino de
triunfos, tras el pesar de las lágrimas y las torturas más atormentadoras. ¡La Senda estéril, por la
que tantos enamorados de la VIDA van desgranando las músicas de sus corazones y deshojando
el breviario de sus almas.
Tuvo mied9 l\1atilde de la muerte y de la inmensidad de su infortunio. Tuvo el resurgimiento
momentáneo de la verdad y el contacto de su
vergüenza, sin corporeidad precisa, mezclados en
tempestad cerebral, pero que la herían como una
piedra que tuviera sobre el cráneo.

Gote;iban los árboles el agua de la lluvia; lucía
en las hojas el pálido sol; los pájaros cantaban una
acción de gracias. Los sapos silbaban en su monvtonía el elogio de la tempestad.
Un mueble sonó en un leve crujido.
l\Iatilde levantó sus ojos y encontró la mirada interrogante y fría de Pedro Sandoval.
Una flauta
escribe en el
reposo de la
tarde la resignación melancólica de un
epitafio.
ORACIÓN

Salve, monte sin abrigo,
hoy esfinge
del dolor. De
tus senos huyó la esperan,.
za. Trono eres
de la reina del
..
, , : ~"-,¡llano, la Tris:,,j 12,,v :pí~':' ' teza.
Salve, camino. Senda
eres hoy de
dolor. Tu lecho polvoriento ha envejecido, esperando ver pasar la cabalgata VmA. Tu gloria no
vendrá.
Salve, llano. Tu corazón se ha muerto, porque
los siglos te vistieron con una coraza de miseria.
Ya no eres un crisol, sino una tumba.
Salve, río; río sagrado, humilde río Guadiana;
tu hermana la llanura ha muerto. Hincha tus linfas,
desborda tus márgenes y haz de la tierra una laguna mortal.
No cantad, aceituneras; no cantad, segadores;
no cantad, vendimiadoras. Vuestras preces son
himnos de dolor y se ha secado el óleo de nuestra humildad.
Salve, espiga, olivo, vid; no sed fuente de vida,
no cread con dolor. La luna os tiende su blanca
mortaja.

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Díaz de Mendoza. - Rosario Pino. - Enrique Borrás. - Maria
Tubau. - La vanidad en los actores. - Los derechos del actor.El adulterio en el Teatro. - Teatro de acción y Teatro de ideas.
Los orígenes de la risa. - José Santiago. - José Rubio. - Balbina Valverde.-Matilde Rodríguez.-Loreto Prado.-Emilio Carreras. - José Moncayo. - La risa en el Teatro. - El arte escénico. -Teatro nuevo. -El apuntador.-La tristeza del comediante.

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Del mismo autor
NOVELAS
La enferma.
Punto-negro.
Tik- Nay (El payaso in-

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Incesto.
Loca de amor.
El seductor.
Duelo á muerte.

CUENTOS
FIN

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Sobre el abismo.
Río abajo (crónicas).

De carne y hueso. Horas crueles.

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Reservados todos los derechos de propiedad artlslica y literaria. No se devuelven los originales. El papel empicado en esta
revista es de la Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía, Imprenta de José Blass y Cía., San Mateo 1, Mad,íd.

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gozoso bajaba saltando de peña en
peña por la falda de La Losera,al través de
retamas y helechos, Gaspar, e1 vaquero
más fuerte, ágil y arriscado de toda aquella serranía! ... Como que le aguijoneaba el amor, cuyos
arponazos tienen poder para avivar y sacar de
tino á los más apáticos mortales y aun para hacerles andar, según suele decirse, de cabeza.
Allá abajo, en el valle que riega y fecunda el
Povares, riachuelo llamado así por los muchos
povos 6 álamos que asombran sus orillas, le esperaba, sin duda, impaciente Magdalena, moza de
veinte abriles, fresca y lozana como rosa de Mayo 1
de talle flexible como las ramas de los fresnos 1
cuyo seno tenía las turgencias de la uva verde y
cuyas aterciopeladas mejillas ostentaban el color
de las manzanas que han dado tanta nombradía
al pueblo de Pomareda.
No es menester decir que el mozo, sin otro
pensamiento que el de llegar prontó al valle, no
fijaba su atención ni en las aguas del río que, formando &lt;plumajes de espuma,, descendía, como el
UÁK

pastor, dando saltos, ni e,1 el piar de los pajarillos que, asustados, emprendían el vuelo, dejando
trémulas las ramas en que estuvieron posados 1 ni
en la hermosura del valle, sembrado de caseríos,
cuyos hogares enviaban al cielo tenues jirones de
humo, ni en et argentino sonar de las esquilas de
los ganados, ni en los cambiantes de luz con que
el sol, ya cerca de su ocaso, teñía las cumbres de
los montes, ni en la paz augusta qut, como una
oración sin palabras, se elevaba hasta el cielo desde aquellos agrestes y pintorescos parajes.
Conforme descendía Gaspar, íbase el terreno
haciendo menos abruptoi el río, que antes se retorcía rugiente y espumoso entre peñascos, se
deslizaba ahora tranquilo al pie de los árboles
frutales de innumerables huertos¡ á los helechos y
retamas sucedían las tablas de regadío, cuajadas
de hortalizas, y al silencio solemne de allá arriba,
los cantares con que los trabajadores del campo se
despedían de sus faenas cotidianas.
Cerca se destacaba ya el lugarcillo de Pomareda con sus pardos paredones, sus tejados rojizos,
su vetusto campanario, y poco distante de él 1 y junto al río, la alta y humosa chimenea de una fábrica.

�Al pasar al pie de ella Gaspar, le dirigió una
mirada rencorosa. Aquel edificio de altas y recias
paredes, como· las de una prisión; su portal fangoso y los montones de negruzcos desperdicios
que se pudrían al lado de los muros, le parecían
al vaquero algo así como una especie de profanación. Algunos años antes, el lugar en donde hubo de construirse la fábrica era un verde prado
sobre el cual extendían sus copas, pobladas de
pájaros, hasta una docena de olmos seculares; el
río formaba allí un apacible remanso de agua cristalina, cuya temblorosa superficie dejaba ver hasta
las más menudas pedrezuelas del cauce. En aquella pradera, cuando muchacho, con otros chicuelos de su edad, fueron los juegos de Gaspar; á la
sombra de los olmos, ya desaparecidos, se hablaron por primera vez de amores él y Magdalena...
¡Y todo lo había invadido, manchado, deshonrado
aquel monstruo que resollaba como una mala bestia tras de los murallones de ladrillo! ... El hacha
abatió los grandes árboles, el césped no nacía ya
en la tierra pegajosa, surcada por hondos relejes,
y el río, antes tan límpido y transparente, era
ahora como sucia charca, en cuyas aguas, enturbiándolas, flotaban los sucios detritus de la fábrica.
- ¡Gruñe, gruñe! - rezongó Gaspar, amenazándola con el puño.
De cuatro zancadas salvó la distancia que le
separaba del lugar y entróse por las tortuosas callejuelas, sumidas ya en la semiobscuridad del
crepúsculo.

Yo le dije-: «Esta noche te quedas tú al cuido
del ganado. Mañana, poco después de salir el sol,
estaré de vuelta. Y aquí me tienes... Además,
queda decirte una cosa...
-¿Qué cosa?
- Una que me retoza de alegría en el pecho.
- Habla, hombre.
Pues ya se ve que hablaría; como que no se le
cocía el pan con el ansia de contárselo todo á
Magdalena.
- Figúrate que el amo - así me lo ha dicho
Bias - anda diciendo que ha de ponerme á mí de
mayoral de toda la hacienda que tiene en Pomareda. Cuando eso llegue, que por lo visto será allá
para San Miguel, no tendré que ir y venir, como
ahora, detrás del ganado: hoy acá, mañana allá,
siempre por lo más áspero de la sierra ... Viviré
en el pueblo y, con mi salario y la poca herencia
que me dejaron años atrás mis padres ( que estén
en gloria) .. . si tú quieres, ni los propios reyes lo
han de pasar mejor que nosotros. Conque, ya lo
sabes; por Nochebuena podemos estar casados ...
¿Qué me dices?
Conforme hablaba el vaquero, el semblante de
Magdalena adquiría marcada expresión de intranquilidad. Tras larga pausa, en que la moza ator-mentó con sus dedos nerviosillos el borde del delantal, dijo arrastrando las palabras que difícilmente salían de sus labios, y sin mirar frente á
frente al pastor.
- Yo, Gaspar, me alegro mucho de eso que
me dices. Ya sabes que te quiero bien... Pero mi
madre á nadie tiene más que á mí; va ya para
* **
vieja; con su trabajo sólo no podría vivir, y si yo
A la puerta de una pobre casucha, pero á la la dejo ...
- ¡Dejarla! Siendo tú mi mujer, ella será mi
cual daban alegría el aseo del portal, la ancha faja
de reciente enjalbegado que figuraba como doble madre.
- Ya sé que eres muy buena persona, pero
marco de la puerta y dos ventanas de madera
pintadas de verde, estaba en pie Magdalena, cu:ya yo soy joven todavía; puedo ayudarla, y para ella
gentil figura se destacaba vigorosa, gracias al res- sería un dolor no ser el ama de su casa . .. Más
adelante ... dentro de un par de años ...
plandor que salía de la casa.
- ¡Dos años!
- ¡Magdalena! - dijo con voz contenida el
- Acaso antes. El tiempo se pasa pronto, y si
pastor.
- ¡Tú! - exclamó la moza con más extrañeza tú no te arrepientes ...
¡Arrepentirse él!; aunque tuviera que esperar
que alegría. Y luego siguió-: En lo que menos
diez años.
pensaba ahora era en verte.
- Tú no te has percatado aún - dijo - de lo
- ¿De modo - replicó con cierto despecho
que eres para mi . .. Pero, ¿por qué esperar? LueGaspar - que no te acordabas de mí?
- Tampoco tú te acordarás de mí á todas go, por mucho que trabajéis tu madre y tú, ¿cómo
podréis vivir? Yo no quiero que pases hambre.
horas.
- Por esa parte - saltó Magdalena con cier- Yo, como te tengo metida aquí dentro dijo el vaquero dándose en el pecho-, ni un solo to dejo de orgullo - no hay cuidado. Yo no he de
casarme para que mi marido me mate el hambre.
instante te apartas de mi memoria.
- ¡Puede! - contestó ella entre desdeñosa y Tengo yo cinco dedos en cada mano para ganarme
un pedazo de pan.
lisonjeada.
- ¿Has creído - replicó todo turbado el mozo
- Tú - siguió él - tienes muchas cosas en
que pensar: hablas con tu madre, con tus amigas, - que lo que te he dicho es por rebajarte?
Y con acento que revelaba su emoción, siguió
con la gente que pasa; pero yo, allá arriba, en lo
alto de la sierra, ¿qué he de traer en el pensa- el pastor haciendo calurosas protestas de su cariño. ¡Ofenderla él que la miraba con el mismo resmiento si no es á ti?
peto que á la Virgen de la Peña! Si dijo aquello
- ¿Y cómo ha sido el venir ahora?
del hambre fué porque creía que á las mujeres les
- ror verte.
faltaban las fuerzas para ganarse la vida. Para eso
- ¿De \·cras?
- Sí; nada más que por eso. Dos meses se han están los hombres, que tienen buenos brazos y recumplido desde que bajé la última vez al pueblo. sistencia. ¡Co·n cuánto afán y con qué bríos trabaDos años se me han hecho. Ayer llegó á mi choza jaría para ella!
- Ya te he dicho - contestó amansada MagBias, el de la Alameda; iba por encargo del amo
para llevar unas reses al matadero de la ciudad. dalena - que en lo tocante al trabajo, como yo

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tenga salud, no ha de faltarme. Con lo poco que
nos da el huerto y con el jornal de la fábrica ...
- ¿El jornal de... ? ¿Tú vas á entrar en la fábrica?
- Y o, sí; desde el lunes que viene. Pero ¿por
qué pones e~a cara? Pues hijo, ni que fuese á meterme en el mfierno.
, Como un infierno miraba él aquel edificio sombno p_or cuyas ventanas salían rugidos de fiera
h~mbnenta y cuya chimenea manchaba el azul del
cielo con sus bocanadas de humo. No sabía por
qué; pero era lo cierto que le tenía á la fábrica
una tirria...

- Si yo pudiese, si pudiese, ni ladrillo sobre
ladrillo había de quedar de ella.
- ¿Se toma el fresco? - dijo en aquel momento un hombre alto, enjuto, que blandía en su mano
derecha una vara.
- ¡Hola, tío Saltamontes!
- Aquí se está mejor que allá arriba, ¿verdad?
- Y acompañó su pregunta con risilla picaresca.
- C laro que sí. .. Y usted, ¿va á parar mucho
en el pueblo?
- El sábado iré con unas caroas de vino á la
Alameda. Si estás entonces en L~ Losera echaremos juntos un cigarro en tu chozo.

�- ¿Tú que le has dicho? ... - preguntó á su
hija la señora Juana.
- La verdad, yo - balbuceó la moza - necesito, antes de casarme, ganar algo, hacerme ropa...
Ahora, con rl jornal de la fábrica, podré vestirme.
Además, dos años se pasan pronto.
- Dos siglos me parecerán á mí.
- \'amos - intervino la madre-, puesto que
os queréis, porque tú le quieres, ¿no es cierto?
- Y o ya le he dicho...
- Puesto que os queréis, se hará la boda para
el otro San Juan.
- Largo es; ¡más de un año!
- Todo llega, hijo; todo pasa y se queda atrás...
y ha$ta se olvida... Para San Juan del año que
viene será tu mujer.
Púsose .Magdalrna á mirar fijamente al suelo,
como si en él se le hubiera perdido alguna cosa, y
Gaspar, después de rascarse las greñas y de arreglarse con movimiento maquinal la faja, dijo con
firmeza:
- Está dicho: de San Juan en un año, la boda.

***

_ ¡Magdalena! - gritó una voz de mujer dentro de la casa.
_ ¡Mande usted, madre! - contestó la moza.
_ ¿Qué haces ahí?
.
_ Estoy hablando con Gaspar y el tto Salta~n~.
h
_ Ea - dijo éste-, hasta el sábado... y a ora que aproveche-; y se alejó, agitando su vara
de arriero.

** *
_ •Calle!
- exclamó saliendo de la casa la ma1
dre de 1fagdalena - , ¿tú por aquí, Gaspar? .
_ Sí, señora Juana. lle tenido que ba¡ar al
pueblo...
- Entra, hombre, entra.
.
_
Frisaba la señora Juana en los cincuenta anos:
era alta y flaca, el rostro color de barro, surcado
de hondas arrugas, canoso el_ cabello y negros Y
de extraordinaria viveza los o¡os.
Bien se echaba de ver, mirándola con alguna
atención, que no era mujer aquella de las que se
ahogan en poca agua. Los rudos embates de la
vida no pudieron abatirla; las penas arrugaron su
rostro, pero sin quebrantar la_ forta_Ieza de su corazón. Ni la muerte de su mando, ~1, antes, la_ pérdida de su hijo, que hecho una p1lt~afa volvió d_e
Cuba para morir en Pomared~, _hubieron ~e. qmtarle su vigor. Era menester vivir, y para Vl\lr luchar y la señora Juana seguía luchando por su
,·ida' y por la de su hija. En ella se reconcentraba
toda la savia de sus afectos; era 11agdalena como
el brote florido de aquel árbol de negra corteza.

·q~é

Je·

.......

to~~do

· · ~ ¿-P~r~
~~~¡¡ h~~
tú á la fábrica? - decía la señora Juana contestando á las
obstinadas denegaciones de Gaspar - . Las carn&lt;:s
se me abren cuando ,·eo yo á mi Magdalena venir

medio arrecida del monte de buscar una carga de
leña, ó sudando la gota gorda por el v_erano entre
las mieses. ¡Hija de mi alma! En camlHo ahora, en
la tabrica, estará como una reina. Allí da gus~o.
•Qué galerías de cristales! ¡Qué estufas en el m~ierno! ¿Y el trabajo? .. . ¡Vaya una c?s~! Hazte
cuenta de que las obreras se pasan el d1a ¡ugando,
que juguetes parecen aquellos telares, ó com? se
llamen, en que bailan los cordones de colores_, ¡untándose unos con otros, trenzándose y haciendo
mil figuras á cual más vistosa.... Y luego,_ no t_e
vayas á creer. .. ¡seis reales de J?rnal! .. Dime tu,
•adónde va una mujer á ganar seis reales?.:. Aho:
~a cuando murió la hija de la señá Catahna, as1
hlbía de mozas (y juntaba y separaba los dedos),
que querían entrar en la fábrica. Gracias á que me
agarré á buenas aldabas.. .
_ Con todo, yo... Vamos, que el campo es
mejor: el campo no da cordon~s, ni esas cosas que
usted dice; pero da flores, espigas y frutas ... y da
también salud y alegría... Mir~ usted á todas las
mozas que trabajan en la fábrica ... Todas están
sin colores, desmirriadas . .. echadas á perder.
- Esas - saltó 1kgdalena - son v_oces qu_e
hacen correr las envidiosas que no han sido admitidas en los talleres.
- Bueno - siguió el pastor - ; ello durará
poco. Cuando Magdalena se case, digo, cuando
quiera casarse conmigo... si es que usted cree que
yo la merezco.
•
Sonrióse la señora Juana y contestó:
- Si ella es gustosa. . .
,
_ Ya se lo he dicho: para Nochebuena podia
ser la boda. El amo, ya lo sabe ella, \'a á encargarme de todo lo que tiene en Pomareda ... Para entonces no andaré yo como ahora tras el ganado: • •
Pero ~lagdalena - siguió con pena_ Gas par_-:- dice
que hasta dentro de dos años ... S1 ~e qms1e~a la
mitad de lo que yo la quiero, más pm,a tendna.. - ,

Entre mohíno y esperanzado salió el vaquero
de la casa. Apenas hubo salvado el umbral, Magdalena, encarándose con la señora Juana, la espetó
con mal modo:
- ¿Por qué le ha dado usted palabra, madre?
- ¡Cómo! ¿Ahora salimos con esas? ¿No le
quieres?
- As! como para casarme ... en seguida...
- Dentro de un año no es tan pronto.
-Y luego ...
- Luego, ¿qué?
- Nada.
- ¿Por qué le has hecho cara entonces?
- El fué quien machacó tanto ...
- Gaspar es bueno, trabajador, buen mozo. Su
amo, ya lo has oído, le va á aumentar el jornal. ..
Sus padres le dejaron algo...
- Buen provecho le haga.
:Miró la señora Juana á su hija y, después de
una pausa, afirmó lentamente:
- Magdalena, tú no quieres á Gaspar.
- Yo no he dicho...
- Tú quieres á otro.
- ¡Qué idea! Le aseguro á usted que ...
- Mal haces en ocultármelo ... En fin, más
días hay que longanizas. Ya lo sabré yo; ni el fuego ni el cariño pueden estar ocultos mucho tiempo. De todos modos, yo moriría tranquila dejándote casada con Gaspar.
*

* *

Cenaron: con el bocado en la boca subió Magdalena al camaranchón que le servía de alcoba.
Muy despacio, y sin poner en ello el pensamiento, fué despojándose de sus pobres ropas. Ciertamente, aquel hermoso cuerpo, aquel seno apretatado y turgente, aquellas caderas de cunas estatuarias, más parecían haber sido formadas para
envolverse en finísimas holandas que en el burdo
tejido de lienzo casero.
No se cuidaba ella en aquel momento de sus
encantos, ni quizás pensó nunca en que los po,seía. Una vez desnuda, santiguóse maquinalmente

y se acostó, arrebujándose entre las toscas sába-

nas del lecho.
«¡Gaspar! ¡Qué fastidioso con su afán de casarse! ¿Que era bueno, y honrado y trabajador?...
¿Y qué? ¿Acaso no había en el mundo otros muchos hombres trabajadores, honrados y buenos? Y
luego tan tosco; bien se conocía que andaba siempre entre breñas, sin más trato ni roce que el de
las reses bravas. Entre él. .. ,y el otro, ¡qué diferencia! ¡El otro! Tan compuesto siempre, con su
bigote tan sedoso, sus ojos tan pícaros y aquella labia tan graciosa ... ¡Qué de cosas dulces le
decía cuando ella, contoneándose con el cántaro
á la cabeza, iba á buscar agua á la fuente! Todas
las mozas le miraban con amorosa codicia. Pero
él, ¡oh!, 11agdalena lo sabía. ¿Qué mujer se engaña en lo tocante.á la impresión que produce en los
hombres? ... El la prefería á todas las mozas del
pueblo... Bien segura estaba de ello.•
Y en estas dulces imaginaciones, en las cuales
figuraba en primer término, siempre, el otro, fué
sumiéndose, sumiéndose en las deliciosas profundidades del sueño...

*

* *
Ya el sol iluminaba el valle, asaeteando, con
sus flechas de oro, hasta lo más intrincado de robledales y alamedas, y formando reflejos irisados
en las cascadas y remansos del río, cuando 1fagdalena, fresca y colorada, asomóse á la ventana
de su zaquizamí.
A poco, por lo alto de la empinada callejuela,
apareció Gas par, con su pellico de borrego ceñido
al cuerpo, sus abarcas de cuero, su manta terciada
y el recio garrote pendiente de un brazo. Al verle,
Magdalena hizo un movimiento, como para retirarse; pero, advirtiendo que el pastor la había visto, siguió asomada.
- Adiós, Magrlalena - dijo el pastor.
- Anda con Dios-le respondió la muchacha.
- ¡Acuérdate, para San Juan!
- Eso está todavía debajo de muchas nubes - replicó ella, riéndose.
* .

* *

No, aunque pasaran muchos años, Gaspar no
variaría: la querría siempre. ¿Cómo vivir sin la esperanza de que Magdalena fuese su mujer, el dueño de su hogar, la madre de sus hijos?
Y, así pensando, pasó por delante de la fábrica,
cuya maquinaria resollaba como siempre, lanzando
por su alta chimenea densas espirales de humo.
En aquel instante, el portalón del sombrío edificio se iba tragando los obreros y obreras que
acudían al trabajo.

II
Desde que Vicente, el Madrileño, según le llamaban en Pomareda, llegó al lugar, la juventud
dorada del pueblo cambió radicalmente de costumbres, de gustos y de modas. \'icen te fué, desde el primer momento, el •personaje reinante•:
todos los mozos le imitaban; todos recogían sus
dichos y sus cantares. ¿Por quién, sino por él, se
trocaron los antiguos calzones por pantalones de
odalisca? ¿Quién desterró de todas las cabezas las
monteras de pellejo, sustituyéndolas por sombre-

�.tos cordobeses? ¿Quién hizo que el barbero del lugar cortase las greñas á lo chulesco, con los correspondientes tufos y persianas?
En el breve espacio de unos cuantos meses, la
presencia de Vicente había hecho una revolución
en Pomareda. Las antiguas danzas en que, hombres y mujeres, saltaban á honesta distancia, haciendo con los pies complicados trenzados y dando ágiles zapatetas, estaban ya relegadas al olvido. Ahora, mozas y mozos, estrechamente abrazados, «se marcaban&gt; schotis y mazurcas, ni más
ni menos que las parejas chulapas de Madrid en
los Viveros ó en las Ventas del Espíritu Santo.
Las rústicas canciones serranas no alegraban ya
los sotos y praderas. En su lugar resonaban los
tangos, importados por Vicente, de los teatrillos
de Madrid. Ni divertía á la mocedad pomaredense el juego de la pelota ni el de la barra. Una taberna, la de la Rufa, convertida en cafetucho, reunía dentro de sus ennegrecidas paredes, durante las largas tardes de los domingos, á aquellos
trabajadores de rostros curtidos por el viento y el
sol. Hasta por iniciativa del forastero se celebraban de cuando en cuando meetings socialistas...
Los dueños de la fábrica le trajeron á Pomareda µara que se encargase de los aparatos eléctricos. Era el tal un obrero inteligente, engreído
con su of½cio, guapo de cara, gentil de cuerro,
aunque no de mucha estatura. Vestía con esmero
á lo chulesco, cantaba con estilo, tocaba la guitarra y, cuando llegaba el caso, sabía tirar un duro.
Los mozos le respetaban, porque, en dos ó tres
camorras que le armaron recién llegado al pueblo, bien claro demostró que no era hombre que
se dejaba mojar la oreja. Un día tuvo él solo á
raya, con su navaja, á media docena de los más
valentones del pueblo ... Desde entonces, como
le temían, le adulaban. De las muchachas casaderas no había una que mirase con malos ojos al forastero. Tenía un «aquel &gt;, según ellas, que á todas
las traía 1·evueltas y alborotadas.

biente de los talleres, influía poderosamente sobre
su hermosura. Lo que había perdido en robustez
y apariencias de salud lo había ganado en finura y
suavidad de color y de facciones. No tenían sus
mejillas aquella tonalidad de las manzanas de la
sierra, sino el matiz ligeramente rosado de las llamadas flores de té, cultivadas en la tibia atmósfera de los invernaderos. Parecían más grandes sus
ojos, más delicada su belleza...
***

Cuantas muchachas del pueblo entraban á trabajar en la fábrica perdían al poco tiempo su silvestre lozanía. Y al uecir de don Rufino, el médico de Pomareda, sobraban motivos para ello. Había que oirle cuando, con su vozarrón destemplado,
hablaba de la industria que como una plaga había
caído sobre el pueblo. Aquello era un asesinato
consentido por las leyes.
- Estos imbéciles-solía decir furioso-, por
unos cuantos reales mandan á sus hijas al matadero...
Aseguraba que el polvillo que se desprendía
de los algodones y las lanas, coloreados por sustancias dañinas, respirado de continuo, atacaba y
destruía los pulmones. Entre aquellos hilos de colorines que se agitaban en rítmico movimiento, tejiendo complicadas pasamanerías, bailaba la muerte su lúgubre danza. . . Así, por lo menos, lo afirmaba el galeno del lugar.
Pero nadie hacía caso en Pomareda de las observaciones del médico. Eso del enfermar y del
morir, ¿quién podía adivinarlo? Lo que estaba de
Dios ... Si en el espacio de tres años habían muerto
algunas obreras, y si otras de las que trabajaban
en los talleres estaban desmirriadas y flacuchas,
¿qué culpa tenía la fábrica? Lo mismo les habría
sucedido si hubiesen estado trabajando en el campo. Y cono los jornales se pagaban puntualmente,
y aunque ruinPs, eran muy superiores á los que se
cobraban por las labores agrícolas, en cuanto la
muerte ó la enfermedad hacían alguna baja en las
*
filas de las obreras, por docenas se contaban .las
* *
La única que se mostraba desdeñosa con el fo- aspirantes á ocupar los puestos vacíos.
rastero era Magdalena. «¿A mí,ese fantasioso? ¡Que
*
* *
se quite de delante! &gt; Pero otra le quedaba. ¿Por
Como queda dicho, llevaba Magdalena un mes
qué, si no, se ponía encendida como una amapola
cuando él, saliéndola al paso y echándose atrás el respirando el aire emponzoñado de la fábrica. Tosombrero, le decía con aquel dejo madrileño tan das las mañanas, al dar las siete, entraba con sus
gracioso: «¡Olé, el cuerpo más bonito de la Sie- compañeras en los talleres. Ningún día dejaba de
rra! ¡Bendita sea la madre que la echó á usted al encontrar, ya en los alrededores del edificio, ó en
mundo!•, y otros piropos que á ella le sabían á el sucio portalón, ó en la escalera que conducía al
gloria, por más que, al oírlos, arrugase el entrece- piso superior, en que funcionaban los telares, á Vijo y frunciese la boca con un mohín de disgusto? cente, con su traje azul de mecánico. El joven
Segura estaba de que, aun cuando á todas las aprovechaba siempre el encuentro para recrear los
mozas las piropeaba el tunante del electricista, oídos de la moza con los mejores requiebros de su
solamente le salían del corazón las flores que á repertorio. Pasaba ella seria y erguida, fingiendo
no hacer caso del galán; quedábase él, hasta perella, á Magdalena, le echaba.
. Y después, en su casa, en el retiro de su alco- derla de vista, repitiendo sus chicoleos, y cuando
ba, ¡con qué deleitoso contentamiento saboreaba la muchacha estaba segura de no ser vista por el
las dulces palabras que, como gotas de miel, ha- galanteador, dejaba que resplandeciesen en su rostro la satisfacción y el contento. Cuando se ponía
bía recogido en su memorial
á la tarea, sus compañeras, unas envidiosas, otras
*
despechadas, la asaeteaban con sus pullas y alu* *
Un mes bien contado llevaba la moza traba- siones.
- La verdad es - le decía una mañana la Fejando en la fábrica, y harto se echaba de ver que
el cambio de vida, antes rústica y al aire libre, y lisa, una rubia de cara pecosa y greñas rojizas,
al presente entre cristales y saturada por el am- cuyo telar estaba al lado del de Magdalena - que

le tienes luquito... Cuando te ve, parece que quiere comerte con los ojos.
- ¡Como no me coma! .. .
-Pues hija, más de dos y más de
tres ... si él abriera la boca...
- Por mí, que la abra ó que la
cierre me es igual.
- Déjala, Felisa - saltó la Morucha, hembra de voz hombruna que se
ocupaba en llevar y traer paquetes-.
Muchas hay que, aun cuando se estén
recomiendo por un hombre, hacen
que le desprecian.
- Dices bien - apumó otra-;
quien desprecia, comprar quiere.
Magdalena no contestaba. Aquellos reconcomios de sus compañeras
no sólo no la molestaban, sino que lisonjeaban su orgullo. El envidiado,
con el placer de los envidiosos se go- ·
za... No es este el menor tormento
de la envidia.

***

\

..

;¡,;,i.
....

----·
,,

Diálogos como el anterior se repetían á menudo. Una mañana, al subir
la escalera del taller, Magdalena, que llegaba con
un poco de retraso, resbaló en uno de los escalones, y quizás los hubiera rodado todos á no estar
allí, á punto para cogerla entre sus brazos y levantarla, Vicente, que como de costumbre, la esperaba para verla pasar.
- ¿Se ha hecho usted daño? - dijo con cariño
y reteniéndola junto á sí más tiempo del que era
preciso.
- No, no ha sido nada - contestó Magdalena desasiéndose, mientras su rostro se teñía del
color de las cerezas.
- Creí-replicó el Madrileño-. Si no da «la
casualidad&gt; de que estoy cerca...
- Sí, es cierto... Gracias - murmuró la jo\'Cn, y echó á correr escaleras arriba.
Al llegar á lo alto, se volvió y dirigió al mecánico una rápida mirada, pero eri la cual Vicente
creyó ver, y vió en efecto, como á la luz de un relámpago, el tesoro de amor que en el fondo de su
corazón guardaba para él la linda muchacha.
***

Cuando las llamas del Amor prenden en un
alma, vanos son los mayores esfuerzos para atajar
el incendio. Deberes, respetos, salud, honra;· todo
se quema y consume en la devoradora hoguera.
_Ma~dalena no fué la excepción de esta regla
cas1 umversal. ¿De qué podían servir sus fingidos
desdenes? ¡Pobre artificio incapaz de resistir mucho tiempo á la incontrastable pasión! ¿Por qué no
había d e corresponderá aquel cariño que el joven
con tanta i_nsistencia y humildad le ofrecía, cuand? era lo cierto que ella, desde el primer día que
v1ó al forastero, tenía su recuerdo como hincado
en la _memoria? Con Gaspar no tenía ningún comp_rom1so forn~al. ¿Que eran novios? ¿Y qué? No sena ella la pnmera que dejaba unas relaciones por
otras. Había querido y seguía queriendo bien á
Gaspar; pero lo que sentía por Vicente nunca lo
había sentido por el vaquero. ¿Qué tenía que ver
la buena amistad que á éste le tenía, con la pla-

centera inquietud, con el goce ama1·go, el dulce
tormento, la sabrosa congoja que se apoderaba de
todo su sér cuando, por la noche, al salir de la fábrica, iba camino de su casa oyendo las palabras
apasionadas que el electricista, ducho en las artes
de enamorar, le iba dejando caer en el oído?
*

*

*

- Lo que estás haciendo - · decía á l\faodalena su madre - no tiene perdón de Dios. ..'\Qué
sabes tú quién es este hombre?
- Le quiero - respondía obstinadamente la
muchacha.
- La gente murmura, y con razón . ..
- Le quiero.
·
- En Madrid tendrá su novia, y quién sabe si
algo más que novia. Créeme, la gente madrileña
se burla ·de la de los pueblos.
- Le quiero.
Y con esta razón, «le quiero &gt;, razón suprema,
verdadero imperativo categórico ante el cual las
almas se doblegan corno las cañas ante el viento,
contestaba la moza á todas las sensatas amonestaciones de su madre.
*
* *

Los mozos y mozas de la aldea no se daban
punto de reposo en la poco caritativa tarea de despellejar con sus murmuraciones á la enamorada
joven: los hombres que en balde la habían cortejado, por despecho; las mujeres, por envidia. «¡La
formal, la desdeñosa! Porque un hombre la había
soltado cuatro lagoterías, ya estaba sin juicio...
¡La mosquita muerta! Cualquiera se fía det" agua
mansa... ¡Pobre Gaspar! ¡Bien se la estaban jugando de puño! . .. •
Y en el taller y en la fuente, y al salir de la
iglesia los domingos, y en portales y cocinas, las
hembras de Pomareda, que en esto del morder son
lo mismo que las de las ciudades, no perdonaban
ocasión de maltratar con sus lenguas venenosas á
Magdalena.

�Pero, ¿qué se le daba á ella de la maledicencia de sus convecinas? Ni siquiera se percataba de
sus dichos. Sólo en el Madrileño pensaba, para él
sólo vivía.
Y bien cierto estaba de ello el taimado mecánico. ¡Q.ué risita de satisfacción la suya cuando
alguien le decía que Magdalena «estaba por él!,
¡Con qué medias palabras, reticencias y guiños
significativos alardeaba de su victoria! Su actitud
podía traducirse por estas palabras: • ¡Si yo quisiera! . .. ,
Y no mentía; quiso... y los hechos le dieron
la razón.

***
Fué en una tarde del mes de Agosto, la tarde
del día de la Asunción. La gente de Pomareda celebraba la festividad de la Virgen, esparciéndose
por los alrededores del pueblo y engullendo sabrosos bocados, rociados con abundantes tragos
de vino; que en la sierra, como en el llano, la merendola y la borrachera son prácticas venerandas
del culto religioso.
Vicente no quiso ir con sus compañeros; prefería pasear con Magdalena, con su Magdalena,
lejos de la algazara de las meriendas. La señora
Juana había ido aquel día en busca de una carga
de fruta á la Alameda, de modo que la moza tenía
toda la tarde por suya. Juntos los dos, el mecánico y su novia, hablando bajo, el brazo de él apretando el pecho de ella y mirándose mutuamente á
los ojos, tomaron por el solitario camino que va á
terminar en la fuente de la Encina.
Extendíase la tortuosa senda, primero, entre
las peñas en que el pueblo se asienta; salvaba después el río por un puente formado por maderos
carcomidos; se retorcía entre callejuelas, formadas
por tapias de huertos, á cuyas bardas asomaban

sus copas, cargadas de fruto verde, los manzanos;
cruzaba luego una aterciopelada pradera, y se entraba, por último, en. las espesuras de un sombrío
robledal.
Allí, entre altos peñascos que tapizaban helechos y asombraba una encina, único árbol de esta
especie entre innumerables robles, brotaba un manantial de agua transparente y frigidísima.
Solamente interrumpía el silencio de aquel paraje !! litario, aromado por la menta y el tomillo,
el rumor monótono de la fuente.
- Sentémonos aquí - dijo el Madrileño, eli
giendo un ribazo cubierto de hierba, al que servía
como de respaldo el tronco de la encina.
- Debemos vol vernos-replicó Magdalena-.
Está esto tan solitario y tan lejos del pueblo...
- No son más que las seis - la interrumpió
el mecánico, sacando el reloj - . Podemos estar
aquí hasta las siete... Luego, en media hora...
apretando el paso.. .
- Tengo miedo - murmuró Magdalena.
- ¿Miedo, estando conmigo?
La joven no contestó.
- ¿No me respondes? Es la primera vez que
nos hablamos. .. así. . . á solas. En el pueblo siempre hay ojos que atisban detrás de. las ventanas,
oídos que escuchan por las rendijas de las puertas ... En cambio ahora, tú y yo juntos, sin más
testigos que estas peñas y estos árboles... ¿No te
gusta estar á mi lado?
¿Qué placer podía existir para ella mayor que
tenerle junto á sí? Lo que deseaba era eso ... no
apartarse jamás de él. ..
- Sin ti - dijo, mirándole fija é intensamente
á los ojos - no podría vivir.
Y lo afirmaba con tan ingenua sinceridad, que
Vicente sintió allá, en las profundidades de su sér,
algo así como un leve estremecimiento. Pero aquello pasó pronto. En el electricista faltaba el verdadero amor, que todo lo disculpa; corrompido
por sus triunfos fáciles de Tenorio de bajo vuelo,
aquella «paleta, sólo era para él lo que para el
glotón de paladar estragado una comida vulgar,
pero sabrosamente aderezada. Para ella, por el
contrario, el forastero era la realización de sus vagos y confusos ensueños, algo así como el hermoso caballero que iba á sacar de su encantamiento
á las doncellas de los cuentos que su abuela le
contara cuando la dormía sobre sus rodillas. Porque en Magdalena, como en toda mujer, princesa ó
pastora - y más en las pastoras que en las princesas-, había una gran cantidad de romanticismo.
La tarde caía y ellos, entretenidos en la charla, cada vez más íntima, de sus amores, no repararon en que el sol no doraba ya las cumbres de
la sierra, ni en que los pajarillos se daban á su
modo las buenas noches, entre las frondosidades
del robledal.
Aunque estaban seguros de que nadie podía
oírles, hablaban tan bajo y tan cerca los labios que
apenas si el aire podía pasar entre ellos. Al cabo
la conversación cesó y las bocas se juntaron.
***
- ¡ Dios mío! - murmuró Magdalena, desasiéndose de los brazos del joven-. ¡Ya es dc&gt; noche! - Y luego, con voz de sollozo, siguió - : ¡Qué
va á ser ahora de mí!

Enjugándole á besos las lágrimas, Vicente le
susurraba cariñoso:
- No llores; ahora te quiero más que antes.
- ¿Y me querrás siempre?
- ¡Siempre!
- ¿file lo juras?
El forastero lo juró hasta por su madre. ¿Qué
le importaba l. él juramento más ó menos? ... ¡Los
había hecho tantas veces!
- ¿Por esta cruz? - dijo la muchacha, sacando una crucecilla de plata del seno, que blanqueaba entre la abertura del corpiño, descompuesto
por las atrevidas manos del amante.
- ¡Por esa cruz!
- Bésala.
Besóla el galán, la besó también Magdalena, y
la guardó después la joven entre las redondeces
de su prcho, sobre el cual ajustó, avergonzada y
temblorosa, los pliegues d~l pañuelo.
***
Ciñéndole él la cintura, v con la cabeza ella
apoyada en el hombro del mozo, salieron lentamente del robledal, que para ambos acababa de
ser el Paraíso. Al llegar al claro, Magdalena miró
instintivamente hacia las fogatas que ardían en las
alturas de La Losera; le parecieron ojos de fuego
que la miraban furiosos desde la obscura lejanía.
Sin duda, alguna de aquellas hogueras ardía delante de la choza de Gaspar.
- ¿Por qué tiemblas? ¿Tienes miedo?
- No - contestó la joven-; es el fresco de
la noche lo que me hace temblar.
- Acércate más á mí, que yo te daré calor
con mi cuerpo.
Las luces del lugar formaban á lo lejos como
una constelación que se hubiese caído del cielo. De
cuando en cuando el aire, blando y perezoso, cargado de olores recogidos en los vecinos tomillares, traía á los oídos de la enamorada pareja como
jirones de canciones.
En el momento en que los dos amantes cruzaban el río por el puente de madera, sintieron detrás de ellos las pisadas de varias caballerías. Jinete en la que marchaba delante venía un hombre, á quien Magdalena conoció en seguida.
- Es el tío Saltamontes - dijo toda asustada.
Era, en efecto, el tío Saltamontes, el hombre
más cazurro y metijoso de toda la serranía. Se dedicaba á portear vino por las aldeas de la sierra,
y como acostumbraba á pasar por el puesto de La
Losera, más de una vez había traído á la joven recados del vaquero.
- Va á conocerme -- dijo la moza.
El tío Saltamontes, capitaneando su recua, estaba ya dentro del puente. Los amantes, en la imposibilidad de esquivar las miradas del arriero, no
pudieron hacer otra cosa que arrimarse lo más que
les fué posible al rústico pretil formado por troncos de árbol.
- ¡Buenas noches! - dijo el arriero.
- Buenas noches - contestó Vicente, mientras Magdalena procuraba ocultar el rostro.
- Se viene de paseo, ¿eh? ... Aquí da gusto,
¿verdad? Sin luz y sin moscas.. .
El hombre había detenido su cabalgadura.
- ¿Tiene usted por casualidad un mixto, buen
amigo? - dijo tratando de ver la cara de la joven.

- No fumo - respondió con tono impaciente
el mecánico.
- ¡Bueno!; tendré paciencia. En todo el camino no he podido fumar. Me dejé los mixtos en
el chozo de un pastor. .. allá arriba, en La Losera ... Ea, buenas noches y disimular. ..
Y sin decir más palabra, arreó á la mula. Pronto el tío Saltamontes y su recua fueron poco á
poco desapareciendo entre las callejas de los
huertos.
- Me ha conocido - pensó Magdalena.
Y siguió caminando hacia el lugar, silenciosa
y entristecida.

III
Después de aquel día, el amor, cada vez más
impetuoso de Magdalena, prescindió de toda prudencia. Para ella no había más que Vicente en el
mundo; lo demás le importaba poco. Se aseguraba
en el pueblo que más de un amanecer se había
visto al Madrileño saltar las tapias del corral de la
casa de la señora Juana.
A todo esto, la moza se desmejoraba con espantosa rapidez: los ojos le brillaban cada vez más,
parecían mayores, más expresivos, más hermosos;
pero las mejillas tenían el color amarillento de la
cera y los labios estaban marchitos.
Seguía trabajando en la fábrica, mas no abría
allí la boca ni para saludar á sus compañeras. A
la hostilidad de éstas, correspondía Magdalena
con indiferencia no fingida. Porque era lo cierto,
que en las largas horas de trabajo, mientras danzaban delante de sus ojos los cordones de colorines, su pensamiento vagaba muy lejos de los telares. Pensaba en él, en aquel hombre que la tenía embrujada y que no pagaba el cariño que ella
le tenía.
No eran pasados aun dos meses desde que
Magdalena hubo de hacerle generosa donación de
su cuerpo y de su alma, y ya el mecánico comenzaba á mostrarse tibio y hasta malhumorado con
ella. Dejaba algunos días de esperarla á la salida
del trabajo, y rara vez la aguardaba por las mañanas á la hora de entrar en el taller.
En tres días no le había echado la vista encima. Sin duda, Vicente esquivaba hablar con ella.
Y no era eso lo peor. Amigas bien intencionadas
le iban á menudo con el cuento de que el mecánico se pasaba las horas muertas en el cafetín de
la Rufa, una viuda fresca, ajamonada y todavía de
buen ver, que al oir los requiebros del Madrileño
se ponía tan melosa como los pasteles que servían
de banquete á las moscas del establecimiento.
Atormentada por los celos, martirizada por el
temor de perder el cariño de aquel hombre, al
cual se lo había sacrificado todo, ni dormía ni sosegaba.
- Vas á enfermar - le decía su madre, acon~
gojada al ver el cambio que en poco tiempo había
sufrido el semblante de su hija.
- ¡Mejor! ¡Ojalá me muera!
- Ese condenado de hombre ha debido de
darte algún bebedizo que te ha vuelto loca. ¡Maldita la hora en que vino á Pomareda!
- Ya le he dicho á usted, madre, que le quiero; que sin él, ni puedo, ni deseo vivir.
¿Y si te engaña? ... Ya oyes lo que dicen.

�- Aunque me engañe, aunque me insulte y
me pisotee, le querré siempre.
*

* *

Después de una noche de insomnio, saltó 1\fagdalena de la cama antes del amanecer; abrió sigilosamente la puerta de su casa y fué á plantarse
al pie del árbol secular, cuya copa enorme servía
de toldo á la plazuela en que la Rufa tenía instalado su cafetín. Empezaban á alegrar el cielo las
primeras luces de la mañana; en el frondoso ramaje del árbol cantaba un enjambre de pájaros;
la campana de la iglesia &lt;lió en lo alto de la torre
el toque del alba. Al cabo de pocos minutos de
espera, vió Magdalena abrirse la puerta del cafetín. Salió un hombre: era Vicente.

Sintió la moza que toda la sangre le afluía al
corazón. ¡Era él, el ingrato! ¡Y mientras ella pasa-·
ba la noche como en un lecho de espinas, pensando en el traidor, el infame descansaba gozoso
en los brazos de otra mujer! Nunca padeció dolor
tan agudo como aquel dolor que le atarazaba el
alma.
Temblando de cólera se destacó del árbol y
salió al encuentro de Vicente.
- ¿Tú aquí?- dijo frunciendo el ceño el electricista.
- Yo, sí; ¿qué te habías figurado? ¿Crees que
vas á poderme engañar como has engañado á
tantas?
- ¿Por qué dices eso?
- Si no te sirve disimular -- siguió Magdale-

na cada vez más exaltada-. Si te he visto salir
con mis propios ojos, de casa de esa.. . de esa.. '.
- ¿Qué de raro tiene - replicó el forastero - que haya entrado en el cafetín á tomar una
copa de aguardiente? Hoy tengo que ir temprano
á la fábrica ... ahí tienes por qué entré. . .
. - N'o, no te creo ... ¡Entrar á tomar el aguardiente antes de amanecer! ... Mentira, mentira.
- Y aunque lo sea, ¿qué? ... Ya me voy yo
cansando de tanta monserga.
- ¿Qué dices?
- Que estoy hasta por encima del pelo con
tus celos de todos 1os días. ¿Sabes lo que he pensado?
Miróle la joven con ojos de espanto.
- Pues he pensado, que para que tú no te
sofoques con mis faltas y á mí no me aburras más'
con tus sospechas . . . , pues cada uno por su lado
y si te he visto no me acuerdo.
Quiso hablar la moza, pero los sollozos ahogaron sus palabras, y como. anonadada por lo que
acababa de oir, se dejó caer en el asiento de piedra que rodeaba el árbol, y rompió á llorar.
Dió Vicente un paso con intención de alejarse; pero algo de lástima debió de escarabajearle
en el pecho ante aquel dolor tan hondo y tan sincero, porque, cambiando de intento, se sentó también en el banco, y rodeando con el brazo el talle
de la muchar.ha y acercando su cara á la de ella,
comenzó á decirle to9os aquellos dulces requiebros que bien sabía el taimado que llegaban al corazón de la afligida moza .
. - ¡Quita! ¡Déjame! - decía Magdalena, haciendo como que rechazaba las caricias con que
el galán trataba de secarle las lágrimas.
- Si ya sabes que yo sólo te quiero á ti. .. ¿Has
creído que por esa mujer podía yo dejarte? ...
P?rque lo has creído me he incomodado y te he
dicho lo que no sentía... Mírame; deja que me
vea en esos ojos...
Como el sol detrás de la lluvia, una sonrisa
iluminó el rostro de la joven.
- ¡Si fuera verdad! - suspiró.
- Tan verdad como esa es luz - afirmó el
forastero señalando el resplandor de la aurora -.
Te juro que si he entrado ahí ha sido para beber
una copa. .Mira - y le dió un beso en la boca ¿no te da el olor del aguardiente?
Estremecióse de placer la moza, y echando los
brazos al cuello del traidor, le dijo con apasionado
acento:
- Y aunque me engañes, te quiero y no puedo dejar de quererte.
Y pagó con usura los besos del galán.
·*
* *
Aquella mañana Magdalena, silenciosa como
de costumbre, saboreaba en el taller sus dulces
recuerdos, ajena totalmente á cuanto la rodeaba.
A veces sonreía, á veces sentía que los ojos se le
llenaban de lágrimas.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó Felisa, mientras Magdalena parecía mirar absorta el bailoteo
de los cordones en el telar.
No le pasaba nada; su genio era así; le gustaba
poco hablar...
- Pero si estás llorando - insistió Felisa.
- Calle, pues es verdad ... El polvillo sin duda

�de sangre. Y á aquella bocánada siguieron otras, y
de los cordones. Con él pican los ojos y lagar- la sangre salpicó los cordones que bailaban su
ganta... Yo desde que vengo á la fábrica toso acompasada danza, y roció el telar, y manchó el
suelo del taller, y empapó los vestidos de Felisa,
más .. .
- Oye lo que dice ésta - dijo una de las obre- que sostuvo entre sus brazos á la desfallecida
ras-, que el polvillo la hace llorar.
- De otros polvos vendrán esos lodos - saltó joven.
** *
la Morucha.
•
Una carcajada general comentó el dicharacho.
A puñados la llevaron al despacho del admi- ¡Cállate! - dijo la Felisa.
,
nistrador, en tanto que una mozuela echaba á co- ¡Callarme! - replicó la Morucha con des- rrer en busca del médico.
garro-. ¿Y por qué? La que quiera honra que se
Recostada en un diván, Magdalena respiraba
la gane. ¡Mucho orgullo antes ... y luego pucheros fatigosamente; un grupo de obreras, entre las cuales había algunas paliduchas y enfermizas, la miy dengues! ...
- Oye, ¿te he hecho yo algo para que te me- raba con estupor desde la puerta del despacho,
tas conmigo? - preguntó Magdalena con voz tem- y Felisa limpiaba de cuando en cuando los hilos
blorosa, encarándose con la deslenguada.
de sangre que se deslizaban por las comisuras de
- ¡Insultarte! Yo no te insulto; la que dice la los labios de la enferma.
- Habrá que llevarla á su casa - dijo el adverdad, ni peca ni miente.
- La que habla como tú es porque... ._ ·
ministrador, que en medio de la oficina no disi- Vamos á ver por qué - dijo la Morucha mulaba el mal humor que aquello le causaba.
poniéndose en jarras delante de Magdalena.
- ¡Ahí viene, ahí viene! - gritó entrando en
- Porque le rebosa la envidia, por eso...
el despacho, sofocada por la carrera, la muchachi- ¡Envidiao yo! ... ¿Y de quién voy á tenerla? lla que poco antes salió á buscar al médico.
A poco presentóse el galeno, un señor corpu¿De ti? ... ¡Ay, qué risa!
- Sí, de mí - replicó la hermosa joven cada lento de color cetrino y cuyos ojos, de duro mirar,
vez más exaltada. Envidiosa, más que envidiosa. á los que daban sombra unas cejas enormes, reve- ¡Queréis callaros! - gritó el jefe del taller laban inteligencia y energía. El cabello y la barque, metido en una garita de cristales, á un extre- ba eran canosos, y su aspecto más parecía el de
mo de la larga galería, garrapateaba números en un tratante que el de un hombre de ciencia.
- ¿Qué te pasa? - preguntó bruscamente á la
un librote-. A reñir á la calle.
Hubo unos momentos en los que no se oyó enferma, mientras le tomaba el pulso.
más que el repiqueteo de los telares movidos nerMagdalena, sin contestar, fijó en el médico una
viosamente por el vapor.
larga y ansiosa mirada.
- Vamos, ¿qué es lo que tengo yo que envi- Sí, haces bien; no hables. Estas me dirán ...
diarte? - dijo la Morucha en voz baja y fingiendo
Tres ó cuatro obreras trataron á un tiempo de
que solamente atendía á ordenar un montón de explicar lo que había P&lt;\sado.
madejas ... - Puede que te envidie la buena fama
- Que hable una sola - mandó el facultativo,
dominando con su vozarrón las voces de las muque tienes.
- Basta ya, mujer - dijo también por lo bajo chachas - . Habln. tú - siguió señalando á Fela Felisa.
- O será acaso tu novio .. . ó lo que sea... lisa.- Pues verá usted, señor: se puso á disputar
Bien te la está dando con queso ... Pregúntale á con la Morucha... por nada ... porque sifué ó por
la Rufa, otra que tal; pregúntale lo que dice si vino ... Cosas de mujeres. Claro, cuando una se
incomoda grita, y la Magdalena gritó, y cor, las
de ti. ..
:....... ¡Calla! - murmuró Magdalena haciendo es- voces debió de rompérsele alguna vena de lagarganta .. . y echó un poco de sangre.
fuerzos por contenerse.
- No me da la gana callar. .. Te has creído
- ¿Un poco nada más?
que el Madrileño iba á ser para ti. . . El ya sacó lo
- Un poco ... bastante.
que quería: ahora á otra... Y como guapa, vaya si
- ¡Como todas! - refunfuñó el médico. Y luego,
levantando la voz, preguntó á la enferma, poes guapa la Rufa.
- ¡Mientes! -- gritó Magdalena desencajada, niéndole la mano en el pecho-: ¿te duele aquí?
con el rostro encendido y avanzando amenazadoLa enferma hizo con la cabeza un signo afirra hacia la Morucha -. ¡Mientes, mala mujer, per- mativo.
- Papel y pluma - pidió, el médico.
dida!
Un golpe de tos le cortó la palabra.
El administrador se acercó á don Rufino, que
El hombre de la garita salió de su jaula y se este era el nombre del facultativo, y con tono medirigió hacia las contrincantes, echando pestes lífluo insinuó:
contrn ellas; acudieron también todas las obreras,
- ¿No Je parece á usted que estaría mejor en
mientras Felisa pugnaba por apaciguar á Magda- su casa que aquí?
lena, que entre golpe y golpe de tos, perdido todo
- Mejor que aquí en cualquier parte - conmiramiento, lanzaba á la Morucha cuantos insultos testó rudamente el médico.
- Yo lo digo - continuó el empleado de la
le venían á la lengua.
- Sí, mala hembra. ¡Y habla de fama la per- fábrica - porque en su casa podría acostarse...
- Usted lo dice - replicó el doctor - porque
dida! ... Yo he sido de un hombre, de uno solo ...
Pero tú, tú eres el desperdicio de todos los mozos aquí estorba . .. Ha dado ya á la fábrica cuanto tenía que dar, hasta su sangre ... Ahora, largo; á
del lugar.
De pronto palideció intensamente, se llevó las morirse á otra parte.
manos al pecho y sintió que se le llenaba la boca

siónL~~~j:sá ~e Magdalena adquirieron una exprer gica que antes El éd"
.
enmendar su brusquedad ct·· m ico, queriendo
car la voz:
' IJO procurando dulcifi- De esta no te mueres E
.
zón; aquí no estás b.
V . a, e1 senor tiene raNo te
A ien. amos á llevarte á tu casa
ver' (qui
. "é11 qmere
.
mano? muevas.
echar una·

refrenar sus imrres·
lor, abalanzóse a I g~~1p1~s, Dsuet 1,e manifestar su doo ·t
1
. e uvose la gente· d
p si aron as conductoras 1 ·11
' eangustiada madre se abra:ós1 af ~n ~11 sudelo, y la
dalena.
. ue o e Mag-

- Yo, yo - gritaron á una todas las obreras
Tú -é?t~e se acerquen las cuatro mejores mozas:
sill/ Así k:isrras dos ... Eso es. Levantad la
agu~ llen~ has~ lo~i~n: que lleváis un vaso de
marse ni una gota. An~a~¿¿_' que no ha de derra-

ia d;bi~~: de ~~s ;ntrañas! - gritai;&gt;a cubriéndodada ara mi . i • u 1 pena tan grande estaba guarmi vida~ ·D1·osve1~z. ¿Dqué te ha pasado á ti, luz de
• 1
mw 10s míol Q é h h
para que me casti, ues d
. ( u e echo yo
Magdalena háblam~e _ese modo? ¡Háblame,
Don R~fino
' que 01ga yo tu voz!
simular su em'o~fómentando su aspereza para diJuana:
n, se encaró con la señora

*

callars~º primero que tiene usted que hacer es

Y fué cosa triste de
.
gría luminosa de una
;!er, en med_w de la alegrupo que lentamen;anana de Septiembre, aquel
pasos, iba ~alva d
e
par~ndose cada veinte
1
fábrica de las e;pfn~~a~i~t~f ~ ª 1que separaba la
Con el rostr
.. a e1ue ~s del lugar.
de a ngustia 1/ ~r-angue, los tristes ojos llenos
sobre la faldr ~ ~nfas manos de cera cruzadas
cuatro de
, ag ~ ena, llevada en la silla por
enca·ada sus c~mp~neras, parecía aún más desJ
y dolorida a la cruda luz del sol M h
. are ab a á su lad l éd"
do los movfr:ie:o
~eñudo el rostro, vigilanpos de la enferma s e as mozas, y seguían en
cuales i·b
.
las obreras de la fábrica á las
an mcorporánd
. '
encontraban al paso.
ose cuantas mu1eres se

- ¡S! es mi hija!
- ¡Silenciol Por
..
reprimirse ... ¡Pues ~:t~ :ti!u hiJa de usted debe
dée de ese modo!
para que se la zaran.
· · · · ·E
1 a, en marcha!
s
ushtuyó la señora J
á
·
el cortejo, silencios
~ana . un_a de las mozas y
marcha.
o y tnste, s1gmó lentamente su

* *

r

ICJ,

sar Alguien
á la e!. sin duda
J
' lm b O d e adelantarse á avidesaforads nora uana. La pobre mujer, con los
con que ¡°s ademanes, los sollozos y los gritos
a gentP. del pueblo, no acostumbrada á

Llegaron
•
enferma
do áRlafi casa, y mientras
acostaban á la
- L;rgon to~ n~ se plantó en la puerta y gritó:
guna falta.
o e mundo. Aquí no hacéis nin-

*

*

*

Magd
nos Cuando
blanco que
s a¡ena ~uedó ya en su lecho, mele aplicaron I
u car~ e azucena marchita, y se
co, \a señora %:::::~fóºl~~nnatousfi por el rnédimet1e ndo volver había b . d 0 I
no, que promaranchón y est' b
ªJª a escalera del caa a ya en el portal.

�-Dígame, por Dios-sollozó con acento suplicante la madre-: la encuentra usted muy malita,
¿verdad?
- Muy mala; sí, muy mala.
- ¡Hija de mi alma! - gimió la anciana.
- Pero no hay que desesperarse del todo.
Si no le repite el vómito de sangre ... puede .. .
puede ... Ella es joven ... En fin, lo que hace
falta es cuidarla mucho.
En los ojos llorosos de la pobre mujer brilló
un rayo de esperanza.
·
¡Cuidarla! Aunque tuviera que dar su sangre
toda por su hija, aunque fuera necesario no comer
ni dormir.
- Pero usted me la salvará. ¿Verdad que
me la salvará usted?
Y trataba de besar las manos del doctor.
- Basta de lagoterías. Vuélvase á la cabecera
de su hija, que no hable con nadie y haga usted
cuanto la he dicho ... ¡Ah! Y aunque la vea usted
mejorada, cuidado con dejarla volver á los talleres. . . Allí está la muerte.
Y sin decir más palabra salióse cejijunto de la
casa.
- ¡Esta condenada fábrica-refunfuñaba conforme se alejaba por la calle arriba - va á acabar
con toda la juventud de Pomareda!

IV
Dos meses llevaba Gaspar, desde que estuvo
en el pueblo, pastoreando reses por los vericuetos
&lt;le la sierra. Semanas enteras se le pasaban sin ver
más alma viviente que el mozuelo que le servía
&lt;le zagal. Al mediar Septiembre volvió con el ganado á los altos del puerto de La Losera.
Llámase así una gran meseta que sirve de paso
entre el valle formado por el Povares y el que
riega el Breffalar, río que baja despeñado desde
11110 de los más empinados riscos de la cordillera.
La meseta, limitada por altas cumbres cubiertas
de nieve, tiene de largo, entre las dos vertientes,
media legua bien medida; su anchura no es mucho menor. Cuando, después de fatigosa subida,
desde cualquiera de ambos valles llega el viajero
á aquella extensa llanura, le parece que se encuentra fuera del mundo. Solamente el zumbido
&lt;le algún insecto ó el piar de algún pajarillo interrumpe el silencio de aquellas alturas. Matojos de
retama cubren á trecho~ el suelo, tapizado de
hierba salpicada de florecilias carmesíes, semejantes á gotas de sangre. En el centro de la planicie
un grupo de peñas enormes, caprichosamente
amontonadas por algún cataclismo geológico, hace
pensar en las ruinas de un castillo ciclópeo.
Según refiere la gente del país, aquellos peñascos fueron durante mucho tiempo apostadero
desde donde partidas de bandoleros solían esperar á los caminantes que cruzaban el puerto para
ir del uno al otro valle. Después de cometidas sus
fechorías, los ladrones ·escapaban con el robado
botín á ocultarse en las cuevas de los montes vecinos. La. Guardia civil, allí, como en todas partes, acabó con los salteadores, y ahora, en las
quiebras de los colosales peñascos, teatro en otro
tiempo de escenas de rapiña y homicidio, tienen
sus majadas los pastores, y allí tenía la suya Gas-

par, mientras su vacada pastaba, esparcida, por la
extensa llanura.

***
Aunque muy entrado el día, los rayos de sol
no habían logrado penetrar la masa de nieblas que
gravitaba sobre La Losera. Sentados en el hueco
de una peña Gaspar y su zagal, envueltos en sendas mantas, se calentaban ante una enorme fogata.
Muy contento estaba aquel día el vaquero;
como que tan sólo tres leguas le separaban de Pomareda, y para San Miguel, como quien dice mañana, vendría otro pastor á hacerse cargo del ganado, y él, Gaspar, bajaría al pueblo y en él viviría y podría ver á todas horas á Magdalena.
- Tú no la conoces - le decía al zagal. Pues
hazte cuenta de que es . .. ¿Has visto la Virgen
de la Peña con aquellos ojos tan grandes y tan serenos y aquella cara tan fina y aquel pelo tan reluciente?. .. Lo mismo es ella. ¿Y cuándo habla? ...
No parece sino que aquella voz se le mete á uno
en lo más hondo del corazón . . . Ya verás cuando
me case, porque tú tienes que irá mi boda. Allá
para Junio, cuando verdée todo el valle y haya
flores hasta en las lindes de los caminos ... De
Septiembre á Junio, justo, nueve meses ... ¡Dentro de nueve meses! ¿Te parece poco? Una eternidad me parece á mí. Aquel día verán los mozos
de Pomareda si tiene rumbo Gaspar el vaquero.
El zagalillo oía arrebujado en su manta, sin
gran sorpresa, la charla del pastor. Durante tres
meses, la conversación de Gaspar venía á caer
siempre sobre el mismo tema.
Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado el
vaquero dándole que le das á aquellas dulces esperanzas, si no le hubiese interrumpido ruido de
pisadas y el tintinear de cascabeles de una recua
cuyos q:mtornos, esfumados por la niebla, se destacaban fantásticos cual si flotasen en el espacio.
Tirando del ronzal delantero, como si llevase á rastras á toda la reata, caminaba el tío Saltamontes.
Al verlo, se levantó de un salto Gaspar y se
plantó delante del arriero.
Paróse asustado el tío Saltamontes, y las mulas siguieron su ejemplo.
- ¡Eh! ¿Quién va? - preguntó con voz temblorosa.
- No se asuste usted, tío Saltamontes; soy yo,
Gaspar.
- ¡Ah!, eres tú - contestó respirando fuerte
y ya tranquilizado el arriero - . Como esas peñas
tienen tan mala fama y te vi salir al camino tan de
repente ... Y luego con esta niebla ...
- Pues ya se pasó el susto.
- Hombre, tanto como susto...
- Lo que haya sido ... Ahora véngase aquí,
junto á la hoguera; beberemos un trago y echaremos un pitillo.
- No vendrá mal lo uno ni lo otro - contestó
el tío Saltamontes.
Y poniendo debajo de un pedrusco el cabo del
ramal de la mula delantera, fué• á sentarse cerca
al fuego.
Sacó Gaspar del hueco de una peña una panzuda bota de vino; bebieron los dos hombres y el
muchacho; ofreció el vaquero la petaca al tío Saltamontes; liaron ambos dos cigarros tamaños corno

trancas, y echando humo por bocas y narices, entablóse entre los dos hombres el siguiente diálogo.
** *
- ¿Y qué hay por Pomareda, tío Saltamontes?
Miró el arriero el cigarro como si en él estuviese escrito lo que había de contestar, dió una
chupada á la tranca, soltó una bocanada de humo,
y dijo:
- Haber... hay de todo, malo y bueno ... ;
menos bueno que malo.
- Usted ya sabe por lo que yo le pregunto.
- Mira tú si no voy á saberlo. . . Pues sobre
ese particular. .. la verdad, lo que puedo decirte... así como para alegrarte... no lo es.
Pintóse viva ansiedad en el rostro del vaquero.
- La Magdalena.. . - siguió el tío Saltamontes - porque tú, por quien preguntas, es por la
Magdalena.
Afirmación enérgica de Gaspar.
- Anda malucha y alicaída de algún tiempo á
esta parte. ¡Se ha quedado la pobre muy desmirriada después del vómito de sangre!
Levantóse el vaquero como movido por un resorte.
¿Que Magdalena había echado sangre por la
boca? Estaba, según eso, muy mala; porque bien
se le alcanzaba á él que vomitar sangre era de lo
r1eor que podía pasarle á una persona.
- ¿Pero tú no sabías? - preguntó algo turbado el tío Saltamontes.
¿Cómo había de saberlo? En cuatro meses
aquellas eran las primeras noticias que llegaban
hasta él de lo que sucedía en el pueblo. ¡Magdalena tan enferma, quizás en peligro de muerte, y
él tan tranquilo, tan descuidado, tan contento! ..
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se dejó
caer en la hierba.
Hubo una larga pausa. Después, limpiándose
el llanto con el dorso de la velluda mano, preguntó con voz enronquecida:
- ¿Y cómo fué?
- Desde que entró en la fábrica empezó á
desmejorarse... Según se suena, el oficio aquel es
poco sano. . . y luego que tuvo allí no sé qué trifulca con otra moza... Nada, que se le subió la

sangre á la cabeza... Pero ahora - se apresuró á
decir el arriero - ya parece que está mejor.
¡La fábrica, la maldecida fábrica! ¡Si se lo daba
el corazón! No era Magdalena la primera moza que
dejaba allí su salud.
- Después de todo - siguió el tío Saltamontes, parándose á cada palabra-, el que Magdalena esté mejor ó peor, á ti debe de importársete
poco.
- ¿Por qué dice usted eso? - preguntó Gaspar, mirando fijamente al arriero.
- Lo digo porque ... la Magdalena, esté buena
ó mala, no es para ti.
- Para mi ha de ser por encima de todo.
- Eso... allá tú... Pero me parece á mí que
ella es de otro pensar.
Se levantó el pastor, y dando un paso hacia·el
tío Saltamontes, y con una cara que daba miedo,
le dijo:
- Hable usted.
- Si te pones de ese modo...
- Le he dicho á usted que hable.
- Pues digo que la Magdalena anda enamoriscada de otro. Por él fué la riña de la fábrica.
- ¡Miente usted! - gritó furioso Gaspar -.
¡Miente usted, miente usted! - y extendió hacia
el cuello del tío Saltamontes sus manos amenazadoras.
El zagal, encogido junto á la hoguera, miraba
espantado al vaquero. Por su parte, el tío Saltamontes, entre mohíno y asustado, se había puesto
en pie.
- La culpa la tengo yo - dijo, acercándose á
sus mulas, que echaban bocanadas de vaho, dando la impresión de bestias que fumasen.
Reprimió su cólera Gaspar, y suavizando en lo
posible la voz, habló al tío Saltamontes.
Un pronto lo tenía cualquiera. Al oir aquello
de Magdalena se le alborotó la sangre. .. Ya pasó.
Algún calumniador le dió sin duda al arriero la
falsa noticia... ¡Hay tantas malas lenguas en el
pueblo!
- Lo que han visto mis ojos no tenía que contármelo nadie.
- ¿Y qué es lo que usted ha visto? - interrogó Gaspar, con la voz alterada de nuevo.

�- He visto - respondió el tío Saltamontes á la l\lagdalena y á uno de la fábrica que le llaman
el Madrileño, salir, ya muy entrada la noche, del
robledal de la fuente del Almendro cooidos de la
. tura ... ; y para m1, que se besaban..."'
cm
Rugió como fiera herida el vaquero.
- Mire usted lo que dice, tío Saltamontes...
Mire usted que si eso fuese verdad ... á alguien va
á costarle la vida.
- Pregunta en el pueblo... No se habla de
otra cosa...
Y después de estas palabras, el tío Saltamontes echó á andar tirando de su recua.
- Escuche usted lo que le digo - gritó Gaspar -. Pronto he de saber si es cierto lo que usted me ha contado. ¡Ay de usted si me ha mentido!
Y mientras al arriero y sus mulas se desvanecían entre la niebla, el pastor, volviéndose al zagal, le dijo:
- Al cuidado de las reses te quedas. No sé
cuándo volveré, ni si volveré siquiera.
Y sin esperar contestación tomó á grandes pasos el camino de Pomareda.

***

No tardó cuatro horas Gaspar en
recorrer la distancia que media entre
el alto de La Losera y el pueblo. Durante su rápida caminata, un revoltijo confuso de odios, tristezas y dolores
hervía en su cerebro enloquecido. Conforme bajaba por la falda de la montaña iba apareciendo ante sus ojos el
hermoso valle iluminado por el sol;
pero en su alma traía él todas las nieblas de la sierra.
Al llegar cerca del poblado se ten7
tó la faja, como requiriendo un arma.
No llevaba ninguna; ni siquiera había
cogido su cayado. ¿Qué le importaba?y se miró con expresión feroz las manos grandes, duras, callosas, hechas
á derribar reses bravas y estrangular
lobos hambrientos.
¿Que estaba enferma Magdalena?
Castigo de Dios debía de ser por su
traición. Después de lo pasado, ¿qué
se le daba á él de que la ingrata viviera ó muriera? ... Pero nada de esto le brotaba del corazón ... El temor
de que ella pudiera morir, era como
un clavo candente hincado en su cerebro.
Atraído por fuerza irresistible 1 fué
disparado como piedra por la ho nda,
á la casa de Magdalena.
¡Oh, cómo le latía ei corazón al
acercarse al portal enjalbegado de
blanco. Ni cuando en las noches de
invierno vió brillar en la obscuridad,
á dos pasos de distancia, los ojos de
fuego de los lobos, hubo de experimentar agitación semejante á la que
en aquel momento sentía.
Llegó á la casa y se asomó tímidamente á la puerta; en el fondo del
portal, sentada al pie de la escalera por
donde se subía al camaranchón que servía de alcoba á Magdalena, la señora Juana cosía. ¡Qué envejecida estaba la pobre mujer! El dolor había borra. do su antigua expresión de energía; sus mejillas
enflaquecidas mostraban hondos los surcos del
llanto.
- ¡Señora Juana! - llamó el vaquero en voz
baja.
Levantó la mujer los ojos, y en su rostro se
pintaron súbitamente el espanto y la sorpresa.
- Vete - dijo la anciana.
- ¿Cómo está Magdalena?
- Vete, por Dios; vete que no te oiga.
- Dígame usted si está mejor. .. Mire usted
que yo no puedo resistir esta angustia. ¡Tenga usted compasión de mí!
- No está peor; vete.
- ¿Con quién habla usted, madre?- dijo una
voz débil desde el camaranchón, voz que Gaspar
tenía bien conocida.
- Con el señor Juan, el vecino, que me ha
preguntado por ti, al pasar.
- Me engaña usted, madre... Le he conocido: es Gaspar; que no entre, que se vaya...
- ¡ Lo estás viendo! - murmuró la señora
Juana, mirando irritada al vaquero.

- Adiós - gruñó d pastor, y salió restregándose, con furia, los ojos llenos de lágrimas.
***

Después de recorrer sin rumbo los alrededores del pueblo, volvió á entrar en él y fué á dar
con su persona en la plaza.
Una fuente de piedra, adornada con grandes
bolas y rodeada de ancha pila, en que se abrevaban mulas y bueyes, constituía, al caer de la tarde,
el centro de atracción de toda la juventud..de Pomareda. Junto á la fuente eran las citas de las muchachas con sus novios; allí se comentaban los sucesos del lugar, se
concertaban las
rondas, se despellejaba á los ausentes, y hasta se ventilaban á puñetazo
limpio y á repelones de moño, las
rencillas de los mozos y los piques de
las mozas.
Anochecía ya
cuando Gaspar entró en la plaza. A
aquella hora, terminadas las faenas
de la jornada, acudía al mentidero,
según costumbre,
la gente joven del
lugar. Varias muchachas casaderas,
mientras se llenaban sus cántaros,
charlaban ó retozaban con sus galanes; en diversos grupos, algunos hombres hablaban de
los incidentes del trabajo, de sus amoríos ó de sus
pendencias.
En el centro de uno de aquéllos, Vicente el
electricista llevaba la voz cantante. Jactancioso y
dicharachero, alardeaba de sus triunfos amorosos,
entre las risotadas de sus oyentes.
Uno de éstos hubo de hablarle de sus relaciones con la Rufa. .
- Esa - dijo el Madrileño con tono chulesco-, tiene también lo suyo.
- Anda alabándose - dijo otro del corro de que te vas á casar con ella.
¡Casarse él! Esas eran voces que hacían correr
los pavos... Lo del casorio se lo creen las mujeres en seguida ... También se lo creyó la Magdalena; pero él. .. de verano.
- La Magdalena - saltó el que había hablado primero - no está para bodas. Ya no es ni su
sombra de lo que fué en otro tiempo...
- Sí que era una gran mujer - afirmó el Madrileño.
- Eso nadie _lo sabe mejor que tú - apuntó,
guiñando maliciosamente el ojo, otro de los mozos.
Lisonjeado en su vanidad de conquistador, el
mecánico entró en explicaciones.
Pero fué el caso, que cuando más se regodea-

ba el libertino contando los íntimos pormenores
de sus entrevistas amorosas con Magdalena, destacóse de entre el pelotón de oyentes un hombre,
á quien Vicente no había visto en su vida.
- Tú no me conoces - dijo el tal con voz
ronca y acercando su cara á la del Madrileño.
Sorprendióse éste un tanto; pero repuesto al
punto, respondió con sorna:
- No tengo ese honor.
- Pues vas á conocerme m1,1y pronto.
Los tertulios todos de la fuente, presumiendo
que allí iba á pasar algo muy serio, formaron ancho círculo en derredor de los dos rivales.

- Yo soy un hombre - dijo Gaspar - que te
va á patear les hígados; granuja, hijo de mala
madre.
Echóse atrás el forastero buscando algo en el
bolsillo interior de la chaqueta; pero antes de que
hubiese tenido tiempo de sacar el arma, cayó sobre su cara la mano del vaquero, con tal fuerza,
que el electricista hubiese rodado por el suelo á
no r~cibir en el otro carrillo segunda bofetada, tan
formidable como la primera, que le hizo recobrar
el equilibrio.
Rugiendo de rabia y echando espumarajos sanguinolentos por la boca, Vicente dió dos pasos
atrás, y sacando una navaja, se lanzó sobre el vaquero.
Sonó un alarido en la plaza; las mujeres echaron á correr gritando: • ¡Que se matan!&gt;, y los
hombres, sin atreverse á intervenir, contemplaban entre espantados y complacidos la brutal contienda.
Esperó Gaspar la acometida de su contrario,
esquivó con agilidad el golpe, y cogiendo con un
rápido movimiento la muñeca del electricista la
retorció de suerte, que el chulo, profiriendo una
blasfemia, soltó la navaja. El brazo que la sostenía
quedó dislocado é inerte á lo largo del cuerpo.

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Negóse débilmente la madre; ·insistió la hija y
al cabo la miseria pudo más que el amor maternal. Magdalena volvió á la fábrica.
Cuando lo supo el médico, soltó la interjección
más enérgica de su repertorio y aseguró que si le
llamaban para asistir á la moza, no volvería á verla, aunque le llevasen á rastras.
** *
Aprovechando las horas en 4.ue la joven estaba
en el taller, entró una tarde Gaspar en casa de la
señora Juana.
-Esto no puede seguir - decía entre furioso
y compungido-. Don Rufino lo asegura siempre
que me ve.. «La fábrica la mata. &gt; Va á ponerse
peor, á morirse acaso, y usted tendrá la culpa. Por
Dios , señora Juana, dígale usted á Magdalena
que yo, á pesar de todo, la quiero más que á
mi vida... Agua pasada. . . Dígale que no pido
que corresponda á mi cariño; que sólo la pido que
se case conmigo para que pueda yo trabajar por
ella. Ya sab~ usted que el amo me cumplió su palabra ... Se lo juro á usted: como una reina estaria en mi casa.
Harto deseaba la señora Juana que su hija accediese á lo que Gaspar pretendía; pero á Magdalena era imposible hablarle de aquello. Cuando su
madre le insinuó la pretensión del pastor, «Primemuerta•, contestó. No quería vt&gt;rle ni oir hablar de él siquiera. Viniendo de Gaspar, ni la salvación de su alma aceptaría.

"º

*

Sin reparar e n que su contrario no podía ya defende rse, el pastor, enardecido por la lucha, se
precipitó sobre el Madrileño y le descargó una
lluvia de golpes. Rodó el forastero por tierra, y
aun teniéndole derribado, siguió golpeándole Gaspar con saña y furor crecientes.
- Déjale ya - gritaban los del corro-. Vas
á matarle.
Como muerto estaba, en efecto, Vicente, ensangrentado é inmóvil. Al darse cuenta de ello e l
pastor, se echó atrás, le miró un momento, y después, encogiéndose de hombros, salióse del con-o,
cruzó la plaza y se alejó del pueblo.
V
Pronto corrió por el lugar la noticia de la reyerta. A decir verdad, no hubo e n Pomareda un
mozo siquiera que no se regocijase del vencimiento del electricista. «Bien empleado le estaba. ¿Qué
se habla creído, que no había en el pueblo quien
fuese capaz de bajarle los humos?&gt; Lo mejor que
podía hacer ahora era tomar soleta. Si seguía en
el lugar, hasta los chiquillos acabarían por meterse con él.
Así debió de comprenderlo Vicente. En cuanto
se sintió un tanto repuesto de la soberana tunda
que hubo de administrarle Gaspar, con unos cuantos dientes de menos, estropeado un ojo y hecho,
en fin, una lástima, sin decir oxte ni moste, se afufó
del pueblo y jamás volvió á vérsele en Pomareda.

*

* *

La ausencia, ó más bien la fuga del forastero,
fué un golpe terrible para la pobre Magdalena. Le

seguía queriendo á pesar de todo; le quería tanto,
que ni al sacrificio de su honra daba valor. Se olvidaba de sí misma para no pensar más que en el
:Madrileño. Si á la joven no le hubieran faltado las
fuerzas, habría abandonado madre y hogar para
correr detrás de \'icente y seguirle hasta el fin
del mundo. Y allá, en su triste camaranchón, que
ahora le parecía horrible cárcel, se pasaba llorando las horas muertas.
IIacia Gaspar sentía odio de muerte. El era el
causante de su desgracia, él quien había destruido
sus esperanzas todas ... hasta su deseo de vivir. Que
no le hablasen de aquel hombre aborrecible: era
un criminal que, á traición, de seguro que á traición, había maltratado y casi asesinado á Vicente.
Y pasaron días. ¡Qué tristes los de aquel invierno! Sus fúnebres nieblas pesaban como losa
de plomo sobre el corazón de Magdalena... ¿Quién
vería brotar las flores de la primavera próxima?
La señora Juana pasaba casi todo el día fuera
de su casa. Era preciso ganar la vida, y la pobre
mujer no se daba reposo en la dura tarea de procurar para ella y para su hija algunos céntimos.
- Madre - le dijo un día la moza-, quiero
volver á la fábrica.
- ¡Estás loca! ¡A la fábrica! No te acuerdas de
lo que nos tiene dicho el médico.
¿Qué sabía don Rufino? Mejor que metida
entre las cuatro paredes de su casa, siempre á
solas con sus recuerdos, estaría entre sus compañeras. Por lo menos se distraería ... Además, ya se
sentía casi bien.
- Y luego, madre, que, bien lo veo, se está
usted matando á trabajar y con lo que gana no podemos vivir.

'* *
A todo esto, ya no era ni sombra de lo que fué:
la enfermedad iba día por día y hora por hora
devorando todas las perfecciones de su cuerpo,
poco antes tan apetitoso y tentador. No había ;a
ni turgencias en su seno, ni rosas en sus mejillas,
ni redondeces en sus caderas. Su cuerpo, marchito, parecía presentir las caricias de la muerte.
Por esfuerzo poderoso de su voluntad seguía
acudiendo al trabajo; pero sólo ella sabía cuánto
de angustia le costaba ir desde su casa á la fábrica, y, sobre todo, subir la escalera de los talleres.
- ¡Pobrecilla!- pensaba laFelisa-,¡qué malita está!
- ¡Esa - decía por lo bajo la Morucha, mirándola siempre con ojos rencorosos - no llega á
pájaros nuevos!
Asi pasaron algunas semanas.
Una mañana, una triste mañana, en que va1le y sierra aparecieron amortajados por una inmensa sábana de nieve, sintió Magdalena al levantarse que le faltaba aire para respirar. Quiso dar
voces y no pudo; trató de bajar la escalera, y las
pier?as le flaquearon y cayó al suelo, casi sin
sentido.
Al ruido del golpe subió la madre.
- ¡Hija, hija de mi alma! - clamó la señora
Juana-; ¡no me oye, no me contesta! Y abrió la
ventana y pidió socorro á gritos.
Acudieron algunas vecinas, y entre todas acostaron á Magdalena. La madre, d esesperada y sollozante, echó á correr en busca del médico.
- ¡Eso! - dijo don Rufino - ; estas imbéciles
no se acuerdan de Santa Bárbara hasta que truena. Cuand~ las cosas no ~ienen remedio, que venga el médico; y el médico es tan bruto, que se

cala el sombrero, coge el bastón y allá va, á remediar lo que no tiene remedio ... Eche usted adelante. Y refunfuñando y diciendo horrores contra
la fábrica, y los obre10"-, y el mundo entero, se dirigió á casa de Magdalena.
Al verá la e nferma su rostro se dulcificó. ¡Pobre
flor tronchada! Después, recobrando su aspecto
malhumorado, murmuró de modo que pudo oirle
alguna de las comadres:
- ¡A buena hora! Siempre pasa lo mismo...
¡Como si uno tuviera el don de hacer milagros! Y luego, dirigiéndose á una viejecilla, la dijo en voz
baja:
- Aquí no hace falta el médico. A quien han
debido ustedes llamar es al cura.
*

* *
Ya entrada la noche, sonaron en la vieja torre
de la iglesia las campanadas anunciando que se
iba á dar el Viático á un enfermo. Aquella voz de
bronce, que venía de lo alto, la misma que hacía
veinte años saludó el bautizo de 1fagdalena, y la
que, al día siguiente, había de doblar por su entierro, puso en conmoción á todo el vecindario de
Pomareda.
-Es la señal del Viático.-Van á dar el Señor
á L'l hija de la señora Juana. Y todas las mujeres
de Pomareda, tocándose apresuradamente con sus
mantillas, acudieron á la iglesia.
Ya reunidas las mujeres, las puertas del templo se abrieron de par en par. Apareció primero
un hombre con un farol, detrás el sacerdote, que
abrigaba entre los pliegues de su capa de brocado
el Copón con la Sagrada Forma, y á su lado un
monagu~llo con blanca sobrepelliz, agitando una
campamlla. Detrás, el grupo de acompañantes con
cirios encendidos en las manos; que daban á los
rostros un color como de sangre, murmuraba confusas oraciones.
El lúgubre cortejo atravesó lentamente la explanada que se extiende delante de la iolesia. La
.
.
"' pero la
meve
amortiguaba
el ruido de los pasos;
campanilla, sonando sin interrupción, marcaba el
camino que seguía la comitiva al través de las tortuosas callejuelas del pueblo.
Al llegar á la casa de la enferma, alauna de las
mujeres que formaban en el cortejo crtyó ver cerca de la puerta á un hombre que sollozaba hincado de rodillas.
*

* *
Entraron cura, acólitos y acompañamiento en
la vivienda de la señora Juana, ilumináronse las
v~ntanas de la alcoba de Magdalena y transcurrieron algunos minutos solemnes.. . Volvió á
sonar la campanilla, reflejáronse de nuevo las luces de los cirios en la nieve y la triste procesión
se alejó lentamente, con leve murmullo de oraciones.
En la calle quedó solo Gaspar, fijos los ojos en
las ventanas, por cuyas rendijas se escapaba tenue
resplandor. De cuando en cuando se acercaba á la
puerta y aplicaba el oído: reinaba dentro de la
casa fúnebre silencio, interrumpido á veces por
roce de faldas y discreto ruido de pasos, sin duda
los de Felisa, que en compaiiía de la señora Juana velaba á la enferma.

�- Apareció un bulto en lo alto de la c;alle: era
el médico.
- ¿Qué haces? - preguntó al pastor.
- No me dejan entrar.
- Ven conmigo.
- No quiere ella. ..
Don Rufino penetró en la casa. Poco después
salió. Acercósele Gaspar.
- ¿Como está? - preguntó ansiosamente.
- Caso perdido... Se empeñó en volver á la
fábrica y la fábrica la mata, como ya ha matado á
otras, como matará ¡quién sabe á cuántas! ...
- ¡Oh, la fábrica! - rugió el pastor, dirigiendo una mirada colérica á la alta chimenea que se
destacaba negra en medio de la noche, esclarecida por el reflejo pálido de la nieve.
- Sí - siguió el médico-; ella envenena la
sangre y la vida de la gente moza; con sus máquinas tritura los cuerpos; con la gente forastera que
ella nos ha traído, las honras y las costumbres; con
sus desperdicios empozoña el aire... Hasta el cielo mancha con sus bocanadas de humo...
Y se alejó murmurando todavía violentos apóstrofes.
*

taba la cruz, con su delgada cadenilla de metal,
que durante años había acariciado el seno florido
de Magdalena.
- Gracias - murmuró la enferma; y apretand0 la cruz contra sus labios, la besó, la besó .. . y
su último beso fué también su ú ltimo suspiro.

El [usnto Ssmanal

***
Entonces oyó Gaspar desde la calle sollozos.
gritos, pasos precipitados. Se acercó el pastor al
umbral. Abrióse la puerta, y F elisa, con voz entrecortada por el llanto, le dijo:
- Ya puedes entrar. '

***

A la noche siguiente, cuando dormía Magdalena su último sueño• en un rincón del camposanto~
y mientras la nieve caía lenta y silenciosa, un
hombre se acercó á los muros de la fábrica. Durante largo rato estuvo vagando en torno del edificio, yendo de una á otra de las rejas del sótano,
en donde estaban. almacenadas las mercancías. De
cuaritlo en cuando•, brillaba en sus manos una luz.
Luego echó á andar, v0lviendo á menudo la.
cabeza para contemplar el sombrío edificio.
* *
Aun no había andado medio kilómetro cuand0
Siguieron deslizándose lentas las horas de se detuvo, y en su semblante se pintó una expreaquella noche trágica. La casa de la señora Juana sión extraña de gozo salvaje. De la planta baja de
continuaba sumid:t en profundo sikncio, y el in- la fábrica se escapaban rojas llamaradas, que bien
cierto resplandor de la habitación de la enferma pronto se convirtieron en formidable hoguera. Las
seguía filtrándose por las rendijas de las ventanas. llamas se elevaron al piso superior, brotaron por
Inmóvil, blanca como la cera, Magdalena hu- las altas ventanas, coronaron el techo con diadema
biera parecido muerta á no ser por la agitada res- de fuego y se extendieron en derredor de la alta
piración que se escapaba de sus labios entreabier- chimenea, que elevaba su roja silueta entre el
tos. A uno y otro lado de la cama, la señora Jua- humo y las chispas del incendio.
Gaspar, sentado en lo alto de una peña, con
na y la Fefüa contemplaban angustiadas aquel suelos codos en las rodillas v la cara entre las mano~
ño precursor de la muerte.
La enferma abrió los ojos, cogió las manos de miraba con expresión feioz el incendio que alumsu madre y con voz débil, que parecía venir de braba el lugar y el valle con claridad semejante á
la del día... Luego oyó la campana de la iglesia
allá, de regiones desconocidas, dijo:
- Madre, busque usted en el arca ... una que llamaba apresuradamente y como loca á la gencaja... saque usted mi cruz, la cruz de plata que te del pueblo desde lo alto de la torre ... Después.
usted me puso al cuello el día de mi primera co- llegó hasta sus oídos confuso griterío y vió, al resplandor de las llamas, el hormiguero humano que
munión.
La señora Juana escarbó con manos febriles en se agitaba en torno de la hoguera.
- ¡Gritad, gritad - decía el pastor agitand0
el arca que guardaba la ropa de su hija.
· - Aquí está - dijo, enseñando una caja cui- sus puños amenazadores.-: ni ladrillo sobre ladadosamente atada con una cinta. La abrió: flores drillo, ni piedra sobre piedra!
Y lanzando carcajadas que tenían algo de somarchitas, una estampa, un rizo de cabellos... los
restos sin valor de una historia de amores. Allí es- llozos, echó á, co-rrer hacia las cumbres de la sierra.

UIENDO Lfl \/IDfl
==

NOVELA DE fELIFE

S.A.SSONE

=

CIONES DE /V\ENÉNDEZ

•¡

Febrero 15 de 1()08.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía. Imprenta de )osé Blassy Cía., San Mateo 1, Madrid.

ILUSTRA-

•

-30

Csnts.

�</text>
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                    <text>- Apareció un bulto en lo alto de la c;alle: era
el médico.
- ¿Qué haces? - preguntó al pastor.
- No me dejan entrar.
- Ven conmigo.
- No quiere ella. ..
Don Rufino penetró en la casa. Poco después
salió. Acercósele Gaspar.
- ¿Como está? - preguntó ansiosamente.
- Caso perdido... Se empeñó en volver á la
fábrica y la fábrica la mata, como ya ha matado á
otras, como matará ¡quién sabe á cuántas! ...
- ¡Oh, la fábrica! - rugió el pastor, dirigiendo una mirada colérica á la alta chimenea que se
destacaba negra en medio de la noche, esclarecida por el reflejo pálido de la nieve.
- Sí - siguió el médico-; ella envenena la
sangre y la vida de la gente moza; con sus máquinas tritura los cuerpos; con la gente forastera que
ella nos ha traído, las honras y las costumbres; con
sus desperdicios empozoña el aire... Hasta el cielo mancha con sus bocanadas de humo...
Y se alejó murmurando todavía violentos apóstrofes.
*

taba la cruz, con su delgada cadenilla de metal,
que durante años había acariciado el seno florido
de Magdalena.
- Gracias - murmuró la enferma; y apretand0 la cruz contra sus labios, la besó, la besó .. . y
su último beso fué también su ú ltimo suspiro.

El [usnto Ssmanal

***
Entonces oyó Gaspar desde la calle sollozos.
gritos, pasos precipitados. Se acercó el pastor al
umbral. Abrióse la puerta, y F elisa, con voz entrecortada por el llanto, le dijo:
- Ya puedes entrar. '

***

A la noche siguiente, cuando dormía Magdalena su último sueño• en un rincón del camposanto~
y mientras la nieve caía lenta y silenciosa, un
hombre se acercó á los muros de la fábrica. Durante largo rato estuvo vagando en torno del edificio, yendo de una á otra de las rejas del sótano,
en donde estaban. almacenadas las mercancías. De
cuaritlo en cuando•, brillaba en sus manos una luz.
Luego echó á andar, v0lviendo á menudo la.
cabeza para contemplar el sombrío edificio.
* *
Aun no había andado medio kilómetro cuand0
Siguieron deslizándose lentas las horas de se detuvo, y en su semblante se pintó una expreaquella noche trágica. La casa de la señora Juana sión extraña de gozo salvaje. De la planta baja de
continuaba sumid:t en profundo sikncio, y el in- la fábrica se escapaban rojas llamaradas, que bien
cierto resplandor de la habitación de la enferma pronto se convirtieron en formidable hoguera. Las
seguía filtrándose por las rendijas de las ventanas. llamas se elevaron al piso superior, brotaron por
Inmóvil, blanca como la cera, Magdalena hu- las altas ventanas, coronaron el techo con diadema
biera parecido muerta á no ser por la agitada res- de fuego y se extendieron en derredor de la alta
piración que se escapaba de sus labios entreabier- chimenea, que elevaba su roja silueta entre el
tos. A uno y otro lado de la cama, la señora Jua- humo y las chispas del incendio.
Gaspar, sentado en lo alto de una peña, con
na y la Fefüa contemplaban angustiadas aquel suelos codos en las rodillas v la cara entre las mano~
ño precursor de la muerte.
La enferma abrió los ojos, cogió las manos de miraba con expresión feioz el incendio que alumsu madre y con voz débil, que parecía venir de braba el lugar y el valle con claridad semejante á
la del día... Luego oyó la campana de la iglesia
allá, de regiones desconocidas, dijo:
- Madre, busque usted en el arca ... una que llamaba apresuradamente y como loca á la gencaja... saque usted mi cruz, la cruz de plata que te del pueblo desde lo alto de la torre ... Después.
usted me puso al cuello el día de mi primera co- llegó hasta sus oídos confuso griterío y vió, al resplandor de las llamas, el hormiguero humano que
munión.
La señora Juana escarbó con manos febriles en se agitaba en torno de la hoguera.
- ¡Gritad, gritad - decía el pastor agitand0
el arca que guardaba la ropa de su hija.
· - Aquí está - dijo, enseñando una caja cui- sus puños amenazadores.-: ni ladrillo sobre ladadosamente atada con una cinta. La abrió: flores drillo, ni piedra sobre piedra!
Y lanzando carcajadas que tenían algo de somarchitas, una estampa, un rizo de cabellos... los
restos sin valor de una historia de amores. Allí es- llozos, echó á, co-rrer hacia las cumbres de la sierra.

UIENDO Lfl \/IDfl
==

NOVELA DE fELIFE

S.A.SSONE

=

CIONES DE /V\ENÉNDEZ

•¡

Febrero 15 de 1()08.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía. Imprenta de )osé Blassy Cía., San Mateo 1, Madrid.

ILUSTRA-

•

-30

Csnts.

�El CuBnto SBmanol
Se publica los viernes

901 /V\adrid

Oficinas: Fuencarral
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

flDVERTENCifl
Con objeto de contribuir de algún modo al esplendor
de las fiestas del Centenario, aplazamos la aparición de la
preciosa novela RIVALES, original de D. Jacinto Octavio Picón, que teníamos anunciad'l para el viernes, día
l.0 de Mayo, y en su lugar publicaremos una OBRA
INÉDITA ck

B. PÉREZ GALDÓS
cuadro animadísimo y trágico (san.gre y hollin) de la
guerra de la Independencia.
Aprovechamos esta ocasión para dar aquí público testimonio de nuestro agradecimiento á D. Benito Pérez
Galdós, maestro de novelistas y modelo de patriotas, el
cual nos ha cedido generosamente el derecho á publicar
su obra.
Y felicitamos también á nuestros lectores, á quienes,
coa la mayor alegría, brindamos la fragancia vigorosa de
esas páginas.

Libros y revistas
La caída de la mujer, p or Augusto i\fartinez Olmedilla
- Librería de Pueyo, Madrid.
Doce cuentos componen este libro, escrito en correcta
y fácil prosa. Para la obra de Martíne~ Olmedilla ha hecho
Felipe Trigo un prólogo, en el cual diserta elocuentemente
acerca de esa «enorme cosa desconocida» que llamamos
«amoo&gt;. Luego dice:
«7\lartínez Olmedilla, que además de Doctor en leyes es
pedodista, trae en su estilo claro, simple, directo, el _frescor
del periodismo; y esta es una encantadora condtc1ón de
aquella amenidad, de aquella flwdez ligera y fresca, «como el
chorro de una fuente».
y añade refiriéndose á los que algunos timorat_os podrían
llamar «atrevimientos» del autor, y á la resbaladtza "t poco
consistente honestidad que éste concede á las heromas de
sus cuentos:
.
«En cada linda chiquilla de este mundo, y por debaJO de
la. coraza de los soci:tles artificios que la defienden... 6 que
la abruman, se dan, si no en acto, al 1~enos e,~ int~nción, allí,
en el secreto más secreto de su angélica conc1~ucia, esos~~pulsos de venganza, esas curiosidades con no unporta quien
que esté á su mano, y es1s estratagemas de lucha que, al fin
y al cabo, sólo la igualarían con el hombre»_.
,
Añadiremos por nuestra parte, que el hbro de Martinez
Olmedilla e5 una obra seria, constelada de interesantes pun•
tos de vista psicológicos, y que merece ser leí~a con atención. Y constituye, además, un ges_to_ de rebeld1a, un n,uevo
paso contra ese miedo á «lo proh1b1do» que durante ,anto
tiempo ha suprimido del arte literario su parle m~ human~,
y por lo mismo que era h más humana, también la mas
hermosa.
Plestns galantes, por Paul Verlaine. - LibrerÍl de Fernando Fé. :\iadrid.
.
Comprende este volumen, primorosamente traductdo al
castellano por Manuel Machado, los !'oemas satu rnianos, La

AÑO 11 - 24 de Abril de 1908 = N.º 69

Precios de suscripción:
/Y\adrid y provincias: Trimestre, 3,25 pesetas.
Semestre, 6 pesetas. Año, 11.
Extranjero: Semestre, 10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.
Número suelto:
CéntiIDOS

30

buma canció", Romam.as sin palabras, Sabiduría, Amor, Parábolas y otras poesías.
Verlaine es el más grande de los poetas franceses contemporáneos. Es solo y único; toda el al,~a d~ hoy,_tan c_ompleja, tan melancólica, tau llena de asp1rac1ones mde~1sas,
palpita en sus versos. El aut_or de Fusta! g_alantes constttuye,
en medio del enorme y admtrable florec1m1ento de la moderna lírica francesa, la más exquisita de las flores. El prodigio
de su arte no debe clasificarse en ninguna de las más flamantes escuelas poéticas. Se pue?e ser_ parnasi3:no, simb~lista, naturista, etc. A Verlaine es 11npos1ble seguirle. Verlaine es «él», único y asombroso.
Aumentan el raro mérito de este libro, un prefacio de
Francisco Coppée y un prólogo de Gómez Carrillo.
Los vencedores, novela de l\L Ciges Aparicio. - M. Pérez Villavicencio, editor. Madrid.
La acción se desenv_uelve e~ medio d_el siguiente pai~aje:
«Días asturianos. Cielo baJO y plomizo. La fina llov!ZOa
destila incesante, llenando de laxitud mi ánimo, acostumbrado á zonas tropicales, donde el_ sol abr3:sa y la sangre _bulle
de pasión. Los altos ~ontes circunvecm&lt;?s están cub1ert~s
de intenso verdor, dulcificado por la suavtdad de la luL gnsáce~ y las nubes ruedan solemnes sobre las húmedas cimas.
»Forman el pueblo grupos de casas, y W1 río que corre al
lado es negro y silencioso, co'!'o los río~ infernales ... La
paz reina en este valle... De tiempo en tiempo, sobrecoge
el ánimo un importuno silbar de locomotora, y un tren, pequeño y férreo, pasa veloz... La calma vuelve á reinar más
amorosa que antes... Por los altos mont~s, vestidos. de nubes, nieblas y azul, sube atrevida una vagoneta y baJa otr~;
pero su ruido es tan leve, que parece esconderse en los tupidos robledales y pomarcdas que cubren la falda».
Así empieza este libro, el más int7resan~e quizás ~~ cuantos lleva publicados el notable novelista C1ges Apanc10.
El país de la selva, por Ricardo Rojas. - Garnier Hermanos, Libreros-Editores. París.
«Llámole «país de la selva» - escribe el autor - á la región argentina que se extiende desd_e la cuenca de lo~ gra~des ríos, hasta las primeras ond:11ac1one~ de la m_on(ana. Dicha región abarca en la _actualidad v~na~ provmc1i:s, pero
constituyó una sola en tiempos del vurernato espanol. Por
atávico instinto de libertad y de belleza agrestes me ha seducido la comarca así, con límites salvajes, amojonada de montes y mensurada de ríos. He ahí por qué su nombre, aun siondo susceptible de precisión geográfica, adqwere, como epígrafe literario, no sé qué sugestión, de reino lírico, en cuya.
virgen espesura vamos á penetrar. A ella, en efecto, _pertenecen los episodios y personaJes de este hbyo, pequena ~fr~nda prometida por mi corazón á aquella_ tierra donde v1vi la
infancia, y donde ahora muertos de m1 sangre duermen al
suave arrullo de sus frondas.
»Cuento en estas páginas - cuyo nombre á si propio_fácilmente se explica, - la vida de nuestros bosques mediterráneos. Refiero el palad inesco arrojo de los co~quistadores,
Ja fe visionaria de los evangel1Stas, el choque v10lento de _las
razas la sucesiva transformación de las épocas, la formación
Jejan~ de los mitos, las excelencias del hombre americano... »

El alma española. (Ens_ayo so~re la moderna literat_11;a
castellana) por Ricardo Rojas.- F. Sempere y Compania,
editores. Valencia.
Contiene este volumen ,·arios trabajos muy interesantes
acerca de algu~as obras de ?lúñe, de Ayce,.de Blasco lbáñez, Pompeyo Gener, Pérez C,aldós, BaroJa, Echegaray, Rueda, Dicenta y Rubén Darío.
Tanto este libro como el titulado El pais de la stlva, acusan en Ricardo Rojas un escritor de gran cultura y de excelente gusto artístico.

FELIPE SASSONE

VIENDO LA VIDA
I
mediar la tarde, Jorge Huguet adormilóse
en el diván, bajo el narcótico influjo de la
semipenumbra tibia y suave que inundaba
el recinto. Tres estatuas de mármol: una Diana,
una Venus y un Centauro, insinuaban en los rincones sus contornos inciertos, y sobre el rojo tapiz
de las paredes, algunos cuadros alardeaban magníficos de arte. Eran copias valiosísimas de l&lt;embrandt, Velázquez, Murillo, Leonardo el JJivino,
Andrca dt'l Sarto, Sandro Boticélli, Rubens, todos
esos Grandes que aprbionaron en sus paletas los
milagros emotivos y estéticos de la línea y del
color. Contrastando con la mística espiritualidad
de una mad&lt;1na, la coloración caliente de unos
muslos desnudos, hinchados de vida; cercc1 de una
mujer lasciva, tentadora y morena, la rubia castidad de una aristocrática dama; al lado de una
cabeza de estudio vieja, rugosa y pobre, la faz
tersa y delicada de un monarca español, melancólica y pálida sobre la negra severidad de su
vestido ...
La maja desnuda, de Goya, aparecía solitaria,

A

L

amenazando caer sobre el arábigo diván en que
reposaba Jorge. La soberbia piel de un tigre se
extendía á sus pies.
Muebles diversos decoraban la estancia. Una
estantería de palo de rosa, con ediciones lujosísimas de Osear Wilde y del marqués de Sade, de
los románticos espai'ioles y de los simbolistas
franceses; una peque11a mesa morisca c, ,n dos
grandes narguiles; un escritorio de madera tallada, con incrustaciones de nácar, dcmde un Mephisto de bronce sostenía en la diestra un globo
de luz...
De las paredes pendían en profusión alfanjes,
panoplias, puñales japoneses, espadas egipcias,
panderetas españolas, telas orientales y mantones
de Manila, luciendo,caprichosamenteprendidos en
las sinuosidadt'S de sus pliegues, algunos retratos
de mujeres hermosas.
En el hueco de la ventana, en dos floreros de
cristal, desmayábanse, á la sombra de una palmera, las violetas y los crisantemos; y el piano, en
cuya tapa danzaban su inmóvil danza las figulinas vVatteau, de porcelana, mostraba la enorme
dentadura de su teclado, como riéndose, con gi-

�gantesca y silenciosa risa, del caprichoso y confuso anacronismo que reinara en el salón.
Por entre el aterciopelado paréntesis de unas
cortinas, veíase el dormitorio tapizado de moiré
celeste, con lecho sin barandillas ni dosel. Llenaban la habitación espejos y mesitas con los complicados instrumentos para un tocado minucioso.
Notábase en el ambiente la delicadeza, la puerilidad femeninas, y el olor fuerte, sensual, mareante,
propio de las cortesanas, que llegaba hasta la contigua sala de baño, atravesando las rendijas de la
puerta vidriera de cristales esmerilados.
Todos los elegantes de Lima envidiábanle á
Huguet su lujosísima ventana de reja (1) y procuraban averiguar, con ese afán de entrometerse en
la vida ajena tan frecuente en las ciudades pequeñas, de dónde obtenía el danct;, de la capital peruana el dinero que para tantos lujos necesitaba.
Jorge nunca tuvo otra fortuna conocida que la de
su abolengo: era el último descendiente de una noble familia catalana, que residió en Lima, y de la
cual heredó únicamente, á la vez que el linaje, uno
4ue otro objeto antiguo, una que otra chuchería
de las que adornaban su casa. Huérfano á los quince años, y sin más pariente cercano que el prójimo, hubo de luchar con la vida en lucha desigual
y valiente. Toda su instrucción reducíase al hábil
manejo de las armas y á algunas rudimentarias
nociones de contabilidad; pero, aunque de inteligencia muy mediana, como era audaz y emprendedor, pronto logró abrirse paso trabajando en varias Casas de Comercio. Durante la última guerra
civil habló mucho, con fácil palabra, capitaneó un
grupo numeroso de jóvenes decididos,~ batió valientemente en las calles de la ciudaá y tuvo la
suerte de entrar con los vencedores. El Gobierno
le protegió. En Europa fué adjunto de varias Embajadas de su país, y de vuelta á Lima obtuvo en
un ministerio una agradable sinecura. Pero, sin
duda alguna, la renta de su empleo no le daba lo
suficiente para ser socio del :Jockey-Club, de los
Nacional, Unión é Internacional Revólver, ni para
perder, sin apurarse, cientos de soles (2) al tresillo, hacerse vestir por el sastre de moda, comer
siempre con vino de Burdeos, regalar joyas á las
actrices y gozar, en fin, de la vida fastuosa y galante que llevaba. De aquí que muchos de sus
amigos murmurasen acerca de la procedencia del
dinero. Opinaban unos que el Gobierno, agradecido á sus servicios, hacía la vista gorda y le dejaba robar; hablaban otros de la prodigalidad de
una vieja rica co.1 quien Jorge tenía amores; pero
no era fácil probar tan malévolas suposiciones. A
despecho de la murmuración y de la envidia, Jorge Huguet, á los veintiocho años, era uno de los
jóvenes más distinguidos de la creme y más requeridos por las damas, y ya se había hecho famoso
en los círculos elegantes de la vetusta ciudad, que
renegando de su proverbial mojigatería, aspiraba
á ser tan concupiscente y coqueta corno cualquiera europea capital del vicio. Nadie metía con la
seguridad de Jorge cinco balas seguidas en el blanco; raro competidor le igualaba esgrimiendo un
(1) Llámase así, en el Perú, á los cuartos de piso bajo
con ventana á la calle.
(2) Monedas peruanas que valen cerca de tres pesetas
españolas.

florete, y pocos, muy pocos, gobernaban tan hábilmente un potro desenfrenado, ni pateaban la
bola del joot-ball, ni bailaban el cake walck, ni dirigían un cotillón, ni vestían la levita, ni se anudaban la corbata con tal maestría y elegancia.
De las mujeres más notables por su belleza y
posición social, había dado que decir Jorge, y los
maldicientes aseguraban que las virtudes más
acrisoladas se habían rendido á las insinuaciones
irresistibles de ese don Juan moderno, que si bien
no cortejó jamás á criadas y mercenarias de poco
valer, podía anotar en su lista gran número de bailarinas, de actrices. . . y de señoras casadas. Era
fama que no solía ocuparse de las solteras, pues
como gran positivista en los negocios de amor, rehuía las conquistas sin fruto. El.flirt inocente ó la
pasión platónica no existían para él.
Sin embargo, lentamente habíase levantado la
sospecha de que cortejaba-con una corte idealá la señorita Mariana del Prado. Pero lo de la idealidad era completamente falso; muy por el contrario, existían entre ambos jóvenes relaciones tan
íntimas como secretas. Aunque hija de un libertino, á quien mataron sus vicios, y de una mujer
hermosísima, cuya hermosura no corrió jamás parejas con su honradez, pertenecía la del Prado á
familia de elevadísimo copete. Mariana era una
mujercita anormal; quiere decir que en ella no
predominaba, como debe predominar en la mujer
perfecta, nacida para cumplir la misión augusta de
la maternidad, el sentimentalismo, la delicadeza
piadosa y dulce, sobre un temperamento sensualmente tibio, no; en ella, por una malhadada herencia patológica, por atavismo, ejercía su dominio
despótico el ardor insaciable de la carne. Era piadosa en el fondo, caritativa y tierna, pero estos buenos sentimientos yacían escondidos bajo los hábitos de una educación libertina, obra de malos
ejemplos y de lecturas precoces, y de una vanidad
odiosa, tan frecuente en las mujeres bonitas que
conocen su belleza porque la han oído alabar desde niñas, y á las cuales se ha amaestrado en el arte
de agradar y en los secretos del tocador.
Mariana, adormecido el corazón por un orgullo
sin límites, no había amado nunca sino á sí misma,
y se r.omplacía en secreto contemplando ante el
espejo su desnudez soberbia, sus formas de guitarra, de morena carne, que vibraba todas las melodías del deseo. El prurito de gustar, innato en la
mujer, había adquirido proporciones gigantesc-as
en la del Prado, que buscaba á los hombres, lisonjeándolos al principio, rindiéndolos con el encanto
diabólico de su refinada coquetería, para desdeñarlos después. Contaba á la vez con cuatro ó
cinco adoradores. A los veintitrés años tenía ya
una gran historia de amor, y fué causa de un suicidio y de un duelo; pero si podían tacharla de
cruel é insensible, de frívola y variable, nadie hubiera con derecho alardeado de merecer sus favores, porque Mariana, que conocía bien la vida, no
ignoraba que toda la riqueza de una mujer soltera
consiste en ser inaccesible. Por cariño á sí misma,
pues, hálló siempre fuerza para dominar las violencias de su sensualidad.
En el último baile, ella, tan cortejada siempre,
hubo de notar con amargura que Jorge Huguet, el
hombre á la moda, se preocupaba muy poco de
su belleza.

mento nada más, y respondió ofreciéndola el brazo:
- Temía, sí. .. pero es inútil es- '
quivar lo que ya ha sucedido; y pues
no hay medi0 de conjurar tan delicioso peligro, perezcamos en él y
valsemos.
Se alejaron del corro girando rápidamente al son de la música, se·guidos por el eco de las murmuraciones de los que escucharon su brevf.&gt;, pero significativa conversación.
Y desde entonces, en todas las
t~rtulias de la buena sociedad, Manana y Jorge fueron tema obligado
de aristocráticas hablillas.

Herido su amor propio, sintió la necesidad de
aumentar con el esquivo Jorge su corte de adoradores, y se prometió á sí misma interesarle y rendirle. Mientras la orquesta atacaba un voluptuoso
vals de Strauss, acercóse á Huguet, que discurría
en un corro de damas y caballeros, y le dijo picarescamente, con admirable de,enfado:
- Usted, Jorge, no me invita á bailar. ¿Teme
acaso, enamorarse de mí?
Huguet enrojeció un momento, pero ;un mo

Ella habíale sabido seducir con su belleza y sus
ardides; él había logrado marearla con la aureola .
de irresistible que le circundaba y con la locuaci- '

�dad de las frases amorosas aprendidas en las novelas francesas. Pero la joven quemábase las alas
en el peligroso fuego de amor. Jorge, audaz, seguro de la impresión que causaba, iba dominándola,
y_Mariana sentíase enardecer temblando como una
enferma bajo las caricias. Tanto gozaba con estas
libertades peligrosas que concedía á su sensualid_ad prisionera, cuando en el florido rincón de un
jardín, en el hueco poco iluminado de una ventana, ó tras las pesadas telas de una cortina, ofrecía
sus labios al amado, que resolvió atrevidamente ir
dos veces por semana á las habitaciones de Jorge.
Allí, enervada por el pecaminoso ambiente, entregábase al amor, corrompiendo su espíritu, pero sin
darse jamás completamente.
Desde entonces.Jorge, de acuerdo con su amada, se abstuvo de cortejarla públicamente y resignóse con la dolorosa semiposesión.
Sin embargo, aquella tarde, como Mariana se
retrasase en acudir á la cita, Jorge, no pudiendo
vencer el cansancio de una noche de orgía, habíase adormilado en el diván, envuelto en amµlia bata
japonesa, con el cigarrillo humeante aún entre los
dedos. De repente, un retemblido de la vidriera del
baño le hizo despertar. Mariana, penetran•io ·por
la puerta del pasillo que Huguet dejara á propósito sin llave, avanzaba, llamándole, hacia el salón.
Su perfume suave de miosotys inundaba la estancia, y el sonido de su voz atenuábase dulcemente
en las blandas sinuosidades de los tapices. Jorge
oprimió entre las suyas las enguantadas manos que
Mariana le tendía, y pe1 maneció frente á ella,
aturdido, sin besarla, mirándola con ojos soñolientos.
- ¿No me besas? - murmuró la joven. Y luego, reparando en su actitud-: ¡Ah! ¿Dormías?
¡Cuánto me quieres, con qué ansia me esperabas!
Y retiró sus manos con un gesto de reproche.
Pero él la estrechó entre sus brazos, y la besó
en los labios largamente, silenciosamente...
- Has tardado tanto ... soñaba contigo - exclamó en el intervalo de dos besos.
- Di, di, ¿por qué has tardado? - preguntó
después, atrayéndola al diván.
- ¡Ay! A punto he estado de no venir, Jorge;
tuve miedo de decirte á solas.J.o que debo decirte;
pero luego, tras un momento de reflexión, he confiado en tu cariño... y aquí me tienes. ¡Jorge, Jorge mío, escúchame! - prosiguió, mirándole cariñosamente con sus grandes ojos claros.
El la interrumpió:
- Te escucharé, pero quítate el so~brero; así
no puedo acariciarte - é intentó llevar sus manos á tos nudos del velo; Mariana le contuvo.
...:.... Hoy no es día de caricias - dijo gravemente
- ¿Qué pasa? ¿Algo grave, algo que amenaza
nuestro amor?
- Sí, grave, muy grave; amenaza de muerte
nuestro amor si no eres razonable; nos promete la
dicha si tienes la conformidad necesaria.
Luego, bruscamente, precipitando las palabras, corno si no quisiera oirse, concluyó:
- ¡¡Jorge, me caso!!
.
Huguet, lívido, se levantó de golpe, como impelido por un resorte.
- ¿Qué te sucede? - murmuró ella con su voz
autoritaria y melodiosa de las seducciones.-¿Co-

mienzas á hacer el loco? Vamos á ver: _¿qué hay,
qué tiene-;?
- Nada-rugió Jorge-, nada; nada, no tengo
nada; es que no es cierto, que no puede ser, que
no será; que no te casas, Mariana, que no te casas; que no quiero]
- ¿Estás decidido tú á casarte conmigo? -repuso ella con calma.
Jorge enmudeció y dejóse caer en el diváo,
con la cabeza entre las manos.
Mariana prosiguió dulcemente:
- Ya ves cómo callas, cómo no tienes nada
que oponer. ¿No eres tú acaso quien me ha enseñado á conocer todos los horrores del matrimonio,
todo el prosaismo de un amor monótono, sancionado por las leyes sociales, sin contratiemµos, sin
sorpresas? ... Además, aunque quisiéramos no
podríamos casarnos; desde el primer día de tu
amor me confesaste que era imposible. .. y luego,
el matrimonio sería la muerte de nuestro cari110.
Pero yo no puedo permanecer soltera, yo tengo
ante la sociedad una misión que cumplir; qué no
dirían las envidiosas si yo me quedase «para vestir san tos... •
Jorge levantó la cabeza.
- ¿Y por el «qué dirán&gt; vas á abandonarme?
- ¿Y quién ha pensado jamás en abandonarte?. . . Después, Jorge, después ...
Pero Huguet la interrumpió bruscamente; se
había puesto en pie, rojo de ira:
- No, Mariana, no; á mí no se me engaña como á un chiquillo; tú quieres engatusarme, prometerme nn paraíso de venturas, ya lo sé, para
que yo no sirva de obstáculo á tus µJanes, y una
vez con~eguido tu objeto abandonarme; pero esto
no será: vas á ser mía, mía ahora mismo, ¿lo entiendes? ¡Ahora mismo! ...
- Suelta, suelta... ¡ay! Me haces daño; eres
brutal. ..
Pero él la oprimía con furia las muñecas.
- Ya veremos - murmuraba furioso-, veremos si te casas...
Siguió una breve lucha. No se escuchaha sino
la respiración anhelante de los dos y el ruido de
algún bi"belot que caía al suelo y saltaba en pedazos. Mariana, al fin, logró desasirse, y protegiéndose detrás del escritorio, levantó con ambas manos,
en amenazante actitud, el Mefistófeles de bronce.
-¡Si das un solo paso, te descalabro, cobarde!
Estaba lívida; sus ojos claros resplandecían
como los de un felino, y su mandíbula inferior
temblaba nerviosamente.
Jorge, poseído de un repentino abatimiento•.
jadeante y con los ojos llenos de lágrimas, permaneció inmóvil en medio de la estancia. Ella, dejando la estatua, siguió hablando:
- Bueno, hemos concluído; no eres razonable;
me voy. No nos veremos más, ¿lo entiendes? No nos
veremos nunca; entre nosotros todo ha concluído.
Hizo un movimiento para marcharse. Jorge se
acercó á ella suplicante:
-No me dejes así; tú sabes que el mundo me
parecerá un desierto sin tu amor.
Y arrodillándose á los pies de Mariana y abrazando sus rodillas, acariciándola á través de las
sedas de sus ropas, murmuraba lloroso:
- Yo soportar.é todo, yo seré tu esclavo; pero
no me dejes, Mariana... no me dejes. •.

La joven se inclinó hacia Huguet y le besó
-conmovida.
-¡Ah, como sabes que te quiero, cómo abusas!
- Ven - repuso Jorge con voz opaca, atra-yéndola hacia el diván -; ven, cuéntamelo todo.
.¿Quién es el novio?
Mariana se dejó conducir, y sentándose sobre
fas rodillas de Huguet,acariciánr:lole el rostro con
·su aliento perfumado, comenzó á narrar:
- Anteayer, después de la cena, mamá me
llevó á sus habitaciones para anunciarme que el
noble florentino Barón Luis de Ancona pretendía
mi mano. No puedes imaginarte cuántas reflexiones me hizo: que si en Lima escaseaban los buenos partidos; que si por ser extranjero mi preten•diente é ignorar la historia de mis coqueterías,era
•el único que podía atreverse á tomarme por esposa; que si era aristócrata, rico, bueno, guapo;
_que si estaba muy enamorado de mí; en fin ...
Y'.°º pedí tiempo para reflexionar, y ayer, tras considerar d,.tenidamente los consejos de mi madre,
.acabé por compromekrme. Me caso dentro de
quince días ... ¡Oh, pero no te pongas así, mi vida; ¿qué querías que hiciera, di?
Jorge callaba, anonadado. Ella continuó:
- Yo no quiero á nadie más que á ti. A Luis no
le he dicho ni una sola palabra de amor; ayer hablamos una hora, é insistió tn ser mi marido, aun.que yo le confesara lealmente que no le amaba.

- Lealmente - repitió Jorge como un ec,, -;
lealmente . .. vosotras las- mujeres no sois leales
sino en la ruptura.
- ¿Comienzas de nuevo?
-No, no; ¿qué he de cumer,zar? Dentro de
quince días serás su mujer, vivirás con él. .. y yo,
yo... ¿qué haré sin ti, Dios mío, qué haré sin ti?
- Escúchame, Jorge, escúchame. Sé dócil. ..
Oye. . . Pasado el primer mes de matrimonio, te
concederé una cita... y seré tuya, tuda tuya, enteramente tuya...
- ¿Y si él te vigila?
-¡Oh! Nada puede la vigilancia contra una
mujer que ama.
- ¿Y si me engañas?
- Si no tienes confianza en mí,es inútil hablar;
pero si confías, seremos felices, séremos ricos. nos
amaremos eternamente, y no con el amor prosaico de los casados: nos amaremos con el ard,,r
prohibido y encantador, lleno de emociones y de
sorpresas.
Y c9giéndole la cabeza comenzó á besarle con
avidez en la frente, en los párpados, en los labios.
- Hágase tu voluntaci, rt&gt;ina mía - sus¡ ,iró
Jorge, dulcemenre, ya vencido.
Mariana del Prado se puso en µie.
- Ahora deja que me vaya.
- ¿Cómo, tan pronto, sin tomar una taza de tél
- No, querido; es ya muy tarde, no debo in-

�fundir sospechas; si me descubren me pierden; cuya belleza presintiera, viendo, bajo la saya visademás, hace diez minutos que he oído volver al tosa, el pie aprisionado en pequeñísimo chapín, y
coche; me espera, sin duda-, repuso, y se dirigió entre los pliegues del manto que cubría el rostro
de la dama, un trozo de frente marfileña y uno
al cuarto de dormir.
Mientras arreglaba su tocado ante el espejo, sólo de los ojos tentadores.
Jorge permaneció preocupado un instante breMariana continuó hablando:
- Durante estos quince días no vayas por mi vísimo, pues era hombre incapaz de tener penas
casa, ¿eh? Yo tampoco vendré aqui, pero asistes al duraderas; luego exclamó, pensando en voz alta,
matrimonio, y te muestras indiferente, tranquilo: resueltamente:
- ¡Bah!, más vale así.
sobre todo al barón, felicítate, adúlale; conviene
Mientras recogía los objetos y retratos caídos
que seáis amigos.
- Y después ... - exclamó Jorge en una queja. durante la breve lucha, una voz engolada y aguda
resonó tras de la puerla principal.
- Después ... seré tuya, toda tuya, entera
- ¿Se puede, niño Jorge?
mente tuya.
- Entra, Domingo - dijo Huguet.
Caminaron abrazados hasta la puerta vidriera
Domingo era un criadito negro, hijo de losandel baño, allí resonó el último beso, y Marian'a
salió, d!:"jando tras sí el enervante recuerdo de su tiguos servidores de los padres de Jorge, que adoperfume. A través de los cristales de la ventana raba á su amo.
- Niño, tengo dos cartas para su mercé y un
vió Jorge alejarse á su enamorada, cuya elegante
silueta disonaba en el fondo arcaico de la calleja paquete. El paquete lo trajo doña Clara y le esgris, de edificios vetustos y deteriorados. Era un cribió aquí mismito, en el escritorio. La otra carta
rincón de la antigua Lima colonial, donde algún me la dió en el club el señor don ... me se ha orhidalgo aventurero, cazador en vedado, manchó vidao, niño; pero me dijo que andara con mucho
corí sangre de mestizo la limpia hoja de su ague- cuidao con eya. No sé, pues, lo que será, niño.
Jorge abrió una de las cartas.
rrida tizona, y algún virrey español, enamoradizo
«Vidita mía: He venido á darte una sorpresa
y poeta, madrigalizó ante la clásica tapada limeña,
esta mañana, pero inútilmente; tú siempre
tan callejero. Le he dejado al negro un pequeño recuerdo para ti, porque hoy hace
un año que nos amamos. Espérame mañana
. á las cuatro, mi amor. Te besa locamente tu
apasionadísima
CLARA. &gt;

ri

- ¡Uf! - murmuró Jorge-, la vieja; ya es 1~ calleja donde se alzaba el vetusto portón, acritiempo de que esto concluya.
billado á balazos (1), de la casa de Jorge. Lima es
Lu!:"go abrió el paquete, que contenía un anillo así: una mujer sonriente y triste, mitad vestida de
de oro con rubíes y brillantes. Examinó la joya un harapos, mitad emperifollada.
momento y se la puso en el dedo me«Ellas y ellos&gt; paseaban murmuranñique. ~espués rasgó el otro sobre, que
do sus amores; los capitalistas, gordos y
/
contema un cheque por valor de cincoloradotes, lanzando al aire el humo
'
cuenta esde sus riquísimos habanos, hablaban de
terlinas.
negocios;
-¡Calle!
en los banes cumplicos de piedo D.C!audra, discudio; contían de liviene que
t era tura
siempre
unos cuanpierda.
tos boheUn remz·os, muy
lámpagode
pocos, poalegría ilubres p áj aminó los
ros prisioojillos del
neros en
negro, y la sonrisa que abría sus labios dejó ver un ambiente -estrecho para el arte Allá, al fin del
los dientes blancos como perlas, contrastando paseo, el sol, con su man to de púrpura y violeta,
fuertemente con el ébano de la piel.
se hundía en el tranquilo mar lejano, mandando
- ¿Has dicho á Gastón que ensillara? - pre- su último beso de oro al heroico Francisco Bologguntó Jorge.
.
nesi, magníficamente eternizado en un bronce de
- ¿Cómo no, niño?; lo dejé que Mascarilto Querol.
estaba casi listo; no debe tardar, niño.
Jorge, mientras saludaba á sus conocidos, sal- Bueno; prepárame el vestido de montar.
tando sobre la silla, al trote largo de su alazán,
Domingo obedeció.
repetía mentalmente, hablando consigo mismo:
A poco, en los cristales de la ventana repi«Después ... después seré tuya, toda tuya, enquetearon los artejos de una mano, mientras un teramente tuya. •
caballo piafaba fuera nerviosamente. Jorge abrió.
- Hola, Gastón; voy en seguida.
II
Luego pasó al cuarto de dormir; vistióse el
pantalón de garnuza,que le ceñía los muslos, la:,. alEnorme gentío aglomerábase á las puertas de
tas botas de charol y una americana azul. Se miró la iglesia de la Merced. Sobre los bancos de la
al espejo, que le reproducía de cuerpo entero; su plazuela y encaramada en los faroles, la chiquilleexpresión era entre distinguida y melancólica, no- ría curiosa procuraba ver el interior del templo;
ble y truhanesca;el cabello negro, brillante, untado desde la entrada distinguíase allá, hacia el fin de
de cosmético y dividido en dos porciones iguales, la nave central, el altar mayor, con sus cirios ensemejabá una calotte, sobre el rostro rigurosa
cendidos triunfando del fondo penumbroso, con
mente afeitado, pálido, con palidez azulada, que un amarillento claror de hoguera; bocanadas de
tenía algo del pierrot funambulesco y del galán jo- o)oroso incienso llegaban hasta la calle, envolven de las comedias modernas.
viendo á la comitiva que salía de la iglesia. La hiDomingo le entregó el latiguillo y el sombrero lera de coches, al moverse en busca de sus duede fieltro gris, acompañándole hasta la acera.
ños, ondulaba como una gigantesca serpiente.
Jorge acarició el cuello del alazán.
Terminaba la ceremonia nupcial de la señorita
- / Mascarillo, Mascaritlo!
Mariana del Prado con el barón Luis Ancon"i. El
El caballo volvió á su amo los ojazos húmedos cortejo pasó por entre la doble fila de «gomosos&gt;
y tiernos.
que esperaban la salida. El novio, correctamente
- Está demasiado g ordo - dijo Huguet al vestido, enfuñdado diríase, en la levita negra, que
mozo que le tenía el estribo-; y luego, arreglán- 1~ ~eñía como un ~uante ciñe la mano, no lograba
dose en la silla, añadió dirigiéndose á Domingo: d1s1mular su emoción. Un leve temblor agitábale
- Tú, prepárame el frac; volveré á las ocho. los labios finísimos, y su cara angulosa y distinEl caballo partió al galope. Al lle6ar á la pla- guida resaltaba pálida entre la barba azabache y
z1,1ela de la Micheo encontróse al tren, que iba al el cabello entrecano. La novia, caminando muy
Callao, y por una absurda disposición cruzaba la quedo, casi sin tocar el suelo con sus pies, llena
plaza, molestando á los transeuntes con su silbato de velos y de azahares, era una silueta blanca lany su campana.
guida, cuya albura inlerrumpía tan sólo el ;ubor
- ¡Oh, qué país! - murmuró Jorge, sujetando del rostro, en donde dejaba su perlada huella una
al bruto, que se encabritaba. Azotóle luego y si- franca sonrisa de satisfacción. Las beatas del pueguió hacia el paseo Colón.
blo, con sus mantas (2) desliadas y grasientas, se
La tarde, primaveral y serena, caía mansamente sobre los blancos edificios del paseo Colón, el más aristocrático de Lima, un rinconcito - (1)_ Mu-has casas de Lima conservan aún, desgracialas huellas de la última guerra civil.
de la Eu_ropa elegante, con sus parques ingleses, dameme,
(2) Mantón negro, característico, con que se cubren
sus obeltscos--y sus fuentes. ¡Qué diferencia con hasta la cabeza las mujeres del Perú y Chile.

�aQalanzaban hacia el aristocrático cortejo, murmurando cumplidos.
Doña Isabel, viuda del Prado, madre de la novia, levantó á su µaso un murmullo desaprobador. Era demasiado llamativo el color fresa del
traje con que vestía las redondeces exageradas
de su carne voluminosa, desbordándose como una
inmensa masa líquida por bajo del corsé, ajustado 611 demasía.
Alguno se fijó en la manera de recogerse la
falda, en el balance que imprimía á las blandas
montañas de sus caderas, y finalmente, en los vivQs colores de su rostro pintarrajeado.
- No puede negar que ha sido una gran pecadora.
- ¡Ah, vieja verde!
-Gallina que come huevo, aunque le quemen
el pico (1).
Tales expresiones surgían entre las risas ahogadas de los petimetres.
A la señora Isabel del Prado dábale el brazo
el general Fernando Romero, padrino de la boda,
erguido, con militar apostura, á despecho de sus
sesenta años cumplidos.
- Buena laya de viejo - dijo uno.
- Buen soldado; fué de los valientes - exclamó otro.
Algunos pisaverdes se acercaban á los coches
para curiosear los bajos de las mujeres que subían.
La concurrencia, que era muy numerosa, seguía saliendo del templo. Grupos de limeñas bonitas, aquellas de los ojos negros, del pie pequeñísimo y de la boca de cereza, ataviadas con la clásica mantilla blanca, parecían españolas, y pasaban ufanas, sonriendo, vanidosas, bajo la lluvia de
requieb1 os con que los hombres celebraban su
nunca bien ensalzada preciosidad. Finalmente, apareció Jorge Huguet, irreprochable con su levita
gris, último figurín. Venía charlandv animadamente con dos amigos suyos: bajo y menudo de cuerpo el uno, de perfil de pájaro, mirando insolente
á través de su monóculo; desastrado y sucio el
otro, envuelto por holgada levita color ala de mosca; en su rostro acarminado y escamoso se leían
todos los vicios, y mientras cubríase con un sombrero de copa de auriga de punto, tirábase con
la mano libre, haciendo una mueca de disgusto, los
pelos; ya rojos, ya negros, ya canos, de su barba
rala y descuidada.
Una vez en el coche que había de conducirles
á casa de la novia, la conversación giró sobre dos
aspectos distintos. Claudia Araoz, el del monóculo, joven reporter de los salones, cuya pluma legaba á la posteridad el importantísimo dato de los
tocados femeninos, íntimo adulador de Jorge, á
quien tenía por árbitro de la elegancia, preguntaba á éste su parecer sobre los atavíos de las damas que habían concurrido á la ceremonia.
- ¿Qué te han parecido las toilettesr
- Chico, lo de siempre; algunas, muy pocas,
elegantes y de buen gusto; lujosas y sin elegancia
otras, y sin lo uno ni lo otro las demás.
- ¿A las hermanas Mendoza las encontrarías
bien?
- ¡Quita, hombre! Feíllas no son, ciertamente;
pero se visten iguales, ¡siempre iguales!, como los
(1) Refrán pernano.

pares de banderillas. ¡Qué ha de ser elegante esor
- ¿Y madama Bonard, la esposa del ministre&gt;
francés?
- Esa no viste mal; pero tiene predilección
por los taillettrs. El que lleva hoy está muy bien,
cortado; pero ¿no has visto cuánta rigidez en las
líneas, qué poca Yida en el color gris, qué dureza.
qué falta de gracia en todas las prendas? Nada encuentro tan odioso como la invasión de indumentaria masculina en las modas de las mujeres; una
mujer vestida con solapas y faldones, con cuelloalto y pechera almidonada, carece de delicadeza,
de frescura; no sabría cómo decírtelo, de vaporosidad: es la caricatura de un hombre e!E&gt;gante. En
cambio, Elena Rivas, qué bien estaba: todo en esa
mujercita es supremo, emana un aliento delicioso
de chic parisien; la sencillez de su traje de fular,
lamiendo dócilmente las ondulaciones serpentinas
de su cuerpo; el punto de Venecia que rodea su
cuello; la combinación armoniosa de colores claros.
tenues, vagos; la graciosa manera de recogerse la
falda, el zapato angosto, alargado, la media calada
que descubre la carne, todo, todo; es, en suma, una
adorable parisién. ¿Verdad, Gutiérrez?. . . Pero
¿qué tiene usted? ¿Por qué no habla?
Francisco Gutiérrez, médico sin enfermos, á
quien sus compañeros del club llamaban el chismoso por sus líos, era un cínico que, á fuerza dehablar mal de todo el mundo, de la Medicina y de
sí mismo, había echado á perder su carrera. Vivía
milacrrosamente del juego y de los amigos que le
convidaban para disfrutar de su charla amenísima
y cruel. Sus frases intemperantes acerca del honor·
olían á alcohol, salían de su boca con un aliento
de crápula.
.
- Pensaba - dijo respondiendo áJorge - que
hemos asistido al más inhumano y absurdo de los.
sacrificios: al suicidio moral de dos seres.
- Por eso usted no se ha casado, ¿verdad? exclamó Huguet.
- ¡No, quiá! No me he casado... sencillamente, porque no lo ha querido la casualidad, sob&lt;:·
rana absoluta de este pícaro mundo. Por casualidad nacemos, de casualidad vivimos, por casualidad morimos. Pero si me hubiera casado sería filósofo, ¡ah, sí!, tan filósofo como lo será el barón.
- No sea usted malévolo - insinuó el periodista.
- No, esto no es malevolencia;es que abrigo la
esperanza sincera de que muy pronto Mariana y
su esposo aprenderán á embellecer su vida aborrecible de e-asados, merced á ciertas tolerancias
discretas. Ella coqueteará... y él aparentará no
advertirlo. Reconozco que tal conducta es la única.
lógica y deseable. En el adulterio de la mujer y en
la complacencia del marido estriba la única felicidad del odioso matrimonio: es el epílogo necesario y consolador de tan inmenso disparate.
Hablaba despreciativamente, sin dejar de
arrancarse los pelos de la barba con nervioso
ademán.
A estar los dos acompañantes de Jorge en eh
secreto de sus amores, hubieran adivinado lasatisfacción con que el dandy escuchaba la charla
profética del médico, desgraciadamente interrumpida al detenerse el carruaje ante la casa de la familia del Prado.
Los invitados apenas cabían en los salones. El

senador don Antonio Valle, que paseaba por ellos,
tropezando con todo el mundo y luciendo su monstruosa gordura, su calva luciente y sus bigotes de
foca, dedicábase á inspeccionar, con sus ojos de
miope, los regalos de boda que la novia mostraba
ufana á sus amigas. El barón, pálido y mudo, como
alelado, repartía apretones de manos á diestro y
siniestro, y la suegra lloraba lágrimas grises, porque su llanto arrastraba en su caída el tinte exagerado de las ojeras.
Se sirvió el almuerzo. La mesa estaba dispuesta con sencilla elegancia; sin flanes, ni torres
de dulces, ni fruteros. Un camino de flores esparcidas, adornaba el centro. Fueron invitados solamente los a-nigos íntimos; entre éstos figuraban
Jorge y la señora Clara Valle, la que habla enviado á lluguet una sortija quince &lt;lías antes. Era
una mujer alta y gruesa, con la majestad de las
antiguas matronas romanas. Un traje marrón dibujaba sus formas, que la madurez había rf'dondeado. Bajo el marco de su abundante cabellera,
empol\'ada para disimular las canas, la corrección
de las líneas del rostro, ajado por la edad y los
vicios, decía reminiscencias de una magnífica belleza. La piel comenzaba ya á ponerse flácida y
colgante en los pómulos y bajo la barbilla, y la juventud toda parecía haberse refugiado en los ojos,
negros y preciosos, resplandecientes de sensualidad. En sus movimientos procuraba enseñar siempre la mano, blanquísima y tersa, y el pie breve,
que el tiempo destructor, infalible, respetaba aún.
En esa mujer, de espíritu joven, á pesar de sus
cuarenta años, un observador sutil hubiera adivinapo un gran apego á la vida, un deseo loco del
placer que huía y que pronto la sería vedado. Durante. el almuerzo, sentada frente á Huguet, su
piececillo nervioso buscaba á cada instante los
pies de su adorado. Al Champagne, los brindis
abundaron. Después de que el general, con el
acento bélico de su voz, aunque cascada, sonora,
lanzó estentóreamente su brindis, como si lanzase
una proclama, Clara levantó la copa para brindar
ella también por los recién casados; pero sus palabras hubiera querido dirigírselas á Huguet, y
decirle:
« Jorge, bebamos por nuestro cariño; tu enamorada de los amores platónicos se va; yo quedo,
yo soy tuya, y tú debes ser mío.:. En una mira&lt;la
intensa, desesperada como una súplica, envolvió
al amante, mientras éste se consolaba viendo á
través de la copa en que bebía otra mirada, la de
Mariana, posándose en él, expresiva y cálida, con
toda la elocuencia de una promesa.
El marido de Clara, obeso y miope, sin reparar
en nada, se chupaba el bigote, húmedo de Champagne.
III

Once meses hacía que ~fariana del Prado y el
noble barón florentino Luis de Ancona se habían
casado. Sola en su gabinete, ante un escritorio
muy cuco, modern-style, Mariana meditaba, con la
frente apoyada en ambas manos. La agitación nerviosa de que era presa no la permitía conservar
por mucho tiempo la misma actitud. Levantaba la
cabeza, miraba hacia el techo en actitud interrogativa y suplicante, y un suspiro hondo, convul-

sionado, se escapaba de su pecho, como un sollozo sin lágrimas. Emprendía luego febrilmente algunos paseos rápidos por la estancia, y volvía
á sentarse, abatida y anonadada. Con frecuencia
oprimía el timbre llamando á la doncella:
- María, ¿ha venido el señorito?
Y cada momento su pregunta envolvía ansiedad
mayor.
La respuesta era siempre negativa.
Mariana vestía una bata roja -de crespón; en
sus idas y venidas, la delgada tela ceñíase á su
cuerpo con caprichosas ondulaciones, dibujando
toda la esbeltez de sus formas, como abrasándolas
en una gran llama. La pantalla de la luz del escritorio proyectaba sobre su rostro un reflejo cerúleo, muy tenue, muy claro, aumentando su palidez
levemente morena. El óvalo impecable del semblante tenia ese aspecto melancólico y enfermizo
de las enamoradas, esa expresión de cansancio
voluptuoso y dulce, producido por grandes deleites. Las mujeres que hacen del momento d'e amor
todo el leit-motif de su vida, suelen tener un
gesto místico de resignación y de sufrimiento, que
engaña con facilidad á los observadores poco experimentados. El rostro de Mariana, apareciendo bajo dos bandós de oro viejo, cenicientos, sin
brillo, parecía el de una de esas vírgenes de los
pintores que - enamorados de la vida - no han
podido, ni aun al pintar una santa, aibstraerse
completamente del influjo sensual. Acaso por eso,
por la forma humana de las imágenes, el misticismo puro no existe en el arte pictórico. El arco violáceo de las ojeras aumentaba el fulgor de los ojos,
claros, verdes é inquietos, alternativamente luminosos y obscuros, con algo del flujo y reflujo del
Oceano. En las comisuras de la boca el dolor había
dejado su huella rugosa, rompiendo la sinuosidad
de los labios, carnosos y sangrientos como los
claveles dobles de Andalucía.
¿Qué podía torturar el corazón de Mariana?
Durante los primeros meses de matrimonio,
todo habíase realizado á la medida de su deseo;
ni la más leve sospecha de su marido turbó el
placer de las citas con Jorge, á las cuales acudía
puntual, cumpliendo su infame promesa de soltera.
A Luis no podía sufrirle; casada con él sin amarle,
y entregada completamente á otra pasión, las caricias del hombre que, teniendo derecho á su amor,
trataba en vano, con tino y delicadeza, de conquistar su corazón, la parecían odiosas como insultos. Aunque intentaba fingir, no le era posible;
la sinceridad de sus nervios la traicionaba; un
movimiento de repulsión inconsciente, mecánico,
rechazaba la solicitud afectuosa de Luis. Este, ó
supo algo de la traición abominable, ó hubo de
notar la malquerencia de su esposa, porque un día
le habló resueltamente:
- Mariana, creo que me he equivocado- le
dijo sin alterarse, con aquella tranquila cortesía
que usaba siempre·-; me he equivocado al juzgar
posible la conquista de tu corazón. Hay tales diferencias en nuestra manera de ser y de pensar,
tal abismo entre nuestros caracteres, que no podremos querernos nunca. Tú no me amas y yo
siento que tu repulsión es contagiosa, y que, á mi
vez, voy acostumbrándome á no quererte tampoco.
- ¿Qué quieres decir? - interrumpió ella vi-

�vamente, en el atemorizante presentir de una catástrofe.
- Déjame continuar-:- prosiguió el barón con
calma-, déjame continuar. ¿Has leído á Campoamor, ¿verdad? ¿Recuerdas aquello de cla soledad de dos en compañía? Y.o, aunque soy italiano, siempre que conviene suelo seguir los aforismos de los grandes hombres de otros países; yo...
Pero Mariana no le dejó concluir. Altiva y orgullosa, acostumbrada á dominar y cautivar, la
pasividad de Luis, re~ignándose á no ser querido,
parecióle un intolerable ultraje á su hermosura y
á su irresistible seducción, y ya, fuera de sí, dispuesta á jugarse el todo por el todo, gritó poniéndose de pie:
.
- Si crees que he faltado á mis deberes, que
he- manchado tu honor, no es esta la manera de
proceder. Cuando un hombre pundonoroso se
cree ofendido por su esposa, no se anda con rodeos; si le falta valor para matar á la infiel, la
arroja de su casa, y yo estoy dispuesta á marcharme ahora mismo, sin explicaciones que me
rebajan y que juzgo innecesarias.
-- Ni yo te las he pedido, ni hacen al caso respondió el barón, sin perder su habitual sangre
fría-. No me juzgo ofendido, ni te considero capaz de una traición. Me casé contigo sabiendo q:ie
no me amabas, y soy, pues, el único culpable de
cuanto aéontece. Pero vamos á ponerle remedio.
¿A qué molestarnos recíprocamente?; ¿á qué dar,
con la pública separación, un escándalo que redundaría en perjuicio tuyo? Además, tú no me has
ofendido - y subrayaba su frase con una de esas
sonrisas terribles que muerden el corazón -; trátase, solamente, de nuestra incompatibilidad de

caracteres, y el remedio es fácil y podemos usarlo
sin dar pábulo á murmuraciones enojosas. Para los
demás, para los extraños, seguiremos viviendo
como marido y mujer en perfecta armonía; pero
en la intimidad, todo ha terminado; separamos
nuestras alcobas y viviremos tranquilamente, cada
uno por su cuenta, gozando de nuestra santa libertad. Yo espero, amiga mía, que por bondad y
por conveniencia has de aprobar mi determinación.
- No puedo sino agradecerte-respondió Mariana fríamente, con altivez de soberana ofendida;
y envolviéndole en la más desdeñosa de las miradas, salió del despacho de su marido, dando un
portazo.
A partir de aquel día, Luis dejóse ver muy
poco en su casa. El criado, con movimientos de
autómata, como si nada supiese ni notase de cuanto acontecía, llegábase á las habitaciones de su
señora á pronunciar, servil y ceremonioso, la invariable frase:
- ¡La señora baronesa está servida!
Y Mariana iba al comedor sola, mientras su
marido se entretenía en el Círculo.
El barón de Ancon·a dióse á un género de vida
completamente distinto al que llevara de soltero;
formó, con un grupo de amigos, adinerados como
él, un nuevo centro de sport; encargó varios caballos á Inglaterra, fundando el stud «Fénix», que
con los colores azul y blanco ganaba casi todos los
primeros premios; concurrió á los juegos de foot(Jall; organizó grandes partidas de caza, y convirtióse en un verdadero sportman. Los semanarios
ilustrados publicaron su retrato y alabaron su entusiasmo é intrepidez, y en los salones de la buena sociedad las damas disputábanse las atenciones

y. cumplidos de aquel nuevo árbitro de la elegancia, que con tan buen éxito se lanzaba á la vida
intensa y galante.
A causa de la comunidad de sus aficiones,
Luis de Ancona y Jorge Huguet reuníanse con
frecuencia, y aunque eran contrarios en todos los
juegos de sport y aquél ponía especial empeño en
vencer á su. rival, las afectuosas relaciones de
amistad que mediaban entre los dos inducían á
creer que el· barón ignoraba las relaciones de Jorge
con la baronesa. Sin embargo, el doctor Gutiérrez
alardeaba de perspicacia y de infalibilidad profética.
- Lo sabe, lo sabe - murmuraba pica1escamente -; pero es filósofo. ¿No lo decía yo? Hace
bien, qué diablo; es un hombre, todo un hombre
moderno - y continuaba arrancándose, con su
constante ademán de tedio, los pelos rojos, negros
y canosos de su barba rala y descuidada.
Mariana, al principio, no sufrió por el alejamiento de su marido; era feliz con su Jorge; la dejaban en libertad; ¿qué más podía pedir? .. .
Pero muy pronto Jorge, conseguido ya su objeto, demostró sin quererlo su aburrimiento; á
cada momento, y pretextando graves pérdidas de
juego, la importunaba pidiéndola dinero, y ella,
• enamorada y pródiga, se dejaba explotar; cuanto
obtenía de su marido para sus gastos, iba á manos
del amante. Luis, por su parte, jamás quiso examinar las fabulosas cuentas que Mariana le presentaba. Mariana sufría; no era digno, ciertamente, el proceder de su Jorge; pero ella le amaba, le
amaba tanto, que quería retenerle aunque fuese
tan sólo por interés. Hubiera preferido la miseria,
todas las vergüenzas, todas las torturas, antes de
ver á su amor en brazos de otra querida.
Pero el cansancio de Jorge iba en pavoroso aumento; él, antes tan audaz, tan impetuoso, tan despreocupado, revestíase de una
prudencia exagerada, casi ridícula. Esquivaba sus citas y hasta sus miradas; parecía otro
hombre. Su amor moría; de amante fiel, sumiso, habíase convertido en déspota, egoísta y
codicioso insaciable; nada calmaba su sed de
riquezas. Para Mariana, que no podía ir á las
tertulias porque su marido negábase á acompañarla, toda su distracción, aparte esas visitas de pura fórmula, embarazosas y breves,
era el amor; y cuando éste faltó, regresaba de
las citas triste, muy triste, llevando en los labios la sensación helada de besos tomados
por fuerza. Sintióse sola, completamente sola
y desdeñada, en ese mundo donde reinó de
soltera.
Jorge, porque ella le negó una cantidad
que por el momento no tenía, llegó á abofetearla vilmente. Aquel día, Mariana, al entrar
en su casa, transida de dolor, encontróse á
Luis en un pasillo, é impelida por esa necesidad que sienten las almas tristes de contar
á alguien sus dolores, hizo un movimiento hacia él, ansiosa de una palabra, de un saludo,
de una mirada que ofreciese pretexto á la
conversación. Pero su marido aparentó no
verla siquiera y alejóse impasible, mudo,corno
una sombra acusadora.
Mariana le siguió con la vista, mirándole
interesada, con extraña curiosidad.

- ¡Oh! Y :es muy elegante - pensó-, muy
distinguido ..., ¿Por qué ,no era así cuando me lo
presentaron? .. .
Un acontecimiento muy lisonjero para el barón
de Ancona activó la revolución moral que lentamente operábase en el corazón de la adúltera.
Fué un: domingo de primavera, en el Hipódromo del :Jockey-Club. Lo más granado y hermoso
de la aristocracia femenina se apiñaba en las tribunas, resaltando como joyas sobr~ la masa compacta de los demás espectadores, que se agitaba
con ondulaciones de Oceano. En la riente pradera,
bajo el beso tibio y suave del padre sol, algunos
cuerpecitos de mujer se erguían, dando su nota
clara y perfumada corno flores entre el césped. Y,
según el color de sus vestidos, semejaban flores diversas: ¡violetas de Parma, crisantemos del Japón,
rosas de Alejandría, claveles de España! En el pesage discutían los brook makers; allá, lejos, voceaba
el pueblo. Se iba á correr la gran carrera de jinetes dilettanti, montando los caballos sus propios
dueños para disputarse el premio de honor, la
copa de oro, regalo de Elena Rivas, madrina del
Club, la belleza más bella de ese hervidero de bellezas que se llama Lima.
Un run-nín de abejas en torno de la miel
oíase por todas partes. Apostaban, discutían. Las
primeras carreras no habían despertado interés en
los espectadores, ansiosos del campeonato de jinetes caballeros, como rezaban los programas, para
distinguirlos de los profesionales. Los empleados
de comercio, endomingados y alegres, jugábanse
sus salarios.
- Tú, ¿qué caballo llevas?
- Yo llevo al Cid quince boletos, á placé.
- No seas sonso, compadre, que Manón va á

�gai:iar; la monta Huguet, que con ese mozo no hay
quien pegue.
Algún negro acercábase solapadamente á un
tendero italiano, que reflexionaba dudoso ante la
lista de los caballos.
- ¿Quiere apostar, patronsito?
- ¡Váyase, váyase, déqueme estar; io non
apuesto!
. - Mire que va á ganar, que no falla, que va á
1r amarrao como apueste al que yo le diga.
- ¡Déq11eme, le digo, perla santa Madonna!
_El negro, insistiendo C'0n gran misterio, decía
casi en secreto:
. - Como '?e dé sinco riales, le digo una cosa;
m1re, patrons1to, que yo oí lo que hablaban en el
peso ... ; no deje escaparse la suerte ...
Vencido por la codicia,~¡ italiano cedía á las
proposiciones del negro.
- Ecco los chinco reales; pero dígame cherto,
c1,a/e va d ganar . .. ¡Per Dio!

.................... . ........

. De pie, en un landó descubierto, Mariana, radian te de hermosura y de elegancia, departía amigablemente con Clara Valle. Los gomosos, que
1odeaban el coche, anúncianles la salida de los caballos:
- Ese es Moro, de Villegas, buen caballo;
pero es mucha distancia para sus fuerzas - opinó uno.
- ¡Miren ustedes, miren - exclamaba otro Pierrot, qué bonito animal, qué blanco· parece de
m~rmol! Y lo monta mister Jeffers; apu~sto por él,
senoras.
- Aceptado-respondió, sonriendo, Clara-;
pongo por el caballo qe Huguet.
- Y yo también - agregó Mariana.
- ¿Qué apostamos? un·a sombrilla contra un
bastón; seis corbatas contra seis pares de guantes.
. - No, no; un regalo á elegir - opinaba Manana.
Una estruendosa salva de aplausos les interrumpió. Jorge Huguet había aparecido en su yegua Manón, un soberbio animal, alazana, fina de
cabos y de gran alzada, de ojos vivos y atentas
orejai, temblorosa por el ansia de correr; y mientras evolucionaba, ante las tribunas, en un galope
preparatorio, el público vitoreaba la habilidad del
jinete.
Las dos mujeres dirigieron á él sus gemelos.
Mariana vió pasar luego, entre otros que no despertaban interés, el caballo Amor, que montaba
su marido.
Claudio Araoz, el cronista,, iba y venía agitadamente delpesageal coche de Mariana.
- ~u Amor se cotiza muy mal, baronesa; no
dan nada por él.
- Protesto-respondió Mariana, con un mohín
gr~ciosís)mo -; ~i Amor no, el de mi marido; el
m10 no tiene prec10.
- Muy bien, con mucho esprit - corearon
los gomosos.
- Pues á mí no me disgusta el caballo del barón; si no apuestan por él es por lo desconocido,
no por malo, seguramente - opinó uno.
- Manón es el favorito - chilló Araoz con entusiasmo-. Ella sola tiene más apuestas en su
favor que todos los demás juntos.
Un clamoreo an:mció que iban á partir los ca-

bal(os. Claudio saltó al pescante, provisto del anteoJo. Observaba atentamente, inclinándose siguiendo el ir y venir de los caballos en las p~rti-·
das falsas.
- ¿Parten? - preguntó Ciara.
- ¡Ya!, una, dos, muy desicruales· no vale
vuelven á su sitio - respondió el perio,dista.
..
De repente, á un murmullo de la muchedumbre, siguió el suyo, entusiasta:
- ¡¡Ahora!! ¡Buena partida; Jorge, delante!
Los caballos pasaron luego al galope muy cerca del coche de Mariana. Del vertiginoso grupo,.
envuelto en una gran nube de polvo, se destacaban tres caballos: Pierrot, A1oro y Manón. Jorge
Huguet, que montaba la yegua, iba á la cabeza de·
todos. Al pasar cerca de las tribunas, resonaron algunos aplausos.
- ¿Se decide la carrera? - preguntó con ~n-·
siedad Mariana.
- _Tod~ vía no, señora baronesa -respondióle
Claud10, mirando con el anteojo-; ese Pierrot va.
muy fresco y queda todavía mucha distancia.
De pronto comenzó á gritar:
- ¡Demonio! ¡Lo alcanza, lo alcanza, lo ha pa-•
sado! ¡Vence Pierrot!
En efecto,
el caballo del incrlés
encerraba á su
•
D
contrano contra la valla, ciñéndose á él cortándole el paso.
·
'
- ¡ Eso no es lícito - gritaban algunos - .
Pierrot está fuera de reglamento.
Se escuchaba vagar en el ambiente un voceríoquejumbroso de disgusto, porque el favorito no
vencía. Pero Jorge, aprovechando un momento.
oportuno_, mejoró su terreno, chivó la espuela y,,
con un vigoroso arranque, logró tomar nuevamente la delantera. Miles de manos se agitaron aplaudiendo.
- ¡Ahora sí, ahora sí! - gritaba Claudio - ..
¡Bravo, Jorge, bravo; la victoria es segura!
Mariana apenas si podía ver allá, lejos, los cuerpos de los jinetes; pero distinguió perfectamente
la blusa roja de Jorge Huguet.
- ¡Ahí le veo!-exclamaba con júbilo-. ¡Viene solo, delante ... ; otro caballo se ha destacadodel grupo de atrás!. ..
- ¿Es blanco?
- No; ¡y cómo corre, Dios mío! ... ¡Ay, sL
está ya muy cerca de Manón!
- ¡A ver! - exclamó, atemorizado Araoz - .
¡A ver! ¡Caracoles, si es el de Luis, y le va á los.
alcances!. .. ¡Quién lo diría!. ..
- ¿Mi marido?- preguntó asombrada Ma-·
riana.
Del público salía ya uno que otro grito:
- ¡Bien por Amor, bravo Amor!
Los caballos tomaron la recta de las tribunas;.
Amor y A1anón venían delante juntos, iguales, con
las narices dilatadas y el cuello tendido. Un mis-·
mo impulso, un mismo vértigo los arrastral:ia.
J?rge y Luis, mirándose con odio, castigaban furiosamente á sus cabalgaduras, como si quisieran
azotarse el uno al otro.
El público, ya entusiasmado por lo reñido de
la lucha y por el esfuerzo increíble del barón, gritaba el nombre de su caballo: ¡A11tor, Amor!, y
cuando éste logró, estirándose como una serpiente, pasar á su enemigo y llegar antes á la meta..
la ovación rayó .e n delirio.

.,
1

Hasta los perdidosos aplaudían.
- ¡ He perdido - exclamaban - ; pero, ca- ·
ramba, qué buen jinete!
. - ¡¡Bien corrido!; así se corre; ¡vivaaa!
La muchedumbre bajaba d&lt;' las tribunas en
tropel, á manera de río que se desborda. Alguna
IT)aldición sorda salía, y algún brazo levantábase
en alto, con la mano de avarientas garras crispada, arañando el aire en la locura de su codicia
defraudada; pero todo lo cubría un solo entusiasmo, un solo grito que, como si la Naturaleza llamase á su verdadero Dios, vibraba en el espacio:
- ¡Amor, Amor,.Amor!
Mariana vió pasar triunfante á su marido, desde el pesage hasta el palco de Elenita Rivas, que
le entregó la copa del premio.
¡Pobre Mariana! Una cólera inexplicable é invencible
atenazó su corazón. De buena
gana hu b i era abofeteado á
E!ena Rivas, porque premiaba á su marido; y cuando Luis
volvió á pasar entre vítores y
felicitaciones, vibró toda, roída por secreta angustia, se
mordió los labios y lluró.
- ¿Qué te sucede? - preguntó Ciara.
-l¡Oh, nada, nada; la emoción!
La muchedumbre seguía
gritando:
-¡¡Amor, Amor, Amor!!
Mariana volvió de las carreras á su casa presa
de indeéible agitación. Tenía constantemente ante·
los ojos el gentío aglomerándose en el Hiµódromo,
y en sus oídos resonaba aún la palabra fatal:
«¡Amor, Amor!• Ese grito de la muchedumbre
frenética, entusiasmada, aclamando á Luis, antojábasele una imposición, un mandato de querer á
su marido, que descendía de allá arriba, de donde
cae como un rayo sobre las humanas cabezas todo
lo inexplicable, lo absurdo, lo misterioso y dogmático, todo aquello que su espíritu moderno no podía creer, pero que su corazón supersticioso y
católico sentía muy hondamente. Y es que, á despecho del entendimiento, se cree con el corazón;
se siente, y en amor como en religión, tanto vale,
y acaso más, sentir que creer.
Mariana, considerando apenada su soledad y
el hastío de Jorge, solía decirse á sí misma, pensando en Luis:
- ¡Si pudiera ser! ¡Si lograse quererlo! ¿Ignora mi traición? ¿Lleva este tren de vida galante
porque me desprecia ó por olvidarme?
Y así, lentamente, su fantasía exaltada de mujercita loca iba exagerando la aureola triunfal que
circundaba á su marido, y fué creyéndole un hombre excepcional, que la humillaba con su grandeza y con su desdén. Algunas noches, una nostalgia
invencible de caricias la arrastró hasta la puerta
de las habitaciones de Luis. Escuchaba: parecíale
oírle agitarse en el lecho, suspirando, sollozando
quizás.
- ¿Qué pasará? - se preguntaba-. ¿Me desprecia ó me ama? Su modo .de proceder, ¿es obra

de su carácter, ó una prueba de desdén hacia mí?
Y volvía á escuchar.
- ¡Oh, si sufriera por mí!
Más de una vez deseó penetrar en el cu ·rt o
de su marido y romper la situación insoportable
y odiosa; pero un resto de altivez la contuvo, y
avergonzada, huyó por los pasillos con pa50 quedo
y cauteloso hasta su alcoba, bajo cuyas cortinas
muchas noches tembló de frío; un frío intenso, implacable, que la helaba por dentro.
Por aquel entonces actuaba en' Lima una compañía de ópera italiana. L, tiple dramática, Gemma
Ferrieri, había cautivado al público con las ricas
sonoridades de su voz y los refinamientos exquisitos de su escuela de canto, y por la co'1quista de
su espléndida hermosura empeñóse torneo reñidísimo entre los elegantes de la capital.
Jorge Huguet y el barón Ancona se contaban entre losadoradores más asiduos. Aquél,
particularmente, con el dinero que su buena suerte ó sus
malas artes le daban en el juego, y con el que pedía á Ciara
y á Mariana, obsequiaba á la
artista, tratando de deslumbrarla con el brillo de las joyas. La Ferrieri aceptábalo
todo, pero sin ocultar la profunda anti¡,atía que la inspiraba el galán. Sus atenciones,
sus sonrisas más insinuantes,
sus miradas más incendiarias
eran para Gigetto, como ella
llamaba cariñosamente á Luis, el preferido entre
su corte de caballeros. Pronto corrió la voz de que
la Ferrieri habíase rendido al barón, y ellos mismos confirmaron las hablillas, haciendo público
alarde de sus relaciones.
El prestigio de Jorge iba declinando poco á
poco, para dejar paso al nuevo soberano Luis Ancona, en quien ya reconocía la fama al sportman
invencible y al seductor afortunado.
Mariana lo supo todo. Ciara Valle, desesperada por el desvío de Jorge y sus nuevas relaciones
con la joven baronesa, intentó aprovechar los
acontecimientos para conseguir la reconquista de
su amado. Sabíalo vil, indigno; pero lo quería, lo
quería locamente, con ese querer furioso é incansable de las viejas. Fué á visitar á Mariana, la refirió detalladamente cuanto ocurría y llevó hasta
más allá del propio recato la sinceridad de sus
confesiones y sus quejas.
- No, no niegues, no niegues; si hablo por tu
bien - la decía atropelladamente, cogiéndola ambos manos-. Sé tus relaciones con Jorge, y quiero que sepas las mías, y otras que él tiene; quiero
salvarte.
La tortura de amar sin ser amada, el egoísmo
de su apasionamiento, eliminaba todo resto de pudor. Contó con pormenores y detalles sus amoríos,
sus amarguras, la explotación de que había sido
objeto, las infamias de Jorge y sus malos tratos.
- Es un cobarde; mira - y soberbiamente,
descarada en su excitación, enseñaba sus brazos,
amoratados por los golpes-. No esperes á que lo
haga contigo, déjale; ha querido nuestro dinero

�para derrocharlo en otras conquistas-le decía-;
es un miserable, un miserable sin corazón. ¡Ah,
vale bastante menos que tu marido! Luis sí que te
quiere.
- Sí - respondió Mariana-; me quiere y me
abandona.
- De cuanto suceda tú tienes la culpa, amiga
mía. Luis ha ido á buscar al teatro lo que no encontraba en su hogar; vuelve á él, vuelve á él; deja
á Jorge; sálvate, deja á Jorge.
Mariana sentía que las revelaciones de su amiga la herían en lo más hondo; un profundo desprecio hacia el amante traidor, aventurero, sin dignidad y sin ley, invadía su alma; juzgábase empe-

Encima de su tocador había un sobre dirigido
á ella. Se apoderó de él ansiosa, febril, pero pronto dejó caer los brazos desalentada, y quedó inmóvil como una estatua que representase el Dolor.
La carta, firmada por el barón, contenía una
sola palabra: « Adiós. •
En la calle, un perro aullaba lastimosamente.

queñecida ante ,su-marido, que la humillaba posponiéndola á otra~mujer, y uri sentimiento, mezcla
extraña de amor propio ofendido y de pasión nueva, repentina, sedienta, llenaba su corazón.
La entrevista, embarazosa al principio, tuvo un
final tierno. Las dos pecadoras, reconociéndose
juguetes de la misma desgracia, cayeron una en
brazos de la otra, llorando á gritos.
Por eso, aquella tarde, después de la visita de
Clara, Mariana esperaba con ansia á su marido,
para confesárselo todo, rogarle que la llevase consigo muy lejos y pedirle perdón. No podía más.
Acodada sobre la mesa de su escritorio, y paseando nerviosa por la habitación, dejó transcurrir
la noche, y la aurora inundó con su claridad fría y
rosada la estancia, sin que Luis volviera.
- Se divertirá con la otra - pensaba Mariana.
Luego, vencida por el cansancio, se echó en el
lecho ...
Cuando despertó daban las dos en el reloj del
comedor. Llamó á la doncella.
- ¿Ha venido el señorito? - preguntó.
- Sí; creí que la señora baronesa le había visto; ha estado aquí. ..
- ¿Que entró aquí, dices? - exclamó Mariana
saltando de la cama.
- Sí, señora baronesa; se cambió de ropa y
entró aquí.
- ¿Qué hora era?
- Poco menos de las siete, señora baronesa.
Mariana, presintiendo una desgracia, volvió los
ojos en derredor suyo, como interrogando á los
muebles de su dormitorio.

gada; había poquísima gente. En la biblioteca algún curioso hojeaba las revistas extranjeras, y al
rumor que hacían las páginas":al ser vueltas, se
mezclaba el rítmico chocar de las bolas producido
por los que caramboleaban en la vecina sala de
billar. Haciendo pendant, como centinelas cansados, dos viejos se adormilaban~en sendas mecedoras, incli,,ando pausadamente sus calvas brillantes sobre las ñoñeces de un periódico de la tarde.
En uno de los comedores reservados jugaban al
bacarrat Claudio Araoz, el general Fernando Romero, el doctor Francisco Gutiérrez, el barón Luis
de Ancona y Jorge Huguet. Este ganaba. Algunos
curiosos rodeaban la mesa comentando los azares de la suerte.
Monsieur Garmant, capitán de Caballería de la
misión francesa instructora del ejército peruano,
se acercó, saludando afectuosamente á los jugadores.
- ¡Hola!, parece que Huguet os despoja, ¿eh?
- Sí, capitán-dijo el aludido-; la suerte me
favorece.
- Y no puede ser de otra manera - arguyó
el barón - , desgraciado en amores ...
- ¡Cómo, cómo! - exclamó el capitán-. ¿Usted, Jorge, desgraciado en amores; usted, el conquistador irresistible? Vamos, el barón bromea,
no lo puedo creer.
- El barón habla así porque una imbécil, la
Ferriere, una mujerzuela, no ha querido honrarse
aceptando mi pasajero entusiasmo...
- No me parece correcto que se exprese usted de tal modo, refiriéndose á una buena amiga
mía - díjole Luis en son de protesta.

IV
Mientras Mariana esperaba en vano el regreso
de su marido, desarrollábase en el Club de la
Unión una violentísima escena.
Eran aproximadamente las tres de la madru-

I

- No creo· que cometa usted la necedad de
amarla...
- ¿Y si la amase?
- Sería usted un necio - concluyó Jorge que,
adivinando una provocación, no quiso volverse
atrás.
- Mida usted sus palabras, señor Huguet.
- ¡Hablo como lo merece su impertinencia,
señor barón!
Todos se habían puesto de pie. Luis continuaba sarcásticamente:
- Usted no respeta á nadie, ni á las mujeres,
y hace mal. ..
- ¡Hao-o lo que me da la gana!
- Hac"'e usted mal; á las mujeres y á las cartas se lo debe todo, todo: cuanto tiene, cuanto
vale, cuanto es ... usted...
Pero no pudo continuar insultándole: una tremenda bofetada de Jorge, que nadie supo evitará
tiempo, le azotó violentamente la cara. El barón
enrojeció sin devolver la agresión.
- Está bien - dijo tranquilo y siniestro -.
Está bien, creo que nos entenderemos.
- · Aquí, fuera, donde á usted se le antoje,
miserable! - gritaba Huguet furioso, forcejeando
con los amigos que le sujetaban.
Ya las demás personas que había en el Club
llegaban presurosas, atraídas por las voces y el
ruido.
- Bueno, basta, muchachos -decía el general
Romero-; nada de escándalos, y á cumplir con
vuestro deber de caballeros.
El duelo á espada quedó concertado para aquella misma mañana. El general Romero y el capitán Garmant apadrinarían al barón, y ClaudioAraoz
y el doctor Gutiérrez, á Jorge Huguet. El último
padi ino serviría de médico á ambos combatient~s.
Se restableció la calma; un murmullo sordo y misterioso, comentando el suceso, vagó mucho tiempo por los salones del Club.
.
.
Luis Ancona quedó en reumrse á sus padnnos
en casa del general para evitar sospech~s en la
suya, á la que iría un momento á cambiarse de
ropa y poner en orden sus papeles.
Jorge Huguet salió del Club acompañado por
sus representantes.
- ¿Te explicas la vi;ilencia de ~se hombre?_Está loco sin duda - dec1a Araoz mientras calillnaban bajo los pórticos de la plaza principal.
- Ya lo creo que me la explico; y lo triste del
caso es que el asunto, para mí, carece de importancia - respondía Jorge-; pero peor para él: de
todas maneras le abriré un agujero en la barriga.. .
- Esto sí que se llama tras de cuernos, pa_los
- sentenció con su habitual acento despreciativo
el cínico Gutiérrez.
Al llegará la calle de la Unión, se separaron.
- Venid por mí dentro de tres horas - recomendó Jorge.
Las voces de sus amigos le siguieron confortadoras:
- Calma, ;eh? .. . mucha calma ...
Jorge mar'chaba lentamente, azotándose las
piernas con su bastón de junco, mirando á su sombra prolongarse grotescamente sobre 1:1 acera, bañada por la luz azul de los focos eléctncos. Pensaba. La figura del barón aparecía tenaz ante él, co~
algo de misterioso y de atemorizador, como s1

fuese el destino. Siempre su contrario, ·en todos
los deportes, en todos los juegos, y ahora hasta
para jugarse la vida. ¿Por qué? Reconstruía en su
mente la última escena y recordaba las frases de
Luis: «Creo que nos entenderemos, y la serenidad
helada con que las dijo, y la sonrisa amenazadora
con que las subrayó. Un momento, su cuerpo todo se contrajo en un escalofrío, sintió qne toda la
sangre afluía á su corazón y que ¡3e le erizaba el
cabello. Una cortesana nocturna, envuelta en negro manto, apáreció súbitamente en la esquina, y
Jorge, de un salto, loco de miedo, huyó hacia el
otro lado de la calle.La mujer lanzó una carcajada,
que resonó cruel en el silencio de la noche. Huguet se detuvo bajo un foco de luz, avergonzado
de sí mismo. Entonces meditó con más calma. Su
vida había sido una continua lucha: primero con
la miseria, después con la obscuridad. Había trabajado en las casas de comercio como un negro,
en busca de dinero para satisfacer sus ansias de
lujo; se había batido en las calles de Lima; sintió
silbar las balas cerca de sus sienes, y nunca temió.
El fué un triunfador siempre: ¿por qué temía ahora?
Si ese hombre lo derrotaba en el duelo, iba á caer
de golpe todo su prestigio; no, era necesario, indispensable, aniquilar al barón.
·
Y Jorge, ante la inminencia del peligro que le
amenazaba, tuvo el valor desesperado que produce el miedo. Se irguió, sacudiendo sus miembros,
y dijo en voz alta, como para infundir en su ánimo un convencimiento tranquilizador:
- ¡Triunfaremos! ¡Afortunadamente, tiro muy
bien!
Y un momento antes de llegará su calle, se
puso en guardia y la emprendió á estocadas con
el bastón contra su misma sombra, que se agitaba
en el muro.
Penetró en su casa por el pasillo, y despertó á
Domingo, el negro, que dormía acurrucado junto
á un baul.
- ¡Hala, despierta; vete á Gastón, dile que
enganche ahora mismo la ckarrette y regresa en
un vuelo! ¡Anda, anda, aprisa, que la cochera no
está cerca!
Iluminó luego completamente el gabinete y el
cuarto de dormir. Se sintió acariciado por la blanda tibieza de sus habitaciones: le parecieron más
cómodas, más lujosas; un cariño inefable á sumorada, un apego desesperado á la vida, l&lt;; enterneció como no le enternecieron nunca ninguna de
sus historias de amor. Contempló arrobado su
pequeíio palacio, el templo de sus aventuras....
¿Era la última vez que la vería? Queriendo desechar las ideas melancólicas que lo asaltaban se
puso á preparar él mismo su café; no era nervio~o,
y la aromática bebida lo desperezaba. ¡Qué nea
la encontró!; era un néctar desconocido y delicioso, el mejor café que tomara en su vida. Lue~o
descolgó un {l.orete de la panoplia y la emprendió
á botonazos con la pared.
- Vamos, no estoy mal de agilidad.No sabien·
do qué hacer tomó un libro; pero no podía leer;
su imaginación danzaba en otras id&lt;;as. S~ es~iró
en el diván á fumar, y apuraba el quinto c1garnllo
cuando el negro volvió.
- Ya viene Gastón, niño.
- Bueno, dame unas friegas de agua de Colonia; necesito fortalecer los. músculos.
I

�Mientras el
negro cumplía
las órdenes de
su amo, éste le
hablaha cariñosamente:
- ¿Sabes,
Domingo?, me
voy á batir.
-¿Y qué es
eso, ntiio?
-Que voy
á reñir con un
hombre; que tal
vez te quedes
sin patrón ( 1 ).
-Ay, no hachilló el negro con an-

ble así, niíio, por Dios gm,tia.
. Jorge mirábase al espejo el cuerpo rojo por las
fnegas, cóntemplando el milagro voluminoso de
sus robustos bíceps.
- ¡Que todo esto se acabe por una estocada!pensó; µero luego, queriendo darse ánimos, exclamó resueltamente:
- Es necesario, y sabré vencer; le mataré.
El coche y los padrinos lleaaron casi al mismo
tiempo.
"
- ¿Listo y valiente? - preguntó Araoz.
- Listo y valiente - respondió con voz firme
Jorge Huguet. Después agregó:
- He mandado enganchar la charrette para
despistar á los curiosos; creerán que es un paseo
matinal.
Despidió al cochero y ocupó su sitio entre los
dos padrinos. El negro iba detrás, ocultando debajo del asiento las espadas de combate y et botiquín dPl médico.
- ¿Hacia dónde vamos? - preguntó Jorge.
- Hacia las inmediaciones del vkjo Hipódromo; no ha habido tiempo para conseguir sitio cerrado.
El caballo arrancó al trote. Eran poco más de
las siete de la ma1'ía11~; las calles comenzaban á
animarse. Los vendedores de comestibles, viejos
chinos de tez amarillenta y pergaminosa, pregonaban con voz nasal y monótona, corno 11n quejido:
- ¡Paaan, con chichalón, calentito! (2).
Curas y beatas, trajeados de negro, cruzaban
de prisa, yendo á sus devociones.
Las madrugadoras maritornes volvían ya del
mercado, con sus abultados pañuelos de hierbas,
entre cuyos pliegues aparecían los repollos y ·10s
tomates, la cola plateada de un pez 6 la colgante
cabeza roja de un pavo muerto. Las serranas vendedoras de frutas del país, con sendos canastos
colgados de los brazos y llevando á la espalda, entre dos largas trenzas, la manta, que, atada al cuello, envolvía á una criatura de pocos meses, gritaban cadenciosamente:
- ¡Buenas paetas (3), buenos plátanos, piñas,
chirimoyns! ...
Otras serranas, trotando en su mula, que mon(r) Americani,mo.
(2) Pan con chicharrones, desayuno de los obreros en
Lima.
(3) Hahuacates.

taban á horcajadas, con dos cántaras de latón á
los lados de la silla, sonreían satisfechas bajo el
amplio y apócrifo jiµi-japa:
- ¡La lecheraaa! - y terminaban el pregón
con un graznido-: ¡Jaiii... \
Los horteras - hítmedo y despeinado el cabello y enrojecidos los ojos por los rezagos de sueñn - abrían los almacenes, haciendo resonar los
aldabones y las cerraduras de cobre, limpios y reluciPntes como si fuesen de oro.
Un ejército numeroso de chiquillos vendedores de periódicos corría agitando los papeles desdoblados, frescos aún de tinta; sus gritos estentóreos atronaban el espacio como el bélico vibrar de
una trompetería guerrera.
- ¡ El Comeráu y La Prensa, acaban de salir!
¡El Tiempo, con la desgracia de ayer!
Todo este espectáculo vulgar producía en Jorge una muy triste impresión: la ciudad se despertaba á la vida; él iba tal vez á la muerte.
Una vez en el campo, la charrette recorría, saltando, los caminos amarillos, blandos y polvorientos, en los que hundía sus rued.a s. Los labradores
inrlígenas, torpes y recios, la miraban pasar con la
mirada estúpida de sus ojillos, pequeños y negros
como agujeros, escondidos tras los pómulos punteagudos y cobrizos.
Algunos gallos que picoteaban delante de las
chozas, atemorizados por el cochecillo, huían cacareando, seguidos por la cohorte de sus plumadas
concubinas.
Allá lejos, dos caballos, libre al aire la abundosa crin, relinchaban, alegres. El agua rumorosa
y cristalina de los arroyuelos besaba la fresca hierba; el viento, suave como una música, se metía cari1iosame nte entre las frondas. Jorge, mudo en su
asiento, contemplaba arrobado la Naturaleza, que
se fecundaba á sí mbma.
Cuando llegaron al sitio escogido, el barón y
sus representantes descendían de un coche de
punto. Los cuatro padrinos cambiaron un saludo,
y mient:as disµonían los preparativos del lance,
los dueltstas desembarazábanse de sus ropas. La
camisa de Jorge, almidonada con exceso, brillaba
como una coraza al ser herida por el sol. Luis, mirando con sorna á su adversario, se desnudó cornplNamente de medio cuerpo arriba, mostrando su
tórax huesoso cubierto de vello.
Jorge le imitó con ademán violento: los músculos temblaban bajo la piel fina y sin pelo, como la
de una mujer.
El general Romero tiró al aire una moneda
para que ella, al caer de cara ó cruz, decidiera sobre las espadas que dt•bían emplearse y la persona que había de dirigir el combate. La suerte favoreció á Luis: se emµlearían_sus espadas italianas, dirigiendo los encuentros el capitán francés.
Desinfectada por el doctor Gutiérrez la punta
de los aceros, y colocados en su sitio los ·combatientes, Garmant, dando una palmada, pronunció
la frase sacramental:
- Alley_, messit urs.
Ambos cayeron en guardia. El barón,-bajo cuyo
bigote negro blanqueabcr una sonrisa sarcástka,
atacaba de prisa, buscando ansioso el pecho de
Huguet. Este, lívido el rostro, pero serena la actitud, esperaba tranquilo el momento propieio para
la respu~sta, paranclo con la corrección académica

-de quien está en una sala de armas. De repente
-estiró el brazo.
- ¡Alto! - exclamó Garmant.
La sangre manchaba el hombro derecho de
Luis; no era nada, un rasguño; podía continuar.
-:- Vamos bien; está seguro de sí mismo -dijo por lo bajo Araoz al doctor Gutiérrel, que se
tiraba de los pelos de J-a barba sin ·responder, mirando á los duelistas otra vez en guardia.
Jorge, que hubiera querido terminar el duelo
con la primera estocada, nervioso é imµaciente,
pero confiado en su superioridad, atacaba seguidamente, con un juego complicado y ceñido. Luis,
-esgrimista menos hábil, sin poder seguir el hierro
de su adversario, se defendía á saltos con agilidad
de felino. Pero ésta no le valió: llegado al límite
-del terreno, estrechada la distancia, un á fondo
·formidable de Jorge fué á herirle en un costado.
Et acero había penetrado mucho )' la sangre
manaba en abundancia.
- No puede continuar-opinó el médico examinando la herida.
- ¡Sí puedo; me mantengo aun de pie!
.._
- Pero la pérdida de sangre le va á debilitar
-dentro de pocos minutos; está usted en condiciones desventajosas; la agitación podría producirle
una erisipela... No, no, de ninguna manera; no
puede continuar.
El barón insistía:
- Me siento aun fuerte; soy el ofendido; esto
no puede quedar así. ..
l,,:.;. L os padrinos discutían acaloradamente, mientras los rivales se miraban insultándose, diciéndose todo su odio con los ojos.
Gutiérrez había exagerado las proporciones y

la importancia de la herida, leve y superficial, deseoso de que el duelo terminara sin funestas consecuenóas; pero el general Romero, con su severidad de miltar, hizo prevalecer los derechos de su
apadrinado: debía continuar el lance.
El barón se colocó en guardia; una guardia
baja, á la siciliana, terriblemente ofensiva; plegado el brazo cubríase con el codo la última herida,
y agazapándose, encogiéndose como un tigre en
acecho, trataba de guarecerse tras lá ancha taza de
su espada, lo mismo que un gladiador tras el escudo. Huguet, receloso, le miraba sin atacar, amagando fintas y cavaciones, dudando .. .
Los padrinos, ansiosos y asustados, presintiendo un desenlace fatal, temblaban.
De pronto, en un momento en que Huguet se
descubría, el barón se tiró á fondo rápidamente,
estirándo::.e cuan largo era, decidido, seguro: las

�buque. El marinero, poniéndose de pie, consultó
el cielo, y convencido de que el Pacífico no hacía
traición á su nombre, volvió á sentarse en el enrollado calabrote, guardóse la pipa en la blusa y
entonó una canción á media voz. Era una que
aprendiera en su juventud durante sus viajes por
Europa, en el riente golfo de Nápoles. Música
bella y sugestiva por lo espontánea y sencilla,
triste y alegre; había en ella la rústica grandeza
de todo lo inspirado en el instinto sano del pueblo; su primer tono menor decía una tristeza que
no se puede describir, porque no se parece á ninguna otra, ni al llanto desesperado de los amantes
de ópera seria, ni al lamento monótono de las odaliscas. Era una tristeza suave, dulce y exótica, que
describía perfectamente el carácter de los napolitanos soñadores, · ardientes, que soportan riendo, con alegría melancólica, las congojas de la
vida; sentíase en las notas de la canció)1 todos
los ardores del Vesubio, que mancilla con su penacho de humo el azul purísimo del cielo y todos los quejidos del Mediterráneo, que el golfo
napolitano ciñe amorosamente entre sus brazos de
tierra.
La orquesta del Oceanoacornpañabalacanción.
De pronto, un ruido extraño que venía de
pepa, algo así como un sollozo ó una queja, interrumpió el cantar del marinero. Se levantó á in-

espadas, al rozarse, silbaron como serpientes,
y una chispa de fuego nació de la cópula heroica de los aceros.
Los cuatro padrinos precipitáronse en socorro de Jorge, que cayó de rodillas, abriendo
los brazos. El doctor Gutiérrez examinó la herida de una sola ojeada: era una pequeña man- .;
cha violácea, el picotazo de una avispa, apenas
sangraba; un chorrito caía desde !a tetilla derecha, resbalando silencioso coroo una lágrima
roja. El herido inclinó la cabeza sobre el hombro, y Gutiérrez, después de contraer los labios con significativo mohín, dijo rápidamente
en un tono de voz que era una sentencia de
muerte:
- Pronto, pronto; el coche.
Inmóvil y mudo, bajo el pórtico frondoso
de dos árboles, Domingo el negrito rompía á
llorar.

quirir la causa. En la barandilla de popa, con los
codos en ella y la cabeza entre las manos, un hombre miraba al mar.
- ¡Eh, señor!
Luis Ancona se volvió asustado; estaba tan
solo con sus penas, sus ideales rotos, sus amores
perdidos, sus ilusiones muertas, abstraído en apurar la amarga copa de sus recuerdos, que la voz
del marinero le sorprendió. Avergonzado, como ~i
le hubieran cogido cometiendo un delito, limpióse
de prisa, con el dorso de la mano, una lágrima que
temblaba en su rostro, sin caer.
- Señor - dijo el marino-, ¿se marea usted?
El barón respondió por decir algo:
- Sí, sí; me mareo.
- No tema usted á la mar, señor - continu•ó
con vanidad el viejo lobo-; es muy buena, yo la
conozco; aquí no hay tormentas y, en cuanto al
mareo, ya pasará, señor; todo es acostumbrarse ...
Y el barón, con una sonrisa triste y helada que
el marinero no hubiera podido descifrar nunca:
- Sí - le respondió - , todo es ·acostumbrarse; ya pasará.
Callaron. Serenóse el tiempo y el buque rimó
sus crujidos con el gemir de las olas. A poco los
delfines aparecieron saltando, siguiendo al barco,
como una cabalgata fantástica que galopase bajo
la luna y sobre el mar.

Madrid y Febrero, á 5 de 1907.

** *
El buque, balanceándose lentamente, abandonaba el puerto. La hélice propulsora crujía
en sus revoluciones, marcando su ~stela, que
ondulaba corno una sierpe de plata bajo la claridad lechosa de la luna. Allá lejos, el Callao se
perdía, hundiéndose en el agua, que parecía
incendiarse al reflejar en su movible espejo las
luces de la ciudad.
Sentado en el rollo de un cable, un viejo
marinero, insensible á las heladeces de la brisa
marina, fumaba su pipa, cuyo humo negro envolvíale la cabeza; una cabeza chata de lobo
de mar, de piel áspera y curtida, de ojillos
grises y saltones, de nariz roma y bermeja, de
boca grande con dientes ennegrecidos y desiguales. Recia barba rodeaba su garganta, como
un babero cerdoso. Sobre su frente deprimida, algunos rizos rebeldes y grises, escapándose de la gorra, encasquetada hasta las orejas,
temblaban agitados por el viento. Tenía el
busto pequeño, ancho y atlético, las manos velludas, regordetas y cortas, y cruzaba las piernas musculosas jugando con los dedos de sus
desnudos pies.
A poco el puerto desapareció completamente de su vista, y el buque navegó en alta mar.
Silbó el viento su poderosa sirena y se hinchó
el Oceano. Las olas furiosas, rugiendo encrespadas como gigantescos leones de melena blanca, reventaban con estrépito en el casco del

FIN

t

1

~eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbado's de Ourá y Compaflia. Imprenta de JoséBlass y Cia., San Mateo 1, Madri&lt;i

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pugne.

16.
17.
18.
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21.
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26.
27,
28.
29.
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31.
32.
33.
34.
35.
36.
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38.
39.

P. Serrano de la PeLrosa: ¡Por malas/
Pablo 1-'arellada: Pompas de jabón.
Ramón Pérez de Ayala: Artemisa.
Manuel Ugarte: La leyenda del gaucho.
Mariano Valle¡o: Deuda pagada.
Arturo Keyes: La Mo1uchtta.
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Cristóbal de Castro: Luna, lunera _..
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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>' El Guento Semanal

El Cuento 6Bmanal

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16.
17.
18.
19.
20.
21.
22.
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26.
27,
28.
29.
30.
31.
32.
33.
34.
35.
36.
37.
38.
39.

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Cristóbal de Castro: Luna, lunera _..
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41_ J. López Pmillos: Frente al mar.
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43. Julir, Camba: El destierro.
44. Miguel Sawa: La Muñeca.
45. Luis llello: El corazón de Jesús.
46. J. Perrándiz: El ,Oies irtz• de san Huberto.
47. A. R llonnat: Un hombre serlo.
48. Alberto lnsúa: Las señorllas.
49. J M.• Salaverrla: El literato.
50. Apeles Mestres: La espada.
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59. Pedro de Répide: El solar de la bolera.
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61. José Francés. Afientras las horas duermen ...
62. Gabriel Miró: Nómada.
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cuyos autores ó editores nos remitan dos ejemplares.
; La esencia de lo_chulo, leyenda escrita por D. Antorµ{&gt;
Velasco.-0,50 pesetas.-En las primeras página. de
esta obrita está descrito con bastante exactitud y sabor
clásico aUJ1que quizá con seora de palabras rebuscadas,
el episodio que dió nombre á la hoy calle de la Arganzuela, de esta corte. La protagonista es la mujer del
pueblo en aquella época: la maja. A continuación estudia
el; autor la degeneración de este clásico tipo de mujer
que, de escalón en escalón, pasa por la manola, la gata
con t-ibetes de señorita, la nincha, la j1,rcia... El señor
Vela.seo cree que esta desgraciada fu.reía de hoy es la
tataranieta de su maja Sanchita, y dolido de ello nos
dice al final de la leyenda «Ciégo será quien no vea tal
r epugnante cuadro.
, Y se desprende, como cabo de esta leyenda, que la
r aza de Sanchita se va, se va...
,Se va el }.fadrid chulo sin demostrar franca y de UJ1a
vez para siempre, si lo que lleva dentro es un fraile ó
UJ1a fiera.&gt;)
La aprenslva.--Se ha impreso y puesto á la venta
este boceto de comedia, primera producción dr amática
del conocido publicista Dr. Corral y Mairá, que tan favorablemente fué acogida por nuestro público.
Exodo,-Hemos recibido el núm. 3 de esta revista mensual vallisoletana que publica interesantes trabajos de
Alta.mira, L apí, 'I'axonera, Cagigas, González Blanco,
García Rueda, :Morcuende, Hamlet-Gómez y otros ilus·
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-No, señor.
-Pues yo le digo á usted que :,1.
- Bueno, pero como ...
No pude oír más, porque aumentando de pronto la velocidad del tren, el ruido de las ruedas y
el trajín de la marcha me impidieron percibir con
daridad las demás palabras de aquellos compañeros de viaje, que ib~ discutiendo desde la estación de partida. Interesado, no obstante, en
saber lo que no había podido oir, me incliné hada ellos. Pasábamos entonces sobre un puente
de hierro, y resultó inútil mi movimiento. Me
puse en pie, y acercándome á los interlocutores
-pronuncié algunas palabras para entablar conversación. El más joven me contestó secamente
una frase de esas que finalizan un diálogo, y yo,
más que ligeramente molesto, fui á sentarme al
utro extremo del coche.
Pasamos el puente, disminuyó la·· velocidad
'Cl.el tren, y mis camaradas cesaron de hablar.
La noche había cerrado completamente, y co-

mo el paisaje ofrecido por la única ventanilla
abierta, apenas era visible por las sombras que
lo velaban, improvisando de mi portamantas
una almohada, me tendí sobre el asiento, dispuesto á dormirme hasta la próxima estación,
por cierto muy distante.
Mis compañeros me miraron con extrañeza.
- ¿Pero va usted á dormirse?-me preguntó
el más viejo con cierta admiración.
--Si ustedes me lo permiten...
-Por nosotros no hay ningún inconveniente.
¡Oh, puede usted hacerlo! ¡Pues no faltaba más! ...
Mire usted-continuó el más joven, que era quien
me hablaba-yo soy republicano... Perdone usted
si le ofendo.
-Me es igual.
-Bueno, ya me entiende usted-replicó guiñándome un ojo-. Quiero decir, que puede usted hacer lo que quiera. Y o creo que todo el mundo es libre y dueño de obrar como le guste y convenga; sin molestar á nadie; como Dios manda.
¿No es eso?
Asentí con una inclinación de cabeza, me incor-

�poré en el asiento y quedé sentado sobre el portamantas.
-No, no; acuéstese usted-dijo el viejo-. No
vaya usted á desvelarse por nosotros.
-De ningún modo. Realmente no tengo sueño. Lo que tengo es un aburrimiento insoportable-contesté, y comprendiendo lo incgnveniente de semejante declaración, me apresuré á suavizarla continuando:-No por ustedes... ya comprenderán; pero estos viajes tan largos ... con estos trenes tan pesados ... En fin ...
--Sí, sí; la verdad es que nuestros trenes van
despacio... Por supuesto-prosiguió el joven,
ofreciéndonos su petaca- se ha progresado bastante, y ya no se tarda meses y meses en atravesar la península, como en tiempos de las célebres
galeras aceleradas. ¿Eh? ... ja... ja... ¡Tendrían
gracia los viajes aquéllos!. .. ¡No apague usted!
Le dí mi cerilla, y mientras ~1 encendía un pitillo, el viejo, que tenía aspecto de militar retirado-'-----era un hombre de sesenta años, con ojos verdes y bigote y perilla blancos-dijo:
-Había de todo, señor mío. Sepa usted, pues
este caballero debe saberlo- dijo por mí-, que el
progreso no ha sido absoluto, ni en todos los órdenes.
-¡Cómo!
-No; no hay que asustarse. Antes habia de
todo, y las deficiencias de lo material se sobrellevaban con paciencia, por la gran cantidad de moralidad que poseíamos.
Y dicho esto por el viejo, se puso con fruición
su gorra de viaje, con un ademán tan airoso y elegante, que pareció una autocoronación por las
frases que acababa de decir.
--Sí, sí- prosiguió como hablando consigo--,
eran buenos días aquéllos ...
- Había buenas mujeres- apuntó con malicia
el joven.
-¡Hombre, también! Y se echaba una cana al
aire, pero siempre guardando las formas y el respeto. No como hoy. Entonces no había juergas.
Juergas-recalcó el viejo- . Si eso es juergas.
¿Han oído ustedes jamás una palabra más fea?
¡Es horrorosa!
Ladeó cómicamente la cabeza, abrió las manos, como si tuviera en ellas un libro de verdad,
y murmuró:
-¡El progreso!
El joven, que era un comisionista en tejidos,
según dijo después, y que sólo tenía esa eultura

desdichada, mil veces peor que la absoluta ignorancia, esa cultura desdichada, digo, que se adquiere con la asidua lectura de un solo" y único
periódico de partido, presentó algunas objeciones contra las ideas del viejo; y de palabra en
palabra, caímos los tres en una de esas disputas
donde la razón escapa por el ruido de los gritos.
El viejo, que era un militar, hombre ilustrado,
verdadero creyente, desplegó el álbum de sus conocimientos, y haciendo del tema una lucha, se
parapetó tras el justo inedio, arrojando desde él
un fuego graneado de razones sentimentales y
prácticas mezcladas á ratos con proyectiles prohibidos en la táctica de guerra. Quiero decir,
que inventó algunas citas, forjó unas autoridades indiscutibles, y me arrebató, en fin , el asentí-

miento varias veces con el conocido anzuelo: Como usted sabe; como usted no ignora, etc. , etc.
Y sucedió lo que sucede siempre que se pone
en parangón el pasado y el presente, que finalmente la cuestión quedó reducida á la posibilidad de un sujeto religioso. Y el que nosotros discutimos fué ... El milagro, sí, señores. Tenía razón
el viejo. No hemos adelantado nada. Hablamos
todavía de lo mismo, porque una falta de fe hace
eternos los problemas.
No iba yo contra el militar. Sus ideas se parecían más á las mías que las del joven, y sin embargo, no puede decirse que fuéramos contra él
el militar y yo. Lo que sucedió fué que, siendo
yo, como todos los desequilibrados, un equilibrista mental, una especie de japonés de circo ó
de malabar sublime que se empeña en sostener

de punta las ideas, las mias, sostenidas así, vaci- de caballero. Había jurado defender á las instilaban, inclinándose unas veces al uno y otras al tuciones mucho antes de aquel brusco levantaotro. Yo afirmaba, no la posibilidad del milagro, miento, y no podía en modo alguno traicionar
sino su existencia; más aún, su actualidad, ase- mis principios y despojarme del propio honor por
gurando, por supuesto, que tales afirmaciones el honor de la idea. Aplacé, pues, la resolución
procedían más de mi modo de pensar que de mi del drama interior, y cumplí dentro de los míos
propia experiencia.
como bueno, cumpliendo sólo lo ,estrictamente
-¿Cómo de su experiencia?-preguntó el vie- preciso para servir por igual á mi honor y á mis
jo-¿Es que tiene usted la osadía de creerse un ideas. Creo que fuí un héroe, y sobre todo
bienaventurado para ver las maravillas, no con un hombre, en la vieja y olvidada acepción
la reflexión, sino con los ojos del cuerpo? ¡Vamos, castellana.
hombre!. ..
Cambió de postura el narrador, se aproximó
-¿Pero ha visto alguien alguno? ¿Lo ha visto más á nosotros, y añadió con simpático desenusted?-dijo el joven sin poderse contener.
fado:
-¡Sí!
-Ustedes me permitirán este elogio, digno de
Lo categórico, rotundo y enérgico de la contes- perdón, por ser hijo de incurable é irremediable
tación nos dejaron perplejos. El
vanidad. Mi vida iba para draanciano clavó en nosotros sus
ma, y si hubiera querido dar
obstinadas pupilas, y después,
gusto al público de teatro, con peencendiendo una pipa que había
garme un tiro en el tercer acto
sacado antes de un bolsillo de su
hubiera dado fin á la obra, aunabrigo, un abrigo peludo, de heque no hubiera resuelto el prochura francesa, con los bolsillos
blema-cosa menos esencial que
perpendiculares sobre el pecho,
el número de jornadas-. Pero yo
añadió:
preferí hacer mi vida más larga,
--Si no les molesta á ustedes,
añadir algo y transformarla en
les referiré una historia. No; una
novela, con un término más
historia, no. Es un suceso real,
agradable y sencillo, como el que
auténtico, histórico... Sí, eso es,
piden para todas las ficciones las
una historia... ¡Tienen tantas
almas buenas... En fin, no quiero
acepciones las palabras, que estoy
recordar aquellos días, ni remopor no referirla!- murmuró con
ver olvidados recuerdos, que para
disgusto, después de una pausa.
nada hacen falta en esta historia.
Sonreímos disimuladamente el
Los episodios de aquel año poco
joven y yo, y esperamos el relatienen que ver con este relato, y
to. Eso sí, cuando el hombre quiso empezar, sólo á la ligera sirven de prólogo al mismo...
le detuvimos nosotros, porque entonces encen- ¿Quién de ustedes me hace el favor de una cedimos los cigarros.
rilla?
El joven sacó su caja de fósforos y le ofreció
uno encendido.
II
-Gracias ... Pues bien, estando yo en Fuenterrabía, á consecuencia de un balazo que recibí en
El viejo empezó así:
este muslo-señaló su derecho-, pero ya en es---El año 73 era yo capitán del batallón caza- tado de prestar servicio, me mandaron salir una
dores de Barbastro, uno de los más heroicos de- noche para reconocer personalmente un caserío
fensores del Gobierno de Madrid, enfrente de los inmediato, donde, según confidencias, acudían
ejércitos levantados por Don Carlos en el Norte. unos sospechosos. La comisión era poco digna
En el fuero interno, debo confesarlo con franque- de mi cargo, y más que impuesta, puedo decir
za, la causa enemiga érame más simpática que la que hube de solicitarla para calmar algunas murpropia, porque ésta, más que mía, fué un tributo muraciones sobre mi larga enfermedad. No había
que pagué á mi honor de hombre y á mi palabra razón para semejantes miserias; pero, señores,

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.....,._...__
. ...-.,; ;...._,,

---- -

-~
..
~zrr,

hay miserias en toda¡¡ partes y también las hay
en campaña. No pueden ustedes imaginarlas.
Horrorosas, terrib1es... ¿Tiene usted la bondad
de? ... --dijo dirigiéndose á mí, haciendo ademán
de encender un fósforo.
Encendió nuevamente su ·pipa; dió varias chupadas con energía, y pro~iguió más animado que
antes:
-Fuí destinado á otro batallón. Aquella tarde
había nevado copiosamente y la nieve cubría el
suelo como si fuera una alfombra de terciopelo
blanco que tuviera un palmo de espesor. A las
nueve salí abrigado con mi capote de marcha,
llevando un bastón con una contera de trapo para
no resbalar. Antes hice-ir al caserío á dos soldados y me quedé con tres números que me acompañaron hasta la puerta.
Hacía buena noche. Una luna enfermiza, rodeada de un nimbo amarillento, iluminaba el paisaje. La luz caía fina, de color violado, sobre
aquellas mortajas del invierno, sin producir casi
sombras donde no iluminaba. Una línea blanca
separaba el cielo de los montes, y éstos apenas
si podían distinguírse. El conjunto parecía el paisaje de un sueño; un paisaje ahogado, sumergido
en el mar. Sí; en muchísimos instantes me hice
la ilusión de supervivir á un naufragio y de hallar
me, por un raro privilegio, dueño de poder recorrer los abismos del Océano ...
El camino que tenía que atravesar no era del
todo agradable, pero aquel silencio abismal, si

......

ustedes me permiten la palabra, me encantaba
y hubo momentos en que, olvidado el objeto de
mi viaje, alcancé un goce supremo dándome
cuenta de mi vida. Cuando llegué al caserío despedí á los números que me acompañaban, que me
aguardaban, mejor dicho, y les hice que volvieran al puesto. Mi objeto era conocer únicamente
á los sospechosos y poder verificar así á un tiempo un copo en toda regla. El peligro, además, era
nulo. No había nada que temer. Los sospechosos
eran sencillamente algunos oficiales que querían
pasarse al enemigo, y para efectuarlo juntos
habían de decidirlo en aquel sitio, alojamiento
de uno de ellos.
El caserío era una finca pequeña, de dos pisos.
La parte superior estaba destinada á dormitorio
y á despensa ó granero. Tenia dos puertas, la que
daba al corral y la de entrada. Al llegar á ésta me
detuve, porque me pareció oir un gruñido. Distinguí unas voces, y ya me disponía á empezar
mis observaciones, cuando apareció un s0ldado
en actitud de recibirme. Aquel encuentro me desconcertó un poco. Se disculpó el hombre como pudo, y asentí á su disculpa. Por lo demás, aquello
era justo y natural, dadas las circunstancias,
pues no una vez, sino varias, el enemigo, confiándose en las sombras de la noche, se arriesgó
á penetrar, no en aquél, sino en otros caseríos
más próximos de nuestras fuerzas. Estas cosas
parecen inconcebibles, pero en las guerras civiles
nada tan fácil, porque el enemigo conoce exactamente el terreno, se alberga á nuestro lado, y es
también con frecuencia quien nos aloja.
Dí un paso y entré. La primera habitación ya
pueden ustedes imaginarse cuál sería. Casi siempre suele ser la codna, santa, sabia y hermosa
construcción tradicional. El caserío de Mariate-

guí no se apartaba en.eso de la costumbre. Sucocina era amplia, señorial, magnífica. Su pesada
campana, ennegrecida por el humo de la carrasca consumida á su amparo, era impohente. Tenía
algo de fragua, de altar y de calabozo. Esos santos hogares, más grandes, más amplios que aquellos primitivos fogones, donde los griegos y los
romanos celebraban sus cultos, han desaparecido de las ciudades y los vemos alguna vez en los
pueblos. Nada más que en los pueblos. El gran
hogar, ese hogar donde por arder un bosque no
necesita vestales, ha sido aniquilado por el
progreso. ¡Qué barbaridad! del gran culto del
pasado no nos queda sino la lamparilla de Edison y el braserillo para los pies, que algunos
conservamos todavía. Vean ustedes.
Apartó un poco las piernas, é inclinando la cabeza, nos mostró un calentador de alcohol, en
que no habíamos reparado todavía.
-Este es el culto de ayer-añadió poniendo
sus pies encima.
-Pero usted lo pisa-apuntó con enojo el ·
joven.
-¡Lo utilizo, señor! Ustedes, en cambio, perdóneme usted, amigo, han matado lo de abajo y
lo de arriba. Han perdido el pasado y no tienen
porvenir. Continúo.
Cruzó las piernas y prosiguió reposándose poco
á poco, recordando sus pensamientos, como si
recordara las palabras de algo referido muchas
veces:
-Cuando entré, seis soldados y la dueña, una
vieja consumida y seca, disputaban á gritos. Las
voces, las actitudes, las llamas del hogar y lo rojo
del pantalón del uniforme daban á aquel cuadro
un color vivo y un sonido interesantes. Un sonido, sí; el sonido es lo más grande que ha producido el Creador, y por la música nos unimos con
lo que realmente queremos estar juntos. (Tendría
que decirles á ustedes muchas cosas sobre esta
opinión.)
Mi presencia hizo cesar el tumulto. La mujer
se quejaba de algunos desafueros que los soldados habían cometido en la cocina, y ~quéllos á su
vez de no sé qué ocultaciones por parte de
ella. Resolví la cuestión á favor de los míos;
pero la vieja juró y perjuró, en vascuence y en
castellano, que no tenía nada que ofrecer fuera
del vino, pues la gallina que para ellos reclamaban, necesitábala una su hija que había dado á
uz el día antes un niño muerto.

Calmáronse los ánimos poco á poco, y empezó
á correr de mano en mano una bota de chacolí,
hasta que entró en lucha con ella una jarra desportillada llena del mismo líquido.
Confieso yo que también á mí me roía el gusanillo, como vulgarmente se dice, y así supliqué
á la casera, con el mayor encare&lt;;irniento, una
nueva requísa en su despensa, por si había cometido algún descuido, del que yo pudiera cuídarme más de un poco.
En esto del hambre y de la sed pasábamos el
tiempo, cuando abriéndose la puerta de repente,
apareció un hombre de semblante curtido, con
sombrero ancho, una capa viejísima y mugrienta
y un báculo.
-¡Ave María!-dijo pausada y solemnemente.
Esperó la respuesta paseando sos ojos por nuestras caras, y cambiando de tono preguntó:-¿Hay
algo para el romero?
Le miré yo con extrañeza, y todos nos mirábamos como diciéndonos con la vista: &lt;&lt;¿Un ~omero en la guerra? ¡Vive Dios, que es un espía!i&gt;
Alguien aventuró una frase mortificante para
el romero; no faltó quíen quísiera ir más allá del
insulto, y el hombre, más abochornado por lapatrulla que por mis propias miradas, iba á salir,
c11-ando trasponiendo el umbral entró el perro
que le acompañaba, el cual conducía atado con
un cordel. Y nadie hubiese advertido su entrada,
á no haber aparecido ladrando de un modo tan
~
extraño y particular, que parecía naturalmente
ronco, como si ladrase de lejos, en una cueva profunda ó en un arca de ropa.
-Pobre bestia-dijo uno-, ha visto al Papa.

�t

-Oye tú-apuntó
otro-, los perros que
peregrinan, ¿van al cielo
después?
La casera acarició al
animal, que se le puso
de manos, agitando la
lengua y provocándola á
juego. El perro era un
hermoso y bien cuidado
ejemplar de casta pequeña, figura· alargada
y baja, con las patas delanteras hacia fuera; lo
que siendo un defecto á primera vista, era, bien
mirado, una coquetería de la raza para mostrar
un pecho noble, viril y enérgico. Era un perro
de San Roque, ni más ni menos que esos perros
que vemos en los altares, con un pedazo de pan
cerca del bendito abogado acusador de la peste
é intercesor del apestado incurable. Dió un tirón de la cuerda el romero y el perro salió siguiéndole. Yo me quedé recordando la preciosa
figura del animal y su color perla.
Los soldados, silenciosos un momento, empezaron á cuchichear después...
En este instante se abrió la portezuela del coche, y el revisor nos pidió los billetes. El interés
que el relato despertara en el joven y en mí nos
hizo juzgar intespestiva la entrada del empleado. Con tal motivo se abrió un paréntesig, administrativo-ferroviario, del que salieron gananciosas y elogiadas todas las Compañías extranjeras, que tienen un personal más discreto, según
dijo el comisionista, y unos vagones de tercera
que valen más que los de primera nuestros... •
,7
.__J

-Pues bi'!n, quedábamos en que los soldados se hablaron al oído, y desde luego habrán
ustedes adivinado que no fué cosa olvidada en
aquellos cuchicheos el perro del peregrino.
Me dí cuenta tan exacta como ustedes de las
ideas que cruzaron entre sí todos ellos; pero
comprendiendo al fin lo justificado del caso. Esto
no pueden ustedes comprenderlo, aunque sonrían-añadió por vía de paréntesis, cambiando
un poco la voz, como si estuviese muy firme én
sus ideas ó temiese manifestarlas claramente.

__.:_ La sensación de
hambre - continuó en
tono apologético y exaltado-es algo más que
una sensación cualquiera; es un sentimiento, ó
las palabras no dicen lo
que quieren decir. Es
preciso pasar estado semejante, y hasta pasarlo de nuevo, para llegar
á comprenderlo. Es el
sentimiento que se olvida más pronto, y aquel
cuya satisfacción se agradece más que otra alguna en el momento que se satisface. Sin ser
desesperada la situación de nuestras tropas,
porque en verdad ya iba de· vencida la pelea,
puedo decir que no teníamos nada más que lo
justo para nuestro mantenimiento, y que en los
caseríos se carecía de todo.
"~y ahora, fíjense ustedes en que lo justo
s;°ele ser casi siempre el umbral del dolor. El organismo se ha prostituído tanto como el sentimiento moral, y es preciso algo más de lo debido
para dar las gracias y sentir un poco de agradecimiento. Me repugnan estas infamias, pero
no dejo de reconocerlas. En todo se quiere algo
más de lo justo; la exageración en las ideas y el
peso corrido en las cosas. ¿Qué mérito tiene lo
normal entre nosotros? ...
Se detuvo un momento y continuó en seguida:
-Es preciso que me perdonen ustedes estos
paréntesis... Debo hacerlos, porque no quiero
que se formen un mal concepto de mis muchachos. Mis soldados eran como somos todos colocados en un medio sin freno para los propios instintos. Más que en la paz, estado artificial, de
hipocresía, de falta de valor y confianza en el propio esfuerzo-es un armisticio para lucha; el
Evangelio lo dice recordando nuestra miseria:
Si vis pacem para bellum-es en la guerra donde
se revela el hombre. ¿Quién conoce á los que no
han combatido? ¡Nadie!. ..
Mis hombres, cuando pensaron apoderarse
del perro, obraron como verdaderos hombres;
como fieras hambrientas. Les bajaron las ideas
al estómago ó el estómago se les subió á la cabeza.
-¡Pero, señor!---objetó el joven-¡Estáis haciendo una defensa del robo!
El narrador lo miró con lástima, y dirigiéndose

á él como diciéndole: &lt;&lt;Lo que voy á decir es para apurando la maldad que positivamente existía
usted soloi&gt;, contestó:
en los cómícos que representaban las obras de
-Usted será todo lo moral que quiera. Yo lo Esquilo, de Shakespeare, de Calderón ... Sí; esos
soy tanto como usted; pero mientras refiera mi hombres no hacían más que estudiar, que estruhistoria, es preciso que me coloque en el mundo jar, que revelar toda la maldad de aquellos permoral de aquellos á quienes hago referencia. Mi sonajes reales que luego representaban los suyos.
objeto es referir, no evitar. ¿No es eso?-Y pidió Por eso no hay un personaje que falte ni hay un
asentimiento á su pregunta dirigiéndose á mi.
personaje que sobre. Escribían como los grandes
-Bien, pero ...
perversos: pensando en la compañía que debía
-Bueno, hombre-interrumpí yo-, deje us- ejecutar la obra; haciéndola para ellos... No, no
ted que siga.
se admiren ustedes; no me den ustedes tampoco
-Pues, en fin, el caso fué que uno de los mu- la razón, porque ustedes no han llegado á este sachachos, sin decir nada, silenciosamente, abrió ber por mis mismas experiencias. El mal teatro
la puerta y salió al campo. La vieja, que á mi presente, es precisamente bueno por eso, porque
lado_ seguía como yo aquella maquinación, diri- los pobres autores no escriben para las compañías,
giéndose á mí y en voz alta, para que todos la porque sobran así muchos personajes, porque
oyesen, denunció la acción del soldado. La mujer les falta alguno, porque, en una palabra, todo lo
adquirió en su santa indignación esa elocuencia que pasa en la escena contemporánea es una somagnífica de la cólera y el arrebato, negándose lemne mentira, una pura falsedad. ¿Ustedes
por anticipado al préstamo de los adminículos creen que todos los actores de tal teatro combinanecesarios para el festín. Vi indecisa mi autori- dos, como los ha combinado un autor, llegarían
dad, y estallar una lucha entre mis necesidades á efectuar realmente el drama que representan?
y mis ideas, y salí de la casa, fíjese ahora el joven ¡De ningún modo! El drama es bueno, por todo
-dijo mirando al comisionista-, para no dra- lo que tiene de falsedad y de mentira. He ahí una
matizar la vida.
señal de la superioridad futura y por qué odio
-Noto-le dije-que tiene usted un horror el teatro. No puedo decir más.
marcadísimo al teatro.
Prosigamos--continuó---. Salí al campo para no
-Le diré á usted. La miseria moral de las gen- decidir. Al poco rato vi llegar al que salió á vetes me ha hecho un poco egoísta. Desprecio á los rificar el robo. Me oculté, y le pude ver sin que
demás... Entendámonos-añadió suavizando la lo sospechase. El soldado andaba pesadamente,
franca brutalidad de sus frases-. No quiero ser rechinando al pisar y moviéndose como un beoun espectáculo de gozo para el mayor número. do. No distinguí bien al perro, pero sin duda lo
La multitud pide siempre sacrificios. Fíjese us- llevaba en brazos, obedeciendo á tal carga la onted en la finalidad de los juegos públicos: siem- dulación de sus pasos. Entró y una explosión de
pre hay una víctima, el toro, el vencido, el que júbilo llegó hasta mí, durando mucho tiempo el
pierde, el héroe trágico, que á pesar de su gran- eco, hasta perderse despeñado y en fragmentos
deza, muere. ¡Hasta en lo cómico!... ¡Oh, en lo en los últimos límites del paisaje. Las carcajadas
cómico se conoce la perversidad humana! A la y las voces salían al campo, esfumándose de
víctima se le quita la elegancia y la razón. Toda pronto, deshaciéndose, con la misma rapidez que
la dignidad: la del cuerpo y la cfel alma... ¿Están se deshace el humo de un tren en marcha. Así,
ustedes conformes? Es repugnante. Las bestias, igual que esas nubes--dijo señalando la venlas nobles bestias, no tienen comedias. Los sal- tanilla.
vajes, cuando llegan á pervertirse, cuando se deMiramos, y en efecto, las nubes del vapor se
gradan hacia arriba, cuando se civilizan, como despeñaban como fantasmas, tanto más de prisa,
decimos, entonces empiezan á tener comedias... cuanto con más rapidez marchábamos.
No, yo no odio el teatro. Odio el mal teatro, ese
-No sé-prosiguió-lo que ocurrió dentro,
teatro que llaman ustedes bueno y que es verda- pero imagino, como imagitlé entonces, que á viva
deramente malo; un teatro que por fortuna ya no fuerza arrancaron á la vieja una sartén. Entré
existe, porque ya no se sabe hacer ese mal. El de nuevo, y la mujer me suplicó, llorando, la limejor teatro es ese que ha desaparecido: el malo, bertad del perro. Un breve murmullo, tenue priese teatro que escribieron los mejores trágicos mero y más elevado después, se percibió en la

�que no!.. Lejos. Aquí se da una carrera de baquetas á todo los peregrinos que molestan...
El hombre se fué, y me parece que le sentí so-

l

cocina. El cabo, cuadrándose ante mí, me dijo
resueltamente:
-Mi capitán, tenemos hambre.
-¡Asesinos! ¡Herejes!- les gritó la vieja.
-Bien. ¿Dónde habéis cogido ese perro?
- Me lo he encontrado yo-replicó con resolución el atrevido.
-¡Señor, si es el del romero!-gritó enloquecida la mujer.
-¡Embustera!-&lt;lijeron dos soldados á la vez.
La escalera que daba acceso al granero y al
dormitorio de arriba crujió de pronto y apareció
en ella el comandante Fieschi, un viejo de origen
ruso, pero español de ·n acimento, que había hechoJas dos guerras anteriores en uno y otro bando para conquistar sus grados. Los soldados callaron y y.o-Je saludé. Mi presencia le sorprendió
un momento, pero dis{rimló el enojo, y haciéndose cargo a.el pleito, tomando el perro por el cuello, se lo dió á fa inujer, diciéndola con imperio:
· - ¡Aquí nadie se muere de hambre, señora!
Que lo pongan con patatas.

La mujer cogió la bestezuela y sollozando se
fué al interior del caserío, rezando la letanía de
sus odios: &lt;&lt;Pillos, granujas, judíos... ~
En la puerta sonaron dos golpes, como dados
con un palo.

IV
Se abrió la puertá y apareció el peregrino.
Lo esperábamos:
-¡Av.e Maríar..-murmuró
Nadie contestó.
Miró el hombre con inquisitorial mirada, y después de un silencio embarazoso, preguntó con
dulzura, afianzándose en el báculo: ·
_;.¿Han visto ustedes á mi perro?
Un silencio sepúlcral, obstinadísimo, fué la
.contestación. Pareció que todos obedecíamos á
una consigna. Volvió á preguntar el romero, y
Fieschi, arrojándolo de pronto al campo, le gdtó
encolerizado:
- Fuera, canalla... ¡No· lé han dicho á usted

llozar. El cabo fué al interior, donde había ido
la vieja, y los demás nos pusimos en corro alrededor del fuego. La presencia del peregrino nos
había impresionado, y sin cometer exageración
alguna, puedo decir que durante un gran rato
todos, menos el comandante, pensábamos lo
mismo y del mismo modo. Un grito ahogado,
de sorpresa y de agonía, llegó á nosotros del interior de la casa, y volvimos la cabeza hacia el
sitio de su procedencia.
-Ya ha caído-dijo uno.
-¿El qué? .. .
-El perro... -murmuró el preguntado con un sigilo religioso.
Volvió á quedar silenciosa la
gente. Yo tomé un tizón para
entretener el tiempo y Fieschi
empezó á dar grandes zancadas·
por la estancia, andando con las
manos cruzadas á la espalda
moviéndose como un marino de
teatro que jamás ha conocido un
mar en calma. Poco á poco los
mozos se fueron animando como
un pueblo comercial que se despierta. Se empezó á hablar recio
Y los gritos dominaron después el
ambiente. Se disputó sobre la

limpieza del gato y del perro, sobre sus cualidades, su talento.
-Es más sucio.
-No, -señor; el perro es más limpio, y sobre
todo más fiel.
Esta frase me exasperó.
-Debíamos haberle zurrado.
-Buena paliza tiene ya-dijo, otro.
-No; no es eso. Dicen -que las carnes castigadas son las mejores.
-Así dicen. En mi pueblo adobamos á los
gatos con vinagre; pero hay que dejarlos al sereno.
-Qué brutos sois en tu pueblo.
- Ya lo ves; vecinos tuyos.
-Sí; que lo laven con vinagre-interrumpió uno que lo había estado pensando un rato-.
Así echará todo lo malo: la ruin.
- ¡Ja, ja! ¿Pero tú sabes lo que es la ruin?
Eso es lo que tienen los cachorros en el rabo y
lo que se les corta para que crezcan, idiota.
-Pues que lo laven si tiene todo el rabo.
-¡Que lo laven!
Y salieron algunos de ellos hacia la pocilga,
seguramente con el propósito de ayudar al
cabo y á la vieja en su gran obra.
La mujer apareció en la puerta del cuarto interior. Me hizo una seña y fuí hacia ella. Hasta
entonces no había reparado en su semblante.
Tenía esa vejez extraña, intensamente marcada,
que casi caracteriza á las viejas del N_orte. Su
rostro de amarillo marfil, de ojeras cárdenas y
profundas, acusaba una gran resistencia para

�el dolor. Era una de esas viejas de las que alguien ha dicho que &lt;&lt;presenciaron la agonía del
Cristo~. En aquellos momentos no lloraba, se
mantenía serena, y hasta puedo decir que un
si es no es extraña á los sucesos. Lo que quería
decirme y por fin me dijo, fué que moderásemos nuestras voces, pues su hija estaba peor.
Volví al puesto, cogí de nuevo el olvidado tizón. y me puse á mirar estúpidamente el juego
de las llamas. Los leños crujían como si saltasen en su interior muelles de acero, dejando escapar sus gases con un suspiro infinito, semejante á la última palabra de un moribundo; se
retorcían como seres vivos que no se resignaran á la muerte y al herirlos las llamas abriendo
sus heridas, silbaban como si realmente los espíritus del fuego se retiraran amedrentados.
Con mi espíritu puesto en el fuego, rezando sobre las leñas como acaso rezaban sobre el ara
pagana los mejores sacerdotes del viejo culto,
mecía mis ideas, cuando una explosión de júbilo
me sacó de aquel éxtasis. El motivo ocasional fué
la entrada del cabo con unas tablas.
-¡Ea, ya tenemos mesa!-gritó, y colocándolas sobre dos mesas distanciadas, armó en un periquete un tablado, transformando la cocina en
comedor. A Fieschi y á mí nos señalaron los extremos de la mesa, concediéndole á él la cabecera,
que supusieron cerca del fuego.
El comandante seguía haciendo de marino de
zarzuela, paseando por la estancia; yo permanecía en mi puesto, observando con precaución sus
movimientos, fingiendo distraerme con los leños.
Aquella situación era molesta. Para los dos no
podía sostenerse mucho tiempo, porque él seguramente sospechaba mi visita.
-¿Y cómo está usted aquí?-me preguntó parándose ante mí con las piernas separadas para
sostener un equilibrio que no hacía falta.
-Me han mandado-contesté un poco turbado-para recibir un canje que ha de efectuarse
mañana...
-Ya ...
Fieschi dió media vuelta, y poniéndose las manos en los bolsillos del pantalón para ensancharlos, volvió á pasear en su actitud favorita.
Después de un rato me levanté y me dirigí al
interior de la casa. La puerta que daba paso á las
demás habitaciones era el comienzo de un corredor, en cuyo término vi al cabo que venía con una
olla. En realidad no pude ver nada, pero me dió

asco imaginar al animal desollado, y me volví
de espalda, disimulando, haciendo sitio para
que pasara el cocinero. La vieja salió entonces de
un cuarto que daba al pasillo, y yo, resueltatamente la abordé, herido por una feliz idea.
- Perros, judios...-murmuró la mujer-.
¡Pues no querían que lo asara!. ..
Tranquilicé á la anciana, y para realizar una
aproximación que me convenía la pregunté por
por la enferma. Me miró fijamente, y volviéndose de espaldas me dijo que estaba bien.
--Si usted quiere que la vea no perderá nada.
La mujer se excusó, y yo, deseando averiguar
cuanto antes lo que necesitaba, empujándola
hacia el cuarto entré en él con ella.
-Vamos á ver, tiene usted que decirme la
verdad, toda la verdad, pero sin ocultarme nada.
La mujer cayó
de rodillas y empezó á gemir.
-Vamos, levántese usted y
hablemos.
Pareció ·comprenderme entonces y se puso en
pie, empezando á
retocar dos velas
amarillas, colocadas frente á un
crucifijo que había sobre una cómoda antigua, una
de esas cómodas de Vitoria, más semejante á
un túmulo que á un mueble para la rop.a. La
cama estaba deshecha, como si hubiesen intentado echarse en ella. Es decir, así me pareció
á mí á simple vista, pero después observé que
alguien se había acostado en verdad, pues las
almohadas y el colchón ofrecían señales inequívocas de haber soportado un peso. Las cárceles
antiguas no creo que tuviesen una capilla de
aspecto más religioso y lúgubre que aquella estancia. La habitación era pequeña y una sola
ojeada me bastó para ver cuanto había.
Me miraba la vieja de un modo tan particular, que si otro la hubiese visto habría creído ver
en ella una alegría que no había desde luego, á
mi modo de ver, en sus ojos. Me pareció, sin embargo, tan extraña é inexplicable su actitud,
que perdiendo el valor que llevaba enmudecí

unos instantes creyéndome hallar frente á una
de esas locas que tantas veces he visto en las
provincias del Norte. Reponiéndome un poco,
la dije al fin resueltamente:
-Bien; ¿han estado aquí ayer otros militares como yo, así con galones en la manga?
-Ayer... hoy...
-¿Ayer ú hoy?-le interrogué con ansiedad.
-Ayer unos y hoy también los mismos arriba.
Me contrarió la noticia. Comprendí en seguida qúe sospechando algo los tránsfugas se reunieron dos veces acaso para tomar otro acuerdo en
1a segunda entrevista. El disgusto me hizo reflexionar unos instantes, y mirando casi sin ver
el lecho del cuarto, sonriendo irónicamente mi
p.esgracia me quedé delante de la vieja.
-Es la cama de rni hija-dijo la mujer animándose de un modo incomprensible.
-¿Se ha levantado?
--Señor ...
- ¡Ibáñez, la comida!-gritó desde la sala, cocina y comedor el comandante.
Sali del cuarto y la vieja cayó de rodillas delante de la cómoda, probablemente para rezar.

f

de ataque, remedando finalmente el ladrido de
un perro.
-¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
La gracia hizo reir. Yo mismo no pude menos
de reirla; y tuvo tanta fortuna aquella broma,
que perdiendo los soldados la gravedad y el respeto disciplinarios, empezaron á corear al jefe'
imitando los ladridos de la víctima.
-¡Guauuu! ¡Guauuu! ¡Guau! ¡Guau!
De pronto, en una de las pausas de aquel conV
cierto canino, detrás de la puerta se oyó un ruido extraño. Se levantó el comandante furioso,
Había empezado el festín.
-Vamos, hombre, tome usted asiento-me resuelto á maltratar á quien llamaba, y al abrir
dijo el comandante con aquel aire de protec- apareció ... ¿Quién dirán ustedes? ...
¡El perro del peregrino!...
ción que sabía dispensar á sus inferiores.
-¡Señores!-prosiguió el viejo, transfigurán-Me sentaré, pero no tomaré nada.
dose al llegar á este punto del relato-; nos pu-Bueno.
-Puedo asegurarle á usted que no tengo simos todos en pie instantáneamente, como heridos por un rayo. El animal avanzó hasta el
ganas.
centro de la estancia, levantó un poco la cabe-Como usted quiera... Sabe á jamón.
za, echando atrás las orejas, que parecían dos
El cabo asintió cogiendo una costilla.
-¿Por qué le han quitado la cabeza?-pre- rizos, y arqueándose, despatarrándose, arrastranguntó el comandante, después de buscarla inútil- do el vientre por el suelo y agarrándose al piso,
empezó á ladrar con un ladrido ronco, velado,
mente en la cazuela.
como si no estuviese allí, sino lejos, muy lejos,
--Se ha quedado la vieja con ella.
-Cabo Rodríguez, pídale usted la cabeza á en una sima profunda ó en un arca de trapos...
El milagro lo vimos, lo vimos todos. Lo vimos
la vieja-gritó con furia el comandante.
sin comprenderlo, como se ven diariamente otros
La mayoría se rió del equívoco.
-Demonio-continuó Fieschi-, pues si lo milagros, como los ven los no bienaventurados,
sin entenderlos, ó entendiéndolos sin verlos.
mejor de los enemigos son las orejas...
Se levantó el cabo y fué al interior en busca como esas vistas cansadas por la lente de la inde la mujer, y el comandante, cogiendo una pier- vestigación obstinada.
na de la víctima, llevándosela á los labios como
El viejo empuñó cariñosamente su pipa, y un
si fuera una corneta, empezó á remedar un paso

�poco sugestionado por la redondez y elegancia
del depósito, la llevó con voluptuosidad á sus
labios. Aspiró con fuerza, entornando los ojos,
y se oyó ese ruido inconfundible de la pipa agotada; el producido por la entrada del aire en la
canilla del aparato.
-Al poco rato-&lt;::ontinuó, contrariado e;1. su
gusto--entró el peregrino, y llamando al perro
desapareció con él. La puerta quedó abierta, y
la luz violada de la luna, cayendo sobre el monte cubierto de nieve, daban al paisaje, comprendido entre el dintel y las jambas, el aspecto de
una elegante lápida de mármol azulado, con reflejos metálicos, y brillos de agua, como un friso
que estuviese sin secar.
Repuestos de la emoción, el comandante mandó llamar á la vieja. Dos soldados la trajeron
á rastras. La mujer vino pálida, desgreñada. Su

'/

~\
~~

- -....!

postura, su abandono y el desorden de sus ropas
ofreciéronla con esa indignidad ·que transforma
á los seres en pingos descolgados, dejando adivinar la punta de donde han pendido. Intercedí en favor suyo, pero la indignación del comandante era tan grande que mis frases sirvieron
sólo para dejarla que se pusiera en pie.
He dicho - continuó - que parecía un pingo, un trapo descolgado, y esto me parece exacto. Noten ustedes que eso es lo que parecen por
lo común las personas manifiestamente débiles.
Un caído, no es otra cosa. ¡Caído! ¡Qué horriblemente hermosa es esta palabra! ¡Caído!. .. Pero
ya no la usamos en esa acepción-dijo, dirigién·d ose al joven-; las ideas nuevas hacen decir

un dérrotado .. : ¡Qué barbaridad! Un derrotado en
la lucha por la existencia. ¡Qué necedad! ¡Qué
falta de poesía y de verdad en las pafabi:as! ...
La cólera que procede del engaño es terrible
en los soberbios. Sólo ellos la sufren y la pueden
soportar. La cólera se apoderó de aquellos hombres y se animaron á sí mismos para .el más horrible de los crímenes y de las infamias.. : Pero
antes debo decirles á ustedes, aun_q ue visiblemente pierda interés mi relato, que la reo de pregunta en pregunta llegó á confesar que ni tenía hija
alguna, ni enferma, ni buena, ni habíamos comido perro sino cerdo. Sucedió que habiendo sufrido varios saqueos por las tropas de uno y otro
bando, la mujer para conservar un lechoncillo
que tenía ocultábalo en la cama del cuarto bajo;
haciéndolo pasar, merced á la obscuridad y á la
naturaleza. del engaño, por una su hija, convaa
leciente de un próximo alumbramiento. No explicó la mujer la substitución del perro ni su libertad. El interrogatorio se hizo en forma, lo
mismo que si se hubiera tratado del más terrible consejo de guerra.
. Cerramos la puerta.
La cosa iba á tomar un giro cómico, cuando
alguno de los soldados lanzó una palabra que
decidió el drama. La palabra fué: envenenamiento.
Y a saben ustedes lo fáciles que son de sugestionar las multitudes. La sospecha de un
crimen es más creíble que la de una virtud. Si el
lechoncillo no estaba envenenado, ¿por qué
substituyó al perro? Un aura pánica enfrió los
semblantes, escurrió las mejillas y dilató nuestras pupilas.
Un supremo momento de silencio reinó en la
sala.
Todos nos escuchábamos la vida, y deseábamos, por absurdo que parezca, un pequeño dolor, no para saber nuestro envenenamiento, sino
para calmarnos. Lo cierto es que nos sentimos
envenenados, y entonces, atropellando los bancos y la improvisada mesa por precipitarnos...
sí, yo también fuí bastante miserable para ello,
nos precipitamos sobre la vieja y la echamos
dentro del hogar sobre las brasas...
A sus gritos horrorosos y fuertes retemblaron
las paredes del caserío...
Y en esto ábriéndose la puerta, apareció en
ella un liom'bre con un farol en la manó y un sacerdote á caballo.:.

VI

· Calló el viejo, nos miró fijamente al joven y á
mí, y bajando la ventanilla del coche murmuró:
-Creo- que no llegaremos nunca-y volvió á
callarse.

¡- Se trata de una· cosa seria-dijo el joven des-

pués de un rato, y poniéndose grave, afectando
mayor gravedad que la que realmente tenía·,
Pasaron cinco minutos, y el comisionista, mo- continuó así: --Soy comisionista en tejidos por
lestado en su asiento y no hallando acomodo, un puro · accidente del trabajo... ~e la existense puso en pie. Después de vacilar, de mirarme cia. He sido un admirable creyente, tanto como
de hito en hito, acercándose al viejo le preguntó: usted, queridó ·coronel-dijo dirigiéndose al vie- Bien, ¿y se salvó la vieja?
·· -. t ~· : jo-, pero he· enderezado mi vida á su tiem-¿No lo habéis adivinado?-contestó:"-r~I'J po. No quiero· molestar ·á ustedes en sus creen-Oiga usted-apunté yo-. ¿Y la· substitu-· cias, pero es lo cierto que yo he tenido unos princión del perro cómo? ...
cipios muy deplorables.

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I \

- He ahi la parte final de mi historia. La piedad de la mujer fué más grande que su avaricia...
- ¿Pero... el rnilagro?-interrumpió el joven.
-¡Hombre!-dijo el viej()-. Así no se cuentan las historias. El ~'agro soy yo, porque el
milagro es la llegada de la fe, es la llegada del
Señor. Y el Señor llegó como fe á mi espíritu...
Callamos los tres un gran rato, hasta que el
joven, poniéndose en pie, apoyando sus dos
manos en los hombros del anciano, mirándole
fijamente, después de reirse, le dijo:
- Yo también soy un milagro. Vea usted cómo
yo hice de Dios hace ya unos cuantos años-.

Hijo de una humilde familia burguesa, recluído en un colegio de sacerdotes cuando me estaba formando, creo en realidad, Dios perdone
á los buenos maestros, que me han entorpecido
la vida hasta que he sabido rectificarla. Mi padre, como-todos los padres de este mundo, como
todos los padres de la generación presente, tenía
la obsesión de las leyes, del derecho, de la abogacía. Creía firmemente que todos los revolucionarios_del mundo habían sido abogados y que por
serlo Robespierre, Saint-Just y algún ot ro que
no recuerdo, la Revolución Fsancesa fué un éxito en el mundo y trazó la norma d~ los pueblos.

�En los primeros momentos, los ejemplos que la mitad de estos datos, que remití al profesor
me ofrecía eran puramente nacionales. Todos en cuestión. El agradecimiento que me testifilos hombres del 68 habían sido abogados, los có el curioso investigador de la Universidad de
hombres de la desvinculación, los de la desamor- Colombia fué muy superior, sin embargo, á la
tización, los grandes escritores, los grandes oi:aJ conciencia de mi trabajo. Entré en relaciones
dores del 68 y del año 12 hasta el-mismo 68, en con él y á él le debo la representación de una
el que se había fijado mi padre, habían sido abo- casa de tejidos ingleses á quien he logrado un
gados. Yo tenía que recibir la muceta roja. Yo gran reclamo y un excelente nombre en España.
tenía que ser abogado. Mi porvenir estaba seguNo pasé del preparatorio de derecho, porque
ramente en el foro.
me asustaron los maestros. El primer día de claCuando dejé el malísimo colegio privado de ·se, el profesor de literatura, ponderándonos la
la calle del León, me matriculó mi padre en el importancia de semejantes conocimientos para un
preparatorio de leyes. Y comencé la carrera.
abogado, concluyó recomendándonos la mayor
Recuerdo todavía con horror el primer día atención para la asignatura, asegurándonos que
de clase. Como mi padre, aunque buen hombre, constituía grupo. El de historia crítica repitió lo
era un hombre vulgar y un hombre corriente; mismo y el de metafísica diciéndolo en el fondo
había, por de contado, en el mundo muchísimos del mismo modo, lo expresó con unas palabras
ciudadanos como él, que derrotados en su exis- definitivas que recuerdo todavía:
tencia se empeñaban como él igualmente, en
-&lt;&lt;Para esta asignatura reclamo de ustedes la
rectificar su vida en sus engendros, y en hacer preferencia en el estudio. La filosofía, como veque sus hijos realizaran el programa que ellos remos durante el curso, y han de ver ustedes
no pudieron realizar. Mis compañeros de clase en las demás asignaturas de la carrera, es la vereran seiscientos setenta y cuatro. ¡Pobrecillos! dadera base del derecho. Si no pudieran ustedes
De aquella séptuple hecatombe ofrecida por los aprobarla en Junio, ni en Septiembre, en el caso
padres á la diosa Themis, sólo cuarenta y uno más lamentable, de abandono, habrían perdido el
concluyeron la carrera. Diez y seis se suicidaron, año, porque no puede estudiarse con las asigcuarenta y ocho abandonaron el estudio, ciento naturas de facultad. Constituye curso,&gt;.
veintinueve prosiguieron la de filosofía y letras, ¡· Yo me río, señores-añadió el joven con el
treinta y dos abrazaron la carrera eclesiástica, mejor humor--como se ríen ustedes, pero la versesenta entraron en las Academias militares, dad es que he encontrado otras cosas menos resuno se hizo doctor en ciencias, veinticuatro se petables al parecer que realmente constituyen
dedicaron á la música, doscientos once fueron á curso. La verdadera juventud, por ejemplo. Soy
engrosar las industrias, ciento diez y ocho pasa- mucho más viejo de lo que parezco, pues tengo
ron al periodismo y los pocos restantes se ma- cuarenta y dos años, aunque apenas si representricularon en farmacia antes de llegar al derecho to veintinueve. He representado siempre menos
romano.
edad que la justa, de tal modo que se dice en mi
Esta información inverosímil-añadió, obser- familia muy seriamente, que cuando tenía yo dos
vando nuestra risa-es completamente exacta, años, apenas si había nacido.
porque he tenido la suerte de hallarme coloca-Buena es esa, amigo mío-apuntó el viejo
do seis años en la secretaria de la Universidad. al viajante.
Me ha servido además de gran provecho, pues
-Es la más fresca que me queda-dijo el jogracias á ella he podido contar con la protección ven-entre todo lo viejo y lo muerto que llevo
que me ha puesto á las puertas de la fortuna.
todavía.
Un profesor de Norte América dirigió en mi
Mi poca ciencia, mis escasos éonocimientos me
.,,tiempo de empleado una pregunta á la U niver- precipitaron por el peor de los caminos: la cultura.
El viejo hizo un signo de regocijo y de extrasidad sobre la constancia en los estudios de nuestros alumnos. La pregunta se juzgó natural- ñeza que no puede expresarse por medio alguno,
mente como una extravagancia de los Estados y al que renuncio describir.
-Sí, señor-prosiguió el viajante-. Cuando
Unidos y por broma se me encargó que la contestase. Yo tomé el asunto en _serio, y movien- usted estaba hablando, me han dado ganas de
do y removiendo expedientes, adquirí más de asentir con usted á sus críticas contra el progre-

so, por lo que tiene esa palabra de cultura, de
-No; no me enfado.
mentalismo, de abogadismo, de artículo bara-Pues no, señor, el más beneficiado en vuesto y de á real y medio la pieza. Estoy conforme tro caso ha sido, perdone usted que lo diga, el
con usted, pero viendo la cuestión desde este perro, nada más que el perro, que se salvó y repunto. Perdónenme ustedes si digo una barba- cobró la vida amenazada por ustedes.
ridad, pero nuestro mal y el atraso de este país
-Y mi alma, señor mío-gritó desaforadaestá en la cultura. España es el país que tiene mente el viejo-. ¿Es que la purificación, la elelos pobres más ilustrados del mundo. Al viejo vación de mi alma, la nueva noción' que adquirió,
hidalgo, que todo era poner por de fuera y por la iluminación que recibió por aquellas circunsde dentro miseria, ha substituído ese bachiller por tancias no vale absolutamente nada?
de fuera que es un inútil por de dentro.
• -Vale más la conservación de una vida-dijo
-Es verdad, mucha verdad-interrumpió el reposadamente el joven.
·
militar que seguía con interés las
-¡Qué barbaridad!-añadió el
palabras del joven.
viejo.
-Lo que hace falta aquí-prosi- Y qué egoísmo el de usted.
guió el viajante-son hombres para
-Es usted un majadero-dijo
la vida, hombres para la lucha, prácfuera de sí el militar levantándose
tice&gt;s; y el porvenir de la patria está
otra vez del asiento.
en las manos de los viajantes y de
- Calma, señores- interrumpí
los hombres de negocios. Si lo pienyo-; la cosa no es para tanto; no
san ustedes un poco, me darán ustemerece la pena...
des la razón. La antigua aristocracia
-¡Usted también!-me elijo el
ha entrado en el negocio de los vianciano clavándome una mirada funos, como el burgués incipiente en
ribunda-. Vaya, vaya, déjenme usla contrata de obras y las órdenes
tedes en paz y que le cuente á usted
religiosas en la venta de chocolates.
este señor cómo ha sido el Jesús y
Es un comienzo.
el precursor de nuestra industria.
-Bien, pero hasta ahora-dijo el
¡Qué monstruosidad!. ..
viejo-usted no aparece más que
El buen viejo tomó su manta de
como un Bautista industrial. ¿Cómo ha sido us- viaje, se tapó los pies con ella, y afectando un
ted el Cristo?
insolente desdén intentó dormirse en un rincón
-Voy á eso, señor-replicó algo enojado el del coche, apretando los ojos y cruzándose de
joven-. No tengo la menor duda de que he sido brazos.
de verdad la mismísima Providencia una vez
que lo he querido ser.
VII
-Veamos.
-No creo que sea difícil demostrarlo. Y mi
--Si usted lo estima conveniente-me dijo el
milagro, señor, ha tenido además sobre el de us- comerciante bajando un poco la voz y volviendo
ted un principio de utilidad que yo no he visto la espalda al viejo-le contaré á usted mi caso.
en el suyo.
Le hice un gesto en que quise indicarle que no
-¿Cómo?
se hiciera cargo de la intemperancia del mi-Como usted lo oye-dijo exaltándose el via- litar, y adivinándolo mientras buscaba algún
jante-. Yo no sé una palabra de religión, ni de objeto en la maleta de viaje que llevaba entre
esas cosas, pero creo que sin ninguna utilidad sus piernas, me dijo:
en la acción milagrosa, el milagro no tiene razón
-Verá usted. Todo lo que acabo de decir viede ser. ¿Quién sale beneficiado en esa historia ne á cuento de que á pesar de la bondad de mi
que usted nos ha referido?
padre, y de mis años de colegio con aquellos bue-¿Qué, quién?- replicó el viejo levantándo- nos curas de la calle del León, el hecho es que yo
se-. ¡Yo! ¡Yo! Nadie más que yo. Yo que no llegué á los veinticuatro años completamente
creía y que desde entonces creí.
convencido de que toda la enseñanza religiosa no
-No se enfade usted.
es más que una simple preparación para entre-

�tener á los jóvenes hasta que
entren en el mundo de veras.
r-- - Pero, amigo mío ... ! ,
¡:;:--Sí, sé lo que me va usted
a decir; pero déjeme usted
continuar. Yo soy después de
todo un hombre religioso. Lo
quiqno creo es en la tiranía
del Papa ni en esas cosas que nos cuentan los curas. No matando, no robando y cumpliendo
exactamente nuestros compromisos con el prójimo, somos religiosos. Todo el mundo reconoce
que hay personas decentes y hombres que son
unos santos aunque no tengan religión. esa religión á que llaman religión únicamente los fanáticos. Pí y Margall ya sabe usted, como yo, que
fué una excelente persona, Figueras, Sorní y todos los grandes hombres de nuestra revolución.
-¿Y usted cree-apunté sonriendo-que esos
hombres irán al cielo?
- Usted no cree en esas cosas como yo- me
contestó también sonriendo.
-Perdone usted, pero yo creo firmemente e:i
un acto final de justicia, en una recompensa que
ha de recibirse alguna vez.
-Usted sabe que sólo nos basta con la satisfacción de la conciencia. Lo demás son cuentos.
Pero J/0y á mi asunto.
Se' puso la maleta sobre las piernas, apoyó en
ella los brazos como si estuviese asomado á un
balcón ó delante de una mesa y continuó:
-Hace años, que se estrenó el célebre drama de Echegaray El loco dios, que usted conocerá seguramente. Es un hombre que se cree
que es la propia Divina Providencia y por eso
comete una serie de locuras, incluso la de incendiar su propia casa. Hace años, digo, cuandO&lt;Se
estrenó esa obra nos impresionó de veras á va-

rios amigos quel"como tales nos tratábamos con
frecuencia y vivíamos juntos en la misma casa.
Es tan magnífica esa obra, que ya sabe usted
que no pudieron excomulgarla ·á pesar de los
esfuerzos que se dice hicieron algunos curas
para ello.
-No conocía ese detalle.
-¡Sí, hombre! Si eso lo sabe todo el mundo.
Pues bien; entusiasmados con ese drama estuvimos cerca de un año todos los amigos llamándonos según nuestras actitudes y nuestro carácter por los nombres de los principales personajes de la obra. Un pobre estudiante de farmaci~, al que llamábamos antes el co-huésped atrevido, porque sin reparo alguno recorría todos
los c11artos para arrebatarnos los cigarros, se
llamó desde entonces don Esteban, que es el personaje bipócrita de la obra, y á cuyo actor se
asemejab1 muchísimo aquel pobre muchacho.
A otro le llamábamos Paquito, por recordarnos
la tontería del que figuraba con tal nombre en
el drama; y así nos fuimos rebautizando todos
con 103 nombres de la obra. A rní por llamarme
Medina de apellido- José Medina, comisionista
en tejidos como le he dicho á usted antes- me
llamaban el loco dios, que en el dralna se llama
don Gabriel Medina.
Este pasatiempo inocente tuvo, es natural,
algunos momentos enojosos por los que extremábamos en ocasiones la realidad del drama; pero

tuyo también un episodio que es precisamente
el que quiero referir.
- Tiene gracia.
-¡Oh, no puede usted imaginarse lo que nos
ha divertido la cosa! Esto que parece y que fué
realmente una chiquillada, una broma de casa
de huéspedes, nosotros lo hicimos así, pero si
repara usted la colección de periódicos de entonces verá usted que, dos ó tres individuos, uno
creo que era Murcia, se sintió también loco dios
por lo trágico, y loco de veras incendió su casa y
hasta quiso matar á su familia, para purificarla por el fuego.
El poder sugestivo de la obra es grandísimo y
yo que lo he sufrido comprendo con claridad
que no dos ó tres, como acabo de decir, sino todos los que han presenciado ese
drama se llegaron á confundir
con el protagonista.
La locura de nuestro círculo
no llegó á esa exaltación tan tremenda, pero en mí, excepcionalmente, confieso de verdad que me
llegó á perturbar un poco, como
va usted á ver.
Para acomodarme á mi papel,
que me agradaba muchísimo, me
dejé crecer el pelo á media melena, me abrí raya á lo nazareno,
dejé mi barba como un Cristo y
quedé transformado en un remedo
de Díaz de Mendoza representando al protagonista. Una noche que entré en Fornos, con mi
gabán largo, como el que sacaba
Mendoza, atraje todas las miradas hacia mí, cuando mis compañeros me llamaron á gritos por el apellido: &lt;&lt;¡Medina! ¡Medina!&gt;&gt; Aquel antiguo templo del buen humor y
de la bulla quedó en silencio un rato y de todas
las mesas se volvieron los asistentes para contemplarme. Después cada uno comentaba mi
figura, y alguno sostuvo seriamente que yo había inspirado á Echegaray su obra y á Mendoza
el mejor desempeño del papel. Una estupidez.
Cuando en traba por la noche en Pornos ya me
llamaban el loco dios los de las m esas inmediatas
Y no pocas desventuradas de última hora, delante de un vaso de leche ó de un café promediado
me dirigían miradas magdalénicas; vamos, suplicantes de aproximación y arrepentimiento,

·como las designaba uno de nuestro círculo.
Yo llegué á sentir una verdadera embriaguez,
una pequeña locura, tranquila, sin furia, es cierto, pero firme y sostenida. Sabía yo-es claroque no tenía nada, absolutamente nada del
protagonista cuyo nombre me arrogaba, pero
desde que formé aquella actitud µiodifiqué mi
carácter como supe después, al cabo de los años,
cuando ya concluyó la broma. En aquella época
leí los Evangelios y La vida de Jesús de Renán.
Me volví más serio, un poco, porque antes no lo
fuí ni lo más mínimo, y devoré una barbaridad
de libros que hablaban del Cristo más ó menos
remotamente.
El triunfo positivo que saqué de este estado
semiloco fué una noción, una idea tan completa del esfuerzo y de la voluntaJ, que poniendo todo mi trabajo
y todo mi deseo sobre las cosas,
realizaba sobre ellas verdaderos
prodigios. Es claro que no pretendía cosas absurdas, pero el hecho es que en esa época logré los
,!
mejores resultados en el comercio de la vida.
Una noche que habíamos prolongado nuestra estancia en el
café hasta el amanecer, intenté
realizar la prueba definitiva.
- ¡Acabe usted, hombre! Acabe usted-gritó de pronto el militar levantándose de su rincón y
viniendo hacia nosotros.
Sonreí para dulcificar su actitud, y sentándose frente á nosotros, metiéndose la maleta entre
las corvas, dijo reposadamente:
- Les he qído á ustedes todo y ya tengo interés en conocer lo que dice este señor. Perdonen
ustedes mi inconveniencia anterior.
- ¡Hombre! eso no es nada-dijo el viajante.
-Pues andando-dijo el viejo, y después de
registrarse los bolsillos nos pidió un cigarro.
- Ahí va-dije ofreciéndole mi petaca.
- Aquella noche-continuó el joven-habíamos visto en el Real Fausto. La obra del diablo
me pareció excelente, aunque el artista que cantó su parte no logró los favores del público. Yo
salí impresionado del teatro, porque no había
visto nunca la ópera y conocía del Fausto lo que
todo el mundo conoce. Conocía el asunto muy

�vagamente y creí hasta entonces que pertenecía á esa obra una tontería que cantaba mi padre en los ratos de supremo aburrimiento, cuando se paseaba por el pasillo de casa con las manos en la nuca:
Pobrecita
Margarita.
Es un puro cardenal.

-¡Ja, ja!
- Tonterías---&lt;:ontinuó el joven-. Mi madre
se llama Margarita. Y mi padre era un infeliz.
Lo digo á ustedes por eso del cardenal.
-Adelante-interrumpió el viejo impaciente.
-Pues bien; aquel Fausto también me impresionó profundamente, y uniendo esa sugestión
á la que ya sufría, se me ocurrió realizar una
gran cosa. La mañana era fresca. Desde la acera
de Fornas, en Madrid, la calle de Alcalá parece,
mirando á espaldas de la Puerta del Sol, un puerto de mar. La neblina del alba grávida y transpatente parece un finísimo cendal que fuera
hundiéndose en el suelo poco á poco, como esas
gasas de magia que desaparecen por escotillón
en el teatro. Las nubes de fuego y nácar, rosa y
ópalo, mejor dicho, aseméjanse á colosales bambalinas y todo el paisaje hubiera sido para Wagner la realización de su ambicioso ideal de crear
un arte nuevo. La nueva bella arte que trató de
legarnos.
Separándome de los amigos, me dirigí hacia
la calle del Príncipe. Ustedes recordarán la antigua iglesia de San Ignacio. Hoy creo que ha sido
reconstruída y el sabor jesuítico que se ha puesto en ella, si le ha dado esa dulzona alegría que
iguala los templos de los padres á los nosocomios extranjeros, le ha quitado aquel aspecto
de terrible y tormentosa piedad que hoy sólo,
conservan algunas iglesias de pueblo y acaso el
viejo oratorio del Olivar.
Llegué á la puerta del templo y animado de
una idea diabólica entré. Me creí Fausto y Cristo
en una pieza.
- ¡Pero hombre!. ..
-Déjeme usted-dijo el joven al vteJo que
le había interrumpido- . Entre, tomé el agua
bendita con la misma devoción que la hubiera
tomado el diablo y con la torpeza del no~creyente,
del que no sabe andar en los templos, despacito,
como si anduviese en la cámara de un enfermo,
me dirigí á una de las capillas donde estaba el
Señor crucificado. Era la capilla más pobre, la

más pequeña, la más obscura. Una verdadera
cámara de conciencia.
Por via de observación me permitirán ust~des que les llame la atención sobre un particular que parece del más alto interés.
Se acomodó nuevamente en su asiento t:
joven y prosiguió:
-¿Se han fijado ustedes en todas esas capiijas
consagradas á Dios Padre? Acreditan que ne
hay esa religiosidad de que nos vanagloriamos
todos. Al pobre crucificado se le relega á un
rincón, á la parte más obscura del templo, al
sitio menos agradable, donde no hay ninguna
cosa que solicite la atención de los fieles. En
esas capillas no parece que haya nada cristiano.
A mí me parece que es otro culto, un culto que
subsiste por misericordia, por pura consideración.
-¡Hombre! ¡Hombre!-interrumpió el viejo.
-Déjeme usted seguir. Lo que quiero decir,
es que ese culto no es cristiano de verdad. Si el
Señor ha resucitado, si ha subido definitivamente á los cielos, después de redimirá los hombres, ¿por qué hemos de presentarle sangriento, martirizado y ultrajado por los hombres?
¿No creen ustedes que el mismo Dios si hubiera
de presentarse á los hombres, si se presenta alguna vez á uno de ellos, se ha de presentar glorioso, conservando sólo la huellas de su martirio, pero no ofreciéndose atormentado? La piedad infinita que atribuyo á Dios, y que ha de
tener de fijo, le ha de hacer presentarse á los
hombres hasta sin esas señales, que testifican
á quien se aparece la parte que ha tomado en
su martirio.
,
-Pero en las apariciones á los santos, á Santa Teresa, á San Francisco...
-Sí, sí; comprendido. Ahí voy. Esta aparente impiedad que ustedes vislumbran en mí, no
es más que puramente una apariencia. Yo creo
que jamás se ha presentado Dios á ningún santo, llagado, coronado de espinas, con la túnica
del escarnio ó enclavado en su cruz.
-¡Está usted loco!
- Haga usted el favor de dejarme un instante. Todos esos accidentes de la aparición, de
que nos hablan los santos y las personas piadosas, cuando refieren sus visiones, son verdaderos y son falsos. El Señor, en su infinita piedad,
en su amor por los hombres, en el divinísimo
olvido que tiene por la redención que ha hecho,

no puede presentarse á nadie así. Se presenta
sin dolor, afable, cariñoso, tierno, como se presentó á sus discípulos, después de resucitar, y
como se apareció á la misma Magdalena.
-Eso es una barbaridad.
-Déjeme usted seguir-dijo el joven en
tono suplicante al anciano-. Todos los accidentes de esas apariciones son creaciones del
sentimiento de dolor y de arrepentimiento de
las propias personas que las refieren.
La caridad de San Francisco le hizo poner al
mismo Cristo las llagas de sus heridas, unas llagas que el Señor ya no conserva en su cuerpo,
pero que podemos colocar en él cuando pensa-

mos con verdadera piedad en la parte que nos
ha tocado en su martirio. Eso es todo; y
nada más.
-Pero el caso de Santo Tomás apóstol- objetó el militar.
- ¿Quiere usted que se lo explique?
- A ver.
- Es muy sencillo. El santo, que comprendió como ninguno la gran obra de redención
del Señor, no pudo verlo primeramente, sino
libre de toda huella, de toda llaga, gloriosow
radiante como el que ha subido al cielo. Sólo
pudo verle la herida del costado, y poner sus dedos en ella, cuando, pensando en lo pasado, tomó

parte de nue,·o en la tragedia del deicidio. ¿Están ustedes conformes?
- -De ningún modo.
-Pues yo estoy convencido de todo ello; y
creo que mi religiosidad es por eso mucho más
grande que la de todos cuantos necesitan una
imagen sangrienta y ultrajada, pára recordar
una parte en el martirio que de otro modó ni
remotamente se atribuyen.
Kos miró unos instantes deseando un asentimiento á sus palabras y reanudando su relato,
continuó:
-Pues bien; ya le he explicado á ustedes el
por qué de mi repugnancia á esas capillas ,donde
más que el culto á Dios, me parece que se rinde culto á la sangre, al horror, al crimen ... Sí,
s~, no me interrumpan ustedes. Ese recuerdo
terribl~ de la crucifixión es el que se ha puesto
siempre ante los hombres para martirizarlos,
para llevarles á las hogueras del Santo· Oficw,
para subirles al patíbulo ... ¿Por qué? ¡Ah! señores, yo tengo la seguridad de que Dios mismo protesta desde el cielo- de esa exhibición
de sus dolores.
-Pero cuando un hombre muere...
~¿Cuando muere, qué? ¿Es que la muerte
de cualquier hombre, por bárbara, por atroz
que sea, puede ser igual, puede servir de comparación á la muerte de un Dios que mueré por
redimir á los hombres? Convengamos, amigos
míos, en que estamos equivocados.
- Tiene usted una religiosidad muy extraña-apuntó el viejo.
- Es verdad.
- Y o no creí que fuera usted tan religiosoañadí dirigiéndome al joven.
-Pues ahí ve usted.
-Pero hombre, ¿y esas máquinas y esos
progresos de que nos hablaba usted antes?murmuró el militar con alguna malicia.
- Todo se concilia, señor-dijo el joven- .
Vera usted. Lo que no quieren comprender muchas personas es que los progresos de la industria y de las artes tienen muchísimas cosas espirituales, aunque no lo parezca para nadie.
Lo que pasa es, que nuestra poesía estádemasiado retrasada, es demasiado vieja, y que el
poeta presente, como ei' mismo músico, no ha
logrado entrarse en la vida y extraer de ella, de
la modernidad que contiene, ese elemento de
entusiasmo que !le,:a en sus entrañas.

�El Cuento Semanal

Voy á continuar con mi caso. Entré, como he
Yo no creo que haya una máquina que no
dicho,
en la capilla del Cristo y permanecí unos
tenga espíritu, que no tenga un alma, y me painstantes
en ella, cegado por la obscuridad y
rece que todos los progresos de la relojería suipor
la
sombra
que la envolvía. Dos lamparillas
za se deben sencillamente al rígido, mecánico
é imperativo intelecto de Calvino que, influ- de aceite, dos vasos de piedad y de pobreza
yendo de veras sobre toda la vida de Suiza, ha parpadeaban inquietas, quejándose en la lladado al pueblo entero un sentido de precisión ma. La capilla se iluminaba de · cuando en
y regularidad que se traduce perfectamente en cuando, como se abre á la luz un moribundo
lo meticuloso, en lo detallado, en lo maravillo- que parpadea, con esa lentitud que nos adso del ajuste de esas piezas pequeñísimas, per- vierte una próxima quietud y un absoluto refectas, que constituyen un reloj. ¿Han podido poso...
El Señor, con sus brazos abiertos, clavado
inventarse los relojes en el Sur de Europa?
en la cruz, inclinada la cabeza, rendido por el
Desde luego que no.
dolor no podía mirar á los hombres. Yo le velé
- Pero los antiguos...
creyéndome
solo, avergonzado un momento
-Hombre, déjese usted de antiguos. Hablo
después,
animado
y repuesto, con más luz en
de esos relojes de bolsillo, como éste-y mostró
mis
ojos
escudriñé
la capilla, y vi que había
el joven el suyo-; de estos relojes mecánicos
otra
persona.
Una
pobre
mujer, anciana, rezasencillos, portátiles, que son una verdadera
maravilla, y la mejor comparación que puede ba, brillándola los ojos tanto de piedad como
de angustia. Mi resolución adquirió toda su
utilizarse cuando se habla de moral.
Si me dejan ustedes proseguir-añadió tras fuerza, y acercándome á la mujer, parándome
ante ella un instante, le entregué el dinero
una pausa-completaré mi pensamiento diciéndoles &lt;•la bomba final». ¿Saben ustedes cuál que llevaba en el bolsillo diciéndola con graes el fin principal de la mecánica, del progreso, vedad mientras señalaba trágicamente al
de todas las construcciones é invenciones del Cristo:
-En nombre de Ese, mi Padre que está en los
genio humano? Pues, realizar de verdad, del
modo más completo, la redención de la tierra, cielos, toma. El también te ha oído...
Calló el joven, nos quedamos silenciosos todos,
De la tierra, sí; no de los hombres únicamente.
y
tomando
él la palabra, añaciió:
La redención no ha podido ser para el hombre,
-Creo
que
hice de Dios en aquel instante y
sino para todas las obras que el hombre ha realizado antes, cuando estaba bajo la acción del que realicé un milagro.
-Usted cree que obró por cuenta propiapecado. Todos los productos que el hombre hadijo el viejo al viajante con cierta ironía.
bía trabajado antes de liberarse han sido ma-No le entiendo á usted.
los, perversos, estaban teñidos de falsedad, de
-Es muy sencillo-prosiguió el militar-. A
mal, como las obras de un niño, de un hombre
veces la Providencia envía ciertas ideas, sugiere
ignorante. La era de los descubrimientos y de
ciertas acciones, y siempre, créame usted joven,
las grandes invenciones es posterior á la obra
siempre obra en la vida por medio de los homdel Cristo, y sólo por su redención ha sido posible. Cuando yo elogio la mecánica y el progre- bres.
-Vamos, usted cree-dijo el joven-que yo
so material, eso que tan malamente suena á los
que viven atormentando á Dios, crucificándole fuí víctima de un engaño.
-No es eso.
á diario, no hago sino continuar la obra de
-¿Pero usted cree que á un hombre de mis
Dios, la obra de salvación, que no ha sido libeaños, á un hombre de ciencia le puede engañar
rarnos de una marcha, sino ponernos en la menadie? ¡Ni Dios!
jor situación para vivir en la gracia...

El Padrino.

1

!l

30 eéms.

@

~@@

Novela, por f. f lQRE.S Gf\RCI/\
Ilustraciones de AGUSTIN

�</text>
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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>El Cuento Semanal

Voy á continuar con mi caso. Entré, como he
Yo no creo que haya una máquina que no
dicho,
en la capilla del Cristo y permanecí unos
tenga espíritu, que no tenga un alma, y me painstantes
en ella, cegado por la obscuridad y
rece que todos los progresos de la relojería suipor
la
sombra
que la envolvía. Dos lamparillas
za se deben sencillamente al rígido, mecánico
é imperativo intelecto de Calvino que, influ- de aceite, dos vasos de piedad y de pobreza
yendo de veras sobre toda la vida de Suiza, ha parpadeaban inquietas, quejándose en la lladado al pueblo entero un sentido de precisión ma. La capilla se iluminaba de · cuando en
y regularidad que se traduce perfectamente en cuando, como se abre á la luz un moribundo
lo meticuloso, en lo detallado, en lo maravillo- que parpadea, con esa lentitud que nos adso del ajuste de esas piezas pequeñísimas, per- vierte una próxima quietud y un absoluto refectas, que constituyen un reloj. ¿Han podido poso...
El Señor, con sus brazos abiertos, clavado
inventarse los relojes en el Sur de Europa?
en la cruz, inclinada la cabeza, rendido por el
Desde luego que no.
dolor no podía mirar á los hombres. Yo le velé
- Pero los antiguos...
creyéndome
solo, avergonzado un momento
-Hombre, déjese usted de antiguos. Hablo
después,
animado
y repuesto, con más luz en
de esos relojes de bolsillo, como éste-y mostró
mis
ojos
escudriñé
la capilla, y vi que había
el joven el suyo-; de estos relojes mecánicos
otra
persona.
Una
pobre
mujer, anciana, rezasencillos, portátiles, que son una verdadera
maravilla, y la mejor comparación que puede ba, brillándola los ojos tanto de piedad como
de angustia. Mi resolución adquirió toda su
utilizarse cuando se habla de moral.
Si me dejan ustedes proseguir-añadió tras fuerza, y acercándome á la mujer, parándome
ante ella un instante, le entregué el dinero
una pausa-completaré mi pensamiento diciéndoles &lt;•la bomba final». ¿Saben ustedes cuál que llevaba en el bolsillo diciéndola con graes el fin principal de la mecánica, del progreso, vedad mientras señalaba trágicamente al
de todas las construcciones é invenciones del Cristo:
-En nombre de Ese, mi Padre que está en los
genio humano? Pues, realizar de verdad, del
modo más completo, la redención de la tierra, cielos, toma. El también te ha oído...
Calló el joven, nos quedamos silenciosos todos,
De la tierra, sí; no de los hombres únicamente.
y
tomando
él la palabra, añaciió:
La redención no ha podido ser para el hombre,
-Creo
que
hice de Dios en aquel instante y
sino para todas las obras que el hombre ha realizado antes, cuando estaba bajo la acción del que realicé un milagro.
-Usted cree que obró por cuenta propiapecado. Todos los productos que el hombre hadijo el viejo al viajante con cierta ironía.
bía trabajado antes de liberarse han sido ma-No le entiendo á usted.
los, perversos, estaban teñidos de falsedad, de
-Es muy sencillo-prosiguió el militar-. A
mal, como las obras de un niño, de un hombre
veces la Providencia envía ciertas ideas, sugiere
ignorante. La era de los descubrimientos y de
ciertas acciones, y siempre, créame usted joven,
las grandes invenciones es posterior á la obra
siempre obra en la vida por medio de los homdel Cristo, y sólo por su redención ha sido posible. Cuando yo elogio la mecánica y el progre- bres.
-Vamos, usted cree-dijo el joven-que yo
so material, eso que tan malamente suena á los
que viven atormentando á Dios, crucificándole fuí víctima de un engaño.
-No es eso.
á diario, no hago sino continuar la obra de
-¿Pero usted cree que á un hombre de mis
Dios, la obra de salvación, que no ha sido libeaños, á un hombre de ciencia le puede engañar
rarnos de una marcha, sino ponernos en la menadie? ¡Ni Dios!
jor situación para vivir en la gracia...

El Padrino.

1

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30 eéms.

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~@@

Novela, por f. f lQRE.S Gf\RCI/\
Ilustraciones de AGUSTIN

�.El CuBnto &amp;emallal
Se publica los viernes.
Oficinas: Fuencarral, 90. -Madrid.

~O

m. 29 Enero 1909. Núm. 109 .

fRAN C5CO F LORES GARC~

PreciosJde suscripción:
Madrid y provincias: Trimest re, 5,50 pesetas .
Semestre, 6,50 pes etas. Año, 12.
Extranjero: Semestre, 10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

Apartado de Correos núm. 40 9 .

80

céntimos.

~

Examen de manusctritos
Muy enojoso es siempre tener que destruir una
esperanza 6 que! apagar una ilusión, pero también es doloroso cauterizar una llaga... y sana.
Los jóvenes, ó viejos (que de todo hay}, autores
de novelas y cuentos, más ó menos... novelas,
más 6 m enos cuentos, que espontáneamente han
depositado en este periódico los frutos de su ingenio, son ciertamente acreedores á un examen
at ento é imparcial de sus obras y á una respuesta
decisiva á sus apremiantes anhelos de publicidad.
Contestar, una por una y privadamente, á sus
demandas sería demasiado gravoso para mis ocupaciones: darles en cambio un br eve, pero ajustado juicio de sus obras en este sitio, encubriendo
sus nombres naturalmente, y procurando ¡nada
menos! que llevar á su buen sentido el convencimiento de que EL CUENTO SE~IA..'&lt;AL rechaza su
envio con justicia, es labor que me atrae y acaso
sea de algún interés para la gentil lectora, que puede optar entre la sonrisa burlona ó el mohín comµ asivo ante estos malaventurados Icaros litera~ios y para el curioso lector q,te ~oce ¡e 5 tan humano!.. . ¡ con el espect áculo un :,o::o cmel de !
caza ae gazapos... aje;1os.
¡Pero no tembléh,. novelista..; en agraz! só,o ha
de decirse el título del manuscrito y, ni aun pol
la m ás lejana alusión, podráse percatar nadie de
quién es el autor desafortunado del cuento ó novela puesto en solfa.
Entiéndase bien que sólo se ha de tratar en este
&lt;&lt;Examen~ de obras que esp ontánea»umte se nos
hayan remitido, pues por ningún concepto se ha
de hablar aquí de las que E L CUE~TO SE~1A..."'&lt;AL
haya solicitado ó solicite directa ó indirectament e.
1, Y, por último, como pudiera ocurrir que alguno de esos colaboradores espontáneos, al leer es
tas lineas, temiese el ridículo de verse incluido en
este sección, no la comenzaremos en el presente
número á fin de que los disco1úormes ·con la idea
puedan escoger sus manuscritos durante toda las semarta que hoy empienza, quedando sentado qu;)
los que asi no lo hicie,¡en se someten de buen grado á la estrecha, pero nunca acre ni despectiva
censura, de quien, con cierto sentimiento, se ve
obligado á poner su firma al pie de esta ingrata
y antipática labor.
¿Habrá algún descontento de esta iniciativa?
No lo espero. Si, no obstante, lo hubiese, de antemano le pide perdón,

Francisco Agramonte.

Números atrasados d1l
Cuento Semanal.

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Resuelta las :dificultades que lo impedian, hemos puesto á ta venta ejemplares de todos los números atrasados del
El CUENTO SEMANAL dedes el t.º hasta el actual.
Participamos con este motivo ~á tos
que nos habían honrado con sus pedidos,
que los recibirán á las mayor brevedad.

PASTILLAS
CRESPO
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c.::

r r'

1

. Era un día d e los últimos del otoñ o del añ o 1, ,o . .. ,
que m á,5 parecía de crudo invierno , po r lo frío, áspero
y desapacible; un día gris, molesto, antipático, im propio de la esta ción -cosa esta última no ext rañ a ni
.d esusada e n esta villa y corte. donde reina, capri cho
samente, como niño m al educado, el clima más varia ble del Uni verso. viva imagen de la v ida política. que
aquí nace, crece, medra y se d esarrolla .
El viento, en polvor osos rem olinos, a rrastraba por los
paseos, plazas y anchas vías, las bojas secas y a m ar illentas caídas de los árboles,
(+Hoj as del árbol caídas,
.
j uguetes de l viento som)
cuyas ramas, d esn u das del vercl.or que foé s u gala y her mosura, semejaban b razos d escarnad os d e seres fant ásticos que imploran piedad , é infundían por su des
,nudez trist eza melanc-ólica, como si ofrecieran /¡ l a mi~
rad a compasiva del h ombre ben évolo y gen eroso, el

Al ilustre Doctor en Medicina D . Luis Ortega Morejón .
Por amistad y po r deber.-EL AUTOR.

cuadro asolador é imponente de una naturaleza muerta.
Grandes jirones de n ubes pardas y cenident as cruzaban y manch aban la atmósfera, ocultando á g r andes trechos el puro azul del firmamento, y el sol , nn sol
pálido, desencajado, t ristón y medroso, asomaba de
vez en cuan do y por espacir, b reve, s11 faz descolorida,
por ent re los r asgones de las n u bes, como avergonzado
de su impo t encia ...
Parecía como q ue se había entablado un a lucha titáuica ent re el viento qu e silbab a y las n ubes que int en
tab an cubrir el cielo y ahuyentar al sol. ..
Acaso fué en un día como ést e c uando preguntó Zorrilla·
t¿Qué quieren esas nubes qµe con fu ror avan zan
del_ancho firmamento por la región azul?•

'F
'

�Y de.seguro no-fué en un dfa.-semejante cuan.do dijo
Espronceda:
•Para y óyeme, ¡oh, sol! Yo te saludo
y estáticc ante ti me atrevo á hablarte.
Ardiente como tú mi.fantasía ....,

••

En lo único que habria acertado el autor de El Diablo
Mundo hubiera sido en llamar de tú al sol qne, en tal
día, no merecía ningún respeto.
Caía á cortos intervalos una lluvia menuda, que :'I
veces alternaba descaradamente con el sol, lo que prueba, como dejo anotado, que en ciertos días y en det er minadas circunstancias todo el mundo se atreve con el
astro-rey (rey constitucional en muchos casos), y todo
hacía presumir que al cerrar la noche el tiempo se metería, formalmente, en'.:agua ...
Serían las ct::1tro de la tarde. l~na buena paJte del
buen pueblo madrileño, que en toda oc;asión y momento prefiere las anchuras y expansiones de la calle al recogimiento del hogar, discurría por las at·e1udas y los
paseos de su predilección, despreciando el viento y la
lluvia, sin duda para dar á sus pulmones el aire que
tanto echa de menos en sus estrechas viviendas.
Confundido entre la multitud. como perdido en ella
y acaso más solo que si vagase á la ventura por el
paraje tnás solitario, extraño á cuanto le rodeaba, sin
paraguas ni impermeable y acaso sin percatarse del
rigor de la temperatura, bajaba la calle de Alcalá, por
la acera de las Calatravas, un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de estatura regular, más
bien alto que bajo, delgado, esbelto, de aspecto sim
pático y actitud que pudiera llamarse cansada y que bien podría ser abatida. Vestia, decentemente, un terno de americana, á la última moda y hasta con cierta
elegancia; pero, con el natural descuido y desaliño del
que no pone el más 111Ínimo empeño en el adorno y atavío de su persona, triunfando, no obstante, de la desidia, la nativa distinción. Sus ojos eran grandes, negros,
expresivos, de mirada triste, soñadora y errabunda;
la nariz, aguileña; la boca, digna, por lo pequeña, de
pertenecerá una mujer bonita y coqueta; la barba, negrísima, terminada en punta; el resto de las facciones
de una perfecta corrección, y perfecto el óvalo de su
rostro moreno y pálido. En la barba brillaban ya algu~
nos hilos de plata, que hacían digno pendan/ con otros
que asomaban, imprudentes y prematuros, por entre el
ensortijado cabello.
Caminaba, como digo, á la• ventura, é iba tan abstraído en sus propios pensamientos, tan ensimismado,
que más de una yez hubo de tropezar con transeuntes
que iban en dirección contraria, sin darse cuenta, al
parecer, de tales tropezones; roas en una ocasión el
encontrón fué tan recio que, el tropezado, parósele deante, gritando:
-¿Va usted ciego?
-Usted dispe,n se.
-¡Luis!
-¡Ramón!
Y ambos amigos-porque amigos eran-se estrecharon las mano. La fisonol11Ía de Ramón reflejó satisfacción vivísima en aquel ll}Omento y. por el contrario, la
de Luis manifiesta contrariedad, como si tal encuentro
le molestase.

** *

Ramón era un sujeto de la misma edad próximamente que Luis, tal vez a lgo mayor, aunque parecía más
joven, y la más completa antitesis de su amigo, físicamente considerado. l'!Iás bien bajo que alto, metido en
carnes-por lo cual su estatura parecía aún más corta-, de abultadas facciones, de· encendido color-color
.sano, como se dice en los pasaportes y en las cédulas
personales~y, aunque lujosamente vestido, también

á la últ ima moda, de traza vulgar. Su aspecto, simpático y atractivo, era el de hombre satisfecho, de esos que
en el más apurado trance dicen: ,,Peor fuera no verlo•,
y parecía como que respiraba salud y alegría por todos
los poros de su cuerpo y hasta por el tejido de su ropa
nueva...
Después del apretón de manos y de cuatro frases vacías y banales acerca de la temperatura-tema socorrido cuando no se sabe qué decir-preguntó Ramón:
- ¿Adónde vas?
- No lo sé... á cualquier parte ... donde va la gente ...
á dar un paseo.
- ¿Con este tiempecito has salido por gusto, sin tener nada que hacer ,. sólo para disfrutar de las delicias
del paseo?
- Como casi toda esta gente que ves, por no decir
toda. Además, el tiempo cambja ... mejora...
- Con efecto, había cesado la lluvia, el viento, se había echado, era mucho menos fuerte, faltándole poco
para entrar en la categoría de céfiro suave, templaba
la atmósfera y el sol había de nuevo aparecido menos triste y medroso que anteriormente. ¡Caprichos del
clima de i\Iadrid! Contra todas las racionales predicciones, la tarde se componía y hasta er a posible que
terminara en bien y entrase la noche espléndidamente.
Luis, visiblemente molesto y contrariado, alargó la
mano á su anlÍgo, diciéndole:
-Vaya, adiós... celebro mucho ...
-¡Ca! ¡No te suelto! Tenernos que hablar seriamente;
y puesto que nada tienes que hacer ahora ni vas á un
"itio determinado, te propongo que interrumpas tu
«gra.dable paseo y que tomemos unas ostras y unas caas de manzanilla en casa de Morán. Allí hablaremos.
ñ -Vamos allá-contestó I ,uis, después de vacilar · un
momento y como el que se somete, resignado, á un sacrificio.
Ramón le cogió del brazo y emprendieron la marcha por la misma calle de Alcal á en sentido inverso al
que antes llevaba Luis, volviendo á hablar de la temperatura y de otras análogas t rivialidades.
** *
La casa de Morán era-y es-una taberna ilustrada,
de buen tono, aristocrática-aunque tales adjetivos
parezcan paradójicos, por lo cual, sin duda, la han
puesto el mote de restaurant que campea en su muestra. Entonces estaba situada en la calle de Peligros, esquina á la de la Aduana. Ahora está un poco más arriba, en la primera de dichas calles y cerca de la de J ardines.
La casa de )iorán tiene de antiguo excelente reputación y merecida fama por exhibir en su atractivo y sugestivo escaparate los mariscos más frescos y exquisitos
que recalan áMadrid; por tener en su bien provista bodega la más legítima manzanilla de Sanlítcar, y por servir
en sus cuartitos misteriosos, sencilla y cómodamente
amueblados, con la mayor equidad y aseo, callos á la
andaluza, arroz á la valenciana,. bacalao á la vizcaína,
pollos asados, pescados y mariscos de todas clas~-1·
otros platos castizos y regionales tan suculentos como
apetitosos.
A casa de Morán concurre asiduamente, por la sugeshón del escaparate y por tradición de la casa, lo más
distinguido y alegre de la sociedad masculina madrileña, buen número de hermosas mujeres del estado llano
y lo más florido y adinerado de la gente del bronce... en
el sentido más delicado que puede darse á esta clasificación. Quiero decir que, la gente del bronce que va á
casa de Morán, no es la usual y corriente, sino otra muy
distinta de la que por tal conoce el vulgo, y de sobra
me entiende el lector discreto y conocedor de la vida
madrileña.
Pasado el mostrador (hablo de la primitiva casa de
Morán), babia un largo pasillo y á uno y otro lado del
111Ísmo los cuartitos interiores de que dejo hecha mención, en número de siete ú ocho. Los llamo misteriosos,

sencillamente porque cada uno de esos cuartos tiene
su puerta correspondiente, y cerrando por dentro puede quedar en el misterio cuanto en ellos tratan la~ personas que los ocupan accidentalmente.

• **
Un cuarto de hora después del encuentro de los dos
amigos, hallábanse éstos en uno de aquellos cuartitos
misteriosos, el más apartado del ,mundanal ruido,,
sentados
~Junto á una mesa de pintado pino,,
sobre la cual había colocado simétricamente el simpático_ Antonio (primer camarero del establecimiento y sobnno de Morán), una docena de ostras y seis cañas de
manzanilla.

,

..

r

Una vez solos y apuradas, respectivamente, las dps
primeras cañas, Ramón habló de esta manera:
-Permíteme, querido Luis, que te llame á capítulo
y hasta que te reconvenga y te riña por tu extraña conducta para conmigo.
-¿En qué he podido molestarte ú ofenderte?
-En no abrirme tu corazón. confiándome _tus penas
¡porque las tienes! siendo, como somos, amigos de toda
la vida, y amigos verdaderos; al menos, por mi parte..
-¿Penas, yo? Te equivocas ... Esas son cavilaciones
tuyas .. te aseguro...
-¿También hipócrita? Veo que no tiene el diahlo por
dónde desecharte. ¡Pero, á mí no me la das!. .. Tú, hombre alegre, decidor, comunicativo y bullicioso, generalmente, desde hace seis meses te has vuelto sombrío, taciturno, misántropo, tienes aspecto de funeraria y, en
lugar de Luis Valladares, podías y debías llamarte A 1calá, 60. Huyes de los amigos y, cuando te encuentro,
por rara casualidad, te muestras reservado y procuras,
como hace poco, abreviar nuestra entrevista. ¡No frunzas el entrecejo, ya sabes que es verdad cuanto te digo!
Otra cañita... y desembucha pronto. ¿Qué te pasa? ¿Es
que no me crees digno de poseer tu secreto? ¿Es que no
me concedes talento y cariño suficientes para aconsejarte? ¿Para consolarte, si el mal no tiene remedio?
Después de una pausa breve, respondió I,uis:
-Pues bien, sí, algo me sucede: tienes razón en quejarte de mi conducta; pero Il1Í reserva no obedece á tibieza en mi amistad ni á desconfianza en la tuya. Soy,
en verdad, muy desgraciado; mas es tan raro lo que me
sucede y acusa tanta debilidad por Il1Í parte que, el te•
mor de parecerte ridículo, ha sido la causa única de mi
silencio.
. -De~echa ese pueril temor. Aunque paso por es&lt;"ép
tico y ligero, á causa de tratar en broma las ridiculeces
que muchos toman en serio por seguir la corriente vulgar, soy tolerante con las flaquezas del prójimo y, tratándose de mis amigos-y tú lo eres de verdad-voy
con ellos hasta el error y participo de sus extravíos, si
por acaso los padecen. ¡Animo, pues! Otra cañita... y
venga esa historia.

** *

-Se trata de una historia de amor...
_-M~ lo figuraba. Eres el de siempre. Por ti no pasan
anos 01 desengaños. Al paso que llevas, espero verte

representar el papel de Diego M arsilla con la cabeza
blanca y !os dientes postizos. ¡peor fuera no verlo!
Vaya, cu.Sntame esa historia novelesca, ábreme como
siempre, tu corazón, y lloremos juntos, si hay que llorar ~u desventura, ó busquemos el remedio, si hay remedio para tu mal.
Después de un momento de reflexivo silencio, pr osiguió Luis:
-Hace poco más de dos años andaba yo triste melancólico y retraído, á causa de haber terminado ~opinadamente mis relacionf's, después de cuatro meses de
dulce intimidad con una muchacha preciosa, encantadora, que bruscamente se había ausentado de Madrid
y de la cual estaba muy enamorado.
. -¡Como de todas las que ves! Lo repito, eres el de
siempre. En eso de los líos amorosos, cuando no estás
preso te andan buscando. Pero, aquéllo pasó. Esto debe
ser cosa nueva. Sigue.
-En tal estado de ánimo y vagando una noche al
acaso, por la misma calle donde esta tarde me has 'encontrado ...
-Se conoce que esa es la calle de tus amarguras.
- ... cerca del teatro de Apolo, juntó á la puerta de
San J ~sé, me ~ncontr~ con una antigua arniga 111Ía, doña
Manohta, mu¡er de cierta edad y de cierta hi storia anti~8: y modef;1a-:acompañada de una joven preciosa,
e~pmtual, distmguida... y en quien apenas fijé la aten ción.
-Si apenas te fija~te_en ~lla, ¿por dónde averiguaste que era prectosa, dishngmda y espiritual?
-Apenas fijé en ella mi atención ... aquella noche.
-Comprendo; después fué cuando .. .
. -:Mi amiga me presentó aquella joven, me dijo que
v1via ,con ella como señora de compañía, en la calle de
tal, numer~ tantos, que estaban solas casi siempre y
que tendrian mucho gusto en que yo las visitara. La

�joven expresó el mismo deseo. Después de una breve
conversación, reducida á los cumplidos usuales en tales
casos, me separé de ellas con el propósito de no aceptar
su invitación, creyendo, como era natural, que tal ofrecimiento no era otra cosa que una mera fórmula de
cortesía. Sobre todo, mi amiga no estaba en su casa; la
casa era de aquella joven á quien veía por primera vez,
y no me parecía muy airoso mi papel de visitante de la
señora de compañía. Cinco minutos después había olvidado aquel encuentro.
Transcurridas tmas dos semanas, U11a tarde volví á
encontrar á las dos amigas en la Costanilla de los Angeles, y ambas se mostraron quejosas de que no las hubiera vistado, como había pmmetfdo. Euto11ces me fijé
detenidamente en Enriqueta, que así se llamaba la joven, y quedé enc-antado.
-¡Ah, vamos! En la segunda presentación fué cuando advertiste ... Eres la exageración personificada; te
impresionas al primer golpe de vista.
-Más que su belleza, lo que me impresionó hondamente fué la singular expresión de su rostro angelical,
la mirada profunda y dulce de sus hermosos ojos azules, de un azul intenso y purísimo como el cielo de Andalucía, su sonrisa plácida y tranquila y un ne sé qué
de atrayente y fascinador en toda su gentil persona.
En vista de aquella, al parecer, cariñosa insistencia,
me excusé lo mejor que pude por no haber ido á verlas
cuando había dicho, y prometí formalmente vistarlas
al siguiente día á las cinco de la tarde. Enriqueta se ruborizó ligeramente, cambió lllla rápida y significativa
mirada con doña Manolita, y ésta se apresuró á decirme:
-El caso es que ... á esa hora ... ¿Le es á usted lo mismo á las nueve de la noche?
-Exactamente igual; para mí todas las horas son
buenas-contesté.
-Lo digo, porque ... las c-inco no es buena hora para
nosotras, y ...
-Repito que es igual, iré,..á las nueYe. Hasta mañana, pues.
-Hasta rilafiaña-me contestó Rnriqueta, alargándome la mano, que me apresuré á estrechar entre las
mías-·. Que uo falte usted- añadió, sonriendo graciosamente.
Y ambas mujeres se alejaron á buen paso con dhección á la plaza de Santo Domingo.
Yo me alejé lentamente de aquel sitio, en dirección
contraria, pensando: ~¿Por qué las cinco no ser,\ buena
hora para ellas, es decir, para ella?»
Ella, Enriqueta, era, indudablemente, la que no podía recibirme á esa hora. Cuanto á doña. ).Ianolita, ya
sabía yo que estaba fuera de cuenta y de horas... por
~ de que ella creía lo contrario.
· ¿Qué clase de persona era aquella joven, que tenía
co,mo única 'familia y como señora de compañía á una•
mujer como doña l\Ianolita? Entregado á estas cayiJaciones estuve hasta las altas horas de la noche; me dormí pensando en Emiqueta ... y soñé con ella.

* **

-

Al día siguie,.nte, á la hora convenida, me presenté
en casa de mi nueva amiga, que por tal tenía ya lt a9.ueJla joven, aguijoneado por viva• curiosidad y, -¿por
qué no decirlo?-puerilmente lisonjeado en mi vanidad
ante su insistencia por mi visita. Cuando tiré del cordón de la, campanilla, el corazón me palpitaha aceleradamente: Doña l\lanolita me abrió la puerta y me
condujo á una sala amueblada con severo lujo, gusto
exquisito y elegante sencillez, donde encontré á Enriqueta envuelta en riquísima bata de seda color grana,
que realzaba el color blanquísimo y sonrosado de su rostro encantador. Me recibió con la misma discreta familiaridad que hubiera podido recibirá un antiguo amigo, y empezamos á hablar de cosas nimias é insubstanciales, como ocurre siempre al comienzo de esa clase de
visitas, echando mano desde luego-¿y cómo no?- del

socorrido tema de la temperatura, que es el recurso de
los tímidos y de los que no tienen cosa mejor que decir.
La conversación se filé animando por grados, salimos-;gracias á Dios!-de la meteorología y abordamos otros temas más amenos é interesantes. En seguida eché de ver que Enriqueta, si bien no revelaba una
sólida instrucción ni una extensa cultura, tenía lo que
se llama trato de gentes, finura nativa, viveza de imaginación y talento natural. Era andaluza, jerezana, y
el acento de su país, unido á una voz dulce y pastosa,
era un nuevo encanto, quizás el principal que poseía...
poseyendo tantos y tan irresistibles.
-Ella, andaluza, tú, andaluz, ambos de la tierra de
::lfaría Santísima; ella, bonita y asequible, tú, inflamable y mujeriego ... preveo Ul1 idilio. Ya me interesa tu
relato. Prosigue, querido Luis.
-Yo hablé de arte, de literatura, de viajes ... y de no
sé cuántas cosas más; pero, hablé mucho, tanto que, si
no es por doña l\Janolita que me llamó la atención acer,

-Siempre te pasa lo mismo y puede decirse que tienes una abundante cosecha de moras verdes y maduras. Profesas la teoría de que el amor es subjetivo, y
cambias de sujeto con pasmo~a facilidad. Tu corazón
es manantial que no se agota. Dios te conserve el venero, y yo que lo vea. ¡Otra cañita!
*

* *
Luis y Ramón dieron fin á las ostras, apuraron la última caña y · encendieron nuevos cigarrillos. Luis prosiguió:
-Doña ~fanolita, mujer práctica y experimentada,
ducha en el cumplimiento de su obligación, nos dejaba
solos algunos ratos, y confieso que las primeras veces
que esto ocurrió me encontré turbado y confuso como
un principiante, sin saber qué de&lt;;ir ni qué actitud tomar...
- ¡Ja, ja, ja! ¡Eso tiene mucha gracia! ¿Turbarte
tú, en presencia de una mujer bonita?
-Eso te probará que estaba seriamente enamorado;
ya se sabe que el verdadero amor es vergonzoso y tímido en sus comienzos.
-Y hasta platónico en muchos caso~, según dicen;
aunque yo no lo creo.
-Una noche que Enriqueta, con pretexto de buscar
no sé qué cosa en su tocador, nos dejó solos á .doña Manolita y á mí, entablamos el siguiente diálogo:
-¿Qué clase de mujer es ésta?
-Clase extra. Una mujer de historia.
-¿Tan joYeu, y ya? ...
-Veinticuatro años. Historia corta; pero, historia,
al fin.
-¿N'o tieue familia?
-En Madrid tiene una prima; pero, 110 se tratan; su
madre y su hermana residen en Jerez.
-¿Es rica?
~No.
-¿Quién paga y sostiene este lujo?
-El Padrino ... No de bautismo, sino de ...
-¿Quién es Fl Padrino?
-Un señor muy viejo y muy rico, que la protege.
-¿Pero? ...
En esto entró Enriqueta; el diálogo quedó cortado
en el pllllto más interesante, y yo quedé sumido en tm
mar de confusiones.
LPues la cosa era bien clara; al menos Jo parecía.
,-Visto desde la parte de fuera.
~Es verdad. Por algo se ha dicho aquello de
&lt;,Porque ciega la pasión
y quita conocimiento.,,

ca de la hora, á las doce y media, tal vez me hubiera
sorprendido el alba en el uso de la palabra.
-En el abuso, querrás decir.
- Al despedirme, me dijo Enriqueta, en un tono que
no admitía réplica:
-Hasta mañana á la misma hora. Que no falte usted.
Al acompañarme doña l\Ianolita, para abrir la puerta de la calle, me dijo que había estado ameno y elocuente y que había producido gran efecto.
Vold al día siguiente y al otro y al otro ... y todos los
días, y al cabo de dos semanas comprendí la verdad de
aquel cantar que dice:
&lt;,Si tu amante te ha dejado,
no tengas pena maldita;
que la mancha de la mora,
con otra verde se quita.•&gt;
Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta, y
el recuerdo de la ingrata fugitiva, habíase borrado por
completo de mi memoria.

-Yo estaba apasionado y quería á todo trance ver
las cosas á medida de mi deseo y bajo un prisma de idealiqad_ incompatible con la realidad crnel y grosera... Ese
Pádrino (pensaba yo) debe ser algún pariente lejano,
protector desinteresado de esta joven. No seria el primér caso; y siendo tan viejo como dice doña )Ianolita
se explica fác-ilmente ...
-Lo que no se explica de ningún modo es que un
hombre de tus año~ y de tu experiencia, no procurase
aYe:1guar desde el primer momento quién era aquella
mu¡er, de dónde procedía, hacia dónde se encaminaba
Y qué podía dai; de sí.
-¿Con qué objeto? :Sada de eso me importaba al
P;incipio de conocerla, porque no me inspiraba interés
111 curiosidad.
-Por no importarte nada entonces, te importó luego demasiado.
. -!,o singular del caso fué que, con mis dudas y vaC1lac1011es, con el disgusto qué aquella noticia me había. ocasionado, aferrado á la explicación candorosa y
opt11nista que á iní propio._me daba, no iuteuté ahondar
más en tan desagradable cuestión... por miedo de encontr,ar una verdad que, por decoro, me hubiese alejado de-aqüella casa.

-Veo que estabas irremisiblemente perdido. A tal
altura, ya no te ibas de ningún modo.
-Tienes razón. Pocos días después y en ocasión de
encontrarnos otra vez solos doña Manolita y yo, dicha
señora me dijo rápidamente:
-Le gusta usted mucho, dice que le hace usted mucha gracia. Un capricho ... ¡Qué suerte tiene usted! Aproveche la ocasión; pero, nada serio, ¿eh? Una aventura
de ocho ó quince días... y eclipse total. De otra suerte
á carrera larga, esta mujer cuesta mucho dinero y d~
muchos disgustos. Cuando yo le hablo á us(ed de este
modo, comprenderá usted ...
Volvió Enriqueta, y el monólogo de doña l\fanolita
quedó interrumpido.
Lejos de agradecer, como era justo. aquella confi&lt;lencia, le cobré cierta antipatía á doña l\Ianolita y hasta
pensé que calumniaba á su amiga y protectora.
Después de nuevas, hondas y enmarañadas cavilaciones, hube de convencerme, con amargo pesar, de lo
que debí comprender desde el primer día, y hasta me
pareció razonable, juicioso y conveniente el consejo de
doña Manolita. Resolví, pues, aprovecharme de la ócasi6n, tener con Enriqueta una corta aventura y eclipsarme después. ¡Cuánto me engañaba!
Con la seguridad que me había dado aquella buena
mujer de que yo gustaba á Enriqueta y le hacía gracia
lo cual halagó atrozmente mi necia vanidad, perdí e~
un momento la timidez de los primeros días, y aquella
misma uoche me atreví á declararme y pude obtener
no sin la conveniente resistencia, una cita para la siguien'.
te noche, á hora avanzada de la misma, en su misma
casa y sin testigos importunos. Y o me llevaría la JJave
de la puerta de la calle, y ella, Enriqueta, me abriría
sigilosamente la de su cuarto en cuanto yo diera sobre
la misma unos golpecitos.
·
AquelJa noche apenas logré conciliar el sueño y en
los pocos momentos que dormí no hice otra co;a que
soñar con Enriqueta y en la dicha que me aguardaba ...
*

* *de las cuatro de la tarde
Al día siguiente y á cosa
me sorprendió, y aun me sobrecogió, en mi propia casa'
la presencia de doña l\Ianolita, que me llevaba segú~
dijo, un importante recado.
'
Lo primero que sospeché fué que Enriqueta se había
arre_\)~ntido de su condes~endencia 'Y se apresuraba á
partlciparme su arrepentimiento. Mi ansiedad fué de
corta du1ación. Doña Manolita se expresó en estos términos:
, -Enriqueta quiere. jugar limpio con usted y me env1a, para que yo le diga de su parte lo que ella 110 se
atrevió á decirle anoche, por razones fáciles de comprender; pero que usted debe saber para que no pueda
llamarse á engaño el día de mañana.
Sú~itan~ente me acordé del Padrino, de aquel prot~ctor m1stenoso, y el rubor, la ira y el despecho encendieron mis mejillas.
_-¿Qué es ello?- pregunté, procurando disimular
1111 emoCJ611.
-Pues ... que
-:-Pues que Enriqueta tiene unas relaciones que no
qmere romper, porque desea no serle á usted gravosa·
pero neasit~ al mismo tiempo que usted Jo sepa, par~
que en rungun caso pueda decir que ella le ha engañado
l\Ie quedé frío, y casi tartamudeando, pregunté:
·
- ¿De suerte que... ese... Padrino? ...
- Ya se _lo dije á usted ... ¿A santo de qué se iba á
ga_star el runeral que representa esta instalación y el
luJo que ostenta la individua? ...
-E_n ese caso, comprenderá usted que no es digno
por
parte ,aceptar una situación tan ... ¡vamos! tan ...
-¿Por que? ¿Qué va usted perdiendo en ello?
-La dignidad, el decoro, acaso la honra.
·
-Esa es una cavilosidad impropia de un hombre de
su talento ~ de su mundo. Suponga usted que se trata
d_e una mu¡er casada (y le he conocido á usted varios
t10s ~e esa clase) y que se la pega al m~rido. ¡He v.isto

=

•

�tantos maridos burlados por usted!. .. Figúrese que éste
es uno más.
-Eso es verdad; pero ...
--Con la circunstancia, favorable para usted, de que
en esta ocasión se trata de un marido honorario, por decirlo así, pues tiene más ele ochenta años, y es bombre
razonablt:, de buen sentido... y no les ha de estorbar
para nada. El pobre señor va á las cinco de la tarde,
charla con nosotras un cuarto de hora, media hora, á
Jo sumo, se va... y hasta el otro clia, y así sucesivamente.
Entonces me expliqué por qué las cinco de la tarde
no era buena hora para aquellas señoras y el aprieto en
que las puse cuando intenté visitarlas por primera vez
á dicha hora.
Doña Manolita prosiguió:
-Como ella dice-y esto no:deja de sorprendermeque de usted no quiere más que cariño, porque de Jo
demás no necesita nada; la situación de usted no puede ser más airosa ni más simpática. Las mujeres como
Enriqueta suelen tener dos amantes: uno para el gasto
y otro pata... Jo otro. Ella aspira á que usted sea su
amante del corazón; pero, vuelvo á decirle lo que ya
otra vez le dije: No se enamore, no se enfregue... una
aventura de un mes, á lo sumo, y desaparezca usted,
despidiéndose á la francesa. Esto me parece lo más raYazonable. ¡Y nada de escrúpulos!
Inútil es decir que me dejé convencer por doña Manolita. No deseaba otra cosa.
Antes de separarnos, convinimos en que yo pasaríapara la portera y los vecinos de la casa-por pariente
cercano· de doña Manolita, un pariente cariñoso que la
visitaría diariamente. Enriqueta gozaba de buena reputación en la vecindad, y de ese modo quedaba á salvo su reputación.

•

•••

Aquella noche comenzó la época más feliz de mi vida
Era tan dichoso que, por serlo tanto,
estaba asustado, sabiendo, por triste
experiencia, que aquello no poclia durar,

en la calle de la Madera Alta, mucho más alta (la
buhardilla) que la más alta madera conocida, y cuyo
alquiler pagaba su generosa amiga.
¿Por qué había conservado aquella mujer su miserable vivienda, no teniendo necesidad de ellaT Primeramente, para verse allí de vez en cuando con cierto sujeto aficionado á la arqueología-que hay gentes para
todo y gustos que merecen palos-y después, y con especialidad, por si llegaba el caso, como llegó, de imponer su capricho y valerse de sus puntadas.
Cuando más tranquilo estaba, me sorprenclia desagradablemente la desaparición de aquella maldita mujer.
-¿Y doña Manolita?-preguntaba yo, momentos
después de entrar en casa de Enriqueta y no ver allí á
mi antigua amiga y flamante payienta.
-Se ha ido á su casa, muy enfadada conmigo, porque he sostenido, con calor, según ella, que en materia
de colores prefiero el rosa grana al rosa pálido. Eso la
ha molestado y ofendido mucho, y se ha marchado,
decidida á no volver. ¿Cómo va á sufrir la pobre señora tales vejaciones?
Sabiendo, como sabía, que yo entraba en aquella casa
á título de pariente suyo y que al desaparecer ella mis
visitas no tenían posible justificación sin dar pasto abundante á la maledicencia de la vecindad, era evidente
que aquella infernal mujer trataba de molestarmeconociendo lo enamorado que estaba de Enriqueta-y
de p;irjudicar á la pobre joven que tanto la había favorecido.
La conducta de doña Manolita me indignaba, me
enardecía rabiosamente; pero, &lt;'Omo no quería, por nada
del mundo, romper aquellas relaciones y menos comprometer á Enriqueta, tragando bilis y haciendo de
tripas corazón me iba á la buhardilla de aquella señora,
le daba explicaciones y satisfacciones en nombre de su
amiga, le suplicaba, la adulaba, le hacía algún regalo en
efecti,,o y, por fin, la convencía y ella se resignaba á vol-

«que es la dicha mudable y transitoria,
y al dolor permanente•,
y esperaba de un momento á otro el
palo de ciego de la ciega fatalidad,
la presencia del dolor, mi antiguo y consecuente amigo ...
Enriqueta se mostraba más enamorada cada día; era celosa, exigente, absorbente, mejor dicho; pero, todo ello
en forma suave y cariñosa, por lo cual
no poclia ni debía incomodarme con
ella.
Doña Manolita estaba asombrada y
solía decir frecuentemente: &lt;•Esta chica
está desconocida, no parece la misma,
nunca la he visto tan encaprichada.• Y
parecía que estaba como perezosa ó
envidiosa de la dicha que la rodeaba.
Y así debía de ser, por cuanto los primeros disgustos que tuve con motivo
de aquellas relaciones, fueron los que
me dió doña Manolita.
Aquella buena señora, que antes de
aparecer yo en escena había vivido un
año en casa de Enriqueta en una paz octaviana, desde el comienzo de mis r elaciones formales con dicha joven, habíase
vuelto susceptible y quisquillosa hasta
un punto inconcebible. Por la cosa más
nimia reñía con su amiga y protectora,
y se marchaba, fulminando la amenaza
de no volver.
Es de advertir que doña Manolita, á
pesar de vivir en casa del Enriqueta,
tenía, además, su casa, una: buhardilla

r

r

ver; pero volvía protestando de todas veras de que lo
en medio de una calma perfecta y como por senda de
hacía únicamente por mi, porque me quería más que á
flores.
las niñas de sus ojos....
Visitaba á Enriqueta todos los días á las cinco en punA- los pocos días se repetía la misma función, y allá
to de la tarde-nunca por la noche-y su visita duraba
iba yo, heróicamente resignado, con una temperatura
de quince á treinta minutos. Si estaba enfermo ú ocude· cuarenta grados á la sombra (estábamos en el rigor
pado ó n o podía ó no quería ir por cualquier otro motide un verano riguroso), á subir ciento Y pico de escalovo, á las doce de la mañana enviaba un sirviente á casa
nes v á tomar un baño ruso en la bohardilla de la Made Enriqueta con el siguiente lacóníco y &lt;'ortés recado
dera Alta. Algunas veces me acompañaha Enriqueta,
QE\ señor no puede venir esta tarde y ruega á la seño
para que fuese mayor la satisfacción de nuestra dulce
rita que le dispense.,&gt; Cuando pensaba ir á distinta hora:
amiga. lintre los dos la convencíamos, repitiendo yo
lo cual acontecía muy rara vez, también lo avisaba de
siempre el regalo en efectivo, que era el argumento caantemano, _con prudente antelación, y, ádemás de ser
p,tal, y nos hacía el favor de volver.
puntualísimo en la hora de acudir á la cita, llamaba
Pero, doña 'l-.Ianolita no tenía enmienda. Cuando no
de un modo particular, dando tres campanillazos con
reñía c-on Enriqueta-porque ésta había tomado el parpequeños intervalos... No cabía la menor duda era él
tido de estar siempre de acuerdo con ella en todo lo huquien llamaba.
'
mano y lo divino-decía que estaba enferma, se iba á
¡Qué admirable buen sentido! Un hombre de más de
su casa y se metía en la cama por tiempo ilimitado. En
ochenta años, amante oficial de una hermosa joven de
tina de sus primeras enfermedades la envié un médico
veinticuatro, poclia encontrarse desagradablemente
amigo mío, y éste. dei;pués de vistarla, me dijo:
sorprendido presentándose inopinadamente en casa de
-Esa scflora está buena y sana: disfruta, á Dios grasu amada, si la naturaleza cumplía sus ·1e,-es, como era
cías, de una salud insolente.
de esperar. ¿Medio de evitar cualquier lógica desagraYiendo que era completamente imposible reducir á
dable sorpresa? Hacer lo que hacía El Padrino· dejar
tal mujer á términos razonables, acordamos pasarnos
libre á Enriqueta veintitrés horas y media de 1a'..i veinsin ella, y al efecto i:ne procuré una llave de la puerta
ticuatro del día y, por si en la media hora restante aún
de· la calle, conviniendo en que yo, en lugar de ir, como
subsistía algún inconveniente, que todo podía suceder,
de costumbre, á las :°~eve de ~a noche para marcharme
llamar de cu¡i&lt;e/la manera, para que el inconveniente
á las doce ó la una, 1na despues de la una de la madru- __ tuviera tiempo sobrado de ocultarse en las habitaciogada, procurando que _no me viese el sereno a~rir la~1;1es interiores, sin miedo de ser descubierto, puesto que
puerta, y me ~archana al rayar el alba. J-~rnruta, la
el, El Padrino no era curioso y jamás pasaba de la sala.
d_oncel~a de Ennqt~e!a, nna muchacha muy fiel y _muy
Se contentaba-según doña 'Manolita-con emplear
sunpática, me abnna la p~erta d~l cuarto, °?"ediante
aquella media hora en amable y sencilla conversación.
un mo?o de lla~1ar converudo. As1 no me ven_a nadie
Sus pretensiones no poclian ser más modestas.
y creenan la vecindad y_ la porte~a, como era_ )ógtco, que
De tarde en tarde convidaba á almorzar á Enriqueal ~esaparecer nu parienta hab1a yo tamb1en desapata al restaurant más caro y más de moda, ó á su· propia
recitlo.
casa, invitando también á algunos de sus íntimos amiEmpecé nuevamente á ser dichoso, sin que la más ligos, cuyos almuerzos no tenían otro objeto, al parecer,
gera nube empañara mi felicidad.
que el de exhibir á su querida. Otras veces, asimismo
A los cuatro ó cinco días de poner en práctica este
de tarde en tarde, paseaba con ella en coche descubiernuevo plan, doña 'l-.lanolita, asombrada, sin duda, de
to por la Castellana ó el Angel Caído, á la hora de manuestro retraimiento, debió decirse á sí propia: ,Na que
yor_concurrencia en dichos paseos, con el mismo prola montaña no viene á mí, iré yo á la montafia.,, Y espósito de exhibición, siendo piedra de escándalo y mapontáneamente, por propia iniciativa, volyió á casa de
teria de acerba crítica entre sus muchas relaciones. Los
Enriqueta, di·ciendo que estaba perfectamente curada
que _no 1~ conocían le tomaban por abuelo de aquella
de su última enfermedad, que no abrigaba el temor de
preciosa ¡oven...
una recaída y que nos quería más que á las niñas de sus
. Tales exhibiciones revelaban una vanidad pueril,
ojos. Esta era su muletilla obligada, tal vez por algún
1mprop1a de un hombre de sus años y de su posic-ión,
autiguo resentimiento con las mencionadas 1ii~as...
pues_ se trataba de un diplomático distinguido, muy
Tinriqueta la recibió benévola y cariñosamente, me
r elacionado en el mundo político y en la aristocracia.
comunicó la bue-na nueva, rogándome que fuese genePor su clara inteligencia y mediante su cuantiosa forroso con la pobre stñora., y todo volvió á su punto
tuna, había representado á España con dignidad y esde partida: á ir yo á las nueve, á-salir los tres la mayor
plendor en varias cortes extranjeras.
parte de las noches, unas veees al teatro, otras al café
Yo le profesaba-de reflejo y sin haber tenido el hoó á pasear en coche, Y, como doña Manolita no podía
nor de conocerle-sorda, tenaz é invencible antipatía.
ya molestarnos, se decidió, mujer práctica, como era,
Desde le¡os me molestaba aquel señor; buscaba con emá sacar el mejor partido posible de la situación, tomanpeño el lado ridículo de su conducta, para poder desdo el papel simpático de mujer amable, condescendienpreciarle, y he de confesar ingenuamente que no lo ente Y conciliadora...
• "· I[
contraba, á pesar de los almuerzos y de los paseos apa*
ratosos; por el contrario, creía que él' era quien tenía
* *
derecho á despreciarme, por ser mi conducta más cenEntre tanto El Padrino, aquel protector generoso,
surable y ridícula que la suya. Esta conclusión de una
a,mante honorario de mi amada-según me habían dilógi~a fatal é ineludible, me enloquecía, y má; de una
cho-seguía, para.mí, envuelto en las sombras del misvez intenté abcrdar con Enriqueta la cuestión de inteterio.1'i por incidencia me había hablado Enriqueta una
reses, manifestando mi ardiente deseo de que ella des◊la yez de dicho personaje Y, por yo no sé qué secreto
pendiese sólo de mí, sin necesidad de ningi&lt;na otta perpudor é instiutiva repugnancia, tampoco había yo insona. A la primera insinuación en tal sentido, me cortentado hasta eutonces tratar con ella cuestión tan
taba la palabra, diciendo:
eJpinosa; pero dolía l\Ianolita, que estaba de la parte de
-No hablemos de eso, es completamente imposible
afuera, moralmente hablando, me hablaba alguna que lo que deseas, por muchas razones; la primera y prinotra vez del personaje en cuestión, sin duda para refresC!J)al, por~ue en ese caso no podría demostrarte que te
car mi memoria, llevándome á la r ealidad.
qmero desmteresamamente, sin mira egoísta de ningu.A juzgar por aquellas referencias, E l Padrino era
na clase. De ti no quiero más que mucho cariño, lás flodiscreto y ayisaclo como pocos, filósofo convencido y
res que me mandas á diario, algún palco de teatro y
:unable hombre de mundo, poseyendo en grado máximo
e~os sen~illos obsequios que me prodigas y que prodigael sexto sentido, que es el de hacerse caYgo, por lo cual
nas de igual modo á una novia con quien te fueses á
su existencia se deslizaba plácida, tranquila y alegre,. casar. Repito que no hablemos de eso.

�'!'i no podíamos seguir hablando del asunto, porque
si intentaba la más sencilla réplica, la más leve objeción,
me cerraba la boca con un beso...

*

**

Poco después de habe,se humanizado doña Manolita,
en vista, como he dicho, de que ya no podía molestarnos,
mis visitas eran más frecuentes y más largas. Además de
ir, como de costumbre, á las nueve de la noche, para marcharme de madrugada, iba muchos días á las dos de
la tarde y me retiraba á las cuatro y media ó cinco menos
cuarto; otras veces iba á las once de la mañana y estaba
hasta la una. Aquello era un verdadero frenesí...
Más de una vez y á vivas instancias de Enriqueta, iba
á las siete de la tarde y comíamos juntos en su propia
casa, á condición, impuesta por mí, de pagar yo la comida, que mandaba llevar del hotel de Roma, que era el

día en punto, para tratar asuntos interesantes; de haberlo sabido con tiempo, habría enviado el recado de
costumbre; lo sentía mucho, mas no podía remediarlo,
por haber dado su palabra... etc., etc. Y se fué, con la
misma prisa que había venido.
Aquella situaC'ión inesperada y la forzada espera á que
hube de someterme me contrariaron grandemente: los
diez minutos me parecieron una hora mortal de indefinible angustia. Enriqueta reapareció, y con acento apasionado é infantil alegría me dijo:
-¿Ves cómo no te ha pasado nada ni te ha comido
nadie?
No contesté una palabra; pero tal disgusto debí manifestar en mi gesto y en mi actitud, que no volvió~ á
intentar repetir la suerte.
Aquello pasó como ligera nube de verano, y todo volvió á su ser y estado normal.
¡ Al verme de nuevo tranquilo y feliz volví á tener miedo, imaginando por dónde y en qué forma vendría ah&lt;:&gt;ra la desgracia. Y vino, como de costumbre, á cumplir
su triste misión cuando más daño podía causarme, en el
momento en que yo estaba más persuadido del amor sincero y desinteresado de aquella mujer encantadora.
A la entrada del invierno y al salir una noche á última
hora del teatro de Apolo, Enriqueta cogió un fuerte catarro; del cual no hizo caso al principio, que bien pronto
degeneró en pulmonía y más tarde en una tisis aguda,
que en tres meses la llevó al sepulcro ...

**•

que teníamos más cerca. De ese modo, comiendo yo allí,
estábamos m:\.s tiempo juntos.
En ocasiones, cuando iba á las dos, se empeñaba Enriqueta, secundada por doña Manolita, en que no me
fuese ya hasta la madrugada del siguiente día. pretensión á que yo me negaba resueltamente, sabiendo como
sabía que á las cinco había de ir El Padrino; y aunque
jamás estaba en la sala, por lo cual no tenía que esconderme, ni que moverme siquiera, me repugnaba coincidir allí, bajo el mismo techo, con aquel antipático personaje, á quien tanto aborrecía; mas ella, que no cejaba
en su empeño, un día se dió tales trazas y me entretuvo
y -me distrajo de tal suerte, que volando el tiempo, inadvertidamente para mí, se echó encima la hora de la cita
oficial, y de pronto hirieron mís oídos los tres consabidos campanillazos, en la forma que yo:de referencias conocía. Sentí honda y viva emoción, la sorpresa me fué muy
desagradable, y Enriqueta, satisfecha y sonriente, por haber conseguido su propósito, se dirigió á
la sala, seguida de doña Manolita. Yo permanecí en el gabinete
interior, donde me encontraba
presa de cruel ansiedad y de no
menos cruel incertidumbre. Tentado estuve de presentarme en
la sala y echarlo todo á rodar;
pero el temor de dar á Enriqueta
un tremendo disgusto, que tal vez
ocasionara la ruptura de nuestras relaciones, me contuvo.
¡Todo antes que concluir con ella!
Aquel hombre, que hasta inconscientemente era discreto y conciliador, aquel día sólo estuvo allí
diez minutos y dijo en alta voz,
que yo percibía claramente,
cuanto tenía que decir... Estaba
ocupadísimo, no podía detenerse,
le esperaba un amigo en la cervecería Inglesa, á las cinco y me-

Al llegar Luis á este punto de su relato, le interrumpió
Ramón en tono cariñoso:
-Eres de lo más original que he-conocido. No te atrevías á contarme esa historia por el temor de ponerte en
ridículo 1 ven todo eso no encuentro nada de particular.
Es una hi.storia sencilla, romántica, interesante y conmovedora; pero no veo por ninguna parte, ni aun en el
menor de sus detalles, ni la censurable debilidad.de_que
te acusas, ni la rareza de que me has hablado. !'l. 11:t.[i
-Lo raro, lo anómalo, lo excepcional viene ahora. La
debilidad no es de entonces, sino..,de estos~momentos.
Escúchame hasta el fin.
-Me maravillas. En las novelasv en los dramas, cuando muere la protagonista se acab~ la obra. Aquí, por lo
visto, sucede lo:contrario. Ahora:me interesa doblemente
te· pero, oye, Luis, «los duelos con pan sonfmenos, y la
vida hay que;"pasarla á tragos•; creo que.,debíamos.,tomar.otras ostras y:otras:'cañas.
, ..
_ ' .. ~~t:: ,~--:'
-Yo ahora no tomo nada; toma tn lo que qmeras. ,
Ramón llamó al camarero, pidió media docena~de os-

tras Y dos cañas de manzanilla, y se dispuso á escuchar
atentamente.
Luis encen_dió un nuevo cigarrillo y prosiguió:
-A_los vemte días de habt'r caído en cama y estando
ya he:1da de muerte, según el médico que la asistía, hubo
n~ces1dad de llamar á su madre, que residía, como ya he
dicho, en Jere~: La pobre anciana vino inmediatamente
al lado de su hiJa, desarrollándose una triste y conmovedora escena en el momento de su llegada.

d:ino Y abandonase á su hija en aquella tristísima situacrón. Su actitud era lógica después de todo
Enrique~a arrostró valientemente la situación. Sin
ambages ru rodeos ni ~ufemismos de ninguna clase, confesó toda la verdad; di¡o que mandaba en su casa y en su
persona; que su madre podía volverse al pueblo si lamo!estaban aquellas relaciones; que estaba resuelta á todo,
incluso á romper con El Padrino, antes que dejar de
verme, y que si yo desaparecía. ella se dejaría morir negá~dose á tomar todo alimento y toda medicina. Desp_u~s de una escena violentísima, la madre hubo de transigir: no tenía otro remedio.
Doña Manolita me contó la escena con todos sus deta~es; pero sin duda, para destruir su efecto, en su afán
mveterado de echar una de cal y otra de arena añadió
con la mayor naturalidad:
'
-Aseguro á usted que no acabo de entender á Enriqueta. Hoy le prefiere á usted s~bre todas las cosas, y
hasta.hace poco le ha estado enganando miserablemente
Quedé atónito; me zumbaban los oídos y al pronto n~
comprendí el sentido de aquellas palabras.
-:-¿Cómo? ... ¿Qué dice usted? ... ¿Que me ha engañado
Ennqueta? .. .
que usted oye. Le ha engañado á usted con el
vecrno que vivía aquí en el cuarto de al lado, que se mudó ~ace dos meses, para marcharse, según creo al extran3ero.
'
Quedé anonadado, mudo de asombro y de estupor y
de buena gana hubiera estrangulado á aquella muj~r
aun teniendo la prneba y la certeza de su delación...
'
-¿Le consta á usted... eso?
-Con toda evidencia.
-¿Y por qué no me lo dijo usted oportunamente a
su debido tiempo?
'
-Por evitar w1a desgracia. Estaba usted ciego loco
por esa mujer, habría usted provocado segurament~ una
cuestión con el vecino... y ¡Dios sabe Jo que hubiera pasado! ¿Debía yo Pº°;':_1" en ese tran_ce á un amigo á quien
qmero _com? á las runas de ll1lS o¡os? Y a dije á usted á
&gt; su deb11o tiempo que no se enamorase de Enriqueta y
que hic1~ra mutis después de una corta aventura. Con
estas mu¡eres no se puede hacer lo que usted ha hecho.
~oy recoge usted el fruto de su indisculpable imprudencia... y no puede llamarse á engaño.
Despué~ de esta cati~aria doña Manolita se separó
de mí_ radiante de alegria, con la satisfacción del deber
Era ~oña Antonia ~onzález, viuda de Sierra y madre
cumplido.
de Ennqueta, una mu¡er como de sesenta años bien conserv:ida, alta, enjuta de carnes, rubia comos~ hija y de
facciones corr;ctas y un. ta1;1to pronunciadas. A simple
VlSta se conocra que babia sido en sus tiempos una hermosa y arrogante mujer, y al cruzar con ella la palabra
notábase también en seguida, juntamente con un mar~
cadísimo acento andaluz, su falta de instrucción y de
cultura! echándose de ver al propio tiempo la malicia
c~mp_e sma, por una desconfianza invencible y una susp1cacra exagerada.
Examinando atentamente á la madre, comprendíase
claramente la posición equívoca de la hija.
Doña Manolita, que ya la conocía de haberla visto y
tratado en Madrid dos años antes con motivo de otra enfermeda~ de Enriqueta, me presentó á aquella señora
con el nusmo carácter que ya me conocía la vecindad
esto _es, como pariente suyo, al objeto de que yo pudier~
segu1r frecuentando la casa sin el menor inconveníente.
Fenómeno illexplicable: yo no la ahogué entre mis
Doña Antonia se tragó al parecer la píldora por el brazos.
~ronto! aunque noté desde luego que no le había sido
•*
simpático. ¡La suspicacia campesina! Bien pronto se
Después, analizando fríamente la conducta de dofia
puso al cabo de la calle. Al ver que yo ponía cuidadoso
Manolita, tenía que reconocer, á mi pesar, que me había
em_Peño en no coincidir allí jamás con El Pa,it-ino (persohecho un favor. Bécquer ha dicho:
na¡e á qwen nunca he visto) y al coger al vuelo algunas
palabras cambiadas rápidamente entre Enriqueta y yo.
&lt;,Cuando me 1o contaron sentí el frío
s?spechó la _verdad y tuvo con su hija y con doña Manode una hoja de acero en las entrañas·
li_ta_ una ~ena y fuerte explicación, concluyendo por exime apoyé contra el muro, y un inst~te
gtr_1mpenosamente la inmediata ruptura de nuestras rela conciencia perdí de dónde estaba.
lacrones. La buena mujer temía que se enterara El Pa-

--:-Lo

•

.................

-

••

4

.. . . . . . . ~

••••

..1

�Pasó la nube del dolor.. : con pena
logré b~lbucear breves palabr3:s... .
¿Quifa medió la noticia? Un fle~ atn1go.. :
¡Me _h acía un gran favor!. .. Le di las gracias.~
Parece pues que Jo indicado hubiera sido dar, por mi
· ' gracias
' á d oña .uano
u
lita; pero yo , menos· geneparte· las
roso que el ilustre poeta, ó acaso más conf?rme con
las leves de nuestra flaca naturaleza, cobre~ odio
profu~do á la tal señora. Verdad es que llov1a sobre

cierta responsabilidad moral al
acometer u.na empresa en la cual
llevaba todas las
de perder.
- Por usted

mojad_o.
..
- JHi ·
'
Aquella noche no pude conciliar el sueno.
pn.
roer pensamiento
fne, d esaparecer bruscamente
.
, pro.
curando en cuanto fuera posible olvidar tan desdichada aventura· pero esto me pareció .:ruel, so1:~e
todo en los mo~entos en que ella acababa de ren1r
una batalla con su madre por sostener nuestras rel_aciones. Después se me ocurrió la idea d~ despedirme atn1stosamente, pretextando la nece;idtd ~e u;eto,~ste;-"sa~ificio-me
viaje á mi país para urgentes asuntos
a;111~
ne 'dijo ral fin- ; es u11 ptfto
F.nriqueta estaba gravemente enferma; a ,1 eab ed~ v - tarde- pero yo haré cuanto
'
,
h O rrible y me parec1a co ar
,
'
1
no volvena á ver a era
,
pueda y cuanto sepa ... v
11 c·r
villano, ~ pesar de todo, aband?narla ;_~ :¿~:t:~ ~ ~
¿quién sabe? ... no hay que
cunstanc1as. Una fuerza snRenor :í
"-'· • • - ~
perder la esperanza... es
retenía al lado de aquella nm¡er.
ª •
re á
muv joven... tal YCz su
Yolda cien veces sobre el asunto, Y 1lcgaba sie:p d'
nat~iraleza
no sería el
la misma conclusión. Examinanrl.o un dí_a el
erco:
primer ~a•~ .. repito que
doña Manolita desde el comienzo &lt;le 1:11s re atc!Oll':Sper,
hav q-ue perder por
110
· ó s'1b1tamen e m1
·
1·¡
Enri queta, un ray? de luz nmm · t , R ciociné de
completo la esperan1.a.
samiento y abrí 1n1 corazón /i la esperan ª· ª
I· ,, ~Las medias palabras del
este modo:
ntos memédico indicaban clara-Esa mujer ha procurado siempre, po~ ~ 18 •
t y
mente el estado de la en.
a .1.mnqnerchó
ª
dios estuvieron
á su a ¡canee, molestarnos
.
ferma v lo que se pod'ta
.
á llll, á mí sobre todo. Habla de un vecino que se ~a . .
'
esperar...
al extranjero.
Imposible comprobar su aseve r a c1ón
. con
:ón
dl.cho su¡·eto y más imposible aún tener una exphcac1
*
' t ª .á las puer* *
de tal índole' con Enriqueta, hallá n d ose es
rJ.
I,a
madre
de Enriqueta
tas de la muerte ... Doña l\fanolita ha mentido. ha1~:~
me recibía fríamente, con
lum.niado cínicamente, procurándose-ante todo la
una rlispliccncia cTe no
completa impunidad.
.
,..,
r da
trataba de ocultar; hablay como lo que tnás conYenía :'t mt alma.,enamo :,t
ba conmigo lo menos poer a tomar por calumnia aquella tremenda acusac1tn.
sible, y no lrnda otra ro, a
busqué, Y eµcontré, toda clase de argumentos para "e
que soportarme, puesta en
gar á la eondusión que des~aba.
r. r
la terrible disyunth·a de
¡Doña l\[anólita ha me•,ttdo! ¡Qué feliddac1!
&lt;
abandonar á su hija enfer"'r!
lc.il
m a ó de transigir con mi
* **
enojosa presencia. TomÍ'
Sos echando yo que el médico que asistía á Enriqu~el partido de no darme
p
Hipócrates ni mucho menos y que habta
ta ~o erad u~ enfermedad incliqué la ecnveniencia de
por e11terado de aquella
eqmvoca o a
·
·t' 1 n robres
sorda hostilidad.
ue se celebrase una consulta, y hasta c1 e os o
fiYo iba siempre n las
de los doctores que debían componerla, e~tre ellos el de
ocho de la noche. 'A los poun ami o mío muy querido, en qmen tema Y.tengo una
cos minutos de haber llefe cieg!. Fué atendida mi indicación; celebrose la congado, doña Antonia y doulta
con efecto, mis sospechas no eran mf!111dadas
ña llfanolita se iban á ce·
~esgr·ariadamente; el métlico de cabecera no sab1a_lo que
nar al comedor y quedaba
traía entre manos h abía perdido un tiempo precioso, y
solo con la enferma como
acaso a no fuera tiempo de salvará la enferma, por ha~
cosa de una hora. Me senber si~o contraproducente cuanto había recetado. ::s1
taba á la cabecera del lese lo demostraron palmariamente sus sabios comp~necho y formulaba la oblios el hombre se marchó confuso y aturdido, pero hbre
rde toda
'y r esponsa1)1"lidad , con la música á otra parte ... tal
gada pregunta de todas
las nocl1es. Siempre rne
vez á seguir equivocándose.
decía que estaba mejor,
.
Es una suerte para los profesionales hechos '.1c la madesonriendo tristemente y como queriendo endulzar aquera
aquel médico que ciertos d elitos no esten c~mpreullas horas amargas.
.
didos en el Código penal, y es una ver dadera lástim~ ~ue
No, no estaba mejor; yo veía, por el contrano, los proe l C'ódigo adolezca de esas y de otras análogas dcflcrengresos de la terrible enfermedad y cómo aquella en~~ntadora mujer se iba lentamente demacrando y munencia~ vivas intancias é insistentes súplicas mías se encardose un poco cada día... Cuando me h ablaba de sus proó d la enferma el doctor que había llevado la voi canyectos para el porvenir, asociándome i todos ellos, me
fant: en la consulta y que á mi juicio era el más sab10
partía el corazón y tenia que hacer grandes esfuerzos para
de todos (siendo el más joven), sin que en ~ste convenco11tener las lágrimas...
.
cimient o que yo tenía entrase por na?a la ti~rn_a y can:
En aqu ellos momentos, oyendo á Ennqi:eta, me acorñosa amistad que le profesaba. Rabiase resistido á lll1
daba de la infame delación de doña Man,ohta, Y _me aft
deseo que era también el de Enriqueta y su madre, P?r
rraba tenaimente á la idea de que habla mentido. No
entender que habíamos acudido tarde y que contrata

t

1

(roce

ii

de

era posible que
aquella mujer angelical me hubiese engañado. :No
obstante, á mi
pesar y contra todo mi deseo, allú

tüicación por haber cuidado á E nriqueta hasta la llegada
de su madre. Doña l\fauolita me dió cuenta de aquella
generosidad,con el solo propósito de que yo correspondiese por mi parte, y correspondí, si no con la largueza
de El Padrino, porque yo no era rico, desgraciadamente,
con una no despreciable cantidad. F,n cuanto pescó los
cuartos, sabiendo que á Enriqueta le quedaban ya pocos
días de vida y que el filón estaba agotado, desapareció,
sin despedirse y sin cuidarse ya - ¿para qué?-de explicar ó justificar su ausencia.
'
~.. Si hubiera ~ecesida0. de simbolizar gráficamente la
maldad m~s refinada y la más refinada ingratitud, con
hacer un 1etrato al carbón de doña l\Ianolita, estaba conseguido el objeto.
::IIi situación.se hizo &lt;lificilísima en aquella casa. Doña
Antonia, la madre de Enriqueta, sabía la verdad; pero
la ¡;ortera y los Yecinos t enían que extrañar lógicamente mi asiduidad, habiendo desaparecido la persona objeto aparente de mis visitas; mas por nada del .lllllndo,
murmurasen ó no, hubiera dejado entonces de ir á ver
á Enriqueta.
Había que velará la enferma y yo la vel&amp;.ba todas las
noches. rnas veces me acompañaba doña Antonia, cuya
resistencia á sus años parecía increíble, y otras J uanita,
la doncella de Enriqueta, que en aquellas circunstancias se portó muy bien, demostrando Yerdadero cariño
á su señorita.
Bien porque agradeciera el interés que demostraba
yo por su hija, ó ya por la simpática atracción que inspira la comunidad de sentimientos, sobre todo si éstos
nacen de una profunrla tristeza, es lo cierto que la madre
de F.nriqueta modificó ostcnsib!ement,, su actitud para
conmigo, llegando hasta e l punto de tratarme, si no con
cariño, c-on amistosa consideración.
T'na uod1e, á poco de llega;r yo, me llamó aparte y me
dijo, procurando emplear el tono más dulce y cariñoso:
-Don I,uis... espero á El Pndríno .á las diez. ¿Quiere
usted que lo presente á ese señor como aruigo ó pariente
mío, y así no tiene usted necesidad de marcharse?
l\Ie apresuré á contestar:
-No, no, señora; muchas gracias. l\Je be propuesto
no conocer á ese señor. l\Je iré á las diez menos cuarto,
esperaré en la calte, y cuando lo vea salir volveré.
-En ese caso, mejor será que se esconda usted en el
gabinete interior cuando él venga; llama de un modo
particular. y jamás pasa de la sala y de la alcoba de la en
ferma.
Accedí desde luego; oí por segunda vez los tres
campaniltazos á las diez en punto, y me oculté en el ga·
binete interior.
¡Qué tristes consideraciones, qué amargos recuerdos
se agolpaban á mi memoria!. .. ¡Qué lejos estaba el día
en que también hube de permanecer oculto en aquella
misma habitación 1nientras El Padrino bacía su visita
oficial, y cómo habían cambiado los tiempos!. ..
Como en la otra ocasí6n, El Padrino estuvo allí escasamente un cuarto de hora, y de la propia manera habló
alto y en el mismo tono tranquilo é indiferente. Casi vino
á decir to misn'io. Después de informarse del estado de
la enferma, agregó que estaba ocnpadísimo,.que le esperaba un amigo para un asunto de interés, que sentía
marcharse tan pronto ... etc., etc.
Y se marchó.
Era un hombre perfectamente equilibrado y metódico

l!n et foudo'.dc mi pensamient o tomaba cuerpo la calum nia. surgía Ja duda y me
atormentaba el pu!17ante dolor de los celos, de unos celos &lt;'rueles que ni siquiera
podía manifestar . porque ...
¿cómo pedir á Enriqueta '.lll3
e:xpli cación en tal sentido,
hallándose en aquel estado?
Hacía frecuentes y rápidos
viajes de la confianza á la
du&lt;la de la e~peranza á la
desil~sión, sin saber por último á qué carta quedarme ni
qué partido toma r. ¡Cuán
cierto es que los hombres se
rngañan m/is veces á sí
pios que á tos demás! La ~1abótica máxima «Calnm 111 a,
que algo queda&gt;&gt;,Se cumplía en
mí con rigurosa exactitud ...
En esfa letal incertidumbre
pasé dos meses, al cabo de los
cuaks el médico, mi amigo,
me hizo concebir alguna esperanza diciéndome que acaso si no había nuevas complicaciones, podría salvar á
la enferma. J,a idea ele que
Enriqueta pudiera recobrar
la salud r eanimaba mi espÍ·
ritu. lleYando á mi pensamrento id e as consoladoras.
Cuando esté 'buena- pensaba-', proYocaré una expli•
cación delante de doña l\1anolita · si resulta que es ,·erdad 1~ que ésta me ha dicho,
me apartaré para siempre de
Enriqueta, ann cuan&lt;lo separarme de ella hubiera de
costarme la Yida; pero si,
como creo, ha im•entado una
calumnia, haré)!sentir át:esa despreciable mujer todo
el peso de mi justa indignación.
.
Desgraciadamente, la tímida profecía del médico no
*•
pasó de un buen deseo; surgieron las complicaciones que
~Ramón, que al principio había escuchado á Luis ton
se temían, y el est ado de la enferma llegó á ser por torlo
ciérta indiferencia, oíale ya con vivo interés y atención
extremo alarmante.
profunda, sin hacer caso de las dos últimas ostras y de
la postrera caña de manzanilla, hecho en verdad digno
***
de notarse.
Llegó e l día del santo de doña Manolita, y El Padrino,
fiiLuis encendió un nuevo cigarro y prosiguió:
hombre espléndido y generoso, que hacía las cosas en
ffl{- Dos ó tres días antes de la muerte de Enriqueta, ya
grande y de manera delicada, hizo á la tal señora, para
fué totalmente imposible mi presencia en aquella casa.
que ésta se comprase lo que fuera de su gusto, un buen
El Padrino y algunos parientes lejanos de la enferma
regalo en metálic-o. En realidad aquel r egalo era una grase inst_alaton allí para esperar los acontecimientos, y yo,

prn-

•

�que sólo era pariente de doña Manolita, habie~do ésta
desaparecido, nada te,na q1,e hacer en aquel íntimo cónclave ...
Ante la evidencia de la próxima muerte de mí amada,
estuve tentado de echar por la C"allc de en medio y presentarme en aquella casa, si?t
ningú,i titulo para ello, y
armar el escándalo con~iguiente, á trueque de permanecer á su lado y tener
-,~
el triste consuelo de recoger su última palabra y
~
cerrar sus ojos. . . Pero
pronto abandoné tan loca
idea, por no dar tan tremendo disgusto, en tal situación, á una mujer que
tanto había querido, que
tan penoso~ saC"rificios había realizado por mí y que
tan degamente a 111 a b a
desde que la habían calumniado á las puertas de
la muerte...
,
En tan desesperada si- ;
tuadón, ocurrióseme una
idea descabellada, q u e
quise, no obstante, poner
en práctica inmediatamente: ¡recurrir á doña ~fanolita!. .. tener con e-lla una
explic-nción amistosa y pedirle, suplicarle, si necesario
era, qut' v'.llviese á casa de Enriqueta, en c-uyo caso
podría yo continuar ,·iéndola sin extrañeza de nadie·
Estaba seguro de convencerla, empleando en último
extremo el argume11to capital del regalo en efectwQ.
Hasta estaba resuelto á conocer personalmente á Fl Padrino hecho inaudito al que siempre me había opuesto
tena;mente. Quería apurar todos las medios.
Mucho me repugnaba volver á cruzar mi palabra con
doña ~!anolita; pero no había otro remcclio ni quedaba
otro recurso, y á la calle de la Madera Alta me encaminé
sin perder momento. ¡Cuántos recuerdos desp~rtaba ~n
mi memoria aquella calle y la casa y la buhardilla haC'la
dondemedirigía!. .. Al penetraren el portal, salióm _al
7
paso la portera, una chula de rompe y ra~ga, y me dtJ&lt;_&gt;:
--Si busca 1,sté á la señá Manurla, no se canS&lt;.' en subir
la escalera. F,l pájaro, digo... la pájara, ha i-olao. Ya no
vive aquí ni ha defao las señas de su nue,·o domu,lio, que
put· que se, un hotel de la Castellana. Ahora, está rn mdales y se marchó diciendo que una señora como ella no debe
vivir en una inde&lt;'ente guardilla. ¡Adiós, título! ¡Miá q~e
indecente la guardilla!.. ¡,11iá qm.• ella señora! ... tanto _tié
la guardilla de indecente como la s~11á :Ma_nu~la de ~nora ... ¡Señora!. .. Yaya usted con Dios, senonto Luis, y
y que haiga salud.
_
.
No quedaba ninguna esperanza; dona Manohta, con
nuestro dinero había mejorado de vivienda, y no era empresa fflcil dar con ella.
Acostumbrado I¡ los profundos dolores y á los ¡,-andes
sacrificios me resigné á no voln:r á \'er II Enriqueta, recordando '10s ama~gos versos de un po&lt;.'ta, que ha dicho.

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•Yo aprendí después de verlo,
que en este mundo afanoso,
basta para ser dichoso
con resignarse á no serlo.•
1
• Dicha menguada por no decir negativa, la que pue'
,. no ser e1·1ch oso 1..
de ofrecer esa resignación'
¡Resignarse"
Para evitar la imprudencia que podía cometer la enferma preguntando por mí al notar mi ausencia, pregunta que podía formular en presencia d_e las personas
que rodeaban su lecho, mi amigo el méd1c-o se encargó
de decirla en un momento en que estuvo solo con ella.
que yo había recibid~ un ~&lt;'legrall1:a _urgentísimo ~e mi
pals' para el cual hab1a sahdo precrp1tadamentc, sw te-

'\

ner tiempo de despedirme de ella ni de nadie, y que esta
rfa de vuelta al cabo de cuatro ó cinco días.
Dos gruesas lágrimas brotaron de sus ojos al oir esta
noticia, y dijo tristemente y con voz alterada y algo borrosa:
-Cuatro ó cinc-o días... á ver si para entonces estoy
ya mejor.
.
¡;:.!&lt;'jor!. .. Antes del plazo fijado por ella entró la infe,
liz en el descanso eterno ...

•
••
Yo iba á casa del médico dos veces al día, á la una de
la tarde y á las nueve de la noche, á informarme del estado de Enriqueta, que siempre era desesperado...
Al tercer día de mi fingido viaje no encontré al médico
en su casa por la larde ni por la noche, creciendo con tal
motivo la horrible ansiedad que me consumía. Lo busqué inútilmente por cafés, teatros y otros sitios adonde solía concurrir... y nada! Pareda que se lo había tragado la tierra.
Cerca de las dos de la madrugada, cansado m{ls de espíritu que de cuerpo, vivamente inquieto y profundamente angustiado, me retiré á mi domicilio. i::obre mi
mesilla de noche encontré una carta cuya letra reconocí al momento: era del médico, y al contacto de aquel papel honda emoción embargó rni ánimo, se me heló la
sangre y estuve {¡ punto de sufrir un desvanecimiento.
Con mano trémula rompí el sobre y leí lo siguiente:
•~li querido Luis: Esta mañana se agravó Enriqueta
extraordinariamente. Nada ha bastado para contener
la marcha destructora de su enfermedad: ni el interés
que me inspiraba la muy querida amistacl de usted, ni la
angust.ioM situación de nuestra bella y simpática enfer-

ma, qüeesta tar.
de á las dos ha
entregado su alma á Dios. Tomo
grandísima parte
en el dolor que á
usted afligt' en estos momentos, y
le deseo resignación cristiana.
Su afectísimo,
Antonio.•
La muerte de
Enriqueta estaba
por nú descontada desde muchos
días antes; la esperaba, me la ha\
;;eJ bía anunciado el
médico repetidas
veces, y sin embargo, la lectura de aquella carta me
causó el efecto de un rayo:que hubieS(' caído á mis pies...
Si he de expresar lo que senti aquella noche, he de copiar nuevamente á mí poeta favorito, al delicadísimo
Bécquer, cuando dice:

1,2•

•Dejé la luz á un lado, y en el bord!'
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz, y en mis balcones
reía el sol.
No sé tampoco en tan terribles horas
en qué pensaba 6 qué pasó por mí;
sólo reuerdo que lloré y maldije.
y que en aquella noche envejed.•
Indudablemente esos versos fueron escritos para pintar una situación análoga á la mía ...

.

..•

Pensando como era lógico que aquel Padrino, con
quien no querla encontrarme, iría al entierro, y deseando
al propio tiempo ir yo también, para rendir el último
tributo de mi cariño á la
memoria del ser adorado,
entablóse·nueva y dolorosa
lucha en mi agitado espíritu.
No me sentía con fuerzas
para el nuevo sacrificio¡era ya demasiado!-y re.
solví asistir al entierro.
¿Que había de encontrarme forzosamente con El
Padrino al pie de la sepultura de Enriqueta y que tal
encuentro me sería muy
desagradable? Desde luego;
pero ¿qué remedio había?
Afrontaría la situación. l\Iás
desagradable, más penoso,
más imposible era renundar
al cumplimiento del que yo
consideraba deber sagrado
é ineludible.
¿Y si El Padrino tenía
la audacia de preguntarme
quién era yo y con qué derecho asistía á aquel acto? En
ese caso, le haría yo la mis.
ma pregunta y acaso le demostrara que me asistía me.
jor derecho que áél. Al llegar

á este punto de mis reflexiones, no pude por menos que
sonreir con triste y dolorosa ironla. ¿Qué había de preguntarme el hombre correcto y pr11de11te de los tres campanillazos? Mi temor era tan infundado como pueril.
Para reforzar mí derecho á acompañar el cadá\·er de
mí amada, en las primeras horas de aquel día envié, con
un criado de confianza, una carta á doña Antonia, incluyendo en la misma la C"antidad que juzgué necesaria para
un entierro decoroso y una sepultura á perpetuidad, rogando encarecidamente á dicha señora que; emplease
aquel dinero en tales fines y que tuviera la bondad de
enyiarme á decir á qué hora se verificarla el entierro.
Volvió el criado y me notificó que el entierro era á las
dos de la tarde. Cuanto á /o demás, la señora le habla encargado me dijese que me estaba muy agradecida y que
procuraría complarerme.
¡Que lo prornrarla! ¿Por qué no afirmaba que me complacería desde luego? ¿Qué obstáculo existia? ¿Quién podía oponerse á mi justo deseo? El Padrino sin duda, el
hombre prndente y Precavido, que haría gala una vez más
de su generosidad, haciendo, como siempre, ostentación
de su riqueza. ¡Siempre El Padrfoo!

•••
Poco antes de la hora señalada tomé un coche de punto y &lt;.'ncargué al cochero que fuera á situarse en la esquina de la calle donde estaba enclavada la casa mortuo
ria. Ya estaba allí la carroza que había de c-onduc-ir el
féretro, y en seguida eché de ver que doña Antonia no
había podido complacerme. Aquella carroza no correspondía al entierro decoroso que yo habla propuesto: era
la más lujosa, y, por consiguiente, la más C"ara que pudiera encontrarse. Aquella carroza era ,·h·a muestra de
la fastuosidad de El Padti110. ¡Me sentía humillado!
,Siempre E! Padri110/...
Por una terquedad senil, que resultaba irónica y satf.
rica, aquel hombre se había empeñado, desde tiempo
atrás, en economizar mi dinero, prodigando el suyo en
todo aquello que lógicamente era de mi obligación.
Poco después de llegar yo, llegó una rica y elegante
berlina que se paró junto á la carroza mortuoria .
-Ahí sin duda está El Padrino-pensé. Y no qnise
salir de mi modesto pesetero.

�Baja1'0n el ataúd, que era riquísimo sobre toda ponderación, y la carroza y la berlina se pusieron en marcha.
En uno de los balcones estaba Juanita, la doncella de
Enriqueta, llorando amargamente. Y? dije ~ mi cochero:
-Sigue á esa berlina á prudente distancia.
Iba pensando:
-Ahora ya no hay remedio; In voy á ver ... ¿Qué traza,
qué aspecto tendrá ese hombre' singularísimo? ¿Qué efecto me producirá? Pronto saldré de dudas.
Al atr,, , ; l • , principales calles, noté que el fúnebre
cortejo llamaba la atención de los transeuntes y excitaba
su curiosidad. El caso no era para 1nenos, al ver una carroza de todo lujo, sobre la cual descansaba un ataúd no
menos lujoso, seguida únicamente por dos c?c_hes, uno
de los cuales, el que yo ocupaba, de modestistma apariencia.
-Debe ser algím•personaje extranjero-oí murmurar
cerca de mi .coche.
-Si es difunta y se llamaba Soledad, va bien servida-agregó un pollo elegante, de esos que persiguen la
frase con ensañamiento.
-Ahí sobran caba,llos y faltan peones-concluyó un
tercero, que debía de ser aficionado al ajedrez.
Realmente no se explicaba aquella riqueza de
la carroza mortuoria con
la pobreza del acompañamiento.
Al llegar al cementerio
el corazón me lat:a c, ,n
violencia. ¡Iba á ver, :í conocer á aquel Padrino misterioso, especie de esfinge,
que tanto me había preocupado durante un año!..
Aquella idea casi borró de
mi pensamiento por un
in~tante el móvil que allí
me conducía...
Antes deque parase la
berlina hice parar mi coche, del · cual descendí r:ípidamente. Paró á ·s u vez
la berlina, y con asombro,
con estupor, vi salir de
dicho carruaje un hombre
joven, decente, pero llana:itente ve~tido, de aspecto
vulgar y completamente
afeitado. Aquel hombre
no era El Padrino. ¿Quién
era aquel hombre? t;na idea sinie~tra cruzó como
abras¡¡,dor relámpago por mi atormentado cerebro, y
una ola de sangre pasó ante mis ojos. ¿f;ería aquel hombre el vecino de quien me había habhdo doña Manolita? ~¡ era /!l . . ¡que Dios tuviera piedad de uno de los
do.,!. .. Tanta fué mi impaciencia, tan grande mi ansiedad
y tan angustiosa mi incertidumbre, que sin reflexionar
que acaso cometía una grave imprudencia y que podía
equivorarme en mi sospecha temeraria, me acerqué al
desconocido y le hablé en lo-, términos siguientes:
-Caballero... perdone usted si por acaso cometo una
indiscreci6n; pero ... desearía saber... si mi curiosidad no
le molesta... si es usted amigo A pariente de... de...
En los gruesos labios de aquél hombre se dibujó una
sonrisa bonachona y contest-'i, amablemente y sin vacilar:
-Ni pariente ni amigo. Yo soy el ayuda de cámara
del señor de M . El Padrino, como le llamaba la difunta'
y he venido al entierro por orden suya y en su repre~entación ..
Con qué satisfacción respiré ante la ingenua sencillez
de aquel honrado funcionario del orden doméstico!
-:Muchas gracias y usted perdone mi curiosidad- le.
dije apartándome de su lado.

En esto llegaron unos hombres, tomaron la caja y se
internaron con ella en el cementerio. Kosotros seguimos
silenciosamente al fúnebre cortejo.
Me asombró y--¿por qué no decirlo?-me contrarió
la ausencia de rl Padrino. Antes temía encontrarme allí
con él, y luego, al no verle y al saber que había enviado
una delegación para que. le representase en acto de tal
naturaleza, sentía cierta sorda irritación contra él...
¿Qué clase de hombre era aquel Padrino, tan discreto,
tan. tolerante, tan gen¡!roso en ,·ida de Enriqueta, que
ahora confiaba la custodia de los despojos de la mujer
que tanto había querido. á su ayuda de cámara? ...
Discurriendo de es.te modo, me acerqué nuevamente
:í. aque~ hombre y le pregunté con mal disimulada ironía:
, -¿Y cómo el señor de :11.. ese I'adrino generoso y desinteresado, que tanto debía querer á su ahijada no ha
venido al entierro?
-Le ha sido completamente imposible.
-¿Está tal vez enfermo á con~ecuencia del dolor sufrido por la muerte de esa pobre joven?-vol,·í á_preguntar ron más acentuada ironía.
-No, señor. A flios gracias, goza de e:,.~dente salud
y se conse,va muy bien. Ko ha podido venir, sintiéndolo

mucho, porque está·-ocupadísimo. Esta matiana :í. las
diez íué á la casa niortuoria á rlisponer el entierro, ~ las
once ha tenido que ir al Picadero·á presenciar la prueba
de un magnífico tronco inglés que ha de llamar !a atención, y á las dos. precisamente á la hora del entierro. lo
esperaban en el hotel di' la marquesa de la Tramontana
¡;ara ultimar los detalles del baile hen~/ico que ha de verificarse uno de estos días. ¡Qué acth·idad la suya'. No
descansa 1111 m0111ento. A no ser por tan urgentes ocupa·
ciones, seguramente hubiera yenido, porque distin ,•u ía
mucho á esa pobre muchacha, como lo prueba el lujo
desplegado en el entierro. V á propósito, ¿es usted el
pariente de doña Antonia que ha enYiado esta mañana
á dicha señora una modest1&gt; cantidad para el entierro? ..
-"L señor; yo soy ese ... pariente, y me extraña que
no se baya accedido á mi deseo ... con la 111ode~ta cantidad
queendé .
- Se ha accedido e11 p~rte.
--¿C'ómo?
- El señor, qne es muy bueno y muy conciliador y
muy transigente, buscó una fórmula. Primero se negó
en redondo, alegando que aquella cantidad era insuficiente para un entierro digno, y que donde él está no paga nadie mas que él. Después reflexionó un mome'nto y

dijo: ~Transijamos: yo pagaré la carroza, que esta encargada y es la mejor que hay en Madrid y el ataúd, y que
ese caballero pague la sepultura.• Y así se acordó. Con el
dinero de usted se ha pagado una sepultura de primera
á perpetuidad.
Causóme tan inesperada noticia profunda y viva satisfacción. La carroza desaparecía concluido el entierro
para reaparecer periódicamente al servicio de otras vanidades, y ella, Enriqueta, la mujer adorable y por mí
adorada, aquel cuerpo divino que por tan breve espacio
revistió humana forma, tendría ya para siempre
~lejos del mtmdanal ruido-,
procurado por mí ¡mío! al cual podría yo ir á visitarla
libremente, á todas horas, á la luz del día, como el que
va á su propia morada, sin el cobarde recelo de oir impensadamente los tres campanillazos! ...
Tal fué mi emoción, que estreché efusivamente lamano de aquel hombre, diciéndole:
-Tenga usted la bondad de dar en mi nombre las gracias á ese señor.
-De su parte. ¿Qué nombre le digo?
-El nombre no hace al caso: el pariente de doña Antonia.
Habíamos llegado con la fúnebre comitiva al borde
de la sepultura de Enriqueta, de_mi sepultura, gracias
al espíritu transigente de El Padrino. Pnsieron la caja
en el suelo y mandé desclavar la tapa. ¡Quería verla
por última vez!
Sencillamente amortajada con hábito del Carmen y
casi cubierta de flores, apareció la adorada muerta. Clavé ávidamente la mirada en aquellos queridos despojos
y un mtmdo de recuerdos surgió en mi memoria... Creyérase dormida por la dulce serenidad de su pálido semblante... Estaba más bella qne nunca;
da muerte fué tan piadosa,
que no quiso destruir los encantos de tan angelical criatura ... El mismo gesto de bondad, qne fué su principal
atractivo, la misma ingenua expresión de su boca, en cuyos labios parecia vagar una leve sonrisa, como dándome gracias por haberla librado á última hora de la tutela
y dependencia de El Padrino, ofreciéndola aquella tranquila estancia.
&lt;,de los últimos amores...~
Yo permanecía inmóvil y aquella gente se impacientaba.
-Basta... es demasiado ...-me dijo tímidamente mi
acompañante. Y mandó cnbrir nuevamente la caja.
Los martillazos al clavar la tapa me sacaron de mi es-

/"

tupor y resonaron en mis oídos como ecos dolorosos de
funeral campana que anunciaran el fin del Universo...
Descendió el féretro, sujeto con unas cuerdas, al fondo
de la sepultura, y al chocar sobre el mismo la primera paletada de tierra, produciendo un ruido seco y estridente
sufrieron mis nervios tal sacudida, fué tan agudo t a~
intenso el dolor que sentí, que estuve á punto de ca~r en
tierra ..
Terminada la operación de llenar aquel hueco
tLa piqueta al hombro,
el sepulturero
cantando entre dientes
se perdió á lo lejos.•
Yo permanecía quieto y como alelado ...
Mi acompañante repitió:
-Basta ... es demasiado ...
Me cogió del brazo, y casi a viva fuerza me sacó de
allí.
Yo me alejé pensando:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!...

** *
Luis guardó silencio y apoyó la cabeza entre las manos, como abismado en tristes y dolorosos recuerdos.
Ramón, que había escuchado con suma atención, in•
teresándole vivamente aquella historia, tomó la palabra
y dijo en tono cariñoso:
-Vuelvo á repetir, concluída esa historia-y ahora
ya la doy por rematada, porque en la muerte todo concluye-, que no veo por ninguna parte ni la rareza ni la
debilidad de que hablaste al principio.
-Y yo vuelvo á decirte que me escuches hasta el fin,
porque no terminó mi calvario, como supo:qes, con la
muerte de Enriqueta.
-¿No? ¿Hay epílogo? Pero ..• ¿qué pudo pasar más de
lo que ya ha había pasado, faltando el personaje principal? En fin ... sigue tu narración: ahora !lle interesa más
que antes y no volveré á interrumpirte.
-Ya te he dicho que la infame condncta de doña Manolita, coronada con su última escapatoria, me autorizaba á creer que había calumniado á Enriqueta al contarme aquella aventura del vecino, cuando éste había
desaparecido y yo no podía humanamente pedir explicaciones /\ la snpuesta culpable.
Analizando la conduc-ta de Enriqneta en sus relacio;nes
conmigo, me afirmaba en la idea con~oladora de que me
había sido fiel. Contra la predicción de doña Manolita,
de que aquella muier me iba á costar mucho dinero y á
causarme muchos disgustos, estaba el probado desinterés de Enriqueta y su ternura inagotable. Me costó el dinero que yo
qnise gastarme con ella en obsequios
y superfluidades, bastante poco, por
cierto, y en lo tocante á disgustos,
sólo sufrí los que me proporcionó la
propia doña Manolita, y ya quedan
referidos.
Si siempre se había negado á
aceptar dinero mío, y por consiguiente, ningún provecho material
obtenía de nuestras relaciones, tenía
derecho :í creer, sin pecar de fatuo,
que me quería por mí mismo, desinteresadamente, de verdad y sin
mira egoísta de ninguna clase. Siendo esto así. ¿con qué objeto, á qué
fin engañarme? No era lógiro, no
podía ser, no me había engañado.
Firme en esta creencia, guardaba en
mi corazón y en mi pensamientodescontadas las amarguras que me
ocasionaron su larga enfermedad y
su triste fin-un recuerdo agradable

�y profundo de aquella inforttmada mujer. A los tres
meses de su muerte, conservaba su recuerdo tan vivo
como el primer día. Tan honda me había caído, que no había medio de restarla de mi existencia.
Con la misma tenacidad recordaba la calumnia de
doña Manolita, la analizaba de mil diversos modos, y
siempre llegaba al convencimiento de que Enriqueta era
inocente y de que siéndolo, yo estaba en el deber de rehabilitar su memoria, buscar las pruebas de su inocencia v con ellas confundir y anonadar á la calumniadora.
¿Pe~o cómo realizar este generoso propósito? Nada más
fácil- pensé-. Buscar á Juanita, la doncell~ de Enriqueta, é interrogarla con maña acerca del !?articular. Yo
la había gratificado frecuentemente con eterta largueza
y estaba seguro de que me diría la verdad; mas ¿dónde
encontrará Juanita?
En el cuarto que habitó Enriqueta vivía á la sazón un
afamado modisto, y la portera no sabía nada de la ~uchacha que yo perseguía. Recorrí en poco~ días vanas
agencias de sirvientes sin resultado satishctorio, y cuanto más lejos veía la posibilidad de encontrar la persona
que buscaba, más vivo era mi deseo de lograr el fin que
me había propuesto.
No negaré que mi deseo tenía alg?, y ann mucho,. de
contradictorio y de pueril. Porque s1 estaba convenci~o
de la inocencia de Enriqueta. ¿á qul- tomarme el t~a~aJo
inútil de averiguar Jo que ya sabía? Una contradicción.
¿Para confundirá doña Manolita? Una puerilidad.
Me hacía este lógico razonamiento, y sin saber por qué
persistía tenazmente en mi propósito de interrogar á
Juanita sobre tan espinosa materia.

Y era que, á pesar de los pesares, no quería confesarme
á mí propio que no estaba tan convencido como aparentaba de la fidelidad de aquella mujer ...

•••

Como todo llega, llegó delia en que sin buscarla, por
obra de la c-asualidad de la fatalidad, diré mejor, m e encontré á Juanita de ~anos á boca en una call~ solitaria.
¡Vi el cielo abierto!. .. Rlla por su parte, también se alegró mucho ele verme, me dijo que babia sabido oportu-

namente lo de mi viaje, en el cual no había creído doñ_a
Antonia, y me habló de lo~ últimos momentcs de Ennqueta en los términos siguientes:
-¡Pobre señorita! ¡tau ¡oven, t_an g1;1apa, t'.111 buena...
y morirse tan pronto!. .. La ag?°.1ª ft'.e larga, pero
servó el conocimiento hasta el último mstante, Y la última palabra que pron_uució !ué el nom~re te usted.
-¿De veras, Juamta? ¿No me enganas.
.
-¿A santo de qué? Ya sabe usted que yo,1101111ento.
-¿Y estaba allí El Padrino? ¿La oyó?
-La debió de oir, como la oímos todos.
- ¿Y qué dijo?
.
-Nada. ¡Qué hahía de decir! Como s1 tal cos~. Ya sabe
usted lo prudente que era. La se_ñ orita _lo quena á usted
con locura· bien lo sabe usted. Bien satisfecho puede usted estar de que lo ha querido más que á ?_adie.. .
Y adujo innumerables pruebas del canno que me había profesado su señorita.
.
.
Cualquiera en mi caso-~o s1~ndo u_n m_sensato-ha
bría desistido de toda eno¡osa mvest1gac16n, dá~dose
por satisfecho y considerándose feliz en las, revelaciones
de Juanita. Yo por el contrario, encontre en aquellas
halagadoras paÍabras el argumento de?siv? para tocar
sin miedo tan delicado punto. Y digo sm m1e&lt;lo, porque
á las muchas pruebas que poseía del amor de Enn_queta,
podia agregar las muy expresivas q~e acababa de oir, que
eran sin duda por su número y calidad, las más c?ncluycntes. Una mujer que me había consagrado ~u nl_ttmo
pensatniento, como deseando penetrar en ~1 nusteno de
lo eterno con la idea de mi amor, para que este fuese perdurable, no podía haberme engañado. Siemp~e y por todos los caminos llegaba á la trusma conclusión. Gallardamente apoyado en mi idea ~~ja, hablé de este modo:
-Pues esa mujer tan carmos~, tan buena,_ tan leal,
que tanto y tan de veras me que.na ... ha sido vil _Y groseramente calumniada. Me han dicho que un vecmo, que
vivía en el cuarto de al lado ...
Aquí me atajó la palabra Juanita, diciendo con sencilla ingenuidad:
-En eso no la han calumniado.
-¿Eh? ¿Cómo?
- Lo del vecino es verdad.
Quedé petrificado. P.n aqu~I momento hubiera querido que la tierra se ~briese_~ mis pies para sepu!tarme con
mi despecho y m1 verguenza, en el más msondable
abismo.
J nanita prosiguió:
_
.
-Eso se lo habrá dicho á usted dona Uanohta. ¡Buena pájara!. .. Lo que no le ha~rá dir~o seguramente es
qne ella, comprada por el vecmo, f~e. ;1men 111czt6 á la
señorita /, cometer aquella locura, d1c1endole que usted
tenía relaciones con una cómica y que debía pagar el engaño en la misma moneda. Ella fué crédula, se arrebató
y por vengarse ... Aquello fu_é una ventolera ... Sólo dos
noches entró el vecmo despues de haberse usted marchado, y fué doña :IIanolita quien le abrió la puerta. DesJ?ués,
cru¡ y raya. La señorita era muy buena, muy s1mpntica...
pero . . ¡vamos! era asi ... en 1;1n pronto: .. Y eso no se puede remediar. A usted lo quena con dchno, más que á mngrmn, eso lo sé yo y puede usted creerlo¡ pero... ¡vamos!
era así ...
Creo que J nanita dijo algo mAs qne 1_10 recuer~o, como
no recuerdo tampoco la forma en que me desped1 de ella,
ni si la dí alguna gratificación por el favor que acababa
1
de hace rme...
S61o recuerdo que al poco rato me encontraba muy
distante del lugar de aquella escena y que repetía con
insistencia:
- ¡Era así! .. ¡Ern asU ¡Y eso uo se puede remediar!. ..

:º~-

**•
y aquí entra lo anómalo, lo raro de esta historia; lo
que yo llamo mi censurable y riclicula dehilidad.
.
- ;Gracias á Dios qne al fin llegamos al punto culm111ante' Soy todo oídos.
· · --, -

-l'ilientras creí que habían calumniado á Enriqu~' su recuertado, aunque triste, como lo es siempre el del
bien perdido, era al propio tiempo agradable y consolador. J,a muerte, contr a la cual no hay posible rebeldía,
me había arrebatac1o á la mujer amada; pero aquella
mujer, joven y hermosa, generosa y sensible, simpática
y desinteresada, había sido núa, mía exclusivamente
durante un año, no sólo en lo tocante al riquísimo y codiciado tesoro de su cuerpo, sino también-y esto era
lo más esencial-en lo que se refería á la espiritualidad
de su ser. ¡Yo, yo solo había reinado-en su corazón ...
Ahora, cuando ya la duda no es posible, ante la des~arnada y brusca realidad de su impremeditada é incomprensible traición, plenamente demostrada, en vez
de odiar su memoria, como fuera natural y lógico, procurando olvidar tan desdichada aventura, su recuerdo es
más vivo, más punzante ... ¡y más amado!..
Creo sinceramente la ingenua declaración de Juanita;
pero creo también que he cometido una indignidad y una
profanación al remover, airado, los huesos de la pobre
muerta, en busca de delitos, faltas ó pecados que habían
prescrito en lo humano-que no hay juez en la tierra que
traspase los limites del sepulcro-y que acaso la justicia
divina habría ya juzgado y perdonado ...
Sobre todo, ¿con qué derecho removía yo aquellas cenizas? ¿Era mi mujer? ¿Había ddo siquiera una de esas
queridas que arruinan á sus amantes?
El hombre que recibe de una mujer los favores que yo
recibí de aquella iiúeliz Enriqueta, debe ser más benéYOlo, más generoso, más agradecido y pagar de otro modo tales favores.
Comparo mi conducta con la de El Padrino, á quien
había intentado ridiculirar más de u:;ia Yez, y me consided~ro muy inferior en todos ronceptos á dicho personaje
y bastante más ridículo que él. El, que tenía indiscutible
derecho á fiscalizar los actos de Enriqueta, porque lapagaba espléndidamente, no sólo no la vigiló jamás, sino
que la dejó en libertad completa para que procediese á
su antojo, llevando su tolerancia hasta el extremo inconcebible de poner á aquella mujer al abrigo de toda sorpresa por parte suya, mediante los tres famosos c-ampauillazos, su falta de curiosidad por conocer las inleric•ridades de la casa, sus recados pre1·io.; y la brevedad de sus
visitas. Yo, por el contrario, sin poder alegar sus derechos y aprovechándome de su tolerancia y de su generosidad para eugaiíarle, había llevado mi irracional ¡. injustificada desconfianza hasta el punto de Yigilar, para descubrir s.us faltas y encontrar sus debilidades, á aquella
mujer, que pagaba El Padrino para mi delicia, llevando
la crueldad de investigación más allá del sepulcro, cuando ya había pagado con sn vida el derecho al eterno descanso ...
Pens:indo estas rosas me desprecio á mí mismo, el despecho atiranta mis nervios y la memoria de aquella mujer, m(ls vive ahora que antes, es mi obsesión de todos
los días, mi martirio de todos los momentos, mi remordi,niento perdurable...
Confieso con rubor que amo su memoria después de conocida su falta, con más intensidad que nunca, y pienso
con espanto que si esa mujer viviese sería capaz de perdonarla, á trueque de segtúr amándola y de que ella continuase dispensándome sus favores ...
Dime ahora, querido Ramóu, imparcialmente, con la
sinceridad que debes á mi amistad probada, si esta crisis
de mi espíritu no acusa uua censurable debilidad que
pugna con la moral corriente y que me pondría en ridículo ante cualquiera que no fuese tau indulgente
como tú.
~uis guardó silencio, como esperando la respuesta de su
amigo, y éste, después de meditar unos momentos, dijo
con la mayor naturalidad y como si ya tuviera resuelta
la cuestión:
- Los acontecimientos que acabas de referirme constituyen una interesante novela romántica, tu nm·elacada uno tiene la suya- y podías y debías escribirla

para recreo de gente soñadora y enseñanza y corrección
de espíritus exaltados é impresionables. ¿Su título? El
Pad~ino. Protagonista hn-isible para el público, pasivo
en cierto modo, pero con derecho innegable á ocupar ese
primer puesto, por más de que no tiene el relieve ni la
originalidad que tú le concedes, por ser como eres juez
y parte en causa que te llega á lo vivo. Desde la parte de
afuera, el lector Jo reduciría á sus proporciones justas y
naturales.
El tipo no es nuevo ni complicado y _pudieran citarse
hasta con nombres propios muchos de sus congéneres.
Ya hubo aquí años atrás, entre otros, un duque archimillouario, muy conocido, muy popular y también muy
anciano que paseaba con La Trini (una muchacha muy
bonita, recogida del arroyo) por la Castellana en lujosa
C'arretela, siendo la tal Trini, por sus trenes soberbios y
sus joyas riquísimas, la admiración y el asombro de la villa y corte.
El duque de La Trini era tan previsor, tan prudente
tan tolerante como El Padrino de tu Enriqueta y bas-,
tante más espléndido, y La Trini, práctica como todas
las mujeres de su clase, tenía también su amante.delcorazón, el cual amante, más avisado que tú, más vivo,
como ahora se dice, se gastaba alegremente con ella viviendo á su costa, el dinero del duque, cosa que ést; no
ignoraba, según cuentan las crónicas, sin importarle
poco ni mucho el engaño de que era víctima voluntaria.
Muchos de esos grandes señores, casi todos, singularmente si son ancianos, no ponen en sus queridas oficiales, de clase inferior, cariño, pasión ni interés, ni siquiera
apetitos carnales; éstos, por la sencilla raz6n de que ya no
los tienen, ni podrían satisfacerlos, aunque los tuvieran,
por carencia absoluta de medios adecuados. Sólo ponen
en tal empeño sus intereses y una vanidac1 pueril y ridícula, igual á la que experimentan al exhibir un magnífico
tronco de caballos que no tiene semejante en el precio,
un brillante raro por su tamaño excesivo ú otra cualquier magnificencia de esas que acusan una fortuna cuantiosa.
¿ Qué sacrificio representaba para ese Padrino de tu
historia el sostener con lujo á su querida oficial, siendo
tan rico como dices, si esa querida le daba tono y servía
á maravilla su vanidad, una vanidad senil que por viril
quería él hacer pasar? Con los almuerzos á que la invitaba en presencia de sus amigos, con los paseos en coche
descubierto por los sitios más concurridos, con tenerla
instalada en buena casa y con visitarla reglameutarianzente, se cobraba con creces los desembolsos que hacía
que, romo digo, no suponían para él el menor sacrificio.
Que F.nriqueta hubiera sido fea, y á ver si obtenía la protección desinteresada de ese ni de ningún otro Pad,·ino.
¿Cariño hacia ella? El mismo que pudiera sentir por su
yegua favorita...
.
El Padrino de tu cuento, de la carrera diplomática,
seguía siendo diplomático en la vida privada: eso es
todo.
Doña l'llanolita tampo co es la excepción. Hay muchas
criattiras, muchísimas, por desgracia, de una tan grande
perversión moral, innata, que practican sistemática é
instintivamente lo que pudiéramos llamar el arte por el
arte, es decir, el mal por el mal, sin propósito, sin objeto,
sin finalidad de ninguna clase. Se es malvado como se
puede ser rubio ó moreno, y doña Manolita es perfecta
en su clase, la suma perfección. Tales seres son los borrones involuntarios del Hacedor Supremo al trazar las
páginas de la creación, aberraciones de la Naturaleza.
Cuando se topa con uno de esos monstruos se debe decir: &lt;,Borrón y cuenta nueva•, poniéndose á respetable
distancia del borrón, que es lo qne tú debiste hacer con
doña Manolita al persuadirte de su maldad .
Y ahora voy contigo y contra ti. Al juzgarte en este
caso no estoy de acuerda con tus apreciaciones. Eres
sencillamente un hombre de corazón, impresionable,
exageradamente nervioso, de viva imaginación y tierna sensibilidad, un romántico, en suma, que llega con

�retraso considerable á una sociedad decadente Y mr,der
nista, en la cual no hay ambiente apropiado para tus
pulmones.
Sentada esa base, tu conducta, mejor dicho, tu desgracia, lejos de parecerme censurable y ridícula, me parece sublime, con la sublimidad trágica de las grandes
pasiones y de los supremos infortunios. Estabas enamorado á tu manera, apasionado, y procedías con arreglo
á tu temperamento y á las circunstancias que te rodeaban. Ofuscado por esa pasión, tá mismo has agravado
tus dolores, añadiendo un número á la ya incontable
serie de ct,riosos impertfoentes que en el mundo han sido,
y esto, en un hombre de tus años y de la experiencia que
debieras tener, es imperdonable, aunque no ridículo. En
tales casos, no ya tratándose de mujeres como Enriqueta, que al fin y al cabo era una de tantas, sino de otras
más consistentes, la duda es preferible á la realidad, y tú
estabas en las mejores condiciones para mantenerte en
la duda, no sólo por tener como tenías claras pruebas
de su amor, sino también y principalmente porque aquella mujer no podía ponerte en ridículo ni manchar tu
nombre. Entre El Padrino y tú hay un término medio,
que es el justo y el que debiste adoptar.'. Ni una tol~rancia excesiva, ni una desconfianza suspicaz. Sm la
última, innecesaria y enojosa investigación, tu do~or
Se habría ya calmado y el recuerdo de tu amada se hubiera ido perdiendo poco á poco, por gradación natu~al, en
la lejanía melancólica, clara y tranquila de un honzonta
sin nubes-ahora negro y tempestuoso. No es deb1lidao
sentir lo que sientes; más bien es desgracia. Has pecado
de irreflexion, y tu error ha consistido en abultar los hechos con arreglo al cristal de tu fantasía.
4Bienaventurados los que lloran.&gt;&gt; Aún eres joven y
puedes gozar de la vida. Ya vendrán días mejores ...
Cuanto á Enriqueta, la bella, simpática y sugestiva
heroína de tu novela, ignorando, pero suponiendo su
vida anterior y en presencia de su injustificada aventura con aquel vecino, cabe preguntar: ¿Era una Manón
Lescaut? ¿Era una Margarita Gautier? ¡Quién sabe! Por
lo menos puede asegurarse que tenía su madera y¡:que tal
vez en otro escenario y en otras circunstancias..,habría
dado el mismo juego que aquéllas. Esas grandes creaciociones de la fantasía tienen semejantes en la realidad.
Por eso son grandes; y en último término, vienen á probar, por el éxito que obtienen, los sentimientos que inspiran y la poesía que derrochan, que el romanticismo, pese á la transformación de las costumbres y al influjo de cierto género literario que quiere proscribir el
sentimiento y la poesía, es de todos los tiempos, resiste
á todas las extravagancias de las modas nuevas y vivirá
tanto como el hombre. El romanticismo no es otra cosa
que la exaltación del sentimiento hacia un puro ideal,
hacia una aspiración suprema, y no se concibe al hombre sin aspiraciones y sin ideales.
Enriqueta, aunque era así ... como decía gráficamente
J uanita con cruel ingenuidad, era también al propio
tiempo, en su clase, una buena muchacha, una excelente
joven, romántica, á su modo, el tipo de la querida ideal
para un hombre de tus condiciones, y tú debes, desde
este momento, que podemos llamar solemne, poner punto final al intrincado, complicado y caviloso monólogo de tus desdichas, más imaginarias que reales, procurando encontrar cuanto antes la indispensable mora
verde que te ha de quitar la mancha de esa última mora
malograda, arrojando por la borda, á ser posible, el lastre romántico que aún te queda. Eso es todo. Corte de
cuentas, vida nueva... y aprovechar la vida, que es corta.
** *
Ramón guardó silencio un instante, cambió la expresión de su fisonomía como para indicar que cambiaba de
asunto, miró su reloj, hiw un gesto de sorpresa y exclamó alegremente:
- ¡Caramba, las ocho; no creí que fuese tan tarde!. ..
¡Cómo pasa el tiempo cuando es interesante la conver-

-sación y grata la compañía! Oye, Luis, vamos á comér
aqtú mismo, para ahogar en vino los últimos y ya desvanecidos fantasmas de tu espíritu. ¡No me digas que
no! Las ostras me han abierto el apetito. ¡Mozo! ¡Camarero! ¡Antonio!
-.y empezó á tocar las palmas como si aplaudiera el final de un largo parlamento en quintillas.
\.ntonio se presento; Luis, abismado aún en los recuerdos que acababa de evocar, no opuso la menor resistencia al deseo de su amigo, y &lt;'Ste se encargó de que
el menu fuera selecto, abundante y apetitoso, en cuya
materia estaba mucho más fuerte que en psicología,
siendo, no obstante, como era, á juzgar por las consideraciones que le hemos oido, un psicólogo consumado.
Después de una exqui~ita y bien sazonada sopa de
hierbas, lo mejor y más fresco del bien provisto escaparate de Mor{m fué trasladado á la mesa de los dos
amigos.
Aquí fuera de rigor decir, como es uso y costumbres
al pintar los enamorados de las novelas, que Luis no
probó bocado, 6 que comió poquísimo, ocupado exclusivamente en suspirar y en atender á su dolor. A creer á
esos novelistas, los tales amantes viven del aire, como
los camaleones.
El narrador de estos sucesos faltaría á la verdad si
tal dijera. La naturaleza cumplió sus leyes imperiosas,
el estómago realizó sus necesarios fines y Luis comió lo
que generalmente comía, no mucho, porque era sobrio;
pero tal vez algo más de lo ordinario, animado por la
amena y pintoresca conversacijn de su amigo, que hacía lo posible por distraerle, y estimulado por la t,,ne~adel pollo y la frescura de los langostinos. Cuanto eá Ra
món que no era de los que comen para vivir, sino de
los ~ue viven para comer, hombre que atendía más á
1a materia que al espíritu, devoró, como acostumbraba,
con verdadera delicia y en cantidad respetable. Y hablaba tanto como comía y con la misma fruición. Aquello de 40veja que bala pierde bocado,,, no rezaba con
él. Se desquitaba ampliamente del largo silencio que
había tenido que guardar escuchando la historia de su
amigo.

A los postres intentó Luis volver á tocar, tímidamente el asunto de sus desventurados amores, acaso para
aciarar alguna duda ó agregar algán detalle; pero al
primer intento Ramón le cortó la palabra, ejec':'tando
una rápida maniobra, tan cómica como expresiva, la
cual maniobra consistió en apretarse los labios con las
puntas de los dedos índice y pulgar de la man~ derecha, agitando al propio tiempo la izquierda haCJa fue·
ra, repetidamente, como si tratara de espantar una
mosca im1ortuna. ¡Y tan importuna como era la mosca que R:a.món trataba de ahuyentar! Aquella mímica
graciosa y expresiva, quería\- decir: •Punto en boca.
A qttéllo está muerto y enterrado y no hay para qué volver sobre aquéllo.•
Luis lo comprendió, adivinó el cannoso interés de
su amigo y le estrechó la mano efusivamente. Ramón
repitió la pantomima, como para remachar el clavo, se
miraron con fijeza, y en aquella mirada convinieron,
tácitamente, en que, aquéllo estaba muerto y enterra• do y no había para qué volver sobre tu¡uéll.c ...

,

.

Tornaron á hablar de política (enfermedad endémica de los españoles), de literatura, de las intrigas de
bastidores, del último estreno, de la novela próxima á
publicarse, del crimen de ayer, del proceso sensacional.
de lo divino y de lo humano, de todo ... m0nos de aquéllo. Era cosa resuelta.
*

* *

Cerca de las diez ~alieron de casa de ~Iorán, lanzando al espacio espesas y aromáticas bocanadas de humo;
lo cual quiere decir en_ buen romance que 110 tenían la
desgracia de fum ..r tabaco del estanco, por lo cual no
,·arrían el peligro de envenenarse. Ramón llevaba siem
pre la petaca bien provista de riquísimos habanos.
Los dos amigos torcieron hacia la derecha, pasaron
por delante del café de Pornos y, doblando la esquina,
entraron en la calle de .Akalá, dirigiéndose á la Puerta
del Sol.
¡Lo que ~s este didwso clima de Madrid! En cuatro
horas, próximami-nte, había cambiado el tiempo por
completo y había totalmente variado la temperatura.
Más que la noche de uno de los últimos días del otoño,
parecía una de las más bellas y apacibles del verano.
El vera11illo de San Martín quería despedirse dignamente y, con tan ostentoso alarde lucía sus ricas galas,
que casi, casi parecia un verano hecho y derecho ...
El viento, frío, polvoroso y molesto, que reinaba por
la tarde, arrastrando las hoja~ caídas é intentando cevar á los transeuntes, habíase convertido en brisa suage y acariciadora; la atmósfera era templada y transparente; babíanse disipado las nubes y lucía-más valiente y más afortunada que el sol- la luna lfena, haciendo resaltar, con su luz clara y dulce, el brillo de innúmeras y gráciles estrellas que tachonaban el puro
azul del firmamento ...
Esos cambios bruscos, repentinos, son muy frecuentes en Madrid, en todo tiempo, especialmente en las estaciones intermedias.
Con la luz de la luna, el fulgor de las estrellas y los
grandes focos eléctricos de columnas y escaparates, la
claridad era completa; pero la mezcla de los diversos y
contrapuestos luminares que concurrían á formarla,
daban á aquella claridad 1111 tono extraño, fantástico
y eu cierta manera, poético y fascinador. Un poeta tal
vez hubiera rucho que la calle de Alcalá semejaba aquella noche una ancha cinta de plata...
Numeroso y abigarrado público invadía las ar.chas
aceras, ocupadas de trecho en trecho-dejando por la
parte de afuera el necésario espacio para la circulacióncon las mesas de los· cafés, á las cuales sentábanse apresuradamente innumerables desocupados.
Ciertos transeuntes, políticos, cómicos, literatos ó
bolsistas, impacientes por conocer alguna noticia para
ellos interesante, repasaban, sin dejar de antlar, los
periódicos de la noche.
La animación á tal hora en la calle de Alcalá es siempre extraordinaria, sobre todo cuando como en aquella
noche convida á frecuentarla lo apacible de la temperatura. Desde la esquina del Siúzo hasta la esquina de
la Puerta del Sol, es, qttizás, el sitio más animado de
Madrid .
El bulle-bulle, el rnmor de las conversaciones de paseantes y estacionari~s (los que interceptan las aceras,
molestando indebidamente al público) y las voces de
los vendedores ambulantes, que ofrecían simultáneamente el Heraldo, Lt1 Correspondencia, una vara de nardos, el premio gordo de la lotería y otra porción de cosas que fuera prolijo enumerar, daban tono y color al
cuadro, que resultaba alegre y pintoresco.

•

• *
Al dar Luis y Ramón los primeros pasos en la calle
de Alcalá, gritll.ba_n varias pequeñas flori,stas ambulantes.
-¡A dos perras· gordas 1-a v.ara de nardos! ¡A dos perras gordas/
·

Una muchachuela como de doce á trece años, bastante espigada, morenilla, de grandes y e:iq&gt;resivos ojos
negros, nariz carnosa, corta y graciosamente respingada, pobremente vestida, peinada á la moda
chulesca, una golfa, et\
fin. con todas las trazas y apariencias d~
que en un porvenir
próximo esquivaría
también las miradas
de los guardias, acercóse á Luis y le ofreció, mimosamente, con
voz acariciadora, una
vara de nardos. I,uis
aceptó el ofrecimiento
y entregó una peseta
á la chicuela, indicándola que se guardase
la vuelta.
~Salud y que Dios se lo aumente-dijo la muchacha, y se alejó, corrienq~ y brincando de alegría.
Luis aspiró con delicia el penetrante aroma de la que
era su flor predilecta, paseó su mirada por la multitud
que bullía á su alrededor, la elevó después baci3: el firmamento dibuj6se en sus labios una leve sonnsa de
dulce satisfacción, acaso la primera que sentía desde
hada mucho tiempo, y dijo, casi á media YOz y como si
hablara consigo mismo:
- ¡Hay que viYir! ¡Qué hermosa es la vida!. ..
Ramón le oyó, y agregó, presuroso:
-¡Y que lo digas y que no se te olvide! No conozco
nada mejor que el vh-ir, y aun en el caso más apurado
de la existencia, siempre diré que peor fueran~ ver_lo.
Los dos amigos cruzaron á la acera de la tzqmerda
y entraron en la Central de Teléfonos, donde Ramón,
que era corresponsal de un periódico de provincias, tenía que expedir un despacho urgente, dando cuenta de
lo que en España es el pan de cada día, de unos rumores de crisis, rumores que, según los ministeriales, carecían de fundamento ...

** *
En la misma acera de la izquierda, un poco más abajo de la Central de Teléfonos y cerca de la Puerta_ del
Sol, está el Salón de actualidqdes, la cuna, puede decirse,
del género ínfimo, sicalíptico. como ahora ~e dice, por
no &lt;lecir pornográfico- que hasta el lenguaJe se ha hecho hipócrita.
.
.
En la época á que se refiere esta 11arra,c1ón, Actu~lidades estaba en todo su apogeo. Compart1a, hasta cie~to punto, su gloria y su prestigio el Sa~ótt J r:Ponés, _situado en la misma calle, junto al cafe Suizo; Y digo
hasta cierto punto, porque Actualidades l!evaha la _mejor parte en aquella compet.encia y obtema la predüección del público, por acentuar y extremar la nota sicatíptica mucho más que El Salón Japonés.
En ambos coliseos (de algún modo hay que llamarlos) se cantabah couplets verdes, se ej~cutaban bailes escandalosamente obscenos y pantotmmas de una plasticidad vergonzosa, se representaban diálogos y monólogos picarescos y se hadan otras muchas cosas. todas
ellas edificantes, cargadas de mostaza de la más fuerte
y sazonadas con sal de la más gruesa; pero, A ct11altd~des se llevaba la palma, y las palmas,. como queda _dicho, por e-xagerar hasta un grado indecible la nota sica1-íptica.
,
A la misma hora en que Luis y Ramón salí~n de c3:sa
de Morán, un gran grupo de curiosos se hab1a estacionado á la puerta del Sal6n de Actualidades, y los revendedores gritaban desaforadamente:
- ¡Tac'as! ... ¡Tacas!- (Léase butacas, que es lo que
ellos querían decir y lo que el público entendía)-. ¡Tacas! ¡Taras, para ahora!. ..

�Y añadían, enumerando parte del programa:E
puerta de Aciualida-tes, y también pararor, la atención
-¡La bella CJ,elito, Amalia la sevillana, Pepitalla
en aquel anciano que era objeto de la curiosidadfr de
granadina, La canción de la pulga, por la señorita
los comentarios del público. Luis hizo instintivamente
Cóhen!... ¡Tacas! ¡Tacas para ahora! ¡Que se va á em)' sin darse de ello exacta cuenta; un gest'! de so1&gt;pset;a,
de sorpresa desagradable, y Ramón. que ·tuvo sen· aquel
pezar'.
La canción de la pulga, una obscenidad grosera, can·
momento una como súbita revelación misteriosa,[dijó
tada y ejecutada por una ex corista del teatro C'ómico,
á su amigo:
que sin transición hahía pasado á ser estrella del plane-Ese viejo tan pulcro y tan acicalado qu~ se;dispota A ctualidades, era el clou de aquella bt·illante y provene á entrar en Actualidades, ¿será El Padrina de~t,¡ hlstoria?
; ·
c.hosa temporada.
Muchos transeuntes, de todas clase~ y condiciones
Luis, como si le molestasen el recuerdo. la-pregunta
sociales, se aprsuraban á adquirir localidades para tan
y la posibilidad de que aquél fuese el hombre que nunca
divertido espectáculo.
había querido conoc-er, rontestó, en tono displicente:
Los curiosos estacionados cerca de io~ revendedores,
-Creo que n&lt;&gt;... no ~é.. ya te he dicho que' 'no le he
pararon la ateneión en un anciano de mediana estatura, delgado, recto, 6, más bien, erguido, de facciones
finas y correctas, de sano y encendido color, con el pelo
y el bigote completamente blancos y primorosamente
rizados á fuego que S&lt;' acercó á uno de aquellos industriales voceadores y le habló en voz baja, en demanda.
sin duda, de una buena butaca. ,·
:
F,l anciano parecía vivamente contraria&lt;lo por haücr
llegado tarde, y pedía con insistencia una butaca de
primera fila, del centro, para la sección de las diez, que
pronto iba á comenzar. El revendedor no podía complacerle, porque ya sólo le quedaban butacas de filas
posteriores; lo sentía mucho porque el señor era buen
parroquiano, pero no lo po(lía. remediar. El anciano no
se conformaba con aquella explicación, y &lt;lirigiéndose
á otros revendedores y aun á las personas que le rodea
ban, dijo en alta voz:
-¡Una butaca de primera fila. del e-entro, cueste loque cueste!. ..
Al oir aquella proposición, un hombre relativamente
joven, de cara cetrina y duras facciones, con sombrero
cordobés, americana corta y pantalón ajustado, de aspecto insolente• y traza ordinaria, entre chulo apócrifo
y andaluz degenerado, acercóse al viejecito, con un papel en ,la mano y, encarándose con él, le dijo t~ano·1ilamente:
'
-¿Cueste lo que cueste?
-Cueste lo que cueste-repitió el viejo, con la seguridad del hombre á quien nada le importa el dinero.
-Tenía yo interés en ver eso de la pulga, que dicen
que es cosa de gusto; pero baza mayor quita menor, y
puesto que el señor tiene tanto interés, aqlÚ hay un,:,_
butaca de primera fila, del centro. ¡Cómo se pide!
-¿Cuánto quiere usted por esa huta.ca?
visto nunca y que sentiría encontrarle en mi cantino.
-I.o que usted crea que vale su capricho.
- --Pues si no lo es, merecía ~erlo.
El anciano, hombre fastuoso, de esos que se perecen
Los revendedores volvieron i gritar:
por atraer sobre sí la públic-a aterrción, apareció radian-¡Tacas! ¡Tacas! jLa bella Chelito Amalia la '"'' illate y satisfecho, por el doble motivo que se le presentafia, Pepita la granadina! ¡La cauci.Sn de la !n&lt;lgn.! ...
ba de realizar su capricho y de tener auditorio que ad¡Tacas, para ahora, que se va á empezar!..·
mirase su esplendidez. Tomó la butaca y puso dos du- ¿Quieres que entremos?-preguntó Ramón ,1 s,1
ros en la mano del hombre del sombrero cordobés, pr'"amigo.
guntándole:
-;No te da asco,
-¿Está bien?
-,,o, por cierto; aní se pasa el rato, y, además, p:r
-¡Pero que divinamente! ¡Me ha costado una~pe,edíamos averiguar quién es ese señor.
ta!. .. Los caprichos se pagan. Salud y que usted ·se . di - No tengo en ello el menor interés. Vámonos.
vierta.
Y apretó el paso, como si huyera de la peste.
Y se alejó á buen paso. Cuando ya,ei, anciano np ,po •
Cuando- Luis y Ramón entraron en la Puerta del Sol,
día oírle, dijo, en alta voz, alegremente, contemplandc
vendedor ambulante gritaba con toda la fuerza de
los dos duros:
sus pulmones:
¡Qué panoli es el agüelo' ... ¡Dos duros por oir La can- ¡A perra gorda, La de~esperaci61i de Espronced,ú ...
ción de la pulga á la señorita Cóhen y ver otras cosas
¡¡A perra gorda!!. ..
por el estilo!. .. Pá mi que es nn emperador disfrazao ...
Y los revendedores repetían por centésima ,•e:,,:
ú cosa parecida ... que va de indmito. ¡Dos duros!. .. ¿Se
-¡Tacas! ¡Tacas! ¡;Que se va á ~mpezar!'. ...
rán falsos?
El caballero anciano, con la alegría del glotón arte
Sonó repetidamente las monedas sobre las piedras
un plato suculento, entró radiante y satisfecho en el
de la calle :i, persuadido de que eran buenas, las metió
S11lón de A ctualidades, á oir y ver La canción de la pulen su bolsillo y se coló en una tienda de vinos, con aire
ga, por la señorita Cóhen.
&lt;lf' triunfador.
Ramón no se había equivor.ado:-~quel anciano era,
En aquel momento pasaban Luis y Ramón por la
efectivamente, El Padrúio.

=

é19IDIJ1º&gt;~eP®RIN,
P'ó f\ ..J6Al)UIN DICtNTA

---

céntimos

lLU) fRACIONt~ Df. A~U:&gt;TIN

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>Y añadían, enumerando parte del programa:E
puerta de Aciualida-tes, y también pararor, la atención
-¡La bella CJ,elito, Amalia la sevillana, Pepitalla
en aquel anciano que era objeto de la curiosidadfr de
granadina, La canción de la pulga, por la señorita
los comentarios del público. Luis hizo instintivamente
Cóhen!... ¡Tacas! ¡Tacas para ahora! ¡Que se va á em)' sin darse de ello exacta cuenta; un gest'! de so1&gt;pset;a,
de sorpresa desagradable, y Ramón. que ·tuvo sen· aquel
pezar'.
La canción de la pulga, una obscenidad grosera, can·
momento una como súbita revelación misteriosa,[dijó
tada y ejecutada por una ex corista del teatro C'ómico,
á su amigo:
que sin transición hahía pasado á ser estrella del plane-Ese viejo tan pulcro y tan acicalado qu~ se;dispota A ctualidades, era el clou de aquella bt·illante y provene á entrar en Actualidades, ¿será El Padrina de~t,¡ hlstoria?
; ·
c.hosa temporada.
Muchos transeuntes, de todas clase~ y condiciones
Luis, como si le molestasen el recuerdo. la-pregunta
sociales, se aprsuraban á adquirir localidades para tan
y la posibilidad de que aquél fuese el hombre que nunca
divertido espectáculo.
había querido conoc-er, rontestó, en tono displicente:
Los curiosos estacionados cerca de io~ revendedores,
-Creo que n&lt;&gt;... no ~é.. ya te he dicho que' 'no le he
pararon la ateneión en un anciano de mediana estatura, delgado, recto, 6, más bien, erguido, de facciones
finas y correctas, de sano y encendido color, con el pelo
y el bigote completamente blancos y primorosamente
rizados á fuego que S&lt;' acercó á uno de aquellos industriales voceadores y le habló en voz baja, en demanda.
sin duda, de una buena butaca. ,·
:
F,l anciano parecía vivamente contraria&lt;lo por haücr
llegado tarde, y pedía con insistencia una butaca de
primera fila, del centro, para la sección de las diez, que
pronto iba á comenzar. El revendedor no podía complacerle, porque ya sólo le quedaban butacas de filas
posteriores; lo sentía mucho porque el señor era buen
parroquiano, pero no lo po(lía. remediar. El anciano no
se conformaba con aquella explicación, y &lt;lirigiéndose
á otros revendedores y aun á las personas que le rodea
ban, dijo en alta voz:
-¡Una butaca de primera fila. del e-entro, cueste loque cueste!. ..
Al oir aquella proposición, un hombre relativamente
joven, de cara cetrina y duras facciones, con sombrero
cordobés, americana corta y pantalón ajustado, de aspecto insolente• y traza ordinaria, entre chulo apócrifo
y andaluz degenerado, acercóse al viejecito, con un papel en ,la mano y, encarándose con él, le dijo t~ano·1ilamente:
'
-¿Cueste lo que cueste?
-Cueste lo que cueste-repitió el viejo, con la seguridad del hombre á quien nada le importa el dinero.
-Tenía yo interés en ver eso de la pulga, que dicen
que es cosa de gusto; pero baza mayor quita menor, y
puesto que el señor tiene tanto interés, aqlÚ hay un,:,_
butaca de primera fila, del centro. ¡Cómo se pide!
-¿Cuánto quiere usted por esa huta.ca?
visto nunca y que sentiría encontrarle en mi cantino.
-I.o que usted crea que vale su capricho.
- --Pues si no lo es, merecía ~erlo.
El anciano, hombre fastuoso, de esos que se perecen
Los revendedores volvieron i gritar:
por atraer sobre sí la públic-a aterrción, apareció radian-¡Tacas! ¡Tacas! jLa bella Chelito Amalia la '"'' illate y satisfecho, por el doble motivo que se le presentafia, Pepita la granadina! ¡La cauci.Sn de la !n&lt;lgn.! ...
ba de realizar su capricho y de tener auditorio que ad¡Tacas, para ahora, que se va á empezar!..·
mirase su esplendidez. Tomó la butaca y puso dos du- ¿Quieres que entremos?-preguntó Ramón ,1 s,1
ros en la mano del hombre del sombrero cordobés, pr'"amigo.
guntándole:
-;No te da asco,
-¿Está bien?
-,,o, por cierto; aní se pasa el rato, y, además, p:r
-¡Pero que divinamente! ¡Me ha costado una~pe,edíamos averiguar quién es ese señor.
ta!. .. Los caprichos se pagan. Salud y que usted ·se . di - No tengo en ello el menor interés. Vámonos.
vierta.
Y apretó el paso, como si huyera de la peste.
Y se alejó á buen paso. Cuando ya,ei, anciano np ,po •
Cuando- Luis y Ramón entraron en la Puerta del Sol,
día oírle, dijo, en alta voz, alegremente, contemplandc
vendedor ambulante gritaba con toda la fuerza de
los dos duros:
sus pulmones:
¡Qué panoli es el agüelo' ... ¡Dos duros por oir La can- ¡A perra gorda, La de~esperaci61i de Espronced,ú ...
ción de la pulga á la señorita Cóhen y ver otras cosas
¡¡A perra gorda!!. ..
por el estilo!. .. Pá mi que es nn emperador disfrazao ...
Y los revendedores repetían por centésima ,•e:,,:
ú cosa parecida ... que va de indmito. ¡Dos duros!. .. ¿Se
-¡Tacas! ¡Tacas! ¡;Que se va á ~mpezar!'. ...
rán falsos?
El caballero anciano, con la alegría del glotón arte
Sonó repetidamente las monedas sobre las piedras
un plato suculento, entró radiante y satisfecho en el
de la calle :i, persuadido de que eran buenas, las metió
S11lón de A ctualidades, á oir y ver La canción de la pulen su bolsillo y se coló en una tienda de vinos, con aire
ga, por la señorita Cóhen.
&lt;lf' triunfador.
Ramón no se había equivor.ado:-~quel anciano era,
En aquel momento pasaban Luis y Ramón por la
efectivamente, El Padrúio.

=

é19IDIJ1º&gt;~eP®RIN,
P'ó f\ ..J6Al)UIN DICtNTA

---

céntimos

lLU) fRACIONt~ Df. A~U:&gt;TIN

�El Cuento Semanal

PRECIOS DE SUSCRIPCION

22~

OFICIHJlS: Fuencarral, núm. 90.--HADRID
,.

.

l

1

.,

JOAQUfN DICENTA

--~

~ . . . , ..~ ~::--~~~~~ .....,._

~

~

LIBROS Y REVISTAS

Eugenio ~oel

Reliquias , sonetos por .\ntonio de Zay!s. ,
lle aquí un noble y Cl'lshano poeta que .,uai d~
en su ~:itro, bien cnstellaJJo y lev_antado, t~,do de
- t· .· •mo la llravura v el alhvo donan e _e
cas 1c1s , .
.
d• ,
\
odo de rel!nuestro glonoso siglo e 01 o . .' . m
, .
caJ"io consena en su retina v1s10nes p1ec11sas
ele perso11ajes V cosas que llegaron IÍ. noso .ros
sólo •í través efe los espíritus fieles del GrJco Y
de V~lúzquez, de Calderón y de Góngora. n _su
decir hay alardes ele odebre que sólo un l~x11o
de extraordinario valor cultura~ .Y un e.scr upu 0
refinado de factura. puede1~ pernuhr. Es, __en sum~_,
i\.nlonio de Zayas, el últrrno poeta quizá que a
Castilla brava quédale de su I)léyade dorada Y
«in par en las epopeyas mundiales.
.
~ Su último · libro-que, primorosamente e_dit~do
por «Paco» Beltrán y con el nombre de R ehqui~g,
acaba de ponerne á la venta-e_s una agru~aCl n
ele s-0netoK en varias partes, titul~das as1. Prólogo, catedral, Liturgia, 11antua_Carpela_na, ~arcli nes Sombras de antaiio, Geórg1cas, Soliloqmos,
~l useo, Panoplia, Plutarco, P arnaso y Arte venatoria. Todos son admi i-.allles.. Y su lectura es-~º
sólo un placer ele dioses, smo algo ed_u.catn o
v redimülor que hace pensar en 1~ unción c~n
que recibíamos en la niñez ¡ay! le¡ana, el bano
inefable y soleJ11ne de las notas que ,el órgano 90rado -de cierto plateresco coro ver~1a )os dommgos sobre nuestras cabecitas casi _virgenes de
desilusión y pletórica~ d~ fe y alegria.
.,
Reliquias ... , ,&lt;;í; reh_qu~as es su "?ombre mas
adecuado y justo. Rehqmas son ?e arte 9.ue
pirarán á los devotos de la Poe.sia éxtasis s~ 1mes y á los demás el respeto que las cosas gianclas y homadas merecen. Zayas qu~da en el troho
de Ja poesía noble, correcta y castiz~.
Alcalá de los Zegríes , novela por Ricardo Leó~.
El autor de Casta de hidalgos y Comedia senltmenlal ha lanwdo á la circulación este nuevo
fruto ele su inromparable pluma.
. Que és ,l lcalá de los Zegries? Es un cuadro
co~umbrcs locales de And~lucía que, transcrito con una fidelidad inveros1m1l y un arte de
novelar excepcional, subyuga y eonvci:ice ~e" qu:
hemos estado en Alcalá de los ~egnes cll.,und
vez y conocemos á todos sus habtlanlc.s. i:-parle
do eso-su colorido local-, la n ove~a es mler~santísima y robos.a vida, luz,. pasión S. mov1mientn. Lo;; dos ri'111jeres que sirven de e¡e á la
a&lt;Tiún so 11 ele uua belleza y un acterlo que conmuev{'n hondamente. El protagomsta está sentido y colocado ante la atención _del. lector, _d e
una manera tan real, y al propio liemp? btan
moderna y bella, que las Lres figuras por si a.starían para consagrar (, Hicardo León c.?rno une~
ct.e los primeros novelistas que hoy en d1a ~1inrd
jan la. rica lengua ele Cervai~t~s . y Lope. . a
de los Zeqríes es, á nueslro JU1~10, la me1or novela ublicada por el joven escn tor y ha_
de figurnr
las bibliotecas todas en q_ue se rmda culio
ul arte tle emocionar, reproduc1enclo bellarnen e
la vida.

Cantidades reeibidas hasla la fec ha con destino
á la suscripción abierta por EL _CU_ENTO SEMANAL,
e11 su número 166, para conlnbmr ~ los gastos
ele la edición proyectada por algunos amigos Y
admiradores de Eugenio :Noel, d,e los valientes
artículos qu_e, bajo e~ título de «~otas d_~ un voluntario», \'Jene pubnrando nuestro queudo cole-

ga Espa11a .',ueta.
,

Pf.}ctas

5
5

Sr,i. í l.ª H. S. R. .
D. F . .\ gramo11t.e . .
» .J. Lorente .... .
» .\. Herllúnclez .. . .
» E. G. Bellido... .
» \V. i\"adal. ... . .
» .\ . .\rcaya . . . . .
u C. :--:avarro . .. . .
» C. l'rimelteis. . . . . .
.
» .\níhal Díaz-\'illagaJTía ..
Ool'io ele Gt..dex .. .. .
L:110 de tantos ..... .
D. Joa_quín Dicenta . . . .. .

5
2
2
2

O25
o'.25
3

1,05
5
2
5
37,55

T OTAL . .

/ :J de _\far~o !le /MU.

~I

Sr. S. ~-

\dce, eJ oota•
a u I om ovl•
1ata 1 dice; -U■
• bio profundo de
ct.,.•cia que no d,. li-da vfa comprea•
tela por el mWldo OD
10

1f:t

.(t"neral, ~ro ~ue , .,..

,r eJl&lt;lt&gt; y predice coa
un.- .;.ertes.a cx.traordlna•

-

J,.. F .-incea.. ~..::b o oburg, de
• e j~ n ta. d ire: - Lo que me•
orcd:cbo ha salido completa•

-

ner.te ~1..)r?"or-cto ea todos 111.8 deaJlc~

c1/

,R

' '

Número sudto: 3 0 cintimos.

A partado de Corr eos 409.
~

,

Madrid y provhcias: Trimestre, 3,50 pesetas.
Semestre, 6,50 pesetas. Aiio, 12. Extra:ijero: Semestre
10 pesetas. Año, 18.
Anu:icios á precios convencionales.

SE PUBLICA LOS VIERNE~ •

~

•. ll ...

AHO íV.-JB de Hurzo tle 1910.-HUH. lSB

i~• t.Tb..1rc. ~•-&lt;••;,..e • dice: -Ua
,.abio d e ;,nme, ,~rden, M.f' Je::,6 tal
v•da , 4ánd~tn~ laa tec:Jau, 101 ea""'
descripción ~~ lá gente J de loe inr:ic"ent~:s qut me h an ocwrlc!.~: y Jo qu.@ me
n•p rcsioo;, •oM ~- ou_~ 1~0 'º qu.. m-e ~
flT~dh.: h.,, y:t -~•

::,o~••no

/tlc,j-e &amp;u..., ¡,u ¡;.ar....,. c-1, ~•nt.a,n.prft-teloe
eontra un ,s.pe¡. m:1nclemc: el hb.preao_
HR~JW con J I\ teoha, )', si e., ooalble, la bora do
~" ns1&gt;imlento; y, múo4omc eclloa de neo por v4.lor de 2 J,taa- por el Importo

--~

del ma pa, eto., que le maudar6. No oJYid=
de wa11J.ar adjunt&lt;&gt; 1111 ..ottre oon au nom

... sus ~eña."·
'

Lo daré nna ¡,1anilla d esu vld.l
tomado delma-.,a. -,ara dem--

LlBRB OB

tra,.· qUt: ::erfe&lt;;ta .,. mi otcucia,

GASTO

llprof. ZJ:!ZR.H, ~º·t8:»~?u8T·

r,

Un Proluor eac,ribe, VD.

ASOMBRA V AYUDA

EL IDILIO DE FEDRíN
Era un soñador aquel montañés. La luz, casi
siempre gris en la :\Jonlaña, las nieblas que desde el otoño á los comienzos del estío la envuelven, habían penetrado el espíritu ele Pedrín, haciéndolo vivir en plena fan1asía, en completo
desdibujó de la realidad.
:"\o solamenle lo que llamamos alma era romántica cm Peclrín; lo eran también las líneas
carnales, el dibujo total del cuerpo.
Su cabello rubio ondeaba, palideciendo hacia
las puntas, como los remates de un sol poniente;
su frente se llloldeaba en forma &lt;le torreón gótico; en sus ojos azules resplandecía el éxtasis,
acenluado por la sombra que hacían las pesla fias. La nariz era recta; la boca de finísimos
labios ; apuntada la barba; marfilefio el tono
de la piel. Tenia las manos seiioriles, el talle
juncal; el andar lánguido, apoyándose poco en
tierra, como si tratara de ser vuelo.
¿ Cómo pudieron fabricar esta criatura dos
marineros aldeanos?
Recio el padre como un trinquete, basto como
una encina, coloradote, por obra de la mucha
sangre circulante en sus venas y del mucho vino
embaulado en su estómago, no resultaba muy
capaz. para tan delicado engendro.
Cierto que la madre fué hermosa. Aun á los
cuarenta mios, con todo el mal traer de su jornalero vivir, conservaba r estos de aquella su
hermosura. Por hermosa reinó en bailes, juntas y montañesas r omerías. De muy largo llegaban á requcbrarla los galanes ; más de una
_ca'beza quedó ·rota en su obsequio; no pocas
veces oyeron suspirar por ella olas y praderías.
Pero así y lodo, no ajustaba la belleza fuerte
y opulenta de la madre á las hech uras del hijo
que parió.
Los pescadores viejos recuer dan que allá, un
año antes del nacimiento ele P cdrín, vino á la
aldea cierto sefiorito rubio y flaco, que pintaba
sobre cach os de lienzliJ las monlaüas y el ma r.
Pasába:,;' las horas muertas encima dé las rocas, sin 1ablar con nadie, puesto oído á los
r umores del Cantábrico y ojos á las variaciones
del cielo. Buen sujetó por to demás, pron to á
copear con cualquier marinero, siempre que no
charloteara mucho, y á hromcar con las mozuca.s,
siempre que ellas fuesen bonitas.
P uede que el arribo del pintor, el •donaire de
la montafiesa y el cómpu to de meses y semanas
y días, expliquen el porqué material y moral
de Pedrín.
Valga añadir que P edrJn nació á los siete meses de casados sus padr es, y q ue el pintor, antes ele aban.donar la aldea, regaló al padre de
P edrín una ba rca.

:-,.;¡ esto es murmurar, ni traer honras en lengua. Es, sencillamente, buscar motivo á las líneas físicas y espirituales de un varón.
Destacó Pcclrín, desde pequeño, entre los
mnos del lugar, como destacaría una rosa té
entre un manojo de rosas encarnadas. Y una
rosa té parecía el infante. Como flor Jo crió su
madre.
Ella, que á sus demás retofios los trataba. igual
que á los suyos las otras pescadoras, tenía para
el prunogémto delicadezas exquisitas inverosímiles ternuras. Trataba á Peclrin con ' dulce respe_to, casi cou unción religiosa; tal que si fuera
criatura celeste _regalada á ella, en noche de
amores, por un d10s.
¡ Y quién sabe, quién sabe si no sería en la
memoria de la montaüesa algo como un dios
el pmtor ele los cabellos rubios! ... ¡ Quién sabe
s1 _el paso por la :\lontafia del pintor, su requerimtento á la moza, su conjunción con ella, no
s1gn1ficarC?n para ella aventura jupileriana, de
cuya realidad era pr enda viva el chiq uillo ojos
color de cielo y pelambre color de sol!... '
Lo cierlo es que ella veneraba á su cría como
al propio :-,.;ifio-Dios los marineros en la iglesia
románka. '.\o cambiara el humano por el celeste, aunque el celesre se volviera ele carne, y
ele oro la bola que pelotea ~ntre sus dedos.
De hilo finísimo eran las mantillas del mamón·
de bayeta. suave los pafiales. El gorro con má;
cm tas. y ringorran gos fué escogido en la tienda
para el; para él la más buena capa de cris tianar. ¿ Qué más noble empico á unas onzas
15ua!-'cladas por Teresa en cierto bolsillo, cuyas
1mcrntes no eran, precisamente las del padre
oficial de Peclrín?
'
·
De limpieza no hablemos. P or nada mudaba
y remudaba á su criatura, lavándole el blanco
cucrpecillo cun jabones de olor, empolvándoselo
de alto á bajo con polvos finos, «de los que usan
para blanquearse las señoras".
Cu_anclo le ponía á su pecho, cuando Pedrín
len15ueteaba en _los carmines del pezón, era la
rnuJer toda sonrisa; toda beatitud cuando el nifio
sorbía el jugo maternal; toda silencio cuando se
dormía haciendo de la te ta almohadón. Al depositar al _111ño en la cuna quedaba en pie ju nto á
él, perdido en el a ire el mirar, en treabierta la
boca para da~· escape .á u n suspiro.
¿Dónde iba el suspiro? A trasponer el cerro
que oc111ta la estación, á viajar sob re los car riles por donde él buyó, por donde huyó el tren
que le llevaba.
Que nadie molestara á P edrín; •ni la luz en sus
suei'íos, ni el a ire del mar en sus despertares, ni
el menor disgusto en sus velas.
De pegarle no h ablemos. La ma d re nunca lo
hizo. El padre . . .

�Una vez, ya tenia Pedrín cuat:ro aiios, el padre, en justo castigo á una diablura, se fué para
el chico con las manos alzadas.
-¿Qué vas á hacer'?-dijo ella.
-Pegarle-respondió el marinero.
-¿Pegarle? ... ¿A éste?
- Como á los otros, cuando hacen cosa mala.
- A los otros ... bueno. A los otros pégales, si
quieres. ¡A Pedrín! ¡Pegar á Pedrín tú! ... Vaya,
l\lon('ho, de por fuerza que bebi,ste hoy. A éste
no le puedes pegar.
-¿Por qué'/
-l\1ejor cuenta trae pa loo dos que no diga

el porqué. Echa las manazas abajo, deja en paz
al chico y comamos, que va á enfriarse la puchera.
Mancho no pegó á Pedrín; no intentó más pegarle.
Desechen mis lectores la idea de que Teresa
era mujer excepcional, tipo de novela romántica.
No hay tal con cien leguas.
Fuera parte lo relacionado con Pedrín, igual
era á las re tantes pescadoras. Como ellas vivía,
como ellas revendía peces en los pueblos del interior, como ellas juraba, y tebín también como
ellas. Con ellas hacía corro en la plazuela los
domingos, con ellas murmuraba y con ellas limpiaba el fondo de tas cestas y la barriga de los
peces en los escalones del puerto.
Sufría resignada las palizas de Mancho cuando
el marinero estaba borracho, y aceptaba sin rernCTrnmcia sus caricias cuando estaba acariciador.
u.u al tratarse de Pedrín se transformaba,
se transfiguraba., convirtiéndose en criatura de
elecr.ión.
¿De qué suerte explicar este cambio?
A realizarse la leyenda jupiteriana, á ser cierto que un dios había pasado por Teresa para de-

leilarse con el dis[rule de su virginidad. la explic11.ción no sería difícil.
l'n beso del dios había quedado prisionero e11
aquel alma ruda. Cuando aquel alma se ponía
en contacto con la pr·encla viva que el dios la
dejara como recuerdo de su paso, el beso celeste, la divina partícula se dilataba, se extendía.,
se apoderaba de tuda la mujer hasta convertirla
en un cacho de la divinidad. Ya no era ella. Era
el mismo dios, e11carnado en ella para acariciar
y proteger la existencia de su hijo.
Y aun no siendo verdad, aun r:o habiéndose
realizado en la pescadora. la avculura jupiteria-

na, bastaba al milagro que fuera cierta la histo:rit.
del pintor.
Acaso un beso de él quedó agarrado al alma
de ella. Este beso se apoderaba de toda etia para
divinizarla cuando ponía ojos y boca ~11 el hijo
del que partió, del que no volvería nm1ca ...
II

Vivían los padres de f'eorín en una casuca
apartada de la aldea como trescientos metros.
Solitaria se alzaba entre unos peliascos donde
rompía el mar. En !o,¡; peñascos hacían nido las
gaviotas; en la rasaca revoloteaban Pedrín y los
hermanos de Pedrín. En la misma ola donde hurn~decían las gaviotas sus alas bañaban los chiquillos sus pies. Los hermanos de Pedrín tiraban
piedras á las aves cuando volaban cerca de ellos.
Pedrín las dejaba volar en paz siguiendo con
los ojos su viaje.
r.1uchas veces se alejaba hasta de sus propios
hermanos para dar vuelta á los pefi.otes y avanzar por el acantilado y tomar asiento encima de
una roca tapizada con musgos. Sobresalía esta
roca del mar durante las bajas mareas, y se hun-

�clía en él, poco á pocod, hf;t~iir~:~~:~~~i~tr~
riws de espuma, cua11 0
plt;!~u~. sitio muy peligrosodPªl'.!r~f!i~~spitt~~f:
dos. Lle aht que Tel'esu an ~v1
d . o
lunle puru cvilur tas excurstun~s de.foe ~~1drín
lle poco la valia. Al menor escm de muscro
se escurría s\lenciosamenle ptor ~s~tzde la roc°a.
l a!Ja asiento en la pun a m
f'l
to1~~a ella se purllun las olus como ~onl~! ~~r~~
de un hacha silexiun~. Rotas sefu1anl de cr~cle la piedra paru monr en una p ayue a
º

1j

jarsrot,s.. la roca pasaba largos ratos Pedrín, inu Ie
. . d en el mar con los
móvil como pi,euru, s1gu1e11 .º el es¡)a~io el de
• . 1 ·ueo·, cte las Uo'UUS, en
?¿~s;,L~t,/-,. L.~s vielltus ºrna!'iuos vulviuu sus ca!Jcllo,-; nirót1.
.
nella postura no
C11n11du ~u tnn(~re le ve1_~ en·Í1~ule á liru11uzus
lleg ti.Ju á é\ gnlu11du,. a11 u11&lt; distu11cia quedul,a.
1
&lt;l~I ,;iti,1 pel1grusu. ~u ~¿~c~ ~outra el pecho, sus
Su calJeza tata me ~11c
hu!"1edecidos por el
ujt1s se ulznlJuná S?t1udul~~~ul que su Pedrín quee,;!Jozo de dos 1 gr)mas. ,'? ' 'é
asa!Ja el pinria á la roca el pintor.. 1 am!J1 n ~
inmóvil
tor horas y hor_as encima lle la igca, TambiéJ

ftss~i~í1~~ose~/\aJ~~f~ c~~1~~~tfn ~~ ~rón su melena.1 b
J'a de su éxtasis Teresa y avanzaba.
pd; efveºrJ: {apiz. 1pa de_ pun~i~ª~•u~ºcs~ti~P[¡
nas el musgo. con os p1e\odeaba con sus braviera,
zos, y llegaba.á¡udnllo
arrurn; 11 o e áde~\l1ento' sosteniéndole en

ga. Ofrecid~ es por la bija del mar á los monstru~s guard1ines.los marineros. Por eso no lle13le11 lo sa en
. t 'á la roca· por eso no
eran con sus barcas JUn o .
' .
1
tirun desde ellab sus 6ªf~~%opsi/!f1~ªs~~ ~e el tril\Iás de una arca
á d un pescador
pulan le tor~asebá apareecnef l\yl a~ra~trado al fonfué allí cogido ruscam

e

doNdoe ,l:~1ª1ii::;;~ral quien eslr11~ l°E~~~~;ij~odee\
la marea quien trag8: al ~ez~cam~l&lt;lilo! No ha ele
mar, es su abrazo. ,AIJr ue ao'aJ'k&gt; con la vida.
ser más qu_e uno,¡ y hadya qde la "roca alfon1JJrada
Ahí tenéis la eyen
con musgos.

III
Peclrín fné ú la eRc11~lu y a pre mili? pronto y
l' ense1wr el mue:; 1o.
IJi.!11 ('l]□ nto po( 18
'
mbre de espnliolas alEra éste, rontra, co:3 1u mác;
eo 11 trn cost umclens, un bnen prof_es~lér~as 1~1.ilrables y gozaba
bre lnmb1én,. pose1a
en un lanchón de pesca.
de roRa propia y lde par~~ilían no hm:er hiucap(é
Eslos bienes e ge:
este no hacer hinca_p1é
en alrasos de sue1 01, ':/ aba á no surrir ias 1men los haberes le au ºl1tenérselas tiesos con él,
posicion_es del. crd Ylos ediles y el alcalde. De
sin eno¡o oficia b' e nos de corresponder con
algún modo abh~1 t1~r epor cobrado lo nunca resu¡elo que s a.

vilo, ponía rumbo á la c~a~~caPedrín-exclamaba
-La r·oca ~s ll')UYd n u'' huy una cueva. En
la madre-.. Deba¡u e e ~ca más mala que la
esa cueva vive uuü rnu¡~r
· namente como

1
fJ~\ri~;S P~S~ttr:

l~:

11c~a;_'iC~a1~~i~
~01~~ ell; ~~s
y sale d_e su cueva Y cogei\~c; ¡~~ r~~~~!n á salir.
lleva b1,10 el a~ua, {a:~;e~~ p~esta al alcance de
Era la _leyen a n ',
. mozo la supu entera
la inínncr_a_. Al serdI edl ri~"IO á sirrlo de generacomo ha 1uo pasan o ce o
"
'
ción en, g~1eraci~~ae~~\';1~º~nª~\~~~\odo nácaDeba,o e a r ..
, l\aclie ha podido entrar en
1
res, corales Y P~ ª";,..1 ntescos pulpos y cuatro
él. Lo isuarda!1 os o o . r 1 os pulpos chupan
hol'riJJles ara nulas. de ma . rofanar la mansión,

"¿

la sangre al que '.a11ten~~ ~arne y trituran sus
las araiiotas muer en
d él
lrnesus ;,.:do q~~~~10r~~i~a ina mujer. Es la hij~
Dentro e .P"
é no liene dos h1mala del Occ~no. ~'crqu~ e1 0 \;ndades del mur;
jas, una que smlell1zda lo:u¿:spl~~fidias. Su grandeza
otra que resume o as
la i·eparlc~ l~s d?~· la hija mala del mar. Su cuEn el paiucw ,1ve. esmerolda. De alga, resetis es blf,_nco, su PU[Hla 1 matiz de sus cabellos.
ca poi· a1l'e:; Y sol~s, es e
los ramas de coral,
Sus l•.JI.Jios so11 ro¡o~ como e con nácar de las
sus die1•tes blnncu_s, herhos
arrranta y sus
1
0 08
marinas car-ut: \ d_IJ1~ 1~18~~•n ~10 ºse v~, se enhombros. El reds o 1aua por el sombraje ~e las
trcvé. Esfuma o se
ug11as lem~lunas.
e á los marineros cuanrl?
Esta n1uJer se apa;1:e~ cuando están solos enc1ra II solos en su ba1 ca
ma ele la roca; U s llamándoles con dulce voz,
Se u parece u e o.
a En sus ojos relaropacon palabra_ reclam~do_~ . sus labios palpita el
guea el ansia de gozabr' ~natr¿ye11tes, brindando
beso Sns brnzos se a re
el di~írute lolal de\?~e~rº~astrado va al fondo del
El abruz~ es ámolr d bruzos tentadores se entreOcéano quien
os

1

f

cibido.
l'l d
pedagócricas y sus
No obstante sus a_p 1 0 e~le al pr~esor sacar
nobles deseos, érale ,mpos1
fruto de sus educandos. odían con un remo (y
En cuanlo los ch_icos P s )odres á marinear,
aun sin poder), pom~~leE;·upobre el vivir pesca.y concluyó la esbeue ·s hacen falta para. echar
dor; lodos los razo
&lt;
avante la puchera.t
toleraba sin protesta las
Filósofo el maes_ ro,
prematuras deserc10n~s. que ciencia-deda don
-Antes mantenencm
Julián.
d
mantenencia era la
Como al reclamo ~ 1
'huir su hacienda
fuga de discípulo~, rdeJáb~lol~s padres el jornal
no bastaba á sal1s acer
ía necio don Jude los chicos. No basdla_nd1r~~~ión en li:-ibunales
lián, ha~r alegatos e ms
de hambre.
t mura maternal á
Pedrín. rescatado con 1 edel remo fué para
la servidumbre del lan~hó y sin hijo;-, no su
su maestro-hombre yrndo al. acaso andando
discípulo, su cnatura mle~e u el ' maestro, sería
el tiempo, cuando _1ónu~~ la escuela de marinePedrín su prolongac1 n
rillos chur~elosos. 1 a· cípulo pagaba con esplenVale decir que e is
Era aplicado Y
O
didez los afanes del pedaR~g c'omprensión fácil
bondadoso por ~tremge aprender ganó pronto
y con voluntad rme
ron to la envidia de sus
el primer luga.rE y mfs Ro diferencian aldeus y
condiscípulos. n es ºiras al que sobresale, se
ciudades. En un¡s { 0 sere~. y hasta de las cole odia. Es ley ~ os á de~ir i Vaya usted á
sas, me atreven~ y1e las pi~ámides los guare
saber qué pensarun
dacant&lt;;&gt;nes !
p drín con sus delicadas ~paGrac1as que e
'
uñas. El vivir libre
rienc1as, era de b~en~~rl~leció sus músculos;
por rocas Y arena s día r encinares Y mael vagar á solas noch_e y . &lt; ~sible al temor.
rinas covachas, le hizo mace e softl á solo, por
De ahí que en las luchads~sª soliera. llevar la
'dia provoca n ,
razón d e env1
d le embestían en grupo,
mejor parle. Cuan o
·

ª

i

f

dábanle ayuda sus hermanos. Y éstos era11 brutos, pero fuertes lo eran lambién. Viva. imagen puros de su madre, vivió; el espectáculo que le
ofrecían á diario olas y nubes, mar y cielo, le
del Moncho que los engendró.
predispusieron á la quimera, al sonambulismo
De lectura, esrritura y cuentas estuvo al cabo en
vigilias.
pronto. A más de geografía, historia, agricultura
Pura él eran voces moduladas en garganla.'3
y su miaja de física y química, aprendió algo
de bellas arles; lodo ello en nociones. No al- de curne los rugidos del oleaje contra los peñascanzaban á más los recursos educativos del cos, los desgurros del viento en las encinas, los
suspiros de la brisa entre las hojas del maíz;
maestro.
Lo que sí aprendió cabalmente fueron el rran- seres vivos los monstruos que fingían las rucas,
cés, la 1€y de comercio y la teneduría por par- las imágenes que sobre el espacio recor1aban
las nubes ; los fantasmas que entre los árboles
tida doble.
A estas úllimas enseñanzas debió su ingreso dibujaba la noche.
Cuando tuvo veinte años y fué libre para usuen el almacén ue don Urbano.
Verdadera arca de Noé, era aquel almacén. fructuar la biblioteca del maestro, topó en ella
buen golpe de libros, favorables á su moHabía en él de todo, hasla libros y polvos de los con
nomanía.
dientes. Dos superfluidades, dos lujos, dos vaGran aficionado el maestro de romanceros y
nidad-es comerciales. No existía memoria en el
almacén de haberse despachado un libro ni una poetas, ostentaba en su librería las biblias más
purus del romanticismo literario. Habíalas en
caja de polvos.
Don Urbano, excelentísima persona, dió aco- prosa, en verso, y en las dos cosas á la. vez,
modo familiar y sueldo decoroso á Pedrín. Pron- para elección libre del neófl lo.
El neófito no escogió, leyó, devoró todos aqueto llegó éste, por méritos de su honradez y de
su entendimiento, á ser el jefe de la tienda. y á llos libros, y se hizo á vivir con la imaginación
cobrar treinta duros mensuales. Un Perú, para el mundo falso que los tales libros mostraban.
¡ .Mundo fantástico, poblado por héroes sobrelo que supone vivir de hombre solo, en aldea de
la l\lontai'ía.
na.lurales, por heroínas antihumanas ! ¡ l\Jundo
Loca estaba. Teresa con los progresos de pe,. de ficciones, donde sólo era mentira la realidad!
En ese mundo quería, necesitaba vivir siempre
drín. l\Joncho le miraba asombrado.
el mancebo.
-No paece hijo mío-exclamaba-. A mal penViviéndolo, vagaba por las cuadras del castisar, diría que no lo es.
-A cualquier cosa llama éste mal pensar- llo ruinoso, interrogando á murallas y ojivas,
trepando por las rolas escaleras de caracol á la
murmuruban socarronamente los viejos.
A lo inteligente vale a.fiadir en el mancebo sus torre del homenaje para recorrer desde ella., de
prendas físicas y la natural elegancia con que una sola ojeada, tierras, cielos y mar.
Todos los minutos de su vida diera él por ser
llevaba. la ropa, limpia y bien corlada, como
hecha en la ciudad. Los saslres aldeanos sabían un minuto siquiera duelio de aquella fortaleza
de más con sal&gt;cr de blusas y camisotes de fra- en sus· épocas de esplendor.
¡Con qué arrogancia clavaría en lo .alto de la
nela. Los panlalones se recibían hechos en el
torre el rico pendón seiioriall ¡Cómo bajar/a de
almacén de don Urbano.
Claro que, á mozo de tal mérito, le hacía re- Ja torre acompa1iado de escuderos, pajes y homclamo todo el femenino solterío. Reclamo inútil. bres de armas al recibimiento de un rey que llePedrín, como si no.
gaba á pedirle ayuda para guerra de moros!
Aquel románlico de engendtadura había acen.. ¡Qué dulcemente, allá, en la noche, terminado el
tuado con el transcurso de los años sus cuali- yantar, se recostaría colltra el sillón gótico, la
casi ella na sobre el brazo, el neblí al hombro y el·
dades privativas.
lebrel á los pies para oír los romances de algún
El aislamiento en que, por carácter y por re- viajero
trovador!...

�Marsilla fuera en los amores; en las batallas
Cid, en los torneos Quiñones, el del Paso; en los
trovares Santillana, en la privanza de monarcas
un don Alvaro sin degolladura.
Vivir tales épocas, ser uno de aquellos caballeros, y, sobre todo, poner pasión en dama más
6 menos sujeta á malicia de encantadores 6 á
hierro de tiranos, ¿qué mayor ventura para él?
El nació para vivir tales tiempos y aventuras
tamañas.
¿No era en lo físico idéntico á loo personajes
de leyenda? ¿Por qué no serlo en la realidad?
¿Por qué no contenta la suerte con equivocarle al
nacer la cuna, equivocó también la fecha de su
nacimiento?
No trato de pescadores y pescadoras quería
él, ni aun lo apeteciera de mó.s altas modernM

¿Por qué iba á ser la leyenda mentira?
¿Ha recorrido alguien el fondo de los mares
para saber Jo que en él existe? ¿No será ese
fondo otro mundo dentro d-e nuestro mundo?
¿ No habrá en este mundo seres como los que
la leyenda describe? ¿No pintan mujeres así
los poetas en sus poemas y romances?
¡ Qué saben los hombres de lo que hay en las
entrañas de la tierra, en los seno.s del mar, en
la vaporosa matriz de las nubes! ...
Y si no lo saben, ¿ por qué niegan realidad á
las criaturas legendarias? ¿ No será la pintura
que de ellas hacen los poetas algo así como el
fruto de una revelación divina? Quizás; al fin y
á la postre, los poetas cosa divina son.
Acaso los simples de espíritu, los crédulos, los
ignorantes, andan más en Jo cierto afirmando

~f:Era%~~~~e~~
!~tr/~~eoj_os. Inútil esperar. L11
gran nadado
na aparec_er.

en la aldea. Ni bu[ a.el mozi:i. Nadie lo ganaba
. sistiendo hallaba igu~tii•1i1 avanzdando, ni reCierta noche d 1
s pesca ores.
roca. Sus ojos in~er~~! eS taba en pie sobre la
paren tes, brilladoras cg~ª~nál i~~s d~gufst tr!nsel f!)ndo creyó ver una figm:a blalc! ªii llá
g~s%~• que le llamaba con los brazo~ yg~~

etit

~f~ t~1~A

~fX{i~j~~n~~sepr~~itTt~ rggi~aq~i

ag~~e~~~!~ f~~a~e~~a~on los remol_i~os que el

ªJ

pone la tradición el pJf~cµegj
s1t10 en que
1
amor con la muerte.
~
on e se paga el
Es lugar espantabl • ·
.
estrépito de las olas \i:n~~~rr;pre terrible en él el
bren peñas con forma d : espuma se descuCuando se abren las a e ocas y de garras.
aquellas rocas profundidagdueas, myestran entre
B
6 l
s asesmas
uce e nadador y entró abism b. .
.
los los ojos, puesto el ru bo h ~ a a¡o, 8:bierlesca hendedura.
m
ac1a una g1ganA. un lado y otro de ell
-6
.
verdes, amarillas ber~ yi co{tmones de algas
natu_rales, que al movi~/:,S¡ dord1ados tapices
corrrnn y descorr·
n
e as aguas se
entre ellos pasab~;i:1ta~;ié~l~e fllos pasó; por
bles, que dejaban entreve
• es iezuelas horricn forma de tijeras tentá~ ynas peludas, bocas
sudor negro y pestilente. u os que sudaban un
La rotura hace g ¡ ·
•
Lejos, muy le. os el eria _a~1erta sobre el mar.
fosforosa, brtjesca
d!Slmgmó una luz vaga,
canción llegó hasta. su
0como el eco de t1na
¿Era canción? . E
·
grietas del rocaje:¡ ra rumor de agua entre las
No lo pudo saber El · l' t
su voluntad Je hizo d ms m o, más fuerte que
peñotes pa~a. tom~r ii::;_ un talonazo contra los
m~nte á la superficie ~4s~ Y volver rápidafixiarse.
· s ª a á punto de asCuando respiró c
d
de la roca vió en ~llau!n o pudo mirar á lo allo
los cabellos y grilaba
~oad~c, que se_mesaba
-¡Pedrín!. .. ·1Hi¡·o m1·01 z ·Peeadn15us, tia:
Aqu· t
.... 1 rrn
- Q i es oy, madre- respondió
.
-¿ ué has hecho? Q é- h
·
mó la mujer cuando ·1 ¿t u
as hecho ?-excla¿ ?or qué bañarte e_? uvo entre sus brazos-.
vive la hija mala dei8h1.
mar..,¡....¿ No sabes que ahí
¡AY, madre'-repuso él
.
gañes y viva/ ·
-. i O¡alá
no te en-

de cien hombres de armas d'ó
ma, mientras huía el
' i c_ara á la morisa.rmas y Téllez muri:i,ey. L?s c1~n hombres de
mole.
on Sm ce¡ar. De ahí el
Otro Téllez inquisido t d'
herejes á Ja hoguera r, an iestro en mandar
chillar moros
• '. como sus abuelos en acudejando á sa1vl11r/:~hª~:·gre~tauró el edificio,
para lo demás el domin. d ~riosa Y decretando
bre de gusto y con bo~ e pla\eresco. Homlran_sformó la viviend
as. herélteas_ á mano,
Envidia fué ella de rey!s en Joya. arqullectónica.
es hoy ante la. cual ha y prmc1pes; .maravilla
queólogos.
cen reverencia loo arLos Téllez no cejar
t
.
se rindieron á la usui~
eb!a morisma, pero
P'.11acio al pago de unas
~ teron de ceder su
n1 el rico y antiguo mo1~i- as: NaFda se salvó ;
Téllez á vivir casa hum·ld i 1ar10. uéronse los
cautó de la solariega. 1 e, Y el usurero se in-

aªi

Con su familia la hab'tab
para alquilarla en los i a durante el invierno
!adores que no repara;e;eranos, _s1 había alquiAque1 verano t
en prec10.
jeto con trazas d~v1d~- ~nfa dalquilador. Un sumo llegó á la aldea
im_s ra or ó de mayordofirmó el contrato ':: avistó c~n. el prestamista,
«Entrégueme las' Na~ó los antteipos Y. diciendo:
Yendl'án cuando así 1 ~s, los nuevos mquilinos
taló en la fonda si~ ¡uzgluen oportunon, se insenptablar relaciones c~n~~re:3¿~~ :ignadie y sin
or la firma del c t
una.
llevaba á la fonda on rato y por _las cartas que
nos que el arrendat:~iaatro suprnron los vecidon Bruno Hernánde e mn:ueble s~ llamaba
el fondista y los criadis J~rr¡b1éd~ supieron por
:mraba á diario u
e on ista, que se raprano en el dorm1r ;
pare~ en el comer, temnes.. De ahí no pasaron ami1~ _de conversacioClerla noche o er
s no icrns.
doso de bocinas y E~nefs ald1anos ruido estruencon el camino ~ec:i
empa me de la carretera
distanciadas de dosn:A ~parecieron cuatro luces,
zaban con avance v t' _os. Aquellas luces avancinazos y acompafi!~aigmosod, precedidas por boEran dos
t
. s por etonares sordos
atravesaron ¡~u c~móvile~. Llegaron á la aldea,
casa de los TéllezU~lar.,a Y pararon frente á la
Bruno, llave.s y F~ég~l1s~ prrta aguardaba don
Del primer t
• n
mano.
señoril._ De s~ui~~~:~ ~8JJa u~a dama de porte
v~elta iba de los pies á Jo h b pudo ver. Enpllo ropón Su r tr
s om ros por un arnde encaje..
os o lo encubría un tupido velo
Tras la dama apa e .
.
Mujer vieja debía sfr ci 6. una figur!ta encorvada.
se, que también ropó~ sm qr pudiera asegurarIV
En el se11undo a t Y ye O la embozaban.
. La casa de los Télle
¡
·
dos mozas; indud~~~óv11¡ venían do~ mozos y
hrpe que tenia sus ~• so ar famoso de una es- con los mecánic
men e eran criados que
de Cantabria se a1J:aª~~esp el _los propios duques
Guiados or 1::8' co¡np?nian la servidumb-re. '
De la fábri~a . r xima al castillo.
• naron todo~ me~~ ~~eviimente encendidas, gade muralla ado!!:;_1r¡;ativa sólo restaba un lienzo rró don Br~no el
n r:uno, )a escalera. Cey con un portón
co~ tres ventanas ojivales nicos en la cocher portalón ' . metieron los mecácampeaba el blasón ói~~oT~f s puro. Sobre él nimien to único de ªci~i~;ehi1ul~s .Y ft1é enlrete8 e via¡e de las samcorona ducal En I
ez, rematado por bras que la luz r
un gavilán s~s ala~s irugaríleles del escudo abría ios balcones plafeils~~aba sobre las cortinas de
un castillo y se adel' t ª sus cuatro almenas
Pronto, ni esa dist s._6
do por el turbante
una mano sostenien- nes cerraron sus hojacct n les restó. Los baleomoro. El otro cuar
e
eza cercenada de un la lunar ni más
as Y no hubo más luz que
roto cerca del puño tek o_stentaba un mandoble por las c~rnisas en se1mblbaraós que las proyectadas
s n secular de los Téllez.
mote_: Morí; no ceii a¡o el puño se leía este
Fue este cuartel d d á
V
f~nso en memoria d~ o blun Téllez por un Alvirtud salvaron el re no l e hazaña, por cuya Laura
Que era
muy
herrn
y u
osa 1ª dama, que se llamaba
boscada de los morof Fy osásuyos de una em- los vec·iR~.e
poseía gran caudal, llegaron á saber
. ern n Téllez, al frente

°

g

1?Ji~

~!fa

ci~

personas. Damas y caballeros del XVII para
atrás debían ser sus pares.
·
A buscarlos iba tras las murallas del castillo;
evocándolas, recorría torreones y cámaras á la
hora de la muerte del sol. Puestas en cruz las
manos, pedía al astro moribundo que se las
brindara en el marco de oro formado sobre la
muralla por sus rayos postreros.
También perseguía aquellas imágenes en Ja
iglesia románica. Allí estaban aún. Sólo que eran
áe piedra.
El las revivía, ayudado por la semisombra
que proyectaban los vidrios de colores. Hablaba
á los caballeros y las dam,a s de mármol. Muchas
veces, tras de interrogarles, hada una pausa y
quedaba inmóvil, con el oído atento, aguardando
la réplica.
Pero ningún sitio más de su preferencia que
la roca alfombrada con musgos.
Desde que oyó 1a tradición y le fué descrito
el palacio habitado por la hija del mar y los
encantos de ella, su ansia consistía en que la
hlju del mar se le apareciese.
Que aquella mujer sólo era cuento, fábula de
ancianos á la luz de la lumbre, canto de nodriza
al borde de las cunas. Eso afirmaba la razón ;
pero la razón, ¿ eslá siempr-e en lo cierto?

esas tradiciones, que los sabios y los incrédulos
negándolas.
-¡ Quién sabe!... ¡ Quién sabe! - repetia el
mancebo-. Para mí, la hija del mar existe.
Esa hembra-diosa de ojos verdes y labiós coralinos-existe. Brinda su amor á los hombres,
no para matarles, para premiarles con su amor,
si son bravos, si vencen á los monstruos. Ella
es su cautiva. Quien logre libertarla, logrará
poseerla.
A la. roca iba en las noches de luna por si era,
bajo la égida poética del astro, cuando hacía la
hija del mar sus apariciones; en las obscuras
noches por si, devota del misterio, sólo en el
misterio y en la sombra s-e quería entregar.
Iba en los días de aguas serenas y de cielos
tranquilos por si en el plácido espectáculo de la
Naturaleza buscaba complicidad para sus perfidias.
Iba en los días de mar bravo y horizontes plomizos por si el disfrute de la hermosa sólo con
peligro de muerte podía conquistarse.
-¿Por qué no he de verla?-se repelía siem·
pre--. ¿ Por qué no viene á mí y me llama y me
tiende sus brazos? Yo iría á ellos, aunque ir á
ellos me costara dejar de ser...
Y esperaba, esperaba siempre que la hija del

ae?af

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era grnve,. ú nn tiempo despólira '! dnlre. Su~
Del caudnl 11teslig11abnn el 111.jo de su tren,
cabellos porerían helJras ele r·aulla, suellos, pos
lo rico y vade, de sus trajes, las ¡oyn~ qni,nrr- &lt;lían ronr1111dirse con las matas de algas reseca
día en sus orejas V en s us dedos Y os d e_ es por el •viento y el sol.
•
que don Bruno cambiaba en el almacén e1s1m. Fuera parte' su nombre, su belleza y su lu¡o,
pú.tico don ürbano.
nada más pudo saberse ~e ella.
. ·rr
Su nombre, ella lo dijo. Su hermosura, con
Don I3ru no era i11acres1ble á preguntones, 'ºua1
mostrarse la pregonaba.
.
d
la vieja sefiora, parienta pobre a~aso, tal vez
Alta sin exa,1eracio11es, esbelta. sin ílacuzi, e dama de compaiiía. Esta senora iba con una
manos blanca~ y de pies SNl}Ofll~sefect~ enª~~! de las sirvientas á la compra cliaria. A s~ ~arB~
gracia y ma¡estad á la. vez. J _un 8 d anes ni andaban los pedidos y las cuentas menu a .
líneas, ni una afectación en :sus • em
l'd
graneles se ocupaba don l3runo. .
.
?
una mancha en su c11tif• de valencianas pa J e- 1as A uién diricrirse para hacer ave11guac1ones.
ces. Sus ojos eran verdes, profun~os, so~rreg~
,X lo~ criados/'También era inútil. ¿.l'~r gne los
¿ . dns de Laura conslituían en el gremio inverodos Por negras y torcidas pcsluñus • su na dz,
.
b'
modos
ramas
ecocna
,.,
•
griego ([ibu¡o; susbl1a ius, ccºmo la espuma de las simil. excepción?
á
·u
r "l ·, sus dientes, ancos {!
.á
S
oz
No Por otra causa m s senc1 a.
""
·
olas.
su piel tenia 1os refl e¡os del n e. ar. · u. v ·--

Ir:
1

,,..."

., .
' . '..

1
,.-

Los mecánicos eran alemanes y sólo hablaban
alemán; de los servidores, uno era también alemán, ingleses los reslanles.
Como en el pueblo nadie conocía estos idiomas-ni el maestro, que hablaba solamente frar1cés-, N:'Sulluba imposible todo lingüü;lico comerr-io cnl r e forasteros y aldeanos:
En íuerza de bondades y esplendideces se hizo
perdonar LauJ•a el misterio que rbdeaba á su persona.
Ya es conseguir en una aldea.
Téngnse e11 cuc11ta, á beneficio del milagro,
que Laura no regaLeó una cuenta jamás; que,
pur el servi&lt;:io más leve, duba un par de pesctu.s;
que no había chiquillo á quien no fériara golosinas, ni grande á quien se negara á proteger.
Socorría á lus pobres; era con los ricos cortés;
con todos generosa. Los mismos beatos no hincaban diente en ella. Cumplía con la Iglesia y había regalado mil pesetas al cura para que comprase un manto á la virgen. Después del regalo,
¡,qué bea ta iba ft traer á la donnnte en lenguas?
¡ 011eno se hubiese puesto el Padre! El podía no
comprar el manto; pero ¡permitir que murmurasen á la donadora! ¿Para cuándo las excomuniones?
. .
Gusl·aba Laura de pnséar junio nl Océano. Escalaba. las rocas, perseguía entre ellas los cangrejos; muchas veces se _descalzaba y remangándose IÍMlc1 mectin pierna, entraba agua adentro á
la ca pi ura de crustáceos, á la busca de percebes
y lapas.
Para sus paseos elegía los sitios solitarios.
En ,más de una o,casión pasó frente á la casuc.á 4e F.'ed(ín y_Iué á s.entarse, con un libro abierto ' enfre· llls manos, sobre la roca tapizada con
m.usgos, en el sitio dond13 la roca dibuja ancho
sfllón. de piedra.
Era este sillón el de Pedrín. Laura no ootor. baba en'tonces ·a i. mozo: el mozo fué á la ciudad

antes de venir ella. A compras y negocios del almacén le envió don Urbano. Quince días llevaba
por allá.
Otro capricho de la dama, que llamó la atenC'ión grandemente y fué mo1ivo de chismes, asombros y murmuraciones, fué su ·manera de bañarse.
No le placía ir al balneario á meterse en una
caseta y á snlir rorrienclo por In plnya pnra ser
espectáculo lascivo de hombres y chismorreo de
mujeres.
A ella le gustaba bai'iarse mar 11de'ntro, &lt;londe
el pie no halla fondo, doncle las olns son mont¡:if1as que oscilan y p11ciai1 s in romper, llla ndamente. Flolar sonre ellas, acostarse en ellas entornando los ojos, dejándose mcrer como en una
hamaca. Así es como ella quería dn r su cuerpo
á los besos del mar, no manchando la entrega
con salpicaduras fangosas.
·
Para conseguir su propó~ito había contratado
una lancha y mandado construir en su popa una
liendecita de campana.
Dentro de ella substituía el trnje usual por el
de b:ii'io. Airosa, gallarda, ceiiidu sub~ la rodilla
el corto pantalón, ajustmla la blusn, mol sujetos
sobre la nuca los cabellos, salía Laura de la
tienda, subía al borde de la ln11ehn, y, al agua,
á jugar con la espuma, .•á-"recostarse en el cojín
blando de las olas, á dejnr que una ola y otra
trajeran y llevaran su cnerro, rendido, entregado lánguidamente al abrnzo del mar.
A veces, sus manos se abrín n en el 11ire, su alto
per·ho se erguía sobre In monlai'ia verdosa, sus
cnbellos fle esparcían entre la espuma, y un grito
dulce que parecía un requerimiento de amor brotaba por los corales de su boca.
Llamaba á alguien entonces. Y si llamaba á
alguien, ¿á quién era? El nombre no se oía. Era
el grito indeterminado, coníuso.
Igual que con la voz, pasaba con el hermoso

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cuerpo; también sus lineas se €1Sfumaban, se oonfundían bajo las aguas
azulosas.
Sólo se veían, distintoo, en los labios de coral, la sonrisa, el relámpago acariciador en los grandes ojos oomereida.
VI

Fué en noche de luna cuando ocurrí? la 8 Parici6n.
Pedro llegó tarde de la ciudad, Y, sin defenerse en la aldea, hizo rumbo á
su casa.
Absorto en sus imaginaciones, pasó ~r frente á la marisma.
Había llovido hasta el obscurecer. J\~n
traía Pedro sobre los hombros el
impermeable de capucha y sobre las P1 mas las altas y ajustad8'8 botas de

�cuero. Ceüido el cuerpo por una guaynber a
azul y por una boina la cabeza, caminaba
bajo los rayos de la luna que, al aparecer sobre
~l horizonte, puso eu fuga á las nubes.
Luz de poesía y de misterio la del astro, daba
mística palidez al semblante del mozo, ensoñadora vaguedad á sus ojos azules, matices áureos
á los mechones de su pelo.
Dejó la marisma y entró en el encinar como
en una selva encantada.
Cada encina era un árbol de plata, cada rama
un joyel, cada hoja un colgante perlino. Polvo
de marfü parecían, cernidos por la:s hojas, los rayos lunares; las sombras se transparentaban; por
entre ellas se veía ir y venir fantasmas: eran arbustos balanceados por la brisa. Un ruiseñor trovó á su hembra, guardadora del nido.
Y fué por el encinar
por donde pasó ligero
á la infantina á buscar
el caballero.
Quería ser el primero
en llegar.
Así murmuró Pedro, recordando una vieja
trova, leída en la biblioteca del maestro. Y así,
imaginando ser el caballero buscador de la heI'mosa infanlina, atravesó el bosque de leyendas
y desembocó frente á los peñoles donde asentaba su casuca.
;-.;o fué á ella. '.'/i la luz que cabrilleaba en los
vidrios, ni la voz de su madre, que dentro de
la casa reía, llamaron su atención. Tomó por el
acantilado y puso pies en los arranques de la
peli.a alfombrada con musgos.
Desde su altura recorrió el panorama que enlucía el faro de la noche.
A sus espaldas, dibujándose enlre los vapores
de la ría, descubrió el ruinoso castillo, erguido
bravamente en la atmósfera, retando aún por
las bocas de sus almenas á la I ierra y al mar.
Junto al caslillo la casa de los Téllez, vuelta
acero por los reflejos de la luna, mostraba fierament.e el muro donde campea el Jforl; no c&lt;'[é.
l\lás arriba, la iglesia románica agujereaba el
cielo con sus lorres; servían de fondo á la resurreoción mediocva los Picos de Europa, las montali.as en cuyas crestas, mejor que en Covadonga, aebió e'rnpezar la Reconquista.
A la derecha de Pedro, las aguas limpias de
la ria avanzaban con marcha dormilinu, con
suave y franquilo rumor hasta tropezar con la
barra y encresparse contra ella y abrirse en
abrazos de espuma para entregarse al Océano.
A la derecha subía la montaña, esmalladn con
el verdor de las praderías, con los topacios del
maíz, con el plomo de las encinas y el bronce
de los manzaneros. Frcnle á ella aparecía el
mar, solitario, silencioso, como una rámara nupcial bajo el pabellón de los cielos á la luz del
astro cadáver.
Pedro, dando vuelta al ángulo que describe la
roca, buscó el sillón de piedra.
Recostada en él estaba la visión de sus ensoñares: la hija hermosa del mar.
Ella sólo podía ser la que se ofrecía á sus ojos,
con la. cabeza calda hacia atrás, la. cabellera
color de alga rastreando en la roca, y las verdes
pupilas fijas como retánrlola á competencias de
hermosura en la Uiana de los poetas.
Tal. como describen la hija del mar en la leyenda marinera f'ra. aquella mujer.
Su vestido blanco debió tejerse con espumas
del oleaje; su piel, con nácar de las marinas

caracolas; con parlículas de igual n§car sus
dienles, asomados á una sonrisa abierta sobre
los corales de la boca. De alga reseca era el
color de sus cabellos; robado al cóncavo de las
olas en-tempestad el color de sus ojos. Y luego
su voz, la canción que la. voz entonaba suspirando las notas:
Ven á mis brazos;
ven, que te espero;
ven. marinero;
vf'n, pescador.
- ¡. Quién soy·?-preguntas.
-Soy el amor.
Así cantaba la mujer. Las palabras, acompañadas por la música de las olas, subían al espacio, y se perdían poco á poco con dulce y suave
gradación.
-Es la hija del mar, la habitadora del palacio
que defienden los monstruos-murmuró Pedro,
avanzando hacia la mujer.
Al ruido de los pasos ést.a se alzó, prorrumpiendo en un grito.
Pedro, al verla en pie, al abarcar de un solo
golpe aquella prodigiosa hermosura, cerró los
párpados, miedoso de cegar. Sin abrirlos permaneció, inmóvil, con las manos juntas, en súplica
y en oración.
Cuando quiso mirar, la imagen había desaparecido.
A Pedro no se le ocurrió volver sobre sus
pasos y perseguir á la aparecida por el camino
de la aldea, por el único que pudo seguir.
Corrió hacia el borde de la roca, registró el mar
con la vista. En el fondo iba y venía un blanco
luminoso.
Era un rayo de luna. A Pedro se le antojó un
encaje de la túnica con que la hija del mar adornaba su cuerpo.
Por entre las aguas huyó la hija del mar. ¿ Qué
otro camino podía ser el suyo? A su palacio descendió; allí eslaba, dormida, como perla que rra,
en el hueco de una concha lapizada con a1gas.
Fuera del palacio rondaban los terribles monslruos guardianes.

1

VII

Supo al otro día el romántico monlniiés lo que
no pudo saber anles por motivos de ausencia.
Durante su viaje á la ciudad arribó á la aldea
de Laura. Don l'rbano le dijo cómo había llegado y cómo vivía en el palacio de los Téllez,
sin que nadie supiera á ciencia cierla quién
fuese y qué razones la tenían como desterrada
en aquel rinrón dr la casia.
-Por cierto-al1adió don Urbano-que anoche,
según doña Luisa, la St&gt;l1ora vieja que la acompaiia, se llevó doña Laura un susto mayúsculo.
Parece ser que estaba sen tuclá en la roca de
junto al la11goslcro, cuando se le apareció un .
hombre haciendo tan extrafios vis.ajes y · di- .
ciendo cosas tan extraflas, que lomó espanto y
apretó á correr. Creyó habérselas con un loco.
Por la cuenta, el loco hns sido tú. En lo de hacer
visajes y decir cosas estupendas no hay quien
te aventaje en el mundo.
- Yo fui-contestó Pedro.
La hija del mar se defivanecía ·olr-a.-'Vei eri'lar
realidad ; pero quedaba una hermosa mujer, toda
misterios, y quedaba en Pedro la obligación de
disculparse con ella por el sobresa!lo que la proporcionó.

•

r r

Buscó ocasión de hacerlo y hubo de hallarla aldea único para s~guir discretamente un diáel día mismo, bajo los eucaliptos que embalsa- logo y guardará una sef\ora aquellas atenciones
man un monte próximo á la aldea. Laura estaba que saben llegar al rendimiento, sin locar en la
allí, y allí condujeron á Pedro sus vagares.
servidumbre, y á la galantería, sin echar el resYa no era blanco el traje que llevaba la dama; pelo abajo.
•
azul era, de un azul sombrío, plomizo, semejante
¿Qué otro amigo podía encontrar en la aldea
ul del Océano en las calmas precursoras de sino el mozo de ojos azules y de cabellos rubios?
lempestad; un sombrerillo de paja cubría su Simpático, instruido, un mucho soñador y unas
cabeza; por detrás de él trepaba ondulando la miajas poeta, era solo en aquellos lugares para
cabellera de algas. Había lomado asiento en un tratoo de mujer educada y á las veces fantaseatronco roto por la centella y sr entretenía en clo:a como él y como él dispuesta á viaja)' por
hacer rayas sobre el césped con el regalón de la paises de ensuefío.
sombrilla.
Xo rebasaba por esto loo límites de la simGorra en mano, lle[.!óse Pedro á saludarla.
patía el afecto que hacia Pedro sentía Laura.
-Perdone usted, sei'iora-dijo-. A los objetos Distraíale su conversación; agradábanle sus maele merecer otro perdón obedece este que re- neras y su porte; Je interesaban el contrasentido
clamo.
existente entre su procedencia humilde y su conEl lenguaje del mozo y su simpática figura lla- tinente sei'íoril. Acaso llegó á sus oídos la histomaron la atención de Laura, quien, poniendo en ria del pintor, y la historia se lo hizo más simél sus ojos verdes y sonriéndose afablemente, pático. Pero de ahí no pasaba.
repuso:
En él sí; en él fué el afecto recorriendo todas
-No merece perdón un saludo. Dígame por las escalas amorosas hasta com·ertirse en delirio, en pasión desapoderada y frenética.
qué otra rnzón lo solicita.
Lógico era que acaeciera así.
-Yo, sei'iora, soy el mrntecato que anoche,
Aquella mujer hermosa, elegante, distinta á
cuando estaba usted en la roca de la hija del mar,
las que trató siempre, igual á las ensoi'í11das destuve el mal gusto de asustarla.
pués de sus lectoras y románticas imaginaciones,
-¡Usted! ...
había de cautivar su espíritu.
-Yo.
Después la forma misteriosa con que llegó á
-La verdad es que surgió usted tan de re})('nte, y fué tan rara su actitud, que le creí un la aldea, el no saberse á punto fijo de dónde venía, quién era, ni qué razón la hizo á ella, gran
aparecido.
-Una aparición fué usted para mí. Por eso dama, buscar ó cárcel ó retiro en un lugarejo
monimiés, servían de espolique á las ansias del
mi actitud, mis palabras ...
-¡Já, já!-contestó ella-. ¡Aparecida yo! ... joYen.
Si no la hija del mar, la criatura habitante en
No pensé tener hechuras de espectro ni aparienpalocio de nácar y de perlas, la matadora implacias de santa.
cable de hombres, era Laura ser de misterio,
-Pero tiene usted gran srmejanza con la hija resurrerción
plástica. de las heroínas novelescas,
del mar, según la pinla la leyenda.
aparirión romtml ica surgida de noche, romo por
-¡. La hiia del mur? ¿Alguna tradición?
. conjuro ó •mcantamiento, en la morada de los
-Sí, señora.
A inslanrios de Lanra rrpitió el mozo la le- Téllez.
sabe si por cnsligo ó por venganza
yenda. Parte por la leyenda misma, pnrte por de ¡ Qnién
algún poderoso vino fonada á rel'lniri.e en
el entusiasmo con qne el mozo la refrría, ovóla 11q11ella
YiYien&lt;ln! ... ¡Qnién sabe si llorfrndo amarL&lt;1ura con grave atención, en algunos pas·ajes
paseaba los sef\oriales nposenlos!. .. ¡Quién
ron entusiasmo, como si viviera el cuenlo po- guras
sabe si en ellos aguardaba la presencia de urt
pular.
liberludor ! ...
- ¡ Hermosa, mny hermosa leyenda! - dijo
l\lil veres pensó esto y mil veces, pensando en
ruando ella lerminó-. Ya quisieran muchos poe- e,,lo, rondó á las altas horas el solar de los Tétas haber imaginado una por el estilo. Pero, en llez, puesta la mirada en e_l heráldico blasón y en
ftn-añndió-, fuera parte el sitio donde yo me el mote gallardo.
cnconlraba, uo creo tener semejanza alguna con
Ni con palabras, ni con actos, dió el mozo á la
esa hiia del mar.
joven noticia de- su enamoramiento. ¿Por qné ni
-Muchas tiene usted. Como los de ella son para qué? El hijo de unos pesradores no tenia
sus ojos, sns cabellos como los de ella son; es- derecho á hablar de amor á tma gran señora.
toy por decir que de una misma rama de corales 13astante hacía ella con otorgarle su amistad. En
se lnbraron los labios de ella v los de usted.
el alma de él quedaría para siempre el secreto.
-Gracias por la lisonja. SirÍ duda es usted foEso decía; pero el secreto- guardado por los larastero.
bios se le escapaba por los ojos. Laura lo cono-No. seiiora. Soy aldeano.
ció, y cuando los ojos azules del mozo se fija-¡Aldeano con esa figura y con ese lenguaje!, .. bn nen ella adoradores, supli&lt;'anles, había en los
-Alde1rno; hiio de una pescadora Rldeana. He ojos verdes de Laura un relámpago de piedad.
tenido desde chicuelo afición á estudiar, ansias
de ser algo que no soy, que, desgraciadamente,
VIII
no seré nnnca ... Y ahora, le repito que me perdone, y me utiro para no molestarla.
Bajo los rayos matutinos camina la barca. Ten-¡Perdonarle! ... No huy causa. El susto de rlida en uno ele los banros mirA Lnura el ir.y
ono&lt;'he me proporciona el plarer oe su trato. venir de las gaviotas. Frente á ella hojea su anFrecuente usted el mio; no abrigue temores;
ciana compRi'\era un libro. Desde la roca alfomsoy buena persona, incapaz de matar á nadie. brada con musgos sigue Pedro el viaje de la emAdiós, amigo, hasta cuando quiera.
barcRción.
¡Incapaz de matar! ... Mttl herido de amor salió
Por la abertura de la tiendecita de campaña
Pedro de la entrevista. Y más fué la herida en- se ven todos los arreos de baJio. El traje azul
conándose según que sus relaciones amistosas prusia, la graciosa cofia de goma, la sábana turcon Laura tomaron mayor intimidad.
ca, la tina de 11gua dulce, la esponja, los peines y
Gustaba ella de hablar con Pedro por ser en la loo frascos de aguat&gt; de olor.

�el abundante cabello, era como fruto en sazón
ofreciéndose á los picotazos de un pájaro goloso.
Tras la cabeza surgió el cuerpo gentil, la maravillosa estatua de carne, mostrando por los
remates del trajeci!Jo azul la codiciable desnudez de brazos y piernas, de hombros y garganta.
Todas aquellas desnudeces, levemente teñidas

de las ondas, Laura, distraída en sus ensueños,
cayó en la vaciante.
Cuando los de la lancha quisieron avisar, ya
Laura, absorbida ppr el reflujo, era arrastrada
hacia las rocas.
Allí todo el mar es violencia, todo furioso encrespamiento, todo puntas rocáceas · pronta,s á
apuñalar. Quien da allí se apro-xima á la muerte.

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-Buen •día nos hace, Gaspar-dice al manne
.
ro 1a anciana.
-:-No es ma_Io-responde éste--; mejor está
::[r1ba que abaJo; un poco de mar de fondo hailo·
d e;ipeza~ que se empiece, la vaciante "ª á tiral
ti:n/roe. don a~ora las mareas vivas y esta ría
s emomoo en la arena.
-¿Lo. dices por la hija del mar?-pregunta
L aura r1~ndo á carcajadas.
re;::~º digo
tant-0 de que cuando dice la may ~llá/ºY·, _pocos nadadores saben sesgarla
11
dur!ºfr
la onlla; pocas lanchas, cuando viene
h b a mar, pu~den, por muchos que sean los
om rets Y por bien que remen hacer á la ma
rea con ra.
'
·
-¡ Bah! Exageraciones.
-Verdades, señ.orita.
N -¿Q~ieres decir que debo suspender el bañ.o?
ad? bien Y, como miedosa, no lo soy.
· · ··
-, Tanto que no bafiarse!. .. A la cuenta yend
al rem_a1:1s0, por mucho que tire la ma~ea n -O
1:1ay cmd1ao. Tal es el remanso que, en las ~ar;
~got:r lancha que entra en él lancha -salva
s e una yez ha ootao en él la mía como e~
~na balsa, mientras tóa la mar era un hervidero
t e es~umas. En el remanso pué usté bañarse sin
emor, alueg-0 tomamos al ras suyo, y la vaciante

éf

se queda con cuatro palmos de narices Ahor
que no yale sahse del remanso y dirse pa la ro a,
ls~rhi~~i~~l ~~\fque~lo et s malo; nadador
mideros
va.cian e escape de los su-

i:

~!

camtfa~s d~ªr~!ª;:a~e e~l r!~~ns:?io ~~~o !ª;ta
laredénl11cdo, ~~ucía Soy buena muchacha. n~ vi~
l
a consigna.
'
S?llm-iente y gallarda metióse Laura en la tien
deci a, cerrándola tras ella
·
¡Mañana hermosa del Agosto!. .. Como una as
~~f-c1!1tiaJraebspalasndelcía el sol. Desde los azul~
.
u uz en escala de rayos. t
d1da ~ar~ía á los anhelares de un místioo Su:~~
era . e aire; á sus impulsos se rizaban ias on-

ti;•c~\~1~~~ i1e
i~:~o,

g~~~~f•1~º~~~t~ ~~

f~~d:e~~T
.,,man Junto á él sus bloques esmeralda El barsueltos lo~ remQ1l y caídos los br~zos sila:
a U!Ja canción; la vieja señora leía En la
~~cPetJf;_zada con musgos se dibujaba la· silueta

Laura apareció sacando la cabeza por entre la
1ona que sus manos breves descorrían
l ~ente la boca, atrevidos los ojos encendida
a ez y repretada. la gorrilla d,e g~ma contra

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~~:sl!!!ll¡ao--a;¡aa.;._

Allí se iba acercando Laura sin que el remero,
en rosa, se erizaban en granillos dorados al roce
temeroso de estrellar su barca en las peíías y
de la brisa.
.
En pie Laura sobre la borda, cimbreó gracio- de sucumbir él, se atreviera á ir en su socorro,
samente el cuerpo, se inclinó hacia el mar, an- sin que los gritos de la anciana sirviesen más
guló los brazos por encima de la cabeza, dejóse que á poner espanto en el corazón de la nadacaer y partió las aguas, desapareciendo bajo ellas dora.
En vano ésta braoeaba para ir sesgando la
para reaparecer á los diez metros sacudiendo la
cabellera de algas. Lentamente fué cortando las corriente y volver al remanso. Eran muy débiles
ondas. A poco rato se dejó caer pecho arriba en sus hermosos brazos de mujer para reñir con el
.
ellas, como en una cama nupcial. A medio abrir Océano y alcanzar la victoria.
Y llegaron el tironazo decisivo y el oofuerzo
los ojos, á medio dibujar la sonrisa, en cruz los
brazos, el pecho tremante, era la esposa aguar- postrero. La hermosa mujer fué vencida. Arrastrada por la corriente penetró en el ancho circo
dando al amado.
de rocas, en el trágico abismo, en los dominios
········································································ asesinos de la hija del Océano.
El barq_uero dormía en proa, haciendo de las
Pedro, que vió llegar á Laura envuelta por las
manos co¡ín; la dama leía con profunda atención;
olas, no dudó. Despojándose de aquellas prenpor junto al remanso gruñía la marea.
Sin que los de la lancha pudieran advertirlo, das que podían estorbar sus acciones, saltó desde
sin intervención voluntaria, por manso empuje la roca y, peleando á brazazo limpio con el mar,

�haciendo c.ara á la corriente, llegó donde Laura,
de Laura esquivando sus invitaciones, provencidu, su1 defensa posible, giruba y regiruba jarse
cura~do .no encoutrarse con ella; huyéndola en
entre remulii,os siniestros.
para seguirla ocultamente y poseerla
-¡Auimu!-griló lJedro-. ¡Aquí estoy yo!. .. apanenc1.a
con los o¡os y llamarla suya con los labios cerraQuédese quieltt y no me estorbe.•
de par en par abierta.
Agar~ó por el sobaco á Laura, y con un solo dos y elvióalma
aquel amor, ella peuetró la grandeza
brazo libre, allo el pecho, arrogantes los ojos, deElla
aquel amor; ella supo, sin que el joven hapresentó batalla á la mar.
q~e por un minuto de amor correspondido
Fué homérica la lucha. El mar defendía su pre- blara,
el ¡oven todos los minutos que le restaban
sa; el hombre peleaba por arrancársela, cuerpo ádiera
vivir.
á cuerpo, ue poder á poder.
Lo
supo, lo. sabía.
Tan pronto desaparecía con Laura bajo un
Al
repetirse
mentalmente que lo sabía, las pumonte de espuma como reaparecía por un boque- pilas esmeralda
de Laura se clavaban en el este ru~idor ó topaba con las garras pétreas de pacio
como un interrogante.
un peuón pronto á destrozarles. Aquí les golpeaba una ola, allí olra los tapaba, otra más lejos
los alzaba en el aire para oejarles caer en concavidades sin fiu.
X
Y trus la ola con su pelea franca, el remolino
con. .su tra,cwnero pelear, la espiral de la hoya
-¿No comprende usted que es locura?
cog1e11dolus de _prunlu, u11iéu&lt;.10:;.e á eUu.s !:Jara
-Lo será; pero no hay razón que me quite de
hrur el.e ellos é irlos !rugando poco á poco línea realizarla.
á linea, hasta no dejar rastro.
'
-¿Acaso le ama usted?
Fué bárbara la pelea entre el hombre y el
-¡Amarle!. .. Bien sabe usted, Lucía, que mi
Océano. El hombre triunfó.
amor sólo á uno pertenece.
- Entonces ...
Con decisivo brazazo de titán ganó Pedro un
-No olvide que soy artista y que soy mujer.
rei:i:1anso y llegó con Laura hasta la playa de
gmJarros.
A la mujer la enorgullece ser tan noblemente queEn ella quedó Laura tendida.
rida. Quien satisfaC&lt;! nuestro orgullo, cerca de poSu cab~za se apoyaba en una rodilla de Pedro. seernos anda. A la artista... Todo en él predispoEste, pálido, ~horreante d.e agua, de sangre y de ne á la simpatía de una artista. Es bello y de
sudor, s011re1a con sonrisa triunfal· su mirar alma ensofiadora ... Los ensofiadores se encuentodo amores caía como un beso de l~z sobre el tran. El me ha dicho que soy para sus sueñ.os
rostn;¡ de la desmayada mujer.
trasunto de esa hija del mar habitadora de la
roca. Acaso desde la noche en que me aparecí
á sus ojos en el asiento poético de musgo, no
trasunto, la propia hija del mar vengo siendo
IX
para él. ¿Por qué no realizar el ensuei10 de ese
pebedora á !='.edro de la vida, Laura quiso pre- hombre? Una sola noche de amor concede la hija
del mar á sus queredorcs. Luego ...
miarle, couced1é11dole más amistosa intimidad
-La muerte.
haciéndole compuüero de sus excursiones, sen~
-Acaso. Pero una noche de amor, ¿ no puede
tándole á su mesa, pagándole con afecto sincero
la deuda que contrajo con él.
valer toda una vida? Llámeme usted loca, si
Conocía al joven de sobra para tratar de pa- quiere. El necesita esa noche de amor. Yo se
garle con presentes más ó menos valiosos. Uno la daré.
-¿Para qué?
le hizo en recuerdo material de su hazafia. El lo
-Para dársela. Para pagar mi deuda.
cogió temblando; más pálido estaba al recibirlo
que cuando la salvó.
-¿ Y si la contrae más grande aún?
Era un retrato aquel recuerdo.
-¡ Bah!. .. No se muere de un gran amor per.En e~ aparecía Laura vistiendo vaporosa tú- dido. De él y para él se vive. Aiíos hace que yo
mea gnega que descendía hasta sus pies desde estoy viviendo de un amor que perdí.
el arranque de los desnudos hombros· un artísti-¡ Loca, más que loca! Una noche de amor;
co ceñidor sujetaba contra la cintura la tela. Suel- ¿y después?
-¡ Después! ...
to el pelo, coronada de flores erguíase la divina
cabeza; sobre eJla se elevaban los brazos desnudos, sosteniendo una guirnalda con ros~s en
-Pedro-dijo Laura, inclinándose al oído del
capullo tejida; rosas adornaban su pecho; de joven- , á media noche esté usted en la roca de
rosas eran los brazaletes que rodeaban sus mu- la hija del mar.
ñ.ecas.
-Laura...
En el fondo de la fotografía se abocetaba el al- No pregunte. Irá usted.
-Iré;
tar de Venus. La diosa del Amor dormía en su
concha de nácar.
Al pie del retrato puso Laura esta dedicatoria:
«A su salvador. La hija del mar.»
XI
¡La hija del mar!. .. Abrazado á ella salió Pedro
de entre las olas. La salvó de la muerte abraI\oche sin luna fué, esclarecida por los astros
zándola y muerte fué el abrazo para él, muerte temblantes en la atmósfera. En el tranquilo mar
de amor.
apenas se movían las olas; cuchicheo amoroso
Amarla era ir.revocable destino, condena per- era su romper en la playa.
petua de Pedro. Amarla, guardando ahora más
Son.aban las doce cuando el joven llegó al anque nunca el triste secreto de su amor. Decirlo cho asiento natural que construye la roca.
antes fuera atrevimiento no más; decirlo ahora
Medio tendida en él encontrábase Laura.
fuera como presentar un recibo usurario, como
Un vestido azul pálido ceñía las líneas de su
pretender cobrar con réditos el precio de la exis- cuerpo; la cabellera de algas descendía sobre
tencia que salvó.
su nuca; tres vueltas de corales contorneaban
Nada, por consiguiente, dijo; hasta procuró ale- su garganta; dos perlas negras traía por pen-

dientes por adorno de sus ca.brllos ancha peincja. de curcy; sus ojos venles ~sta~an puestos
eii ef rnar; ,;u boca sonreía al silencw.
-Lauro....

--No hay que pronunciar ese nom~re; no es
.hora esta dr rralidncles. ~ledia noche de ensueño¡¡ es. Ensoñemos juntos. Yo soy
la hija del mar. Tú el amante que,
por amor de la hija del mar, desafía á la muerte. ¿Verdad que tú
me amas así? ¿Verdad que me
darías la existencia por un abrazo
mío? Desde la noche que me viste
Jo. solicitas con los ojos. Pidiéndolo con el temblor de tus dedos sobre la piel, me salvaste la vida.
l\leclia noche es de ensueilos. Va•
mm; á so,-1ar juntos.
Y f11é allí. bnjo el delo e.o;trellado, sobre In ro&lt;'a tapizada &lt;'Oíl
mus,ros, 111 ·nhueten1 1 a por las ul:'s
y por· la !)risa, donde la leyenda
se convirlió en renlídad; donde la
hija del mar ciñó con sus brazos
al hijo de los hombres; donde la
poética entrega se hizo carne de
amor.
Parpadeantes las estrellas, temblorosas de envidia contemplaron
la nupcia; el Océano la cantó; la
brisa recogió, para transportarlo
á los pies de Venus, el aliento de
los amadores; besos y voces de
ellos subían como incienso al espacio; los crujires sordos de las
rocéis eran suspiros de placer;
hasta el lecho de musgo llegaban
Jos gor¡eos con que en el encinar
trovaba el ruiseiior á su hembra,
guardadora del nido ................... .

Dobló Pedro la esquina y desembocó frente l\l
. ,palacio plaleresco.
. .
r
Ccrrauas halló sus ventanas y puertas. No era
est il 'n c·11st 11rn l&gt;re. ¿ Qué pouía ocurrir para tan
·absurdo re"lurdo'?
La mano temblorosa de Pedro se. aferró al

..·~HM. ·a.~.i~t~. ei ·¡;r;;;{é~~·-· ·E~· ~i

gusto. La leyenda debe seguir
hasta que la aurora noo traiga la
realidad. Jura que no hará.s por
seguirme, por mirRrme partir. Es
preciso que lo jures y lo hagas.
-Te lo juro, y lo haré.
-Adiós.
-Adiós ahora. ¿Y mafiana? ...
-¡Mañana!... Cuando quieras
ve mafia.na al solar de los Téllez.

~

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.

XII
~__,,_},¡;;~~
Más temprano que de costumbre- fué Pedro á casa de los TéHez mordisqueándose los laJJIOS para saborear los aldabón de bronce, cuando otra mano le de-bes~s que Laura puso en ellos. Rep~tidos iban tuvo.
á ser, jnnto á las ojivas esbeltas, b"a¡o las cua- · Pertene&lt;:ía· ella á don Urbano.
-No llames- dijo el comerciante...:.... Es inútil.
les triunfaba la corona ducal y campeaba el mote
El pájaro voló.
fanfarrón.
-¿Qué? ...
l\euliund se hizo en la media noche la leyenda
-Fuése como vino. Sin que ninguno lo _pende •la hija del mar, sobre. el amplísimo sil~ún
lapizado con musgos; real iba á hacerse la o, rtt sara. Peor aún que vino se fué. I;,legar la -y1mos.
leyenda, la de la caslellana hermosa y el pasa- malamente. Marchar no hubo qmenes la vieran.
jero trovador, en aquellas estancias donde flo• Ni que fuesen personajes de fantasía;
-Pero ¿ qué dice usted?... ¡ Expllquese, por
taba la sombra de diez siglos.
··
Laura, su Laura, porque ya era suya, porque Dios! ...
-Pues, hijo, que esta madrugada, sobre las
·suya sería siempre, le aguardaria en el camarín
gótico medio tendida sobre los paños árabes, tres y media, oyeron, los que lo oyeron1 ó l~s
fraído~ por un Téllez de la conquista de Granada. que dicen que lo oyeron, ¡ vete á averiguar.,
Acaso no eslaría allí; acaso, impaciente por et ¡ taf ! ¡ taf ! de los automóviles. Que el maverle le esperuría en 111 antecámara, entre las yordomo, ó Jo que sea, ha dejado en la fonda
férre;s armaduras, y las armas lucientes, y los una carla con las llaves de la finca para el pr~tapices rapiilados en J3reda por otro Téllez, com- pietario; y que todos se. han hecho noche, sm
decir «pásenlo ustedes bien"· Del mal en menos
paii.ero de Spínola:
' ·

�XI\"

que no dejaron picos á pagar. De la casa, aún
les -sobre un mes: de un billete que en el almacén me entregaron para cobrarme de una
cuenta, treinta y ocho pesetM &lt;:on seis céntimos.
- Pero ¿ habla usted de veras?
- ¡Ta, ta, ta!. .. Corno te lo digo. ¡Volaverunt!...
Pa mi que no eran cosa de este mundo.
Recostado contra la pared, clavándose las ufias
en las palmas nerviosas de las manos, oía Pedro
al oornerciante.
-Sombras eran-grufió éste.
-¡ Sombras !...-repitió Pedro-. ¡Sombras!
¿ Dónde hallarlas? ...

I

,,
,

~

fI

la entrante donde ondularon sus caderas. En esta
saliente del musgo apoyó su cabeza.; por esa
arista se destrenzaron sus cabellos ...
Todo fué allí, y ya nada era; nada podría
nunca ser.
Mujer de leyenda, criatura real, hija del mar
ó de los hombres, Laura desaparecía para siempre. Poco importaba que desapareciese bajo las
olas ó que se perdiera en el mundo.
Lo cierto es que ya no volvería.. Abrazo asesino
fué el suyo. Corno el de la hija del mar, traía la
muerte aparejada. Gozado una vez ó gozarlo
siempre ó morir. Ser arrastrado al fondo de las
aguas ó al abismo de la separación ; ¿ qué más

,,.
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j/".
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--~---.
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.,,....,.,

. ..

-¡ Sí es buena comisión! ¿Dónde encontrar
seres del otro mundo? Habría que buscarlos allí.
-Cierto-murmuró el joven.
Y añadió, separándose de don Urbano:
-Si ese es su mundo, no tardaré mucho en
encontrarla.
XIII

Dejó llegar la media noche.
Noche era tambien estrellada, de mar tranquilo, de aire suave, de poética soledad.
Pedro abandonó cautelosamente su &lt;:aSuca y
echó á andar, con los pies descalzos, por la roca
lapizada con musgos.
Llegó frente al sillón de piedra y tomó asiento
en él, recorriéndolo con las manos, tanteando con
sus dedos los sitios ocupados por ella en la media noche anterior. Los dedos se crispaban dolorosamente en el reborde donde apoyó su nuca,
en el hoyo donde descansaron sus hombros, en

.

daba? Peores monstruos que los pulpos gigantes
y las formidables arafl.otas eran desengafio y
ausencia. Aquéllos sorben la sangre y pulverizan los huesos; éstos machacan la esperanza
y tragan la dicha.. Muerte J!Or muerte, es más
generosa la que brinda Ia hija del mar.
Pedro no vaciló. Tranquilo, sonriente, murmurando el nombre de Laura, llegó á la punta c1e
la roca y se dejó caer silendoso, sin un gesto, sin
una voz.
Pero si no su voz, otra voz vibró en el aire
con angustia:
-t Pedro!. .. ¿Qué haces? ... ¡Pedro!-gritaba
aquella voz.
-Era la madre. Oyó salir á su hijo, y temerosa, por presentimiento invencible, le siguió,
le observó, le vió cuando se lanzaba al Océano,
con cruzamiento suicida de brazos.
- ¡ Adiós, madre!... ¡ Adiós !-dijo Pedro.
-¡ Adiós, no! ...-respondió la mujer-. ¿ Quieres irte solo? ... ¡ No le irás! ... Soy buena nadadora, Pedro. ¡ O te salvo ó me voy contigo!. ..

Yo-dijo C'l viejo nrn,..slro dP_ la csrueln al:
cleana -podía morir; 1wro 11&lt;,• po&lt;ha de¡ar qu~ m1
buena madre muriese. Porque ella no muriera,
\'ÍVÍ.

- ,\hí tiene usted mi hi,doria afia&lt;hú-. Ese
rs mi idilio; el idilio ele aquel Pedrin, hoy ~arslro
de escuela, humilde e11,;ci11dor &lt;I•• rn:irmenllos

rrbrhle.-;. :\'ada ,¡uecln de cntonees. 1ligo mnl.
Queda rsto.
.
.
Sus nrn11os tc1nblorosas &lt;1bneron un rn¡ón del
armar:o, y pu::;if'roll fr-cnle á mis oj?:-- el _retrato
de 1111a mujPr r&lt;irornt1la &lt;11• flores. eu¡oye&lt;'ldn. eon
perlas ,. corales.
- Esia &lt;'S la hija ele! mur-murmuró n,n voz
dulce el anciano.
Aún huho e11 sIIs 1,j, s 11:1 ru~·o clr pasiún: nún
ruveron sus miradas Robre el retralo, como un
beso de luz...

�t

~~~€-t_C_u_c_n_t_o_S_¡manal
~

fl Cuento ·Semanal

30 céntimos

REVISTA ILUSTRADA

Redacción

Administración, Fuenc arral. 90.
NÚMEROS

,.• Jacinto Octavio Picón: Dumcanto.
a.• Jacinto Benavente: La sonrisa de GiocQt1dti,
3.• Cregorio '.\l artínez Sierra: Aventura,
4.• E&lt;luanlo Zamacois: La cita.
5. • Salvador Rueda: la guit,Jrra.
6. • Antonio Z.ozaya: La maldita culpa,
7.• Emilia Parrfo Bazáo: C,uia uno ...
8! Joaquin Dicen ta: Una ktra de cambi'o.
9: Velipe Trigo: Reveúulor«-4.
to, José f-"rancés: El alma via era.
1 1. E,luarclo :i.t arquina: La carm,ana.
r2. Juan Pére ~ Zt'tñiga: La Soltdad thl campo.
l J, Petlro de: k~µi&lt;le: Dtl RaJtro á Maravillas.
14., Manuel Rueno: Gu,♦lkrmo tl aja.nOn,u:lo.
15. Manut:I Linares Rivas: La esj&gt;uma tlelcltampagne.
16. Pedro :\lata: Ni amor ni arte.
t¡. Amado Nervo: Un sue,ú,,
18. Alcjancl ro Sawa: Historia tú una reü1n.
19. F. \'ilJacsµesa: El miLtgro d, las rouu.
20. S. y J. Álvarez Quintero: La 11u:dredta,
21. Sinesio Delgado: El.fin de una 4rnula.
23. E. Ramírez-Ángel: Dt corazón en corazón,
23. A. Larrubiera: La conqr,úta dtl iándtilo
24-. Mauricio López-Roberts: LaJ Trt, Rriua.s,
25. C.:010 10 bine: El tuoro del CtUtil/.o
26. F. Serrano de la Pedrosa: ;Por malas.
27. Pablo Parellada: Pom)a, d, a/nin.
28. Ramón Pérez de Ayala: Artemisa.
29. i1anuel Ugarte: La leyem/.,_, tÜlgauclt.o.
30. Mariano Vallejo: D11,dajagada.
3 1, Arturo Reyes: La Moruchita.
3:i. Ángel Guerra: Al «j'allo».
33, Rafael Leyda: Sanüficará.s lasfiestas,
34. Cristóbal de Castro: Luna, Lunera.•.
35. R icar&lt;lo J. Catarineu: Alma.1 errantes.
30. Francisco F. Villegas (Zeda): Conftswn.
37. Clandio Frollo: Cómo murió Arriag-a.
38. Antonio Palomero: Don Claud·io.
39. Pum pe yo Gener: (Jltünos momentos de Mi"gutl Servet,
40. Carlos Luis de Cuenca: Lo que ,on la, cosas.
4 1, J. López Pinillos: Frente al mar.
4:i. Blanca de los Rios: Las hijas de do11. Juan.
43. Julio Camba: El destierro.
44. ~ligue] Sawa: La 1.Wuiú&amp;a.
45. Luis Bello: El &amp;oruón de jesús.
46. J. l-'errándiz: El «Die.s irtu• de Sa11 Hubtrto.
47. A. R. Bonnat: Un ltomDre uri'o.
48. Alberto lns(1a: La.rs11UJrita.1.
49 J. M! Salaverría: El litera.to.
50. Apeles ~les tres: La es¡ada.
5r. 81:.tnro-Belmonte: La ciencia tkl dolor,
52. Rafael Salillas: Quiero str santo.
53. NúM.ERO-ALldANAQU1': Del &amp;ami1101 por Joaquín Dicenta.
Precio: so &amp;lntimo.r.
54. Manuel Linares Rivas: Un fitl amador ...
55. Antonio Zozaya: CJm&lt;,, deli11que1' loJ vit¡O.r.
56. Eduardo Marquina: «La Muutra».
57. Arturo Gómez-Lobo: La senda estiril.
58 Sinesio L&gt;clgado: Esjiritu ;uro.
59. Pedro de Répide: El solar d, la /Jokra.
60. Eduardo Zamacois: El Collar.
61. J. P'rancés: Mi11ttrM las horas duermen.
63, Gabriel )tiró: tVómada.
63, Ramóo A. Urbaof&gt;: El óaróero del u.sla.
64. Pascual Santacruz: Nabina obliga.
65. José M. • M atheu: lln 6onito negocio.
66. Leonardo Sherif: los &amp;Ntrno.r d e la luna.
67. Francisco~-. Villegas (Zeda): Lajáórita.
68. Blanca de los Ríos: Madrid goyesco.
69. l'elipo Sassone: Vimd, la .,;da.
70 y 7 1. Benito Pérez Galdós: G1rona.
72. Jacinto Octavio Picón: /Uvnles.
73. G . Martínez Sierra: To,.,-1 tú marfit.
74. A. Hcrnárirlc.z-Catá: Elj1eado original.
75. A r tim,Reyes: El Niño de los Cair,lts.
76. F . Garcia-Sancbiz: Hútoria romántica.
77 . Felipe Trigo: El gran simjáli&amp;o.
78. Ramón M. Tenreiro: Eml&gt;ru1amz't,ito.
79 Cristóbal de Castro: Las insadaólu.
So. Joaquín Diccnta: La gaMnia.
8 1, C..olombine: Snidcro.rtU vida.
82. SaJvacior Ruerla: El ;oema de lo.r ojo.t.
83. J osé Santos Chocano: La cruzy ti sol.
84, Claudio Frollo: Las cuairo m ujeru.

-.-

MADRID

PUBL [ OADOS
Ecluardo ~íarquina: Conula sinitura ...
~Jau ricio López•Roberts: En la cu,,rt,, pr,ma.
A. Zozaya: La pririu~ita de Pan;, Afie/ .
Peri ro &lt;le R pi&lt;le: ,Voclu perdida.
~lanud Ugarte: La sombrad" la ffuulr,.
P echo )lata: Cuesta aóaio.
F. Serrano cie la Perlrosa: El «.Em¡,u,wri,.
J oaquín l&gt;i..:enta: G,,ler11a.
93. J . Be na vente: Nuevo coloquio de l&lt;H perroJ.
94. A . '.\lartínez Olmedilla: Por dJnde vine /,, dicka.
95. Conclcsa &lt;le Par&lt;lo Bazán: Atlnuü la 11e-rdad.
96. J . Ortiz de Pinerlo: La didta lmmitde.
97. Erluar&lt;lo Zamacois: E . }rtralltico.
98, Felipe Trigo: L,i.s Pos,td,u del Amor.
99. J, :\l.• S;i. la verría: Ahwdo su6terrá1ttO,
100. A. llu111.:ilc1.-Blanco: U,i amor de provi,lf.·tll
101. J . Lóµez Pinillos: Lo, ettemi'gos.
10:i. Antonio Zuzaya: La baln fría.
103. Con&lt;tcs.a &lt;le Parrlo Bazán: Btklbú.
104. Juan Pérez Z1H1iga: El cocodrilo az"l .
105, )lanncl llueno: El b,!Q,, dt Aquik.r.
1o6. Enrique López Alarcón: la Cruz tul C,triiw
107, J. Téllcz y Lóµci: A-/Jitu admiral,i'tis.
108. R. Urhano: La .Vrmta Fe.
109. F. f-''lores García: El P,u/rino.
1 10. G. )1 artíncz Sjerra: Egloga.
u 1. Felipe Trigo: /..,,,n irrt;ara/Jk.
1 n. J. J. 1,orente: Futros dt la car,,e.
11 3. J. Bcoavente: A 11er que haet u.n lromhre
1 q . Cijes r\µaricio: la Veugan::a.
11 5. F. Periquct: Exlmu.st.t,;.
t ro. Lópcz &lt;le l laro: Vu g ,iridad.
t r7. Cristóbal &lt;le. Castro: IJ11 honitay laje11,..
118. Eugenio Sellés: En:meilos de muñecas.
r tQ, Luis Calµ1.:na: lj,, mil,1.gro del Arte..
120. Pcrlro :\lata: La Cel ,¿., fk Alo,lJo Quijm,o.
121. R. rlcl \'alle-lncláo: ll1ta tertulia de antllJlo.
1 23, José ;\I_. ;\l;i.thcu: E11trttloroy/asa11grt.
123. A lbcrto Insi'1a: C,imo cambia tl amor.
12,4.. Pedro G. '.\lagro: Hid,:lgJfi,, morisca.
125. R icarclo 1~eón: Amor d, carid,,d.
1 20. F. Serrano tJ~ la Perlrosa: la broma.
127. Emilio Carrére: Hl dolor dt llegar.
128. Etfuar&lt;to )larquina: Re.to dtoro.
1 2 0 . Guillermo Hcrnánrl z '.\lir: Peda::o.r dtvida.
130. José Francos Ro•lríguez: La ltora íe/iz.
131. Eugenio Noel: A 1ma de ,anta,
r 31. L uis de Tapia: rlsl en la Titrra...
t 33, Juan A . Ca \.'estany: La Ni,&amp;a de lo.r ruble.s.
134. L uis Antón rlel 0lmet: Por qui soy un óolw,do.
r35. E. '.\lenénilez y Pclavo: El 1lfolt.
l Jb, Bcrnar&lt;lo Herrero Oé:hoa: la esfingt de lrt'tW.
137. L uis l-l ui&lt;lobro: C,irucko.
138. Feilerico Urrecha: F.l sm'cidio de Regúle:i.
13q, J . Puus y Pagés: El l,nmhrt bueno.
140, Alfonso Ca reía rlcl Busto: Su:Ao de l,og-ar.
141 . Benigno \'arela: /,a frrrorista.
141, Anrlrés González~ Rlanco: El cmtigo.
143. Francisco \'illacspesa: El último Ahtkrramán.
q.4, E. Cómcz Carrillo: .Vue.,;tra Seiú,ra de los Oios Verda.
q ,;, ft. Fale;:ro ;\larquina: ,'ard Avis.
I 46 Felipe l'rigo: A JotÚJ lwttor.
147. Ramón Pérez &lt;le .-\yala: Seutinwital Club.
1-48. C'armen rle Burgos ( ('olombine): E11 la g,urrti.
149. Rafael Lóp'-'Z rle Ha.ro: /)1J raio t'1l la Ribtra.
15u. Eciuarrlo .\l arquina: Rosudesn.11cre.
r51 . l\Jartiocz Cuenca: Sema1ta de PaJ"i1í1t.
15~. Concepción Gimcno rlc Flaquer: Una Eva moderna.
153. Alber to lnsl,a: El crimen dt la calledt...
154-. Carlos Feruán&lt;lcz Shaw: El Poema dt Carat:ol.
155. Luis Cánuvas: El obsiticuL,,
156. Sofía Casanova: La pri,icesa del amor ltermo.ru.
157. ~l igue) Ramos Carrión. La reina de lo, ft1ag4J,"ru.
158. ~alvarlor Ruerla: El poema d la 1111~/tr.
1 5Q. Peitru ite Répicie: U,i aeenu, dt vie.-a s.
1óo. l&gt;oriu ite Gádex: Por el camillo tk lastollúrtas...
161. Arturo Reyes: /Je mi 11fmi1ir.
161. Vicente Almcla: La smda triste.
163. J•laquío Bel&lt;la: Utt bailtdetr,y·u.
164. &lt;"arios Miranda: Mi 11iiia.
165. Benigno V arela: Re'ám; igos de ml v ida.
166. Antonio ~I. Viérgol: La tragedi, p11líti'ca.
16 7. Felipe Sassone: En carne vi!Ja .
85.
86.
87.
88.
89.
go.
91.
93.

11.A. ~ECONQUIST.A
P OR

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ANTONIO DE HOYOS Y VIHEHT
.. Ilustraciones de SANTAWA BO.RILLA

�</text>
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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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          <name>Título Uniforme</name>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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                <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 168,  Marzo 18</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>Cultura</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
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                <text>Dicenta, Joaquín, 1862-1917, Colaborador</text>
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                <text>Agustín, Ilustraciones</text>
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                <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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            <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Asombra y ayuda</name>
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        <name>Joaquín Dicenta</name>
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        <name>Libros y revistas</name>
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        <name>Novela El Idilio de Pedrín</name>
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                    <text>t

~~~€-t_C_u_c_n_t_o_S_¡manal
~

fl Cuento ·Semanal

30 céntimos

REVISTA ILUSTRADA

Redacción

Administración, Fuenc arral. 90.
NÚMEROS

,.• Jacinto Octavio Picón: Dumcanto.
a.• Jacinto Benavente: La sonrisa de GiocQt1dti,
3.• Cregorio '.\l artínez Sierra: Aventura,
4.• E&lt;luanlo Zamacois: La cita.
5. • Salvador Rueda: la guit,Jrra.
6. • Antonio Z.ozaya: La maldita culpa,
7.• Emilia Parrfo Bazáo: C,uia uno ...
8! Joaquin Dicen ta: Una ktra de cambi'o.
9: Velipe Trigo: Reveúulor«-4.
to, José f-"rancés: El alma via era.
1 1. E,luarclo :i.t arquina: La carm,ana.
r2. Juan Pére ~ Zt'tñiga: La Soltdad thl campo.
l J, Petlro de: k~µi&lt;le: Dtl RaJtro á Maravillas.
14., Manuel Rueno: Gu,♦lkrmo tl aja.nOn,u:lo.
15. Manut:I Linares Rivas: La esj&gt;uma tlelcltampagne.
16. Pedro :\lata: Ni amor ni arte.
t¡. Amado Nervo: Un sue,ú,,
18. Alcjancl ro Sawa: Historia tú una reü1n.
19. F. \'ilJacsµesa: El miLtgro d, las rouu.
20. S. y J. Álvarez Quintero: La 11u:dredta,
21. Sinesio Delgado: El.fin de una 4rnula.
23. E. Ramírez-Ángel: Dt corazón en corazón,
23. A. Larrubiera: La conqr,úta dtl iándtilo
24-. Mauricio López-Roberts: LaJ Trt, Rriua.s,
25. C.:010 10 bine: El tuoro del CtUtil/.o
26. F. Serrano de la Pedrosa: ;Por malas.
27. Pablo Parellada: Pom)a, d, a/nin.
28. Ramón Pérez de Ayala: Artemisa.
29. i1anuel Ugarte: La leyem/.,_, tÜlgauclt.o.
30. Mariano Vallejo: D11,dajagada.
3 1, Arturo Reyes: La Moruchita.
3:i. Ángel Guerra: Al «j'allo».
33, Rafael Leyda: Sanüficará.s lasfiestas,
34. Cristóbal de Castro: Luna, Lunera.•.
35. R icar&lt;lo J. Catarineu: Alma.1 errantes.
30. Francisco F. Villegas (Zeda): Conftswn.
37. Clandio Frollo: Cómo murió Arriag-a.
38. Antonio Palomero: Don Claud·io.
39. Pum pe yo Gener: (Jltünos momentos de Mi"gutl Servet,
40. Carlos Luis de Cuenca: Lo que ,on la, cosas.
4 1, J. López Pinillos: Frente al mar.
4:i. Blanca de los Rios: Las hijas de do11. Juan.
43. Julio Camba: El destierro.
44. ~ligue] Sawa: La 1.Wuiú&amp;a.
45. Luis Bello: El &amp;oruón de jesús.
46. J. l-'errándiz: El «Die.s irtu• de Sa11 Hubtrto.
47. A. R. Bonnat: Un ltomDre uri'o.
48. Alberto lns(1a: La.rs11UJrita.1.
49 J. M! Salaverría: El litera.to.
50. Apeles ~les tres: La es¡ada.
5r. 81:.tnro-Belmonte: La ciencia tkl dolor,
52. Rafael Salillas: Quiero str santo.
53. NúM.ERO-ALldANAQU1': Del &amp;ami1101 por Joaquín Dicenta.
Precio: so &amp;lntimo.r.
54. Manuel Linares Rivas: Un fitl amador ...
55. Antonio Zozaya: CJm&lt;,, deli11que1' loJ vit¡O.r.
56. Eduardo Marquina: «La Muutra».
57. Arturo Gómez-Lobo: La senda estiril.
58 Sinesio L&gt;clgado: Esjiritu ;uro.
59. Pedro de Répide: El solar d, la /Jokra.
60. Eduardo Zamacois: El Collar.
61. J. P'rancés: Mi11ttrM las horas duermen.
63, Gabriel )tiró: tVómada.
63, Ramóo A. Urbaof&gt;: El óaróero del u.sla.
64. Pascual Santacruz: Nabina obliga.
65. José M. • M atheu: lln 6onito negocio.
66. Leonardo Sherif: los &amp;Ntrno.r d e la luna.
67. Francisco~-. Villegas (Zeda): Lajáórita.
68. Blanca de los Ríos: Madrid goyesco.
69. l'elipo Sassone: Vimd, la .,;da.
70 y 7 1. Benito Pérez Galdós: G1rona.
72. Jacinto Octavio Picón: /Uvnles.
73. G . Martínez Sierra: To,.,-1 tú marfit.
74. A. Hcrnárirlc.z-Catá: Elj1eado original.
75. A r tim,Reyes: El Niño de los Cair,lts.
76. F . Garcia-Sancbiz: Hútoria romántica.
77 . Felipe Trigo: El gran simjáli&amp;o.
78. Ramón M. Tenreiro: Eml&gt;ru1amz't,ito.
79 Cristóbal de Castro: Las insadaólu.
So. Joaquín Diccnta: La gaMnia.
8 1, C..olombine: Snidcro.rtU vida.
82. SaJvacior Ruerla: El ;oema de lo.r ojo.t.
83. J osé Santos Chocano: La cruzy ti sol.
84, Claudio Frollo: Las cuairo m ujeru.

-.-

MADRID

PUBL [ OADOS
Ecluardo ~íarquina: Conula sinitura ...
~Jau ricio López•Roberts: En la cu,,rt,, pr,ma.
A. Zozaya: La pririu~ita de Pan;, Afie/ .
Peri ro &lt;le R pi&lt;le: ,Voclu perdida.
~lanud Ugarte: La sombrad" la ffuulr,.
P echo )lata: Cuesta aóaio.
F. Serrano cie la Perlrosa: El «.Em¡,u,wri,.
J oaquín l&gt;i..:enta: G,,ler11a.
93. J . Be na vente: Nuevo coloquio de l&lt;H perroJ.
94. A . '.\lartínez Olmedilla: Por dJnde vine /,, dicka.
95. Conclcsa &lt;le Par&lt;lo Bazán: Atlnuü la 11e-rdad.
96. J . Ortiz de Pinerlo: La didta lmmitde.
97. Erluar&lt;lo Zamacois: E . }rtralltico.
98, Felipe Trigo: L,i.s Pos,td,u del Amor.
99. J, :\l.• S;i. la verría: Ahwdo su6terrá1ttO,
100. A. llu111.:ilc1.-Blanco: U,i amor de provi,lf.·tll
101. J . Lóµez Pinillos: Lo, ettemi'gos.
10:i. Antonio Zuzaya: La baln fría.
103. Con&lt;tcs.a &lt;le Parrlo Bazán: Btklbú.
104. Juan Pérez Z1H1iga: El cocodrilo az"l .
105, )lanncl llueno: El b,!Q,, dt Aquik.r.
1o6. Enrique López Alarcón: la Cruz tul C,triiw
107, J. Téllcz y Lóµci: A-/Jitu admiral,i'tis.
108. R. Urhano: La .Vrmta Fe.
109. F. f-''lores García: El P,u/rino.
1 10. G. )1 artíncz Sjerra: Egloga.
u 1. Felipe Trigo: /..,,,n irrt;ara/Jk.
1 n. J. J. 1,orente: Futros dt la car,,e.
11 3. J. Bcoavente: A 11er que haet u.n lromhre
1 q . Cijes r\µaricio: la Veugan::a.
11 5. F. Periquct: Exlmu.st.t,;.
t ro. Lópcz &lt;le l laro: Vu g ,iridad.
t r7. Cristóbal &lt;le. Castro: IJ11 honitay laje11,..
118. Eugenio Sellés: En:meilos de muñecas.
r tQ, Luis Calµ1.:na: lj,, mil,1.gro del Arte..
120. Pcrlro :\lata: La Cel ,¿., fk Alo,lJo Quijm,o.
121. R. rlcl \'alle-lncláo: ll1ta tertulia de antllJlo.
1 23, José ;\I_. ;\l;i.thcu: E11trttloroy/asa11grt.
123. A lbcrto Insi'1a: C,imo cambia tl amor.
12,4.. Pedro G. '.\lagro: Hid,:lgJfi,, morisca.
125. R icarclo 1~eón: Amor d, carid,,d.
1 20. F. Serrano tJ~ la Perlrosa: la broma.
127. Emilio Carrére: Hl dolor dt llegar.
128. Etfuar&lt;to )larquina: Re.to dtoro.
1 2 0 . Guillermo Hcrnánrl z '.\lir: Peda::o.r dtvida.
130. José Francos Ro•lríguez: La ltora íe/iz.
131. Eugenio Noel: A 1ma de ,anta,
r 31. L uis de Tapia: rlsl en la Titrra...
t 33, Juan A . Ca \.'estany: La Ni,&amp;a de lo.r ruble.s.
134. L uis Antón rlel 0lmet: Por qui soy un óolw,do.
r35. E. '.\lenénilez y Pclavo: El 1lfolt.
l Jb, Bcrnar&lt;lo Herrero Oé:hoa: la esfingt de lrt'tW.
137. L uis l-l ui&lt;lobro: C,irucko.
138. Feilerico Urrecha: F.l sm'cidio de Regúle:i.
13q, J . Puus y Pagés: El l,nmhrt bueno.
140, Alfonso Ca reía rlcl Busto: Su:Ao de l,og-ar.
141 . Benigno \'arela: /,a frrrorista.
141, Anrlrés González~ Rlanco: El cmtigo.
143. Francisco \'illacspesa: El último Ahtkrramán.
q.4, E. Cómcz Carrillo: .Vue.,;tra Seiú,ra de los Oios Verda.
q ,;, ft. Fale;:ro ;\larquina: ,'ard Avis.
I 46 Felipe l'rigo: A JotÚJ lwttor.
147. Ramón Pérez &lt;le .-\yala: Seutinwital Club.
1-48. C'armen rle Burgos ( ('olombine): E11 la g,urrti.
149. Rafael Lóp'-'Z rle Ha.ro: /)1J raio t'1l la Ribtra.
15u. Eciuarrlo .\l arquina: Rosudesn.11cre.
r51 . l\Jartiocz Cuenca: Sema1ta de PaJ"i1í1t.
15~. Concepción Gimcno rlc Flaquer: Una Eva moderna.
153. Alber to lnsl,a: El crimen dt la calledt...
154-. Carlos Feruán&lt;lcz Shaw: El Poema dt Carat:ol.
155. Luis Cánuvas: El obsiticuL,,
156. Sofía Casanova: La pri,icesa del amor ltermo.ru.
157. ~l igue) Ramos Carrión. La reina de lo, ft1ag4J,"ru.
158. ~alvarlor Ruerla: El poema d la 1111~/tr.
1 5Q. Peitru ite Répicie: U,i aeenu, dt vie.-a s.
1óo. l&gt;oriu ite Gádex: Por el camillo tk lastollúrtas...
161. Arturo Reyes: /Je mi 11fmi1ir.
161. Vicente Almcla: La smda triste.
163. J•laquío Bel&lt;la: Utt bailtdetr,y·u.
164. &lt;"arios Miranda: Mi 11iiia.
165. Benigno V arela: Re'ám; igos de ml v ida.
166. Antonio ~I. Viérgol: La tragedi, p11líti'ca.
16 7. Felipe Sassone: En carne vi!Ja .
85.
86.
87.
88.
89.
go.
91.
93.

11.A. ~ECONQUIST.A
P OR

==------====

ANTONIO DE HOYOS Y VIHEHT
.. Ilustraciones de SANTAWA BO.RILLA

�El Cuento ·Semanal
SE PUBLICA LOS VIERNES
22~

or1c·1HAS:

Fuencarral, núm. 90.--HADRID

480 IV.-29 de Abril de 1910.-HUH. 11l
PRECIOS DE SUSCRIPCION

Madrid y provincias: Trimestre, 3,50 pesetas.
Semestre, 6,50 pesetas. Año, 12. Extranjero: Semestre
10 pesetas. Año, 18.
A.nuncios á precios convencionales.

Número sud to:

Apa rtado de Correos 409.

LIBROS Y REVISTAS

aO

céntí mos.

clil','!'lo~ el-• fülogrufíus t,omadas en distintos
¡i11111;,; d:PI ,rnr ; l'l pre{;ioso mapa á cualro tintas,
lllnpa de gmll tumaiío y que marca con trazos

su11

. España en Marruecos, crónica de la guerra del encarnados las posiciones conquistadas por nuesRif, por Augusto Riera, publicada por la Casa
1rns !ropas y la zona de influencia de España,
edilorial Maucci.-Es la obra «Espaüa en Ma- contribuyen en gran manera á dar á la obra imrruecos., una rela.oión &lt;.:ompl-cla y delallada de 1&gt;.1r.l unti t1 ~- tmie1:itlatl y ú recomendarla á cuanlas ·opcraciorn:is mililares realizadas por el cjértos la desconoc.en todavía..
r-ilo español en las inhospitalarias playas y monEl último héroe , nwravjllosa novela del portañas del Rif desde primeros de Julio á últimos
n~Ltir, esaitu pol' Hoque ele Santillana.-Es el
de '.'\oviembrn de 1909. Con.liene dalos exactos de :n·in1er lihro d,• 1111 aulor inédito, que tiene ya la
las fuerzas que entraron en ~mpaña; enumera nuiL'sl1·ía de los t•xperimentados en numerosas
y relata una por una las principales funciones ubrus, r 1rue ú ello une un gran caudal de cultura
ele guerra, detallando lodos los episodios no- 1·ienlífin1 muder-nu. Es un libro de imaginación
tables de esos coro bates encarnizados; da las y üt: peusurnicnlo; Ju Lflh' ú la primera atañe n os
,·iíras de los e;ombalienles muertos y h,"ridu.s:
tHniln cun su va r ieclad pintoresca, y lo que á
explica, con toda claridad los avances sucesivos
la sPguudu IH,s alfoclrina, por cuanto el autor
.de nuestras tropas, las posiciones ocupadas desupor!a ú m,whos problemas canden.les su obra
pués de lucha más ó menos encarnizada; analiper;c:.unnl, intensa ~- clara. No dudamos de que
za la composición y fue,rza de los contingentes
Hoque de Sanlillana conquistará desde .el primer
rifeüos que desde el principio de la carnpafla i;c
momento un pue,sto honroso en ia literatura
opusieron á l a marcha de nuestras tropas; despatria.
cribe la topografía d,e las comarcas donde operaEst" libro, primorosamente editado por la
ren los soldados ~~spaiíolcs, y evidencia la impo.rlibrería d' F. llellrán, Principe, 16, Madrid, forlancia que han tenido las operaciones realizadas.
11 Rt un volumen en 8. 0 e;on artística cubierta.
Aparccen en 11Espafia en :\Iarruecos", con todo
el relieve necesario, no solamente las figuras de
COLECCIONES ENCUADERNADAS
los general ~s, jefes y oficiales, sino también las
ele los soldados y clases que más se distinguieron en el curso de la campal1a. Así como lodos
L11-s colecciones de lo.s años 1907, 1908 y 1909,
Jior-0n su sangre con igual impetuosa generosielegantemente euc uadernadas en c uero, con indad, movidos de su amor á la patria, así también &lt;:ru:staci011es de oro y en relieve, compt.esta cada
y por igual son dignos de recordación y loa por u11u &lt;le dos Lomos, se venden al precio de
sus altos hechos. A causa de muchos de estos
25 pesetas para Madrid y provincias
36
•
para el extranjero
episodios sangrientos y heroicos, narrados con
ameno estilo, resulta la obra de ag·radabilíma
lectura. Es la única completa publicada ha.sla
ahora, pu-es no falÍa en ella uno solo de los daSe adm iten administr aciones de fincas,
1.os qu,c pueckm interesar ú. los lector.es de todas
las clases sociales, y contiene una abundancia consignaciones y t oda clase de encargos
tle dclallc.s desconocida en tal clase de obras.
á comisión. Inmejorables r eferencias.
Por lo mismo, no solamente es «Espafla rn
~farruocos» un libro de amena é inter.esanlc lcx-- Dirigirse á esta Administración
lura para toda clase de personas, sino obra de
A LOS COLECCIONISTAS
.consulta que forzosamente ha de figurar en las
b1bliol,ecas d,e los hombres instruídos, y rnuy
espccialmcnt,e en las de cuantos se dedican ú los
estudios históricos, geográficos ó políticos.
En esta Administración y en las principales librerlas
y l,ioscos de toda Espalla, se venden ejemplares de
La 'ilustración abundante, escogida y rigurosatodos los n úmeros publicados por EL CUENTO SEmente precisa, pues la mayoría de los grabudos
MANAL al precio de 30 céntimos ejemplar.

ANTONIO DE HOYOS Y VINE NT

El Cuento Semanal

PAR A MA NI LA

El Cuento Semanal

LA RECONQUISTA
A

Jacinto Benavente

Una novela es un espejo
que paseamos á lo larg o de un camino.

STENOHAL

I

-Ya an tes de casarse era una perdida.
- ¡ P ues huy que confesar que ha sido cur,seeuenlc !-subrayó irónica la voz chillona de Fernando :tl!endaro, el provincianilJo aquel, menudo
y vivaracho, con vistas á la política y a l periodismo, que od[ándoloo y riéndose de ellos en el
fondo de su buen sentido {no carecía de inteligencia), se pirraba por alternar y codearse con
los figuron.es de la elegancia. Era. listo, con, un
talento á que, mejor Ql)e genial , cuadr aría el

a&lt;ljelivo de práctico; sabía hacer su cam ino, unas
veces por los tejados, otras por los suelos, casi
nunca por ter reno rotulado, pero subiendo sietn- ·
pre ; espíritu fino, observador, sorprendía in.me-'
diatamente el lado ridículo de las cosas, '.Y la
sátira, cruel, disecadora, acudía pujante á sus
labios y batallaba con el sentido práctico, que le
aconsejaba no hacerse enemigos; de esta épica·
lucha n acían á: veces chistes feroces de antropófago-habla Lulú Acebeda-, que alzaban roflcha.s. A nte el último, el grupo entero rió. ·
Formaban la peña dos cronistas de sálóries,

�ue los de segunda ftla, postreros admiradores
del ingenio, desgail·e y donosura de la condesa
viuda de la Campanada; Ju lito Calabres, que
harto de aguantar á la embajadora del Turquestán se había sentado allí para dedicar un rato
á la disección y otro á la historia antigua, y la
dama que, gorda formidable, con no sé qué apariencia, bajo los terciopelos del traje y la magia
de las preseas (quinientas mil pesetas de perlas
y trescientas cincuenta mil de brillantes), de
ídolo indostánico, se entregaba, con la crueldad
insaciable de tales deidades, á la noble é higiénica tarea de despellejar á las gentes que pasaban al alcance de sus cansadas pupilas, en otros
tiempos los más bellos zafiroo de ·su colección.
Era una especie de dios Siva, sin rabo, y vestido de terciopelo chiftone malva, con corona
condal.
Después del comentario de Mendaro, los otros
prepararon su mejor carcajada para ovacionar el
chiste que, seguramente, se le ocurriría á la
dama; pero á la dama no se le ocurrió nada, ó,
mejor dicho, sí, se le ocurrió que había dejado
encendida, al salir, la luz del gabinete, y que de
fijo á su doncella se le olvidaría apagar, y se
estaría gastando un disparate. Y quedó inmóvil,
la cabeza menuda, una cabeza clásica de diana
cazadora, que debió ser bellísima, y que ahora,
estropeada por loo afios, tenía esa ruinosa imperfección de los mármoles hallados en Pompeya,
inclinada sobre el cuerpo, atacado de elefantiasis,
y ,en toda su persona no sé qué cansando triste
de mujer que ha vivido mucho.
Mientras los del grupo comentaban, la presunta víctima, Sofía Roldán, duquesa de la Florida, seguía su paseo triunfal del brazo de Jaime
Alcázar. Ella, rubia, alta y frondosa como una
ninfa de Rubens--una ninfa de Rubens vestida
por Worth y enjoyada por Cartier-, arrastrando con majestad d&lt;' reina la enorme cola de crespón mirto, enguirnaldada de glidnias, y luciendo la nacarada maravilla del escale estelado de
colosales esmeraldas, oompafieras de las que
fulguraban entre los cabellos rubios que aureolaban el rostro, bonito sin ser maravilla en su
borrosa expresión de pintura al pastel; e, Juime
Alcázar, marqués de Jarama y de Paracuellos,
tres veces Grande de España, Tenorio, mejor
Lovelace irresisw,,e. elegante de cartel, gallo del
corral del chic, novio soñado de todas las vírgenes en estado de merecer, amante deseado de
mundanas resbaladizas, buscado por las mujeres fáciles como un timbre de gloria, un poco
fondón ya, aunque aún apuesto, disimulando
sus cuarenta y siete años en lo fanfarrón de su
ademán y en la alliva apostura de su cuerpo,
embutido en el frac azul de dorados botones,
que hacía resallar más sobre la nítida albura
de la pechera, cerrada con gruesa perla, la banda
roja y verde d-e San Esteban. Y resultaba arrogante, igual la pareja, en una igualdad de riqu,ezas, de honores, de prestigios que eran desprf'stigios y ... de años ! ...
En la gloria luminosa que cientos de bujías
eléctricas reverberaban desde las arañas de tallado cristal de roca, destacábanse sobre los muros, tapizadoo de damasco prelado de la Embajada de Novenlandia, prodigiosos tapices, admirables pinturas, bronces y porcelanas de museo,
viviendo extraña vida de quimera entre las guírnaldas de rosas y las cortinas de jazmines, que
llenaban el aire de fragancias. Los novenlandeses h&amp;bían comenzado por decapitar á sus reyes,
y .luego se habían entregado con furor á la adoración de la majestad. Apoderáronse de. los sitios reales, de las manufacturerias de la casa
real, de los cazaderos ... Dueños del terreno, pensaron en instalar sus presidentes de República

en los regios alcázares; pero aquellos señores
\'enlrudos, prosaicos, aburguesados, desentonaban en el majestuoso ambiente, que pedía á gritos la corona y el edro, empufiado por derecho
divino; eran casi una profanación, y el buen pueblo optó por construirles un nuevo palacio, muy
moderno y muy inglés, y respetar los antiguos,
ungidos por cien generaciones de monarcas. Serían museos. Y fueron museos, más que de arte,
de la realeza, y fueron residencia temporal de
monarcas errabundos, á quienes el buen pueblo
vitoreaba y festejaba. Para Novenlandia comenzó una era de reyes; reyes que iban á divertirse
bajo la salyaguardia de la República; reyes que
iban á oonsullar especialistas, reinas que visitaban talleres modisleriles. .. Para todos hubo
aplausos y vítores; banquetes y revistas militares, en que las banderas republicanas saludaban las águilas imperiales; cacerías y pastorales en los jardines del viejo palacio de amor,
que hicieron triunfar soberanas y favoritas. Y
:\ovenlandia, no contenta aún con el egregio visiteo, quiso deslumbrar á Europa, y comenzó á
repartir por sus Embajadas las maravillas de
los irnerdnmnebleP reales. Por eso, sobre los
purpúreos muros de la mansión republicana, monarcas de amplias pelucas empolvadas y largos
mantos de terciopelo azul, eslelado de plala.,
preludiaban un ademán majestuoso, y cardenales, vistiendo talares atavíos de púrpura, sonreían con la fina mueca de su boca florentina,
mientras tejidos en las obscuras tramas de los
lapices vivían hazañas fabulosas, y diosas y
cortesanas oficiaban en el templo de Eros.
Hacía calor aquella noche, y en el aire, ca:rgado de aromas de rosas y perfumes de tocador,
vibraba el susurro de las conversaciones con
zumbido de colmena, en que fallaba aún el suspiro de los violines, silenciosos por protocole.seas
exigencias de la próxima llegada de los reyes.
En los amplios salones la mullilud se prensaba,
agitándose ansiosa en espera de la corte; sobre
las calvas de los caballeros flameaban 10$ penachos de los tocados femeniles, y el negro paño
d,e los fracs ofrecía su contraste al nacarado
terciopelo de los escotes que, irisados de joyeles,
mostraban las mujeres.
Sofía Roldán, del brazo de su amanle, seguía
el triunfal paseo al través de loo salones y la
mullitud abría calle, como si aquello fuese un
anticipo de las pompas de la realeza, con ansia
esperadas. ¡ La duquesa de la Florida y el marqués de Jarama ! ¡ La mujer más elegante de
Madrid y el hombre de más cartel! Y las gentes
se inclinaban, buscando con una frase amable
una sonrisa; las flores de lisonja y adulación
iban ce.yendo á su paso, sembrando su ca111ino
corno el de un César; pero tenían aquéllas algo
de las amarillas y rosadas del cspiuo, que alegran nueslra vista al pasar por el sendero, pero
casi siempre sus pinchos desgarran nuestras
vestiduras. Allí quedaban jirones de bonra (si
es que aún les restaba alguna); á las frases galanas, llenas de melosidad empalagosa, sucedían
comentarios sangrientos, chistes chabacanos, y
la palabra lío, seguido del burlesco adjetivo de
trasnochado, sonaba fatal.
¿ Lío? Sí; era muy antiguo aquello (diez ó dooe
afias), y aún amenazaba prolongarse indefinidamente, mientras el marido en el Senado discutía
las leyes de moral social y las niñas casaderas
envej,ecian, esperando que el buen mozo millonario cayese en sus redes. Habían empezado
cuando ella triunfaba en plenitud de belleza y
elegancia, y él era invulnerable, tormento de
beldades casquivanas, terror de maridos y maestro de conquistadores. Sus amoríos fueron un
acontecimiento en la sociedad; sus riñas lleva-

ron la consternación á los salones· sus r,enconciliaciones provocaron benéYolas ' sonrisas de
aqu~esoencia. Pasó el tiempo y la gente se fué
hacie_ndo_ á ~quello que poco á poco llegó á ser
una m.stiluc16n. ¡ Doce años ! Ya no se amaban
(tal vez ni pegaron á amarse nunca), y, sin embargo, Sofia no quería acabar. No quería, por
muchas razones; con el anhelo de un náufrago
que se: ahoga y se agarra á su úllima esperanza,
el an~ia de las cuarentonas por su último amor,
se uma la Roldán á Jaime. Amantes sabía bien
que encontr·aría muchos; pero amante como aquél.
nrnguno. Los jóve~es, los nuevos, la veían tal y
como era: ¡una v1eJa! Jaíme había envejecido junto á ella, y no podía a preciar igual aquel de..s plome
que durante doce afios había contemplado, hora
P?r hora. Pero, además, como en ,esoo matrimonios burgueses, que duran años y afias, se habían

ido acostumbrando mutuamente á sus caprichos
sus gustos, sus manías y ¡hasta á sus achaques\
Y habí1;t aún una razón más poderosa para s~
alma fnvola, despóltca y voluntariosa de mujer·
tenía una rival.
·
•i Y quién, señor, quién ! ¡ Cosa más ridícula!
V11;1da, pobre, desprestigiada... La viuda mucho
mas alegre (como le había puesto Julito Catabre'!), Carlota Fuentes, más pobre que las ratas,
11:tr1g~ntuela, entrometida, harta de sofiones ...
Y dec1an (provocaría á risa si no lo hiciese á
indignación) que aspiraba ¡á casarse con él! ,
Y, en el fond_o, muy en el fondo de su alma,
t~m1a á la n:iuier aquella, con un miedo inslinltvo que le dictaba su corazón. N"o no era tonta
Carlota. Había tenido mala suerte'· sus amores
con Alberto Rivalta habían sido Jna equivocación, pero quién sabe ...

�Desfilaban lentamente los amantes entre aro- vestidos sus muros por la magnífica colección
m as de mundano incienso y aplausos de rendido de Los argonautas. Habían cenado en la regia
vasallaje. De pronto, la Florida se detuvo, y mesa; eran ya m&amp;s de las tres, y Sofía quería
aprelando el brazo de Jaime murmuró á su oído: retirarse.
Casi siempre salían junlos, más que por afec" ¡Cuidado! n
Miró él con extrañeza, sin adivinar la causa to, por solidaridad de años, que les hacía temer
de aquella extemporánea advertencia, y entre á los dos los desairados finales de fiesta, y,
los grupos de gentes, borrosa, insignificante, vió sobre todo, la luz del amanecer, esa terrible claá Carlota Fuentes. Dije insignificante, y dije mal; ridad verdosa de la alborada, que, como algunos
insignificante no, discreta en el aniñado encanto arlislas crueles y sarcáslicos-Goya ó Tarop-,
que, pese á sus treinta y dos años, conservaba se complace en hacer resallar monstruos idades,
su persona. t-.Ienuda, pero no baja, con no sé lacerías y artificios.
Al llegar anle las arcadas que abrían sobre la
qué gracia pueril en el cuerpo, de curvas apenas
esfumadas, vestida sencillamente de raso liberly escalera, dos lacayos, de calzón corlo, casaca
rosa muy pálido, con una túnica siluel.eadora, recamada de plata y _pelo empolvado, alzaron
honestamenle escolada en cuadro y ceñida á los pesados cortinones de terciopelo, y la Flomedia pierna por un gran lazo de la misma lela, 'rida, volviéndose á su acompalianle, pregunló,
no se destacaba violentamente de la mullilud, más para cubrir las apariencias que para saber
pero no podía tampoco pasar inadvertida para aquello de que creía estar segura:
- ¿ Vienes'? Te llevo en el auto.
nadie que se preciase de conocedor de la belleza.
-Gracias. Tengo que hablar con Perico IguaSu roslro era de facciones menudas, pero correctas; un rostro cándido, á prirnei'a vi:¡;la, con lada.
Le miró con extrañeza, sorprendida de verle
no sé qué perverso encanto, sin embárgo-el
misterioso encanlo fragante de una flor oculla-, desdecirse de lo que él mismo acababa de proen el comedor. Luego lo creyó una coquer esidente tal vez en la boca de labios muy delga- poner
dos de coral pálido, labios florentinos, que son- tería de gallo mimado, una de aquellas farsas
reían siempre, moslrando una linea de nieve ó de desdén para hacerse rogar, á que lan aficiode marfil; ó tal vez en los ojos, inmensos y te- nado era, y condescendieute rogó:
-Anda, vente.
nebrosos, que, al amparo de las cejas, perfectas
-No puedo. Ya le digo que he de ver á ese.
como dos trazos de tinta, dormían bajo la frente
Creyó notar un timbre de impaciencia P.n la
abombada de virgen de Fra Filippo Lippi. Y dos
de su amante y no sé qué conato de sonrisa
bandós, no ondulosos, sino rígidos, hieráticos, voz
trazando un cuadro perfecto, completaban aque- burlona en los afeitados roslros de los mercenarios, y demasiado orgullosa para humillarse,
lla su hermosura, un poco bolicellesca.
En aquel momento hablaba con el marqués ni aun por celos, contuvo su lengua, próxima iL
de San ünofre un sesentón de conceptuosa pala- escupir el nombre de la viudita, precedido de
bra y voz premiosa, ilna verdadera persona de injurioso epíteto, y risueña le tendió una man~,
peso, y con airecito de niüa. buena parecía escu- que temblaba levemenle.
-Adiós, hasla maiiana.
charle, puestos sus cinco sentidos en sus histo-Adiós.
rias, con atención benévola y afectuosa.
Se inclinó para besar la mano que insensibleAl verá la pareja, la sonrisa, estereotipada en
sus labios, serpenteó, con esa ondulación propia mente rehuyó su caricia, sosluvo el enorme
de las llamas al ~er empujadas por el viento, abrigo de marta cibelina en que se envolvía la
como si fuese á apagarse, y luego lució impasi- ofendida beldad, y luego relroce&lt;lió.
En la galería se paró á aneglarse la corbata.
ble nuevamente, mientras Carlota parecía red-Oblar su atención á los dichos de su interlocutor. ante un espejo, y al ver reflejarse en el azogado
Intentó Jaime, sabedor de los odios, mejor cristal su rostro, joven aún, én que el fino rr,osantipatías (odio es demasiado sonoro), que alen- tacho ponia dos trazos de oró, y su figura, arrotaba el alma de Sofía hacia la viuclila, pasar de ganlísima, ennoblecida por las. cruces que estrc-largo; pero la mundana estaba demasiado can- llaban su pecho, sonrió el guapo chico, murmusada del irónico y compasivo zumbar de sus ami- rando en lre dientes : " ¡ Ahora veremos!»
La noche entera había sido una batalla silengas, y tuvo un rasgo indigno de tan alta seciosa é implacable entre Carlota y él. En un prinñora.
-i Yes !- fulminó deteniendo á su galán cerca cipio quL&lt;,o jugar á los desdeñosos y aparentó
de la rival presentida- . ¡ Por eso no quería yo _un enorme amartelamiento, no sólo con la duvenir! Estos bailes de Embajada con la muche- quesa, sino con cuantas mujeres hablaron, padtimbrc-y su voz y su ademán eran despecti- searon ó bailaron con él. Ella, ó no lo notó, ó
vos-me cargan. Luego, como son extran¡eras fingió no verlo, serena, hermética, riendo y hay no conocen bien Madrid, estas pobres diplomá- blando, graciosa, discretísima, sin aventurar un
ticas convidan una genle ...- Y remaló cruel: gesto bru.,co ni una mueca de despecho, con un
no sé gué-de recogido y púdico en su ademán,
-¡Esta noche hay hasta perdidas!
Oyó la Fuen les perfectamente el exaorupto, lleno óe gentil modestia. Los ojos, inalterables,
comprendió que iba por ella, y una desvergüenza ni le buscaban, ni le huían. Y ahí estaba justaformidable aleteó en sus labios. Dominóse, sin menle lo que á la larga exasperó al buen mozo ;
embargo, comprendiendo que ante aquellas gen- si le buscasen, sería señal de amor; si le huyetes, que sólo respetaban el dinero y la posición, sen, de miedo; pero no: las grandes pupilas,
á ella le tocaba la de perder, y apuntó aquel de angelical candor, bañadas en placidez ensoagravio con oLros agravios, en el sombrío rin- ñadora, parecían conlemplarl-0 todo con serena
ooncito de su corazón, donde guardaba lanlas alegría. de vivir, y ni siquiera reparaban en él.
Poco á poco fuése interesando en el juego de
cosas que vengar cuando le /legase su hora .
Mientras, la duquesa de la Florida seguía su aquella indiferencia y, ya perdido su desdén de
camino, alliva y desdeñosa, conlenta de su conquistador y su allivez señorial, comenzó á
hacer tonterías, entusiasmándose de modo intriunfo.
verosímil con otras mujeres, colocándose frente
á Carlota, y, por fin, acabada la cena, desfilando
ante ella del brazo de Sofía y anunciando en voz
Lentamente, del brazo siempre, erutaron la alta, para ser oído, su ·propósito de acompañarla.
galería de tapices, llamada así por hallarse re- Pero la de Fuenles, sin perder ni un momento

su empaque. de chiquilla buena, seguía comiendo
su lon¡a de ¡amó~, clavando con gestos menudos
Y g?losos sus _dientes de nieve en los rosados
trocitos, y bebiendo el champagne á pequefios
sorbos. Entonces J aime la contempló detenidamente, ~ata1_1do de p~nelrar el arcano de aquella
ex~raor~maria serenidad, y si bien los ojos segman imperturbables, parecióle un vagar la

sombra de una S(?nrisa irónica por los labios
fiorenlmos. Pensó irse, cumpliendo su amenaza
per? no pudo.. Decididamente, aquella mujer 1~
en!ª. más cogido de lo que él mismo creia, y
decidido á provocar una explicación, despidióse,
prelexta~do la pregunta á Perico Igualada, v
retrocedió en busca de la viuda.
•
SoPenetró en ~I salón de baile, desierlo ahora.
·. bre el entarimado, de peregrino mosaico yac_ian caídas flores pisoteadas, trozos de. cintas y
Jirones de arrugada gasa; las guirnaldas que

orlab&lt;!,nJas puertas pendían muslias, lastimosas •
las Sillas desordenadas, confinadas contra los
muros, denotaban la desbandada · sobre el estrado de la música\ e~ piano reía ~u irónica risa
de marfil, Y los v10lmes, silenciosoo tenían la
tnsleza añoradora de una jaula vacia'; sobre los
muebles_veianse montones de juguetes de cotillón, suc10s, destrozadoo, lamentables, e,n hórrida

o_rgía de cintajos y ca.scabeles, y en los cuatro
hbores de Sevres, que daban guardia de honor
~n los á.ngulos, morían las rosas. Bajo la crudn.
mundación de lu.z, la estancia, así, inmensa y
abandonada, lema cierta opresora tristeza que
causaba una vaga sensación de malestar. Rete~
rogéneo ol&lt;?r de flores marchitas, aromas de locador, y viandas que venían del comedor acababan de hacer la impresión más desagradable.
El elegante hallábase demasiado preocupado
para .detenerse en tales nimiedades, y así, sin

�Lratar de analizar sus sensaciones, cruzó en di- como dos enamorados ... Y si los criados dicen ...
rección al saloncito que servía de paso, y cuando ¡ que digan!
Rumió sordamente:
iba á entrar detúvose, sorprendido por la pre-Con Rivalta no andabas con tanto mesencia de Carlota Fuentes.
Avanzaba más pueril, más aérea, más dan- lindre ...
Diéronla deseos locos de plantar una bofetada
zante que nunca, envuelta en una suprema grada de juventud. Su paso, firme y ligero, hacía al imperlinenle, pero se contuvo.
-Vaya, hijo, adiós-é hizo ademán de partir.
serpentear el cuerpo andrógino, de una belleza
-Te digo que quiero hablar contigo esta noche.
casi malsana de puro infantil, con ritmo de danza
- illira, déjalo ; hoy estás nerviosillo y es tarsagrada. Las caderas, apenas delineadas en la
túnica, ontlulaban, y los senos, suavemente es- de; ya charlaremos otro día despacio-ofreció
fumados en unu curva casta, temblaban entre ella conciliadora.
- Ha de ser hoy-insistió Jaime tercamente.
las sedas como palomas prisioneras. Bajo las
:\"o le hizo caso, y &lt;lió un paso haciu. la salida.
bandas de virgen del siglo xv, la frente lucía su
La cogió brutalmente ºpor un· brazo.
albura ele magnolia, y los ojos, muy puros, muy
-¡ Te digo que llu. de ser ahora.!
grandes, abiertos en uu dulce deslumbramiento,
-Pues lo veo difícil-aseguró ella, sin perder
parecían contemplar lejano cnsueíío, mientras la
la. calma sonriente de nifla, aunque en el abismo
boc:a de enigma callaba su secreto.
Ahora .fu6 ella la que intentó zafarse del en- ti&lt;' las pupilas había no sé qué claridad malévola~
cuentro, haciéndose la distraída. El la salió al v los labios teníun un frundrniento duro, casi
imperceptible.
paso.
Pern él, irritado, perdido todo comedimiento,
- ¡ Carlota!
-¡AY! ... ¡Jesús, qué susto me has dado!- rabioso por aquella insólila resistencia, pero socl:1mó r·iendo con un gesto delicioso de chiquilla bre lodo por la serenidad risuelia de 1a nerm6lica, conlra la que iba ú estrellarse su indignaususladi7,a.
¿ Eslús enfadada ?-interrogó él, deseoso de ción, como contra. durísima roca, insistió aún:
-Bajaré contigo.
llegar ú lu explicación que anhelaba.
-Perderás el tiempo-. Había ahora en su voz
-¿ Yo? ¿Enfadada? ¿Por qué•?-Y se pintaba
una frialdad metáfüa, que parecía extraiia en
t'll su rostro pueril asombro.
•lln, loda. suave encanto, y que hacía sonar las
-Por Jo de antes - ratificó él, decidido á no depalabras cruelmente.
·jurse engaliar.
- .\Je meleré en el coche.
El asombro se acenluó aún.
-Llamaré á los críados--fué la primera ame- ¿,Lo de antes? ¿Pues que pasó?
- Porque 110 te saludé cuando iba con Sofia naza que fulminó. Y como él, perplejo, soltase
;;u brazo, tornóse mimosa, acariciadora:
Florida.
Chiquillo, no seas terco! Ahora no puede
:-:o diú ella respuesta directa, sino que con sc.r- ...¡-y
embaucadora, con mimos de niüa conhabilísimo rolleo pnsó á otra. cosa.
- ¿ Con Sofía Florida?... ¿Pero estaba aquí senlida-: ¡Hasta por coquetería! Amanecerá
Sofía.'? ¡ Cuánto sien lo no haberla visto! Hubiese en seguida, y la luz esa no favorece nada. Sé
querido saludarla--. Y luego, frívola, con la bueno, vete al comedor, y tiempo tenemos de
amable frivolidad de una conversadora munda- charlar.
Sintióse casi dominado por la ta.imada y se
na, interrogó interescida:
refugió en la brutalidad como en la última trin-¿Estaría elegantísima·? ¡ Cuenta, cuenta!
&gt;[o aceptó él, buscando siempre la explicación, i;hera.
-¡ Te digo que voy! ¡ Como que te creerás
el cambio de tema que la viudita le brindaba é
insistió, queriendo provocar una explosión de que soy el inmbécil de Alberlo Rivalta y me vas
vanidad femenil, ele despechado orgullo, y aun a cngafi.or con tus lagoterías!... i No, hija, no!
¡ Conmigo te dejas en casa esos aires de santita,
¿, quién sube-? de amor, si era necesario, por una
porque
sé que estás más corrida que una peseta
grosería.
falsa! Conque ya lo sabes, me llevas.
-Fu6 .ella la que me prohibió hablarle.
Muy pálida, los ojos fríos como dos trozos de
Tampoco pareció oir aquello la taimada, pues
hasta en aquel momento se inclinaba para reco- úgata negra, murmuró :
- ¡ Antes me llevarían muerta que contigo!
ger una rosa caída en el suelo.
El la cogió de nuevo po.r el puño.
- ¡ Pobre flor !- suspiró romántica- . ¡ Si vie- ¿Decías?
ses que pena me dan las rosas que se marchiSoltóse vivamente.
tan! ¡ Y hoy había tan las, tantas rosas! ¡ Mira
-¡ La embajadora!
c¡ue ha habido flores! La verdad es que la fiesta
\'enía la dama arrastrando la cola de su esresultó preciosa, de lo más bonito que yo he
pléndido vestido de lerciopelo amarillo, como
visto.
- ¡ X o seas falsa ni rencorosa !-apoyó él, ra- podría arrastrar un par1o de cocina, mient,ras el
bioso- . Si estás enfadada, dímelo con franque- cuerpo, indecentemente e.s-00[,ado, mostraba flacideces que hacían resallar la osamenta, y sobre
za, y perdóname.
Como si sus palabras fuesen sonidos sin ni11- las grefias, que rodeaban su rostro de pájaro
viejo, la tiara de brillantes, gentilmente incligún sentido, miró la hora.
- ¡Dios mío, qué tarde! Yo me voy. Hasta la nada.
:-/oble indignación ardía en su pecho. ¡ Ser1or,
vista- y le tendía la mano, fina y alargada, priaquellas gentes debían traer hambre atrasada de
sionera en el guante de Suecia.
s-eis meses! Habían caído sobre la cena como
-Me voy conligo.
lobos, y los suculentos jamones, las aves trufa- ¡Eso sí que no!
Declaró vehemente; luego, arrepentida de su das, los enormes pescados, desaparecían como
pronlilnd, apresuróse á reanudar el hilo de su por ensalmo entre olas de dora.do y burbujeante
champaüa. Horrorizada, hacía mentalmente los
frase.
-· Eso sí que no puede ser... ¡Pero, hijo mío, cálculos de la hecatombe. Lo que era peor era
si en el cochilranco que he venido apenas aquel jarrón de Capo di .lfonti, al que habían roto
un asa.. ¡ Un jarrón de diez mil francos! ¡ Y su
cojo yo!
marido -se había encogido de hombros desdeño-Te llevaré en mi auto.
samente cuando fué á decírselo 1 ¡ Gracias que
Lo echó á broma.
- ¡Justo! Los dos juntitos en el automóvil, era de la nación, porque lo que es si en su pisito

segu_ndo de.Novenlandia le rompen, aunque fuese
un tiesto de albahaca, le hubiesen oído!
Sonriente, como si nada sucediese, la de Fuenl~s comenzó sus zalamea.s. ¡Encantada! Había
sido una fie,sta icteal; ¡qué palacio qué cotillón
qué cena! Y con un último apretón de mano~
salió.
Tnmbi6n Jaime quiso escapar tras ella; pero la

rido. cuando era minist:rq ele _Agricultura. Al fin,
callo un mslantc, .Y él, 1mpac1ante, aprovechando
la tregua. se 111cl111ó, en saludo ele despedida.
Al verse en la galería perdió lodo comedimiento r _corrtó á la escalera; na'da. Bajó ú saltos,
y I tro sobre la. mesa la ficha de su dabán. Un
cri::ido interrogó:
º
-¿.\yi-,o el coche del señor?

dueüa de la casa se crevó en el deber de retenerle. ¡ Un marqués de Jarama, Grande de Es. p_afia !. Comenzó á contarle cosas que le teman
sm CUJdado, y de las que ni siquiera se enteraba.
i Demonio de vieja! ¡ Y la otra que se le escaI?l_lba ! Y daba cabeza.das aprobadoras mientras
t1Jaba _mir13:das ansiosas en la puerta. l\ada, aquellas historias no tenían fin. Ahora le explicaba
un canal de riego que mandó construir su ma-

:\" o, !w ; IM rny á pie. Per0 ¿. ~- ese gabán·?
Lo tr:uian, y Jaime se zambulló en él. ¡A ver,
•I bastan! '\:o parecía. Buscaron inútilmente. Cttlóse el sombrero.
- :t-fmiana mandaré por el bastón-. Y salió escapado al porlul. Ni rastro del coche de la esquin1. Corrió sm hace.r caso ele la ma de lacayo$
que ~e mir8:ban asombrados, y al llegará la calle
tendió la v1st.a en todas direcciones. Cero. Pateó

�tener una posición imposible, pasando ridículos
apuros, y hasta hambres, dispuesta, si necesario
fuese, á aconsejarla una venta ignominiosa, con
tal de seguirse codeando con la aristocracia y
no volver á caer en la mísera clase media, que
odiaba. Error craso su boda con el imbécil de
m
Ramón Sanabria (no se detenía ante el calificaA media calle de Ferraz hizo parar el tranvía. tivo), politicastro de quinto orden, más bien poEran,· próximamente, las once de la mañana, y bre que rico, pero noble, maestrante de Ronda,
el día, de invierno frío, pero bañ.ado en -sol y y persona querida en la buena sociedad.
Al caminar e\·ocaba los ocho años de vida cenalegría, invitaba á pasear. En los jardines, algu:.
nos niñ.os jugaban, vigilados por casquivanas yugal, las privaciones del quiero y no puedo,
niñ.eras, que se dejaban galantear por los sol- los esfuerzos para empujar al marido, las caídas
dados, y por severas misses inglesas, que leían vergonzosas é inútiles por un ascenso de él ó
con fruición alguna romántica historia de ~Val- por algunos miles ele pesetas para pagar cuentas
ter Sc.oll; por las aceras, cocineras, criados, ele modistas. ¡Ah! La dolorosa tristeza de aqueasistentes, dirigíanse á sus quehaceres, y entre llas dos caídas, ¡ qué rescoldo de crueldad habían
algunos coches y automóviles los tranvías cru- dejado en el fondo de su alma!
Seguía el capítulo de sus equivocaciones. El
zaban raudos el arroyo, llenos de modestas damas que volvían de misa, y de oficiales que se destino irónico hizo que muriese su marido en el
momento de llegar, cuando la Legación de Bruencaminaban á los cuarteles.
Nada de aquello distrajo, sin emba~go, la aten- selas iba á ofrecerles un refugio y una solución,
ción de Carlota Fuentes, que, tras de seguir un y sola resislió al principio en una dignidad ausrato calle arriba, colóse por la de Don Evaristo tera que le granjeaba las simpatías de todos,
San Miguel, en busca de la de Don Martín. Una hasta que Alberto Rivalla, enlonces en pleno
falda de palio azul, una chaquetilla de astrakán, esplendor, derrochando millones y asombrando
cerrada en el busto por pequeño ramo de viole- á 1ladrid con sus trenes, su elegancia y sus catas, toca de la misma piel que el gabán, y al prichos de gran selior artista, dignos de un Mélado izquierdo gran moño de las mismas flores dicis ó de un Valois, cruzóse en su camino.
que ornaban su pecho, mas espeso velo de encaje Por un momento creyó que la hora del triunfo
negro, disimulaban, sin disfrazar, su persona. había llegado y vivió victoriosa seis meses c.n
Bajo el sencillo atavío, aquella su maravillosa una perpetua apoteosis ele elegancia. Coches,
belleza infantil reverbera triunfadora, á pesar trajes, joyas, viajes, todo lo que constituye el
de la crudeza de la luz; ni una mácula en so tren ele los poderosos, lo disfrutó. Las gentes
cutis ele nieve, ni una arruga en la frente pura; aplaudían, alababan su belleza y elegancia, apaparecía, no que después de la noche de baile rentaban acatamiento á la nueva reina; pero,
hubiese pasado unas horas de insomnio, sino en realidad, entre burlonas y escandalizadas soque acabase de levantarse tras largo y prove- cavaban los cimientos endebles de su dicha, &amp;e·
choso reposo. Sólo, tal vez, en los ojos profun- gmas que aquella brillante estrella se apagaría
pronto. Y llegó la catástrofe. Alberto, arruinado,
dos había un tenue Yapor de cansancio.
Las manos en el manguito, caminaba lenta- en poder de los acreedores, se hundió, no conmente al ritmo de sus pensamientos. Los soflo- servando sino míseros jirones de su fortuna, y
nes recibidos la víspera, que eran, y su claro la de Fuentes, comprendiendo que era cuestión
talento no le permilía engaliarse, el 1in del Jin; de decoro sostenerse aún, comprometió su esla escena con Jaime Alcázar, su amor por ella, caso peculio y trató de luchar. Pero las gentes
que con tanta habilidad había atizado meses y conocían demasiado bien lo endeble de aquella
meses, y que sabia era inmensamente mayor de fortaleza para dejarla defenderse, y comenzaron
lo que el interesado creía; la escasez pecunia- los desaires, las frialdades, el vacío en derredor
ria; sus relaciones con el loco de Alberto Ri- suyo. Había llegado el fin, y solución no veía
valta, todas aquellas cosas heterogéneas y com- ninguna; mejor dicho, sí. Ella, desde hacía muplicadas, de las que podía. salir el triunfo ó la cho, al comprender el amor de Jaime, pensó en
el triunfo de aquella boda. ¡ Ser la marquesa
miseria, era preciso resolverlas.
.
Tenía que tomar una determinación. En' dos de Jarama! ¡Volver éon honores á donde salió
años se había desprestigiado por completo; con vergüenzas!
Pero un obstáculo inmenso, infranqueable, se
aquella hiperbólica posición d_e que disfrutó de
casada y aun conservó en los primeros tiempos alzaba ante ella. Alberlo, pobre, vencido, encede su viudez, se había desmoronado, arrastran- rrado siempre en aquel pisito, donde habitaba rodo de paso jirones de su escaso peculio; ya, deado de los restos de su pasado esplendor; ·solo,
como no fuese alguna diplomática, cándida como aislado, como una fiera acorralada, vivía enveneuna paloma torcaz, nadie le invitaba, y en los nándose lentamente con morfina, presa de radesaires recibidos la noche anterior en la Em- biosa pasión por ella, y amenazando con mata,r
bajada de Novenlandia estaba la medida ele su y morir al primer intento de abandono.
¡ Qué hacer! Pensó por un instante huir; esactual posición. Era preciso resolverse: ó la rea
conquista, ó huir, esconderse, vivir pobre y ol- cribirle una carla de adiós, y desaparecer. No,
no. La buscaría por el mundo entero. Era mejor
vidada. ¿La querría Jaime bastante para... ?
-En esta vida nos engañamos á nosotros mis- conv,encerle á fuerza de cariño y persuasió11.
mos. Nos hacemos creer que nos conviene lo que: ¡ No se dejaría convencer nunca! Un descorazoen realidad nos gusta, y en vez de ver las cosas namiento inmenso le invadió. Tal vez lo mejor
tal y como son en la realidad, y poner á un lado sería darse por vencida, renunciar á lodo, y
nµestro gusto y al otro la sociedad, sus leyes, dejarse ir. No. La luchadora que vivía en ella
sus prejuicios, sus caprichos, hacemos que las se alzó fuerte, pronta á la batalla. Lucharía, y
cosas sean como queremos qne sean, y nos em- sus labios murmuraron crueles :
-¡ Primero soy yo! •
peñamos en creer que los demás piensan y creen
Después, como estuviese ante la casa, penetró
como á nosotros nos conviene. Mis amores con
resuella y lanzóse escalera arriba. Al llegar al
Alberto han sido una equivocación.
Toda su vida había sido una equivocación. segundo, llamó á una puerta, que se abrió en
Equivocación, y grande, la de aquella poJ;&gt;re ge- seguida; é interrogó á la vieja, que se apartaba
nerala Fuentes, su madre, empeñándose en sos- para dejarle paso:

rabioso; luego, resignándose, sacó de la pelaca
un cigarrillo turco; encendiólo, y comenzó á caminar lentamente en la melancolía del runa,necer.

·-¿El señor?
-En el despacho.
Cruzó la antesala, y con los nudillos golpeó uua
puerta.
·
-Yo.
.
Se abrió, y _dos brazos la estrecharon, mientras unos lab10s voraces le besaban, murmurando:
-¡Nena, nena! ¡l\li vida!
Sobre el fondo, un poco á la moda del Renac~mient-0, del despacho destacábase la romántica
figura de Aurelio Rivalta. Alto, delgado, con delgadez ondulosa, de ra~a, que resaltaba más baio
el pijama de seda blanca; en el rostro nazareno
palidez de marfil translúcido que hacía moldearse
con pureza cadaYérica las sinuosidades del 1 1•1.·fil
bizantino, ennoblecía toda su persona una distinción suprema. Sus labios pálidos sonreían con
mueca casi dolorosa, y los ojos azules, mortecinos, tristes, brillaban bajo los párpados cansados, mientras la frente alta tenía una luminosidad extralia. Barba rubia, lisa, que ornaba su
rostro, y una melena entre trova romántica y
cabellera medioeval, completaban su figura.
Era la estancia no muy grande; revestía sus
muros damasco azul, sobre el que lucía, en el
testero principal, «Los pretendientes»,-firmado
Gustavo l'vloreau, enlre dos aguafuertes atribuidas á Goya-algo monstruoso: una orgía de hechiceras en torno de calderas donde se cocían restos
humanos.
Dos muebles italianos de roble tallado con herrajes de plata, algunas mesas-vitrinas conteniendo tabaqueras enriquecidas de peregrinos esmaltes y piedras preciosas, el «Mercurio" de Juan
de Bolonia surgiendo de vieja estofa recamada de
oro y una Afrodita moderna de una perversidad
sutil y alargada, completaban la decoración del
c:uarlo, uno de cuyos ángulos ocupaba un diván
inmenso revestido de pieles y almohadillado de
cojines de varias y peregrinas telas.
Sentado en el diYán, la cabeza echada hacia
atrás con ges.to romántico que hacía flotar la
trova, en los ojos entornados una luz azulada
rnmo llamita de alcohol, Aurelio le hablaba ahora teniéndola cogida de las manos.
-¡Cuánto has tardado, vida mía! ¡Si vieses
qué triste estoy cuando te te,ngo lejos! En la catústrofe de todas mis cosas, en el derrumbamiento de mi felicidad, tú eres lo único que me queda.
;'\o vivo más que de ti y para ti; mi pobre vida,
que antes era un compendio de tantas cosas bellas, ahora es una llama que alimentas tú.
l\lienlras hablaba con voz cálida, extrañamente
musical, sus manos de ícono bizantino, unas manos cadavéricas, finas, alargadas, manchadas
por el reflejo de raras gemas, accionaban lentamente.
Carlota creyó llegado el momento ele decir alero
y ~uscó. Nada. Su pensamiento vagaba lejos de
alll; su voluntad de mujer enérgica nacida para
la lucha, le llevaba á desear escapar pronto de
aquella malsana atmósfera, aun cuando fuese
pasando por cima del pobre ser miserable y triste. Fingió aún:
-Yo también he pensado en ti.
Sonrió él.
-Sí; pero tú, involuntariamente, en el barullo
del mundo, tienes que olvidarme, ¡mientras que
Y?, aquí!. .. Yo, aquí-siguió con exaltación cree1en_te-:-, solo, aislado, olvidado de todo (¡quizá
ele t~ misma!), en las largas, en las inmensas, en
\as macabables horas de dolor voy cincelando tu
imagen en mi pern:1.
~o estaba la de Fuentes de humor para tales
quintaesenciados discreteos, que aquel día despertaban en ella afán loco de decir verdades y
groserías que fuesen como una afirmación de

vida; pero dominóse, sin embargo, y se limitó á
una observación llena de buen sentido:
-¿Por qué 110 vas tú también?
Protestó vehemente:
-¿Yo? ¡Jamás! Para ver todo lo que deseo y
no tengo; para sufrir vergüenzas y humillaciones;
para que las que se arrastraban ante mis millones se den el gusto de pisotearme y digan, con
una compasió11 peor que todas las injurias: u¡Pobrecillo!»-Con ojos ele loco, exaltado, fuera de sí,
prosiguió:-¡Ja! ¡ja! ¡Qué divertido! No, no, descuida, que no se saldrán con la suya.
'
Ella iutentó calmarle:
-Hombre, no lo tomes así. Yo lo de&lt;:ía para
que te distrajeses.
-¿Distraerme? ... No, Carlota, no; sufrir, sufrir-; y con voz bafiada en llanto y una tristeza
pueril en el rootro, de Cristo agonizante:-Ni aun
me queda el consuelo de tenerte; ¡si al menos te
estuvieses lodo el tiempo conmigo!
Aquella majadería la irritó. ¡En eso pensaba
ella! ¡Para ponerse aún más en ridículo!
-¡Estaría bonito!
Casi en seguida se arrepintió de su crueldad.
Los ojos tristes, fijos en ella con extrañeza dolorida, la enternecieron.
-No seas niño, Aurelio-murmuró quedamente mientras su mano acariciaba las guedejas rubias-. Yo comprendo que para ti sea un sacrificio muy grande ir por ahí; pero me da pena
Yerte siempre encerrado.
-Siempre-gimió el desdichado--, siempre. Noche y día, meses, años ... A la puerta de esta casa
está escrito como á la puerta del infierno dante-s&lt;'o: «¡Lasciate ogni speranza!»·Ya sólo tú me
queda,s en el mundo.
Quiso ella zafarse de aquella exclusiva y animó:
-Te queda el arte.
-:\o-afirmó el cuitado-. l\li arte ~ra mi vida.
Yo no soy pintor, ni escultor, ni escritor; como
::\erón, como Heliogábalo, como Ludovico Sforza,
como Cosme de l\1édicis, yo era un cincelador
de la existe:ncia, ¡y la realidad irónica se ha
reído de mí!-Y, con safia rabiosa-: ¿Tú le irnáginas al Maynf/ico llevando las cuentas de una
casa? No, no; el arte me es indiferente'; sólo tú
me importas en la vida.
-Y, sin embargo, llegará un día-murmuró
tristemente la de Fuentes-en que tengamos que
separarnos.
-¡?\unca!-clarnó el infeliz-, ¡nunca! Sólo la
muerte no5 separará; mejor dicho, sólo mi muerte, pues sí tu murieses yo no te sobreviviría.
-¿Y la pobreza?-interrogó con melancolía.
- Tampoco. Iremos juntos al través del muudo
con nuestra miseria á cuestas; caminaremos al
sol por los campos y dormiremos al claro de luna
bajo el ci.elo estrellado.
--¿Y si yo me casase?-aventuró ella. Casi instantáneamente se arrepintió.
Aurelio, muy pálido, en las pupilas acuosas
fulgores de locura, se había alzado de un brinco,
y cogiendo de una mesilla de ébano un puñalito
florentino con el puño incrtIBtado de pedrerías,
marchó hacia ella:
-¡Te juro que el día que intentes olvidarme te
clavaré este puñal!
Ella, intensamente pálida, intentó echarlo á
broma:
-¡Justo! ¡en el corazón!-y su voz temblaba
levemente-: Vaya, no juegues con eso, que, sin
querer...-y poniéndose en pie.-: Yo me voy.
-¿Ya?-imploró con pena.
-Si; almuerzo en casa de Felisa Aldaba.
El romántico la e6trechó largamente entre sus
brazos, y sus labios bebieron su aliento en un
beso largo, largo ...
-¡Nena! ¡nena mía! ¡mi vida!

�Salió la Fuentes, y ya en la escalera se d,~l uvo un instante. Sus pupilas relampagueaban si-

niestras y en su boca había n9 sé qué rictus cr~el.
-No hay remedio. La candad y el amor b1e:n
entendidos ...
IV

.\ pesar del calor tórrido que hacía en el salón,
i\Iaría. Montaraz, acurrucada, con un no sé. qué
de mona sabia, en una butaca junto á la ch1me-

nea se tostaba á fuego lento al tiempo que se
abr~saba con una taza de te hirviendo.
.
-¡Hija ni que le hubieses hecho un voto á San
Lorenzo!_'.__murmuró tía Gertrudis (era el nombre
familiar con que su dilatada parentela y sus íntimos conodan á la marquesa de Otumba) mientras miraba sonriendo á aquella loca.
La Montaraz dió otro sorbo, chupó el cigarrillo,
y alzando con descoco un buen trozo. de f?-lda,
plantó el pie poco menos que en las m1smfs1mas
llamas, mientras explicaba:

-Es un sistema ruso para adelgazar.
La condesa viuda de la Campanada, que, cómodamente instalada ante una mesita, con su taza
de te y buen acompañamiento de cosas comestibles delante, devoraba con la noble ,serenidad de
quien de6empei1a funciones litúrgicas, fulminó
contra ella una mirada de indignadón profunda.
Todas aquellas paparruchas del adelgazamiento le irritaban. Eran cosas de tías, como el pintarse y ponense porquerías en la cara. Santo y
lrneno que una mujer tuviese un amante, ó dos,
ó media docena (¡pobrecitas, algo habían de disfrutar!); pero que se anden embadurnando la cara
y chamuscándose la barriga ... ¡uf! ¡qué asco! Ella
era espaliola de. cepa, y las cosas de extranjis
la reventaban. No comprendía las mujeres pintadas, como no la,s comprendía montando en bicicleta, ni sabias, ni librepensadoras. La mujer
debe tener mucha religión, como la tenga... Y si
no, allí eslaban sus hijais; ¡educación más libre!
Pues con que tuviesen la fe del carbonero, ¡tan ri•
camente! Y allí estaban, efectivamente, Rosaura.
languideciendo en una elegancia cocotesca, el rostro fino y pálido, devorado por el milagro de unofl
ojos inmensos que lucían sombreados por el ala
del «Rembrandt" de terciopelo negro, y Paca fumando y bebiendo con una allure muy varonil
mientras le decía chistes de granadero veterano á
.Julito Calabres, desfalleciente en ,su elegancia de
transformista de Folies Bcrgers.
Aquel salón pompeyano, en su vistosa suntuosidad, era un horror, un v-erdadero salón de
pe-&lt;iarlilla, con sus columnas de jaspes y su,s chaflanes pint-orreados; pero la tertulia era el sumun de la elegancia, algo así como lais órdenes
militares de la buena sociedad y la gente descrismada por ir. Tía Gertrudis les recibía con su me..
jor sonrisa, escandalizábase un poco de sus historias y luego dormíase beatíficamente para despertarse de vez en cuando y reanudar la conversación, no donde las damas estaban, sino donde
ella lo. dejó.
Aquella tarde, contra la costumbre establecida,
no babia ido casi nadie; además de la Campanada, sus niñas y María, no estaban allí sino Chita
Avellaneda, bullanguera y chismosuela; las de
Rosicler (tres solteronas impenitentes ~e bordeaban los abismos de las cincuenta y cinco primaveras, y siempre pudibundas, redichas y fáciles
de asnstar, no perdían fiesta ni jolgorio), y Sofía
Florida, esplendorosa en su amplia pelliza de
Chinchilla y su fieltro gris adornado de inmensas
alais blancas que le daban cierta apariencia de
Walkyria.
De un humor de todos los demonios (¡ni uno
menos!) la Florida reponía sus fuerzas con el
substanciooo tente en pie de la Otumba. Estaba
furiosa. Jaime Jarama era un sinvergüenza.
¡Ocho días sin echarle la vista encima! ¡Y si no
fuese más que eso!; pero, según parece, bebía los
vientos por aquel pendoncillo de Carlota, que (¡era
para estallar!) no le hacía maldito el caso. Y ella,
la duquesa de la Florida, se había humillado á
escribirle y ¡nada! Le había buscado y ¡tampoco!
Decididamente la huía; por no toparse con ella ni
aun en casa de su tia Gertrudis se dejaba ver.
Los demás estaban al cabo de la calle en lo de
las andanza,s amatorias de la dama, y, desde que
entrara, esperaban, entre curiosos y burlones,
la llegada de Jaime, sin perjuicio de buscar mentalmente el modo de poner á su amiga unas banderillas de fuego. Fué la Montaraz quien se encargó de tan humanitaria tarea, y para que la
cosa fuese por carambola, se encaró con la marquesa:
-¿Y Jaime, tía Gertrudis? Hace un siglo que
no le veo.
La Otumha, con aquella paradisíaca inocencia

que, según Julito, la haría parecer tonta si no lo
fuese {ella no creía en aquellos líos q_ue inventaban las malas lenguas), respondió cándidamente:
-Yo tampoco Je veo hace días-; y sonriendo
con sonrisa bonachona de abuela consentidora-:
Debe tener algún secretillo del corazón. Ya nó
es un chiquillo, y el día menos pensado se nos
casa.
ün silencio pesado gravitó sobre el salón. María murmuró para su sayo:-¡Chúpate esa!-La
de la Campanada se engulló un pastel entero y
Sofía mordióse los labios despechada.
Alzóse la cortina de terciopelo rojo que cerraba
la pu~rta y un lacayo de blasonada librea
anunció:
-El sefior marqués de Jarama.
Hablaban ahol'a de «l\lonna Vanna", la obra de
'.\Iaeterlink.
-Es una indecencia - afirmó autoritaria. la
Otumba.
-Pero, tía-se atrevió á protestar María-, si
tú te pasaste la función durmiendo.
-No importa-aseguró la vieja sin ofenderse
por lo impertinente de la observación-. En el teatro duermo con un ojo abierto. Además lo dice
Agusliuila, y ¡esa sí que no dirás que se duerme!
-Pero entiende de teatro como yo de criar ranas con biberón-protestó la incorregible.
La condesa no se &lt;lió por vencida:
-De decencia entiende todo el mundo. Una mujer que sale desnuda por todo un pueblo ... ¡Jesúis!
¡Jesús! ¡Qué horror! ¡Una cualquier cosa! ¡Una
perdidona!
-;Tía! ¡si era por patriotismo!
-¡Quita! ¡quita! ¡Qué patriotismo ni qué ocho
cuartos! Yo, aunque todoo los ejércitos del mundo estuviesen sitiando Madrid, no salía así.
La Montaraz disimuló una sonrisa pensando
que ,si la dama se ofreciese en aquel traje ante
la soldadf'sca, si no huía, á lo menos estaría curada de malos deseos para siempre.
Sofía ,se puso en pie:
-Gertrudis, yo me voy.
-¿Ya?
-Es tardísimo y corno en la Embajada rusa.
l\Iienlras se despedía, la Otumba se encaró con
su sobrino:
-Jaime, acompaña á la duquesa.
-Si me voy también, tía.
La dama le tendió su mano, siempre engúantada, que él besó respetuosamente.
-Que no seas ingrato, que vengas á contarrpe
tus cosas.
Salieron junto,s, y juntos y silendosos cruzaron
la larga fila de salonoo:----el gótico, el japonés, el•
imperio, el Lui,s XV-, atravesaron la antesala,
en que la doble fila de criados se inclinó respetuosamente, y ya en la monumental escalera de
mármol blanco, ofreció Jaime el ·brazo á su amiga. Tomólo ella y juntos bajaron algunos escalones. De improviso se detuvo la dama, y soltando el brazo, miró á su amante cara á cara:
-¿Sabes lo que te digo? ¡que eres un canalla!
Y como él, á la expectativa, pennaneciese sonriendo enigmáticamente, tornó á apostrofar:
-¡Un canalla! ¡Un miserable!
Dudó Jaime entre la ira. la indiferencia ó el
desdén. Al fin murmuró: ·
-Bueno, ¿y qué?
-¿Y qué?-clamó ella perdí1lo todo comedimiento-, ¿y qué? ¡Pues que yo no soy el monote
de ningún nh1o bonito! ¡que de mi no s,e ríe nadie!, ¿estás? ¡Y que hemos acabado!
-¡Mejor!

-¡Ah!, ¿sí? ¿de veras? ¿mejor? ¡Ya lo suponía
yo que la tía ooa andaba en danza!-, apostrofó
la ofendida beldad.

�frío, cansancio y no sé cuántas cosas rr 11s. Los
cuarenta y tantos afios que el buen humor, gallardía, acicalamiento y elegancia de su persona
disimulaban luego, mostrábanse descaradamente
en las primeras horas de la mañana. Armab¡i. un
alboroto por cualquier pequefiez; gritaba, echaba
ias cosas á rodar y metía cada zipizape que hacía
temblar la casa.
Pero si siempre, al le\'antarse, era insoporla-

- Xo insulies ~ ádYirlió él.
. -¿ IJ?SU!lar? La ye-J'clad no es insullo. ¡'Pin
y más·q~e lía! ¡truco$a!
;-entretenid?-!
.
La cogió viélenlamenle por un brazo, y hablando con ira concen- .
!rada, afirmó:
-1': o lolero que hables
asL - y asestando la
puñalada...-que hables
así de la que va á ser
mi mujer.
Alzó la dama la mano en un primer impulso
para abofetearle, y luego, arrepinti~ndose d~ su
ademán, dejóla caer, y con rab1ooa ironía, rió:
-¡Que sea enhorabuena! ¡Una marquesa de
Jarama rreé Carlota Fuentes y ex querida d,e Aurelio Rivalta! ¡Charment!
.
Y lenta, llena de majestad, comenzó á bajar
lru, escaleras. Al llegar al último descansi.llo se
detuvo, tal vez con la esperanza de que Jaime la

llamase; pero él, inmóvil, so_nriendo ~esdeños~,
no hizo ni un gesto, y la alhva, vencida, hum1llada, salió.
V

Las mañanas del buen mozo distaban mucho
ele ser triunfales. Por el contrario, despe,rlábase
de un humor infernal, con mal sabor de boca,

ble, llevaba quince días feroces en que su mal
genio se había aguzado aún.
¡Estaba enamorado! No podía engafiarse ya sobre la índole del sentimiento que Carlota Fuentes
le inspiraba. ¡La quería! Y no era, un capricho
pasajero, era una pasión honda y fuerte que absorbía todas las potencias de su alma. Su aniliado encanto, aquella gracia pueril que le plantaba en perpetuos veinte abriles, obsesionaba su
cansada naturaleza de blasse. Además ella, con
habilidad suprema, babia ido atizandg aquella
pasión para, en el momento culminante, cortar.
Con profunda sorpresa analizaba aquella mai'íana, en el calor de la cama, mientras su ayuda
de cámara le preparaba el baño, el es lado de su
espíritu.

El, que fué siempre un egoísta, él, para quien
no hubo más cu1to que el del San Yo bendito,
que jamás quiso á nadie, padres, hermanos,
amigos, novias y queri&lt;las, como no fuese á si
mismo, eslaba enamorado; y como un colegial
ó un oflcialele de tres al cuarto, andaba de zoco
en colodro, persiguiendo á la dama de sus
pensamientos. Et, que se dejó tfucret' con un
mohín desdeíioso de condescendencia por las

más excelsas bellezas del gran mundo, del arle
y de la galantería, escribía ahora cartas incen-

diarias á la viudita, aquella pobre é intr1gantuela. Y, no contenlo aún, rondaba la casa como
novio oficinesco, y aun trataba de sobornar criadas que, para mayor ridículo, resultaban insobornables.
Sen lía que la quería, que ya no podría pasarse
sin su grada andrógina y perversa y sin su
alegria reidora. ¡ La quería! Por primera vez
en su vida, una pasión seria anidaba en su alma,
y sentía que aquella era la pasión definiliva, la
verdadera, la única.
Después de la escena de la Embajada se lo
había escri lo así, tras varios intentos de verla,
en unas pobres carlas, un poco ridículas, llenas

•

�de lirismo. En ellas suplicaba, rogaba,
tonjuruba á Ju clesdeiiüc-a ú conc,cdcrle une.
entrevista; pintaba con román tico-s desplantes su amor é imploraba piedad, no
como un conquistador, sino como pobre
vencido que se entregaba á discrcción. Y
110 fueron sólo carlas : fueron flores v recados, enviados por conduelo de amigas
oomplacienles. Todo fué inútil. Desde la
memorable noche ele la Embajada, Carlota
&amp;e había cobijado en una dignidad austera,
que la redimía de pasados yerros, y así,
lo que debió ser gran contratiempo, volvía,;e en favor suyo.
Jaime comenzaba á desesperar, y aquel
obsláculo, al parecer infranqueable, le irritaba,
exasperando su pasión y mezclando en el juego
su amor propio.
Con peor talante que nunca cogió aquel día el
correo, desesperanzado de hallar ya en él la
anhelada carta. ¡ Bah, tonterías! Una cita de
Perico Igualada para una junta en el Club; carta
de Sofía, llena de reproches y ternezas, buscando
la reconciliación.
La estrujó con rabia.-¡ Imbécil! ¡Aunque no
hubiese olra mujer en el mundo !-Y siguió su
repaso anónimo, ¡ qué asco! Unos anuncios y ...

Latióle con violencia el corazón al encontrar un
sobre de papel blanco, liso, pero reoio, chic, cruzado de altas letras inglesas é impregnado de
un tenue, casi imperceptible, aroma de violeta.
De ella. Rasgó rápidamente la satinada superficie y leyó el plieguecillo que dentro venía.
«Querido Jaime: ~o quiero irme sin decirte
adiós. Salgo hoy en el rápido de las nueve de la
mafiana.. Gracias por tus ~artas. No sé cuándo
,,olveré, ni aun si volveré. Ya sabes que, esté
donde esté, tendrás siempre en mí una leal
arniga.-Carlota. »

¡Y nada más!
Salló del Jecho tornado á los veinte años por
la emoción y la impaciencia. ¿Sería verdad?
¿Se habría ido? ¿?\o la yerín más ni sentiría el
suave encanto de su belleza pueril? Todo aquel
cnsuc!'ío de vida futura, idílica y soñadora, ¿ serla una quimera? ¡Con tal que llegase á tiempo
de impedir la huí da! ¿Y cómo impedirla?
Por un instan le, vaciló; pero, rehecho pronto,
encaróse con su criado, y mientras acababa de
ataviarse con cuidados de enamorado primerizo,
ordenó :
-Que vayan en seguida por un automóvil.
Impaciente, nerviosísimo, incapaz de aguardar, descendió al portal, y apenas se detuvo el
Yehículo ante la puerta, saltó dentro.
-Cla udio Coello, diez. ¡Deprisa !
Y mientr as el artefacto corría, mejor volaba,
· con grave peligro ele los inocentes lranseuntes,
el conquistador preparaba trozos de discursos
con que rendiría el albedrío de la bella esquiva.
Olvidado por completo de su personalidad, de
su leyenda, de su habitual desdén, desconoerlado, aturdido, fuera de sí, pensaba sólo en detener á aquella mujer que sentía ahora imprescmdible para su dicha. ¡ Lo. quería! La quería

con esa ceguedad de la pasión, que borra defectos, ciega abismos y hac~ que infranqueables
montaíias semejen monlecilios de arena, fáciles
al capnch.o de un niiío; la quería con loca pasión
hecha de deseos brutales y de ternura malsana,
casi senil. El, altivo, burlón, que se reía de los
amores románticos y de las ternuras familiares,
soliaba ahora con pasear su pasión por las lagunas venecianas y los lagos suizos, y oon pasar
las largas noches del invierno al amor de la lumbre_ con aquella mujer al lado. En su exaltación
olY1dábase de su vida pasada, y es más, olvidaba que la que él soñaba, como niña llena de
candor, era una mujer de treinta años, la querida
&lt;le Aurelio Rivalta.
Paró el coch e, y Jaime, rápido, entró en el
portal.
-¿ La seuora de Fuentes?
La portera asomó complaciente su rostro de
sibila vieja por el ventanillo.
-¿La scuora de Fuentes? Pues se fué esta
ma1lana. .. pero ha perdido el tren y ya no se
marcha hasla las siete.
Respiró.
-Y ¿ eslá en casa?
-Pues creo que sí, señor.

�No escuchó más, y lanzóse escaleras arriba
con el ímpetu de un colegial que va á ver á la
novia. Ya en el piso, y conteniendo los latidos de
su corazón, tiró de la campanilla. Al cabo de dos
minutos, que para él fueron siglos, oyéronse
pasos y la puerta giró. La doncella de Carlota
mostróse á su vista.
-¿Qué deseaba?
-¿La seiiora'!
-Creo que ha salido.
-¿Está usted segura ?-interrogó anhelante.
Y como la viese vacilar, supTicó :-¡,Quiere usted verlo'!
Ella le contempló perpleja, cómo si no supiese
qué hacer con él.
-Yo esperaré aquí-ofreció bumilde.
La criada inlernóse por un pasillo, y Jaime se
apoyó en el muro, decidido á esperar.

El saloncilo, días anles alegre y coquetón, tenia ahora un aspecto desolado con sus parceles
desnudas y sus escasos muebles revueltos y
desvene.ijadas. Sobre la telilla rosa que tapizaba los muros, las pi11luras y fotografías arrancadas habían ele-jallo graneles cuadrados obscurns, y en los sofús y huluquilas, la luz, que libre
d.l obstáculos de corliuus y cslores, entraba prol'UZ, hacía resollar manchas y rozaduras. Y la
habitación entera tenia ese aire devastado que
da una quiebra ó una mudanza.
Carlola Fuentes, sentada ante la única mesauna vieja, ele tresillO-lJUC 1¡ncdaba, iba ordenando en una cajita algunas joyas (las que en
lirmpos de e::;plendor le regaló Aurelio, y que
ella, desde su bancarrota, no había vuello ú
t?sar). ).Jicnlras sus dedo:- ágiles- manejaban las
rnaravillo:::,as presem;, s11 pensamiénto, nunca
ocioso, iba tasándolas. El lulo de perlas, lo mejor que Je quedaba, yc11cli.do, podría producir á
Jo sumo cinco ó seis mil duros; los solitarios ele
las orejas otros dos rnil, pues eran ele roca unligua y ele lo mejor; el penclafü, ele zafiros y brillanles, unas tres mil pesetas; de diez á doce
mil las pulseras (pues irnnque debieron costar
el cuádruple, por algo eran de Cartier¡, y unas
quince mil, lodo lo más, las po1'lenlosas sortijas,
aquella. es11nge tallada en un ópalo y enriquecida de brillantes, y el pavo real ele la.s mismas
piedras, mús zafiros y esmeraldas. Total, unos
catorce mil duros, que puestos á interés, podíau
producirle catorce mil reales al mio, que junto
con los veintiséis mil que sus fincas en renta vitalicia Je daban, hacía un total de cuarenta mil,
con lo cual, si bien no pueden tenerse lujos, en
París 6 en· Barcelona le sería dable vivir modestamente.
Había jugado su vida á una carla, y ahora era
preciso p.revenirse por si se daba la mala. O marquesa de .J n.rama, con ochenta mil eluros de renta, ó una pobre señora desconocida; ó triunfadora, en clispo:;ición ele humillar á los que le humillaron, ú olvidada. Si la pasión de Jaime era
verdad, vencería; si no era sino un capricho,
estaba perdida.
Sintió el timbre y guanlG las joyas precipitadamente, y después esperó. La doncella, abriendo la puerta, anunció:
-Señora, ahí está el marqués de Jarama, que
quiere ver á la señora.
En un secreteo teatral (para ser oída) respondió:
-¡ l\ 1ujer ! ¿ No le dij e á usted que no recibía?
\'aya usted y dígale ...

-Inútil ya. Me colé como Pedro por su casa.
Siento darte ese disgus to...
-¿ Disgusto? ¡ Ca, hombre! ¡ Si estoy encantada !-y ofreciéndole sitio á su lado en el sofá,
mientras la criada salía cerrando la puerta, explicó :-Es que, como me voy, tengo todo patas
arriba y me da vergüenza que lo v,ean-. Y como
él callase taciturno, prosiguió con adorable ligereza :-Ya sabes lo que son los viajes, y más
cuando se levanta una casa. Parece mentira que
uua cosa que parece tan sencilla dé tanto que
h&amp;cer, 1, Yerdad?
-Yo no sé nada, nada más que una cosa, ¡ que
no quiero que te vayas!
Echólo ella á broma.
-Pur;s, i.:hico, siento darle un dis~usto, pero
á las siete me voy. No me llores, ¿eh·1
-?\o lo eches á broma-imploró el galán-;
no lo eches á broma, porque te hablo en serio,
con el corazón en la mano, con la vida enl8ru.
pendiente ele Jo que tú me vas á responder. Carlota, por lo que más quieras en el mundo, no te
vayas. Te ruego inmolando vanidades, prestigios, todo, todo, porque esloy en una hora de
mi vida en que estoy dispuesto á sacrificarlo
totlo á lu cariüo. No te rías, no bromees; Le juro
que jamás, jamás he hablado á ninguna mujer
como le estoy hablando á ti.
Y como ella aventurase un vago gesto de protesta, reanudó con voz trémula de pasión :
-Piensa, te lo suplico, por lo más sagrado,
por la memoria de tu madre, lo que me vas á
decir. l\li vida, mi feliciclad, mi alegría, lodo eslá
en lu mano.
Ella le contempló largamente como si quisiese
leer en el foudo de su pensamiento; despuéR,
romo tomando rápidamente una cletermina.ción,
se encaró con él.
-l\lira, Jaime, quiero creer que es verdad lodo
lo que dices y voy á hablarte sincera, con franqueza absoluta, sin ocultarte nada. - Hablaba
pausadamente, con un airecito doctoral de chiquilla precoz que explica á una compafiera las
maldades del novio ele su muñeca.-1\le voy por·
que no puedo seguir viviendo aquí Ya conoces
la gente de l\ladricl: unas veces nos perdonan
todo y otras la toman con nosotros, sin que sepamos por qué, y ahora la han tomarlo conmigo.
Si yo estuviese rozagante de dinero, me tendría
sin cuidado; pero yo soy pobre, más ponre ele
lo que se cree-con un creslo lleno de dignidad-,
y prefiDro irme que sufrir humillaciones y desprecios. Ya ves la verdad-añadió con melancolía-; hundida y pobre.
-¡Bah! Si quieres dinero, yo le cla.ré-ofrencló él.
- ¡Gracias! - contestó secamente. Después,
clulciflcanclo el l-Ono y con la dulzura con que podía reprender á un chico que hiciese una maldad
inconsciente, reprochó :
-¿ Ves como he hecho mal en ser leal contigo?
Yo no soy una enlrelenida, no puedo ni quiero
serlo va. No me hables a.sí. Me has hecho mucho
claiio con tus palabras, pero te perdono. Ahora,
créeme, vele; olvídame, y luego, cuando pase
mucho tiempo, vuelve á recordarme como una
amiga que murió- . Y se puso en pie.
El la cogió la mano.
- ¡ Escúchame, no me eches, no me desprecies! Estoy loco por ti, y la sola idea de perderle
me hace delirar. ¡Carlota! ¡Carlota! No me
entiendes, no me quieres entender. Yo te quiero
demasiado para ofenderle, para mí eres sagrada; pero no quiero que te alejes, que te vayas;
quiero que seas mía, mía para siempre; mía
ante Dios y los hombres. Carlota, ¿quieres que
nos casemos, que vivamos juntos, que seamos
felices?

Tuvo ella un gesto teatral de desaliento, y dejándose caer en una butaca ocultó la cara entre
las manos, y a.sí permaneció unos instantes.
Alzó, al fin, la cabeza; en sus ojos había lágrimas y por sus labios vagaba una sonrisa dolorosa. Con acento solemne comenzó á hablar :
-Yo también te quiero, J aime. Te hago esta

confesión como te la haría en la agonía. ¡Cuan
cierto es que Dios, tardeó temprano, nos castiga
siempre! Si yo no te quisiese, si mi amor por
li no estuviese por cima ele todos los deseos y
todos los anhelos, me callaría ahora y sería feliz. Mi dicha se basaría en una mentira; tendría
un remordimiento en el fondo del alma; ¡pero sería feliz!-Calló, sombría, en una pausa auguradora de tragedia-. Pero te quiero, te quiero sobre todo lo divino y humano; si en tu carifio estuviese mi condenación, me condenaría alegre,

contenta ; te quiero, y es preciso decirte la verdad : no puedo ser tu mujer porque... ¡ he sido
la querida ele Aurelio Rivalla !
Se irguió, tendidos los brazos en un bello gesto
de crucificado, y luego desplomóse, sollozante, en
su a.siento.
El caüaba, taciturno. Por un in&amp;tante, en la es-

tancia, silenciosa, sólo se oía el sollozar de la
pecadora. Al fin ella, alzándose, vino junto á él,
y serena va, aunque con tristeza infinita, habló:
-Ya 10" ves, ludo es imposible. Yo no puedo
ser una aventurera, no he nacido para eJlo, y
prefiero vegetar en la pobreza y el olvido; y tu
mujer no puedo serlo, porque no puede ser marquesa de Jarama quien fué la querida de Rivalla.
Se sintió heroico y tuvo una frase digna ele un
redentor de melodrama romántico:
- El amor te habrá redimido. Dios perdonó á

�la Magdalena porque amó mucho. Vuelvo á decirle: ¿quieres ser mi mujer?
Un chispaw de triunfo fulguró en el fondo de
Jas ·pupilas tenebrosas. Sin embargo, supo dominarse.
-¡ :'•fo puede ser, Jaime, no puede ser! ¿No
comprendes que es absurdo, imposible? Ahora,
en el momento de exaltación generosa, en un impulso de sacrificio, quieres inmolar todas tus
creencias, tus prejuicios de toda la vida en aras
de mi carifi.o; pero cuando lo pienses f1iamente,
te arrepentirás, y verás que es una locura--'-.
Y tras breve pausa imploró: -¡·Déjame, Jaime,
déjame! ¡Sigue tu camino y olvídame si puedes!
_El se dejó caer á sus pies, como en la ,oocena del sofá de una comedia pasional.
-¡Jamás! ¡Jamás! Te quiero, y serás mía.
.lúramé que no te irás, y yo te juro que antes
de ocho días, tía Gcrtrudis Olumba vendrá á pedir tu mano.
Pareció tomar una resolución:
-Bueno, ¡ sea lo que quieras! Esperaré ocho
días.
El se puso en pie.
--¿Lo juras?
-¡ Te lo juro !-y le tendió la mano.
El se inclinó y besó respetuosamente.
-Adiós.
-Adiós.
Le miró salir. Una sonrisa victoriosa florecía
en sus labios.
VII

tino cruel me ha ido r-0bnndo dinero, posición,
amigos, salud, ilusiones, ¡ no me quedas más
que tú en el vencimiento!
Ella habló enérgica, resuelta :
-En el mundo se reconquista todo. Para vencer, no ha.ce falta sino una eosa: voluntad. El
poder de los demás está, más que en su fuerza,
en nuestra cobardía. Basta querer de verdad una
cosa, quererla con todas las potencias de nuestra alma, poner en ella inteligencia y voluntad,
para que sea. No hay más que una cosa irremediable : la muerte. Lo demás tiene arreglo ; la
fortuna se rehace, la posición se reconquista;
créeme, sólo la muerle no tiene remedio.
-¡Me mataré!
-T\o te matarás-aseguró ella con firmeza-.
Y hablándole muy ce.rea, felina, mimosa :-L11cha, lurha sin lregua, piensa que los vencedores
se encuentran siempre.
Se puso en pie :
-Adiós. ¿Amigos?
El la tendió la mano, y sonriendo con werteria na tristeza, munnuró:
-¡Adiós!
-¡.Serás fuerte?
- Fuerte-contestó como un eco.
Le brindó su frente. Aurclio posó en ella los
labios con una caricia lenta, apasionada, inacabable, que hizo temblar á la luchadora y llenarSl3 de lágrimas sus ojos.
Al fin, se separaron y ella. partió. En la escalera detúvose para serenarse; secó sus ojos, y la
rlulzura entera de su roslro se fundió en un pliegue de la frente, duro, dominador :
-¡Adelante!

de aventurera rusa; la Montaraz, la Barbanzón,
Lma Monreal, Luz San Feliú y unos cuantos galan~, y entre todos ellos, destacándose con gracia msuperable, envuella en su gran pelliza de
renard archante, locada la cabeza por pequeño
fieltro y mostrnndo el pueril encanto de su ros-

1 •

¡
t
1

1

·f.
o
1.

- ¡ Nene, no seas chiquillo, no te pongas así!

Le hablaba maternal, envolviéndole en una caricia d,e dulzura in.finita. Sobre su pecho reposaba el rostro de Nazar_eno agonizante de Aurelio
Rivalta, más exangüe y livido que nunca. Los
ojos azules se alzaban hacia ella, en súplica
desesperada de piedad , y por las mejillas, dernacractas, resbalaban enormes lagrimones.
-¡ .\"o te cases, mi vida, no te cases !-tornó
á gemir el desdichado.
Carlota, oon ternura de hermana, pasó sus
m,mos en caricia consoladora por la frente de
su amante;
-¡ No te- pongas así, Aurelio ! Yo .seré una
amiga, una hermana para ti; no te olvidaré
nunca, ¡ pero es preciso que me vaya!
Y J,uego, '!reparándole un poco de ella, suavemente, trató de convencerle :
-Mira, más vale que dejemos las cosas así.
¿ Para qu.í seguir? Tarde ó temprano, habíamos
de acabar; más vale que sea ahora, guardan.do
un buen recuerdo-encontró una frase romántica-, un. recuerdo que sea como un viejo perfume que aromara nuestras vida:¡,.
-¡Ya no me quieres!-respondió trágico.
Redoblando su dulzura, murmuró ella:
- ¡ No había de quererle! ¡ Si vieses lo que sufro! Pero no hay remedi-0 ; así no podemos seguir, vamos camino de la miseria.
-¡ Contigo no me importa ser pobre!
-¡ Ay, Aurelio, qué equivocado estás!. .. Pe.ro,
si ahora mismo, que no te falta nada necesario,
.que tienes hasta lo superfluo, eres de&amp;$raciado,
¿qué harás el día que pases hambre y trío? No,
desengáñate, hay que volver al mundo, á la lucha, á vencer ó á ser vencido.
-¡ Ves! ¡ Ves como no me quieres! ~apostrofó amargamente el vencido-. Si me quisieses,
no hablarías así; yo sería para ti el fin, el único
tln ele la vida-. Y luego, tornándose pueril, gimió nuevamente :-¡No te cases! ¡No me dejes! Yo no tengo sino á ti en el mundo; el Eles-

en un hilo de enormes perlas que llevaba al cuello, explicó :
-Un regalo de Jaime. Yo no quería, pero se
empeñó en llevarme á Mellerio esta tarde ...
. Parecía feliz. Una alegría triunfal reía en sus
OJos y en sus labios y comunicaba á su persona

:

1 -

VIII

-¿Llegaremos á tiempo de despedirles?
El automóvil volaba cuesta abajo, camino de
la. estación. Reclinado en el fondo Julito Calabres, charlaba con Fernando Mendaro.
-¡ Qué casualidad haberlo averiguado! ¡Sino
llegamos á ir á casa de la de Otumba, se nos
escapan!
-La verdad es q_ue la boda se las traiei---. Y
i\Iendaro, deseoso siempre de hablar mal de sus
amigos, rió contento:
-¿ Y dónde nos dijo Gertrudis que se habían
casado? ¿En las Arrepentidas?
Pero Julilo no contestó. Iba nervioso, impaciente, consultando á cada momento el reloj de
su pulsera, temeroso d,e no llegar.
-¡ Qué suerte de mujer !-reanudó el otr-o, incapaz de ir callado-. !\lira que después del escándalo de Aurelio pescar marido, ¡ y qué marido! ¡Qué hábil! Ni una palabra para que no
se lo descompusiesen.
Julito siguió su idea:
-Y no habrá nadie en la estación.
-De seguro, que si. Hay en Madrid mucho
olfato, sobr.e todo para dos -cosas : el olor de
quema y el de la amabl,e musa alimentación.
Del primero escapan todos, al segundo acuden
como moscas á la miel-. Y añadió como moral:
- Como en casa de Carlota se ha de comer, y
bien, ya verás tú ¡ cola!
Llegaban. Rápidos cruzaron las .salas de espera y entraron en •el andén.
Junto á uno de los coches había compacto grupo
de gentes.
.
-¿No io dije?-riocordó Fernando.
Alli estaban la de la Campanada, con sus dos
niñas; Rosaura., languideciente en su silueta elegantísima, dibujada por el paño verde manzana
de su traje; Paca, varonil con su aire anarquista

tro entre las azuladas gasas de un enorme velo
Carlota Fuentes, marquesa de Jarama.
'
Co_rrieron los recién llegados al grupo.
. -, Enhorabuena, enhorabuena! ¡Traidores!
, Prófugos!
Carl&lt;7la reía gentil.
-¡ S1 no l u vimos tiempo ¡je avisar á nadie!
LuP.i;ro, como viese los ojos de sus amigos fijos

'

.

una extraña ju~enl~d. Julito sintió el prurito
de chafarla la victoria, y aprovechando un instante, en que quedaba sola, musitó en voz baja:
-¿Has v1slo qué horror?
Tuvo un gesto de sobresalto.
-¿Cuál?
-¡ El pobre Aurelio Rivalta que se ha suicidado esta tarde!--espeló á boca de jarro. Y Juego,

�remat:hando el davo: -Lo enconlruron tendido
en mí charc:o de sangre cqn un balazo en \a ·sicn.
Carlota había pulideciuo intensamente.
.
- ¡ Calla!-nrnrmuró aprelando C'l brazo de su
amigo.
Jaime ,:e acercaba á ella galante y rendido.
-Ilan llamado. ¿Subimos'?
.
-Vamos.
Dejó caer el velo sobre su rostro, en discretos
celajes, y fuése despidiendo de sus amigos.
-¡Adiós! i Adiós! ; F eliz viaje! ¡ Enhorabuena.

Subió al tr&lt;'n, ú ac¡uel lr¡rn que debía llevarle
á la gloria y el lriu11fo. Le parecía_. ,'er el cadáver

de Aurelio Hivalta•, dolonJso y· grotesco, alruYesado en su ramina. ¡Bah! Ojos que no ven, corazón que no siente..\hora Parí", r,ondrcs, \'iena, los lagos suizos, las m:be-s ilalianas, las esluciones ele moda, á vivir, á triunfar, )"· Juego el
regreso á :\lndrid, la fortuna, su palaclo, el respeto de las gentes...
·
El tren annncaba, y la de Fuentes, sinliencto ·
el brazo de su marido en torno del talle, saludó
oún una yez ú sus amigos, sonriente, vencedora.

•¡

Ei cuento semanal

AMELIA
por GUSTAVO VIVERO

=

Ilustraciones de GARCÍA GUIJO

..

30 cénumos

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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                <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 174,  Abril 29</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Hoyos y Vinent, Antonio de, 1885-1940, Colaborador</text>
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                <text>Bonilla, Santana, Ilustraciones</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>remat:hando el davo: -Lo enconlruron tendido
en mí charc:o de sangre cqn un balazo en \a ·sicn.
Carlota había pulideciuo intensamente.
.
- ¡ Calla!-nrnrmuró aprelando C'l brazo de su
amigo.
Jaime ,:e acercaba á ella galante y rendido.
-Ilan llamado. ¿Subimos'?
.
-Vamos.
Dejó caer el velo sobre su rostro, en discretos
celajes, y fuése despidiendo de sus amigos.
-¡Adiós! i Adiós! ; F eliz viaje! ¡ Enhorabuena.

Subió al tr&lt;'n, ú ac¡uel lr¡rn que debía llevarle
á la gloria y el lriu11fo. Le parecía_. ,'er el cadáver

de Aurelio Hivalta•, dolonJso y· grotesco, alruYesado en su ramina. ¡Bah! Ojos que no ven, corazón que no siente..\hora Parí", r,ondrcs, \'iena, los lagos suizos, las m:be-s ilalianas, las esluciones ele moda, á vivir, á triunfar, )"· Juego el
regreso á :\lndrid, la fortuna, su palaclo, el respeto de las gentes...
·
El tren annncaba, y la de Fuentes, sinliencto ·
el brazo de su marido en torno del talle, saludó
oún una yez ú sus amigos, sonriente, vencedora.

•¡

Ei cuento semanal

AMELIA
por GUSTAVO VIVERO

=

Ilustraciones de GARCÍA GUIJO

..

30 cénumos

�El Cuento Semanal
SE PUBLICA LOS VIERNES

222

OflCIKAS: fuencarral, núm. 90.--KADRID
Apartado de Correos 409.

AftO IV.-21 de Havo de 1910.-HUK. 118
PRECIOS DE SUSCRIPCION
!ladrid y provincias: Trimestre, 3,50 pesetas.

Semestre, 6,50 pesetas. Año, 12. Extranjero: Semestre
10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.

GUSTAVO VIVERO

1

Número suelto: 8 0 céntimos.

1

que seró.n/ sin duda ni omisión de ninguna clase,
\w;; ·que han de f.elicitarles y regocijarse }JOr tan

Á NUESTROS LECTORES
Reformas importantes en «El Cuento Semanal»
,

La empresa de csle periódico 1 d'eSeosa sicmpr&lt;:.'

'

l
l.

1isonjrro 6xilo.

,

de ocupar dignamente el allo lugllt"4uc sus favorecedores y colaboradores le han d,eparaclo en !n:s
letras espafiolas, se propone· introd1W,ir·cn la publicación reformas importantísimas, que seguramente han de merecer del público aman.le de la
bella lecturai consideración y agradrciµ1ier\lo.
Aún no es dado á esla Dirección expdner pun-

Consultorio gralotógico Grochtner
QUINTIN GARCIA

r..tt.':i dornü{anles de .50 carúctcr son el orgullo,
In pretensión ele espíritu y la complacencia en sí
mi!--mO; peró esto no obsta para que usted tenga
unu. natm~aleza amable y alegre y un trato sutualmente el deLalle &lt;lo eslas mejoras, pues, han . mamente simpátiro.
Su escritura indica una ])el\':,ona muy joven, que
de ullimar.se contratOs, autorizaciones, noV_edades de confección, ele., que, ·por causas ajenas ú aún IIO ha c'tmocido las decepci-Ones de la vida,
y ¡::u,·o &lt;::.n·itdl,et' no -está aún netamente definido.
la voluntad d-e la Empresa, no están definili\1.3,:
Su ¿~pirUu.•se afuma l)aslante acaparador. Vomente fijados .
luntad débil en genera.1 1 pero bastante pacienPero valgan estas ]íncaS de aYiso á nuestros
lectores constantes del propósito firme que nos zuda. Ternperamenlo poco vigoroso; salud re.anima de {';Onverlir EL CuE~TO SEMANAL en la. pri- sisten le.
Sincero, p0ro poto expansivo. Aclivida-0 d€Smera de las publicaciones literarias por su amenidad, mérito intrínseco y arte depurado en su igual: conciencia rstrecha. l3astanl-es aptiludes
presentación y confección generales.
oclrninislralivas.
Tendré mucho gusto en mandarle el tralado de
Esl.as reformas, qu-0 s,erán cl,elalladas en rl número próximo, comenz.arán d,enlro del mes de grafología que des-ea, y al cual tiene usted deJmüo corriente y no alterarán su precio ordina- recho.
Dr. GRACHTNER
rio de 30 céntimos ejemplar.
:\'or.,.-Escribase unu carla, en papel sin rayar,
al Dr. Grachtner, y se recibirá contestación en
el número siguiente de EL CUENTO SEMAKAL.
Precio de la consulta, cinco pesetas. Todo conCon Ja complacencia que nu.e slros lectores puesultante tiene derecho á un tratado de grafología.
den suponcri hemos leído en nuestro querido c.o--lega La Mmtana, que en el concurso de carteles
COLECCIONES ENCUADERNADAS
que había convocado la Sociedad Predsores del
Porvenir han sido premiados, respectivamente,
con un accésit de 500 pesetas, el trabajo presentado con el lema uFeu por nu,estro querido amigo
Las colecciones de los al!os 1907, 1908 y lllOi,
y dibujante Agustín López, y con una mención elegantemente encuadernadas en cuero, con ift..
honorífica de 100 pesetas el Litulado ((La. cigarra crustaciones de oro y en relieve, compllesta cada
y la hormiga)), del no menos apreciado colabora• una de dos tomos, se venden al precio de
25 pesetas para Madrid y provincia ■
dor nuestro, Luis IIuidobro. De todos nuestros
31
•
para el extranjero
lectores son sobradam,ente conocidos los méritos
A LOS COLECCIONISTAS
y la laboriosidad que ert ambos concurren.
Creyendo conlrlbuir al éxito de estos dos artistas, tan merecedores de encomio por su honradez profesfona.l ·y por su 'valer verdad, recogemos
En esta Administración y en las principales librerías
la noticia de La Mm1ana, y desde es.tas columnas
kioscos de toda Espatla, se venden ejemplafe6 de
unimos nuesLro aplauso más entusiasta y sincero yt.odos
los números publicados por EL CUENTO SEMANAL al precio de 30 céntimos ejemplar.
á los de cuantos conocen á Agustín y Huidobro 1
s

A.]Y.[ELIA.

un triunfo de nuestros dibuiontes

El Cuento Semanal

El Cuento Semanal

Todas las mañanas solía detenerme un momento ante aquel escaparate de la calle de la
Mnntera. El par de zaputilos rojos, expuesto
más á la c1iriosidad del público ocioso cual
acabada muestra de confección zapateril, que
como modelo de pies menudos 1 a trajo en un
principio mi atención, luego fué causa de que
pensase en su futura poseedora, y después, últimamente, á que inventara algo á modo de
novela, un poco romántica, que 1 por s-eüas, no
carecía de una protagonista bella y adorable 1 que
se casaría conmigo á la postre, no sólo para
tranquilidad y reposo del Cuerpo de Telégrafos,
á que yo pertenecía, sino para regalarle á mi
madre, pobre sefíora ya anciana, que vegeta.
ba pacíficamente en el lugar de mi nacimiento
una prole de media docena de hermosos moni~
gotes, mofletudos y traviesos.
Yo tuve siempre una imaginación muy acomodada á estas clases de fantasías, y sólo así

tie ne explicación que roe interesase el par de zapQ.lilos, lan tentadores, tan picaros, tan voceros.
Ellos eran la base de toda mi historia. Una
h\sloria mu:y linda, muy vaporosa, donde babia una rubia capaz de darle dentera de puros
celos á todas las princesitas de fábulas y Je.
yencla~. No so crea, sin embargo 1 que en mi
fantasrn de los zapatitos rojos hubiera nada de
P.ecaminoso. Ya he advertido que pensaba senamente en regalar á mi madre con media do•
cena de saludables mequetrefes, que dorasen
con luz alegre su vejez tranquila. Mis treinta
años me daban derecho á suspirar por un hogar, con sus dedaditas de ventura, en unión
d~ una mujer hacendosa, bella y enamorada.
S1 hasta entonce·s no babia conseguido nada de
esto, con harta pena de la autora de mis días
que perdía las esperanzas de educar cristiana~
mente y acariciar á sus nietezuelos 1 no fué mía
la culpa, ó, por mejor decir, mis recelos de
caer en manos de una mujer manirrota, que
no tuviera para alfileres con las pesetas que el

�Estaclo premiaba mis servicios, fueron la única

mzón de mi prolongada soltería.
.\las á pesar de todos mis recelos, tan pronto como vi el par de zapatitos rojos, una manana lluviosa de invierno 1 me dió el corazón que
alli estaba todo lo que apetecía y que de ellos

había de salir todo lo que buscaba. Desde la ·

primera vez que los vi en el escaparate, supn,&lt;:e, no sé por qué, que mi vida, mi porvenir, se
Iigt¿.ba á ellos estrechamente,- y cada día que

'

,1

pasaba, advertía que la impaciencia clavaba en
mí sus mil dentezuelos. Todos los días los veía
dos veces, y cuando los miraba allí, tentado-

res, pícaros, voceros, ensanchábaseme el alma,
respiraba con fuerza cual si se me quitase de
encima un peso enojoso, y tenía un recuerdo

:1

!¡
,i'

1

r¡

i ....'

para mi adorable rubia desconocida. ~lis temores se funtlaban en que desaparecieran de pronto sin yo conocer á la compradora.
¡Cuántas veces quedé pensativo, con el manipulador en la mano, imaginándome haber perdido para siempre la huella de los zapatitos, sin
saber quién fuese ella, destrozada la historia
de la heroina rubia de trenzas de oro y manos
martilellas! ...
f\.Ji buen senlido á veces se imponía á las sutilezas de mi hi$t □ ria. y entonces me avergonzaba de lo puel'il de mis cavilaciones. ¿Era justo que á los treinta aii.os se hilvanasen semojallles fantasías? ¿No era una locura, una ve1·dadera locura urdir· tales patrafías romu.nticas
tuando había tanta mujer buena y bonita en
el mundo1 Y Íllé en un instante de lucidez1 lo.
lucidez de mi lJUen sentillo, cu::mdo me resolvf
á poner remute á lodos mis desvanecimientos.
Entre -dos enterados pensé y convine conmigo
mismo en que lo mejor que podía hacer era comprar el par de- zapatos rojos, pedir una licencia á
mis jefes é irme al pueblo, en donde no m,e faltaría una buena muchacha, fresca y saluduble, honrada y hace·lldosa en quien cifrar mi Yentura.
Esta decisión sú.bita 1 después de tantos rñeses
de pueril idealismo, la adopté en un arranque de
vergonzoso disguslo. En ella intervenía ¡ay! la
vergüenza. La vergüenza, si, que sentí aquella
mafiana Yiendo reflejarse en el vidrio del escaparate mi figura, alta y di.stinguida, sin grosuras prosaicas, y mi faz morena y aseriada, al•
tivecida por la noble insolencia de mis bigotes,
cuidadosu1ncnte peinados á la usanza kaiserina.
t-.Ie ruboricé, con franqueza, nnte el pulido cristal, frente á aquel seftor aistil1guido, irreprochablemente trajeado, luciendo flor olorosa en
el ojal de la americana y armada la ·diestra de
un junquillo. Aquéllo, sólo aquéllo fué lo que me
mo\'ió á poner por obra mi idea. Era necesarjo
acabar de una vez con todos los lirismos.
Hasta que no me relevaron estuve como sobre ascuas; Cuando tomé la puerta de la Central respiré con fuerza y sentí dilatarse mi alma
en una paz dulzarrona. Pero al entrar en la
calle ele la ~Iolltera 1 otra vez se apoderó de mi
la 1lojedad1 la indecisión. ~o sé por· qué causa
clavé los ojos en unu modistilla encantadora,
de rostro apicarado, que bajaba hacia la Puerta del Sol con un paquete ~n la mano. Instintivamente reparé en sus pies, que ella no ocultaba1 que dejaba ver muy al descuido en un artificioso recogido de la falda. Eran grandes, no
mucho, pero sí de sobra para calzar los z.apatitos rojos. Y proseguí adelante, deseoso de acabar la historia 1 la única que compusiera en mi
vida. Mas cuando llegué junto al escaparate,
me detuve sorprendido, quedé clavado, con la
boca abierta y mndo dt asornbro.
·
Los zapatitos rojos habían desapareciúo.

11

!\lucho más de lo que yo creía apenó mi ánimo
la misteriosa desaparición de los zapatos rojos.
Su rec;ucrdu no se borraba ni un instante de mi
11iernoriu, ~· pensé con rnús ahinco que nunca en
la bellu. pose,cdura de los menudos pies que lo~
calzuríau. Pan1 mí estulm fuera de toda duda que
tenía que ser muy hermosa, y rubia, J)C\I' contera.
Y con la base de los zapatos, coffiencé á crear á
In desconocida tunforrne á mis gustos. El rostro
era un poco pálido, muy lindo, muy simpático,
ton dos ojazos azules como dos soles 1 de mirar
man.so. Oro puro tenían que ser sus cabellos,
abundantes y un tantico rizosos. Aquel movimiento encantador de Ju mano al recogerse los
rizos que yo ponía en mi bella 1 me volvía loco,
tan loco corno las grandes peslañas que sombreaban su rostro y la arrogancia y gentileza de su
tuerpo 1 sin las exuberancias vulgares de las mujeres rollizas. Debía ser alla 1 lo era sin duda algu11a1 y adcmús gruc_ioso. 1 con una picardía inotenlc, encantadora. Cuino á pies tan chiquitilos
teniau que corresponder u11as manos de iguales
JJrüporciones, me figuré que las lindas de Santa
Teresa le senla.rian muy bien á mi hermosa, y
se las puse. ¿. Quién me impedía hacer mi ideal
ú mi gusto, á rni capricho, como yo lo soliaba
y como yo lo quería'! Hasta me pareció que debía
po1H•rle 1111 uombre agradable, como lo habían
hec:ho tudos los por!u.8 con sus ideales. ¿Locura?
Pues yo estaba gustoso de mi Iocura ufano de
t&gt;lla, y en rnis ocios mr divertía vistiéndola á mi
a11luju, poniéndole las gracius y los encantos que
veía en las demús mujeres y adornándola de
·parles y condicio11es que no notaba en ninguna.
Unos hermosos ojos, una hermosa cabellera,
un andar pícaro, lo airoso de un talle, la agradable armenia de una yoz 1 todo me hacía pensar
en mi bella, representármela con aquellos ojos 1
con aquel cabello, con aquel andar ... Para mí era
ya una obsesión recordarla ó. ladas horas, tenerla
prescrite siempre que veía á alguna mujer y darme el gustazo de poner en ella todas las perfectiones_, todo lo que más me acrradaba en las de~
más. Lo que al principio no rué más que un agradable pasaUemp,o en la ociosidad de mi soltería,
habíase trocado en una necesidad, en algo real
que ya vivía en mí, que era algo mío. Los dias
que pasaban sin que descubriese sus huellas,
eran no más que aguijones que me forzaban á
pensar mús en ella, más deseos de hallarla, 11Licw1s impaciencias.
Verdad es que á veces asallábanme crueles
pensamienlos 1 henchidos de dudas, y entonces
recordaba á la hermosa modista de faz apicarada
ele la calle de la ~dentera. Indudablemente, en
ella. estaba lada la clave del misterio. Aquel paquelilo que llevaba en las manos eran los zapatos
rujas, los pícru·os zapatos que tan lindas cosas
me sugerían .a lgunas noehes. De lo que yo estaba
s-cguro era de que sus pies no los calzaban. Eran
demasiado gran9"es 1 lo había visto bien.
¡ De cuántos errores no fueron causa es las imaginaciones mías al cursar los despachos! ¡ Y
tuántas noche!';, ya hastiado de tantas sutilezas,
de tantas fantasías, resolví no malgastar más la.."3
horas en tales devaneos! Y no obstante, cuántas otras no torné á reincidir al verme solo en
mi cuarto ho~pederil de soltero, y pensé nuevameute en mi bella rubia, en sus ojazos azules,
en su andar gracioso y en la gracia de toda su
gentil persona y me sentí enamorado de ella.
Pero mi rubia no parecía. Los zapa tos rojos no
habían dejado iras de ellos. ni un débil hilillo por
doude yo pudiese guiar mis invesl igaciones.
1

Es decir ...
Verán us!edes cómo mi burna fortuna &lt;'Sa
buena forlu.~a de los enamorados. puso c1~ mis
man&lt;?$. el hilillo q1~e apetecía é iiu'm inó un poco
las l1_nieblas- de m1 desesperanza.
Ba¡aba. l_1~a . tarde la escaJerii de hospedaje.
pensan~o u_órncament-t: en el emperezamiento
de la digestión del cocido palronil, cuando oiao
una. voz temerosa que en la obscuridad me advertia:
- -;¡Estese quieto!. .. ¡Ay!. .. ¡Có¡aio! ¡Cójalo!
Nolé. que ~lgo s,e escabullía poJ• entre mis piern~s, extend1 la mano y alcé mi diestra poderosa
mada ~e, un enorme gatazo negro, que mau~.aba que¡a:5 de desesperación y se revolvía fupose1do tal vez d~ a_Je-ves intenciones conra la mano que lo oprunia. Aproxirnóse entonces la sombra que corría tr.as el gato, y á punto estuve de no soJtarle. ¡Era mi modista que
c9n una gracia encantadora, recogía el, _e-ato'
sm ~a~se cuenl-0 al parecer, de mi extraneza:
-¡P1~roütelo! ... ¡Toma! ¡Toma! Yledaba
Jda)almad1 tas. que podían -ser cari1i.osas aun tomas en seno.
_-ituchas gracias-me dijo con gentileza-.
8 1· no es po_r usted este pícaro se escapa. y ¡sabe
1os los drns que. anda perdido! 1·GolfÚ'
h Intervine pi~ié~dole per~ón pai:a el gáto trasd umante y of~ ec1éndole mis servicio~ para aJgo
~u m~s err:ipeno que cazar á _un !\licifús. Rióse
t Y egoc1¡ada la. adorable &lt;Tia fura y vi un inshante la. blancura tenlodora de sus dientes. ¡ Era
ermosa de verdad! ... pero morena. La du-efía de
los za~al-0s -era la. que me inlercsabq 4.rní, y me

ª'

/OS-O,

1

0

dispu:'-:&gt;-C 6 udarar mis duela::; ..\ln5 una voz suan~.
Y clellco.dt_l req,.1iriú _clenlro ú 1-n hermosu trinluru:
-.\mehn .... \ni,,Jin~r·ltmu1ha la voz.
-.\! ll(·ha.9 g-r1.wia:--..\diús-..-nic rlij,J cui.i atolon&lt;_lram1-cnlu la bl'lln, ~- de:3apnrcti1·1 por una puerl
qu,, nsfeuluba ,el siguiL'llie rótulo;
u

SRA. GUTIERREZ
BORDADORA

En la r.al!e, no_ se }JtJr qul11 vino á mi mPmoria
rl recue_rdo de mi madre y 1'1 de la media cJocPw\
de_ mo_rngotes que )tJ pensaba rl'galarlr ...
1 Cuu.la_clo qu.e ent h~rmGsn, la criulura en .aquei
su~ clrsc_m.do u~s~ro ! J &gt;e Plla ó para ella 110 serfrut
1~::; zup&lt;1tilus J0J0f'i: })Pro ¡vamos! que no Je ha:iun_ falla !~mp~K:o. l.o~ pies, c.lespul•s de lodo ...
1?.e~o, .c_n.~ct,mb1D, \lOs_r1a unas manos! ... i J\lanos
dtJC .... 1 Si .)O nu i°'t' tomo tenían fue.rza para wslencr.a.l cnorrne ga!uzo! ¿Por qué no sería rubia
.\mella? ...
Y aquella _tarde, manipulador en mano me entretuve en on· los golp-ecilos de los puntos'y ra.ya.s
c~_cl nombre_ Lle Ameli~. Sonaban ó toque de gJo1_ia .... \rnelw._. ..\mella ... Era bouit-o el 11ombre.
Hasta en la mita se me antojó agradable.
llI
Ejemplo de epístola materna:
uQuel'i&lt;lo hijo rníu: Tr1.•s ~ü-Os .sin v-~rnos, bien

�'

l

Ignacia, que ya vestía de largo, diluía en ella un
tinte melancólico, muy de tono en una novela
sentimental, donde forzosamente había de hal&gt;Pr
una dama lrnrlada. Confieso con sinceridad que,
cada vez que subía ó bajaba la escalera de la
casa de hub,pedes, el corazón me latía con violencia, senlüune dcsasosegodo ante la posibilidad
de ver á A111elia ó de descubrir la clave misle1·io~a que me diese á conocer ó. la dueña de los
zapatos rojos. :\los, a pesar de toda mi solicitud,
no pude ver A la hermosa muchacha hasta una
semana después de nuestro fortuito encuentro.
Tornaba yo de la Central, alegre por saberme
libre y hnbPr hecho Ju guardia y pensando en la
gran fortuna de Olelo, que podía wr_ á su ar:na
l\ todas los horas v alcanzuba el don mmerec1do
ele sus earirias. Caía una lluvia menudita, esa
lluvia tan propicia ú la mujer madrile1io, que
parece hacerla salir de casa. para lucir el garbo,
las bolas, algo de la media y el arranque de la
puntorrilla..\1 pasar por delante del ministerio
rlc la Gobernación, oí voces que me llamaban.
Em la ;;in par Ameliu, regocijada y ~ullicíosu,
que me saludaba con el agradable trino de su
voz, armoniosa y fresca..
-¿Eh"? ¡Don Pepe! ¡Don Pepe! ... ¡Aquí!
-¡Ah! ¿Pero sabe usted mi nombre'?--la pregnnté, apn,xirnándome, extra11ado.
-•¡ Qué reparón es usted! ... ¿.:\le presto. usted
su pamguas ·! ... La mitad ... la mitad nada más.
-Y lodo, Amclio, si usted lo quiere ... Pero me
agrada. mfJ.s que sea la mitad, porque tengo que
hablarla ... ¡.Se moja usted?
- -l:sled sí quo se moja.
:-:u... Dígame usted cómo estó. Olelo.
-Bueno. l\luchas gracias.
- ¡ Ay, Amelía, que es usted una pNsonila
«La nosa tiene un becerro muy mono. L1?rro1i.r rnuv burlona!
...:...y usted.. .
está muy malilo.n
-Dígalo ... Dígalo.
- nncno. Pues ... ¡ ~luy falso! ¡ Pero múy falso!
En descargo de mis conviccione:; políticos, en--Y eso c¡ue aún ...
tre integristas y conservadoras de las más mau- ¡ Que se moja, Pepe! ¡ Que se moja!
sas, me parece oportuno advertir que el Lerroux
- - ¡ Qué me importa, si la veo á usted! Es loba
á que hacía referencia mi madre en ::;u carla,
era un manso perdiguero, con quien yo solía sa- rabiando por verla, Amelía.
Poco habrá sido. Con bajar á casa ...
lir de caza en mis cortas estadas en el pueblo.
/. Y sus padres?
Antes de Lerroux tuvimos un corredor podenco,
:-:o tenemos.
que aten01a y acudía moviendo la cola al no~\·
¡, Tenemos?
bre de Salmerón. ¡ Eran éstas venganzas pollh·
-Sí, mi herrnana Elvira y yo.
cas de mi madre contra los hombres liberales
F.11lonccs, me permite ...
del villorrio !
- Poco á poco. Con una condición.
Como puede verse por la epístola, la buena se- Aunque sean diez.
l1ora tenía decidido eml){'iiO en llevarme á su
-Que no me hable usted de amor.
lado, siempre que no me µerju&lt;licaro. en la ca-¿ Eso?
rrera. Y en cuanto á sus temores y recelos, por
. -¡ Por Ignacio, Pepe! ¡ Por Ignacia que ya
demás fundadisímos, ¿quién era el guapo mozo
que los desvanecía contándole la historia de los viste de largo y está muy mona !-Y soltando la
zapalitos rojos, la gentileza y travesura de la en- casra,lita de su risa, se lanzó escalera arriba,
cantadora Amelía y la::; andanzas del díscolo d&lt;'jándome con un palmo de boco. abierta. Todavía, untes de oirla cerrar la puerta, llegó hasta
Olelo?
¡Amelía! ¡ Otelo ! Antes estos dos nombres ya mí su úll imu broma, aguda, en-vuelta en regocijo:
-¡ Que se mejore Lerroux!
amigos, se desvanecían todos los recuerdos. La
imagen de lo preciosa criatura no se borraba de
l\'
mi imaginación y, sin pena ninguna, advertía
que me iba engo_losinando con su morene~ r olYerán
ustedes
si
tuve
razón 6 no para presuvidándome de m1 rub10. l\forena eru y codiciable
mir
que
,\melia,
á
pesar
de ser un diablillo encomo la esposa de los Cantares, y yo comenzaba
ú estar gustoso de la negrura de sus ojazos y de cantador, 110 era muy esquiva á mis requiebros
Después de las donosos burlelas resus cabellos y de la risueJ1a malicia de su cara. amorosos.
á la gentil Ignacia y al honrado Lerroux,
¡ Pobre ideal! ¡ Desventurada Ofelia · de mis no- ferentes
no me cupo duda alguna de que la carta de
ches de insomnios! Una sonrisa, la promesa aca- ya
riciadora de unos dentezuelos muy blancos y la mi madre había ido á parar á sus manos. Y Ametravesura de una modista triunfaban sobre todas Jia, que por lo que yo colegí ardía en ganas de
estrechar nuestras relaciones, se sirvió harto
los espiriluulidacles ...
de. ella para satisfacer sus deLa historia de los zapalitos no podía tener me- cumplidamente
jor comienzo, si bien la semblanza de aquella seos, para verme y hablarme á su antojo. En-

merece un permiso de tus jefes, que te permita
pasar una corta temporada al lado de tu familia.
El se1ior cura, don Ambrosio, que tanto se interesa por ti y que tanta mauo tiene en casa de
don Gubino, me dice que por mediación de éste,
!'-i fuese preciso, alranzariamos esa licencia de
tus superiores.
»El mismo don Ambrosio me asegura que de
un día á otro trasladarán al jefe de este Centro
y quiere que le pregunte si te convendrá que anduviésemos los pasos para que ye11gas tú en vez
de otro. Esperamos tu respuesta.
»En tus carlas no me dices nada de tus proyectos para lo porvenir, y como yo no puedo
pensar que quieras quedarte soltero toda la vida,
á veces creo que hay algo en l\!aclrid que le retiene y hoce oh·idadizo. Haces muy mal en no
contarnos tus cosas, Pepe, y en ocultarme tus
afectos. El se11or cura piensa lo mismo, pero
dice que tú ya .-res un hombre y puedes a11dar
sin andaderas. Yo no te censuro. Lo que quiero
es que no me ocultes nada, que me lo cuet1les
todo, ¿sabes, nene?, todo. Si tienes algún amorío, si estás enamorado, dímelo, deseo saberlo.
"¡ Por Dio.s, Pepe, sé franco y dinos lo que te
ocurre!
»Escríbenos si te conviene el traslado ó no,
pues ahora lo podemos conseguir:
»Ignacio, la hija de dv....1 Jacmla, está muy
mona. Ya la han puesto de largo. :-;os pregunta
mucho por li y es ele !ns que mús se interesan
por que vengas al pueblo. ,·e11, Pepe, ven, y no
seas tonto, que no te pesará.
»Recibe un millón de besos y abrazos de tu
madre

l011ces,. entre seriu y hu1·lo11a, pregnntábome c::i
Yl\ha_bm_ dado respu~sta á mi madre, con las iJ~p1 t »c111d1bles me111onati para Ignacia que debía
e~.!nr muy Ill?llª pisáuclnse las faldas. DecíunH',
riu1dos&lt;?, que no fue,sc 1011l0 y emprendiera la
-mnl'c-ha al pueblo, que allí me a"11ar&lt;faba la dicha.
"
l'r~isnmenle todas estos burlas de
A1_11eha me 111osti:aba11 su interés por
iu1,. no. en el ser,tHlo de su ulegre pur,ena, s1110 en el otrn. en aquel que más
grato 111c. ern: en el de c:;u afecto. Lo
que .\mella prete11dia &lt;ra ('0110&lt;'.er lllis
piunes, Sl~ber ha:-;ta qué punto mi almu·
~ermm)~CHl hbre de toda ligazón amol&lt;?SU. Srn ser un co11;;11mado psicólog,,
,u nada que lo. equivaliese, advertía rl
pl~cer de Ameha en Jrnblan 11e v oir &lt;te
1_m boca la,::; hone.stati alabanias
ue
s_us encunlos _me :mgerían. La simqput!a no.s aproximaba poco á poco, cada '
\ ez más. Y como jamás YO le decía
tQdO lo que pensaba, Jli ella fué uunca
lo bastante franca pura decirme lo que
se le ocurría, de ello debió nacer el
afán de aquellos encuentro:;, fortuitos
al parecer y muy e;;tudiados en el
fondo.
f&gt;or _e;.;o, lodos los días, al vel'!a en
Pl pasillo tenebroso, á ¡8 hura en ue
):? !·egre--.;o.b!), el corazón pm·ecín qte1én;eme salir del pecho. Enorgullecíame prnsar que aquella lincla mncha
t·ha n1e arnab_n. Bien seguro estaba el~
qne Arnehu. discurría v hallaba ¡&gt;rete ·.
los para verme
·
x
v ha)&gt;lar,'.1e, y,
en s1lenc10, ie11
lo más profundo de mi alma
se lo agradería, porque
también para mí era unu
11ece;;idad Yel'in y hublarla.
Si en mí sólo hubiese e:-slado bu,;carla, muy pO&lt;'ns
veces nos hubiéramos vis.
lo. A pesar 1le lo&lt;los mis
deseüs de admirar su::; Irave nra::; y paladear s u :;
d1_anzonetas, mi timidez, e11
1111 habitual, vencía sobre
l"ltbalas y proyectos.
l\Jas no se &lt;-rea por esto
que yo hubiese olYidudo por
ent_ero la historia de los za.
pa~1los de pies de hada. ¡.\v,
no. Tul vez más que nunca
m~ u,·ordabo de ellos y ardía e11 ganas de aclarar
mis dudas un tanto nebulosas. Celaba la oca~ión
1)e enterari:ne en toda la verdad sin herir !ns re1elos de m1 bella amiga. pues temía que .\ melio
C?noce&lt;lora de mi interés, embrollase el ·asunto·
\ llegó_ tal cual_ yo la espenibn.
·
l.,u dia, al ba¡ar, la vi en Ju. escalera. Iba muy
puesta _de bata, una _b ala d~ tela sencillísima,
que le sentaba muy bien, quizá por su holgura
''. 11• poc~ exag:e1:ada. En aquella ocasión no pudo
'tzona1 su d1s1mulo y se ruborizó cuando yo le
e 1¡e &lt;(Ue había solido por verme.
-¡'.'.:aturalmenle! Y ú preguntarle á usted ,;t
me parezco á Ignacia ... ¡Que es usted m~y rn~l
pe~~~do'. \epe, Y se van á acabar las amislocles!
ues. ) o seré mús franco, Amelia. Tenia gan~s ele verla y me alegro de este encuentro que
me la depara á usted de bala, má~ hormos~ que

1~11nca. Es d~cír, tan hermosa como la primera
¿.1\. que no se acuerda usted?
-¡c¡men no se acuenla es usted!
--\ nrnos á verlo. ílnjoba usted por la calle de
lu :\Io11tera y nos alrm:esumos en el camino. Uste~I _1bn muy de prisa. Yo la
1111rc á nsled y usted me miró
á mí. sonriéndose.
-Después me mir(&gt; usted
de.~carndamente á los pies
;,:',le acuerdo?
·· ·
- i Con10 que qnería sabér si
€ron para usted los zapatitoo
que ac11habu. de comprar!
-¿.l'crn quién le ha dicho á
u.-;led f}i-;O?--y me miró lljan 1r11t~.
- C nos zapa tilos
muy monos que usted
lle,·aba en un paquete.. • A mí me lo cuentan lodo, todo '. .. Si es
uste1l frnnea conmigo, le diré lo 1íltimo
que me han contado.
-Dé usted el ejemplo.
-Sea. :\fe han con.
todo ... ¡No se ría u1,.
lccl! Que á usted le
ngrnda verme, que le
gusta _hablar conmigo
~';-- (\o se ría! ¡:'\o se
ria! ... Y que usted me
, q~i••rc 11 11 poquito...
¿,Es verdad?
• - ¿. Y si fuese men-

'ez que_ la vi. ..

li ru '!

-E;;o no es contestar.
-RUC'llO, pues ... Lo
ltun cngaiiado ... Como
lo tle los zupalilo.s.

;Eso sí que no! Quie11 me cuenta e~as cosas
no me engai\a nunca.
~
• ·
- -¡,~i'!... Dígame quien es.
• hl corazón 1 .\melia, el corazón.
-¡,\y que bien! ¡El corazón! ·Pero ·
lo más engarioso!
'
s1 e!So es
- Para quien no le tiene, Anielia.
- ;.Justo! ¡, Y usted lo tiene·!
- -\le p~rece que sf. ¿Y usted?
- El mio se lo comió Olelo
-¡:\lenlirosu!
·
-¡Embustero!
V

.\~n cuando Amelin me dob(l. ocasión para preRun11r fundudamente qne no era esquivo. á mis
galanteos amoro;,o,;, nunca níe dijo ni me dió á

�entender que se holla.c;e dispuesta á corre~ponderme. Burla_ lJurlnmlo, sacúbame las frasetS de
amor, la derlarnción en toda regla. :\las al pretender que ella conflrmose su Cllriflo con urn1 ~ola
palabra, rehuía los respuestas cotegórica.-;, dejándome anegado en la incertidumbre de sus eu-

femismos, tal yez para que adivina-se lo que ella
1

110 quería ó no !-it! atrevía á decirme. Su ro-

,,,¡

'

queterin, su ,·olubili&lt;lad de pájaro eran por naturaleza y 110 JllH\a artifi&lt;"icisas, por cúln1lo 6 es-

11

~las, á pesar de este deleclillo, á mi me gustaba sobre todo. ponderarión la avispada criatura. Desde que cumenzamus ó. jugar con lus sen-

11

tudio.

timientos que apunt-0.ban en el fondo d-c nuestras

1

¡
1

1

ción de la portera, supe que la señorita Amelía
trabajaba aquella semana en la mansión de un.a
señora viuda cuya hija iba á matrimoniar con
un condesito 6 algo así. Y fué tanta su amobi1idnd, que llevó su galantería hasta el punto de
decirme las señas de la rosa, muy cerquita de
la Castellana 1 y la hora en que regresaba la gentil modista.
Esto quiere decir que cambié mi lugar de acecho por la Cnstellona, entre oOOo y media y nueve de la noche. Y fué ello con ton gran fortuna,
que ronseguí lo que apetecía á las primeras de
cambio. ¡Estaba de .Dios que la ventura me favoreciese en todo!
Cuando Amelio. me vió no noté en ella indicio
alguno por el cual pudiese colegir que no esperaba el encuentro.
-¡ Ya me lo figuraba !-me dijo, riéndose.
-También á mí me dicen las cosas.
-Entonces le habrán dicho á usted para qué
he Yenido á esperarla. Y sentí un leve temblor
en la.s piernas.
-Le repito á usted que lo sé todo.
~le atr-gro... Dígame usted ó. qué he venido- . Y la v1.•rdad ero.. que no sabía cómo empezar ui qué decirla.
- .\ habla1'me. Y clavó en mí -sus grandes ojazos negros.
-¡'.'\'aturalmeule! ... Y ó. \·erla, y á oirla hablar
v reir. Es usted una adivina encantadora, tan
en&lt;'m1ladoru como -ese lunar que tiene en la
barba ..
Creí que lodo daba vueltas alrededor de mf.
~le zumbaban los oídos v la vista la tenía turbia. Lo (l,~1 lunnr lo hnbül. dicho al tuntún; pPro
ú rní me crn1staba que era cierto.
-¡Déjese usted de lunares!-repuso ella tranquilarnenle-. Le he dicho que á hablarme; pero
nn de qué.
-Pero me lo dirá.
-~o. Eso es ro~a de usted. Lo que yo le digo
es que ya puede empezar.

almas, el rccu1.•nlo de .\mella no se iba dr mi
imaginación. Siempre la tenía presente, y, á vccrs, muy por lo bajo, muy pasilo, repetía sus
palubra.s, qu&lt;' para mí eran la mejor y más guslosa piucba de su cariño. Y se lo merc-cia. ~lis
bellezas, incluso mi famosa rubia de tr~uzas d1•
oro, las que por tanto ticm1&gt;0 me cornpensaron
tun liberal y largamente de la carencia d-c un
ideal de carne y hueso, rompo.rudas ton mi hl'rrnosa vt&gt;tioa, la u&lt;lorablc clueila del trashumante
Otelo, eran blN\ poquita to!:&gt;a .
.\1nelio &lt;'ra hermosa de Yerdnd. Su cuerpo, más
que nwdiano, teuía todos los encanto~ de las mujt:'re!-:i menudas y las nobles propurr101,,:"!; de las
1.luem1.c, mozas. Quiero (lt-cir que lo era. Algún
rt:1pnr6n tul vez la hubiesl' hallutlo un puco delgada; !!ero para mí, su &lt;lelgadPz era gracia y
g;•ntilcza. Su rostro, ,te una rnorene1. púlida ugrudablc, lleno de cnenntadura mulicia, mostrubu.
una frunquezu risu1•ña ..\lús que muy ht•rmoso,
('ra muy simpático. ~f'gn.•s y profuudo!-1, grande!-!
y vivos sus ojos, pare&lt;.:ían ll'ner po1lerosidaü solJracla. para impuner.se á to&lt;ln, pura profundizar
r1L las almas y !:mcnr :.enrac-irÍ1udns los sentimientos. So boca,· u11 la11li4'0 f.{rtllldt', dt· rojos labios
sm1gti:t•ntos, plegúbasl! en un mohín de ile!-3tlén.
Pero lo mú.s hcHo, lo 111ús em:untuUor de todu 8\1
¡,Prso11a, de.,..pu(•)'; de sus mau~~ peqm•11it.us, el'tt
i-;11 cabeza, l:(ntciosa, fll'I íslica. &lt;'11rouada por la neVI
grun1 de un cabt•llo ulmnda11IP. Pero- lo que ú mi
me &lt;.·aulivabu más en toda ella . . ·nl su lunar en
¡ Qné de cosas se pueden decir en media hora
lllitad tle lo. .barba y su risa franca, ingeuua, bubien aprovechada! ¡ Y qu(: modo de pegar la
llic10so, freS&lt;'a cual chorro dP agua. Entonces, ul h••bra v charlotear el mío! Todo el consumo lo
r,·il', sus C'll{'◄~ndido.s labio:-; se co11traian graciosa.. hice ~·O..\l principio, .\melia se mostró ~Jable y
mente, siniendo dt' rojo marco al núcar de sus risuefla. Aclvertia&amp;e que le agradaba. mi charla
dentezuelos, que parecían una promrsa de ten- \" tenia prevista mi declaración amorosa.. Mientación, a.somún&lt;los.c curiosos lrus la línea. san- irns que mis palabras no rebasaron_Ias fro~ter~s
g-rienta de aquel paréntegis di' púrpm·a.
del curiíio pura adentrarse en la picara. h1storm
.\1 través de :-.us encantos t\(lorables, yo &lt;·reín
de lo~ zapatos, todo fué bien, y ,estuve seguro
\"C'l' su alma purai libre de lodn mulí&lt;'ia. y --t-o1110
&lt;le qtir- lo. aclornblc criatura no me rehusaría el
ubroquelada 1•11 los m:cros inrompibles de la d&lt;·.-:.- suvo, para mí tan codiciado. ~tas desde que sagracia. Para mi, que poco á poro penetraba en qu·é de la penumbra á los dichosos zapa.titos, con
la historia de aquello. vitlu, .\rndia no t·ra sólo
mis recur-rdos para su poseedora, rubia por fuerlu muí'hadrn akgre y .enr.antandora qm• tenia unu
za, y mis deseos de matrimoniar con ella, nusonrisa para lodo, si110 algo rnús, c¡u-e llegaba blúse por entero el cielo de mi felicidad y de mis
más .al corazón y envolvía ,el alma, en tenu--cs esprronzas. ,\rnelia torció el gesto y derramó en
red1' s de simpati8. Dentro de aquel frúgíl cuer- su rm;tro unn scrirdod esquiva. Comprendí enpeC'ilo de muñeca hahia un coruzón de hombr('
tonces que había ido demasiado lejos en mi sinpru·a la. lucha, una voluntad de n&lt;'ero paru venC&lt;'r
eeri&lt;lad.
las locuras de los grandes aball1uicntm;.
¿Y quién le dice :\ usted-me interrumpió
¡ Dichosos zapalito.c, ! A ,ello..-.;, sólo ú eHus, debía
ella--que no exi~te la duefta de los zapatos que
la fortuna dC' conocer ú .-\111elia y Of' poder pensar no Jo dejan dormir tranquilo'? Todavía puede usen las allus horas dt) la noC'hP rn una dif'ha soseted casar~ con ella1 si ella cree en su cariño, Y
gada, en unión de una mujer i1wompnruble.
si usted se hace querer de ella.
Aquellos tres días qne pawron sin que lo. vieEn el tono de voz con que matizó estas palase, pareciéronme tn·s siglos que no se acababan
brus adYertíase su enojo. Yo traté de recoger
nun&lt;'a. ,\\ pronto, rreí que :;e ucullulm rehu·
yendo las charles conmigo: dt&gt;~ pués supuse que velas.
-Es usted la mujer mll.s ideosa del mundo,
tal vez lo que quería era qne baja,se á su cosa
,\melia. ¿ Quién le dice A usled que yo quiera capara eslrechar más 11uestrus hasta entonees in- ~nrme con nadi-e? He querido contárselo todo, no
fantiles reloriu11e~. Pero gl'acius á una i11disc1·e-

~ult~rle que, aun ant&lt;.'S de que usted me conoc1~~e, ya pensaba .Yº ~n usted.
v ·. ada d1~0. ,\meha. fori~ó á quedarse cavilosa,
. .)O aprovec~é. la oportunidad de su silencio paru.
enm~mdar m1 llgerer.a, rcpiti(·ndole mis cuitas.
. -(., Yb su madre, P-epe'! Se olvida uslcd de Jguucia-o servó ella.
-; Ay, Amelia! Cr('a usted que en este instante
mr- acuerdo más de Ot-0lo.
ra~tran_tet un segundo los dentezuelos de la adorar~,cri~ ura ~aron su nácar por encima del
rn e. sus labios, y una tenue sonrisa de
ªsmor Prop1ó complacido, eles floró la seriedad de
u ros 1ro.
-¿ De ve rdad ?- me preguntó incrédula.
-se lo juro ...
-¡ O~ 1 i Jurar, no !-dijo con viveza
-¿ Ni por el lunar?
·
Su senedad me contuvo.

~lire us1-ed, Pr-pc. Para ~er arnigu:; me llene
i¡ui• Pr:c&gt;n 1r.lf:r u~h•d íurnmlidad.
·i. !--=(' -cnoJa usted'?
-No.
. Los d?S quec.la1110s sil&lt;'ntiosos .•\quel cambio
ldll brus.co que había notado cu el modo de ser
dP
.\mella,
deuw
1, y solJrl'· cxtrn1\'lrme
~
'
, me cobib'1a gran11 i .
a no era la eriutura oJegre risotera
Y purk1dora de otras vccel::i la que vo' e
,
.\hora era adusta, hosca, demasiad ~
_onoc1~.
lll~ll'ha&lt;"lrn. Y lodo ello había ocur~ids:r~~1 ~~l~
mu1ul1is· .\1 vi'rnos, ella misma ron sus pal b
~p.remmnt-cs,, me pültó la d,rci'aración am:r::a_s
~ &lt;11111 ,~w:;trooe complacida. al oirme balbucir 18.
sH_rla. ~&lt;. l~1gnreR comunes cou que quise ocultar
~~~ eseasez dr doles oratorias y enmendar el ol1 o de no haber pensado lo que tenía que decirla
pura con venc.crlél de la verdad de mi cariño. 1
de repente, sm motivo alguno, sin causa que lo

�1

!

sus propósitos de trasladarme al villorrio, fué
la rotunda negativa de Amclia. Todo mi amor
propio se había sublevado y mi orgullo me aconsejaba poner tierra de por medio entre la hermosa criatura y yo. l\li resolución era firme,
adoptada después de no pocas meditaciones. Aun
cuando no amase á Amelía, me mortificaban mucho sus calabazns, sobre todo no habiéndomelas
hecho presumir, y habiéndome dado mil motivos
pnra pensar que no se mostraba esquiva á mi
cari!'io ni hacía mal rostro á mis arrumacos.
Cuando profundizaba en esto, en lo brusco y repentino de su cambio, me volvía loco, y con mil
nuevas dudas embrollaba mis pensamientos. Su
seriedad, su aire taciturno y caviloso, su negativa formal y seca, después de mostrarse tan
risueña y revoltosa momentos antes, hasta el
punto de ponerme en el disparadero para que le
espetase la declaración, eran para mí cosas incomprensibles, que tenían un misterio que yo
ignoraba.
Por más que mi afecto para ella sólo fuese
pura simpatía, me desagradó mucho su proceder y sentí gran disgusto por la burla. Nuestras amistades habían terminado. Ya no nos veríamos ni hablaríamos más. Si ella me quería,
su cariño, imponiéndose á toda otra consideraVII
ción, la forzaría á entrevistarse conmigo para
desenojarme y pedirme excusas. Su repulsa,
Otra muestra epistolar:
cruel y amarga, y mi orgullo, me mostraban el
((Querida madre mía: Xada, absolutamente camino que debía seguir en adelante : rehuir todo
nada me retiene en 1\ladrid, ni nada le oculto á encuentro con ella y alcanzar mi traslado lo más
usted. para quien nunca luye secretos. l\li ma- pronto posible. Y hasta pensé con gusto en Ig...
yor dicha sería poder estar ó. su lado y recom- nacia
Pero mis fieros propósitos duraron menos que
pensarla largamente con mi carifío de la sepala vida de una flor. Cuando oí las ocho y media,
ración forzosa en que hemos viYido.
nPara complacerla á usted he pensado con de- noté que de mi severidad para con la hermosa
tenimiento en mi traslado y no hallo en él cosa Amelía no quedaban más que muchos deseos de
alguna que se oponga á sus deseos ó que pueda verla, de oir su voz y acariciar mis ojos ert la
perjudicarme. Trabaje usted el asunto y solicite Yisla d&lt;' su pícaro lunar. Y, á pesar de todas mis
y obtenga la ayuda de don Ambrosio, nuestro prevenciones, no pude resistir á mis deseos y
excelente párroco, con quien ya tengo ganas de me lancé escalera abajo.
Esta impaciencia mía fué la que guió mi fortucharlar un ralo, á la sombra de la parra, en el
na aquella noche, porque si espero á las nueve,
patio de nuestra casa.
&gt;,Quedamos, pues, en que YO deseo, en que yo no hubiese visto á Amelia. Un poco antes de llequiero, en que yo exijo-si· es posible que inc. gar á la portería la vi que subía. La hermosa
atreviese á exigirle nada á mi madre-, se inte- criatura me sonrió graciosamente, y toda mi serese usted en mi traslado y lo obtenga. Estar a riedad desapareció como por encanto. Y fué ella
que habló primero.
su lado y wrla feliz, sería mi mejor ascenso y lo -¿Supongo
que no estará usted enojado conel más gralo íln de mi carrera.
&gt;,Dígale usted á Ignacia que no soy olvidadizo migo? ... Yo soy así, y asi hay que tomarme.
Franca, mny franca para las personas que quiey que aún recuerdo lo monísima que estaba en
traje de primera comunión y el grato sabor del ro. T.,o de anoche pasó. Ahora á ser buenos
dulce que me regaló al terminarse el solemne amigos.
-¿.\migos nada más?-Y sentí renacer mi disacto cristiano á que asistimos todos los de casa. gusto. Usted habla de su franqueza, y para
nSupongo que Lerroux, nuestro leal y honrado
J,errottx, aún me recordará, y vendrá á mi mo- rni... ¡ :\'o me diga que las de anoche fu,eron su
viendo la cola y ladrando cariñosamente cuan- última palabra!
-Ya veremos, Pepe. Las cosas hay que ganardo me vea aparecer por la puerta. Cuídelo usted
mucho, madre m1a, que bien lo merece el re- las y no pedirlas.
-i\le promete usted entonces ...
cuerdo de mí padre y su carifiosa fidelidad.
-Yo no prometo nada ... Hablemos de otra
,,y como no quiero ser ingrato ni olvidadizo
para nada de lo que pueda traernos dulces me- cosa. ¿ Ac.epta usted una prueba de confianza?
-T ,a acepto.
morias de épocas más felices, vayan allá tam-Pues, entonces, véngase conmigo.
bién mis recuerdos á la Rosa y su becel'J'ete.
.\1 ver que yo dudaba, agregó:
»De don Ambrosio no le digo nada, porque ya
-Conmigo. A mi casa. Conocerá usted á llli
sabe usted lo que quiero á ese buen viejecito, que
fué para mí segundo padre Nuestro excelente h1·rmai1a Elvlra ... Le advierto que ella ya le
párroco debe de estar muy anciano, aunque sin conoce.
¿No había para sorprenderse con esta salida
perder sus bríos de siempre.
1&gt;Consérvese usted buena y reciba un millón de la hermosa muchacha después de confirmarme nuevamente en las calabaza.s? A mí me agrade besos y abrazos de su
dó mucho complacerla en sus deseos de q.u e la
PEPE.»
acompafiase á s.u casa, porque así, al menos,
Creo innecesario advertir que la única causa aunque remota, tenía alguna esperanza donde
que me movió á escribirle á mi madre, aceptando afianzar mi amorío. Decididamente se arregla-

juslificasc, su rostro se puso serio, acaba.ron todas las sonrisas y se mostró enojada en sus respuestas. ¿Por qué•? Por más que hice no pude
sacar,nada en claro ni razonar aquel disgusto de
la hermosa criatura. Desde entonces, cuantas veces quise sacarla de su mutismo, tantas otras
no me hizo caso. Caminaba de prisa, Ull poco
abatida sobre el pecho la linda cabeza. A buen
paso, moleslo.é intrigado, yo la seguía. Sin cambiar palabra, subimos los dos la escalera, y ante
su puerta nos detuvimos. Hice un esfuerzo. Quería saber su decisión, obtener una respuesta categórica.
-;. ~o piensa usted contestarme á nada? ¿),o
me quiere decir lo qu&lt;J piensa?-le pregunté.
--Ya Jo sabe usted, Pepe-repuso ella.
-¡Yo, Amelía! ¿Pero me ha dicho usted
algo'? ... Ve usted. Ahora soy yo quien exige franqueza.
-Pues bien, Pepe; con franqueza le digo á usted que no á todo.
Y sentí cerrarse la puerta suavemente, mientras una voz, dulce y cariiiosa, le decía á Amelía:
-¡Cuánto has tardado hoy! ¿Con quién hablabas?

ba el asunto, cobrando un aspecto original lleno
de_ enc~ntadorn:, sorpresas, á lo que yo ' resum1a. Aun era hempo de ganar lo perdido p y en
ganarlo p_ondría toda mi prudencia.
'
" Pero mis cavilaciones no pudieron ser muy lar3as, no por fal~ de asunto, sino por carencia
e espaCio. Rabiamos llegado ante la puerta
Amella introdujo el llavín en la cerradura,
q_ueándome la entrada á una habitación limpísima, deco~ada ~on harta pobreza. Algunos cua~ros y vana_s sillas componían su ajuar. Amella me empu¡ó suavemente hacia una puerta por
c,uyo huec&lt;? pasaba un chorro de luz, y se adelantó á ~1. Estábamos en la sala. Junto á un
veladorc1to, que contenía menesteres de costura
sen~d~ en u~a silla. baja, con un bastidor sobr~
las 1 ?d1llas, v1 á Elvira, tan semejante á Amelia
tan igual y pareja, que quedé agradablement~
sorprendido. Amelía la saluaó con las siguientes
palabras:
-Aquí le traigo á nuestro vecino, que quería
con~certe. José... Pepe Cobos... Mi hermana
Elvira.
.-Tenía ganas ele conocerlo-me dijo ella é
hizo un ~demán de alcanzar una muleta-. Ya' ve
usted .. Tiene que dispensarme.
-¡Dispensarla! Ustedes si ...
-¡Esa ~s buena!-salló riendo Amelia-. Aho':ª cortesias, .Y á 1~ franqueza ¡que la parta un
~ ayo! Pero s1 he sido yo, Pepito, quien Je trajo
a usted á casa, para que le cuente usted á Elvira esa hermosa .historia de los zapatos.
:-Pero, Amella, ¡por Dios!-la dije confuso1
mir~ndo á la gentil cojita con el rabo del ojo.
-,Pues por eso, Pepe! ¡No ve usted que Elvira es la d~efia de los zapalitos de hada!
_Y esparció p_or el habitáculo la cascadita armornosa de su risa, regocijada y fresca.

rr~l

de encuentro conmigo, y hasta volvía más tarde
á. su casa, por la noche, sin duda para no verme
111 hablarme.
-¿ Usted la qui.ere mucho?-la pregunté sin
dari~e cuenl~, á hilo_ de mis pensamientos.
-, Querer ª. Amelm, Pepe! i Eso es poco! i· Si
us led fa conociese!
~~ supe qué decirla. Tras aquellas palabras
~dn11!1aba un ca~ifio hondo entre las dos criatu1 as, igualmente rnfelices, y descubría la história
de a.qnel~as dos vidas gemelas, frente á la existencrn, SIJ?- u_n apoyo amigo, ganándose el trozo
de pan diario en medio de los peligros de su
belleza.
Elvira, también silenciosa, continuaba en la
tarea de su ~ordaclo, inclinadísima sobre el bastidor. Y deb1a de pensar en Jo mismo que vo
porq~e la suave ondulación de su pecho era si"~
no_ bien claro de una conmoción oculta. 1•Pobfe
cn_atura! .Aquel defecto físico que la afea ba la
od10sa co¡era, era una crueldad del Destino ' y
no sé por qué recordé mi Dello ideal mi r·~bia
encantadora, dueña de los pies de hadas, que

VIII

-:ª\ª convencerme,

necesito verlos, Elvira.
-:¿Si._. .. Pues ahora le toca á usted aguardar.
P~ciencia, Pepe, paciencia. Yo también la he temdo.
-·¿Es usted rencorosa?
-A veces, sí, y mucho. Una semana justita
hace hoy que prometió usted contarme esa hist(!ria y ahora me sale usled con esas cosas ... Le
digo á usted que no me engaiía.
-Vamos-pensé yo-. Amelía le ha contado á
ésta que á Ignacia la han puesto de largo-. y
en voz alta-. Pero conste que es usted tan hermosa como yo me figuraba.
- ¡Yeso que no soy rubial-me dijo, riéndose.
-¡A pesar de eso!
-¡Ah! Vamos. Para usted es un pecado ser
murena.
-Sí Y no, Elvira. Pecado cuando no se es bastante hermosa para ·hacerle olvidar á uno el recuerdo de otra mujer que es rubia.
-- ~luchas .gracias por la lisonja. Razón tenía
:\mella en pmt~rmelo á usted como algo poeta.
i Ar.ne!1a ! La moporlunidad de aquel recuerdo
me hmo vivamente.
-A propósito de Amelia-le dije, deseoso de
aclar~r mis dudas-. Hoy tarda mucho.
-Y ayer, y anteayer. No sé lo que le pasa-observó ella.
Yo sentí como una punzadila allá en el fondo
del al~a. Era verdad. La hermosa criatura había
C&lt;;1mbiado mucho en su modo de ser en algunos
d~as. Se ocultaba ó aparentaba ocultarse de mí.
No era ya la. ~uchacha reidora y picotera de
otras veces. Di¡érase que rehusaba toda ocasión

cal,zarían los tentadores zapatitos. Ahora lo veía
all1, á dos pasos, y no era rubia, y por ser imperfecto usaba muletas. Todas sus gracias y toda.;; ~us bellezas no podían ocultar su desventura m eran gran cosa para desvanecer mis eno¡os. iQué desilusión más grande! ¿ Valía la pena
pensar en algo agradable para que la realidad
lo deformase á su gusto? ...
-¿En qué pier:sa ust~d?- me dijo, enderezan.
do el talle cual s1 estuviese incómoda.
-En que tengo ganas de verla con el cabello
suelto.
Hasta que no dije la última palabra no me di
?uenta de lo que hallía dicho. Mi atrevimiento
impensado, me azoró. Afortunadamente ella n~
lo tuvo á mal.
-;-Antes quería usted ver mis pies-y se sonreia.
-Y u_sted no, quiso que los viese-repuse yo,
due!'io ya de mi, y con el aplomo de quien sabe
rn á. obtener lo que solicita.
-¡,Para qué?
-Sea usted complaciente Elvira-la dije mimoso-. Por una vez...
'
La _vi titubear un momento.
- l;n segundo nada más-insistí.
-?ue~o... Para que vea usted... ¡Pero uno
solo .... ¿.Lo ve,ya? ... ¿Está usted contento? ...
¿Para qué quena verlo?
En su modo de hablar y hacer las preguntas
se notaba su azoramiento.

�-Pronlo le ha lomado usted el gusto á nues•
(·as.a-me dijo. Luego, •encarándose con su
hermana, añadió:
-i\o te fíes mucho de Pepe, Elvira .. Es muy
vehemente ... Toma. El hierro. ¡Ya tengo ganas
Lle perder ele vista tanta medicina!. .. Por supueslu, Pepe le habrá distraído ... ¡Uf! ... Yea usted.
Es nuestra alcoba ... ¿Cómo va eso?-Y se sentó
ul lado de Elvin.1 1 rodeándola -con el brazo la
cintura.
-Bueno. Ba.sta ya ... ¿.\ que no se queda á
cenar con nosotr-as?-me dijo con su volubilidad
de pújaro.
- Hoy, 110 1 al menos. Y me levanté.
- ¡Pero se va ya!- exclamó E\vira.
- Y á escape.
En la puerta, al cerrar, me habló Amelia.
- Es usted terrible, Pepe.
-¿.Por qué, Amelia'?
- Porque tiene usted nn corazón muy grande,
pero muy grande 1 Pepe.
t ra

IX
¡ Para hrornilas e~taba yo! Aquel alfilerazo ele
la hennosa criatura me llegó al alma. Amelía ya
no era la misma para mí. Había cambiado mu&lt;"hn ~n mu~' poro tiempo y de una manera imprrnst..1. Los e,wuentros en la escalera, acabaron. y acabaron también nuestras ,enlrevistas y
nuestros delicio~os paliques. Es más, parecía
(·omo que Amcliu tuviese el propósito de esqui\·nrmr, ele rehuir torla. oca.sión de verme y de
hnblarme. Ilm;ta por las noches, regresaba muy
larde ú su c-a~a y apenas nos veíamos. Si vo no
udver!ín tanto ~u ausencia, era por Eivira, "aquelln mnclrncha con rostro ele niflo que me intere:-;nba poro á poro y á cu?n ladu me sentía tan
Jiicn, n1irándo!a trabajar silenciosa. en Ja delicada J;-ibor· ele seclerin. El contraste entre su seriednd ~- la travesura de su he11nana, á veces modamc á recorclnr· á. la ausente, con algo de tristew, f"Oll un J)O&lt;"O del desagrado del ·amor propio herido. Y alli 1 frente á ella 1 un poco románti&lt;'O. hilHrnaba mil historias de carifio, creando
!uR más atrocos ronílirtos. Como buen impresio11able, la úllirna emoción era la base de todos
mis sentirnientos y pensamientos. Y entre burla
y burla, broma y broma 1 empezaba á tomarle
~usto á la seriedad ele Elvirfl, con el mismo fue~º que días aJH('S me dí á pensar en Amelia á
todas horas.
Y verán ustedes las cosas que me hizo pensar
el úlfimo alfilerazo de Amelia. La hermosa. muchacha me había visto con buenos ojos hasta
que supo, la pícara historia de los zapatos. Desde entonces, varió para mí del todo, sin duda
por... ¿.Qué dirán ustedes qne- se me ocurrió?
P11es 1 sí: nara dcjarlP mi C"ariño á su hermana,
á la cajita, la duefia. de loo zapatos de hada. Pnra
mí no cabía eluda de que Amelia .se desposeía de
su afecto para regalárselo á Elvira, pobre ser
enfermo y desvalido. ··_f osí, viendo que yo fre-

1
1.
1

lr

1

~i

L.·.

cuentaba su casa y Je tomaba gusto á la amis-

- ?,-le. 15areda

m e11tirn que huhie&amp;C' pie wn pe·

{[ll é!lO.

P '"':"S ya sn h e c¡11 e lo hay.- Y, al sonrcir, mos.trafr . la -pru m e~a tentadora el-e s üs clicn [cs.
· -Sí. .\h ora, sí .. Lo s de us ted ...
- ¡ c\hi es tá .\rtie!ia !- dij-o al se ntir que.se abría
la puerta.
·
,.,_ A_l -entral', rñe sonrió Amelía, .amenazándÜrn.e
carulosamente con su · mó.heCitá.
---

tad de su hermana, nos dejaba solos, hacíase la
perdidiza ... ¡ Era un rasgo bonito de la linda cbiquilla!. .. ¡O un eles-atino mío!
Lo cierto es que, al lado de Elvira, las horas
s-e me hadan cortas, muy cortas, y me olvidaba
.ele lo pasado poco á poco. Elvira, muy seria
si('mpre. muy silenciosa 1 con sus diez y ocho
arios~- aquellos ojazos suyos lan serios, lan tranquilos, era lo bastante par0;, .impresionar á un
_33eI1.orete _como yo, ya t.allucli_tb, que no había tenido amor ning'mfo. Así Corño· füas antes ffi€

agradaba mucho oir la \·nz de Amelía, su rharla
· picotera y ver la pic-ardia de -sus ojos, nhora me
sabia rriuy bien aquella tranquilidad, aquella paz
y aquella calma que sr adYertía en ElYinL Y me
daba mucha Iá::;llma sttberl.a coja, y('rla clesgrac-iada, sin usar conmigo &lt;le las coqueterías de la
rnujer, conocc-d-0rn de su def.rclo y si1í. ilusiones
de enamorarme.
t-.Ias, á pesar de esto, aún viYía el recu('rdo
de Amelia .en mi memoria \. su desvío uie lastimaba. Las noch es que lu 1:)0día ver en su casa
era tan otra, tau indiferent e, tai1 fría para mí,
que -sentía !a mortific-ac-ión ele los celos . .\o me
hablaba ya y ponín todo su ernpcfi.o -e n quP no
nos queclásem-0s so!M,. Pero una vez triun[l' sobre sus mafias y pude soa1rla d.e su ('S!udiado
mutismo .. El vira revolvía yo no sé qué cosas allá
en la cocina, y ltasta. nosotros llcgabu -el rumor
de su muleta. Amelin s-e había inclinndo sobre el
bastidor, haciéndose la muy interesada en la
obra.
-Ya era hora de que pudi ese hablar con usted, 1\melia-la elije un poco corlado.
-Ust-ecl siemp.re tien,r, que hablar algo- me
contestó, inclinando más la hermosa cabeza.
- Es que quiero que me explique ...
- :\'o siga uslefi, Pepe·... Es mu~r duro, muy terrible qúe, después de sufrir muchos mi.os, venga
á hundirnos en la cl-csrspera&lt;:ión una persona á
quien hemos querido ... Yo no quiero que usted
engañe- á Elvira.. Elln ya c-rce en su &lt;'arifio ...
-Pero 1 Amelía, ¡por'Dios! ... Elvira no puede
creer eso ...
- Sí lo cree ... ; Y quizá no se engañe!
-¡, Y usted tamhién !o c-rec?- le pregunté, sofocado.
-Sí. .. Y Unripoco me engaño.
-nemasiado sabe usted ...
-:--i i\lós bajo, Pepe! ... Ya sé lo que me va a
decir .. Que me q111ere á mí ... ¿:\'o ,es eso'? ... :\fo
se ponga así .... \migos, .':ii usted quiere·1 otra
cosa, no. Yo lampoco me pertenezco.
-~o la creo, Amelía, no In erro.
~i:itonccs me miró mu;y seria, y, con una tranqu1hdacl que me hizo &lt;laño, me dijo:
-Se lo juraré.

X
Bueno. Las cosas como salen. Quiero decir que
tan pronto como me vi en mi cuarlo de sollero
se deshizo mi rabieta en un chorro de i11terro:
gaciones, _todas _ellas encaminadas t'i pr('guntarm0 yo mismo s1 dcbia tomar muy en serio las
P?-labras ele Amrlia, co11Jinuar siendo protago111sla dr \1!10 5 a~ ores tan entonraiindos y nebulosos, ó s1 !o mtJor r,ra lomar el lren é irme tan
guapamcnte a! pueb~o, sin aun decirle acliós á
las dos muchaclrns. ,\fas estos pr-0pósitos saludables no duraron muc-ho ,en mí. Por un lado me
.heria oon violencia el recuerdo de ,\melia v sus
ú]timas palabras, y por otro la ml"'morü1 cie Elvira1 _con _su cara de ni1i.o. tan seria. siempre y
lan .s1lenc1osa, Juc.-haban en mi alma (·un })río y
me impuls~ban á aclurar aqu el embrollo. Yo nO
le habrn dicho ,nuncu á Elvüa que la amnse 1 y,
en los pocos drns que la conoría y 1rataba aúu
~? se me había ocurrido qu e la pudi ese- q~crer.
S1 verdaderamente -exislitt en mí algún afecto
para un8: de las dos llermanas, la duefía de él
era .Arn.e!ia. ¿ Había, pues, razón nlguna para. sus
palabrris para qu,e creyese que vo amaba ya a.
Elvira?
~
~
j DiGho,;os zapaUlo.s ! Lo que había comenzado
rna1 no podta ·concluir bien. -La culpa, sin em-

bnrgo, era toda mía. ¿ ,.\ quién se le ocurría parar~-e ('Omo un papanatas á mirar un par de zapalos expu,eslo en un rsc.apar.atr? ¿Que eran muy
monos·? Bueno. ¡.i\lHy peque1ii!,0s'? ri.Jejor. ¡.Que
su duc!i.a debía ser una rubia encantaelo•ra'? ¿ Y
qué'? ¿. '{ que la duelia era E1vira, una {'riatura
mn~· !inch.l 1 pero morena y coja? Pues, mejor
para ella. Lo nec,rsariD para mí era lerminar d-e
una \'CZ la historia dr- tules amoríos y enviar al
demonio los- za palos y sus recuerdos. ¡ Ya vería
,\melia ([Uién era Pcpf' !
¿ Tendría novio ,\melia? ... ¡Ca! A pesar de
su juramento, yo t&lt;'nia la seguridad de que no
&lt;. xislía la! no vio. Lo que ocurría era no más lo
que- yo me figuraba. Amelia habíase trocado
hurafia y adusla para mí de.sd-c que· le conté la
famosa historia. Desde entonces ern .su cambio.
.\nt-'.:'S había sido amable y eari!i.ósa, y hasta me
dejó entrcvrr que podía amarme. Luego, yµ fué
otra; y si Elvira, en la intimidad, le contó mis
lisonjas y mis galanterías, pintándoselas como
fin:'zas de amor1 sus palabras tenían una justificación aparente, que á mí }n{' convenía dcsvanec:er. Después d.e· to&lt;lo, para mí eran lag. Qo.s
iguales y me importabnn lü mismo. l"n pocn ·de
simpnliu que se perdiese no era nada, coinj}arad-o con la tranquilidad que disfrutaría al ver•
me libre en aquel embrollo.
i Buen berrinche se iba á llevar ElYira !
Los golpecitos que di en la puerta, secos, pausado~, debieron de sonar en PJ corazón de la
hermosa rojita. .ru.al toque ele agbllía. Tan.1biéJ1
&gt;·-o E&gt;2nli un poquito de tristeza 1;11 oir el rumor
de la mule!a. Y .se nbrió la puerta.
-¿.Qué? ¿Está usted ahora contento?-rne clljo
Elvira, sonriéndose', al -notar que reparaba en
su cabello suelto.
·
--Está usted m,uy hcrmosa--...le conteslé con
algo de sequedad, enlranclo en la snliLa.
Eh·ira lomó asiento, yo la imité, v se hizo el
silenf'io. \'crdaderamcntc, aquel ca·bello suelto
estropeaba todo mi pian y colmaba mi ira. Era
nPce.surio busrar · por otro lado otro comienzo ...
Elvira hab'ía -reanudado su lar.ea. Yo .la miraba
y scnlia pesar por lo que iba A decirla.
~orno siempre, casi debajo ele la ventana, lrn~
brqnba la encantadora cojita, s-ent3da en una
Ril~a bnja. Como siempre, la luz del quinqué-un
qumqué de gran pantalla, vencirla hacia la parle
di'. \a alcoba-daba de lleno en el ro.siro, ún pocp
pulido, de Elvira. El velador, como otros días
!'iust r- nia un _monlón de r-11caj,es 1 cintas, carrete~
~- re!aZ '. )s .. \!lá en un rincón 1 sobre una silla, el
pf' r~zo.'H1 Ote!o hacía la maniobra de siempre:
¡:-:):11use en pie, alzaba la cola, combaba,. el lomo
~- sallab-/1 al ~udo pc\n1 lnnzarsc sobr~ mis rodillas, murmuJeando su mal humor. Y1 sin embargo, aqu\lla no('he- lodo me parecía cxlraiío,
se rnc anloJabn nuevo. Allí estaba Elvi.ra muv
indinada soJH'e ln lahor con el csbello-~uellÜ
&gt;' ,\"O veía en f'Hü un no Sé qué que no- había n;
1a&lt;l? nunca: parieríame vcrli:i. por primera vez.
Como hermosa, estaba. lwrmosa la cojita. Y
µcnsé C'on p~na en mis propósitos, J)recisamente
c-twndo la. lrnda rnuelrncha sr acordaba de mi
cl r•s,:'&lt;J ... Ella era 13: única mujer ele quien yo podia
clr~·1r_ haber obt.emdo tales pruebas de amistad ...
&lt;-'&gt;-(? iba ft proceder mal? ¿No hubiera sido mejor
110 ir ft aquella casn? ... Quizá por el peso de mi
rn1racla,_ ó aca~o por la fuerza de mis•pensamien1ns , Elv1ra. alzt: la cnb,eza y fijó en mí sus grandes
v hermosos OJOS tranquilos, muy abierto$. Entone.es, me decidí.
-- ~Quier~_usted ser fra_nca y l~al conmigo, Elv;ra. ·- la d1Je en vóz baJa, smlténdome conmo·v1do. ·0

1

,1

�-Siempre lo he sido-. Y había en su voz extrañeza.
-P~ro franca de verdad ... ¿De lo que sea?
-81 ... De lo .que sea.
-¿ Le ha dicho usted á Amelía que ... yo la
quiero á usted?
-¡ Nunca, Pepe !-repuso cerno ofendida. Des-

pués, con cierta tristeza, añadió:
-;, Cr?e usted que yo puedo pensar en eso?
Para m1, usted es un amigo.
Su salida me mortificó de verdad.
-¿Nada más? ... ¿Y para complacerá un amigo se suelta usted el cabello y se pone usted

guapa?

l\li franqueza la ruborizó.

-Usted ...

-No mienta usted, Elvira ... Para mí es

us-

\cd ~orno nadie. Buena, franca, leal... No me des1lus1one usted ... ¿Amigos nada más?
-¿ Y yo que le voy á decir?
Su yoz era tembloT-osa y una lágrima velaba
sus 010s. Su azoram iento, grandísimo haJae1aba mi amor propio.
,
t:&gt;
-Que me quiere-le dije un poco conmovido
en voz: muy baja, cual si temiese que me oyeran:
-¿Yo? ... ¿Creer?
Estaba hermosa, tan inquieta, balbuceando las
palabras, sin sab-~r qué decirme.
-Sí. ~sted. Co~o es:. la más buena, la mejor.
--Y cogt su manec1ta 1 srn saber lo que me hacía,
arrastrado por el encanto de sus grandes ojos
asombrados-. ¿Sí ó no?
--¿ Y era tflnta seriedad para ·eso?
-¡Como que , no quería que pasase de esla
noche!

1

XI

,

1

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j

¡

1 ....

l

-¡Ve usted! ;Ve usted como tenía razón!-me
dijo Amelia riendo 1a primera vez que me vió-.
Ya ha engafiado fü;ted á Elvira ... ¡Pero cuidado
que es usted una pe_rsonita mala! ... Dé usted gracias á que Elvira es así, tan buenola -y todo se
lo cree.
'
Y terminó su charl~ soltando la alegre cascadita de 1::ú risa, fresca .y alborotadora .
Este fué el único comentario que le sugirió la
noticia de mis amoríos con su hermana, y así
se lleshiio aqu,ella linda historia de heroísmo que
yo le colgaba· á A.meJia rara explicarme de algún modo la brusquedad y lo repentino de su
cambio. ¡Buen chasco el mío~ Como si cupiese en
cabeza humana que una chiqurna tan loca cual
Amelia, se despojara de su cariño para cedérselo á otra mujer, quizá para verla feliz. Y vo,
gran tonto, qne había llegado á componer tOdo
un drama pasional á costa de su desvío, y que
alribuí su delgadez y lo pálido de su rostro á
oculta lucha de sentimientos en su alma! Todo
para que ella fuese la primera en felicitarme y
reirse de rni infantil azoramiento ... Francamente, me avergoncé á hurtadillas de mis despropósitos.
Y la verdad era que á mí me complacía que
i\mrlia no hubiese puesto cara fosca al conocer
mi.s recientes devaneos amorosos. Desde el día
aquel en que me propuse firmemente acabar mis
relaciones amistosas con las dos hermanas y
periclité de modo tan vergonzante, indigno de un
caballerete de mis humos, tanto Elvira como yo
habíamos variado en la manera de ser, Nunca
supe ni atiné á explicarme por .qué rara casualidad se verificó en mí aquel trastrueque de s-enlimienlos1 al verme delante de Elvira, tascando
mis fierezas. Ello debió de ser por algo más que
por lá.slima y compasión. A mi que no me digan

que por eso se enamora nadie ni se conmueve
ante una muchacha bonita, que tiene unos ojos
muy hermosos y muy grandes y lleva. el cabello
suelto ... Tal v-ez buscando en mi prolongada soltería, quizá sabiendo que yo nunca había tenido
novia ni amistad con mujeres, y acaso profundizando en la emoción que me produjo aquel cabello suelto\ deseo mío que una linda muchacha
realizaba ... Probablemente, uniéndolo todo, alando cabitos y sacando consecuencias, mi trastrueque de S-C!)limien!os se hubiera explicado con
harla claridad. ¡ Pero para profundiz.ar estaba
y~ después del tremendo ridículo de mis suposietones acerca del desvío y la indiferencia de
Arnelia ! ¡ Como si la f.elicidad estuviese en otra
eosa que en la misma felicidad!
Para mí, lo único cierto era que yo estaba contento, que Elvira merecía. que se la quisiera y
aún se Yolvía un poco coqueta, y Amelia tornaba
á ser la loca criatura de siempre, tan risueña y
parladora corno otrA.s veces. Y lo cierto tambiéi:1
era, que ó. mí me gustaba mucho pasar la velada sentado junto á Elvira, solos los dos, diciéndole tonterías al oído. Poco á poco la gentil cojila se hacía duefi.a de mis pensamientos, y para
ella sola eran las agradables locuras que se me
ocurrían. Y, cosa eslupenda, ó por mejor decir,
cooa natural: el defecto de su cojera ,casi no existía para mí y me acostumbraba á pensar en Elvira con muJetas.
Como Amelia nos dejaba en completa libertad
y solía regresar muy tarde por la noche, Elvira
y yo pasábamos veladas deliciosas, á veces sin
hablar de nada. A pesar de todos mis esfue·rzos
aún no había _podido vencer su cortedad, y lo
más que obtema de ella eran palabras sueltas y
muchas sonrisas 1 y, en ocasiones, que me dejase
cogerle !a mano durante un minuto.
La seriedad y la timidez de Elvira me agradaban mucho, y me daba gozo ver sus ojazos muy
abiertos mirarme fijamente cuando envolvía en
intención y malicia mis palabras. Era una buenaza1 sin la picardía ni la travesura de Amelia.
A veces, á los dos 6 tres días, recordando cualquiera cosa que le dijese, me preguntaba las ra•
zones de mis palabras, y un asombro pueril
agrandaba sus ojos al .advertir que yo las había
olvidado y no tenía de ellas ni la memoria miis
remota. Su misma timidez me cortaba á veces,
haciéndome callar cuando hubiera querido hablar
mucho, decirle todas las cosas bonitas que se
me ocurrían y los gr;;rndes proyectos que fraguaba para lo porvenir. Desde que éramos no-vios, de lodo .se ave!'gonzab.a; su rostro Se encei:id(a por la frase más insignificante y ocultab&amp;.
cmdadnsa el defecto de su cojera. En cambio se
ernp-erejilaba más, cuidaba mucho d-e su persÜna,
y hasta en su postura para coser ó bordar notáhas-c su empeño de agradarme, de parecerme
bien. Lo que más gracia me hacía de ella eran
las precaucion,cs que tornaba para mirarme:
si.empre esperaba á que yo volviese la. cabeza,
que no la viera, una distracción mía. Y yo que
sabía esto 1 p.rocu.raba hacerme mil veces el distraído en la velada para que me mirase á su
gusto, gozoso de aquella ingenuidad.
A las 0~1ce . m~ retiraba todas las noches, y
has la el dia siguiente, ql1e se repetía todo exac•
tament.e: mis palabras, mis demoniuras 1 el rubor de Elvira, su cortedad y el silencio de los dos,
aquellos grandes silencios en los cuales ella debia pensar mucho en mí y yo pensaba mucho en
ella. Rara era la vez que Amelia aparecía antes
.de que yo me fuese. Por la noche, muy poco la
vi en las veladas. Recuerdo que sus tardanzas
n_ie intrigaron un poquito y aun le hablé de ellas

á Elvira una noche, ya en pie para marcharme.
-¿ Tiene novio tu hermana?

-No-me dijo-. Que yo sepa, no lo ha tenido nunca. Me lo hubiera dicho ... ¿Por qué? ...
-¡Ah! ¡Bah! Por nada ... ¡Corno no la veo!
-Ahora tiene mucho trabajo.. Ya no debe
tardar.
·
Yo no supe qué contestarle, y, con los pies cruzados, apoyándome en el respaldo de la silla
quedé pensativo. Y no sé por qué consorcio d~
ideas me asaltó aquel recuerdo de su heroísmo
y recordé su alegre risa al hablarme de mis nuevos amores y la ocasión en la que quiso jurarme que no se pertenecia.
Elvira, extrai'i.ada de mi silencío, alzó la cabeza y me miró largamente. Con el rabo del ojo,
yo la veia mirarme curiosa.
-~fe voy-le dije.
-Ahí está Amelia-me advirtió, al oi.r el ruido de la llave.
Amelia entró muy seria. Estaba muy pálida.
Puso sobre el velador el lío de ropa que traía y
se sentó frente á su hermana, en la sombra. Cnizóse de brazos luego, y guardó silencio. Elvira
la miraba intranquila, con un poco de sobresalto. A mí mismo me impresionaron su seriedad 1
su palidez y su abatimiento.
_-¿Estás enferrna?-le pregunlói mimosa, El-

-En nada--respondía con alguna sequedad.
-¿Ves? ... ¡Ya estás así!. .. Di que no estás
incomodado.
Para no reírme ant,e su apuro tenía que morderme los labios. Entonces, el único señor era
yo, y, como lnl seño-r, imponla mis condiciones,
que las más de las veces consislían en que me
dcjnse sns mnnecitas en rehenes un buen ralo.
Nada de crueldades. Como había conocido su carúctcr en seguida, chb.domc cuenta exacta del
cnrifi.o que existía tras su apariencia tranquila,
y como notase que no había para olla cosa más
mortificante que verme mudo y cavil060, Procu-

Vll'a.

-No sé.. l\Ie duele la cabeza.. ~fe acostaré-·
repuso el1a con voz apagada, con cariño.
-¡,Quiere usted que busque un médico?-dije
entonces, por decir algo, aunque fuese una tontería.
-¡ESo es! ¡Exagere usted!
-No, Amelia. Pero creo ...
-Usted cree muchas cosas1 Pepe-me contes•
tó secamente, con enojo.
Y esto fué todo lo que saqué en .limpio.
XII
Ni fu$ de importancia ni yo le concedí ninguna al malestar pasajero de Amelia. Por las noches continuaba volviendo tarde, de modo que
apenas la veía y la hablaba mucho menos. Toda
mi vida concentrabáse poco á poco en Elvira y
en su recuerdo. El gran milagro de su renacimiento se hacía pasito á paso.
Desde que la hermosa criatura se sintió ama•
da, su·seriedad juiciosa comenzó á aclararse con
un rayito de amable presunción, sonriéndose ya
frecuentemente con algo de ingenuo apicaramientc. La tranquilidad y calma de sus ojazos de
nifio, trocáronse en vehemencia y fuego. Además, advertíase en tnda ella el deseo de agradar,
el soiícito cuidado que ponía en sus manecítas,
en la compostura de su persona. Hasta en el ha; blar notábase más vehemencia, más pasión. En
Eldca renacía poco á poco el carácier ele Arnelia.
Yo creo que ni para ella misma existía el defeclo de su cojera. Se volvía algo orgullosa. A
pesar de -sus condescendencias y bondades para
oonmigo 1 veía apuntar en ella el pícaro amor
propio de s.entirse querida y de saberse hermosa.
Precisamente esto mismo forzábame á quererla
más. Porque en realidad, sobraba con una frase
mia, ó un ratito de hacerme el caviloso y discon•
forme para que el orgullo de la adorable criatu. ra desapareciese, para que cesara mi vasallaje
y la sei'i.ora absoluta se convirtiese en humilde
esclava.
-¿En qué estás pensando? - me preguntaba
entonces, invariablemente, alza·ndo de la labor
la hermosa cabeza.

rnbn.. sacar todo el partido posible de mis artimafias para obtener uruebas inocentes de su
afecto.
·
Elvira, después ele toJ.-0, no se mcrccia más
que car,ño. Pero yo no podía zafarme del encunlo ele verla seria y apurada, con sus ojazos
fijos en mí, sin atreverse casi á hablarme. Sólo
por el guslo de admirarla así me hice el incomo~lado vec~s innumerables. Aquella mirada suya,
intensa, interrogadora, al v-ermc entrar, tenía
para mí tal gracia 1 que jamás pude sustraerme
ni deseo el-e imaginar mil modos de presentarme
á ella p~ra que fuesen más continuas. Después 1
s-cntudo Junto ú ella, y con el perezoso y dormilón
Ot~lo _sobr:e m~s piernas, la veía trabajar, sigu1cnclo1 sllenc10s0, con la vista, las maniobras
de sus manecitas en aquella labor de bordado
tan llena de paciencia. Entonces, en los claros
del sabroso palique, lanzábame á los descubrimientos de. nuevas bellezas en la linda muchacha. Lo pálido de su rostro, con aquella ondulación que la delgadez hacía en la mejilla; la nariz,

�})Lo que sí quiero aconsejarte es que no te deguiar por la primera impresión; que consultes tus sentimientos y pie•nses bien el paso que
vas á dar. Elvira puede ser muy buena, sin
duda lo es, y su bondad y estado tal vez le hayan impresionado y creas es cariño lo que sólo
es compasión. Por mí te lo digo. Tan vivo fuiste
en el retrato de las dos hermanas, que se me
han saltado las lágrimas. Si quieres á Elvira,
cásate con ella, hazla feliz y goza con ella el
porvenir que has sabido crearte.
,1Quisiera que me enviases el retrato de las
dos hermanas. Ya creo qu-e las qniero. La juijes

la blancura del labio superior; la barba, redonda, donde propendía á indicarse un hoyuelo; los
ricitos que naturalmente se hacían en su nuca,
blanca y redornhta; la linea de la barba á lagar~anla, ondulosa, suave ... i Cuántas cosas bomtas
me hacían pensar! ¡ Qué de veces las acaricié
wn la vista! ..

Recuerdo que un día que miraba atentamente el sonrosado globito de la oreja derecha, no
pude contenerme al descubrir un lunar, hermano gemelo de aquel otro que voceaba su picardia
en la barba de Amelía.
-¡Gracias á Dios!-dije alborozado.

,,

-¿Qué te ocurre?-me preguntó ella sorprendida.

-¡Ya he encontrado lo que buscaba!

~

La malicia de mis palabras la alarmó.
-¡,Y qué buscaba.s tú? Y había en su ·voz re-

'

~

'

,:

celo.
-¿Que qué? ... ¡)Jada, fea!. .. ¡Un lunar como
un lucero! Y miraba el puntito obscuro casi
velado por el cabello.
-¡Amia á paseo!-me dijo ella, deponiendo su alarma 1 l!lBS un tanto ruborizada por

'-:

\
--~/ "".

-Bueno.. Pero oye ... Si te trasladan ahora,
le vas á ir en seguida?
-:\'os iremos, Elviru. l'\os iremos ... En plural 1
fea ...
Aforlunadamenle.. Bueno 1 si.. Afortunadamente, el traslado no venía tan ·ae carrera como
mi madre se figurara. Digo afortunadamente,
porque, la verdad, me gustaba palad-ear mi noyiazgo y mis coloquíos con Elvira, que, ya segura de mi cnriii.o, me sorprendía. con el encanto
de sus franquezas y no me ocul1aba su rimor, ni
en palabras ui C'n miradas y condescenclencins. '
.\qudla ((soledad de •f.19"~- en cornpaii.ía)) 1 jamás
¿.

.

'

'

-'
, A,,--

el descubrimie11to.

xrn
Qube darle una alegría á -Elvira le.yénUole una carla de mi madre, respuesta ú
ol ra rnin, en la cual le notificaba ,el asunto
tJ_• 1~:i:; nrnoi-íos y le exponía. mi plan de JleY:irnie las d~·s rnuchnghas al p1Jeblo.. ~iooo
se me antoJa advertir que en· mi eprntola
enumeraba una por una todas
las bueuas condicion.es ele las
dos hermanas, sus-virtudes y sus
bellezas. Adrede oculté la historia de los zapa.tilos y, prudenLeme.nte, atenué
un poco la derse n volt ura t.l l:"
.\melia.
Citaré los pá-

rrafos más sustaneio.s os de la
carta:
,iPepe, alabo
tu franqueza y
te la agradez~o.
Por mi parbe
nada ten~o que
oponer. Te veo

muy chiquita y regordeta; los ojos vislo·s de soslayo y con los párpados entornados, ca-si juntándose las hebras de las pestañas; la boca, algo
grande, sin labios abultados, pero gros-ezuelos 1
con menudas ondulaciones en ambos extremos;
la graciosa sombra de la pelusilla que obscurecía

tan entusiasmado y gustoso de tu novia, que ya deseo conocerla, á ver si es tan buena como tú la
ponderas. La JX)breza de Elvira y su hermana
no me disgusta. Así sabrán las dos lo que es la
vida y lo que cuesta ganarse en ella un huequecito.

ciosidad de Elvira, tan elogiada por ti, me hace
ver tu carácter serio y bondadoso. En cambio 1 á
juzgar por algun&amp;S palabras de tu carta 1 creo
que Amelia debe de ser un diablillo encantador.
Creo, como tú, que de efectuarse tu casamiento con Elvira, Amelia no debe separarse de vosotros.
11Don Ambrosio está contentísimo con tus proyectos y asegura muy formal que 1 aunque viejo
y achacoso, todavía le sobran bríos para irse á
[\fadrid conmigo 1 traeros al pueblo y echaros la
bendición.
uTu traslado es cosa hecha.
iilgnacia no pudo resistir por mucho tiempo los
efectos de su vestido largo y ya tiene novio.,,
Cuando terminé la lectura, vi en los ojazos de
Elvira una lágrima que pugnaba por desasirse
de sus pestafias.
-¿ Dudas ahora ?-le pregunté.
-Yo no he dudado nunca de ti-me dijo-. No
sé por qué te he creído siempre.
-Ya ves cómo no te has engafiado ... ¿,Quieres
leerle la carta á Amelía'?

turbada, nunca interrumpida, era el adorable
egoísmo, que me hacía pensar con pesadumbre
en la hora del traslado. ~las dicho sea en honor
d e la Yerr.lacl, no siempre ncontecia esto. También
pensaba con alborozo rn el día que ;Elvira me
per!e1wciera del lodo y en nuestra futura dicha
allá en el aldeorrio ...
Jlasl_a el trashumant-e Olelo, dormido en mis
piernas, debía ele pensar en todas aquellas cosas
bonitas que ft mí se me ocurrían viendo bordar
á .Elvira. Ot-elo debía imaginarse que, entre tanta
felicidad, lo menos que alcanza.ria era estar más
gord,o ~- r{'lamido.
Y allí, junio á Elvira, silencioso unas veces,
muy picotero otras, me pasaba las horas que me
dejaban libres mis quehaceres de la Central, esperando la orden de partida para ver realizados
todos mis deseos y gustar de aquella ventura que
lodos los dia.s reformaba un poco á mi capricho.
A veces 1 allí, junto á Elvira, viéndola. trabajar
en silencio, pensaba con amargura en lo que hubiera sido de las dos muchachas si en vez de dar
conmigo 1ropiezan con un hombre sin escrúpu-

�los, que, en un inslanle, hubiese hecho desgra&lt;.:iado aquel hogar. Instintivamente acudían il
m1 memoria la5 palabras de Amelia :
-Es muy duro, es muy terrible que después
de sufrir muchos allos, venga á hundirnos en
la desesperación una persona á quien hemos
qu~rido ...
-~·le parece que tarda mi traslado-le decía
entonces á Elvira, que se asombraba de mi s&lt;.1lida y me miraba con sus grandes ojos muy
abiertos.
XIV
1 '

1

Sin embargo, justo era reconocer que si el dichoso traslado se hacia aguardar más de lo que
yo quisiera, Elvira 1 con su carillo, me compensaba largamente de la tardanza en aquellas agradables veladas ele principio de invierno. Hasta
el suave calorcillo que se gozaba en la habitación parecía conspirar contra mi reposo, despertando en mí más deseos de calma, una mayor
intimidad con la hermosa criatura que bordaba.
junto á mi y que de vez en vez a~zaba la c3:beza :para mirarme con sus grandes OJOS muy abiertos. La paz rumorosa de la estancia, y el ambiente un poco cargado por nues tra respiración
y el humo de mi cigarro, me emperezaban en
recuerdos pasados, trayéndome á la memo1ia reminiscencias de otras veladas que se ligaban á
mi niflez. Y veía á. mi padre hablando con don
Ambrosio en un rincón lleno de penumbra de
la gran sala; á mi madre cosiendo en las ropas
caseras, empalidecida por el goipe ele 1~z 1 y I!1e
veía yo, muy pequelio, sentado en una silla baJa,
reclinada la cabeza sobre el regazo cte m1 madre1
endormiscado, medroso, sobresaltado á veces
por el gemir del aire enfur,ecido 1 acechando los
rumores de la madera reseca...
Después, de un pensamlet'ho pasaba á otro, ligando por una idea de recuerdo el pasaa~ con
lo futuro. Veía la misma gran sala y á mi madre y á Elvira departiendo juntas cariñosamente, con la labor interrumpida sobre el regazo; á
Amelia, cercana á la luz, picoteando con sus manecitas en un trabajo de seda, y á don Ambrosio
y á ml en la penumbra, con sendos cigarros en
la boca, cuya lumbre resaltaba como botones de
fuego en la oscurid1:1d, habla1"_1do. tal vez. de Jo
mismo que habló m1 padre, s1gu1endo qmzá su
conversación interrumpida por la muerte ...
La voz armoniosa de Elvira, preguntándome
lo que pensaba, me volvía á la realidad.
Nos ocurría á nosotros que, según aumentaba
nuestro carillo, nos hacíamos más cortos de palabras y más gustosos de silencio. ¡ Podíamos
pensar tantas cosas agradables l
.
Amelía continuaba jugando á la &lt;lesa.parecida.
Sólo nos veíamos muy de tarde en tarde. Conmigo usaba ya una familiaridad de hermanas.
Nada de bromas ni de frases de doble filo. Nada
que recordase lo pasado. Con su presencia, de
seguro, las veladas hubiesen sido rpás alegres,
más encantadoras, matizadas de risas, bromas
y burlas; pero nuestro ·cariiio probablemente- no
se hubiera arraigado tanto. Por eso yo no sentía
cosa mayor la ausencia de la perdidiza Amelia.
Además, por aquellos días, apremiada por .mí 1
Elvira había comenzado á prepararse las ropas,
y como las labores de las sábanas y otras prendas por el estilo- se prestaban á las frases de doble filo, complacíame ver encenderse el rostro de
Elvira en un sonrosado ,encantador.
, Recu.erdo perfeclamcnle que durante. unos
días la vi muy atareada en el calado y adorno de
&lt;I

:l

rierla prenda que no supe reconocer, quizá por
no poner mucha atención en ella, acaso por mantenerla Elvira lan recogid_a, plegada tan discretamente, que era dificil de todo punto conocerlll
y clasificai'la. i Qué zipizape se armó cuando por
un descuido suyo penetré el misterio de. la tal
prcpda ! Alli fueron de Yer sus ojazos muy abiertos, casi llorosos, sus mejillas encarnadas por
('l rubor y las agitadas ondulaciones de su pecho.
¡ ~o era nat.la la cosa! i La famosísima camisa
üe novia, nada. m enos que aparec ía casi ruborosa a mis ojos, pregonando agradables malicias! Después de aquel dia no volví á ver
más la encaoladora prenda, en la que debía
poner Elvira loda su alma y todo su orgullo de
mujer.
El descubrimiento produjo en mí gran complacencia. Descle aquel punto consideré á Elviru
como algo más que novia, y pensaba en ella y
la hablaba de airo modo que días antes. Era ya
una intimidad sin malicia, ír~nca, sin palabras
rebuscadas. Pero como todo tiene fin en este
mundo, las veladas iban á tenerlo muy pronto.
Mi traslado Yenía por la posta, según me aseguraba mi madre. A mí me entristeció un poco
la noticia y á Elvira le agradó mucho. Y como
no era cosa de sofi.ar más, desde aquel momento
comenzaron seriamente los preparativos para el
gran acto. Ameliu se prestó gustosa á ayudarl e
ú. su hermana, y en verdad que su ayuda no
pudo venir más a. tiempo ni fué de las menos
necrsaria. t-.Ias lo que me dalia en el alma era
la situación de las clo,s hermanas. Las ganas de
ofrecerle dinero para que saliesen ele apuros me
traían desasosegado. ¿ Cómo se lo ofrecería sin
mortificarlas en su amor propio? Yo adivinaba
los sacrificios que hacían para no recurrir á na•
die ni mostrarme su penuria. Y era para mí muy
penoso verlas á veces muy serias 1 disgustadas,
vergonzosas ... No sé los sudores y trasudores
que me costó aceptasen lo necesario para atender á lo más importante. Tuve que enojarme.
Estoy seguro de que, si no me pongo serio y me
hago el disgustado, no logro convencerlas. Pero
vencí, y se hizo lo que propuse.
A primeros de Enero recibí la fausta noticia.
l\li traslado al villorrio era una realidad tangible
y mi cese en la Central otra realidad. Cuando á
mediodía enlré en casa de Elvira, la adorable
criatura se estaba peinando y Amelia había.
salido.
-¡ Ya está aquí!-le dije gozoso, con ganas
furiosas de abrazarla, viendo su carita asombrada al través del ca.bello que le caía sobre el
rostro.
- ·¿ Tu traslado?-preguntó ella, comprendiendo mi alegría y gozosa también.
-Sí, feá .. ¡ Y el tuyo, y el de Amelía, y el de
Otelo!-Y así por los pelos dDI bigote al gato
lrashumant.e, qu-e comenzó á maullar quejas de
desespe_ración 1 mientras que 1 por vía de desquite, clavaba sus uñas at1ladas en mi mano.
-¡ No seas loco !-clamó Elvira 1 echándose el
cabello hacia atrás partido en dos mitades.
-¿Loco? ... ¡Pues ahora verás!. .. 1\le tienes
que dar lo que nunca te he pedido ... -Y antes de
que pudiera oponerse, le cogí las manos y la
besé en la boca.-¡ Eso!
- i Pepe! - Y había rubor, consentimiento y
enfado en su voz.
- Y ahora voy á hacer otra cosa .. La más importanle ...
- ¿Qué v.as á hacer?-•murmuró alarmada.
- Escribirle á mi madre para que os venga á.
busqar-. Y salí de estampía de su casa_.
·
1

XV

Pero ¡ay! que no existe ventura completa, y
la mía fué turbada por la nubecilla de la enfermedad de mi madre, que no pudo abandonar el
lecho para acudir á mi llamada. Por fortuna,
aquella desagradable impresión, de la cual le
tocó.no,. poca .parte,á Elvira, vino á disiparla en
buena hora don Ambrosio, trayéndome noticias
r ecientes de la mejoría de la enferma y muy
fü.spuesto á poner por obra mis deseos.
¡ Qué alegrón más grande me nevé cuando vi
aparecer por la menguada puerta del cuchitril
la figura ,simpática y bondadosa del venerable
sacerdote, encorvadito, con los dos mechones de

vi-ese y la juzgase sin prejuicios. Enterado por
él de que la. dolencia de mi madre no era cosa
mayor, sino achaque muy propio de su edad y
del invierno, ya sólo pensé en verle descansado
para visitar á Elvira, cuya agradable sorpresa
me figuraba . Asi, tan pron lo como vi á mi buen
párroco en estado de bajar veinte escalones, no
quise dilatar por más tiempo la entrevista y ca.si
lo arraslré. á la fuerza á casa de Elvira.
Pintar la sorpresa de ésta al verme aparecer
C'On don Ambrosio, sería tarea ardua. La vi palidecer, ruborizarse conmoverse, temblar l).n
poquilo 1 balbucir excusas que nadie le pedía y
asomarse á sus ojos una lágrima. En la atención
y el agrado con que la miraba don Ambrosio,
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blancos cabellos alrededor de la inteligente ca- juzgué que la hermosa criatura se captaba sus
beza, apoyándose en el añoso báculo! ¡ Qué simpatías y que desde aquel instante tenía un
abrazo más fuerte le dí, con toda mi alma, cual nuevo adorador.
La conv.ersación que siguió Ju.ego no pudo ser
si abrazase lo pasado 1 mis recuerdos de niüo !
ni más forzosa ni más delicada, pues aunque los
- ¡ Déjame que te mire !-:-decía respirando af1_1noso, y apoyaba su,s débiles manos sobre m1s dos parecíamos estar de acuerdo para no herir
la. timidez de Elvira, la ruborosa criatura aperobustos hombros.
-Estás hecho un hombre de verdad ... ¡ Caray, nas se atrevía á mirarnos. Le agradeci mucho
chico, y qué manera de echar bigotes! ... ¿_Y ella? á d-on Ambrosio que no hiciese alusión alguna á
Elvira ... Tengo ganas de conocer á esa .Jº)'.ª· A su misión. Mi buen párroco habló mucho y bien
tu madre la tienes embobada con la ch1qmlla ... de doña Antonia, mi madre, y como por inciden·
No creas. l\'Ji trabajo me costó hacerla desistir cia expuso los deseos de ella de conocer á las
dos hermanas.
del viaje.
Por dicha para todos, ap8l'eció Amelía, muy
-¿Pero está mejor?-le pregunté ansioso.
blanca, muy pálida, muy delgada. Después de
- ¡ Claro, hombre! Mejor, 1nucho mejor. ¿ Iba
á estar yo aquí si no? ... Pero déjame que me su natural sorpresa, soltó el registro de su risa
siente. Estas casas endemoniadas sólo lienen es- y sus bromas, é hizo reir de muy buena gan8: á
caleras.. ¿ Y dices que la muchacha vive aquí? ... don Ambrosio, encantándolo con su charla pmSupongo que este negocio acabará pronto. Te tor.esca y su volubilidad caprichosa de pájaro.
advierto que sólo tengo tres días .. . Por supuesto ¡ El demonio de la muchacha! Y á eso no más
que me quedo aquí. Dirrie algo de la. muchacha. se redujo la primera visita.
-¿ Qué?-le pregunté á ·don Arnbrosjo ·así que
No quise contestar al chorro de preguntas del
bu-en párroco acerca de Elvira. Deseaba que la hubimos dejado la casa de las dos hermanas.

,,
1

�_. cara.v con las muchachas! Elvirn vl!-le
cualquier ·cosa, pero Amelía ... ¡ Eso es un dm-

'

1

bl~~ ! qui.se saber mús, y le est rC'ché la mano
crozoso, alborozado.
b Pur la noche, abordé francamente ú Elvira ~Amelia.
.
Por la noche, abordé francamentto
á Elvira y Amelía.
-No disponemos más que de ~º1:
día·s. Es preciso arreglarlo todo. Nu,~
llcvaremn-s lo 1wincipal..
-· No tenga tanta prisa, Pepe!me \lijo .\melia-. Para lo que hay
que hacer sobra cn11 111,a hora.
-illás vale así. Pero ya ,;abe m,tcd que de pasado maiíana ...
-'i·a lo sé ... Sin apresurarnos se
'trrT·"lará lodo-r,'p11;:o rila. ·
' y t-no se habló mús. Sin embar"º no dejó de extrM1arme mucho.
f1 'clía siguiente, que sólo se preparasen las &lt;·mas de E.v11·a Y q1~e
Amelía 110 s-e· preocupara de lo Sll)O
para nada. Se des\·ivía por c011duir
el arre,rlo riel equipo de s11 he1·mm1(t,
qne 110..,se le olvi&lt;lase lo más p11eril;
ar·uclía á los m:rnores detalles Y ponía remedio ó. tnclo; pero de ella 110
se a&lt;·nrdaha. ElYirn misma se mm,tró sorprendida, aclarúrnh,;;e enlo11&lt;·es el mi!-terio.
- Pero ¡.v tú, ,\melia?-le pregun_tó.
- ¿.Yo? . .". :-So prei)("upnros de n11 clijn ella.
,. . . . .
-i\o, e;.;o no. ,\me,1a-111s1st10 .su
hermana.
- íluenn ... PneR ... l\lira, lo he pensailo..\hora os vais vosotros y rr¡ás
arlelanle iré vo... Cuando pase u1w
t.mporuda. ·
- jERtáR lo&lt;'a!-salló Elvira-. Tú
vienes c-011 110,.;olros.
- l'sted rn1 hará eso, .\rnelia-le
dije, inlervinienrl"
- Sí lo haré. Pene. Lo he pellSfHI"

ronlesló.muv senn
va 110 r, 1e1·on ltis lloros de El-

hif&gt;n- m :
,

"tt

~.,ra entonces, las admonic iones de
ro11 \mhrMio más larde, y rn1s rn r aos ,;iemnre. Nada akanzamos. E~
1M1": narecia que la irritábamos co11
n1• ·«trn «~rmoneo, y contef-taha r a,-i
,·011 malos modo'S. Elvira, des con 17nnacla afirmó ane ella no se iba
!ílm11oc·o. Pero ú ·regaiíadic&gt;úles trrminó su equipaje. ·
- ;Esa mueha,cha e;;tá loca !- me
,]i jo clnn Ambro sio -aquella noe~•"
:'P.firi{:ndose á la rahi:.;ca ele .\rnel1fl
- --,(1 lo crea usted. Ella es as!
r:uando vea ilise á su hel'rnana se
n bla11dará.
--- ,1\Iás vale asi!- mm·muró el hnf&gt; •1
0

pál'l'OC'O.

•---•Pero sabes que es bonitísimn!. ..
:Caray con las niiía:.,!- aún le oí m11 1·!!l!1jear entre diente~.

iY llegó el día tan esperado! i\1as
contra. lo que s upuse, ..-\ mel,ia ,se
mantuvo firme en s u te1·qne dad. Toilo
fué inútil. Como el lren s alía le m-

prano, hubo necesidad d~ ~aclrugar.; Y aunque
don Ambrosio y yo lo h1c1mos mucho, las dos
h&lt;'rmanas nos rngieron la delantera. Cuando baja111os ú llamnrlus, Elvira estaba ya _muy compuesta, monísüna, rogá!1clol~ á Amel1u,. _con lá¡.;rmus e11 lo,; (ljo,; y n111uos1dndes de 111110, qu~

tl

no se separase de ella. Desde la sala oímos que
le decía á su hermana, allá en la alcoba:
- ¡ Anda, Amelía!... ¿ Vas á querer que nos
separemos?... ¡ No seas mala! .. . ¡ Ya verás cómo
le pesa!... i Pero mujer, no seas así!
Ganas de perder el tiempo. Ni súplicas, ni llantos, ni consejos ablandaron á la arisca muchacha.
-¡ He dicho que 110, y no! - respondió á
lodo.
En la calle comenzó á oirse el rodar del coche,
que ya nos aguardaba. Entonces echamos el
resto. Todo en balde. Amelia se mantuvo firme
y Elvira se arrojó á su cuello llorando.
-¡ Pero si no es nada, mujer! L"nos días. Unos
&lt;lías nada más-le dijo Amelia.
Ella misma condujo á Elvira hasta la puerta,
y allí la besó y se despidió de todos.
- ¡ Que le acuerdes de mí, El vira, y que me
escribas!
Tuve que ayuda-r á Elvira á bajar la escalera.
La infeliz casi no podía valerse de la muleta y
los sollozos la conmovían profundamente. Mas
su verdadera pesadumbre fué cuando entró en

el coche. Entonces no pudo contenerse y rompió
á llorar.
-Ancla, Pepe, convéncela... Por lo que más
quieras.
--¡ Caray !-le oí murmurar á don Ambrosio,
mientras me lanzaba escalera arriba.
La puerta de la habitación estaba abierta y
entré en la sala. A la luz mortecina del quinqué
se me antojó es lancia mortuoria. ¡ Y rara casualidad! En un rincón vi olvidado el par de zapa.tilos. Estaban viejos, incoloros.'.. En la alcoba,
tirada sobre el lecho, Amelía lloraba con desesperación. ~le aproximé á ella, tocándola suavemente en el brazo.
- .\melia... Amelía ... :'.\o sea usted así. .. Oigame usled.-E hice que se incorporase-. ¿Será
usted capaz de hacer desgraciada á Elvira? ...
¿ Por qué se niega usted? ...
- ¿Por qué? - gritó en un arranque doloroso-. ¿Por qué?- repitió con rabia-. Porque te
quiero, Pepe; porque te quiero con toda mi alma, y estoy celosa.
Y se arrojó violentamente sobre la cama, llorando desesperada, convulsa...
-

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                    <text>1'

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1 1

Mariano Miguel de V al
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11811.--1

de·-

de • .,,,.. J9IÍ

ROBERT L. STEVENSON

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111111N' llmlHIII: trbaNin, .........
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mc111s: Fuentálr

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,.

.

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J'{iimcro eudto: DO clntimoe,

.

NUESTRO NÚMERP PRÓXIM9.,PUBLICARA

LO QUE~ NO \71\LE Lf\ PENA
'
i

.

1

( CUENTO OR.IGINAL DE

¡'

.'

MANUEL LINARES RIVAS
.l

'1
11

...

El uulor 11•~ El nlmlr•11au e} 11110 1lr In:,; Jll11·os lo, de m•gi:lr d.c simu,_ de blun("O de nieve para
e-seritorc-s que uúu lrihulan kspcto al idioma y u&lt;lmiración y plae'er de~ bjo:;; y almas que 1'slim
habiluudos á apraéiur ert-i breve espacio las divitrabnj.nn :,:i!C'nlos ú h,wer obta literrufa con las
nus concepciont&gt;s del Giojlo, las nolus orienlnles
· Siiñ'pfos -priinerlt.~ :11ñ.f(',:;,t!-;7tl•l arle y el ingenio.
,Su ~f'usihilida&lt;l PxtrP111uda•:1c hncl' t·oloi·ur \ns de Snn ~lurcos y tfls fürftH.nticns rcmembra11zU!-ldel rol'l.ancólieo PI\Jfmle
los Suspiros.
~ fúbulus t,e :-;n~"" 1·rnfl'l'!llias··-y .novela:-1 en un amLo qut? )W l'&lt;LU!
¡,rl,1c1, es, p11es, un e1w11to
lrienle ubs11l11l1Út.lf'I1. t/' rPfriwt;irio ú In chahacaneríu ó á la "·0ncupis¡:,e11rin. En ~l-1! J"t'SJ)í'do es triste y clelicudo, l'J,Ue rebosa ingenio y poesía.
·;111izú el 1•s1·ri_tnr nhJdel'fió. 1
B•! aproxima mús.• \"w•slros lectores hnllnrhn, !,l'g11ra11u,11te, en sus
t•ll1re 110:-:,dn1:-- n esi! ~er ;rih~inJt&gt;rahlP que se, púginas el e!,pirilu• del aulür que tantn.s veces
_ll;:min,Jw!J.lliL._B "'11aF'nh·. cJmu &lt;·I, l)i'J"~iguP la: :mpo c'-OnmoverlPs y ap\uudicron e11 la Comedia,
rf'úlidUd ¡wfy;~)::,a di' ln:::; ,iliti1':i c~t.·ogióa.s, la de~~ en Lun1 y en esla mismh publi&lt;·aci{1n para honra
nuestra y contento dri Ins per$0HU~ cultas.
1.ila l'll los pn1krn~-:-; al&lt;llllhi(f.UPs de su talonlo y
¡
la. Yif'l'lí'.' c•n }¡¡.:; enarli1lus Y''ilirln d1~ clir¡ucta.
'
E:-i;lo l!UciJ q11e :--u obra h,1~·a sido cornnmla por
et é;;.Üi) · Sü~rnprc.· SuS p:--ll'&lt;'ni,s han mert• .. ido el
OBRAS PUBLICADAS
aplauso u~~milllf'
~IJS ll()Y,,.ljilns hnn !,,i{fo leídas
CUH Uc\'oc1un y lidc1le de loú&amp;5.
F'OR
·-·EL 'ccE\Tu ;,;1-:,1\,_\L prl.l~i1qr1 i11:,;t'rlarú una de
ella:;;, tilulada /.11 ,¡w• ,,o n1fr la, rw111t. En ella •
dejó su huella indeleble l'I :j11~enio de nuestro
clogiadti. -sú pec:uliarfaimo ~slilo, siempre el4'·
MARYUeS DE VILLASINDA
gnnle y lmninoso, viste el lproceso psiwl~gico
de un nmor conyugal que se tompe con el acierto
Sombras chineScas· (recuerflos áe un viaje al
máS graude y Ju 1iuelidaJ mis sugeslivu.
Celeste Im-pério) 1 dos' tomos -ert -~·º
Y al leer sus .atildados págjirrns, unu duda asalVisto y só&amp;ado (novelas cortos).
la al lcclor val critico. ¿Es; el autor dramálico
D•I anlafio quimérico (cuenl06).
t1ue novela? ~¿Es el cuentistai uclmiruble c¡ue plaalma· de Dios (nov~la).
nea. un drama hondo y subyÚgador?
El lilóS&lt;ilo y 1a· tiple (novela).
En toUos los casos Pl artCiPs 111ucho, la origiDe la muerte al amor.' (n'óvela).
nulidatl no menos, el clelcitel grandísimo y todo
C'l cuento imtt joya preciosa, i·onHJ esas delicadas
Els PRCPARAC!ON-

,! .

4c

~,lf

1

,1

.1

,i

t;

.•.

.....................~························

r

LUIS VALERA
Un

labores de Ycnecia, que la destreza dC'l orfebre
confecciona con trocitos brill4ntes de azul U.e cie-

La raíz

de

mariilrágora (novela),

EL PIAJ3LO EMJ30TELLAPO
Er&amp;Sie un hombre de la isla de Hawai, el cu.u.!
vive todavía y cuyo nombre es prOCilso guardar
secreto. Por tanto, le llarnaremos Kive, en ra•
zón de que había visto la luz no lejos de Honaunau, lugar· donde los huesos del rey Kive el
Grande yacen ocultos en una cueva.
EsLe hombre era pobre1 valiente y activo. Sabia leer y esori.bir como un maestro de escuela.
Era, además, excelente marinero; viajaba de

cuando en cuando en los vapores que recorren
las islas del Mar del Sur, y a veces servia también á bordo de un ballenero en la costa de Hamakúa.
En una ocasión entró Kirve en ganas de ve.r

más mnndo y de conocer las ciudades del exlranjero. Así, ]?UOO, se alistó en un barco qu,e iba á
San Francisco de Oalifornia..
Es San Francisco una ciudad hermosa, con su

¡
1

1

1

'

�l é innúmeros ricos pobladores. En
buen
o es_pewu
. 1,....enle
una colir:::i que está
ella espuer
de nolar
.. ,
cubierl'.1- de dpa~acl~s-,e lleno el bolsillo de dinero,
Un ella an aba "l..la'·ch' a colina y contemplando
·
b por toPaseándose so re l
gozoso las grandes casas que se a1za an
das parles._
son &lt;!Slas !-estaba pen-¡ Qué lind8;8 ca~s , ~!ices deben de ser las
san
do elque
hombre-y
cuidado
genLes
v,1ven enI qeulfa~, sin nincrún
0
ael ma~ana_ !
este nsamienlo cuando s.e

}~;;P~~~1~~1~%~~

:i

en~~-~f f~~~;}:~~ne~;~f1\ ~1
deTf!uS, pero
alones de aquella casa bl'lllaun ¡uguele.l Lolsberu~icla. las orlas y acirates ~el
ban cual P a a
'
d fl
• los cris-

f:81~:f

~iind;era:j~~~fa~~t~!i~~~na~?f
;n~f~
Kive se delf'º• e:ts~a~o~stando así parado,
de cuanto con einp
había un hombre que le
se hizo cargo du que á través de una ventana
miraba desde li-~asa, d'a verle como se ve un
t~~ ~ir~ qa!r1::i;~ 1:gda,, de un charco de la
plaE~\ombre era v,iejo; tenía la cabeza calv~
El
ar se pmlaba en su rv~
la barba negro.
pesndo amarcramenle. Y la
0
lro y estaba suspira_
b e v que el
,·cr:dad es que Kive _miraba al 11~1~ :no· de ellos
hombre miraba á K1ve y que ca
lenía envidia aJ otrob
sonrió movió la caDL'
~~~l~e~la
ht~i~:
~_que
e~lrara y fué á
be
za,
t d 1 d1fic1O
recibirle á la puer
e, e la ~ía.-dijo el hom-Es muy hermosa casa e
• :-,::
bre, y suspiró de n~evo cor amargura-. ¡, - o
gustaría usted de ve1 ! , I'ive por todo el inDicho lo ou_al,. con. u¡o ª '- cuevas hasta las
lel"ior ~el ed,ific1O11, . 00~J~s allí que no fuese
buhardillas. :\o ª ia &lt; •
edó
mado
porfocto en su géneler~J-~(¡~Tv~e-que~ herrr"io-Verdade.ramen
·
¡
e css·
viviese en una 1gua, m
sa
est~
cadsal
.
dl
yelo
d1'a
.
Cómo
es
por
tanto,
que
O
taría r1en o o
· 1,
'
' ·?
usle{I s,usprra. .
esponclió el hombre-para
-No hay razon-r
d lodo punlo jcrual
c1ue no tenga usted un_a
desea la!. .. ¿~uá ésta y aun me¡or, s1 us.
.'
pongo que trae usted algun dmer_~nos-respon-Tengo cincuenta pcsols 'a.ám~~s que eso una
dió Kive-; pero ya cos ai I
casa
como est.a.
á echar unas cuenlas menEl hombre
S€ pu5?_

.
la pelota
dicto;
pero 1a botella rebotaba dcomo
ñ
de un n.iño Y no sufrió~~~% itv~'......... Por su
-Extraña cosa ei5 bo·tella parece de cristal ...
aspe{t~i d!l c1:l;~•1-!espondióle el hom_bre, i\~s,;
pirando más musli¡=i.mente que nu?cªua..J!~ del
unfi crisla¿eiY:o ~~~ f~~~¿~~~~e e;n f~ende, trasgo
m erno.
d t 1 ente es lo que se ve
ó di~rdot lae~o~bi~~eriorª de la bo Lella .. Por lo
mov1 n ~~ , len o entendido. Ahora bien : s1
menos, ts'. JO mpfa el frasco 1 tiene desde ese
~~~~~o r:1ºdiablo p~ra
servidor,ai c~:gt~st!
1
desee, amor, fsª11A~'st~ ~1~~!¿esc~~mo la ciudad
casa, y, vamo ,
·n más que el
de San Francis_co, todo efei~Yº~ss;yó ln. botella,
trabajo de pedirlo~ ~!ii~mán ~legó á ser el rey
y, merced á tamano
, 'ctió y de ahí vmo
del mundo. Per&lt;;&gt; al fin la '~ntamb.ién un tiempo
0
su caída. El capitán ~ 0~
de ella, descubrió
due~o. de la _bolell~ Y' pél también la vendió un
l~nl1S1mascr JSla!reci~ºasesinado en Hawai._ Pord!a, y lueºo E sled que una vez vendida_ la
que ha de sa er u
' a de su protección
botella, _el vendedor no goz1e yen adelante se cony eficacia, Y, á mentos1gdae ~e sucederán terribles
tente con lo que ei •
lances.
_y á pesar de todo eso-di¡·o Kive-, ¿ habla.

~tra

1

usted de vendert la b~~¿li1~!ear y me estoy vol-Poseo cuan o pu
b
Tenga usted
viendo viejo-replicó el hom re-. tá fuera del

~,:~i~;fl;rl¡~~f:ct ~i~ t~

~~i!~ntelq~fabl~?
demás, no es ana
·ere que cabe
bolella tiene una ci~trt0 1 s~~~~mbre que la
poner unn~ef:grie ve~derla a~ tes de morirse, arpo sea, y
1 . fi rno
derá_ eternam!f1~ea enc;nt~~!; reparito !-excl~mó
:-1 y v_aya ue er con tales gajes, nad~ qmero
K1ve-. 1 Lo q. te chisme' Gracias á Dws, puesaber de seme¡an
casa. ·pero algo hay que no
do pasarme sm una
'
d
es conquisiera hacer por nada en este mun o, y
der,,::-,rme para el _otro. ted tan súbito y reflexione
-)lo se delermm_e us ombre- Piense usted
un poco-respo~di(!le e\t bolella
valerse con
en que ~~be a qu1~~r de su diablillo, después de
moderac1on del tºd.
led á otra cualquier perlo cual se la ~ená erit d~e la vendo, y concluiría
sana, como yo us e
, sto
usted su v~da. con l~~l~~~ª~!\~e goucurren dos ob·
-l3u_eno' pde:.º Kve- Es la primera que eslá
servac10nes- 1l 0 1
·.
una mucha.usted suspirando de conllnu~,a coq~e0 vende usted
lalme_nlc, Y luego di¡~~ª usloo más dinero, por- cha
enamorada,
y
la
segu~.
-Stcnto que no po ar á uste-d disgustos en lo
1
que
elloIr;puede
botella Pclº: hmuáy u~d pgtqº~é suspiro-dijo
porven
pero acarree
yo s la doy á usted en los cin- esta
-Ya le he te O
•
l
me van
el hombre-. Suspiro porque sien ~~~~ted miscuenta pesos.
ó K'
-·Me da usted la cas•a!-exclam
ive.
falta_nd&lt;? la salud Y ed vi~~;eila;ºpara cualquie;
-~o, la ca,sa, no repuso _el hombre-, p:~ mo mdicó, es ~uy e e se le lleve á uno e,
0
0
sí 1á botella. I_&gt; f~ue d~-~ ie~;z~~l~~iqfoertuna ra, eso de morrseá 1a ~~zón ele vender tan batodo lo neo Y e iz q 1 •ardín han salido de
~ebo exp~~;r Ja~st~u;~~~
~~~1:otlll~s~~e_c~ate~d~~ 1~1ás de un litro de ca- cunst~nc1a pecul1~r dfl dT!b1¿ trajo al munuo la
bida. Aquí la tiene USled.
ó de ella
El hombre abrió una alac~na y sac
. - ~~?el~:,~~~íac~;i~ in\recio !/e;~~~1~f~~~í
1
un frasco panzudo Y dfe;i;no ~;~º'ci~;~?b°¡a~:s vendida, en ~~ :füo~~~ªJ~ dollars. Ahora bien :
una porl:'B:da d 1 botella que ha de venderse
;~o~,~~!11~~ccºo~~~l l!dr~ooir~5-~ioed~rg/~nd~v{1~~! es cond1~óné
Si la vende alguien á "igual
vaaamenle algo move iz '
siem_pre
p ~ i o; 61 fué adquirida, la botella
sombría.
.
o precio en qu dp 1 endedor con la misma segu·d 1 na paloma
-Esla es la botella- di¡o el hombre. ysco,emd? torna. á manos e v
.
- d"ó. . '\o me cree u e • ridad con que reg'.esa á su _ntoªen\icrlo huya
Kive s.e riera, ana 1 -~1, '.
la botella TraPue-s pruebe us_t~d por sí mismo
.
mensajera. De ~~m qu;~L~eels~grecio de la botella
ido cay~ndo con ltt~ul1a,~ barata Yo la compré á
le ilev~ªt~~f !~t~~~s la botella y la arrojó al
suelo y la Yolvió á arrojar hasta que estuvo ren- ~niu~e ~~sr~souderosos vecino~ de este collado.

ª

f~ f~

Jª

g~

y

efe~ 1:

~~~~l~a ,~L~~!~

i~:

t~~

Jd:

Pagué por ella no más que noventa pesos. Po-¡Esto sí que va de veras!
dría, pues, venderla á usted en ochenta y nueve
A continuación, Kive oompró en una tienda un
pesos y noventa y nueve centavos de peso; pero
no en un centavo más, porque volvería á mis sacacor·chos y s,0 marchó al punto al -campo.
manos indefectiblemente. Todo eslo trae consigo Allí, en paraje solitario, intentó sacar el corcho
dos engorros, ó, si se quiere, dificultades gran- de la botella; pero, cuantas veces metió el sacaeles. Es la primera que, cuando ofrece usced una oorchos, otras tantas le sacó sin el lapón. Por lo
demás, el Lapón se quedaba Lan entero como
botella tan notable por tan poco dinero, la gente antes.
se figura que anda usted de broma. En segundo
-¡Este es un tapón de nuevo género!-exclamo
lugar ocurre que .. . pero esto no es cosa de momento, y no hay, por lanto, para qué entrar en I&lt;ive, y, de pronto, rompió á sudar y á tembleel asunto. Lo que importa es que recuerde usted quear, porque le estaba dando miedo la botella.
Al regresar hacia el puerto, vió Kive una tienque la botella sólo puede ser vendida por dinero
da cuyo dueüo ven&lt;lía conchas y maderas de las
acuñado : en moneda.
-¿Y cómo voy á saber que es verdad cuan tu islas salvajes, idolillos, monedas antiguas, pinturas de la China y del Japón y toda suerte de ¡;ousted me dice?-preguntó Kive.
-Puede usted· oomprobar en s·eguida la exadi- sas como las que suelen traer los marineros en
tud de algo de Jo que he expuest.o--=repu,50 el hom- sus arcas y baúles. Y á Kive se le ocurrió una
bre-. Deme usted los cincuenta pesos, tome la idea. Entró en la tienda y ofreció la botella al
botella y desee encontrar.se al punto con los cin- mercader por un centenar de pesos. El lendera
cuenta peso,s otra vez en el bolsillo. Doy á us- comenzó por tomar el asunto á risa y declarar
ted palabra de qu:e, si allí no los encuentra ooted, que sólo daría. cinco pesos por el frasco ; pero
luego, como el hombre se fijara en lo curíoso de
desharé el trato y le devolveré el dinero.
-¿No me está engañando usted?-pl'egunló la botella (que m&gt; parecía fabricada por manos
de hombre, Lan lindos eran lo.s colores que iriKive.
El hombre se comprometió ;ei!ltonces con unos saban su blancnra láctea, y tan extraña la sombra que se divisaba en el interior), después de
juramentos solemnes.
-Bien está--dijo Kive-. Con eso me arries- regatear un rato, según la costumbre de los mergaré á la prueba, pu,e-., de ella no puede sobreve- caderes, acabó por dar á Kive sesenta pesos,
y colocó el frn.,ro en el escaparate d'e la tienda.
n.irme perjuicio alguno.
-Ahora que he vendido la botella en szsenta
Y Kive entregó el dinero al hombre y recibió
pesos, cuando por cincuenta la compré, ahora
ele! hombre la botella.
-¡Diablo de la botella!-declaró luego Kive-. sabré la verdad acerca de otro de los puntos que
Quiero que vuelvan á mi bolsillo los cincuenta me señaló aquel hombre-dijo Kive para sus
pesos-. Y á buen seguro que, apenas hubo di- adentros-. Y á seguida se fué á su barco y en
-cho tales palabra,s, cuando tornó á sentir -en su llegando á él, abrió su baulillo. Dentro estaba la
bolsillo la misma carga que sentía antes de entre- botella, que había venido más pr.onto que Kive.
Tenía éste á bordo un compafiero llamado Logar el dinero al hombre.
-¡En verdad que es maravillosa esta botella!- paka, el cual, viendo á Kive, dijo:
-¿Qué te ocurre? ¿Por qué contemplas boquiexclamó Kive.
abierto tu baúl?
-Y ahora, amigo, ¡buenos días!-re,plicó el
Como estuviesen ambos solos sobre el castillo
hombre-, ¡y que el diablo que me deja á mí oo
de popa, Kive hizo jurar á su amigo que Je guarvaya con usted!
daría el secreto, y le puso después al tanto de
-¡Aguarde!-gritó Kive-. Basta de bromas. todo.
¡Ea, cargue ust,ed otra vez con su botella!
-Muy raro es el negocio-declaró Lopaka-,
-Ustoo la ha comprado por menos de lo que
me cootó-rep11có el hombre, restregándose las y mucho me temo que la botella te acarree almanos-. A usted, pues, pertenece ahora, y á gún disgusto serio. Ahora bien; hay algo que está
mí sólo me importa ya ver cómo s·e larga usted muy claro para mí. Del disgusto no te librarás:
pronto de aquí-. Dicho lo cual, el hombre llamó trata, por tanto, de sacar provecho á la botella.
Piensa bien qué es lo que más puedes desear y
á un chino, criado suyo, é hizo que pusiera á
ordena al frasco que te lo procure. Como tú lo
Kive de patitas en la calle.
Ahora bien, Kivc, así como s·e vió fuera, -con alcances, yo te merco la botella. Así como así
la botella debajo del brazo, se pu·so á reflexionar. ando comido de ganas de ser duefio de una go~
lela para irme en ella comerciando de isla en
-Si es verd'ad todo lo que me han dicho, he isla.
hecho un mal negocio-pensó-; pero puede que
-Yo no quiero una goleta-respondió Kive-;
el hombre haya estado burlándose de mí.
pero sí gustaría de una hermosa casa en la cosY á seguida, lo primero que hizo fué contar su
clinero, y le halló cabal. Tenia cuarenta y nueve ta de Kona, donde he nacido. Una casa con jarpe.sos en moneda americana y un peso de ChHe. dín, mucha luz y muchas flores, cristales en las
ventanas, pinturas en las paredes, alfombras
-Eslo ya me va pareciendo cosa &lt;le verasmurmuró Kive-. Hagamos ahora otra prueba µor el suelo y, en las mesas, chirimbolos lindos,
el if-erente.
de todo pun lo como en la casa donde hoy estuLa.s canes de aquella parte de la ciudad estaban ve, si bien con un piso más v una veranda iodo
limpias como la cubierta cte un barco, y, aunque alrededor, igual que en el palacio del rey. Y
era m ediodía, por ellas nq transitaba nadie. Kive habría de ser para vivir allí sm cmdados, de
colocó la botella en el arroyo y echó después á fiesta con mis amigos y parientes.
-Pues bien-dijo Lopaka-; llevémonos la boa.ndar. Dos veces volvió la cara hacia atrás, y
clo.s veces vió -etl panzudo y blanco frasco quieto tella á Hawai, y, si todo sale como tú lo indicas,
te la compraré, &lt;Xlnforme he dicho, y yo, á
en_ el m~smo lugar donde acababa de dejarle. yo
mi vez, pediré la goleta.
~.hró lueg-0 una tereera vez y dobló una esquina.
Así lo acordaron los dos amigos, quienes no
'. h~ aquí que, ap·cna.s lo había hecho, cuando
sintió algo que por detrás le golpeaba en el codo. lardaron mucho en regresará Honolulu, llevando
· 1-!.:ra el largo y saliente cuello d"el frasco, cuya consigo la botella. Apenas_ habían desembarcado,
panza aparecía embutida oe1J1 uno de los bo1sillo~ cuando toparon en la playa con un conocido suyo,
rle la· chaqueta de Kive!
el cual habló en seguida á Kive como para consolarle y tlarle pésame.
·
Y Kive dijo:
Y Kive rreguntó:

�¿Por qué me das el pésame?
-¡Pero es posible que no le hayas enteracto!respondió el amigo-. ¿.No sabes que se murió tu
fío, aquel buen viejecito, y que tu primo, tan gallardo mozo como era, se ahogó en el mar?
Kive, con esto, llenóse de aflicción y, rompien.
rlo en lloros y lamentos, se olvidó de la botella.
Pero Lopaka andaba discurriendo, y á poco, ai;í
romo se hubo mitigado un tantico In pena ele
Kive, dijo de este modo:
- He estado dando vnellas al asunto. ¿~o poseía tu tio nnas tierras en la isla de Ha wai, por
1'1 distrito de Kaú?
-En Kaú, no-rnspundió Kive-. Las tierras
están en la falda de la monlafia, un poco hacia
el Sur de Holrnna.
-Y ahora, ¿serán luyas?
-Sí que lo serán-replicó Kiw, y loruú ú lamentar la muerte de sus deudos.
-Déjate de lamentos por ahora-interpuso Lopaka-, y sigue mi pern,amienfo. ¡.Qué si 1,1 ornrrido fuese obra de la botella? Así lo creo, pnr_que ya te encuentras con terrenos donde rolo('ar la casa que deseas.
-¡ Si ello es así-exclamó KiYr-, mal me sirve la boteUa con malar á mis parientes! Pero ...
quizá sea cierto, porque yo me pintaba la casa
en tal lugar como las tierras de mi tío.
-La casa, sin embargo-añadió Lopaka-,
aún no está construida.
-No-repuso Kive-, y se me antoja que no
llegará á estarlo; pues si bien mi tío poseía unos
cafetales y unos platanares, no darán unos y
otros más que para sustentarme con relativa
holgura. El resto ele las tierras no es más que
negra Java ele los volcanes.
-Con todo-elijo Lopaka-, Yámonos á ver al
notario, porque todavía me fü,!á escarabajeando
la misma idea en el caletre.
Ahora bien, cuando llegaron los dos amigos á
casa del notario, salió á relucir que el tío de KiYe
se había vuelto monstruosamente rico en los últimos días ele su vida, y que había un buen r"Urlal á la disposición de Kive.
-¡He aqui el dinero para la casa!- exclamó
Lopaka.
-¿Está usted pensando en construir unu casn
11ueva?-pregunt9 el notario-. Pnes aquí tengo
la tarjeta ele nn arquitecto cuya pericia me han
: !abado mucho.
-¡l\-lejor que mcjor!--gritó Lopaka-. Ahora
sí que está la cosa clara. Prosigamos obooceiendo las indic&lt;.1C'iones de la botella.
Y con esto s,c fuernn Kive y J..opaka á ver aJ
n rquilecto, á (J1.ltlen hallaron delante de su mesa,
con unos dibujos de casas.
-Usted desea algo fuera ele lo corriente-dijo
el arquüecto--. Pues bien: ¿qué le parecería á
nsled ele una casa por el estilo?-y á la vez
lendía un d.ibl1jo á Kive.
Este, en echando los ojos sobre el papel, rompió en un gruto, porque alli veía su pe-nsamienlo pintado con exaclilucl pasmosa.
-Vaya por e,sla casa-pensó-. Poco gusto yo
d(IJ camino y modo por cl{mde me viene; pero,
con tocio, la tornaré, porque tonto sería de no
aceptar lo bueno con lo malo.
Así, pues, Kive exphlcó al arquitecto cuáles
eran sus deSiCos, entrando en pormenor,e_s acerca
de cómo ~e había de alhajar la casa y sobre las
pinLuras para. acJo.rno de las pa,redes y los chirimbolos y talarrcles para las mesas. Y también preguntó Kive sin ambages ni rodeos cuánto habría de costarle lodo.
El arquitecto hizo, á su vez, muchas preguntas, y lomó su pluma, echó sus cuentas y, al

fin y á la postre, pidió la misma ca,nt.idad quP
había heredado Kive. Lopaka y Kive se miraron y s,e hicieron mutuas sef1as.
-Está cla,ro-pensó Kive-. Qrniera que no
quiera, esta casa ha de ser mía. Del diablo me
viene, y mucho me temo que poco he de ganar
con semejante negot:io. De algo puedo, sin embargo, estar seguro, y es de que no volveré á
formular ningún deseo mient:11as sea mía la botella. Pero, por de pronto, como no me puedo
zafar de la oas,a, ha:ré bien on aeept.ar lo bueno
con lo ma,Jo de ella.
Kive, por tanto, oerró el !ralo con el arquitecto, firmando ambos unos papelotes. Después de
lo cual, Kive y Lo:palm tornaron á embarcars~,
yóndose á Aus1.raHa, porque habían convenido
entre sí que no intervendrían más en el asunto,
sino que dejarían al arquileot.o y al duende embotellado que allá se las compusiiesen para adornar la casa á gusto suyo.
El viaje á Aus:h,aJia fué, en verdad, muy bueno: pero Kive, durante tocio él, anduvo meLlénilosc á sí mismo el resuello para adentro, porque
había jurado no formular ningún deseo nuevo
~' no pedirle al diablo más favores.
Cuando vo.lvió K.ive á su tierra, acababa de
vencer el plazo seiíaJado para la constmcaión
ele la casa, y e&lt;l airquit.edo declaTó que ésta estaba. ya Esta para ser vivida. Kive y Lopaka
lomaron, pues, pasaje á bordo de un barco llamado el Jlall, y en él se fueron, por la costa de
Kona, á inspecdonar la casa y ver si todo se
había bocho conforme á la idea que tenía Kive
pintada en las enlrel.elas ele su mollera. Ahora
bLen, la casa se alzaba en una ladera de la. montafia y cm visible desde los buques que pasan
J}Or allí delante. Encima &lt;le ella snrgía una selva
q11e iba ú ocultarse entre las nubes. Más abajo
&lt;le ella se veía la negra lava de los acanlilndos,
donde ~,acen en sus turnb-as los royes ele ot,ros
1iempos. En dC!I"redor había primero un jMdin
ron flores de todos los matices; de un lado m,
huerto plantado ele papayas, y del olro lado
ol ro huerto plantado de bananos. Y por delante,
hacia el rnar, se JcYanlaba un rnásl-il con su bandera enarbolada. En cuanl-0 á la casa, contaba
lrcs pisos, lodos con piezas amplias y verandas
anchurosas. Las vonlanas eran de cristal, de un
1Tista1 tan claro como el agua y tan lucien le
corno el dia. Toda suerte de muebles adornaba
las habitaciones. De las pa11ecles, en marcos ele
oro, colgaba multilucl de cundros : pinturas
que representaban buques, hombres combatiendo, mujeres lindas y paisajes peregrinos. En
ninguna parle del mundo existen pinturas de
colores tan brillantt1s como las pinturas con que
1, iYe se enconliró en su rasa. Por lo que hace ll
lús chirimbolos y !ntarrclcs, no cabía que fuesen
mús lindos ni variados : relojes de sonería y cnjas de música, monigotes de los que balancean
acompa.sada.m-0nte la c&lt;:1bcza, libros llenos de ei,tampas, preciadas armas df' los más opuestos rinrones del orbe y rompecabezas ingeniosos, muy
á propósito para soJazar los ocios de un hombre
solitario. Y como á nadie le poclría gustar vivir
en tales habilacion('s sin salirse de ellas ni tener
más diviorsión que la de contemplarlas, el arquitecto se había c-uidado de haoor muy ancho:i
los balcones, de modo que en ellos cupiese A
gusto un pueblo entero. Kive no atinaba á deC'idirs.e aecrca de qué le llenaba más: si el pórtico de la fachada poslerior. rlesclc el cual se
goza ele la brisa del monte y se contemplan los
huertos floridos, ó si la. Yeranda del frente, donde
sp beben los aires del mar, se admira el acanlilndo y se ven, ora {)] Ilall pas•anclo una vez ca:da

�semana entre Hookena y los collados de Pe~é,
ora los barqll'itos qve van bordeando la cosn1
en -busca de bananas, de ava y de maderas
finas.
Cuando todo lo hubieron contemplauc bie11,
Kive y Lopaka fueron á sentarse en el pórtico.
-¿ Y qué?-preguntó Lopaka-. ¿Está todo
como tú lo imaginabas?
-No sé cómo ponderarlo-respondió Kive-.
Todo está á las mil maravillas; mejor de lo que
yo soñaba. Tengo un hartazgo de contento.
-Sólo queda, entonces, un punto por dilucidar-d'eclaró Lopaka-. Puede que todo ello sea
muy natural y haya ocurrido sin la menor in tervención del diablo embotellado. Y si yo comprara
la boteila y, no obstante, no consiguiera mi goleta, sería jugar con fuego en balde. Ya sé que
1,emgo empeliada mi palabra; pero presumo que
no repararás en que pongamos previamente á
prueba la botella.
-Y yo te digo que he jurado que no pediría
al diablo más favol'es-respondió Kive-. Con lo
hecho ya estoy bastante hundido.
-No me entiendes-repuso Lopa1rn-. No se
trata de favor ninguno. Lo que pido es no mfu~
que ve.r al propio diablillo ó duende de ese fras-co. Con ello, ¿qué vamos á ganar? No hay, pues,
por qué tener escrúpulos. Considera que, con sólo
verle, estaría al cabo de mis dudas. Anda, préstate á mi d•eseo, y déjame contemp1ar ese diablillo. Si lo ha-ces-aquí está el dinero, en mi
mano-te oompraré el frasco con Jo qu-e hay
en él.
-Sólo tengo que poner un reparo á tu ca1wicho-respondió Kive-, y es que el diablo d'e la
botella puede ser muy fe.o para visto, por donde,
si pones en él los ojos, quizá se te quiten las ganas de concluir el trato.
-Soy hombre que cumpJ.e siempre su palabra-Lopaka respondió-. Y, -en prueba de ello,
aquí pongo, entre loo dos, el dinero prometido.
-Está n1en----&lt;.:oi:J.testó Kive-. Así como a.si,
no siento yo menor curiosidad. Conque ea: s-eíior
diablo, enséñanos esa carn.
Apenas hubo hablado Kive, cuando el diablo
sacó de pronto la jeta d;eJ interior de la botella
y se volvió á colar dentro, con la presteza de un
lagarto. Kive y Lopaka se quedaron hechos unos
marmolillos; y la noche se J.e15 vino encima antes
de que ambos atina:sen á formular un pensamiento y diesen con las palabras precisas para darle
á conocer. Enton-ces fué cuando Lopaka -empujó
el dinero ha.cía Kive y tornó en cambio la botella.
-Soy hombre esclavo de mi palabra-dijo-,
y bien es mene:ster que lo sea, porque de otra
f1uerte no tocaría yo esta botella ni con la punta
del pie. Pero ya que ando metido en ,esto, veré
de conseguir la goleta y unos cuantos peoos para
mi bolsillo. He-cho lo cual, me zafaré cuanto antes de .seme¡a.nte diablo, porque en verdad que
me ha apabullado el aspecto de él.
-Lopakfu-dijo Kive-, no pienses mal de mí,
como puedas remediarlo, porque bie[l yeo que es
de noche y sé que están los caminos malos y
que bay peligro en pasar, á hora tan tardía,
cerca de la tumba c\:e los reyes; pero te confieso
que, desde que he visto esa cara de dentro del
frasco, no podría dormir, nl comer, ni rezar,
mie,ntras no esté rejos de mí. Yo te daré un farol,
y también una cesta para que metas dentro el
frasco, y t-OTna tú cu.ilquiera de las pinturas ú
otro hermoso objeto de los que más te gusten
en mi casa, oon tal de que te vaya.s e.n ,seguida
á dormir á Hookena.
-Kive-replicó Lopaka-, muchos tomarían á
mal lo que me dices, y más -cuando arabo ele hacerte favor tan grande como el de guardar mi

palabra y comprarte el frasco. Hecho est-e trato,
la noche, la obscuridad, el paso cerca de las tumbas, todo ha de ser diez veces más peligroso
para un hombre sobre cuya alma pesa pe•caúo
tan grande y que ll&amp;Va debajo del brazo tal botella. Pero estoy yo también tan espantado que
no te-ngo valor para echarte en cara tu conducta. Voyme, pues, ¡y plegue á Dios que soos dichoso en tu casa nueva y que yo alcance buena
suerte con mi goleta, y que ambos, tú y yo,
vayamos á la postre al cielo, á pesar del diablo
y la botella!
Con esto, Lopaka descendió de la momaña y
Kive se quedó en el balcón del frente, atento al
resonar de los cascos del caballo de su amigc,
y observando la luz del farol por la vereda abajo
y á lo largo del acantilado donde están las cuevas en que yacen los antiguos muertos. Y todo
el tiempo se estuvo Kive temblundo y alzando
las manás cruzadas, y rogó por su amigo, y dió
gracias á Dios por haberse librado él de tan temerosos lances.
Pero llegó el siguiente día, y era este tan luminoso y la casa nueva lan agradable para contemplada, que Kive echó sus lerrores. en olvido.
Y á un día siguió otro día, y Kive vivió en su
casa en continuo gozo. Su lugar favorito estaba
en el pórlico de atrás : allí comía, allí se pasaba
regaladamente las horas muertas, allí leía cuentos y los periódicos de Ilonolulu; pero, cuando
alguien pasaba por cerca de la casa, Kive le llevaba dentro y le enseñaba los cuartos y las pi11t uras. Y así corrió, de boca en boca, la fama de
la casa, á la que en Kona dieron en llamar KaJiale-Nui, ó sea la Casa Grande, y también, á
veces, la Casa muv lucida, porque Kive lenía un
criado chino que se pasaba los días quitando el
polvo y sacando lustre á las cosas, por donde
los dorados, y las preciadas estofas de los muebles, y las pinturas brillaban con el resplandor
de la maliana. Por lo que hace al propio Kive,
no se daba el caso de que se pasease por sus
habitaciones sin ir cantando; tanto era lo que se
le había ensanchado el corazón. Y cuando pasaban buques por el mar, Kive se apresuraba á
saludarlos, enarbolando en el mástil su bandera.
Y fué transcurriendo el tiempo, hasta que una
yez se marchó Kive de visita, no menos lejos
que Kailúa, donde residían unos amigos suyos.
Estos le trataron á cuerpo dé rey y le guardaron
con ellos hasta la mañana siguiente, en que Kive
salió de regreso, tan pronto como pudo, y cabalgó deprisa, porque estaba i~paciente d_e _gozarse de nuevo en la contemplación de su v1v1enda herniosa. Además, ocurría que la noche de
ese dia era la noche en que los muertos de otros
tiempos salen de sus tumbas para recorrer las
laderas de Kona, y como Kive había andado en
tratos con el diablo, por lo mismo le atarazaba
más el miedo de toparse con difuntos.
Y sucedió que, como estuviese un poco más
allá de Honaunau, y mirase lejos delante_ de él,
vió Kive á una mujer bañándose en la orilla del
mar. Parecióle que la mujer era una niña ya espigada; pero Kive siguió su camino sin de~~:
nerse á reparar en ella. Mas luego, á poco, v1_o
Kive cómo flameaba una camisa blanca, al 1r
á ponérsela la moza, é hirió sus ojos el. color
rojizo del hololw ó sayal de ésta. Y a\ l1emp-0
que llegó Kive donde ella estaba, la rnña, que
ya se había vestido, y venía andando y apartándose del mar, se paró en la orilla del camino.
Lucía su rojo hololw; estaba fresca y lozaneada
por el baño, y eran sus ojos tiernos y brillantes.
Y apenas la vió así Kive, cuando Kive detuvo
su caballo.
- Pensé que conocía á lodo el mundo en esta

canciones. Ya no era tan sólo Kive quien se
apartaba para llorar en los rincones, pues los
dos, marido y mujer, se alejaban mutuamente, yendo cada cual á senta.rsti en un ,ext:remo de
la veranda, con todo el ancho de la casa lucJda
ele por medio. Kive estaba t.an hundido en su
afüooión, que apenas ,si notó este cambio, y aun
hasta se alegró de t.e.ner más horas en que estar
solo y cavilar sobre su triste suerte : ya no te11ía tan á menudo que fingir una cara alegre
con el corazón rebosando de amargura.
Y una vez, así las cosas, como Kiva estuvies&lt;'
andando sin ruido por la casa, oyó una voz
cual la de un niño que se lamenta, y se encontró luego con Kokúa, tendida por el suelo de la
veranda, con la cara oculta y llorando comu
llora quien lo ha perdido todo.
.:-Bi~n haces en llorar en esta oasa, Kokúad1¡0 Jüve-. Y, sin embargo, yo daTía mi cabeza
porque siquiera tú fueses feliz.
-¡F,eliz !-exclamó ella-. Kive, cuando vivías
solo en tu mansión lucida, te enseliaban en la
isla con el dedo para muestra de hombre •afor1unado. Canciones y I'isas tenías en los labios
y era tu cara como un amanecer alegre. Dc1:;pués, te casaste con esta pobre ICokúa, y sane
Dios lo que habrá de malo en ella, pero es el
caso que desde ese dia no has vuelto á sonreírte. ¡ Ay !-gritó la pobre-, ¿. cuál es mi culpa?
Pensaba que era linda y sabia que tú me amabas. ¿ Qué hay en mí par.a qu.e mi esposo esté
como ent.re sombras?
-¡Pobre Kokúa!--dijo Kive, y fué á senlansc
al lado de _ella y tr_ató de tomarle la mano, pero
eila la retiró deprisa-. ¡ Pobre Kokúa-repil,ió
Kive-, pobrecilla mía, mi linda niña! ¡Y yo
que me estaba tan creído en que sabía disimular
y no causarte pena! Pues bien, ya que ha ocurrido lo de hoy, todo voy á revelártelo. Entonces
tendrás siquiera lástima de Kive el infeliz; entonces te harás cargo de lo mucho que te ha
amado, pues se arriesgó al infierno por gozarte,
y de lo mucho que aún te ama, ¡ oh, mísero
condenado!, pues aún sabe sonreír cuando te
mira.
Y con esto, lo refirió todo á Kokúa, desde un
principio.
-¡Has he-cho todo eso por mí!-excla.mó
ella-. ¡ Ah, entonces, qué me importa lo pasado !-y le abrezó y lloró sobre él.
-¡Ay niña !-dijo Kive-. Pero cuando me
acuerdo de las llamas del infierno, entonces no
deja de imporlmme á mí.
-¡No. me lo digas!-griló ella-. ¿Qué hombre habrá que se pierda y se oon&lt;lene sin más
culpa que la de amar á su Kokúa? Yo te digo,
Kive, que oo s,alvaré con estas manos o que me
condenaré contigo. Pues qué, ¿me amabas y
vendiste tu aJma, y piensas que yo no sabré morir para salvarte en pago de tanto amor?
-¡Ay, amada mía! Podrías morirte cien veces
y las cosas ya no mudarían, salvo en lo de dejarme solo aquí, hasta que llegara -el momento
de mi condenación.
-Sabes poco ó nada-replicó ella-. Yo he sido
e~ucada en una es-cuela de Honolulu, y no soy
ninguna moza vulgar. ¡Yo te digo que te salvaré,
oh, amado mío! Tú hablas de un centavo; pero
no con,s1deras que no todo el mundo es americano. En Inglaterra gastan cierta monedilla que
llaman tarthing y que vale la mitad de un centavo, sobre poco más ó menos. Mas, ¡ay!, que
esto no lo arregla, porque el comprador de la
botella tendría que perderse, y no be de encontrar nadie tan valiente como el Kive mío. Pero
a_hora n:ie acuerdo que existe Francia, y en Francia se s1rven de una moneda que llaman céntimo,

y con cinco de e,stos se llega al valor de un centavo escaso. ¡No podríamos -encontrar mejor salida á nuestra dificultad! ¡Vámonos, Kive, vámonos á las islas de los franceses, vámonos á Tahiti, todo lo deprisa que pueda transportarnos
el buque más ligero! Allí dispondremos de un
margen de cuatro céntimos, cie tres céntimos, de
dos y hasta de un céntimo. Cuatro cambios ó
ventas son aún posibles, y noootros somos dos
para hacer más fácil el negocio. ven, Kive, dame
un beso y sacude lus pesares. Kokúa te defiende.
-¡Oh, don del cielo!-exclaÍnó Kive-. Me resisto á creer que Dios puó.'iera castigarme por
amar y desear algo tan bueno como tú. Hagamoti
lo que dices, llévame donde quieras: pongo mi
vida y mi salvación entre tus manos.
Temprano, al día siguiente, andaba Kokúa haciendo sus preparativos. Tomó el baúl que Kive
había llevado ·en sus anci:anzas marineras. En un
rincón de él colocó cuidadosamente la botella, y,
luego, acabó de llenarle con los mejoroo trajes
suyos y de sn marido y con los más lindos chirimbolos. de la casa.-Es men~ster-pensó-que
nos con•s1deren como á gente nea, porque si no,
¿qnién creería en el poder de la botella?
Todo e-1 tiempo que el.tiraron los preparativos
anduvo Kokúa alegre como un pájaro; sólo cuando miraba á Kive se le saltaban las lágrimas á
los ojos y le era preciso interrumpir su faena
para correr á él y darle un beso.
Por lo que hace á Kive, se le había quita,do
un peso áel alma, y ahora que había compartido
su secreto y que sentía alguna esperanza de redención, le parecía ser un hombre nuevo. Sus
pisadas tornaban á ser leves, y Je ,e,ra otra vez
grato el resrfrar. Pero aún tenía el terror á sus
espaldas y, de cuando ,e'IJ cuaná'o, así como el
viento mata una candela, así moría la esperanza en él, y de nuevo veía las llamas movedizas
y el rojo fuego del infierno.
I~ive y Ko(&lt;~a dieron á entender en la isla que
se iban de vrn¡e de !'e-creo á los Estados Unidos.
La gente lo encontró extraño, pero más extraño
hubiera parecict•o la v€rclad, de haber podido adivinarla alguien.
Kive y Kokúa se mar&lt;:haron en el Hall á Honolulu, y desde allí, en el Umatilla, á San Francisco, en compañía de una multitud de haoles. En
San Francisco tomaron pasaje á bordo de un
bergantfn correo, El ave de los trópicos, que iba
á Papeete, la ciudad principal de los franceses
€n las islas del !\far d-el Sur. A Papeete llegarnn
un hermoso día, después de agradable viaje. Vieron la costa, donde rompían las olas blancas, y
Motuiti, con sus palmeras, y los barcos bailando
en la bahía, y la ciudad recostada á lo largo
de la _playa, entre la verdura de los árboles, y,
por cima, los montes y las nubes ele Tahiti, la
isla sabia.
Determinaron que lo más acer::1,10 s'1 in nlquilar una casa, y así lo hici-eron, lu111:·111d11l,, i,cnte
por frente al Consulaúo inglés, á n,, de hacer·
mucha muestra de su dinero y de lucirse con coches y caballos. Ninguna dificulta.a había ein esto
mientras estuvieran en posesión de la botella'
porque Kokúa era más osada que Kive y no s,e,
andaba ron chiquitas para evocar al duende embotellado y pedirle una veinteina ó un ,centenar
de pesos. Y, de este modo, pronto fueron notados
y ~onocidos en la ciud'ad. Loo dos extranjeros
recién vemclos de Hawai, ·sus coches y caballos,
y los hermosos holokúes de Kokúa y sus encajes
finos, t?do fué bien pronto terna para mucho comentarm y mucha conversación entre la·s gentes.
Al Cdbo ue poco tiempo, Kiv!) y Kokúa lograron componérselas con el lenguaje tahitiano, que
en verdad se asemeja por extremo al de Hawai,

�salvo en que algunas letras 'san dislinlas. Y, a:;í
como tuvieron facilidad
v dominio lmstante dl'
palabras, comenzaron iL
ofrecer su botellita. Al
llegar aquí, debe consitlerurse qul' 1111 era el 111 gocio de lo:; lJIIC !icner·
llana la enlrad·1 rn n1nleria, y que no era Uwil
q11I' Ki\·e y Kokúa wrs11arlie:-;en fl la gente 4u;:
eslahan hablando dr , ...
ras al ofrer1•1· por r11r1tro céntimos un venern
inagotable clP riquews.
Era le~, a&lt;le111ús, preciso
entrar en pnrmenor1·,
explicar las razones de
la \'Cnta y los peligros
que traía ('I frasco. Entonces, ó bien se negnban los o,·rn!Ps ú- r1•per
mm pizca· clt•I !'aso, &gt;' s.echaban á reir, ú IJil'll :,;,,
paraban mús en la parle
fea y tenebrosa del as 111110, &gt;. se ponían muy ·serios " llenos rlc gru\'cdad, y desprclían á Ki\·e
y ú Kokúa como á personas que andan en malos tratos con el diablo.
Y así, en Yez ele. ganar
terreno, eslns dos infPlires Je iban pereliend11
cada clía, y In gentr. dii',
rn ir a1rnrlán&lt;lose &lt;Ir
ellw;, y los nifios, i•11
Yi0nclolos, sn1ían grilalido y de estainpia. Eslo
úllimo era pura Kokúr
inlolerable cosa.
En cuanlo {1 los ealólicos, se persig11aban al
Yer á los cxlrunieros, ,.
ln&lt;lo el mundo, cual &lt;le•
&lt;·O1ll(in acuerdo, los dió
de lado \' l'Phu\'ó los
anrnr('s qi.1r Pllos ·1es hacían.
Y nsí se ahaliernn s11s
cspíril 11s y se llcnarn11
lll1lbos ele afli!'!'ión. Solían Sl'lllars(' j11n:os. JIOl'
In 11uehr, rn sn 1111eva
rnsn, al cubo de• cada din
(lp ~ll_f"Ca .I' 1ráfago UIIS)()~J~llTIO, , . nn cambiaba II paln bra, .,· sólo SI'
rompía ('l silrnrio cn11
a lgi'111 repen I ino sollozo
de Kokt'la .. \ wce~ r"zaban junios: ;'1 veces saca !Jan la bnl1'ili1 1· la cól&lt;H'Hbnn dcln11lp ¿le ellüs,
en el sueio, r $-~ pasaban
las horas conle1nplnndo,
fusrinados, la sonibra
que sr rebullía en el inleriur de rila. En tales
UL'H-~ioues, h•s daba lneqo
mi&lt;&gt;du de ir ú acoslnr!:'''
y ·dPs&lt;:ausar. Tardaba
111ucho el sne11O en "llP1·
snhre sus ojos, y, si se

· dormía al fin uno lle los dos cu11:;o1·lcs, era, ó
para despcrlu r:se pronlu y lwllur al olro llorando
silc11ciosumentc en lus linielJla:;, ó para encon1rarse solo y con que el otro había huido de la
tasa y de la vecindad de la botella y andaba
da1Hlo vueltas bajo los bananos del pequeüo jardín ó errante por la playa, ú In luz de la luna.
,\sí sucedió una uoche en que Kokúa desperlaru. !&lt; ive hulJíu huido La 111oza palpó la ramu.
El sitio de su esposo e:,luba frío. Ento11cPs cayó
el terror sobre Kokúa, y Kokúu se sentó en el
lecho. Entraba un poco de la luz de lu luna por
las rendijas de las conlraventanas. Eslnba rlaro
el cuarto, y Kokúa. di\'isó la botella. sobre el
suelo. Fuera, soplaba recio el aire, gemían los
grandes árboles de la calle y las hojas caídas corrían por la veranda con bullicio. En medio de
estos rumores, notó Kokúa otro sonido, un sonido del que no supo discernir SI provenía de un
hombre ó de una fiera; pero era más triste que
Ju muerte y le llegó punzante al alma. Se levantó
despacio y con cautela, abrió la puP.rta y miró

al p,tliu, il11mi1tado por la lu11u. \llí, al pie de ll!S
hu1tm1us, yada Kiw, hu11dida Ju boca en el polvo, g11uiendo cc,11 espantosa ungustia.
El primer pPn::;amicuto de Kokúa estuvo en
correr y consolar ú su lllarido; pero el segundo
la hizo purursr L'l1 tlrrne. Kive :;e había portado
siempre delante de su 111ujer c:01110 se porta uu
lwmlJrc valeroso. :-.Ju! hubiese estado en ella, en
nquel punto de flaq11l'ZH, a,;crgunzarle ron su
presencia repenliua. Hcflexionaudo en e:;to, Kokúu tornó ú eutrar en cusa.
- ¡ Ciélos ! pensó-. ¡ Qué descuidada y débil
11,r he mostrado! El es, nu yo, quien corre u11
peligl'O eterno. l!.:I es, no yo, quien tornó la maldición sobre su alma. Pur mi, por amor á una
niaturu lan ruin y que pura tan poco sirve, co11lem11lu ahora cercanas las llama:; del infierno y
olfatea el h111110, lirado ahí fuera. por la tierra,
bajo lo. luz dr ht luna. ~· el azote de los vientos.
¿. Será que tan torpe y corta soy de alcances qu,·
hasla ahora no he comprendido cuál es mi obligación'? ¿Será que, conociéndola, roe he apar-

�'i

1

tado hasta ahora &lt;le ella? Como quiera que sea,
ahora, movida de amor, empuñaré mi alma y la
haré cumplir con lo que debe; ahora me despediré
para siempre de las purrlas del cielo y de los
que allí me aguarden. Amor por amor, ¡ que al
ele Kive corresponda el mío! ¡ 1\ lma por alma,
y sea la mía quien perezca!
Kokúa era mujer diestra ae manos; pronto esluvo vestida. Tomó el cambio necesario, pues
tenían de continuo preparados los céntimos que
habían menester, ya que es moneda poco corriente y de la cual cuidaran, por lo mismo, de
proveerse en las oficinas del Gobierno. Cuando
Kokúa se encontró en la calle, el viento había
traído nubes y estaba la luna oculta. Dormía la
ciudad. La moza no sabía hacia donde volver
sus pasos, hasta que oyó á alguien tosiendo e1,tre la sombra arrojada por los árboles.
-Buen viejo-dijo Kokúa-, ¿qué hace usted
aquí, en la noche fría?
El viejo, con la tos, apenas si podía hablar;
pero ella logró averiguar que el hombre era extranjero y pobre.
-¿Quiere usted hacerme un favor?-le pregm,tó Kokúa-. Como un exlraüo ayuda á otro, como
un anciano á una moza, ¿quiere usled ayudar a.
una h1¡a de Hawai?
-¡Ah!-dijo el anciano-. ¿Con que es usted la
bruja de las ocho islas y procura usted embaucarme y robarme el alma? i✓ues sepa que yo he
oído hablar de usted, y puedo desafiar todas sus
maldades.
-Siéntese á mi lado-replicó Kokúa-, y présteme atención- . Y Kokúa refirió al viejo toda la
historia de Kive y la botella.
-Y ahora-añadió al terminar-, sepa usted
que yo soy la mujer de Kive, aquella que él compró á costa de la salvación uel alma suya. ¿Que
es, por tanto, lo que me loca hacer? Si yo luese
en persona y dijese á mi marido que quiero comprarle la botella, él se negalia á vendérmela.
Pero si usted va, él se la venderá de buena gana.
Yo aguardaré á usted en esle mismo sitio. Usted
la comprará por cuatro céntimos, y yo se la
compraré á usted por tres. ¡Dios me dé ánimo,
infeliz de mí!
- Si usted estuviera pensando en engañarmedijo el viejo--, creo qn~ J?10s heriría á usted
aquí mismo de muerte subita.
-Si que me heriría-gritó Kokúa-; sí, créalo
usted. No podría ser artera. ¡Dios no lo cansen,
tiria!
-Deme usted los cuatro céntimos y aguárdeme-dijo
hombre entonces.
Así que se hubo ido éste, y eu sintiéndose Kokúa sola, desfalleció el espíritu de ella. Mug1a
el viento entre los árboles, y la moza creyó estar
oyendo ya el rumor de las llamas infernales.
Sombras de las ramas cruzaban la luz de las farolas callejeras, y á Kokúa se le antojaron garras de los espíritus malignos. De haber temdo
fuerzas para ello, hubiese echado á correr; y, de
haber tenido alientos, hubiese prorrumpido en
gritos; pero, en verdad, no podía hacer ni lo
uno ni lo otro, y allí se estuvo queda y temblando
en el arroyo, como un medroso niüo.
Y Juego vió al anciano qne regresaba, trayendo la botella entre sus manos.
- Cumplí el encargo ue usted- dijo--. He dejado á su marido llorando romo una criaturita.
Esta noche dormirá en paz. Y tendio á Kokúa la
botella.
-Antes de estregármela - resolló Kokúa - ,
lome usted lo bueno con lo malo. Pida verse libre de la tos.
-Soy un viejecito-repuso el hombre--, y me
veo demasiado cerca de las puertas de la muer-

te para andar pidiéndole favores al demonio.
Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué no toma la botella? ¿Ahora duda?
-¡No, no dudo!-e'xclamó Kokúa-. Es que me
apoco y que me aflijo. Aguarde nada mas que un
momentico. Mi mano se resiste, mi carne se encoge toda al contacto del maldito objeto. ¡Nada
más que un momentito, por favor!
El viejo miró á Kokúa con ternura.
-¡Pobre nifía!--dijo-. Teme usted; le falla el
ánimo. Pues bien; déjeme y me quedaré con la
botella. Viejo soy; ya no puedo ser dichoso en
este mundo, y, en cuanto al otro ...
-¡Démela!-sollozó Kokúa-. Aquí tiene el dinero. ¿Cómo ha podido usted creer que sería yo
tan cobarde y traicionera? Deme, deme el frasco.
-¡Dios la bendiga!-respondió el vieJo.
Kokúa ocultó la botella entre los pliegues de
su holoku, se despidió del anciano y echó ~ _caminar por la avenida, sin saber á dónde, m 1moortarle. Todos los caminos eran ya iguales para
ella todos conducían al infierno. A veces andaba, ~tras corría, á veces daba voces en la noche,
a veces se arrojaba al suelo y lloraba sobre el
polvo. Todo lo que ella h~bía ~ído dec_ir del Infierno volvía á su memoria: veia relucir las llamas, olfateaba el humo, sentía las carnes suyas
achicharrarse entre carbones.
Cercano el día, serenóse Kokúa un poco, Y. regresó á su casa. Alli estaba Kive :cual _el anc1a1:o
le dijera: durmiendo como una crtalunta. Kokua
s,8 estuvo un rato quedamente y mirándole la
cara.
á ·
-Ahora esposo mío-murmuró-, te toca h
dormir. C~ando te despiertes, te llegará el turno
de cantar v de reírte&lt;. En cuanto á la pobre Kokúa, ¡ay de mí, que nunca _quise ~l _mal!, para
ella no habrá ya jamás canc10nes m aeleites, así
em la tierra como en el cielo.
En diciendo lo cual se recostó en el lecho, al
lado de su esposo. Y -era tanta la congoja Y el
cansancio de su espíritu, qu,e en segmda -cayó
sobre ella un suefío profundísimo.
.
Tarde por la maflana, la desp·ertó su maflldo
y le dijo la buena nueva. Pareda atontado por la
aJ.e,&lt;1ría pues no reparó en la tristeza de Kokúa,
auiZque harto mal disimulaba ella su pes~r. Kokúo. no lograba decir ni dos palabras ¡untas,
pero importaba poco: !Uve se bastaba para la
conversación, suelta la taravilla a:e su lengua.
Ella no ,comió; pero ¿quién había allf para notarlo siendo así que Kive arrebañaba todos los
platos? Kokúa le oía y Je veía como se oven y se
ven las cosas en los sueños. Momentos había e!1
qne s•e olvidaba de lo ocurrido, y entonces reclinaba la frente entre las manos. Saberse condenada y estar oyendo la charla alegre de1l esposo,
le parecía cosa fantástica y. mon,str~ooa.
Y todo el tiempo estaba Klve comiendo y parloteando, haci{mdo proyectos para el viaje de regn:so, dando las gracias á Kokúa por haberle
,;alvad:o y nombrándola su ampara.dora y su remedio. Y se reía del viejo, que fué bastante tonto para comprarle la botella.
- Parecía en verdad un anciano r espetabledijo-- pero no se puede juzgar por las apariencias. ¿Para qué querría .ese bandido la botella?
-Esposo-murmuró Kokúa humildemente---,
puede que fuese bueno su propósito.
Kive s-e rió como un hombre que está enfadado.
-¡Música!-gritó !Uve-. Es un tuno, te lo
diao yo y además un majadero; porque ya era
11;'rto dif(cil venct·er la botella j)Or cuatro -céntimos y por tres será imposible. No hay margen
bastante para otros cambios, y ya comienza el
asunto á oler á chamusquina. ¡ Huy !-exclamó,
tiritando con el miedo-. Verdad es que yo la

compré por un centavo; cuando no sa):&gt;ía que
existen otras monede..;; de menos valor aun; pero
fui un tonto, y ya no se dará otro tonto igual.
Quien tenga ahora la botella, con la botella cargará hasta el infierno.
.
.
.
-¡Oh, marido!-gritó Kokua-._ ¿No p1~nsas
que es terrible cosa hallar la propia salvación á
costa de la condenación eterna de otro? l\le parece que yo, en tu lugar, no podría reírme en
modo alguno. M-e sentiría humilde, me sentiría
llena óe melancolía; rezaría á Dios por el poseedor de la botella.
Entonces Kive, sintiendo la verdaa de lo dicño
por Kokúa, se puso aún más enfadado.
-¡Pamplinas!-gritó Kive-. Abrúmete la melan-colía, si te place; pero I:º debería de portarse
así una esposa buena. ¡S1 pensaras en mf un
poco, te daría vergüenza lo que dices!
Y, con esto, se marchó, y se quedó sola Kokúa.
¿Qué probabilidades tenía de veno:er la botella por dos céntimos? Calcuio que ninguna habría. Y aunque la hubiera, ¿para qué ya, cuando con tanta prisa pretendía su marido irse á
Hawai, una tierra donde no hay monedas inferiores á un oentavo? Además, en la misma mañana en que ella se había sacrilicado, ya eslaba su
marido abandonándola y echándole en cara
faltas.
Y Kokúa ni siquiera intentó aprovechar eil
tiempci que aún le queá·aba de estar en la isla
de Tahiti, sino que se quedó en la casa, donde
á ratos sacaba la botella para contemplarla con
espanto, y á ratos, con espanto, la escondía apresuradamente.
Al cabo de algún tiempo pe,gresó Kive, empefíándose en sacar á su mujer de paseo en coche.
--l\larido, estoy enferma-dijo Kokúa-. Tengo mal cuerpo y poco humor. Di:spénsarn1::, pero
n-0 estoy ahora para diversiones.
Entonces sí que se enfadó de veras Kive: con
ella, porque se la imaginaba pesarosa por el viejo; consigo mismo, porque no podía menos de
pe,nsar en que no le faltaba á Kokúa la razón,
y á él le daba vergüenza su alegría prop!a.
-¡Conque esa es la fe, ese el amor que me
tienes!--gritaba Rive-. Acaba de salvaree tu
marido de la eterna condenación en que C;uyera
por lograrte, y no si-entes tú contento algune&gt;_
¡Kokúa, tu corazón es falso!
Y así prosiguió enfurecido, y se marchó y estuvo correteando por la ciudad el día entero. Topó
con unos amigos, y bebió con ,eJloo, y todos juntos alquilaron un carruaje y en él se fueron de
juerga al camr-0, y en el campo tornaron á beber.
Pero todo el tiempo anduvo Kive inquieto, asl
porque se divertía mientras estaba afligida su
mujer, como porque bien S"C le alcanzaba que la
razón -estaba de parle de Kokúa. Y el saberlo
y comprenoerlo fué causa de que Kive bebiera
más y más aquella tarde.
Ahora bien, emborrachándose oon Kive andaba un haole muy bruto y viejo, que había sido
contramaestre de un barco ballenero, y también
vagabundo, y minf!ro en una mina de oro, y luego
presidiario. Era hombre perverso y mal hablano, que gustaba de beber y de hacer que bebi•etran los demás. Y así empujaba á Kive para que
empinara má.is el codo; y, de esta suerle, pronto
se encontraron sin dinero los ó-Os y sus demás
amigos.
-Oye, ahora que recuerdo-dijo el hombre--,
siempre te- has dado pisto de ricacho. ¿No ha"blabas sin parar de una botella de raras virludes
ó de otra oosa por el estilo?
--Sí-replicó Kive-, soy rico. Iré á casa y petlil·é dinero á mi mujer, quien lo guarda para m1- ~fala costumbre es esa, amigo-contestó el

contramaestre-. No t-e fíes nunca de faldas para
guardar dinero. Las mujere,s son traio·oras como
el agua. ¡Ojo con la_ tuya!
.
Como Kive estuviese mareado por la bebida,
tales palabras causaron impresión en la mente
de él.
-¿Qué de particular tendría que Kokúa me
fuese falsa'?-pensó Kive-. ¿Por qué, si no, .eslaría ella lan triste cuando me he salvado? Pero
yo le probaré que Goy hombre que no aguanta
burlas. Ahora mismo iré á sorprenderla.
Y de acuerdo con lo dicho, en regresando á la
ciuctad, Kive indicó á su amigo que Je aguará'ase
cerca del calabozo antiguo, á la vuelta de la esquina, y se fué solo por la avenida hasta la puerta de su casa. Había caído olra vez la noche., y
se veía dentro luz; pero no se oía rumor alguno.
Kive, entonees, dió media vue_tla, dobló la esquina callandito, abrió con suavidad la puerta trasera y miró en el interior.
Allí estaba Kokúa, de rodillas sobre el suelo,
una lámpara á su laoo, y delante de ella un fras-.
co blanco cual la leche, de redonda panza y cuello 1ar&lt;10. ~Iientras le contemplaba, Kokúa retorcía ~us manos en silencio.
Largo ralo se estuvo Kive quieto y mirando
por la entornada puerta. Al principio se había
quedado hecho un tarugo; luego le entró mieoo
cte que hubiese habido algún error fatal en lo de
la venta de la botella y de que la botella hubiese
vuelto á él como volviera en San Francisco. Al
ocurrírsele esto último, flaquearon sus rodillas
y los vapores del vino s,a disip~n en su me_nte
como se disipa con el alba la mebla o·e los nos.
Más, después, se Je ofreció otra idea, ~!1ª idea.
extraña, que hizo subir fuego á sus me¡lllas.
-Tengo que poner este asunto en clar?-pensó Kive, y cerró la puerta, y dobló, d~spac10, (!tra
vez la esquina, y luego entró haciendo ruido,
por la puerta delante,ra, tal corno si acabase de
llegar. Apenas había abierto la puerla, y ya
no se veía bolella alguna. Ko1,.,úa estaba sentada
en una silla y danuo un l'elSpingo como quien
acaba de despertarse de repente.
-He estado bebie-ndo y divirtiéndome todo el
día~ijo Kive-. He andado de fiesta con unos
buenos amigos míos, y ahora sólo he vuelto -e~
busca de dinero, para irme á beber más y á divertirme tociavía.
--Eres muy duetio--respondió Kokúa- , y haces bien eu gastar Jo tuyo.
Su voz sonaba temblorosa.
-Todo lo que yo hago está. bie,n hecho- :respondió Iüve, y se fué derec~uto _al armario y
tomó dinero. Y, al tomarle, mlfó s1 estaba la botella allí, donde solfa estar guardada· pero allí
no había botella alguna.
Al percatarse de tal ausencia,. pareciól_e ~ Kive
que &amp;a le venia el armario encima, y smtió que
la casa se bamboleaba toda como si hubiese un
taremoto, porque comprendi~ lo ocurri?º• y
que ya estaba perdido para siempre y sm remedio.
-Ha pasao·o lo que me temía. Ella compró el
frasco-dijo para sí.
A poco, logró Kive repone_J1Se, y se alzó del
suelo, por donde rodara un mmu(&lt;? antes; pero, el
sudor corría por su cara más copioso que la huvia y más frío que el agua-ni·eve.
- Kokúa-dijo-, hoy te hablé y le tralé como
no debía hacerlo. Ahora voy á volve.r á la fiesta
con mis alegres compafieros, y me sabría mejor
el vino si llevara conmigo lu perdón.- Y, al decir
esto, Kive se reía con risa extrañ_a y q,uiela.
Kokúa abrazó al punto las rodillas de K1ve y
luego se las besó, con lágrimas abundantes.

�- ¡ Oh !-exclamaba la pohr&lt;' . ¡ Sólo pedía de
ti una palabra de ternura!
-Kokúa-replicó Kive-, nunca volvamos á
pensar mal el uno del otro.- Y, á seguida, se
marchó de la casa.
\hora bien; Kive no habla lomado más dinero
que unos cénl imos ele los que se proveyera á su
llegada á la isla de Tahili. No estaba él para bebidas, ni era es" zu propósito. Su mujer había
vendido su alma por salvarle; ahora le tocaba
á él vender la. suyo. para rescatar la de su esposa.
:\:o le cabía otro penso.m1enlo en lu cabeza.
En la rsquina, cerca del calabozo anlig110, estul&gt;a aguardándole et mari11cro viejo.
~fi mujer ti&lt;&gt;11e la bolella--dijo Ki\'e- , y, á
rnenos q ue me ayudes lú á re,;obrarlu, ya no podremos trnrr dinero ni bebicl,,s Psln noche.
¿~o me vas á dedr que hablas de Ju botella
e11 serio?-griló el rr,áriuo.
-Aquí estoy bajo la lm de una farola-respondió Kivc-. :\lírame cle~pacio y dime si tengo
caru de estar de broma.
-En wnlad que no-rrpuso el ronframnestre-. Tienes una jeta rnúc; lrist,! que un fantasma.
-Purc; bien, aquí lie11e;; dos céntimos. \'&lt;'le á
casa, acércate á mi mn;er y ofrécec;elos á trueque
de la botella. Seguro estoy, ó murho me engar1o,
de que le In dará r n seg11ida. Trá1•lela aquí, y yo
volveré á comprarla, cfándotr por ella un céntimo, porque has de saber que es condición de la
botella que siempre se la compre por menos dinero que antes. ¡ Ah, y hazle cargo de que, é:ualquiera cosa que se te ocurra y digas, no debes
!::&gt;ollar prenda acerca de rslos trutDs que contigo
rstoy haciendo!
-Amigo-gritó el marinero-, ¿qué monsergas
me cuentas? ¿Pretendes tomarme el pelo? ·
-);i lo pretendo ni hay por qué tomártelorespondió Kive-. ¿A qué conduciría?
- A nada, en verdad-dijo el marinero.
- P ues, entonces, no dudes de mi y haz u_na
prueba. En cuanto salgas de la casa, sólo tienes
que desear encontrurte con el bolsillo lleno de dinero, ó con una botella de ron entre las manos,
y ya conocerás lo. fuerzo. mágica de mi frasco.
-Bien, bien, Kanaka-repuso el marinero-.
Haré la prueba; pero s[ 1·esulla que te has burlado de mi, ya sabré quitarte del cuerpo el buen
humor á puñaladas.
Y el ballenero se fué por la avenida arriba, y
Kive se sentó para aguardarle. Estaba cerca del
lugar donde aguardara Kokúa al viejo la noche
antes; pero Kirn ai1daba con más resolución

que su mujer: no titubeó &lt;&gt;n su propósllo, aunque tenia el alma sumida en desconsuelo amargo.
Anlojósele que era mucho el tiempo que había
tenido que nguardar, hasta oir una YOZ que se
acercaba ca,~tando en las sombras de la calll•.
Rccunoci6 Kive la \'OZ del marinero, mas parceióle de pronto la la! voz mucho más vinosa y
rcmca que antes.
Luego, de pronto, el hombre apareció, dando
tumbos y traspiés, á la luz de las farolas.
Traía la botella del diablo metida entre su pecho y la cho.quetu bien abrochada. En la mano,
otrn botella, que alzó en llegando para echarse
al coleto un trago largo.
-¡Tienes la bolella!-dijo Kive . Ya la veo.
-i Eh, manos quietas! - gritóle el hombre,
dando un l&gt;rinco hacia atrás-. Si le arrimas á
mí de un solo paso, te machucaré el morro á
golpes. ¿. Pensabas y piensas que ibas á eng&lt;,1flarmc y ú servirte de mí para tus fines-? Pues
le equivocas de medio á medio.
- Pero ¡.qué dices?-clamó Kivc.
-¿Qué digo?--rcspondió el rnarin&lt;&gt;i:o-. ¡ Digo
que esta es una botella estupenda; digo que no
sé cómo me la hnn dado por dos céntimos, y digo
que lo que es tú, no la tendrás por uno!
-¿. PretPndes no wndérrnela '?-resolló Iüve.
-¡Quiú, hombre, quiá! - gritó el marinero-.
Pero, si gustas, le ciaré un traguilo.
-~lira dijo Kive-, mira que, el hombre que
posee esa botella, en el inflPrno ha de parar.
- ¡ Psch ! Allí he de parar de lodos modos-rrspondió el marinero-, y &lt;•sin botella es la cosa
mejor con que he toparlo nunca pura llevarmr
allí. -¡ ~o, hombre, no !-gritó otra vez-. I.a
botella. rs mía ahora, y ya puede-; ir en busPa
de otra.
-¿Pod.rá ser verdad lo que esto~• oyendo?exclamó Kive-. ;Te lo ruego, por tu propia salvación ; véndemela !
-Ea, basta de charla-repuso el marinero- .
Te figuruste que yo era un lila y un primo. Ahora
caerás &lt;&gt;n la cuenta de que no lo soy, y punto
concluido. i-:,i no quieres un trago de ron, le
tomr&gt;ré yo ú tu salud. \'aya por ti, y buenas
noches.
Dicho lo cual, el marinero clió la vuelta y se
marchó por la avenida abajo.
Y así de::;aparecr de la presente historia la
botella con su diablo embotellado.
Pero Kive corrió ú juntarse con Kokúa, ligero
como el \·iento. Grande fué la alegría esa nochl'
en la cac;a de ambos, y grande, desde entonres,
ha sido la paz de sus díoc; en la mansión Incida.

ROBERT L. STEVENSON

Traducción directa del inglés por Luis V alera y MarUn, .\Jarqués de Villasinda

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Stevenson, Robert L. (Robert Louis), 1883-, Colaborador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Robert L Stevenson</name>
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                    <text>- ¡ Oh !-exclamaba la pohr&lt;' . ¡ Sólo pedía de
ti una palabra de ternura!
-Kokúa-replicó Kive-, nunca volvamos á
pensar mal el uno del otro.- Y, á seguida, se
marchó de la casa.
\hora bien; Kive no habla lomado más dinero
que unos cénl imos ele los que se proveyera á su
llegada á la isla de Tahili. No estaba él para bebidas, ni era es" zu propósito. Su mujer había
vendido su alma por salvarle; ahora le tocaba
á él vender la. suyo. para rescatar la de su esposa.
:\:o le cabía otro penso.m1enlo en lu cabeza.
En la rsquina, cerca del calabozo anlig110, estul&gt;a aguardándole et mari11cro viejo.
~fi mujer ti&lt;&gt;11e la bolella--dijo Ki\'e- , y, á
rnenos q ue me ayudes lú á re,;obrarlu, ya no podremos trnrr dinero ni bebicl,,s Psln noche.
¿~o me vas á dedr que hablas de Ju botella
e11 serio?-griló el rr,áriuo.
-Aquí estoy bajo la lm de una farola-respondió Kivc-. :\lírame cle~pacio y dime si tengo
caru de estar de broma.
-En wnlad que no-rrpuso el ronframnestre-. Tienes una jeta rnúc; lrist,! que un fantasma.
-Purc; bien, aquí lie11e;; dos céntimos. \'&lt;'le á
casa, acércate á mi mn;er y ofrécec;elos á trueque
de la botella. Seguro estoy, ó murho me engar1o,
de que le In dará r n seg11ida. Trá1•lela aquí, y yo
volveré á comprarla, cfándotr por ella un céntimo, porque has de saber que es condición de la
botella que siempre se la compre por menos dinero que antes. ¡ Ah, y hazle cargo de que, é:ualquiera cosa que se te ocurra y digas, no debes
!::&gt;ollar prenda acerca de rslos trutDs que contigo
rstoy haciendo!
-Amigo-gritó el marinero-, ¿qué monsergas
me cuentas? ¿Pretendes tomarme el pelo? ·
-);i lo pretendo ni hay por qué tomártelorespondió Kive-. ¿A qué conduciría?
- A nada, en verdad-dijo el marinero.
- P ues, entonces, no dudes de mi y haz u_na
prueba. En cuanto salgas de la casa, sólo tienes
que desear encontrurte con el bolsillo lleno de dinero, ó con una botella de ron entre las manos,
y ya conocerás lo. fuerzo. mágica de mi frasco.
-Bien, bien, Kanaka-repuso el marinero-.
Haré la prueba; pero s[ 1·esulla que te has burlado de mi, ya sabré quitarte del cuerpo el buen
humor á puñaladas.
Y el ballenero se fué por la avenida arriba, y
Kive se sentó para aguardarle. Estaba cerca del
lugar donde aguardara Kokúa al viejo la noche
antes; pero Kirn ai1daba con más resolución

que su mujer: no titubeó &lt;&gt;n su propósllo, aunque tenia el alma sumida en desconsuelo amargo.
Anlojósele que era mucho el tiempo que había
tenido que nguardar, hasta oir una YOZ que se
acercaba ca,~tando en las sombras de la calll•.
Rccunoci6 Kive la \'OZ del marinero, mas parceióle de pronto la la! voz mucho más vinosa y
rcmca que antes.
Luego, de pronto, el hombre apareció, dando
tumbos y traspiés, á la luz de las farolas.
Traía la botella del diablo metida entre su pecho y la cho.quetu bien abrochada. En la mano,
otrn botella, que alzó en llegando para echarse
al coleto un trago largo.
-¡Tienes la bolella!-dijo Kive . Ya la veo.
-i Eh, manos quietas! - gritóle el hombre,
dando un l&gt;rinco hacia atrás-. Si le arrimas á
mí de un solo paso, te machucaré el morro á
golpes. ¿. Pensabas y piensas que ibas á eng&lt;,1flarmc y ú servirte de mí para tus fines-? Pues
le equivocas de medio á medio.
- Pero ¡.qué dices?-clamó Kivc.
-¿Qué digo?--rcspondió el rnarin&lt;&gt;i:o-. ¡ Digo
que esta es una botella estupenda; digo que no
sé cómo me la hnn dado por dos céntimos, y digo
que lo que es tú, no la tendrás por uno!
-¿. PretPndes no wndérrnela '?-resolló Iüve.
-¡Quiú, hombre, quiá! - gritó el marinero-.
Pero, si gustas, le ciaré un traguilo.
-~lira dijo Kive-, mira que, el hombre que
posee esa botella, en el inflPrno ha de parar.
- ¡ Psch ! Allí he de parar de lodos modos-rrspondió el marinero-, y &lt;•sin botella es la cosa
mejor con que he toparlo nunca pura llevarmr
allí. -¡ ~o, hombre, no !-gritó otra vez-. I.a
botella. rs mía ahora, y ya puede-; ir en busPa
de otra.
-¿Pod.rá ser verdad lo que esto~• oyendo?exclamó Kive-. ;Te lo ruego, por tu propia salvación ; véndemela !
-Ea, basta de charla-repuso el marinero- .
Te figuruste que yo era un lila y un primo. Ahora
caerás &lt;&gt;n la cuenta de que no lo soy, y punto
concluido. i-:,i no quieres un trago de ron, le
tomr&gt;ré yo ú tu salud. \'aya por ti, y buenas
noches.
Dicho lo cual, el marinero clió la vuelta y se
marchó por la avenida abajo.
Y así de::;aparecr de la presente historia la
botella con su diablo embotellado.
Pero Kive corrió ú juntarse con Kokúa, ligero
como el \·iento. Grande fué la alegría esa nochl'
en la cac;a de ambos, y grande, desde entonres,
ha sido la paz de sus díoc; en la mansión Incida.

ROBERT L. STEVENSON

Traducción directa del inglés por Luis V alera y MarUn, .\Jarqués de Villasinda

�FEDERICO JAQUES

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

PUBLICARA

TÍA FAZ

..

POR

ALEJ-AND·RO LARRUBIERA
y

TEODORO SE HA EMBORRACHADO
POR

GEORGES COURTELINE

0B~AS DE f,EOE~IC0 JR2UES
/

'

La muerte de Ba~b.a azdul,

6f/1~~~~nc(tne~o~~~~~
·

y dos cuadros; mus1ca. e
e
ción con O. Luis de Santa Ana.)
Las multas de Timoteo, _jugete

.
acto
ctm1t°
.
end;:11Sá.nta
v en prosa. (En cola.t?oraoi.ón con . UIS
\na y o

Mariano Pma.)

. mú

j}; ~!ºlfil\~11~i;º~~ ~l~or~~~J :n"61:°Mana=

,,

no• Pina.)
.
t 6 ·co en un neto
El hijo de Carranque, ll.i:fe e e ~ Luis de Sany en prosa. (En colaborac1 n con •

t,

ta L:i~!respondencia de Espada, s~teducti50 ~gº!t
to
d cuadros en verso· música e .
~e b __ y (F~ colaboración con d. Luis de Santa Ana.)
~ºNo~hebuena, _soine te encó u~ ~~ Yurin
en
Fruto amargo, 1ugue 1e
m1c

0

u~fo5°y

Los desgraciados, comedía en tres actos y en ,·erso.

La bala del riDe, zarzuela en tres actos, en prosa

y en verso; música de D. Ru~o cp~pl.

La barca nueva, juguete có~co-hnco en un acto
y en verso; música de D. GU11lermo Cereceda. (En
colaboración con D. José Jnckson Vcyán.)
Fraternidad viaje alegórico en 1:1n acto Y cuatro
cuadros, en v'erso; música de p. M1_guel Marqués.
El moro Ilusa, juguete có11uoo-lir1co. en un acto Y
en prosa~ música de D. Ruperto Chap1.
El sen.Gr barón, znrzueln cómico-l!r~ca en un acto
v dos cuadros, en prosa y verso; rnus1c.a de D. Cleto
Zavala.
.
t y en
Las literatas, juguete cómico en un o.e o
pr~f)ríncipe ruso, 1.a.rzueln cómica en un_ acto Y dos
cuadros en prosa· música de Jakobouski.
.
La raf)aza znrzdelo. cómicd. en un acto Y en pro,;
sa· música de D. Vicente Zurrón.

verso
·
en un a.do
Et iambor mayor, juguete- CÓ!fl1co-¡·n,co

E1 ángel caído, saine-te lirlco en up acto Y cuatro
cuadros, en verso; música de D. Apohnar Brull ..
La piel del diablo, opereta en un acto, música de

6t:°A~ng:inR~?/ (~~ e~:=
:!1n~~~:i~!~•si~~ti~
bor~óf\ con b. Conrado Solsona.)
d

ADVERTENCIA

, música de D Julián Romea.

Cuba libre, zanuela. en dos actos Y nueveC~~! ll~ •
. música de o Manuel Femé.naez o..ua.
•
enEre~i~lde de Stra~~t Z8\'ZUela en dos actos Y
en proso.; música do M~~:eia en dos actos y siete
c;;ut,~~ :eª~1r~~lisica. de o. Angel Rilbio Y don

J~?~ú~:~l~

JuD!n~ ; ~l con4!~tadoren,
eti úij. aclo .1 d'l' c u - ~
,
~º:O=~~~u~~Wmico-lhico ~ un acto Y en
verso, música de D. Angel Rubio.

D. Ruperto Cho.pí.

Insistimos en recordar á · nuestros f3.vorecedo-

res espontáneos, que esta empteaa ba acorda:
por ahora, no publicar mAs originales que
que ella «dlrectamen&amp;e 1011cfte,. de sus autores.
También se tia vlalo en la precls16n de acordar
qu&amp; los manuscritos que en adelante le oeaa aviados ,mo serán devueltosn.

LA ÚLTIMA JUGADA
Don Lino entró en el comedor con el gesto
adusto, Jrnlo 61 andar, crispadas las manos 1 temblorosos los labios y todos los signos, en fin, que
preceden al desbordamiento de la cólera largamrnte contenida.
Era don Lino un viejo militar, cadete allá por
el alio 60 del pasado siglo, que en la guerra de
Africa 1 por su bizarro comportamiento y una
herida grave que allí recibió 1 Iué ascendido1 por
el genrral O'Donnell, al empleo de alférez. Lentamente y sin gran fortuna, !ué siguiendo su carrero. hasta el empleo de coronel, en el cual cumplió la edad reglamentaria y tLivo que pasará la
situarión de retirado.
Sin a[erción alguna ele amistad, de lo que le
apartaba su carádcr retraído y enérg-ico 1 y sin
más familia que rm hijo de una hermana viuda,
fallC'dda d0s años antes del día en que comienza
esta, en su mayor parte, histórica narraCión 1 vivía el coronel retü·ado sin otra aspifación que el
logro del cariño y la educación de su sobrino Ricardo, á quien no conseguía apartar de la inconcrbiblc apatía que le dominaba, alejándole del estudio y de toda aspiración á labrarse un porvenir
honrado 1 ni del fatal vicio dd juego, en que le
veía enfangarse más cada día.
Tal era don Lino Gonzálvez, tíÓ y tutor del
huérfano Ricardo, qnien, amedrentado· y tembloroso, en un rincón dél comedor se hallaba cuando
de tan mal talante apareció en la habitación su
señor tío.
-Es la última vez que esto sucede. Ni yo estoy dispuesto á tolerar que faltes de casa á las
horas que tienes marcadas, ni pu6do consentir
&lt;JllC sigas haciendo ,la vida de disipación, holganza y vicio que hasta aquí has hecho.
Seis ar1os hace que comenzaste la carrera de
Derecho y todavía no has aprobado el segundo
curso; cuanto dinero da en tus manos va á caer
en eJ acto sobre el tapete verde 1 y á pesar de mis
amonestaciones 1 consejos y castigos, ni la autoridad que como hermano de tu difunta madre
debía,s reconocerme es por ti respelada1 ni siquiera has intentado una sola vez corregir tu
vergoniosa mariera de vivir.
SPis meses-te faltan para ser mayor de edad

y ... óyelo bien 1 si para entonces no ·tienes aprobado el curso y no has cambiado de vida al entregarte la herencia de tus padres me olvidaré
en absoluto de tu nombre y de que tal sobrino
me dejó en este mundo mi pobre hermana.
Siéntate á comer y ten presente que esta resoluciún es, como todas 1las mías, irnwocable.
-Si usted quisiera escucharme un momento ... - replicó tartamudeando Ricardo, quien,
realmente, uinguna razón seria tenía que· oponer
á la enérgica reprensión que su airado tío acababa de dirigirle.
-Ni W1a sola palabra te oiré ni una palabra
rnús he tle dirigirte; dos meses faltan para los
exámenes; el resullado que en ellos obtenga.s determinará la resolución definitiva que h e de tornar contigo.
1

•••

Los gritos y silbidos de los estudiantes amotinad.os á la puerta de la Universidad 6Tan la
causa de que un día, á las once de la mafiana,
obstruyeran la ~alle de San Bernardo, desde la
del Pez hasta la del Noviciado; los transeuntes
que allí se detenían, no con tanta curiosidad por
averiguar el motivo del escándalo como deseo
de presenciar las felices ocurrencias, los agudos
fhistes y los rasgos de ingenio que derrochaban
los escolares al protestar en aquella ruidosa forma contra una disposición del ministro de Instrucción Pública, que el estudio aumentaba, los
partidos de carambolas en las mesas de billar
disminuía y las dificultades para la prueba final
del curso duplicaba.
El claustro de profesores hallábase munido
en el decanato esperando al rector, á quien había
dado cuenta del suceso.
Los bedeles recorrían las galerías del edificio, cerrando las puertas de las aulas y procurando inútilmente apaciguar ilos excitados ánimos de los escolares.
Un grupo de éstos, en el que •figuraban cincuenta 6 sGsenta de los que con más ardor se
oponían al nuevo plan de estudios, dirigióse violentamente al decanato con decidido propósito de
arrojar de la Universidad á los profesores, entre
los que se hallaba un eminente. hombre púl?li~o.

�,,

Enérgicas detrrminacioncs quisieron tomar los
cnlcdrúticos con Jos autores de tan irreverente
atentado; pero su compaííero se opuso á ellas,
ofrrric1ndolcs cruc la violrnta (• irresprtuosa actit wl dP los rstndirintes crsaría ú la terminación
df'l discurso que les iba á pronunciar.
Jletuviérnnse, cfPctivamentc, los belicosos jóvenrs. al oir la voz del calerlrático crue, entusiasinaclo con el decto producido por, su peroración,
extendióse en filosóficas consideraciones; des-

InúlileR fueron las protestas del injustamente
neusaclo füC'nrdo; las malas notas que había obtrnido en casi todos los exámenes y su mala conrl11da co1110 rf'tudiante, lmstaron para que el ConRrjo dr disl'.iplina le aplicase la más dura pena:
p(•rditln dr rurso y prohibición de estudiar en Jas
l'nivc1·sirlarles del reino.
Esta SflttPnria drl tribunal universitario deter111inó el porvenir de Ricardo; al conocerla su tío
no le hizo reconvención alguna ni volvió á. diri-

no sufriera los rigorrs ron que de continuo los
amc·nazaba la falla de rernrsos En a(fuel triste y
deSalllpararlo canlinar ele la vida. La r_n~rgir·a rnl11nla&lt;I ele sn tío &lt;Ion Lino hizo
;lu_e n1cm·c~u, COlllO Dios quiso y con mediano
ex1lo, ternunara los estudios de la prime1:a v segunda (•nsrfianza. Concluída ésta, cuando el mu~
chacho habít~ rumplido ya diez y ocho afios oper~se, repenh'.1ª é inesperadamente, afort~na&lt;la.
h ansformac:wn en su casa.
La mue1·l_e ele un hermano de su madre que
solter~ y 1,'1ro, residía en Buenos Aires, y qu~
to.da ~u ~01 luna_ la de¡ó al morir, hizo que la pob1e vrnda se viera, euando menos lo esperaba
m desahogada posición.
'
y esta generosidad inesperada de la su6rte fué
&lt;·m,1~a d~
completa prr&lt;lkión de Ricardo.
n·1 pum
.
. Sin
. afwwn ui ap!itudPs 11m·a el estud1·0
•
lllnguna clasr clr trabajo, excesivamente con:cnhdo y mimado por su mad1·e, que Pn él tenía
I eri111c1•11trado todo su amor y por él tan s, 1
cu1Hpre1ul_ía la existenc-ia, bien pronto encontróº e~
fnlnl cnrnmo que Hl sufrimiento, al deshonor Y ú
la muerte le había &lt;le conducir
'
Guiaclo p~r un amigo, llegó á. una rnsn donde
aquel ti~n1po Jw1donaba una ruleta que era
&lt;'Hl&lt;n1r·es &lt;'1 JIIPgo de moda en ;\!adricl
Jugó aqud priu1fr día cuanto dine~'o consi&lt;ro
llevaba, y ú 1wsar ile haberlo ¡wrdido, sedúj~e
1lP tal -&lt;m•i·te ·1n11cll
·
•
'
... : ; 'l
a e1noc·JOJiante
é lllCOlll)li·c11sil~lc se~sa&lt;"1oi1 del azar, hasta rnt-onces por é,l des( rnu,_,·Hln, &lt;pie tm su ah na profun,Imncnte hizo
mn~igui· el vi&lt;"io del juego pnrn de él no nr-~e
ya,l1bre Pll _lo ({UC &lt;lt' vicia le quedase.
Cuauto drn1•ro eaía en sus manos pasaba i!lte"ro
desde lus cuwl 1.o.s,. 1as ¡·ill&lt;'as , los plenu ~
"
ni fondo común de la rnleta.
·
·'
Hirarclo no ganaba 11 unca.
Ja~nús ac!'rló una jnga,la, y, si11 embargo, Je
&lt;lonunaha de lal modo rl Yido qüe, para alimenlarlf', VPJH!ía &lt;·11antos ohjctos clr valor ú su maclrP podía sustraer.
. }li,'.n co~?da y lurnr.ntn ha la pobre viu,Ja la ho111bk pas1011 de su hijo; cuantos CRf11e1·zos hizo
J&gt;,~m destruirla fueron inútiles.
También Ricardo sabia que en el fopele verde
eslaha el fondo del abismo.
;\l1H"has ~eces, horrorizado, intentó de él scpa~'ars(•. ¡In_útJI propósito! Sucedíale entonces lu q1:e
,t la rnanposa
ante la luz,, lo que u.
.,1 ¡·1·¡ &lt;, uero en
.
P~'1'Rf'nc•¡¡1 de la fascinadora mirada
la set'JlU'11tr, lo que al habitante ele! llano cuando ,,¡
b1,nlc del precipicio se encuentra: irresistible 'v
fatal poder embargábalc la \"oluntacl y la rar.6;1
Y e,1_1
f?ndo _del abismo Je arrojaai:·
. . \1v1r sm el Juego cosa era que él-~nsideraba
un posible.
Su_s nnliguos amigns y cornpaiíero! \1e la. t:nivers1dad habían terminado la carrera, comenzalJau la clifídl lucha por la Yida y no volvió á salwr de ellos.
Su 111adre, virja y achacosa, 86l0 cuidar sabía
In. salll(l &lt;lPI cuerpo de su· hijo; que no se alterase Pl'a la constante prnornpaeión de aquella bue-

na se~ora, y era la idolatl'ía que al hijo de sus
eutnums prnfrsaba lo que sus fuerzas sostenía
para. continuar aquella exislenria únicamente de_rhcada ya ú satisfacer los 111rr1ores ca¡wichos de
su H1eardo y verle contento y feliz.
ERte .su afún uo conseguía Yerlo realizado; la
nw]¡¡ snerle (Jlle in\'Hl'iablemente ucompafiaba al
i11n_d1af'lio en eJ juego, le tenía siempre mohíno,
l111·1l11rno ./ mHlhumorado.
'
Y él, idlJlatm de su madre, comprendía el mal
&lt;rue la cai~aba 'este su raráeter agrio y adusto
lJlle no pó1ía mQdil1car y que los nobles impul~
sos ele s11 corazón ocullaba.
Pron lo cn111eI1zarc!u lambit'.!n ú manifestarse los

.

'

.''.i

por

arrollaclas en brillan t Pr- períodos ll enos ele inspimda y arrebatadora f'Jocnencia.
El fi11al dPI rliscnrso fu(• rlr un efcrto prrnligioso.
Entusia;;rnndos los f·ompttftPros del orador,
rompi eron en aplausos, y loi-; eslrnlinnles ... en silbidos y denuPsto;; c-on1ra rl dausti·o dr profesorPs, á qnirrn s muy poi:;o faltó para ir á terminar
en la c·nll'! la o\·1tción r1ne hac·í11n HI c-ompn11ero,
lanza.do,-; ·poi' Jo,; escolu res de;;dt' rl hnlrrin dPI
Jura! _(Jn.e. 1k1~1l .in.
" ·, El lfinlín !Í¡UÍ1Vllrgarlo
ú su npogco. El rer-lor
.
1/ J'lidiú r1xilio nl.Gohierno, y 11iw sección tle guai·dif'\ rl ·Sq.(111:iunil aparN·i(l en la calle de San
,J\n, ...,, &gt;, clh,rrn,an&lt;lo ú los c·ndosos y hariendo
~ &lt;"1''1
n·.,t•1wia q1;P los rsl11&lt;lia11tes h1rsen, poro
• º.'úpc:;,·, 1han&lt;luna•1·r10 la l 'nivcl'sidad.
·. !~t~slubkdosr, por fin, la ,·alma y dispuso rl
rrr-lor· la insl nl&lt;'&lt;"iún rlrl ror·1·rspondir.nle proceso
rlisc-;¡llinal'io.
Coi tan mala s11e1"1c llt&gt;g6 rn rste mommto ú
la (11h·t&gt;rsiüatÍ, sin 8,tb1.r lo que allí hahía ocuJ'l'i&lt;lu, !'I alumno clr lJerpd10 Ricardo Santos, que
-al aparecN C'll la galería clrl pi8o principal fué
cll'lenido por un lle&lt;lr&gt;l y p1·rsrn1ado á los profesores corno 11110 ¡Jp los pl'in&lt;"ipalrs causantes de,!
motín.

a-irle la palabra hasta el día rn que cumplió Ja
mayor edad y le entregó cuanto por herencia de
:.-ms padres Je corrc,spondía., dt&gt;spidiéndose de él
? onlenán&lt;lole que abandonase la casa y no volvi&lt;'I'a á a,·orrlnr;:;e rn su vi&lt;la rlPI que fné su tío
y tutor.
Era rlon Lino hombre incapaz ele fallar á s11
palabra, y esla Vf'Z cumplió exadamrntP lo fJlJe
ú sn sobrino hahia promrtido.
La inala snerte fué entonces, como en el reslo
d1• su dtla, la clrtcmlinante de arruélla y de todas
lus ,lemús &lt;le;:;,Uchas crur. rn rl infortunado joven
hicieron Jll'rsn, porcrue no era Hicardo un mu&lt;·haehn pPrni·so, ele condición avi6sa y malos
srnt iu1if'ntos, n o, al contrario; de carácter tímido y npocn&lt;ln, ra11M1l&gt;ale honda prna el mal del
prójimo y siernpre acdones caritativas le dictaba
s11 huPu c·on1zón, bue110 r•n se.ntido moral, por&lt;111e fisLnlógicnrnente, hacía bastante tiempo que
padrcía ar1nPI órgano pL'ofuntla y grave lesión.
Hijo dr. 1111 allo fnncinnm·io dt&gt; Hacienda, qur
había rnnrrtn df.jando á sn viuda úniramenle la
¡1rnRión qur Pn aqu0l concepto le correspondía,
no pudo, al pnder á su paclr,', por ser entonces
rlcmasiaclo nir1n, darse curnta del doloroso calvario qur, JleyúnrlolP &lt;1&lt;' la mano, recorrió su pobre
rnadrr, para ,lograr qne PI hijo de sus entrañas

&lt;l;

:1

pi·imerns síntomas de Jn afección cardíaca que
f'll no lejano plazo hnbía ele concluir 8.5
'de Ricardo.
\:,
Y esto fué lo (!IH! ya no })lldier
nt&lt;•ugnaclas furrzas de la p~r-e,
t,~11cPs _sostr11!das por el á..{~1
•
1:
dioso a su lu¡o a&lt;lora&lt;l6.
,:
~t
En pocos día:-;, sin nial, a
~,\. ·:
JlHl'a la ('iencin, pa;.;6 nl tlesc1
·, ·
rnnclt·e infeliz &lt;lll&lt;', con su am
i~
p1rclo hac-cr la fpl'ri&lt;lnd ele su
é¡:¡¡
huyó, inconscientemente, ú labrar,.~·
,tQ'.!
.• ~
aq11rl pobre ser á quien la avasallm,,i ·
· ·,Jñ ·
dl'! juego, el organismo y la razón liJ~af'f]rs~ .
trnído.
·•
Entonces se hizo cargo de 61 su lío don L1ni) 1{ 9
quien pronto conoció el Yicio fatal que le dorni: ~
naba; i11ás rumo, á pesar de su enérgico cárác- ·'
ter, no logró col'!'cgi!'lo, á su laclo le tuvo hasla
(fllt', c·11mpliflc1 In nrn~·or e&lt;lml, cles11i&lt;lióle de sn
casa, sPg1·1u IH•11111s 1i;;to.

·¡~•

f.t~ • \

�Alrededor y detrás de los diez y seis socios
Sin conocimiento alguno del mundo ni de las
necesidades de la vida, sin parientes ni amigos que por turno riguroso ocupaban, de hora en
r¡ue en aquel apurnclo trnnce le aconsejasen, al hora, los diez y seis puestos que la mesa lenía
separarse ele su tío, fué Ricardo á parar á una seüalaüos, ocho en cada tablero, á derecha é
izquierda tlel banquero, que se hallaba en el cencasa de huéspedes allá por las irnnediaciones de
tro, agru1,ábanse como un centenar de devotos
la Uni\·ersidad.
ele
aquel cullo, unos haciendo sDs puesLas por
El abigarrado y rna.ltrecho mohiliario del cuarto que le dEslinaron en el interior de la casa; encima de las cabezas de los socios que ocupala escasez y pésima cnlidad de los alimentos; ban asiento, ;;or los lluecos que enlre si dejaban
ar¡nrllos insolentes mocitos compañeros suyos de éstos ó como Dios les daba ú entender; olros,
hospedaje; el tenaz asedio que comenzó á sufrir eomplelamente ajenos al vicio de aquel recreo,
desde los primeros días por una sobrina de la como allí era llamado, presenciaban absortos la
patrona, \·indita andaluza y rubia, de provocati- di\'crsidad de sensaciones que de tan clislinlas
vas exuberancias y atreYi&lt;lm, manifestaciones si- mnnerus expresaban los jugadores.
Y no es solamente el resultado de las jugadas
ca.lipticas. bien prmilo le hic-ieron rnojoso y hasla
lo
que ofrecía interés al curioso observador, no;
insoportal.Jlc aquel alojamiento.
producíanse
allí, como consecuencia del juego,
~i él rstaba al"ost 1rn1brado ú tanto desorden
y r!Psaseo &lt;:omo en aquella e-asa imperáim, ni el es duro, olros raros incitlenles que difícil expliamor, nunqnc In \'Í\Hlitn con tan sugestivas rnani- cación lendríun pum quien no haya adquirido lu
frsln&lt;"io111•s sr lo of1·rc·iese, halJín lln111ndo ni lla- costumbre de presenciarlos.
La solicitud exlrematla de aquellos vividores
mada nunca ú sus srnticlos.
({lle
tucl1.t clase de servicios se brindnn á prestar
IÜc-ardo 110 cornprrn&lt;lía que la Yi&lt;Ll tn'viera otro
ú los que han ganuclo fuertes cantidades, para
ol;Jjeto quP PI ,lf' r-xpe1·i rnrnlar i11cPSf\1t!-emente
liis profunrlns v nr&lt;liPntr,- irnpr('simws del juego. lograr de ellos diuriamenle los lres ó cualrn duSnlió cl11 la c-asn &lt;l&lt;• l111éspedes ¡mrn i11staJarse rus, único recurso con que, lal Yez, euenlai1 para
('O!lfurl ublf•111rnl e &lt;-ll uno de los nwjores hoteles sostener su casa.
La v11Jgar y descanillu pue&amp;ta del galápago,
d,n 1111P ;\lurll'irl n1euta en las r·ercanías de la
r¡ue olrns, con gran lrunquiJ1dacl y desvergüen1&gt;1wl"f~ d!'I Sol.
za, eJec-ulun á cada instante.
1 ( :taro t'S q11r ni Hirnrclo apreriaha las rondicio¡Ualápago! -Asi llaman los j 11gudores á !ns
w•s &lt;lel alojamiento ni &lt;'1 precio de ésle estqbn f11
relacióll 1·011 Sll fm·luna; prr-o él S{' c•ucnntrabá. alH ¡rnesllls que colocan sobre el [apele los que van
!'1Ltusíns11incln ¡,orqnr ú un c·a,]Ja!lt'l"O que á su lado ulli por dinero á lotlo trance.
Consiste uc11iel nrtlill en ver rápidamente las
se sentaba en Pl c·o111Nlor, oyólG hablar con gran
elogio ele! juego del lwccarat, que numerosas :-,.· (·arlas (!lle entrega el /Ja1H¡ueru al jugador que
distinguirlas 1wrsonalitlacles había llevado, en ca- licua la manu, y cuanüu aquéllas suman un pun.li,lad clP socio:-, ú uno de los círculos más clistin- to que tenga todus las probabilidades de éxito,
guiclus de 1laclei&lt;l, donde aquel recreo ha!Iubase como el de ocho ó nueve, con gran disimulo
un'astran la ficha hnsla dejarla colocada en el
l'S1 ahlrciclo.
.\ las poc-as ~c:'sicmf•S tenidas eon aquel compla- sitio correspondiente de la mesu.
Este ingenio del galdpaao fué durnnte una
cic•ntr compañero r!P fonrla, sin haberse enterado
por completo de tocio lo que al lwcrarat concer- temporada lan clescaradamenle explolaclo por un
nía, se t'JÜU$iasmú ele la! suerte con este juego, buen seüor octogenario, que llegó ú ser la diverpara él ci!'sconociclo, que no cesó de rogar al buen sión de los jugadores y hasla de los demás sosPnur qne Pll tnn i11co1nparaLle y codiciado deJei- eios, que acudían con frecuencia á la sala ele
jnego para presenciar aquella célebre trampa
tc lr había iriirlado, le presentase como socio de
aquella espN:ie de paraíso doHclc e::! ansiado boc- del buen anciano, que, sin duela, inconscientemente, lo practicaba ya.
eara/ podía disfrutarse.
Con este motivo, un día que eslaba reunida la
Pocos elias {Í('spu(•s formaba parte Ricardo de
J unla directiva de la socie(lacl, y en la sala. de
a&lt;¡w,Jla antign,1 y prestigiosa gocieclad de recreo.
Esparioso salón, el más grande ele la casa, con- recreo se hallaba el señor de los galclpagos, fué
llamado éste por el presidente, quien le amonesfm·t11bleinenle amueblado, con potentes lámparas
ele luz eléctrica que con esplendidez lo ilumi- tó por aquella incorrección, que á diario, con
tanto descaro y sin enmienda come lía; ú lo que,
nun ele día y de noche, ern el sitio destinado ú
con gran naLuralidad, contestó el galapag·uisla,
rrndir fen·oruso culto al f'neanta&lt;lor juego que,
-Tiene usted razón, seií.or presidente; es verr·ual otro ,lm1j,1 milagroso, la fol"luna ofrece Ct
dad
que meto algunos galápagos; pero Je aseguloclo rl que r,c;n fe á él :oe dedica, á aquel idolatrnclo barcarat con que, de allende los Pirineos, ro á nsLed que, así y todo, pierdo dinero todos
nns ob5rquiaron nuestros generosos vecinos, en- los días. i Cómo serú el jucgnecito, eh !
Y tenía razón el l.Juen sef\or. Tal es, al menos
yi:'inrlonosle para har·&lt;'r nnrstra dicha y colmaren mi concepto, la índole de este mundial juego
nos de riquezas.
En el rc:nlro de la s11la dc:;tacábase sensacional del /Jaccarat, que yo creo, y en el mismo concepy prnlongatla mesa, sobre cuyo tapete verde de- to he oído expresarse á muchos jugadores de
positaban los fieles i11cesantes of1·endas á aquel toda la vida, que con él no puede ganar más que
la casa donde se halla establecido, aunr¡ne muy
idolalr:ido ídoio.

rnoc~eracla se_a la _cuota que cobre por c:atla la/la.
Tanto los mfel!&lt;:es puntos, manantial inagota~le y co!1stanle alimento de aquel i·ío de la úunca c¡ue ,Jn la cag11011c desemboca, corno el han&lt;¡ucro, ü'.Orlunarlo mortal, así considerado por
los q~1~ con la barnJu le ven quedarse después
aJcru·n
d"·1c1, pero,
,de1 flrelllda sul.Jasta, podrán Ocraw1r
&lt;
o
,1. m y ul cabo, concluyen todos por dejar sobre
el verde lapele cuanto dinero llega ú sus manos.
. Tan ~enerul es en,lrn ellos esta creencia, y abs111 do par~ce :111e as1 pcnsunclo no puedan librarse de la l1rnmn ele! vicio que de modo tan abs .
l11lo
·
&lt;,
. 1es• (l omma,
que alli,· en la mis1füt sula cled11..:a~la al_ buccaml, lle oído yu mil veces esta cupla n los Jugadores nias ca;;! igados por la suerle:

u_no:; segundos de sileucio, cerró la subasta el
su·\'lente en esta forma:
-Cualrncientos duros, el seüor Sautos.
Ya estalla Riumlo ocupando aquel puesio que
tanto había codidado.
Sacó de su l.Jicn provista e-artera dos billrll's
de Bunt:o de á mil pese las cuela lino y lc,s enl regó al crou1~ier, que en el acto pidió á \m sirviente el ca111b10 por fichas.
,
Barajadas las cm-tas, hízose la pregunlu reglmncntaria ele si algún seüor soc:io deseaba rortar, y c-01110 nadie lo solicitase, hizo el croupier

Lo~ puntos .v los lmne¡uems
ganen, nacla irn 11ortn':
lnrlos hnn de verse en euel"Os
ú la larga ó á la curla.

il unqne

\' es grnciosu c-onsidern r &lt;·&lt;'11110 lo::; niús 11 rruinn1los por el juego son los mús envidados en rl
Y los c¡ue mús repilen la c-opla, pcrfedamenle
&lt;'. .,m·en,:iclus, 111 ¡,ar&lt;:J&lt;:el', de In Yenlacl que encierni.
Por Ju tle111ú:-;, ¡qué especlú&lt;·ulo tun \'Hl"iado v
l"Ull1pleju ofreee uq11clln mes¡¡ del bacrnl"a/!
·
¡ Qué desbordamicnlo ele nlcg1·ín )" qué !"liarla
luu iJ1cesm1le y regodjmlll aquella de lus favore&lt;"iclns p111· la fol"! 111w ! ¡ (.!lit' tle ahugmlus s11:-;pirns
Y de n1u11os &lt;Tispmlus c;Jmumlu en In piel del
pecho la:-; 1!iii1s ele s11s dedos purn buscar, en el
dolor físico, lenilivo u! atroz sufrimiento ctcl
alma, los de ac¡ucllos ú quienes la suerte mallrala hasta dejm·l es, tul \"CZ, si11 el J'Hll ele sn~
hijos!
Pero siempre y en lucios los casos, ~-u sea fa.
vorable 6 adver;:;o el resulludo del juegu, la eclucuc.:ión de los socios hat:e que éstos permanezcan constanlcmen[e dentro de la más exquisita
corrección.
. E_n su casa, después, anle sus inocentes y perJ11d1caclos deudos, serú, sin duda, donde estalle
ln contenida lempeslacl.
*
**

.En el rnomento ele entrar Ricardo en el salón,
abandonaba el puesto el banquero y decía el
ct·m1pier al sirYiente encargado ele pregonar 111
subasta de la banca:

- .-lses.
-Talla para el baccaral grita cnlunces el sirvic•nle.
-Doscientos duros-contesta un soc1o.
-Doscientos duros. ¿Ilay al"gún seüor que talle
mús?
-Trescientos-exclama una voz.
-Trescientos duros. ¿Hay algún sefior que
talle más?
-Cuatrocientos- replica Ricardo.
-Cuatrocientos duros. ¿Hay algún seüor que
talle más? ¿Hay algún sefior que talle más?
Y como nadie mejorase la oferta, después de

esta pperación, colocando después la baraja so.
brc un apoyo de porcelana que para el efecto
hay sobre la mesa delante del puesto del banq 11cro.
--¡Danco!-dijo una voz.

Esto significaba que un socio hacía por sí solo
la jugada importe total de la banca.
nióle Ricardo los dos grupos de á dos carlas
cacla uno, pertenecientes á aml.Jos tableros de la
mesa, y después ele haber visto los naipes que ú.
él le corespondian, como entre los dos no sumasen ninguno de los puntos de ocho 6 nueve con
que clefinitivamcnle se gana si el contrario no
ha reunido ninguna de aquellas dos cifras (abatir llaman á esto los jugadores), exclamó Rica.rclo:
- Doy carta.
-:'\ueve- conlestó el que· hacía el banco vienclo el primer grupo de sus ca1·tas.
'
Y nueve también-repitió el mismo al ver los
otros dos naipes.
El croupier le entregó el importe tola! ele la
banca, excepción hecha de la cantidad corres-

�pundie11le ú la l'U:-w, (!lle con u1llclac-iún lwbia
sido retirada.
IUcurdo repuso al'lo seguido las dos mil pesetas.
-Eslú repuesta la uanrn-anunció el croupicr.
-Hagan juego-dijo Hical'do.
-¿. Está hecho? .:--o , a más.
Volvió á dar carlas y volvió á pet·tlcr en los
dos tableros.
Y una y otra vez, y toda la tarde y la noche
lo(la estuvo perdiendo canlidacles considernblcs,
i-etirúndose á su casa muy entrada la maiiana,

con lo. mitad menos de la herencia de sus padres, que le había entregado su tío don Lino.
El resto de su modesta fortuna no había de
tardar muchos días en Ycrlo desapar&lt;'cer.
Y curimlo eslo sueedió, ya no pudo continuur
en la fondá Uomle se hallnba hospedado, porque
al presentarle ul cobro la cuenta de una semana
-no tenia crédito pum más ele siete días-y no
e&gt;fccluar el pago, fué despedido e&gt;n forma tal, que
·aqne&gt;lla misma noche hubo ele refugiarse en umi
miserable casa de dormir.
·
De&gt;scle entonces fué su Yida un yercladero calvat·io.
En la. sociednd ú que todavía. continuaba perteneciendo, le huían los socios corno á un apestado; pero él, adosado hallábase continuamente
ú arnwlla mesa donde , ió clesaparecer su fortuita
allí ¡1e&gt;rdido Ya. el decoro, hacía toda clase ele irrcgulariclo1lcs para obtener alguna cantidad que le penniliera srguir alimentauclo su
clrsatcnlado y funesto vicio.
Esta sil uación, es claro que no podía dmar
11111cho tiempo y terminó bien pronto con la bo('homosa expulsión de la sociedad que hubo de
~ltfl'ir el desdichado.
,

v
&lt;

'

'

***
Sin carrera ni olido, sin afecciones ni aplilucl
para otra cosa que no fuese el juego, fruncido

sit&gt;111pn: t•I c1it1·ecPjo, lona In mirada, sin hrillo
las pupila1,,, co11lraí&lt;los los labios, flácidas las 111eji llns, el color arcilloso de la arrugada piel de
,;11 frl'nlc, aquel caminar lento é inseguro deteniéndose á cada. instante para opritnir con ambas nwnos su angosto pecho y hacet· de esln
modo mús fúdl la anhelosa inspiración que ú
sus pulrno11es había ele llevar el aire, aunque
sú•mpre en menos cantidad ele la que aquellos
órganos reclmnaban, demacrado el cuerpo y torllll'atlo el c:-píritu, daban á Ricardo aspecto senwjantc al ele un anciano decrépito á quien breves días fallasen para terminar su mi&lt;,;era exislencin.
Así aqnel desdichado se hallaba á !os veinliséis años sumido en espanlosa. miseria, ú
que le había conducido el Yicio
del juego, que no podía abandonar, y ({lle hasta el fin ele su
vida había de ,H.:ompañarle.
Ricardo no conocía ni fn.:' cuentnba en r-.Jadrid olrns silíos que las casas de juego. En
ellas vivía pidiendo dinero á
los jugadores aforlunudos ó
upodel'úndose de él euan&lt;lo algún deswido podía apro,·echar, y entonces, al senlir la
moneclu en su mano, inesislible fuerza le obligaba á cleposilarla sobre el la.pele para
ser en el acto recogida por el
banquero, porque Ricardo no
había logrado ganar una vez siqniera.
Quizá por esto sus compaíieros de vicio le compadecían y respetaban, aclmirando .la imperturbable tranquilidad y la amarga sonrisa con que
ú la contraria suerte, una y otra vez y siempre
1·ecibia.
Ya Ja,, casas donde el cuitado podía entrar
erun, úninunentc, las perseguidas por la ¡;olirín, u&lt;p1ellus tptc en i\ladricl llama la gente
e/tiria/as.

E11 u11u de éstas, que instalada se hallaba en
d fcrndo del llH'7.(luino y sncio palio ele una ruino;;n rasn, allú por aqurllas estrechas calles q\1e
en la de :\lesún de Purctlcs comienzan y por Jas
inme&gt;tliationes de las plazas de. la Cebada y ele
La\'npiés lerminnn, nllí, en u11a miserable hubitadútt de bajo y rPncgl'ido techo, ele pringosas
¡¡¡11•e¡lcs, rn las qne apenas se divisaban restos de
un amarillcnlo papel, mísera estancia, ú la que
por obscurn y largo pnsillo se llegaba y en la
&lt;[ilP Jan sólo. por angosta ventana al palio abierta, l'11l1,1ba. escasa lnz del día y menos aire del
HCl't•sni·io para la respiración de los veinte ó treintn 1ahmcs que ú todas horas la frecuentaban,
c-011telit•n&lt;lo en ella cuantas fullerías y desmanes pt1&lt;'fle cliclar la falta absoluta ele pudor y de
wrgücnza: allí, en aquella repugnante mansión,
lrnllúhase el clesvenluraclo Ricardo una noche en
la que el juego se liaba contrario á la banca.
En aqnella hora, cuando los puntos, con !a

hrwa cntrcalJiPl'la, la rt&gt;spirnción co11le11itla, tTis¡mdus las mauos sobl'e el bonle ele la lllcsa que
lus ~Has dei;lrozaban, dilatada la pupila y fija
la um·atlu ell los 11ai1&gt;es, true el uaw¡ucro, con
gr1111 sole11111iclatl, iba cnscüauclo, en aquel 11wlllenlo de inclesu·iptible ausieclacl turbó el sile1:do sepulcral de la estancia una , uí\ 1111e desde la
pucrla dedu:
-¡En 110111bre de Ju ley!
Como si las omlas sonoras 11ue estas ::;ds sílabas pruclujeroll lwbicnm furrnado i11111Pluoso
hurneún, así fUt•ru11 In,; efectos eausado:; 11or la
,·oz dl'l rnpre,;e11lm1le de la autoridad.
Se apagaru!l las luces, rodaron por el s11f'l11
1,1,.sus .v ;;illais, y, alropclladainen!l', lnnzúroIJsp
lus jugudnres ú la puerta JJuséando una salida
qut&gt; Hu le,; dejaron franc:a los agenfrs de policíu,
1111" habían sm·p1·p111liclo eu aquella llliscrahle
('hirlaia u11 delitu, &lt;1uc dPja dt• serlo ,·ua1tdo &lt;'ll
&lt;'Scenurio lllás lujoso y por adores con n,ás dcrnrwm i11du1nc11laria alaviadus P.e rjecuta.
Enln• los rleteIJidos hallúbase, es elarn, Hieardu San tus, y, c01110 sus corn pulit'ros, fué ll&lt;'varlu
al Juzgado dt' guardia.
Cnu pur utw fuero11 inl&lt;'rrogados los jugadodures JJUI' el juez, y cua11clo el !unto le tucó ú
Hicarelo, hallósc é!&lt;le en presencia de su antiguo
rumpafiero lle carrera, ele su querido amicro Et·uesto Sigücnza, que solamente al oü· el u6n1brc
r apellido de aquel dPsclichaclo pudo conocerle.
En el acto comprendió Ernesto la t1orrible siluarióu de su a1nigo, y olYidanclo la causa: de
ac1uel encuenfru, le estrechó cnl'ifiusa1nenle e11
sus brnzos.
-:'\o 111e cxtraiíu vet·lc así, Hicarclo... Acuértlale 11uc 111uehas veces te IH'011ostiqué este por\'('IlÍr.

-¡_Pul'... n·nir? Llegó !mee 111ucho liell!po.
¡l.)ué vida hus arrastrado!
-Lu del ho1ulJre malo. Juego y pierdo.
-¿ Y l!rorneas y sonríes en el C'Stado en (!lle le
lwllus?
-¿Qué he ele haced ... A mala suede buena
cara.
-Dien en la luya se refleja el suflfo1i&lt;'JJl0 ele
tu .ilmn.
-El del cuerpo me molesta 1nás.
Hace cuatro a,10s el corazón no rige bien; á
rnc,,s deja salir la sangre ú torrentcs, quc me
ahoga y el sentido me hace perder, y en otras
ul'asiones, estancada, la siento en el pecho, que
cu vano 111c esfuerzo en dilatar para darla salida.
Al mismo tiempo que estas palabras pl'onunciaúa, con la mano derechn, por debajo del raído
chaqué, el costado izquierdo se oprimía la respiración lornábase.le anhelosa, sus púr;a.&lt;los 1.e
. contraían, los ojos se rongeslionuban, doblúronsele las piernas, y, pertlido el conoci1niento, antes &lt;rue Ernesto pudiera socorrerle, cayó eles-.
plomado en el sucio.

***
En una alegrísima eslanda, en la que cluranle
toda 1n. maíianu entraba á LorrenLes el sol por

lljllllS il[I UZlllll HSU!-llld;;,1 11J V Uj.lJ!l[l! Ul).)IHC[ llll
Búi-btu·u, en a,¡uella lujosa habitación ele pare• des cu1Jierlas, no ,-:e podín distinguir al pronto si
de setlu ú paprl rulo!' ,·ertle pálido, donde, ade111ú,; de hermosu laYnlw adontndo ton mátrnol
1Jrnnce y amplio espejo de luna biselada, lucían'.
sP elegunle ch11i~c-/01111ue funarlu con le!'ciopelu
, e,·de y una primo1·usu lúmpara tle crisl,tl pendiente del lecho, en la ()lle 'descomponíanse los
rnyus solures, fornwndu como faulúslica ranas1illa tle piedras Jlrei·io;;n,;; allí, sobre í"n11lliclo led10, hallábase lan asc,mhrndo H.icnnlo cuando
1·e1·obrú el conoci111ienlo, &lt;¡ue no acertaba á dar
1-rétlilo á lo rrue s11s sc&gt;ntidos presenciaban, ere·' étulose llláS bien Yíl'i ima (]~ alucinaciones propias (le la tena?. y p1·oí1mclu doleticia que le mm·li:-izaba.
.
Crmw l,1 úllintn i111presiún &lt;1ue en s11 te1"elJr(1
rpiedú gndmcln fu(• lu del Juzgado de guardia, ú
d1.&gt;n&lt;lc le habían ru111J11,·iclu 1m1· el delito del juego, os dnru 1¡ué 110 poclia imaginarse que eu
ill(l1el lugm· y de aqnella fonna pudiese estttr sufrienrlu ln pena á que, segururnentc, :;egi'ln su
aee·ndn, hnbía siclo senlenciaclo. ·
' Ln vuz tle su b11en amigo Ernesto, que entrnlia en la habil1wiú11, le hizo darse cuenta de que
realidad ern lodo aquello que, como en múgico
sueflll, estaba preseneiando.
-.\:ab~t de decirme el doctor que el alw¡ue ul
roruzon que te ha tenido 1,,in conocimiento, postrado en ese lecho, hn terminado por ·coni]Jleto;
111e aseguró tmnhién &lt;¡lle, deulro de seis ú ocl10
díns, esl,mís lol11lnienle rei;!ablecido; pero que
si no cumbias de vida, en nwlquier 111omenlo
1&gt;llCcle repetirse el colupsu cardíaco V arnhar rúJ&gt;itlmnc11le ton tu cxistern;iu.
·
.\t{llí, en 11li casu, puedei; pernwuecer lodo el
tie1t1po 1¡11e sea uecesal'io para reponerte, no
sólo del intenso ataq11e (;Otl que ahora se hu nianifestado la grave eufennedatl (fue vienes. padeciendu, sino de in debilidad física v de la consundóu tnurul que le aniquila; ent/etanlu, proc111·aré yo enconlrnl'le alguna ocupación, en !u
1¡ue homadurnenle ganes el dinero uecesario
pum atender á lus necesidades y puedas aclqui1fr, al Prn11lu licrnpu, la cnhua y Ju reflexión que
tunlu fallu te hacen para lograr la curación de
esa llaga moral &lt;1ue el corazóu y el alma te dest.ruzan.
-Te reconozco, Ernesto: eres el amigo i11eontlicional y curiüoso Je siempre.
Queclóse Hicarclo un nwmenlo c:onfuso y nbs1raído; miró luego lt·istemeulc ú Ernesto y, lanzando profw1do suspil'o, rniadió :
- (!uién sube si el car-ilativo y frate!'11al cornpurlmnienlo tl LW con este desgradado has len ido, s ervirá mús bien pura sostener esa· llega de
que me halJlas, que para alcanzar la regeneración mía con &lt;¡,te tú suefias ! ~i el c_a sligo que
merecí me huLierus impuesto, Ju falla ele libertad me tendría, por fuerza, separado de lo que
ya hoy consliluye el único objetivo de mi exist.encin. La fuerza, sí, la fuerza que pueda privanne etc! libro ulbedrio, es solamenLe Jo q uc,

�mientras éste me falte, puede conseguir que no
entre mi cuerpo en las casas de juego, sólo mi
cuerpo, porque mi es1Jiritu, en tanto que se halle
Lmido á In matei-ia 1 estará siempre en el tapete
verde, sin que lus buenos ofici~s puedan evitarlo, como impedirlo no consiguieron nunca la~
súplicas y lf.!grimas de mi santa madre.
-Pero, ¿~s posible, querido Ricardo, que de
tal modo haya ese torpe vicio destruído tu cJ.ara inteHgencia? Tú
siempre fuiste uri muchacho de gene.rosas y honradas aspiraciones, y
no acierto á comprender cómo esa
repugnante pasión ha podido anular
ar¡ue\ talento que tus cornpafitros te
envidiábamos y arrojarle en esa hon-ible existencia que con tanto padecer y tan miserablemente vas o.rrastrando.
-jQue no cofnprendes mi existencia! ¡Ay, querido Ernesto! En ella,
e;omo en la de todos los seres de la
humanidad, hay algo, llámese destino, ~uerte ó como llamarlo quieras,
que nos ooncluce al término de la
vida por ramino distinto, tal vez, ·d~
aquel por nosotros elegido.
-rero cuando de •eso se tiene conciencia, como á ti te- sucede\ no creo
que s6a imposible cambiar de ruta
si á ello la •razón obliga á la vol un~
tad, es claro que á fuerza de trabajo
y teniendo valor para sllfrir .los arafiazos de los abrojos que han de encontrarse á cada paso en la nueva
senda.
-Todo es inútil. Cuantas reflexiones rné hagas, cuantos irrefutables
argumentos puedas emplear para
convencerme, me 1\os he-hecho yo á
mí mismo mil ve.ces, me los hago
constantemente, sin que con ellos
pueda dominar este vértigo que, contra mi razón y ni.i voluntad, de mí se
apodera y en el vicio me arroja.
-No importa; todavía no estás tn· ~
disposición de sal ir á la calle, y en
los días que forzosamerile has de
permanecer en mi casa, confío en poder modificar, quién sabe si curar del
lodo, esa funesta pas~ón que física
y moralmente concluye contigo. Mafiana dejarás el lecho y en seguida comenzaré
á poner en práctica el tratamiento que planeado
lengo, y con el cual, Dios mediante, he de lograr
lo que tú juzgas hoy un imposible.
Ten esperan1.a y pon de tu, parte cuanto puedas para reponer pronto tu salud. A la tarde ~olveré á verte.
Y despidiéndose cari i'\osamente' de su amigo,
salió Ernesto de la habitación 1 dejándole como
avergonzado y tristemente pensativo.
No dejaron de producir, por el momento, profunda y dolorosa impresión en el ánimo de Ri-

cardo aquellas cnril'íosas frases, aquel fraternal interés que con tanln solicitud le manifestaba su antiguo compañero de Universidad, que
muchos aiíos· antes había perdido de vista y á
quien encontraba ahora, no como juez que debía
casligarle por la falta ó delito cometido, sino
siendo su bienhechor, su ángfl bueno que, á todo
trance, de su cuerpo y de su espíritu pretendíe.

te1 sólo había de oir frases cam'íos1s1mas, sí,
pero mortificanles pura él, que bien compreÍl.día
la imposibilidad en que se haHaba de abandonar
como sn amigo queria, la deshonrosa y misera~
ble condición que tan fatalmente y tan en absoluto le dominaba.
Y así, luchando su espíritu con el carifíoso y
entrañable agradecimiento que por su generoso

♦

extirpar aquellos males que sóJo con la muerte
podrían ya tener fin.
El agradecimiento que por Ernesto sentía era
enloncrs muy grande y muy sincero, tanto como
debía serlo en aquel sensible corazón de Ricardo¡ donde no podía germinar otro pensam_ien to
que aquel de la más profunda y noble gratitud;
mas pronto vino á mezclarse con él otra sensación, que no. es extraüo experimentase : la vergüenza comenzó á apoderarse de aquel desgraciado y á hacerle imposible, desde entonces, la
permanencia en aquella casa, donde en adelan

amigo sentía y con el desasosiego y malestar que,
á los dos días después de restablecida su salud,
comenzó á producir.le la vida apacible y monótona que en aquella hospitalaria casa llevaba,
vióse impelido, fatalmente, por el frresistible afán
del juego1 á cometer una villanía que en 61 estado
&lt;le excitación en que se hallaba, ni la podía apreciar ni, mucho menos1 rechazarla, una vez concebida.

*

* * á la entrada de la
En el pasillo recibimifnto,
casa de Ernesto, había dos puertas que condu-

cían, una de ellas al despacho y la otra al cuarto
que ocupaba H.icardo, desde el día en que, acometido por repentino accid&amp;n~e cardíaco, cayó
desp.Iomado al suelo, sin conocimiento, en el despacho del juez de guardia.
Allí, en aquella confortable y lujosa habitación,
hallábase el contumaz jugador pe:qsando on la
manera de abandonar lo q}le ·él, ~ás que providencia,] asilo, consideraba ya intolerable prisión que del tapete verde
le separaba.
Espantosa era la Jucha sostenida
por los generosos impulsos del corazón de aquel dE!sdichhdo que permanecer le ordenaban en los fraternalc_s y-- abiertos brazos de Ernesto y 1a
fatal pasión, inv6ncible y dominadora, ~bligándole á rechazar aqueJ
amoroso abrazo -donde únicamente
podría ya encon trar: remedio para su
desventura.
Algunas veces, obligado por Ernesto, habío, entrado Ricardo en el
· despacho de su amigo y allí se estaba mientras éste concluia algún
trabajo urgente ó al descanso de las
cotidianas fatigas de su cargo se enlr:egaba.
U.n día en que.se hallaba de guardia Ernesto 1 tuvo éste precisión absolulu de abandonar, sólo por unos
instantes 1 el Jocal del juzgado para
ventilar en su casa, que tan ferca
se hallaba ·de la plaza d.e las Salesas,.
un asunto importantísimo de intereses.
No había transcur rido media hora
desde que entró en su despacho
cuando, por teléfono, recibió urgente
aviso para que, sin pérdida de momento, acudiese á extraviada calle
de los barrios bajos, donde se había
cometido sangriento crimen.
No podía ser, para un juez de guardia, más imperativa la llamada· así
es que no tuvo Ernesto tiempo Para
otra cosa que arrojar precipitadamente en el cajón de su escritorio
una buena cantidad de dinero que
acababa de recibir; en el acto tomó
el sombrero. y salió precipitadamente de su casa, sin cuidarse de un billete del Banco de España . de mil pesetas 1 que
dejó olvidado sobre la me.sn. •
Entretanto, Ricardo hacía extraordinarios é
inútiles esfuerzos para vencer las tortur as horrible~ que le producía su dominadora pasión por
el Juego! exigiéndole, con angustiosa necesidad,
que pusiera fin á la para él ya insoportable ausencia de aquellas miserables chirlatas donde
creía el desdichado que solamente podía hallarse su felicidad.
Ya era bien entrada la noche cuando Ricardo,
no pudiendo dominar por más tiempo la impa-

'
1

�1
►

1

; Hab1·í• l&lt;'YHHluclo st&gt;is, ocho, lrci nla IHIIICllS,
ciencia que sentía pul' di&gt;jat· arruella casa, sin
tal
vez!
ruusi!lcrur la falla de recursos y ele fnerzas en
iSt'ré rico! iI1111tcrn-m111eule rico!
q11e se hallabu, resolvió marcharse, ú lodo trnn¡Y no Yolveré á jugar nunca!
ce y para siemprr, de aquella morada donde,
¡( :orrn, r-on-o en busca de ln suerte, p11es q11c
ron tan cariñosa solirilud, la dolencia de su
cuerpo había sido atendida y el 1rnil de su espí- la suntc me llama!
Voy ú hacer la última jugada.
ritu trataban de curar.
¡ Ln úllinw jugada, porqne en ésta serú mía la
Coll aquel irrevocable propósito de la huírln
fortuna!
salió sigilosamente de su hahilarión, atravesó , 1
De un sallo llegó ú la puerta que al exterior
pasillo y, al descorrrr rl c-~rrojo ele la purria
concludn;
c&lt;m numo febril y de un solo golpe
f[U&lt;' al cxlrrior de la rasa cornl11cía, le sorprentlt&gt;sronió cerrojos y pestillos dejando libre la sadió la luz que á. torrentrs salía tl&lt;'l despacho por
la puerta que, &lt;'n su lll'N·ipitada 111archa, clcjó lida, y eo111t•11zó ú bajar las esealer-as ron vertiginosa rapidez.
abierta Ernesto.
En brcvrs inslu11t&lt;'s se c•ncuntró rn la calle lilnmefliatamente n•sol\·iú entrar allí, &lt;lonrl&lt;'
h1·c
rk toda tutela y &lt;'ll disposición de acudir :t
rnnsirleraba que estaría frabajando sn amigo,
satisfac-l'I', nntc el inpete yerclc, ar¡uel ansia clr
para exponerle con tocln franr¡ueza at1uelln su
e11HwiollPS que no gozalia desde que recluído se
inr1ue1Jnrntable rrsulutión, despidiéndose de él y
Yió en aquella e-asa qnt' allnnclonaha, y donde
&lt;lispursto, es claro, á no hacer caso de cuantas
PI i11(·11111¡ini·nblr amigo qur para siempre at"a1•pflexiones en contra tlr ella le hiciese.
hn1Jc1 ch' prnlt&gt;l' h• había C"olmaclo, es verdad, dr
,\sí pcnsaurlo r•nlró rn el despacho y se qurdó
L·uidndos y c·arifio, pero {t 1111 precio inaceptable
profunclamenlc • sorprendido al verse solo en
para Hit-arelo, que por nadie ni por na.da f'll c•I
aquella estancia donde las lurrs parecía que dernundll, era capar. tle abandonar aquella funesbían indicar la prcscnria de Ernesto.
Drsconcerlado por esta circunstancia no acer- ta pasión rlolllina(lma ele su alma, mientras ésta
t&gt;sl11virse unida al destrozado y caclueo cuerpo
taba ú darse cuenta de la contrariedad r1ue empezaba ú eausarle la falla ele su amigo, sin corn- tkl i11Ieliz j11ga&lt;loi-.
prender que esta coincicle1wia tanto p0&lt;lía favo*
**
rPcer su plan de fuga.
Y rs que Ricardo, sin darse cuenta de ello,
Con lodn la rnpidez q11e sus escasas ft11irws le
allá en el fondo de su alma, repugnaba la deler- pern1ilían, dirigióse Ricardo ú la casa rle juego
111inación que fatalmente se veía obligado á readonrle últimamente él estuvo y en la que fué delizar.
tenido por la policía.
l\1uy pensativo y nen·ioso se apoyó contra la
Grande fué su contrariedad y desnlien\o cuanmesa escritorio y allí, inconscientemente, comen- do allí, delante de aquel caserón sucio y viejo,
zó á remover con su trémula mano derechn
supo qne la autoridad había. renaclo para siemcuantos objetos y papeles había á su alcance.
pre aqt1ellu despreciable cltil'lata.
De esta manera llegó á tener ante sus asomi Y en qué momento encontraba cen-aclo aquel
brados ojos el billete de mil pesetas que Ernes- local, donde el iluso creía que, impaciente, estato dejó allí olvidado.
ba esperúndole la fortuna!
Las sensaciones que en aquel instante expePensativo y mohíno, caminaba al azar, sin
rimentó el alma del desdichado jugador fueron
darse cuenta del calvario que seguía, hasta qne
tantas y tan diversas, que imposible sería des- allá, en solitaria calle, inslintiYamente hallósi::
cribirlas.
parado frente al mugriento escaparate de una
La honradez de sus mayores heredada, y que taberna, en el que de ma nifieslo se hallaban
él no desconocía, obligábale ú dejar en su sitio
unos platos de comida tal, que con su repugnanaquel dinero perteneciente al hombre de quien te aspecto capaz era de acabar con el apetito
tantos favores acababa de recibir. La fatal paapremiante.
sión del juego, con fuerza insuperable, procura- más
Pero el pobre Ricardo se hallaba eslenuado;
ba, al propio tiempo, conducirle por distinto
desde quince horas antes no había tomado c1licamino.
menlo ulg'uno, y sus mermadas fuerzas no poY nOJ; éslp se deió llevnr, consciente Lal vez
dínn ya responder á la enérgica voluntad de
de la· ilfarnia que c~metía, pero falto ele valor y
nc¡uel desdichado que en llegar ú una casa ele
fuerza ele voluntad para rechazarla, aquel ser jnego cifraba la inclisculilile felicidad cte su vicia.
clrgenerado por el fango del maldito vicio al que
Pero allí, delnule de la Luberna, en presencin
en cuerpo y alma se hallaba entregado.
ele aquella despreciable bazofia, l1ízole compren-¡ Es la suerte, sí, la suerte que· por vez
der su estómago la imperiosa necesidad en qtie
primera á mí se acerca !-decía conlernplnndo
ya se hallaba de continuar su interrumpida funel billete con extraviados ojos- . Yo no despoción fisiológica.
jaré á. Ernesto de esta cantidad. :No.' ¡ Yo no
:No hay nada tan imperativo corno el ham"bre;
robo!
por esto, Ricardo, á pesar de las condiciones nada
Antes de que él se aperciba de la: falta de este apetitosas ele aquel ínfimo establecimiento, decidinero ya estaré yo aquí de vuelta.
. dióse á. entrar en él.
¡Habré hecho la jugada!

Se nce1-eú á lu puel'[u l·t ·1h1 ..
.. HtJuel
y nauseul.Jundu' ' .' . 'JO
. .V '•¡\ 1)]Sar
de lres clesvenciJ·achs·· in esp,1c(·w donde, ademús
'
esas no s
d.
d e 1o 'Jue eran tal . .,
· e po 1a saber
, ' 'ez ue made .. )
e l lai; acom¡)afio,1.1
' ra, cada una de
uu, 1JOr cuatro
.·
ble clasifltación .ó
asientos de im1Josi,.
.
, v1 enfrente el 1.
es¡Jec1e ele mos!ntdur tn
e ,t entrada una
fregoteando unos des1'Jo ·1'·1s1 del cuul se hallabu
· ¡no
· que puede fabric· 1 . 1 arios vasos del peor
v1c
robusto v colorado
ur se, un hombretón allo
•
, con la fre l
.
'
unos mechones rojo.
.
_n e cubierta por
sucias guedeJ·as des que Jlttrec:ian alborotadas y
una especie el
.
que le cubría to(!a l
e 1Hel de oso
.
' a cabeza.
Ld enrarecida y ,estll
,
curdo respiró al ·1b/ir l· ente utmosfern. que Rihizu retroceder ~ l . a Jlllel'!a de la taberna le
Jl'lgnunte del lo~a; ts11ect~ _desagradable y '1-eidea, que hnstn enloncee/ug1nó ní!iídamen!e la
lo difícil illeJ·o1· c1·1 1 .. no le hubm ocurido ele
. .
'
c 10, 1mpos·1 ¡
. '
ser Je Ciimbiasen en a(¡ 1 1 J Je que habia de
'
l
ue
U"ar
el
•··11
l
pese as ' único d"11l ero que l º ·,
u1 e e de mil
gusto q11e allí hiciese.
em,t para pagar el
. .o
U¡&gt;~
»cu1

que, efusivumente , .
· , es ¡rechó u! 'tS. ·' 1 cuH grnn c·u·i
' 11u, u ¡ paretuba á explicui-:e u'.11 Ji-al&lt;llo Hicanlo, que no acer. · de afecto.
aque u ex1)re si· va muni festacwn
1
-G
• racius ' t D"IUs ,¡ue vuel
·
anugo más quei-ido . !'{
vo a encuntr«r Hl
!uro, A1-Lur-ito el B. -~ o le acuerdas de mi'? Arusca comu le 1 . .
g,os en aquella inolvidalJle
, e ecw1s los ami1 sabrás que desde h
de
Ramón.
1_1rendiernn y nos ne . , '
Je en que nos sor.
.
va1011 al Juz"udo
el
0
se cerro uquello p· ..
e gumdiu
-Sí lo ac·1bo du1
volverse ú abril-.
'
'
'
e
saue1·
h
-\'aya vay"
ace un momento
·
- ?\o ,, , " con ··· J&gt;epe, ¿vu·dad?
. , ' ~ o me llnrno Ricardo
.
--.Es cicrlu, hombre es : .
la. mía! i~liru que codfundi~1~rto. ¡Qué cabeza
te encucutro rnás del tl u n,ombre! Pero,
la ullu1ta n z c1ue t
.
ga o. "\ erdad es que
., . , 1 ,
e v1, allá en el 1·
,.luc1 e as? Cuando te c1·.
uzgacto, ¿le
Harte ante el jne&gt;z no¡~ ~que! perendeque al haBai ud que huy p' . n abas mucho mejor de
t·
. . ucs nada Rica d"t
ieues, c:01110 cuando nos ' ,
r I o, a.qui me
cueHcia, sin UIJa peseta v&lt;,1amos con más freco1_1stantemen tc para. bu~~ eslruJando la sesera
gu1r el duro 6 ,los dos duros°r el modo de consePero ··1v h"
,
nuestros de cada d"
I'.' c ico! que mal a d
JU.
Ga11z·tr tJ1 . ¡·
n a hoy &lt;,sto de a1
'
u unento· con el c·
llie quedé sin los ~ni.idos ierre de aquella casa
tumbrados á n11·s
~ . ' que ya estaban acosser\'lc10s y á ya sabes, porque también
m1~--- bueno, tú
la competenci-1 có
t~ he visto hacerme
- ' , 1110 se las mgeni
viviendo; y eso &lt;Jue t.
a uno para ir
u recuerdo que
que, duro que pescabas d ,
er~ tan lila
acto. Pero ahora
, ' u_r o que perdías en el
, por lo nsto .
le111&lt;10 una buena rach 1
' parece que has
n
a, o contrario qu
- ueno, bueno, AJ"Lur·t
.
e yo...
mino, ya sabes q
I l o, no sigas por ese caue o conocemo ·
s igualmmte
l us dos. t-Jira si 11 11
'
11::
evas á un
donde haya mucha b
a casa decente
lar fuerte no pertl ~áncaly _donde se pueda apun'.
,..
'
er s e t1 6 mpo
-.1.a lo creo que te 11
.
ahora mismo. Sé yo dee~ muy_ cerca de aquí y
banqueros que tallan al a so~1edad donde hay
ele duros. ¿Vamos?
bacca, at muchos miles
eei-

u

ni:i"ª Juan

et'.~º

d11:º•-

Es!u con:;iderución le IIiz . .
por completo ele e 1[ .
,o J e11 uceder Y desistir
blecimiento done!¡ 11 ar en aquel miserable esta'
e a pro1l0 · ·,
de cambiar un biUet d
s1c1~n hecha por él
rn ocasionar dac~o eel t ~- tlal cantidad bien pudie'
"
1 IS e us1 e t
presentaba, nulural recelo , , e o_que Ricardo
nente taber-nern
al lierculeo é impo' que ya con cur· ·d
ucza en él fijaba la vista
ios1 ad y extraEncaminóse
·
.
' pues, calle arribn
•
c1 1ac10nes se dirigió
L
', Y, sm más vadían pe~ilirle sus , con oda la rapidez que pomenauarlas 1 ·
Puer-!a ele! Sol, donde L;clo lo )lemas, hacia la
mento necesitaba J)Od'
que en aquel mo"'f '
JU encontrar
" ecttvameilte en
1 .
.
mienlos, que en' aqu:iut quiera de los es!ablecibía de ser difícil l'
, ugar abundan, no le ha~
10cm por mon el
lJa y manuable aquellas mil
e a más pequepor otra parte, las men
p~setas, ele las que,
car á otro ob1·eto q
os posible pensaba dedi.
ue no fuera 1
l1ble pasión le im onia.
. e que su irresisconcurrido centro pde
al_li también, en aquel
donde aplacar su . lifiJ adnd, encontraría cafés
Jus cado ap n
mente no sería extr ~
e J o, y probablecon algún compafle1:no }ue l~eg~ra á avistarse
-Dentro de un instante·
. ' ant¡;s he de tomar, en
de juego donde
d"
q_ e le md1case una casa ¡;ualquier café ato-.
bilidad.
' "un alimento; me caigo de depu iera 1r en 1 l
'
la fortuna, que le estaba
e ac o en llusca de
i·o, espernnclo desde
' como él tenía por segu-Allí, en el Universal
donde
.
' Y estaremos á dos parosamen!e en cusa deq~~ se le an?Tició tan gene- sus ele
'_
voy a llevarte.
- \ amos pronto.
precioso billete del B· mesto~ brmdúndole aquel
Rendido de
ª1:co de España.
l\o cou la rapidez ue R.
cansanc10 llecr· á
Sol, y como en ella l '
la Puerta del ú aquella hora los c~ches icardo de~eaba, porque
en rase por ¡
1
y la aglomeración de
' automóviles, tranvías
las, pronto se encontró e .
a ca le de Carr-3difít:il
atrm
esa1·
la
JJ
gente
hacían en extrei110
cambio. En ella hi·
nf1 ente de una casa de
.
.
uerla del Sol 11
zo en seau "d I
m,
H1Cardo
y
su
d
h
·
, egaron, poi·
f
de mil pesetas, sin otra
,"'- i a ~ de su billete
esa ogaclo com ~
panero y amiconsiguiente descue11to Pªi.1 ~1eulanclad que la del go a 1 popular café
- . financiera.
su r1do en a que1la opera- dieron hallar ali, en €.l que, á duras penas puc10n
'
u en el fondo del l ¡
(le:-;ocupada donde - L
oca , una mesa
Cuando de allí salía con el .
.
ins alarse
.\
la
primera
llmnacla
·
_
.
nos, separando los billetes el d1~ero en las mnacud10 un camarero que
plata-, para en distinto b . e l~s monedas de ú petición de \i-t r
los
platos
que'
á
:qo,
~ulregó
á és!c la lista el¿
todo, hallóse con un ; . tol~rlJos u'lo guardando
8
0
uc
hora se servían en el
do Y de aspecto simpáti~~ ¡oven, no mal vesli- café.
se encaminó con los b ' que, ~l verle, l:\acia él
-¿Quieres que eJi - . ?
razos ab1erios, entre los su inesperado amigj_ª yo.-preguntó á Ricardo

~r'

ºº .

ª

�-Como quieras, pero que sea pronto.
-En seg·lida.
Pasó rápiclamenle la vista por la carla 1111e le
tlió el camarero y dijo á éstG:
- Pues sírvenos ... pero ú la canera, ¿estás?
-Sí, seüor, al Jllornenlo.
-Bueno; langostinos con mayonesa y chuletas
de foruera con patatas fritas y ...
-Ya es bastante-interrumpió Hicardo.
-Como quitTas.
-¿Desean más los seflores?-inlenogó el camarero.
- :"10-contestó; .-tul'o·--. Postres no hacen fal-

•'

ta; te ti-aes luego café con leche, con tostada,
¿sabes? ¡Ah! y vino, una botella de Rioja.
-En seguida estarán servidos los señores.
.\1 relirarse el camarero le detuvo Arturo, cliciéndo.le:
--Dos raciones ele cada cosa, ¿ch'?
-Sí, señor, sí.
-Porque supongo-dijo á Hicardo, después que
se hubo marchado el camarero--qne no pretenclerías hacerme el desaire de no convidarme.
-Pues claro, hombre, qué duda tiene.
-Ya sé yo, ya sé que tú, cuando tienes, no
desprecias á los amigos necesilados. T\o, tú no
eres como hoy son, desgraciadamente, la mayor
parte de los que uno trata y á los que uno sirve
y hasta adula uno, con la esperanza de que á uno
le den un duro cuando ellos han tenido la suerte
de ganar muchos y ...
-Uno ó dos ó más que lo necesitan y piden

suelen qucdnrse con las ganas ele que les den,
pol'quc hoy ya se·va haeiendo la gente muy dura
de pe.lar, querido .\rturo.
¡Y luego se quejan de que uno meta im galdpayo ó cobn un descuido, si ó. mano viene!
-¡Qué ha de venir!
- La vcnlad rs que lodo está muy malo y ...
lo que yo digo, si uno no se dedica ú esto, ¿á qué
se va ó. dedicar?
El tamarero, colocando en la mesa servilletas, cubiertos y platos inlcrrnuipió el diálogo.
St\guiüamenlc si1·\"Íó las tlos raciones de langostiuos, dcscorehú la IJoleHa de yino, llenó de éslc
lus copas y se retiró en espera del m01nwto en
,1uc por los co111cnsales fuese llamado.
A111bos se dedicarnn entonces, con gran fruición á saborear y éieg.lutir langostinos que, &amp;n
mu; pocos minnt¿s. quedaron reducidos al cascarón que los envolvía.
Llegaron después las chuletas y, acompañadas
ele buena canliclacl ele patatas fritas, ele vino y
de pan, desnparccicrnn del mismo modo que los
langostinos.
.
nicardo se clió por vencido, avisado siu duda
por su rstónwgn, &lt;!lte ya no podía recibir más
alimento; pt'l'o .\rturo despachó &lt;'n . un instante
un vaso tle café rnu lec!Íe, el otro que á su amigo c·o1Tc:,;p01Hlía y las tostadas de aml&gt;os.
Tan i111pttcienlc se ltallalm ya Hical'(lO, l!ltC
antes de &lt;111e su l'OIIIJ&gt;Ul1ero Cüllí'lll,Vese de Hj)UJ'HJ'
el vino &lt;1tH' en Ju botella quedal&gt;a y los restos
de café ): l(islada que delante de si tenía, llamó
al camarero, le pidió la cuenta del gasto hecho
y, cuando en el attó le fué entregada, se levantó de la silla v ,1 l sacar del IJolsillo el diuero pal'a
¡¡agai·, sufri0 un tles\·anednücnto (no causado
por la cantidad qne la cuenta representaba, que
bien pudiera serlu, :;i110 producido por la enfermedad que sufría) y cayó sobre· la silla sin perder por completo el conocimiento.
Anles de que en auxilio suyo acudieran ,\rturo y el camarero, que· bien se apercibieron de
su estado, creyóse restablecido. Se levantó, pn,.;ó
la cnenta y, seguido ele su amigo, se dirigió ú
la calle.
Con vacilante paso, pálido y descompuesto el
rostro, temblorosas las manos y anhelante la
respiración, así caminaba el infeliz Ricardo, haciendo extraordinarios csfuerzós para aligerar
la marcha y llegar cuanto antes á aquel deseado
lugnr donde, según él creía, había de salir ú recibirle la fortuna que seguramente le estaba esperando.
A1'turo, que sol'prendiclo quedó en el café al
presenciar el accidente sufrido por su compañero, le seguía intranquilo por la calle al ver f 1
cada momento más alarmante estado en que se
hallaba.
-:\1ira, Ricardo-le elijo-; yo creo que no te
encuentras del todo bien; puede ser que la comida al caer en el estómago tanto tiempo vacío,
según me dijiste, haya siclo la causa ele esa
indisposición que ahora sufres. Yo creo '!11e, ele:
bíamos tomar un coche y yo te acompanana a

tu casa. l\lañana ya estarás bien; te iré á buscar
y sólo serán unas porns horas-lo que lardes en
conocer la casa á donde yo creo que no estás
ahora en disposición de ir.
-No,_no; ele ningún modo. Yo quiero ir ahora
mismo. Cada minuto que tardo es una eterniclad que de la fortuna me separa. No, ,\rturo, no;
es preciso que llegue en segnida á esa casa.
-l\lejor estarías en la tuya; créeme á mí.
-¡En la mía! ¿Tengo yo casa, por ventura?
¡Ay, Arturo! Si conocieras la honible situación

Diez ó doce pelclalios había subido cuando, exhalando profundo suspiro, cayeron inertes sus
brazos, dobló la cabeza sobre el pecho y, á no
ser porque Arturo le sostuvo, hubiera dado en
el suelo con su menguado cuerpo, perdiclo por
completo el sentido.
La gente que en la escalera se hallaba y presenció el triste accidente, ayudó á Arturo á
transportar el cuerpo de su amigo á un coche
de punto, en el que fué llevado á la más próxima
Casa de Socorro.
Allí, tendido sobre una cama, le asistió inmediatamente el médico de guardia, que en vano
1&gt;rocurnba hacerle recobrar el conocimiento.
En vista de la gravedad en que se hallaba y
ele que Arturo manifestó que aquel desdichado
no tenía domicilio, dispuso el médico que fuese
preparada una camilla, y cuando estuvo dispuesta, en ella fué conducido Ricardo al Hospital.
*

**

en que me hallo, verías la razón que me asiste
para querer llegar al momento á ese sitio donde
me conduces.
Como si para pronunciar estas palabras hubiera hecho esfuerzo superior á sus fuerzas, se
vió obligado á detenerse y apoyarse en la pared.
-:\lucho temo, quel'irlo Ricardo, que no baste la voluntad para realizar tu deseo.
-¡Por Dios!, te suplico que me ayudes á llegar.
-Eso no es difícil, porque ya estamos á la
puerta; pero si consigues entrar en la sala, ¿qué
harás allí en la triste situación en que tu salud
se encuentra?
-¡Oh, si me veo en la sala! ¡Si me veo en la
sala donde el juego se halla establecidq, habré
conseguido mi felicidad!
l\Iás bien que por su pie, arrastrado por Arturo llegó aquel infeliz á un anchuroso portal, y
con trabajo ímprobo comenzó á subir los peldaños de amplia escalern, por la que multitud de
personas subían y bajaban.

Pronto sería la hora de la· visita de la maliana
en el Hospital Provinci&lt;ü ;· las Hermanas. de la
Caridad presenciltban con mucha alención la
limpieza que hacían los sirvientes en las -salas;
los practicantes preparaban las. curas para Jo::i
enfermos de cirugía que las necesilaban, ·:i para
todos ellos las libretas donde habían de anotar el
plan curnlivo y el ulinrnnto qne el i:nédieo pe~scribiese á cada enfermo.
En una de las salas de .\ledicina, en la q~ie ni
una s~la cama habfa desocupada, estaba Ricardo
ocupmúlo la seiíalada con el número 13 desde la
noche anterior, que, como hemos v'is-to, le· habían conducido allí desde la Casa de Socorro.
Xo llacíu mucho tiempo que la luz áe·l "i-tueyo
din iluminab·a la estantía cuanáo, de~Úmés de
profundo y prolongado suspiro, recobró el conocimiento aquel desventurado.
'
Cna I Icrniana de la Ca l'itlacl,. q-ue- ciirc·a. se hallaba de la cama, se dió cuenta al insta~te del
suceso, y solícita acudió ú la cabecera del lecho.
-¿ Cúmo se ·encuentra? Ya, gracias é. Dios,
pusú el desvanecimiento con que anoche le trajeron, y en su cara veo que no ha de ser de mucha
importancia la enfel'me&lt;lad que usted sufre. Ya
es la llora de la visita, y muy pronto vendrá el
seiíor doctor que, con la ayuda de Dios, le ha de
poner á usLed bueno en pocos días.
-¡Ay, Hermana! Mucho temo que mi enfermedad no tenga cura. Ya sé yo que los males del
corazón, como el que hace mucho tiempo vengo
padeciendo, podrán aliviarse algo y prolongar
· más ó menos la vida del que los sufre, pero curarse ... ¡ Ay, Hermana! Lo que es curarse...
-¿Por qué no se ha de curar? Usted es joven,
y en su semblante no se reflejan señales de una
enfermedad tan grave como usted piensa. Tenga,
tenga confianza en Dios, y ya verá usted cómo
sale de aquí sin mal alguno.
El sonido de una campana que allá fuera comenzó tí. repicar, hizo que la Hermana de la Caridad se alejase del lecho diciendo :

�-Ya está ahí el señor doctor. En seguida comenzará la visita.
Al quedarse solo Ricardo, contempló tristemente aquel asilo en que se hallaba, y donde la miseria entrega el dolor á la caridad.
Al ver allí, en la cabecera de su lecho, el número con que en aquellos establecimientos benéficos se sustituye el nombre del enfermo, exclamó con amarga sonrisa :
-Número trece. Estoy en el lugar que me corresponde. Aciaga me fné siempre la suerte; es
natural que, bajo este aciago número, acabe la
vida.
Con esta triste impresión se encontraba cuando entró en el local, seguido de varios esludianles de Medicina que con él praclicaban, el médi·
co encargado de la sala, y en el acto comenzó á
pasar la visita.
·
Poco tiempo le ocuparon los doce números anteriores á Ricardo; á unos les fué dada el alta
por hallarse completamente curados de las enfermedades con que habían entrado en el Hosp1tal, y otros, ó continuaban en igual ~stad?. en
que el médico los encontró en la anterwr v1S1ta,
ó estaban próximos á la curación de sus dolencias.
Llegó al núm. i3, y el practicant_e que es.tuvo
de guardia duranle la noche antenor y alll entonces le esperaba, le dijo :
- Entrado. Anoche, á las diez, vino, sin conocimiento y conuucido en una camilla, desde la
Cnsa de Socorro del distrito del Centro.
-¿ True antecedentes 6 cliagnóslico?-preguntó el doctor.
-Colapso cardíaco, nada mús, dice el pase-contestó el practicante.
Acercóse el médico á la cama y comenzó á
examinar detenidamente al enfermo, mirándole
los ojos, pulsándole en ambos brazos, auscullándole el pecho é interrogándole después en esta
forma:
-¿Respira usted bien?
_
-En este momento con ulguna dificultad, pero
con frec.uencia me cuesta mucho trabajo, Y á veces creo que voy á ahogarme.
-¿Siente usted algún dolor?
-Aquí, al lado izquierdo, siento, mús que _dolor, una opresión gran&lt;lísima y fuertes palpitaciones.
~
-¿ Hace mucho tiempo que padece usted eso.
- Si, seilor; muchos aüos. .
?
- ¿Se ha puesto usted en cura alguna vez.
- llAsla hace poco, que al sufrir un día uno de
estos ataqnes que suelen darme, y en_ los. que
pierdo el senLido, me trasladó un amigo a su
casa, donde me estnvo curando el seüo~ cloc:
n, no me había visto ningún facultativo _m
l or "1'.
había hecho remedio alguno. Ayer, por 1a mauana, saH de aquella casa y .. •
.
-Sin darle á usted de alla el médico, por supuesto.
.
.
.
- Eslaba impar1ente all1, molestando á m1

más dócil, y cumplir el tratamiento que á usted
se le ponga.
-Sí, seiior, lo ha.ré así, aunque bien sé yo que
no he de curarme nunca.
-No crea usted eso. Se curará, se curará usted pronto. No sea usted pesimista.
Y volviéndose á sus discípulos, á los que, ocultándose de Ricardo, hizo un gesto que descontento y l risleza envolvía, les elijo :
-Una lesión orgánica del corazón. Tal vez insuficiencia valvular.
Dictó al practicante el plan curativo, á la Hermana de la Caridad el alimento que debía. tle Inmar el enfermo y, después de recomendar 11
éste que tuviese confianza en su curaci?n Y obedeciese escrupulosamente el plan curativo á que
debía de ser sometido, pasó al número 14-.
Dos meses hacía que estaba Ricardo en el hospital y la impaciencia que sentía por dejar aquel
asilo hacíasE.le mayor cada día.
Cuaudo libre. se hc1llaba de los accesos, que
con frecuern;ia le acometían, era todo su afá~
clf'mostrar que gozaba de excelente salud Y_ lll
1111 momento dejaba de pedir el alta al médico,
quien al yer aquel estado de extrem~ demacr~dón y los rápidos es tragos que hacia la enfe1 medud en la menguada constitución del e~fE.Tmo,
no accedía á sus pretensiones, prometiéndole,
sin intención de cumplirlo, es claro, complacerle
en corlo plazo puesto que, según le aseguraba,
110 había de tardar mucho tiempo en restab.lecerse.
-?--;o quiero morirme aquí-murmuraba ª}
quedarse solo--. ¿Quién sabe si la suerte E.slara
ahora conmigo y por esta forzosa clausura no
puedo aprovecharla ... ?
.
.
.\tormentado con esta idea se hizo s~per10r á
sns fuerzas la permanencia en el hospital, Y E.ll
vista cte que no conseguía del médico el ~ll?- que
rn todas formas y constantemente sol'.cllaba,
adoptó extrema resolución m la ~ue .arriesgaba
la vida á cambio de recobrar Ja llb~rtad.
Ncgóse en absoluto ú tomar medicamento alauno levanté.base de la cama descalzo Y desnudo, i:echnzaba lodos los alimentos y . se_ rebeló,
en fin, contra órdenes, consejos Y_ suplicas del
médico, de las hermanas de la Cand~d y ele torlos cuantos intentaban reducirle á de¡ar aquella
conducta suicida que había adoptado. .
En vista ele tan grave situación y terr:iendo el
facultativo que aqur,l desdichado se muriese fu?ra de la sala, pues con frecuencia, cua~do podia
bmlar la vigilancia rle los enfermeros, mtent8:ba
escaparse y desnudo salía tL las galerías, patios
y hasta donde le dejaban llegar, l_e otorgó el alta
tan codkiada y que tan fatal habrn. de serle muy
pronto.
J.e fué entregarla Ja ropa que puest~ llevaba
c·1umdo le condujE.Ton al hospital y el din~ro que
rn sus bolsillos tenía, casi íntegras las rml pesetas que sustrajo á Ernesto, pues que solam:n::
le fallaban unos diez ó doce duros que le h b
costa.do el cambio del billete y el gasto hecho en
amigo...
1 a ele ser
PI café poi' él y Arturo.
- Pues aquí; si ustetl quiere curarse, 1

Al torar con sus crisparlas manos aqúel dinero, con el que contaba para conseguir la fortuna. de la que, como jamús le ocunió, ahora
no ilurlaba, á sn mente acudía el recuerdo de la
infamia que c-on su cariiiosísimo amigo había
&lt;.:ometitlo.
Y r,sfo era lo que, principalmente, motivaba su
impaciencia por llegar á la casa de juego, pues
seguro como estaba de tener la suerte propicia,
a11hrlaba ha('erla efectiva para corre!' á casa de
Ernc,sto y reintegrarle de aquella cantidad.
Después de terminada la visita de la manana,
qur es Ja hora en &lt;!UC los en ferinos dados de alta
salPn del establecimiento, ayudado por un enfer-

me.To, se vistió nicarcln y, rasi nrrastrúnclosr,
lngrú bajat· lns escaleras y verse libre ele! hospil al.
Difícilmente pudo atravesar el nrnplio espacio
&lt;[ue 11wclia entre el a.ntiguo casf'rón ele Limnpos
di' Carlos III y la ac&lt;'ra ele ,la calle de Atocha.
Al llPgai· allí, cuando ante aquella empinacln.
í'.llesfa se \'i(,, r·om rncióse &lt;le la imposibiliclarl en
f[IIP si' hnllaba de subirla ron ~n propio esfuerzo.
El l1·anYüt llegó ron 111ncha oport11nidacl para
r.-solvrr rl rnnnir-to en &lt;rnr el infrliz enfer1no se
rnc·01t11·aba.
Se m·P1•,·ó éstr, sal)(' Dios con cuúnlo trabajo,
i11tr11tú subir al ror hr, prro carecía de fueru1.
para 1·palizar s11 r!rs eo; gra cias á un pasajero
cr11r i !Ju rn la pla I a forma y al robraclor del tranvía q11r, al observar PI inútil r¡:;fncrzo &lt;le aqnrl
&lt;l&lt;'stlid1allo, ¡=;r compad&lt;'c:icron ele él y le prestaron :,;11 nyucln, ronsiguió verse instalaclo rn rl co&lt;·hp y Jlrgur así ú la Puerta del Sol.
Il&lt;'srk allí hasla la rnsa ele juPgo donde le llcYó
Arlnm y clpsr]p donde f11é l1·asJadaclo sin cono('i111iento á la C:a~a de ~ncorro, no había rnucha
distancia.

lfo1p1·e1Hlió, pues, aq11ella corta pero penosisicarninata r:on la ruano en el pecho, que in11l1lmente dilatar pre!Endía, presa de indescl'iptiüle angustia, con la respiración anhelosa y arrasl1_'U11clo los piPs r:01110 anciano decrépito y apenas
1'11l vida.

'."ª

?\Ierced á titánico y supremo esfuerzo, llegó al
lan des,,arlo lugar, objeto de lodos sus afanes y
c-au;:a ele todas sns desdichas.

*
**
l:n puesto había vacante en la mesa del baccarctt y, exlmíia coincidencia, era .el número 13,
el mismo (!ue hasta aquel día había estado ocupando Hicardo en el hospital.
Allí se sentó el incorregible jugador. Con crisparla mano sacó del bolsillo un pufiado de billetes y, sin enterarse de la ranlidad que represen-

tallan, los depositó sobre el tapete un segundo
nutes de que dijera el croupier:
-?-;o va más.
Apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza entre an1ha~ rnanos y esperó el resultado de la ju-

gada.

- ::\ueve-dijo, ensefinndo Jus cartr1s el JlWl/o
que lle1,a ha la mano.
'
Ei·a la vez )ll'imem &lt;JU/' en su silio quedaba, d11pl,cut!u, la J/llf'S/a del hasla e11lonces desdichado
jugador.
0!1·0 J&gt;11se fir,í f']
éste.

/11111q111'1·u,

y oln1 ver. ]Jenliú

Hícarrlo no &lt;'Hlllhiaba &lt;le aditud, y dejaba en
el mismo sit io tocio el importe de su ya cuadrnplicada puesta.
•
Y olm 1111se y nlro y cliez m{1s perdió el úw,r¡uero, r·on Jo c·1m l la ~uerte colocó una. enorme
can! iclaü de clinem subl'e aquellos billetes del jugador mús desafo1ü11 wclo que hnstn. aquel momento se hnhía conoddo.
El dinel'o de la vanea se conduvó al terminar
el c1·011picr &lt;le pugm· las vuestas.
banquero se
leYantó de la silla, liró la baraja sobre la mesa
y abandonó el puesto.
- Talln para el úaccarat- -dijo tres veces el siJ-vicnle. Y como nadie c:ontestase á esta oferta
~•efüó,;e el croupier, quedando interrumpido el
¡nego hasta que nuevo banquero se presentase.
- Ya no hay quien talle dijo uno. ·

El

�-Ese afortunado mortal hizo saltar la banca-afiadió otro.
-¡ Eh, amigo! Recoja usted esa fortuna-ordenó á Ricardo el jugador que á su lado se sentaba.
Pero Ricardo no contestó.

Entonces, aquel oficioso compaf'1ero le s~cudió
los hombros con fuerza, suponiéndole d~rr_n1do.
El cuerpo de Ricardo se desplomó, ngtdo, sobre el pavimento.
i La muerte había llegado al mismo liempo q11P.
la fortuna!

r

,

,

EL PAPA SIMON
f'OR GUY DE /1'\AUFASSANT

..

IIabtan sonado las &lt;lote.
Se abrió la puerta de la .es,·11eln y los chicos
se p1·edpitarot1 fuera, alrnpellúndose, emp.ujándose unos á otros para salir ·anles.
Pero en vez de se1)urarse rúpidamente é irse
á come!' como los demás días, se detuvieron á
poca distancia de la escuela formando grupos
y cuchicheando.
Era que uquellu maiwna había ido por pl'iniem vez á clnse Simón, el hijo de lu 13lancholte.
Todos hablan oído habkH' en sus casas de la
rnanc:holte. y , aunque no la acogiesen del lodo
·mal én 1'&gt;úblico, ·Juego1 las madres de los chicos,
bablüban de ella con cierto compasirn desprecio,
que lfabíit eoncluído por ganar lnmbién á los
. chico,,, sin sab~1· por qué.
.
En ·c1rnnto ·á- Simón, ni siq11iem lo conocw.n,
po1·que no salía nunca' de su tasa, n i c;on·eteaba
con ellos por las calles del 1rnebio y por las orillas del río.
.
Por eso habían acogido con cierto jubiloso
asombro la presencia del nue,·o c;ompal1ero, y
unos ú olros se repilieron eslas palabras, dichas
por un mucha1·ho de .c:alors.;e á quince uiios, que
parecía muy ducho en picardías.
- ¿ :'\o sabéis? Simón ... Ese Simón que ... Pues
bueno; no tiene papá.
,\! fin, apareció en la puerta .e l hijo de lá
Dlanchotte.
Tenía siete ú ocho aüo:;. Paliducho, de as1)eclo
tímido y torpe, iba muy limpio.~· bien vestido.
Echó á andar .camino de su casa y delrás de él
los grupos ele. sus camaradas, siempre cuchiui1eando y mirándole con esas miradas crueles
: de los niíios cuando msd-ilan algo malo,
De pronlo, le cercuron entre tocios. Simón
quedó en medio de ellos sorprendido, azorado,
sin comprender lo que iban á hacerle.
Enlonc·es el chico que dió la noticia á. los demás, orgulloso del triunfo obtenido, le interpeló.
-¿, Cómo te llamas tú?
-Simón.
-¿Simón qué?
El nifio, cada vez ml\s confuso y azorado, repilió :
-Simón.

-¡Bah! ... Así se puede llamar cualquier cosn ...
Simón no es un apellido...
·
El h.ijo ele la 13lancholle, ya con lágrimas en los
ojos, 1·epilió por lercera vez :
-Pues yo me llamo Simón.
Los chicos se echaron á reir. El otro levantó
lú \'07. ¡;ada vez más 01·gulloso de su triunfo :
-Ya Jo ,·éis cómo no tiene papá.
1
,Hubo un gran silencio.
Los niüos estaban eslupefactos ante aquel hecho extraol'(linario, imposible, monstruoso de w1
chko que 110 tiene padre. Le miraban como á
un fenómeno y senlfan nacer en ellos aquel desprecio- hasta entonces inexplicable-de sus madres por la Blanthotte.
§lmón hnbín leniclo que apo~•arse en un árbol
pura no eue1· al suelo. ,\llí permanecía como atenado poi· 1111- desastre irreparable. Quería explical'Se, ,i11sliUc:arne, defenderse; pero no se le
ocurría nnda, no encontrnba palabras para desmentir aquell_o tan afrentoso de no tener padre.
.\1 íln, lívido, in('onscienle, gritó:
-Sí ; tengo uno.
-¿ tJónde está ?-pregunlaron los chicos.
Simón calló. Xo lo sabía.
Los m11chachos reían cada vez más con insolente regocijo. Hijos del campo, acoslumbrado.s á la convivencia animal, sentían ese impulso
c1·uel de las aves de corral á rematar entre todas
á la que está herida.
!)e pronto, Simón .vió á un vecinilo suyo, hijo
ele llnu viud&lt;1, y á quien había conocido siempre
como él, solo con su madre:
--Tú tampoco tienes, papá-Je dijo.
- Si; tengo uno.
- ¿. Y dónde eslá?
El otro nilio irguió altivamente la cabeza.
-Ha muerto. Estú en el cementerio mi papá.
t..:n munnullo de aprobación recorrió las filas,
como si el hecho de tener el padre en el cementerio le engrandeciese, para aplastar más aún :'l.
Simún, LJLie ni siquiera lo tenía enterrado.
Y aquellos granujas, cuyos padres eran casi
tocios ladrones, borrachos y crueles con sus mujeres, se unía.n, se apretaban unos contra otros,
como si quisieran ahogar con el peso •de su legitimidad al que estaba fuera de la ley.
Uno ele ellos le sacó burlonamente Ja lengua:

�Hacía calor. El sol ardía en la hierba. El agua
-¡Xo tienes papá! ¡Xo tienes papá! ...
tenía
tersuras de espejo.
Simón le cogió súbitamente por los cabellos
Simón se Rentía invadir por esa languidez, por
eon las dos rnfmos y le empezó á dar furiosos
puntapiés en las piernas mientras le mordía la esa dulce beatitud que sucede á la lágrimas, y
le acometían deseos de dormirse alli mismo. socara.
Hubo un momenlo de confusión. Luego los se- bre la hierba, bajo el sol bondadoso.
Cna rana pequeñita salló bajo sus pies. Quipararon, y Simón cayó al suelo, bu.jo los puñeso
cogerla y se le escapó por lres veces. Al fiR
tazos, las paladas, los puntapiés de unos cuantos
logró asirla por las palas &lt;le alrás y se echó á
mientras los demás aplaudían entusiasmados.
Cuando pudo levantarse y empezó á limpiarse reir Yiendo los esfuerzos que hacía el animalito
maquinalmente el delanlal sucio de pol\"O, le gri- por escaparse.
Tan pronto curvaba como estiraba rígidas las
tó uno:
palas
tle atrás, agitando al mismo tiempo las
- Ancla, Ye ú decírselo ú lu papá.
delanteras
como unas manos.
Entonces sintió una profunda amargura. Eran
Simón
recordó
cierto juguete suyo hecho con
más fuertes que él ; le liabían golpeado, le habían colmado de insultos, y él no podía defen- tablilas clavadas unas sobre otras en ziszá.s, Y
derse, no podía mentir, porque, efectivamente, que, merced á un movimiento semejante al de
la rana, llevaban y traían unos soldados de
carecía de padre.
El orgullo contuvo lweves inslanles las lágri-- lalón.
La evocación del juguete le hizo pensar en su
mas que le ahogaban ; pero no pudo detenerlas
casa,
luego en su madre, y la tristeza de momás tiempo, y empezó ú llorar sordamente granmentos antes volvió á arrancarle lágrimas Y
des sollozos que le estremecían todo el cuerpo.
Una alegría feroz conmovió á sus enemigos, é sollozos.
Quiso arrodillarse, quiso rezar, como todas
inslinlivarnente, como los salvajes en sus terrilas
noches, al acostarse. Pero no pudo. Eran tan
bles regocijos, se cogieron de la mano y empezahondos,
tan grandes los sollozos, tan i1un~nsa
ron á dar v11ellas en torno suyo, cantando.
y
profunda
su pena, que no podía coo~d1~~r
-¡Xo tienes papá! ¡~o tienes pupá!
ideas ni veía nada en Lorno suyo, nada, m v1v1a
Pero de pronto Simón reRó ele llorar. La rabia
le secó las lágrimas. Tenía piedras á sus pies, en ac~uel momento más que para las lágrimas.
Súbitamente sintió una mano pesada y fuerte
,y,. cogiéndolas, las lanzó con todas sus fuerzas
sobre
el hombro, y una voz varonil y desconocida
contra sus verdugos. Dos ó lres las recibieron á
le
preguntó
:
pleno rostro y huyeron qu ejándose.
- ¿Qué es eso, hombre? ¿Qué te pasa? ¿Por
Era tal el aspecto de Simón, que cundió el pánico entre todos. Cobardes al fin-como lo es qué tienes esa pena tan grande?
Simón Jevanló la cabeza. Delante de él había
siempre la multitud frenle á un hombre desesun obrero allo, fuerte, con la barba y los cabellos
perado-, se desbandaron en poco liempo.
negros rizados, y un gran aspecto de bondad en
Ya solo, el niño sin padre echó á correrá campo traviesa, acometido de rina violenta resolu- todo él.
- :\le... me... han... pe ... pegado porque ... n•
ción. Quería ahogarse en el río.
ten .. . ten ... tengo papá... ¡ ?,;o te~1go papá! .. .
Recordaba que ocho días 11ntes se había suiciEl obrero sonrió.
dado de aquel modo nn mendigo. Simón estaba
-Pero si eso no es posible. Todo el mundo l•
presente cuando lo sacaron del agua.; y aquel
individuo de aspecto lamentable, tan feo, tan re- tiene.
Simón sintió aumentar su angustia.
pulsivo antes, tenía entonces un aspecto plácido,
-Xo... no ... Yo ... no lo ten ... go ...
con los ojos muy abiertos y muy tranquilos, las
Entonces el obrero se puso serio. Había recomejillas muy pálidas. En torno de Simón, los
nocido al hijo de la Blanchotte, y, aunque hacía
campesinos decían: «Está muerto, está muerto"· poco tiempo que estaba en el pueblo, sabía vaY alguien aüadió : «Ahora si que es feliz".
la historia.
Por eso quería matarse también Simón. Por- "cramente
- Vamos, hombre; tranquilízate, Ven conmigo
que no tenía padre, como aquel miserable no te- á casa de tu madre ... Yerás cómo tienes u11.
nia dinero.
papá.
Llegó junto al río y se detuvo.
Echaron á andar juntos, cogidos de la mano.
El agua se deslizaba mansa y clara. Algunos El obrero volvía á sonreír, contento en el fondt,
peces ponían de cuando en cuando la brillante por aquella ocasión de ver á la Blanchoite que,
movilidad de su cuerpo y saltaban á la superfi- según decían, era una gran mujer. Después de
cie para coger insectos y mosquitos.
todo, la que había faltado una vez, podía faltar
Simón dejó de llorar interesado por aquello.
otra
más .. .
Sin embargo, de igual modo que después de una
Llegaron á una casa muy blanca y muy limpia
tormenta pasan de vez en cuando grandes ráfagas -de viento que encorvan -los árboles y se pier- de aspecto.
-Aquí es- dijo el niño.
den en el horizonte, la idea fija volvía á dolerle
Y levantando la voz, gritó :
en el cerebro y en el corazón: «Me voy á matar
- ¡Mamá! ¡Mamá!
porque no tengo papá"-

Apareció una mujer en el umbrul, é instantá1tearnente dejó de soll!'eil' el obrero. Había comprendido que aquella mujer, pálida y altiva, que
pennanecía en la puerta de su casa como impitlienclo la enlruda á los hombres, después de la
tr~ici?n ue 11110 &lt;le ellos, no era lo que pensó al
prmc1p10.
Se quilú la gorra un poco azol'ado.
.- L_e lrnigo ú usted ú su hijo que se había perdido J Lmlo al río.
Pero Simón saltó al cuello ele su madre echán
dose ú llorar de nuevo...
'
. -:\'o, mamá; no me había perdido ... Es que
quería matarme, ahogarme, porque los otros
chicos me han pegado porque dicen que yo no
tengo papá...
La joven enrojeció, y, herida eu lo más profundo de su carne y de su alma, rompió á llorar
lari1bién, besando ú su hijo con besos anchos
violentos como mordiscos.
'
El obrero permanecía de pie frente á. ambos
sinceramente emocionado, sin saber cómo des~
pedirse.
Después de un ralo, Simón, desprendiéndose
de los brazos de su madre, corrió hacia él.
-¿ Quiere usted ser mi papá?
l lubo una pausa cruel, molesta.
La manchotle, muda., llena de vergüenza, permanecía en el umbral, oprimiéndose el pecho
con las dos manos, la vis ta fija en el suelo.
.Al iin, el niño, viendo que no le contestaban,
aüadió:
- Pues si no quiere usted serlo, me vuelvo al
río, á matarme.
El obrero se echó á r·eir, lomando la situnción
á broma.
- No, hombre, no. Yo seré tu papá.
- Entonces, dime cómo te Üamas })_ara que se
lo diga yo á los chicos cuando me lo pregunten.
- Felipe- contestó el ohrero.
Simón hizo una pausa como para entrar muy
dentro de sí el nombre y luego tendió los brazos
diciendo:
-Pues lú ere:; ya mi papá, Felipe ...
El obrero lo besó bruscamente, y, sin despedin;e de la madre, echó á andar á grandes zancadas.
II
Cuando al día siguiente enlró Simón en la escuela, Je acogieron sonrisas maliciosas. Pero á
la salida, antes de que el grandullón volviera á
sus bromas de la tarde anterior, Simón le arrojó
á la cara, como una piedra, estas palabras :
-Mi papá se llama Felipe.
Grandes carcajadas y gritos le respondieron :
-¡ ¡Uy, Felipe!! ¿Felipe qué? ... ¿Felipe de
qué"? ... ¿Qué es eso de Felipe? ¿De dónde has
sacado á ese Felipe?
Simón no contestó. Inquebrantable su fe, estaba dispuesto á dejarse martirizar antes que
huir. El maestro le libró de los golpes y lo llevó
á casa de su madre.

Durnnle lres meses, Felipe pasó todos los dias
por delante de la casa de la Blanchotte, y algunas
veces se atrevió á hablarla cuando la veía cosiendo deh-ás de la ventana.
Ella le contestaba cortésmente, siempre grave
y correela, sin reir nunca, ni dejándole entrar
denlrn. Sin embargo, Felipe, fatuo como todos
los hombres, se imaginó cr11e ella se ruborizaba
en cuanto le veía.
Empezaba ú mur-murm·se en el p,ueblo acerca
de aquellas inocentes enlreYistas. Cuando una
mujer ha perdi&lt;lo In reputación, lodo el mundo se
cree con derrcho á intervenir y discutir su Yida.
En tuunto á Simón, quería mucho á HSU papú»,
.v todas las lardes daba grandes paseos con él.
,\sistía puntualmente á la escuela y ni siquiera
se moleslaba en contestar á las bromas y pullas
de sus compal1eros.
Pern un día, el g¡-andullón de otras veces, le
dijo :
- Tú mienles. Xos has dicho que lenías un
papá que se Jla111aba Felipe y no es verdad.
Simón palideció.
~¿Por qué no·!
El grandullón se íroló lus manos, sonriendo:
- Porque si tuyieses un papú, sería el marido
de tu mamú.
.
Simón no pudo menos de reconocer la ¡usteza
de esle razonamiento. :\o obstante, replicó:
-Pues es mi papá.
- j 13ah ! Eso 1:uesta poco trabajo ...- aiiadió
el ulro, encogiéndose ele hombros v volviéndole
la espalda.
·
El hijo de la Rlnnchotle se dirigió entonces á
la fragua del tío Loizon. donde trnbajaba Fe•
lipe.
La fragua eslnba corno sepultatla entre árboles. Gna gnm obscuticlad la envolvía \' á la roja
luz del !lugar se veía cinco herrero~: desnudos
de medio cuerpo, golpeando con sus martillos
sobre los yunques.
Simón entró sin ser vislo y fué silenciosamente á lirn1· del delantal de cuero ú su amigo. Felipe se ,·olvió. Tocios los demú.s interrumpieron
el trabujo y, apoyados en los martillos, miraron
llenos de cw·iosidad.
í en medio de aquel silencio inesperado, tan
opuesto al fragor hordsono de momentos antes
sonó la débil vocecita del niño.
'
-¿:\o sabes, Felipe? El chi1:o de la l\lichnnde
me u.caba de decir que tú no eres mi papá.
-¿ Y por qué?- preguntó el herrero.
El niflo, lranquilamente, ingenuamente, respondió:
-Porque no eres el ma1·ido ele mamá.
Xadie se rió.
Felipe permanecía de pie, inmóvil. Había indinado la cabeza, descansando la frente sobre
el dorso de sus manos, apoyadas en el martillo.
Sus cuatro compm1eros le miraban fijamente, y
Simón, más pequefio y más débil que nunca en
medio de aquellos gigantes, esperaba lleno de
ansiedad.

�'

De pronto, uno de los herreros se dirigió á
felipe.
-La verdaq es que, á pesar de todo, la Blan-

¡1

chotte es un8. .buena rnuchacha y muy uecente
y muv formal. Yo creo que seria una esposa
&lt;lignu y honrada.
Los otros n&amp;inlieron.

:r
1

i
1 ,,

:

f

1

-Tienes razón.
1

-.\demás - cpntinuó el qu_e habia habl8..do
prirnero-1 ¿tiene la culpa de haber sido débil'? La habían dicho que se casarian ~on ella,
y 111ús de una y de dos conozco yo á qllienes
se las respeta mucho y que; han hecho otro
tanto.
Los olros 1:1.sintiei·on.
-Tienes razón.
-Sólo Dios sabe lo que ha sufrido esa pobre
mujer para criar y educar este nilio sin amparo de nadie; lo que ha llorado sin salir nunca
mus que para ir á la iglesia.
Los otros asintieron.
___,,.Tiénes razón.
Hubo upa pausa. Solo se oia el resoplido de la
fragua:
·Felipe salió bruscurnentc de su ensimisrnai mienlo.
-\' e; y dile ú tu madre que iré esta noche a
hablar con, ella.
Luego empujó al niüo fuera de la fragua.
Volvió á su tarea y á una volvieron á caer los
•cinco martillos sobre los yunques. Hasta 1a no&amp;e golpearon el hierro, fuertes, poderosos, alegres, en una alegría casi humana. Pero así como
el bordón de una catedral domina en los. días de
:ies~a el sonido de las demás campaoas 1 así ei

martillo de Felipe caía y s.e levantaba más fuerte que el de los otros causando un estrépito ensordecedor.
Pal pitaban las estrellas en el cielo cuando fué
ú llamar á la puerta de la Blanchotte. Vestía
su blusa de los domingos, llevaba la camisa limpia y la barba recién cortada.
La joven abrió la puerta y le &lt;lijó dulcemente,
casi apenada:
-Hace usted mal en venir de noche, Felipe.
~l q\tiso contestar; pero le faltó !a voz.
~ Ya comprende usted que debo evitar el que
se murmure de mí.
Entonces, él, ele_ pronto, con lodu su. alma,
repuso:
-¿Qué intporla eso, si ~sted quie_rc ser mi
mujer?
No le contestaron; pero en la sombra de la
habitación se oyó ~nei&gt; un cuerpo.
Enh'ó inmedíatanlc~lte y Simón, desde su
cama, oyó un beso y la voz de su rnadre pronunciando palabras ~ntrecortadas.
Luego se sintió leYantaclo por los braz~s de
su amigo que le decía:
---:J\lafiana les 4ices á tus co111paüeros que tu
papá se llama Felipe nenny y que dat'á uñ. tirón de orejas .al que te moleste.
·•
_ ,\l. día siguiente, cuancl_o escuela eslqba llena
é. iba· á empeznr la _c lase, Simón _se levunló muy
púliÚo, c.;on la poca ten1bl_qrosa1 y dijo:
-Mi papá se llama Felipe R,e.m1y y ha clicho
que dará un tirón de orejas al que me mo}est~,
Esta vez no ·se rió nadie, porque_ conocian. á
Felipe Rern1y1 y sabían que erU un papá del _cual
se podía estar orgulloso.

El Cuento Semanal

'ª

Trnducción de Silvia Lago .

.. ,

¡•

MAR

ADENTRO
POR

MAURICIO LOPEZ-ROBERTS
Dulraclones de Sutua BonWa

�</text>
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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 203,  Noviembre 18</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Jaques, Florence Page, 1890-1972, Colaborador</text>
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                <text>Blanco Coris, J., Ilustraciones</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Georges Courteline</name>
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        <name>Teodoro se ha emborrachado</name>
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                    <text>'

De pronto, uno de los herreros se dirigió á
felipe.
-La verdaq es que, á pesar de todo, la Blan-

¡1

chotte es un8. .buena rnuchacha y muy uecente
y muv formal. Yo creo que seria una esposa
&lt;lignu y honrada.
Los otros n&amp;inlieron.

:r
1

i
1 ,,

:

f

1

-Tienes razón.
1

-.\demás - cpntinuó el qu_e habia habl8..do
prirnero-1 ¿tiene la culpa de haber sido débil'? La habían dicho que se casarian ~on ella,
y 111ús de una y de dos conozco yo á qllienes
se las respeta mucho y que; han hecho otro
tanto.
Los olros 1:1.sintiei·on.
-Tienes razón.
-Sólo Dios sabe lo que ha sufrido esa pobre
mujer para criar y educar este nilio sin amparo de nadie; lo que ha llorado sin salir nunca
mus que para ir á la iglesia.
Los otros asintieron.
___,,.Tiénes razón.
Hubo upa pausa. Solo se oia el resoplido de la
fragua:
·Felipe salió bruscurnentc de su ensimisrnai mienlo.
-\' e; y dile ú tu madre que iré esta noche a
hablar con, ella.
Luego empujó al niüo fuera de la fragua.
Volvió á su tarea y á una volvieron á caer los
•cinco martillos sobre los yunques. Hasta 1a no&amp;e golpearon el hierro, fuertes, poderosos, alegres, en una alegría casi humana. Pero así como
el bordón de una catedral domina en los. días de
:ies~a el sonido de las demás campaoas 1 así ei

martillo de Felipe caía y s.e levantaba más fuerte que el de los otros causando un estrépito ensordecedor.
Pal pitaban las estrellas en el cielo cuando fué
ú llamar á la puerta de la Blanchotte. Vestía
su blusa de los domingos, llevaba la camisa limpia y la barba recién cortada.
La joven abrió la puerta y le &lt;lijó dulcemente,
casi apenada:
-Hace usted mal en venir de noche, Felipe.
~l q\tiso contestar; pero le faltó !a voz.
~ Ya comprende usted que debo evitar el que
se murmure de mí.
Entonces, él, ele_ pronto, con lodu su. alma,
repuso:
-¿Qué intporla eso, si ~sted quie_rc ser mi
mujer?
No le contestaron; pero en la sombra de la
habitación se oyó ~nei&gt; un cuerpo.
Enh'ó inmedíatanlc~lte y Simón, desde su
cama, oyó un beso y la voz de su rnadre pronunciando palabras ~ntrecortadas.
Luego se sintió leYantaclo por los braz~s de
su amigo que le decía:
---:J\lafiana les 4ices á tus co111paüeros que tu
papá se llama Felipe nenny y que dat'á uñ. tirón de orejas .al que te moleste.
·•
_ ,\l. día siguiente, cuancl_o escuela eslqba llena
é. iba· á empeznr la _c lase, Simón _se levunló muy
púliÚo, c.;on la poca ten1bl_qrosa1 y dijo:
-Mi papá se llama Felipe R,e.m1y y ha clicho
que dará un tirón de orejas al que me mo}est~,
Esta vez no ·se rió nadie, porque_ conocian. á
Felipe Rern1y1 y sabían que erU un papá del _cual
se podía estar orgulloso.

El Cuento Semanal

'ª

Trnducción de Silvia Lago .

.. ,

¡•

MAR

ADENTRO
POR

MAURICIO LOPEZ-ROBERTS
Dulraclones de Sutua BonWa

�AftO IV.-9 Diciembre de 1910.-~. 206.

El Cuento Semonol
2i!

~

OFICINAS: Fuencorrol, núm. 90.-HADRID

Númuo suelt~: i10 Gintimos.

Apartado de Correos 409.

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

-- - - -

ladrid y provincias: Trimestre, 3,50 pesetas.
semestre 6 50 pesetas. Año, 13. EI!_ynjero: Semestre
' '
10 pesetas. Año, .le: ,,.
lllunclos á precios c~clo-1es.

SB PUBLICA LOS VIERNES
~

/"\AURICIO LÓPEZ-ROBERTS

PRECIOS DB SUSCRIPCION

ADENTRO

-------------i

Pl:JBLICARÁ , •.

LA RISA o ·EL FAUNO

I

POR

LUIS 1\.NTÓN DEI.J OL~IET
ADVER.'FENCiA
Insistimos en recordar á nuestros favorece1lores espontáneos, que esta e_mpre_s~ ha acordarl,,:
por abara, no publicar J:?~S ongmales que lus
que ella udirectamente solicite" d~ _sus autores.
También se ha visto en la prec1s10n de aconl.ir
que los manuscritos que en adelante le sean t'Oviados uno serán devueltos».

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Un libro ideal para anotacion€S e,; nc¡url (pe
nos permite anc,tnr Y. reeo:clnr cuúr,,I~- t'~ fl, ~ni_.t~
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tliaríu cí Libro de .\lemurias para 1911, que ha
J•'ll",to ,. la ,, •n':1 l:t Ca-'a E,Jitorial DaillyI?aillier0.
CnnÍiE'lll' adn11ú,.; el Jlr1or1rdndum snntnral por
, r.J •n •nlfribético y ag,,mlu én blanco. er.l~ndari0,
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i

Había poca luz ya para seguir cosiendo. Brígida dejó caer sobte sus rodillas el delantal que
repasaba, y, abandonando Jas manos, miró hacia adelante, reposó su vista, cansada de fijarse
en la tr ama menudn del zmcido. La amplitud
serena del mar recibió la mirada de Brígida,
halagándola con su suave tinta gris.
El mar dormía en aquel anochecer de primavera . .'\i una sola onda rizaba la inmensa exlensiún y hasta perderse á lo lejos, el matiz gris
continuaba, sedoso, trnnquilo, e,·ocador de mundos quiméricos donde la calrna fuese eterna, büjo
la cúpula &lt;le un cielo nuboso como üc¡uel que
cub1·ía entonces el dormido Océano. Cna impresión &lt;le paz, de reposo imnenso, en\'olvió ú Brígilla; la hizo suspirnr honda, felizmente. Sonrió sin saber por qué, y mientras entornábnnse
sus ojos &lt;1 w, como el mur, erun grises y estaban serenos, las nwnos resbalaron de las 10dillas hasta tocar la,; 1111:11.:etas que en el amplio
balcón saledizo rodeaban la silla de la muchacha.
Los tallos nuevos de Jas plantu,;, cargados tle
hojas, de botones hinchndos y enhiestos, acaricinron las manos de llrígicla, y entre el fresco
follaje, el dedal ele pla ta brilló como un cupullo
mura \'illoso.
.\1 contacto lle las plantas, Brígilla abl'ió los
ojos; miró otra yez al mur, qne poco á poco se
cubría de sombras. En la cúspide del monte,
la luz de un furo empezó á ¡iar¡,aclear. {¡ inter\'atos regulares, enl'Ujei:iendu momentúnenmentt!
el e!:'pa&lt;::io pum des¡mé~ ocultur,-e y tornar luego
á ludr con fulgorc:- bre,·es, ril!11irus, tJue valpitubun en el aire como ,·bibJes latidos ele un co1·azóu luminoso.
..-\&lt;¡uellns luces inte1rnile11tes parecieron traer
al cerebrn &lt;le Orígidu una itleti, una idea alegre,
•¡ue la hizo lernntarse de In silla baja, atusándose lus pelos con mano l'ó.pida : des¡més nlrnecó
la falda, pegándoln unos snuws guJpec itos; e,-liró In blusa pum t¡uilarla nnuga,-, y cuando
juzgó en punto sn tocado, se indinó sobre el
barandal del balcón y miró bacín fuera. El mnlecón estaba desierto. Junto á la escalerilla, algunos bote,; cubeeeabm1, mecido&lt;; por la tranquila rc&lt;;pin1cióll del mar. L as casas negrenhan

en irregu]nr alineación, y aqu í y allá los huecos
da las ventanas se esclarecían con el reflejo
amarillo de alguna luz. Del mar, oculto ya en la
noclle, llegaba un hálito fresco, inransc1ble, que
soplaba blandamente, trayendo aromas vigorosos ele las lejanas llanuras líquidas. E ntre la
sombra del alto cielo pasaron im·isibles aves,
croando ú compás, con salmodia triste y salvaje.
13rígida escudriüó ansiosa el malecón, y, por fin,
descubrió lo que quería. Es decir, lo entrevió,
pues las sombras disimulaban el contorno de
quien llegaba. Su voz, sin embargo, disipó toda
eluda; subió, fuerte y alegre, ni través de la
noche, y llegó hasta el balcón.
-Destle lejos le Yi-clijo el recién llegado--; la
bluncnrn t!e tu traje parece ti ue espanta la obst:uridud.
-·Pues yo, Santiago-repuso 13rigida, sonriendo el rostro, entre\'isto en Ja penuuibra-, no te
he Yislo hastn que llegaste aquí debajo. Y eso
que 1ne desojé, mirando por el malecón, Lacia
la ea,-,a de ,\lienza, para cleseubril'te en cunnto
rnlie:ses tlel escritorio. Hoy habéis concluído tarde, ¿ Yerclacl?
Sn11tiugo explicó entonces á ,;u uo,·ü1 que uquel
día eru el del correo &lt;le _\mérica y que en tal
fedIU el trubujo crecía mucho. Por eso fué el
rt!trnsu. Culllo :Santiago era el más antiguo del
e;;critorio, lwbíu tle ordenarlo todo, distribuir el
lrnlmju, ejerct)1· funciones de rigilante, ya que
.\lienza cunliabn en él.
IJuba todus estas explicaciones con gran reJJO::;u, como per::;ona que sabe le han de t.:reer,
y Brigitla Je oíu confiada, contemplando sonriente el rostro sirnpá tico del muchacho, donde
la bal'ba jo\'en ::;e r izuba, negreando junto á la
piel cmtida. Los ojos de Santiago cambiaban
francas rnirndas con Bl'igidn, y cuando concluyó
su ex¡,Iicnción, quedaron un 111omento mudos,
ab,-01·tus en su mutua Yista, mientras del lejano
mar lJegalla un soplo más fuerte ele viento, rizun&lt;lo por un instante el agua inmóvil.
-¿ Y tu madl'e'?- preguntó S&lt;llltiago.
- Igual. Hoy parece que los dolores la han
dejado un poco de re~piro ... Ya Yeremos si sigue
mejor... L a pobre ...
Y Brígida sus1Jiró, contristada ante la imagen
rle clc,fia Conrhn, infeliz mujer sujeta perenne-

�mente á su sillón por un reúma tenaz y enconado.
Deseoso de alejar aquella tristeza, Santiago
contó entonces á Brígida un encuentro que había tenido al ir al escritorio. Iba muy tranquilo 1
cuando de pronto se lopó en una esquina con
i\iliguel, con J\liguelillo Zárate, aquel Miguel que
de pequeño había corrido con ellos 1 por montes
y por valles, que después se fué á América, al
Perú, y que había vuelto para pasar una temporadila en la patria y marcharse luego otra vez.
Erigida le recordaba muy bien. Todas las remembranw.s de los novios eran comunes; se mezclaban desde la lejana niñez, creando en torno
de sus espíritus una red poderosa. Siempre habían vivido juntos. De chicos jugaban, de muchachos se quisieron y sus vidas no aparecían
aisladas en ningún instante, enlret~jiéndose
como los hilos de una trama. Erigida -se acordaba perfect_amenle d~ JVÜgllel. y su n?mbre la
hizo exhumar- mil memorias del_ tiemp~ pas_ado1
de los días felices y vacíos de_la, niñez.· Santiago
también tenía bllena memoria, 1Y · 10s _dos charlaron, rieron ~_nte aC1uellas fE:s.urrecciÜnes de· los
mios muertos, ·~hundidos entr.e ,la sombra de lo
que fué. Sus risas,sona}?an al.ta~, yig~rosas, rasgando alegr.e&amp; , el_ silencio de la expect~te noche, y sólo _de ,vez en ve~ µ.µ _s_ordo rumor llegaba de la mar, algo como tµia_ r~mota voz agorera que gruñía ¡3.llti, lejos·, _en. a_lgún lugar distante, donde J.I:).: tormenta ~cqrría veloz sobre el
mar, hendiendo .Jas _agllas. ~El vieP,to s_e hacia
más fuerte; ·no _:soplaba y8. Con intermi_tencias,
sino constante,. deci4ido. Los cabellos de Brígida
revolaban inqutetamente, las plantas del balcón
estremecían _SU$ hojas, y e_n_ la calle, Santiago
hubo de retener su •sombrero, qu~ el aire empujaba. Un soplo. más ;· enérgifO tr.ajo contra el
muelle el lomo ondulante y enhiesto. de la primera ola, y con ruido de cristal el _agua $e derrumbó junto á las piedras.
-Va. á haber _tempestad-dijo Brigida-. Y
señalando con _un dedo·•al horizonte donde, entre
lo negro, surgían las masas más obscura,s de
un nubarrón, afiadió: -Mira, por allá viene;
del mar adentro.
-Verdad-observó Santiago-; del mar adentro llega.
-Anda, vete; vete deprisa, antes de que llueva. Luego volverás y charlaremos más tranquilos en el comedor.
-BieQ, me marcho, ya que me echas-rió Santiago.
- ¡ Jesús! ¡Qué hombre más tonto!
-~I uchas gracias. ¡ Qué muchacha tan fina!
~l\Iira, lárgate. No vale la pena, de que una
se preocupe de tu salud para que luego te rías ...
-Si no me río, preciosa. Al contrario, si se
me cae la bab4- dijo el hombre, sin moverse
de bajo el balcón.
-i\IIJ,y amable, muy engañoso - repuso ella1
también sin ganas de suspender la plática.
-Bien sabes que jamás te engañaré-habló
Santiago, apasionadamente---; te quiero dema-

siudo para eso. Eres para mí lo único que hay
en el mundo. Ya lo sabes. ¿Y tú me quieres así?
-Tont.o, tontísiino-rió Brígida, inundada de
alegría-; yo te quiero más, mucho mas ... Santiago, Santiago-gritó de pronto, viendo que su
novio vacilaba, empujado por el embate tremendo de una bocanada de aire que venia del
mar ·con el ímpetu de un torrente. Al brutal empellón, las plantas de los tiestos se inclinaron
como si fueran á desgajarse ; el traje de Brigida
crujió, ferozmente sacudido, y la muchacha,
mienlras se agarraba el barandal para no caer,
cerró los ojos un instante, cegada por la ráfaga.
Cuando los abrió, Santiago gritaba, entre los
silbidos del huracán : HAdiós, adiós ; me voy ..
Hasta luego.. ¡ Maldita tempestad! u Y desapareció, mientras del mar llegaba con ruido terrible el clamor del ejército tumultuoso de las
ol~s, que mostraban entre la obscuridad la claridad lívida de sus altas cabezas, espumeantes
y _amenazadoras. Erigida estuvo un instante
má,s en el balcón viendo marchar á Santiago.
Después empe_zó á llover; el viento arremolinó
la lluvia, y la muchacha, cerrando el balcón,
entróse adentro.
Al cerrar la vidriera1 todo el tumulto exterior
se alejó; perdióse en un sordo ruido, que parecía
no poder ti:-Q.spasar la débil barrera del cristal.
La.. sala 1 donde el.1.tró Erigida, estaba en sombra;
sólQ. w1 escaso reflejo que venía del comedor por
la puerta entornada 1 esclarecía algo la estancia.
En lo ohscurp 1 la muchacha detuvo un momento
su marcha,_ junto á una consola de madera negra, que soportaba en su tablero de mármol un
reloj pélrado, dos jarrones de porcelana blanca,
Henos de flores artificiales, y tres caracolas del
,\lar de la India, que sonrosaban sus volutas,
entre cuyos repliegues el mar dejó dormido el
eco de sus furias pasadas.
Apoyando la diestra sobre uno de aquellos
mudos testigos de las tormentas de antaño, Brígida aguzó el oido para tratar de recoger Jos murmullos que venían del comedor, donde una voz
sonaba incansable, tan procelosa como la del
vienlo que silbaba en el muelle. La joven parecía
demorar su entrada en el comedor por uno de
esos sentimientos instintivos que nos delienen
antes de ejecutar un acto desagradable. Al fin
se resolvió; anduvo un poco~ abandonó los rosados caracoles, la calma tenebrosa de la salita,
donde tan bien se podía soñar 1 al compás de la
tormenla, y entró en el comedor.
Doña Concha monologueaba bajo la tranquila
luz que descendía de la lámpara. La inmovilidad
a que la obligaba el reúma, no había alcanzado
á su lengua, y cual si quisiese resarcirse de su
quietud forzada, la buena sefíora no paraba de
hablar, y sólo durante el sueño aquella incansable lengua reposaba algo, si bien no mucho,
pues á menudo la dama soñaba alto y la charla
incoherente de sus pesadillas movía ágil su lengua, ahuyentando el plácido silencio nocturno y
apurando á la infeliz Brígida, quien 1 por compartir con su madre la alcoba, se encontraba obli-

g'ada á escuchar los parlantes ensueños de ln reu mática. Y lo más triste, lo que apenaba indeciblemente á Brígida, era que esla interminable
cha rlatanería de su madre no era una conversación plácida, ni siquiera tenía las alternativas
de agrado y displicencia que se observan en la
generalidad de las pláticas. La charla de doña
Concha tampoco era insípida, ni menos maldi~ie?te, ni tampoco curiosa é invesligadora. Era
umcamenle gnu1ona, agria como el acíbar y
tan. desapa_cibJe, que sólo un santo de los ~ás
pacienzudos podría tolerarla arriba de un cuarto
de hora. Cual si el universo mundo y sus habit~ntes fuesen la causa de que el reúma considerase á doña Concha como á uno de sus domin ios preferidos, la pobre señora pasábase

el día exhalando iarnargas queja.s, encontrándolo todo mal y mezclando los ayes que el
dolor la arrancaba con perennes recriminaciones, gruñidos y otras encantadoras señales de
su pésimo humor. Lo único que podia. encontrarse tolerable en tan amenos discursos era la
entonac~ón, que no era iracunda 1 ni se subía de
t~no, sino que se recomendaba por su suave
di~pasón, gracias al cual el furor perpetuo ele
dona Concha fluía tranquilo, sereno, y tan dulce
ni oído como el rnurmuHo arrullador de una
plática de enamorados .
-_¡ _Tanto balcón, lanla charla, y una aquí,
rnuncnclose de dolor, tan so.la en este cuarto
como lo estaré en la sepultura á donde Dios
quiera. llevarme pronto!-gimió clofia Concha 1
al ver entrar á su hija y sin diricrirse á ella
.
Pues .1~s º'.ª~iones
de la reumática "presentaban'
la origmahdad de que no parecían dedicadas á

níngún ser vívíente, y cna1 fas de Snn J uan eñ
~l Desierto,. sólo tenían por auditores á obJetos
mcapaces de respuesta. A pesar de tan descon-

certt~rlora impersonalidad, Erigida tomó aquellas
palauras como dirigidas á ella, y respondió suavemente:

-Vamos, mamá; no digas esas cosas ni pienses así... ¿ Te duele más la rodilla? ~ Quieres
que te dé una friega?
S~ ª.cercó al sillón diciendo esto;· sus manos
c~ntattvas mostraron sus patmas 1 prontas á aliviar~ el U.°lor. Dofía Concha gritó, cual si su hija
h ublf'sc intentado asesinarla.
- ¡ ::--Jo, no; de ningún modo, de ninguna maner.a; no me toques! ... Tus friegas no me sirven
de nada, ni te pido que me las des .. . Además,

traerás lus manos como el hielo ... -~siguió, buscnndo ya el puente pura pasar de la negativa
absolut~ á la aceptación-y me pondrán peor ...
i Ay, D10s mío, \'irgen de la Espina! ¿ Qué hice
para pasar tanto? ¿ En qué os ofendí? No puedo
moverme, no puedo servirme ni de mis manos
1ü de mis pies.. Estoy muerta en vida, enterrada en este sillón; soy una cosa inútil, un
estorbo, . un mueble viejo ... No, si no te digo
nada. á l1. .. Anda y diviértete; diviértete mucho,
pásalo bien-siguió, mientras Brícrida
impávida
0
iba hacia un armarillo y sacaba un¡ botella d~
aceite alcanforado y un trozo de franela para
empezar las friegas . Después se arrodilló junto
á su madre y empezó á frotar suavemente la
pobre rodilla hinchada, en tanto que sobre su
cabeza el turbión de las amargas reconvenciones pasaba con furia igual é interminable.
- ¡Ay, ay, ay!-dijo doii.a Concha, cuando su

�mercaderes ricos de ;11a dn·d • dejando á las poí
bres gentes de la costa lo peor de cuanto Ira ~n
las lanchas. Antes, en los afíos de su ya re~o a
juventud, nunca vt. ó la cocinera nada
. par~c1do.
t d
·l ,
los lencruados las J11b111as, o os
La me1 uza,
"'
.'
1 ueblo
los peces exquisiloR, quedabansc en e p
. ,
.
e :1 ;1l•Hlrid fuesen unas cuantas
y grncms qu &lt; • '
,
e otro
ium1s de atún y de bacnlao, y alg~n qu
' ele sarclmas
.
barril
su1ne1as. E•i1':'erra. cm
. auguraba
ª.
randes catástrofes y creía prux1mo alºun_ te~rible suceso, tal vez el n~ del mundo, anunciado
ior a uel ictiológico apetito ele la corle.
. cr
l. l"n ~ ª" ! de &lt;lofia Concha, prolongado y lucubre co~~ una salmodia r,merana, ~ortó los pr_o·
p1eui'&gt;stieos ele Engrncia, la l11zo
ac l1vnr
• los•falda
... 1· ·os ele h cena aguijoneada por Bi º ' '
1&gt;&lt;uc1 t, ·
'
'
.
,. y porque verti(J rúpicla la sopa en la sope~a,
.
tenndo el pa nz11do re&lt;"eptáculo en
lró en el comedor, donde la reumáth:n, ya flespiertn, había reanudado
su gemir.
.
Doiía Concha acogió la com1_da
con protestas ele sn desgana ~ mapelencia. Ya no se le antoJnba
nndH, ningún plato del mundo podría aul'irle el apetito, pues en el
vastísimo dominio del arte cnlmnrio no existe manjar alguno que
haga hacer comer á un muerto.
Ella estaba semidifunta; así es que
súlo pasaría dos ó lres cucharadas
ele caldo, y eso, únicamente: por
no afligir á su hija, en gracrn de
quien se callaba la mayor ¡,ar~c
de sus penas, dejando sólo salir
al exterior aquellas que, de tener.
cruarcladas
la ahogarían antes de :iempo.
]
alcanfor, fugitivo, fresco, picante, llenaba el
asA opesar de tan
' lucluosos va t·icm1os,
· ·
dona Concuarto.
1
a
trasecró
á
su
estómago
loda
la
sopa
que la
La sensación de alivio procurada ror los fro~
;~sieron
~n
el
plato,
~
para
acompa~arla
e~
les hizo entornar algo los ojos á dona Concha,
aquel
viaje
la
envió
¡unta
con
medio
pan;
detuvo, por breve ralo, su fac_undia inlole~able.
·uo maslicado lenta y gemebunclamente. No
l\lienlras su madre dormía, nng1da fué pornendo
~~sl~nle
sus quejas, la re~.1mática conserv:!:
In mesa. 8igilosnmenle, sacó los platos_ del c~1un
apetito
muy regular, y siendo los de _l~ m
nel'O donde reposaban la vajilla y la cnstaleria,
urcle~adus en correcta formación, interr_ump1da los únicos goces que su salud la perml11a, trapor naranjas y membrillos, que amanllea~an taba de satisfacerlos, si bien sazona_dos con la
sobre fruteros de porcelana. Las manos _ágiles sal v el condimento ele su eterno plaii1r. Después
la sopa, la dama se tomó dos hu:vos, una
de la joven tendieron el mantel, lo estiraron
hasta dejarlo lerso, sin una arruga, ostentando chuleta un gran plato ele lechuga, bien ade_relos toscos n11nos que intentaban ª'.lamascar la zadita, 'y puso fin al banf1u~te con regular ración
urdimbre. Luego, andancio de punllllas, la mu- ele almendras y una naranJa.
l\Iientras su madre iba tragando tod~ esto,
chacha colocó los platos, las copas, la botella
Brígida
la contó cuanto refirió su novio : . la
del agua, uno ele los fruteros del aparado~, una
Jleaada
de
llliguel Zárale, su probable vemda
bundejilla con almendras y pasas, acerco_ un~
aq~ella
noche
á la tertulia casera del -~omedor:
. silla al sitio que había de ocupar, desp1:1-b1ló la
También
vendrían
doiia Teresa y su h1¡a Lu~e'
mecha del quinqué y, después de cerc10rars?,
así
es
que
doña
Concha
podría jugar su partida
con rápida mirada, que doña Concha dorm_ia
de
brisca.
El
amor
ú
los
naipes era un? ele lot
siempre se escurrió, ligera como un s1l_fo, hacia
azos
que
unían
con
el
mundo
al condolido_ esp l
la coci1i'a, donde la Engracía, única cnacl~ que
e •
• "d
ritu
ele
Ja
seiíora.
Oyendo
á
Rrig1
a, 1os .OJOS
. de
poseían las dos mujeres, se afanaba e~t1 e. pu0
doiía
Concha
se
animaron,
y
por
un
mov1~1ent
cheros y cawelas. Allí cuchichearon algun t ie11:1instintivo
la
reumática
agitó
sus
dedos,
mtenpo señorila y sirviente sobre la compra del d1a
próximo, sobre la carestía de todo, !~asta clel lando saber si aquellas falan_ges encorvadas y
nudosas podrían manejar fácilmente las cartas.
pescado, que se llevaban, á fuerza de dmero, los

&gt;n1pezó á frotarla-. Qué manos tan duras
t b t~
tienes, qué ásperas, qué. frias... l;las a, as ~
Déjame mujer, si Lu no sabes cuidar e1:
ni et~tiendes más que de estarte de palt1¡ue c:01~ el tontaina ele Santiago lns horas y l~s
.. . '"
1 crue no tendréis poca gana de que y o
l.,inª"···
,
•
t ·bo al
me muera, porque yo os esto1bo, yo es ot
mundo entero. i Oh! :\"o tengas cuiclaclo, ya me
it-é pronto; me iré, y tocios contentos ... i Ay, ay,
por Cristo cruc:ilicaclo ! ... no me frotes más, que
me anancas el pellejo ... ya, ya basta ... no más,
·av!-Y un último quejido salt0 de su pecho,
i'-r~P!anflo el monwnlúnro rrposo que la pro~·uraban las friegas. Brígida Yolvió ú entr_ap~Jar
In rodilla rntre las bayl'las flUe la cnvolnan, se
alzó di'! suelo y guardó la hotPlln. el trapo. Sus
manos brillaban uceitosns, )' un leve aroma de

i ...

Jllji1 t:

r:~~os

c1:

Después de hacer esto, levunló los ojos de sus
pobres manos enfermas, y viendo que Brígída
sonreía involuntariamente, volvió á gemir, extinguió la alegre luz momentánea ele sus ojos,
recriminando á su hija dos ó tres olvidos imaginarios.
i\Jienlras sonaban lo;; procelosos acentos ele
la cólera maternal, Brígida quitó la mesa, había
guardado vajilla y copas y recog.ido el mantel.
Luego que lodo estuvo en orden, cubrió el tablero con un tapete verde, donde la luz del qum&lt;rué se extendió dulcemente, y colocando en el
ce11tru 11110s naipes y una salvilla para las puestas, empezó muy lrunquila á hacer labor de gancho, mientras en el jardín, á donde daba el balcón, sobre las plantas, ya verdes, á las que el
p1·óximo sql prirnavernl llennrín. ele flores, oíase
,·aer la llnvia con un rnido constante y triste.

lI
Aquel ruido arrullador de la lluvia, lo 11abia
01do Brígida lanlas y tantas veces, que, al escucharlo una más, evocaba todos los recuerdos
tle su vida tranquila, igual y monótona. Cuando
se murió su padre, el buen don Francisco, llovía
á mares, con esa desesperante continuidad con
que cae el agua en los pueblos costel1os del Xorte
de Espaiia. Aquella lluvia inverniza, bajo la cual
se alejó el pobre muerto, entristeció los días, ya
lejanos, de la infancia. Bajo el perdurable chaparrón, B!igida se veía asistiendo á la escuela,
abrigada con una especie de hopalanda lanuda
que la cubría de arriba á abajo, y donde el agua
se cuajaba en golas, entre los largos pelos enmaraüados. De los canalones, ele los aleros, se
desprendían chorros transparentes que chascaban conlm las losas del empedrado, para correr
luego en regalos turbulentos y sucios. La silueta
de los montes vecinos se esfumaba al extremo
de las calles entre nieblas bajas, blanquísimas,
que corlaban el violeta de las sierras (;On iargas
bandas vaporosas. Y así, durante dias y días,
el agua bajaba incansable, acompafiaba la existencia de Brígicla, mezclándose con las palabras
amorosas de Santiago, con el perpetuo gruñir
de la reumática, prestando á lodos los actos de
la vida un aspecto gris, melancólico, que parecía
encalmar las pasiones, desleír igualmente en su
perpeluo caer la amargura de los sacrificios y
el dulce dejo del amor.
La serenidad triste de la vida en aquel pueblo tranquilo, hacía grata la existencia ele Brígida. Su alma reposada no aspiraba á más.
Estaba hecha al Lranquilo huir de los días que
se iban al pasado sin sucesos imprevistos, y así
no apreciaba, ni sospechaba siquiera, la perpetua caridad de sus actos, encaminados todos á
aliviar los males de clotia Concha. La absorción
de su vida por el perpetuo cuidado de la reumática, dejaba en segundo término las otras afeceiones ele su corazón, y sin imaginarlo, Brígicla
ponía antes que el afecto á sí misma, que el
amor á Santiago, la perenne abnegación inspi-

rada por dalia Concha, que sujetaba su alma,
buena y obediente, bajo el martillear_ constanle
del mal genio de la set1ora. Como casi lodos los
espíritus vcrduclerumenle altruistas, la joven
desconocía la grnnde:r.a de su conduela, la consideraba natural y justa, sin pensar por un momento que el egoísmo absorbente ele dor1a Concha pudiese la\ \'ez protlncir su tlesgi-acia, pues
la monotonía de su vidn, la repeticiqn de actos
idénticos los despojaba de significación, los hacía
tan sencillos y nnlurnles como esos moYimientos
rítmicos del cuervo, que sólrJ api•eciamos cuando
nos fallan. Pnl"a Brígida, sucrif1carse por clofü1
Concha, era como respirar. La mediocre hacienda que el clif11nto don Fmncisr:o heredó de sus
mayores y gumc\6 cuidadoso y legó á su gente,
~aslub[L para aseg1irn r los gastos modestos de
lus dos mujeres, lns daba la indepentlencio necesaria para no teuel' que ayudarse con su lrn;Jajo y poder ronlinuar la vida medio oeiosa, medio aclivn rle las semihidulgas de los pueblos.
:'\i dotia Concha ni Drígida necesitaban coser

para otras, ni asislir en las casas cuantl0, algún
suceso, monjío, boda, nacimiento, solicitaba el
auxilio ele manos mercenarias. Brígida se hacía
ella misma sus vestidos, repasaba la rop9. de la
casa. Algunas marianas, muy puesta de delanlal, limpiaba los muebles de la salita, los chirimbolos de la consola, y tlurnnte el día iba un
par de veces por la cocina para enterarse de la
marcha ele los guisos y de los 1Jrecios de las
vituallas. Pero el resto de las horas pasábalo
en el comedor, junto á su madre, cosiendo muy
tranquila, salvo aquel rato, siempre bre,·e, en
que al anochecer se ponía al balcón para charlar con Santiago. Salía muy poco. A misa, alguna vez á casa de su amiga LuJle, y durante
el Yerano, en vez de charlar desde el balcón
con su novio, hablaba con él, sentados los
dos, en el parapeto del muelle, bajo la vigilante miraJa de doiia Concha, quien desde su
butaca, instalada en el balcón, saboreaba la placidez del crepúsculo y grm1ía algo menos, alidados sns dolores por la tibieza del ambiente
eslirnl. Una vez al afio, el día de la Virgen de
Gnaclalupe, iba Brígida de jira con su amiga y
algunas otras muchachas á un huerto que la
mamá ele Lnpe poseía allá, en lo alto de la montaña. En tal fecha, se divertían mucho las chicas, jugaban como locas, brincnban vor los pe-

�Ílascales y lraínn á sus casas inocentes recuer- mucho tiempo 1 sin mnrearse, 1n. inexdnguib1e
dos con que reir Unrnnle tres meses. Esta vida charla de su amiga¡ pero esto no era verdad,
sin lances era la de Lotlas las muchaclw.s del sino que, al conlrario, la reumática gozaba
oyendo nquel hoblar si.n freno, y su perpetua
pueblo. Brígida no ansiaba olra1 y aun se creta
acritud perdía fuerza, se dulcificaba al conlaclo
muy feliz 1 pues tenía un novio bueno, gunpo y
trabajador; fénix por el que muchas de sus co- de la oratoria amable, fútil y entretenida de
doña Teresa.
nocidas suspiraban inútilmente.
La gorda la emprendió desde su entrada con
Anunciado por un fogoso repiqueteo de la campanillo, el fénix llegó aquella noche antes que los el tiempo, con la lluvia y con el próximo verano,
que traería á la ciudad su habitual contingente
otros tertulianos. \'enia chorreando ngua, pues
de baf'¡jslas y viajeros. Esla cuesti.ón del veraneo
la LormentJ, después de haber rugido un poco,
conlentóse con verter sobre la villa todas las ca- constiluía la piedrá angular de las plálicas de
ambas amigas. Doüa Concha, confmacla en su
taratas del delo, y dichosamente se guardó para
casa, no comprendía cómo las gentes se iban
otra ocasión los estragos del huracán y de la
centella. Así es. que no había. suceso alguno que de Ceca en i\Ieca por esos mundos de Dios, y
lamentar; las harcas entraron sin tropiezo, y á d011a. Teresa, que no paraba en todo el santo día,
veía en los viajes el sumo placer. de la vida,
lo. mañana siguiente el mar estaría tranquilo.
· Todas estas interesantes noticias las comunicó y. como su escasa .fortuna la impedía andar
Santiago á dofia Conchn, quien le interrogaba &lt;leambulnnclo por la tierra, se resarcía de esta
con seyer•o acento. La reumática parecía en tafos privaciú11¡ alabando extremadamente á cuantos
inslanles personificar el prototipo de la súegra., viajalmn y juran&lt;lo que ella, á la primera ocatal y como la. pinta la musa festiva, y Santiago sión, lurguríase del pueblo y rompería á andar
se atortolaba por completo anle ella, sin poder con el empuje irresistible de un nuevo judio
·
recobrar su presencia de espírilu. Dichosamente, eLTillllC, parJnnc·hín y obeso.
,\sí se Jo_ Ll.ijo &lt;H1uella noche á la re_umática,
&lt;lofin Teresa y LUpe entraron á pot:o. Doi1a
Teresa era unH seii.ora muy campedrnna, muy y sus pulabras tuvieron nún más rnlor que o\ras
gorda; muy rozagante y fresca. Eslos super- yeces, por11ue. Um'i.u Teresa Gslaba encnlnbrintula
lativos .· la hncían extrernadarnente simpática, con el regl'eso de i\liguel Zúnüe, quien, según
la hubít1 dicho doi'ia ~lareelina 1 la confllera 1 traia
pues nadie, á -no esl11r del todo ogriudo, podía Contemplar~ ~in regocijo el ¡¡ncho rostro, grandes recuerdos d~ sus viajes por América y
Europa y_ c~ntnba_ ponne~1ores inauditos y curiosonrosado y 11eno de do!1a Teresa, ni oir con
.sísirno.s
de 1a vill&lt;-\ transallántica.
disgusto su c·harl-a amenísirna, alegre, llena de
-Dire ~lnrcelinn-habló dofía Teresa con fluivida y de c:hiSt~sos- disparalones, hijos 1egíli;de;i: ciceruninna-(!lle i\liguelito empieza y no
m-o-s de su ignorancia y de su 1ocua.ddad. -Lune
•concluye.
lla visto sin fi~1 de pueblos, de gentes
habia heredcÚlo algurn1~ tle estas cualidades tle
raros, husta indi~s con plumos y taparrabos.
su 1m1u1á, y también era muy c1nimada 1 muy
-En unu villa C!ue llaman la :-./ueva York subió
ílecidifüt )· muy lozana, si bien nO hnlJln.ba tan
sin ti-no, -y ht ,juventud limilaba en .eJla la exube- ú un tren que .;in.da 1)or los. lejudos y vi~ _casas
.que se mueven de un lado a olro 1 montadas en
1-ancia algo excesinl notada eu su sefiori1...maruedas, Qomo si fuer-an coches. Luego en París,
dre1 · quiell, pura no nienlir, esluba un .poco más
obesa de lo que ordenan los cúnones e_slé~icos. ¿,snbe .. ust_ed?,. en Francia, pues allí se encaraPero: á pesar de esto, dolla Teresa, aun "c.on grq.- mó. en esa torre tan altísima que 1\aman no sé
cóm.o, y desde mT·iba dice q_uc no :5e distingue á
sas y todo, resultaba muy agradable de ver y
la genle .de á pie. ¿Qué le parece? ¡Cuánta cumás aún. de oir.
,riosidatl
y .cosa buena ha visto ese muchacho!
Besuqueó la gorda estruendosamente á. Brigicln
Y una 3:quí ra1)iando de mirar siempre lo misy á clofia Concha. Lupe también se entregó a
ruidosos transportes de cai-i1'i.o, y durante unos mo : el tejado do enfrente, la casa de enfrente,
minutos clrnscaron en el comedor sonoros óscu- la tienda cie enfrente. ¡ Ay, Dios de mi alma!
Eso es porque nací mujer ... Si nazco hombre,
los. Después, dalla Teresa se sentó, respit'ó con
me hago ma.J'inero y me voy mar adelante, como
estrépilo y empezó ú hablar ..
Oirla hablai\ dc1ba en seguida idea de lo que Colón cuando 11uso el huevo de punta.
Doña Concha se horrorizó grandemente oyenes el tumulto de un torrente alpino, la agitado
tales palabras. La otra señora defendió su
ción infmila de las aguas del n1ar, la fuerza
idea y la exlremó con grandes aspavientos,
eruptiva de un vÜlcán, todas las manifestamientras las dos muchachas y Sanliago reían,
ciones tumultuosas de las fuerzas naturales,
oyenQo la discusión. La llegada de i\liguel Zárate
pues la facundia de la gruesa seüora se ::;alía
de los estrechos lí1nites humanos y entraba en puso fln á aquel incidente.
Hada seis afios que ~Iiguel dejó el pueblo. Bríel dominio de los pocleres físicos 6 geológicos
gida y su madre le encontraron muy cambiado,
que ignoran toda traba. Dofi.a Teresa hablaba
dislinlo casi en absoluto de lo que era cuando
con el mismo ímpetu con que caen las cataratas
del Kiágara. Resistirá su empuje era tmposible; se fué.
Doüa Concha y su hija lo saludaron con granel atrevido que lo intentase, se vería derrotado
des extremos. Pasada la primera efusión, la teren absoluto.
Dalla Conclrn asegurubn que no podía. resistir tulia divicliúse en dos porciones. A un lado, algo

dislonles de la luz , San!iaao
y 8 r1g1
. •a a pegaron
l·
o

hobrn. La_s dos viejas, Lupe y i\figuel, junto
a la m~sa, JUgnron á las curtas, entreverando
la.':i partidas con fútiles charlas, en las que ¡Herrnt~an los preguntas de i\liguel con las de las
m~1Jeres. Las risas, las exclamaciones los tér
mmos del juego sonaban en la calma d~l cuarto-1
sobre ~l sqsurro continuo de los novios y fuer
cu_al s1 acompasa~e con su caer monól~no y rí~~
nuco aquellas ex1stencias tranquilas, la. lluvia
sonaiJa pcrpetuam~nle, igual, serena, ahogando
c~n _su menudo rmdo la queja del mar, de las
h1n·1cnlcs olas que venían desde una lejanía
d

,~isteriosa. para llevarse mar adentro cuanto pucliernn nrrancor de ln costu.
~o_mo comenln.rio práctico, Sanlifigo refería ú
Il1·1g1cla algunas ele las cosas que le contó 1,1iauel.
!a h_nblaba de los negocios gigantescos de :11ra~
ma_1, de ~as empresns que más allá del agua espe.1aban d l?s hornb1·es de empuje Y de corazón.
:~\guel hab,a referido ú Santiago y á su padre
1 Ramón tnles cosHs, que parecürn fábula y
n?
ern.1~, pues de aquellos enl'iquecirnien\os
subitos1 1\lwuel
o
110c.Ji·c1 d ar, fe y aun presentarse
c~m~ un ejemplo de ellos, ya que en .los seis
anos _de su permanencia en el Perú se había
~~~'.1ciaclo un _capital muy redondito. Con él volt. ta en otono otra vez á aquellas próvidas
;e:r~s remotas, Y Dlos sabe hasta dónde podría
1~bm ._ Don Ramón estaba entusiasmado.
-}.11 padre-decía Santiago á su novia- lóco

!º

'

'

chica, loco de veras. Dice que si él fuese joven
cruzaba el charro y se iba. Ya ves; cuenta. :,.,¡¡_
guel que, .sólo con el rnníz, se hacen allá fortu1~a_s m.agn1flcas, Y lo mismo con el ganado, con
lc1s fmmas,
con los Barcos ' con todo ... Cuano
d
·'
me u1 de casa, dejé al pad1·e dando paseos por
l~t. galería y co~iéndose un cigarro apagado.
Estaba como quien tiene cnlenLura. Ya sabes
1_0 que él se en.tusiasma con cualquier cosa ...
"Te_ acuerdas como se puso ·cuando' lo de los
molinos elóctricos?
~rígida asin~i? con frases vagas, síntiendo nace, en su esp1r1tu el indeciso temor que surgía

siempre al evocar Sanli~go la imagen de cion
Ra1:1ón, eterno sorlaclor unpeni!ente

cuyos

~oc10s ,d:scabe!lados llev{u·onse de c'ulle los 11~:
~~~o~~u:1~o~is ~:el tto~)ista y _de su mujer, inf:iiz
, ,
ei ª_ lfü'Ja ya tiempo. Santiago he1 edo de su madre la clocihdacl respetuos
que ar11tclla mnier se vió a1-i-uinm· .· 1 ~ con
labra y , - · .
, sin e ecn- pa' ~ ern mu1puz de oponerse á una orden
de don Hamón
e
·
·b
.
.
. ' 1u1cn I a viviendo merced al
sucldo1 no muy crecido de S t'
soslén de l
..
•
an mgo, que era. el
u ca::ia . ,\mbos !adores la
1
caso. l' los 1 b
,
ren n es. , .._.
. e e eres f1liales tenían la cul a de
1Jng1cla y Snntiílgo no se h u b"iesen casado
pe
que
a.ún
esperand~ ~acientes un aumento de sueldo, a]g~
que les ~1~cic~e posible lc.1. vida matrimonial.
~e~¡)Ucs de recordar el asunto de los molinos
d~sd1eh_ada especulación en que el arbitrista per~
d1ó el importe de tres prados y de un caser10,
.

�chicos, no os arrulléis tanto; venid aquí un poco
últimos restos del haber conyugal, Brígida preá charlar con nosotros, á darme la bienvenida.
g,ml6 á su novio :
-¿ Te ha hablado don ::--:il'.asio del aumento de Ya aprovecharéis otro día el tiempo.
Los novios abandonaron su rincón, fueron hasuelclo?-Don Xicasio eru el jefe ele la casa ele
cia la mesa. La cirnrla. se hizo entonces más anicomercio donde Santiago trabajaba, y Jos dos
mada v los naines oueclaron sobre el lapele, sin
jóvenes lo considerab::in como una especie ele
lfue n;clie Yolvi-era ~ ocuparse de ellos, seducida
ser todopoderoso, en cuyas manos yacía su porla rtención por la facw1dia ele Zúrate, que, hosvenir.
tigado por doña Teresa, no concluía ele narrar
-Le hablé hoy otra vez-explicó Santiago, memara villas, sucesos extraordinarios, historias
lancólicamente-y· me dijo que, por ahora, no
cu.·iosas y estrafalarias.
podía tratarse de eso, que ha habido muchos
Oyéndole, doña Teresa sentía calentura, y todo
gastos extraordinarios últimamente, que lo ;;ensu figurón, macizo y colosal, temblaba de entutía ... en fin, que no-. Calló un momento y dessiasmo; parecía querer huir ele aquel cuarto y
pués expresóse con más viveza.
volar
por la tiefra, sobre los mares iracundos
2Es terrible, "tenil,le ele verás; esta e.e no
poder salir adelante. Te aseguro que á veces me y los ardientes desiertos. Doña Concha gozaba
enti·an ganas ele echarlo todo á rodar y casurno_s ti~ un momento ele respiro en sus dolores y podí..L
en seg,üda ... Pero después, pienso en el poco cll- interesarse con tales relatos, y Lupe, absorta,
nerp y me asusto de la pobreza, no por mí, ~ino había fijado sus ojos en el rostro varonil y repo( ti, por ti, á quien quiero más que á nadie- suello ele i\Iiguel, y allí los detenía, cual si las
palabras del mu chacho adquiriesen más valor
Y cbncluyó á media voz-y por lo que pudiese
si se las ve!.1 0rotar de los frescos labios carven-ir.
n ·i sos del narruclor, que tmnllién la miraba de
J.3)-ígitla rió dulcemente oyendo á su novio.
continuo.
Luego, con el tono sencillo de quien trata nn
Apenas se sentaron los novios, cliéronse cuenta
a:-unlo ya concertado, elijo: -- ¡Tonto! Preocui;arse por lo que ha ele venir, cnanclo ah[ te- ele annellas ojeadas, y después de sonreír ante
nemos ya nuestra preocupación-y su índice se- e I descubrimiento, trata rnn -de ubsorlJer la atención de las mamás, pura que su vigilancia no
Iiuló cli~creto la mesa donde doíia Concha apoestol'll_:1 rn la ocular correspondencia de los otros.
, abJ sus entrapajadas manos y luego al muro,
i1-;1s el ,ual, en un paraje impreciso, vagaba don De ello se aprovecharon i\liguel y Lupe pum
Hnibún, runtiundo las nolieias 11orlentosas c:ue mimrse cunnlo quisieron, y sólo la campana del
Ja!'go reloj ele caja, que se clisimulalla rígido en
trnjeru :-.1ig11el.
un rincón, logró corlar la plá1ica, sonando las
Hemos tle lPner connanzu en nosotros, Sandiez,
hora consagntcla por la costumbre rara
lingo sig11iú la muchacha- ; no nos hemo_s de
terminar aquellas reuniones ..\1 oir el cunlo del
apti rn r. Ya yes; ¿ de qllé nos iba á servu· el
impncienlnmos·? Lu felicidad la tenemos. con reloj, doña Teresa vegó nn respingo. Sus nervios, soliviantados con el palique, lograron el
nosotros; está ahora sentada en estas dos sillas,
milagro de levantar la mole del cuerpo con ligeesperúmlonos mañana á Ju tarde, en el balcón,
reza inverosímil, y la seüoru se alzó, tambapurn yolver otra vez por la noche aquí, á este
leándose algo: -¡Jesús, parece que estoy corno
rinconcito.
-Eres mús IJuena, mús lJucna -dijo Santiago bonacha !-exclamó-. Las cosas que dice este
demonio &lt;le chico se la suben á Lma á la cabeza.
quedamente.
Se ha Jlasado la noche en 1111 ubl'ir y cerrar ele
El puelllo todo lo !te llenaclu de recuerdos
de este cariiio tan grande que le tengo. .1\o hay ojos. ¡, \'erclad, cluña Concha? ¿\'erclad, Lupe?
-\'enln.cl-af1rmó lu muchacbu, mientras sus
calle ni casa que yo no mire con agrado, porque
ojos
se posaban otra vez en los ele l\1ignel, Y enpieiíso que en todas las piedras, hasta en las
mús chicas y ocultas, se han fijado tus ojos como contrándolos 11jos en ella, turbábanse, se corrían
se hnn Hjado los míos ... Ya ves; viviendo siem- á sus manos, á la pañoleta que se cruzaba blanch
sobre su pecho, evitando la mirada del joven.
pre aquí, no hay nada que no conozcamos. ¡Oh!
-siguió Brígidu como ensimismada- , me _en- Luego, de pronto, umbos vol\"ieron á encararse
{rislcc-e pensar en a11scncias ele nquí, en camb10s. ~- enrojc&lt;.:icron ú la vez, oyendo una tosecilla ele
:\ecesilo ele lodo esto, pueblo, mur, muelle, mon- Santiago que los contemplaba sonriente.
Tornaron .:1. sonar los besos estrepitosos. Doña
tniius, flores del lJakón, pnru l!lle mi c:nrilio hacia
Teresa
puso en marcha la voluminosa máquina
1i sea como C!';, tan hondo y tan fuel"le ... A&lt;1uí es
de
su
cuerpo.
Lupe quedó citada. con Brígida
lloncle he subido que eres bueno, qne ·eres mío,
para
la
tarde
siguiente,
en la que su amiga iría
&lt;l ,1e nte quieres con toda tu alma ... Y por eso á
!ns piedras y á las plantas qne te ven pasar lo- á enscíiarla un complicado punto de encaje; se
dos los días las adoro... Sí, sei\or, las adoro, despidió :\Jiguel, dijo adiós Santiago, se fueron
aunque te rías-concluyó, sonriendo á la risa todos, haciendo sonar en el silencio ele la noche
feliz ele Santiago, que escuchaba á su novia sus- los ecos sonoros de la escalera, donde se alrne'penso. Cuando calló Brígida, los dos jóvenes se caba el sordo mielo de los pasos. Por un instante se les oyó andar en la calle ; luego el ruido
miraron profunda, intensamente.
De aquel éxtasis los sacó la voz de Miguel, del agua, que caía siempre, volvió á cantar sólo
~ue desde ~a mesa los in~errogaba riendo : -Pero su melancólica suspirona serenata.

ílajo 81 clólor &lt;1ue volvín, dolía Concha suspi l'ó hondamente. Tras el suspiro, llegaron las
quejas. Ya no podía aguantar más, no; no
podía sufrir en silencio ... Sólo por consideración ú los lerlulianles no gritó su sufrimiento
t:nando estaban allí, para que su hija no dijera
lu privaba de una distracción. Brígida, que otras
veces la oía sin chistar, aquella noche tuvo la
imprudencia de decir: -Pues creí que habías
estado bien. Como te vi tan animada.
¡ Tan anim¡¡da' ¡ Santo Dios, Santo Fuerte,
Sunlo Inmortal, \'irgen ele la Espina, Potencias
todas del cielo que tal injusticia oísteis!
D011a Concha las tomó por tesligo ele tan grande insullo hecho ú su paciencia.
-:-.Ji por un momento, ¿lo oyes?-clijo con
, acritud suma-, he dejado de rabiar con la punzada ele la rodilla y con otra nueva que se me
ha fijado en este hombro. Estoy como si me
mordiesen perros, como debió estar el bienaventurado San Bartolomé cuando le iban arrancando el pellejo á liras. Pero, claro: eslo no lo voy
á gritar por los tejados, ni ''ºY á echar un pregón para que la gen le me compadezca. ¡Oh!
Xo, no; nada de lástimas. Yo me guardaré solita
mis dolores, me los pasaré sin contárselos á
nadie ... ¿Para qué'? Cada uno tiene sus cosas,
• sus entretenimientos, sus ocupaciones ... ~n nn,
gracias á que me moriré Jlronto; entonces descnnsal'é-. Y cubriéndose con una mano los ojos,
pareció como que lloraba.
O rígida hubo ele clesagra \'iai·In ; la acostó, la
abrigó bien, y luego la clió ft-iegas largo rato.
La alcoba de la reumálirn estaba á media luz.
Del cuarto próximo venía, al través ele unos
cristales, la pálida claridad temblorosa ele una
lampal'illa. En el silenc-io, sólo sonaban los leves
SUSJ)il'OS de doJia Concha, el roce casi impercepl1ble ele las manos ele Brigitla que se movían incansables, y ú lo lejos, un reloj desgranaba ele
wz en ycz el collar de las lentas horas, que iban
pasundo purn Brígicla monótonas, iguales, llenas
, tle un rngo temor, ele una angustia imprecisa,
' mudo hernldo Lle nlgún mal tal vez vecino, y
tan rn11eclre11lmlo1· y sinicslrn cumo Ull fantasma
nocturno.

III
Du1iu Teresa ¡,useía en :;u n1sa un at'leíuclo
&lt;¡ttc ent nsumbro del pueblo y vuniducl de su
feliz propietaria. ,\un&lt;¡uc el tul mueble re::;ult111Ja a11lic11aclo y fuera de moda v ú pesar de
(file inventos recientes lo relegaban al olvido
de desvanes y buhardillas, todos los puisanos
de dotia Teresa. lo consideraban como un porlento ele Ju más refinada civilización, seguían
pasmándose ante él y creyendo que jamás, ni
en los palacios del César, ni en parle alguna,
,llbergóse prodigio tomo aquél, muestra tan cab:tl del humano ingenio. De vez en Yez, en fechas
:-,:mudas,
. cuando era preciso deslumbrará alaún
o
ex lnm¡ero ó solemnizar ele modo extraordinario
cualquier gran feslela, una comisión ele vecinos
iba ú casa ele la gol'cla para alcanzar ele su mu-

niílce-nda, .v como inefable favor, que prestase
por algún tiempo el maravilloso al"lilugio. La
senara, halagada. por esta demanda, accedía á
l,t súplica, si bien encareciendo mucho la merced que hacía y rodeando de mil precauciones,
cuidados y ceremonias la traslación del aparato
aquel, delicadísimo fruto del arle. Los comisionados, henchidos ele 1111 profundo gozo y rebosando respelo hacia la magna obra maestra,
cai·gaban con ella casi lan clevotamerrle como los
israelitas poi-tearon el An:a ele la .\lianza, y si
bien ante esle cortejo no DgurÜba ningún rey pul-1
snndo el arria al co111!1ás ele 1m litúrgico bnile,
no fultaba algún Yecino que, ejerciendo ele maes•
1ro de ccr~monins ó de heraldo proclammlor,
fuese á la cabeza ele la comitiva annnciundo ú
lodos los lranseunles que, ror tal ó cual solemne
motivo, clolia Teresa había prestado su famosa,
extraordinaria y jamás bien alabada caja ele
música.
Esta cnja ele músit:n la aclquil"ió en Francia
un abuelo de la se,iora, allá por el mio 1830. Finas maderas la revestían ron talJleros bl'illnntes,
don.de embutidas en arabescas labores fulgían
hebrns de cobre, mientras sobre la tapa, un cuadrúngulo de mela!, rezaba el nombre del fabl"icunte y !ns eorles á quienes surtía de cnjas como
1H111í•lla. Dentro ... ¡oh!, dentro se encerraban maraYillosos cantos, sublimes trinos, y al impulso
de un resorte, unos rollos, tan erizados de púas
cuma nn puerco espín. rodaban lentanienle, encomenclanclo ú una especie ele veine metúlirn la
lnrea de herir sus pinchitos cortos v desiguales, que hacían sonar angélicame;te las
púas t!el peine. Y entonces, con una lentitud majes[ uosu, casi melnncólica, la caja ele música
clesgranabn los u ires anticuados, las ronHmznic;
ele Semíramis, del ).latrimonio secreto, de la
llul innn en .\rgel, algún vals dulce y machacón,
dos J)okas sallarinaR, que parecían sonar inf'until111enle, semejanles á una múf\iea compuesta
para r¡ue la bailasen muCTecos.
~las aquellas eantilenas se les antojaban á sus
auditores las.mejores del mundo, y nadie pensaba al oírlas en lodo cuanto signincabtm, en la
tristeza ton que la vieja caja ele música Jus iba
dejando escaJ)ar, sin esperanza ele que sus sones
hiriesen alegremente ya los oídos de los bailarines de anlafio. Apal'te ele prestarla ú sus amigos, doüa Teresa también disfrutaba de su caja
Y la hada sonar en los días que estaba gozosa,
Y así, desde el descansillo de la esutlera, sabía
el visitante si la seüorn se ltallnlJa de buen humor ó no.
Cuunclo aquella tarde llegó Brígida ú. casa 1le
Lupe, y oyó el cánliL·o ele la cajn, pensó : -Hoy
está la pajarera abiel"la. J\lús vale así. Se le aiegm á una el alma.
i\ada rnús regocijador que la 1no1·ada de duna
Teresa en aquel día. La seiíora abrió en tal fecha_· todos los balcones para permitir que el sol,
rad!ante en el ciclo la vado por la tormenta de la
víspera, se colase alegremente dentro de la casa
Y saltara ele mueble en mueble, apoyando sus

�dedos de luz en las superficies pulida~ de las
1nadel'as , de las camas de broncó, ¡lucientes· sY
.
aman·11as , en las láminas tersas de os espeJo
d b n
Varios tiestos de plantas fr?ndosas ver ea a .
Sobre las cómodas, en las rinconeras, en unos
· b,ie, y eran
sustentáculos muy cucos de m1m
. cual
heraldos del verdor perenne que adornaba l~s
balcones de dofta Teresa, donde, como en bob1lónico pensil, se mostraban las mas variadas es-

traba en el cuarto, como se largaba de nuevo,
alejada de allí por su humor vagabundo.
La labor aquella era una de esas obras _complicadas inútiles y puerjles, que entretienen
los larg~s ocios de las muchachas. A fuerza de
pasar y repasar hilos, habían de formarse con
eJlos unas flores, semejantes, por lo aplastadas,
ú unos huevos fritos, y en las que sólo una
lcntul'lcnto. imaginación podía ver algo parec1co

. de aue se ufana la botánica casera. A1U
pec1es
•
n ·s infini
1 .ª I .,
había ruda, romero, salvia, mena,
tos hierbajos de uso medicinal ó culinario y, e~
medio de tan útiles plantas, que son algo a~1
como servidores vegetales, lucía..¡~ pom~a _d.ele1table de las flores tempranas: linos pu1 p~eos1
pensamientos, alelíes multicolores y, semeJante
á una reina destronada, en lo más alto de OTI
tallo se erguia una rosa blanca _Y fraga?~e.
Lupe, tarareando, salió á,. abrir á Br1gida. La
pajal'era estaba en día glorioso.
.
Las dos amigas fueron juntas á la estancia
donde dofía Teresa y Lupe estaban sie~pre. ~n
el cuarto de junto, por la puerta á med10 abrir,
se oía á la caja seguir cantando una ende_cha
apasionada, que la gracilidad de los sonidos
transformaba en chin-chín insulso. Las much_achas se pusieron á trabajar en tanto que dona
Teresa iba y venía por la coso., y tan pronto en·

~r

á. una rosa1 nornbre con que la inventora de

labor bautizó su creación.
Lnpe era bastante torpe. Sus dedos .se e.ngarabitaban. Brigida, con incansable paciencia, hab' de ir desenredando Jos terribles barullos que
laia inexperta joven armaba ca d a do s por tres ·
Estas interrupciones dejaban libres las _1enguas1
Y poco á poco, de la lnbor de gancho, i~a escu;
rriéndose la conversación á otros tópicos ta
vez más interesantes y candentes.
-Mira, ¿ves ?--dijo Brígida-,. ahora pasas f' 1
hilo por acá haces un nudo, estiras la hebra un
poco la:-vu~lves á anudar, retuerces cuatro veces ~mno si hicieras cordón y asi concluyes la
vuelta 1has comprendido?
-Si:___;cplicaba la· otra, tal vez imprudente·
mente-. Recojo el hilo, lo trenzo, lo anudo ...
·A ffos!
·Qué fastidio! No puedo entender este
1
1 Y,
• i
r wne otra
diantre de cosu ... Jesús .. , A ver, exp ,e

1

vez ... Ya me dijo Miguel anoche que yo no servía para labores de gancho ... De modo que cojo
la hebra ... -y alargaba hacia Brígida s_us manos ignorantes y torpes de donde pendían los
hilos del encaje;
-Así, así-dijo Brígida moviendo los dedos-,
¿te enteras? ... De modo que Miguel te decía anoche... ¡ Qué gracioso! ¿ Qué sabe él lo que tú
puedes hacer?
-Ya ves-rió Lupe algo Iorzadamente- ; los
hombres son ... Dueno, ahora paso el hilo y ..
Está guapo, ¿ verdad?
-¿Quién, criatura?
-Miguel... ¿quién quieres que. sea? Adiós, ya
me equivoqué otra vez.
-Y ciento, porque hablando de Miguel pie_r.
des el tino.
-Yo ... ¡Ave I\'laria: qué dis1rnrale!-proles_tú
la torpe encajera, enmarañando en su turbación
los hilos de manera terrible-; ¿cómo puedi:;s
creer?.. ¡Vamos!
-Pero, hija - repuso Erigida con calma.- 1
¿crees que soy tonta, que no vi anoclie las miradilas? De fijo que -cuando volvisteis á tu casa
ibas tú delante con i\Jigu.el, y detrás Sanliago
con tu madre. ¿ Es ó no verdad?
Lupe .se arreboló intensamente. Sus mapas
abandonaron definitivamente la lnbór y la dejaron caer sobre las rodillas, mienlras la lurbada
doncella miraba con susto ú una pnrl_e'y á otra
cual si temiese lu llegada ele un importuno.
Tranquilizóse al ver que por ningún lado surgía persona viviente, y entonces, Ucerc:únclose ú
su amiga, la confló á media voz un tremendo
arcano.
-.Como no se lo dirás á nadie, le lo voy ú
contar todo.
-¿Pero, mujer, ya 11i.ly lodo?-exdmnó 1Tn1y
o.sombrada Brígida.
-Sí, todo. Anoche se me declaró :\-ligue!, me
dijo que me quería mnl.:ho, que se iba á casar
conmjgo en cuanto yo le dijese que sL
-¡Qué atrocidad! ¡Qué entusiasmo! Y de ese
modo1 á las veinticuatro horas de haber vuelto
á Espafia.
-Dice que se fué enamorado de mi, que todo
el tiempo pensaba en rrú, que no ha visto mujer
como yo-concluyó Lupe, tratando de enrojecer
modestamente y no consiguiéndolo.
-Se fué enamorado de ti...-repitió Brígida,
sin volver de su asombro ante aquel amor.
-Ya ves ... Y Yo sin sospechar nada1 sin pensar que aquel chiquillo pudiese querer á nadie ...
¿ Te acuerclas de l\Hguel cuando se fué? Siempre
con los calzones rotos, lleno de araflazos, laván•
&lt;lose poco-porque se lavaba poco, eso no se puede negar-1 rill.endo con los otros pillos de la playa.,. ¿Quién se iba á fijar en él? A mt lo digo
por primera vez de mi vida, me resultab~ siempre simpático; estas cosas son mutuas. Cuando
á una la quieren, una se apercibe, y ... Doña Teresa entró de pronto. Lupe suspendió la máxi_ma filosófica que improvisabn, y a!anóse sobre
!a infeliz labor de gancho, donde los hilos se en,

redaban cual la inextricable vegetación de una
selva tropical.
-No he podido dormir, chica-clamó la gorda
dama, deteniéndose en medio de la estancia y
agitando como una bandera el trapo que tenía
en la. mano-, con todas las historias de Miguel.
Oyendo esas cosas se la ensancha á una el cora.
zón, parece que los pies tienen alas, y que con
un poco de arranque se va á andar el mundo entero en dos brincos. Aún me dura lá alegría, ya
lo ves-y su mano agitó el trapo hacía donde
llegaban las armonias de la caja. Después de
aquella declaración, la sei1oru sacudió el ·pol\·o ú dos ó tres muebles, y salió olra vez del
cuarlo con el andar resuelto ele un Hernán
Col'tés.
Las mu chachas In vieron p:.1rlir risneflas. Luego que el rumor de sus pasos se alejó por
19s retnolos pasillos, L11pe reanudó sus c:onfidencias.
Pues sí, J\Iiguel Se la habin declarado; la habiu
dicho tales. cOsas de amor, que tampoco la ·c"i-1irn
pudo pegur los ojos _en lada la Sfmla noche.
Y Como Con e1 ·amor llega ·casi siempre el miedo
de pCI'dcI"lo, Lup~· andaha .muy E1purncla pen-s·ando que tal
dofm ,Terc_$a. se o.nusiese ó.- ·aquc~
l!as .reJucione"s, _ó que. !\ligue! sólb la galanteara
por entretenerse, por . pasnr más. distraído la
terfl.1l□ rada que iba á permanecer en el pueblo'.
¿Qué pensaba Rrig{da ele est~s CO$U.s? ¿,Com~
pal"tia los temores de. Lupe, los creía con fu'.t}cla•
mento?
'",.,...
Brígida. hizo un ademán de duda. Ella no:subia ciertmnenle si :.\ligue] pensaba en Se)"'.io• c~nnlo ~lijo á Lu1rn.
·
·
- Ya ves, eso es Lan dificil, hay tanto de·.. casualiúad en todas ·esas · cOsns ·del. c.:1riñn, q'ue:no
se puede decir. llada.. ¿ Q-u_i{'n 10· sctb.e? :'.\l"i''tú 1nis•
ma... ¿Le has dicho que sí'?
NO. Lupe aún no· habü1 eonle.s!aclo, pues aunque el sí se ic salía· de· 1{1. boca, tuvo, sin embnrgo, bnstcmle· fúerza cie voluntad ]1élra. Callár·
selo, para decide ú :\ligtle1 que t'\'!_n•ia que pensar
en aquéllo; pei1sarlo mucho ...
-¿ Cuánto?-preguntó Brígida, interrumpiendo sonriente á Lupe 1 que hablaba con una locuacidad digna de su madre.
-~lujei\ pues ocho dias 1 una semana ... Yo primero quise un mes 1 y se puso tan pesado, tan
machacón, que tuve que ir quitando tiempo, has•
ta que reduje el plazo lo más posible. Y, ya ves,
aún le parecía demasiado. No, si yo creo que
me quiere, qtle me quiere de veras- concluyó,
volviendo á ucaricü,1.r la ·i dea de que Miguel la
adoraba sin restricción ninguna.
- También yo me inclino á creerlo-:--repuso
Brígida.
-El caso es que á :mamá la p.nrezca bien.
-¡Hija!, pues claro. ¿Qué inconveniente va
á tener?
-¡ Qué sé yo ... ! Como nos tendríamos que
marchar de aquí, irnos á América ... pues ...
Brígida se echó á reir. Ese temor no existía
con dofia Teresa. ])e fijo que_ de_ no teper ~u fu-

,;ez-

1

1

�t11ro yerno otra cmdidad que la de viajero. lo
acepta cnn los ojos cerrados.
-Pregúntaselo ... usí eumo quien no &lt;ruie1·e la
cosa.
¡ .\y, no! L11pe 110 se att·evcda jamás á tanto.
Pero si Erigida queda lanzarse ú tan arriesgada
cm1JI·m;a, su amiga se lo agradecería mucho,
pues así se la quitaría un peso de encima. Brígida prometió hacer-lo, ú la primera ocasión.
Despu&amp;s siguieron hablando, mientras la labor
de;;ransuba inerte sobre las rodillas de Lupe.
Calrnlaron cuándo caeda la fecha en que Lupe
había de dar á su novio la ansiada respuesla, y
tlesn1brieron, por más grnnde dicha, que sería
en domingo, lo cual facilitaba mucho la tramitación de aquel negocio, dado que al salir de misn
podrían reunirse las dos amigas y acercárseles
.\ligue! sin llamar la atención. Luego de resuello
tan delicado asunto, Brígicla habló algo de sus
amores, ele la pena suerte que los entorpecía
t:on obstáculos nimios, constantes ...
-Te aseguro-dijo con acento desengañado-,
que ú veces pienso que Santiago y yo no nos
casaremos jamás.
-¡ Qué tontería !-exclamó la olro.
-Xo, no lo creas, no es lonte:-ín, es como un
presentimiento, como esa especie de desasosiego
que se siente antes tle tener una enfermedad. ,\
nosotros no se nos arregla nucta. Es inútil que
Sunliago trabaje y trabnje ... Xunca vemqs luz ...
-Te apnrns sin 1·uzún-urguy(r Lupe, que queI'Ía \'er todo por el lado bueno-. Un día vendrá
en que podréis casaros, en que seréis felices.
- ¡.\y! ¿Cuúndo ser¡'1, Dio,; mío?-suspil'ó
Brígidu tristemente-, ¿euándo? Si vieses qué
falla me hace un poc-0 de confianza en el ror\'enir. Contigo me expansioTio nlgo, h~1blo sin miedo ... , pern éste e:,¡ un respiro ele nada. Tú y Santiago dais alegda ú mi vida ... Tú le n1t11'clwrú,;
pronto, y él..., él no ;;é ... , tal vez lo piel'rla tambi(•n- . !-:&gt;us ojos se bujal'On, r p11ra evilar que
Lnpc Ju.-; viese l1úmedos, ;;e detu,·iernn tenazmente en ln 1·c,·uella unlimbre del encaje, ,:ne le parecía ú llrígitla la inwgen vi~ible tle su vida. Lupe
no sabía qué decir. .\(¡iteltas \'agus ang11slias
vcnc[an las fuerzrn; de su ntletre, q11e no encontraba las palabrns ¡,recisas para disipar las
tristezas de su an1iga. Intentó consolarla, pro111111ció las frases de ritual C!lle nacen solas de
los labios cuando es preciso demostrar simpatía
por un dolor &lt;¡ue nu se colll!irencle ele modo
clnro.
.\lns ú poco, L11pc, impulsada por un sentimiento irrrsistible, había vuelto á hablm de .\liguel.
.\quella charla sin tino terniinó bruscamente al
entrar dofta Terc::m eu el cmn·Lo. Yiendo á su
mamá, la entusirn;madu joven enrojeció y se
puso tl estudiar la labor tle encaje con interés
profundísimo. Ddgitln, entonces, a¡iroYechó la
ocasión é inlenogó á doi1a Teresa sobre el vunlo
que tanto interesaba á Lupe. Principió por hablar de los viajes en general. ,\Lraída por una
conversación tan ele su gusto, la gorda se acomodó en una silla junto á las dos muchachas.

A las dos ú tres frases pl'onunt·i,Hlas ¡,or Brígicla, doña Teresa exdumó : -Tú eres de las
mías, tú com;1rendes lo bueno c:11e resulla andar
1101' ahí viendo tierras y mn1·c,::. Contigo se puede
Íwbla1· de estas cos,v•, y no con lu madre, :·ue
ni oirllle se ,,ueda corno si viese al ,\n\erristo. .
Bdgida pr~lestó de tau rotunda afirmación.
Había que perdonar á la reumática ... sus males,
sus trislezas ... La gorda interrumpió.
- Sí, sí, mujer, si lo com!wendo perfednmente.
Tu madre tiene pretextos de sobra para creerme chiflada... Pero estoy muy en mi juicio..
Ahoru, que me gosta eso de irme por el mundo,
y claro, rabio al ver que he de quedarme aquí,
hecha una sosa, sin saber nada ele nada, Y pasnnne así la vida hasta que un d[a reviente, Y
entonces ya no conoceré más tierra (!Ue la de
mi sPpullura.
Las dos muchachas gritaron, llenas de susto,
ante tan terrible suposición. Lupe se entristeció
algo, hizo un par ele pucheros, en tanto que doña
Tet·esa r¡:uedábase cejijunta, pensando en el reposo finnl é inlerminable donde yac~ría su cuerpo. Entonces Hrígicla, para conclmr con aquel
incidente, dijo: -Pero, señora, ¡,por qué ha de
pensar en eso? Usted está fuerte y sana, le quedan años por delante. Lupe se casará tal vez co_n
nlgún' fot astero y entonces tendrá uslecl que 1r
v Yetür...
· --¡ Jesús, qué tontería !-exclamó dofin Teresa.
Erigida explicó entonces sus palabras. No era
nin,n:;n disparate ... Todo es posible.
Al fin, Brígida inlenogó diredamenle á la
gonlu : -\'amos, doña Teresa; ¿ dejaría usted
c:usur á Lupe con alguien que se la llevase ele
u,¡u!?
Doiia Teresa miró fijmnenle á su interlocutora,
'tlcspués á Lupe, afanada sobre la labor. Era lo
1.mstanlc perspicaz pnru que se Ju hubiese escapado ln conduela de .\ligue[ y la lu1·bación visible de Lupe. Estuvo un momento sin hablar, Y
luego se levantó diciendo :-Si era por su bien,
¿ú qué vendría el oponerme?
..
-¿ Aunque se fuese muy lejos? ... ¿A .\n~er1ea
por caso ?- siguió Brigida, para aclarar btcn el
asunto.
--:\°o importaría el l11gnr. Yo me iría con Lupe
y con stt marido, ¡iues tnm!lOt:U sería justo que
;ne quedase aquí sola- . Se paseó un instante
por la eslnncia. Las dos muchachas guardaban
silencio y en el cuarto el sol se iba poco á poco,
permilie;ldo á las sornbrm; nacer en _los l'incones. De la caja seguían brotando cantilenas melancólicas.
La gorda detuvo su anclar junto á Lupe, apoyó
In mano en su llomb1·0 y la contempló callada,
mientras la chica intentaba trabar los hilos del
encaje. Lu!:lgo, con voz profunda, algo tremanle,
repitió:• :'\o es cosa de quedarse sola, á 1111s
aiios, con recuerdos tristes .. ¿ Verdad, Lupe?
¿ Verrlad que tú y .Miguel me llevaríais con \'OSotros?
Al oir esto Lupe salló de su asiento, rodó la
labor por tierra y la madre y la hija se abraza-

ron estrechamenle. La muchacha había apoyado
su cabeza en el ancho hombro de dofia Teresa,
y allí, sobre aquella interminable planicie, lloraba ¡rueda mente, murmurando : - ¡ Qué vergürmn, crué vergüenza!
I.1 gorda !&gt;asú !JOr su;; ojos una mano morcillucla y des!rnés hizo levantar el rostro á Lupe.
- ¡ Qué vergüenza ni qué niño muerto !-dijo
campechanamente-. Ningún hombre ni ninguna
mujer hnn de avergonzarse por quererse como
Dios manda. A ti te gusta ~ligue], él te hace
cocos ... pues casaos y que os vaya bien. ¿ Te
has ele !)Oner colorada :1or eso? ¿ Por hacer Jo
que yo hice? ¿ Lo (!Ue han hecho todos? Xo, hija
mía, no; te casará::; con él y nos iremos los tres
al Perú, y allí \'eré por fin indios, aunque, á la
verdad, os lo diré en confianza: creo que, cuando me encuentre con un salvnje cara á cara,
tendré. miedo y echaré á correr lodo cuanto me
lo permitan las carnes.
IV
.\quello misma tarde, Santiago se lo elijo á Brígida. Fu6 ú poco ele volver de casa de Lupe cuando la muchacha supo que don Ramón
se empeñaba en enviar á su hijo á
Arné1foa. Las historias de Miguel,
aquellos fantásticos ,sucedidos, seme¡antes ú ensuefios realizados, habían
revuelto el flaco ·calGlre ele don Ramón ~' lo anaslrabap con empuje de
hurnt:án. De no senl.i rse yiejo para
Lrnbajar, él, y no su hijo, hubiera
tentado· la aventura. Pero ya que él
súlo no podía, Santiago era el indicado para marcharse y don Ramón
le n&lt;.:ompaiinría gustoso, pues si sus
achaques le impedían locla labor, no
Cl'un lo baslante fuertes para privarle del gustazo de \'er ,\mérica, de pasear sus ulo¡,ías v
sus ilusiones por wruellu liel'!'a prnpicia [t lo~
;,oiíadores.
Después, cmmdo en pocos nño;; la fo1·t111w llegura rápida y estable, volverían ricos al p11eblo
para ,·ivir dichosos y tranquilos. Don Hamón
hu hía liablndo eon l\ligucl. Este duba graneles
scg1u·irlurles de t1xilo, allanarín lns pri111;ras dillrnllwles que lanto descorazonan, y pensaba
que, yendo mediunan1cntc las cosns, en unos
diez niios podría F;untiago traerse 111 p11cblo su
millón ele re,iles. Es cleeir, la llolgnra y el eles:
canso para toda la vida. Don Ramón esperaba
gozar de aquella tardía l'iqueza lo más posible,
Y lnl ye;r, s11 secreto egoísmo fuese la verdadera
razón que le movía ú acompmiar ú Santiago,
pnes así, en el primer clnro que se g,1stasc, él
tornaría su parle.
Desconfiando algo ele Jo clil'lw poi' tlon llamón,
s•1 hijo se había avistado con ~ligue] y, a1)arte
,le alguna exageracioucilla del utopista, todo
cuanto dijo, lo confirmó Zárale. En diez ó quince
arios, tal vez antes, podría labrarse Santiago
una fortunila, sin graneles apuros, ni matándose

á trabajar. .\demás, .\ligue! le confió su propósito ele casarse con Lupe; así es que ni siquiera
falla ría á Brígida el consuelo de tener con ella
ú su omiga predilecta.
Desde el muelle desierto, encarado eon el balcón, donde Hrígida eslaba entre sus plantas, envuelta en el chal, Santiago había dicho todo
esto.
Al concluir esperó la contestación de su novia
que fijamente sería entusiasta.
'
Brígida siguió silenciosa un momento. Continuaba acodada en el barandal, fija la vista en
Santiago. Detrás ele él hunclíase el sol, como
una hostia de fuego, en el inmenso cáliz del
mar. Al lucir sangriento del astro, el agua se
incendiaba, adamascándose á trechos en \'etas
de escarlata, que corlaban con ráfagas violentas
de llama, otras sábanas líquidas, donde el rielar
ele la luz se dormía en cambiantes grises y plateados de una dulzura inefable. Junto al arder
del mar la costa parecía negra. Las barcas, las
rocas manchaban ele obscuro el agua y, esfumándose en la lontananza misteriosa del Oceano, una voluta ele humo serpenteaba, lenta, maciza, al ras del agua. Sobre el resplandor del

crepúsculo, Santiago se recortaba como una silueta tenebrosa y callada, en espera de la contestación que no venia.
Brígida suspiró hondomente, se alzó algo de
la barandilla, volvió á tecoslan;e otra vez y luego, enrolviéndose en los pliegues del 111untó11
como si sintiese el frío de un viento sólo sensible para ella, preguntó á su novio, con acenlfJ
lrurnJuilo : ¿ Cuú ndo Le irás?
-Xos iretnos ú principios ele Octubre- repuso
ól, usando el pl urnl, sin fijarse en lo dicho poi·
!frígida- ; pum entonces dice r.Jiguel que es
bnanu época.
- ¡Ah!, es buena época...
repitió Brígiclu,
apretando más el c:hal contra su cuerpo. De;;pués volvió ú quedar callada. En el horizonte, el
sol moría, iban npngándose las ardientes ascuas
del crepúscnlo, El agua perdía sus reflejos, y
sobre el manto glorioso del atardecer flotaba u11
cendal ligerísimo de sombra, nuncio de la noche.
Brígida sintió que sus ojos se mojaban ele litgrimas.
-Es buena época, buena-repitió dos ó tres
veces, doblándose más sobre la barandilla-. Al
inclinarse, su rostro sintió la caricia de una ra-

�Santiago creyó oir arriba el rumor angusma de los tiestos, y corno si el roce la desperlase de un sueño, la joven se irguió, sus ojos lu- tioso de w1 gemido y preguntó cariñoso á su
cieron y las manos apresaron fuertes el áspero novia.:
-Pero .. hija ... ¿estás llorando?
hierro de.la barandilla. Santiago, que la contem-¿ Yo? No. ¡ Qué tonLerla !-replicó ella con
plaba desde la c-a1le 1 creyó verla crecer, tan
arrogante, tan ·derecha se colocó en el centro del viveza-. ~acla de eso ... no lloro ... Anda, vete ...
balcón. Así estuvo un momenlo1 y después, con Parece qu2 va á. llover .. .
Inslintivamenle, Santiago miró al cielo obsculo. voz lranquila de quien habla de algo indiferente! de algo lejano en absoluto a su vida ha- ro. Una gota ancha, fuerte, cayó en sus labios.
bilual, Brígido. dijo: -Si te vas en Octubre, Estalla a.rnarga y tibia, y cuando iba á interrogar
l\egnrús allí. .. -se del11vo un instante-llegarás ele nuevo á sn novia, oyó en lo alto un rumor de
fnltlus crujientes, y lnego, con golpe seco, se cerró
á .\mérica hacia fin &lt;le uito ...
-L1egriremos--inlerrumpiú él, e:xtrai1ado de el bnlcón. Brigicla había penetrado en la habitaoirá su novia expreirnrse en ~ingular-, &lt;1i 1 lle- r·ión. Snnlingo, pemmlivo1 echó á andar hacia
garernos. Parece como si pensases permanecer s11 casa.
11rígidu intentó ir hncia. el comedor; pero sns
aquí; dejarme ir solo ... ¿Ilc1s decidido eso?siguir), · alarmándose ni ver que Rrígidn no pro- pies negáronse á llevarla y cayó en un siUón1
teslnbá. ni parechl oir- . ¿ Te nsusta el viaje? j1111to ú la ron8ola, donde reposnbnn los ~rande,s r-,nw:oles lle color ele rosa. J ,e pesaba tanto
¿Se té lrnée tnn dificil marc-lrnr conmigo? ·
La 1Tlurbadrn calló. Sus manos apretaban el L1. cabeza, que hubo ele apoyarla en un l)razri
barandal, y sin mover lós ojos, sin a1entar 1 es- que arodú ~,'.}brc el mármol del mueble. La olr&lt;.1
cuchaba. ú Snnliago como si oyese la sentencia mano se desplomó inerte en las rodillas y la
de muerte. Abfljo 1 'entre la somlJl'a de la próxima joven quedóse inmóvil, petrificada, mien! ras el
noche, el novio se impade11laba 1 y en su nmor, }cnto llunto iba naciendo de sus ojos y goteaba
buscando disculf)ns nl silencio de Ürigida, clecía: con leve ruido mnte sobre la lana del vestido.
Llorosa, Brigida pensó en lo que pasaría si se
-Comprendo que te cxlrai'íe mi resolución y que
estés sorprendidi:1. .. pero.. dime que vendrás ib;t nm Sanl k1go. Su alma buena se encogió ante
conmigo, que n.o me dejarás ... Ya ves; nuestro la itlea. de aquel viaje 1 que suponía. el abandono
mismo amor nos imrione mard1nr ... Aqul nunca de doüa Conrha, incapaz de emprenderlo 1 ni de
encontraríamos oc.;asión de una. forluna rá1Jida ... inlenlarlo siquiero. Claro es que 13rigicla podía
Sornns jú\·cnes, hemos ele prerrnrar nuestra vida dejar á su madre, encomendarla á otros cuida•
ful Hn1 1 asegurae ~l porvenir, los afias próxi- dos 1 lomar una sirviente ele confianza que la
mos que nos verán junios, ([Ueriéndonos, que- sust.iluyese ... En el pueblo no fallaban sollel'oriendo á los hijos que Dios nos envie ... ¿~o com- nas nec.;esi1adas y hábiles, viudas piadosas y con
prendes que tengo razón'? ¿ Xo le alegras nl pen- poco peculio, que se trasladarían, medianle un
sar que el día de mafianu nuestros hijos podrti.n estipendio, á casa de la reumática y la darían
querer á quien se les anloje sin temor U esta lns friegas y la acompmlnrian y la nguantarian
el rnul humor y las quejas. En un rápido recuenescasez nuestra que nos ala de pies y manos'?
-Sí. si-munnurú Brígidn, volviendo á indi- to menlal, I3rigida pensó quién reuniría las conrntr el cuerpo, mientras sus ojos tornaban á diciones predsas ... Doüa. Tecla ... Purita Ramionenturbiarse con lágrimas cercnnas-; tienes ra- do .. 1:1 de Ilcrnándcz ... Ja viuda del carabinero ...
y, al recordarlas, las dcsechat-a. con premura,
zón, hnblas bien ..
sin encontrar en ningnnn aquel ser, probable- Entonces 1 ¿estás conforme?
Ln. mucha.cha calló. Desde el muelle1 Santiago mente único, compuesto de dulzura, paciencia y
volvió á interrogarla. La. voz del joven sub¡a ya bondad, que se necesitaba para soporlar á la
entre lo obscuro. Apenas si en la lejanía del mar pobre doña Concha.
Y luego 1 aun cuando aquel dechado pareciese
oscilaba aún una tenue luz grisácea. Toda la
pompa del sol 1 ele las aguas sunluosas, se hobía y consintiera cuidar á la reumática 1 ¿ sería basocultado con la noche. Una calma profunda, el tante? ¿ Le consagraría el cuidado de cada moreposo sin !1.n de los mundos muertos, parecia mento, preciso á la señora? ¿No tendría alguna
llegar del Océ.:mo, sumergir la muda tierra con la vez un involuntario gesto de desagrado, un mocallado. inundación de su s·ilencio. La voz de San- hín de disgusto que amargaría de fijo durante
semanas y semanas el ánimo susceptible y quistiago sonaba exl rafíamente en el aire inmóvil.
quilloso de doíí.a Concha? Pensó que aquello no
-¿Estás de acuerdo conmigo? ¿~le acampa
podía decidirse tan de súbito, pues trutábase de
ñarás?
-Te acompañaró ...~dijo al ftn Erigida eritre- cosas enredadas y difíciles. Algún medio llabría
corladamenle-. Sil iré contigo ... -aunque me que diese la solución1 y pensan:1.0 1 pensando1 ya
cuesta mucho... ¡Oh! Tú no sabes ni sabrás se daría cpn él.
l\Iás se.rena con aquella dila.ción 1 que caJ.maba
nunca lo que me costará irme de aquí.. dejar ...
algo
su alma a.tormentada, Brígida secó sus ojos.
Su voz se cortó un momento. Después siguió
con 1nás valentía: -Adiós, Santiago; vet'e ya ... Volvió á pensar en el viaje de Santiago. El buen
sentido la deda que su novio estaba lleno de
Es muy tarde ... Esta noche no vengas ... quiero
razón. En el pueblo no era posible hacer fortuestar sola con 1namá.. la he de decir ... yn ves :
na; á lo sumo podía conseguirse lo preciso para
la pobre, la pobre ...

. ' .
vivir, y gracias. El vinje era preciso, imponlase
cm~o base de todo plun ele porvenir.
Esta paJubra asustaba á Brígicla. i Porvenir!
Pensar on lo futuro equi\'alia á encararse con
un punorama sombrío y lrisle donde vagos aspect~s1 l'11 vez favorables, tal vez amenuzu.clores
rnovwnse entre ti_nieblas. La joven cerró los ojo~
J~~ra p~der dommar mejor su pensamiento, y
\ ió ~ue el cuadro ob_scu~o se ennegrecía más y
que Junto á las apariencias, ya hnbituales de la
e~c~sez, de lo.s sacrificios, de la enfermedacl, el
vrnJe d_e _Santiago hacía nacer olrns de nspeclo
mela~cólico, ~lesconsolado, que la miraban con
los OJOS lagrnneantes de las novias olvidadas,
de las amanles que se ajaron en la soledad, inconsolables l)or el silencio de los
que se fueron, prometiendo
volver. Aquellas figuras desoladas parecían e;onsiderur
""===j
á Ui·ígida con afecto fraternal. Y la joven exhumó cn1onces de su memoria el
'.·ecuerdo de una infeliz vieJa,_ cnc0f!Llimia, risible, ó.
~1111e11 conoció siendo pequena, Y que sólo guardaba,
C"Omo recuerdo de una juven! wl lejana, el nomb,·e,
grncioso c.rntes, ridículo después1 de doria Francisciui•
la, la del lunar.
i Pobre dofia Francisquita,. la del lunar! ¡Lo que
i:;e reian de ella los chicos
._".'"_______

por la distancia, después por la costumbre tal
v~z luego por un nuevo amor. ¡Oh, no; eso n~ podia suceder, era in1posible que pasara! Para evita.i: tal cat~s~rofe, Brigida sentíase capaz de cualqwer hero1c1dad.
{!n hondo suspiro que venía del comedor
arrancó
l
hh de su ensimismamiento á Br/01'd
ca,ya
muccr ac. a fuése con su madre, que en la butaca_ cerrna sordamente. Por azar extraño c .·
milagroso, doi'ía Concha no estaba aquella ~oc~1~
de tan mal humor como siempre.
. Al natural impulso de su alma, que la empuJab~ aquella noche hacia la-enferma con mayor
fue1 za que otras veces, Brígida se llegó á la gru-

il __.,_]
!

rl

..:;(.J.Lj;.J..il,_..J.J.jJ..J.L._______.J

lo _({Lle se bul'lnbnn los g~andcsi :\'i uno solo

1\onc.1,
.
.
, ¡ ln orarii.:ió
. 1 la mimó , u"'l'recrJó
::,
m1nuc·1osun r los nltnohadonl's del sillón !·
!
p1 ei:,untm a la mfel1z vieja poi· su novio J'Or J; 1s rudilln. J, .· ..
.
, a man a ne
.
. s. ,et \ ieJd se deJaba ¡¡uereJ· C"tlhda
aquel gal~ardo Amacleo que se fué ú ,\m'(,rien
:'i/11
fi
..
,inv1r
el
telln
tanto
como
oh~as
lH~::h:s cp ';.
sesenta anos '•mies • 1•
. \ Y·11 cona
,
.
1 ,. Frilnc1squilu.
Ja dns o tres ve ·e.
· u
i
a· , . .
~· s un canuto de sonrisa pareciú
del lunai.\ no sa_~ía nada de Amacleo, pues· el
¡ le~&lt;11 sus Jctbios, .Y cum1do Bl·ígicla conclu\•ó su
ausente Jamás d10 seüales de vfrlü. Anle
1
perdurable silencio cualquier hembra. se hu~f~:e tnl'~~'.' -~ª_,rem_1:1úlicn la dijo con Cono cllsi of;ble:
G, &lt;~can::;;, IUJU, ll1U&lt;·ha.s grac:ias. La \'er&lt;lad es
l~artad~, pe1·? dofia Francisquila, la del lunar, i1uc l1enes unus mnnos lnn ligeras ...
se paso la. VHla aguardando al nmable Amadeo.
Aquel ~~rada ele su ntadre fué pura el es )íriLas chanzas de sus convecinos no parecían nltetu de Ilr1g1da como un bálsamo, alivió parle! del
mr sn dulce conílérnza y sólo aJaunn e
c¡jaún
o
t
V Z 1 en
p_eso que abrumaba á la joven. Como sucede
0
. momento de desahogo, revelando un poco
siempre después de una gran tcns1·ó11 de
...
1
· '"
esprna r1steza de su corazón, decía, mientras balan- t B · ·d
ui ng1 a necesitaba encontrar algo que sir.viecenl;&gt;a su cabeza blanca : -Algún día será el d
su regreso. Ya vend.rá1 ya vendrá ·Y
t
e se de f~ndamen to pura un poco de alegria
no le
·¡.
···
en onces aqu~Ba mesperada amabilidad de dofia Con~h~
permi iré irse otra vez
. Ah
1
Enton es 1
··· 1 , no, no ....
la h1z~ ercer en un posible alivio del reúma. en
.
e
e cogeré del brazo Y le diré : No te
u~~ m1Iagrosa curación de su madre que la )ern~urchas, AmD¡deo. Te quedas aquí; pues a
1~1tiesc
aleja.rse. del pueblo1 poder marchar lean
estoy escarmentada y ninguna nilla debe dej:r
e _la y con Santiago. La sola suposición de tal
que su cortejo se vavu . Tu' !1a
ll
'
á t
• · i
s vue o pero d1cha .b~stó para hacer revivir las esperanzas
cu n os quectáronse para siempre al otr~ 1 d
'
del amargo mar¡
a o de Dr1g1da.
En alas de su alegría puso la mesa en dos lrnnLa infeliz dofia Francisquita se mu .. 6 .
al olvidad· A el
ri sm ver
cos,_ preparó los postres, avivó las tareas c~litoria
_1~0
ma eo; y recordando la triste his- narias de Engrac,·
·
,
a, qmen,
á veces, ante los pudad , Bng1da pen~ó con espanto en la posibiliche10s1_
cabeceaba
dormilona.
Durante la comide que su nov10 la olvidase también se fuedn, dona Concha siguió sin grufiir en demasía.
se mar adelante, lejos1 lejos, y se qued~se aUJ
en aquellos países remotos, retenido primer¿ S~l h~blar, fu~ auslero, pero reposado, y á Br1g a e pm ec1ó tan dulce como una música, á la
HJ)Hldc'.ibase de ella y la a 1..
, cr
• ,
.
.
o an 1)roffin · c1lll8is! ía en

i

lll(

�e ue sus oídos no estaban hecho~ . des~e hacia
!r1os y afios, y la velada transcurr10 as1, en una
placidez inusitada.
. ,
C ndo Brígida entró en su cuarto no sabia ,o
.ua, ·. -aba Je pareció que el ruunclo estaba
que e pas '· ,
·11
t ce
,··t111tJ·1aclo cine algún cataclismo tern) e si. "deri11 ú ht' portentosa llltHlanza, pnes· no e1"1
. ' pe•
sible que tales _trastornos se veri_ficas.en s1~ c~n:
secuencias exteriores. Aquella impensada a ~
biliclacl de su madre revolucionaba el alm~ ~-e
Brí«icla mucho más que la presun_ci~n del via¡e,
"'.. aún que el posible rompmnenlo de su
Y
mas . con Sanllago.
,. .
\'ºiendo. á doi1a Con1nall'imomo
.·
·ha enlrecrada á su cm mo, si-·n acibarárselo
.. con
L
"'
hbras ' Bng1cla
se
reeonvenc:iones
Y ma1as pa'
.
so1a,·i
I n·irla
senlía incapaz de a b amo
'
' ele
. dc¡ar
., 1a ..
al cuidado de manos mercenarias. Ial ,-ez s
aq11ella noche doña Concha hubiera es_tado ?muo
Drícr1da
v1e1oncle costnmbre, hecha una ílern
l
'
"' ª - "' ·nzaría su flaqueza apoyándose en _los re.,,a11~\ in. t s en las rabotadas sin motivo para e e
~~~:, ºs:1 amor y no dejarlo marchar. Per? asf,
viendo á su madre como un cordero, dócil, ca._. - "'ª resicrnada sin más amparo que el s~yo,
11110.. ,
"'
'
1 sus manos·' as1 .no
sin otras caricias que las le
·o
en posible abandonarla. Todo menos eso. De ~~
' , 1· ba un milagro y doña Concha curan se 1 ea iza
¡· · ·, se aJrro y
les por lo menos a ivwr1c1
º
se de sus ma ' h . con Santiao-o y con ella ...
e 1ltonces se marc aria
º
.
.
Dios mío! Si no, Brígicla tencln_a.
s1 no ... 1AY,
.
so se h rompen u
mucha pena, un do~or 1_1;menl :orazó~. pero no
el alma y se la har1a tnzas e e
'
se iba, no se iba.
\'
\I · . o obstante aquella última resolu~ión téll1
fü'-m~~ ~rígida dejó pasar un día y otro sm
verse á decir á Santiago que no contase. co~ e '
.
- . l· .. c1..mérica. Tales dllac10nes
para acompanar "
retextos
intenlaba justificarlas la muchach~ contpba para
.
u amor mven a
'
1
~:;\ :~.;1}:. ~~e~-;1~:~t~t: ~e su penosa explicació1u1~
, corno los consue1os 8
Ernn aquellas clemoias
¡)remos que se le dan á UI1 condenado á muerte,
t b ¡\
a •
• Brírrida
resuella ú sacn·t·icnrse ' no
. acera
.
0
)
'
l
,
·
sacnfic10
liallar momento adecua&lt; o a su
d'el
J&gt;e este modo fueron pasando los ias, y
t·e1111lo tru¡·o entre ,,ns horas las que formaban
1
conla
fecha memorable eleg1•c1a por, Lupe para
l mingo
t , : i\liguel. Era un dommgo, un e?
les ai a - .
1 ' ol radiante. La misa maalegre, ll~ c1el0 azu ) ~ ella fueron doíla Teres,\
yor ci·a a las nueve .. '
. "
. I ... lfrí,,icJa '.\J!"uel y Santiaoo.
..
y i;u UJ&lt;I,
"' '
.º , .
!ática proces1on,
Frn una misa irtu) ot con p
'
h a y
,
. !mente duraba su áb
or
música
emito. Gene1a
'
. .. 1. salida form anse
tres cuarlos. Despues, a a
.b', de paseo
•
,; y •ilgnnos se I un
grupos lle amigo.' · ' ,
mar hasta el
l ." ·ll·imeda qne bo1 rleaba el
JlOl'
"
'
'
b
r, ro otros clescernHan á la playa, useaban con.
ªh S' J·ugaban re¡an, hasta la&lt; hora de almorzar.
~
cEstas
a ' costumbres
'
,
de rigor en verano.
ernn
d En
de
. .
o se sustiiuian por paseos alrede or
mviern
·
·
d b n
la plaza, bajo los arcos que la circun a a .

ati;t~

ª-

·
Brirrida
estaba re-Cuando concluyo. la misa,
"'
ll " hablar á Santiago durante el paseo. Ba
~ll~·n
a aá la p\aya v allí, ante el mar, que los
¡a11a
' ·
· · l
e er'i'
separaría pronto, la muchacha dma o qu
preciso que dijese.
.
.
Salieron de la igle,;i.1, c¡ue quedó vac1_a, _8L 1e_n. .. lle11a del varro l1umo nzulaclo del mt1ensn.
rtoSd, · '
"'·
J 1e y
,., el 11órlico i;e detuvieron las muJeres. ,u1 .
.lSll
.
am11an t e e.0 l 1 &lt;a]rr•mas
1JrícricJa c·harlnron un ms
o·
, "'
tanto que doüa Teresa se oreaba con ~ugds, en ,
. . d
abo.meo
. , la far. sudorosa, e::;gnn1ten o un_
~~lonne, que pmecín, por lo g1·ande y &lt;llapreaclo,
h col11 de nn flllVO real.
.
·a 1
' P
.. poco ron socarronería inocente, ~11,,ue
oco d
,
¡
ele
las
\' Santiago rneum n&lt;·er&lt;'úndosr a grup 0
.
;nuchachas.
... ·eiies fuéronse las
. d acercarse 1os Ju,
'
.
.
A poco ~ ·. 1 clcspeclirse ron l'if-1tas malla1mgas, despt:s; e llenas de subentendidos. J,as
uosns Y con i ns s
.
l·:i. )risa hacia la alnpiearnelas marcl_rnba~ ~ l~1c;blm visto y crilicar
merla para referir cu&lt;ln o
.
'º Dofia Te. á las felices qnc lemnn no\l . .
de paso
.
.
leliheraron un mslante
resa se acerco ª\-g1_~\P~,n t procesionalmente, :\1 iú dónde se ibluil~ ·1le' S·u1lin«o y Bl'igida acompao-uel v T.upe le c11 ' • '
º
. l )l·1vn
"'
• . l - . Tcres·1 fuéronse harta a l ' J ' '
fiando a l on,1
'' 1 . ·e esl·1ria mús á
donde había poca gen e ) :s
. '
1

• uslo.
.
. Itas rocas
,.., 1 a phya exlendiase n1 pie de 111s a '·1
' 1
,,
,
·1lz·1b·1 En aquella wra e
donde el pueblo s_e &lt; \,:-~ndo libre una gnm
n1&lt;1 r se halJía aleJado,
J
•
donde
. . de ·1rena fina, compacta, tersa,
c:xtens1on
'
.
.1 as blancas de alde ve~ en vez lucwn la mani; i, . d
ale1a
, 1 verdoso enca¡e e un °' ·
gunm, conchas o e
'U'lVe que im·ituba
tllor~a l_a tizr~:j::~ed~'c ~~~r:r 'c1ulcemente en el
á lo::, pies
.
n ás rompía contra la
agua límpida, que a coi ple ,. frúrril de las olas.
"'
arena e 1 cuei'Pº L1·ansparen J
·d é inerte
.
el mar azuleaba, dorm1 o . .
A lo le¡os,
1 . i llegaba un viento mdebajo el sol, y ele 1~ _e¡a~ a entornar los párpados
ciso, aromoso, huc1en ~ nda paz de la mañana.
para recrearse en l~ pro, u 11 · Doña Teresa y sus
Poca gente se veia por a l.
t d el nladuvieron alrro gus an o
i·
acompaitrmles an
l 1-' li~o donde los pies
cer de pisar aquel sne º. e as
' . ñales húr
s y cleplmn leves se
caminaban tgero
, ' , lo absorbidas por
medas que desaparec,an pr on '

r

la arena.
. . . .. L en el mismo orden
\ nrlnvieron ast algun ra o,
l
San' .
1 iglesia La gon a con
que aband?~aron a
~Ji~uel delante, charlantingo y 1:lrig1da, Lup_~ y I ~s olros dos iban cado como dos desco~1 º1s. e., dot-l'' Teresa monolob.
esvuuru qu
ª
•
liados; ten . .
_
·u charla era suficLente
gueaba sin r:SJJll'O _) q~~~b;loso 'á 1111 cementerio.
para presttu aspe~to. J do que la escuchaban,
Escuchándola, 6 . ac1e·~·1b1"''. ib[tn mudos: enlos novios no tlecian p,t ' "' ..
t • aterrada
L" go en sus provee os,
simismado S nn ia
· "
do trance.
Ilriaida por la proximidad. llel ho:1len más bien
º
d - Teresa. tito un g11 o,
De pronto ona
.
•ó de Ja bue1 •do pues toda marnfestac1 n
un a an '
. m re de los límites de 1a
na señora pasaba s1e pñ t s la interrogaron.
·dad
Sus
acompa
an e ~
normal t
•
¿ Qué era? ¿ Qné sucedía?

La sefiora, bajandu rápidamente el diapasón
de su voz hasta convertirla de trompeteo escandaloso en un murmullo, dijo mostrando á un punlo:-l\lirad, callaos; mirad, ahí hay una chirla-,
y sn diestra sefialó con el gigantesco abanico un
ag11jern casi imperceptible, seíiul de qne en Jo
hondo, metida entre la arena mojada, esperando la próxima subida del mar, se escondía una
almeja. Después de realizado este descubrimiento, la seüora vió que el signo revelador se repetía e11 los alrededores. Todo aquel paraje estaba lleno, atestado de chirlas, y bajo los pies ele
!_os paseantes yacía el primer elemento ele ,.m
arroz á la marinera. La_gorda, á tal _pensamiento, no pudo resistir mús. Dejóse caer sobre ,,¡
suelo con la pesadez de una morsa que toma tierra, y allí, valiéndose de un palo recogido entre
la arena, empezó á el:lcarbur y extrajo pronto el
mnristo, una concha bivalva, de color melado,
sobre In que parliculas ele arena, se prendían
rubias y diminutas. Dofia Teresa mostró su conquista al mundo ,·isiblc, alzándola en alto, y
dCSJJUés conminó á sus amigos ú que imitasen
su maravilloso ejemplo y explotasen aquel criadero tan abundante.
Los rnuchachos no se hicirron de rogar y, cogiendo otros palitroques, fuéronsc en parejas.
,\ poco, la sociedad habíase dividido en tres.
T.11pe y '.\lignel estaban arrodillados no lejos de
dofia Teresa, y riendo iban desenterrando almejas y más almejas, que colocaban pulcramente
encima de un paiíuelo; la señora, casi yacente
sobre el suelo, extrnía las chirlas con ligereza
i1werosímil, y más lejos, junto á una roca que
i!Somaba algo entre la urena, Brígida y Santiago
se habí1111 detenido, parecían mirar con atención
al suelo, cual si b11scasen alguna cosa perdida.
Santiago sel1aló á su novia una ligera ondulación de la playa, al agujero imperceptible que
delataba al marisco escondido.
-Ahí tienes una-dijo; é inclinándose revolvió el suelo con el bastón; la arena se amontonó
en pequefias eminencias y entre ellas brotó a
luz la concha, cerrada, inmóvil, semejante á un
guijarro pulido. Dentro de aquel caparazón, el
animalejo debía estremecerse de susto, adivinando, en las brumas espesas de su instinto rudimentario, el peligro que Je acechaba al exlerior,
la muerte próxima, la boca del pez, el pico del
ave, la tenaza férrea del cangrejo. Fuera, el
hombre y la mujer, consideraron un instante su
captura; Sanliago la sopesó en la pnlma de la
nrnno, mientras el sol rielaba sobre la tersura
luciente y fresca de las valvas.
-¡Qué grande es, qué hermosa!- -dijo Santiago
con acento triunfa11te.
Brígida contempló con cierta melancolía la concha, aquel envoltorio calcáreo que parecía tan
inanimado corno una piedra. Luego, con voz triste y señalando á un poco de agua que se estancaba junto al negro pico de la roca, le elijo á Santiago:
- Echala ahí, déjala que viva. ¡Pobre bicho!
-Mujer, es lástima ... ¡Si todas las que pille-

mos las soltamos después, valiente negocio vamos á hacer!
-Anda, échaia en el agua... ¿Qué te importa?
-Como quieras, hija, hágase tu voluntad-hablú Santiago, dejando caer la t;hirla en el transparente y diminnlo lago que había junio á la
pena-, ya está libre. La verdad es que no rne
explico tu afán ... Todavía, si fuese una mariposa... un páju ro ... un uninial bonito ... Pe!"o eso ...
-y selialó á la nlmeja que había ~aí&lt;lo en el
ag1w.
Brígida suspi1·ú: -¿Enlonces sola mente liemos
de hacer algo por lo que nos resulte agradable
de ve!'"/ ... Hien. estú ... Los pújan.&gt;s, las f!o1es, 1
las 111ar-iposas, son los únicos que merecen un
poco de carifio ... á lo den1ús del mnncto que :o
parta un rayo. Pobres ele los viejof', de los que
pndecen de enfermedades ú ele Ie,1 lela el, que es
dolor perpetuo ... pobres, pobres ...
Se quedó pensa!in1 un ínstan!e. Sus mnnns
ternhlaban algo prendiendo muellemente las puntas volanclrras del velo que revoloteaban sobre
el coqJii1o. Santiago la miró atónito.
-¡Qué atroci&lt;lacl, mujer, qué seria te pone::s
pura decit" esas cosas! De fijo c¡ue á nadie se Je
oc tuTe entristecerse, ni f1losofar con menos motivo. \ Santiagó rió un poco para ver si su novia
se animaba.
Pero l3rígicla no se alegró. Al contrario. Sus
labios se estremecían como si fueran á gemir.
Sin embargo, se rehizo, y al lravés de la envoltura de su rostro se transparentó el esfuerzo del
alma, que se erguía, prnnta al sacrificio.
-l\'o soy filósofa, ni sabia, ni nada-habló serenamente, encarándose con la rubia arena pura
no mirar á Santiago-; soy una pobre m11chacha tonta que sólo tiene un poco ele caridad con
los demás. ¿.Comprendes? '.\Je compadezco de las
cosas, de los auimales, ele las gentes. Así, tal vez
encuentre consuelos el día en que sea desgraciada.
-¿Desgraciada tú ?-exclmnó Santiago-. !\'0
lo creo, no lo espero ... Es más ... me opongo. Tú
serás feliz, dichosa como una reina. Vivirás mucho, nos querremos siempre ...
-Nos querremos siempre-repitió ella como un
eco-, siempre, siempre ...
Callóse un instante, y luego, de prnnto, con
el ademán desesperado de quien se tira por un
balcón, dijo á su novio:
-Oye, Santiago mío, yo no puedo ... yo no
puedo acompaüarte ú América. Es preciso que
vayas tú solo.
-¿Eh?-preguntú el muchacho, sin acertar á
comprender-. ¿Qué dices"/ ¿,Te has vuelto loca
ó yo estoy trastornado?
-l'ii tú ni yo hemos perdido la cabeza. Estamos en nuestro juicio, hablamos sabiendo lo que
decimos y ninguno de los dos soñamos. Lo que
te he dicho es la verdad, la verdad de mi pensamiento. Yo no puedo acompañarte en tu viaje;
es imposible.
-¿,Por qué?-inlerrogó Santiago cefíudo, mirando ú Bríiicta fijamente.

�•
lf Yn lo pensó, yn lo meditó Brígí·
enen rada
lom'.'\o, no poc n.
equiYocn-~li maure replicó 1a muJer,
r,
.
o
Comprendía
que lnl yez se
h
.
ncriílcabn snbil•n c1n su no\·io, oponiendo al rclnmpae,neo nn- dn. mue ·
se . sabía que haciéndolo ns1 se s
g~abn.
C" ·ati\·o de los ojos del hombre In calma .de sus
•
. "
ero otra cosa repu
..
crincaba
á
Sanhar,o
...
P
que
In
ame~u,pilus screnus. Luego enmudeció, cual s1 aquede lal modo ú sulespíori~~r;~: ~l~n distinta ma11
1 palabras dijesen todo.
nazarnn de nrner e n
..
º~a~l~~ago callóse también. Por un mon~~nát~~~:
•
.
f ente ó. frente m11 en
, .
de todo, lo que yo mAs sicndos permanecieron r
. ' s rostros nera. .
-:\l1ra, S..rnliago, h
hacerte pasar un ralo
,· no se conocieran, romo s1 en su
t angustias al
com~ s1
nuevos facciones distintas de to es darte eslo. mula _or~, '
surglesen rasgos
,
triste, ailigirtc, porque \:CO
e ..
las que arnaron.
g da saber que vo no podré ir conl1go.:; Santiago ron
1
Alejándose por los azares de lo p~sca, a ordi-Yo tni;1poco voy- inlerrmn~t acento colériy los IlO\.·IOS s e mostraban como siluetas per

que

co de un niño
furioso-. ~o me
marcho á Arnérica, y aquí me

quedo para loda
ln ddu, aunque

no snlgn de pobre ...
-Lo que yo
más temía- habló Brígida es
iiue me llijcses
eso ... :--;-o, tú no
le i1ucdas: te vus
('011

~ligue\,

h n j a 8 allí,

ll'U-

en

aquellos pníses
tan ricos, te hat:

es

pode1·0s0 ...

y O no puedo cargnr mi cundencia con el remordi111ienlo de ha-

ber roto tu porvenir. C1·eo que has
de volYcr ú. bus-

•

t

.
' - l&gt;eru&lt;·ión &lt;lel ::;ol. En el honzon e,
11,,s bnJo la n.:\ e1
. lenbo.n, recorto.dos solos inmutables mo~les ozfue le "Sa1llia110 v Brí1 d I Cielo v r n
lH'C la cúpu a e
'~

o ,., &lt;

i:-,

•

•

ll'i

g ·,cta el mar repo5aba, toUL'iHeando .ª&lt;111uluys nola's•
c. e ra ·o de
prendiendo en. los ond~1.lan l es. l oinos. un
1 f i\gor pmm1cro Y 'lhumnnlmo de
. J
e '
á la roca íiltrámlose por las capas
luz. Junto
, 1
te! rl1a1·,·o •1·ecíu.
l
~
l·nrcl'iores de la uren_n, e agua
1,,s c·1belle1·as
,·e,·des
1
mansamente, espon1:mt o l· o'qucdades del pe1
de los al_gas _que -~r~~~~L~ 1~~ic¡~s jugaba en el agua
nasco. llf-n bd1ochceo¡ n ,,•,, movimiento imperceplib_le,
y en e un i
d' en lo. •uenn 1 iba. csrom1Iénla chirla se hun ia
•
clase sin parecerlo.
Santiago dijo:
.
pueda ir con nosotros,
- Tu madre, lal , ez
,
,. lu cuidare como si fuese su
ncumpnfiurnos ... J.O
hijo...
. . no sabes cuán re-Gracins, mu chus gl'llCLHS, mposible ~Jamá
-d t estoy
pero es i
•
conoc1. a e
..o sin fuerzas, para una traestá sin mov1m1enl '
.
1 del cuarto.
diao?,
ni para sa ir
'
vesia lllrga, ;qué
..,
...,
"bl
a.
es-Pero
impos1 noe. hay manera ... ¿..
. ~o puedes
dejar
e,
. 1e, que 1.i atienda.
algnien que la cmt

.

.

.

le esperaré siempre, hasta

l'arme. lo te espei 0 ~
.•
,
6 le vamos
,¡tic me caiga de vieJH. S1 ltUI dnlso.d..aqeu"lll ¡1ena ct~
.
Si vuelves pron o...
~
. ,.,.
a hfü•er... .
1 .. efio una pc~nd11ln ...

. . rt!cerá un rna ~u
1
11oy 11u~ 11. t1
, . a mucha ronlionzu ...
\'rll' vete. tengo con 0Mnz('
·1 l s
vJ. 1..,,,
~ ,·u'z lemhló ul repetir ª.quellnsl
e es1or",,'zªón'

que en nmo lrnlnb::m de infu_ndlr en
.
·n adf algo de su vigor.
ele la sarn ,e~ L
•
lma lut'haba el
•
ontestó En su a
Sant1aµo no e
. .
. . , de la pro. B •(T·da contra la lluSlOll
umor hurta n~1
. nu·o de su padre, que
1
bable ~01¡iun~~~ e~:~:~~ ~~~ ~e~tajns del fructuoso
c-ncomw n.i 'ci
. d combnlienles lenfnn paro.
destieno . .\quellos
os_ l a del
l onqu1s
. alma del ¡·oven, el
uym\arles en ª e
·ajes de las tierras
misterio:,;o encanto de 1
cil/dades remotas,
1
nucnls, el ~spej:sn.10 c. ~e alegria exqberante y
Jlernis de lupJ exóllcol, ltaban contra aquel po·
v todos uc ~
(lesconot'lt1a, J
.
sin novedad, y que
11 01 ba un lugar seme1,re anwr lugnreüo,
s l. senc1
dQ ocupa
en el alma de ·an Hle,.
d los montes, ó. In
¡·ante á la perpetua. Imela . er otro accidente del
l l nar 6 ó. cuu quie
h
sabana e e 1 l nde los ojos del muchnc o
,a,,orama habitual, co o
1
no descubdnn nadn ~uev .
·do á. no darles la
J'ero nunca le lrnb1esen venc1

º\;~

misma Brigida el arma más potente, cuando
pur-;o aute Santiago la posibilidad de ,·olver ú
la Jmlriu y recoger de nuevo el amor que dejaba.
Esta trcg:Ju, esta dilac-iún sin pluzo fijo, dió ul
espíritu del jo\·en el argwnento mús temible, el
urmu tn1idura &lt;le las componendas 1 de esos comprnmisos n1gos que, pareciendo at-reglar todo,
confían en que el tiempo dispondrá las cosas del
modo más desenble. Si Sanliago pensaba volYer,
aquella separación era dolorosa, terrible, pero no
ndquiríu el aspecto desolador de lo deliniliYo.
En el espiritu del muchacho existiu entonces el
deseo flrmísimo de türnur U su patria en cuanto
adquiries~ H([uella fúcil fortuna que le iluswnoba.
To&lt;l&lt;&gt;s los i.H:Cidentes de lu uusenciu, el ent1biumienlo ele! &lt;·uri!lo. necesitado ·de ver1 el oh-ido,
las posibles infidelidades, Ju enfermedad, tal vez
la muerte, el fin &lt;le todo, lejo::. 1 en el ai:slnmiento
de cuunlos se umarun 1 que ignoran la catástrofe,
las mil eYentualidades &lt;le tristeza y &lt;le dolor
que rodear1 la miserable \"idu huma11u 1 á lns que
sólo un amor firme y pre sen te puede tal \·ez ulejur, se habiun borrado ele la mem0rü:t del viajern. Sólo existía p,.11-u él un iudetinido periodo
de tiem1J01 y mienlms durara, las leyes naturale.s estariun c:umo suspendidas, sin atrernr:sl!
á herir ni ú N ni ú B1·igitla. Y ani111ado entonces
por aquella menticla seguridud, uhogundo la v0z
de su carillo con tul c:u111iunza 1 dijo :::iantiugo:
-Tienes ruzóu. Te escucho. :\le :sw.:riJioo ...
me iré ... pero me has de prometer esperurrne,
¿verdad·? ¿ :\1e e!:iperarás siemp1-e·? ...
Brígidu se sintió apresada por el destino. Inslintivrunenle miró hacia el charco. La chirla
habiu. desapurecido 1 sulvadu, Ol'Ulta en la arena.
Por un rnomento le pai•cció U Urígidn que cualquiera de las cosas cn~u&lt;lns, aun Ul!Uel humilde
animalejo, al que su inten·enciún momenl'J.nea
salvú lu Yida, ern mús feliz que ella. :"\o pudo
hahlur. !:;e le hu!Jía Jrncsto un nudo en la garganta y su.s ojos nubludos ,·eíun il. Slmtil.1gu borro~urnente, cual :;i u11u 11urno Íll\'isible se lo
hubiera llenulo muy lejos. á donde ello no había
de llcgur . .\lin10~un1entc, deseando asegurarse
más di:: que no hucía nut.lu malo al irse, el jo,·en
Yolvió á interrogur a Brigidu.
-¿lile espcral'ús'? ¿),le espernrás siempre'?
La Síl&lt;Tilicada hizo un e:-;fuerzo titánko para
hablar y, al Jln, c:ogh.&gt;ndu ú su HoYio de la mnno,
le dijo Gon voz ronca:
-Siempre, toda mi vi&lt;lu.
Luego liró de él, y sei1alundo al charco, cada
Yez mayor, (.'Ollclllyú:
-.\nda n'.unonos. Ya esto tc1-minó. El rnar
sube.
1

\]

El tiempo que faltabn para el Yiaje de Sant_iugo
pusó lentu y rápidamente á la vez. Cno á uno
fueron sucediéndose los hechos. Se casaron Lupe
y l\Jiguel, levunlú la cw;u dolla Tercsa 1 ,·endió
algunos muebles, conservó ol ros, entre ellos la
fnmo~a caja de música, que, cuidudosnmente
embalada, se il&gt;u hacia el Perú para encantar
nlli á las per:-;onus de gusto. Uon nnmón y San-

llago tamblL'n se lJrepararon. y en la ogilnción
de tales lances, los día~, las semanas sucedían~e, lle,•úndose al pasado aquellas hora!-..
El'u inútil que Sa11tiago hnbln~e {1 sn n-0,·ia de
la &lt;llegria del retorno y de lo que hal'ian. Y ¡,aru
que ni oun momentúnemne11te la sncritlcada pudiese pensar en la remota certeza ele aquel porYenir, sil•mpre esb1ha junto á ella1 invísible 1 ridiculo y conmovedo1\ el fantasma de doJia Francisquita, la del lunar, la novia que murió aneianu de:;pués de ,·ivir en la espera constunte
del 110,·io que se ful•.
Si Brígida hubiese querido ilusionarse, no se
lo pcrmiliría aquella melancólica aparición que,
corno la sombra al cuerpo, seguía Riempre ti la
!:ianinc:udu, cual si la dijese: -:\lirame, contém1ilumt&gt;, cuenta los arrugas de mi cara, examina la tristeza de mis ojos, el temblor e.le mi
cuerpo il1feliz. Piensa en todllS las lágrimas que
he vcrlidü, en la soledr1d irúlil y arnurga ,le mi
c:xisl':'nciu, en la muerte, crue me cenó los ojos
1
no sudados por la \"isla de mi uinur. La ,·ida
se repite. Trae siempre las Hlismu.s dichas y
los mismos pesa.res. Xingún dolor hurnuno e~
11ue,·o- ·- Y aquella tuntilenn melancólica sonaba
perJJetuamente en lo.s oídos de Brigida, subrayaba las frases de ~anliago, sus proyectos, como
el campaneo fúnebre de un loque de únimus.
.\l fin ,·ino el otario y con él la fecha en que
se ilJa Sai10ago. Desde el amanecer estaba levantada Brígida, sin que sus ojos se· hubiesen cerradu durante la noche entera. Aquel día último en
lJlie ,·eía ú su no,·io 1 llegó sereno, \'elmh.t_.. su !Jermos111·a !Jül' cenda.l de niebla que nudu de los
hú11wdus eu111pos, de las hojas mucrta~ 1 umuntouadus en lus cunetas de Jus curninos.
bt desvidicron en el c.:omedor. Sus adio'cie~ souarun 11Jclancólicos y \·alientes. ~inguno de IO.\:I
dos lloró; en cambio, á doiia Concila le femblequeul&gt;a algo la voz, y una \'ez ul pusar Drigida
junto ú l'lla, la acarició suavemente con la ruano.
IJc~puL·~ permitió á su hija que acornpafiara a
Santiago ha!:ita la escalera.
El corto trayecto desde el comedor á la puerta
pare&lt;.:iU iutcr•rninnble á los uovios. :-;o se decían
nada, les era imposible hablar, caminando juntos. unidas las manos1 hacia el agujero negro de
la puerta por donde Suntiugo se irío, tal vez pura
no voh"er. El ruido de los pasos re!3balando so~
hre la estera, subrayoba el silencio de los novios 1
i!Ja aconipaflundo su marcha hacia el destino,
hada el pon·enir mislerio.-;o é inquieto.nte. Al fin
llegaron ú la puerta. Alli se detuvieron un momento, pmlieton hablar. Apenas cambia.ron algunu.-; frases, llenas de la insulsez de Jos adioses.
-¿:\le escribirás todos los correos?-pregunló él.

-Todo~.
-Yo también ... Cuídate mucho, no le ajetrees
dernasiado.
. -Yete tranquilo ... Y tú haz lo mismo. \'o
enfen11es.
-Aquel es un país sano. Te rnnndaré fotografias pnra que lo c-onozeas.

�finn trnbazún de las cuerdas, las columnas macizas ele las chimeneas. El buque se aproximaba.
Ya se le oía mugir, se escuchaba el sedoso rumor con que las ondas se abrían bajo el corlnnle tajamar. La niebla prestaba á la marcha
del
barco un encanto indeciso 1 lo hacía seme-Acliós 1 adiós.. Esto parece un sueüo, no
jante á un bajel hechizado que partiese para
puede ser otra cosa.
--Si, un suelio, un suefi.o-repilió ella; y mi- ulgún viaje misterioso.
rando al novio que se iba, que se alejaba irre- · El corazón de Brjgida saltaba dentro del pemediablemente, murrhuró :-El fin de un sueño. cho. Sus manos se habían adherido á la ruda
:'\o tuvo fuerzas de ir al comedor. Entró en la piedra de la muralla y levantaban el cuerpo cual
solita, cayó en una de las butacas y allí lloró. si quisiesen acercarlo al barco que venia. Pronto
La pesadumbre de lo irremediable abrumaba estuvo tan cerca, que Bríg:ida pudo ver clarasu ulma. Ya no vería á Santiago, no le oiria mente cuanto adivinó ante3. En los flancos, los
quién sabe poi- cuánto tiempo. Cuando volviese., iguales ojos de los tragaluces la miraban con
las muerlas pupi1a.s de sus cristales redondos.
:-,i totTtaúa, los afias habrían transcurrido, cambilrndo ú las gentes, variando las almas. ¡'\i elln Sobre cubierta algunas personas se agrupaban,
ni él serían los mismos. Tal vez no armonizasen imposibles de reconocer aún, igualadas por los
sus corazunes 1 y después de haber ambicionado abrigos, por los chales que las envolvían.
Brígida sinlió que no podía respirar. Entre
la ditha de volverse á ver 1 sufririél.n el inmenso
aquellas genles estaba seguramente Santiago.
de:-engaüo de descubrir que mnaron á otros seres
_\brió mucho los ojos, concentró toda su vida en
distintos de lo que entonces serfon.
la mirada y, por un instante, el resto de su
Esta sensaciún fué tan penosa para Brigicla,
cue1'po
no existió; estuvo como si la. muerte lo
que lu hizo leyantarse, salir al pasillo, á la ese.llera, impulsada por un pensamiento. Aún po- hubiese herido.
El bRrco acercóse más, mugió sorclnmente la
día ,•er un inslante más á Santiago. El buque,
múL1uina, y en el agua los hojas muertas se
p¡_1ru salir del puerto, habia. de pasar Jw1to á
utorbellinaron, se hundieron en remolinos rápiIn .\lnmeLh1, 1•ozc:ir ~asi el alto murallón del pados para surgir de nuevo, salpicando de oro y
se rJ ,mtes ele perclerse en la mar. Desde alli, Bride sangre la blanca espuma hirviente. Brígida
güln. uh:anzariu la suprema felicidad de Yer una
yez mas al amado, ele consern.1r una última viú JH:l~ur el barco ante ella, pudo distinguir á
lo:.; viajeros, reconoció á Lupe y á dona Teresa,
iinflpen. Tul vez S&lt;.intiago iría en el puente, poú :\ligue}, á don Ramón, á lodos los que se ibah,
&lt;lrím1 grituu.;e adiós ...
á todos 1 menos á Santiago, quien tal vez llorase,
:-,..;¡1iió faern. andnvo depri:'lfl. En nqnella hora
oculto en su camarote.
lt&gt;!nprtllW nadie pa~aba pot el rnueHe ..\ lo lejos,
Fué una visión rápida. El barco se alejó antes
},J;-; 1JrlJ11le&gt;- de la ulamedn, olmos, plátano,;, chode que la enarnornda pudiese darse cuenta clara
piJ.-,;. colon'!úbanse otollales entre la neblina. Hade lo suredido . .Entonces gritó, clamó:
da ello:-; Loniü Bdgidu.
-¡~antiago! ;Santiago! ·
El 1rnseo e:-;tabn üesierto 1 silencioso. De yez
Su YúZ se alzó agmla. cnlre el tmnu\lo de las
e1i vez, niian hojns muertas 1le:-.de el alto raaguas
revueltas, Hegó hnsla el barco y Lupe
mnje y ú. Jo:-::; impulsos inderto:-; del nire rerodebió oida 1 pues 13rigida la vió correr por el
1,ibnll un poco, uuit'mlose ul fln con sus olrns
puente 1 hundirse por una escalera en busca de
h~rinauus, ~·acentes en tierra U meridns por el
Sm\liago, mientras el buque se alejaba, se perdía
ugua inquieta del mar, que colwnpiaha dukernente los anchos ahnni1'os rojizos &lt;le los pli1tu- entre la neblina.
Ya iba lejos, cuando In abandonada, fijos siemúos. el oro púlido de las bojas pequeúus. DríJlre los ojos en su dicha que partia, entrevió dos
gida se acodú en el parapeto. mirú hacia la ,·illa.
::;ornllrns, dos ,,agas é imprecisas siluetas, que
:--:a,lu se di\'i~Jba uún. Entre la niebla dormían
ugitnban sus pofiuelos, y pudo imaginar que
lus L:u:-;as 1 los montes .. \Jguna bana se iba lenta
Santiago y Lupe la decían adiós.
al mar. Subiendo entre lof; árboles, nn chopo
Luego la visión se borró, y sólo se vió en
puntiagudo te,mhlaba sobre el delo gris como
lontananza la sombría forma del barco que perunu alta llama amurilla, y bajo aquel cloro fuldíase mar adentro, dejando como única señal
p:ur !ns ulras copas enrojecian con matices arde su 1iaso la estela espumosa donde flotaban
rli,?ntes de bronce:-; y de hierros .•\" egreantlo al
las hojas muertas. Ilrigida miró entonces un
lnlYl'~ de Jos celajes, una gran marn 1\otante
in~tanle más nl Océano, se-cóse los ojos, y desaparedú lejana. El ban:o Yenia.
pués, con paso firme, echó á andar hacia el
lll'igida se inclinó rnús. Sus ojos parecían
imantarse con Rquella Yista, atrayesaban la nie- pueblo.

-Sl, mándalas·.. . Luego ella, con valor inaudito
pronunció la palabra definiliva:---,-Adiós, Santiago.
Vete. Que Dios te proteja.
Santiago suspiró hondamente 1 apretó convulso
la mano de Drigidu y después dijo:

•

,,,

li
''

:l

bln. mlh·i1rnb11n In silneta podero~a del casco, la

Spie::. ILaao de Thoune\ Sui::.ct, Agoslo 1907.

:: :: NÚ/t\éRO :: ::
fXTRI\ORDINI\RIO

Originales de Jacinto Octavlo PICÓN (d
Ramiro de lil/lEZTU, Josl! LÓPEZ SILII~ ~ R. &lt;'l. E.), lllberto'. IHSÚ/1,
MIICHIIDO, Emilio C/IRRERE e , nltonlo de ZIIYIIS, Manuel
V , ranc seo \llll.llESPES,, -

=

lluttraclonea de SIMONET MEDINA V
VÁZQUEZ"CALLEJA, AallsrfN HU1~:Rg· de MÉAEZTU, SANTA.NA BONILLA
1 GUTI
'
RREZ URRAYA y TOVAR

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Libros y revistas</name>
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        <name>Luis Antón del Olmet</name>
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                    <text>finn trnbazún de las cuerdas, las columnas macizas ele las chimeneas. El buque se aproximaba.
Ya se le oía mugir, se escuchaba el sedoso rumor con que las ondas se abrían bajo el corlnnle tajamar. La niebla prestaba á la marcha
del
barco un encanto indeciso 1 lo hacía seme-Acliós 1 adiós.. Esto parece un sueüo, no
jante á un bajel hechizado que partiese para
puede ser otra cosa.
--Si, un suelio, un suefi.o-repilió ella; y mi- ulgún viaje misterioso.
rando al novio que se iba, que se alejaba irre- · El corazón de Brjgida saltaba dentro del pemediablemente, murrhuró :-El fin de un sueño. cho. Sus manos se habían adherido á la ruda
:'\o tuvo fuerzas de ir al comedor. Entró en la piedra de la muralla y levantaban el cuerpo cual
solita, cayó en una de las butacas y allí lloró. si quisiesen acercarlo al barco que venia. Pronto
La pesadumbre de lo irremediable abrumaba estuvo tan cerca, que Bríg:ida pudo ver clarasu ulma. Ya no vería á Santiago, no le oiria mente cuanto adivinó ante3. En los flancos, los
quién sabe poi- cuánto tiempo. Cuando volviese., iguales ojos de los tragaluces la miraban con
las muerlas pupi1a.s de sus cristales redondos.
:-,i totTtaúa, los afias habrían transcurrido, cambilrndo ú las gentes, variando las almas. ¡'\i elln Sobre cubierta algunas personas se agrupaban,
ni él serían los mismos. Tal vez no armonizasen imposibles de reconocer aún, igualadas por los
sus corazunes 1 y después de haber ambicionado abrigos, por los chales que las envolvían.
Brígida sinlió que no podía respirar. Entre
la ditha de volverse á ver 1 sufririél.n el inmenso
aquellas genles estaba seguramente Santiago.
de:-engaüo de descubrir que mnaron á otros seres
_\brió mucho los ojos, concentró toda su vida en
distintos de lo que entonces serfon.
la mirada y, por un instante, el resto de su
Esta sensaciún fué tan penosa para Brigicla,
cue1'po
no existió; estuvo como si la. muerte lo
que lu hizo leyantarse, salir al pasillo, á la ese.llera, impulsada por un pensamiento. Aún po- hubiese herido.
El bRrco acercóse más, mugió sorclnmente la
día ,•er un inslante más á Santiago. El buque,
múL1uina, y en el agua los hojas muertas se
p¡_1ru salir del puerto, habia. de pasar Jw1to á
utorbellinaron, se hundieron en remolinos rápiIn .\lnmeLh1, 1•ozc:ir ~asi el alto murallón del pados para surgir de nuevo, salpicando de oro y
se rJ ,mtes ele perclerse en la mar. Desde alli, Bride sangre la blanca espuma hirviente. Brígida
güln. uh:anzariu la suprema felicidad de Yer una
yez mas al amado, ele consern.1r una última viú JH:l~ur el barco ante ella, pudo distinguir á
lo:.; viajeros, reconoció á Lupe y á dona Teresa,
iinflpen. Tul vez S&lt;.intiago iría en el puente, poú :\ligue}, á don Ramón, á lodos los que se ibah,
&lt;lrím1 grituu.;e adiós ...
á todos 1 menos á Santiago, quien tal vez llorase,
:-,..;¡1iió faern. andnvo depri:'lfl. En nqnella hora
oculto en su camarote.
lt&gt;!nprtllW nadie pa~aba pot el rnueHe ..\ lo lejos,
Fué una visión rápida. El barco se alejó antes
},J;-; 1JrlJ11le&gt;- de la ulamedn, olmos, plátano,;, chode que la enarnornda pudiese darse cuenta clara
piJ.-,;. colon'!úbanse otollales entre la neblina. Hade lo suredido . .Entonces gritó, clamó:
da ello:-; Loniü Bdgidu.
-¡~antiago! ;Santiago! ·
El 1rnseo e:-;tabn üesierto 1 silencioso. De yez
Su YúZ se alzó agmla. cnlre el tmnu\lo de las
e1i vez, niian hojns muertas 1le:-.de el alto raaguas
revueltas, Hegó hnsla el barco y Lupe
mnje y ú. Jo:-::; impulsos inderto:-; del nire rerodebió oida 1 pues 13rigida la vió correr por el
1,ibnll un poco, uuit'mlose ul fln con sus olrns
puente 1 hundirse por una escalera en busca de
h~rinauus, ~·acentes en tierra U meridns por el
Sm\liago, mientras el buque se alejaba, se perdía
ugua inquieta del mar, que colwnpiaha dukernente los anchos ahnni1'os rojizos &lt;le los pli1tu- entre la neblina.
Ya iba lejos, cuando In abandonada, fijos siemúos. el oro púlido de las bojas pequeúus. DríJlre los ojos en su dicha que partia, entrevió dos
gida se acodú en el parapeto. mirú hacia la ,·illa.
::;ornllrns, dos ,,agas é imprecisas siluetas, que
:--:a,lu se di\'i~Jba uún. Entre la niebla dormían
ugitnban sus pofiuelos, y pudo imaginar que
lus L:u:-;as 1 los montes .. \Jguna bana se iba lenta
Santiago y Lupe la decían adiós.
al mar. Subiendo entre lof; árboles, nn chopo
Luego la visión se borró, y sólo se vió en
puntiagudo te,mhlaba sobre el delo gris como
lontananza la sombría forma del barco que perunu alta llama amurilla, y bajo aquel cloro fuldíase mar adentro, dejando como única señal
p:ur !ns ulras copas enrojecian con matices arde su 1iaso la estela espumosa donde flotaban
rli,?ntes de bronce:-; y de hierros .•\" egreantlo al
las hojas muertas. Ilrigida miró entonces un
lnlYl'~ de Jos celajes, una gran marn 1\otante
in~tanle más nl Océano, se-cóse los ojos, y desaparedú lejana. El ban:o Yenia.
pués, con paso firme, echó á andar hacia el
lll'igida se inclinó rnús. Sus ojos parecían
imantarse con Rquella Yista, atrayesaban la nie- pueblo.

-Sl, mándalas·.. . Luego ella, con valor inaudito
pronunció la palabra definiliva:---,-Adiós, Santiago.
Vete. Que Dios te proteja.
Santiago suspiró hondamente 1 apretó convulso
la mano de Drigidu y después dijo:

•

,,,

li
''

:l

bln. mlh·i1rnb11n In silneta podero~a del casco, la

Spie::. ILaao de Thoune\ Sui::.ct, Agoslo 1907.

:: :: NÚ/t\éRO :: ::
fXTRI\ORDINI\RIO

Originales de Jacinto Octavlo PICÓN (d
Ramiro de lil/lEZTU, Josl! LÓPEZ SILII~ ~ R. &lt;'l. E.), lllberto'. IHSÚ/1,
MIICHIIDO, Emilio C/IRRERE e , nltonlo de ZIIYIIS, Manuel
V , ranc seo \llll.llESPES,, -

=

lluttraclonea de SIMONET MEDINA V
VÁZQUEZ"CALLEJA, AallsrfN HU1~:Rg· de MÉAEZTU, SANTA.NA BONILLA
1 GUTI
'
RREZ URRAYA y TOVAR

�El ·tuento SemÍlnal

AIII IV.-1 Dklemlll'I de mo.-llUN. 209.
PRBCIOS DB SUSCRIPCION
lladrld J pmlnclu: Trlmealre, 3,60 pesstaa.

SB PUBLICA LOS VlJnUm8

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DFICIIIS: Fuenc11rr111, núm. 90.-KIDIID

Númno suelto: 8 0 céntimos.

Apartado de Correos 409.

~---~~~
...,......_,.__..,,.__,.., ___

-w~·

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

EL GUARDA DEL /V\ONTE

PUBLICARÁ

LA VENGANZA DE AISCHA
PO~

~~s_co, 8Je111p1:c que quiero. Cuando me hastía la

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t\ Hlc1 de ,\la.dr1d1 aún rnás fatirrosa
e,

U que para el cuerpo1 hago el esfuerzo de macli:ug~r, que en un rnadrJlello es casi rasgo de

grs,to de aJHéll'~ura que no predispone en favor
SU) o. En cambio cuando F,C consigue distraerle
habla mucho, es afaüle, hasta gracioso V aquel
sello. de tristeza que allen1. los linea~ d~ ~u flsonom,a, se trueca en sonrisa que respira bondud
Y franqueza.

lto~·UJsmo, tomo el tren de las siete, llego al monUna noche, después de permanecer allí el &lt;iíu
te á las ocho, paso el día procurando no acordarentero,_
al. levantar1:1e de cenar1 me dijo Ramüti:
1nc ele nada enojoso, como fiambres que llevo v
-Senori to, hay que darse prisa: se nos ha hesabrosos guisotes quP allí me hacen, ando rnuch~
.Y á la noche vuelvo por el último tren que para cho tarde; no le quedn á usted rnús éiue el tiempo tasado para bajar al Ul}{'adero y pronto
e,~ el apeadero cercano, distante de la cnsa de
porque el. último tren debe de hab;r salido
mi amigo poco más de un kilómetro.
·
del Escor1al.
Los nacidos en otras regiones de Espafia dicen
•
qt~e. el campo de los alrededores de Madrid es
rc:.sur.o; á n'.i, me gusta. El suelo pardusco, quc~e \u ~asa del monte al apeádero se tardaban
h1 udo Y du10; el arbolado verde griseo de chavcmtc.
mmulos. A buen paso1 tasi corriendo\
lUITos,
1·01,Jes
·
l . .
Y enemas; las tremendas pcJla$
prendimos
la marcha tropezando en -piedras v
cenicientas cubiei-tas de mus~o alagartado que
n'.tllczas, ponrue era obstura la no(;he; y ya ,~parecer colosales bestias dormidas en
ni~1~os ganada J~ niilad de la. cuesta que hay qur
mnwyll reposo; el c.ontorno de las montaflas
hnJ~l has~,a la via, ruawlo al salir de entre una:,;
t:ua'.ito ,abarca la vista, tiene por su forma, pm'· enemas vimos el farnlón dclantem ,Je:¡ frcn (JUP
s~t c?lo1 Y por sus proporciones un sello de gran- se
aecrl'aba á todo vapor.
,
&lt;.l1~EHlrtd .wie ~Ll':11ira y sobrecoge. J\o es un pai-Es
inútil
C'OI'l'f't', dijo Hanión; hen1os call't,8i:1JC bomto ru nente; pe.ro hay en ól cierto aspecl o ele clesol~da henno$,llra que sugiere é im- ludo .mal el tiernpo .. \dernús, yo no porque conozco bien el _piso 1 pero usted puede caerse y haP?n.c al ah~a 1~eas de tranquila y austera poe- cerse dafio.
srn .. !.os pcnsarmentos que allí se enseüorean del
Comprendi que tenia. rnzón: nos pararnos: Pl
esp1ntu ~o son alegres; mas como si se Jimptasen
tren llegó al apeadero, se drtuvo los dos rninutos
co~ la ~1vez~1 del airo, dan ú la voluntad vigor,
Y a la 11na.g1nac1ón esa ap-c'l.c-ible íllé!ancolía qTie de reglamento, Y partió. despidiendo la. locomotora nubes de ~wno y gruesas chispHs, nlgunas
sólo saben saborear los capaces de sen titla.
de las_ cual~s u1ecndiuban á trechos las matas
secas mmediatas á la vfa .
•
*.
-Volveremos despacio, elije.
-Y en ,·cz de acostarse usted en una ele \a_.,
'!'lene mi amigo en _el monte dos guarclas 1 Ra~·amas crue hay para los convMa.dos que viene11
n1~n Y ~Andrés, ~}adre é hijo; de cincuenta ó pocos
'-~ cazm·, le haré la del serinrito: es mejor porqne
lrluS u11os el primero, y de veinticinco el segundO. Lo rr~:uente de mis excursiones, y sospecho turné colrhón de muelles.
1 1
1t e lumbwn de mis propinas, me ha hecho amigo de ambos 1 pero sobre todo del padre· homJ)rc
••
r'n lo físico tan corpulenlo y de tan reci; contexEd1au1os ú andm· cuesla arl'iba, hacia la casa.
tura que parece un Hércules, y en Jo moral de Soplaba w1 airceiJlo fresco en extremo grato destan buena fnclole que, luego de conocerle, se te pu~s ~le lo ~rdoroso de~ día, y allá muy lejos, por
r~bra verdadero afecto. Sin embargo, á primera la ullrnia lmea del hor1zonlc empezó á. surgir la
1
v:slu. no atrae porque es hurallo Y tosco· ancla luna, colosal y rojiza, cuyo disco al través de
tnste, esquiva la conversación, y n~va
siem- las ramas de los árboles parecía un encaje de
pre el semblante como contraído y afeado por un fuego.

y¿

••

eJ1.

!es ~a:e

•

casi

�asPgt~~'o ú ust.ecl que CJ'&amp;Í que se me había muerto··
el chico. ,\qní, coH10 usled sabe, no Yienc

l.:111'.hw_n

i•n 111uri-_1_10

nadie

nH.'tf:

que

llJI

vi&lt;'jo íJue

!rae t'i

pan dr \ i!l~!ba. U11 a nmi'íana, en lugar del Yiejn,
que se l1abia pueslo malo, tan i~1alo_que se rnu-

(~ 1~í

m~ .~ustaba que i_ne tos_ p_uSiese ... , tolid,

' _ª) ~1 .. , d1J1n.10s, u pues casarnos .. '.)) y nos casu111ü1'. ,\ndrés
lo lkvú,
nrny
ú~mal • r 11- C¡·.lcl. 1.lclis·1·
~ , ¡ . _·
,
. 1 -;
·e ª
ª dec:inne que To masa tenia· en Ylc.l

1 C\- 16

llalba mala fan1a Y que yo estaba demasiado

mentos en que el máS receloso siente la nccesichlcl de aliviar su dolor contándoselo á quien tic11e
('t&gt;rca, sea quien fuere.
-- Si, sl'fior- repuso-una pena muy gra.ndl', ílr
lodos los días, de todas las horas ... 1 desde hace
altos.

Nos detuvimos maravillados, y yo, sacando dos
cigm'ros y dando uno á Ramón, le dije:
-,\hora no hay prisa: vamos á descansar un

ralo.
I\-fe senté en e'l suelo y Ramón hiio lo" propio;
pero en vez de seguir contemplando, como yo.
aquel grandioso espectáculo, apoyó los codós en
las rÓdillas 1 la cara entre las palmas de las manos. --y se quedó tristemente c.nsimismado. Así
perrr_¡.aneció un rato muy largo 1• y Dios sabe
cuánto hubiese estado si yo no le llamase. Su
actJ1ud no era·de cansancio ni ae·fatiga, sino &lt;le
pena: bastaba mirarle á la cara para comprender
qne sus pensamientos le hostigaban con recuerdos de pesadumbres pa_sadas ó temor de males
venideros=
-Pero .hombre ... , Ramón ... , ¿qué diablos le sucede á usted, que: siempre está tristón y cabizbajo, corno pastor á quien Re.le mueren á docenas
las ovejas? ¡Cuidado que hace tiempo que vengo
y le conozco á usted! ¡Pues aún no le he visto a.
usted un i;lia entero de buen humor! ¡Vamo~1
hombre, anímese usted, y si yo puedo servirle
de algo en remedio de sus males, eche usted por
esa bocal
~lucho rn(is de!Jí de decirle, é induda.l:)lcmente
1e conmovió la sinceridad que respiraban mis palabras; ó tal vez le sor·prendi en uno de esos mo-

- Hable usled1 ho1nbre, hable usted, y a ver
si yo le encuentro remedio.
- N1 asted. ni nadie; pero le contaré. el on·•
gen de todo para que ~e persuada de que no
exagero. De este modo me. perdonará si alguna
vez parece que peco de desatento ó de perezoso,
por andar metidQ en mis cavilaciones.
Y sin esperar á que le hiciese más protestas
del inter~s que. me inspiraba, siguió de esta manera:
-Ha de saber usted que yá enviudé hace muchos alJos, quedándome de nü Pepa, mi primern
mujer,- á quien tenga Dios en su gloria, ese hijo
que usted conoce, Andrés, más bueno que el pan
y que ya entonces era mozo. Al año de morir la
madre, el mucha.cho se enamoró de una chica
hija del administrador del solo de los Molinejos,
y Luve que dejarle qu e se cusara. El amo les dió
casa con la condición de que en vez de vivir en
esta de la parte alta del monte, que usted conoce, habitasen en la de allá abajo.
-¿La que está junto á la vía?
-La misma: yo me quedé en la de arriba, si!1
más compañía que la vieja que cuida de los puercos y las gallinas. Aquella soledad, ó aquel apartamiento de mi hijo, á. quien no veía más que
una vez al día, y menos cuando el tiempo se melfa en aguas, me hizo mucho mal. Vamos 1 le

~ió aquella semanal vino su hija) viuda de trein-

r!UJer.tantos
años, pero muy reguapa; una gran
Pregunte usted quien quiera y le d.ira
~

á

que en dos leguas á la redonda no había otra
c?mo la Tomasa. Para no cansarle á usted1 yo
viudo y solo, ella lo mismo, comenzamos á hablar
un rato, mafíana otro más largo ... entre bur~
as y veras, que si ella me ponía los ojos dulces Y

;wy

v~ejo para marido: en esto último puede que tuv1es~ razó~, per? lo otro ... , lo otro era mentira;
?ªd_je pod!a decir, con fundamento cosa fea de
fomasa.
'
Aquel afio hubo mucho robo en el monte sobre todo atlá arriba: el invierno fué 1nuy cr,udo·
los pobres y los malhechores de los pueblos cer~
canos venían á cortar leña ó poner cepos; y el

�amo nos dió orden ele que, mientras durasen loR
robos, Andrés y yo nos quedásemos por las noches en la casa alta, y las dos mujeres fuese11
ít vivir ú la casa de abajo, la de junlu á la via.
.\.si se hizo, de modo que Andl'és y yo no la~ veíamos más que de dia y por turno: unas veces bajaba yo ... , otras veces él. Aquello duró dos meses, y luego volvieron las !'osas ú quedar r-omo
antes: los ehicos, en la casa baja y nosotros en
la alla: pel'o esta sepanwión fué ro.usa rlc tocias
uuestras desdichas ..\. la mujer de rni hijo le hizo
el amor un 111020 ele Yillalba que pasaba p01· ¡c1l1í
lodos los días, y la grandísi1na infame se dPjó
querer, ab1·iéndole la puerta y rN;ihiénrlole ó 1narehándose con él por esos campos en r·1rnnto lograba burlar la vigilancia de To111asa. De allí ,í
JJOCO no había por estos contornos quien lo ignorase; el único que no lo sabía era 111i pobl'e hijo.
_.\.quella grnndbi111a si1t n •rgüPuza hu;:ta sp ihn
algunas Yeces al Escorfol ú. buscar ú su mnm1tr.
Llegó el afío del cólera, que todavía no sabíalllos
1G que era; pero ¡vaya s i vino!, se moda la gente
,g1e daba miedo . .\qui no hubo rnás q11P &lt;IOR casos, Tomasa y Pepa, qne rnurier-011 eon difer-1mi-ia di• cuareula y ocho hornR. Exr·uso de&lt;·ir!P i
usted la impresión 11l1e aqtwllo no;-; cnusn ría. Esto
es muy triste, ¿verdad? !\las nada tiPne de c•xlraurdinario que el cókra SP IIPVC dos p1•1·s01rns de
nna rnisrna familia.. Pet·o \'erA usted lo e!llf' sigue. "Cna noche de otono rni hijo se q11rclt'i á clol'mir en la casa de ahajo para tornar clf' 111acl1·11gaela el primer tren que fue:-;e hac-ia ;\Jadrid, donde tenía que hacer c·ompra;;. Hubo mm lornwn ta
horrorosa; rt agun rnín ú lol"l'Pllff's ~ los 1·,1~·0,-;
&lt;·11&lt;·1•mlí1111 el aire.
lk pt·onto &lt;·011u•11zarnn 11 apotT&lt;'Hr la p111•rln;
lllltl \'OZ pirlió SOC(l)'l'O y .\ncli·é,i Rf' asolll() {t la
\ t•!Llana. Era un emplf'ado ele la r~l ariún dd Es&lt;·orial 11ue iba ú \'illalha y al &lt;·ual la IP111ppslad
había srn·1n·endido en el n1111inn. ~li hijo lP alwiú
para (lll'' s&lt;• guareriPsf', y allí Pst11viernn fu111nudo, hablando y jugando á la hi-isea hasla rl a111a1wcer. ~i Andrés le conoda ui el al rnuchac-no;
tlO había cutre a n ,hos rcsentilllienlo alguno. l .o
que sucedió no se explica mús qne por l'Sf' clrsro
11erio qur sienten algunas ¡wrsonas rle ,-ontar ~·

repetir lodo lo que salleJL y escuchan; pero l&lt;,
rierlo es qne aquel hombrr, no sé si estúpido i",
rnalnuio, le refirió, cun drlallcs y fechas, qw·
pasuwlu por allí, 11lltl'has 1·,•1·,•s ú hrm1;; clisti11tus,
predsamenle en la época eu que Tolllasa. y Pep,1
habitaron solas la casa,. había visto entrar 1111
rnoc-etón á q11ien primero una de ellas hac-ía scflnlrs tll'sdf' las \'Cltlmias; y que rn oli-ns ocasimlf's
lrs había vislo, de lPjos, juntos por PI e-ampo \'
t'Ogiclos ele la mano, co1110 van las parejas rnamoradas que huyen de la gente cuando creen qll(•
no les mira na.die.
Andrés, según me ha. dicho, hizo todo lo posible para q 11e aqnPl homb1·r le diese algún elato,
alguna SP1ia, algún dela lle por donde colegir rnú 1
rk tas dos era, si la más joven ú la ele tnús a11C1s,
y ni fin logi-r"i ni-rmH·nt·Ji• 1111a nli1·111iwió1t: Ju d,•
11ue aquella mujer fü'\'aba :-;iernpre un corpi1-,n
rojo que se veía desde muy lejos. Es decir, la
culpable era mi nuera, port¡uc Tomasa no usabu
Pntonccs coi-¡iiiío de tal &lt;'Olc.r, por lo recirnte r¡ue
Pslalla la 111,wrtc lle s11 paclrr, y en rnmhio l'"JlH
lrnía uno.
.\. partil· &lt;Ir la i111p1·11rll'11cin. ronwlida por ,H[lll'I
lwmhl"I', lfli pubi-P hijo t·o111Pllzú ú sufrir lo i111!Pc;illl&lt;'. Yo le veía tt·isle, pPw-,nlh·o, hura no, cuino
11sled 1111' \·p ú 111í. lln:-la 11111• 1111 din, {l Ílll'l"Zil
el&lt;• oü¡,li&lt;·us y n1rgos, &lt;·011sPg11í fJll&lt;' 111r lo 1·011t&lt;:1nt loclo. Su llHHlu ctr hnbl,u·, s11 \'t'hcnwr!f'ia, sus
1,1inidas ch• hwo, lodo 1111· &lt;·on\'1•1u-ió de llllC' 111¡11,•lla i11Pa H("almi-íu i-011 (•l. l~1iloncPs ... PlilOJH"f'S yo
hic,· una t·osu &lt;!lit' no st; si t's lHIC'IIU ó si &lt;'~ 1rnd11,
pt&gt;l't&gt; 1·011 lu &lt;·ual rsloy dt•rlo el&lt;' &lt;!ll&lt;' Jp ltc salvarlo.
l.&lt;' &lt;lij1• q11c la cnlp11bll' Prn sn 111mlruslrn, q11,•
~·o lo subía rlcstle Jrlllc·ho li&lt;'lllJlO nlrús, ~- q111•
salJía larnbié11 í!ll!' pu1·a e\'ilui- sospt'dms ó pa1·a
1111c cu~·rsrn sohn• l'&lt;'lin, To1nasa le h11rlnlH1 ~
SP ponía. l'l &lt;·urpii10 n,jn. .\Hclr{•s 1111• pidic'i j11rn111P11to clt• 11ue &lt;!reía vri-dad, y juré.
Y el pobre Ilurn6n a1·abú su l'elulo &lt;liL·iéntlo111P:
- ))r Tomasa. nadie 111ahler·irá pot·r¡ue mi hijn
g11nrrla t&gt;I falso sP1·rPto dP 111i deshonrn; y yo
pt·rfiPro que cn•a qur 111L' ci111ivo4.11é al 1•legi1· ltlllj&lt;'t·, ú í[lll' SC' tn\ll'l'U de [ll'llU c-rPyendo c111e ]p 1'11·
gu,-1ú la suya.

Don Pedro franqueza
Conde de ~IJ:.LHLO)'l"GH

Este que veis con híspida cabeza
poner sobre los timbres de Franqueza
el coronel condal de Yillalonga,
de lanzas y eclesiásticos derechos
f-abe hacer en sus tratos granjería,
Y en él no más, para amañai· cohechos,
el fácil Du&lt;111e Cardenul confía.
,\coslwubra, tan grave en el pupitrn
eomo febril ante el fulgor del ai-ca,
t:un sus instintos ávidos de buitre,
acaparnr mercedes del :\Ionarca.

En sus cofres, por leyes de comercio
vil, que ejecutan sus skurios, debe
y ex¡n·illlit· su gnrniPI l'l al111oc-relJc.

.\.1 oro dúctil, su conciencia embota
e,! futuro torrente de doblones
lJttc al 13elis vienen á verter la Flota
~· del Perú los lentos Galeones.

Y lanlo, por los cúnoues que vicia,
la populm· indignación .le injuria,
que al cabo le somete la Justicia
al rigor de los limes de la curia.

.\uclaz emprende enmaraliadas sendas
por a.aecer el brillo de sus galas
y amontona, con quintos de Encomiendas,
maravedís de turbias Alcabalas.

Y cuando pl'eso l'a de torre en tone,
punza.do por las flechas del olvido
y ve la :\Iuerle r¡ue ú sn encuentro corre,
los ojos loma á Dios agrnllecido,

De :\Jontesa la Cruz luce en rubíes
sobre eJ ucgro velludo del vestido
y el zumo de garnachas y jabíes
liha en al'génteo bernegal fabricto.

porr¡ue no quiso, por \·~ngar su expol(o,
c;ondenarle aJ. escálamo entre alieres,
con la arista á romper del acrostolio
el cristal ele las ondas bereberes.

~h
,\! wli-id, iG lle _\"ovie111 bre lie 1910.

~

. . ,:;,_

~ ~-

.......

. ~~'&gt;. ,·

_· IBrlt

. ... ó

(ti'

�r-- - .

•

EL PATIO TRANQUILO
,.
I

SIIINETE COMPRIMIDO

'
• l a ¡ azul e 1 a ¡!n a.. míu:
un cr1s
¡
Era como
¡ 1 azul cnsta '
·datrasce.
•.
yu tniruba la vi
r y de poesia,
ebf'io de juventud, de amo del y un madrigal.
. e1·a un ardiente ron
mi vida
.
·sora sofiaba noche y d1~,
.Cigarra imprev1
'
·- l lie1Ttpo glucrnl.
, ero pau1 e
,
·n cuidar del g1an.
. la noche ard1a
s,
lar cuanao
'
-i'ué
dulce era can
libia v~ vernal.
p.¿
nstelada de rosa s de luz,
e-o
mor
daba en luminosa a .
~Ji corazón se
mi interior,
l'a cantar e11
.
á la vida; sen I
1 surtidor sonoro,
d
fontanas, -e
da encanta as
. ..entcreííado el pensarn'.
'
de castillos de humo,_ p
melenas a! vienta,
e, clíJ.s1co, las
bajo el chamber::,o
a nube de oro.
y el alma, viajera sobre u11
lI

- o era la soledad
Paladín del ensuen '
. erte precita,
·narada de rm su

-

la más fiel cai
. &lt;le la Casu9lidu4,
"uésped de la hoster1a
. siempre á 1a cila.
H.
•
e es anfitrión
que falta casi

1Ji

1

qu
á la negra odQDdad
b el hambre
.
Cuando llega a
azul proscnta,
~
del cielo puro Y
de mi alma1
. . mocedad
.b. le m1 loca
.
salia á rec1 1r
legría bendita.
radiante de q uimeras Y ª

(Á TELÓ, CORRIDO)

"d la bravo. risa franca;
A la miseria sórd~ ª1 , .do siempre al ancal
d la Gloria, p1end1
banal
del corcel e
·.. la suerte hosca y

(Personaje úni00_: ÜH"rJ7,
inspector de Po:1c1a
U bnnn, con nms ga Iot)e~
qie el \i1inistro de J\lnrm.:1.)

ía el secreto
si el corazón poeta pose1·0 de la vida un soneto
. 50 bre el Lec I
,
de engarzai
.b _ dos de ideal.
con 1os. catorce ve !,sos· ana

llcÜa hasta la, balcria; .
se atusa los cuatro JJ{~Jt'- que tteue en la c.uro?t d·

¡q11é importaba que fuc,a

PROLOGO

{ Sale Ortiz1 pau.socia111e11/e;

lose· adopta una ac i ~
gall~rda Y así se expli~·a

ante el público, des~ues
de hacer una corlesm ):

Señoras y caballero~ : ·
Como· no quiero que dtgtm_
que aqu í esfafamos á n&lt;1dJC,

0 por propia eniciativa,
;ai1go á decirles á ~stés
la verdaz. Esta cosita
que vamo s á hacer
. no
., vale
clos pesetas, y es mdizna
de que la oigan Y la ""."enn
.
des!i.nou1clas
per.sonas l un
b
1
como us l e··s , aum¡tie c:omprenc
.
o
&lt;¡ue eslá mal que y~ lo el ign.
El autor la hizo ant_moche
de dos palás y no t,ra,
con e lla , á que le levanten
v·
una estatua en la Gran ta.
Ahora si se la levantun,
·u .
i eso, ~llá ca uno! A 1o que I n .
Se trata de una ligera
custión entre dos vecmas

�de barrio, que no conocch
la nrbmlicln,r, ni de oídas,
y es claro, como estas gentes
11~ han itlo ú lus Ursulinas
ni tienen, como nosotros,
In educación 11ue L'S debidu,
pues suelen meter la pala,
Jlevús de su fanlesía,
y emiten .dichos que atafíen
nl padrún de la familia.
Pero, en fin, clcspnés ele tóo,
¿. 11116 persona, por m11~· fiun
qnr sea, no ln ha metido
aJcr11nn
ve,r,? ... ¡Tonterías!
o
.
,
Qnié decirse que, st ustes
oyen cm1lq11ier grosería
p~r un casunl, no hngan _(;_nsn
J1e11guno, que en esta ,·Hlu
las cosas hay que tomn rlns
según el que las emita,
porque ¿es lo mismo la coz
11ue dé una caballería
c¡ue la que dé yo, en un rnzto
de acaloro? ¡Es muy destintn!
(me ¡mee-e ú mí), porque siempre
hnrú más daiio la míu.
Y uho1·a vamos á otra cosa,
11ue es bueno qne lóo se dign.
Toman parle en el a.sunlo:
ta Filo, 1ma. cuplet_ista
c¡ue mueve los solomillos
v lmiln la danza egicia
~n los cines, con ca molla
v en 1·edondez q11e prirn.
:\lal'cos, esposo legítimo
cie la nnlerior, se· dedica
ú lus labores do111éslicus
y f11é I riple de en pilla.
1,11 moni, chula ordinaria,
pern frescachona. y limpia,
(¡ne rnnndo se descompone
, ln buscan las cosqmllus,
lié una lengua qne hny c¡uc i1~11r
lmrletc para no oirla.
Yilor, su ... conglomerao,
mixto de caballería
,. de arbafíil, que no ladra,
¡iero es porque no se estila.
un niiio, fruto inocente
de un choque de simpa.Uu
entre la Dionisia y Vitor...
en fin, ¡ cosas de la vida!
Pepa, mujer ele Manolo,
curda de primera fila,
,¡ue· tiene el campeon~l?
de resü;tiencia en la J)Itmrn,
y Orti:. (servidor), q~e está,
por si ustés .le necestlan,
en el Ramo de Limpie;as
de la Casa de la Villa.
lle de azvertir, pa que luego
110 tengamos tonterías
ni gaitas, si el espetáculo

se conr-111~,e de seguidn,
IJlle por nrnc:ho r¡ue estiremos
la cosu, no dura arriba
.
de 1in cua1·to de horn, Y que ac¡ui
110 hay Jurrueas ni machichas,
ni enseüan na las seüorns,
ni mneve nadie la tripa.
\hora, si ustés nos machacan
dcspnés de dar esta ristra
ele csplicaciones, qué le hemos
de hacer; ¡ pacencia y saliva!
Conque beso á ustés la suya,
y á ver si pa cuatro días
;1ne
uno á Yivir nos dfrn
11stés en la coronilla.
¡ ~lelilón, arriba el lrapo !
}-;eñores, hastn otra vislu.

ESCE:\:,\ 11
DICHOS

.\l 1RC.

"ª

])JO.\.

(Mu lis.)

.\l 1nc.

y

l\I.IHCUS

((Jw' view, tle lus .lloa/c'1ts1·s
con un ca/Jcio 11101/l'misla,
co11tawlo tlineru.,

Udrn11l,1
,\ treinta... ¡~Juy bueno::; clíu&gt;&lt;!
¡ \"aya usté con IJios !
Od1enla
·" treittlu de !u lejfo,
una con diez ... ¡:\'u 111c :-,;nlf !
¿),abe w;té, sefiú JJicmisiu,
~i ha ::;ubido mi se1101'11?
.\le puece &lt;¡uc no.
¡ (J11é c·hit·,1 !
¡\J11(;]10 IJlcldl'tlgil.
¡Sino
se hu acostado todavía!
¡. Pero es que no duerme en ca:-;u '!
Y a hace lres noches.
¡Atiza!
¡ Ese dichoso teatro
la está quitando lit , idil !
¡ Claro estú ! Co111u cltu es lil t'lllic.i
(rue 1·esulla en lii taquilla,
¿sab.e uslé?, porque hace lodo
lo que hace la Fornarina:
pues una~ noches con olrus
sale á tres p.iezas, y encimn

lu lineen emmynr después
de la función muchos dius.
Así es que viene la pobre
lo que se dice molida.
Dmx.
¿ Pero la deja ustó ir sola?
l\L1HC.
¡ Cómo sola! ¡ Ko, hija mía!
¡ Qué disparate! ¿ Usted cree
que ella? ... ¡Ca! ¡Sí, sí; bonita
es mi mujer! ... La acompaiíá
un abonado, bolsista,
que se ha ofrecido á ir con ella
hasta que encontremos chica.
ÜIO.\'.
¡ Tenga usté cuidao !
1'fARC.
¡Quién! ... ¡ :'\ada !
¡ Es persona correctísima!
¡ Por Dios!. .. Siempre la eslá hablando
de la Bolsa y de las Dncas
que tiene, porque es muy rico;
pero, nada : sin malicia.
Drox.
¡ Ya es de agradecer!
.\Lrnc.
¡,\y, sí!
Calcule usté si me q11ila
molestias, porque se viene
con ella todos los días.
No tardarán.
D10x.
Y usté aqní.
.\fine.
¡,\ ver! ¿Quién harre y q11it'.·11 li111pi¡¡'!
.\nles me ec:hubu 1u1a rnnuo
la cl'iuda en la cocina;
pero alturn, co111O tmnbi(·11
se hu metido ú cnplelislu,
me lu tel!gu ,¡11ü liHccr todu
.,·o S&lt;•lito. En fin, ,·e,·iuu;
vuy ú hat:el'lu el de,;c1y11110
¡ior si Yic11e.
ll!Ci\.
¡ 7\li11'ic1uil11 !
.\Í.\HC.
J)JQ\.

lJu '-'·

.\hnc.
DIO.\.

.\Í\HC.

E S C E~ A P R I l\I E R ,\
Drm;is1.1

y el

C111co.

i ,\y, ay!

-Cállate, arras! rao !
1
Que Le he de arrancar ú til'as
el pellejo pa que mi~es
olra vez ande te arr1mas.
i .\y, ay!
.
¡Toma, so cod11nol
¡ Lástima de pulmonía!

])JO\.

:\hnc.
D10x.
:\l.\ HC.

CHICO

Drox.

Cmco.

l&gt;JU\.

...

¡ Súcalc 111

l'11Í,(

i11n !

,\11 ne.

¡_ Cúuw'! ...

IJJO.\.

l lulJluba ,·u11 mi chin1.
¡ .\11 ! ... ll11m10, l1&lt;11;í,1 luego.
_\.di(,s,
1 ec.;iuu. ( ¡ 1.us h,.1) cu11 piul ns! ,

.\IIH1:.
t&gt;m,.

' li11/m l'l

1

l 11 e1ar ele la acción : Cn palio
etc ~,.tcinclud. Es de día.
.\1 empcznr el saii1ete
peina al CHICO la D!O;:&lt;;JSIA
y le introduce las puas_
ele Ju lendrera en la cnsma.

¿Elt'! ...

11111iw1

l'n .m c11ul'l11

(/(&gt;/ CUl'l'&lt;'d111' lj &lt;'11 S&lt;'ljl1Íd11

su/e di'/ ,rn!f1J /u P1•1111,
1¡111• es 111111 t'/111/a 1·c1.,/i;11.

ESCE:\:.\ J 11
D10\Js11,

el C1m,o .,·

P1-.1·1

¡ .\lunolo ! ... ,\diús, ::;eüú J&gt;ioui.
¡ Yamos, hurnbre; ít ,·er si estiras
ht u::;ndura ! ¿ O Yas á e:sla l'te

en Ju cama toit lu vida? ...
i Pel'o, Ye usté !
t )JCI.\.

.\J11jer, déj,tle
que tluen1rn la popalilw,

cJuc anoche creo c¡ue vino
cargao...
¡ ~la !dila he bidu ! ...·
¡ ~diste (Jllc la trnjo gorda
el ladi·ón ! ... ¡.\sí pen111la

�DION.
PEPA.

DroN.
PEPA.
DION .

PEPA.

DHJN.

PEPA.
DION.

PEPA.

DJON.

11

Dios que se le vuelva dentro
cardenillo!
'
i Por Dios\ hija!.
Es un vicio de la sangre.
¡ Es una ... no sé lo que ibu
á decir, porque me tiene·
muy harla, señá Dionisia!
¡Jlartu! ... ¡Ya, ya!
¡ Sí, seflora !
Siempre sales con la misma
relación, y en cuanto le hace
dos ú tres zalamerias
de las suyas 1 te derrites
igual que la manlequifü1.
¡ Sí1 sellara! Eso es lo que J. una
la pierde, señá Djonisiu;
el ser una pa los hombres
tan eso.. tan ...
Sí; nó sigus,
que aunque des con la palabra
no vas' á poder decírmeh1.
i Miá. que es usté maliciosa!
Vamos, anda; dale prisa;
no lardes, y cuando n1eh•üs,
le sacuda la polilla.
1,'ié. usté razón. Hasla luego.
Anda, con Dios, hija rnin

F1LO.
DION.

ESCENA VI
DICHAS

i\l\N.

Dl0N,

¡ V e.11 1 aquí, cebón,
y ó. ver si revientas!

(1'ira
de él y se lo lleva á rastras,
lo mismo que las mulillas
á los pencos. Por el {oro
entra un yuardia á toda prisa
y llama en el bajo f:,qiiierda;
mientras, denlro 1 la Dionisia
le pone á golpes al chico
las nalgas en carne viva. )

ÜRTIZ
ÜllTJZ.

•

GUARD.

~

¡ i\I uy buenos!
FILO.

t·

CU..\RD.

ÜllTIZ.

ÜRTIZ.
GU,\RD.
ÜRTJZ.

Porque estoy haciendo
un melóclrama á toa prisa

GUARO.

01rr1z.
ÜI\TIZ.

(Dentro, con vo; desle1nplada.)
¿ Quién llama?

GUAltü.

Soy yo : Farifüis.
(.4bren la ¡,ucrta. y Orti,

Orrriz.

sale en 1nangas de camisa,

GU,\RD.

El teniente alcalde
que vaya usted de seguida.
¡Quién! ¿Yo?.
Sí, señor.
¡Rcdiezlu !

¿Por qué?

OR.TIZ.

pa narbieri, y no me falta
más que darle la punlillu.
¿Pero usté también escribe
comedias?
i A ver quó Yidu !
¿ Pero usté'!.
Sí, ltomb!'e. ¿.Q11é pnsn?
Ya te clnré una entradila
pu el estreno.

No faltes.

CAB.

¡ Adiós, mi vida!
(Vase el aaldn. Filo sube
la esGalera de puntillas,
mientras reanuda el e:rpurao
del chiquillo la Dionisia1
y al acercarse á su cuarto,
da un grito y se pone Uvidn
por algo que ve en el suelo
q1ie la reniueve y la indigna.)

l
D10~.

y en seguida, DIO.'\l y el
¡Despidiéndose en el [oro

FILO, CAB,\Ll.ERO,

Fito.

del caballero bolsislci
que, por descansar d Jlorcns,
la SÍl'l,'(' de CDlllJHl1lir1. )

¡¡Uf!! ... ¿Pero qué redemonios
ha pasao aquí? ¡ ~Ialdila
siá la casn y el que la hizo!
¡ Oiga usté, seliá Dionisia!
¿Qué se le ha roto iL usté?
Nada.

DIO.\'.

FILO.
CHICO

,,,

Advertirle á usté que el dia
que al niño vuelva á ocurrírsele
lrncer chistes aquí arriba,
le va á quedar In frugancia
pa tóo el mes.
¡Jai, jai, qué risu!
¡ Tan poca vergüenza tiene
la madre como la cría!
¡ ~o se enfade usté, sc,Tora!
¡ Qnr a~ro de niño!
Pero 1 hij.-1,

ESCE:&lt;IA V

Dro:--.r.
FILO.
DIO'l.

J)ION.

FILO.

FrLO.

¡Ancla diez!

\'esle 1
que yo voy 11a all(L en seguirlfl.
i Este _es cribienclu ! . ¡ Sen ores,
cómo está el arle hoy en 1.Hn !

Hasta la noche.

F1w.

¡ Pues me echa una lavativa!

Yo, na&lt;!.a.
.
¡ Qué porquer1a

de gentuza!

¡Adiós! ... ¡Vete!
CAB.

con una pluma en la oreja

GUARD.

¿Qué quié uslé decir?

~IAN.

y GUARDIA

y en la mano unas cuartillas. )
¿ Qué traes?

ÜJO:'f.
FILO.

FILO .

GL.:.\Bü.

ESCENA IV

(Aso1nándose á la puerta

¡Niñas!
¿~1e hacen uslés el osequio
ele entornarse las boquitas
pa ver si puedo coger
el sueño?
La papalina
será lo que pué que· coja
usté, como tóos los días.
Ca uno coge lo que puede,
como usté sabe.
¡ Ahí le pica !

1
1

¿Otra vez? ... ¡Jesús, qué vicl1t!
¿ Qué has comido, condenao,
pa que est-és así tóo el día?
¡Ay, ay!

y MANOLO

en pa,1os menores.)

(Vase Pepa por el toro,
y el nilio lle la. JJionis ia
úcrrea como un beccrrn,
sutetá11dose lll l ripa. l
Pero, chico, ¡ qué le pasa!

Cmco.

¿es que quió usté que le amarre
del pescuezo una tomiza
y que le saque al arroyo
lo mismo que ú una perrita
de lanas?... ¡ Pues no ha cambia o
que digamos 1 su ilustrismu
desde que dejó los zOrros
pa meterse á sicalítíca !
¡ Yaya usté de ahí, so ordinaria 1
¡ Adiós ... la seffora fina!

DION .

FILO.
D10N.

Buen remedio:
tome usté la Equitativa,
y así estará usté más ancha
y más ventilá, querida.
No puedo. Estoy esperando
que construyan la Gran Vía
pa alquilar un entresuelo
de tóo lujo.
¿Es usté rica?
Con lo que tengo en el Monte,
me sobra.
¿ A ver la cartilla?

Í\[ARC.

(Saliendo.)
¡ Oiga usté !. ..

FILO.

¡ Cuidao!
(Mostrándole la reliquia
que hay en el suelo.)

¡ Jesús!

l\lARC.

¡ Qué atrocidad!
IJIO~.

l\Jás valíq
que en lugar de ir por las noches
á cantar las porquerías
que canta usté y á encitar
á lns hijos de familia
moviendo el mondongo, mientras
está fregando ese lila,
Ia\'ase usté los guifiapos
que se saca ahí pn que se . ría
la vccindaz.

•

�\'ícr.

lli:n la puerta.
¡ ,\ cnsu!

j

\'ícr.
.\l I.HC.

¡ Xo !il· l'! In c11lpa!
L1 tiene el que se denigru

¡ Qtti~iera usté mis guillup~s

])]t)'\.

pa ponh·se\os el clín

discutiendo con pelambres.
¡. Y usté, qul' es?

\-JCT.

Dro:,,.

Xo qt1iero.

Fu.o.

I•

Diu,.
F1uJ.

¡ .\y, hija!

1r,

del Corpus y dnrse lona
de ¡iersuna destingnida !
¡, Tié usl(· por· ahi unBs. gaf,1s·?
,\lrnmús ú ele rora Antigun,

:\1 \t:C.

F'JLO.

pa que el sol no tenga e1widia
de estos ojos.
¡ .\y, qué láslimn !
Pero si se nesecitan
de aumento, pongo por raso,

se husccrn.
[) [(¡\.

FILO.

Fno.

lJJO\T.

Yícr.
\I\HC.

\'icr.

¡ ~liá qué ricu !
¡ Oiga uslé 1 so cnbezoltt !
¿E!:i á mi?
¡ :\ uslé', mi vidc.1 !
¿.Su pul• suhe1· qnil-11 lin sido
el ,d111u tal'ilulin.1.
ljlle le l,a duo ú usté 1n vela

vu .este entierro'!
¡\'ele!_

l&gt;1U'\.

\'ícr.
.\I.\RC.
F!LU.

,\1 \HC.
1JIO'\.

Yícr.

¡Quila!
¡ ,\ n1í no me hn dudo umlic
Yela!
Xi h1 ncsedla,
1&gt;on1ue él la Ucne ú loü!:i horas.
¡Eso!
¡ Ya lo presurnín!

Cuando dos muje1·es d1len,
es derir, Ctwndo 11orfiun
esln duma. de at¡uí abajo
y esa golfa de ohí arribu,

CHICO .

uslé se guarda la lengua
v se mete en lu cocina
á. ver si hay que fregar algo,
¡ so animal!
¡Padl'e!

,\f \HC.

¡ Qué risa!.

Oye

~

¿ \'es

le lia Uumudo padre;
quó chico lan bromista?

(\ ºíclor trata de subir,
en m..:lilwl agrcsiea,
u SU, nwjcr le éonliellc
]Jara ci:ilatle ww rninu. )

\'il.:T.

Cmco.
D10::-..

fn.o.

; Baje uRlé aquí!
¡Padre!

¡\'ílor!
¡ So ... siégucle u_sk~ Ycéinn!

Unnz.
~Lrnc.
¡ GaJlina !

¡ ,\Jaldita r::;i;i !

FILO.

¡\·enncú!

,\hRC.

¡ No subas!

r-

¡Qui11.l!

Ernn pa. qne viera usté unos

).J \HC.

F'JLO.

que lrny nifios.
· ¡GoJfo!

1)10:--.:.

'

•

bi.ljos como· no se estilan

en la casa; sobre 1oda
en los cuartos ele nhí nnibn.
¡ .\y, á verlos!
~lujer, déjuln;
&lt;11w ahora eslá ele cnceríu
y vas ú espanlarle alguna
pieza ninyor.

-~der.

Xo quiero,

DIO.\.

\.ÍCT.

No rorre prisa.

de oido decir lóos los días.
; nepítalo uslé !

í)¡ox.
Fu.u.
:\! \HC.

'I

Call~l, Duni:,ia;
que lo que él es, ya estás lrn 1fo

\'íCT.

Pol'que yo lils gasto oscuras
Dro'\.

Entrate!

D1u.\.

ESCE:-S.\ \"JI
0JCHOS

01rnz.

y

ÜHTJZ

(Que entm como si le lrnúiemn
llamado con campanillas
cuando los nervios estallan
y los golpes se avecinan.)

'

; ¡Alto!!... ¿Qué escándalo es este?
¡ Se1lores ! ¡ Que no se diga
que cual ro personas serias
y bien educús y diznas,
por un quitame esas pajas 1
JJierclan su buenu armonía J
Ea ; ca cual á su cuarto,
y que no haiga más rencillas.
¡¡Puafl! ...

¡¡I3urro!!
¡Vamos pa adenlfü!
.i\'o te arrebates, vidita,
.r entra á descansar un rato 1
que habrás venido rendida.
Anda, saca la bayeta.
¡ Eso es lo que me fastidia!
(Entre unos y ottos se cru:.an
miradas torvas, que indican
qtte el asunto no ha tenido
solución de/inüiva;
escupe Marcos d Víctor,
y a{ recibir la saliva,
éste, sin hablar, contcsfa
de una manera expresiva:
pero cumpliendo el mandato
de Orti:., todo se termina
por el pronto, haciendo mutis
en direcciones dislinlas,
la Filo con su consorte,
1J Víctor con su costilla.
Entonces el inspector,
volviéndose d las vecinas,
que al olor de los azotes
salen lo mismo que hormious,
dice con vo; campar_nala
y en act'ilud tribunicia):

¡ Comprímase aquel que lenga
genio fuerte y sangre Yiva.
y miren qué fácilmente,

si no es por mi voz amigo,

s~ ven &lt;los hombres perdidos
y dos mujeres perdidas!
TELO!\

j
EL VICIO NI\CIONI\L
( DIALOGO)

-¡El primero que me azuce
pa jugar con él dos céntimos
ú la lotería, no hace
otra digestión á tiempo!
-No te enfades.
-¡Hombre. si es
que me ataco de los nervios!
¡l\Jiá que decisiete números
sin coger un mal reintegro!...
¡Hay que ver! ¡Permita JJios
que reviente tóo el gobierno
desde el mismo Romanones
h.asta el último portero!
-¿Llevabas mucho?
-¡'[_;na fli rna /. ..
Pon cinco duros y medio,
íiólo por mi In.o, y agrega
tres ó cuatro por lo menos,
ele mi mujer, entre picos
de aqui y de allá.
-La Remcclirn\

he notao que no se queda
sin probar ningún sorteo.
-Toma, corno que ella ha sido
la que me ha metido en estos
frcgaos, que si no ¡de dónde
me iba á ver yo con mi sueldo
gastando armilla de rede
con el frío que está haciendo!
-¡Mal sos elá!
-Yo enlodavía

suelo picar uno ó medio
de tarde en tarde, ¿pero ella? ..
Digo, tú debes saberlo
porque contigo también
ha jugao. si no padezco
un error, algunas veces.
-De dos sí que me recuerdo.
-¿Y qué sacasteis?
-Cn chico

de tres pesetas el décimo.
Total seis duros.

-¡Ah!. .. ¿Si?

¡Pues se hO. guardas el dinero!
-Fué cuando estaba soltera.
-¡Ah, vamos!
-Chico, y te arvierlo
que ahora no sé1 pero entonces
tenia una mano pa eso,
que al que jugaba con ella
le tocaba algo.
-T,o creo
porque tú me lo aseguras,
y tú eres un hombre s.erio,
Pero en tres afias y meses

,

�mi so_svresa, cuando veo
sentao junto ·á la ccunUla
1
1 unq~lamente un sug11rr1,
r[u~ ni se d1znó si&lt;:ruiern
saludar!
--¡Rediez!
.

&gt;

prro. chico, en unos térmi11os·
que de milagro patente
'
no se t1uedó zapatero.
Total: volviendo al asunto
referente á la Remedios:
es1ábamo.-;., vo ca noventa
y él cuasi Úpn;s, -cuando en e~to,
ele pronto al ·ir ú tirar
una carambola. á huevu,
me da. una J)UJJ.Zá en PI vientn•;
Y me r:one .POI' túo el cuerpo
un sndol'_ f.no, ~, me ernpiezan
unas answs v un mareo
que si no es~ pol'quc me ditcfl:

-

~-

"&gt;

- -

-¡llonibre, mélefe los dcdvs
en el lJalrrJn.1, ú estas horas
cs_loy en el Ceménterio.
-Eso fué un cólico.
·-- Puede

Q · ..

de casa 1 con el ojetq
de echarle unas carambolas
á Paco el de los Camelos,
en San Millán 1 y al marcharme
la dije:~Mira 1 Remedios:
acuéstate u no me esperes
que pué q1.tc tarde.-,\le alegro,

que hace ya que nos casemos
la estoy oservando el sino,
día por día, y me apuesto
á que entre cien mil mujeres
no hay quien lo tenga más negre:.
-¡Qué pesimista eres!
.
-Hombre,
á los resullaos me atengo:
á mí me costa, ¡figúrate!

(me dijo ella) porque 110
1ne puedo lamer de- sue,10.

Conque me fuí pián pianito
pa el billar y1 con efeto,
al verme entrar por la puerta,
Paco, que se cree lo menos
un fenómeno y que sabes
lo bruto y lo pinturero
que es, va y esclama grilflndo1
pa darse tono :-¡Te juego
Jos ca{Cs pa los presentas
con veinticinco pa cienlv.1
__._:\.luchas son.
-Le doy el tiple.
- Pues él juega.
-¡~i un pi111ie1tlu'.
La prueba es qL~e de seguida
le dije :-Me va d dar miedo,

que ella hl:!, jugao- GOn quinientos
á escondidas, porque sabe
9ue soy refrazlario al juego,
y sin "ernbargo 1 á estas fechas,
aunque digas que .e~agero, :
está por el primer duro
que yo. le baiga visto C'l Jli-.'lo.
¿Es mala pata? .. _
.......:...Y 1 no u8Üt::te.
tu casa es un juhile·o

tóo el santo día.
-la ve~.
Chíco ·es lo que uo r _o )nprendo:
¡ó la humanidaz es loca
ó yo estoy 'Como un - cencerro!
-Aberraciones.
-En fin;

pa p_robar hasta- que e_stremo
se piensan que m.i muJer
tié la suerte entre los dedos,
voy á contarte una cosa
que vas á decir que mirnlo.
!Salí yo tras ele antinorhe

f

pero, si quieres, . apúntate
cinco mds.-¡Vam.os d verlo!
En fin; que sacan las bolas,
salgo con una de mérito,
y 11;1ego Yoy ¡zás! prencipio
á hrarlr. retrocesos
y picami y feligranas,

..

•

-,¡ \'o quiei-u

decirl~ lo que. pasó ,
por nn m~nte!. ..
'I
...;...Lo ccnnprcndo .
-Pero basta con -que sepas,
pu -~!lle te hagas cargo de ello,
q11e aun_que sé que (lli mujer
i,tnles de manf'har su crf'ctilo
de honrú y ·1ie! se mataria
~
iPOI'(J,lle _no hay _nf qu~ hablar d2. es;.: ·
m.~ ~O]\'J_ lo&lt;;u, .v si 119 ~ i-.
:j
me 1lu1~!lla tan á 1iE'rnJl0
la PruvldPHCia, te- juro
Jl'?r la t~tQ que me diel'on,

•

.~
~~dt''

·

•¡

-Que le rnfria1'ias. · ·
- Bueno:
pues como n1:e puse 1nalo;
Y yo en seguida mr nienso
que. voy á diüarla-, di)e:

-Dispensarme si lo dejo,
pero en esta liesifitra
la verdá, chicos no p~wdo.
-¡Veste! (contestaron tóos).
-¡La .-~alu:; es lo prilnero!
1

(r;1e d1¡0 Pa~o). Mmiana,
st estas me¿o,\ seguiremos.
- - El, claro ..
.

-¡Co,110 r¡ne es!aba

cuasi con el agua al ruello!
Conque me marchó pa casü,
me abre la puerta rl sereno
subo, llego arriba llanto '
.V nadie contrsta; \ rurlvo
á Jl_amar y ¡q1H si c1uien•s!
1

-¿.()né, tunipoco?
,
__:_¡ld1•n1 dL~ lil'11zo!

J&lt;,nlrnH·f•s, tlt'!-::rspt&gt;rLu,
Y a!Jurl'idu. qué hago: iwgu
la boca á la cerradura
hrcho un hu1·uc·ún (ya fTPo
qu~, rnc ronocrs y sabes
í(llll~n soy ClH:l rHlu 1111' ('(ilit·11 l( 1)
Y cl1$&lt;?, echando madejas
de bilis :- ¡Pero, Rcmcdir1s.' ..
¿Quieres abril' de seguido
ó liro la puerta al suelo? '

-Te abrirían.

.,
-¡Pocas g radas!..
X ahora prencipia lo bueno:
lomo lóo el pa.&lt;.;i!lo nlante 1
cchanrlo lumbrc1 pcnetro
en la sala ... ¡y 1i't ri1rrula

BJenverndo, que_.-les .abro

en :~mal ronw _á los- ('erdo_s.
--¡Si que se las trae la e"o 8 a!

1

~'l ... ..;,_

,---¡-Cáilafo, hornllr:e!. .. Pue 8Upuc-sto 1
q.H.q nm,~trsmzamos de -risa
luego de:ft)liés la Remedios
Y yol
~n. n11n,1, l._l('OJ'dt\ndonos,

en.

purc¡ur

-¡.\b! ..
,
.

u

-tlt:ll'll'

lie mut:h(J ~-.Q.ICJ'U.

¿Sí'!
·
-Como r1ut• n1r.tvas

que me (ruaseu.

¡.\ qué cUrús tú ~ue iué

.

~- -- ·
, r..,;

ú 111! casa aquel SlH!eto
1
con tóo ~u cuajo, f _e§a~ hQ!,'.US
Y_ e!1 el ngor del ivie\1io"!~--':\o sé.
a

-Cavil'lt.
-Xo dov.
---Pues vas á queclarte . lelá:
¡~ que mi mujer le diera

c:mco reales en un décimo
que i,abía aue llevaba
'
pa la jugú i:Ie Afio nuevo!._
¿Es afición? ...
-¡Qué rarezas
tién algunos!
_ -¿H~ derecl10
pa que por una pamplina,
como esa1 te corte el sueiío
cualquier loco? .. :
-¡Vamo5\ calla!
-¿No es pa partirle los scsos 9
-¿Y qué hicistcs?
'
·.

!,

�~-~--~~~~===

¡~~~--~~~~--~-

_· fi(íff'tn
bO -.
{lj

.

. ~-..-,;, ,!

lTJIDt

/~-.,

'~~'

'

I

@,.,
¡r~,, -~

J!lLANCA NIEVE

~

.\nda en los huel'los, deRnilz,1 y si11 l'OJ
n la alborada temblando de frít,
a Princesitn, cogiendo rocío
'
)nlre sus manos en forma de ropn.

,._

,:

i

\'isle 1111 beirame que vale un teso1·0.
.,· en el fulgente sopor de las sicslos
1·a ú perseguir por las verdes florestas
las mariposas de sol y ele orn.
Entre escullurns de mármol ,. plnlu
!odas las noches su albor se 1etr-ata '
en el cristal de la clara laguna.
· corno rosas ele níveos rosales,
eogienclo brnzadus de Luna
blancura ele sus delanlales.

•
""
e'!'

•
h~;-C,,,:.
~(f

.,, w

:

-Pues nú: PI ho111bl'c
satisfació su deseo,
porque después del viage
resultaba violento
desairarle; se abrochó
la cazadora y diciendo
muy humilde :-¡Disimlllen
ustés si he sido molesto!

pilló la escalera abajo,
:;:;alió á la calle y laus deo.
-Pues mira : sí que tié grada.
-¿Lo ves cómo yo no miento?
jso sí; Ju primer cosa
/Jue le dije á la Remedios
~(l)é que desde aquella noche
se terminaban los iuegos,

purt¡ue IJILIY fádl ur11rrr
q111· &lt;'11 l11gar de ser yo PI t¡1te e11ll'u
Ps 11tt 1•»ll'mio ¡y s11po11te
In to111ad111·a de pelo! ...
¡Hu111brP, sabida la fa 111a
,1., 111 1IHljPI'. 110 lo ('l'('O!
- ¡(JuilHI&lt;' .1lt• allí! Por lo rnis1110
,¡ue es el 1w /ilís de su ~eso,
hu~· llll [lOITiÚIL de l'PZtiles
r¡111• darfu11 PI ¡&gt;Plleju
p11r pillal'la &lt;·11 un &lt;•11j11ag11c
pa dir 1·011 el d1is111e.
-Bueno;
la &lt;'11,idin rs nwv mala.

•

- Ei:;azlo.

¡¡Has tlau ctt ttiilú del hueso!!

,..;- .... ~,,.

✓-t,¡,f

~

,., ' ~. &gt;·
' , •,j

~·

II

EN PROVENZA
En los estrndos sonríe el seüor

ú la Curnle,;a de ·1·ko brial,

mientrus entona galún trovador
una fragante canción JH'ovenzal.
Dulce deslíe sus trnvas ele amor;
úurens n!Jejns su miel libarán ...
¡ Los ruiseíi.ores no trinan rniijur
bajo las lunas en flor de San Juan!
.\ sus compases enlorna el lebrel
sus casi humanas pupilas de miel;
• enamorada de su !Jandolin,
por la 001 ida ventana ojival,
entre las ramas del verdti jardín,
¡ muestra la Luna su faz de c1·islal !

�f

'

'

,~

se l1a facilitado, naluralmente, el triunfo de
la literatura de invención, la ele los deseos,
la no artística, El público ha necesitado que
se le hablase de lo que no es ni púede ser:
de folletines policiacos, de pornografías enormes y vagas, de camelancias sin senlido, de
placeres sin concreci,ón ni limites, A falla
de los misterios. del espiritu, se ha creído en
ios misleri(}s ele la carne y ba triunfado el
ese.rilar que con mayor habilidad ha guillado los ojos para prometerá sus lectores la revelación ele un Yicio nuevo 6 de los polvos
para llacer sardinas .
Ha sucedido lo que Bn Rusia al fracasar la
revolución de hace cinco años, que fracas&lt;,
también porque no eslaba bien pensada. Durante cuatro años se dieron los editores rusos á c.ditar las pornografías de ladas las lileraluras. A falla de la Rusia, ideal, las madamas franoesas de larjela postal, con música
de Viena.
Sólo que la popula.ridacl de esta literatura
inventiva pasa p1'0nto. T~mbién e·s vano el
sueño de las linries de Maholfla y el ir por
esas calles construyendo las escenas en que
uno se vería si le hicieran crrr¡:;erador ele la
Gran China y barbián de la Persia. ¿lio ha
pensado usted nunca, mi querido Agramonle, en que la moral pueda ser flor de esteroolero?
Supóngase que volvamos deliberadamenle
las espaldas á lo que hay de universal en
nuestras vidas; que nos proponga,mos no
averiguar verdades ni realizar bienes; que
nos encerremos en lo más pequeño de nosotros mismos, en cumplimiento de aquel onceno mandamiento que n·os prohibe ser Quijotes, La cuestión es pasar el ralo agradable-

~--··";··························•:«,
\

r . ~! ~cerrar los ojos .n¡

,

,.
... ......
..................................

,•♦.

~Ji ,truerido Agramonte: :\'acla de de·ses\,&lt;lfücione~. tSe adelanla algo con
dds.,i!Spel'al'se? "Csled ha inlenlado una
costt buena; en parle la ha realizado.
Ha qu~rido hacer·de EL

CcENTO SEi\lA·

1'1\L unn.

µublica.c"iún de lilel'utura artística; Jo M. conseguido en mucllos
númúfcr$ : no tiene n1_0Livos sinb para

urta.,tyfAf':cza moderacltl.
iOuc. se lla encont1,a(lo con que lo;
núnit\1'6&amp; miis leido·s de EL CuE~To Ss"'l~AL ''ñ'6 han .sido los que nstccl hubil:'rtt d./ls~o.do~ Señor, es naloral. Si los
nú¡neros ina~ leidos ele su publlcaciú □
11Jbie.ta.u &amp;i(lo )os ÍlláS al'tísUcos, ellQ

inÍpÜcaría· que ;1ueslro país atrrtves:ib:.t
11.·eriodo de.
que.es un perio'iki ~,n ,r¡ue los csp1r1lus s1enlcn las

111;¡i~tn

adé,

cn(~~-c0·;1 ·VitOr, nécesil.an cxprc~ni-1.as.
se lo1'1i.tran J.;a,ra huiScar los mrcl1ns dr
ex¡.h•estün,_11)S ('JlCllf'lllrnn y hullan lnm. hif-,J,~libl_lfo dispursto á J'C'Ci!Ji I'las; porlfLÍft. CSu°S Cosas que s?,enlcn COll fuf'rz:t

Retrato del aulor pintado por Gustavo de M~e~tu. Fotog~afia de "Nuevo Mun:lo,.
y fotograbado de Dura y Comp.

los':;;1rtislas, ¿pueder, ser algo di,slinlo.
ele. \a vida qu_e fluye en torno su¡·o Y .borboU,

denL·o

mo&gt;_a·1

'de su alma, e3 drcir. el púhhco m1sglle devu,elven, liecho expresión, lo

qu~¿rt'cilien corno nwleria hrula' Y si resulta
q~~· en un momento dado, €1 público no e3
ri&lt;Ío como materia arlíslica, t.1mpoco ha de
pt~irsele que se conlelile con el espectáculo
clef:su propia ·vida, externa é interna, que es
lo t 1ue le da el arle en los momentos de es-

pl~ndor artístico.
~o hablemos ele las clases populares, misterl\osas, inarlicu ladas, Pensemos en las clase$ medias, ele donde han de salir la inmensa :mayoria de los leclores, de los escritores
v de ]os dibujantes de su publicación. Vuel~ah1slecl los ojos en lomo suyo, mi querido
1
.\o1~ 'r;:unonlr. Usted conoce á lrescienlas\ á
cuátrocicnlr1s J){'r;--onas que ronslituyen buen
ni~nrro tle pélalos ele lo que pudiéramos lit\•
rniir la ílor de 8spaña, Cuente ii las que encid1-ran 1•n su pecho gran pasión científica,
griln pasión artística, gran pasión políiicc.~ ú
gran pusión moral. l,Llcgan á seis? RebaJem~fj¡,. talla de las pasiones; incluyamos la
gr;n ipasión ele ambición llislórica, la gran
pasión amorosa y aun la gran pasión del dinero. ¿Llegan á cliez? Apuesto á que no llegan . y si no llegan, es decir, si no se da en

la vida ,eiSn. materia prirna clr la gra11de .obrd.
arlíslica, ¿cómo quiere u,lcd que &lt;'I público
se inl,orese realmenle por el a1'ie verdad, que
es el arle expresivo de la vida?
ne ahí que pret1cra las obras de' invenciú1~
ú. las ele irnafrií\ación. lmagirn1ciúnt en rn:
vocabulario, es visión; invenci,ón es deseo.
Nuestras clases medias atraviesan un perío-

do ele cteprc~ión. Su trap-edia, ¡ka_gedia 110rríson~!, es la tragcclia del reloj, que marca
los minutos que pasan, ,· del balance, que
cüenla los ingr-esos y los gas los; la t-rageclia'. "
de las lágrimas que no se vierten, de \tts ha;.. 1
zai'Ías que nú s-e realizan, de. las verdades que _i 1
11 ~ se averiguan, de las palabras que n9 sf'
dicen. y la vi&lt;la va pasando para _nueslra.s.
clas{'s 1nesocráLicas con el \ú.ngui&lt;Jo n,iovJ!
miento ele los -rscalafon('~\ y va pasando &lt;.}il
vano.
/.
/
Hace diez aüos apuntal.Ja 1111 ideal. Se hablaba de rrgoncrarión. El ideal fué Q.e,s-Vanerié1tdose 1 porque era un 1ncro e1~seo Y' no s~o

hallaba bien pensado. Pa&amp;ó el ideal; quede
\a vida: sueld-0s exiguos, subsistencias encarecidas, impuestos Dreeidos, un hijo cada dos
años, la angustia de su educación Y de su
porvenir; tic-tac, tic-tac, ¡el reloj!
.
Al cerrar los ojos á las realidades hostiles,

mente. ¿"lo es eso? Supóngase que no logramos pasar el ralo con agrado, sino que lo pasamos desagradablemenle, en hórrida y punzante monotonía. Supóngase que tra tarnos de

pensar en otras cosas, que nos ponemos á
inventar otras cosas, montañas de diamantes
Y sicalipsis babilón icas, y que estas invenciones nos aburren y escuchamos el tiG-tac del
reloj ¡y todo en vano! ¿cío es posible que ese
fuera momento favorable para descubrir sú-

bitamenle que el sentido de nuestra vida no
cs_l!t en nosotros mismos, sino .en lo ajeno,
en lo colt'elivo, en lo universal que hay en
nosotros? ¿Y no habría florecido entonces Ja
moral en nuestra alma sobre la podredumbre, realmente como una flor de estercolero?
Hay síntomas graves de que esta conjetura va á hallar pronto confirmación en la realidad de la vid¡¡ espafiola. l\uestros «círculos
literarios», al menos los círculos de jóvenes,
se .venían declicanclo todos eslos años á degradar los verbos ele nuesLto cliccionarlo cÜn
significaciones suc ias. Ahora empiez.a

á

hÚ-

blarse en ellos ele ausleridad, de concentración, ele solidaridad, ele trabajo, de moralidad ¡y hasta de castidad!, sin que &amp; ria la
gcnt-c. Hasta hay quien habla d·e !u contingencia de una vid.a heroica,. jde- una generación he-roica!
Estas cosas no trascienden aún al púlJlieo,
Usted se va á OrienLe, y volverá ele Oriente á
Espafia y encontrará las cosas, poco más ú
menos, lo mismo que las deja, pero el movin1iento .se irá haciendo, la primera mat.eria
de . un arte fu luro se irá constituyendo y un
buen día ... Bueno; la literatura de invenciones seguirá dominando el campo duranle algunos años. Después, ¡Dios dirá!

s

1!
1

�Lulú y Hadarlá-&lt;los muchachas arnabks-eslaban en el tet'cer piso ele! hotel. al fondo de un
pasillo... Las puerla&amp; de sus habitaciones formaban ángulo y, por Jo general, no las cerraban
has la por la noche, con el fln de conversar constaute11tenle de sus cosas... .\quella tarde. era
Lulú quien llernb., la rnz. ¡.\h, cómo se había
enamorado de Pablo!
- Cn capricho, Radaclá... te digo que estoy
loca ... loca ... Es un hombre que. me entusiasma...
nacla.dá, con los brnzos al aire y el pelo, color
de oro, desmadejado sobre la blanca espalda, se
acerc:aba á la puei·La para· f"t}Sponder, cuando
Pablo apareció en el rellano ele la escalera.
-¡ Ah!

Pablo parecía encantado de la sorpresa. ¡Qué
lindos los brazos de Racladá!
_:Buenas tardes... Buenas tardes... ?\o se e&amp;conda usted ... Llego á la hora de la toilette.
Y miraba á la joven, tentadora en su media desnudez, un poco embobado... ¡,\quella Racladá! ¿Y
por qué se aneg.laba así, con la puerta de par en
par! Demonio ...
Hasta que Lulú, mal e1wuella en una bata, salió al rellano y le tiró de una manga.
-¡,Qué? ¿:\"o pasas?
-Sí, hija, .
La alcoba estaba revuelta. Xo había sitio donde
sentarse. Pablo prote&amp;tó.
-¡Yaya un desorden! Cuando se tienen diez
trajes y ocho sombreros ...
-Se alquila un hotel. ..
-Sí.
-Bueno ... Yo te haré sitio ... Quito esta caja .. .
Estos zapatos ... al suelo ... ¡Ea! aquí, en el sofá .. .
-Gracias.
Y se dejó caer en el asiento con la dejadez de
un hombre que decididamente se aburre.
Lulú fué ele u., lado á otro, como de&amp;orientacia ... Estaba 111uy linda en su sofocación. Sus
graneles ojos azules brillabt.n con algo de fiebre. Bajo el peinador de seda se marcaban las
gracias de su cuerpo admirable. Pablo lo reconocía: 11Admirable ... sí. .. pero ... ¿qué? Lulú, al fin,

f·prró la puerta y fué á ponerse al lado de Pablo,
ntimosainenle, conquistadora.
-¿Es tás enfadado?
-:\'o, hija.
-¿ Te aburres?
---Tampoco.
-Pues ... ¿qué tienes?
- ::\'ada.
- Sé franco. ¿Es que no te gusto?
-Ya sabes que sí. .. Que me encantas.
- :\Ientira...
-¡Vaya!
-:\'o lo demuestras.
-¡,Qué no? ¿Qué quieres?
-Xo sé ... Eres frío conmigo. Estás a&amp;í porque
sal.Jes que soy yo la. que te busco... Xo lo niego.
Te adoro. Yi\:iría contigo toda la vida.
-:\la! hecho. Es 1111 mal negocio para ti. Yas ú
perder el rnrano. Yo ... ¿qué más quisiera? Tengo
para e.l hotel. Lo he perdido todo en el Casino.
-¡Qué odioso eres! ¿Te pido algo? ¿Cuánto necesitas?
Pablo retorció el negro bigote, sonriendo.
-¡.\h, eso no! Xada. Tu juventud y tu belleza
por mi jm·entud...
- Y tu belleza.
-¡Bah!
-Eres un hombre hermoso.
-,\ qué discutir...
-Sobre todo si te echas el sombrero para de1rás ... Así. ..
Sonó un beso. Pablo, muy insinuante, con las
manos de Lulú entre las suyas, dijo:
-:\lira... no te enfades ... hoy no me será posible ...
Ella se apartó bruscamente.
- Bueno, vete ... ¿A qué seguir? No me quieres.
- Sí, hija... Pero tengo hoy mil asuntos y ...
-No sigas ... Hablemos de una vez, con franqueza... Prefiero la verdad á tu indiferencia.
-Habla.
-¿Por qué no me quieres? ¿Por qué no cumµIes
tu palabra y me haces esperar en vano tantas
veces? ¿Por qué no me miras en la playa, ni en el

C:asino cuando 111is ojos te devoran? ¿Qué te pasa?
Pablo cambió de postura, corno hombre decidido á ser franco y elocuente una vez.
- .\lira, Lulú ... no le enfades ... yo soy un hombre casado ...
-¡1\lentira!
-Vaya. Y tan casado ... Con dos hijos .. .
- .\Icntira... Sé quien eres... tendrás otra
amiga ...
ll111Jo una pausa.
¿Otra amiga? Puede ...

-Si; por eso en la calle le haces que no me co-

y por eso nunca quieres pasar una noche.
una noche entera conmigo ... Y sería yo tan feliz ...
l'!1a noche entera ele ilusión... l·na ,ida enlcrn,
Pablo, es una Y ida entera... Quédate hoy... 11'
lo mego... Hoy, na.da más .. .
-Si me fuere posible... ¿por qué no?
-Entonces, ¿estás casado?

no('CS

-Sí.

- No...
amiga.?

i\lira cómo te ríes...

¿Tienes oh-a.

�~Si.
-¿Y 1la quieres'!

-~o.
-Déjala. ..

-La dejaré; pero, así de ptonlo ... no conYíene ... La conozco desde que llegué ft San Srb1-1s-

11

i!
111
ti
1

tiún ... A ti te í'onozco ha('C o&lt;·ho día:'. ...
-¡Qué Jalso! Cúrno 11,r hns mrntiflo. Si yo J¡,
llidrra r·nso ú HMhHlú, ú 111i t1111ign ..
Los ojo~ de Pablo l.willaron llr11os ele c11riosidad.
-¡Tu o.miga! ¿Qué clirc tu amiga?

-Que !odas sois iguales .. Que es una loca la
qur- se encapricha..
)oca ...

Tiene razón .. Yo soy una

Pablo no r&lt;:S!) □ rnlió. Sonrcin. PPnsaba en narh.Hlá; en Jo.s brazos desnudos, que parecían tan
nmorosos; Nt rl prlo, qnr &lt;lf'bia &lt;le sc1· 1an suaYe.
snbt'r el rsl',df' so111·os&lt;Hlo.. ¿Y narladá &lt;lrcí,:1?..
J .11lú se npodcró de sus manos. Y balbuciente:

-P-ero 1 dime ... por esa mujer que dices, ¿no
podtás complacerme? ¡.Tan pnco valgo ¡rnl'a 1i"!
Pablo seguía pensativo. Ella rogó :
- Dirne ... dinic ... ¿Vendrás esta noche?
-No.
-¿Por qué?
- Ya te he dicho ...
- Pero .. Si no cs1ás casado .. si.. es 111r-n1it'il.
no tienes ningún rornpromiso .. ¿por qné errs
n,Si? .. ¿por qué no me quieres?
Pablo abandonó el sofú. y comenzó ú. dar pasos
put· la alcoba con aire de aburrido. Ella fué á su
ludo nen·iosamente; Je puso las manos en los
hombros y mirándole de un modo profundo1 con
la voz entrecortada:
-ne una vez ... Dírnclo ... ¿Por qué? .. ¿Es qur
no te gusto?
PE1blo dudó un mornento. Y al fin, separúndnla.
dr sí ron dulzura, respondió sun.vcrnenle:
- La que n1c gusla es ... tu amiga ..

FREGÓN DE FLORES
Rosas son
!a frescura de los huertos
y los labios enlreabierlos.

El oler
los jazmines
es la Noche y los jardines.

Y claveles
1los caireles
de los trajes andaluces 1
con sus luces
ele oro y plata ..

Del querer
es la pena
la azucena ...
Y los lindos
dondiegos, miramelindos
son cantares
'
con achares
y piropos ..
Y celos- los heliotropos.

De los nardos
en la mata.
La frescura
de la le,,; de Carmen pura
la blancura
,
de .su bata.

Las violetas
y mosquetas
son las gracias
que se ocultan ...
Tulipancs 1 los que exuJtan
senos llenos, de mujer.
'

¡Nii'ias ... vamos ...
con las llores de rni ramo
puesto en agua,
el crujido de la enaaua
O
y el chasquido
'
de los besos.

y colores

Mil olores

clan mis llores, que enamoran
También llevo de esas flores
que ·aevoran ...
Manuel MACHAD

1

�l\leluyas lapidarias,-chocantes y extraordinarias

¿,Es El Cuento Semanal? ...
¡Un numerito, chaval!

¡Caray¡ tiene un gran sumario!

¡Que

bien cuenta aquí Picón

¡No es caro el extraordinario!

El drama de una pasión!

Prueba, sin~una'"peseta,,
Carrere, aqui, que es poeta.

,~ Silva con:chulaperia

Nos pinta males endémicos.

Trovador ... Lebrel .. , Princesa...
"¡Reóforos .. de Villaespesa!

Maeztu. ¡Gran atracción!
Filipica de un sermón.

La "cocotte" lnsUa trata .
buen'a, bonita y barata,

-

Zayas con sus "académicos',

~

E'I [usnto Ssmanill

Cubre bien la mercancía.

~N.
l

{¡

"'EL COJO".~CAMPEÓN

V-~
En los versos de Machado

Mucha sal se ha derramado.

= = = = = POR=====

.

A estos monos de To-.,ar
No les falta más que hablar .

MANUBL ARANAZ CASTELLANOS

Pues ser'lor, con este Cuento

Me he quedado tan contento.

I

I

I

Ilustraciones de JOSÉ ARRÚE .,,

�</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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