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                    <text>��I
SlSL.IOiECA

CENTRAL

U.A.N.L

VOLUMEN PRIMf&lt;.RO

I 1J

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MADRID
I

9 2 O

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1

-

ÍNDICE DEL VOLUMEN I

1920
coronas, reyes
«.Ca pluma es la que asegura castillos,
y la que sustenta leyes.&gt;

IMPRENTA ARTISTICA, DE SÁ.EZ HEJI.MANOS
NORTE, 21 , MADRID : TELÉFONO

17-65 J.

NOMBRO 1.0 (JUNIO)
Dos palabras que no están de más .....•......................
Enrique Dlez~Canedo: Madrid, poesías . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Manuel Azaña: A las puertas del otro mundo. . . . . . . . • . . . . . . . . . .
Pedro Salinas: Voz de jugar, poc:sfas.. ..... .. ............... ..
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografía musical de Europa:
l. Francia....... . . • . . . . . • . . . . . . . . • . . • . . . . . . • • . . . . . . . . . .
La Dame de Cceur. Crónicas de..............................
El paseante en Corte: ...castillo famoso. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
~ - Alfonso Reyes: América.... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Ramón del Valle lnclán: Et pasajero. Farsa de
la Enamorada del Rey.-Luis Bello: Ensayos e imag{nadones
sobre Madrid.-Ramón Pérez de Ayala: las Mdscaras.-Manuel Azaña: Estudios de política franctsa contempordnea.-Renner (A.) y Castro (A.): Vida de Lope de Vega. -Paul-Louis Couchoud: Sages et polles d'Asie..............................
Gacetilla ..... • ...•. • .. , .....•. , • . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

3
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48
n¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

NOMBRO 2.0 (JULIO)
Alfonso Reyes: El abanico de Mlle. Mallarmé., . , , • , • •: , • • • · • · · ·
C. Rivas Cherif: Alegoría de Narciso, o El mundo visto por un
agujero ...............••.....•... •, •, • • • • • • · · · · · • · · • · · •
Ramón Pérez de Ayala: La cendolilla que danza, poesía.,••••••••
G. Borrow: El camino de Finisterre, ...•......•. • • , • • • • • • · • · · •
La Dame de Cceur: Crónicas de .....••....... , • • • • • • • · • • · · · · •
El paseante en Corte: ... castillo famoso ... , ...•. •., • • • • • • • •. · ·. ·: ·
Manuel Azaña: El espíritu público en Francia durante el arm1st1cio.
Libros y Revistas: Pío Baroja: Divagaciones sobre la cultura. La
caverna del kumorismo.-Eugenio d'Ors: La Bien plantada.Rafael Calleja: Rusia. Espejo saludable para uso de ~o~res :Y efe
rlcos.-Auguste Breal: Velázquez . . Luis N ueda: De n_ius1ca. Epts•
tolario de un melómano.-Ernest Newman: A Musicce Motley.Danie1J. Mason: Contemporar§ Composers. - Camille Mauclair: Les keros de l' Orckestre.-A. O&amp;sorio: El alma dt ta toga.
Gacetilla .....•• , ..........•.•........... • • , • • · · · • • · · · · · ·: ·

NUMBRO 3.0 (AGOSTO)
Ramón del Valle Inclán: Farsa y licencia de la Reina Castilcl. Jornada 1.ª•••••••••••••••••.••••••• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •
C. Rivas Cherif: Divagación a la luz de las candilejas...•..... •••
Miguel de Unamuno: Polvo de otoño, poesías ..•... ,,.,••,••• • •
Adolfo Salazar: Guía musical de América ...... , • , , • , • • • • • • • • • ·
La Dame de Cceur. Crónicas de ..•.....•••.... , . • , • • , • , • • • · · •
G. Lipparini: Las violetas, poesia .......•••... , • , • • , • • • , • • · • • ·
Alfonso Reyes: América .........•............ , , , • • , • • • • • • · · ·
Jorge Guillén: Poemas de circunstancias prosáicas.... , • • •, • •, • • •

49

54
58
6o

Libros y Revistas: Ramón del Valle Inclán: Divinas palabras.Ramiro de Maeztu: la crlsi.r del Humanismo.-J. Maynar Key•
nes: Tke economlc consequmces o/ tke peace.-León Felipe: Versos y oraciones de caminante.-Martinez Corbalán: Caminos.Luis Fernández Ardavin: Ld.minas de folletit. y de múal--Re
vistas .•.•..••.•..•• , •. , , • • • • • • • • • · · • · · • · · · · · • · · • · · · · · · ·

137

74

78

NUMBRO 4.0 (SBPTIBMBRB)

82

88
99

I

Ramón del Valle lnclán: Farsa y licencia de la Reina Castiza. Jor•
nada 2. ª ..........•.....................•.•........ , ...
Francisco A. de Icaza: Versos de I1ietzsche .• . ......•..........
Manuel Azaña: Jorge Borrow y la Biblia en España. . ........... .
El paseante en Corte: ...castillo famoso ••.•.•.••.•.............
Antonio Espina: Don Cacique, poesla.. . . •. . ...••... .. . . ... . ..
Libros y Revistas: R. Blanco Fombona: Dramas minímos.-Valery
Larbaud: Poltes espagnols et kispano-americains contemporains.
Cla11dio de la Torre: La huella perdt"da.-Manuel Ugarte: El
porvenir de la América española.-Manuel Conrotte: La intervención de España en la independencia de los Estados Unidos
de Amlríca.-Tomás Morales: Las rosas de Hércules . ....... .
Gacetilla ................•......•.•......................•.

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191

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ll3
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NOMBRO 5.0 (OCTUBRB)

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132
IJ6

La condena de Unamuno ..••..••.•.••..•••...•.....••..... ,. .

193
Luis Araquistain: Italia _e n 1920, poe~ía.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 194
Ramón del Valle Inclán: Farsa y licencia de la Reina Castiza. Jornada 3.• . .•....................... , ....._.............. .
195
V

IV

I

�LA PLUMA

LA PLUMA

Adolfo Salazar: Apuntes para una geografia musical de Europa.
II. Rusia ..•...•..•..•.•.....•.••.•••••.•...............
Juan Ramón Jiménez: 1920, poesías ......••..•.....•.•...••...
Mario Puccini: Letras italianas .•..........••..•.•.•.••.•...•.
Jorge Guillén: La amistad firme en los mares caóticos, poesfa.....
Un critico incipiente: Teatros ....•...••••.••••••.....•...•...
Maria Enriqueta: Ojos grises, poesla ••.••.••.•.•..•.....••....
Antonio Espina: Inciso, poesla. . • • . . • • • . • . . • . • . . . . . • . . ..... .
Libros y Revistas: J. Moreno Villa: Vtlázqtuz.-A. de la Sota: Divagadones de un tranuuntt.-Eugenio d'0rs: Glosas.-Strindberg: El viaje de Pedro, el afortunadc.-Les amis de Proudhon:
Proudhon et not,e tnnps.-Revistas ..•.•......•..•••..•....
Gacetilla ... , ....••...............•..•..•..•.••....•.......

207
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26~
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282
288

NOMBRO 7.0 (DICIB.MBRB)
Rubén Darfo: Versos inéditos•.•...•.....••........•.•.......

NUMBRO 6.0 (NOVIB.MBRB)
Antonio Machado: Apuntes y canciones .......•....••...•.....
G. Jean-Aubry: Mérimée.......•..........•..•......•........
Nilo Fabra, poeslas .•.••.......•..•...•.......•.•........•.
La Dame de Creur: Crónicas de ...•.......••...•.......•.....
Pedro Salinas: Onematógrafo, poesías • . . . . . . • • • . • . . • . . . . . . . . .
Francis Jammes: Los trabajos del hombre, poesía . . • . . . . . . . . . . .
Adolfo Salazar: Proposiciones sobre el Hai-Kai............ . . . . .
El paseante en Corte: .,.castillo famoso.. . • . . . . • • . • . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Soneto blanco...............................
Francisco Vighi: Ferias en Cervera, poesla.....................
Ada Negri: El muro, poesia................ . . . . • • . • . . . . • . • . • .
Un critico incipiente. Teatro , ..•........•.......•. , . . • . . . . . .
Libros y Revistas: Pfo Baroja: La sensualidad pervertida.-Alfonso
Reyes: El plano ohlicuo.-S. R. Caja!: Chácharas de café.-Fran•
a

dsco Giner: Ohras completas. -Julien Tiersot: Un demi·-s{ecle
dt Musique FraníaÚe.-Paul: Landomry ,Brahms.-Carl van
Vechten: Tht mu.{ic o/ Spain ............................. .
Gacetilla..•.•......•.•.••.........•....•............•......

J. R. Jiménez: Edad de oro ................................. .
J. Moreno Villa: Cargos, poeslas............................. .
L. y A. Millares: El Viejo........•.•........•...............•
E. Vighi: Calendario, poes!a ..••.....•....•........•..•..•..
L. G. Bilbao: Melodlas lfricas................................ .
A. Salazar: Apuntes para una geografla musical de Europa. 1920.
ll. Italia .............................................. .
C. Rivas Cherif: La costumbre .............................. .
X. Improntu ..•................... .'..........•.............
Un crlttco incipiente: Teatros. PigmaHón ..•......•......•.....
Libros y Revistas . ......................................... .
Gacetilla.•.•.•..•....•.........•......•......... l.......•..

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3J 1
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26g

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276
278
279

m

�AJl.o l.

11

Madrid, Ja.aio 1920.

l

ERRATAS

Oos pa(abeas que
no están de más.

.

~d~ subsanarse a tiempo, apaPor un e1Tor de aJuste, que no p .
e· matógrafo&gt; págil
de Pedro Salmas, e me
'
rece trastrocado e poema
t h que intercalar entre los
nas 26~ 268.º Pdaeralalep;gtl?n:º~~c~~:~ ~os ª;ersos de la página 267, a
versos 2. y 3.
,
partir del 3.0 , y quedará así:
.
con dos líneas horizontales.
y el caos tomó ante los ojos

!

etcétera.
á ·
68·
Tras el 2.º verso de la página 267, cóntinúa en la p gma z .
que vivieron en valles floridos de la tierra
y besaron labios lzumanos.

Página 275 soneto blanco: 6.o verso d.t ce·. las cosas señaladas C01I
'
. l
as señaladas con un nombre.
mi nombre. Debe dectr: as::e· fiormar lo nuestro. Debe decir: buscar
Página 3171 verso 14
·
lo nuestro.
TI.U

periódico, que hoy por vez primera, desconocido lector&gt;
llega a tus manos, apenas te dará en su forma actual el bosquejo de nuestras esperanzas sin límites; pero quisiéramos
que desde ahora se defendiese ante ti con algo más que la buena voluntad de sus fundadores.
Mientras fué sólo un designio, pábulo de nuestra fantasía doproyectistas, lo adornábamos con todas las perfecciones imaginables
y nos parecía muy bueno; por haber distraído unas horas nuestro
tedio y habernos hecho reir de gozo alguna vez pensando en et inesperado suceso de su nacimiento, nos es caro. Al arrojarlo, por decreto de nuestra providencia, a los embates del mundo, se emancipa~
toma puesto en la vida pública, y en cierta medida ya no nos perteaece; pero antes de echarlo a volar, clavámosle este cartel, para qu•
STE

,.

�LA PLUMA
todos sepan qué criatura es ésta y lo que se esconde bajo su titule,
y cuáles fines nos han movido a extraerla de la nada. Si después se
tuerce o descarría, la culpa será suya, no de sus primeros hacedores,
que se acogen, como es propio de su papel divino, a un augusto misterio y no darán más explicaciones sobre su obra.
LA PLUMA será un refugio donde la vocación literaria pueda vivir e11
la plenitud de su independencia, sin transigir con el ambiente; agrupará en torno suyo un corto número de escritores que, sin constituir
escuela o capilla aparte, están unidos por su hostilidad a los agentes
de corrupción del gusto y propenden a encontrarse dentro del mismo giro del pensamiento contemporáneo; romperá el silencio, astuto
-0 bárbaro, en que la producción literaria languidece; las letras, proscritas de casi todas partes por los empresarios, alimentarán estos coloquios, donde no se dará al olvido ningún esfuerzo personal que
nazca de aspiraciones nobles y se presente con el decoro formal indispensable para merecer la atención de inteligencias cultivadas.
LA PLUMA no es otra torre de marfil, como se usaban-de alquiler la•
había-hace años; léijos de eso, sueña con adquirir una difusión proporcional al ímpetu de que nace. Si LA PLUMA vive, la unidad de s11
obra será más que aparente y mostrará esa faceta de la sensibilidad
española actual, que, al adopt:u el modo literario, enfrena los retozos
del temperamento y ve en la sobriedad, pureza de lineas y claridad,
los estigmas inconfundibles de la obra del talento acendrado por la
disciplina.

MADRl
Quietud, pereza, sol; la vi.da
se paró de repente.
Las
. voces, como de otro mundo·,
t-rreal, pasa un tren por el puente.
Un organillo, y otro, y otro,
mezclan su alegría extraurbana
Pobres porfiados, no cefan
'
en su petición chabacana.
Uno Y una al fin se deciden
como de limosna, sin gana.

y otros después: a todos los mece
la musiquitla embaidora.
Con el ri'tmo de las pare.fas
da vueltas, st"n huir, la hora.
Altá lefos, en el horizonte
ólanca y azul, la Sierras; evapora.

�LA PLUMA

Sttena"o... Luego, dando tum!Hs,
pasa un simón desveneqado.

LA PLUMA

BRONCA

\
l.,

Espesas, como el vino tinto,
como los naipes resobados,
como el puñetazo en la mesa,
resonaron las palabrotas.
Y tembló el mechero de gas,
y en los frascos medio vados
del anaquel, y en el cinc sucio
del mostrador, y hasta en el negro
eafón lleno de calderilla,
se contestaron sordamente
el soez insulto y el golpe.
Pero todo los repelía.
Saltó la puerta, se hizo añicos
un vidrio, se lanzó a la calle
todo el grupo forcefeando.
Voces, blasfemias, y, prudente,
¿a curi·osidad en la acera: ·
trasnochador~s, prostitutas.
Unos arrastran al más dócil.
Al otro, despet"nado, terco,
un borracho, con voz pastosa,
le dice frases que no escucha.
Vuelven los dos a la taberna.
La calle, otra vez sol#aria.

~1eoo
Arrabal de la canalla.
Mis pasos; no hay otro ruido.
Un /aro/junto a una valla
trémulo, solo, perdido.
Corta el sz"/encz·o la tralla
de un pavoroso silbido...
Me detengo, estremecido...
La nocht, siniestra, calla.

BNRIQUB DIBZ-CANBDO

s

�LA PLUMA

A las puet?tas del oteo mundo.

I

vejez del prof~sor Benedicto, do la ~acuitad de Cie_ncias,
babia sido labonosa, setena como su vida entera. Un noclaro, de sesgo curso, de márgenes llanas, tal le parecía, al volver la vista atrás, el medio siglo ofrecido a su vocación docente. La
falta de peripecias no le inducía a lamentar la brevedad del camino,
tan corto en la perspectiva: habíalo medido paso a paso y gustado
el sabor de cada minuto merced a la insaciable voracidad de su pensar. En el umbral del último sueño, Benedicto iO persuadía de no
haber rehusado a su inteligencia en tiempo, cebo ni ejercicio, cuanto
pudo darle sin hartura, y estaba contento. Gozó su espíritu de libertad
precoz: una madurez temprana le eximió del arrebato, desquite de la
juventud, que se anticipa al ser; la disciplina sofocó las llamas de la
fantasía, horno de su vida interior; una ·prevención taimada, reliquia de su progenie rural, le mantuvo distante de los émulos. Emancipado de la ambición y del amor, túvose por el hombre más independiente del mundo. Su libertad interior le permitió arribar a la
contemplación y reducir toda su actividad al juicio. Estaba contento
y no le remordía el despilfarro de la vida porque había asistido at
paso de la realidad, externa e interna, como al de un raudal sobro el
que el entendimiento vigila y medita.

'

A.

Benedicto se insertó con lealtad en la vida , de su tiempo. Benetlicto era leal, pero no ingenuo; la lealtad no excluye la cautela. Fundó
■na familia, desempeñaba un cargo público, y cumplió siempre con
parsimonia los deberes, a veces enojosos, nacidos de su nombradía.
Pensaba poco bien de las personas, sin inquina: la capacidad deconcebir una Humanidad mejor no le ensombreció el carácter, ni se
nlió de su propia excelencia para ceñirse las ínfulas de conductor
de pueblos ni de escultor de almas. Conducíase a veces con timidez
siempre con reserva. Su obra maestra era el silencio, asilo de su dis:
ereción, creado por su voluntad tenacisima, que poco a poco dominó
1 apagó las explosiones de ira con que de joven acogía los renuevos
de la estupidez verbosa, pululante en torno suyo. Menos tardó en
conocer su falta de originalidad: equel talento vasto y rápido, certero
no ~bía inventar. Benedicto no se descoyuntó, ni se embadurnó par¡
fingir lo que no era; por pura decencia se libró del histrionismo. Encerr~do_en sus límites, ~ada dejó dentro.de ellos sin explorar. Y así
habt~ visto pasar los a~os, sin prisa ni susto, indiferente a los signos
exteriores con que el tiempo va contando la rapidez de su andadura.
La vejez, limpit1. Y ágil, ya tan dilatada, habíale traído en recompensa-pensaba Benedicto sonriendo-un descubrimiento inesperado:
en contra de las prevenciones juveniles y de la edad viril se ufanaba
do vivir una vida valiosa.
'
. Toda España conocía de nombre al profesor, pero muy pocos sabian a qué atenerse respecto de su persona. Cultivaba una ciencia
abstrusa, _s~n provecho actual ni clientela de discípulos y aficionados
que le hiciesen coro. Su nombre no servía p~ra exhibirlo en hilera
eon otras glorias del país al evaluar la aportación española a la cultur~ europea. Benedicto era popular por motivos aj:mos a la sabi•u~1a. Recordábas~ que había estado en las Cortes de 1869 a 1873
•~hado a un partido antiborbónico, no se sabía cuál; la Restauración le apartó de la política y \'Í vió I uengos años en la obscuridad

•

•

�LA PLUMA
sin más ocupación que la cátedra y los libros. No iba a misa; en la
Universidad y en la Academia votaba siempre con la oposición; teníasele por hombre muy de la izquierda. Al morir los caudillos de la
Revolución y de la República, la figura del profesor Benedicto comenzó a iluminarse y a ocupar la atención, como resto venerable de mejores días. Él no alteró su vida ni consintió en salir de su soledad
gustosa; pero en la presidencia honoraria de todos los Comités de
reorganización posibles leíase su nombre; los manifiestos renovadores
carecían de autoridad si no los suscribía Benedicto; los jóvenes aprendieron a venerarlo en el Ateneo al oir contar los fastos de la casa, y
los periódicos liberales moderados comenzaron a discernirte el título
de «insigne república». Benedicto no entendía bien lo que eso quería
decir, ni tampoco el mote de «maestro de maestros, que sus enemigos le arrojaban al disponerse a fallarle al respeto; pero dejaba hacer,
abroquelado en su indiferencia por las cosas ajenas a su vocación,
hostil a cuanto no pudiera remozar sus ideas o su ingenio. Su silencio parecía amenazador, o astuto, o profundo. Los hombres de orden, no oyéndole gritar, se hartaban de llamarle sensato. En la Academia solían decirle: «Si lodos fueran como usted, ya podíamos
aceptar sus ideas.» Benedicto, alarmado, trataba de adivinar cómo
parecería él a los demás para merecer tamaño elogio.
Nadie sabía si la vida del profosor era decente o pecaminosa, nadie sabía si Benedicto era ladrón, incendiario, estuprador o sodomita;
pero como no se le había visto cometer ninguna de las pequeñas
ruindades que en la vida pública van consagrando a tantos hombres
al odio, al desprecio o a la mofa de los demás, una admiración humillante dominaba a casi todos; la virtud de Benedicto pareció sobrehumana; los informadores políticos escribían: el austero profesor. Tan
sólo los hombres ebrios de ideal pero sedientos de soluciones concretas le zaherían: «¡Es un hombre puro; pero es un ideólogo!» Era,
en fin, Benedicto una especie de mito, un símbolo tanto más venerado
1

LA PLUMA
cuanto más vetusto; como el sol y la lluvia doran las piedras, así la
.admiración y las injurias de los hombres le habían por igual cubierto
de prestigio. Ni siquiera era seguro que para muchos fuese un hombre vivo.
Una noche la muerte le salió al través del camino y sin pedirle
licencia se le puso al lado. Benedicto, viejo y todo, no la esperaba
todavía; nunca la había visto tan de cerca, y la miró dudoso antes
de reconocerla, mientras su corazón, soliviantado por la incertidumbre, quería·escapársele del pecho. Iba por Recoletos oon mucha pausa,
atento a la delicia de la noche, noche de la recién nacida primavera
-de milagrosa dulzura, oreada por el húmedo aliento de los campos:
En los claros del cielo, de azul transparente, límpido, ardían pocas es1rellas. Mirábalo Benedicto, y su alma, al contristarse de súbito, exhaló sobre la belleza del mundo un vaho de lágrimas, porque había
entrevisto la inminencia de la despedida. Sintió en su cuerpo la mor-dedura de un accidente amer.azador; tal vez aquello no sería nada;
pero antes de apelar a los recursos defensivos de que podía echar
mano en su apuro, sudó y se angustió, atosigado por el pavor de la
-carne, como una bestezuela en la agonía: tuvo la evidencia dolorosa
&lt;1~ su fin próximo, Y como si lo leyese en caracteres de metal, cuyas
anstas se le clavaban en el cerebro, vió que aquel mal inexcusable
era el mal absoluto, sin enmienda ni desquite, y que los arbitrios a
-que los demás, Y acaso también él, pobre hombre, acudirían para su
consuelo, no eran sino engañosos afeites y lenitivos para ar.1inorar la
feal~ad Y aspereza del trance. Sondeó el abismo que la razón no podía
medir; saboreó:la amargura de aquel daño infinito; padeció en un segundo la tristeza de toda la eternidad en que iba a no ser. La sombra
volcaba sobre Benedicto un silencio frío, denso, tan grave, que el profesor dobló la cerviz y siguió andando en su insólita compañía.
A poco se serenó con un esfuerzo que le hubiera enorgullecide
menos de haber visto cobijada en lo profundo de su alma la espe-

•

�LA PLUMA
ranza de errar en el pronóstico. La dudafué su reírigerio bienhechor. Eo
la noche jocunda, de tan amorosa ternura, los negros pensamient~s sedeshacían como el humo: el dolor parecía abolido, la muerte una idea
anacrónica. Benedicto, riéndose de su pánico, se dejó _contaminar por
la infantil frivolidad del mundo y aguzó los sentidos. Sóplaba el viento,
en frescas bocanadas, trayendo olores campesinos, olor a yerba jugosa a tierra mojada. En el cielo bogaban nubes negras, espesas, bajas, de bordes plateados por la luz de l~ invisible luna. Barrunta~do
la lluvia, el pecho se dilataba cgn el ahento de la noche. Benedictorespiraba a pulmón lleno, se golpeaba el tórax con la palma de la
mano, pisaba recio. Llegó a su casa cuando las primera~ gotas de
lluvia se enterraban en el suelo polvoriento. Tan confiado iba, que searriesoó a la prueba de subir a pie, y echó escaleras arriba con paso
ligero~ sonriendo de su calaverada: Cerca ya de su piso,_el terror, más.
que el agotamiento físico, le paraltzó. Su corazón trabaJaba como un
fuelle roto; le pareció sentir inflársele las venas, en las que pugnaba.
por abrirse paso con punzantes latidos la sangre embalsada-. «¡E_stoy
deshecho-pensó-, estoy deshecho!&gt; Subió casi a gatas, poqm~o a
poco, los últimos peldaño~, estupefacto con el éxito d~ su tentativa.
El profesor rehusó por mucho tiempo darse a pa~bdo. Cuando la
esperanza no fué posible, Benedicto se amputó heroicamente el a~etitn de vivir, sin improperar a la vida ni al mundo ni cerrar los OJOS
a su hermosura. No fué rápida la amputación, ni menos, placentera.
La ruina fulminante de su cuerpo le irritaba, como la deserción de
unas fuerzas auxiliares, hasta alli serviles. Sus hábitos éranle cada
vez más caros y se aferraba en cultivarlos, aun los muy penosos.
Cumplía con ostentación sus deberes oficiales. Se dispus~ a ~o~mar
en los tribunales de la Universidad, e intrigó como un prmc1pianteambiciosuelo para que el Gobierno le enviase a cuchichear con otros.
sabios recónditos en cierto Congreso de Copenhague. Otra embestida del miedo le decidió a consultar con el médico.

LA Pi..UMA
En un día suspenso, ap1tcible, salió de su casa a la hora habitual
J bajó a la Castellana. Anduvo despacio, deleitándose en la súbita

aparición de los jardines. Aunque ya corría mayo no los había visto
tan frondosos y exuberantes como ese día. Creyó verlos por vez pri-mera en el momento de plenitud de su nueva vida. Era un milagro.te la luz. Nubarrones obscuros, preñados de agua, estaban suspendidos en el cielo, velado por celajes blanquecinos. Una luz igual, sin
reflejos, sin brillo, sin fuego, hacía valer con suavidad las líneas y
tonos de los segundos términos. Sobre las fachadas innobles de )as.
casas, a lo largo de las calles, r~bosando de las verjas o en los parques opulentos, los árboles se enseñoreaban del ámbito, desalojado.
por el sol deslumbrador. Las masas de verdura adquirían un valor
inusitado. Sus formas temblorosas, ufanas, lanzadas en el aire, se esponjaban en reposo. Benedicto apacentó sus ojos atónitos, dejando
escapar de sus labios exclamaciones de contento; parecíale no haber
gozado nunca un placer sensual tan puro; pero en su ánimo, traba-jado ya por la tristeza, trasminaba una emoción suave, una dulce congoja, muy semejante a la gratitud. Veíase como nunca en las cosas
que amaba: eran su imagen, casi su obra, donde se le aparecía su vida,
concreta. En esta elevación de amor, proyectaba sobre el infinito por-.enir el haz luminoso del entendimiento, y al pensar el mundo sinil, se desolaba.
Benedicto creyó siempre muy en serio vivir transido de humanismo; pero esa comunión terminaba en la muerte; su próximo fin manifestaba los límites de su don de simpatía. Su acabamiento persona) era la extinción del placentero fenómeno que llamamos realidad
exterior. Benedicto podía concebir el mundo sin él, pero no a él sin
el mundo. Sin temores ni esperanzas, aferrábase a lo que daba testimonio de su propia vida. En su emoción ante las cosas descubría
ahora un fuerte caudal de amor de sí mismo, y empezó a creer que
llabia vivido mucho menos encastillado y remoto de lo que siempre,

�LA PLUMA
',i&gt;ensó. Reconocerlo así, era de su parte, un acto grande de humildad.
Desahuciado por el médico, Benedicto halló que su hábito de ne
rebasar con el deseo la realidad, cautelosa prevención de su egoísmo,
exigía de él por una vez un esfuerzo ímprobo; pensó que ese sacrificio réscataba con creces las pequeñas fruiciones solapadas que la abstención Je granjeó en su vida. Lo cumplió a ojos cerrados, como quien
•pasa un brebaje; en fin de cuentas, lo que hacía era disminuir su dolor. Su enfermedad era una cárcel, o más bien la capilla de un reo,
de la que se fugaba por la imaginación. Esas evasiones le alegraban;
pero luego moría mil muertes, y Benedicto, como Juan Jacobo, quería
morir una sola vez. La soledad del verano le fué propicia. Cuando al
reanudarse el curso se supo en la Universidad que Benedicto no pro,fesaría más, los que habían de ser sus alumnos se alegr!lron, porque
era meticuloso, preguntón y, como un dómine antiguo, obligaba a
empollar.
.
.
Benedicto había dado el paso más dificil al aceptar su mmedlata
-destrucción; en las disposiciones que tomó luego y en las palabras
•que dijo para prevenir d desorden en su familia y templar su dol?r
y el de sus amigos, puso una serenidad fría, como si fuese de cor~on
duro y seco. Su mujer, muy devota, se escandalizaba de aquella lmpasibilidad, que le parecía simplemente pagana; sus hijas lloraban a
~scondidas; sus amigos visitábanle rara vez, por no alarmarle; pera
nadie dudaba de la proximidad de su fin, del que Benedicto no volvió a hablar ni permitía que le hablasen, para evitar todo riesgo do
,enternecerse y de parecer sentimental.
.
Un periódico salió cierta mañana «con la gravedad del sabio B~nedicto&gt;; el gran público se tonvirtió en espectador de aquella ag~nía. Que su enfermedad postrera y su muerte ascendieran con celen-dad a la categoría de sucesos públicos, contrariaba la displicencia del
profesor. Benedicto creía tener bastante con la desgracia de morirse,
y no podía pensar sin repugnancia en la curioiidad frívola de las gen12

LA PLUMA.
tes que peñoraba con millones de ojos los muros de su casa. Postraclo ·en un sillón, miraba Benedicto a través de los cristales declinar el
sol de cada día de invierno y desteñirse las nubes rojas del poniente
en el azul blanquecino del cielo. Una similituJ fácil presentábase a su
espíritu, y gustaba de estar solo, en silencio, para contar con melancolía los últimos latidos de su corazón y decir adiós a la vida, amable
aón como una esperanza antigua que no hubiese llevado fruto. La esposa de Benedicto no pudo ni quiso respetar el recato del moribundo. Sacó primero de la curiosidad pública una manera de consuelo
.
'
persuadiéndose que el mundo no había hecho hasta entonces cabal
aprecio de los méritos de su marido; pero la notoriedad del trance
agravó en el ánimo de la esposa el sentimiento de su responsabilidad ..
La muerte de Benedicto podía ser un ejemplo, y aunque sabía bien a
qué atenerse respecto de la irreligión del catedrático, era pecado no,.
esperar, Y pecado también no hacer todo lo posible para evitar al roer.os un escándalo. Mucho pensó y maquinó la buena señora; al recordar que Benedicto tenía amistad con un cura, correspondiente de
la Academia a que el profesor pertenecía, le hizo venir y con pocos
preámbulos le introdujo en la alcoba. Benedicto le sonrió y con el
cesto le invitó a sentarse. Parecía que le aguardaba.
_-Yo no quería venir, qwerido maestro-prorrumpió el cura-;.
me1or dicho, me hubiera privado del gusto de venir para no alarmarle sin motivo. Estos hábitos nuestros, cuando entran en casa de un
enfermo, parece que anuncian un peligro inminent~, y causan miedo;.
tal_es el mu.ndo. Pero mi deseo de hablarle era tan vivo, y aquellos
senores se mteresan tanto por usted, que me ·he decidido. Usted no.
es un hombre vulgar con el que hayan de tomarse muy en cuenta esas
preocupaciones, ¿verdad?
. -Ha hecho usted bien en venir, si era su gusto-repuso Bened~ct_o-, Y ~i mujer ha hecho mejor rompiendo la consigna de no recibir a n1d1e. Será tal vez lo último que yo haga en obsequio de us--

•s

�LA PLUMA
ted ... Para saber lo que tengo encima y lo que me espera, no aguarda·ba, es claro, la venida de usted; me basta con el médico y con míi
-observaciones propias. Yo no había previsto conexión algu~a entre
.mi muerte y la presencia de usted aquí; si usted no me lo dice ... nt,
hubiera caído en ello.
-¡Oh alma serena! Si yo no fuese cristiano y además sacerd~te,
tendría que admirar la tranquilidad de usted. El mundo aplaudirá,
porque ve en ello valentía y orgullo, pero yo no ap~ueb_o, ami~o mí~.
Ese desprecio por la vida es el resultado de la sab1duna; es_a 1m~as1bilidad ante la muerte es fruto de la irreHgión. Sólo la creenc1~ ~n
:Dios podría estremecer y caldear su alm~, aprisi~~ada en un esto1c1smo rígido, casi extrahumano; la creencia derrehna su corazón e~durecido cuando se acercase ese instante de comparecer ante su Juez,
•que hace temblar a los más justos.
.
..
.
-·Entra usted en materia sin rodeos! ¡Muy b1en!-d1Jo Benedicto rie~do-. Evíteme usted una polémica tardía. Si tiene usted un
fuego comunicable, abráseme, yo no me opongo, pero no me as~sto
•un argumento. y 0 no quiero defenderme, nunca me he _defendido;
no tengo sistema, no tengo ideas sobre el otro . mun~o °,1 sobre ~¡
destino. Sólo sé lo que encuentro al explorar m1 conc1enc1a:·· Per~iame usted que le rectifique en un punto: yo no dt:sprecio la v1da
ni estoy impasible ante la muerte...
.
.
,
-¿Teme usted el más allá? ¿Lo desconocido? ¿Temena usted ... •
Dios?
-¿Temer? ¡No! Hubiese querido vivir aún ~lgo más; no estoy
cansado, no he concluido... La vejez me ha ensenado a gustar el valor de la vida; hoy la encuentro más bella que nunca. ¿Cóm? s~rá
sin mí después de muerto? Desde el fondo de un cuarto sohtano,
entre papeles y libros, puede uno insertarse en la trama del ~mndo
con más vigor que sus apasionados dominadores. El ~estmo, la
Naturaleza, el Dios de usted, ¡quien sea!, son crueles conmigo Y coa

LA PLUMA
tantos otros que quisieran y merecerían vivir. Doblo la cabeza ante
la necesidad y de su mismo rigor inevitable extraigo la calma; no
tengo dolor, ni rebeldía, ni conformidad; tengo tristeza... La muerte
misma no es nada. Después de mi hora, bien sé que no me tentarán
las cosas que dejo aquí.
-Voy a rezar por usted y por mí; rezaré por los dos. Yo tengo ese
fuego que usted dice, porque tengo fe; si no acierto a comunicárselo a usted es que soy un gran pecador. ¡Sí!, yo tengo fe en Dios, en
Jesús vivo, que nos juzgará a todos, a usted también; conozco su justicia infinita y su misericordia, que ni a usted ni a mí nos abandonará si se lo pedimos de coraz9n. Usted no cree: ¡yo rezaré por los
dos! Abandone usted, amigo mío, esa pteocupación por las cosas tenenales que le ciega a usted. Si en su vida-vida retirada, tranquila,
:austera, según el mundo-no encuentra usted caídas graves, si ha
c~mplido usted incluso con lo que su conciencia racional Je pide,
piense que su deuda para con Dios no está pagada...
-¿Mi conciencia? Verá usted. Mi conciencia de nada me acusa ·oh
.
'¡
•
no me mire usted así!, ni me condena, porque no es un juez ... Es
una crónica donde se empalman los fastos de mi vida. Me miro en ella
Y veo cómo fui, cómo soy; es como una cinta que va arrollándose por
-una de sus puntas. Ni sé quién la puso en marcha ni cuándo se romperá. Mis gestos van pintados a lo largo de ella. Unos me parecen
plausibles, otro~ ridículos, feos. A Jo más que llego es a desear que
algunos no hubiesen existido; pero ¿acusarme?· 1de qué por qué ante
'é ?
't
,
'
quin
_-Plausibles unos, feos los otros. ¿No está usted viendo ahí la acusac1ó~? ¿Y cómo pueden ser ungs plausibles, otros no, sin una regla
supenor que sirva de contraste, y cómo... ?
-Amigo mío-interrumpió Benedicto-, no se sofoque; si no, la
c?nversación dejará de ser gustosa para los dos. Yo le estoy describiendo a usted un sentimiento mío, que es así como yo se lo pinte,,

•s

�LA PLUMA

LA PLUMA
sin que de mi parte pueda ser de otra manera. Usted me quiere replicar con un raciocinio; es perder el tiempo. Ni la ocasión ni mi gusto
se prestan tampoco a eso. Sepa usted, además, que esa regla superior
de que habla, yo la poseo. Tengo una moral. Cuando le he dicho a
usted que unos actos míos me parecen feos, no lo he dicho a tontas
y a locas. La fealdad y la inmoralidad se confunden.
-¿Y cuál es su moral, si puede saberse?
-Sí, sí. Mi moral es... ¿cómo decir?, la moral del bien ajeno, la sumisión a lo que pide el grupo en que uno está enclavado: familia,
,iudad, nación; el sacrificio, la anulación de los apetitos e instintos
personales ante la regla del bien colectivo ...
-¿Una moral de sacrificio sin Dios? ¿Una moral que pretende
domar las pasiones sin ofrecer recompensas ni amenazar con el castigo? ¡Qué absurdo y qué fracaso, amigo mío! ¿En nombre de qué esa
sumisión, en qué aras ese sacrificio?
-En nombre y en las aras de nuestra condición humana, de la
cual nace esta aspirabilidad sin límites que nos entristece, per0 también nuestro orgullo noble. Somos la conciencia del Universo. Frente
a mí, la Humanidad es eterna. Mis actos valen si concurren a aumentar esa vida de la especie y amplían la inteligencia y la libertad.
-¡Palabras, pedantería, orgullo tan antiguo como el mundo! Afeites con que la impiedad quiere encubrir su rostro corrompido. Debajo
de esas fórmulas vanas, de las que Dios está ausel)te, ocultáis vuestro egoísmo, vuestros apetitos adorados.
.
-Amigo y señor-dijo Benedicto extendiendo un brazo hacia el
-cura-, yo le he tenido a usted siempre por hombre despierto Y de
buena fe. Más candoroso que inteligente, lo digo con sinceridad, pero
libre de la impertinencia proselitista, libre, sobre todo,de aquel abyecto fanatismo que niega al disidente toda rectitud, toda pulcritud Y el
honor. ¿Será usted un cura absolutista, un cura guerrillero, ca~~ de
edio, capaz de perseguir, refugiado hasta hoy en las matematicas?
1i

t,erá usted de aquellos que a un error de la inteligencia le atribuyen
por causa una perversión moral?
-¡Perdóneme usted, perdóneme usted! He sido orgulloso no he
tenido caridad. Yo soy el más pecador de los dos. ¿No quer:á Dios
servirse de mí para esta obra? ¡De rodillas le pido a usted perdón!
No con palabras, con mis lágrimas quiero volverle al sentimiento cristiano...; es mi deber... , es mi más vivo deseo. ¡Me pesa haber sidoduro'y violento al hablarle!
-¡Oh, o~! ¡Basta... í ¡Qué escena! ¿No ve usted que me altera, que·
me hace sufrir? ¿Para esto ha venido usted? ¡Qué ofensas ni qué perdón! Serénese. Me desagrada que nadie se rebaje o se humille ante
mí ni por _causa mía. Si yo no tengo fe, no es de usted la culpa.
~en~?1cto entornó los ojos, fatigado. El cura se rehizo un poco y
pros1gu10 con voz más grave:
-Si no tiene usted fe, ¿le pesa no tenerla? ¿No desearía creer?
-Nunca me he sorprendido la menor veleidad de ello.
-¿Y no ec~a usted de menos a Dios, un Dios de amor a quien
ofrecer ~us acc10nes buenas, y aun ese mismo dolor que ahora siente al deJar este mundo?

-Sinceramente, no lo echo de menos. La actitud de los incrédulos que van por el mundo lamentando su incredulidad y envidiando
su fe a los creyentes me parece una superchería necia.
~~etlexione u~ted siquiera en la posibilidad, nada más que en la
pos1bll~dad de e~mvocarse. Examine la posibilidad de que haya Dios,
Y un cielo! un mfierno... ¿Qué sería de usted? ¡Vamos! ¡Conteste!
-Habna hechv un malísimo negocio.
-~ntonces, ¿no cree usted que vale la pena de pensar en ello y
de excitarse a la f~ Y a la penitencia, ya que no por amor, por miedo?
-La prudencia más elemental lo aconseja así. Pero dígame: ¿es
que no tengo que hacer sino tomar un salvoconducto expedido por
usted?
2

'

�LA PLUMA
LA PLUMA
-Tomarlo, sí. ¡Habiénd0lo merecido! Confiese sus culpas y arrepiéntase de ellas.
-Confesarlas, fácil es. ¡Hasta donde mi memoria alcance! Arrepentirme, no sé si sabré. Cuando repaso los sucesos culminantes
de mi vida encuentro muchas cosas que quisiera no haber hecho,
por ejemplo: alguna vez me he quedado con bienes ajeno~. ¡Oh, no
crea usted en un hurto infantil, no! Antes de ser catedrático, ante~
de casarme, cuando yo era un misterio para los demás y
mt,
unos cuantos miles de pesetas del Tesoro público, que yo tema que
administrar en un destinillo, pasaron a mi bolsa. Mal hecho, ¿verdad,
Pues mire usted, sobre eso se funda mi vida entera: ese dinero ~e
permitió vivir independiente, viajar, tener buenos libros, esp~ra~ ano
tras año mi aqvenimiento a la cátedra ... Yo ~reo que he restituido a
la sociedad con mi trabajo aquel anticipo forzoso.
-iQué abismo de sorpresas es la vida! Usted tiene a su carg•
un hecho así, y está sereno.
-¿Un hecho así? ¡Y algunos otros que le sorprenderían a u~ted
más! Todos ellos 00 me han impedido ser un hombre honrado. Mt corazón no se ha corrompido, siempre quise ser mejor Y me esforcé
por serlo.
-Si sus fechorías llegan a divulgarse, habría dado usted en la
cárcel con su honradez; el mundo Je habría despreciado...
_
-Ya me lo figuraba yo; por eso tuve buen cuidado en ocultar~•
delito. Lo conseguí. Era hombre honrado, y la justicia ~edía que mis
faltas no me perdiesen. Los delitos de los hombres h_onrados-es decir, de los que no han roto el equilibrio de la morahdad en favor del
mal-deben quedar, y casi siempre quedan, en la sombra.
-¿ y su conciencia? ¿Y su moral del bien ajeno?
.
.
-Mi conciencia se limita a recordarme eso que hice a mis vemte
años. Si ojease un periódico de entonces, recordaría los sucesos que
más me llamaron la atención y reconstituiría una parte del mundo

Pª;ª

11

exterior en que viví, como rehago un poco de aquel muchacho ya
olvidado. Muy bien sabía yo entonces que lo hecho era malo; tal vez
mi inteligencia me lo hacía ver así; pero no luché, no me atormenté.
Medio siglo después, ¿quiere usted que me aflija por lo que hice? Si
hoy poseo una norma de conducta elevada es que he progresado;
he vivido en el estudio, en la meditación, soy casi otro hombre.
-Sea usted cristiano un segundo al menos; vea su miseria, mire
que está a punto de oír su sentencia y piense que será terrible. ¿No
siente haber ofendido a Dios,
-¿Dios? ¡Desconocido!
-¡Infeliz! ¿Quiere usted condenarse?
-De ninguna manera, ya se lo he dicho. Una eternidad de tormentos es un peso superior a la resignación y a la ironía. ¿Qué hacer?
Recorniéndeme usted, por si acaso, a las potencias celestiales.
-¡Haga un acto de fe, dígame que cree en Diosl
-¿Basta decir si, aunque por dentro no crea?
-¡Oh! Aprovéchese al menos del terror de la carne. ¿No sabe
usted que va a morir, que su fin está próximo, más próximo de le
que cree, que tal vez esta conversación es la última tabla que la misericordia de Dios le arroja para salvarle? La hora llega, es inminente
despertar en la otra vida, ¡y qué vida si es para padecer sin fin!
-Me asusta usted, sí; me asusta usted; creo que me hace sudar
de miedo. Sería un destino bárbaro el mio; pero no me enciende usted
la fe, no estoy contrito; y yo no me niego, yo estoy bien dispuesto.
¡Qué más quiero que no ir al infierno, si lo hay!
-Satanás habla por boca de usted.
-No lo crea; soy un hombre de buena fe. ¿Volverá usted otro día
a continuar su obra? Hoy estoy cansado, muy cansado.
-¿No quiere ·usted humillar su orgullo, pedir perdón para que yoie absuelva?
-Absuélvame si puede y quiere; yo no roo oponge.

,,

~

�LA PLUMA
-¡Dios mío, Dios mio! ¡Qué obstinación! Ofrézcame al m:nos
hasta que yo vuelva que pensará en estas cosas, que se esforzara en
tener buena voluntad, que deseará lo mejor para su alma y se pon- ·
drá en las manos de Dios.
-Lo que yo le ofrezco es no cortar el hilo de mis pensamientos.
Su rumbo no sé cuál será. Y ahora, hasta más ver. Escuche: como
hombre y como sacerdote, prométame una cosa: usted no entrará aquí
sino mientras pueda conversar conmigo.
-¿Cómo?
-Que si pierdo la cabeza o el habla o los movimientos, usted no
pondrá más aquí los pies. '¿Estarnos?
.
·-sea. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!
Después de llorar con la esposa la contumacia del incr~dulo, el
cura se retiró sin perder por completo la esperanza. Su candad era,
por decirlo así, belicosa; quería expugnar el corazón de Benedicto
como una fortaleza guarnecida por Satanás. Y una voz secreta, la voz
.de su celo cristiano, decíale que aquella obra la cumpliría él, instrumento, aunque indigno, de la bondad celestial. Pe~cibió señales_ del
an eJ·emplo que Dios quería hacer en la conversión de Benedicto;
gr uelta al redil iba a ser notoria, como su descarno.
. p or vias
. mis
. tesu V
.
" .•
· sas se esparció la noticia de que Benedicto habia pedido
no
. co01es1on.
e Ya le han metido un curángano en la alcoba&gt;, decian unos, rechinando los dientes, en lo que se conocía su espíritu _infernal.
c·Oh la muerte les baja a muchos los humos!», decían otros, con
1 de
' triunfo, como si en la conversión d el enemigo
.
. an el
sonrisa
v1er
desquite de una humillación antigua.
Al día siguiente un periódico católico aludió veladamente _al suceso: cConforta el ánimo pensar-decia-que, como ha escnt~ un
gran historiador de nuestra gloriosa literatura, muy pocos espanoles
mueren en la impenitencia.•
El cura se preparó con muchas meditaciones y rezos para el nue-

LA PLUMA
vo combate de aquel dia; en lo mejor de su piadoso ejercicio paróse
a considerar la hedionda miseria del corazón humano, aun en sujetos
de vida pulcra en apariencia, como su amigo. ¡El austero profesor era
ladrón! Había robado, y pretendía además explicar y justificar su
desafuero con razones al alcance de cualquier salteador. Comenzaba
a sentir el cura, ante la iniciada confesión de Benedicto, un fervor
compasivo, cuando una idea de inspiración diabólica se enseñoreó
de su mente. El profesor ¿habría mentido? Toda aquella historia del
robo, el glacial cinismo con que la contaba, ¿no serían embustes improvisados para burlarse de su furia apostólica? Al cura le repugné
la idea y empezó por desecharla; pero era impaciente y soberbio; en
la posible chanza de Benedicto vió un agravio person:il, según el
mundo, y se consideró en ridícula. Coligió todos los rasgos del carácter de su amigo que abonaban sus sospechas, y pronto fueron casi
certidumbre. Después de todo, el tal Benedicto, ¿no había sido siempre un egoísta desalmado, un zorro, un burlón frío, en quien se prolongaba «el último eco de la risa de Voltaire?» El cura concluyó por
indignarse, y se lanzó a la calle encaminándose a casa de su amigo,
resuelto a poner las cosas en claro. Benedicto le deparó el chasco
final. El profesor había muerto dos horas antes, !:in pedir nada ni h1tblar con nadie, llevándose el secreto de su austeridad. El cura sintió
derrumbarse su cólera; sobrecogido de pavor, rezó ante el cadáver.
No se habrá olvidado aún el alboroto de que fué ocasión el entierro de Benedicto. La Iglesia, ayudada por la familia, reclamaba s~
despojos; los librepensadores querían, por su parte, hacer propaganda con el muerto. La disputa, breve, fué intensa, tanto, que se pensó arreglarla incautándose el Gobierno del cadaver para enterrarlo
con pompa militar. Al fin, Benedicto era una gloria nacional. e El espíritu ecuánime del Presidente del Consejo-decía un periódicoaccederá seguramente a_lo propuesto, con lo que se daría además una
prueba del amplio criterio liberal del régimen.&gt; El testamento de Bo21

�LA PLUMA
nedicto zanjó la cuestión: «Prohibo que me vistan después de muerto-decía-; prohibo los honores de toda especie. Quiero que me
entierren en el cementerio civil, en un hoyo sin losa ni nombre.•
Así se hizo, una tarde de márzo en que el vendaval, duro como granito, arrastraba locamente por el cielo jirones de nubes. Los secuaces de Benedicto congregáronse a mHlares para tributarle el homenaje postrero. Los más acérrimos subieron al piso, se apoderaron del
ataúd, y sin admitir que lo cargasen en el carro, se dispusieron a
eumplir el rito a que están sujetos los hombres de tal categoría. Consiste en llevarlos a los lugares que más frecuentaron en vida para figurar el hecho de la separación material causada por la muerte. A Benedicto le pasaron por delante de la Universidad y de la Academia,
por delante del Ateneo y del Congreso. Este rito, probablemente
local, no implica ya ningún sacrificio sangriento: se ha perdido la
costumbre de degollar, para enterrarlos con el muerto ilustre, a un
cierto número de sus colegas, camaradas y conmilitones. El paseo por
Madrid es sólo fatigoso; aquella vez lo fué como nunca. El frío arrancaba lágrimas a los portadores del muerto. La muchedumbre fué aclarándose. Ya anochecía cuando el cortejo llegaba a la carretera de las
,ventas. ~ntonces se echó de menos el carro fúnebre que los entusiastas habían despedido casi con amenazas. Dejaron el ataúd en la
cuneta, refugiáronse algunos en los ventorros del camino, volviéronse los má&amp; a Madrid, y cuando pasó un coche fúnebre, de regreso
del cementerio, se consiguió que recogiese a Benedicto ~ lo llevase,
ya Roche cerrada, al depósito, donde lo dejaron tendido. Pero Madrid había visto en sus calles una manifestación grandiosa. «Pueblo que así honra a sus muertos-escribía el redactor de un periódi•o-se honra a si mismo.&gt; El redactor tenia-y en gran manera lo
admiraban por ello-el don de elevarse de lo particular a lo general, que es en esencia el don de la sabiduría.

MANUEL AZA~A

Esta 11,ocke se me ha hu1'dido
casti'/lo de naipes.
El juego era serio. Un
casti1/o de naipes puede
ser albergue bienhadado
por toda la viaa. ¿Acaso
110 ltay hombres (Jut ta/tan mármoles
y ponen pi·edras encima
de piedras, supremo arte
que llaman de arquitectura?
Yo iba poniendo los naipes
u110 al lado de otro, todos
trabados por voluntad
y no por su peso propio.
Pero el azar pudo más:
a/tí estdn las cartas todas
desparramadas, y dicen '
fut ellas son para jugar,
para ga,iar lo perdt''do
u,, víspera
1se

�LA PLUMA

y perder lo que se gana
otro día. Nada más.
Para deshacer y hacer
como las aguas del mar.
«¡Jugador, fzuga tu carta
seriamente, que ya está
preparándote un castillo
mefor que et tuyo, el azar.. .!
¡Si es que ganas...!»
Pero yo p1:enso en que tengo
mue/zas cosas que guardar.
Y mientras el alma oye
voz de fugar y dudar,
las dos manos
sobre los naipes se van
a salvarlo todo, y vuelven
a empezar.
PBDRO SALINAS

APUNtes
paca una geogcafía musical
de eucopa.
(1920)
- Trrrcrrrrrrrr...
-¡Ras! ¡Rasl
-Se ha déscorrido el telón. lQué se ve en el escenario?
-Un cielo limpio, una luz suave, unos arbolitos tiernos, un arroye
daro.
-¿Será un paisaje nuevo o una segunda parte de la misma~
-La escena se ha cambiado, el ambiente es otro, los personajes soa
gente bisoña. Todo es distinto. No se quiere proseguir más la comedia
vieja. Conceptos, creencias, sentimientos, voluntades, todo titme un norte
diferente; se ha mudado de orientación. Hay otros dioses en los altares y
son más armoniosos los sacrificios. El nuevo mundo es una isla alegre, luminosa y florida en medio de un mar pagano. No profundo, sino transparente. No grandioso, sino lleno de reflejos. El aire es tibio y perfumado.
Corazón liiero y vinos claros.

I

Francia.

.

En estos apuntes para una geo~afla musical de la Europa contemporánea, Francia se lleva la papeleta más extensa. Ayer se la hubiera lleva-

ª•

�LA PLUMA

1
1

LA PLUMA

do Rusia; antes Alemania, Italia, Francia otra vez en tiempos más viejos.
No ahora, sino antes de la tormenta, Francia se babia preparado ya para
el cambio; virtualmente lo habla realizado ya, pero sólo después del
estruendo es cuando esto se comprueba, cuando se ve que el arte nuevo ha
p erdido todo contacto con el de antes de la guerra.
La transformación se opera en Debussy. Nos basta detenernos en Debussy sin remontarnos más atrás. La revolución debussysta es la primera
fase del cambio. Vamos a ver cuáles son sus aspectos diferentes; esta primera parte, o sea el periodo debussysta, es una protesta de la sensibilidad.
Primero, contra el cobjeto•, esto es, el asunto tratado. Segundo, contra los
«medios•, esto es, los procedimientos para tratarlo. El asunto fué, pues,
en slntesis, una protesta de orden estético; la cosa protestada fué el almacén sentimental del romanticismo y la técnica alemana con que se expresaba.

**•
Con Debussy la música cambió de clima, de atmósfera, de perspectiva.
Otro paisaje y otro ambiente.
Después de Beethoven, la música adquirió un valor de 01'den ético totalmente distinto al que tuvo en tiempos de Mozart y, con más razó:i en
tiempos anteriores. En este nuevo aspecto, el arte musical llevaba una ganancia y una pérdida. Parecidamente a lo ocurrido con la pintura, el arte
se elevaba en «consideración&gt;, pero bajaba al mermar su función natural;
decoración, embellecimiento de la vida. La «pintura de museo• se emparejaba con la «música de concierto•. Ganaba diariamente en intensidad, en
intimidad, en agudeza; pero se hada especialidad de competentes. To.davla
en tiempos de Mozart y de Haydn el arte de salón era sensiblemente el arte de la calle: no había diferencias profundas; los compositores se diferenciaban sólo por la calidad de alma. La «sinfonía• fué el vehfculo de la transformación. En la «danza•, elemental de construcción, comenzaron a trastro•
carse los términos. Se dió sin cesar cada vez más importancia a la trama y
menos importancia al bordado. Nada eso que se llama el «tecnicismo&gt; por
los profanos y el «sinfonismo• por los profesionales. La música se hacia
~

llD arte

de mover el corazón (valga la frase) en vez de ser un arte de tren-

.zar los pies. Beethoven le dió patente de trascendencia; y luego todo el si--

glo XIX se cebó furiosamente con el pobre arte sonoro, al que hizo exclusivo intérprete de sus enervamientos y lo utilizó de alcahuete.
La reforma debussysta es de una incomparable depuración y dignidad.
~brió las ventanas, entró el sol y el aire claro. Su música fué una música,
sensual que reemplazó a la música sexual y a la música intelectual del siglo
caduco. Quería volver a ser, como en tiempos del clave, un arte ingenuo
J valedero por su estructura sonora. Todavía, sin embargo, estaba lleno
de petulancias del mil ochocientos. Es verdad que babia acercado la
música más a los nervios y a la sangre, más al juego divino y eternamente·
nuevo de los sentidos; pero lo hizo precisamente con el mismo procedimiento vicioso de los románticos: por especialización, no generalizando.
Es verdad que habla abierto las ventanas, pero eran las ventanas del museo. Hizo entrar la luz clara en el salón, pero no sacó al jardín la estatua..
Llevó el fauno y la tarde de julio al concierto, pero no consiguió desnudarnos y llevamos al paisaje griego.

. Al lado de_ Debussy, que es el agente transformador, el más grande·
agitador artlstico después de Beethoven, existen dos factores muy notables
en el proceso de la renovación musical francesa. Además del valor puramente particular de cada uno de ellos, tienen una importancia general y
es la de haber hecho continuar el movimiento, dentro de su mismo pals,.
cosa no ocurrida en otros, según se verá más lejos.
Probablemente esos dos músicos a quienes nos referimos no aceptarlan de buen grado este papel de colaboradores. Entiéndase bien que no
lo~ señalamos nosotros como colaboradores del debussysmo. Nada más
lejos: lo que entendemos es que por ellos dos continúa el movimiento de
reforma, el proceso de evolución, la transformación, en una palabra, aún,
no conseguida.
Uno de ellos-Mauricio Ravel-, porque no se considera influido por·
la técnica ni las ideas de Debussy-y a muy ju,;to título. El otro-Erik.
27

�LA PLUMA
LA PLUMA
Satie-, porque en cierto modo se considera un' precursor de Debussy.
Y aun el ver citados juntamente a ambos artistas parecerá a muchoa
cosa chocante. En efecto, objetivamente, sus obras son profundamente diferentes y el concepto respectivo sobre la •categoría• del arte también.
Para Ravel el arte es t odavía la superhombria: por caminos de perfección
se encuentra el Olimpo. Satie es un tipo de nihilista. ~Superioridad? Hace
una mueca y se sonríe. Pero ambos creen en la profunda necesidad de la
construcción y de la depuración de todo lo supérfluo. Sólo que en Ravel
la complicación •material&gt; es natural y en Satie su sencillez aparente es el
extracto de un complicado alambicamiento. En el límite, ambos representarían la cristalización pura e inmácula de un tipo: esto es, el academis1110
en su más elevado concepto. El aspecto burlesco de uno y otro, el frío
sarcasmo que sus obras aparentan es, en cambio, un trait-d'union menos
importante de lo que pudiera creerse; pn'meramente, porque la ironía en
que se mueve casi todo el arte actual es una resultante de su puntó de
vista respecto a la triple posición del creador sobre el arte (antes), como
realización (en) y respecto al público (después); segundamente, porque la
ironía en Ravel está in adjecto y en Satie in objecto. Ravel hace muy seriamente su broma. Satie toma muy irónicamente su seriedad.
La importancia de Ravel, como copartícipe de la transformación podría definirse: consagra la radicalidad en el procedimiento. Pero la de Satie es mucho mayor: prepara al cambio de concepto ético, defunción y lo
thace precisamente afirmando la sustancialidad del principio clásico. En
casi todos l,os dichos y los hechos de la más joven gente francesa hay el
,mismo doble anhelo: quüar importancia y equilibrar como k,s c/dsícos.
0

•••
Los últimos retoños del laurel francés son gente bisoña que se ha agrupado alrededor de Erik Satie. Se titulan los •nuevos jóvenes», o mú corrientemente los •seis&gt;. Tienen un portavoz: Juan Cocteau (1).
1( 1) Véase su op6sculo Le Cog el r Arleguin. Lo qu.e citamos entre comillu
pertenece a este librito tan rico de sentido.
28

,Qné harán los •seis,? Extremar las cualidades que ~encontramos en el
arte post-debussysta: llevar cada cosa hasta lo colindante con el absurdo.

Al criterio de libertad técnica oponen un no-euclidismo aún más radical,
por eso, por ir a lo más interno de la rali. A la pretendida ekvación de
pensamiento, una buscada trivialidad, un caire fácil&gt;, sin grandezas ficticias; las sonatas de Poulenc son el mejor ejemplo. No quieren comprar
•valores firmes•; esto lo consideran en un joven como una verdadera vergüenza. Ni tampoco debe ponérselos en la piedra de toque; •todo valor
que se prueba es un valor vulgar•. Esto lleva consigo un renunciamiento
a la historia. Es· verdad y es trabajo costoso. • Es duro el tener que negar,
sobre todo, las obras nobles. Pero toda afirmación profunda necesita una
negación profunda.•
•Nada de sueños; pero sobre todo, si te afeitas la cabeza no te dejes.
tupé para el domingo.• •No se trata de cambiar de traje. De cambiar de
piel es de lo que se trata.• No se preocupan de adoptar una actitud de
vanguardia meramente decorativa. Saben que hay que ir escalón por escalón, so pena de tener que volver a subir para bajarlos. Están donde deben estar; •si una obra parece avanzada sobre su época, es simplemente
porque la época retrasa,.
Hombres vivos y artistas póstumos, proclama Cocteau. Les interesa, sobre todo, este aspecto de la vida ligero, fácil, gracioso, divertido, al dfa,
•música a la medida del hombre. Nada de nubes, ni de olas, ni de acuariums, ni de ondinas, ni de perfumes nocturnos. Una música a ras de tierra es lo que precisa; una música de todos los días,. •No más músicas en
las que uno se deja flotar largamente; quiero que se me construya una
música en la que pueda vivir como en una casa.» Satíe respondió escribiendo su •Musique d'ameublemenb .
Si están ya lejos de Debussy es porque velan que el impresiQnismo no
era más que el •contrecoup• del romanticismo, los últimos rumores de la
tormenta. Y su música es aún de la que hay que escuchar con la cara
entre las manos. No. Una música de tal índole es todavía sospechosa. Lejos, lejos del teatro y del teatralismo. cEl teatro está siempre corrompido;.
el café-concierto a menudo es puro.» Conviene adoptar una cierta actitud
frlvola. ~Comienza la gente a reírse? Buena señal. cNo es que todo lo que
29

�LA PLUMA

' que l1J bello y nuevo excita
haga reir a la gente sea bello o nuevo, sino
, fatalmente la risa de la gente.•
.
En Darius Milhaud acaso el más granado de toda esta cosecha, aun
verde; en Francis PouÍenc, acaso el más frescamente jovial, el más puro
(su rapsodia negra es netamente bella, y los trozos de. pi~º.º y las sonatas
positivamente deliciosos); en Georges Amic, el .•~ás mc1~1vo, más agudo
y más perspicaz; en Mlle. Germaine Tailleferre-lmsmo pn":1avera_l, verde
·-tierno- en Luis Durey, en Honneger, hay además de sus mtenc1ones un
rico val~r •objetivo•. No creo que su obra pueda ser con,iderada como
un movimiento sin consecuenci~.
.
Ciertam,.nte no es cosa tormentosa al buen viejo estilo romántico: ea
cosa simple y sonriente. Viento suave que ondula el mar dorado. C~b•ado
•el sentido de la •importancia•, ésta no se hace ya en hondura stno en
superficie. Los •nuevos• aspiran a hacer del arte un objeto de t~d?s loa
dias, que 'ayude al agrado del momento y que contribuya al ah_v10 del
trabajo cotidiano. Si se permite el juego de palabras, su obra quiere s~r
, profundamente ligera, en contra del romántico, que no pasaba de ser ligeramente profundo.
ADOLFO SALAZAR
• 1

de "la Dame de Cozue".

II

Dame de C&lt;.r.ur está en Madrid. No la busque:1 ustedes en Parisiana, porque esa no es la verdadera, y porque podrfa saltarles otra
figura u otro color. Bien cerca la tienen: ella misma les sale al encuentro en estas columnas impresas, si no con el corazón en la mano, con
dos corazoncitos gemelos en sendas esquinas del naipe.
Estos dos corazones se los ha dado el azar, padre suyo muy respetado, si no del todo respetable, para que corra por la vida como cumple a
una señora de su alcurnia. La Dame de Creur, como Magdalena, ha amado
mucho; lo cual equivale a decir que ha sufride mucho. Pues, en una época
en que tuvo que hacer de mecanógrafa, cuando vivía en Londres y la llamaban Miss Proserpine Garnett, se ocupó, aprovechando raros momentos
de ocio, en clasificar amores y penas por orden rigurosamente alfabético,
y en guardar los unos en un corazón y las otras en el corazó n de la otra esquina. Pero nunca pidió a su musa-la Musa de la Mecanograffa, claro está,
A

U1tjiort

en- famore
t jJtr fodio una s&lt;Ulta,

porque amores y sufrimientos no llegaron a dejar semilla de odio en nin-guno de sus corazones: los dos están igualmente floridos.
Sin querer, y dejándose llevar por su alma, femenina al fin y a la postre, la Dame de Creur ha sido indiscreta. Ha faltado, para empezar, a
la elementalfsima discreción que manda callar lo propio y sólo hablar de lo
Jl

�LA PLUMA
ajeno. ¿Quién le mandaba a ella decir que ha sido mecanógrafa? ¿No la
hará desmerecer tal profesión en el concepto de las lectoras linajudas?
Para consolarse, no le queda otro camino que el de una nueva indiscreción. a expensas propias: recordar otros tiempos, más lejanos aún, por
desgracia, en que fué pajarita de ciudad y atendía por Mimí Pinson. Entonces le importaban poco cuna y linaje: lo que le hace sentirse orgullosa de
aquellos días,
ce n'estpas, on se l'ímagíne,
un manteau sur un écusson
fourré d' her•nt'ne.

Advierte ahora la Dame de Creur que desde entonces le ha quedadocostumbre de acompañar su trabajo·con cancioncillas en boga; sólo que,.
para andar entre literatos, gente asaz burlona, lo disimula citando a los.
poetas-en el buen sentido de la palabra. P«rdónesele esta debilidad en
gracia a la sencillez con que la confiesa.
Otro grave defecto tiene aún, y este sí que teme que no se lo han de·
tolerar las gentes graves de la revista: es charlatana hasta dejarlo de sobra.
No necesitará probarlo de manera más elocuente que con este primer articulo, en el cual ha dicho de si misma cosas que a nadie le i~portaba
saber, y no ha llegado, en cambio, a decir nada de lo que se proponía..
Achaquémoslo a falta de espacio, puesto que ya, como todos los escritores, y aunque no tenga ni la idea más remota del original acumulado en la
revista, sabe que con esa excusa siempre se acaba bien un articulo.
En los próximos hablará de cosas más sustanciosas, si Dios no lo remedia. Y cuando no halle a mano asunto de actualidad palpitante, le bastará
echarla a uno de sus dos cor:azoncitos, que no han dejado de palpitar, y
extraer un recuerdo de amor o de pena, con que, lectoras mías, os pongáis
soñadoras. Ya sabéis que están perfectamente clasificados. De lo que nunca os hablará, tenedlo por seguro, es de los bailes de Tórtola Valencia;.
tampoco de trapos, plumas y modas: eso es cosa de hombres.

LA DA..'113 DB CCBUR

•·· castillo famoso.

I

no me insp_ir~ una afición violenta. Si el amor propio de mis.
paisanos. no se 1mta, añad"iré que Madnd
. me parece . ó d
desapacible y en la ma
1nc mo o,
Madrid es un poblachón
I yor parte de sus lugares, chabacano y feo
ma construido en el que
b
•
pita!. Madrid se apelmaza e
'
se es oza una gran cal
n unas costanillas en u
d
b
o alto de unas colinas (yeso d V 11
, ..
nos er~um aderos, en.
justicia) y no se atreve a esp::cir: ecas,. guIJiu:os. puntiagudos, sol de
(Prado-Castellana), es como plaza dee,: saltr de s1 m1sm_o. Su gran Coso
a contemplarse; no le sirve ara ir p eblo, a la que baJa Madrid a verse►
tad (asila llamaron unos c:nce·a1~ ~arte a_lguna: la Avenida de la Liberotras avenidas madrileñas
1
~publtcanos) desemboca, igual que
, en un rastroJo Más de u
'lió d
d orosos se debate en la angostu d
.
n m1 n e cuerpos su. i r
ra e estas calles grit
in e ices bestezuelas que se hubiesen d .
,
a y se atropella, 1,:omo
En Madrid lo único es el sol La 1 . ~Jado coger en una jaula sin salida_
ria, y se abate sobre las co~s couz :~~ a~able descubre toda lacra y miselas aniquila. Por el sol es M d "dn a una, que las incendia, las funde
n una población
J
•
d eI eorpus: suspensión del ªtráf:
.
para ueves Santo O d(a.
dos desfiles... (y en las casas
tiendas cerradas, formaciones, pausafresca penumbra con las ,dqw as ya las esteras, está el comedor en
'
ma eras entornada h
nn de la Castellana). Mad "d
s, asta que las niñas vuelMadrid cambia menos de lon no ~e parece alegre, sino est111endoso.
3
que se piensa. Cierra los ojos, lector: lqUé
ADR_ID

ª:d

u

�LA PLUMA

LA PLUMA

1

1

ves al acordarte de la villa? La mole blanca de Palacio y unas torres y cú•
pulas bajas perfilándose en el azul, sobre las barrancadas amarillas que
bajan al rio y dominan el Paseo de Melancólicos. .
Basta lo dicho para saber que yo no soy madrlleiiista. El madrileñisroo es necedad importada de la periferia. Hace años, un catalán que le
vendla adoquines al Ayuntamiento, quiso ser concejal, y en sus carteles
electorales se tituló madrileñista. Era una idea de empresario; después la
han hecho suya algunas casas de juego. Pero sin que el madrileñismo me
ciegue, conozco que Madrid solicita al desocupado paseante con alicien •
tes muy gustosos. Primero, en Madrid no hay nada que hacer, ni adonde
ir, ni (para un madrileño) nada que _ver, porque no es cosa de llegarse
todos los días al Museo a preguntar si han cambiado de sitio Las Meninas. Segundo, Madrid es un pueblo sin historia. Una «vieja ciudad• histórica empieza por infundirme un recelo provisional que se torna en ale•
jamiento definitivo en cuanto la historia que revela es, como acontece,
apestosa de estupidez. En Madrid nunca ha pasado nada, porque hace
más de dos siglos que en Espafia no ocurre casi nada, } lo poco que ha
ocurrido ha sido en otros sitios. Toda la historia de Madrid son unos besamanos y unas intrigas de cámara y alcoba regias. Con las Mmwrias de
Mesonero, la Estafeta de Palado, y la colección de Crímenes cllebrts, se
conocen todas las fuentes de emoción de los madrileños durante siglo y
medio. Entre Madrid y una ciudad histórica, hay la misma diferencia de
calidad que entre la Píazza de San Marcos y la calle Ancha de San Bernardo. Reconozo que el no ser Madrid una «vieja ciudad prócer&gt; es acaso
el más elegante atractivo que para mi tiene este pueblo.
Como en él he de pasar la vida, quisiera verlo acomodado del todo a
la honesta moderación de mis gustos. Yo no voy al teatro. Desde que los
gorilas escriben comedias para los analfabetos, asistir a un teatro es ac•
ción vergonzosa de las que se abstienen las personas pulcras. No voy
tampoco a las tertulias, donde la amistad es rara y la camaraderia irrespetuosa. No cuento en la tribu de los melómanos ni en la de los taurófilos, ni soy casinista, peñlsta o ateneísta, y hace muchos años que por higiene corporal y mental me abstengo de aquellas frecuentaciones a las
que mi lozana juventud debió las más violentas efusiones sensuales, enO

J4

tr~veradas de sentimentalismo
miento que de mozo me
exasperado. {Aludo al pasmo
no duermo .
produdan las funciones de . l .
y arrobati
, o1 leo, o me resigno al fastidi d
. ig esta.) Las horas que
empo, o paseo solo por las caU
o e m1 hospedaje, si hace m
&lt;l~a en invierno, de noche casi sie: y los alrededores de este Madrid :~
gusto
pre en verano. Debo a tan tno,ens1vo
. " '.
M
d · una rara erudición en personas
b a nd, por lo menos al todo Madrid y cosas madrileñas. Conozco a todo
~es y la mayor parte de su historia que sale a la calle; s~ sus costun
m sospechan mi existencia pud' . ¡A cuántos millares de personas
•
;uya y demostrarles que nada h:;:::tcontarles ep_isodios secretos
ero a un paseante 1 .
o para la mirada d 1
las calles El
e importa sobre todo la di
. . e que callejea!
·
reposo de la . d
spos1c1ón y el as
serenidad del es ¡ .
nura a y la comodidad d l
.
pecto de
apacible. M d .dP ntu ~ue devanea, y permite
e_ os pies, labran la
.
a n necesita enmenda
.
n cammar con descuido
porte me haga sufrir menos
rse y me1orarse para que mi ú . d
L
d. .
·
meo ea con ictón irritable de los ma .
::~ :e;estral razonador y sentencio:1:::• ~¡ del señorito alalo como
a ~umor a un defecto de la RAZA· amfiesta. Pero yo no atribu
otro motivo seria comer! 1
, hablar de la RAZA
yo
valla en torn .
. e e terreno al señor Alta .
con ese u
Homb
o, yo atribuyo ese mal humor 1
mira, que ha puesto una
re no tuvo d d
ª empedrad s·
de posar los pies : : ;u:er:~r ~a cabeza, el hijo de Mad:d n10e!:ijo del

d;~:

;=:::~.·:·.:·.~"í:!:ff·,:¡,::~:..:'/;:,=:.:::~::::::;
m:~~~~:

ª:~:::;

~~se~::::~:: ~:::an mejore~
;~:0
:uese más el~t~:o~
al
. .
sas y 1os monument
marga más la vida
p _paso. M1 existencia callejera ha tra os ~ue a cada instante nos salen
c:::e~as~achadas «modernistas» en lan~:m: entre la aparición de las
iru,
e orreos, con la apertura de I G e
yor, y la terminación de la
. ortunada época de perverso
a ran Vfa a manera de e iso .
1~, albote, dei"m0 .;';;:
. orresponde a la é oca
o el «estilo español del .
rhccer la cupletista francC:a en qluoe enblo grotesco teatral empieza al siglo
ambra
b
s ta lados d A
apa' y aca a en la entronización d 1
. e c_tualidades y de la Ale a MaJa castiza de Goya, articulo

=•

~coocluye, pot hoy, co!:;~;;:::; ;•oce

35

�LA PLUMA
exportable, en el que ya no somos tributarios del extranjero. Esa •reintegración del gusto nacional en lo decorativo&gt; corresponde, por otro lado,
a un movimiento de ideas que va desde la desolada adjuración de lo español hace veinte años, a la xenofobia y patriotería incubadas por la
guerra.
..
.
Al atravesar por esas calles, el paseante se afhJe. Tantos pmáculos, coiomnillas y voladizos, tantas lineas rotas, tantos insultos a las leye_s de la
proporción, tamaña arbitrariedad, tal violencia, manti_enen el ámm? ~n
susto perpetuo y nos hacen saludar con alegría cualqwer caserón trivial
de la calle del Sacramento, que al menos no pretende torturar nuestro
gusto sometiéndolo a un canon indemostrable: Mad~d, ~n vías de_transformarse, es la capital del abandono, de la 1m?rov1sac1ón, de la mcongruencia; el paseante sería feliz si viese los· corr.ienz_os de_una era de moderación, en que el sentido critico, por recobrar su 1mpeno, refrenase l~s
ímpetus del genio frustrado y la audacia de los falsificadores, a caza de n-

1.-Para loa

...

amigo■

de Rub6n Darlo.

(Rubén Dario, Ejis/11/ario, con un estudio preliminar de Ventura García Calder6n. París, 1920, s.•,
73 páginas.-Biblioteca Latino-Americana, dirigida
por Hugo D. Barbagelata.)

., ,¡

eo• nueTOI.

BL PASBANTB BN CORTB
de prólogo al libro una traducción española del excelente artículo sobre Darlo que V entura García Calderón publicó en el M"curt &lt;k Franct del I de abril de 191.6. Hay cartas a Unamuno; entre
ellas, la célebre carta-célebre por tradición oral entre los amigos de Darío-con que contestó a cierta salida de mal humor del maestro de Salamanca, quien-si la tradición no engada-se dejó decir cierta vez que los
americanos traíamos las plumas debajo del sombrero. La carta de Darlo
comienza: •Le escribo a usted con una pluma que acabo de quitarme de
bajo el sombrero.&gt; Y acaba: • Usted es un espfritu director. Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad. Sea, pues, justo y bueno.&gt; Hay también cartas a Julic,
Piquet, •Buen Samaritano de nuestro gran Rubén&gt;, escritas desde Mallorca, donde el poeta logró en sus últimos años-tan atormentados-algunas horas felices. Hay un fragmentQ de carta a Gómez Carrillo, que
Ventura dice publicar •no sin reservas mental~&gt;, por si Gómez Carrillo
hubiere colaborado con Daño al hacer la copia del fragmento. Hay algunu
cartas a Alberto Ghiraldo, que fué buen amigo del poeta. Finalmente, hay
1RvE

3f'

�LA PLUMA

I

1

1 1

11 1

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1

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una carta a Piquet de Juan Sureda, escrita en Mallorca-enero de 1914-.
que se ha crefdo conveniente publicar a titulo de docqmento sobre la
vida que hacia el poeta en la isla. ¡Ayl A trayés de esa carta ingenua vemos a Darlo, una y otra vez, presa de lo que él mismo, con respetuoso
acatamiento del Hade, llamaba sus «crisis&gt;,
Puesto que no se ha retrocedido ante esto, bien pudo Ventura haber
recogido en el tomito unas cartas-sé yo que las posee-cambiadas entre Dario y Luis Carlos López, el originalísimo poeta colombiano, con
motivo de la colaboración de éste en el Mundial Magazine. Darlo se
puso solemne, y López lo despertó con gracia al sentidq del humorismo.
También sé yo de alguien que hubiera podido proporcionar interesantes
cartas de Dado a Amado Nervo, y acas0 acaso algunas dirigidas a otro
poeta mejicano que se refieren a un curioso incidente entre Dado y Salvador Rueda.
Según resulta de este pequeño epistolario, Darlo tuvo el propósito de
émprender, en América, al estallar la guerra, una cruzada por la paz, «que
es la única voluntad divina&gt;. Quería comenzar por los Estados Unidos,
«y el Méjico devastado por fraternales rencores&gt;. Las iuchas internas de
Méjico siempre le preocuparo'n como cosa propia. (En una carta a Piquet,
quejándose de sus males, dice: «A mf se me han declarado ya francamente Panchos Villa intestinos y riñones.&gt;)
Salvo algunas de las dirigiclas a Unamuno, las cartas son de carácter
francamente intimo. Se habla aquf de las «crisis», de los teóricos deleites del régimen de agua pura; de Francisca Sánchez y los ciento cincuenta francos que el poeta le obsequia para comprarse un abrigo; de las dificultades que nacen de la diferencia ~e caracteres, a pesar de catorce años
de unión; de enviar al chico a la escuela vecina... El libro sólo debe llegar
a manos de los amigos de Darío, para quienes parece destinado.
Días pasados he tenido ocasión de releer todas las cartas que nos quedan de Góngora. Salvando distancias, la nota fundamental de aquéllas se
repite en las cartas de Rubén Darlo: ¡La pobreza, la horrible inseguridad
económica, que es uno de los peores enemigos del almal «¡No tengo UD
reall»-exclama el poeta cordobés-. Y «¡No tengo un reall&gt;-contesta,
a través de los siglos, el poeta nicaragüeño-. Quién sabe qué pasa; que
38

LA PLUMA
no le pagan puntualmente los Guidos. «El Mundial no es mio-escribe a
Ghiraldo-. ¡Las cosas de siempre! Si yo hubiera tenido capital para esto,
estada muy rico dentro de poco ... &gt; Y más adelante: «... mi magazine Mundial. Digo mfo porque soy director. El negocio es para los capitalistas, ya
se sabe.» Y luego, lo de la Argentina no es seguro; ni siquiera lo de La
Ntu:ión, diario ,benemérito de las letras hispanas, que merece la gratitud
de tantos escritores. Verdad es que los libros producen dinero, sí; pero
· no para el autor, sino, como él mismo dice, e para este o el otro bandido». Y es que sólo queda una disyuntiva: o hacerse rico a toda costa,
como todos los que se hacen ricos, o acabar cuanto antes con el actual régimen del dinero: anular, neutralizar para siempre el problema económico.
Dejad pasar la noche de la cena
-¡oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!y la pasión del vulgo que condena.
Un gran Apocalipsis horas futuras llena:
Ya surgirá vuestro Pegaso blanco

II.-ijn memoria de José de Armas.
Ha muerto recientemente en la Habana, adonde habla sido llamado,
tras de varios af'los de ausencia, para dirigir un periódico, el escritor cubano José de Armas y Cárdenas-hermano de Augusto de Armas y Colón,
el de las Rimas bizantinas-, «Justo de Lara», por nomiy-e literario, y
Pepillo en la intimidad.
Pepillo foé huésped de Madrid durante mucho tiempo, y alguna vea
dió conferencias en el Ateneo sobre Shakespeare y Cervantes. Era muy
versado en literatura comparada de España e Inglaterra. Deja varios
libros de critica e historia literaria. A propósito de él, escribe José Maria
Chacón:
«Vivió Armas, durante los años de su niñez, en un impresionante ambiente polemista y luchador. Fué su padre un gran periodista, que ponía
el mismo ánimo de violencia y combate en las páginas polfticas, que mucho tiempo escribió para los principales diarios de la Habana y en el exa39

�LA PLUMA

'il

I'
1

men retórico de las poesías completamente inofensivas y completamente
-0lvidadas de López de Briñas.
&gt;Eran aquellos tiempos, en Cuba, de exaltación tribunicia: sus cualidades coinciden con las de la España de la Restauración. Armas, sin embargo, y como nuevo ejemplo de autodidactismo americano, realiza en ese
tiempo una obra de información segura, de espíritu sobrio, de critica mesurada y certera.
&gt;Su conferencia sobre Lope de Vega, sus páginas sobre La Doroúa, su
examen del falso Quijote, no fueron sólo una obra de utilidad critica, sino
la afirmación de una modalidad distintiva· en su pr:oducción, que es también singular característica en un selecto grupo de escritores cubanos:
la moderación, la clar,idad, el sentido preciso de la palabra adecuada .
Contra una aparente tendencia de las letras cubanas, que pudiéramos
designar con el pintoresco nombre de tropícalismo, estos escritores, dispares en el tiempo y en la obra realizada (Domingo del Monte, Nicolás
Heredia, José de Armas, Enrique José Varona ...), evitan todo matiz oratorio en su estilo, aspiran a una perfecta sencillez en la expresión, consiguen una justa correspondencia entre la idea y la palabra, dando a,i a su
obra un vivo sentido de claridad y armonía.
&gt;Armas, en su contrastada vida de escritor, fué depurando más y más
estas cualidades. Su excelente libro sobre Cervantes-obra divulgadera.
en gran parte, pero con capítulos muy personales y atrayentes-expresa
el momento de máyor perfección en este proceso. Y junto a las nobles
cualidades del estilo, en correspondencia con las notas más espirituales de
:la producción, hay en el escritor una curiosidad fecunda, un deseo fervoroso de contemplar con libertad la vida. En la lista de sus ensayos vere- ,
mos los temas más peregrinos para ser tratados por una pluma española
o americana: el Fausto de Marlowe, el diario de Samuel Pepys, el humorismo de Sterne. Ya, entonces, adquiere un pleno dominio de la lengua
inglesa, ejerce el periodismo en los l:stados Unidos, escribe largos años
en Tlze Sun, hace frecuentes viajes, como redactor del Herald, de Nueva
York, por América y Europa. (En uno de estos viajes, por su solo prestigio de periodista, consolidado en los Estados Unidos, salvó de una muerte
cierta a un presidente de Haitl, con su Consejo de ministros, sentenciados
40

1,

LA PLUMA
,a en juicio sumarísimo. Estos viajes, descritos con un sentido directo, en
la forma atractiva de conversación con el amigo a quien hacia tiempo no
veíamos, son unas de las páginas literarias más bellas, más llenas de intimidad que dejó Armas.)&gt;
Usted, amigo Diez-Canedo, recordará seguramente a Pepillo: solíamos
ir juntos a saludarlo. Vivía, casi desterrado, en un hotelito de la Guindalera. ~No es verdad que su trato era cautivador, y que no aparentaba los
muchos años que ya tenla, en aquella su complexión robusta de Júpiter
bondadoso? Se enteraba con el · mayor interés de los cvalores nuevos•, y
manifestaba sus opiniones con una sinceridad que no caía nunca en rude.za. No se adaptatia muy bien a la vida española._Sospecho que no llegó a
conocerla. Ya he dicho que vivla como desterrado, en destierro que compartía con él su hijo, el pintor; en destierro impuesto por los males de su
-esposa. La pobre señora padecía una enajenación mental que, a veces,
producía efectos exquisitos y encantadores. Su locura era la locura de la
.afabilidad, de la solicitud: le daba por ser maternal y hospitalaria con todo
-el mundo. Y como conservaba aún destellos de inteligencia, el resultado
-era tan hermoso que hacia preferir la locura a la cordura. Y el pobre Pepillo la contemplaba y llevaba con paciencia, con respeto, sin atreverse a
gustar de aquellos deliquios de bondad que no eran hijos de la razón: com~
se soporta un mal sagrado. La contemplaba y llevaba con paciencia ... pero
¡ya no podía escribir! Fuera de su obligatoria tarea como corresponsal del
New York, Herald, le resultaba muy dificil cultivar la viña del alma, amargad~ por el dolor y la ausencia. Además, una sorda enfermedad lo minaba.
Se pasaba los d[as en cama; en cama recibfa a los pocos amigos de su
confianza. Cuando se sentla muy solo, era frecuente que recibiera uno
alguna esquelita con una letra regular y clarísima, recordándole el caminG
de La Guindalera ... ¡Pobre Pepillo, tan superior y tan bueno, que viviend•
,en Madrid no vivla en Madrid, y teniendo una compañera amorosa no tenla
-compañera! Los hombres de su tiempo hablan muerto en gran parte. Y
cuando al fin, como Rip Van Winkle, regresó a su patria, fu~ sólo par•
-regr~sar a la patria de todos. Descanse en paz.

ALFONSO RBYBS
41

�LA PLUMA

1

vierte en su prédica ese tono de dómine fastidioso que acos~umbran algunos .
ensayistas a la violeta. El estilo limpio, claro, suavemente teñido de dulce ironía, nos gana, apenas abrimos el libro. Lo leemos sin sorpresa, pero sin reparo, no subyugados, mas sin desconfianza ni empacho. No es un maestro quien
nos habla; e~ un ami~
•
··C. R. C.

1

-

l t B RO S

1

11

'I

Y Re O t S t AS &lt;i&gt;

Ramón del Valle-lnc14n.-El Pasajero. Claves lírfras.
Farsa de la EnamfJT'ada del Rey.-Sociedad General de Librería, 1920.
•Este gran D. Ramón del Vallc-Inclán me inquicta,-~ijo el gran Darío-.
y la inquietud espiritual, el perpetuo afán de rcl!1ozam1ento, son a nucst~os.
ojos las virtudes cardinales de este a quien no vacilamos en ll~mar el más JO·
ven de los escritores españoles. Ved, si no, lectores de sus últu_nos poemas Y
de esta farsa en que la invención del Boceado cobra una gracia actual, una
estilización modernísima de las formas antiguas, ved cóm_o a ~- ~amó1;1 del
Valle-lnclán no le sirve la maestría adquirida en una expencnc1a htcrana_de
cinco lustros, sino de trampolín divino en que apoyar un salto, más parecido
cada vci: a uo vuelo.
C. R. C.

.

Ramón Pérez de Ayala.-Las Máscaras.-Vol. I y 11.-Biblioteca
Calleja.

,,,

Reúne Ramón Pérez de Ayala en estos dos tomos su labor de crítica teatral, dispersa en diferentes periódicos y revistas de 1910 a la fecha. Mas con
haber nacido sujetos a la actualidad de las representaciones que los sugirieron,
no adolecen estos ensayos de esa efímera liviandad característica de las usuales crtf,ricas de estrenos. Antes bien, cobran a ojos del lector la unidad de concepto con que fueron escritos, la norma estética a que se ajustan, su teórica,
compostura, en fin, cualidades difíciles de considerar a primera vista en la intermitencia con que vieron la lw: primera en la Prensa.
Pérez de Ayala es ua escritor clásico. Y no se quiere decir con esto que nos
limitemos a gustar en él un estilo cuya principal virtud, a nuestro entender,
reside en la graciosa ironía que templa su nabtral elocuencia. Es clásico. en
cuanto no traza rasgo su pluma, por muy al vuelo que improvise, que no obedezca a un criterio propio, sí, pero nunca caprichoso ni mudable a par del
viento que sopla. Porque nutrido de buenas letras, cultivado su temperamento castizo con saludable disciplina británica, propóncsc en su literatura miras.
universales y trascendentes.
C. R. C.

Luis Bello.-Ensayos e imaginaciones sobre Madrid.-Biblioteca
. Calleja.
Está dedicado el libro a D. Benito Pércz Galdós, patriarca de Madrid. Ocupan buena parte de él las páginas dedicad~s a c?n~idera_r el Madrid de 1º!"'
Benito. Apunta de nuevo Bello con ese mohvo la ms10uac1ón ~e _a~gunos cnhcos al juzgar la obra de Galdós a la hora de ~u !lluertc. El m~r,lemsmo, ¿ha restado universalidad a nuestro novelador del s1gloxor?En realidad, con estos ~enísimos Ensayos e imaginaciones no se propone su autor otra cosa q~c suscitaren el ánimo de los lectores la propia preocupación. ¿Cómo compagma el amor
filial por Madrid con la conciencia de ciudadano del. mundo? Has~a aquí la
villa y corte no ha hecho sino pugnar contra el frío aliento de la sierra .Y el
soplo asfixiante de la Mancha, que alternativamente la p:15man y calc1nan.
Bello predica optimista la cruzada civil contra esas dos Furias. Pero no se ad(1) Daremos cuenta en esta sección de todo¡¡ los libros de que se nos remitan dos ejemplares.
•42

Manuel Azaña.-Estudics de política francesa contemporánea. La,
política militar.-Madrid, 1919. Biblioteca Calleja.
Este libro, del que apenas se ha ocupado la crítica, es el primero de una
serie que, bajo los títulos específicos de: l. La politica militar; II. El:lai&amp;ismo,.
y lll. La organiuz&amp;ión del sufraKJo, ha de tratar temas básicos, alrededor de los,
cuales ha girado la política fram:csa de fines del pasado siglo y principios del
presente
El propósito del autor al publicarlo no ha sido, como él mismo nos dice,
•abordar ciertos temas rigurosamente militares tocantes a la preparación técnica de un ejército para la guerra: tratamos-añade-de p0lítica militar, comprendiendo en el vocablo polítka no sólo aquellos hechos que atañen por modo•
inmediato a la gobcrnaci6o, sino cuantos puedan revelarnos la opinión de un
país y las fluctuaciones del espíritu público&gt;. Tales fluctuaciones de la opinión
pública se ordenan en la obra que nos ocupa con relación a una sola medida:.
43 ,

�LA PLUMA
·1a política militar, y así, viene ést.t a ser el hilo conductor que guía al Sr. Au.!1a
en su excursión a través de la vida pública francesa de los últimos cincuenta
años. Pero si el propósito o plan del trabajo eli el que se indica, otras son tu
razones que el autor tiene para escribirlo, y en el prólogo que Jo encabezaadmirable programa político, pleno de energía y de modernidad-quedan perfectamente determinadas.
Entre las obras que la exaltación provocada por la pasada guerra y sus problemas concomitantes ha sugerido, ocupan lugar preferente, en mi opinión, el
libro de Ramiro de Maeztu, La crisis del humanismo y estos Estudios de pollti&amp;a
francesa, de Manuel Azaña. Una y otra obra son como la refracción que en dos
espíritus selectos sufrió todo el caudal de pensamientos y emociones que la
magna contienda suscitara. Mas en tanto que la obra de Maeztu es un ensayo de
,.fundamentar filosóficamente una teoría de derecho público, mostrando los nuevos aspectos que en él introduce el principio funcional, el libro de Azaña, es,
-en esencia, una obra de historia, llena de interesantes indagaciones literarias
y de finas observaciones acerca de la vida intelectual del pueblo francés. Y he
aquí otra de las coyunturas del trabajo del Sr. Azaña, tal vez la más importante de todas, desde el punto de vista político, sobre todo para nosotros los españoles, acostumbrados como estamos a que la gobernación de nuestro país siga
rumbos desconcertantes, coyuntura que articula el libro entero y le presta UD
interés verdaderamente dramático, vivo y humano; y es que su autor ha tratado, yo creo que con singular complacencia, de poner de relieve el nexo que
existe en Francia entre la política y la inteligencia, esa inteligencia y sensatez que tanto echamos de menos en la dirección y cuidado de nuestros asuntos
•comunes.
El propósito del Sr. Azaña ha sido, en efecto, •descubrir la conexión de loi
hechos notorios, resonantes en la vida cotidiana, con los impulsos inteligentes
·&lt;J.Ue aspiran a dirigirlos o a crearlos•. Pero cuando se logra establecer una relación de dependencia, aunque sólo sea a título hipotético, entre los impulsos
espirituales que determinan una acción y sus resultados prácticos, se hace
•obra de verdadera historia, y este es, repito que a mi juicio, el mérito principal y singularísimo de los Estudios de polftica francesa, en los cuales los hechos
quedan explicados por Jo que hay en el hombre de original y de creador, por
sus ideas y sentimientos, sin escamotear el drama que resulta del choque de
tales ideas con el elemento pasivo o neutro de la realidad o de la vida. Así, y
para decirlo de un modo quizá demasiado conciso, los hechos quedan explica.dos por los hombres, frente a esa otra interpretación de la hiMoria en la que
los hechos se explican por las cosas.
No siento el menor escrúpulo, antes al contrario, tengo verdadero gusto 'f
,satisfacción en declarar públicamente que no he leído libro alguno en estos
ftltimos años que me haya producido mayor inte~és }'. deleite qu~ la obra d_e
Azaña de que tratamos. A una cantidad extraordmana de mat~nales_ reum-dos para llegar a la determinación de los hechos y de sus causas inmediatas y
remotas, a una copiosa y variada lectura y un conocimiento p~ofundo de. la
-vida pública y privada de la Francia contemporánea, une este hbro un es~~
.admirable, índice de la exquisita sensibilidad de su autor, en el que la 1lenb1-

,.

¡,,

1'

1 '

44

11

¡,

LA PLUMA
lidad y la sencillez se combinan para producir un conjunto armonioso. Nada hay
en él de afectado, de barroco o deslumbrador. Es un libro francés, del mejor
francés, no ya por su asunto sino por su orden y proporción internos. El método y la claridad, esas dos virtudes cartesianas, lo presiden. Capítulos como
eLa restauración del optimismo•, o como •La teutomania y la guerra de 1870,,
o como •Reforma de la oficialidad: el espíritu militar,, están escritos con un
buen gusto, una sagacidad y una visión tan firme de las cosas, a que no estamos acostumbrados. Del mismo modo, el capítulo quinto, en el que se estudian y entresacan las opiniones antidemocráticas de Renán y Taiue, y las
nacionalistas de Barrés y Maurras, constituye el más feliz ensayo que conozco
de sistematización de las ideas de aquellos hombres, representantes de un extenso sector de la vida intelectual francesa.
Y junto a los análisis penetrantes y minuciosos, junto a las afortunadas reconstrucciones filosóficas, al lado de cuadros estadísticos y cifras de efectivo&amp;
'f reservas, el Sr. Aiaña va poniendo una velada y suave nota de ironía y de
buen humor, esa disposición espiritual, ya perdida, de los españoles de otras
épocas; porque, como el autor nos dice, •no hay que estar siempre a mal con la
frivolidad, pues es a veces una a:anera amable que tiene el talento de no darse importancia a sí mismo&gt;.

J. ÁLVAUZ PASTOR
Renner (A.), C. de la R. A. E., y Castro (A.), del Centro de Estudios Históricos: Vida.cu Lope cu Vega (1562-1635).-Madrid, 1919(12 pesetas).
Hay en la literatura española un alto monte inexplorado aún en toda su incente Y Pª".ºr.?sa mole: l_a obra de Lope de Vega. Su obra y su vida, aunque

los a~o~tec1m1entos más importantes de ésta, los más públicos, y también los
más 10timos, hayan hecho correr mucha tinta. En el siglo pasado, un erudito,
D. Cayctano Alberto de la Barrera, edificó, en las vertientes de aquella monta~a colosal! una imponente fábrica, poco menos intrincada y frond0sa que ella
m_1sma. Abnéndose _p~o en~re s_us macizos, apoyado en la lab&amp;r de otros estud10110s y en la pr?p1a 10vestigac16n, un norteamericano, Mr. Hugo A. Rennert,
lev~nt~. en la misma ladera, una mansión mb clara y ventilada, de accc-so.
fácil, ª!º secretos._ Esta obra, The Life of Lope de Vega, es la que se propuso .
~aducir D. Aménco Castro, acabando por refundirla, complementarla y precisar!~. Es ahora, en su versión castellana, mucho más cómoda y al gusto del
día, s10 _que le falte n~da sustancial; y todavía el Sr. Castro, en una parte suya
en totalidad, el apénd1ce B, ha añadido a la casa una glorieta o belvedere desde-·
donde se otean persp_ectivas y se descubren senderos y veredas. El que en
adel,ante baya de estudiar a Lope, deberá tener presente este libro, en que está
al d1a cuanto se sabe-y no es poco-de la vida del F enix de los Ingenios, y en
'l\le IC ap1U1tan, por obra del autor caatcllano, 1011 problemáll e11tético11 y Iitera45

�!1
111

LA PLUMA

LA PLUMA

'I'

.rios que su enorme producción suscita. Muchos habrá que quieran y deban
empezar por ahí a leer este buen libro.
E. D.-C.

Paul-Lui1 Couchoud.-Sages et Poetes d' Asie.-París, CalmanLevy.

¡

1

Y asf un centenar de hJikais en este sugestivo libro. El Halkai, estrofa de
tres versos-el segundo, de siete sílabas, los otros dos, de cinco-, son siempre, como se ve, apuntes gráficos de color y emoción populares, al alcance de
todos, y viene a representar la reacción frente a la poesía clásica y profesional. Como todo arte japonés, viene influyendo en Europa desde el siglo pasado. En España mismo podríamos citar algún influido.
Pero en Francia, durante la guerra, se ha cultivado mucho. Realmente, para
los momentos de emoción y peligro, nada se presta como el apunte, el /r.aikai.
·· Los otros capítulos del libro están destinados al ambiente japonés, al Japón
en armas y a Confucio. En todo rige un i-spíritu selecto y evocativo.
J.M. V.

No te hieles
-mamá ya no tiene dientesiarrito de agua.

-Rodó y sus críticos (Clarín, Valera, Rubén Darío, Jesús Castellanos,
Unamuno, Francisco García Calderón, Maria Eugenia Vaz Ferreira, V.
PérezPetit,MaxHenriquez Ureña,Ricardo Rojas, A. Gómez Restrepo, Pedro Prado, G. Zaldumbide, Alfonso Reyes, F. de Miomandre, C. Le Senne, C. de Castro). París, 1920, 8.0 , 348 páginas.-Biblioteca Latino-Americana dirigida por H. D. Barbagelata.
-Carmen Lira, Los cuentos de m{ Tía Panckita, San José ,te Costa
Rica, ediciones de J. Garcfa Monge, 19191 8.•, 16o páginas.
-Enrique González Martinez, Los cim mefores poemar de..., con un estudio preliminar de Manuel Toussaint, México, «Cultura&gt;, 1920, 8.º,
1 52 páginas.
-ldem, Jardines de Francia (traducción de poesías francesas), 2.a
edición, México, «Cultura&gt;, 1919. 8.•, 174 páginas.
-Rómulo Tovar, En el taller del platero, San José de Costa Rica, edición J. Garcia Monge, 1919, 8.°, 54 páginas.
-José Vasconcelos, Dívaraciones literarias, México, «Lectura Selecta&gt;, 19191 8. 0 , 100 páginas.
-Omar Kbayyam, Ruba~at, traducción en verso por José Castellot.
Prólogo de José Juan Tablada, Nueva York, 1919, 8.0 , 94 páginas,
-Artemio de Valle Arizpe, Ejemplo (novela). Dibujos de Roberto
Montenegro, Madrid, 1919, 8.•, 280 páginas.

El viento tendido
desordena las sabias rúbricas
de las gaviotas en el espacio.
Sobre una rama pelada
un cuervo tieso.
Fin de Otoño.

11

¡Olt, luna brillante!
¡Quisiera renacer
pino sobre una loma.

El autor, un discípulo de Anatole France. El libro me interesa especialmente por el capítulo titulado «Epigramas líricos del J~pón•, poemitas enanos, d_e
47 sílabas, que aun perdiendo mucho al ser traducidos, hacen su efi-cto. Poes1a
-discontinua, nada oratoria, ni explicativa, tal como la soñaba Mallarmé. Un
tanto insuficiente para el público latino, acostumbrado a vivir en el foro, llenándolo de ademanes y frases ampulosas. Aconsejaría su lectura a todo flOeta
español, sin embargo. No como diciéndole que nuestra poesía debe se: esto
-esto, es la poesía japonesa-, sino para que guste la belleza de l,a sobned~d,
y vea la perfecta armonía que reina en todas las cosas d,e un pa1~ con estilo
propio. Verá cómo se corresponden exactamente _la poe~1a y su p_mtura._Rara
vez los elementos visuales van mezclados con los 1deológ1cos: son unpres1ones
breves, y al mismo tiempo extensas, de la Naturaleza. El gran saber de los
orientales radica en la esquematización; así en la gotita de agua vemos reflejar·se el panorama y el carácter de todo el país.

¡Espanto!
He pisado en el cuarto
el peine de mi mujer muerta.

,\

Acosada por el joven,
la criada
traza una espiral.

Preñada de nueve meses
vientre adelante,
ella planta el arroz.
Al menor viento
las hojas tiemblan:
joven bambú.

,,.

Libros americanc,s

47

�,LA PLUMA

Gacetilla.
Parangón.-En Le Correspondan/ del 25 de enern de este año, M. Marius
André, hablando del lugar que corresponde a la obra de Gald6s en la literatura española, escribe: «La Prensa conservadora y cat61ica rindi6-con una sola
excepción, a lo que creo-un homenaje justo, al par que mesurado en sus reservas, a aquel que no obstante sus errores y sus faltas quedará en la historia
como una de las más grandes figuras de la literatura española. El homenaje iba
dirigido al talento del autor, a su dilatada existencia de obstinado trabajo, y
también a una sinceridad, a una probidad superiores a toda sospecha, a una dignidad, gracias a las cuales, aun en la época de sus peores extravíos, cuando
proveía de armas a los enemigos de la sociedad, de la familia y de la religión,
supo conservar la estimación personal y la amistad de un Antonio Maura.•
Cervantismo. - La idolatría cervantista y el culto católico se van contaminando bajo los auspicios de la R. A. E. Leemos en un peri6dico:
«Con motivo del aniversario de la muerte de Cervantes, se celebraron ayer
mañana en la iglesia de las Religiosas Trinitarias, donde yacen los restos del
glorioso alcalaino, solemnes exequias por las almas de cuantos escritores cultiyaron las Letras patrias.
En el centro del templo se elevaba un severo túmulo, que ostentaba en la cabecera, sobre un almohad6n de terciopelo negro, cuatro tomos de una de las
primeras ediciones de «El Quijote&gt;, rodeados de laureles.
Una Comisión del Cuerpo de Inválidos, formada por doce mancos, daban
guardia de honor al túmulo, en recuerdo del famoso Manco de Lepanto.
La presidencia del duelo la constituían: el director de la Academia Española, D. Antonio Maura; el ministro de Gracia y Justicia, Sr. Guarnica, en representación del Gobierno; el general Fidrich, por el Ejército; el censor de la Academia y el secretario.
Las Madres Trinitarias cantaron una misa de «Réquiem&gt;, en la que ofició un
fraile dominico, asistido por dos capellanes del convento.
Terminada la misa ocupó la sagrada cátedra el obispo de Vitoria, que pronunci6 una sentida oración fúnebre ensalzando la vida épica de Cervantes y su
maravillosa obra literaria.
Después se cantó un solemne responso y se di6 por terminado el acto reli¡ioso con que todos los años conmemora el aniversario de la muerte de Cernntes la Real Academia Espafiola.•
Palinodia-Esta Revista NO CUENTA CON u cou.Bouc1ó11 de D. Mariano de
Cávia, D. Jacinto Benavente, D. Pío Baroja, D. José Ortega y Gasset, D. Ricardo
Lc6n, D. Julio Camba, D. Eugenio D'Ors, D. José Martínez Ruiz (Azorín), la
condesa de Pardi&gt; Batán, ni, probablemente, con la de D. Gregorio Martínez
fil=a.
Imponiéndonos cuantiosos sacrificios, hemos adquirido la SC"11'idad de que
•• colaborará en LA PLUM.A.
DON JULIO SENADOR GÓMEZ

A:R'O J.

1

MADRID, JULIO 1920.

1

NúM. 2.

e( abanico de MUe. MaUaemé.

-~ , •,

A

~

ve_ces, deDtodo un jardín sólo conservamos las alas de una ma
nposa. e la hija de Stéphane M 11
,
conservamos ya el recuerdo d
b . a arme, apenas muerta, sólo
tro le ha dedicado el busto d e,su 8.. ª?1co. En la poesía que el maes,
e a senonta Malla ,
d' .
entre las curvas electrizadas
t
rme se a ivma, etéreo,
que raza en va· é
b .
retrato casi invisible y s , l
'
iv n , e I a amco. Es un
•
'
era e menos pereced • meJor aun, trazo en el aire N
ero. raya en el agua, o
neutraliza los símbolos del ; o p_arece hecho de palabras: el poeta
ideas como si llevara alas enerl1ogutaJle, saltando sobre las puntas de las
s a ones La po ,
.
bro que una brisa leve d .
.
es1a es casi un requieeJa caer en los oíd d
Pero circula por toda ella
1 .,
os e una dama inefable.
una pu sac10n anh J
d el abanico. El abanico, encandilad
e osa, como el agitarse
zalete, y crea poco a poc
t
o, revolotea sobre el ascua del brao, en orno a la da
.
·
te (¡y tan dinámico!) donde . 1 b
ma, un espacio envolven.
,
vis um ramos u
•
_
mecidos; la mano fina que merece
. . nos OJOS sonadores, adorto de aire; la comisur~ de la boca apns1onar un ala; el pecho sedienY, tal vez, en un parpadeo, el brazo

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>La Pluma, 1920, Año 1, Vol 1, No 1, Junio</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Enrique Diez Canedo</name>
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                    <text>,LA PLUMA

Gacetilla.
Parangón.-En Le Correspondan/ del 25 de enern de este año, M. Marius
André, hablando del lugar que corresponde a la obra de Gald6s en la literatura española, escribe: «La Prensa conservadora y cat61ica rindi6-con una sola
excepción, a lo que creo-un homenaje justo, al par que mesurado en sus reservas, a aquel que no obstante sus errores y sus faltas quedará en la historia
como una de las más grandes figuras de la literatura española. El homenaje iba
dirigido al talento del autor, a su dilatada existencia de obstinado trabajo, y
también a una sinceridad, a una probidad superiores a toda sospecha, a una dignidad, gracias a las cuales, aun en la época de sus peores extravíos, cuando
proveía de armas a los enemigos de la sociedad, de la familia y de la religión,
supo conservar la estimación personal y la amistad de un Antonio Maura.•
Cervantismo. - La idolatría cervantista y el culto católico se van contaminando bajo los auspicios de la R. A. E. Leemos en un peri6dico:
«Con motivo del aniversario de la muerte de Cervantes, se celebraron ayer
mañana en la iglesia de las Religiosas Trinitarias, donde yacen los restos del
glorioso alcalaino, solemnes exequias por las almas de cuantos escritores cultiyaron las Letras patrias.
En el centro del templo se elevaba un severo túmulo, que ostentaba en la cabecera, sobre un almohad6n de terciopelo negro, cuatro tomos de una de las
primeras ediciones de «El Quijote&gt;, rodeados de laureles.
Una Comisión del Cuerpo de Inválidos, formada por doce mancos, daban
guardia de honor al túmulo, en recuerdo del famoso Manco de Lepanto.
La presidencia del duelo la constituían: el director de la Academia Española, D. Antonio Maura; el ministro de Gracia y Justicia, Sr. Guarnica, en representación del Gobierno; el general Fidrich, por el Ejército; el censor de la Academia y el secretario.
Las Madres Trinitarias cantaron una misa de «Réquiem&gt;, en la que ofició un
fraile dominico, asistido por dos capellanes del convento.
Terminada la misa ocupó la sagrada cátedra el obispo de Vitoria, que pronunci6 una sentida oración fúnebre ensalzando la vida épica de Cervantes y su
maravillosa obra literaria.
Después se cantó un solemne responso y se di6 por terminado el acto reli¡ioso con que todos los años conmemora el aniversario de la muerte de Cernntes la Real Academia Espafiola.•
Palinodia-Esta Revista NO CUENTA CON u cou.Bouc1ó11 de D. Mariano de
Cávia, D. Jacinto Benavente, D. Pío Baroja, D. José Ortega y Gasset, D. Ricardo
Lc6n, D. Julio Camba, D. Eugenio D'Ors, D. José Martínez Ruiz (Azorín), la
condesa de Pardi&gt; Batán, ni, probablemente, con la de D. Gregorio Martínez
fil=a.
Imponiéndonos cuantiosos sacrificios, hemos adquirido la SC"11'idad de que
•• colaborará en LA PLUM.A.
DON JULIO SENADOR GÓMEZ

A:R'O J.

1

MADRID, JULIO 1920.

1

NúM. 2.

e( abanico de MUe. MaUaemé.

-~ , •,

A

~

ve_ces, deDtodo un jardín sólo conservamos las alas de una ma
nposa. e la hija de Stéphane M 11
,
conservamos ya el recuerdo d
b . a arme, apenas muerta, sólo
tro le ha dedicado el busto d e,su 8.. ª?1co. En la poesía que el maes,
e a senonta Malla ,
d' .
entre las curvas electrizadas
t
rme se a ivma, etéreo,
que raza en va· é
b .
retrato casi invisible y s , l
'
iv n , e I a amco. Es un
•
'
era e menos pereced • meJor aun, trazo en el aire N
ero. raya en el agua, o
neutraliza los símbolos del ; o p_arece hecho de palabras: el poeta
ideas como si llevara alas enerl1ogutaJle, saltando sobre las puntas de las
s a ones La po ,
.
bro que una brisa leve d .
.
es1a es casi un requieeJa caer en los oíd d
Pero circula por toda ella
1 .,
os e una dama inefable.
una pu sac10n anh J
d el abanico. El abanico, encandilad
e osa, como el agitarse
zalete, y crea poco a poc
t
o, revolotea sobre el ascua del brao, en orno a la da
.
·
te (¡y tan dinámico!) donde . 1 b
ma, un espacio envolven.
,
vis um ramos u
•
_
mecidos; la mano fina que merece
. . nos OJOS sonadores, adorto de aire; la comisur~ de la boca apns1onar un ala; el pecho sedienY, tal vez, en un parpadeo, el brazo

�I'
1
11

11
I

LA PLUMA

LA PLUMA

1

blanco. El «país• (¿crepúsculo de rosa y oro quizá?), como el abanico
aletea, se borra. Del varillaje sólo queda un vago relámpago. Y
creemos escuchar, a modo de madrigal, el ris-ras del abanico, cuando
se deja caer en vuelo blanco.
La poesía de Mallarmé, tan recóndita como se quiera, nos aparece,
4esde luego, dotada de cierta innegable «belleza fisicu-primera condición que debiera exigirse siempre a los versos. La traducción en
prosa, tan literal como lo consienta la índole del idioma, nos permitirá «entender&gt; todo lo que haya que entender: trazar la línea de las
oraciones, y fijar la escena dramática que hay en todo poema (escena
dramática: escenario, personaje y acción). La segunda traducciónrítmica-nos acercará más al calor emocional, que no viene sólo de
«entendeu. La idea original, redibujada, irá entrando más en nuestros hábitos de expresión poética, merced a las infidelidades ligeras
que aquí-como en todo-son indispensables a la verdadera fidelidad. Así, además de entender, podremos gustar. Finalmente, la tercer
traducción procura crear de nuevo la poesía de Mallarmé, sujetándo·
se a la ley severa de su estrofa, con una equivalencia que esté más
allá de la literal. Algo perderemos de camino (lo que va de cparadis
farouche• a «huraña ventura&gt;), y no es extraño: ya saben los técnicos cuánto cuesta reducir a nueve sílabas castellanas las ocho sílabas
francesas. No me jacto de perfección; me conformo con saber que aspiro a la perfección.
I
O reveuse, pour que je plonge
au pur délice saos chemii:1,
sache, par un subtil mensonge,
garder mon aile dans ta main.

U_ne frakheur de crépuscule
a chaque battement
dont
le
co
·
. recule
l'h .
up pnsonnier
onzon délicatement.
te v1ent

Vertige! voici que frissonne ,
l'espac
.
e comme un grand baiser
qw, fou de naitre pour
ne peut . 'lli .
personne,
Jat r m s'apaiser.
ai S~ns-~u le paradis farouche

ns, qu un rire enseveli
se couler du coin de ta b
h
au r, d d ,
ouc e
on e I unanime pli?

Le sceptre d es n. vages roses
stagnants sur les soirs d'or
,
ce blanc vol fermé
, ce I est,
contre le feu d' bque tu poses
un racelet.

n
Oh soñadora para
en la pura deJi~·1 . que !º me sumerja
ª sin cammo
sabe, por una suti"I mentira
.
,
guardar mi ala en tu mano.'
te

~=

frescura de crepúsculo
-.,a a cada compás
cuyo golpe prisionero hace
el horizonte d 1· d
retroceder
e ica amente.
¡Vértigo! He aqu(
el espacio como
que se estremece
un gran beso

50
51

�LA PLUMA

LA PLUMA

que, loco de nacer para nadie,
no puede estallar ni apaciguarse.
¿Sientes el paralso feroz,
lo mismo que una risa enterrada,
fluir del ángulo de tu boca
il fondo del pliegue unánime?
El cetro de las riberas rosa
estancado sobre las tardes de oro, éste lo es,
este blanco vuelo cerrado que tú dejas posarse
contra el fuego de un brazalete.

III
Oh, soñadora, para hundirme
en la pura delicia sin senda,
aprende, con sutil error,
a guardar mi ala en tu mano.
Una frescura de crepúsculo
te llega, entre palpitaciones,
cuyo latir opreso ahuyenta
delicadamente el horizonte.
¡Oh vértigo! Ya se estremece
el espacio como un gran beso
que, loco de nacer en vano,
ni estalla al fin ni se apacigua.
¿Sientes el fiero paraíso,
como una risa subterránea,
fluir del rincón de tu boca
hasta el fondo del pfü·gue unánime:

He aquí el cetro de las playas rosas

suspensas en tardes de oro:
¡vuelo blanco que cierras y posas
junto al fuego de tu brazalete!

IV
Oh soñadora, para hundirme
en delicioso vuelo arcano
quieras-sutil error-asi:me
del ala, cogida en tu mano.
Hay frescor de ocaso en la lenta
pulsación Y, al preso latido
delicadamente se ahuyenta'
el horizonte estremecido.
¡Oh vértigo! Ya, tembloroso
el espacio un beso parece
,
que,
loco de nacer ocioso,
.
ni estalla ni se desvanece.
¿No sieni.es la huraña ventura
-y sorda como risa exánime-

que mana de la comisura
de tu labio hasta el pliegue unánime?
¡Oh cetro de la tarde rosa
que, en oro quieto, reverbera:
~!aneo vuelo que al fin se posa
Junto al ascua de la pulsera!

ALFONSO RBYBS

�LA PLUMA
-¡Pero si tienes todavía pegado el cascarón! ¡Qué has de saber
1

ú, infelizl ¡Si no has visto el mundo por un agujero!

1

Luego había un agujero para ver el mundo.
1

'

II

1

11 1

111

Alegoeía de }iaeeíso o el
mundo oísto poe un agujeeo.
1

.
llamaba doña Prudeucia.
abuela de Narciso se
·¡¡ Porque la buena señora ciEl nomb_re 1~ cudat::n~;:~ª:n:~ cuantos refranes y máxifraba su expenenc1a e
mas tormento de su nieto:
. - s hablan , cuando las gallinas mean.&gt;
«'1os nmo
«Cuando seas padre, comerás huevo.&gt;
hay ropa tendida.&gt;
«Callarse, que
d
casi siempre en menoscabo de
y otras advertencias por e1 or en,
. o «de los mayores en
. 'dad de Narciso1 naturalmente enem1g
.
1a CUflOSI
•

L

A

edad, saber y gobierno&gt;.
b. a su abuela se lo debe.
· Narciso es hoy un sa 10•
t d
Con o o, s1
·. to día sus imberbes dereEllo fué que defendiendo el nmfio _c1erde la vida sin esos limites
,
ti · ción en los bene c10s
chos a la par c1pa
ducación absurda, doña Pruarbitrarios de edad, inventados por ~na e
dencia le replicó con sorna compasiva:
54
1 .

A Narciso se le ocurrió en seguida que, pues el mundo era tan
ancho y los árboles estorbaban la contemplación del panorama, sin
duda el agujero a que su abuela se refería había de estar en alto.
La torre de la iglesia tenía cuatro ojos abiertos a los cuatro puntos cardinales. Se captó la voluntad del hijo del sacristán, valiéndose
como señuelo, por disimular su ambición, de los nidos que colgaban
del alero del campanarie, y una mañana de primavera hicieron «novillos&gt; a la escuela y se aventuraron por la retorcida escalera, fría y
oscura, que daba acceso a las campanas.
Una vez arriba, quedóse Narciso suspenso, prendida el alma en
aquella atmósfera azul y verde del cielo y del campo. Del mundo subía un rumor confuso en que triunfaban los gritos agudos de las golondrinas volanderas.
Allí estaba el mundo entero ante sus ojos. De un lado cerrábanlo
altas montañas, que se entraban por las nubes, sosteniendo el firma_
mento, de otra parte daba en el mar conf~ndido a lo lejos con el cíe_
lo en un beso azul; por la falda de los montes abajo corrían cien
arroyos de plata viva, reunidns al pie en un ancho río que, partien·
do la tierra en dos, vertíase al cabo en el mar.
Ya iba Narciso a cantar victoria. Cuando l!egó en esto a su oído el
eco distante de otras campanas cuya voz casi se perdió en el aire.
~1irando entonces hacia el lugar ile donde el eco procedía., acertó
a ver en lo más alto de la sierra que limitaba el horizonte terrestre
otra torre más elevada que la de su pueblo.

�LA PLUMA
LA PLUMA
Pasaron los años. Narciso, ya mozo, pudo comprobar desde aqueya torre serrana que el mundo de su niñez no era sino el angosto
valle natal, y que del otro lado de la cordillera, anchos campos y vastas ciudades perdíanse bajo la niebla que el alta torre rompía.

. Los carabin~ros leyeron en el pasaporte el nembre de Ja fugitiva:
Irene. Y la deJaron pasar el puente. Narciso le ofreció su automóvil.
V

III

'I'

Andando andando, Narciso, dueño de sí (que ya no tenia abuela), llegó otro buen día a la entrada de una caverna. Se metió de rondón por ella y siguió a través de una galería cada vez más estrecha
y oscura, hasta que, aguzada la luz que de fuera llegaba en sutilísimo hilo que apenas si horadaba la tiniebla, Narciso tuvo que volver
pasos atrás.
En el pueblo vecino contrató un zapador, por ver de abrir en las
entrañas de aquel monte la boca opuesta a la caverna, el agujero en
fin, por donde columbrar la variada extensión del mundo.
_
Pronto no bastaron dos zapadores, ni tres, ni ciento. La berra,
cada vez más dura y negra, resistíase al asalariado ahinco del ejército de minadores.
Así descubrió Narciso su mina de carbón.

IV

Tan~o bailaron_ Irene Y Narciso al compás del último vals tzigano
Y del pn~er rag-ttme de jazz-band en el hall del Gran Neutral-Hotel,
que los romeros levantaron los puños en alto.
Al des~ertar de un nuevo día, Irene se marchó, portadora de una
rama de oltvo, a reinar católicamente entre los príncipes cristianos.
VI

Narciso tomó el primer billete Cook de la nueva era.
Hasta llegar a una ciudad
t
- .
.
, cuya es ampa prod1g1osa conocía por
las taq~tas postales. Venecia contemplaba su morbosa hermosura en
el espeJo de la laguna.
1

Y .ª c~bo, Na_rci~o, como se asomara al pozo del gran patio ducal
t
con dtS raida cunos1dad de turista, luego sintió que le tomaba el
alma la fría sirena que en su fondo duerme. Absorto en la lejana luz
q~e del ~gua muda fluía, acertó a ver en el hondo agujero sus propias puptlas.
Así descubrió Narciso el mundo de su abuela.

Narciso se compró un Roll-Royce para acortar el tiempo.
Y un mal día, al llegar a un puente, cerráronle el paso los carabineros. Del otro lado del río fronterizo, venía corriendo, destrenzado
el cabello, una mujer, cuya túnica color de bandera, empujada por
furioso vendaval, ajustábasele al cuerpo en pliegues contrarios a
ritmo de la Victoria de Samotracia.
56

C. RIVAS CHBRIF

~

57

�1

1

"1
1

LA PLUMA

Oeesos oiejos.
(De un libro en prepat?ación.J

r ··-

"'J:,. •.;.

•..... ' ........................- · - - ... -~ ,.;v- •

la cendolilla que dan~a
Eres cándida y perversa,
llena de gracia pri'mz'tiva,
llena de grada natural,
llena de gracia z'rreflexz"va.
Eres como una brisa salitrosa
y atemperada que desde ta mar
viene y pasa riendo sobre la tz"erra seca,
que eso es mi alma.
.Sabes de las malicias, sin haberlas gustado,
adormeces los ofos lúbricamente;
toda entera palpz'tas, como una llama:
y eres fría y no sientes latir la carne,
esa carne que yo deseo.
A tu gracia espontánea de anz'rnal foven
¿quién le ha enseñado el gesto torpe, lascivo?
¿Por qué no te sonríes, como los ángeles,
con tu boca divina, que yo he besado,
yo solamente... sin que tú me besaras?

' 1
!

1
111

1

1 '1
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1

1

1

' 1

Te adoro; yo te adoro, virgenci'ta
insensible y alada.
Te adoro por tu alacridad maravillosa
'
cuando en torno mío giras,
cuando en torno mío danzas
-como ante un sultán viefo una esclava
enamorada de un, pastor ausente-,
cuando brincas con pies rítmicos
alocadamente,
ebria de la danza
ebria de ti misma,
con las nariátlas rosadas tremantes
al aire los brazos como al.as·
el incipiente seno, fadeante ...
luego te apoyas en mí y tu alz'ento me halaga.
¡Oh, cómo te amo cuando en torno mío gzras y danzas,
Y me envuelves de anz'malidad z'nocente
Y como que me abres los sentidos a los días remotos
del padre Adán Y las selvas intactas:
la primera salida del sol
)

)

)

...

)

)

)

el mullz'do de la yerba tierna, infantil,
por donde volaban las prz'meras mariposas
que Dios crió Y luego te había de dar por pensamientos•
1910

RAMON PBRBZ DB AYALA

58
59&gt;

�LA Pi-UMA
Sabía yo que mis caballos nu servían en modo alguno para ir a Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos pedregosos, por

el camino de Finistecee. '

1
'

L

a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de ~igo.
Tenía el propósito de enviar a mi criado con .l~s. c~ballos a ~an~ago
y alquilar un guía que me llevase a Finisterre. D1f1c1l m~ .serla Justifica~
con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenia de ~ISltar e~te lugar,
pero recordaba que el año anterior me babia librado casi por milagro de
naufragar y perecer en los peñascales que bordean aquel punto extremo
del Viejo Mundo, y pensé que llevar el Evangelio a un_lugar ta~ apartado
y agreste sería acaso una peregrinación acepta a los OJOS d,e m1 Hacedor.
Verdad es que sólo me restaba un ejemplar de los que hab1~ llevado con~
migo en esta última etapa; pero tal reflexión, lejos de desa~1marme en mt
proyecto, produjo el efecto contrario: consideré que el S~nor, desde que
se reveló al hombre, se había servido siempre para cumphr la~ a:iás ~andes obras de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el umco eJemplar restante podría por sí solo causar tanto bien com~ los otros cuatro
mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madnd.
LEGUÉ

1

'

1

.
Giménez
Fraud, editor
(1) A punto de pnbhcarse
en la co1ecc1'6n GRANADA
ofrecemos
a nuestros
lectola
primera
versión
caste!la~a
dde
T
l~b
E
Bl~LE
~e~:gAINe
Borrow
de
cuyas
andanzas
-r es un capítulo car actensttco e 1 1 ro .e
,
,
por la Península hablaremos en el próximo numero.

ásr,eras y empinadas montañas; resolví, pues, dejarlos atrás con Antonio,
a quien tampoco quería yo exponer a las penalidades de un viaje como
aquel. Sin pérdida de tiempo mandé buscar un alquilador y le expliqué
mis intenciones. Díjome que tenía a mi disposició'l una excelente jaca de
montaña y que él en persona me acompañaría; pero al propio tiempo aña- .
dió que el viaje era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo
pagase con largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con la expresa condición de acompañarme él en persona, como me había ofrecido,
pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con el último bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería muy capaz de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los españoles usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la duda: «No tenga usted cui- .
dado, yo mismo iré.&gt; Arregladas así las cosas satisfactoriamente, a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a dormir.
Había yo eacargado al alquilador que me llamase a las tres de la mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo que se dormiría, .
pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me levanté de un brinco;
me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, sin olvidar el Testamento
que pensaba regalar a los habitantes de Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el alquilador, que tenía por las riendas la jaca en que había
yo de hacer la excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano, al
parecer, sin un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas.
del cuervo.
Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en
quien por el momento no puse atención, pero del que he de contar mucho en lo sucesivo.
Pregunté al alquílador si estaba todo listo, y obtenida respuesta afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca y con paso vivo.
salimos del pueblo, tomando al principio el camino de Santiago. El tipo
aquel de quien he hablado antes venía pegado a nosotros; pregunté al al-quitador quién era y por qué motivo nos seguía, a lo cual respondió que •

60

61

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1

1

LA PLUMA

,,

1,

1

1

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1

1

era un criado suyo y que nos acompañaría un rato para volverse luego.
Continuamos a buen paso, hasta llegar a menos de un cuarto de milla del
convento de la Esclav#ud, un poco más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que dejar el camino real; en tal punto, el alquz"lador se
detuvo bruscamente, y al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de
la parada, y no obtuve respuesta. El alquilador tenía los ojos clavados en
el suelo y contaba, al parecer, con intenso cuidado, las huellas de las va&lt;:as, mulas y caballos estampadas en el polvo de la carretera. Repeti mi
pregunta con voz más fuerte, cuando, después de una larga pausa, alzó un
poco los ojos, aunque sin mirarme a la can,, y dijo que creía que yo estaba en la idea de que me iba a acompañar hasta Finisterre, y que, si era así,
lo sentía mucho, por ser cosa imposible de cumplir, pues ignoraba completamente el camino, y además era incapaz de hacer un viaje tan largo
por tan mal terreno, no siendo ya el hombre que antaño había sido, y que
él estaba comprometido a llevar aquel mismo día a Pontevedra a un caballero que le aguardaba.
-Pero-continuó-como me gusta quedar siempre &lt;;orno un caballero
con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted plantado. He hecho un ajuste con este individuo-añadió señalando al tipo
raro-para que le acompañe. Es de toda confianza y conoce muy bien el
camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta misma jaca
que usted monta. Además será un buen compañero de viaje, porque habla
•francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo.
El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía
me produjeron tal efecto, que pasó algún_ tiempo antes de poder hallar una
•respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra y le
dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al pueblo
y denunciarle al alcalde para que le castigase a toda costa. A esto replicó:
-Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca de
,Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta espuela
a la jaca, porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce leguas largas
a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí a Finisterre, tam1poco es grano de anís. Con este hombre no tenga usted cuídado: es el me62

LA PLUMA
jor guía de Galicia, habla inglés y francés, y le servirá de agradable compañia.
Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al individuo
aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me parecía un tunante :n toda la extensión de la palabra, tan buena era la compañía de
cualquier otra persona como la suya. Manifesté, pues, mi resolución de
segui~ a~elante, le diJe que se volviera, y le conjuré por Dios a que se
arrep~ntlese de sus culpas. Vencedor en este punto, pensó sacar nuevas
ventaJas; se colocó a una vara delante de la jaca, y me dijo que el precio
que yo me había comprometido a pagar por el alquiler de la jaca (todo
lo que me pidió, dicho sea de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle dos duros más, pues sin duda estaba loco 0
boi:racho al hacer el t~ato conmigo. La cólera me dominó por completo,
Y sm pararme a reflexionar metí espuelas a la jaca, que le derribó en el
P?lvo ~ le pasó p_or enc_i~a. A cien varas de distancia volví la cabeza y le
VI en_ pie en el mismo sitio; el sombrero caído en el suelo, y que sin dejar
d: m1rarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o Jo que fuese,
leJos de socorrer a su principal, en cuanto la jaca se movió echó a correr
a .su lado, sin proferir palabra, 01· h acer otro comentano
· que golpearse
vigoro~mente u~ muslo con la mano derecha. No tardamos en pasar de
Esclavitud, Y un ln~tante después volvimos a la izquierda, metiéndonos
por ~n sendero desigual Y pedregoso que llevaba a unos maizales Pasamos Junto ª varios caseríos, Y llegamos, al fin, a una cañada cuya~ laderas estaban cubiertas de bl
'
.
ro es enanos, y que descendía suavemente hasta un nachuelo obscuro somb d
,
rea o por los árboles, que atravesamos por
u~ tosco puent~cillo. Ya entonces había tenido tiempo de examinar detem damente de pies cabeza a mi singular compañero. Su estatura estíráo ose todo lo posible quizá h b'
11
'
d
'
u tera egado a cinco pies y una pulgaª• pero el hombre tenía ciert t d ·
habla dotado de in
a en e~c1a a encorvarse. La Naturaleza le
que entre la . mensa cabeza, ponténdosela a ras de los hombros, por•
cuello A
t:zas q~e entraron en su composición faltó, por lo visto, un
.
a os se alanceaban unos brazos largos y musculosos. Era,

ª

lo:

63

�LA PLUMA

LA PLUMA

·i :

1

61" d como la de un atleta. Sus.
en conjunto, de armazón tan fuer!e
~ :u rostro, largo, largo, hubiera
P iernas eran cortas, pero muy gi e '
t o humano a no haber la
t
me1·anza con un ros r
,
.
guardado cierta remo a se
do su sitio natural a la nanz,
hos o1· os parados usurpa
b
boca tuerta y los anc
, de tres prendas: som rero
. . • 'bl Su vestido se compoma
que era casi mv1s1 e.
d I
ie1·0 y andrajoso; una esped
a y angosto e a as, v
'6
portugués, ancho e cop
b d Quise trabar conversac1 n
lzones de tela ur a.
é
cie de camisa, y unos ca
·¡ dor me había dicho, le pregunt en
con él, y, recordando lo que el alqu1 ª1 fi . de guía Al oirme volvió los
b . d ·empre en e o c10
.
6
inglés si babia tra aJa o ~1 .
clavándomelos en el rostro solt
ojos ~acia mí c?,n expresión s~~!~~:~ :res veces por encima de su cabeuna nsotada, d10 un salto y p
,
e babia entend'd
1 o,. r epetí fa pregunta en francés,
za. Comprend1 que no m
1 . el salto y las palmadas. Al cabo, en
y me respondió de nuevo con a nsa,

'

' 1

1

l.¡¡,
1 11

'

'

1

1

mal español, dijo:
de Dios y le entenderé a usted,
h bl n español por amor
,
Oí 1
-Mi amo, a e e
'
d prometerle otra cosa.
0
Y mejor aún si habla en gallego; no lpue o embustero de la tierra, y le
'lado
.
pero
es
e
mayor
lq
que le decía el a uz
r, al rometerle que le acompañaría. A su serengañó a usted en eso, como p
l hora dejé el profundo mar y
vicio estoy por mis pecados; que en ma
me dediqué a guía.
.
de oficio y que había pasado
de Padrón marinero
,
1 .
Me contó que era
'
d
-ola· sirviendo en el a, v1rte de su vida en la Escua ra espan ' la mayor pa
d la América espanola.
sitó Cuba y otras muchas p~rtes ~ d"
usted que yo sería un buen
-Cuando mi amo-contmuó- ed llJO ~ . verdad que ha salido de
. . 1 d" la verda , a umca
d
compañero de v1a1e, e lJO
11
. Finisterre se habrá uste
. ucbo antes de egar
su boca en un mes, ~
1 amo haya venido con usted; m1 amo
alegrado de que el cnado, y no e
,
d
do y yo soy como uste ve.
es muy torpe y muy pesa , 1
l ió a reirse a carcajadas y a pa1Dió dos o tres saltos morta es, vo v

ª

•

motear.
continuó-que ayer vine de La
-Seguramente no se figura usted- 11
os a Padrón a las dos de
•
uy buena carga· egam
h
Coruña con esa Jaca y m
.
' o estamos dispuestos a acer
la madrugada, y, a pesar de eso, la Jaca y y
64

este nuevo viaje. Como dice mi amo, no tenga usted cuidado; nadie ha tenido queja de la jaca ni de mi.
Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por
terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de una

montaña.

-Este pueblo-dijo el guía-se llama Los Ángeles, porque su iglesia
la hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieron
una barra de oro traída del Cielo, y que había servido de viga en la propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la catedral de
Compostela.
Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía unos
baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el Noroeste,
dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a nuestra derecha, en otra orilla de un valle espacioso, corría una elevada cadena de
montañas, que iba a enlazarse con las del Norte de Santiago. En la cima
de esa cadena alzábanse unas torres almenadas, llamadas de Altamira, al
decir de mi guía, restos de un antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en
otro tiempo la residencia principal que los condes de ese titulo tenían en
la provincia. Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a
uaa región más alta. La subida nos costó cerca de media hora, y las dificultades del terreno eran tales, que más de una vez me alegré de haber
dejado nuestros caballos y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada a los caminos, trepaba con mucho ánimo. y nos puso al fin, sin
daño, en lo alto de la subida.
Allí entramos en una choza gallega para reponer nuestras fuerzas y las
del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos bípedos nos
regalamos con /n-oa } aguardíente, servidos por una mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar el aspecto del país,
Y al volver encontré al guía profundamente dormido en el banco donde
le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con la espalda apoyada en la pared y
las piernall colgando a unas tres pulgadas del suelo, porque eran dema-

s

�LA PLUMA
él Cinco minutos lo menos estuve contemplansiado cortas para llegar a .
.
l de la muerte. Su rostro
f ndo y tranqmlo como e
.
do su reposo, tan pro u
fi
omías de santos y monJes que
h esas singulares son
me recordaba mue o
.
d los muros de los conventos en
tr en las hornacmas e
bl t
a veces se encuen an
. 1 b de vitalidad en su sem an e,
ruinas. No babia ni el _m_ás ~ge;~¡;;: ;:re~:r de piedra, tan informe y tan
que por el color y la ngtde p d
. d de Icolmkill que han desafiado
de esas cabezas e pie ra
,
e
tosco como una
.
Mirándole estuve hasta que empece as nlas intemperies de doce siglos.
ºd
d' haber huído de aquella malensando que la v1 a po ta
l n
tir cierta alarma, p
dí on fuerza por un hombro, y e trecha y extenuada máquina. L~ sacu cb do y luego los cerró. Durante
tó abrió los OJOS asom ra ,
,
d
tamente se esper ,
ºd . dóndé estaba. Le di voces
o con toda ev1 eoc1a,
unos momentos no sup ,
, d
·endo en luoar de llevarme
urmi
,
"'
b
P reguntándole s1• pensaba pasarse el dia
b l piernas arrebató el som rero
l .
se dejó caer so re as
,
.
a Finisterre; a o1rme,
r ó por la puerta corriendo y gnque yacía en la mesa, y en el acto sa 1
tando:
,
en un
-Sí, si, ya me acuerdo; s1game,
cap1ºtán , y le llevaré a Finisterre
vuelo.
.
todo correr la misma dirección que anLe seguí con la vista y tomó a
M vas a dejar aquí con la
e
tes traíamos-. Es pera-le grité-·' espera.
t ¿ Espera-.
Pero no volVI.ó l
1
J•aca? Espera; aún no hemos pagado e gas
to se perdió de vista. La
. h os
cabeza ni un instante, y en menos de ua
l mmu
h
comenzó a dar relmc
rincón
de
a
e
oza,
J·aca atada al pesebre en un
. de un modo extrano.
'
terroríficos,
a manotear y a erizar la cola Y 1a cnn
!ara
·
?
1
al ue temi que se estrangu
Tanto tiraba de ram , q
d qué significa todo esto
.
,
1 é ¿dónde anda uste Y
1
- Mu1er!-exc am - ,
·n t bién, y aunque recorn 1a
Pero la huéspeda había desaparec1 o am
obtuve respuesta.
choza dando fuertes voces, no
.
l s tirones que daba al ramal
Continuaban los relinchos de la ¡aca, y o
e ran cada vez más fuertes.
. do sobre la mesa una
~
ºté y arro1an
1
-¿Estoy rodeado de _ocos.-~n:rle el bocado, pero no lo consepesela desaté el caballo e tntenté p ó 1 . a a tirar hacia la puerta,
gui. Apenas solté el ramal comenz a 1ac

º:

66

ª

LA PLUMA
a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.-Si te escapas
-dije -mi situación va a ser divertida.-Pero todo tiene remedio; de un
brinco monté en la silla, y un instante después el animalito me llevaba, en
repido galope, por un camino que supuse sería el de Finisterre.
La situación, divertida para el lector, era para mí bastante apurada.
Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno de gobernarlo,
a todo correr por un camino peligroso y desconocido. No parecía ni rastro
del gula, ni encontré a nadie a quien pedir noticias. La verdad es que,
dado caso de alcanzar a un pasajero o de cruzarme con él, apenas habría
tenido tiempo de dirigirle la palabra: tan veloz era la carrera del caballo.
c¿Estará este animal enseñado a estas cosas?-pensaba yo-. ¿Me llevará
a una cueva de ladrones, que me corten el cuello? ¿No hace más que seguir por instinto a su amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones.
La velocidad de la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino.
Miró en torno con inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al
suelo, y de pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para
ponerle el bocado, que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a buscar el camino.
No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol, ya muy
alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y mujeres, que
me miraba sorprendida, maravillándose, probablemente, de que una persona como yo anduviese sin gula por tales sitios. Pregunté a dos mujeres
si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o no quisieron entenderme, Y después de cambiar entre sí unas pocas palabras en uno de los
cien dialectos de Galicia, siguieron su camino. Luego de atravesar el
descampado, llegué de improviso a un convento al borde de un profundo
barranco, por cuyo fondo corría un rumoroso arroyo.
. El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y obscura. El
convento, muy capaz, parecía abandonad~. Pasé junto a él, y al instante
llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras, pues no hallé ser vivien67

�LA PLUMA
LA PLUMA
te, m siquiera un perro que me saludara con sus ladridos. Me detuve en
una fuente de piedra, que vertfa sus aguas en una pila. Sentada en la pila,
con los brazos cafdos y los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una
figura humana, que aún se presenta frecuentemente a mi fantasla, sobre
todo cuando duermo y me oprime una pesadilla: era mi fugitivo gula.
Yo.-Buenos dfas tenga usted, caballero. El tiempo está caluroso, y ese
agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y regalarme
con un trago.
EL GUfA.-Su merced no puede hacer mejor cosa. Hace mucho calor,
en efecto; lo mejor es que beba un poco de agua. También yo acabo de
beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo, está jadeante y muy
sudado.
Yo.-Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos leguas en
busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre, pero
que me ha abandonado de la manera más exrraña del mundo: tanto, que
he llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado. ¿No le ha
visto usted, por casualidad?
EL GUfA.-¿Qué señas tiene?
Yo.-Bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y, con perdón de usted, muy feo.
EL GUfA.-¡Ja, jal Le conozco. Hemos venido corriendo juntos hasta la
fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese hombr1t no es un ladrón; si algo es•
es un nuveiro, un hombre que anda por las n ,bes, y que, a veces, un soplo de viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le permita beber más de una copa de anis cada vez; de lo contrario, se subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahi corriendo
hasta que dé con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago, vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor, que va usted a Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un caballero !muy parecido a
usted me ajustó esta mañana para que le llevara allí también; pero se me
ha perdido en el camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a su gula y yo a mi amo.
Podian ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo y
68

~inoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guia, puente de D
onso. ~travesaba una ensenada, o más bien una rfa, por ue el m on
estaba leJos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad ~ N
ar no
-Cuando at_ravesemo~ el puente, capitán-di" 0 el uf _::. oya.
a país desconocido, porque yo no he pasado nun~a d gNa , llegare~~s
terre, no sólo no he estado allf
. . . e oya, Y de Fm1s•
preguntado a dos o tres
nunca, pero nt siquiera he oído hablar. He
personas, desde que nos pus·
saben tanto como yo. Sin embargo bien . d
imos en camino, y
es seguir hasta Corcubión a u ' .
mira o todo, creo que lo mejor
,
nas cmco leguas de aquf d d
.
antes
de
cerrar
la
noch
.
d
,
a
on
e
quizá
11eguemos
.
e si amos con el cam·
quien nos gule; porque, como ya le h d" h
mo o encontramos
soluto.
e •c o, yo lo desconozco en ab. -~n buenas manos he caído-res ondl- C
Jor es ir a Corcubión y allf qu· á
p
. reo, en efecto, que lo me'
tz sepamos algo d F" ·
tre un gula que nos lleve.
e imsterre y se encuenEntonces, con nuevos brincos
b .
pido, deteniéndose a veces en
y ; ; nolas, echó a andar con paso ráformes, supongo yo aunqu
una e za con el propósito de adquirir in,
e apenas entendí una palab d 1 .
Y
sus
interlocutores
hablab
ra e a Jerga en que
él
an.
A poco llegamos a un terreno por demás a rest
mos y bajamos barrancos· vad
g
e y montuoso. Subi'
eamos arroyos y nos a ñ
1
manos en las zarzas, deteniéndonos a v
,
ra amos a cara y las
que había cosecha abundante p
e~es a coger moras silvestres, de
despacio. La jaca iba detrás d. 1 orí cammo tan duro avanzábamos muy
en el hombro con el hocico
gu, a, tan pegada a él, que casi le tocaba
.
.
pa1s era cada vez má á
que de1amos atrás un mor
.
s greste, y una vez
molino estaba en el fo dmod, ya no v_imos rastro de vivienda humana. El
n . e h una
hondonada, som breada por grandes
'
árboIes, y sus ruedas, al girar,
acfan un ruid tr·
.-¿Llegaremos a Corcubión esta n
o iste y monótono.
salir del valle, nos encont
oche?-pregunté al gula cuando al
ramos en un descamp d . lf .
'
L GUIA.-No· no pod
a o sm m1tes, al parecer
1E
'
emos, y este desea
d
.
so va a ponerse en seguida e
mpa o no me gusta nada. El
remos a la Estmka.
'y ntonces, como haya niebla, nos encontra-

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69

�LA PLUMA
LA PLUMA

1 .

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Yo.-¿Qué es eso de la Estadea?
EL GufA.-¡Qué es eso de la Estadea! ¿Me pregunta mi amo qué es
la Estadi'nha? No me he encontrado a la lfstadz'nha más que una vez, y
fué en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se levantó una niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de nosotros, entre
la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido tremendo,
y las mujeres se cayeron al suelo, gritando: ¡Estadea, Est~a! Yo también me caí y gritaba: ¡Estadinha! ¡Estadinha! La Estadea son las almas
de los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con
franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de
correr hasta tirarme de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi única esperanza es que encontremos por aquí una choza donde
podamos defendernos de la Bstadt"nha.
La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; pero
no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la provincia más
agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si sabíamos adónde
íbamos. porque el guía me dijo repetidas veces que no creía en la existencia de un pueblo llamado Finisterre, que sería, todo lo más, alguna montaña
solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a reflexionar sobre el carácter
de mi guía, no encontraba grandes motivos de tranquilidad ni de aliento;
en el caso más favorable, era evidentemente un hombre medio tonto, SU•
jeto, por confesión propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban
e!'!encialmente de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas,
aquella misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su
loco y supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el
despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y
correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también
en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre ni en
el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio y rompernos la
nuca. Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado parecía intermina-

ble, y por él anduvimos hasta que se puso la luna, dejándonos en casi
total obscuridad.
Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual subía
un agrio sendero.
-¿Será este nuestro camino?-pregunté al guía.
-No nos queda otro, capitán-respondió el hombre-. Subiremos, y
cuando estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.
Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena
obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al hombro de su
amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, agarrado con
la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos traspiés y más de
una caída; cierta vez rodamos todos por la falda del cerro. A los veinte
minutos llegamos a la cima; miramos en torno, pero no vimos el mar; un
páramo obscuro, apenas entrevisto, se extendía, al parecer, por todos
lados.
-Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana-dije yo.
De pronto mi guia me tomó una mano.
-Allf hay lume, senhor-decla-; allf hay lume.
Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un
r~to, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un débil resplandor.
-Eso es luml'-exclamó el guía-, y procede de la chimenea de una

choza.

A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que
nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras.
-Llama a la puerta de una cualquiera-dije al guía-y pregunta si
pueden darnos asilo por esta noche.
Así lo hizo, Y al instante apareció un hombre con una tea encendida
en la mano.
-¿Puede usted guarecer a un cabalhet"ro contra la noche y la estadeaJ
-preguntó el guía.
-Sí puedo, gracias a Dios-dijo el hombre.

�11

LA PLUMA

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Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto, le
encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos de Munster.
-Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acemodarlos a ustedes y también a la cabalgadura.
La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos; en
el primero había yerba, en el segundo estaban las vacas y en el tercero la
familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos babia abierto y de su mujer e hijos.
- Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos de
Corcubión-dijo el hombre en regular español-. ¡Ah! Ustedes los catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las costas
gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del país.
No tengo, en cualquier circunstancia, el menor inconveniente en pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente tan
salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su error, y
empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en Galicia y del
impuesto sobre la sal, El guía me miró ua momento con expresiói:i singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada; se dió un palmetazo
en el muslo, como de costumbre, y pegó tal brinco que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe que aún faltaban dos
leguas hasta Corcubión, y que el camino, por cerros y páramos, era
difícil.
Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos que
sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una 13:rga conversación; pero
como hablaban en gallego no pude entenderlos. Creo que principalmente
se referían a brujas y hechicerías, porque nombraban mucho la estadea.
Después de la cena pregunté dónde podría descansar; el huésped me señaló una trampilla en el techo, diciendo que encima había un desván a
propósito para dormir, y en él encontraría paja limpia. Por pura curiosidad
pregunté si no habla en la choza ninguna cama.
-No-replicó el hombre-; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me
72

LA tPL UMA
he acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo O en
la paja con el ganado.
Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una escalera al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por almohada y
me tend( en las tablas, prefiriéndolas por más de un motivo a la paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente aquella hablar en gallego, y
~ntre los intersticios del piso vefa los resplandores de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; el fuego se fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me adormecí de nuevo, y caí por último en
profundo sueño, del que sólo desperté al segundo canto del gallo.

G.BORROW.
(Traducci611 de Manuel ~aiía.)

73

�LA PLUMA
1

l1

desprende un amigo, tendiendo la mano, a hablar de todo menos de
arte. Lo mismo que la Exposición Nacional.

11

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1
1

1

1

* *

Ceónicas

1

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1,

de "la Dame de Cozue".

Para verla hemos tenido que volver otros días. La Dame de Creur
no ha perdido aún todas sus ilusiones. Todavía se figura que lamaravilla está acechando detrás de una puerta, y que sólo aguarda a que
la busquemos para mostrarse. ¡Ay! ¡Malogrado optimismo, expuesto
sin cesar a los golpes más rudosl
Cn «amigo del arte»-en el pequeño sentida de la palabra-,.
acompaña a la Dame de Creur.

Sa(ón.

E inauguró

1,

I

1

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1

1

1

S

-Enséñeme usted lo esencial de la Exposición, lo indiscutible, lo
nuevo.

1

lo que llaman Exposición Nacional de -~ellas Artes
el 1.º de junio. En los jardines, todas y todos, se apmaban frent~
a las escalinatas inaccesibles aún para resolver, cada cual
s1,
una seria duda: ¿Está el Rey más pálido? ¿Está más delg~d:i. la Rema?
Cuando aparecieron en el pórtico, entre uniformes y levitas, Y desfiló la tropa, y resbalaron hasta el pie del palacio los charolados ~~tomóviles, ya la duda estaba resuelta, Poco después t~dos se precipitaban al asalto de las salas francas, dejando sola, banada en la verde
luz de las frondas, con raros manchones de sol en el cuerpo, a la Serenidad de Ciará que no se atrevía a seguir al público.
Un primer vi~tazo a las salas justifica plenamente 1~ actitud ~e la
diosa. Cierto que hay allí, visibles desde la entrada, mas c~mpaneras
suyas; pero sin duda las conoce bien y lo demás no le mteresa. A
nosotros, francamente, tampoco. Buscamos, entre la muchedumbre,
una sonrisa de amiga, una toilette, no un cuadro: a veces, por entre
dos cabezas, asoma un lienzo espantoso; pero ya, por fortuna, del
todo Madrid que se apretuja, sudoroso y risueño, entre los cuadros, se
74

Pº:

Él vacila un poco y se para delante de un Julio Moisés, un retrato
. de mujer joven, con ciertas pretensiones de elegancia. La Dame de
Creur ha debido hacer una mueca, porque su acompañante ha pasado de prisa a otro asunto. Ahora están los dos ante Za Senda, de·
Alcalá Galiano:

-A usted como mujer le interesará esto.
¿Como mujer? ¿Qué idea de la mujer tiene mi encopetado amigo?
A una mujer pueden interesarle las monjas, y hasta puede ser monja
ella misma, cosa imposible para un hombre, fuera de los cuentos de
Lafontaine (1).Pero ¿éstas.. .? ¡Ni pintadas! Es decir, ni aunque estuvieran bien pintadas. Esas monjas, ese mar, esa fantasmagoría de lu:c
que no parece sino el gabinete iluminado por bombillas rojas de las
casas cursis, no son de este mundo. Más de pintor hubiera sido el baño
de las monjas. Pero, para un asunto así, hay que tentarse la ropa... y
quitársela al modelo.
El acompañante quiere mostrarnos un Huidobro que nos rubori(1) ¡Qué horror de cita! ¿Qué pensarán de mí los eruditos? Dése por retirada.
75,

�LA PLUMA

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.za, a pesar de que estamos curada (así en singular) curada de espanto, y huimos, no tan de prisa como de otra sala, para imitar a la S11!0mé, que, en el fondo de ella, huye para ocultar una cabeza que ha robado, o quizá para que no vean 'iUS malas formas.
Hemos sonreído a unas criaturac; cte Hermoso que nos enseñan
los dientes, nos han atraido como en una tienda de chamarilero los
•. cacharros talavereños, los encajes de Lagartera, de Ramón de Zubiaurre, y en un gran Vázquez Díaz se ha encendido de repente a
nuestros ojos el arabesco de llama del San Mauricio de Teotocópuli;
sólo que aquí es una llama de alcohol, muy tenue. Pero éste es un
pintor. Si sus toreros no bastaran, véase un retrato de mujer, metido
en un rincón por el clarividente Jurado. Un retrato superior a casi todos los del concurso, al de Piñole, a la Madre de Grosso, a los de Zaragoza. Algún Llorens, algún Frau, algún Gómez Alarcón, algún Meifrén (sin que se enteren mis amigos, que no me lo perdonarían nunca) me atraen. ¿Y los Solanas? Si el ~amigo del arte• me dejara verlos
bien, yo los preferiría a toda la Exposición ... Pero me lleva ante unos
paisajes que le extasían y le hacen abrir mucho la boca: Regoyos.
.¿Regoyos? Migajas de Regoyos, honradas ahora por los mismos que
le colgaban, vivo, en la sala del crimen.
Pregunto:
-¿Y los maestros?
He ahí a Chicharro, distinto esta vez de su manera habitual, me
-dicen. A mí me parece que si Dolor no fuese de Chicharro merecería
serlo; y me parece con su mesa rústica y sus enlutadas figuras de
pueblo, tan artificioso como el tríptico de Armida. Ahí está Rusiñol,
con un paisaje, para no hacernos olvidar sus lienzos en que la Naturaleza se quedaba encantada, y Mir, con obras de menos quilates que
otras veces, bastantes, sin embargo, para sorprender al que no le conozca. Y nadie más...

LA PLUMA
Los maestros ya no van a las Exposiciones, o van por compromiso, o por la medalla de honor. En la Exposición de este año hay obras
estimables: faltan los diez o doce cuadros que hacen una Exposición
y a cuya sombra los mediocres parece que ganan.
Comparada con la pintura, la escultura es aún más mezquina. Ciará es imponente; el torso de Inurria me ruboriza; los otros... ¡Hace
tanto calor y está tan lejos y va tan poca gente al palacio de cristal!

***
-Una eximia escritora-no hemos de nombrarla-fué, hace años
elegida para la presidencia de una sección liter~ria en cierta doctt
casa que tampoco mencionaremos. Cuéntase que, reunidos por ella
en su morada particular, los individuos que formaban la sección detuviéronse a contemplar un busto de la dama, hecho tiempo atrás' por
un artista de renombre.
. L~ eximia escritora, dirigiéndose a uno de sus compañeros de sec
ción, llustre autor dramático, y mirando complacida la obra de arte
le preguntó:
'
-¿Verdad que entonces era yo muy hermosa?
El autor de Canción de cuna-ya dijimos que no nombraríamos a
nadie-, un poco azorado, contestó:
-Señora, y todavía...
En esta Expos1c10n
· · · Nac10nal
·
1 las Artes parecen formular una pre- guata análoga:
-¿Verdad que todavía somos bellas?
La Dame de Creur se azora y no sabe qué contestar.

LA DAME DB CCBUR

.76
177

1 1

�LA PLUMA

... castillo famoso.

M

está sin hacer porque lo hemos pensado po~o. M~drid crece en libertad, como zarza al borde de un camtno. S1 pensásemos más en él , Madrid seria una proyección de nuestro espíritu; a
fuerza de explicarnos Madrid unos y otros, acabaríamos por crearlo. Lo
contrario sucede hoy; cuantos aceptan el Madrid carreteril y polv iriento
que la espontaneidad desenfrenada va formando, y pretenden extraer de
la pobreza triste de lo pintoresco madrileño un valor duradero, se encierran, con abnegación poco envidiable, en una perspectiva no más amplia
que el horizonte de la calle de Tudescos y llevan a su esplritu, por todo
fermento, un puñado de broza municipal. El apetito de una mente activa
es sobreponerse al medio que la rodea, y transformarlo, adaptándolo a su
norma.. Mi ambición, es claro, no llega a tanto: la indolencia me retiene,
y el alma de déspota constructor que llevo dentro, dormita. Pero si yo
pudiese derribar Madrid (sin exceptuar la fachada del Hospicio, ¡qué diablo!) y, cediendo al insinuante Tentador, me comprometiese a reedifi-:arlo
en tres días, no iba á formarlo a imagen y semejanza de un concejal. Sin
ofensa de nadie, el alma de un concejal es el último arquetipo a que uno
quisiera acudir. La mente crea, por decirlo así, la realidad, y el concejal es un ser increado que se inserta en ella sin que nadie le llame y, por
,añadidura, la administra.
AL&gt;RID

11

78

Años hace, hablaba yo con un edil no del todo mal intencionado. Le
conocí de vista mucho tiempo antes de su advenimiento a la concejalía: corpacho musculoso, poca alz.ida, bigotes foscos y mofletes colorados. Vestido con una blusilla a rayas azules, y liado a la cintura un mandil
/ verde, cruzaba a diario por mi calle a la misma hora, de vuelta del matadero. Acompañábale un camarada y llevaban al hombro uno5 dornajos,
llenos, al parecer, de las sustancias innombrables de que hacían provisión para su casquería. Avanzaban con andar solemne, echando a compás
los remos protegidos por gruesos zapatones, y departían en un castellano
cazcarrioso, difícil de reconocer bajo aquella prosodia de la periferia. Pasado algún tiempo, le vi una noche en el palco municipal del Español:
más gordo, con piedras preciosas en los dedos, raya hasta el cogote y
mostachos corniveletos, mal domados por las tenacillas. Era cacique electorero, miembro de no sé qué partido histórico y primera vara del Municipio. Pasaba por ser un tipo madrileñisimo y él se lo creía. Ante todo,
estaba por Goya, y con ferocidad de hiena pugnaba por desenterrar el
cuerpo del pintor para llevarlo a la rnargen del rio, donde, a su parecer,
se pudriría más a gusto, arrullándole el sueño los pianos de la Bombilla.
Era entusiasta de la BANDA MUNICIPAL, cuando aún nos la envidiaba
el extranjero, y todos los veranos, durante la época de su mando, organizaba por Santilgo un desfile de la e histórica guardi I amarilla., tropel de
bigardos que daba escolta a una procesión de barrio, ofreciéndonos un
trasunto emocionante de nuestras vetustas glorias. En cuanto me aventuré a decirle que 1~ verbenaa son fiestas horrendas, tan faltas de amenidad como sobrada~ de aceite frito, se enfadó y me echó el fallo, llamán•
dome intelectual, con lo que me di por muerto en su aprecio. A pesar de
este fracaso, podría rehacerse Madrid metiendo en el cerebro de sus cachicanes lo que otros han pensado. Ninguna imposibilidad racional se
opone a ello. Si el filósofo animaba una estatua acercándole una rosa a la
nariz, podría probarse a poner un entendimiento concejil al alcance de
una idea; por mucho que digan, acaso le hiciera tanto efecto como al
bloque de mármol la fragancia de la flor. La dificultad nace del número.
Tan enteco y desmedrado está Madrid que no es capaz de digerir y asi79

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LA PLUMA

LA PLUMA
milacse el aluvión irrestañable de seros «primarios• que de todos los ámbitos de la Península viene sobre él y le pasa por encima. «Todos los días
entra un tonto por la puerta de San Vicente•, se decia antaño; esa estadística, establecida acaso por un timador, me parece fraudulenta; pero
aun siendo exacta, Madrid no tiene solera bastante para ennoblecei; al
tonto que viene por la puerta de San Vicente ni a los que entran por las
otras puertas. Madrid no es un hogar prei.tigioso. Es un parador. O si se
quiere, un campamento donde lai. generaciones se suceden como caravanas, y cada una encuentra por todo legado de las precedentes los tres
cantos ahumados en que se pone a hervir el put:hero.
Si no existe una idea de Madrid es que la villa ha sido corte y no capital. La función propia de la capital consiste en elaborar una cultura radiante. Madrid no lo hace. Es una capital frustrada como la idea política
a que debe su raniº· La destinaron a ciudad federal de las Españas, y en
lugar de presidir la integración de un imperio no hizo sino registrar hundimientos de escuadras y pérdidas de reinos. No conoció los tiempos de
esplendor. Carecía de fuerza propia, al revés de aquellas repiblicas de
mercaderes que arribaban a la cultura superior ahítas de riqueza. No tuvo
tampoco un tirano de gran estilo, de esos que sacian su amor a la yloria
levantando monumentos. Iba a ser emporio de dos mundos y quedó reducido a sede de una dinastía de locos, albergue de millares de frailes,
donde pululaban unos burgueses famélicos a quienes se permitía vivir
en casuchas inmundas emparedadas entre los conventos y los palacios
de la grandeza. El pueblo siempre ha estado ausente de la historia de
Madrid, salvo para gritar de hambre; y salvo también aquel día, madrileño como ninguno, en que se sublevó al saber que le ral?taban un infante que por casualidad era imbécil. Madrid, macerado por la pobreza
y aislado del mundo, no ha conocido más gloria ni diversión que las pompas regias. Tres siglos se ha pasado comentando los saraos palatinos,
los bailes de la grandeza y los entierros, corridas y bodas reales.
Madrid, extasiado ante las carrozas de los reyes, admiraba el esplendor
luiscatorceno de los arneses con orgullo apenas velado por una sonrisa
de superioridad benévola, como si alabase con ligereza elegante blasones
So

propios. Y ahora que la corte se ~ierde cada vez más en la baraunda de
la villa en auge, nos cuesta trabaJo captar la admiración y el respeto de
las tribus alcarreñas.
Pero el caso es que España necesita un Madrid Part1·endo de
"d
de Espana,
~ Ma d n·d se obtiene
•
por pura deducción· Co
. una
. I ea
drid participa de la perennidad de una idea que t l.
mo desrgmo,
a vez nunca se reahce.

:""ª-

BL PASBANTB BN CORTE

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�LA PLUMA

el espícitu público en fcan::
cía ducante el atmistícío.
1.-Rawn de una ac.titud peesonaL

A

no pretendo que desde hoy se tome por defi~it~v~ mi punto
de vista, creo que se puede hablar del año d~l ar~1st1c10 como de
·
lar por que ha pasado la conc1enc1a francesa, y del
l\ln momento smgu
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¡ t· d ¡
más leJ·os. El tiempo que media entre e 1n e as
que cada dia está
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tifiicación de la paz es una etapa de mcertt um re y
host1hda es Y a ra
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1 . d No era ya la guerra; pero la sociedad movilizada para la e ensa
::1t~dÍa volver a sus antiguos quicios con
misma pron~itud que los
dej!, ni era tampoco posible que los combatientes, ya estuviesen ena~decidos por la victoria, 0 exasperados por las penalidades de la· campana, o
• lemente deseosos de soltar la pesadumbre de las armas, se acomodasimp
ºd · ·1 p
roo
ran de buenas a primeras al blando descuido de la v1 a c1v1. arec~ co
de
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111• entre e ¡ momento el.e abandonar la trinchera y el de zambulhrse
nuevo en la oficina O en el taller hubiese habido una parad~, un s1lenc10
solemne, en que el espíritu público, recogido sobre sl mismo, esperó.
Subsistía la tensión de las almas; los pechos se hablan esforzado tanto
UNQUE

.1ª

que albergaban naturalmente la esperanza en una paz de grandeza moral
equivalente el sacrificio cumplido en la guerra. La opinión pública se cebaba de ilusiones y proy!ctos: el pais, salvado de la destrucción con tanta gloria (ignorábase aún a cuanta costa) iba a inaugurar una vida grandiosa. Germinaba el deseo de renovarse; más que deseo, era la convicción
de la ne~sidad de inventar. Todo tendria que ser nuevo: la economía, la
democracia, la universidad, el arte, el ejército; todo nuevo, y muy francés;
decíase que la nación, por salir depurada de aquel trance, y luego de hacer un leal examen de conciencia, iba a consagrarse, al amparo de garantfas razonables y con el apoyo mural y material de sus aliados, a enmendar yerros antiguos y a restañar la sangre de sus heridas.
El mundo nuevo engendrado por los diplomáticos tardaba en nacer; y
al irritarse las primeras esperanzas insatisfechas se acentuaba la impresión de vivir en lo interino y provisional. La lentitud y el sigilo de las
negociaciones, el prestigio intacto aún de ciertos hombres, a cuya sombra se agrupaban ya intereses bastardos que pretendían alzarse con la representación del interés general, y el incansable celo de la censura, manten:an en suspenso el juicio público. Los tópicos de la guerra subsistian,
y aunque eran inútiles o falaces, casi nadie echaba de menos otros. La
gente se dejaba gobernar por consignas caducas: unión sagrada, silencio,
aplazamiento de las discordias políticas; durante un año, la acción de los
directores de Francia ha consistido en aplazar la discusión de los problemas planteados por la paz. Al despertar de una pesadilla de cuatro años,
la gente mostraba un buen humor y una conformidad inverosímiles. Cada
cual a su manera se puso a crecuperar el tiempo perdido,: o trabajando
o divirtiéndose. El ansia de innovar no era menor que la avidez de goces;
asl fué de fascinador el espectáculo de la capital en esos meses. Nunca
ha sido París más olvidadizo y jubiloso. Un himno a la vida parcela levantarse de entre las ruinas; costaba trabajo descubrir, bajo la máscara risueña, la fatiga y el aplanamiento verdaderos.
Si se quiere dar a la interinidad que representa el año 1919 su significación propia, debe ser mirada como el tiempo que le ha hecho falta al
espirito nacional para percibir, entre las alegrias y los bienes de la paz,
83

�LA PLUMA
Ji
11

1

'111 11

el costo de la guerra. El terrible contenido de la paz, es decir, el problcde rehacer un país arruinado y exangüe, ha tardado en revelarse a la
ma
.
é
conciencia francesa tanto como tardó la guerra misma en ap~rec rsele en todá su magnitud. Mas por fatigada o distraída que estuviese la
atenc1·ón pu'blica , se ha visto al fin compelida a echar ciertas
. cuentas;
.
. hoy
.
·
&lt;Yn"ra
en
Francia
la
pesadumbre
de
la
carga.
La
msmuac1ón
se
ya nad 1e 1.,, v
•
•
•
ha ido haciendo poco a poco, por cammos muy diversos, ya que la sen~1bilídad para una misma cuestión es diferente según la _zona de la ~oc1edad que observemos. Desde la_ comprobació~ de~ despilfarro de vidas !
.
s hasta Ja del fracaso de ciertos valores 1mphcados
en la causa
antib1ene
.
.
.
alemana, pasando por la incomodidad actual de la vida, por las 10ext~1~ables dificultades económicas y por las amarguras y reveses de la pohuca
interna y exterior, no hay ahora ninguna consecuencia de
guerra que
no h aya Producido ya su máximo efecto en el ánimo..colectivo. Yo no he
hablado con ningún francés que no vea en las cond1c10nes de la paz un
chasco penoso. El sentir general ha ido moviéndose des~e la co~fiaoza
al desengaño. Si la unión de todos los franceses se cambió en untó~ de
todos los buenos franceses, hasta declarar «fuera de la ley de_ la nación»
a los proletarios intransigentes, la preven_ción contra lo_ extranJero ha paado a ser manifiesta hostilidad. El entusiasmo por el aliado generoso (en:usiasmo momentáneamente superior a las irreductibles diferencias de los.
caracteres nacionales) y la frialdad, entre burl?na y recelosa,_ con el neutral, son ahora aversión y desprecio. Las dificultades crecientes, al socavar la confianza y difundir la inquietud, hao incub~do un hu~or quebradizo, pesaroso, no limpio de encono. Quien descnba los cammos por
donde tal mudanza se ha operado, habrá escrito, en cuanto afecta a la
opinión francesa, la historia del armisticio.
.
El solo intento de esbozarla pone ante el curioso un caudal de hech~s
tan. fecundo en enseñanzas, que al escoger para estas notas lo~ más capitales me he visto en un apuro del que no sé si he logrado sahr. Trátase..
en suma , de sorprender el momento en que el país recobra
. la libertad para
.
uzgar y somete a discusión el azote de la guerra con ánimo de descubnr
~uién se lo ha impuesto y por qué motivos, o de parangonar los estragos

!ª

1 1

1

•

84

LA PLUMA
materiales y morales causados por la guerra con el principio que obliga a
participar en ella &amp;in consultar la conciencia individual, o de sopesar los
frutos obtenidos de tan terrible trabajo, aun habiéndolo aceptado con
mansedumbre o con gusto. Por desacordes que estén las respuestas que
cada cual obtenga, y por intrincados que sean los numerosos problemas
de orden histórico, o económico, o politico, que al liquidarse la guerra se
- plantean, la preocupación mayor es de orden moral. Se trata de valorar la
guerra. El hombre-en este caso el francés-, rebelde a su destino, interroga al ídolo que le devora. Escogeré, pues, ante todo, un cierto número
de testimonios, ya sean juicios proferidos directamente sobre la guerra,
ya estén formulados por modo indirecto en obras de imaginación. Es ajeno
a mi propósito examinar la influencia de la guerra en la literatura; las novelas y comedias en que se estudia los conflictos morales por aquélla suscitados, obras compuestas bajo la impresión de los sucesos por quienes los
han visto y sufrido, tienen valor excepcional en esa galería de testimonios;
sólo por ello las citaré aquí. Igual motivo nos lleva a hacer el alarde de
ciertas cuestiones de orden político, cuyo fondo es, en definitiva, una apreciación de la guerra, propuesta, no por un observador solitario, sino por
masas en movimiento.
No estoy seguro de que a todos interese tanto como a mí esta cuestión,
que además de su importancia intrínseca me solicita con la emoción retrospectiva del camino recorrido para proponérmela. Pero no voy a asociar a
nadie por capricho a un mero episodio de una biografía intelect11al.
¿Adónde nos ha llevado la guerra? ¿Qué ha destruído en nosotros? Estas
son cuestiones de interés general. Las devastaciones más terribles no son
acaso las que se ven en los campos de batalla, sino los estragos en los espíritus, que no se podrá reparar. La observación del caso en Francia es el
medio de abarcar una cuestión que importa a todos, aislándola en un campo de experimentación local. No es la primera vez que procedo asi. El
examen de la sociedad española contemporánPa me ha llevado, como a
muchos, al de otra u otras sociedades europeas más robustas y activas.
En las cuestiones de orden moral y práctico, en las que la persona que
observa es a la vez actor y espectador, conviene buscar los lugares en que
85

�LA PLUMA

1

'

la razón pueda ejercer con frialdad su función crítka para que el deber de
probidad intelectual no se quebrante en provecho de otros apetitos, también nobles, que nos estimulan a la acción. De las diferentes vocaciones
que pueden ofrecerse en la vida, yo preferiría siempre aquella que más
en derechura me llevase a ser con plenitud hombre de mi tiempo, es decir a incorporar a mi vida personal todos los problemas que agitan el
m:dio social en que me muevo. Es más dificil de lo que parece conseguir•
lo. El desdén, la timidez, pueden despistarnos. Hay que confundirse y dejarse confundir; hay que aceptar de antemano las limita~iones que e~a
sumisión impone. Si la romería pasa por el llano, prefiero 1r en la romena
a epilogar sobre ella desde un otero; prefiero ir en la procesión a repi.car
en la torre. Puestos a considerar las cosas de España, lo que más me importa es determinar bien mis relaciones personales con el medio; ?radúo
los sucesos que me circundan en lo que valen como pábulo de mis apetitos. La confluencia de la vida intelectual, puramente interior, con la vida
social y exterior, hecha entre todos, es el torbellino donde uno quisiera
estar siempre, como en el foco donde se condensan todas las actividades.
La síntesis formidable en que la idea es una pasión y los conceptos banderas, quisiera verla realizada en cada minuto. Si el deber es discur~ir con
pulcriturl y ahinco, paréceme que en el orden de la acción lo heroico es
proceder como un sectario, conocidas de antemano las relatividades Y con
la resolución de agotarlas. El riesgo es aminorarse hasta perder de vista
el punto de partida y deformamos engañándonos a nosotros mismos. Pero
en las cuestiones de orden político, en cuanto la razón se aplica a ob11ervar lo que al corazón no le interesa, el placer intelectual puro arriba sin
obstáculos al primer plano. Observar un medio con el que no est'á uno ligado por ningún interés personal, en busca de una verdad o de una información, cualquiera que sea el fruto que pueda dar, es un ejercicio indispensable para que el equilibrio no se rompa; ejercicio que he practicado
por instinto en más de ur.a ocasión.
Nacido en pafs llano, cuando por vez primera, siendo niño aún, estuve
en país montañoso, lo que aprendí a conocer no fué tanto la montaña
como la llanura. Al comparar la sociedad española con cualquier sociedad
86

LA PLUMA
europea robusta, que viva plenamente en el fragor de la vida contemporánea, lo que se descubre es el tardo paso de nuestro pueblo, aspeado,
rezagado, divagador; y el contraste entre el destino normal de un español
y el de otro europeo, nos enseña que la prerrogativa que gozamos o el
permiso que nos tomamos para zigzaguear, dispersándonos sin esfuerzo
por entre las mallas de una sociedad sin cohesión ni disciplina, no es
compensación suficiente del fracaso cierto de nuestras vidas.
El azar, tanto como mi gusto personal, me llevó años hace a tomar la
sociedad política francesa como pantalla sobre la que proyectar la silueta
española, y ver qué tal parecía. En aquel tiempo Francia vivía según ciertas normas que eran la trasposición de la ideologia que uno fraguaba cuando, puesta la vista en España, se entregaba al placer de rectificar lo tradicional por lo racional. Parecía el ámbito donde sin menoscabo del fondo
peculiar de la nación, más hueco se abría a 'lo universal humano. La autoridad concedida al espíritu critico placía a la soberbia intelectual. Reconociamos en tales normas algunas de esas verdades que uno acepta a fuer
de hombre y por las que, intransigente y violento, quisiera combatir como
español. La pasión que a todos nos mueve en cuanto nos vemos implicados en los problemas nacionales y la atrac•ción irresistible de una verdad,
superior a las contingencias locales, juntaban así sus fuerzas. La oposición
de intereses en política se transforma en un fanatismo espléndido cuando
se combina con el desprecio hacia el hombre a quien vemos sumidv en
un yerro intelectual.
Al preguntarnos ahora lo que ha devastado la guerra en el espíritu
francés, queremos averiguar lo que permanece en pie de aquella ideologia, no sólo en Francia, sino en nosotros; cuál era su fuerza de resistencia
y hasta qué punto han cambiado, no sólo el pensamiento, sino nuestra capacidad de entusiasmo y nuestros móviles de acción.

87

�LA PLUMA

Pío Batoja.- Lti caverna del humoris1M, Madrid, 1919.-Rafael
Caro Raggio, editor.

ltBROS y ReOtStAS
Pío Baroja.-Divagacio1tes Jobre la cu/tura.-Madrid, Caro Raggio, 1920.

Una conferencia leída en Bilbao y convertida en opúsculo por el editor. A
muchos literatos desencanta la Ciltuna fase de Barnja; yo no puedo considerarla sin emoción. E\'idcntcmcntc se viene preparando de tiempo atrás. Sorprende a muchos este deseo de conocer y buscar en campos ajenos al arte, propios
de la filosofía; pero, ¿no les sorprende que en estos ensayos ideológicos, el lenguaje sea positivamente el más apto que pndiéramos soñar para la conducción
del pensamiento? El literato, en Baroja, venía trabajando ya de antiguo, sin
darse cuenta tal vez, su prosa didáctica (muy lejana, sin embargo, del lenguaje
científico). Una p1osa clara y recta, sin anfibologías; e,1 cierto modo clásica,
puesto que no emplea mas que lo necesario para tocar la inteligencia o la sensibilidad.
Este opúsculo y el libro anterior La caverna del humorismo, se apoyan en dos
interrogaciones: ¿qué es :a cultura?, ¿qué es el humorismo? Parte de preguntas
como los filósofos; pero en el libro, por estar más cerca tod:wía de sus producciones lit&lt;!rarias, anda vacilando entre lo arbitrario y lo serio, mientras en el
opúsculo se encara con la pregunta severamente. ¿Viene de aquí el desencanto
-de alg~mos? Baroja, en efecto, tira por la borda la última taracea, el último sistema ornam~ntal. Ya la teníamos libre de todo convencionalismo retórico; pero
le quedaba la pirueta intelectual, el pensamiento giratorio y divertido. ¿Hace.
bien?, ¿hace mal? No creo necesarias estas preguntas. Baroja cambia. Sigamos
a ver lo que anda y lo que re:;bte. Lo interesante es la inquietud que con ello
revela. Por de pronto, acomete con brío juvenil los problemas que debieron
abordar ya los técnicos o documentados. Acaso no tuvieran interés sus aportaciones en un país extranjero-lo cual sería grave desde el criterio de universalidad-; pero en España tan remolona, ¿quién duda que camina sobre tierra
virgen?

J.

M. V.

En la dedicatoria a una joven lectora, excúsase Baroja de no poder ofrecerle
Falerno ni Cécubo guardado en cántaros sabbos, y sí sólo una bebida fantasista
más agria que d~lce y con más esp~ma que alcohol, elaborada por él mism~
con los frutos ácidos de su huerta. Smcérase después con un joven literato.
«Todos los escritores-dice-tenemos un ciclo parecido y vamos, tarde o temprano, a pasar por el mismo signo del zodiaco. Yo ya he pasado por el de la
novela, el del cuento, el de la crónica y el de la autobiografía. Ahora estoy en
el de las teorías estéticas.•
. Para expo~erlas se vale. de una ficción literaria sin intriga novelesca. Vanos cxcurs1omstas a las_ rcg1?i1e~ ;&gt;ola~es_ e_ntre los cuales el doctor Guezurtegui,
profesor a~~egado a la 1mag1nana Umvcrs1dad de Lezo, sorprendidos al rcgre•
s? de su v1aJe por J~ guerra, son internados en un c~mpo inglés de concentración. Descubren alh cerca la caverna de Humour-pomt, y con las conferencias
que dan otros profesores tudescos, compañeros suyos de amable cautiveria
Y sus i~pres_iones personales, e~vía el doctor Guezurtcgui sus comunicacione~
a la Umvers1dad de Lezo, escritas en los respaldos de las facturas del hotel.
en los prospectos de las sombrererías o los music-halls.
f:a caverna de Humour-point, confortabilísima, con calefacción central, con•
vertida en musco del humorismo, está comprendida, con el antro de Trophonius,
el antro de Baco, la caverna de Platón y la cueva de Zuaarramurdi en la espc1cología espiritual.
"
'
Al doctor Guezurtegui le parece que en el fondo de toda obra humana no
h~)'. sino egotismo y ~istema. Y se le antoja absurdo que sabiéndose cosas lejan1~1mas de astronomia, no sepamos qué es el humorismo. El doctor Guezurtc•
gu, n_o se sa~isface_ con las teorías de Bergson y de Kant acerca de lo cómico y
el ongen p~1cológ1co de Ja_ risa. De lo cual deduce que e hay que marchar, pues,
a la casua!1da~, tomar la idea del humorismo en bloque y llevarla de la dere~ha a la 1zqu1er?a, empujándola, y_ a ver si, a medida que se avanza en esta
taiea, v!n _apareciendo puntos de vista nuevos•, método que él mismo reconoce pnm1ttvo y malo, pero al cual impresionismo se entrega a falta de agarradero mejor.
. ;stima el catedráti_co in~enta?o por Baroja que el humorismo da, más que
nm.,un_a
otr_a for~a l1terana, la impresión de algo temperamental. Y así, cada
1
hu~ onsta literario le hace el efecto de una isla, sin comunicación con sus se
1~eJantes. De ~onde_ tenemos la isla de Shakespeare, la isla de Cervantes, la
s_la d_e Rabela1s, _la isla de Juan Pablo y la isla dt• Dickens. No dicen el doctor
n! .su mtérpr~te s1 en ese vago mapa tales islas constit,1yen al menos un archip1t:lago estético o moral.
El h~morismo para Guczurte¡:ni es un arte de contrastes violentos, un arte
suhvc-rsivo de los valoreg hum auos. •La tesis está c:n d humorismo· la antítesis
en el romanticismo; la ~ínte;.is en el humorismo. »
'

�LA PLUMA
Por otra parte, cel humorismo es improvisaci6n, la ret6rica es tradición. La
una aspira al orden por la sujeción, el otro al orden por la anarquía.&gt;

Al cerrar el libro, el lector ingenuo acaba por hacer suya la opiai6n que Baroja atribuye a su protagonista¡ es decir, que ccomo no tenemos un acuerdo definitivo para el uso de las palabras- o por lo menos, pensamos nosotros,
para el modo de usarlas el doctor Guezurtegui-ni un diccionario de conceptos
exactos y bien determinados, todas nuestras nociones son :mixtas y confusas.•
c. R. c.

Eugenio D'Ors.-l.a Bien plantada dé Xenius.-Traducción del
catalán por Rafael 1farquina.-Colección Universal Calpe. MadridBarcelona, xcxxx.
La Colección Universal inaugurada por la Compañía Anónima Calpe en julio
de 1919, con amplio criterio de divulgación popular, quizá desmedido, pero
plausible y alentador, inserta en el número 176 de los 20 correspondientes al
mes de marzo, La Bien plantada de Xenius.
Hace ya algunos años que este censayo teórico sobre la filosofía de la catalanidad• vió la luz paulatinamente en los Glosari que su autor publicaba en
La Veu de Catalunya. Suscitó entonces el interés de los círculos lite,·arios.
y a l decir de Ors en el prólogo a esta segunda edición castellana, pasó
luego a desordenar las mentes de algunas mujeres que con el delirio de
creerse la Bien plantada se albergan hoy en algún manicomio de Cataluña.
No se decidía, pues, Eugenio D'Ors a reeditar su obra. temeroso de contribuir
con ella a envenenar el ambiente. De 1912 acá no se había reimpreso. Si ahora
consiente en ello, es por creer que ha empezado a mejorarse ya e l gusto catalán. •perdido antes entre las abominaciones de un arte radicalmente reñido
con Jo clásico y con la simplicidad•, y que en esa mejora puede haber influido
algo la Bien Plantada.
¿Quién es la Bien Plantada, que tanto preocupó antaño a los habituales lectores de los Glosari, de Xenius?
La Bien Plantada es un arquetipo de mujer catalana, mide un metro ochenta y cinco de altura, viste a la moda holgada- del verano de 1911 1 tiene buen
apetito, es dormilona, poco dada al rubor, callada, y de tan distraída, casi sonámbula; no Je importan los hombres, pero le gustaría tener criaturas que fuesen suyas; llega, de improviso a veranear con su familia en un pueblecito de
la costa. Se llama Teresa, nombre lleno de gracia cuando se pronuncia a lamanera de los catalanes, «nombre simbólico, ardiente, amarillo, áspero• en Castilla, pero que adquiere otro sabor en la tierra del Sr. Ors, cun sabor a un mismo tiempo dulce y casero, caliente y sustancioso como el de la torta azucarada•.
Teresa es la segunda de tres hermanas. «La razón humana-dice Xeniushalla un profundo placer en distribuir cada una de las realidades que contempla, en tres partes ordenadas. Así tenemos: Esparta, Atenas, Macedonia- Es-

LA PLUMA
quilo, S6fo?es, Eurípi~es-..-~.-y Florencia, Roma, Venecia- ...y en la vida
v~get~l, _primavera, esho, otono», etc. Y Teresa siete amigas, nó.mero que «tamb!én satisfac7 a la razón&gt; ~ semejanza del número tres y sus múltiplos, que pres1?en la gracia ~e la Beatnz dantesca de la Vita Nor)(i. «La Bien Plantada: a la
G1oconda: La Gwconda: a Botticelli•.
En resumidas cuentas, Teresa tiene un novio y acaba por casarse con él.
«La Anécdota devora la Categoría.• Porque la bien Plantada era un símbolo de
la raza cat~l~na. La Bi~n Plantada, _com? alguna prima espiritual suya del otro
lado del P1rineo-Xenrns no nos dice s1 el padre de Teresa es algo pariente
de la madr~ de Colette Baudoche-! ~s como un árbol, raices en tierra y raices en el cielo-las ramas-. cLa d1vma carne en que está fabricada Teresa
bebe la noble savia de todos los muertos de su raza, que·es la nuestra, y d~
su cultura,.
•
_Se casa, en fin, la Bien Plantada, y asciende' a la gloria de las puras entelequia_s. _Se casa _con un _buen moz~, y al perderse en la vida cuotidiana, cobra
meridiana claridad a OJOS de Xemus, que al pensar en ella piensa en la danza
de la sardana, en_ Ampurias, en la escultura de Ciará, en el Canto Espiritual de
Marag~l, en el Liceo ~e Barcelona, en los grandes Trabajadores, capitanes de
Industria, y en el Presidente de la Generalidad, es decir, Repó.blica de la gentes de Cataluña.
. Eugenio D'Ors, dimitido recientemente de la Dirección de Instrucción Pó.b!1ca de la Ma~comunidad catalana, ha publicado hace un mes en La Jnterna&amp;tonal de Madrid una carta al subsecretario francés M. Emmanuel Brousse renegando, con ocasión de la visita de Joffre a Barcelona del catalanismo ofi~ial
opuesto al suyo, que no qu iere saber nada de catalane~ contra castellufos po r ~
que el suyo es el de Pí, el de Maragall, el de Arago.
'
C. R. C.

Rafael Calleja. - Rusia. füpejo saludable para uso de pobres y de
ricos. Madnd, 1920.-Biblioteca Calleja.
_Este libro es el primero de su autor, copropietario de una de las casas editonales ~spañolas más antiguas y fuertes. En el título, araciosamente literario
Y s~es~1vo, m~éstr~s~ ya la prindpal virtud del texto: ia sinceridad.
.
~biérale sido facll al Sr. CalleJa, como hacen otros empresarios de concienc~a me.nos escrupulosa, unirse con voz de falsf"te al coro de alabanzas revolu~ionanas en loor de los soviets de Rusia. Podía por el contrario haberse
acogido. C6 mo_d ame!l t e al seguro beneplácito de los conservadores
'
a •ultranza,
0 afil_iarse hteranamente a la Acción Ciudadana Pero el Sr Calleja es un ese,~
~mtu hbera_I, ~an consciente y organizado, en su caÍidad de bu~gués, como puea serlo _el ultimo de sus obreros, un hombre de buena fe.
«Considero tan justas-dice-las leyes que rigen la vida industrial, tan a decuadas a la naturaleza humana, tan beneficiosas para el interés común, que mi

�LA PLUMA
LA PLUMA

cVeláz~e~ pinta lo que ve, )?ero escoge lo que le gusta en lo que ve y sabe

10 que pue .e 10tentar reproducir¡ es uno de los secretos de su genio

visi6rt del problema social y de sus soluciones consiste en aplicar esas leyes
industriales a toda la vida social; que no será, o será siempre una lucha por
la vida, un predominio del más fuerte.•
Pero la fuerza cuyo predominio afirma el Sr. Calleja, no es la del ciego despotismo. Antes bien, el valimiento del vencedor en un régimen de nonesta
concurrencia.
Avaloran el ensayo del Sr. Calleja los apéndices que lo ilustran, en apoyo
de su opini6n. Complétalo el curioso esbozo de progrnma reformista, que cierra cumplidamente las 500 páginas del texto.
Lo afean cierta prosopopeya y esforzada altisonancia que en algunos pasajes entorpece su fácil lectura, tanto como en otros un mal disimulado desaliño
con apariencias de sencillez. Pero defectos son éstos de primerizo. No es el estilo literario cosa que se improvise, sino que requiere aprendizaje duro. Tiempo sobrado tiene por delante el Sr. Calleja para adquirir la maestría que hoy
le falta, pero que el lector ve suplida con cualidades harto raras, como son la
.ingenuidad, la valentía, la probidad, en fin, de que hace gala el joven autor de
Rusia. Espejo saludable.

C. R. C.

Auguste Bréal.- Velázquez.-Avec huit phototypies et un fac-simiJe.-París.-Edition George Crés et C.ª-xcx,x.

1

·•

La primera edici6n de este ensayo se publicó en inglés hace quince años.
'Había sido escrita a la vuelta del primer viaje de su autor a España. Al cabo
de diez años de estancia en Sevilla ha variado un tanto la impresión que:en
tonces le produjo la contemplación de la obra de Velázquez. Prefiere dejar, sin
embargo, sus anotaciones tal y como las escribiera a la sazón. El libro no pretende ser sino una invitación al viaje.
Cuenta M. Bréal en el prefacio una anécdota sabrnsa y por demás significativa. Todos los datos que le han servido para su estudio están tomados de Steveosoo, de Beruete y, sobre todo, del Diego Ve!ázquez y su siglo, publicado p&lt;;&gt;r
Car!Justi, en Bonn, en 1888, cuyas novecientas páginas de texto han contnbuído no poco a la boga europea del pintor espaijol. Ahora:bien, como M. Bréal
sintiera ciertas dudas acerca de la autenticidad de un Diario de Velázquez extractado por el erudito alemán, pregunt6le a éste reiteradafueote referencias
detalladas de tan curioso hallazgo. Al cabo, Justi confes6 que se trataba de una
composición suya ;obre documentos de la época, sin otro propósito que el de
seguir el ejemplo pe los histo1 iadores romanos y de su imitador Macaulay.
Muy otro es el procedimiento de M. Bréal. Doscientas páginas de clara prosa bástanle para trazar una preciosa introducción a la pintura de Velázquez.
cDisc 1tían-dice-cierto día dos críticos acerca del arte de la pintura, ante Corot, que les escuchaba con respeto y asombro. Quitóse, al cabo, la pipa de la
boca y dijo suavemente: La pintura no es una cosa tan complicada como ustedes dicen. Y se puso a pintar.
92

&gt;~~os. o¡os mai:avillosos, abiertos ante un país de luz.• Tal es la ·definición
que e pintor sevillano da este pintor francés.
C. R. C.

Luis Nueda.-De música. Epistolario de un melómano. Madrid,
1920.

ner~~ libro ~ifícil ~e co~entar con una noticia bibliográfica: pertenece al é1
ción en~r:º~~i~~e:: ~ eP1stolar en el que.llega pronto a hacerse difícil ]a distYn1
creencias del autor d 1u\pro~ne Y quién es el que rebate las teonas o las
1 ro. ay, desde luego, un tono general y es, con la
admiración total ha .
cosas y las ideas I cm ág~r y su ob~a, una simpatía también general por las
de •libelos, a Josa em~~s. o ~~nta, sm embargo, que no Je permita calificar
No es
. ~os hb,os de Nietzsche contra aquel gran dramaturgo musical·
un exc 1us1v1sta aunque no tema s J0 ¡ S N d
tra «interesantís·
'
er , e r. ue a, Y por eso eocuento nada vulgan
•i;u_ybellas¿, •muy originales•, •reveladoras de un talenky Rimsk R
r as ~ gmas de ebussy, de Strauss, de Borodin, de Strawins1
ge~io y el~~lea;e • "tch pero no pue~e por ellas modificar su opinión sobre el
por excelencia~~ que_ ace que cons!dere a Wágner como el •genio musical
Nueda. Todo eli' o m1smdo que D. Juho C~sares, que prologa el libro del señor
•bello y lo subt razon~ º. en vanos cap1tulos, en los que distingue entre lo
creadora» y la ~me»Ít d sc1erne ac~rca de _la ~emoci6n estéti~•. la •facultad
H
. • acu a cqmprens1va musical».
juicioi ::;~ libro de_l Sr. Nueda una cualidad esencial: el entusiasmo. Si sus
que se fea conn no stabs~acteréa algunos, la virtud simpática de su literatura hace
gus o e 10 er s su obra.

\vi

~1t;tt•

s.
Brnest Newman.-A Musical Motley.-London. John Lane.

1920.

Muy pocas de las obras qu
bl ·
, .
verdadero sentid d
be se pu .1can sobre mus1ca son •obras» en el
fondo y la raz6 o e 1a pa1a ra. Son libros en la .forma, y periodismo en el
la m6~ica y la dffi~~t~g~ra:ente, la ~alta de ?º concepto. estético general de
pio de unidad .
a
e. acer un libro &amp;~X:1~meote crítico y con un princilector general s; q~e ese hbro no resulte d1fic1l, pesado o sin interés para el
libros que habie s c ~ro ?ue .e~ Espafia este elector general, no existe para
el del Sr. Newm~ns°E reI a tus1ca, ~unque sea.de un modo fácil y variado como
ba creído n
. · . n _ng aterra 51• Y en cantidad abundante. Por eso el autor
ae trata sol=~esa{'od¡ustificar el ~arácter misceláneo de su libro advirti~ndo que
que su carácte:ºg: e ~na tcáoldecfinc1~n de_ artículos de periódicos diarios, r.on lo
ncra ea
e ido: ligereza y brevedad. De cincuenta artícu93

�LA PLUMA

LA PLUMA
los se compone esta colección, algunos en serie, como los que tratan del •pequeño poema musical,, los tres muy ingeniosos sobre •T~e elastic l~~uage•,
la «Música sin sentido común• y el ensayo sobre •Colocación en su s1t10•, de
los clásicos.
Newman es uno de los escritores sobre música más agudos y más perspicaces de su país. Su estilo es incisivo, rápido y seguro. Ve las cosas inmediatamente y atina siempre cou su lado flaco. Un ¡::olpe certero_ y desp~és un c~mentario irónico. Ha pasado el tiempo de la literatura musical dulcmea al estilo de Mauclair. Hoy el crítico tiene forzosamente que ser mordaz; le invitan a
ello tres cosas: la psicología de los compositores, siempre elemental aunque
quiere parecer complicada; el len~uaje de la ,ºb:ª• osci!ante entre_ la ~andidez
o la pretensión, y, por fin, el púbhco, este pubhco musical, con su mstmto para
escoger con toda exactitud la posición más desacertada.

s.

Daniel J. Mason.-Contemporary Composers.-New-York.-The

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1

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Macmillan Company.
Este libro no es absolutamente reciente. Su «copyright» data de 1918, pero
como hasta ahora no ha llegado por nuestras longitudes ni se ha visto antes de
ahora su anuncio por los periódicos americanos, podemo~ dar cueuta de é) co~o
nuevo. En rigor, su novedad no es tampoco mucha: consiste en una recopilación
de artículos de revista que viene a completar la serie de obras en las que Mason recorre la historia del arte musical. Después de «Ileetboven and bis forerunners•, de «Tbe Romantic Composers• y «From Grieg_ to Brahms,, el volumen actual presenta a las figuras contemporáneas más sa!tentes: Strauss, Elgar,
Debussy y D'Indy, según el oraen seguido por el autor, que prece_de a sus ~ocetos crítico-bio&lt;1ráficos con un ensayo sobre cDemocracy and Mus1c• y termina
su libro con un :rtículo informativo sobre la música en la América del Norte.
Mason no es un «ecléctico•, felizmente para él, pero no es un intransigente,
felizmente para nosotros, que no participamos en sus entusiasm~s por Strauss,
Elgar y D'Indy. Ese escritor pertenece a la clase «mesurada• que mvoca el erespeto para las ideas ajenas• en compensación a su suave desdén para a9uellos a
los cuales son sus propias ideas las «ajenas,. En todo caso, se lee con mterés y
no sin cierto provecho. No deja de tener puntos de vista acertados y una buena
ponderación de valores, que es, en resumen, la base de la crítica.

s.

Camile Mauclair.-Les kéros tk l'Orchestre.-París, Fischbacher,
1919.

Con este título aparece un volumen parejo a aquel de la • Religión de la
Música• que, hace algunos años, constituyó un casi Nuevo festamento de los
aficionados. Ahora, ambos volúmenes llevan el título general de «Ensayos sobre la emoción musical&gt;. Es la misma literatura blanda, cálida, confidente, muy
94

para e) _u!o instit';1cionist~ y de estudiantes residentP.s. Camile Mauclair fundó
esta religión musical, ~ap1lla de 1~ otra religión de la belleza ruskiniana; pero
los santos que Mauc_la1r revercwc1a ~an sufrido un rudo golpe después de la
gu~rra. «No~ posso 10 cantar comm 10 soleva•, y el autor nos advierte que el
ruido del canón ha asustado al Hada. Si ahora publica recuerdos del tiempo
pasado, laud~s en aquellos m_ismos tonos que en su volumen primero, adviertt
que es en calidad de bomenaJe sobre la tumba de los genios, que en otro tiempo fueron el encanto de una tarde de conciertos.
. _Tales ecos de lo pasado son aún esa literatura convencional y ya desprestigiada ~or su exceso. •Escuchando la Novena•, ,La misa en re mayon, •Beethoven f Miguel Ang~h, «Al margen de J. S. Bach,. Ante las tumbas de Schumann
d~ Liszt, de _Chopm, de Pugno... «Un pcu de trop•, todo esto. Pero está muy
bien ese articulo sobre Gluck, músico checo, y es curioso otro sobre Karsavina
Y Mallarmé, per? DO aseguraríamos que les complaciese a ella ni a él.
Ya estaban ~ien en 1908 los artículos de un recelo antiwagneriano. Hoy noson más que evi_dentes. El gran pedan_tón de Baryeuth ha pasado a la gloria con
Meyerbeer,Berhoz y los de~ásteatrahstas románticos. Sic transit... , La de Wág.ner, para muchos, es todav1a un artículo de fe.

s.
A. Ossorio.-E/ alma de la toe-a.-Madrid, Pueyo,

1920.

h La Universidad_ no forma científicamente al alumno. La Facultad de Dere~o~m•a~Ylroduce smo v~gos, rebeldes, destructores, anarquizantes y hueros. La
los ab n de~ hombre Viene después.• Para contrihuir a ella, el autor ofrece a
.
og~dos Jóvenes el fruto de su ya dilatada esperiencia en punto «a la func~6n social_del _abogado, sus tribulaciones de conciencia, sus múltiples y heterogAbneas obligacwnes, la coordinaci6n de sus deberes a veces antaaónicos» es el que dema nd ª JUS
· t·1c1a
· an t e 1os T nbunales
·
·
"su consejo
·
d ogado
y dispensa
Ior ~oral tanto como
técnico, en los conflictos de intereses y de pasione~
sabre parti_cl!lares. Rl norte del abogado no ha de ser la ley, sino la justicia, y
er perc~?irla en cada caso es la suprema maestría. El Sr. Ossorio habla de
una sensac,on d.e .JUS
· t· ·
·
.
.
.
definid
teta, ~specie de revelación interior, que por no estar bien
á ti ª s¡ par_ece demasiado a la corazonada vulgar o al ojo clínico del médico
~~ \ ~- venguado que la justicia está de su parte, debe el abogado servirla
«h: 0 os 1os !ecursos que le sugiera su ingenio al manejar los textos legales:
deb~ que ser~ir_ el fin bueno aunque sea con los medios malos.• El abogado
u hé confi;~ unicamente en la fuerza interior; no ha de ser solo un docto sino
n roe.
cuadro que sirve de fondo a este parangón es desconsolado; y re::an~estro ánimo l?s posos de una aversión antigua. El Sr. Ossorio
Sal/suele ~ nza por la Magistrat~ra, que no es tan incapaz como dicen: «en cada
pañol a n/ber _más de un m~gistrado que atienda y discurra.• El letrado esd
pe 5 lee, el Sr. Ossono le aconseja que se gaste cuando menos diez
couros anufles en literatura. En lo económico, los abogad~s DO pueden l~char
mo exp otados frente a los explotadores; no pertenecen a una ni otra casta·

e!/ª

::v:

.

9S

�LA PLUMA
hay en sus filas proletarios subyugados y patronos abusivos. «Se comprende la
sindicación de aquéllos contra éstos; pero la de todos juntos, ¿contra quién?•
El libro es muy personal, escrito con brioso desenfado, a veces excesivo; no
h,.biera perdido nada con filtrar un poco más ciertas ideas, como en Jo relativo
a la especialización en las «profesiones científicas•; ¿y qué significa aquello del
«doctrinarismo que siembra la duda y el sensualismo que perturba nuestra
moral?•
M. A.

*

* *1920), Jules Romains inserta una nota
En la Nouvelle Revue Fran;aise (abril
acerca del «movimiento de los espíritus• en Cataluña. No pretende atraer las
reflexiones ni la simpatía del lector sobre la situación política del Principado,
ya que los franceses se han afanado durante un siglo en descubrir naciones
oprimidas y no es seguro que los resultados hayan sido buenos. El nacionalismo catalán, además, no es una doctrina de catástrofe; los catalanes no preparan metódicamente una guerra civil; piensan que una civilización elevada y armoniosa es un arma poco menos eficaz que la artillería. Veneran su poesía y su
lengua. Un pueblo ignorado, negado, se agrupa en torno de su centro espiritual
y comprueba su razón de existir ai contacto de su poesía. La nueva Cataluña
ha sido fundada por los libros. Una antología francesa de la poesía catalana
mostraría al lecter francés que la concepción corriente del carácter español,
aun despojada de ciertos rasgos de burda composicion, evidentemente falsos,
no puede aplicarse a los catalanes. La amistad intelectual de Francia y Cataluña se recomienda, además, porque en la obra de reconstrucción que ha de
hacerse en Europa para equilibrar u11a gran civilización intelectual, debe Francia buscar con cuidado a los que por sus dotes naturales y sus aspiraciones espontáneas son sus colaboradores inmediatos. Los catalanes poseen buen sentido, optimismo, gusto por la vida, sin el énfasis ni la ligereza meridionales,
justamente odiadas por los hombres del Norte. l'ero no es seguro que sean in vulnerables a las malas intluencia&amp; que puedan corromperlos.

Gacetilla.

1,

Gracias sean dadaa.-A todos los colegas que han acogido con palabras
corteses el nacimiento de LA PLUMA. Muy ruborizada, porque es jovencita, LA
Purra promete acentuar sus cualidades, y, ya que no pueda suprimirlos del
todo, promete al menos cambiar de defectos, que es también un modo de mejorar.
Nos place haber hallado en Castrovido, qur. nos dedicó en El Pafs un saludo tan inteligente y cordial. un coadyuvante para nuestra campaña de urbanismo madrileño. Llamado a colaborar en un diario más joven aún que LA
PLUMA, Castrovido abre una sección con el mismo título que la de nuestro Paseante en Corte. ¡Muy bienl Espernmos que dentro de poco todos los periódicos
reconoce~án a la estética de la villa la importancia que nosotros le hemos dado.
96

AÑO J.

1

MADRID, AGOSTO 1920.

NÚ.M. 3,

Fansa Y licencia de
(a

Reina Casti~a :: ~
APOSTILlÓN

~ovte tsabeUna. ~ Befa Setembvina. ~ i:;at?sa de
muneC05 •'--'J•i.a
M~rtctososecos~delossemanaeios
.
~.

eevo(ucion:irios ~ la Gotda, la flaca Y ec ~
Blas.• ~
Mt musa
.
.
b
d moderna ~ enat?ca la pierna,~
se( cim
va,
se
on.
ula,
_
se
comba
se
ac"u(a
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~ con
e t?tngot?vango .._. titmico del tango ~ Y t?eeoge la
falda dettás. ~
PeRSOJ'iAJes
Re·la Reina. ~
· e{ Re"
.. eonso,t e. ~ lucel!o, JY[anolo, compadl!e de {a
ma.
~ JY[a11i=JY[o11ena, Aaafata. ~ e1 e,an Preboste -.. Un f
7
· -.IU U::
97

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
hay en sus filas proletarios subyugados y patronos abusivos. «Se comprende la
sindicación de aquéllos contra éstos; pero la de todos juntos, ¿contra quién?•
El libro es muy personal, escrito con brioso desenfado, a veces excesivo; no
h,.biera perdido nada con filtrar un poco más ciertas ideas, como en Jo relativo
a la especialización en las «profesiones científicas•; ¿y qué significa aquello del
«doctrinarismo que siembra la duda y el sensualismo que perturba nuestra
moral?•
M. A.

*

* *1920), Jules Romains inserta una nota
En la Nouvelle Revue Fran;aise (abril
acerca del «movimiento de los espíritus• en Cataluña. No pretende atraer las
reflexiones ni la simpatía del lector sobre la situación política del Principado,
ya que los franceses se han afanado durante un siglo en descubrir naciones
oprimidas y no es seguro que los resultados hayan sido buenos. El nacionalismo catalán, además, no es una doctrina de catástrofe; los catalanes no preparan metódicamente una guerra civil; piensan que una civilización elevada y armoniosa es un arma poco menos eficaz que la artillería. Veneran su poesía y su
lengua. Un pueblo ignorado, negado, se agrupa en torno de su centro espiritual
y comprueba su razón de existir ai contacto de su poesía. La nueva Cataluña
ha sido fundada por los libros. Una antología francesa de la poesía catalana
mostraría al lecter francés que la concepción corriente del carácter español,
aun despojada de ciertos rasgos de burda composicion, evidentemente falsos,
no puede aplicarse a los catalanes. La amistad intelectual de Francia y Cataluña se recomienda, además, porque en la obra de reconstrucción que ha de
hacerse en Europa para equilibrar u11a gran civilización intelectual, debe Francia buscar con cuidado a los que por sus dotes naturales y sus aspiraciones espontáneas son sus colaboradores inmediatos. Los catalanes poseen buen sentido, optimismo, gusto por la vida, sin el énfasis ni la ligereza meridionales,
justamente odiadas por los hombres del Norte. l'ero no es seguro que sean in vulnerables a las malas intluencia&amp; que puedan corromperlos.

Gacetilla.

1,

Gracias sean dadaa.-A todos los colegas que han acogido con palabras
corteses el nacimiento de LA PLUMA. Muy ruborizada, porque es jovencita, LA
Purra promete acentuar sus cualidades, y, ya que no pueda suprimirlos del
todo, promete al menos cambiar de defectos, que es también un modo de mejorar.
Nos place haber hallado en Castrovido, qur. nos dedicó en El Pafs un saludo tan inteligente y cordial. un coadyuvante para nuestra campaña de urbanismo madrileño. Llamado a colaborar en un diario más joven aún que LA
PLUMA, Castrovido abre una sección con el mismo título que la de nuestro Paseante en Corte. ¡Muy bienl Espernmos que dentro de poco todos los periódicos
reconoce~án a la estética de la villa la importancia que nosotros le hemos dado.
96

AÑO J.

1

MADRID, AGOSTO 1920.

NÚ.M. 3,

Fansa Y licencia de
(a

Reina Casti~a :: ~
APOSTILlÓN

~ovte tsabeUna. ~ Befa Setembvina. ~ i:;at?sa de
muneC05 •'--'J•i.a
M~rtctososecos~delossemanaeios
.
~.

eevo(ucion:irios ~ la Gotda, la flaca Y ec ~
Blas.• ~
Mt musa
.
.
b
d moderna ~ enat?ca la pierna,~
se( cim
va,
se
on.
ula,
_
se
comba
se
ac"u(a
.
•
,
lJ
~ con
e t?tngot?vango .._. titmico del tango ~ Y t?eeoge la
falda dettás. ~
PeRSOJ'iAJes
Re·la Reina. ~
· e{ Re"
.. eonso,t e. ~ lucel!o, JY[anolo, compadl!e de {a
ma.
~ JY[a11i=JY[o11ena, Aaafata. ~ e1 e,an Preboste -.. Un f
7
· -.IU U::
97

�LA PLtJMA

LA PLÜMA

11

diante sopiSta. e.-,c.... Don Gaogárabete, 1'ta,qu~ Lecbugutno, amante de (a
Reina. e.-,c.... Don t,inito, Genti(,,)1omb11e del Re1,1. ~ toln!o ba, fo11obado
guitan!sta, faoo11ite del Re1,1. ~ el estudiante eon düf•a~ de lego. ~
La lnfanta fiianc!sca. ~ El Ma11011 Gene,al Don 't11agatundas. ~ el ln,:;
tendente del Re1,1. ~ Dos camall!stas de la Reina. ~ Dos Damas de la
lnfanta. e-,.... Ronda de mafos calamucanos. ~

oeCOAACIÓ)'i

LucERO DEL ALBA.

Mil.1-MORBNA.
LucBRo DEL

ALu.

MARI-MORBXA.
LUCERO DEL ALBA.

n oet?de y eosa, una tfotesta ""?&gt; de fatdines u suetido:::
ie~. ~ los oioline, de la ovqucsta ""?&gt; ()acen papel de
,msenot?es. ""?&gt;
~ Cala la luna los follajes. ~ Y albea e( palacio eea( ~ que
act?obático en los mh!afes ""?&gt; del lago, da un salto moetal. ""?&gt;

e
,·

MARI-MORENA.
LUCERO DEL ALBA.
MARI-MORENA.
LUCERO DEL ALBA.

JORNADA PRIMERA,:,.- ESCENA PRIMERA

o::-

MARI-MORENA.
LUCERO DEL ALBA.

J l'N Manolo y

V

una azefata ..a- conversan bajo los negrillos.
Muere la tarde. Serenata~ de ranas y grillos. ,o.::,
MAiu-MORENA.

LUCERO DEL .ALBA.

MARI-MORl,NA.
LUCERO DEL ALBA.
MARI-MORENA,
LlJCERO DEL ALBA.
1

1

MARI-MORENA,
LUCERO DEL ALBA.
MARI-MORENA.

¡Con que está la señora soberana,
mi comadre, tan guapa y repolluda!
¿Y hay novedades?
Para la semana,
mediante Dios, saldremos de la duda.
Pues que nos traiga un príncipe.
¡Así sea!

LUCl!RO DEL ALBA.
MAII.I-MORENA.
LUCERO DEL ALBA.

Recibido el recado, acá roe vine.
¿Qué se ocurre?
Tuvimos una idea.
Puede que sin decirla la adivine.
¡Vaya que nol

MARI-MORENA.
LUCERO DEL ALBA.

r
98

Me llama la Señora
porque sabe que en mí tiene un te~plado,
que carga su trabuco en toda hora
para ~Ha. ¿Es verdad? ¿Fué bien hablado?
1Chap1ón, hablaste como un loro viejo!
No me hagas cambalaches con el nombre
El que llaman Chapión es un pendejo,
•
y Lucero del A!ba todo un hombre.
Perdona, Chapión.
. .
1No haya un disgusto!
AntoJa ir de mantón a la verbena
la Señora.
¡La Reina es de mi gusto!
¿Y cuál es mi incumbencia en la fae ?
L
d.
na
uego ispone ir de tapadillo
a un baile de candil.
, .
tViva la Pepa!
¿Tu tienes quien nos guarde?
El Tempranillo
el Zaino, el Mengue, el Toño Y Paco Che~a.
Los de siempre. ¡La flor!
¡Ténlo secreto!
Como el dar pasaporte a un cristiano
y para no olvidarte del respeto
.
hay _que ver de no estar calam:cano.
Mari-Morena deja que presuma
un poco, al escuchar tus dicharachos
El Lucero del Alba, si se ajuma
•
es más fino que el Rey de los g~bachos
¿Y cuál ~aile ha de ser el preferido?
.
El que vieras mejor.
¡Todos son buenos!
El del Rango, el Manolo, el Buen Cumplido...
99

�LA PLUM.A
MARI-MORENA.

·'

LUCERO DEL ALBA.

No faltan en ninguno calvatruenos..
Yo me najo. Pudiera el Gran Preboste,
si en conversa nos ve, ca~r de la luna.
Caso de preguntar, ni oste ni moste.
¡De mi nadie sacó verdad alguna!

E

L talle.ondulante con ondulaciones ,:,,e, de gata,y pimpante-=-=- rit11zo de tacones - .huye la azafata, y su risa fresca ,.. en la escalinata canta picaresca. ,:,,e,

'"'ESCENA II -

E

'L fraque azul abotonado, media guedeja, ,:,,e, y la gavina tkrribada
sobre ia oreja, -=-=- pintando chirlos en el aire con el bastón ,:,o

hace su entrada el Gran Preboste: un fantasmón. ~ Tose su excelencia, un ojo guiñado -=-=- bajo la humareda tk su
tagarnina. e,:, Con~toses, Lucero se marca,y alzado -=-=- el catite, a su
excelencia se avecina. EL GRAN PREBOSTE.
LUCERO DEL ALBA.

...
EL GRAN PREBOSTE.
LUCERO DEL ALBA.
EL GRAN PREBOSTE.
LUCERO DEL ALBA.
EL GRAN PltEBOSTE.
LUCERO DEL ALBA.

EL GuN PuaosTE.

LUCERO I,)EL ALBA.
EL GRAN I'ItEBOSTE.
LUCBRO DEL ALBA.

¡Me parece!

S ALUD~ y se a~eja Lucero

e,,,:, con marchoso compás de pies
apretandost pinturero -e,:. a la cintura el marsellés ,::-=,

~

¡Tú por acá!
Me tira aquella prenda;
la ando por camelar, y es piedra dura;
lleva sobre los ojos una venda,
y no sabe apreciar esta pintura.
¿Y aquellos barrios cómo están?
Lo mismo
que una balsa de aceite.
¿No hay barruntos
de jollfn?
Al que chiste lo descrismo,
y me engraso las botas con sus untos.
Si algo observas...
No tenga usía canguelo.

Allf nadie conspira. Por ahora
en su olivo se está cada mochuelo.
Saben que es mi comadre la Señora.
¿Quiere usía un cigarro? Es contrabando
de Gibraltar. ¡Tabaco peluquillal
Precisamente yo lo estoy buscando!
¡Procúrame una buena pacotilla!
No quiero despistarte de la caza
amorosa que sigues.
Se agradece.
Cuando observes jaleo por la Plaza
de Antón Martín, me avisas.

~

ESCENA III =

R EV?LANTE el suelto manteo ~ y al aire el tricornio, un So.. pon, salta en la arena del paseo -.:. con .flexible g-enu.fierzon.-=-.:Et SOPÓN.

EL GuN PREBosrn.
EL SoPóN.
EL GRAH PREBOSTE.
ELSoP6N.
EL CuN PREBOSTE.

Perdone su excelencia si interrumpo el discurso
genial de sus ideas, y en falta soy incurso.
Pero el ser pretendiente justifica mi falta
que la liebre se ha de matar en donde s;lta.
¿Tú me tomas por liebre?
Metafóricamente.
Prescinde de metáforas para ser pretendiente.
Al colgarme ese mote, también fuí metafórico.
¡Plaga de Salamanca es tu verbo retórico!

100
IOJ

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE,

EL SOPÓN.
EL GRAN PllEBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE,
EL SOPÓN.

EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.

...

EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE,
EL SOPÓN.

¡No olvidemos Sevilla!
¿Eres tú sevillano?
Bautizado en la misma pila que Cayetano.
Bachiller in utroque.
¡Sopón! Y a lo que veo,
por alcanzar la sopa, arrastras el manteo;
despacha en tres palabras lo que quieres, taimado.
En tres palabras solas: ¡Quiero un arzobispado!
¡De oir tal insolencia, mi bastón se enarbola
para romperte el cráneo!
¡Es muy dura esta bola!
Sal de aqui, que pudiera costarte tu insolencia
tratos con el verdugo.
Espere su Excelencia
que exponga mis razones, y verá si hay pupila
al pretender el Arzobispado de Manila.
¡Sin duda que eres loco!
¡Loco! ¡Y la sinecura
pretendo de una mitra!
¡Ahf está tu locura!
Repasad este escrito.
¿Quién lo firma?
Paquita.
.
Da en la carta una cita.
¡Nunca tuvo estos rasgos la real escri~ural
¡A voces pide un trato de cuerda tu impostura!
Ese papel es copia.
¡Qué cosas la Señora
escribe! ¡Reconozco su pluma pecadora!
Pues la carta es trasunto de otra que está en recaudo;

EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL

GRAN

PREBOSTE.

EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.

EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.

EL

GRAN

PREBOSTE.

¡El nombre de la Reina!

si merezco la mitra declare V'Qestro laudo,

EL SOPÓN.
EL GRAN PRE:aOSTB.
EL SOPÓN.

EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN hEBOl!TE.

No te daré la mitra, pero haré tu fortuna,
si esas cartas me entregas.
¡Yo sueño con la luna!
¡Sólo os daré las cartas vestido de encárnadol
¡No admito condiciones, cuando estoy enfadado!
¡Entrégame esas cartas!
¡A cambio del anillo!
¿Pero estás ordenado?
¡He sido monaguillo!
Con el tricornio llevo oculta la tonsura.
Dame las cartas, deja dormir esa locura,
y no quieras que en una mazmorra te sepulte.
¿Dónde están esas cartas?
Permitid que lo oculte.
¡Despidete del dial
¡Le hago mi reverencial
Hablarán las gacetas de mi caso, Excelencia.
Les pondré una mordaza.
Jugando del vocablo,
puede el gacetillero asestar su venablo.
¡Meditad!
Si me pides la Insula Barataria,
te doy su virreinato. Pero a la estrafalaria
pretensión de una mitra, hazle cruz de renunoio.
Si te nombro arzobispo te pone veto el Nlmcio.
Señor, hay precedentes.
¡No seas embustero!
¡Mi palabra!
¡Es posible! ¡Los desconozco! Pero
si existen precedentes, ya no es un desatino.
Obispo de Pamplona ha sido el Valentino,
con sólo la tonsura, que luego fué casado.
¡Pues no tengo noticia yo de ese desahogado!
IOJ

�LA PLUMA

LA PLUMA
¿Quién hizo el n0mbramiento?
Su padre, que era Papa.
Tú llevas él Demonio debajo de la capa.
¿OíHeis de César Borgia, Duque del Valentino?
¿Ese que los poetas nuevos llaman Divino?
¡Con el hijo de un Papa te quieres igualar!
Atended que la mitra la pido en Ultramar.
¿Quieres ser Intendente?
Arzobispo es bastante.
Más gana un Intendente.
Pero queda cesante.
Pues te zumba esa mosca borriquera en el cráneo,
irás con ella a sepultarte en un subterráneo,
y educarás ratones, mientras te pudres vivo.
Permitid, Excelencia, que antes tome el olivo.

EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL S@PÓN.
EL GRAN PRJ,;BOSTE.
EL SúPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE.

EL SOPÓN.

CE salva por pies = con el ¡fú! del gato = y

U

gro garabato.

EL GRAN PREBOSTE.

...,

=

el manteo es .., ne-

1

¡A ese tuno que escapa! ¡A ese del manteo!
¡A ese del tricornio! ¡A ese... 1 ¡No le veol
Haré que me lo arreste esta noche la poli
y recobre las prendas de una pluma panoli.

,e.e,

ESCENA IV=

'ACI ¡Tac! ¡T:Jc! Don Gargarabete ~ surge con fatuo taconeo .-c.
y el bastón con un moliuete
bajo las sombras del paseo.-.
¡ Tac!¡ Tac!¡ Tac! D~n Gargarabete.

T

EL GRAN PREBOSTE.

1'

DoN GARGARABETE.

=
=

¡Al veros, don Gargarabete,
sin querer se fruncen mis cejas!
¡Dejad, que me sigue el copete!

EL GRAN P1tRBOSTE.

Esperad que os diga mis quejas.
Ved esta copia. ¡Os han robado,
señor mfo, el originall
DON GARGARABETE.
¡Nunca a mi mano fué llegado
· este mensaje!
EL GRAN PREBOSTE.
¡Hay un rival!
DoN GARGARABETE.
¡Mañana le paso un florete!
¡No lo tolero!
EL GRAN PREBOSTE.
¡Calma!
DON GARGARABETE.
¡Por
mi gracia de Gargarabete
le llevo al campo del honor!
EL GRAN PREBOSTE.
Querido amigo, a lo hecho pecho.
¿Su merced en quién para mientes?
DON GARGARABETE.
En uno del Circo sospecho.
EL GRAN PREBOSTE.
¡Esas mallas concupiscentes!
DON GARGARABETE.
¡Los caprichos de la Señora!
EL GRAN PREBOSTE.
¡Y si la atajo en sus caprichos,
me lava la cara y me llora
con unos golpes y unos dichos!
¡Pero me extraño del secreto!
DON GAR.GARABETE.
¡Ha puesto los ojos tan bajo!
EL GRAN PREBOSTE. Convengamos que ese respeto
no hace honor a su genio majo.
Do;x GARGARABETE.
¡Y el Rey Consorte esto tolera!
EL GRAN PREBQSTE.
¡Para esto es el Rey Consorte!
DON GARGARABETE.
¡Y no le rompe la mollera!
EL GRAN PREBOSTE.
¡No son los usos de la Corte!
DON GARGARABET.E,
¡Aun ayer con sus embelecos
me retenía en los rincones!
¡Qué idilios en aquellos huecos!
EL GRAN PREBOSTE.
¡Qué ejemplos para los ratones!
DON GARGARABETE,
Vos pebiérais de poner coto

�LA PLUMA
a los idilios cortesanos.
Y promoviera un alboroto
inútil. ¿Quién ve tantas manos?
DoN GARGARABETE.
Pues el motln se viene encima;
todo el mundo protesta.
EL GRAN PREBOSTE.
¿Pero
porque la Reina se comprima
van a echar carne en el puchero?
Sin las intrigas de Inglaterra
no se moviera aquí una paja,
yo conozco mucho mi tierra,
pero el oro inglés Je trabaja.
Hoy tenemos ya puritanos
que hablan en contra de los toros,
de los garrotines gitanos
y nuestra indolencia de moros.
Puritanos que a toda hora
sacan a cuento la moral,
sin comprender que es la Señora
una Reina Meridional .
Esos tontos de mojigata
pretenden un grano de anís:
¡Que tenga la sangre de horchata
la Señora, como una mis!
DoN GAI!tGARABETE.
¡Pues está la gente que arde!
EL GRAN PREBOSTE.
Para acallar esos babeles
irá a les toros una tarde
con pañolón y con claveles.
No tratan con ningún doctrino;
he sido antes tabernero
y sé poner el agua al vino.
Este pueblo es muy novelero.
¡La señora tiene qna falta!

LA PLUMA
¡Una no más! La incontinencia
epistolar. ¡Su 'pluma exalta
el amor, con una inocencia!
Las palabras las lleva el viento,
pero las cartas son traidoras,
no dejan de hablar un momento,
son voces de todas las horas.

EL GRAN PREBOSTE.

IQ6

R

VMOR de risas. La fronda . . cruzan con paso sutil= dos tapadas,y la blonda -a,o, de sus mantillas enronda - con un misterio ti perfil.~
EL GRAN Pttl!BOSTE.

DoN GARGARABETE.
EL GRAN PREBOSTE,

DoN GARGARABETE.
EL GRAN PREBOSTE.

C

Allá van dos de zagalejo,
las caras con el rebocillo
muy cubiertas. Me llega el dejo
de un enredo de tapadillo.
¡Válgame Dios, una es la Reina!
No se irá sin darle un consejo.
Si acaso llora o se despeina,
vos tan terne.
¡Soy perro viejo!
¡Ingrata! ¡Perjura! ¡Traidora!
Es preciso llevarla el son.
Os ha tratado la Señora
igual que a la Constitución.

=

ON la ckiste,-a de soslayo - y un grito terrible m falsete
se
eclipsa Don Gargarabete o:. para no hacer un Dos de Mayo. -::;::.

�LA Pt tJ,MA

LA PLUMA
1, 1

~ESCENA

LA SEÑORA,
EL GRAN PREBOSTE.

LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.
!,.A SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE,
LA SEÑORA.

1111

1
1

' 1
1

EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.

1

'",11

...

EL GRAN

'L palacio entre los ramajes o-&amp;o del jardín se muestra y recata; -.:.
tiembla invertida en los mirajes . . de las fuentes, su columna:a. ~

EL GRAN PREBOSTE.

,. ,

LA SEÑORA.

E

1

'

ti:t GRAN Pitnosn.

v ..

¿Adónde se encamina la Señora,
me pudiera decir?
No te lo digo
porque vas a reñirme.
¡A buena hora
os acuerdan mis rifíasl
Ven conmigo.
¿Pero adónde, Señora?
¡Ven y calla!
¡Sin saberlo no voyl
¡Qué terco eres!
A un baile de candil.
¿Y esa canalla?
¿Quieres que vayan solas dos mujeres?

=

E

PREBOSTE.

LA SKÑOR.A.

EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PREJSOSTB.
LASEÑou.
EL GRAN P_REBOSTI.
LA SEÑORA.
EL GRAN PRnOSTE.
LA SEÑORA.

Et GRAN PREBOSTE.
fa. GRAN PREBOSTE.

EL GRAN PitEBOSTE.

LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.

LA SE~ORA.

A

MONADA la escolta cabecea .::-e- y bajo el cielo del jardín, levanta
una grotesca imagen de Y udea r.;:,. como aquel Paso de
Semana Santa~ que un indiano 1'8faló a mi aldea.~
108

=

¡No es sensato!
Mañana me presentas el decreto.
Hay Prensa, y puede darnos un mal rato.
Con la censura guardará el secreto.
¡Ya no hay nadie que crea sus embustes!
¡Ojalá fuera así!
¿Vienes conmigo?
Hay un asunto grave.
¡No me asustes!
Dos cartas que escribisteis a un amigo.
¿Y son, sin duda, comprometedoras?
¡Son cartas incendiarias!
¡No me cuentes!

¡Las cartas que escribimos las señoras

'N la sombra se inicia ia patrulla de jaques
que a Lucero del
Alba pidió Mari-Morena. ,.. Y en el claro de lun&lt;J los huecos meriñaques oo abren su rododendro sobre la blanca arena. ._
¿Pero sabéis, Señora, que en los bailes
de candil el Diablo hace las suyas?
¡No seas camastrón! ¡Harto los frailes
me cantan ese pliego de aleluyas!

¡lmagino que todo es una chanza!
¡Muy mal imaginado, señor mío!
Pues si alguno se entera de la danza
nos arman en las Cortes el gran lío.
Se disuelven las Cortes.

LA SEÑORA.

LA SEÑORA.

en cierto estado de delicuecentesl
¿Y qué piden por ellas los mambises?
¡La Mitra de Manila!
¿Dénde es eso?
Viene a caer allá por los palses
de Ultramar.
Les daremos ese hueso.
¡Y los vaticanistas son capaces
de arrancarnos los ojos!
rAy, qué empeño
por aguarme la noche! ¡Y qué incapaces
todos, para sacarme de un empeño!
Si no le das la Mitra, lo haces Duque,
Embajador, Ministro, General.

�LA PLUMA
EL GRAN PREB09I'E.
LA SEÑORA.

EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.

LA SEÑOR.A.
EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑOR.A.

EL GRANPuBOSTE.

L•- SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.

.

:Í...A SEÑORA.
EL GRA,, PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PRBiOSTE.
LA SEÑORA
EL GRAN PREBOSTE.

LA SEÑORA
EL GRAN PREBOSTE.

LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
110

Mi amada Reina no se me en(urruque;
haremos a ese tuno concejal.
¡Dichosas cartas de un corazón tierno!
¿Y a quién van dirigidas?
Aún se ignora.
¡Yo escribo muy formal por el invierno!
¡Serán de este verano!
¡Son de ahora!
De ahora no son.
¡Se tratará de un timol
¡Y tú eres el gatera, el de pestaña,
el que las ve venir! ¡Valiente primo!
¡Mira que haberte dado esa castaila
No me enojara de que fuese engaño,
aun cuando la Señora me moteje.
Serán cartas antiguas.
Pero el dailo
lo hacen igual.
¿Y quién será ese peje?
De estudiante sopón lleva bayetas.
¡No pudiste buscarme amor más bajo!
Pensé fuera disfraz.
Las enjaretas
con un maravilloso desparpajo.
¡Es favor que me hacéis!
No seas irónico,
y dime alguna frase de esas cartas.
Vuestro verbo de amor es anacrónico
en la boca de un viejo.
¡Ya me hartas!
¡Quién puede retener en el meollo
aquel volcán de vuestro diccionario!
¡Dime, al menos, qué trazas tiene el po llol

LA PLUMA
EL GRAN 1&gt;.REBOSTE.
LA SESORA.

MARI-MORENA.
LA SEÑOR.A.

MARI-MORENA.
LA SEÑORA.
MARI-MORENA.
LA SEÑORA.
Mur MORENA.

EL GRAN PREBOSTE.

MARI-MORENA.
fu. GJtAN PREBOSTE.
MARI-MORENA.
EL GRAN PREBOSTE.

l&gt;ues las trazas de ser un perdulario.
Estoy por recordar, y cuando creo
que voy a conseguirlo, doy de bruces
y se_ me va la idea de paseo.
Man-Morena llega a darme luces.
¿Qué manda la Señora?
,
Llega, hija.
¿Tu recuerdas si tuve una novela
en un baile de Poi?
Un estudiante.

No estoy muy fija.

¡Ha sido en la Zarzuela!
¿Hubo algo, verdad?
Un ramalazo
sanguíneo, que os duró sólo tres días.
Ya me acuerdo, mujer, de aquel pelmazo
¡Qué memoria la tuya ea cosas mías!
.
¡Ramalazo ~e sangre! ¿Y no diquelas
lo l1_ue requiere el caso, Mariquilla?
¡Yo, no señor!
¡Un par de sanguijuelas!
¿Dónde, señor?
¡Sobre la rabadilla!

LA f

alrulla calamucana -=-:. ba:fo la luna hace .
,
JO de la fontana . . al zambullido de la
zzg-zas oc. y el esperana -=o hace ¡cltás! ~

VoCEs oa T.A PATRULLA. ¿Qué ocurre? Q
LUCERO.
A .
¿ ué sucede? ¡Preveaidosl
EL
¿ qu1é11 hay que diñár 1
GRAN PREB9STI!
¡Qué ab d
se a, Excelencia?
LA Sl!ÑO!lA.
"
sur o es éste!
Con tus alaridos
los despertaste, Y es la somnolencia.
111

�LA i&gt;L u1iA

l

t de rer
J. ,1,,ona -=-=- bermeja
'NFLA la luna los carrillos -:,c. y su caro~
de risa detona ,e-e- por encima de los negrillos. -

EL GRAN PREBOSTE.
LUCERO.

EL GRAN PREBOSTE.
MARI-MORENA.
EL GRAN PREBOSTE.

LUCERO.
EL GRAN PREBOSTE.
MARI-MORENA.
LA SENORA.

Guarde la buena gente cortesla.
Ha sido un sobresalto motivado
a tanto tener ojo en la vigia
de la Señora.
¡Ya me he penetrado!
¿No gasta usla reloj.&gt;
Lo gasto, pero
no lo saco de noche entre estos pillos.
1No hay uno que no sea un caballero!
l 1
¡un caballero de cortar bolsil os ?
¿Y por qué antojas tú saber la hora
Porque el baile ha de estar en su momento
y no debe perderlo la Señora.
.
¡Siempre tienes mi mismo pensam1entol

Divagación a (a (ua
de las candilejas. ==

.

L

,110 • ..,
VCERO se precia con toses de guar
=-c. Rie la comadre feltz Y
carnal - y un temblor cackondo le baja del papo a1 anca
fondona de yegug, 'real. Ven , Lucero, a mi lado, y dame rosca.
LA St!ÑORA.

EL GRAN PREBOSTE.
LA SEÑORA.
EL GRAN PREBOSTE.

L

¿Disolveré las Cortes?
1Ya lo creo!
¿No te di mi palabra?
¡Que otra mosca
no pique a la Señora en el paseo!

A luna desde su ventana -=-=- celeste, contempla _el ran~afe ...~ : .
salta bu1lona la rana-=-.:- en la lttz de un móvil enca¡e. .:-::
la
un volatin .,.. en
na l a arquesta _,_ los grillos o=- y kace la luna l'
cima de los negrillos, - que le sirven de trampa m. ,_

=

PIN DE LA JORNADA PRIMERA.

RAMON DBL VALLB-INCLAN
Il:Z

Espejo de costumbres llaman al teatro los retóricos. ¡Qué mucho si los
moralistas fruncen el entrecejo considerando los espectáculos al uso! Y no
es que yo quiera romper lanzas ni cañas en pro de ningún pudoroso bombero de servicio. La moralidad de mis reflexiones es muy otra.
Pornefandas que puedan parecer las costumbres reflejadas en la escena,
nunca lo serán tanto como la de llenar el público los teatros donde todo
mal gusto tiene hoy aberrado culto. Y si, por lo quf' de otras partes hemos visto o nos cuentan, la epidemia ha prendido en el mundo civilizado
en general, en España adquiere ya los mismos caracteres endémicos que la
grippe, pongo por universal azote.
Nunca como ahora ha habido tan poca afición al teatro. Basta considerar los innumerables que funcionan, incalificables todos, con pingües rendimientos, sin duda. Desde la altiva Princesa a la ruin pesquería de la
Chelito, por no citar sino los coliseos madrileños de que toman bárbaro
ejemplo los de provincias y América, no hay un solo lugar donde distraer el ánimo de las miserias cotidianas.
En España no hay teatro, con sobra de ellos. Faltan el autor dramático, el cómico y el público. Con el género chico ha desaparecido el último
vestigio de literatura teatral, siqaier fuera de baja estofa la de los saineteros que en estos tiempos de pan llevar acertaron todavía a crear una
generación de intérpretes y espectadores, en la fecha postrera de un teatro iniciado por el batihoja Lope de Rueda, y culminante en la producción dramática del XYlIJ.
8
lll

�LA PLUMA

ol
ITT''

La decadencia actual del espíritu público, el derrumbamiento de la
-sociedad española, el desolado ambiente en que se consume la burguesla
de la Restauración y la Regencia, adviértense sobre todo en los espectácu¡os. No soy de los que juzgan más triste que otro alguno el del Congreso
de los Diputados, ni más vergonzoso el de las corridas de toros. Peores
me parecen el oropel, la ñoñez, el caótico escándalo que infestan los escenarios; sobremanera abominables las infames mixtificaciones a que suele darse el nombre de uatr,s artistícos. Contra ese mercantilismo de
mala fe debemos esforzar la voz cuantos defendemos en el arte un patrimonio común del artista y el público.
Los llamados teatros de arte, de que no hemos tenido en España
sino tal cual parodia esporádica, nacieron varios lustros ha, en pleno éxito del realismo escénico francés, al triunfar en el Boulevard los autores y
actores educados en el Teatro Libre de Antoine. Surgieron entonces los
teatros de arte como protesta estética contra el verismo fin de siglo. Opusieron al naturalismo la estilización. Ello ha dado lugar al romanticismo

dec01 ativo de ahora.

..

Estos términos antagónicos no se:emplean aquí de una manera definitiva, ni se pretende con ellos clasificar estrictamente las últimas tendencias de las artes escénicas. Diferenciadas en esencia, aseméjanse muchas
veces en tantos detalles exteriores cuantas son las influencias recíprocas
entre las formas tradicionales y las modernísimas normas. Intento señalar tan sólo las manifestaciones que jalonan, en la época critica que vivimos, el camino del porvenir.
Wágner, con su concepto sinfónico de las bellas artes, puestas a contribución en el drama sin esa supeditación de valores, esa jerarqula que
presupone todo teatro cldsíco, inaugura en la segunda mitad del pasádo
siglo la confusión estética en que se afanan hoy vanamente_ los direc~o~es
de escenas &amp;rtísticas. Al querer fundir la plástica, la dramática y la mus1ca
en la suprema slntesis de Bayreuth, erige una nueva Babel. La pretendida
armonia degenera en tumulto. Perece la idea monstruosa y sólo el músico se salva.
De los despojos del wagnerismo, de la simiente esparcida aqul y allá
114

LA PLUMA

;J

por los vientos antiwagnerianos
.
Renace remozada la danza· Lo'1· geFrllllllnanl nuevos modos del arte teatral.
•
•
e u er sadora D
sentido musical a los antiguos cá
d'
uncan, prestan color y
ra Imperio y Antonia la Ar en:one~ e la estatuaria. En España, Pastoprodigiosa intuición a que s·g
oáa epuran el zapateado de tablao con
.
,
1rve m s que de
ñ
c1ón que les dispensan literatos
f
cose anza de acicate la atenbailes rusos.
y ar istas. Corren Europa en triunfo los
. ~l apogeo del ballet difunde la afición a 1
.
mfluJo en el arte dramát·
.
a pantomima decorativa cuyo
1co anuncia la bo
d
'
ahora relegado a unos cua t
.
ga e1 teatro artístico, hasta
. .
n os escenanos de Mos , d M .
el prestigio de los cuales debf
ás
cu, e umch, de Parls
•
ase m a su rareza q
fi
.
'
e d ucac16n estética del p 'bl"
L
ue a su e cac1a en la
u ico. os nombres d
R •
antagonista Gordon Craig i"lust
e un e1nhardt, o de su
•
ran una nueva mod p
, .
no, las vastas escenas y com licada m
. . a. ero en ultimo térmificticia sencillez del otro i
_aqumana teatral del uno, como la
la decoración sobre el te~t:~;:::t~cn:. inversión nefasta: el predominio de

¡.

. La restauración de la paz ofrece dil d
.
c1onado al teatro Por do .
l
ata o campo a la cunosidad del afi.
quier, sa vo en Espa~
d .
terés por ver de hallar el es ectá
na, ~e a vierte el mismo inpúblico removida por la gup
clulo corres~ond1ente a la sensibilidad del
erra Y a revoluc1ón E F
·
te, tenemos este año diversos
. n rancia, especialmendramaturgia de los ti"
ensayos teatrales, susceptibles de incubar la
.
empos nuevos. No suel
p
para tnvenciones arduas d
. ,
e ser arfs lugar adecuado
.
e mnguo orden en c
t
• .
na se eJercita. Fiel guardad
.
uan os 1a actividad humaora, en cambio de un t d" "6
ea grado sumo la facultad d d"
.
,
a ra 1c1 n crítica, posee
•¡
e 1scern1r y elabor
f.
•
m1 able, la primera materia a t' ti
.
ar, en orma fác1Imeote asifrancesas. Tal es su prioci
i~ c~ import~d~ de allende las fronteras
donde el ciudadano un·
pla v1prtu -tal as1m1smo su limitación-. Por
.
1versa , en arfs mejo
c1clopédico resumen de los I b t .
r que en otra parte, halla ena ora onos del mu 0 d 0 d
.
tura experimental.
Y e toda exótica aven-

t

. Asf, pues, vemos a Lugné-Poe reanud I
.
ve10te años con el c1·cto "b .
ar a labor emprendida hace
•
1 semano que ha co ft 'd
.
la temporada actual del teatro de 'z•o
ns i u1 o casi exclusivamente
euvre, amén de tal cual novedad de

�LA PLUMA

1

.1

'l

..

segundo orden. La representación de Casa de Muñeca, interpretada este
invierno por esa Nora, cuyo temperamento sólo admite parangón con el
patetismo de Eleonora Duse, por esa colaboradora póstuma del propio
Ibsen-he nombrado a Suzanne Despres-bastarfa para justificar la obra
de Lugué-Poe que persistente en una tradición propia, aunque un tanto
estricta, rehuye el gran público, limitando el número de espectadores de
su teatro, a semejanza de algunas sociedades inglesas importantísimas en
el movimiento dramático contemporáneo; práctica beneficiosa para suscitar
la comunicación entre el escenario y la sala, pero que puede degenerar en
una especie de pseudo aristocraciaartistica, perniciosa para el arte mismo.
Opuesto al pequeño teatro ideal de l'Oeuvre, Fermln Gemier, Shylock
imponderable en el Mercader de Venecia que poco antes de la guerra le
consagró entre los primeros directores de escena, propónese lograr esa
comunión de actores y público en la obra dramática que constituye la virtud esencial del teatro antiguo. \Jno de sus primeros empeños ha sido el
de romper el marco habitual de los escenarios, guiado de una opinión fecundísima en futuras posibilidades, ya que no cierta en su realización ac.
tual; la de que la escena imprime carácter y suscita un género obligado. Y
así, ensayando grandes representaciones con numerosas comparsas en que
figuran gimnastas y atletas, movidas con un criterio plástico y musical, con
amplia arquitectura por fondo, en el anfiteatro de un circo, pretende crear
un espectáculo que corresponda a la conciencia social contemporánea en
la misma medida que el teatro y los juegos de la antigüedad clásica resumían artísticamente el espíriru del pueblo congregado para presenciarlos.
Si el resultado no responde a la intención de Gémier, débese a un error
de concepto, hijo de la confusión wagneriana antes aludida. La decadencia del teatro no consiste tan sólo en el aislamiento material del escenario, en el alejamiento tradicional de la perspectiva, en el estrecho marco
de la embocadura usual. Prueba de ello es que Gémier, suprimiendo los
prejuicios exteriores de la ficción teatral, en las tres obras represeatadas
esta temporada bajo su dirección en el teatro Antoine y en el Circo de Invierno, ha roto la divisoria entre las tablas y la platea, ha hecho que en
diversos pasajes de la representación los personajes circulen por entre el
116

,

LA PLUMA
. público, e incluso reciten desde un palco·
tisfechos o no del espectáculo h
, y c?n todo, los espectadores, sa, an permanecido a1·eno I d
,
s a rama, sin abandonarse por un momento a la e mociº6 n comun
que Ge .
tar. Pero es que ni la Maria d. l C.
mier pretende suscide Murcie-, ni el Edi"o rl'11 'Ieabrmedn'.fide Feliú y Codina-A~jardlns
.
-r , -J
as, i uso que no ref d'd
ta Samt-Georges de Bouhélºier en un .,,also estil d
. un. i o por el poe•
la Gran Pastoral adaptada de 1
• o e misteno medioeval, ni
as representaciones
1
podían tener para el públi·co d p f
popu ares de Provenza
e ar s más que u · t é •
'
de teatro de la Naturaleza s·10 ., d
nin er s pintoresco. Mezcla
•
,on o natural de j
lí .
dio, de escena clásica sin tragedi 1
,
uegos o mpicos sin esta.
a, e ensayo de Gém ·
más, h fbndo producto de la confus'ó d l
ier es un monstruo,
El Vimx-Colombler-que d 1 i~l e as artes, no de su armonía.
inicia vict~riosamente una reac;ió: sal:d:~l~ue se alza toma su nombreponderancia de la obra dramát"
S d'
en los teatros de arte: la pre.
tea. u irector artísti J
presande de toda representac1'ó . t'ó .
co, acques Copeau,
n pie nea del lu
d 1
•
ma, Y encomienda a la luz y 1 .
gar e a acción del dra.esHlo del autor, el sugerimie:t~u~:~ad: los a~tores, fieles servidores del
absoluta, tal es el camino La b
ecoración. De no ser esa la verdad
·
o ra de arte no
l
.
cosmos, pero sf la sugestión qu 1 .
.
es a representación del
pectador para que éste co
e e .amsta eJerce sobre el ánimo del esta contemplación que aquélmlponfga ideCalmente los términos que faltan en
e O rece. uando el h b ·
nuevo el universo se pierde en l
. . . om re intenta crear de
bidurfa clásica.
e caos. La hm1tac1óo es fuente de toda sa .

;.e

. El teatro del Vieuz-Colombler quizá adol
.
literaria, capaz de reducir verbi
.
ezca de excesiva contención
ámbitos de la catedral gó't·
glrac1a, el a~to sacramental propio para los
ica a as comedidas
·
.
proporciones de una capiUa protestante. Acaso Shak
espeare necesite más lib
d
con el vulgo, que no el tono en d
¡
erta , más contacto
tores harto cultos; tal ve h
emas a erudito y meticuloso de unos acque el austero recogimie:toa~a ~eo~ster el tabladillo al aire libre, mejor
ción de su nombre s·
be a se ecta asamblea educada en la venera•
Colombier paréce~e 110 e; argo de lo cual, la orientación del Vieuxtioción de géneros y ta s aclerlt~da, en cuanto implica ante todo la disco a 1teratura dramática.

7e

117

�LA PLUMA

~,

.· li!

;,¡

Más audaz, aunque menos consistente, existe ya en germen un teatro
futurista, es decir, que mira al porvenir. Sólo un espectáculo-concert ha
dado hasta ahora bajo la dirección del esteta Jean Cocteau. Hace ya
unos años, Marinetti-que ensaya hoy en Italia un teatro sumamente sintético, de acción quintaesenciada-proclamó en delirante programa la
supremacia del music-hall, expresión purísima, a su entender, del arte teatral contemporáneo. El intento de Cocteau y sus amigos, influido de los
bailes rusos, de las teorías de Gordon Craig acerca de la inferioridad de
la mímica del actor respecto a la máscara, y del marinettismo susodicho,
ha tenido brillante [realización, merced al apoyo de los ricos de pronto
y a los intérpretes de la pantomima, escogidos entre los mejores acróbatas y payasos, finamente caracterizados con grotescas cabezas de cartón,
y adiestrados en una mecanización humorística de verdadera gracia decadente. Porque, en último término, semejantes modos de arte revelan un
espíritu aristócrata gastado en agudas elucubraciones escépticas. La época
critica que el mundo atraviesa exige la creación de ese teatro social,
que de antaño apunta en diferentes tentativas. Tal se proponen las Fiestas
del Pueblo, organizadas recientemente en París con progr~as musicales
propios para grandes multitudes. En el pasado abril, los coros_de obreros
y la orquesta formados por monsieur Doyen bajo su batuta, interpreta·
ban en la sala del Trocadero la Novena Sinfonía ante una muchedumbre
fervorosa.
En España, la Escuela Aueva de educación socialista ensaya un teatro
fundado en el mismo criterio por que se rigen actualmente las escenas
efidalu de la República rusa. Pues que todo nuevo teatr_o propónese. ~l
renacimiento del drama legendario, de los graµdes mitos, cifra de cada c1v1lización, en tanto no surge el poeta trágico capaz de plaamar la historia
de su tiempo, menester será levantar el ánimo público con las representaciones heroicas de los tiempos caducos. Y que los grandes griegos, el
inglés único, los monstruosos españoles, los claros franceses, los ro~ánticos alemanes, el noruego fuerte, los rusos delirantes, abran caIWno al
futuro.
La reciente representación de Un enemigo del pueblo, de Ibsen, interu8

LA PLUMA
pretado por actores bisoños, ante un público popular, en el Teatro Español, con motivo del último Congreso de la Unión General de Trabajadores, ha revelado hasta qué punto es fácil la regeneración de nuestra
escen.a a base de.actores y espectadores no contaminados por el ambiente.
.Mientras subsista la organización actual de la sociedad, corresponde al
artista ~antener el fuego sagrado del arte puro, es decir, trascendente. Ha
de suscit~r la creación del tipo cómico universal, en el espectáculo de
cuya pasión purgue la Humanidad su afán, el Arlequín, el don Juan, el
Char~ot. Para ello es preciso luchar sin tregua contra el rebajamiento in~uStnal del teatro. Hay que orear la escena, organizar espectáculos al aire libre, fundar cooperativas de cómicos y autores en sustitución de las empresas explotadoras del negocio teatral, reeducar al cómico y al espectador libertándolos de los hábitos adquiridos en una rutina ayuna de ideal.
~ordon C.raig pr?pone como remedio la sustitución del actor, que humaniza excesivamente las proporciones y el tono de la obra dramática por
I
.
•
'
.ª manoneta mgrávida. Entre nosotros, D. Ramón del Valle-Inclán cuya
Juvent ud mtenor
·
· reverdece a cada primavera, ensaya con mano maestra
'
e.n su teatro la farsa heroica fuera del tiempo y el espacio de los escenanos actuales. Se habla de la posibilidad de contratar por una temporada
el Teatro del Pic,o'·
.
.
~· ~z, d e R orna, cuyas r~presentac1ones
descubnrían
como
antaño, los b a1·1es rusos, nuevos horizontes
.
'
a nuestros ojos cansados
de
tanta pobretería y desamparo artísticos.
'
. Pero nunca se insistirá bastante sobre la necesidad de fijar bien los térmmos y señalar difierenc1as,
·
· ·
.
en ev1tac1ón
de las confus10nes
a que suele
dar lugar nuestra ignorancia de las cosas más elementales. Hay que tener
: cuenta que en Madrid, donde no halla empresario para sus obras don
iguel de Unamuno, se llama todavía teatro popular al ~·an &lt;ros!. de
J,.
J•
,
Joaquín fficenta (padre), que aún se forman Compañías capaces
de representar los dramas imberbes de Joaquín Dicenta (hijo) y que de cuando en
cuando se e tr
.
.
'
. '
,
s ena, con pretensiones de renovación artística, una tragedia
del Sr. Grau.

C. RIVAS CHBRIP.

�.~.....:••-,•Mltt•Ye7. . . . .~........ ~ ~ - - - - • • ._

Poloo de Otoñ
...,. . .

............................,...•• •.I.

.... -~·--•"-~

I
Alza el viento otoñal sobre la lierra
potvo que antaño palpz"tó de vida,
y la nube reseca nos convz'da
-memento-a meditar; pero se cierra
con los ofos la mente, que en la guerra
no hay que pensar en paz, y la partz'da
sz'endo a muerte, la muerte el alma olvida
y a luchar por luchar no más se aferra.
Diríase que el corazón del mundo
se paró de latir, y en un momento
bafo el pálz'do cielo moribundo
nos llama al polvo seco el bafo vúnto
con sz'lbo de agonía gemebundo
en ocaso de otoño amarillento.

II
Es ocaso de otoño; dulcemente
va el río-una ola sola, llana y lenta120

LA Pi.UMA
llevándose la manta amarz·llenta
de las hofas que el viento del poniente
arranca de los chopos; contra elpuente
presa el agua entre pt'edras se lamenta
y el sol al enterrarse la ensangrienta
de luz; el delo pésame en la frente.
Las horas todas son una sola hora,
hora amarilla y tierna, hora de ocaso,
tinta en sangre que presto se evapora;
abierto al delo el corazón es vaso
donde la noche su rocío llora
cuando nos abre, al fin, el postrer paso

III
Postrer paso que vienes de ta cuna,
vas cediendo ya al canto que te briza;
el viento del otoño al agua rzza
con rzzo en que se rompe de la luna,
.que nace llena-¡espefo de fortuna!-,
el retrato en el agua; se agudiza
el oído al silencio y se enhechiza
d alma, lz'bre de z'lusz'ón alguna.
En este atardecer del tardo octubre
terrz'ble paz espesa, zrrespz'rable,
121

�LA PLUMA

como polvo de plomo el cielo cubre;
el mundo calla para que nos hable
este viento otoñal que nos descubre
las heces del reposo inacabable.

1 11

•
IV
Del fondo del reposo que no acaba
brotaste, mi alma llena, a contemplarte
sola y desnuda de universo, aparte
de la vida de muerte que se traba
con el polvo otoñal; se coronaba
de almas el cielo-espefo-al asomarte
y era el espefo celes#al del arte
tu creación, de que te hiciste esclava.
Pronto otra vez desnuda, tse testigo
potvo i·nerte ha de hacérsete, y el poso
de ese polvo será tu último abrigo,
quieto, mudo, i·ntangi·ble y tenebroso,
y a él llevarás lo que nació contigo
y arma fué de tu lucha y blanco)! coso.

...

MIGUBL DB UNAMUNO
Salamanca 24-9-1919

quía musical de Amécica
o

indigenismo y eut?ope1~ac1on
.,

., JI

D

de una temporada de orientalismo agudo y de más largo·
tiempo aún de orientalismo más tranquilo-y más convencional-,
comienza a quererse en la música un color «occidental• que no sabemos
todavía con clarid~d qué es lo que sea, pero que no nos ilusiona demasiado si lo que se entiende por «occidental&gt; en música es poco más o
menos el «color europeo&gt; con que se distinguieron siempre las consecuencias del germanismo musical.
ESPUÉS

Precisamente este exceso de europeización fué lo que provocó la•
reacción orientalista. Los pueblos que tenían música de un color propio
se resistían bastante bien a la intrusión germánica. Ésta se verificaba en
los planos pretendidamente superiores de la actividad artística de cada·
País; es decir, que los músicos so{-disants sabios, debían serlo por hacer
música alemanizante. No así los compositores de menor cuantía, que se •
refugiaban en la música popular. Tenidos en menos, gozaban, en cambio,
de los beneficios de la inmunidad. Y, por eso, cuando los efectos de la
inoculación germana se dejaron sentir con violencia y cuando, para antL.

12.1
123

�LA PLUMA

..

doto de ella, se pregonó el «nacionalismo», fueron aquellos músicos
menospreciados quienes se convirtieron en modelos para la gente que
vino después.
Tal fué lo ocurrido en Rusia. Munich y Leipzig se habían colado en la
vida musical rusa con grandes aires de plancheta; pero la reacción fué
fuerte y aquellos músicos rusos que hadan «música para cocheros» limpiaron bien el ambiente viciado. Como abrieron las puertas de Oriente,
todo un mundo nuevo de color, de melodía, de ritmos se derramó por su
país como una avalancha, y tan grande, que no sólo los inundó a ellos
sino que se extendió por toda Europa, tan beneficiosamente como un
desbordamiento del Nilo.
Estas curas de exotismo son remedios admirables, pero son remedios
heroicos: a vida o a muerte. Hay que reaccionar pronto; si no, se sucumbe.
Y Europa, después de asimilarse todo ese orientalismo, se afirmó vigorosamente en un retoñar simultáneo del arte musical de cada una de esas
naciones.
Y por eso se habla ahora-como consecuencia de ese impulso- de
buscar algo que pueda considerarse como típicamente occidentalista.
No sin peligro, porque el exagerado creerá necesario para mostrarse
«occidentalista&gt; el abominar del orientalismo anterior y caerá en un cerebralismo seco y frio, casi peor que el germanismo aquel que aborreda. El
occidentalismo nuevo paréceme que lleva malas trazas. Ya lo examinaremos en otra ocasión. Pero por el momento pensamos: ¿y si este movimiento hacia Occidente fuese tan vivo que impulsase a los músicos más
allá del Atlántico? Pues he aquí una nueva cura de exotismo que podría
volver a atemperarnos.
.
-Siempre y cuando que América fuese considerada como cosa exótica y no como la sucursal de Europa. (Artísticamente, a lo menos.)
Ahora bien, habría que decir a los americanos: Si nosotros hemo~ de
ir a buscaros, haced el favor de no venir a nuestro encuentro. Amencanizaos bien vosotros mismos, evitad las inoculaciones europeas.
Yo creo que esto lo sienten ya algunos músicos del doble continente.
,Hay aún muchos que con la cara negra o los rasgos aztecas se ponen cuello
124

LA PLUMA
planchado y fabrican música europea. 1Qué error profundo! ¡Como si no
fuera mucho más interesante ser negro o ser azteca! Mientras que Darius
Milhaud hace un coktail de ritmos del •quartier chocolat• neoyorquino
y de machichas auténticamente negro-brasileñas, pues hay cada ColeridgeTaylor que sueña con los ciclismos franckistas y canta a Hyawatha con
un romanticismo alemán que da tristeza. ¡Si a lo menos nos hubieran
sabido hacer un romanticismo longfellowiano, menos mal! Para el norteamericano de los Estados interiores, una música basada en las costumbres
aviejadas de esos Estados podría ser un buen descubrimiento. Encontrar
hoy la sensibilidad de hace un siglo y sus modas, 1qué cosa interesante!
. Más aún los negros auténticos, cuya música es prodigiosamente sugestiva: (Desde Dvorak hasta nuestros días de cabaret, el negrismo nos ha
enviado buenas cantidades de •color&gt; a los europeos.) Mayor confianza tenemos en Henry T. Burleigh y en Will Marion Cook, con sus «espirituales»,
tan llen~s de carácter y de fuerza-alegría y nostalgia en rara y exquisita
proporción-que en compolsitores como Charles-Martín Loeffler, que
ponen en música a Maeterlink (La Morte de Tintangiles), siquiera Loeffler
sea,con Parker-Carpénter y alguno más,un compositor muy distinguido.
El peor de los males musicales de los Estados U nidos es su furiosa
importación. Sus revistas de comercio musical dan vértigos a fuerza de
retratos, reclamos, bombos zepelinescos y la más absoluta vaciedad en el
fondo. Aunque desfila por todos sus Estados una tropa de virtuosos de
toda calaña, la labor de un Kurt Schindler, por ejemplo, haciendo cantar
~úsica regional, música negra, música de todos los países de Europa que
tienen algún carácter-España, Escandinavia, Rusia, Irlanda...-es mucho
más sana y más fecunda. Si la iniciativa cundiese por el interior de la gran
república podríamos ver multiplicados ejemplos análogos a la colección
de • Viejas canciones inglesas en los Appallachias del Norte&gt; y a colecciones de música indígena.
***
Esa riqueza indígena parece ser extraordinariamente grande en Méjico~
Algunos escritores como Manuel M. Ponce han hecho estudios interesan125

�LA PLUMA

..

,tes que nos informan de los bailes y tonadas que llegados de Europa
hacia el siglo xvm se aclimataron allí, mientras que se perdieron o poco
menos en España. Tal el «jarabe• descendiente probable de nuestro «zapateado• 0 de las «seguidillas» manchegas, mientras que hacia la costa, los
«&lt;lanzones•, «tangos• y «guajiras•, parecen haberles llegado de Cuba. La
vida musical de Méjico es hoy bastante activa. Conocemos los nombres
de muchos compositores y críticos. Escriben música y escriben artículos
que parecen di-stinados a demostrar que alli no s~ les pasa ~ada_ de lo que
,corre por Europa. ¡Lástima que esta preocupación les d1stra1ga en su
interés de lo que queda quieto allá al fondo de su tierra! En los libritos
que escriben leemos mucho sobre Beethoven, sobre Chopín, sobre Mussorgsky inclusive, junto a una constante loa a la_ músic_a. universal. ~l d~a
que la señorita Alba Herrera Ogazón pueda añadir a su mteresante h1stona
del arte musical mejicano un capítulo dedicado a los «músicos autóctonos•
(passtz le mot...) nos alegraremos vivamente.
.
¡Y cómo debe sonar esa manigua antillana! Cuba y Santo Dommgo
tienen una riqueza espléndida en música indígena, de un carácter y de una
originalidad potentemente acentuada, algun?s ~e cuyos acen~os no n~s
son desconocidos a las gentes de Europa, s1 bien se hayan ido desvirtuando a lo largo de nuestras costumbres coloniales. Ni Persia ni Arabia
•tienen más vivos colores ni más deliciosas inflexiones, ni ritmos más insinuantes1 ni timbres instrumentales más llenos de sugestiones. Un músico
genial y sin educación sofística podría crear con ellos algo tan rico y tan
, espléndido como un Borodino o un Rímsky...
.
.
Las Repúblicas Centrales reconstruirián a buen seguro una preh1stona
musical si estudiasen los instrumentos indígenas encontrados, y aun hoy
si vigilasen las costumbres musicales de sus indiÓs. La músic~ i~cásica, de
la que algo se ha recogido, está llena de interés, y las descnpc1ones qu_e
.se nos hacen de sus danzas y de sus instrumentos populares. En el Peru,
algunas colecciones de • Yaravies• quiteños han servido a compositores
españoles, y creemos que a alguno de su país. En cambio :n Santo
Domingo, junto a la «media tuna• y al «punto y llanto•, acompanados por
«cuatro• (guitarras pequeñas), al aristocrático «galeron• y al «zapateo»,
120

LA PLUMA
-~~rente del'd: Cuba, se encuentran aú::i en vigor los «areitos» típicamente
indios... También la «danza» de Santo Domingo, aun semejante a la habanera, conserva su original irregularidad rítmica. Muchos músicos dominicanos-la educación musical en Santo Domingo fué con la universitaria la
más antigua de América-ensayaron a llevar la «danza• al terreno artístico, Y muchos nombres sobresalieron en ese empeño, llevando la • danza
tropical» a Méjico, a Cuba (donde cedió su puesto al «danzón» de ritmo
más monótono y elemental) y a Colombia, donde se mezcló con el «bambuco» (otro pariente cercano de la habanera), a las «cumbias• características de los negros de la costa, a los •pasillos» y demás típicas canciones
-de los llanos Y a los ligeros «torbellinos» netamente colombianos y uno
de los más claros ejemplos del primitivismo constructivo en la músita
popular.
Algunas muestras de la música cultista de Chile han figurado en programas dedicados exclusivamente a músicos argentinos. Hoy es probablement: la Argentina la República que más trabaja por asimilarse en sus producci~nes «de arte• el canto pampero; pero es, creemos, la más pobre en
melodta popular. •Gatos» y «vidalitas» animan la ya abundante cantidad
de ~úsica debida a artistas del país que alternan en los programas de la
Sociedad Nacional de Música de Buenos Aires, quienes siguen ávidamente el movimiento de renovación musical de Europa y vigilan el rumbo
de las nuevas tendencias. Y como éstas son francamente contrarias a los
viejos dogmatismos, a los anquilosados criterios y a los formalismos caducos es seguro que la mejor lección que sacarán de ello será la de comprobar que es dentro de la misma América donde sus musas tienen el refugio.
Para ellos Y para nosotros, entre la decrépita Euterpe de nuestras longitudes Y la virgen musa cobriza inca, azteca o araucana, la elección no
parece dudosa.

ADOLFO SALAZAR

127

�LA PLÚMÁ
las otras! Algún día hablaremos de ellas.) Tengo todo eso que he dicho,
y tengo más: tengo cuatro veraneos en el magín y todos tiran de mí con

furia.

Ct?ónieas

dé "la Dame de
,Cuándo se va usted2 o el
vet?aneo de Bucidán. ~
. tos de conversación, todavía los ojos
no llevamos tres mmhu
·do por entero en ese exa.
. n nos habla no nos an recorn
'
.
e qw: .d
hostil sobre todo de las mujeres, que le deJa a u~o,
men r p1 o y
'
. d
ced de la sonrisa de aprobación
a no ser que toro!! la misma acti~~ ': ~::tiva y ya salta la irritante prepasajera o del signo de compas1 n e
,
gunta:
-¿Cuándo se va USt ed?
lo diga desde el
0
Porque es necesario que uno se lmharche&lt;Íici:e ~:n veces a la misma
.
d calor y aunque se e aya
. .
pnmer asomo e
,
b
firme de las conv1cc10-·
persona la fecha fijada, como para compro ar 1o
nes, nunca deja de preguntar:
.

T

•

ODAVÍA

d

-¿Cuándo se va usted?
.
rta A cualquier parte fuera de
Cuándo y no adónde. Esto poco impo .
Madrid. Al cabo Norte o a Pozuelo:
' y o sé cuándo, porque no sé·
Yo yo no sé cuándo he de irme.
n
.
la
, ···.
un kilométrico intacto; unos ahorrillos, porque. soy
adonde ir. T:ngo . ,
. . libertad tan completa, que m se me
escritora me1or retnbu1?~ que e(Px1ste, las otras?, se me preguntará. ¡Ah,.
ocurre pensar en el femm1smo. ero, ¿y
128

Oeeaneo oasc.J
La babia es de juguete; la playa, también. Pero el puerto, ría adentro,
es una cosa seria. Negra, apestosa como todo lo serio. Sobre la bahía de
jyguete, unas montañas, las únicas salidas al mundo, por donde va la carretera. Aquel lado, a la estación. Por allí viene, bamboleándose, cargado
de gentes, de baúles y cajas y de más gentes encima de las cajas y de los
baúles, el automóvil grande, a dejar en la plaza unos veraneantes afanosos, En los días de fiesta hay música en la plaza y los bailarines van y viene]J sueltos, altas las manos, de un lado para otro, con una rapidez convulsiva; primero se agitan los más cercanos al quiosco de la música; luego
· los inmediatos; y así se van contagiando, de grupo en grupo, todos, hasta
los chiquillos en los alrededores, como una aureola de la danza. La noche
es tranquila. Una voz de barítono en la fonda. Quizá, por la otra carretera, los vivos focos de un automóvil rápido. En las bajas sidrerías un doble
coro marinero. Y las luces del muelle, trazando la limpia curva, todas
iguales, menos las dos de la boca, más altas y de más profundo reflejo,
una verde, otra roja.

'

Oeeaneo leoantino
Sin movimiento, se suda. La tierra un horno, el mar un ascua, el cielo
como la imagen de la impiedad. Hay que tener cerrados los postigos, vestir trajes leves, conservar el abanico en la mano, poner los ojos en el cantarillo rezumante. Se van muriendo las moscas sobre el papel vinoso; parece que todas las del mundo vienen a ver morir a las elegidas por el destino. A lo lejos, el cabo se mete en el mar, coronado de pinos de alta
copa; la mirada cala el pinar por entre los troncos. Al anochecer, bajo las
frondas negras hay un incendio que no las consume. Por la parte llana,
9

�LÁ PLUMA
LA PLUMA
una nube de polvo es la carretera; dos palmeras, un huerto, una palmera,
otro. Nada más se levanta del suelo. Todo el día es una larga espera de la
noche divina, sin rumor, con todas las estrellas arriba, o en el plenilunio,
con una lechosa claridad que penetra hasta los huesos y deja transparente el alma, perdida, con la luz, en el cielo, en la tierra y en el mar.

Oe eaneo bl!itánieo

~

,¡
·11!•

.1....,.,,,,
111

,:111 ~

1
..

Pero aquí ¿no hay tierra? Suave felpa verde es el suelo combo; verde
la luz de las enramadas espesas, verde el rfo cortés, casi artificial. No hay
más que dos colores, el verde y el blanco: son blancas las canoas, blancos
los trajes de sport, blancas las aves, que al posarse en el cesped parecen
más blancas todavía. Y un cielo que no se atreve a ser azul, que no logra
ser verde o blanco y se mantiene gris, neutral. Los amigos recién afeitados, al aire los antebrazos musculosos, hechos a la raqueta y al rem~, las
sonrosadas amigas de rubio pelo y boca chiquita, del tamaño de una pasta para el te, y capaz, sin embargo, de tragarse, entero, un ensangrentado
rosbif, me aguardan. Y va volando la canoa por el río tardo, impelida por
el rítmico esfuerzo unánime, y salta la pelota casi rasando la red, y ·,asa
la bandeja substanciosa, complemento del trabajo abrasador, y la carne
roja pasa en el plato. Deporte, alimento, salud. Todo lo demás es cortesía.

Oe.eaneo septcmtrional
Dejamos el fijord de Trondhjem a bordo de un recio bergantín-el

Bjornstjerne o el Kong Haakon-y vamos, como los. vikings, hacia el botín, en demanda del sol de media noche. La costa, como partida a golpes
de hacha. El mar, como un mediterráne0. El crepúsculo lento, lento, lento. Conversación erizada de nombres raros, que luego correspoden a lo
más sencillo, a lo más patriarcal. Y, compañeros inseparables, los prismáticos. Todo Julio Veme renace en nuestra memoria; ¿habrá pemmícan suficiente a bordo? ¿Nos veremos atacados por el escorbuto? Y este aire, que
130

ho podríamos soportar más que aquf y en 1
ta, duro, el verano... Un día se a b, 1 e ~ue, a pesar de todo, palpi.
ca a e contmente· 1
claro; a tierra; más más arriba El k d k
.
, e mar se abre, más
'
·
o a , el hbro de
ver lo que nunca hemos visto.
apuntes ... Vamos a

* **

Estos son los cuatro paisajes que tiran de mf
.
potros de fuego. No sé cuál preferir Al l d d , descuartizándome, como
Buridán, que se muere de hamb É.l
a o e los potros veo al asno de
re.
se muere de h b
ceur se queda en la corte.
am re y la Dame de

e

Pero no se lo digan a nadie, por n·10S•••

LA DAMB DB CCEUR

li.tS OtOlet~s
Cuando en los huertos paternos vivía yo au'n
.
u ·
b
,
Y mz seno

P ro ignora a el ajan y las venganzas de amor,

una mujer tras la cerca pasaba a menudo· vol ,
lueo-o , 'l',,
,
vza
º mas pa zua, y eran como violetas sus ojoJ.
Mazos de violetas eran ba7J·o las ce1·as s
.
D'.
J
us OJOS.
z;e: ¿Por qué has de volver todas las tardes asír
Dijo, riendo: Un día sabrás este dulce mi., .
Nada
s,erzo.
en eI mundo es tan dulce: Y esto te basta por hoy.
Luego se fué sonriente. Yo busco lafiuente Y m
.
todos l d'
,
e mzro
os zas, por ver las violetas brotar
.
.

GWSBPPB LIPPARINI
(Tr. de B. D-C.)
131

�LA PLUMA
As( tendrá una continuación la maravilla del Exodo.
Hasta pronto, pues, y ah( le envio eso para la revista.
Suylsimo siempre.-Rubén.

Número 3.

Pata los amigos de Rubén Dacio
el primer número de L., PLUMA dimos cuenta de ~na pequeña cole~ci6n
de cartas de Rubén Darío, publicada por V. Garc1a Calder6~ en P~ns.
A título de colaboración, para la nueva edición de ese ep1stolano, publicamos once cartas de Rubén Darío a Amado Nervo, encontradas entre los
papeles de éste.
A. R.
N

E

Carias de Rubén Oa1?1o

De París a México.-Par!s 28 junio 1904.
Querido Amado: Estas Hneas son un post-scriptum de mi carta de ayer.
El articulo enviado servirá de prólogo a un (tachado: «pequeño•)
volumen de versos de Blanco-Fombona, titulado Pequdia Opera Lírica.
Vale et me ama.-Rubln.

Número 4.
Parls II noviembre 1905.
Mi siempre querido y admirado Amado: Fué en verdad una mala ocurrencia de la suerte el que, estando en España juntos, no 001 hayamos visto.

Número 1.

Su carta me ha traído su recuerdo y una prueba más de una de las
pocas amistades, entre iguales, que yo haya encontrado.
Mentalmente, es inútil que le diga que le he seguido a través de tiempo
y espacio, y que veo en usted al más admirable, sin discusión, de nuestros
poetas.

De Madrid a México.-(Recibida en México _el 21 de febrero de 1904)
Al Sr. D. Amado Nervo.-México.-Mi quendo poe_ta: Le ~ando_ un
O Estoy aqui con Francisca. He tenido un chico que tiene siete
gran ab raz •
·
b ·¡ y le
meses.-Me Voy a Africa • y estaré en París de vuelta en a n . - a
escribiré largo y cosas.-Ri,bén.

Su coto no es pequeño como usted dice. Caben en él montes y lagos
de la más pura belleza, que yo me he complacido en visitar.
Ya nos veremos, porque estamos a un paso.
No me deje de escribir cuando pueda.
Le abraza, Rubén.-Francisca le envia sus buenos saludos.

Número 2.

Número 5.

De Paris a México.-30,.rue Feydeau.-Parls, Junio 27, 1904.
Querido Amado: ¡Un gran abrazo! ¡Me dice Quintanilla que usted ven·
drá pronto! ¡Soberano!

30, rue Feydeau.-Paris 16 abril 19()6.
Querido Amado: Siquiera un saludo, ya que me encuentro relativamente mejor de mi dolencia. Acabo de leer dos preciosas cosas suyas en
los dos últimos nümeros de la .Revista Moderna.

a Amado ~evo + + +
•

132

133

�LA PLUMA

LA PLUMA
¿Cómo sigue usted? Ye tengo grandes ganas de ir a Madrid para que
hablemos¡ largamente. ¿Cómo sigue eso? ¿Publicó Chocano su libro? ¿Qué
«potins&gt; nuevos hay? París, por su parte, goza de su primavera.
Le abraza su, R. Dario.-.-¿Sabe usted si V. Vila está en la corte?

Número 6.
7 octubre 1909.
Querido Amado: Recibí su «mot&gt; a mi vuelta de París, donde he
pasado cerca de un mes. ¡Viaje indispensable!
Cuando quiera echar un párrafo, venga a la calle Claudio Coello, 60
-señas sólo para usted-, de preferencia por la tarde, tempran_o. Y quiero
saber también cuál es su hora en su casa.-Muy suyo siempre, R. Darío.

Número 7.
Claudio Coello, 6o.
Querido amigo: Voy a partir definitivamente dentro de poco, y antes
de irme tendría gusto en verle y despedirme. Me encontrará usted a cualquier hora. Suyo afectísimo, R. Dan.o.

Número 8.

' .,

(En papel del Mundial Mag-azz·ne.)
París 3 julio xgn.-Sr. D. Amado Nervo, Madrid.
Mi &lt;:J.Uerido Amado: Vamos siguiendo con Mundtal. ¿Cuándo me envía un cuento o versos? Mándeme cosas. Cuentos ·sobre todo. Harl
pagar al recz'bír.
¿Cómo lo trata el «Nuevo&gt; México? Yo, de mí, no sé nada aún. Más
bien malos barruntos, según algo que hablamos con Gamboa. Ya veremos.
¿Conoce usted al npevo Ministro de Instrucción Pública?
No he recibido los ntmeros de Revista Moderna. De todos modos, que
no nos traten tan duro, que no hemos hecho ná.
«Au revoir&gt;. Suyo afectísimo, R. Darío,

Número 9.
(En papel del Mundial.)
4 rue Herschel.-Paris 8 septiembre 19n.
Querido Amado: Sus Filosofías me encantan, y es, sobre todo, porque las mias son muy semejantes. Nos encontramos ante las cosas, y cambiamos una mirada de vaga iniciación.
A lo práctico: ¿Querria usted escribir una de esas «cosas&gt;, pero con
destinación plutot femenina, para Elegancías? Además de esto, ¿cuánto
cobraría usted si fuese esa colaboración fija, una página para cada número?
Esto es, dos al mes. Si ello está dentro del presupuesto de la Administración, crea usted que el «affaire&gt; está hecho. Y comience a enviar.
¿Es cierto que Pichardo ha desaparecido? ¿Qué hay de eso?
Su afectísimo y viejo amigo, R. Darío.

Número 10.
(Papel de Mundial-Elegancias.)
133, rue Michel Ange.
Querido Amado: Recibí sus nuevos versos. Ya vería los otros publicados. «Ella&gt; le inspirará más, igualmente bellos.
Un ruego: hágame el favor de averiguar si el Gobierno de Nicaragua¡a quien envié una nota conminatorial-en vez de enviarme a mí mis cartas de retiro, las ha remitido al Gobierno español. Le digo esto, entre
otras cosas, para saber si no me registrarán mi equipaje aún ... Es decir: si
sigo siendo tenido como miembro del Cuerpo diplomático en España.
El 25 salgo para Barcelona; diez días después estaré en Madrid. ¡Ya
nos veremos! Muy suyo, R. Darlo.

Número 11.
(Papel de Mundíal-Eiegancz'as.)
133, rue Michel Ange.
Excmo. Sr. D. Amado Nervo, Encargado de Negocfos de México,
Madrid,

�4A PLUMA
Mi querido Amado: No he podido antes de ahora anunciarle mi venida. Espero que haya algo de más calma en su justa tristeza.
Estamos muy gozosos de su continua colaboracién en Mundial y
cElegancias•, y esperamos se sirva seguir favoreciéndonos.
Durante mi viaje, tuve el pesar de saber la muerte de D. Justo. Sentí
no estar en París para que Mundi'al hubiera hecho el homenaje que aquel
buen maestro se merecía.
Querido Amado, mándeme sus bellos versos y sus lindas prosas.
No se extrañe de que esta carta no vaya escrita por mí, pues me
encuentro en este momento en cama, sufriendo una de aquellas crisis que
usted conoce, desde nuestra antigua intimidad.
.
Soy, mi querido Amado, su amigo de siempre, Rubén Darío.
París 28 diciembre 1912.

llBROS y ReOtStAS
Ramón del Valle-Inclán.-Divinas palabras.~ragicomedia de aldea. Opera Omnia. Vol. XVII.

PO€MAS oe CtRCUJ'lSíAJ'{ClAS PR0SAlCAS
es

UttA fACtUAA

..

Sueño roto por el Extraño
-tan pertinaz ante la puerta,
inmóvil quizá todo un mio
en su tintineante alerta
si de un vuelo no despestaño
la pupila en el alba muerta-:
reverencia al sabio e.rmitañB,
durmiente en su cueva sin puerta,
sueño roto por el Extraño.

JORGB GUILLBN
136

Don Ram6n del Valle-lnclán ha avalorado la edición en curso de sus obras
completas con esta tragicomedia que s6lo conocíamos, ridículamente mutilada,
con un criterio de sábado blanco, al publicarse antaño en El Sol. La obra ahora
aparece restituida en las frases y pasajes que la irrespetuosa direcci6n del periódico consider6 necesario supri11J.ir entonce¡;_
Un primer impulso reflexivo muévenos, sobre todo, a comparar las nuevas
lecturas que Valle-lnclán nos ofrece con el resto de la producción española actual. Contingencias, sin duda, del mercado de libros, han decidido en estos últimos años a coleccionar en serie sus obras, a escritores en plena madurez,
cuyo propósito no puede ser en modo alguno el dar su labor por cumplida, con
proporcionar al lector una visi6n de conjunto, que induce, desde luego, a la
crítica definitiva. La circunstancia, sin embargo, de pertenecer esos escritores
la generacz"ón del 98, obligado jalón en la Historia de España, y en la litera.
na por ende, ayuda a considerar semejante empeño editorial, como ese a
modo de público examen de conciencia, que corona con la numeración de sus
obras la vida activa del literato.
. En efecto, las recopilaciones de Azorín, de Pío Baroja, sugieren cuándo la
idea de caducidad, de agostamiento progresivo y prematuro, cuándo la del voluntario retiro al remanso de la serena crítica, en el caso más favorable, o de
la perdici6n en políticos sofismas indefendibles. La emoción que volvemos a
sentir leyendo las felicísimas promesas de una juventud que parecía pletórica,
apasionada, llena de esperanza, se quiebra gustando los frutos de ahora, sin
virtud germinativa, tristes ecos de un grito moceril, perdido luego en el propio vacío interior.
Muy otro es d caso de D. Ramón del Valle-Inclán. Gusta él de ponderar risueño su lozanía, y a fe que no le engaña la confianza en sí mismo. No hay en

ª.

in

�LA PLUMA

...

LA PLUMA

en España escritor más joven; condición, ajena al correr del tiempo, cuyas excelencias estimamos en más que todas las sabidurías que los años enseñan.
Como todo aquel que en el propio ~sfuerzo se complace, Valle-Inclán experimenta de continuo la necesidad de proponerse una nueva dificultad que vencer. No se abandona jamás a la e.noción circunstancial, ni se rinde a la hacedera repetición de lo ya logrado. Una vez que trascienden a su mirada, cobran
las cosas un sentido taumatúrgico, se desdoblan, se nos revelan en cambiantes
insospechados, se trasmutan por arte y gracia del creador que nuevamente las
saca de la nada en que la ceguera espiritual de los hombres las tiene sumidas.
Pero no obedece simplemente al capricho de la fantasía descarriada. Incluso en
las extravagancias a que se entrega alegremente, un concepto puro preside la
divagación. He aquí por qué nos parece de los raros escritores de conciencia,
para quienes la literatura se confunde con la moral más alta.
El escenario de Divinas palabras es el mismo de las Comedias bárbaras, perfumado de los mismos A1·omas de leyenda que difunde la música d~ la Sonata
de Otoño. La clásica unidad de lugar tiene en la obra de Valle-Inclán una intención más comprensiva que la¡eñalada en las retóricas. La decoración no varía:
las tierras de Galicia. El tiempo permanece asimismo detenido en la perenne
continuidad del paisaje que encuadra los sentimientos primitivos del hombre.
La acción está regida por las leyes naturales. En cada escena se desarrolla un
drama, insertado a su vez en la general tragedia. Cambia, eso sí, la luz intelectual que el autor proyecta sobre los temas eternos de la historia del mundo.
Ha querido D. Ramón del Valle-Ioclán en Divinas palabras extender el dictado genérico de tragicomedia, dándole una acepción más en consonancia con
el espíritu moderno, que la de mera sucesión de acontecimientos fatales contrastados con otros livianos, llamados a cortar con la risa la tensión dolorosa
que aquéllos suscitan en el ánimo. Ha intentado depurar esa norma, deduciendo la emoción tragicómica, no de la parodia que sigue a la escena grave, sino
del monstruoso desacuerdo entre la acción dramática y la contemplación del
público. Es decir, que en tanto los actores se rinden al espanto con que la terrible fatalidad los domina, el espectador ideal se siente movido a risa. Mientras que cuando los personajes del drama se elevan con hiperbólica ironía sobre las circunstancias macabras de la intriga, el espectador se siente sobrecogido. Efecto que consigue con una contrapo~ición de perspectivas sentimentales.
·
Y aún resuelve en Divinas palabras otro problema que solicita la atención
del crítico: el del estilo, quintaesenciada armonía en que se funden con un vigor
representativo, sobriamente obtenido, los tonos peculiares de la paleta de Valle-Inclán. El trabajo de eliminación, de condensación, de simplificación, con
que ha castigado la pluma, en una labor cada vez más consciente, ha reducido
ya el concepto casi dialectal de su prosa a los límites de la expresión pura.
Las palabras, henchidas de un sentido popular sutilizado, adquieren esa virtud
universal capaz de imbuir en cualquier efímera fi~ura humana el alma bíblica
de un mujik.

C. R, C.

Ramiro de Maeztu.-La crisis del Humanismo

B"br t
derna y contemporánea.-Barcelona EditoriaÍ-M' I 10 eca de Cultura mo'
10erva, 1 92 0 .
La obra de Ramiro de Maeztu es •
't" d
tad como fundamentos del Estado :n ~na en ica . e la autoridad y de la liberdes en el principio de función&gt; Una ?d erno Y u~ intento de basar las sociedaa este libro, a saber: cla de u~ los h~;a centra -y nu_eva-;-sirve de armazón
unos con los otros, como crien las escu bres
1 !1° se asoc)an mmediatamente los
ser genérico transindividual como m t: ª5 h~erales, m están asociados en un
que están asociados y se as¿cian en
ienen as escuelas _conservadoras, sino
en bienes colectivos y últimamente e11 as lcomune:, materiales y espirituales,
duce el autor la doctri~a ue llama 'L va_ ore~ umversales•. De esta idea detenida por el Renacimienio en la fó • \Pn¡naci~ de las cosas•, frente a la sostítulo, algo equívoco, de la obra.
rmu a • a pnmacía del hombre•. De aquí el
Al descubrir el Renacimiento el gra
, • .
.
didad, por lo menos en el campo de la n pr1n_c1_p10 de relatividad, cuya fecuntrasladaron los humanistas al homb si c1e~c1as exactas, no_se ha agotado aún,
creerse en la existencia de una mo rf o~ e1es todos de la vida moral. Dejó de
en sí mismas y porque participó.hara dob¡et~va, en la que las cosas eran buenas
absolutos• de Ja física de
. n . e ª ondad suprema. Con los «lugares
Renacimiento fué la crisiss~~f~ec;tr?n los &lt;v~lores absolutos• de la ética. El
Tras el_ período orgánico que si:ai&amp;!faºE~e~u~r~! Y de la f: en lo absol_ut?.
tada, viene, como dirían los sansimon.
ª ~ ia coi;i _su vida alegre y hmina, que todavía no ha llegado a su fin'.anos, el periodo critico de la edad modei-Una moral subjetiva reemplazó a ¡
t·
se as:ntaron los principios autoritari: anl;gua ¡nora! p~atónica y sobre aquélla
dos diferentes organizaciones de la S .Y d der;._ que sirven de fundamento a
mente por haber olvidado que el ho oi1e a . mbas han fracasado definitivapasada guerra es un reciente test' m. re es, por naturaleza, un pecador; y la
¿Sobre qué bases sería u
i°:10010 que confirma una vez más esta teoría.
La respuesta a tan rav~ p es, posible e:tablecer una organización social firme?
Sr. Maeztu Como v~rsad¿reg~?-t~ c~nSht~ye la parte constructiva del libro del
contestación sin cimentadae~e;~1p mas losóficas, el autor no aventura una
los capítulos: •Rebasamiento de \aª~in~t)Son fundamei_itales, a este respecto,
las cosas• y •Funciones y valores •.) e1 a y de la autoridad•, «La primacía de
Sobre el fondo de una fil
f' . r
. .
lucha en las escuelas medioei:1~ ra rea ista, idénh~a a la que suscitara áspera
con valor intrínseco-el Poder 1 Je~~~~ ue se ~J_an en cuatro los universales
tu profesa una moral ob'eti ,
.
' a Justicia y el Amor-, el Sr. Maezbién. Según éste nirigfu{h/\qu~_su·vedde apoyo a un derecho objetivo tammismo le ocurre' a un Esta rn re iene erecho a nada, corno tal hombre, y lo
nacen de la función ue de~~- Los_ derechos del Estado, como los del hombre
mial destinada a sustltu·
mpenan. De aquí, una sociedad sindicalista O gre~
1
Roma, en los dos siJJare:Jei3.im~~~i~~!11aldmelnDte e:Ó_sten, fundadas, como la de
-r
Y e omzmum.
.,_ He
. intentad o t razar como un
esquema
·
,. t
1 libro del Sr. Maezt
• muy imper,ec o por su brevedad,.
u, esquema o resqmen que no deja traslucir el profundo

:::S

!•

=

1

�LA PLUMA

LA PLUMA
interés y el singular valor de esta obra, que constituye, sin duda, el esfuerzo
más considerable realizado por un español en el extenso campo de las ideas
filosóficas desde hace mucho tiempo. De estricta justicia es reconocerlo, y si
las presentes líneas tienen algún propósito, aparte del de contribuir a la mera
propaganda de la obra, es el de estimular a su autor para que escriba otras,
animándole con el convencimiento de que sus palabras no son acogidas con
zafia indiferencia, sino con el respeto y la atención que merecen.
Libros análogos a La Crisis del Humanismo-que no es, por otra parte, cla
obra de un periodista atareado•, como modestamente dice su autor, sino labor
de largos años de incesantes estudios y de viva agitación espiritual-debieran
publicarse en nuestro país, al menos uno cada tres meses, y mientras así no
suceda, por lo que revela la falta, tanto como por la falta misma, España significará muy poco en el comercio intelectual del mundo, por mucha oceanogra•
fía o por mucha filología que se ha~a.
J. A. P.

***

J. Maynard Keynes.- Tite economic consequences of the peace.-London, Mac•

millan, 1920.
Este libro, de universal resonancia, se dirige a demostrar que las condicio•
nes de paz impuestas a los alemanes en Versailles son una violación de la p~labra dada y de la moral internacional comparable a la violación que c?metió
la propia Alemania al invadir Bélgica, y además, en el orden _económic~, de
imposible cumplimiento. Alemania rind~ó las armas en la creenci~ de que_ iban
a aplicarse los cCatorce Puntos» de Wdson; las notas y mensa¡es cambiados
entre los beligerantes para llegar al armisticio constituían un pacto obligatorio
para ambas partes. Pero la Conferencia de París, .Y e! Consejo de los Cu~tro,
en vez de limitarse a regular los •detalles de aplicación• del programa wilsoniano, cimentaron una •paz púnica», estran¡tulando a los vencidos, sin nin¡tuna
preocupación de humanidad ni de reciprocidad, y sin enterarse siquiera de lo
que pedhn el porvenir y la vida de Europa. Las causas de tamaño des~str~ son
principalmente de orden psicológico. ?.fr. Keynes_ muestra cói:n? han 1d~ influyendo en las resoluciones cde los Cuatro• la presión de la opim~n pó.bhca_ sobreexcitada, las combinaciones electorales de Lloyd George, las ideas arcaicas
de Clemenceau y la imprevista inferioridad de Wilson. Las P,áginas en que míster Keyoes describe los propósitos y el proceder de cada uno de los miembros
del Consejo de los Cuatro, sus métodos de discusión, y su manera de obtener
cfórmulas» que salvasen las apariencias, son fortísimas y de sabor muy amargo. El autor no habla de oídas: era representante oficial de Ja_Teso~e~í~ inglesa en la Conferencia, y dimitió el cargo al convencerse de la i!11pos1billdad de
obtener una modificación real de las proposiciones de paz. El libro es una acusación abrumadora: la incompetencia y la impostura se reu~iero~ para reorganizar el mundo, entre sorbos de te y las boutades de un a oaano violento y d_es·
ilusionado. Ya estamos viendo que el mundo no se somete; pero cla ~elegac16n
germánica-escribe Mr. Keynes-no acertó a exponer con palabras inJlamadas

y proféticas la cualidad que principalmente distingue a ese Tratado de c . t

· 1a ms~ncendad,.
· ·
•
uan las
os
1e han prece,d1_'do en 1a h'1st ona:
Mr. Keynes deja a 11n lado

cláusulas po!1t_1cas del Trata?o; estudia solo su parte económica.
~as cood1c1ones de paz henden ª. destru!r el sistema económico alemán,
arrumando ~us fundamentos: comercio exterior, explotaciones mineras, transpo~es y régimen aduanero. Per? después de arruinar a Alemania, el Tratado
le impone una cuenta de rep~rac1one~ que podrá llegar a doscientos mil millones. _Mr. Keynes, con estad1sticas cop!osas, p~u~ba que no se ha dejado a Alema~ua rec~so~ para pag~, y acaso m para v1v1r. Rectifica, además, la cuenta
de 10demmzac1óo por danos, y no es ésta la parte menos interesante de la ob
Por último, tras una _descripción del estado en que ha caído la Europa ceotr:t
y_que amenaza también~ ~os vencedores, Mr. Keyoes propone ciertos remedio~, que abarc~n: }a rev1s1?n del Tratado; el finiquito de las deudas interaliadas, el empréstito mter~ac1onal y reforma de la moneda, y las relaciones de
Europa central con Rusia.
El l!b_rp (Evangelio de_ l?s revisionistas) debe ser leído y difundido. Hay ya
~na ed1c1on francesa (Edzltons de ta Nouv. Rev. Fr.) y veo anunciada otra italiana. No será en Francia ~onde menos impresión cause el libro de Mr. Keynes,
que ~xpone en forma sencilla y con calma verdades que era imposible formular sin ser tachado de bochojite y defaitiste de la paix.
M.A.

León-Pelipe.-Versos y oraciones de caminante.-Madrid, , 9 20.
La apari?6n ~e un nue1:o poeta señálase siempre en los fastos del tiempo.
1:,os anales hterar!os del ano que corre datan ya con piedra blanca el primer
libro de León-Felipe. Se ha celebrado su advenimiento con inusitado aleluya
en este pozo del silencio que suele ser ttladrid. Bienvenido sea este poeta que
pretende permanecer «lejos de toda escuela y tao distante de los aotig11os ortodoxos ret~rico~ como de los modernos herejes•, porque e Mi voz-añadeC;l opaca y sin brillo y vale poca cosa para reforzar un coro. Sin embargo me
sirve muy bien para rezar yo solo bajo el cielo azul... ,
'
~on todo, pese a la soledad que desea para sus oracione31 como reza bajo
el cu:lo azul,__y; no en obscura capilla, le toma el alma cierto vago anhelo de comunión espmtual con sus hermanos los hombres:
•Poesía...
tristeza honda y ambición del alma..•
¡cuándo te darás a todos.. a todos...
al príncipe y al paria,
a todos...
sin ritmo y sin palabras!,
. No quiere •el verbo raro ni la palabra extraña,, sí que sus versos tengan el
mismo corte de recio paño que 1el manto de Manrique, coplero de su padre
141

140

�LA PLUMA
Chirrían los goznes rotos de una puerta;
el viento vellones de la nieve arranca,
y la vieja calle, dormida y desierta,
parece una cinta de seda muy blanca.

á dolo él coa un gesto propio, nuevo. Quiere que de su
muerto,una
auaqued
llehvecaho, so'lo queden, como de la rosa, el brillo y el aroma.
verso,
vez es
«Así es mi vida,
piedra,
como tú, piedra pequeña.

Una luz opaca de las sombras sube,
y el reloj-pupila de un monstruo de mitolas horas recita con voz destemplada.

.. . .. ... .. ········· ....... .

~¿~~

t~; 4~~ ~~- ii~; ·;~r~ict~-.

En el cielo negro se rasga una nube,
y por la ventana que da al infinito
se asoma la luna, curiosa y helada.•

para ser ni piedra
de una lonja,
.
.
ni piedra de una Aud1enc1a.

...........................

...........................

como tú,
que, tal vez, estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera.•
.
·
t
mo un balbuceo, silabeando casi las
Cortado el ntmo constantemea ~ co
t h mildad mal avenida sin
.
F ga de cierta compues a u
'
emociones, Le6 n- e 11pe se P~
. d
do Pero cuyos acentos nos ganan
duda con el clamor revoluc1oaano e 1 mua •
desd~ luego con su austero lirismo.
C. R. C.

* *
.
C
balán
"aminos
.Martinez or
.-..,,
•··-(Poemas.)-Editorial Levante.

...

é
r donde el poeta nos lleva, aliviándo•
No son ciertame_nte nuevo~ éstos po ellos las huellas de otros pasos, los
noslos con sus canciones. Adv1 r~enfes ~:ales vamos harto próximos. Pero se
ecos de otros can\ores, a la zag~ e ? ·tual para glosar temas marchitos ya_ en
da tan buena gracia nuestro gwa espvi
suave música a la letra conocida,
fuerza de repetidos, tan agudamde~te 1e p~:eescasa afición a descubrir nuevos
que no po_demos por menos de iscu par
.
sendei;os ideales..
.6
. ide los Poemas diversos, los Poemas s:n·
Una gran digmdad de exp~es1 n pres n Caminos ... A veces, el acierto p1ctimentalea, los Poemas ~eblil!Jdeddio fire~~~~s :a humorismo lírico de la mejor ley.
tórico revela una sens1 1 a
m:;i '
Tal el soneto Nieve:
«En las altas horas, el viento remueve
de los ventanales la cristal&lt;:ría. ,
La iglesia del pueblo es, baJO la, meve,
de una arquitectura de confitena.

C. R. C.
***
Luis Pemández Ardavín.-Láminas de folletín y de misal.-Editorial Pueyo.
Madrid,

1920.

Pocos poetas han logrado, como Ardavín, tan halagüeña fama con el primer
libro de versos. Ved la lista de sus obras, que preside esta nueva edición de
sus poesías, publicadas en diversos periódicos de 1914 a la fecha, y comprobaréis que el r~ombre de que goza se cimenta en Medit.:zciones y otros poemas,
' volumen publicado seis años hace, y ea una pieza dramática, La campana, representada por Enrique Borrás con aplauso y editada en 1919.
La labor de Ardavín es harto más copiosa, sin embargo. En ese mismo
tiempo ha estrenado un drama en colaboraci6u con Federico García Sanchíz, y
dos comedias musicales con el maest,-o Vives. No sé si la exclusión de estas
producciones en el somero catálogo susodicho significa voluntaria desconsideración a modo de feliz expurgo, o se debe a circunstancias ajenas a la autocrítica. No podemos sustraernos a la inquietud de semejante duda. La estimación
que por Ardavín sentimos no es, en modo alguno, independiente de su virtud
poética. Vemos en él un compañero de fatigas. No queremos que se rinda a la
primera sonrisa fácil del éxito falaz, ni al blando calorcillo del sol que más
caliente. Nos causa ~rto espanto que pueda ser presa de las malas compañías. La de Catalint13árcena-tan mal acompañada a su vez-, la del autor de
Bohemios, temas de sus versos actuales, llevan, ¡ay!, quizá a continuar la historia de España ante el abono de Za Princesa. Una vez estropeado el paladar
¿cómo discernir el buen gusto? Pasan los figurines de las modas y sólo la belleza queda. Todo el resto es ¿lite1·aturar Protesto: también la hay buena. El
autor de Meditaciones y otros poemas, el autor de La campana, sabe dónde está
la verdad, cuya amistad no excluye la nuestra.
c. R. c.

* * •

En Les Marges (junio d·e 1920), M. Camille Pitollet cuenta sus impresiones
de Avila. ¡Qué de sensaciones re~erva a sus devotos la tierra de España! En
punto a notación de paisajes hay que volver siempre al Viaje de Gautier; pero
143

�LA _PLUMA
Gautier no vió Avila; algunos dioses menores se han aplicado a manifestar sil
reacción espiritual frente a la ciudad de la Santa: así Martinenche, en sus Propos d' i:!,spagne, y P. Suau en su Espagne, Te,·re d'epo/le, entre otros. M. Pitollet,
que fué profesor de lengua y literatura españolas en Hamburgo, trató hace
años de sintetizar los rasgos específicos de una ciudad de Castilla en una conferencia titulada: .Muy noble, leal y lteroica ciudad. Ahora quisiera hablar de Avila
en su realidad objetiva. Dejemos a un lado, por de pronto, a la Virgen de Avila. Santa Teresa es un hecho de historia que cada cual puede interpretar seg6n
sus propias teorías. Dejemos también la arquitectura. Las murallas se desmoronan, escandalosamente abandonadas, en torno de esta Siena en decadencia,
cdonde las calles son horribles, donde las viviendas, de granito grisáceo, hielan
el alma; donde la catedral es una fortaleza, donde nada es del presente, ni
siquiera las dos posadas con pretensiones de hotel, que uno se apresura a abandonar por el oasis de Madrid, donde, al menos, el Palace y el Ritz constituyen
dos islotes de vida europea en ese gran aduar de prostitución, de caciquismo,
de haraganería y de verbalismos.• En Avila florece la miseria castellana rural;
unos cuantos señoritos iletrados perpet6an, sobre la plebe harapienta y pueril,
el antiguo sistema de explotación de la ignorancia y de la superstición en provecho de una casta que ni siquiera tiene la excusa de monopolizar la elegancia
del espíritu. Quiere recordar tao sólo que en Avila, además de Torquemada,
inquisidor general, duerme su &lt;iltimo sul"ño El Tostado; con ellos se completa
el tríptico: Teolog{a, Inquisición, Misticismo, en que se resume la expresión espiritual de Avila.

• ••
Grecia.-Revista decena! de literatura.-Director: Isaac del Vando-Villar.Madrid.
Ha reaparecido en la corte esta revista literaria que antaño se publicaba en
Sevilla. Ultraístas, creacionistas, dadaístas colaboran en ella, más que con ardor
apostólico, con académica insistencia. Traducen al español el último grito europeo, del cual nos Jlega amortiguado el eco a través de los Pirineos-todavía
los hay-. Pero revelan, pese a todos los distingos que pretendamos oponerles,
y aun a su pesar a veces, un sincero afán revolucionario por trocar los medios
de expresión que la antigüedad clásica nos ha legado con el Renacimiei:to, del
que las artes viven.
·
No todos los humoristas líricos de Grecia solicitan por igual nuestra atención. Gerardo Diego, Adriano del Valle, la gnbadora en madera Norah Borges, y especialmente Jacques Edwards nos parecen dotados de cierta personalidad, difícil de destacar entre las estrechísimas reglas de la nueva estética.
Bien venida sea Grecia, juvenil vanguardia de la batalla que compartimos
contra las fósiles fortalezas en que adolece nuestra literatura contemporánea,

c. R. c.

ARO l.

1

HADRID, SBPTIÉMBRB 1920.

Nú.M.

4.

fat?sa Y licencia de

la Reina Castiu

==

JORNADA SEGUNDA
OeCORAClÓJ"l

N

ocf)e de oe1!ano. ~ luna en la t
Ho f1!agante de t?osa Y faam{n
4 ' Un pa::
ca la t,~mula tnaaa ~ con fuegos dsu encafe cal=
e baldosín~
e Cuna sobt!e
'
et cá
inte1!columnio deseu b1!e e ( espacio ~ donado
de ~
uasta
mat!a vea( ~ CeistaUnas (á
'
el topacio nr de (a ( ·
__
mpa1!as quieb1!an
~. U en t1!t.S palpita el C1!istal ~

J l,

:/:-a;a·

144

1.45

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                    <text>LA _PLUMA
Gautier no vió Avila; algunos dioses menores se han aplicado a manifestar sil
reacción espiritual frente a la ciudad de la Santa: así Martinenche, en sus Propos d' i:!,spagne, y P. Suau en su Espagne, Te,·re d'epo/le, entre otros. M. Pitollet,
que fué profesor de lengua y literatura españolas en Hamburgo, trató hace
años de sintetizar los rasgos específicos de una ciudad de Castilla en una conferencia titulada: .Muy noble, leal y lteroica ciudad. Ahora quisiera hablar de Avila
en su realidad objetiva. Dejemos a un lado, por de pronto, a la Virgen de Avila. Santa Teresa es un hecho de historia que cada cual puede interpretar seg6n
sus propias teorías. Dejemos también la arquitectura. Las murallas se desmoronan, escandalosamente abandonadas, en torno de esta Siena en decadencia,
cdonde las calles son horribles, donde las viviendas, de granito grisáceo, hielan
el alma; donde la catedral es una fortaleza, donde nada es del presente, ni
siquiera las dos posadas con pretensiones de hotel, que uno se apresura a abandonar por el oasis de Madrid, donde, al menos, el Palace y el Ritz constituyen
dos islotes de vida europea en ese gran aduar de prostitución, de caciquismo,
de haraganería y de verbalismos.• En Avila florece la miseria castellana rural;
unos cuantos señoritos iletrados perpet6an, sobre la plebe harapienta y pueril,
el antiguo sistema de explotación de la ignorancia y de la superstición en provecho de una casta que ni siquiera tiene la excusa de monopolizar la elegancia
del espíritu. Quiere recordar tao sólo que en Avila, además de Torquemada,
inquisidor general, duerme su &lt;iltimo sul"ño El Tostado; con ellos se completa
el tríptico: Teolog{a, Inquisición, Misticismo, en que se resume la expresión espiritual de Avila.

• ••
Grecia.-Revista decena! de literatura.-Director: Isaac del Vando-Villar.Madrid.
Ha reaparecido en la corte esta revista literaria que antaño se publicaba en
Sevilla. Ultraístas, creacionistas, dadaístas colaboran en ella, más que con ardor
apostólico, con académica insistencia. Traducen al español el último grito europeo, del cual nos Jlega amortiguado el eco a través de los Pirineos-todavía
los hay-. Pero revelan, pese a todos los distingos que pretendamos oponerles,
y aun a su pesar a veces, un sincero afán revolucionario por trocar los medios
de expresión que la antigüedad clásica nos ha legado con el Renacimiei:to, del
que las artes viven.
·
No todos los humoristas líricos de Grecia solicitan por igual nuestra atención. Gerardo Diego, Adriano del Valle, la gnbadora en madera Norah Borges, y especialmente Jacques Edwards nos parecen dotados de cierta personalidad, difícil de destacar entre las estrechísimas reglas de la nueva estética.
Bien venida sea Grecia, juvenil vanguardia de la batalla que compartimos
contra las fósiles fortalezas en que adolece nuestra literatura contemporánea,

c. R. c.

ARO l.

1

HADRID, SBPTIÉMBRB 1920.

Nú.M.

4.

fat?sa Y licencia de

la Reina Castiu

==

JORNADA SEGUNDA
OeCORAClÓJ"l

N

ocf)e de oe1!ano. ~ luna en la t
Ho f1!agante de t?osa Y faam{n
4 ' Un pa::
ca la t,~mula tnaaa ~ con fuegos dsu encafe cal=
e baldosín~
e Cuna sobt!e
'
et cá
inte1!columnio deseu b1!e e ( espacio ~ donado
de ~
uasta
mat!a vea( ~ CeistaUnas (á
'
el topacio nr de (a ( ·
__
mpa1!as quieb1!an
~. U en t1!t.S palpita el C1!istal ~

J l,

:/:-a;a·

144

1.45

�LA PLUMA

LA PLUMA

-

-----

-=- ESCENA PRii\1 l{RA -=DoN LINDO.
·I
1

P

'LATICAN en el estrado -= bajo el círculo dorado -=- 'Y trén,u/o
de la luz . . Don Lindo, y un jorobado, o=. guitarrista de ta-

EL JOROBIITA.

ólado - . tn el género andaluz. o=EL JOROBETA.

DON LINDO.
EL JOROBETA.
DON LINDO.
EL JOROBETA.

DoN LINDO.
EL JOROBETA.
DoN LINDO.
EL JOROBETA.

..

DoN LtNDO.
EL JOROBETA.

DoN LINDO.
EL JOROBETA.

DoN LtNDO.
EL JOROBETA.
DoN LINDO.
EL Jea.OB&amp;TA.
146

I

Parece que esta noche pendonea,
en un baile de trueno la patrona,
la veremos llegar con una pea.
Si te diese lo mismo decir mona.
Cómo te pagas del hablar finústico.
No se aviene conmigo el modo chulo.
Del castellano sarraceno y rústico,
prefiero recibir la coz de mulo.
A ti te gusta la extranjera parla,
corbatas de París, te de Inglaterra,
y donde esté una furcia anonadarla
diciéndola: pardón. Nombre de perra.
¡Ay, Torraba\ ¡Torraba, yo me muero!
¿Qué tienes, Querubín?
¡Que mi alma llora!
¡Torroba, ya no estoy en candelero!
¡Iguales el Señor y la Señora!
Torroba. en prenda de amistad...
Supongo
que pretendes tocarme la joroba
para mudar la suerte, y no me opongo,
que la amistad la entiende asi Torraba.
En h desgracia se agradece un acto
tan lleno de ternura.
No seas niño.
Yo pongo a tu servicio mi artefacto,
y tú me das un duro. ¡Ole el cariño!
¿Por qué no hablas al Rey en mi provecho?
Ya no atiende el patrón mis letanias.
Confórmate a tu suerte: a lo hecho pecho.
Tú privas siempre aqui.
Son tus lllanias.

DoN LlNDo.
EL JOROBETA.

DON LINDO.
EL JOROBETA.

DON LINDO.
EL JOROBETA.

DON LINDO.
EL JOROBETA.

DON LINDO.
EL JOROBETA,

DoN LINDO.

EL JOROBETA.

DoN Lnmo.

¿Te figuras que a estar en capitales
me t_ocas por un duro la joroba? •
¿Que es un duro, gachó?
Veinte reales.
¿Y e~o es P~gar su mérito a Torroba?
Aqu1 no existe protección al arte
Y tendr~ que volverme a los cafeses
con la tior~a. Oyeme un aparte:
me está sahendo el Rey, Plata-Meneses.
Los reyes son volubles.
¡Ya lo veo!
¡Pero luciera yo cuatro entorchados!
Tal como soy, a nadie aguanto un feo
y tengo hecha_ la cruz a estps estrados'.
Pero _tras la m1 cruz de Caravaca
me Vln? con empeños cierto Ieg~
que_ quiere hablar al Rey, y naturaca,
Ulp1ano To~roba que haga el ruego.
¡Poco que tienes tú la cara dura
para saber negarte!
¡Asi se pasa!
No has gastado conmigo esa fi nura.
La, finura del hombre es en su casa.
¡T_u estás con el patrón en candelero!
Mientras le traigo historias del Casino
o de las Cucas. Acabando, cero.
A _otr? le cuentas ese cuento chino.
Mi remo fué una nube de verano
aun ~uando no lo creas. La tortllla
volv1óseme en un vírame la mano
Y hoy nada pinto con la Camarilla'.
Por lo cual, me verás tomar soleta
tan y cuanto al patrón y al lego a;iste.
No volverás a 01rme una falseta.
En los cafeses ganaré mi alpiste.
Tu lego es un fantasma.
Cuando veas
al lego entrar.-Si el Rey le otorga audiencia
que si le otorgará. Sé sus ideas
'
en par~cidos casos de conciencia.
¡No quieres ayudarme!
147

�LA PLUMA
EL JoROBBTA.

LA PLUMA
Mira, niño,
una venda le pones a tu herida,
pues nunca vuelve, si se fué, el cariño
¡Torraba sabe mucho de la vida!

-ESCENA TI-=-

E

=

L Rey sale de su alcoba:
calzones de mameluco, .._ melifula
voz de eunuco, -=-:- saludo amable de coba. -=--=-

EL

REY CoNSORTE.

EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.

Et

REY CONSORTE.

EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JCJROBETA.

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.

EL

REY Co:-.soRTE.

EL JOROBETA.
I'

EL REY C&lt;:&gt;NSORTE.
148

¡Buenas noches! ¡Me alegra tu visita,
Ulpianol ¿Por dónde se flanea?
Por el mundo ganándome la guita.
¿Y por el mundo qué se ~hismorrea? .
¡Hay de todo, Señor! Chismes de hamo~
chismes de vecindad, de portería,
y hay alguno también, extra()rdinario,
que tiene premio de la lotería.
¡Ya me lo contarás!
.
Tengo un amigo,
que me deja a mi chico, si lo cuenta.
En la antesala está, vino conmigo.
Deja marrullerías, y revienta.
Es el caso, Señor, que con el ruego
de hablaros, me ha venido un franciscano~
varón de mucha ciencia, aun cuando lego,
Que da consultas para el Vaticano.
¿Y sabrá divertirnos?
¡Se diquela!
.
¿Y en la antesala está?
Matando un sueño.
¿Queréis que le haga entrar?
¿Y esa novela
merece oirse?
¡Mi palabra empeño!
1Dos cartas extraviadas! ¡Dos palomas
que llegan a posarse en vuestro alerol
¡Ulpiano, no gastes esas bromas!

EL JOROBETA.

[

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL RE·, CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

EL JOROBETA.
EL REY CoNSORTB.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

¡Os las quieren vender!
¿Cuánto dinero?
Ha de pedir para sacar su escote,
que es un tío más listo que Cardona.
¿Le has metido los dedos?
Por el lote,
un millón pagará la Real Persona.
Rebajará si es hombre de conciencia.
No es sujeto cerrado a las razones.
¡Tendré que revestirme de paciencia!
¡Le sacais al Gobierno dos millones!
¿Trae encima las cartas?
¡Es muy guaje!
Veré de averiguarlo.
¡Justamente!
Si las trae le enfrío de un viaje.
Don Lindo, hazle pasar. Tú sé prudente.

-= ESCENA III

-✓~

LAS

alabardas con sus regato11es -=-z- baten. Sale una bruja de e,rtremés. ,oo, En las manos, calzadas con mitones,= alzado pulcramente el guardapiés. -

UN ü]IER.
LA INFANTA.
EL RRY CONSORTE.
LA INVANTA.

EL JOROBETA.
LA INFANTA.

EL JOROBETA.

LA INFANTA.

¡Su Alteza la Infanta Francisca!
¡Me vengo aquí con mi calceta,
y a echar una mano de brisca,

hasta perder una peseta!
¡Estoy sin humor, abuelita!
¡Jesús, con tus malos humores!
¿A ti qué te pasa?
¡La guita
que no le da sus resplandores!
¿Ese, quién es?
Un tío camama.
Y sobre todo un atrevido.
Tú guardas silencio.
149

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL JOROBETA.
LA INFANTA.

EL REY CONSORTE.
LA INFANTA.
EL JOROBl!.TA.
LA INFANTA.
EL JOROBETA.
LA INFANTA.

EL REY CONSORTE.
LA INFANTA.

EL JOROBETA.
LA INFANTA.

~

EL REY CONS..)RTB.
LA INFANTA.

¡Madama,
perdone vu si la he metido!
¿Dónde hallaste a ese jorobeta?
¡Abuelita, Ulpiano Torrobal
¿Es tocador?
Es un chancleta
que a la guitarra le da coba.
¿No sabes callar?
¡Soy San Bruno!
Y aunque me ahorquen no hago chis.
¿De dónde sacaste a ese tuno?
Me lo han mandado de París.
¡Yo recuerdo a este jorobeta!
Fué punto fijo mi joroba
un año entero en la saleta.
¡Mi amigo Ulpiano Torrobltl
Ven, echaremos una mano
de malilla, ya que mi nieto
está de non.
Con Ulpiano,
quería tratar un secreto.
Para decirme que me vaya
no me vengas con fah1edades;
me voy sacudiendo la saya,
que yo soy Doña Oaridades.
oo

ESCENA IV

-:.o

EL

Sopón,_fingido lego me~dica_nte, r.-:. asoma m la puerta, humildes
los o;os. r.-:. La alfor¡a a la espalda llena de rebojos . . y po,la capucha oculto el semblante. .:::e

LA INFANTA.

EL RBY CONSORTE.

LA INFANTA.
EL JOROBBTA.

LA INFANTA.
150

¿Oye, ese lego franciscano,
quién es? ¡ Me parece un bendito!
Es un pariente de Ulpiano.
¡Qué gracia tiene!
¡Baila el vito!
Como el lego de aquella historia,

EL JOROBETA.

Et
LA

SOPÓN.
INFANTA.

EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.

EL JOROBETA.
EL REY

CONSORTE.

EL SOPÓN.
EL REY CONSORTE.
EL SOPÓN.

EL REY

CONSORTE.

EL SOPÓN.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL JIJROBETA.
EL REY CONSúRTE.

EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
EL R ,;:y CONSORTE.

EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

que bailando por los mesones
llenaba la alforja. ¡Y la gloria
ganó con esas oraciones!
¡Hay que ver la sabiduría
que se guarda en esa sentencia!
¿Mucha verdad?
¡Mucha Misia!
¡San Pedro es un pozo de ciencia!
Una limosna te prometo:
pasa por mis habitaciones.
Os dejo con vuestro secreto
y con vuestras conspiraciones.
¿Cuántas reverencias debo hacer, hermano?
Tres reverencias es bastante.
¿Diga, hermano, debo besarle la mano
al Rey?
Si os la pone delante...
Llega, buena pieza; bésame la mano.
¡Ya tus intenciones por Ulpianol
¿Esas dos palomas que de tu capillo
vienen a posarse sobre mi bolsillo,
en cuánto las tasas?
Piden dos millones.
¡Jesús!
La pareja.
¡No me desazones!
Hijo, te las llevas; pues no tengo antojos.
¿Verdad que es muy caro? ¡Pídeme los ojos!
Os las regalara, si fuese su dueño;
pero un penitente me metió de empeño...
Tú no me la pegas.
Aquí sabe mucho.
¡Las cartas! ¡Las cartas!
Le entró el arrechucho.
¡Con tu regateo me das un sofoco!
Vea, hermano lego, de bajar un poco.
Son las instrucciones de mi penitente.
¡Pero ese sujeto debe ser un ente!
¡Y la otra, la tonta de la pandereta!
¡Se pierde de buena!
¡Y de algo coqueta!

sé

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.
EL SOPÓN.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

EL SOPÓN.
EL REv CONSORTE.

O

¿Tú no la conoces?
¡A bien que uno es lego!
¡Y la susodicha encubre su juego!
Hablemos, hermano, sin hacer sondajes,
y sin chalaneo. ¿Cuánto son sus gajes?
Corriendo el peligro de extralimitarme,
cincuenta mil duros.
¡Igual que matarme!
Esas escrituras pondrás en mi mano
mucho más baratas. ¿Verdad, Ulpiano?
¡Verdadl Dos millones son mucho dinero.
Con uno es bastante.
¡Calla, majadero!
Uno es justamente cincuenta mil duros.
¡Con tus metimientos me sacas de apuros!
¿Dónde están las cartas?
Donde las esconde
aquel penitente.
¿Y quién me responde
de que no es engaño? Trata tú, Torroba,
el negocio, y mira cómo le das coba.

VN un mohín adecuado = hace mutis el monarca,
beta se enarca
como un Ministro de Estado.

EL JOROBETA.

EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓ,,.

=

=

=

EL JOROBB1' A.

EL SoPóN.

EL JOROBETA.

EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.

No haga cucamonas.
Ulpiano Torroba, ve por el talego,
y tendrás lo hablado de mano del lego.
Verás un milagro de lo más sencillo:
que las susodichas vuelan del capillo.
Me asalta una duda, y he de ver primero
si son milagrosas, igual que el dinero,
mis manos. La chunga aquí finiquita.
¡Afloja las cartas!
Afloja la guita.
El hábito al suelo.
¡Me quedo en pelota!
¡ 1 a mí qué me importa esa chirigota!
¡Jesús qué impudencia!
¡Dame esos papeles!
Guárdatelos, hijo, que para babeles
me basta el convento. A mi penitente,
de lo aqui pasado, le póndré al corriente.

=

ESCENA IV=-

y el jorfJ-

¿Diga, hermano lego, rezan aquel cuento
de la buena pipa, allá en su convento?
Si esconde las cartas en la bocamanga,
sáquelas, hermano, para que haya changa.
Siempre aquel que paga pone condiciones.
¡No se encuentran en la calle los millones! ·
¿Se permite, hermano, que pregunte al lego?
Diga usted, hermano.
¿Dónde está el talego?
No se apure, hermano, porque está en recaudo
contra los rateros.
¡Previsión que aplaudo!
¿Y cuál es el cuño?
Onzas peluconas.
¿Quiere las contemos?

'T'RABANDOSE en los hábitos, el lego se escabulle, . . y sale corre-

J - teando el Rey, del camarín.= La vágula libélula de la sonrisa bulle
sobre su boca belfa, pintada de carmín.

=

=

EL REY CONSORTE. ¡Te dejó las cartas! ¡Se fué sin dinero!
EL JOROBETA.

¡Le vuelvo su fama, que es un caballero!
Me dijo: cTorroba, las pongo en tu mano.
Cobra, que en mi celda te espero, Ulpiano.•
Y al hombre que pone esa confianza
en mi, no le juego una mala chanza.
EL REY CONSORTE. ¡Pero yo no tengo tanto numerario!
EL JOROBETA.
Se pide al Gobierno, como extraordinario.
EL REY CONSORTE. No he visto las cartas, y no sé siquiera
el valor que tienen.
EL JOROBETA.
¡Una friolera!
¡Valen dos millones, como dos pesetas!
EL REY CONSORTE, ¡Tanto!

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL JOROBETA,
EL REY CONSORTE,
EE JOROBE.TA.
EL REY CONSORTE.

EL JOROBETA

E

¡Tienen golpes, que ni los poetas!
¡Dame que las Jea!
¡Os dan un sofoco!
SI son como dices, quizá pida poco.
Hazme tú lectura de algunos renglones.
¡Mala letra tiene en las ocasiones!

L Rey f)one en la oreja-:-=- la mano, en curvatura, -:-=-y con la voz
perpleja, -=- Torraba hace lectura.

=

EL JOROBETA.

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE,
EL JOROBETA,
EL REY CONSORTE,
EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

EL JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

e Ayer te he guipado, yendo de paseo,
&gt;Y esta pavitonta cegó e~ t~_mante?·
&gt;¡Me muero por verte, rn1 mno grac1osol
&gt;¡Te quiero por tuno y por asqueros~l&gt;
¡No sigas! ¡~o sigas\ ¡Conozco su est1l?I
¡Viene una metáfora que levanta en vilo!
¿Se dice metáfora cuando hay un descaro?
¡Metáfora! ¡Vaya un boquible raro!
Para el Gran Preboste escribí este pliego.
Pido dos millones.
Uno para el lego.
Y según te explicas, quizá pida poco.
¡Pedidle la luna!
¡Dirá que estoy loco!
Pido dos millones.
Quien pide la luna,
en buena gramática, pide una fortun_a.
Pido dos ir.iliones, que es lo categónco.
Al pedir dinero, no hay que ser retórico.

"RUZÁ Don Lindo la azotea_. y melancólico_solfe~ ~ !'Uspiros.,
que al viento se van. .a- Y el Rey con som zsa aszatica o.::- aco•
ge la melodramdtica o-::- desesperación del galdn. -.i.

O

EL REY

CONSORTE.

¡Ven acá, Don Lindo! Llama a mi Intendente.
Quiero consultarle, que es hombre prudente.
Y a Don Tragatundas pasa igual recado.
Quiero consultarle, que es hombre bragado.

-= ESCENA V=
R

ECHINA una puer~a:

-=-:- Sale repentino o-::- un viejo la~ino . .
que estaba debas. ~ Y enfrente aparece, -=o torciendo el
mostacho,-=-=- otro mamarracho-=-=- al mismo compds.-=-:-

A vuestro real deseo el Intendente
acude. Y por allí Don Tragatundas.
EL lNTENDl!:NTE.
¡A la orden del Rey me bago presente!
¡ Yo saco mis pistolas de las fundas!
TRAGATUNDAS.
EL REY CONSORTE. ¡Ya llegará ocasión!
¡Ni oste ni moste!
TRAGATUNDAS.
EL REY CONSORTE. Mándale sacar filo a la matona.
Quiero envidarte contra el Gran Preboste.
¿Y qué voy a hacer yo con esa mona?
TR.AGATUNDAS.
¡A mi hombres duros y de pelo en pecho
¡A mi los demagogos proletarios!
Uno por uno me los escabecho,
y que haga la Prensa comentarios.
¡A vuestros pies está vuestro Intendente!
EL INTENDENTE.
EL REY CONSORT&amp;. Reclamo tu consejo de hombre cuco
para sacar el máximo cociente
de ciertas cartas que me &lt;lió un frailuco.
EL INTENDENTE.
¿Hay cartas otra vez?
¡Con indulgencia!
EL JOROBETA.
EL INTENDENTE.
¡Ya pesqué esos rumores por palacio!
¿Y qué hay que hacer?
EL JOROBETA.
Estúdielo vuecencia.
Bueno es pensarlo y resolver despacio.
EL INTENDENTE.
Llfs dos palomas portan en los picos.
EL JOROBETA.
Dos ganzúas que abren las gabetas
del Gobierno. ¡Llegó la de ser ricos!
TRAGATUNDAS.
¿Qué se puede pedir?
¡Muchas pesetas!
EL JOROBETA.
EL REY CossoRn. Al Gran Preboste mand o este despacho
conminatorio. Pido dos millones.
EL INTENDENTE.
En el pedir no debe haber empacho.
TRAGATUNDAS.
Se piden tres, y son tres particiones.
DoN LINDO.

1 55

�LA PLUMA
LA PLUMA

O

VERA el Intendente el pliego -=- con un guiño de gitano,
cobrarlo, palaciego, ~ al Rey le besa la mano. -

EL

JOROBETA.

TRAGATUNDAS.

EL JOROBETA.

TRAGATUNDAS.

EL JOROBETA.
TRAGATUNDAS.

El. JOROBETA.
EL REY CONSORTE.

EL JOROBETA.

oc-

y al

Mi general, c:mmigo no se cuenta.
¡Ahora reparo ~n ti, Domingo Siete!
Desarruga ese ceño de tormenta,
que a mí no se me asusta con membrete.
Yo no suelto las cartas sin la guita
de un millón, para el lego franciscano,
y a quien no esté conforme se le invita
a tomar una copa con Ulpiano.
¡En presencia del Rey no hay desafíos!
¡Es un convite!
No te pongas jaque.
Te doy un puñetazo de los míos,
y revientas igual que un triquitraque.
Pruébelo su merced.
¡Que está empalmado!
¡Ulpiano Torroba, no me irrites,
que estoy de tu joreba jorobado!
¡Buena correspondencia a mis convites!

=

ToRNA el l1ltendente
con andar pausado,= solemne la fre11J te ~ y el cuello estirado. ?=EL INTENDENTE.
EL REY CONSORTE.

EL INTENDENTE.
EL REY CONSORTE.
EL INTENDENTE.
EL

REY CONSORTE.
DON LINDO.
EL REY CóNSORTE.

156

Hice del dos un tres.
¡Perfectamente!
¿Hallas bien los conceptos, la manera... ,
lo del impedimento dirimente
y del divorcio ...?
¡Todo de primera!
¡Es un escrito digno de la Historia,
¡Me complace que sea de tu agrado!
Yo me lo aprendería de memoria,
si no estuviese tan desmemoriado.
¡Don Lindo!
¡Majestad'
Al Gran Preboste

TR.t.GATUNDAS.

D

lleva este pliego. Aguarda que lo lea,
y vuelve aquí.
Que sepa ese armatoste
que si niega los cuartos, hay pelea.

ON LINDO toma el Mensaje ,:.e. e indinándose, suspira . .::--:- Y
Si, Majestad-un guaje- ~ sopla haciendo tararira. e-::-

~ESCENA VI._.

L

=

LEGAN dando voces atorbellinadas
la Infanta Francisca y
dos de sus dueñas,~ torcidos los moños, las lenguas trabadas,
- y un mimo grotesco de niñas pequeñas• .:-.:LA INFANTA .
UNA DUEÑA.

LA ÜTRA DUEÑA.
LA lNFANTL
UNA DUEÑA.
LA ÜTRA DUEÑA.
LA INFANTA.

EL JOROBETA.
LA INFANTA.

Et. REY CONSORTE.
LA

INFANTA.

¡Qué espíritu mundano! ¡Qué sacrilegio!
¡Disfrazarse de lego de San Francisco!
¡Y qué hablar renegado(
¡Su florilegio,
Son las fulminaciones de un basilisco!
¡Vengo muerta del susto! ¡Jesús qué lucha!
¡Yo le arañé la cara!
¡Yo el colodrillo!
¡Yo traje entre las uñas, con la capucha,
esta tripa con pelos!
¡Toma el cerquillo!
¡Qué endiablada ocurrencia la de ese tuno!
¡Si parece un Demonio de pesadilla!
¡Ay, si con él no sueño, mañana ayuno!
¿Qué gritan esas lenguas de taravilla?
Manda hacerme una taza de malvavisco,
pues vengo con el pulso sobresaltado.
¡Aquel lego no era lego francisco!
¡Un pícaro muy grande, y un deslenguado!
¡Las barbas que llevaba, barbas postizas!
¡El cerquillo lo tiene puesto Ulpianol
¡Y las cartas! ¡Las cartas! ¿No te horrorizas?
¡Dos cartas que te afectan, tiene en su mano!

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL REY

C()NSORTELA INFANTA.

EL JOROBETA.
LA INFANTA.

EL REY CONSORTE.
LA INFANTA.

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.

E

L REY CONSORTE.

¿Dónde visteis al lego?

EL }OROBErA.

Fué a visitarme.
Me vendía las cartas por cierto pico.
¡Vino como el Demonio para tentarme!
Ya no tiene esas cartas.
¡Cállate el picol
Entre las tres logramos meterle preso.
Lo guardo Pn un armario, bajo esta llave.
A mis años no pueden achacar eso
a una concupiscencia. ¿Verdad?
¡Quién sabe(
¡Mi honor inmaculado[ Le daré suelta.
Ya no paso la noche con ese pillo.
Hay que mirarse mucho, que en cada vuelta,
sacándonos los trapos, hay un corrillo.
¡Heroico Tragatundas, corre a salvarme!
Es el segundo armario que hay en el fondo.
¿Adónde vas, Torraba?
Voy a e&lt;:lipsarme.
¡Aún ha de regalarnos tu cante jondol

LA INFANTA.
EL Jo1toBEfA.
EL REY CONSORTE.
LA INFANTA.

EL JOROBETA.

LA

INFANTA.
CONSORTE.
LA INFANTA.

EL RJty

EL JOROBETA,.

LA INFANTA.

=

=

EL REY

CONSORTE.

LA INFANTA.

EL REY CONSORTE.
EL, JOROBETA.
LA INFANTA.

EL JOROBETA.

LA

INFANTA.

¡Explícame, abuelita, qué pretendías
tP.niendo en un armario cerrado al lego!
Esta noche bailarnos unas folías.
¡Qué preguntas las tuyas, y qué borrego!
La gazuza le hiciera cantar de plano
dónde esconde las cartas de esa simplona.
¡Si las dichosas cartas tiene Ulpianol
¿Me permite ausentarme la Real Persona?
¡Que tú tienes las cartas! Dámelas, niño.
Toma, para que fumes, una peseta.
Se agradece, Misia.
Si es un cariño.

COLTANDO el naipe sobre el tapete= s; alza una dueña de mal
cariz,
y la otra dueña grita en falsete, -=-o- y acompañando su
sonsonete ~ abre los palmos en la nariz. .:-o

U

C'ONANTES las espuelas, que despiertan los ecos
fabulosos dt
tantas hazañas en Marruecos.= parte Don Tragatundas, ti bigote teñido.= R.etemblón en la adusta brama de im resoplido.
Y
entretanto las dueñas de la lnfanta Francisca, . . apartadas dtl
corro, se entregan a la brisca. ~

U

¿Oye, vendrán las cartas a mi estafeta?
Irán magnetizadas.
¿Cuándo?
Mañana.
Si las tiene escondidas en el capacho.
¡Pide un millón por ellas este Juan Rana!
¡Llega acá que te huela! ¡Tú estás borracho!
Niño, como no busques que te remoje,
vas a darme las cartas. ¡Yo las reclamo!
El ejemplo del lego me sobrecoge;
pero quiere las cartas el Rey mi Amo.
¡Mira que otros más listos no te las roben!
Ya las tengo escondite.
¡Dios alabado!
Tú no puedes leerlas, que eres muy joven.
Ya sabe lo que dicen.
¡Te habrás volado!

=

UNA DUEÑA.
LA ÜTRA DUEÑA.
UNA DuEÑA.
LA ÜTRA DUEÑA.
UNA DUEÑA.
LA INFANTA.
LA ÜTRA DUEÑA.
UNADUBÑA.
LA ÜTRA DUEÑA.

¡Te gané! ¡Te gané!
¡Qué tramposa!
No se puede jugar contigo.
¡Te gané! ¡Te gané!
¡Qué gran cosa!
¿Tú nunca pierdes?
¡Y lo digol
Mari-Rosita, cuando pierde
siempre se enoja unas migajas.
¡No me enojo!
¡Y está que muerde.
Lo que digo es que no barajas.

�LA PLUMA

LA PLUMA

= ESCENA

VII -

E

NTRA Don lragatzmdas, una mano aferrada oe. del espantadt&gt;lego, en la cerviz rapada.= Y exprimiendo los ojos,y doblando
,I zancajo ~ saca el iego la lmgua a modo de badajo.
Aflojad un poco la mano,
que voy a escupir el galillo.
Lo tengo en los dientes.
Hermano,
TRAGATUNDAS.
se lo traga, y es más sencillo.
EL REY CONSORTE. ¡Parece que fuiste a la guerra!
¿Sales del saco de los gatos?
EL JOROBETA.
Eso granjean en mi tierra
LA INFANTA.
los terceros de malos tratos.
Yo no m(:rezco ese reproche
EL SOPÓN.
por proponeros un negocio.
Quisiste estafarme esta noche.
LA INFANTA.
Te ganó la mano este socio.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
:Ulpiano, no seas iluso!
Tú sólo guardas una copia.
¡Me la has pegado! Y por tu abuso
EL JOROBETA.
otra vez me sumo en la inopia.
Yo pido a todos mil perdones,
EL SOPÓN.
pues el amor a la Corona,
más que el amor a los millones,
me trajo aquí.
Y esta persona.
EL JOROBETA.
EL SOPÓN.
Del negocio nada se saca,
divulgado que sea el secreto.
Haya prudencia.
¡Naturacal
EL JOROBETA.
Tiene pupila este sujeto.
EL SOPÓN.
Dejemos el guiño de engaño,
hablemos con claras razones,
y sin jugar a hacernos daño.
¡Muy buenas amonestaciones!
EL JOROBETA.
Procedamos honradamente
EL SOPÓN.
repartiéndonos los dineros.

=

EL SOPÓN.

1

160

EL bITUIDENU.
ELSoPóN.
El.JOROBETA.

¡Se juntó demasiada gente!
¿Pues cuántos somos, caballeros?
Tres y no más. El Rey Mi Amo,
este lego de San Francisco,
y el que le trajo.
LA lN:P'ANTA.
¡Yo me crispo!
EL INTENDENTE.
¡Yo me hago cruces!
TRAGATUNDAS.
¡Yo me inflamo!
LA INFANTA.
~Quién ha cerrado en el armario
a este tuno?
LAS Dos DUEÑAS.
¡Con nuestra ayuda!
LA INFANTA.
¡Un lnctimiento innecesario!
Me bastaba sola.
EL SOPÓN.
·¡Sin duda!
TRAGATUNDAS.
¿Quién ante el Rey te puso ahora?
EL INTENDENTE.
¿Quién dió el consejo más prudente?
EL SOPÓN.
,!Y quién inflamó a la Señora? ·
UNA DUEÑA.
¡Ay, qué lego concupiscente!

ROMANT!CA se desmaya, _.Y com_o ~iern s de Ayuno, . . al pe.
cado dando baya o:, un zanca10, inoportuno, . . asoma bajo
la saya.=
LA INFANTA.

Ex. REY CONSORTE.

,;

EN

¡Ay que le ha dado un patatús,
a esta niña q•le quiero tanto
por tu culpa! ¡Jesús! ¡Jesús!
No enseñes las piernas!
¡Qué espanto! :

=

ESCENA VIII -

el salón, con una morisqueta, ~ atortolado irrumpe et majadero-=-:. que portó al Gran Preboste la estafeta - del Rey,y el
casó erplica aspaventero. Do:N L1Nno.

¡Traigo turbados los sentidos!
¡Qué juras y qué palabrotas!
¿No os cantan, Señor, los oídos?
¡Ay, que viene! ¡Siento sus botas!
161

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL REY CoNSOlt.TI!.

RANDO hacia la puerta, .o-e, en zoeobrante alerta, ~ calla l11
reunión. oc, Las pisadas, con eco~ difust1, por ti hueco . .
rodaban cu/ salón. .oo Ponía un estr11,mbote
al re.&gt;onante trote .,.

M

=

EL SoPÓN,
LA lNrANTA.
EL SoP6N.

EL JoaOBBTA-

¡No es oportuno que me vea!
¿Te conoce?
¡Seguramente!
1Tú has tenido la mala idea
de ir con las cartas a ese ente!
¿Qué has pedido por las mi6ivas
al Gran Preboste?
La bicoca
de un destino en Oases Pasivas.
¡Con poco sellaba tu bocal
¿Y dinero?
•
¡Ni una moneda!
1Mas ved que me atrapa!
Te escondo
de mi meriñaque en la rueda.
¡Pero sé formall
¡Yo respondo!
oc,

E

se oculta el lego Francisco . .oo Lleta
el Gran Preboste: Llamas
y bramas cu basiliseo . .::-o

EL GRAN Pn»osTB.
LA INFANTA.
EL GRAN PREBOSTE.
EL SOPÓN. •

=

¡La docta tertulia del Amo!
¡Faltabas tú!
¡Y acudo al reclamo!
¡Cúcúl

• VUELTA de fantoche,
del viejo 11iandónl

'

oc,

oc, golpe

=

de bastón,

Deja ese gesto de amenaza.
LA INFANTA,
EL GRAN PREBOSTE. ¡No se burla nadie de míl
Es el cuclillo en 'a terraza,
LA INFANTA.
que se alegra de verte aqui,

t

S

=

ACA las orejas, ,=,o guiña la pu1&gt;i/a
otra vez se asila.
r , ,.. .11 cabe las viejas -

LA INFANTA.

ESCENA IX . .

N el ruedo de las damas

~EBOSTE.

?º~

tlgolpttkl bastón• .,,..
EL SOPÓN.
EL R.Ev CoNsoan.
EL SoP6N.
LA INFANTA.

Por mi nota est4s al rrl
Una ofuscación
co ente...
se os puso, Señor, en la frente
como un moscardón.
EL REY CONSOlt.TE. Teng~
cartas de una damL
LA INFANTA.
¡De ptttmtnfl
EL REY CONSORTE. Y tú, celoso de su fama
me das a mi...
'
EL GRAK Pauosn. Por la camama
un potosi.
¡So.~ dos carta" falsificadas!
LA INFANTA.
¡D11olo Bias!
EL JOROBETA.
¡Yo tengo las cartas!
EL GRAN Pu»osn.
.
Copiadu
de man? aJena las tendrás.
En la pista de esa impostura
he dado orden de prisión '
contra un tuno que en su frescura
pretendía la sinecura
de una mitra.
EL SOPÓN.
¡Era la ocasión!

EL GRAN

No te inquietes: Es uipiano
EL JOROBETA.
que hace dos voces.
'
EL GRAN PREBOSTE Las
t
¡De chipén!
CONSORTE.. ¿Pue~~eª~:i~~?n de su mano.

iL ~RY

E~ R!:Nc::;Bosu. De. un_ escritor republicano.
EL GRAN PRE~~:~~ C1~ueopc1eosas q~e e~toy en Belén!
·

,a.e,

mirada ftrocht . .

n conc1enc1a
qu~ estáis tocando el violín.
EL REY eONSORTE. 1N t un. dfa más en evidencia!
LA INFANTA.
Hoy pido el divorcio.
EL REY CoNSORTK
L
.
¡En latín!
EL GR p
· 1 e escnbo al Papal
1 AN
REBOSTE.
~
R
No hari caso
•
S enor y ey.
Pongamos las bestias al paso
Y hablemos a ley.

�LA PLUMA

SOS OE Nlet2SCttE
Et REY CONSORTE. Mi nota no cierra el camino
de una transacción.

(Páglna1 de un Hb,o en p,enaa.)

Et GRAN PREBOSTE. Pero lo hace tan supino,
Et RBY CONSORT&amp;.
Et GRAN Paimosn.
Et REY CoNSORTE.
Et GRAN PREBOSTE,
LA MANTA.

Et GRAN PREBOSTI!.
Et JoROBBTA.
Et REY CONSORTE.

que no siendo del Club Alpino
es imposible la ascensión.
Siento decirte que no es cuerdo
buscarle al gato los tres pies.
Tomaré en Consejo el acuerdo
de meteros en Leganés.
~Te niegas a todo convenio?
¡Claro que sil
¡Abusas! ¡Conoces su genio de gilll
Me vendían por un destino
esas cartas, y no piqué.
Si no ha picado en un comino,
imagino
que voló el parné.
¡Mi divorcio, como otras veces,
no quedará en conversación!
1Apuré las últimas heces!
¡Mi pundonor hizo explosión!

C'us regios ojos el velo .::-::- de las

u·

lágrimas ofusca, .::-::- y en la faltriquera busca,.::-::- para sonarse, un pa,iuelo. -=-o-

Et GRAN PREBOSTE. Bebed uná taza de tila,
Majestad.
Y tras una noche tranquila
meditad.
Con vuestra venia me retiro
y os beso los pies.
LA INFANTA.
¡Tragatundas, pégale un tirol
No lo dejes para después. ·
Et REY CONSORTE. ¡No, Tragatundasl ¡Me horroriza
que corra la sangre por mí!
¡Una pali'za,
eso sn

EL

Rey vuelve la pupila;,.... mete, como el avestruz,,::,:, el pico baj•
la axila ,::,:, y se le apaga la luz . .:o
PIN DE LA SEGUNDA JORNADA

16-.

RAMON DBL VALLB-INCLAN

Beomas, Aedides y Oenganzas

Probad mis platos, señores,
comiendo abriréis la gana
y os parecerán mañana
me.fores.
Repetid, os aconse.fo
(JUe mezcléis con apetito
lo reciente con lo añe.fo
os t'nvr:to.

Ayer me cansó buscar
hoy encuentro;
y cuando el viento me azota
si navegar contra el viento.

�LA PLUMA

LA PLUMA

-----COlOQUlO

¿Estuve enfermo? ¿He sanador
~ Y quién mi médico Ita sidor
¡Ah! si todo lo he olvidado:
mi médico fui el olvido .
t1A6lA el PROOER610

Sená'llo y raro, dulce y severo,
pulcro y astroso, fi,no y grosero
ser todo quiero.
Y que se cuente:
Hombre viviente
fué loco y cuerdo;
era paloma, era serpiente
y, a veces, cerdo.
ttecce ttorrto

Soy la llama; soy la llama,
y al alumbrar me consumo,
y lo que toco se inflama,
y queda ceniza y humo.
¡Soy la llama, soy la 1/amaJ
166

el PR011MO

Quien del pró;imo se fú
un guía a su lado aguante:
yo voy solo, que me guíe
quien t¡ztt"era, pero delante.

el

l16€Rt0

Me detengo y escucho
el latir de mis venas:
m rumor me Iza engañado;
pensaóa oír cadenas,
¡qué mucho
si" estuve encadenado!

ett oeRAtlO
"Hay que comer nuestro pan
,on el sudor de la frente",
te dirán:
¿Sudandor ¡Qué desatino!
/ Vaya un consefo imprudente!
Con el sudor de la frente
hay que beber nuestro vino.

�LA PLUMA

LA PLUMA
LOS MUY SU'ttLeS

Entran mefor de puntillas que a gatas:
por el ofo de la llave y no por la puerta fra,ica.

¿lnvestigarr ¿Cómo, cuándor

y auNp,U escribo a grandes bazor
cada ras{fo es una falta.
En cambio, lo que concibo'
de un modo que no se usa
jcon qué claridad transcribo,
Al que leerme rehusa
¿qué más le da si es confusa
la letra con que lo escribor

Al peso
del libro impreso
r,as arrastrando tu vida
y cayendo y levantando
lzasta la última caída.

El que ha de llegar, llega, porque puede

y porque le place,
y nada le importa que diga la gente •
si es temprano o tarde.

Mi pluma no corre, salta
voy escribiendo a pedazos

Una mufer me decía
al despuntar la mañana
¡Si eres feliz en ayunas
qué será si te emborrachas!

Cuando hablo,
para no cansarte, amigo,
con las cosas que te digo
me pongo disfraz de diablo:
nzas no me sirve de nada
el diabólico disfraz,
fa bondad de la mirada
no la cubre el antifaz.
Traduoclón do

PRANCISCO A. DB !CAZA

�LA PLUMA

Peeegeinos cueiosos
1oege 8011~ow y + +
la Bib(ia en españa

T

Borro~, de familia de labradores, establecida desde muy antiguo
c~rca de L1skeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo todavía mozo,
por esqmv_ar las consecuencias de una fechoría juvenil, y sentó plaza de soldado
en 1783. Diez años más tarde, cuando era sargento, se casó con Ana Preferment
hija de un agricultor de East Dereham, Norfolk, de abolengo francés prnbable~
mente. En 1798,_ ~omás Borrow obtuvo el grado de capitán, del que no pasó
en su carrera w1htar. En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y
solda_d o y acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, murie ndo en aquellas berras e? 183~. El S de julio de 180~ nació, en East Dereham, el hijo segundo del m~tnmomo Borrow, Jorge Enrique, el cual, treinta y tres años más
tar~e, ha~1a de ser popular en Madrid con el nombre de Don '.Jorgit, el znglés.
La rnf:mcia de Jorge transcurrió en diferentes poblaciones de Inglaterra y de
Escocia, ~ ~;ce~ a los cambios de guarnición del regimiento en que se rvía su
padre. V1a¡o primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y en 1808 y
1810 estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era •un niño triste que gustaba
de permanecer horas enteras en un rincón solitario, con- la cabeza caída •sobre
el pe~ho, dominado ror ~n abatimiento peculiar; a vece~ sentía una impresión
de miedo muy extrana, sm causa reah. Sus padres le de¡aban vagar libre mente
por los campos. En 181~ conoció a Ambrosio Smith, el gitano a quien después
repre s1;ntó en sus escritos con el nombre de Jasper Petulengro, y se juraron
f~atermdad. El_ desarrollo mental de Jorge fué algo tardío. Comenzó los estudios ~e humamdades en Dereham, y los continuó en Edimburgo, después en
Norw1ch, Y el_ a~o 181 S en la «Academia. Protestante , de Clonmel (Irlanda),
adonde e l re gumento de su padre fué destrnado. La vida escolar Je curó de su¡
OMÁS

"'70

hábitos insociables y de su reserva. A Jorge le gll6taban los estudios pero no la
sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas, /Ios aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la vida al .iire
libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas1 encandila?ªº su imagin~_ción. En Irl~nda, además de aprender la_ lengua del país, se
babia hecho gran Jinete. Termmadas las guerras napoleómcas y licenciado el
regimiento, los Borrow se establecieron en Norwich. Jorge leía griego en la
Gramma,· School, y de un emigrado francés tomaba lecciones de este idioma
de italiano y de español; cultivaba, además, la caza y el pugilismo. Los gusto;
y las costumbres de Jorge Je hicieron antipático a su padre; no se Je parecía en
nada; ten~ale por un verdadero ~itano, y, desentendiéndose de él en Jo posible, le deJaba hacer cuanto quena. En 1818, Jorge se encontró de nuevo con
Ambrosio Smitb, o Jasper Petulengro, y, yéndose con él a un campamento de
gitanos, los acompañó por ferias y mercados, se inició en s 11s costumbres y
aprendió su idioma.
Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para vivir, Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el último; así se lo aconsejó un amigo en situación semejante a la suya, diciéndole que la abogacía cera
la mejor carrera para quienes (como ellos) no pensaban ejercer ninguna, . El
padre de Jorge le costeó el aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa
de 11.nos curiales de Norwich. Pel'.O Jorge debía de tener mediana afición a los
.pleitos. Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de sus
maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su amigo William
Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizá la lectura de libros de viajes y aventuras
le fué entonces más gustosa y necesaria que nunca, como desquite de la aridez
de su empleo. A Jorge Borrow le gustaban mucho Gt1 Bias, el Peregrino d&lt;Bunyan, Steroe, el Chi!de Harold, y, sobre todos, De Foe. ,¡Oh genio de De Foe,
yo te saludo!-exclama en su autobiografía- . ¡Cuánto no te debe el mío pobrísimo!,
En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de sus escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la mayor edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó su contrato de pasantía.
Llevaba por todo capital un legajo de traducciones; pero sus esperanzas eran
muchas. Su primera estancia en Londres fué poco placentera. Luchaba con la
escasez, con la falta de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además
la crisis característica de la juventud al encararse indefensa con la vida y las
amarguras de la vocación, que busca a tientas su camino. Jorge se interrogaba
acerca del valor de la existencia y de la verdad. «¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo
bueno y Jo malo? ¿Para qué he nacido? ¿Todo perecerá y será olvidado, todo es
nnidad?&gt; Y no encontraba respuesta. satisfactorid. El futuro misionero era en!onces ateo empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le
inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge fueron tales,
que sus amigos temie ron verle poner fin a sus días. Por aqueJla época publicóBorrow algunas traducciones de poesías e xtranjeras (var ios romances espa-.
171

�'
LA PLUMA
LA PLUMA
fioles) (1); escribió, por encar~ de un editor, una colección de «causas c61ebres• (2), y tradujo para una revista fragmentos de leyendas danesas (3). Pero
en ,825, el periódico en que escribía desapareció; riñó, además, con el editor
que le daba trabajo y se quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de
-dinero. Supónese que el ammcio de un librero le indujo a escribir, para zafarse de sus apuros del momento, una Vida y aventu1·as de José Sell, obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en una colección que hoy no se
aabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se marchó de Londres, abandonando la
literatura, y viajó a pie en busca de salud corporal y de paz para su ánimo.
Cuatro meses duró su vida errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y
se fué con él a vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras, y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Dt"spués
compró un caballo y recorrió Inglater,ra e~ b~s~a
aventuras. Cuando cst~s
\•iajes concluyeron, Jorge Borrow tema vcintidos anos. Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas,
ponían en su rostro un violento trazo obscuro.
·
Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo, sus narraciones autobiográficas se empeñó en rodear de misterio ciertos años de su vida (1826-1832), y con
alu~iones más o menos veladas quiso dar a entender que se había visto envuelto en misteriosas aventuras y dado cima a dilatados viajes por países como la
India, China y Tartaria. lgnórase, en efecto, lo que Borrow hizo en esos años;
pero en sentir de sus biógrafos más autorizados, es excesivo tanto misterio. Probablemente, Borrow vivió todo ese tiempo sin ocupación fija, viajó un poco y
escribió por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una colección de sus traducciones del danés (4) con otras composiciones suyas. Dos años más tarde apareció una traducción de las ,Memorias de Vidocq (s; atribuída a Borrow; insertó en
-algunas revistas trabajos de menos importancia. Viajó por la Europa occidental y parece que estuvo en Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco
de La Biblia en España.
.
Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el año 1833,
que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una familia residente en
Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de la que formaba parte Mrs. Mary
Clarke, de treinta y seis años, viuda de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia, indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera un empleo donde pudiera utiliz~r su conocimien-

d:

(1) cBcroard's Address to his army•, aballad from the Spanisb; cThe aingiqg Mariner•, a balla4
from the Spanish¡ cTbe French Pcincess•, a hallad from the Spanish. En cMonlhly 'M agazine• , vol. S1
(1S.4),

, ,

.

,

.

(2) cCelebrated Trials, and ~Remark..able Cases oí Cr1manal JUns.prudence, from the earhe1t recorda to the year 1825&gt;. 6 vo1s. Knigbt and Lavv, London. 182s.
(3) cDanish Traditions aod Superstitions.• En cMontbly lfagazine&gt;, vols, sS, 59, 6o.
(4) cRomantic Ballads&gt;, translated from the Dinish, and Miscellaneous pieces, by Geor,e Bonow; Norwich, S. \Villdn, 1826.
.
(s) c)1emoirs of Vidocq&gt;, principal agent of the P'rcnch police unli\ 1827. Wntco by him■elf
translated from the French, 4 •olt, London. Whittaker Treacber and Arnof, 1828•19.

to de los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas recorrió

una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza, Jorge sólo gastó en
el viaje cinco peniques y medio, en un litro de cerveea, medio de leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los señores de la Sociedad Bíblica, después de
examinarle de lenguas orientales durante una semana, le preguntaron si estaba dispuesto a ap1ender en seis meses la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con
un buen viático se volvió a Norwich, ya en diligencia; estudió con ahinco, y a
los seis meses triunfaba en las pruebas a que sus futuros jefes le sometieron.
Por aquellos mismos días, Jorge Borrow se retractó de su ateísmo; ya fuese
por influjo de Mrs. Clarke, o porque las ideas que le inculcó su amigo Taylor
arraigaron poco en su espíritu y se marchitaron al acercarse la treintena, lo
cierto es que Borrow profesó un protestantismo t.m fanático como el ateísmo
que abandonaba. No tardó en asimilarse el «tono misionero• ni en adoptar la jerga propia de sus patronos. Cuando aún se hallaba en curso su nombramiento, uno
de los secretarios de la Sociedad Bíblica censuraba así el estilo de una carta de
Borrow: «Perdóneme usted si, como sacerdote y mayor que usted en años, aunque no en talento, me atrevo, con la mejor intención, a hacerle una advertencia
que podrá no ser inútil.&gt; Acota una frase que ha llamado la atención de alguno de
dos excelentes miembros de nuestro Comité•: aquella en que «habla usted de
la perspectiva de ser útil a la Divinidad, al hombre y a usted mismo. Sin duda
quiso usted decir la perspectiva de glorificar a Dios, pero el giro de sus palabras
nos hizo pensar en ciertos pasajes de la Escritura, tales como Job, XXI, 2, cte.•
La respuesta de Borrow debió de ser tal, que el mismo reverendo le escribía:
«El espíritu de su última carta es verdaderamente cristiano, en armonía con
aquella regla sentada por el mismo Cristo y de la que Él dió, en cierto sentido,
tan prodigioso ejemplo, que dice: «El que se humille será ensalzado.• Finalmente, la Sociedad Bíblica aceptó los servicios de Borrow y le envió a Rusia,
para donde salió sin dilación, a mediados de año, a colaborar en la transcripción y colación del manuscrito de la Biblia, traducida al manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma lengua.
Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con celo y
buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod y proyectó t1n
viaje a China, a través del Asia, para distribuir el Evangelio por el Oriente. El
Gobierno ruso le negó los pasaportes. Ese proyecto de viaje fué, en opinión de
uno de sus biógrafos, el único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo
creer a sus lectores, que había estado en el Oriente remoto (1). Durante su
estancia en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la Iglesia anglicana, y publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías traducidas por él al inglés:
Targum (2) y el 1 alismán (3).
(1) «¿No le ha chocado a usted nunca-le escribía en una ocasi6n su amigo el danés Hasfeldt-cuánto
se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría· usted pasar fácilmente
por hijo suyo,&gt; W. Knapp cLife, writings and correspondeace oí George Borrow&gt;. London, Murray
1890, Vol, I, pág. 1qo.
(2) cTargum, or metrical translations from thi rty Janguages and dialects•, by George Borrow. St. Pe,
tersburg, Schulz an Beneze, 1835.
(3) cT?ie Talisman», from the Rusiam of Alexander Pu1hkio 1 with other pieces. St. Petersburg,
Se bulz and Benere, 1835.

173

�LA PLUMA
En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas llevaba un
, mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de acelerar la propagación de la Biblia
en Portugal.
Ni la Sociedad Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campa. das en la Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para
la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino, en espera
•, de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba si tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse a una propaganda intensa ni si el ánimo
,de la gente se hallaría bien dispuesto para recibirla.
Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de noviembre de 1835, y llegó a
,Lisboa_&lt;;! 13 del mismo mes (1); visitó los alrededores de la capital, hizo una
excurs1on por el Alemtejo, y de estos viajes y de sus conversaciones con el representante de la Sociedad Bíblica en Lisboa nació la determinación de aplazar
· sus trabajos en Portugal. Borrow resolvió pasar a E~paj'ía, Salió de Li,boa para
Badajoz el I de enero de 11361 cruzó la frontera el día 6, detúvose-en Badajoz
·-diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera llegó a Madrid. Por el camino fué
madurando su plan de campaña: le pareció necesario, ante todo, hacer una
tirada de la Biblia en castellano, porque sólo podían circular las impresas en
el reino. Pero lo difícil no era eso· lo difícil era obtener permiso para imprimirla sz'n notas, Desde la invenciód de la imprenta, hasta 1820, no se había impreso en España ninguna traducción de la Biblia descargada de comentarios Y
notas. y que fuese, por tanto, de tamaño manual y de precio reducido, accesible a todos. En 1790 apareció la traducción de Scio, en diez volúmenes en folio,
y en 1823, la de Amat, en nueve volúmenes en cuarto. Al amparo de la fugaz
libertad política instaurada por la revolución de 1820, se imprimió en Barcelona (1820) el Nuevo Testamento, traducción de Scio, pero sin notas; desde entonces, hasta la llegada de Borrow a España, nada más se había hecho. La J:&gt;ropaganda de las Sociedades Bíblicas no consiste1 esencialmente, en predicar
una confesión determinada, sino en difundir la lectura de la Biblia, poniendo al
alcance ~el. mayor número el texto genuíno de la Escritura. Como, en opinión
de l&lt;?s cristianos reformados, los dogmas y prácticas de la Iglesia romana con·
trad~cen la letra y el espíritu del libro sagrado, basta la lectura de su texto aut~nhco, y la :estauración del sentido propio en su inteligencia e interpreta•
c1ón, p~ra m(nar J.as bases de la dominación papista. Así, Borrow, abundando
e_n las 10tenc1ones de sus directores, y con autorización expresa de ellos! ge~tionó desde !~ego el permiso que necesitaba para imprimir el Evange!t&lt;? sin
-notas, y_, ,vencidas no pocas dificultades, se dispuso a reimprimir en Mad~1d la
tr~d~1cc1on del Nuevo Testamento, de Scio, editada sin notas po,r la Soc1ed_ad
Bibhca en Londres, 1826. Borrow y la Sociedad lilíblica desconoc1an las vers10•
~es caste!l~nas de la Biblia, hechas por los antiguos reformistas españoles,
libros rans1mos entonces.
•
Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de La Granja
(r¡ Fechas establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que Borrow da en cThe Bible •
.:".5pain•.

174

LA PLUMA
-estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en La Biblia en España) se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres el 3 de octubre, instó en la Socrcd¡d Bíblica la inmediata apertura de la campaña de propaganda en España, y, aceptados sus planes, se reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz el 22 del
mismo mes. Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a Madrid, adonde llegó
·el 26 de diciembre. No perdió el tiempo. En 14 de enero de 1837 firmaba con
~d_rés Borrego ~l cont:ato para la impresión del Evangelio, y en I de mayo
-s1gu1ente se publicó el libro (1). Borrow obtuvo de la Sociedad Bíblica autorización para repartir en persona la obra por los pueblos, y, dejando en Madrid
encargado d&lt;: sus as.untos a don 1:uis Usoz y Río, emprendió, acompañado de
s? famoso cnado gnego, el larguísimo viaje por Castilla la Vieja, Galicia, Astunas Y, Sa_ntan?e:, que duró· desde mayo a noviembre de 1837. De regreso en
Madrid, 1mpnm1ó dos nuevas traducciones parciales del Nuevo Testamento·
u~a traducción _del Evangelio de Sao Lucas al caló (2), hecha por él, y otra dei
mismo Evangelio al vascuence, por un señor Oteiza (3).
La publicación del Evangelio en caló, la apertura tic un Despacko de la Sociedad Blílica en la calle del Príncipe, los métodos empleados por Borrow para
llamar la atenció°: del público hacia su obra y ciertas imprudencias de otros
agentes de la Sociedad en España, provocaron la intervención de las autorida~es y desencadenaron u?a borrase.., en la que naufragá la propaganda evangélica, f, a la larga, puso fm a los trabajos de Borrow en España; de ella nació
también 1:1n primer disentimiento entre la Sociedad y su agente, disentimiento
que termmó en ruptura. En enero del 38 el jefe político de Madrid secuestró
los libros existentes en la tienda abierta por Borrow; en mayo fué preso Do,i
Jo, ge por desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos
fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes vigentes.
Borrow ~uen~a en La Biblia en_ España la historia del secuestro y de su prisión;
pero om_1te ciertos hechos que mfluyeron grandemente en aquellas resoluciones
del Gob1,erno1 hechos que Borrow no conoció hasta después de salir de la cár-cel. Hab1a por entonces en España otro agente de la Sociedad Bíblica llamado
GraY,don,_q~e operaba principalmente en las provincias de Levante. Graydon,
-q1;1e _1mpnm1ó en Barcelona una edición del Nuevo Testamento y otra de la
B1b!1a (A: y N. T.), sin notas, en 1837, no se limitaba como Borrow a propagar
el libro, srno que repartía folletos, prospectos y opú~culos atacando al Gobierno moderado, y al clero español y sus doctrinas. Esta conducta produjo algunos
( 1)
l:l Nuevo Testamento, traducido al español de la Vulgata Latioa, por .el Rmo. P. Phelipe Scio
:e S. M...iguel, de las Escuelas Pías, obispo electo de Segovia. ~fadrid, imprenta a cargo de Don Joaquia
e laBarrera1 1837. En s.•, 53-4 páginas.
r·
( 2)
Embeo e ·Majar6 Lucas. Brotoboro rodado andré la chipé grie¡a, acána chibado andré o Roma·
a6 o chipé es Zincalés de Seoé.
El Evangelio. según S. Lucas, traducido al Romani, o dialecto de los gitanos de España1 Madrid,
2837. En 16."1 177 páginas.
Se¡unda edición: Criscote e Majar6 Lucas, chibado andré o Roman6 1 o chipé es Zincalés de SeséEl Evangelio según S. Lucas, traducido al Romaní, o dialecto de los gitanos de España. Lund.ra_.
1872. En 16."1 177 págs.
(3) Evangelio a San Lucas en Guissan, El Evangelio según S. Lucas, traducido al vascuence, [Ma,
?\d 1 imprenta de la Compañía Tipo¡rá6ca, &lt;838. En 16.º, 176 pá¡1•

175

�LA PLUMA
LA PLUMA
escándalos en Valencia, Murcia y Málaga; y como Graydon se pro~amaba, no
sólo agente de la Sociedad Bíblica, _sino íntim~ colaborador y asociado de Borrow, dió pretexto para que el Gobierno, mov'.do por lo~ _curas, desfogara su
inquina tratando a ~o~ Jorge ~on _extrema~o ngor. La pns1ón de Borrow y las
reclamaciones del mm1stro bntámco produ1eron, com&lt;? ~ucdc sup':m~r~e, una
reunión precipitada del Consejo de ministros, un ofrec1m1cnto de d1m1s~ón por
parte del jefe político e interpelaciones en las Cort~s. ccnsur_and? al Gobierno...
por su lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el mm1s_tro británico la par~c que
la conducta de Graydon había tenido en sus pers~cuc1onc;5, -y se le ocur~1ó es•
cribir sendas cartas al Correo Nacional y a la Sociedad Bibhca des~utorizand~
y condenando el proceder de su_ colega. En la ca_rta al Correo_ Naeton~l, publicada el 27 de mayo, se titula «~mco agente autorizad~ en Espana d~ la~· B.• E~
la carta a sus directores de Londres, luego de rcfenr la&amp; entrevistas del ministro británico con Ofalia, dice respecto de Graydon: •Hasta ~I ~omento P:C·
sentc, ese hombre ha sido el ángel malo de la c~u~a de la B1bha e_n Espana,
y también el mío, y ha emple_ado tales proccd11_n1entos .Y :scog1do de ta~
modo las ocasiones, que casi siempre ha conseguido dern~ar IE&gt;s planes h~
cederos trazados por mis amigos y por mí para la propagac~ón del Evangelio
de una manera permanente y segura.• La respuesta de la Sociedad fu~ 1;1n cruel
desengaño para Borrow: rcconocíase en ella que Graydon era tan le~1ttmo representante de la Sociedad Bíblica como él; no se accedía a desautorizar Y con•
dcnar su proceder, y, además, se le advertía a Borr?w que en adelante se abs•
tuviese de publicar cartas como la del Correo Nacional. Por su _parte, el Go•
bierno español, tras algunos artículos oficiosos en que ~e. le exc1ta_b~ a proce•
der •con mano dura• contra los escarnecedores de la rehg1ó11, proh1b1_ó de Real
orden (25 de mayo) la circulación y venta del Nuevo Testamento editado por
Borrow.
En relaciones poco cordiales con sus jefes,, y frente.ª la hostil ida? resuelta
de los gobernantes españoles, Borrow no pod1a ya realizar en la Penmsula una
obra duradera ni fructífera. Aquel verano del 38 anduvo Don Jorge por la Sagra y por tierras de Segovia. El 24 de agosto llegó a sus manos_ la orden de sus
jefes llamándole a Inglaterra, y allá se fué, a través. de Fr_anc1a, Y en. tres o
cuatro meses que permaneció en su país zanjó sus d1fer~nc1as con los d1rect~res y logró que Je enviaran a España por tercera y última vez. El 31 de d1•
cie~bre de 1838 desP.mbarcó en Cádiz, y, salv? los tres _primeros meses qu_e
pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi todo el ano 39 est~vo en ?evilla, en relativa inacción. Allí fueron a buscarle l\~s. Clarke Y( su h1Ja, a qu~e!1cs
instaló en su propia casa de la Plazuela de _la Pila Seca. _Hizo, solo, _un VJaJC a
Tánger, donde Je alcanzó la orden del Comité de la Sec1edad Bíblica, dando
por terminada su misión en España, y en Tánger se aca~a brusc.-m_ente _la narración de sus aventurns. De retorno en Sevilla, anunció su matnmomo con
Mrs. Clarke (la Señá Biuda con Don Jorgito et Brujo), y comenzó l&lt;?s prepar~tivos para volver a Inglaterra. Una disputa con un alcalde de bar~10, en Sevl•
lJa, le costó ir a la cárcel, donde le tuvit:ron treinta hor~s; todav1a ~stuvo en
Madrid gestionando las reparaciones debidas por el agravio, Y en abril de i84o
176

.e embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel árabe. Apen~ tomó tierra, se casó y fué_ ª. instalarse en Ou/lon Coitare (Lowestoft), pro~•edad_ de su esposa, donde VIVIÓ muchos años entregado a las pacificas tareas
hterarias.
~ primero que publicó foé su obra sobre los gitanos (1), en la que había
t,:abaJad~ m_ucho durant~ su perma~encia en, España. Contiene una descripc16n prelimmar de los gitanos de diversos pa1ses, y un estudio de la historia y
costumbres _de los de España, compuesto de observaciones personales y extractos de hb~os referentes a ellos. Siguen una colección de poesías populares
en caló, ~ecog1das verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En Tñe Zincoli
se aprecia cuna fuerte personalidad y una observación extraorclinaria&gt; ( 2 )·
per~ cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el libro'.
Es importante para conocer las costumbi;:es de los gitanos, y completa además
algunas aventuras que en La Biblia en España sólo están indicadas.
La publicación de Tñe Zincali puso a Borrow en relación con Ricardo F ord
docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces su Manual de Espa:
ña (3). Ford acons7jó a Borrow que publicase sus aventuras personales y se deJara.de ~xt~ac~ai: libracos españoles.. Al saber!que tenía entre manos una Biblia
en
!ns1shó en sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada d~
erudición libresca; hechos,_ muchos hechos observados directamente; arrojo
para no caer en las vulgandedes; no preocuparse del buen decir· evitar las
g~oñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos con~cjos. En su
r~t!ro de Oulton ordenó y completó los materiales de que disponía: diarios de
na1e, cartas a la Sociedad Bíblica, y en diciembre de 1842 se publicaba la
obra (4), que velozmente le llevó a la celebridad.
. S~ triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones de a
nul eiemplares en tr_es volúmenes, y una e~ición de diez mil ejemplares en dos
tc:imos. Dos veces reimpresa en Norteaménca aquel mismo año 43, fui'. tradu~a al _alemán, al francés y al ruso: en 191, iban publicadas más de veinte edi~ooes mgle?as de la obra. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos postenores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en España despertaron
en el p~blico un deseo muy vivo de conocer otros hechos de la vida del «héroe•. lt1cardo Ford le aconsejó que es~ibic~ su auto~iografía. Don Jorge, sin
levantar m~no, compuso el Lavengro, historia de su miíez y juventud, continuándola anos después (5), hasta la fecha en que comienza aquel misterioso pe-

lu/'!"ª•

h) The Zioeali, • · An Accouot of the Gyp1ie1 of Spain With an orifinal colleclion of their Sonp
ud Poet,y,and a cop,.,us DictionaryoftheirLanguace. ByGeor¡e Borrow ... ID two volwnes. London

Joha

M.urray, 1141.
'
t vol. London Chapman and Hall , u .
9
(3) • ~Hand-Book_ for Travellers in Spaln and Reden at Home.• London: Murray, ,s45 , •· ; 0 1. g,•
Laa ed1c1onea postenorea ~,tán abreTiadas o adaptadas a 101 itioervioa del ferrocarril. El •erdadero
•Jlord, no ha vuelto a parecer•. (Knapp.)
(4j Th_e Bible in Spain, or the Journeya, AdYeDture., and lmprisonements of u Eollilhman io a.o
• ttempt to c1rculate the Scripture1 in tbe Pen insule. By Georce Borrow, author of •The GypaÍea in
8 paln,, ln three To!ume,; London Jobo Murray, 1843.
1
.a.... (s)
Lano¡ro; the Scbolat"the Gypsy-the Priest. By Geor¡e Borrow... In three -,olume1, Lon•
_,,Lo, Jobo Murray, 1'51.The Romany Rye; a aequel to La...nrro. By Georie Borrow... h two •olumea
ndoa. John Munay, 1857.

(•) E. Thomu: George Borrow, the man and bis book1.

,

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
a se hizo mención. La obra defraudó las esperanzas del
ríod&lt;? de su v1d,a_de que Y . . d" nación del autor, pronunciaron sobre cl!a un
público: los cntlcos, con gran m tg
"6 ri urosamentc veraz, y aparec1a un
fallo adverso; se aguardaba u?a n~rra~t má~ uc suficiente para desorientar
revoltijo de sucesos reale\ ~ ~~!11:;~~e de lo\ue algunos llamaron su !fracaal lector. Borrow se.~onso -~ 1 t\ntribuir a suavizarle el humor, cada d1a más
so•. La vanidad hen a n:&gt; i ~ a c . c·a la vida sedentaria de escritor. Sentía,
.áspero y.agri?· Llevaba ~o.n tm?ac1cn
uos • terrores• le atormentaba~. Bo.además, i~qu~c~udes rfh1tsas, ~~~0ufra de su patria: misiones li~e.ranas en
rrow quena v1a1ar y so ic1 emp . ero sin resultado. Hizo un v1a1e por el
Asia, el Consulado de Ho~g-Kong, pdatos acerca de la vida y lenguaje de sus
-oriente de Europa, Y recogt~ nuevos .
Macedonia Anduvo también por su
amigos los gitanos en H~ngna, V~aqu1a y y recogió parte del fruto de estas
país; visitó Gale~, Escocia y o¡rosl u~1~f!s~ obra importante que publicó. Desde
jornadas en un libro (1), que /é .ª -~ catorce años sin producir nada después de
1860 r~s~día en L~nd~s,l don e 1~v~oen tanta obscuridad, en tal silenci&lt;?, que &amp;!·
la apanc1óo de W1ld a es,_sum
or el deseo de conservar su antigua pr1guoos le creían m~erto; Estimulado
cultivaban ya con diferente método, se
macía en los estudios gitanoS, qu~ ~ r. ( ) del dialecto de los oitanos ingleses,
lanzó a publicar en 1874 un vocat_u ard10 E2 suma· Borrow se ,.sobrevivió; tan
·
• d perd"d
1 a.
obra que, al apareCcr , -•ra yaKana 1cua
_ a.odían devolverle
la notoneda
sólo la muerte-observa Mr. n pp p
hó de Londres en 1874 y se refu•
La muerte tardaba en llegar. ~orr&lt;?wdse dm=~~ 1869 El arriscado Don Jorge de
gi6 en su casa de Oulton;_ esta a v1u o e
ue v·ivía tr;ste y solo en una casa
otros tiempos era ~o anciano de ::~~:~~1~ q por el jardín recitand? poemas
de campo mal cuidada, Y se P
I dad y «sus conversaciones con
de su cosecha. S~ extraño c.o!1tincnte,ai~~nsfaefinca, crearon en torno s~yo una
los gitanos, a quienes permit~a a~am~n viéndole pasar le gritaban: ¡Gitano! o
especie de leyenda. Los fc ac ~-~• stra fué con su]~at:ido a vivir en su com•
¡Brujo!• Muy ce:,ca ya d~ 6md:u•uJi de 1881 el matrimonio se fué a Lowestoft
pafüa. En la man~na de 2
J m letamente solo; mucho les rogó quc,no se
a sus asuntos, de1ando ,ª Bor~~~ co o 1e di" eroo que ya otras veces hab1a exfuerao, p_orque se sen?afmo~u~~~~o alguJo. Cuando volvieron, a las pocas hopresado igual temor sm un ª
ras, se lo encootra.1:on ?1uert~.
f
en tér'lninos absolutos, el mejor libro
Aunque Tlle B1ble in Spain no uese,
diferencia respecto de sus otros
de Borrow, sería en t,odo caso, c~n eoo::~ción de nuestro público. El mérito
~scritos, el que. más bful~s tefdna ;;:ación de España le hicieron pop ula: en
intrínseco del libro y a.s1ogu ar re. do en varias naciones de Europa, motivos
Inglaterra y Nortearnénca y _conoc1_
e nuestro aís con más el de ser los
también valederos para ~u d1vulga~1ón a~te ioterefada'. actol'CS en las escenas
~spañoles, no lectores distantes, smo p

s"

:¡

tos

f

B Geor,:e Borrow... ¡,. three -.ol11m•.
(r) Wild Wa!es: its people, Lao,:uare, and Scenery. 1
•
Londoo, John Murray, ,~6_•1.' W d·B k ofthe Romany, or Bn,:li1h Gypsy Lan,:uar;e••. By G9oll
(2)
Romano Lavo•L1 .
or
oo
Borrow. London, John llurray, 18H·

y su tierra marco de aquella narración. No es muy honroso para nuestra curio-

sidad que hayan transcurrido cerca de ochenta años desde que vió la luz, sin
.ponerlo hasta hoy, traducido, al alcance de todos.
El libro fué compuesto, en su mayor parte, en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de viaje, y remitía, además, a la Sociedad
Bíblica, cartas de relación de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a
Borrow las cartas luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería
ninguna indiscreción. c¡No he revelado los secretos de la Sociedad!» decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los directores, y tribut?
a Graydon, el «ángel malo• de la causa bíblica, ardientes elogios. Las cartas d e
Borrow a la Sociedad Bíblica (1) son tan extensas como la mitad de Tlze Bible
in Spain; pero sólo aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del
Jibro; lo demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu
cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles recibidas.
Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, Don :Jorge el inglés
y Espaiia. Los tres se enlazan en un conjunto armónico; la propaganda evangéJica es el propósito deliberado de que remotamente trae origen el libro, y
constituye su armazón interior; todas las idas y venidas de Don Jorge, todos
sus pensamientos van encauzados a la divulgación de la palabra divina. Los
homb1·es y las tierras de España, materia de su experiencia, constituyen, no
sólo una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y el color, sino el ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, algo distinto
de Borrow, pero que es Borrow mismo, despojado de toda vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de semidiós. De esos temas, el evangélico es el que
nos importa menos. España, país de misiones, España, país de idólatras, era
un punto de vista nuevo, dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para
quienes, dueños de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos.
No será hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo d e
Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no conformistas, rompan a gritar: ¡Al &amp;ampo, al &amp;ampo, Don :Jorge, a prnpagar el Evangelio de
Inglaterra! En el fondo, la preocupación de Borrow es de la misma índole que
la de los e idólatras•, sus enemigos. La regeneración de España por la lectura
&lt;lel Evangelio sería un programa que acaso hiciera hoy son reir.
El mayor número ~eguiría una opinión análoga a la de Mendizábal, que a la
insistencia con que Bonow solicitaba el permiso para imprimir el Testamento,
salvación única de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si metrajese usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los carlistas!.
Pero Don :Juan y Medio, y los liberales que hicieron la desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio sin notas. Aunque
movido por un fanatismo antipático, en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que formalmente pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de
Hbcrtad, sin las que los hombres en sociedad son como fieras, y eso está siem(1)

•Letters oí Georre Borrow to tbe Bible Society•, edited by T. H , Dar!ow, 1911.
1 79

�LA PLUMA
pre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento
para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de los españoles.
The Bi/Jle in Spain es un libro autobiográfico. cEl principal estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros él es el asunto principal y el
objeto principal.. (1) No emplea en esta obra las confidencias, no se confiesa
con el lector; su procedimiento consiste en dejar hablar a los que Je tratan
para pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; asomándonos a ese espejo vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era
la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin
y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus admiradores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a
igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía
la serenidad; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el
decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero ._sin burlas, sin
yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y
caballero están bajo el amparo del pabellón británico.
Borrow se colocó, o colocó a su héroe en un escenario sin segundo, de tal
fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se disuelve en el paisaje o queda a la zaga de la muchedumbre española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya triunfado con más brillllntez de la
hostil realidad presente. Borro-:v lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a
una realidad de cguía oficial&gt;. Lo que le importaba era el carácter de los
hombres, y no de todos, sino de los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitano3, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos
gc&amp;ticular y oírlos hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos
son pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con sentimientos nobles, y unidos, en general, por un aire de familia inconfundible, y la verdad es que, con todas sus picardías o su zafiedad,
no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una espléndida visión
del campo, y lo sintió e interpretó de un modo enteramente moderno. Así.
Don Jorge descubrió y pintó, en realidad, lo que quedaba de España. Arranca•
dos los árboles, agostado el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible fll'•
meza.
El lector de La Biblia"en España apreciará seguramente el novelesco inte·
rés de algunos pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el moví-

LA PLUMA
miento de ciertos cuadros propios de un cepisodio nacional&gt; el sabo d O tr
csce_nas de cos!umbres,
bosquejos de tipos y caractere; con t r e
as
méntos que es mnecesano ,eñalar; pero lo mismo ante ellos que ant:i~~sdo~ros
tos del_ hbro, y frente a la repulsión que ciertos juicios-ex resos
e ec~ntend1dos_-del autor puedan suscitar en el ánimo de un es _P 1
~ sobreta~ Pf.tv_emdo para no i?currir en las descarriadas apreciad~~~~ q~~n:;:~c:
e~ ~ 1 1~ se han proferido en nuestro país. La Bibita en Espaiia es un libro de
v1a1es, c~erto; pero _hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe
a la Sociedad Bíblica acerca de los progresos del Evangelio en Es - 01·
•cuadro
del
político,
~ana,
un
'é
d estado
·
- social' etc· • • de la naci'ón , 01• u n 1•t·merano
para rec1 n casa os, 01 una resena de las catedrales v otros monumentos p
- d
para ueo de lo~ snobs de ambos mundos; La É_iblia en España es unae~t~:ªd:
a~e, una creación, y con ª:reglo.ª eso hay que ¡uzgar de su exactitud del par •
czdo del retrato y de las «10venc1ones• del autor. Los paisajes los 1u' ares 1:a
figuras, están notados co~ puntua~idad; es excelente en la inteligencia le las'cos~~mbres y no hay en 4:l hbro ca11catura ni falsificación de sentimientos. Episo1os ~ompuesto~, no vistos por Borrow; personajes inventados a Jutinando rasgo~ d1sper~os, sm duda los na de haber; pero eso ¿es ilícito? PudYera compararse a creac~ó1;1 de Borro~ a una estatua de mayor tan,año que el natural La
verdad arlíshca del con1unto y su efecto conmovedor son innegables El Úb 0
no es s6 lo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador.
·
r

!ºª

d~

-MANUEL AZA8A

.'

(1) 'Bd. Thomu, cap. IL

18o

11

�L.A PLUMA

-· castillo

M

famoso.

sin ser todavía el reino de Dios, es ya el Edén de los mendigos. Madrid incuba pordioseros, acoge a los de fu~ra, los pro!ege, los retiene. Circular por Madrid es he°:dir masas de m1serables-c1egos, tullidos, pustulosos-, 9u_e acosan, o g_1men, o cantan, o blasfem?n, o
insultan, o profieren amargu1s1mas seotenc!as sobre _el valor de la_ vida Y
de los bienes de este mundo. El paseante, s1 no mendiga, parece un mtruso
en ese vasto coto de la hermandad de la roña: los dueños son los pobres.
y en cuanto llegado el estio se marchan de ~adrid l?s. dos ~ocenas de
familias a quienes su fabulosa fortuna les p~rm1te no v_1v1r de hmosna, las
calles de la capital quedan por su,as. Madnd es un asilo suelto.
.
Sería un exceso decir que envidio a los pordioseros; pero los _admiro,
como a gente capaz de adaptarse sin vacilación al géoe~o. de vida más
acorde con el ambiente. En Madrid, donde todo está proh1b1do, cada :ual
hace lo que se le antoja. Recontar las vejaciones a que uno vive suJeto,
desde la Constitución del Estado hasta el minúsculo deber de conservar
los billetes del tranvfa, pasando por los mandamientos de la S~nta Madre
Iglesia y el Reglamento de la SocIEDA~ ~ILARMÓNICA, es operación penosa
y aflictiva. Un madrileño observante v1v1ría emparedado entre ordenanzas.
Pero Madrid es incoercible: el buen madrileño «se mata con su pa_dre• ~or
mantener su prestigio personal, fundado, como se sabe (remm1scenc1as
del fuero de hidalgufa), en el privilegio de hacer alguna cos~ q_ue al
común de los mortales se le prohibe. La cualidad de madnleno se
adquiere poco a poco a medida que se -aprende a quebrantar condesenvoltura normas que sólo acatan las gentes si? importancia. ~ -yida en
Madrid es un compromiso, renovado a cada mmuto, entre arbitrariedades.
ADRID,

18 2

individuales. Los mendigos perfeccionan el sistema. Quienes, saltando
sobre los falsos respetos humanos, profesan la mendicidad, abrazan una
vida libérrina, sin Dios, sin Estado, sin Trabajo, vida anterior al pacto
social, y se mueven con holgura entre dos infinitos de arbitrariedad: la
limosna y la policía.
Los pobres de pedir cuentan en la villa con el apoyo de la opinión
pública. Ante todo, por la secreta admiración de quienes no se atreven a
mendigar y quisieran una libertad ígual para su orgullo. El público protege a los pobres contra la autoridad cuando de tarde en tarde pretende
darles caza para encerrarlos en un asilo. El público (y no hay que decir los
pobres, que se defienden a mordiscos) acierta. Se sigue la angosta senda
de la mendiguez por conservar el albedrío, prefiriendo a la pitanza la
libertad. Encerrar a los pobres es malear la profesión. Si algún estadista
ininteligente, abundando en la manía de ordenarlo todo, hiciera de la pordiosería un organismo oficial, con su cuerpo de aspirantes, ingreso por
oposición, escala cerrada, jubilaciones y derecho a usar uniforme, nadie
querría, en términos tales, ser mendigo. Después, los madrileños amparan
y respetan a los pordioseros por motivos de religión. Los pobres son de
Dios. Un pobre es el arquetipo del cristiano. Veinte siglos de cristianismo son aún más fuertes que veinte siglos de literatura, y aun en el incrédulo la vista de un pobre remueve no se sabe qué confusos remordimientos y pavor, reliquia de emociones fenecidas. Perseguir a los pobres les
parece una impiedad tan grande como quemar los muertos.
Los pobres se reparten el imperio de las calles e imprimen sobre el
rostro de Madrid sus dedazos mugrientos. Hay pobres de puesto fijo,
que Madrid está habituado a ver como partes integrantes de los inmuebles junto a los cuales posan; si un día. los quitasen, el taadrileño no se
encontraría a gusto en sus calles, le faltaría algo, como si la fuente de la
Gbeles desapareciera por ensalmo. Sirven para computar el paso rápido
del tiempo, y uno se da cuenta de la brevedad de la vida al observar cómo
engorda y encanece la ciega del jardín de Riera, y cómo se le apaga la voz
al tullido de San Luis, y cómo, en general, se estragan y arruinau los más
recios ejemplares de la cofradía. Un puesto de pedir limosna, con su zona
de influencia bien definida y su parroquia fija, es uno de los negocios más
pingües a que pueden aspirar los jóvenes talentos sin empleo; y las familias que por ventura poseen algún monstruo y consiguen un lugar céntrico
para exhibirlo, ya no tienen que preocuparse del mañana. Menos importantes son los pobres que no están fijos, sino sometidos a un movimiento
de traslación rigurosamente medido, como el de los astros: pasan por los
mismos sitios a las mismas horas: la ciega gorda y sentimental, que aún
no ha concluido de cantar al son de su guitarra el vals que empezó hace
183

�LA PLUMA

....

veinte años; el ciego de la ocarina; el empresario de teatros arruinado
(según proclama el cartel que lleva al pecho); ese otro ciego misterioso
que recorre solito todo Madrid sin más que imprimir al brazo derecho un
giro natatorio; el chicuelo que clava en el cráneo de sus clientes un horrible cantar, a grito herido (voz impostada en el entrecejo), mientras su
acompañante, mocosa soñolienta, pasa el platillo de latón (¿hay algo para
el pobre ciego...?) y se restrega los párpados: tales son los más notorio$
de esta categoría. Debajo pululan las tropas ligeras de la hermandad, que
libran batalla a toda hora y en cualquier terreno, saquean al liberal y asedian al escaso, se desplegan entre dos esquinas, se concentran sobre un
café, envuelven a las familias dadivosas, cortaa la retirada al transeunte
esquivo. Son tantos y enseñan tales miserias, que algunos días Madrid
parece una ciudad atacada de la peste. Los muñones, las llagas, las cicatrices, por muy horrendas que sean, no pueden esconderse: son el orgullo
y la mejor arma de los pobres: hay que resignarse a verlos, como _nos
resignamos a ver los caballos destripados en la Plaza para que haya
fiesta.
No a todos les repugna la miseria astrosa. Hay quien come y bebe
en la terraza de un café, conversando amigablemente con un mendig&lt;1
que, en pie a su lado, paga con chuscadas la limosna. La buena armonía
en que viven ciertos pobres con los señoritos madrileños es un espec táculo único en el mundo. Ea los cafés de moda, donde se reúne la gente
aficionada a exhibir sus módicos placeres, circulan los mendigos por
entre las mesas, se mezclan en la conversación de la clientela, conocen
algunos de sus enredi\los, le sirven de correveidiles, hablan el mismo lenguaje y, en el fondo, tienen las mismas aspiraciones e ideas. En la otra
punta de la escala, el señorito es también un caso de adaptación cabal al
ambiente. En Madrid, para no chocar, hay que ser mendigo o señorito, y
de hecho, un señorito suele ser un pordiosero en vías de hacerse.
La mendicidad presta a la vida de Madrid un tono patético que por
otros lados no tiene. El hecho trivial de rehusar un periódico se complica
con emociones penosas cuando una voz lastimera nos dice que es cpara
ayuda de un panecillo•, o e para dar de comer a estos niños•; ·al salir del
café, en las noches de invierno, se tropieza con turbas de chicuelos desnudos que brincan de frío en el asfalto y hacen chistes a costa de su hambre; y si es en verano, ccuando los pobres viven•, no falta ninguna noche
esa pareja de ciegos que con voces cavernosas canta: • ¡Shiquiya, shiquiya.. .l 1Shiquiya delarmamiáa ...l• Y uno se aflige pensando que la copla, la
guitarra, las voces y el imbécil expresionismo de los ciegos, despiertan en
los oyentes una congoja placentera... En fin, los mendigos están en Madrid para curarnos de vanidades. Pero ellos, personalmente, no sufrea
184

LA PLUMA
nada; su vida no es menos fecunda en ioces que la de cualquier mortal.
Hace años andaba todavía por esas calles un mendigo monstruoso, cargado de años y de enfermedades, en verdad horrible de ver. Se arrimaba a
l?s transeuntes, y recreándose en el asco que producia, rezongaba: cSe!ionto, t_engo más _hambre que _un oso;·· Est?Y ~ás aburrido que la virgen,
señontol• Alguien le aconsejó un d1a: cMira, tu ya no puedes vivir mucho:
y para lo que haces en el mundo... ¿Por qué no buscas la celebridad? Coge
una bomba y tírala desde el galliaero del Real...&gt;
-¡La vida es muy amable, señoritol-respondió.

BL PASBANTB BN CORTB

Don Cacique (óleo)
Personaje torvo
MalJín
Alfondo la dramática Sierra tk Pancoróo
Sobre la nariz
Espe_juelos verdes
Donde se o_jeriza tu1 bio mal carl,:
Tipo de Satán
Mano de Caín
Muy Rey tk los NaÍIJes ji m~ sacn'stdn
El semblanteJalde
Capisayo gn's
Empinada m alto la vara de Alcalde

y

A pesar de eso
Un breve infeliz
De malas costumbres y muy poco seso.'
Personaje torvo
De un pueblo de la áspera Sierra de Pancorho
(Oh!
Lejos _de Parls...)

ANTONIO BSPINA GARCÍA

�LA PLUMA.

llBROS Y ReOlStAS
R. Blanco-Pombona.-Dramas mínimos.-Biblioteca Nueva.

...

«En estas cortas historias-nos dice su autor-trasudan el dolor y la imbecilidad del hombre en campos, pueblos y ciudades de América; en campos,
pueblos y ciudades de Europa. Lo más corriente en estas historietas-dramas
mínimos-ha sido observar al hombre viviendo su vida y con sus costumbres
peculiares en el país donde el autor nació. Pero como el autor ha salido de su
país y conoce otros pueblos, pudo, en otros pueblos, ver al hombre, y procuró
observarlo.
&gt;Ha descubierto, y en todas partes, cosa igual: un fondo idéntico de estupidez, de maldad y de dolor.•
De los cuentosji·anceses, y,¡nquis, de cualquier parte, americanos-el campo,
los pueblos, la ciudad-y españoles, en que divide su colección de D,·amas mínimos el Sr. Blanco-Fombona, los americanos nos interesan espedalmente, y si hu•
biéramos de elegir uno entre todos, el titulado El Catire llevaríase la preferencia, incluso sol;ire Los salvado1n de la Patria, sátira cruel de un levantamiento
revolucionario en Venezuela. Tal vez no consigue el Sr. Blanco-Fombona la variedad que se propone, en detrimento acaso de la fuerza con que se acusan los
caracteres que le son más familiares. Quizá ese fondo de estupidez, de maldad
y de dolor com6n a todos sus cuadros produce en el lector la impresión de un
prejuicio más que de una experiencia. En todo caso, sólo después de cerrado
el libro le es dado reaccionar al crítico. Tan sugestiva es la lectura de estas páginas, escritas en un estilo animadísimo, cortante, apasionado, cuya v;olenta
ironía recuerda a veces la de otro americano pesimista: Luis Bonafoux,
C. R. C.

*

*

Valery-Larband.-Poétes espagnols et lzispa110-américains contemporains.-lA
Nom,elle Revue F,·an;aise.-I 'Juillet 1920,
El Sr. Valery-Larbaud, distinguidísimo escritor francés, cuyas novelas, y so•
bre todo cuyas notas y traducciones de literatura inglesa, constituyen uno de
186

los .Pr!ncipales, atractivos_ de la Nouvelle .Revue Fran;aise, dedica en el númerode ¡uho un articulo muy 111teresante a algunos poetas españoles. No sin excu·
sarsc modestamente por tratar un tema extraño a sus estudios habituales
lle.vado de su :tmor a la lengua castellana y en atención al afectuoso requeri~
miento que ?esde las ~olumnas de F.sjaña le hiciera Enrique Díez-Canedo
Le symbol,sme_ fran;a,s et la ¡,_oésie espagnole moderne, libro del Sr. Zerega-F ombona, sug1érele algunas atmadísimas observaciones, tal la que apunta
como más eficaz en los poetas españoles la curiosidad que despertó la lectura
de Los Raros, de Rubén Darío, que la influencia directa del gran americano. No
obstante ser és.ta tan grande. Muy acer_tada nos parece, asimismo, la invitación
que hace a D1ez-Canedo-a quien diputa primero entre los críticos españoles ~onternporáneos-alentándole al estudio de que no es, en todo caso sino
prefacio el del Sr. Zerega-Fombona.
'
Habla d~spués con gran elogio de Ricardo Guiraldes, cuya novela Rauclzo
(Buenos A_1res, 1917), como antes su libro de versos El cencerro de cristal
(Buenos_ Air~s, 19!6), le co!oca entre los primeros, y el primero acaso, de la
generación hterana argentma más reciente.
Y por último, c_on ~olivo de Et humo dormido, de Gabriel Miró, insiste en
proclamar su ad_m1rac1ón por _Raf!1Ón Gómez de la Serna, de quien ya se había
ocupado, Y a quien
traducido incluso (Hispania, núm. 3, 1918, y Litteralure;
scptembre, 1919). Miró y Gómez de la Serna, con Juan RamónJiménez le pare
cen los más notables poetas españoles.
'
Y aquí se nos ocurre una reflexión, que no es esta la primera vez que nos
a.salta. ¿Cóm,o espírit_u~ tan franceses como_ e_l :del Sr. Valery-Larbaud (y entié~~ase aqu1 por espmtu _francés ~se claro JU1c10 de que Francia se enorgullece
lcg1timame_nte en sus escntores) pierden al contacto con la realidad española su
característico sentido de la justicia literaria?
Compartiendo, como compartimos, con el Sr. Valery-Larbaud la admiración
por Ju~n Ramón Jiméne~, .por.?abriel ~fir?, por Ramón Gómez de la Serna, ¿no
se advierte luego la prec1p1tac1on que s1gmfica,no ya el preterir algunos nombres
más! que acaso no conoce, no ?~stante s'-! larga estancia en España, pero aún
la cita en un solo haz de prestig10s tan dispares? Y si en ciertos aspectos .Miró
le.puede parecer un Jamm~s español, ¿cómo comparar su lírico preciosismo humilde con la pompa y sonondad d'annunzianas, pretendiendo asimilar la labor de
uno y otro en sus respectivos idiomas?
He~10s de congratularnos, con todo, de que la literatura española empiece
• .cons1_derarse allende el Pirineo con un criterio menos limitado que el de los
laispamstas de cátedra.
C.R. C.

?ª

•••

Clandio de la Tor.re.-La lzuella ¡,erdida.-Rafael Caro R:tggio.-Editorial
Madrid.

Es es~e el segundo libro de su joven autor, cuya asidua colaboración en el
IICm~nano España muestra la fina distinción espiritual característica de Et can1• diverso, volumen de poesías con que se dió a conocer recientemente.

�LA Pi..UMA
LA PLUMA
En el prólogo de La huella ;erdida sincérasc con graciosa modestia del
aparente desorden que preside sus páginas. Gustaba, dice, cuando niño, de ha•
-cer pequeñas escapatorias a cierto lu~ar llamado los Arenales, junto al mar de
su tierra canaria. Y al volver pretend1a 1 como ahora en sus .andanzas literariaa,
descubrir la propia huella, que ya no encontraba.
Revela desde luego tal preocupación cierto empeño, juvenil por excelencia:
el de renovarse para no morir en prematuro agostamiento. Y con ser pocos los
años-de 1914 a la fecha-que separan los cuentos e impresiones reunidos CD
este tomo por demás simpático y sugestivo, adviértese en La kuella pe,-dida el
propósito de condensar e intelectualizar cada vez más la expresión. Pero no
hay en realidad el desorden de que, excesivamente riguroso consigo mismo, se
.acusa. El tono sentimental es el mismo, y muy de nuestro tiempo, en las dos•
dentas páginas del libro. Un buen tono en que el sentimiento lírico corrige dignamente todo exceso con cierta prudente ironía, templada a su vez con cierto
romántico decoro. El apunte titulado Florín e Hijos (Compañía ilimitada) 5
quizá el más representativo del límpido humorismo de Claudio de la T_orre
acaso el primer escritor en quien empieza a vislumbrarse una posible literatura canaria, caracterizada en la sensualidad nativa del cuento Sur, que el comer•cio inglés de las islas, inteligentemente dirigido en un afán espiritual, atempera a la sonrisa del mundo civilizado.
c. R. c.

•••
.Manuel Ugarte.-EI pon,enir de la A.mlrica e~añola.-Valcncia, Editorial,
Prometeo,

....

1920.

«Un político ad usum-escribe el Sr. Ugarte-es un hombre que dice las
,cosas oportunas que pueden serle útiles. Un escritor, en la alta acepción de la
palabra, ...dice las cosas necesarias, aunque éstas puedan perjudicarle.• Guiado por esa idea de su profesión, el señor Ugarte no les escatima las verdades
.a sus compatriotas al hablar de los peligros que amenazan el porvenir de su
tierra, como no se las escatimó a los españoles, hace años, al escribir sobre Es•
paña. El señor Ugarte da la voz de alarma a los hispanoamericanos, excitándolos a defenderse contra la ascendente marea anglosajona. Agrupados los
hechos capitales de la política exterior de los Estados Unidos durante un siglo
-como los agrupa y repasa el señor Ugarte-es difícil sustraers:: a la impre•
sión de que el peligro es cierto y creciente: sean ejemplo Méjico, Cuba, Pana•
má, Santo Domingo. Y desde que la obra se publicó por vez primera-afirma
,el autor en el prólogo de esta edición, la definitiva-la salvación se ha hecho
más difícil.
En la composición del libro, como en toda la propaganda que ha hecho en
América y en Europa, el señor Ugarte se inspira en un patriotismo continental
y de raza, superior a las divisiones arbitrarias del territorio americano en. estados independientes. «No es posible hacer brotar de cada una de las veinte
repúblicas, nacidas de divisiones convencionales, una razón superior y diferell·
188

te que au1_1c la voluntad c,n _vista de un e&amp;fuc~zo seguro y un fin alto.• Esa ra•
aón superior ?rota de_)a unidad de raza y de idioma; por tanto, desde la frontera septentrional meJ1cana hasta el cabo de Hornos (incluída la variante O -.

tuguesa) ,debe formarse un bloque único-salvando en cuanto sea precisnp l~s
autonom1as locales-para oponerse, moral y materialmente al bloque sajón d 1
Norte.
'
e
Los sentimient~s del ~eñor Ugarte. respecto de España y sus opiniones
acerca de la her&lt;:nc1a espanola en América nos parecen justos; cualquier español de buen sent~do los aceptará. ~o.ternos que del programa de remedios propuesto po~ el senor Ugarte en la ultima parte de su libro, resulta que los hispano~mencanos, para no ser devorados por los yanquis, necesitan curarse de
los m1sm~s defectos y desechar er~ores muy ~arecidos a los que, según opinión
gene~al, t_1enen post~ada y desvalida a Espana. No somos bastante doctos en
amencamsmo pa~a Juzga~ de la e~~ctitud de la pintura, ni, sobre todo, de las
esperanzas de meJora! quizá el leg~tlmo temor al predominio de los sajones no
~aste para f!Oner en_Pte una América española robusta y unida: como que el pehgro yanqui no es smo el &lt;"xponente de la debilidad y desgobierno de nuestros
~ermanos de ultramar. En la contienda que el señor Ugai-te bosqueja, a Espana le cabe p~co que hacer, hoy por hoy; pero ningún español leerá sin cierta
ª!Dargura el hbro d:l ~ñor Ugarte, escrito con pasión contagiosa; como ocurre
s1empr~ que un esp1ntu noble concibe una mejor ordenación de las cosas que,
luego, implacablemente, no son.
M.A.

•• •
Manuel Conrotte,-La intervendon de E~aña en la independencia de los Esta.., dos Unidos de la América del Norte.-Madrid, Suárez,

1920.

¿Cuáles fu:ron, en definitiv~, la cuantía y la eficacia de los auxilios prestados por Espana a los colonos mgleses de Norte América rebelados contra la
metr?poli? Al proteger, andando el tiempo, las insurrecciones de las colonias
espanolas, en la forma y con los resultados que nadie olvida, los Estados Unido! fueron general~e!1te acusados de ingratitud. La excelente monografía del
senor Co1!r~tte se dmge a esclarecer aquella cuestión, y, de rechazo, muestra
que este ultimo cargo carece de fundamento «por haber sido la intervención
que España tuvo en la eman&lt;;ipac_ión de los Estados Unidos tan secundaria, que
sólo puede tomarse como ep1sod1O de escaso relieve en sus crónicas nacionales., Contien_e el lib~·o. una puntual .relación sacada de fuentes originales ( correspondencia de f!lm1stros y embaJadores_ de los países interesados, y notas
r~servadas de_ Flondablanca), de las negociaciones que precedieron a la conce116n de los pnmeros_socorros, de los térmi~?s y modo como se concedieron, y
de los pl~nes y conc1e~t?s, ya de orden m1htar, ya político, que los beligerantes estudiaron o suscribieron, hasta llegar al ajuste de una paz en la que todos,
ulvo los colonos rebeldes, salieron perdiendo. El auxilio a la insurrección ame181)

�LA PLUMA

LA PLUMA
·ricana fué para las dos Cortes borbónicas uo episodio de la dilatada contienda
con Inglaterra, disputándole la supremacía naval, España consideró que el teatro principal de la guerra estaba en Europa y concentró sus esfuerzos en dos
objetivos de carácter nacional: .Mahón y Gibraltar. Lejos de sentir el Rey simpatía por la causa de los rebeldes, el proyecto de auxiliar poderosamente a los
americanos en su propio país tropezó con la oposición decidida de Carlos 111:
cel reparo... de la inconsecuencia y mal ejemplo que el Rey daría para sus propios súbditos revoltosos del PerCi, Río de la Plata y Nuevo Reino de Granada,
era absolutamenk invencible sin faltar a lo que Su .Majestad debe a las más estrechas obligaciones de su soberanía.• La política de España en todo este negocio pecó de indecisa en los procedimientos; el hecho de que la potencia católica y conservadora por excelencia ayudase a unos revolucionarios protestantes y liberales implicaba una contradicción radical que el malhumorado don
.José Moñino no podía resolver, y menos podía sustraerse a las dificultades
de una política invariable, heredera de tradiciones ¡:randiosas y empeñada cu
sostener un programa mundial, pero sin súbditos, sin industria, sin dinero; asl,
· al final de cada aventura no cosechaba más que sinsali&gt;ores. El siglo que· pretendió regenerarse, continuó en demasiadas cosas la historia de España, ya esquilmada. La verdad es que, salvo la restauración de algunos estudios o la introducción de otros nuevos, nos interesa poco el siglo xvm español, tan melan· cólico y apagado como los Sitios Reales de sus monarcas cazadores.
M. A.

•••

.

Tomás M.orale1.-Las rosas de Hércules.-Madrid, Librería Pueyo, XCXIX
La mu a de este poeta no va vestida a la moda del día, mas tampoco se adorna con carnavalescas antiguallas. Si no está desnuda no ciertamente por pudor.
antes bien por mejor encendernos el deseo con los pomposos laureles que decoran más que encubren su mitológica monstruosidad. La musa de Tomás MoTales es una sirena arribada del más puro mar latino a las africanas playas canarias.
En cuatro partes se divide este segundo libro de Las rosas de Hércules (en
cuyo volumen primero, todavía inédito, anuncia su autor la reimpresión, con
otros nuevos, de los Poemas del Amor, de la Gloria y del Mar, publicados en
1908); Los himnos fervorosos; Alegorías; Epfstolas, Elogios, Elogios fúnebres; Paemas de la Ciudad Comercial, amén de un Preludio y un Envío a Leonor, su com·
pañera. La disposición exterior-incluso las viñetas de Nestor y Miguel de la
Torre y las guardas de Hurtado de Mendoza-recuerda li inspiración de lo_s
Laudi de D'Annunzio; la dignidad musical de los versos está -;in duda aprend!·
•-0a en la pauta cosmopolita de Rubén Darío; no pretende el poeta desmentir
su buena casta. Pero sin duda habría que buscarle más segura genealogía en algún robusto lírico español del siglo de oro, cuyo sentimiento se aviene me-

j~r a los poderosos ecos de la trompa épica que a los plácidos sone1 de la
hra.
Y así canta en la Oda al Atlántico:
cEl mar, el gran amigo de mis sueños, el fuerte
titán de hombros cerúleos e inenarrable encanto.•
y ve al otoño que
,Desnudo bajo el húmedo verdor de la espesura
la rubia sién corona con detonantes flores
y un sarmiento flexible que arrolla su cintura
deja caer uo pámpano que cubre sus pudores.•
y le reza a cRubén,
arca del sacro pensamiento latino!,
tu índice iluminado nos señaló un camino.•
-o llora serenamente En la muer/e de Fernando Jiortún:
cEspíritu apacible,
fino mancebo de la faz hermosa,
¡a qué lugar sensible
se partió, milagrosa,
tu juventud, que era como una rosa?•

..:r~·

¡; ;~~1;; ~4~¡1¡; ...

~i&gt;~~ii~~á~,' ~~~que en el mundo tuviste,
y a un mismo tiempo, era cortés y triste... •
Siempre acordada la voz elocuente al rumor sonoro del mar, que baña la
clara ciudad de la Gran Canaria, patria del poeta, cantor en ella de un vasto
horizonte surcado de velas latinas y humeantes chimeneas de acorazados britanos.
c. R. c.
Libros recibidos:

-E. Ontañón: Breviario sentimental, Madrid; Pu"yo, 1920.
-C. R. Avecilla: Mademoiselte Gris, Madrid; Sociedad G. E. de Librería.
-Luis Esteso: La Lujuria, Madrid; Pueyo, 1920.
-Luis del Valle: Emociones, Editorial «Atheneum•, 1950.
-Juan Sin Tierra: Ante la a'llalancha, Málaga; 1920.

Gacetilla.
La infanta Paz, los bolcheviques y la critica salmantina.-Hace
ya algunos días recibimos una carta de un amigo nuestro que escapaba de
Vai:sovia, y entre otros detalles menos interesantes, nos decía: cEn Varso191

190

�LA PLUMA
Tia se ha quedado-al menos esa era su (iltima palabra-dofia Sofía Casanova.
El embajador-un ave rara entre nuestros diplomáticos, que se preocupaba inteligentemente de cada español que a él acudía-y yo, hicimos lo imposible por
convencerla de que saliese de Varsovia. Un automóvil tuvo a su disposición,
mientras centenares de pobres mujeres esperaban toda la noche a las puerta
de las agencias de viaje por ver si conseguían aún un billete&gt;.
La infanta doña Paz se quedó, pues, en Varsovia para poder contar lucio
en el A B C horrores bolcheviques.

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-Lo que ustedes oyen. Años ha, de paso Su Alteza en Salamanca para Alba

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...¡.
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de Tormes, donde a la sazón propugnaba la construcción de una basílica, obsequió a lo principalito de la población con un té literario. Una de las señoritas
invitadas, felicitándose con otra de la admiración que juntas- profesaban por
dofia Paz de Borbón, entonces colaboradora de La Correspondencia, insinuó:
-Escribe unos artículos preciosos, sobre todo los que firma con el pseudónimo cSofía C.,asanova•.
Por cierto que la señorita en cuestión, a quien en vano buscamos _pan
ofrecerle la crítica literaria en LA PLUMA, como le presentaran luego a un distinguido escritor, de tournle de feria por aquellos días con la Compañía Guerre•
ro Mendoza:
-¿Cómo?-exclamó ingenuamente-. ¿Don Gregorio Martí11.ez Sierra? ¡Y a
mí que me tenían dicho que era un pseudónimo de su señora!

Nosotros, no.-Ambos interesados nos han contado el caso en sendas cartas publicadas en los periódicos. La Internacional publicó una Balada de los /J,u.
nos burgueses, escrita por D. Pío Baroja, quien al saberla denunciada por el fis•
cal de Su Majestad solicitó de su amigo el Sr. Azorío que intercediera, dadas
sus relaciones con personajes influyentes, por ver de arreglar el asunto. Ello
es que el juez, oída declaración al Sr. Baroja, ha procesado al director de L,z
/nternacio11al, Sr. Nuñez de Arenas(!!!), quien, acostumbrado a padecer persc•
cución por la justicia en calidad de socialista, ha aceptado sin protesta el endoso
Pero el Sr. Baroja, soliviantado por uo justo comentario del semanario España, se confiesa cobarde (quizá por emular a otro amigo del Sr..Azorío, Mon
taigne, no por su cobardía glorioso, sino por filósofo), y aún dice que el señor
Nuiiez de Arenas no es un Cid...
El A B C manifiéstase conforme con el insigne escritor. Nosotros, no.

A1'i O l.

1·

MADRID, OCTUBRE 1920.

NÚM. 5.

la condena de Unamuno

S

se midiera el valor de los sucesos por la atención y el espacio
que les consagra la Prensa diaria, nos parecería, al recordar ahora la condena de Unamuno, que desenterrábamos un tema fabuloso.
Pero el le~tor sabe que la lesión inferida por aquel fallo al derecho
justo no se ha reparado, el escándalo perdura. ¿Y en qué ha de mostrarse más tenaz el escritor sino en la defensa de la libertad de escribir? No por franquicia profesional. Combate por un derecho que no
es sólo de su gremio, sino investido naturalmente a la conciencia
humana.
En España se disfruta virtualmente de cierto número de libertades: a condición de no usarlas. Así la de emitir el pensamiento. ¿Qué
importa proclamarla en una ley, si luego los intereses de una familia, de una corporación, de una compañía la aniquilan a fuerza de
definir como delitos todos los embates posibles de un juicio independiente? La condena de Unamuno descubre a los más distraídos lo
monstruoso de esa legalidad. Tan monstruosa, que no se atreverá a
llevar hasta el fin sus rigores. Tiraniza, pero se esconde si la opinión
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Tia se ha quedado-al menos esa era su (iltima palabra-dofia Sofía Casanova.
El embajador-un ave rara entre nuestros diplomáticos, que se preocupaba inteligentemente de cada español que a él acudía-y yo, hicimos lo imposible por
convencerla de que saliese de Varsovia. Un automóvil tuvo a su disposición,
mientras centenares de pobres mujeres esperaban toda la noche a las puerta
de las agencias de viaje por ver si conseguían aún un billete&gt;.
La infanta doña Paz se quedó, pues, en Varsovia para poder contar lucio
en el A B C horrores bolcheviques.

-m
m
-Lo que ustedes oyen. Años ha, de paso Su Alteza en Salamanca para Alba

i

,1

'"1'i

...¡.
- 11

,.

de Tormes, donde a la sazón propugnaba la construcción de una basílica, obsequió a lo principalito de la población con un té literario. Una de las señoritas
invitadas, felicitándose con otra de la admiración que juntas- profesaban por
dofia Paz de Borbón, entonces colaboradora de La Correspondencia, insinuó:
-Escribe unos artículos preciosos, sobre todo los que firma con el pseudónimo cSofía C.,asanova•.
Por cierto que la señorita en cuestión, a quien en vano buscamos _pan
ofrecerle la crítica literaria en LA PLUMA, como le presentaran luego a un distinguido escritor, de tournle de feria por aquellos días con la Compañía Guerre•
ro Mendoza:
-¿Cómo?-exclamó ingenuamente-. ¿Don Gregorio Martí11.ez Sierra? ¡Y a
mí que me tenían dicho que era un pseudónimo de su señora!

Nosotros, no.-Ambos interesados nos han contado el caso en sendas cartas publicadas en los periódicos. La Internacional publicó una Balada de los /J,u.
nos burgueses, escrita por D. Pío Baroja, quien al saberla denunciada por el fis•
cal de Su Majestad solicitó de su amigo el Sr. Azorío que intercediera, dadas
sus relaciones con personajes influyentes, por ver de arreglar el asunto. Ello
es que el juez, oída declaración al Sr. Baroja, ha procesado al director de L,z
/nternacio11al, Sr. Nuñez de Arenas(!!!), quien, acostumbrado a padecer persc•
cución por la justicia en calidad de socialista, ha aceptado sin protesta el endoso
Pero el Sr. Baroja, soliviantado por uo justo comentario del semanario España, se confiesa cobarde (quizá por emular a otro amigo del Sr..Azorío, Mon
taigne, no por su cobardía glorioso, sino por filósofo), y aún dice que el señor
Nuiiez de Arenas no es un Cid...
El A B C manifiéstase conforme con el insigne escritor. Nosotros, no.

A1'i O l.

1·

MADRID, OCTUBRE 1920.

NÚM. 5.

la condena de Unamuno

S

se midiera el valor de los sucesos por la atención y el espacio
que les consagra la Prensa diaria, nos parecería, al recordar ahora la condena de Unamuno, que desenterrábamos un tema fabuloso.
Pero el le~tor sabe que la lesión inferida por aquel fallo al derecho
justo no se ha reparado, el escándalo perdura. ¿Y en qué ha de mostrarse más tenaz el escritor sino en la defensa de la libertad de escribir? No por franquicia profesional. Combate por un derecho que no
es sólo de su gremio, sino investido naturalmente a la conciencia
humana.
En España se disfruta virtualmente de cierto número de libertades: a condición de no usarlas. Así la de emitir el pensamiento. ¿Qué
importa proclamarla en una ley, si luego los intereses de una familia, de una corporación, de una compañía la aniquilan a fuerza de
definir como delitos todos los embates posibles de un juicio independiente? La condena de Unamuno descubre a los más distraídos lo
monstruoso de esa legalidad. Tan monstruosa, que no se atreverá a
llevar hasta el fin sus rigores. Tiraniza, pero se esconde si la opinión
I

193

rl
t1

:...

�LA PLUMA

.
1

general, más sensible que la ley, sirve a Unamuno de salvaguardia.
Lo deja para otra ocasión, para víctimas menos notorias. Mas la vejación subsi,c;te. Ni deja de ser cierto que unos jueces han marcado a
Unamuno para cliente del penal. Eso es abominab!e.
Nosottos no pedimos perdón para Unamuno. En un periódico
que publicaba el facsímil del autógrafo de un parricida, hemos leido
una reverente petición de indulto en pro de Unamuno. ¿Qué dejaremos para el parricida, la víspera del garrote reparador? Q1.üen sale
condenado de esta aventura es la ley. Quítenla. Pero la sentencia
debe quedar, por cualquier medio que se busque, soberanamente incumplida.

ltalía en 1920

A D. Ramón del Valle-Inclán.

,,

El aire está impregnado, en Italia, de acre aroma
de sangre humana. Un viento de social cataclismo
agita almas y fábricas. Es q;,_e la vieja_ Ro~a,
la vieja loba, muerde a su lttJO, el ~apztalwno.
Por Oriente, otra vez el evangelio asoma
como hace veinte sirlos asomó el cristianismo,
y otra vez esta tierra, en su mágica redom~,
futtde emoción y nfJrrna, la ley y el bolchevismo.
Aquí la vida Iza roto su _se~ular durez_a,
y sólo tiene como el Re1taczmzento, u,n dique
de gracia, perfecéi-ón, equilibrio y bellew.
.
Vos, don Ramón, que sois el primer botchevique,
y el último cristiano- que sois fuego y juste~aconsentidme que nuev~ tan buena os comunique.
Lu1s
Milán 26 de septiembre de 1920.
194

JORNADA TERCERA

LA PLUMA

En estos días Luis Araquistaio viaja por Italia. Desde allí le ha enviado a
D. Ramón del Valle-Inclán el soneto siguiente, que nosotros publicamos-sin
licencia del autor, merced a la complicidad amistosa del destinatario-porque
en él se condensa la emoción que los albores de la revolución italiana han suscitado en su espíritu:

,,,'

facsa y licencia de
la Reína Castiza ==

ARA.QUISTAIN.

oeCORAClOJi

e

ande(abeos con. algaeabía ~ de eefleíos. Consolas de
pan2.a ~ y ~n los mueos bailando una dama ~ (os
reteatos de la Oinastía~
~ Gean. ~otonda. Oos damas caducas ~ ag~upadas a(
pie del beaseeo ~ picotean con pico agoeeeo, ~ tembloe.Jsas las tueetas pelucas~
~

ESCENA PRIMERA

=

H

'ABLA una Dueña. Gesto de intriga, - la voz un leve rumor áivulga, =Y la otra Du,e,ia, bajo la liga, - con un remilgo
caza una pulga. ,-...

UNA DUEÑA.

¿Mulliste las almohadas y has hopado
bien el edredón?
1

9s

�LA PLUMA

ÜTRA DUEÑA.
UNA DUEÑA.
ÜTRA DUEÑA.
UNA DUEÑA.
OTRA DudA.

UNA DUEÑA.
ÜTR A })UEÑA .
UNA DUEÑ A.
OT.11A D uERA.
UNA DUEÑ A.
ÜTRA Dui,;R •\.

UKA Dm:ÑA.
ÜTRA DUEÑA.

..

UNA DmtÑA.

,

ÜTRA D UEÑA.
UNA D UEÑ A.
ÜTRA DUEÑA.

¿Está dispuesto el ponche? ¿Lo has cargado
de azúcar y ron?
¿Pusiste en la cama dos garrafas
por calientapiés?
¿Y dos vasos de agua? ¿Y unas gafas?
Hoy no es el marqués.
Tú sigues esa cuenta. Yo me pierdo.
Lleva apuntación.
¿Pero tú no lo fías al acuerdo?
¡Qué exageración!
¡Ya las luces del alba, y la Señora
sin dejarse ver!
¿Le habrá ocurrido algo?
La demora
me da que temer.
¡Y en la casa parece que hay jaleo!
¿Qué malicias tú?
Que aquel rufo del tufo y del manteo
demanda alhajú.
Quiere vender dos pliegos de aleluyas
con corona real.
¿Qué ha pedido?
¡Un millón!
¡Las cosas tuyas
me dejan mortal!
Yo presiento un escándalo.
¿De veras?
Tengo para mí
que el Rey Mambrú tramó con sus gateras
un atraco aquí.

LA PLUMA

C ÚBITA

U

bulla resuena; . . las madamas se hacen cruces - y hace su entrada en escena ... 111 Señora, entre dos luces. _

UNA DUEÑA.

LA SEÑORA.

¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡La señora
con un almirez!
¡Qué mareo de luces! ¡Es traidora
la viña de Jerez!

~

ESCENA II

-:.=.

M

ARIMORENA de ganchete-=, con el majo de Lavapiés . . y el
señor don Gargarabete -=-e- aparecen dando traspiés. ~ Con
risa chispona conjuga._. la alegría del peleón-.:. la Señ~ra. Y es su
pechuga -=-e- hiperbólico acordeón. .:-=LA SEÑORA.
LAS DUEÑAS.
LA SEÑvRA.
LAS DUEÑAS.
LA SEÑORA.
LAS DUEÑAS.

LA SEMO.R.A.

DON GARGARÁBUE.

LA SEÑORA.

¡Cuánto me he divertido, bailando el agarrado!
¡Pero es posible! ¿Cómo? ¿Con quién?
Con un soldado.
¡Me convidó a buñuelos y copas de aguardiente!
¡Mañana se despierta General, de repente!
¡Me habló mal de la Reina! ¡Y del Rey, un espanto!
¡Qué infamia! ¡Qué insolencia!
¡Nunca me reí tanto!
Pues como era un cobista, me dijo: Barbiana,
tú eres la que debía ser nuestra Soberana.
¡Y marcó unos compases de la polka-habanera
entornando los ojos, que me dieron dentera!
Y don Gargarabete en un rincón, más soso,
dormitando...
Señora, porque estaba celoso.
Pasemos a mi alcoba, pues tengo humor reumático
y corre un gris más fino que un joven diplomático.
1 9T

�LA PLUMA
LA PLUMA

_. ESCENA III -=
'óLO quedan en la rotonda .-o el manolo y Marimorena. -=- Él
como un (falto hace la ronda. .:-e- Y ella ríe de la faena . . .

S

LUCERO DEL ALBA.

MARlMORl'.NA.
LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

Lucno

"

DEL ALBA.

MARIMOR1tNA.

LUCERO DJ:L ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.
LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

¡Vaya que la comadre se trajo una faena
con aquel militar, de lo más macarena!
Y la que tú con mangue trajiste, no se diga.
Y ahora me alegro verte bueno. ¡Dios te maldiga!
¡Lucero, yo contigo espántome la murria!
Estuviste templada, igual que una bandurria.
¡Pues sí que me camelas!
¡Y te camelo un poco!
¡Vamos, mírame, niña!
¡Lucero, tú estás loco!
Con ser taa resalada, eres un caramelo.
Descifra esto que digo, que no es ningún camelo.
Agradezco, Lucero, tan finas alabanzas,
pero ahueca.
¡Gitana!
Acabaron las chanzas.
¡Ahueca!
No me voy, por menos de un abrazo.
¡Ahueca, mala sombra:
¡Me das el jicarazo!
En durmiendo la curda, se te pasa el berrinche.
¡Dame un beso, paloma!
¡Te lo daré por chinche!
Uno y no más, Lucero.
Con tal que sea muy largo.
Tú no me pongas prisa.
¡Tú no hagas un embargo!

ALE una Dueña de improviso -= y da en la puerta una espdntada ..:-. poniendo en las cejas el viso
temblón de su mano anugada . .:-=-

,S

LA

DUEÑA.

MARIMORENA.

LA DUEÑA.
MARIMORENA.

LA

DUEÑA.

LUCER0 DEL ALBA,

LA

DUEÑA.

LUCERO DEL ALBA.
LA DUEÑA.
LUCERO DEL ALBA,
MARIMORENA.
LA DUEÑA.
LUCERO DEL ALBA.

LA DUEÑA.
MARIMORENA.

=

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡No he visto igual descaro!
¡Perdiste la cabezal
¿Dar un beso es tan raro?
¡Réplicas todavía!
Pregunto.
¿Tú no sabes
que al juntarse los picos hasta pecan las aves?
Y qué puede saber, si acá es una chiquilla.
Cuando menos, las máximas del Barón de la Andill a
¡Qué corrupción de tiempos y qué contaminados
los jóvenes de ahora! ¡Qué siglo de pecados!
Diez años fuí casada, y ese beso imprudente
no le di a mi marido. Le besaba en la frente.
¡Pero no son iguales todas las criaturas)
Pues que tengan recato, y que besen a obscuras.
Oye, Marimorena, yo no te predicaba
esa doctrina.
¡Cierto! Pero es una tan pava.
¡Qué ejemplo escandaloso en los mismos umbrales
de la cámara regia!
Somos dos criminales.
Pero usted nos perdona, señora doña Pepa,
y nos guarda el secreto para que no lo sepa
la Comadre.
¡Es posible que le diese un insulto
al saberlo!
¡Ay, mi madre, el Rey llega en tumulto
con toda la caterva de su tertulia!

�LA PLUMA
LA DUEÑA.
MARIMORENA.
LA DUEÑA.
MARIMORENA.

LA PLUMA
¡Cielos!
No falla, que a la Reina viene a pedirle celos.
Misia doña Pepa, hay tremolina en ciernes.
¿Si quiere entrar, qué hacemos?
Decirle que hoy es viernes.
~

CON

ESCENA IV-=-=-

=

su camarilla llega
el Rey. No falta ninguno: ,_. Don Tragatundas, el Tuno-.... con sus hábitos de pega,-=--=- Torroba con
su talega.-= El Intendente, la arisca-=, Infanta Doña Fraucisca y sus madamas chillonas-= con las mismas cucamonas= que en el·
juego de la brisca.

=

EL REY.
LA DUEÑA.

/ 1
..,, 1

Buenas noches, señoras damas.
Buenas las tenga el Rey mi Amo.
¿Qué os trae, Señor?
Las dulces llamas
de Himeneo, con su reclamo .
Abridme la alcoba.
LA DUEÑA.
¡Imposible!
MARIMORENA.
Hoy es viernes con abstinencia.
INFANTA FRAN'.CISCA. Lunes, niña.
MARIMORENA.
Me es muy sensible
oponerme a vuestra creencia,
y sosteneros lo contrario.
Hoy es viernes.
INFANTA FRANCISCA.
¡Qué disparate!
MARIMORENA.
Eso reza mi calendario.
DON TRAGATUMDAS. El calendario de un orate.
EL REY.
Est6y aquí con mi derecho.
de Rey Conso rte.
200

¡Celebrándolo!

MARIMORENA.

EL REY.

Y quiero llegar hasta el lecho

de la Reina.
¡Jesús qué escándalo!
¡Hoy es viernes!
¡Qué paparrucha!
Hoy es lunes.
LA DUEÑA.
¡Vaya un antojo!
MARIMORENA.
Hoy es viernes y está malucha
la Señora.
EL JOROBETA.
¡Mírame este ojo!
Abre la puerta de la alcoba
para que entre el Rey Consorte,
que al Rey sostiene la joroba
de Torroba.
LUCERO DEL ALBA.
¡Vaya un soporte!
Pues el peso de estos diateles
Sostiene el Lucero del Alba.
EL JOROBETA..
Lo celebro, que sus laureles
me voy a poner en la calva.
Luc.rno DEL ALBA. Sueña usted con la Lotería,
compadre.
EL JOROBETA.
Y acierto en los sueños.
LUCERO DEL ALBA. Usted tiene la fantasía
de todos los hombres pequeños.
LA DUEÑA.
MARIMORENA.
EL JOROBETA.

EL

-:-o

ESCENA V=

=

Gran Preboste acude
blandiendo su bastón,
elude ,_ el Rey tras un sillón. -=--::•

=y

la figura

EL GRAN PREBOSTE. Con este paso inverecundo
habéis colmado la ancha copa
201

�LA PLUMA

LA PLUMA

de mi paciencia. Todo el mundo
fuera de aquf. ¡Vaya una tropa!
Ved
que los pleitos se transigen
EL SOPÓN.
donde la gente oye razones,
y éste cortabais en su origen
para siempre, con dos millones
¿En
dónde vi tu catadura
EL GRAN PREBOSTE.
antes de ahora?
¡Qué pupila!
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE. ¡Tú tenias la guilladura
de ser prelado de Manila!
Señor, reconozco mi yerro.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE. Lo vas a pagar en el palo.
Tened presente que en mi entierro
EL SOPÓN.
os hará la Prensa un regalo.
EL GRAN PREBOSTE. Yo me río de esa amenaza
encubierta. Con un plumazo,
a la Prensa pongo mordaza
y a las Cortes doy cerrojazo.
Si declaras en dónde escondes
las susodichas escrituras
eres libre. Si no, respondes
con la vida de tus diabluras.
EL SOPÓN.
Dejad tranquila la garrota,
que por romperme a mi la crisma
no adelantábais una jota
en la solución de este cisma
TRAGATUNDAS.
Señor Gran Preboste, los fueros
del Rey defiendo.
EL GRAN PREBOSTE,
¡Para chasco
que a mí me asustasen tus fieros,
Tragatundas, y tu charrascol
¿Qué pretende la Real Persona?

EL REY.

MARIMORENA.
EL REY.
MARIMORENA.
INFANTA FRANCISCA.
EL GRAN PREBOSTE.

EL REY.
EL GRAN PREBOSTE,
INFANTA FRANCISCA.

EL GRAN PREBuSTE.
EL REY.
EL JOROBETA.
EL GRAN PREBOSTE.
TRAGATUNDAS.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
LUCERO DEL ALBA.

M

ETIENDO mano a la faja= escupe por el colmillo, - y el
muelle de la navaja,= ¡crac!, ¡crac!, canta como un grillo.=

EL JOROBETA.
202

•

Dar un escándalo esta noche,
porque estoy hasta la corona,
cansado de hacer el fantoche.
¡Abrid esa puerta!
¡Imposible!
¡He de entrar; estoy decidido!
No seais, Señor, irascible.
¿'{ sus títulos de marido?
Con un decreto en la Gaceta
mañana os declaro demente.
Vuestra pretensión indiscreta
me obliga imperativamente.
¿Por qué te mostraste avaro
para mis justas pretensiones?
¡Si no hay un cuarto!
¡Qué reparo!
Recarga las contribuciones.
No diseutas lo indiscutible
Me va faltando la paciencia.
¿Quién es ahora el irascible?
No lo puede negar vuecencia.
¡Qué colección de botarates!
¡Defendemos al Rey Consorte!
¡No consiento que los maltrates!
¡Habrá un escándalo en la Corte!
¡A quien Cristo se la depare,
que San Pedro se la bendiga!
Señor Jorobeta, repare
que no le pinche la barriga.

¡Será lástima que en la jeta

�LA PLUMA

LA PLUMA

le pinte a usted otro lucero!
LUCERO.
Usted, compadre, es un poeta.
EL JOJWBETA.
Y usted, compadre, un embustero.
EL REY CoNSOR.TE. ¡Ulpiano, no seas Quijote,
que con la sangre me desmayo!
INFANTA FRANCISCA. Ya desenfunda el chafarote
Tragatundas. ¡Qué Dos de Mayol

CON

simultáne~ !ªpateta,= como en un drama JaJ:~nés, -=-i:- se derrumban d Jorobeta
y el mam,lo del Avapzes. -=---

=

EL GRAN PREBOSTE. Se viene al suelo la Monarquía,
como ,ma vieja, de un patatús.
Vuestra celosa monomanía
tiene la culpa.
EL REY CONSORTE.
¡Jesús! ¡Jesús!

..

·'

Q

r

=

=

eJ

=

LA REINA.

¡Me despertasteis con el ruidv!
¿Qué es lo que ocurre?
Quiere pasar
a saludaros vuestro marido.
Ya oi los trinos de su cantar.
¿Y estos dos muertos?
¡Una desgracia!
¡Qué cosas pasan!
¡Un aire fuél
Para llevarlos a la farmacia,
ponlos derechos de un puntapié.

MARillfORE'&lt;A.

EL REY CONSORTE.

¿Entre dos muertos ahora, qué hacemos?
¡Quien daba coba se va de aquí!
TRAGA.TUNDAS.
Con los fusiles gobernaremos.
EL REY CONSORTE. Se necesita de un maniqul.

MARIMORENA.
REINA.
MARIMORENA.
LA REINA.
LA

C

=

=

ON los nudillos
tras de la puerta,
golpe de alerta ,:;c. pide
atención.
Marimorena
tose, pretende
que tenga el
duende~ contestación . .=-z.

=

=

¡Con nuestros gritos ya la Señora
se ha despertado!
EL REY CONSORTE.
¡Pobre de mi!
EL 1NTENDENTE.
De arrepentirse pasó la hora.
MARI MORENA.

204

~

ALE la Se1iora, con la papalina
puesta sobre un ojo, y da11do
gzei1i.:das.
Las fofas mantecas, tras la muselina ~ del
camisón blanco, tiemblan sonrosadas. -=--=,

UiEBRA el b11stón en la rodilla
y se filtra por un t~piz -=saludando a la camarilla
con el pulgar m la narzz. .a-:-

,

¡Ya no podemos salir de aquí
¿Y aqul qué hacemos?
T.1tAGATUNDAS.
Estar alerta,
y no movernos.
EL REY CONSORTE.
¡Válgame Dios!
Ya mi consorte tras de la puerta
está llamando con una tos.
Me pongo enfermo.
TRAGA.TUNDAS.
Si desertamos,
habremos hecho tan sólo el buey.
Quedad. Ahora somos los amos
y mis espuelas dictan la ley.
EL REY CoNSORT:1.

=

RESUCITADOS por la punta con una mueca cejijunta

EL JOROBETA.

=

del chapín de Marimorena
saltan los muertos en escena.

=
-=-i:-

Me resucito bajo la coba
205

�LA PLUMA

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA,
EL REY CONSORTI!.

LA REINA.

e

LUCERO DEL ALBA.

....

de tus pedales. ¡Vaya calor!
¡Con peteneras, vuelves, Torroba,
del otro mundo!
¡Cuestión de humor!
Esto me barre las telarañas.
Me habéis tomado por maniquí.
¡Marido mío de mis entrañas,
me congratulo de verte aquí!
La luz apago con el trabuco
como en el baile del Avapiés,
y desenredo con este truco
todos los hilos del entremés.

Apuntes
paea una qeogcafía musical
de eucopa.::1920.
1:1i

{(

LA VOZ DE UN CIEGO EN LA PLAZA:

¡Extraordinario a la Gaceta con el nombramiento del nuevo arzobispo
de Manila!

REGONES y campanas el alba simboliza, ~ aptJ;ga d~ ,·epe_nte
sus luces el gitiñol,
y en el reino de Babia de la Reina Castiza ~ meda por los te.fados la pelota del sol.

P

=

=

FIN DE LA FARSA

RAMON DBL V ALLB-INCLAN

206

RUSlA

N

o se pretendfrá que Rusia, que fué quien comenzó la revolución musical que hubo de renovar totalmente el ambiente, dando fin a la
hegemonía alemana, haya arreglado ya sus asuntos artísticos de manera que
sea fácil para el observ,idor trazar un cuadro de su estado presente y examinar su porve111r probable. Lo fácil es, sobrevenido un cambio, ver cual
era el sistema de ideas o de cosas que el cambio da por canceladas y, establecido su programa, definir la orientación que quiere seguirse. Pero estas
intenciones siguen luego cauces muy distintos de los proyectados, empiezan
a embarullarse las líneas de conducta trazadas en un principio con tanta claridad, surgtn tendenchs de todas clases y en todas direcciones y el final es
un conjunto perfectamente complejo, cuyo factor común es la voluntad de
cambio respecto al primer estado de cosas.
La reja del arado de Glinka y Dargomijski penetró muy profundamente en el suelo musical ruso. Los cinco artistas de la Koutchka no fueron
sino los primeros sembradores en ese terreno tan hondamente removido. Y
la colecta fué espléndida; ningún pafs de Europa puede oponer una más
rica consecuencia a una revolución artística; ni aun Alemania, que verificó
con Beethoven el más grande cambio de concepto estético que haya sufrido
arte alguno.
.
·
El estado musical en Rusia durante la épo:a de los &lt;cinco&gt; es de una
definición fácil: dos ramas, una cada vez más poblada, que era la de los nacionalistas innovadores. Otra, cada vez más escuálida: la de los occidenta207

�/
LA PLUMA

..... .

listas, en la cual, sin embargo, ~e daban brotes de una notable riq~eza; tal,
Tschaikowsky. Más tar_de, sobrevieQe la época de los contemponzadores:
gente de raíz vieja que acepta un barniz moderno y gentes de procedencia
Izquierdista que aceptan puestos oficiales y comienzan a pregonar el moderantismo.
Por haber aceptado Rimsky un puesto er. el Conservatorio de Petrogra.
do, comenzó a relajarse el fuerte espíritu de comunidad que unía a los cinco. Y sin embargo, aunque puedan discutirse ciertos escrúpulos técnicos
suyos y aunque sus óperas sean ya para el artista ruso actual un tipo
de música envejecida, pocos músicos han llegado al fin de su carrera con la
juventud de inspi_ración que dictó el Gallo de ~r~, obra que nos sirve de
partida para considerar el periodo actual de la mus1ca rusa.
Giasunof fué la hechura perfecta de ese eclecticismo á que aludíam os, y
traza un camino en el que se encuentran músicos capaces, pero cuya influencia nos parece exigua en el arte del siglo nuevo: Taneief, el gemelo de
Glasunof; Rebikof, que pretende un titulo de precursor por sus atrevimientos de escritura; Rachmaninof, Medtner, Tcherepnin, en quien se hace más
visible la nueva forma del antiguo «eclecticismo• a lo Tschaikowski; Grechaninof, cuyo eclecticismo tiene mayor percentaje de s¡mpatías • kutchkistas•· en fin otros varios, cuya personalidad no levanta del nivel medio.
Este art'ículo no es simplemente informativo. Así, pues, estos músicos,
más o menos notables, no entran en nuestra consideración, hoy, más que
que n o entraron en la papeleta pr\~era de estos Ap_untes. l~s nombres,
mucho más sobresalientes, de los mus1cos que en Francia se s1tuan entre los
fundadores de la Societé Nationale y los de la Societé lndependante, esto
es de Fauré, Saint Saens y Franck, hasta Debussy y R3vel.
' Nuestro objete-acaso convenga repetirlo-es, simplemente, 1:1 ~e trazar
el ambiente musical de la época de guerra, y ver, después, los mustcos que
comienzan la época nueva. Pocas son las ideas anteriores a 1914, que han
resistido al vendaval. Son las figuras que han podido resistirlo las que nos
interesan: la época nueva, la de la músic~ 1920, comienza con ellos Y de
ello!'" vienen los músicos de hoy, confiesen o no, les agrade o no, esa
genealogía.
.
.
Igor Strawinsky parece haber nacido del h~evo eng endra~o por el
Gallo de Oro. Ejemplo alquitarado de las mas puras . esencias_ rusas,
Strawinsky mira ansiosamente hacia Europa, donde es mas conocido que
en su propio país.
_.
.
Alejandro Scriabín pare.:e conc~ntrar en ~us am?1c1ones de pr?fundtd~d
todo lo que fué núcleo del arte omdental, e tnfundulo en su ardiente misticismo moscovita. Scriabin es el repatriado ,espiritual que vuelve a Rusia
cargado de ideas europeas.
208

LA PLUMA
Strawinsky y Scriabin, marcan los lfmites extremos del mapa musical
ruso. Poderosamente renovadores, son, cada uno en su puesto las más
altas fi_guras d~l arte ruso en la época guerrera. Pagano el uno: hasta la
barbane. Místico el otro, hasta la barbarie también. La desenfrenada sensualida~ ~n uno_, es ardiente continencia en el otro. Vuelca Strawinsky todos
los arcoms posibles en su orquesta. Scriabin se limita hasta una monocromía monástica.
En su inquietud por recónditas complejidades del espíritu, Scriabin se
entenebrece; su música se hace obscu ra de lenguaje, confusa en la intención
y negra de colorido. Resplandores rojizos al fondo· llamas sombrías
rosas negras, titula a sus obras, en busca siempre del éxtasis de la divin;
embriaguez prometeica.
Strawinsky, en cambio, como el príncipe de su cuento, salta alegre al
país de la fantasía. Pocas fantasías más ricas que la suya, pletórica de imágenes extraordinatias, de paisajes maravillosos, en una verbosidad inagotable, con un singular cuidado de la precisión y de la claridad, del t ono puro
del tra~o ~alien~e y decidido, de la expresión mordaz, aguda e incisiva. '
Scnabm sena a la Edad Media, lo que Strawinsky al Renacimiente.
¿Y no fué, precisamente, toda esa ideologíc1 y sentimentologfa medioeval
lo que la guerra arr~stró, para dejar más ciará la atmósfera? Apenas comenzó esta frontera ternble del mundo de ayer y del actual, Scriabin moría de
un envenenamiento de la sar,gre. Acaso sus ideás no fuesen más que un
síntoma. Y fué, en 1914, cuando el «Ruiseñor» de Strawinsky comenzó a
cantar sus trinos, nacidos en la flora exquisita de jardines lejanos.
*

*

*

Es solamente en el aspecto exterior de su música, esto es, en el colorido,
en las formas generales de su melodismo, de su instrumentación, en el
•corte» de su estilo, en Jo que Strawinsky muestra ser un discípulo de
Rlmsky. Pero el íntimo carácter de esas obras suyas, la estética que yace
en el fondo de ellas, le acerca más a Mussorgsky. Conforme el admirable
autor de «Petruchka» avanza en su carrera, más clara se hace en nuestro
concepto esa filia.:ión con el genio que escribió «Boris Godunoh. Las primeras obras de Strawinsky son, claramente, las de un discípulo del autor
de «El Gallo de Oro•; alguna de ellas está basada en las mismas leyendas
en las que su maestro halló fundamento para las suyas; a veces los personajes son los mismos de la pintoresca tradición popular; otras, hasta son
las mismas melodías, sacadas del común acervo. Pero después de La
Consagración de la Prímavera, de la segunda redacción de El Ruiseñor,
209

�LA P L U ~1 A

......

l1

-

LA PLUMA

de las piezas pequenas para teatro o para instrumentso, apenas qued~ .Y.ª
un lejano aire rimskiano para dejarnos ver, clara y desnuda, una sens1b11tdad pareja a la de Mussorgsky.
y aun, seguramente, es la personalidad de Modest~ Mussorgsky la más
grande más profunda y más intensa y a la vez la más ignorada, después de
Beetho~en. No llevó un arte ya maduro a la exalta_ción más brillante--:como
\Vagner hizo con el romanticismo post-beethovemano-, pero removió su_s
cimientos estéticos de una manera tan profunda como el autor de la Her_oica; con unas consecuencias menos inmediatas, porque su _obra estaba JeJos
de poseer la necesaria perfección técnica, y porque su¡¡ ideas corrían. ~or
cauces muy lejanos a los que seguían las grandes corrientes de la mus1ca
europea.
i
ta · d
Estamos mal acostumbrados, además, a j~zgar de 1a. mpor nc1a e un
artista por lo que consigue y no por Jo que sugiere; prefenmos una obra perfecta, aunque de una estética caduca-tal el wagnerismo~a un~ obra nue~a
que ensanche considerablemente el horizonte-tales Berltoz, L1szt, Chopm
mismo-. Los casos como el de 13eethoven y el de Debussy, 1enovadores y
perfectos, son poco abundantes.
.
.
.
Realismo y nacionalismo, a Jo que puede atiac!use otro factor. -~umonsmo, son los cimientos de Mussorgsky, ya preparados por Dar~?m11sky. ~stos tres datos, ¡han sido tan mal entendidos! Una fal~a c_oncepc1on ~el r~absmo mussorgskiano se extravió en el «verismo• a la 1taha~a; el nac1ona!!smo
de los Cinco, visto de un modo superficial, engendró lo •pintoresco• _regional
en que abunda la música espai'lola. En cuanto al humor, es una piedra de
toque para los espíritus: su finura o su grosería salta al punto.
Sólo después de comprender bien el alcance de las obras pequ~ftas de
Mussorgsky-el Cuarto de los niños, sobre todo-, es _c~ando com_1enza a
verse con claridad el arte moderno: verdad en la ex~res1on,_ naturalidad en
la manera expresiva, sinceridad en el acento, ause!'c,a d_e ltteratura-(¡qué
fácil es el reproche de quienes creen que la ausencia de )t~era~ura excluye la
imaginación, concediendo sólo el naturalism?l)-sl~~l1f1c~c1ón en los pr~cedimientos, desdén por los dogmas escolá~llc~s, ehm!n~~ón de superflut•
dades· en total una aspiración hacia la virgmahdad pnmtt1va.
E;, precisa:itente, Jo contrario de Scriabin y Jo !undamental ~e Strawinsky. Los jóvenes músicos de Francia no andan leJOS de esta tesis. Veamos si no, nuestra primera papeleta.
.
Tres razones alejan a Strawinsky del impresionismo fin de siglo: pnmera, su concepto de la limitación y del equilibrio e~ la f~r~a, adecuada armonfa de continente y contenido; esto es, un «souci• clas1co; _segunda, claridad, justeza y verdad-a veces elementalldad-e!l l~ ~xpres1ón: otra norma
clásica; tercera, fantasía y humor. Acaso este pnnc1p10 sea el más honda:zJ()~

mente clásico de los tres; pero nos ahorraremos hoy la impertinente exé¡es~;l vez el propio músico, hombre de agudo cultivo espiritual, definiría
esos tres principios diciendo que eran: el primero, clásico; el si:gundo, primitivo; el ttrcero, arcaico. Protéstese si se quiere. Ya volveremos sobre esto
en alguna ocasión.

** •
Strawinsky, que del nacionalismo «tradicional» de Et pájaro de fuego y
Petruchka pasó al nacionalismo •sustancial» de La consagración de la
Primavera, muestra en sus últimas obras un nacionalismo «elemental&gt;, es
decir, de las «esencias• que forman el carácter de un pueblo. No es otro el
nacionalismo de Mussorgsky o el de Beethoven o el de Debussy.
Los músicos que le siguen no podían caer en el «nacionalismo programlstico•, que siendo la conquista de los cinco es hoy tan antl::uado y trivial
como t-1 programa romántico de los «poemas sinfónicos». Añadamos como
inciso que solamente van en Espaf!a más allá de eso Manuel de Falla y Osear Esplá. De los músicos posteriores a Strawinsky, ninguno que yo sepa
puede llé,marse discípulo suyo. En rigor, alguno puede haberle sobrepasado en la agresiva exteriorización de sus inspiraciones; pero me parece que
nadie en su pafs ha aguzado más que él su sentido estético. La influencia de
Strawinsky se ejerce más en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Espai'la
que en la misma Rusia. Los dos músicos jóvenes de Rusi~, Sergio Prokofief
y Nicolás Roslavetz, no han tenido aún tiempo de llegar a esa fina depuración del último Strawinsky, alquitaramiento que, como en Ravel, casi podía
llegar a considerarse como una cristalización académica, en su noble significado.
Hay aún en ellos ciertas confusiones, especialmente técnicas, de procedencia scriabiniana, ambiciones de trascendencia estética contrarias tanto a
Strawinsky como a los •seis• franceses; pero estas ambiciones no son nada
«literarias•, sino puramente musicales, acercándose en esto a Schoenberg y
a algunos italianos, que son tambien simpáticos a los jóvenes fran~eses. Esta
atracción, sensible en Roslavetz, no lo es apenas en Prokofief, cuyo furioso
anti-occcidentalismo corre parejas con su feroz vocabulario y lo agresivo de
sus modos de expresión. Este indómito autor de la Suite escita se une al
Strawinsky del Sacre du Primptemps, en cuanto a nacionalismo «sustancial&gt;. Y, sin embargo, acepta sin grandes protestas los bastidores europeos
de forma, como hicieron los músicos viejos de su país de los que antes se
habló.
Roslavetz prefiere los pequeftos moldes de la música de cámara. Partida -

,

211

�LA PLUMA
rio, al parecer, de un cierto impresionismo constructivo, su música no es tan
rebelde como la de Prokofief; pero en cambio, no tiene su poder rítmico, y
su poco agradable colorido no va suplido por lo enérgico de la expresión,
má!: bien incierta, nebulosa, tefiida de una incertidumbre mística y visionaria.
Algún escritor ruso considera a Nicolás Myaskowsky como representativo
de una «derecha&gt; moderna, y a Miguel Gniessin como el de una «izquierda&gt;
strawinskista. Lo poco que de ellos conocemos nos hace mirar con escasá
confianza esta opinión; más viejos ambos que los otros dos músicos mencionados nos parecen también mtlnos representativos de una tendencia «actual&gt;, contemporánea, 1920. Con mayor simpatía mirábamos a otro joven,
Stantchinsky, que murió apenas comenzó la guerra sin hacer más q11e promesas, aunque bien atractivas. Se nos habla de otro Nicolás Oboukov
(sus Poemes liturgiques han hecho que un critico f~ancés le considere como
una especie de «Dostoiewsky musical&gt;), como del verdadero producto
«post-guerre&gt;. Acaso lo sea.
Hemos hecho omisión de un sin fin de nombres de menor interés al que
Roslaveti y Prokofief presentan para las consideraciones que guían estos
Apuntes. A la hora en que los escri bimos nos parece ver claro que el músico nuevo de Rusia, posterior al vendaval guerrero, el músico de 1920 es
todavla lgor Strawinsky.

ADOLFO SALAZAR

CMlSC&lt;::LÁ)'i&lt;::A)

' ' 1920
(libco inédito)

''

I

JAmocl
las rosas son la misma rosa,
¡amor!, la únz"ca rosa;
y todo queda contenzao en ella,
breve imafen del mundo,
¡amor!, la únz"ca rosa .
TODAS

....

-

2

(la verdad y Gtiünewa(d)
LA pena te defó
sin alma, como muerta.
Y te caúte, iºngrávi~a y pesada, entre los brazos
de quien te lastimaba,
en una concesión total de vzaa y muertt.

212

�LA PLUMA

LA PLUMA

¿Qué flor marchita
más tristemente bella así, az"ucena
de carne exacta y leve, dulce nardo de este mundo,
entonces casi estrella de otro mundo;
nardo de entre dos mundos?
No cuerpo con el alma en ascensión,
sino alma caída de cuerpo celestial
parecías allí, en el suelo negro
-mal tenida ;or brazos
que no te comprendían - ,
¡lunar de luna errante
sobre la miserable escoria;
lunar de luna errante!

J
Canción
COJEREMOSflores

y nos las daremos.
Los ¡adi"ós! serán
-¡alegres/para al punto vernos:
¡Qué qui"etos los OJOS
en tos OJOS grandes!
Besos porque sí.
214

¡Si'fendol
Los divinos árboles.
De oro será el río,
si"empre, aunque anochezca.
Si vamos al delo
por algo,
diremos: ¡Espera!
4
¡JlfISERIA del iºnstante!

Pensé destrozar todo
el diºvi'no trabafo de tantos días puros
-de tantas horas solas,
de tantos máJi"cOs mi·nutos
y de tantos segundos innni"tos-;
desbaratar en un instante, ¡ay!,
por inúti"l, por feo, por absurdo,
el camino de fue.

Y echarme al barro
miserable y con#nuo ...

Y dí gopes a bellas JºYªs fráfiles,
y maldife el amor y la hermandad,
y me gustó comer, hablar, dormir ...

�LA PLUMA

LA PLUMA

5

estío

'

¡EL salto!
¡Qué gozo en las blancas piernas,
gradosos brazos!

IJ

Debafo, el agua.
¡Son flores;
flores del prado y la carne;
secretos, voces!

sobre mz"s manos sangrientas
y aplastadas de las moles
que tienen que separar,
que soportar, que rafar,
hasta sacar la sonrisa,
la floredlla, la estrella,
la lágri·ma, la üusión!

7

Anoebeeee
(Beisa y agua)

Corri·endo, el agua.
¡Son lunas;
henas del cuerpo y del delo,
mufer desnuda!

6

líbet?tadoe
¡(ON qué dz1/i,cultad, tz"empo,
te voy robando tus foyas
-¡tantas foyas, tantas!,tus silendos-entre carro
y grz"to, entre bailoteo
y luz agria!¡Cómo brülan
216

\

RIILLOS tenues, puros,
en lo oscuro corren
-red plata en lo azul-,
trayéndome flores ...
-¡Ay, el agua eterna,
por la #erra negra;
la infinz"ta brisa,
por la sombra fría!··· Trayéndome estrellas;
y estoy en lo oscuro,
como un árbol lúgubre
nutrido de mundos.
217

�LA PLUMA

LA PLUMA
8

el solo amigo
No me alcanzarás, amigo.
Llegarás ansi·oso, loco;
pero yo me habré ya ido.

,v

~.

qué espantoso vacio
todo lo que hayas de_¡ado
detrás, por venir conmigo!

¡Madre mía, tierra,
sé tú siempre ;oven,
y que yo me muera!
- Y tú, mt"entras, madre
mía, con más frescas
hofas en las piernas.-

-¡Y

¡Y qué lamentable abismo
todo to que yo haya puesto
enmedio, si·n culpa, amigo!No podrás quedarte, amigo..
Yo quizás volveré al mundo;
pero tú ya te habrás tao.

~,

__; ¡

1

"'"e1

9

·-1

Pcímaoeea total
¡MADRE mía, #erra,

otra vez más verde;
más plena, más bella!
- Y yo, mientras, hifo
tuyo, con más secas
hofas en las venas.218

y

IO ·

AL lado de mi cuerpo muerto,
m·Z: obra viva.
¡Oh día
de mi' vida completa
en la nada y el todo,
-la flor cerrada con la abZ:erta flor-;
el día del contento de alefarse,
por el contento de quedarse,
-de quedarse por ale_;arse-; el día
del dormi'rse gustoso,sabiéndolo,por si'empre,
tnejable dormt·rse maternal
de la cáscara vana y del capullo seco,
al lado del eterno fruto
y ta in/i,nita mariposa!
JUAN RAMÓN JIMBNBZ

�LA PLUMA

leteas italianas.

(t)

Oiscuvso pt?e(ímínae.

Q

quiera, de una ojeada comprensiva y sintética, abrazar los
varios fenómenos y diversas corrientes de la literatura italiana del
día, sin asomarse un momento al pasado, a fin de indagar, aunque
no sea sino aproximadamente, las causas psicológicas e históricas que han
influido sobre los escritores de hoy, llevará a cabo un esfuerzo estéril. E1
p asado próximo está por entero lleno de un nombre, que fué asimismo
fenómPno moral y psicológico de toda una generación: nombre y fenómeno que se llamaron d'Annunzio. Este escritor, durante. un periodo
de cerca de treinta años, ha tenido nuestra literatura sometida a su férula,
impidiendo a otros escritores originales y fuertes el contacto con el público, y, por tanto, la luz de la fama. No parezca esto absurdo. La producción
de d' Annunzio en los años que corren del go al grn fué tan continua y·
férvida, que el público, y no sólo el italiano, de nadie más que de él se
preocupó. Únicamente cuando su producción se debilitó, y las crónicas,
empezaron a abandonarle, se oyó alguna otra voz; y no siempre voces
nuevas, frescas, del momento.
UIEN

(1) Inaugura hoy LA PLUMA su colaboración extranjera con una crónica italiana de Mario Puccini.
En poco más de treinta años de edad, puede Mario Puccini presentar una
obra que tiene valor sustantivo. En espera del libro Essere o non essere, que
está a punto de publicar, hablan por él dos volúmenes recientes: La Vergine e
la Mondana, novela, e I Bn"vidi, cuentos y narraciones breves;; hay en ambos
páginas rpuy bien logradas, trasunto de existencias humanas directas, vistas y
vividas. Mas acaso en obras como Jioville, de 1914, o en los p,1isajes y cuadros
de guerra publicados en uno de los cuadernos de eLa Voce•, Come ho visto il
Friuli, aparezca mejor que en esos antes nombrados, libros de público, ante
todo, la sensibilidad refinada y moderna, en el pensamiento y en el e-stilo, de
220

La fama de Giovanni Pascoli, de Giovanni Verga, de Alfredo Panzini, de Luigi Pirandello, de Adolfo Albertozzi, puede decirse que es de
ayer; y tened en cuenta que los tales son contemporáneos de d' Annunzio,
o desde luego bastante más viejos que él. Giovanni Verga, por ejemplo, que
es nuestro más grande novelista vivo, ha cumplido en septiembre ochenta
años. Cierto que su fama es más antigua que la de d'Annunzio; pero sus.
obras más fuertes, e incluso las dos maestras: I Mala voglía y Mas/ro Don
Gesualdo salieron a la luz precisamente cuando se delineaba el fenómeno
d'Annunzio; de suerte que sólo algunos críticos y un público restringido se
dieron cuenta de que Verga, con aquellas dos novelas, se unía de pronto
a la gran tradición manzoniana, fuera de toda escuela o programa. Apagada un tanto la fama de d'Annunzio, o por mejor decir, una vez acallada un
tanto la curiosidad de críticos y lectores en torno al poeta de los Laudi y
al novelista del Fuoco, en la aclarada atmósfera de la república literaria
italiana, surgieron casi de pronto algunos de los escritores hasta entonces
en la sombra. Mas, como sucede en los momentos de rebusca, presto se
cayó del énfasis d'annunziano a melancólica pobreza de tonos y sonidos. Los
poetas que antes habían imitado a d'AnnuAzio, repitiendo sus defectos con
mucha modestia y sin originalidad, se acercaron a los poetas de FrdnCia y
de Bélgica, a las 1zón famosos, a Jammes, a Maeterlinck, a Rodembach. De
los cantos heroicos se pasó, sin tránsito lógico, a los humildes cantos de
las cosas pequeñas y modestas. Pascoli, poeta, encontraba en tanto imitadores y lectores; y en la prosa narrativa empezábanse a silabear los
nombres de AUredo Panzini, de Luigi Pirandello, de Adolfo Albertozzi
este escritor italiano. Foville es, con justicia, en opinión nuestra, el más celebrado de sus libros; novela en que el accidente y el episodio tienen menos significación que la resonancia de los más leves acontecimientos exteriores en el
alma del personaje central; la dolorosa agudeza de ks impresiones y el indeciso fluctuar del alma adolescente son expresadas por Puccini en páginas de
segura belleza.
Actualmente sigue con atención la literatura española en los cuadernos de
la Rivista d'Italia. Sus crónicas de LA PLUMA tendrán, por tanto, a más de su
importanci;, particular, el atractivo que ha de comunicarles un escritor que conoce las letras espaiiolas y sabe cuáles son las corrientes que hoy dominan en
nuestro espíritu.
E. D. C.

•

221

�/

LA PLUMA

..
..,,
....
t:1

..... l

-

LA PLUMA

y de Federico De Roberto. Ahora bien, unos cuantos años antes
de la guerra hubo un verdadero despertar artístico, por obra, sobre
todo, de una revista batalladora, La Voce, de Giuseppe Prezzolini.
Esta hoja, de apariencia modesta, surgía de las cenizas de una revista noble y luchadora también, el Leonardo, donde habíanse adiestrado escritores originales y de fuerza, como Papini, Soffici, Cecchi, Borgese, Jahier, el
propio Prezzolini. Las batallas de La Vc,ce quedarán en nuestra historia literaria como un índice de renovación de las conciencias. Muchas famas, y
no ciertamente la última la de d'Annunzio, fueron discutidas con severidad
y justicia, y se dieron a conocer, señalándose a la admiración de los jóvenes, muchos escritores hasta entonces obscuros. Como la revista estaba
hecha por jóvenes y a los jóvenes hablaba, su éxito fué enorme. Contribu•
yó indudablemente a mejorar el gusto del público y a dar a los jóvenes
en formación una dirección coherente con los tiempos. Desaparecieron
,como por encanto, o quedaron adocenados los escritores falsos, los imitadores de d'Annunzio, los novelistas de vena fácil, y la atención de los lectores inteligentes se volvió al grupo aquel que, por imprimirse la revista
en Florencia, se llamó florentino . Papini, antes ignorado o poco menos,
fué buscadisimo, y los nuevos libros que escribía o los de antaño reimpresos, encontraron lectores a millares; Soffici, Jahier, Prezzolini, obtuvieron
-en poco tiempo notoriedad y fama. Pero la eficacia de La Voce no sólo
reverberó sobre los escritores de quienes la revista emanaba, sino que diremos que benefició a todos los artistas nobles de Italia, y más que a na-die a Croce, a Di Giacomo, a Panzini, a Lucini, a Chiesa y otros escritores
honestos y olvidados. Los jóvenes en ;ría de formación sintieron en sus pulmones un aire que no era el mismo que al nacer habían respirado, y casi
.automáticamente se propusieron algún problema !erio, y no los últimos, el
estilo y el conocimiento de sí mismos.
Incluso aquellos que habían sido arrastrados por la verbosidad de Marinetti y aceptado las cláusulas que Marinetti imponía a los adeptos del
futurismo, renegaron los dogmas del ruidoso jefe futurista por un arte menos eléctrico y tonante, más de acuerdo con su temperamento. Comenza•
ron, en fin, en tal momento a tomar cuerpo los pocos escritores que hoy
222

•

cuentan algo. Había, es verdad, el caso Gozzano, poeta enfermo de
tuberculosis, que, en pleno d'annunzianismo, había cantado con arte finísimo _pequeñas cosas tristes de provincia; el caso Lucini, poeta enfermo
también, todo cerebro, que había reaccionado, puede decirse que por sí
solo, contra el d'annunzianismo, y el caso Cena, poeta sobrio encerrado en
u~a vis!ón ~lásica y fiel a los antiguos ritmos; pero potente ~n la concepción e icástico en el estilo; los más de los jóvenes, sin embargo, y de los
~u~ Y~ no lo eran, buscaban todavía un camino a fuerza de pruebas, de
1m1tac1ones, de calcos.
Tal el período de ante•guerr~, que pudiéramos decir, aunque de transición, felicísimo; porque cada día marcaba un nuevo descubrimiento. Cier•
to que d~spués muchos jóvenes de aquel tiempo murieron en la guerra 0
reaparecieron después muy cambiados; no obstante lo cual quedan de algunos el nombre y tal cual pequeñ.i joya. Palazzeschi, Serra, Govoni Linati, Onofri, Pea, Cecchi, Jahier, Baldini, Cardarelli, Cicognani, Rébora,
Ungaretti, Saba, De Robertis, Pancrazi, Moretti, Boine, Moscardelli, etcétera, quiénes en un campo, cuáles en otro, despertaron no pocas esperanzas e hicieron en verdad pensar que se acercaba para nosotros también
una hora dichosa. Pero del mismo modo que mató La Voce, la guerra dispersó estas fuerzas jóvenes y bien dispuestas. De todas suertes, ese período, si no ha dado a Italia un gran poeta y un verdadero gran prosista, ha
apagado el énfasis, que habla llegado a ser la expresión natural de quien
hacía versos o novelas. Y mientras que de la guerra volvían inmutables,
Y aun con nuevas fuerzas en cierto sentido, los Soffici, los J ahier, los Baldini, otros jóvenes se libertaban de la imitación y volvían a la prosa y a la
~oesía con una simplicidad de medios de expresión y de imágenes que
sin duda alguna indicaban un progreso sobre los balbuceos de la anteguerra.
Pero los beneficios de la guerra no paran aquí. Aquella necesidad de
honradez y de orgullo, aquella inquietud y aquella ansiosa rebusca de la
J&gt;elleza, se reflejaron, como era natural, en todas las expresiones del ingenio, y aun puede decirse que en todas las esferas de la cultura. Las casas
editoriales, antes cerradas en torno a los autores propios, y deaicadas a ·
223

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un comercio tranquilo y metódico años hacía, buscaron fuera de Italia y
en lejanas épocas obras dignas de ser conocidas por el público curioso; y
mientras Laterza, de Bari, se convertía en editor de Benedetto_C~oce _y
de algunas colecciones perfectas como el f:~rpus ~e ~os Scrltton d /taita,
los Jtiloso.fi antichí e moderní y los Classzcz stra~teri, y ~arabba, de Lanciano de colecciones fáciles y modernas, a módico precio, como los Antíchí ; moderní, Scrittori n,,strí y Cultura delfanima (dirigida po~ Borgese
la piimera, y por Papini las otras dos), en las cuales velan la luz ignoradas
obras de otras literaturas y de la nuestra, Treves, Bemporad, Sandron,
Barbéra, Lemonnier, Lattes, Formiggini, Ricciardi, todas las demás grandes casas editoriales que pareclan encerradas de cincuen~a años atrás en
un programa inmutable, despertaron_ publi,ca~do obras de Jóven~s y de extranjeros, y acogiendo con sincera s1mpatta, mcluso a los escntores más

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audaces.
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La guerra entretanto hacia aumentar aut~má~came_nte las tira as.
Mientras antes de la guerra el editor italiano no 1mpnmfa smo 1.000 ó todo
lo más 2 _000 ejemplares de un volumen, durante la guerra, y despu~ sobre todo, !as tiradas se elevaron a un mínimum de 3.000 y a un máXJmum
de 6.ooo, y los libreros afirmaron que nunca como entonces habla estado
tan buscado el libro.
Por desgracia esta avidez no siempre era noble. Leían más ~os jó~enes,
si; pero leían más también las mujeres, los des~cupados, q~1enes Jamás
habían abierto un Libro y ahora lo buscaban por simple necesidad de entretenerse· de suerte que, terminada La guerra, y aún dura, comenzaron a
prevalece: sobre los buenos escritores los med_iocres, los que halagan los
bajos instintos humanos y escriben novelas fáciles, de lectura agradable Y
ligera. Cierto que no toda la producción actual es de ese género; que
casas editoriales como La Voce, de Roma (nacida por obra d_e Pr_ez~oh~1
• as de Ja anti'gua revista)·' Vallecchi, de Florencia; R1cc1ardi,
sob re 1as cemz
ú
de Nápoles; Treves, Bemporad y otros de la vieja guardi~, que dan al P a.
blico obras de arte y sanas tentativas; pero no es menos cierto que la m •
yor parte de los lectores se nutre de malas novelas _Y. cu:ntos menos qu~
mediocres. Para un libro de Alfredo Panzini, de Lmg1 P1ran_dello, de
zia Deledda, de Federico de Roberto o de Adolfo Albertazz1, que es sie •

~ª!

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224

pre una obra de arte digna y seria, ¡cuántos volómenes de conocidos o ignorados manipuladores de drogas eróticas no ostentan los escaparatcal
Algunos jóvenes, seriamente dotados, reaccionan, y se comprende, contra
literatura tal, fácil y adocenada. Y hay UD Marino Morctti, prosista de
raza, con una visión modesta, pero sentida, de la vida; hay un Michele Saponaro, que en sus no•elas, todo sol, hace vivir a sus campesinos puglieses con vigorosa sensualidad agreste; hay un Guido da Verona, escritor
que imitaba en sus primeros ensayos a d'Annuazio y que ahora ha encontrado su drama en una nostálgica rebusca de mundos y horizontes lejanos, •
y habla un Federigo Tozzi (muerto en Roma a los treinta y siete año1)
musculoso, sólido, el prosista más robusto que ha tenido Italia después de
Verga, y otros que es inútil recordar puesto que tendremos ocasión de
encontrarlos en nuestras crónicas futuras.
Jóvenes serios y fuertes no faltan, en fin, y mientras los Panzini, los Pirandello, los Albertazzi, es decir, los ya célebres y que tienen un público
fie,, continúan imprimiendo uno o dos libros al año, los escritores de
treinta años trabajan febril e intensamente y superan muchas veces a los
viejos en productividad.
Giovanni Papini, que durante cuatro o cinco años ha sido el ídolo de
los jóvenes, calla desde hace algunos; pero corren voces de que su silencio preludia un trabajo ferviente, su obra maestra. Esa lit~ratura fácil y de
tono erótico a que hemos aludido, tiene por ahora su centro en Milán
tanto que algún critico que la combate culpa de toda esta enfermedad literaria a la gran ciudad lombarda, que enriquecida con la guerra tal vez alimenta natural e inconscientemente el cáncer del erotismo. Nosotros creemos, sin embargo, que el mal es más profundo y que está menos localizado, y que debe buscarse más que en una ciudad, en toda la nación, a la
desbandada aún en busca de un apoyo firme y moral. Roma, entretanto
da prueba, literariamente al menos, de mayor seriedad, y algunas casas edi:
toriales surgidas en la capital en estos últimos años, primera entre todas
la de Arnoldo Mondadori, que es al par tipógrafo de finísimo gusto, parecen contraponer la seriedad de su obra a la fácil labor de las casas edito•
riales milanesas. Entre estas últimas, ha adquirido mucho crédito y públi-

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co la Vitagliano, dirigida por Cavacchioli, poeta y autor dramático de ágil
ingenio. Pero todos estos fenómenos y tentativas, repetimos, son transitorios y de prueba; y, por lo demás, lo que importa es que de veras nazcan
el gran poeta y el gran prosista, que hoy por hoy no aparecen aún en el
horizonte. Hay en Roma una revista, La Ronda, que lucha a su vez por un
principio de sana reconstrucción. Sus tres o cuatro redactores no hacen
las primeras armas y todos tienen grandes dotes de ingenio y preparación;
pero si el retorno a las fuentes clásicas que los escritores de La Ronda
propugnan es laudable, no me lo parecen tanto las prosas y poesías de
estos poetas, que escriben con fidelidad y nitidez italianas, pero que tienen
muy poco o nada que decir. Son ingenios bien educados y despiertos,
pero con la sola excepción de Baldini acaso, esterilísimos. De todas suertes la tentativa de La Ronda es un fenómeno ·de este trabajoso momento
histórico que no hay que olvidar, porque representa el esfuerzo, en una
hora de obscuridad, por mantener viva, aunque no sea sino con medios
pobres, de poco aliento, la luz de la tradición. Todo consiste en ver si nace,
mañana o cuando sea, el poeta potente que refuerce esa luz y la levante
más en alto.

MARIO PUCCINI

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lA AJY(lStAO flRJY(e eJi lOS JY(ARes CAÓtlCOS

.Ea amistad, firme en los mares caóticos,
-ola indecisa entre ser y no ser,
vagos vientos de versátiles rumbos,
impulsores de velas simultáneas,
tropel de nubes en flúido tránsitoes un frágil esquife zozobrante
en las aguas precisas de los puertos.
JORGE GUILLEN

teAtROS
lnaugut?ación de tempoeada
en efecto, el espectáculo dentro del espectador? Bien puede ser que
haya algún aforismo cierto. La3 circunstancias concurren a evidenciarlo a nuestros ojos, por lo que hace a los teatros de Madrid. Volved la
vista atrás en cuanto alcanza vuestra memoria de los fastos teatrales y
convendréis conmigo en la fatal vulgaridad de afirmar la excelencia de cualquier tiempo pasado sobre los que ahorá, más que correr, se arrastran lánguidos. Un dilema se ofrece a nuestra consideración: o es mustio collado,
en verdad, lo que fué Itálica famosa, o los campos de soledad que Fabio
con dolor contempla no son sino la ruina del propio ánimo, mejor dispuesto antafio a distraerse con mentidas ilusiones. .,El caso es que la solemnidad ritual de que aparece rodeada en nuestro recuerdo la inauguración
de la temporada en los teatros ha perdido todo prestigio, y apenas si solicitan nuestra atención las falaces promesas que los carteles pregonan por
las vallas de los derribos .
No hace tantos afios que la apertura de la Comedia, precedida de profusos programas con la efigie fotográfica de la primera actriz coquetonamente apoyada en frágil góndola de boudoir, suscitaba nuestra avidez por
asistir a los estrenos en que había de seguir luchando con la indiferencia
del público pagano-profano-e\ autor que entonces significaba la europeización, por decirlo así, de la escena espaflola; europeización que consistía en imitar el amsiente bulevardero, favorable a las toi'lettes del modisto
Antoine, con que realzaba su natural encanto la susodicha primera actriz.
Hoy, clasificado ya aquel dramaturgo innovador en el primer puesto de
una escala de mutuas claudicaciones con su público actual, desaparecida o
punto menos aquella primera actriz, la inauguración de la Comedia ha ido
perdiendo poco a poco el ficticio empaque de que se envaftecia el circulo
STÁ,

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227

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estrecho de sus abonados, hasta perecer del todo a manos del Sr. Mufioz
Seca, principal proveedor de la casa.
Se me antoja, sin embargo, que en tal desmerecimiento hay alguna ventaja para el arte, por más que pueda parecer paradójico lo que digo. 8s
ésta: creían antes los Intérpretes del Sr. Benavente, ponio por caso, que
estaban representando comedias cuasi divinas en fuerza de humanas, lo que
no era cierto. Los cómicos condenados a aprenderse los papelones del seftor Muftoz Seca saben que aquéllo no tiene sentido común. Procedimiento
exclusivo para ir discerniendo cuáles son las obras buenas.
1 Y conste que, en punto a las llamadas astrakanadas, discrepamos de la
mayor pane de cuantos críticos y gacetilleros ilustran nuestro desayu~o
con referirnos el resultado del estreno de la noche antes. Es decir, de qmenes se pronuncian, ante las comedias del Sr. Muftoz Seca, en contra del
género grotesco. De una vez, y para siempre, nos complacemos en afirmar
que entre una atrocidad del autor de El rayo o un bombón empachoso,
mal oliente a perfumer~a barata, de los que con :a.moroso empefio co_nyugal
nos sirve con torpe insistencia el ~utor de Cancion de cuna, prefenmos la
producción del hijo predilecto del Puerto de Santa Maria. Claro que el seftor Mufloz Seca parece hallar un gusto especial en revolcarse en la barbarie
seftoritil que le ofrece el público de la Comedia. Pero la farsa es un género
literario siempre más digno que las ñofieces escritas pensando en los padres
de las hijas de familia.-Las hijas suelen tener un gusto más cerca del bueno cuanto más natural.
Es posible, pues, que el Sr. Escudero, que, en legitima defensa de sus
Intereses de taquilla, tan diver~os gé~eros ha ensayado en el.teat_ro de q_ue
es empresario, no haya procedido guiado de la menor conve~1e~c1a artística
al imprimir a la Comedia el carácter que lo disting-uia estás ultimas !emporadas. Pero había conseguido formar un cuadro de Compaflfa bufa cien veces mejor como escuela de actores, que las hechas ai manerismo verista propio de lo~ de Lara, feudo por derecho de conquista del Sr. Linares Rivas,
verdadero representante de la beocia espaflola contemporánea. El Sr. Escudero ha prescindido este afio de las primeras figuras de su Compaftia por
cuestiones de índole económica, en que toda la razón estaba de parte de los
actores. Ha contratado otros más jóvenes y ha ascendido merecidamente a
algunos como la seftorita Redondo, lindísima, graciosa, y que tal vez sea
de tas p~cas damas de que podría hacer una buena actriz un director artí~
tico que tuviera alguna idea de las posibilldades del teatro moderno. Lástt•
ma que, como es de temer, se malogren esas esperanzas con representar
comedias sin sentido.
No es fácil, por otra parte, ballar un director artístico que tal nombre

LA PLUMA
merezca. Desde que el Sr. Martfnez Sierra se dedicó de lleno al pingüe ofi.
do de mixtificador teatral, amparado ante el público tras el éxito de la excelente ingenua Catalina Bárcena, se ha puesto de m~ el que las CompHfas
se anuncien dirigidas por un literato. Apenas•si se aprecia resultado propicio para el arte. El pabellón, lejos de cubrir la mercancía, arrastrado por las
tablas se mancha, o se descolora cuando menos. Leed los carteles de la
temporada recién abierta. ¿Qué ofrecen, no ya de sugestivo, de meramente
decoroso?
Se ha descentralizado de pocos aflos a esta parte el arte dramático espaflol, en cuanto los teatros de provincia se ven más frecuentados por los
primeros actores y actrices que, erigidos en capitanes no bien oyen el pri•
mer aplauso de la claque en un muús, constituyen en torno suyo un eúnco
de aprendices y se lanzan a representar un repertorio trasnochado. Imitan
semejantes_Compafilas el procedimiento usual en las italianas que antafto
nos visitaban asiduamente de paso para América. Imitación que trae consigo, claro está, el defecto característico de aquellos cómicos: la propensión
a exagerar el tipo central del protagonista, en detrimento del conjunto escénico, sin que, por otra parte, nuestros actores sientan la misma neceslda&amp;
de renovar el repertorio, antes bien repitiéndolo precisamente en cuanto tiene de deleznable, sólo porque la maestría de un Novelli o de un Zacconi
ilustraron la representación de un Papá Lebonnard o de un Oswaldo.
Y no se me escandalice el lector al ver equiparados personajes taR dispares. El Oswaldo de Los espectros que representan nuestros cómicos adolece de la grave enfermedad con que lo deformó, ¿para siempre?, a nu~stros
ojos la genialidad de Ermete Zacconi. Tal como se hace desde que lo mterpretó este gran comediante, el drama de lbsen puede alternar en el cartel
con La carcajada, pongo por melodrama. El público, sometido al error de
los actores, no ve más que la imitación repugnante de una parálisis progresiva. Se siente sobrecogido como cuando en la calle se detiene a contemplar
los espasmos de un accidentado. Habrla una manera fácil de probar mi opinión. Bastaría repres~ntar la obra sin primer actor, con cualquier galán joven discreto, desempeftando, en cambio, una primera actriz el papel de la
madre. Tal vez el drama recobrara su virtud perdida.
En la confusión ayuna de todo criterio con que comienzan este año los
teatros de Madrid, presa los principales de Compa~las de paso, atenta~ tan
sólo a la seguridad de las buenas entradas del domingo por la tarde, sm la
menor preocupación por dar a su trabajo una dirección ordenada, obsérvase, no obstante, un curioso fenómeno: la coincidencia en querer honrar la
memoria artística de D. Benito Pérez Galdós-tan a duras penas soportado
por los directores artísticos y empresarios en vida del maestro-dando

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pomposamente el nombre de homenaje a la simple representación de aquellas de sus obras que menos necesitadas estaban de una revisión, bien porque el públko háyalas recibido siempre con aplauso entusiasta, ya porque significaban en su labor no tanto el punto culminante de su batalla con
los espectadores habituales de los teatros, como la propensión a condescender, en menoscabo de la propia personalidad, con ciertas prácticas viciosas
de la época. Ni Borrás, ni Morano, ni la sefiorita Palou han intentado una
representación cuidada de Realidad, de La fiera, de Alma y vida, atentos exclusiva y equivocadamente al lucimiento personal que supone el hacer los protagonistas de El abuelo, de Amor y Ciencia, de La de San Quintín. Hora es ya de que vayan enterándose los directores de que, no obstante la excelencia de los dramas y comedias de D. Benito Pérez Galdós sobre
los de su tiempo, en el mundo hay más, y, sobre todo, de que es sobremanera ridículo el jurar en vano por su glorioso nombre, y sacarlo, como el
cuerpo momificado del santo Patrón de Madrid, en abono de la propia holgazanerfa artística.
·
¿Cómo ha respondido el público a las insinceras solicitaciones que con
motivo de la inauguración del Centro, de la Princesa, de Eslava.se le han dirigido en sueltos de Contaduría y recensiones oficiosas? El público ¡e ha limitado a ir al teatro, sin más, pervertido por su afición a ver los cómicos,
no las obras, que en la constante feria provinciana que es ahora Madrid, se
sostienen en los carteles un número de veces más en relación con el censo
de forasteros que con su mérito literario, o con el gusto-de los espectadores. Sin embargo, menester es confesar el deprecio de la producción sentimental, de la alta comedia, como se decfa hace algunos afios, que se observa con la vuelta al teatro que en términos generales podemos llamar
romántico, clasificación que damos aquí en su sentUo más amplio, y que en
el repertorio qae estos días se hace, tanto lo representa el drama de Víctor
Hugo con que abrió sus puertas la Latina-tan favorable por su situación
a un ensayo de verdadero teatro popular-como el Don Alvaro, los amantes de Teruel, el Cyrano del Circo de Price, o las pellcultu habladas del Cómico. Refúgiase la comedia burguesa en Lara y el Infanta Isabel, campa la
opereta infecuada en el Reina Victoria y la Zarzuela y agoniza el género
chico en Apolo y los teatroa de barrio.
¿Será cosa de cantar unas honras por la eterna salvación del género chico? Sea. Pero con una condición, con la de que esté de veras muerto. En
pleno florecimiento del sainete lírico en Apolo, cuando había en el teatro de
lá calle de Alcalá una Com pafifa tan adecuada a las obras que se hacían en su
escenario, que sus primeras figuras fuera de aquel marco no han prosperado
artísticamente, la alta crítica discutía en serlo los engendros de D. José

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Echeiaray, y menospreciaba los cuadritos de D. Carlo~ Arniches. Nos amenaza el peligro contrario. Es posible que de la Restauración a láfecha el mayor
precio de la literatura dramática espafiola esté en los pequeftos modelos de
o Ricardo de la Vega. Ahora bien; desde que el achabacanamiento d~I gén~ro inundó Espafia entera de chulos sensibleros exportados de Madnd en
piececitas de hora, de cuya sensibler!a ~ueda~ ¡~7! nefand~s rastros en boca
de tas tonadilleras al uso, dió esa publica opm10~ que se 1_mprovisa e~ las
redacciones de los periódicos en considerar el s~mete cas:tzo con la misma
actitud prosopopéyica que una novela de D. R1c~rdo Leo?, valga por E~paña tradicional, y combinado todo ello con las fiestas sat~etescas, las peinetas, las mantillas, el Goya de cuadro vivo, lo_ falsamente pmtore~co en fin,
se ha inventado una aureola absurda a un~ ltteratura! c~yo ménto era la
simplicidad, la gracia popular, el buen sentido de lo com1co..
Muy bien nos parece, por tanto, que ~I grupo de •Amigos de Vallelnclán&gt; que tiene anunciado para este invierno un ensayo de teatro docente, es decir, dirigido a intentar una restauración de la buena literat~ra ~n la
escena, se proponga comenzar sus tareas r~presentando ~r~ actos s1gmficatlvos de una estética modernísima, depuracton de un clas1c1smo generalmente ignorado como tal: La guarda cuidadosa, de Cervantes; el Manolo, de
D. Ramón de la Cruz; El hombre del destino, de B~rnard 5haw.
. .
La concisión, la brevedad son notas caracterfsttcas del actual mov1m1ento artlstico en todos los órdenes; un drama de Shakespeare ?ºs parece _más
una novela que una obra escénic~. De ~u~vo cobra oportuntdad la antigua
discusión entre clásicos y románticos, s1 bien los térmmo~ en q_ue antaflo se
apoyaba estén hoy subvertidos. Será menester tantear, ~tscerntr !?ara ver de
hallar la fórmula de colaboración entre el autor dra111:áttco, sus tntérpretes
y su público. Esa colaboración no puede producirse sm una buena ~oluntad
y una buena fe de que carecen los empresarios, los autores, los cómicos, los
espectadores de los teatros abiertos en Madrid.

UN CRITlCO INCIPIENTE

231

210

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Ofos gcises
Me place mt'rar tus ojos,
porque mirándolos, veo
pat'sajes entrt'steet'dos
bajo encapotados delos,
con horizontes lluviosos
y con árboles escuetos...
Me place ver tus pupilas,
porque son vivo reflejo
de las mañanas de norte
junto al escampado puerto,
mientras combaten las olas
desgarradas por el viento...
Como los de los 'lttarinos,
qtu Jaben mirar muy lej'os
y descubrir en las rutas
más distantes los veleros,
ius ojos, grt'ses,profundos,
absortos, ausentes, bellos,
parecen estar mirando
a la distancia, un ensueño...
Por eso adoro tus ojos;
y aunque no me quieran elfos,
he de contemplarlos siempn,
porque mirándolos, creo
atravesar los paises
que son mi amor y están lq"os;
porque mt'rando tus ojos
vimen a mt' pensamiento,

un las tempestades /oroas
M los cantdbricos puertos,
los ancl,os mares de Islandia
bajo el reposo de inflierno...

.MARIA BNRIQUBTA

tnciso
.Amo a tas mujeres con cara de chico,
de nervz"os modernos y at're comercial
(la que hace cake/a esa me es igz.al).
&amp;usto de las damas del cheque§ del éter,
las que nunca olvidan que siempre es un rato
(la gatita tímida, esa... para el gato).
Adoro a la Eva de sensorio equivoco
que al amor prefiere el turbio amorío
(las z'ntelectuales de los eztrav{os).
Las que ,;on la borla de sus ojos dt'cen
qui morbo es la clave de nuestro apetito
cuales los resortes de nuestrDs delt'tos.
La mujer lzt'stn'ónica maquülada y frívola
que sabe angustiarme y sabe embrujarme

y sabe reirme y sabe engañarme
y siendo honorable es cocotte y artista,
de nervz·os actuales y aire comerdal,
la que nunca olvida que siempre es un rato.
( La gatita tímida para Don Torcttalo.
LA que hace caketa para Don Vital.)

ANTONIO BSPINA GARCIA

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A. de la Sota.-Divagaciones de un transeunte.-Con pró)og~ de Joaquín ~e

•u

llBROS Y ReDIStAS
.J. Moreno Villa.-Velázquez, con 39 fotograbados.-Colección Popular de
Arte.-Calleja, Madrid.

_

Sincérase el autor de esta interesante monografía en las Breves consideraciones -/inale~ de haber seguido, en gracia a la idea divulgadora de los editores

..

.. 1

de la colección en que figura, el camino tradicional en estudios más extensos
;as líneas c~onológic~s trazadas por el Sr. Beruete (padre), del que le separa l¡
mterpretación estética.
¿Cómo resume la suya el poeta Moreno Villa, sutil exégeta de Velázquez?
Dos tipos hay de pintores, según Wickoff: los que buscan la Naturaleza, lascosas, y los que buscan las impresiones de las cosas (naturalismo e ilusionismo).
El proceso de Velázquez va del naturalismo al ilusionismo, de sus primeros bodegones, en que aprendió a dar carácter propio, material, a las cosas, a sus cuadros _de_ apogeo, e!l que proyecta como un realista y pinta como un ilusionista.
Siguiendo la vida y obra del pintor desde los estudios de sus maestros sevillan_os Herrera y Pacheco a su postrera elevación al cargo de aposentador de
Palacio, apunta Moreno Villa la influencia innegable que en el carácter flemático de "."elázquez ejercieron Italia, los Países Bajos y, directamente, no obst~nte el mdocto no sepa apreciarlo, el Greco. De Velázquez en adelante, todo
pintor, en vez de copiar la realidad, inventa un convencionalismo para dar la
impresión de lo que ve. Deducimos, pues, del ensayo de Moreno Villa que ese
punto de culminación del arte pictórico qqe señalan el retrato de Inocencio X,
o Las meninas, estriba en que resumen la composición clásica, a la que añade
Velázquez la pintura de la atmósfora.
Nos parecen discutibles algunos curiosos extremos de la teoría que Moreno Villa extrae de la contemplación del gran pintor español. Tal, por ejemplo,
la negación de cierto sentido irónico en el Esojo y el Menijo del Prado. Agudísima nos parece, en cambio, la observación relativa al estatismo de los Borra-

chos-cóacanal paralftica&gt;.

C.R. C.
2,94

• **

Zuazagoitia.- Ilustraciones de Aurelio Arteta. -Editorial Vasca. - Bilbao, 1920.
cSi yo acertara a dar a las cosas un aire importante, podía titular este ~r_ólogo cDe:cómo descubrí un humorista&gt;, nos dice D. Joaquín de Zuaza_go1ba.
cEsperemos que estas y otras muchas páginas-aún no escritas-de Aleian_dro
de la Sota sean con el tiempo como los pequeños anales de nuestra generación,
de esta generación unida, como pocas, eR un mismo amor hacia su pueblo Y en
un mismo deseo de su engrandecimiento espiritual.&gt;
Las crónicas recet::idas en las Divagaciones de un transeunte nos muestran a su autor como hombre joven, simpático, fino, de mundo, del verdadero
gran mundo. A través de sus páginas, veréis que no pr_etende deslumbraro?,
abrumaros ni imponer su gravedad sobre nuestro descuido. Mas ta_mp?co solicitará constantemente vuestra risa, ni el disloque de vuestra adm1rac1ón ante
paradojas, chistes, ocurrencias más o menos literarias. Es simplemente_ un observador amable de su pueblo, a la vuelta del extranjero. Un hombre b;en edu_cado, en toda la extensión de la palabra. Ni os dirá todo lo que sabe as1 de primera impresión, ni ocultará su afición por descubrir en las cosas m~nudas, en
la vida diaria d~ su pueblo, cierta trascendencia, apenas apuntada, Jamás traspuesta en exageradas hipérboles.
.
Adolece su estilo de localismo, inevitable acaso, pero aun eso le da c1crt&lt;&gt;
gracioso desgaire, que, lejos de irritarnos, nos seduce por su lige~eza. ~• lo que
es más, se advierte en todo el libro un sincero deseo por hallar hteraname~te
la fórmula, encontrada ya por el magnífico dibujante Arteta, cuyas ilustra~10nes, sobre todo la que acompaña a la dedicatoria, rev~lan esa p~rfecta unión
de la tradición clásica con la emoción del momento, mconfund1ble sello del
arte grande, del Arte simple.
c. R. c.

Eugenio D'Ors.-Glosas. Páginas del Glosario de Xenius (1906-1917).-Versióo
castellana de Alfonso Maseras.-Biblioteca Calleja.
Nada menos que cder Socrates des modernes SpanienS• cuenta el trad11;ctor
de estas Glosas, que llamó a Xe:iius un crít_i~o alemán; de «sumn~a d~ los tiempos nuevos&gt; parece que las calificó un cnhco francés. «En el 1ardm de Academo ha aparecido el prescriptor por excelencia, p~nsado_r y poeta a la vez,
moralista y rápsoda, constructor y conductor, a u!1- mismo tiempo, de un pueblorejuvenecido. Este prescriptor, este filósofo y artista, este constructo:. Y normalizador es nuestro Eugenio D'Ors•, dice su introductor al lector espanol, D. Alfonso Maseras.
Semejante ditirambo nos parece excesivo y desde luego induce a que el lector se prevenga en contra del libro. Eugenio D'Ors, ha hecho popular en Barcelona, desde las columnas de La Veu de Catalunya el seudónimo_ de Xenius,
con que ha firmado diariamente, durante algunos años, el GIDsari de que nos.
235

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LA PLUMA

....

ofrece ahora la Casa Calleja escogida muestra. El suceso cotidiano, la noticia literaria, el acontecimiento internacional, hallan en Xenius un comentador siempre agudo, justísimo a veces, y (l,rbitrario las más. Arbitrario se proclama el
propio Xenius en un sentido filos6fico. Las pretensiones filos6ficas de Eugenio
D'Ors son quizá el motivo de que la lectura de sus glosas no despierte entre él
y nosotros esa corriente de simpatia que precede a la captaci6n del lector por
parte del autor de un libro. No pretendemos discutir su sistema; es cosa que
DO Dos compete, ajenos como somos al cultivo científico de la filosofía. Pero
hay en la literatura de Xenius, pese a su deseo de universalidad, un sabor inconfundible, que para cuantos no han nacido en el Principado, le sitúa en su
verdadero lugar: el sabor catalanista. Ese sabor, al par que le confina dentro de
la Mancomunidad política en cuyo servicio, tan mal correspondido en fin de
cuentas, se han malgastado basta ahora los más puros anhelos de Eugenio
D'Ors, hace desmerecer su obra, en la cual se adviene esa desproporción entre la apariencia y el fondo, característica de muchas obras del separatismo, literario o no.
Por lo demás, ¿cómo no estar de acuerdo con la teoría clásica que Xenius
pregona en contra del sentimentalismo romántico? Es muy posible que en líneas ge.e.erales aceptemos su programa literario, ya que no su tono magistral.
Valdría la pena de estudiar comparativamente la influencia de Xenius en Cataluña y la del señor Ortega y Gasset en tierras de Castilla; influencias que no
sabemos si serán tan divergentes como la direcci6n respectiva de sus corüeos,
pues Xenius aspira a la serenidad clásica y el señor Ortega se anega en barroquismo.

c. R. c.
Strindberg.-Et viaje de Pedro, el afortunado. Traducido del sueco por Rafael
Mitjana.-Colección Grnnada. Jiménez Fraud, editor, Madrid.
La personalidad literaria de Strindberg es aún poco conocida entre nosotros. De sus numeresas obras, creo que es esta la primera que se traduce al
castellano. El viaje de Pedro, el afortunado, a través del mundo de sus deseos
para hacer la experiencia de la vida, llevado por el ímpetu de una juvenil generosidad, es ameno, interesante, satírico y tiene un desenlace moral. Resulta
pues, un viaje... entretenido. A pesar de t&lt;,&gt;dos los desengaños que el héroe sufre, la vida sigue llamando ardientemente a su corazón; y el mundo continúa
poblado para él de cosas maravillosas, llenas de ir6nicas significaciones, que
dialogan entre sí, animadas por una superabundancia de energía.
La belleza de la obra de Augusto Strindberg me parece que radica no sólo
en la espontaneidad y viveza del diálogo, ni en el sostenido movimiento de la
acci6n, rápido como el vuelo de la fantasía, sino en el espíritu que la informa,
optimista, de confianza en un más allá mejor. El caso de un hombre que pretende realizar la felicidad, individual o colectiva, y fracasa, y que encuentra su
salvación en sí mismo o en el amor, aunque lo último sea tan difícil como el
ll6

propio autor nos dice, es ciertamente un caso que ofrece poca novedad. Lo
que nos interesa de todo ello es la fácil resignaci6n con que el héroe acepta las
lecciones de la experiencia y el entusiasmo con que acomete nuevas aventuras, puesta en alto la espada de la esperanza, cuando aún no se ha repuesto de
los descalabros que acabara de padecer.
La traducción ha sido hecha por Mitjana con gran respeto al original, según se desprende de las r.otas que la acompañan en un castellano correcto y
sobrio. Un estudio literario de Strindberg la precede.
J.A.P.

*

* et*nofl•e temjs.-Un volumen. París, ChiLes amia de Proudhon.-Proudlwn

ron, 1920.
En los primeros años de este siglo las enseñanzas de Proudhon, eclipsadas
por la difusi6n del marxismo, recuperaron la atenci6n de algunos sociólogos y
economistas franceses considerables, y fueron «utilizadas• por antidem6cratas
militantes, venidos de campos opuestos. Se form6 un grupito de gentes (radicales, socialistas, sindicalistas) que tenían de común su amor a Proudhon, al
país y a su tiempo. Se constituy6 también un Ce,·cle Proudhon, donde algunos
teorizantes del sindicalismo revolucionario y los más notorios propagandistas
del nacionalismo integral colaboraban para extraer de los escritos de Proudbon
un sistema, o siquiera argumentos, cuando no diatribas contra la democracia,
Los trabajos de aquel Cercle nos han dejado, por lo menos, un volumen: Ca/ziers du Cercle Proudhon (París, Nouv. Lib. Nat., 1913). Los «amigos de Proudhon, , que pretenden servirse del espíritu proudhoniano para ayudar a la democracia francesa a reorganizarse, no para conducirla a renegar de sí misma,
han empreudido la publicación de una serie de monografías en que se estudia
el pensamiento del fil6sofo en función !le los problemas de reorganización social derivados de la guerra. En este volumen de que hablamos colaboran
MM. Augé-Laribé, Berthod, Bouglé, Guy-Grand, Harmel, W. Oualid, R. Picard,
G. Pirou y J. L. Puecb. El valor del orden político frente al econ6mico y profesional, la formación de una ideología de la tendencia revolucionaria, la enseñanza técnica y la organizaci6n del taller, el socialismo y los problemas agrario~, y otras cuestiones del día se ilustran en este librito con la aportación de
las doctrinas, planes y previsiones de Proudhon acerca de ellas. Nos han interesado especialmente el estudio de M. Pirou (Proudlzonisme et Marxisme), que
al revisar el pensamiento de Jaurés, tentativa de conciliaci6n entre Proudhon
y Marx, rehace con brevedad un capítulo de la historia de las ideas socialistas
en Francia antes de la guerra; el de M. Puech (Proudhon et la guerre), que restituye su sentido exacto a la filosofía de la guerra de Proudhon, de quien se
había intentado hacer un apóstol de la violencia, y el de M. Bouglé (Proudhon
fédéraliste), que admite como problable un ensayo de soluciones federativas
por reacción contra los resultados de la concentración política y econ6mica,
reprobadas por Proudhon. Nos placería ver restaurados en España los estudios
proudhonianos, puesto que el pensamiento de Proudhon habría de ocupar en
una historia de las ideas de nuestro país en el siglo xix un lugar importante,
M.A.
237

�LA PL U ~1 A

LA PLUMA

Reviata de libros.-Enero- .11arzo rpzo.

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.&gt;v

En el ambiente morbosamente antiliterario en que se asfixia la vida española, una revista como la que Luis Bello dirige con tan acertada orientación es
elemento de primera necesidad.
No obstante el retraso, ofrece este último número singular interés. Y de
entre la lucida colaboración crítica, destácase especialmente a la consicteraci6n
del lector un artículo, muy sugestivo, del propio Luis B~llo, sobre La n011el#I
rus• 1n España.
El tema es por demás atractivo. De las innumerables traducciones de que se
surte, con exceso, a nuestro entender, el actual mer,:ado de libros, las novelas
rusas llévanse la palma en el favor del público. Es natural que así~ea. Bastaría
la revolución social de Rusia para justificar tal curiosidad. Luis Bello atribuye
gran parte d1&gt;l éxito a lo que pudiéramos llamar el dinamismo iliterario de la
literatura rusa, a su aparente falta de composición, a su bárbaro naturalismo, o
ausencia de las cualidades clásicas de la novela francesa.
¿Hasta qué punto es esto cierto? Y, dado que lo sea, ¿hasta qué punto puede
,ser beneficioso? Se cierne sobre la literatura española un grave peligro, el del
hechizo eslavo, proverbial en todo el occidente- de Europa de tiempo atrás. Aficionados como solemos ser a tomar, cual vulgarmente se dice, el rábano por
las hojas, es de temer una reacción antiliteraria promovida por los :r.isrnos lite•
ratos, iafluídos tal vez del exceso de intelectualismo que en Francia, por ejem
plo, se observa, pero que en España ha de·tardar todavía muchos años en constituir un mal cuyo remedio sea la invocación a la barbarie.
Luis Bello no hace más que plantear, en esta primera parte de su articulo,
tan considerable problema. Creemos que es cosa de meditar las consecuencias
-de abrirnos incautamente a la invasión del caos rus6filo. ·
C.R. C.

'*

* '· *México y sus luchas internas. Bilbao,
Libros recibidos.-Luis F. Seoane:
1920.-Kahlil Gibran: El loco. Costa Rica, 1920. García Moage, Ed. «El Convivio,.-Alberto J. Ureta: Florilegio. ,Costa Rica, 1920. García Moage: Ed. «El
Convivio•. - Ricardo Fernández Guardia: La miniatura. Costa Rica, 1920.
García Monge, Ed.-K. Hamsun: Hambre. Madrid, 1920, «Editorial América•.E. Heine: Literatura alemana. ldem, íd.-W. Shakespeare: Ensuei,o de ur,a noche
de ve,·ano. Idem, íd.-E. ~escltanel: Las cortesanas griegas. ldem, (d.-D. F.
O'Leary: El Congreso Internacional de Panamá en I8Z6. ldem, (dem.-Vice~te
Lampérez. Los grandes monasterios espa,ioles. Colección Popular de Arte, Madrid,
Calleja.-Ramón Pérez de Ayala: Promete@, Luz de domingo, La caída de los
limones. Novelas poemáticas de la vida española. Biblioteca Calleja.
*

* *
Revlstas.-Hermes. Bilbao, septiemb1e.-Spanien.
Hamburgo, números t
y 3.-Hispania. París, junio.- Vida Nuestra. Buenos Aires, julio.-D1e Aktion
Berlín, septiembre.- Tlida. La Coruña, agosto.-España y América. Cádiz, sep·
tiembre.-España. Madrid.-.Revista de libros. Madrid, enero-marzo. -Pegaso.
Montevideo; julio.-Ariuitectura. Madrid, marzo.
2

238

Gacetilla.
Los preTlsores del poi:venir.-Se asegura que el Sr. Muñoz Seca, no
contento con inundar los esce11arios con las flores de su fecundo ingenio para
e dilatar el bazo• a las generaciones actuales, se ha precavido contra la esterilidad de la vejez. •Ahora que tengo talento-ha dicho a unos amigos suyos-escribiré treinta argumentos y los guardaré en un cajón, para hacer otras tantas
comedias cuando ya no se me ocurra ainguna intriga.• La anél"dota, aparte de
la amenaza que encierra, sirve para probar que el Sr. Muñoz Seca ha cceído
tener talento una yez en su vida.

***
Non voglio raggiouar niente di novo ...-Se va a dar en el Español La
Bofetada, de Novo y Colson. ¡Ahí nos las den todas! El director de la Academia
Española,deseoso de reverdecer los laureles de sus colegas, ha influ(do-dicenpara que esa obra se represente. Si el Sr. Novo, adelantándose al ejemplo del
Sr. Muiioz Seca, hubiese escrito hace treinta años dos docenas de comedias de
reserva, no estaría tan borrado de la memoria de los hombres. «He tenido doce
éxitos verdad en el teatro-dice el Sr. Novo en una página autobiográfica-;
pero sólo de una obra mía he logrado ver la rep1'ise•. Para disponernos a presenciar la de La Bofetada nos hemos acercado a un volumen en 4.º, de cerca
de 900 páginas, titulado Teatro de Novo y Colson, con prólogo del Sr. Fernández
de Bethencourt. El prologuista se disculpa con el lector en este estilo:
e Un muy sincero afecto, la fraternidad académica, una idea, por su parte, de
mis medios literarios, te lo aseguro, y por ti mismo lo verás, de todo punto superior a la realidad, parecen ser la razón única de esta sinrazón, que hace que
Teas al pie de este prólogo, o lo que result&lt;1re, el nombre de un modesto historiador... • Las razones que a juicio del prologuista justifican la publicación del
cTeatro• del Sr. Novo deben de ser las mismas que van a justificar la nprise
de La Bofetada: • ...los más de los que llenan de su producción nuestros teatros, en lo que les permiten y toleran franceses, belgas, italianos y hasta suecos y noruegos, o traducen descaradamente de los primeros, o piensan en francés y en francés hablan. La poesía nacional, no la remilgada, tísica, contrahecha y deforme de nuestro absurdo modernismo, apenas se refugia en tres o
cuatro, cuyos nombres simpáticos me cuesta mucho trabajo no estampar aquí
con todo el elogio que les es debido.• Tras el prólogo hemos leído La Bofetada. Es muy buen drama. En la imposibilidad de reproducirlo aquí todo, ofrecemos al lector, íntegra, la escena IX del acto I:
«MARQds.-¡Alberto!
ALBKRTO.-¡Padre!
MA11.GAIUTA.-¡Ah!
z39

�LA PLUMA

...
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. ")" ,1
►

1

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ALBERro.-¡Ellal&gt;
y un trozo de la escena X. Alberto, oficial de húsares, regresa de la guerra
carlista y describe una carga de caballería:
cALBERTo.-Mi puño vigoroso movió el acero como un relámpago lejos y
cerca, sin tregua ni piedad y en sangre tinto. La gente, acobardada, ensanchó
el cerco; lancé el caballo, y un jefe enemigo se interpuso. Empuñaba un sable
como yo; el furor le cegaba como a mí; sus ojos brillaban como los míos...
¡Plaza!, gritamos, ¡Plaza!, y nuestros aceros chocan y chispean prontos al quite.
De un tajo cercené su mano izquierda al par que él con su diestra armada deshizo la testuz de mi caballo.
MARQUÉS /muy agitado).-¡Caballos había muchos!
AtBERTo.-El mío me arrastró a tierra.
l'l!ARQUÉS (con ansiedad).-Pero un tigre salta.
ALBERTo.-¡Y salté como un tigre!&gt;
La crítica estuvo acorde al proclamar el triunfo del drama: •Todo el mundo
estaba conforme-escribía El hstandarte-en que la obra del Sr. Novo y Col•
son pertenecía a las que poseen el raro privilegio de acallar los gruñidos de
los descontentadizos, de los envidiosos•. Pero no lo estuvo al apreciar su tendencia: «El Sr. Novo y Colson-decía D. José de Laserna en Et Imparcial-no
fué anoche a plantear en el teatro Español ningún problema jurídico, ni sociológico, ni teológico, ni de ninguna clase, como viene siendo uso y costumbre
en estos últimos tiempos». Ea cambio, para el Sr. Ruiz Contreras: «Dos problemas tenebrosos perturban a todas horas nuestra sociedad, amenazando el
pedestal en que ésta se apoya: la familia. Estos dos problemas, enunciados
concisamente, se reducen a estas interrogaciones: Si el hombre duda, no ya del
amor de su mujer, sino de la concepción de su hijo, ¿cómo .se cerciora?, ¿cómo
castiga? Si el hombre, seguro de la concepción de su hijo, no fía en la pureza
de su mujer, ¿cómo se decide,, ¿cómo perdona? En uno y otro caso faltarán
siempre definitivas pruebas. El primero de estos problemas ha servido al s.e ñor
Novo para escribir un poema tan abundante de verdad y poesía que seduce y
convence.,
Nosotros deducimos que la importancia del drama del Sr. Novo estriba en
haber propuesto un medio de prueba (cuando menos sorprendente), para cerciorarse de la «concepción del hijo»: abofetearlo.

AÑO l.

1

l\'.IADRID, NOVIEMBRE 1920

NÚM. 6.

Apuntes y canciones.

I

f.lCay una mano de niño
dispersa en la tarde gris,
o en la tarde gris se borra
una acuarela infantil.
tJtoño tiene en el sueño
un iris de abril.
...no sueñes más, cazador
de escopeta y galgo.
'1/a quiebra el albor.
241

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA

...
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l

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►

1

¡

ALBERro.-¡Ellal&gt;
y un trozo de la escena X. Alberto, oficial de húsares, regresa de la guerra
carlista y describe una carga de caballería:
cALBERTo.-Mi puño vigoroso movió el acero como un relámpago lejos y
cerca, sin tregua ni piedad y en sangre tinto. La gente, acobardada, ensanchó
el cerco; lancé el caballo, y un jefe enemigo se interpuso. Empuñaba un sable
como yo; el furor le cegaba como a mí; sus ojos brillaban como los míos...
¡Plaza!, gritamos, ¡Plaza!, y nuestros aceros chocan y chispean prontos al quite.
De un tajo cercené su mano izquierda al par que él con su diestra armada deshizo la testuz de mi caballo.
MARQUÉS /muy agitado).-¡Caballos había muchos!
AtBERTo.-El mío me arrastró a tierra.
l'l!ARQUÉS (con ansiedad).-Pero un tigre salta.
ALBERTo.-¡Y salté como un tigre!&gt;
La crítica estuvo acorde al proclamar el triunfo del drama: •Todo el mundo
estaba conforme-escribía El hstandarte-en que la obra del Sr. Novo y Col•
son pertenecía a las que poseen el raro privilegio de acallar los gruñidos de
los descontentadizos, de los envidiosos•. Pero no lo estuvo al apreciar su tendencia: «El Sr. Novo y Colson-decía D. José de Laserna en Et Imparcial-no
fué anoche a plantear en el teatro Español ningún problema jurídico, ni sociológico, ni teológico, ni de ninguna clase, como viene siendo uso y costumbre
en estos últimos tiempos». Ea cambio, para el Sr. Ruiz Contreras: «Dos problemas tenebrosos perturban a todas horas nuestra sociedad, amenazando el
pedestal en que ésta se apoya: la familia. Estos dos problemas, enunciados
concisamente, se reducen a estas interrogaciones: Si el hombre duda, no ya del
amor de su mujer, sino de la concepción de su hijo, ¿cómo .se cerciora?, ¿cómo
castiga? Si el hombre, seguro de la concepción de su hijo, no fía en la pureza
de su mujer, ¿cómo se decide,, ¿cómo perdona? En uno y otro caso faltarán
siempre definitivas pruebas. El primero de estos problemas ha servido al s.e ñor
Novo para escribir un poema tan abundante de verdad y poesía que seduce y
convence.,
Nosotros deducimos que la importancia del drama del Sr. Novo estriba en
haber propuesto un medio de prueba (cuando menos sorprendente), para cerciorarse de la «concepción del hijo»: abofetearlo.

AÑO l.

1

l\'.IADRID, NOVIEMBRE 1920

NÚM. 6.

Apuntes y canciones.

I

f.lCay una mano de niño
dispersa en la tarde gris,
o en la tarde gris se borra
una acuarela infantil.
tJtoño tiene en el sueño
un iris de abril.
...no sueñes más, cazador
de escopeta y galgo.
'1/a quiebra el albor.
241

�LA PLUMA

II

'lf es una mañana
tan coloradita

como una manzana.

1

Prosper Mérimée nació el 27 de
septiembre de I803 , en Par{s,y murió en Cannes, el 23 de septiembre
de I870.

II I

0n el lagar, rojo vivo;
agua en la pera madura,
oro en los chopos del rfo.

IV
¡fMas... ya seca tos,
y las hojas negras
en el ventarrón/
V

{Jolpes de martillo
en la negra nave, .
la del galón amarillo;
y en los aros de un tonel
jocundo y panzón
para el vino nuevo
de tu corazón.

ANTONIO MACHADO

A

de verdad, no es posible; pero bien se alcanza que merece
algo más que estimación.Nada suyo nos inflama, y por mucho apego
que se tenga a nuestros autores excelentes, se puede muy bien no pensar
para nada en él, durante meses, a despecho de Carmen. Si por ventura
le hacemos objeto de nuestra atención, ya no nos deja en mucho tiempo.
Los recuerdos de su persona, tanto como la lectura de sus obras, diluyen una especie de irritación en nuestra curiosidad vivísima: no se llega
fácilmente a penetrar sus razones de ser; acontece incluso que no se le des- ··
cubre ninguna. Si nos esforzamos en aprehenderlo del todo, por alguna
parte se nos va, y el verle escaparse así, escurriéndose de nuestras manos,
nos colma de mal humor.
Parece que lleva máscara: quien le examine se convence de ello, y
busca por donde irá a asomar, como suele decirse, la punta de la oreja;
pero no se advierte rareza alguna en ella ni en la barba: la máscara
tiene tanta naturalidad que muy bien pudiera ser, al fin y al cabo, su mismo rostro. A veces se asoma a él una expresión en que, al parecer, su
corazón se refleja: cree uno haber sorprendido la intriga, tocar al 5n un
nudo; nada de eso: la trama es tan tupida que todas nuestras presunciones se disipan ante la superficie, sin perforarla.
MARLE

(1) M. G. Jean-Aubry nos favorece con este artículo, que se publica, al mismo tiempo que en LA Pwiu, en varias revistas extranjeras.
243

I

�LA PLUMA

-

A punto de cansarse de buscar, se aparta uno de tal hombre; pero
cabalmente su inmovilidad es lo que nos hace volver a él; sobre todo,
porque percibimos que no la finge, y que la reserva, e incluso el encogimitnto, le son tan naturales como pueden serlo a tantos otros la indiscreción y las efusiones.

.u
ti

I

**•
Hijo de un pintor académico, cuyo padre habla sido intendente, y de
una institutriz irreligiosa, viva, seca, a ratos pintora, le transmitió el uno
su espíritu ordenado, la prudencia normanda, la otra el odio a los curas,
cierto don para las réplicas, y la inveterada propensión a no poder enternecerse; ambos, la facultad de ver claro, de mirar con precisión, y esa
pertinacia particular, que ni los grandes ni el pueblo tienen, y que nunca
h a sido en Francia la virtud menor de los burgueses. Añádase aún la rigidez de hábitos, la tiránica puntualidad y la sumisión a los trastos caseros
que lo más a menudo convierten a un hijo de familia en un solterón
ocsde sus veinte años, y aún cuando se decida a casarse.
Sin embargo, cuida su espíritu y su vestir, con esmer9 elegante, aplica
su obstinación al saber, y acierta a dar a su prudencia el precio de las
amistades más firmes.
Esa elegancia corrige la excesiva rigidez que en otro caso hubiera
tenido su porte; no llega al cdandysmo• de un Delacroix o de un Eugenio
Sue; ni en el esplendor de la ju 'i'entud, adoptó aires de león; no muestra aquella «hermosura diabólica• que arrebataba en el joven Musset.
Esbelta es su apostura, pero se echa de menos en él la belleza del rostro,
la elevación del pensamiento y la dist\nción natural que realzaban la
alcurnia hidalga de Lamartine o de Vigny al rango de la primera nobleza.
Su vestir no tiene la elegancia intermitente del de Balzac, ni la extremada
a veces, a menudo dudosa, y siempre conquistadora de Beyle; es elegancia habitual, mesurada, sin ningún esplendor llamativo, y tan distante de
las exageraciones de la moda como de los usos rancios.
Un poco rígido siempre, no por eso parece militar; desde la juventad
244

LA PLUMA

despliega más bien un género de soltura semi-circunspecto propio de los
secretarios de Embajada que ya han dejado por los salones, con sus primeras ansias, sus primeros desaciertos. Hubiera podido vestir, sin parecer
ridículo, uniforme militar; llevó sin esfuerzo, sin creer en ellas, la casaca de
senador, la de académico; lo mismo hubiera llevado la de ministro, si hubiese amado o despreciado a los hombres lo bastante para pretender dirigirlos.
De la misma índole es la elegancia de su espíritu. Es su preocupación
cotidiana, y de recia estofa; nada le debe a la ambición, ni al afán de brillar. Si su certero golpe de vista o cierta acritud de su natural, han podido
hacer a menudo de Mérimée un hombre chispeante y valerle más de un
buen ~~• sirviéronle de distracción momentánea, más que de regocijo,
y su vida entera se nutrió del gusto de aprender para sí mismo. Supo latín, griego viejo, griego moderno, inglés, ruso y español, sin que a ello le
compeliese más obligación que la de su curiosidad.
De lo que sabe quiere saberlo todo, y no ve inconveniente en ignorar,
de lo que ignora, todo; si algo disimula, más es la extensión de su saber
que la de su ignorancia, disposición harto rara en el mayor número, en
unos tiempos en que cada maestro de escuela empezaba a creerse más sabio que Aristóteles, y tantos minúsculos ingenios se ponían a esparcir.
obligadamente, esa mitad de nada que constituye sus conocimientos.
En su espíritu, por bien provisto que esté y refinada que sea su elegancia, pone la misma discreción que en su vestir. No se le verá ostentar sus
dotes, ni, de espaldas a la chimenea, asumir con gracia remilgada el papel
de hombre diserto; dialoga recatadamente en el hueco de una puerta o en
uno de los rincones del salón, desde donde, de vez en cuando, dispara, alzando o bajando la mira y el tono, un dardo veloz y agrio. Son las flechas
que estrictamente necesita para proteger su retiro.
Por conservar siempre fría la cabeza, guarda en sus relaciones tanta serenidad de juicio como en sus burlas; no sufrió decepciones sino en la medida en que a veces se le antojó algo más que amistad; de la amistad, en
cambio, gustó casi todos los aspectos, no quizá los más amables; de fijo
los más segaros. No es vasto el número de sus amigos, pero todos de lo ·
2-45

�LA PLUMA
LA PLUMA

u
ti

más honorable y de provechoso trato, Víctor Jacquemont o Henry Beyle,
Jean-Jacques Ampere o Panizzi, o Turguenief.
Impone respeto a todos, basta a quienes le quieren poco, tratados por él
sin miramientos; incluso le agradecen su sinceridad, porque no le mueve
la envidia, ni la esperanza de recibir nada en cambio. Da lo que le place,
sin esperar ni pedir cosa al~una; sabe hacer un favor, gunde o chico, y
hacerlo con discreción. Si a veces se enoja, aún más contra si propio que
contra los prójimos, es que también se juzga con claridad y mide su capacidad lo mismo que la ajena. Su extremada carencia de entusiasmos e ilusiones, presta a su trato una igualdad perfecta que hubiese sido harto insulsa si no la hubiesen salvimentado los recursos y gracias de su saber.
Por lo demás, aunque su idea de los hombres es tan pobre, no llega a aborrecerlos; gusta un placer perverso midiendo sus defectos, y sabiendo de
antemano a lo que as{ se expone, resígnase a pedirles sólo distracción
para su aburrimiento. &lt;Por qué habrla de huir de los hombres? Ama el retiro, como todas las cosas, con moderación.
Exterior, modales, lenguaje, juicio, saber, sentimientos: por donde se
le mire es ccortesano cumplido•: mas no enteramente en el sentido antiguo. Víctor Cousín, que le trató, pero que era de esos filósofos de quienes Pascal ha dicho que no ven exactamente lo que tienen ante si, ha declarado que Mérimée era un ccaballero&gt;. Eso es, cabalmente, lo que no
fué, lo que le falta, lo que no puede alcanzar para que su figura sea grande o conmovedora, y nos arranque algo más que estimación.
Es, no un caballero, sino un «gentleman•; no por defecto de linaje,
que otros sin mejor abolengo: acertaron a ennoblecerse basta ese punto.
Para ser caballero hay que sumar a la distinción de la cuna o del ingenio,
la adhesión firme a una creencia, y hallarse pronto a darlo todo por ella,
incluso la vida; ya sea, como el cruzado, por el rescate de un sepulcro,
ya, si se trata de un ateo, en honor del amor, o por puro amor del honor.
El caballero puede, si se le antoja, ser anticuado, ignorante, incluso
insolente a ratos: el levantado corazón y los graciosos modales compensan las faltas; en este punto, acaso más que en otro alguno, es cierto que
la fe salva. Sin esa vasta fe, aunque se tenga toda la cortesania del siglo,
246

no se pasa de gentleman. Es el antiguo «cumplido cortesano• que viste a
la moda de Londres, y acepta los convencionalismos, los usos, el sastre
de fama y la tiesura; no importa haber nacido en París o en Manchester:
caballeros, Sbelley o Byron, pero tan sólo gentleman un Guizot o un Mérimée. En comparación del caballero, el gentleman es siempre un poco mezquino y escaso, se le ve muy tasado el paño, y que nunca olvida que es
imprudente gastar demasiado, inconveniente perder demasiado. El gentleman no ignora la cotización de los valores mundanales; su mengua es no
tener por verdaderos los que no están sujetos a medida, y poner respeto
en demasía allí donde fuera menester amor.

***
Nacido en el albor del siglo, un año después que Víctor Hugo, nace
para la literatura en el momento de florecer el romanticismo, hacia el que
ninguna de sus dotes naturales le inclinaba: puede incluso decirse qUie
todas le alejaban de él, excepto su afición al colorido y su don dramáti
co. ¡Pero cómo gradúa sus colores más sombríos, frente a las intemperan
cias de Dumas, padre, y de Hugol Y cuando más vivamente brilla, no va
a dar ni en la blancura de las palideces lamartinianas ni el abigarramiento
improvisado de las Orientales. Sin embargo, sabe mejor que nadie el partido que puede sacarse de lo exótico como trampantojo, y en el certamen
de imaginaciones pintoreicas en que rivalizan los románticos, les gana a
todos la partida, fabricando en unas semanas, sin salir de Parls, una supuesta colección de retratos, de impresiones y de poemas dálmatas; la
Guzla, con la que se dejaron engañar, entre otros, Goethe y Puchkin.
Hubiera, pues, podido cultivar la falsificación con más fortuna que la
cultivaron muchos otros: e, incapaz de experimentarlos, ostentar sentimientos descomunales, desencadenados, salvajes, a pesar de la cortedad
de su aliento y de la flaqueza de su pecho. Parece que si lo ensayó, fué
sólo para demostrar la facilidad del juego; y, siguiendo su inclinación más
cierta, cuando toca los grandes sentimientos, no es para inflarlos, sino,
todo lo contrario, para mondarlos hasta el hueso.

��LA PLUMA

LA PLUMA
corazón de las jovenzuelas educandas del convento; lo mismo que en
todo Le Carrosse du Saínt-Sacrement.
En l' Occasíon, la atmósfera del convento en La Habana, los estragos
que causa fray Eugenio el confesor, las rivalidades y las pasiones de aquellas niñas españolas, sus pudores y sus audacias, se evocan con tan fina
pincelada y tanta gracia que puede colocarse a la Mariquita de Mérimée
entre la Marianne de Marivaux y la Clara d' Ellebeusse de M. Francis
Jámmes. Por su parte, Le Carrosse es una obra maestra; merced a una de
esas ironías que no faltan en la historia literaria, el joven dramaturgo sólo
acertó de veras en una comedia, ágil y ligera como ninguna. Tanto acertó, que es de lamentar que no llevase más adelante la aventura, pues, entre
las tétricas rocas fingidas de su obra dramática y las piedras estériles de
sus documentos históricos, ese sainete brotó como flor hechicera, inesperada y solitaria.
Le Carrosse du Saint-Sacrement enlaza Les :feux de l'Amour et du
Hasard a ll ne fautjurer de 1 íen: la obra está llevada como jugando, tan
pronto sueltas las riendas, tan pronto tirantes; el secreto de este acierto
de Mérimée es que se atrevió a dejar e11 libertad aquel ingenio que tenía,
vivo y malicioso, fácil para acudir a sus labios, pero que parece haberse
ahogado, de ordinario, en su tintero.
Alguien ha tenido recientemente la ocurrencia de volver a representar
esta obrita, fracasada antaño en el Francés merced a los silbidos de espectadores demasiado presurosos en salir a la defensa de la religión, que suponían ultrajada. Asombro han producido su frescura, sus cualidades mil:
intriga ingeniosa, verdad en el acento de los personajes y sus oposiciones.
Desde la torpeza del secretario Martínez hasta la amorosa credulidad del
virrey, desde la cólera refrenada del licenciado y la untuosa benevolencia
de monseñor hasta la maulería de la Périchole, insinuante, desenvuelta,
humilde o arrogante, todo es seducción, hechizo y fantasía. ¡Por qué no
habrá escrito más a menudo con tan buena tinta! Allí queda lo mejor de
su juventud, del tiempo en que aún le parecía que ante la malignidad de
las mujeres, mejor es sonreír que lamentarse.
Al alejarse de la juventud, su mente apenas percibió en las maulas fe-

meninas otra cosa que los aspectos más sombríos, y empleó precisamente
lo mejor de su talent(• en pintar, con negros colores, a las mujeres, al mismo tiempo que deseaba verlas a su alrededor en grupo lo más numeroso
posible.

***
No le guardaban rencor. Muchas tuvo por amigas; las amaba asumanera, con interés, sin amor, como a niños temibles: se complacía en las
menudas atenciones, era muy obsequioso, pero se mantenía sobre aviso.
A decir verdad, le daban mied.:&gt;; siempre conservó algo de hijo único,
formal, que por temor al desenfreno no se atreve a dormir fuera de casa,
que se retira, empero, lo bastante tarde para regalarse con un poco de
licencia, aunque siempre lo bastante temprano para poder dar un beso a
su madre. Se empeña en pasar un poco por calavera; eso siempre seduce
bastante a las mujeres; pero no tiene gusto, ni salud, ni valor para serlo,
El miedo al engaño le retiene, y el temor a los arrebatos, temor burgués. Visita a las mujeres en su casa, pero sin morar jamás ~n ell~, Y en
cuanto a recibirlas en la suya, el solterón no lo tolera. Se las 1Dgema para
serles desagradable en la justa medida necesaria, a fin de desalentarlas en
sus veleidades de dominación: y como otros afectan ser amables, él fingía el
mal humor para estar a cubierto de sus ataques y atraerse algunos favores.
Más de veinte años se entregó a ese comercio en sus Letres d une Inconnue. Despliega juntamente la seducción y la firmeza necesarias
ret~nerlas. Las trata como a niños indómitos; ellas le tratan como a mno mimado. En ese juego se pasa la vida.
Muchos hombres cuando no las desprecian por ello, alaban a las mujeres por haberl.es a~ado, y los otros se alaban de haberlas amado. Mérimée se inclina poco a la loanza, y a la loanza propia menos que a la de
nadie: quizá, en el fondo, no tenía de qué alabarse, y su ~usto era demasiado certero para no percibir esa mediocridad. Las muJeres que hayan
podido entregársele, han debido de hacerlo por tiempo bastant~ breve
-salvo en la correspondencia-, como algunas se entregan al médico o al
confesor, por despecho, ociosidad, perversidad, necesidad, lástima, o . in-

Pª~:

251

�LA PLUMA

-

cluso camaradería, mas no por pasión o amor. Tiene la discreción profesional d,:I médico y del confesor: por añadidura, no sería propio de un
gentleman hacer gala en sus dichos o en sus libros de sus conquistas: ade
más, sus preámbulos, sus prudencias, eran harto suficientes para infundir
sin tardaoza en sus conquistas la idea de la amistad en lugar de la del
amor. Con las mujeres jugaba a quién engaña a quién, como con las literaturas extranjeras y los monumentos históricos; ¡pero con mucho menos
acierto! Están más vivas, son menos frías, y a menudo, su ardimiento se
fatigaba muy pronto de no poder encandilar su natural refractario.
Si es verdad-dicen que no, pero el caso entra en sus maneras-que
Sainte-Beuvc, viendo a George Sand desasosegada por su temperamento y
sin saber a quién ofrecérselo, le procuró a Mérimée, el hipocritón debió de
regocijarse mucho, a solas, con el caso, hasta bastante tiempo después de
sucedido. Nos imaginamos aJoseph Delorme, entre bonachón y apicarado,
guiñando un ojo y relamiéndose de gusto, al término, desde luego previsto, de aquella asombrosa conjunción: era el encuentro, sin ceremonia, de
Don Juan y de Cleopatra, o quizá, más sencillamente, el de la carpa y la
liebre. A la mañana siguiente la dama bajaba de cuatro en cuatro la escalera
de Mérimée, sosteniéndose la falda y llevándose el papel, los cigarros, las
plumas y el tintero que trajera consigo; apenas en su casa, escribió a su
•proveedor&gt; quejándose del envío. La verdad: aquello no le cuadraba.
&lt;Cómo era posible que se mostrase dispuesto a contentarla, sin poner en
ello al menos un poco de éxtasis? Los más ardientes entusiasmos se deshacían en espuma contra semejante iceberg; los arrebatos más fogosos no
podian derretir sus témpanos. George Sand no pudo aguantar la mirada
inquisitiva que no parecía sorprenderse de nada, ni al hombre cuya mesurada solicitud descifraba a una persona como si fuese una inscripción.
En fin, para decirlo todo, George Sand no buscaba sino holgarse con él, y
pase que fuera hasta en público, pues habría de saberse por sus libros,
pero no sobre una mesa de operaciones.
A Mérimée no le gustaban las hembras doctas: supo tenerlas aún a mayor distancia que a las demás. Se esquivaba con facilidad: no por falta de
seducciones: si su rostro no las tenla, su espíritu poseía muchos atracti252

LA PLUMA

1

t

vos, y en el trance de la muerte todavía suscitó pasiones. Gustaba de
exhibir cierto cinismo de expresión, un cinismo elegante, que no desagrada a las mujeres, pero por mucho que se aventurase no iba a ciegas: en
eso era como ciertas audaces vírgenes inglesas, que siempre sabeo hasta
dónde llegan.
Mérimée siempre teme perder la cabeza, sabe muy bien que es lo más
valioso de su persona.
De palabra o en sus escritos se las da de valentón, de incrédulo, de
perverso; diríase que se dispone a poner por obra el espiritu implacable
de Les líaisons dangereuses; pero se detiene en el tocador, todo lo más llega
basta el umbral de la alcoba: adora estar entre mujeres, con dificultad
prescinde de su compañía; pero, tocante a su amor, prefiere reducirlo a
materia de conversación, y, ya encanecido, se le ve seguir siendo con la
mayor naturalidad puntual secretario, taimado en su galantería, de la corte
de amor de S'.-lint-Cloud.
. Hay hombres que no se casan para poder hablar bien de las mujeres,
como hay otros que sólQ se casan para decir o pensar mal de ellas. Mérimée, que no tuvo motivos de queja de las mujeres, se atrinchera en la recámara de su celibato, donde, con fría tinta y aguzada pluma, narra una y
otra vez la perfidia del eterno femenino: la mujer implacable, a quien
mueve, no la pasión ni los sentidos, sino la malignidad pura, el demonio
de la perversidad, el atractivo del mal causado por gusto, una especie de
desinterés satánico, cuya suprema flor brilla en Carmen; este cuento es el
fruto postrero de su imaginación misógina y el más célebre de todos.
Sin embargo, en esa galerla de mujeres inicuas que va de Madame de
T rouville a Carmen no son las figuras sombrías las que mejor sostendrán
su nombre: casi nadie lee Carmen, remitiéndose a la ópera de Bizet, que
la deformó más de la cuenta; la Périchole y Colomba, que sólo son maliciosas y atrevidas, se leerán mucho más tiempo.
No se ha engañado la opinión que mira en Colomba el mayor titulo de
gloria de Mérin,ée. Mateo Falcone, L'Enlévemmt de la Redoitie, L'Abbe
Aubain son obritas maestras; pero la grandeza sencilla de Colomba es más
rara. Sin contar que merced a Co!omba adquirió el mérito de incorporar
253

�LA PLUMA

LA PLUMA

u

de golpe toda la Córcega a los dominios literarios franceses, y transcurridos ochenta años aún la conserva para s{ solo. Mérimée realizó en esa
obra un magno esfuerzo de imaginación: doscientas cincuenta páginas de
invención son un aliento desusado para quien, de ordinario, se afana por
ser breve. Cierto, aun en Colomba, habría mucho que reprender: el joven
Ors Antonio es de una insulsez desesperante, y su enamorada inglesa,
Miss Lydia, no pasa de ser un fantoche que va de la sequedad a la tontería; allí hay bandidos un tantico letrados, un paisaje harto inconsistente;
pero la figura de Colomba todo lo anima y vivifica, y se olvidan los defectos: tiene la grandeza de una idea fija, una belleza casi antigua, algo que
es al mismo tiempo vasto y limitado, a la vez insólito y clásico.

**

*

El gran esfuerzo de Colomba parece haberle agotado: en los cinco
años siguientes no escribió mas que tres cuentos-verdad que uno de
ellos es Carmen-. Después, el autor se acaba; ya no había de escribir
mas que aburridos estudios históricos, fríos dictámenes académicos, y algunas traducciones excelentes. A los cuarenta y tres aiíos, cierra su vena,
que parecía al comienzo abundante y fácil. Cietto que ya es inspector de
monumentos históricos, es de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras; pudiera creerse que sólo había cultivado las letras
por ganar esa inmortalidad provisional; pero Mérimée era de esos espíritus que desean honores no más que para palpar su vanidad. La verdad es
que su juventud no había sido sino lumbre de paja, y que la última chispa se había extinguido antes de tiempo. La animación, la burla y la malicia juveniles fueron enfriándose con extremada prontitud. Al perder la
mayor parte de sus gustos, sólo le quedó su natural: su natural se inclinaba al orden, y sus gustos a las libertades.
Educado en la observancia de las r{gidas normas burguesas, siE transgresores le inspiran irresistible afecto: el aventurero, el paria, los gita·
nos, los bandíttl, son los héroes gratos a su corazón. Empezó, a sus
veinte años, por un lromwel, antes que Víctor Hugo; el tema estaba en
254

el ambiente literario¡ Balzac empezó también por ahí. AtJn puede achacarse la culpa de esa elección al romanticismo; pero más adelante no es
romanticismo ni pura casualidad, si escoge, para pintarlos, a los ladrones
y gitanos de España, a D. Juan y Enrique de Guisa, a los bandidos corsos, o a Don Quijote, a Catilina o al falso Demetrio, a todos los que, por
motivos plausibles o no, o simplemente por gusto, rompen con las leyes y
el Poder. De igual modo, en tiempos más cercanos, se le vió acoger bien
el golpe de Estado, y no desaprobar a Napoleón III sino en los días del
Imperio liberal.
En el fondo, conocedor de sus cortas fuerzas y de su escasa inclinación a la violencia, lo que le gusta es contemplar, mentalmente, la fuerza
y la violencia ajenas. Ser gentleman le ahoga; harto le gustaría verse salteador de caminos, pero salteador con buenos modales, por supuesto,
pues no es de su agrado la fuerza bruta, y no tiene ni pizca de militar. Lo
que le place es esa violencia mesurada que piden los preparativos de un
complot, realzada, si el caso llega, por la generosidad: su héroe, como
para otros muchos espíritus de la época, criados entre los excesos de energía de los ejércitos napoleónicos y la etiqueta arcaica &lt;le la corte de los
borbones, es el bandido hombre de mundo, que mantiene la observancia
de la urbanidad en medio de su desprecio de las convenciones; pero su
héroe no es Zampa, ni Fra Diavolo; no es el bandido pico de oro que recita una perorata a la entrada de un valle que lleva ca la libertad de las
montañas•, o exhibe ante cualquier recién llegado la franqueza jovial de
don César de Bazán: su héroe es hombre de pocas palabras, sin familiaridad ni rudeza, posee el temple flexible del acero castellano, la galana altaneria del hidalgo.
Bien se percibe todo lo que le llevaba hacia España: pudo imitar el
alma dálmata, comprender a Inglaterra mejor que hombre alguno de su
tiempo, inaugurar la Córcega, y, uno de los primeros, llegarse, a través
de Gogol, Puchkín y Turguenief, a la híbrida fermentación rusa; su patria
de letras es España. Antes de su primer contacto la comprendió y la
amó, y sus Lettres d'Espagne, de 1830, están, hoy todavía, colmadas de
verdad y de hechizos. Sin trabajo percibió cuanto España encierra de in255

�LA PLUMA

LA PLUMA
tenso y comedido: era conforme a su corazón: era la proyección viviente
de cuanto hubiese querido y no osaba ser.
Al alcance de ese calor, su juventud aletargada se animaba de nuevo.
El marco español le ronda desde antes de su primer viaje, de su primer
libro. Durante los veinte años que se ocupa en obras de imaginación, no
cesa de recurrir a España: fueron sucesivamente los estudios sobre Don
Quijote y Cervantes, La, Famílle de Carvajal, La, Perle de Tolede, Lettres
a'Bspagne, Le Musée de Madrid, Les Ames du Purgatoíre, Carmen y
L'Húto{re de Don Pedre r.w, roí de Castt"lle.
Cuando se !e acabó el gusto de escribir y no le quedó más que el hábito; cuando el último ardor de su espíritu hubo pasado, y el cronista
mató en él al cuentista, España no le prestó ya la inspiración deseable: el
intenso ardor del alma castellana o andaluza dej, de encandilar su yerto espíritu; se contentó, en punto a cosas españolas, con lo aportado por
su imperial amiga Eugenia de Montijo, y ya no vió de España, a través
de las brumas del recuerdo, sino lo que puede verse desde Biarritz,
adonde iba con la corte imperial. Por la fuerza con que lo español le posee
se mide la vivacidad de.la imaginación de Mérimée: es la piedra de toque
de su espíritu: cuando ya no le conmueva, su obra ha concluído; en adelante no hará más que trabajos.
Todavía durante veinte años esos trabajos, crónicas de historia, traducciones, dictámenes de arquitectura, servirán para distraer el aburrimiento de su natural apagado. Su gusto por lo verdadero le había in clinado siempre hacia la historia. Antes que Vitet, antes del Cz'nq-Mars, de
Vigny, de la Catheríne de Médícis, de Balzac, de Notre Dame de Parzs, de
Les troís mousquetazres, adelantándose a los imitadores de Walter Scott,
escribió La :facqueríe y la Chront'que du régne de Charles IX Aunque escritas en la primavera de su vida, y en una de sus épocas mejores, son
obras fastidiosas: aún peor fué Don Pedre, una vez pasada la juventud.
Sabido es que Mérimée no tenía ni la acritud candente de un Saint-Simon, ni la calurosa fuerza de resurrección de un Michelet: escribía meras
crónicas, a las que necesariameate les faltaba el haberlas vivido.
Por respetable que sea, y a pesar de su abundancia y del interés que
256

\

en algunos lugares presenta toda esa parte de su obra, sólo para Mérimée fué qe algún precio, pues con ella cumplía sus deberes de inspector
de mr.inumentos históricos, o mejor aún, mataba el tiempo: porque encontraba menos aburridos los unos que el otro. Cumplió sus funciones a conciencia, con honradez, con buen gusto, como lo hada todo;
sin duda ha librado de la ruina más de un monumento antiguo; pero de
toda la tinta que en eso gastó, la única que aún nos parece fresca es la
de las traducciones del ruso, y la del precioso folleto sobre Stendhal.
Al hi&gt;blar de Beyle, Mérimée no evocaba solamente al autor de la
Chartreuse, sino los años de su propia juventud, el tiempo lejano ya en
que veía a Beyle en casa de los Stapfer, de Delecluze o de la condesa de
Teba: en que, novel en la carrera de escritor, escuchaba con avidez al ex
oficial de dragones y ex comisario de víveres, que había estado en Italia,
Alemania, Moscú, y visto a Napoleón, y que de todo ello no sacaba grandilocuencia alguna, sino anécdotas escuetas y vivas, agudezas, paradojas
e historias de mujeres. Acertó a descubrir un espíritu asombroso donde
tantos otros no veían sino a un hombre gordo y bajo, algo fátuo, que cortejaba a las señoras.
Comprendió a Stendhal y amó a Beyle. •Pocos hombres-ha dichome han agradado más, y no hay ninguno cuya amistad haya sido para mi
de mayor precio.» Baste eso para reservar a Mérimée una hornacina en la
capilla stendhaliana. Pero se ha querido decir que le debe a Beyle casi
todo: eso es ir un poco lejos, es, incluso, errar el camino; el apodo de
Sten.ihal flaco, que se ha dado a Mérimée, por mucha gracia que tenga, es
injusto. Se ha pretendido que Stendhal le había enseñado mil cosas a Mérimée, y, ante todo, la manera de ver; pero la visión de un escritor es precisamente lo que no se le puede enseñar, es tan suya como su cuerpo; esas
maneras de injertos o de transfusiones no existen más que en la imaginación de los que creen que uno se fabrica a voluntad, y que el natural obedece a los programas. Tiene de común con Stendhal su volterianismo y
su afán de ver claro: fuera de eso, las divergencias son más que las semejanzas. Stendhal es un buen muchacho ingenuo que quiere echárselas de
disoluto; en Mérimée hay más de la mitad de un libertino que a toda cos257

�LA PLUMA

m guarda las maneras de un gentleman. Stendhal es todo imaginación,
primer 'DOVimiento, generosidad cordial; es siempre amigable, ~ propensión a darse a todos no se agota: después razona, traza planes, sienta reglas, decreta cómo se seduce a una mujer, y llegado el m~ment?,
apenas si se atreve a hablarle, no sabe cómo estar, es ardiente e tnhAb'.l,
ingenioso, delicioso, dice lo que hay que decir y lo que ~e. ~ebe call~; .stn
embargo, entre cada dos impulsos del corazón, no hay 1u1c10 más_lucido
que el suyo. Mérimée carece de primeros movimientos, o más bien son
retráctiles; su propensión a economizar le impide entrega~se. Stendhal se
lamenta d~ la necedad de su tiempo, se asusta de los esp1as a cada paso,
maldice la ruindad de las mujeres, pero sabe hallar en todas partes cebo
para su interés, su indiscreción o su pasión; en fin de cuentas, no hay en
el mundo lugar donde no se divierta; porque Beyle le divierte a Stendhal
hasta lo infinito. Mérimée se aburre de Mérimée.

.l.

•••
No es un aburrimiento trágico, un aburrimiento literario a lo Chateaubriand rugiente a lo Flaubert, o rechinante como el de Baudelaire, es un
'
·
· · oto
aburrimiento
que se arrastra y que se conserva bien,
un a b urnmie
cuya acritud no llega jamás a ser cólera, un aburrimiento que ~u~stra e~e
género de paciencia y esa urbanidad constante que sólo la mdiferencia
puede dar.
Su inc!tferencia, cada vez mayor, acrece su pulcritud primera. Entre la
turba de pequeños ambiciosos que se afanan por adular al Em?e:ador, 0
tratan de ganar algún empleo lisonjeándole o atacándole, ~énmee sabe
devolver al César lo que César le ofrece, y se contenta con distraer lo mejor que sabe a la emperatriz, a quien sigue mirando un poco como en ~tros
tiempos, cuando, siendo niña, la llevaba a la pastelería; la emperatriz le
compensa ahora los pasteles de antaño. Quizá es el único que en aquella
Corte dice verdaderame~te lo que piensa. Se le ve ir y venir, con su porte
siempre rígido, pulcro en el atavío, pero conforme a una moda lig:ramente
atrasada que hace sonreír a los jóvenes, a quienes ni siquiera mira, Y_ cuyas mejores obras le parecen, erradamente, muy ridiculas. Se le ve ir Y
258

venir, puntual, con paso firme, sin premura; los que encuentra a su paso
no le quieren: saben que tiene su opinión y que apenas les hace caso, pero
le estiman, con todo, y envidian su cortesacía, su firme adhesión a los
amigos; saben que ha escrito, con estilo ieco y preciso, media docena de
cuentos que durarán más que muchas obras orgullosas. Las mujeres, de
quienes ha dicho tanto mal, halagan a cual mejor su espirit11al incredulidad. Mérimée corresponde con menudas atenciones.
Va al Instituto, al Senado, a las Tullerías, con el mismo andar correcto
con el mismo porte rígido, sin premura... De súbito, todo se desmoron~
en torno suyo, el Imperio se derrumba, Francia es puesta a sangre y fuego. Huyen los que le querían, y en favorecerlos emplea su postrer esfuerzo._ Quebrantado, llévanle a Cannes, para curarle. ¡Qué sol podrá ya rearumarlol Está al cabo de todo, incluso del escepticismo. Senador, académico, familiar de los grandes, muere sin que le hagan caso, y quien se
había complacido en el variado espectáculo de la maulería de las mujeres
ardientes y osadas, se extingue en los castos y serviciales brazos de dos
viejas solteronas inglesas.

G. JEAN-AUBRY
Agosto-Septiembre,

1

1920.

�· LA PLUMA

la cabalgada del nooicio

LA PLUMA

1
.,

Estoy montado en el caballito,
el caballo que corre, el caballo que vuela, porque es dt cartón•
Atraviesa el Océano como un submarino,
como un submarino con alas navega debajo del mar,
y luego recorre el espacio
y sube a la Luna y baja a la Tierra, porque es de cartón ...
Hoy no cabalgo en mi mula,
la mula que mata al jinete y es ella inmortal
(cuidado caballo la mu?a cocea).
De la mula desciendo un instante,
monté el caballito, y volando voy ya;
mas tengo temor,
como soy un novicio no puedo librarme
de caer al abismo del sentido vulgar.
Pero el caballito la intención presupone-y ampara;
¡oh la sacra intención!,
y corre el caballo y vuela el caballo, por que es de cartón.
Y el volar del caballo es una melodía
de silencio, y es un color que no tienen palabras.
(Los colorts del Iris sí tienen palabras).
Y vuelo y vuelo en mi caballito de cartón
¡Oh el encanto aviatorio del vuelo primero,
en un aeroplano que es un caballo de cartón
y que está separado de ta mula,
de la mula vieja, inmortal y de mal olor... !
Pero tengo que volver a montar esa muJa,
y además soy fotógrafo.

Me esperan mi mula y mi fotografía.
hn mi fotografía hago retratos al minuto
subido sobre la :mula, que de vez en cuando me arrea una coz.
Me esperan mi mula y mi fotografía.
Ya volveré otro rato, caballito, ¡adiós!

Una cot?cida de tocos ·

...

Suena el clarín que nadie oye,y sale e/ toro.
El toro par-ece un perro y un eiefante;
tiene siete cuernos que no son cuernos;
los cuernos del toro canz·no y elefantino son navajas.
Acomete,y asoma el bandullo de un torero,
otro torero l uego con las tripas fuera.
Todos los toreros dejan su sangre en el ruedo.
Suena otra vez el clarín que nadie oye.
Mi caballo de cartón va a matar a/ toro·
le da pases naturales con una muleta in~isib/e.
Los siete cuernos, que son siete navajas, están ineficaces.
El toro muere de un soplo de mi caballo de cartón.
Nadie aplaude. No gusta el espectáculo.
Pero mis palmadas resuenan como una ovación.

NILO FABRA

260
261

�LA PLUMA

c~6nicas
de "la Dame de Cceu~".
Otoño.
primeras músicas, las primeras tardes, todavia sin fuego,
ante un rescoldo de amistad interrumpida por un veraneo -lento,
aliviado tan sólo por unas cartas que comenzaban siempre asi:
«Hija, me aburro enormemente.&gt;
Las últimas hojas de los tisicos y de los poetas. «Dentro de poco no
ha de quedar ninguna•, nos decimos al ver sacudidos los árboles por uno
de estos días de racha, en que lluvia y viento se disputan el señorío de
las calles desapacibles. Pero las hay tan tenaces, tan resistentes, que se
pegan a la rama y duran, y duran, como esperanzas de hogar pobre. Cuando las echamos de menos, ya verdea la masa arbórea del parque vecino.
«Acompáñame a casa de la modista... • • Vamos juntas al concierto de
Sauer... &gt; «Te espero mañana a tomar el te... &gt; Tal es la sustancia de las
esquelitas que van llegando en la bandeja ..• • Ven a callejear conmigo ... &gt;
¡Callejear! Ser un elemento más de la muchedumbre que se apretuja,
de seis a ocho, en unos cuantos metros de acera, ante los escaparates deslumbradores, las vallas de los derribos, la curiosidad momentánea y el
lento alud infranqueable de los coches que bajan y suben por el arroyo.
Pensar que nunca hubo en Madrid tanta gente como ahora, como en estos
días, como en este momento, en que todos salen a verse, a reconocerse, a
escudriñarse con los ojos, para volver a una larga indiferencia.
Porque seremos muchos; pero somos siempre los mismos. Anteayer

O

262

TOÑO... Las

nos reuniamos veinte personas en un salón. La tetera servia de contrapunto a las conversaciones. Ayer, diez y ocho de las veinte, mas dos desconocidas, nuevas presentaciones, apellido que nunca se entiende la primera vez, llenábamos un reducido local de exposición. Hoy, los mismos,
hemos cambiado saludos y sonrisas de palco a butaca ea un estreno. Mañana comeremos juntos los más en casa de uno de nosotros. Pasado mañana nos vemos en un baile o en un funeral; si buscamos un paseo solitario, a todos se les habrá ocurrido pasear a solas por el mismo sitio; nunca
hablamos de la muerte; pero, cuando nos llegue la hora, segura estoy de
que todos iremos a parar al mismo patio.
Grata es la compañia, en algunos momentos; deliciosa, muchas veces,
la conversación; pero ver siempre, oir siempre, hacer siempre lo mis:no,
es un suplicio dantesco. ~Qué leyes de atracción invencible forman estos
grupos de sociedad? Por mucho tiempo los huimos, pero el día en que un
diente de la rueda nos coge, toda nuestra carne se va tras él sin remedio.
Esto se nos habla olvidado, en la dispersión veraniega, a los que no
fuimos arrastrados tan fuertemente que sólo cambiásemos de lugar la costumbre. Ya está aquí el otoño a decirnos que no hay evasión. Los que
hablan del retorno eterno dicen verdad. ¡Quién pudiera salir hacia la eterna f11gal
Bajemos el tono. Ya está a.qui todo el mundo. Hay que contestar a tantas preguntas...
Nada, hija. Yo acabé por meterme en un monte de la provincia de
Avila, tocando a Extremadura, y sólo hice vida animal. Ni labores, ni libros, ni cartas apenas. Sólo contar cinco kilómetros de ida y otros cinco
de vuelta, por la carretera, o subir a un pico, y volver derrengados, pretexto para descansar una semana enterita. Cuando no pude más, volvf ami piso de la calle de Goya, y no salí más que por la mañana. ¡Unas pan
za.das de leer! He descubierto a madame de Stael y a Juana de lbarbourou, a Emily Dickinson y a Magda Donato, a George Sand y a ... Alfredo
de Musset. ~No habrá firmado el uno los libros de la otra, y al contrario?
Te sonrfes de mis descubrimientos. No sé por qué. Tal vez porque lo
viejo te parece ya muy conocido y lo demás un camelo; pero te aseguro
263

�.......................______ ......

LA PLUMA

.... . r-

que no. Tal vez porque me ves entrar denodadamente por los caminos del'
feminismo-por lo menos en cuanto a lecturas-; ¡tú que leíste a Samuel
Butler desde que te enteraste de una opinión suya: la de que el autor de
la Odisea era una mujer! Este s[ que es descubrimiento ... Ahora acabo de
recibir un nuevo tomo de Marcel Proust; ya tengo lectura para todo el invierno.
Y nada más, hija m[a, nada más. Las murmuraciones y los escandalillos, tú me los traes. Si aqu[ no quedaba nadie... ¡Ahl, ¿el salón de otoño?
Pues mira; eso que te dije antes del aburrimiento de verse los mismos
en todas partes sucede allí con los cuadros. Parecen los mismos que habla en primavera y que el verano les ha sentado mal. Hay una sala bolchevique tan arrebolada como yo cuando volvía a mi casa después de haber estado unas horas al sol, en el monte, los prim-eros días. No lo entiendo, ni lo _entenderé, mientras no nos decidamos, mujeres y hombres, a dejar estos tonos mortecinos de nuestro vestir, resto de pasadas edades
ascéticas. Me encanta una &lt;maternidad• de Vázquez Diaz. Quieren convertirme al solanismo, y creo que los cuadros de Solana están bien; a mí
me han convencido de la necesidad absoluta e impres~indible de los museos. Yo no tendría un cuadro as[ en mi casa, aunque te digo que me parecen bien. Hay, en otra sala sin vientos de revolución, dos retratos de
Miguel Angel del Pino, que sí, que me gustan: voy a ver si quiere retratarme antes de que se vuelva como Benedito.

LA DA.MB DB CCBUR

r

J

..........

._.Cinematógeafo.

1

..
l.-Lu2..
Al principio nada fué.
Ni el agua para en ella el pez.
Ni la rama del árbol para la f aiigada
ala delpá;aro.
Ni la fórmuta impresa para casos de duelo.
Ni la sonrisa en la faz de la niña.
Al principio nada fué.
Sólo la tela blanca,
y en la tela blanca nada.
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansz'edad de la mirada.
Y Di"os movió su diútra
y puso en modón la palanca.
Saltó el mundo todo entero
con su bri"nco primeva/.
La tela rectangular
le opr1:mz'ó en normas severas,
le organz'zó bruscamente

�LA PLUMA

LA PLUMA

C()n dos líneas verticales,
eon dos líneas kfJrizontales.
-La cabelléra suelta al vi"entoy en el tefer y el aestefer
· · · · ···
de la tela del senHmiento.
Y el primer día de la creación,
se levantó de su rincón
y vino a asomarse a la tela:
en la mano diestra llevaba
el primer corazón del hombre, ·
que era el último corazón.

tl.--Oscuridad.
El arco voltaico de.fa
desparramarse su alma,
y lo entenebrece todo
la luz, madre de t-inieblas.
Ha vuelto la tela blanca.
Pero ya es otra; se hizo
tela maravillosa.
Entre hz"lo e hz"lo de su trama
está encerrada toda cosa,
y guarda, avara,
et mundo entero perdido.
Y todas las almas sz"enten

su curso como de estrellas
que flivieron en ,ya/fes flfJridos de ta tierra.
Y el caos tomó ante los OJOS
todas las formas /ami'lzares:
la dulzura de la colina,
la dnta de los bulevares,
la mirada llena de inquz·na
de los traidfJres de melodrama,
y la ondulación de la cola
del perro ne! a su amo.
El hombre tuerto sintz"ó
tjue su OJO de crz"stal iba a quebrarse
a la embestt"da de tantas visiones,
En el fondo gritaba un erudito
«¿Y la palabra, y la palabra?&gt;
Y todos los esfuerzos del mundo,
la fuerza lograda y gastada,
las máquinas maravz"llosas
para fJolar, para correr,
para amar, para aborrecer,
se pusieron a funcionar.
El primer día de la creación
humillado, pobre y vencido,
se marchó a llorar a un rincón.
Pero ya el instinto acechaba
en los OJOS de la muj'ttr

�LA PLUMA

y besaron labios humanos.
Ahora vueltas al espado

1
j

extratm-enaJ,
siguen rodando hasta el día
que el destz'no astral las torne
a acercar al mundo puro
de la tela blanca.

PEDRO SALINAS

los ttabajos del ()ombee...
i:os trabajos del hombre grandes en sí son éstos:
coger leche en vasijas de madera;
coger espigas punzantes y tiesas;
guardar vacas al lado de las frescas choperas;
sangrar los abedules en los bosques;
retorcer mimbres junto al vivo arroyo;
clavar y remendar zapatos viejos
junto al hogar oscuro, junto a un gato sarnoso,
junto a un mirlo que duerme y unos niños que juegan;
tejer, alzando un ruido retumbante,
cuando, a la media noche, cantan agrios los grillos;
hacer el pan, hacer el vino;
sembrar en el jardín ajos y coles;
recoger huevos tibios.
FRA,;NCIS JAMMBS
(Del libro D, I' ,A,.g/lus d, /'.Aube a I' .A1'gll"s dt Soir, próxim&lt;&gt; a publicarse, traducido por E. D!ez•
Canedo.)
~

68

Peoposiciones sobte el Hai::k.ai

A

salir til bazar literario la última novedad-flor exquisita del jardín
japonés-, se descubre que, más o menos sospechadamente, esa
flor se daba también en nuestros climas.
,Pero era el mismo su perfume, penetrante tanto como sutil? Si la arabesca geometría de su aspecto simulaba un reflejo ficticio, por entre la fina
traba de sus hojas no se enreda igual aroma.
Cultivemos, pues, la variedad nueva. Nuestro invernadero occidental
puede hacerla crecer de una manera insospechada.
L

**

*

Desde el primer momento, los franceses, al practicar el Hai-Kai, han
soslayado la identidad métrica; realmente, para la poesía actual una simple novedad silábica no podía tener atractivos demasiado fuertes. Es el nú ·
cleo poético encerrado en el Hai-Kai, su concepto de una forma leve y re.
donda-en la agudez de sus puntas estrelladas-, menuda a tent"r dans la
main y ágil como un éter, el motivo principal para la sugestión. Gota
transparente, el rayo se quiebra en ella luciendo sus siete colores: sea ésta
su estética; un puntillismo de sensaciont&gt;s que construya la imagen en e}
fondo de la intuición.

***
No se trata de reproducir una forma exótica característica, sino que,
penetrado su principio, pueda servir para sujetar alguno de los vivos des~&amp;9

�LA PLUMA

LA PLUMA
tellos que se escapall por los intersticios de la poesía occidental. Hay en
el Hai-Kai algo de la vibración estelar; palpitante, claro, inmediato... y remoto.
Nace el Hai-Kai a flor de agua; burbuja irisada y vertiginosa, vuela por
el azul, breve espejo universal, y al instante aprecia el ánimo que nos separa de él una distancia infran9ueable.

•••
La armonía vocal interesa más en el Hai-Kai europeo que su construcción métrica. Su brevedad no tolera una repetición silábica; aun la asonancia es ya redundante: que la eufonía resulte de la armónica variedad sonora de la silaba. Ninguna sensación podrá darse dos vec;es en un HaiKai; tampoco, acaso, en una serie de ellos enlazados por un principio íntimo. Cada palabra, como cada sílaba, debe poseer una virtud propia y
distinta, pincelada de un matiz puro y limpio. Libre y redonda en su individualidad, cada una está sometida a la necesidad de la anterior, dictando la ley a la que sigue, necesidad .e n que se encuentra la libertad su- ·

prema.

***

En la pulsera de Hai-Kai es análogo el principio.

•••

El titulo es como la llave de su esencia secreta. Hoy se da sólo titulo a
cada grupo de Hai-Kai. Pero se podría, en rigor, aclarar con ese rayo a
cada uno; enganche de luz que seria como la vértebra de la serie, dejando
a cada Hai-Kai una libre indiferencia para s.1s compañeros.

** *
Una gota de ironía, a veces, daría su sazón. Pero el lirismo del HaiKai proviene de la atmósfera en que se mueve, herencia del tono musical
de que ha brotado.

•**

iSe me perdonará por buscar un preludio en esta lira nueva?

***

Aaciu ea la calle ·desierta
Fria claridad perfwnada

Loa _..,lal!lt6■ lleaee.de triw

tnterioc
Flores sobre la mesa
El blanco mantel se ofrece
Abre la risa de tus labios

encuentro
Furtivo sobresalto transparente
Ya estás en la sazón armoniosa
No me ha olvidado tu mirada

El mar a través de las hojas
Arpegios de velas lejanas
Te has disuelto toda en el sol

Oíafe
El humo se enreda en el paisaje encharcado
Un árbol seco sobre los lívidos desgarrones fugaces
Tibio dormitar junto a tu cuerpo

Cotidianamente
Las dos Sol-Ventas
Gris Vaivenes Cocido

Nº4

ADOLFO SALAZAR

�LA PLUMA

1

J

... castillo famoso.

t

i

ADRID, apenas habitable

el resto del año, me place en octubre-si la
otoñada es benigna y nos regala, tras las tormentas de septiembre,
remedo de abril, con días suaves, de luz tranquila, propicios al devaneo ambulativo. Sólo en otoño está Madrid en su ser. Mayo florido, es
un mes cargante, sin más día pintoresco qúe el día 2, en que los milicianos,
barruntando a Murat, plantan sus tiendas y emplazan un cañón al pie del.
Obelisco, y cruzan el fusil ante el peatón asustadizo, diciéndole con voz
grave: c¡Atrás, paisano... !&gt; La primavera, cuando la hay, tiene en Madrid
demasiada sazón. Le sobran sugestiones violentas;_sus promesas parecen
amenazas. Es desmedida, como la pasión de los que matan por amor. -En
primavera, llena el ámbito madrileño la toreria-. En verano, ya se sabe que
Madrid no existe. Lo devora el sol. Los madrileños emigran, o revientan
como las chicharras el día mismo de Santiago (cornadas en la capea de
Vicálvaro, puñaladas en la corrida de Alcalá); redúce~e la vida de los que
permanecen a las funciones vegetativas; triunfa en la calle, a su modo, el
pueblo menestral; comilonas nocturnas sobre el asfalto abrasador de las
glorietas, tertulias a lo largo de 1~ aceras, música de voz y guitarra a la
puerta de la taberna; fuera de eso quedan la miseria triste, las pretensiones abortadas de unos pocos, y los señoritos que a las altas horas pasan
en manuela por la calle de Alcalá, de vuélta de las verbenas, haciendo
la vida del hombre malo. El otoño devuelve a la villa su equilibrio, y a
nuestro ánimo el reposo. En otoño, los m¡¡drileños están de mejor humor;
su semblante parece menos hostil, menos agresivo su mirar. Acaso el oto-

M

•

I

\

ilo nos exime de una vida estricta~ente mbana; Madrid es me.nos riguroso, pocque le necesitamos menos. Conta¡los son los dfas cleme~tes; Madrid
traspone. el telón brumoso de las Awmas, y se arroja en el invierno. La
urbe nos atenaza de mil modos, lc,s humores se destemplan, se articulan
gestos de violencia sin objeto ni fruto. Violem:ia exacerbada en los modales. Violencia en la expresión de los gustos: hay conciertos que parecen
sesiones patrióticas del Congreso. Violencia en las opiniones: el autor de
este melodrama es un Sófocles, este grotesco rimador, un Lope de Vega•
Llena el ambiente madrileño la politiquería. Madrid fatiga el telégrafo con
las vanidades de los tiburones parlamentarios. Llegada la primavera, le
entregan la antorcha al torero.
El Madrid antiguo me lo imagino siempre con luz de otoño: para el
caso, Madrid se abisma en la antigüedad cada ayer; todo lo más, cuando
el recuerdo personal se borra. La villa vive al dfa, no deja rastro apenas,
no se defiende contra el tiempo. Nada evoca menos que Madrid. Ha devanado sus siglos en silencio; lleva a cuestas un pasado sin fechas, sin perspectiva ni relieve. Su luz ha debido de ser esta luz de octubre, que pone
olvido del mundo y torna amable la vida mientras se toma el sol; pero
también parece que la vida misma se apaga cuando la luz se va. Madrid
venia. a ser un personaje harto desvencijado, con menos años que achaques y más pretensiones que talegas, retirado en sus tierras, divirtiéndose
con poco en sus holgorios caseros, sensato hasta aborrecer las aventuras,
campechano y servicial ,pero mal provisto para visitas de cumplido; en
fin, chombre de recato, de los de en mi casa me como, y otras hidalguías
celosas, cartujo de alojamiento, atusado de visitas, calvo de amigas&gt;. Tenía una solana para los días despejados del invierno, 1ma huerta para explayarse en verano, las noches de más calor se aventuraba a bajar al soto
y a una alameda al borde del rlo.
Madrid, hidalgo perezoso, rural como quien más, vivía de las tierras,
suyas o ajenas, y de lo que le daba un pequeño comercio que habla puesto a nombre de un pariente pobre trafdo de provincias. Pero a fuer de señorito, no habla visto nunca el campo. Sfrvale su fealdad de disculpa.
Para hallar algún deleite en la visión de esas tierras calmas, de ~os yesa273

�LA PLUMA
res, de esas lomas áridas que asedian a Madrid por las tres cuartas partes
de su perímetro, hay que ser algo poeta o un •mucho usurero. Los lugares amenos de esto, vallecitos carpetanos son del rey: Madrid, para no
ahogarse de polvo en los espartales de San Bias o en los altos de Maudes, tenia que meterse en un café o hacer la revolución. Y de hecho, la
conquista del Retiro, 6nico ccampo» que los madrileños han sabido gozar en medio siglo, quizás es el legado más valioso, sin duda el más durable, de aquella cEspaña con honra• parida por la álgarada de Septiembre.
¡Y hubo que derribar para eso un trono.centenario!
Desde el Retiro ha vuelto la villa a dirigir una mirada desdeñosa a los
andurriales de Vallecas, ya de antiguo aborrecidos. En estos años, Madrid
ha oido hablar del paisaje castellano, del horizonte castellano; el tema de la
meseta y sus hechizos, entronizado por dos o tres buenos poetas, ha degenerado en muletilla de juegos florales; Madrid se ha resistido a tomarlo demasiado en serio. c¿El horizonte castellano?-se dijo-¡Veámosloh Y en
el paseo de coches alzó un tabladillo-como un mozo travieso que arrima
una mesa a la pared y sobre la mesa pone una silla y se encarama a lo
alto-pará asomarse por encima de las tapias del Retiro. «¡Ah! ¿Es esa la
conmovedora parda gleba, el sayal franciscano, la tierra madreh-exclamó, cegado por las nubes de polvo que levantaba un regimiento de artillería al avanzar fieramente por el camino viejo de Vicálvaro. Y no ha
vuelto más. Al mirador del Retiro se asoman algunas extranjeras pazguatas que fundan un sistema de historia española en la desolación del Cerro
de la Plata y el provinciano a quien, por tanda, le corresponde ofr y «ver•
que el Cerro de los Ángeles es, en efcto, el cen.tro de España.
El paseante, madrileño ni poeta ni usurero, egoísta tan sólo, propenso
a la contemplación, se angustia al trasponer los chopos que bordean los
altos del canalillo. Virtud de la luz de otoño alumbrando estos collados,
es mostrar desnuda su paz lúgubre. Yo no he visto nada más triste que esas
cuestas lustrosas, de visos leonados-el estfo ha curtido los rastrojos-con
un asilo, un hospital, un convento de ladrillo flamante, agrio, en lo alto; o
que esos arrabales donde los hoteles alternan con los muladares. Madrid
lucha aquí con el desierto, pero con poco gusto de embellecerse la vida;

L

aw~ • •

'Jµpidoa,

~~---

_

pi:aÚras y uemes,
perdidos? T,
• ladol!e ..Madrid, al pie de lá Moncl09, lmá ugett-.
¡aeliciosos, qae hMt: años vimos arribcados, ~ 1•

vie1
1fsimos, para ensayar elí ~ terreno un c n l t i ~ .
• qae
Carlos III defendió durante sus últimos años la vida de un árbol del camino del Pardo. Y el Rey le deda: •Cu~ndo yo muera, ¿quién te salvará,
pobre arbolito?» Aquel rey beato y de pocos alcances era, por lo visto, un
sentimental, y ya presentía el adveñiníiento- &lt;ti!l t~cnico desalmado que
esgrime su suficiencia contra la amenidad y la fantasía.

EL PASEANTE EN CORTE

Soneto blaneo.

1

rRima con esta paz la paz del alma
-vesperlt'no crepúsculo en el campo,
remanso s{lencíoso en la conáenciao es que el mundo su luz de mi la tomar
rEs la verdad esto que ven niis ojos
-las cosas señaladas con mi nombre
cada cual con su peso y su medidao mi mirada crea el Universo?
Una interrogaáón más en la sombta,
un salto para el vuelo en el vacío, ·
sin que por eso una respuesta ,:lara
ni un apoyo en el aire nunca encuentre.
Tal esta sed que lenta me consume
:¡ tk vago itkal sólo se abreva.
C. RIVAS CHBRIP
275

274

\

�LA PLUMA

del ama y el cura
(la gente murmara).

l

l

:&gt;(\

!Perr"8 con fXll'laTUX1$

guardan chivas blancas
y reses tudttncas
de robustas ancas. o'X\,

reew

en Ceroeca.

!Recuas de animales
potrancas lechales
toros sementales
médicos rurales.

CA la moUMta dct Cenmmuda.l

aT

~

v.:
flerias de Ceruera
en la !Primavera;
gente bullanguera

por la ca"etera.

1 Ol9ft0

9{,[ sol matutino
despierta el camino
y canta un albino
sonoro molino.

~.\'

.fa moza galana
sueña en la ventana
del molino. {}rana
la espiga temprana.
,- '!i

q¡
276

H

!Pasó con presura
la cabalgadura

·,

Un carrero-tralla !.t U ffi. )
que al aire restalla-.
!Detrás la canalla
que vende quincalla.
f.Mendiaos
tiñosos,·
ó
mineros ruidosos;
pernianos, colosos
cazadores de osos.
~ozos de la raga
de !IJurgos; de 9/,maya,
pico que atalaya
Castilla y CJJizcaya.
277

�LA- PLUMA

/ !Blanca molinera/
por la carretera
suena la pandera
g el amor espera•
.Se abre la primera
flor de !Primavera.

teatros.

..

FRANCISCO VIGID

el• Tenorio•.

D

de difuntos. Elevan las campanas su voz antigua sobre el sordo,
distante rumor del tráfago ciudadano. Difundido en el aire, grato aunque pobre tufillo de castañas asadas-¡cuántas, calentitas, cuántas!- Puebla el inmenso cementerio peripatética muchedumbre. Pasan
las gentes deletreando los epitafios inexpresivos. Memorias lapidadas.
Las menos tienen estatua; y esa, yacente. Sólo una se yergue en tan ruinosa desolación. ¿Piedra viva o espiritu tallado en mármol? ¿La corona que
le ciñe la frente es aquel lauro oficial de un tiempo? No, renuévalo todos
los años el sentimiento popular. Estamos ante la efigie de Zorrilla, poeta
nacional.
No venimos a desafiar su fantasma convidándole a cena impla. Descanse en paz gloriosa. Que no descienda de su pedestal, que no recobre
su figura pintoresca, que no vuelva a arrastrar la ralda capa romántica por
el polvo de la picardia española. El españolismo con que lo vemos no es
ese de juegos florales y fiestas de raza enclenque. El Dios de Don :Juan
Tenorio le ha salvado para siempre de las miserias terrenas.
Por única vez en el año tienen 10s fastos teatrales una significación
trascendental, un sentido de rito religioso. Avivemos esa llama, no se extinga el resplandor de tan sagrado fuego. Todas las demás representaciones que dia tras dia se suceden con mentida variedad, adolecen de vaIA

e(

·mueo
.Alto es el muro que orilla mi camino, y su
tksnudez rectilínta st prolonga hasta lo infinito.
Lo mciende el sol como tnorme hoguera, to· blanquea
la luna como sepulcro.~ 1if, e:•
De dla, de noche,pesado, inflexible, oigo detrds
del muro tu paso.
SI que estás allf, que me buscas, me quieres,pálido
con la palidez marmórea de la última vez que te vi.
SI que estds ahí; mas no encuentro puerta que
abrir, nipuedo forzarlo con brecha.
Paralela a tu paso camincJ sin ofr más sin
. mds que ese recl,amo único; '
seguir
esperando encontrarte al fin, mirarte dichosa a la
cara, desma_Jar dlchosa en tu ptcho.
Pero el fin cada vez mds se al,Ja, y en mi no hay ~a
fibra que no estl cansada;
y al otro lado del muro, tu paso se escande a
martillazos en el :atir de 11tls arterias.

ADA NBGRl
(Trad. E. D. C.t

279

�LA PLU1,1A

I¡,\ PLUMA

etas-, Vamo11 al teatro por distrw' el ecio o el ltdio de un «abajo "1A 11,•
tria. y-,n01tlatigado el ánie . - esNpi. . risa o sent'-ie.-a\ism&lt;&gt; -f
f-,OS •lto. De vez en &lt;:_uant&amp;, al cual pelledi8ta 6n_ge n o • ~ ~ -~

•ffO t:

~ arU4co i clama con vo~• - - - •
la creación de'1fn teA.lr1
nacional. Algún diputado recoge platónicamente en el Congreso la idea
quimérica, y dos o tres cómicos viejos se aprestan luego con harta premura a hacer valer sus derechos de antigüedad en el futuro escalafón de actores patn·os.
No es eso. No ha de serlo. ¿Puede haber en España un teatro nacional, popular? ¿Qué pautas tradicionales, qué leyendas, qué mitos lo sustentarían? .Sólo el Don Jua,t Tenorio de Zorrilla resume en estos tiempos las
cualidades propias del teatro, del teatro español.
Gallardo y calavera, Don Juan es el .mismísimo demonio; satánica fatalidad le empuja. Y en una frase se sintetiza el drama: c-úusticia por
doña Inésl-¡Pero no contra do"1 Juanl• El jurado popular de tres generaciones ha sabido hacer esa justicia. Magnifica y consoladora tragedia de
la redención por el amor.
·
Hasta ahora la representación ritual del Tenorio ha conservado su virtud, pese a las profanaciones burlescas, no ciertamente del vulgo más indocto, con que la leyenda ha pasado al dominio público. cConvendría ir
pensando ya en restaurar el prestigio escénico del Don :Juan de Zorrilla?
Mientras ha habido actores educados en la manera romántica de D. Pedro
Delgado, mientras, mal que bien, han sobrevivido los tipos de doña Inés,
del Comendador, de Brfgida, de Ciutti con el empaque tradicional" que los
caracteriza a ojos del pueblo, el Tenorio ha sido a modo de misterio
litúrgico. Pero no hay ahora actor capaz de representar dignamente el protagonista. A los mejores les falta. la prestancia personal, el decoro caballeresco; los que más se precian de guardadores de una tradición, que nada
tiene que ver con la que nosotros preconizamos sino en aquello que por
deleznable y caedizo la frustra, son tan defectuosos de facultades, tan entecos de cuerpo, que justifican sobradamente la impresión que hace pocas
tardes, en el Español, recibía un pequeño espectador al lado mio, según
colegí de esta pregunta a su padre, viendo la escena del primer acto en•
280

tre el raquítico don Juan y et €oaeadador. tonante baria: «cPor qué le
,..W. ae hombre a e• _.o?&gt;
··
..\ttotado, ,-es.. et fW.6--5nw.lemente rc¡...;.niico, cde qu~ nuevos mo•os
~ representaciS. •,_~"!' )!.-,,~"Falta aú en el teatro español contemporánlo e sentido estétleo, fáltales a los atrectores de escena
la visión critica, el concepto de la plástica moderna. Las dos partes en que
el drama de Zorrilla se divide muestran bien a las claras esa diferenciación esencialmente española, tan caracterjgtica de algunos grandc,s pintores, entre 1a primera apariencia de las cosas materiales y su espiritualización en la parte supPrior del cuadro. Amor profano y amor divino, pecado
y contrición postrera, picardía y misticismo, muerte y transfiguración.
cSe ha representado nunca hasta ahora el Tenorio destacando tan poético
contraste? De esa manera se disimularía, corrigiéndolo sin enmendar una
tilde al autor, el vicio que en nuestro sentir desvirtúa la fuerza de la tragedia: la persistencia de la figura de Don Juan, después de muerto, con la
misma consistencia carnal que en los actos anteriores, sin el tránsito de
su ánima en pena, desde que el capitán to mató a la puerta de su casa
hasta que entra en la gloria asistido por el espíritu de doña Inés.
Hemos dicho que la representación anual del Tenorio tiene una tras•
cendencia popular de que nuestro teatro carece-fuera de ciertas reliquias
de fiestas religiosas, como la Pasión, de Elche, la Semana Santa de Sevilla,
o la procesión de tos endemoniados, de Jaca-. ¿Quiere esto decir que la
posible restauración del teatro español deba, a nuestro juicio, seguir una
tendencia puramente literaria, es decir, inspirada en temas ajenos a la realidad actual, preñada de futuro? No. Que a tener Don :Juan un hijo, tal
vez éste desafiara a Dios muy de otra suerte que cautivando novicias.

UN CRÍTICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA
mental a la novela, se desprende de la posición ideal en que el autor se coloca,
al contemplar la vida desde el vértice de los cincuenta años. Hay aquí una visi6o panorámica, limitada y ordenadora del mundo de nuestros sentimientos a
la que se afi.ade una agridulce sensación de renunciamiento. Y por esta puerta,
no me parece avcnturadQ afirmarlo, Baroja descubre una perspectiva cristiana
de la vida.
·

•••

llBROS Y ReOtS!AS
Pío Baroja.-La sensualidad pet"f!ertida (novela).-R. Caro Raggio, editor.
Madrid.
La historia de Luis Murguia, cque no es un literato, ni siquiera un dilettanti
de la literatura, sino un curioso, un aficionado a la psicología, un crítico de una
i.ociedad vieja, arcaica y rutinaria&gt;, y que pretende dar en su biografía cuna
impresión exacta de la sociedad española de a fines del &amp;iglo XIX y principios
del xx:•. es una historia interesante, algo melancólica y bastante superficial.
Nuestro héroe nace en Cádiz,_por casualidad, se queda huérfano en edad temprana, le llevan a un colegio de Barcelona, se traslada después a Arnazábal y a
Mota del Ebro, estudia en Villazar y en Valladolid, se establece en Madrid,
donde ensaya sus fuerzas para luchar en la vida; sin saber qué hacer, va a París y vuelve desilusionado completamente y sin haberse enterado de lo que
París es; hace vida de provincias, regresa de nuevo a Madrid, encuentra un modesto pasar, viaja por España comisionado por un chamarilero; vuelve a París,
tiene una aventura amorosa con cierta rusa que le hace traición ... hasta que,
por último, perdido en tales andanzas lo mejor de su vida, se establece otra vez
en su país de adopción, situado seguramente a orillas del Bidaso.t, donde es de
suponer que terminarán sus días escribiendo a ratos perdidos y en otros momentos cultivando su pequeña huerta de Itzea, si no recuerdo mal.
Ni una sola emoción fuerte, ni una sola sacudida violenta conmueve esta
existencia sencilla, primitiva y vasca. Una niñez triste, ya descrita en otras ocasiones, sirve de fondo a una vida de pequeños sucesos descoloridos que, a pesar de todo, nos interesan por hallarse próximos a nosotros y porque se quiebran en planos sentimentales exactos, al parecer.
Baroja abandona en su nueva obra el camino inseguro de las divagaciones
filosóficas y nos ofrece estos que él denomina Ensayos amorosos de un hombre
ingenuo en una époea de decadencia, que se leen con fruición. Novela formada
con recuerdos propios, presenta un doble interés en sí misma, y aparte de lo
que signifique en la evolución literaria de su autor: uno, el principal, a nuestro
juicio, es el que presta al relato cierta cordialidad o efusión que iluQ1ina como
una luz dorada y suave ciertas páginas de la obra. El otro, que da unidad senti282

J. A. P.

AHonao Reyea.-E/ plano oblicuo (cuentos y diálogos). -Madrid, octubre de

1920.

La personalidad de Alfons~ Reyes nos sugiere la respuesta a una pregunta
que acaso nadie ha formulado todavía, con estar en la conciencia de todo crítico; es esta: El descubrimiento del Nuevo Mundo literario, sintetizado en términos generales en el viaje y la conquista de Rubén Darío, ¿qué continuidad ha
tenido en las relaciones hispanoamericanas de estos últimos veinte años? Rubén Darío significa la participación española en el concierto europeo, participación cuyos últimos vestigio¡; habían desaparecido al cerrarse el romanticismo
como tal escuela. Ahora bien, ¿qué hay del Pirineo para arriba en el m_apamundi literario, aparte el caos revolucionario? Hay ... todo lo demds; es decir, la
literatura por la literatura, tendencia eminentemente francesa y que acaso
pueda constituir un peligro de degeneración intelectualista; pero que en España,
y hoy por hoy, es el único refugio de todo ánimo libre. Libre, se entiende, de
la contaminación grosera de un medio ambiente torpe, como lo es en el que se
aboga nuestra literatura contemporánea.
Esa tendencia intelectual es la que, adornada del más fino humorismo, representa Alfonso Reyes, escritor en quien se cumplen verdaderam~nte las afinidades electivas hispanoamericanas, tan gastadas en las salvas ofic1ales.
Distingue a Alfonso Reyes entre los cultivadores de nuestras 17tras una
ecuanimidad rarísima, no ya en sus hermanos del Continente-tan diferentes,
pero caracterizados a nuestros ojos con ciertos rasgos hipe1 bó~icos col!1unes-,
sino en los españoles de hoy, mel'lguados herederos de la castiza sobnedad_de
espíritu. En este _plano oblicuo nos ofrece la realidad sutilizada en una eX:pre_s1ón
literaria, sujeta, sí, al rigor filológico, pero en el que las papeletas científicas
vuelan, convertidas en pajaritas, en alas del arte.
En las J&lt;ejúblicas del Joconusco (ilfemorias de un súbfli~o alemdn), cuento qu~
llena las páginas centrales del volumen, nos par7ce as1~1smo el ce!1tro esp1ntual del libro, el punto ea que convergen su sentido clásico, su gracia moderna,
su medio tono tan digno y sugestivo, irradiaotes hacia las últimas modas y los
últimos modos de la l:&gt;uena sociedad literaria.
Si literario en demasía se te hace, lector, El plano oblicuo, en que Alfonso
Reyes te propone las cosas todas, esto es, ordenadas en una perspectiva de
alusiones que se escapan a veces a tu ignorancia, ¿es justo achacar a defecto
suyo tu falta de gusto por las buenas letras?

C. R. C.

�LA PLUMA

LA PLUMA

S. R. C~Jd:-Ckác~aras de_cef~.-(Pensamientos, Anécdotas y Confidencias).
Madnd, 1mp. y hb. de N1colas Moya, 1920.
c':,o que los franceses llaman ~d _1,-iste edad de los lul.o1, podría calificuse
tamb1én ~ edad de los ,:etrat~s. _Proxuna debe estar tu muerte cuando tus am~
gos y admll"adores te piden tns1s~ntemente el busto. Ap.resúrate a complacer~
les antes que t~ ,cabeza, que com1;nza a desecarse, se convierta en calavera.&gt;
Ye. co_n ocas1on d_el retra~o al oleo que uno de nuestros primeros pintores
está haciendo de CaJlll, hab1amos offio comentar ea alguna tertuli"a 1·t
·
·
"6
1 b"ól
. .
1 erana,
esa m15.ma._preocupac1. n que e I ogo ms1gae corrobora en la reflexión suso
trans~nta. Tal pe!1sam1ento 1 pr~side con serena gravedad, a1Jenas ·d isimulada
por cierto hum?nsmo me_l~ncóhco, pese a la rudeza aparente con que a veces
s 7 expresa, las mteresantis1mas _páginas de las Clzáckaras de caji, en que el sabio emplea sus mal llamados ocios.
. 1:'ocas l~cturas tan apasionantes como ésta, no tanto por la novedad, el &lt;\trevun1ento n1,Ja manera de exponer pensamientos, anécdotas y confidenciag1 vúlgares. las n_ias vec;s. en fuerza ~e huma~s, como porque' en ella se descubre
·con ~mcenda_d ,trag1ca, el dolorido senh: de uno de los pocos homb,es cuyo
he~01smo ~ot1d1ano resplandece ya con.mm.aculada gloria en la desolación. d panola. Tuste consuelo el que de estas 1rón1cas chácharas se desprende, consi~
deraad? la soleda~ a que un Caja! se ve condenado en el yermo espiritual de
su patria. ~oble eiemplo e; de su vida-que la vejez aureola de un nimbo clásico-consc1_entemente pred1~ado en la severa admonición fi nal del libro:
•··· Un ¡_oven pnede ?~cirio todo;_tiempo habrá de rectificar ignorancias,
err~res o ligerezas.~~ v1e¡o debe aspirar a ser reflexivo y grave, pues le falta•
rá tiempo para escnb1r su fe de erratas.
Si las f11:erzas JlO flaq11eaa demasiado, lo más cómodo y socialmente loable
para el _anciano e 7 continuar y desarrollar _la obra iniciada en la juventud. y si
se considera déb_il ~ agotado pa~a la función creadora, escriba sus recuerdos,
c_ontando a sus d1sc1pulos y admiradores, para ejemplar enseñanza, cómo realizó la ardua empresa que le condujo al éxito y a la fama.&gt;
c. R. c.
***

rá cae año de Revista-dice el Sr. Cossío-como el documento más precioso,
auperior sin duda a los Estudios literarios, y aun a estos mismos Estudios de
Literatu,-a y A,-te, para penetrar en los orígenes de la personalidad de don
Francisco, porque allí aparecen ya definidos y tensos, no algunos sino todos
los hilos rectores con que se ha tejido el opulento tapiz de su labor intelectual
y de su vida. Tres son los más fuertes: el espíritu filosófico, la acción social
educadora, y la multiplicidad de intereses o inextinguible curiosidad, que le
mantuvo en perenne vibración, y permitiéndole renovarse cada día, le otorgó
graciosamente el don de aquella eterna actualidad en que siempre viviera.&gt;
Finísimo crítico, no se engañaba ciertamente D. Francisco al considerar tales artículos de su mocedad, «tan sólo como hijos de ese afán que el espíritu
siente por representarse sus propias ideas e impresiones, segwi los acontecimientos de la vida van solicitando su atención, y promoviendo en él un círculo
de reflexiones desordenad.:.s e incompletas&gt;. Al lector desapasionado de hoy
le asaltan repetidamente, leyendo las páginas literarias, o filosóficas, o de pedagogía, que nos quedan del Sócrates sin Platón que fué D. Francisco Giner, esta
reflexión amarga: ¡Malaventurado país, y tiempos desgraciados estos en que un
hombre tal, ha tenido que sacrificar, quizá, su propia obra en aras de una labor
social-de simple roturación del baldío patrio!
Quedan sus discípulos, se me dirá. Cierto, mas no con ellos el impulso vivificador del maestro, cuya virtud no estaba tanto en la profesión de un sistema
determinado, como en el propio ánimo generoso, disperso en un trabajo sin
emulación en foerza de humilde. Y no será la menos inquietante, la consideración del escaso resultado obtenido por la Institución Libre de Enseñanza,
como vivero de artistas y literatos. ¿No será, acaso, muestra palmaria del fracaso de una educación integral, el verla reducida, en sus frutos artísticos, a
cierto dilettantismo, que mal encabre con severa frialdad protestante, la simple
ausencia de catolicismo?
Y entiéndase aquí catolicismo, en su acepción más universal, ajena a toda
confesión religiosa.
c. R. c.

Prancls~o Giner.-Obras completas, III.-Estudios de Literatura y Arte.-

• ••

Madrid, 1919.

Jblien Tienot.-Un demi-siecle de Musique Franfaise.-F. Alean, Paris, 1919

. En la serie ?e l~s obras de D. Francisco Giner, que sus discípulos publican
p1ados~mente, mcluyese abora e~tos Estu1ios de Lite,·atura y A,·te, editados
por pnmera vez en 1876, colecc160 de arhculos «escritos en su mayor parte
p_oco después de los veinte años , edad en que no es dado a la medianía producir sazonados frutos•: según decí~ entonces su propio autor.
Por demás sugestiva es la sucmta referencia que D. Manuel B. Cossío, co•
labor~d◊r de D. Francisco de por vida en la obra de la Institución Libre de
Ensenanza, hace, en el prólogo de este tercer volumen de la Revista Meridio•
nal, A&lt;: qt"~ada, en que los primeros artículos de Gine~ vieron la luz. •Queda•
284

1

La colección de historia, biografía y estética musical que publica el célebre ·
editor de ·filosofía contemporánea Félix Alean, reanudó sus trabajos apenas
empezó a despuntar la paz por el horizonte. Nada más oportuno q ue continuar
esas publicaciones con una que abarcase en una ojeada general la música francesa comprendida entre las dos guerras: la primera, clarín que hizo despertar el ánimo nacionalista de los músicos franceses, mientras que la segunda los
encontraba ya en la plenitud de la sinfonía.
JuJien Tiersot, abundante tratadista en materia de musicología, dedicó permanentemente su actividad al estudio de la música de su país. Sus libros sobre
la Historia de la Canción popular en Francia y sus colecciones de cantos re285

�LA PLUMA

LA PLUMA
gionales y de viejas melodías son indispensables para el estudiante del folklore; al tiempo mismo sus trabajos históricos sobre Ronsard y la m&lt;isica de su
época, Rouget de l'Isle y su vida, la música durante la revolución francesa,
13erlioz y la sociedad de su tiempo, gozan de una reputación bien cimentada,
mientras que sus Musiques f,ittoresques y sus Notes d'etl,nograp!,ie musicale son
de lo más valioso en este género, tan atractivo como poco cultivado.
Su nuevo libro goza de una cualidad general a esta biblioteca musical: una
rara ecuanimidad y amplitud de espíritu que se traduce por la claridad en la
visión y el desapasionamiento en los juicios.
Recorrer la historia de la música francesa contemporánea desde su resurgimiento al año siguiente de la guerra franco-prusiana, al fundarse la Sociétl
Nationale de Musit¡ue, y llegar hasta las últimas consecuencias de la Socilté
Musicale lndependante, sabiendo analizar con la misma simpatía y tranquilidad
de ánimo al viejo Saint-Sal!ns o a Mauricio Ravel, es un mérito de que pocos
podríamos alardear.
Cincuenta años de vida musical significan un período decisivo en la historia
&lt;ie este arte. No es posible hoy desconocer las flaquezas de los fundadores de
la Nacional, ni negar las virtudes de los músicos posteriores a 1900; pero sí es
justo reconocer a éstos como los creadores del más espléndido jardín musical de Francia, y no lo sería el olvidar que aquellos viejos músicos fueron quienes prepararon el terreno y que aun realizaron muy bellas conquistas. ·
Monsieur Tiersot divide su libro en trece capítulos. Su enumeración hará
ver con qué orden recorre este fértil período de la historia musical: Antes
de 1870, los supervivientes.-1871, la fundación de la Sociedad Nacional y Héctor Berlioz.-Bizet.-La generación de 1871.-Saint-Sal!ns, Lalo y sus contemporáneos.-César Franck.-D'Indy y la escuela franckista.-Gabriel Fauré y la
escuela de Saint-Sal!ns.-El conservatorio.-Bruneau y Charpentier.-Claudio
Debussy.-La joven generación.
Pocos estudios más serenos sobre Debussy y los jóvenes existen en Francia
que los del Sr. Tiersot, a pesar de no ser un entusiasta sin reservaa; y es digno
de señalarse el que para ese autor no haya pasado inadvertido el intenso interés del más joven sector musical español por las nuevas manifestaciones del
arte francés.
Una extensa bibliografía aumenta el valor de este volumen.-S.

"

..

Paul Landormy.-Bral,ms.-F. Alean, París, 1920.
A la obra anteriormente reseñada de Tiersot sigue un estudio crítico-biográfico de uno de los músicos alemanes más desdeñado, considerado como el
caso típico de la opacidad germánica. Jobannes Brahms, que ha provocado los
entusiasmos más irrazonados junto a la denigración más despiadada, necesitaba
un estudio como el actual, en el que un perfecto equilibrio de ánimo y la más
justa medida crítica saben ponderar los tan desiguales niveles existentes en la
obra de ese músico.

Paul Landormy es tan conocido entre musicólogos como entre filósofos, repartida su actividad entre ambas disciplinas, y, compositor ademís, sabe ver
cor;,. claridad en la regron en que se mueven las intuiciones y la voluntad inconcreta de los creadores.
.
El estudio de Landormy está dividido en cuatro partes, en las cuales la segunda y cuarta comentan a las otras dos, la 1Jida; el l,om/Jre; la o/Jra; el a,·tista.
Ese capítulo en que el autor describe con tan sutil análisis al «hombre• aclara
singularmente al que critica al «artista•. El ánimo blando, sentimental, enemigo
de violencias y de brusquedades-temperamento de sedentario-explica bien
la excelencia de Brahms a los géneros menores, su «romanticismo de pequeña
envergadura, sentimentalidad burguesa que se contenta con algunas fantasías
al claro de luna y con un pesimismo sin protesta•. Su falta de energía para
crear formas nuevas ni aún para rebelarse contra las antiguas, en una época de
plena revolución, le lleva a contemplar con mirada fría los monumentos clásicos que pretende insensatamente imitar. Así llena esos anchos bastidores de
sustancia inerte o gro!.'era, por turno, según se cree inspirado por sentimientos
poéticos o entu~iásticos.
Saber evitar esas pretenciosas obras en las que Brahms fracasa, pero buscarle en la agradable penumbra de sus obras menores, es lo que Landormy aconseja
con claro razonamiento.-S.

"

..

Carl Van Vecbten.-Tt,e Mu¡ic of Spain (preface and notes of Pedro G. Morales).-Kegan Paul, Londres, 1920.
La Biblioteca de Música y Músicos, de los editores Kegan Paul, Trench
Trubner &amp; C.º, de Londres, contiene obras del mayor interés, entre las que los
estudios crítico-biográficos se unen a los trabajos de divulgación y a las exposiciones históricas.
EÍ último volumen publicado del Sr. Van Vechten, sobre la música en
España, participa de esa triple índole. Se comprenderá, pues, que en unas 160
páginas, s6lo puede contemplarse el arte musical español en muy rápido desfile.
El interés de Inglaterra por la música española crece cada día; un libro bastánte completo en su información y que acoge por igual todos los géneros musicales, desde la danza más popular a las obras &lt;;le más refinado arte, pt1ede, a
falta de trabajos más detallados, servir bien de introducción, pero hace desear
que se le vea pronto sustituido por otros más detallados y puntuales.
El prólogo de Pedro García Morales presta una utilidad grande a ese libro,
ciñendo su materia un tanto disuelta y ajustándola a un principio de unidad
crítica. La falta de valoración de las categorías, sen~ible en el Sr. Van Vechten,
se remedia así, en todo lo posible, por razón de la excelente información y del
seguro juicio crítico de García Morales, que no se olvida de señalar los ú ltimos
acontecimientos-no por ser los últimos los menos significativos de nuestra
vida musical.-S.
·

�LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

�LA PLUMA
adónde íbamos, 6eitor?
¿'JI el perrillo que nos .eguía
no sería, acaso, un león?

LA PLUMA

11

!lbam&lt;M sig,,.iendo una vasta
muchedumbre de todos los
puntos del mundo, que llegaba
a la gran peregrinación.
&amp;ra una noche negra, negra,
porque se había muerto el clol.
fNos entendíamos con gestos
porque se había muerto la voz.
$.einaba en todo una espantosa
y profunda desolación.
¡t)h !Dios!

¿'Y adónde íbamos aquellos
de aquella larga procesión
donde no se hablaba ni oía
ni se sentía la impresión
de estar en la vida carnal
y si en el reinado del/ ay I
y en la perpetuidad del ¡oh/
¡tJh, ;i)iosl

290

.Cas torres de ia catedral
aparecieron. .Cas divinas
horas de la mañana pura,
las sedas de la madrugada
st1ludaron nuestra llegada
con campanas y golondrinas.
¡tJh, !Dios/
;Jamás hablamos visto
envuelto en oro y albor,
emperador de aire y de mar,
sino aquel '8eñor ;Jesucristo
sobre la custodia del '8ol,
/oh, !Dios/,
para te querer y te amar.
C:Visión fué de los peregrinos,
mas brotaron todas las flores
en roca dura o campo magro,
y por los prodigios divinos,
tuvimos pájaros cantores
cantando el verso del milagro.
:Por la calle de los difuntos
vi a Wietzsche l/ :JCeine en sangre tintos,·

�J

LA PLUMA
parecía que estaban juntos
¡e iban por caminos distintosi

•••
.Ca ruta tenía su fin.

'JI dividimos un pan duro
en el rincón de un quicio obscuro,
con el fMarqués de $radomm.

LA PLUMA

t;l perfume que nace de tu sustancia propia
unge los palpitantes senos de la floresta,
!J la estación que ríe bajo su luz de fiesta
hace tus gracias suyas y tus sonrisas copia.
!Pues al paso de 9lora la 'Gierra se conmueoe
y con formas de oro, de púrpura, de nieve,
de azul, la maravilla de su misterio expresa;

así, llena de música, la selva melancólica,
traduce por el canto de la flauta bucólica
lo que arde, lo que aspira, lo que ama y lo que besa.
fMaravilloso champiñón decorativo
que floreciste tantas funciones sanguinarias
en las luchas carlistas, y que por ser tan varias
tus formas, te conviertes en tiara del esquivo;

RUBBNDAIUO

hacia adelante, o hacia atrás, casco, aureola,
ya redondez de hongo, o arista de peñasco,
9ll ponerte en mi testa, me siento un poco vasco,
ya f!parraguirre, o bien 'llnamuno, o .Coyola.

floca.
9l tus pies 'Griptolemo, déa, su cornucopia
vierte, mientras tus manos alzan sobre la testa
encrespada de oro la simbólica cesta
en donde el f!ris mágico sus riquezas acopia.

293

�edad de oeo

LA PLUMA

(Jiiatoñetas de niños de toda, clase. y pa~a)

dijo el castellanito: cPor el duro, voy a traerle al señor cinco grillos
de lolii buenos... »

(1913=1920)

2

GuadaHama

Clib•o inédito)

(Madrid)

el geiUo ,~al

•Qtt
'

1

(Madriá)

angustia el grill? aq~~I de aqu~ljunio raro-junio cóncavo
Y profundo-, alh encuna de ffi1 ventana abierta, tan dentro
de mi soledad, como un cascabelón en el mismo centro ir:iterior de mi oído! Mi sueño era un infiriito de pesadilla y sobresalto:
era todo el cielo negro de verano, hecho monótono goterón sonoro
Y pesado, de estrella de plomo y eternidad de sombra; el mar inmenso de betún nubiano, condensado en una breve ola terrible y ahogante, que, en cada rítmico golpe, me atragantaba; era el mundo en
concentración, que descansaba sobre mis sesos auditivos, preso yo
por la cabeza-¡qué tirones!-de él.
_ ... Por fin, no pude más; y le dije al niño del portero, dueño del
grillo real, que si me lo quería vender; que le daría un duro o dos
.
o cmco,
lo que él quisiera; con la idea de llevarme el acerado 'anima-'
lito oscuro al Retiro y hÓspedarlo entre la yerba más distante.
El ch~quillo abrió unos ojazos enormes, asombrados, que a mí
me parecieron dos grillotes melancólicos, de honda música triste,
creyendo yo que se le convertían en pena, con mi pregunta.
¡No, gracias al dios del silencio, existente, parapií, aquel día! Me
29•

torrecilla de la Prosperidad, mísera, y los pardos chopucos invernales del Canalillo, se cortan hoy sobre un cielo sucio, vagamente estriado de verdes, telón acuoso del Guadarrama.
Marylin, de pronto, ha arrastrado a Walusia a una ventana, y,
encaramándola un momento, le ha dicho: «Walusia, mira, hoy no
hay Sierra. Se la han llevado esta noche los ladrones.»
W alusia alza sus vivos ojitos negros a los míos, abre sus braci. llos gordos, encolchonados de triples mangas que se le han subido,
sofocándola, y al fin se echa sobre mí, llorando desconsolada, como
si sucediese una cosa horrible: «¡Hoy no hay Sierra, Juan Ramón;
hoy no hay Sierra!»
3
el desmonte
(Madrid)

L

I

A

niño está sentado-¿desde cuándo?-en la húmeda arena dura,
esperando no sé a quién que lo ha dejado allí sin valimiento¿esa mujer del mantón blanco a cuadros marrones, oculta casi en el
desmonte, con un guardia civil?-. En la esplanada sucia, como la
mujer y el guardia no están, están solo el niño chico y la tuna· grande, que nace opaca y friolenta-octubre-, deslumbrada del crepúsculo, tras la torre de la Guindalera.
Un momento, el niño, en la volubilidad de su mirar, ve la lunaluna, tunera, cascabelera-, y, echando la cabeza atrás, le tiende
L

E

2 9S

�LA PLUMA

LA PLUMA
cuanto puede sus bracitos. Luego, el cansancio se le une &amp;I olvido·
Y mira un bichillo que pasa, se queda oyendo una corneta desento~
~acta que raja tristonamente el ocaso de dramáticas fajas, o se entretiene en recorrer con su dedo el charquito que, como un filtro sin
llave, acaba de dejar bajo sí.
...Llora un_ poco, pero también se olvida y se cansa del llanto; y
otra vez, perdidos los ojos arriba, le tiende sus bracitos, en un peq~eño esf~erzo inmenso y desesperado, a la luna, que va ennochec1endo, brillante ya y definida, toda la alta soledad.
. 4

(Madrid)
s invierno, y está siempre con su mantoncillo de pico, cuarta
parte, cortado, de uno de mujer, tapándose con él la boca. Graciosísima, la niña. Su cabecilla redonda, peinada lisa-cierto esmero
¿de quién?-, y su tieso rabito trenzado con una cinta blanca al fin
me recuerdan la luna llena con una estrella cerca-que a su vez me'
recuerdan un barrilete nocturno, con un farol en la punta de la cola
=¡qué misterios, cuando pequeños!Ya me conoce, y sus ojitos nuevos y alegremente tristes me ven
venir, y me sonríen, desde todos los lejos de estas calles. Yo, en vez
de darle el dinero que ~a al bolsillo colilloso del hombre borrado de
la esquina, la llevo a una panadería o a una confitería y le compro
algo que le guste; y ella se viene conmigo paseando y contándome
cosas, hastaJtue se come del todo lo que sea.
Creo que se siente defendida por mí. Sin duda, se figura, confusamente, que su padre de la esquina es hombre de no sabe qué grandes derechos-El Tío de la Lista, Ravachol, El Destripador de mu296-

5
la matiposa
(Madrid)
la asturiana polaquita, buscando, como siempre-los ojos
verdes saltados contra el suelo, ávidas las cargadas manitas
· rojas, sorbiendo distraída su nariz-, buscando por la tierra cristalitos,
bichillos, palitroques, ¿qué?, se ha encontrado una mariposa blanca
medio muerta, al pie de un chopo. La ha cojido, limpiándose las ma- ·
nos en el delantal, con la inocencia de una delicadeza virjen que
«quiere ser&gt; delicada, y, corriendo, la ha puesto sobre una gran marARYLfN,

la mendiguiUa

E

jeres, La Mano negra, El Verdugo, alguien trájico y estraño, destacado en entrevistos crepúsculos matutinos y vespertinos de telarañosos suburbios bajos, con desnudeces y tizonadas; de lo que ella ha
oído aquí y allá, y no une ni entiende-; y si le anda cerca, la
niña me dice, disimulando contra mi abrigo: «Señorito, tenga usté
mucho cuidao, que está ahí mi pare, y no quiere que yo coma dulses.&gt;

M

garita:
«Ahí. Para que se muera a gusto.&gt;
Las manos a la espalda, nerviosamente entrecojidas por los dedos, sacando la barriguilla, caída la cabeza, ha buscado con sus ojos
marinos mis ojos, segura, sin pensarlo, de haber hecho una cosa
grande, merecedora de mí.
Un momento después, olvidados los dos, un punto, de la mariposa, 1a mariposa no estaba ya en la margarita. ¿Se la había comido
un pájaro? ¿Había revivido al impulso de la flor movida por la brisa? ¿Se la llevó el aire a la corriente próxima? ¿O se había evaporado
sencillamente, como de rocío, en una asunción milagrosa, desde el
alma de la flor, por el cielo radiante del entretiempo?

�LA PLUMA
Marylín, cuya sombra alargaba por el cerro el sol bajo-campo
.agriverde, con cerca agrirroja de ladrillo-, me miraba sorprendida,.
diciéndome con las manos inquietas lo que no podía ni sabía decirme con la boca. Su esplicación era más cierta por no ser nada, y►
por no ser nada, la convencía y me convencía.

Caegos
I

y6

el

fNo tienes perdón.

«perlodi&amp;ta&gt;

(Madrid)
que, con la noche de la calle mal alumbrada, apeEs nastan semenudo
ve. Le sale a uno de cualquier parte, de uno mismo casi,.
y me clava en el brazo un periódico que a él lo tapa.
Grita entonado, el papel ya bajo el brazo, las manos eri los hondos bolsillos de su chaquetón de otro: «¡La Corres, con la muerte deGallitooo!»
«¡Chiiico!», le riñe la hermana, algo mayor que él, abriendo la.
ventanilla de su casita encendida y abrigada del puesto; «¡que eso
no eees, que eso era hace cuatro dilias!»
Él se va derechito y empinado a ella, y: «¡Tú! ¡que hace cuatro
día; pero si lo sé, si es pa vendé, boba!»
Da media vuelta, y con un lastimoso contoneo torero militar de
sus poquedades y miserias, mirándose la sombra que le saca una farola de gas-verdelimón en la maraña cobriza de un arbolucho aún
seco, que hospeda a la media luna-, se dice, oyéndose él sólo
«¡Soy má chulo yo!»

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

{;l 9l,rcángel de la balanza,
considera menguado al hombre
que la ocasión desampara.
'Yo no sé qué mosca de oro
/ascinó tu alerta mirada;
go no sé por qué te dormiste
cuando la ocasión alboraba.
'Yo no sé como no sintieron
tus manos-proas de esperanzael encontronazo divino
que hace posibles las hazañas.
l;n el CValle de ;fosa/at,
el 9l,rcángel-la acción sagradate rechazará por inválido
con un ademán de su espada.

-

�L A PL U MA

. .. ...
V

[Pues el momento vino a ti
con todo lo que tú soñaras,
y lo deiaste patinar
y hündirse dé nüevó -en·¡a nada.

:for 9lmistad quiero deci.r descanso,
acog~dor albergue, hospedería,
burladero interino de la lucha.
Cualquier otro concepto me fastidia.

II
VI

6n el trance resbaladizo

'Vas derramando tu vida
en un sinsentido ameno,
como las nubes
por el cielo.
'Y después vendrán las llantinas,
el remordimiento cruel;
nube cargada
quiere llover.

pude ver que tu mano era
de yeso {río.
9l mi vacilación angustiosa,
que duró minutos o siglos,
tu mano, en vez de acudir,
quedó plegada a tu egoísmo.
¡!Descuida! 'Ya no se ·tocan
nuestras manos ni en el infinito.

J. MORBNO VILLA

III

¿'Y para qué la petulancia,
cuando sabes que yo te admiro
sin !cáscára?
IV

Cepos pusiste en mi senda nocturna;
yo los colmé de flores y agua pura.

.

'

�LA PLUMA

el

vte,o
Cuento teat,a(.

E

el Sabina!, pueblo del interior, distante muchas leguas de la costa,
tienen los hermanos Isidro y Matías Sosa una 'tienda en la que se
vende de todo, comestible_s, bebidas, telas, quincalla, granos... Los
•negocios no andan bien. En peor situación que su hermano está Matlas,
el cual, cargado de hijos y de deudas, vive en un pago cercano al pueblo.
En éste, en la plaza única y en la misma casa en que se halla la tien•&lt;la, vive Isidro con su suegro el señor Alejo, su mujer CarÍnita y su
hija Lola.
N

• ••

Habitación baja de la casa de Isidro. En el fondo un alto paredón, en
·el cual se abre a la derecha la ancha puerta que da a la plaza y a la iz. quierda una ventana.
A poca distancia de la puerta y en sentido perpendicular a la pared
•del fondo, se encuentra el mostrador, ancho y tosco, que divide la escena
en dos partes desiguales; a la derecha, el espacio destinado al público que
entra a comprar, y a la izquierda, otro espacio, convertido en almacén y
atestado de fardos, cajas, toneles... En los rincones, montones de maíz,
trigo, habas ... A la izquierda, las habitadones de la familia. En el primer .
piso viven Isidro, su mujer y su hija.
Hay en ese piso una galería exterior, de la que parte una escalera angosta, por la que se baja a la tienda. En una habitación del piso bajo
,duerme el Sr. Alejo.
-302

*•*

Es el dla del Patrono del pueblo, en pleno invierno. A las seis de la
mailana es aún noche cerrada.
Las campanadas lentas del alba y, poco después,el golpear de los cascos de varias caballerlas en el empedrado de la plaza.
.
•. d d
Fuertes porrazos en la portada. Una voz ronca y enérgica gnta es e
afuera:
-¡Isidro!
(Los cristales de las ventanas ~ue ~ao a la galerla se iluminan. Una voz aguda de muJer gnta:)
- ¿Quién es?
MATÍAS.
¡Pazl ¿Eres tú, hermana Carmen?
CARMEN.
Ya voy, hermano Mattas.
MATÍAS.
¿Qué hace Isidro!
.
CARMEN.
Ya va. Se está acabando de vesttr •
.
¡Cuerno con el gaodull Bajen pronto a abnr, que hace un
MATÍAS.
frío de todos los demonios.
CARMEN.
1Volando, hermano Matíasl
.
l en
(Al cabo de un rato aparece en la galería Isidro, faro
mano. Grita desde arriba, mirando a la plaza por una
ventana:)
¿Hermano Matías?
MATÍAS •
1Presentel
ISIDRO.
¿Cómo te ha ido?
d
Ya te lo diré, hombre. Baja de una vez y abre esa con eMATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATiAS.
ISIDRO.
MATfAS.

nada puerta.
. d ¡
tó )
(Isidro baja; quita los barrotes y cerrojos e por o.
1Bueoas y santas nos dé Dios, hermano Matlasl
Buenos, hermano Isidro.
¿Qué tal te ha ido!
Regular.
.
¿A qué hora saliste de la ciudad?
subir
Daban las Animas cuando las bestias empezaban a
303

�LA PLUMA

ISIDRO.
MATÍA.S.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

la cuesta de San Nicolás. El condenado maltés no pudo
d~spacharme antes, porque la quincalla la tenía aún sobre.
el muelle.
¿Traes los percales, los mantones, la loza, los calderos?
De todo viene un poco. Empecemos ¡,or el encomienzo (al
arriero). Ea, señor Suárez, a descargar. Y abra mucho el
ojo, 110 me rompa nada, si no quiere que yo le rompa a
usted una pata. Encomience por la yegua. Tú, enciende
de una vez la farola. Me·da rabia de tropezar con tanto
chisme, que no vale dos pesetas.
(Isidro enciende la farola, que cuelga de una viga, encima
del mostrador; el arriero entra y sale.)
Pues, como te iba diciendo, salimos de la ciudad a las
ocho de la noche, y como ahora son las seis de la mañana,
más o menos, resulta que me traigo en los huesos mis
diez horas de caminata. Suerte que la noche estaba clarísima, con mucha estrella. U nicamente en el paso de La
Plata tuvimos algo que sentir... Cuidado, señor Suárez,
atienda: ese bulto ~n el rincón... Bien... Se presentó neblina, y como había llovido la tarde de antes, resbalaba el
piso como si lo hubieran fregado con jabón. Por cierto
que estuve a dos dedos de ir a tomar la mañana al otro
barrio, como el otro que dice.
¡Jesús! ¿Cómo fué eso, hermano Matfas?
Pues si; en lo más amargo de la cuesta, resbaló la yegua
que yo llevaba de cabestro, y por un milagro no fuimos a
juntar nuestros huesos, los míos tan aperreados como los
de ella, en el fondo del barranco.
¡Perra vida!
y todo por cuatro cuartos, jinojo; por salir del apuro de
hoy pa entrar en el de (mañana. ¡Ay, hermano Isidro! Si
tú me hubieras hecho caso, a estas horas estaríamos en

LA PLUMA

ISIDRO.
MATiAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

Cuba o en Buenos Aires, a paleando los pesos, en vez de
arrastrar esta miserable vida de ratones, entre sustos y
amarguras.
Escucha ... ¿Y el pagaré?
Por ese lado, menos mal. Tenemos ocho días por delante.
No pude conseguir más del condenado Procurador. Si a
los ocho días no le pagamos por lo menos dos años de
intereses, vendrá la ejecución, el embargo... La curia se
comerá la tienda, y esta casa que fué de nuestros viejos.
1Y nos dejarán en la calle, a pedir una limosna, hermano
Matfasl
No seas gallina, hermano Isidro. Aún nos quedan algunas
cartas que jugar. Por lo pronto, el día de hoy es nuestro.
¡Hombre! ¿El día de hoy...?
El día de hoy es nuestro, este día de la fiesta del Señor
San Sebastián, Patrono de la Villa del Sabina!. Verás
cómo en la venta de hoy sacaremos para pagar los intereses y aun algo del príncipal al maldecido Carranza.
Eso estarla bien, si no fuera la competencia, como el
otro que dice. Pero no cuentas con Santiago el Largo, con
ese infernal jorobeta, que ayer tarde publicaba por todo
el pueblo una rebaja del veinte por ciento sobre los artículos de quincalla, esos mismos que has traído de la ciu•
dad, exponiendo tu pelleja.
¿El jorobeta? Dale memorias. Ese no abrirá su tienda en
todo el día. Si quiere jeringarnos, tendrá que esperar a la
feria del año que viene.
¿Qué me dice, hermano Matias?
Hermano Isidro: pongo en su conocimiento, que en la
asomada de los Pájaros, alli donde la vereda hace una
vuelta, ¿sabes?, casi a la vista de Aregayeda, en el tramo
más angosto y más peinado-que· da frío de mirar pa
305

�LA PLUMA

LA PLUMA

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO,

MAl'IAS.

lsIDRO.

MATIAS.

lsrnRo.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATIA.S.

306

bajo-, hay ahora cerrando el paso, un peñasco más gordo y más pesado que la Catedral.
¡Jesús, hermano Matiasl
Yo mismo lo puse alli, cen estas manos cQmO tenazas que
heredé del viejo Matías Sosa. ¿Qué te habías figurado? Yo
mismo lo arranqué de la ladera y lo arrastré volteando
hasta el camino, arriesgando esta perra vida que no vale
cuatro cuartos.
Resulta, pues...
Resulta que el pas:&gt; de la Plata está cerrado. Los arrieros de· Santiago el Largo tendrán que dar la vuelta grande
por Verdejuelos. No llegarán al Sabina! antes de las dos
de la tarde. Somos los dueños del mercado, co~o el otro
que dice. Venderemos al precio que nos dé la gana. Hun·
diremos al jorobeta.
Y •.• ¿no habremos gravado nuestra conciencia, hermano
Matías?
(Ríe.)
Acuérdate de lo que padre nos decía: ¡Antes que nada,
muchachos, a portarse bien!
¡Portarse bien! Eso lo pudo decir el viejo, que tuvo siem·
pre una suerte loca en sus compras y en su labranza; pero
nosotros, pobres diablos, arruinados, sin una perra, en la
última encavadura, ¿qué otro remedio nos queda sino robar como todo el mundo?
¡Qué cosas tienes, hermano Matías!
Sí, como todo el mundo. No me vuelvo atrás.
(Tentado de risa, querieftdo contenerla.) Es gracioso, muy
gracioso. Conque todos ladrones, ¿hi?
El robo, hermano Isidro, es tan natural como la respiración. Robamos sin sentirlo, sin darnos cuenta. La vida es

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

un paseo con las manos metidas en los bolsillos de los
demás.
Yo robo, tú robas, ¡¡hi, hi!!
Aquél roba. Todos robamos.
¡¡¡Hi, hi, hil!!

* **
LOLA.

ISIDRO.
MATÍAS.
LOLA.
MATÍAS.

Lou..
MATÍAS.

SUÁREZ.

MATiAS.

ISIDRO.

(Bajan_do la escalera con la tacita de café para el ab el )
No gnten, no griten, que va-i a despertar a papá
PD~dre, écheme la bendición. Buenos y santos tío Mat~~:·
1Os te haga una santa.
'
·
¿(onq~e al señor Alejo le llevan el café a la cama?
También se lo llevarán a usted cuando te
h
años cc,mo él.
nga oc enta

l1 ~-

Lo dudo. Primero, porque no llegaré a ellos y segundo
p?rque, aunque llegare, me figuro que no habrá hijo n:
met~ que me alcance una taza de sustancia.
No diga eso, tío Matías. Un padre es un padre.
(Incomodado con el arriero.) 1Señor Suárez, señor de la
p_achorra, guárdese ese pasito moderado para l
s1ón
. aa bpr_oce. ddel Santísimo Corpus! 1Vivo • vivo! Q mero
nr la
tlen a al ?olpe de las siete, desde que empiecen a repicar.
Don Matias, más no puedo hacer, créame. Me esto cayendo de pura debilidad ...; atiénteme las manos /verá
que las tengo como el yelo...
.
Hable cl~ro, señor mio. Necesita combustible, ¿verdad?
A_ ~er, Isidro, saca el ron; pero no el bautizado, no· el leg1hmo de Jamaica.
'
(Beben. Grito agudísimo y ruido de loza que cae y se rompe en el cuarto del abuelo.)
¡Misericordia! ¿Qué es eso?

�LA PLUMA
LA PLUMA
Condenada chiquilla, &lt;QUé te pasa?
(Bajando
la escalera, como una loca.) ¡Madre a moro.sal
CARMEN.
¡Mi niña! ¿Qué tiene mi niña?
(Saliendo del cuarto, despavorida.) ¡El abuelol
Lou.
¡Ay,
mi padrito de mi alma!
CARMEN,
¡Espere.
madre; no entre ahora, por Dios! ¡Espere!
Lou.
¡Confesión,
confe1ión!
.
ÚRMEN,
¡Callen,
condenadas
mujeres,
ordinarias,
gritonas!
Ba10,
MATÍAS.
muy bajo, que va a enterarse la vecindad. Ven acá, Lola,
¿qué pasa?
Entré ... a llevarle el café al abuelo ... Todo estaba oscuro ...
Lou.
Le llamo ... No me contesta •.. Me figuré que estaba dormido... Le tiro por una mano ... ¡Ay, que la tenía yelada
como el granizo.. .! ¡Ay, que está muertito, créame, señor
padre; créame, señora madre!
¡Muerto sin confesión!
.
¡Quietos todos! Nadie resuelle... Vista hace fe ... Yo les
MATÍAS.
diré a ustedes lo que pasa... Mucho silencie... (Enciende
una cerilla y entra en el cuarto del abuelo. Si~encio m~droso. Al cabo de un instante sale. Las dos mu1eres e Isidro le rodean, ansiosos.)
KUJER'lS B Isrn. ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? ¿Qué tiene el v~ejo?
Bajito, caramba, bajito. Pues ... nada ... no tiene compostuMA'IiAS.
ra ... Se fué con Dios.
(Llorando a gritos.) ¡Ay mi padrito! ¡¡Ay mi abuelito de
ARM.
Y
Lo
LA.
C
mi alma y de mi corazón!!
.
¡Silencio, escandalosas, ordinarias, mal criadas...! :'a1s. a
MATfAS.
despertar a toda la vecindad. (Brutalmente.) ¡S1lenc10,
IstoRO.

rayol
Matías habla bien. Más que lagrimas y suspiros, aprovechará al difunto un padre nuestro por el ánima •
Eso es. Rica idea. Vayan, vayan mis niñas a rezar un pa-

•

SUÁREl •

M.lTIAS.

SuAREZ.

MAT!AS.
ISIDRO.

MATIAS.
ISIDRO.

MATlAS.

drenuestro por el ánima... Adentro, no tengáis miedo. Yo
dejé encendida la vela... Adentro, adentro. (Entran las
dos mujeres en el cuarto del abuelo.)
(Muy atento.) Yo, por servirles, podrla ir por el cura.
Usted ajunta las caballerías y se marcha volando pa la
cuadra, ¿sabe? Y si yo llego a saber que el señor Suárez
le cuenta a alguna persona, quien quiera que sea, lo que
aqul ha pasado, es a saber, que el tío Alejo ha fallecido,
usted me conoce, señor Suárez, usted conoce a Matías
Sosa, el del Sabina!, pues le juro por la salvación de mi
ánima que donde quiera que le coja le parto el espinazo,
¡Cuidado con eso, señor don Matfas; cuidado con eso!
Usted no me conoce. Por el rigor yo no voy a ninguna
parte. Por el bien, un niño me lleva por delante con una
caña ... Ya sé que usted me lo pide con polltica, con muchísima política. Por eso yo le digo al señor Sosa que
Fortunato Suárez no despegará la boca para mentar al
señor Alejo; y si le preguntan que si ha muerto, dirá que
e.s vivo ... Usted no me conoce, señor don Matías. Por el
rigor, yo .. .
Bueno, hombre, bueno. Andando.
(Sale Suárez.)
¿Has visto qué fatalidad? Es tonterfa empeñarse, desengáñate. No hay más remedio que bajar la cabeza y canfor~
marse con la desgracia.
No me vengas con gallinerías. ¡La desgracia! ¿Qué mayor
desgracia que ser un gandul, sin coraje ni voluntad?
¿Pero qué quieres hacer, hermano !.latías? Con un cadáver dentro de la casa, ¿cómo es posible abrir el establecimiento? Quedarfamos sin dignidad, deshonrados, como
el otro que dice, a los ojos del público.
Entonces, tte conformas con perder el día de hoy, la oca309

�LA PLUMA

ISIDRO.
~ATIAS.

i.SIDRO.
MATIAS.

IsIDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

sión de la feria, la venta segura, el precio que nos dé la
gana, sin competencia?
¡Hay un cadáver dentro de la casa, señor!
¡Y de aquí a ocho días habrá dos, porque cadáveres, cuerpos putrefactos, comidos de cuervos, son los hombres
arruinados, sin una peseta, a quien todo el mundo da con
la punta del piel
Pero hay que cumplir con la sociedad, hermano; hay que
hacer el duelo.
¿y quién te dice que no se haga? Pero se hará a su tiempo; por ejemplo, a las dos de la tarde, cuando hayamos
concluído nuestras operaciones.
Pero el cadáver, hermano Matías. ¿No sabes que la gente
está acostumbr~da a ver todos los días al viejo, sentadito
junto a aquella ventana? Si hoy publicamos que no sale
por estar malo, los vecinos querrán entrar a acompañarle,
a darle un rato de conYersación. Y si entran, hermano
Matías, excuso decirte; si entran y le ven tendido como
un leño en aquella cama y nosotros tan frescos despachando detrás del mostradór, excuso decirte, hermano Matías,
cómo quedaremos. Quedaremos como un trapo, como ...
Asl seria si no vieran al viejo; pero como le verán, hermano Isidro, como le verán sentado allí, junto a la ventana, como todos los días.
¿Qué dices, hermano Matías? ¿En qué piensas, por Dios
vivo?
¿Te has figurado que Matías Sosa, este hermano tuyo que
anoché mismo le ha visto dos veces la cara a la Muerte
en el paso de la Plata, va a retroceder ahora por estúpidas consideraciones a un cuerpo sin vida, a un pedazo de
palo, cuando se trata del pan de sus ocho hijos? Tú no
me conoces. Mírame bien, hermano lsidro. Yo no soy un

.,

ISIDRO.
MATIAS.

l

ISIDRO.
MATIAS.

IsiDRO.

MATIAS,

IslDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

CARMEN.

ISIDRO.

hombre, soy una fiera capaz de derramar la sangre del
prójimo y la mía.
Sosiégate, hermano, no te acalores, no te precipites.
Acabemos de una vez. Dentro de poco saldrá el sol y empezarán los repiques... Ya se siente el rebullicio de la
gente en la plaza. ¡Qué feria vamos a tener! Haremos
doscientos pesos, trescientos quizá, rescataremos el pagaré, nos salvaremos de Carranza y de la Curia. ¡Animo,.
hermano Isidro! Entre los dos cargaremos al viejo y le
pondremos, allí, vuelto de espaldas en aquel sillón.
¡Jesús mío!
Al verle tranquilo, envuelto en su capa, la gente se ·figurará que está dormido.
Las manos me tiemblan, hermano Matías. Las gotas de
sudor me caen de la frente ... ¿Ves? Yo no sirvo para estas cosas.
¡Miserable gallina! ¡Quita! Lo haré yo solo.
No, no, espera, yo te ayudaré. El Señor me perdone ...
Pero escucha ... , ¿y Carmen? ¿Te figuras tú que Carmen
consentirá que le toquen el cuerpo sagrado de su padre?
¿Quién lleva los pantalones, ella o tú?
Pero señor, de todos modos hay que contar con ella,
como principal interesada que es en el cadáver.
Conformes. Pero, ¡vivo, vivo! Mucho tiempo hemos perdido ya.
(Isidro, desde la puerta de la alcoba, llama a su mujer.
Salen madre e hija. Diálogo en voz baja entre Isidro y
Carmen. Protestas y gestos de horror de ella: exclamaciones sofocadas.)
·
(Rompiendo a gritar.) ¡Jesús me valga! ¡Mi padre, los restos sacratísimos de mi padre! ¿Estás en tu juicio?
Espera, mujer, no te sofoques. Si no se trata de perj11di31 1

310

�LA PLUMA

CARMl!N.

MATIAS.
CARMEN.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.

CARMEN.

MATIAS.

CARMl!N.
MATIAS.

31:?

cario en nada ..• La cuestión e~ tenerle de cuerpo presente, como el otro que dice, un par de horas ... ¿A él qué le
importa? Más bien se alegrará de hacei-nos un favor.
Eso no es cosa tuya. Tú no eres capaz de eso. La ocurrencia debe de ser de tu hermano Matías, que nunca ha
creído en el ánima, ni en la justicia de nuestro Padre celestial.
Sí, señor¡,; la ocurrencia es mía, y como yo lo mando no
hay más remedio que obedecer.
Pues te equivocas. Primero me matan que dejarte manipular el santísimo difunto.
Pero, condenada mujer, ¿no comprendes que ese cuerpo
ya no sirve para nada, que es como un pedrusco, como
un pedazo de palo?
Eso, un pedazo de palo, que ni siente ni padece. Lo mismo que yo te decía, mujer.
¿Prefieres, mujer estúpida, verte arrastrada _por esos sue•
los, echada de esta casa por el granuja de Carranza, que
te rematen hasta la camisa y andar errante por esos campos con un palo y unas alforjas, pidiendo limosma, pasando hambres y vergüenzas?
Espera, hermano Matías. No la sofoques. Ya verás cómo
acaba por comprender la razón.
¿Y el pecado? ¿Tú no cuentas con el pecado grandísimo
que vamos a echar sobre nuestra conciencia?
Ea, bastante tiempo hemos aguantado tus majaderias. Se
me acabó la paciencia. ¡Sus! ¡Largo de aquí!
¡Her¡nano Matías, por caridad divinal
¡Largo de aquil
(Carmen sube lentamente la escalera. La chiquilla la sigue, sollozando. Matías, desde abajo, les impone silencio.)

LA PLUMA
CARM:SK.

LOLILLA.

MATus.:
CARMEN.

Lou.
MATIAS.
CARMEN.

LOLA.
MATIAS.

lsIDRO.

MATU.S.

Ism:ito.
MATIAS.
ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO
MATIAS.

¡Ay, Redentor mío! ¡Ay, Madre amorosa, qué dolor tan
agudo!
¡Hi, hil
¡Cállense, cállense!
¡Ay, qué corona de espinas! ¡Ay, qué hiel y vinagre! ¡Ay,
qué callejón de la Amargura!
¡Hi, hi, hil
¡¡Cállensell
¡Ay mi padre, ay mi padritol ¡Un alma tan buena, tan devota de la Santísima Virgen y del glorioso patriarca San
José!
¡Hi, hi, hil
11Cállensell
(El llanto de las mujeres se aleja. Ya no se oye.)
Ea, ya estamos libres. ¡Jinojo, vaya unos trabajos! ¡Triste
cosa tener que ganar las miserables perras con el sudor
del cuerpo y las amarguras del alma! En fin, ¿qué hemos
de hacer? Vamos, hermano Isidro, a la obra ... ¿Qué es eso?
¿Qué te pasa? Estás temblando...
No lo puedo remediar. El corazón se me encoge cuando
pienso que lo tengo que tocar con mis manos. ¡Ay, hermano Matfas, qué paso tan fuerte!
¿Conque le tienes miedo a los muertos?
No lo puedo remediar.
¡Idiota! ¿Tú crees que los muertos viven?
¿Qué sé yo?
Pues si viven, no están muertos . Entendámonos. Una
cosa u otra. De modo que tú... ¿te quedas en tierra?
(Casi llorando.) No puedo, hermano Matías; no puedo.
los brazos se me parten.
Quita, hombre, quita; da vergüenza... ¡Iré yo sotol No
necesito de til rNo necesitó de nadie!
313

�LA PLUMA

LA PLUMA

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS,
ISIDRO.

MATIAS.

IsIDlilO.
MATIAS.
ISIDRO,
MATIAS.

IsmBo.

MATIAS.
314

(Entra solo en el cuarto del abuelo. Al salir, marcha pe~
sadamente, con la cabeza erguida, jadeante, llevando en
brazos el cadáver, envuelto en una capa.)
¡Vivo, hombre, vivo! ¡Pon el sillón de espaldas a la puerta .. .! Así... ¡Ea, ya está!
(El cadáver queda sentado· en el sillón, de espaldas al
público; sólo se ve la €abeza blanca, apoyada en el respaldo. Matías se deja ca.er sobre un fardo. Respira con
trabajo.)
¿Qué tienes, hc&gt;rmano Matías?
¡Qué he de tener! ¿Te parece poco todo esto?
Tienes razón. Tú eres muy fuerte, pero no eres de hierro. Debes estar rendido. ¿Quieres tumbarte un ratito en
mi cama? ¿Vamos arriba?
¿Dormir yo ahora, cuando va a empezar la batalla? Esta
noche dormiré, si puedo. ¿Sabes lo que me pide el cuerpo? ¡Ron! ¡Venga ron! Echate una copa, que· bien la necesitas. Tienes la misma color que el difunto ... ¡Buen par
de gallinas estamos!
(Beben. Pasa algún tiempo.)
¿Oyes? ¡La señal...!
¿La señal? ¿No serán tus oídos?
No sé; me pareció oír muy claro el golpe del esquilón.
¡Espera, espera un poco .. .!
(Ambos atienden. Golpes débiles, agudos, espaciados de}
esquilón.)
¡Sí, es éll ¡La señal! ¡Ahora la campana...! ¡Benditos repiques,· que alegran y refrescan el alma!
(Los golpes de la campaña, lentos y acompasados al principio, se precipitan luego, se confunden en resonante algarabía. Estallido de cohetes.)
¡Te acabaste al fin, noche de perros, maldecida noche de .

MATIAS.

EL

GENTIO.

MATIAS.

horror y pesadilla! ¡Ya no tengo miedol ¡El padre Sol está
ahí fuera, llamando a la puerta, metiendo por las rendijas-.
monedas de cinco duros! ¡A la obra, hermano Isidro!'
¡Abre el portón de par en par, que entre el padre Sol!
¡Que entre todo el mundo!
(Isidrn abre el portón, Penetra en la tienda, con el sol deL
amanecer, una oleada de gente; hombres que vociferan y
cantan, mujeres que ríen, chiquillos que tocan trompetillas y tambores.)
(Frenético, medio borracho, golpeando con una pesa eL
mostrador.) ¡Adelante, señores míos! ¡Vengan todos a
honrar la casa de Matías Sosa, la primera tienda de la
villa del Sabina!! ¡Aquí encontraréis toda clase de artículos, nacionales y extranjeros, de todas las partes del universo mundo; comestibles y bebidas, lanas y sederías, pañuelos y mantones, quincalla y perfumería! ¡Alto! ¡Esperen un poco! ¡¡La religión siempre por delante!! ¡Caballe-ros, digan todos conmigo: nViva nuestro Patrono San
Sebastián!I
¡¡¡Vivalll
(Isidro se acerca tímidamente al mostrador, protestando
con el gesto contra el escándalo.)
Sí, sí, por D ios; tienes razón; ya no me acordaba ... (Vociferando.) ¡Vean ustedes si en esta familia hay honradez,
si hay ... caridad! ¡¡¡Si hay cristianismolll ¡Mientras loshijos se desloman trabajando, el viejo duerme tranquilamente en ur. sillón!
(Voces en el público, unas que preguntan, otras que con-testan.)
-¿Está dormido?
-Sí, está dormido .
-Dormido ... dormido ... dormido ...

�LA PLUMA
(Las voces, los cantos se atenúan, degeneran en murmullo, que poco a poco se apaga... El silencio se.extiende, se
prolonga indefinidamente...)

Melodías líeicas

..
1

LUIS Y AGUSTlN MlLLARBS

1'

)

Calendat?ío.

jiooiembte.
ffor la /R.eal Orden Otoñal
se declara el frío oficial

la magia del ritmo
!Dama cuarentona
-u hombre de prebendacuándo, el ritmo va
mula canonesa;
cuándo, cabo fino
de ágil hacanea
-trote menudo
y corta crencha.
&lt;:Jh !Dios, que el milagro del ritmo ya esdivertida invención de veras.
'Y ley del vivir. 'Y del triunfar.
!Porque es, entre todas, saber la senda.
'Y entre las mil lucecitas del cielo,
formar la nuestra.

y la poesía sentimental.

C:aen las hojas y los nidos,
los árboles se han declarado
en huelga de brazos caídos.
fllnimas, campaneo tétrico;
las golondrinas se marcharon
(caducaba su kilométrico).

'Y cuando anda el vivir en trastorno
y está como a golpe de ruleta,
saber ponerse en el color
en que la 9ortuna parará su rueda.

C/;odos hablamos del Ocaso
de que la vida es un fracaso

y referimos nuestro caso.

Dicta Ca (foa

F. VlGHl .
...-s 16

1

'Verso mío, has de tener
la alegría triun/al de 9Jeethoven;

�LA PLUMA

y ha de ser, tu canción,

ebrio trovar de ruiseñores.
61 maestro del ritmo que riges,
f ué el riachuelo, sierpe saltarina,
bajo la ventana de la alcoba
en que, infante, ensoñabas tu vida.

'Y f ué tu maestro la senda

,l

Apuntes
paea una qeogcafía musical
de eucopa.=1920.
&lt;-.&gt;)

por las brañas y los lentiscos,
en que ibas, ausente y poseso,
hilando el copo de estos linos.

'Y la golondrina que chiaba eufórica,
divirtiéndose en saltos mortales,
cuando rosa y o,o· venía el alba,
cuando oro y rosa se iba la tarde.

'Y la fina aguja del chopo
-lama, buril y estiloque dibujaba por las estrellas
sobre el cielo sus Jeroglíficos.

***
-'Y habéis de tener, mis versos, la honda
fluidez del canto gregoriano:
que a la carreta cargada de mies
no le va el ritmo del tren rápido.
LUIS G. BILBAO

in
líAllA
razones de tiempo, las que establecen el aspecto del mapa
en las geografías artísticas! Madre de todos, Italia hubiera comenzado, en otro siglo, una serie de papeletas!análoga a esta. Hoy, va
exactamente detrás de Francia y de Rusia. Y con fruto esto, aunque esté
todavía un poco verde y áspero al mordi9Co, mientras que lo parvo de su
cultivo alemán apenas produjo una cosecha débil, incolora y blanducha.
Saludemos el desfile de los buenos esplritus que prepararon el terre•
no-Sgambati, Martucci, Alfano-; pero no hacemos aquí historia retrospectiva. Para combatir la degenerada actitud de dentro de casa, llamaron
a las virtudes del vecino, que, al trasplantarlas, se llenan de veneno. Se
cegaron voluntariamente al luminoso camino del estilo-la intensa esencia de su raza-, tuvieron veleidades germánicas, que pasaron en seguida,
y las cuales esgrimían como arma contra los que derrochaban en malos
pasos la rica herencia tradicional y, en resumen, hubo un espacio temporal de incertidumbre, de decaimiento y de desorientación, hasta que llega•
ron los ecos de las músicas de Rusia y de Francia.
Júbilo general y rebato de corazones a voleo. Cada cual agarró un
trozo de la túnica salvadora, y armaron la más jovial algarada. La Italia
musical de nuestros días es el árbol lleno de pájaros, en el que cada uno
-canta su propia alegría por haber encontrado lo «nuevo&gt;.
Diferencia en esto de España, de casi todos los países musicales, en
ROFUNDAS

P

319

�LA PLUMA
LA PLUMA
general; mientras que el periodo tr~nsit_orio, ~l que media ~ntre el w3:gnerismo hasta el despertar de la conciencia nacional, es sensiblemente igual
al seguido en España. El wagnerismo no empapó del mismo modo a Inglaterra, que seguía con sus adoraciones mendelssohnbrahmistas; a nosotros, si; pero despertamos al mundo nuevo con menos alegría que los
italianos, que se recobran como después de un mal sueño disipado.
Unos países son, esencialmente, sinfónicos, aun cuando miren hacia el
teatro. Otros, como Italia, son, sustantivamente teatrales, aun pensando
en hacer música de cconcierto&gt;. Las primeras impresiones del arte ruso.
sirvieron en Italia para colorear, con algún matiz de novedad, a la
música de escenario. El realismo de Mussorgski producía una impresión
grave entre los pocos que lo conocían, los cuales lo ocultaban con un cuidado que parecería gracioso si no fuese ignorante; este afán de ocultar
ocurrió también entre nosotros.
Entendido a medias, el realismo del autor de cBoris&gt; conducía al
verz'smo. Contra él-esto es, contra lo exótico en el arte teatral italianose alzaron los músicos de la estirpe nueva, porque, además, ese teatralismo sensacional condensaba todos los vicios de la decadencia italiana, mal
encubiertos por un traje que preteudía estar a la mod~, y porque por ~ntre ellos no circulaba más que una sangre corrompida y un propósito
de engañar al incauto con sw espantajos sentimentales.
En este sentido, el &lt;verismo&gt; es_ un 3:traco estético al público d~ ~?ntos· del mismo modo que el sensacionahsmo de Strauss lo es al pubuco
de Íistos. Arte de pícaros, en una palabra; aquél, con la ~anzúa de la. melodía en lo blanco de los ojos; este otro, por sus momgotes grand1filosofista s.
.
En un ambiente tal, con las emanaciones mefiticas del pantano vensta
y las de la cloaca-máxima straussiana, se comprende que la pureza de
intenciones del simbolismo francés o la fresca sangre sonora de los rusos
apareciesen como efluvios de un paraíso encantado.
Algunos de los- primeros ':11ús~cos ~el crin~vamento&gt; hablan incluso
estudiado en Alemania, y sentido Juveniles veleidades ~or Bru~kner y p~r
Mahler; pero Francia, con su ~orizon~e claro a lo Puv1s, les htzo sacudir
las sandalias y acogerse al s~ave ambiente del te~plo nuevo. Luego, la
irrupción de Strawinsky les tnfl.amó con un neofit1smo ~•~no de generoso
entusiasmo. Alguno de los nuevos proclamó que la mus1ca empezaba el
día del estreno de Le sacre du Printemps.
.
.
Nunca se vió un trompeteo más entusiasta, llamada al cammo recién
abierto. Y con·el desprecio de los operistas y el asombro de los demás,
320

un g~po de ardit{ comenzó a trabajar en Italia, apenas sospechados de
los mismos que los habían hecho nacer, y apenas sostenidos por la fe ni
el aliento de nadie.
Hoy mismo, de~~ués de Pizzetti, de Casella, de Malipiero, de Castelnuovo, de Tomassiru, el cuerpo general de opinión en Alemania O ea
Francia, en Inglaterra o en España o aun en la misma Italia no cree de
un modo convencido en la autenticidad de la joven música italiana. Veremos despu~s que esto mismo ocurre respecto de los nuevos compositores germán~cos. A lo qu_e _menos se acostumbra el público es a que un
pueblo cambie en su tradición o la haga evolucionar. Parecería tan raro
hace unos pocos añ?s qu~~er convencer de que Francia, por ejemplo, no
era sólo Gounod-Saiot-Saens-Massenet, y Alemania no Beethoven-Schumann-Wagner, como que Italia no era tampoco Bellini-Verdi-Puccini. y
otro tanto al afirmar que habla una floración musical tan nueva como rica
en ese país, o en Inglaterra o en Espafta.
Nada menos pertinente que hablar de &lt;escuelas&gt; en esas tierras asi
como tampoco en la nueva Alemania. Entre los jóvenes italianos ap~nas
ha)'. otros rasgos co~~nes que los del temperamento o los que dan la seme1anza de las cond1c10nes que los han lanzado a la lid. Hay un cgrupo&gt;
-la escasa docen~ de n~mbres que todos los días repetimos (1)-, pero
no otra cosa. La diferencia de temperamentos, de intenciones, de sensi•
bilidad y aun de procedimientvs (dentro de la generalidad de lineas que
su genealogía les da), es mayor que la semejanza de sus rasgos comunes.
J?efinense éstos como sensuali~ad palpitant~ y ~lerta; viveza de imaginación, de concepto, de percepción y de reahzac1ón; agudeza de intuición
y claridad sintética, un amor por la expresividad de la disonancia y una
limpieza de línea con una acentuación sui glnerls en el modelado, que es
tradición permanente en el arte italiano. Una cosa son todos: italianos
hasta la médula; brotes de un árbol tradicional, cuyas ralees se extienden
~n lo má~ hondo de l_a historia, con sus ventajas consiguientes y con sus
mconvementes también; un arte todo en el aire y en el rayo de sol· un
arte_ todo en el brillo de ojos y en el cascabeleo del oído. Pero ¡qué gran
motivo éste! ¡Qué verdadero su impulso a la creación! Lejos de las inconfesables gestaciones del verismo y de la ciénaga sensaciomi.lista.
Esos músicos italianos son e puros&gt;. He aquí su principal valor. Lo
que les mueve no es la baja palpitación grosera de los post-románticos
sinfónicos u operistas.
'
(1) Véase la nota bibliográfica sobre el libro de G. M. Gatti en este número.
321

�LA PLUMA

lo

Y, por
menos, hoy es esa condición su más alta ventaja. Su obra
no puede aspirar a otros cumplidos mas que por lo limpio y bello de sus
orlgencs. Ahora que, para ser obra verdaderamente, le falta aún mucho
camino. No dudo yo de la vitalidad de la tendencia; por eso creo que la
obra vendrá. Hoy estamos todavia en los propileos. Algunos, Casella,
Malipiero, parecen ser las primeras concreciones estelares de la nebulosa. Pero todo en ella es movimiento y evolución material. Es tan fina la
sensibilidad de un Mario Castelnuovo, tan !frico el dramatismo de Pizzetti, Malipiero está tan deslumbrado por la iridiscente palpitación de la
disonancia, Casella tiene un temple tan fuerte y tán noble; todos ellos,
Davico, Santóliquido, Victorio Gui, Perrachio, Alaleona, Balilla-Pratella,
tienen tan rica vena y tan aguda vibracióR, que la obra no se hará esperar. Sin duda se está ya formando. Mucho de lo ya hecho integrará ese
corpus total necesario. Hoja3 tiernas, de su abundancia nacerá la opulencia del bosque nuevo.
.
Hasta entonces contentémonos con el jardín.

ADOLFO SALAZAR

t
l

t

La co.s tu m bce

E

ec~ _de socieda.d ~ue pregonaba el regreso y consiguiente instalac1on de los senores de Serrano en su hotel del banio de Argüelles, había suscitado de nuevo la maledicencia madrileña en torno a las segundas nupcias del joven ez ministro conservador:
-¡Casarse sin guardar luto siquiera a la otra pobrel
-¡Tirar así una carrera política por la ventanal Porque esas cosas se pagan, ¡vaya si se paganl
-¡Darle madrastra a la niña!
-¡ Y qué madrastra!
-¡Si los hombres de talento hacen a lo mejor cada cosa! ¿Qué
necesidad tenía de casarse con ella?
-¡Pchs! ¡Vaya usted a saber! Quizá todo sea cuestión de costumbre.
Tal vez no estuviera muy lejos de lo cierto el caracterizado senador que tan experimentada opinión aducía.
Viudo de aquel modelo de esposas
L

«cristiana, amable, cariñosa y seria•
322

323

�LA PLUMA

LA PLUMA

que, como el cantor de estas rancias virtudes, era del campo de Salamanca, donde poseía pingües heredades, César Serrano, apenas
transcurrido el novenario, volvió a sentir la comezón de tomar
estado.
En lo que influyó no poco el consejo de la mujer que había arrebatado a la legítima la sobremesa de la cena diaria, transcurridos que
fueron los cinco años primeros de los diez que estuvo casado.
-Mira, César-le dijo-, tengo miedo. Lo que oyes. Míedo de
qua te me vayas. Ya ves tú lo que son las cosas ... Ahora que se ha
}levado Dios a la otra pobre ... Y es que me has dicho tantas veces
que yo era tu libertad, 9.ue al verte libre tengo ~iedo. C~ate. Cásate
para que yo esté otra vez segura de que necesitas de mt. De tu mujer nunca tendré celos.
.
Entonces, desafiando la unánime oposición de deudos y correhgionarios, se casó con ella.
Hicieron el viaje de novios imaginándose que lo eran, y por mejor ayudar al ánimo a recobrar ciertos virginales :~ntimiento; que
yacían dormidos en el recuerdo. A la vuelta, la fam1ha enarbolo desde luego bandera de paz-tal significó a sus ojos el blanco pañuelo
con que les saludó desde el andén la niña, huésped de la abuela durante la paterna luna de miel.

***

Sentados en el sofá como estaban, echóseles la noche encima.
-¿Estás contenta?
. .
Ella, por toda respuesta, se le quedó mirando, luego mclmó ruborosa la cabeza y así permaneció un instante, fijos los ojos en el ca324

lado del delantalillo, cuyas puntas tenía graciosamente cogidas con
cuatro dedos.
-¿Estás contenta? Di.
Tomándole la barbilla con cariñoso imperio, le obligó a levantar
la vista.
-¿Lloras?-Y le besó calladamente los párpados.
.
-¡Tonto!-replicó ella desprendiéndose de sus brazos; y limpiándose el dulce llanto con el pañuelo de su marido, devolvióselo
luego al bolsillo superior de la americana, de modo que asomara dos
puntas coquetas-. ¡Que si estoy contenta! ¡Pues podía no!
-¿De veras, Churrunga?-Esto cogiéndole ávidamente las manos, a la vez que buscaba en sus ojos la verdad de tan tierno halago.
-Te voy a pedir... una cosa-le interrumpió.
E intentó disimular con mentido carraspeo la emoción que su
voz delataba.
-¿Qué quieres?
-A ver si vas a creer que se trata de algo importante...
-Me asustas ... ¡Habla!
-¡Qué bobada!
-¡Acaba de una vez, mujer, no me tengas así!
-¡Ay qué gracia! Pero tontín ...
El afán de restarle importancia al favor, aumentaba el recelo del
marido.
-¡Por algo se me antojaba a mí que no estabas satisfecha del todo!
-¡Eso sí que no, César...! Quería decirte simplemente que ... ,
¡pero no te enfades! Queria decirte que no me llames ya Churrunga.
Él echóse un poco atrás, sin dejar de mirarla, y se limitó a contestar pausadamente:
-Ya.
-¡No creas que es por mí! ¿Que por quién? Al pronto, parece
32 5

�LA PLUMA

LA PLUMA
una simpleza. Es... por ti. Piensa que soy ... tu mujer. Y, sobre todo,
que tengo que ser una segunda madre para tu hija.
Se hizo un silencio. Duró lo que el eco dél reloj de cuco al dar
las nueve.
-¿En qué piensas?
-En que... ya no eres, no puedes ser Churrunga; pero te iba tan
bien. ¿Cómo te voy a llamar ahora?
-¡Ay qué gracia! ¡Como si yo no tuviera nombre cristiano! ¡Y
poco bonito que es!
-Pues... ¡sí que es verdad! Mira que no haber caído... Rosa.
Rosita.
Al conjuro de aquel nombre parecia como si los apasionados sentimientos de antaño se le trocaran en los propios del ánimo matrimonial.
La niña no cenó aparte como en casa de la abuela, sino con ellos,
para que se acostumbrara a no ser huroncilla.
-Es muy mona; se parece toda a su madre.
Y así diciendo, cogióle de la mano la madrastra para llevarla a
acostar ella misma.
Luego de bien arropadita le dió un beso en la frente, y volvió al
comedor.
Su marido, e~ zapatillas, bostezaba ante La Correspondencia.
-¿Qué haces ahí? ¿No sales? ¿Y por qué? ¡Tienes que salir! ¡No
faltaba más! ¡Nada de sacrificar costumbres! En los años que hace
que te conozco, no has dejado de salir una sola noche de tu casa.
Le obligó a calzarse de nuevo, le ayudó a ponerse gabán y sombrero le dió un beso en la mejilla y, empujándole a la puerta, permane~ió luego en el rellano hasta verle desaparecer escalera abajo.

126

***

.

1

11

l

Echó a andar como sonámbulo. Cansado de vagar por calles y
callejas, despertó al ruido de las palmadas que él mismo daba, inconscientemente, ante un portal.
Abrióse en esto el balcón de un entresuelo, cuya vista érale también familiar, y oyó una voz femenina que decía apresurada:
-No llames al sereno. Ya baja la chica a abrirte.
Se pasó la mano por los ojos. Entró.
En el oscuro recibimiento le salió una mujer al paso:
-Creí que no volvías más.
Y como penetró resuelto, seg uiale ella corredor adelante dándole
quejas:
-No tengo un perro. ¡Hasta el casero me ha mandado un recadito! Gracias a que los porteros son buena gente y han hecho
que me fiaran en los ultramarinos, que si no... ¿A ti te parece n
medio regular? ¡Dos meses sin dar señales de vida! ¿Pero te has
quedao mudo? ¿O es que pintan morros? ¡Pues di que sólo eso faltaba?
A su grito de asombro, cuando estuvieron a la luz del gabinete,
respondió risueño el intruso:
-No soy un apache; no se asuste.
-El caso es que a primera vista...; pero, ¿quién es usted?
-¿Qué más da? Ya nos conoceremos... Por lo pronto, no se preocupe de esos piquillos que dice deber, ni se acuerde de ese perdido.
-Pero... ¿quién?
Y le miraba entre espantada y curiosa, engolosinada con la aventura. La•criada, que atisbaba con recelo desde el pasillo, cuando le
vió echar mano a la cartera se retiró discreta a la cocina.
- No vaya usted a creer tampoco que estoy de remate. Apuesto
a que vamos a ser muy buenos amigos. Yo no quiero nada. Nada
327

�LA PLUMA
más que libertad. Un poquito de libertad ... de tapadillo. Después de
cenar... todas las noches ... la libertad ... Churrunga.
Estaba ganada.
-¡Ay qué paso más chusco! ¡Y vaya un nombre que me pone!
~Que, ¿no te gusta? Ya verás qué bonito suena.
-Más que el mío desde luego.
-¿Cómo te llamas?
-¡Anda! ¿Y a usted qué le importa?
-Es verdad, Churrunga, es verdad.
Y se dieron las manos.

~

1

Teatcos. .
«pigmalión.&gt;

C. RIVAS CHERIF

Shaw, detenido años ha ea la Ciudad Lineal-diez o doce van
transcurridos desde la representación de Mrs. Warren's professíon
con el título de 1 rata de blanca¡ (I) en el Teatro Artístico que alli
dirigía el señor Miquis-, ha vuelto a entrar en España por San Sebastián
,este verano, y en Madrid por el Pasadizo de San Ginés. Coincidiendo con
el estreno de Pigmalión, la empresa de Eslava ha publicado en los periódicos una nota oficiosa dando cuenta de la representación en un teatro de
Londres de una comedia de la firma Martínez Sierra. La noticia alimentó
en nuestro ánimo cierta falaz esperanza: la de que semejante intercambio
no fuese tan sólo efecto de un azar casual, sino de un propósito general
beneficiosísimo para el público madrilef\o. Pero nuestra ilusión se desvaneció, no más vimos levantarse el telón en la comedia de Bernard Shaw,
y aun antes, al salir el propio señor Martínez Sierra a leernos, a telón corrido, unas cuartillas explicativas del alcance y significación de la obra
que se iba a representar. El empresario de Eslava, cubriéndose con la
pinta, nos advertía que el Pigmaü'ón era, como todas las de su autor, una
comedia inverosí'11til, escrita para un público-el inglés-que, muy realista en la vida, gusta, al revés del nuestro según el exégeta, de la inverosiERNARD

B

lMP ROMPTU
CVamos a cantar sin copla,
vamos a cantar por cantar,
como el viento cuando sopla
por el encinar.
· 'jj vamos a hacer de manera
que para decir su intención
cante cada. cual lo que quiera,
mas todos a un son.

1
'Í

329

�LA PLUMA
militud en el teatro. Cuentan que uno de los primeros actores más aplaudidos por la claqut y de que más se ufanan los gacetilleros, decía, resu.
miendo en sucinta opinión la que P{gmalt"ón le merecfa, que en España..
tenemos 25 autorea dramáticos como Bernard Shaw. Quien no haya
visto la representación de Eslava juzgará excesivo el número. Nosotros►
sin embargo, nos atreveriamos.desde luego a contar hasta tres, y claro que►
entre ellas, a la firma Martínez Sierra. Ya sea :efecto del expurgo
del tradu.c tor, ya de la dirección artística al dar a la obra el tono con que
ha sido representada, es lo cierto que de la gracia c,riginal dei Pigmalión
apenas si queda otra cosa que la liviandad caracteristica de las comedias.
de Benavente, de Linares o de la firma Martinez Sierra. A ello ha contribuido no poco la int~rpretación, adaptad-i a las condiciones de la señora
Bárcena, sugestiva en extremo, pero cuya acusada personalidad tan repetidamente perjudica a los varios caracteres que le están encomendados
en el reparto de las obras. Llámese Desdémona, Margarita Gautier o Nora,
siempre es Catalina. Nosotros casi preferiríamos que Naturaleza no hubiera dotado a la señora Bárcena de tan delicado metal de voz, voz para
dar el sí de las níñas, cuya ingem1idad teatral cuadraría tan bien a su temperamento.

UN CR1T1CO INCIPIBNTB

330

I',
t

l tBROS Y REOtSt~S
Ramóa

Meaé■ des

Ptd&amp;l.-E.rJudios liJ1rario1.-Atcnca. S. E.-Madrid.

Tanto se ha abusado en estos últimos tiempos del dictado encomiástico de
maestro, atribuyéndolo con vano halago y sin sentido, ora a quien le quedaba,
mucho todavía por aprender, ya a quien de poder enseñar algo diera malísima·,
ejemplaridad a los supuestos discípulos, que es menester, en casos como el presente, llamar la atención del lector sobre la justicia y conciencia con que lapa-Jabra se empica. D. Ramón Menéndez Pidal lo merece sin que semejante título,
Je acarree la enojosa compañia de cuantos lo detentan una temporada, según
Jo impone la moda pasajera de una generación, en el caso más favorable, cuando no de un corrillo.
Heredero de cierta preeminencia magistral, de que había hecho un trono su
glorioso antecesor, ha sabido depurar, reducir a proporciones científicas, el legado espiritual de Meoéndez y I'elayo, cuya leyenda amenazaba, en boca del
vulgo, arruinar la obra fecunda del historiador literario. Meoéndez y Pelayo era•
unfenómt1'o, declarado vo~ pojuli monumento nacional. Había que reaccionarcontra la maravilla, sacrificándola en aras de la sana razón. Desprovista de todo
oropel, mantiénesc incólume la memoria del gran escritor a través de la obra
del crítico, profusa, desordenada , excesiva, discutible en su magnificencia. Menéndez Pida! personifica ese criterio clásico que ha sido menester para encau- zar dentro del sistema europeo, digámoslo así, de la crítica literaria, el caudal de
la erudición española. Criterio que implica tanto el rigor en los métodos de investigación cuanto el estudio de la literatura desde un punto de vista propia-•
mente literario, espiritual, no sujeto tao sólo al tecnicismo de la papeleta que ·
mata.
Tal la enseñanza que se despr ende de estos Estudios, leídos por su autor·
en recepciones a cadémicas o publicados en diferente s revistas de 19 02 a la fecha; trabajos que, no obstante aparecer coleccionados modestamente sin otro.,
orden que el cronológico, no son ensayos nacidos al azar, hijos de la ocasión,
sin más nexo entre sí que el de la pluma que los ha escrito, mas que responden.,
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
.:a una unidad de concepto, que trasciende al lector sugiriéndole la serena

al ~errar el l_ibro se i:os_ antoja ronca de so2tener el mismo tono agudo de la
pnmera págma a la ult~m~.. Adolece principalmente, a nuestro juicio, la obra
entera d_el deseo_pec11har_1s1mo en las ~scritoras de dar una impresión de fuerza varonil. La senora ~spma descubre su feminilidad en la invención, allí donde para más rea(zar_ 1~ tremenda fatalidad del sino adverso mezcla inoportunam~nte el drama_1,nd~v1dual a la tragedia colectiva, drama por otra parte tan dilwdo en la _d&lt;::cr1pc1_ón del fondo, que no capta nuestro interés.
Esta op~mon der!va de una discrepancia fundamental t&gt;ntre el gusto artístico de la_ senora !tsprna y _el nuestro. Digamos en holocausto a la verdad que la,
razón, _s1 es el publico _quien la da, parece estar de su parle, pues que en el
poco tiempo transcurndo desde la salida de El metal de los muertos está ya a
punto de agotarse la primera edición.

gra-

vedad intelectual que en tales páginas alienta.
Presídelas, sin duda, en punto a su importancia, el estudio sobre La Crtftli,ca general, al que sigue en nuestra preferencia el discurso acerca de La j&gt;rimitiva poesía Hrica española con que inauguró D. Ramón Meuéndez Pida! el pasado año el prirnero;deJsu presidencia del Ateneo. Muéstrase en todos ellos, aun
en los que _;¡retenden ser sólo apuntes o notas breves de ternas apenas esbozados, el mismo sentido general, que s11.be recrear a la luz de hoy día los fundamentos de un espíritu español, persistente en la literatura castellana.

C. R. C.

•••

c.

·Concha Espina.-El ,mtal dz los muertos. Novela.-Gil Bias. Madrid, 1920.
Al criterio absu.rdo de la r:nayor parte de los editores y libreros españoles,
atentos, al parecer, al sistema de venta preconizado en el inveterado refrán del
buen_ paño encerrado en el arca, ha sucedido de algún tiempo a esta parte el
prunto de anunciar a la norteamericana, es de cir, con exagerada despropor
-ción entre la mercancía que al público se ofrece y su calidad. No es esta la
única concomitancia que el lector, a poco curioso que sea, observará entre la
última novela de la señora Espina y los procedimientos artísticos y editoriales
-de que suele valerse al escribir y publicar las suyas otro de nuestros primeros
escritores, según la fama ambirnuodial, el Sr. Blasco Ibáñez. Tengan o no que
-ver semejant~s nclamos con el mérito literario de las obras así expuestas a la
pública conside ración, revela n en todo caso un afán mercantil digno de respeto, ya que la indife rencia o la falta de información adecuada del común de
los lectores exculpan el exceso ditirámbico.
Et metal de los muertos es una novela-llamémosla así pues que tal nombre
le da su autora- sumamente interesante en cuanto al propósito. Creemos que
ila señora Espina ha intentado romper la monótona liviandad del ambiente
con una obra cuya gravedad correspondiera con épica grande za a la crisis sodal del mundo. Que el alegato puede St&gt;r considerado obra de arte, es cosa
palmaria aun antes de Zola, y a partir de él según ciertas reglas todavía no subvertidas en su género. La trágica cuestión de Ríotinto es de por sí tan apa!&gt;ionante, que incluso a través de las informacioces p eriodísticas impresiona a
todo ánimo sensible. ¿A qué obedece, pues, que su lectura en las páginas de Et
metal de los muertos no suscite en el nuestro esa emoción expiatoria propia de
las grandes obras? (que no son siemp re las más voluminosas). En nuestro en·tender, a que la novela no está lograda.
Pese a la precisión detallista con que la señora Espina acumula cuantos términos técnicos le ha podido proporcionar el estudio documentado del lugar de
la acción, y quizá precisamente por ese exceso, int:xpresivo para el profa•no, se confunde el lector, un tanto abrumado por el esfuerzo de la autora, que
332

R.

c.

***
Mario Pu~cini.-Essere o non essere. Racconti.-Edizioni A. Mondadori.Rorna.
;

!,a interesantísima crónica con que ha inaugurado Mario Puccini su colaboración, ~n LA PL_mu basta µara dar, a través de la imparcialidad informativa
del cntico, un_a idea clara del propósito literario que anima al autor de Essere
o non essere, dignamente presentado ya a nuestros lectores por Enrique DíezCanedo. La lectura de los tres cuentos que componen el volumen nos confir~an e?- es": idea, que juzgamos de provechosa ejemplaridad en el desconcierto.
litera.no reinante. La hermandad hispano-italiana es, por otra parte, tan indudable,_que todo fenómeno social, cuanto más literario, tiene para nosotros doble ahc1e1:1te po~ el solo hecho de producirse en un país tan afín al nuestro.
. ¿Qué mtenc16n revela Mario Puccini en medio del desaforado lirismo futuns~a qu_e ~a sucedido, juntamente con la nueva disgregación dialectal de laumdad italiana, al genial D'Annunzio? La de volver al natural. No haya equívocos. Pero tampoco m_ayores sobresaltos. Esa vuel~a. al natural ¿puede significar
nunca ya la aceptación del 11aturalismo como d1v1sa? No; el mero hecho de
propo~er como modelo al octogenario Verga no implica en el homenaje al
autor_ ilustre de l.avalle~·ía rusticana la consagración de la teoría ve,-ista, que
constituye a nuestros OJOS el peso mu•rto de su literatura. La elección de tal
maestro_ sign_ifica la co_ndenación del énfa~is d'annunziano y del desbarajuste
del mannettismo. Es simplemente un llamamiento a la honradez literaria.
Pero ~n los tres cuentos que integran Bssere o non essere-Kitorno al mondo,.
G_aratten, L_a veritá-hay además un humorismo de tan buen temple, quiero decir tan cermdo a través de ese criterio sutil hecho en fuerza de buenas letras
que ello solo basta para hallar en su lectura el reposo deleitable de que est~
faltas cuantas solicitaciones suelen hacernos los libros, monótonos en su mons-truosa inconexión, que nos brindan los escaparates de la •ueva Europa.
33J

/

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
Tenemos noticias de que algún editor es_p~ñol piens~ publicar, no tardando,
Ja traducción de este último libro de Pucc101. La elecc1on nos parece lo más
.acertada.
C.R.C.

*

**

&gt;Guido M. Gatti.-Musicisli moderni d'/lalia e di fuori.-Pizzi

&amp;: C. Editori,

Bologna, 19,0.I
El nombre que encabeza e sta colección de artículos críticos es_ e l que ea
.Italia significa lo más claro y más intelige?te , a la par 51ue lo_ meior informado~
de entre los escritores musica les de su pa1s. Y este pa1s, Ita ha , es uno de lo
,más afortunados en posee r escritores de esta índole: Fausto Tonefra?ca,
Giovvanni Bastiauelli, Domenico Alaleona, entre_otros, SI? contar los mús1_cos
mismos que impulsan el movimiento de renovación, el «nnovamen_to• ~usical
, ue dió cuerpo a )a «Sozieta Italiana de Musica ~oderna~ y a la simpática reiista .Ars nova. Casella, Pizzetti, l\falipiero y el ag1ta~o _Bahlla Pratella defienden
, con la pluma los ideales que dictan sus obras de mus1ca.
.
.
Estudiar éstas de acuerdo con esas ideas estéticas y defio,1~ .la persooah?~d
de c;ida uno de esos músicos es lo que Guido M. Gatti,_el c11t1co de
Critica .
6tusicale, de Florencia, de otras revistas milanesas y director de It Piano Porte
. ~a de las más interesantes revistas m?dernas: de la cual hablare':°o.s enCe~a
sección), intenta en su serie de estudios pubhcados por la casa p¡zz1 &amp; • e
, Bolonia.
.
l"b
nueve·
Los músicos italianos de los que Gatti se ocupa ea su 1. ro son
. •
.Franco Alfano, Alfredo Casella, Mario Castelnuovo-Te~esco, Vmzem:o _Dan~o,
Vittorio Gui, G. Francesco Malipiero, Luigi Perrachio, lldebrando P1zzettt Y
,F. Balilla Pratella. Se ve que todos ellos pertenecen . al gr~1po moderno &lt;;1e su
aís y que el e~critor no ha pretendido un_a _ordenación 01 por ~d:ides 01 por
-~iscutibles categorías. Fraternidad y cord1ahdad ~on las c_arac_tensbcas de e~e
ru O ue no cuida de otras consideraciones smo de 1r directamente ~ a
'. ~on~uiJa de su arte y a tirar fuerte de las orejas del o,·ecdziante, el auditor
neutro y pasivo.
1 ¡·b ·t d Guido
Ocho esbidios sobre músicos extranjeros completan e I no e
•Gatti. Son todos ellos los que más interesan en el momen~o actual a ~d~s los
entusiastas por el nuevo arte musical: Emmanuel Cha~ne~, ~laude . e ussy,
Eugene Goossens, Gabriel Grovlez, Jobo Ireland, Enk Sat1e, Cyril Scott Y
,{)éodat de Severac.
.
d d fi ·
personaEl juicio crítico de ese escritor y su _rápida manera e e mr un~ erle traelidad hace que se le siga con el mayor mterés y mueve el deseo ~e _e Es lá
li ando de,músicos como Strawinsky, Bartok, Falla, Schoenbery, Scnabrn
P .

1:ª

i.

Guillermo d• Torre.-Manifiesto oertical.
De entre los jóvenes que con más ardimiento preconizan la conversión del
~undo litera~io ~ la va~a fe cat~lica que i~radian las numerosas capillas futu!"l~tas, expresiomstas, sm:~ul!ane1stas, dada1stas, ultraístas y creacionistas, diseminadas por el ~undo, d1st10guese en Madrid por su fervor apostólico Guillermo ~e Torre, asiduo colaborador de la revista Grecia. Ha publicado ahora un
mamfi~:t? exornado co? grabados en ma_dera de la señorita Borges, manifiesto
de facilísima comprensión, pese a los sistemáticos detractores de las nuevas
fórmulas, aunque no de fácil lectura por la rigurosa disciplina esdrújula a que
el Sr. Torre somete su estilo. Y sólo hemos de oponer un reparo a la novedad
del P:~pósito que M_ani_fiesto ver~ical exalta: la de su arcaísmo. Porque, aun
transigiendo con atnbuir un sentido figurado a tan ardua posición, ¿cómo no
ver las afinidades retóricas de semejante teoría con alguna de las metáforas
más coreadas estos últimos aiíos, verbigracia, la de una España vertebrada y en
pie? Y en último término, ¿no podría un especialista descubrir en el r,erticalism,
del Sr. Torre antiquísimos vestigios de la mística pasión de San Simeón Estilita?
C. R. C.

•••

Corpus Barga.-Parfs-Madrid.-Un viaje en el año r9.-Madrid, 19w.
Algunos amigos de Corpus Barga han editado en lindo· volumen, fuera del
-comercio, las crónicas en que antaño refirió su viaje aéreo de París a Madrid
con el aviador francés De Romanet. Por gracia especial de su autor, un hombre
raro en el mejor sentir,., de la palabra, nos ha cabido en suerte uno de esos curiosos ejemplares.
Ya la verdad que merecían el ser coleccionados aquellos artículos en que
el simple lector hallará grande complacencia, el bibliófilo avara satisfacción en
poseerlos, y e5pecialísimo interés el historiador literario; pues que tal viaJe representa la prlmera y preciosa tentativa en lengua española por describir ade~ua_d~mente, sin corrección, pero con propiedad aérea-no a ras de tierra-, el
incipiente vuelo del hombre.

....

C. R. C.

Libros recibidos: Maeztu, Unamuno, Campion, Baroja, Mourlane: Del espíritu de los r,ascos. Biblioteca de Hermes, vol. l. Bilbao, 1920.-Rafael Calzad11:
La ~alria de Colón. Buenos Aires, Roldán, 1920.-Manuel Ugarte: Cueutos de la
Pampa. Madrid, Calpe, 1920,-Luis del Valle: Emociones. Zaragoza, Editorial
Athenacum, 1920.-E. Mazorriaga: Platón el Divino. Estudio preliminar a la
traducción directa de sus «Diálogos». Tomo l. Madrid, Biblioteca Clásica, 1920.
335

. 334

�LA PLUMA
Ramón Menéndez Pida!: Un aspecto. en la elabo,-arit/n del Quijote. Discurso leído
en el Ateneo. Madrid, 1920.-Christian Roeber: Poemas. Biblioteca Poética, número 1. Septiembre, 1920. Buenos Aires. Valentín de J:'edro: Kimas de pasión.
1
Madrid, 1920.
Revistas: España, Madrid.-Spanien, nÚf!l 4, Hamburgo.-La Lec/u,-a, noviembre, Madrid.-He,-mes, noviembre, Bilbao.-Nos, núm. 1, octubre, Orense.-Die Aktion, 47-48, Berlin.-Vida, núm. 3, La Coruña.-España y América,
noviembre, Cádíz.

Gacetilla.
Azorin de Tarascón.-:-Ha estado a pique de perderse para 'los fastos de
la energía española la gesta de Azorín en París. Agradezcamos el desenfado con
que el propio Azorín nos cuenta en El Sol sus proezas. En 19:8, Azorín se fué
a la guerra. No en viaje colectivo y segu,-o: «Fuí a París solo, silenciosamente,
sin reclamos de Prensa, en los momentos de más angustia para la hermosa
ciudad: en la primavera de 1918. Los alemanes habían avanzado hasta ChateauThierry; salía a bandadas la gente en los trenes; el formidable cañón de largo
alcance lanzaba, cronométricamente, por el día sus proyectiles¡ los aviones
dejaban caer durante la noche sus bombas. En mi cuartito del hotel (jamais
on ne se se,-ait cru devant la demeure d' un ké,-os ...) en estas horas trágicas, en el
silencio de la gran ciudad(... mais quand on entrait, coquin de so,-t...!), leí al
divino Racine, al divino Cervantes(... un komme était assis, devant le gué,-idon).&gt;
Caro ha podido costarle a España el irrefrenado ardimiento de Azorín: afrontar, solo, el bombardeo de un cañón, que para ser el primero que oía tronar no
era un «pequeño cañón&gt;, como antaño hubiera podido creerse, sino un cañón ..así de grande!, y, lo que es peor, ¡cronométrico! ¿Qué harán Pepita, Rosita,
Carmelita, D. Antonio, D. Fabián, D . Andrés y de.más entes azorioescos al
saber el peligro que ha corrido su epónimo? Pero una duda nos asalta. ¿Estaba
realmente solo Azorín? ¿No le acompañaban siquiera el comandante Bravida,
Costecalde el armero, Bezuquet el boticario? Porque estos eran sus camaradas
de aventuras, según cuenta la historia: L'int,-épide Azorín kabitait alo,-s, á l'entrie de la flille, la troiriéme maison á main gaucke su1· le ckemin d'Á'llignon...

PIN DEL VOLUMEN 1

•

���</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Buenos Aires. Cooperativa Editorial Limitada, 1920.-R. Mesa Fuentes: Elogi1&gt;
de la Fiest• de ta Prima1Jera. Santiago de Chile, 1920.-Manud ugarte: Las esjOllláneas. Barcelona, Biblioteca Sopena.-José María Salaverría: Santa Teresa
de Yenh Enciclopedia, Madrid.-Pedro Prado: A/sino. Editorial •Minerva&gt;, Santiago de Chile.-Luis Araquistain: España en ,t crisol. :Editorial cMinerva&gt;,
Barcelona.
Revistas,-&amp;,aña, Madrid.-Belles-Lellres, París.-Cuba Contemporánea,
La Habana.-L:i Ronda, Roma.-La Gonnaissance, París.-EJ Espectador, Barcelona.-Letras, C6rdoba.-Yuoentud, Santiago de Chile.-Nos, Orense.-Arg-uitectura, Madrid.-Claridad, Santiago de Chile.- Vida /Vuestra, Buenos Aires.Reju·torio .Americano, San José de C. R.-Die A/ilion, Berlín.- Via Lióre, San
Jo~ de C. R.-Le Carnet-Crilig-ue, París.-España y América, Cádiz.-Mercure
de France, París.-Hermes, Bilbao.-Aclion, París.-Athenaeum, Zaragoza.-La
Lectura, Madrid-Le Progrt!s Cioig-ue, París.

AÑO 11.

.\IADRID, MARZO 1921

NúM. 10.

FEDRA

GACETILLA
Los chicos de la escuela... ultraísta.-Siguiendo la moda de Parísdel año pasado-unos cuantos jóvenes que pretenden ocupar las avanzadas
literarias, celebraron noches atrás la primera velada ultraísta. Pese a la excelente disposición de los espectadores, el espectáculo resultó sobremanera
lato. Sobr.S tiesura de ateneo provinciano y faltó, no digamos ya humour, sino
simple buen humor. Nosotros sólo sacamos en consecuencia que el señor Lasso
de la Vega no sabe francés, que el señor Paskiewiu-perfectamente caracterizado de polaco-no sabe español, y que ninguno de los demás lectort·s sabe

TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACTO TERCERO

dad4.
A la manera de... «Padre nuestro que estás en los cielos; santificado sea el
tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la
tentación, más líbranos de mal, amén.

1

1.ª

F1,;DR.,, muy débil, casi moribunda, apoyándose eo el brazo de E
FEDRA.

VSTAQUU.

Por fin va a acabarse esta tortura'
· Llega la hora del
d escanso!
EusTAQUIA. p
FEDRA.
/ro, q~é ~a~ hecho, hija mía?
No podia vivir más no d' . .
~re e hijo enemistados p~r ia ~1v1r en este infi~mo;_pahto, sin mi Hipólito' M p h m1 y sobre todo sm Hipódrá a verme morir ·a dasa a orlabvendrá, no? Ahora venrme e eso de viático
l , 1t·
•
mo ... no. el primero' Ah .
d
... e u 1' uia?
así, Eustaq
.
o1 a ven rá a perdonarme, no es
EusTAQUIA. s·i, se le ha llamado y Pedr
.
y en vista de tu estado d .º6 en su f?ndo ansiando verle
, 1 su vema ...

128

129

•

�LA PLUMA

'LA PLUMA

.
. to lo hecho; ahora quiero
.... Ahora s1eénl . él no! Me moría... no
Vendrá... vendrá
· · pero con , sm
de él
vivir vivir, v1v1r,
e iba a su cuarto, hoy ya ,
d'~ más' Cada vez qu
·unto a la que fue su
po 'lo a U~rar allí y desesperrme,~ luego ese Marcelo,
~:a• se me rompía el cora7:
penetrábame hasta lo
t~rrible Marcelo... su ~d 1 guarda mi acusador.
ese
ª que 'adivinar
· · lo .
más hondo; era ~1· demonio
l ée tenía
. . nado m1 secreto, o s '
d
Ha a 1v1
la
No es lo peor eso.
t
odré decir la verdad, toda
lEusrAQUIA. y ahora, ante la muer e, p dre e hijo, vivirán e~ paz_'!
FEDRA,
d d a Pedro. y ellos, pa
d án de este m1 sacuver a
.
erte Se acor ar
d ?
• mí sobre m1 mu
·
• me lo conce es
su1; u' , \timo favor, Eustaqu1a,
fic10? n u
d )
EuiTAQUIA- Habla.
No; me lo conce es.
FtoRAEusuQUIA - Habla!
Otóro-amelo!
. .
FEDRA,
~torgado...
.
.
lt1·ma
confesión,
la
de
m1
enor
P
EusTAQUIA.
mi Virgen.
Toma esta carta. Es m1 us·n ello la Virgen,
FEDRA,
meo- es la verdad entera. ~aria Cuando haya yo m':1e1 de l~s Dolores,no lll:e per~~ta bo~a que llevará su último
to, cerrados estos OJOS y a Pedro, a su padre. Se la enbeso, entrega esta carta
tregarás?
EusrAQUIA. Sí!
Me lo juras?
.
FEDRA,
Te
lo
juro,
pero...
.
.
en
su
memoria
...
EusTAQUIA,
no'· quiero vivir pura
Oh,
no,
·•
,
,
· lma
Fl;DRA,
.
No descansana m1 a
!
EusTAQUIA, Pues lo que es as1...
Así;
solo
la
verda~
H1pu~~~\uedase
bajo
el
pesot:eu:
FEDRA,
. ,ase al infierno s1
después de muer

FJDRA,

~d.~

~~e~~r~~~~:rQ;:~~r:~:=~~b:~~~~r~:

2~:n!~·/!1º0
h" sobre m1 recue .
dre e lJO
ómo murió?
a mi madre... e
~USTAQUIA. Deja eso!
130

•

EusTAQUIA.
FtDRA.

EusTAQUIA .
FEDRA.
EusTAQUIA.
FEDRA.
EUSTAQUIA.
FtoRA.
EUSTAQUIA.
FEDRA . •

Sí, murió pura, besándome. Y yo moriré pura también.
Solo la verdad purifica. Todo lo verdadero y lo verdadero solo es limpio. Si no me presento con la verdad,
cómo me admitirán en el cielo y me perdonarán lo mucho que he pecado en gracia a lo mucho que he amado? No es verdad, ama, que Nuestra Señora de los Dolores, que su divino hijo me perdonarán?
Si crees, confiesas y te arrepientes ...
Oh, sí, sí, ahora creo, ahora sí que creo y reconozco y
confieso mi crimen... el último sobre todo, el de mi
muerte. Perdón, Jesús mío, perdón! Jesús mío, maestro
del dolor, tú con el dolor me has dado la fé salvadora.
Nunca hubiese creído que en vaso tan frágil como
cuerpo de mujer cabría tanto dolor sin hacerlo pedazos.
Pero esto que has hecho, Fedra, esto es un pecado
muy grande!
Sí, lo sé, pero dí, no es un sacrificio?
El sacrificio habría sido decir la verdad, toda la verdad.
Sin la muerte? No, sin muerte no hay sacrificio.
Pero la muerte es Dios quien ...
Dios me la manda!
No blasfemes, Fedra!
Oh, Jesús mío, sigo loca, loca; cúrame con la muerte tú
que te dejaste matar en cruz para curamos ... Perdóname! Y ahora vamos, entremos, quiero acostarme; no
puedo ya tenerme en pié ... Vendrá, sí, vendrá! (Se retira apoyada en el brazo de Eustaquia.)

PxDRO

P!DRO.
lliRCELO.
PEDRO.

y

MA1tCIIL00

(entrando con Marce/o.) De modo que...
Esto es cosa grave, gravísima. Ya ayer me ternia... Y
esta mañana peor! Temo ...
Hasta...
131

�LA PLUMA
Sí, hasta eso. Ha sido terrible, fulminante ... no me lo
explico ... alguna traidora dolencia... pesares .. .
Y grandes ...
PEDRO.
El corazón está deshecho.
M.ARCELO,
Sí, deshecho el corazón, pero, dime, por lo que más
PEDRO.
quieras, Marcelo, dime, sabes algo?
De su enfermedad?
MA_RCELO.
De
la de su alma.
PEDRO.
El alma no entra en mi profesión. Y si he de decirte la
MARC"iLO.
verdad no creo en ella ni en sus enfermedades.
Pero...
PEDRO.
Dejemos ahora eso. Lo urgente es tratar de curarla si es
MARCELO.
posible y me temo que no; alargarle la vida cuanto se
pueda y será muy poco, y en todo caso y esto es lo
más seguro, que no sufra. (En este nzomento sale del
cuarto Eustaquia.)
Sí, sí, nada de sufrir! (a Eustaquia.) Cómo va?
PEDRO,
EusTAQUIA. Cada vez peor.
Entremos a verla. ( Entran.)
MA.RC"iLO.

LA PLUMA

MARCELO.

3.ª
EusuQUIA,

Esto se va... Pobre Fedra! a lo que llevan estas pasiones! Jamás la hubiese creído capaz de semejante cosa.
Y no puedo quitarme de la cabeza a su madre y aquella
muerte tremenda. Parece que con aquel beso, lo único
que de ella recuerda ésta, le transmitió su alma y su
sino. Y esa medalla, esa medalla, qué cosas secretas ha
oído! qué ardores la han calentado! Me pidió más agua
(llama) y salí a respirar. Parece morirse de sed ... está
que abrasa (a Rosa que aparece.) Trae más agua, Rosa!

ROSA.
EusTAQUIA.

RosA.
EUSTAQUIA.

RosA.
EusTAQUIA.

RosA.
EusTAQUIA,
132

ªª

t

EusTAQUIA .a: HIPouTo.

HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.
EUSTAQUIA.

(desde_ la, puerta.) y o.
Oyh, Hipolito, adelante'
Fedra?
·
Mal,
muy
mal
se
llamado. ·
'
muere Y de prisa. Por eso se te ha

HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

Se muere? de qué?
De pasión!
Qué fatalidad' Jamás lo h .
la culpa (pasa Rosa h . ~b1ese creído. y yo, yo tengo
PEor qué?_ por no hab~e~i~~~rto llevando el agua) yo...
•ustaqma... !
Ah, vamos.
No, eso nunca nunca n
ner remedio a tiem o , C ~ca. .P~ro ac!15o pude yo poadiviné antes?
t. orno v1v1 tan ciego? cómo no lo
bres!
orpes, qué brutos somos los hom-

EUSTAQUIA .
HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

qul

4.ª
EusTAQUli

A y D.ios mío! morirse así ta .
sin sustancia ... y cuand '·b n Joven, t!ln de repente, tan
0 1
Quién? Fedra?
amadrmar mi boda...
Sí, me lo había prometido
ba excusarse diciéndome aunque ya al último buscaría la ~esgracia a mi matri~~::ala mano y que llevaEs posible. Pero ya l
· .
Esto, ésto sí que par~c;ef, no ~o qu1e~e él cielo...
pobre señorita Fedral V raer esgracia... mal agüero
al ir a salir.) Aquí e~tá oy por el agua ( desde la puert;
Quién? (Vase Rosa.) ···

y Ros.&amp;..

Y cómo sigue?
Mal, muy mal, cosa perdida, Rosa.

EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

Algo ...
No vemos la sima hast
pude vivir junto a ella~ue .esta:nos a su borde. Cómo
besos?
n ciego. cómo no entendí sus

�LA PLUMA
EUST/..QUIA.

LA PLUMA
EusTAQUIA.

Es que hay cosas que vosotros los hombre!! creéis se
os deben de juro y por eso no reparais en ellas. Un
hombre rara vez entiende de diferencia de amores; sois
todos egoístas, libertinos por egoísmo y por egoísmo

Mira, tu padre está ahí dentro·
c~lo, y no conviene que te u ' en e~ cu;irto, con Mars1 ~ale, y sin aviso. Ve ahi :fa ver_ as1, tan de súbito)
gmen sale. (Vase Hipólito.)'
gabmete, y espera. Al-

virtuosos ...
Eusn.QUIA Y MA1tCELO.

Dxcaos y RosA.

(que sale lloranrfe.) Pobrecilla! da pena! Me llamó, me
dió excusas por no poder ya amadrinar mi boda; «aunque te lo prometí)) decía... como si fuese suya la culpa...
Y consejos! No tendré otra ama que más me quiera.

RosA.

(Vase.)
EusTAQUIA II

134

EusTAQUIA.

Disgustos...
L
d isg~stos
º; ha
que
sido? no matan así· Necesito saber la verdad·

MARCELO.

EUSTAQUlA.
EUSTAQUIA.
MARCELO.

HxrouTO.

Sí, mi virtud, una virtud ciega, era egoísmo. Sintiéndome firme no sentí que se caía ella... Y luego aquella
vida de campo en que busqué alimento a mi exceso de
vitalidad... aquello me hizo torpe. Y yo que recuerdo
habérsela recomendado a ella invitándole a ir. conmigo,
solos los dos, al campo! Acaso habría sido mejor, acaso
habría yo visto claro más a tiempo ... No, no me lo per-

dono ...
ya tarde...
EusrAQUIA. Es
Siempre es tarde. Pobre madre! Y quiere verme antes
HIPóLITO.
de morir? También yo. Para pedirle perdón de mi torpeza, de mi ceguera, de mi brutalidad de cazador que
no advertí cómo se caía y no la sostuve a tiempo, antes
que la cosa no tuviese ya remedio ...
Y ahora este terrible paso ... no ha sabido esperar... Ya
EusTAQUlA. le decía yo que esperase, que era aun joven, que erais
füpÓLITO.

(saliendo.) Bueno señora ah
cer, solos, usted tiene qu~ s ~ra !que estamos, al pareesto?
a er a verdad; qué ha sido

MARCELO.

7.ª

H1PÓL1TO.

MARCELO.

jóvenes...
Calla, calla! Un padre nunca muere!

EusTAQUlA.
MARcELO.

EusTAQillA.
MARCELO.

EuSTAQUIA.
MARCELO.
EUSTAQUIA.
MARCELO.

EUSTAQUIA.
MARcELO.

Pues ... lo que usted supone.
'
Se tomó unas pastillas ...
Tres o cuatro Pero o D"
No tenga ust~d cuid~d~·
n Marcelo .. J
caso. y no preo-unto
,'
cua es mi deber en cada.
Qué? qué es lo ºque ad1?~s, porque lo otro... lo adivino
Para qué soy medico,
, . ivmar
•
señora? Ad ,
,
dre, a la madre de Fed h
emas conoci a su ma
aig_o, po, rradición de
":inocido a su he,mana,
DeJemos viejas historia
, e su abuela...
Sí,
dejémoslas·
pero
st·
..
sangre...
,
, nora, hay cosas que van con la

:t• I?f

r:.;.;J.

si

Don Marcelo!
No, si no he dicho nada! Bien
,
.
b~e Pedro y eso que de
trate de disuadir al po11
S1, de ella qué tenía u ed ª ··:
, .
Nada; es ella misma q ~ ecrr? q~e tiene ahora?
No la juzoqmen se ha Juzgado!
Ved d· ºu~mo~, pue~, nosotros.
. r a , se Juzgo, se condenó ha
tidad de la cosa juzgada! p b ; que respetar la santanto a ver cerca otro enferi/e edro! E~ fin, voy en
falta. (Vase.)
' aunque aqm ya no hago
1 35

�LA PLUMA

LA PLUMA
I 1.ª
PEDRO
EusTAQUIA

PEDRO.

EusTAQUIA.
PEDRO.

y

PEDRO.

por usted y por...
. do del cuarto)
(sal zen
· Pregunta
,
Ahí, en el gabinete esta. 1 vea (va Eustaquia a busPues, sí! 9~e ven~a... 9ue :ame ·f~erzas para soporta~
car a H_ipolzt~) Dios mb10 't Estoy acorchado. No sé s1
esto! M1 debilidad me as a.
vivo ...

PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

10.ª

EUSTAQUIA.
EusTAQUIA, P11DRO e H1PÓUTO.

.
ueda cabizbajo frente a su padre que le
Entra Hip6lito coi:i Eustaqu1a ytsee~ silencio con la mirada.
mide un momen o
PEDRO.

H1PÓLITO.
PEDRO.

HlPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEPRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

H1PÓLITO.
PEDRO.

136

Estás otra vez aquí ya?
Me mandaste llamar.... h matado' (se cubre la cara.)
Yo no! ella... ella a qmen as
.
Padre, padre, per~ónll
ll 1 y es ella ella la que dice
Perdón? Ve a pedd~rrtsel º. a e e~it"te ella p~rdón ... l ve si su
te llama para pe 1 e o... p
corazón es grande!
· · d tan ciego, por
Sí, necesito su perdón, por haber v1v1 o
no haber...
más tarde aún, entra!
Es ya tarde! Pero antes que sea
entra a que te perdone, entra!
Contigo, padre...
1 1 O has dejado acaso de ser
Eh? cómo? No! enltra so_ o~ cara de la muerte ... ve tu
mi hijo? Veos so os, ca1 a
obra en todo su horror!
1

Padre
Te he· dicho que entres! (entra H•"'
iroTt
i o.)

y

EusTAQUIA.

Yo también quiero morirme, ama, y que mw-amos todos! Para qué vivir? para qué haber nacido? Y luego ...
Luego ... qué?
Nada, cosas que oye uno por dentro, dichas por una
vocecilla de demonio cuchicheándonos en lo obscuro,
cuando se está a solas y no quiere uno oir, no debe oír...
No, no debe oírlas ...
No oye usted? esos sollozos dentro! qué se dirán?
Entre usted a oirlo!
No, eso es sagrado! Ahora llora... ahora silencio... qué
silencio!
( aparte.) El último beso... el primero!
12.ª
DICHOS e HIPÓLITO.

HIPóLlTO.
PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

EUSTAQUIA .
HIPóLITO.

EusTAQUIA.
HIPÓLITO.
EusTAQUIA.
HrPÓLITo.

(saliendo descompuesto.) Se está acabando, padre, y
quiere despedirse de ti.
Qué, te perdonó?
Sí, y Dios nos perdonará a todos!
Terrible penitencia la que té aguarda, terrible! ( entra al
cuarto.)

Qué?
Esto es superior a mis fuerzas; vale más luchar a puñetazos con un oso enfurecido. Diga, ama, qué ha sido
esto?
Hijo mío!
Vamos, qué ha sido?
Pues, lo que te figuras ...
Qué ho1rnr! Sí yo, yo la he matado con mi ceguera, yo!
Pobre madre! pobre padre!
137

�LA PLUMA
LA PLUMA

HIPÓLITO.
DICHOS

PEDRO.

EusTAQUIA,
PEDRO.

HIPÓLITO,
PEDRO.

EusTAQUIA,
HIPÓLITO.
EusTAQUIA.
HIPÓLITO.
EUSTAQUIA.
HIPÓLITO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLITO.

y

PEDRO.

(saliendo.) Descansó al fin. (Siéntase sollozanao.) Cuando
entré apenas si tenía fuerzas para mirarme ... ese perdón
acabó con las que le quedaban ... ni pqdo siquiera darme el beso de despedida... parecía no verme ... miraba
no sé a donde ... Sólo sacó un hilito de voz para hablarme de no sé qué última confesión escrita que usted,

ama ...
Eso para más adelante ...
No, ahora, ahora mísmo!
Pero padre ...
Padre? eh? qué es eso? a ver, qué es? aún hay más secreto? sabré al fin la verdad toda? (va hacia el hijo.)
(interponiéndose.) No, no! sea! ( entrégale la carta que Pedro se pone a leer.)
( a Eustaquia.) Y eso, qué es?
La verdad.
La verdad? toda la verdad?
Sí, la verdad toda!
Oh ... (intenta ir al padre, pero se detiene) pero sí, sí!
ahora hace falta la verdad, por él, por roí, por ella, por
su mejor memoria y por la verdad misma sobre todo!
(yendo a Hipólito con la carta en la mano.) Y esto que
dice aquí, hijo, qué es?
La verdad!
Toda la verdad?
Sí toda; la verdad desnuda, la verdad después de la.
muerte.
Y por qué no me la revelaste antes, hijo mío?
Quién? yo? contra ella? contra tí? contra tu paz, tu sosiego y tu honor? y para qué? solo para defenderme?
Sí, bien hecho! eres mi hijo, hijo mío, de mi sangre!

PEDRO.
138

•

PEDRO.

HIPóLITO.
EusTAQUIA.

Pero cómo has podido dejar así Oh
como loco, no sé lo que me d. ···
, n?, ~o, no, estoy
to o vivo... Hijo! hijo! hijo mí1;io ... no se s1 estoy muer-.
(yC:'-do a sus brazos.) Padre!
(mientras le tiene abrazado.) Después d
una santa mártir! ha sabido morir'
e todo ha sido,
Sepamos vivir, padre!
·
Tenía razón, es el sino!
FIN

MIGUBL DB UNAMUNO·

�HAIKAIS
DE LAS CUATRO , ESTACIONES
A Adolfo Salazar.

I
6n la capilla de la noche
velos de nieve
¡Primera comunión de invierno!

II
f]{oy le ponén a los aleros
las golondrinas
sombreros de paja.
· (Un baikai de entretiempo.)

'Godavía ... Pero no:
mira el campo, las nubes, tu alma:
¡ya!... Pero no: todavía...
III
.,Ca tierra llega hasta el mar
y llega el mar hasta el ~íelo
y el cielo llega hasta q)zos.

IV
fil[ escaparate todas
las riquezas del año: .
.liquidación por derribo.

BNRIQUB DffiZ CANBDO
"1 40

..

EL RETRATO DESCONOCIDO
una gran ansiedad y un temor inexplicable en conocer de cerca la vida de aquel viejecito de mirada abs-traída, que estaba retratado tan finamente, con tanta
pulcritud, en aquella fotografía del año 60. Este retrato .
conservaba aún aquella indefinible expresión, esa expresión que sale
muy de adentro, de un dibujo a la pluma, que encontré un día en el
archivo de mi casa y que representaba a un joven, a un adolescente,
con un libro abierto sobre la mesa y mirando, al través de la ventana, el campo. Era un dibujo de vagos contornos, con líneas apenas .
insinuadas, que me hizo pensar en algunos de los primeros retratos
de Rossetti y en la impresión que me producía el campo, cuando salía a verle, en una larga convalescencia. Aquel adolescente había vivido en medio de una gran paz. No tuvo sobresaltos su vida, ni brus-co~ cambios, ni un gran dolor, ni una gran alegría. Sin embargo,
cuando el adolescente es un viejecito, que viste de negro, asiste todas las mañanas a la iglesia, es hermano de muchas cofradías, tiene
en la mirada, en esta mirada de un retrato perfecto, algo que no se
puede uno explicar sin pensar en un dolor misterioso, en una callada ansiedad, en un presentimiento, en una resignada tristeza que estf..t

D

ENÍA

�LA PLUMA
iLA PLUMA

ue deja en el corazón la
lejos del vivir cotidiano y aparente, per_o q señora que tanto le coaso Hoy la anciana
'
S bé
.
'
h detalles de su vida. a r
.huella honda d e su p
.
va a contar mue os
nocio y le quiso, me
. t
te este retrato pulcro, fino, son.algo de lo que ahora pres1en o an
,riente.
. . . cu ·o retrato me enseñas, hijo mío,
Era muy bueno este v1eJecito, yd
meneé a preguntarle. Era
·
señora cuan o co
.,
.me ha dicho la anciana
t asados en la que él nac10 y
'
.
la ciudad de sus an ep
&lt;tan bueno que en
1 11
ban el buen señor. Nónca tuvo pnen la que tú naciste, todos e . ama
d mandó a nadie por deu'd'tos cuantiosos, nunca e
1
sa en cobrar sus re 1
,
1
·t d de sus rentas entre os
rtió mas de a m1 a
das muchas veces repa
or Ame'rica cuando era
'
y ··
r Europa Y P
pobres de su ciudad. iaJO pv . . d
via·¡es formó una bibliocuantos D1anos e sus
'
.
. "6
;joven; escnb1 no se
ba los días enteros. Fué siemsa en la que pasa
teca selecta y numero ,
. tt
pestre· nada me gusta com,
, ·t b ólico un espir u cam
•
,
,pre un espm u uc
,
.
has veces En ella se caso y en
,1,
• a Je oí decir mue
·
.mi ciudad camresin • . . d
t no suvo una paz inefable, 1a
.,
.
ya smtten o en or
J
f
ella muno, anciano '
·de la adolescencia, esa paz pro unpaz nunca olvidada de la nmez y d odía turbar.
.da, fuerte, venida de 1~ al_to, q:e natea :ensamiento doloroso, este re•
Pero este mirar ensimisma o, es
t
t ato tuvieron una raíz
El
.
t parece ver en es e re r '
.cóndilo sentir que e
.11 de aquel noble señor.
.
da
soc:egada
y
senci
a
muy honda en l a v1
.
.
. da iba siendo cada vez
.
.
que esta vida, que su vi
,1)ensaba de cor.t muo
.
.
f ·ón de otra vida antoda ella era inevitable repe ici
menos suya, que
.
.
. nte llena de aparente sileQcio,
. d
vida misteriosa, vac11a ,
tenor' e una , .
d ella conturbada, triste, fata l.
ero
allá,
en
lo
intimo
e
,
D ue's de un gran á\bun
·P
·
a pausa esp
,
Hizo la amable ancia~a un ·1 h bia unas cuartillas, amarillentas
.
retrato· Junto a e a
. .
d , aquel bello retrato y compren,dorado saco un
,
ran emoción cuan o v1
. .
1 d 1 ulcrv viejecito y a aquel d1buJo, que
ya. Senh una g,
.dí que se parecia tanto a e p

me hacía pensar en Rossetti. Luego leí las cuartillas, y después mi
ansiedad y temor por el vacilante viejecito se convirtieron en una
cálida simpatía humana .
Las cuartillas, con letra muy clara, decían así:
«¡Oh adolescente pálido, de frente limpia y de triste mirar!, ¿dónde te he visto una vez en la vida? ¿Qué misteriosa voz me dice junto
a mí, que también tengo tu misma mirada, más hacia aJentro que
sobre el vano espectáculo de afuera, y la tristeza de lo irremediable,
lo impreciso y lo fatal? Como esta voz me dice, ¡oh retrato amigo!,
que hay una línea tenue que nos une a tí y a mí, que hay en mi espíritu vacilante el mismo impulso, ·1a misma ansia que en el tuyo, que
tu vida va siendo mi vida también.
Nada sé de tí ni quiero saberlo. Viviste hace muchos años, pasaste sin que te conocieran; un silencio, una amable penumbra te
envolvió en la vida. Hoy he preguntado-¿quién observaría el temblar de mi voz?-¿de quién es este retrato? Y alguien ha comenzado
a recordar. «No, no es de Diego, el hijo menor de mi pobre hermano; no, no es de él, pero ¿cómo se le parece tanto?:. He querido ver
los retratos de Diego, y he sentido una gran alegría al comprender
que este adolelicente pálido, de mirada triste, con la fusta de juguete
enarbolada, como para dejarla caer suavemente, sin ruido y sin enojo, no era Diego, no se parecía en nada a Diego, un mozo altivo de
figura donjuanesca. Sigues siendo desconocido, y por eso tienes sobre mí, ¡oh figura ondulante y frágil!, aquel secreto influjo de Hylas,
el mancebo perdido, o alguno de los príncipes suaves que pintó
Van Dyck.
Algún día te buscarán en el álbun de los grandes escudos; verán
tu puesto vacío y nadie pensará-¿cómo se habría de pensar?-que
yo he sentido una rara alegría cuando he abierto las planchas doradas
del feo libro, he cortado las líneas de papel que te aprisionaban, te
143

�LA PLUMA

he colocado un buen rato sobre mí, he comenzado a hablarte y para
no apurar este difícil goce te he guardado cerca de mis cartas, y un
pensamiento amable y cándido se ha apoderado de mí. El pensamiento de un diálogo sin palabras, en la media noche cuando todos
los ruidos se hayan apagado y el cielo se haya cubierto de esplendo,
lunar. ¡Oh, adolescente, todo parecía feliz bajo la luna!»

EL VIAJE DE ESPAÑA

JOSB M.ª CHACON Y CALVO

ELCHE
(;/ cauce abrasado
de un río sin agua;
sobre la ladera
-rojiza, escarpadaun
pueblo mu11
blaneo que no es flrC
JC'I
.,
. •
vrán ni {}a/ata.
equmez,
ffosado en gentil

mariposa alba
5_:lbre
el rojo peta/o
de un clavel u,
Je cnc,urcza
C"JA
•
t , ch
.,
e es un 'lJZtano del jardín de 9lrabia. ,
6ste betunero

~tsenor
s~brá el fl&lt;orán palabra a palabra?
ventrudo que el an J,

uen pasea
con culmosa marcha
•
¿aguarda el expreso en que h J
el tMah
a ue venir
a
orna nuevo de la era cercana?
¿i7antasía todo?

'º
144

¿9l uno, aunque anda suelto, reclusión le cuadra?
1 45

�LA PLUMA

!B ·emos del tren. tJxigeno y sot
&lt;lJ rea1•J
creen
iaad · $,.yan los fantasmas.
s del tren y, la realidad,
.
.
!Ba1amo l
- 'JI ahora con substancia.
nos torna a ensueno.
.
,
(;stamos en (;[che, es decir, «aq::i:• b. I
en c/1,ra ia
l
¡y a la vez estamos, penos,
.Eas palmeras son...
¡una extravagancia/
-{;so desde .fuego- .
!Pero éstas, tan altas
son, y tan robustas,
y tantas ¡y tantas!
-!Baedeker nos dice
que de cien mil pasan'}/ hay en este bosque
de la flora rara,
un ímpetu tal,
una... yo diria seguridad clara,
; un hervor de vida que se siente plena
y no cede raya;
que uno, amedrentado, regresa a su tren,

al otente y la fuerte encina,
se mete en su jaudla.l
!Pájaro que sabe e nog P
del roble y del haya,
yo no se, q ue· hacer en medio de este bosque,
del trino y del ala.
.
.
(;n la paz del extraño silencio
y la luz extraña,

LA PLUMA
los mástiles fuertes de los fuertes troncos
¿aguardan la vela que les troque en nautas?
.Ca quietud inquietante g nooisima
del bosque asombroso, enfermo de afasia,
a los nervios lleva
a tensión tan alta, ·
que si el tren no parte...
/qué haré de la lira, del trino, del ala/
¡{;/ bosque de G/chel
¡/;xótico ingerlo en tierras de /;spañal
¡Claridad g silencio/
J'Y un bosque es umbria que cantal
Gn tierra de absurdos,
(;/che es el absurdo por antonomasia.
:M.ástiles que esperan
la vela pirata;
columnas de templo
que se hunde, o se alza
-entre nieblas se muere la tarde,
g en neblina nace la pura mañana-.
(;/che, en mi recuerdo,
es:la vieja estampa
del viejo libro de familia, que uno
de chiquito, a diario hojeaba.
Cosas que pasaron en los lueñes tiempos,
g en tierras lejanas,
donde uno no ha ido g no puede ir
porque, « la quimera, solo van las almas.
147

�LA PLUMA

(;l bosque de (;lche
es la plenitud del ;lslam de &amp;spa~a.
.Eos tJmeyas tienen el solar aqur,
en que hacer su casa.
#

tSi el pasado vue~ve,
los vientos clama,
como fNietzche, ,oco, a
cobijaréis un dia, palmeras,
la tienda blanca
de tJmar, el del verde estandarte
y la media luna dorada.
(;l templo de &amp;lche
la deidad agua~da. ¡, • este templo;
ffor eso nos de1a tan 1rro
con toda su traza,
no tiene sentido;
es... «la cosa rara&gt; .
. duda;
lo «raro&gt; es «curioso", sin 1m
y
.
mueve las a as.
pero lo curioso no
LUIS G. BILBAO•

COMIENDO PERDICES

.

felices?
Comiendo perdices-final dichoso de cuento de hadasestaban cuando nos volvimos a ver. Otro que yo hubiera
aceptado como auténtica aquella estampa de la felicidad,
cuyos colores tan bien mentían los que el amor enciende. A mí no
me era dificil penetrar la verdad, por mi intervención, no tan liviana y azarosa como ellos mismos quizás supusieran, en la extraña
aventura de su boda. Creo que, en todo caso, me bastara no más mirarlos para descubrir luego la superchería de su contento. Es menester
la ceguera profesional de un juez, la ingenuidad de una criada lugareña, la torpe envidia de las amigas casaderas, para confundir la engañosa apariencia de una luna de miel, harto ajustada a un modelo
clásico, con la felicidad natural e insospechada.
Para mí la actitud de ella fué una revelación. Despojada de todos
los atributos que mi imaginación había ido acumulando en adorno
de su figura en tantos años de amistad desinteresada, comprendí en
un punto mi derrota moral. ¿Era la misma mujerr
El vulgo de sus conocidos no experimentaba el menor desasosiego, la incertidumbre más pequeña en su identificación. Yo, por
mi parte, nunca hubiera arrostrado tampoco el escándalo de una declaración negativa de su personalidad. Mis ojos reconocían los su_

II

RAN

149

�LA PLUMA
yos; el rubio bermejo de su cabeza ensortijada, de ángel rebelde fogueado en el infierno, y cuya mirada celeste hubiérase contagiado
del verde pecado terrenal; la pálida tez picardeada graciosamente por
leve paño pecoso bajo los ojos; la boca, gordezuela y entreabierta;
los apretados dientes, cuya correcta hilera había conseguido descabalar, obligando caprichosa a un dentista a destacar ligeramente un
colmillo-lo que añadía cierta malignidad a su sonrisa, hasta entonces sobrado inocente-; el hoyuelo de la barbilla; el cuello de chico;
y las manos, aquellas manos inconfundibles, no tanto por delicadas
cuanto por expresivas-¡singular convergencia espiritual de todo su
ser en las uñas pulidas!-Era ella.
Pero la manera como insistió en hacerme ver su felicidad; el im¡:mdor con que una y otra vez repitió palabras capaces, por manidas, de
encanallar los sentimientos que encarnan, que sólo el silencio puede
salvar de una ruina definitiva ante la propia conciencia; la exacta
correspondencia de gestos e inflexiones de voz con la emoción que
pretendía representar, y que tan mal se compagina con la verdadera,
ridícula siempre por el desequilibrio expresivo que la sinceridad s.upone, me convencieron de mi derrota, repito. Toda mi labor educativa de tantos años mo5trábaseme cuán vana en la primera comprobación experimental.
De limitarse a ostentar su dicha con cuantos artificios sugiere la
astucia, sin pretender la aquiescencia de su marido, aún hubiera podido yo seguir creyendo en cierta complicidad conmigo, en cierto
disimulo que me asegurase la mutua inteligencia de antaño, en algo,
en fin, que permitiera atribuir su ventura, no al abandono de sí misma a una fatalidad placentera, mas a la voluntad triunfadora, al humorismo consciente con que yo había querido fortalecer su terquedad femenina. Aquel empeño en solicitar el asentimiento de su marido me descubrió la realidad terrible. Estaba vencida. ¿Y él?
150

LA PLUMA
· Él desafiaba impávido m·1 reproche y
~1s pal~bras la menor alusión alevos . no e~ que yo deslizara en
p10 sentir hasta el punto d
a. Pero, ¿como disimular el
l
e que no se d I t
proen e movimiento apenas perceptibl
e a e en el gesto contenido
en sus matices más recónditos al a e'. en el tono de voz, familiare~
·
t ud sm
• recelo ni recato?migo
· h emos comparti.do .la JUven
. con. q UJen
M1 propia naturalidad, la forzada
mdiferencia complaciente con q
·
ue me most b
ue,
sm
osar
confesárnoslo
cada
I
ra a en aquel momento
q
tn:s, eran indicio evidente de I
cua' tanto habíamos temido los
os callados c
m
º. a cuenta de su traición. Traición
. argos que nutrían mi ánimeJante a esa grosera catástrofe en ' entiéndase bien, en Rada seu~~ mujer, la dignidad de dos hom!ue_ su~I~ perecer, a manos de
pmtu que hasta entonces nos había . es, _tra1c1ón, quiero decir, al esmsp1rado, traición al desinterés
queE~uiaba nuestras acciones.

espectáculo de aquella felicidad
me ~rovocaba invencible naúsea. i:as cartas en que uno y otro
toda v~a daban pábu((; a la esperan:e lefineron su fatal encuentro,
guardia de su independencia Mº t . mbos me confiaban la salvaun refugio contra la vulgarid~d ,en ras_ se reservaran en mi ánimo
a~untaran, en holocausto a la ~ poco t~portaba que las gentes se
d1cación. Aún hoy, al cabo del /ral social, el tanto de aquella claumo en mi opinión de entonces ~:pohvuelvo a leerlas y me confirc~rreo, como escritas que esta~an
o ~e recibirlas¡ en el mismo
ntficar a mis ojos la confabulación
a misma fecha, no podía sigme mostró patente. Decía él:
en contra mía que al verlos se

e:~

«En la frontera, a tantos de ta t
&gt;H ' t
nos.
.
e eme de vuelta. ¡Y qué vuelta' Q .
.
rusmo de un telegrama p
: mzás sena preferible el lacoara anunciarte · • 1 ·
cumplo cuarenta años.
m1 u tima aventura. Hoy
» y mañana me caso.

I

�LA PLUMA

LA PLUMA
&gt;Lo que oyes. Sé que no te producirá tanta impresión la noticia
en sí, como el dártela con !;Olemnidad para nosotros improcedente.
Aunque nunca hemos descartado la posibilidad de ajustar nuestros
actos a la pauta normal de la vida exterior, desde luego estábamos
tácitamente conformes en rehuír toda complicación que menoscabase nue,tra integridad moral. Si hay en el mundo una fraternidad sin
,entimentalismo es la nuestra; fraternidad en que has conquistado la
primogenitura sin comercio de lentejas-por más que digas que soy
yo el inspirador de tu filosofía, sé muy bien hasta qué punto es tu
seguridad la que me alienta-. El suceso no merecería, pues, comentari• que subrayara la simple participación de boda, sin las circunstancias que lo han originado. La sorpresa no está en que m• case,
sino en quién es la novia.
&gt;Como en las novelas que no leo, volvía yo hace una semana de
la última ronda por mi mundo. De haber sido un romántico melenudo, tendría a estas horas la boca amarga con el gusto del hastío. De
haber corrido en pos de juveniles engaños, estaría desengañado.
Esto por lo que hace al viaje. No creas, sin embargo, que el aburrimiento ha entrado por mucho ni por poco en mi decisión.
&gt;Volvía, como te digo, perfectamente sereno, cuando he aquí
que, al llegar a la frontera, me encuentro, por azares del desbarajuste ferroviario, sin equipaje, y, lo que es peor, sin dinero, en absurda
obediencia a los últimos decretos fiscales del ministro de Finanzas
francé,. Total, que en protestas vanas se me fué el tiempo, y con el
tiempo el tren. No me quedaba más solución que aguardar el de la
noche. Y al hotel de la estación me dirigía ya, cuando, al cruzar la
sala de espera, me sentí asaltado por una mirada irresistible.
&gt;Es lástima que el abuso vulgar haya achabacanado la palabra,
porque no hay otra que mejor sirva para el caso. Restitúyela todo
su sentido. A ti no voy a disimularle la verdad, que nadie más sería
152

capaz de comprender, sin atribuir lo
.
s? ... y no temas que infli·a a
sucedido a un flechazo amor smceraclón innecesaria. J
nuestra harmandad la ofensa de u:a
&gt;Aquella mirada que fué .
mis OJOS
· en las pupilas
' de queprimero
· atrayente, concitó
surtí un e fl ~vio
ª.• y vencido ese pequeño sobresalto que produce siempre lo im
do ya n uestras atropelladas p previsto
Ib
, apen as me dt. cuenta cuana ras reconstituían con cie~ rotos
pormenores un pasado vivo
en recuerdos imprecisos
&gt;Ella y yo hemos
pensado un
·
en no solicitar antes, de uno y ot~omomento que habías hecho mal
en que ahora se juntan tus me· • , esta nuestra mutua comprensión
nos ha enturbiado el ánimo el JOres afanes. Pero ni en ese momento
defendernos contra nosotros mfs::ar q_ue nos juzgaras incapaces de
dado con que nos has tenido sin s, m mucho menos que en el cuibra de celos. Después hem
conocernos, hubiera la menor soro
. tu sabiduría en losmotivos d e esta ocasión noos acertado
a descu bnr
b ta
sus
contingencias
no de pen d an
de tus
hilos
'
o
s
nte
E
·

aú:

&gt; n _fin, que ella me da el descanso
la serenidad, las zapatillas de orillo
, la paz, el sosiego, el reposo,
, que ya voy necesitando ...
&gt;Porque son cuarenta 1
»Salud.&gt;
os que cumple este don Juan.

y la firma al pie.
La carta de ella prestáb
esperanza se apoyaba:
ase más todavía al equívoco en que mi

:AQuerido
ta~tos de tantos, en la frontera
maestrillo· No
.

primera quiebra de su ~onfi::ah: des~edido de usted por evitar la
q_ue _estoy curada de toda sensible~a~l Cre? tenerle bien probado
cmd1do de la menor consideración .
ego1smo con que he presa cubierto de sospecha I
de orden familiar y social me po
a guna en ese respecto · He d eJa
. do mi casa
ne
1 53

�LA PLUMA

LA PLUMA
sin duelo ni zozobra. Pero ya en el umbral de la suya para decirle
adiós, me he vuelto atrás poseída de no sé qué extraña cobardía
ante el presentimier.to de una escena excesiva. No hay por qué negar que el humano barro en que usted ha sabido encender la lamparilla ardiente en que me consumo, me liga esta vez a una preocupación indigna de discípula de tal maestro. Pero he preferido soslayar
la despedida, a arrostrar su desprecio de usted si mi flaqueza se derramaba en lágrimas importunas. Por lo demás, no se trataba de pedirle consejo. Demasiado sé que usted no puede por menos de aprobar mi empeño. Mi vocación de aventurera quizás sea innata; a usted cabe, sin embargo, por entero, la responsabilidad de mi decisión;
a usted debo el afáu de vivir los sueños, de convertir la novelería en
realidad.
&gt;Y ahora, una noticia sin importancia: Me caso mañana.
&gt;La gente a quien haya escandalizado mi fuga, no acertará jamás
a comprender la lógica de mi fantasía. Se les antojará que para este
viaje no hacía falta tan inusitado aparato. Cualquier otra solución
más inmoral hubiera parecido más adecuada a mi gusto por la libertad. A usted no necesito decirle cuánto más fiel a sus enseñanzas
soy casándome, que no alardeando de fáciles travesuras.
&gt;Una vez pasado el Bidasoa-mi Rubicón-, me senté en la primera sala de espera. Proponíame no más encontrar un compañero
de viaje. Cuando vi entrar al elegido de mi capricho voluntarioso, le
impuse nuestro común destino. El azar solo ha intervenido para reunir en el tiempo de un horario de ferrocarril y en el espacio de una
estación dos criaturas de un mismo pensamiento: el de usted.
&gt;Este don Juan ha de encontrar en mí, cada día, el renovado ardor, la complicada variedad de deseos, el eterno femenino que la limitación de las demás mujeres le ha obligado a buscar en una tras
otra. Por algo me dijo usted, no sé cuándo, que yo era una entele154

quia viva, una entdequilla de
ma 'd
carne y hueso. Quiero hacer de m1··
n o un sultán monógamo.
&gt;H&lt;ista la vista.&gt;
Y aquí su nombre.
Pese
a la intención de ambos, encaminada
.
J'b
ya . d
l rarse de mi tiranía, el texto de una
sm uda alguna a
y otra carta denota cuán arraigada estaba en su ánimo . tó .
habíanme servido para i m1 rle nea, arma la más eficaz de cuantas
nocu ar en aquellos d
.
mentación el humor inmunizad
. os SUJetos de experior contra Ja deg
.6
.
n moral de
1a H umamdad. No me inf1m1'dó ' pues gran co enerac1
1
..
que bastara tan poco tiempo
' .
sa a noticia, ni creí
, A
para arrumar en
,.
mio. I reunirnos de nuev f é
su espmtu la obra del
o u cuando eché d
1
proceder quirúrgicamente .
.
e ver a necesidad de
si no quena cont ·
cend encia con la realidad cot'd'
ag1arme de su condes1 1ana.
-Niña mía-le dije aprovechand
de él en busca de cioarrostá
o. una ausencia momentánea
No te rías; el caso e; grave É:t: ~ per~1~a. Tú verás lo que haces
que afrontes una prueba h; . s p1rrem1s1blemente perdida, a meno~
11
d
ro1ca. rueba hero.
ama o a sugerirte. Allá te las com
i~a que no soy yo el
No hubo más. ¿Para qué? N' h ~ongas contigo misma.
vé y . d
1 ac1a falta mas ta
.' s1 udara yo de mi fatal influ.
.
mpoco. Así la salmi confianza, la esquela rosa tan ~~• aqu1 tengo para robustecer
su I mente perfumada, que recibí
la misma mañana del e'-t - '
- rano suceso de l
1,
por los periódicos el nú
d
a ca ,e de...-Todos sabéis
mero e la casa -L
.
morandum descuidadamente I 'd d .
a esquela simula un mese
t
o v1 a o al revers d l
.
pre extaba su en-:ío El
t
.
o e aviso con que
.
·
pre exto decia·
Querido maestrillo Le es
.
vemr
·« sin
· empacho Hemos
·
peramos
maña
.
na a cenar. Puede usted
·
·
variado el me ·
szempre perdices, cansan.
nu, por aquello de que
&gt;Su fiel discípula.&gt;

�LA PLUMA

LA PLUMA
. e!lcrt·to con lápiz:
En el' reverso se !eta
«Lunes.-Ritz.
&gt;Martes.--Real.
.
:.Miércoles.-Estudio Zub1aurre.
&gt;Jueves.-Té Legación.
&gt;Viernes.-Filarmónica.
&gt;Sábado.-Prueba.
&gt;Domingo.-?&gt;
. 0 nada en esta clave!
. .
1Y el Juez Instructor no ha v1st
ya de mi reivind1cac1ón
Yo fuí a cenar aquella noche setguroveces a aliviar mi espera
d.6 dos o res
profesora!. La doncella acu t
l tardanza inusitada de sus seno•
con oficiosas suposiciones sobre a ·t ·ón que su demora apenas
. d de innegable ag1 ac1 '
res. É l llegó pose1 o . .
recobró al punto.
justificaba. Pero a mt vista_ se • -insinuó la doncella al ver que
-La señora no ha vemdo aun
.
ás al comedor.
o
nos encaminábamos sin m
. atención a sus menores m me apresuré a llenar el
Quizás fuera efecto de mi exces1vab
. ·entos· pero me parec1·6 que duda a, Y
v1m1
'
d" minuto:
gran silencio aquel de me io
Es que hov tenia prueba.
. n nutó Parecía como
•
l bra no se 1 ,
•
1
No obstante recalcar yo la pa a '
turas en qué templar e
. . le prestara nuevas apoya
. . intervenc10n
s1 m1
lta al maestro
ánimo.
. .
d.. flemático-no le ocu
Veo que la d1sc1pula- lJO
.
.
l marido ignora.
. . d
. aun las menudencias que e
\la me babia invita o a
n1
1
uela en que e
Yo entonces saqué a esq
.
.cenar y le mostré el reverso.
eda llenar todavía el hueco
~Se la traigl)-insistí-para que pu
una interrogación al
h
como ves, por
. .•
"ble que le haga tra1c1on
a ora, d el domingo , detentado
.
, a manana es post
destino inmediato. De aqut d l apuntación habitual.
. si. no se ayuda e a
la roemona,
156

-¿Vamos a buscarla-interrumpió él entonc.?s-, y cenamos en
cualquier parte?
La doncella se atrevió a proponer la posibilidad de que nos cruzáramos en el camino sin vernos.
Pero a esta objeción supo responder él con tan sosegado aplomor
que recobró del todo mi estima.
-No; sé muy bien dónde está la señorita.
A la criada, por otra parte, no podía extrañarle tal extravagancia,
hecha como estaba al caprichoso afán del matrimonio por trastrocar
las costumbres, no bien empezaban a serlo.
Echamos escalera abajo, y luego calle arriba, sin vacilar él en la
dirección, ni yo en seguirle. Entramos en Lhardy, pidió el reservado
a su nombre; nos sentamos a comer.
Cuando aparecieron las perdices me miró y se sonrió elegantemente.
Yo respeté su silencio acerca de ella. Ya en los postres, solicitó
de improviso mi opinión. Y se la dí sinceramente satisfecho de haber recobrado sobre él un ascendiente que me pertenecía de juro.
Ni que decir tiene que ni él al pedírmela, ni yo al dársela, hicimos
la menor alusión al suceso material que la ecasionaba.
-Te reconozco-Je dije-, y celebro ese auto-rescate en que te
complaces. Creo que de cuantas actitudes propones, la más difícil, y
por lo tanto la más digna de nuestra especulación, es la fuga. La
propia entrega a la justicia de los Tribunales, el arrostrar la cárcel e
incluso el patíbulo, el desafiar la audiencia pública, revelan una gran·
cobardía. La confesión, la aceptación de la defensa abogacil, las protestas de inocencia, no son, en fin de cuentas, sino procedimientos
acomodaticios para esquivar el miedo físico a la huida. En la huída,
por encima de toda otra consideración, hay que proveer materialmente, y no con argucias sentimentales ni moralejas a la propia sal157

�LA PLUMA

vación. Un verdadero hombre de acción, que aspire a perpetuar su
memoria en la pantalla cinematográfica, no en gestas literarias, no
debe aceptar otro punto de vista que el de la fuga.
Desde la frontera me puso un telegrama que interceptó la policía. Después no he vuelto a saber de él; espero, de un momento a
otro, carta suya, datada en algún país con el que no haya Tratado
de extradición.
El Juez instructor no ha conseguido hacer la menor luz en el sumario.
Y, sin embargo, o mucho me engaño-sólo la complicación innecesaria que en un ánimo policíaco susciten los folletines de ese
género, puede turbar la simple vista hasta el punto de hacer indesdfra ble la verdad en sus señales más claras.
El cadáver, en posición de decúbito supino, fué hallado entrada
ya la tarde del día siguiente. La dueña de la casa adujo en su descargo la frecuencia con que ocurría el que una pareja amorosa permaneciera silenciosamente recluíca horas y horas en aquel mismo
gabinete clandestino de cuarta plana, sin que a ella le fuera dado
permitirse curiosidad alguna que menoscabara la discreción en que
su clientela confiaba. Había oído, sí, a la hora del crimen sin duda,
cierto ruido como de persecución, rodar de sillas, y sofocados gritos
y risas. Pero lo estimó como amoroso Juego. El criminal, a quien no
había visto entrar, por voluntad de la asesinada que al contratar la
habitación exigió abrirle ella misma la puerta-cosa, en verdad, un
·tanto extraña, ya que suele ser la dama quien, en casos semejantes,
se recata, y el galán quien espera; pero, ¡son tan incongruentes las
exigencias ae los enamorados!-el criminal salió tan inopinadamente, que nadie en la casa-la dueña, una amiga corredora de alhajas
y la criada-se dieron cuenta de su huida.
Levantado el cadáver, y hecha la autopsia, los forenses dictamiC1.aron que babia muerto estrangulada.
58

LA PLUMA
La declaración de la duncella ent
.
e~ebrec16 más el misterio. Aseguraba la muchacha que ni 1 ,
1 d'
e menor disgusto pa ,
os ias anteriores al suceso l " 1· .
. recia empañar en
,
a 1e 1c1dad del m t ·
.
servia desde su instalación en M d ·ct
a nmomo, a quien
ª
ri • La noche ant
en la mesa para cenar el seño h b'
. .
es, sentados ya
•b
•
r a 1a rec1b1do u
t
o rec1 o no esperó siquiera el «boton
n~ car a, cuyo sobre
es&gt; del Continental que fué a
llevarla. El señor luego d 1 1
,
e eer a, había mirad
senora, que parecía muy risueña también
o muy sonriente a la
-Es un anónimo-había dicho el _·
.
cella entraba con la sopa.
senor, a tiempo que la don-

-¿Y no sabes de quién?-había c
go a reír los dos.
ontestado ella, rompiendo lueEn el registro judicial se encontró el a 6 .
tracto en mi primera declaració
fi
n nimo, que me fué mosLa esquela decía:
n, a n de que reconociera la letra.
«Tu mu·Jer te engaña. Soy yo quien te 1 •
de celos, porque te quiero s· .
o dice; yo, que estoy loca
¡
· 1 quieres detalle
os. Te espero en la calle de (
.1
s, manana puedo dárte'ód'
y aqu1 a calle y el ,
n icos han divulgado) L
numero que los pet
. a casa es de absolut
ti
roa e abriré la puerta. A las ocho.&gt;
a con anza. Yo misLos peritos calígrafos estuviero
.anónimo era de puño y letra d !In conformes conmigo en que el
e e a.

C. RIVAS CHBRIF

1 59

�LA PLUMA
sufre deseo de elevación y no aspiraciones mediocres, ni mucho menos
estériles compromisos.

LETRAS ITALIANAS
de nuestros escritores alguna
quisiera destacar ~e la ma;:s demás, y en cierto sentido
figura menos confundible qu~l var a cabo un esfuerzo nada
más expresiva, tendrla qu~enete -No existe hoy, como otra
común. y el por qué es ev1 ran ~rosista que domine sobre la
0
1
vez hemos ::t;::c::r :r~: :::::. s~:e!e ho[h:ntr:r::~::t:~s : ci::m~:
0
masa y dé
é de la desaparición de Goe
(p
a la influencia del
Ale_mania ~;~~:), que los escritores, a fin ~: ~:::~:e una concienc~a
temao un
uieren antes que na
consumen s10
gran poeta muerto, q
l t En tal rebusca se afanan y
to es
l
roblemas de ar e.
i las cosas, el momen
clara de os P
Claro que estando as
é
s de transide las poca
d
poco menos.
resulta o o
.
presenta los caracteres .
. en talentos criesencialmente tip1co y
mo hoy ha sido Italia tan nea fi bre de re.
N ca en efecto, co
.
s jóvenes tanta e
c1ón.- un ,
o se ha sentido en 1o.
el treintenio que
ticos: nunca comob~cZ: de investigación. M1entrasl e~gera navecilla de
·miento Y no
barcaban en ª
.
1 los escritores se em
nac1
d"do
~a o liviana ofrecida por
nos ha prece
'
n la fama pequen
ria1 . ·t· ción o se contentaban co
. rte de los jóvenes se asoma se
h la mayor p:i
l .ona· y el esa im1 a
un público amorfo, oy
d. lo desentraña, lo se ecc1
,
·t,limente al propio mundo, loe::~
abrasa en ellos todas_ las :::~:en
fuerzo es tan intens;e;:e~sta rebusca, este ansia, esta ~::s1::• quien las.
simpatia; como que reve
dades, y los cansa. . .
por lo demás asent1m1ento y
u1EN

;;da,

En los elementos supervivientes de la vieja generación (y digo vieja
por entendemos y distinguirla de la joven) la crítica nueva ha ido descubriendo en estos últimos tiempos valores auténticos que quedaban en
sombra; y esta tensión, esta afición a investigar son asimismo indicio de
seriedad: en cuanto se muestra evidente en los jóvenes el deseo, y aún
diríamos la necesidad de esclarecer a toda costa el pasado antes de buscar el porvenir, y de ver con lucidez el camino que los ingenios de ayer
han recorrido.
He aquí el caso de Albertazzi: Un escritor que produce desde hace
veinte años, solitario, encerrado, testarudo, en una forma de arte suya
que no halaga el gusto ajeno, antl!s bien lo irrita, humorista fino y comedido, clási!:o en las intenciones, seguro en la escritura, honrado. Renato
Serra, el joven crítico del grupo cvociano", fué el primero en darse cuenta; pero tal reconocimiento se ensancha ahora, y se ocupan de él otros
críticos de primer orden: Cecchi, Pancrazi, Tonelli, Spaini.-Hemos dicho
escritor clásico, y no retiramos el terrible y grande epíteto.-La palabra
tal vez responda imperfectamente al concepto que queremos expresar;
pero es, por otra parte, la más próxima, la más segura, la menos incierta.-El arte de Albertazzi, enteramente humano, compuesto, todo color,
es en efecto de los raros que obedecen a la tradición, en cuanto saben
mantenerse siempre en una linea de sobriedad, ya que no excelsa: con
caracteres netos y precisos en punto a la escritura, con toques leves y,
con todo, firmes, de!representación.-En suma, Albertazzi es, a diferencia
de otros muchos novelistas italianos de hoy, un verdadero escritor.-Las
novelas que Carducci no escribió, las ha escrito Panzini, ha dicho el propio Serra; pero nosotros diremos que las ha escrito Albertazzi. En efecto,
el arte de Panzini es harto nervioso, e incluso cuando grande, femenino de tono; de suerte que responde poco o nada al temperamento carducciano, firme, huesudo, rígido.
Albertazzi sí que se le parece; y no sólo en aquellas novelas que evocan mundos y lugares pasados y lejanos, sino también los modernos de la
1(

160
161

�LA PLUMA
LA PLUM A

. .
sin embargo nervio- sin nerviosidad Y
rente
·1· de Bolonia de Romana,
·onados· sin ímpetu apa
• .
todo, emoc1
•
E m1 1a,
sos· sin excesiva emoción y, con
; pesar de ello agilísimos.
·. es muy verdad que apenas_ eny De ahí nace la vena de Albertazzt, y . ro es sie,1,pre carducc1ana,
é abrevarse, pe
,cuentra luego otra agua en qu
.
de factura y de esqueleto: ,
l demás bien poco si en Albertazz; n~
Mas esta semejanza dma por. o
o humor que es comp eta
·
cunoso Y seren
s caracin"luso responde en su
existiera y personalis1mo, un
' yo de su temperamento; y q_ue - la que desde niño ha resmente su , .
l h dado vida, y en
tere!i fijos a la tierra que os a
d
buscan mepirado.
las cortas, cuan
nO
Sus novelas, y sobre todo sus nov:. os s"' desarrollan las más veces
dios históricos o resueltamen~e fantá:, 1c fi~l.-La lengua, aunque rot~, es
.
de Emilia labonosa, tenaz,
. ·embre ha recurndo a
en esa tierra
'
_ .d
Albertazz1 s1
.
,
ura,
de los escntore:;
·taliana·
y
por
anad1
la toscana, la 1
' '
italiana, amante como es .
las buenas fuentes del habla
.
los del diez y seis.
.
bre todo de los trecentlstas y
. l de la mayor parte de
antiguos, so
r desgracia, a
como, po d h"1spazos '{ muchas veces sorSu fantasía no es plana,
.
· a to a c
'
·
· a1os novelistas italianos, sino v1v ~ b. eran desechado, hieren la 1mag1~á
rendente.-Motivos que otros u 1 a de la nada aparentemente, P_ón de Albe,tazzi de tal suerte , que creé, nsele en complejas y azarosas.
&lt;:t
r ras trubraca(y es inútil investigar
•
l
zobulas deleitosísimas, y tramas ige
as ra
Pero lo que cuenta sobre todo en s~.º de conocer, de seccionar el hornnes de ello) es la necesidad d: estu iar,
d
no· y por eso,
. h la Humamdad.
bre, o mejor d ic o,
.ó está en segun o p1a . .
L
En su obra, toda otra preocupact n
estamos ante un clásico. . os
l éndo\o de que
,
rec1sadecía, nos convencemos ey .
\ hombre, porque \o ve1a~ ~
dásicos contemplaron esenc1al~~nte ~versal sin exciuir la esp1ntual. y
mente en el centro de toda la :1 a un and~ sonríe sobriamente ante sus
Albertazzi ama a los hombres, rncluso ~un sentimentalismos, sobrio y razocon un amor s1
defectos y manías; pero

°

1 .

nado.
t62

• *

*

El caso de Panzini es menos triste que el de Albertazzi. Es muy verdad que Panzini ha trabajado veinte años sin aceptación del público ni de
la critic:i-; pero desde el día en que Borgese, Cecchi, Serra, Prezzolini y
algún otro empezaron a estudiar su obra, Panzini ha avanzado mucho.
Discusiones críticas, concesiones periodísticas: y luego, la fama, un público que fué aumentando poco a poco, el acatamiento casi unánime de
la nación. Hoy Paozini es de los escritores más leídos y más gustados.
Hay ya quien habla de repeticiones, de cansancio y hasta de senilidad:
porque Panzini produce mucho, y los escaparates de las librerías tienen
siempre de muestra algún libro suyo. Pero Panzini no nos parece a nosotros en modo alguno cansado ni envejecido. Cierto que su arte no da
ya aquella clara y d iamantina poesía que admiramos en La lanterna dí
Diogene; pero por otra parte se ha reforzado y ensanchado; y mientras
en un tiempo se contentaba con coger apenas cierta tranquila poesía de
las cosas y de las vidas humildes, hoy, turgente, parece, por el contrario,
preocupado de los problemas esenciales de la vida, y trémulo se vierte
en dolientes elegías.- Sus últimos libros ll díavolo nella mza librería
(Moñdadori) y ll mondo erotando (Treves), no son novelas, sino páginas
líricas de sarcasmo y de pena, donde raramente el poeta se abandona a
las descripciones cristalinas de un tiempo, y solamente eleva su grito sobre las tristes consecuencias de la decadencia moral del siglo: por de contado, en páginas ligeras y perfectas como suyas.
Sea como quiera, este escritor está todavía vigoroso y con fuerzas, y
yerra quien lo cree al margen de su actividad. Yo &lt;liria más bien que,
prt:cisamente hoy, si logra la fuerza de síntesis que sólo los más grandes
tuvieron, su dolor, su ansia y su arte podrán confluir, límpidos, en una
obra orgánica y definitiva: en la verdadera obra maestra, en suma.

***
Pirandello no ha sufrido como Panzini una oscuridad de veinte años,
y mucho menos la durísima suerte de Albertazzi. No diremos que su fama
haya estado ha1&gt;ta ayer a la altura de sus méritos; pero es cierto que desde que se asomó al arte no le faltó la atención del público y de la critica;
r63

�•
LA PLUMA
y si en estos últimos tiempos su posición se ha reforzado y es considerado

como uno de los más grandes y nobles escritores italianos, débese sobre
todo a que ha dedicado últimamente su actividad al teatro, el cual, y no
sólo en Italia, tiene el mérito (o el inconveniente) de conducir a un escritor al contacto inmediato con la muchedumbre: contacto que lue~o se resuelve en ei aplauso y la fama.
Luigi Pirandello es un escritor casto. Y digo casto, no porque rehuya
las situaciones veristas ni haga ostentación de moralidad, sino porque yo
siento en él, como tal vez en ningún otro escritor moderno, una honradez
de intenciones muy rara hoy en dia. En efecto, aun cuando la poca fortutuna de sus primeros libros le sugerla que el camino para llegar al público
era muy otro, supo obstinarse en un tipo de arte escéptico, amargo, enervante, fiel a su temperamento, que le llevaba a verlo todo tras una lente
de desconfianza e incredulidad.
Cójanse sus primeros volúmenes y hojéense los últimos publicados por
los editores Battistelli y Treves, el Carnevau dei Morti y Tu Rldi. En
ellos está Pirandello con su sonrisa cortante, tras de sus personajes y sus
¡ áginas, con su obstinada y singular amargura que raramente encuentra
un filón de bondad, y a él se aferra.-Han tardado en llamarle maestro;
pero hoy dla, entre los novelistas italianos, él es ciertamente quien presenta sobre todos los demás una muchedumbre de figuras varia y numerosa; el que más se ha acercado, aunque sólo sea de pasada, a todos los
problemas del alma y del cerebro humano. Su arte no es llano, libre, fácil:
es triste y desconsolado: pero tanto más convence y llega a nuestro ánimo, cuanto más se abandona precisamente al espasmo de la negc1ción. Si,
alguna vez sentimos en sus novelas el sofisma; otra nos parece que sus
personajes han n~cido más del razonamiento que de la vida; pero hay
tanta originalidad, por lo demás, eu sus movimientos fantásticos y psicológicos y tanta coherencia, que el lector está dominado y vencido, incluso antes de que dude de la verosimilitud de lo que lee y oye.
Muchas discusiones ha suscitado también su teatro, por llevar a la escena personajes y acciones extrañamente, y aun dir!amos diabólicamente
trazados; pero pues que el arte es también malicia, además de instinto, su
164

LA PLUMA
teatro
.
. qu
. d responde a esa castidad d e conc1enc,a
'b
sm uda,• personal y nuevo • El est,·1o de Pira d 11e arn a declamos·, y es
.
n e o ¡cuán adherido está a
1a materia, a la sustancia de sus creac,onesl
D
d
llozante como es, puede sorprend
espe azado, roto, casi sobriedad clásicas· pe ·o •i bº
~r a un amante de la Unea y de la so'
" ien se mira nos da
ra podido expresarse de otro mod ,d
m~s cuenta de que no hubieº.' ~ que su construcción angustiosa
responde perfectamente a la
angustia V1sual y 5
• •
ta1, en una palabra, es su estilo.
ens1t1va del escritor: que

•••
y lleg~mos a los más jóvenes. Uno de 1
los más discutidos es Marino Mo tti E
os ~ás notados y también de
sorprendido nunca. Quien recuer;e ,"us ste_ escntor, en verdad, no nos ha
poesfas debió sentir en el Moretf d
primeras novelas y sus primera,
ser más tarde, lograda la madure l : ~nton~s lo que había de llegar a
ba los personajes delicados y s fz:d os veinte años Marino Moretti amaexc
ºó
u n os que a los tr · t
•
~pc1 n, sus personajes. y su arte
etn a y cinco son, sin
~ac10so, también hoy, aunque cada
ayer nos parecía delicado y
~steza, se nos muestra pequeño, humilde s veteado de melancolía y de
vierte en este escritor un sufi . .
. y' en el fondo, amargo. Se adno h bº
nm1ento continuo y pat t
. en e, como si la vida
u iese encontrado para él una hora b
¡°mo hombre, tiene el mismo carácter de uena, 01 hallado cario.o alguno.
s~ arte: tímido, bueno, incapaz
e hacer mal; una verdadera alma d
~arece nacido en época ajena a la su ea franciscano. Marino Moretti, que
tiempos vertiginosos que le ha
dy '. que no parece responder a los
re ·
n pro uc1do sufre
,.
b
,
, en e,ecto, como nadie·
P c1samente porque no tiene ti
y se ie ob ligado todos los d' uerza asta a.te fis ·tea 01· moral para luchar ,
retr~sado; como uno de esos1::;e:n; ntuevta renunci~. Yo le llamarla un'
· atrá s, a un paso más t(• .nd an o enfermizos Y cansados, que
la vida d eJa
pues que su arte es en cuanto hum~~ o _Y tardo que el de los más. Pero
un carácter, leemos a Moretti e
'. e srncero, y pues que tiene en fin
·
de niño, su casi calculada timºdon 5 impatia .y gusta
.
mos su tierna
dulzura
eoriqu
' ez, que lo distingue d 1 d
ece con contornos aunque i d .
e os emás, que lo
,
n ec1sos, personales. He aquí dos nue-

día~:

165

�•
LA PLUMA
LA PLUMA

,.

vos volúmenes suyos: La voce di Dio y Lestofanti (Treves), y he aqui
una vez más a sus personajes que parecen temblar de continuo con los
vendavales de fuera, como si estuvieran todos en un claustro o en una
estufa bien cerrada. l!Cuántos son ya los personajes de Marino Moretti?
Una muchedumbre: y si intentamos coordinarla, la vemos andar pesadfi.
y tarda, como una procesión religiosa, en una atmósfera indecisa, sin sol
y neblinosa: hombres, mujeres, niños, unidos todos por la cadena del dolor que por lo demás pesa sólo lo bastante para humedecer sus rostros
de lá~imas y dar a sus cuerpos un grave cansancio.

•••
Rosso di San Secondo no es todavia un escritor formado, pero no se
puede negar que es rico de posibilidades y susceptible de desarrollo.Yo prefiero este tipo de escritor, porque quien desde las primeras obras
se logra, ya se sabe la meta a que puede llegar; mientras que quien lucha, quien se afana, quien a cada paso se ve obligado a buscar el camino
que le parece haber perdido, ese, a mi t&gt;ntender, puede quizás no triunfar; pero si triunfa tiene ante si un espacio más vasto y horizontes menos
cerrados. Rosso di San Secondo es, por lo demás, uno de los escritores
bien dotados que no saben todavía su propio mundo. Ha dado ya a la
literatura narrativa y al teatro varios volúmenes y comedias, y ha conseguido un nombre envidiable. Pero por lo que hace al arte está todavia
por colocar. Ha dado, es verdad, en las Elel{ie a Marike, en Ponentino y
en otras páginas, discreta medida de su ingenio. Ha escrito una novela
sólida, La fuga, una comedia irónica,· Marlonette che pasione!; mas, en conjunto, es un escritor sin hacer todavia.-Del Occkio chi·uso (Bellini,
Roma) a lo commemoro Loletta y a la recentísima Festa delle Rose (Treves), ha progresado notablemente, pues en sus primeras síntesis dramá·
ticas se nadaba harto en la literatura; pero, sin embargo, no puede decirse en conciencia que tenga aún el dominio de S\J:S propios medios, que
sepa, en suma, lo que debe decir.
Es muy verdad que un escritor puede desperdiciar tres o cuatro años
o malgastar en experiencias cuatro o cinco volúmenes; pero me parece
166

que San Secondo
empieza a desperdiciar d emas1a
. d o. De la se "d d .
.
.
gun a , mcluso excesiva, de sus primeras páginas, a., 1a marcha mcoh
ña d e las últimas,
el
paso
es
ilógico
y
el
·
dº
.
erente
.
proce 1m1ento f tá · y extrapue
e
dec1r
en
sustancia
qué
se
pro
d
.
pone m. a d ónde va an st1co;
T' no se
aun en la rebusca, se afana todavía o
t bl
. a parar.- iembla
rituales con el mundo de fuera p p Ir es a _ecer ciertas relaciones espi. ero a relación no
¡
con claridad, y cuando cree habe r la a1canzado con i se e · revela. todavía
. .
un nada se la veda de nuevo co trº~é
d 1
mprov1sada mtu1c1ón,
10
•
'
ns
n o o a desb d d · •
mverosímilmente extrañas· Con t od o, en estas pági a an a as !lógicas
o
.
das Y no satisfactorias se siente .
. .
n s, aunque equivoca'
viva Y casi simpática l fi
tor, y no se pierde la esperanza de ue a
ª. _gura del escridiapasón, cese en un momento d d q
p sada esta cns1s, ahora en su

a o.

••*
y detengámonos ahora un momento en otr .
. .
sa la crítica desde las columnas d
. º. Joven, que s1 bien profe.
e un gran d1ano roma
b
Y esencialmente
.
' poeta · Hablo d e E mi·uo Cecch1. En E no ~es, soá re todo
conocidos sus ensayos críticos· los ás b 11
..
spana ser n pronto
~anctis; pero, repito, Cecchi n~ est:todoeé~::m duda desp~és de los de
libro: La storla della leterattuY&lt; . le (T
sus ensayos m en su noble
tividad critica y de coment . -a ing. se reves), en las páginas de su acano, en suma La figura d
t .
muy otroa
. caracterese yesno
e Joven
. . relieve considerada en t o dos sus
¡
•¡ tiene
.
e 1 espmtual y el moral· En e~ect0 , 1os tiempos
.
,
os
u
timos
no le da
t 1
n, Y a vez no le
d arán nunca la razón precisam t
jano y anacrónico qu~ no pued;n e porque en su acción hay algo de letumbres de los hombres de h
~ngran:rse en modo alguno con las cosnas de un diario romano y oy. lomo , ~ dicho, habla desde las columºd
, , como os cnttcos de todo el
d
v1 ad periodlstica ha de versar
I
mun o, su acti ducción mediocre y a
d
' por o general, y perderse, sobre la propaga a que su país le da S ·
·
que ejercita esa profesión hu 'Id
.
. e1s o siete años hace ya
~
m1 e y tnste: y con todo
1
•
anos, nadie ha podido acus 1
d
,
' en se s o siete
dios, de concesiones p tiºóardo nunca e compromisos, de términos me• ar
e un punto el
·
¡
de tanto tiempo no se ha apart d
pnmer da y hoy, después
'
a o un centímetro de la línea que se im167

�LA PLUMA
puso. Tales firmeza y austeridad no han sido sin amarguras. Ahora bien,
como el lector comprenderá, si esa austeridad no tiene compensacion~s
inmediatas, es rica y densa de compensaciones intimas, y he aquí que un
día, en este joven contrito y severo que no ha pedido honores a la vida
ni a los hombres, que ha aguantado insultos y enemistades, he aquí, digo,
que despunta tlmida, pero segura, la obra poética, tl libro personal. Quien
comprenda cierta soledad augusta y cierta tenacidad, sabe ya lo que Emilio Cecchi puede haber dado en el libro susodicho, que se intitula Ptscí
Rossl (Vallecchi, Firenze). ~Qué ha dado? Una sensibilidad cargada y
constreñida, el dia que encuentra sú vena y trabajosamente descubre sus
raíces, ya se sabe cuán clara y segura puede ser, cuán rica de pensarnieato y densa de calorías, aunque Umida. Ptsci Rossi es un libro del
que no se puede hablar en una crónica breve, porque cada página, y aun
diremos cada palabra, es viva y justa. Además, no es libro de poeta,
libre y suelto, sino de un hombre que se afana dolorosamente en busca
de un mundo nuevo, y, lo que es más raro, habituado a las selecciones,
a las eliminaciones, a continuo y febril temor de lo supérfluo. Esta lucha
no persiste en todas las páginas; pero claro que en un nuevo libro ciertos
ataderos con la cultura, ciertos peligros de tropiezos y salidas falsas, que
todavía se transparentan, desaparecerán; y el poeta surgirá de su crisálida Hmpido y cristalino.-Pero, repito, más que en sus resultados inmediatos, hemos querido considerar hoy a Emilio Cecchi como problema
en desarrollo, y, as{ considerado, se puede declr en verdad que es de los
más interesantes y prometedores de nuestra generación.

MARIO PUCCINI
Memento.- Savi L"pes. Le orittini neo-latini (Hoepli-Milano). - Nicola
Moscardelli. L'ultima foglia (Vallecch1-Firenze).-V. Spinazula. L'artc di Dante
(Riccardo Ricciardi-Napoli).-G. D, Ruggiero. Storia della filosofía (LaterzaBari).-Edizioni Politúlu de •ll Soleo&gt; (Cittá di Castello).-G/i Scienziali ltaJiani (Nardeccbia-Roma).-f. Pastoru:lu. 11 Randagio (Mondadori-Roma).E. Bo11aiuti. Escursioni spirituali (G. Bardi-Roma).-A. Tilglur. Filosofi Antichi
(Athanor-Todi).-Ennini. Poeti epici latini (Istituto Calogerá-Roma).-Manzo,ú, Carteggic, (Hoepli-Milano).-Turri. Dante (Barbera-Firenze).-P. Barólra.
Quaderni di memorie (Barbéra-Firenze).-Corrado Ri&amp;ci, OrC::ed ombre dantesche (Lemonnier-Fireoze.-Lettere di S. Gerola1'W (Desclée-Roma).-E. Tret11s. Santo Frence1co (Battistelli-Firenze), etc.
168

ANDANDO
Dí lo mismo m la tOTTe

que en la choza del pobre:
la palabra que cueste,
nunca la que te sobre.

Paso de caracol,
lleva el sol,
Aprende:
marcha lenta y peremne.

Aquí, mata de trébol.
Allá, flor del espino.
Lefos,
un /ir,:o.

�LA PLUMA

LA PLUMA

A éste, la paz del día,

"Líbrete DZ:os...!" te dirá la gente.

y al ,tro el sombrerazo.

n,:os no te debe li"bra, de nada;

Al hada del sendero

ni del beso hedz·ondo, ni del filo del hacha.

todo, todo y aun algo.

Todo nos salva.

Cogerás de la nieve,

Un pantano podrúio,

porque tu corazón
se quen,a de otra suerte.

un bosque transparente,
lagos con barcarolas
mares con misereres

y cogerás la flama

atraviesa; de todo

de todos los saharas;

nos queda lo que debe.

porque los corazones

Porque al fin, el destino

se pasman
llegando a derta raya,

es llevar en elpecho,
acribillado el lirio
que brotó la mañana
de nuestro natalicio.

y hay que arrofarles
llamas.
No hay mayor alegría

La flor se desbarata

que cumplir lo temido:

lo mismo con el beso

posarás por la barra

que con la puñada.

del puente quebradizo.

170

17 0

•

�LA PLUMA

DE LAS MONTAÑAS
Así, como vosotras, en tl mitin
de ta naturaleza multifqrme;
junto al valle de almendros
y la fresca ladera
y ti río y los fardiºnes.
Así, como vosotras, en el mitin
de nubes y de soles,
siºn adornos, sin cambios,
en sobriedad eterna,
un tanto arisca. lefos
y por encima de nuestros te1ados.
J. MORBNO Vll.LA

... CASTILLO FAMOSO
embarullado y sin norte en lo material, a merced de
la improvisación en el ordenamiento exterior de su vida,
no está menos indeciso al borde de las rutas del espíritu.
Su cuerpo aumenta (leso es crecer?) con todo lo que, viniendo de otras partes, aquí se aglomera; pero aun no se le vé con
vigor propio sobrado para echar en el suelo raíces tan profundas
que no se puedan arrancar. ~o procede de dentro a fuera; toma lo
que le dan; engulle, pero no asimila ni depura. Toda novedad superficial es posible y se le abre un crédito proporcionado a su insolencia de advenediza. La mente de Madrid .se despierta ahora del sopor
infantil, y su curiosidad, que empieza a irritarse, se esparce en devaneos. Madrid recobra sangre, y goza sinti•ndose vivo, como el que
maltrecho y todo, se escapa de un trance de muerte. Si la villa se remoza, se alegrarán los nietos de mis amigos; de aquí a cincuenta
años, nacer o vivir en Madrid puede que sea nacer o vivir en alguna
parte. Sin coherencia ni densidad, al Madrid de hoy le falta el galardón de la madurez inteligente. Ni gusto, ni estilo.
A Madrid le cupo en suerte estilizar la decadencia de España; de
la gloria apenas si conoció más qu'! el orgullo, de la grandeza, el empaque, de la opulencia, el sinsabor de haberla disipado. La villa debía
de ser entonces horrenda, fosca a pesar de esta luz, pero destiló losresiduos de un espíritu ya amanerado y sutil, y ardió con una llama.
ADRID,

l7J

�LA PLUMA

.quizá venenosa, única: pocos espectáculos habrá visto el mundo
como el de aquella hoguera en que vino a suicidarse una civilización
peculiar, macerada por el fanatismo candente, por la guerra, y por el
aislamiento. Fué Madrid, sus ingenios, su gusto, su público, quien
redujo a líneas de arte ese mundo agonizante y su proyección profunda en el pasado. Quizá solo en aquel tiempo baya sido Madrid verdadera capital de España, y por ello una gran literatura nacional es,
de paso, por más "de un rasgo, madrileña. A través de esas obras
literaiias se vé muy bien al pueblo a que iban dirigidas, sobre todo
a través del teatro. Los mejores espíritus de la época arengaban
desde las tablas, y al avivar en el auditorio la memoria poetizada de
sentimientos y hechos colegidos en las gestas y en el ámbito nacionales, producíase la conmoción instantánea y contagiosa que solo la
palabra hablada suscita; el público no imponía su gusto en la mera
estructura formal, imponía su alma toda, quería contemplarse en
aquel espejo, y así, cada victoria del genio era el destello de una
conciencia despierta aún, que se acendraba, y que ansiaba perdurar
cuando ya apenas le restaba cuerpo donde albergarse. Por este hecho se mide el verdadero valor del advenimiento de la capital política a la primacía literaria; y como entonces no había un ágora, el
pueblo madrileño, apasionado por su teatro, entretuvo el hogar único
donde las esperanzas, los ensueños y los desvaríos del espíritu de la
gran familia ibérica hablaban en libertad. Prodújose el fenómeno
propio de las grandes épocas de unidad espiritual, que a veces sobrevive y a veces se adelanta a la dislocación o al agrupamiento territorial: hubo una materia poética común a todos los rangos de la
sensibilidad, y que, elaborada por los mejores con insuperable dignidad de estilo, era popular.
Madrid dimitió esa función presidencial en beneficiQ de nadie, o
.más bien se quedó sin asamblea en que presidir. Yo tengo escasa
174

LA PLUMA

afición a lo pintoresco, y al repasar la ten
.
dos siglos de estupor, muy cum lido
ue vida de Madrid en sus
leñas más preciadas lejos d
p
s, algunas de las flores madrila vida de España ,M d ºde envanec~rme, me humillan. Índice de
, a n se encogió s
hi 6
su propia salaa, y tuvo un or ullo de ' e ac c , recociéndose en
de hacer de la necesidad v!tud
pobre, ese orgullo que pretencomo para afrectar a quien n
y s~ revuelca en ella, y la exhibe
drid oficinesco y jacarandoso o ~e aviene ~ com~artirla. Fué el Masus fines, que decía· «De
~i~d cont~adictor interno, sin idea de
verlo.• El día en que .Mad ºd a n al cielo, y allí un agujerito para
n , encerrado en sus
t t .
.
que empezaban a disputarle la rim .
.
cua ro apias, vió
a un localismo rival n
d p acta, se d1ó tal vez cuenta de que
cendencia y que lo pl:bpue e op~n~rsele otro localismo sin trans.
'
eyo madnleno no debe
d
riosidad de barrio ja á
.
pasar e ser una cuE
, m s un valor de ctrculación nacional.
n las promesas actuales de re
. .
.
pruebas de nuestra buena vol t ~ac~m1e~to m~nle~o abundan las
acaso hagamos otra capital y ~~aª Es ~dn~ rev_1~e sm memoria, y
los valores esquilmado Co
pana sm visible soldadura con
s.
mo es hoy un islot
d
mundo en que apenas
f .
e a yacente a un
tor, quisiera empezar apart1c1pa, Madrid, para advenir a centro direc'"
en erarse y a no quedar •
. .
siempre mal. Pero le
ialta el archivo de la e
tumbos entre la ingen~~e~enci~, y anda sin tino ni contraste, dandG
llega, y le ocurre lo
a y e recelo. Tan pronto se pasa como no
do el hombre más p!uvee a_ldpaleto desconfiadillo y crédulo, que sienm o contra los timo
que se deje timar. Nótese el re
s'. apenas pasa día sin
oye el «argumento de cult
speto y veneración con que Madrid
·
ura•, aunque consista
¡
simple expresión verbal S 1 1
por o común en
. o o e argumento patriótico le aventaJ·a y
cuando luchan qu
t · t·ismo vence. Esa es la delan'
tera que les 11 , e no es raro' el pano
evamos a los pueblos se . bá b
cultura tiene tanta fu
.
m1- r aros, donde la idea de
erza que sirve para arrancarles en su nombre la

M

1 75

�LA PLUMA
independencia. La cultura en Madrid se emplea para todo: para rogar
que no se escupa, o lanzar una empresa industrial, o cohonestar la
pedantería, o defender un arte pedestre, o proscribir la jovialidad del
humor. Es broquel imperforable que sirve, cuando menos, para detener el primer golpe. Luego cada cual, puesta la ropa en salvo, nada
como puede. ¡Y qué de negocios hemos visto, que en otras partes se
contentarían con la etiqueta de su utilidad, autorizarse en Madrid
ante los pazguatos con las ínfulas de la cultura! Eso comprueba el
vigor del resorte, y le da a Madrid cierto viso de pueblo colonial.
Pero el simple respeto exterior y afectado es, si se compara tiempos
c◊n tiempos, una adquisición formidable, y lo mejor sería cultivarlo
hasta que cale y deje de ser el cobertor de un desdén profundo que
ya no se atreve a ser cínico. En rigor, la mente de Madrid no eo; aún
bastante.,,afilada para escindir y disecar las especies intelectuales, ni
las especies intelectuales mismas ~on aquí tan robustas y varias que
puedan ni necesiten combatir entre sí para que las mejores sobrevivan. Esto es lo que explica y disculpa la buena voluntad con que
Madrid se amolda a las con... 1usiones provisionales de los aprendices. En Madrid, el triunfo es de los que empiezan. Es que no hay
críti:::a, me dicen. Cierto; o más bien la crítica es proporcionada al
vigor de las obras que se producen. Un caletre bien formado y
amueblado, puesto a tasar Jo que hay aquí con un criterio valedero para más de seis meses, no tardaría en granjear fama de
caníbal. O por lo menos, tendría que degollar a muchos inocentes, cuando lo mejor es quizá dejar que sigan viviendo a
crédito hasta que sus esperanzas y las nuestras acaben por fructificar o se marchiten solas. Todo hombre que se parapeta detrás
de unas gafas y se recalza el sobaco con un cartapacio henchido de
papelotes, y calla, abrumado por la gravedad de sus descubrimientos
de principiante, me parece respetable, y estoy pronto a seguirle una

LA PLUMA
vez y otra hasta los bordes de los Mediter .
.
hace, por lo común Madrid
raneos que mvente. Así
.
'
' que no se acuerda de
d
sm cesar a la experiencia fatigosa de un
. ~ª- a, y retorna
aprend1zaJe mtt"rminable.
Madrid descubre cada lustro . 1
, mc uso cada año el
la santidad, el poderío, y se aco e
. • amor, 1a am bición,
nal obligatorio que el corazón _g gustoso sm otra espera al doctrivida le duele como un chasco Jovedn PS~omulga. Cada lección de la
.
pesa o. 1 sus guías no t d
n guar que no hay cerros en Úbeda· ue
ar an en aveque las nieblas llegan puntuales a'I q
las lechuza~ son blancas;
todo, este no es un país tan mal obe;mpezar Bru~ar~o (después de
marismo, se llama a enga ·o L g
nado), Madnd, mcapaz de hun • es vuelve la espald
abandonados gastan la ma t .
a, Y 1os maestros
.
es na en probar que s
ó ·¡
Jan en pureza a los a etitos de
us m v 1 es aventaMadrid no aprende lu ex . lo~ prede~esores que fracasaron. Pero
.
penenc1a es discontinua L
en el punto de partida. y habiendo oído
. o repone todo
voz trémt1Ja
,
preguntar tantas veces con
por q~é están las dos osas
de banarse en el mar siempre medrosas

no se le ha ocurrido, para poner a
_'
mandar a la escuela a los
prue'Ja la calidad del lirismo.
ignorancia de la astr )no ~re~ntantes, no sea que se trate de simple
sado que está por nacer~ 1a. ero ese sería el Madrid docto y avi-

BL PASBANTB BN CORTB

e

p

ti)

176
1 .1

1 77

�LA PLUMA

cSn el rincón mostraban sus perfiles austeros
'Gestigos del heroico simbolismo de ayer,
'Y entre una paralela de epígramas fumaban
C:uatro femmes savantes ajenas a EMoliére.

AL POETA ARGENTINO EVAR MENDEZ
..,.
te he evocado esta noche en París
-.:,var, •
· ya,
GJ
l f'1' ,t que te ad"zvzna

eon le pnnce
;,; ar,z c:r◄
l
t
b
confrére te saludan os va es

cSn la niebla fluyente de los vasos pletóricos
9Je ca/é, de cerveza, de ilusión o de geen
;i)ibujó la voluta los enérgicos rasgos
9Je una cara silueta: ¿9?.ictus era o ;Joaquín?

0

'Y
como a ueln.
la «Closerie de .lilas»
G.ue gestan g orza en

- sentimentales, de
.
cu bl, de tus vemte
anos
cfl,a
J
t u es,'
•'uerzo y tu gran
p le ios de 0nsueño, ue
&lt;Gas a ac
h or el arte que amabas
cSinceridad de luc a P_ d 9l uel Pauvre Lelian...
9l traves de la magza e q
• ·tas a la .luna
'° t , tus complicadas vzsz
,
\.;On e . , l reino de l a misan
· t ropza
'JI tu excurszon a
. dote una
, te salvaron las musas dan
,
'Y como
.
d . Primavera, Poesza ...
fllor en Ma1, que es eczr
· tas precoces
9lllí estaban algunos d adazs
a11
,
l . l ue les daba c1,wnon.,
Con sus ~ubes
s~ agitaron libérrimas,
.tas han e~asle '°h l O » fR.oberto y 9lbsalón.
flaltabas tu Y e « \.; u '

J;9/,~:

flverio trajo en sus ojos dormilones y lúcidos
.Ca seda incomparable de su bella amistad
'Y oyó en lenguaje eslavo reverencias la obra
;i)e ffngenieros, poeta de una nueva verdad.·
Cf;rajo el vizconde el dardo de su fina ironía
flJerard su fantasía, su pluma 9)'/;sparhés,
'Yo traje en mi recuerdo .Ca Pua y .Ca &lt;:Siringa
'Y fMonsegur y Crespo trajeron su ajedrez.
flrente al poeta jóven que cenó cien estrellas
flJebiendo luego el lírico licor en el caJé:J
'lin estudiante pálido nos recordó en su jerga·flue así inzció sus años el glorioso !l)onnay.~--

-·~

.Ca pléyade entusiasta puso en tensión ¡~;·;,das
!De oro de la lira... cSurgióJEMoreas, CVerlaine...
179

�LA PLUMA
LA PLUMA

!Paul flort melodizaba sus sencillas leyendas
Yo recité a .Cugones, a ff{errera y a 9?..ubén.
~obre la brisa eólica que aligeró la atmós(era
Cargada de quimeras, de humo azul, de pasión,
~intióse imponderable en sus alas inmensas
.Ca música del viento que desala ~anón.
Pues viejos cancioneros, bardos ilustres, críticos,.
flilóso/os que inquieren nuestra razón de ser,
{;uardan fresco el espíritu y el corazón alegre
Con la luz que proyecta sobre ellos la mujer.
:Dos hastiados misóginos en agudas saetas,
Concretaron la oculta potencia de su spleen,
Un futurista ameno negó a 93ergson, y un sabio
:Dijo que el infinito tendrá algún día fin.
fl&lt;.arys, hindú sereno, sostuvo ideas graves
t2ue ~are 'Galo!f, el vate ruso, oyó y aplaudió
Y ante madame Orlo/f que vivia cien éxtasis
fliloso/aba el verbo sutil de ~ercereau.

91,lguien lloró al poeta con t
tlue al punto su sollo
h. an honda emoción
P
a1
zo se zzo gr
ura -viher el ~uerte
l
ave,Y total:
a,
/4
esca tor que
l .
.¿ouscó y hall ' l
en e marmol
o as manos de la Marcha Nupcial.
Cuando cesa la orquesta d, l
'G'rás de la dicha al
e as almas los ióvenes
'Yo me d" . .
t' egres y ruidosos se van
zrz10 so o como anf .
,
fMe asiste en el cami l lana a mz casa,
no a uz de 9Udeharán.

'!f.

pues que tu recuerdo me ac
-•
!Poetzca que quiso regalarme !Pi ompano en la noche
'Y puesto que d, [/¡
.
aul flort,
fl.ue sabe del ;;ac: ~a;cza tu sensibilidad
r, e amor, del dolor...
'Y tienes una lira ar
!Para soñar y vives t p la ~antar y un alma
'be envío con la pros: g. .ºrz~ en un rincón,
P
•
szn rztmo de · • l
..La Joven /ortaleza de . . .
mz epzsto a
mz vze1a a/ección.
VICBNTB .MARTINBZ CUIT~O
París, Febrero

Ciencia y literatura, pintura y escultura,
'Godo el bagaie lírico de tu t2uartier .Catín
~e estremeció un instante cuando una voz adusta
!Pronunció en la velada el nombre· de fRubén.
180

1921.

�LA PLUMA
de los predominantes en la crítica de la sociedad española al comenzar el

LIBROS y REVISTAS

siglo.
Quien pretenda orientarse en lo que acerca de España y de sus destinos se
ha pensado y escrito por los españoles contemporáneamente al desastre, as(
como en los años que más de cerca le siguieron, advertirá que toda aquella
producción, en su fase puramente crítica, si tiene hoy un valor documental e
informativo, puesto que nos revela un estado de conciencia ya histórico, no
puede imponérsenos por el vigor de sus conclusiones ni, menos aún, por la
autoridad de sus métodos. Lo primero que hicieron «algunos» buenos españoles en aquel trance fué naturalmente chillar, enfurecerse, o plañir, y rasgarse las vestiduras. Pero fueron solo algunos. Si su escaso námero, y la sordera com6n, los inutilizaron como i.ombres de acci6n, la falta de reposo y la
turbación del alma (causada por \a noble angustia ante el presunto aniquilamiento inminente de Espada) no les preparaban mejor para una crítica s6lida,
que exige tiempo y postula la esperanza. Con un pie en la acción politica inmediata, y otro en la filosofía de la historia y en la crítica, se corre mucho peligro de no hacer en ninguno de los dos campos cosa de provecho. La perdición
del español moderno, que es no saber o no poder partir como se debe las vocaciones y no acertar a realizarse plenamente dentro de los limites escogidos,
no perdonó a los pioneers de la regeneración nacional. Sus escritos son en demasía turbulentos y están contaminados de arbitrismo; muchas de sus conclusiones las contaría maese Nicolás, el barbero, entre los «advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes». En rig•r, los inventores y propugnadores del europeísmo dejaron tras de sí una obra que, en conjunto, es lo
menos europea posible.
Refiriéndose a Costa, Araquistain echa de menos un serio estudio crítico
de la obra del cleón de Graus,. Estudio difícil, porque la producción de Costa
es múltiple y desigual; estudio que para ser completo y veraz, debería explicar
la obra por el hombre, puesto que lo descomunal en Costa fué el c:irácter.
Se ha hablado de levantar el mausoleo de Costa en la cima del Moncayo. Bien;
pero del .Moncayo mismo se sabe qué altitud tiene y de qué materiales está
hecho. Yo no quisiera escribir (porque no lo pienso) nada que parezca irrespetuoso para Costa. Vivió como un héroe. Fué el corazón español lacerado. .:Encarnó una España llena de honradez y de buena fe, que aspiraba fervorosamente a salvarse sin salir demasiado de sus antiguos quicios. Su formación
historicista y su temperamento excesivamente conservador prestan un alcance
insospechado a su idea de «reconstitución». Costa pasa por haber arrinconado
ciertos chirimbolos histórioos de que se había hecho un uso desmedido; quizá
sea así; pero otros le eran caros, y le emocionaban, sólo por su prestigio espaliol. Costa, como todos los espaiioles de s..1 tiempo (¿llegan a dos las excepciones?), fué también un sorprendido, un desengañado; en su inmenso coruón, el
fracaso despert6 ecos formidables; pero el atrezzo oratorio del siglo XIX ocupa
todavía harto sitio en su alma: se vé que hay demasiada batalla de Villalar, demasiadas Cortes de Castilla, demasiado Justicia de Aragón... Y acaso también
demasiada confianza en el leal entender y en la cordura de capa parda de los
honrados varones concejiles. En suma: la solidez de su punto de vista histórico
113

�LA PLUMA

,.

y la eficacia del resorte moral que pretendía disparar nos parecen muy discutibles. ,Costa-observa Araquistain-sintió profundamente la emoción de España y de lo español...; pero se le escapó lo genérico humano•. Me inclino a
darle la razón, a pesar de que Co11ta repite mucho: ,Antes libres que solventes, antes hombres que españoles•, porque probablemente solo quería expresar con eso la rebelión contra el Estado oligárquico y caciquil. Menos dudoso
es que el programa de Co3ta, despensa y escuela, no pasa de ser una fórmula
previa, preñada de cuestiones capitales, de los verdaderos problemas. Araquistain se pregunta: «¿Qué escuela quería Costa? ¿Y cómo yeía la distribución
de la riqueza?» Con la respuesta a tales preguntas se mide todo lo que hoy nos
separa de aquel hombre. En general, la violencia y la minuciosidad de la visión inmediata que Costa obtiene de las cosas, le achican el horizonte; ta1 es
la plasticidad de su imaginación, que todo se representa en ella con relieve doloroso; de ahí su estertor, sus urgentes clamores, y la asignación de plazos brevísimos para el hundimiento total de España; la futil superficialidad de ciertos
e remedios• quizá viene también de la ansiedad que no admite espera: resulta
que España ha de salvarse por obra del Estado (unas Cortes, unos jueces), el
c1;1al necesitará salvarse primero a sí propio mediante un esfuerzo cuyos mó•
viles y trámites no se veo muy claros. En lo alto, como garantía intangible,
está el «cirujano de hierro•; su función consiste, en último término, en ~uplir
la conciencia colectiva de sus compatriotas.
El criterio con que Araqui11tain. se aplica a j11zgar las cosas de España (criterio que no es solo personal, sino expresivo de lo que significa actualmente
el europefsmo) difiere del de Costa por más de una razón. Su preocupación
dominante es el hombre: el fin de toda acción pública, de toda política, C6 elevar ilimitadamente la dignidad de cada individuo. En el caso de España, son
aceptables los caminos que conduzcan a establecer la equivalencia entre lo
español y lo humano: que lo específico nacional no sea una minoración de valores universales o un estorbo para percibirlos. En el orden:político, ese liberalismo se realiza mejor que nada por la democracia. Araquistain, que en política es socialista militante, ve en el socialismo cun retorno a lo elemental por
entre la maraña de las desviaciones históricas•. cEl socialismo -aiiade-, como
todo grao movimiento espiritual, parte de la idea de humar.idad para coocluír
en el individuo concreto y físico, pasando por la nación étnica y geográfica•.
Ese modo de anteponer la categoría de humanidad a la categoría nacional, y
esa consideración superior del movimiento ascensional del proletariado (prescindiendo aquí de lo que sea meramente esp{ritu de partido o de clase), movimiento que Costa no ponderó como era debido, son, cuando se refieren a los
problemas de España, dos rectificaciones importantes al costismo. Pero hay
otra quizá más profunda; consiste en fiar menos en una revolución constitucional y política que en la transformación moral del individuo, en nuestro caso,
del español. Cuando se tiene del carácter nacional la idea que Araquistain expoae en los &lt;iltimos capítulos de su libro, no se puede poner mucha espcrania
en el milagro de una convulsión social, aunque de ella salga abolida la propiedad.
,Atonía del sentido moral para todo lo que cae fuera de la órbita doméstica•:
tal es la dolencia española. Y eso ¿cómo se cura? No será por la coerción extc184

LA PLUMA
rior. Araquistain
. se da así la mano con quie
~gra_ron h. ero1camente la vida (con h
, nes_. p_ensando en otra España conc1ón
mtenor del. hombre nuevo• y o no
ero1smo
d1st10to
ro'
A a · t ·
estoy Je·
d del de Costa) a la ,,
rma_r qu1s am; y s1 uno se pone a catalo
J OS
e com:;&gt;artir la opinión de
v;erte que todos los propósitos desiote gar Jªs observaciones personales, ada canee de nuestros ojos han e
. resa os que se han ido tronchand
comEo por ser frívolos, o' pueri)e;e~,~~ nf tanto por ser estúpidos los gesto~cª!
. sa preocupación moral do0::ina cr ener e~ ~1 corazón una cloaca.
viene que este su libro despierte en el etl cspmtu d_c Araquistain y de ella
ce or resonancias graves.
M. A.

f

•••
Zonobia Camprabi de Jlménez J
Esjada, traducciones.-I. JinetesyLA~anl Ramón Jlménez: El Yirasol ., la
'
,._za e ma,· de Job.o B S
J
Nunca como ahora se han vi~to los e
'
. yngc.
ta;;t colmados_de traducciones. A juzgar sC:pF~es de las librerías españolas
e_ /r~s, pud1e~a creerse en una cxplos[ó r da c~an_da que de ellas hacen los
f~~a°E el afán 10tcrnacionalista caractcrí~ti~: c~n~s1dad en el_ púb!ico, contauropa. Mas son tales el desconcie
e ª producción literaria de
~e obras extr_anjcras y la falta de criteri~to en que se multiplican las ediciones
e a su elección, que luego se echa d
he, salvo raras excepciones presi
ra!1cia no se debe sino a la escasa r~ ver . asta qu~ punto semejantt- 'exube:
~1c~ que para el editor supone la idqi~~~~~n
y.ª la ventaja econó1 1 n desplanola
an¡eros.
e a propiedad de títulos ex
r De ahí q uc 1a ¡abor en c..c se r d
cothlabToración con su esposa ~~s ob.:~af.udan
IRamó'?' Jiménez, cuya de0
rana
agorc sigoifi
'
a versión modelo d R
~~~ctor quizás no'advier~u;,;J~~~/:¡~~rf;pccció; en_ cada caso, algo má~
er que de e llo depende en much
' ero_ ª~ importante a nuestro el!falta suele mostrarse la producción / parte la d1gn1dad litcrari;. de que tan
~f~ ~~: m~lgtastado muchas palabras ~~~~·c1!:!p~!~ idcl tordpchabuso pcriodístid
micn o a la atención del lector
ecua o a menester ahora
,:d. Córrese el riesgo si no, de que vo~=~r qu~ las ~es~ituya su prístina clari. reza, moral, cuando referidos al ar
. os 1nsushtu1blcs, como conciencia
b1~~ la moral arlistica de Juan Ram¿~ rcrgan toda eficacia expresiva. Ahor~
na ' ad en las letras españolas sus r
im ~ez_ d~fine de tal modc; su perso_dan tan singular relieve ¡ su ac~~~~~clnnc1p1os deri_vados de la Dclleza
vure~~os que mejor expliquen la serena ar!~~~ca de vc10te año~, qnc no hay
•
en que su obra se deseoni •No serán• pues, nunca sus traducciooc
mucho menos apartamiento del ca . s mer? ~escanso de la labor original
prolongación de aquella, y hasta~'~¡° pro¡1c!o a su inspiración, sino natu:
mana, como si quisiera ayuda 1
~ra ec1rsc que su explicación más
cruzada por el triunfo del esp(ri;ucsib:~P;f hcsfudcrlzo ~on el ajeno en la común
u e a berra.

~f:1ª
1

{;'ºª

;:1

q:~

�..
LA PLUMA

LA PLUMA
Inauguran con Jineles hacia el mar Zcnobia Ca~prubí y Juan Ra~ón Jimé•
nez una nueva serie de traducciones, cuyo solo utulo general El 'J,,-ast1l y la
Espada dice más oon s11gestiva concisión que cien páginas de advertencias y
progra:nas. El nombre de Synge, la boga de cuyos dramas ha trascendido a
Europa no ha mucho, es desconocido en España. Un grupo de a1!cionados y
actores incipientes :preparan para .muy en breve la reprcsentac1ó_n de este
cuadro trágico en que alienta el espíritu heroico_ de esa Irlanda, q~izás menos
enigmática para un público español que para el rn_glés. Teatro poético en toda
su excelsitud, no se diluyen los caracteres dramáucos en vaguedad de ensueño
sin evocación posible en la escena¡ antes bi_en, hieren dire~tament~ _nuestro
sentimiento con la representación escueta, simple, de la realidad estilizada en
los menudos pormenores cotidianos que llenan la secular gravedad del
tiempo.
.
.
Escrito Riders to tite sea en una a manera de deformación poética de un
dialecto gaélico, han procurado sobre todo los traductores_ la fidel!d~d literal,
sin adaptarla a ninguni, modalidad popular española que c1rcunscn~1era a ?e•
terminada región, en el ánimo del lector o del _espectad&lt;?r, el ª~J?ho sentido
humano de esta tragedia, en que la muerte gobierna la vida trad1c1onal de sus
personajes, no ya con la vaga fatalidad, un tanto literaria, de los dramas de
Maeterlinck, sino con esa su terrible pr&lt;'sencia de todos los días.
C.R. C.

***
Eduardo MarqaJna: E.I beso en la herida.-Novela.-Estrella, Madrid

}:i

•••
Aa«a.to Strlndbcrg: Da,ua Macabra
Publicaciones «España•, Madrid

19~0.

Escriia acaso con el pie forzado impuesto por el editor a la serie de •Novelas para mujeres• en que ésta se incluye, revélascnos una vez má~ patente el
esfuerzo de trabajador incansable con que Eduardo Marquina, líneo, drama•
turgo, novelista, multiplica su activida? literaria.
.
.
Adviértese en todas sus obras un smcero afán de comu01cac1ón con el púb!ico, empeño en que suelen fracasar la mayor parte de los e~crito~es, por
desestimiento voluntario y altivo unas veces de la menor trans1genc1a, de la
menor abdicación personal en aras de la mutua comprensión¡ por el deseo
exagerado las más de obtener el aplauso _aun ~ cost~ ?el propio sentir. Mar•
quina se propone honradamente la conv1venc1a esp1ntual con el lector, con el
espectador, concediéndoles sí, desde luego, el derecho a la amenidad de la novela o el drama que ofrece a su consideración, pero sin renegar del lirismo,
de la presencia del poeta que dignifica cuanto toca.
El beso en la herida es, pues, una novela eminentemente romántica, pese al
ambiente natural en que sus amorosas peripecias se desarrollan. Romántica,
en cuanto al autor, sin rebozo, exalta a conciencia la abnegación de una mujer
wwrena y slfJillana, destacandú la pasión en que se consume la protagonista
sobre el sencillo cuadro de la vida diaria. Romántica .además en cuanto al procedimiento del novelista, que parece haber querido imponer al lector un ritmo
acelerado a medida que la narración avanza, disimulando el drama que ha de
estallar luego, bajo los claros tonos, la limpidez del aire, el grato olor a Sevilla
186

J

de la primera parte cuya com
• •
cia de Valera, para preci itars~O 1C16 n nos recuerda a veces la alambicada gras11cesión de acontecimie!tos rá i~spufs conforme la a~ci6n transcurre en una·
mente acumulados, como en
amente expu_eSt os e mcluso melodramática1
Alarcón o de Fernán Caballero. l\~e~~~Jraasm~rtéticas de D._ Pedro Antonio de
parezcan falsos inventados si . .
. icamente, decimos, no porque nos
n_eos, e~to es, p¿r reducidos.' pa~ ~~s:~~ca~~ó¡° huma_na, sino por extemporáCJO de tiempo breve en realidad
gu ª emoción del lector, a un espalando en la lenta progresión de 1~:ra t~n gran des~arga como se ha ido acumu-·
el romanticismo de Et beso en la he,-~;rtulos anteriores. En resumidas cuentas,
sobrado de la que tan fielmente a areceno se nos m~estra_ falto de vida, i;ino,
rcl11s, bt'llos frescos, firmes 6leot ta en sus pá;1?as pmtada-lindas acuac~mo el de la gitanilla plañidera s~brel eta! belhs1mo apunte al agud fuerte,
misma, contada por la gente ue l .
e cadáve~ de_ Almudena-. La vida
el p_oetA dramático, cuya nob~ in:e~~:ó~T~l ei91a historia, espiritualizada por
capitulo, sacados del Shakespeare de Ot ¡, ~e ªJ;n los versos que glosa cada
La 1 empestad y, sobre todo de e,
e ~: e 0 ~ 0 Y ~u_lieta, de Ha,,,/et, de
'
omo gus1t:1s, espeJO de hnsmo dramático.
C. R. C.

192

;.-

T rad

.

uccióo de Manuel Pedroso. _

Coincidiendo con &lt;'1 anuncio de la í
~ el Teatro de la Princesa ha inau ur;acasada cor_npañía dramática alemana
rial, dando la primera versión caste,1 d~ sus pubhcac1ones esta nueva editoq~e demuestra la persistencia en sus ªºIt
e un/fª~ª de Strindberg. Elección
huo del semanario España el mirad e I ores e mismo propósito loable que
una curiosidad mal avenida con el aº: eu~opeo ~e cuantos españoles sienten
Es lástima que el buen aficion d
o ambiente nacional.
probar con la representación esc~nfc! ~ea;ro no haya tenido ocasión de coma buen seguro para el lector que b
e e ecto de la lectura, desconcertante
agrado de la facilidad.
usque ante todo en una obra iiteraria, el
No es, sin embargo, Danza .A:facabra un d
rama.oscuro. Por el contrario, los
1:3racteres muéstranse tao descarnados
t!camente, que nos sobreco en el án. por 1a p~s16n 9ue los gobierna dramáSino con la fatalidad implac:ble de 1~:o n~ c?n irrealidad de fantasmas vagos,
en toda su desnuda crueldad.
sentimientos humanos puestos en juego
El espectáculo de la vida exa b d
.
en.el que el Mal triunfa ioclus~ ~r 1 ~ en un confh_cto ~e terrible sencillez,
ahí toda la tragedia. Horrible e
upre~a purificac1ón de la muerte. He
espíritu como toda concep&lt;.iónpe:~oª? ldepres1va~ao!es bien, fortalecedora del
La composición del drama a ri~a _me?te pe mista. .
severa línea de los sentimientos pu
".1~ta desproporcionada, se ajusta a la
el desequilibrio aparente, efecto de~ ~6:_1g10ao ~on un rigor tal que justifica
a .,1ca estricta con que se desarrolJa la.

ºyª

!

tª

187

�LA PLUMA
acción lenta, saturada de reservas diná:nicas, que hacen inevitable la explosión
'final de cada acto y armónica la relación total de las escenas, desmedidas a
fuerza de agotar el dramaturgo toda la capacidad de pasión-de mala pasiónde sus personajes.
Creciente la boga de Strincfüerg en el Norte de Europa de la guerra a la
fecha, llenos los teatros de Alemania del gran público que acude a las representaciones de sus obras, cuya actualidad ha llegado este año incluso a París
-donde el teatro extranjero suele obtener pocos sufragios, quizás por la perfecta adecuación del propio al ambiente francés-, la publicación de Dansa
Macabra revela el prurito digno de encomio de continuar la obra de España,
al tanto siempre de las modalidades exóticas susceptibles de ejercer una influencia renovadora en nuestro público y en nuestros escritores.
c. R. c.

**•
Ja.an de la Bocina: Los Maestros del Arfe Moderno. l. De Incres a TouJou,eLautnc.-Madrid, Calleja.
Reunidos en volumen, que tendrá adccuaaa continuación en otro próximo,
cobran estos artículos periodísticos toda la significación que su autor se propuso al escribirlos. Leídos en serie se nos muestra mejor la intención del cr(tico, supeditada en cada caso a un concepto estético, en modo alguno abstracto
ni puramente especulativo, antes bien fundado en la interpretación lógica de
las obras que considera. Además, esta consideración y aquel concepto, enderezados no ya a construir ninguna teoría sistemática, sino simplemente a exponer ante el profano las causas y efectos inmediatos del arte contemporáneo,
pretenden ante todo dar a los hechos su plenitud, revelándolos no en su anatomía, minuciosamente desligados, vacíos de su propio aliento, mas coa la apariencia, el color, la animación de la vida misma.
Constituyen este primer volumen hasta veintidós semblanzas de los pintores y escultores cuya obra determina las corrientes artísticas más importantes
del pasado siglo: Oc lngrcs a Toulouse-Lautrec, los uombres de Corot, Dclacroix, Courbet, Puvis de Chav~nncs, Mcunicr, Manet, Rops. Degas, \Vhistlcr,
.Fantin-Latour, Rodin, Odilon Rcdon, Monct, Pisarro, Sisley, Renoir, Cézanne
Gauguin, Carriérc y Van Gogh son, cuándo jalones de etapas netamente definidas en la historia del arte, cuándo simples puntos de referencia en que apoy.a.r
la visión crítica del arte contemporáneo. No se propone Juan de la Encina
ningún empeño erudito, sí solo divulgar, interpretando a los ojos del público
su significación, las teorías en que los artistas encauzan el prurito de expansión espiritual. ¿Qué carácter, qué íntimo sentido tienen el academicismo de
lngres o la romántica exaltación de Dclacroix? ¿Cómo se explica la gran conq11ista de la luz por lo? pintores impresionistas y el audaz retorno al concepto
grávido de la representación plástica, que implican las tendencias ahora predominantes? ¿Hasta qué punto se funden y triunfan en superior armonía de
contrarios las dircccionc::s más opuestas en principio? ¿De qué suerte se influ:-yen mutuamente medios técnicos inventados con muy diferente propósito del
188

LA PLUMA
fin estético a que luego sirve ? ·Q
~as :e~c•b·ones ~~rendidas deci~e~ l~ép~~nud~J indcidencias, qué azares ajenos a
~n e a or cntica no es menester
ucc1 n e la obra maestrar ¿Qué consuda per la torpe repetición acadé:rra con~ervar una tradición pura, ervergentes a las nuevas auroras&gt; ·Qué ca,_abnendo todos los días los ojof de 1
de los artistas en lucha con ·el
d~nsenanzas se desprenden de la vida he o·ªs
l~s de l~s -~anifestaciones liter1:r~a~ºo ambi~n~c? ¿Qué transfusiones espir:t~~~
!~~~~t~:::tª11 en ocasiones pcrnicios:1:;~~~s~~:ce!u :ipoác~
predstan.
singular
mmo
e pmtores
y
Tales son algunas de las consider .
tura de los amenos artículos de J
ac1ones que al aficionado sugiere la 1
nas afean tal cual descuido en el
de la Encina, cuya limpidez literaria a e~=
voca-dt tan li~eral-al traducir los
alg~na que otra interpretación eciuíque errores fácilmente subsanables en do_s.
e alguno~ cuadros, erratas más
e 1c1ones sucesivas.
C. R. C.

~!~u

tgJ

c. R. c.

�LA PLUMA

LA PL UfMA
,

. o al texto impreso de una (a-

ción a Dario.-No a Dano, srn E el último número de
Una c&lt;;&gt;rrec . La haila,'ina de los ji~s &lt;fesnudos. Cdo provisional-nuestro

mosa poesia ~uya.
a la palabra último un sen I
vidcntemenEspaña-y quE1s1é_ramobt::.canedo señalaba el erro~ cor: ~~::ora de aquella
colaborador nnquc . . 6 en El canto errante la prunc
te a su juicio, se ,mpnm1
composición:
Iba en un ¡aso rttmico y felino
A auances dulces, áriles o ~u'!4s,
C•n airo de animal y de d1vmo
La bailarina de los jies desnudos.

. fi . y al hacer la indica1 t xto repite e1mo. •
d
1·m•
En vez dcbl a~jc~i;~:~:r~:fa~
coerrección que su_g~~~mo; :º:¡
de
0
ción, apunta a,e c
or la economí l de la compos1c1 ' al 0 uien por habérpucsta, más aun qu~ fa hemos visto así. Qu~siéramos 9-~e arime~tc o en ma•
·toda ella. Pero nunc
haberla visto unpresa ongm.
sela oído decir _al poetafio p~: o invalidara nuestra hipótesis¡- El primero es
nuscrito aut~ntic?, c~n :alidad han venido luego a confirmar ª~ticular a DíezDos testimo01osllo~quín D. Juan Alcover, que, en c~rt~oi de Miramar, la
,del noble p~eta ma
n el oeta una tarde en un _mira ue fué por cierto
Canedo le dice: «Pasé coen M~llorca· entrevista inolv1dab_le
d de un ocaso
segu~da v; que écs~~vfargo silcncio'impucsto porJa ~bhfo~ ~os recordamos
la últ1i:nª· cspu ~zo palidecer intcosam~ntc a
~~ilarina de los pies des•
rmarav11loso,. que .
Darío recitó preosamcnte a d ·t dice:
versos propios y a1cn1~·
verso de la estrofa que uste c1 a
.nudos, y, en efecto, e ercer
..
Con algo de animal y de dmno.•
.
.
a la memoria unos
l
rta de Alcovcr, se oos v,1cnenal
lur. son los
Al citar este trozf de
vierte o las anteriores l~ncas . g~or~os hoy en el
versos suy~s, sobre Ro~~~ Darío con el título de L liostt, m e
versos dedicados a u
libro Cap al tard:
41 ·¡
Ha arrib,zt un h•me intensament j ' '
gue la dolsa lira ¡unteja ¡er joch; .
~ ·ne-~aporta
un até /,cálit,
a terra mve,
,_
porta un até jove d1l pais del foc .

~::~f:

.°i_;

·J

L

:.i~:

.
mar ue en • Los Lunes de El¡,,..
El segundo testimonio e~ de Gabri~~rº rot~n~amentc e~ que siempre(~~

:?~a1E:~€! 1;::i~ty~;?~}~?}::7i;~:;:2~~:.

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·{sfe,.a~~~:;i~:~~it
~te ~r:,masl
¡ d'go como es oa u •
b
d
leo esa bella poes a '1 b fi /'no es efectivamente, a sur a.•
J..a repetición de la pa a ra e '
'

Así, pues, las futuras ediciones de Rubéa Darío habrán de tener en cuenta
esa corrección, que ao es un descuido del poeta, como otros que Alomar y
Dícz-Caocdo han citado, sia.&gt; mero error de copia o de impresión, rutinariamente aceptado luego.

Bl semanario «España•: Esta revista, fundada por García Bilbao hace
seis años, dirigida eo sus comienzos por Ortega y Gasset, y ulteriormente por
Araquistaio, cesa de publicarse. El punto a que ha llegado la carestía de los
medios materiales de confección de un periódico, y la apática reserva de nuestro público, que cuando su devoción es mayor, suele no pasar de uoa actitud
expectante, fiando la defensa de aquello que le place más a la buena voluntad... ajena, han dado con ella en tierra. Volvemos a quedarnos sin periódico
libre. Ciertos tipos y clases de la sociedad española se alegrarán, porque el
semanario Espa,1a, que ha machacado sin tregua en la recia costra de la insensibilidad nacional, veía corroborada su autoridad por el rencor de los beocios
recalcitrantes. Si, eo contra de nuestro deseo, la desaparición del semanario
España es definitiva, y quienes lo han defendido hasta lo último dejan a otros
la dificultosa tarea de reemplazarlo, ni su fundador, ni quienes lo han dirigido
y orientado deberán pensar que su esfuerzo ha sido estéril. España no es un
propósito malogrado. Quien pretf'oda conocer las inquietudes, las esperanzas
que, en una fase crítica de la vida espiritual española, han agitado a lo más
selecto de la generación que ahora llega a la madurez, tendrá que buscarlo en
esas páginas. &amp;paña ha removido muchos falsos valores enquistados en el
aprecio público, ha puesto en circulación otros nuevos; las líneas generales de
,u acción suponen una idea de lu que debiera ser nuestro país, tao distinta de
la realidad presente, que los españoles de mañana, si valen más (esperámoslo)
que los de hoy, mirarán en el pensamiento director de Espa,1a un brote precoz
de su propio espíritu.

***

La invención del cine ¿pned• compararse a la de la imprenta?La excelente revista parisina Le Crapouillot, nacida en las trincheras, acaba
de publicar (16 de febrero) un número cspccialmcotc dedicado al cinematógrafo. «La invención de la imprenta-escribe M. Pcrrot-no fué sino un perfeccionamiento mecánico en el desenvolvimiento de la escritura manuscrita.
La invención del cinc es, por el contrario, uoa revolución; es una transformación completa en la manera de expresarse y de comprender, uoa especie de
esteoo-ideografía, legible por todos». Artículos sobre la estética del cine (Alcxandre Arnoux, Galticr-Boissiére, Delluc, Braga, Colio), al~uoas fotos, y muy
buenos dibujos de Oberlé, Jean Loup, Foy, Naza y otros, componen un número
que los españoles devotos de este nuevo arte leerán con provecho. Y al que
más le aprovechará será al autor de los insufribles e letreros chistosos» con
que empezaron a estropear las cintas en un cine de la calle de Génova, y que
ya ha hecbo escuela.

�LA PLUMA
a ,las
atencl.ón SO"tenida
.
írancesas que /lconsagran
~.
• cosu
·
Entre las revistas
Ad ás de las crónicas
po1ibcas,
inespañolas se cuenta L'Europe_ No~v\tros ~:n buenas recensiones de cuanto
serta periódicamente 1!nª. revista e l
aquí se publica de algun interés.

**•
. .
arís) re resenta, en lo político y social.
El semanario Le P1·ogrés Civu¡ue (P uí Esp'tiia. Se halla, no obst3:nte su gran
un papel análogo al que representaba aq 11 mamiento a la generosidad de sus
difusión, en un apuro grave, y _hac~e~en ~il francos. La suscripción se cu~re
lectores, pidiéndoles un donatlvpo
, Civique cuantos atienden a las senas
b
leer Le rogres
.
pront_amente. .D e eén úblico planteadas hoy en Francia.
cuestiones de mter s p
. . 1R
.
dí . Lusitania Madrid, Ed1tona e11:s,
Libros recibidos: Rogeho Bl~e: i \o.-Mario 'puccini: Viva l'anarckta,
1920.-Canci~nero de amor..:.._~ª~~iam'e/ Vida de los mártires, trad. de Rafael
Bemporad-F1renze, 192 1.
•
Calle·a Madrid, Calleja, 1921.
J •
• •
, -La Connaissance, París.-N?s, Oren~e.es, Pans.
B
Ai.r·es -Re,.u·tono Amencano,
Revistas•• Belles-Lett1
.
v,·d
Nuest1·a
uenos
·
-r
E,,,, Ar uitectura, Madnd.- 1
Vía LibYe San José de C. R.- 5rana
sa! José de C. _R.-Die Aktion, Ber~~-París.-Le' Carnet-Critique, París.-Le
y América, Cádiz.-~eYcur~ de Fra~o~velle París.-La Revue de l' Epoque, PaProgrés Civique,. Pans,-;L EPdo_fe Sevilla ...'.....Atkenaeum, Zaragoza.-L;i Ronda,
rís.-Le Crapouillot, Pans.- gina,
Roma.

ª

,'

GACETILLA
&lt;Si Churruca hubiese derrotado a Nellion en Tra-

PeqtJ.eñas causa■...
d
fectos: ...yo ganaría ah ora tanto dinero como BerProducen ¡ran es e
nard Shaw•.
R. de Maeztu (El Sol, 5 de marzo).

falgar ... •

*

**

E n Madrid, y en ...-arlas expesiciones:
-Aaah....
-¿Eh?

.

.

-¡Hil ¡Hi! ¡H1!
-Oooohl
-¡Uh!

192

Algunos críticos de arte.

A.&amp;O II.

1

MAD RID , A B RIL 1921

NÚM. 11.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERPENTO

SV AVTOR

DON RAMÓN DEL VA LLE-INCLÁN
PRÓL O G O
AS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, en la raya
de Portugal. El corral de una posada, con entrar y salir de
gentes, tratos, ofertas y picardeo. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo,
gozo contemplativo casí infantil y casi austero, todo acude a decir que
aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado,
expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de •ntiparras y barbas, es el clérigo he193

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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        <name>El paseante en corte</name>
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                    <text>LA PLUMA
a ,las
atencl.ón SO"tenida
.
írancesas que /lconsagran
~.
• cosu
·
Entre las revistas
Ad ás de las crónicas
po1ibcas,
inespañolas se cuenta L'Europe_ No~v\tros ~:n buenas recensiones de cuanto
serta periódicamente 1!nª. revista e l
aquí se publica de algun interés.

**•
. .
arís) re resenta, en lo político y social.
El semanario Le P1·ogrés Civu¡ue (P uí Esp'tiia. Se halla, no obst3:nte su gran
un papel análogo al que representaba aq 11 mamiento a la generosidad de sus
difusión, en un apuro grave, y _hac~e~en ~il francos. La suscripción se cu~re
lectores, pidiéndoles un donatlvpo
, Civique cuantos atienden a las senas
b
leer Le rogres
.
pront_amente. .D e eén úblico planteadas hoy en Francia.
cuestiones de mter s p
. . 1R
.
dí . Lusitania Madrid, Ed1tona e11:s,
Libros recibidos: Rogeho Bl~e: i \o.-Mario 'puccini: Viva l'anarckta,
1920.-Canci~nero de amor..:.._~ª~~iam'e/ Vida de los mártires, trad. de Rafael
Bemporad-F1renze, 192 1.
•
Calle·a Madrid, Calleja, 1921.
J •
• •
, -La Connaissance, París.-N?s, Oren~e.es, Pans.
B
Ai.r·es -Re,.u·tono Amencano,
Revistas•• Belles-Lett1
.
v,·d
Nuest1·a
uenos
·
-r
E,,,, Ar uitectura, Madnd.- 1
Vía LibYe San José de C. R.- 5rana
sa! José de C. _R.-Die Aktion, Ber~~-París.-Le' Carnet-Critique, París.-Le
y América, Cádiz.-~eYcur~ de Fra~o~velle París.-La Revue de l' Epoque, PaProgrés Civique,. Pans,-;L EPdo_fe Sevilla ...'.....Atkenaeum, Zaragoza.-L;i Ronda,
rís.-Le Crapouillot, Pans.- gina,
Roma.

ª

,'

GACETILLA
&lt;Si Churruca hubiese derrotado a Nellion en Tra-

PeqtJ.eñas causa■...
d
fectos: ...yo ganaría ah ora tanto dinero como BerProducen ¡ran es e
nard Shaw•.
R. de Maeztu (El Sol, 5 de marzo).

falgar ... •

*

**

E n Madrid, y en ...-arlas expesiciones:
-Aaah....
-¿Eh?

.

.

-¡Hil ¡Hi! ¡H1!
-Oooohl
-¡Uh!

192

Algunos críticos de arte.

A.&amp;O II.

1

MAD RID , A B RIL 1921

NÚM. 11.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERPENTO

SV AVTOR

DON RAMÓN DEL VA LLE-INCLÁN
PRÓL O G O
AS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, en la raya
de Portugal. El corral de una posada, con entrar y salir de
gentes, tratos, ofertas y picardeo. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo,
gozo contemplativo casí infantil y casi austero, todo acude a decir que
aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado,
expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de •ntiparras y barbas, es el clérigo he193

�LA PLUMA

LA PLUMA
reje que ahorcó los hábitos en Oñate:-La malicia ha dejat:° en olvido
su nombre, para decirle Don Estrafalario-. Corren l!sp~na por conocerla, y divagan alguna vez proyectando un libro de dibtqos y comentos.

DON MANOLITO.

El tuno que lo lleva, no lo vende.
DON ESTRAFALARIO.

¿Se lo ha puesto usted en precio?

DON ESTRAFALARIO.

Qué ha hecho usted esta mañana Don Manolito_?_¡Tiene usted_ la
exp;esión del hombre que ha tenido una conversac1on con los angeles!
DON MANOLITO.

•Qué gran descubrimiento Don Estrafalario! ¡Un cuadro muy
mal~, con la emoción de Goya y del Greco!
¿Ese pintor no habrá pasado por la Escuela de Bellas Artes?
DON MANOLITO.

·Hace manos de seis dedos, y toda clase de diabluras con azul,
alb~yalde y amarillo!
DON ESTRAFALARIO.

¡Debe ser un genio!
DON MANOLITO,

¡Naturalmente! ¡Y se lo pagaba bien! ¡Le llegaba a tres duros!
DON ESTRAFALARIO.

En cinco puede ser que nos lo deje.
DON MANOLITO.

DON ESTRAFALARIO.

1,

DON MANOLITO.

._

¡Un bárbaro! ... ¡Da espanto(
DON ESTRAFALARIO.

¿Y dónde está ese cuadro, Don Manolito?

Vale ese dinero. ¡Hay un pecador que se ahorca, y un diablo que
ríe, como no los ha soñado Goya! ... Es la obra maestra de una pintura absurda. Un Orbaneja de genio. El diablo que saca la lengua y
guiña el ojo, es un prodigio. Se siente la carcajada. Resuena.
DON ESTRAFALARIO.

También a mí me ha preocupado la carantoña del diablo frente
al pecador. La verdad es que tenía otra idea de las risas infernales,
había pensado siempre que fuesen de desprecio, de un supremo desprecio, y no: Ese pintor absurdo me ha revelado que los pobres humanos le hacemos mucha gracia al Cornudo Monarca. ¡Ese Orbaneja
me ha llenado de dudas, Don Manolitol
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

Esta mañana apuró usted del frasco, Don Estrafalario. Está usted
algo calamucano.

DON ESTRAFALARIO.

DON ESTRAFALARIO.

Lo lleva un ciego.
Ya lo he visto.
J;&gt;ON MANOLITO.

¿Y qué?
DON ESTRAFALARIO.

Que si usted quiere lo compramos a medias.

¡Alma de Dios, para usted lo estoy siempre! ¿No comprende usted que si al diablo le hacemos gracia los pecadores, la consecuencia
es que se regocija con la Obra Divina?
DON MANOLITO.

En sus defectos, Don Estrafalario.
1 95

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

¡Que cae usted en el error de Manes! La Obra D\vina está exenta
de defectos. No crea usted en la realidad de ese diablo q\le se interesa por el sainete humano, y se divierte como un tendero. Las lágrimas y la risa nacen de la contemplación de cosas parejas a nosotros
mismos, y el diablo es de naturaleza angélica. ¿Está usted conforme,
Don Manolito?
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

mu:7to~or qué sospecha usted que sea asi el recordar de los
DON ESTRAFALARIO.

Porque ya son inmortales Todo n t
.
un día pasaremos: Ese saber .iguala a~~~ ri ª11,e nace de saber que
la Revolución francesa.
om res mucho más que

Póogamelo usted más_claro, Don Estrafalario.
DON ESTRAFALARIO,

Los sentimentales que en los toros se duelen de la agonía de los
caballos, son incapaces para la emoción estética de la lidia: Su sensibilidad se revela pareja de la sensibilidad equina, y por caso de cerebración inconsciente, llegan a suponer para ellos una suerte igual
a la de aquellos rocines destripados. Si no supieran que guardan
treinta varas de morcillas en el arca del cenar, crea usted que no se
conmovían. ¿Por ventura los ha visto usted llorar cuando un barreno destripa una cantera?
DON J,lANOLITO.

¿Y usted supone que no se conmueven por estar más lejos sensitivamente de las rocas que de los caballos?

DON MANOLITO.

¡Usted, Don Estrafalario, quiere ser como Dios!
DON ESTRAFALARIO.

quisiera
.
SoyYo
como
aquelver
mieste
p ·mundo
t
' co0 1ª perpe~bva
de la otra ribera.
aneo e que usted conoció y
preguntarle el cacique• qué deseaba ser, contestó:
' Yo,
que
una vez, al
difunto.

EN EL CORRAL DE LA POSADA

..

s~ ha juntado un corro de feriantes -B . l , y al cob1JO del cor_r~dor,
dino revelan sus bultos los m - .
a;o a capa parda de un vze_;o !alar. El Bululú teclea un aire
un teatro rudime"!-.tario y popuy el acólito, rapaz lleno de malicias se
SZ:71J'tula zampoña,
ver los muñecos. Comienza la re1,re~ent,,,..;
,
a;o
a capa, para mo-r
.,..,.on.

;;:/;::itn

r:~/:O::ie f

l&gt;ON ESTRAFALARIO.

Así es. Y paralelamente ocurre lo mismo con las cosas que nos
regocijan: Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.

EL BULULÚ.

¡Mi teniente Don Friolera, saque usted la cabeza de fuera!
VOZ DE FANTOCHE,

DON MANOLITO.

Hay que amar, Don Estrafalario: La risa y las lágrimas son los
caminos de Dios. Esa es mi estética, y la de usted.
DON ESTRAFALARIO.

La mía no. Mi estética es una superación del dolor y tle la risa,
como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos.
1g6

Estoy de guardia en el cuartel.
EL BULULÚ.

. ¡Pícara guardia! La bolichera, mi Teniente
c1ende a usted a coronel.
Don Friolera, le asvoz DE FANTOCHE.
¡Mentira!
1 97

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

¿En qué oficio trata?

No miente el Ciego Fidel.

EL BULULÚ.

El Fantoche, con los brazos aspados y el ros en la oreja, hace su
aparición sobre un hombro del compadre, que guiña el ojo cantando al
son cu la zampoña.

Bur'.os aceiteros conduce en reata, ganando dineros. Mi Teniente
Don Friolera, llame usted a la bolichera.

EL BULULÚ.

EL FANTOCHE,

¡A la jota jota, y más a la jota, que Santa Lilaila parió una marmota! ¡Y la marmota parió un escribano con pluma y tintero de
cuerno, en la mano! ¡Y el escribano parió un escribiente con pluma,
y tintero de cuerno en la frente!

·,Comparece, mujer deshonesta!
UN GRITO CHILLÓN.

¿Amor mío, por qué así me injurias?

EL FANTOCHE.

¡Calla renegado perro de Moisés! Tú buscas morir degollado por
mi cuchillo portugués.
EL BULULÚ.

¡So! No camine tan agudo, mi Teniente Don Friolera, y mate usted a la bolichera, si no se aviene con ser cornudo.

EL FANTOCHE.

• 1

.(

¡A este puñal pide respuesta!
EL GRITO CHILLÓN.

¡Amor mio, calma tus furias!

EL FANTOCHE.

d. Por el oro ~ombro del co1npadre, hace su aparición una moña, cara
e 1una Y pe o ae estopa: En el rodete una rosa de papel.

¡Repara Fidel que no soy su marido, y al no serlo no puedo ser
juez!

EL BULULÚ.

EL BULULÚ.

Pues será usted un cabrón consentido.
EL FANTOCHE.

Si la camisa de la bolichera huele a aceite, mátela usted.
LA MOfk

¡Ciego piojoso, no encismes a un hombre celoso!

Antes que eso le pico la nuez. ¿Quién mi honra escarnece?
EL BULULÚ.
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

,. Si pringa de acei~e, dele usted mulé. Levántele usted el refajo
sa_quele_ usted el fal~on para fuera, y olisquee a qué huele el is a·o'
1ru Temente Don Friolera. ¿Mi teniente, qué dice el faldón?
p pJ '

EL BULUL(J.

EL FANTOCHE.

Pedro Mal-Casado.
¿Qué pena merece?
Morir degollado.
198

¡Válgame Dios, que soy un cabrón!
1 99

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

Dele usted, mi Teniente, baqueta. Zúrrela usted, mi tei:iente, el
pandero. Abrala usted con la bayoneta, en la pelleja un aguJero. ¡Mátela usted si huele a aceitero!

a la puerta. Del Burgo, Cabrejas, Medina y Valduero las cuatro parejas, con el aceitero!
'
EL FANTOCHE.

¡San Cristo que apuro!

LA MOÑA.

EL BULULÚ.

Vertióseme anoche el candil al meterme en los cob~rtores: ¡D_e
eso me huele el fogaril, no de an?ar en otros_ amores! ¡C1eg? maihroso, mira tú de no ser más cabron, y no encismes el corazon de un
enamorado celoso!

Al pié de la muerta, suene usted, mi Teniente un duro por ver
si despierta. ¿Mi Teniente, cómo responde?
'

EL BULULÚ.

¿Cómo responde? Con una higa, y el duro esconde bajo la liga.

¡Ande usted, mi Teniente, con ella! _¡Cósala usted con un puñal!
Tiene usted, por su buena estrella, vecma la raya de Portu~al.

EL FANTOCHE.

EL BULULÚ.

¿Mi Teniente, es alta la media?

EL FANTOCHE.

¡Me comeré en albondiguillas el tasajo de esa briboru., Y haré de
su sangre morcillas!

EL FANTOCHE

¡Si es alta la media! Media conejera.

EL BULULÚ.

Convide usted a la comilona.
LA MOÑA.

¡Derramas mi sangre inocente, crue~ enamorado! ¡No dict~ sentencia el hombre prudente, por murmurac10nes de un malvado.

EL BULULÚ.

¡Ole, la Trigedia de los Cuernos de Don Friolera!
Termina la_ repr~sentación_. Aire de fandango en la zampoña del Compadre. El acolito de;a el socaire de la capa, y da vuelta al corro, haciendo saltar cuatro personas en un platillo de peltre. En lo alto del mirador, las cabezas vascongadas sonríen ingenuamente.

EL FANTOCHE.

¡Muere, ingrata! ¡Guiña el ojo y estira la pata!
LA MOÑA.

¡Muerta soy! ¡El Teniente me mata!
El fantoche reparte tajos y cuchilladas con la cim~tarra de Otelo:
La corva hoja reluce terrible sobre la cabeza del compadre. La Moiia
cae soltando las horquillas, y enseñando las calcetas.
EL BULULÚ.

¡Mi Teniente, alerta, que con los fusiles están los civiles llamando
200

DON MANOLITO.

Parece teatro napolitano.
DON ESTRAFALARIO.

Pudiera acaso ser latino. Indudablemente la comprensión de este
hum_or y esta moral, no es de tradición castellana. Es portuguesa, y
~s cantabra, y tal vez de la montaña de Cataluña. Las otras regiones,
literariamente, no ~aben nada de estas burlas de cornudos, y este
don~so buen sentido, tan contratio al honor teatral y africano de
Castilla. Ese tabanque de muñecos sobre la espalda de un viejo pro201

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON MANOLITO.

sero, para mí, es más sugestivo que todo el retórico teatro español.
Y no digo esto por amor a las formas populares de la literatura...
¡Ahí están las abominables coplas de Joselitol
DON MANOLITO.

Porque usted es anarquista.
DON ESTRAFALARIO.

¡Tal .vez!

A usted le gustan las del Espartero.
DON ESTRAFALARIO.

DON MANOLITO.

¿y de dónde nos vendrá la redención, Don Estrafalario?

Ciertamente.

DON ESTRAFALARIO.
DON MANOLITO.

Cada cual tiene el poeta que se merece.

Del Compadre Fidel ¡Don M
r
más que su Orbanejal .
ano ito, el retablo de ese. tuno, vale

DON ESTRA}'ALARIO.

1.

Esas coplas de toreros, asesinos y ladrone!", son periodismo
ramplón.
DON MANOLITO.

Usted, con ser tan sabio, las juzga por lectura, y de ahí no pasa.
¡Pero cuando se cantan con acompañamiento de guitarra, adquieren
una gran emoción! No rne negará usted, que el romance de ciego,
hiperbólico, truculento y sanguinario, es una forma popular.

DON MANOLITO.

¿Por qué?
DON ESTRAFALARIO.

Está más lleno de posibilidades.
DON MANOLITO.

No admito esa respuesta Don E t t
.
y no tiene derecho a responderme c~~a :lano. {!sted no es filósofo,
que hereje como Don· Mi
1d U
p dantenas. Usted no es más
'
gue e namuno.

DON ESTRAFALARIO.

Una forma popular judaica, como el honor calderoniano. La
crueldad y el dogmatismo del drama español, solamente se encuentra en la Biblia. La crueldad sespiriana, es magnífica, porque es
ciega con la grandeza de las fuerzas naturales. Shakspeare, es violento, pero no dogmático: Time la bárbara alegría de un cosaco
quemando aldeas, violando mujeres, degollando viejos inútiles. La
crueldad española, tiene toda la bárbara liturgia de los Autos de Fe.
Es fría y antipática. Nada más lejos de la furia ciega de los elementos, que Torquemada: Es una furia escolástica. Si nuestro teatro
tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico: Si hubiese
sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como
la !liada. A falta de eso, tiene toda la antipatía de los códigos, desde
la Constitución a la Gramática.
202

DON ESTRAFALARIO.

. ¡Adiós gracias! Pero alguna vez h
. ay que ser pedante, Don Manolito. El Compadre Fidel es s
fl"
upenor a yago Yago
d
a l
que con 1cto de celos quiere ve
. ·
, cuan o desata
espíritu _mucho más cuitivado sól~g~!~• ~entr_as q~e ese otro tuno,
a. e divertirse a costa de
Don Fnolera. Shaks eare ri '
zón de Otelo: Se des~obla en~~sc~~ el ~t~d~ de su corazón, el coraoro: Creador y criatura
son del mismo barro human E t o~ e
mento deja de considerar-e
n_ an o ese Bululú, ni un solo mode su tabanque. Tiene un: digu~1~~ºJ dpeor_z:at1:1raleza, a los muñecos
mmrg1ca.

r

L

DON MANOLITO

.

o que usted echaba de menos en el diablo de

ffil.

Or b aneJa.
.
203

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

Cabalmente, alma de Dios.
DON MANOLITO.

¿Qué haría usted viendo ahorcarse a un pecador?
DON ESTRAFALARIO.

Pachequín. Ya me tenía la mosca en la oreja. Caer, no ha caído.
¡Friolera! Si supiese qué vainípedo escribió este papel, se lo comía.
Para algunos canallas no hay mujer honrada. Solicitaré el traslado
por si tiene algún fundamento esta infame calumnia: Cualquier ligereza, una imprudencia, las mujeres no reflexionan. ¡Pueblo de canallas! Yo no me divorcio por una denuncia anónima. ¡La desprecio!
l..oreta seguirá siendo mi compañera, el ángel de mi hogar. Nos casamos enamorados, y eso nunca se olvida. Matrimonio de ilusión.
Matrimonio de puro amor. ¡Friolera!

Espantarme las moscas con el rabo.
FIN DEL PRÓLOGO

ESCENA PRIMERA
E CABO ESTRIVEL Una ciudad emSAN FERNAND_O D
. tales de los miradores, el sol enpingorotada !obre canti~es. En los cr~a tur uesa del mar. A lo largo
ciende los mismos cab1tlleo~quebn¡aduras telámenes y chimeneas. En
de los muelles, un mecerse
ar ode . t'agarita del Resguardo. Olor
la punta, est remecz·da por bocanas
b
Olaire,de brea. Le vante firesco. El
de caña quemada. Olor de ta a,co. ;; barco de guerra. A la puerta
hi11ino inglés en las rn~zotas C.º1J:/: ca;~inero, y en el marco azul del
de la garita con el fusil tercia '
. 1 pipa del teniente Don Pasventanillo, el gorro de. c;tartel, uu:aº;;,:lra~raposa, cautelosa, ronda [a
cual Astete-Don Fn~ era ·
iedra y escapa agachada. La piegarita: Por el ventaniilo asesta una
Don Friolera lo recoje turulato,
dra trae atado un papel con un escrt o.
y espanta los ojos leyendo el papel.

.f

DON FRIOLERA.

·E to es un rayo a mis pies! ¡LoreTu mujer piedra de escánda!º· l ~ i fuese verdad tendría que
ta con sentencia de muerte! ¡Friolera. dS I En el Cuerpo de Carabinedegollarla! ¡Irremisibleme~te c~ntn~i;n será el carajuelo que le ha
ros, no hay cabrones. ¡Fnole;·
Afortunadamente no pasará
trastornado los cascos a esa u ar ... ueblo de canallas. Pero hay
de una vil calumnia: ~ste pueblo, es ~~I solivianta ese pendejo de
que andarse con pupila. A Loreta m

df ¡

204

SE ENTERNECE contemplando un guardapelo, colgante en la catima del reloj, suspira y t11fuge una lágrima. Pasa por su voz el trémolo de un sollozo, y se le arruga la voz, con las mismas arrugas que
la cara.
DON FRIOLERA.

¿Y si esta infamia fuese verdad? L~ mujer es frágil. ¿Quién le iba
con el soplo al teniente Capriles?... ¡Friolera! ¡Y era público que su
esposa le coronaba! No era un cabrón consentido. No lo era ... Se lo
achacaban. Y cuando lo supo mató como un héroe a la mujer, al
asistente y al gato. Amigos de toda la vida. Compañeros de campaña. Los dos con la Medalla de Joló. Estábamos llamados a una suerte pareja. El oficial pundonoroso, jamás perdona a la esposa adúltera. Es una barbaridad. Para muchos la es. Yo no la admito: A la mujer que sale mala, pena capital. El paisano, y el propio oficial retirado, en algunas ocasiones, muy contadas, pueden perdonar: Se dan
circunstancias: La mujer que violan contra su voluntad, la que atropellan acostada durmiendo, la mareada con alguna bebida: Solamente en estos casos admito yo la.caída de Loreta. Y en estos casos
tampoco podía perdonarla. Sirvo en activo. Pudiera hacerlo retirado
del servicio. ¡Friolera!
VUELVE A DELETREAR con las cejas torcidas sobre el papel:
Lo escudriña al trasluz, se lo pasa por la nariz, olfateando: Al cabo lo
pliega y esconde m elfondo de la petaca.
205

�LA PLUMA

LA !&gt;LUMA
DON FRIOLERA.

¡Mi mujer piedra de escándalo! El torcedor ya lo tengo. Si es verdad quisiera no haberlo sabido. Me reconozco un calzonazos. ¿Adónde voy yo con mis cincuenta y tres años averiados? ¡Una vida rota!
En qué poco está la felicidad, en que la mujer te salga cabra. ¡Qué
mal ángel, destruir con una denuncia anónima la paz conyugal! ¡Canallas! De buena gana quisiera atrapar una enfermedad y morirme
en tres días. ¡Soy un mandria! ¡A mis años andar a tiros!. .. ¿Y si cerrase los ojos para ese contrabando? ¿Y si resolviese no saber nada?
¡Este mundo es una solfa! ¿Qué culpa tiene el marido de que la mujer le salga rana? ¡Y no basta una honrosa separación! ¡Friolera! ¡Si
bastase!. .. La galería no se conforma con eso. El principio del honor
ordena matar. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum!. .. El mundo nunca se cansa de ver
títeres y agradece el espectáculo de valde. ¡Formulismos!... ¡Bastante
tiene con su pena el ciudadano que ve deshecha su casa! ¡Ya lo creo!
La mujer por un camino, el marido por otro, los hijos sin calor, desamparados. Y al sujeto en estas circunstancias, le piden que degüelle, y se satisfaga con sangre como si no tuviese otra cosa que rencor en el alma. ¡Friolera! Y todos somos unos botarates. Yo mataré
como el primero. ¡Friolera! Soy un militar español y no tengo derecho a filosofar como en Francia. ¡En el Cuerpo de Carabineros no
hay maridQs cabrones! ¡Friolera!
ACALORADO, SE QUITA EL GORRO y mete la cabeza por el
ventanillo, respirando en las ráfagas del mar. Los cuatro pelos de su
calva bailan un baile fatuo . En el fondo del muelle, sobre un grupo de
mujeres y rapaces bambolea la caja vacía de un muerto. Pachequín, el
barbero, que fué llamado para raparle las barbas, cojea detrás, pisándose una punta de la capa. Don Friolera, al verle, se recoge en la garita. Le tiembla el bigote como a lo.s gatos cuando estornudan.
DON FRIOLERA..

¡Era feliz sin saberlo, y ha venido ese pata coja a robarme la dicha!... Y acaso no... Racionalmente esta sospecha debo desechar!,.
,106

¿Qué fundamento tiene? ¡Ninguno! ¡El canalla que escribió el anónimo es el verdadero canalla! Si esa calumnia fuese verdad ateo como
soy, _falto de_ los cons_uelos religiosos, náufrago en la vid~... En estas
ocasiones, sm un amigo con quien manifestarse, y alguna creencia
el hombre lo pasa mal. ¡Amigo! ¡No hay amigos! ¡Tú eres un ejemplo, Juanito Pacheco!
·
Se recobra, cambia el gorro por el ros y sale de la garita. El carabinero de la puerta se cuadra, y el teniente le mira enigmático.
DON FRIOLERA.

¿Qué haría usted si le engañase su mujer, Cabo Alegría?
EL CARABINERO.

Mi teniente, matarla, como manda Dios.
( Continuará.)

�LA PLUMA

LA REALIDAD INVISIBLE
(1917-1919)

(LIBRO INÉDITO)
NOSTALIA

¡ESTA ansía de apurar
todo lo que se va;
de hacerlo permanente,
para irme de su siempre!

Abierto todo,
a ver si nos parecemos
a su cuerpo; a ver si somos
algo de .su alma, estando
entregados al espacio;
a ver si el gran infinito
nos echa un poco, invadiéndonos,
de nosotros; si morimos
un poco aquí; y allí, en él,
vivimos un poco.
¡Abierta
toda la casa, lo mismo
que si estuviera de cuerpo
presente, en la noche azul,
con nosotros como sangre,
con las estrellas por flores!
4

2

¡NUBE blanca,
ala rota-¿de quiénr:que no pudo llegar-¿a dóndd-

3
DEJAD las puertas abiertas,
esta noche, por si él
quiere, esta noche, venir,
que está muerto.

¡COSAS que me has de alumbrar
-vistas si'empre, sin ser vistas-;
cosas que tengo que ver
en ti, luz de cada día/

5
NUEVA VJDA
¡ALEGRIA que tienes tú por mí!
-¡Ay, tarde clara y buenal¡Otra vez a vivir!

�LA PLUMA
¡Atrás, atrás, atrás; a comenvzr_de nuevo;
jos, más lejos-yo abro, con mi~ brazos
en cruz, el mundo-, lejos el comienzo;
lejos, lejos, lejos el fin!

8
CANCIÓN; tú eres vida mía,
y vivirás, vivirás;
y las bocas que te canten,
cantarán eternidad.

¡La vida toda, nueva.mente, enmediol
¡Tú, de cristal, de alma!
¡Ay, carrera diáfana y feliz!

9

LA ofensa que me Izas lzecko
en el sueño, me sigue echando sombra
-como una nube estaciouadaen el día, sin fin.

6

SETIEMBRE
VOY a taparle a su carta
los p¡es, que esta noche kara
ya Jrü,, a la madrugada.

¡Ay, qué insistencia
tan triste; qué batalla
inmensa, sofocante, inestinguible,
en no sé qué de mí! Parece
que mi se~eto luclta, en mi ;nconsciencia,
con tu misteri,,;
¡que medio yo enterrado, lucha
con me~a tú que vuelas!

·7
MAR IDEAL
LOS dos vamos nadando
-agua de flores o de hierropor nuestras dobles vidas.

,

i .

'

\
10

-Yo,por la mía y por la tuya;
tú, por la tuya y por la mía.-

,.
De pronto, tú te ahogas en tu ola,
yo, en la mía; y, sumisas,
tu ola, sensitiva, me levanta,
te levanta la mía, pensativa.
210

VUELTA

ARBOL que trai~o en mí, como mi cUl'rpo,
del jardín; agua, alma;
¡qui música me hacéis allá en mi vida·
cómo soy melodía y ritmo y gracia
'
de ramas JI de ondas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

de ondo.s y de ramas;
rcómo me abro, con vosotros, y me cierro,

cojie1ido el infinito,
y dejándolo ir-luces y al&lt;Zsl11

LA tierra se quedó en sombra;
granas, las nubes ardían;
y yo pensaba en la muerte,
que ha de partirnos un dia.
12

¡A Y, mañana, mañana,
que no lo seas sólo de la infancia;
mañana, lumbre p11,ra
de la madurez, nunca
ya relegada por la vida;
presente eterno, májica i;onquista!

puede ser mi eternidad,
¡quépoco tiempo más único!
y 14

i VID A mía, ardiente ámbito
que te dilatas, sin fin,
'
cada instante-corazón
que quisiera tener todo
..-.,,
dentro de su tierna carnepor cojer
'
en ti la libertad fúl_;ida
de tus flechas infinitas!

q

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

!

'

- ¡Ay, luz de nuestra sombra,
echada de nosotros por la tarde,
con pureza de madre,
sobre el oculto prado de las rosas solas!13

LA OBRA
¡SÍ, para muy poco tiempo!
Mas, como cada minuto
212

213

�Shelley o en Verlaine, cuando un poeta es regocijado en su obra, de seguro que no es por mucho tiempo, y no tarda en buscar una compensación a esa sonrisa pasajera en oleadas de tristeza.
Sin embargo, un día nació un poeta feliz, precisamente en la época en
que los poetas eran más melancólicoll, más desesperados, en pleno mundo
moderno, y en el país mejor dotado de sentido crítico en el mundo: en
Francia. Fue Théodore de Banville.

UN POETA FELIZ

(I

.

-

s raro casi sin ejemplo, que un gran poeta sea feliz y que su
obra.exprese por modo exclusivo el deleite de vivir y los atr~ctivos del universo. La serenidad del propio Goethe y su aleJamelanmiento de tantos dolores no se sustraen tampoco a
colla que sazona toda la poesía humana, al menos en Europa. D1~e que
solo la melancolla y la tristeza, el dolor y la angustia son susceptibles de
expresión fuerte y de ese acento particular que presta a las palabras más
usuales la dignidad súbita y duradera del lirismo. No obst~nte, sabemos,
no sin vaguedad, que los poetas de Persia ponfan sus deleites en las flores en las caras bonitas y en las golosinas, pero la poesia persa la vemos
a t;avts de narradores y traductores que le han robado un poco su sabor,
y ni Ornar Khayam ni Hafiz tienen siempre alegre el corazón. Los gr~ndes poetas chinos, tan breves, parecen,_ por lo. que de ellos sabemoS, tm•
pregnados de amargura; ni los latinos m los griegos nos presentan el caso
de un poeta verdaderamente contento de la vida Y capaz de hallar en ~e
su contento un móvil de la inspiración; el propio Horacio se nos anto¡a
un solterón a veces satisfecho, a veces gruñón, más que un ser humano
halagado por la vida.
De ordinario, el pesimismo es la atmósfera de la gran poesía; ya la
busquemos en Dante O en Villón, en Shakspeare o en Camoens, en
214

!ª

Hoy, al parecer, está un poco olvidado, o al menos se le hace poco
caso; muy atenuada ya la gloria de Víctor Hugo y de Lamartine, y acrecida
la de Baudelaire y la de Verlaine, la fama de Théodore de Banville, que
tenla un poco de todos esos poetas, se ha obscurecido algo; pero tengamos por cierto que es una nube pasajera: el nombre de Banville y sus páginas mejores sobrevivirán mucho tiempo, mostrando el hechizo mayor y
lo más delicado que el genio poético francés ha visto nacer.
No era solo un poeta: era la poesía misma. Tenia el mágico don de
transmutar en belleza cuantos objetos tocaba, con una gracia, una vena,
una vivacidad sin par. Y en una época que contaba con dos poetas tan
abundantes y hábiles como Hugo y Gautier, lució muy a menudo tanta
holgura e ingenio como ellos.
Puede y debe decirse que en Francia, nadie, desde los orlgenes de la
literatura, ha dominado como Banville el instrumento de la poesía. Cierto
que Víctor Hugo tenia a su servicio un vocabulario inagotable; Gautier
pose(a el arte de dibujar los contornos con mano segura y armoniosa;
• Verlaine acertó, divinamente, a dar a las palabras de uso diario una acepción lírica; pero ni el mismo Villon, antaño, ni el inimitable La Fontaine en el siglo xvu, ni Vigny, ni Musset, ni nadie en nuestro tiempo ha
desplegado un «virtuosismo, par~jo del de Banville sin caer jamás en el
mal gusto ni en las amplificaciones h'l:eras.
En Banville, todo es encantador: el hombre, sus pensamientos, sus imágenes, su apreciación del mundo, de las cosas y de la gente. No es que
viviese, como suele decirse, en las nubes; conoda muy bien lo bueno y lo
malo, los defectos y los vicios de su época, pero tenía el don extraordi:115

�LA PLUMA
I

1

•

nario de evadirse, a su antojo, a una región todo armonla, claridad, belleza.
Murió hace unos veinte años, tras una vida dilatada, que el amor al
arte llenó por entero. Conoció el triunfo siendo muy joven, pues no tenla
diez y nueve años cuando publicó sus primero~ poemas, que e~an ya perfectos y personales. En Francia no se ha conoc1do un don poético tan precoz. De ordinario, los primeros versos de un poeta, aunque lu~go haya de
ser grande, se resienten de su admiración por otros poetas. C1ert~ que en
los primeros versos de Banville hay un poco de Hugo y de Gaut1er, pero
hay mucho más del propio Banville.
.
.
Los volúmenes Can·atides y Stalact{tts, primeros que pubhcó, son de
inspiración abundante y perfecta; y tras de mostrar en esos poer:ias la amplitud de un lirismo que tomaba los temas en la antigüedad, ~":1so pro~ar
de qué manera sabia extraer ese lirismo de escenas muy fam1hares,. contemporáneas; de qué manera podla encerrar en un verso representac1~nes
divertidlsimas, incluso chocarreras, caricaturas muy finas,_Y ere? un hbro
único, Odes Funambuksques, donde la raca ingeniosid~d ae la n~a, de la
imagen y del ritmo llega a tan alto punto, que no tiene semeJante en
Francia.
iHabéis visto algu&amp;a Vf'Z uno de esos prestidigitadores que t~man u:
sombrero y un huevo, cascan el huevo en el sombrero y emp1e~an d
pronto a sacar de él un conejo vivo, unas flores, unas banderas, kilómetros de cinta, cohetes chispeantes, y le devuelven luego el sombrero a su
dueño como si todo aquello fuese cosa naturalisima y al alcance de ~uaL
quiera? La poesía de Banville en las Odu Funambulesques es del mis~?
orden: espiritual, sorprendente, siempre seductora, perfumada, exqutst·
ta. Si toma un objeto, un tema tan moderno como el sombrero de que
se vale el prestidigitador, saca de él flores, cohetes brillantes, pero no
flores imitadas, flores de papel o de trapo, sino flores de verdad, suaves,
olorosas.
Por prendado que estuviese de las bellas formas griegas? no l? estab~
menos del punzante aguijón del espiritu moderno; le hubiese sido fácil
abandonar sus pensamientos al hechizo de las formas y de los paisajes he·
:n6

LA PLUMA
lénicos, por los que alimentaba intima afición; pero amaba, ante todo, la
vida. Cierta frase suya es significativa: cuando en la muerte de Baudelaire tomó la palabra para rendir el postrer tributo al gran poeta, tan menospreciado en vida, le alabó sobremanera por haber aceptado al hombre
moderno en su plenitud; también Banville aceptó plenamente al hombre
moderno, no según Baudelaire, que penetró en lo más recóndito de nuestras inquietudes o de nuestras aspiraciones, pero con el afán de mostrar
su insospechado atractivo. Bien se vió cuando a Théodore de Banville se
le ocurrió cultivar el periodismo, no fugazmente, sino durante mucho
tiempo, y más por gusto que por necesidad; raro, suntuoso periodismo. Se
ignora por qué inimitables vias, lograba siempre sacar de cualquier tema
chorros de chispas, y envolverlo en los mágicos colores de su ingenio.
Portentoso era su don verbal: cuantos le conocieron proclaman que en
Francia, donde los buenos conversadores no faltan, nadie ha igualado su
deliciosa vena, inexhausta, sorprendente.
Poetizó cuanto iba tocando, y el dia que se le ocurrió escribir para el
teatro, lo hizo con la misma fortuna. De todo el teatro poético francés del
siglo XIX, sus obras serán probablemente lo único que quede, ya sean en
prosa, cómo Grlngoire, ya en verso, como Le Baúer, Ftorlse, Les Fourberies de Nerlne, Socrate et sa femme, o Le Beau Leandre. Es al verso
francés, en el teatro, lo que Marivaux y Musset son en la prosa. Teatro
de ensueño, donde nadie ha acertado como él, incluso cuando sus rivales
han sido el Verlaine de les Uns et les Autres, o el Rostand de /,es Romanesques o de Cyrano.
En:prosa escribió cuentos, en demasía olvidados, y crónicas, donde parece conservarse el eco se su palabra. En poesia, mostró mejor que nadie
la infinita ductilidad de la lengua y de la métrica francesas; cultivó todos
los géneros, empleó todas las formas, hasta las más extrictas: sonetos, baladas, rondeles, letrillas; las vivificó y renovó, tratándolas, incluso las más
dificiles e ingratas, como quien juega.
Ostenta la frescura, la ingenuidad de los poetas franceses del siglo xv1
Y toda su habilidad técnica; su gracia, su elegante abandono se parecen a
los de La Fontaine; y nunca le falta el acento moderno, los modos de ser
217

�LA PLUMA
y de expresarse propios de un espíritu cuya vida terrestre ha transcurrido
en la segunda mitad del pasado siglo. Seguramente es una de las figuras
más amables de todo el arte francés, y con justicia le dedicó cierto día un
escritor inglés un libro suyo con estas palabras: «a una de las almas más
exquisitas que han santificado nunca la humanidad•. A través de toda su
poesía o de su prosa, circula el aire, resplandece ·el sol, las formas se mueven armoniosamente, y el corazón se hinche de amor, de esperanza y de
alegria, de alegría profunda, exaltada, segura. La poesla de Thédore de
Banville es una poesía de paraíso terrenal.

G. JBAN-AUBRY

AMANECER
( Descripción y glosa.)

flrio de puñal
g color de acero.
'JI soledad:
sombra de lo quieto.
(:De lo que vive quieto,
sin saber si está muerto
sin sentirse viviendo.) '

!Primeramente,
del profundo miedo,
nace un temblor
--g no del viento-.
fNace un temblor
en el árbol escueto
Y en la superficie
de mi cuerpo.
efe estremecen los gallos
lúbricos g los pe"os
guardianes, g los pájarros
cazurros.
, :n8

�'
LA PLU~A

LA PLUMA

A LA PUESTA DEL SOL
.Cuego,
la columnita blanca
del fogón tempranero,
vacila, y se derrumba
para siempre en el viento.
{;l temblor
es lo primero. ..
.Cos niños
no pueden saberlo,
no deben saberlo, ·
pero si las madres
y los viejos
y los libros sagrados
de los pueblos.
!Por esto dormimos
hasta luego.
{;s preferible
irrumpir en un mundo lleno
de esplendores, y canto y fuerza,
en triunfo completo
del día,
que salir inquieto,
medrosico
y jorobado de miedo.

'

I

... 'JI «l irse,
abro sin órbitas
los ojos. CIJeo
la gloria póstuma
y pienso:
Cf;odo y todos
así se fueron,
más allá de los montes,
más allá de mi pensamiento.
Cf;al vez sepan
que yo quedo
en esta limpia, gigante azotea,
sin luz y pronto sin cielo.
11

/;l chapitel de un campanario,
duro pico recto
en el delirio escarlata,
del adiós postrero
fija mi vista
y mi sentimiento.
cSin dogmas,
pero con mandamientos,
llevamos nuestra cruz
de cara al cielo.
221

�LA PLUMA

LA I&gt;L UMA
111

euando el oro es sangre,
un verdor inmenso,
transparente, sigue
su vuelo,
y se remonta
en azul intenso.
9lllí la estrella:
el primer lucero,
húmedo,
tierno,
adorable.
eomprendo
los románticos
excesos.

'

'

1

1

IV

Sajo mi azotea,
en la masa negra del pueblo,
surgen estrellas
de aires siniestros.
$Pavorosos,
quietos,
amarillos
puntos de entierro.
'Godavía
flota en el viento
el pañuelo claro
del viajero
222

por encima
de los montes fronteros.
¿$ecordará sus chopos
y el apacible huerto?
V

'1/a son miles las bellas
viuditas del cielo.
Lloran, a ritmo
perfecto,
sin destruir
la belleza del universo.
¡eJ.ué lejanas,
en todo secreto,
de la sorda
luminaria del pueblo/
¡CVivir con ellas,
lejos, lejos,
en el mar düatado,
en el doble /imamentol
VI

eomienzan todos
los motivos del miedo.
&amp;l más cobarde,
el ladrido del perro.
VII

.Cos álamos templan
sus ramas al viento
223 t

�LA J?LUMA
que nace, que fliene
de noche a paseo .
.Cos álamos barren
0 crean los sueños.
VIII

¿:Por donde vas ya,
viajero?
¿t;stás en el mar,
0 en un país feo,
sin fiestas, sin, flores,
sin felices, corazones nuevos?
¡5Dime tu dicha,
l;rrante y l;ternol
IX

;/{ace frío.
eorre más viento.
!Bajo, al querer
de mi cuarto libresco.
9l manejar
espectros.
CVete con !Dios,
tú, viajero.
CVoy a seguir
educando a estos pequeños
que quedan conmigo.
9l estos
alborotados, pero fieles
pensamientos.

X
PosTRACI ÓN .

¿91, qué seguir
en el engaño viejo?
¿:Por qué decir
que el sol es viajero?
¿9,t,entiré también
al pensar que se fueron
madre, hermana, novia,
juventud y ardores primeros?
¿Wo seré yo
quien se aleja de ellos?
CVivo,
en efecto,
bajo la techumbre
de un hogar nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo el dosel
de un ideal nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo la inminencia
de un cambio perpetuo.
cSigo mi órbita,
huyendo
de los cariños
que me quieren sujeto.

I

�LA PLUMA
'Godos vivimos
huyéndonos.
.Ea vida es
la careta del miedo.
eada hora
es un crepúsculo nuevo.
eada hombre, cada cosa,

UN MANIFIESTO Y DOS POEMAS

un viajero,
, b 't
or salvar su or z a,
que,
. .l. te o maltrecho.
huyeptrzun,an

J. MORBNO VILLA

rEYI rGUERRILLEROSJ
Super jiu/mina Baóyloni1...

9

la margen del río he levantado mi tienda. Viviré solo;
cazaré por el día, y a la tarde, mientras se enciende la
Jumbre,
miraré reflejarse en el agua el sol poniente. El
'
.
a1resuave se llevará en lo alto la alta trenza del humo y
esperaré el momento en que brota la llama, música de la hoguera,
sola música en el silencio.
¡Ey! 1Guerrilleros!
Por el rfo veré pasar lentas las balsas, confiadas del mar; tal vez
lejanamente, cuando hrille la estrella, cantará un remero.
¡Eyl ¡Guerrilleros!
A la orilla del camino he dejado mi hatillo. Voy a cortar la flor
campestre y la hoja olorosa. Me mirará la moza que airea el heno y
gozaré su nuca entre sus trenzas reidoras; por taparle la boca he sentido el relámpago de sus labios y el corazón de su lengua entre mis
dedos.
'
¡Ey! ¡Guerrilleros!
Baj0 el álamo gigante brota un arroyo y hace al escondite travesuras bajo los berros.
¡Ey! ¡Guerrilleros!

�LA PLUMA
solo mi hatillo a la
t - voy a su. b.u.. -Subiré
·
'
é ·
A lo alto de la mon ana
1 de sendero: Buscar m1
t áspero sin sena
é1
espalda, ante mí el mon e b .. ,' paso entre los brezos, rec:petar a
·
camino entre la fron d a, me a ruée I · il\o que fuma una pipa
ante
fin a trama de la araña y saludar ª1 gr I del c·1elo veré la gloria del
. . f erte e azu
'
d
su puerta. Arriba respirare u
\ante como los soldados e
1 daré al mar tremo
sol en su ocaso y sa u
.
. voz se oirá a lo lejos.
Jerges. Gritaré con voz recia y m1
¡Eyl ¡Guerrilleros!
. tan profundamente t que
. si ·Vamos a reir
·Eyl ·,Soldados solitano 1
•
o s1· fuese corazón od o
1 •
os a reir com
1 V
nos temblarán las piernas. i am . .
or amor de lo eterno, por
' p r amor de lo v1e10, p
nuestro cuerpo. 1 o
d lo bello'
O or amor e
·
•
1
1
amor de o nuev , P
¡Ey!........ ¡Guerril1eros.
•

los arbrid vuestros peeh osI Iffsparad
l
.
·Soltad vuestras flechas, a
t ·ella para vuestro ojal,
1
d I
cosl Cortad una es L
• t
Je
cabuces, desperta os e
.
de mi amada. Con la Vía Lác ea
Yo arranco Orion para el lazo . é sus ojos y oleré el clavel de su
haré un chal y al través suyo mirar 11 Nuestro gozo es tan ser'io que
risa. ¡¡Mucho cuidado con las b::::~¡s montañas y las sacudiremo~
d a miedo a las gentes. Abrazard . ve Arrancaremos unos rayos a,
l · dos e me •
· ·
hasta qued11.r todos sa pica
h Nos envolveremos en un g1ron
sol y nos los clavaremos en el ~:~ o~ofundamente nuestras pierna;;
1 Y hundiremos en el suelo
p
d
azu
do por el otro la o.
. d'
que romperemos el mun. d d tú estás.-Ni tú tampoco. N1 na ie.
-Pero yo no iré hacia on e
l t. y el de más allá.
.
d alerta y a la tuya e o to
Contestarás a m1 voz e
t
ará al mundo entero.
cadena que a ron
1
Formaremos una
¡Ey! ¡Eyl ¡Ey! ¡Guerrilleros
to de la meditación. RespetaPLRO a la tarde llegará el momend_ á tu frente como yo,-lejos
•¡
· Hun 1r s
•
remos el momento del s1 enc10.
1
da cumplir su función teade mí-en el suelo, para que el so pue
228

L:A PLUMA
tra! y envolverte con su sinfonía de órgano. Luego, calladamente, recogerás tus sandalias, descansarás a la linde del sendero, te pondrás
en la oreja la flor campestre y en la boca la ramita de romero. Levantarás tu tienda al borde del río, te sentarás sobre las piernas cruzadas para ver correr el agua entre los áloes, salpicada del último
suspiro del sol, y mientras llega el instante de que brote la llama mirarás al humo calmoso perderse en la más alta claridad.
1

Surtidor.

,

SEÑALES

Quisiera ser como la brisa que pasó por prádos de violetas para
llegar hasta ti, pero mi alma es de vendaval. Déjate transportar por
mi arrebato. Acurrúcate entre mis brazos y al través del tumulto de
las nubes en que se enredan azorado$ .los luceros adolescentes te
lle,·aré al paí&lt;; que nunca has soñado. Te llevaré con vuelo furtivoal paraíso del que me arrojó mi fantasía. ¡No tiembles por la lengua
flameante! Di bajito el conjuro y mi corazón abrirá temblando sus
puertas.
T

.

***
Cuando Jos árboles se embozaron en su secreto y las- flores del
prado envolvieron su chal por la cabeza, a la hora en que el grillo
e:hó su cítara a la espalda, ·:olviendo quedo a su cabaña, cuando el
cuclillo se durmió cansado de cantar en vano y la urraca hizo el último ruido con su vuelo negro-¡ay!, así es mi canción-¡cu-cul¡cu-cl!!, tiernai perenne, monótona y sin esperanza-, todo se oculta
entonces y el silencio cae a plomo del cielo. ,
t
l
¡Sal tú, luna míal Estallaré en un brote hasta tu altura y los mil
espejos de mis brazos te copiarán infinita. Todo yo seré uno y mil,
-mil angustias en un solo deseo-y las mil lunas de mis lágrimas
caerán con una música inefable en la estremecida negrura en que
0

229

�LA PLUMA
LA PLUMA

otras mil lunas te esperan. Mis deseos se fundirán en mis recuerdos
y aún temblantes huirán en. el ~orbo del, r~moli~o para que de nuevo los lance mi corazón hacia h en una ultima s1stole.

•••

en un trémolo inmenso y mi canto es en él un sordo sollozo repetido.
Pan contempla ávidamente sus cuernos rizados al refrescar en
mí sus belfos jadeantes. Mi alma inagotable se evapora en el silencio
abrasado. A lo lejos una flauta apagada me ofrece el duo imposible.

"

Todo amanecerá en una sonrisa sonrosada. Yo canté desde por
la noche. Llego al claror de la aurora después de cantar ~n vano l~
noche entera. ¡Dame mientras dura tu mañana ~l b~nefic10 del olv~lio! Déjame despertar contigo, primavera; en mis cristales van a mirarse todas tus flores.

*•*
Mi alma es clara y tumultuosa. Mira al través de ella, Y para ti
abrirá el arco iris su abanico.
Trazará para ti su espléndida aureola, y tú en el centro, cruzad~
las piernas, perdidos los ojos en el cielo pr~fun_do par~cerás una_d1. · d d de Oriente. y O llevaré hasta ti mis nzos tremulos,~nsas
:~n~ ):grimas-para besar tu vestido. Te ~antaré mi vida palpitante;
te llevaré en el hueco de mis manos m1 corazón, puro b_orboteo.
Bajo tus pies abriré mi cor0la cristalina, te ofreceré todo m1 ser en
extrema reverencia y las palomas tornasol picotearán los granos de
colores que estallan en mis supremas volutas.

* *•

1~:

Refrescará mi húmeda esencia el ardor del paisaje griego. Los
abrasados olivos de mi esfuerzo ocultan el terror pa~ida. Ruedan
ojos chispeantes. Gimen con sordina los deseos excitados al olor __
la carne desnuda. Esplendores carnales relampaguean en el espeJlS•
mo lejano de donde brotan los ardores de la tierra en la lenta d~nza
de su remolino. De la axila de Afrodita brota una perla. Todo vibra

El Arquero.

.

(

.

Por ser hoy el día de la primavera toma tu arco, arquéro · divino,
y vámonos a disparar al sol las flechas de n~estros deseos. Hinquemos en tierra la rodilla. Demos al aire el pecho. ¡Ese b~azo hacia
atrás! Gime doblándose el arco, y todo mi cuerpo, en una tensión
extrema, saltaría igual que la saeta.
1Ey! ¡Bien tirado, tirador! ¡Mira cómo zumba la cuerda!-¡Tu flecha va a quebrar un rayo al soll-Tras de ella saltaré en una curva genial y mi parábola me hará caer al a!:iombro de otros mundos.
¡Cómo resplandece tu cara! El sol no tiene llamas tan bellas como
tu cabellera enloquecida; el relámpago de tus ojos rinde a hts más
atrevidas flechas. ¡Calla! 1Callal Tus palabras se me clavarían en la
carne, Sebastián tembloroso; pero t~das flor,ecerían, de tal modo al
llegar a mi alma que la primavera misma tendría envidia. ¡Primavera!
Para nada quiero vivrr sino para tu gloria. Ten mi cuerpo mismo si
mi podredumbre puede servirte tanto co~o la de un mendigo; pero
deja que mi jugo más puro engalane el sendero por donde pasan los
pies que no cambiaría por tus flores.

***

r &lt; r ,. ,

l

1

Todo mi arco reverdece a tu aliento, y la cuerda se distiende en
una laxitud perfu nada. Pero, ¿dónde han volado mis flechas? Por
sus plumas ha pasado el estremecimiento de la vida nueva y han
escapado en busca de presa. ¡Eh! 1Cuidado, flechas mías! ¡Moderad
2 31

�LA PLUMA
el ímpet1,1l Recordad vuestra agudeza. Sois demasiado duras para el
beso, y será mortal vuestra caricia.-¡No importa! ¡Dejadlas! Quieren
el corazón palpitante.-(¡Ambiciosasl ¡Yo me quedaré en el paisaje
soñado, redondas colinas, vallecito para mi reposo!).-

•••
¡Ahl ¡Qué descanso, el de en tu pecho! Sólo tú te me abres cuando todas las puertas se me cierran. Mis brazos están rotos y mi arco
se cae de mis manos. Déjame, Diana, que me pierda en su noche y
sienta renacer mi vida al ritmo suave de su vientre tibio.

Como el bordón de mi arco, así es mi expresión, honda y grave.
Le clavaré en la tierra y haré de él un arpt eólica qua llegará hasta
las estrellas. Abril, tus brisas le harán sonar en lentos rumores de caricia. Tus furias c.iesatadas, pasión, le harán vibrar hasta temblar la
tierra.
El aire entero llevará por el óltimo escondrijo el eco de mi canto
-monótono y profundo-y a su arrullo colgaré mi arco del pico de
una estrella, balancín que mecerá mi ensueño. No tengas miedo de
la altura. Dame la mano, te subiré hasta mí. En un abrazo silencioso
y est1·echo veremos en lo hondo pasar los mundos envueltos en tristezas. Nos llegarán sus suspiros en un temblor ligero, veremos el
brillar de sus ojos cuando miren a la altura, y el vientecillo amigo
nos traerá en homenaje el eroma de la primavera.

ADOLFO SALAZAR
21

marzo

1921.

J

. Para 1z: viento fuerte,

•••
11
1

EMOCIONES PEREGRINAS

viento dtl mar y viento de la tierra,
-camarada de nuestro pensamientotodas mis ilusiones y mis penas,
en un cantar amargo
que tenga miel en la garganta a,·e
:t na.
lI

La carne se tleslzace
,
Y la noche es tierna. ·
Tú lle.gas al 1tmbral en busca -1
,
,,, za,
yo, voy buscando a mi alma en ,as
; t1nu
. . b;,as
euando llegues a mí
·
seré polvo entre el polvo de /,a t urra;
.
,
cuando yo 1/e~ue al alma qzu me guia
ya habrán muerto en la noclte las tstrt!las.

�LA PLUMA

LA PLUMA
ll l

Sobre el mar esta noche
se ha perdido soñando el Pensamiento.

-¿De dónde viene?-el alma me z'nterroga.
Yo le pregunto: -¿Qué eres? y el Silendo
murmura: -¡No te importa/

¿Ha perdido su ruta
o ha encontrado el camino verdaderg?
Su retorno a la playa
lo anunciarán el mar y los luceros,
con un silencio hondo,
y un derramar de lumbre por los cielos...
O habrá bsrrasca sobre el agua, y sombra...
y sombra... y sombra, en el espacio inmenso .. .
Según la buena o mala
nueva que traiga el alma en su regreso ...

Mi alma es esta noche
un ánfora de sueños y de estrellas.
Hasta el final de toda ambición mía
cada sueño me lleva,
y las estrellas de oro son caminos
por donde el alma va hacia Dios, abierta ...
V

Hay una barca azul que ahora navega
por el sereno mar de mi memoria.
¿Adónde va? ¡Quz·én sabe!
234

VI

Mas todo, hermana mía,
será para nosotros como un sueño.
Se perderán los árboles de oro
y hurtará Dios al sol los claros fuegos
para encender las lámparas astrales;
y se hundirá en la nt'ebla el pensarm'ento ...
y acaso algún lucero nos sorprenda
a media noche hablando con el vi'ento ...
Vl I

Y he de llegar un día
hasta tu hogar pidiéndote posada;
yo que te he dado el cobre que posees
para evitar la ruina de tu casa...
¡Bien sé que en el camino de la vida
algún ladrón ha de robarme el alma...!

FERNANDO GONZALBZ
Isla de Gra~ Canaria, I92I.
23,5

�LA PLUMA ¡
guste de _ta!es representaciones, y aficionado
arte, tan Injustamente venid
yo sobremanera a ese
o a menos en la
'd
..
ch as gentes cultas hirió pa f I
cons1 erac1on de mu,
r tcu armente mi at
'ó
¡os espectáculos que
en los t t
enc1 n la torpeza de
.
ea ros de la villa
t
·
se. Sm duda influyó no
.
y cor e suelen ofrecerpoco en m1 opinión el
]a temporada teatral de p . 1
recuerdo reciente de
an , rnn fecunda en d' r
compendio de los mejores pro ósit
l ver idas enseñanzas,
Y Norteamérica.
p
os en ese respe~to, de toda Europa

EL TEATRO
DE LA ESCUELA NUEVA

m

un año por este tiempo, regresaba yo de pasar unos
meses en París. Sólo quien pudiera ver entonces el renacimiento tumultuoso de la capital del mundo a la
vida pacífica, se dará cuenta de la triste estupefacción
que en ánimo sensible como el mío hahía de causar el regreso a esta
corte de la Mancha que es \fadrid, donde toda quietud tiene inconmovible asiento. No me importa arrostrar, a fuer de sincero, la posible confusión con tantos e!epañoles con pensión de ida y vuelta a
quienes no quisiera parecerme. La sensación fué como de caer de un
sueño a un pozo.
Poco a poco fuí discerniendo en aquella primera impresión, que
al principio se me antojaha algo así como una parada sorda en una
marcha acelerada y sonora, los molivos de mi disgusto. Que no derivaba precisamente del desacuerdo entre la realidad que aquí se me
ofrecía y un vago ideal inasequible, sino de la simple comparación
de un ambiente propicio a todos los entusiasmos con la sequedad
agostadora de este en que naufragan las más fáciles esperanzas.
Espejo de costumbres el teatro, y no tan solo por las que en los
escenarios se representan, mas por las que significa el que el público
ACE

236

Entonces y con denodado atr . .
ev1m1ento se me ocurrió la idea de
fundar un teatro que no f
uera uno más.
y menos que nada un teatro artístico
Pero entendámonos.
.
Nacidos los teatros llamados de t
mática de la injusta tira . d
ar t. del deseo de libertar la drama e empresar10s ¡
abuso que de tal calificac'ó
h
y ogreros, el uso y el
i n se
a hecho d
. t te, ha derivado su concepto · t·
. e vem e anos a esta par¡
pns mo a cierta acep · ·
¡
a cua1 tanto vale decir teatro t· t·
c10n vu gar, ::.egún
d d .
•
ar ts ico como ab 'd
e uc,r erróneamente la cal'd·
'
urn o, en fuerza de
1 '1d d e una
· ·
represent · ·
razon mversa del gusto del . bl'
Co
ac10n escénica en
pu ico.
sa que s b
.
verd a d' nunca es eficaz.
o re no ser siempre
.
Procede el error de la persistencia en
cuya boga ha malogrado ta t .
. esa fe estética o esteticista
1
,
.
n os ingenios que
tica la obra de un esp,·r·t
.
'
ve en a creación artís1 u superior as
'bl
selecto de la humanidad
1
' equ1 e tan solo a un grupo
temporáneos, desligada dee~ ed que ap~nas cabe alguno de sus cond d
o a emoción social
.
es e luego para el gran p. bf'
E
, e mcomprensible
vado semejante dogma a s~s •c_olt.. stablecida así la jerarquía y Ilet
u imas consecuen ·
1
an e un espejo sería dechado d ,
c1as, e monólogo
excelencia, tan só.!o superable :~eneros teatrales y arte cumbre por
go propio.
p la muda contem , Jación del ombli237

�LA PLúMA
.
ex eriencias más fructíferas en punto a
los nombres que ilustran las
De otra parte, incluso las ~
. t t I de que son pionurs
.
d lecen a mi ver de c1errenovación ea ra '
de
la
moderna
escena,
a
o
.
d
.
mejores tenlativas
. 1 de la representación rahace al fin esencia
.
1
ta confusión en o que
I de obtener la mayor comunión
ede ser otro que e
é .
mática. Que no pu
t d s Ahora bien el verismo ese mposible entre autores y espec a ~~e .b
esa c~n sus detalles de
co que ha dado lugar a la come,_1~ urgeuno' es lo mismo que sim·t '6 naturlf. is,a-qu
propiedad y su rec1 ac1 n
. . - tanto como la fantas:a decoratribuído al desequilibrio
ple y a veces es todo lo contt ano h '
ás modernos an con
'
t
áf ca de todos los países, y
tiva de los tea ros m
. . . 'd
la producc1on ram 1
..
d ¡
que se observa en
l
del comercio espmtual e
mucho más en el nuestro, tan -~bª. z~~\a subversión del buen orden
mundo. Se origina ese desequ1 , no 'ó dramática la preponderan..
. e en la representac1 n
teatral, que reqmer
t . . de los actores y el serv1c10 escia del texto sobre la interpre ac1on 1 t se vale para comunicarse
"ó
·
esivos de qut: e au or
cénico, medios expr
fi es exclusivos de la acc1 n
• .
0 en modo alguno n
con el publico, per
6 . s más atentos a explotar
La . disciplina de los c mico '
l
representable.
m
. .
• turales que a atemperarlas a os
el fácil éxito de sus cond1c1o~e::1 n_~ d de 'papeles exige; la necesidiferentes caracteres que la d1~ers1 a l des decorativos y mojigan11
te de encubrir con a ar
dad, por o tra par ' .
ue suelen escribirse para re egas la pobreza literaria de las obras g da tras temporada, alimentan
nar los carteles de novedades tempora
.
el mal y corrompen el gusto. .
ede ser obra de unos
·ó que se impone no pu
.
Pero la restaurac1 n
' rt I de exquisitez, a mndel teatro, a t u o
.
pocos, ni se trata de, excluir
. . rime con su benepláciguna categoría de pubhco.
ta las salas madnlenas, imp
f
El que recuen
h" tó . al éxito de los dramaturgos y
to cierto carácter de sanción ts ~,ca
bres de Jacinto Benavente,
cómicos en boga. En ese respecto os nom
238

LA PLUMA
los Hermanos Quintero, Carlos Arniches, María Guerrero y Fernando Mendoza, Lara y Loreto Prado, significan algo con lo que se podrá estar o no enteramente conforme, pero que revelan direcciones
artísticas creadoras cuando menos de modalidades adecuadas, no
siempre sin lucha, a una clase media de espectadores perfectamente
definida.
La producción dramática española, posterior al Tenorio-y hasta

el Tenorio desde los últimos clásicos del gran siglo apenas hay más
jalones en la rota tradición que Moratín y el Don Alvaro-, adolece,
sin embargo, de falta de carácter, no ya porque rehuya los temas
calderonianos, grotescamente degenerados en Echegaray, pongo por
caso, sino por su irrealidad representativa, no obstante la invención
de la fotografía y su influencia en la literatura. Y quizá por esa misma influencia, un tanto nefasta con sus pretensiones de supeditar el
arte en general a la instantánea sin composición, es decir, sin concepto general que resuma, explique y de tina en tipos genéricos, en personajes, las personas, y en dramas los acontecimientos cotidianos
cuya fatalidad escapa al simple observador.
Durante el último tercio de siglo y en los primeros aiíos de éste,
Galdós, y en la actualidad Valle-lnclán y Unamuno, se esfuerzan,
por distintos derroteros, con intenciones manifiestamente dispares,
en reanudar la representación dramática de la vida española en el
teatro, con cierto conceptismo harto más tradicional que los mejores
intentos de continuar la tradición en sus formas literarias exteriores.
Mas hay entre ellos y el público un valladar casi infranqueable, que
cómicos y empresarios defienden con absurdo denuedo. No quiere
esto decir que sus obras constituyan, a mi juicio, indiscutibles cánones. Pero ya el hecho de que no supediten su inspiración al criterio agarbanzado de empresarios y cómicos, ni desdeñen tampoco la
colaboración del espectador, antes bien, la estimulen incluso irritán239

�tA PLUMA
dola, denota una inquietud mucho más atractiva para el buen aficionado que la fácil transigencia en que se frustran algunos temperamentos sensibles, pero flacos y sin resistencia contra la adversidad,
o en que hallan escandaloso acomodo otros, desfachatados simuladores de toda nobleza arüstica y social.
No se me oculta, pues, desde un principio, la dificultad de conseguir mi propósito, toda vez que es menester no tanto renovar los
procedimientos escénicos al use,, en sus detalles más llamativos a
primera vista, siquier no conciernan a la esencia de la representación, como sus normas fundamentales. Es decir, que fundar un teatro nuevo significa constituir una cooperativa espiritual, en que
autores, cómicos y público, mas que la complacencia en un espectáculo perfectamente realizado, se propongan la contemplación en
cada ensayo de un ideal, inacabable de tan vivo.
La primera experiencia intentada no pudo ser más halagüeña. Ya
en distintas ocasiones habíame invitado mi amigo Manuel Núñez de
Arenas, presidente de la Escuela Nueva, a constituir una sociedad
dramática que representase las obras del teatr@ moderno extranjero,
tan insistentemente desdeñadas por los empresarios. La circunstancia de celebrarse a principios del pasado verano el Congreso General de la Unión de Trabajadores, nos sirvió de aliciente. En pocos
días se improvisó, con unos cuantos muchachos, de buena voluntad
todos y con excelentes dotes escénicos algunos, una representación
en el Teatro Español de Un enemigo del pueblo. El éxito clamoroso de
la prueba, me convenció de que podíamos contar con un elemento
sin cuya buena fé todo empeño sería inútil: el público. El público,
que arrebatado por la acción del drama, intervenía con ingenua simplicidad en favor del héroe ibseniano, cuya pasión de hombre fuerte
triunfaba de todo prejuicio político en el ánimo de una masa de espectadores socialistas.

LA PLúMA
Aquella noche pusimos la primera piedra del Teatro de la Escuela Nueva. No todo el mundo sabe la labor que la Escuela Nueva se
propone. Ni es esta ocasión de dirimir una cuestión ?e.límite~..He de
hacer con todo, una salvedad. Presidida por un soc1ahsta m1htante,
la Es~uela Nueva no es, sin embargo, un partido político, ni menos
una añagaza encubridora de proselitismos inconfesables .. Sus fin_e~,
eminentemente sociales, sí, tienden a borrar en la cvmumdad espmtual del trabajo esa diferencia absurda que separa 1&amp; l~bor del ob~ero
manual de la del intelectual, sin exigir a uno y otro mnguna abdicación de la personalidad, sin que esa mutua inteligencia signifique la
menor participación en una acción ajena a la obra pura del pensamiento. La mayoría de los socios de la Escuela Nueva no somos socialistas y lo que es más, los hay individualistas exaltados. El teatro
de la Escuela Nueva, por ende, goza de absoluta autonomía artística
y administrativa dentro de la agrupación, y si hemos querido de~orar con nombre tal nuestro propósito, es porque, aparte la debida
conmemoración del éxito a que debe su nacimiento, y la simpática
trascendencia que de tales títulos se deduce, por lo que significan de
aprendizaje y de juventud, nuestra creencia de _que e~ t~atro es ante
todo una acción social y por ello la suma expresión artisbca, nos mueve a preferir el beneficiarnos de su influjo-semejante en algún respecto de su intención a la Sociedad Fabiana de L&lt;,ndres, ~u.ya cabeza más visible desde el continente es Bernard Shaw-e mJertar en
ella nuestra actividad de la manera más adecuada ·a nuestro gusto,
antes que suscitar nuevos apartadijos tan sólo diferenciados por la
sutileza de un nombre sin obra.
No sólo tuvo Un enemigo del pueblo un éxito de buen público.
Había entre él no pocas personas de calidad que supieron prever, a
través de la imperfección inevitable del improvisado ensayo, las posibilidades de una continuidad menos azarosa. Don Ramón del Valle-

�LA PLUMA
Inclán y el poeta Luis G. Bilbao, incansable perseguidor del ocio
ajeno, soliviantaron de nuevo en las amistosas veladas veraniegas de
nuestro círculo, mis aficiones teatrales, y al amparo de la revista España, y con graciosa intervención conminatoria de Díez-Canedo, surgió otra vez en el horizonte la inconsútil arboladura de mi teatro
tantasma.
Ya en vías de realización el proyecto, bajoJ la dirección augusta
del propio autor de las Comtaias bárbaras, interrumpiéronlo ciertas
dificultades económicas, con que nuestro optimismo no contaba, y la
obligada ausencia de Valle-lnclán, retenido por la molicie familiar en
,
su casal gallego. Pronto, sin embargo, recibieron nuestros súbitos
ímpetus y desmayos un impulso definitivo en pro de una realización
inmediata de tales quiméricos afanes. Y si ahora la idea toma cuerpo
y se afirma en una realidad prometedora de mejores esperanzas, débese a la deliciosa terquedad de una mujer-apenas si lo es todavía-cuyo talento literario, de tan varonil humorismo, augura ya
para sus muchos lectores las singulares gracias cuya exuberancia ha
de hallar adecuada expansión en la escena. He nombrado a Magda
Donato, verdadera musa de carne y hueso, insospechada negación
viviente del feminismo de penúltima moda de nuestras ridículas,
¡ayl, por lo general nada preciosas, estampa de la simpatía, e infatigable trabajadora. Nada serían nuestras mejores intenciones sin su
risueña voluntad.
Otro poeta, fiel a la belleza inmaculada, nos brindó desde luego
su concurso entusiasta. Y el nombre de Juan Ramón Jiménez figura
ya entre los beneméritos creyentes de esta fé a cierra ojos en un teatro nuevo.
El Ateneo, representado en el secretario de su Junta de Gobierno D. Victoriano García Martí, y especialmente D. Andrés González
Blanco, en nombre de la Sección de Literatura, nos prestaron desde
242

LA PLUMA

::1

luego benévolo apoyo y
. h
o emos podido anunciar un abono
cuatro primeras funcio~es
co que colmaba la sala de' la :a11:nsayo obtuvo por parte del póbli~
La representación del drama d S del Pr~do, cordialísima acogid
a.
. e, ynge Ymetes hacia el m ar, d e cuya
ttraducción por Juan Ram ó n Junene
a a nuestros lectores , y d e esa pequz y- su esposa hemos dado cuenLa
guarda cuidadosa sir . .
ena maravilla cervantina q
'
nuevo
'
v10, cuando men
ue es
f
. ' con espectadores más peli
os, para experimentar de
/ncJones teatrales al uso la pruebgrosos, por más avezados a las
. lo; es d~cir, la posibilida~ de hall· a logra~a _con Un enemigo delpueJuez. y sirvió para que, con Ma dJr un pubhco colaborador más que
~a~~ec~n y Fernando Bilbao al!o d~~nato, apuntaran ya Francisco
c1 n an de conseguir de
o mucho que el estudio
sus naturales condiciones có .
y la
partiéronse los demá!:
ca
d ,
· papeles de acto
micas. Rem mara e~1a, Asunción Ruiz Medran res y tra~oyistas en fraternal
- tlte, Pepita Serrano, Adela M o, cuya ~rac1a infantil tanto r nores Benito Pui
y ercedes Barno mis a .
p o
timo y . '
g, Luz, Cano Coloma Alb' 1
m1gos los sepnmero Augusto Ferná
,
10 ' rtega, Xammar ól
comparsa y pintor cuy
ndez, alternativamente galán ó' Y_ . •
os apunte d
.
c mico
ya la orientación simplis~a e~c:~:hvos tan acertadament:
ueva.
f
respecto del Teatro d 1

O

~:: 1:1:º~
e·

e a

um~lenos agradecer a la Prensa
q~e ha visto en nuestro intento ta
la d~f~r_entisima atención con
apenas sugería. Crítico ha ha::~s pos1b1hdades que nuestro ene a Correspondencia de Esp ~
o como el Sr. Aznar Navarro
cuenta de la representación det;; que ha puesto a contribución ~
~cerca ~e la e!iicuela de arte dramát~;oeo, algunas apreciaciones mías
que es. el Teatro del v·1euxolomb1er
de París· SonroJ'árame
_
empeno de ju!,tificar la pobrez d, a no advertir en la cita el piadoso
la vastedad de nuestros deseo: ;o:~:s;os primeros resultados con
orrás, el Sr. Alsina, el señor

:ª-'1

2 43

1

�-RoWa14.Aogel Vegue, Andrenio, los críticos anónimos de El RetafJlo y El Tie,,,po, los fotógrafos de La Tribuna y Hoy, han contribuido
a difundir la buena nueva de nuestra intención, disimulando las muchas faltas de nuestra impericia de bisoños. Gracias les sean dadas,
y con ellos a Luis Araquistain, que desde las columnas de La Voz
nos ha animado a tomar ejemplo de los actores argentinos, nuestros
huéspedes, y entre bastidores del Teatro de la Escuela Nueva nos

presta su ayuda.
Pero qúiero que todo el mundo advierta en nuestro propósito,
-90bre cualquier linaje de consideraciones, el decidido buen humor
que nos anima, y que esperamos nos libre por siempre jamás del terrible estrago de la pedanteria. Amén.

C. RIVAS CHBRIP
X

o

SIMETRf AS
1

fMi alma vibrando en mis 'Versos.
'Y la tuya con ellos vibra.

6~ las aguas dormidas de un estanque
mi alma se duplica.
11

!Por el fNorte
la tormenta,
por el 6ste
la galerna.

'Y la 'Vida en la rosa de los 'Vientos
jugada a La ruleta.
11 I
e 1',;oda., laa CNaa údfraa., ao,r
wtelodioaaa. 'G'odal lot eoau pn:r
fartda. .a• eanto.•
Cutn.a..

flormas de infinitas melodías
trazan las dormidas golondrinas.
¿Cuándo os lanzaré, notas aladas,
de los telegráficos pentágramas?
VALBNnN ANDRBS ALVARBZ

�"IRIS"

LIBROS Y REVISTAS

{;[ rayo de sol
busca
mi sentimiento,
y quiere
que yo cante
a los
siete
colores
que en su seno
reposan y esperan
la
gota
de
agua
'Y no puedo siquiera
cantar
su
luz
blanca
y
diáfana.

Mario Pnccinl.-Viva l'anarckia-Romanzo di un r,iaggiatore in ;oe.r/a.-Bcm-

v.1 .

9

JOSB DB BBNITO

..

pórad, Fire nze.
No es propiamente una novela, aunque así su autor lo subtitule, el filtimo
libro de nuestro colaborador italiano. No hay en él trama, intriga, ni apenas
acción que guíe al lector a través del alegato que Mario Puccini se propone en
cerca de cuatrocientas páginas de nutridísima prosa, cálida, colorida, animada
de esa vivacidad característica de sus crónicas de LA PLUMA, subsistentes
incluso a pesar de la' traducciún, siempre desteñidora del estilo. Casi sin ficción
alguna, con la menor cantidad de elementos imaginativos, el alegato nos lleva
derechamente a la moraleja de la conclusión. Que viene a ser esta, en fin de
cuentas: Desquiciado el mundo por la tremenda convulsión de la guerra y trocados los valores morales sobre que se sustentaba el compromiso social en qnc
florecía el progreso humano, bienvenida sea la anarquía definitiva, la destrucción del orden actual en que perecen degeneradas las normas de una civilización caduca. Porque del caos resurgirá el orden nuevo y la vida recobrará su
sentido.
Ahora bien, con innegable acierto crítico, ha huído Mario Puccini de hacer
semejante generalización en términos abstractos,.sino que la ha referido a su
país y, más estrictamente aún, ha planteado el problema con toda la sinceridad
que su espíritu de hombre de letras lo siente; es decir, reduciendo su vaste&lt;!ad
a las proporciones inmediatas de su conciencia de italiano, para quien el tumulto y confusión actuales significan una solución de continuidad en la tradición profundamente humanista de su patria.
No es tampoco cosa, sin embargo, de adoptar posturas trágicas ni ademanes exagerados. Para llegar más derechamente al ánimo del lector y ganarlo
con la evidencia, no es menester un tratado de pura didáctica, de doctrina escueta; rehuyendo, pues, otro señuelo novelesco que el del título, se puede exponer el panorama espiritual de Italia después de la guerra tal como lo ve un
hombre de buena fé. Así ha hecho Puccini.
Su viaggiatore in poesia no es un &amp;oñador divagante por mundos fantásticos;
es un comisionista literario que va recorriendo las principales ciudades de Italia para ofrecer a los libreros y a los lectores la mercancía de un editor que

•

247

�· LA PLUMA

LA PLUMA
quiere restaurar con la lectura de los clásicos el principio edu~ativ?, rebajado ahora basta el extremo que significa,1 los escaparates de las hbrenas llenos
de cubiertas procaces, fácil incentivo del gusto perver~o.
El tal comisionista recorre de punta a punta la penrnsula, p~dece Y se conmueve ante la agitación social subve, lidora, justifica en su ám~o los desmanes del desvalido babia con el profesor, con el lego, con el artista, con el pa•
triarca de las let;as. De la ruina de sus mejores esperanzas ~e salva la m.is
fructífera. El ¡viva la anarquía! de este espfrilu sut_il, de este ánimo ponderado
que es Mario Puccini, no es el grito de deses~erac16n, que nos sacud~, de. los
grandes tétricos rusos anteriores a la revolución; es el a)erta, sarcásh~o Sl se
quiere, pero seguro y confiado, de quien se siente nutrido de la savia de un
clasicismo renovado de generación ~n generación.
.
Libro eminentemente representativo de la _hora actual, resume ~t~a ~anarckia Jas mejores cualidades de su autor, e°; quien s~ .t~m~lan Y equihbi ani las
modernas experiencias literarias de ese crisol de c1v1hzac1ones que es Ital a.
c. R. c.

• **
Carlos Pereyra.-La obra de España en América.-Biblioteca Nueva, Madrid,
11

Este nuevo libro del Sr. Pereyra es un intento de sistematización históri~a
de la obra de conquista y colonización de América por los españo_les; es decir,
que no se dirige tanto a esclarecer tal o cual episodio poco conocido de aquella secular cadena de proezas o a rememorar entre alabanzas las que todos
general
.
creemos conocer, como a ordenarlas en e 1 marco d e una expl1. cación
mi'
declarando cuáles fueron los datos esenciales (geográficos, étnicos, econó •
cos) que los conquistadores y colonizadores tuvieron que barajar Y las fuerz:s
profundas que actuaron permanentemente en aquella al parecer desordena
empresa así como el aprovechamiento inteligente de esos dat_os Y fuerzas por
las cabez'as directoras de la conquista y colonización. El criteno con que e 1 s~ñor Pereyra utiliza las noticias que ha reunido es irreprochabl~: cLa tendenc~a
del autor-escribe en el prólogo-es esencialmente_ ~rítica. Esllma que una ª •
miración indiscreta daña tanto o más que una hoshltdad cerrada, sobre todo
cuando lo que se busca no es defensa de causas, sino descubrimiento de verdades. Convertir leyendas negras en leyendas blancas es tan ilegítimo como
contrario. Y en los tiempos de fineza analítica que alcanzamos, puede ser m s
temible para los que escribeo sobre asuntos históricos verse conde!iado_s por
una son.risa que por una franca desaprobación•. Si el estudio de la h1sto~1a. colonial americana suscita a la postre en el ánimo del Sr. Pereyra un senti~uen
to admirativo por la obra de España, no es-podríamos decir remedan
e
humor a veces acerbo del Sr. Pereyra-no es culpa suya: la grandeza de esa
obra se impone por sí sola. e Esos sentimientos no existían en el au~or _antes
de comenzar sus estudios y como le fueron sugeridos por vía tan mdir_ecta
que muchos de ellos naci~ron revisando afirmaciones autiespañolas de his!0 •
riadores a quienes consideraba en posesión de la verdad, tienen toda la deSlO·
teresada pureza de su origen intelectual&gt;.

ª

lº

° 1

, ..a

•

La economía del libro del Sr. Pereyra es una comparación de la obra colonizadora de España con la de los anglo-sajones. El fallo del autor es favorable
a los españoles. Ni nuestras conquistas en América «fueron obra de la miseria
desesperada de aventureros famélicos que buscaban enganche en las gradas de
Sevilla», ni los colonos ingleses eran puros apóstoles de la libertad y de la tolerancia, comlil se ha supuesto. El oro, te fabuleux ,nétal, era un señuelo, pero
no fué jamás el nervio de la conquista: la explotación agrícola y ganadera prestd la base permanente y sólida sobre que se asentó el dominio español, e hizo
posible la continuación de aquellas empresas, concebidas algunas con percepción genial del futuro y realizad..1s v consolidadas las más con una especie de
•empirismo organizador» de muéha fuerza, que no dejaba de medir y aprovechar, aunque no lo hubiese aprendido en cátedras ni libros, el valor de los
recursos disponibles. Introdujeron los españoles en América la civilización de
su tiempo; ya se sabe. Además, el continente descubierto y conquistado por
ellos fué objeto de estudios desinteresados, de investigaciones científicas, y los
trabajos de los españoles en América, sobre todo en el orden de las ciencias
naturales, aportaron una contribución valiosa a la cultura universal. Pero entre la magnitud de aquella obra, que el Sr. Pereyra califica con justicia de colosal, y sus resultados postrimeros, la desproporción es manifiesta. Ni la colonización robusteció, que digamos, el cuerpo político español, ni prosiguió con
la pujanza que mostraba en las primeras décadas, ni l,s creaciones de España
en América parece que tuvieron el arraigo y el vigor necesarios para afianzar
su normal crecimiento. ¿Por qué causas? El Sr. Pereyra señala dos: una insuper~ble, por ser de orden natural, la configuración geográfica de América, que
dispersó la acción de los españoles, estorbando la concentración del esfuerzo'.
y otra de mal gobierno: la desastrada política naval y comercial de. la Corona,
que con el sistema de privilegios, sin enriquecer el Tesoro, apartó de la espansión económica en América y de la defensa del imperio colonial a la masa
de la nación.
El Sr. Pereyra ha pensado y escrito su libro con la infatigable preocupación del prestigio histórico de E spaña, tanto más de agradecer cuanto que
el Sr. Pereyra no es español de nacimiento , 3unque lo sea de raza. Tan lo es de
raza, que el más fino español, puesto a redorar los blasones de la patria, difícilmente le aventajaría en celo. Esa capacidad de desposarse sin reservas con
una causa española, de emocionarse ante nuestro pasado (aunque en ciertos
aspectos, por ejemplo, en lo tocante a la rivalidad con los anglo-sajones, el
tema del Sr. Pereyra está más vivo y patente para los americanos que para los
españoles) es un brote amablfl: de nuestra sensibilidad nacional t\ue retoña
transplantada en otras tierras. El autor no llevará a mal, con todo, que hagamos algunas salvedades frente a ciertas apreciaciones suyas, tales como las
relatiyas al influjo de la expulsión de los jesuitas en la pérdida de] imperio
ooh:~mal, al verdadero papel de la Inquisición y a la intolerancia española.
~m1gos y detractores del Santo Oficio han vertido en polémicas estériles más
tinta que sangre de herejes vertió la propia Inquisición; sólo que la tinta es
menos costosa. Y el definitivo valor de algunas de esas posiciones lo muestra
el hecho de que, tras de prevenirnos mucho contra el anacronismo, lo más
'49

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•

fuerte que suelen decir (y acaso probar) los que se chacen'cargo de la diferencia de tiempos•, es que los estragos de la Inquisición no fueron tantos en número como se supone. Así el Sr. Pereyra, que tiene en este punto predecesores españoles ilustrísimos. Más que nada, el Sr. Pcrcyra toca el tema pera delllOStrar que si los españoles fueron caigo• intolerantes y crueles, no lo fueron
menos sus rivales y detractores los anglo-sajones. Quizá. Es un relativo con•
suelo para el amor propio .nacional pensar que todos hemos escrito muy but:·
nos capítulos en la historia tic la barbarie. En nuestro tiempo prosperan forro.is
de cipresión y de bárbara tiranía que escandalizarán a otras generaciones. Lo
que no está permitido es aferrarse en formas de intolerancia retrasadas con
relación al espíritu predominante en cada época.
En general, cuanto uno lee tocante a la declinacién de España en América,
no deja de suscita» en el ánimo un desencanto melancólico; no por ver frustradas antiguas ambiciones de predominio, con las que uno nada tiene ya que
ver, sino por el despilfarro de las ener&amp;ías y capacidades de un~ raza prócer,
que !.e extenuó sin recompensa proporcionada. Y a este propósito, hurgando
en tales historias, descubro, y confieso humi~demente, mi incapacidad para
elevarme al codio histórico,; no puedo aborrecer al inglés por las piraterías
del Drake. Ni es posible aceptar ningún discurso sobre la decadencia española que pretenda explicarla por la envidia de los otros pueblos conjurados para
pet"dernos, como no sea en el sentido profundo de la advertencia del poeta:
... Colón pasó los godos
Al ignorado cerco de esta bola.
Y es más fácil, ¡oh España!, ca muchos modos,
Que lo que a todos les quitaste sola,
Te pued;,n a tí sola quitar todos.

M. A.

•••
8ergio Yuly evich Wltte.-Mánorias.-Vcrsión castellana de M. Domenge.
Dos volúmenes. Madrid, Calleja, 1921.
Los hombres y las cosas de Rusia están desde hace años en el plano de la
actualidad candente, con lo que nada ha salido perdiendo nuestra ilustración
particular. Antes, muy pocos hubieran podido dedr de Rusia más que el personaje de Gogol: cRusia es un inmenso imperio•, salvo los jóvenes que por
abrazar la profesión de cónsules profundizaban, si puede decirse así, en la ¡,te'!•
grafía política elemental. La revolución ha concluido de encadenar la cunos1dad y las preocupaciones del mundo a los fastos rusos, y no habrá hoy persona algo leída que no haya empleado la mente en esta operación: esbozar una
explicación de aquel cataclismo fundándola en el estado moral deJ pueblo
ruso, revelado en su literatura. Que la atención de nuestro público está, como
en todas partes, vuelta hacia Rusia, se prueba por la frecuencia relativa con
qui: aparecen libros de autores rusos o tocantes a Rusia. ¡Grande ha debido de
ser la conmoción, para repercutir sensiblemente en la bibliografía española!
Estas 1lle111orias del conde \Vitte tienen importancia. No diremos que sean

,50

un ?ibro csensaciona\., en el sentido de que revele algún secreto capaz de cambiar la ~p:e~iación (lUe hasta ahor~ se.haya hecho de ~iertos personajes y sucesos h1stoncos: el proceso del zarismo se ha substanciado a plena luz, los testimonios pululan, y la causa está fallada. Pero el libro, abrumadora acu~ación
contra d régimen imperial y sus hombres, es de gran fuerza por dos razones:
por el punto de vista conservaaor y la calidad del personaje ql!e lo ha escrito,
y P&lt;?r pr_esentar ordenados, ensartándolos en et hilo de la política interna de
Rusia, htlo que durante años tuvo entre los dedos el autor, los hechos culmi·
naates en el cuarto de siglo que precedió a la gran guerra, y los móvilt-s usuales de una Corte, dt' un Gobierno, de una casta, que c.;xplican plenamente las
catástrofes ulteriores, cuando no las justifican. Witte es uno de esos estadistas
reformadores por instinto de conservación, que suelen aparecer en todos los
pueblos cuando uc régimen secular fatalmente se desquicia. Dotados de mejores cluces•, de más talento o de más calor humanitario que 111 gencrnlidad de
los hombres de su misma extracción, e incapaces por •tra parte de ponerse
sin reservas al servicio del porvenir, que en su t·sencir, ks repul(na, pretenden, por 1~ común en balde, s~crificar la mayor p:,rte de la carga con tal de llevar el 11av10 a puerto. Su destmo es desagradar a todos v frac.is ~r. Sus frn:-tra&lt;los pl~ne~ ~irven, ulteriorme~te. para ~liment.ir en_ los ingenuos ele idl-as sanas la 1lus1on de que tales o cuales calastrofcs pud1crcm evitarse con un ¡.,oco
de cordurn, sin perder por ello los buenos frutos de una gran reforma. Aquel
fracaso suele ser merecido, y esta ilusión no pasa de ser tal, porque ótr'a cosa,
en trances como esos en que la~ almas crujen, sería-lección inmoral-el tt'iunf~ de la_ h~bili~~d, de las componendas y de las frías combinaciones del empinsmo sm esp1ntu.
Memorias del género de las de Witte pn..tenden casi ~iempre persuadirnos
qu~ el auto_r, aunque él no 1,, declare, es un grande hombre. En el caso de
~1tte, esa 1mpres1ón es más fuerte, porque, colocado en una posición interme~16, y ~ás _atento_ en su coudu~ta a la oportunidad fogaz que al vigor de una
1deolog1a bien articulada, necesita defrnderse haciendo fuego por las dos bandas. Sin disimul~r su desprecio por los revoiucionarios, desnuda, moralmente,
a la caterva oficial de la Santa Rusia. y es más sañude con los Emperadon·s,
los grandes duques, y los generales, que con los caGecillas del terrorismo; al
fin, é~tos le hicieron menoli daño que los palaciegos. Y la verdad es que el
hombre que pretende haber tenido siempre razón solo, contra tocios sus contempor_áneos, altos y bajos, \·erdugos y víctimas, no abriga mediana opinión de
su mérito.
De origen noble, conservador por temperamento leal a la dinastía, Witte
~ropugn6 una política de concesiones graduales y de moderado con5titucionahsmo. Ya en los comienzo'i de su carrera «la opinión pública estaba envenenada por el espíritu de lib1ralismo, que, en esencia, es enemigo de todos aquello~ que se destacan a causa de su posición o su riqueza; de aquél espíritu que
amma a las muchr-dumbres revolucionarias y que, años más tarde, fué respons~blcs del re1;&gt;u_gnante asesinat? d_e un emperador tan grande como Alejandro Ir.. Participó en las organ1zac1oncs secretas para la represión del terroris2,1

�•

LA PLUMA

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Teatro Selecto Centemporáueo.- Biblioteca Nueva, Madrid.
mo. «Los revolucionarios-decía en una carta-deben ser combatidos con sus
propias armas, particularmente por me~io de. una orga!1ización secreta que
tuviera por objeto contestar a cada mamfestac1on terronsta coc un co_ntragolpe de igual naturaleza&gt;. Pero le disgustó el modo que tenía .d~ funcionar
asociación («La Santa Hermandad»), llena de _«gentuza an:b1c1osa&gt;. Propu~o
que en el periódico oficial se pu~licara la r:lac1ó~ dC; sus m1em,bros, Pai:ª qu~,
por miedo a los terroristas se dieran de baJa los 1nsmceros; as1 ese purificana
)a organización,. No Je hicÍeron caso, y se marchó. Witte tení~ una idea grandiosa del porvenir de Rusia, fundado en la paz, en la e~plotac1ón de los recu~sos naturales del Imperio y en el afianwmiento de la l~b7rtad de los camp_es1nos mediante la propiedad individual del su~lo. Fué n¡m1stro de Ferrocarriles,
reorganizador de la Hacienda J?ública, neg?c1ador_ a~ortunado de la paz con. los
japoneses, y presidente del pnmer ConseJO de mm!s~os de la Rusia cons~1tucional en los días críticos de 19051 cuando se orgamzo en Petrogrado el pnmer
Soviet. Fracasada su política de conciliació_n entre el ~artido ~e)a &lt;;=o~te Y los
constitucionalistas, Witte se retiró del Gobierno y casi de la_ vida publica_.
Al referir su intervención personal en las grandes cu~sbones_que agitaron
a Rusia en los últimos treinta años, ya fuese~ de orde~ 1nfernac1onal (expansión en Oriente y guerra con el Japón, mane¡os del Kaiser alemán antes Y ?espués de la Conferencia de Algeciras, contratación de los grande_s empré?tlt?s•
etcétera), ya de orden ioter~or (proyecto~ d&lt;: re~ormas, pe~secuc1o~es de Jud1os
y terroristas, bárbara reacción de Stolypm, mtr~gas pala~mas), y.71tte traza un
retrato poco lisonjero de la Rusia _prepote~te; s1_n excepción c~s1, todos aquellos personajes, desde el zar al último f1mc1onano, ~on una g~v11la de locos, fanáticos, aventureros, ineptos y simples canall~s, ávidos ~e millones, Y mancha•
dos de crímenes. Un capítulo en~ero es~á dedicado_ a Nic?lás. ll; «_su carácter
-dice-es esencialmente femenmo; es mcapaz de Jugar hmp10 y siempre busca medios clandestinos· no tolera a su lado a nadie que le aventaje en tal_ento;
era partidario de una política agresiva»; la ~arina era uoa m~jer histénc~ Y
desequilibrada con fuerza de carácter suficiente para contagiarle su estado
morboso. DesfÚan por estas páginas tip~s de vaudev_ill~ y siniestrosyajarracos;
así Stolypin, en cuya época «la pena capital se convirtió en un as~smat? cometido por las autoridades gubernamentales•. Toda esta parte del libro tiene un
interés patente para el lector español.
.
. . .
El Sr. Domenge ha traducido e,stas J!fem~rzas de la ed1c1ón m~lesa.1:a tra•
ducción no está mal. Nos parecena meJor s1 el traductor se hubiera suJetado
menos a la sintaxis del idioma de que traduce. Pued: que sea erróneo_ nuestro
criterio, per(I esa sujeción, sin añadir nada a la fide_hdad, mengua el vigor expresivo del texto castellano. Con te.do, .e~ta traducción es clara; _no es ~na de
esas traducciones que es menester «ad1vmar&gt; a atr~vés de una _mebla v1sc?sa.
Nos permitiríamos señalar, a riesgo de pecar de exigentes _(¡quién estará !1bre
de estos pecadillos?) algunos descuidos: como e Cuartel Jat!no• por «Barno la~
tino»; «billones de rublos•, por miltiar1s, y otro m~y ext~ano (pág. 127. vol. ,1).
«Inasmuch nuestro ministro de Negocios Extran¡eros, ignoró... etc.&gt;. Cre1a
mos que i,;asmucl, era un adverbio.
M.A.

!ª

De muy pocos años a la fecha se ha producido en la librería española un
evidente cambio en el criterio general porque se regía nuestro comercio de
libros. De una parte, ha surgido la editorial planteada en gran escala, con cierto burocratismo germanoyanqui, si no adaptado aún a las .realidades del mercado hispanoamericano, grandemer,te prometedor para lo futuro; o bien se
han transformado en un sentido más propiamente literario do! 41ue fué origen de su fortuna, algunas casas ya muy prósperas antaño. De otra parte,
se ha presentado en nuestro horizo11te, todavía tan limitado, el editor co,1sciente, rarísimaJavis hasta ahora por estos incultos yermos. La cColección Granada», del Sr. Jiménez Fraud, y la •Biblioteca Nueva», del Sr. Ruu Castillo,
revelan en ese respecto un progreso innegaale en nuestro ambiente, tan ingrato por lo común a toda tentativa de orden espiritual.
Una nueva serie inaugura ahora el Sr. Ruiz Castillo con cuatro pequeños
volúmenes de teatro, escogida muestra de la dramaturgia europea poco conocida todavía en España. Dos dramas de Andreief: La vida del nombre y Hacia
las estrellas, otro de Galworsthy: La l,uelga, y otro de Bjornson Bjornsterne:
Laboremus, respectivamente traducidas por Tasio, Luis Araquistain y Enrique
Díez-Canedo, denetan en el Sr. Ruiz Castillo la persistencia en esa varia yacertada elección característica de sus ediciones anteriores. Distanciados en el
tiempo, en el espíritu que los engendró, en el clima social que los ha producido, aparecen los cuatro volúmenes unidos ante nuestra consideración por un
nexo en cierto modo común: el de la inquietud desagradable que desde luego
su lectura nos produce. Inquietud y desagrado que, sin embargo, solicitan en
nuestra atención muy diferente curim,idad en cada caso.
Quizá, no obstante lo manido del tópico, pueda volver a ser lícito, a propósito del Labonmus de Bjornson, el habhr de las brumas nórdicas de que tanto
se abusó por estas latitudes, con mucha menos justicia, allá por los años en
que empezamos por 'iquí a entrever a Ibsen. Sin que por esta vez nos sea dado
achacar nuestra relativa incomprensión a esa vaga niebla en que los malos
traductores solían dejar el sentido original de aquella sobras de suyo difíciles,
por extrañas a nuestro temperamento. Enrique Díez-Canedo une a su conocimiento de lenguas extranjeras el mucho más raro del habla castellana, con lo
cual y su buen gusto y excelente juicio, reduce a las posibilidades del nuestro
cuantos problemas lo sean tan solo de expresión. Pero él mismo señala en su
prólogo a Laboremus la característica distintiva de Bjornson con respecto a
lbsen, que hace de la condkión eminentemente noruega de aquel, la cualidad
de su_ boga exótica. en tanto que éste nos conmueve más por hombre que por
noruego. La moral e incluso el procedimiento artístico de Laboremus se nos
~tojan ya un tanto caducos. Lo cual no quiere decir que no creamos necesario Y hasta imprescindible para nuestra curiosidad su lectura, como provechos(sima la reacción que en nuestro ánimo produce.
• De muy otro orden es el desasosiego que los dos dramas de Andreief despiertan en nuestra conciencia. Y no porque nos sacuda el arn:bato de que nos
sentimos arrastrados casi siempre en la gran literatura rusa. Antes bien, el
253

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malestar que nos invade leyendo La vida del luJmj re Y, J!acia las estreltas, se
origina, a nuestro juicio, del desacuerdo entr~ el sentimiento del autor, que
parece querer hallar en el occiden,talismo s~ci~l de Europ~ _un descanso a sus
torme ntos de místico eslavo, y nuestro sentimiento, prop1c10 a _abras_arse e.n
esa gran hoguera espiritual de Rusia. En uno ";( otro drama, la misma rnge~UI•
dad con que se afrontan sin la menor to~tuos1dad pla~entera ! los sentidos
teatrales, los problemas vitales por esencia, nos a~gustia y agobia, más que sobrecogernos ni ganarnos por el terror o la compasión .
La lluelga, título español de La lucha, de ~al_w_orsthy, nos ofrece otra
ocasión de comprobar, con ciertas salv~dades, un JWCto análogo al que la comparación de Bjornson e Ibsen u:is sugiere. Galworsthy pu~ue representar a
nuestros ojos el polo espiritualmente opuesto a su compatriota Bernard Shaw.
Las comedias desagradables de éste nunca lo son sino por voluntad querel_lante
de su autor, que no consigue irritarnos _con s~s sorpresas de tan aguda hteratura. La lluelga, en cambio, retrata la vida m1_sma con harta verdad, ~o. nos
ahorra ninguna de las vicisitudes de la_ co~ed1a humana tal_ y como adiano se
nos ofrece en las columnas de los penód1cos. Sobre 9.-u ~ nmguna uu~va aportación significa, en punto a visión del natural y cons1gu1ente ~oraJeJa, al clasicismo ibseniano de que :;e nutre el teatro e~ropeo C?~temporaneo.
De desear sería, con todo, que su influencia benef1c1ara de algún modo al
nuestro estéril y caduco. Bienvenido el aire saludable que nos llega por estas
ventaniÜas y respiraderos que el Sr. Ruiz Castillo abre a todos los vientos de
Europa.
C. R. C.

Libros recib idos.-Alberto Masfen:er: Pensamientos y formas. Notas de
viaje. García Monge, San José de Costa R.ica, 1921. Manuel González Zele~oo
(Magon): La propia. Segunda edición. García Mooge, San José de Cost_a Rica,
19 21.-Jorge Rodembach: La ciuda_d d~ las aguas pmerta~. Novela_. Versión c~stcllana de R. Cansinos-Assens. Editonal América, Madnd.-Enn9-ue F~denco
Aroiel: Diario intimo, tomo segundo y ú.ltimo. Traducción de Mana Ennqueta.
Editorial América, Madrid.-Obras de Remy de ~0~1 mont: Una noche e~ el Luxemburgv. Traducción de J. ~ómez de la _Serna. Biblioteca Nu~va_, Madnd.-E/
sueño de una mujer. Traducción de J. Gomez. de la Sern_a, Biblioteca Nuev:a,
Madrid. -Georges Duhdmel: Vida de los márttres. Tradución de Rafael CalleJª·
Calleja, Madrid.
R~vistas.-Hermes, Bil':laa.-Letras, Córdoba.-Athenaeum, Zaragoza~Pá¡;ina, Sevilla.-España y Amirica, Cádiz.- \ os, Orer:,se.-Reperforio Am~ncano,
San José de Costa Rica.- Vida Nuestra, Buenos A ires. -Claridad, Santiago de
Chile.-Cuba contemporánea. La Habana.-Die A.ktion, Berlín. -Le Crapouillot,
París.- Le Progrés Civique, París.-La Revue de l'Epoque,, París.-Me,·cure de
France, París.-La Connaissance, París.-Belles-Letfl•es, Pans.-La Ronda, Roma
l'he Atlantic Monthly, Boston.-Cultura Venezolana, Caracas.
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•

GACETILLA
La voz del pasado, o vejamen de la generación del 98,-De fijo
que ustedes no leen la Gaceta. Bien. Nosotros tampoco. Pero hay hombres
para todo: un amigo nuestro que emplea sus ocios en cerner la prosa oficial
con la maligna y casi siempre fallida esperanza de hallar entre esa ganga un
grano de oro, nos envía un número del periódico del Gobierno (12 de febrero
de 1921) que pronto será una joya bibliográfica. ¿Dónde diablos ha ido a refugiarse la amenidad? Se trata de un dictamen eyaculado por la Academia Española apropósito de la adquisici6n de las obras de Tamayo para las Bibliotecas
públicas. Cumplimos el deber de copiar unos trozos de esa pieza de crítica literaria descomu~al, para instrucción del lector y en prueba del respeto que
nos merece el cnteno de los encargados de velar por la observancia de las
tradiciones que nos legaron nuestros mayores majaderos. Acerca de la paternidad de la obi'a tenemos fuertes dudas, no obstante la firma que lleva al pie;
¡está probado q11e lo que no se le ocurre a un académico, se le ocurre a otro!
Ea todo caso, la Academia ha prohijado el fruto de ese vientre anónimo.
El informante empieza triscando en el pradecillo de la ironía: «... como de
lo escueto del texto burocrático sólo resultara que un Sr. D. Joaquín Tamayo,
solicitaba la adquisición para las Bibliotecas públicas de las obras escénicas de
un tal&gt; D. Manuel Tamayo y Baus, creímos probable una coincidencia de
nombres y apellidos, y que se trataría de una modesta tentativa literaria, necesitada del apoyo moral de esta Corporación... • Pero no; se trataba del propio
autor del Drama Nuevo (¿cómo lo habrán sabido?), y la Corporación sa pregunta escandalizada: «Pues si las obras de D. Manuel Tamayo no pudieran honrar las Biblotecas españolas, ¿cuáles serían dignas de preferencia?&gt; En efecto,
¿cuáles? De seguro que no las de Novo y Colson. «Convendremos-prosigueen que la pregunta (alude a la que le kace el seño,· ministro) pueda ser efecto de
tramitación reglamentaria deferente para esta dependencia de la superioridad,
y no de _lamentable desco~sideración hacia el gran dramaturgo.• Convenido.
¿Qué opma la «dependencia de la superioridad,? Opina que «... lo solicitado...
es urgente en esta época de inundación y turbia literatura y de premeditado
de~acato contra los viejos escritores... La juventud modernista, necesariamente iconoclasta, ya que agota sus entusiasmos en la propia estimación, finge no
conocerle, después de saquearle, y le ultraja para eludir riesgos de competencia, po_rque es más fácil silbar al catedrático que aprer.der la asignatura.• Luego, el_rnfor~ante da_ un sallo atrás y escribe: «La labor esquisita del ingenio
p~rec~ó lesiva a los mtereses del pelotón de torpes, y el tribunal supremo de
ah.manas del Parnaso que despertaron al ruido del aplauso popular decretó
pnmero la flagelación y escarnio del escritor, y como este aún alentase, fué
condenado por la conspiracióu del silencio a la pena de muerte en vida (na/mente, la pena de muerte... en mue,·te debe de hacer muy poca impnsión); al destierro en pobladtl (¿po,· qué nor); a la incomunicación con su patria; al aislamiento
en el vacío o en ambiente deletéreo; porque los gases asfixiantes no son moder_na invención teutónica (jte veo, ge,·manófllo.?; ya en España la envidia literana había enseñado a envenenar el aire.•

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cEn el año de 1898 (At¡uf comienza el v,jamen de la gtneracidn del 98), afortunado y fecundo creador de superhombres, favorecidos con el prodigio de la
literatura infusa, y fundadores de una España nueva para su uso particular, se
exarcebó la crisis a la vez artística y social por la repentina irrupción en el
genio (¿será en et gremior) de compositores dramáticos, de mil o dos mil jóvenes, hasta entonces dedicadc,s a otras labores de su sexo, y que fijas las miradas de águila sobre las contadurías, reclamaron vacantes de ingenio dramático
bien retribuído y exigieron en tumulto el total programa de solidaridad y reivindicación obrera: igualdad de jornal, prohibición del destajo, obturación de
bocas inútiles, vía libre basta las cumbres del Parnaso y rebaja de edades para
el pase a la reserva de dramaturgos a fin de •refrescar las escalas,; y esto lo
han conseguido porque todos están frescos.,
Ya se conoce que esos dos mil jóvenes eran unos perdis; y, claro, &lt;qué iban
a hacer? Pues una barbaridad como esta: •Creyeron suficiente alzarse de puntillas (nunca l,a sido suficiente alzarse de puntillas) y estirar los brazos (¿para
clavar banderillast) para llegar con la punta de la pluma a dC'nde la de Tamayo trazó el surco luminoso, que no ven los ciegos de entendimiento ni los que
cierran los ojos por no admirar, y ante cuyos resplandores no tiene sombras
ni máculas la pureza artística, ni la Ciencia enigmas ni secretos, y cansados de
aquel martirio (el de estar de puntillas), inverso del de Don Quijote (que estarla de manos, por lo visto), reputaron más cómodo que el excelso poema dr&amp;·
mático descendiera a la altura de cualquier transeunto.,
(¡Hum! ¿Qué pretenderá hacer aquí ahora ese transeunte? Nada bueno, probablemente) ¿Y cómo se pone a su altura el poema dramático? Véase: cAI
efecto, prohibieron la forma poética, •ya llamada a desaparecer»; la tésis fundamental, el argumento ingenioso, la acción, la pasión, la emoción, el efecto
escénico, el estilo noble, el concepto profundo y la frase primorosa calificada
de latiguillos y embelecos cursis para engañar al inocente espectador; y con lo
poco que quedaba de lo que fué literatura, fabricaron el llamado arte •sincero,, que si lo fuese habría de declarar vencida su parva elocuencia por la pantomimo muda del cinematógrafo.• (¡Ah! Ya sabemos a dónde iba el transeunte:
al cine.) cEn esta que el pobre grande hombre !!amó e desdichada patria nuestra,
tan pródiga en coronas de laurel hasta para los que fueron del comercio de esta
corte, y en la que dentro de poco no podremos dar un paso sin tropezar con estatuas pre:naturas, al mismo tiempo que aguantamos a los eriginales, no ha habido un azulejo barato para inscribir el nombre del que es gloria nacional y orgullo de la R. A. E... ,
La Academia aprueba el •preinserto dictamen,, y D. Emilio Cotarelo, secretario de la cdependencia de la superioridad•, se lo comunica al director de
Bellas Artes. El cual se habrá quedado sin respiración. También nosotros. Pasado el primer susto, solicitamos de la Academia que eleve una estatua, aunque sea de las prematuras, al autor del informe, e inscriba su nombre en un
baldosín, que siemprl" costará menos que un azulejo, por barat~ que sea, y lo
ponga a la altura de cualquier transeunte... , 1para q.ie no tenga que alzarse de
puntillas cuando lo h&amp;ya menester!
256

r

1

I

MA DRID, MAYO 1921

1

NúM. 12. :

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA
ESPERPENTO
SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA SEGUNDA
COSTANILLA DE SANTIAGO EL

.

Puerto.-Casas encaladas
t
.
VERDE, subiendo del
Pacheco, Pachequín el B~/bea zos florido~, morunos canceles.-:Juanito
ro, cuarenton coio y
· udo
torera y kepis azul raso-uea l
.•
:;
narzg , con capa
'
o
a guz.arra sentado ba · l • l
cotorra, chillón y cromático D ~ L
i_¡o e Jau ote de la
ae una c
.
. ona oreta, la señora tenienta, en la re a
asa fronteriza, se prende zm clavel en el rodete.
':l
PACHEQUfN.

17

Una jaca terciopelo,
Un trab_uco y un puñal...
A tus pies, gachona mía
Pongo todo mi caudal. '

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Fernando González</name>
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                    <text>LA PLUMA
cEn el año de 1898 (At¡uf comienza el v,jamen de la gtneracidn del 98), afortunado y fecundo creador de superhombres, favorecidos con el prodigio de la
literatura infusa, y fundadores de una España nueva para su uso particular, se
exarcebó la crisis a la vez artística y social por la repentina irrupción en el
genio (¿será en et gremior) de compositores dramáticos, de mil o dos mil jóvenes, hasta entonces dedicadc,s a otras labores de su sexo, y que fijas las miradas de águila sobre las contadurías, reclamaron vacantes de ingenio dramático
bien retribuído y exigieron en tumulto el total programa de solidaridad y reivindicación obrera: igualdad de jornal, prohibición del destajo, obturación de
bocas inútiles, vía libre basta las cumbres del Parnaso y rebaja de edades para
el pase a la reserva de dramaturgos a fin de •refrescar las escalas,; y esto lo
han conseguido porque todos están frescos.,
Ya se conoce que esos dos mil jóvenes eran unos perdis; y, claro, &lt;qué iban
a hacer? Pues una barbaridad como esta: •Creyeron suficiente alzarse de puntillas (nunca l,a sido suficiente alzarse de puntillas) y estirar los brazos (¿para
clavar banderillast) para llegar con la punta de la pluma a dC'nde la de Tamayo trazó el surco luminoso, que no ven los ciegos de entendimiento ni los que
cierran los ojos por no admirar, y ante cuyos resplandores no tiene sombras
ni máculas la pureza artística, ni la Ciencia enigmas ni secretos, y cansados de
aquel martirio (el de estar de puntillas), inverso del de Don Quijote (que estarla de manos, por lo visto), reputaron más cómodo que el excelso poema dr&amp;·
mático descendiera a la altura de cualquier transeunto.,
(¡Hum! ¿Qué pretenderá hacer aquí ahora ese transeunte? Nada bueno, probablemente) ¿Y cómo se pone a su altura el poema dramático? Véase: cAI
efecto, prohibieron la forma poética, •ya llamada a desaparecer»; la tésis fundamental, el argumento ingenioso, la acción, la pasión, la emoción, el efecto
escénico, el estilo noble, el concepto profundo y la frase primorosa calificada
de latiguillos y embelecos cursis para engañar al inocente espectador; y con lo
poco que quedaba de lo que fué literatura, fabricaron el llamado arte •sincero,, que si lo fuese habría de declarar vencida su parva elocuencia por la pantomimo muda del cinematógrafo.• (¡Ah! Ya sabemos a dónde iba el transeunte:
al cine.) cEn esta que el pobre grande hombre !!amó e desdichada patria nuestra,
tan pródiga en coronas de laurel hasta para los que fueron del comercio de esta
corte, y en la que dentro de poco no podremos dar un paso sin tropezar con estatuas pre:naturas, al mismo tiempo que aguantamos a los eriginales, no ha habido un azulejo barato para inscribir el nombre del que es gloria nacional y orgullo de la R. A. E... ,
La Academia aprueba el •preinserto dictamen,, y D. Emilio Cotarelo, secretario de la cdependencia de la superioridad•, se lo comunica al director de
Bellas Artes. El cual se habrá quedado sin respiración. También nosotros. Pasado el primer susto, solicitamos de la Academia que eleve una estatua, aunque sea de las prematuras, al autor del informe, e inscriba su nombre en un
baldosín, que siemprl" costará menos que un azulejo, por barat~ que sea, y lo
ponga a la altura de cualquier transeunte... , 1para q.ie no tenga que alzarse de
puntillas cuando lo h&amp;ya menester!
256

r

1

I

MA DRID, MAYO 1921

1

NúM. 12. :

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA
ESPERPENTO
SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA SEGUNDA
COSTANILLA DE SANTIAGO EL

.

Puerto.-Casas encaladas
t
.
VERDE, subiendo del
Pacheco, Pachequín el B~/bea zos florido~, morunos canceles.-:Juanito
ro, cuarenton coio y
· udo
torera y kepis azul raso-uea l
.•
:;
narzg , con capa
'
o
a guz.arra sentado ba · l • l
cotorra, chillón y cromático D ~ L
i_¡o e Jau ote de la
ae una c
.
. ona oreta, la señora tenienta, en la re a
asa fronteriza, se prende zm clavel en el rodete.
':l
PACHEQUfN.

17

Una jaca terciopelo,
Un trab_uco y un puñal...
A tus pies, gachona mía
Pongo todo mi caudal. '

�LA PLUMA

LA PLUMA
U

COTORRA.

PACHEQUÍN.

Le debo una esplicación, Doña Loreta.

¡Ole! ¡Viva tu madre!
DOÑA LORETA.

, '
·Hasta la cotorra le jalea a usted, Pach equm.

1

DOÑA LORETA.

¡Qué miramiento! ¡A mí no me debe usted nada!

PACHEQUÍN.

¡Tiene un gusto muy refinado!

PACHEQUÍN.

Han reclamado mis servicios para rapar las barbas de un muerto.

DOÑA J,ORETA.

DOÑA LORETA.

¡Mala sombra!

Le adula.

PACHEQUÍN.

PACHEQu1N.

No sea usted satírica, Doña Loreta.

Un seryidor no cree en agüeros. Falleció a boi:do el Capitá d 1
Joven Pepita.
n e a

DO°ilA LORETA.

Qué toma usted para tener esa voz perlada?

DOÑA LORETA.

¡Por eso hacía señal la campana de Santiago el Verde!

PACHEQUÍN.

. a muy flamenca.
Rejalgares que me d a una vecm
DO°ilA LORETA.

Serán rejalgares, pero a usted se le convierten enjarabe de pico.

PACHEQUÍN.

A las siete es el sepelio.
DOÑA LORETA.

¿Falleció de 5u muerte?
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN .

·Usted
no me ha oído suspirar!
1

Falleció de unas calenturas, y lo propio del marrn·0
ahogado.
es morir
DOÑA LORETA.

DORA LORETA.

Me he quedado sorda. de un aire.

Y lo propio de un barbero, morir de pelmazo.
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN.

Son rejalgares, Doña Loreta.
DORA LORETA.

Pero no los recibirá usted de mano de vecina, ples toda la tarde
se la pasó el amigo de bureo.
258

¡Doña Loreta, es usted más rica que una ciruela!
Y usted un vivales.

DOÑA LORETA.
PACHEQUÍN.

Yo, un pipi sin papeles, que está por usted ventolera.
2

59

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA LORETA.

¡Que se busca usted un compromiso con mi esposo!

PACHEQUÍN.

No paso a creerlo.

PACHEQUÍN.

Ya andaríamos con pupila, Doña Loreta.
DOÑA LORETA.

No hay pecado sellado.
PACHEQUÍN.

DO¡;:A LORETA.

Como sus murgas esta servidora.
,

LoreNtoa?es caso par.ejo. ¿Qué prueba de amor me p1"de usted, Doña
DOÑA LORETA.

¿Y de saberse, qué haría el Teniente?
DOÑA LORETA.

¡Matarnos!

Ninguna. Tenga usted juicio y no me sofoque.
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN.

¿Va usted a quererme?

No llame usted a esa puerta tan negra.
DOÑA LORETA.

¡Ay, Pachequín, la esposa del militar, si cae, ya sabe lo que la
espera!

PACHEQUÍN.

¿No le agradaría a usted morir como una celebridad, y que su
retrato saliese en la Prensa?
DOÑA LORETA.

DO:ÑA LORETA.

Ha hecho usted muchas picardías
der que las pagase todas juntas.
en el mundo, y pudiera suce..

PACHEQUÍN.

¿Es posible que no la camele a usted salir retratada en A B O
DOÑA LORETA.

DOÑA LORETA.

Usted se olvida de mi esposo.
PACHEQUÍN.

Quiérame usted ' 4 u e pata
. . ese
. toro tengo yo la muleta de Juan
Belrnonte.
DOÑA LORETA

Ko puedo quererle, Pachequín.

PACHEQUÍN.

¿Quiere decirse que le es a usted inverosímil?

PACHEQUlX.

S1 había de aplicarme usted el castigo, lo celebraría.

¡La vida es muy rica, Pachequínl

¡Tío guasa!

PACHEQUÍN.

.

PACHEQUÍN.

¿Y tampoco puede usted darme el clavel que l uce en el monor
- ,

DOÑA LORETA.

¡Completamente!
26 0

DO¡;:A LORETA.

¿Me va mal?

�LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN.

Le irá a usted mejor este reventón de mi solapa. ¿Cambiamos?
DOÑA LORETA.

Doii,a Tadea pasa atisbandn. Et garabato de su silueta, se recorta
so~re el destello cegador;, moruno de las casas encaladas. Se desvanece
ba;o un po~che,y a poco su cabeza c(e lechuza, asoma en el ventano de
1tna guardzlla.

Como una fineza, Pachequín. Sin otra significación.
PACHEQUÍN.

DOÑA TADEA.

¡Profanos!

Un día la rapto, Doña Loreta.
DOÑA. LORETA.

Peso mucho, Pachequín.
PACHEQUÍN .

¡Levanto yo más quintales que San Cristóbal!
DOÑA LORETA.

Con el pico.

ESCENA TERCERA
EL CE11v!ENTERIO DE SANTIAGO EL VERDE: Una tapia
blanca con apreses, y cancel negro con una cruz.-Sobre la tierra removida, e~ capellán ~eza atropellado un responso, y el cortejo de mu:ferucas
Y marineros se d1spersa. Al socaire de la tapia, como una sombra, va el
~eniente Do~ Friolera, que se cruza con algunos acompaiiantes del entierro. 7uanzto Pacheco, cojeando, pingona la rapa, se le empareja.
PACHEQUÍN.

DOfvA LORETA ríe, haciendo escalas bU,chonas, y se desprende
el clavel del rodete. Las mangas del peinador escurren por los brazos
desnudos de la tenienta. En el silencio expresivo del cambio de miradas,
una beata con manto de merinillo, asoma por el atrio de Santiago. Doña
Tadea Calde1ón, adusta y espantadiza, viendo el trueque de claveles, se
santigua con la cruz del rosario: La tara&amp;ea, retirándose al fondo de la

¡Salud, mi Teniente!
DO:'.'/ ~-RIOLERA.

Apártate, Pachequín.
.1-ACHEQUÍ~.

. ¡Tiene usted la color mudada! ¡A usted le ocu1:re algún contrahe!Ilpo!
DON FRIOLERA.

reja, toca hierro.

No me interrogues.
DOÑA LORETA.

¡Lagarto! ¡Lagarto!

PACHEQUÍN.

Manifiéstese usted con un amigo, mi Teniente.
PACHEQUÍN.

Ya nos cuelgan el pecado.
DOÑA LORETA.

¡La mujer más honrada, no está libre de una calumnia!

DON FIUOLERA.

~achequín, ya llegará ocasión de que hablemos. Ahora sigue tu

eammo.

PACHEQUÍ::-1 .

Conforme, no quiero serle molesto, mi Teniente.

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA.

¡Oye! ¿Por qué sales del cementerio?
: PACHEQUÍN.

He venido dando convoy al cadáver de un parroquiano.
DON FRIOLERA.
1Poca

PACHEQUÍN.

¡Salud, caballeros!
EL PENEQUE.

¡Salud, y pesetas!
PACHEQUÍN.

De eso hay poco.

cosa!. ..

EL PENEQUE.
PACHEQUÍN.

¡Y tan pocai

Pues son las mejores razones en este mundo.

DON FRIOLERA.

No hablemos más. ¡Adiós!
PA.CHEQUÍN.

CURRO.

Esas ladronas nunca dejan de andar de por medio: Ellas y las
mujeres son nuestra condenación.

Todavía una palabra.
DON FRIOLERA.

¡Suéltala!

EL NIÑO .

¿Tú que dices, Pachequín?

PACHEQUÍN.

¿Qué le ocurre a usted, mi Teniente? ¡Abra usted su pecho a un
amigo.
DON FRIOLERA.

Verías el Infierno.

PACHEQUÍN.

Aprendo la doctrina.
EL NIÑO.

Cultivando a la tenienta.
CURRO.

PACHEQUÍN.

¡Le hallo a usted como estrafalario!
DON FRIOLERA.

Estás en tu derecho.
Don Friolera, haciendo gestos, se aleja pegado al blanco tapial de
cipreses, y el barbero, contoneándose en el ritmo desigual de la co_jer~,
aborda un grupo de tres sujetos marchosos, que conversan en el can~pillo, frente a la negra cancela. Aquél de la bufanda. calzones de odalisca
y pedales amarillos, muy pinturero, es el Niño del Melonar. Aq~el
pomposo pato azul con cresta roja, Curro Cadenas. Y el que dogmatiza
con elfagot bajo el carrik y el kepis sobre la onja, Nelo el Peneque.-

¡No es mala mujer!
EL PENEQUE.

. Cartagenera y esposa de militar, pues dicho se está que, buen
pico, buen garbo, y buena pierna.
PACHEQUÍN.

En ese respecto, un servidor se declara incompetente.
EL NIÑO.

¿Todavía no le has regalado unas ligas a la tenienta?
PACHEQUÍN.

_Caballeros, con tanta risa van ustedes a sentir disnea.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL NIÑO.

EL PENE&lt;¿UE.

~s la obra de los galones. Se ha desvanecido. En una pacotilla
de cien duros, a la hora presente, te pide un quiñón de veinticinco.

~o te ofendas, ninche.
PACHEQUÍN.

Doña Loreta es una esposa fiel a sus deberes. La amistad que me
une con su esposo, es la filarmonía. Don Pascual es un tenómeno
de los buenos haciendo sonar la guitarra.

PACHEQUÍN.

Hoy los duros son pesetas. No están las cosas como hace algunos años.
EL PENEQUE.

EL PENEQUE.

¡La mejor guitarra está hoy en el presidio de Cartagena!

¡Y todo e5te desavío nos lo trajo el Kaiser!
CURRO.

EL NIÑO.

¡Y aún ha de tardar el arreglo! La España de cabo a cabo hemo5
de verla como está Barcelona. Y el que honradamente juntó cuatro
cuartos, tendrá que suicidarse.

¿A quién señalas?
EL PENEQUE.

Al Pollo de Triana.
PACHEQUÍN.

Don Pascual tiene un estilo parejo.
EL PENEQUE.

No Je conocía yo esa gracia.
PACHEQUÍ:S.

¡Un coloso!
CURRO.

No miente el amigo. A Don Friolera vengo yo tratándole hace
muchos años. En la Plaza de Algeciras le he conocido sirviendo en
clase de sargento, y tuve ocasión de oirle algunos conciertos. ¡Es
una guitarra de las buenas! Entonces Don Friolera estaba tenido por
sujeto mirado y servicial, de lo más razonable y decente del Cuerpo
de Carabineros.
EL NIÑO.

Se alejan haciendo estaciones. Sobre las cuatro figuras en hilera ondula _una ráfaga de viento. Anochece. El Teniente, con gestos de maniac~, ~zene bordeando la tapia, pasa bajo la sombra de los cipreses, y contm~ la ronda del cementerio. Bultos negros de mujerucas con rebozos
salpz~an el campillo. El Teniente se cruza con una vieja que le clava
los OJOS de pajarraco. Pequei'ia, cetrina, ratonil va cubierta con un manto de merinillo. Don Friolera siente el peso de 'aquella mirada y una
súbita iluminación. Se vuelve y atrapa a. la beata por el moño. '
DON FRIOLERA.

¡Doña Tadea, merece usted morir quemada!
DOÑA TADEA.

¡Está usted loco!

O

¡Menudo cambiazo el que ha dado! Hoy pone la cucaña en el
Pico de Teide.

DON i'RIOLERA.

¡Quemada por bruja!
DONA TADEA.

EL PENEQUE.

Pu0s la mucha familia no le obliga a ese rigor.
266

¡No me falte usted!

�LA PLUMA
LA PLUMA

DOÑA TADEA.
DOl\ FRIOLERA.

¡Usted ha escrito el anónimo!
DOÑA TADEA.

¡Respete usted que soy una anciana!
DON FRIOLERA.

¡Usted lo ha escrito!

¡Se atreve us_ted con una pobre vieja, y con q uicn debe atreverse
mucha ceremonial
'
¡Mujer infernal!
¡Grosero!

DON FRIOLERA.

¡Chiflado!
DON FRIOLERA.

¿Sabe usted a lo que me refiero?

Pero usted sabe que soy un cabrón!
DOÑA TADEA.

Lo sabe el pueblo entero. ¡Suélteme usted!

DON FRIOLERA.

Va usted a escupir esa lengua de serpiente. ¡Usted me ha robado
el sosiego!

DON FRIOLERA.

Ya la suelto. Perdone usted este arrebato, Doña Tadea.
DOÑA TADEA.

DOÑA TADEA.

Piense usted si otros no le robaron algo más.
DON FRIOLERA.

Debe usted sangrarse.
DON FRIOLERA .

¡Aborto infernal!

¡Perra!

DOÑA TADEA.
D0¡:;A TADEA.

¡Suélteme usted! ¡Ay! ¡Ay!
DON FRIOLER.\,

¡Bruja! ¡Me ha mordido la mano!
DOÑA TAOEA.

¡Asesino! Devuélvame usted el postizo del moño.
DON FRIOU:RA.

;Arpía! ¿Por qué has escrito esa infamia?
268

DOÑA TADEA.
DON FRIOLERA.

DOÑA TADEA.

No sé nada, ni me importa.

DOÑA TADEA.

¡Usted ha escrito el papel!

DOflA TADEA.

¡Mentira!

DON FRIOLERA.

¡Me dá usted lástima!
DON l&lt;'RIOLERA.

¿Con quién me la pega mi mujer?
DOÑA TADEA.

Eso le incumbe a usted averiguarlo. Vigile usted.
DON FRIOLERA.

¿Y para qué, si no puedo volver a ser feliz?

�LA P L U i\l A

LA PLUMA
DOÑA TADEA.

Tiene usted una hija, edúquela usted cristianamente, sin malos
ejemplos. Viva usted para ella.
DON FRIOLERA,

¿El ladrón de mi honra, es Pachequín?
DOÑA TADEA.

reaparece
sobre la banda, de luz que vierte
.
la reia de
·
mznguera, alumbrada.por ..
,
:1
una sala baja y do
D e .
quznque de porcelanaª"" ¡ S d. •
on 1 ·rzolera, sentaáo ante el vel do
~u . e etzene a espiar.
'lb
a r con tapete de ll
.
un a um de retratos: Se pe b l
.
ma a, sostiene abierto
.
rcz e e puenly cr· t ¡·
ca;a de música Don v . l
zs a zno Jttllteado de St'
·
rrw era en el ren ·
.
•
,
:J•o/º aman/lo d.el quinqué es un
fantocha tráa-ico La beat
b
·
a se acerca y p
l
.
'
ega a a re¡a su perfil de lechuza. El Teniente le·vanta la b '
ca eza, y los dos se miran un instante.

¿A qué pregunta, señor Teniente? Usted puede sorprender el
adulterio, si disimula y anda alertado.

DOÑA TADEA.

¡Esta tarde me ha dado usted un susto!
DO:-i FRIOLERA.

DON FRIOLERA.

¡Antes había recibido una puñalada en e1 corazon!
,

¿Y para qué?
DOÑA TADJ:A.

Para dar a los culpables su merecido.

DOÑA TADEA.

¡Es usted maniático, 5eñor Teniente!

DON r'RIOLERA.

¡La muerte!

DON FRIOLERA.

Doña Tadea, usted está siem .
de su guardilla usted sabe q . pte como una lí.ichuza en la ventana
Tadea maldita,, usted ha escri'::t~,
i cada casa... ¡Doña

:~~~frn~~le e,

¡Virgen Santa!
La vieja huye enseñando las canillas. Don Friolera se sienta al pie
del negro canctl, y da.ndo un suspiro, a media voz, inicia su monólogo

DOÑA TAD!i':A.

¡Jesús Maríal
DON FRIOLERA.

de cornudo.

¡Aún conserva la tinta en las uñas!

ESCENA CUARTA
LA COSTANILLA DE SANTIAGO EL VERDE, cuando las
estrellas !tacen guifios sobre los tejados. Un borracho sale bailando a la
puerta del Billar de D~ña Calixta. La última beata vuelve de la novena:
Arrebujada. en si, manto de merinillo, pasa fisgona metiendo el hocico
por rejas y puertas: En el claro de luna, el garabato de su sombra tiene
r·eminiscencias tú vulpeja: Escurridiza, desaparece bajo los porches y

DORA TADEA.

¡Falsario!
DON FRIOLERA.

¿Por qué ha encend'd
1 o usted esta hoguera
DOÑA TADEA.

¡Calumniador!

t!ll

m:

alma?

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA.
DON FRIOLERA.

¡Sólo usted conocía mi deshonra!

¿Quién ha escrito el anónimo, doña Tadea?

DORA TADEA.

¡Papanatas!
DON FRIOLERA.

¡Doña Tadea, merecía usted ser quemada!
DOÑA TADEA.

¡Y usted llevar la corona que lleva!
DON FRIOLERA.

Yo soy militar y haré un disparate.
DOÑA TADEA.

¡Ave María! ¡Por culpa de dos repróbos, una tragedia en nuestra
calle!

DOÑA TADEA.

¡Yo sólo sé mis pecados!
La vieja se arrebuja en el manto, desaparece en la sombra de la callejuela, reaparece en el ventano de su guardilla, y bajo la luna, espía
con ojos de lechuza. Santinguándose oye el cisma de los mal casados.
Don Friolera y Doña Loreta, riñen a gritos, baten las puertas, entran
y salen con los brazos abiertos. Sobre el velador con tapete de malla, el
quinque de porcelana azul alumbra la sala dominguera. El movimiento
de las fiffuras, aquel entrar y salir con los brazos abiertos, tienen la sugestión de una tragedia de fantoches.

DON FRIO LERA.

DON FRIOLERA.

¡Es inaudito!

¡Considere usted el caso!

DOÑA LORETA.

DOÑA TADEA.

;Porque lo considero, señor Teniente!

¡Palabrotas, no!
DON FRIOLERA.

DON FRIOLERA.

¡Dejarse cortejar!

¡El honor se lava con sangre!
DOÑA TADEA .

DOÑA LORETA.

¡Una fineza no es un cortejo.

¡Eso decían antaño! ...

DON FRIOLERA.

r,,¡ :,; l'RIOLERA.

¡Has abierto un abismo entre nosotros!

¡Cuando quemaban a las brujas'.
DOÑA TADEA.

.
·Señor Temente,
no t enga usted para mí tan negra entraña!... Pudie/a ser que no hubiese fornicio. Usted, guarde a su esposa.

DOÑA LORETA.

¡Farolón!
DON FRIOLERA.

¡Estás buscando que te mate, Loretal

�LA PLUMA

LA P L U \.l A
PACHEQUÍN.

DOÑA LORETA.

¡Hazlo! ¡Solamente por verte subir al patíbulo lo estoy deseando!

¡Verdugo de su señora, que no se la merece!

DON FRIOLERA,

DON FRIOLERA.

¡Ladrón de mi honor!

¡Disipada!

PACHEQUÍN.

DORA LORETA,

¡A las mujeres se las respeta!

¡Verdugo!
Don Friolera blande un pistolón. D01ia Loreta con los brazos tn
aspa y el moño colgando, sale de la casa dando gritos. Don Friolera la
persigue, y en el umbral de la puerta, al pisar la calle, la sujeta por los

DON' FRIOLERA.

¡No admito lecciones!
DOÑA LORETA.

1Pascualínl
DON FRIOLERA.

pelos.

DON FRIOLERA.

1Pascual! ¡Para la esposa adúltera, Pascual!

¡Vas a morir~

DOÑA LORETA.

DOÑA LORETA,

¡No te ofusques!

DON FRIOLERA.

¡Os mataré a los dos!

¡Asesino!

DON FRIOLERA.

¡Encomiéndate a Dios!
DORA LORETA,

¡Criminal! ¡Que con las armas de fuego no hay bromas!

DOÑA LORETA.

1No dés una campanada, Pascual!
DON FRIOLERA.

Abrese repentinamente la ventana del barbero, y este asoma en _jubón de franela verde, narigudo y magro, el pescuezo todo nue;J.
PACHEQUÍN,

¡Va el pueblo a consentir este mal trato! Si otro no se interpone,
yo me interpongo, porque la mata.
Empu,iando un estoque de bastón, salta a la calle, y con su ;.•aneo
desigual, se dirige a la casa de la tragedia.
DON FRIOLERA.

¡Traidor! Te alojaré una bala en la cabeza.
274

¡Pido cuentas de rrú honor!
¡Pascualínl

DOÑA LORETA.
DON FRIOLERA

¡Exijo que me llames Pascuall

.

PACHEQUÍN.

¡No lleva usted razón, mi Teniente!
DON FRIOLERA,

¡Falso amigo, esa muJer debiera ser sagrada para tí!
2 75

�LA PL tJ ~\ A

I; A PL ÚMA
PACH!:QUÍN.

¡Así la he considerad o s1emp1•el.
.

PACH EQUÍN.
"f

¿Doña Lorela, qué hacemos?

DOi'I FRIOLERA.

DOÑA LORlff..\.

¡Rezar, Pachequínl

. , te dió esa flor que llevas en el rodete?
¿Loreta, qmen

PACHJl:QUÍN .

DOÑA LORETA.

Una fineza.

¿Vamos a dejar que nos mate como perros? ¡Doña Loreta, no puede ser!

PACHEQUÍN.

DORA LOR ETA.

~o vea usted en ello mala intención, mi Teniente.

¡Pachequín, tenga usted esta flor, culpa de los celos de mi esposo!

DOÑA LORETA.

,

1

¡Pascualm.

DON FRIOLERA.

r ,
¡Pascual! ¡Para tí ya no soy Pascua m.

' ,· nI

DOÑA LORETA.

.
ya no me quieres!
¡Rechazas un mimo,

Doña Loreta, con ademán trágico, se desprende el clavel que baila
al ex tremo del mo,io colgante. Pacluquín alarga la mano. Don .Friolera, se interpone, arrebata la flor y la pisotea. La tarasca cae de rodillas, abre los brazos y ofrece el pee/to a las furias del pistolón.
DOÑA LORETA.

DON FRIOLERA.

¡.Mátame! ¡Moriré inocente!

¡No puedo quererte!
PACHEQUÍN.

que tiene,
Perdone que se lo diga, pero no merece usted la perla
mi Teniente.
DON FRIOLERA.

. honra Vais a morir los dos.
Con vuestra sangre, lavaré m1
.

DOX FRIOLERA .

¡Morirás cuando yo lo ordene!
Una núia, como moJia de feria, descalza, en camisa, con el pelo suelto, aparece dando gritos en la reja.

PACHEQUÍN.

Mi Teniente, oiga razones.
DOÑA LORETA.

-e· ol
1 1eg .

·No ves resplandecer nuestra inocencia?

~

DON FRIOLERA.

¡Encomiéndense ustedes a D"tos1
z76

o

¡Papito! ¡Papín'.

LA NIÑA .
DOÑA LORETA.

¡Hija mía, acabas de perder a tu madre!
Don Friolera arroja el pistolón, se oprime las sienes, y arrebatado
entra en la casa, cerrando la puerta. Se le ve aparecer en la reja, tomar
en brazos a la 1iiña y besarla llorando, ridículo y viejo.
27 7

�LA PLUMA
DON FRIOLERA.

¡Manolita, pon un bálsamo en el corazón de tu papá!
Doña Loreta, caída sobre las rodillas, golpea la puerta, grita sofocada, st araña y se mesa.

LA VOZ DE LA SANGRE

DO~A LORETA.

¡Pascual, mira lo que haces! ¡Limpia estoy de toda culpa! ¡En
adelante, quizá no pueda decirlo, pues me abandonas, y la mujer
abandonada, santa ha de ser para no escuchar al diablo! ¡Abreme la
puerta, mal hombre!. .. ¡Dame tu ayuda, Reina y Madre!
La tarasca bate con la frente en la puerta y se desmaya. Pachequín
mirtJ de reojo al fondo de la sala silenciosa, y acude a tenerla. La tarasca suspira transportada.
DOÑA LORETA.

¡Peso mucho!

Los e/zopos junto al río,

PACHEQUÍN.

¡No importa! Mientras no pasa este nublado, acepte usted el
abrigo de mis tejas.
Se abren algunas ventanas,y asoman en retablo,figuras en camisa,
con un gesto escandalizado. Pachequín se vuelve y hace un corte de
mangas.

Los chopos junto al río,
y _iuz molino aldeano en la chopera...
y o soy un molinero pueblerino
que hace de serlo escudo de nobleza.
El teje-t1;je del cedazo, arriella
mis tiempos de inocencia.
el fragor de la limpia, '
puso sentido de heroismo en ella.

PACHEQUÍK.

¡El mundo me la dá, pues yo la tomo, como dice el eminente
Echegaray!
DOÑA TADEA.

¡Piedra de escándalo!
:FI.1."'- DE LA ESCENA CUARTA

(Continuará.)

y un molino aldeano en la clzopera,

y el rum-rum que acompase
los ensueños al ritmo de la muela...

.
Yo
. .estoy tan pronto al duelo de z·tuszones
civiles... En la aldea,
oh el pan que yo me haría, molinero
de mi propia cosecha.
No
un pan bien en m'safi
. serviré
l
•
na,.
szno a otana recia,
aromosa y dorada
hermana pura de la linfa fresca.
Oh el agua del venero del ribazo
des11-uda, y casta, y buena.
'

�LA PLUMA
Agua del manantial de la arenisca,
ba;o la exultación de la noguera:
dentro la odre pauzuda de la herrada
que cuenta del abuelo ~n las hij.uelas,
fueras como en un caliz;
. .
-el cobre antiguo, en la penumbra incierta,
luce en sus otoñales tonos cálidos:
tal si sería una ánfora de aquellas...!
Oh el pan y el agua honrados,
sin esta ingeniería cominera!
-El pan a cachos (oh el cuchillo frío)
y el agua, en hacineta.
Los chopos junto al río,
un molino aldeano en la cliopera...!
y
l
~
En catarata se me van os anos,
y en dura y vivaz vida de tormenta;
pero vendrá el reposo ... ¿Con la muerte?
·Quién sabe! Aguarda, aldea,
que aun gustaré la gracia del minuto.
Recostado en la hierba,
Y absorto en el lucero de la inja1tcia
•
•
,3_ de amor cual nunca honesta,
mt• mirauu;
,
devanaré del !zuso del recuerdo
la pesada madeja,
humilde Cincinato,
de estirpe hidalga y sangre molinera.

'~ .

LUIS G. BILBAO

APUNTES PARA UNA GEOGRAFIA
MUSICAL DE EUROPA. 1920
V. ALEMANIA

m

la pelota de Viena a Munich o de Berlín a Praga no sale
de un círculo perfectamente definido que sería prolijo e inarmónico querer fragmentar. El arte musical de los países centrales de Europa no es sino un sólo tronco del que salen ramas de diversa robustez y gala, pero, en síntesis, cuno•. Han pasado por
él las épocas floridas, las de follaje umbroso, los otoños abundantes, los
esplendores crepusculares: al fin, el cierzo y el deshoje.
-Espernmos-dice el tenaz-, vendrán otras primaveras. 1Ayl, ya
vuelven cada año, para mostrarnos que el tronco caduco sólo se alegra ya
ciin tímidos rec~rdos. Se marcharon las frondas y con ellas voló el pájaro que anidaba en su verde laberinto. Pero, además, cualquiera que fuese
su suerte, lo positivo es que el tilo seguirá siendo tilo y nosotros no queremos tilo ya, sino ciruelo. Toda la Europa musical es hoy un jardín joven: rosal florido o verde limón, la pájara pinta de la música actual no
quiere cipreses, ni robles, ni olmos copudos.
Y la lucha está en la música de los países centrales-que de vez en
cuando llamaremos pluralmente Germanía-, en que UAOS quieren renacer en clavellina y otros se empeñan en continuar el rebotín, tímido o presumido, pero de mu) buena familia.
ALTE

�LA PLUMA
LA PLU:\1A
La sustancia de la c,&gt;sa está, a buen seguro, en que en los dos siglos
casi cumplidos en los que la música germánica volaba en su vertigino~1
ascensión, el torbellino que levantó, arrastró consigo a todas las débiles
semillas de las músicas no centralistas-eslavas, magyares, bohemias... quienes apenas se atrevieron a levantar la voz, contentándose con exhalar aquí O allf algún gritito de golondrina, algún pio, algún cú-cú que era,
precisamente, lo que dió al tono general su momento especial de ambiente, de poesía natural. Hoy todo se vuelve pensar que Haydn fué Haydn
porque llevaba sangre croata, que la Moldavia anda?ª por dentro ~e
Schubert como la Polonia por Chopln, Hungrla por L1szt y la Bohemia
por Smet~na, por Dvorak y por Mahler. Ta\ ve_z esto se~ ciertísimo. A lo
menos es por aquí por donde la Germanía musical empieza a mostrar su
carne viva entreabriéndose un poco el figurín romántico o la peluca más
añeja. Son' los específicamente alemanes los que continúan hoy siendo la
reata y si el verlos da tristeza, ¡qué pensar de algunos españoles que se
, ,
l
'
durmieron en la rama seca de un árbol que no en1. e suyo.
Wagner, y cierra Alemania. Cada cual cogió el cepillo, se limpió las
botas, se atusó el cabello, dió una vuelta en la plazoleta y se preguntó:
¿Por dónde tiro? Unos, los que en el fondo habían sido ajenos al fenómeno Wagner, se agarraron por los fald0nes e hicieron la cola tras de la familia Kammermusicalista. A la zaga de Schubert, Raff, Mendelssohn,
Schumann y Brahms. Esta es la numerosa reata específicame•, te «alemana&gt; de los p~st-románticos. Otros, como el buen Bruckner, que era de
Linz, y Hug•• Wolf, que era de Styria, exclamaron llenos de flama: ¡~unque no hagamos teatro, ¡viva Wagnerl Estos son los ultra r?mántlcos.
Otros, como el bohemio Mahler o el muniqués Strauss, menos 10flamables
y más optimistas, creyeron que el hilo del ro~anticismo ~uro esta~a rotoi
que había que volver a la sinfonía bcethoveniana o al hunga~o Ltszt, e
inventor de la música de Wagner. Este romanticismo era, en cierto modo,
de nueva planta: !lamérnoslo el neo-romanticismo. En fin, otros como el
bavarés Max Reger creyó de necesidad el volver más atrás, a Juan Seb~stián B:1.ch, acaso para retrotraerle a la sentimentalidad actual en una 011x.
tura romántico-contrapuntista.
282

Entre tanto, Rusia y Francia derrochaban a manos llenas su talento
musical, descubriendo cada día nue vas cosas extraordinarias. El impresionismo llamaba a las puertas de la Europa central, quien ocupada en
cerrarle el paso dejó que 110 sentimiento subversivo que había germinado
en Bohemia casi simultáneamente con Rusia se hiciese camino. El e nacionalismo&gt; en Bohemia y en Hungria dejó pronto de ser un simple c,..,ndimento en la universal cocina germana para tomar carta de naturaleza.
Cuando los primeros avances del impresionismo se pusieron en contacto
con él, nació un día nuevo para la música europea. Fueron las colecciones de canciones populares, tratadas de un modo nuevo despertado por
el impresionismo francés en los húngaros Bela Bartok y Zoltan Kodaly•
Dos nombres que no se podrán olvidar en la historia, y que, si deben mucho a Debussy y a Ravel, no es menos lo que a ellos les debe Strawinsky
y algún otro de más mezidionales latitudes.
Ambos son el refugio-espléndido refugio-de lo que babia quedado
en los países germánicos de sensibilidad viva y de emoción desnuda. Si
se piensa que junto a ellos algún bohemio como Novak es quien únicamente les hace compañia, no es posible dejar de sospechar que entraba
en ello algo de la conciencia popular que dictaba su politica de independencia nacional.
Parece ser de lo más claro en estética que la razón que motiva los
cambios y reformas dentro de la textura de un arte no es sino la consecuencia de la interna evolución psicológica-y aún fisiológica-del artista, la cual le mueve a expresar cosas distintas y de distinta manera. El
código de artificios no es más que un producto «a posteriori&gt;, colección
de los puntos en que todos los artistas coinciden. Su generalidad los convierte en fórmula, esto es, en ley. No hay nada de extraño, pues, en que a
la psicofisiología de la Germanía musical le fuese normalmente extraña la
filología del impresionismo. Ahora bien, las filtraciones se hacen gota a
gota, Y poco a poco algún modismo, algún giro impresionista se fué co~a~~o ~n la redoma germana hasta despertar un interés profundo, a mi
Ju1c10, 1~terés mayor por lo extraordinario del fenómeno que por la importancia del hecho mismo. Casi sin darse cuenta, la fina esencia debus ,83

�LA P L U .\1 A
LA P L U &gt;1 :\
.
las firmes costumbres alemanas un desasosi~go
sista l~egó a producir en de·ó de impedir algunas miradas de reojo a las
J
l , ya una incipiente desconfianza.
especial,. que no por leve
h
las que se e1a
«glorias del Wal a11a•, en
l
o se recataron y con gesto aleHubo gentes como Bartok y K_o da yOque n ás cautos como Schoenberg,
.
l
eva doctnna. tros, m
,
h
gre se abaron a a nu
t bºért posible hacer avanzar asd cidieron que era am t
•.
echaron cuentas Y e
.
. . t el vocabulario trad1c10d llamarse 1mpres1oms a
.
ta una agudeza d igna e
l
hacía Scriabin en Rusia, pero no
emelo a o que
nal, algo, en resumen, g
.
por razones intrínsicamente mu. .
.
• como en este, smo
l
por razones 1te1anas
fi
lás del impres1omsmo
mente especi cas, como
·
.
. • t pero a contrapelo.
sicales por razones pura
,
. . . S hoenberg es un tmpres1oms a,
francés. A mi JUICIO c
á , timos colores más vivos•,
sitamos acentos m s m
•
Un francés decia: «nece
ót1'cas Schoenberg pare·
.
· y en las gamas ex
d
y los tomaron en la isonancia
troº no empleamos toda.
· s y modos que noso •
d
ce pensar: «hay 1sonanc1a
· ¡ · . oto hay un fundamento
n el pnmer proce1 1m1e
vía; utilicémoslos». eorno e
d b't ·a se ve claramente resudta
do una volunta ar I ran
lógico y en e l segun
é
incorporativo-a pesar de su
· d
el sistema franc s sea
l
la paradoja e que
á
elección)-, mientras que e
disociación aparente (que no es m ~ qlue 'ós Esa música da una impreedimiento de d1so uci n.
. • ·
austriaco es un proc
. .
T Parece verse que su prmc1pio
sión semejante al atacado de smngom1 ia.
fatal que le ha roído
. .
tá atacado por un verme
de construcción interna es
.
d no ya por falta de
los ligamentos. Algo de música ::t:;:: i:~::::~:s :n ella.
depuración, sino por exceso de
1 . presionismo francés «imSi por seguir el parangón, llam~semosáa' im e confundiría los térmi.
.
(
decir crom t1co, qu
presionismo colonsta• por 00
.
.
de Schoenberg de.
1 unto de sus mtenc1ones, e 1
l
l
nos) por ser e co ore p
E
h los limites de la tonah,
.
. · roo tonal• nsanc ar
.
.
11
el cauce de la tonahberia llamarse ,1mpres10111s
&lt;n no se conoce enar
dad hasta un extremo que a'G .
. d
' d lado y de inflexión. Este
dad de posibilidades de mayor r_1queza_ efmod e entalmente del de Stra·
l'
se d1ferenc1a un am
.
sistema de ultra-tona ism0 ,
.
1
t lic!ad de la funció n
stos mantienen la e emen ª
.
1
winsk y o Rave en que e
el de Scriabin admite la
.
. t s que el vienés, tanto como
,
tonal clásica, roten ra
.
.
te• Lo que ocurre es que en
'h'l'..,
d
de
relaciones
bá&lt;:1cas
d1sonan
.
p0&lt;:1 1 111a
·
284

Schoenberg se verifica con menor rigor que en el ruso y con un sistema
rítmico mucho más vago, lo cual le vale el dictado de «atonalidad• qui&gt;
nosotros no compartimos. En principio, ese sistema nos parece algo más
trabado y organizado que el anarquismo tonal de Prokopieff-una espe cie de modulación constante (pero no continua), en pequeños trocitos tonales, algo como un mosaico-que ha sido titulado •heterofonía•.
Imag:ném0nos que un ])intor para dar mayor vivacidad de color a su
paleta intenta suprimir los contrastes entre tono y tono, estableciendo
entre cada dos colorl!s vecinos una progresión impalpable: el resultado
será no una mayor vivacidad de color, sino, al contrario, un amortiguamiento. Lo conseguido por Schoenberg es una monotonía gris y sin transparencia, sin relieves y sin calidades, donde consonancia y disonancia no
tienen un valor de contraste y donde a falta de cadencias hay falta de simetría y, en total, falta de forma.
Se nos hab:a mucho ahora del •expresionismo• que parece ser un derivado de esos procedimientos. Dicen que pregonan la «Formlosigkeih:
si predican la atonalidad, la falta de forma no será más que una consecuencia. El barro, sin agua, es polvo. No habrá modelador posible. Pero,
por las muestras, esos «expresionistas• son mucho más moderados de lo
que se dice. Confesamos que todas las noticias que de ellos nos llegan
son bastante escasas y bastante confusas, pero los «datos», cuando llega
alguno, nos muestran que los Pfitzner y los Schrecker, que brillan entre
lo más avanzado del momento alemán, no son sino unos románticos moderados; otrQs, «nacionalistas•, no pasan de ser de un tradicionalismo modesto y los vestidos más a la moda acaban de ponerse el uniforme debussysta. De todos ellos, nosotros nos quedamos con la tuerte musa de
Bartok y de Kodaly, p&lt;;!ro reconozcamos, desde luego, que las veleidades
de reforma o de renovación de la joven música centro-europea no son sino
un movimiento reflejo de la sacudida debussysta.
Segismundo Pisling, el más fino comentador de la música alemana actual, escribía en 1920: «Exixtierte Debussy nicht, müsste er erfunden
werden.•

ADOLFO SALAZAR

,,

�POEMAS EXTRAVAGANTES
EL PALO DEL TELÉGRAFO
El telégrafo ha tomado chocolate,
y ha dejado
las jícaras boca abajo,
atadas por los alambres chismosos,
en el aparador de los palos enhiestos.
Los mástiles que zumban
como si tuvieran dentro una colmena
de abejas más locas que mujeres.
Porque cuando
el telégrafo se descuidaba tomando
sit merienda frailuna,
las buenas y malas noticias
se golpeaban gritando,
en el corazón vacío
de aquel cadáver de árbol.
Un cadáver puesto de pie,
11 con música dentro.

EL CONCILIO

En la frutería
hay un concilio de los más ecumeuicos.

EL cesto de las berengmas
,stá lleno de obispos.
Sobre ellos se ostenta
la púrpura cardenalicia
de unos tminentísinios t,miates.

y presidiendo a todos
un melón de Valenci;
blanco y gordito,
'
es como un papa
al que se le vi sobre la coronilla
hasta el rabito
'
del solideo.

LA SEÑORA NOCHE
Estaba la ciudad a oscuras.
Como si se hubiese inundado
con salsa de calamares
o hi,biese desteñido la Lluvia
los manteos y las sotanas
de todos los curas.
Como el amor es invisible
no imp01-taba la oscuridad
para no ver la cara al amor.

y el amor que es un dios muy dios .
'
estaba en todas partes.
Pero no se veía mas que la noche
con su negra toca de duen~a.
Porque la noche en aquella hora
tan indiscreta y tan discreta
era la excelentísima uñora '
doña Alcahueta.

�LA PLUM A
EL PEÓN
¡Ah!

.

El primero que jugo a
fue el se,ior )'e~alt.

!p ,

eon1

el hombre que ltabfa crealÍQ
,1 su imagen J' sem~jmzza
le parecioº ridículo
, 1 ultranza,
(.,01110

LETRAS ITALIANAS

del paraíso,.
. . . la serh1ente
( ,ogw
r
estirti,uÍJJla por i'a cola, quiso
:ue tuviese 111illones de le;:uas de larga.

V dió al munda muchas vueltas con ella.

y de pronto, tirando,
salió el esferóide gira11da
entre una estrella J' otra estrella.
}' este es el momento
que todavía está bailando.

en

Y

COJl

ello, Ye01:alz se quedo muy ~ontento.
.
Porque era el primero que ;ugaba al peon.

PEDRO DB RBPIDB
Palma de ,1/allorca. Ah, il

288

IQ2l

critico G. A. Borgese nos da motivo hoy para una reflexión
no muy sucinta acerca del esp{ritu y los resultados de gran
parte de la literatura de hoy; si nuestras conclusiones no son
muy halagüeñas, no es nuestra la culpa, sino de los tiempos
que corren
Pues señor, hab{a una vez un crítico: crítico agudo, aunque veleidoso,
rico de recursos y dialéctica, aunque inconstante; de todas suertes, critico
famoso, crítico ilustre.
Se llamaba G. A. Borgese; y sus ensayos, reunidos en varios volúmenes, obtenlan lectores y beneplácito. Pero de pronto, el critico aquél de
quien se esperaba la obra definitiva, un tratado de estética o un gran ensayo sobre algún poeta del pasado, anuncia de improviso una novela.
¡Nada menos que una novela! Golpe de bombo en torno; estrépito en los
clrculos literarios; estupor en el público; rumores en el gallinero y e:i la
platea; y en fin, expectación solemne en todos.
Un hombre que llega casi a los cuarenta años con veste de critico,
que tiene una estética propia y es, sin discusión, agudo, severo, sutil, el
día en que siente la necesidad de salir de sus costumbres, y de irrumpir
en una zona adonde apenas si se ha asomado como espectador, ese día,
digo, debe ser de fiesta; para él y para los que tal ven.
En caso contrario, es decir, si no existe una exigencia interior, si no
siente el impulso de una fuerza sobrehumana, que quiere romper a toda
costé, la epidermis, se puede intentar también este ejercicio: pero sin abrir
las ventanas a todos los vientos (paucis amiás).
No ha sido así, por desgracia. G. A. BorgE&gt;se ha abierto no sólo las
ventanas, sino también las puertas: y Rubé, su novela, su primera obra de
arte, su primer parto original, ha visto, pues, la luz; y todos, amigos y no

[I

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
f ·¡ rse con él tranqu1.1amen t e, de co&lt;los en el Vt:•
ami os, han podido re oc1 a
.
.
1 d;r
e ha dicho algún critico severo.
a N~ he de repetir, sin embargo, l~~uc&lt;&gt;sa, un verdadero parto desgraque la novela de Borgcse e~ muy po
. d
ciado, un aborto.
-di ámosl i al punto-ante un ingenio e
No, señores, no. Estaaos &gt; nfe un artista, no se puede negar.
t
primer orden, y, ¿por qué n~c~itón ni un jugador de ventaja, n; ~~~~;
G. A. Borgese no es un
d
's exóticas a gusto de mo is i
1 é ito de dinero; no elabora roga
.
~oc~tuelas de diez !ir~.
si se ha decidido una vez escnta a
¡Nol Si ha hecho la novela,/ 1 mundo el recién nacido, sus razoabrir las ventanas y ~ ostrar a ~fa ~u~n consciente y honesto era su tranes tenia· quiero decir, que sa
d
•
'
.
á
t El fenómeno que ebaJ~ero el punto duro ~e la cuestt~n :eºn:t E:q:r~cto, hemos abierto_ la
bemos y queremo~ co1~s1derar, es di~: una ran esperanza;. con_ esa s1mnovela con simpatta, s1 no ll~va~os reconoci~o ingenio inspira siempre.
atla ea suma, que un ho~ re e hemos dado cuenta de nuestro error.
p Desde las primeras. páginas _nos
cuidado, los personajes están preLa novela est~ ~scnta con d1sC:~traordinaria valei;tía; los capítulos;
sentados con dec1s1ón, es más, co la obra son precisos, y estam?s po
la técnica, el corte~ la nervadura d\ tas de oficio poseen una técmca tan
decir que matemáticos. Pocos nove is
bia y segura.
. 1 d ma del protagonista, con sus
sa El interés no decae un momento!de e~\a narración habillsimamente.
O
sosteni
e]as de es•
• d d En suma pocas nov
.
. alternativa; y sus ca1' da·i;, está
.
·
to
emoción
vane
ª · treinta' anos,
- están conduc1Hay equihbr~o, gus '
ún de los últimos
tos últimos tiempos, más \ ' . de medios y de recursos.

das JJ~~a~:J0~º;0 ~ª~;:;\e:s~tros ;:tt~:;~fU:::i~~~c:n~\, si no bastas~
1
Borgese, lo repetimos, e5iun t\arla por convencernos de ello defif'su obra de crítico~ esta no~ete~:ªun defecto, defecto tal, que tlodos
tivamente. Pero esta nove a i
. no borran. Esta nove a no_
méritos susodichos, no obstante su pr:~:~~o que quisiéramos haber visto
escrita hoy no es u
. .
obra que parezca
. d .' mil novecientos vemt1uno.
f cio
nacer en el año de gracia e . e resentado con un pequeño pre a '
S 1. G . A• Borgese nos lo hub1es
h
uip que escn'b'1 esta novela • cuando
• tteen que dij~ra,
ej_emplo: e e ª1n mil' novecientos ? _mil ftovec1en o~
nla veinticinco anos, qué sé
divertiros, me he dec1d1do a sac¡¡rlo de
dos, y ahora, por capncho o po
cajón ... &gt;

~!

Pº:

290

Yº;

Si G. A. Borgese hubiera hablado as{, nosotros probablemente aplaudirlamos sin reservas y le dirla111os al amigo: «Muy bien, tú que en pleno
danunzianismo construiste una novela de verdadera vida, con personajes
no diremos que sanos, pero vivos, y con un estilo, no digamos que perfecto, pero compacto ciertamente y en modQ alguno danunziano... •
Tal le diríamos a G. A. Borgese; y su novela nos parecerla hermos.1
casi toda, como obra nada vulgar que es.
¡Pero hoyl Hoy, que nos vemos todos reducidos a buscar con una linternita débil una salida cualquiera; hoy que todos nos hemos hecho pobres, humildes, y descarnados, por esta necesidad de lo esencial que nos
muerde, por este miedo de lo superfluo y lo inútil, que nos hace temblar...
hoy que los mejores de nosotros intentan retrotraer la propia imaginación a puntos de partida contenidos y humildes, porque hemos comprendido y comprendemos cuán inútil es repetirnos y repetir lo que alguien,
más grande que nosotros, ha dicho ya en forma definitiva... ¡Hoyl

***
Y con todo, semejante fenómeno ¡cuán obstinado aqul, y cuán lejana
parece su desaparición! Nunca como hoy se leyeron en Italia tantas novelas donde lo que más cuenta es la trama, más o menos complicada,
pero siempre capciosa; donde los acontecimientos sucédense pedestres,
minuciosos, enlazados estrechamente uno a otro por todas las casualidades, incluso las más vacuas; donde falta incluso esa honesta limpieza del
estilo, ese gusto de la palabra que los g1andes de todos los tiempos nos
han enseñado siempre también. Por un Pérez de Ayala ¡cuántos Hoyos
y Vinent tenemos asimismo nosotros! ¡Gente que hace novelas porque ve
en el género una probabilidad de estrépito y de fama, sin preparación,
ain moralidad, sin una necesidad profunda de decir, de decir, de decir!
Pero entendámonos: Borgese no se confunde con esa multitud, y yo
deseo que no haya equlvocos a tal respecto. Aunque Borgese viva en
Milán, es decir, en ese centro de literatura comercial y frívola, '1e que os
he hablado en otra ocasión, Borgese no se confunde con nadie; e incluso
cuando escribe una novela históricamente extemporánea, artlsticamente
está a muy diferente altura, respira un aire muy distinto. Condeno su novela, repito, porque ha nacido harto tarde, pero con todo el respeto con
que, si viviese por ejemplo Fogazzaro, condenada mañana una novela
suya. Los tiempos han traicionado a Borgese: aunque creo también que
pueden haberle perjudicado no poco en estos últimos años ciertos hábitos
de saloncillo y de redacción con esos escritores que arriba decfa: milane-

�L:A PLUMA

LA PLUMA

. ,.
o cmilaneses• sin distinción~ por lo que
ses de distinguida prosapia, s1, per
escriben y publican. esta conclusión puede ser la justa; por cótn!°a1~i;;
Es más, creo que
.
.
y no una vez tan s o,
ese se ha dado en esto~ último~ tiem~~~• día• de Treves) precisame~te_
~n sus «Crónicas literaria~• h( «I:1bro¡e escritor; como si quisi~a a priori
algunas novelas del susod1c u t1pod ba aunque con propósitos y pro. ti"ficar la obra que dentro le ma ura ,
JUS
l
d s
.
cedimientos más e eva o .
1 o es un hombre cualquiera.
Filippo Rubé, prot~gonista de :i°:1enª~vnelista, un hombre ~e ~uesAntes bien es, o tal quiere hacer e deza con todo, bajo de mstmtos
tro tiempo, enfermo de deseos de ~:S;oy at?~ndan, inteligentes, p~o no
de medios: una de esas figuras q
ara vencer con ánimo digno y
~onstructivas; inadecu~~as, en s~ma~Ja sino dispuestas a trampear
puro las sorpresas tnvial~: !fas ~on a;tucia para vencerlas. (¡Oh,
sin comprometersf", a m:~~J ,[~s la guerra (ri:presentada en páginas ~ lián Sorel del Rouge et ivozr.1
. el ansia del amor verdadero y as
caces y bellísimas), es 1~ tr~sgu~rra~o~selas y dramas en una obra y en una
dudas del a 'llor no sentido, _vanas
mpuesto, tan firme, tan eficaz, que
sola ersona; y el todo, repito, tan co tan exi entes, y sobre todo con
si no~otros los lectores
moral df Bor:gese, la obra no nos
un hombre del talent9 y
o or entero enemigos.
é
hallaría severos en modo alguni, d Rouge et Noir de Stendhal, &lt;por qu
y además, además... Despu s e N lo reguntamos con sorp~esa
vie'le al mundo una novela como ést:~tic~" detía comprender la vam?ad
y con dolor. P9r4ue Bo~gese, co~jo c con ~na técnica tan gasta~a; y s~ no
de volver sobre.un mo!1vo !te:i~~e que le faita algo. Mas ved, sm em arlo ha comprendido, quiere , . anacronismo de esta época.
.
otro de los pocos escritores ?tgo G. A. Borgese, no es el ~o~coB
g , Mirad, por ejemplo, a S~¿v10 e~:~º~nte la inmediata, la más próxima
nos y fuertes de la generac1 n pr
,
.
a la nuestra. ..
d
uro es no se puede negar, un
Silvio Benco, trie~tino, es h~~ra é~~~s d~ e¿ estos dlas una _novela,
ran artista; y he aqut que tamb1 n cuán antigua en la construcción y en
g_n duda alguna bella y noble, per? 1
ha más excusa que Borgese.
~'1 estilo! Ciertamente que Benco t1e~fs ~~ces de hoy, de última hora. Sus
l'rimeramente porque su/om:u:~s años atrás, y cuando ne, te~ia:~s
mejDres obras se remontan a
l rosa dannunziaoa, Benco in
en nuestros oí_dos_más que ~lec~ ~o:op'i contenido fantástico, dese&lt;;&gt;so
taba, con origmahdad, nuhve ~., l e te amanerado, de encontrar un cannno
de salir del circulo estrec o e ar

Jª

Jt

n~!~~l~~~~i!~Y

f

resplandeciente y claro, su camino. Mente compleja y de rica imaginación, no se contentaba con un puesto de segundo orden, y aunque su esfuerzo no tuviera recompensa y quedara e , téril, veíase ya apuntar en
él el drama que más tard~ habla de encontrar en nosotros los jóvenes su
momento más turbulento y doloroso. Yo recuerdo además ciertas prosas
de vida triestina que por entonces escribía él en un periódico de Trieste:
rápidas y, no obstante, densas, en una manera deliciosa, entre fantástica y
melancólicas. Entendámonos: la novela que ahora n0s da, Ntll', at1nosjera
cúl so/e (Caddeo, Editor, Milano) no indica en modo alguno que aquella
su sensibilidad de antaño se hava atrofiado, o el escritor pervertido. Esta
novela tiene páginas nobilfsimas, y es pródiga en esfumaturas, paisajes,
detalles excelentes. Pero no es todavía, como hablamos esperado y querido, la obra maestra de Silvio Benco. L o sé; a los cincuenta años no es
posible cambiar de manera y de estilo; por lo menos, es difícil. Pero hubiéramos querido de Benco su obra maestra, la obra en fin en que todas
las experiencias y las ansias de treinta años de trabajo, se acumulan y declaran. Por el cootn•rio, no está aqul, o Pstá muy rara vez, el Benco de
aquellas prosas melancólicas y fantásticas que dedamos. No le falta poesfa; jamás es duro ni contrahecho; no es de ningún modo pobre de expresión ni oscuro, pero ha olvidado, por ser fiel a una trama, que contaba
poco, lo que con&amp;titula su meta de los últimos años: su estilo. Hay novelista, pero no siempre estilo, en el sentido de que basta 110a distracdón
común o una ne cesidad pedestre del relato para estropearle la cadencia,
perturbarle la imaginación y, por lo tanto, debilitarlo. Entiéndase bien
que todo esto acaece en el curso de una novela de más de trescientas páginas; y con todo, a grandes intervalos, y no sirmpre infelizmente; tanto
que, acabada la lectura, aún entre descontentos y malos sabores, el lector
dice: &lt;¡Qué lástima; hubiera podido ser una obra de primer orden y no
es más que una oove:a bien hecha, bien construida, exquisitamente contada; pero nada más, ay, que una novela!• Come la de Borgese.

***
Continuando la relación, podemos también ocuparnos de Francesco
Pastoochi; poeta dannunziano antaño, que librándose a tiempo de la imitación, surgió en algún momento con cantos frescos, y suyos.
Pues bien, también Pastonchi abre hoy su cajón cerrado de muchos
años atrás; y saca ue poema de no sé c11ántos miles de versos, todo en
sonetos: It randagio (Moodadori, editor, Roma). Haré gracia al lector de
una larga digrr·sióo, pero lo que se ha dicho de Borgese puede valer tam-

�l, • f

LA PLUMA
LA PLUMA
bjén para Francesco Pastonchi, si bien Pastonchi no tenga las responsabilidade! que, por el contrario, debemos atribuir a Borgese a toda costa;
de una juventud ardiente y viva, de una sensibilidad lo más aguda y perspicaz; y en fin de un gusto nada firme, sino variable. Pastonchi, no. Pastonchi, aun cuando escribia de critica, siempre ha permanecido alejado y
severo; y, entendámonos, en una \ejania y severidad, nobles, clásicas,
aunque no humanísticas; Pastonchi, es la más hermosa figura de conservador en nuestra literatura. Cuantas veces lo he leido y escuchado,-y
véase ahora la segunda edición de su novela Il víolínísta (Latteo.-Torino) a la cual antepone una nota, en que no obstante las promesas y esperanzas de renacimiento, reconoce en su obra de ayer honradez de intenciones y de estilo,-cuantas veces lo he leido y escuchado, he tenido
siempre la convicción de que este estupendo talento no se abrirá nunca
a las corrientes nuevas, de tan firme, rlgido y en modo alguno elástico, y
asi me gustaba y me gusta. Es un fenómeno anacrónico, de otros tiempos, pero hay en tales firmeza y rigidez, una concienc-ia artistica nada voluble, y como la tragedia de un momento histórico, ahora ya pasado. Ciertamente, Pastonchi hubiera podido salvarse sélo con que hubiese sentido
y expresado el conflicto entre esta su rigidez irreductible y las mutaciones del gusto y de la estética, que luego se han sui::edido; pero no ha sentido el conflicto y no lo siente. Pone oido, ag1ua la mirada, atiende de
grado y presto, con todo su ser; pero su sensibilidad intima, su yo profundo no responden a la curiosidad an~iosa de los sentidos: permanecen
opacos y frios, en su glacial lejanía. En Pastonchi no hay drama, crisii,;
ni lucha; y la obra maestra que esperábamos no se ha logrado.

***
Otros de la misma generación, Novaro, por ejemplo, han acercado
también el corazón a este tumulto de los más jóvenes; y de ello se ha derivado, pues que son mas sensibles y ágiles, un arte más suelto, aunque
aproximativo, y más vivo. ll cuore nascosto (Treves, editori, Milano) de
Angelo Silvio Novaro no es todavía la obra maestra de este e;,critor insigne; pero tiene ya elementos e impulsos que no recuerdan en modo alguno, o recuerdan poco, al poeta pascoliano de la Casa del Signare.
Novaro es comedido, mas no cerrado como Pastonchi; y por eso, incluso cuando la sensación es pequeña y minuciosa, saue darla con una
precisión sobria y moderna. Quizás alguna vez le perjudica esta moder ·
nidad, no sé por qué mal fundida o insuficientemente conseguida; pero
29..

c~ando_ no fatiga la propia emoción
.
.
sigue cierto lirismo de sabor nuevo' y e~ s;gmda le hall'l. un ntmo, conNo diremos otro tanto de otro e' v~r ~ eram~nte bello.
la Aleramo, que se hizo años atrás sc_nt~r, es decir, de una escritora, Sibibilisimo, ya muerto, Giovanni Cen~-s\gmendo las huellas de un poeta nouna donna, logrado y fuerte b , ~ cual, después de Jt romanzo di
mundo de hoy y no los halla 's usca esesperadamente ataderos con el
,
.
• us versos Momen!t'
r
saggto, especie de novela lfrica (editad
, su prosa en Ll paesrevelan aún la dolorosa tentati d
_os por Bemporad, de Florencia)
de apoyo en una técnica que n:ªes~aq~~en se esfu:rza e~ buscar un punto
frec~entemente de rodillas sin fu
natural, y co1ea, tropieza, cae
esc~1tora, un libro de prns¡s varia~z:s: tos convence n:1ás de esta misma
cunoso, exquisitamente cálido· A
enso y tornadizo, femenilmente
r~ncia). Esta rebusca interesan.te ~e ~:s / stando (Be~porad, editor, Flod1versos, es propia de la mujer· y como s~:-~s Ál motivos más lejanos y
con gusto, nácenle páginas ~oment
I J a
eramo se entrega a ella
d?nde se ve que esta mujer; cuando hos de verdad_era fortuna expresiva:
p1ándola de las escorias l'b
aya esclarecido la propia vena limotro libro (no sé si poema tor~~c::1 podrá en verdad, un día, dar ;lgún
donna, sino que ofrezca verdad
a) que no sólo conmueia como Una
ord·mana
· potencia
• y verdad. eramente un document o h umano de extra-

Jª

d ' :Zi

***

Mirad por el contrario a U o o· .
, .
porciona hoy materia de obser~aci¿:tt1, el ul!tm? escritor que nos promás o menos, de Gabriel d'A
.. Ugo ÜJettt es coetáneo, sobre poco
al
nnunz10 pero sus novel
gunos anos no recordaban a d' A ' .
as cortas de hace
babia en ellas algún recuerdo s· nnl unz10 u otros modelos recientes. Si
me nes t er pensar en Maupassant·
, 1 un
se Ma
es encontraba alg un
· pred ecesor, era
u~a ironía y un escepticismo qu~ sólo r~;assant menos fuerte, pero con
bien, el público y la crítica olvida
a vez tuvo el gran francés. Pues
tal vez porque no eran much
ron presto aquellas novelas de Ojetti
profundas; pero si hoy que t;~~ :~ª:u~~~que no :ran bastante cálidas
n~vel_a corta, y es la composición de mo , p~quenos_ y grandes, hace su
ÜJettt, i,;e tiene la sensación de que en ~ª• s1 hoy, d1g?, ~e cogen las de
cabo una novedad y como el gé ,
pheno dannunz1amsmo, serían al
do
é
·
nero se a empobrecid
h d
, pero aqu lla, al menos en Italia fué
f
o y a egeneratorc1endo la boca, sino con simpat' ,
su uente, se las considera, no
Los qmmentos
· ·
ia.
cuentistas de hoy
de ali' h
.
cuenta que el modelo está m y l .
,
i an saltdo; pero tengamos en
u e10s aun de ser cabalmente imitado.

y

�LA PLUMA

LA PLUMA
No es nuestro propósito, sin embargn, hablar del Ojetti de entonces,
que no nos interesa, o nos interesa apenas como hecho lejanQ, que sólo
ha de tener en cuenta quien dirija una ojeada retrospectiva, con intención
reconstructiva e histórica; sino del Ojetti de hoy, del Ojetti de última
hora. Mas ~qué dirlais, ¡oh, lectores!, si el Ojetti de hoy no fuese ya el de
ayer, es más, si en modo alguno recordase al cuentista gracioso e irónico
de aquellos tiempos?
Irónico, a decir verdad, sigue siéndolo; pero sus Confidenze di pazzi
e di savi (Treves, Milán) no cuentan ya un menudo suceso cualquiera en
sus partkulares externos, con la técnica minuciosa, triturada, dispersadora, aproximativa, de la época. Aqu[ hay el escorzo de un drama o de
una comedia humana, dado con diálogos y soliloquios, sin minucias, sin
particulares, sh alarde de fondos. Pequeños comentarios de vida cotidia·
na; pero tan descarnados, tan esenciales, tan expresivos y eficaces que
de ellos surge un Ojetti nuevo, no comedido corno antes, sino fuerte; no
más divertido tal vez, pero sintético, escueto, moderno.
No sabemos ni indagamos dónde puede haber encontrado Ugo Ojetti
( que, desgraciadamente para él pierde tanto tiempo con su critica de
arte) tal fuerza de simplificación, ni cómo habrá enfriado los instintos d~
su estética de antaño. Diremos tan sólo que ante un Borgese, que aún
no ha cumplido los cuarenta, que nos da una novela minuciosa y detallada y, lo que es peor, vieja, y un Ojetti, de más de cincuenta, qne asl
se empobrece y descarna, este último aparece como un hombre todavla
riqulsimo de posibilidades, y lo que cuenta más, joven de medios y de
ánimo, y capaz todavla de sorpresas.
Si estas nuevas experiencias encuentran en el artista renovado un
motivo central de reunión y un punto firme de partida para una obra orgánica, cualesquiera que sea (memorias de esta época, novela, qué sé yo)
quizás se pueda esperar mañana, de Ugo Ojetti, un potente escritor moderno.

MARIO PUCCINI

Memento. -Cesare Pascarella Prose (Sten-Torino).- Virgilio Bondois. 1 tre
delitti di Barbabl(i (Giusti-Livorno).-f ttore Cozzani. 1 r:icconti delle cinque
terre.-J.farcella Caecilia. 1 salmi dell'anima (L'Eroica Milano).-Umberto F,·acchio.. 11 perduto amore (Vitagliano-~lilano).-.Adoifo Albertani. Facce allegre
(Treves-Milano).-G. Boine. La ferita non chiusa (La voce-Fitenze).-G. Daine/Ji. Passeggiate geogratiche (La voce-Firenze).-G. Pa¡ini. La vita di Cristo

296

(Vallecchi-Firenze).-P.M. Marlini 11 ¡ r
,ulli. Teatro (Bemporad-Firenze).-·C/a~,;,.'º ;,ero (Bempor~d-Firenze). -A. No0
cbelli-Bologna) -P. 1urat" T
.
reves. Polémica socialista (Zani.
·
'· renta anm di critic
· ¡ (
•
na).-R. Petauonie La religio d.
ª socia e Zamchelli-Bolog2
re. Notte di befan;. Come vi ;i:c~ (;;:~u~tira (Zanic~e!li-Bologna).-S/zake.rpeaAnna Errera. Ellen Keller (G B p · . C. ~banni. Lemonnier-Firenze).Tasso (Battistelli-Firen'°)
c. l.. . .,, arav1a-Tor100).-E. Donadqni. Torquato
. .
- .-L·e ,ce mt1mi~liano v·t
1 d 11O · .
spmto
(Battistelli-Firenze)
L.
·
ª e /11.{
spmto ed • eroi dello
. ~
.
. - 7 ircsa
1o. a píceo! d
Gmo Arias. La questione me .d. al
a ama \" ondadon-Roma).nome d'Italia. (Lattes-Torino).~~&lt;;~nicb_elh-Bo~ogo ),-D'Aze¡,lio. Kel
Scienze e Lettere-Roma) G B ¡¡·º .'º·. iccoh solchi (S. Bardi. Librería di
• e lllClOnt lo e iJ
¡
·
.
no).-N. 1 om#UJSio. Prose (R C ,., M·1 .
pa coscemco (Qumtieri Mila,
• a,,eo• 1 aoo).-,1 Om d
L'
.
· . " eo.
espenenza etica
d eJ 1 Evangelio (Laterza-Bari).-L Hu
tuJCOrda. Studi foscoliani (Laterza-Bari)sso. c'{et~s~as10 lLaterza-Bari).-S. Macia.no), etc.
.- lass1c1 del fanciullo (Carabba-Lan-

i;\/

HORAS
P{. fhancisco, !Mario, !Pablo.

f

61 niñito lloraba ...
/6ran las cinco
de la alborada!
01 niñito se en/erma...
¡eálido vaho
lanza la tierra!
01 niñito se ha muerto ...
i fEajo las nubes
el sol se ha puesto/
GUSTAVO S. GALARRAGA

•

�LETRAS ALPMANAS

CANCIONES PARA NADIE
SI LA LUNA SE FUESE.··

$i la luna se fuese,
llena de los suspiros de los tristes,
inflada de suspiros, hacia ª"iba,
hacia arriba, nosotros no podríamos
suspirar por la noche en la terraza
de nuestros sueños raros, como ahor~
que sabemos que un corazón de .espejo
nos escucha y nos habla, y tiene un ritmo
de compasión /raterna.
$i la luna se inflara de suspiros
y se escapara del azul, ¿qué haríamos
los que de ella tenemos este blanco
de muerte dentro del cansado cuerpo?
ROGBLIO BUBNDIA

INTRODUCCIÓN

m

Francia-en Occidente-se acepta con harta frecuencia el
catecismo nacionalista, según el que la inteligencia creadora
y la sensibilidad han abandonado la Europa central y el arte
y la literatura son patrimonio de los países latinos. La ola de
cnorctismo• que siguió hace treinta años al descubrimiento de Ibsen, y la
ola de «rusismo• de que fué iniciador Tolstoi, no modificaron ese estado
de espíritu. Se dotó a los escandinavos y eslavos, también con detrimento de los germanos, y varias generaciones creyeron benévolamente en la
inexistencia intelectual de los Imperios del Centro.
Sin embargo, hubo que citar algunos nombres y mostrar algunas obras.
Como ciertos espíritus indisciplinados y curiosos se resistían a aceptar
las tesis de la crítica oficial, la prudencia mandaba adoptar frente a ellos
la buena táctica de la ofensiva defensiva. Fueron, pues, a buscar algunas
novelas y algunos dramas de Ompteda, Sudermann y G. Hauptmann, los
tradujeron, los publicaro n, creando en torno suyo un movimiento de curiosidad tan grande como ficticio. Y como tales libros eran muy 1nalos, y
esos escritores de una mediocridad soberana, no tardó en ofrecerse la
ocasión de ponerlos en ridículo, y, tras de presentarlos co mo dignos re~
presentantes de la Alemania intelectual, de enterrarla con ellos. La treta,
ba~tante hábil, había salido bien en pintura, con la exportación de Bi:icN

�LA PLUMA
~A PLUMA
klin, Hans Thoma, Franz von Stuck y Liebermann. Pero es fuerza convenir en que éstos no nos ocultaban nada notable, mientras que la mampara
de los Sudermann servía para tapar obras, hombres, tendencias y aspiraciones de primer orden.
Sudermann, Ompteda, Hauptmann. Alin en los tiempos en que su
reputación era grande en su pals, no fué indiscutida. Todos los verdaderos artistas de Alemania se sublevaban contra esos grandes «petits bourieois•, contra las simplezas más o menos lacrimosas de sus comedias y de
sus libros, contra el carácter melodramático de sus concepciones y de sus
doctrinas sociales, contra su falso romanticismo disfrazado, so capa de
realismo, contra todo lo que les inutilizaba para una acción fecunda y
atrevida. De influencia y reputación liarto semejantes gozaron en Paris
Georges Ohnet y Catu\le Mendes. ¿Quién hubien podido, sin lllªla fe,
decirle a Alemania que simbolizaban la producción literaria, la escuela
literaria francesa?
Hoy ya no se lee a Sudermann ni a Ompteda; Hauptmann, calla. Sin
embargo, en las revistas occidentales continúan citándose sus nombres.
Aun se pretende enmascarar con ellos el inmenso movimiento renovador
que sacude, en todas las artes, a la Alemania contemporánea. Con todos
sus defectos, el Expresionismo es una fuerza opulenta y ardiente en demasía para que Europa pueda seguir ignorándola. Los que se obstina~en
en despreciar esa revolución tan vasta podrían llevarse una gran sorpresa.

*

*.

El «expresionismo• es una palabra. En si mismo no es más significativo que el impresionismo de Claude Monet o de Ravel. Pero esto sólo
tiene importancia relativa. Lo que importa es el movimiento y no su titulo, y jamás he sabido por qué en torno de éste se encendían tan ardientes disputas entre personas que, por otra parte, estaban perfectamente
de acuerdo sobre la esencia y el papel del expresionismo.
Es menester penetrarse bien de esto: el expresionismo no es una escuela ni casi una estética; es una concepción nueva y casi una mentalidad.
300

. El expresionismo es una reacción contra I
.
simbolismo de Bocklin y la ( 1
•
e realismo, contra el falso
.
a sa serenidad de Hodl
sismo» excesivo del post.
er, contra el •virtuo1d
wagnensmo, contra todo l
a o que fuese, se alejaba de la vida ara
. o que, por cualquier
el momento en que la expa '6 I p
hundirse en las fórmulas. En
ns1 n a emana se e t di
~ del mundo, en que el músc lb 1
x en 1 por todos los pafvigor y elasticidad, una generaciuón da emán. demostraba dondequiera su
· ·d
e escntores y d
tt·
0 pnm1 a por la red de las trad· .
e ar stas se sintió
.
1c1oues en que habla
.d E
msmo se desenvolvió en tres etapas La
.
nac1 o. 1 Expresioagrupó hombres muy diferentes
.b
pnmera, de preparación lenta
u
d fl
' Y ª arca más de diez añ La
'
q e es e orecimiento, se dilata or los
os.
segunda,
cera, cuyo desenvolvimiento segui
di cuatro años de guerra. La terN" quiero hacer a uf enu
~os a. tras dfa, es la de procreación.
tan sólo que el prime; period~erac1~nes m tra~ar listas de méritos. Diré
Heinrich Mano y se pr 1 , comienza, en literatura, con el siglo y con
Unruh, hasta to~os los qu: onga h~s~ René ~chickelé, hasta Ivitz von
y la salud de antaño y le l"bpor un a o devolvieron al idioma la nobleza
S d
l ertaron del menospreci
u ~rmann, y de otro elevaron la sensibil' d d
o en que l? tenian los
mama a un plano más a
r
' a prudente e Intima de Alesu espfritu, hasta el pun':;~;~ete. humano. Enriquecieron su técnica y
tar todas las aspiraciones En ~ onzar todas las conquistas y de Jomeny Lelunbruch en escultur~. Pe~~n:ura, Franz _Mar~ representó ese papel,
artes plásticas.
o puedo m quiero hablar aquí de las
El segundo periodo se inauguró brus
.
momento en que Ale
.
camente y con violencia en el
.
mama estaba profundam t
b .
SIS de nacionalismo que en tod
1
en e tra ªJada por la criguerra. Puede incluso de .
os os paises acompañó a la declaración de
pasión colectiva de la m cl~~:e dque _entre esa insurrección intelectual y la
Por primera vez Al
~ l ~ existe una correlación estrecha y directa
, emama, aislada por compl t bl
.
ronteras
se
vió
obli
d
. .
e o, oqueada en todas sus
1
'
ga a a v1v1r de si misma N
.
cambio de ideas de obras d . fl
.
. o era posible el ínterde la idea naciv~al excit ,b t\1n uenc1as; al mismo tiempo, la exaltación
examen de concie~ . h~ a os cerebros y los corazones. A modo de
cia, zose el balance de las riquezas morales, y se
301

�LA PLUMA

LA PLUMA
descubrió el auge de la curva creatriz, hacia una libertad orgullosa, pero
vigilada rigurosamente por una disciplina interna. Diéronse cuenta de las
posibilidades que constituían el -µatrimoniu de la generación trágica y los
pusieron a prueba. El Expresionismo se propagó durante la guerra con
una rapidez y un vigor inauditos, y puede decirse que fué un momento
del pensamiento alemán. En literatura, Kaslmir Edschmid, Car\ Sternheim,
Georg Kasser, W. Hasenclever, y otros más-en pintura veinte grupos
\ocales ligados entre si p•lr el mismo propósito de expresión directa, percibida y producida a costa de deformaciones violentas, pero también en
provecho de \a furrza-, \levaron hasta el fin las primeras 'Tentajas con·
seguidas por sus hermanos mayores. Se atrevieron a desembarazarse de
todas \as tradiciones y a crear, sin cuidarse del pasado ni de las reglas de
la retórica, un arte nervioso y apasi&lt;&gt;nado. Acabo de decirlo: en provech,&gt;
de \a fuerza. Hay incluso demasiada fuerza en esa rebelión, y ello les costará caro a algunos expresionistas. El abuso de la fuerza conducirá a los
más grandes, por ejemplo, a K1simir Edschmid, a una especie de gongorismo, que es el alarde y la ostentación de su seguridad.
Demasiada fuerza. De ahi vendrá la decadencia, o más bien la desagregación del Expresionismo-tercer período al cual estamos asistiendo-. Ya no hay ritmo expresionic:ta, sino ritmos expresionistas. Y el
fracciona l'ieoto vuelve a empezar, con todos sus peligros y todos sus beneficios. Creo, en resumen, que éstos son más numerosos que aquéllos.
Tras la gran concentración de 1914, que creó lazos duraderos entre todos
\os miembros de \a generación, y estableció relaciones entre su manera
de ver y su manera de juzgar, conviene que una desmovilización de \os
espíritus devuelva a cada cual la independencia, y que la corriente expresionista se divida en arroyos múltiples. No debe confundirse \a rigidez
con \a cohesión, ni la uniformidad con la armonla. El Expresionismo no
habrla podido evitar las dos primeras, si se hubiese prolongado má~,
pues solamente la fe y el entusiasmo de una gran rebelión hao podido
infundir vida en una empresa casi unánime. Hoy, una gran distancia separa, por ejemplo, a Else Lasker-Schuler de Ernst von Barlach- o a
los pintores del Str,rm de la escuela de Darmstadt. Pero serla difícil 'com3oa

prender
a unos sin conocer a otros, y sin red . l
,
comun de que proceden.
ucir os a todos al tronco

***
En resumen·
,Q ué es e1 Expresionismo? E
•
• •&lt;
. .
J~nto, de uAa importancia y una fecundida
s ~n mov1m1eoto de conhbertar, incluso dislocándolos I "d·
d considerables, que tendió a
1 10ma y el p
' e ue
·
d.º ble yugo realista y cieot:fista
I
ensam1ento
alemanes del
tiempo atrás por precursores ten~
~s ahogaba. Preparado de mucho
y en proporciones diferentes flo ce~ó• mteresantes desde puntos de vista
· 16 mtelectualmente
·
,
rec1
con rap1·d ez en cuanto la guerra
a1s
a Alemania
del res
trastornó todas las artes, y ho se d.
to del mundo, alcanzó, tocó y
de es~uelas y de grupos, emp;renta::lve en un número harto crecido
reaccione~ ya no les son comunes.
entre sf, pero cuyas actitudes y
Conoc1endo ese punto de art'
.
bien, sobre el que descansa t:ia l~d:i~apital, ese punto de apoyo, más
será m~s fácil seguir dfa tras dfa en el a de la Alemania intelectual, nos
de los hbros y de los hombres. E t . curso d~ estos artlculos, el jue o
todo caso histórica quizá se
s a mtroducc1ón, teórica, diría yo y eg
•
a poco ame
p
,
n
prender la crónica de las letras I
na._ ero no me atrevería a cms10
fi' d
e nera1es de su evolución conteª emanas
á
Jar e esta suerte las !focas
g
mpor nea.

PAUL COLIN

•

303

�LA P L UMA

LA CORPOREIDAD DE LO ABSTRACTO

EL EN T USIASM O

IMAGEN ES Y REPRESENT ACIONES

Es h01n:bre de arranques frenéticos

que odza la asnina seriedad

de lo_s letrado_s gravedosos, héticos,

EL CRIMEN

reacios al bnnco y a la hilaridad.
Cuando eljúb~lo inflama sus mejillas,
zurra a su coima-la Locuacidadtrep_a a los árboles, anda en cuclillc/s
'
se descoyunta de fraternidad.

El Alcoholismo y la Epilepsia
hubiéronle en rápido coito.
Enfermo nato, la 1ispep_sia
es de sus males el zntrozto.

«¡Briáreo, tus brazos necesito
porque me los ezige la amistad!»
-clama. Y, en un salto inaitdito
se ase a los pechos de la Eternitkd.

Agrias la boca y la pupila,
cerrado el ceño, y el perfil, adusto._ .
Torvo corvo y enclenque, le hornpila
la san~re. Es blanco y débil, como el Susto.

LA PERSEVERANCIA

Sin embargo, es enófilo, y ~l _vi1:o
arma de odio su brazo pusilanzme, . .
que, al dar la muerte, ens~ñase J!, _sin tmo
si.embra metal en la materia examme.

«¡ Oli! mi testa granítica es tan dura
'
tan ~ecia como el pedernal;
so~rza, pausada, mi andadura.
mi obstinación, pura, fatal. '

Más ¿quién le juzga, si hace de su tesis
-el atavismo-plúmbeo parap~to,
y rezuma atrición-la diaforesiseste hombre alcólwlico y analfabeto?

No_e~iste, en rigor, el obstáculo.
(Dzque: d:esmayo de impulso).
La tenacidad es mi báculo.
el vigor del cosmos, mí p;lso.

El masca eternidad, porque es un brote
de la naturaleza; agrio motivo,
ubicua esencia, perennal azote...

«Erre que er re» la divisa
el lema de mi escudo recio'.
(Ca_balgan otros más de prisa;
de ir a buen paso no me precio.)

Se le quiebra la tráquea en el garrote,
y se descuelga al punto, redivivo.

Que tengo las orejas largas,
Y el trote corto, de pollino,

escupen las bocas amargas,
cuando llego con bien a mi destino.
20

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero la vida es buena y corta,
la senda llana, y yo me tuerzo.
A mi, e:z verdad, ¿qué se me importa
nada, si arde de estímulo mi esfuerzo?&gt;

EL HASTÍO
Ya nadie le recuerda.
El valentudinario financiero
se hundió en el trueno de la quiebra,
al romperse/e el báculo del credito.
Ahora, yact empotrado
en un sillón de cuero,
bajo una manta,junto a los cristales,
soplándose los dedos.
Y sin embargo, este hombre
puede rehabilitarse un momento:
Con acudir a Lucifer, su amigo
, .
y colega, en demanda de un emprestito ...
Mas la ruta de Fausto
en perspectiva, aburr~ al ex-ban~uero,
que tiene agua y aceite en el estomago
y grises telarañas en los sesos.
No se le antoja divertido
tornarse a lo preterito.
Le basta con ro,,nperse las mandíbulas
en astillas, a fuerza de bostezos.

EL DESEO
Ojo avizor -¡el apto!- va a la lucha
seguro,firme en su virilidad.
Tiene lo!j músculos de bronce. Ducha
su cuerpo a diario. (¡Qué modernidad!)
Viril y serio, desconoce a Trigo,
el de la pornográfica obsesión.
Mas le_esclavizt;, _el baño, con su amigo
-capcioso y f acil- el termosifón.
Es disculpable que de fauno ejerza,
porque no sabe madrigalizar.
(Suplica _el débil; el robusto, fuerza.
·Algo evuiente, que es de lamentar!)
S~rio, !que serio! (Seriedad de angustia,
o;os .fi;os q~. escrutan la ocasión.)
Su masculinidad nunca se mustia.
El es un vástago de Salomón.
¡Aglutinante de las sombras! ¡Nexo
de las antítesis! Suma verdad.
Este hombre llega, en gracia de su sexo,
a las entrañas de la Realidad.

EL ERROR
Perseverante, contumaz,
conservador, fanático-se obstina.
Buen católico, insulta a quien no opina
como el opina. Su ánima falaz
de clérigo cazurro o de mujer
necia, forja un altar para su yerro.

�LA PLUMA
De su brazo se dice que es de lzierro.
El asegura que lo da a torcer.

LA SUSPICACIA
Esta medusa lleva_ en s~ tentáculos
la tksazón y la discordia.
Em1ullvese en viscosidatks .
cu marisma, cobartk y astuciosa.
En el concúbito tk las hipótesis
p,·otervas, ella, en éxtasis, se goza.
Y, al cuslizarse sobr~ la ,pitk_r~nis
de la Credulidad-virgen atomta- ,
con su urticante cuidoblasto encima.e
en ella la erupción cu la zozobm.

JUAN JOSB DOMBNCHINA

NOTAS DE UN CICERONE
EXPOSICIONES DE ,PRIMAVERA
o siempre coinciden los nombres con la verdadera significación
de las cosas. En Arte menos que en nada, y en Madrid menos
que en cualquier otra parte. Este año, no obstante, por primera vez desde hace muchos, la primavera del calendario ha florecido en nuevos brotes espirituales. No ha habido la cExposición• oficial, cuyo olor a barniz y cuya parada de inauguración regia
trascienden al paraje acotado eu el Parque, en torno al lago; ha faltadogracias al obligado barbecho alterno-la gran batuda de cuadros condecorados y la rutinaria curiosidad del vulgo aburrido ante tantos malos discípulos de peores maestros. Pero hemos tenido Arte de Primavera.
En pleno invierno aún, se adelantó con el tiempo falaz a la estación,
Victorio Macho. lHemos de saludar en él a un buen escultor? lDecir adiós
a una esperanz, ? Seamos amigos de la verdad. Macho es un magnífico temperamento que cierta perversa inclinación a la «literatura,-a la mala literatur.i se entiende-está a punto de echar a perder para siempre. Algunos
bronces-cabezas de estudio en toda la extensión de la palabra , alguna
talla en madera, en que el autor no disimula la pelea noble con la materia
modelable, nos revelan en él al artista en plena posesión de medios expresivos y, lo que vale más, en el buen "amino. rero la obsesión de los mismos temas e incluso de la misma disp,)sición espectacular de la exposición
309

�1
LA PLUMA
LA PLUMA
con que triunfó Julio Antonio de la indiferencia pública, y, sobre todo, la
horrible propensión al colosalúmo, que se anuncia amenazador en sus
más recientes proyectos nos hacen temer por su salvación.

•••
En el mismo Palacio de Bibliotecas y Museos ha estado instalada hasta
hace poco la Exposición Vdequez-Dlaz - Daniel Vázqu ez-Dlaz y Eva
Aggerholrn-. ¿Hasta qué punto pudiera sernos permitida una incursión
aventurada por el campo de las explicaciones psicológicas, que nos sirviera para catalogar a este matrimonio artísti"co? Porque lo más importante
de la Exposición Vázquez-Dtaz no son los lienzos y las estatui\las que a
nuestra consideración se ofrecen, con ser muy grande el atractivo que
para los ojos tienen, sino la personificación en este pintor y esta escultora
de la pasión en que vive y ~e agita el arte contemporáneo. Una y otro se
nos muestran en su obra tan cogidos por los problemas actuales de su
arte, que más que la obra en si nos seduce el ansia intelectual que manifiesta, la elucubración laboriosa que precede a cada nuevo empeño que se
proponen.
J&gt;erseguidores ambos de una expresión peculiar, r-ás recogida ella, más
osado él, bao dado en el ambiente de nuestro mundillo artístico un grito,
merced al cual Madrid no es ya una península que el alto Pirineo convierte en un islote sin ecos. Las pinturas y estatuas del matrimonio VázquezDíaz sitúan y definen de una manera muy personal las últimas tendencias
de las artes plásticas en el resto del mundo. La gran cuestión de la reconstrucción arquitectónica, la nueva ley de pesos y medidas después de
penetrado el natural y descompuesto en su propia luz, el sentido Hrico de
la naturaleza, el barroquismo humorista, e incluso el debate entre el público y el artista acerca de la sinceridad mútua, cosas todas en el orden
dtl día artlstico del mundo civilizado, adquieren en la obra conjunta de
Daniel Vázquez-Díaz y su esposa una significación dramática, que trasciende de la esfera del arte a la de la moral social.

\

No temas , Icet or, que este aprendiz de ·
.
no sociológico a cuenta de . ú
cicerone incurra en desliz: algunmg O problema art( ti
¿ha de proponer una vez más la
.
s co. Nuestro catecismo
capc10sa pregunt 1.
-¿ Q ué es el Arte?
ª·
- « Una obra sin nombre.&gt;
A tan augusta voz y h ac1endo
.
coro a I fi
.
da en su pedestal, sus hermanas d l . a gunlla de terracolta acurrucaba n a Iza d o en la punta de
.
. e mismo barro y d e l mismo
espfritu se
1os pies, y señalando a su padre el escultor, le
han dicho:
-«Tú serás rey.&gt;
Sebasti_á~ Miranda, ríe gozoso de su obra
B .
(Expos1c16n-Sebastián Mi d
d~ B!bliotecas y Museos.-Pase:ª:e ; ~ ronces y Terra-cottas.-Palacio
pubhca.-Horas de visita· de o
coletos, 20.-Mayo 1921.-Entrada
.
nce a una y de cuatro a siete.)

• • •
Pero la consagración de esta p .
la moraleja sin la muestra retros e:7av:ra no ~endrfa la ejempld.ridad de
estos dlas atrae al buen afic,·onapd t vla .e la pmtura de Regoyos, que en
· d e Recoletos, sede
- de nuestro pequeño reo o. a. mismo pa 1ac10
e st e ano
Hf' aqui un h b
ac1m1ento artístico.
d
.
om re, pensamos ante
d
e pintor tan humana ansia d .
~JS cua ros, que puso en el oG~(J
t f
•
e tnmortahdad t
h •¡
an ranc1scano or!TU/lo que fué
.
' an umi de perseverancia
· l
o.- ,
un artista Se
,
c1a es. Apenas sí tuvo tiempo de b . 1.
propuso los problemas esenaparéceseoos nimbado d 1 . a nr os ojos a la luz. Hoy su nombre
·
e os siete colores del · · T.
n.a en una nube por la que el sol asoma
. ins. iene su pequeña glov1a, a un mundo reverdecido.
, sonriendo entre lágrimas de llu~M

• • •
311

310

�LA PLUMA
cia del público y la ioclinaci6n de los novel"
de t&lt;:ndencias que durante mucho tiem
~~tas a n~evos modos conciliadores
duct1bks. . .
po an podido parecer opuestas, irreRoma.nt1c1smo
so n P" I3 b ras que d ·
·
•v clasicismo
·
que previameute no se e3tablezca el alcance de ic~n poco.º nada, a mcuos
Pero,
de
todas
suertes
no
se
ave
s1gmficac16u
en cada caso •
d
•
o t tu.a gran cosa su
con
d •
erna, a1 par que procura interpretar líricam
. ec1r que la novela moa la manera romántica se lirn1'ta
t'
ente la vida real, exacerbándola
·
· • d ose normas ' en cierto Ymod
con 1ene en
. del relato
impomen
. punto a l ª extens16n
lector, a fuerza de depurar el novel'
lclás1ca~, purga?do la sensibilidad dei
La Silvia de Nerval es una d
is a a pr~p1a capacidad de expresio'n
.
e esas raras Joyas
·
corre,r el tiempo mayor poder d
t .,
, cuyo encanto cobra con el
d
tejida la tnima inconsútil de la fá~~¡3P i3c1on. _El ~parente descuido con que va
cen de la breve historia un modelo a, ~ grac1.1 sm par de su lírico humor haEl ~gua en cisterna de Eduardo )f:r ul~i~ble de eterna juventud literari~.
c?nstante preocupación por oner su o~ , a revela de nuevo en su autor esa
no sentimental de su tiemp! El am ic tazon d_e poeta al unísono con el horaun ta?to barroco de tan expr~sivo e~ ente _ex?tico, el relat? cálido, vehemente
patetismo de los incidentes novele~cosmov~?11entdo dramático de la acción el
san ai crítico.
cau ivan esde luego al lector e int~re-

t°

Bdictones 'de La Pluma.-Serie 1. Bduardo l\1arquina: Agua en &amp;is·
terna.-Gerard de Nerval: .Silvia.-Madrid, 1921.
Empezamos, al cumplirse el año de la primera salida de LA PLUMA, a exten·
der su esfera de acción. Vuestro favor, lectores, cuya constancia nos compensa
de su limitación al escogido grupo de aficionados a las buenas letras con que
le es apenas dabl~ sostenerse a una revista española. muév&lt;'nos a intentar en
campo más vasto la prosecución de la obra emprendida. De dos males graves
adolece la producción literaria en España: es el uno la desorientaci6n y el des·
barajuste en que las casas editoriales más poderosas comercialmente, acostum•
bran servir al público la abigarrada muestra de su industrir; el otro, el des·
amparo en que suele hallarse el escritor, a merced del plato de lentejas que el
editor le ofrece. Aspiramos con las Ediciones de LA PLUMA a abrir el primer
surco en el camino de toda posible redención en ese respecto.
La serie de novelas cortas y cuentos con que inauguramos nuestro proyecto
no responde a un criterio cerrado, desde un punto de vista literario, n i mucho
menos nos proponemos esos ridículos s;-ñuelos para señoritas, para militares
con o sz"n graduadón, para colegialas más o menos desenvueltas, que c-on títulos de
un sentimentalismo pseudo-artístico y portadas de pretenciosa baratura se
anuncian en las terceras planas de los di11.rios jesuíticos como elas obras más a
propósito para tenidas en el cestillo de la costura&gt;. Pero sí queremos que una
cierta armonía, una orientación general, una norma, imprima a nuestras colecciones ese carácter de continuidad, cuya falta tanto se echa de ver en la libre•
ría Las
española.
dos primeras novelitas de nuestra colección tienen un parentesco, en
modo alguno derivado del menor propósito arcaizante en la de Eduardo Marquina, y que no todo el mnndo echará de ver a primera vista; pero que a una y
otra determina dentro de la modernidad de nuestro intento. ¿Qué es la novela
moderna? iQué elementos la distinguen como tal género de las obras de ficción
cuyo interé,; es para el lector más de curiosidad hist6rica que el puramente
recreativo de la simple lectura) Agotadas hoy dia ya todas las posibilidades de
fórmulas y recetas naturalistas, analíticas, realistas, es manifiesta la preferen-

H:!ruos procurado en estos tomitos 1
mundo no más que un sencillo decor ' a alcance, por su precio, de todo el
rantí_1 la firma de Angel Vivanco cuyosen_~atpresentaci6n, de que es buena o agracia.
'
ª vme as adornan LA PLUMA con tao fina

***

C. R. C.

Ramón
~érez
de Ay
ala: Et sendero
doctnnal
de vida
y naturaleza
-P andante. Momentos, modos, ditirambos
•~l río es un camino que- anda • ;emas.-~cMXXI. c_a:leja, Madrid.
•
la pr~mera composición del nuevo .libr sta poética reflex1on de Pascal preside
vemtitantas poesías, fechadas en los a~ en que Pérez de Ayala ha coleccionado
paz dd sendero a la reciente de Et e dn~s 9-ue corren de la publicación de La
s n et o innumerable.
o ~He ahí la vida: ese río y esos versos·
n as, remansos espumas
d
·
Ese río, agua de 'antan-o • mo os, momentos ...
.
, ya pasada·
Y en e 1 mismo cauce otra agua.• '
Desde las sienes canas d e 1as montañas eminentes, los nos
son como las
ideas.
'
•··· corre el sendero andante
~~~~e la paz del sendero hasta el sendero innumerable

..............

siempre monótono, ~¡~ 1~;~;~ ~-~~;~ • • • • • • • · • • • •
como prosa abundoso, encauzado c~mo el verso.•
3 13

�LA PLUMA

LA PLUMA
En este primer poema se cond::nsa y define la intención del volumen,
intención que no se manifiesta sujeta a un pe nsamiento ge nerador 1 cuyo ritmo
interior y cuya apariencia respondan desde luego a la idea arquitectónica de
El sendero innumerable, sino que se declara a través de tantas inspiraciones
ocasionales como constituyen este tomo, con el cual se explica la ascensión
del poeta desde el lirismo sentimental de La _pas dll sende,·o a la filosofía lírica
de sus últimos versos.
Es decir, que estas poesías de oc.:tsión vienen a corroborar, una vez hacinadas, la voluntad artrstica de su autor, teosa siempre a un.:\ interpretación
intelectual del universo, ora el esfuerzo creador halle expresión cabal en la
novela, bien en el poema, o Yd en la crítica. En el transcurso de un año 1 Ramón
Pércz de Ayala, cuya labor se dispersa en periódicos de España y América ,
disimulando su constancia, cuando no distrayéndola de la producción imaginativa en que quisiéramos verle perseverar, en el transcurso de un año ha dado
a la estampa vario ejemplo de esa interior armonía intelectual, que constituye
a nuestros ojos su mayor precio como escritor, y que le hace tan raro en
nuestro desquiciado ambiente literario. Los poemas recogidos en El sendero
andante, aparte el interés que puedan suscitar en el simple lector, tienen para
el crítico el atractivo mucho mayor de completar, exponiéndola paladinamente, la evolución personal de su autor, dentro si.empre de un criterio y de
unos principios, que desde los primeros versos de Pérez de Ayala a su mejo1
y más reciente prosa. determinan su carácter, tan destacado y principal en la
literatura española contemporánea.
Educado felizmente en e l gusto de los clásicos, su lirismo conserva siempre
esa virtud latina de la cantidad, cuyo secreto no está tanto en pretender ajustar una medida fija y un -ritm o preciso a la expansión del propio sentimiento,
cuanto en modular éste con inflexiones graves, cuya tonalidad y extensión no
pueden corresponde r exactamen te a un precepto retórico de pura forma exte•
rior, sino a una emoción pura, que, por serlo, se expresa, no con el balbuceo
ala lo-como pretenden los pergeñadores de fácil es cantilenas sin sentido-,
mas con vigor y precisión de. palabra, sintaxis musical y prosodia noble, en vez
de la onomatopeya histérica a que lo:-, mal os poetas ultramoderoos preteriden
reducir la razón del sentimiento que debe ser la buena poesía.
Muy poco han influido en Ramón Pérez de Ay ala los modernos poetas franceses. Apenas si en sus primeros poemas de La paz del sendu·o se advierten
ciertas concomitancias con Francis Jammes, y para eso más en lo que hace a
relaciones exteriores de temas, que pudiéramos decir nostálgicos, que a semejanza de ideas, propósitos y resultados ulteriores. Tan dispar nos parece la
inspiración de Pérez de Aya la y la de los simbolistas y parnasianos franceses,
cuya contextura espiritual adaptó genialmente a nuestro Mxico y a nuestra
conformación Rubén Darío 1 que con ser manifiesta e inconfundible la huella
de éste en la obra lírica de Aya la, nunca le imprime ese pare,;ido inferior de
la im itación superficial por el cual han trascendido a la moderna poesía española los más livianos ecos de la ultrapirenaica. Antes bien , la influencia de

Daría en Ayala es la fecunda
r • d
conscie-nteruente y sin servilisio.p opia e uno en otro espíritu correlativos,
No sería dificil asimismo, pe ro no son t;i
empe ño, estudiar la influe ncia de los e~ s notas lugar adr.cuado para tal
Aya~a. Con ello se comprobaría una vez r-:;,C.{&gt;res poetas inglesc~ en Pérez de
5
e_n cierto modo, que se observa entre es _esa corr: spondenc1a, tradicional
tiempos, y sobre irre ductibles diferencias dªº~les e.ómgleses a través de los
Mas las coincidencias inHui·os y re! . e e ucac1 o y temper~meoto.
. ·r,
,
ac1ones que aq ·
·
no s1gn11can que puedan s~r desde lue d.
.
ui se apuntan a la ligera,
Pé_rez de Ayala, cuyo ma or recio a n go_ 1scer_n1das, en _una obra como la de
phc_ada armonía _de su pirso!atidad lit~:::r:5i OJOS, r~pet1mos, está en la comdec1r que la. única fecunda de o
- ' ª. más mteres~nte, y es1.oy por
generaeión del 98.
'
uestro.:, escntores poslenores a la llamada

c. R. c.

•••
Lui•.Araqu.lstaln
.
,
.-Elj e¡-tf'f'O yanqtn.-Publicaciones
España.--Madrid,

1921.

Dmase que el mundo vie'o e
de sí la guerra, se preparab1 a' e:~:r:entado por las ruin_as que ha dejado tras
nos estúpido que el de la paz armala r un régim~n d_e ':•da internacional me•
Y con dudosa eficacia los choque d
a prevemr, Siquiera fuese con timidez
cuando una ma.no imPrudeote . ~. e os csagrados intereses• inconciliables
país sin experiencia ha derrib ;s I umento de la voluutad irrefrenada de u~
de uai?eS difícilmen'te levanta~o
tocob~en?s-en un santiamén el castillo
por tanto, desengañadas: el castill/ d~ si~ Is u~1ad de otras ra_zas ya maduras, y
paz, ya que uo de justicia, entre los ueblos ocie ad de ".~:1_0;1~s, garantía de
u?~ sola park· (en este caso, la Re iiblica d.\ aunque se1ta ~hc1to echar sobre
b1hdad de la ineficacia probable dJ p t e lo~ Es_tados Un1dos) la responsamanca de nacimiento, y que, por aña;i~~r~onshtutivo de una soci!:dad coja .Y
dente que el apartamiento de los Est d
' ~asas enormes re pudian, es ev1fuerza más poderosa en la tierra aca~a
~01dos, que son bol'." e~ conjunto la
tema de paces en que el mundo 'tr b . e ar su verdadero s1g01ficado al sisdi~pub solapada de los ambicioso a ªJª por entrar: ~uspens!ón de hostilidades,
ápice de la pujanza alguno se vea ~o1:-º;dla beg~moma mundial, hasta que en el
por su existencia En este orve . _z o,? diga que se vé fórzado, a guerrear
dos se disponen ~ represe!tar etr· inmediato, nada risueño, los Estados UniJa ba~carrota y el hundimiento de~~s~idpape~9ue Alemania representó hasta
cesa:1as para convertirse en azote de '1 1r10. 1e~en las fuerzas impulsivas OC·
1
apetitos, técnica industrial pote t's' ª trtad a1en_a: sobra de caudales y de
de una misión superior conduce~t~ i~;:i, y. a per~uas160 de hallarse investidos
macía norteamericana. Estos .
la me1oram1ento del mundo bajo la suprcabsorbente de aquella Repúb!:pudso~, con~rontados con la política exterior
llama, cen razón el cpeligro y~n~'ui:.c aran astante bien lo que Araquistain
Medrados estamos sí1 d espu és d e eSta guerra, dcspu~s de haber entre visto

r

º;°

ºJ

�LA PLUMA

LA PLUMA
la verosimilitud de lo que ha~ta 1914 parecía imposible: la ruina de la civilización europea, no ya provocada por los bárbaros venidos de fuera para aniqui·
larla, sino por !os mismos que han creado esa civilización y la disfrutan-me•
drados estamos si después del cataclismo todas las mudanzas que pueden es•
perarse se reducen a una traslación del poder, a un traspaso del cetro y de la
espada-. ¿La conciencia humana es, pues, insensible a este género de experiencias, y siempre se ha de sacrificar a los mismos. ídolos? Parece inexplicable-viene a decir Araquistaín-que conociéndose el funesto destino de todas
las grandes ambiciones de imperio que se han abierto camino en el mundo
moderno, todavía se renueven sin cesar y compitan por sucederse. En el caso
de los Estados Unidos, añade, hay algo de fatal; es un fenómer.o biológico; es
el resultado del crecimiento prodigioso de un pueblo excesivamente joven, en
quien preponderan los instintos. Si los Estados Unidos le 11cvan a Europa cincuenta años de ventaja en el progreso material, están, en cambi.&gt;, más de medio siglo atrasados en punto a finura de sentimientos y a la capacidad para
situar los problemas en un plano puramente jurídico y moral. Todo es cuestión de cantidad y de magnitud; curstión de hacer más, no de hacer mejor. En
su engreimiento juvenil, ya ponen los hitos del imperio e.más grande del mundo•, y no es improbable que allí retoñen, multiplicados, tos mismos yerros que
han puesto a Europa a dos dedos de perderse. Según esto, revivirá en América el histrionismo bélico-religioso que se ha desacreditado en Europa, y asistiremo:: a la promulgación de otra alianza entre un ouf'VO pueblo elegido y la
Divinidad, para el má.s pronto exterminio de sus competidores. Muchas 'lllciones han pasado por esa locura; también los españoles; pero ¿queda aún en el
mundo un pueblo lo bastante joven e inexperto para recibir de butl'na fe una
propaganua que sólo pueden hacer los bribones o los embrutecidos? Quizá. Y
el norteamericano, lector de la Biblia (uno de cuyos destinos ha sido el de proveer de textos a los sanguinarios v perHguidores), ocaso descubra-si cuenta
para este siglo con la protección segura del Señor-algún versillo en que se
ordene la destrucción del amnkcita, e~to es: del mejicano o del nicaragüés1
detentadores de las tierras que manan petróleo.
Es caracteríi.tiC&lt;&gt; del pensamiento de Araquhtain la robusta afirmación del
poder creador del individuo ea el onl--n moral. Así. cuando contempla el porvenir, harto sombrío según é-1 mismo lo pinta, no se desanima, t•i se deja imponer por ninguna ley económic.a pretendidamente inexorable. Las probabilidades son inciertas y confusas; de esa suerte, la acción del individuo puede ser
decisiva. El auge de los Estados Unidos, por ejemplo, ¿llevará a una guerra
universal? La mejor propaganda de la guerra-viene a decir Araquistain por
vía de respuesta-es tenerla por inevitable. Araquistain no cree que el resultado de la guerra europea vaya a ser no más que una nueva distribución del
poderío en el globo. Apunta una era distinta esencialmente dt- la anterior, porque la revolución que se ha operado en el mundo del trabajo basta para cualificar la civilización venidera. Los Estados Unidos representan hoy la extrema
intransigencia frente a los valores que germinan.
M, A .

• ••

la_n~cesidad de transformar el a
ó
m1s5ones continuas del pc.nsamifnrt~t ~ de manos, el beso y el abrazo entraosentada la teoría general Marin~tti
.
::~~~• escala al propio tiemp°o de valore~r~:c~il:fnmeral esca_!~ educativa del
.
para e ta:;ttltsmo o arte del
A saber:

Primera escala• plana, con cuatro categorla.J d. 1
Primera categoría· ta t
e actos diferentes.
. pe olmduy s_eguro, abstracto, frío
ape e cristal.
·
Papel de estaño.

..... .

Tercera categoría : excit_ante, ·tÍbÍo·, ~~s~fil~i~o:
Terciopelo.
e
Lana de los Pirineos.
Lana.
Crespón de sed a-lana
etcétera, etc.

�LA PLUMA
• todos los
.
es a los pianistas, a los mecanógrafos • Y a
res, a los po~~.,5 ~~;~~os: r efinados y l?odelros~5¡_~manía enfermiza. Debe protemperamen ·
·i·smo debe entar a e10
b. n el tacu I
t
.
•
¡ tactiles simplcmen e.
M . etti-es arbitraria, Y
Ab ora ie •
ponerse !~ ar_móo~=~os cinco sentidos-~oncluyel ":;1itros muchos sentidos.
e La d1stmc1 n
uro descubrir y cata o.,
•
podrá a b-1en seg
. . t
algún dia se
á este descubrim1en o.•
C R C.
El tactilismo favorecer
. .

•••
otros poemas. r.arcía
D •t ri Ivanovitch: La fJen!an~ Y . Pdr ·ate! SugeslioLibros recibidos.- -:1a 1921.-Juan Ramón Unarte.
Díaz-RodríMonge, Sa~José de c:!~es.1t;omant y C.ª, _B~uselas, ~~~:-""iiadrid.-Carlos
nes nortnaltv°:s a lo~ Jo,:;o encantado. l\ovela. Bib!1oteca ~lío Gómez de la Serna.
guez: Peregrma o e p "da Selección y traducciónJe J Madrid.-Alfonso ReBaudelaire: Pros6 e~~~ez-de la Serna. Diblioteca Nueva, Madrid -Simpatías J
Epílogo de RamE n ~s y divagaciones. Bi~\ioteca uzv_;:; uevo·, por Ramón
u!lda serie, Madnd, 19 2 1 . - ' 1 r Ramón Gómcz de
yes: Elcazador! nsay
diferencias, psmcra l 1:~;id 1920.-HI Paseo det
Páginas escogidas
Gómez de 1i3 0 c-r11·gicos Griegos. Esguílo, Sóf6ocles: -t~;la~a de Agustín l\li\lare5
la Serna.- - ~ r notas de P. Girard, vers1 n cas / fJido Nove la picaresca.
con introdu~c16n y . - - F Iscar Peyra: La bolsa .v a . ·11 trad. de Alfonso
Carlo. Calle¡a,. l\ladGndK Cbeste rton: Et candor del P; B, ":"La ruta de ta fJida.
Calleja, :\ladrrid.- ·. ·
rancisco Carmona Nenc,ares.
Reyes. Calleja, Madnd.PítBaroja: Bosguejo critico. 1921.
•
ProProsas. Madrul, 1920.•
L'Europe Nort';Jtl/e, Pans.-Le ¡.
-Mercure de Fr ance, Pans--;- La Revue de f Epogue, Pa~ ,;.Revistas. .
~ Connaissanct, Pans.R ,pertorio Amencano.
J!.rés Ciflique, Pans.- a Aires - A thenaeum, Zaragoza.- e . s ºarís -Cultura
Vida Nuestra. BuRe?os Le l·ra"ouiltot, París.-Be/Mles-Ltet~1de o'. A,.-nuittctura,
r
,
n aso
on ev1 t: . - 1
•
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é d Costa 1ca.San J os ' e
-Die Aklion, Berhn.-regBab' J B enos A ires.-P oesia e
Venezolana, Caracas.
/lea La Habaua.e, . u
Mad rid.-Cuba Co~te!!'por1mé,'.ica Cádiz.-H ermes, Bilbao.
arte, Ferrara.-Espana Y
'

AÑ O Il.

1

MADRID, JUNIO 1921

NÚM.. 13.

:J

Prt;fº'.¡¡.~es

~

LOS CVERNOS
DE DON FRI OLERA
ESPERP l: NTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL V ALLE-INCLÁN
ESCENA Q UINTA
LA ALCOBA DEL BARBERO. Pegada a la pared, la cama
angosta y hopada, con una colcha vistosa de pájaros y ramajes, un paraíso portugués. Tras de la puerta, la capa y la gorra colgadas con la
guitarra,fingen un bulto viviente. Por el ventano abierto penetra con el
claro de luna, el vmtalle silencioso J' nocturno de un huerto de luceros.
Y la brisa y la luna parecen conducir u 11 diálogo entre el vestir;!o de la
puerta, y el pelele que abre los brazos sobre la copa negra de una /zi.
guera, en la redoma azul del huerto. Entra el galán con la raptada, encendida, pomposa y con suspiros de soponcio.
21

320

32 1

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Adolfo Salazar</name>
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        <name>Mario Puccini</name>
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                    <text>LA PLUMA
• todos los
.
es a los pianistas, a los mecanógrafos • Y a
res, a los po~~.,5 ~~;~~os: r efinados y l?odelros~5¡_~manía enfermiza. Debe protemperamen ·
·i·smo debe entar a e10
b. n el tacu I
t
.
•
¡ tactiles simplcmen e.
M . etti-es arbitraria, Y
Ab ora ie •
ponerse !~ ar_móo~=~os cinco sentidos-~oncluyel ":;1itros muchos sentidos.
e La d1stmc1 n
uro descubrir y cata o.,
•
podrá a b-1en seg
. . t
algún dia se
á este descubrim1en o.•
C R C.
El tactilismo favorecer
. .

•••
otros poemas. r.arcía
D •t ri Ivanovitch: La fJen!an~ Y . Pdr ·ate! SugeslioLibros recibidos.- -:1a 1921.-Juan Ramón Unarte.
Díaz-RodríMonge, Sa~José de c:!~es.1t;omant y C.ª, _B~uselas, ~~~:-""iiadrid.-Carlos
nes nortnaltv°:s a lo~ Jo,:;o encantado. l\ovela. Bib!1oteca ~lío Gómez de la Serna.
guez: Peregrma o e p "da Selección y traducciónJe J Madrid.-Alfonso ReBaudelaire: Pros6 e~~~ez-de la Serna. Diblioteca Nueva, Madrid -Simpatías J
Epílogo de RamE n ~s y divagaciones. Bi~\ioteca uzv_;:; uevo·, por Ramón
u!lda serie, Madnd, 19 2 1 . - ' 1 r Ramón Gómcz de
yes: Elcazador! nsay
diferencias, psmcra l 1:~;id 1920.-HI Paseo det
Páginas escogidas
Gómez de 1i3 0 c-r11·gicos Griegos. Esguílo, Sóf6ocles: -t~;la~a de Agustín l\li\lare5
la Serna.- - ~ r notas de P. Girard, vers1 n cas / fJido Nove la picaresca.
con introdu~c16n y . - - F Iscar Peyra: La bolsa .v a . ·11 trad. de Alfonso
Carlo. Calle¡a,. l\ladGndK Cbeste rton: Et candor del P; B, ":"La ruta de ta fJida.
Calleja, :\ladrrid.- ·. ·
rancisco Carmona Nenc,ares.
Reyes. Calleja, Madnd.PítBaroja: Bosguejo critico. 1921.
•
ProProsas. Madrul, 1920.•
L'Europe Nort';Jtl/e, Pans.-Le ¡.
-Mercure de Fr ance, Pans--;- La Revue de f Epogue, Pa~ ,;.Revistas. .
~ Connaissanct, Pans.R ,pertorio Amencano.
J!.rés Ciflique, Pans.- a Aires - A thenaeum, Zaragoza.- e . s ºarís -Cultura
Vida Nuestra. BuRe?os Le l·ra"ouiltot, París.-Be/Mles-Ltet~1de o'. A,.-nuittctura,
r
,
n aso
on ev1 t: . - 1
•
d
é d Costa 1ca.San J os ' e
-Die Aklion, Berhn.-regBab' J B enos A ires.-P oesia e
Venezolana, Caracas.
/lea La Habaua.e, . u
Mad rid.-Cuba Co~te!!'por1mé,'.ica Cádiz.-H ermes, Bilbao.
arte, Ferrara.-Espana Y
'

AÑ O Il.

1

MADRID, JUNIO 1921

NÚM.. 13.

:J

Prt;fº'.¡¡.~es

~

LOS CVERNOS
DE DON FRI OLERA
ESPERP l: NTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL V ALLE-INCLÁN
ESCENA Q UINTA
LA ALCOBA DEL BARBERO. Pegada a la pared, la cama
angosta y hopada, con una colcha vistosa de pájaros y ramajes, un paraíso portugués. Tras de la puerta, la capa y la gorra colgadas con la
guitarra,fingen un bulto viviente. Por el ventano abierto penetra con el
claro de luna, el vmtalle silencioso J' nocturno de un huerto de luceros.
Y la brisa y la luna parecen conducir u 11 diálogo entre el vestir;!o de la
puerta, y el pelele que abre los brazos sobre la copa negra de una /zi.
guera, en la redoma azul del huerto. Entra el galán con la raptada, encendida, pomposa y con suspiros de soponcio.
21

320

32 1

�~LA PLUMA

LA p L ¡; ,\l A
DORA LORETA

¡Demonio tentador!, ¿a donde me conduces?

PACHEQUJS

¿Olvidas que
rejada?
nuestra sangre estuvo a p1que
.
de correr empa-

PACHEQUlN

¡No me ciegues!

¡A tu casa, prenda!
DORA LORETA

¡Buscas la perdición de los dos! ¡Tú eres un falso! ¡Déjame volver
honrada al lado de mi esposo! ¡Demonio tentador, no te interpongas!

ÜJ

.~

·Y para nada más?

~

·y
1

PACKEQUlN

¡Estabas ofuscada!
DO~A LORETA

¿Y ahora no es ofuscación dejar mi casa, dejar un ser nacido de
mis entrañas? ¡Considera que soy esposa y madre!
PACHEQUÍN

¡Todo lo considero...! Y también que tu vida peligra al lado de
ese hombre celoso!
DORA LORETA

¡No me ciegues y ábreme la puerta!
PACHEQUÍ~

¡Olvidas que una misma bala pudo matarnos!
DO!'IA LORETA

¡:-;o roe ciegues! ¡Ten un buen proceder, y ábreme la puerta!

PACHEQUfN
DOÑA LORETA

para quererte, demonio tentad or.,

;Por ué
PACHEQUfN
•
q entonces huyes de m1. lador.
·Porq
1

ue me das miedo!

DOÑA LORETA

·No
PACHEQUfN
'
paso a creerlo'• l•Tú b uscas verme desesperado!
¡Calla, traidor!

s·
i

333

DOÑA LORETA

,., o pretendo romperlo' ·P .
,.
que estoy en el mundo pa~a'm~16.
deJame
1.ra1 por ella! \'olver al lado d e m1. hUa,

DORA LORETA

Yo le elegí libremente.

PACHEQUÍN

¿ v1 as que ese ho b
dos con su pistola? ¿Qu~ ~=y~árlbaro,
a losenlaza
dos nos tuvo encanonar azo para
r corazones?

PACHEQUlN

¿Ya no soy nada para ti, mujer fatal? ¿Ya no dicto ninguna palabra a tu corazón? ¡Juntos hemos arrostrado la sentencia de ese hom. bre bárbaro, que no te merece!

·ct

DO~A LORETA

DOÑA LORETA

PACHEQUfN

me amases, esta nas
, recogida en m. b
is razos, como una paloma

·P
DO!'i.\ LORFT.\
e or qué as·1 me 11ablas c
' uand o sabe·s que soy tuya?

¡Aun no lo has sido!

PACHEQUfN

.

�LA PLUMA

LA PLUMA
.d cosa
ahora no me p1 as
pero
. . te cansarás de tenerme,
Lo sere)
ninguna.
PACHEQUÍli

DORA LORETA

l&gt;O~A LOP.ETA

Me pondré de rodillas.
una romántica!

PACHEQUÍ!&lt;

¿A dónde vas?
•o

Cuando te contemplo, amor m1 ,

En ese achaque, no
. me superas.
DO~A LORETA
me entra como éxtasu,.
¡Qué noche de luceros!

¡Tú la rompes!
¡No me ciegues!

DO~A LORETA

¡Pachequín, respétame! ¡Yo soy

¡Es de rosas y espinas nuestra cadena!

¡Soy esposa y madre!

PACHEQUÍN
DORA LORETA
PACHEQUfl'I·
DORA LORETA
PACHEQUfN

Temo que te asesine ese hombre.

PACHEQUIN

DO~A LORETA

Siempre la inocencia resplandece.
·La propia para un idilio!
1

PACHEQUÍN

DORA LORETA

. Dame una prueb a d e amor puro!
1

Pudiera no querer darte acogida: En tal caso, prométeme ser mía.
DO~A LORETA

l'ACHEQUIN

•La
1

¡Tuya, hasta la muerte!

·das1

que me p1

·

DORA LORETA

Ten un noble proceder, y ábreme la puerta.

PACHEQUÍN

Te acompañaré para prevenir un arrebato de ese hombre demente.

PACHEQUÍN

¡Franca la tienes!
¡Adiós, Juanito!
¡Adiós, Loreta!

oO?lA LORETA
PACHEQU{:-ó
DO~A LORE'lA

¿No quiere usted mirarme?
PACHEQUh

¡No puedo!
J24

DORA LORETA

¡Xo esponr,as la vida por mí!. ..
Es deber que tengo.

PACHEQUÍN

PA(HEQUJN, MUY :JAQUE, se pone la gorra en la oreja y empuña el estoque. La tarasca sale delante con el pañuelo en los ojos. Sobre la ccpa negra de la higuera, se espatarra el pelele en un círculo tk
lt1aros.

�LA PLUMA

LA PLUMA
p

ESCENA SEXTA
LA SOMBRA 1JE DON FR!OLERA, pasa gesticulante tobrt
los muros de la sala daminguera. El quinqué de porcelana azul tiene un
temblor e,,rlenque.
DON FRIOLEJlA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!... ¡No me tiembla a mí la mano! Hecha justicia
me presento a mi Coronel: -¿Mi Coronel, cómo se lava la honra?y sé su respuesta. ¡Pin! ¡Panl ¡Pun! ¡Listos' En el honor no puede
haber nubes. Me presento voluntario a cumplir condena. 1Mi Coronel, soy otro Teniente Caprilesl Eran culpables, no soy un asesino.
¡Mi Coronel, no soy un asesino! Si me corresponde pena de ser fusilado, pido gracia para mandar el fuego: ¡Muchachos, firmes y a la
cabezal ¡Adiós, mis queridos compañeros! Tenéis esposas honradas,
y debéis estimarlas: ¡No consintáis nunca el adulterio en d Cuerpo
de Carabineros! ¡Friolera! ¡Eran culpables! ¡Pagaron con su sangre!
¡No soy un asesino!
RECHINA LA PUERTA, y en el umbral aparece Doña Loreta.
Tras ella, en la somhra del pasillo, st apu,zta la figura del barbero con
el kepis sobre una aja, y la capa acandilada por el estoque. D01ia Lore-

DO~A LORETA

ascua!, nunca tu esposa de·.
~o d e guardarte la debida fidelidad.
DO~ FRIOLERA

¡Pruebas! ¡Pruebas!

·T
.
DOjlA LORETA
' amb1én yo las pido, Pascual!
.

DOS

Co

DO~A LORETA

¡Pascual!

DO~A LORETA

mo el propio sol
1
resp andece. 1Quién me acusa? .
bárbaro! ¡Un celoso
no me calumnies'. demente! ¡Un turco sanguinario'. '·M'áUtan~.~ro
hombre
DOS FRIOLERA

•

~De dónde vienes? ¿Y ese h ombre por qué te acompaiia?
PACHEQUÍN

Para testificar que tiene usted una perla por esposa. ¡Una heroína!
DON FRIOLERA

¡Pruebas! ¡Pruebas!

tá cae de rodillas ju1ttanda las manos.
,f

.

PACHEQUfN

¿No le satisface a usted 1
ya en su domicilio, para ha~er~:chot de que un servidor se constituen rega de su señora?

DON FRIOLERA

ooi;;A LORETA

¿Qué respondes?

¿Conoces tu sentencia?
oo:--A LORETA

Pascualín, si me repudias de esposa, que sea de una manera decente, y sin escándalo.
DON

FRIOLERA

En España, la mujer que falla, tiene pena de la vida.
3a6

•·RIOLERA

,Loreta, es preciso que resplandezca tu mocenc1a!
.
.

.

PACHEQUfN

DéJele usted que Jo medite , Dona
- Loreta.
DORA LORETA

Ten un impulso generoso, Pascualin.

�LA PLUMA
LA PLGMA
DORA LORETA

PACHEQUÍN

¡Rencoroso!

. Teniente la razón de las cosas.
•
Comprenda usted, m1

DON FRIOLERA

¡Es inaudito!

T

DON HI.IOLEIU

,
No puedo soportar tu presencia.
.
al de esta casa.
Pachequml, s de cinco minutos.
concedo un p azo

e

DORA LORETA

¡Palabrotas, no, Pascual! ¡Eres un soldadote y no me respetas!
DON FRIOLERA

PACHEQUÍN

¡Mi Teniente, es usted u

n dramático sempiterno!
DON FRIOT.ERA

, ·co ' O el primer
, d udo si eres un c1m
Pachequm,
PACHEQUÍN
paña.

Caballero

Me avistaré con ese hombre y Je propondré un arreglo a tiros. Es
la solución más honrosa.
de Es-

DORA LORETA

¡Y si te mata!
DON FRIOLERA

Te quedas viuda y libre.

Soy un rom ántico , mi Teniente.
DON FRIOLERA

o un duelo a dos pasos en el cernenYo también, y te propong
terio.
DO~A LORETA
¿Vuelves a tus d ud as' Pascual?
DON

FRIOLERA

DORA LORETA

Pascual, esas palabras son puñales que me traspasan. Pascual,
yo jamás consentiré que expongas tu vida por una demencia.
DON FRIOLERA

No sé cómo podrás impecfirlo.
DORA LORETA

¡Me tomaré una pastilla de sublimado!

Llámales garfios infernales.
PACHEQUÍlS

DON FRIOLERA

El sublimado de las boticas, no mata.

y O me retiro.
DON

FRIOLERA

.El demonio te lleve!

'

DORA LORETA

·
Pascual!
¡Qué proceder el de ese amigo,
DON FRIOLERA.

¡No me subleves!
3ll6

DORA LORETA

¡Una caja de cerillas!
DON FRIOLERA

Serán inútiles todos tus histerismos.
DORA LORETA

¿S~es de mala data para mí,

Pascual?

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

¡Déjame!

FRIOLERA

DORA LORETA

DOÑA LORETA, desgarrado el e
anca,jlojo el corsé sueltas l
.
g sto, temb/011a y rebotada el
'
as ;arelas de las e u
reaparece con una botella de .
naguas, sale corretona y
amsete esca, citado.
'

¡Pascual, tendremos que divorciarnos si persistes en tus dudas!
Estás haciendo de mí, la Esposa Martir.
DON FRIOLERA

DORA LORnA

¡Vaya, esto se acabó' Pascual
el rega~o de Curro Cad~nas.
, vamos a beber una copa juntos: Es

¡Quieres la libertad para volar al lado de ese hombre! Nos divorciaremos, pero entrarás en un convento de arrepentidas.
DORA LORETA

¡Tirano!

DON FRIOLERA

Yo no bebo.
DO~A LORETA

DON FRIOLERA

Bebes, y vas a emborracharte conmigo.

¡Has destruido mi vida!

DON FRIOLERA
DORA LORE'IA

¿Pascual, por qué me haces desgraciada? Recógete, Pascual. Procura conciliar el sueño.
DON FRIOLERA

¡Contigo, jamás! ¡Te aborrezco!
DOÑA LORETA

Pues te emborrachas solo.

El sueño huyó de mis párpados.
DOÑA LORETA

DON FRIOLERA

¿Para olvidar?
DOÑA LORETA

¡Pascual, ten juicio!
DON FRIOLERA

Naturaca. ¡Bebe!

¡Mi vida está acabada!

DON FRIOLERA
DORA LORETA

¡No bebo!

Pascual, tienes una hija, me tienes a roí...
DON FRIOLERA

DORA LORETA

¡Te lo vierto por la cabeza!

¡Loreta, me has hecho dudar de todo!
DORA LORETA

Pascual, no seas injusto.
· DON FRIOLERA

¡Quisiera serlo!
J,O

DON FRIOLERA

¡Espera!

EL TENIENTE RECIBE l
rar/a, derrama un kil, dea copa con mano temblona,y al a1tuo
la mosca a la n,uz.
-r

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOS rnJOLERA
DOflA LORETA

¡Otra!

DON FRIOLERA

DOÑA LORETA

¿Intentas embriagarme?
DOÑA LORETA

¡Otra, digo'.

¡Es Pachequínl ¡Loreta, pon una sartén a la lumbre! ¡Vas a freirme los hígados de ese pendejo!
¡No me asustes, Pascual!
DO~ fºRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Y no tendrás más remedio que probar una tajada!

·Si con esto olvidase!
1

DOÍ'lA LORETA
DOflA LORETA

¡Ya la cogiste'.

A Jo menos te dormirás y descansaremos.
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ese Pachequín es un busca pendencias! ¿A qué fué ponerse tan
gallo? ¿Duermes. LoreW

No me dormiré. ¡No puedol
DORA LORETA

¡Bebel
¿Cuántas van,)

Duermo.

DO~A LORETA
DOS FRIOLERA

DON FRIOLERA

Tú, con tu actitud, le diste alas. Responde Loreta.
DO~A LORETA
DOÑA LORETA

¡No lo sé, bebe!

DON FRIOLERA

¿Quién está oculto en aquella puerta?
DO~A LORETA

¡El gato!
¿Cuántas van?
¡Bebe!

DON FRIOLERA
DO~A LORETA
DON

FRIOLERA

Quién está oculto en aquella puert • ¿
Enciende una ceril~a, Loreta
ta? ¡No te escondas, miserable.
DOflA LORETA

,,.

¡Bebel

Me he quedado sorda de un aire.
¡Impúdica!
¡Mierda!

DON

FRIOLERA

DOÍ'lA LORETA

DQ/;,A LORETA TOMA el quinqui, y d~fando la sala a oscuras, se mete por la puerta de escape pintada de azul, recogidas sobre
una cadera las sueltas enaguas.
DON .FRIOLERA

Si tú ocupas la cama matrimonial, yo dormiré en la esterilla.
JlJ

�LA PLUMA

LA PLUMA
DORA LORETA

¡Duerme debajo de la escalera, como San Alejo!
DON FRIOLERA

¡Loretita! Donde hay amor hay celos. No te enojes pichona con
tu pichón. ¿Duermes Loretita?

ESCENA SÉPTIMA
EL BILLAR DE DORA CALIXTA. Sala baja con pinturas
absurdas, de un sentimiento popular y dramático:-Contrabandistas de
trabuco y manta jerezana; manolas de bolero y calañés, con ojos asesinos; picadores y toros, alaridos del rojo y el amarillo.-Curro Cadenas,
toma café en la mesa más cercana al mostrador, y conversa con la dueña, que sobre un fondo de botillería, destaca su busto propincuo, de
cuarentona.

Con dos barajas.

DOÑA CALIXTA
CURRO

De ahí saldrá la bomba.

DOÑA CALIXTA

Sentiré la desgracia de Don Friolera. ¡Era un sujeto muy decente!
CURRO

Había dado un cambiazo.
DOÑA CALIXTA

Otro vendrá que le haga bueno.
CURRO

En ge_neral, 1~ clase de oficiales es decente. El mal está en los altos espac10s. ¡Allí no entienden si no es por miles de pesetas' -La
parranda de los guarismos es aquello!
· 1
DONA CALIXTA

DOÑA CALIXTA

¿Currillo, ha oído usted esa voz de que expulsan de la milicia a
Don Friolera?
CURRO

Usted estará mejor enterada, Doña Calixta.

¡Si usted no pisa por esos suelos alfombrados!
CURRO

. ¡Qué sabe usted los palacios donde yo entro! Un servidor ha deJado por las alturas más pápiros que tiene el Banco de España.
DOÑA CALIXTA

DORA CALIXTA

Pues no lo estoy.
CURRO

Como tiene usted de huésped al teniente Rovirosa.
DOÑA

CURRO

Tómelo a guasa.

CALIXTA

Ese señor, para guardar un secreto, es la rúbrica de un escribano.
CURRO

¿No están reunidos los tres tenientes, en el piso de arriba?
334

Currillo, es usted un telescopio contando.

DORA CALIXTA

&lt;\illese

un m0mento. ¡Arriba hablan recio!
CURRO

Me parece que disputan por una jugada.

�LA PLLJMÁ

LA PLUMA
EL TENIENTE DON FRIOLERA, escoltado de un perrillo
con bor!cl en la punta del rabo, entra i!&gt;Z la sala de los billares. Zancudo, amarillento y flaco, se llega al mostrador, bordeando las grandes
mesas verdes, y saluda, alzada la mano a la visera del ros.

¡Ni una palabra más!

CURRO
DON FRIOLERA

¿Tú me comprendes?
CURRO

¡Totalmente!
DON FRIOLERA

.

DON FRIOLERA

,Tengo el corazón lacerado! '•M't muJer
. me ha salido rana!

Doña Calixta, una copa de aguardiente, que no voy a pagar.
DOj¡A CALIXTA

¡Siento la ocurrencia!

Tiene usted crédito.

DON 1''RIOLER'I.

DON FRIOLERA

¿Ya lo sabías, verdad?

Salí de casa sin tabaco y sin numerario. Tuvimos una nube en
el matrimonio, y no he querido pedirle a mi señora la llave de la
gabeta.

CURRO

Andaba ese run-ru n. F umese
.
usted ese hbaco
.
'
, mi. temente.

CURRO

Doña Calixta, si aquí me autoriza, esa copa la paga un servidor.
DOS t'RIOLER"-

CURRO

DON FRIOLERA

Estoy en ayunas
por la depositana
. d'e ym1puede
honor!marearme. ¡En2añado
~por el amigo y

Currillo, esta prefiero debérsela a Doña Calixta.

CURllO

La vida está llena de esos casos.

CURRO

Lo cual quiere decir, que tomará usted otra.
¿Para que nacemos?

DON FRIOLERA

¡Bueno!

DON HUOLERA
CURRO

Con gesto confidencial, se a/Jarta al fondo de una ventana, y hace
señas al otro para que le siga. Curro Cadenas. toma z,na expresión de

Para rabiar. Somos las
dos entre nuestros padres. ~~~s:~utnc'.ª" ~e los buenos ratos habiurna u&lt;;tcd el veguero?
0

sorna.

DON FR10LERA

ame una cerilla. ¡Gracias'. Mira como me tiembla 1
a mano.
DON FRIOLERA

¡Mira, hijo, bebo para sacarme un clavo del pensamiento!

Eso son nervios.

CUkRO

2,
JJó

33'

�LA P-L U ~l A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

CURRO

¡Es el fruto del puñal que 11evo en el corazón!

De tener que solicitar el retiro, ¿cambiaría usted de residencia?

CURRO

·1
ue los señores oficiales esMi teniente, and~ usted con pupi a, q
tán reunidos en el piso alto.
DON FRIOLERA

.

.
in-

..
. ·Ya sabes que nuuca he sido
Desprecio el vil metal, hiJO mio.·' en sin acordarse de este ve·
a ellos que prevanqu ,
teresado •l Déialos
J
terano.

No lo he pensado.

DON FRIOLERA
CURRO

Le debo a usted una explicación, Don Pascual. La casa que usted
habita, a mi señora le hace tilín. ¡Es una jaula muy alegre!
¡Maldita sea!

DON FRIOLERA

CURRO

. te, no va por a h.i el motivo de esa reunión.
A lo que se mien
DON FRIOLERA

¡A mí, plin! Tengo el corazón lacerado.

DON FRIOLERA APURA LA COPA servida en el mostrador,
se encasqueta el ros y con las manos metidas en los bolsillos del capote,
sale a la calle, silbando al perrillo que le sigue, moviendo la borla
del rabo.

CURRO

.
. , . alir ara usted una novedad, nada bueDe esa reumón, pudi1:1a \e fo~man a usted Tribunal.
na. Mi teniente, se corre que
DON FRIOLERA
•

1 ·Q

¡Fnolera. t u

e me forman Tribunal? ¿Y por qué?

Parece mochales.
Completamente.

DON FRIOLERA

En ellos, solamente yo soy juez.
CURRO

Asi debía ser. Una pregunta, m1· tem·ente.
DON FF1OLERA

Venga.
338

CURRO
DORA CALIXTA

Siento su desgracia. Era un apreciable sujeto.

CURRO

Parece que Por sus pleitos familiares.

DOnA CALIXTA

Un viva la Virgen.

CURRO
DOnA CALIXTA

Doña Loreta merecía ser emplumada.
lURRO CADENA~ SE ACERCA al mostrador y pomposo tk;a
,aer un machacante hacilndolo saltar. Espera la vuelta dando lumbre
a un habano, y bajo el reflejo tk la cerilla, su cara es luna llena. Rtcióido ti dinero, se lo guarda con un guiño.
J39

�LA PLUMA

LA PLUMA
CURRO

Doña Calixta, tengo en cierto lugar una pacotilla de género inglés, y cornea sobre esa querencia un toro marrajo. Doña Calixta,
usted podría rouletearlo.
DOÑA CALIXTA

DOÑA CALIXf A

Esas no son novedades.
CURRO

¿Doña Calixta, quiere usted que hablemos sm
. macaneos?

No me penetro.

DOÑA CALIXTA
CURRO

Yo bailo al son que me tocan.

En cuanto le apunte el nombre, está usted más que penetrada.
DO~A CALIXTA

Acaso.

Pues oído al repique· Ha
1 .
al teniente Rovirosa.
. y a a vista un negocio, si usted camela

CURRO

Yo sabría corresponder ...
Puede.

CURRO

DO ~A CALIXTA

DOÑA CAL.IXTA

Apenas llevamos trato. Buen
,
en sus guardias. Yo aquí. La c eºstadiasfi. Buenas noches. Él, arriba o
u n a n de mes.

CURRO

CURRO

No se ponga usted enigmática, Doña Calixta.
DOÑA CALIXTA

¡Cw·rillo, usted anda en muy malos pasos!

Otra cosa me habían contado.
DOÑA CALIXTA

Hay lenguas muy embusteras.

CURRO

Hay que ganarse la vida, y todos nos debemos ayuda mutua,
Doña Calixta. Nosotros, los que con sudores y trabajos hemos sabido juntar unas pesetas, habíamos de sindicarnos como hace el proleta.riado.

CURRO

No ha sido en desdoro, Doña Calixta.
DOÑA CALIXTA

¿Qué le habían contado?
DOÑA CALIXTA

¿Currillo, el buey suelto, bien se lame!
CURRO

Doña Calixta, hoy todo está cambiado, y hasta son mentira los
refranes. Vea usted cómo el obrero se conchaba para subir los jornales. ¡Qué vá! Hasta el propio Gobierno se conchaba para sacarnos
los cuartos en contribuciones y aduanas.

CURRO

Que el teniente es hombre de gusto.
DOÑA CALIXTA

¡Y que me deshace la cama!
CURRO

No señora. Que usted le da achares.
341

�LA PLUMA

LA p L U :0-1 A
DOÑA CALIXTA

Menos mal.
CURRO

y lo he creído, porque usted es muy inhumana.
DOÑA CALIXTA

¿Me querría usted otra Doña Loreta?

CURRO

Conforme. Mis ideas, también son antirrevolucionarias. El que
tiene un negocio, y cuatro patacones, no puede ser un ácrata. Pero
se guipa alguna cosa, y comprendo que el orden social, se tambalea.
Doña Calixta, los negocios están muy malos. Ahora hablan de suprimir las aduanas, y a nosotros es matarnos: Si todos los artículos entran libremente, se acabó el contrabando. ¿Qué hace usted? Poner
una bomba.

CURRO

. el ..mismo
caso · Usted es libre, Doña Calíxta.
~
Nunca sena
DOÑA CALIXTA

¡Yo no!

DOÑA CALIXTA
CURRO

Porque usted ya se apaña retirada del matuteo.

Nunca se es libre para pecar.

DOÑA CALIXTA

CURRO

¡A Dios gracias!

Hacer hijos no es pecado.

CURRO

DOÑA CALIXTA

¿Y quién los mantiene?

Acuérdese usted de cuando andaba en estos trotes, y saque un
ánima del Purgatorio.
DOÑA CALIXTA

CURRO

Le rezaré un rosario.
CURRO

El Erario Público.
DOÑA CALIXTA

¿Quiere usted cegar a su alojado con dos Veraguas?

Eso será en las Repúblicas.

DOÑA CALIXTA
CURRO

¿Dos Veraguas son cuarenta machacantes?

y por las señales, no tardará en España.
DOÑA CALIXTA

Aquí no estamos por esas modas de extranjis.
CURRO

Por de pronto, ya le han dado mulé a Dato.

CURRO

Esa es la veri.
DOÑA CALIXTA

¡Me los tira a la cara! ¡Ni que fuera un pelanas! Llegue usted a la
corrida completa.
CURRO

No da el negocio para tanto.

D0ÑA CALIXTA

Unos asesinos.

DOjA CALIXTA

¡Miau!

�L.~ PLUMA
REAPARECE DON FRIOLERA, el aire distraído, los ojos tristes, gesto }' i·i.ra!(l'S tú manidtico: Entra furtfro, y se sienta en tm rincón. El perrillo salta sobre el mugriento terciopelo di/ diván y se acomoda a su lado. Acude Bara/locas, el mozo tú/ cafttín.
BARALLOCAS

lDesea usted algo?
DON FRIOLERA

¡Un veneno!

PERROS DE LOS CAMINOS

BARALLOCAS, CON GESTO CONCILIADOR pone sobre la
mesa un servicio di café, y con la pu,zta de la servilleta, ahuyenta al
perrillo, del regalo del diván. Se pega en el labio la colilla que lleva en
la oreja, enciende, humea, y ocupa el puesto del perrillo, al lado de Don

Perros tu los caminos
hoy viene al campo v:estro amigo a veros.

Friolera.

El alma mía tiembla como un niño
pero tiembla di amor y no tu miedo.

BARALLOCAS

¡Hay que ser filósofo!
DON FRIOLERA

¡Pues yo no lo soy!
BARALLOCAS

¡Mal hecho! En España vivimos muy atrasados. No se inculca
la filosofia en los matrimonios, como se hace en otros países.
DON FRIOLERA

¿Te refieres a la ley del divorcio?
BARALLOCAS

¡Amigos míos, puros,
amigos verdaderos!
Si yo tuviera el corazón más sano
l.:; pusiera a cantar en el sendero,
perros de los caminos tk los campos
que saludáis, ladrando, a los viajeros.
/ Viajeros tk la tarde y tk la noche,
peregrinos del sol y di! misterio!

¡Ya nos hemos entendido!
BARALLOCAS GUIÑA UN OJO, y se ln:anta para acudir a
la mesa dotzde acaban de sentarse, El Ai,io del Melo1tar, Curro Catknas, y Ne/o el Peneque. El perrillo recobra de im salto su puesto en el
diván, y sacude el terciopelo con la borla tkl rabo.
(Se continiuzrá)
344

Perros di los caminos,
hoy vino al campo vuestro amigo a veros.
Vuestros ladridos esta tarde tienen
un ritmo di canción para mi ens~--·
345

�LA PL~_A.

MENDIGO
1lfendigo que me sales al camino
y me alargas la mano
para que yo confirme tu pobrez~,,
¡Dios te dé mejor suerte cada dza~
Yo tengo juventud; yo teng_o suenos
de oro. E ¡ mar es mi camino. Amo
las rosas frescas y las noclzes e1aras.
• esfiuente de ternuras,
El ama
1ma
l
mi corazón maestro de bondade~···
.Es algo de esto lo qu,e tú me pides?
~Por que no tengo cobre, no lo tuve
ni lo tendré jamás!
.
¡Mendigo anciano,
·
'
una
tu mano prolongada hacia lmi,, es
ironía formal! ¡Somos igua es.:
Tú times plata en la cabeza,fuera;
oro en la cabeza, dentro. , ~
yo teno-o
o
¡S olo nos fialta el cobre! ¿Te sonries.

FERNANDO GONZALBZ
Isla de Gran Canaria.

CARTAS DE JORGE ISAACS
A JUSTO SIERRA
Madrid,
Sr. D. Cipriano Rivas Cherif.

22

de mayo de

LA

1921.

PLUMA,

Mi querido amigo:-Pocas figuras más representativas en la literatura
americana que el autM de Maria. Jorge Isaacs toma la pluma ... y al punto se le saltan las lágrimas. Y cunde por América y España el dulce contagio sensitivo, el gran consuelo de llorar.
El romántico caballero judío, hijo de un judío inglés establecido en
Cauca, está hecho-afortunadamente-para despistar cierta tendencia a
sustituir la critica literaria con artimañas sociológicas. Tendencia según
la cual este creador de la novela criolla, puesto que hay lágrimas &lt;'n él,
debiera ser indio por los cuatro costados.
Caudillo liberal, escritor doliente, hombre de aventura y de ensueño,
vive peligrosamente y muere en la pobreza-como muere la gente honrada-buscando unas utópicas minas en unas tierras inexploradas y salvajes, con la ambición de dejar cierto bienestar a los suyos. Los editores
lo han robado; sus enemigos políticos lo persiguen. Pero él tiene fe en la
bondad humana, porque le rebosa el corazón.
En nuestras combatidas tierras de generales y poetas ¡gozan y sufren
tanto los b.ombresl A veces me pregunto si los europeos entenderán
nunca el trabajo que nos cuesta a los americanos llegar hasta la muerte
con la antorcha encendida. ¡Qué espectáculo el de América, amigo míol
Aquéllos caen de muerte violenta, y éstos se matan a sí mismos, en un
esfuerzo sobrehumano de superación, para adquirir el derecb.o de asomarse al mundo. cPoetas y generales•, decla Rubén Darlo. Y algun0s,
que sól..&gt; quisiéramos ser poetas, acaso nos pasamos la vida tratando de
traducir en impulso lírico lo que fué, por ejemplo, para nuestros padres,
34'7

�LA PLlJMA
LA PLUMA
la emoción de una hermosa carga de caballeria, a pecho descubierto y
ata.cando sobre la metralla.
Jorge lsaacs se dirige un día a Justo Siprra, el gran mejicano de los
tiempos de Porfirio Diaz. Le pide auxilio, siente que puede abrirse con
él. Justo Sierra fué tuda su vida un consejero y un maestro. Protegió a
los poetas y educó a tres generaciones. Gran prosista, historiador elocuente, hombre de ademán apostólico, pero contenido en la mesura académica, escribió sobre nuestra historia páginas tan sinceras y valientes,
que todavia nos asombran. Como nos asombra que se hayan podido escribir-sin escándalo ni falsas actitudes heroicas, sino llenas d~ serenidad
e intt:ligencia-en aquella época de pax augusta, cuyo secreto parece
haber sido no poner nunca el dedo en h llaga. Justo Sierra ponía el dedo
en la llaga y, como en el consejo de Kipling, siendo muy bueno "'j muy
,abio, ni hacia aspavientos de muy bueno, ni hablaba a lo muy sabio.
Junto a la naturaleza ardiente y solit&amp;ria de Jnrge lsaacs, contrasta la vida
del gran mejicano, recortada en el perfil impecable, al gusto de una sociedad etevnte y exigente. Justo Sierra es ese hombre prudente de Vauvenargues que no necesita abandonar el bullicio de la Corte para ser bueno
y superior, y tal vez por sólo eso lo es má'&gt; que quien se aisla en la Te•
baida egotsta, donde no hay tentaciones ni conflictos de la conducta.
He aqui tres cartas de Jorge Isaacs a Jm,to Sierra. LA PLUMA las publicará por primera vez. Los críticos colombianos sacarán de ellas algunas noticias curiosas. Yo no puedo leerlas sin conmoverme. Veo a\ trasluz-todos los dolores de mi América; y algo muy mlo, que no acierto a
formular yo mismo, despierta en mi: algo entre recue1do y amenaza ...
Tal vez sea el contagio de las lágrimas.

Justo Sierra no pudo hacer Cónsul de Méjico a Jorge lsaacs. ,L"gra•

ria auxiliarlo en algún modo? &lt;Cuár do ap,enderrmcs a dar a los ht mb1 es
lo que es suyo? Pero 'Yª lo eutiendo: lo p1 opio de Jorge lsaacs eran las
lágrimas.-Mis amigos de Mé1ico podrán imaginar conmign-¡ellos que
lo conocieron! - cómo habrán resonado en el alma de Justo Sierra las la~
mentaciones del autor de María.
Y usted, amigo Cipria no, perdone estos desahogos sentimentales, qu~
tan pocas veces me consiento, y dé cabida en LA P1.UMA a las cartas de

Jorge lsaars .
.Muy suyo,

ALFONSO REYES

• ••

•Bogotá, '5 de marzo de ,888.
Sr. D. Justo Sierra, etc., etc.
Mº ¡·
México.
' es ,mado amigo· Lo saludo f t
placer al repetirle que ~o he olvida~ ec _uoi5a;e~te, y tengo mucho
en honra y estímulos debo a su b ~ ~1 o v1 are nunca todo lo que
Pronto he de escribirle Ia·go on a . .
.
por objeto recomendarle a rr:i c' y •ras lineas tienen únicamente
U. q~e quizá vaya pronto a ese
nota el Sr. D. Juan de Dios
E Sr. U. afamado escritor en e I b"
miembro de una familia lle d
º. º':° ,a, talento admirable, es
sus ilustres varones han pr::ta~on:e~=~mt~nt?s por los servicios que
de buenos, de a tivos tii bu nos d
b_epubl1ca, desde 1810: sangre
venas: ama lo que ellos ama y e sa ,os demócratas corre en sus
estaba obligado a ser.
ron; muy joven todavía, sabe ser lo que

;::;:.ª

. Se le proscribe y, según me ha d. h
.
el tendrá necesidad de ganarse la vi~c o su noble y virtuosa madre,
c16n de la América española . d a co_n su pluma en alguna na.\!évico.
' sien o casi seguro que prefiera ir a
Ruégole a usted, lo mismo que al Sr D F
mexicanos que a Colombia aman
. . ..~osa y demás ilustres
más de lo que merezco h
y cofn su carmo me honran, quiza
' agan en avvr del Sr U 1
,
or un h ermano mio Co
.
· • o que hanan
P
para ellos.
.
mumqueles esta carla, que es también
Soy su leal amigo y s. s.,
JoRGE ISAACS.•

***
clbagué (Colombia), 4 de mayo de 1888.
Sr · D. Justo Sierra, etc., etc.
.
México.
Rec1ba un abrazo m10.
· iQu,"é n sabe cuándo le pueda dar uno de
veras!
Acabé los estudios de la costa fer
Las hulleras que descubrí en el G0 lf0 Jm~te, con ~ucha fortuna.
e rabá (Danén del Norte)
349

�LA

LA PLUMA
PLUMA

son una riqueza fabulosa. Estoy ya asociado para coronar la empresa, contratar en el extranjero, etc., etc., con la fuerte y bien acreditada casa de los Sres. José Camacho Roldán &amp; Compañía. El !&gt;ocio
administrador de la casa irá en junio y julio u los Estados Unidos y
a Europa, ocupado en esa labor, y en agosto o septiembre me reuniré en la Costa con el in~eniero docto que el Sindicato constituido al
efecto envíe a estudiar las hulleras. Hallarán que son más de lo quesobrio en mis informes-he dicho.
Es vía recta ya. Sólo se requiere un último esfuerzo, y ya está,
como dicen los chilenos. Le prometo que tan luego como deje organizado aquí, después, el bienestar de mi familia y el trabajo de mis
dos hijos mayores, Lisímaco y Jorge, me dirigiré a los Estados Unidos, para de ahí, ya estudiados por algunos meses, pasar a México.
Lo demás dará tiempo.
Quizá vuelva medio muerto de mi último viaje a Urabá, etc. Pero
~cómo no he de tener merecida la felicidad de ver a mi familia completamente dichosa algunos años?
Le recomendé a usted hace dos meses al Sr. D. Juan de Dios
U., d1stinguidísimo escritor de Colombia, que salió desterrado. Sé
que usted, el Sr. Sosa (a quien saludo cariñosamente) y sus muchos
amigos liberales; harán por U. obra buena. Mil y mil gracias a
todos desde ahora.
U., acá para los dos, tiene la desgracia de ser aficionado a
beber. Mucho lo aconsejé, y lo aconsejó su virtuosa e inteligente
madre, para remediar aquel mal. Por temporadas, deja el maldito
vicio, y entonces su cerebro es un foco inagotable de luz, y las tinieblas, los buhos y los vampiros están de pésame. Puede ser que allá,
solo, teniendo que hacerse a las consideraciones, cariño y admiración de hombres como usted, U. se domine y se cure para siempre. ¡Cuánto ganaría con ello Colombia!. No sé cómo le insinuará o
le hará in!&gt;inuar usted algo en e¡e sentido. Le ruego lo haga. Pero,
¡verá usted qué manera de escribir, qué fuerza intelectual de mucha•
cho, qué alma tan grande!
Los Sres. Aguilar e Hijos, tipógrafos de esa ciudad, me han escrito la carta que hoy contesto, y me tomo la libertaJ de incluirle
esa cor.testación, porque conviene la vea usted. Me dijeron (15 de
octubre del 87) que le habían entregado a usted una caja con 100
350

ejemplare~ de la última edición de María que han hecho. Si el núme~o d~ eJ?mp!ares del obsequio hubiera sido siquiera de 250 ó 3oo
(y. abna sido Justo), podría presentarse en la prensa mejicana como
eJemplo aprov~chable en toda la Amé, ica latina, el procedimiento
~aballcroso y Justo de los Sres. Aguilar. Ruégole remita los libros a
d:~::ena al Sr. Amaranto Jaspe, muy bien aforrados y recomenSu leal amigo,
ISAACS.»

***
«Ibagué \Colombia), 19 de marzo de r889 .
Sr. D. Justo Sierra, etc., etc.
Méxicv.
Mi bondadoso a_migo: Reciba usted un cariñoso abrazo. Meses
ace que no le escub~. Desde mayo del 88 he tenido que traba ·ar
~uramt ente ebn unas minas que están como a seis leguas al Suroe;te
e es e pue lo, en hoscas montañas.
. En mi ~l~ima c~r~a le hablé del envío de 100 ejemplares de Mala_ultima t:d~ctón he_~ha en México. Son obsequio bondadoso
del 8 s senores Agu1lar e !ftJOS. Ellos me escribieron el 15 de octubre
7d Y en su carta dec1an que los 100 ejemplares serían puestos
en po er de uste?. En Bogotá, amigos a quienes hablé de eso desean
que lleguen los h~~os, y si la edición es tan bonita como m~ lo aseguró el ~~c.tor M~Jta, serán esos ejemplares muy estimados.
t Es ~1~1c_1l enviar con acierto a Colombia la caja. A Panamá puede
~rs ed ~mgu ~eta a alguna casa respetable, para que la remita a Baandq~illa._ S1 puede venir directamente a este puerto de Barranquilla
ve.n ra . h_ien ~~comendada a los señores Ferbuson No uera y~
les escnb1r_é d1~1éndoles a quién deben remitir la caja
Ho~da
puerto_ del mtenor, en el río Magdalena. Mucho agradeceré a usted
sus cuidados, etc., en el envío de esos libros. Los señores Camacho
~o;dán Y Tamayo deben recibir en Bogotá los libros. Si el docto;
ª vador Camacho Roldán estuvo en la ciudad de México en 1 888
como se me asegura, tendría el placer de tratar a usted; si así ha su~
h

~1:,1:e

!

351

�LA

PLUMA

cedido, ya tiene usted el medio de enviar los libros a Colombia cort
seg . ridad; él se lo habrá dejado en sus indicaciones.
Y a otra cosa.
En todo el mes de abril pr6ximo volveré a la costa atlántica con
el fin de visitar, con un ingeniero que ha de venir de Europa, las
hulleras que, en el golfo de Urabá o Darién del Norte, descubrí en
1887. Si mi apoderado en Europa y Estados Unidos para agenciar
ese negocio, el doctor José Camacho Roldán, hermano de D. Salvador, acierta en sus procedimientos y labor, como lo espero, la Compañía que tome a su cargo la explotación de esas riquísimas hulleras hará cuantiosas, incalculables ganancias. TemQ únicamente que
se retarde por algún motivo la negociación del doctor Camacho Roldán. Esto contraría en absoluto mis proyectos para lo futuro. En el
resultado de mi penosa labor en las costas del Atlántico-que estudié mucho desde 1882, desde Cabo Falso a Punta Espada, en la
Guayra, hasta Pisisí, en el Golfo de Darién-tengo fincada la esperanza de aliviado vivir en lo venidero, y la posesión de algún patrimonio para mi familia. A veces me figuro que son inútiles mis esfuerzos para adquirir esa fortuna modesta; que debo resignarme a
que no tenga mi familia, mientras exista yo, más de lo puramente
indispensable para no caer en horrible miseria. Asi luchamos desde
1862. No se espante usted de esa fecha: somos valientes, y habiendo
yo tenido ocasión de enriquecerme en altos puestos públicos que
ocupé desde 1876, si no hubiese preferido a todo mi honra, mi po•
breza es hoy mi orgullo.
Temo también que, gobernando hoy a este país los hombres que
usted sabe - conservadores ultramontanos- ~e estorbe de algún
modo, al fin, que yo obtenga resultado definitivo de las arriesgadas
lnbores de que antes hablé. Mucho valen para el país, realmente,
aquellos yacimientos de hulla, tan inmediatos a Colón; mucho le valen por su grande riqueza, que el co1nercio del mundo aprovechará;
pero ¿qué quiere usted? No he trabajado en un país que sepa y pueda recompensar tales esfuerzos afortunados:hecha en México, la Argentina o Chile tal obra, hoy seria yo rico. Aqui es diferente; aún
no poseo ni una casa humilde para hogar de mi familia, y todavía
batallo para vivir en pobreza. Si mi espíritu fuera capaz de míseras
fatuidadss , ya me habría imaginado que tantos dolores y a¡¡onias de
3S'

LA PL lJ l\.lA
años
ya·nos son la gloriosa tortura d
.
h~rarse en vida otros infelices conqui:t ¿¡°e en vano han querido
;~~)~~ue hhoy disfrutan sus c~mpatriota: º;:s de la honra y bienyo acer nada que me ha
.
ro no: todavía no he
aquellas almas excelsas.
ga merecedor de los tormentos de

y bien, amigo mío seamos
.
~ás tarde no me acus~ la e
_pre~1sores: necesito serlo ara
sido fran~o al hablarle a us~en;11~cia de. ceguedad y de ~o hai~~
s~ escnb1ó en los periódicos de Mécosas mtunas. Eso que en 1886
~~6~-• er~ la verdad. Así había suce::~~ ~obr~8 mi angustiosa situa_e 1 2 a 1884, así desde
p iem re de 1885, concluída la
fomprometieron los mentores del ¡°~mpa_na desastrosa en que nos
o que publicaban nobles escrito , eral1_smo en ese año. Yo ne ué
de mi país. Usted vería q~~!ámex1canos, negué la verdad ~or
abn r~motor, de Barran quilla.' ¿Y sab:~:t eJcn_to mío, publicado en
de Iegac1ón mis compatriotas/ Un la! Jo - e ; orno agradecieron m
os redactores de aquel eriod· . ,ge bello, un quidan, uno
;~oqg;¡• porque dizque los fedact~(~t~~
_b¡°'la soez,. digna del
C
me ocupaba yo en la co t
. .
OJ1 a no hab1an sabido
~lornb1a. ¡Verdaderamente hai• a, m s_1 me hallaba en México o en
co ... ¿Para qué decirle a usted
cre1do que yo estaba en Méxi-

~~~r

~zi

m1:;1

yo muc ho entonces en el in d. t
lrabConfiaba
.
•Jo_s, y en ellos arriesgaba la ºd d ~e IR o buen éxito de mis
cornSpaneros en las playas de los ;1 -ª•_ eJando las tumbas de mis
1 los resultados d
es1e1tos.
fuerzo, tendré que pad:~!u~~: labor se re t:irdan o se frustra mi estos que está ocasionando el
quedare endeudado con los gasEuropa y Estados Unidos· será i Je ./~, D. José Carnacho Roldán a
~uemos habitando este lugar do7,~:1 a e que mi familia y yo ~ontiella vive como desterrada desde
. 880; -~endré que ausentarme' de
~º• deJandola en tristeza y casi abcua~quier modo, en busca de traba-

:¡~'.

emas1~do para mis fuerzas ami an ~n.ada, como otras veces. Ya es

~orno siempre, la indiferencia «r!: ~to, y en tal situación tendré
d:~ en este lugarejo-ricos para viv~t~sa~ de los. payos ricos qu~
~s hombres que hoy gobie1na
C iu1-y la Indiferencia cruel
n el Cauca podría est bl
na o omb1a.
23
a ecerme menos difícilmente; pero se ne3S3

�LA PLUMA
cesitaría, para eso, poseer siquiera un pequeño capital. Y en esa co•
marca, donde nací, tal vez no me dejarían vivir, por temores y celo
del partido conservador; allí soy amado de los mozos liberales que
han combatido a mis órdenes victoriosamente.
¡En qué manera podría usted, ayudado del Sr. Sosa y sus otros
amigos, tenderme manos que me ayudaran a salvar este abismal
Después, todo sería hacedero y soportable; todavía estoy vigoroso,
aún puedo mucho .
Usted sabe que en México se han hecho ya catorce ediciones de
Maria, y las hechas en los demás países de Hispano-América, sin
contar éste, pasan de veinticinco. ¿Qué resultado supone usted que
daría en ~léxico algo que se hiciera con el fin de excitar a los editores del libro a formar un fondo que recompensara, siquiera en parte,
mis derechos como autor de este libro? ¡Qué efecto dari•, hecha des·
de allá, una excitativa semejante, a los demás editores de América
que, perjudicándome tanto, han hecho ediciones sin consentimiento
mio? Hagan en ello, usted, el Sr. Sosa, el Dr. D. Mejía y mis otros
bondadosos amigos, lo que juzguen mejor y más delicado. Si nada
creen bueno hacer a ese respecto, apruebo de antemano lo que resuelvan.
Otro medio es posible. Si el señor general Díaz sabe quién soy y
de lo que puedo hacer juzga, ¿tendría inconveniente pa1 a honrari,,e
con el nombramiento de Cónsul general de México en Colembia? ¡Lo
permiten las leyes mexicanas? Yo me esforzaría, a fin de servir ese
empleo de modo que mi labor no fuese inútil para México; y si algo
puede valer mi profunda gratitud, el ciudadano eminente que hoy
preside aquella nación tendría, no sólo mi gratitud, sino la de mis
hijos y la de los colombianos que me aman.
Aunque escritos con el alma, trazar esos últimos renglones ha
sido más dificil para mi que escribir muchos capítulos de aquel libro
-poema de mi corazón-que usted admira. Prosa de la existencia .. .
¡Cuánto cuesta el vulgar vivir! ¡Lo que uno es capaz de hacer por
amor a estos niños adorables que han sido mi único consuelo y ale·
grial ¡Cuán espantoso y cruel es pensar que los dejaré en el mundo
d~svalidos!
No relea usted esos rengiones. Proceda como mi hermano.No ol·

•

354

.

LA PLUMA

vide, al proceder en un sen!' d
bre;que no pido limo
t o u otro, que está de
.
con mi trabajo·
s~aa los editores que en A é ~or medio mi nomPresidente de
es digno de admiración; ;~~a han esp~culado
no de toda la Améric;
yo soy, por casta de nato ªtata miento el
laboran bendeci&lt;j
a ina, hermano de todas I ura eza, c1udadanuestros libertad:r~y luchan gloriosas, complemas talmdas que en elia
s.
en an ° la obra de
Adiós ho
bre del S
y. Sus cartas me vendrán b'
Le enr~aDrgro. He11rbique de la Espriella. ,en a Cartagena, bajo el so-

Mi:~:'

r~: .

un a razo

·-

o mi respuesta lar a
cannoso para el Sr. Sosa
ad recibir otra de él g a su carta de 27 de abril d 1 81~e habrá llegaSu leal am·
.
e 7 No he vuelto
,go y seguro servidor

•

JORGE ls.UCS

Posdata -Le •
·
cial de Col~mbia incluyo, _t~mado del número 262
.
26
tudiad_as por mí
de d1c1embre del 8 7) lo 0 ~~
. del Diario Ofi·
~ncog,da algo l~ d ~ta entonces se publicó L • soore hulleras esy obtenido. ¡Sería ~rfs conservadores-apla~di~ prensa del país1 reproducir en Méx·
Y admiró lo hecho
tco esos documentos?•

h

�L A PL UM A

LA CA NCIÓ N GRI S
¡L luvia de ciudad!
Sonsonete triste
sobre los cristales...
·Luz de enfermedad!
I
.
1/oy todo se vzste
de tonos iguales.
Luz apa1ttallada,
disfraz de las cosas
gozosas ... ¡De nada
sirve que !zaya ros~s!
Se han tornado grises
flores de tristeza;_
se han tornado lises
rancias de nobleza.
Huyó la algarada .
que un bum d~a tra;o
sobre mi agobiada
mesa de trabajo.
Oh la luz go::osa ...!
1
Ho; ¿porqué 110 brilla
su color de rosa
sobre la cuartilla?
¡Días soleados/

La 1•ista viajaba,
corría y brincaba
sobre los tejados.
Hoy, tan solo mira
la borrosa tira
del turbio paisaje,
los lzilos da encaje
que teje la lluvia,
flecos para el traje
de la tierra rubia,
y la calle muerta,
tediosa, desierta,
y la r~sa abierta
lieclza flor de lis...
¡ Todo, al alma mía
trae la letanía
de melancolía,
de monotonía
de la canción gris!

UN MATRIMONIO OCTOGENARIO
¡Qué vi9'os son los dos! Por u,za inercia extraña
no han muerto. Cada día su vejez envejece.
La hija qHe les dió 11ietns, ahora los acompaña,
y casi al mismo tiempo se arruga y encanece.
357

�LA PLUMA
. Qué viejos son los dos! En ella, como en él,
parece que la Muerte modela su
. boceto
todavía de carne, todavía de pul,
el esqueleto.
b ar de.¡:;nitivamente
para l ar
'P
1

Tienen el dorso en curva; la diest-:a ªf!arrotada
al cachavón de palo, caído el brazo izquierdo.
r:. 'o tristeza ¡nada!
,
do
Bucean en los anos
... J."rl
Todo es hielo en la trama borrosa del recuer .

- Te acuerdasr Aquí, un día, reco~damos aquello ...
¿
t·
memorzaHi "uca, cuéntanos, tú que ienes.
lo; dos viejos escuchan, mu,y estirado el cueh_llo .
un renglón de su zstona.
y agranda dos los oios
J
'

y cruza un Juego fatuo por la mente dormida,

=

_,,. la existencia recobra,
su fittgaz Parp 0
•d.
y se entibian sus venas con ttn soplo de vi a,
siuue
lentamente su obra
.
la J',,-uerte
mientras
'l!l
.,

ANGBL ESPINOSA
• libro en prensa eT orrentes y remansos••
Del

HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC
hace ya una veintena de años que murió ToulouseLautrec, el valor y la magnitud total de su obra no han aparecido claramente hasta muy poco tiempo antes de la guerraSu obra dispersa, manifestábase tan pronto en un procedimiento, tan pronto en otro, sin excluir los más diversos: óleo, pastel, grabado, litografía, y se expresaba lo mismo en un cartel que en la cubierta
de un libro, o incluso en un simple programa, y amoldándose siempre a
la actualidad; obra que se nos presentaba en fragmentos, y aunque tuviésemos la noción de su valía no podíamos medir con exactitud su alcance.
Además, la extraña personalidad, fantástica, robusta al par que enfermiza de Lautrec, atrayente y sarcástica, seductora y desconcertante, rebasaba, o parecía rebasar el marco de su obra, hecha como jugando, y a la
que parecía no conceder importancia. Dijérase que brotaba sin esfuerzo
de sus dedos; no incitaba a penetrar en su intención profunda.
Fué menester la exposición organizada en París, en junio de 1914,
por la revista «Les Arts• para descubrirnos verdaderamente la obra de
Toulouse-Lautrec en todo su esplendor, viviente, conmovedora al par que
implacable.
Sabiase muy bien que sus dotes hablan sido prodigiosas, tales que ni
Daumier, ni Forain, ni Degas, a quien puede aproximársele, le han sacado ventaja. Parecía no proceder de nadie, no venir de parte alguna: apenas si su lápiz incisivo recordaba a veces ciertas «abreviaturas• del arte
japonés. En la exposición de 1914 nos encontramos ante las fuentes propias de est~ singular artista: eran puramente clásicas, riquísimas, selectas.
UNQUE

35'?

�LA PLUMA
Vimos alli lienzos como la Blanch{sseuse, pintados tan sólida y clásicam&lt;!nte como las primeras obras de Degas; dibujos que eran prolongacióu de los pintores franceses del siglo xvm; allí vimos aparecer de súbito sus cimientos profundos,,su conocimiento sagaz de la tradición francesa pura, a la que agregaba una percepción de la vida febril, jovial o
melancólica, que le pertenece por modo exclusivo. ·
Si la vida que llevó Henri de Toulouse-Lautrec no es de las que las
Academias recompensan con premios a la virtud, fué al menos singularmente adecuada para suministrarle los espectáculos que con más fidelidad convenian a sus medios de expresión.
Toulouse-Lautrec era exiguo, deforme, de ingrato rostro: especie de
gnomo que mezclaba una cachaza desconcertante con una petulancia imprevista; aunque entristecido por su desgracia corporal, ocultaba su melancolía honda bajo apariencías joviales o alborotadas; se vengaba de la
vida escrutándola hasta el fondo; la recorría desde lo alto de la escala social a lo más bajo, complaciéndose más en lo bajo, porque alli se le aparecia más franca en sus vicios, en sus amarguras y en sus goces, en sus
apetitos y en sus engaños
.
Descendiente auténtico de los condes de Toulouse, una de las familias más rancias de la aristocracia francesa, le plugo sobremanera considerar el circo, el bar, el pueblo que se divierte, la liviandad de los ociosos en los sitios de esparcimiento, la melancolía de la cvida alegre•, el
similor del music-hall, la iluminación chillona de los teatros, el oropel de
las ferias.
En ese respecto ha sido el historiador sin igual del Par[s que se di•
vierte baila canta o sale a escena, entre los años 1884 y 1900. Todas las
celeb;idade~ efímeras de los cafés-conciertos y de los teatrillos, han sido
así eternizados por el lápiz de Toulouse-Lautrec. Aunque sólo fuese como
documento su obra merec[a sobrevivir, pues no será posible escribir
la historia de la vida parisina entre una y otra guerra, sin referirse a sus
dibujos, a sus carteles,a sus litografías. Ese atractivo de_l documento f~é lQ
primero que, a los testigos o a los sucesores de tal periodo, nos seduJo, al
encontrar con satisfacción en su obra los recuerdos vivos aún de esa época.
360

LA PLUMA
~ero en la obra de ~oulouse-Lautrec hay mucho más que una simple
notación: p~see la_ autoridad de un historiador y la agudeza de ingenio
de un moralista. Ciertas obras de Lautrec igualan en psicología a las de
un Watteau: están en los dos polos de la melancolía, pues Watteau se inclina a la ternura mientras Lautrec propende a la amargura. Ha sido en
su arte Y en su tiempo lo que Chamfort o Rivarol fueron en sus escritos
un siglo antes.
Al examinar la obra de Lautrec, al recorrer sus diversas páginas, penetradas todas de luces, de cánticos, de danzas, de frenesí, nos hallamos
en presencia de un testigo, de un testigo que no quiere dejarse corrom~er, t_estigo implacable. Jamás se permite aderezar la verdad según un
ideal impuesto, ni siquiera según una idealización personal: su gozo es
com_prender, gozo particular, más próximo a la tristeza que a la alegria.
Sed1ento de verdades, casi puede decirse que de ellas se alimenta: si la
belleza existe y sus encantos, sólo quiere buscarlos en los acentos más
Tivos de la vida. No se puede amar la verdad en arte más que ToulouseLautrec la amó; en su obra no hay concesión algusa a los hábitos espirituales del aficionado o del gran público.
En un rincón de Folies-Bergeres o de un bar, en un lugar sospechoso,
rodeado de golfas y de sus amigos, p:uecía que iba paseando con indiferencia una laxitud extrema, el desánimo peculiar de los •Sitios de diversión•. cuando a ellos no solamente se lleva el cuerpo y los nervios, sino
también el alma Y el juicio; otras veces parecía haber ido allí tan sólo por
su placer personal, por participar en tal agitación, en tales realidades o
en t~les apariencias de gozo: pero miraba y observaba siempre, dueño de
su vista, y notaba en su mirada lo esencial.
La_ verdad es que para sorprender as!, de una ojeada, los elementos
más diversos de una escena compleja, y combinarlos en un conjunto igualmente verdadero, sin que ninguno de esos elementos perdiese su carácter de visión aguda, ni su detalle expresivo, menester era que ToulouseLautrec tuviese, en cierto modo, un ojo de facetas, como los insectos.
Coa una puntualidad cruel, terrible, se apoderaba de la deform ación característica, del visaje que ponen en un rostro la luz cruda, la fatigc1, la ale361

�LA PLUMA

LA P J. U: M A

- - - - --

gría, o simplemente los afeites. Sal&gt;ía arrancar lo que toda realidad con.
tiene de caricaturesco natural; pero en lugar de servirse de ello, como
hubiese hecho otro, para hacer reír o sonreír, Toulouse-Lautrec sólo se
cuidaba de ser amargamente veraz, de ir h:i.sta el fondo de las almas, de
las apariencias, de las alegrías, alborotadas hermanas de la suya propia.
Y todo esto, dijérase que expresado con nada. Con el arte más sucio·
to y breve acertó a traducir la compleja vida del gozo parisino, ese mundo cuya industria es el placer, esa trepidación en que la necedad y la
grosería se mezclan con las flores del espíritu más exquisitas, con la gra•
cia conmovedora y la feminidad delicada. Toulouse-Lautrec, no sólo sabía
verlo todo en un abrir y cerrar de ojos: sabía expresarlo todo con sencillez. A menudo, le basta una línea ondulante, rápida, nerviosa, para situar
un personaje o describir con exactitud pasmosa, el sombrero o el vestido de una mujer, el gesto y el carácter de un hombre. No falta ningún
detalle, o al menos así paree~, porque sólo pone lo necesario. En ese camino, nadie acaso haya ido tan lejos como él: hizo con los grupos, con
los personajes humanos, lo que un pintor como Jongkind había hecho con
el paisaje y los navíos; con unos cuantos trazos sabe dar no sólo la estructura exterior, sino el espíritu íntimo, el sentido interno.
Más sorprendente aún es la variedad de su tecnica, la multiplicidad
de sus medios, lo que podría llamarse su «obediencia del te na&gt;; escoge
sin vacilar no sólo el trazo sino la materia misma que mejor ha de convenir a su asunto. Apenas si alguien más que Deias ha sabido mezclar tan
bien la nerviosidad de la visión, la penetración del trazo, con tanta suavidad de materia: Degas es a menudo más grande, pero no más penetrante ni más refinado.
Al pronto, el arte de Toulouse - Lautrec parece sólo duro, mordente, satírico, preciso, pero mirándolo bien se advierte la finura igual
del espíritu y de la materia. Un arte como el de Lautrec sólo puede ser
producto de una selección larga, de una civilización culminante, de una
aristocracia de pensamiento y de visión por mucho tiempo sostenida. Por
eso hay pocos que sean más característicos de su raza; a pesar de algun.t,- s'.! n ...j1.nzas, del todo exteriores y pasajeras, con el arte japonés, es
362

u~ arte francés_ por esencia, y que manifiesta las asombrosas contradicc10nes ádel gemo
l · de esta nación. En Lautrec , como en la na t ura1eza firanc_esa m s cu tlvada y refinada, la mente parece dominarlo todo: la necesidad d:_ ver las cosas tales como son, la voluntad constante de no dejarse enganar por hombres y cosas, se descubren al punto: pudiera casi
creerse
. que han sustituído a todo lo demás·, pero m'1rand o d e cerca se
perc1~e la afluencia ~e una ternura, una delicadeza, una sensibilidad, ~na
especie de voluptuosidad deliciosa y discreta que, pese a todo, no aciertan a esco~derse. En algunos retratos de mujeres, el de Madarne Korsikoff, por e¡e~plo, T?ulouse Lautrec rivaliza con las pinturas más delicadas de Reno1r. La pmcelad_a obedece a la sugestión de la materia que
pr~tend: re~resentar, se enza en las pieles, se ablanrla suavemente en la
ep1derm1~, hiende vigorosamente la madera de un sillón O el marco de un
cuadr~, sm_ caer n:unca en la mezquindad de los pintores que sólo saben
el oficw. Sm embargo, más aún que en esas delicadezas, y aunque en
~na~ se muestre con tanta holgura corno en todo, donde se le ve más
dueno de su arte, más inolvidablemente personal es en los retratos de
hombres, Y sobre todo en las grandes escenas del Moulín de la Galette
en las escenas d~ teatro, Y en cuanto revela la vida nerviosa de su tiem~
En esos con_¡~ntos ha sorprendido, como nadie lo había hecho antes,
: ~~;ema movilida~ de la vida; la obra de Lautrec es una especie de
a e1 oscopo_ de la vida de París, en el que cada momento está animado
de una es~ec1e de frenesí interior, que los personajes parecen retener con
gran traba¡o.
Toulouse-Lautrec ha sido el historiador puntual y necesáriamente
cru~l: de _una _época de neurasténicos y sobreexcitado's, pero también de
;;ra.1r~tu~ ~n~u1etos c~yos escrúpulos y vacilaciones volvieron a poner en
e ~utc10 tant~s tde~s y sentimientos, y contribuyeron con ello a traer
ese penodo_ s1?gular de trepidación sin progreso una generaada de conv1cc10nes más firmes y de energías irresistibles.

iº·

:::::¡:

G. JBAN-AUBRY

�EN Lt\ MUERTE DE UN AMIGO
FEDERICO JAIMER

¡cSeñor, abre tus brazos a esta ~lma p~r/ecta:
que un camino de gloria y un jardzn sonriente
sean sendero y reposo!
d
·G.ue le ruta del grave reino de lo ;Ignora o
car/ibie en rosales blancos ~~s ásperos zarzales
y en impolutos lises los guz1arros al solo
contacto de su planta
.
bendita por la sana ;fuvent~d _varoml!
¡tlue sus ojos conserven el ultz1;1~ destello,
cSeñor, y que en sus labios la ultima palabra
tiemble perennemente!
.
.
.q¡ que el último beso maternal, de znfimta
/8
,.
·t ti
pasión deje su huella sacratzszma zn ac a.
¡tl~e tu piedad le acoja, ;f)ios _mío¡ y en tu seno
él sea el preeminente entre los elegzdos.

'Y cuando halle el descanso en el tibio regazo
de la atlántica tierra natal, y ella le estreche en un pro/undo abraz_o secular; cuando al sueno
de la muerte acompane
el armonioso canto del mar; cuando el reposo
sea, en fin, el absoluto, el grande, el verdacfe~o
¡9lleja los gusanos, cSeñor de su magnanzmo
corazón!¡ Permanezca
su corazón que era todo bondad y amor,
todo paz y dulzura!
LUIS B. INGLOTT

LETRAS BELGAS
Maeterlinck han esparcido lejos la gloria de la literatura belga. Incluso puede decirse que han creado esa gloria
y revelado a toda la Europa intelectual la existencia de nuestros escritores. Antes, Rodenbach, en d escenario de París,
había acertado a conquistar una clientela vasta, pero desapareció muy
joven, y su obra no le ha sobrevivido. Cuando se intenta releer hoy
Bruges-la-morte, considerada comúnmente como su obra maestra, no sorprende ese disfavor: la novela, de atmósfera falsa y de psicología pueril,
está lo más lejos posible de las exigencias y de la grandeza del arte humano; es obra de &lt;literato•, en el peor sentido de la palabra. Charles van
Lerberghe, por su parte, no disfrutó jamás de popularidad real, pero su
muerte, que data de quince años, no le ha privado del afecto ni de la admiración de todos los artistas, y La Ckanson d' Eve sigue siendo mirada
por la mayoría de los poetas como la obra maestra del simbolismo
francés.
Nada diré aquí de Verhaeren y de Maeterlinck. Ya no me perténecen:
se salen demasiado del marco de las letras belgas. Verhaeren merecía
aun más que Maeterlinck esa gloria universal, pues pocos hombres han
simbolizado con tanto vigor y profundidad la mente y el alma de su tiempo. Rogaré tan sólo a los lectores españoles de Verhaeren que no sean
rigurosos con él por las últimas obras que ha firmado: la guerra le convirtió en cantor oficial de su Gobierno, e incluso el genio es incapaz de
ERHAEREN y

365

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
artas ue durante el año 1916 cambi? con
soportar tamaño fardo. Las c
r ~ el año último en L'Art LibreRomain Rolland-yo las he pu~ ic~ od l hombre de vasto corazón y de
d segma sien o e
d
l
. entud Seria en verda 'crue
muestran que en e1 fon . o t de nuestra JUV
·
'
1
d
. da llena de amor, i ec o
fl
de sus últimos anos
mira
ran oeta la aqueza
e injusto reprocharle a un g_ . d~do con la tragedia de Occidente.
-sobre todo cuando han coinc1 t
'6 con varias obras de teatro
•
tó su reputac1 n
_
h
Maeterlinck, que c1me:i
1
. te y los treinta anos, no a
.
D d
0 entre os vem
compuestas sm levanta_r man
lle merezca ser mencionado.
es e
escrito desde hace diez nad~
se creyó filósofo, se apoderó de él
el día ya lejano en que Maeterli~c B ·1F,nestre de 'Stílmonde no es susu reciente our1:,
n ,It P.
.
·d
una decadencia ráp1 a, y
.
1 folletín más mediocre del reu, a.
como quiera que se le 1D1re, a
penor,

i

risien.

**•

.
las letras belgas la constituirá toda_ la
La materia de esta crómca de
.
e ha acompañado o seguido
roducción
desconocida
en
el
extEranJero
sqeuha
apoderado. Aquí hay una
P
•t
de que 11ropa
a los dos o tres escn 0res
. f . r en su mayor parte, pero
d'
claramente 10 eno
escuela numerosa, me iocre 0
- do de artistas de grandes vuelos,
en medio de la cual distíngues_e un. punAa , h una producción anual co, . •
lver en s1lenc10. qui ay
q ue sena imcuo envo
d sus detalles pero de 1a que es
.
t diada en to os
'
piosa, indigna de ser es u
.
treintena de volúmenes-que no es
menester entresacar una cumplida
poco.
.
.
u e de la literatura belga empezó hacia
Es costumbre decir que el a g
Bél .
Es de notar que los inven.
d la «Joven
g1ca».
1880 y grac1as-·al grupo e
·1samente los miembros de
'
.
d
a fórmula son prec
tores y propagandistas e es
I
de una Academia (fundada
.
pados hoy en e seno
.
la •Joven Bélgica», agru
. de sindicato de func1onaás parece una especie
hace dos meses), que m
.
El
enacimiento• de 1880 es una
· d d de escritores.
•r
ríos que una soc1e a
·ca había producido hombres notab1es,
fábula. Antes de esa fecha, BélgtD C ter autor del inmortal Uylenspiep . ez y Charles e os ,
.
h
como Eugene irm
.
G
Eckoud v Edouard P1card aCa ille Lemomer, eorges
J
ó
88
gel, y en I o, m
De toda esa generación de •J vebian publicado los tres obras maestras.
366

nes belgas,, sólo V erhaeren es gra nde, y sus compañe1·us más alborotados son, por el contrario, infinitamente pequeños. Es probable, por lo
demás, que colmada su ambición de prebendas, sinecuras y condecoraciones, nos harán gracia de sus obras.
Esa Academia ha producido el resultado excelente de separar la cizaña y el buen grano: en efecto, bajo sus pórticos, y en las gradas que a
ellos conducen, se atropella la turba de periodistas, de bardos patrióticos
y de novelistas moralizadores que ahogaba a los verdaderos artistas. Y
cuantos honran nuestra escuela, Gregoire Le Roy, Neel D uff, André
Baillon, J. F. Elslander, Fernand Crommelynck, Pierre -Broodcoorens-no
falta ninguno a la Iista-estan todos lejos del templo de yeso sobredorado,
en un aislamiento que los engrandece.
Por eso hay que ser indulgente con la «Academia de Letras Francesas de Bélgica». A nuestro sufragio positivo, la Academia ha sumado el
suy0, que no por ser negativo pierde su elocuencia singular ni su significación. Me atrevería incluso a decir que es una consagración.
Algunos de los escritores que acabo de nombrar, y a los que·serla menester añadir una docena de nombres muy cabal, no son desconocidos;
Páris ha dispensado a las obras de Baillon, de Neel D off y de Crommelynck, un suceso caluroso. Espero tener ocasión de subrayar pronto la
importancia de cada uno, y de poner así de relieve los esfuerzos, caóticos
todavía pero ya fecundos, de la generación que nos sigue, muchos de cuyos miembros han firmado, a pesar de sus veinticinco años, obras que
quedarán. Por hoy, y tras estas consideraciones generales, quisiera hablar de Fernand Crommelynck a propósito de su obra nueva ú Cocu

magnifique.

·

..

"'

Crommelynck había escrito y dado a la escena en Bélgica, desde hacía
diez años, algunos dramas desiguales, en que la expresión trágica se atascaba en mil y una convenciones. Verdad que su Scuplteurde Masques era
ya una gran cosa, pero los Amants puents, que le siguieron, estaban por
bajo de su talento. Ya se temfa que Crommelynck no acertase jamás a
367

�LA PLUMA
LA PL U 11 A
p
hace seis meses, nos revel6
liberarse por completo, cuando Lugoe oe,
Le Cocu magni.fiqu,e. .
M drid la emoción que en toda la Prensa
Sin duda son cooocldos efn • ª.
dita en tres actos•, como el autor la
. . h
ovido esa&lt; arsa mau
d L'O
pansina a prom
h
ecipitado hacia el teatro e
euintitula, y el ímpetu con que se a~
de Francia. Hacia ya diez años
vre todos los aficionados y lo~ art: a si por an drama, y nadie ha con.
que la gran ciudad no se apas'.ona :n :an oco tiempo.
ue ef triunfo rápido y completo del
quistado en Parls tanta celebridad
Hay que afirmar, por otra parte, q
Crommelynck se ha puesto
Cocu magnifique se justifica p!ename:: ~:~aturgos de su tiempo, e inen fila, sin disputa, con los m s gran
tachen de exagerado. Aun soy
di .
tiempos Que no me
.
d los críticos franceses al a s1cluso de to d os los
.
ue la mayor parte e
. .,. d
.
, n los nombres de Moh,:;;re, e
menos afirmatlvo q
yas crómcas aparecia
guiente del estreno, en cu
e ha o ilusiones acerca de lo que pueden
Shakespeare y d~ Ibsen No m . ~b ervo tan sólo que Crommelynck
valer tales cote-Jos-al contrario. . s comparto enteramente la opinión
puede afrontarlos sin que le a~ldsten, ~ d"
que ú Cocu magnifique
d Leon W erth y de otros vanos cuan o . Lcen
e
l teatro occidental.
señalará una época ~ueva en e
t humana y dolorosa. Abarca un
Esa cfarsa inaudita• es pavorosamen e
frenes!. y una clarividen1 ·d
lo desenmascara con un
d
lado entero de a vi a y
b d d punta a cabo por el hálito e
cia casi horribles. La obra va arre ata a e el que en ciertos momen . t
s tan enorme tan cru ,
las tragedias m ái; in ensa ,
'
abrumado por la acción que
tos hasta el autor parece arrastrado, parece

f:

ueña de Flandes, Bruno, esha concebido.
.
Trataré de resumirla: en una ciu~ad peq al ante los amigos la belle, .
h
do con Lwsa, y ens za
critor publico, se a casa
h
Bruno exaspera asl sus de.
L hombres la acec an, Y
•
za de su muJer. os
.
de Luisa, su compañero de 1a inseos. Un día llega a su casa ~n prl1mo
ntos de su mujer' y llega hasta
e a decirle os enea
di .
d de súbito la mirada co ciofancia; Bruno se pon
ue juzgue cuan o
'
La
desnudarle el seno para q
'
a puñalada los celos.
sa del primo le hunde en el corazó~ co~o ;:r someter ~ su mujer a la
tragedia se urde en torno de Bruno. mpleza
368

vigilancia dé Estrugo, especie de idiota que le sirve de escribiente; luego,
para asegurarse más, la enmascara, la cubre con un manto impenetrable,
la guarda para si solo, cerradas puertas y ventanas. Pero los celos le torturan, y en el curso de una de su,; tremendas conversaciones monologa•
das con Estrugo se le ocurre la idea de que sólo la certidumbre de su infortunio podrá calmar sus celos. Luisa, por amor de Bruno, y para cuidarle, para curarle, consiente en prostituirse con su primo. Bruno aguarda, bajo la escalera que conduce a la habitación conyugal, que se consume
todo. Cuando Luisa vuelve, sumisa y heroica, la maltrata; la acusa de haber simulado una escena de amor con su primo a fin de extraviar sus sospechas. Y poco a poco, le trae todo el pueblo; Bruno, para saciar su pasión, quiere que su mujer le engañe con todos los hombres. Luisa consiente. Pero Bruno con nada se calma. Llega a esta declaración formidable: si Luisa acepta a todos, es que el verdadero, el S'&gt;lo, el único amante
no está entre ellos; él solo r.o vendrá, él solo no puede venir, y toda su
invención no sirve de nada. El acto segundo termina con una escena de
demencia, en la que, armado de un fusil, Bruno, en acecho, exclama:
&lt;¡Aguardo al que no vendrál•
Después, el pueblo anda revuelto. Las mujeres se encarnizan con Luisa, que aparta de ellas a sus maridos. Y mientras la rabia de Bruno se
exaspera cada vez más, y una tarde de Carnaval hace la enormidad de
entrar enmascarado en su casa para coronarse a sl propio, se urde un
complot contra Luisa. La turba, con teas e instrumentos burlescos, invade la casa, se apodera de Luisa, la arrastra hasta el rlo, y las mujeres le
darían muerte si uno de sus primitivos adoradores no la arrancase de sus
manos. Entonces, una última escena pone frente a frente, ante la turba
levantisca, a Bruno y al pastor que ha salvado a la infeliz, y ésta consiente en seguir a su protector, haciéndole jurar primero: c¡Dime que al
menos podré serte fiel!• El telón cae en el momento que Bruno, rodeado
de una zarabancia burlesca, percibe su decaimiento y su locura.
Perdóneseme si he resumido mal un drama gigantesco y de tan furiosa
realidad. Es imposible dar, ni siquiera débilmente, una imagen de esas
escenas tumultuosas, en que cada personaje crece hasta llegar casi a la
~4

369

�LA PLUMA
~ d de Ull abDbolo, J do~ iió 'Obstante,, tedoe pidécea co. ,
hombres. Teatro de laéroes, en el sentido griego de la palabra: deade
Otelo no se habfa sacado jamás a luz los celos tan ·brutalme nte, ni jamás,
desde Moliére, se habla impuesto la risa al espectador en algunos m~
mentos tan brutalmente. Pero, dada la incoherencia y la inconveniencia
de las comparaciones, prefiero evocar a Shakespeare, pues la escena fran- ,
cesa ao ha conocido jamás tal aproximación ni tal lllezcla de sentimiento■ y de pasiones contradictorias. Los celos, con cuanto ~cierran de risible, de ridlculo, de est6pldo-y de santo, de noble, de doloroso, animan
ú Coa1 tlUlpi/il¡w, donde se percibe de súbito que ese sentimiento,
esa inquietud, es una forma paroxlstica del amor, o por mejor decir, una
slntesis del amor, del Dliedo y de la avaricia.
Ignoro lo que hará mañana Femand Crommelynck, y si el á ito triunfal de su obra le será funesto. Pero ~ que ya cuenta en su pasado-dirla
en nuestro puado-con una obra maestra del teatro europeo, el drama
que-por repetir la frase de Leon Wertb-con el Paf1Uóol Tmadly de
Vildrac séiiala el comienzo de una nueva era. Eso me basta. u locu
magnifir¡iu, representado por primera vez en Parla hace cuatro meses, ha.
sido ya traducido y representado en cinco idiomas. Deseo que Espaiia no
tarde en conocer esa trapdia del Norte, donde el corazón humano se
mira con temor.

370

PAUL COUN

APUNTES PARA UNA GEOGRAFIA
MUSICAL DE EUROPA. 1920
Y VI. ESPAÑA

(1

para acabar no habrá
.
paila. y está de moda est dm~ r~~ed10 que hablar de Eahabemos iiastado algu o cd a mus1ca espailola. A fuerza de
nos to a la buena fe de
cencia en hablar en cien m.
.
nuestra adolesde la renovación musical de 1 Es ñ d revistas de la cescuela espailola•
tesis ha llegado a cuajar y p:r a~7 fa contemporánea y otras cosas as(, l~
buena fie-ya no adolesce t d ft uera continúa babi and ose con una
sica espailola.
o e- e amante e escuela• moderna de múUES•••

~Por ahl fuera tan sólo? Los P .
de cuarta plana y los reclamos d nmerdos en creer de veras los anuncios
,....... d
e conta uría son los p . .
- - e UD caso hay de algún h
bl
.
rop1os interesados.
onora e profesional q
·
.
ue nos viene a contar 1o que en la e Prensa extr .
. .
anJera...• ha dicho de él
nuestra amable oficma mformati va. Porque está l
c aro que a veces se si t
or
ante
el
extranjero
y
ese
'
b
d
.
en e UD poco el rub.
.
•
n e uno e alh como los d ás .
siente ae paso el sonrtJjo de lo q I d
.
em , mientras se
L é
d
ue os emás escnben aquí
a poca e las «escuelas&gt; no es a I·
.
.
las personalidades, la multici licidad y a t~ues_tra: La neta división de
psicología de 103 artistas y I p
h ~e cntenos, la C•Jmplejidad de la
e vasto onzonte de los "d i d'
que 1os lazos comunes e ntre e'I s
h
• ea.es •versos hace
. . u 'lean oy m~nos que sus diferencias.
371

�LA PLUMA
Apenas podrla encontrarse un factor común menos vago que el siglo, el
compatrietismo, la vida dentro de la misma estrechez de límites. La filiación que permite engranar una bola en su rosario es cada vez más dudosa,
pero, entre nosotros, entre los españoles, ¿es por riqueza este embarazo?
¡Ayl Aqul donde en todo llevamos un buen retraso de medio siglo-¡medio?-, en esta falta de disciplina vamos a la vanguardia: pero serla ridiculo
querernos engañar~ no es por los incatalogables¡ es porque en nuestra baraja, los López, Garcias y Fernández se llevan los tres cuartos de los palos. Con el que nos queda tendremos suficiente para toda la originalidad
restante.
Pero, ¿qué es \o que pasa, y por qué estos pocos más originales son
los que ganan todos los triunfos? (Los ideales, a lo menos). Muy sencillo:
son los únicos que valen. Al principio la baraja entera se pone de patas
en cuanto estos amanecen. Luego, tienen que transigir; poco a poco terminan por tragárselos del todo, y, a la poslre, cuando sienten que el campo no es ya suyo y que ya no está su acera de moda, lían precipitada•
mente sus bártulos y sin atender a los coches que pasan por medio y sln
reparar en el barro del arroyo, se precipitan desatentados hacia la acera
concurrida sin pensar, ¡pobres!, que desembarcan en ella llenos de cazcarrias.
Todavia hay entre nosotros cnacionalistas• al buen estilo del año 6o.
Esta fué una fase más reluciente que adoptaron algunos clasicistas apolillados del viejo régimen, y algunos románticos, mixtura de cLucia:. y de
cTristán•. sintieron también la veleidad nacionalista y en ella hicieron
sus pinitos.Ahora,después de que la guerra tes ha hecho ver que el romanticismo no es negocio, y que, sobre todo, no es reclamo que atraiga ya a
los jóvenes incautos a sus academias, se ve por toda Europa el espectáculo de los que se han decidido a cambiar de rón:.lo, comenzando a hacer girar el espejuelo modernista. Machacan a los rusos y a los franceses
en su espeso mortero y brindan a sus neófitos una informe papilla sazonada de jota, muñeira o sevillanas, según cual sea la zona española, y
hacen mirar a loi; tiernos bobitos por un Kaleidoscopio de culos de vaso.
Sin un momento de duda, entre este espiritu de mixtificación y la
372

LA PL'. UMA
pobre
·
éconstancia moral del mocito b ar b ero tanendo
su
d I'
nmos sta; pero ¡quién nos diera el l
.
man o ma, prefealdea soplase en su pipiritaña!
a ma mgénua que en el fondo de su
Desde hace años vemos caer en la Corte h
musiquitos provincianos que
' oy uno, mañana otro, los
• é' y
nos preguntan con ap r . C
tr r siempre la misma rcspuesta.. 1Con n Ingunol Las
u o. po
&lt; on , qué
• maestro
nas
que
entre
nosotros
podrl
•
•
•
qms1mas
.
d
aO maneJar srn a1arla es
•b·t· persavirgen e la. mentira escolástica , no t·1enen tiempo
.
a
sens1
para d d i tdad
. aun
e 11 o. D emastado poco tienen para sus propias atenc·o po er ed1carse a
gor, por las que deben velar más·
. t nes que son, en riquiera de los más conocidos· de 1 ' yá a~aban enviando al neófito a cualel pupilo ha cambiado el . .
os m. s mfluyentes. Unos meses después
atre campesmo por l h
,
sal, y su ingenuidad por la pedantuela
. . e. umazo del café Univeren que haya caldo Se defi d b.
pohtiqu1Ua doctrinaria del grupo
· h en Ien 1en estos g rupos, masonerfas de camia que un día u otro
11
acen o r una obrita del
"é 1
gración fulminante Bueno· p
t
ex rec1 n legado. Cansa.
. ase o ro
y de este modo nuestro jardín m~sical 'ar
.
que esos escaparates de horticultor cu
' _J di~ botánico, parece mejor
el e encanto de una hora:..
yos t1estec1tos en flor apenas tienen
Frente al perfil tan fuertemente acusado
, .
la, la cescuela:., la «música de t
. de la mus1ca popular cspañoot
ar e,. que Jamás lo h t .
ros, menos podrá tenerlo en l t ,
a emdo entre nos1
••
ª et apa
1920 Si lo ' ·
.
or pos1t1vo en nuestra música
1
•
umco que tiene un vacierto aire de parentesco que
ua , prese~ta algún rasgo común un
0 que consigue p
c
·d
•
. . •
ons1 eractón de e escuela espa - 1
ara ese mov1m1ento la
no a•, se debe más
f
res qu_e a la semejanza espiritual que los Albé . a sus uentes populamz, Falla, Granados, Esplá
o Turma pueden tener entre sf N d .
ya
no
h
·
ª
ª
importa
esto·, he mos referido que
.
ay escuelas; el último refle'o d
cierto modo, este existe en los no~br:s e:as f~e el cnovecentismo:. y, en
como el individualismo de otras
.
enc:1onados, pero este, tanto
punto de partida común un o . naciones, ItaHa, por ejemplo, tienen un
c .
,
nente que los atr
arnmos; pero, entre nosotros los q 11
ae aunque por diversos
los cuatro puntos cardinales. i.os d ue á evan_ al~ún rumbo, marchan hacia
cm s se hm1tan a dar vueltas alrede•

e:~

373

�LA PLUMA
dor de un huertecito sub-urhano y a cuidar sus gallinitas, aves de su
inspiración. Poco vuelo-dirán-pero buen caldo. Si a l&lt;J menos es así,
~ea ~nhonbuena ..
Es en esto en donde nosotros encontramos la causa Je nuestra inferiorid:id. Mal de mediocridad. Miseria de corazón y miseria de talento.
Vulg::iridad y pretensión. En síntesis una falta total de cultivo. Nuestras
músicos en su casi totalidad (dos o tres sólo se escaparon) están en barbecho y faltos de riego. De vez en vez una ola abrasadora de chabacaneria remueve su arenisca. Un escalafLn es lo que ven brillar en aquel lejano templo de la fama al que, según Byr,m, es tan difícil trepar. Al templo
de Minerya, dirigid vuestros pasos: años de servicio, quinquenios, jubilación, glorias nacionales, patriotismo bicolor, chin-chin, Academia y va-

1921- CONFETTI -192l
Al pasquín luminoso del día
El clarín colo,in del harapo
Es airón cascabel de alegría
De la turba exaltara del tr«-po.

mos muriendo.
Que ni nuestra materia musical es inferior, ni nuestro temperamento
actual es más débil que el de otros paises lo prueba tanto nuestro reper•
torio popular admirable-tanto más cuanto menos conocido y más salvaje-como el valor personal que las e dos o tres&gt; personalidades que poseemos tienen, lo mismo «en sí•, que en comparación con las figuras más
notables extranjeras. El temor está en que esas son personalidades aisladas, sin que se entrevea una sucesión futura. Su semilla cae en la esterilidad d_el medio, tanto como los sermones de otros, clamantes en el desierto.
Pero insistamos. Puede que por nuestros clamores lleguen a conmoverse
las mismas peñas. Gritemos a esos otros «dos o tres&gt; que no se marchen
demasiado lejos y que no perdamos el contacto. Y todos, de acuerdo, dediquémonos a conve.:cer al musiquito que en el fondo de su aldea sopla
en su pipiritaña que no venga a la corte, que ignore el escalafón, que
huya de la mediocre turbamulta de los programas de concierto, que cante
al aire de su tierra, que toque su guitarra a la luna de su aldea.
Alegre, fresco y puro
va mi cantar
a la vera, verita
u•
del naranjal.

ADOLFO SALAZAR

374

Sollozante su facies de harina
Don Humor rubriquea la farsa
Con la sierpe de la serpentina
y el flautín de la bufa comparsa.
¡Policrómico reir jacaresco
Alariza en el móvil tropel
Bajo un púrpura palio chinesco
Y una lluvia-color, de papel!

DÍA

.

Dominical
HervfJr

·Grito bermejo! Agudo

¡

La trayectoria
de la
naranja

Al
Sol.
375

�--

LA PLU~A

~OCHE
bt el picacho brilla

La lumbre.
Todo dolor es una
Cumbre!

r

( \ ) HÉLICE

y
Exaltar la pasión. Redoblar los ajanes •· ·
1Si no estuviese el mundo
Lleno de sacristanes!
Pero sí.:

CIPRÉS TEA TINO
Ciprés teatino Jemenil Y pardo
Dt una página extranjera
Otra vez regreso a España
Okl
España. Empresa de loco.
¡Ntgro fluir
de
agua clara!

ANTONIO BSPINA

1

...

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Gómez de la Serna.-Libro Nuevo. Madrid, Imprenta, Mesón de
Paños, 8, 1920, El paseo del Prado.
Cuando, hace casi tres lustros, conocimos a Ramón Gómez de la Serna en
las aulas universitarias, había publicado ya su primer libro. Apenas si se vislumbraban en aquellas páginas las señales ciertas de su condición actual; pero
en el segundo volumen de su producción-Morbideces, 1907-manifiéstase acentuadísima la propensión a subvertir el orden exterior de las formas literarias
al uso, que le ha dado carácter propio en la literatura española de diez años a
la fecha. El lector, ajeno al movimiento literario que en peñas y cafés se fragua, cuya curiosidad dispersa se siente un día y otro solicitada por la incansable labor diaria de Gómez de la Serna en periódicos y revistas, si quiere de
un,, vez y p ua mucho ti@m po, darse enti-ra cuenta de lo que es y significa esa
literatura, extravagante en cierto modo en las columnas harto utili,arias de los
periódicos, lea el Libro Nuevo, cifra y compendio de la mane,·a en que ha cristalizado la juventud literaria de su autor, uno de los pocos temperamentos que
dt-spués de los modernistas han aparecido en España y sus colonias espirituales.
No se recomienda ciertamente por su amenidad la lectura del Libro Nuevo,
entendida la amenidad en la acepción vulgar por que se guía el lector que
compra los libros para distraerse. Le falta, premeditada y resueltamente, la infusión de su espiritualidad en una mdquina, trasunto de la historia '1umana.
Ramón Gómez de la Serna ha querido desligar la expansión lírica del propio
ánimo de toda reducción a la más fácil comprensión del público; no ha querido hacer una novela, un poema, una crónica, una serie de reflexiúnes; se ha
propuesto tan sc'.ílo escril&gt;ir, tal y corno se lo inspiraba unas vc1:;es la contemplación del mundo, rebuscando otras con empeñado ahinco, las relaciones más
óispares en apariencia entre cosas que la dbtancia, la calidad o nuestra percepci6n distribuyen en el tiempo y en el espacio con diferente peso y medida,
difíciles de reducir a común deno1Uinador. Suprimido además casi siempre
uno de los término~ de la comparación, las imágenes así obtenidas cobran l!na
ell:traña rareza en que el lector se pierde de primera intención, pero a fuerza
377

,.

�LA PLUMA

LA PLUMA
r sernos tan fáciles como las frade repetirse el procedi~iento, acaba: f:antas centurias. Adolec~ el Libro
ses hechas de uso corriente en una . a nio. En ese punto es quizás mu_cho
Nuevo, para nuestro gusto, de exceso de i~s"!o quiere, de los modos ex_Pres1v&lt;?s
más representativo de lo que s~ autor m F rzando un tanto la equ1valenc1a
peculiares de la sociedad espanola actual. , o entre la manía chistosa, dt• forpudiera muy bien establecerse tn Jª~~n;iniritualidad s11ciuta de que hace gala
más netamente burguesas, y el a ~- e de la Serna. Salvada, naturalmente, la
sin respiro ni descanso Ramón omez
dignidad literaria.
á .
como El Tritón-verdadero poemda e¡°
Hay en el Libro Nuevo P gmas
.
revela en Ramón Gómez e a
prosa-o Los maniquíes, ~uyo_l_írico h~r~1~:~cleristico del escritor nato. Las
Serna ese poder de imag~nac1?n crea. o. ~o en esta antología-no otra cosa
traducciones al francés, 10clu1das as11r~o gana el estilo lento y forzado a la
parece el Libro Nuevo-, 1:1u~stran_ cu ~-d·ana con cierta depuración gramaimitación expresiva d_e 1~ ms1stenc_1a_ c~l¡d~d d~ la imagen poética.
tical que en nada per3u_d1ca a l_a on_g1~ Gómez de la Serna entre sus gregu~Con muy buen sent,1~0. ha ms:rta o estrar,jeros, que comentando y exa rías varios artículos cnticos espanoles Y
definen
,
tando su pc::rsonalidad literaria la e~lic;.n y ación h~rto difusa, sembrada aqu1
Menos nos gusta El pase~ 1el Pra ºi iy~g s a untes humorísticos, cu~10·
y allá de preciosos_ ati~bos h_n~os, gr;rcl~s~~1:ira ,iaga de Fígaro. ¿Qué hub1er~
sas notas informativas,_preSididas P d O d grabadc,s interesantes, con que s
perdido el libro, ingemosamente orna
e
alli dispersas?
autor se tomara el trabajo de ordenJr la~_nota: l{amón Gómez de la Serna nos
La admiración que profesamos e an ig;o staciones exageradas del culto a
mueven a hacer estos reparos a esas manl1 netes disposiciones naturales y los
. . .
la ongmahdad
en qu~ perv_1·erte tan exce e
C. R. C.
mejores frutos de su mgemo.

***
Alberto Masferrer. - Pensamientos .Y Ffwmas.

Notas de Viaje.-J. García

Monge, editor. San José de Cost~ Ri~a, i~:\alvadoreño, nos dice el proloDe D. Alberto Masferre~, col!ec1do ht~~a ue cfué en los comienzos de su
guista de este librito en sucmta mtroduc~~ nd q ompa Diríase un árbol exucarrera literaria escri!or d_e muiha soná~~of sf carg~do de frutos. No sacriberante de florescencia. Despu s, :s~ f
la esencia de la idea en sazón. Y
fica ahora al matiz desl~mbrante e a ;fse como para hablar a los niños, se
así, si alguna vez su estilo s7 hace se:c1 e~~amiento.»
acendra de savia y resulta vigoroso d p
t
otas a la atención del lector
.
n Rica publica
. e1 S r. G arc1'a
No es la primera
vez que señalamos
J en
é des as
Costa
las excelentes e~icion~~ que e~ Sa~ ~!lud:ble reacción que en !ª literat~ra
Monae, cuya onentac1on pres1de ª
t
las normas corrientes anos
ame;icana más reciente se observa, respec o a

if'a

..l
'

atrás. Efectivamente adviértese cierta afición a contener la exubt:"rancia y entusiasmo exteriores en límites más asequibles al temple europeo. Son 101
Pensamientos y Formas del Sr. Masferrer a modo de impresiones, poemas cortos en prosa, reflexiones al vuelo, limpiamente escritos, serenamente inspindos en la realid:1d circunstancial de todos los días. Y nos atraen singularmente en el simpático volumen las Notas de Via_je, evocaciones de paisajes,
tipos y costumbres centroamericanos, con que rara vez le es dado solazarse al
lector que bu~que en la literatura trasatlántica una emoción, si no exenta de
las preocupaciones europeas universales, cuando menos referidas a su influencia en el ambiente americano o a su contraste con los elementos atávicos
característicos del Nuevo Mundo.
Aparte el interés puramente in(ormativo o pintoresco de los artículos: En
lzaleo, En Alegría, Lamateper, Procesión del Santísimo, hay páginas como las de
En Guatemala, inspiradas por «Una caravana de indiecitos trotando por la
Octava Avenida», verdaderamente poéticas y sugestivas.
Sería de desear que librito~ como este de D. Alberto Masferrer adquirieran
cierta difusión entre los lectores españoles, que por la falta de atención de los
libreros a la literatura americana, viven tan ajenos a la realidad, desfigurada
en fiestas de raza y otras mentiras fáciles.
C. R. C.

*

*•

Dmitri Ivanovitch.~La Ventana y otros poemas.-Publicado por J. García
Monge. San José de Costa Rica. C. A.,

1921.

Dícenos de Dmitri Ivanovitch D. Manuel F. Cestero en las breves páginas
con que lo presenta a los lectores de La Ventana y otrns poemas que «es un
corazón de niño dentro de un cuerpo de líneas fuertes que recuerdan los dorsos y los biceps de los discóbolos helénicos. Amigo del pueblo, aprovecha
todas las ocasiones para defenderlo de la tiranía capitalista•, pero «cuando de
versos trascendentales le hablan, de versos sociales, de literatura de tal o cual
clase, protesta enérgicamente y dice en voz alta, que la poesía no tiene otro
papel que llenar en el mundo que el de deshojarse, como una margarita, a los
pies de las mujeres.&gt; «Le" gusta el cenáculo, detesta la asamblea, los congresos
de todas clases y la manera como se devana actualmeMe la madeja de la vida.
Despreocupado del mundo que le rodea, hace vida triste, alejado de todos;
Dmitri no es sociable. La casaca, el cuello tieso, los chalecos rebajados, el
corbatín blanco, los escarpinei; no se han hecho para él.• Con todo, «no es un
radical de los que se dan la mano con los nihilistas que aspiran a destruirlo
todo; es un socialista de la escuela de Lenín en muchos de sus aspectos. Y no
irá a Colombia, su patria, sino cuando allí impere un Gobierno comunista.&gt; En
cuanto a se fi!iación poética, no se han de buscar en los versos de Dmitri Ivanovitch preciosismo, satanismo o modernismo, que toda esta poesía (la de
La Ventana y otros poemas) parece ajena por completo a ese gran movimiento
de renovación poética que inició Rubén Darío en América y España.•
Para nuestro gusto, las poesías amatorias de que se compone este volumen,
379

�LA PLUMA
LA PL U ~I A
d a los preceptos literarios de los
quizá por su misma corrección át~!11¿:raad~lecen de impersonalidad, { s~b~e
imitadores de los grandes r&lt;;&gt;m n l~e~te universal, no tanto por vo un an:
todo, de inadaptación al med101aª~~mpañía de espectros retódcos en que s
soledad del poeta, c..omo por
C. R. C.
complace.

•••
.
hl -Figuras. Evocac1oocs,
escenas.-Prólogo de Gon·
·t Aricl Madrid.
zalo Zaldumbide.-Bib iotec.
, d
nfcreocias leíd.ts en el Ateneo
Reúne en este volu~cn d._ Sr. A;;~ii~le~sp~ilicadas·en periódicos d~A~~:
de Madrid algunas crónicas c1rcuns
. s dedicadas al Romancero en m n
.
dos 'bocetos dramáticos. L_as pcigin~
D José Joaquín de Olmedo, al
~~c\f Poeta de la lndepcndenc1a Al:~:1::ª'motivo del descubri1n;iento de ~u
ce~vantish Monta_lvo, ª. Rod? y ~ ~~vcli;ta insigne, soli_ci~an espetal~e~!een~
estatua en el Retiro, vivo aun e.
de la ·uvenil cordialidad, el erv1en
atención del lectorl luego CO?¿ag1adrritual hispanoamerica?ª· E~altado. cant~;
tusiasmo del autor por la uni -~t~~puoe lo que tiempos y d1sta~c1as sep/t:8'ctºdel
de la lengua c;1 stellana cuya v1 t d en ejercitar con rara eficacia esa vi
I nSr Arrovo se complace sobr~ do ºa'mp1·1os alti!iOnantes, rotundos, las exce e
1
·
en peno :&gt;S
l
·
idioma para expresar
, a americanos y espano es.
C R C
cias de la patria ideal, comun
• . .

Céaare Arroyo.-Ret~

t"

•••
... ..
cción directa del inglés ~or MaJorge Borrow.-La Biblia en Espan_~- TG1aunada. Jiménez Fraud, editor. uuel Azaña. Tres tomos. Colecc1 n
Madrid.
.
s ha en LA PLUMA no te
•
d
estra publtradas mese
,. t
hacerlo
Lector, si las págmas e mu
r La Biblia en España, apresura. e a
te
indujeron ya desde lu;go a c::p;:s de agradecer el consejo. El ~1~rolaq~: en
ahora. Seguro estoy e que
ól 1 mejor de cuantos ban VIS O
t
recomiendo es, sin hipérbo~e, ;ods t~~bién el más veraz y atinado de cuan os
un año pero en muchos, Y srn u ª los españoles.
se han.escrito nunca acerca ~e Espana y
dar sin distingos un libro nuev;,
Suele ser tan rara la oc!s1ón
rec~:i~~mbico t}Ue quizás al pronto ~~e. a

t:

~~~e:~~~,
.~:::~i;.ñ:i~·u;:rlij~!1~:1~n~:~~:1,n
,~:;:g::. ~~:tº~:::;~:lt;it
aventuras prmonts
mi descargo, que

.Y
,Y
O
•
Sagradas Éscrituras. Vaya por_ de Ia_nttn~~stdal con el dilecto editor q;e an
modo al&amp;uno la menor c_oncomitancta mercanóa literaria que ofrecer;e.. e~go
acertadamente ha escogido tan bufºªúblico que cuenta corrobora m1 ~~¡n1?6n,
entendido, por lo demás, q~~
en España, no obstan~e la poca ~a~:~ l~
apresurándose a comprar (
't"ca en la Prensa, circunsc1,.laesta vez
que Je presta la escasez de a en l

Y.B,;u~

38o

..1

fecha a un estudio en t:xli.c.:mo suge:ith•,:, y justo de D. Gabiiel Alomar eu •Los
Lunes de El lmpa,•cia/., 1 y a una glosa muy interesante de Eugenio D'Ors en
La Libertad. Quéjanse los editores de la desorientación que en el público se
advierte, pese al incremento de la venta de libros en estos 6.ltimos años. Suya
es la culpa en mucha parte, pues que son pocos los que se cuidan de enviar
sus nuevas producciones a los periódicos y revistas, donde la publicidad mercantil ba sustiluído por lo general a las recensiones en que el lector pudiera
encontrar una guía fácil donde escoger. De ahí también la dificultad con que
el informador literario tropieza para mostrarse imvarcial en la relatividad de
sus juicios .
La Biblia tn España es ante todo, y esta virtud es la más recomendable en
un libro, de los más entreter.idos de cuantos le es dado leer al simple aficionado. Interesa y atrae como una novela, como una buena novela se entiende,
en que la fuerza creadora del autor. lejos de falsear la verdad con deformaciones monstruosas por forzar la emoción, a eJla se atiene estrictamente, extrayendo de los hechos toda su sustancia, con poner de relieve lo que esencialmente los caracteriza y define.
Se leen los tres repletos volúmenes de La Biblia e,z España, de un tirón,
sin respiro ni fatiga , Jlevado de uno en otro curioso paso por la amenidad del
relato1 siempre vario y esp léndidamente natural. Cerrado el libro, los sucesos
que en él se cuentan, adquieren en el recuerdo tal consistencia, que luego no
nos parece ya haberlos leído, sino visto, o cuando menos oídolos contar. De lo
que se infiere que de sus páginas emana esa simpatía que constituye la primera condición de la obra de arte en que se unen la invención del autor y la
pasión del p6.blico.
Ahora bien, no depende ese interés inmediato que la lectura del libro de
Borrow suscita, del relato desaforado de escenas en que se multipliquen las
aventuras extraordinarias. En t:se respecto, puede decirse que la primera
impresión es precisamente contraria a la de una novela de Baroja, por ejemplo, en la cual el protagonista sufre y busca peripecias cuyo interés, en fuerza
de acumular el autor acontecimientos desordenados, se pierde, apenas 'Vuelta
la página, en turbia confusión. Es decir, en términos vulgares, que los personajes de Baroja parecen siempre unos embusteros, mientras que .Don Jorgilo el
Inglés nos da idea de un hombre veraz por excelencia.
Por más que en la ligereza de esta gacetilla no se expliquen cumplidamente
tales sugestiones, el lector advertirá en la lectura de La Bi/Jlia en Es)aña hasta
qué punto es pertinente, y aun obligada, la comparación con los libros de aventuras novelescas que pretende hacer Baroja, no ya porque en ellos haya asomo
de plagio o imitación de un libro como el de Borrow que quizá.3 desco11oce,
sino precisamente por la modernidad de este, por la agudísima sensibilidad que
lo caracteriza, pareja de la que remozó nuestro ambiente literario algunos años
hace, cou la uueita a la 1·ealidad de los mejores españoles. Por eso, aun más
que el parecido con la literatura de Baroja, sorprende agradabilísimamente en
el libro de Borrow la semejanza con el mundo novelesco de Galdós. Hay escenas, como la de Quesada en la Puerta del Sol, cuando el motín de La Granja, o
381

�LA PI, VM A

LA PLUMA
las visitas de Borrow a Mendizábal, Istúriz y Alcalá Galiana, dignas de las más
acabadas páginas de los Episodios Nacionales 1 tipos como la honrada María
Díaz, o su marido el labrador de la Sagra, Baltasaríto, la familia del recaudador de contribuciones, el gitano Antonio, el posadero de Córdoba, estatuas
vivas de ia misma cantera en que fueron tallados los seres que aÜiman la
serie magnífica de las Novelas lontemporámas. Y hay alguno, como el alcaide
de la cárcel de Corte en Madrid, sin par en la moderna literatura española.
Se observa, es cierto, que a Borrow le interesan muy poco los monumentos;
no es un turista. Su condición de misionero le pone a cubierto del vicio artístico con que suelen ver ~spaña los extranjeros, y no pocos españoles a su
zaga. Pero si las piedras rara vez le producen otra impresión que la simplemente admirativa, ¡qué penetración de mirada en cambio para contemplar las
personas!, ¡qué humc1nísiroa comprensión la suya para ver a través de la fisonomía de un labriego, de la picardía de un gitano, de la doblez de un posadero, el carácter que lo personifica! Y sobre todo, ¡qué simpática perspicacia
para descubrir en los acontecimientos que se suceden en su peregrinación la
fuerza inconfundible de una raza augustal
Claro que fü,rrow no es un misionero, sino un artista. Un artista que no se
limita a escribir libros, ni que para escribirlos viaja, sino que quüre vi11ir al
aire, al sol, andando por el mundo, sin más pasi9n que la de comprender. Se le
ve vagar, vagabundear, por las páginas de su libro, no ya como simple espectador, ajeno a las personas y a los sucesos que le rodean, sino metido entre
aquéllas y gozando éstos. Su humorismo, verdadera,nente sano, sin recovecos
ni reparos. es lo que le diferencia y le eleva de cuanto hay en derredor suyo.
No es, pues, La Biblia en España un libro pinto,·esco. Es, repetimos, el mejor acerca de los españoles y el pais en que vivimos. La emoción que los panoramas castellanos, andaluces y ~allegos le producen, la sincerísima visión de
los paisajes por donde cruza caballero, el franco afecto cou que se decide por
la gente dal pueblo , el desprecio con que mira a las clases superiores(?) de la
sociedad española, le han servido no ya para escribir un buen libro de viajes,
sino para cifrar en una pintura acabada el juicio sereno, verdaderamente filos6fico de la Península y sus extraordinarios habitantes, cuyo carácter preside
la gravedad.
Apenas atraviesa el viajero la raya de España viniendo de Portugal, parece
como que le capta la naturaleza con su fuerza encantadora, inspirándole el
relato de Badajoz a Madrid, por Mérida y Tala vera, sin duda uno de los pasajes
más hermosos del libro. Y en su compañía va tras él desde entonces el lector,
sensible al estupendo trasunto de la realidad que con la relación de sus andanzas le ofre ce Don Jo,·gito et Inglés. Tan verdade,·o es el libro que hoy, con
los ochenta años transcurridos desde su publicación en Inglaterra, tiene, aparte
la novedad de su primera traducción en español, un interés de actualidad, porque los sucesos que en él se cuentan atañen, no a lo circunstancial, sino a lo
caracte1"istico 1 a lo fundameotal de España.
Por añadidura, la versión castellana de La Biblia en España es modelo de
traducciones. Fuera hipocresía que, a cuenta de mi compañerismo con el tra-

ductor, disimula&amp;e la excelencia de su obra 1No
,
obligue al mentido recato con que suel d·.1 1cr~o que la razou de amistad
del ~migo. Estimo, por el contrario, que\ 35 ~~:!aª~s~ ~~ed el público la obra
a qu!en nos une amisrnd son precisamente las
C: a i_ ~ es de las personas
rencias en el trato humano, y la proclamación d~~e~~-tifican nuestras prefey º? condescendencia benévola, La traducción de L
sus obras deber'
p_etimos, modelo de ellas, , pare· a en un
.
.
t ia ~n éspaña. es, rec1ón española de la sintaxis expte'siva dpe to a hmp1~za de léxico, a naturalizalá ·
d u
,
un pensamiento ext. ·
d
e s1cas e ..norabn y superior a ellas en fiderd d l
. .
ranJero, e las ya
pos donde_ toda confusión literaria tiene su asi~nªto ~ ongmal. En, estos tiem•
es la versión castellana de La Biºblia m E-p _
º. tantas teonas barrocas
buen gusto en que el lector no advierte p~~/~\'::e e}~mdpdlo !de ~laridad y d~
provechosa.
'
m a
e e stilo, la lección

ª

~~ble

c.

R.

c.

•••
Libros recibidos.-Anfflnio Battistella· L R
.
.
undici secoli di storia. Venecia MOccccx -R· . a .;¡ublt~a di Venezia ne'suoi
Barcelona, 19 .
XI.
egrno · Boti: A,·abescos mentales.
13

Revistas.-Mercure de France París -L'E
gris Civique, París.-La Conn.iissdnce p. ,
1f::"ºP;, Nouvel!e, París.-Le ProVida Nuestra, Buenos Aires.- Athe~ae:,:1sz a evue de l'Ep~que, París.San José de Costa Rir:a.-Le Crapouitlot Pa~· arj~~ª--¡ Repertorto Americano,
e es- et~res, París.-Cuitura
Venezolana,Caracas.-Die Aktion Berl' 1
Madrid. - Cuba Contemporánea, ia Ha1;~na. egjf;!Je"J'1-~ºtev1deo.:-Arquitectura,
H •
, . uenos Atres.-Poesia ed
arte, Fcrrara.-España y Amlrica Cád'
selas.-Vida, La Coruña.
•
iz.- e,mes, Bilbao.-L' Art Libre, Bru-

;,.s.-

GACETILLA
Sarah en Yuste y el bnrgalés de pro.-Bnllante
.
.
tarde del ensayo general d,.. la f t
estuvo el Ateneo la
del natalicio de Sarah B~r~ardh1:s c~n q•e se lceleb_rará el primer centenario
de instrucción, a oir de labios autori::d e ;1ue e 1?1ªr_1scal Joffre vino, en viaje
del Marne, no habíamos hallado re al ?S ª1 exp 1cac1ón auténtiq de la batalla
esta vez faltaba el 5 . Alt .
g O igua en la sala del Ateneo. Cierto que
.
1•
am1ra porque no s 1"b
vocación &lt;du plus grand historie~ de l'Espa e, e a a es~rechar lazos, última
tes fraternales allende el Pirineo· ero asi ~ , co°:1º. le dicen en los banquetant~, aunque fuese un minist;/ de u:~1 un mm1stro, que es cosa imporsum1dades cortesanas, y un enjambre d~ 6 ~ Y atarug~d~, con más algunas
han e!!. torno de Sarah exhalando .
~ micas y de com1cos que revolotea-

t

•~Yo soy la Crehuet! ¡Yo soy Mean~~1t·~od1s~ordes revelador~s de su emoción:
s1ll6n, sobre el estrado Sarah rec d'b bfu1 Medrano ... !&gt; Vista de lejos en su
'
or a a astante a la Doña Inés de Castro con-

�LA PLUMA
servada, ign6rase con qué pretexto, en el Museo Moderno. Cuando la mutilada
venerable vió adelantarse con paso vacilante al Conde de Romanones, la gratitud inundó su pecho: creyó que el homenaje consintia ton un remedo 1 que bubi~e sido una adulación: 01,! quelk delicalesse!-dicen que murmuró-. Uht L'
Espagne! Quel pays cktrJaleresque et cotirlois! Se atribuye al efecto adormecedor
de esta primera impresión agradable, la serenidad 1 isueña con que aguantó las
admoniciones, exorcismos e improperios de aquella tarde: casi todos la regañaron mucho; parecía que estaban reconviniéndola por ~us pecados, y exhortándola al arrepentimiento¡ parecía que estaban recomendándole el alma. Y ella,
dulcemente empedernida, escuchaba sonriente y sin hacerles caso. Azorín, a
pesar del acento áspero, entrecortado y conminatorio que gasta para !cer, no
hizo mella en su ánimo. Por lo que fué menester apelar a los grandes medios:
avanzó un hombre cejijunto, y blandiendo un papel ante las propias narices de
Sarah, profería con voz estentórea:
-¡Señora! ¡Yo soy de Burgos .. .!
Y se callaba para observar el efecto de sus palabras.
-¡Señora! ¡Yo soy de Burgos ..!
(Nada. No pasaba nada. El ser de Burgos, ¿tiene algo de particular?)
-¡Señora!, ¡soy de Burgos, de la vieja tierra de Burgos!-repetía en vano.
(¿Sería Martín Antolínez, el burgalés natural? No. ¡Era un hombre enviado
por el Gobierno. que se llamaba Aparicio!) La resistencia de Sarah pudo más:
y lo que iba toruaodo un giro amenazador .acabó en general algazara; el público
fué el último que se rió.
Rodeada de personajes, Sarah recorría en parihuelas el pasillo en busca de
la calle.. y al mirar distraídamente las filas de retratos, se pasó la mano por la
frente y como quien recobra el sentido preguntó:
-¿Dónde estoy?
-En el Ateneo.
-¿Y de
esolos
que es~
Uno
personajes presentes se palpó la nariz con suavidad, en demanda de una idea, y exclamó:
...J.
-Es la Holanda del pensamiento en España.
-¡¡
Y
elliens!!I
burgalés de pró, ansioso de instrulrSe, preguntaba: ¿Q11é ha dicho? ¿Qu~
ha dicho?
-Ha dicho: ¡¡Ten... 1!

PIN DBL VOLUMEN II

I•

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Alfonso Reyes</name>
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8JB&amp;a,JOl'E"c4 CEIVTFfA L
. L. .

4
------. J.

~

VOLUMEN SEGUNDO

MADRID
I

9 2 t

•

l

�'

-

ÍNDICE DEL VOLUMEN II

19 21
«.la pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.•

ENERO A JUNIO
NOMBRO 8.0 (BNERO)

lllPJ.\.&amp;NTA ARTÍSTICA, DE S.UZ HERMANOS
NORTl1 21. MADRID; TELiFONO

17-65 J.

Miguel de Unamuno: Fedra (acto 1.0 ) • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •
Luis Fernández Ardavín: Motivos lfricos..............•........
Cardenio: Fantasías. La muerte de Lepe................... ... .
Goethe: El Caminante. (Traducción de Ramón M.ª Tenreiro) .... .
Mario Puccini: Letras italianas .......•..... .. .... • ...........
Alonso Quesada: Teatro clarucho. Poesía ..................... .
Valentín Andrés Alvarez: Simetrias. Poesías................... .
El paseante en Corte: •..castillo famoso...................... . .
Federico Garcla Lorca: Poesías...•..•........................
Libros y Revistas: Ramón Pérez de Ayala: Belarmino y Apolonio.
Alberto lnsúa: Las fronteras de la pasión.-Manuel Ugarte:
Cuentos de la pampa.-John Brande Trend: :TluM§slery o/Ele/u
Tlu Dance o/tlu Selsu.-Van den Borren: Orlande de Lassus.Homeco Seris: Una nueva vanedad de la edicwn príncipe del
Quijote.-La crisis intelectual en Alemania!•...... . .........
Gacetilla .••....•..•.•.........•••••.•..................•..

1

16

19

25
31
39
41

43

49

54
64

w

�LA PLUMA

LA PLUMA
Pqinu

NOMBRO 9.0 (FBBRBRO)
Miguel de Unamuno: Fedra (acto 2.0 ) . . . . . . . . . . . . . . . . . . • • • • • • • •
G. Jean-Aubry: Jules Laforgue ... ...... . ...... . . - . . . . . . . . . . . .
Antonio Espina: Poesías.... . ........ . .... . ........... , . . . . . .
Cardenio: En torno a Ganivet. . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Poesías .................. .. .. • .. .... , . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros.. . . . . . . . . . . . . . . . . ... • . . . . . . . .
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografla musical de Europa. IV
Inglaterra .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
María Enriqueta: Buscando su huella, poesla.. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Julio Camba: La rana víajera.-Ramón Gómez
de la Serna: El drama del palacio deshabt'tado. -Romain Rolland: Clerambault,-Teatro antiguo Español. Nuevas ediciones
de Lope de Vega, Vélez de Guevara y Calderón.-José María
de Cossie: Epístolas para amigos.-Ventura García Calderón:
Cantilenas.-Revistas....................................
Gacetilla ............... . . .... .... .................... .. . : .

65
6g
84
87

"

181
192

97
104
110
114

117

1 28

NOMBRO 10 (MARZO)
Miguel de Unamuno: Fedra (acto 3.º).... ... ................ ..
Enrique Diez-Canedo: Haikais de las cuatro estaciones. . . . . . . . . .
Jesé Mª. Chacón y Calvo: El retrato desconocido.......... . . . . .
Luis García Bilbao: El viaje de España. Elche_ Poeslas...........
C. Rivas Cherif: Comiendo perdices, cuento........ . ...........
Mario Puccini: Letras italianas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
J. Moreno Villa: Poesías . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El paseante en Corte: ...castillo famoso .. .. . . .. .•. ... . . , . . . . . . . .
Vicente Martlnez Cuitiño: Al poeta argentino Evar Méndez. Poesia.
Libros y Revistas: Luis Araquistain: España m tl criso/.-Zenobia

Camprubl de Jiménez y Juan Ramó n Jiménez: :Jineus hacia tl
mar.-Eduardo Marquina: El beso en la luri.ia. -Augusto
Strindberg: Danza macabra.-Juan de la Encina: Los maestros
&lt;kl Arte Moderno.-José M.ª Chacón y Calvo: Hermanito Mmor
Una corrección a Darío.-Revistas........ . ... . ............
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

129

140
141
145

149
16o
16g

17 3
178

NUMBRO 11 (ABRIi.)
Ramón del Valle Inclán: Los cuernos de don Friolera. . . . . . . . . . .
Juan Ramón Jiménez: La realidad invisible. Poesías...... . . . . . . . .
G. Jean-Aubry: Un poeta feliz ... . .. . .........................
J. Moreno Villa: Poesías.....................................
Adolfo Salazar: Un manifiesto y dos poemas....... .. . . ........
Fernando González: Emociones peregrinas. Poesías.... . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: El Teatro de la Escuela Nueva.. . . . . . . . . . . . . . . .
Valentín A. Alvarez: Simetrías. Poeslas....................... .
José de Benito: Iris. Poesía.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Mario Puccini; Vív.i l' anarchia!-Carlos Prreyra: La obra de España tn Amln"ca.-Sergio Yulyevich Witte:
Memorias.-Teatro selecto comtemporáneo.- Revistas. . . . . . .
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

193

208
214
219

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233
236
245

246

247
255

NOMBRO 12 (MAYO)
Ramón del Valle lnclán: Los cuernos de don Friolera...........
Luis G. Bilbao: La voz de la sangre. Poesla....................
Adolfo Salazar: Apuntes para una geo~rafía musical de Europa. V.
Alemania... . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pedro de Répide: Poemas extravagantes.......................
Mario Puccini: Letras italianas • • • . . . • . • . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . .

257
279
281

286
289

...

�LA PLUMA

Gustavo S. Galarraga: Horas. Pocsfa..........................
Rogelio Buendfa: Canciones para nadie,. . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . .
Paul Colin: Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . • . . . . . . . . . . . .
Juan José Domenchina: La corporeidad de lo abstracto. Poesías...
Notas de un cicerone: Exposiciones de Primavera...............
Libros y Revistas: E. Marquina: Agua en clsterna.-G. de Nerval:
Sílvia.-Ramón Pérez de Ayala: El sendero andante.-Luis Araquistain: El pelz"¡¡ro ¡ianqui.-Alfonso Reyes: El cazador. Szm.
palías JI diferencías.-F. T. Marinetti: Le taclt'lísme...........

297
298
299
304
3og

312

ERRATAS
Página 113, línea 18 dice:physiologiques. Debe decir: psychologiques.
Página 230, línea 9 dice: Mira al través. Debe decir: Mírame al
través.

NUMERO 13 (JUNIO)
RamGn del Valle lnclán: Los cuernos de don Friolera...........
321
Fernando González: Poesías..................................
345
Alfonso Reyes: Cartas de Jorge Isaacs a Justo Sierra............
347
Angel Espinosa: Poesías........... . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . .
356
G. Jean-Aubry: Henri de Toulouse Lautrec.....................
359
Luis B. Inglott: En la muerte de un amigo. Poesía.. . . . . . . . . . . . .
364
365
Paul Colín: Letras belgas ............. ... ...........•. •..... .
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografía musical de Europa. VI, .
España.....••..•....................... • , ·. • • • •• • • - • .. •
371
Antonio Espina: Poesías .......................... •• .. • ..... •
375
Libros y Revistas: Ramón Gómez de la Serna: Libro nuevo-Et pasto del Prado.-Alberto Masferrer: Pensamientos§ formas.Dmitri Ivanovitch: La ventana y otros poemas.-Cesare Arroyo:

Retablo ... ................................ • . • .... • • • • . • .

377

Gacetilla ..............•...................... , •., •. , • • • • • •.

383

Página 371, línea 14 dice: uno de allí. Debe decir: uno allí.
Página 373, línea
cia rural.

1.ª

dice: constancia moral. Debe decir: constan-

Página 373, lineas 1 7 y
se parece mejor a esos.
·

18

dice: parece mejor que esos. Debe decir:

Página 373, línea 29 dice: mencionados, pero este tanto como. Debe
decir: mencionados; él tanto como.

�A~O 11.

MADRID, ENERO 1921

NúM. a.

PEORA
TRAGEDIA EN TR ES AC TO S
PERSONAJES
FBDRA.
PEDRO, su marido.
HIPóuTO, hijo de Pedro y al nado de Fedra.
EusTAQUIA, nodriza de Fedra,
MARCELO, médico, amigo de Pedro.
RosA, la criada.

11

argumento generador de esta tragedia es el mismo dtl H1de Eurípides y de la FEDRA de Racine. El desarrollo
es completamente distinto del de ambas tragedias.
De los personafes de aquéllas sólo he conservado con
sus p ropios nombres tradicionales a Fedra e Hipólito, la nodriza (-.poCfocr) de Euripides, Oenone en Racine, ha cambiado en mi EusTAQUIA. En Eurípidesjiguran además Venus, Diana, Teseo, dos nuncios,
criados y un coro de muferes trezenias, y en Racine, Teseo, Aricia, Teramenes, lsmena, Panopey guardias.
L

PÓLITO

�LA PLUMA

LA PLUMA

ACTO PRIMERO

Déjalo, Fedra!
Es decir que sí, que luchó. Y dime, venció acaso?
EusTAQUIA. Y qué es vencer?
P'EDRA.
Eso me digo también yo: qué es vencer? Acaso vencer
es lo que dicen ser vencida ...
EUSTAQUIA. Fedra!
En fin, murió. . Luego, aquella infancia que se me borra
FEDRA.
como un sueño de madrugada ... Después el convento
en que me educaron las madres ... Ojalá hubiese entrado para siempre en él! A punto de ello estuve; quería
tanto a la madre Visitación! Pero pudiste más tú ·Eus'
taquia, y no sé si te lo agradezco...
EusTAQUIA. Ni yo ...
FEDRA.
Y v~no _mi mat~imoni? con Pedro, tú sabes mejor que
nadie como. Fm vencida por su generosidad y entré en
esta casa, la de Hipólito ... Empezó llamándome «madre:t.
~adre! que nombr_e tan sabroso! cómo remeje las entranas! pero ... la fatalidad! la fatalidad!
EUSTAQUIA. Hablar de fatalidad es querer ser vencida, Fedra!
FEDRA.
Y era él, su padre, mi marido, el que al principio, viéndole tan encogido y tímido le decía para animarle: «anda
hijo, da un beso a tu nueva madre... a tu madre!:. Aque~
llos besos... ! No ves aquí, ama, la mano de la fatalidad
o de la Providencia?
EusTAQUIA. Te veo en mal camino.
FEDRA.
Eso es lo malo, ama, el camino, pero una vez que se
llega...
EusTAQUIA. Adónde?
Fl:DRA.
Adonde sea, que se yo... , al destino!
EUSTAQUIA.
No digas eso, por la Virgen Santísima!
FEDRA.
A ella pido ayuda y consuelo en mi aflicción... Pero no
puedo más, ama, no puedo. Cada vez que llamándome
madre me besa al despedirse, una ola de fuego me labra
la carne toda, se me aprieta el corazón y se me anuda
la garganta. Y debo de ponerme blanca, no? blanca
como una muerta...
EusTAQUIA. Te he dicho que le esquives. Esas cosas salen a la cara.

EusTAQUIA.
FEDRA.

FEDRA

y EusuQU.IA.

Pero qué, no se te quita eso de la cabeza, Fedra?
Ay, Eustaquia! si hubiese de ser de la cabeza solo, ya
se me habría quitado; pero ...
EusTAQUIA. El corazón es más rebelde, lo sé.
Y ahora es cuando más me acuerdo de mi madre ...
FEDRA.
EusTAQUIA. Acordarte? No puede ser...
Sí, aunque te parezca mentira me acuerdo de esa madre
FEDRA.
de la que perdí toda memoria... toda ... ? de esa madre
a la que apenas conocí. Paréceme sentir sobre mis labios su beso, un beso de fuego en lágrimas, cuando
tenía yo... no sé... dos años, uno y medio, uno, acaso
menos ... Como algo vislumbrado entre brumas . .
'
EusTAQUIA. Sueños.
Tal vez...! Y dime, ama, tú que tanto conociste a mi
FEDRA.
madre... !
(tristemente.) Siii ...
EusTAQUIA
Cómo era?
FEDRA.
EusTAQUIA . Te he dicho más de cien veces que dejemos eso.
No, no podemos dejarlo y menos ahora; necesito de
FEDRA.
estos recuerdos.
(aparte.) Si lo supiera todo...
EusTAQUIA
Nunca has querido hablarme de mi madre.
FEDRA.
EusTAQUIA. No lo he sido, no lo soy para tí yo?
Pero la otra, la que me llevó en sus entrañas ...! Qué
FEDRA.
fatídíca niebla vela su memoria? Por qué me lo callas,
Eustaquia! (abrazándola.) Vamos, háblame de ella ...
EusTAQUIA (acariciándola.) Ten juicio, hija, ten juicio. A qué viene
ahora estor
Y me lo preguntas tú, tú, Eustaquia, tú? Ahora, en
FEDRA.
estos días de lucha, es cuando más necesito de su memoria. Dime, luchó ella?

EusTAQUIA.
FEDRA.

2

3

�LA PLUMA
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAPUIA.
FEDM.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

4

Lo habrá echado de ver él, Hipólito, ama? Lo habrá
advertido su padre, mi marido?
No lo creo, pero más tarde o más temprano ... Hay que
acabar con eso!
Sí, tienes razón, voy a acabar con ello; pero sabes cómo,
ama?
No quiero saberlo!
Es que lo sabes ya.
Fedra, Fedra, este amor culpable ...
Culpable? qué es eso de amor culpable? si es amor no
es culpable, y si es culpable ...
Claro, no es amor!
Ojalá no lo fuese!
Ay, hija, la más grande de las culpas es el amor!
No puede ser, ama, no puede ser! He querido resistir... ,
imposible! Pido consuelo y luces a la Virgen de los Dolores, y parece me empuja...
Por Dios, no desbarres!
Es que no soy yo, ama, no soy yol
Pues quién?
No lo sé; alguna otra que llevo dentro y me domina y
arrastra...
(aparte.) Como su madre!
Y tú te empeñas en no darme el consuelo y sostén de
decirme c9mo luchó y venció mí madre ...
Hablemos de otra cosa!
Esto es providencial, Pedro...
Piensa en él, tan bueno, tan noble ...
Pensar... pensar ... de qué sirve pensar sólo? con pensar no se hace nada.. .! Muy bueno, muy noble, muy
amante, pero es el medio de que para traerme a su hijo,
a convivir con Hipólito, se ha valido la Providencia ...
Dí el Demonio más bien...
Qué más da... ! Pero no puedo más y voy a acabar. Viviendo con él, cada día a su lado en la mesa, viéndole
cuando acaba de levantarse de la cama, con el sueño
todavía en los ojos... es como una llovizna continua,

LA P LUMA

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
F1mRA.

EusTAQUIA
F EDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
Fi:oRA.

EUSTAQUIA .
F:EDRA.

EUSTAQUIA.
FEORA.

EUSTAQUJA

cala hasta el tuétano! Y luego a los besos de costumbre heme hecho ya, pero cuando al pasar me roza ...
qué cerco!
Resiste, hija, resiste.
No cabe resistencia. Esto así, contenido, me abrasa; revelado ~ curaría mejor. Está escrito, es fatal! Y si al
menos tuviese un hijo que me defendiera...
Haz cuenta ...
Oh no, no! él? no! Un hijo mío, de mis entrañas uno
a quien hubiese dado mi pecho (estremeciéndose/ pero
a Hipólito...!
(cubriéndose la cara.) Lo que se te ocurre! Estás poseída, embrujada; creería en un bebedizo ...
Y por qué no? Los que no sienten, los que no viven,
los que no aman ni sufren llaman superstición a eso del
bebedizo. Qué más bebedizo, dí, que su aliento esparcido por toda esta casa?
Piensa...
Otra vez piensa...
.
Piensa, sí, que es el hijo de tu marido, que es tu hijo...
Y como a tal le quiero ... no...! sí! Cómo pueden juntarse los dos amores, o salir el uno del otro? Y luego a
él, a Pedro, como a padre ...
Respétale, pues, como a tal!
Respeto ..., respeto ... , qué triste, qué frío es eso del respeto! Cuando tengo que abrazar a Pedro veo en él en
sus ojos sobre todo, los de mi Hipólito... , son los ~ismos, y me hago la ilusión ...
Calla!
Eso quisiera yo, que se me callase lo que llevo dentro...
(abrazándola.) Pobre hija mía! No sé qué decirte que
no te lo hayas dicho ya tú antes. No es esta dolencia de
las que_ se curan con palabras ajenas. Y luego se me
sub~ m1 mocedad al pecho ... , recuerdos ... , sí, sí, es una
fatalidad haber nacido mujer. Pero aquí viene tu marido y me retiro (vase.)

s

�LA PLUMA

LA PLUMA
FEDRA.
FxDRA

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

fEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FÉDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

6

y

P.11DRO,

su marido.

( entrando.) Buenos días, Fedra, qué tal hoy?
Mejor, Pedro, algo mejor.
Y esajaqueca?
Bah, quién hace caso de ella... ?
Cuídate; no te levantes tan temprano y sobre todo no
te preocupes demasiado por cosas no merecedoras de
ello. Eres en demasía cavilosa, Fedra, le das sobradas
vueltas. a las cos.as, y hay que tomarlas cop-io vienen ...
No siempre es posible.
Y vivir, vivir! E Hipólito?
Qué?
No ha vuelto aún Hipólito?
No, todavía no ha vuelto.
Dichosa caza! Así se le van los días; hace tres que falta, y así se le van los años. Es bueno, honrado, trabajador, pero fuera de su trabajo parece no vivir sino para
la caza. Corre el tiempo, nosotros solos con él, yo caminando a viejo y ... vamos, te lo diré de una vez, Fedra,
sin perspectiva de nietos!
·
Pedro!
He hablado de esto varias veces con Marcelo, que es
quien me aconsejó cuando andaba tan delicadillo el chi"
co lo de la caza, y Marcelo...
Dale con Marcelo ...!
Pero por qué esa mala voluntad a mi mejor amigo? dicen que es siempre así... celos acaso?
Celos? yo? de él? no ... pero...
Caprichos, pues! Bien; se va el tiempo que vuela! A
sus años debía Hipólito pensar ya en casarse.
Qué dices?
Y no le he observado en camino de ello. Tú que por la
edad tienes con él más confianza, tú que eres su confidente, su hermana más bien que su madre, no le has
oído nada de esto?

PEDRO.

FEoRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

No, nada!
No habéis nunca hablado de ello?
Nunca!
Pues es preciso que le abordes, Fedra, que le sonsaques
su ánimo, que le hagas ver que hay una edad en que
~e debe pensar tomar estado y no vivir como un hongo, que yo pues no tengo hijos de ti, quiero tener níetos de él...
,
Pero, Pedro, cómo quieres que yo...?
Tú? pues claro! cosa más fácil... Si a ti no te atiende,
a quién atenderá? Porque él, tan seriote, tan esquivo,
ese oso cazador y cazador de osos, contigo se ablanda.
Te adora...
Lo crees, Pedro?
Que si lo creo? Te adora! Él lo tapa, como sus sentimientos todos, pero adora en ti, no lo dudes. Y tú, tú
le quieres como a hijo propio, no?
Le quiero, sí, le quiero con toda mi alma!
Ya sabía yo bien al tomarte por mujer que él recobraría madre! Es, pues, menester que abordes con él ese
punto, y creo que le persuadirás. Aquí viene!

D1cRos e H1PÓUTO, que entra en traje de caza, deja la escopeta a un lado,
abraza a su padre y luego a Fedra, que le retiene un momento.
PEDRO.

HIPÓLITO .
PEDRO.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.

\
(aparte, al ver cómo Fedra retiene a Hipólito.) La convencí; hoy le aborda.
Qué ataque de ternura es éste? qué tramabais?
Que no nos abandones tanto, hijo ...
Ya sabes, padre, que necesito de la caza. Debo al aire
del campo la vida y aborrezco la ciudad. O el hogar,
esta nuestra casita, o el monte!
Pues el hogar!
Hay que salir de él, para mejor quererle y a.preciarle.
Los hombres caseros, comineros, suelen serlo por egoís7

�LA PLUMA

F.!DRA.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.
PEDRO.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

8

mo. El que se encierra en casa es para mejor molestar
a los suyos, por falta de valor para luchar con los de
fuera. Hay que salir de casa para gustar todo su encanto, y adónde mejor que al monte? hay sociedad como
la de los robles? La vida de campo, bajo el cielo libre, al
aire libre, sobre la santa y libre tierra, mejora al hombre. ALií no hay odios ni envidias; los robles, los arroyos, las rocas no envidian, no odian .. .
Ni aman!
Que no aman... ? No, como nosotros no! y por eso nos
purifican y elevan. La naturaleza no sufre fiebres ni necesita luchar para querer. Por eso t:S el verdadero templo de Dios. Cuánto mejor, madre, que fueses más a él
que no al otro ...
Contigo? cuando quieras!
Sí, tengo algún día que llevarte conmigo de caza...
Sí, síl
No me parece mal...
Conmigo de caza. Ya verás cuando te tumbes al pié de
un roble, cara al cielo, cómo se te curan esas aprensiones y se te acaban esas palpitaciones de corazón. No
hay como el campo; allí se ve todo claro!
Pues quiero ir contigo a él para que lo veamos todo
claro!
Y yo creo traeros del campo algo de su aliento, no es
así? No oléis a tomillo, a mejorana cuando entro?
(husmeando.) Sólo huelo a ti/
O queréis que sea como esos ...
No condeno tu afición, hijo. Es una de las más nobles
y te libra de vicios. Pero entre esos libertinos que ensucian su hogar y tu braveza y despego rústicos ...
Despego yo? yo braveza? por qué? porque no ando con
arrumacos y lagoterías? El cariño no es babosería ni
violencia...
Hombre, no cabe decir eso así, tan en redondo ...
Pues sí, en redondo, el amor no es violencia.
Es que hay amores que no se concibe sino violentos...

LA PLUMA
HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLlTO.
PEDRO.

HIPóLITO.

Te empeñas, madre, en no comprender la ternura, au~
sintiéndola. Eres demasiado exaltada en tus sentimientos ...
Demasiado? Cosas hay en que no cabe demasía, creo ...
Cuando vayas conmigo al campo, madre, verás si se te
curan las demasías ...
Bueno, basta de metafisicas! Yo, Hipólito, no dudo de
que nos quieres, pero obras son amores y no buenas razones ...!
Obras? qué quieres de mí, padre? qué queréis de mí?
qué tramábais?
Ya te lo dirá tu madre!
Madre, qué es esto? qué significan las palabras de
padre?
Ya te lo diré ...
Dímelo! ahora!
Bien, os dejo.
Para qué? no! quédate!
Os explicaréis mejor a solas.
Si es conjura... bueno! (vase Pedro.)

F EDRA x
HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.

HrPOLITO .

Y bien, qué es ello, madre? callas? qué es? (poniindolt una mano sobre el hombro, a lo que tila se estremece.)
Vamos, habla! Tu beso me pareció antes más largo, más
apretado ...
Y acaso más caliente...
Tal vez. Me diste miedo con él. Hace algún tiempo que
me das miedo; noto en ti algo extraño que me sobresalta, y luego esas palabras de padre ... vamos, qué es ello?
Nada, un capricho ...
Caprichos padre? lo dudo ...
Dice que se siente solo ...
Ko estamos nosotros con él?
9

�LA PLUMA
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
Fi.DRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

H1PÓLITO.
FEDRA.

10

Sí, pero dice que a tu edad ...
No comprendo...
Desea que vayas pensando ya...
Ah, acabáramos, en casarme!
Eso! Y tú?
Yo?
Sí, tú, tú no piensas en casarte, no?
Por ahora, no! casarme? para qué? Y sobre todo no es
ésa resolución que deba tomarse así, en principio y por
principio; eso viene ello solo. Hay que dar al tiempo lo
suyo. No es cosa de una vez resuelto casarse, echarse
uno a buscar con quién. Y hoy por hoy, como no fuese
con Diana... Ahora si, lo que dudo, llegase a enamorarme...
Quién sabe...
Claro, nadie puede decir «de esta agua no beberé».
Quién sabe si no lo estás ya...
Quién? yo?
Esas cosas no se confiesan y menos a los padres ...
A los !?adres tal vez nol Pero tú, en rigor de verdad, no
eres m1 madre ...
No, no lo soy, no!
Aunque lo seas por ley y por cariño ...
Oh, por cariño! Pero de veras no estás enamorado?
acaso tengas ...
Te aseguro que no!
Bah, bah! Este despego, este salir tanto de casa, por
dos, por tres, por ochó y hasta por quince días con
achaque de la caza... Ah, Hipólito, Hipólito; a una... a
una mujer no se le engaña...
Engañarte? yo? a ti? Te juro que si llegase a enamorarme
serías tú quien primero lo supiese ...
Oh, gracias, gracias, Hipólito, pero enamorarte... de
quién?
De quién? Vaya una pregunta! No te entiendo, madre.
Ya me entenderás, Hipólito, ya me entenderás. Y si tú
te casaras, si te hicieses de otra...

LA PLUMA
HrPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
F:ED.RA.
HIPÓLITO.
F.tDRA
HIPÓLITO.
FEDRA.

HrPÓLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HrPóJ,ITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.

Si me casara ... qué? (silencio.) Vamos, dí, qué?
Que no podría yo vivir viéndote de otra!
(alarmado.) Cómo? qué? no te entiendo bien, madre!Tú de otra? imposible!
(arredrándose) Madre!
.
. ,
(yendo hacia il.) No me llames madre, por Dios, H1polito, llámame Fedra!
Fedra!
No, así nol nol no así, Hipólito! Me entiendes ahora?
No quisiera entenderle ...
Lo ves claro ahora sin salir al campo?
Ah! Y era esto, esto, el calor de tus besos?
Sí, esto era, Hipólito, esto; ven, mira...
No! no!
Es la fatalidad, Hipólito, a la que no se puede, a la que
no se debe resistir...
Piensa en mi padre, Fedral
Tu padre es quien me empuja a til
Y era para esto, para esto para lo que te dejó ahora sola.
conmigo? para esto?
Pues bien; sí, me he aprovechado, lo ves? él, él mismo
me ha hecho romper mi secreto para contigo, él ha provocado que me salga a la boca el secreto del corazón.
Y de la bocal
Sí, que brote en palabras el secreto de mis besos! Todo
era hasta romper el nµdo que ligaba mi lengua; ahora
todo está claro y me siento libre, libre de un tremendo
peso; ahora respiro ...
Ahora empiezas a ahogarte, madre, y a ahogarme...
De ti, sólo de ti depende, Hipólito. Quiero ser tuya,
toda tuya!
No, lo que tú quieres es que sea tuyo yo!
Si, mío, mío, mío y sólo míol
Tu hijo ...
Pues bien, hijo, ven a mis brazos!
No, ya no! _Me voy, y no volveremos a vernos a solas...
11

�LA PLUMA

LA PLUMA
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.

Que no? Nos veremos, sí, y más que nos veremos! Hipólito, ven...
(arredrándose.) Antes querría verme con una jabalina
acorralada!
Tan mala... , tan fea te parezco?
Estás loca, madre, loca perdida, y tu locura es contagiosa...
Pues ven, ven que te la pegue, y locos los dos, Hipólito,
los dos locos...
Y él, mi padre, imbécil, no es eso? No, adiós! Y no volveremos a vernos ... , al menos a solas ... adiós!
Espera, Hipólito, siquiera el de siempre, el de despedida,
hijo...
Hijo? ya no! tuyo no, de él, de él siempre, de lmi padre,
de tu marido! Y... el de siempre? no, sino el de nunca ya.
adiós! pobre madre! (vase.)

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.

5.ª
FEDRA.

Oh, yo le rendiré, yo! No puedo más. Esto es más fuerte que yo. No sé quién me empuja desde muy dentro...
Aquel beso de fuego en lágrimas ... Y es el deber, es el
amor filial o me desprecia? Sí, sí, me desprecia... Una
jabalina acon-alada ... tan fea soy? Quiere a otra, no me
cabe duda, no es posible si no... Mas no, no, no, es leal,
generoso, veraz. Sí, sí, es su padre (cubriéndose la cara),
¡qué horror! Soy una miserable! loca, sí, loca perdida!
Virgen mía de los Dolores, alúmbrame, ampárame! No
puedo estar sola, llamaré con cualquier pretexto. La soledad me aterra (llama.)

FEDRA.

FKDIIA

M-ARCELO
FEDRA.

MARCELO.
FEDRA.

MARCELO.
FEDIU.
MARCELO.
FEDRA.

Fsou. y RosA, la criada.
FEDRA.

Anda, Rosa, recoge eso y llévalo. Espera, di, tienes
novio?

Sí, señorita.
Y te piensas casar con él?
Si nó para qué le tendría?
Es cl~o. Y dime, le quieres mucho?
Bastante...
Nada más que bastante?
Luego que nos casemos veremos...
Y va a ser pronto?
En cuanto él consiga una colocación que busca.
Eres demasiado joven todavía.
Pero si una no se casa joven, señorita ...
Qué?
Qué sé yo ...
Es verdad. Mira, te hago estas preguntas, Rosa, porquequiero ser la madrina de tu boda.
·señorita!
Sí sí eso me dará acaso buena suerte.
'
A ' nosotros
más!
No sé, acaso ... mas en fin yo os amadrinaré. Pero vete_
(aparte) siento pasos. (Vase Rosa.)

MARCELO.
FEDRA.

y

MAIICELO

(entrando.) Qué? cómo va la paciente?
Paciente? le he llamado yo acaso?
El buen médico no debe esperar a que se le llame...
Médico? y bueno?
A ver hoy el pulso.
No, es por tomarme la mano.
Bueno, ya sé bastante.
Qué es eso? qué dice usted? qué es lo que sabe? Y_ con·
qué derecho usted, el amigo íntimo y de la infancia de
mi Pedro, el que entra aquí como en su propia casa...
Y con qué derecho supone ústed, Fedra, lo que calla?-·
Oh, no se le escapan ciertas cosas a una mujer...!
13

�LA PLUMA

LA PLUMA
MARCELO.
FEDRA.
MAR.CELO.
FEDRA.

Enamorada, lo sé!
Cómo? ¿Qué es eso de enamorada?
De su marido, claro está!
Basta, basta! ( aparte.) Hay secretos que revientan por
los ojos.
8.ª

PEDRO.
.MAR.CELO.
PEDRO .

(entrando.) ¡Hola, Marcelo!
Bien y tú, Pedro?
Bien. Ví salir a Hipólito, Fedra, y me parece que iba preocupado, inquieto; no contestó acorde a lo que le hablé ...
Le abordaste?

f"EDRA.
PEDRO.
_MARCELO.
hDRO.

Sí...

Drc110s

.MARCELO.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
.MAR.CELO
FEDRA.
MA.RCELO.
PEDRO.
FEDRA
MARCELO.
PEDRO.
MA.RCELO.
FEDRA
MARcELO.

y PEDRO

Y nada, no quiere oír hablar de eso ...
Vaya, me voy, pues tenéis que hablar...
No, Marcelo, no es nada. Y a ti podemos decírtelo todo.
Es sólo que me parece es ya hora de que Hipólito vaya
pensando en casarse, en traernos primero nuera, después ... quién sabe ... nietos, y encargué a Fedra, que de
tanto ascendiente sobre él goza, le abordase ese punto ...
Muy delicado ...
Y qué dice?
No quiere oír hablar de ello...
En fin, ya me lo contarás, porque sacabl:!- una cara...
( aparte.) Pobre Pedro!
Sí, ya te lo contaré, pero ahora... (aparte) No me voy,
no le dejo con él.
Repito que me voy, pues tenéis que hablar ...
No, tú eres como de casa.
( aparte.) Qué ceguera!
Los que son como de casa sin ser de ella estorban más.
O se es o no se es; pero lo de como si se fuese ...
Pues bien, tú eres de casa!
Uno más?
(aparte.) Qué bruto! (alto.) Vaya, me voy!
No; yo. Adiós! (vase.)

FtDRA.

PEDRO.
FgDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
Fl':DRA.
Pl':DRO.

F.EDRA.
PEDRO.

F1mRA.
hDRO.
FEDRA.
PJ:DRO.

F:tDRA
PEDRO.

F:tDIU
PEDRO.

y

PEDRO.

Y bien, qué dijo?
Dijo...
Qué?
Que no piensa en eso; no está enamorado ... para qué
casarse?, dijo ...
Luego no le convenciste?
No le convencí, no!
Para cuándo, pues, tu persuasión? tú, que siempre me
persuades de cuanto se te antoja? Ah, Fedra, es que no
pusiste ni empeño ni calor en tu demanda...!
.
Que no?
No no porque tú eres de las que consiguen cuanto se
' ' Si hubieras sabido hablarle al corazon
. ...
proponen.
Calla, Pedro! calla, calla!
Lo ves? tampoco tú quieres que se case, tampoco tú...
Yo?
Sí, tú; no quieres otra mujer en casa, no quieres
nuera...
Pedro, qué dices?
Sí, estoy harto de saber que las madres suelen tener celos de sus nueras, pero yo creía que tú, Fedra, tú, siquiera por mí...
(cubriéndose la cara.) Calla, calla, calla!
Bien, egoístas todos... egoísta él, egoísta tú ... al fin sois
jóvenes y en tanto el pobre viejo...
(yendo a él y abrazándole.) Pedro!
Convéncele, Fedra, convéncete!
ll!1" DEL ACTO PRIMERO

MIGUEL DE UNAMUNO

�LA PLUMA

¡.Cas lágrimas de mi llanto,
lentamente
las convierto en poesía
decadente...!
¡G.ué triste verdad es ésta:
debiendo de estar llorando
todos estamos de fiesta ...!
'Y al final
la pena de irse callando
es mortal...

MOTIVOS LÍRICOS
EL VINO TRISTE
;

I

'Y aunque pienso no adivino

'Ya vuelvo a estar triste, amigo;
ya sé que, aunque no lo quiera,
la tristeza va conmigo
escondida,
y estoy alegre por Juera
de mi vida ...

la causa de este misterio
de tener tan triste el vino
y de estar,
igual que en el cementerio,
tristes en el lupanar...

fNada me ha de libertar,
porque mi vida interior
es la que me hace llorar
y sentir
que sólo es consolador
el morir...

Il
ELLAS ME DICEN...

0llas me dicen:-Oye, ¿tú no quieres?
¿fNo te han querido nunca las mujeres...?'Y yo las digo: -cSí, pero ya no.
-¿Porqué?
"
-Porque no os tengo fe.

.los libros me dan espanto;
la mujer, melancolía.
2

17

�LA PLUMA

Porque no quiero yo.Y ellas exclaman: -¡{:}h, si lo supieran!
¿Gres un hombre que huye los cariños?
-clí. Yo tan sólo ya quiero que me quieran
los niños...
III

FANTASÍAS
PERO HAY AMOR

Yo llenaba mis versos de ideas tenebrosas,
y ella, en cambio, llenaba de brazados de rosas
los jarros de mi estancia...
¡tlué modo tan distinto de comprender las cosas!
Para mí era la vida petulancia,
y para ella, fragancia ...
¡(:)lor de Palmerones y capullos de flrancial
Sl,rrojé las cuartillas tediosas
y la cogí. del talle para aspirar las rosas!
¡Gl amor es la única comprensión de las cosas!
LUIS FBRNA.NDBZ ARDAVIN

11

LA MUERTE DE LEPE, O ERUDITOS AL
CIELO Y EL GARROTE MÁS BIEN DADO
en la Biblioteca. Arrastrar de sillas, tintineo de llaves,
crujir de vidrieras batidas contra los armarios, bisbiseo de
coloquios entrecortados, sobre un fragor continuo de pisadas, voces y derrumbamiento de pilas de libros; en fin, el _estruendo propio de una sala de estudio. Humaredas azules, escapadas
de los cerebros en ignición, se espesaban en el aire. Más de cinco minutos tardó en recobrarse del mareo repentino y del susto.
Repuesto un poco, esquivando con dificultad los empellones de los
viandantes (aquella tarde de lluvia, el torrente circulatorio de la capital
hacia en la Biblioteca un remanso\ recorría con los ojos las hileras de pupitres.
-Entre tantos imbéciles-decíase angustiado-,¿no estará mi hombre?
Estaba. Tras una cortina de libros se alzó su voz inconfundible, entre
saxofón y clarinete:
-¡Matías: las obras de lbsen, las obras de San Isidoro, las obras del
marqués de las Guadalerzas, el Derecho civil del señor Sánchez Román!
La Creación (al menos, el ámbito de la Biblioteca) enmudeció. Las miradas convergieron en el sitio donde sonó la voz; un halo blanquecino

II

NTRÓ

19

�LA PLUMA
LA PLUMA
circula un cráneo, del que se alcanzaba a ver la bóveda .calva, removida
por corrientes subcutáneas. Cuando la reflexión dió treguas al espanto, las.
lenguas se desataron:
-1Qué tiol
-¡Vaya un cliente!
-¡Se ve que es el cerebro de más circunvoluciones de España!
-¡Viva la raza!
Pero ya salía de la Biblioteca, acompañado por el visitante.
-Siento interrumpir su trabajo, señor de Lepe.
-En efecto, estaba en un momento de inspiración. Me he puesto a.
redactar una nota bibliográfica sobre la Descripción de la basllica de Sarz
Sekrln, y me va saliendo una monografía copiosa, como para renovar estos estudios. ¿Qué le voy a hacer? No es uno dueño de su vena, ~verdad?
Yo tengo sobre el románico ideas propias (véase mi programa inédito de·
Arqueología transcontinental comparada). ¿Qué mé quería usted?
-Maestro, como los ejercicios han concluido, y la votación es mañana ...
-Ni una palabra. Para mi, el catedrático es usted, sin discusión.
-¡Oh! Tantas gracias...
-Espero verme continuado por usted. La Historia literaria ya no me
interesa. Mi actividad es polimórfica, y, por decirlo asi, tentacular; nada
me impide dar cima a mi gran colección de Pensadores hebraizantes de
Bembibre (ya sabe usted, la escuela de que procede todo el racionalismo
moderno), y acabar el raspado y Jeterioro críticos, definitivos, de los códices de Silos; pero mi apetencia actual es otra: en cuanto dé la última
mano a la tragedia...
-¡Ahl ¿Una tragedia?
-Si, Los Ilergetes; obra de afirmación nacional: Indivil y Mandonio representan el espíritu vernáculo frente al extranjerismo invasor. En cuanto.
la deje a punto, voy a entregarme a mi gran proyecto: investigar las insti~
tuciones protectoras del trabajo en el primer Imperio asirio; el Instituto deReformas Sociales patrocina la obra. Hay que marchar con los tiempos.
En cuanto a ust~d, por mí váyase tranquilo; pero tiene un competidorte20

nible, y en el Tribunal hay tres señores de la cáscara amarga. Trabájelos,
muévase. ¿Quiere usted un consejo? Vea a la presidenta de la Junta de
Damas de Honor y Mérito y al Comisario regio del turismo. ¡Ya está usted en la pista!
Trabajó. Se movió hasta echar el bofe. No sentia la lluvia. Se cayó en
las zanjas, de cegato que era ¡y tan distraído! Y cada vez que le llevaron
a la Casa de Socorro le dieron friegas y coñac para reanimarle, pero no
ropa nueva, ni le quitaron el barro de las botas. Entraba hasta el despacho con el paraguas chorreando, y en el aire caldeado todo él empezaba
a vahar como puchero a la lumbre. (La policía, para encontrar l(?S hilos
de su conjura, no tuvo mas que seguir las huellas que fué dejando plan_
tadas en las alfombras.) Veianlo entre brumas. El veía tipos borrosos, que
no le hacían c;iso o le oían en silencio, mirándole con desdén. A las señoras les pareció pedante y tosco. Los varones graves le confirmaron de ingenuo y frlvolo. Sacaba fuerzas contra el miedo, y quería persuadir a todos de sus méritos. Le impon!a como nadie el hombre que se paseaba a
grandes trancos, por lo oscuro, las manos en los bolsillos, y que de vez en
cuando se paraba para atender a la conversación y le dirigía miradas
torvas.
-Vamos, vamos. No se ponga usted asi. ¿Es cuestión de vid- o
muerte? Si ahora no cohabita usted con el éxito, todo llegará.
-¿Y mi método? ¿Y mis ensayos?
-Acabará por hacérsele a usted una buena cabeza; pero aún cultiva
usted la arbitrariedad.
-¿Porque he dicho que Gonzalo de Berceo es una criatura ridícula?
Es mi sentir.
- ¡Qué pifia! Está usted falto de informaéión.
-Pero tengo los datos esenciales. Sé que Lope de Vega adivinó el telégrafo: por eso en mi programa ya no le llaa:.o el Fénix de los Ingenios,
sino el Marconi español. Si Fox .Morcillo no se llega a ahogar, hubiese
construido un sistema filosófico. Más: NUé hizo Descartes? Aprovecharse de las ideas de Francisco Sánchez. También sé que la Inquisición no
,quemó a don Ephraim de Santa Maria, el poeta, sino a su padre.
11

�LA PLUMA
-Muerto don Marcelino, eso no es cuestión.
-¡Europa nos envidia el rito mozárabe!-clamó desesperado.
-Est:i por ver.
-¿Y mis investigaciones? Probado ya que el Quijote es obra con clave, he hallai o en la aventura de los yangüeses una alegato por la Sociedad de Naciones.
-Eso ¡al señor Altamira, al señor Altamira, al señor Altamira...! ·
-¡He refutado la tesis de Rodríguez Marin sobre la cena de Don Quijote!
-Es interesante. Más objetivo...
-¡Y como soy amigo de Cejador, no les pondrá a ustedes en su Hütoria si me tratan sin piedad!
-Mejor, acaso. s~ aliviaría la crisis de los transportes.
En lo oscuro profirió una voz:
-¡¡Creí que se movía usted en otro plano!!
Se derrumbó el teatro. Vióse el opositor amarrado a un escaño de p,n&lt;&gt;
con entalladuras obscenas hechas a navaja. Los curiosos atendían ampliando con la mano el pabellón de la oreja. El autor de los Ilergetes emitia un ruido oficial melifluo.
-El tribunal deplora, por mi boca, no disponer de dos cátedras. Los
dos competidores son de mérito sobresaliente. Por mi parte me impond ría
cualquier sacrificio con tal de no verme en el caso de elegir ...
-¡A mí! ¡A mí! ¿Verdad?
_
Eligieron al otro. Revolcándose en el banco, escupía a los jueces.
-Le hemos preferido porque, al fin, es hijo de viuda pobre...
El público rompió a silbar.
-¡Canallas! ¡Farsantes! ¡A ellos! ¡Mueran!
Los estudiantes apedrearon los tranvías. Se interrumpió la circulación •
en la calle de San Bernardo. En el Ateneo empezaron a recoger firmas en
un pliego. La Policia hizo varios disparos al aire.
Se restableció la calma.
-Señores-exclamó uno del públi&lt;:o-. Es inútil matarlos a todos. Lo
22

LA PLUMA
mejor es producir ahora mismo una vacante para que el hombre insigne,
preterido por ese motivo tan fútil...
-¡Está en la ley de Reclutamiento... !
.
.
átedra
¡Propongo
que
el
presidente
del
tnbuC
- ... pued a ocupar una .
•
nal se suicide en el acto!
El tribunal, sobrecogido, se retiró a deliberar. Volvió a poco. Ríos de
lágrimas corrian por el rostro de los juec~.
. .
-Señores: rechazamos el suicidio por mmoral; pero no el martmo. Yo,
presidente, no me suicido; pero estoy pronto a dar mi cuello ~l verdugo,
si alguien del público se presta a serlo, para que el derecho tnunfe de la
legalidad.
Y el secretario, blandiendo un martillo, según el rito, voceó:
-¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino? ¡A l~ ~na!
Instantes de congoja, en que el silencio pareció eterno. El publico,
rompiendo las compuertas del pavor,, prorrumpió en imprecaciones dolientes:
-¡Grande es el sacrificio, ¡oh Lepe!, y riguroso es el Destino que fulmina sobre ti sus rayos por tu misma excelsitud! ¿Qué Virginio, qué Scé\fola, qué Guzmán el Bueno igualó tu civismo? Trasp_a sado estoy de
horror.
El secretario: ¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino?
¡A las dos!
El público: Vuelve a mi la esperanza. Nadie viene. Veo los redondos
ojos dorados del pájaro nocturno brillar sobre t'\ cabeza. La diosa le envía en tu amparo. Te cobija en la sombra de sus alas.
El secretario: ¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino?
¡A las ...
-¡Yo quierol
Se adelanté un enmascarado con una guita liada al talle.
-¡A las tresl-gritó el secretario, dando un martillazo-. ¡Queda adjudicado el garrote!
El público: ¡Mas, ay, que ni el Padre de los Númenes puede esquivar
los decretos del Hado! Esfuérzate, pues es llegada tu hora. El arroyo de
23

�LA PLUMA
mis lágrimas te abre el camino de la Estigia. Ofrenda tus obras a Carón,
que las arrojará al profundo p1ra que no zozobre el barquichuelo. Consuélate, que vas a entablar coloquios perdurables con tus sombras dilec•
tas, y entre el Tudense y el Brocense sabrás por fin quién fué el Anónimo de Córdoba. Y tú, implacable, ¿quién eres? ¿Qué ánimo te mueve? ¡Oh,
cruell ¿Quién te envfa?
El enmascarado agarrotó con mucha sutileza a Lepe en su sillón. Apiló contra él sus obras completas y las prendió fuego. Arrojó sobre la mesa
una tarjeta, y dijo al marcharse:
-Soy el Análisis Objetivo, del Centro de Estudios Históricos.
Se encendió una discordia fratricida. U nos, pedían la cabeza del ejecutor. Otros, que le diesen una recompensa. La Policia le echó el guante;
pero él manifestó una cédula absolutoria s uscrita por su víctima: &lt;Ahorcado y conforme. Lepe.• Pusiéronle en libertad. Los bandos se acometieron con furia. El G-obierno declaró .que su deseo era que no hubiese vencedores ni vencidos, y nombró una Comisión de arbitraje. Los pliegos
puestos en el portal de la casa de Lepe se cubrie ron de firmas. Los que
u.o firmaban para protestar contra la ejecución, firmaban, a ruegos de los
árbitros, para solicitar del Gobierno el premio del ejecutor. Terminado el
entierro, el cortejo fúnebre fué a depositar los pliegos en la Presidencia
del Consejo. Así, el entierro fué cuna imponente manifestación de duelo•,
y se pudo conceder al ejecutor la Cruz del Salvamento de Náufragos.

EL CAMINANTE
CAMINANTE.

D ios te bendiga, mujer,

y al dulce niño

M UJER.

CA.RDBNIO

CAMINANTE.

que nutre tu pecho.
Deja que aquí, en esta roca,
a la sombra del olmo,
deposite mi carga
y a tu lado repose.
¿Qué oficio te lleva,
en el calor del día,
por el sendero polvoriento?
¿Traes mercadr,¿rías de la ciudad
por las aldeas?
¿Te sonríes, extrar~jero,
ante mi pregunta?
No traigo de la ciudad
mercaduría alguna.
Fresco viene el crepúsculo.
Muéstrame el hontanar
del que tú bebes,
amable mujer moza.

.........

�LA PLUMA

LA PLUMA
MUJER.

CAMJNANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.

CAMINANTE.

MUJER.

CAMlNANTE.

MUJER.
26

Aquí arriba, por la senda rocosa.
¡ Ve delante! A través del bosquecillo
llega el senderq a la cabaña
donde yo habito,
junto a la fuente
de donde bebo.
¡Huella de la ordenadora mano del hombre
entre las malezas!
¡Tú no has dispuesto estas piedras,
profusa diseminadora, Naturaleza!
¡Aún más arriba!
¡Cubierto por el musgo un arquitravef
¡Te reconozco, espíritu formador!
¡Has impreso tu sello en la piedra!
¡Más allá, extranjero!
¡ Una inscripción sobre la que piso/
¡Nada puede leerse!
¡Idas sois, vosotras,
palabras hondamente grabadas,
que debierais mostrar La piedad de vuestro amo
a millares de nietos/
¿Te asombras, extranjero,
por estas piedras?
Arriba son muchas las piedras
alrededor de mi cabaña.
¿Arriba?
Ahora a la izquierda
subiendo por el bosquecillo.
Aquí.
¡ Oh, musas y grru:iasf
Esta es mi cabaña.

CAMINANTE.

MUJER,

CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.

¡Las ruinas de un templo!
Aquí al lado, abajo,
surte la fuente
de que yo bebo.
¡Ardiente te agitas
sobre tu tumba, gl!nio!
¡Se ha hundido sobre ti
tu obra maestra,
oh inmortal!
Espera, voy por el vaso
para qne bebas.
La yedra ha revestido
tu esbelta forma divina.
¡ Cómo os afanáis
por elevaros sobre los escombros,
par de columnas!
¡ Y tú, la hermana solitaria de allí al lado!
¡Cómo, desde lo alto,
11tajestuosamente enlutadas,
con lúgubre musgo en la sagrada cabeza,
miráis vuestras hermanas
rotas a vuestro piel
¡Del zarzal a la sombra,
cúbrenlas escombros y tierra
y la alta hierba ondula sobre ellas!
¿Así estimas tú, Naturaleza,
la obra maestra de tu obra maestra?
¿Insensible destrozas
tu santuarior
¿Siembras cardos en él?
¡Cómo duerme mi niño!
27

�LA PLUMA
LA PLUMA

.CAMINANTE.

MUJER.

"CAMINANTE.

MUJER.
28

¿Quieres desca1tsar en la cabaña,
extranjero? ¿O prefieres
quedar al aire libre?
¡Hace fresco! Toma al ni,io,
para que vaya a buscar agua.
¡Duerme, duerme, amor mío!
¡Dulce es tz, reposo!
¡Qu.i blandamente respira,
rebosando celestial salztd!
¡ Tú, nacido entre los restos
de un sagrado pretérito!
¡Pósese su espíritu sobre ti!
Aquellos sobre quienes flota
gozan de cada uno de sus dias
con dignidad de dioses.
¡Ábrete, colnzac/p germen,
magnífico ornamento
de la resplandeciente primavera,
y reluce entre tits compa1ieros!
¡ Y al caerse los pétalos marchitos
ascienda de tu seno
colmado fruto
que bajo el sol madure!
¡Alabado sea Dios... ! ¿Y duerme todavíar
Nada tengo que pueda ofrecerte
con el fresco trago,
sino un trozo de pan.
Te lo agradezco.
¡ Con q1té delicia florece todo en tomo
y verdea/
Pronto regresará mi marido

CAMINANTE.

MUJER.

MUJER.
CAMINANTE.

de las ltazas a casa.
¡Quédate, quédate, lzombrel
Y toma con nosotros la cena.
¿ Vi·¡;Ís aquí:
Allí entre aqitellos muros.
Ya mi padre lzizo la clzoza
con ladrillos y piedras
de los escombros.
Aquí vivimos.
Dióme como mujer a un labrador
y murió en nuestros brazos...
¿Has dormido bien, corazón 11iíor
¡Qui avispado está y q11,i juguetón
el bribonzuelol
¡Naturaleza, que en eterno germinas!
Creas a cada ettal para el goce de la vida;
a todos tus lzij'os, maternal, Izas dotado
de una heredad, de una cabaña.
Arriba, en la cornisa, edifica la golondrina,
ignorante de los ornatos que embadurna;
teje la oruga en torno a la amarilla rama
el albergue invernal de su nidada;
y tú, ¡olz, hombre!,
de las ruinas excelsas del pasado,
compones, como de remiendos, una choza
para tu abrigo,
y sobre tumbas gozas ...
¡Adiós, 11iujer feliz!
¿No quieres quedarte?
¡Dios os guarde
y bendiga a vuestro lzijol
2c,--.

�LA PLUMA

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
·CAMINANTE.

¡Buen viaje!
¿Adónde me llevará aquel smaero
que sube la montaña?
A Cttma.
¿A qué distancia está?
/
Tres leguas buenas.
¡ArEós...!
¡ Guía tú mis pasos, Naturaleza!
¡El caminar del extran:fero
que marcha sobre tumbas
de un sagrado pasado!
Condúceme a un asilo
resguardado del Norte,
(Í,()nde breve alameda
proteja de los rayos del mediodía.
Y cuando regrese
con la noche a mi cabafia,
dorada por los últimos rayos del sol,
haz que me reciba una mujer cual ésta
con el hy·o e,, los brazos.

J. W. GOBTHB
{Trae!ucc i611 de R. M. Tenrcico.)

LETRAS ITA LIANAS
1~ Italia inteligente espera su nuevo poeta y mira, sin
un amor excesivo, pero con simpatía, a los cinco o seis escritores que luchan con seriedad por hallarse a si propios y al
Arte, entreténgome yo a veces estudiando en los escaparates de las librerias los escondidos rostros de los libros de crítica y de
pe11samiento y las reimpresiones de los clásicos, y advierto que las novelas fáciles y mediocres con sus cubiertas triviales ocupan el primer lugar
de esos escaparates, mientras las obras de los críticos, de los filósofos, de
los hombres de estudio en general, se recatan tímidamente en segundo término. Echamos de ver que no son muchas; pero ya a primera vista descubrimos nombres de resonancia mundial a estas fechas; son obras de Croce,
de País, de Farinelli, de Anile; son reimpresiones de Tommaseo, de Dante,
de Manzoni, de Foscolo. Pero el público fija su mirada preferentemente
en la primera línea de los escaparates; y sólo algún joven curioso o tal
cual hombre de lentes, se esfuerza por llegar alU donde se han refugiado
los pensadores y los grandes escritores de ayer.
Ahora bien, si el Hbrero no los considera, si la muchacha vestida de
seda y calzada con chapines de raso no los busca, si al estudiante no le
preocupan, el jove'l curioso y el hombre de los lentes fijan la mirada lar1:º rato en aquellos frontispicios, y luego de reflexionarlo mucho, acaban
comprando el pensador y el clásico.
IENTRAS

31

..3•

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

Y cuando veo al joven curioso y al hombre de los anteojos decididos
a tal adquisición, ya no temo por la literatura de mi país ni por Italia.
Pues ¿qué pueden contar las cinco mil muchachas vestidas de seda Y los
cinco mil estudiantes que compran la novela de moda, qué pueden contar,
mientras haya un solo joven que se fija en los libros serios, y ni por un
momento mira las cubiertas lujosas de las noveluchas?
Ya no temo, porque esos dos compradvres tímidos, pero reales Y tangibles, me dicen que la seriedad, la honestidad, la elención de los bu.enos
estudios no han muerto todavía en Italia; mientras que presto morirán,
no quiero decir dónde, los pobres alimentos de los novelistas de tres al
cuarto.

•••
En tanto, la Italia inteligente está toda alterada por la reciente co~vcrsión de Giovanni Papini. No es un rumor falso ni una actitud reclamtsta; Papini, el satánico Papini, entra en el seno de la Santa Madre Iglesia.
Los periódicos hablan de la con versión, en los círculos intelectuales se la
discute, un periodista se ha avistado con Papini y le ha interrogado para
saber la verdad. Y Papini ha dicho: «sí señores; yo ya no veo la verdad
sino en el Eva?gelio.• Y está esr,ribiendo-es más, se dice que terminando-una obra profunda y de gran volumen: la vida de Jesucristo.
Se puede discutir a Papini cuanto se quiera; y tanto más hoy que la
nueva generación se acerca a nuestro último clásico, aún vivo, Verga,
como buscando en la obra-toda l)umanidad-de este gran esc;ritor, un
nuevo punto de partida, después de veinte años de rebusca, de manías,
de cabriolas puramente verbales. Papini es ya un recuerdo de nuestra juventud y nada más. ¿Quién lo lec hoy en Italia? Tal vez algún joven de la
nueva generación, que oye pronunciar su nombre, y busca ansioso sus
obras; pero l0s hombres maduros y los jóvenes de treinta años están tao
lejos de Papinl, como si al siglo pasado y no al nuestro perteneciera. La
verdad es esta: Papini ha sido un constructor. Quien construye, y con material humano, quizá esté durante algún tiempo en un plano más modesto
que el dialéctico o el sofista; pero ya llegará el momento en que se le bus3i

cará con preferencia y se hará la luz eÓ torno SU) o. Papini es, ciertamente, uno de los más vigorosos, si no de los escritores más profundos de Ja
genLTació~ actual_; pero no _ha dejado, por desgracia, y tal vez no dejarámás que hbros ammados, violentos, libros de destrucción; allí donde otros
más mode~tos y encerrados dentro de sí, come, Panzini o Pascoli, fijaban
en verso o en prosa momentos y pausas de la vida. Si, hubo uu momento
en que todos hemos crefdo poeta a Papini; pero fué una ilusión suya y
nuestra; más nuestra, acaso, que suya, pues que intentó sus notas líricas
con poc.a convicción, con poca emoción, y aprovechándose admirablemente del eJemplo más modesto de Softici y de otros jóvenes menos conocidos
que él. Mas Papini renace, a cuanto dicen las crónicas, a nueva vida, con
la obra que está escribiendo, y nosotros, que le estimamos, esperaremos
esa obra con tuda la fe que él se me, ece ) nos inspira: porque su tormento_ por encontrarse a si mismo es, com,idérese como se quiera, de los más
tr~g•_cos y dc,lorosos; como el de un prisionero que busca por todos los
~ed10s, con manos, boca y dientes, el romper las cadenas que le suJetan.

•••
Otro di~léc~ico y crftico de mucha fama es Borgese; dudoso a su vez
duran.te algun tiempo entre la poesía y la critica, lejos de la propia comprensión, ¡,~r? obstinado en hallarse, Borgese, a quien los jóvenes estima~ Y los vteJOS respet~n, ha abandonado tiempo ha la poesía, y aun la
:rihca, como tal expresión cuotidiana, o al menos frecuente. Pero no ha
bandonado sus estudios predilectos; y aunque desde las columnas d
uno de _nne~tros grandes diarios, ll Corriere della Sera, escriba de polític:
i-tde ~•stona, corre la voz de sus estudios acerca de un gran problema
t erano ~oderno; es decir, de que prepara su obra máx1ºma Entretanto,
aparecen. en_ los escaparates sus libros agotados, que Treves. reim rime v

r;-

!uaen;)c:,~b~~c;u:\:P;~~ura ~trnprar.1:e aquí la Storia della cr~íca
. mer ' ro, y la primera muestra digna de su noble
p ersonal,.dad d e escritor.
Borgese posee como nadie en Italia la facultad de comprender desde
3

33

�LA PLUMA

LA PLUMA

blema y de resolverlo con claridad y
luego dónde e~tá el ~udo ~e un pr:eden echarse en olvido, ni aun hoy,
fuerza. Sus artículos hteranos no p
tan vivos como cuando
.d
olumen no parezcan
no obstante recoga os en v
d
charse en olvido, tan ta es la
. .
.ódicos· no pue en e
1
¡os leímos en os peri
' .
d. léctica formidable y su ong1c itor inspira con su 1ª
simpatla que este es r
h terminado porque Borgese es
·6
otra parte no a
'
nalidad. Su func1 n, per
' t·1 en estos años de guerra y de
.
y fecundo· y su es 1 o,
d
todavla muy Joven
'.
.
se ha reforzado y adens:.i o, y
.. d
61 ::io ha perdido, sino que
polltica, no s o
.
d
na obra nueva de singular mtt e1, y
es menester esperar de él, s10 du a, u
potencia.

•••
está también a su vez, de cuando en cuand~,
Croce, el célebre Croce,
h
"nistro de Instrucción Púbh,
obstante ser a ora mi
en los escaparates, y no
.
t b·en parece acelerarse, más por
ca su producción no se detiene, ~n esd_t1 'r..aterza que por su voluntad
•
.
d
fidells1mo e i or
'
'
obra de sus amigos y e su
. .
tá estudiando importantes re,or. E f to como m1nastro es
.
y su trabaJo. n e ec ,
.
otra parte reimpresiones o
l'
que p'll.bhca son, por
'
.
.
filosóficos, antaño aparecidos en rev1smas, y los vo umene_s .
colecciones de estudios hteranos y
. . s·endo la figura más
.
Pero Croce continua •
é
O
tas
campo del pensamiento Y
memorias acad micas.
.
.
. d
omento h1stónco, en e 1
, .
representativa e este m
. tiempo 00 "igue como cntic desde hace a1gun
.
.
de la alta cultura, pues qu
.
él y pudiéramos decir leJos
cola producción actual, que nace ya a1ena a '
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d
·stcma filosófico.
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No le ha abandonado Gic,vanm I en ªd.'t.ntas ha seguido siempre con
. .
·d as persona es y 1s 1
,
tual, que, s1 bien con '. e
.
.
Gentile se cuenta entre los filófidelidad la dirección ideológ!ca croc1anab.
er encerrada en un pequeño
ás productivos y su o ra, ay
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sofos mo ernos m
'.
úblico más vaitO, y merec1 o
mundo de lectores, se ha extendido a un p
la adhesión de los di~cípulos.
. des ierta ahora la curiosidad italiana
Otro pensad:&gt;r, Gmseppe Rens'.,
p b t· ada Es acérrimo luchador.
-6
f
fernente y o s 10
•
con una producc1 n con mua,
Z . helll por Perrella, sucédensc
Sus libros, editados por Sandro n, p or ,ame
,
34

violentos, polémicos, audaces. Combate el ide~lismo crociano con un fervor, una nitidez, una gallardía que, como decía, llenan de curiosidad a los
hombres de estudio. Partiendo de unas cuantas premisas negativas y de
lucha, se afana ahora en construir su sistema, basado y fundado en el es•
cepticismo. Pero la simpatfa que inspira en torno a sf no es pueril y menuda, pues que Rensi muestra, pese a sus intemperancias verbales, ser un
talento nuevo y moderno.

***
Otros pensadores, crlticos y filólogos siguen, por el contrario, su camiM tranquilamente. Ettore Romagnoli, uno de los más insignes grecistas
italianos, ha roto muchas lanzas contn la cultura y los métodos de estudio alemanes en sus libros Lo scimmione in ltalía y Mintroa e /.o scimmione (editados por Zanichelli), pero hoy, aquietado ya, trabaja en traducciones del griego, ensayos sobre poetas griegos y comedias. De estos dfas es
la p11blic.. dón de sus tres comedias: U triltico dell'amore e dell'ironia
(ed. Zanichelli), en la cual encontramos al perfecto traductor de las ironías
fen-ces del divino Aristófaoes. Cario Pascal, por el contrario, no abandona
sus trabajos filológicos. Nobles trabajos los de Cario Pascal. Quisiera -yo
que se conocieran en España los estudios realizados por el célebre latinista sobre Horacio, Catulo, Virgilio, Tacito (ed. Battiato), y, sobre todo, su
obra más vital, Scritti vari sulla letteralura latma (ed. Para vía), donde este
alto ingenio desentraña con singular agudeza el pensamiento y el arte de
los más preclaros escritores de la antigua Roma. Tiene el don de colorear
111cluso la materia más árida y puramente cieotffica, de darle vida, fuerza,
interés, y con una simplicidad de medios que pocos poseen.
Arturo Farioelli es, por el contrario, harto conocido en España, y no
tendré que esforzarme en recordar sus estudios acerca de ella. Hoy, en e1
quadrigésimo aniversario de su profesorado, Italia le festeja. Bien lo merece el maestro, el hombre de estudio, que ha dado a conocer en Italia, en un
admirable ensayo, a vuestro Calderón, y a muchos escritores alemanes
ayer desconocidos en Italia. Farinelli es catedrático de literaturas comparadas en la Universidad de Turfn, y, más que autor de ensayos, es un
35

�LA PLUMA
LA PLUMA
maestro admirable. Sus disclpulos reúnen hoy en volumen (ed. Bocea) tales lecciones, documeRtándolas históricamente y dándoles unidad y cuerpo, para que se acerquen a Farinelli los j?ven~, n~ ya c_on la simple curiosidad que inspiran las obras de pura mvest1gac1ón, sino aquellas que
tienen un punto de partida y una meta claros y definidos.
Otra obra critica muy leída y comentada en estos dias es el Balzac in
Jtalt"a, de Giuseppe Gigli (ed. Treves), estudio exacto e inteligente llevado a cabo sobre fuentes históricas del tiempo, del periodo en que Balzac
vivió en Italia, período nada extraordinario por lo demás, del cual sale
Balzac empequeñecido, y, como hombre, lleno de máculas y fla'luezas.
Dos buenos estudios acerca del Dante atraen también en estos dlas la
atención de los doctos sobre el gran poeta cuyo centenario se celebra
en 1921: uno de Cortese (editado por Angelo Signorelli), y otro de Falorsi (editado por Lemmonier), diversos en cuanto a método y ejecución,
pero útiles entrambos para el conocimiento de los problemas da_ntescos.
De Giuseppe de Lorenzo, cuya fama rebasa ya las fronteras, reedita Laterza un volumen de ensayos sobre el Bttdismo, a que dedica estudio y pasión De Lorenzo años hace; y Zanichelli La ltrra e fuomo, obra de poesla
y ciencia bien fundidas, y una de las más bellas de cuantas ha producido
este singular poeta y hombre de ciencia. El propio Zanichelli nos da los
Saggi di scimza e di vita, de Antonino Anile, médico napolitano, conocido
también en Italia como poeta, y que por la singularidad de su filosofía
tiene muchos lectores en todos los campos.
y he aqul después las reediciones de los clásicos, las más caras a
quienes gustan los libros, jóvenes y no jóvenes. Infatigable en este aspecto es La\erza, que con sus Scriltori d' Italia está levantando un monumento duradero en favor propio y el de Italia; libros que por su aspecto
exterior, el carácter de letra y el cuidado en las reprnducciones son verdaderamente perfectos. Otra colección de clásicos imprl.mese en Italia por
la Unione Tipografica Edilrice 1 ori1use, guiada, cuidada, dirigida por uno
de los más notables hombres de letras italianos, Gustavo Ba\samo Crive1\i; pero asi como la colección dt" Laterza, por su alto precio y su fiso no ·
mia aristocrática está destinada más bien al mundo de los filósofos y de
36

•

los hombres de estudio, ésta de Balsamo Crivelli tiene intenciones más
vastas; y en efecto, es la más buscada por los jóvenes, los estudiantes, los
padres de familia. Un nuevo editor de Florencia, Luigi L. Battistelli, inicia entre tanto una colección ibérica antigua, comenzando con los dramas
de Calderón, que serán muy buscados. La lista podia ser aún muy larga;
~ero creemos que es bastante por hoy, si bien es menester decir y repetir que, no obstante parezcan prevalecer en el movimiento editorial italiano las obras decadentes y amenas, muchos editores ofrecen obras puras
y nobles. ¡Acaso no es de hoy también la traducción de la Jú"ada, que
Nicolo Festa, grecista insigne, ha intentado nuevamente, e impreso Sandroo en belllsima edición? ¿No es de koy la reedición, en un solo volumen, de todas las obras del Dante, nobilísimamentelimpresas por Barbera?
~y no más de ayer el nacimíento de una colección extranjera de Bemporad, de otra, extranjera igualmente, de Quintieri, de una colección de
obras inmortales en las ediciones de la Risorgimento, dirigida por Caddeo?
As!, pues, no desesperemos.
Porque incluso en el género oarrati vo no nacen sólo obras antiguas·
'
y, aunque de raro en raro, alguna joya reluce.
Ved en las ediciones de Mondadori, de Roma, ll díavolo nella mla líb1 er~a, de Alfredo Paozini, obra maestra de prosa fina, humorística y humamsta, ! otra de Tommaso Monicelli, Crepuscolo, en que el ingenio de
este escritor recoge algunas de sus novelas, delicadas de tono y exquisitame~te humanas. Y de hoy, en las ediciones de Bemporad, de Florencia
(e~i~or que se lanza ahora con buen éxito a la literatura amena), son Verg,mtd, de Fausto Maria Martini, obra de prosa clara, en la que se narra sin
literatura, antes bien con mucha y verJadera poesia, el retorno de un
cuerpo Y de un alma de la muerte (Martini fue gravemente herido en la
guerr~, Y tuvo un brazo y una pierna atrofiados) a la vida; y l a pace túgli
angelz, d~ Francesco S~pori, novela honrada y, aunque no muy robusta,
noble Y smcera; Y Na7a 1ripudians, de Annie Vivanti, obra tal vez exageradamente dramática, pero expresiva y humana.
En Italia trabajan bien este campo, los jóvenes sobre todo. Giannino
Omero Gallo, por ejemplo, ha hecho en tres volúmenes Le oasi túl dolo31

�LA PLUMA
rt, que ahora reimprime Zanichelli, la prueba segura de una prosa sin retórica y altamente poética. Los oasis del dolor son las ciudades donde la
guerra recogió en hospitales famosos a los heridos y moribundos. Y es de
ver cómo este prosista poeta describe esas ciudades y el dolor que en
ellas reside, en una prosa cálida y densa, con un fervor poético que nunca
rompe los moldes clásicos, que no cae en fin en el énfasis. La obra lleva
un prólogo de G.briel D' Annunzio.
En suma, aun en el campo de la fantasla, si bien raramente y no siempre con éxito, hay quien trabaja con celo y ,eriedad, y se yen en los escaparates novelas y tomos de poesias de escritores conocidos o no, Ma rio
Borsa, periodista de renombre, lla publicado en la casa Edilrict Risorgimmt,, de Milán, una novela, La casdna sul Po, en que se refiere sin pedanterla la historia moral y espiritual de un joven italiano, al que la guerra ha aplacado ansias y dudas, conduciéndole de nuevo, luego de crisis
espirituales y rebuscamientos, a la casa rústica donde nació. Y han publicado buenas novelas Giuseppe Lipparini (Le /antas/e della r:ovant Aurora), Mario Sobrero (La vloktla di Parma), Enrico Franchi (Prlmavtrtlta, novelas cortas y cuentos, Marino Moretti (La voct di Dio), Ugo Malato
(Li·monella se dlverte), Paolo Arcari (La facda che non capisce), Pierangelo Baratono (Commmtl al libro delk Jale), Ferdinando Paolieri ( Novelle
{ncredibíll), Lina Poretto de Stctano ( Le notí della puríld).
Esta ennmeración es harto menuda y estéril para que valga ser co1:tinuada. Pero sirva de testimonio de que en la Península itálica hierve algo
que no es humo tan sólo, y de que, en fin de cuentas, con todo nuestro
pesimismo, no ha muerto nuestra esperanza.

MARIO PUCCINI

DE LOS POEMAS BURLESCOS

TEATRO CLARUCHO
(PROVINCIA)
'Gelón y una lira en el centro.
'Gimbre. !Desparece la lira sin ruido.
cSe oscurece la sala.
cSilencio y principio.
!Decoración dara,
"
de color de ojos de !Rosario !Pino.
;,Muebles lijeros, como !Rosario !Pino. CJJaporosas
cortinas, como !Rosario !Pino. ;No está derecho el /orillo.
6stá puesto de prisa, como !R.os'lrio ;lino y su arte,
que es imperceptible y rapidísimo.
!Palabras en la escena:
don ;,Manuel .linares !R.ivas, diluido ...
fR.osario !Pino y la segunda dama
también fR.osario !Pino.
!Parlan. fR.isas de acotaciones.

�..
LA PLUMA

LA PLUMA

(6goísmo
del don :Manuel .linares que pone su propia gracia
g luego la manda a reir con un paréntesis rigi.do.)
6moción encasillada de antemano.
:Molde de un puding lírico.
Un 'Vaciado dramático.
tJ una sordina literaria. tJ una sensación de oficio.
Pasa el amor, con un bienestar de magnesia
por un tubo digesti'Uo ...
Comedia de vals, de vals que no se oye
sino en el corazón que es donde tiene el nido .
.lágrimas de clase media. 6sparcidas, hacen una
enorme, que es cual un lienzo cristalino
que cubre el escenario.
6s como un telón de cristal sutilísimo .
.Ca emoción al través de esa lágrima...
¡'Gela de araña que teje el artesano espíritu!
'Godo es, como el agua olvidada
en un vaso aburrido;
como el día que cae en un parque
. que tiene una estatua g sabe a domingo;
como un hombre que guarda sus horas
en un armario y las saca g las usa con tino_...
C:omo un sueño entreabierto de siesta ...
C:omo un honesto baño tibio ...
40

'Geatro clarucho . .linares. !Rosario.

Pro'Vincia. ¡;Mongolia g datismol
!Datismo de cielo, datismo de alma.
Programas datistas. fH.astío pianísimo ...
!De nada me vale el silencio ...
rcSe llena el silencio, de voces sin grito .. I
ALONSO QUESADA

SIMETRIAS
I

Gl alma turbia y sombría.
fR.ocío, gotita limpia.
Cuando ella vuela al azul
baj as a la tierra tú.
6/la desciende del sueño
cuando tu v uelves al cielo.

�•

LA PLUMA

•

II

flué en un bello día de abril
cuando !Dios me dió aquel tesoro;
/ué una bella noche de .luna
cuando lo llevó el !Demonio.
III

6spacio g tiempo,
quimeras,
quimeras del Pensamiento.
¿Jy(is pasos en el 6spacio
y mis ritmos en el tiempo,
quimeras,
quimeras del Pensamiento.

Y tú que lo creas todo,
Pensamiento,
que te creas a ti mismo,
Pensamiento,
quimera de una quimera,
Pensamiento.
VALBNTIN ANDRBS ALVARBZ

. .. CASTILLO FAMOSO
AURID-lcntitud, desbarajuste, trabas inútiles-se compendia.
en el tranvía. El jaulón con ruedas que arranca a trom¡;¡icones, se enhebra por calles tortuosas y va de atasco en atasco,,
preñado de broncas, dejando a los clientes frustrados, boquiabiertos, al mari:en de la vla, es una pieza capital de la armazón
madrileña, y si todas las restantes se perdiesen, ella sola bastaría para
reconstruir nuestro sistema urbano. El tranvía es espejo de las costumbres-como el teatro- pero no las corrige, ni mucho menos deleita, misión que le achacábamos al teatro en clase de retórica; antes las
recoge, las encauza, propiamente las encarrila para sacarles friamente el
jugo. El tranvía zurce corruptelas dispersas; celestinea entre la tardanza y
el mal humor; acopla la suciedad con el despotismo. Todo ello es acarreode la villa, que, á lo mejor, se espanta viéndose así condensada en el tranvia. Madrid entonces pretende que el tranvía es una calumnia que le levantan; pero no: nada hay dentro del tranvía que no vaya suelto por esas calles. Hasta el hedor: si en el interior del tranvía hiede a cinematógrafo, eso
lo pone el público, el mismo público que en el cinematógrafo hiede a tranvía. Es más que un achaque de la capital. No le diré, pues, a Madrid: «Me
duelen nuestros tranvías• (como a algunos les ha dolido la Península ibérica) reeditando otra parodia del j' ai· mal d votre poüríne, que inventó una
preciosa memorable. Más propio es encaramarse a la torre de Santa Cru z;
43

�LA PLUMA
LA P L U i\I A
y gritar desde ali!, como almuédano delegado por la Academia de Ciencias Morales y Polfticas: • ¡Hermanos, las ciudades tienen los tranvías que
~e merecen I•
El tranvía es el vehiculo perteneciente al esbozo de progreso material que apuntó en Madrid hace veinte años; se entiende el tranvía con
trole. Cuando España acabó de perder las colonias, el tranvfa empezó a
perder las mulas; sucesos correlativos inaugurales de un período históri~o. No lo he mos olvidado: hubo renovación espiritual y apetencia súbita
de ventajas y adelantos prácticos; descrédito de oradores; auge de inventores, adornados con el prestigio que les usurparon después los pedagogos;
constitución oficial de la «generación del 98•, con escala cerrada y amortización de las vacantes; disquisiciones doctas acerca de la aptitud política
de la raza. Se comprendía que aoui iba a pasar algo. Madrid fué perdien,do la calidad de apacible lugarón manchego: llegaron unas cupletistas
francesas: los señoritos se vestían de frac para asistir al primer music-hall
de la Alhambra: de la Puerta del Sol salió una mañana el tr~nvía eléctrico del barrio de Salamanca: pareció máquina mortífera, innecesaria (¡en
Madrid no hay distancias!), y se la obligó a ir despacio (¡qué más quería
~llal) para que los peatones pudieran pasearse tranquilamente, sin mirar
atrás, por entre las vías. Desaparecieron los encuartes: golpe mortal para
lo pintoresco madrileño. Las mulas en reata, que bajaban al trote la cuesta de Atocha, rebotando los ganchos en los adoquines, con un bigardo
caballero en la grupa, ¿qué se hicieron? Y el desconcertado coro de blasfemias, trallazos, voces y patear de cascos herrados, áspera ofrenda de la
exasperación de Madrid, ¿no lo echan de menos las hostiles divinidades
carpetanas? Así como la introducción de la libertad ahuyentó a los frailes, y la del agua del Lozoya dispersó a los aguadores, el flúido eléctrico
acabó con las mulas del trnn via y sus encuartes. Pero, al fin, de la especie
fraile y de la especie aguador-ornamento del viejo Madrid, único en las
galas-se sabe lo que ha sido: el fraile ha vuelto, y los aguadores, solt:idas las cubas, se abatieron sobre los ministerios, embajadas, senadurías y
otras gangas; los más generosos se pusieron a capitanear movimientos de
-Opinión. En cambio, de las mulas nada se sabe. No es creíble que se ha44

yan extinguido; cierto que los híbridos... Pero también los frailes son hibridos, si n o de nacimiento, por vocaci0n y de resultas, y la especie sobrevive, pese a la esterilidad de sus individuos.
Error fué el de amputarle las mulas al tranvía, propio del aturdimiento en que nos sumió el desastre. La nación bebia los vientos por el europeísmo y aceptaba a tontas y a locas cuanto viniese de fuera, sin pararseª meditar si era conforme a nuestras tradiciones y al genio de la raza. El
tranvia eléctrico estará muy bien en el extranjero, pero lo que es aquí ha
sido un fracaso; la prueba es que no anda. Cada pueblo tiene sus móviles
peculiares; es inútil preteuder cambiárselos. La mula, animal español por
excelencia, más típicamente español que el Loro, es la bestia que mejor
cuadra a sus compatriotas racionales, mirados como carga transportableLa mula es áspera, brava, testaruda, personalista; pero esos defectillos no
son sino espinas de la bondad e ingenuidad radicales de su carácter. Es
sufrida, sobria, recia; levanta los cascos de buen grado, pero en varas o
en ganchos, en reata o en bolea, acaba siempre por tirar; sólo es variable
el número de palos que necesita. Las mulas se han asociado mil veces a
los destinos de la Patria; los sucesos capitales de nuestra historia han pa•
sado casi siempre en mula, o se acometieron en mula; desengancharlas.
del tranvía fué un atentado de leso espíritu nacional.
Entre los carros de la carne y los carros de los muertos (que son los.
otros medios de transporte más notables de Madrid) el tranvía sin mulas
está haciendo, en mi opinión, triste papel. tA qué se debe la grandiosaapariencia del carro de la carne sino a la bien entendida restauración de
la reata de mulas, tras un destrenamiento fugaz? Las cinco bestias, el
carro de gran porte que se bambolea y se derrumba de un adoquín a otro,.
Y los cuatro bipedos Vt!rdinegros, untados de grasa, con sus blusillas cortas y sus trallas, que con un estentóreo ¡¡Rrrr... oooühll gobiernan el
rumbo de las caballerías, forman un cortejo único, inolvidable, enviado
por los barrios bajos a las sumidades de la villa a boca de noche, y pasan
sonando, tronando, apestando, con bazuqueo y roce de carnes desolladas
Y batir de los tendales de cuero que sahuman al vecino con el vaho de la
sangre. ¡Pavorosa máquina! ¿Es la re~ogida de los muertos de una gran.

45

�LA PLUMA

LA PLUMA
tbatalla, o pasan los relieves del festín de Moloch, o es la comitiva triunfal
de una sub-raza de caníbales que lleva los cuerpos de sus víctimas a al,guna escondida caverna para devorarlos a placer! Junto a esa visión truculenta, el tranvía, muy fértil de por sí en vejaciones y percances, se nos
antoja un poco insulso, una especie de comedia casera para.familias bur,guesas Y gentes de buen conformar. Lo mismo si se le compara con el carro de lus muertos. Todos juntos, previenen las postrimerías del madri&lt;leño. El catecismo conoce cuatro postrimerías del hombre natural; las del
madrileño no pasan de tres, pero son horrendas, y no hay ninguna que
corresponda con la postrimería gloriosa de los justos. Ir en tranvía, o colgado de un gancho ea el carro de la carne, o abrigado en un coche estufa
-de las pompas fúnebres, son las tres últimas cosas que pueden sucederle
al habitante de Madrid, a poco que propenda a trasladarse. Incluyo lo del
carro, porque, sobre no estar muy cierto de la condición que sus clientes
,gozaban en vida, reliquias de espíritu franciscano me incitan a considerar
los cuadrúperlos como hermanos menores, y los saiudo, cuando los veo
pasar abiertos en canal, como a convecinos frustrados. De igual modo,
veo en los ocupantes temporales del coche fúnebre a nuestros convecinos
-más sensatos, que optan por ausentarse definitivament€, descontentos y
fallidos en su calidad de pasajeros. Se adivina que, resignándose a perder
de una vez todo el tiempo que tenían, se han tumbado para hartarse de
•dormir, diciéndole antes al cochero: «¡Por horas[ Un paseo hasta las afueras. Ve despacio. ¡Hace un sol tan hermoso!• Son los únicos viajeros que
-están seguros de llegar a su destino. Pero no se dan cuenta del ridículo
aparato con que los llevan; de no ser así, poco tardarían en rebela1se. Ni
perciben las palabras impías que se pronuncian a su paso. Siendo yo estudiante de leyes, volvía con unos compañeros de no sé que lección prác'1:ica, y como nos cruzásemos con un entierro, el docto catedrático que aos
acompañaba, dijo:
-¡Mirad, hijos; llevan a enterrar al de cujus!
Andados los años, me encontré aspirante a la Filarmónica; me recon,-comfa por la tardanza en el ingreso, y cada vez que topaba con un entie:aro, hacíarne esta pregunta, risueña como la esperanza:
46

-¿Sería socio de la Filarmónica?
Tampoco se dan cuenta de la loca alegria que respiran los acompahantes del duelo. Quien se para a mirar el desfile de los coches de un entierro sorprende, Tentanilla tras ventanilla, en los rostros que no se creen
observados, todos los matices de un regocijo animal estúpido; el regocijo
de quien acaba de salvarse de un gran peligro. ¡Imaginan que no se han
de morirl Y van dulcemente mecidos por el deleite de hacer coro en un
suceso aciago que, de momento, los deja indemnes. Pero lo que asombrarla verdaderamente a los muertos, si lo viesen, seria el barullo y la prisa
con que los enterradores regresan a Madrid, una Tez desembarazados de
-su carga; ponen los caballos al trote; se despojan, haciendo un montón
-con ellas, de las insignias funerarias (bastoncillo de zahorf, como para
alumbrar muertos ocultos; peluca de estopa rucia y sombrero bicorne): parecen mascaradas y cabalgatas del Carnaval, que al llegar la noche, rendidas de vocear y correr, abandonan el jolgorio.
Yo no creo que los muertos de Madrid viajen con tanta aflicción como
.aquel de la fábula:
Un mort s' en allait tristement
s' emparer de son dernier gtte;
un cure s'en allait gaiement
enterrer ce mort au plus vite.
¿Tristemente? En Madrid, morirse es cordura. Si el saltatumbas le despa-cha au plus vt'te, el muerto se ríe de él y de la vana agitación de los enterradores. Los madrileños conscientes se mueren por sustraerse al tiempo, por bogar en la eternidad, por dar a su vida el fondo perteneciente a
su ritmo lento. Corno viajeros, los muertos son los únicos madrileños que
or~anizan su experiencia personal y saben la inutilidad de tener prisa.
No así el madrileño que per~iste en viajar en tranvía. Es un tipo atolondrado; pueril, para quien llegar a la Glorieta de Bilbao o a la Puerta de
Atocha vale la pena de zambullirse en el remolino de groserías y de arbitrariedades vejatorias que asalta los coches. Aún no se ha abierto bastante
-camino la idea de que el tranvía es sólo u11 lugar de esparcimiento y re47

�LA PLUMA
creo para familias modestas, campo de operaciones de galanteadores furtivos, vehículo de enfermedades infecciosas, depósito ambulante de malos
humores; pero no carruaje que puedan utilizar las personas que se estimen. En tranvía viajan las gentes más feas de Madrid; sobre todo en verano; son los clientes de Bagaria. Viajan también los más pazguatos: los
que toman siempre la dirección contraria, los que nunca saben el precio
del billete, los que le cuentan al cobrador, al guardia, al viajero contiguo,
adónde van y con qué motivo. Viajan los más impertinentes; los que ocu pan el estribo o la portezuela como finca pro,Jia, las familias que discuten
sus asuntos íntimos en el instante de subir o apearse, concierta'\ bodas,
organizan excursiones, se recomiendan negocios y cambian prolongados
y tiernos adioses. Viajan las señoras gordas, los viejos perláticos, y esas.
hembras temibles rebujadas en un mantón de ocho puntas, con una cesta
en el brazo izquil'rdo y un chiquillo en el derecho. Viajan los peor educados, que compiten en aspereza de genio con el conductor {quien apuñala
con los ojos el espacio y da vueltas a fa manivela con igual furia que si le
retorciese el pescuezo a su mayor enemigo), y con el cobrador (que nos.
alarga, entre reniegos, el billete, bien untado de saliva, especie de cédula
de excomunión). Viajan los conquistadores castizos: uno muy moreno, cejijuni:o, de bigotes puntiagudos, de pavoroso mirar, que al mismo tiempo
subyuga, protege y perdona a una jovencita que va en el interior... Yo,
que siempre voy a pie, los desprecio. Pero a ninguno tanto como a .estos.
dos: al hombre servicial, que abre solícito las barandillas de la plataforma
para que salgan otros, o le avisa al conductor cuando han acabado de
subir los viajeros; y al señorito que desde la acera sale corriendo para dar
alcance al tranvía, y lo atrapa, y de un salto cae en la plataforma como
quien cae de la luna, y mira sonriente a los demás viajeros mendigando
un chispazo de simpatía, y no le hacen caso, y él se ve muy solo, muy
extraño, y se azora, y no sabiendo qué hacer rompe a silbar el andante
de Beethoven oído. la tarde anterior en el concierto de Price. Este es el
Gran Camarlengo del Augusto Colegio de Cretinos.

VELETA
Viento del Sur.
Moreno ardiente.
Llegas sobre mi carne
trayéndome semilla
de brillantes
miradas. Empapado
de azahares.
Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
Ya lze enrollado la noche de mi cu,ento
en el estante.

Sin ningún viento
¡lzazme caso!
Gira corazón,
gira corazón.

BL PASBANTB BN CORTB
4

I

�LA PLUMA

LA PLUMA
Aire del Norte.
Oso blanco del viento.
Llegas sobre nti carne
tembloroso de auroras
boreales.
Con tu capa de espectros
capitanes
y riéndote a gritos
del Dante.
¡ Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.

y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
L as cosas qne se van no vuelven nunca,
¡todo el mundo lo sabe!,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿ Verdad chopo maestro de la brisar
¡Es inútil quejarse!
~

SÓLO TU CORAZÓN CALIENTE
Y nada más.
lvli paraíso, un campo

Sin ningún viento
¡hazme caso!
Gira corazón,
gira corazón.

Brisas gnomos y vientos,
de ninguna parte;
mosquitos de la rosa,
de pétalos pirámides.
Alisios destilados.
Entre los rudos árboles,
flautas m la tormenta.
¡Dejadme!
.
Tiene recias cadenas mi recuerao
50

.sin ruiseñor
ni liras.
Con un río discreto
y una fitentecilla.
Sin la espuela del viento
sobre la fronda
-vi la estrella que quiere
ser hoja.
Una enorme luz,
que fuera luciérnaga de otra,
En un campo de
miradas rotas.

�LA PLUMA
LA PLUMA

Mi corazón se vuelca sobre la fuente fría.

Un reposo claro
y allí nuestros besos
( Lunares sonoros
dtl eco)
Se abrirían muy ltJos
Y tu corazón caliente.
¡Nada más!

(¡Manos blancas lejanas,
detened a las aguas!)

Y el agua se lo lleva cantando de alegría.
(Manos blancas lejanas,
¡nada queda en el agua!)

FBDBRICO GARCIA LORCA

MI CORAZÓN REPOSA JUNTO
A LA FUENTE FRÍA + + + +
( Llénalo con tus hilos,
araña del olvido.)

El agua tU la fuente su canción le decía.
(Llénala con tus hilos,
araña del olvido.)

Mi corazón, despierto, sus amores decía.
( Araña del silencio
téjele tu misterio.)

El agua ele la fuente lo escuchaba sombría.
( Araiia del silencio
tijele tu misterio.)
53

52

�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Péres de Ayala,-Belarmino y Ajolonio.-Novela. Madrid. Calleja, 1921.
• Saber poco o, mucho, ¿de qué sirve? ~3:da ciencia, d~ por sí, es ~na abdicación al conocer mtegro. En la edad teolog1ca, la humamdad ~e figuraba haber
penetrado el sentido de la vida y la mue~te; el ho~bre se hab1~ a~ostu~brado
a la presencia de lo absoluto en cada realidad relativa; el conocimiento mt~gro
se ofrecía al alcance de la mano. En la edad científica, cada sabio no y_e s1 no
lo que tiene delante de las narice_s. Para a~~ender al concepto y emocion de la
vida, 0 situarse en el punto de vista de Sin&lt;?, C?~º hace el filósofo, o zambullirse con todas las potencias en los dramas md1viduales. El drama y la filosofía son la única manera de conocimiento.&gt; Así dice, en la sobremesa de una
casa de huéspedes, Don Amarant0 de Fraile,_ •ostentando _didácticamente un
tenedor de peltre, al modo de férula_&gt;. Belarmmo_ y _Apol~mo son la representación viva de los dos modos de arnbar al conocim1ento mtegro que el Sr. de
Fraile, iróaico y pedante, propone en las primeras páginas de esta novela.
Belarmino como su antecesor el tudesco Jacobo Bohme, es zapatero y filósofo; Xuantip~. su mujer (Xuana, la Tipa): se pare~e a la mujer de Sócrates, no
sólo en el nombre, sino en el humor agno y dommante con que aten~za_ a su
marido. Belarmino, por seguir las solicitaciones del dnteleto», el geniecillo o
demonio que se rebulle en su alma, aban?ººª poc? a poco el ~~nester zap ateril, afronta serenamente (dos veces estoico), la m1sena,_p_ara v1:-ir, en la co~templación de la Idea: e Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna, sufr~r
penalidades dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con tal de seguir
la voz del I~teleto.&gt; Se afana en buscar una explicación del Universo. No le
satisface repetir, como las gentes vulgares, palabras y pal:i-bras, sin pararse a
escudriñar en su significado. •El aquel de la filosoha-dice-no ~s más que
ensanchar las palabras, como si dijéramos, meterlas en la horma. Si encontr_ásemos una sola palabra en donde cupieran tedas las ~osas ... , eso es la filosofi~,
tal como lo apunta mi inteleto.&gt; Belarmino, desprovisto de cultura y de técmca, maneja un lenguaje en embrión, que desconcierta y suspende a sus colo-

54

cutores, y un tecnicismo de su inventiva. Pero la sorpresa y la risa que su modo
de hablar provoca, sólo son duraderas en Ios espíritus superficiales: «De las
palabras no cuenta la estructura, sino el timbre y la intención. La cuestión de
la filosofía está en buscar una palabra que Jo diga todo cuando nos da la gana.•
Así, Belarmino, leyendo y meditando el Diccionario (epítome del universo).
descubre que en el Diccionario están todas las cosas, porque la cosa y la p:1.la•
bra es uno mismo; nacen las cosas cuando nacen las palabras, cuando un clnteleto• las conoce y les da nombre. Belarmino, entonces, trueca l)iccionario
por Cosmos y Cosmos por Diccionario. Agudamente va cambiando la aplica- ·
ción de los nombres a las cosas, quitando a los vocablos la significación que
les ha dado la rutina, y pone en libertad los conceptos, los sf!res que en ellos
estaban sepultados. Son creación suya, invención de su inteleto. En suma, Belarmino acomete una reconstrucción idealista del universo. Pero no la articula
en teoría o sistema: cuando cda en el blanco•, como él dice; cuando descubre
la •luz increada., cae en definitivo ensimism,miento, corta la comunicación
verbal con los demás hombres, vive, apenas con apariencia carnal, en los prados elíseos de un asilo.
Por su la~o, ~~olonio penetra el sentido íntimo de la vida y del mundo.
merc~d a la _mtu1c1ón poética. Es un imaginativo, rebelde a la disciplinf y al
estud:10, sensible con exceso, propenso a enternecerse, exuberante, enfático.
Respiraba en verso. Suponía que cada persona es víctima de una pasión y los
hom?res mufi:e~os de una pieza con un solo resorte. Tiene de común con Belarm1?0 el 0~1c10 de zapatero, la ignorancia, la falta de medios de expresión,
la actitud res!gnada ante el infortunio: Apolonio va a dar también con sus hueso_s en un asllo. Pero en la novela, a Apolonio ese le ve• menos que a Belarmmo. Esto puede depender de dos causas: O porque la historia de Apolonio
está contada, en buena part'!, por un tercer personaje. y sus gestas, referidas
a la huella que han dejado_ en la vida personal del narrador, aparecen para el
que lee en un p_lano más distante que las de Belarmino, las cuales pasan todas
ante nuestros OJOS: o I?orque (Y_ esto es lo más probable), Belarmino se va formando por la ~ed~taci?n y el d1acurso, en un lapso de tiempo q ue nos permite
º?servar su ag1tac1ó n mterna, dejándonos así más fuer~e impresión de humanidad Y de vida, al paso que Apolonio, por el arrebato que naturalmente le
posee, se zambulle desde luego y para siempre en el piélago que Belarmino
descubre sólo tras un largo rodeo.
El autor, h~ce vivir en esos dos personajes una dialéctica. Encerrado cada
u:~ enslos lun'.~e~ de su vocación, Apolonio y Bel~rmino se niegan mútuamente;
P 0 e a opos1c16n se resuelve en una armoma superior que los abarca a
~ntam?c:is, En el fondo, Belarmino y Apolonio son dos apasionados de la vida
e esp,ntu. L?s ?ºS se esfuerzan por comprender y crear. ·B~larmino pretende
ril?e~sar_ el Dicc~onario, es ~ecir, el_ Cosmos; quiere profundizar las potencias
º . ¡etiv~,. de _la vida, convertir la existencia en formas de pensamiento. Apolo010 Sspira a IDCorporar en formas dramáticas las ideas que hierven en su caletre. ou do_s •rancheros de la cultura&gt;, dice de ellos el Aligator personalmente
'
,,
dmueven. ansa y compasi·ón,· son d os I·1ustres grotescos, maniaticos,
portadores
e una idea grande; la magnitud de esta fidea refrena las burlas en el ánimo

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�LA PLUMA
del lector, solicitado al mismo tiempo por la admiración y la lástima. Son rivales, pero su rivalidad •no era zapateril, sino de otro orden más íntimo y personal&gt;. Los sucesos de la novela prestan la coyuntura para que la conciliación
necesaria se produzca. Como medios de abarcar el conjunto de la vida, la filosofía de Belarmino y la intuición artística de Apoloaio se completan. Apolonio
ve en la filosofía de Belarmino la expresión de la poesía que hay ca toda cosa;
Belarmino ve en la poesía de Apoloaio la expresión intuitiva de la verdad de
las cosas. En un campo neutral plantado de asfodelos, Apolonio y Belarmino
s~ encuentran por fin, exentos cuanto es posible de toda ligazón terrena y a
solas con sus ideas; allí, en el asilo, los dos zapateros, que creían odiarse, acaban dándose un abrazo: es la soluci6n armoniosa de la antinomia; el desenlace
del conflicto intelectual figurado en ellos.
El autor dice que no sabe qué pensar en la pugna de lo qu~ Belarmino y
Apolonio representan; pero la soluci6n apuntada nos permite creer que lo sabe
perfectamente, sobre todo si a esa solución se le da su valor verdadero recordando que los dos héroes se va1 por último a vivir con el cura don Guillen, el
hijo de Apolonio, súbitamente enriquecido. El tal don Guillén parece estar en
la novela para corregir, completándola, la doctrina de don Amaranto de Fraile
acerca de los modos de penetrar el sentido íntimo de la vida: junto a la filosofía
y la ibtuición poética, don Guillén es la intuición religiosa. Estando aún en el
seminario, la crítica bíblica le quitó la fe; percibió la nulidad de los testimonios
hist6ricos del cristianismo. Pero rehizo su creencia cristiana por un acto de
voluntad de creer, robusteciendo y exaltando el elemento espiritual de su ser.
Testimonios y dogmas son cosa secundaria. Lo importante en el cristianismo
es la creación del espíritu. Esa religión depurada no le impide a don Guillen
seguir siendo cun. Asciende a la virtud más áspera: la castidad, y se esparce
en proyectos de mejoramiento social, conducentes a satisfacer el común deseo
de felicidad que es lo primordial humano, y el consiguiente derecho a la felicidañ que todos tienen, «pero derecho aquí mismo, en la tierra•. Don Guill~n.
como Bclarmino y Apolonio, es un entusiasta, un hombre de arrebatada vida
interior, fortalecido por ella contra las borrascas y las pesadumbres, para quien
no existe al parecer más realidad que la del espíritu y sus obras; otros personajes de la novela viven también abrasados por una llama, tienen el mismo
empuje, pero los dos zapateros y el cura, dentro de ese violento gii:o, conservan un continente sereno, uua confianza en la vida, una sonrisa que les presan aureola de santidad. Y esto importa señalarlo, porque el demiurgo beaévo•
;o que los inventó, no podía, dentro de la 16gica de su invención, n'!garse a
colmar (figuradamente) sus esperanzas. Cuando don Guillén, contra liU deseo y
su consejo, se encuentra heredero de una beata millonaria, saca del asilo a los
dos zapateros, y llevando de la mano a An~uslias, la inocente pecadora, desaparecen los cuatro de nuestra vista, como si asccnd iesen al cm µíreo. • Viviremos juntos una vida venturosa•, dice don Guillén. «Seremos todos felices• ,
dice la infeliz Angustia~. •¡Qué dramas voy a escribió exclama A polonio.
•¡S6lo es verdad el amor, el bien, la amistad!,, concluye Belarmiao. Este desenlace, que en otra novela de distinta fórmula no tendría cabida, acaba de dar
a la historia de los do~ zapateros su significación profunda. En la escena, ente-

56

LA PLUMA
nebrccida de súbito, queda sólo el Aligator epilogando sobre los sucesos pasa&lt;los; sentirnos que Belarrnino y Apolonio han subido al limbo luminoso de los
hombres que injustamente se frustran.
¿Cómo se hace de dos personajes de ese porte materia novelesca? Mostrándonos su oposición con el ambiente (una ciudad asturiana) y el rechazo de sus
palai&gt;ras y actitudf's incomprensibles en el ánimo de una colección de tipos,
en su mayoría ridículos o poco inteligentes. Y tejiendo, en segundo término,
una sencilla historia de amores frustrados, en la que el influjo funesto de la
rivalidad de ambos zapateros interviene decisivamente en el momento oportuno. Este momento es aquel en que la novela hace crisis, el más feliz del libro;
hasta que llega, los pcrsoc,ajcs van poco a poco cobrando significaci6n a nuestros ojos, y se aumenta el caudal de alusiones y preocupaciones intelectuales
que Belarmino, a su modo, maneja o sugiere; pero está la acci6n como en suspenso; las fuerzas que van a jugar en la novela se acumulan y amr.na.zan.
Cuando el autor les da suelta, prodúccse en las posiciones relativas de los personajes la mudanza esencial, la cri.lis; nOll lo cuenta en un capítulo que es, no
s61o el mejor de esta novela, sino probablemente lo mejor que Ayala ha escrito hasta hoy como novelista: la fuga de los novios, la pérdida de Angustias, la
captura del St'minarista y, sobre todo, la muerte de Novillo, el vejestorio enamorado de la solterona, y la revelaci6n del dolor en el corazón de la ridícula
F~licita, están tratadas con una seguridad de mano, con tal tino, con tan sobrio
p10cel, y coa tan perfecta inteligencia de la gradación de los sentimientos, que
nos parecen en oxtremo bien. Esta es la t:úsp:de de la novela. Ea la arquitectura del libro, las líneas eeneralcs y los recursos técnicos empleados se corresponden con cierta simetría antes y después de ese momento, como en dos
vertientes.
Una palabra, para cerrar esta nota, ::-especto del estilo. Pérez de Ayala
es uno de los pocos (poquísimos) escritores contcmpo1·áacos que pueden dar
razón cabal de los vocablos y giros que empican.
Es todo lo contrario del alarido, de la arbitrariedad, de las piruetas, del
descoco, en suma, de la barbarie . Me parece que una cosa es renovar el idiom~, Y. o_tra cscri_bir mal, a secas; y está uno harto de ver que, no sólo j6vencs
prmc1piantes, smo gente madura, y hasta viejos maestros, rivalizan en humillar el ~astelbno a la llaj1:za de los medios de expresión de una mente cerril,
~acubncndo con pr~t7n~1das a_nsi11.s de remozamiento lo que no es sino brutalidad natur~l o do°:11~10 msufic1ente del habla. Pérez de Ayala apura la capacidad c~pres1va del 1d1oma al ~ervicio de una scnsibi!idad y una cultura modernas, 5111 romper su estructura clásica. Nadie le confunde con los autores d•
trasuntos y jasticlies. Su asimilación del genio del idioma es demasiado seria
para es~. A veces parece un arcaizante. tan s6lo porque restaura ea su sentid? prop_10 los vocablos que, ~al cmpleadc,s, iba? perdiendo todo valor y signifi~anc1a. Por la pausa del ntrno, y por la densidad v encadenamiento de Jos
pcnodo_s, su castell~no co_ntiaúa uua gran tradición én la novela literaria. En
'!,e~armmo y A1_olomo s':1bs1stca todas las cualidades de su estilo; gana en prec1;1ón, en sobriedad, virtudes que implican rigurosa disciplina en quien, como
Percz de Ayala, gusta finamente el &lt;sabor carnal&gt; de las palabras, y sabe oír'

57

�LA PLl'M .4.

LA PLUMA
la cadcnoia de frases amplísimas. Esta prosa de abundante caudal (pero sometida a una técnica siempre alerta), tersa y unida como el haz de un espejo,
se presta mejor que a nada a los discursos, disquisiciones y rcfcrcnr.ias p.iestos por el autor en boca de algunos de sus personajes, y a pasar insensible y
suavemente de una alusión en otra, a gusto de la fertilidad del ingenio. Pérc~
de .Ayala es parco en describir la naturaleza exterior; cuando posa en ella los
ojos, la interpreta en notaciones breves, agrupadas alrededor de una imagen
principal, en la que vienen a cobra1· trascendencia poética las Hncas escuetas
de la visión corpórea. Esta actitud oc Pércz de Ay ala, se opone (no es el único que la ha adoptado) a la tendencia que venía predominando en la novela~
explicarla seriamente por lo que de sus ideas generales pueda colegirse en su1escritos, requiere un repaso de todos sus libros.
Pérc:t. de Ayala escatima sas novelas. Hada ocho años que no publicaba
ninguna. ¡Ah! ¡Ese periodismo, ese periodismo literario, por qué ha de absorver a los que valen para cosas mejores!
M. A.

***

Alberto Insúa.-l,as fronteras de la pasión (Novela),-Rcnacimiento

1920.

El hablar de literatura de e:'Cportación y de importación no implica menoscabo ni reducción a términos exclusivamente comerciales del valor artístico de
obras y autores. En lo que va de siglo, la europeización literaria iniciada en las
postrimerías del pasado se diYersifica en dos tendencias definidas: de afirmación nacionalista la una, muestra de lo típico español con vistas a la exposición
unir,ersal; de adaptación española de los modelos extranjeros, la s•gunda. Los
nombres de Blasco Ibáñez y Jacinto Beoavente presiden, en cierto modo, una
y otra dirección. No se ba producido aún la corricntt&gt; en que se fundan ambas.
dando a lo característico español la significación humana por excelencia de las
grandes obras rusas y escandinavas, pongo por ejemplo de literaturas nacionales influyentes en el espíritu moderno.
Alberto lnsúa se esfuerza en aclimatar entre nosotros un género eminentemente francés. Hay un tipo de novela parisiense que subsiste en el favor del
gran público amorfo, pese a los vientos y mareas de las renovaciones literarias posteriores, derivado, sí, de la gran tradición novelística francesa, pero
bastardeado al someterse a la prueba dtl lector sabidillo, siempre más fácil de
hallar que el lector inteligente. En España la novela psico1ógico-amorosa,
pu!'de d!'cirse que no ha tenido hasta la fecha cultivadores capaces de darle
carta de naturaleza. El éxito de Ft-lipe Trigo amenazó con una ola de imitadores de mala condición, relegados luego de los escaparates de las librerías al
vendedor clandestino de libros pornográficos. El propósito de Insúa no~ parece muy loable, en cuanto intenta dignificar literariamente, según reglas establecidas en los modelos del género, la novela erótico sentimental, tan desprestigiada.
Las fronteras de J:z pasión es el caso triste de un buen burgué~ madrileño
con ínfulas de enamorado a la alta escuela. Casado por conveniencias ~aciales
58

con _,m je.Jaso tú ,·arne, halla rlesp11~s el amor en figura de mujer edueada en el
e%1' anJero. El deber _pone a la pasión una frontera infranqueable. Separados
m s que por la fatahda~ por la vida corrünte, cuando el ~namorado vuelve ;
~cr a la amada_ de un d1a, respeta la felicidad maternal de aquella mujer y
uyc a sum,erg1r su dolor en la vulgaridad diaria.
. Tal en lineas generales la trama de la novela, en que el autor se ha ateo¡do al n atural co~ fiel empeño, aun a ::osta de que pudiera disminuir el inter • nove1esco la pmtura real de un ambiente tan anodino.

c.

*

R.

c.

**

Manuel U1arte.-Cuentos de la Pampa.-Calpe.-Colección Universal.-Madrid,

1920.

Por pr~mcra vez se editan reunidos en castellano estos cuentos a bl"
?dos en erent~s periódicos y revistas, y antaño coleccionados en t~!diic~ió:
rancesa ontes_ e_ la Pampa.-Garnier Hermanos, París), e italiana (Racconti·
~el{ª A,mpa.-Bibhoteca Amena, Fratelli Treves Milan). éJaro es el propósito
e autor, re~ueltamentc dec!ai:ado ad,-más en el breve prólo O del volumen·
f,~:~r de r~he~c lo ca~actcristtco americano, denko de los 1rmites de la lite~
tant/ espanolla, efs dcc_1ór, rebuy_endo la imitación de temas netamente ibéricos
como a a ectact n exótica en pos del m del
t
·
'
que es también el nuestro, •debe existir una mo~ali~aex ran1~ro. A su juicio,
buscar lógicamente esa modalidad en América Los d americana, y h_ay
que
0

(t!

~~~~t~~ 1:~e:ri.~~ ~:s~~~a:a::~~~!~ªt::~;;a:~ -~!u/;~r::;i~t:::~ªt~
P:1!1.
mien o, sm renunciar a la
1
1
~d~~:ªdes~~s~1i~~, ~!~:r~t;:::;::f~fi!.~~~~o~ l~e~~esl1:C:!;~ª~~:. ~~~~cd:}
0

renovación mundial

~~ntro de esa. modalida_d_ general, alienta en los catorce cuentos ue com00
~utor p~; ~~':~p~~;t~oe~fttj/:trosp~c~!v0 , que refleja la preferiÍlcia del
1
mento del cosmopolitismo ar cnt~noen e _iemp~ como parece, dado el increprovincianc, todavía de las cfudades de trernta a_no~ a la fecha. En el ambiente,
colonial, late el dra~a vi~leoto de I cu)'.~ esp~n?l!smo conservaba u.o aspecto
caballos salvajes-, tiñendo de un ro~o ~ ~I prt~iti(a-el gaucho, el malón. los.
Y lo que es m.is, la intención
J • e ama_ a u~ del alba nueva.
rada por el interés o I
d jropiamente hterana está sobre todo avaloatrae y distrae al le~to:e =seo e r_elato, que, aparte toda otra consideración
, poco cuno~o que sea.
~
C. R. C.

***

Jobo
E lche.-The Dance •f tite Seises.-Music Brande
&amp; LettersTrend
-L ·d-Tlu MY_Slery 0,.,
J
.
on res, abnl, 1920, enero, 1921.
El autor de estos dos ensayos b
ú .
Mr. J. B. Trend, es persona tan c:º r~ m s1ca y esce_nas religiosas en España,.
noci ª como apreciada en los círculos artís59

��LA PLUMA
LA PLUMA
• y por masas. Perdido el sentido de lo individual y particular, abarcan fácimen-

De sumo interés para el bibliófilo y el erudito, no lo es menos para la cul·tura española en Norteamérica h. nueva contribución del señor Seds a los estudios que tan dignamente preside la Hisjanie S,citty.
c. R. c.

***

La crlsia intelectual en Alemania .--Antes de la guerra, escribe monsieur
.Bernard Groethuysen en La Nouve/le lfevue Franfaise (noviembre), 1~ literatura y la filosofía constituían en Alemania un mundo apar'&lt;:. El pensamiento era
un refugio cerrado a las ideas del día, donde se veían las cosas sub ae1e,·nitatis
sje&lt;:ie, y no se quería saber nada de política. Las circunstancias han cambiado.
La et.!rnidad es poca cosa frente a las exigencias del presente. Por es~ e~ ahora tan difícil aislar la literatura y la filosofía del conjunto de los mov1m1entos
sociales y políticos.
La crisis intelectual de Alemania es uu hecho que todo el mundo conoce:
Jos espíritus fermentan, los viejos no saben qué ha cerse ~n un II?undo que ya
no es el suyo, los jóvenes, desesperados o exaltados, no tiene n p1~dad para los
viejos; antes de poseer una convicción hacen el gesto correspond1ent_e, y a ve-ces, a fuerza de repetir el gesto, se forma en ellos algo muy parecido a una
convicción; la cambian después por otra, variando de absoluto, f:X~re$án_dolo
siempre con palabras tajantes y sonoras, que ocultan mal el abat11mento mterior. Tales son los síntomas generales de la crisis.
Antes de la guerra, con saber en qué punto del espacio y del tiempo se e staba, parecía bastante. Ser alemán o ser de su siglo parecían co~as igualmente
naturales. Lo cual no significaba más que hallarse colocado en cierto~ cuadros,
en los que la vida evolucionaba, siguiendo el orden que le era particular. La
_¡ucrra trastornó en mucho las concepciones del tiempo y del espacio, y todo
el mundo se entregó a la historia universal. El orden de los tiempos es ahora
,un problema para los alemanes, y a fuerza de pensar en él, han perdido el reposo y la estabilidad.
El abandono a la vida y la confianza en el momento presente parecen hoy
perdidos. El hombre, en nuestros días, parece que no sabe obrar sino desp1;1és
de rehacer el plan de la historia. Pero los alemanes no sólo se han convertido
en historiadores; han pasado también a la cate6oría de personajes históricos.
Es un efecto de la gran guerra. A muchos les produjo gran alegría, al principio,
desempeñar un papel en la historia universal. Y aun después de pasar por la
experiencia de que la historia se hace a menudo a costa de los que creen hacerla, el prestigio de los historiadores no menguó; los hombres de la gene~ación presente parece que ponen toda su confianza en los constructores de historia, que pretenden interpretar el destino de cada uno sacándolo de los datos
de la historia univusal. No se oye hablar más que de siglos y épocas; todo es
mundial y universal. Todo se vuelve visiones apocalípticas. ¿Pero es cosa probada que por despreciar al individuo ha adquirido la nueva generaci6n gran-deza real? Más cierto es que la guerra continúa en los espíritus. En el fondo de
las concepciones históricas de sus sabios, hay un cierto afán de manejar pueblos,
.de no contar los individuos más que por unidades; se si¡ue pensando en masas
62

te tiempos y pueblos; pero es de temer que figurándose ver las cosas en grande,
no hagan más que perder la visi6n de los matices.
Hacía Dotar Goethe que las guerras estimulan la voluntad más que el entendimiento, el espíritu político m~s que e.l espíritu artístico,_ y se pierde toda
relación directa con el mundo sensible. As1 ahora, en el comienzo de toda pro&lt;lucción artística hay un yo quiero; una convicción muy terminante precede y
&lt;lirige Ja inspiración. El artista no _se abandona más que a lo que le parece l_egítimo, y convencido de haber edificado un mundo conforme a las reglas, disfrutará del placer de tener ruón, de haber cumplid• sus deberes de hombre
moderno.
Todo estriba en eso, en los actuales momentos: tener o no tener razón, ir o
no con su tiempo. La obra de arte presenta una intención, más que una reali-dad; una exhortación a una cosa, más que la visión de una cosa. En el fondo,
esos poetas y artistas son moralistas.
La crisis artística y literaria de hoy se parece to todas las crisis de ese género. Periódicamente, el arte se rebela contra el arte, la literat ura contra l a
literatura. El artista y el poeta, en esos momentos, parecen reprochar a su
arte no ser más que arte, y a las imágenes, no ser más que sombras. Es una
tensión entre el arte y la vida, pero tensión interior, porque se trata siempre
de difecencias entre Jo qne el artista siente y los medios de que el arte dispone
para expresado. La tendencia entonces es a suprimir cuanto se interpone entre el artista y la obra de sus visiones. Se busca un arle directo, que retorne al
alma, de la que se ha apartado, o por convenciones, o por bien parecer. o-y
-esta es la teoría actual-dejándose guiar por una realidad que no es la suya
propia, la realidad de las cosas exteriores. El arte parecerá más verdadero por
expresar sin rodeos Jo que pasa en el alma del artista.
La crisis del arte se complica con una crisis de sentimiento: esa alma que
busca la expresión inmediata es un alma en pena. Pero no pretende expresar
sus sufrimientos con gestos patéticos. Buscan lo grotesco con preferencia a lo
patético para expresar la dt:sesperanza.
La generación actual está poco preparada para la tragedia. Antes de la guerra, la vida y la literatura eliminaban de la conciencia los elementos trágicos.
El único gran poeta trágioo de entonces, el sueco Strindberg, compuso la tragedia del individuo GUC ha padecido en cuerpo y alma, y cuyos sufrimientos
t!enen un v~lor trfgicc:i humano. La tragedia que ahora se representa es histór~ca, demasiado histórica para poder ser humana, y como na venido del exterior más que de dentro, le falta el yo trágico. Si los sucesos son trágicos, los
personajes apenas lo son.
La juventud intelectual alemana. arrancada bruscamente del refugio que se
había labrado, se ha encontrado con las puertas cerradas cuando ha querido
volver a él. Se ha juntado en bandos y grupos errantes, lo único que se ve
donde antes se veía iD.dividuos. Pero el individuo no ha abdicado voluntaria~ente su personalidad. Busca en el grupo lo que en sí propio no halla, y poméndose de acuerdo con otros, se cree original. Grita y gesticula; pero no logra convencernos de su originali&lt;lnd: por dd&gt;ajo de sus gritos, se percibe e l
63

�LA PLUMA
apuro del hombre que ha perdido su yo. La gran víctima de la guerra eu A lemania es el individuo. Al volver de la guerra, perdido el hábito del silencio.
del coloquio íntimo y de una vida fundada en h duración individual, no sabían escuchar su alma, no podían reanudar una vida personal. El hombre queha perdido su yo, ¿es el prototipo de la generación presente? ¿O no es eso más.
que una apostasía pasajera, y el alma volverá de su destierro para ser 1Qás
humana que antes? Tal es el problema en que estriba el porvenir de la vida
del espíritu en Alemania.

Libros rccibldos--Juan de la Encina: Los maestros del arte moderno. Madrid, CaUeja.-G. IC Chesterton: Pequeña Historia de inglaterra, versión caste-

AÑ"O II.

llana de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Calderón: Teat,·o. 1: Et Alcalde de Zaiamea.
La 'IJida es sueño. Et mágico prodigioso. El prínci¡e constante. Prólogo de J. Gómez Ocerín. Madrid, Calteja.-Lope de Vega: T,atro. 1: Peribáiie,: y el comendo:dorde Ocaña. Ltt est,·eila d, Se'IJilla. El castigo sin venran,:a. La dama boba. Prólo
go de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Napoteón explicado ¡or si ,,,ismo. Memorial de
Santa Elena, por el ·Conde de las Cases. Tres volúmenes. Madrid, Calleja.Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Prólogo y notas de Sáochez Cantón. Madrid, Calleja.-Rubén J)ario en Costa Rica. Ediciones Sarmiento, cuadernos 1-¡
y 18; 1920. San José de Costa Rica.
Rev1stas.-España, Madrid. - Hermes, Bilbao, diciembre. - La R1mda,
Roma, agosto-septiembre.-Cuba Contemporánea, La Habana, noviembre y diciembre.-Pe~aso, l\1ontevideo, octubre.-Die Aktion, Berlín, núms. 49-50-51-52.
Esjaña y América, Cádiz, diciembre.-Re.flector, Madrid, dieiembre.-Escena,
Madrid.-Vida Nuettra, Buenos Aires.-Repertotio americano. Noviembre y
diciembre, 1930. San José de Costa Rica.

MADRID, PEDRERO 1921

NÚM. 9.

FEDRA
TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACT,O SEGUNDO

FIIJ)RA y EUSTAQUIA.

GACETILLA
¡Adiós, j11ventudl-Estos días anda retirándose de la escena (por lo menos de la escena peninsular) Rosario Pino. Mucho nos ha gustado siempre esta
actriz, representante-según hemos leído-de la feminidad en las tablas. (Por
lo visto, las demás actrices, o no son femeninas o representan la feminidad,
en otros sitios). Recordamos con fruición algunas muestras de su repertorio
que suenan, sobre poco más o menos, así:
-•~No hallais, querida mía, que la señora de Monsigny rebasa verdaderamente esta noche las conveniencias?
-¡Sí a fe! No sabría deciros en qué medid:1 me intriga su aparente enredo
con el señor de Trevoux.
-¿Quien es, después de todo, el señor de Trevoux con quien tanto se
mnestra?•
Y luego don José Laseroa escribía: «Es un plato de ternera sin ternera.
¡Excusez d" peuf• ¡Inolvidable tiempo!
64

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

5

Per~, hija mía, te veo enflaquecer, ir...
Muriendo, ama, muriendo. Esto no es vivir. No sé qué
hacer para defenderme.
Acude a la oración, hija, reza...
~o me brotan las oraciones libremente. Algunas vez he
mtentado rezar, pero se me resiste, pienso en otra cosa
en él, Y esto me parece sacrilegio ... No es posible no '
me faltan ganas de rezar...
' ···
Aunque sea sin ganas... Además, eso te distraerá...
~o, eso me enciende más ... Mira, ama, en estos últimos
tiempos, antes del día aquel, temiendo estallar al cabo
65

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 2, No 8, Enero</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
apuro del hombre que ha perdido su yo. La gran víctima de la guerra eu A lemania es el individuo. Al volver de la guerra, perdido el hábito del silencio.
del coloquio íntimo y de una vida fundada en h duración individual, no sabían escuchar su alma, no podían reanudar una vida personal. El hombre queha perdido su yo, ¿es el prototipo de la generación presente? ¿O no es eso más.
que una apostasía pasajera, y el alma volverá de su destierro para ser 1Qás
humana que antes? Tal es el problema en que estriba el porvenir de la vida
del espíritu en Alemania.

Libros rccibldos--Juan de la Encina: Los maestros del arte moderno. Madrid, CaUeja.-G. IC Chesterton: Pequeña Historia de inglaterra, versión caste-

AÑ"O II.

llana de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Calderón: Teat,·o. 1: Et Alcalde de Zaiamea.
La 'IJida es sueño. Et mágico prodigioso. El prínci¡e constante. Prólogo de J. Gómez Ocerín. Madrid, Calteja.-Lope de Vega: T,atro. 1: Peribáiie,: y el comendo:dorde Ocaña. Ltt est,·eila d, Se'IJilla. El castigo sin venran,:a. La dama boba. Prólo
go de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Napoteón explicado ¡or si ,,,ismo. Memorial de
Santa Elena, por el ·Conde de las Cases. Tres volúmenes. Madrid, Calleja.Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Prólogo y notas de Sáochez Cantón. Madrid, Calleja.-Rubén J)ario en Costa Rica. Ediciones Sarmiento, cuadernos 1-¡
y 18; 1920. San José de Costa Rica.
Rev1stas.-España, Madrid. - Hermes, Bilbao, diciembre. - La R1mda,
Roma, agosto-septiembre.-Cuba Contemporánea, La Habana, noviembre y diciembre.-Pe~aso, l\1ontevideo, octubre.-Die Aktion, Berlín, núms. 49-50-51-52.
Esjaña y América, Cádiz, diciembre.-Re.flector, Madrid, dieiembre.-Escena,
Madrid.-Vida Nuettra, Buenos Aires.-Repertotio americano. Noviembre y
diciembre, 1930. San José de Costa Rica.

MADRID, PEDRERO 1921

NÚM. 9.

FEDRA
TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACT,O SEGUNDO

FIIJ)RA y EUSTAQUIA.

GACETILLA
¡Adiós, j11ventudl-Estos días anda retirándose de la escena (por lo menos de la escena peninsular) Rosario Pino. Mucho nos ha gustado siempre esta
actriz, representante-según hemos leído-de la feminidad en las tablas. (Por
lo visto, las demás actrices, o no son femeninas o representan la feminidad,
en otros sitios). Recordamos con fruición algunas muestras de su repertorio
que suenan, sobre poco más o menos, así:
-•~No hallais, querida mía, que la señora de Monsigny rebasa verdaderamente esta noche las conveniencias?
-¡Sí a fe! No sabría deciros en qué medid:1 me intriga su aparente enredo
con el señor de Trevoux.
-¿Quien es, después de todo, el señor de Trevoux con quien tanto se
mnestra?•
Y luego don José Laseroa escribía: «Es un plato de ternera sin ternera.
¡Excusez d" peuf• ¡Inolvidable tiempo!
64

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

5

Per~, hija mía, te veo enflaquecer, ir...
Muriendo, ama, muriendo. Esto no es vivir. No sé qué
hacer para defenderme.
Acude a la oración, hija, reza...
~o me brotan las oraciones libremente. Algunas vez he
mtentado rezar, pero se me resiste, pienso en otra cosa
en él, Y esto me parece sacrilegio ... No es posible no '
me faltan ganas de rezar...
' ···
Aunque sea sin ganas... Además, eso te distraerá...
~o, eso me enciende más ... Mira, ama, en estos últimos
tiempos, antes del día aquel, temiendo estallar al cabo
65

�LA PLUMA

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA .
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

· si con él me encontrase a solas, cada vez que a punto de
ello estaba santiguábame antes para que la santa señal
de la cruz me defendiese y apretaba contra mi pecho
esta santa medalla, la de mi madre, que me diste. Pero
un día, buscando ese estallido, deseando salir de una
vez de aquel infierno, dejé de santiguarme para tener
valor de declararme, pero aquel día estuve más encogida, más azarada; a cada momento sentía ganas de ir a
un rincón para santiguarme allí a hurtadillas ...
·
Por qué no lo hiciste ante él?
Habría sido tanto como declararme. Ko, no podía, y
echaba de menos la santa señal... ardíame la frente como
pidiéndomela ... me faltaba la cruz ...
Y era esa cruz que no tomaste sobre la frente la que te
protegía!
Más ahora? ahora nada sirve una vez roto el nudo de la
lengua ... Rezar... rezar... con estas cosas no sé ya si creo
o no ... Pero rezo, rezo a la Virgen Santísima de los Dolores ...
Reza a su hijo ...
A quién? al hijo? no! nol Desde que abrí mi pecho a él,
a Hipólito, quémanme sus miradas. Y él me las hurta y
me esquiva y ya no me besa. No le creí tan astuto como
para encubrir a su padre que no me besa ya como antes
me besaba.
Lo que yo me temo es que al cabo su padre se percate
de ello ...
Acaso sea lo mejor ...
Qué dices?
Que así no se puede vivir, ama. O se me rinde o se va
de casa; le echo de ella. Verás en cuanto le amenace.
Ahí val (a Hipólito, que pasa por elfondo.) Hipólitol (yendo hacia él.) Hipólito!

LA PLUMA

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

. HIPóLJTO.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

HlPóLJTO.

Fmu
HIPóLJTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

66

(entrando.) Qué me quieres? acaba!
Tengo que hablar contigo a solas.
Pues habla y acaba.
No, pero a solas contigo.
A solas ya te he dicho que nol
(cogiéndole.) Sí, vete, ama vete!
Pero, hija...
'
Vete, si no doy voces, llamo a Pedro y se lo digo todo
todo...
'
Serias capaz?
Ahora soy capaz de todo. O hablamos a solas una vez
o me confieso a tu padre, Hipólito.
Pero para acabar?
Para acabar, sí! Vete, ama.
Váyase!
Me quedaré aquí fuera ...
Cómo? qué? en mi casa? es que se me trata como a
una...
Fedra?
Vete, ama, vete o será peor!
Váyase, ama, s_í, v~yase. Me basto y me sobro yo solo.
y men~s _mal si as1 se acaba de nna vez esto, porque no
es ya VlVlr. (Vase Eustaquia.)

FEDRA.

1:

HIPOuTo.

Bien, acaba!
Hipólito!
Qué, volvemos a empezar?
Sí, vuelvo! Mira que no como , que no d uermo, que no
67

�LA PLUMA
LA PLUMA

vivo, que tus ojos me queman, que muero de la sed de
tus besos, que esto es el suplicio de Tántalo... Por qué
no me besas como antes, Hipólito?
Y me lo preguntas, madre?
HIPÓLITO.
Así no puedo vivir...
FEDRA.
Ni yo tampoco! .
HIPÓLITO,
Lo ves? Y tenemos que vivir, vivir ante todo! Para algo
FEDRA.
somos jóvenes...
Y él viejo, no es así?
HIPóLITO.
No
le nombres, Hipólito!
FEDRA,
Sí, le nombraré, pues que su nombre es todavía para tí,
HIPÓLITO,
pobre madre, un conjuro. Pedro, tu marido, mi padre ...
Calla, calla! No puedo vivir, no vivo así, viéndote a diario, sintiéndote cerca de mí, bajo el mismo techo, de día
y de noche, respirando el aire mismo que respiras, tu
aliento. Desde que...
Pero cómo empezó esto, madre?
HIPÓLITO.
No empezó! Te quise siempre, desde antes de conocerFEDRA.
te, y luego que una vez casada te ví por vez primera, estalló ...
Los amores sanos no nacen sino como en el campo el
HIPóLJTO.
amanecer, poco a poco ...
No, poco a poco ya no! de una vez!
FEDRA.
Pues mira, me iré, pretextaré algo para un largo viaje y
HIPÓLITO.
en tanto te curarás.
No, no te irás, no quiero que te vayas, y no me cw·aré,
FEDRA.
no quiero curarme! Pero ... resistamos, sí, resistamos ...
tienes razón! Mas tus besos, Hipólito, tus besos! siquiera los de antes...
Aquellos no pueden volver; les arrancaste su inocencia!
HIPÓLITO.
Con que no, eh? con que no? Pues bien, oye y fíjate, mis
Fi:DRAúltimas palabras, las definitivas; óyelas y piensa bien en
ello. Tu padre ha debido de notar ya que no me besas;
tu padre ve mi demacración y mi desasosiego; tu padre
aunque se calla ha de sospechar ya algo, lo sospecha, y
se lo he de decir yo ... yo ... yo!
Qué vas a decirle?
HIPÓLITO.
61

FEDRA.

HIPóLlTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

Que eres tú quien me solicita!
Fedra! Fedral
(arr_ogante.) S~, le diré que eres tú y esta casa se os convertirá en un mfiemo ya que no quieres sacarme de él
se lo diré!
···
Maldita seas! (vase.)

Faou.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y

Paoa.o,

( que ha oído las últimas palabras de su hijo entrando)
Qué es eso, F~~ra? qué ha dicho? qué es lo 'que ha dicho nuestro h1Jo? callas? he oído bien? no te maldecía?
Vamos, Fedra, habla!
Querellas domésticas ...
No, no, no, .i:sas palabras en mi hijo tan comedido siempre, tan cannoso, tan dueño de sí... Desde el día aquel
en que le abordaste por lo de su casamiento observo entre vosotros dos yo no sé qué... parece rehuirte... ué
etrs ello?ilva?mos, habla! qué ocurre en esta casa antes ian
anqu a
(Fedra apoya la cabeza en el pecho de su marido y romhe
a sollozar.)
-r
Vamos, cálmate, hija mía...
(estremeciéndose.) Hija?
podrías serlo ... Vamos, cálmate! Dime qué es ello}
c t?-º él te maldecía así, él, mi Hipólito? y a tí que le·
qmeres tanto ... ?
Le quería...
Le querías ... y ahora?
Ahora...
Vamos, qué hay?
L~ que hay es que tu hijo ...
Mío? y tuyo ...!
Ojalá lo fuese!

s¿,

69

�LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
P EDRO.

F EDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7•

Pues ...
Que no se siente ya hijo mío ...
Qué? te ha faltado al respeto?
Al respeto...
Vamos qué? acaba... me tienes en ascuas ...
Que tu'hijo es casi de mi edad misma... podría ser mi
hermano ... mi marido.
Qué? Habla claro, Fedra!
Más claro aún?
No, más claro no, sobra! Ahora se me aclaran las nieblas de estos días. Hay cosas que no deben decirse.
Pero es posible? vamos, dí!
Déjame, déjame!
f
Y tú, Fedra, tú?
Yo? es que puedes creer...
No, no quiero creer. .. y tú?
Figúrate lo que habr~ lu~~ado ... lo que lu_c,ho...
Oh mi hijo, mi propio hiJo! pero él tamb1en ha luchado.'.. lucha... sí, sí, qué es si no esa manía de la caza?
busca en ella el olvido de su pasión... pobrecillo! pero
dime, qué te ha dicho?
Decirme ... poca cosa... casi nada...
Oh no, no, no; son recelos tuyos, figuraciones, suspicacias ... quién sabe? vanidades de mujer!
Pedro!
No, no puede ser! no es!
Desgraciadamente sin poder ser es.
Y tú, Fedra, tú?
No te dije que lucho...
Pero por qué?
Es al fin tu hijo, mi hijo ...
Voy a llamarle y que se explique aquí, los tres cara a
cara...
Oh, no hagas esol
Cómo?
No, déjale!
(llamando.) Eh, también tú?

LA PLUMA
FEDRA.
PEDRO.

Llámale, pues (aparte.) Dame fuerzas, Virgen de los Dolores!
( a la criada que aparece.) Que venga Hipólito! Ahora se
pondrá todo en claro. Esto es horrible... no puede ser!

DICHOS E Hu&gt;ÓLITO.

PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HrPÓLITO.
FEDRA.

HrPóLITo.
FEDRA.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.

( Entra Hipólíto cabizbajo; Fedra se cubre primero la vista
con las manos, pero luego apoya la cara en las palmas y
se le queda mirando fijamente.)
Por qué maldecías a tu madre, hijo! callas? vamos, habla, por qué la maldecías?
Ella te lo dirá, no yo, padre.
Me lo ha dicho ...
Entonces ...
Y qué, no te defiendes? no lo niegas? confiesas, pues, tu
infame pasión?
·
Yo, padre, ni niego nada ni nada confieso.
Ah, con que además hipócrita? te creía todo menos eso;
en mi familia no los ha habido nunca ...
Y ella, por qué no habla ella?
Yo, Hipólito, he hablado, he dicho cuanto tenía que decir, a tí primero, a tu padre después. No he hablado
claro?
Sí, muy claro!
No te propuse la paz? Y tú te has empeñado en traer la
guerra, tú. Es la fatalidad, bien lo sé, pero ...
Es_to es mon~truoso, lo que aquí pasa. Debiste, hijo, lo
primero confiarte a mí, abrirme tu pecho ...
Perdón, padre, perdón!
Perdón? ha:y ~osas imperdonables! Y el perdón presupone arrepent1m1ento y penitencia!
Sufriré la que me impongas!
No podemos ya vivir los tres bajo un mismo techo.
Me iré de casa.
71

�LA PLUMA

LA PLUMA
F:&amp;DRA,
PEDRO.

FBDRA.

HIPÓLITO.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7.ª

Y qué dirá la gente?

Diga lo que quiera! Aunque la gente no sabrá nada, no
debe saber nada; esto ha de quedarse aquí, enterrado,
entre los tres... si no haría algo que no puede decirse!
Oh no, todo se arreglará ... !
Cosas hay sin arreglo...
Cómo? luego insistes? Vete, Fedra, déjanos solos!
Pedro, Pedro!
D0janos, he dicho.
Por Dios!
Déjanos! (vase Fedra.)

PEDRO.

PBDRO E HIPÓLITO,

PEDRO.

HIPóLITO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIP ÓLITO.
P.&amp;DRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

(tras un breve silencio.) Pero hijo, Hipólito, cómo te has
atrevido a poner ojos ... ojos? y labios en tu madre? cómo
has osado revelarle nada? era esa tu caza? callas? vamos,
habla, ven acá, confíate a mí! Sí, sí! es una desgracia, lo
sé ... Qué? callas? no lo niegas? Oh, esto es horrible! Qué
has hecho, hijo, qué has hecho de la tranquilidad de tu
padre? y yo que la traje a casa sobre todo por tí, por tí,
hijo, para que tuvieses madre ...
Ojalá no la hubieses traído! Pero te juro, padre, que soy
inocente!
Inocente? inocente de qué? Luego Fedra miente? habla!
miente? luego ... ah! eso es acusarla!
Nunca, padre, nunca, nunca!
Inocente? Ah, sí, comprendo ... inocente ... claro! pues no
faltaba más! pero la inocente es ella ... ella!
Padre!
Vete y no volvamos a vemos; será lo mejor!
Padre ... antes de irme ...
(se adelanta a él y luego arredrándose.) No, no, no, me
quemarían la cara! No, vete! (Cúbrese la cara con las manos y solloza. Hipólito se va lentamente.)

Imposible! él, él, mi hijo, mi hijo único! Costó la vida a
su madre, a su pobre y santa madre! Aquellos primeros
años, cuando volvía yo a casa sobresaltado, imaginándome que le hubiese ocurrido algo y al llegar y encontrarle durmiendo tranquilame·n te en su cuna me inclinaba a pegar casi mi oído a su boca para sentirle respirar. .. sí, estaba vivo! Mi hijo, mi hijo único! Será un castigo por haberle dado madrastra? por no haber respetado mejor la memoria de su santa madre ... Pero ... me
sentía tan solo! No me bastaba él! Y por qué no le casé
con ella? Oh egoísta, egoísta! No tuve paciencia a que
me diese nietos, quise tener más hijos ... y de Fedra! no
le quise solo! Fué la carne, la carne maldita! Será esto
un castigo? J\ili hijo, mi propio hijo, mi hijo único!

8,ª
FE.DRA

FEDRA.
PEDRO.

F1mRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

y

PBDRO.

(entrando) Qué, se fué?
Sí, se fué. Y aún juraba su inocencia!
Cómo? Se atrevió ...
A neg~r su fa!ta~. a acusarte? no! aún no ha llegado a eso; aun es m1 h130! Pero ven, Fedra mírame a los ojos
así! Es verdad eso?
'
'
Sí, eso es verdad!
Y tú, Fedra, tú?
Te he dicho que lucho ...
Pero por qué?
Por domar mi corazón de madre!
Y tú antes ... vamos, antes de esa declaración no te habías percatado de nada?
Hace tiempo ...
Y cómo no me lo dijiste?
Esperaba que el tiempo ... la lucha...
73

�LA PL'GMA

LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y sabiendo eso consentías que te besase, le besabas? ...
No ves que era echar leña al fuego ... ?
Sí, pero otra cosa habría sido provocar antes de tiempo ...
Antes de tiempo? Estas cosas deben ahogarse antes de
tiempo. Mi hijo, mi propio hijo! mi hijo único! Esto, Fedra, debe ser un castigo ...
Un castigo?
Un castigo, sí, por haberte traído a mi casa, por haber
querido tener de tí otros hijos, por no haber guardado
mejor la memoria de su madre, de su santa madre ...
Sí, yo tengo la culpa, yo!
Cómo? tú? tú tienes la culpa?
Sí, yo, por haber cedido a venir a tu hogar a cubrir el
hueco que dejó otra mejor que yo; yo, por no haberos
dejado solos a padre e hijo.
Quién tiene la culpa, Fedra, quién? El? tú? yo? quién
sabe de culpas? qué quieré decir culpa? qué es culpa, dír
(mirando al suelo.) No sé...
·
No sabes lo que es culpa? Fué la mujer, la mujer la que
introdujo la culpa en el mundo!
Pedro!
Alguien llega...
Marcelo, de seguro. Este llega siempre a destiempo y no
quiero ·verle ahora...
Por qué, Fedra? sabe algo? sospecha algo?
Me voy. Volveré así que se vaya (vase.)

PEDRO.
MARCJtLO.

PEDRO.

MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
AllAR.cELO.

PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO .
PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
PEDRO

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

74

y MAR.CELO.

Qué? _se ha salido Fedra?
Querías verla?
Como médico, a ver cómo sigue ...
Agitada ... ya ves ... disgustos ...
Sí, y en ella por constitución de herencia una neurocardíaca...

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

Y qué, dí, qué? cuando te ha hablado de sus dolencias ...
Yo no soy confesor, soy médico, Pedro.
Pero dime, tú eres mi mejor amigo, tú ... no es verdad?
tú eres como mi hermano...
Conzo, otra vez como ... Repórtate, Pedro, que no estás,
bueno hoy...
No, no lo estoy!
Se te conoce y estando así no se debe querer hablar de·
ciertas cosas ...
De qué cosas?
Qué sé yo... de cosas de familia ... íntimas ...
Pero tú sabes, tú ...
Yo sólo sé que estás, contra tu costumbre, fuera de tí,
que tu mujer anda fuera de sí también hace algún tiem-•
po y que tu hijo vive más dentro de sí que nunca; te
parece saber poco?
Pero no sabes más?
Ni debo. Y basta de esto. A otra cosa. ·
A otra cosa... a otra ... y entras y sales aquí como en tu.
casa... Oh, esta intimidad a medias...
Entonces me retiro ...
Que se yo ... pero no, ven, ven, te necesito, necesito
dentro alguien de fuera, oye. No estoy bueno, no! no sé·
lo q~e pasa en mi derredor. Lo sabes tú? pero cállalo,
eh? s1 lo sabes, cállalol cállalol que no lo sepa nadie ni
tú mismo! No, no sé lo que me digo. Hablemos de ~tra
cosa.
Sí, es lo mejor. E Hipólito?
~ipólito, otra cosa! Qué? qué sabes de Hipólito? Vamos,.
d1 1 qué sabes de él?
De_ tu hijo? De tu hijo apenas puedo saber cosa. No necesita de mis servicios.
Lo crees?
Pues no he de creerlo? Tu hijo está sano, enteramente
sano; es el único sano de la casa. Gracias al campo.
Y de la cabeza?
Perfectamente bien. Tu hijo es uno de los hombres más.
75

�LA PLUMA

LA PLUMA

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

equilibrados, más dueños de sí, más serenos, más sanos
que conozco. Pocos padres más afortunados que tú ...
Pues mira, Marcelo, tengo motivos para sospechar que
no anda bien de la cabeza.
Quien no anda bien de ella eres tú, y esa tu sospecha
me lo confirma.
Es que no sabes ...
.
Acaso quien no sepa eres tú...
Habla más claro, Marcelo, sin enigmas!
Enigmas los tuyos, Pedro. Y te dejo. Donde hay enigmas sobro yo; soy incompatible con la Esfinge. Te dejo.
He llegado en mal hora. Adiós.
No, no, quédate!
No me quedo; estorbo. Hasta pronto.
Y de esto, Marcelo, sabes, de esto ...
De qué?
De lo que no sabes, ni palabra, eh? ni palabra!
Pedro!
Si no ... si no ... en fin, no sé, vete! (tomándole la mano.)
No sabes nada, nada, nada...
Demasiado sé con no saber nada ...
Del enigma... ni palabra! Si no ...
Adiós! (vase.)

FEDRA

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

10.ª

.PEDRO.

Que infierno! Sabrá algo? Sospechará algo? Pero no soy
yo, yo quien me delato? Habrá que negar a todo el mun.do la entrada en esta casa. Una cárcel... un sepulcro...
Que nadie lo sepa, que nadie lo sospeche ni barrunte,
que nadie lo adivine. El honor ante todo! (vase.)

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FJ:DRA.

RosA.
FEDRA.
,FEDRA.

(entrando.) Ah, se han ido los dos! Qué es lo que he
hecho? Estaba loca, loca, no sé lo que me hago...

ROSA.
FEDRA.

y RosA.

( desde la puerta.) Señorita...
Entra, Rosa, entra. (aparte) Así no estaré sola... conmigo.
Querría decirle ...
Habla sin miedo, qué?
Como no ha vuelto a decirme nada de aquello ...
De qué? de qué no te he dicho? Vamos, habla!
Pero no se acuerda, señorita?
De qué es lo que no me acuerdo? anda, dí!
Pues ... de lo de amadrinar mi boda...
Aaah! sí, sí, dispensa, Rosa, es verdad! no me acordaba
ya de ello! Ya ves, con tantas cosas y con esta pobre
cabeza... Y bien, qué? persistís en ello, en que sea yo•
vuestra madrina?
Nosotros? Eso queremos saber, si sigue usted en ello ...
Yo? Pues mira, Rosa, no es por volverme atrás, no! no!
no! yo no soy de las que se vuelven atrás, no! lo entiendes? yo cuando digo una cosa la sostengo, sabes? sí, la
sostengo ...
Pero es que lo he puesto yo acaso en duda?
No, no, tú no lo has puesto en duda, no, tú no! Pues
bien, sí, seré si queréis la mad1ina de vuestra boda, pero
me parece que no os conviene ...
A nosotros?
No, no os conviene. Yo llevaría la mala suerte a vuestro matrimonio; serias infelices; yo tengo mala mano,
muy mala mano...
Aprensiones, señorita...
Desgraciadamente no!
Como me lo prometió ...
Es verdad, te lo prometí, pero desde entonces 8.cá...
Sí, ya he notado que la señorita se está volviendo otra .. _
Cómo? qué? qué es lo que has notado? díl

�LA PLUMA
ROSA,
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.

Nada... nada...
dílo!
Vamos , dí , qué has notado?
. d' t
Por Dios, que me da mie o ....
Miedo? Yo? de qué? vamos, habla!
No, no, no se puede seguir más en esta casa.1 (huye.)
13.ª

FEDRA.

( que lzace ademán de seguir a Rosa, pe:o se detie1;e.) Bah!

or una criada! Estoy loca, lo,ca perdida. Yo misma me_
~elato. No se puede seguir as1; hay que acabar y acabar
de una vez y del todo. Tengo que ~elarles en paz y 9-uedarme en paz también yo ... en la umca paz para mt ya
pos1'ble... en la última paz , en la que no acaba, en la paz
eterna!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

MIGUBL DE UNAMUNO

JULES LAFORGUE
sería buscar su nombre en los manuales que con la pretensión de enseñar literatura se atienen de ordinario a normas
oficiales y a las recompensas académicas. No obstante, acaso
nadie, ni el propio Stephane Mallarmé, ha influido tan profundamente en la generación francesa joven. Hace algunos años, cierto
poeta nuevo, escribía de alguien: • Era un joven como los demás; pero había leído mucho a Laforgue, y de eso siempre queda algo.&gt; Nada más
cierto: fácil es descubrir en un momento, entre los franceses jóvenes cultivados, a los que han leido a Laforgue y a los que no lo han leido. Hay
otros maestros más grandes, se puede discernir influencias más visibles;
ninguno de nosotros en Francia puede olvidar lo que debe a Baudelaire,
o a Verlaine, como a Balzaco a Flaubert; pero el gusto por Laforgue es un
sentimiento tan especial, penetra tan hondo en nuestro corazón, que no
le tenemos sólo admiración, e incluso quizá no sea admiración tanto como
ternura, donde las exigencias del corazón y de la mente al propio tiempo
se satisfacen.
Murió a los veintisiete años, dejándonos só lo tres volúmenes: uno de
poemas; el segundo, de cuentos, titulado Moralités legendaires, y el ter&lt;:er0, colección póstuma, que contiene cartas y fragmentos; pero aunque
se hayan leido una vez sola, ya no se olvidan nunca; y si se leen, se vuelve a ellos en busca de su gracia, fresca al par que penetrante como ninguna, en busca de un alma fraternal que ha conocido nuestros deseos,
ANO

79

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
nuestros ensueños todos, y nuestras melanc')llas también, que el poder de
su genio inimitable magnifica.
1t
No oiréis jamás a nadie, a menos que esté desprovisto por comp e_ o
de tacto, afirmar ruidosamente su admiración por_~for_gue: no se::o;ª;~
d"das pero su obra entera implica tal d1screc1ón, un p
re a escon i
'
do que lo natural es imitar su actitud al hablar de él.
alma tan conmove r,
· d
A é
Su vida cabe en muy pocas palabras: nació, por casuahd~ ' en m rica del Sur, de una familia bretona, que, poco de~~ués, ~olv'.ó parae:s~::
blecerse en el Mediodía de Francia, en Tarbes: v1v1ó algun tiempo
l
ris muy oscu_ramente y cai;i en la miseria, trabajando sin descéandso ~n
~
'
•
t f é elegido lector de franc s e a m
tivarse: después, repentmamen e, u
. d 188&gt;
eratriz Au usta: pasó asl cuatro años en la corte de Alemama. e
~ 1886, y v;lvió a Paris, donde murió de tisis el 20 de agosto de 1887'
casi el dla de cumplir los veintisiete años.
No puede decirse que Jules Laforgue haya sido nuestro cmaestr_od•, no
.
.
ioguno le hemos conoc1 o, Y
sólo porque murió tan Joven, smo porque n
es para nosotros, sobre todo,fraternal.
. tó a los diez años de su muerte: sus obras hablan
Laforgue nos cooquis
Al
·mer pronto
sido publicadas en folletos rarísimos, por lo general.
pnl .
. t
d B udelaire· y de Ver ame, c1er o
descubrfase en sus obras un poco e a
d
Theocvirtuosismo•, una holgura y un giro de la mente que recuer an a
dore de Bainville (en sus Odes. Ftmambuksques), pero con un acento y

t

una {ronia tierna, exclusivamente suyos. .
.
diera paMás tarde un critico le comparó a Henn Heme: al pronto pu
recer exager~da la comparación: es más exacta de_lo que p~ie; peroe!
.
i de Reine es más seca y rechina más: tras la rronla de
o_r~ue p
iron a
d b
grado se expandma, pero
clbese la ternura de un corazón que e uen
que conoce harto los peligros que presentan las frases huecas del romanticismo exasperado.
· f ,
en otros momentos, coTenfa corazón ardiente e inteligencia na, y,
.
.
.
. t d c nsiste en esa alianza
azón frío y ardiente intehgenc1a: su geruo o o o
r
tu . hasta en sus burlas hay una profundidad desconcertante, y sus
fil:sóficas se bañan siempre en el sentimiento de la vida. Con ser

f:::
80

más idealista que nadie, tampoco nadie ha tenido más cabal sentido de
la realidad: lo expresó en un grito ya clásico: c¡Ohl ¡Qué cotidiana es la
vidal&gt;; si con esto padece, si aspira a metas eternas, la vida le alcanza y
le conmueve precisamente por lo que tiene de cotidiano. Nadie quizá, eo
Francia, ha padecido con tanta grandeza esa aspiril ~ión a lo infinito, y
ese discreto y profundo enternecimiento ante la vic.Ja efímera. Como dijo
en una de sus ceñidas sentencias, que con tal facilidad toman forma y
color de adagios: cEI hombre se agita y Todo le arrastra,&gt; Sus poemas
están por entero impregnados del sentimiento de la inutilidad de todo
esfuerzo humano, y al propio tiempo sabe que toda nuestra dignidad
existe cabalmente en la medida que desafiamos esa inutilidad, y obramos
y pensamos como si fuésemos eternos.
Ni aun en las rebeliones de su orgullo contra lo transitorio le abandona la ternura, profunda, verdadera como ninguna, por ser tan directa
y tan verdaderamente humana. Rehunde su propio corazón a fuerza de
burlas; pero siempre está dispue!&gt;to a socorrer el corazón de quienes sabe
que padecen su mismo mal. Ni en sus poemas ni en sus cuentos se hallará la sensibiliddad lacrimosa y literaria que debilitó la expresión de un
Musset, pongo por caso; su alma, tierna y joven, posee una firmeza estoica, pero de un estoicismo sonriente. Sabe padecer, y sabe hasta dónde
se puede padecer, cuando a las exigencias de la emoción se añade la
fiebre de una mente que lo mide todo en su valor verdadero; y así dijo:
•Se necesita, de tiempo en tiempo, una separación, una tristeza de estas,
para mantener en el corazón la suavidad de la infancia&gt;.
En los poemas, nota la forma más directa de su emoción; en este respecto casi puede decirse que cuanto ha escrito en verso es el brote primero de los pensamientos cuya expresión completa se encuentra en las

Moralftls ligmdaires.
De sus poemas, el grupo que lleva por título Les Complaintes, es único
en nuestra literatura: cada Compiaínte se explica por las otras, forman un
todo, y bajo su apariencia negligente, sarcástica y desmadejada, son, con
toda seguridad, los testimonios más puntuales, más profundamente verdaderos de un alma de francés joven y cultivado, de fines del pasado siglo_
6

8r

�LA PLUMA

LA PLUMA
En los poemas exhibe a veces un virtuosismo que el propio Theodore de Banville no rebasó; pero incluso ese virtuosismo le cansa, y se esfuerza por despojar al verso de todo atractivo externo para no conservar
más que ;,u esencia conmovedora, y esto le llevó a escribir sus últimos
poemas ea una espe-::ie de verso libre que, en ciertos casos, como en el

Solo de Lune, aún no ha sido rebasado.
El volumen en que recogió sus poemas, bastada para asegurarle la
inmortalidad; pero aquel joven de veintisiete años dotó a la literatura
francesa de una colección de cuentos, que por la seguridad, la personalidad, la resonancia del estilo, puede rivalizar con las obras más líricas dt:
Flaubert, o los cuentos mas bellos de Villiers de l'lsle Adam.
En la colección de las Moralills légmdaires, Jules Laforgue intentó (y
consiguió) mezclar dos tendencias contradictorias: la de la introspección
filosófica y la de la ironla sonriente más moderna. Son seis cuentos en
prosa: Hamlet ou lts suites de la plélé .filíalt; Le Miracle dts roses; úlzengrln,.fils de Parsifal; Saloml; Pan et la Syrinx; Persle et And1omlde, y
en una lengua maravillosa por la agilidad, la riqueza, el ritmo, los saltos
imprevistos y las súbitas salidas, evocó a través de esos personajes legendarios las obsesiones de un alma moderna.
Se ha dicho en cierta ocasión que su Hamltt era más Hamlet que el
auténtico: el monólogo que pone en su boca es, en efecto, de una penetración psicológica que no hubiese rechazado Shakespeare, si hubiera vivido en nuestro tiempo. ,Morir, yo, vamos; hablaremos de eso más tarde; tiempo tenemos. Morir, ya se sabe; se muere uno sin darse cuenta,
como se cae todas las noches en el sueño. No tiene uno conciencia del
transito del último pensamiento lúcido al sueño, al sincope, a la muerte.
Ya se sabe; pero no ser más, no estar más, no participar. No poder siquiera oprimir contra su corazón humano, una tarde cualquiera, la tristeza secular que cabe en un simple acorde del piano•.
En cada una de las Moralitls ltgendaires las sonoridades cambian,
pero el timbre es siempre el mismo: a pesar de la iron1a presente, el corazón asoma siempre la punta de la oreja, si cabe decirlo as1. Nunca insiste, ni pesa, todo es discreto; cómo sabe poner su leve pincelada hasta
82

en una simple descripción de paisaje· por eiemplo
et la Syrlnx:
'
'
• en este trozo de Pan
,El álamo, árbol tan distinguido que er
.
llorón, llora por el obscurP.cimiento d l ige su hora, tembló. y el sauce
ensombrece las lejanías y las c r
Le as aguas. La soledad inquieta
mas. as ranas van , em
y 1as estrellas no tardarán las estrell
..
pezar a cantar,
La
'
as no pueden tard
lectura de las obras de Lafor e s
ar.•
fácil, en el sentido de esa facilidad fn1m~;:~ en prosa o en verso, no es
obras hueras; pero aplicándose a 11
de la mayor parte de las
de re~exión, se descubre uo aspec:oº;a:eae:cuentra tan copiosa materia
nla lfnca peculiar dtl g . 1:
• g do, tan moderno de esa iroe010 rancés que ilumina n 61
1
actual, su ardiente escepticismo
.
o s o a a generación
1 tr d' .
Y s11 entusiasmo tacitu
.
a a ic16 n de la s~nsibilidad fr
.
rno, pero mcluso
Yo sé que todos los d
. ancesa, ~• puede decirse asf.
cerca de veinte años segu~ m1 g_en~rac1ón que leímos a Laforgue hará
•
•mos smt1éndonos al
1
conmovidos: por mi parte ya no 1 1
'
vo ver a él, fascinados
0 eo nunca sin
•
'
'
mo amigo con quien lo lela antaño
.
pensar en aquel carfsiª:'.go muerto en la guerra, y que en
los días terribles de la batalla d
de Laforgue hallaba la fuerza baet er un, tan sólo en las tiernas ironías
d
s ante para sosegar
•
os y su esplritu casi abrumad
sus nervios extenua.
o, como en uno de
a quienes, en noche de trá .
esos seres de elección
fd b
g1cas aventuras pode
fi
i um re de verle apaciguado
l
'
mos con ar, con la cerdura intolcráble.
' e corazón, abrasado aún por una quema-

°

V

G. JBAN-AUBRY

�LA PLUMA

III
Arribo.
La estancia en silencio
Descanso.

IV
El Dolor
(Pensamiento importuno en mi paz: dril y blanco)
Es dura escuela
Pero
El Reloj.
doctora
en la vida.
Ris-Ras de
persianas.

CONC ÉNTRICA
I
Mediodía
Melodía de candente mediodía .
Saetas de ascua de trigo amarillo.

I

V

•

Trigales rojos...
Veo ...
Ensueiio unánime
Apenas
Veo.

II
La casa bermeja
(oli'· Su parra ...
su patio ...)
Lejana.

r.
, ·¡
1.nmovi

No viene
No llego .
-Agua en jarrodel patio!
¡ Tumbarse desnudo en las losas mojadas
Debajo
de
uH-

toldo
s&lt;Jf#brio...

Vl

I

'Negaciones interiores
Que piden disculpa
Y parten!
Párpados entornados
Y sorda atención de nadie

ss

�LA PLUMA
_ Saetas de ascua de trigo amarillo Milodía de candente mediodía.

VII
Medwdía.

SI
Aquello
Estuvo en nada.
Un momento quizás Y• •·
Pero
En mí vmcitron egoísmos de hombre
y·en tí prejuicios de moral sensata.
Igual
. .
.
Aconteció siempre en mi historia
Con cuanto quise conseguir
Igual
¡A punto kttyóse cuanto a punto estaba.1
Para mt
Aquello y lo otro y esto
Siempre, siempre
.
Desvanecióse cuando a punto estaba.
Para mí
(¡Nunca ...!) tofÍQ
0kt Todo
¡Siempre

Estuvo en nada!
ANTONIO BSPINA GARCIA
86

EN TORNO A GANIVET
este Madrid no sabe uno jamás a qué carta quedarse en
el juego de las valoraciones literarias. El silencio envuelve
por igual a muertos y a vivos, o, peor aún, los envuelve
la alabanza pegajosa de los estúpidos, especie de engrudo
que deja al artista y a cuanto representa, inabordable e intocable. Cualquier pretexto es bueno para eximir a la inteligencia de la penosa y comprometida función de juzgar; penosa porque es esfuerzo, y comprometida
porque la opinión propia, si es libre y expresa, puede ahuyentar a una
clientela, o enojar al patcón, o frustrar la esperanza de un destino de seis
mil reales. A los grandes se les deja dormir en sus hornacinas por puro
respeto. No se nos ha olvidado que al morir Galdós opinó D. Antonio
Zozaya que !a pretensión de criticar la obra de D. Benito era empresa
superior a la inteligencia humana. A los menores se les dispensa el
amistoso favor de desdeñarlos. Madrid, tan conservador en todo, lo es
más que nada en literatura, por falta de discernimiento. Ante valores
coetáneos de los toros de Guisando, tenidos por actuales, todavía es de
ritual quitarse el sombrero; subsisten, como el buen paño que no se
vende en el fondo del arca, a fuerza de no usarlos. Acuñada uea reputación, no corre peligro de desgastarse nunca, por la sencilla razón de que
no circula. Muere un escritor. Pasarán años, lustros, siglos acaso: no se
observará que sus obras se reimpriman, ni que se le dediquen artículos o
libros, ni que se hable de él entre gente de letras, ni quedará ya rastro de
N

87

�LA PLUMA

LA PLUMA

.su influjo en la literatura viviente. «Este es un escritor olvidado»-dirá
para si el discreto-. Error. Un accidente basta para demostrarlo: si el azar
de una lectura, de un viaje, o una fogarada de patriotismo local encienden
un pec,ho ingénuo en admiración súbita, se apresura1a comunicar al público
su descubrimiento: trátase de vindicar una gloria perdida. A esa voz responden las ranas desde sus charcos. Resulta que todas las ranas de la
península venían infundiendo eu sus renacuajos ese mismo culto. Muévese iran estruendo. Así el ladrido de un can suscita en el silencio de la
noche el ladrar de los demás canes de la aldea. Alborotan hasta reventar.
Luego se abate sobre el escritor otra montaña de silencio, que puede
tener la densidad y la duración de la gran pirámide de Egipto.
De tales explosiones suele quedar memoria: una estatua, el nombre
de una calle, una lápida en gerundio. Si el héroe o genio no tomó la precaución de marcharse a la tierra sin dejar huella, está además expuestísisimo a que le zarandeen el esqueleto. En España, lo primero que se hace
-con los hombres ilustres es desenterrarlos. Del cadáver con pretens;ones
de celebridad que no ha sido «reivindicado• alguna vez, bien se puede
creer que usurpa su faina. La manía de la exhumación sopla por ráfagas,
como la del suiddio o la del desafío. Hace años, el Parnaso español pudo
meter que era llegado el día del juicio final: .no dejábamos a nadie yacer
tranquilo. Hubo un ir y venir de ataádes y un trasiego de huesos que
apestaba. Los poetas, siempre desvalidos, no se defienden. No así un
santo que hay en mi pueblo, hecho carne momia, en una caja de sándalo
y plata que huele muy bien-a santidad. Un obispo quiso traérselo a
Madrid, y el santo no lo consintió en manera alguna. Apenas la procesión
que se lo llevaba salía por las puertas del pueblo, se nubló el sol, comenzó a llover, se desbordó el río, y los fieles, gritando ¡ Milagro! 1Milagro!
obligaron a devolver el santo a su iglesia. A!&gt;egundó
obispo con otra
tentativa, y el santo volvió a llover y a tronar y a sacar el río de ma~e,
con lo que para siempre le dejaron en su capilla y en su cofre. Las glonas
de tejas abajo, menos bien en cour, no pueden desencadenar los elementos naturales sobre esas comisiones gestoras y juntas de centenario que,
con estilo de sub-comité electoral suburbano, hablan de «timbres• Y de

71

88

•florones», y se arrojan sobre los restos gloriosos para llevarlos de una
parte a otra, reprentando al vivo la fábula del asno cargado de reliquias...
En estos dfas que corren, la gloria póstuma de Ganivet padece un
recrudecimiento eruptivo. Se habla de él en algunas casas doctas; algún
periódico vocifera su nombre, no sin erratas, confundiéndolo insistentemente con Gavinet, el pensador hurdano, cuyas obras habremos de editar
a bajo precio, andando el tiempo, para qué lleguen al gran público; responden a tales clamores ecos de provincias remotas. Ganivet reaparece
con igual reputación que tuvo en los comienzos del siglo, cuando un
golpe de mano de la critica lo impuso audazmente a la devoción del público: la de inventor de España: apóstol y fundador de la patria espiritual
venidera. La persistencia de los lugares comunes que con periodicidad
mensurable se condensan en torno de Ganivet revelan, o que no se le
lee, o el desuso del juicio. Si este escritor estuviera tan presente en nuestro ánimo como suele afirmarse, la mente, al surcarlo, no lo respetaría
como a un fetiche. Creo .más bien que a Ganivet se le lee de joven, y
no se le echa de menos en la edad madura. Los que leyeron a Ganivet
hace veinte años y conservan el recuerdo de una impresión considerable
vuelvan a leerlo y a leerlo despacio, confrontándolo con las cuestion~
-serias que atacó: hallarán un caso personal interesante, una tragedia intelectua~, pero de su ob_ra se encontrarán a una distancia igual al progreso
cu111phdo por el espfntu del lector en punto a reflexión y orden y en el
-dominio de sus medios y de los problemas.
Ganivet es el tipo acabado del autodidacto, de cultura desordenada y
retrasad~, mente_ sin disciplina. Grande es la actividad de su espíritu;
lee'. medita; escnbe alguna vez. Todo lo va a poner en tela de juicio.
Quiere llegar a la «fuerza madre•, aislar «el eje diamantino alrededor del
cual giran los hechos del diario vivir», esculpir con sus manos su propia
alma. Pero si~mpre se nos aparece como abrumado y aterrado por los
problemas mismos, y escapándose de ellos mediante una pirueta. En el
fo~do,. ~s que solo le interesa su propia persona. La fugacidad de la vida,
la mutihdad del esfuerzo, ensombrecen su ánimo; impropera al Destino
89

�LA PLUMA
que no le permite escribir su nombre en la esfera celeste. No conoce la
ternura ni el amor, ni la naturaleza apacible. Su desesperación es sombrfa
y seca. Se resiste a aceptar la vida; y puesto que el vivir carece de objeto, le dará de su persona lo menos que pueda, encastillándose en su
fiera soledad. Es un bilioso, huraño; vive «requemado física y moralmente•; es misántropo y misógimo; en rigor, poco sensible: eso es lo que
le faltó para ser un gran artista.
Tal es Ganivet en el Epfstolario, breve colección de cartas que despiertan la maligna curiosidad de conocer no tanto las ulteriores epísto~as
del autor como las de su amigo y corresponsal Navarro Ledesma. Un biógrafo con más inteligencia y mejor gusto que Navarro, menos ofuscado
por la amistad, no tan propenso al énfasis espafiolista, más delicado Y
sutil, en suma, habría escrito en torno a Ganivet un libro magnífico probablemente; el hombre mismo, su ambición intelectual; su locura y su
muerte y aquel su sentimiento trágico del vado y de la insipidez de la
existen~ia son por sf solos temas fecundos; pero, tratados históricamente.
haciendo ~urgir a Ganivet del medio en que se crió y no se educó, hubiesen sido el germen de un libro que aún no existe y que acaso ya nadie lo
escriba: tan difícil es restituir el ánimo al punto crítico de fines de siglo.
Está por hacer el drama del español que, en el umbral de !a madurez.
cuando ya ha conseguido despojarse de los harapos con que vistieron su
inteligencia juvenil, entrevé su fracaso y descubre que no le restan medios ni tiempo para advenir a los órdenes superiores de la cultura. Tal
fué fntimamente el conflicto en que sucumbió Ganivet, victima de esta
época que no entendia ni entiende la pasión intelectual;. conflicto q u~ a
pocos perdona, del que unos se evaden arrojándose a ciegas en el histrionismo, y que otros devoran p.ua sí, con la triste certidumbre de haber marrado el blanco. Sólo no arriesgan nada los que, mejor orientados,
empeñan desde luego su talento, grande o chico, en las batallas del arribismo, donde no se pierde más que la vergüenza. En Ganivet, sobre la
desproporción entre los fines y los medios, hállase además una prevención hostil contra el ambiente europeo en que espiritual y físicamente
tenía que vivir sumergido. Él no lo dice. Acaso no se da cuenta. Con
90

LA PL U ~1 A
todo, cree uno verlo a dos dedos de considerar la civilización entera,
como una engañifa, y la historia de los pueblos cultos como una inmensa
mistificación. En esto es muy de su raza, donde pululan los hombres (sobremanera odiosos) a quien «no se la da nadie&gt;. Ganivet es demasiad°'
propenso a explicar los hechos históricos (los verdaderos y los imagina-dos) por pequeñas causas. Esa hostilidad, estrecha el encierro en que ya
él de por sf estaba puesto. No acertó a librarse. Si hubiera amado más,.
habría coqueteado menos y la salvación hubiese sido posible. Se excedióen aplicar por medida su existencia personal. Y cuando cree haber llegado al «eje diamantino•, abandona cabalmente toda veleidad critica, y
apacienta, en ¡,áginas de noble contextura, los sentimientos nacionaleshereditarios y las esperanzas españolas marchitas.
Navarro Ledesma, que no escribió la biografía posible de Gani vet (y,
perdió el tiempo en escribir la de Cervantes, libro nulo), proclamó desde
la tribuna del Ateneo la misión del autor del Jdearium: « ••• si existe una
España joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los.
hechos y por las obras del espíritu, el alma de es a España debe identificarse con el alma de aquel Ganivet, el filósofo, el poeta, el patriota: el in-mortal&gt;. Cierto: un hombre inteligente no se encuentra todos los días, ni,
aun entre literatos; pero Ganivet fué mucho más que eso. Ganivet fué el
primer superhombre, precursor de la humanidad futura, tipo moral y
físico perfecto, con su pequeña cabeza y su sotabarba: c ... era un hombreúnico y señero, distinto y desligado en todo y por todo de los demásseres humanos: un eslabón roto de esta servil cadena que humanidad se
llama: era más, mucho más que el vulgar homo sapiens, codeado y des-preciado aquí y allá diariamente ... No creo desvariar afirmando que era,
mi amigo un extraño ser, precursor de razas futuras, en las que, por virtud de no sé qué misteriosas selecciones, llegarán a condensarse calidades
y partes meramente humanas con otras de tipos zoológicos más antiguos,
y más fuertes ... • Bien. La arenga de Navarro fué aclamada en el Ateneo.
Pasó entonces por el cenit la estrella de Ganivet y lograron sus escritos
relativa difusión. Su figura de profeta y sus ideas llegaban a tiempo. Ha-blando de España, era el único que hablaba de ella con amor y dolor sin91

�LA PLUMA
perder el recato; no agredía, no injuriaba; no se le vió retorcersefen bas•cas de iracundia fluente; sus esperanzas, y los juicios históricos en que las
fundaba, caían sobre el lacerado corazón español como bálsamo lenitivo.
De entre las confusas memorias que nos restan de tales años, sobresale la
actitud general de criticismo acerbo, petulante, tan poco informado y tao
miope como la gárrula oquedad españolista tronchaga por la guerra. El
pesimismo era un refugio de la yaoidad; una tabla de salvación personal.
A los españoles de entonces, tanto como el hecho mismo de su reciente
derrota, les avergonzaba el sentimiento de haber hecho el ridlculo. Les
·.gustaba recibir badilazos en los nudillos: Costa les llamaba brutos, puercos, eunucos, y se hundía el firmamento con los aplausos. Tal estado de
espíritu no podía durar mucho, y, en efecto, no duró: fué mudándose en
,cuanto expiraron sin catástrofe los plazos señalados por Costa, y en cuanto
los españoles se dieron de bruces contra este hecho: que el seguir siendo
un pueblo es una carga que no se dimite sin más ni más y cuando se
,quiere. Ciertos escritos absolutorios de Ganivet-radicalmente opuestos
a ese estado de ánimo-fueron muy bien recibidos. Al fin se hacia justi.,cia pc1r un hombre moderno, librepensador, y que (¡cómo no había de estar enterado!) escribía desde el extranjero. Fué sobre todo bien recibido
por los jóvenes posteriores al ciconoclastismo&gt;. Había surgido un nom·&lt;bre que poder alabar, al menos en público, sin' ponerse en ridlculo. ¡Qué
descanso para las pobres almas, fatigadas de ser maldicientes! ¡Qué gozo
poder abandonar una postura incómoda y aflojar los músculos faciales
-c~ntraidos por una mueca de altivez, de hosquedad perenne; y poder
olvidar la propia y abrumadora importancia para dar vado a los instintos
de probidad y bondad que pocos pierden en absoluto! La causa profunda
,de la exaltación de Ganivet al rango de guia y maestro de una España
venidera consiste acaso, más que en la substancia ideal de sus escritos,
en una coincidencia de problemas de juventud. Todo Ganivet es un afa,noso tanteo de la vocación. La España de hace veinte años, ioorieotada,
-empezaba por preguntarse qué podría hacer, y los jóvenes, sobre todo
los jóvenes, los que aún no sabían a qui gene-ración iban a pertenecer, se reivolvíao, como Ganivet se revolvió, en un enredijo de cuestiones previas.

LA PLUMA
uanivet-dice en alguna parte Uoamuno-hubiera rechazado el calificativo de intelectual. Era ante todo un hombre; un creador... Cierto;
pero_ aspiró a crear por el pensamiento, y a la energía, persistencia y profun~dad de ~u pensar sacrificó no pocos ornamentos de la vida. Quería,
ser mdepend1ente, como en todo, en la función mental. Pretendía elaborar nuevas ideas, o ensayaba combinaciones nuevas de ideas recibidas
Este es un mérito que debe tenérsele muy en cuenta, porque estamos e~·
España, donde (y sobre todo en su tiempo) el oficio de escritor público
no supone siquiera la posesión de las primeras letras, y menos todavía
del ~ábito de discurrir. Escritores de fama hemos conocido que, tras de
publicar una veintena de volúmenes, han podido llevarse la mano al cráneo dicie~do: ~¿Pará qué servirá esto que bulle dentro?» Achaque viejo,.
como sena fácil demostrar buceando en esa formidable Biblioteca de Rivadeneyra, a donde a todos nos gusta decir que vamos a aprender el castellano· L o umco
' · que puede hacer creer en el reverdecimiento probable
del esplritu español es el hecho manifiesto de haberse enriquecido el
caudal_ de ideas circulantes, la apetencia más viva de adquirirlas y el
afáo-rncluso indiscreto, pueril-de lucirlas. Pero Ganivet ,fué tan inde
d"
,&lt;
-·
p~n •ente como él se propuso y se figuraba ser? Su noble esf11erzo ¿se ha
VlS to recompensado por algo verdaderamente nuevo ni sobre t~do de
~uficient~ solidez? No lo creo. Le faltaba quizás técnica; de fijo le falt~ba
•~formación; cuando rehace 1~ fisonomla de España está preso de sugestiones emocionantes, pero deleznables; pretende resolver ciertos problemas cuyos simples d:itos sólo una crítica severa podrá algún día fijar.
J?e todos los escritos de Ganivet, el ldeariitm Español es el que más .
~os '.mporta por el momento. El Jdearium es un libro •inspirado,. Le
mspira el amor a España, el sentimiimto patriótico. Su móvil profundo es
1~ necesidad de no verse-en cuanto español-solo, perdido en la historia, Y e_1 cons1gu1ente
· ·
deseo de poner a salvo los valores que naufragaban ..
El senti~o general del ldearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de
conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del
mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar fr[93

Q2

..

�LA PLUMA
•volamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofia de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en de,rechura a éonfundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce
estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el ]dearíum, libro atrayente, entre otros motivos, por
el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio,
así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo
,el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la críitica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías,
y en lugar de poner al descubierto la raíz de un hecho, lo envuelve en
una paráfrasis, en algo superpuesto que coincide con su forma, pero sin
--declararla más. Su propensión a pararse en simples diferencias verbales
entre las cosas, o, por el contrario, a establecer meras analogías verbales
entre las cosas, es funesta. Sea ejemplo su •explicación&gt; de política insular, peninsular y continental, que nada explica; o bien: la prueba de
•que los españoles nunca hemos servido para la gran organización militar,
es que a nuestro general más ilustre sólo se le llama Gran Capitán ... (Entonces, cuando nuestros abuelos le llamaban a Napoleón el Capt"tán del
.siglo, &lt;qué entendía Ganivet? ¿Que era inepto para ascender a comandante?) Una idea fundamental del libro es la supuesta e virginidad• del espíritu español; ocurrencia fútil y sin sentido, figurada en la primera página
del libro con una alegoría extravagante y equivocada, y desenvuelta lue·go en esta forma: ha habido una España romana, una España visigoda,
,una España árabe, una España europea; &lt;por qué no ha de haber una
España española?-En definitiva, esa España virgen, o esa España por
,nacer, postulan las normas tradicionales: e Continuemos-dice-con nues~tro sistema tradicional que, malo o bueno, es el fin nuestro.• El programa nacional del porvenir «debe estar sustentado en los sillares de la tradición..., porque habiéndonos arruinado en defensa del catolicismo, no
cabría mayor afrenta que ser traidores a nuestros padres y añadir a la
,tristeza de un vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someter,nos a las ideas de nuestros vencedores.&gt; No es esto un arranque arbitra94

LA PLUMA
rio; de las corrientes de ideas que ha combatido España durante tres y
más siglos, dice: «La Reforma no fué más que la manifestación de la rebeldia latente en espiritus que acaso no fueron nunca cristianos&gt;; y la
filosofía moderna, «desde Bacon acá... es de un valor ideal nulo.&gt; Como
el personaje de cierta novela que eón un «SÍ&gt; y un •no&gt; iba al fin del
mundo, Ganivet, con esas ideas, va hasta los confines de la historia. &lt;Qué
flOS está reservado a los españoles? «España debe intervenir a titulo de
nación católica en la cuestión romana, y a título de nación cristiana en
'la cuestión turca.&gt; La cuestión romana que nosotros tenemos que arreglar es la del poder temporal de los Papas. No es para asustarse; Ganivet
,cree que el poder espiritual vencerá a la potencia política establecida en
Roma.
En general, puede decirse que Ganivet no era un crítico demasiado
sagaz~ Las filosofías de D. Pedro Antonio de Alarcón le parecen cosa
buena; del criterio de D. Marcelino Menéadez y Pelayo en los Heterodo~os españoles, dice que es amplio y generoso; de doña Emilia Pardo Bazán piensa que no debió salir nunca de Marineda; Taine le parece un espiritu poco o nada francés; Velázquez es un genio «aislado•; el propio
Velázquez, y Goya, son genios ignorantes, no porque desconozcan las reglas, sino por carencia de reflexión técnica. Hombre de prevenciones
indomables, que le hadan rebotar con asco ante el solo enunciado de algunos problemas de nuestro tiempo: «El pueblo como organismo social
me da cien patadas en el estómago, porque me parece que es hasta u~
crimen que la gentuza se meta en cosa que no sea trabajar y divertirse...
Mucho amor, y mucho palo para los pequeños.• &lt;y las pobres mujeres?
•~l p_orvenir próximo de la cuestión femenina parece ser la gradual emancrpacrón, y con ella el rebajamiento del hombre y de la sociedad. y si
llega un día en que la mujer de carrera, hoy tolerable por ser uJt bicho
raro, se encuentre en todas partes..., habrá que suplicar a la Providencia
que caiga sobre nosotros otra nueva invasión de bárbaros y de bárbaras,
porque puestos en los extremos es preferible la barbarie a la ridiculez...
La civilización trae el rebajamiento, y el caso particular este de las mujeres nos lo patentiza•.
95

�LA PLUMA
Ganivet se ha confesado y retratado en sus obras. El progama del estudio que eseá pidiendo consiste en mostrar el tránsito de su exaltación
romántica de la personalidad y del concepto que tuvo de la voluntad a
los resultados capitales de las ideas que barajó: el despotismo político
ilustrado (La conquista del reino de Maya), la restauración del ideal his•
tórico español (Idearium), y la insurrección antisocial del individuo (Lo~
trabajos de Pío Ud). No es ya prematuro afirmar, aun sin conocer las
conclusione!l de ese estudio, que Ganivet, sea cualquiera la estimación en
que definitivamente se le tenga, debe decaer de su rango de apóstol de
la España futura: ni las aspiraciones que agitan a nuestro pueblo, ni las
ideas profesadas por demagogos y pensadores de :algún fuste vienen
de él.

PIEDRA BLANCA

f

CARDBNIO

ºr este tiempo /ué cuando a la 'Vuelta
una torpe ilusión desvanecida,
a¡eno al escarmiento, le dí suelta
de nuevo al alma y la salvé con 'Vida.
~

'G'u corazón, huido a donde /ragua
la soledad su triste encantamiento,
yerto y mudo yacía, como un agua
. . to
que se estremece al blanaiJo m ov1m1en
de. sonámbulas
ondas• 'Y ,uzmago
1 ,
b
s~n. sa er mi virtud; niño inocente
tzre la P_iedra y al romperse el lago
descubnmos un mund&lt;&gt;' di/erente.
U~ mundo cuyos límites no abarca
quzen educa su vista en la costumbre;
7

96

91

�LA PLUMA
LA PLUMA

un mundo como aquel a donde el 9lrca
patriarcal arribó, cuando la lumbre
del renacido sol secó la fria
mar desbordada, fforeció el capullo
de la rosa otra vez, y la armonía
pacífica fluyó en el tierno arrullo
de una paloma mensajera.

;}/ada
de cuanto en la luz vibra y el sonido
difunde, se le oculta a tu mirada
ni deja de tener eco en mi oído.
;Jlacen nuestras dos almas una sombra
sola, fundidas desde entonces, una
sombra en pena vagando por la al/ombra
de quimérica plata, que la luna
extiende a nuestros piés en los caminos.
'Y a los dos, para siempre de la mano,
leyendo en las estrellas, los divinos
designios se nos muestran y el arcano
de nuestra vida.
!Desde entonces, sueños
y realidades truecan su figura

ante tus ojos y los míos, dueños
de la razón y esclavos de locura:
(!Dueños de una razón sin otra norma
que el propio corazón -única piedra
filoso/al- 6sclavos de la /orma
simbólica del árbol con la hiedra.)
!Después el tiempo inexorable arranca
la flor de cada día ...
6 inconsciente
ante el enigma de esta piedra blanca
que evoca una e/émerides, la gente
tal vez no alcance a comprender y sienta
m_~edo del monstruo que le sale al paso,
hz¡o _de nuestro espíritu en que alienta
lln centauro con alas de pegaso.

A UNA MUSA VIVA
cSi, ya lo sé. .Ca !Primavera
rosas enciende en las mejillas,
per~ el tiempo no tiene espera,
veras las hojas amarillas.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

'Verás el campo mudo y yerto
con una mortaja de nieve,
tu corazón será un desierto,
pesadumbre tu gracia leve.
0sa luz tan clara y tan pura
en que viertes el pensamiento,
se perderá en la nada oscura,
tu voz no volará en el viento.
:Por más que le aprietes la venda·
a la f é que hace andar la noria.
¿Cómo quieres que no comprenda.
que la existencia es transitoria?
~e tornará opaco el color,
y flácido tu cutis terso,
se apagará con el amor
la música del universo.
.llegará un triste amanecer
que no oirás el gallo cantar.
- !De vivir alegre al no ser
hay muy poco trecho que andar~

-musgo mísero, que no yedraborrará cuanto te recuerde.
'Ven aqui, gocemos ahora,
por que no nos castigue !Dios,
de este sol que los montes dora.
{;l mundo es de nosotros dos.
{;l aire las nubes se lleva,
los torvos pesares se van,
abandónate y sé como {;va,
_yo seré el inocente 91.d.án.
'Grasciende la divina pauta
.Y el cielo se copia en la finfa.
Slaré de cañas una f[aut~.
cloy el sátiro, tú la ninfa.
.9 (1 suave son de este concierto

el cuerpo del alma se ayuda,
cuando de la siesta despierto
estás a mi lado desnuda.
-$e desgarra el último tul
irrumpe el sol, la vida empieza
'
pintada de verde y azul
renace la naturaleza.
•

.luego después, sobre la piedra
de tu tumba, una yerba verde
100

J

-

�LA PLUMA

LA PLUMA

'JI en líquido cristal fluye la /uente

ENDECHA
'Gus pasos no delatan ya mi huella
ni me alivia el andar tu blando peso,
falta en l~ música del mundo un beso ...
!Pero aún lloramos con la misma estrella.

SERENIDAD
91,cordes la razón y el sentimiento
el ánimo viril van ya templando
y responden sumísos a su mando,
el gesto, la actitud, el movimiento.
'[J{i gira veleidosa a cualquier viento
la veleta del alma; porque el cuando
y el cómo de las cosas, según ando
por la vida me muestran su elemento.
!De suerte que me tomá ese reposo
en que la luz divina se reparte
por la naturaleza indiferente.
102

el perenne concepto con que el arte
pone paz en la lid en que ardió el coso.

SOLEDAD
'Gráeme la soledad en sus horas lentas
los mudos ecos de un a/án diario
que en cien rotas memorias, el horario
marcan del tiempo en huellas incruentas.

'JI así, vano ha de

ser que luego mientas
románticos tormentos en tu almario,
espíritu s1,1,ti/ que al incendiario
corazón soliviantas con tus cuentas.
!Porque me he visto ya en el claro espejo
de esa razón serena que en un punto
ilumina el camino de los hombres,
y no he menester más de tu consejo,
!Dolor, que con 9/,mor vas siempre junto.
cSé que uno y otro sois tan solo nombres.
C. RIVAS CHBRIT
103

�LA PLUMA

TEATROS
W AGNERISMO
recuerdo no alcanza al estreno de La Walkyria en Madrid, que tantas veces hemos o ido referir con escándalo:
¡Aquellas representaciones en que el dir~ctor llevaba la orquesta con la partitura de piano en el atnll ¡Aquella traducción castellana-¿de Luis París?-que equiparaba el drama lírico de
Wagner a la ópera española, culminante como tal género en esta frase de
la Raquel de D. Tomás Bretón:
c¡Judías para rato hay en Toledo!,
¡Aquella resistencia de los abonados, que sólo ante la «Cabalgata• se
rendian ...1 Pero aún guardamos memoria del primer Sigfríed, que e~tonces se llamaba Slgfrído, y era el magnífico tenor Giuseppe Borgatti, en
quien Naturaleza y Arte daban espléndido mentís a la teori~, después tan
en boga, de que las óperas de Wagner, mal cantadas al estilo ale~án, estaban mejor que cantadas bien al estilo italiano. La interpretación d~
Borgatti, no superada en el Real de entonces acá, unía a 1~ má~ pura emt ·
sión de voz, propia del bel canto, la fuerza, la gracia, la animación dramática, en fin, de la escuela de Bayreuth.
•
Y, sobre todo, recordamos la que pudiéramos llamar cons.zgrac{ón del
Real al culto wagneriano con lá primera serie de la tetralogía completa
y el estreno de Tn·stdn e [seo, bajo la dirección de Walter Rabi y con
UESTRO

104

varios cantantes alemanes, algunos tan excelentes como la señora Gusalewitz. Entonces fué cuando el wagnerismo, como tal profesión de fe,
alcanzó el punto máximo de su desarrollo entre nosotros. Se generalizó
en el paraíso el uso de las guías temáticas, cuando no de la partitura
completa¡ se consideró irreverente la repetición tradicional de los trozos
hasta entonces inveteradamente interrumpidos por los ap)ausos de una
claque mal educada en debuts y despedt"clas de «divos,; decreció por modo
considerable la venta del argumento de la ópera a la puerta del teatro; y
hasta se constituyó una Sociedad wagneriana, que tuvo cierta prosperi-dad y no poca influencia en los eclécticos programas de la Banda Municipal. Aprendimos los neófitos a preparar debidamente el ánimo con
ayunos y penitencias (a que obligaban las horas, mal acordadas con las de
comer, de los espectáculos wagnerianos, y la dureza y estrechez de los
asientos desti nados en las alturas a los elegidos), y aun a hacer antes de
cada representación severo examen de conciencia. Bien es verdad que,
recién salidos del colegio, no nos parecían tan rígidas semejantes prácticas de religiosa comunión, a que jesuitas, agustinos o laicos de la Institudón Libre de Enseñanza nos tenían acostumbrados a los jóvenes. Únicamente los alumnos de los Institutos del Estado pudieron librarse de tales
nor_mas y resistir con cierto ingénit0 nietzscheanismo a la tentación wagnenana, merced a la indisciplina en que se habían enseñado.
No lo decimos a humo de pajas; estos livianos apuntes para una historia del wagnerismo en España, que brindamos al erudito acaparador de
datos, son exacto trasunto de nuestra experiencia personal. Hemos cono&lt;:ido al ingénito nietzscheano suso aludido. Era compañer0 nuestro en la
clase de «Teoría de la Literatura y de las Bellas Artes,, de la Universidad
Central. Y fué el único que se negó ter uinantemente a asistir con los demás a las representaciones wagnerianas. La preparación, a cuanto decia,
le había aburrido. Nosotros, inflamados del entusiasmo que el catedrático de la asignatura acertó a comunicarnos, no comprendíamos tanta ini.ensibilidad. La preparación se nos antojaba perfecta: Nos eacaminábamos los alumnos departiendo amigablemente con el profesor hacia las
primerílS frondas de la Moncloa, presididos sin duda por el romántico es105

�LA PLUMA
piritu de Rousseau, y logrado que habíamos el primer banco libre, el más
despierto de la clase abría la traducción de la Tetralogía, de venta a la.
sazón en la Contaduría del Real, y en medio del grupo que en derredor
suyo formábamos los demás, hasta seis u ocho, empezaba a leer:
«Acto segundo, Lugar abrupto. Aparece Brunilda en lo alto ?e una roca.
WoTAN
(Al pie, con escudo y lanza.) ¡Apresta tu corcel, virgen guerrera.
apresta tu corcell
.
BRUNILDA.
¡H6 hetoh6! ¡Ho, hotoh6! ¡Hotoh6!» (el lector asp~ra~a 1~ hache
fuertemente, pero no elevaba la voz con alardes h1Stn6n.:cos. antes bien, Ida con sobriedad y mesura). •1Aaay, háya1. ¡Aaay,
háyai...l•
Luego, en el teatro, guía en mano, comprobábamos con regocijo que
la austeridad del director alemán no nos escamoteaba ninguno de los largos parlamentos señalados en el libro c~n un asterisco-:--para eterno op:obio de la tradición ¡taliana que se atrev1a a cortar el hilo de las Parcas.
las discusiones familiares de Wotan y Fricka, o la relación del Viajero-,
y la comprobación de nuestra resistencia nos servia de descanso y nuevo
aliento para los actos sucesivos.
La guerra, que tanto ha influido en los destinos del mundo neutral.
en el que va incluido el sereno limbo de las Artes, ha trast~ocado órdenes y jerarquias, derrumbado imperios kolosales y descubierto muchas
fuentes cegadas. ~Que se ha hecho de nuestro wagnerismo?
La facilidad que en el desequilibrio económico de Europa hallan las
Empresas para proporcionarnos espectáculos inasequibles antes al público madrileño, nos ha deparado el poder asistir, no ya a unas cuantas representaciones de Wagner-perfectas en punto al estilo ~onvenient~ a
tales óperas y sobresalientes en lo que hace a la acabada mterp ·etac1ón
de algunos papeles principales, como los encome~dados a l~ ~eñora
Dahmen, al señor Kirchof y al señor Lattermann-, smo a la rev1s1ón de
nuestro wagnerismo de un tiempo, y deducir una enseñanza decisiva, que
bien pudiéramos condensar en este grito: ¡El wagnerismo ha muerto!
¡Viva la música de Wagnerl
De todo el aparato retórico, de toda la balumba pseudofilosófica, del
106

LA PL U ~l A
concepto grandioso cuya realización corona en Bayreuth el imperio germánico del arte, quedan una ópera magnifica, Trlstdn e /seo, algunos ac-tos de otras, modelos de expresión dramática por medio de la música, tal
cual escena sublime, y un mundo de cartón-piedra y oropel escénicos envuelto en el vapor de agua y las fogatillas con que se figura en el Real
cel fuego encantado•.
Por lo que hace a los espectadores, se ha llegado a una transacción,.
que hubiera parecido antaño imposible, entre el patw y la cazuela. Se
consienten y disculpan las estridencias de algunos ejecutantes; se permite
la admiración calurosa al protagonista, con menoscabo de la adhesión a~
conjunto indisoluble; se agradecen los cortes en la partitura, y ya no se
hace demasiado hincapié en las diferencias, antes fundamentales, entre la
gran ópera y el drama lírico, diferencias que no están tanto en la pretendida superioridad del argumento wagneriano sobre el libreto de Meyerbeer, cuanto en la dignidad artistica de una y otra música.
La experiencia hubiera sido cumplida si la Carmen cantada después
de la Tetralogía, justificara con una interpretación menos desmayada el
entusiasmo de Nietzsche por la posibilidad de una música medite"ánea,,.
melódica, sana, natural; y más todavía si en el repertorio del grupo francés se hubiese incluido el Pelkas et Melisande. As{ como así, la batalla
está empeñada ahora en el Circo de Price, en torno a Debussy. El público de la Quinta y La Revoltosa, de la Overtura de Tanhauser y La boda
de Luis Alonso, ha protestado la /ben.a del autor de L'apres midi d'unfaune. La culpa es del Sr. Pérez Casas, que acata la dirección del Circulo
de Bellas Artes en la confección de sus programas. Bien está que se proteja y estimule la produccióu art{stica nacional; no es la mejor manera
pretender sacar al glnero chico de las casillas donde yace. El señer Arbós,
a quien vimos dirigir un Concierto de música española el año pasado,
en la Ópera de Paris, pudiera decirnos si aquel público tan comprensivo
supo o no discernir entre el fárrago de Pows gitanos y demás colorines.
locales, la música, española si, pero música sobre todo, de Manuel
de Falla.
Pero los bailes rusos anuncian su vuelta a Madrid para la próxima,.
107

�LA PLUMA

LA PLUMA
primavera. El estreno de El sombrero de tres picos será digna señal de la
.colaboración española en la Sociedad Artistica de las Naciones.

FLORENCIO SÁNCHEZ
No para estrechar lazos, que de tan apretados ahogan a veces, sino
para representar comedias, ha venido a Madrid la Compañía Argeatina
de la señora Camila Quiroga. El éxito no ha podido ser más halagüeño .
Desde el primer dla la prensa batió palmas en su honor, y el público, un
tanto remiso en acudir, llenó el teatro en las últimas representaciones.
Bien que no hayamos podido asistir a todas, faltos de tiempo, harto
aprovechado por la Compañía en dar variedad al cartel, y nada sobrados
de plata con que pagar los elevados precios señalados a las localidadespues la D irección artlstica, con exagerado respeto sin duda a nuestra independencia crítica, no nos ha favorecido con ningún billete de los prodigados a los periódicos-, hemos conseguido formar juicio acerca del
teatro sudamericano-ya que no sin cierta preferencia por:los autores ar,gentinos, se nos han dado obras de algún escritor chileno y, las mejores,
de un uruguayo.
No era desconocido en España el nombre de Florencia Sánchez, e incluso José Tallavi había representado con poco éxito en el Español un
drama suyo, Los muertos. Ha sido, con todo, para nosotros una revelación,
y es de esperar que, visto el triunfo de Ba"anca abajo, alguno de nues·tros primeros actores lo incluya en su repertorio.
A nuestro entende.r, Ba"anca abajó es la obra maestra de su autor,
,cuya temprana muerte añade tan romántica simpatía a su figura. Los mis,mos elementos que componen en términos generales el resto de su teatro-de que hay escogida muestra en una reciente edición d@ la cEditorial Cervantes•, de Valencia-, lucha entre padres e hijos, la fa,alidad
-del medio ambiente, la enemiga entre el campo y la ciudad, el anárquico
pesimismo que la realidad le inspira, se concretan con simplicisima y
,grande fuerza dramática en Barranca abajo, donde el color local, la re1,producción exacta de tif,OS y paisajes, la viveza del diálogo, sólo sirven
1o8

de marco a un conflicto sentimental que, si circunscrito en su apariencia.
exterior a caracteres argentinos, alienta con una pasión humana que lo
hace universal. Hasta Florencio Sánchez, el teatro rioplatense bárbaramente popular en las primitivas pantomimas de circo gaucho, mera adaptación de los géneros inferiores del europeo en las primeras comedias na-cionales, podrá ser de costumbrts más o menos argentinas, pero no es
teatro. Después ...
Después, y por lo que hemos visto, es demast'ado teatro, en la peor
acepción de la palabra. Se parece harto al mal teatro de todas partes, y
especialmente al italiano. Las comedias de salón se parecen al teatro italiano imitado del francés. Cierto que, dicho sea en honor de los dramaturgos sudamericanos y contra la mal enteadida protección que se dignan,
dispensarles algunos críticos de la madre España, no pretenden seguir
las huellas de Calderón, Lope, ni Tirso. Ventajas de no tener tradiciones
arraigadas... en las columnas de los periódicos.
La Compañía de la señora Quiroga es buena. El conjunto que ofrece·
es muy superior al de cualquiera de las españolas. Interpreta acabadamente las obras de carácter popular. Se ve que los actores argentinosimitan el ejemplo de los italianos, y aún mejor diríamos que lo son. La
señora Mancini, los señores Escarsela, Acchiardi, Olarra y Fregues, la señorita Arnoedo, son cómicos de primer orden. La señora Quiroga, muy·
bella, los preside dignamente y, lo que es más, nunca sacrifica a su lucimiento personal el reparto de una obra, ni condiciona su representación,
la circunstancia de tener ella o no el primer papel.
Los actores argentinos han ido de Madrid a París. ,Alli verán cómo,
todo el arte teatral no está en el Boulevard ni en el Francés. Ni se arredren melancólicos ante los esfuerzos de Gémier por bajar del escenario
a la pista, de que sus antecesores argentinos desertaron. Verán que el
teatro más moderno, de tan realista o de tan idealista, no tiene decoraciones. Lo cual evita, por lo menos, el ponerlas malas.

UN CR1TICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA

APUNTES PARA UN A GEOGRAFÍA
MUSICAL DE E-UROPA. 1920
IV INGLATERRA
de las cosas que parecen haber sido carac~erísticas de
Inglaterra, fué la fidelidad guardada a l~s pas1~nes que la
conquistaron del modo más rápido e 1m1:rev1sto. ~o~ lo
menos en arte, o, más por lo menos todav1~, en, mus1ca.
En este aspecto, Inglaterra tiene con Esp·~na mas. de un
punto común; pero en el plano de su modernida~ musical, 1~ ?1f~rencia es completa, porque mientras lo que caracteriza a la nac1on msu:
lar es su firme voluntad de tener un estilo moderno, entre nosot:os, s1
existe éste es bien a pesar de la pluralidad de gentes de) ,ofic10. No
hay que c¿ntar, claro está, co~ los «s_eniors» de la ~rofes1on: En ln.glaterra, tanto como en Espana, se dieron una mana especial para
erigir una falsa tradición a la que rodearon de todos los resp,etos Y,
como era falsa, daban el grato espectáculo de q?e ~ua nto mas acatamiento guardaban a sus formas exteriores, ma~ hndam~nte se les
escapaba el espíritu de la cosa. Si hoy pretendiese algmen qu~ el
modernismo tan activo despertado en Inglaterra ?es?e fecha re~ien\te, no es más que una repetición del fenómeno md1cado, podna teNA

m

11er apariencias de razón si, por fortuna, aquel país no contase con
.algunos músicos que, esta vez, hagan creer que se trata de algo de
más hondo arraigo.
Amorcitos ligeros de solterones a los que se guardó luego fidelidad perdurable. La vieja gran Bretaña: comenzaba a aburrirse de
sus músicos isabelinos, cuando llegó como un cometa de radiante
cabellera el exuberante Haendel, todo sonoro del más espléndido
italianismo operístico. Un siglo después, todavía reinaba sin rival en
los corazones más embebidos por el sentimentalismo de las «ballads»
cuando otro hermoso invasor, galantería llena de encajes los emborrachó con su perfumado marrasquino; Mendelssohn tenctría todavía
en Inglaterra una adoración muy estilo Nuevo Testamento, tanto
com_o Haendel lo f~~ al estilo del_ Viejo, si otro músico de las postrimenas del Romanticismo no hubiese aparecido por el Oriente rena110 con todas las exigencias del perfecto músico protestante.
La impersonalidad brahmsiana era, en efecto, la más perfecta hechura en que acomodar el espíritu musical inglés de fines de siglo.
'Toda la música victoriana parece la creación irremisible de un pastor
evangelista. Tschaikousky fué después su último estremecimiento.
Luego, pasa de un salto a la época moderna, en donde las más diversas tendencias conviven con los residuos tradicionales en una
amable e indiferente cortesía.
La fragmentación c!el credo actual se apodera de Inglaterra sin
haberle dado lugar a gustar de las efímeras irisaciones del simbolismo y del impresionismo. En música, simbolismo quiere decir estéti-0a, e impresionismo, técnica. Cualesquiera que sean las tendencias
de los novísimos compositores ingleses, hay en ellos menos intención del inte.riorismo peculiar de aquella estética, y menos luminosid_ad '! frescu_ra externa pr~pia de los materiales que utilizaba el impre-s1omsmo. S1 se busca que es lo que constituye el esqueleto de un
arte, esto es, el sistema orgánico que le hará tenerse en pié, se en•contrará que, naturalmente, es un principio constructivo, y será él
1~ que ~segure su ~liación con mucha mayor veracidad que sus manifestaciones exteriores. La herencia artística, como la fisiol~gica,
n? se obtiene por procedimientos circunstanciales, sino por filiación
directa. De aquí la conveniencia de los cruzamientos que en arte son
tan eficaces cuanto combatidos.
11 I

u,10

�LA PLUMA

'

1

LA PLUMA

Fuera de Eugene Goossens, que siendo el mus1co más ~onsiderable de la joven escuela inglesa, no es un inglés de raza, los demás
muestran en su sistema óseo demasiado homologismo con lo escolástico de su país para hacer sosP,echar que lo joven en ellos no es
más que sus treinta años. Diversos «ismos&gt; los caracterizan; pero en
ellos-como también en Italia y en España-esos matices, ¿son algo
más que veleidades? Vemos unos orientalismos puramente superficiales, unos modernismos «fin de siecle&gt;, unos nacionalismos que
andan informándose, indagando razones que presentar, y hay 1 final
irremediable, unos tradicionalismos que se remontan, como en todas
partes, a los tiempos heroicos del clave y la espineta.
Pues, con todo eso, la música contemporánea de Inglaterra tiene
un color propio, y no la aqueja ya aquella impersonalidad de sus antecesores. ¿Y en qué consiste? Pues en el fenómeno general que se
observa en toda la geografía musical europea, y que consiste en que
la gente nueva descubre lo que, !:iiendo tradicional er.. su país, lleva
en su fisiología, ¡;erfectamente asimilados, gérmenes de un exotismo
renovador.
Clara y lisamente: que su organismo artístico está «mejor alimentado&gt;. (Academia=cristalizacióo. Conservatorio=clorosis. Aquéllo significa parálisis; éstos, degeneración.)
Pero véase que una cosa muy importante diferencia el poder de
asimilación de los jóvenes músicos ingleses, consecuencia de su
buen deportismo, de las ifl\Ítaciones pasivas, exteriores y sedentarias de las viejas épocas a la moda de Haendel, etc., etc.
Nosotros pondríamos un nombre a esa función del excelente organismo de los jóvenes ingleses: «facultad de occidentalizau. En
efecto, ahora que se habla de un occidentalismo musical de creación
reciente, se ve que es la nueva escuela inglesa quien ha sido la iniciadora. No tenemos mucha simpatía nosotros por esa facultad, cuyos ingredientes son ciudad
sociedad. Algo gris, gasolina, gran
hotel y smocking a sus horas. Entre la facultad de asiaticismo de
los rusos, de mediterranismo de los franceses o la del expresionismo
actual de los alemanes, que consiste en encontrar la tripa de carnero
a través de la cuerda de violín, desde luego preferimos las dos de
en medio.
Si se me pre¡untase por algún ejemplo de lo más típico de: ese

occidentalismo, contestaría sin re
Lord Berners, profundamente disti~~~o mostrand? ~ &lt;?oossens y a
les-por lo demás-, y tan gran hom~reen sus ?tstmhvos personateur e~te otro; Goossens con su creciente d~~~2c10
aqttél, como ama1
• ª " n por la dureza y la
enérgica expresión de ¡0 pétreo y 10
se en puntas d e .:nstal
·
estallido d mticizo
. .
, Berners con su romperzadas en todas direcci¿nes.
e ns,1s cortantes como aristas, lanEllos, tanto como los músicos de tend
.
~han-Williams, nacionalistas como lrela enc1as_poéticas, como Vaunl Scott, u ori~ntalistas como Bantock-~~• o P!ntorescos éomo Cynos vamos aleJando demasiado de
\J no c1!amos más, porque
parse por la riqueza del color y la 192~)~d c0m1enzan a despreocupe~~liare_s a las primeras músicas ~:~c'f~' ad _del material sonoro.
Mus1cos ingleses de menor nombradí: g o, mixtura r~so-francesa.
más fieles a esos principios en cuy d , ~ero . muy estimables, son
do Scriabin y Schoenberg es
~ eca enc1a tal vez hayan influíBerners parece enfrascado ~n d~~~:~~s e atent~mente ~n las Islas.
do fórmulas casi algebráicas
F. xpres1ón musical, buscanGoossens busca en algo que ta;;:;,.:us ragmmts pkysiologiques, y
gún informes reservadísimos en ~ n 1:reocupa en Alemania Y, seun sistema exclusivamente
á . spaSa: el fundar la música sobre
acaba de estrenar seria di ná ~tco. u poema Etern«l Rytkm que
I
A
d d S
n m1camente lo qu
Tr
• •
ccor: e choenberg es al arm . _
e e1 vcrscluedenu
Ahora toma
ontsmo puro.
trales.
mos el tren para buscar a éste en los países cen-

di

ADOLFO SALAZAR

+

112

8

113

�LA PLUMA

BUSCANDO SU HUELLA
C:omo arriba
no le encuentro,
la escalera
bajo presto:
quizá le halle
en el huerto.
CVoy al banco,
voq al seto,
voy al pozo, b4jO el tilo
predilecto;
llamo y busco,
voy y 'Uengo,
más... en vano,
que en el huerto,
cual arriba,
nada veo...
C:omo manos invisibles
van los vientos
a su paso
sacudiendo
con gran furia
,14

los abetos.
..Clueven hojas
llueven pétalos ...
&amp;n el pozo verdinegro,
sacan agua:
sube el cubo y va gimiendo.
C:on angustia
voy y vengo;
por la verja
salgo y entro.
CVuelvo arriba...
Qrave y lento
el reloj
mide el tiempo...
..Cos salones,
en silencio,
se recogen
tras la sombra y el misterio.
'llna 9,tusa
alza el dedo

señalando
hacia el cielo...
'Godo solo
todo escue;o
como páramo,
cual desierto
'
como triste
cementerio...
cSalgo al punto
Y el extenso
corredor
atravieso.
&lt;Subo al alto ' mas t,10 mzsmo·
•
nada encuentro
.
.Ca veleta,
···
en extraño voltejeo,
hace burla
de mi duelo.
fe_or el largo caracol
szlba el viento
.Ca redonda ci:raboya
es un ojo que da miedo...
.Coca, bajo
los estrechos
escalones;
huyo luego
por los grandes
aposentos
silenciosos,
Y de nuevo,

-

angustiada,
corro al huerto.
.l:os
rincones escudrzno,
.J
touo exploro, toJ
uo veo·
la avenida
·
de los fresnos
el ruinoso cobertizo
.
donde duermen los cone¡os
e l estanque,
'
los senderos
los recodos.:.
¡fN~da encuentro/...
¡fNz sus pasos
hallo impresos
en la tierra!
¡fNi los ecos
de su voz
guarda el viento!
fJdo es todo,
nada espero;
han volado
los
gorriones
de los suen-os,.
•1
J
soto queuan
los recuerdos
como buhos
agoreros...
'Una lágrima rebelde
una lágrima de fuego:
rueda y cae
por el suelo

'

�LA PLUMA

-gruesa gota
que, sediento,
traga ansioso
el sendero.'Goca y entra
el temido sufrimiento...
'JI a su yugo, resignada,
tiendo el cuello...
,..fJunto al tilo
predilecto,
-ya sin hojas,
cual fatídico esqueleto,sobre el banco de madera,
caer dejo
el gran fardo
de mi cuerpo...

';}legra nube
cruza el cielo
cual un torvo
pensamiento,
cual presagio
de un gran duelo,
9,(,uere el sol;
hunde el viento
sus rencores en las ramas;
tiembla el seto,
y en el pozo
verdinegro
que los musgos
han envuelto,
la mohosa carretilla
lanza un grito lastimero...

MARIA BNRIQUBTA

116

LIBROS Y REVISTAS
Jnllo Camba.-La rana r,iajera.-•Calpe•, Madrid-Barcelona,

1920.

Al pie de la cubierta y frente al título de la casa editorial, se lee: Los humoristas. Est~ rana viajera figura, pues, clasificada por el coleccionista en un rango literario que la define ante el lector, para quien "l libro ha de ser, por la
etiqueta, cosa densa. Al crítico le quedan dos caminos para juzgarlo: Limitarse a la autoridad de las retóricas y decidir si está bien o mal según se ajuste o
no a los preceptos doctrinales del humorismo como tal género clásico-aprendido en las clases-, o deducir lo que es el humorismo de lo que los humoristas-con voluntad de tales-escriben. Nosotros preferimos este segundo criterio. Y con arreglo a él se nos muestra el humorismo, por arte de Julio Camba,
como amenísima manera literaria de decir en broma las cosas de sentido
común.
Julio Camba confiesa lisa y llanamente en las dos primeras págiuas, la
intención del libro: Hace ya algunos años, el director del periódico doude a la
sazón escribía, le mandó al extranjero. •Mis artículos de entonces-dice-,
como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de
estudiar experimentalmente el carácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había en ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones
de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol...
Y si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la civilu:ación
europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el resultado: una serie
constante de movimientos absurdos y de ,.ctitudes grotescas. Ahora el poeta
vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca... ¿Cómo encontrará su
charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años?
•Mientras he estado ea el extranjero, yo he tenido un punto de referen.cia
para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente porque
yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de todos l?s
valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto de referencia.
Forzosamente haré comparaciones con otros países. Y no sólo resultará que
España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve ape117

�LA P L U l\J A
LA PLUMA
nas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable.•
Continúa por lo tanto Camba la dirección moralista del grupo de escritores
conocidos en bloque por la «generación del 98•. Sólo que al tono elegiaco ha
sucedido la alegre ironía, y al énfasis serio, la simplicidad ligera. En el fondo
la intención satírica es la misma, y el mismo también el lírico egotismo de entonces, si bien disimulado cuidadosamente, con cierto pudor, que evita toda
expansión propiamente poética ¿Esta limitación preconcebida, puede llegar a
constituir un defecto por encallecimiento de la sensibilidad? En todo caso preferímoslo cien veces al exceso contrario.
Fino costumbrista, agudo observador de la realidad diaria en su aspecto
cómico, ha sabido Camba en sus crónicas de El Sol-de que son excelente
muestra las reunidas en este volumen-conferir a su obra una dignidad rarísima en la nefanda literatura de los periódicos, dignidad no tanto literaria cuanto de intención, por el espíritu liberal quP. anima sus divertidas moralejas en
las que siempre se advierte un sincero propósito antifilisteo.
Si por acaso el lector echa de ver en las sátiras de La rana viajera cierta
falta de imaginación, es decir, de esa voluntad de interpretación cómica del
mundo por la reducción de la realidad al absurdo, con que suele por lo general mostrarse el humo,- de los humorislas extranjeros, ello demuestra hasta qué
punto el humor de Camba se alimenta en la observación directa de la vida española, de suyo tan absurda y disparatada que háse\e de buscar el contr~ste
grotesco inventando paraísos, perfectamente terrestres en cualquier otro clima
espiritual.
.
Ha conseguido Camba una popularidad merecida y, lo que es más, _la ¡usta
apreciación ele su esfuerzo artístico púr huir de los dos grandes enemigos d~l
espíritu del escritor: la vulgaridad, en que se pierden los afanosos de glona
callejera, y la pedantería, en que se malogran los sedientos de lisonjas de corrillo. Habrá quien quiera confinarle en el género chico, diciéndol~ ~ue el género chico es el grande, y quien pretenda incitarle a hacer oposiciones a la
cátedra de Salmerón&gt;, valga el tópico anacrónico. Camba, que merced •a la
vis cómica nativa ha sabido ascender del periodismo a la literatura-aún hay
ciases-, nos debe, con o sin etiqueta de humorista, un libro nacido para tal, no
sólo la selección anual de sus crónicas, cuyo mayor precio a nuestros ojos está
en el sentimiento de unidad que las preside.
C. R. C.

•••
Ra~ón Gómez de la Serna.-El drama del palacio deskabitado.-EditorialAmérica, Madrid.
Reúae este volumen cinco poemas dramáticos en prosa, escritos hace ya
tiempo por su autor, e incluso publicados separadamente en ediciones juveniles, según dice la advertencia inserta a la mitad del libro, donde se cuentan
ade:nás algunas curiosas vicisitudes de tal cual de estos ensayos teatrales en

J18

su n~nnata vida escénica. ~o se induye_ el más interesante acaso, si no nos
enga°:a nuestro buen recue_rdo de su pnmera lectura, el titulado Un cuento de
1
Calle1a, recientemente reimpreso por la Editorial de este nombre· e
•
Beatriz, ~fortunada réplica a ~a Salomé de Osear Wilde, que con el adtE
El lunát1C11, nos parece lo me1or del tomo.
'
No quiere Gómez de la Se_rna que sus dr~mas formen parte de ese «es antoso Teat,:o para leen. ¿Cons1gu_e su propósito? A nuestro juicio, no. Un &amp;-ítico ext_ran1ero, grandemente aficionado a la producción de Gómez de la Se
le estima como uno de los mejores poetas españoles contemporáneos ri:1•
duda alguna, el gran temp7ramento literario de Ramón, como él gusta ll~a~~
se. a. sec~s, propende al hnsmo, y a~aso uua de las razones a que se debe su
o~~g1nahdad está_ en _la desproporci6n, el desequilibrio entre los temas ue
ehJe Y su expres1óu madecuada, voluntaria, conscientemente arbitraria. q
Adolecen, pues, su~ dral!1as de falta de vigor dramático, y, no ob4stante !&gt;U
b~eved~d, de ~x_ceso hterano, ?e poca concisión. Más que tales dramas son
divagaciones lineas en prosa dialogada.
'
Es verdad que la ma~or parte, si n_o todos, son obra de juventud, primeros
tanteos en que lo_ más digno de aprecio, cuando se publicaron, era su rebeldía
a las normas cornentes entonces; y si hoy no seducen desde luego al sim le
lector, como alguno_s trozos escogidos de la literatura posterior de Ram~n
son suipamente curiosos para el crítico, que ve esbozuse en ellos ¡¡,_ maner~
Yª tan acu_sada y personal de este escritor, sin duda el más literato de los jóvenes nacidos al mundo de las letras después de los que en la actualidad ostentan y aun detentan el nombre de maestros.
•~nevas carpeta~ con dramas esperan la hora propicia de un teatro que
necesite el repertorio del que no quiere ir al teatro.• A buen seguro, que por
~';1Y apartado del nu~stro que pueda ser cuenca el criterio artístico de Ramón
?!lle~ de la ~erna, siempre nos sorprendei-á con nuevas muestras de ese esp1ntu mdefin1ble que alimenta la obca del verdadero artista.
C.R. C.
• **

~~a~

Romain Ro,lland.-Clerambault. Histoire á'une conscience libre pendant la guerre.-Pans, Ollendorff, 1920.
í «Pa~a mí-dice Cl_erambault-es libre el hombre que puede desprenderse de
~ frop10, de sus pasiones, d e sus instintos ciegos y de los del medio y de los
e momento, n~ para obedecer a su razón, como suele decirse-la ;azón tal
co:;io la entendéis, es un engaño, es una pasión más endurecida intelect~ali:;'" a, Y por tanto fanatizada-, sino para tratar de ve~ por encim~ de las nubes
he J?Olvo que levant:1n los rebaños en el camino del presente, para abarcar el
d onzo~te, a fin de situar lo que sucede en el conjunto de las cosas y en el or~n umversal.:. para op~n~rse con plena conciencia [a las leyes del universo)
siuson ~ontrana~ a la fehcida? y al bien. Porque la libertad consiste en esto
q e e 1 ombre libre es por s1 solo una ley del universo, ley consciente, únic~
que está encargada de hacer contrapeso a la aplastante máquina ... • Cleram119

•

1

�LA PLUMA
bault adquiere penosamente esta idea-idea capital del libro-y la formula,
poniéndola como base de su polémica contra todos los que. sea rutina o cálculo, se dejan engullir por el calma multitudinaria•. ~ntes de hacer ese d~scubrimiento, Clerambault-poeta famoso, burgués feliz, no muy sobrado de rnteligencia-no era libre: no era libre en la paz, pues no se hab1a preguntado cuál
podría ser el valor verdadero de sus ideas generosas y vagas, ni de su creencia
en el advenimiento próximo de la fraternidad universal, confrontándolas con el
«conjunto de las cosas•; no era libre en la guerra, al comienzo, cuando apenas
repuesto del estupor que le produjo el derrumbamiento de sus ensueños, se
puso a cantar, confundido con la turba, «despersonalizado•, la guerra y la patria. La furibunda acometida que da a la patria, a la nación, cuando están en
guerra, no la dió contra el ficticio r~~oso anterior, bajo_el qu~ ~e escondía un
orden podrido, En el fondo, tan prisionero de la multitud v1v1a Clerambault
antes de la guerra, como al arrojarse al arroyo del boulevard, 3:ullando su patriotismo; pero en esa segunda postura. hundido _m,oral y m~tenalmt;~te en las
turbas, víctima del contagio, está lamentable y ridículo, ébno. Un h1~0 de Clerambault, Máximo, se alista voluntario. «Una oleada de alegría heroica arrastraba a su generación. ¡Hacía tanto tiem~o que aguardaba (yaº? se atrevía ª. esperarla) una ocasión de obrar y de sacrificarse!» Cua?do las n~gr_atas r~ahd~des de la guerra. sin quebrantar el ánimo firme, enfrian el ard1m1e~to Juvenil
de los primeros tiempos, y se inicia la divergencia de los combatientes con
los civiles en la apreciación del giro de la campaña, Máximo perece. Golpe
terrible, que despierta la conciencia de Clerambault. En rigor, era hombre 9.ue
había reflexionado poco. El infortunio, que a muchos les hace con~~er a Dios,
a Clerambault le cura de frivolidad. Pensando en la muerte del h1Jo, se pregunta: «¿Para qué? ¿Por quién? Era men':ster. al m_enos ~ersuadirse que por algo
grande y necesario.• Pero: «aunque tuv1ese1s vemte mil veces más razón_ en la
lucha, la razón ¿vale los sacrificios con que hay que pagarla?• La conclusión_ es
negativa. En la guerra, quienquiera que sea el victorioso, siempre es vencida
la Humanided. Y entonces, sobre el pobre Clerambault, se desploma esta verdad: el culpable del estrago, el culpable de aquel derroche de las energías juveniles de Europa, es él, y con él su generación, la de los hombres maduros,
que han ofrendado la sangre de sus hijos al ídolo patriótico, en que no creían;
ante los muertos se acusa, y les pide perdón. Es el momento en que _la conciencia de ClerambauJt cobra libertad; es come si adviniese a la dignidad de
hombre: «Todo el que es hombre de verdad-dice M. Rolland en el prólogodebe aprender a estar solo en medio de todos y a pensar sólo por todos, Y
caso necesario contra todos.• Clerambault lleva valientemente el. fardo de su
su libertad. H;cen falta almas como la suya: «por la sumisión cadavérica de las
iglesias, la intolerancia sofocante de las patrias, y el unitarismo _entontecedor
de los socialismos, volvemos a la vida gregaria.• ¿Y cuándo más mtolerante la
patria que en el trance peligroso de una guerra? Clerambault emprende contra la aberración del instinto patriótico, contra la inútil matanza, contra el heroísmo infecundo, una aventura desigual. No le basta que la luz se baga en su
alma: quiere desligar su responsabilidad e impedir que se pierdan todos; la
alternativa es clara: o dejar que el daño SI! cumpla, dejar que los demás se
120

LA PLUMA
pier?an, o arriesgar.;e a hacP.rles daño, a lastimar su fe, a granjearse su odio
por mtentar salvarlos. Clerambault acomete la gran quijotada. Publica su e Demanda de perdón a los. I?uertos•, un adi_6s a la patria que amó. «¡Patria! ¿Po.t
qué nos has hecho tra1c1ón?... P~tna vendida a los ricos, a los traficantes con
el ~lm~ y los cuerpos de l~s naciones... que te gozas en encender el celo san1:umano de los pueblos, diosa de presa, falso Cristo que revoloteas sobre la
mata!lza, con tus alas en cr_uz y garras de halcón. ¿Quién te arrancará de nuestro cielo?• ~lerambault se p~e~a la vida. La familia y los amigos le abandonan;
una campa°:ª de rr~nsa, dmg1da por su camarada más antiguo, Je denuncia
com? enemigo pú_bhco; encartado en un proceso «contra el gran complot derrotista•. un patriota frenético lo asesina.
Monsieur Roltand advierte desde el principio que este su libro no es una
novela. En efecto, es un libro de historia y de moral. Describe la repercusión
de la guerra en un espíritu honrado, since1:o y generoso, pantalla puesta por
el autor para proyectar sob_re ella los conflictos que agitaron la vida intelectual
Y, moral en_ cuanto se. ro~f)IÓ la paz _de Eu_ropa. El propio Clerambault apenas
si es un ca1ácter, un 10d1v1duo, un tipo. Cierto que padece .-o sus sentimien!OS personales, en su afecto de marido y de padre; pero eso, en realidad, nos
interesa poco, nos conmueve poco; se ve de sobra que eso no tiene más que
un valor figurado. En Cl_erambault se agita y sufre una conciencia que no siempre p_are_ct; encerrada, s1 puede decirse así, en los límites extrictos de una pers~na 1nd!v1d~al; creemos ve1 un alma enorme, difusa, prendida aquí y allá,
P r los ambitos del mundo, a las vidas torturadas de que es vocero Clerambault. Lo q11e nos importa en este poeta es el conflicto mismo que define y representa, Y en la medid_a que el conflicto se ha insinuado en nuestro espíritu.
El autor h~ye de reducir el tema a un caso dramático particular, y desde un
punto de vista de filósofo de Ja historia y de moralista juzga a Jos hombres en
l.a guerra, Y_ sus móviles, y el valor de las ideas que soÍían defender: el fallo es
condenatono.
Aunque no sea «Clerambault» un libro autobiog1·áfico las observaciones
:\1. Rolland ha podido_hacer a su propia costa desde 19'1 4 se hallan de seg_ 0 aprovechadas en la pintura de los desengaños y malandanzas porque atrav;er5a el apóstol del humanitarismo. Y también se saborea esa experieneia en
~ ~rm~nto á~ido qu': destilan muchas páginas, por las que desfila usa galería
e tipos (sab10s, escritores, políticos militantes, y gente! sin notoriedad: burgueses, soldados), en algunos de los cuales se aglutinan rasgos tan peculiares
ue nos tienta el maligno gusto de ponerles un nombre conocido El curso de
1&lt;Ios
' ·
·
b'1 est ª d os d e _ammo
porque ,·a pasando Clerambault no es ciertamente
autod ~gráfico. ~a id~a ~eueral del libro ha obligado al autor a suscitar en el alma
e persona1e principal todas las reacciones imaginables que podía producir la
iUCrra. Cada una de ellas, aislada, es verdad históricamente· quien más quien
menos,_ei~ nuestra corta experiencia personal, todos hemos podido comprobar
que existieron. Verlas pasar por un mismo sujeto ya es muy raro; el arre!)ato
bon ~ue el gran corazón de Cleramhault se va aohiriendo a ellas hace de este
re un ser descomunal. Así, tras el primer desengaño de s~s esperanzas
,pac cas, Clerambault se abraza al embeleco de la «guerra contra la guerra».

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qi:

ºm

12(

�LA PLU.MA

LA P L U 11 A
•Quería persuadirse que aún podía aceptar el hecho de 1~ g~erra y participar
en él, sin renegar de su pacifismo de ayer, de su humamtansmo. de anteayer,
ni de su optimismo de siemprt-... Clerambault ccmeozab~ a ~abncarse una tesis, un ideal-absurdos-donde se acordaban los contrad1ctonos: la guerra contra la guerra, la guerra por la paz, por la paz eterna.• Esa fu~, durante las hos- .
tilidades la tésis oficial, y sirvió para lo que los no conformistas _b~n lla!11ado .
después pintorescamente e/e bourrage du cr4ne•; en ella no participó, cierto,
M. Rollaod, que desde el primer día se colocó cau-dessus de la melée• y emprt-ndió su resonante campaña por la unidad moral ~e Europa y l?s derechos
primordiales de la humanidad. Cabalmente, en este libro, coronamiento de sus
polémicas de esos dños, M. Rollan~ _fustiga a lo_s pens.1;dores conterráneos suyos que pusieron la Razón al serv1c10 de los odios nacionales. cEn l~s guerras
de hoy día, que engloban a pue~los entero~, se hace lev~ del pensamiento; tanto como los cañones, el pensamiento mata, mata el alma, mala más allá de l~s.
mares, más allá de los siglos..• A las insa~as de los pensadores de Al~mama
respondieron sin tardanza las extravagancias de los h~bladores de Pans y ~e
otras partes.• Clerambault ap:e~dió que Kant _conduc1a a Krupp, tr~gaba. sin
chistar los singulares descu~nm1~ntos_ de los mtelectuales d~ su pa1s, •pisoteando el arte, la ciencia, la 10tehgenc1a, el alma del otro pa1s, en el _decurso
de los siglos, trabajo de delirante mala fe, que negaba al pu~blo enemigo to~o
genio, y encontraba en sas títulos de gloria más excelsos el signo de su 1Dfam1a
actual.,
Las figuras secumlarias que rodean a Clerambault representan sendas respuestas personales ~l confl.icto implicad? e~ el hecho de la guern. ¿Qué v":le
en si la idea de patna, y basta dónde se 1ust1fican por ella los estragos (materiales y morales) de una guerra como esta? Y después: ¿Cómo se acomoda la ~onduct&amp; a la respuesta dada en lo íntimo de la conciencia? Muchos de esos. tipos
quedan descalificados moralmente. Todos se somet~n ": la norma pat:1ótica,
aunque por muy varios modos. Por de pronto .. • •_el 10st10_to de la pat_:-1a es ~l
único, acaso, que en las condicione_s a~tuales se hbra de a1a~s~ en la vida cotidiana. Los demás in.1tintos, las asp1rac.1ones naturales, el legitimo ~fán de amar
y de obrar, se veo, en la sociedad, ahogados, mutilados, constreñidos a pa:sar
por las horcas de las apostasías y de los compromisos. Y cuando el hombre, al
llegar a la mitad de su vida, se vuelve para n:iirarlos, ve que todos llevan en la
frente el sello de su derrota y de sus cobard1as; entonces, amarga la boca, s_e
avergUenza de ellos y de sí propio. Sólo, el instinto de la patria ha p~r~anec1:
do aparte, sin empleo, pero sin mácula. Y c_u~ndo resurge, resurge 1DV1olado,
el alma que lo abraza traslad~ a él su~ aa:ib1c1one~, sus a~o:es, sus deseos a~dientes traidonados por la vida. Med1c. siglo de vida oprimida toma el desquite.• Así Camus, el o.;uperpatriota, un bruto, un filisteo: •La horda en armas c?ntra el extranjt-ro... eograndr.ce a la muchedumbre de los que vegetan en la impotencia de un egoísmo anárquico; los sube al pi~o ~uperior del egoísmo org":nizado. Camus se despertó de pronto con el sentimiento de que por vez pnmera no estaba solo en el mundo.• Y a su lado, el periodista patriotero que de
escalón en escalón había llegado a mirar como sagrada no ya la patria, s_in&lt;? la
guerra; y entre los perspicaces, un sabio cobarde, que no obstante su intlm~

infidelidad a la patria, oficia de pontifical eu las sesiones imprecatorias de la•
Academia, y otros intelectuales, que (dos veces heroicos) aceptan con frialdad
un sacrificio estéril. Con ser tan reales sus sentimientos, no vemos que esos
tipos se muevan en .in medio donde haya aire y sol; falta una onda vital que
los envuelva a todos y los haga vibrar. Forman galería, mas no sociedad. Son.
piezas de museo, descritas y catalogadas a maravilla, dispersas en un ambiente
enrarecido, yerto. Ya se dice que el libro no es una novela. Aun como historia,
erraría quien pretendiera tomarlo por un ccuadro• de la conmoción moral provocada en Francia por la guerra. Había todo lo que M. Rolland cuenta. rero se
echa de menos algo. ¿El qué? No sabría decirlo; aca90 el perfume de las virtudr.:5 humildes, simplemente humanas, de la generosidad, del dolor sin palabras;
en fin, aquella atmósfera que no podía respirarse sin enternecimiento, y que,
trasladada al libro, bañaría a las figuras que por él pasan, haciendo que fuesen
su~ perfiles menos escuetos, menos hirientes, y creando una gradación de térmmos.
La moral de este libro, ,cuál es? ¿Qué uos propone? Con el c?so de Francia
por tema, Clerambault predica una lección universal. Nos muestra al hombre
arrastrado por fuerzas ciegas, por obscuros instintos idealizados; al hombre
víctima del Pensamiento. ¿Va a fulminar Clerambault desde el ápice de su indignación una sentencia condenatoria sobre todos esus pobres pueblos cuyasumisión le irrita y que tienen por santa una causa en cuanto les exige sacrificios cruentos? Clerambault es compasivo; el amor a los hombres desborda de
su corazón. cSe preguntaba si la ley de amor que sentía dentro de sí no estaría
hecha para otros mundo~ y otra humanidad.• Es además optimista. Llegó un
día en que •apartó los ojos del hecho irreparable de la guerra y de los muertos, para volven,e hacia los vivos y hacia el porvenir que está en nuestras ma"?'·• Cleram_bault a_o~ocia .e~ ~vangelio de una sociedad en que los grandes
dioses: ~~tna, Justicia, Familia, Derecho, se vean por lo menos decapitados
de ~u ~niaal mayúscula. Y que esta guerra, lejos de sumir a los jóvenes en el
pes1m1smo. IP.s abra el camino del porvenir: •Hechad la cuenta de estos duros
años; h~béis sufrido por la patria. tQué habéis ganado? Habéis descubierto la
fraternidad de los pueblos que se bateo. ¿Es pagarlo demasiado caro? Que uno
de los frutos de esta guerra de naciones, sea al menos la fusión de la espuma
de las clases, la unión de las dos juventudes, el mundo del trabajo manual y el
del pensamiento, que deben, completándose el uno al otro, renovar el futuro.•
_¡Cuántos q~e han padecido la crueldad de la guerra se rebelarán ct&gt; ntra la
!és1s de este hbro, se negarán a admitir que han hecho un sacrificio por una
idea vana, aunque grandiosa! Pero este país es líbre-dice soberbiamente Clerambault refiriéndose al suyo-cpo1·que siempre ha tenido y tendrá almas
como la mía, que se niegan a sufrir un yu~o que su conciencia repele.•
M. A.

***

Teatro Anti~uo Bspañot.-Nuevas ediciones de Lope de Vega, Vélez de
Guevara y Calderón.

. Ha_st_a hace veinte años puede decirse que no le era dado a un español emi•
tir op101ón alguna acerca d e nuestro teatro del siglo de rro, que no implicase·
123

122

�LA PLUMA
\

'LA PLUMA
.acatamiento al intangible dogma:de f~ nacional. Por entonces empezaron algu•
nos de los más significados náufragos ideales a arrojar por la borda el lastre
-de aquella tradición literaria cuyo ca~dal pretendía_n salvaguardar las. Academias. Data de poco tiempo la tendencia a una reacción, menos apoteótica o ca,tastrófica, en punto a líteratura, de las que h_asta aquí nos han g~iado.
.
Cierto que por lo que hace al teatro clásico, nada se ha reahzado escénicamente desde la restauración antaño de unas cuantas corneciias de Lope; Calde:rón, Tirso o Moreto, por la comP_a~ía Guerrero-M_eod~za, _con u!1 gusto que hoy
nos parece de todo punto inadm1s1ble. No ha habido s1qwera d1rect~r capaz de
.afrontar la representación íntegra de las obras cuyos títulos aprendimos a venerar de memoria en las aulas del bachillerato. Pero el lector no 9C ve tan constreñido como antes a los ingratos volúmenes de los Autores Españoles de Rivadeneyra, o a los menos asequibles aún de las ediciones académicas; y. si no
.hay todavía colecciones completas qu&lt;: sustituyan a aquellas y la~ meJ~ren,
·váose ya publicando con cierta regulandad, acelerada en estos filtJmos tiempos, nuevas vulgarizaciones de este tesoro, mítico hasta ahora para los más de
los españoles.
Tres tomos de teatro clásico, ordenados con diferente criterio cada cual Y
con rarísimo acierto todos tres, ofrece a nuestra consideración el Sr. Gómez
Ocerio. Coostituven el primero, El remedio en la desdicha y El mejor alcalde el
Lectu_ra
,rey (Lope de Vega: Comedias, I. «Clásicos castellanos•, edición de
1920) por él anotadas y prologadas en cola?o:ación con Ra~ón M. Tenre1ro.
Ateniéndose los prologuistas a los descubnm1eotos más recientes acerca de la
vida de Lope, y especialmente a la biografía ~e _Rennei;..y_ Castro, refieren a
grandes rasgos las andanzas del Fenix !~nen mbm~ relación, ~on su obra, Y
-destacan luecro en ponderado apunte cnnco las cualidades poeticas que prestan a su teatt~o el secular verdor con que se nos muestra frondoso. No es 81 r~medio en la desdicha de las comedias más famosas de su autor. Pero no ha movido a los coleccionadores al elegirla el menor afán erudito, sino, sin &lt;luda, el
deseo de restaurar en un rango preeminente, dentro de la jerarquí~ de las
•obras de Lope, una de las más acabadas. Que bastara, aparte los méntos comunes a sus hermanas el haber ea ella un carácter como el del moro celoso,
tan raro en el mundo trágico español, poblado ~e fautasma_s y ~ntelequ)as, de
dogmas y conceptos, pero escaso en personas vivas, para 1ustificar el 10terés
-que suscita a nuestros ojos. Por lo demás, af?r.tunados comentadores, se han
ilimitado Gómez Ocerin y Tenreiro en esta ed1c1ón, a anotar al margen _de las
. pá¡!;inas, aquellos pas~jes o palabras cuyo sentids oscuro o desusado dific~lta
la simple lectura del profano, y a señalar afortunadament~ las fuentes de _rnspiracióo del poeta, tan empapado siempre en el ali~nto nacional de las crónicas.
En otra edición clásica (Calderón: Teatro. Calleja, 1920) nos muestra Gómez
"Ocerin la disc,eccióo suma que le distingue de tantos e~uditosa la yio_let~ como
suelen corromper el propósito de estos libros que, dedicados al publico mdocto, no tienen otro propósito que el de d_a~ limpios textos, con breves prólogos
,en que cabe siempre, al par que la noticia elemental acerca del autor, alguna
fina consideración crítica. Se insertan en ese tomo ;Et alcalde de Zalamta, La
wida es sueño. El mágico prodigi11so y El príncipe constante, selecta muestra del

fª

1

1 1'

1

124

género trágico de Calderón en sus modalidades características. Dada nuestra,
natural propensión a confundir términos y perspectivas, no estaría de más intentar algún día cierta gradación razonada en la admiración que del ejemplo de
n!1estros cl_ásicos se_ deduc~. En el magnífico c~mino de perfección de la poesia dramática espanola, qu1z~s el mod~lo máxim~ es ese Alcalde en que se cifran por modo caba_l tantas virtudes dIBpersas e 10cluso desperdiciadas en laexuberancia. de_ nue~tra mejor época litera.ria. El punto de honor español cobra
aquí plena s1gn1ficac1ón humana y un senhdo de augusta serenidad, hasta entonces nunca logrado con verdadera eficacia literaria, y degenerado después.
en el mismo teatro de Calderón.
El rey en su imaginación, de Véle2 de Guevara, publicada en las ediciones
del Teatro Antigu~ Español, del _Centro de Estudios Históricos, completa con
otro modelo la sene qui", con diverso método y adecuadísima intención en
cada case, nos propone Gómez Ocerin. Aquí el rigor erudito, la simple exposici.ón_ d~cu~enta~a de un texto inédito muéstranos hasta qué punto, una sana
d!sc1phna hteran~ nunca ~enoscaba, antes b!e!l· realza la labor de investigac1ó~. Et rey en su imagznaetón, cuya fábula deliciosa tantas afinidades tiene con
vanas obras de- otros coetáneos de Vélez, señaladas detalladamente en una-.
n_ota del e_i,rég~ta, _es, dentro de los cánones por que se rige con harta poca vanedad la msp1rac1ón de nuestros grandes dramáticos, de una perfección técnica c?mparable a las comedias mejor compuestas del autor de Reinar después de
morir.
Otro volumen de Lope, con que inicia la colección de su teatro la Eeitorial
Calleja, reune Pe1·ibáiiez 'V el comendador de Ocaña La estrella de Sevilla Et castigo_sin vengan~~ La
~oba, p~o!ogado por Alfonso Reyes. La sen~-illez, la.
clandad, la agihs1ma d1sttoc1ón espmtual, peculiares de la literatura de nues-•
tJ:o colaborador, se mu~stran por modo notable en las breves pero jugosas pá•
gmas en que evoca la v~da del monst,·uo de la naturaleza jalonada por las pasiones amorosas_cuya realidad supo mate,·ializar-Lope no era el Dante-artísticamente en heroínas cuyo pseudónimo poético mal encubre su condición ver- &lt;Nl.dera. Un juicio, no por sucinto menos justo, determina el valor positivo que·
hoy J:&gt;ªr~ !1osotro~ puede tener la lectura de las obras en que mejor se declara·
la ag1tac1on exterior, el leve reposo, el desorden lírico, el gusto por la intriga.
novelesca, de la fuerza natural que fué Lope de Vega.

r

1ª~ª

C. R. C.

***
Jo■é. María de Cossío.-Epfstolas para amigos.-Imprenta y Librería de la,
Viuda de Montero, Valladolid, 1920.
·

Dest~adas efectivamente a los amigos a quienes van dirigidas estas epístola~ p~é~1cas, D:º_ha querido el autor _que trasciendan 11. los lectores sino en lim1tad1s1ma ed1c1ón fuera de co'?erc10. El mismo tema general presídelas a todas, saber, la alabanza de la vida campestre, lejos del bullicio ciudadano, tan
rep~tida desde que el mundo es mundo, o cuando menos desd-! que los poetag;,

ª.

12s

�LA P L U il A

LA PLUMA
~estudian retórica. Limpios, claros, correctos, estos versos de José Mada Cossío,
no logran sin embargo transmitirnos la emoción virgiliana que el autor pretende· y ello quizá se debe a que por huir de las modas efímeras del momento, se
atiene con exceso a las normas de un clasicismo un tanto de segunda mano.
.Parece como si cantara el campo por haber leído sus excelencias en el propio Virgilio si se quiere, mas no por haberlas sentido.
Al final dullese el poeta, en una ~omposi~ión así titulada, de no p_odcr. expresar sus sentimientos con la eficacia patética que él descara. Su s1ncendad
"lllaoifiéstasc en noble lucha con el exceso lírico a que suelen entregarse los
románticos degenerados. Pero una cosa ~s la contenc~ón digna y otra la poesía
-preceptiva, que cela con normas aprendidas la emoción personal.
Más que cantar la serena soledad de un. dolor-que_ el poeta 1:1º s~ _atreve a
afrontar Jiricamcnte-diríase que quiere distraer el ámmo con c¡ercic1os P?é"ticos, si desprovistos de personalidad, nutridos e~ cambio de ~i~rta_pcrfccc16u
académka rara en estos tiempos en que los colonncs de la ongmahdad suelen
a duras p¡nas encubrir la desnudez de la ignorancia.
C. R. C.

***

Ventora García Calderón. - Cantilenas. - Ediciones «América Latina•.
París, , 920.

De la musique ar,anl toute cJUJse.
tout le reste est lit terati,re.
Si fuera posible resumir un juicio en un epigrama, ninguno c_u~pliría mejor al último libro del señor García ~alderóo, que el que tr~nscnb1mos refundido de la poética verlcoiaoa. Música ante todo, y ~uy b1e':1 acord~da por
cierto son estas Cantilenas si nacidas al azar de ocasiones diversas, 10spiradas to0das por un mismo se~timiento lírico, m~y cáracterístico del ambic_nte
literario anterior a la guerra que tiene en Pans su Meca. Lo demás es litei!,t

ratura.
Pero el desenfado genial de Verlaine y el entusiasmo con que le hacen coro
los filisteos, pueden atribuir a tni opinión un equívoco q_ue imp~rta salvar. E'nteodámooos: será despreciable la literatura como matena poética, c_uando pretenda aparentar una cualidad distinta de la propia, por_ ejemplo, la mgenu~dad
natural; pero si el poeta lo que se propone es cantar sinceramente la_ rcahdad
de su vida, ¿qué v.,rdad, ni mucho menos qué belleza menoscaba ~a literatt,ra,
que no es simple técnica artística, sino una atmósfera mor.al, a¡ena muchas
veces a la profesión de e!:'cribir, y que no t~do el mu_º?º resiste~
Ventura García Calderón, peruano de ongen, pans1én de afición, poeta por
·temperamento, hubiera exhal3:do románti~amente generosos_ exces~s, a no
disciplinar la expansión del ánimo con el ngor de una expresión cefilda. Sus
versos no nos sorprenden tanto por el aliento qu_e los inspira, común a to~a
una época estética, cuanto por su d&lt;"coro,. su sobriedad, S? rotundez, la gracia
de su movimiento. Los poemas en prosa msertos ~n Ca~ttlenas muestran hasta
.qué punto la elocuencia americana, la ex:u~eranci~ nativa del ~utor, cobran
,plena eficacia expresiva ajustadas a la música del ntmo Y de la nma.
C. R. C.
126

Toledo.-En Les Marges (enero 1921), M. CamiJle Pitollet habla de la imperial ciudad. M. PitoJlet viene publicando en esa revista unas notas de viaj~
por España. en las que a la emoción contemplativa se mezclan los recuerdos
literarios. «¡Oh ciudad relicario, que abres de par en par a los delirios de la
imagin:tción las p~ertas de la _Historia ..:! Decir Toledo es erigir sobre el azul
heráldico de un ciclo de Casti\la las piedras rubias que corona el campanile
gótico de una catedral legendaria; pero es también desencadenar las ondas rumorosas de ese río donde bebieron los poetas del idilio y de la égloga, de la
epopeya y del auto sacramental; y es, en fin, revivir la espléndida época de
esos varones castellanos firmes y elegantes como las torres de sus palacios,
ouros como el t~~ple de sus espada~. Luego todas esas fantasmagorías se esfuman en una v1s1ón de Thcotocópuh... Como en un batir de alas, paSd entonces el alma española, y las palpitaciones de esta Patria que sólo aguarda, para
vo)ve! a ser grande a vers~ li~re de la incuria de algur:os malos pastores madnlenos, le clavan a uno, sm piedad, un momento a la d11ra roca donde, anonad1do, está soñando. ¡Oh Toledo, sombra de Jo que fuiste, musco silencioso
fría necrópolis adormecida&lt;?º la gloriosa vega y acunada por el rumor del Tajo:
a través ~e tus blancos molinos y tus verdes cigarrales, no eres más que una
e~peratnz muerta, C';1Yª momia rígida, sin diadema ni manto, yace en sepulcro
abierto, para que curioseen los filisteos y se delecteo los artistas. Pero tu alma
sig~e viviendo. Y vivirá siempre, en Arte y en Historia, reliquia eterna, trofeo
racial.•
Xenh1s en el infterno.-El propio M. Pitollet, hablando de letras catalanas, _nos cuenta en La Co11naissance (diciembre 1920) la abjuración del germanofihsmo, hecha desde Berlín, por un escritor barcelonés. «A nosotros-comenta M. P.-tales confesiones nos colman de profunda alegría. Y al consig·
narlas en estas páginas efímeras no podemos por menos de anotar el caso de
ese alambicado sofista de X1nius, que, en plena gue rra, tomó sobre sí-verdad
que, acaso, contra sus propios sentimientos y a través de mil reservas prudentes-la defensa de Alemania y de sus métodos... Hoy, Xenius, tras de salir,
dando portazos, de la Veu del poeta Carocr-aspirante (!oh Cataluña, vela tu
faz) a un consulado de España-, continúa sus glosas en el Día Gráfico, enemigo de la Llip regionalista. Pero ocurra Jo que quiera, no debería olvidarse jamás por nosotros que en el momento más crítico fué traidor a la latinidad. Pecado contra el Espíritu, que no se le perdonará... •
¿Guitarra?-En Aclion, suntuosa revista de vanguardia, Jean Coctcau inserta un poema en prosa, Le mauvais ooyageur, donde se habla de España; ,España, tinta de china y corrida de tinta roja. España, jaula de loros. España,
que besa a la muerte por debajo de la pierna. España, guitarra que recibe telegramas. España, persiana del cielo. España, abanico del mar!•
Libros reclbidos.-León Tolstoi: Caudillo Tártaro; versión de R. Cansinos-Assens. Madrid, Editorial América.-Jacioto Grau: La ,·etiención de :Judas.
Madrid, Editorial América.-Pedro Miguel Obligado: El ala de sombra, poesías.
(27

�LA PLUMA
Buenos Aires. Cooperativa Editorial Limitada, 1920.-R. Mesa Fuentes: Elogi1&gt;
de la Fiest• de ta Prima1Jera. Santiago de Chile, 1920.-Manud ugarte: Las esjOllláneas. Barcelona, Biblioteca Sopena.-José María Salaverría: Santa Teresa
de Yenh Enciclopedia, Madrid.-Pedro Prado: A/sino. Editorial •Minerva&gt;, Santiago de Chile.-Luis Araquistain: España en ,t crisol. :Editorial cMinerva&gt;,
Barcelona.
Revistas,-&amp;,aña, Madrid.-Belles-Lellres, París.-Cuba Contemporánea,
La Habana.-L:i Ronda, Roma.-La Gonnaissance, París.-EJ Espectador, Barcelona.-Letras, C6rdoba.-Yuoentud, Santiago de Chile.-Nos, Orense.-Arg-uitectura, Madrid.-Claridad, Santiago de Chile.- Vida /Vuestra, Buenos Aires.Reju·torio .Americano, San José de C. R.-Die A/ilion, Berlín.- Via Lióre, San
Jo~ de C. R.-Le Carnet-Crilig-ue, París.-España y América, Cádiz.-Mercure
de France, París.-Hermes, Bilbao.-Aclion, París.-Athenaeum, Zaragoza.-La
Lectura, Madrid-Le Progrt!s Cioig-ue, París.

AÑO 11.

.\IADRID, MARZO 1921

NúM. 10.

FEDRA

GACETILLA
Los chicos de la escuela... ultraísta.-Siguiendo la moda de Parísdel año pasado-unos cuantos jóvenes que pretenden ocupar las avanzadas
literarias, celebraron noches atrás la primera velada ultraísta. Pese a la excelente disposición de los espectadores, el espectáculo resultó sobremanera
lato. Sobr.S tiesura de ateneo provinciano y faltó, no digamos ya humour, sino
simple buen humor. Nosotros sólo sacamos en consecuencia que el señor Lasso
de la Vega no sabe francés, que el señor Paskiewiu-perfectamente caracterizado de polaco-no sabe español, y que ninguno de los demás lectort·s sabe

TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACTO TERCERO

dad4.
A la manera de... «Padre nuestro que estás en los cielos; santificado sea el
tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la
tentación, más líbranos de mal, amén.

1

1.ª

F1,;DR.,, muy débil, casi moribunda, apoyándose eo el brazo de E
FEDRA.

VSTAQUU.

Por fin va a acabarse esta tortura'
· Llega la hora del
d escanso!
EusTAQUIA. p
FEDRA.
/ro, q~é ~a~ hecho, hija mía?
No podia vivir más no d' . .
~re e hijo enemistados p~r ia ~1v1r en este infi~mo;_pahto, sin mi Hipólito' M p h m1 y sobre todo sm Hipódrá a verme morir ·a dasa a orlabvendrá, no? Ahora venrme e eso de viático
l , 1t·
•
mo ... no. el primero' Ah .
d
... e u 1' uia?
así, Eustaq
.
o1 a ven rá a perdonarme, no es
EusTAQUIA. s·i, se le ha llamado y Pedr
.
y en vista de tu estado d .º6 en su f?ndo ansiando verle
, 1 su vema ...

128

129

•

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>MADRID
:~c.-,_ ,Ún'J ~-1¡211a ,:Ji·
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ÍNDICE DEL VOLUMEN III" ~

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11

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1

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92J

1 1A

I

JULIO A DICIEMBRE

.,_.fa pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.~

Páginas.

e~ NúM.ERo u c.1uL10)
Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ramón Gómez de la Serna: Disparates..... . .. ~ ..... . .. . .... .
\
Pedro d·e· Répide: Estampas de Madrid ....... . ... . ....... . .. .
Jules Bertaut: Letras francesas... . . . . . . . . . . . . . . . ..... . ... . .
Mario Puccini: Letras italianas .. : . ........... . .. . . . ... . .. . . .
Libros y ·Revistas:· Miguel de Unamuno: Tres novelas' e_jemplaresr
J' un prólogo. El Cristo de Velázquez.-Juan José Domenchina: Del p oema eterno. Las i·nterrogaciones del sílencío.-Alberto Guilléri: La lt"nterna de Diógenes.- -Federico Schlegel:
Lucznda.-Francis de Miomandre: Le PavtÍlon du ·Manda j-ín.
•
,
e
Del sonido-ruido y su instrumental. . ... .. . ............ . .. .
\

u

IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ !IERMANOS
NORTE, 21 . MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

/j

.ul

u,

r.M- .1.

NúMBRO 15 (AGOSTO)

1

(

· . \ .no:;

Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ernesto López Parra: Motivos nuevos.... .• ....• ;,, ... . ...... ~·.

65
86

�I •

LA PLUMA

LA PLUMA

Páginas.

89
96

Ramón Gómez. de la Serna:· Dis¡:,arates ....... .'. . ........... : .
Mario Puccini: Muestrario decadente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cardenio: Auto de las Cortes de.Burgos .. . .. . . . .. ·r . • . . . . . . .
Jorge Guillén: Encarnaciones...............................
Paul Colín: ·Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros ............... : . . . . . . . . . . . . . .
Libros y R~vistas: Pedro Mata: lrresponsables.-Ramón Gómez
de la Serna: El Doctor in'lJerosimi'l.-Maria Enriqúeta: Sorpresas de la vida.-Federico G. Lorca: Libro de Poemas.Vale.n tín Andrés Álvarez: Reflejos... . .....................

,

100

110
113
119

122

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NÚMBRO 16 (SBP'.&amp;IBMBRB)
~

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Ramon Gomez de la Serna: Disparates.............. , . . . . . . . .
129
·
, ,
V 1
Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . .. .. . . .. :., -~-- . . . . . . . • .
138
Juan José Domenchina: Poesías . . ........... .. ........•.... :
143Don Juan Manuel: Guerras entre cristianÓs y moros. . . . . . . . . . .
146
Cardenio: Si el alarbe tornase vencedor ............ . ......... · 149
Pedro de Répidé: Estampas de Madrid ....... ~J• .'"! :•... ... ~....
160
Mario Puccini:
Létras
italian·
a
s
....
..
...
.
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..
.
.
.
..
·.
..
.
.....
164
.
\
Jules Bertaut: Letras francesas..... .. ................. ........
173
1
Paul Colín: Letras belgas ............ . . .' .· . ... . . ... ·. . .. . • • • •
178
Libros y Revistas: Víctor Catalá: ·z:;a M~dre Ballena.-Luis Fer- .
nández Ardavín: El Hi.fo.-A. Hernahdez Catá: La voluntad · •
de Dios.-Marcel Proust: Por el cami'no de Swan.-César Falcón: Plantel de inválidós.-Enrique Barbussé: El resplandor
en el abúmo.-Antonio Battistella: La Repúblíca di Venezia
ne' suoi undü:i secolt' dí storia.- Revistas. . . . . • . . . . . . . . . . . . .
184
Necrología: Tomás Morales ..... ....... ~- .. • ... :. . .........
191
IV

Páginu.

NÚ.MBRO 17 (OCTUBRB)
Víctor Catalá: La hija de Carolí...... . ........... . •.........
Manuel Azaña: El jardín de.los frailes . .. ...... .'..... . .... . .
f:ernando González: Poesías ... . ......... .. ... . . .... . .:.. , .. .
B. Constant: Del espíritu de conquista... . . .. ..... : .. : ...•. . .
Paul Colín: Letras alemanas... . . . . ... . . .. ........ . . . .... . .
Dou glas Goldring: Letras inglesas ........................ . . .
Libros y Revistas: Pedro Prado: A lsino.-Luis y Agustín J\1illares: Doña Juana.-Francis Jammes: Rosario al sol.-Alfonso
Maseras: A la derzva.-Manuel R. Álvarez Puente: El naviero
Más -o La novela de la materia. l. Los szgnos.-ErckmanaChatrian: Historia de un quinto en .18z3.- R . Benja mín: Gaspar.-Magallanes Moure: Flori'legio.-Armando Zegrí: Máze,:va la de glaucos o.fos.-Alberto Guillén: El libro de las parábolas.-Manuel Díaz Rodríguez: Peregn'na, " el p ozo encantado.-Fernando Gil Mariscal: Girones.-Ant6n P. ·chejov:
Eljardín de los cerezos. José Fabio Garnier: A la sombra del
amor.-Arturo Schnitzler: .iJ.natol y A la ca;atúa verde ..... .

193 .
217
231
2 34
,238

244

r
. .J

NÚMBRO 18 (NOVIBMBRB)
Ramón Gómez de la Serna: Una noche en el cementerio...... .
2 57
Manuel Azaña: El jardín de los frailes .. . .. . .. . .. . ......... . .
264
C. Rivas Cherif: Alcor . . ..... . ...... . . .. .. .. . . ........ . ... .
2 74
Luis y Agustín Millares: La ley de Dios . . .. . . ... , . . ........ . . 278
Antonio Pérez: De un curioso guantero . ............. ; . . .... .
3o4
Luis Araquistáin: En torno a «Don Juan de E~paña» ......... .
306
Jules Bertaut: Letras francesas .. . ............. . ..... . ... . .. .
312
Libros y Revistas: Ramón M.ª Tenreiro: El loco amor.-J. Moreno Villa: Patrañas.-Manuel Ugarte: Poesías completas.Guillermo Jiménez: Constanza . . . . . . ...... . ... . .... .. ... .
317
V

�LA ?LUMA
Páginas.

NÚMBRO 19 (DICIBMBRB)
Ramón Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Niet'zsch~ ....1
Francisco A. de Icaza: Paisajes vistos y paisajes de'ensue:ño ...~.. .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . ..... , .:: ..... .'.. ~.
... . . . . . . . . . . . . . . .·e. . . . . . . . . . . . . . . . . .r . . .
, en Me¡1co.
Va11e-I ne1an
Paul Colin: Letras alemanas ........ . .. . ..... : .. .t_ • • • • • • • • • •
Mario Puccini: Letras italianas......... ... !1• ~ ••••• :-. . : . • • • • •
Douglas Goldring: Letras inglesas............ .. .........
Un crítico incipiente: Teatros: Hechi~o eslayo y estilo españ&lt;:&gt; •
Libros y Revistas: Francisco A. de kaza: Nz'etzsche, poeta.-C. R, .
vas Cherif: Un camarada más.-S. González Anaya: l:!,l castz'Llo de írds ,_v no volv'erás.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la
Naturaleza.-Paolo Monelli: Le s_rarpe al scle.-Jean GaltierBoissiere: Lot'n de la nfftette............ . ,.... .. ... ·,·......
..

J

.

J21

337
342

357
359
365
371
379

379

�AÑ O II.

1

~lADRID, JULIO 1921

1

NÚM. 14.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERP ENTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA OCTAVA
UNA SALA CON MIRADORES QUE avistan la marina. Sobre la como/a, grandes caracoles S01lQros y conchas perleras. El espejo
bajo un tul. En las paredes, papel con kioscos de Mandarines, escali1tatas y esquifes, lagos azules entre adormideras La sierpe de mz acordeóll, al pie de la consola. En la cristalera del mirador, toman cafe y
discuten tres seiiores oficiales: Levitines azules, pantalones potrosos, calvas !u.cientes, un feliz aspecto de relojeros. Conduce la discusión Don L auro Rovirosa, que tiene un ojo d~ cristal,y cuando·lzabla, solamente mueve
un lado de la cara. r..s teniente veterano graduado de capitán. Los otros

�LA PLUMA

LA PLUMA
!.
.1

dos, muy diversos de aspecto entre sí, son, sin embargo, de un parecido
obsesionante, como acontece con esas parejas matrimoniales, de viejos un
poco ridículos. Don Gabino Campero, filarmónico y orondo, está en el
grupo de los gatos. Don Mateo Cardona, con sus ojos saltones, y su
boca de oreja a ore¡a, m el de las ranas.
EL TENIENTE ROVIROSA

Para formar juicio, hay que fiscalizar los hechos. Se trata de condenar a un compañero de armas, a un hermano que podríamos decir.
Acaso nos veamos en la obligación de formular una sentencia dura,
P,ero justa. Comienzo por advertir a mis queridos compañeros que
me pronuncio contra todos los sentimentalismos.
EL TENIENTE CAMPERO

¡En absoluto conforme! Advirtiendo que la justicia, no excluye la

me adornase la frente S h
militares ·
· e abla, sin record
han salido de la clase d/~r¿~=-l~
~ejo~es cabezas
poleón, pi:~~1!:,re
...
• 1 nm, p1stolo! ¡Na-

·S

I

EL TENIENTE CARDONA

' oo. Napoleón era procedente de la Acad em1a
. de Artillena.
,
.

EL TENIENTE CAMPERO

,Puede ser' Pero el
cedía
de la cl;se de tropa,
general
Morillo
que le dió en 1~ cresta, pro,
y había
sido mozo
en un mohno.

·C
EL TENIENTE ROVIROSA
orno el rey de Nápoles, el,famoso general Murat!

.1

T

EL TENIENTE CAMPERO

engo leído alguna cosa de
te. ¡Napoleón le tenía m1·edo.'
ese general. Un general muy valien-

1 .

clemencia.

EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE CARDONA

Hay que obligarle a pedir la absoluta. El Ejército no quiere ca-

¡Tanto como eso, teniente Campero!

brones.

•
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!

ET, n:NIENTE CARDONA

DON LAURO RUBRICA con un gesto tan terrible, que se le salta el ojo de cristal. De un zarpazo, lo recoje rodante y trompicante en
el mármol del velador, y se lo incrusta en la órbita.
EL TENIENTE CARDONA

Se trata del honor de todos los oficiales, puesto en entredicho
por un teniente cuchara.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Protesto! El cuartel es tan escuela de pundonor como las Academias. Yo, procedo de la clase de tropa, y no toleraría que mi señora
2

EL TENIENTE CAMPERO

Viene en la Historia.
No la he leído.
,

EL TENIENTE ROVIROSA

A m,, personalmente ' los f·1anceses me empalagan.
EL TENIENTE CARDONA

Demasiados cumplimientos.
EL TENIENTE ROVIROSA

Pero hay que. reconocerles valentía. ¡Por algo son
nosotrps.
latinos, como

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

ENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado. siemwe
a los gabachos .
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la perfección el tagalo!

' EL TENIENTE ROVIROSA

IENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectam·enfe_! Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según Lord
Wéllington. ¡Un inglés! '.. ; '\... ¡ f' • l .
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EL TENIENTE CAMPERO ~ •
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A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Seºvé en los
ataques a la bayoneta:, , :•
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ENTE CARDONA

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DON LAURÓ ROVJROSA alza y baja una ceja, 1d mano puesta sobre el ojo de cristal, por si ocurre que se le antoje dispararse.
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EL TENIENTE ROVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han miradó con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. ' Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.

NTE CARDONA

ra mí un páraíso. Cinco años sin un
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EL TENIENTE CARDONA
ENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

on muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

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Y en Man-uecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.

11

baño, les ponía una camisa de nipis,

EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?

fSTREMECE íos cristales del mirasobre las barbas, la panza se infla con
; el velador las tazas del café, salta el
·u ojo de cristal el teniente Don Lauro

EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy 'a romperte los cuernos!
4

-- --¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
ENTE CARDONA

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�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado siem~re
a los gabachos.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectamente_! Nosotros somos moros y latinos. Los pri_meros soldados, según Lord
1
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Wéllington. ¡Un inglés!
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EL TENIENTE ROVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
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EL TENIENTE CARDONA

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar
EL TENIENTE CAMPERO

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.
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EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
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Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
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madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!

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EL TENU:NTE CARDONA

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
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LA PLUMA
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EL TENIENTE CARDONA

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Desde que hay mundo, los españoles les hem~s pegado sieml!re
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¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!

EL TENIENTE ROVIROSA
EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se comp.i:ende perfectamenfel Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según· Lord
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A mi parec~r, lo que más tenemos es sangre mora'. Se: vé en Jos
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¡Lo más indispensable para la vida!
EL TENIENTE ROVJROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

DON LAURO RO V/ROSA a/::ay baja una ceja, la' mauo p uesta sobre el oj o de cristal, p or si ocurre que se le antoje disp ararse.
• ) . E L TENIENTE &gt;R OVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. Pero todos, al cabo de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENI ENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
EL TENIENTE ROVIROSA

No todos podemos decir lo mismo. Mindanao, tiene para mí mal
recuerdo: Enviudé, y he perdido el ojo derecho, de la picadura de un
mosquito.
EL TENIENTE CARDONA

La isla de Joló, ha sido para mí un páráíso. Cinco años sin un
mal dolor de cabeza, y sin reservarme ~e comer, beber, y lo que
cuelga.
EL TENIENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

¡Las Batas de quince años, son muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que ára be y español.
¿Tagalo, no?

EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TE NIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!
4
1

¡De primera! Yo las daba un baño, les ponía una camisa de nipis,
y como si fuesen prin'cesas.
SU RISA TRIUNFAL ESTREMECE los crístales del mirador, la ceniza del cigarro vuela sobre las barbas, la panza se infla con
rm regoctfo saturnal. Bailan en el velador las tazas del café, salta el
canario en la j aula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
Rovirosa.
EL TENIENTE CARDONA
l

il

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!

s.

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE ROVIROSA

Permítanme ustedes que les recuerde el objetivo que aquí nos
reúne. Un primordial deber, nos impone velar por el decoro de la familia militar, como ha dicho en cierta ocasión el heroico general Martínez Campos·. Procedamos sin sentimentalismos, castiguemos el deshonor, exoneremos de la familia militar al compañero sin, sin, sin...
EL TENIENTE CARDONA

Posturitas de gallina.

¿Qué retiro le queda?
EL TENIENTE ROVIROSA

¡El máximo! No se muere de hambre. Todavía junta al retiro, dos
pensionadas.
EL TENIENTE CARDONA

¡No hay como esos pipis para tener suerte! Este cura no tiene ni
una pensionada. Y ha servido en Joló, en Cuba y en Africa.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

La frase no es muy parlamentaria.
EL TENIENTE CARDONA

¿Queda o no queda admitida?

Pero usted ha estado siempre en oficinas.
EL TENIENTE CARDONA

Porque tengo buena letra. ¡No me haga usted de reír!
EL TENIENTE R0VIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

Admitida. No nos ruborizamos.

Usted poco ha salido a campaña.
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Meditemos un instante y puesta la mano sobre la conciencia, dictemos un fallo justo. El apuntamiento reza así:

¿Es que solamente se ganan las cruces en campaña? ¡El Rey tiene
todas las condecoraciones, y no ha estado nunca en campaña!
EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Prescindamos del cartapacio.

¡Ha estado en maniobras!
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

¡Conforme!
EL TENIENTE ROVIROSA

La cuestión está situada entre estos dos conceptos que llamaremos de justicia y de gracia. Primero: ¿Al teniente Don Pascual Astete y Bargas, se le expulsa de las filas pronunciando sentencia un
Tribunal de Honor? Segundo: ¿Se le llama ,y amonesta y commina,
de un cierto modo confidencial, para que solicite la absoluta? Yo creo
haber declarado que me pronuncio contra todos los sentimentalismos
6

No es cuestión del Rey. El Rey es un símbolo, una representación de todas las glorias del Ejército. Pero nos hemos salido de la
cuestión, sin haber llegado a un acuerdo. Recapitulemos. ¿Se commina privadamente al supradicho oficial para que solicite el retiro? ¿Le
exoneramos públicamente, constituídos en Tribunal de Honor?
EL TENIENTE CARDONA

Propongo que se le llame, y cada uno de nosotros, le atice un capón. ¿Es que vamos a tomar en serio . los cuernos de Don Friolera?
7

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo creo que sí. Oigamos sin embargo lo que opina el teniente
Campero.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Partamos a la guerra de los Treinta Años!

ESCENA NOVENA

Es muy duro sentenciar sin apelación.
EL TENIENTE ROVIROSA

Nuestro fallo iría en consulta a la Superioridad.
EL TENIENTE CAMPERO

La justicia no excluye la clemencia.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! ¿Quieren ustedes delegar en mí, para que visite al teniente Don Pascual Astete?
EL TENIENTE CAR.DONA

EL HUERTO DE DON FRIOLERA, a la puesta del sol.-La
tapia rosada, los nara1~jos de esmaltes profundos, el fruto de oro. La
estrell~ de una alberca entre azulejos.-Bajo la luz verdosa del emparrado, medita la sombra de Don Friolera: Parches en las sienes, babuclzas moras, bragas azules de un uniforme viejo, y jubón amarillo de
Jranela. El teniente aparece sentado en un banquillo de campamento, tiene a la ni1ia cabalgada y la contmipla con ojos vidriados y lánguidos
de perro cansino. Mano/ita lleva el pelo sujeto por un arillo de coralina,
las medias caídas y las cintas de las alpargatas sueltas. Tiene el aire
triste, la tristeza absurda de esas muñecas emigradas en los desvanes.

Por mí, delegado.
MANOLITA
EL TENIENTE CAMPERO

Por mí, tal y tal.

¡Papitolín, procura distraerte!

L •t

DON FRIOLERA
EL TENIENTE ROVIROSA

Profundamente agradecido a la confianza ·depositada en mí, creo
que procede reunirnos esta noche. Yo traeré un borrador del acta, y
si ustedes están conformes, la firmaremos.

¡No pu._edo! Tu tierna edad te dicta esas palabras. 'Serás mujer y
comprenderás lo que entre tu .padre •y tu_ madre ahora se pasa. Tu
padre, el que te dió el ser, no tiene honra, monina. La prenda más
estimada, más que la hacienda, más que la vida!. .. ¡Friolera!

EL TENIENTE CAMPERO

MANOLITA

Hay que pagar el café.

¡Papitolín, no tengas malas ideas!

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo soy huésped en la casa, y los convido a ustedes.

L os tus estan en pie: Se abotonan los lev#ines, se ciñen las espadas, se ladean el ros mirándose de reojo en el espejo de la consola.
8

oo:,;

FRIOLERA

¡Me quemo en su infierno!
M.\NOLITA

jPapitolín, alégrate!

'

�L,A PLUM A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

¡No puedo!
MANOLITA

MANOLITA, REPENTINAMENTE COMPUN GIDA, besa
la mejilla del viejo, que le acaricia la cabeza, y suspira, arrugado ef
pergamino del rostro con una mueca desconsolada.

¡Ríete! ;
DON
DON FRIOLERA

¡'
; i

¡No puedo!

FRIOLERA

¡Lástima que seas tan niña!
MANOLITA

1
MANOLITA

l!I

¡Porque no quieres!

·1

¡Ya seré grande!
DON FRIOLERA

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DON FRIOLERA

1

1

l
,.
I' 11

•,, 1

Yo no lo veré.

¡Porque no tengo honor!

MANOLITA

MANOLITA

¡Si tal!

¿Papitolín, te traigo la guitarra para distraerte?
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¿Tú no sabes que me he muerto esta noche?
MANOqTA

¡Para llorar mis penas!

¡Te vas a volver loco, papitolin!
MANO LITA TRAE LA GUITARRA, Don Friolera la templa
con gesto lacrimatorio, que le estremece el bigote mal teñido. Los ojos.
de perro, vidriados y mortecinos, se alelan mirando a la niña.
DON

FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ya lo estoy!
MANOLITA

Con la guitarra ~e distraes.
DON FRIOLERA

¡Eres la clavellina de mi existencia!

¡Se acabó el mundo para este viejo!
MANOLITA
MANOLITA

¡Papitolín, cuánto te quiero!

Toca «El Contrabandista&gt;.
DON FRIOLERA

¡Friolera!
10

DON

Veré si puedo.

FRIOLERA

�,

_ LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA RECORRE LA GUITARRA con una falseta, y rasguea el acompañamiento de una copla, que canta con voz que- ,
brada, y jiponcios de mucho estilo.
·
;, "f·
COPLA DE DON FRIOLERA

¡Ya se acabó mi ventura!
¡Ya se acabó mi consuelo!
¡Ya no tengo quien me diga
ojitos de terciopelo!

mente ocurren entre_familias de ciertos sujetos que vienen rodando
la vida... Me~gues y Dengues y Perendengues. , . · ,
FRESCA Y POMPOSA, CON peinador de muchos lazos, la escoba en lá 1nano, y un clavel en el rodete, la señora tenienta asoma ett
el huerto.
DOÑA LORETA

¿Qué picotea usted, Doña Tadea?
DOÑA TADEA

En una buharda, por encima de los tejados, aparece la cabeza pelona
de Doña T adea Calderón.

'
Primero, son las buenas tardes, señora tenienta.
DOÑA LORETA

DOÑA TADEA

Después del tiberio nocturno, ahora esta juelga. ¡Tien~ usted a
todo el vecindario escandalizado, señor teniente!
DON FRÍOl:.ERA

'·

Para usted serán buenas.
DOÑA TADEA

Y para usted, pu~s tiene el bien de la sa!ud.

¿Que pide el honrado y cabrón vecindario, Doña Tadea?

0EA

DOÑA L OR ETA

0

DOÑA TA

Para mí, son muy negras.

Para poner tachas, no es usted el más competente, Don Vihuela!
MANOLITA

I

¡Cotillona!

DOÑ A TADEA

¡La compadezco!

,..
DOÑA TADEA

¡Mocosa! Con los ejemplos que recibes no puedes tener otra
-crianza!
DON ~'RIOLERA

A usted, la cazo yo de un tiro, como a un gorrión ¡Friolera!
DOÑA TADEA

Yo, saco la cara por mi pueblo. Adulterios y licencias, acá sola-

MANOLITA

¡Cotillona!
DOÑA TADEA

¡Déle usted un revés a esa moña! ¡Edúquela usted, señora
tenienta!
DOÑA LORETA ·

Disimule usted, Doña Tadea.
13

, 2

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

~'RIOLERA

¡:--liños y locos pregonan verdades!
DOÑA TADEA

DOÑA T ADEA CALDERÓN, cierra de golpe el ventano, la te-t'tienta éntrase a la casa con un remangue, y el teniente rasguea la guitarra con repique de los dedos en la madera.

¡Chiflado! ¿Es conducta a la noche querer matar a la mujer, y
.ahora esta juelga?

COPLA DE DON FRIOLERA

Una bruja al acostarse
se dió sebo a los bigotes,
y apareció a la mañana
comida de los ratones

DOÑA LORETA

Déjele usted, que se distraiga de su tema.
DOÑA TADEA

¡Así le deje el mundo!
DON FRIOLERA

¿Halla usted la guitarra desafinada? Voy a templarla, para can-tarJa a usted una petenera.

DOÑA TADEA ABRE REPENTINAMENTE el venta1io, al
.final de la copla, y aparece con un guitarrillo, el petjil aguzado, los ojos
encendidosy redondos, de pajarraco. Rasguea y canta con voz de clueca.
COPLA DE DOÑA TADEA

DOÑA TADEA

¡Cuatro cuernos del toro!
¡Cuatro del ciervo!
¡Cuatro de mi vecino!
¡Son doce cuernos! .

¡Insolente!
DON ~'RIOLERA

Ya me saltó la prima.
DOÑA LORETA

Mira si puedes empalmarla, Pascual.
DON FRIOLERA

Voy a verlo. No tiene muy buen avío.

MANO LITA CORRE POR EL HUERTO llenando el delantal
de naranjas podres, y vuelve al lado de su padre. Don Friolera deia la
guitarra sobre el banquillo, y pone en el ventano el blanco de un ¡ Pin!
JPan! ¡Pun! Doña Tadea aparece y desaparece.

DOÑA LORETA
DOÑA TADEA

¡Son dos reales!
DON FRIOLERA

¡Grosero!

Ya lo sé, Loreta.

DON FRIOLERA
DOÑA TADEA

¡Pin!

¡Al cabo, son ustedes gente que viene ,rodando!

DOÑA TADEA.

{Papanatas!

�LA PLUMA

LA PLUM A
DON füHO f,ERA

DON FRIOLERA

¡Pan!
DOÑA TADEA

¡Buey!
DON FRIOLERA '

¡Pun!

···

ESCENA DÉCIMA

LA GARJTA DE LOS CARABINEROS en la punta del 11tuelle,
siempre batida por la bocana de aire. Noche de_ luceros en el recuadro
del ventanillo. Un fondo divino de oro azul para los aspavientos de un
fantoche. Don Friolera se pasea. Tras de su sombra, va y viene el perrillo. Don Friolera mece la cabeza con mucho compás. De pronto se
detiene y cruzando las manos a la espalda, hinca la mirada en el ángulo
de sus botas donde juega Merlín.

¡Era feliz! ¡Friolera! ¡Indudablemente era feliz sin haberme enterado! ¡Friolera! ¡Friolera! ¡Friolera! El mundo es engaño y apariencia:
Se enteran los mirones, y uno no se entera: ¡Ni de lo bueno ni de lo
malo!... ¡Uno nunca se entera! Yo me quejaba de mi suerte, y nada
me faltaba. Todo lo tenía dentro de mi jaula! ¿Cuándo me entero?
¡Cuando todo lo pierdo! ¡Cuando nada de aquello me resta! Estas
tras~adas no pueden ser obra de Dios. Al que las sufre, no puede
pedirle que colabore con el Papa. ¡Friolera! Este tinglado lo gobierna
el Infierno. Dios no podría consentir estos dolores: :Ni Dios ni
ninguna persona de conciencia. ¡Friolera! ¡Todo lo tení~ y no te~go
nada! ¿Qué iba ganando con dejarme 'corito el Padre Eterno? Le est~y dando vueltas, y e~te cisma n o es obra de ninguna cabeza supen or: Puede ser que Dios y Satanás se laven las manos. Toda esta
tragedia, la armó Doña Tadea Calderón. Con una palabra me echó
al cuello la serpiente de los celos. ¡Maldita sea!
ENTRA UNA RÁFAGA DB VIENTO marino,y se arrebatan
las hojas del calendario, colgado en un ángulo. La llama del quinqut
se abre en dos cuernos. En la puerta, con la mano ante el ojo de cristal
está el teniente Rovirosa.

DON FRIOLERA

EL TENil:NTE ROVIROSA

¡Vamos a ver! ¿No puedes estarte quieto un momento con la borlita del rabo?

¡Buenas noches, Pascual!
DON FRIOLERA

Merlín bosteza, y entre los colmillos alarga la lengua blanca, cámo
si se consultase de sus males. Don Friolera le aparta con un signo estrambótico de sabio maniático. El perrillo se levanta en dos patas, y
hace una escala de ladridos en la segunda octava. Una gracia que le
mseñó la tenienta. Don Friolera siente el alma cubierta de recuerdos: El
canario, la gata, la niña, la esco~a de Doña L'oreta. El guitarreo desafinado de Pachequín. El perfil de bruja de Doña Tadea.
16

¡Buenas!
EL TENlffNTE ROVIROSA

¿Muerde ese perrillo?
DON FRIOLERA

No tiene esa costumbre.
2

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Sin embargo, podría usted llamarle.

.t--io puede usted contestar en esa forma a mi requerimiento.

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

No hay inconveniente. ¡Ven acá Merlín!

Pues así contesto.

DON FRIOLERA, DÁ PALMADAS en una silla. Merlín, se
encarama de ztll salto, y moviendo la borla del rabo, se acomoda.

·-

EL TENIENTE ROVIROSA

Pascual, sea usted razonable.

EL TEJ\IENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA •

Me trae un enojoso asunto.
DON FRIOLERA

1
/

EL TENIENTE ROVIROSA

.!,,o adivino.
EL TENIENTE ROVIROSA

Mi visita tiene un carácter a la vez privado y oficial. Un hombre
de ciencia le llamaría anfibio. Yo no lo soy, y tampoco me creo autorizado para emplear esos términos.
DON FRIOLERA

¿Quiere usted sentarse? Deja esa silla Merlín.
EL TE::-IIENTE ROVIROSA

Estoy más tranquilo conque la ocupe el perrito.
DON FRIOLERA

¡Bueno!

Se expone usted a que los oficiales adoptemos una resolución
muy seria.
DON

FRIOLERA

Pueden ustedes cantarme el gori-gori.
EL TENIENTE ROVIROSA

No adelantemos los sucesos. En la reunión de oficiales, se ha
acordado que usted solicite el retiro.
DON FRIOLERA

¿Y por qué? ¿Porque no tengo honor?
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Teniente Astete, un tribunal compuesto de oficiales, me comisio0
na para conocer los antecedentes del enojoso contratiempo ocurrido
entre usted, y su señora.
DON FRIOLERA

He resuelto no hablar de ese asunto.
18

No quiero.

Sobre nuestras decisiones no puedo admitir controversia.
DON FRIOLERA

Mi5 cuernos no son una excepción en la milicia.
EL TENIENTE ROVIROSA

Respete usted el honor privado de nuestra gloriosa oficialidad.
19

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA

Ningún militar está libre de que su ~eñora le engañe: ¡Friolera! En
ese respecto, el fuero no hace diferencia de la gente paisana.
EL TENIENTE ROV1ROSA

Real y verdaderamente, se impone un acto de demencia.
DON FRIOLERA

¡Y lo tendré!

¡Evidente! ¡Pero se impone no tolerarlo!
DON FRIOLERA

¿Y sabe usted mi intención oculta? ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Chóquela usted, Pascual! Deploro que ese granuja no sea un caballero, porque me da el corazón que le hubiera usted pasado de
parte a parte.

EL TENIENTE ROVIROSA

No sea usted guillado y solicite el retiro.

DON FRIOLERA

¡Friolera!

DON FRIOLERA

¿Usted qué haría en mis circunstancias?
EL TENIENTE ROVIROSA

Si contestase a esa pregunta, contraería una gran responsabilidad.

EL TENIENTE ROVIROSA

Para mi, los desafíos representan un adelanto en las costumbres
sociales. Otros opinan lo contrario, y los condenan como supervivencia del feudalismo. ¡Pero Alemania, pueblo de una superior cultura, sostiene en sus costumbres el duelo! ¡Para usted la desgracia ha
sido la mala elección por parte de su señora!

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

¿Usted lavaría su honor?

Le cegó ese pendejo.

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidentel

¡Evidente!
DON FRIOLERA

¿Con sangre?

DON FRIOLERA

Mañana recibirá usted las dos cabezas.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!
DON FRIOLERA ·

Mañana recibirá usted en su casa, d~s cabezas ensangrentadas.
20

EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Déme usted un abrazo Pascual! ¡Pulso firme! ¡Animo sereno! El
Tribunal de Honor, fiado en la palabra de usted, suspenderá toda
decisión.
21

�LA PLUMA
DON

FRIOLERA

Hágale usted presente mi gratitud.
EL TENIENTE ROVIROSA

Será usted complacido en tan honroso deseo.
DON FRIOLERA

Si hoy tengo perdida la estimación de mis queridos compañeros,
e_spero que pronto me la devolverán.

DISPARATES

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo también lo espero.

EL VAGÓN DESPERTADOR

DON FRIOLERA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

MERLÍN ENDEREZA LAS ORE'_JAS,y de un salto se arroja a
la puerta de la garita, desatado en ladridos, terrible la borla del rabo.
Don Friolera gesticula ajeno a los ladridos del faldero, y está, con una
mano en el ojo de cristal, y otra en el puño de la espada, el teniente Don
Lauro Rovirosa.
(Coni:luirá.)

22

n

o siempre había pensado que sólo con una especie de asociación de ideas, con una aplz'cación, con un modo nuevo de
ordenar las cosas estaría resuelto el invento que se podría
llamar del VAGÓN DESPERTADOR.
El despertador en mi mesilla porque no había nadie que me
llamas~ en esa casa en que trabajo y en que no tengo ni servidumbre, he
pensado' mucho en ese aprovechamiento de los despertadores para realizar ciertos viajes.
En efecto, esa sensación de viajar que provoca el despertador, ese
golpeteo de un tren expreso, interminable, que no para en las estaciones, me hizo por fin encontrar la manera de viajar los viajes más extensos y circulares.
He conseguido que provoque el paisaje de tal modo el despertador,
que no hay medio de diferenciarlo del paisaje natural, de todos los paisajes que he visto a través de mis viajes. Enteramente lo mismo con todos los detalles de luz, de matices; hasta cuando viajo por Suiza, los
mismos timbres en las estaciones, aquellas campanas timbrológicas.
Puedo decirlo ya. He conseguido ordenar el despertador con los viajes. No podré decir cómo lo he conseguido, pero lo he conseguido. Me
aproveché para ello de la unión del espacio y del tiempo.
Todas las noches-es decir, todas fas mañanas porque yo me acuesto a las siete y media de la mañana-pido billetes para un nuevo viaje,
y me voy en el tren rápido de lujo del despertador. Le doy cuerda a las
dos llaves, le pongo a las dos y media de la tarde, le desembrago el tim23

�'I
'

.LA PLUMA

LA PLUMA

bre que el día anterior contuve con la manivela que tiene para el timbre y me acuesto y me duermo, es decir, entro en mi reservado del sueño, en ese vagón en cuya portezuela cuelga el RESERVADO que indigna a
.,
.
los demás viajeros.
Así ahora cuando oioo una conversacion sobre automóviles y me
marean con las nuevas afarcas, y el uno me dice como si lo que tuviese
fuese un niño:
-Yo tengo un «Bebé» ...
Y el otro me dice como si se tratase de otro rorro:
- Y o tengo un Rol-Roicce ...
Yo digo:
-Y yo tengo un despertador.

EL DEGÜELLEN DE LAS ALABARDAS
Los alabarderos son los soldados que cortan más el aire con sus
vueltas y medias vueltas.
Es algo de una gran elegancia como todos los sol?ados que llevan
alabardas, desde los que sirven al Papa hasta los que sirven a los Reres;
giran sobre sus talones y sus alabardas hacen una curva cortante y limpia como el sol.
.
Sin embargo, era de teme~ _lo que po,r fi_n ha sucedido.
Era un día de gran proces10n y de publico congre0 ado en las calles.
Los alabarderos pasaban por la calle concurrida y al dar la vuelta en la
esquina en que se congregaba un grupo numero~~ de gentes, ras, za~, .
zis las alabardas cortaron con el lado de afilad1sima hacha en media
lu~a, las cabezas de todo el grupo: «Cinco señor~s, seis ~ujeres del pueblo, quince. soldados, dos curas, diez caballeros bien vestidos, doce ob'.eros, y cinco niños de los que tenían en brazos sus madres para que viesen pasar la tropa».
Día de luto fué el día en que d\eron esa vuelta fatal, &lt;:ortante, cercenadora, elegante como la del cuchillo cuando corta el platano, los alabarderos de la reina.
Todas las cabezas cortadas con fantástica precisión cayeron a un lado
y los cuerpos por un momento se quedara~ en pi~ y en haz como esos
maniquíes que también sir,i cabeza presencian la tiesta de la calle en las
afueras de la gran sastrena.

EL TIMBRE
Sonó el timbre en mi oído insistente, inacabable, como si hubiese
puesto el dedo en el botón co; tal fuerza que se hubiesen quedado en
24

contacto interminable las dos rodajas; las dos mondaduras de cobre de
la almeja sonora.
Estuve por gritar, llamando a mi criada: «¡Pero, María; que están
llamando hace una hora! ¿No oyes?»
Toda la casa, todo el mundo debía de estar oyendo el timbrazo que
•era como un calambre de la casa.
.
- ¡Que pase! ¡Que le abran!-dijc cerrando los ojos con fuerza, como
s i fuese a ver así el fondo oscuro de la habitación y la puerta a que llamaban y por la que alguien debía aparecer.
En la penumbra de mi cabeza, como abriéndose y prolongándose
·una rendija, apareció un dintel iluminado y apareció la sombra blanca.
Entonces me despedí de la vida y me MORÍ.
¡Ah! Pero al fin se calló el timbre,inaguantable que amenazaba con
trn horror mayor que el de la muerte, si no se callaba en seguida.

LA SEÑAL PARA LOS AUTOS
Este atentador contra la vida de los demás fué uno de los mayores
malvados de la Humanidad. Se colocan en primer término de la criminalidad a los regicidas; pero eso no acaba de estar bien pensado. Claro
que si se tratase de hacer la formación para el día final con todos los
.que fueron ejecutados por la justicia, los jefes, los cabos gastadores, los
que abrirían filas en ese escuadrón de muertos serían los regicidas.
Este malvado se quiso divertir aunque no fuese más que un solo d ía
en la vuelta aquella de la carretera.
Siempre se había dicho: «¿Y si yo quitase esa señal que orienta a los
.automóviles al dar vuelta?» «¿Quitarla?-se había respondido a sí mismo-. No. Porque les chocaría a los conductores encontrar punto tan
estratégico sin señal ninguna. Quitarla, no; pero sustituirla ... »
Durante mucho tiempo estuvo tentado de darse tamaño espectáculo
-sustituiría'la S, que señala la revuelta, y pondría en su lugar la V de
los simples ángulos de la carretera-. Así, al no hacer la S ce~-rada que
hacía allí el camino, se lanzarían por el extremo de la V al abismo 9.ue,
terrible, insondable, con sus peñas despeñadas en el fondo, se abna a
.ambos lados de la S, pues sólo si el automóvil hacía su trazo muy ceñido
podía evitar la caída.
Lo patolóaico en él pedía saciarse en la desgracia, en algo rumbosamente catastrófic~. Aquella violencia cerebral, aquella excitació~ de los
nervios, aquellas contenciones de sangre coagulada en algunos rincones
&lt;le su ser, le hacían pensar en Jo mismo. Su arrebato era enteramente car25

�LA PLUMA
LA P L U l\l .\
nal, incrustación de la naturaleza en el fondo volitivo de su ser. ¿Qué
iba a hacer él?
Por fin, inducido por el deseo de algo c¡uecalmase su frenética soledad
en e! ~ue_blo, v:irió el c~rtel_ del «R .. A. C.» y puso en su lugar el que
hab1a 1m1tado el con m1stenoso cmdado. Lo hizo muy de mañana porque quería ver caer en el abismo desde el primer automóvil al último.
En efecto; la primera víctima fué el primero que pasó rápido, expreso; aprovechando esa hora en que los caminos están despejados, vió fa V
y tomó la curva, como si sólo fuese una, haciendo el rizo breve que
piensa desrizarse en cuanto se pase el ángulo, redoblando la velocidad
inmediatamente después de «arrelantida» al hacer la curva. Con eran
velocidad se hundió en el abismo como en las películas, como si fuese
falsa la caída.
Escondido entre las matas de la vuelta, observando el sitio por donde
habían de desembocar los que fuesen cayendo en la trampa, observó
con alegría cómo era de ingenioso su cambio de letra.
Cincuenta, ciento, ciento cincuenta, doscientos, doscientos cincuenta, trescientos ... en una rápida progresión fueron descalabrándose en el
abismo; ni un «¡ay!» ni nada salían del fondo perdido del barranco.
El cazador de automóviles estaba satisfecho. La caza resultaba espléndida. Pensaba que no tuviese fin, pero del fondo del abismo brotaba
un coro de brama de automóvil, de relinchos, de rumor extraño-pues
los motores seguían vivos-, y el primer hombre que pasó en un burro,
se asomó al abismo y fué a buscar a la Guardia civil. Entonces el malvado huyó atemorizado.

EL CONEJO DE LAS ANTÍPODAS
Aquel cazador era un observador del campo y de la Naturaleza más
que un cazador. Había recorrido toda la tierra y había disparado sus escopetas en distintos mundos, en el nuevo y en el viejo mundo.
preciaba de gran observador y aprendió la botánica, entre otras
c1eI?c1as, par~ poder llamar por sus ~ombres las hierbas del campo y
decir de_la pieza. cobrada: «Estaba ¡unto a una planta de genciana», o
«la perdiz asomo su cabeza por entre la adrenalia espfrosa.»
-Voy leyendo el campo-decía el ilustre cazador-. Para mí no hay
planta que no merezca ser observada ... Es innumerable el campo, y no
hay cosa más divertida y que deje la imaginación más descansada que
ir viendo el mazorral que cubre los campos.
Hombre rico, suntuoso, de gustos refinados, de originalidades que se
podía pagar, usaba cartuchos con perdigón de plata. Son mucho más

. S:

z6

ligeros y matan mejor-decía él, y siempre ~ñadía co~o coletilla de su
orgullo-: ¡Mire que no habérseles ocumdo esto m a los rey~! El
mundo es un gran tacaño, y por eso no puede inventar cosas.
Un día que le acompañaba por el magnífico coto de caza, en el que
sólo cazaba él, vió de pronto un conejo que le sorprendió con un género
de sorpresa que no era la del cazador.
-¿Qué le pasa?-le pre0 unté temiendo que viese otra cosa.
-¿Ve aquel conejo ...? Pues aquel conejo me _ha hecho burla, 1~
misma burla que me hace ahora, en la Patagoma ... No me guerra
creer usted, pero es cierto ... Con sus orejas, con su hocico de viejo, me
ha sonreído como hoy, otra vez... Así como está ahora de plantado se
me plantó entonces, y también entonces como ahora ... Y después de la
última palabra, el cazador se echó la •escopeta a la cara y descargó para
asegurar la pieza los dos cartuchos de su escopeta.
- ... Como ahora-siguió en seguida el párrafo interrumpido por
el cazador-, disparé mi escopeta so ore el animal, pero se me escapó ...
El perro esta vez había topado con el conejo burlón, de hocico de
viejo muy afeitado-sólo los pelos oscuros estaban crecidos-, y nos
lo traía.
El gran cazador tomó el conejo en sus manos y Jo examinó. Aún estaba caliente como el pan recién salido del horno.
-¡Ah! Es magnífico ... Este es aquel sin duda .. . Aquí tiene las cicatrices de aquel disparo ... Después, con una navaja le abrió las cicatrices
y comprobó que, en efecto, en el fondo de ellas había perdigones de
plata, y de los grandes, de los que gastaba en la época de sus cacerías en
Pataoonia. Me los enseñó en silencio.
?stábamos admirados; el paisaje, el bosque, se había complicado.
Parecía que en la Naturaleza hay más secretos designios y juegos más
importantes de lo que parece. La conejera que hizo aquel conejo atravesaba la tierra, y se abría desde el principio al final de la tierra. El hurón
se perdería en la larga catacumba y no Je volveríamos a ver si le introdu¡ésemos en esa gruta inmensa, inacabable, verdadera perforación del
terráqueo.

LA MANO DEL ROB.\JOYERÍAS
Los escaparates de las joyerías son como teatros de las joyas, con su
telón de terciopelo al fondo y sus candilejas y todo .
Esos terciopelos gris perla negra de las joyerías hacen resaltar las joyas y son como su traje corporativo.
.
Pasando frente a esos escaparates me he quedado mirando lo que
vale una cruz pectoral de obispo, y cómo son de claros y de rosas alguz7

�'LA PLGMA

L A PLU i\JA

nos brillantes. Estando parado frente a esos escaparates he visto de
pronto aparecer la mano que alcanza la joya que una señora ha visto
del otro lado del escaparate, y que ya ahora, del derecho, es posible que
no le guste.
Es misterioso, delicado, lleno de puntería el gesto del manipulador
de las joyas, que casi sin que se le vea mirar el par de pendientes que
busca, los alcanza en seguida y los coge como el finiquitudo que pinza
los lentes.
Una tarde, frente a una de esas joyerías con escaparate de terciopelo,
vi la misma escena de la mano sino que completamente diferente. Aquella no era la mano del dueño, sino la mano del ladrón. No se apresuraba
aquella mano, no es que hubiese vendido con gran glotonena la joya,
no, nada de eso; la mano era delicada, de dedos blancos y largos, de
gestos de araña, lento y distinguido; ¿por qué me pareció la mano
del ladrón?
Pues, sencillamente; porque en su palidez y en su afrodisismo al
pinzar las joyas, estaba claro que era la mano del ladrón.
No se veta al hombre que movía aquella mano; pero ella, muy aplicada, iba cazando las mejores joyas de la tienda.
Confieso que fué un gran espectáculo el haber visto al ladrón operar
con limpieza, con mangas y puños intachables, con las manos muy cuidadas por la manicura y las uñas discretas, limpias, pareciendo mentira
que fuesen las de un ladrón.
Tan seguro estuve desde el primer momento de que aquella era la
mano del ladrón, aunque hiciese los gestos del propietario, que avisé a
la pareja de guardias y entramos en la tienda. El ladrón huyó y vimos
que estaban en tierra, con algodones en las narices, los verdaderos propietarios.

ella en busca de esa araña que se ha visto en el techo. A veces se enredaba en las ropas d_e la cama y caía en ella como un niño que juega en
la cama de sus papas.
_Com? el explorador llevaba cecina de Burgos y jamón de Avilés, su
resistencia era ya e~ aq~ellas latitudes mucho mayor que la de los ex-ploradores que ha b1an ido antes.
Como estimulan:e del e~tómago y para aprovechar lo que a ningún
explorador _se le hab1a o~umdo aprovechar, llevaba una heladora con la
que se fabricaban los !11ªs estupendos y exquisitos helados.
El expl?rador ten_1a espe~,!-nzas ~e descubrir el Polo. ¡Ah, es que
como el fno de Madrid ui: d1a de fno, no hay ninguno en el mundo!~~vuelto_ en su capa e?panola avan~ba con sus compañeros de expedicion, obl_1gados a segmrle, porque como Hernán Cortés había cometido
la brutalidad de quemar las naves.
. Por fin un día, en la clara mañana nevada del Polo, gritó como Co-lon cua~do gritó_ «Tierra ... !» «... El _Polo! ¡El Polo!»
¿Que hab1a visto~ ¿Por q_u~ babia lanzado ese grito tan seguro?
~n lo alto ~el horizonte visible y como se destacan en los caminos de
13: Sierra }os cipos que señalan la_ c:;irretera cu~ndo se pierden entre la
meve, as1 se destacaba una especie de agudo e mterminable obelisco de
algo más ~uro que la piedra.
-¡El e1e del mundo! ¡El remate del eje del eje del mundo! ·Estamos
en el poloí
1
. Sacó fo_tografías, hizo ondear la bandera en el eje del mundo y volvieron _hacia las orillas por _ver si encontraban un barco danés que les.
devolviese a Europa, ans10sos de contar la maravilla en la Puerta
del Sol.

EL EXPLORADOR DEL POLO

LAS LÁMPARAS

El explorador del Polo había encontrado las señales de los puntos
que hab1an alcanzado los otros exploradores, y como quien arranca de
una bandeja de dulces la banderita que la remata, así fué variando su
banderita española, siempre avanzando, avanzando, más de lo que había avanzado nadie, porque había una ler secreta por la que hasta que
no fuese un español el que descubriese e Polo, el Polo no sería descubierto.
«Aquí estuvimos el día tantos de tantos de tantos», había escrito en
algunas de las grandes moles de hielo.
El exrlorador ponía la huella de sus zapatos en la inmensa sábana.
Le parec1a andar por encima de una gran cama hecha, corriendo por

. ~abí3: estado en un sitio lleno de lámparas, en la probatura de la
ilummación eléctrica en el Teatro mayor del mundo próximo a inaugurarse.
'
Los conmutadores habían encendido varias veces parte y todo el
alu~brado. Cada vez era como si nuevas lámparas cayesen sobre mí y
me mundasen.
Si_)'.º h~biese teni~o que decir cuántas lámparas había visto, siempre dma seis veces mas de las que había visto. Las lámparas tengo observado que ~eja~ su huevo de caviar, en el fondo del alma, tantas ve~es como se ilumman.
Si en aquel teatro había un millón de lámparas. yo diría siete millones.

28

�LA' P L U,\\ A
Era prodigioso el efecto de luces.
-Nunca estarán todas encendidas ... Porque cuando sea de día en
la escena estará oscuro el teatro-decía el director de luminarias-. Sólo
los días de gran gala se aproximará un poco el Teatro a esta iluminación que han visto ustedes esta noche.
Yo en los momentos más espléndidos de luz cerraba los ojos como
si me estuviesen retratando al magnesio, dándome una gran exposición.
Cuando me fui hacia casa, el recuerdo de la gran iluminación quemaba mi frente. La ciudad con sus tiendas y sus calles iluminadas me
resultaba muy oscura.
Al llegar a casa estaba enfermo y llamé al médico.
-«Está lleno de lámparas-dijo el Doctor-y no sé cómo se las voy
a poder sacar de la cabeza ... Tiene una indigestión de lámparas. Esto
se le irá quitando poco a poco».
Y en efecto, se me fué poco a poco; pero durante mucho tiempo yo
"Veía al cerrar los ojos un teatro de la Opera radiante, embombecido.

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA

ESTAMPAS DE MADRID
LA CASA HOSPITALARIA
La fachada
dqnde hay dos
balcones con la persiana echada,
parece un vivero de ostras.
Tal está llena de costras
como para que la mandén a San Yuan de Dios .
En los balcones
hay un tiesto de albahaca
que compró en la verbena la Paca,
y otros con claveles reventones,
y una enredadera,
y un rosal.
No hay luz en el portal,
y en la escalera,
donde ya triunfa el pellizco,
no hay mas que un farol bizco
que tiene muy turbio el cristal.
Entran parejas misteriosas
con actitudes sospechosas.

.JO

31

�LA PLUMA
LA P L UM A
Luego a ratos se ve
a una astrosa mandadera
que va con una astrosa cafetera
al tupi por café.

'

¡

Y sale a eso de la una,
mirando a todas partes con miedo
de una mirada inoporttma,
don Homobono, enriquecido
vendiendo género podrido
en su tienda de la calle de Toledo

Y ante el portal hospitalario
con dos guardias de Seguridad,
en nombre de la sociedad,
por el honrado vecindario
vela la grave autoridad.

EL QUIOSCO MÁS NECESARIO
En la plazuela hay un ttmplete
más bien extraño palacete
con las paredes de cristal
y su recinto extraordinario,
como en un culto legendario
guarda severa una vestal,

Y sale a eso de las tres
uno que parece un picador,
y es
un respetable coadjutor
de la parroquia de San Ginés.
Arriba riñe la Cacharra,
porque para un apuro
de honor, la pide un duro
su, novio, que es el chulo más macarra.

Que se ha llamado doña Paca,
y ahora es la señora Francirca,
o siempre fué la señá Prisca,
y en el palacio de la opaca
pared de vidrio ~speso
y apagado,
dentro de un cuchitril imposible
vela por el ful'go sagrado
de un culto i1Zl'xtinguible.

Y del pasillo entre las vueltas
se escuchan frases sueltas:
-¡Nos Iza «pringao» este tío canalla!
-Mira mi cuerpo, ¿es que está por.hor
-¿No tiene usted otra toalla?
-¡Ag-ua caliente para el ocho!

32

Y ante ella pasan los cortejos
de unas gentes sin fin.
¡ Oh, palacetes de Pontejos
y Antón Martín!
¡ Oh, cristalinos palacetes
que entre el tumulto de la ciudad
como en pacifico remanso
ofrecéis vuestros gabinetes
para la meditacíón y el descanso
rnando son de más necesidad!

Abajo en la calle, en la acera
de enfrente,
prepara el matutino aguardiente
7uana la tabernera,
mientras departe con su amigo
el sereno, que lleva
el farol en la barriga
como un lu.minoso ombligo
3

33

�LA PL UM A
LA PLUMA
Penetra toda apresurada
" con la faz congestionada
opulentísima matrona.
Y cuando cae en el sitial
hay un desbordamiento carnal
.,-obre la cerámica poltrona.

Breve tiempo los fieles están
en aquella santa mansión.
Lleg an. Hacen su oración
ferviente.
Y se van .

Pero la dama ya no tiene
su faz en congestión,
y se oye un ¡ah! de satisfacción,
como si ante la penitencia
se descargara su conciencia
de una terrible confesión.

Y se renuevan continuamente.
A veces
hay quien prolonga su devoción,
y quzen espera impaciente,
a que se vaya
el penitente impenitente.

Y en todas las celdas la oración
es igual,
como en el coro de una catedral
citando el cabildo canta
a las horas de la digestión,
y se dice una jaculatoria
del venerable Gargantúa
a la feliz memoria.
Y de un gran órgano invisible
en continuada sinfonía
se escucha alli
la más extraña armonía
que junta en una melodía
al grave «do» y agudo «sfa.
Y estando
siempre humeando
un pebetero inmenso,
existe una constante
y odorante
tufarada de incienso,

Entonces, la diaconisa
que guarda aquella catedral
le dice al fiel que tiene prisa'.
al fin y al cabo,
su frase ritual
mostrándole la capilla lustral:
-«¿Lo quiere usted con lavabo?»
i Oh triste oficio fementido
de la guard_iana! Esa mujer,
que es preciso que los demás hayan comido
para que ella pueda comer.

EN TORNO A MbYANO
Cuando saca la señá Noche
su mantón
de crespón
negro,
y el aderezo de azabache
empieza una sinfonía apdche

34

_;5

�LA PLUMA

LA PLUMA
con su andante y con su allegro,
en muchos parajes de la ciudad.
Entonces es aquel momento
que entre el Botánico_y F omento
en medio de la oscuridad
que cuida, el buen Ayuntamiento
empieza cierto movimiento
de una especial actividad.
Basta que en .;omóras se sumerja·
aquel lugar de soledades,
para que así como en su casa
se quedan otras damas, pasa .
que aquí se quedan en su ver;a
recibiendo p. sus amistades,
la Pelambrera, y la Cohete,
la Moñoaltrote, y la Pebete,
.
y otras malabaristas
de lo más hábil que la corte tiene,
que hacen la vida al aire libre
como mandan los higienistas
aunque digan los rigoristas
que andan a malas con la lzigiene.
Y al comenzar la recepción
con singular animación,
quedando en sitio secundario
sus chulos administradores,
por si es el caso necesario
.
de que a algún pelma estrafalarzct
le hagan ellos los honores
del salón.
Y sabe la clientela toda
de las señoras de esta sala,
que los sábados son días de moda,
y los domingos hay vermú de gala.

¡Oh, las noches sabáticas!
¡Sombrías lupercales
de las fiestas drolátictis
de las chupajornales!
Y los domingos por la tarde,
al volver de los merenderos
cuando en sus pértigas ya ~rde
la, mecha de los faroleros.
Van a rendir a este senado
un homenaje afectuoso, ·
que no por ser apresurado
es menos férvido y copiostJ.
Jlfozos de pueblos comarcanos
que han venido a pasar el día,.
y estando ya calamocanos
sin_ un exceso de equipaje'
quieren volver a su viaje
por la estación del Medio día.

'l.

Y ved qué tremenda ironía
la de las burlas del destino.
Pues quiso un extraño sino
que esas fiestas de misterio
presídalas un hombre serio.
Y allí está don Claudio Moyano,
renovador del Magisterio
haciendo un gesto con la :nano,
tal vez efecto del ambiente
,en que se ve constantemente.
Y hará muy mal si se resiente
de que en nocturna contradanza
nada se oculte ante su vista
. siempre
.
'
.quien
fué un especialista
.en las cuestiones de enseñanza.
37

�LA PLU ,\1 A
LA PLU MA

LóS BANCOS PROPICIOS
LOS BANCOS TRAIDORES
Delante del Museo,
en el Paseo
del Prado,
liay unos bancos excepcionales.
Bajos, de gran anchura,
y, salvo la blandura,
parecen camas matrimoniales.
Se ve que, indudablemente,
están kechos para la figura yacente.
Y en las confusas saturnales
del paraíso de las furcias,
sirven como lechos nupciales
para toda clase de nupcias.
Ba;o de la arboleda
conviénense las voluntades
y sillanse las amistades,
con breve frase y voz muy queda,
que dice sus abracadabras
en un lenguaje «crúo».
Y viene la romanza o más bien duo,
sin palabras.
Luego, por no marcliarse a secas
tras el coloquio pistonudo,
despídense con un saludo
que es muy puente de Vallecas.
Y presidiendo aquel diabólico
aquelarre, como un simbólico
dardo que apunta a la región del rayo~
cerca de allí, atrevido
el aire rasga erguido
el obelisco del Dos de Ma;,o.

Hay unos bancos en Rosales
que por la situación
de su excelente orientación,
parecen hechos especiales
para las pláticas más confidencia/es.
Delante, el panorama agreste
del Parque del Oeste,
y la Casa de Campo,y la llanura
de las tierras de pan llevar
co1ifin que en la noche figura
que es el horizonte del mar.
Y en esos bancos sobre el río,
que están como enfrente del vacío,
van a decirse sus quejas
fas más románticas parejas
borrando allí todo desvío.
El farol público no alumbra,
y en tan amables ocasiones
hacen sus reconciliaciones
en la más discreta penumbra.
Y tan a oscuras y callados
que a no escaparse mt cuchicheo,
no se dirá que están poblados,
todos los baucos ael paseo.
Pero a La humana confianza
zozobrar hace en la bonanza
lo inesperado más cruel.
Nadie ve allí que en el momento
mas convincente del amor,
tiene e,qrente a Carabanc/zel,

�LA PLUMA
Carabanchel un campa-mento,
y en el campamento un reflector.
Que se dirige ímpertinente
con luz muy rápida y potente
a descubrir unos secretos,
que se tenían por discretos
en la tiniebla más decente.
Y aunque el fulgor se aleje y vague,
acaba con las confidencias
que antes que la luz se apague
sus postrimeros resplandores,
ya apagó todas las mayare!
y más ardientes vehemencias.

J

PEDRO DE RÉPIDE

LETRAS FRANCESAS
temporada literaria francesa ha concluido como empezó, sin
que un nombre grande o una obra sobresaliente hayan venido
a insinuarse en la atención del público cultivado - al menos
en lo tocante al libro, pues en lo relativo al teatro la situación
es muy distinta, como al momento veremos.
En los últimos meses ha habido abundantes conmemoraciones de cin cuentenarios y centenarios, reimpresiones, y gran copia de volúmenes
nuevos lanzados al mercado, una actividad literaria más intensa de día en
día, pero pocas obras notables. Es evidente que el azar manda mucho en
estas materias, y hace que en la misma fecha aparezcan bruscamente
obras que a menudo difieren harto en el fondo y en la forma, pero dignas
de nota por algún motivo. Sin cercenar nada de esos caprichos del destino, pueden hacerse dos observaciones que a nuestro entender caracteri~an la producción literaria actual de Francia.
Es la primera, que la literatura de guerra parece haber dicho su última palabra y que, salvo alg1mas excepciones cada vez más raras, nos hemos desembarazado para siempre de la montaña de narraciones, diarios y
t"ecuerdos de combatientes llenos de buena voluntad, pero muy a menudo
más valientes en el campo de batalla que talentudos con la pluma en la
mano. Es la segunda, que el cataclismo mundial que acabamos de sufrir
no ha variado nada las direcciones de la literatura francesa: nos hallamos
ante los mismos autores, las mismas tendencias, las mismas teorías. Sólo
•que muchos de esos autores y de esas teorías nos parecen envejecidos
precozmente. Efecto propio de la guerra es el de intensificar cuanto toca,
en todos los órdenes: en éste ha causado también un desgaste prematuro.
Nos percatamos de ello cada vez mejor a medida que reaparecen las
A.

41

40

�LA PLUMA

LA PLUMA

obras de aquellos que más preciábamos antaño. Lo menos que podemosdecir es que no se han renovado mucho.

***
Dejamos dicho que la literatura de guerra está en la agonía. Sin em- J
bargo aún da suelta a tal cual estertor. La última manifestación de este
géner~ es por ahora Le bouchu de Verdu1: , de M. L~uis Dumu_r. Los p~riódicos han contado el proceso que ese hbro ha venido a suscitar. Lou1s
Dumur, al pintar el cuartel-general del Kronprinz, citó los nombres de al-gunas de las queridas del hijo de Guillermo II. ~na de ellas se enfadó, y
llevó a los tribunales a nuestro colega, que ha sido condenado a la pena
mínima es decir a un franco de indemnización de perjuicios. Es de e, perar que' el ridicuio proceso no haga más que ~celerar la ven~a d_e la obra:
de M. Louis Dumur, que es excelente. Conocida es la conc1enc1a del autor de JVach Parú!, el cuidado escrupuloso con que compulsa y escoge
los documentos, su deseo de no afirmar a la ligera, y _los testimonios de
toda especie de que se rodea. Desde ese punto de vista, Le b~ucher de
Verdun en nada cede a su libro precedente: es un documento vivo y característico del estado de ánimo del ejército alemán en cierta época de la
guerra. Hay una reunión del gran estado mayor, un retrato de Guil~ermo II, croquis de la vida del Kronprinz en Stenay, notas_s?bre su sé9-utto~
que son de primer orden. La trama del libro, bastante tnv1al, gustara menos, pero la pintura de caracteres salva lo demás. Le houcher de Verdun
es, en suma, uno de los buenos libros de -~stos últimos meses.
.
Otro tanto diríamos de la última novela de M. Gastan Chérau, ValentznePacquault si el autor hubiese tenido el valor de acortar su obra, de condensarla, ~mputándole la última parte. La prolijidad es el extravío habitual
de M. Gasten Chérau. Ya pudo apreciarse así en Champí-Tortu, esa obra
casi maestra, a la que le sobran cien páginas. Y ahora se agrav_a en Valentine Pacquault. Libro severo, rígido y taciturno, como la vida de la
provinda en que transcurre, libro triste y apasionado. ~- Ga~to~ Chérau
ha querido pintarnos la existencia monótona de un matnmomo J_ov~n en
una ciudad pequeña con guarnición, y los eternos figurones provmc1anos,
sus ínfimas distracciones, sus chismes, su pavorosa ociosidad, .Y e_l alma
no comprendida de una Bovary que acaba por caer en la prostitución, El
asunto sólo podía salvarse por la intensidad de lo pintoresco y por la variedad de los acaecimientos psicológicos: menester es confesar que la monotonía prepondera con demasiada frecuencia. _El medio ha abr1;1mado al
novelista, como a veces sucede. Pero no se olvidará en mucho tiempo el
arte probo y sincero con que M. Gastan Chérau ha burilado los personajes. J

Sabido es que nada de lo que escribe Mme. Colette es indiferente. El
nuevo libro que nos da, intitulado Dans la joule, se reduce a una compi-lación de impresiones, pero de calidad superior. U na sesión en la Cáma ra, una revista en Longchamps, una tarde de elecciones, la mutitud en un
cementerio, tales son algunos de los motivos a propósito de los que se
pone a vibrar. Son migajas literarias, si se quiere, pero no hay relieve de
esta mes&lt;} que sea desdeñable.
La aparición de un nuevo libro de M. Pierre Benoit, Le Lac Sall, h a
reanudado toda suerte de polémicas, antiguas y nuevas, sobre la novela
de aventuras. Ya se sabe que cada obra de este novelista hábil tiene el
don de apasionar al público. Por añadidura, un artículo de M. Marcel
P,evost inserto en la Rez,ue de France y escrito a propósito d · una narra-•
ción que publica esa revista: l'Assassinat de M. Fualdés, ha vuelto a po ner el asunto en tela de juicio. ¿La novela de aventuras, es o no un género literario? ¿Es razonable cultivarlo? ¿Ha llegado, o más bien ha vueltola hora de su desarrollo? Porque toda esa gente que con tal vigor discute
parece olvidar que ese género tan francés no ha dejado nunca de ser·
bienquisto entre nosotros desde los libros de caballería, y que hace cien,
años se hallaba en plena prosperidad...
Todas esas cuestiones, y diez más del mismo orden, correrán la suertecomún a todas las discusiones teóricas: serán vanas si no suscitan obras,.
que son lo único que puede tenerse. en cuenta, y lo único que puede aducirse en definitiva.
¿Quién negará que M. Pierre Benoit es un novelista habilísimo? Hasta
la lentitud misma de sus preparativos le favorece, y nadie ignora, porotra parte, que es excelente en el empleo de h, narración directa para,
captar la atención del lector y apoderarse de él enteramente. Una novela
suya está urdida eomo una obra de Scribe o de Sardou, y :sobre poco
más o menos, compuesta de la misma manera-con toda la distancia que ·
separa el teatro de la novela. Su imaginación parece ser también de igual
calidad que la de aquellos dos «virtuosos• de la escena. No es imaginación
densa, desbordante, infatigable. No maneja conjuntos vastos. Es ingeniosa, fértil en detalles, rebuscada, casi sabia. Es en esencia la imaginación,
de un hombre de biblioteca, de un investigador por papeletas, de un manipulador de documentos escritos, la imaginación que pudiera manifestar
un historiador de la literatura, por ejemplo, que se hubiese impuesto la
tarea de reconstituir una época dada.
Una imaginación de esa índole n~cesita estar sostenida, apuntalada
por los documentos de los archivos, no se lanza a galopar a través del'
tiempo, sigue con toda docilidad las sendas trilladas, e ignora lo que es..

42

,

43

�LA PLUMA
vagabundear a campo traviesa. En rigor, si M. Pierre Benoit quisiera, podrla llenar de notas y de referencias el piso bajo de sus novelas, y estoy
seguro de que ninguno de sus lectores se asombraría.
Su obra última no5 transporta al país de los mormones. Alli encontramos la oposición de la mentalidad católica y de la mentalidad protestan.te, una linda muchacha de quien se prenda secretamente un pobre jesuita, un carácter duro de mormón sectario qne reduce a la muchacha, la
reduce a esclavitud y la encadena para siempre a orillas del lago Salado,
-mientras que el jesuíta, desesperado, huye y se mata. Sobre todo esto,
una especie de fatalidad amorosa que crea una atmósfera como la de l'AtJantíde y Koenigsmark.
De propósito coloco al lado del nombre de Pierre Benoit el de Emite
Magne, y cuanto acabamos de escribir acerca de la imaginación del autor
del lac Salé podría aplicarse a la del autor de Scarron et son milt"eu, de
Madame de Vt'lledieu, de Voiture, y de tantas otras picantes narraciones
acerca del siglo XVII francés. Sólo que Emile Magne no es un novelista,
~ino historiador literario que adereza lo mejor que puede para nuestro esparcimiento las historias que le suministran los personajes ilustres u oscuros del gran siglo. Pero ya se comprende que entre ambas maneras,
.sólo hay una simple diferencia de grado, nn de naturaleza.
Leed la :Joyeusefeunesse de Tallemant des Réaux, que acaba de publicar, y veréis si no es un prodigioso ensayo de reconstitución de un siglo,
demasiado conocido por la fachada, por sus lnfulas y por sus virtudes, y
no lo bastante por sus interioridades y en sus bajos. Emile Magne es un
-evocador asombroso de una época, y !'.U veracidad es absoluta. Y ahí están las notas que recargan sus trabajos, para dar testimonio de su labor
'Y de su afán de veracidad. El autor de Scarron et son mílieu se ha convertido en uno de nuestros historiadores literarios más not.:&gt;rios, y de los
menos afiliados a la crítica literaria oficial y universitaria.

•• •

Al revés que el libro, el teatro, e n Francia, parece despertarse de su
letargo y orientarse hacia nuevos horizontes, hasta donde lo permiten,
.al menos, los obstáculos fo rmidables de todo género que los autores dramáticos viejos oponen al paso de los jóvenes.
Desde este punto de vista puede decirse que la temporada que acaba
-de concluir, ha sido fecunda en promesas para lo futuro. En tres teatros
por lo menos: l'Oezwre, le Vieux Colombíer, le Theátre Montaigne-Gémt'er,
-se han revelado obras y autores nuevos, se han manifestado nuevas maneras de sentir y de expresarse.
·
En pocos meses, l'Oeuvre, gracias a la a,;tividad incansable de M. Lu44

LA PLUMA
gné Poe se lra convertido en uno de los primeros teatros de Parfs por la
calidad de las obras que en él se representan. Le Cocu Magnifique, de
Crommelynkc, fué una verdadera revelación. !,a Couronne de carton y Le
Pedzeur d'ombres, de Jean Sarment, han añadido dos nuevas sorpresas a
la primera. En le Víeux Colombier han continuado la tarea ~el año anterior, y La Dauphine de Frani;;ois Porchér ha alcanzado éxito no menor·
que le Paquebot 7 enacity o Le Testament du Pere Leleu.
En fin 1 en la Comedie Montaigne, Gémier, con las obras de Lenormand, ha logrado el triunfo de un arte un poco mórbido, pero de brillante originalidad.
.
.
, .
A todas esas manifestaciones, ya muy tnteresantes por s1 m1sm_as,. se·
suman los espectáculos de los teatros ~a coté&gt;, como el de los Esctzolters
y el Nouveau Thédtre Libre, habiéndonos revelado este t.ltimo una obra
de Jean-Jacques Bernard sencillamente admirable.
Para ser completo, tendría que añadir a esa lista de obras todas lasque M. Jacques Hébertot ha puesto en el Grand Théatre des Cham~s
Elysées, algunas de las cuales señalan ya una época en el campo de la hteratura y de la música.
,
Ese teatro admirable uno de los más hermosos de Pans, está un poco
abandonado por el público en razón de su emplazamie~to, un tanto excéntrico. Hasta ahora h:,bían fracasado todas las tentativas hechas para
llevar gente a él. Tan sólo M. Jacques Hébertot ha llegado a realizar el
milagro de tener buenas entradas. e n el T~é_atre des Champs Elysées,
merced a su tenacidad, su constancia, su hab1hdad. Verdad es que no ha
escatimado el trabajo ni los recursos de la imaginación. Nos ha revelado
los bailes suecos ha dado asilo a los bailes rusos, ha ofrecido la escena a
todas las manife;taciones dadalstas y futuristas, ha llegado incluso a poner una tragedia. A fuerza de convocar a los críticos a estrenos frecuentes, de hacer hablar de él en la prensa, ha conseguido imponerlo ..
Puede esperarse mucho de las iniciativas de M. Jacques Hébertot, cuya
empresa teatral es una especie de laboratorio del que acaso salgan tentativas muy intertsantes y audac~s.
. .
.
Diversos síntomas nos permiten, pues, perc1b1r una renovación te~tral
en Francia. Cierto que hasta ahora no hemos visto una personalidad
fuerte, a la manera de Antoine, que acierte a ~grupa~ todas esas buenasvoluntades dispersas. Pero acaso sea menos necesaria que en la_ época
del naturalismo. La armazón vieja del antiguo teatro está carco~1da, se
derrumbará por si sola, y entrevemos ya la falange de autores Jóvenes.
que levante la escena nueva.
JULES BERTAUT

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
tiene una geografía literaria asaz curiosa. No sucede entre nosotros como en Francia, donde, con excepción de la
Provenza, que permanece aparte y en contados casos desem-,
boca en la capital, las provincias todas se vierten en París.
Entre nosotros, y creo haber hahlado ya de ello otra vez, aun•
que de pasada, la Italia literaria tiene muchas capitales y cada cual con
carácter y sello propios. Hablaremos hoy de estos varios climas espirituales, intentando poner de relieve los beneficios y desventajas de estos cli·mas. Y empezamos por la capital, por Roma.
Antaño, Roma era, literariamente hablando, asaz frívola. Se contentaba
-con una literatura entre de imitaci-• n y de reflejo, mundana, alegre y
&lt;i'annunziana. Sus novelas ostentaban títulos exóticos y encontraban en
·toda la península admiradores y lectores. Pero ahora no es así. Los editores de entonces han desaparecido, y los pocos que todavía imprimen
libros en Roma se dedican a las obras de cultura o traducen de otras lenguas, como Formiggini, Nardecchia, Ausonia, la Urbs, Bardi; etc.; este
último, propietario de la &lt;Librería di Scienze e Lettere•, es de ayer tan
sólo, por ejemplo; pero tiene tradición literaria y tipográfica en aquella
.antigua e Tipografía del Senato•, de la cual desciende, y que cuenta en su
historia, por no deoir más, la publicación de las Opere, de Correnti, y de
la Summa 1heologi"ca, de Santo Tomás de Aquino.
Sardi no es el más célebre de los editores romanos; pero él es quien
·publica ahora una obra de gran importancia literaria y filosófica: Voci del
·mío tempo, de Adriano Tilgher. ¿Quién es Adriano Tilgher? No se puede
definir esta personalidad italiana de hoy en pocas palabras. Por lo demás,
Tilgher representa, con pocos más en Roma, el renovado espíritu de la
--capital, tal como es ahora, y hablando de él nos parecerá esclarecer me-

U

46

TALIA

jor el. sentido espi_ritual y artistico de la vida romana, y demostrar además
que ~1 hoy se advierte en este centro de vida italiana y cosmopolita cierta
hmpt':z,a y frescura, déb~_se en parte a la presencia en primer término, a
la acc1on_\uego, de 101 Jovenes que, como Tilgher, tienen una superior
preparac10n moral y cultural? despr?vistos en absoluto de aquel arribismo
descarado, 9-u~ coodu10 a pnmera !mea a los novelistas y cuentistas naci•dos del penod,smo. Por lo demás, incluso el periodismo se ha aprovechado de estos elementos; y tal vez por ello se ha conseguido no sin esfoerzo, es cierto, la depuración del ambiente.
'
. Cuando se piensa que un Emilio Cecchi (de quien ya os he hablado)
tI~ne en nu~~tra !ribu:1-a (diario ~uy i~portante de la noche) la sección
iiJa_de la cnhc~ hterana, y un Adnano T1lgher en el Tempo (diario de la
~anan~) _la critica teatral, aunque haya en los demás periódicos de la capital cnticos teatrales y literarios de segundo orden, éstos deben sentirse
m~ómo~o~, y ~e todas suertes, no pesan excesivamente sobre la pública opinión. :rilgher ha entrado en el periodismo ya maduro, y después
~e haber pubhcado dos obras fundamentales de pensamiento y de estética, Arte, conoscenza e realtd (Bocca-Torino), Teoria del praumatismo
tras~ende'_'ltale (Bocca-Torino). Nacido en Nápoles, que de Vic~ a Croce
ha sido siempre un centro esencialmente filosófico, llega a Roma en plena
~uerra y al punto atrae sobre sí la atención del público culto con sus articulo!. densos, claros, llenos de ideas.
El público romano, e incluso el italiano, está poco habituado a este
l(énero de artículos y prefiere, por desgracia, la retórica bien cocinada a
las verd~des netas y ~o?c~sa~. Pero Til~her insiste, y, acabada la guerra,
su estudio sobre la cns1s itahana se extiende a una revisión de valores
menos local; y, en d~finitiva, toda la crisis del mundo es estudiada por él
e?,º un ~náhsts despiadado y rígido, tras del cual se entrevé una preparacion soc10lógica y filosófica profunda. De los hec hos morales a los estéticos, el paso f~é ~reve. _Recibió del 1 empo el encargo de hacer la crítica
teatral, que eJ;rc1ó y eJerce ~on una agudeza y una serenidad muy raras
e_n ~ues~ro pa1s, y que sólo tienen par e n lo~ análisis críticos de Cecchi,
51_b~en este parta de otros conceptos y tenga una estética esencialmente
,dislmta. ~r lo demás, la posición de Tilgher está contenida en límites
menos ng1dos que la del otro; porque Tilgher estudia todos los problemas ~umanos, como verdadero filósofo, y pasa con extraordinaria inteliiencia de un estudio sobre Marx a un perfil literario· sin salir se entiende
de sus p,ost uIa d os estét1cos,
·
· b lemente definidos
'
' Lineament{'
dí
admira
en sus
f!~tetica. Tres volúmenes suyos han salido en estos días, uno de íadole
P?httc~: La crisi mondíale e saggí crz"ticai sul ma1-xísmo e socíalz'smo (Zacichelh-Bologna), y dos literario-filosóficos: Fílosofi antichi (Athanor-

f

47

�LA PLUMA

LA PLUMA
Todi) e Voci del tempo (Librería di Scienze e Lettere, Roma), tres obras
diversas en apariencia, pero en realidad estrechamente consanguineas, y,
lo que es más, consecuentes, en las cuales Tilgher esclarece con finísimo
análisis los varios problemas del pensamiento y de la vida: desde los referentes a la decadencia de la burguesía, a aquellos otros en que con lúcidos perfiles examina a algunas personalidades literarias de hoy, o filosóficas de la antigüedad, con una lógica densa y un estilo singularmeate claro
y preciso. La obra de arte es un estado de ánimo-ha dicho en su!l LineammH di estetica-; gustar una obra de arte no es únicamente ver con
los ojos del artista un objeto existente fue1a de nosotros, y aprehenderlo
como individual; es la -individualización misma del espíritu, es decir, la
eclosión del yo como vida, no como vida universal, sino como esta o
aquella manifestación de vida; es una extensión de nuestra experiencia
vital, nuestra actualidad de vida; es el vivir inmediatamente formas dt;
vida nunca gozadas ni gustadas antes. En suma: su estética presupone en
el crítico una posibilidad emotiva, y, además, un estado de fervor, y dirla11 ,os de ascensión. Esta animación interior da precisamente al crítico Tilgher una fisonomía, que ahora lo caracteriza ya entre todos los demás,
incluso Croce. Pero también es gustado Tilgher de los no filósofos y de
los profanos, porque no muestra en sus ensayos los movimientos y sobresaltos de su espíritu cuando se acerca al artista, sino que da sin más los
últimos resultados de su emoción; últimos, y estoy por decir destilados.
Esta claridad para consigo mismo y para con los demás es su fuerza, y
constituye, en último análisis, su originalidad. La palabra de Tilgher no
ha caído en el vado, como no ha caído tampoco por lo demás la de Cec•
chi, la de Cardarelli y otros neoclásicos que trabajan en Roma. Pero mientras en Cardarelli y sus colegas de La Ronda, la necesidad aguda y sincera de claridad formal-negadas las salidas al exterior y toda simpatiase ha gastado en un proceso excesivo de análisis interno, harto estrecho
y amargo, en Cecchi, en Baldini, en LavarC6e, y en algún otro, asumía
aspectos más cordiales; y por ello les era más beneficioso, interiormente
se entiende. No aprovechaba en definitiva a los neoclásicos de La Ronda,
como no les aprovecha ahora el trabajo de rebusca, en cuanto les falta
precisamente ese punto de relación con la realidad concreta, que los verdaderos clásicos no descuidaron, antes bien, se abandonaron a ella dulce
y suavemente... Pero el caso es que incluso los neoclásicos han ayudado a
Roma, queriéndolo o no, a tener el carácter que hoy ostenta, de ciudad
literaria pensativa y laboriosa que reacciona por todos los medios contra
las malas corrientes que vienen del Septentrión ...
El Septentrión es Milán. Porque Turin, la antigua capital del Piamonte, está pobre de editores, y esos pocos, equilibrados, serios, casi
48

sok •unes
• ,111 Lattts la Sten ¡ U
.
· Hay un p asav1;,,
~1 pmnero se ha entregado por ent;
. , a tet, un Chiantore· pero
im¡,0rtantísima •Classici Launi&gt; a i _ru ~ósus oolecciones, entre eÍlas la
da
, m1tac1
r:
. ",..or Carlo p asca!, uno de nuestros
más n. de
. la Teub ner ,amosa,
dirigistendo editor de algunos escritores sort . ms1gnes filólogos. Lattes sigue
~oslnrico Thovez, una de las más b~1f:~ºJ y callados; y primero entre toac1do en Saboya, de madre de ori en
guras de nuestra vida literaria.
a_hora no más que un libro de verso! ll;:~añoJ, Thovez ha impreso hasta
tiempo fué muy discutido y alabad¿ E
un ado/eJi:enza, que en su
•cuando amor dicta•, que odia la ré~Ia! e verdadero esc~itor que habla
que de raro en raro se presenta con un v ~ y las congregaciones literarias,
neceen la sombra; pero en una sombra o _umen. Por eso su figura permato del bajo teatro no llega a él· y aunq~;e~1t~•b1~ las más nobles. E l tumulª. su C?Sta, todos sienten su pr~sencia y 1~ pu icono 1~ recuerde ni hable
s1lenc10 que ya duraba dos lustros Th &lt; r~spe~a~. Anos ha, luego de un
una obra de crítica, l l pastore ilgreg.ovez lmpnm16 en el editor Ricciardi
maba de nuevo a los problem~s literafi: a zampogna, en la que se asorando otra vez os valores de la 'lt· J de_ toda su gem.:ración consideltt,ro fué t
.
u ima poes1a de Card
. p'
C.
ex ra0rdmariamente leído y d' t' d ,
ucc1 a a::.coli El
d arducci, a D'Annunzio y a Paseo!'
iscu I o, porque Thovez negaba a
ose &lt;·n su demostración a aquello~ gran parte de sus méritos, adbiriéntas, _poetas unh·ersales; de los Gri que {ran, s~gún él, verdaderos poepágmas aguda&lt;; y profundas y beegcohs_ad edopard1. Libro nobilísimo con
rara
n 1 op e una pasió
.· vez se encuentran en oti'as críticas
, . n Y un ardor' que
cierto punto, en cuanto Thove . t . b ero ta1 cnhca sólo lo era hasta
de sus_ juicios, sus propios ro~i1;meant~ a escl~recer, ante todo a través
más bien autobiográfica y c:Si lírica ~ m;rnos, y, por lo tanto, era obra
rnen de crítica de arte ll v
lo . e, nos da ahora Lattes un voluen:imismado. Thovez 'es
t del~a pittura,.libro también egoístico y
tan? en ll pastore, el
e
c o, pintor adem~s de poeta, y como anvanos elementos de jfJ'cfogq~;~ zi?npog-na reunta con ávida pasión los
rna~ propios, así hoy en ll vang:lo1ª/J!ºepst_~J para res?lver los proble~o ~rnos y los no modernos intores a i u,:a. estudia, a través de los
!enl~1blCe de su personalidad, ~iminandi~olª\ ultimas escuelas, el centro
e a. on todo, no cbstante su
¡
s e em~n.tos que no respondan
toca a la sensibilidad de muchos e~o sn_10, esta actividad no es ta:i cerrada·
~has de un orden amplio. Esto depe:r:tta pbolémicas y resuelve proble~
ovez es un homb
.
n e, so re tod o, del hecho de
como él la revisión
!~Fo:~~\eCualq~ier otro que hubiese intent~~~
~11 parcialidad no obtendrí
b conocidos ya, es decir, con su pasión y
que Tho vez, 'acaso porquea,aªello
uen
seguro
adhesió
cont
.
~ ª.Jguna;de mientras
n'buya' 1a mgemos1dad
la expo-

t1ª

e'

e:1~f:

l!

4

49

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
.
'
.
lectores y secuaces; y no está' muy lej~no
sición y una cierta iroma, ue~: Italia sea conocido y admirado.' yrec1sael dia. creo yo, en que fuer: .
tigación es esencial y exqmsitamente
mente porque su anhelo e m~es apaz de transmitir vibraciones a los
moderno, y aunque reco~centra o, c
espíritus de cualquier pa1s.
1 ho obre de pensamiento más d:gno de
Turín reconoce en Tho:eza \ue~ seguro, ciudad ¡0 suficientem~nte
cuantos posee, pero no e '
.
nios menores, pero más relucienblufft'sta para lanzar ~on_tra T~o~e{si~!~ilidad, ya que Milán es más muntes. En Milán 3uc~dena tal co
b' &lt; de la fama que les ofrece, ~na
&lt;lana y pide a los intelect?al~s, a cam/ ~ta casi una participación activa
continua exhibición de s1 m•~mos,dy 1ª etrópoli Viven en Turin otros
m de quien
·
en los paseos y ext en·o r ambiente
. F e . aelli
ya he habla d o en
insignes escritores 'j peasado~~:· ªi~cc¡. Luigi Ambrosiní, uno de los
otra ocasión, que tiene por e l or ªv. e que ha pasado de la critica y el
jóvenes más geniales de ~a ~u~rta º\'1 brazo derecho del señor Giolítti;
cuento a la política, convirt1 o ?se _en f ma ue recientemente ha publiArnaldo Cipolla, periodista de limpia
s
aventuras muy curiosas y
cado, en casa de Bemporad, dos ~ovel~Airone· Arturo Foá, poeta recoanímadas, La cometa su;; mumz:;:r:eret) peri~dista brillante y caústico;
gido y solít~rio;·Ettore. arro:i7elminettí e' Carola Prosperi! robusta e inélla· y r.ri' ticos y escritores de buen
las dos escntoras Amaha G1;1,,
lá
'd
estetizante aqu
,
·
·
cisiva ésta, ngu1 a y G' li Mario Sobrero (autor asimismo de ammanombre, como Lorenzo ig ,
el momento no recuerdo. Pero a
dos cuentos y novelas) Y. ~tr~s
toda vez que estos elementos no
Turín, rep~to, le faltll: v1 a. rn e
cad~ uno de ellos produce se~ún el
están fundidos y reumdos, smo q d
. l'ibertad Los editores mismos
.
to con indepen enc1a y
.
.
d .
prop10.temperamen , .
asan del libro de poesía al hbro e c1~nde la cmdad son, ecléct1co,sl p L
ás personales son Bocea, esenc1alcia, del de filolog1a .al fi_loso co. ~!nm ue ermanece fiel al libro de domente filosófico y cientifico, y la S d, q anpdo en cuando acoge obras de
'6 h' tó ·ca y solamente e cu
n
.J' p,
cumentac1 n is n .'
á
d' •Ó'.l completa de las rrose ut asprosa o óe poesía (reciente est 1a e 1c1 .

f

d~

(~\ri:1
:e

carella, el glorioso_ p~e~a ro~t~:s~~i representa verdaderamen_te, ro~ lo
Pero hay una c1,u a en a
·t l aunque no de extraordmana imque hace a la poes:a, un ce~tro v1 ª1, y. 1·a ciudad ducal de los Estes.
vie de la Jnaugurazione
.
.J ll
. h omogé neo · Es .Ferrara
portancia,
. , . ' aoeta
u.e
a P.'rlDesde que Govoni, el seni51~i1~::~tfcio por la crítica y reconocido com?
mavera, que es ferrarés, u
ezó a formar en la ciudad em1•
el más cálido de _los p_oetas de hoy, s~o~:Jores y artistas, asaz insigne, el
liana un centro hterano de poetasb, p d Govoni y luego, poco a poco, la
cual comenzó por propugnar la o ra e
'

50

de otros menos personales que Govoni, pero sin duda bien dotados de
temperamento lírico. Tuvieron al punto, y tienen todavía su Casa Editorial, qu~ dirigida por Alberto ~eppi (uno ~e los mejores del grupo) creó
una '.e~ista, .Pvesza ed_A_rte, baJo la dirección de G1useppe Ravegnani, y
publico, delicada y ongrnalmente presentadas, las novelas y colecciones
versos más esc?gidas de cuantas se iban produciendo en Ferrara o por
Jóvenes de otras Cllldades, con tal de que estuvieran entonadas conforme
al tipo _de a~te en que Govoni habíase propuesto el primero; pero, bien
e?tend1do, cada cua_l con l_as p_rp pias personalidad y vena. Neppi, por
ejemplo, en su novela Aquzla bzanca, revela un principio de orientación
hacia las formas clásicas, manteníéndose,' sin embargo, en una atmósfera
de orden romántico. Porque Govoni es un romántico moderno rico de
fosp!ración, d~tadísímo de se n~imiento, pero falto de freno artís;ico y de
medida. Nepp1 está entre los primeros que saldrán de la técnica del joven
maestro, y me parece que su preparácíón y sus intenciones le llevarán
lejos. No poGiría decir tanto de otros, a unque me parezca, no obstante,
a~usada la fisonomía lírica de un Fiumi, que en il1ussole canta con exquisita dulzura y abandono los amores livianos de las modistas por las afueras de su Verona, y la de Ravegnani, que en Sinfoniale, sí bien con cierto
confuso panismo, canta a toda voz las llanuras de su región, y en las nov~las, ~n. fin, y e,n alg~nos cuentos de Mario Sandd, ioven p resentado po r
L1ppannt, todavia desigual e n cuanto al estilo, pero po r lo que hace a la
inspiración, cálido e imaginativo. L os demás, excepto Valera, que es óptimo poeta, pero de o tro to no e inspiración, a quien pubiíca, no comprendo por qué, la misma C«sa, los demás son jóvenes no maduros; no
obstante se advierta en ellos que la disciplina im puesta por los jefes del
grupo pueda un d ía mejorarlos y guiarlos tal vez al arte.
De todas suertes, este esfuerzo de una ciudad que, en un país como el
nu~stro, desi_g11al e indiferente, intenta reunir los trabajos de stis hijos
me1ores hacia un arte noble y digno, es sim pático y laudal,le; y aunque
los resultados no fueran mañana extraordinarios, no se puede por menos
d~ admirar las intenciones de los que disciplinaron y guiaron el movimiento.
Nápoles permanece aparte; parece como si allí, donde el cielo es tan
puro y los cantos del pueblo tan inmediatos, la vida literaria no tuviese
necesidad de discipli na. También se t rabaja en Nápoles, pero como en
Turío, en Génova, en Bolonia o en Venecia: poetas y prosistas aislados,
cada uno en su mundo, y celoso de ese mundo; y del mismo modo que
hay en G~nova un B~rato ?º• c uentista agudo y sutil;o un Lipparini y un
Alb~rtazz1 en Boloma, asi en Nápoles hay un Braceo, un di Giacomo, 1111
Bov10, que producen por cuenta propia y casi no se conocen uno a P li "·

?e

51

�LA PLUMA
LA PLUMA
tEditores? Está Ricciardi, verdadero 3:migo de los literat~s y ~e la poesía,
que ha publicado toda la obra de D_, G_iacomo y ahora 1mpnme u1~ estudio critico sobre este poeta de Lu1gg1 Russo, en el cual se estudia con
singular a~udeza el desarrollo caracteristic? de esa Jlrica imaginativa y
melancólica; Ricciardi, que de nuestros ed1tor~s es de los pocos q~e han
res)tetado siempre la tradición tipográfica d~l hbro en nue:tro pa1s, con
una austeridad señoril que jamás se ha rendido en tantos anos, mcluso a
costa de perder público. Hombres nuevvs no se ven en Nápoles, a no ser
algun joven, preso aún en el ¡,eriodismo, como_ Emilio S~ag)ione, mente
lúcida y clara; o Russo mismo, autor del estudio so~re D1 Giacomo y de
otro sobre Verga. Pero pocos, d_e to~as maneras, y d1sper~os.
En Bolonia sucede lo propio; y Junto a una figura viva, _como la ~e
Mario Missiroli, que ha dirigido hasta ayer ll Resto del Carltno y ~u?h-.
cado en dos obras, La polemica líberale (Zanichelli-Bologna) e Opimont
(Voce-Firenze) sus articulos y sus consideracion~s pollticas, pocos_ °:1ás
veo: Pancrazi critico de temperamento, pero parcial, y en cuanto a v1s1ón
de problema;, hano co~centrado y dif~cil! Gallo, pr?sista s~lido que e~grime con mucha vivacidad en los dianos, y en quien conf10 el cumyhmiento de las promesas que nos ha hec_h ? en su Oasl d~l _do0re, _reumen do en una obra orgánica su feliz expreswidad y su ~xqmsit~ trama; Aldo
Valori, que se ha revelado durante la guer~a agudisimo analista de hechos
sociales .y morales, y Tonelli, en fin, de quien hablaré más &amp;delante.
Sicilia fermenta continuamente. Esa tierra nobilísima y fértil, que ha
dado un Verga, un De Roberto, un Pirandello, parece ~star siempre dormitando, pero de cuando en cuando manda al contmente su voz o un
escritor.
Ayer eran los supracitados; hoy, por doquier s_e vuel~~ ~ª- vista! se encuentra, en Roma o donde sea, un joven que, nacido en , ic1ha, se impone
a la atención del mundo literari0 italiano; y ora es Rosso di San Secando,
de quien os he h~blado, ya Nino Sa~ar_ese, poeta que trabajosamente
viene desembarazándose de toda escona hterana y cultural en una rebusca
pura del pensamiento y del estilo propios. Allá abajo, además, en Palermoy Catania, está el horno, y los jóvenes empiezan a prepararse desde muchachos con periódicos, revistas y revistillas. ¡Cuántas revistas na~en y
mueren en Sicilial Años lleva ya resistiendo un folleto m~nsual de literatura ll Giornale dell'lsola letterario, redactado, por un Joven poeta de
vivo' ingenio, Giuseppe Villaroel, y en é_l colaboran lo~ mejor~s escritores
de Sicilia: G. A. Cesáreo, Enrico Cardtle, G. E. Nucc10, critico poeta el
primero, cdtit.,o el segundo, novelista delic~dísimo el t~rcero. Ap_anadus
viven otros, entre los cuales el noble. Eugenio Donadom, septentrional de
nacimiento, pero siciliano de adopción, al cual se deben versos, prosas,
52

estudios criticas de primer orden. Eugenio Donadon,i está escondido en
Messina,_ en cuya Universida~ prof~sa y no tiene una fama nacional; pero
cuenta cierta~ente entre los ingemos más respetados de la generación
post-carducciana. Sus versos, de factura nítida y diamantina, están como
muy poc?s de otros, entreverados de u~ sentimentalismo cálido, aunque
melan,cóh~o; una novela suya, ll Sifdart~,. obtuvo años ha gran acogida y
todavia tiene lectores: y su estudio cntlco sobre Foscolo voluminoso
documentado, edi!ado hace tie_mpo por Sandron, es una d~ las más po:
tentes reconstrucciones de la vida y de la poesía foscoliana1,; y es, en fin,
de estos días otra potente obra suya en dos volúmenes acerca del Tasso
(editor Battistelli), donde las ondulaciones dramáticas de aquel ánimo
doloroso son sorprendidas e ilustradas no tanto bajo el aspecto literario,
c_uaiüo c?n la comprensión d~ las repercusiones en la vida cultural y polit1ca; un hbro, en suma, que sintetiza todo un periodo histórico literario de
nuestro país con una claridad y una fuerza que le dan la solidez de
una novela más que el aspecto y el movimiento de una obra critica. Y, a
1~ :':rdad, Dona?oni es de los pocos críticos nuestros que tiene en si posib1)1dades artfs~icas con las cuales poder iluminar y vivificar sus investiga~10nes de crítico. Recuerda en este sentido a Arturo Graf, ya muerto, a
quien, por lo demás, supera en sentimiento.
Y hétenos, antes de llegar a los muros de la terrible Milán en Florencia, la ciudad que antes de la guerra daba el tono a Italia, y' que ahora,
la guerra acabada, ha perdido toda su fuerza de acción, y aislada se agota
en tentativas tímidas y mediocres.
En Florencia está Papini, es verdad; pero el Papini batallador y maestro ha muerto con la guerra, de la cual, a más de no participar en cuerpo,
ha permanecido ausente también en espíritu. Conocida es su actitud reciente: su conv_ersi~n, c?mo dicen; pero respecto a los fines del arte y de
la mor~l, su Vita di Cristo no. nos interesa, como no nos interesaron ya
en su tiempo los artículos ant1católicos, anticristianos e intervencionistas
que escribia en Lacerba e incluso recogfa en volumen. Papini sigue siendo
para nosotro~ el ~ismo a quien hablamos juzgado ya en esta revista antes
de leer su Vtt~ dt Cristo, ortodoxa e inteligentísima: un gran talento, ca•
paz de encapricharse por las aventuras más curiosas, pero en cuanto a
conciencia y humanidad, estéril e infecundo.
Sus discípulos producen poco, y aunque permanezcan fieles al propio
pasado no nos parece que cumplan las promesas de un tiempo, aquellas
promesas que Serra, critico muerto, tan caro a nosotros, recogió y animó
con su ~uro aliento hasta hacernos, en efecto, esperar de Soffici, de Palazzesch1 y de algún otro la obra maestra. No nos han dado ellos la obra
maestra; y tened en cuenta que, en punto a los fines del arte, eran los
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�LA PLUMA
-- - -- -

LA PLUMA
más preparados y dotados, Soffici sobre todo, que tien~ como poeta de
pequeños motivos una perso~al!dad acusada _Y reconosc1blc, y como_ hombre una conciencia recta e 1tahana. Pues bien; más que de Soffic1 o de
Papini esperamos obras verdaderamente representativas, de otros de
aquella ciudad-de Jahier, por ejemplo, o de Cicognani-, no obstante
nos parezca que este último malgaste harto sus innegables facultades de
observador en juegos más que psicológicos, folklorísticos. La •Casa Vallecchi&gt; acompaña fiel a estos sus autores, por el mundo, con una tenacidad y una nobleza que, editorialmente hablando, tienen algo de heroico.
Otro tanto hace cLa Voce• con sus autores, sobre todo por medio de esa
inolvidable colección de / Quaderni della Voce, en la cual Prezzolini, ese
estu pendo propulsor de artistas y de nombres, recoge siempre cuanto se
destaca en el restringido ambiente de nuestra vida literaria y espiritual.
Otras casas editoriales de esa ciudad producen también. Las antiguas
Leroonnier y Barbera han intentado rejuvenecerse en estos últimos tiempos; la primera creando una colección para las jóvenes italianas, Per piu
vedere, de noble presentación y elección, y otra de traducciones, Poeti e
prosato-n· moderni; la segunda, rejuveneciendo bajo la dirección de Sodini
su colección Diamante, en tie111pos dirigida y cuidada por Carducci. Battistelli, encerrado en su retiro del Gelsomino, mezcla traducciones del castellano y del inglés, obras originales, ensayos críticos y obras de exégesis
histórica y bibliográfica, mientras Bemporad sigue a su paso ecléctico alternando con las novelas la política y la historia. Más acusado, y en cierto
sentido más representativo en punto a la vida espiritual florentina, que no
tiene significación hoy, , s Sansoni, editor sobrio y contenido, que se fía
de pocos autores nuevos y prefiere siempre los clásicos a los modernos.
Admirable presentación con la que ofrece sus obras, las cuales son, ya de
critica, bien antológicas, como 1 pro.filie Caratteri, de Ermenegildo Pistelli, o la antología A raccolta, del viejo Ferdinando Martini, el prosista
'llás sano de la vieja generación, o Jl melíJgrano, de Alfredo Panzini, antología en que el fino humorista ha recogido las más bellas páginas italianas de todos los siglos. Continúa imprimiéndose en Florencia la ya célebre hoja literaria It Marzocco, dirigida por Orvieto, aunque no ha sabido
rejuvenecerse y suénales a los jóvenes como una campana fija. Sobreviven
en esa hoja que, de jóvenes todos amamos, los antiguos críticos Gargano,
Raina y otros; pero estuvo inspirado Orvieto cu1ndo, ai morir Rabizzani,
eligió como crítico de la prosa narrativa a Luigi Tonelli, joven oue era y
es dignlsimu artista. De Tonelli quisiera hablar largo, porque más que
por su crítica, llana, benévola, pero singularmente sagaz, cuenta por su
fisonomia moral, que le lleva a indagaciones, muchas veces insondables,
de los más angustiosos problemas modernos. Ha estudiado uno de estos

problemas en el volumen L'aníma e il tempo. Stazioní spiritualí di un
combatl~~ile, estudio, a f~erza de intu~ciones, del alma de un hombre en la
gu~rr~, ,1b_ro q_ue ~e adv1er~e producido por un critico, a quien socorre
fehc_is,ma 10sp1ra~16n a~tlst!ca. Tonelli narra reflexivamente, y su estilo,
habituado a la 10vestigac1ón, acom paña, o por mejor decir, se adhieie
perfectamente a los hechos y a los momen~os psicológicos a que se acerca, hasta conmo~er al lector, y no superficialmente por cierto.
Y de Florencia no tendria más que decir, si no es que difícilmente nos
co~v~nceremos ?e que no es ya la ciudad que ayer no más nos enseñaba
a v1v1r y a ~stud1ar. Queda a un lado con todos sus autores y editores
como ~na ciudad menor, y creo que en vano esperaremos del Amo un
?uevo impulso con afanes más sólidos y concretos de los que hoy trabaJan a los Jóven~s. ~n efecto, los jóvenes ya no correo como nosotros antaño a Florenc11, smo que desde su provincia, abarrotada de cuartillas la
n:ialeta, afluyen todos a Milán, la capital que atrae con sus tentáculos de
nqueza y despre_ocupación ... ¡Milán! Mas cuando llego a mi vez, y siento
el ol~r de las chimeneas h:iimeantes ~ prima alba y diviso de lejos la «Mad?nmna» de la catedral, pierdo también mi natural buen sentido y me olvido de _grado de que soy ~n literato. Porque Milán, literariamente es una
Babel, cierto; pero como ciudad, Milán es la única de toda Italia e~ la que
verdaderamente se ve vivir, y en que se vive. Y así, yo también me dejo
arrebat~r de la magia de la acción, que tal vez es preferible-~quién podrá dec1rlo?-:a tantas afanosas especulaciones e incluso a nuestros más
tenaces trabaJOS en pró de un arte nuevo y duradero ..
MARIO PUCCINI

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54

,

�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Miguel de Unamuno.-Tres Novelas Ejemplares J Un Prólo~o (Colección
Contemporánea. Calpe).-Et Cri"sto d&amp; Velázquez. Poema. (Calpe. Los Poetas. )
Dos de las tres novelas que componen el primero de estos volúmenes habían sido publicadas ya por su autor con algún lapso de tiempo de por medio
en una colección popular. La tercera que ahora completa el tomo les da, con
el prólogo que define terrninant.!mente el propósito de su autor, una significación precisa que alivia sobremanera la tarea del informador literario. Son
ejemplares estas novelas no tanto porque de ellas se deduzca intención moral
alguna-viene a decirnos don_ Miguel d~ Unamuno-,_ c_t~anto por la lección estética que se proponen. Lección resumida en la conc1s10n, como norma general eliminatoria del detalle, característico del arte realista, al que Unamuno
opone su realismo, en el cual las personas creadas por el novelista lo son por
entero, es decir, proceden del mundo exterior sólo eu cuanto su manera de
comportarse en la vida suscita en el novelista una reacción creadora que les
presta un espíritu que ellas mismas ignoran poseer y de que tal vez no están
dotadas. De ese modo don Miguel de Unamuno, lejos de objetivarse en la lucha de las pasiones ajenas y presenciar el desarrollo fatal de su creación conforme a la misma lógica inexorable porque se rige la vida humana a los ojos
de Dios, imbuye el propio espíritu a los personajes de su m undo de ficción,
sometiéndolos a todos y cada uno a la experiencia de su conciencia, subjetivándolos, metiéndoselos dentro de sí, y no tanto purgando sus respectivas
pasiones como prestándoles él su ánimo personalísimo.
·
Esto en cuanto a la teoría. El lector, •que sin otra preocupación crítica que
la de solazarse con un libro de entretenimiento coja estas novela:;, hará bien,
para nuestro gusto, en empezar por la que figura la última ,e n esta edición y
fué escrita la primera. «Nada menos que todo un hombre• es un magnífico
cuento, donde la fuerza del relato apenas si deja lugar para que el lector suspicaz descubra la técnica que el autor emplea en conseguir la emoción del público. ,El Marqués de Lumbría» ya deja entrever, por cierta insistencia-no
por voluntaria menos forzada- en diseca~· la narración, el amaneramiento que
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,en «Dos madres• se manifiesta patente, dominando el relato y estorbando la
compenetración del público con los personajes de la novela. De «El Marqués
de Lumbrfa• subsi~t~ con más fuerza no ya l_a historia ejem plar que el autor
!)OS presenta con ng1dos trazos, pero el ambiente verdaderamente trágico, fatal, en que las figuras se mueven como sombras y quimeras de pesadilla. En
•Dos madres» nuestra atención se pierde sin asidero ni reparo aaradable en
el dédalo de sentimientos morbosos que el autor acumula en torn~ a una obsesión angustiosa: el anhele&gt; de maternidad de una mujer infecunda.
No est~mos mu}'. seguros, sin embargo, de que nuestro disgusto dependa
-de_ pura d1screpa?c1a de concepto, de una diferencia teórica. ¿Cómo si nó explicarnos el deleite con que nos olvidamos de toda consideración crítica leyendo &lt;Nada menos que t?do un hombre•_, !1acid~ de_la misma voluntad creadora que sus hermanas? B ien que, la cond1c1ón esencial del artista e s esa de
produci r _Ja emoción ,ajena, y el propio don Migu_el de Unamuno asegura ha-ber escnto este _prologo de sus novelas autob10gráficas después, es decir,
~orno consecuencia y no como precepto anterior que a sí propio hubiérase
1mp~esto. Tal nos pa_rece s~~- la buena d~ctrin,a. Ahora que, se nos antoja, con
prur~to tal v~z ~xces1vo e h!JO acaso del 111teres coa que hemos seguido la produc~1~n del m_s1gne maestro de Salamdnca, que don Miguel de Unamuno si no
.escnb1ó el prologo antes de «El marqués de Lumbría, y ,Dos madres•, se impuso cuando m enos a modo de disciplina la obligación de escribir esas dos
no~elas ~~ya ejemplar_idad trabajosa ~e fu_é dictada erróneamente por la justa
satisfacc1on con que viera pagado el 10sp1rado esfuerzo que guió su pluma al
-credr «Nada menos que todo un hombre».

* **
. Al mismo tiempo que las Tres novelas y 1,n Prólogo ha publicado la editonal Calpe f'l Cristo de Velázquez, poema cuyas primicias gustamos hace ya
algunos años en una lectura.incompleta que de él hizo don Miguel de Unamuno, eo el Ateneo, cuando aún no estaba terminado. No es ciertamente El C,-is.fo de Velázquez uno de tantos libros de versos como se public1tn al cabo del
año,_y no sólo por la calidad de la poesía, que muestra poquísimas conco.nil~~c1as con 1~ moderna escuela-de Rubén Darío a la fecha, valga la demarcac1on en ~érmm?s gen~rales-, sino por la cantidad, la densidad, el peso que la
caractenzan, d1ferenc1ándola desde luego de esa brevedad y ligereza, exteriores cuando menos, comunes a la varia inspiración de los poetas que cuentan
actualmente en lengua española.
No se puede decir que Et C1·isto de Vetázquez atraiga y subyugue desde
luego ta atención del lector que no se haya propuesto de antemano la tarea
de leer. e_l poema. No men_os de ~uatro mil endecasílabos lo componen, sin
otro ahv10 acentual en el n tm0 u111forme y grave, que la medida defectuosa
de 2lgun os versos, que el poeta no ha querido corregir, a conciencia sin duda
p~r no ceder de fa fut:rza, y a un dire mos mejor de la dureza expresiva, abandc:
nando~e al halago de la música. El sentido del poema, por Jo demás, es claro
Y preciso. En el Cristo pi11tado por don Diego de Silva Velázquez, ve e l poeta
d trasunto artístico de la divinidad hecha carne mortal y como la transfusión

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�LA PLUMA
LA PLUMA
.
1 . mo clásico al espíritu cristiano. Don Mide la serenidad apoltnea de\ beden1~ Cristo de Velázquez baila una relacié12 cague! de Uoamuno, c?nte~p an
e d d revelada en el Antiguo y Nuevo Testólica entre su propio án1_mo y a ':erbóª11·ca a su entender del espíritu espa, castiza que le
' sirve d e as1"der0 ,
tamento, a t ra vés .de e-;a imagen s1mt d" ión
ñol. y por mejor mse~ta_rse e°se!tab:~z:~ del Dios-Hombre, cuyo divino miscanta en conceptos m1st1c?s 1~ . t d artística del pintor español por exceterio hace patente a sus o¡os a v1r u
leocia.
. . . en tao acabada representación de ese
Porque ll~d_a falte, ª ?~e str~~~~~~~tismo del poeta muéstrasenos como ullespíritu trad1c10,na_l, el ngido ~ ,
a herencia espiritual parece habe~ rereflejo de los m1st1cos ~e~ero ::n~~ ~~~resentativo de nuestra España qu1mécibido ese hombre ver a era
l . rse y ensimismada se ahoga, que se llama
rica, zozobrante, que pugna por sa va
don Miguel de Unamuno.
C. R. C.

¡°

•••

bi

Juan José Domen;

¡°ª;¡

Del Poema Eterno.- Con palabras iniciales de
drid -Las Inten·ogaciones del Sile11cio. .

Ramón_Pérez ~e ya a, . ª
· u prologuista-es como alto y encnstalad0,
«Este hbro-d1ce del pr~mero s
rosadas primicias de una aurora.• y a
ventanal en donde se espe¡anó la~ slo~esvío que la atención pública roaoifiescontinuacióo se duele, ~º':1 ~az ~• \ias que tan felicísimas ei,peranzas encieta por toda clase de_pnm1c1as 1•sera ue ~ escribir nc,s mueve, luego de leíd?srrao en alguna ocasión, como, e ta q José Domeochina poeta nuevo, es decir.
los dos libritos que nos e_nvt Juaf estos.vo,úmenes de reciente publicación.
joven y original. N~ _son c1er amen e - ero dónde está la crítica? No todos
El silencio de 1~ critica acerca del~l~:rids de la1 o cual café-disculpa n?cstra
los lectores frecuentan las mesas.' e ha an visto en LA PLUMA las poes1as reignorancia y ~uestro retraso. Qu1eb':1es
ertirán desde luego cuan justificada
cientemente msertas de Domenc ma, a v
es nuestra queja.
,
vo oeta ensaya no es adecuada al gusto
Cierto que 1~ p~~s1a qu; estet ~u~ue ~costumbran improvisar los zagueros
de la fácil mus1qu1l a ~en unen a
. te anos Menos aún se compagina con
del mo~imi:~to moderni,st~óde hn~~~:•:i kaik,ii;mo y otras minucias poé~icas de
la pred1lecc1on de los.mas vene h" se propone expresar con armómca proúltima hora. La poes1a de. om:~c 11:~pectáculo del muntio y las reflexioneporción la correspond_enc1a ~n ie e . á enes no a areceo simplemente ex1
que en el ánimo p roJ?!º s~s.:~!:J;;3!1 :C,e1a ror la oc~sión lirica, sino entendipuestas en una re1ac100 msr.
.
ntimientos
das en un concepto jerár9uico del ideas s~oa dedicat"oria su admiración por
No en vano Domenchma proc ama
Pérez de Aya la.
.
dimienlo pueda degenerar en alam·
1
Hay, es ciar~, el peh_gro de que ~si:~~efavorabilísimo presagio el propósito
bicado conceptism_o. Pa, ª1 t1~_estro gtrón de la penúltima revista extranjera.
de Domenchrna, a¡eno a
imo pa
C. R. C.

J

b

in

Alberto Gulllén.-La linterna de Diógenes.-.Editorial América, Madrid.
El autor de este libro ha dado cima a una proeza de reporterismo escandaloso: tras de interrogar a treinta y tantos escritores, y de hacerles hablar de
sus obras y de las obras de sus émulos, que es, en conjunto, como abrir los
veneros inagotables de la maledicencia y de la vanidad, imprime en un volumen las confidencias recibidas-bajo promesa o con encargo de secreto, las
más de ellas-, mostrando al grao público algunas interioridades bastante sucias del mundillo literario madrileño. ¡Vaya una diablura! Con tal libro, el señor Guillén dará más que hablar en ciertos corros y grangeará no menor número de enemigos que si hubiese escrito una novela excelente. La mayoría de los
ingenios interrogados por el Sr. Guillén, en efecto. no ha podido resistir la pícara comezón de desollar al prójimo; muchos se han desatado en juicios que
no hubiesen proferido de haber entrevisto que'se iban a publicar. Y ahora que
el Sr. Guill~n descorre de pronto el telón y los vemos a torlos juntos, diciendounos de otros las mismas cosas y haciendo casi los mismos gestos, el cuadro,
es regocijante y triste a la vez. Por su parte, el Sr. Guillén, que no es lerdo y
sabe mover la pluma con agilidad, traza de sus interlocutores-de sus víctimas, iba a decir-retratos malignamente recargados, o los so1 prende en la.
postura que menos puede favorecer al modelo. El Sr. Guillén conocía qué provisión de ridículo puede hacerse explotando la malquerencia mutua de los.
profesionales-más enconada y más r isible cuanto más bajos-y la explota con
desenfado y despreocupación notables, excesivos en ocasiones, y con gracia.
Confieso que muchas páginas de este libro me han hecho reír a pesar mío, --r
no por negarme a coodescellder con el propósito satírico del autor, sino porque hubiese preferido que ciertas personas mirasen más por su opinión.
No se pretenderá que tomemos este libro por un «examen• del estado presente de la literatura española. Para tal txamen, aunque su res11ltado hubiese
de ser extenderle al ingenio español la partida de defunción, mejor que consultar a los autores es consultar las obras. Y es deseable que el Sr. Guillén.,
por poco que le importen la&amp; cosas de España, emplee algún día su sagacidad
en demostrar impersonalmente sus preferencias literarias. Lo que buscaba
esta vez era un hombre, un corazón •para exprimirlo en su boca•; y como no
lo encuentra, apaga, asqueadc, su linterna. En t&gt;l fondo, ¿puede admitirse que
ese desencanto es lo que determina el fallo adverso que el Sr. Guillén arroja.
sobre nuestra producción literaria actual? Permítasenos creer que no. El ridículo que el Sr. Guillén hace recaer sobre casi todos sus interpelados, mana
de la desproporción entre las pretensiones y la realidad, entre las promesas y
los frutos, entre la bambolla o el r.ngreimiento de muchos y la endeblez de suobra. Todo el artificio del libro consiste en mostrar esa desproporción, no con
un juicio formulado directamente por el autor, sino con el testimonio de los
poetas y escritores mismos, citándolos a declarar, y, por decirlo así, careánd?los: dejad que los cántaros se estrellen contra los cántaros, parece haberse
dicho el Sr. Guillén. Pero no ha llevado el sistema hasta el fin. Se lo han impedido sus gustos personales. Cuando se halla ante un escritor de importancia.
Y talento verdaderos, o que se le antoja tal (y sus preferencias, dicho sea de
paso, se parecen algo a las nuestras), el Sr. Guillén, sin perder su desenfado~

* • *

58

•

59

�LA PLUMA

LA PLUMA

se guarda los dardos mortíferos, y a pesar de cuanto le hayan podido contar,
es respetuoso y hasta acimirativo. Conserva los libros que esos escritores le
regalan, al paso que, amablemente, vf'nde los que le han dado los demás, procurándose con el precio, según confiesa, cuarenta y cuatro reales de placer. En
suma: nos parece que el Sr. Guillén buscaba en realidad un escritor, y como
encuentra dos. ac~so tres, podemos darnos por satisfechos, aun aceptada la
.salvedad de que nmguno tenga valor «eterno•.
Es innegable la oportunidad del escarmiento (virtud de la sátira) implicado
en el libro del Sr. Guillén, a condición de no sacar las cosas de quicio. (Jue
,poetas y literatos se desuellen vivos, no es nuevo, ni privativo de los escritores, ni característico de los de Madrid, ni señal cierta de decadencia, ni en
último término, es cosa que empañe el valor de la obra del maldiciente. «Ninguno es tan necio que alabe el Quijote», escribió Lope, movido del rencor. Por
añadidura, cuando el Sr. Guilléo llegue a conocer a fondo a sus colegas españoles, verá que, si muchos son fútiles J parlanchines, pocos tienen verdadera
mala intención. Si participan en el infantilismo que aqueja a nuestro pueblo,
y andan por ahí algunos engreidillos con sus descubrimientos, es, más que nada,
por falta de mundo; pero son buenos, y muy campechanos, demasiado campechanos, y quien pretende ser satánico pasa los mayores trabajos del mundo,
porque esta vida que llevamos en Madrid, tan sana y tranquila, tan sin quebraderos de cabeza, es el antídoto de la corrupción, de la perversidad. Lo ver, daderameate feo es el vicio de disimular la opinión íntima, alabando en público
lo que en privado se zahiere. Quisiera disculpar ese extravío como prevención
nec:s~ria para vivir en este pueblo tan chico (la cortedad del Jugar es dispensa
caoomca); pero no lo bago, para abundar en el propósito moralizador del
Sr Guillén. Grato sería ver a todos los hijos de Apolo, aun a los más desbere--Oados, amoldarse al tipo de «hombría cabal• descrito con tan elegantes palabras
por Pérez de Ayala en el prólogo de La lintu-na de Diógenes. Pero el hombre
-ea?al (l' honni!te. ~01:11ne, el cortesano cum_rlido), ha sido siempre un ejemplar
mas raro, más d1fic1l de ballar que un artista verdadero, y muchos, colmados
de tal_entos por_ k&gt;S ~ioses, si acertaron~ parir obras_ durables, no pasaron de
-ser, sm afectación, simples canallas. As1, pues, ese tipo de hombría cabal, más
que una norma de vida a?equible, viene a ser un norte por que deben gobernarse todos: y es tal su virtud, que del puro esfuerzo de buscarlo ya nace una
-contención, una disciplina.
M.A.
***
Federico Schlegel.-Lucinda, novela. Traducción de José Moreno Villa. Dos
tomos. (Ediciones de LA PLUMA, serie 1).
«En su significación de manifiesto o programa es como tiene valor este
libro,-d ice de Lucinda Jorge Brandés ea el suyo Principales corrientes en la
lite1·atzwa del siglo diecinueve-. cSu idea central es la de proclamar la unidad
y armonía de la vida, que en la pasión amorosa más clara y comprensiblem_e~te s_e procla_ma, dando una expresión sensual a la emoción espiritual y es_,p 1ntuahzando el placer.&gt; Su fundamente es, pues, la doctrina romántica de la
60

•

iden}idad de la vida y l_a poesía. En L Ncinda se encierran en germen todas las
teonas _d~senvueltas_ e ilustradas más tarde con ejemplos en la historia del
romanbc1smo., El oc10, la anarquía moral, el goce de los sentidos, constituyen,
su credo filosofico.
Pero no nos ha movido a publicar ahora por primera vez en español la exl:aña novela d e Schle&amp;el consideración alguna de orden puramente histórico,.
srno su correspondenc1:1 coa el momento por que actualmente atraviesa el
mu_ado, correspondencia acertadamente señalada por el traductor en el breve
prologo con que justifica sus preferencias de un tiempo por esta novela desconcertante y descon.éertada.
!,ucinda no es tanto l! historia de un amor ea sus menudos detalles y anrcdóbcos_ porme~or'?~• cmd,a~osarnente_ anota.dos- conforme a un orden lógico,
C?mo la transcnpc1on ".er!d1ca, real, mmed1at~, confusa, de una pasión padecida por_ el_ autor, con~titu1do en centro del umverso, en cuanto su instinto,.
sus seottm1~nt~s, su v1?a personal es la única experiencia en que se fundan
sus determmac10ne~, a¡enas a toda ley que no sean las de su egoísmo.
. •L:na de las pésimas costumbres en que Julio (protagonista de la novela
b1?grafica d~ su _autor) destrozaba su bravía juventud era el h acer de Faraón
ba¡o la apanenc1a de la más violenta pasión, y, sin embargo, andar distraído y
ª?seot~; ~venturarlo todo en un momento de calor, y, una vez pasado, desv~arse 1~d1fe1:ente. Un amor sin objeto prendía en él y destrozaba su interior.
Srn oficio y ~10 finalidad se lanzaba sobre las cosas y los hombres como quien
busca con, miedo algo_ de d?nde pende toda su felicida¿. Todo lograba atraerle;
nada alcanzaba su sat1sfacc1ón. Su mayor encanto cifrabalo en el trato humano
d~J género 9-ue fuese, y siemp1e que se hastiaba volvía de nuevo a los aturdimientos soc1!les. En realidad, desconocía por completo a las mujeres, a pesar-de haber ten~do trato con ellas desde muy temprano. En cambio, los muchachos que teman puntos de contacto con él acogíalos :on férvido cariño y con
u? verda~e:o arranque de amistad. Prefería, a la manera que un cazador brav10, prec_1~1t~rse pronto y valie,1te en la rápida vertiente, a través de la vida,.
9ue mart!nzarse lentamente con la precaución.• En cuanto a Lucinda, era «una
¡oven artista que, corno él, reverenciaba la belleza con pasión y parecía amar
la sole~ad y 1~ oat11;ra~~za tanto como él. Teuía una decidida incliuación por lo
romántico y él ~e smtio tocado por esta semejanza, aunque luego descubrió
otra más. También era de los que no viven en el mundo vulgar, sino en otrofigurado y pensado por sí misma. Sólo lo que amaba y honraba en su corazón
era real;, lo demás, nada; y distinguía bien lo que tiene un valor positivo. Además ha~1a roto con audaz decisión todos los lazos y reparos, y vivía libre e in dependiente por completo.•
~a publ!cadón de Lucinda en 1797 suscitó en Alemania un gran escáudalo.
La mmo~ahdad _de q~e su aut~r alard~aba como principio general, le atrajo la,
per~ecuc_1ón social mas encarmzada, viéndose privado incluso del derecho de
res1denc1a en algunas ciudades, cuya hipócrita virtud sentíase alarmada con
solo su paso. En Lucinda retrató Schlegel a una mujer excepcional, Dorotea
Mendelssohn, cas:i~a por razon~s familiares con el i:&gt;anquero Veit, divorciada
del cual fuése a v1v1r con Federico Scblegel a Jena. Escritora a su vez, personi61

�LA PLUMA

LA PLCMA
iica en su novela Florentino al compañero de su vida, de quien era musa viva,
y aun más que inspiradora, colabondora amorosísima. Junto a ella, cruza por
las páginas de Lucinda la imagen de otra mujer, directamente trasladada del
panorama de la romántica sociedad alemana de entonces, Carolina Michaelis,
viuda de un cierto doctor Bohmer, casada despl!é3 con Augusto Guillermo
Scblegel y divorciada de él más tarde para casarse nuevamente con Schelling,
matrimonios estos dos últimos que la hicieron figura principalísima del movimiento literario-filosófico que en derredor suyo se desenvolvía con arrolladora
,-pujanza. Carolina, así conocida por su solo nombre de pila, después de la publicación con t al título de su epistolario, vivió en relación con Goethe, Herder,
Fichte, Hegel. Tieck, Schleimacher y Handenberg, por el tiempo de la gran
intimidad de Goethe con la joven escuela. Al protagonista de Lucinda, la aparición de aquella mujer, •naturalmente iínica, tocó su espíritu de un modo
total y en el centro. Era capaz en una misma hora de fingir la ingenuidad más
,&lt;:órnica con toda la soltura y la distinción de una actriz formada, y de leer una
poesía sublime con la dignidad ai-rebatadora de una canción vacía de arte. Y,
·si11 embargo, precisamente esta µiujer demostraba en toda solemne ocasión
valor y fuerza hasta el asombro; desde este elevado punto de vista, además,
-era desde donde ella jnzgaba la valía de los homb1·es.&gt;
La traducción de Lucinda entraña especialísimas dificultades, dado su estilo
.arbitrario, conceptuoso, ora arrebatado de lírico énfasis más propio de la
poesía, ya henchido de filosófica petulancia, o rebajado a expresar observaciones nacidas de un sentimental,smo caprichoso y las más de las veces sin otro
.atadero que el de la conciencia extravagantP del autor. Moreno Villa ha res•
petado, aun a trueque de la oscuridad de algunos pasajes, la forma alambicada,
rebelde, modernísima en su misma desintegración, del original, al que ha pres·
tado con la fidelidad del traductor probo la gracia de una versión verdadera•mente poética.
c. R. c.

*

*

*

:Francis de Miomandre.-Le Pavillon du Mandarin. (París, Emile-Paul freres. Editores. 1921.)
Con el título vago e insospechable de Le Pavillon du Mandarin ese escritor
.ágil y diverso que es Francis de Miomandre publica una colección de artículos
quP. han debido de resumir, acá y allá, horas de entusiastas lecturas. En la dorada_ atmósfera apacible de un pabellón chinesco, rico en colores y de perfil
grac10so, el refinado mandarín hace pasar ante su fantasía la varia perspectiva
de las páginas-paisajes.
Paisajes de todo tiempo y de todas las tierras, descritos con tan viva imaginación y tan fácil discurso, con tan convincente cordialidad, que son, cada
uno, invitación al viaje por las páginas impresas.
. La poesía mística en Persia, Víctor Segalén y lU espiritu de China, El pensa•
,mento de la América latina, son relatos de una curiosidad llena de atractivos.
·y al lado de la Réverie sur un réve111· con que Miomandre evoca al botánico gi62

nebri~o que en sus p~seos solitarios.hacía poemas cuando creía disecar plan~as, y ¡unto a las _gras10sas conlide_nc1as de Miomandre acerca de su gusto por

Stendhal y su anhpatla por el bey!ismo se encuentran los comentarios llenos de
·un fuego prose_litista so?re_ la poesía de O. W. _Milosz o sobre Edmond Jaloux:
y los comentar~os más hm1dos, pero más profundos, acaso, sobre Paul Valery
.)'. sob1e Jean G1raudoux que_ son, probablemente, los-mejores ensayos de este
hbro, tan~o com? el esplén~1do estudio sobre Rémy de Gourmont.
Franr1s de M1omandre tiene por España un fervoroso sentimiento. Sus generosos bocetos sobre Cervantes en Francia y la unive rsal influencia de Don
'Quijote sobre el espíritu francés; su ardiente cántico de alabanzas a don Luis
de Góngora_, cuxos paralelismos con Mallarmé están tanto mejor trazados
c~anto qu~ m_evttables; sus art~culos sobre Enrique Rodó y sobre las conmovidas_ «Reliquias•, de José G~rcia Calderón, s~c otras tantas razones que haría n
de ~1om~ndre _un ·,1ombre d1g~o de ser retenido por el lector español si sus
méritos l1te'.anos tan sobresalientes en sus ensayos críticos como en su ya
·ª?undante lista de novelas no le hiciese sobradamente acreedor a la admira-c1ón ?e _u~ público que se la tributa ya comenzando a leerle traducido a su
propio idioma.
Otres ensayos como el que trata de las pequeñas piezas teatrales de Duranty, ese ~M?liere en. miniatura» y las páginas dedicadas a la crítica de Edgar
Poe son, as1m1sJ?o, muy notables. No e,e ~omún una colección de artículos que
al enconti:-arlos ¡u~tos, ~espués de la rap1da lectura en las revistas, produzca
u_na Sf"me¡ante sahsfacc1ón, afirmando por su simple convivencia una personalidad notable .
Ad. S.

***
. Del sonido-ruido y su instrumental.-Años hace que los músicÓs futunstas metían ruido en Milán. Ahora aparecen con estruendo en París donde
ac~ban de dar, bajo la dirección del maestro Antonio Russolo, un c¿ncierto
·•e¡ecutado entre las vocifera.~i~mes de la parte tradicionalista del público•. En
~uestro excelente co.lega pansm? La. Revue del' Ept_Jque, Luigi Russolo, hermao del maestro, exphc~ las _mod1ficai:1ones q~e ha mtroducido en la orquesta
para adaptarla a las exigencias de la nueva musica. «La evolución de la música
-que s~ acerca al so_n~do-ruido, es paralela a la multiplicación creciente de la~
máqu!nas que part1c1pan en el trabajo humano. Junto al ruido variado de las
: áqui~as el s~nido puro, P?r su peq~eñ~z y monotonía, no suscita ya emoción.
..1 somdo mu~1cal es demasiado restnng1do en cuanto a la variedad y a la cantidad de los hm~res: No se?ª am~liado hasta ahora el número de timbres por-que no se conoc1a bien la diferencia que separa el sonido del ruido. Creíase que
~ra eno:me y profunda. Es mínima. ~n realidad, no es más que una diferencia
cantidad en el número de armómcas que acompañan al sonido fundamenta· E~as armónicas son más en el ruido que en el sonido. Había que crear,
pu_es, 1nstrumentos construidos de modo que cada uno diese el timbre de un
~ ido, con la posibilidad de modificar el tono, con todas las variaciones diatónicas Y cromáticas. Esto lo he realizado yo-dice Luigi Russolo-con mis

1

6J

�LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3,  No 14, Julio</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Disparates</name>
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        <name>Los cuernos de don Friolera</name>
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                    <text>LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�LA PLUMA

/-

-

r

L A PLUMA

PACHEQUÍN

¡Prenda adorada!

DOÑA LORE'rA

Lleva una faca.

1

DOÑA LORETA_

Pues el sujeto que me
aceitar un pistolón.

PACHEQUÍN

¿Te llegó mi mensaje?

-----

) 0

l

ill

¡

PACHEQUÍN

,_

¡Qué c~mpromisol

•

- ¡Estoy volada! A mí poco me importa morir, pero me sobrecogepensar que- peligra la vida de un sujeto de las circunstancias de usted, Paehequín,
PACHEQUÍN

Así-habla el amor! Por lo demás, un- hombre es como otro, y
1
servidgrcito no le teme al teniente . ._,, ...__,.,

,....

DOÑA LORETA

mu:~~:~

· ,, • · " ,.. ,

1

"·

1

,

, , , ., PACHEQUÍN

digo yo 10 que

1 J\.·

LORET~

'· Morir, .~o me in;iport~..
"' '· ·

~

1lJ1o11,

1

DORA

DOÑA LORETA

),¡""U U

~visó''cte' andar con ,.cª\ tY1.~ ,,Y1 ~~ vtsto

~~ .diJ·~;o~

•

~n .'.~ie;ta,,~oasiófü

1
•

L~ ·v,ida-es:

D'o'Ñ'f ' í:.oRÉTÁ ·
Cuando hay felicidad, Pachequín. -", , ... ... ,., ...... ,. _., ..,.

r

PÁcHtQbiN
Tu felicidad es ser mi compañera. ., ...,. ~, .. "" ,. , ......... .,

PACHEQUÍN

¡Yo soy alicantino!
.._... . .
,11· ..
'

l

,. •
- - \.. - ::.. :...

iioNh -eRE!f'A

¡Ay Pachequín,. qué negra estrella! Si tomó una resolución dematarfios· llf cúníp1itá, ~ muyiemoscr. '-.../ · · •-• / ·
· '-.../ '--

1:

li,·,,¡
''.!i·.

PACHEQUÍN

Yo, donde le vea venir frente a mí,

•

le.madrugo':' -

n'ójNÁ \.,LoMTA
1

, ,, No püedo 'abanaoñar mí ooligaéi6ñ' dé éspo~á. 'y madre: , ,
·&gt;-• 1 u•

...,.,

J

J

1

,i1 l 1 , u

PAGHEQUÍN·

voci!!f quiere decir que al cb'nsidera:trtté -'celtr~p@drd'o"tne 'equi1

' d l . t , l ,.J

I

I

l

¡

DOÑA LORETA

,, .
...,,J
,•
Use
t d necesita una mujer sin córrípió;;{ls~s': '";. .,,..
..Ji...1~ ... J..1 1 ·

DOÑA LORETA

· - · · -·

f. l .J I ,l.t l

Y se pierdé ústed, Pachequín.
PACHE9UÍN,

PACHEQUÍN
• _•

. . , ••

J .

PACHEQUÍN

¡O de un tiro traidor.. .!
66

a

. 1 ) 1 U,,. 1

,.,,. \HJ

DOÑA LORETA

¡Mi honra nos separa(
- ..... J~,J

¡Mi destino es morir degollada!

¡

¡Loretita, todo nos une!

Nada me.importa, si salvo la vida de.1,Jna e~posa !Uártir.
DOÑA LORETA

.J ~

~-

...

. .. ,_ ... , ... .

' , , , , , , ,.,

, .... i

&gt;

&lt;,Y la vida?
D.OÑA LORE'.!A

·'-~1Prefrero•la--honfa•a--todo!-, .,,...

VI I

, " "•·"' '

;

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

¡Muéstralo!

¡Mujer extraordinaria!

DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

.

Como debo de ser.
'

•

¿Y tú sabes a lo que te obligas? ¿Por ventura, lo sabes? 1·Una mu-

Jer es una carga muy grande!

PACHEQUÍN
l

Pero mi corazón enamorado no puede consenti_r que una_esposa
modelo sufra pena que no merece. Si ese honi15\félld%ili.énte· sé' sÁtisface con beberse mí sangre, mé avistaré1 con él. ¡Se la ofreceré en holocausto, a cambio de salvarte!

¡Una mujer, si media amor, es un peso muy dulce!
\

DOÑA LORETA

Luego sentirías el empalago.

DOÑA LORETA

¡Yo soy quien debe morir!

PACHEQUÍN

., ') 1

u1•r u'.)

PACHEQUÍN

¡Me calumnias!

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Morir o matar, a mí me sale por nada.

¡Tu desvío sería para mí una puñalada traidora!

DOÑA LORETA

¿Y no vernos más? ¡Ay, Pache~uín esas no son palabras de un
hombre q1,1e ama!

PACHEQUÍN

Juan Pacheco, no da esas puñaladas.

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Lo son de un hombre desesperado.

¿No tendrás ese descarte conmigo?
,/

DOÑA LORETA

¡Tirano, no me sobresaltes! ¿Qué pretendes?

PACHEQUÍN

l

'T

¡Pídeme el juramento q?e te satisfaga!

PACHEQUÍN

Que mires de salvar tu vida.
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

_¡Tir~no! ¡Manifiesta claramente el sacrificio que preten~es de esta
muJer ciega!
_

¡Dame tú el remedio!

PACHEQUÍN
PACHEQWN

¿Acaso no está manifiesto? ¡Pídele alas al amor! ¡Deja ese calabozo, deja esas tinieblas!

¡Que me sigas!
DOÑA LORETA

¡Nos veremos perseguidos!

DOÑA LORETA

Calla. ¿Qué hombre eres tú? ¡Si me amas, calla! ,¡l,fo me ofusquesl
¡Soy una débil mujer enamorada 1
68

69

�LA ' PLUMA

LA PLU'M-'A

PlC~QÚ.íN

1

1

. PACHEQUÍN

,,

¡Te conduciré al fin del .mundo! Lejos de aquí pasaremos por
casados.
. , ,,, r ,•,
t

t 1'. \

:.

.

¡Tormento!
DOÑA ' WRETA

t11

¡Tirano!

DONA LORETA
0

¡Tentador, mira mis lágrimas, ya que mirar i{o''sab~s e~ rili corazónl ¡Juan Pacheco, soy madre, no pretendas que abandone al ser
de mis entrañ3;5t , ,.,, , ,,
.,,.
,,., , , ,

i&gt;Ácm:Qútrt' ' '

Doña Loreta, suspira llei/ándiüe !lis manos a las, sien~s y , ef,galán
la abraza por el talle, bizcanPJ, ?'n. ojo s,qbre los perijólló:r déi peinador,
...,• ,,, , · .. , , .
por guipar en la vasta amplitud de los senqs.

Concédeme_ ~iquiera v~niruna -hora a mi casa. Cumple la promesa que me h1c1ste. ¡Lorebta, has l}:OC.eo~:füiq il fuego .de ,1,m.,volcán
en mi existencia!
¡La cabeza se me vuela!

DOÑA "CORETA

'

¡Si te sigo me pierdo para siempre!
t

¡No te retendré!'

1

••

t

,' , ' , ,PA~J:l;E9m~

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.. '

DOÑA ,J.ORETA

Ni me harás tuya.

'

, PACHEQUÍN'

, '

DOÑA LORETA
PACHEQUÍN .,

¡Arrebato de sangre, confusión de nervios, Loretital
DOÑA LORETA

\

¡Tendré que sangrarme!

..

DOÑA LORETA

'

¡Ay, Pachequín, tú conseguirás p~rderm'el

,, "1 "1

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J 1 ..,_

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'

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'

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• , . ~ACJ:IEQl!Í,N . , , . , ,

¡Vida mía, me entra un escalofrío de P.ensar _q ue t~ pinchen la
vena! ·· ·
·

PACHEQUÍN

'' ' ¡Ccmcédéme- rn·gracia que te pido! ..

DOÑA LORETA
1

'

••

'

DOflA . ,LOR~TA

¡Me pedirías la vida y no sabría negártela!
La tarasca se retira de la reja y sale al IJ,uer,o. Se,,anuncia sobre la
arena del sendero, con rumor de enaguas almidonadas. El galán, negro
y zancudo, salta del árbol a la tapia tunera, y de la tapia al kuer~.
Cae, abriendo las aspas de los brazos.
70

1

¡Casi no te veo!

..

'

'

,,

Por la fuerza no apetezco yo eosa,ninguna. ¡Recuerda mis procederes cuando te tuve en mis b~azq?! . Baja , al hu~rto, po1,1cédeme, al
menos, hablarte con las manos enlazadas.
'•

'""

1

¡Zaragatero!
PACHEQUÍN

¡Negrona!
pOÑA )',ORETA

¡Me pierdes!
PACHEQUÍN

..

¡Fea!
DOÑA LORETA

¡Déjeme usted, Pachequín!
71

�...
LA lLUMA

LA P L UMA
DOÑA LORETA

PACHEQUÍN

¡No puedo!
DOÑA LORETA

¡La niña se ha despertado y llora de miedo! ¿No la oyes, tirano?
¿No te conmueve?
PACHEQUÍN

¡Pero usted está siempre dispuesto!
PACHEQUÍN

¡Naturalmentel
DOÑA LORETA

¡Qué hombre!
PACHEQUÍN

¡El propio para tus fuegos!

¡Vida mía, temí una tragedia! ¡Ya estaba con el revólver en la
mano!
DOÑA LORETA

¡Tú me perderás!
PACHEQUÍN

¡Si me amas, sígueme!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Se engaña usted, Pachequín! Yo soy una mujer apática. Déjeme
usted seguir mi suerte. Somos en el querer muy opuestos.
PACHEQUÍN

•I

¡Calla... ! ¡Pasos en la casa y abrir y cerrar de puertas! ¡Estamos
perdidos!
ESPANTO Y ASPAVIENTOS: Se desprende del abrazo amoroso y pone atención a los ventalles del huerto. Pachequín, de reojo,
mide la tapia y tiende la oreja con el mismo gesto palpitante que Doña
Loreta.

¡Es fruto de tus entrañas y no puedo menos de _conmoverme!
DOÑA LORETA

¿Y quieres que por seguirte desgarre mi corazón de madre?
PACHEQUÍN

Loretita, no es caso de conflicto entre opuestos deberes. Este
nudo gordiano lo corto yo con mi navaja barbera. Tú me sigues y
ese ángel nos acompaña, Loreta. Ve a por tu hija. ¡Tendrá en mí un
padre, como si fuese huérfana!
DOÑA LORETA

Hombre funesto, ¿sabes a lo que te comprometes?
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

Me parece que ha sido un sobresalto inmotivado.

¡No me hables más! ¡Madre atormentada, ve a por tu hija!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Seré tu sierva!

¡Calla!
PACHEQUÍN

¡No oigo nada!
72

1

PACHEQUÍN

¡Me enciendes en una llama!
DOÑA LORETA

1

¿No te conmueve el Uanto de ese ángel?

PACHEQUÍN

¡Corre!
73

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1

LA PLUMA
1

',,nr•rVuetoif,, ,., (\" ' ,' .,·,r,

DONA' L6Íú!TA

1 ~".'"fl l l ( l ' )

' &lt;&gt;·,,\" ., ,,'11• •·,"'"•:.•"'' ,. . ,,

n,&gt;

r---·,., ,. . ,.

jAMONA, REPOLLUDf1.,·•Y " 6ACHONA, con mucho bullerótti'le--de 'las'fa'tdas,vtoda ,meneos;·se,aieJa ,ptJr,e,l,muk-ro muris;a:J; ·blanco
de luna y fragante de albahaca y claveles. Pachequín,fi~chado soórier,Ja
pata coja, negro y torcido, abre"las dspa's de los b,;a_zos, ha.fo el nq~turno
d ¡
, ·,')'- ·t"'\r• rt," ,·,
e uceros.
,11,. ,,,._11t•,, ,,
1 •

'",n''''"'',·"

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I\N,

p• 1

DON FRIOLERA

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,,.,

1

¡Vengué mi honra! ¡Pelones!•¡.Villa de cabrones! ¡Un militar no es
un paisano! ¡Pin, pan, pun! ¡No me ti~bla a mí el pulso! ¡},lecha
justicia me presento a mi coroneü
"'' · "' · ., ' ,,. " ,,., ,., ' .
Dispara el pistolón, y con un grito· l9sfantoches lunsro.s,de la, tapÚ
se ®blan sobre el otro hue:r}q..,/J.o_ña,,,foreta reaparece, los pelos de
punta, los brazos levantados.

· :• ·

PACHEQUÍN

¡San Antonio, si no we' h~~,d~d~ '~'~posa como es debido, me das
una digna compañera.. .! Te'1o ··agrlidézcó'.'igctal,"füvimY A'.ntof)io, y
solamente te pido en esta ho.r~..&amp;aJµcky que no me falte trabajo. En
ad~lante tendré que mantener dos bocas más. ¡Son obligaciones de
casaoo!'"¡Mí'rá'rñé 'cóm'ó' 'tlíl' casadl:1, 'Divino• Antonio!•¡Me hago el 'cargo
de una familia a bandonada~ i~T.~?,erya gü vida de malos sucesos, donde se ci.ientan. los acaloramientos de un hombre bárbaro ...!

¡Pantera!
NU,EVAMENTE
SE ~DERRUMBA.
Algunas estrellas se escon~
1
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~ asU¡Stadas. En su bufarda, como una lechuza, acecha Do'ña Tadea

ys,t alffa co,n ~na arenga 'embar~lidda'el Jantocn; ·d~' Otelo: .
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DON FRIOLERA

CLARO MORISCO DE .LA ,LUNA, senderillo perfumado dt
~ verbena,J;en la .'!fl,O.'fi-(1; ~S??-'lf'*-1-. e1!. ,los br_azos., s?f~t:.~: ~1!,rg_e, ~C!,.,tc:,(asca.
·•Pa€hequm , abre . el compás. desigual ,de , l,q.s zanc(ZS. ;:, .4orr,e, f!- su.m·
'"cuentro.
PACHEQUÍN ' •

" ' . '') 11'1 • '" "' 1·,

,'' f

Yo te descargo del dulce peso.
.,,.,..,., "' DÓÑIÍ. " 10:RETA ,,''

¡Gracias!

·,a

Al CÁ'MBJO 'DE BRAZOS,
moña pon~ los gritos en·la luna.
El raptor, negro y torcido¡ esoala la tapia. Encaramado, alarga una
mano al urpentón de la tarasca. Don Friolera, dan® ·traspiés,irrumpt
en el huerto, los pantalones fotrosos, el ros sobre una oreja,, en la mano
.
)
un pistolón.

..

;

'

74

¡V~ngué mi honra! ¡Pelo~~s! ,¡.VÚl¡ de cabrones! LlJP JUiliqt.r no es
un paisano!
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ESCE'N·A ·ÚL TIMA
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SALA ~AjA CON REjAS. Esfr,r[flt;-5 ~ /tf-n.co1 U,nr¡z_, ma1Jtpara
verde. Lega;os sobre la mesa, y sobre el sillón, con funda, el retrato del
Rey Niño. El Coronel, Don Pa'ndtó Léúnela, con las gafas de oro en la
punta de la nariz, llora enternecido leyendo elfo'lletín de ,La Época. La
Coronela, en corséy falda blfJerq,_,.,e,sclf-~1a la lectnra un poco -más consolada. Se abre la mampara. Aparece el Teniente. .Don. Fr.iole.ra, ,resuena un grito y se cubre el escote con las manos Doña Pepita la Coronela.
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75

�LA P'LUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA

EL COROnL

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,ilnsolente!

.

No, mi coronel.
\J

EL CORONEL

DOÑA PEPITA

¿Qué permiso tiene usted?

¡Cierre usted los ojos, Don' Friolera!

1

,

DON FRIOLERA

EL CORONEL

No tengo permiso, mi coronel.

¡Cúbrete con el periódico, Pepita!

EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡Pues a su puesto!

¡Hay sangre en mis manos!

DON FRIOLERA

Tengo, urgentemente, que hablar a vuecencia.

DOÑA PEPITA

¡Cierre usted los ojos, so pelma!

EL CORONEL

EL CORONEL APARTA el sillón, ;y sale al centro de la sala
luciendo las zapatillas de terciopelo, bordadas.por su señora. Abierto el
compás de las piernas, y un dedo alzado, se encara con Don Friolera.

¡Teniente Astete, vuelva usted a su puestó y solicite con arregló
a ordenanza! ¡Y espere usted un arresto]
DON FRIOLERA

¡Envíeme vuecencia a prisiones, mi coronel! ¡Vengo a entregarme! ¡La sangre del adulterio ha corrido a raudales! ¡Friolera! ¡Visto
el uniforme del Cuerpo de Carabineros!

EL CORONEL

¡Cuádrese usted!
DON FRIOLERA

2IJ

¡A la orden, mi coronel!

EL CORONEL

¡Que usted deshonra con el feo vicio de la borrachera!
EL CORONEL

)

DON FRIOLERA

¿Quién es usted?

¡Gotean sangre mis manos!

DON FRIOLERA

Te11iente Astete, mi &lt;;oronel.

El:. CORONEL

¡i\o la veo!
EL CORONEL

¿Con destino en la Ciudadela?
DON FRIOLERA

Así es, mi coronel.
EL CORONEL

¿Ha sido usted llamado?
76

DOÑ'A PEPITA

\

¡Es un hablar figurado, Pancho!
EJ CORONEL DIRIGE LOS 0'70S a la puerta de escb.pe,
CÚJnde se esconde la Coronela, que enseña un hombro desnudo, y encubre el resto del escote con La Época.
77

�LA PLUMA

LA .. PLUM A
~L CORONEL
• • , .. , .. . • , . 1 ... .

¡Retírate, Pepita!

¡Tu~~o!

DOí-tA PEPITA

¿A quién mató usted? ¡Dígalo usted de una vez, pelmazo!

•• ~-.

•

••••• ~ ' ••• '

DOÑA Pi;PlT.\ , ,. . . . . . , . , ,
•

DON.

· ·· ' · ' '

FRÍOLERA. .....,., .... . . .

•

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J

l. . .. . . . . . . . .. '' "

¡Desde teniente a general, en todos los grados debe morir la esposa que falta a sus deberes!
·
·

DON FRIOLERA

.

¡Maté a mi señora, por adúltera!

l

,/

DOÑA PEPITA

¡Papanatas!

LA CORONELA

¡Qué horror! ¿No tenían ustedes hijos?

ARROYA EL PERIÓDICO AL ):ENTRO

DON' °FRÍOLÉRA
Una huérfana riós 'quéaá: Me 'la féprésénW ·a:ttora: abrazada· al cadáver, y el corazón me duele. ,EL padr.e, ya lo ve usted, camino de
pristoq!;l~. mil!~~s; la m_a~r_e, ~º:~l, con un~ ?ala en la sien.

:t;· ia ;al; ;

desaparece con un remangue, batiendo la púirta. El Coronet' tose, 'se cala
las gafas y abre el compás de sus e/ti.ne/as bordadas, •alzando·y · ria¡imdo
un ded&lt;i. El fantoche del teniente, rígido. y cuadrado, la mano en ·la visera del ros, parece atender con la nariz.
··~-

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••••

1 -

.t.

DOÑA •PEPITA •u .... ,
-EI.: ' CORONEL

¿Tú crees esa historia, Pancho?,. . ,

¡Qué barbatidad ·ha hecho-usted?,

•EL COR-0NEL ,

~

'Empieio a creerla.""" ·· · .,. ·

DON FRIOLERA

'·

¡Lavé mi honor!

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.

)

..

... ·. ..

.,

~

EL CORONEL

¿No ves la ,Papalina que se'ga!:;1:a? · ·
••• ,,.,,~_,, t,.,__, ,

\.1..-,

,.,..

¿No son absurdos del vino?,. , , ,
11'\IJ

EL CORONEL

,., , . ,l , 1

,. ., '••- ooN' "'FRTOL'ERA ' ' ' , ...
j

DOÑA PEPITA

¡Pepita, te retiras o te recatas mejor con el periódico!- ' "' · ' ,
L

. •

U

DOÑA, p_¡¡&gt;JU_ ,

Si se ve algo, que lo lleven a la plaza.
J ~..

.. . '1i1ei1rat'er ., •·
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EL CORONEL
4 )

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¿Está usted sin haberlo catadof .,., , .. w

1:1,,•. G(l, tGNEL

l , 1 . l S .J, 1

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EL CORONEL

¡Espera!

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¡No, mi coronel!

¡Retírate, Pepita?

JI

,u,\IJd1

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~ ... w • ......... ..... •

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.v.·-- ... ,..y
Beb1, d espues,
para olvidar
vengo a entregárme'. ... ,,, .. ,., ·.
V

1 \J,.,-#.,ll~

•• .,

¡.~, V • , / __.. ,
DON FRIOLERA

.... '

J

'·

V

'

'

.

EL CORONEL

Teniente Astete, si su declaración es ~e;dad·, h~ ·p;-~~édido usted
como un caballero. Excuso decirle 'qtte· está interesado en salvarle el
hon~•del-Guer-po,,1Wmese.-usted ,ese.habano!
79

�LA . PLUMA

LA PLUMA

DOÍVA PEPITA IRRUMPE en la sala, sofocada, co~ abanico y
J . l azos . .J,
ce derrumba en la mecedora, enseñando una liga.
b.ata ue
DOÑA PEPITA

DON FRIOLERA

¡Me estoy muriendo! ¿Podría pasar al Hospital?
¡Puede usted hacerlo!

.. 1
¡Qué drama! ¡No mató a la mujer! ¡Mató a la h 1,1a.
EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡A la orden, mi coronel!

¿Ha oído usted, desgraciado?
DON

EL CORONEL

EL CORONEL
FRIOLERA

¡Sepúltate, alma, en los Infiernos!
EL CORONEL

Indudablemente ha perdido la cabeza. Explícate tú, Pepita: ¿Quién
te ha contado ese drama?

¡El asistente!

DOÑA PEPITA
J

Pepita, que le sirvan un va&amp;o de agua.
DON

FRIOLERA

• 1
,
.
ue yo! ·Maté a m1• muJer.
¡Asesinos! ¡Cabrones!_ ¡Mas c~~1~~~!1aq usted ~ue también se la
Mate usted a la suya, m1 corone .
,
pega! ¡Pin, pan, pun!
DOÑA PEPI1A

¡Idiota!
EL CORONEL

·Teniente Astete, ha perdido usted la cabeza!

1

DOÑA PEPI').'A

¡Pancho, imponle un correctivo!

J

EP Í LO G·o

!·

(
l

•-&gt;

LA PLAZA DEL MERCADO, en una ciudad blanca, dando
vista a la costa de África. El ciego pregona romances en la esquina de
un colmado, y las rapadas cabezas de los presos asoman en las rejas de
la cárcel. El perrillo del ciego alza la pata al arrimo de una valla de-

corada con desgarrados carteles, postrer recuerdo de las ferias, cuando
vino a llevarse los cuartos la María Guerrero.-«El Gran Galeoto».«La Pasionaría».-«Maria,,;a».-«El Nudo Gordiano».-«La Desequilibrada&gt;,

EL CORONEL

·Pepi·ta, la vida de un hijo es algo serio!

1

ROMANCE DEL CIEGO

DOÑO PEPITA

¡Qué crimen horrendo!
EL CORONEL

Teniente Astete, pase usted arrestado al cuarto de Banderas.
So

En San Fernando del Cabo,
perla marina de España,
residía un oficial
con dos cruces pensionadas,
81

�LA PLUMA

\

LA PLUMA
recompensa a sus servicio:
en guarnición y en c~mpana.
Sin escuchar el conseJO
de amigos que le apreciaban,
casó con una coqueta,
piedra imán de su desgracia.
Al cabo de poco tiempo
-el pecado mal se_ guardaun anónimo le advierte
que su esposa le engañaba.
Aquel oficial valiente,
mirando en lenguas su fama,
rasga el papel con_las uñas
como una fiera enJaulada,
y echando chispas los ojos,
vesubios de sangre humana,
en la cintura se esconde
un revólver de diez balas.
Esperando la ocasión
a su esposa festejaba,
disimulando con ella
porque no se recelara.
Al cabo de pocos días
supo que se entrevistaba
en casa de una alcahueta
de solteras y casadas.
Allí dirige los pasos,
- la puerta encuentra cerrada,
salta las tapias del huerto
la vuelta dando a la casa,
y oye pronunciar su nombre
entre risas y soflamas.
Sofocando un ronco grito,
propia pantera de Arabia,
en astillas, de los gonces,
hace saltar la ventana.
¡Sagrada Virgen Ma1ía,

la voz tiembla en la garganta
al narrar el espantoso
desenlace de este drama!
Aquel oficial valiente,
su revólver de diez balas
'
dispara ciego de ira
creyendo lavar la mancha
de su honor. ¡Ay, no sospecha
que la sangre derramaba
de su hija Manolita,
pues la madre se acompaña
de la niña, por hacer
salida disimulada.
¡Y el cortejo la tenía
al resguardo de la capa!
Cuando el valiente r,ficial
reconoce su desgracia,
con los ayes de su pecho
estremece la Alpujarra.
A la mujer y al querido
los degüella con su hacha;
las cabezas ruedan juntas,
de los pelos las agana,
y con ellos se presenta
al general de la plaza.
Tiene pena capital
el adulterio en España,
y el general Polavieja,
con arreglo a la Ordenanza
el pecho le condecora .. '
con una cruz pe.nsionada.
En los campos de Melilla
hoy prosigue sus hazañas;
él sólo mató cien moros
en una campal batalla.
Le proclaman nuevo Prim
las kabilas africanas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

ridícula esa literatura jactanciosa, como si hubiese pasado bajo los
bigotes del Káiser?

y el que fué Don Friolera
en lenguas de la canalla,
oye su nombre sonar
en las lenguas de la Fama.
El Rey le elige ayudante,
la Reina le da una banda,
la Infanta doña Isabel
un alfiler de corbata,
y dan a luz su retrato
las revistas ilustradas.

DON MANOLITO

Indudablemente, en la literatura aparecemÓs como unos bárbaros
sanguinarios. Luego se nos trata, y se ve que somos unos borregos.
DON ESTRAFALARIO

¡Qué lejos de este vil romancero aquel paso ingénuo que hemos
visto en la raya de Portugal! ¡Qué lejos aquel sentido malicioso y
popular! ¿Recuerda usted lo que entonces le dije? ,
DON MANOLITO

•

T

TRAS UNA REJA DE LA CÁRCEL están asomados Don
Manolito y Don Estrafalario. Huelga decir que son huéspedes _de _la trt•
na, por sospechosos de poner bombas, y de haber lzecko mal de OJO a U1I

¡Me dijo usted tantas cosas!

burro en la Alpujarra.

¡Sólo pueden regenerarnos los muñecos del compadre Fidel!

DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

Este es el contagio, el vil contagio, que baja de la literatura al
pueblo.

¡Con decoraciones de Orbaneja! ¡Ya me acue(do!
DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

Don Manolito, gástese usted una perra y compre el romance del
ciego.

Será de la mala literatura, Don Estrafalario.

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

¿Para qué?

Toda la literatura es mala.

DON ESTRAFALARIO

¡Para quemarlo!

DON MANOLITO

No me opongo.
DON ESTRAFALARIO

¡Aún no hemos salido de los libros de Caballerías!

FIN DE «LOS CVERNOS DE DON FRIOLERA:.

DON MANOLITO
.

¿Cree usted que no ha servido de nada Don

º'

t ?
UIJO e.
..

DON ESTRAFALARIO

,

Íe parece a usted
Ni Don Quijote, m. las -guerras coloniales. ;No
'
84

�L A PL t; MA

MOTIVOS DE LA NOCHE
MOTIVOS NUEVOS
ESPEJO DEL ALBA

f :·.ca mañana de nieve
.
·
de la sierra
no se hará mediodía.
-¡&lt;9hl plenitud negadani adornarán los cetros del crepúsculo
sus sienes blancas.

Gué honda melancolía
sobre la luna verde
del mar de tu distancia.
'Gus manos
albatros de mi tarde
volaban a mis playas.
9/,quella soledad de tu sonrisa
era una rosa huér/ana
bajo el rocío del silencio.

6stáfija
sobre aquel ondulado cielo verde
de la montaña.
eomo un sudario inmenso
de azucenas informes.

. 9Ytis besos
-golondrinas azules en tu airebebieron en la herida de tus sienes
la miel de rosa de tu sangre.

!Día de luna
bajo todos los días de sol.
$rilla en el luto de las noches
como un alba caída
y perenne.

- 'Gernura de penumbras
cerca de tus amargos manantiales- .
61 mar estaba inmóvil,
herido por la barca de la tarde.

�LA PLUMA

AMANECER DE CARNE
Slmanece en tu carne.
fNo es la mañana ahora

-es tu mañana-.

,
1:a luna se disipa
volada de tu /rente
como un beso.
'Un oro nuevo
en tus violetas deshojadas.
-¿tl.uién iluminó tu noche
con lámparas del alba?'Viene el día de ti
con su brisa prendida a tus cabellos
-cogollo blando de trigales nuevosy toda 'Gú
te amaneces de pronto
hecha cielo.
.Eas últimas estrellas de tu noche
se apagan en tus manos.
9lletean las sombras postreras
en tus párpados
y las alondras de tu risa
cantan al sol
que nace entre tus labios.
ERNESTO LÓPEZ-PARRA

DISPARATES
EL HUNDIMIENTO DE LA LOSA

n

o pasaba todas las noches por encima de una losa de esas que
guardan unos registros subterráneos de la luz eléctrica, ael
gas o del agua.
Algunos días me decía: «¡Si al15una vez eso estuviese inseguro y diese la vuelta!» Y esos d1as bordeaba la losa, como
algunos días bajo de la acera y salgo en medio de la calle por no pasar
bajo los andamios.
Noche tras noche pasaba sobre la losa floja, que sonaba a plataforma
de trenes y me ofrecía para alguna vez la caída en su fondo. Por hacerme el valiente bien sabía yo lo que me iba a suceder, y cuando ya tenía
un pie puesto dentro de la orla de la lápida me decía: «Ya tengo queponer el otro, porque si ahora se hundiese, ya de todos modos perdería el
equilibrio y caería en el fondo del agujero.»
Así llegó la noche fatal, en que puse el pie en la losa y caí dentro de
ella en una profunda oscuridad.
¿Dónde había caído?
Había caido en la red del agua.
Salí del agua, y viendo una puerta que giraba sobre sus goznes,
entré por allí en la habitación de los cuentos de niños, en la verdadera
habitación famosa, y me paseé por todos los salones, teniendo mucha
d_esconfianza por la espalda, por si me hacían algo los gnomos y los espíntus del misterio.
Estuve sentado en el Salón subterráneo de los Campadarios, en el
~ómodo diván de la habitación azul. ..
89

88

�LA PLUMA

LA PLUMA

Después se~tí voces, gritos de «¡agárrese, agárr~se!»; y viendo cómo
llegaba a mí la escala de fémures para est~s ocasiones,_ la escalera, de
cuerda y pautas para _l_os rapto~, me aiarre a, el~a, pudiendo en m I el
instinto de conservacion al instinto de lo fant:1~t1co.
Así era el subterráneo de los cuento,s de nmos aq~ella noche en que
se me fué la losa de la calle, que_parec1a dar a un registro de luz, de gas
y de agua.

EL PÉSAME

LA CARTA COMPROMETEDORA
U no de los placeres mayores del rey'· más grande q!-1e el de reinar, ~s
el de abrir los bargueños, y los «secretaires~&gt;, y lo_s baules, y los armantos y mandar subir de los sótanos los lega1os arrinconados.
'Este rey disfrutaba de ese placer con más encanto porque era un rey
muy inteligente. Cuando desligaba el lazo de los brama~tes ~~ oro gu&lt;;
cerraban los paquetes d~ ca~as da_ba ?n suspiro de. sat1sfacc101:1. ¡&lt;.¿ue
interesante novela! La h1stona, mas viva que en los hbros, se le iba apareciendo ingenua, como una novia que se ha carteado mucho con su
t
novio.
.
.
ó l
Este rey buscó en los más perdidos rincones y e~contr . os secre os
indecibles. Eso le enseñó, entre otras cosas, a repetir las mismas aventuras y a encontrar en el palacio las hu~llas d~ sus antepasados.
Las tardes del otoño eran las que mas dedicaba a aquella tarea ..
Una de esas tardes de otoño en que en el ocaso 1;arece que ~s!a la
regia majestad bajo palio de brocado de oro, encontro la carta mas 10esperada y más comprometedora.
.
Él no era hijo de su padre. Aquella era la carta en que quedaba evidente su ilegitimidad.
El rey la partió en pedacitos peq1;1eños dur.a nte do~ horas lar$as,
quebrándose algunas uñas en el traba10 , Despue~ que_mo los pedac1_t?s
e ueños y con las cenizas de la ca~ en el bol~1llo hizo una ~xcu~s10~
~s palacios, esparcidos por la nac10n, y _asomandose al balcon pnnc1pal de cada palacio arrojó un poco de cenizas. .
..
.
Cuando el último poquitín fué lanzado al viento volv10 al palacio de

f

la corte.
Tranquilo, y creyendo haber evapor~d o la I·dea d 7su I·1eg1·t·im1'dad ,. la_
rebelión ganó su reino, una voraz rebelión que broto en aquellas regio
nes en que él había aventado su carta. .
.
Como un rey ilegítimo tuvo que hmr y emigrar.
90

Erítram_os en la casa del viu~o mirán~?nos la corbata por si aun era
negra, temiendo que se nos hubiera destemdo o se nos hubiera olvidado
La antesala est:1ba más oscura ~on t;l luto, y el espejo resultaba un~
esq1:1ela de defunción. Ya no estar1a allt desde luego la que se había ido,
y, sin embargo, estaba en sus cuadros, en sus tapetitos en su loro en
todo.
'
'
-El señor está en el ~es_pacho-nos dijo la muchacha.
Entramos; estaba escnb1endo. Parecía estar componiendo la elegía a
la muerta.
-Si le interrumpo, me voy-le dije.
-;-No. Estaba contestando a un pésame. Habré escrito más de mil
y, sm embargo, eso me resulta muy difícil.
'
Sobre la mesita de en medio de la habitación tenia su sombrero de
copa,. !odo cubierto por el crespón. Parecía un tarjetero.
Dio la luz, y al verle no tuve más remedio que reírme.
-¡qon que tan desoladol-le dije sonriendo.
-S1, tan desolado.
, Nu~as visitas fueron entrando, y todas se sonreían al darle el
pesame.
Y es que estaba graciosisimo con el tipo que le había salido de viudo.
El cuello se l; quedaba muy alto, como ahooándole en medio de la
negrura. Tema guantes. Quería que le viése~os su disfraz de viudo.
Sacaba de v~~ en cuando un pañuelo negro para limpiarse los bigotes;
sacaba tamb1en muy a menudo un reloj para que viesemos que estaba
empavonado en negro.
Por todos co~rió una sonrisa con aquel pésame, el pésame de la broma y de la alegna.

LA ESTUCADA
En.una cama del hospital de las estucadas, que sólo existe en París,
se paso Genoveva la temporada obligada. Salió desconocida más hermosa .Y más hipócrita que nunca.
'
·
Mi_ró al mundo al salir como la que va a apoderarse de él de nuevo.
Parec1a amenazarle con el gesto que hizo con su mano .
. . Otra v~z se encontró su primer enamorado con la mujer que conoc10 en su ¡uventud, y rodó a sus pies como habiendo recibido un mazazo
~n la nuca .. Despertó en sus brazos mecido por un sueño mucho más
Joven _que el.
- Enrique-le decía ella-, soy la misma, que vuelve a quererte.
9'1

�LA PLUMA
LA PLUMA
Enrique, ya encanecido, aunque era mucho másJ·oven que ella cuando la conoció, ahora resultaba más viejo. Esa para ojale sorbía el seso.
Su fortuna la puso a nombre de ella para arrancársela a sus herederos
legítimos.
La estucada asistía con él a los palcos desde los que se mira a la sala
como si se mirase al fondo de un estanque en que se ahogan los de las
butacas. Los brillantes lucían con más fuerza sobre su descote palidísimo; pero su sonrisa era la que no luda ya. En la tirantez de su rostro
Enrique notaba esa extraña seriedad que no perturbaba ningún espectáculo por gracioso que fuese. Un poco comenzó a sospechar el antiguo
enamorado, chalado al presente de nuevo, qué pudiese ser aquel gesto
lleno de tirantez, y en la noche se acercó a él como si lo estudiase al
microscopio.
Notó que tenía la inflexibilidad de los rostros desmayados, en los
que atiranta la piel y la frente se estira como parche de tambor, pegada
a1 cráneo, redonda y hacia atrás como nunca 1o estuvo.
No podía sospechar lo que había hecho aquella mujer; pero un día
de gran crueldad, en que ella le recriminaba, la cogió, y llamándola mentirosa, la arrancó la careta del estuco.
La escena fué de un trágico sin precedente, de un trágico superior al
del mismo teatro griego.
La pobre mujer, orgullosa y cruel con careta, sin ella se encontró
horripilada, como si se desconociese y se supusiese, como si frente a ella
se abriese un espe;o clarividente.
.
Nunca se ha visto un gesto tan desesperado. El huyó y dejó caer al
suelo la careta de estuco, que se partió en pedazos.

AL SALIR DEL BANQUETE

►

1

,.

,

Los banquetes al medio día dejan una tarde inutilizada, destartalada, en la que no se sabe qué hacer.
No había tenido más remedio que ir a aquel homenaje; había estado
bien, pero qué tontísima era la tarde, a la que había i~o a parar más
vestido y retocado que de costumbre, con la sangre mas mezclada de
vino que las demás tardes ...
Siempre recordaba est?S días de ~anquete por la tarde como gra,n_des
jueves de colegial mayorcito, pero aun con algo de pavo en su espmtu.
Por lo menos me aparto de los amigos después de esos banquetes,
porque con amigos, encima, resulta mucho más desacertada y llena de
despropósitos.
92

Y~ solo _emprendo cualquier camino, y voy de nuevo acordándome
conmigo mismo. Otra vez a afinar el espíritu desafinado
me
. _E~ta tarde me sentí muy otro que otras tardes de b~nquete
dmg1 a _la calle de lo~ escapa~ates, cuando yo generalmente tirab~ hacia
los ¡ardu~es par~ sa~1arme mirando las hojas de los falsos plátanos y de
los castanos de md1as.
. Miré despectivamente un escaparate de antigüedades y me sorprendió pensar una cosa tan estúpida como que eran un asco las antigüedades.
Segu( la calle Y. me paré con obstinación ante un escaparate de objetos de E1bar. ¡Que raro que yo admire tanto los objetos de Eibarl ·Es
&lt;.
que estaré borracho?
No, ~orracho no estaba. Veía con ciaridad la luz y las gentes y la
perspectiva de la calle.
-Es usted monísima ... , pero que monísima-dije de pronto a una
muchacha ?e ~as _que son e.orno todas las muchachas, y por las que
nunca s~nt1 curiosidad. ¡Que raro ese piropo estúpido en mí!
_Sesm andando y me paré con arrobo ante un escaparate de flores
art1fi c1ales ...
. -¡C~m? i11;\tan la Naturaleza ~stos _artistas! ¡A lo que han llegado
) ª. en la 1~1tac10n de la rosal ¡Que bonitas hanan esas flores encima de
m1 mesa ....
Como si Y&lt;: mismo me hu~iese dado un tirón del brazo, llegándome
a hacerme dano con un pellizco, así me arranqué a ese escaparate
¿Pero es que me he vuelto idiota?
·
Seguí mi camino. Intentaba mi pensamiento al mirar las nubes,
hacer una poesía:
'
. ~as nubes, con su gran fantasía,
1m1tan el dragón y el cocodrilo.

Yo quería borrar en mi pensamiento ese anodino deseo de hacer
unos versos sobre las formas que toman las nubes.
-¡~ero a_ estas alturas con esol-me decía yo, queriéndome avergonzar y d1suad1r.
-¡Qué imaginación teng~ y_o esta tardel-volvía a pensar después de
u~~ pausa-, Tengo que escnb1r una novela en la que intervendrá una
mna provinciana y el diablo ...
. -¡Pero Ramónl-me volví a reprender a mi mismo sintiendo una
n~u5t:~-- ¿Será el nervio_gástrico que se me ha irritado rone en comumcac1on exalta~~ con m1 cabeza la mezquina inspiracion del vientre
abyecto?-me d1¡e

y

93

�LA PLUMA

LA PLUMA

,,

Otra vez hice una pausa en mis pensamientos chabacanos y tópicos,
entreteniéndome en mirar los tejados.
Mirando a lo alto vi a una joven asomada, y en seguida me puse a
pasear la calle.
Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo me di un empujón
para que continuase el camino.
¡Pero yo convertido en ese hombre tan obcecado, de cabeza de hierro, que es el que pasea cualquier calle a cualquier muchacha! ¡Yo a esta
hora en la calle más concurrida, paseando como un silbante a una muchacha desconocida!
Seguí mi camino y me paré ante una librería. Allí mi imaginación se
puso a descansar en los libros de los otros.
-¡Qué bien escribe ese novelista mundano y exquisito, siempre con
su bastón de nácar!
-¡Qué bellos versos los de ese poeta de la academia!
La bandera arrebolada.

'

'

esta. ese ....1
Ya no pude más, y no me dejé concluir el pensamiento. Empujé yo
mismo la cabeza contra el cristal del escaparate, queriendo romperme
la cabeza ...
jMiserable de mí! ¡Traidor de mí mismo! Me era odioso por haber
podido incurrir en esas admiraciones .. .
Pero ¿estaré malo? ¿Qué pasaba en mí? No sentía el dolor de cabeza
pertinaz de las indigestiones, pero entré en la farmacia a comprar un
«sello de aspirina» y me metí en un café a tomar un te y a echar la cabeza hacia atrás en el diván y adormecer mi pensamiento de un cerebro defraudador ...
Busqué una rinconada de los divanes y, quitándome el sombrero,
me eche como en un rincón del tren al que se ha llegado rendido creyendo que se llegaba tarde.
Inmediatamente me sentí aliviado, y no por el reposo,• sino porque
mi cabeza se había refrescado nada más quitarme el sombrero.
Y al pensar en el sombrero con cierta rabia Jo miré, y al mirarlo noté
que ... no era el mío.
Lo volví y me asomé a sus adentros buscando sus iniciales.
Ya estaba explicado todo ...
No había mas que ver de quien era.
Bastaría transcribir las iniciales para que todo el mundo lo comprendiese, pero soy generoso y me las callo; aun sería lo bastante valiente
para decirlas.
-1·Qu éb.1en

94

Ese había sido todo el trastrueque d
. .d
de la tarde, y por eso había sido grot e mis i eas durante todo mi paseo
~re tod?, ~abía admirado frente al:~~~• atrabuncad~, ch~bacano y,
d tª~ate_ de la hbrena a las glonas academ1cas convencionales lle
Aunque me consf
ald°' ~as e at1gu11los ...
ipase s na sm sombrero, como higienista recalcitrante.
otr!sta misma noche se lo devolveré. ¡Lo que puede el sombrero de

LA LEY DE HERENCIA
Todos estaban preocupados con la d .. ,
dientes ~os que tenia que echar!
ent1c1on del niño. ¡Eran tantos
Hab1an comprado el mejor libro sobre 1 d ..
dad? turulatos. «¡No es posible que un . _a en~1c1ón, y se ~abían quede_c1an unos a otros, como si ellos . mno ec e ~otos dientes!», se
m1Smo tra~ce.
mismos no hubiesen pasqdo por el
-A mt es a quien más me han
t d 1
.
son~endo y enseñando su dentadu~~s/ o osl dientes-decía el padre
vanidad y que enseñaba en los
e oro, a ~entadura que era su
hasta en los dramas para que se lteat_ros con terrible descaro, riéndose
M.
a viesen.
- 1re usted, señora-decía su
d
dola el libro recién traducido señalma /e j cada nueva visita, enseñánLa _dentición del niño se 'resent:~ o _e esquema ~e la dentición.
anunciara una tormenta treJenda en :Íf:ble, calent~~1enta, como si se
los dolores su madre le frota las
,
o~do del n100. Para aminorar
mezcla de miel y cloruro de sodi~nNas/ºsJara~e de azafrán y con una
mendamente al niño las encías . a a. e ye1a que le dolia tan treria la tierra si le doliese un anfi(euatresólo podna compararse al que sufríAl t
d' d
o romano
d
ercer ta e un llanto interminabl sa1·ó l
!cntes, y cual no sería la sorpresa de toJ i adprime~~ punta de los
os cuan o se vio que era ¡un
dtente de oro!
~ llamó al dentista, que se qu dó
-d110-' hay que esperar».
e asombrado, y «por de pronto,
,Al poco tiempo le había salido d
estan lo bastante aclimatados en lato_ a una dentadura de oro, pues ya
que la ley de herencia ha podido v1a, _lo bastai:ite inducidos en ella,
-Enseña tus dientes Juanito pro ~cirse también en eso.
sus dientes de oro, de u~ oro juvenfiec1a sd ~arre, y Juanito enseñaba
-¡Es prodioioso es p d" . 1 :Ju~ a a uz a su boca.
los otros niños~ mu~rtos
e1g~?Jfa-:- ec1an los papás y las mamás de

d~

RAMÓN GOMEZ DE LA SERNA
95

�LA PLUMA

GRILLOS

MUESTRARIO DECADENTE
LA CASA
- me entretenía muchas veces en construirme una
pequeno,
casa.
, ul
a con mesas adosa•
Ya, con sillas ordenad~s en~1rconfJ¿d~me en medio, ~on
das una a otra, en. c~a ro. idiraba el exterior. Si en el 1armis juguetes y u_na s~hta, co~s
hormi as entre las flandín, me complacía e~ seguir e\1~? ten;0~~;~obre ef rosal. El so tan
tas y las flores, en tierra, y e e ~s
re aro de plantas o de ramas
grande se me aparecía, quebcons~u1:3-uun: hlrmiga, saliéndose de la ~la
para gozar tan solo el rever ero.
~1
s al unto la buscaba rab~olaboriosa, se adentr:3-ba_POr enre d~\~!ctel'fa Jmbién la hoja ~epud1aso, y la cazaba. y s1_ cata 1;1n_a or l dad Hasta que jugando y ¡ugando
ba obstinado en m1 dominio Y. so e d d dentro· «¡A casal~
caía la tarde, y mi madre me gntaba es eas abiertas bocas de las adelCaían las últimas gotas de sol _sobreu~ alimentasen los tallos y por
fas que se encendían como lucecitas q ombras hacíanse la cama bajo
ell~s el tronco y las raíces ocul~s. y las ban la casita en estrecha osculas plantas,· resbalaban hasta mi_, edcer~:dida la casita y que las sombras
ridad. Entonces, yo !l?raba, ,\vien dintro de la casa grande, desde don.
me perseguían tambien a m1 asta onótona, huía.
de mi madre me llamaba con voz m zas ara volver sobre mis_ paso~
Pero a veces, recuerdo, tuve fuer b plas ajuclas y las ho¡as ch1mientras un grillo se arrastraba J?Or so :e se~arar una mesa de otra,
rriando, y haciéndome ~udaz de i:ft}~~~s en tensión , par~ que descon las manos, con los pies, todasd
l s sombras y a los grillos de la
pedazada la casita no quedase na a a a
noche.
E

"

.

96

Los grillos saltaban y chirriaban; al principio, con la incertidumbre
de las gar15antas poco_avezadas, o_ roncas por un día de sueño; luego con
la cadeneta leve y delicada de quien, estupefacto, vuelve a abrir los ojos
a la vida.
Caía ~a no~he_ como si no tocas~ la tierra; y con todo, algún árbol, ya
adormecido, sintiéndola llegar, repicaba un alarma, y las vides emitían
un murmullo ronco, abandonándose como perdidas sobre las estacas
que las sostenían; y las hierbas un susurro; y las pajas, por el agujerito
capilar del tallo córtado, un lamento. Descendía la noche de lo alto de
la colina, acariciando las plantas, rozando barbechos desnudos y terreno
cultivado; tranquila y lene al incidir, mas decidida al dominio. Dóciles,
sus esclavas las sombras, se apoderaban poco a poco de los espacios circunstantes, siguiéndola en zig-za&amp; por el camino largo y tortuoso a través de la tierra. La voz de los grillos subía a 1a sazón menos füscorde; y
cuanto más vencía la noche las luces, más se comprendía la necesidad
en las gargantas jocundas de robustecer aquel canto, de calentarlo.
Hasta que al resplandecer las estrellas en lo alto, aquel tembloroso y
anheloso canto, se hizo triunfal, se trocó en coro, y murió la luz.

CAÍDAS
El sol, esta tarde, se abisma en el mar con trabajo. Grandes heridas
purpúreas en el cielo, pingüe de nubes, mientras el mar se encrespa de
chispas azafranadas, como cristal al que le brote en la superficie una
llama. Las nubes parecen contentas al sentirse hendidas por aquella luz
viva, que guiña, se retrae y vuelve, cada vez más ebria y desesperada. El
campo, que se separa de Ancona y sube despacito las colinas, se oscurece, como si le cayese de lo alto una capa enorme de plomo o de cobre,
y destila un verde duro, sin trémolos o esfumaturas. Se siente, allí donde alcanza la vi""' ., el enganche de las cosas a la tierra; no ya presión de
un color sobre ,tro; no ya empastes mórbidos y tenues, no ya afinidades, sino un todo sólido y áspero, que no tiembla, no se estremece, casi
sereno.
Desaparecido el sol, las nubes se persiguen a guisa de ondas, a las
que empuja el viento tenaz que conduce el reflujo. Carrera tranquila al
principio, luego casi fuga.
Después, un último guiño, y el sol desaparece. Rojas e hinchadas todavía, las nubes que quedan a flor de cielo sudan color, y poco a poco,
desbandándose, se encenizan.
7

"

�LA PLUMA

LA PLUMA
Mañana el alba las encontrará en su umbral deshechas y empobrecidas; y habrá de tocarlas varias veces antes de que resurjan de la repentina vejez que las ha consumido.
EL EMBERIZO
Al comenzar la siega del trébol, el emberizo se ponía nervioso. Al
alba se posaba en los álamos que elevaban una barrera en torno a nuestra casa de campo, y se asomaba de pronto, sembrando el aire de gritos
y sorpresas. Estaba en lo alto del cielo pocos minutos hacía, ¡y todas las
mañanas aquel juego de temblar pávido entre las ramas y asomar de repente! Como si quisiera dar miedo.
¡Y el emberizo ríe que te reirás tras de los setos que cercaban la casa
de campo! Pero aquella risa ahilábasele en primavera. Se le sentía andar
por entre las hierbas y moverlas allá abajo, en las lindes, donde la guadaña no inquietaba el aire con su rumor ni el hombre lo absorbía en el
respiro. Haf&gt;ía desaparecido aquella su viveza de febrero y marzo, que le
hacía reírsele la garganta de delicia a los primeros lengüetazos del sol
que lamían las plantas en sopor, que le arrastraba a vue1os caprichosos
y fulminantes, sin meta. El campesino había mandado a extenuarse
en el verde intenso del trébol el rosa de una falda mujeril; ¡y hubiera
sido una bella vista la de aquellos colores que se besaban, si no hubiese
resplandecido al sol la guadaña y empezado a segar resuelta!
¡Qué gritos los del emberizo a tal rumor! De ave herida o envenenada que no sabe qué camino emprender para desanidar los huevos; y ya
entrevé en el prado, ayer no mas pingüe de color, el pálido y lánguido
abandono
del heno.
Descubríase
algún nido, que el emberizo defendía hasta lo último,
enhiesto en el borde, agitando las alas, y que abandonaba desesperado y
chillón no bien perdía la esperanza de que aquel verde resurgiese ópimo.
El campesino no tocaba aquellos nidos.
Allí quedaban, entre las hierbas que seguían en pie levemente inclinadas, como quien espera un nuevo golpe y está convencido de que no
se salvará; pero alejado que se había fa guadaña, el emberizo no volvía.
Continuaba con su griterío, que se hacía cada vez más ronco; y el piqui•
llo se le hinchaba, palpitábal.e la lengua, las plumas de las alas y del
cuerpo se le erizaban como dispuestas a herir. 1ncluso torcidos los ojos
por encima del encorvado pico, revelando una repentina capacidad de
odio casi humana.
·

',,

1

.¡:
1 '

·,•

•.
•. '

resistido en ocasiones· pero el suf . .
ción de este o aquel placer fué ~f!ll~nto en que me tuvo a veces la privaOt!'35 veces al gozarlos. Es :nen as intenso asaz de la que experimenté
m1entos d~l bien, y responder afte{¡! ve_ces no dar escucha;a los llamaotros. Decir a la conciencia· «Eito er imp~lso que se despierta en nosnuestra vida, ya de por sí h~rto fla¿ a tus pies, te obedcz.:o» y quitar a
za. Ofonerse, y abatir cuando al
y apag:i,da, _gran parte de su belleque e espíritu impro~isa en su i~na voz mtenor lo exija, las barreras
~onde está lo justo; y nosotros e ensa. ~ luz del contraste mostrará
siempre con las mismas normasno bo~ s{nt1r_emos o_bligados a proceder
res. Hay horas en la vida huma y ªlº a egida de innumerables debegación, a lo contrario. Parecen h~r2~e conducen sensiblemente a la nea punto de detener nuestra precip'ta -~e locura; con todo, llegan quizá
o de mediocridad; y traen consi ~ ~n en un a i~mo: de buen sentido
somn~lenc1a y emperezamiento
que preceden a una comprensió g
n mayor y meior de nosotros mismos. ,

b

MARIO PUCCINI

LOS EXCESOS

Yo me abandono, en ciertos momentos, a excesos que, sin CID·
bargo, siento que repugnan a alguna parte de mi ser. Recuerdo haber
99
'

'

98

�LA PLUMA

.i

me asegura que se puede decir vieja tierra· a í
.
ra mido la insospechada hondura d
. • 1 m me sonaba a galicismo). Aho•&amp;uién iba a pensar-di¡'e-qu
le mis pa abras ante el cenotafio de Chapí·
. .
.
.
e a maestro no le se , d d
na ª o asistir a la inaugurac1ón de su tumba?, Me aterra d' .
· f
a 1vmar que est
de la mía. ¿No es doloroso ver có
.
oy as1s tendo a la excavación
mo mis detes se
h't
.
I
roce tardío con las musas me ha
d
marc an sm empleo? El
•
reve1a o de cuánto so
y
qutlo, Y ahora me devoran un ansia
Y capaz. o estaba tran.
, una comezón raras· q · ·
•
1oses.
¿Por
qué
me
habéis
d
.
d
.
·
u1s1era saciarme. ¡Oh
1
d .
e¡a o con la miel en lo5 1 b' &gt;M'
'
bárbaro! es la de Mel'b
. y
a 10s. 1 querella ¡oh
destmo
1 ea.&gt;
'
¿ por un placer ta b
h
'
•
. n r~ve as querido que
pierda el nombre y corona de vir enh ·F
I uera meJor, digo yo, no catarlo!
Yo soy de...
g

1

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1

FANTASIAS

AUTO DE LAS CORTES DE BURGOS,
O TRIPLE LLAVE AL SEPULCRO DEL CID
Y DIVINO ZANCARRÓN

' ':', ',i:1
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t

(Argumento: Habiéndose juntado en Burgos las personas más princ;pales del
reino, deciden desenterrar tos huesos del Cid y liacerles acatamiento. Sob1·eviene la
demanda del hueso de Babieca, con la graciosa disputa de los dos albéitares. Apaciguada la discordia, slgziese un coloquio apacible y vánse todos cantando y danzando.
lnt1·odúcese un arfouispo, c1m otros señores de muy gran estado. Y es de muy gus-

1¡

.\,

tosa lección.)

1

' 1

·¡ 1
1hl li;
'¡. .' I·
¡·

COMIENZA EL AUTO
(Entra Apal'icio, el burgalés de pró, con un haz de ramas verdes al hombro.)
EL BURGALÉS DR PRÓ: Cargado de laureles, que esta vez no son laureles, sino
quinas de Portugal, vuelvo a este augusto antro, donde ya puedo afrontar sin
son rojo la mirada inquisitiva de mis antecesores. Glorioso destino el mío; brillante final de carrera. Anteayer, puse, mensajero de Melpóneme, un ósculo
de paz en la mano sarmentosa de ,Sarah, la vetusta. AyPr, en el Retiro, fuí
nuncio de Euterpe, y le dije a la cabeza de Cbapí lo que se merecía. Hoy, entre Carracido y Altamira, he afrontado en Oporto al arrogante luso. La unión
ib~rica es un hecho; por lo menos, se unen las inteligencias que me ha tocado
presidir. ¡Minerva, eres mía! Formidable carga de gloria. (Deja el haz en el
suelo) . Sí: estoy satisfecho, pero triste. Llego ya al cabo de mis destinos. ¿Me
estaré sobreviviendo? Ya pronto dejaré de ser ministro. ¿Y a quién le diré que
soy de Burgo~ que ya no lo sepa? Yo soy de la vieja tierra de Burios'. .. (.Aiorín
100

·(Entra un ujier).
EL UJIKR: La Comisión defe nsora de los muertos ilustres desea ver a vuecencia.

ELes?
BURGALM DB PRÓ: ¡Qué extravagancia.
. , ¿Q U1én
.
gente
ataca a los muertos? ¿Qué
EL- UJIER'• Dieen que vuecencia los tiene citados

e1 senor arzobispo de Trajanópolis...

.,

para

h

oy... Viene con ellos

EL auRGALb DB PRÓ: Que pasen.
(Entra un Joven ele~ante
·a d,
eclenástico y cuatro señores e~1:f:':d:s. ~0=1·:obispo de 1 r~janópolis; detrás, otro
se prosterna, y besa el anillo pastoral.)
nsas, reverencias. EL BURGALÉS DE PRÓ
EL BURGALb DR PRÓ: ¿A qué debo...?
Et ARZOBISPO DR TRAJANÓPOUS' S' 1 . .
al joven), que es el vocal nato de. tolde slenor m101stro lo permite, aquí (señala
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as as Juntas de conm
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nanos gloriosos explicará el b' t
emorac1on de cente0 Je o que traemos...
Et BUR
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. á. GALÉS DR PRÓ: (Para sí, desconfiado). Traen un objeto... (atto). Us1r
ted d
EL VOCAL NATO DR TODAS LAS }UNTAS DE C
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sos: Nosotros somos excele tí .
, _ ONMEMORAOION DE CRNTIINAII.IOS GLOll.'iO·
de Hombres Ilustres'
n s1mo senor, el Comité Nacional de Exhumación
alguna importancia ~u: a:~::~:pon:i:os reivindi:ar todos los cadáveres de
dos por la Península L
. y
e me permite esta figura- desperdiga. a necesmad de tal org ·
.
prestado tan valiosos se . .
an1smo se deJaba sentir, J ha
Hasta hoy la conmem rv'.óc1os, que ya lo han declarado de utilidad pública
dáver se hacían
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orac1
· y 1a busca correlativa del ca-·
un poco
1 n deDnuestras glonas
a azar. ebemos dar ll\ sensación de un pueblo conslQt

�LA PLUMA

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J¡

'· 111

ciente y celoso de su pasado. Vuecencia sabe-ya lo sabían los romano.s-quc
el subsuelo español es riquís~mo; riquísimo, pero inexplorado; pues bien: . yo
me arriesgo a decir que la principal riqueza de nuestro s~bs~elo .son los miles
de muertos ilustres, perdidos hoy para nuestro culto patn6tico; nqueza moral,
claro está, que bien explotada ha de reportar ópim~s fr~t?s ~el mismo ~orden.
Yo no soy fetichista, pero creo que por cada reliquia ~e1v10d1cad.a se ana~e un
remache a la armazón de la nacionalidad. Nuestra acc16n es múltiple: lo mismo
preparamos los centenarios resonantes, que las memorias de un modesto pres•
ti11;io local; pero siempre bajo la base de proveerles de muertos. En los c~ntc•
narios sin muerto hay un vicio de origen. ¿Por qué fracasó el centenano de
eervantes~ Por n~ haber restos del manco de Lepanto. Rodríguez Marín creyó
que todo se arreglaría con unas ediciones y unas co.plas de Gonzalo Cantó.
Absurdo ¿verdad? Un huesecillo roído hubiera entus1,1smado al pueblo. Tene·
mos un ;eso muerto: la rutina, la falta de organizació~. Por eso hemos em~ezado por crear un Cuerpo de desenterradores honoran9"s, que con unas nociones de arqueología y de historia van, por decirlo así, alumbrando tantos teso•
ros ocultos. Además, como yo he viajado, y he visto a los puercos (con perdón
de ustedes) hozar en el suelo del Perigo1d en busca de la trufa, he ~e~sado
crear una manada de hienas do mesticadas para el más pronto descubnm1ento
de los muertos. Estos animales, injustamente desacreditados hoy, como tantos
otros, por su falta de cultura, prestarán buenos servicios. Y par.a que vuecen·
cia se forme idea de los nuei;tros le diré que\' sin contar otros difuntos de poco
valor, hemos reivindicado el cadáver del Ultimo Abenc;erraje, para borr~r _d~
su prosapia Ja tilde de barbarie que hoy parece ponerk el pueblo; será re1vrn
dicación de cuenta para nuestro influjo en Marruecos. El cadáver del Rey Do~
Sebastián, que pens1 mos ofrecerle a la nación vecina en prenda de f1:ater~1·
dad; el cadáver del Rey Rodrigo, que no siempre ha de i;er un persona¡e tris•
temente célebre como la batalla del Guadalete. ¿Usted creerá que al Rey Ro·
drigo Jo metier~n en una fosa y qu:_ una culeb.ra ~e lo comió por ~o más
pecado había? Pues bien: el señor (senala al eclesiásti~o), ~ue es benefic.iado de
Calahorra y correspondiente de la Academia de la Historia, h~ destruido esa
leyenda. No se sabe por dónde había pecado m~s e~ Rey Rodrigo... ¿E~tonces? ,
Todo eso está en crisis. Así se ilumina una prov1nc1a, hasta hoy sombna, de la
historia patria. En fin: hemos enviado una Comisión al campo. de batalla de
Gravelinas para que busque el cadáver del soldado de los tercios de Flandes
desconocido... Tales son, señor ministro, nuestros trabajos del momento...

LA PLUMA
EL BUIGilÚ na Paó: La labor de ustedes es altamente patriótica, y seguramente el Gobierno de Su Majestad...
EL VOc.&amp;.L lfATO DB TODU LAS JUNTAS DB CONMBlld'.OllACIÓ!f DB Cl!NTBIUBIOS GLORIO·

505: Perdone el señor ministro: Voy ahora concretamente al objeto de nuestra

visita. Se acerca, como el señor ministro sabe, el centenario de la catedral de
Burgos (eJ m;nistro se inmuta), suceso de cuenta, pero frío como una cripta, si
este Comité, cumpliendo la misión que se ha impuesto, no hubiese aportado
el cadáver o 1.2s cadáveres que son menester para que las fiestas constituyan
un acto de afirmación patriótica. He aquí nuestros primeros acuerdos: declararnos en sesión permanente; reivindicar los cadáveres de Rodrigo de Vivar y
de Ximena, egregio matrimonio, padres putativos de esta Castilla, madre de
naciones; reivindicar también las reliquias de Fernando III, fundador de esa
catedral, la primera del mundo, y trasladar solemnemente todos esos restos al
insigne templo, cobijados por la gloriosa enseña roja y gualda. El ilustre purpurado que nos preside (se di'luye una sonriso por la fa,i oronda dd arzobispo)
aportará al homenaje las bendiciones de la Iglesia, Han enviado ya coronas: el
elemento joven del Círculo de la Unión Mercantil, los ex ministros liberales,
los moros notables de Frajana y otras muchas entidades aún más importantes.
Ahora queremos recabar el apoyo oficial, y le rogamos, señor ministro, que
húnre el espectáculo con su presencia y lleve la voz del Gobierno, pues da la
feliJ coincidencia de que el señor ministro es de Burgos...
EL BOII.GAÚS na Piló: ¡Cómo! Señores, sí; soy de Burgos, de esa vieja tierra ...
~Qu~ bonor tan grande, codearme ahora con mi ilustre conterráneo el Cid y su
distinguida esposa, modelo de madres... y de esposa;;...! iré y hablaré lo que
me salga del corasón. He dicho.
EL l'Oc.&amp;.L lUTO D11: TODAS LAS ]UlfTAS DB COlfNl!MOlU.CIÓlf DB CDTBll'AUOS C.LOaIO-

Pues queda conYenido, y ¡hasta Burgos! Vamos a continuar nuestra sesión
permanent«o en otra parte.
(Se muda el teatro. Baja el termtfmelro. Burgos. Salón elegantemente omueblado. EL AUOBISPO 011 Tu1uórous está en •Su muy rico escanno•, y a su lado, en
!ie, EL BUllG.U.Ú ns PRÓ. Slquit,. Sobre una mesa cubierta con paños de velludq
rojo, uu arf#ela, Cabe la mesa, tres médicos y dos 11eterinari11s. 'Iumuit, ,n la
IOI:

talle.)
EL BUllGilÚ na nó: (;,rora) ... En fin, señores, la emoción me ahoga. ¿Qué
mú puedo decir...?
E1. illOBJaPO 011 Tu1uópeua: (ioj,). ¡Nihil...!

�LA PLUMA
EL BURG.uás DB PIÓ: Este momento es el día más grande de mi vida, tan
grande como el cadáver que ahora van a abrir delante de nosotros; un cadáver
·tan grande, que si no existiera sería menester inventarlo, y bendigo a la Providencia que me ha permitido venir a cantar sobre sus cenizas. Porque, señores, y con esto termino, no olvidemos que el Cid, mi ilustre paisano, al ensanchar con sus batallas este clásico solar, y dejarlo muy bien vallado, se adelantó
prodigiosamente a su tiempo. Hey nos preocupa el ensanche de las poblaciones, pero el Cid se elevó más, y le preocupó y realizó el ensanche de las regiones ¡Y con qué medios, señores! ¡Con un triste caballo, que no debía de tener
siquiera mucho genio, si algo significa eso de Babieca! Gloria, pues, a nuestro
padre el Cid, que bien merecido tiene el reposo en nuestra catedral, alma de
Castilla, en esa catedral de la que sólo diré, con un vate de Quintanapalla, que
acabo de conocer:
Milagro eterno cincelado en piedra,
exuberante hiedra
que trepa por los muros del espacio
coronado de esbeltos chapiteles
bordados de caireles
se yergue al cielo medieval Palacio.
¡He dicho!
(Agitación. Espasmos. Palmadas.)
EL ARZOBISPO DE TRAJ&gt;.NÓPous: Ahora, señores, vamos a abrir esa urna. Procedamus in pace.
(Custodiados por la Policía, acércanse a ta urna tres randas, con llaves falsas
y palanqueta. Dispónense a forzada.)
U110 DEL SlfQ~HTo: ¿Qué iremos a ver?
OtRo Dl!L slfQmto: Estarán en los huesos.
UNO DIIL SlfQuxto: Dicen que Ximena era como un junco.
OTRO DEL slfQUito: Pues él debía de ser un bárbaro. A lo menos, así lo pinta
Sinesio Delgade en una de sus ingeniosas zarzuelas.
(Queda la urna boquiabierta.¡
EL .1.RZOBISPO DE TRAJANÓPous: (dando una gran voz.) ¡Ah!
Tonos: ¿Qué pasa?
EL ARZOBISPO DE TRAJAKÓPous: ¡Ah! ¡Coincidencia providencial! ¡Y no haberlo
notado antes! Yo soy valenciano, señores; el Cid conquistó a Valencia ... ¿No
ven ustedes el dedo de Dios? ¡Flectamus genua!
104

LA PLUMA
(Se prostérn;zn tod•s. Un pavor sobrenatural 6ate sus alas por el ámbito.)
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Veamos ya lo que hay en la urna.
(Comienza la saca de los restos. Los médicos certifican que son restos humanos.
l,o primero que extraen es una ·carrera de dientes, menudos, iguales, sin caries,
ligeramente amarillos, adheridos a una encía ,·oja. Estupor.)
EL .lllZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¿De quién puede ser esto? ¡Qué encía tan bien
conservada!
Mlfn1co 1 •0 : Debe de ser de Ximena.
Mlfnxco 2.0 : O los dientes de leche de su marido.
Mwxco 3.0 : Eso es una dentadura postiza. Los últimos que han revuelto
estos huesos la habrán dejado aquí como ex voto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Siempre la explicación impía de la ciencia!
¡Y ésto?
(El ar,;obispo empuña un hueso disforme y lo eleva en alto. Pasmo.)
EL AltZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¡El fémur del Cid!
Mifn1co 3.0 : Mejor fuera decir: un fémur del Cid; tendría dos.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Sagrada reliquia! ¡Mi corazón se derrite al
rontemplarte...! ¡Uy..., uy... , uy! (Estampa tres besos en el zancarrón.)
Mlfnxco 1.0 : Midiendo ese hueso, pudiéramos deducir la estatura de RodrigoEL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Mídanlo.
(Los médicos miden et hueso, y se retiran kaciendo números. Ansiedad. úu silendo.)
MlfDxco 1.0 : A mí me salen siete metros cuarenta.
Mlfnxco 2.0 : A :ní no tanto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS: Entonces, ¿era un gi'gante?
V11tBRINARIO 1.0 : Si el señor arzo'&gt;ispo y los demás señores lo permiten, yo
diré una palabra que podría ser aquí de provecho.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Dígala.
VBTBRINARIO 1.0 : Pues digo, eminentísimo sefior, que . todo esto me parece
una burla, o cosa de locos, y que es menester estar ciego para no ver que ese
hueso no es dd Cid, ni de ningún nacido de mujer, sino del caballo Babieca ...
VAllIAS •ocss: ¡Blasfemo! ¡Impío! ¡Mal patriota!
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS (al veterinario z."): ¡Qué opina usted?
VIITIIINARIO 2.0 : Que es hueso de caballo.
EL BURGALlfs J&gt;E PRÓ: ¿Y por qué aseguran que es de Babieca?
Vn&amp;JUNAllIO 1.0 ; Como ustedes dicen que estos restos son del Cid, y no hay
105

�LA PLUMA

¡,1 ·1
1

..

duda en que este hueso es de caballq, suponemos que sea de Babieca, ,al que
enterrarían con su amo, por premio a su fidelidad.
EL BUllGAÚS Da PRÓ: Yo creo que no puede admitirse esa hipótesis atrc'ridísima.
EL ARZOBISPO Da TllAJ.UÓPOus: Non possumus.
VBTBllllfAlUO 2.0 : Pero, señores, (Ustedes creen que puede haber persona
ceo tal hueso?
EL ARZOBISPO DB TRAJAlll'ÓPous: Lo que resulta de todo esto es que el Cid era
un gigantazo. No es imposible. Aún hoy existen gigantes, y más los habría ca
aquellos tiempos caballerescos y de rudo batallar, en que las generaciones adquirían un desarrollo prematuro.
EL BURGAL:is DB PRÓ (a los médicos): ¿Qué dice la Facultad?
Los nss 1.do1cos: La Facultad dice que la ciencia no puede penetrar los
designios de Dios.
Et ARZOBISPO DB T11.AJA1'ÓPous: Pues acatémoslos, ya que están patentes. Y
váyanse 101 señores veterinarios a repasar sus tratados de albeitería, que por
esta vez han perdido el pleito.
V~t.alll.lllIO 1.0 : Nos vamos, pero no sin deciros: ¡A otro perro con ese
hueso!
Et ARZOBISPO na Tu1uóPOus: Y el sei)or beneficiado de Calahorra, &lt;qu~
opina?

11,

Et BBlll'BFicaDo DE CAuBoallA: Que este litigío no puede transigirs~. Dico
que es hueso del Cid, ya que no puede ser baci-yelmo.
Et ARZOBISPO Da TRAJANÓPOus: Señores, tenemos aquí los restos del CllJDpeador y debemos d ecir, parodiando la histórica frase; El Cid ha muerto. ¡Viva
el Cid!
Tonos: ¡¡¡Vivaaa!!l
'l
(7ocan cajas dentro.)
VARIAS vocas: &lt;Qué escucho?
Et ARZOBISPO: Es el Rey. El santo Rey Don Fernando, que llega desde Sevilla a honrar esta junta.
(Se muda el teatro y aparece Fernando Ill con cetro y corona ,,. ,unas alUltu
llevadas por los armados ile las cofrad{as ser,illanas. Músicas. A.cúimadones.)
EL RBY FEI.NAIIDO III: No sin fatigas he logrado evadirme del ataúd de cristal
d1,nde el mayor pedazo de mi cuerpo está, como Papús, y sometido a no menos riguroso ayuno, guardado. He recogido al paso cuantas reliquias de mi
Jo6

LA PLUMA
persona me fué dable encontrar, y aquí estoy casi en mi prístina entereza, con
ánimo de haceros merced. Y porque estas juntas acaben con bien para todos,
vengo en comprar el caballo Babieca, destinándolo a regenerar la sangre de
mis cuadras. He de restaurar el perdido esplendor de la raia caballuna española.
Et BURGALlfs DE PRÓ: Señor, para coror-amiento de esa obra te pedimos que
iosta11res la Fiesta d e la raza caballar pan-hispánica, en la que participen todos
los solípedos tle ambos continentes que hayan heredado el relincho de Babieca. Y que en el cerro más alto de Castilla se levante una estatua al caballo
simbólico que la ensanchó.
Et Rav FaRNANDO UI: Basta; yo lo otorgo. Y ahora puede el baile comen1ar.
( Vitares y cajas dentro.)
Piu111B11.A ENTRADA DEL BAILE. (Entran los diputados prwinciales con disfraces y
motes. En unos se lee: • Castellanismo•. En otros: •¡ Viva el les de acu~alivo!• En
otros: •¡ Ve/ay!• Hacen r,arias figuras y se colocan a los pies del rey.)
UNA voz (cantando):
Como el ser buen pátriota
vale dinero,
¡no sabes, patria mía,
lo que te quiero!

,
;

; .. ::

l .;

(Los diputados provinciales dam:an.)
SEGUNDA ENTRADA D&amp;L BAILE. (Entran los candnigos y los sacristanes, sin sotana, oestidos a la lurquesca, con guitarros y estandartes. En unos se lee: ,Espaiiolismo•. En otros: , Fiera hidalguía•. En ott-os: «¡ Viva la suegra de Don ]l.,drigo!•
Hacen sus #guras y se colocan a los pies del rey.)
Un voz (cantando).
Por un huesecillo tuyo
diera yo la salvación,
para roerlo a mis solas;
¡mira tú si es tentación!
Mas ¡ay! Ximena,
estás tan hecha polvo
que me da pena.
(Los carulnigos y los sacristanes danzan.)

La entrada del baile se repite';hasta que el arzobispo pide: ¡Tocino! ¡Tocino! Entran tpdos a dansar, y canta solo
107

'

~

�&lt;

LA PLUMA

en el Catálogo de Salvá con el número 19.091 (capicúa). El más lerdo (¿quién
es el más lerdo?) advierte que el final del auto, desde la aparición de Fernando III, está plagado de sinónimos voluntarios, y ha sido añadido por una mano
casi criminal, en fecha muy posterior a la de la composición general de esta
pieza, que se remoGta, por lo me11os, a la última década del siglo xvi. En
efecto, existe otra versión del Auto de las Cortes de Burgos, con muy diverso
final. Ya Tiraboschi lo apuntó así, después de reconocer un códice de la Ambrosiana. Debe de ser el mismo ejemplar estragadísimo que nosotros poseemos, y que, con riesgo de nuestra vida, acertamos a sustraer en un reciente
viaje de estudios por las Bibliotecas de Europa. En esta versión no se aparece
Don Fernando, sino la propia Doña Jimena, llevada de la mano por el abad de
Cardeña. Doña Jimena hace un planto en verso trocaico. Escrito con aquella
sana alegría y hermosa libertad, características de nuestros ingenios del siglo
de oro (a quienes la Inquisición, pese a sus supuestos rigores, no cohlbió en lo
más mínimo en la expresión de la belleza), no nos atrevemos a reproducirlo;
dadas nuestras costumbres farisáicas, parecería procaz y desvergonzadísimo.
Baste decir que al acabar el planto, todo2 los presentes van por turno a darle
a Doña Jimena un beso en el culito.-C.

EL Ru F'nftilDO III:

Tengo el tronco en Sevilla,
la diestra en Burgos,
la cabeza perdida,
y mis dos muslos
deshechos en reliquias
por esos mundos.
¡Suave Ximena!
¡Rodrigo duro,
que a Don Alfon pusiste
en tanto apuro!
Si a vosotros os dejan
entre algodones,
a salvo de curiosos
y de sobones,
el Lampérez, que todo lo restaura,
que me restaure a mí, 10 llamo a Maura!
Que me da empachos
dormir el sueño eterno
disperso en cachos,
y opino que el ser santo venerado
no es razón de yacer descabalado.
Y a la hispánica gente tan castiza
que a sus muertos ilustres descuartiza,
y entre arrobos y besos
nos adoba los huesos
a los difuntos de esplendente gloria,
¡decidle que me cisco yo en la historia!

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( Vánse u,dos dando a/a,-idos.)
FIN DEL AUTO

CARDENIO

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Nou.-Para esta edición hemos seguido el texto de un pliego del siglo XVII,
que perteneció al benemérito Sánchez, y que, encuadernado con otros, figura

ida

LA PLUMA

!

r
f..

¡ ·' : ..

�LA PLUMA
'8uprema
es la belleza

de la renunciación...
(/;tcétera.)

EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERA~O

,,

:Jnsomnio, asfixia, hormigueo.
¿Joy, noche estival, tu reo?

ENCARNACIONES
IGUALDAD

¡{)h ardor de febriles vahos,
como una ignición de caos,

/;splendor juvenil del ocaso:
aurora fatigada.

que me enroscan en anillos
largos soles amarillos I

CANTO A LA RENUNCIACIÓN

¿&lt;!ubre el mundo todavia
esa piel de mediodia,

( - 'Ya que tan bello acaso es
renunciar como poseer,
he de llamarla sólo amiga.)

tan llameante de luz
como el taurino testuz

¡t)h, amiga
dilectlsima I
(-¿fiasta medias de seda?me pregunta don ;Juan .
.Ea memoria, perpleja,
sus muertos desentierra.
-ffues no lo sé, don juan.)
¡f)h, amiga
dilec&amp;imal
110

-

que iza en sublime siniestro
los alamares del diestro?
' l

00 tacto siente amarillo
lo que ya sabe sin brillo,
la mirada escrutadora
de la tiniebla incolora.
11 l

�LA PLUMA
¿flor qué, almohada, tu albura
en gualdo se transfigura?
/ 'Gantos luceros me acota
de la azul huerta remota
1 ', ,

l'

LETRAS ALEMANAS

la oquedad de la ventana,
como pomposa hortelana I

GUSTAV LANDAUER

'jj me punzan las estrellas
con amarillas centellas..
'J/a que el ~ueño, sibarita,
no me socorre en mi cuita,

,., ..
-~

1

clamaré al CJJiento: ¡socorro!
y a la .!:luvia: ¡ay, socorro/,
que todo en la noche brilla
con calentura amarilla.
¡ay, amarilla, amarilla/
¡ay, amarilla, amarilla!,
en delirante bloqueo.
¿flor qué oh noche soy tu reo
sin culpa?

JORGE GUILLÉN

~
• l
112

Spartacus qued6 vencido en toda Alemania por los soldados
de Noske, y cuando las tropas del Orden tomaron Munich, se hizo
el c6mputo de lo~ muertos, que fué terrorífico. Desvanecíase el
recuerdo sangriento de la Commune ante la evidencia de la nueva
degollina, como se derrumbaba la guerra de 1870 ante la de 1914.
El trabajo cumplido era verdaderamente hermoso. Cuantos .en Alemania
representaban el partido de la libertad y de la emancipaci6n social, habían
desaparecido. Quedaba fundada la república de Hugo Stinnes y del general
Ludendorff.
Los que habían empleado su vida en luchar contra el imperio, después
contra la guerra, y nos tendieron la mano a nosotros, los irreductibles de Occidente, y defendieron con nosotros el honor y el espíritu europeos, no presenciaron esa inauguración. Fueron asesinados con Liebknecht y Rosa Luxerobourg, con Hugo Haase y Kurt Eisner. Quisiera hablar hoy de uno de los mártires más grandes de la Revoluci6n alemana, que fué también uno de los en •
sayistas más grandes de la Alemania contemporánea: Gustav Landauer.
Desde hace/ unas semanas se habla mucho de él en las revistas y en los
círculos del Reick, donde subsiste aun el liberalismo. La publicaci6n reciente
de dos libros p6stumos, ha revelado en efecto a multitud de gente la figura
verdadera de Landauer, letrado, sabio, dotado de un genio crítico notable y de
penetrante inteligencia.
Su participaci6n en la República de Munich, su muerte violenta, y el título
de una de sus primeras obras, le graugearon en efecto una reputaci6n de dinamitero rabioso, de político de modesta envergadura, pero de arobici6u desmesurada, y que se aplic6 siempre a suscitar disturbios para aprovecharse de
8
IIJ

(1

uANDO

�LA PLUMA
LA PLUMA
y Mística), y llega a esta conclusión, tajante como un dilema: el que duda de

. ,'
1

,,.

':,··

ellos. Sus asesinos tuvieron buen cuidado de dejar acreditarse e incluso
de propagar tales leyendas, valiéndose de ellas como de alegato defensivo
y casi como de excusa. Pero hoy empieza a cambiaL· la situación, y la ver•
dadera figura de Landauer comienza a imponerse a los ojos de los intelectuales.
Gustav Landauer, filósofo y filólogo, abordó antaño el socialismo con gene•
rosidad grande, y propagó sus principios como los de una religión nueva perfectamente saoa y equilibrada. En su mente lúcida, dominaba la evidencia de
la rota del capitalismo y de la quiebra de sus doctrinas. Con sencilla y animosa
probidad se aplicó a exponer las causas y las consecuencias de esta cr'.sis.
Tuvo discípulos, y muchos hombres pusieron en él su confianza. Y también
cuando después de la guerra, llegó el momento de pasar del orden abstracto
de las teorías al plano de la acción, muchos desconocidos se volvieron hacia
él. En la hora decisiva, Gustav Landauer, difiriendo en eso de la mayoría de
Jos «apóstoles de biblioteca•, no renegó de sus palabras y ocupó su puesto a
la calteza de los que había iluminado. Y en él estuvo hasta el día postrero, con
tranquilo e imperturbable heroísmo, y en él p,:rmaneció incluso entre los
obreros de las calles, cuando los jefes principales del movimiento huyeron ante
el ejército d e los vencedores. Permaneció en él porque no desertaba en el
momento de la derrota como no desertó en el momento del esfuerzo. Fué
preso, arrastrado hacia et norte de presidio en presidio, in~e~nado fi~almentc
en la fortaleza de Stadelheim, condenado a una pena de pns1ón relativamente
moderada, y muerto al siguiente día a culatazos, en el patio, por unos solda•
dos sin freno.
No quiero formular aquí mi juicio sobre la obra política de Landauer, ni
discutir Ja importancia y la grandeza de sus libros y de su ejemplo. He dicho
que la publicación reciente de dos obras suyas agita hoy los círculos intelec·
tuales de la Euro;&gt;a central. Quiero limitarme a esas dos obras, contentándome
con citar casi sin comentarios, los títulos de las que publicó en vida.
El co:Uienzo de su vida viril da testimonio de la inclinación mística de su
carácter. Azuzado por el afán de investigar lo absoluto, ávido ?e _P?der apo·
yarsc co una verdad más sólida que las verdades cuyos pnnc1p1os ~und~·
mentales exponen sin convincción cien maestros en ~ien cát:~~as de ~lllvcrs'.dad o en la~ páginas de cien libros, tropieza con la 1mprec1s1on, la mestabi•
lidad, los apuros del lenguaje, y se vuelve der Sprach.zweifler, el que duda d~I
lenguaje. Confiesa esa crisis en un escrito breve, Sprach und Mystik (LenguaJC
114

'

Jas palabras debe callarse definitivamente o salvarse en la acción.
Escogió el segundo camino. Y bien se ve así en qué disposición mental y
con qué deseos abordó los problemas sociales: como un sabio, o por mejor
decir, como un filósofo. Tras algunos ensayos, dió cabo rápidamente a una
obr.a considerable: Auf,·uf an So,ialismus (Llamamiento al socialismo). En ese
libro famoso, nada hay tocante a la política. Se halla en ella, por el contrario,
en un revoltijo asombroso de gravedad y de entusiasmo, una suerte de himno
a la gloria de la inteligencia. Landauer, en esa obra, da testimonio de su confianza absoluta en el poder del espíritu, de su maravillosa comprensión de todas
las necesidades y fuerzas sociales, y de una conmovedora ternura por la vida.
La idea central del libro es el deseo de equilibrar las masas y de expresar una
fórmula de armonía y de orden. Landauer se aproxima aquí a Tolstoi, y se
sostendrá, desde el punto de vista filosófico, muy cerca de él. Menos l\terato,
en la peor acepción de la palabra, pero animado de igual lirismo.
La segunda obra de grandes vuelos que publicó Laodauer, Reclunsc!taft
(Rendición de cuentas, o más bien «Balance•) tiene, si no el porte, a lo menos
el espíritu de una confesión. Es, por mejor decir, la historia de una duda y de
una evolución. Nota Landauer que la falta de solidaridad verdadera cnlle los
pueblos, incluso entre los partidos soci¡ilistas (¡trágica profecía!), amenaza la paz
del mundo. Y si ante esa certidumbre no abdica su magnífica y grande oposición al principio de la Defensa Nacional, proclama no obstante la necesidad,
«hasta para las naciones revolucionarias•, de ·permanecer armadas contra la
guerra. Como ha dicho bien Wilhelm Michel cera un compromiso heroico, no•
ción terrible para Landauer, ennoblecida por el dolor y por su generosa con•
ciencia, asolada por la contradicción fundamental del mundo».
No estaba resuelta la crisis de alma que revela Rech.ensckaft, cuando las
especulaciones intelectuales y el curso de las teorías viéronse cortados por el
cañón de Licja. Apenas lo oyó, Landauer se arrojó resueltamente en el parti•
do de la Revolución, que había de llevarlo al martirio. No se dejó cazar en el
lazo de la Uniún Sagrada, y en espera del derrumbamiento social que fatalmente tenía que seguir o acompañar al rebullicio de los militarismos, se atrinche•
ró en el estudio, con una independencia de ánimo y una elevación de miras a
las que hoy sus propios enemigos rinden tímidamente acatamiento; se apartó
del contagio político, y tomó a Shakespeare y a otros poetas, como Holderlín,
por objeto de sus ansiosas y lúcidas meditaciones.

�LA PLUMA
., Las dos obras póstumas que acaban oc publicarse y que arrojan-ya lo he
dicho al comienzo del a.-tículo~tan inesperada y espléndida luz sobre la bella
figura de Landauer, son precisamente el fruto de su.soledad,
En la bibliografía de Shakespeare, que comprende tantos títulos CO'I\,O las
de Goethe o de Dante, es dedr, los suficientes para poblar por sí sola una biblioteca inmensa, no creo que pueda hallarse una obra más importante, más
notable, más humana que la de Landauer.
Es de tenerse en cuenta que el libro se compúne de conferencias: acerca
de Shakespeare pronunciadas por el autor en Alemania durante la guerra. Tal
es el motivo de las re¡;¡eticiones y de tas amplificaciones accesorias que en ciertas páginas sorprenden al lector atento. Si Landauer en persoJ1a hubiese dirigido la publicación de -su Sllakespean, habría podado algunos pasajes, retocado
algunós capítulos, concentrado algunas ideas. Las manos piadosas que des¡,u6!
de la muerte de Landauer han registrado sus p a'peles, han respetado cuanto
escribió, y nadie pensará en hacerles cargo de ello.
Me place, además, la forma hablada del Shakespea,·e de Landauer. Se adapta a todos los ~iros del pensamiento del autor, y se mueve a compás de su afé
y de las fuerzas que le mueven. El estilo, animado, rápido, elegante, no se parece nada al estilo cíentifico, grato a los filólogos. Estilo de poeta, que no retrocede ante ninguna audacia y se lanza a toda suerte de interpretaciones, arrojándolas profusamente sobre el lector, atónito de ver tal abund~ncia, para lle•
vario en seguida, a través de la psicología de sus personajes a la psicología·
de Shakespeare, única que importa.
Landáuer hace de Shakespeare un hombre,' es decir, un conglomerado
--prodigioso-dé todas las cualidades, de todas las riquezas sentimentales, de
toda la pujanza cerebral y cordial imaginables. Imparcial, no ante la vida, sino
como la vida; no ante el espejo, sin0 como el espejo, que capta todo ló que por
0
delante de él pasa.
Gustav Lándaut:r, de quien pretenden hacer un sectarid y 'un tribuno de
baja estofa, acertó a seguir el ejemplo de Shakespeare, y a elevarse en pico•
guerra, cuando el dolor y la rebeldía le acuciában con mayor frenesí, por en•
cima de sus pasiones y sus doctrinas, para abarcar cuanto le pat'eció leal, grande
y admirable.
·
De Hamlet a Julio César, de Macbeth a Bruto, en todos los héroes descubre_
la raíz misma de su grandeza verdadera, y por qué lado honran y enn~blecen á
la Humanidad. La moral, que ·es convención y añaeaza; nb páralita' jam!s ·ni

16'

•

LA PLUMA
jaicio.. Ni se deja nunca desviar por cons1deraciones políticas de la tarea que
se ha
. impuesto. Por eso es Landauer el único coment?rista de Sh akespeare que
ha acertado a restituir al poeta su talla y su genio.
Esa obra gran~iosa que llena dos gruesos volúmenes, es !lin duda la obra
maestra del már~1r de Sta~elheim. Pero el libro recien~ísirtio ~que acaba de
aparecer-cole.cc16n ~e arti_culos de Landauer sobre múltiplés problemas filosóficos Y cuestiones literanás-con el título evocador Der ulerdende Mensclz,
(El _h~mbre en formación) merece no obsi:ate por más de un motivo llamar la
atención del lector, y puede decirse, sin temor de errar, que quedará como una
d~ las,_obr~s.~r:ticas más notables de la Alemania contemporán 11a.
· · .Í!!n _la primera parte aparecen reunidos unos ensayos ideoló~icos, que, como
nada tienen que ver uno.s_con otros, di~persan la simpatía del lector y le 'impiden c~ncentrar_ la atenc1on sobre un sistema unificado. No hay aquí rastro de
1~ solidez ~tlosofica de las obras de Landauer anteriores a la · guerra, pero
ci~os capitulos son como apéndices y complementos interesantes de sus obras
C8!)Itales, Y ponen el último trazo en la filosofía de Landauer. Los dos más importantes en este respecto son Setbstmo,·d der Yugend ( ,Suicidio de la juventud•) Y Zum Problem der Nation («Sobre el problema de la Nación.,)
La segunda parte me agrada más. Agrúpanse en ella bastantes artículos en
que Landa~e:. estudia un .hombre y su obra, y que, por comparaci6n. determinan la pos1c1on del escritor ante· e1 pensamiento europeo. Si el e5tudio sobre
T~lstoi cobra importancia particular por el parentesco moral que une, ya lo he
dicho, al autor de Auj'ruf an Socialismus con el de .Resurrección aprecio más
los es~udios sobre Holderlin, sobre Martín Buber, el gran autor judeo-aleman
de .quien me propongo hablar despacio en un artículo venidero, sobre Georg
Kaiser, dramaturgo expresionista, y sobre Strindberg. El fervor de Landauer
ante esos escritores, y la inteligencia con que analiza su aportación artística y
humana son un espectáculo raro.
El Shakespeare y Der werllende Mensclz han impresionado vivamente a muchos críticos Y artistas alemanes. Hoy se mide mejor lo que valía este hombre
Y 1~ pérdida que su muerte acarrea para el patrimonio cultural de su país.
Qwe~es no le conocieron personalmente-y no saben qué delicioso amigo y qué
magnifico pensadonera-se espantan ahora de haber dejado vegetar tanto tiempo ~n espíritu tan grande, y de haber despreciado sus llamamientos y sus profecias. Los que tal sienten relean el retrato de Bruto inserto en el estudio sobre
Julio César de Shakespeare, y descifrarán sin trabajo el misterio de Laudauer
117

�LA PLUMA
al leer estas palabras: «Era un hombre interior, pero que no hubiese consentido en guardar para la intimidad de una vida tranquila sus nobles aptitudes
mas que sabiendo que todos los hombres eran libres y felices. Era un político
que iba de la filosofía a la política,-de una filosofía íntimamente ligada a la
vida. No era lo bastante simple para pensar con el corazón, al contrario, descontento en la medida que la realidad de los hechos no confirmaba su pensamiento. Movíale una inclinación grave, mansa, pero irresistible. hacia la acción.,
El Gustav Landauer que la soldadesca asesinó en el patio de la prisión de
Stadelbeim, era el mismo filósofo, grave, manso, pero arrastrado irresistiblemente hacia la realización de su ideal.

PAUL COLIN

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' FIN DE TEMPORADA

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c?1110 esta tan ~a?ás,'no ·obsta~te el -~inríú·rn~ro de col:se?s cuy~
taquilla prospera mercea a la desmedida afición del publico ma. drileñó. Cerrados los teatros, ·apenas si queda memoria de los grandeJ éxitos registrados en ellos durante el ~ño." Ní una comedra
nueva de tantas como se h·a n estrenado. Ni un cómico cuyo trabajo, por lo excepcional, perdure en nuestro' recuerdo de unos cuantos meses:
Como más reciente, aún vibra tan solo el eco del reclamo que há acompañado
a ta· éntronización artística· de la señora Meller, patrocin.ada en su novena del
Español por las mismas Mafestades y Aitezas que antes honraban los espectáculos con -~ólo su asisténcía, sin otro linaje de recomend'a ciones· en él cartel.
Bien es verdad que de algún modo era menester corresponder a la fina diplomacia conº'q ue la señora M'"éller -a'nunciabá en· su triunfal t0urnée por'el extranjero éEI relicario,-delicado instrumento de penetración española en todos los
patios del mundo-como la canción' preferida de D. Alfonso XIII. La señora
Mellei: continúa siendo una excelente cancionista, con espeéialidad de ·ias canciones picarescas que en tiempos constituían para un público menos selecto,
pero sin duda más inteligente y sensible que el qúe ahora la aplaude,' el prin.
'cipal atractivo· de su arte frívolo, agradable y ligero, en modo alguno comparable, pese a la confusión que se empeñan en sembrar los sueltos' de contai:lur"ía y
los gacetiller06 de los periódicos, al de la Duse ~l al de Sa1'ah,
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LA PLUMA

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es decir, si no se viera sujeta a pasear el fantasma de c;u gloria por los cmusichalls• norteamericanos y los cines de Madrid.
Pero de confusiones vivimos. ¡Sabe nadie a qué atenerse respecto al teatro
de la Escuela Nueva. pongo por caso, en buena hora para sus intereses traído
y llevado de suspensión guhernativa en protesta periodística por obra y gracia
de un censor improvisado? Ni ¡c6mo ha de tener arrestos nadie para defender
en serio la libertad de la escena, cuando tan mal parada anda la de circular
por las calles y aun la de vivir y morirse c6mo y cuarrdo Dios manda? Ello es
que a cuenta de unos programas en que se anunciaban los prop6sitos del teatro de 1?. Rscuela Nuew-prop6sitos que constituyen su único haber artís·
tico-, el ffaníante director de Orden público que padecemos tuvo a bien
prohibir en d Español la representaci6n de La 'l!oz de la vida, comedia danesa
representada, al cabo, en el Ateneo sin escándalo de nadie y desencanto de
muchos. Poco Je ha sido dado, hasta' ,Ja, .,f~cha, cumplir al teatro de la Escuela
Nueva en pro del saneamiento del arte tlr-amátioo•español. RaRtante ha logrado
con poder comprobar la existencia, de un ·público capaz, de tan benévolo, de
no llamarse desde luego a engaño y -fiar al tiempo lo -que no puede improvisarse·
No podrán quejarse htñpoco los organizadores de estos primeros ensayos de
la actitud p;ira con ellos de los críticos. te,1trales1,·atentos tan s6Io alás buenas
intenciones de que el teatro de la Escuela Nueva está empedrado: Lástima
grande que las dilaciones a que ha ·obligado la· arbitrariedad de las autoridades
havan diferido la representaoi6n de La reina cas#za, de :Valle-lndán1 cuyo estreno significa ya algo más concreto de lc&gt;'l:ealizado hasta la fecha por la im provisada agrupaci6n.
El reclutamiento de c6micos ha de s·e r, sin duda, la mayor dificultad con
que ese naciente teatro tropiece. Los adores profesionales tienen, cuantlo menos, cierta soltura escénica, cie'rfas condiciones naturales qué la, ausencia de
dirección adecuada y la mala ' literdtura dramática a•cuyo servicio se les somete, juntamente con la carencia de v·e rdadero estímulo, acaban por malbaratar en fáciles éxitos. Si el Conservatorio•estuviese•regido pot ·las más ,elementales normas del sentido común, no sería tan ,ardu·o'Obtener cada-año-no grupo
de intérpretes discretos con que formar adecuados conjuntos. Pero el .C onservatorio es un centro, más que inútil, perjudic1a.J. No h.abíamos a.sistido nunca
a uno de los n~mados ejercicios con que se acostumbra cerrar los cursos académicos en aquella c:isa. El espectáculo que hemos tenido ocasi6n de presenciar h,ce ~lgunos días en su lindo teatro nos ha desengañado para siempre de

LA PLUMA
toda posibilidad de mejora de la enseñanza oficial del arte dramátice. De
cuatro señoritas que aspiraban a los honoríficos premios, una sola, Is~bel Barrón- no ha de tardar en serte familiar su nombre, espectador consci~nte:-,
demostró condiciones, si estimables siempre, verdaderamente ex~raordman.as
en aquel ambiente. La señorita Barr6n fué agraciada con un primer premio,
que en buena justicia no debi6 · tener segundo. Representó una escena de La
niña de Gómez Arias, de Calderón, y otra de Benavente. Momen~o_s ant:s. de
presentarse ante el tribunal examinador, la casualid~d nos pe rmitió asiSt~r. ª
una regocijada·escena entre bastid0res. Dos--catedráticos de·aqttel Centro, v~eJo
actor retirado uno de ellos y pizpireta matrona el otro, sin rival-seamos imparciales-en los papeles de criada ceceosa, comentaban con gr~n escándalo
de risas el atrevimiento de la señorita Barrón, que así, tan de pnme;as, º~~ba
afrontar un género.que ellos, en su Ja.rga vida esrénica, siempre habian ten~do
por caburrido y para literatos•, sin duda. Al cabo, el catedrático, compa~ecido
de la alumna, que no lo era suya, sino de la señorita Martos'. le aconsejó que
suprimiera la escena clásica, cuya elección ju1'gaba inconveniente, dado e~ descenocimiento que a, su entender, tendría el tribunal de semej ante comedia. Lo
presidía D. Jacinto He navente, en su calidad de delegado regio.
La señorita Barrón figura ya en el cuadro del teatro de la Escuela Nueva.
A poco que olvide lo que le han querido enseñar-sin gran em~eño,_ es verdad y ello facilitará su liberación-conseguirá ser una buena actnz. Tiene aptitudes naturales nada comunes, belleza física, voz deliciosamente timbrada,
sincera afición y raro buen gusto.
UN CRÍTICO INCIPIENTE

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curre a profundos prólogos pseudocientíficos, o ~e guarece, como el Sr. Mata en
sus Irresponsables, baio la autoridad de los técmr.os. .
.
. ·
La finalidad del autor de esta clase de producciones hteranas es meramente didáctica. Ciertos problemas de indudable transcendencia social necesitan salir del reducido ambiente del cu,·riculum técnico y ser ~xpuestos al público-a juicio del autor-no del modo descarnado y crudo habitual del hom~re
de ciencia, sino bajo el ropaje novelesco más o menos sazonad_o de truculencias.
El procedimiento nos parece equivocade,. Los problemas sociales ~ngendr~d~s
por las enfermedades mentales no rn avienen con esta clase de sistemas md1-

LIBROS y REVISTAS
Pedro Msta.-It-,-espoíisables.-Historias trágicas al margen d~ la locura y del
delito. Prólogo de A. Ossorio y Gallardo. Epílogo de E. Fernández Sanz. Madrid, Rivadeneyra, 1921.

·.1

El escritor español, generalmente, vive distanciado del movimiento psicológico y psiquiátrico y, fuera de alguna lectura casual, apenas se halla iniciado
en estas disciplinas. Esto, que quizá parezca sin importancia, es de indudable
valor cuando el escritor quiere hacer lite1·attffa psicojatológ.ica como el señor
Mata en ~us lr·responsables.
La literatura de este tipo exige una profundá y concienzuda labor preparatoria, y, aún en los raros casos en que alcanza gran perfección, difícilmente lo·
gra el resultado esperado por el autor. Ante todo requiere una cuidadosa elec•
ción de las fuentes: tarea de suma dificultad para el profano, que, forzosamente,
tiene que recurrir al auxilio de un consejero técnico, indispensable para su
orientación en la copiosa bibliografía de estas materias.
Fácilmente se comprende que la preocupación intelectual domiflante en el
autor sea la parte científica de su obra y a ella sacrifique la estructura íntegra
de la novela, aun a riesgo de la ulterior emoción estética del lector. De aquí
que, al ajustar el autor a determinada sistemática clínica la personalidad pisíqu•
ca de sus personajes. resulte ésta en extremo forzada. El dogma del realismo clí•
nico-defecto capital de esta clase de narraciones-.1kva consigo, i0'(1efectible·
mente, la creación de ciertos tipos que en el curso de la historia disertan am·
plia.mente sobre el tema psiquiátrico objeto de la novela para ilustración del
lector: demostrándole mediante citas eruditas los conceptos psiquiátricos en
litigio y atestiguando con textos autorizados la perfecta sintomatología del caso
descrito, temiendo, sin duda, tome el lector por producto de la imaginación
del autor el fruto de sus largas y meditadas lecturas. A esta clase de tipos per•
tenecen el arquitecto Panot de Les Demi-Fous, de Corday y el médico Garc~s
de La muchacha del Ideal .Rosales, del Sr. Mata. A veces, no satisfecho aún el
autor con las conferencias ténicas más o menos felices de estos personajes, re·
12:1!

rectos.

El problema de _la peligrosidad de cierto~ p~icó~atas, que en el año 1905
preocupara al novelista francés M. Corday, qmen _msp1rado por el profe~or Lasange escribió la novela Les Demi-Fous, es el mismo que el Sr. Mata mtenta
plant~ar en sus Irresponsables. Problema, dicho sea de paso, enfoca~o por el
Sr. Mata con criterio algo anticuado e influido por unos cuantos hbr4's que
apenas poséen hoy sino un valor histórico.
. . .
Los numerosos errores y equivocados conceptos ps1qu1átncos del autor son
absolutamente disculpables y en nada restan mérito a ~a par~e puramen!e artística de sus historias en consonancia con su manera hterana, ya conocida Y
juzgada por la crítica.
No creemos llegue el lector profano, a trav~s ~e 1~ tr~m~ ~oveleSCfi de las
historias del Sr. Mata, a sentir el problema ps1qu1átnco-Ju!1&lt;;11co manifestado
en ellas con la intensidad necesaria para formarse una opm1ón acerca de él.
El Sr. Mata acentúa demasiado el carácter delictivo de sus personajes y muy
posiblemente el lector extenderá esta rualidad. a c,uantos enfermos m«;:ntales
conozca y, sin pretenderlo, el autor habrá ~ontribmdo a fom;ntar el _,med? al
enfermo de la mente sobradamente extendido en nuestro pa1s y exttaordmariamente perjudicial para el progreso de la asistencia psiquiátrica. .
.
Altamente desconsoladora es la descripción de la fiesta en el Ma01com10 en
que transcurre la segund:i historia En legitima defensa. N3s ha recordado las
irónicas palabras que escribiera el profesor Weygaodt, anos_ hace, sobr~ otra
fiesta semejante, celebrada en honor de un grupo de ~ongres1stas e?'tranieros,
y cuyo remate apoteótico fué un castizo cuadro de ba!le flamenco, mterpretado por el elemento femenino de la parentela del director:
.
La lectura de En legítima defensa nos trae a la memona- 110 por se1:1e1anias artísticas cit&gt;rtamente-la exquisita novela de G. de Nerval, Aurelza, por
tratarse en eÚa de una autodescripción de la psicosis s_ufridd por el aut~r, comparable, mutatis mutandis, con el relato ~e.l enfermo M1_randa, que el senor Fernáodez Sanz, con benevolencia suma, cahf1ca de ma1·av1lloso fragmento de autoanálisis psicopatológico.
.
Tanto esta opinión que en modo alguno compartimos-com_o el co~seio_, que
más adelante da a los principiantes, de leer esta novela como tlus~racúJn literaria al capítulo de la Paranoia penecutoda ... para aclara; las andeces del texto
y como claro y ameno medio de comprender su evoluc16n, merecen algún comentario. En primer lugar debemos recordar, que en todo manual moderno de
l,!3

,. .. ·• .

�LA_ PLUMA

LK PLUMA
psiquiatría-citemos por_ ~jemplo un~ d~ los más reci~ntes, el del profesor
Bleuler, en ~u ~e~cera ed1c1ón-se comienza el estudio de la Paranoia. precisamente, transcnb1endo unas cuantas historias clínicas de ameno _y nada árido
texto.
. Con~iderar ':1n.a _producción puramente imaginativa modelo de autoanálisis
pszc~lógico es, a JU1c10 nuestro, bastante aventurado, por c11anto en ella todo es
fi~g1do Y en nada correspoode a la realidad objetiva y subjetiva vivida por el
. SUJeto creado por el autor. Wer ulbst erlebte-escribe el psicopatólogo Jaspersjindet am ehesten die treffende Schilderu:zg. El Sr. Mata, afortunadamente para él
no se hal!a. en las condicio?-~s exigida~ por la es~uela fenomenologista par~
autodescnb1r lo que no_ ha_v1v1do, a pesar de su gema! intuición. Podrán, claro
está! alc~nzar !as descnpc1ones de sus personajes patológicos la más alta perfección hterana; pero por muy de~a.rrollada que esté la capacidad endopatizante del Sr. Mata, Jamá~ podrá ser utt1_1za~le como documento cientifico para una
fJerstehende Psvchoiogze, la autodescnpc16n del personaje Miranda.
·
El Jemor de sobrepasar los límites de esta nota nos obliga a terminarla y
más aun, t;f de complicatla con técnicas consideraciones que nos colocarían
sobre el mvel de los personajéS"'de las historias del Sr. Mata cuya pedantería
hemos censurado.
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J.

M. S.

Ramón Gótnez de la Scrna.-EJ Doctor Inverosímil. ~Novela. Publicaciones
&lt;Atenea•.

·

¿_Una ?-ºvela? Es decir, lo que el lector entiende por tal, no tanto por las
clas1ficac1ones de los géneros literarios malamente aprendidas en el bachillerato, cuanto por la propia experiencia, ajena las más veces a los nombres de
los cenáculos, a las sutiles disquisicior:es de los litP-ratos, a las tertulias, críticas de los cafés. No! nC? es una novela. No urde @l autor en sus páginas una
trama en que la cunos1~ad del lector, suscitada por el interés de una historia
en qu_e choquen_ las pasiones humanas reducidas del ancho espacio y el tiempo
sucesivo de la vida real al volumen de un libro y a la duración de unas cuantas
lect~ras, que la emoción abrevia o suspende, se vea solicitada por el encadenamiento de los sucesos imaginados por el novelista con una lógica en cierto
D?odo fatal! el desen~a~e de los cuales provoca un alivio sentimental de la tensión padecida en el animo del lector. EJ Doctor Inverosímil, es uDa serie de
cuentos G más bien apólogos, cuya ejemplaridad resume y casi define la última
de_las &lt;~t.céteras finales&gt; que corroboran a manera de aforismos paradójicos
la 1ntenc1on de las historias anteriores: e Yo, por Jo menos, puedo decir lo que
aqu_e( doctor que decía: Entre mis manos pueden perder la .,,;da, ¡peru jamás 1/
esptritul•
L~s casos maravillosos de El Doctor lnf1erosímil son, en efecto, fantástica
gal_ena de sombras arrancadas de la v ida real, de Jo más real de la vida si se
quiere, sombras enfermas de cotidianismó de uso diario de costumbre ióvete·
rada, a las que el mago irónico que nos p;esenta Ramón Gómez de la Serná

cur¡¡, fovarial)le mente r.on una mis¡na receta de buen humor y de sentido coro-da, disimul¡¡do bajo la ~~travagancia más inofensiva, n! más ni meaos que los
especialistas famqsos y verosímiles que de la medicina viven.
Hay anécdotas como &lt;La luz amarilla&gt;, «El candado de letras&gt; o cLa sorpresa de la gráfica•, impresiones líricas como &lt;La burbuja• o «La pulmonía del
corazón•, caricaturas como «La desesperación del poeta• en que el humorismo
de Ramón Gómez de la Serna se afirma una vez más con ese carácter persona•
lísimo que le distingue entre los jóvenes &lt;"scritores españoles por su temperamento literario verdaderamente excepcional .
C.R.C.

Maria Bnrlqueta.-Sorpresas de la vida.-Novelas cortas. Biblioteca Nueva.
Madrid.
Una fiesta mundana; las gentes bailan, ríen, conversan; de pronto, alguien
da la noticia de que ha muerto una célebre bailarina; la noticia parece sobrecoger al marido de una hasta entonces mujer feliz; los celos amenazan acabar
en un momento con su dicha de tantos años; una VP.Z en su casa, de vuelta de la
fiesta, el marido confiesa a ,.u mujer el secreto que nunca le hubiera revelado;
aquella bailarina célebre y escandalosa era.... su hermana. Una gentil bordadora cuida afanosamente un tulipán todavía sin flor; dos vecinos se disputan sus
miradas; el del balcón de arriba es osado y dicharachero; el del bal~ón de abajo oculta calladamente su pasión; un buen día florece el tulipán; el vecino de
arriba lo obtiene al punto para el ojal de su americana; más he aquí que luego
la bordadora ve venir calle arriba al vecino tímido, ostentando en el ojal el tulipán de su tiesto; se lo ha encontrado en el arroyo y viene a devolvérselo a su
dueña creyendo que una racha de viento puede haberlo arrancado de su tallo;
la gentil bordadora se lo da en prenda de un amor insospechado.-Una enamorada se decide al cabo a envíar a su tierno cortejador las azucenas que tras una
espera de amorosa prueba han de ser señal cierta del logro de sus afanes; el
mensajero portador del florido presente sólo llega a tiempo de depositarlas al
pie de su féretro. Un rudo guardamonte piensa que no le falta para ser feliz
sino prender a la Muerte en el cepo que é l tiene siempre dispuesto para las
alimañas; así no podrá sorprenderle de improvisto; sus votos se cumplen, pero
la vigilancia que se ve obligado a montar noche y día porque no se escape su
presa agola sus fuerzas y al cabo la Muerte consigue soltarse de sus ligaduras
Y sumirle en la eterna noche.
Y así tantas otras sorpresas como la vida depara en ese mundo rosado en
que los hombres, si jóvenes, son mancebos apuestos; si viejos, ancianos venerables; si generosos, se ven luego recompensados, y si traidores, confundidos;
mundo en que las enamoradas son siempre puras doncellas; las mujeres livianas, románticas margaritas deshojadas y los rocines, corceles briosos. Ni vea
nadie en esta referencia el menor asomo de ironía. No deja de ser una de tantas vanidades la de ajustar los juicios literarios a un criterio atemperado a determinados preceptos críticos, según los cuales las no.velas clásicas, románticas,

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12-4

...

�LA PLUMA
• 1

I

realistas, simbólicas, o meramente de folletín, son buenas en relación con el
tiempo en que fueron escritas, clasificación que da por supuesta cierta ortodoxia discernida en último término por el propio clasificador que las recomienda o vitupera. El informador literario, mucho más cuando su opinión versa sobre literatura propiamente recreativa, de puro entretenimiento, no ha de formular tanto una alabanza o una condenación, como exponer simplemente a la
consideración del lector que en él fía, el tono, la intención, el alcauce que el
autor se propuso para interesar al público a quien su obra va dirigida.
Con Jo que dicho se está el gusto que han de dar a tantas lectoras y lectores estas inocentes y placenteras Sorpresas de la vida, de María-Eoriqueta,
perfumadas a veces con el soplo poético de un Heine sin hiel, de un Andersen
sin lirismo, de un Feroán-Caballero, pongo por femenina sensibilid1d.

c. R. c.

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Federico G. Lorca.-Lió,·o de Poemas.-1921, Imprenta Maroto, Madrid .
No es desconocido el nombre de este joven poeta para los lectores de LA
PLUMA que ya han tenido ocasión de leer algunos de los poemas, que en este
primer libro de ese autor se incluyen. En las cPalabras de justificación, con
que se abre, ofréceoos Federico Lorca la imagen de sus días de adole~cencia y
juventud, páginas desordenadas, reflejo fiel de su corazón y de su espíritu impresionado por la vida palpitante, recién nacida para su mirada. «Sobre su incorrección. sobre su limitación segura, tendrá este libro la virtud entre otras
muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnudo por las praderas de una vega sobre un fondo de
serranía,-dice muy acertadamente.
Más que un Libro de Poemas, se nos muestra la profusa selva de versos que
componen esta colección, como u11 solo Poema, o mejor aCrn extensísima Silva
de un solo aliento sentimental, entrecortado aquí y allá por tal cual respiro o
apoyatura irónicos, cuyo acento no rompe, sin embargo, la unidad de inspiración de este canto fluyente o inagotable. Apenas si se recuerda, una vez cerrado el grueso tomo, no ya 110 verso, mas la configuracióa definida de una sola
poesía. Pero el lecto1· se siente penetrado del intenso aroma romántico que
sus páginas exhalan, e incluso arrebatado por la liviana musa que de la primera a la última, trastrueca en lírico panteísmo el orden de las cosas en el
universo y el sentimiento que su contemplación pre.duce en el ánimo caótico
del joven poeta.
cTienen gotas de rocío
las alas del ruiseñor...
Un vago temblor de estrell¡ls

,'
126

. . . . . . . ... . . .. ... . ... .. .. ... . .

Hoy siento en el corazón

LA PLÚMA
Cazadores extrah1U11anos
Están cazando luceros
Ayer es lo marchito
Anteayer
es lo muerto

Mi beso era una ~ranada
profunda y abierta;
tu boca en rosa
de papel.
El fondo un campo de nieve
¡Oh qué dolor el tener
versos en la lejanía
' - de la pasión, y el cerebro
todo manchado de tinta!
El silencio redondo de la noche
sobre el pentágrama
del infinito.•
Poesía vaga en que los sentidos corporales prestan al espíritu las formas
espectrales de un mundo flotante en quimérica niebla cmtretejida con el hilo
de los sueños. No sería difícil hallar el árbol genealógico de este nuevo poeta,
tan e,tremecido y sensible, en la oscura selva de los románticos más delicuescentes, cuya savia injerta en nuestro suelo dió las líricas flores de un
Bécquer, y más tarde, por sutiles cultivos y destilaciones, las quintaesencias
de un Juan Ramón Jiménez.
C.R. C.

***
Valentin Andrés Alvarez,-Rejle;os.-Madrid. McltlXXI.-Editorial Galatea.
«Las cosas no son bellas en sí mismas, son bellas en reflejos. La belleza no
está nunca eo la ,·ealidad, sino en la virtualidad.-Puede ésta patentizarse de
dos modos: a). Viendo las cosas no como son, sino como efímeras cristalizaciones de todo lo que fueron y serán, lo cual existe en ellas de un mado virtt1al.
~). En expresar las cosas por imágenes (simetría perfecta entre la cosa y su
imagen virtual.)»
Añádase a este credo poético la afirmación de la pureza espiritual en razón
inversa de la distancia que separa la materia de nuestros sentidos.
la distancia purifica las cosas
y crea la belleza... ,

c ...

�LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

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MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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DISPARATES

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

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c. R. c.

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MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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DISPARATES

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A:A'O II.

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
- Bueno, ¿y qué artículo envié yo ayer a mi periódico?-se preguntó
de repente, un p~co sobresaltado: Miraba a todos lados buscándole.
No daba con el en su m;mor!ª: to a aquel jarro azul ni junto a
No estaba ni en las estantenas, m ¡un
'
aquel cuadro, ,nijur~ nd~\u artículo de la noche anteri&lt;;Jr: ,¿Cómo
Estaba vac10 e a 1 ~a 1 . ·tando la imprenta, escnb10 en su
¿Qué mayuscu as, 1m1
f
P,rincipiaba?
? N d N podía dar con lo &lt;;iue uese.
.
.
titulo... a a. 0 . d
·ct
Mas rendido que nunca, sm a11ento
«Es que estaba _casi orm1
n cómo con los ojos apagados supo
ya» se dijo el escritor, pensan o e
gui~rse por las cuartill~s 11enas dhluz.Jmo el que quiere entender lo que
Recordaba haber m¡ra o mu~bo, ;scribiendo. Apurado, deseoso de
no entiende, lo gue otra mano i d tirando de su alma como de la
cabó el artículo sonambúlico
que saliese el articulo para a~ordarsde,
mano de un niño que no quiere an ar, a
er el periódico, y en cuanto lo oyó
que no ~abía sobre ~ué tra~aba.
{nqmeto, esperó. a nocl e paradv su oído más lejos que nunca-lo
vocear muy a lo le¡os-a canzan o
mandó comprar.
h a hecho estará en él-pensaba-, Y
«Ya es irreparable ... Lo que ªi b n su alma en la que había un
está ya en m~no~ ~e todos.·.» 0 ~ .ª
artículo ; 0 medio de la c~tamecanico rac1oc1mo cap_az dh b~nb~~i~ocado y dormido mucho, sahese
lepsia, y confiaba_ que bs1 bsl a i:;tiosa desparramada por todo el aruna pura errata maca a e, cu
'
tículo.
. , ct·
ano
abrió sus hojas con desgaPor fin, ya con el peno ico en 1a tmd Íos días No lo encontraba.
rrado gesto. Busca~a el epígrafe de o iiatro á i~as, como si pudiese
Quiso abrir sus ho¡_as ~n ts, o ?ª eSólo al ripfsar por terc_era. v~z el
esfoliar como una ~amma ~ calr ºº·se titulaba: «Hora de ¡ust1c1a ...»
periódico encontr~ su art_1cu o...
«¡Arrea!»-exclamo el escr~tor.
n zanoolotino de cerebro pesa«Ese escritor de la crapula, ese gra de ~e til ;&gt; leía el escritor
do como el de la, vaca, dedcadrne de Pt~!ªy apelliao d~l ;ludido. Así conasombrado, &lt;letras ~el '(er a ero nom
ante una inmensa imprudentinuaba todo el pe~1ód1c?· .
El escritor nervioso, md1gnado corno
se uedó con esa apacia, se dió un golp_e co?- la Jª~e:io~n;ili~~f:efus cu1ndo se les cuelfiª'
riencia de ml uedrt~ manc1u~fqiier sitio desemperchados del brazo que os
cuando se es e¡a en

d

r ·.

ª;

mor:·sacó de aquella postura que adoptó por no recriminarse y no pen-

sar más en el estropicio, la llamada del timbre. Abrieron y la muchacha
anunció: «Dos señores que habían dicho que tenían que ver irremisiblemente al señor.» El escritor.se dió cuenta de lo que aquéllo significaba, y cuando deda que «ahora mismo voy ... » se oyó de nuevo el
timbre.
-Vaya usted y diga a esos otros dos señores que indudablemente
han llamado, que pasen también y que me esperen en otro cuarto ...
Esta noche van a venir unas diez o doce parejas de caballeros... Vaya
usted pasándoles a todos a distinta habitación, y si coinciden demasiados, a los últimos que lleguen les pasa usted hasta a mi alcoba ...
En efecto, toda la noche estuvieron llegando caballeros en pareja y
el escritor a todos les contó el caso de su sueño. «Ahora bien, si ustedes o su representado insisten, yo estoy pronto a responder de mí, aun
habiendo cometido el atentado en ese estado de sueño». Nadie volvió y '
al día siguiente el escritor escribió un artículo de rectificación que titulaba: «El artículo que escribí dormido».

EL DISIMULADO BARBA AZUL
En el despacho del hombre de la barba de tenor, cuando el tenor se
maquilla para los papeles de mayor seducción varonil, esa barba puntiaguda, pretenciosa y falaz, que tan antipática es, todos eran libros hinchados, grandes tomos de lomo tirante, bruñido, duro, con morbidez
de talón de zapato nuevo.
En aquel despacho no entraba nadie. Sólo él se paseaba po~ entre
los libros de lomo grueso y burdo, en los que había pegadas etiquetas
en las que sólo había escrito un nombre de mujer:
Margarita Pares.
Carlota Bernálnez.
Carmen Román.
Julia Ucera.
Lolita Merode.
Patrocinio Ubierna.
Paulina Serós.
Etcétera, etcétera.
.
~ntre esas cuatro librerías que llegaban a la altura prudenc1a_l en que
pod1a coger un libro su mano, se pasaba sus horas ~e recordac~ón, sus
sobremesas peripatéticas que duraban desde la primera comida a la
última.
Su barba cana, insensiblemente cana, conservaba ya apenas las últi131

,

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LA . PLUMA
LA PLUMA

' 1

mas ~anchas del úlimo teñido. Se había dejado de teñir porque su barba te~uda e':1 contraste con su rostro pulido y envejecido, daba a su fisonom1a un tmte de esquela de defunción.
. Ya cansado, sin fu~~s para más, invertía su último interés en la
vida en c~nserv~r su d1s1mulo y en abrir de vez en cuando alguno de
aquellos hbr'!s simulados y repas~r historias que no había olvidado. Recordaba las vidas de aquellas muieres cuyo nombre aparecía en el lomo
del ~ibro c?mo nove!as que hubiese repasado con mucha frecuencia y
hubiese leido por primera vez con la luz de la mejor lámpara.
Porque este hombre de la barba de tenor deslucido había sido el maY?r barba azul d~l mundo e iba a morir impune, habiéndolo hecho muy
bien, con las cemzas de los cadáveres que fiabía quemado en la cocina
de su h?tel, guardados en aquellos librotes de lomo formidable con las
venas hmchadas.
Cada libro simulado de su biblioteca era un ataúd, limpio y breve,
de una de aquellas amadas que mató.
:-:-Ante ~odo 1~ clasificación ... No hay nada como una buena clasificac10n-soha decir en cualquier parte a propósito de cualquier cosa el
barba azul de los libros simulados.

YO SOY TU ESPOSA
Era la hora en que todos salían del teatro. Era la hora que es cuando
el esposo va más con su esposa. Pasaban en parejas aferradas.
~&lt;Y esta noche en que no va a quedar nada en la calle, yo solo», me
dec1a yo.
Iba hacia una amante que es algo más verdadero que una esposa,
algo _de ~o .que no queda e~ la es~osa; pero no tenía una esposa con la
que 1r s10t1endo la tragedia comun camino del piso adornado por el
Bazar de la Unión conyugal.
Cuando de pronto me vi cogido del brazo.
-Soy tu esposa-me dijo-. Vamos de prisita a casa.
Los letreros de las peluquerías que es lo que más se ve y se deletrea
cuando ,se va c~n ~~ esposa., se destacaban ante mí con claridad pasmosa. Tema veros1m1htud m1 esposa. Iba arropada en un cuellecito de
piel. ~e ~scondía en una mancha oscura c~mo una verdadera esposa.
Ademas pisaba so~re los ta}ones para dar mas verdad a su tipo.
-Bue~o: ¿y donde esta la casa?-pregunté yo, ya un poco cansado
de la cammata.
-Ya estamos ... Llama a Pepe ...-me dijo mi esposa.
132

Yo grité.
-¡Pepeeee!-reforzando con las tres cee de los serenos la e final de
Pepe.
El sereno vino y me dijo dándome la cerilla:
-Ya era hora de que viniese el señorito.
La larga cerilla del sereno daba una autenticidad innegable a la escena. Mi esposa era tan real, que proyectaba una gran sombra escalonada sobre la escalera.
Pero lo raro era gue yo encontraba cierta naturalidad en lo que estaba pasando. Suced1a tal como yo lo había previsto. Todo lo que sucede en el matrimonio; todo lo que hubiera sucedido en mi matrimonio.
Hasta tuve la coquetería matrimonial de cansarme en la escalera, de
ir despacio, dejando que ella subiese delante, sin ninguna impaciencia. ,
Sonó la campanilla de la casa, porque yo era un pobre marido de
casa con campanilla, y salió a abrir la criada parecida a la que me llevó
en brazos.
El recibimiento era el esperado, y un bastón que tuve alguna vez
estaba en el escopetero de los percheros.
Todo se realizó como se tenía que reálizar en un matrimonio al parecer antiguo.
-Bueno, hasta mañana-dije. yo, volviéndole la espalda, sin tocarla
apenas, después de darla un beso casi fuera de la mejilla.

EL ATROPELLO MÁXIMO
A eso de las nueve cogí el camino de mi casa como todos los días.

Iba a cenar. Llegué, la puerta se abrió con la facilidad de todos los días
y vi el comedor ya encendido.
Los siete cubiertos de mi familia brillaban con el frío de la vajilla
limpia y preparada. Sus brillos eran desoladores en la impaciencia de
vedes llegar a todos, pues ya a esta hora todos solían estar todos los días
congreg_ados en la mesa.
-¿(¿ué les habrá pasado?-me preguntaba mirando el ojo de buey
del comedor, blanco, lívido, con soñanza en sus horas.
-¿Han echado el periódico?-pregunté.
- Sí, tome-me dijo la doncella cogiéndolo de encima de una silla.
Yo lo extendí y cubrí con él los platos fríos como el hambre destartalada y vacía.
Me entretuve en unos versos, libé el poco jugo de una crónica, repasé
lo que había del extranjero, leí la sesión del Congreso, me manche en
133

�LA PLU~I A
un anuncio de grasas para camiones, hasta que di con la sección titulada ~Los automóviles» y en la que se relataoan los atropellos.
Siempre voy a esa sección como con el temor de ver que he resultado yo mismo el atropellado.
No di un grito porque eso no pasa sino en las comedias y en las novel!s, ~ero produj_e ~n gran ruido de apretujamiento del papel, de empunam1ento del diario.
. ¡La_s . cinco perso?as de mi familia habían sido atropelladas en distinto sitio aquella misma tarde por automóviles diferentes!
¡Todos de pronóstico grave!

EL CALVOROTA
El periódico a través de los días es monótono aunque sea imprescindible. Los corresponsales dan generalmente las buenas noches o los
buenos días en esos telegramas que se reciben en rachas de cuatro.
Estába~os aquella_ noc~e tranquil~s. Algun~s compañeros recortaban cuartillas con minuciosa aplicación y nac1an un encaje de líneas
admirable.
El reloj tenía el son escéptico que tiene en las redacciones.
El conserje entró a avisar que un señor quería hablar con todos urgentemente.
-¿Con todos?
_:_sí, con todos ...
-Pues que pase-dijo el director.
Todos espera_mos ver pasar al señor que quería hablar con todos. Los
qu~ estaban)1ac1endo sus calados con las largas tijeras se quedaron perple¡os, las t1¡eras aun en sus dedos abiertas y como las orejas aguzadas
y atentas del conejo de la atención.
Una reluciente _calva apareció por entre la cortina de la puerta. Aquella cosa blanca, bnllante, pulidis1ma nos dió cierto pánico en el primer
momento. Parecía que la muerte venía por todos.
¡Ah! _Pero no; la calva de la vida tiene siempre carne encima, ~asa,
opulencia. La flacura de la calva de la muerte no tiene comparacion.
-Señores-dijo el calvo dirigiéndose a nosotros- : en la edición de
hoy ~an publicado ustedes una caricatura sobre los calvos que ya es de
una insolencia inaguantable ... Vengo a que uno de ustedes, el de más
pelo, se desafíe conmigo ... Ese anuncio-caricatura ha hecho reirse a mi
esposa de mí, ya sin poderse aguantar como me ha dicho ella después
de h_aber ll_orado al verme enfadado ... Durante quince años de matrimonio ha visto muchos anuncios contra la calvicie, muchos dibujos de
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contraste entre un hombre con pelo y otro sin él, hasta algunos chistes;
pero ninguno tan irresistible como éste ...
-Usted comprenderá- le dijo el director-que el responsable de esa
caricatura es el anunciante ... A nosotros se nos envía desde la administración el aviso de inserción y tenemos que insertarla.. .
-No han debido publicarla aunque se la enviasen ... Además, ustedes
comprenderán que un industrial que anuncia específicos para hacer crecer el pelo, es un estafador, .. Durante d iez años he estado yo usando
todos los que se han anunciado en los periódicos de Europa y he pescado con ellos un reúma cerebral terrible y yo creo que si me ha crecido
el pelo ha sido del revés hacia dentro en una horrorosa melena que me
llega hasta los talones, pero por dentro...
.
,
.
A todos nos daba risa aquel hombre, pero nadie se atrev1a a re1rse.
-Es inaguantable su caricatura de hoy ... En la oficina, en el círculo, en todos lados he notado la popularidad de su periódico Pºf co~o
me han mirado sonriéndose ... Yo necesito desafiarme con ... aquel-d1¡0
señalando al que más figura de poeta tenía, a Enrique, con el pelo crecido y rizoso ...
-Bueno: ¿y sus padri_nos?-preg~ntó Enrique... .
-Mis padrinos vendran ahora m1s1:10 ... Son dos amigos calvos ... I:Je
venido yo antes que ellos porque quena darles las razones que me :3-s1sten y discutir el principio ~e la ofensa contra la _que_yll: sabía yo que iban
ustedes a argüir ... Las cancaturas de los a_nuncios ulumos_ de ~e. específico ya me habían hecho temer que eso iba a llegar a lo madm1S1ble ...
Ya lo de: «¿De qué queso?», en que el mozo del res~urante, con un
queso en la mano, hace esa pregunta a dos «cocottes» ¡unto a la mesa
de un hombre perfectamente calvo, erad~ una burlonería que sólo estaría justificada en el caso de que no hubiese calvos en el mundo ...
El conserje interrumpió al gran calvo, anunciando dos señores.
-Son ellos-dijo el calvo-. Ahora somos ya esos tres calvos que
figuran en esa otra caricatura que también ha~ publicado muchas vec~
y que, inclinados sobre una mesa de billar, miran _a tentamente la posición dudosa de las bolas ... Nombre usted sus padnnos y despachemos
esta misma noche el asunto ...
Enrique me nombró a mí y a Lastras sus representantes, y pasamos
al despachito de recibir a hablar con los otros dos calvos. .
.
Estaba más iluminado que de costumbre el oscuro gabinete, gracias
a las dos calvas relucientes, calvas de hombres de mundo, grandes, estupendas, de un wattio por lo menos.
.
,
.
Se planteó el debate de la ofensa y no tuvimos mas remedio que
acceder. Sus calvas, llenas de dignidad, daban un gran empaque a sus
135

�LA PLUMA

LA PLUMA

palabras. No había derecho realmente a meterse con tan solemnes eminencias.
Se trató del arma a elegir.
-El sable usted comprenderá que no puede ser aceptado por un calvo-dijo uno de los padrinos-. Está en terribles condiciones de inferioridad, porque si le cae el sable sobre la calva puede muy bien abrirle la
cabeza de un modo insoldable, por no encontrar resistencia ninguna
en ella.
-Pues entonces la pistola tampoco-dije yo-, porque el blanco que
ofrece el calvo sería terrible ...
- Tampoco la pistola, y en vista de eso será la espada el arma de
combate ...
Todos los demás detalles se ultimaron y en la madrugada
salíamos en dos coches como un grupo de juerguistas camino de campo
del honor.
El espectáculo iba a ser interesante, pues se iba a dilucidar completamente en serio la más pesada de las bromas. ¡Lo que son los hombres!
En la carretera, a aquella hora, ni pájaros había. La luz del alba iba
a orientar las espadas hasta el corazón en una herida sutil, recta y segura.
Los dos adversarios frente a frente, hubo un incidente previo: el calvo, al quitarse el sombrero de copa, había aparecido como demasiado
desnudo para estar a la intemperie, como sin calzoncillos ni camiseta,
y nos había dicho sacando un gorrito negro de un bolsillo:
-Ustedes me permitirán que me cubra, ¿no?
Debatimos el caso y se lo consentimos.
Al verles dispuestos al asalto, tomó el pugilato el sentido de una lucha en que parecía que el calvo tratase de apoderarse del pelo de Enrique.
Se hicieron el saludo, un saludo sin etiqueta por parte del calvo por
estar cubierto mientras hacía ese saludo, que es el saludo más fino, más
puro, más digno, más limpio que se hacen los hombres.
Las tazas de las espadas comenzaron a sonar como timbres. Parecían
llamar a los guardas jurados o a la guardia civil.
Los padrinos del calvo, los dos calvos, seguían sin impasibilidad el
desafío y hacían gestos extraños y como imitativos con el bastón, pues
ellos también se sentían los ofendidos.
Por fin se oyó un grito y vimos caer a Enrique, atravesado de parte
a parte como si fuese mentira, como si hubiese llevado preparada esa
otra media espada que les sale a los «clowns» por la espalda cuando hacen que les clavan la espada que se enco~e.
.
Nuestro amigo había muerto instantáneamente y por eso el ¡adiós!

Iª

que habíamos creído oír llegó a nuestros oídos tarde, como retrasado,
como lanzado desde detrás áel horizonte.
Todos nos quitamos el sombrero como se µace en estos casos. Los
padrinos calvos y el mismo matador lucieron con gran compunción sus
calvas venerables, y como bajaban la cabeza, agobiados por la desgracia,
parecían sus calvas sus rostros informes, los rostros sin dibujar y sin
modelar...
Y en aquella gran seriedad de la hora y del suceso vimos lo milagroso, que las tres calvas se fueron cubriendo' de pelo, como si la muerte
del burlón melenudo hubiese compensado sobre el mismo terreno su
falta capilar. Al reconquistar el honor de sus cabezas por un acto así
habían conse0 uido restaurar el pelo perdido.
En vista ~el nuevo fin trágico en que se habían metido, la Naturaleza ejemplarizada les devolvió el pelo que les había tomado.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES
pr~mera vez _que oí hablar de los ~chlegel_fué en El Esconal de Arnba, una tarde de otono, hace ya veintitan
tos años. No eran pasto de la murmuración del vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja,
.fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación
literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y
ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona
y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras
que le salía de la boca, se trompicaba. Era el Padre Blanco, uno de
los brotes más lozanos que há dado en nuestra época el añoso tronco
agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en
los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño. La lección del Padre Blanco era, no obstante, soportable como ninguna
porque hablaba de cosas inteligibles y amenas cuya inserción con
nuestra sensibilidad personal veíamos patente. Teníanle los suyos
por crítico literario de primer orden, y ponderaban su arremetida conA

. 1

1

¡!

138

tra Clarín, para los frailes arquetipo del impío. Dentro y fuera dé
clase era el Padre Blanco parlanchín y burlón. Los estudiantes le
llamábamos fray Sátira. Andaba casi a brincos; cada ademán, una
sacudida. Empezaba a toser; ardía en sus pupilas la calentura. Murió algunos años después, creo que en Jauja. Su Historia, que nunca
nos dieron a leer, no vale tanto como ¡;iensaban.
Nuestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era modesta. El que más, recitaba de coro páginas del Campillo. Yo había
cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba en la memoría algunas de sus nociones más sólidas: «¿Qué son tropos? Formas
figuradas de hablar.» O bien: «Criticar es aplicar los juicios de la sana
razón a las obras literarias y artísticas.» Campillo fué uno de esos
catedráticos zumbones, amigos de e11sañarse con los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente, y,· como decían, clerófobo; al
verle eri la comisión de exámenes, los alumnos del Colegio de segunda
enseñanza se helaban de espanto. Pero los frailes le amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino sin tasa. Tomábase Don Narciso
licencias increíbles:Una tarde, sentado en el ·tribunal, como le doliese
un callo, se quitó una bota, la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo
una navaja, y recortado un pedazo de cuero en· la parte que le laceraba, se calzó tan campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo, donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz,
de ingenio pronto, fecundo en chocarrerías. En la biblioteca de la casa
hubo un ejemplar de La Regenta, famoso por las notas que Don Narciso le puso al margen. El ejemplar desapareció, ni sé si por decreto
de un bibliotecario pudibundo o porque algún bib!iómano curioso
lo haya guardado para sí. Dos hijos que Don Narciso tenía no heredaron la vocación literaria de su padre: tal vez los Reverendos Escolapios de Alcalá, a cuyas aulas fueron a cursar la segunda enseñanza,
suscitaron en ellos otras inclinaciones y se dedicaron a barristas.
Mis condiscípulos, sin tener más afición que yo, no estaban me 139

�LA PLUMA
LA PLUMA

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jor preparados. Ignoro si llevaría alguno en el coleto el mi:mo fárrago
de lecturas desordenadas que perturbó los albores de m1 adoles~encia. Sólo sé que estudiar leyes me parecía el suicidio de mi vocación.
El tiempo sólo a medias me ha desmentido. Las novelas de Veme, de
Reid, de Cooper, devoradas en la melancólica soledad de una c~sona
de pueblo, ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mi_una
sed de aventuras furiosa. Amaba apasionadamente el mar. Son.aba
una vida errante. La primera vez que me asomé al Cantábrico Y vt un
barco de verdad, casi desfallecí de gozo. Me sucedía lo que a los niños de ahora les ocurre con el cine: ellos quieren ser Fantomas como
yo quise ser el capitán Nemo. Esa enfermedad se P8:5ó ~ronto; me
libré de ser pirata; no ha habido disciplina ni conveniencia capaces
de doblegarme a ser jurista. Leía, pues, sin previa censura..cuantos
libros de imaginación hallé guardados en la librería de .m1 abuelo:
Scott, Dumas, Sue, Chateaubriand, algo de Hugo, traducido:, Y ~us
secuaces españoles, los devoré· con manifiesto estrago de ~~ paz mterior. Recuerdo haber vivido entonces en un mundo prodigios~: De
esa prueba, que me sirvió para entender la locura de Don QuiJote,
salió encandilada mi afición precoz a leer de todo. El Padre Blanco
la conocía. Quiso enmendar mis gustos y me dió a leer a Pereda. Er.a
lectura lícita y la alternábamos con los folletines de Rocambole re~~bidos a escondidas. Dióme más adelante Pepita Jiménez. Me aburno
-Es natural-dijo el Padre-. Hay que estar muy versado en los
místicos españoles.
Fuera de esos regalillos, en punto a lecturas, nos tenían en seco.
Reducíase la historia literaria a las páginas del libro de texto, grueso
tomo, con nociones preliminares d~ estética, traducidas o ada?~adas
de Leveque: «La gota de rocío suspendida de los pétalos del hno, :l
puro y casto andar de la doncella, la inmensa masa del ?ceano agitada por la tempestad ... », decía el libro para empezar 3: mculcar.nos
la noción de lo bello. El Padre Blanco, oyéndonos decorar entre nso-

tadas tales sandeces, se impacientaba. El mismo Padre rigió aquel
año la cátedra de Historia de España. Leíamos la obra de Ortega y Rubio, bondadoso señor, enemigo irreconciliable de Felipe II. No he olvidado algunos rasgos de su estilo: «Felipe II desembarcó en Inglate1Ta, bebió cerveza, fué galante con las damas, y se
captó las simpatías de los ingleses.» Hablaba también de su «mano
de hierro». El libro tenía entonces dos tomos; ahora, muchos más. O
la materia o el saber del autor engrosaron con los años.
Para acabar de formarnos el espíritu estudiábamos un libro de
filosofía, parto de un profesor de Barcelona, almacenista de bacalao,
que en los ratos de ocio producía metafísica. Ortodoxia pura.
-Vamos a ver, jóvenes-inte1Togaba el fraile-. ¿Qué es la Verdad
de conocimiento?
-Adequatio intellectus et nl:'i-respondíamos con aplomo.
Nunca he vuelto a pisar te1Teno tan firme.
Cúpole iniciarnos en el tomismo al Padre C., montañés, de poca
talla, locuaz en demasía, un tantico suspicaz y marrullero. Voz aguda,
ojos claros, y en los labios finos, remuzgos fugaces de desdén o de
ira. Listo como el hambre, el único fraile «señorito», a lo que creo,
de seguro el más sociable. Tenía gracia para hablar a las señoras.
El Padre C. era mejor jinete que metafísico. Poseía el Colegio una
cuadra de seis u ocho caballos, picadero y guadarnés bastante bien
puestos. Algunos estudiantes tenían montura propia. Cuadra, picadero y guadarnés entraban en la superintendencia del · Padre C. Allí
pasaba los grandes ratos cabalgando en la Peonza, yeg ua alazana,
de pura sangre, nerviosa y fina, que a pocos se les podía confiar. Las
tardes de paseo montaba en la yegua, y calada la teja, remangados
los hábitos sobre el sillín, al viento la muceta y la cogulla, salia por
las puertas falsas seguido de los alumnos de equitación, soberbio en
el animal que se encabritaba, y se iban a galopar por las carreteras
de Guadarrama o de Valdemorillo.

�LA PLUMA
Comentarios sobre los méritos y gracias de la Peonza entreveraban (no siempre ha de estar el arco tenso, recomienda Esopo) la clase
de metafísica. La Peonza servía de comodín en la hermenéutica.
-Eso-explicaba el Padre-es como si pensásemos una Peonza
con ocho patas... ¿entienden? Eso... ¿entienden.. .? Es como si yo les
dijese: la Peonza es verde y amarilla...
El Padre C..quedábase a lo mejor absorto, de codos en la mesa y
el rostro entre las manos. No bastaba nuestra algazara para despabilarlo. Nos tiroteábamos con libros y boinas. Algunos encendían a
hurtadillas un cigarro, batiendo el aire con furia para disipar el humo.
Los días muy fríos, un pelirrojo del diablo solía bajar un frasquillo
de alcohol, y derramándolo en la tarima entre dos filas de bancos,
prendíalo fuego. Sus vecinos se apretujaban disputándose el sitio
para acercar a la llama los dedos ateridos.
MANUEL AZARA
( Continuará.)

ALEGORIA DE LA JU.VENTUD
I

cSobre el polvo, bajo el sol,
. zapatetas!
Gllos-los hombres ecuánimes
del mañana-bailotean.
II

¡9/,larida desgarrada!
(sin doncellez las doncellas)
galopan virilidades
de centauro por la selva.
III

.las hojas, bajo el estupro,
crujidoras, voci/eran.
143

�LA PLUMA

LA PLUMA

IV

'JI un recio trote de centauro anula

.La adúltera hace de potro,
y el /auno niño se adiestra.

el gutural quejido de la ex-virgen ...

V

ESTAMPA REMOTA

;Jugo tibio de las uiñas:
contorsión y zapateta!

cSobre el polvo luminosomeditativo, taciturno, 9ldán.

VI
;Juventud: salto, berrido,
lumbre, coito, risa, be/a I

.Cas cosas están sin nombre.
61 no los puede articular.
.Ca Creación es mito tierno,
sin realidad ni eternidad.

OTOÑO

¡!Palabra, lumbre/
-file tu verbo
ha de fluir la vida, 9ldán .
¿'JI la CVarona?sobre el césped
sonríe, acaso-¡ acasol--ya.

fMaciza realidad: desnudos sólidosenjutas ubres y caderas sobrias.
.fas lavanderas en el río angosto,
sus carnes ávidas, de miel, remojan.

·6s el otoño. .Los vendimiadores
con pámpanos jugosos se coronan.
6n sus desnudos cálidos, de bronce,
brinca la violación ruda y -gustosa.
,.'

'JI se agudiza en sus pulposos
pechos, bajo un sol sin cuajar
irónicamente la astucia:
pezón de la /eminidad.

Un relincho-evohé-restalla-/usta
de sol-sobre unos senos, que se erigen.
144

JUAN JOSÉ DOMECHINA

'º

145

�LA PLUMA
encubiertamente et muy apriesa; et de que comienzan a correr, corren et
roban tanta tierra, et sábenlo tan bien facer, que es grant maravilla,
que más tierra correrán et mayor daño farán et mayor cabalgada
ayuntarán doscientos homes de caballo moros que seiscientos de cristianos.

PÁGINAS JNACTUALES

GUERRAS ENTRE CRISTIANOS
y MOROS
uerras que son· entre los
. ..
. de I
infante, dz_¡IJ Julio,
as g
•
or razón
cristianos et los moros non vos fablé ';n~:n:~;:;:dores nin
o
.
l moros non caen en comarca
que os
ellos· mas pues quererles que vos en ello dzga
han guerra con
, de rado Señor infante, la guerra de
lo que ende sé, fac~rlo he muy . ~
.. también en la (J'uerra gue0
la de los cristianos,
•
los moros non es como
b t o son cercados o combatidos,
do cercan o com a en
.
rreackr, como cuan
el ·andar por el camino o
b l das et correduras, como
en las lides, en todo es muy departida la una
como en las ca a ga
el pqsar de la hueste, como
dafiáanla ellos muy maestramen. t . ca laguerraguerrea
.
l
de
manera
a o ra,
· da et nunca 1ievan
h tpasan con muy poca vzan ,
te, ca ellos andan mue o e , .
.
da uno va con su caballo,
.
de p. nin acemilas, smon ca
.
u
l .
de las otras gentes, que non ltevan
consigo gente también los senores como cua quiera.¡;
pasas o alguna fructa, e non
•
·
poco pan et J.gos 0
otra V1anda sznon muy
.
de uerbo et las sus armas
·
non adaragas
e r '
traen armadura ninguna sz
ft en et porque se tienen
l
,1,adas con que er ,
son azagayas que anzan, t~r
h
Et a la entrada entran muy
tan ligeramente pueden andar mue o...
Eí-lOR

;
~~

..

... Cuando han de combatir algunt lugar, comiénzanlo muy fuerte et
muy espantosamente; et cuando son combatidos, comiénzanse a defender
muy bien a grant maravilla; cuando vienen a la lid, vienen tan recios
et tan espantosamente, que son pocos los que non han ende muy grant
recelo; et si por sus pecados los cristianos toman miedo et non saben
sofrir el su roído et las sus_ voces, et muestran algún miedo o espanto, o
se comienzan a revolver et andar en derredor et metiéndose los unos por
los otros, o faciendo cualquier muestra o continente de miedo o espanto,
entiéndengelo ellos muy bien et danles tan grant priesa de voces et de
roido et deferidas, que non se saben poner consejo los cristianos; et si
por los sus pecados comienzan a volver las espaldas et a foir, non creades que non ha home que vos pudiere decir cuál manera han et cómo
facen grant mortandad et frant daño; et non creades que los cristianos,
de que una vez vuelven las espaldas, que nunca tornan nin tienen mientes para se defender.
Si home ha de cercar algún lugar [de moros] conviene que... ponga
muy buen recabdo en guardar los que fuere11 por leña o por paja, o por
yerba, et las recuas que trozieren las viandas para la hueste; ca siempre los moros se trabajan de facer daño en las tales gentes....Et si entraren descubiertamente por talar o quebrantar la tierra, desque fueren
en la tierra del recelo, deben ir muy bien acabdellados,-poniendo muy
buenos cabdiellos et muy buen recabdo en la delantera et en la zaga et
en las costaneras....Et la hueste que en esta manerafincase, en ninguna
guisa non debe andar de noche, et débense guardar cuanto pudieren de
Puertos et de estrechuras, porque non puede ir la gente acabdellada,
...Et si entraren por buscar lid, deben ir por el camino muy bien acab147

�LA PLUMA
de/lados et a pequeñas jornadas, et débense guardar, et non vayan por
tierra seca; ca si lo ficieren et los fallasen los moros lueñe del agua, podrían ser todos muy ligeramente perdidos et desbaratados; ca desque
grant gente de moros llegase a la hueste de los cristianos, non podría la
hueste de los cristianos andar, et si fuese el agua lejos, o morrían todos
de sed, o habrían de descabdellarse para ir al agua; et si una vegada
fuesen descabdellados, non ha cosa que les pudiese guardar de ser desbaratados et muertos; ca bien creed por cierto, como desuso es dicho,
que si los cristianos una vez se des~abdiellan et se desbaratan, que non
ha cosa que los pueda guardar de ser mal andantes.
... Pero sobre todas las cosas del mundo debe guardar que non fagan
aguijadas de pocas gentes, sinon cuando fueren todos en uno; ca una de
las cosas del'mundo con que los cristianos son más engañados, et por
qué pueden•ser desbaratados más aína, es si quieren andar al juego de
los moros o faciendo espolonadas a torna fuyc; ca óien creed que en
aquel juego matarían et desbaratarían cien! caballeros de moros a trecientos de cristianos, et ya muchas veces mu,has gentes et huestes de
cristianos fueron desbarata{J,(JS con estos engaños et maestrías de los
moros ..,,

DON JUAN MANUEL
Libro de los Estados.

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...

' 1

1.

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1,

.
148

1

FANTASÍAS

SI EL ALARBE TORNASE VENCEDOR

m

los notables en el zoco el Jemis. de Mazuza para deliberar
.
paces o guerra con España. Divididos en sendos grupos los patriotas, los prudentes y los derrotistas, hallaron que las razo es 1
fuerza no estaban repartidas por igual.
n Y ª
El Santón de la Puntilla, patriota proceroso, fustigó a los tímidos
con pa1ab ras candentes
-Desde hace veinte años lo vengo diciendo en todos los t
.1 h
tido en l Cá
d Ab
onos, o e repe- a
mara e
omelique y en estas Ju utas: abandonar la em res
Espana
• p
ª de
·
d sería
l traición cobarde a los destinos del Islam , y ll"S 1:&gt;,11 ranadelcon
~1-~ rt~ e_ os ~ueblos cultos. No nos engañemos acerca del pe:!gro ni de los sa\:nfic1os mevitables. Correrá sangre. Yo creo que no será ta t
·
• Esos
· •
n a como se dice
perros cnshanos son ladradores y asustadizos ,No los h
•
·
mil b t JI ? N
d
·&lt;
emos vencido en
a a as ¿ o tar aron ocho siglos en recuperar lo que les
·t
unos meses&gt; N d h
qm amos en
.
. . ¿ o es acemos en unas horas lo que ellos levantan en varios lust~o~'. Pero a•mque fuese grande la costa: ¿ha perdido nuestro pueblo la anti ua
vmltdad, que le hizo f~moso, y se ha mudado en rebaño de viejas histéri;as?
¿Y qué valen las penaltdades ante el porvenir grandioso que la conquista
depara? No podemos sustraernos a los designios de Dios· por algo nos nos
al borde de la Pemnsu
,
1a,. su sue1o, c1v1hzado
. ..
y fec1,1ndado por· el esfuerzo y lapuso
sang~e de n_uestros mayores, ha de volver al patrimonio de que nunca debió salir .
( 1 el e_cl~pse de nuestra grandeza, socavada, más que por las faltas propias por
ª envidia
· ·
'
tros
cle hY el odio ajenos,
b nos obligó a desamparar el fundo h"s
1 pamco,
nuesrec os no prescri en. Frente a ocho siglos de posesión, ¿es algo el tiemUNTÁRONSE

14,
1

':

�LA PLUMA
LA PLUMA
po que los perros cristianos llevan ladrando en ese solar? Nada. Si nos fuimos
de él, ¿no ha seguido la gente española gravitando en torno del Islam? ¿No dejamos huellas imborrables eo la vida, en el habla, en los usos, eo las artes de
ese 'pueblo? Sus templos ¿no fueron nuestros templos? Sus palacios ¿no fueron
los nuestros? ¿Y que han hecho ellos sino estragar y corromper lo que abandonamos perfecto y entero• Ningún otro pueblo tiene, paes, tantos títulos como
nosotros para encarrilar a los desvalidos españoles por la senda del trabajo civilizador. Volveremos allá, y al recuperar lo perdido, restauraremos en la Península uo emporio. Enseñaremos a los españoles la filosofía y la medicina, blasones de nuestra raza, y las artes útiles de la paz, que al marcharnos se hundieron. Quedará asegurada la independencia de este país: España no es para
nosotros una colonia, ni territorio de expansión: España es un litoral. Desde
el Besós hasta el Miño no podemos permitir que asiente su planta el extranjero. Y es hora de estorbar que el Sicambro imperioso, en demasía fuerte , nos
asedie por el Norte, como nos cerca por el Sur. ¡Guerra a los infieles! ¡Confiemos en el Dios de los ejércitos! ¡A las armas, a las armas!
Dió un 1·esoplido, y blandiendo la corva cimitarra, se sentó.
El bajá de las Tres Colas, jefe de los prudentes, era un espíritu sutil, perseverante en la inacción, tras de mucho ponderar con palabras circunspectas
el pro y el contra de las cosas. F,ntre sorbos_ de te y bocanadas de humo de ta-

.,,
1
1,

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baco, dijo su consejo.
-No rectifico mi oposición a la aventura de España. ¡España es un avispero! ¿Qué necesidad teníamos de hurgarlo si los mismos españoles, viniendo a
colonizar en nuestras costas, nos daban ocasión, de diez en diez años, para quitarles cuanto tenían y ganar honra y provecho sin esfuerzo? ¿Y no estarían mejor empleados en explotar las riquezas naturales de nuestra tierra el dinero y
los brazos que vamos a jugarnos en una expedición azarosa? La conquista de
España y el afianzamiento de nuestro dominio en el interior, no son tareas fáciles, pese al patriotismo huero. No están los españoles tan corrompidos ni
son tan débiles como se dice. Cierto, están atrasados: les faltan la agudeza
mental y la destreza técnica indispensables para m~nejar coñ bÓlgura y tino los
recursos de la industria moderna; pero no es~án aféminados; por su misma
rusticidad, y por la ingrata vida que llevan, son temibles si luchan a muerte.
Ni los más grandes capitanes lograron someter!C'S, ¿Quién n:: ha oído hablar de
los cántabros y astures? ¿O de Viriato? ¿O de Sagunto y Numanciá? Y nuestros
abuelos, ¿no se estrellaron también en Covadonga? Estas memorias heroicas,

fuertemente mezcladas con las tradiciones reli .
.
les desde la niñez. Los españoles se e
. g1osas, alimentan a los españoomumcaa con la D' · 'd d
mente que ningún otro .oueblo· Si' 1os hos t'1gamos mucho •vmi
á a más directaal Apóstol Santiaao
abatirse
sob
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.
.
•
ser
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1 1a monsrna blandiendo l
d
, ver
para exterminarnos.
Por
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flam1gera,
nes Y muchas más q
d'
.
opuesto s1em,re a la aventura de Es pana.
- ·Lá
.
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sttma
que no ue
s no h'igo,
• me he
iAh
. ora es tarde para retroceder!• Somos h ombres prud t e dme 1c1era caso!
p1os, -y hemos compartido las respons ab'l'd
en es, e psanos princi1 1 ad es del Gob·
spaoa, aunque nunca debiéramos h b 'd
. .
ierno. uestos ya en
E
Es lógico. ¡Lo exicren nuestro h
a er t o, es md1spensable continuar allí.
.,
ooor y nuestros comp
•
Retirándonos de España daría mos una prueba de impot
romisos
más solemnes•.
.
ante la Historia responsabilidades b.
d
.
encia, y contraeríamos
•,
ª turna oras nuestros d
d'
ped1nan cuenta del patrimonio malgastado Ad 1'
'
escen tentes nos
presas bélicas. La acción militar debe est .
ed~n.te, pues. Pero nada de eme~. Que los españoles mismos se convenza:r ;:~a iciona~a por la acci6n polític1ón y sean los primeros interesados
d s ventaias de nuestra penetra•
en ayu arla Abra
·
mos
arboles,
alumbremos
fuentes
vuel
·
mos
,
•
van 1os abrasados
té cammos,
·
d plantemsula a sonreír a sus moradores·' llevemos allá un poco d rmmos
· t' • e la Penmosles la tolerancia• bagamos, en fi n, mas
, fác1l
. más pi c et JUS 1c1a,. recordéespañoles nos acogerán con los brazos ab'tert os.• T a1 es amienseerat' su vida
. 1... y los ·
ro. En el atasco presente• no h ay smo
. t ornar un desquite
n1tr pa1a o futuca nuestro mermado prestigio ant 1
_
crue , que restablezEl m
.
e os espanoles y ante el mundo.
so del b~J-~o YK::dpo:~tee~edode los ~e:rotistas, :scuchaba de mal talante el discur'
reprimir su enoio por más t'iempo, le apedreó con
improperios:
-¡Mientes, hipócrita! ¡Mieutes perro' Tú ta b'é
.
y quieres engañarnos a todos. Pu~s sábc.l .
m 11 n estás sediento de gloria,
d
o. me a egro de la hecat b
. hagan en nosotro 1
. om
- 1 e, y . esd e ahora ber,digo cuantas degoll'mas
ellas viene
.
s os espano es, s1 con
que aborrezco.
. el derrumbamiento. del r é gimen
El b-1Já de las Tres Colas repuso con acento melífluo:
trofes¿,~:!~e~::~:e~:i::s~:ds: ~:::::~:tbiendo con fruición todas las catás-

_ II..v¡ va.E spana!!
- ¡¡Vivan
·
los

. .
cristianos!!- replicaron Kandor
os
patriotas
y
los
prudentes
se
a
.
Y
sus
amigos.
L
patearles el cráneo, montaron a cabal~roia;o; sobre los ~errotistas, y tras de
o y u ronse a predicar la guerra santa.

•

�,,

LA PLUMA
LA PLUMA
II
Cuenta el moro Rasis, el más fie l narrador de e stos suce sos, q ue a la sazón
era España uno de los países más felices del mundo. Europa. había perecido en
la última gran guerra por el derecho. Tronaba en Aquisgrán un emperador barbudo'. que apenas hacía caso de las pe nínsulas del Sur, limitándose a cobrarles
u~ tn_buto. La Sociedad de naciones, retirada en los archipiélagos de Micronesia, vivía en acecho del progreso de las madréporas, espe rando el M amiento
de un continente nuevo que pacificar. A favor del cataclismo, España rehizo,
por fin, su unidad moral: c¡No más Europa, no más europeizantes, todos alca•
rreños:• ~ste clamor, resumen de secretas aspiraciones, demasiado tiempo
comprimidas, acompañó al suplicio a los treinta y dos montenegrófilos que
~ropugna~an las novedades del extranjero. El patrimonio artístico de los espanoles subió de valor. Antes ya tenían varias •cosas primeras del mundo•. Ahora, devast~~a Europa, muchas más, sobre todo casullas y dedos de santos, que
era ~rand1s1mo consuelo. Se multiplicó de súbito el caudal de la nación. Llamados al t&gt;oder ciertos economistas respetuosos de las tradiciones seculares
implantaron de real orden el patrón calderilla, e instituyeron por unidad mo~
neta~ia la perra chica. La monarquía visigótica, fe udataria del e mperador de
Aquisgrán, acertó a poi:er a E spaña en las rod adas del carro de Recaredo. Instituciones ajadas por el tiempo recobraron su lozanía. Y la tarde que, en Getafe, sobre una colina, se reanudó la serie dé los concili0s de T oledo, el alma hispánica respiró, libre de las opresiones y de formidades que siglo tras siglo venía padeciendo.
. Sea~ cuales fueré n los ornamentos añadidos a ese cuadro por la imaginación oriental del moro Rasis, las líneas generales son ciertas, y veraces los retrat~s. : así dice el moro, que nadimdo en el piélago de su ve ntura, el primer
mov1m1ento de lo~ españole s al saber que los ejércitos africanos, copiosos
como_ las arenas del desierto, ·desembarcaban en Motril, Almuñecar, Bonanza
Y Tanfa, Y se abatían sobre Granada y Sevilla, fué de estupor.
-¡Traición! ¡Traición!-vociferaban por todas partes- . ¡Estamos vendidos!
-¿Quién manda las ho rdas african as?-profirió eon triple intención la Prensa bien orientada.
«El Gobierno-decía una nota oficiosa-cre e que no debe darse demasiada
importancia a las intenciones hostiles de los moros. Precisamente, en estos momentos, las autoridades fronterizas no cesan de recibir de los kaídes más importantes protestas de adhesión a España. El movimiento actual se atribuye a
15:i

elementos extraños, cuya pre sencia en las ho rdas africanas ha compr ob ado la
policía. Hay motivos para confiar e n 5u pronta capt ura.&gt;
La invasió n p rogresab a. Aeroplanos marroquíes llegaron sobre Daimiel, y
arrojaron proclamas. Se conmovió el p ueblo. El Gobierno acordó enviar r efuerzos. El Sr. Maura se atuvo a l a nota dada a la P rensa el 23 de abril de 1648, con
ocasió n del aniversario de Cervantes y de los sucesos de Cataluña. Los reformistas acordaron suspender los mítines anunciados. Reuniéronse las directivas de la Casa del Pueblo ... Eran síntomas h abituales de agitación violenta e n
el p a(s. Pasado el primer susto. imperó e l patriotismo. P or lo pronto, ocurrió
que las mujeres enronqu ecieron. Desde 1808, a cada congestión de patriotismo. las m ujeres se ponían roncas, y luego iban empujando cañones por las calles. Así levantaban el espíritu . El gran ministro declaró: «No estamos en mementos de hace r crítica negativa.• O bedientes, los hombres se dividieron en
dos bandos: unos se-liaron la ma nta a la cab eza; otros se quitaron la cabezada:
dos e mblemas del m ismo movim iento del espíritu. L a nación se alzó par a recibir al invasor: en un credo, los t úneles y p uentes de la península fueron volados co n dinamita. Cuanto podía caer en ma nos del enemigo: municiones,
abastos. armas, objetos d e arte o de lujo , fué arr ojado al mar, o a los ríos, o
dado a las llamas. ¡Con qué ardiente corazón lo rompían todo: las máquinas,
los útile s, las fábricas! ¡Qué descan so! ¡Cuántos q uebraderos de cabeza snprimidos! L a Academia de Bellas Artes recibió el encargo de r estaurar sin demora los castillos de tod a Españ a, y se arbitró dinero para construir muchos
más; el Clero, movilizado. b endecía la primera piedra de cada castillo nuevo.
Los p eriodistas hacía n pr odigios de estilo par a aludir , sin ofe nsa del pudor, a
la robusta masculinid ad de la r aza.
El mundo p ercibió q ue E spaña volvía a ser baluarte de l a Cristiandad, y
que al domeñar a la morisma, si la domeñab a, salvaría los r estos asaz maltre-•
chos de la cult ur a antigua. E l Papa predicó una cruzada. A quien muriese en
la guerra contra los moros se \e ofreció el magro aliciente de hal lar expedito
el camino del Paraíso. El E mp erante envió al Rey de España desde Aq uisgrán
la corona de Recesvinto y la espada de Suintil a, para ceñírselas el día d e l a
batalla. Una Comisión de !as Academias provenzales llegó a la corte; e n el b anquete de bienve nida, cant idad de emociones hasta entonces inefable s púd ieron
correr y e sparcirse p or los canales de la palabra. «No te ngo reparo en confe sar-dijo en el brindis un acadé mico conspicuo- qu e la artera propaganda de·
vuestros enemigos, enemigos hoy del género h umano, nos inculcó la ide a de
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53

�LA PLUMA

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que eráis el pueblo degradado y bárbaro, indolente, orgulloso, que a fuerza de
incuria perdi6 la hijuela espléndida recibida de sus mayores. Permitidme decido ahora que vuestra conducta pasmosa en el infortunio nos abre los ojos.
Sois un gran pueblo: país de místicos y de conquistadores, la patria de Teresa
de Avila y de Velázquez, de Cortés y de Cervantes ... Me siento orgulloso al
traeros el saludo fraternal de los pueblos latinos. En la dtfensa de esta causa,
no os faltará el apoyo de vuestros hermanos de raza, de esa raza latina, algo
menoscabada después de los cataclismos que afligen a Europa, pero en cuyo
genio seguimos confiando. ¿No declara nuestra conducta la sangre que nos corre por las venas? Somos imprevisores, a fuer de latinos. En eso, somos tan latinos como la propia Roma, que con su aturdimiento levant6 un imperio formidable. Las guerras nos cogen de sorpresa, y las invasiones; no tenemos armas,
ni soldados; nos arrojamos de cabeza sobre un enemigo más numeroso y fuerte; andamos, como suele decirse, de coronilla. Tales maneras, que un espíritu
superficial tomaría por síntomas indubitables de imbecilidad, a nosotros Y a
vosotros, nos enorgullecen: son los timbres de la raza. Somos imprevisóres porque somos improvisadores. Lo improvisamos todo: un soneto, una fortaleza,
un ferrocarril. Como Roma, nuestra madre. Ese acueducto de Segovia, ¿c6mo
se hizo? Pues así, de improviso, una tarde que el proc6rJsul necesitó agua de la
sierra. ¡Viva, pues, la raza latina, y confiemos en la victoria final!• Mostráronles, bajo juramento de guardar secreto, las fábricas de pertrechos militares.
En un convento, dos veces mayor que el Escorial, escuadras de frailes manipulaban trapos febrilmente. &lt;¿Qué fabrican aquíh-preguntaron los extranjeros. «Escapularios-respondi6 el guía. Hace dos semanas esto era un descampado. Ahora ya ve usted: veinticinco mil capuchinos producen mAs de doscientas toneladas de escapularios. El ministro tiene en e-studio ampliaciones
nuevas, y se llegará a producir trescientas toneladas. Todo improvisado ¿eh?
Salvo los capuchinos!• Pasáronles a otro inmueble, cedido por la mitra. «¿Y
1
aquí?&gt; cCajetillas. Sesenta mil por hora. Vean los gráficos de producción. Antes de diez días, esta sola fábrica podrá abastecer a los combatientes... Estornuden sin miedo; no hay peligro.&gt; Visitaron la cuenca fabril deLnoite. Las chimeneas humeantes, los chorros de llamas que se escapaban de las techumbres.
el estrépito de las forjas, el ir y venir de los trenes, el chirriar de las gruas
que viraban en el aire su b:azo metálico, cautivaron la admiraci6n de los ex·tranjeros. «¿Qué fabrican en esta zona?» «Medallas, exclusivamente. Es enorme el consumo, ya pueden suponerlo. Por fortuna, no estamos en situaci6n de
154

LA PLUMA
escatimarlas. La distribuci6n está asegurada, gracia~ a las señoras, que las llevan basta las mismas líneas de fuego.•
Mientras, se fué concentrando en Tierra de Campos la hueste cristiana.
Juntáronse basta ciento veinte mil jinetes y seiscientos mil peones, con dos mil
carros de guerra . El arzobispo de Tarragona mandaba el ala dt"recba con toda
la caballería. Alejandro Lerroux, preconizado Maestre de Santiago, gobernaba
el ala izquierda. En el centro iba el Cuartel Real con el Legado del Papa, que
vendía la bula de la Cruzada. Muchos dejaban de comprarla, confiando en que
a última hora la vendería a bajo precio. La hueste form6 un solo haz, que con
ser apretado, cubría la tierra desde Tordesillas a Valladolid. Est aban todos: los
tercios de Flandes, los soldados de Otumba y Lepanto, las Órdenes militares,
todos, todos; los almogávares, los catalanes y aragoneSe$ d e la expedici6n a
Oriente, en fin, todos; ios héroes del Brucb, los garrochistas, los lite rarios; ¡con
decir que estaban todos! ¡hasta los caballeros andantes! La hl¾este, sin ensanchar
filas, sali6 marchando: colmaba los valles, allanaba las cuestas, secaba los ríos,
dejaba los bosques y los sembrados mochos. La masa de gente, desarrollando
sobre el suelo sus oleadas, el vocerío de los guerreros, el ludir de las armas, ·
el fragor de los carros de asalto, los destellos del sol en las corazas y en la
joyante púrpura de los prelado!i, que caracoleaban en sus caba.llos enardeciendo a !a hueste con arengas belicosas, dejaban suspenso el ánimo-dice el
moro-, y el pecho mas templado arrecía de pavor. Al columbrar, coronada la
sierra, la planicie de los Carabancbeles, donde por agüeros ciertos se sabía que
iba a darse una batalla decisiva , los guerreros cayeron de hinojos, alabando a
Dios. El obispo de Si6n dijo la misa de campaña y pronunci6 una plática. Misa
y plática fueron repetidas por el cinema y el fon6grafo ante los Cuerpos. Renovados los cebos, afiladas y ajustadas las armas, ya se disponían a descender
al llano para extermirJar a la morisma, cuando los maestres, por tener de su
parte todas las probabilidades de ga1. ir mandaron alto hasta la llegada de don
Niceto el Antiguo, obispo de Coria, q oe venía al campo reventando caballos.
Dios verti6 sobre la cuna de Niceto los dones de la palabra, proveyéndole de
elocuci6n caudalosa, transparente y suave, como miel flúida, suerte de bálsamo
bien ligado con que hechizaba a los hombre-s y a los brutos, al feligrés piadoso,
a los pájaros del aire, a los peces de los ríos, Apostrofaba a los árboles, y las
hojas suspendían su temblor; invocaba a los arroyos, y las inquietas linfas aca.
liaban sus murmullos; las ovejuelas inocentes se olvidaban de pacer si la húmida
Eco les traía relieves de su palabra. Le nombraron predicador y precapelláu
1 55

�LA PLUMA

LA PLUMA
de Sus Altezas, y de la noche a la mañana salió proveído en la silla de Coria.
Sus émulos murmuraron, mas sin razón, porque era el último que sabía articular las palabras de un lenguaie armonioso, ya perdido, lenguaje que le enseñó
en la niñez un eremita de Córdoba. Por eso desde la juventud fué llamado el
Antiguo. Los españoles, sin penetrar el sentido cabal de sus arengas, bebían
los vientos por oírle; al son de las palabras, ciertos posos se les revolvían en el
alma y empezaban a gustar un desasosiego dulcísimo, premonitorio del deliquio, y en acabando, todo era aspavientos, vahídos y efusión de lágrimas.
Dicen, pues, que, llegado al campo, los maestres pusieron a Niceto el Antiguo
en unas andas, y en los ocho días con sus noches que duró la batalla no cesó de
esforzar a la hueste. Pociones confortativas y linimentos y unturas en los pulsos sosluvieron su cuerpo. Mas, al anochecer del octavo día, el Tirteo español
calló, la lira se le fué de las manos; la hueste, sin alientos, rompjó el combate,
y se durmió sobre las armas. Llegaron los moros al amparo de las tinieblas y
pasaron a cuchillo hasta el último. Niceto el Antiguo saltó sobre un caballo
desjaezado y galopó a campo traviesa, clamando:
-¡Cristianos! ¡Hemos perdido la batalla del Guaclalete!
Niceto el Antiguo creía que las batallas perdidas contra los moros se llama·
ban siempre del Guadalete. Por su lado, los caudillos dijeron en una nota:• Las
fuerzas si: b,o retirado a posiciones estra tégica s preparadas de antemano.• ¡Y
cómo si lo estaban de antemano! Eran las posiciones de Covadooga, ilustradas
por D. Pelayo.
I II

-Puntual relación nos has dado de todo, suave Cardeoio, y te lo agradecemos. Pero, dime aún: ¿tú no estuviste en la batalla? ¿Cómo vives entre moros?
¿Y por qué te empleas en oficio tan pob1 •.•?
El preguntante era D. Abraham So.Jm Toledano, que con otro sefardita
venia de Oriente a pedirle al Emir cerdobés la reapertura de las aljamas de
Andalucía.

•

1

,11

-No estuve en la batalla. No poseía ni poseo bien alguno sobre la tierra;
el auge y la caída de los imperio:; no me importan. Un día después de la rota
de los cristianos, leía yo tranquilo en mi aposento, cuando un buito enorme
apareció sobre el alféizar de la ventana: era un morazo casi negro. Yo sabía
que andaban saqueos y degollinas por la capital; pero, sin medios de eludir el
peli~ro, me estuve quieto. El morazo se entró en la habitación. Traí,1 las
156

ropas en desorden. en la diestra un alfanje ensangrentado, encendida de furor
la faz. Me trabó por un brazo y, revolviendo sobre su cabeza el truculento
alfanje, berreó:
-¡No hay m.ís Dios que Dios!
-¡Verdad palmarial-repuse-. No vale la pena de eac,Jlerizarse.
Se calmó un poco e hizo ademán como de marcharse. De súbito se enfureció de nuevo.
-¡Sólo Dios es vencedor!
-¡Todo lo más!-contesté sonriendo.
Le ganó mi maasedumbre y depuso el hierro.
-¿De modo que tú no eres tan bragado como tus compatriotas? ¿O no temes
dobla~ la cerviz bajo el yugo agareno?
Estas palabras despertaron mis sospechas: creí habérmelas con un mi stifidor. ¡Cómo! ¿Apenas llegado del Atlas y ya hablaba por tan rodeada manera y
elegantes tropos? ¡Qué morbo viruleato! El africano, porque lo era, comprendió sin trabajo mis deseos. Díjele que no tenía empeño alguno en ir a reconcomerme en Cangas, donde se instalaría la corte en espera de mejores tiempos,
y con tal de verme respetado ea el uso de mi religión viviría gustoso entre
los alarbes, para instruirme en su lengua y en sn saber. Trato hecho, harto
fácil de guardar, pues yo no tenía entonces otra religión que mi albedrío. El
morazo me llevJ ante un bajá y quedé recibido por muzárabe. Me consagré a
observar las costumbres de los invasores. Siguiendo de cerca al Emir, presencié la demolición del palacio de Carlos V y los preparativos para reconstruir la
Alhambra. Asistí a la reconsagración de la Mezquita d e Córdoba al culto de
Alá y a las muchas zambras con que b morería festejaba su retorno al maravilloso Andalus. En tanto, sobre el minúsculo reino de Asturias se cebaba el
infortunio. El rey reinante desapareció en la rota. No se libró batalla en Covadonga como se esperaba; pero al nuevo rey un oso lo despedazó. -Vinieron
algunos a sospechar si en tantas señales coincidentes no habría cierto misterio, cuando un anciano filólogo, que por la crudeza de los tiempos vivía en
la braña, alimentándose de las hierbas arrojadas por un filósofo que moraba
más arriba, tomó su báculo, bajó a la corte y muy etJ secreto murmuró algunas palabras al oído de los mayordomos.
-¡Filólogo!--le contestaron-. Si no dices verdad, date por muerto, que en
palacio no estamos de humor para escuchar desvaríos. Y si dices verdad, ¡ahl,
¡por qué no perecimos antes en la bataJla?
1 57

�LA PLUMA
-Verdad digo, y no quiero albricias por la nueva, que es triste, y a todos
nos envuelve la negrura del destino.
Llamaron a los sabios que se pudo encontrar y a muchos del extranjero.
Al legaron los pergaminos salvados de la catástrofe. Fregaron, rasparon palimpsestos. Tratáronlos por métodos modernos, y no dejaron pavesa sin escarme nar. La verdad se mostró sin rebozo. Desde que el anciano filólogo reveló su
idea venían a ordenarse en torno claramente los datos mal comprendidos
hasta allí. El colegio de sabios corroboró en secreto el descubrimiento. Secre to
terrible, que rompía los corazones! Ahora, ya se trasluce, para mayor desdicha.
Sabedlo, bue nos señores: el romancero no tiene fondo histórico alguno; el
romancero es una profecía. Los vates penetraron tan adentro en lo oscuro de
las inclinaciones de la raza, que eo lugar de las membraozas poéticas de sus gestas, fué uo pronóstico lo que nos legaron. Pasará como el romancero lo cuenta
si se propala que es vaticinio, pues no hay profecía que deje de cumplirse, y
vosotros los israelitas sois de ello insigne ejemplo, en cuanto el pueblo la
recibe por tal y la acata. Que se ha de propalar, es seguro. Los jayanes acertaron a robarles el secreto a los sabios, que pretendían guardarlo para sí,
entre iniciados, por no descarriar al pueblo con el cebo de la vanagloria. Eran
mansos de corazón, predicaban el recato, la mesura, el cultivo de la mente, el
amor al trabajo. Los jayanes los odiaban; descifrado el enigma los despreciaron, y iueron desacreditándolos con el pueblo hasta echarlos del país. En esto
reconoceréis a los jayanes: aventajada estatura, barbas frondosas, rostro pizmiento, modales fastuosos y verbo rotundo. Juran por lvs toros de Guisando;
de un mandoble tajan el Guadarrama; si sueltan un berrido, los torreones de
Ávila se bambolean. Con dificultad los cazan, porque van en manadas, nunca
sin armas. Si cobran alguno, suple muy bien las espensas: de la piel se hacen
tambores, de la mollera se saca corcho para cien tapones y de la tripa, obra de
tres o cuatro azumbres de un licor agrio, que se emplea como curtiente. Los
jayanes, fuera de sí de gozo, divulgan. las profecías. ¡Va a empezar la Reconquista! ¡Ocho siglos de gloria en la despe r¡sal ¿Y os admira, nobles señores,
que yo no esté allá con los míos? No queda lugar para los discretos. Aquí, a lo
menos estoy en mí tierra y me sustento en paz con el oficio en que me ha
s umido la desventura. Si otro día venís a honrar este tugurio os contaré mí
e ncumbramie nto y mí caída. Es increíble. Lo tomaréis a invención mía; pero,
¡ay!, nada más cierto. Basteos saber que por los días de la invasión, moraba
en Castilla un te rce ro o cuarto nieto de Muley Suleiman, emperador del Mo-

LA PLUMA
greb. Er~, por abolengo, Xerif, y podía usar almalafa verde, como genuino
de~cend1ente del Profeta. Llegaron los marroquíes, les abrió su castillo, díjoles
qutén era, y, tentado del demonio de la ambición, pidió sus derechos. No se
los negaron. Destronado su antecesor, asumió el título de Emir de las Españas; yo fuí nombrado Gran Visir, Adelantado del Mar y Condestable. Hice maravillas en el gobierno. Pero me acusaron de corromper la ley d el Profe ta; los
jayanes-también lo.s hay aquí-y los ulemas amenazaban al pueblo con las
iras ~e Alá por e~t'.'-1' el emírato en poder de un renegado. Nos derrocaron, y
la misma noche h1c1eron en los pacíficos cristianos que moraban en Córdoba
un estrago memorable. El Emir pudo escapar a los Estados Unidos donde
vive dando conferencias. A mí me dejaron libre, pero en la miseria. Engarzo
cuescos de aceituna para venderles rosarios a los cristianos y a los musulmaoes. A los cristianos que vienen a llorar sobre la tumba de sus mártires
les vendo rosarios mojados en agua del Jordán; a los mus\tlmaues que viene~
a lnarse los pies en el atrio de la mezquita, les vendo rosarios mojados en
agua del Zem-Zem. Esta e&amp; mi vida. Y no necesito más Boecio ni más Séneca
que repasar las memorias de mi corazón. Si otra cosa deseais, d ecidla.
-Sabemos ya cuanto queríamos, amigo. Al punto nos volve mos a Salónica
-respondió D. Abraham.
Y hechas unas zalemas, se fueron.

CARDENIO

�LA PLUMA
y cuando andan por la calle a solas
se les oye que van
tarareando Las corsarias
Y el fox-trot de todas las pianolas.

y ellos son el señorito monigote
con el sombrero hasta el cogote
que suele ir diciendo: «¡BrutalÍ
/ Qué estupendez!
¡Es una cosa así! ¡Bestial!»

ESTAMPAS DE MADRID

y tilas dicen a sus conquistas:
«Esta tarde te espero
al te de Molinero.
Pero iremos primero
a casa de las damas catequistas.
Luego vamos al cine
sé que irás. La pelkula
me han dicho que es ridícula,
pero que mucho dura
el rato en que está la sala oscura.
Y por la noche a Lara
que hay una cupletista'
que dicen que es artista
muy fina y muy moral.
No dejes de ir. ¡Es colosal!»
Con caras de besugo y de merluza
otra pareja de pollitos cruza.

LA CASTELLANA
Las estatuas de la Castellana
están allí de mala gana.
Y es justo que lo estén,
pues a cualquiera ha de aburrirle
ver tanta señorita chirle
y tanto pollo «bien».
Claro es que si esos señoritos,
en vez de ser unos chorlitos,
tuviesen algunas ideas
de buen gusto y de arte, .
en vez de sus ideas f átuas,
dirían que tambien a ellos
les molestaban esas estatuas
tan malas y tan Jeas
como en ninguna parte.
Pero son gentes que
leen el A B C
y las novelas pseudoliterarias,
y las divierten las comedias de astracán,

'I

', ,1

•'

-«¿No sigues con Lilír
-Yahe roto
con ella, y con Fifí.
-Me parece que haré
eso que has hecho tú,
con Bebé y con Nené;
pero ahora la Lelé

160

11

161

�LA PLUMA

LA PLUMA
uiere un perro Lulú.
lo que deseo es vender laGlm~tOY&gt;.
-Yo estoy tras de la orza,
una chica segu_nda .
en el Reina Victoria._
i Con una cara de pr!mal
Y, bueno, que se estima
iuual
que una animal.
Vamos, i brutal!
El caso es que me aburro.
¡Bueno!
Mañana hay un estreno,
habrá que ir a hacer el burro,
igual que la otra vez.»

y las estatuas están hartas
de tanta estupidez.
.
y de ver tanto ca:~ua;e de todo linaje.
de -ministros y ministras
ndes sofocos
y sufren l os gra
kan vuelto locos
al ver esos coches que se
y corren sin caballos.
y se quieren marchar,
y echar a andar'
dudan si dar el salto
{obre la pista del asfalto.
t ·¡·
Doña Isabel la Católica,
. conszguz
. ·ente también
o zca,
y por
k, apos
,
en
el
concurso
ípico,
tado
ha es
.
y con un gesto épico .
de reina siempre obedecida,
Gonzalo
l e manda a don
que siga tirando de lª brida

.11

.

''·

162

de la broncínea jaca,
que era sin duda una haca
nea.
Luego, el marqués del Duer~,
que se encuentra peor állí
que en la guerrera brecha,
le pregunta al que pasa primero
si tirando hacia la derecha
irá bien para Chamberí.
Después, el tribunicio don Emilio,
al verse entre unos bancos
adonde no se llega ni con zancos,
parece clamar pidiendo auxilio,
gritando a sus admiradores
con elocuente frenesí:
-«¡Ah, señores!
¡ Yo quiero que me saquen de aquít.
Y en lo alto de su candelero,
don Cristóbal, el gran Almirante
condenado al ludibrio
de un molesto equilibrio,
mirando siempre hacia adelante,
no se distrae,
porque sabe que si se mueve
se cae.
Y sólo extiende una mano
para ver si es que llueve
o nieva,
y debe abrir el paraguas
que en la otra, lleva.
PEDRO DE· RÉPIDE

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
MILÁN
. 1 s de las casas constru1'das en la ped istinguen las grandes 1au a
d 1 fábricas las calles rotas
B
b"meneas e as
'
,
1
riferia, las gallardas c i
del suburbio; Juego, be aqu1 que e
Ul, y allá por los huertos
"'ilán No se ven torres
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a estamos en 111
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1 alto de las aguias g6t ren Se detiene. bufando,«Madonmna&gt;
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ru. basílicas; e mcluso la
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hablan todas las lenguas y
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MºJán· don e se
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al la italiana; donde residen _gran
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Duomo ha desaparecido. 1 •
~:~:sd~~s dialectos del mundod per::~:~/u:stres editores de Italia. Se s1ent:
te de los escritores de mo a y d vida· la atmósfera misma parece meno
par anado al punto por este hervor e
;etra nos enciende, nos prf'para a
;nor! que en otras partes y, densa, néos p: se a~da; en Milán, no; en Milán se
ige
ll' Roma, en Florencia, en G nov ' bºé la literatura es aquí tan pocorrer. ~n
d por qué tarn 1 0
b ·ar secorre. y entonces se compér::n epocos los escritores que p~ensan eán
lefl. xi6n y por qu
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bre de re e
ra el momento pasajero, sino _para u ico desenvuelto, no sa·
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~:~;;6ng y b'aga' trabajar al cerebr~. !:~~u;I púb~ico anhelante encont~;r!r:
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. tas horas a sus escritores, sus p
omplace en señalar al amigo q
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. d d y que se c
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de que se envanece esta cm a - . ,- 1Duomo o la Galería. Porque es a
. ·as, como le ensenana e
llega de prov1nc1
164

ciudad, donde se mueve un mill6n de hombres, en el fondo es extraordinariamente provinciana y frívola, y se fija en las apariencias, el relumbr6n y las lentejuelas. El mundo milanés se reúne por entero a ciertas horas bajo el octógono
de la Galería; aquí, el buen milanés que ha estado haciendo números durante
todo el día, encuentra todas las noches al amigo o a los amigos: para beber. Hay
algo de alemán en esta costumbre del milanés; sobre todo porque, no obstante
su fortaleza y laboriosidad, carece en absoluto de la virtud de la renunciación.
En el trabajo, como en la diversi6n, el milanés es metódico; pero tan estrecha
y minuciosamente, que a veces incluso hace dudar de su inteligencia. Pero no:
el milanés es inteligente; a la manera un poco pesada de los alemanes, si se quiere, pero no se puede negar que e3 inteligente. En cuanto al arte, como quiera
que se le presente, no afina; de pintura y escultura compra lo que los periódicos le ensalzan; en el teatro, cuando tiene que escoger, prefiere siempre. la comedia o la ópera que ll Corriere della Sera (el Corriere, tout court) le ha alabado por la mañ:ina. Las grandes libreríae de la Galería con sus cartelones en
blanco y rojo le aconsejan mientras tanto el último libro que debe leer para
dormirse; y lo compra a cierra ojos, fiándose, más que del consejo del librero
(el librero, a su entender, siempre es interesado), del anuncio que más ruido
mete. El éxito de Guido Da Verona, novelista del cual se habla m11cho incluso
fuera de Italia, débese en gran parte a Milán, que halló inmediatamente en Da
Veroua el novelista adecuado. En efecto: incluso con sus defectos, Da Verona
representaba vivamente la ciudad en que mora hace tantos años, pobre de sensaciones y virtudes profundas, pero rica, ubérrima de esplendores aparentes,
entregada por entero a goces superficiales, materiales o estéticos, y poco reflexiva interiormente. Da Verona fué y es adorado por los milaneses; casi tanto
como una especialidad gastronómica de la ciudad rumorosa. Y lo que hay en él
de bueno-cierto vigor de representación, no siempre ayudado de Ja exp1·esión,
por desgracia, antes bien, licuada muchas veces en un estilo enfático e hinchado-, a Milán se lo debe ciertamente, que si no muy profunda, es, sin duda,
enérgica, animada, varia y, en sus dramas, complicada e incluso novelesca a veces. Pero Milán ha visto nacer en su recinto en estos últimos tiempos, y no sin
cierta curiosidad, incluso el futurismo de Marinetti. Al principio se rió; luego se
entregó a aquellos gritos y los discutió; al cabo, también el futurismo la ha dejado
indiferente. Mariuetti no soportaba el claro de luna; odiaba a las mujeres; pero
cantaba a Jas chimeneas humeantes y a los automóviles; en suma: había manera
de ir de acuerdo y entenderse. Al milanés le gustaban Jas mujeres guapas y le
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�LA PLUMA

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siguen gustando; e incluso el claro de luna, visto desde el parque, a través de
las grandes ramas de los árboles, tenía un cierto encanto; de modo que el desprecio tan ruidosamente manifestado le cosquilleó y le hizo reir; y corrió a divertirse al teatro con las famosas lecturas marinettianas; porque, si bien confusamente, Marinetti ofrecía al buen milanés sensaciones de vida intensa: mujeres, luna, automóviles, humo de chimeneas, aeroplauos, trepidación de motores, guerra y tiros: un batiburrillo de sensacionea curiosas y variadas que no
eran la sólita comedia en zapatillas de tal cual autor italiano. Era un empujón,
un puntapié, una bofetada quizá; pero bien servido, con drogas picantes, y, por
lo tanto, gustoso. Añádase a esto que, después de la lectura, a la salida del teatro, se podía asistir a algún pugilato entre Marinetti y sus críticos; pugilatos que
rompían la monotonía de última hora en los grandes puntos de reunión de la
Galería. Hoy ya no hay quien se acuerde de Marinetti: si pasa altanero por la
Galería, nadie se fija en él, y si publica un libro como estos días, L'alcova
d' acdaio (que aunque maquin!stico y como todas las obras de Marinetti henchido de imágenes barrocas y falsas, no es un mal libro), o si pronuncia un discurso político, no hay una rata (ni las más jóvenes) que le haga caso. Y es que el
futurismo, como tal movimiento razonable, rebasó las intenciones de sus mismos fundadores hasta convertirse en un juego o pasatiempo pueril.
Milán tiene, además, su poeta, del cual está orgullosa; y ¡ay de quien se lo
toca! Un poeta que tuvo, a la verdad, y tiene aún ahora, momentos de feliz
inspiración, pero que muchas veces se ha visto obligado por su misma ciudad
a elevar la voz y hablar de cosas que no sentía. En efecto, el bueno y querido
Bertacchi había nacido para hacernos gustar el sabor a un tiempo dulce y rudo
de sus montañas de Chiavenna; para hacernos vivir con él la atmósfera pura y
el encanto profundo de los Alpes que les dieron vida; mientras que por desgracia, Milán, cuando empezó a amarle, exigió de él en toda ocasión vocalizaciones o romanzas, pidiéndole en alta voz que entonase siempre alto, con voz
de barítono, él, Bertacchi, que había nacido para expresar suave y tristemente
las emociones sutiles de su alma delicada y buena. De ello derivó un enturbamiento; y la vena, forzada en torrente, no tuvo ya su natural li~pidez, y fué
perdiendo aquel timbre dulce que ayer nos gustaba, hasta concluir en un canto
roto, de garganta puramente, y estriado incluso de angustiosas desentonaciones. El editor y librero Baldini y Castoldi, cuyo gran escaparate lleno de libros
domina en la Galería, tiene siempre expuestas todas las obras de Bertacchi; y
las vende; pero cuando, como en estos días, hay un libro n~evo del poeta, en-

LA PLUMA
tonces el escaparate muéstrase por entero ~fano
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acer o oy s1 Gotta e · t
yuvase a la idea que intento daros d M'Iá e·
' n c1er o sentido, no coadsino de lvrea· con todo ha s b'd ~¡ i_ n. ierto que Gotta no es milanés
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mas en la manera de escribir, y ho se
• ~os o en sus pábitos de vida,
completo. Sin embargo no ha
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Y que esprec1ar a este ·
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JOven. 1 poseyese una
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Hay el Barbusse y el Mann reprod "d
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tma novela); hay el novelista 'dü'
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1 ico, a agua de rosas, d uIz6 n hasta dar náuseas
Mic e e Saponaro (el cual t'iene por 1o demás
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,
debemos lamentar ver d
d" .
no 1 is1mas condiciones de estilo, que
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esper 1c1adas y dilu,d
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cua _ro novelas, a cual más sensibleras d
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la ciudad negativa y el ca
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166

�LA PLUMA

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critor menos s6lito y monótono y oir al cabo algún acento que no parezca milanés, que huela, gracias a Dios,francamente a italiano-de la Italia de todos.
He aquí al editor Mondadori, ayer afincado en Roma y hoy, no sé por qué,
caído en Milán; el vivo e inquieto Mondadori, una de las fuerzas j6venes, verdaderamente j6venes de nuestras editoriales. En casa de Mondadori encontraremos a Umberto Fracchia, encontraremos a Ada Negri, encontraremos a
Panzini, tal vez. Umberto Fracchia, director de la casa editorial, está detrás de
una mesa, con el cigarrillo en los labios, y o;onríe. Este joven escritor que hace
diez años afiló sus primeras armas en la obra maestra de Cervantes, escribiendo algunas meditaciones deliciosas sobre Don Quijote, este lector y admirador
de españoles, de Salaverría a Pfrez de Ayala, es un artista exquisito y personalísimo. Su cPerduto amore• es una novela intrincada en que los efectos están buscados y obtenidos con una labor toda de atisbos estilísticos y un desprecio felicísimo de)a técnica y la trama sólitas. Pregnutado acerca de su opinión sobre la literatura italiana en general y la milanesa en particular (en obsequio a los editores, he de hacer lugar también a los autores de méritos puramente... comerciales) Fracchia ni parpadea ni mueve los labios. En sus ojos
permanece aquella sonrisa singular que vale más que un largo discurso. ¿Habrá, pues, que desesperar? Fracchia no desespera ni está exultante: lee, envía
a la imprenta, estipula contratos; y esa misma mecanicidad de trabajo, resta a
su fisonomía toda razón de regocijo o de queja. Pero él, pese a tantas lecturas
fastidiosas, trabaja, no ya en la crítica como en su juventud, sino en obras de
arte y narrativas, con una firmeza y una honestidad raras en Milán y rarísimas
en quien como él tiene a la mano cajistas e impre&lt;;ores. Sus pasiones literarias
son interiores, sus correrías a través de las diferentes literaturas (ha traducido en un hermoso italiano la obra maestra de Coster, La leyenda de Ulenspiegel) nadie puede decir adónde le llevan, es decir, a qué misteriosos parajes
del espíritu, en los cuales se mueve, danza, se expande, dejando en tanto cr~er
a quien le ve y le habla que está en Milán, muy próximo a la desoladora literatura de la ciudad que le alberga. Ha de proporcionarnos sorpresas nada
comunes, y han de dejar tanto más estupefacto al público en· cuanto
nunca ha dejado ni dejará vislumbrar nada de su vida interior, que debe de ser
deliciosa y dichosísima.
.
En casa de Mondadori encontraremos a Ada Negri, nue~tra poetisa más
célebre, que después de los versos er6ticos de «Il libro de Mara• (Treves,
Milán) se ha recogido por entero y gozosamente en un libro de escaso volu168

LA PLUMA
men, de amplia significación y denso de ideas: Stella Matutina (Mondadori
Milán). En esta prosa sin énfasis Ada Negri narra su vida lejana de muchacha.'
No se ha de creer que este libro de una poetisa es principalmente lírico. No·
Ada Negri ha sabido contener la onda de sus sensaciones lejanas y consumi;
dentro de sí toda su efervescencia. Las páginas de esta su humilde vida son
extraordinariamente sobrias, y por ello eficací;imas casi siempre. Un pequeño mundo aldeano; figuras insignificantes y modestas; una atmósfera estrecha
Y sofocante, y, con todo, un drama fuerte. También Panzini se ha acogido
ahora a la casa Mondadori; pero en vano buscaremos en la Signorina que ahora
nos ofrece el Panzini nobilísimo y grande de La lanterna di Diogene y de Santippe. La vena, o está cansada o turbia, y Panzini se nos presenta en sus detritus, ~asta parecernos casi frívolo. Puede darse que dependa de.nuestro gusto,
o meJor del hecho de habernos habituado Panziui a muestras harto más nobles; sin embargo, hubiera hecho bien en no abrumarnos en estos últimos
tiempos con tantas obras insiguificantes, que poc'.&gt; o nada nos recuerdan el
Panzini que amamos.
Y pasemos a la casa Treves. Encontraremos en la casa Treves otros grupos Y otros escritores, y antes que a nadie a G. A. Borgese, cuya Rubé continúa interesandó, combatida y alabada, a los círculos literarios de Italia. Ya
hemos ~xpresado nuestro pensamiento acerca de esta obra; pero si el Borgese
de Rube no nos 6 ust6, el Borgese de los Saggi criticz" sigue siendo para nosotros uno de los críticos más sólidos de la Península; y no quiere decir que,
aun no reconociéndole ingenio creador, no esperemos verlo algún día émulo
de Sainte-Beuve en la crítica literaria; también Sainte-Beuve escribió una
no~ela insignificante. Dícese q~e ahora Borgese está limando sus versos, y Dios
quiera que el poeta sea más feliz y más moderno que el novelista. Pero en la
casa Treves no está solo Borgese; otro crítico florece bajo las alas de la eminente editorial: Fernando Palazzi. Este joven comenzó traduciendo exquisitamente los Reisebt"lder de Reine, traducción que quedará entre las más bellas
de nuestra lengua; y también tradujo más tarde escritores griegos, franceses,
alemanes, hasta los Con/es drolatiqnes de Balzac (editor Formiggini), publicados en estos días, en los cuales respeta poco a Ba!zac, pero interpreta magistralmente el alma cinquecentesca de los personajes. Palazzi es un erudito de los
cinquecentistas, y en esta traducción el cinquecento del Masiní y del Doni res.
pira a pleno pulmón, en períodos tensos, henchidos, animadísimos. Escritor
elegante y rico corno pocos, es menester esperar que Palazzi encuentre pronto
169

,:

�LA PLUl\1A
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l cual dar vida; estamos seguros de que sabrá aniuo mundo que descnb11 y a
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q esivo) es también poeta en la
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En la gran ciudad circulan m s ,en, a
,
170

LA PLUMA
las provincias, lejanas incluso, en busca del editor o de la colocación en el
periódico. Y pululan las revistas de vanguardia y de retaguardia, de literatura
pura y de literatura amena. Guido Podrecca, un ex diputado muy ioteligeot e,
creó años ha II Primato, y todavía dura; llamando en derredor suyo a jóvenes
de ingenio y de talento: Sornaré, Titta Rosa, Pal~zzi, Savinio, lanzó como editor algunas obras importantes, entre las cuales una antología en dos volúmenes de Novellieri s¡,agnoli, en que colaboró Unamuno, y otras, corno una historia de la música, que dicen muy interesante. En Milán todo es empezar, y el
que ensaya una revista y la levanta, al mes de vida sueña en el libro, la casa
editorial y un escaparate de las ediciones propias en la Galería. Ettore Cozzaoi, catedrático de Spezia, vino a su vez a Milán con una revista muy elegante
y digna, no obstante estar escrita, como se usaba en tiemp!&gt;s de D'Aonuozio,
con mucha música de palabras, y también Cozzani creó en torno a esta revista,
L'Eroica, un movimiento de hombres y de intereses que se trocó, no tardando,
en casa editorial. Exteriorment~, los volúmenes de Cozzaoi (que es asimismo
buen poeta y narrador, no obstante hable siempre con tono antiguo y solemne)
son de lo más exquisito que haya podido dar la librería lombarda; pero en el
contenido están todos ellos más o menos atacados de la musicalidad exterior
de los daonuozianos. Buenos poetas y pulidos prositas, pero pobres, ¡ay!, de
inspiración verdadera, y cuando no, harto lamidos, harto cantarines, demasiado embebidos de delicia_s rítmicas a la antigua. Pues bien, por eso he querido hablaros de ello, para mostraros cómo en Milán, incluso una Eroica, eníática y todo, ha podido hacer fortuna y encontrar compradores y admiradores
a centenares. ¡Extraño pueblo el milanés, que va de la novela a ras del suelo,
pobre de contenido y débil de espina dorsal, a esta otra literatura tonante,
retórica, barroca, y que al mismo tiempo guste de una y otra! La verdad es
ésta: el milanés no tiene dotes de buen gusto, y quien le ciega o le encanta
(para lo cual sirve en mucha parte, tanto la cubierta linda y procaz, como el
anuncio editorial a lo Cozzani, siempre ruidoso y altisonante) puede sorprender su buena fe y fascinarle. ¡Simpático pueblo, tan rico de virtudes case ras y
laboriosas, tao tenaz en sus propósitos; pero tan provinciano y superficial
cuando se encuentra ante lo que no entiende!
Mejor que a L'Eroica, donde seríamos recibidos con un estrépito de tambores y trompetas, harto fragoroso para nuestros oídos tímidos y tranquilos,
haremos, antes de abandonar esta ciudad terrible, una escapada a casa del
editor Quintieri, que ya no es tal, sino Leonardo Potenza. Aquí encontraremos,

�LA PLUMA

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I;~.,...

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gracias a Dios, un poco de modestia y de vida pacifica; no nos parecerá que
estamos en Milán, a dos pasos de la gran estad6n del ferrocarril. En casa del
editor Potenza está Giacomino di Belsito, autor de muchos volúmenes de noTelas cortas sin pretensiones, pero nítidas y sinceras como el buen hablar italiano; y encontraremos, en fin, un mundo de antiguos conocidos: Stevenson,
Kipling, Wedek:ind, Dostoiewski, de los cuales se ha convertido Leonardo Potenza, de algún tiempo a esta parte, en editor concienzudo, escogiendo los
traductores entre los más eminentes conocedores de literatura extranjera que
Italia tiene: Spaini, Cecchi, Alvaro, la Pisaneschi, etc. El Sr. Potenza, gracias
a Dios, trabaja por algo más que una fama pasajera, y si bien los milaneses no
hacen cola a su puerta cartera en mano, espera poder un día u otro, ya que no
enriquecerse con los libros, imponer aquellos sus huéspedes al gusto de sus
conciudadanos. &lt;Será fácil? ¿Será dificil? Giacomo di Belsito, pertinaz especialista de Balzac y de Baudelaire asegura que los tiempos son propicios.
Y cae la tarde también en Milán. Se encienden por doquier lámparas eléctricas, tintinean los tranvías en las grandes plazas, salen a millares las mariposuelas callejeras a revolotear por los pórticos y la Galería.
Milán no cambia. La dejé ahora hace un año alegre y despreocupada, y tal
la encuentro, no obstante las luchas fascisto-socialistas que ensangrientan a
Italia, y no obstante la pobreza creciente de nuestra literatura.
Va uno andando, andando, andando; pasan ante los ojos las luces del Savioi, del Biffi, del Cova. Está uno en Vía Manzoni. La gente corre y se prepara
para el teatro. Carteles multicolores, con los mismos títulos de hace un año:
La dame dn chez Maxim, Et revisor, etc. El teatro pochadesco. Se asoma uno a
los cristales del Cova: mujercitas que beben ch~mpagne y hombres con calzones anchos que discuten. Son los literatos y pintores célebres.
Sigue uno andando, andando, andando. Vía Manzoni, luego la esquina de
Vía Mo1one y la plaza Belgioioso. ¡Gran silencio en la plaza Belgioioso! El palacete rojo de A\essandro Manzoni, a la luz del crepúsculo murienle, tiene cierto
resplandor. ¡Manzoni! ¿Don Alessandro, el de los Promessí Sposa Los la~ios
murmuran rítmicamente aquellas sílabas que parecen eclesiásticas, solemnes:
¡Manzoni! ¿Es que i\lanzoni era milanés? Milanés. Entonces se descubre uno, y
tal vez se arrodilla balbuciendo: •iAquél sí que era arte!•

MARIO PUCCINI

LETRAS FRANCESAS
M. LOUIS BERTRAND
&amp;SDB_ h_ace

un par de meses en Francia, como en otras
acllv1dad literaria está casi paralizada: el teatro y el J'bpartes, la
·No se á t b
,
1 ro vacan
~ lt' r I es a uena ocasion para distinguir entre las produccione~
'
u im~s :s de algún autor que nos parezca digno de estudio más
.
. detenido. El autor de que hoy queremos hablar n
. .
piante ni lo que se ha convenido en llamar
.
.
o es un pnnc1en plena madurez del talento, y que empiezaº: 1;0:::h::v1:hsta:
~n escritor
veinte años de asidua labor literaria ha merecido Ese
ª1~m1rac16n que en
t d
•
·
nove! 1sta es Loui B
ran , el vigoroso autor de La Cina, de ¡ Jnvassion • del .R•.va'• ""
_,_ Don J uans y erde
t an tas ot ras o b ras notables ' quien acaba dA- pu bl'1car, con el titulo
,
de Le -¡¡,
tfor, una obra de primer orden sobre el África romana.
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No
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lectores
de
LA
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,ensa e querer revelares e nom re de Lou1s
Bertrand; la notoriedad del autor de l e ..,angr
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t
b
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ron eras, sobre todo cuando
a rontera se llama los Pirineos. Entre los escritores f racceses contero porá
neos conozco
h pocos que pueda gustar me¡'or el alma espan-ol a, porque sé de•
pocos que ayan amado, comprendido y cantado a España como él s· d d
, • f
·
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· ID U a
t Últ
es
pudiera aphc.arse también a Argelia y a o.·
. •
d' ad F1m&lt;1 rase
.
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lo
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es
como
decir
que
Louis
Bertrand
es
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• ..
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cuerpo en ero, cuya sens1b1hdad vibra sobremanera al ponerse
con las razas mediterráneas.
en contacto

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cSomos como los latinos, nuestros antepasados: sin saberlo, aspiramos a la
17¡

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
Africa ·Ese país nos salvará! ¿Oyes el jadear
fuerza y a la voluptuosidad de 1 ... 'de los fardos? ¡Cómo luchan, como se
de los faquines doblegados por e pesot
I eso aplastante de la materia, la
.d des' Luchan con ra e P
.
L
. . s primordiales que ya no
P renden en las rea l I a
¡ hombre! as m1sena
'
ferocidad del hombre para e
otos frente a to arbitrario o lo
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1 sed los oscuros espa
conocemos--el ham re, ª
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d f . nes ·Esos hombres serán
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... 1
desconocido-, est n mscn a e
- lo que debiéramos avergonzarnuestros antepasados! Nos volverán a ensenar

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nos de haber olvidado... »
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en acaec1m1en os, m
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de multiplicar su energ1a, o a
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menos de vivificarla con los grandes espec
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1 b .ien e s preciso sa er que 1,
Para comprend ere
d ·r de una de las col E riginario de Lorena, es ec1 '
de esos países de la uz. s ~
más tristes de Francia. Llanuras con rebomarcas más lluviosas, más fnas Y
f do· lavados por las lluvias
zo de bruma, sombríos horizontes o b~sque~ p~o _un ~
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o y glacial en 10v1e100.
copiosas, pa1s ng1do en veran
.
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s s riberas debe representar
é
el
Mediterr neo Y u
Para un natural 1oren s,
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· érico un pa1ac10 e
,
algo como un edén, un pa1s qu1m
'
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dormirse para no despertar
•
t d se allí suavemen e Y
jará de sonar con en er
Louis Bertrand respira también fuerz:i, sauunca. Pero el natur~l ~orenés d~ lento tumultuoso, lo resonante le a.trae y
lud, apetencia de act1v1dad. Lo vio
y Marsella prodigiosos hormigueros
le fascina; ciudades como Barcelona, ;orno\ entusi~sman «En cualquier mo&lt;le hombres bajo el sol feroz, le ron han, d~ de Barcelo~a-, al punto encand d'a de noc e- ice
mento que se I1egue, e i O
. . t
'd d luminosa ,. Las incandes.
.
t aordinana 10 ens1 a
·
dila la imag10ac16n por su ex r
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como los rayos del sol. El esencias de los globos eléctricos le transpor ao,
.
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.
1 •dar la Lorena lluviosa.
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d' t s y a la vez a los lugares donde
P lendor le• es necesario para
a los pai,-¡es ra 1an e
De ah1 su fogos? ~mor
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h' las epopeyas literarias--en prosase concentra la actividad humana, e a i
que ha escrito maravillosamente.
1 Ruta africana, de la Ruta del Sur,
Le sang des rtues es la epopeya de a

que se mete por los desiertos, atrayente, engañosa, al par que devorador;i de
todas las energías del hombre.
La Cina es la epopeya de la muchedumbre meridional, turbulenta, la muchedumbre enteramente nueva de esos países jóvenes, la muchedumbre niño,
sin pensamiento ni discurso, dejándose llevar de grado por sus instintos.
Pépéte es la epopeya pintoresca del wanuja fatino, del mozo guapo, cuyo
vasto pecho y cuya saugre bullente se disputan las admiradoras.
Le Rival de Don :Juan es la epopeya del amor en el Sur de España, tórrido
y sensual, que abrasa a cuantos se acercan.
Le jardin de la mort es una manera de epopeya descriptiva de toda !\.rgeJia, dP.sde las costas hasta los arenales calcinados por un sol de fuego.
L'In'Oassion es la epopeya de los italianos, muriéndose de hambre y de miseria, que desembarcan por millares en las costas de Provenza.
En fin, Les 'Oilles d'or son también una epopeya descriptiva, !a de las ciudades de la Argelia romana, de las que sólo quedan ruinas grandiosas, pero qu~
el talento mágico del novelista acierta a evocar.

* * *
Tal es el primer aspecto de la fisonomía de Louis Bertrand. Ved ahora
otro: este novelista no es solamente un admirador del esfuerzo humano, visto
a la luz del sol mediterráneo, es un descriptivo de primer orden, que sabe
trasladar en vastos frescos los cuadros que sus ojos perciben. La sucesión de
sus obras no es más que una sucesión de grandes paisajes. Visiones del dedesierto, del mar azul, de la costa árida y abrupta de Africa, con la magia de
las montañas nevadas en la lejanía. Visiones de grandes ciudades: Argel, toda
blanca, destacándose sobre el implacable ultramar; Sevilla, rosada, con sus
agujas, sus calles angostas, sus palacios, su silencio; Marsella, trepidante de
trabajo y de energía, bajo un sol de plomo; Timegad, Djemila, Cartago, ruinas
majestuosas del pasado, tendidas en el oro tostado del desierto.
Todo ello visto de lejos, desde Jo alto, en panorama: Sevilla, vista desde
una torre, extendiendo su masa enorme por la llanura; Marsella, contemplada
desde Notre-Dame de la Garde, ciudad monstruosa, agazapada en la costa, que
mete en el mar sus malecones como brazos; Valencia, vista desde un balcón,
de noche, recostándose en la luz irreal, como luz de teatro, y sus jardines en
torno, •con el perfume de los jazmines y de las cabelleras femeninas, con los
1 75

..

�LA PLUMA
efluvios aromáticos de las palmeras y de los naranjos y el relente calenturiento
de los pantanos de las regiones húmedas• ...
Tal es el pintor. No persigue tanto el rasgo pintoresco cogido al vuelo, el
gesto traducido en el acto de pe1·cibirlo, no persigue tanto la manera del observador de costumbres como la del pintor de grandes frescos. Cuando escribe
una novela acerca de España, lo que pretende hacer es una síntesis del país y
del alma de los habitantes. Lo mismo cuando estudia el Orie-nte. Iguai procedimiento cuando describe ciudades muertas y civilizaciones desvanecidas.
Los personajes que pone en escena son representativos también, por el
mismo orden que los paisajes y los panoramas. En Le Sang des Races, Rafael,
que recorre el camino de Laghouat todo el año, simboliza la raza nueva nacida
en el crisol argelino de todas las fuerzas vivas del Mediterráneo. Pepcte, el bien
amado, no es un recuestador de mozas vulgar y sin escrúpulos: es el mancebo
guapo, fuerte y artero del Mediodía, tipo de toda una raza, expresión de un
país recalentado por el sol, de una vida desbordante y copiosa en demasía. En
L'lnvassion, Attilio, Cosmo, Emmanuel, son tipos italianos que sintetizan el esfuerzo de una raza. ·
La Galhego del Rival de Don Juan es una especie de tipo sobrehumano moviéndose en el escenario fascinador de Sevilla como la heroína de una función
de hadas. cBien plantada, co,no una estatua en su pedestal, se envolvió en los
pliegues amplio; del gran peinador de batista, y el torrente de encajes le caía
en un chorro hasta los pies, donde se abría en dos cálices diáfanos semejantes
a flores de loto invertidas.• Si danza, en ella danza toda la Mujer, si excita el
deseo, expresa todo el Deseo, suscita la pasión, y su persona ex:presa la Pasión
toda.
Ya se ve lo que es esa reconstitución de los países mediterráneos: una especie de fresco inmenso donde están pintados con pincelada larga y dramatiza-

LA PLUMA
va más
•
. . Je
. 1·os, y con iguales
dotes mil
las c1v1hzaciones muertas y las . d agrosas de reconstitución aciert
Tal es el esfuerzo últ'
c1u ades desvanecidas.
a a evocar
imo que ha b h
y se conocerá qué suerte de
.
ec o en la novela. Léase lu V,:Jl

~~~::,::;:::~'.~~;;.A;~!~::;.i~::,~:;,:~:,'::;;,;:,:,'~;~~•:••t;::,~:;

tanta precisión como por
i?n impresionante reconstitu'd· g ' mbése,
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un arquitecto ·Qué . .
t as por él con
i ia y la Mauritania antiguas' ·Qué . '. h v1a1e, en su compañía por la N
cuadro, reconstitufdo co n un f ragmento
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magia
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ud asta los confines del d es1~rtol
•Qué
resto de arco de triunf:
.
e muro, un pedazo de
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en torno de esas ruin:t1:d:~:~;;::ao por,los si~losl ¡Y cómo ac~:r:::~~o~c~nr
poner los planos d'iversos de estos cuad-.¡uc
. ,as. bana ' y con qué arte sabe dis10s, pintados, una vez má~ 1 f
•• a rescol

***
. o·igámoslo en pocas palabras· L .

. . ou1s
Bcrtrand
es uno de 1os grandes novedlistas franceses de hoy. Ha resuelto
el
bl
pro c::ma difícil de ser al mi.
t'
e un realismo extremado y d
or~en, evoca las muchedumbreesus1'.1a annfon_ía casi clásica. Es anima~:ºsin1emd po
phcad a stn
· d ar impresión
.
· t a persona1· es de alma esde esf n con us16n y, pin
va · d
uerzo Ha t d •
comllenads e la_ belleza: belleza de la ener.gía h ra uc1do armoniosamente formas
za e la vida primitiva d .
umana y de los países d 1
•
la vida f' .
Y e ciertos instintos p
e a luz, belSlca como el de la vida m
. osee e1 ntmo del traba·o d
y grandeza admirables. Es un nov:~:~· y traspone_sus notaciones con se~urida~
a, es un artista.

JULES BERTAUT

dos, los gestos de los habitantes.
Una vida intensa se desprende de esos panoramas. La turbulenta algarabía
de una ciudad como Barcelona o Marsella, el fragor de civilización de esos
grandes puertos, el trabajo de los obreros, los traduce Louis Bertrand con una
amplitud, una magnificencia y una exactitud verdaderamente admirables. Se ve
la vida de esos hormigueros bajo el sol implacable, se escucha el estruecdo que
sube hasta los oídos del observador, percíbese el laborioso afán que no cesa
de ensordecernos.
Pero no se crea que el arte de Louis Bertrand se detiene en la materia viva:

177

�LA PL DMA

LETRAS BELGAS
A~DRÉ BAILLON
un nove l .is t a grande, muy
.
. . . Bélgica posee
. . los círculos ofioa,
ESD6 el armtst100,debie ra haber conmovido.ª a los círculos de
grande. El suce~o ratura- o por mejor decir, subrayado tanto
les de nuestra hte 6 'alDebieron haberlo
listas: nues.
ra o c1
.
de nove
nuestra hteratu hemos carecido siempre . oseemos algunos
más cuanto que .
o ensayistas, y s1 p , . más hemos
d s son poetas
en demas1a, lª
tros escritores m~s gran :uchos, que no nos honranmolder cultivó sola~ente
U
entistas folkloncos, no dad grande. Eugene De poeta mal encaminado.
r t de ver '
é ás que un
.
c
tenido un nov~ :nme Lemonnier n~ fu m del peligro del regionahsmobición
la novela corta,
h 3 acertado a hbrarse
los hombres cuya am
EckO a
ud oo
•
Georges
• sólo mira con ternura
. a
un bue n des t'100 en • un
y Pero la Bélgica ~ter~n~e una condecoración o de uido y las mayor~ ¡acás allá d el cmta¡o
e bagan el mayor r, .
1 ·ical que mfecta
no va m
"de solamente qu
ás el esp1ntu c e1 . . .
dos
Ministerio, y les p1
de su historia. Adem • ctividad y lo dlVIOC en
t andas posibles en torno
años paraliza nuestra ~

~

..

aís desde baCI~ : ua~enla el de la moral utilitaria._
ue irse expatriado a
al p
·n otro cnteno que
d é Baillon ha tenido q
Bélgica habría
campos s1 to explica por qué An. r ' y las amistades que en
Todo es
d fuera el tnun.o
b mParís y ha encontra
o l fin de sus días.
, o se mezclan; es uo o
0
basta
. . n burguebuscado en van A
d ée Baillon, el dolor y e ¡ hero1sm
tódica cri~tahzao
t d
6
Ea la vida de n r
eza en esk siglo de me
ectáculo de sujuven u .
bre que ha realizadou:n~:: se ;e acercan sólo con el esp
sa • de conmover a c
178

Aunque apenas hace dos años que se ctió a r.onocer en las letras, ya hs.n pasado die.z desde que rebasó cla mitad del camino de la vida.. Su aspecto de
poeta romántico, reseco por el hambre y las privaciones, le envejece más hasta
parecer de alguna generación más antigua que la nuestra. Ha vivido al día cuarenta años, con el hambre poi compañera habitual y por horizonte lo desconocido. Se ha casado con una mujer que hubiese sido del gusto de Dostoiei&gt;ski
-una prostituta que se conservó pura y digna de un artista. Se la llevó consigo, y asociando sus miserias las han soportado mejor. Vino la guerra, y el caso
empeoró. Recluídos en Bruselas cincuenta y dos meses. Mendicidad, o poco
menos. Después, llegado el armisticio, un empleíllo en un p eriódico: secretario
nocturno; tenía que entrar en la oficina a las ocho de la noche y salir a las cua.
tro de la mañana. En ese oficio, y en el estado en que Baillon se hallaba al acabarse la guerra, se deja la piel e n menos de un a ño. Compre ndiéndolo así, lo
abandonó. Acababa de publicar su primer libro, ilfoi, t¡t1el9ue j&gt;art, que a todos
nos dejó desconcertados. Unos amigos le llamaron a París. Fué allá, y hoy, ea
dos miserables aposentos de la isla de San Luis, busc.a qué comer dos veces al
día escribiendo cuentos para los diarios, y busca sobre todo el vagar necesario
para completar su obra personal de gran escritor. Acaba de publicar una
nueva novela, L'Hist oire d'une .lfarie, que rompe los cuadros literarios para
mostrar la tremenda confesión de un hombre, con ánimo y fortaleza bastantes
para mirarsus
su vicios.
alma cara a cara y enumerar en voz alta todas sus tachas, sus
flaquezas,
Si admiro a Aadré Baillon con fervor que no quiero disimular, si le tengo
por uno de los escritores más grandes de nuestra generación, es precisamente
por haber cortado los puentes con la lite ratura, porque ha roto todos los atadcros y ha acertado a situar sus obras en el ¡.,lano mismo del dolor. Me placen
los libros escritos a tientas, en que un hombre "ª desc ubriendo su alma y su
corazón, y en la turba que le rodea va rlcscubriendo la sinceridad y el amor.
Temo las psicologías mundanas y las tesis sociales, y la novela que, con tono
doctoral y de e-buena educación•, me trae luces demasiado claras y dogmas
rancios, me es antipática.
En Baillon no hay nada de eso. Y pues es necesario, para contentar el espírih1 crítico, comparar y aproximar, diré que en él e ncuentro la sangre y la
médula de un Cbarles-LouisPhilippe, de un Jules Re na~d. de un Charles V ildrac,
y también de un Antón Chejov-ea fin, de todos los que han acertado a encontrar en la simplicidad de la vida un manantial de noble.za y de belleza. No es
179

�LA PLUMA
cuestión de a11untos, créanme. Si no, evocaría los nombres de Maupassant y d('
Huysmans. Pero sería traición a mi pensamiento, porque esa aproximación
vana recluiría otra vez en el redil de la cliteratura&gt;-en ('l sentid-:&gt; peor de la
palabra-al hombre que, con su obra, quiero sacar de allí. Al contrario, André
Baillon, con un rostro (ya lo he dicho), de romántico, como el de Gerard de
Nerval, destruye las persistencias románticas que euvenenan todavía el arte de
escribir, y, entre otros, los libros de Maupassant y de Huysmans. En lo que
dice o quiere decir no hay esfuerzo ni preocupación de escuela. Baillon ha
recuperado, porque vive intensamente, las virtudes de eterniddd o_ue enriquecen sus libros.
André Baillon no tiene más asu.1:0 que su propia vida y sus sensaciones
propias. La memoria le sirve de imaginación, y es fiel como unos ojos que siguieran las evoluciones y las peripecias todas de un suceso. 111oi, quelqt1e part
es el relato de una estada r,n el campo, donde residió algunos meses, poco
antes de la. guerra, en una choza perdida en la Campine, la región más pobre y
hosca de Bélgica, en la raya de Holanda. L' Hisloire d'1111e Made es la existencia de la mujer que encontró en una casa de mal vivir y a quien hizo su mujer
del modo más sencillo y, diría, más noble del mundo. El propio Baillon aparece
hacia la mitad del libro. Y se trata sin miramientos, con igual minuciosidad, sin
clamores ni confesiones histéricas, que pone en defender ante la sociedad
humana, a María la prostituta, simplemente con el relato de sus sufrimientos.
He dicho que al publicarse en una colección local-donde fué difícil de encontrar casi desde el primer día-.Moi, que/que part suscitó admiración. El libro
seduda al punto, por(lue, con mostrar la fisiología de una comarca y de sus
habitantes, se liberaba del regionalismo. Obra sencilla, cabal, humana, arrebataba la amistad d~ los lectores y los obligaba a desechar todas sus prevenciones.
Se ha dicho que la prueba de maestría de un escritor consiste en hacer un libro
s in introducir el resorte del amor. André Baillon logró más: escribía una novela
si1\ emplear el resorte de un asunto. Notas, observac.iones, reflexiones, y de vez
en cuando una anécdota, contada muy sencillamente, que dura seis páginas:
ahora se trata de comprar un perro, ahora de la salida para vender huevos en
el mercado. Y eso es todo.
Es todo, y con ello hace una obra de una abundancia. de un jugo, de una elocuencia incomparables. Camille Lemonoier habría hecho veinte libros con las
ideas, los cuadros, las situaciones, los dramas, los actores que desfilan por esa
reducida colección. Y para muchos otros escritores hubiese sido igual, pues si
180

LA PLUMA
t~mo por ejemplo a Lemonuier no es or
s100 porque vivió la vida de las re . p bque Je profese admiración particular
c
. ó
g1ones elgas v les
ó
'
.
consagr muchos liaros y
onqu1st muy honrosa reputación.
Todo Lemonnier está en Mo.
¡,
váodolo hasta ser precioso es 1'• que fUe ;a,·t. y lo que duplica su valor ele
dad
b 1
'
e arte consumado de
d
'
ver a que no excluye el lirismo 1
.
con ensación, la sobriecoger y sintetizar en un rostro c al
a ~autivante atención que aderta a es
rrado de humor y de amargura u qhuiera os rasgos de humanidad. El chapu~
n
·
que ay en cada pág'
·
es pmtorescas e inesperadas c
. á
ma se amma con expresioatreven a ser rabelesianas "'o'. on im/ genes que, parn herir con más fuerza se
r
· m, '• que que partes Ja v1'da de un lugar campinois
'
aoa izada en sus manifestaciones má t· .
d_e todas las poblaciones rurales de t:d 1p1cas. J&gt;e~o al mismo tiempo es ¿a vida
s1stencias provincianas· y es tam,b'é
as las aldeas apartadas, de todas las per1 u, por uo larao c 't ¡
m ·
'
onJes, un estudio casi dolor
f
b
ap1 u o sobre una abadía de
dc.-1 renunciamiento.
oso, a uerza de ser implacable, de la psicología

!

Tal psicología del reounciamien
.
•1farie, donde se entrecruzan las ,to _se ~alla de ouevo eo L'Htstoire d'une
ª ucrnac1ones .como l os h'I1 os de una red.
Cuando h
ace un mes se publicó (en P•rís
hubo en torno de ella un remo!· d •. ' ed. R1eder} esa novela admirable
100 e entusiasm
d d
'
se abordaba el libro con el de
.
o y e ecepciones. En general
seo mconfesado pero fi
d
'
.
de nuestro ase t· .
'
rme, e encontrar dentro
de 1as. )rndes
.
n 1m1ento v de
t
. .
'
campmo,s y a María la ho ·t 1
.
nues ro conoc1m1eoto al Bailloo
¡
•
1 e ana que Mo ·
suerte que, la primer.i lect
,, que que part nos enseñó a amar. De
l'Hi· .
ura, era un chasco.
. zstozre d'une Marie es un libro doloros
.
.
me importa poco y cuando b.
.
o. No digo triste porque el tema
d 1
•
a io un libro no
b. .
,
o oroso. En el curso de ciertas á .
am 1c1ono reir ni llorar. Pero es
que Charles Louis Philippe desp: t~mas ~eaparec~n !as grandes impresiones
ha multiplicado después Dol
r antano por pnmera vez y que Dostoievski
•
·
oroso porque es hu
h
mentira y del artificio-es d . .
mano asta la negación de la
U
ecir, sm componendas
.
na novela: esta palabra me sub!
dJlor y desesperación verdade;os evl~bcuando pretende designar un libro de
b . d
' un • ro tan poco .
. d
nea o, y tan cruel como éste U
imagina o, tan poco cfat
· na novela desd p ul B
ura por la que pasan al menos dos
'
e a
ourget, es una avenbailari~a de la Ópera y un fraile int;~ndesas y cuatro automóviles, o bien una
narrac160 de Baillon.
gente. E!l vano se busca todo eso en la
Charles Vildrac ha prologado L'Histofre d'une 11farie en rorma
''
poco feliz
181

...

�LA PLUMA

LA PLUMA
acaso. Dice, entre otras cosas, que el libro es una obra de grandes alientos,
cconstruída y conducida con amor•. Yo no creo que el libro haya sido «construído•; estoy, incluso, muy convencido de lo contrario. «Construído• quiere
decir maquinado, arreglado como un aparato de relojería, donde una rueda
mue\•e la contigua y un peso, al caer, tira de un resorte. Nada de esto hay en
L'Histofre tlune !.farie. Baillon ha seguido la curva de una vida sin preocuparse
de equilibrar los capítulos, de sostener el interés o de encadenarlos episodios.
Y si por milagro ha resuelto todos esos problemas, más que resultado de su talento de escritor es conclusión de su amor. Tampoco, por igual razón, puedo
aceptar que el relato sea «conducido• por el autor, pues veo claramente que el
autor va conducido por el relato.
El genio de Baillon estriba en haber sabido alzarse sobre el plano mismo
del drama que cuenta y en no haberlo traicionado poniéndolo en frases y en
palabras. No es que revele un «conocimiento profundo de la naturaleza humana•, sino un respeto profundo y una perspicacia rara. Por eso Vildrac ha
podido escribir-y en esto comulgo completamente con él-que «Baillon no
nece5ita largos comentarios ni rodeos psicológicos para explicar la acción•, y
que todo su poder reside en la manera, tierna o maliciosa, que tiene de presentarla.
Evidentemente, una disciplina tal, si puede decirse así, lleva aparejada una
libertad absoluta, casi amenazadora, frente a las restricciones que la moral burguesa pretende oponer a la franqueza de algunos hombres. Y André Baillou,
que huye de la pornografía de las descripciones y de las anécdotas picantes,
no oculta nada de los sentimientos que animan a sus personajes y no mitiga
ninguna confesión. De esa manera refuta la moral corriente, como la vida la
refuta a cada momento.
Mi amigo Charl~s Vildrac parece preocuparse mucho por explicar esa iude•
pendencia y por excusar a Bail\00 ante los ojos de quienes pudieran escandalizarse, cubriendo todas las aventuras de María con el velo de la simplicidad y
de la verdad. Trae a cuento el dicho de San Pablo: «Todo es puro para los puros,, alegando así circunstancias atenuantes. Lo deploro. A la cabeza de un Ji.
bro tan exento de toda couvención, de un libro tan orgulloso, diría yo, y tau
humano, no habría debido rcs?onder siquiera al espanto de los beatos. ¿Por
ventura no tiene Baillon a la mano una respuesta, si algún día le reprochan
algo? Podrá decir: «Esa vida de María la habéis permitido y no permitís que se
cuente; es una consecuencia de vuestra hipocresía y de la organización de vues1i2

tra sociedad; la tenéis ante los ojos be1 me· a de s
padecimientos de ayer y la angusti~ del m~ñ
angre, con el t~multo de sus
saber nada de su apuro.•
ana, pero no queréis conocerla ni

..,

Por Jo demás, L'Histoire d'une Marie ni es
.. • .
no admite que alguno de los dos partidos socia':: :e{uis1tor~a ni un alegat~,
cho, empleando adrede el vocablo: es un relato sine a anex1o~e. Ya lo he dimedias palabras. María •recibe de la 'd I b
brumas, s10 choques, sin
vi ª o ueno y lo malo s·
t
má s que una planta bañada d
, 10 con raerse
.
e so1 o azotada por el granizo E f, li
ciada sin grandes gestos. Lo trá ic
· s e z o desgra1 .
robusta desarma un poco al dol!n~ no a disturba, y parece que su aceptación
Hallamos aquí la imparcialidad soberana
I dó O
grandes, que imprime su sello e t d
de todos los artistas
' ga ar
1
puesto a medias en el libro o º. o as as grandes obras. Baillon, que se ha
resentar
.
• m_e¡or, que está medio enterrado en él, sabe re~echos
su papel ¡uzgándose srn flaqueza y sin ilusiones y abdicando ante los
hombre~u:o:up:sedrae !la ~?1~ipotedncia del novelista para revisar el corazón de l
a og1ca y e la teoría.
Por eso, con J~' Histoire d'une 1 'arie lib
. 1 bl
acaba de colocarse entre los ,
d '
ro imp aca e y sombrío, Baillon
mas gran es Afirmo que no me e b d ·1 .
e o e i us1ones
y que no me intoxica el hecho de que e l .aut
mismo país p
or Y yo seamos electores en un
~~:: ::e;~:!~~: ;:n~:et::::~r::í:ª::1!!:::;~:~;:

::~::~:º; !:;;:~::aq~=

lect~::::• ade_más, que una edición española próxima permita a la masa de los
. . .
preciar la grandeza y el heroísmo de André Baill
1\1
¡u1c10 respecto del libro y de mi crítica.
on. e someto a su
Y, ~~r lo demás, ::.i tuviese yo algún miedo de engan·arme,
la host
Jd d d
la indiferencia y
i, i a
e la Bélgica literaria frente a esos libros y este autor ya serían
para m1 prenda segura de su genio.

PAUL COLIN

,.

�LA PLUMA
Catalá, implacable plasmador de La !ladre Ballena, no son ta l vez sino dispersos ecos de una misma voz, cuya versión circunstancial a la literatura se
traduce ea páginas universales inspiradas de un intenso sentimiento local.

• ••

C. R. C .

Luis Peruández Adarvín: El hij'o.-Ediciones de LA PLUMA.-Madrid,

LIBROS y REVISTAS

~

'J:;.

,· ~~,...
"'

L

M, dre Ballena -Traducc1'6 n del catalán por Rafael

Víctor
(?ataláE.dici!nes ~e LA PLoNA ..Madrid, 1921.
Marquma.-

se•
• ta y traductor verac1•s·imo de La Mad,·e
• .Bal1ena,
d e v•
El entusrnsta
pro1ogu1s
. . . las cualidades caractensttcas
icñala tan acertad~¡nente, a nue~tro JU~ct~hora publicamos en castella?o a ~oc_o
tor Catalá, culm1~a!"tes en el hbro q con referir al lector a esas páginas hm1de su primera ed1c16n catalana_, ~ue_ f mativa mejor que intentando a~untar
nares cumpliríamos n~estra m1s16n_ ~~ ~;te de Víctor Catalá ha salvado, mf~nninguna nueva exégesis. En ~fe cto. 1 f !taba en su amaneramiento anterior•
diéndole la dign~dad s~stanc1al qu~ ~mª leando el mismo vocablo de Rafael
el género rn1·al1st~, ,digámoslo as1, dor )a ingenuidad ñoña o la ~osquedad _qu~
Marquina. Ha sustituido el falso can . • en tantos escenarios prntorescos 1m1pretendía representarla fuerz~ cal?pesmilar que anima los verdaderos rl1 amas
tados del natural, con 1~ conc1enc1a popo son universales en su esencia? La enrurales. ¿Es que las pasiones hrm;né~ ~a astucia y el espectáculo de la muer~e.
vidia la tentación, el amor y e m er '
lo mismo en una que otra clase e
en fi~. que todo lo corona, s~_darán, pu~s,mbres se disputen la gloria del triunla socied--id, allí d?nde dos n1nos o do,s d ~ valor con que se revelan co_n u_na
fo •Lo mismo? Cierto que no. Y 3&lt;JUt ~
fatales irremediables, los mstmp;e~isi6n, una ~itide~, una cland~~i~~1~c~\empla ~n la vida ciudadana, pero
tos que la conv1venc1a encubre,
1 almas inequívocas de estos paycque estallan con realidad aterradora en as
ses de Víctor Catalá.
t mediterráneo) Aun a trueque de en·Cuánto no se ha hablado de u_n ar e d' ·os estos ·cuentos de la mejor notra; en e l número ~e sus. ~escubrid~;e;on'ª;~I dict?do ~ quien implícitamente
velista española-si es_hc1to J:t~d a toda veleidad feminista-, denotan , una
renuncia con tan varoml pseu m!11o . de su autor con los más preclar~s
vez más. el innegable parentesc? ht&lt;:rar1~11i Ver a, creador de una Caval~ena
cultivadores del gener_o ~n Italia. G:•ov~ de ta~tas Novel/e napolitane, V1ctor
rustjcana, Sah•atore D1 Gtacomo, anima or
184

1 2 .
9 1

Si tuviéramos que clasificar estrictamente la obra poética de Adarvín, de
que es excelente muestra la colección de cuentos reunidos ahor:i por nosotros,
antes que valernos de ninguna distinción crítica, en si. sentido, si no más profesional, histórico, de la palabra, prefe-riríamos rf'mitir nuestro juicio a fa vaga
acepción popular, seg6n la cual, romanticismo significa muchas e-osas discernidas en puridad por clásicas, que tienen un sentido difícil de esclarecer en la
brevl"dad de una nota marginal, pero que luego suscita en el lector de novelas
una disposición de ánimo adecuada a la que Adarvín prPcipita después con «El
Hijo», «Las Madres•, «El Místico hace vida nueva», cLa madamina y el caballero•, etc.
Así. pues, si el tondo, ya romántico de suyo, sobre que se destacan los protagonistas de sus cuentos, ciudades viejas, casonas 16.gubres, parques estilizados, evocaciones pictóricas del tiempo pasado. o contrastes morbosos de la feria ciudadana en su aspecto más de suburbio, favorece el interés legendario de
la narración, Adarvín se compl11ce en ahilar, e;ipiritualizar, consumir las figuras
por él creadas l"D la llama oropia de una pasión en que el poeta parece quem11rse con sus criaturas. De suerte &lt;JUe les presta una calidad íntima que su
ánimo comparte. mientras oue por engrandec1&gt;rlas más a nuestros ojos las diluye en una atmósfera C:e lejanía que las hace ca!'i impalpables y hasta descubre a veces, tan fuerte es el claro de luna teatral que las alumbra, el hilo de los
sueños en que divagan más &lt;Jue viven.
Poeta y dramaturgo, Adarvín cuentista no se sustrae, deliberadamente, a
esa confusión expresiva con que ganan nuestro interés las tribulaciones de
Don Fernando Alonso Montemayor, Marta y Sacramento, «don Jesó.s el romántico», Doña Teresina v su Abelardo, el mísero Tuan Martín, la avisadísima Marcela, cuya fábula tiñe ·de rosa las sombras del libro, la enamorada Gloria, Amparo e Ignacio. Y el exceso. el amaneramiento recalcado con gracia, la sintaxis
alambicada muestran una vez más la pref1&gt;rencia del autor por todos aquellos
recursos que desde t"I momento que a él le sirven para caracterizar los elementos de que se vale y conseguir la emoción con que el lector se entrega, los justifica y anlora. En esta serie primera de nuestras ediciones corresp6ndele a.
Adarvín digno lugar de romántico novecentista.

• • •

C. R. C.

A. Hernández Catá. - La voluntad de Dios. - Novelas. - Alejandro Pueyo,
Ed.-NCMXXI.

El uso de los prólogos en que el autor declara desde luego su inten ción al
escribir el libro a que anteceden, ahorra al crítico gran parte de su trabajo en185

�LA PLUMA

LA PLUMA

~..: l
. ·f
'

1

r·,.

,• ;u:~

.
• 1

,

caminado no tanto a juzgar de la bondad o demérito de i~s obras considerad~s
con riguroso criterio preceptivo, cuanto a il~strar su 7entido y preparar el ánimo clel lector no siempre benévolo, antes bie n, pr~d1spucst? por lo general a
· · más q~e la novedad el mismo deleite obtentdo anteriormente con otra
exigir,
'
·
· y 1a d'fi
l t
de su gusto. Esto explica
las modas hteran~s
11culta d con que
s:\~r;onen tantas obras maestras a _la estim_a~ión. pública, ganada luego p~ra
otras muchas harto mediocres, no bien la ongin~hdad de aquéllas se con~1e1 te
en el Juaar común asequible, en fuerza de repetido, a los le~tores más 1~ta~datarios: Atentos los escritores al logro de esa compe~etrac1ón con el publico, que constituye el éxito, especialmente de los ?ovehsta~, dr~ma~urgos Y en
eneral de los cultivadores de la literatura propiamente 1rnaginat1va, ?ue_le_o
fas más veces andar tanteando las preferencias de los lectores h~sta co1nc1_d1r
con' ese gusto a que ajustar el patrón idéntico para su producción suc~~1va.
Pocos son los que, como el Sr. Hernández Catá, busca_n al ~ar que 1~ satisfacción del vulgo anónimo, y por encima de ella, la satisfacción propia de vencer nueva dificultad, o cuando menos. la de proponérselo, en cada nueva novela publicada, en cada nueva comedia dada al teatro. .
..
En el prólogo de La volunta1_de Dios-.ci~ga fatal1dad-ma01f1esta claramente los motivos de su inspirac1on al escribir las tres novelas que com~onen
el volumen, unidas por un nudo gordiano, insoluble en tvdas tres: e! ?,dio. El
espectáculo de la guerra no ha sugerido al Sr. Her.~ández Catá la v1s1on apocalitica de los campos de batalla, ni _la contemplact&lt;:&gt;n en abstract&lt;;&gt; de la lucha
considerada a distancia, sin dolor; smo que ha suscitado en su ámmo la emoción, humana por excelencia, de la guerra desatad~ en el corazón de los hombres. Urdida \a intriga novelesca de las ~res ~ar:rac1on~s sobre un fondo carácterístico del ambiente atormentado de estos últi~os anos, más que_ a la anotación pintoresca atiende el novelista a la conciencia de sus person~¡es, subvertida O más bien suscitada en toda su perversa desnudez por el ahento devastador de la guerra.
'd'l'
De propósito ha evitado el Sr. Hernándcz Catá todo amoroso 1 1 10 que pudiera aliviar la hostilidad mutua con que se producen los hombres Y las ;:iu•
·eres creados por él del propio barro de que están hechos los de carne Y ue~o . Ha querido en esta ocasión más que distraer simplemente al le~tor, re?u•
ci~ a una conclusión pesimista su concepto d~ 1~. guerra,, º?tenido quizás
forzando un tanto el natural, mas nunca la veros1m1htud artishca, Y ~n todo
caso si excesivamente recargado de circunstancias agravantes, no sino por
mej¿r lograr la intención capital, la razón filos?fica que ~l autor se propu~t
Ni se crea por eso que olvidando los térmmos propios de la _novela, a
voluntad de Dios es otra cosa: El Sr. Hernández Catá se ha manten~do, no obstante el prejuicio inicial de la obra,_dentro de los límites del novelista. Lo que
constituye, sin duda, el mayor precio de su obra.
C. R. C.

Marcel Proust,-Por el camino de Swann.-Trad. de Pedro Salinas.-Calpe.
Madrid-Barcelona, 1920. Dos vols.
La concesión del premio Goncourt a una novela de Marce] Proust suscitó
antaño en París un pequeño escándalo de los muchos que, sin trascender gran
cosa de los círculos literarios, justifican la vitalidad de unas costumbres tan
ajenas a las nuestras, desentendidas en absoluto del comercio de las letras en
ese aspecto tan característico del arnbieute parisién. No es de creer, por lo tanto, que la traducción al español de Po,· el camino de Swann, con que se inicia la
serie en publicación, culminante en la laureada-A fombre des _jeune"s filles en
fteur-pueda influir perniciosamente sobre nuestra literatura en ciernes, con
el señuelo de la moda, falaz casi siempre, a que debe su boga la de Marce!
Proust. Só!o la avidez con que los lectores demandan novedadeg, que no bastan
a colmar sm duda los productores nacionales y los mejores extranjeros, explica la diligencia con que la editorial Calpe se ha apresurado a ofrecernos, en
una versión fidelísima, Por el camino de Swann, novela que no merecer'ía tampoco especial mención denigratoria, a no constituir, a nuestro entender, el tipo
de una manera de escribir y de concebir, si ya degenerada en el modelo, fácil
de imitar en sus peores defectos y deplorabilísima en sus com,ecuencias.
El narrador autobiógrafo de estas latas historias de Marce! Proust emplea
cerca de 400 páginas refiriendo al lector con psicológica perspicacia, no exenta
de atractivo e interés en muchas de ellas, las menudas incidencias cuyas relaciones más lejanas, y aun arbitrarias o superfluas las más veces, componen la
vida, según él mirjl atentamente en una dirección al salir de su casa-camino
de la del señor Swann- o en la dirección opuesta-por el lado de los Guermantes, nombres familiares a los cuales van adscritos los recuerdos que determinan en la imaginación del novelista los fondos inseparables de las personas
que en ellos se mueven con una fatalidad minuciosa, que no siempre se le
hace tan evidente al lector.
Literatura, en fin, ésta de Marce! Proust muy asequible a ese público pseudo-intelectual, más aficionado a comprobar la exquisitez de sus sentimientos y
opiniones en el cúmulo de nonadas en torno a las cuales busca el novelista
tres pies al gato, que a gustar la patética verdad de la obra de arte por excelencia. Literatura pseudo-lírica, pseudo-filosófico-humorista, pseudo-artística,
en fin, para esteticistas hechos de pronto.
La labor llevada a cabo por Pedro Salinas revela una depuración tan afinada, un dominio tal de los recursos del idioma a que traduce, una percepción
tan aguda de las sutilezas en que va, difícil cuanto trabajosamente, ensartada
la trama novelesca, toda interior y de diminuto mosaico. que ya se nos tarda
ver empleadas tales facultades poéticas en obra original, sin tacha de proustismo, valga por clzinerla literaria.

• **

C. R. C.

César Palcón.-Plantel de im,á/idos.-Novelas.-Editorial Pueyo. Madrid.

*. *

lt ► l.

18i

No falta quien, a cuenta de 11n hispanoamericanismo sin eficacia fuera de
las conmemoraciones oficiales de la independencia de las repúblicas transat•
18'7

�LA PLIJMA

'

LA PLUMA
lánticas, pretende negar una personalidad característica y perfectamente definida a la literatura americana. Ni quien ve en tal distinci6n neces~ria, más que
el reconocimiento de esa personalidad, una espi&gt;cie de colonismo. Ante un libr-o
como Plantel de inválidos, editado en España por un joven escritor peruano,
no podemos menos de afirmar de nuevo con gustó, nuestra preferencia por tal
literatura, que si busca la emoci6n universal, con la expresi6n de sentimientos
accesibles a toda clase de lectores. por muy lejos que vivan. e ignorantes, del
paisaje natural en que se inspira, no se oierde en mer¡¡s abstracciones sin evidencia, sino que adscrita a una realidad exótica para nuestra visión limitada,
busca no la relación pintoresca de ambientes desconocidos qne por sernos
ajenos susciten nuestra atención, mas la trascendencia puramente humana por
la que han de sernos simpáticos los per,onajes de ficci6n sacados de esa realidad. No hay, a la verdad. en ninguna de las cinco novelas que el Sr. Falc6n nos
ofrece en este volumen, ninguna intriga extraordinaria que suspendiéndonos
el juicio nos arrebate en alas de su fantasía, ni sentimos un estremecimiento
nuevo con su lectura. Es más, alguna de ellas: Mi hermana J(lcoba, por ejemplo,
nos recuerda con más precisión que las anteriores una emoci6n en cierto modo
semejante a la experimentada con otras lecturas, en este caso, Ali hermana Antonia. de Valle-lnclán. Nada, sin embargo, denota el plagio, tras de cuyo rastro
suelen andar tantos críticos afanosos de promover un escándalo fácil. Lo que
trae a nue5tra memoria el modelo citado no es tanto una semejanza ni coincidencia de trama novelesca, ni menos de escenario, como las afinidades nacidas
de una misma m,inera exaltadora de contemplar la vida. Referidos -los temas
sentimentales de que se nutren las fábulas de esta~ novelas a mo&lt;lalidades y
aspectos del Perú contemporáneo, el fanatismo ancestral, la inadaptación y el
fracaso de una juventud turbulenta, la envidia fraternal, el contraste grotesco
de la gloria pereced~ra y la mentira de una progenie falsa. adquieren una viveza. un dramatismo que la sobriedad, la violencia de un estilo rápido y crudo
nos presentan con relieve propio. Especialmente. «Sergio Toral• suscita un interés apasionado, de la misma calidad emotiva que Jo¡¡¡ cuentos rusos, cuya influencia se señala en todas las literaturas occidentales con un reverdecimiento
del ánimo angustioso palpitante en el romar.ticismo de un siglo ha.

*

* *

c. R. c.

Enrique Barbusse.-El Resplandor en el Abismo.-Traducci6n y estudio preliminar de Quintiliano Saldaña.-Rafael Caro Raggio, Editor. Madrid.
Con la novela de Barbusse Le feu, indecorosamente vertida al español con
el título de El.fuego en las trincheras, se inicia en la literatura francesa de la
guerra última la reacci6n en pro de la paz, basta 1917 oculta todavía bajo el
sentimiento patriótico de unos combatientes y la ilusión justiciera porque habían empuñado las armas los internacionalistas. El éxito enorme .d e Le /eu,
agmp6 f'n torno de su autor la protesta revolucionaria de los desengañados de
la victoria. La tevoluci6n rusa y la resistencia contra ella de la~ naciones vencedoras, acabó d e suscitar la adhesión sentimental a lós pi:oletarios !llOScovitas

,ss

de ':1u~hos intelectuales_, ávidos de h,allar en la conciencia popular un eco de
sus mt1~os afanes d~ libertad. Y as1 se constituy6 en París el grupo «Claridad,, Liga de S~ltdarzdad Intelectual para et lt'iunfo de la Causa Internacional
~n cuyo Comité central figura Blasco lbáñez en nombre de España-, subdiv1s1ble e_n tantas org,anizaciones nacio1iales como haga menester la propaganda
en los diferentes pa1ses, cm1 el lema general de cla Revolución en los espíritus,, fu_er~ de los cuadros polít, cos de los partidos socialistas, si bien &lt;lentro
del soc1alismo como doctrina, y de la Tercera Internacional como disciplina
inmediata.
·
.El Resplandor en el Abismo es un llamamiento a todos los hombres de buena
voluntad para edificar sobre las minas del mundo, cuyo fin tocamos, y asentado en la raz6n humana, el reino de la justicia social.
El Sr. Sald~ña ha traducido las cálidas páginas de Barbusse en un estilo vibrante, precediéndolas de un estudio esquemático sobre «La viua social en España,, hija, a su entender, en el dualismo que actualmente divide tanto al
mundo obrero_como al mundo intelectual, de la primitiva oposición histórica
entre celtas e iberos néI?adas y sedentarios, proletarios y burgueses.
.. •A??gadas ?ura-?te ~1glos-añade-bajo el peso dominador de la doble civihzac10n propietana, romaaogc-rrnana, Ja~remotas instituciones colectivistas
resurgen corno escritura primitiva del gran palimpsesto de la raza.&gt;
No:otros, que desde el primer momento nos adherimos al grupo cClarté•
de Pans, cua_ndo aún no estaba constituida la sección española, nos congratulamos muy smceramente de la revoluci6n operada en algunos espíritus, como
el Sr. Saldaña, adscritos pocos años hace a la ideología de la germanofilia española y del maurismo de cát~dra.
C.R:C.

***
Antonio Battistella.-La Republica di Venezia ne'suoi undid secolt di stor!·a.-Con prefazione di Antonio Fradeletto.-Venezia. Tip. Carlos Terran. XDCCCCXXI,
. Para celebrar la ~nauguraci6n del campanile de San Marcos resurgido de su
ruma, ~I 25 de abnl de 1912, tres importantes Asociaciones industriales de
Ve~ec1a, y en_ su _nombre un veneciano ilustre, Guiseppe Volpi, ofrecieron a
1~ ciudad l~ historia de sus fastos, qne hoy, redactada con noble entonaci6n y
digna sencillez al alcance, no ya del versado en estudios eruditos, mas del prof~no atento a toda obl'.a bella, nos ofrece el Municipio de Venecia, en espléndido v_olumen.
,
~~1!1gú!1 otro p~eblo, después del ro·mano, ha dejado tan profunda huella de
la ~1vtlizaci6n propia, memoria tan viva de su sabiduría política, ni ha contribuid? más a di~un_dir en los países adriáticos y en las playas todas de Levante,
las virtudes as1miladoras y educadoras de la gente latina&gt;, dice el historiador
de la República insigne.
. El _cual no ha querido tan sólo narrar con acento elegiaco las pasadas glonas, smo deducir de SIL virtud •l germe:i espiritual aportado a la consecuci6n
189

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�LA PLUMA

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1

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LA PLUMA

de la grao patria italiana. Muy acertadamente señala a este intento el prologuista la continuidad tradicional que significan en la participación de Italia en
la guerra los resultados obtenidos de acuerdo con las miras seculares de la
República &lt;le Venecia: dominación del Adriático, reducción de la política de
la Casa de Austria y afianzamiento en tierra firme de los confines orientales.
Política derivada de la fatalidad histórica, inspirada en el sentimiento verdaderamente artístico de los destinos propios, dictados a la conducta ejemplar
de un pueblo excelso por esa compenetración armónica del ideal y la realidad
de que clásicamente se sustenta a través de los tiempos la grandeza de Italia.
C. R. C.

L'Art Libre.-La revista bruselesa L'ArtJ~ibre, que dirige nuestro colaborador Paul Colin, viene publicando El 'Diaje a Pads, de René Schickelt&gt; (observaciones en el mundo intelectual y moral parisino después del armisticio).
El capítulo III, que aparece en el número de septiembre, está dedicado a León
Werth. Tras de describir, valiéndose de sus obras, el estado de espíritu con que
los radicales franceses vistieron el uniforme, y de -r ehacer la histori'i de la decepción de cuantos se acogieron al lema de la &lt;guerra co1üra la guerra, ' Schickele establece naturalmente un paralelo entre las conclusiones a que llega
Werth y las de H. Barbusse: «Leon Werth estaba ya harto adelantado en su
desarrollo intelectual y político; hubiera podido hallar el lado heroico del
heroísmo y de la sujección. Mientras que Barbusse, solamente en el
transcurso de la guerra descubrió el socialismo. Antes, no le había concedido
más importancia que la necesaria para hablar de él en un café del boulevard.
Werth, criado en el socialismo, llevaba, cuando fué a ser soldado, conocimientos políticos que Barbusse no empezó a asimilarse hasta después de la guerra.
Cuando Werth, desembarazado hacía tiempo del lastre de las teorías, abandonó
la camaradería con !a muchedumbre para lanzarse al terre no del anarquismo
individualista, Barbusse abordaba precisamente el pacifismo. Por la diferencia
de condiciones, lo que representaba para Werth el hundimiento de la democracia social, Barbusse lo consideraba como advenimiento del socialismo. Mientras Barbusse veía la quiebra de los burgueses de la Tercera República, Werth
afirmaba: «El hombre más simple y el más fuerte, proletario, el ser humano,
ha dado en quiebra, sin más ni más... &gt; Que la guerra nacional-añade Schickele-vaya seguida de la guerra de clases, que Trotzky reemplace a Joffre, la
guerra sigue siendo la misma, es decir, el suicidio de la masa. Lo mismo que no
hay guerra justa o injusta, guerra defensiva u ofensiva, tampoco hay guerra capitalista o socialista: no hay más que la guerra, una e indivisible... •
En el mismo número, una información sobre el Teatro en Rusia soviética, y
artículos y crónicas de Colin, Bazalgette, etc.

•

*

* *

Índice.-Hemos recibido el primer número de esta revista, muy bien presentada, que trae, entre otras firmas, las de Azorín, Juan Ramón Jiménez, Diez•
Canedo, Ortega, Reyes, Salazar... Nos felicitamos de la aparición del colega,
deseándole tantos aciertos y prosperidades como quisiéramos para nosotros.
190

* * *
Revistas.-,ldercure de fl
p ,
L p
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naissance, París.-La Revue ~ª;E~ ansp- , e 1~;;-es c,vique, París.-La ConAtlunaeum Zara
R.
. roque, . ans.- iaa Nuestra, Buenos Aires.Cra_fouillot, Parí~~ªBetler.r:::::; i::;;cª"é¿tt!ª~a
J,~sé d e CosCta Rica. -Le
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Aktion, Berlín -P,
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renezo1ana, aracas.-Die
bel Buenos A·.
egap,so, J ontev1deo.-Cuba Contemporánea, La Habana - ºa
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1res.- oes,a ed A,·te F
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· D, mes, Bilbao.-L' Art Libre B
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• ruse1as.-ya ,ra Amberes --La R, d. R
..
a ouvelle Revue franfa{se, París.-Índice, M~drid.
.
on a, om ...-

TOMÁS MORALES
os conocimos hace doce o catorce años en aqu.ellas reuniones pintor~scas en casa del poeta yma~spesa, centro de tantos ocios juvenile~ de la que llaman vida literaria. Tomás Morales era fuerte, r~cio, Y aunque las proporciones de su figura y sus rasgos fiso. _
~óm1cos denotaban ese gigantismo larvado que suele caracterizar
al 1sleno canano, templábase su ·c ontinente de aquella expansión cordial q
con el sua;e ace_nto nativo le hacía tan simpático desde luego y tan amigo d~us~
P_ués. Hab1a venido a Madrid a estudiar Medicina. Una tarde nos sorprendió recitándonos unos versos:
« ••••••••••••••••••••• ' ••••••

Hombres de ojos azules y de fu~-r~~~ •tl¡á~i~~~
que arriban de países donde no luce el sol,
acaso de las nieblas de las islas británicas
o de las cenicientas radas de Nueva York.
• ••••••••••••.••••• ' • . •••••••••••••••••••• ,&gt;

�LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

b .
ero en realidad para diritulares con pretexto d; ali~er~~de~~~rio!l~~¿fesores que les habían pairles y habituarles mas a a
'
de los
~eciCedor~nd:l~efü~:¡"ca, pues,_ no secuvnedíaa~i:á~~t;~~~i~~~b~=~ía una
d endenc1as se
'
. b ¡ primeras cu1
heaijsif
e\~¡~di; Í~encdhai!~::-~á!di~fi~a/1~~ bu~;~
r
e l'1 un labra or qu
1
ta de maderas.
y la casita de aro '
d 1 sa·
a niña. La madre cuidaba .e a ca . '
Para dedicarse a la compraven
l'
. madre esposa y un
,
o a su oficio, segu1a
Caro i tenia h b. ~.do/
1 ab ricanta y tenia apeg 1 . - así que salió

~!~~!~!~fi~t!~

~ªend~º:t (áb~i~:, ~~n ~u~~~~p:~a~z!1ct~e~i~!~~~fa :nnb~!~ partido, fué
de la escuela, Y ~ pesar ,e · _
destinada tambien a 1~ fa~~l~d."a con un huertecillo ame~o, estab: ~~:da
La casita de Carolt, r{ºd de la gran huerta de los senore¡/ s ~l salir
da precisamentetal ºcri s!nderuelo divisorio .. Así,fi1:1ª1drceoc:no11:i, alud de
d ella por un es re
l
portalon o c1a '
.
d! la fabrica no lo_ hacían por e g:t1es mas a mano, atravesaban el patl~
los trabajadores, sino qu;, P~\~~ la puertecilla forana eltrat~anlaeduecentral, la huerta gran e, l''a acontecer que, al atravesar e pa io,
huertecillo y en, su lcasa.iodesde el balcón del comedor:
ña doña Menc1a, 1 ama a
'-¡Trinidad!
¡Señora!
ue darte un recado.
- Haz el favor de subir, que teh~-º \abían sido muy familiares en 1a
Porque los Carolí, de padres a IJOS
B - 1
d · · · en Barcelona Yentencastaa;~J;¡ de Carolí, que en _s':1 j_uvl~~tbald~~~ en la de los señor~s y
día en el arreg}o ~e u~a ~a~~~~~~~1:tar confituras y gol?sinas,aª1~:f~~~~
ayudaba a dona J;~~vierno, a colgar y descolgar cortl~;s irte, la nues·go la matanza del cerdo ... Pord
fábrica, era
y guardar la ropa
a oría de las obreras e a
asaba
sas tareas que trae con i 1

t

jtffJí~[~~~

1,

~hia;lt;p~i$i~~~j.dºÍifd:!d~fi~f
s1
d b,1 los d1spen ios e
maderas, lo e ª ª
ano en toda ocasión.
ños de difede la qu!!ltadyCdadl,IaNieves y el señorito, ~e llevaban ~gf/cn las horas
La h11a e aro i, - 'habían estado 1untos, no
renda, y ya desde pequenos
194

de los juegos y correrías, sino durante muchas comidas, y aun a veces
hasta en la cama. Porque, así como Nieves era una niña robusta, cabal,
de rostro encendido, sonriente y con apetito insaciable, Pascualillo era
flacucho , melindroso, añoradizo y desganado, y, como era hijo único y
la madre temblaba al sólo pensamiento de que se le pudiese morir, todo
se lo consentía.
-Trinidad-solía decir a la otra madre-: dí a la niña que suba;
veamos si viéndola comer a ella, nuestro posturillas traga alguna cosa ...
También algunas veces, al atardecer, enviaba alguna muchacha a
casa de Carolí con el mandado de que no esperasen a Nieves, porque el
niño tenía miedo del coc() y quería que se quedase a dormir con él.
Aquella estrecha intimidad de la primera infancia se fué prolongando,
con los cambios naturales. hasta que Pascualillo cumplió nue\'c años y
sus padres le enviaron a Barcelona, a casa de sus abuelos, para que empezase los estudios. Con todo, la separación fué breve, porque el niño
sintió una nostalgia tan grande que enfermó de palpitaciones y tuvieron
que volverle a la fábrica por una larga temporada.
Llegó cerca del mediodía, y después del alubión de las maternales caricias huyó locamente hacia la huerta a esperar a su amiguita. Cuando
la vió saltar la cerca, con el cestillo al brazo, de regreso de la escuela, se
escondió detrás del macizo de cipreses para darle un susto. Estaba pálido
de emoción y en el pecho le aleteaba el corazón como pajarillo recién
metido en la jaula. En cambio ella se acercaba del todo confiadita, colorada como uná manzana de San Juan, un viejo pañuelo de lana arrollado al cuello y un rizo de cabello sobre la ceja enhiesta. Al pasar lapalanca del reguero se detuvo a un lado; un desmoche había dejado escapar el agua, que allí formaba siempre un embalse encharcado, donde
crecían líquenes y se paseaban a empellones los tejedores de los riegos y
hasta en ciertas epocas cantaba una rana. Nieves se inclinó y después se
arrodilló sobre la palanca. Pascualillo le adivinó en seguida la intención:
con la manita hundida en el agua y los dedos encorvados tender un lazo
a los tejedores asustadizos, de Iar~as patas filamentosas ... Precisamente
aquello era lo que hacían cada d1a los dos juntos antes de que él mardiase a Barcelona...
El niño no pudo contenerse y salió de su escondrijo. Nieves oyó ruido y volvió la cabeza. Al ver a su compañerito, de pronto quedó inmóvil, como hechizada, pero reaccionó en seguida, y levantándose de rondón-con riesgo de que cayese al agua el pnmer lzoro, que se balanceó
al extremo de 1a palanca-corrió hacia él alocada. Se abrazaron estrechamente, y Pascualillo, que era de natural estremoso y efusivo, le llenó a
voleo, como un sembrador enloquecido, toda la cara de sonoros besos.
1 95

1.

�LA P L l7MA

LA PLUMA

,,

'I ,

J

-¿Cuándo has venido ... ? ¿Por qué has venido ...? ¿Qué aprendías: .. ?
Yo ya he pasado todos los carteles y el que es hablar... y ahora hago un
encaje para una almohada .. . ·
yo '?e añoraba ... J:igúrate ... Los ábuelos ~iven a_rriba, muy arr,iba, mas arnbá que el desvan de casa; hay que sub1r y ba1ar cada d1a mas
de treinta escalones. El médico dijo que me cansaba demasiado y que me
sacasen de Barceloná, y yo, cáda vez que él venía, suspiraba con más
fuerza para que me sacasen más pronto ...
Ella le miró, pasmada, con los ojos muy abiertos ...
-¿No te gustaba vivir en Barcelona?
-No ... ; Es una casa oscura . .. Para que al jilguero le dé el sol han de
sacarlo al balcón ... Y el abuelo siempre duerme y los lentes Je caen sobre el diario ... Y la abuela siempre grita con la muchacha ... Y la muchacha es sucia: cuando ha de probar el guiso sorbe de la cuchara, y
cuando me entra la leche lleva las manos untadas y se las friega ccn el
delantal.. . Ya ves ... Y las manos de la abuela son frías, y cuando se las
beso ella me da un golpe en los labios, así como quien no quiere... Pero
sí que quiere, ¿sábes? Y como es tan flaca me hace daño ... Ya ves .. .
Y, feliz con la libertad, la claridad y la compañía recobradas, el niño
olvidó pronto la pesadilla y el corazoncito atolondrado moderó por sí
mismo su ritmo ... hasta que, en la siguiente temporada, fué de nuevo
recluído en casa de los abuelos, y ya sin contemplaciones retenido hasta
final de curso para volver todavía más goloso de los besos de la amiga,
de deambular por la huerta, de revolcarse por los pajares de casa Carolí,
de partir en dos las lagartijas y de azuzar a la rana de la alberca ...
No hay que decir que Pascualillo y Nieves se quisieron pronto con
amor distinto del amor camaraderil de la niñez. A cada regrei,o, la interrumpida intimidad se anudaba con motivo distinto y gusto más
sabroso.
Ella iba ya a la fábrica y en sus formas de efebo se preludiaba la mujer futura. El cursaba en el Instituto, y los primeros presentimientos del
instinto y las primeras iniciaciones de los compañeros levantaron en su
precocidad de sensitivo ardoroso las malicias primeras y los primeros anhelos turbadores. Ya no gustaba de los juegos a pleno sol ni de la caza de
mariposas, ya no pellizcaba los racimos del parral ni vestía a los gatos ...
Prefería ocultarse a los ojos profanos, soñando despierto y citar a la amiga en la farmacia o detrás de la capilla, donde jamas se veía un alma. Ella
acudía a cualquier sitio que le indicaba el amigo con plena y tranquila
confianza. No era vanamente soñadora y no sabía aún lo que es la extrañeza de un calofrío en pleno día ni la delectación de contemplar las estrellas en la alta noche. En la fábrica trabajaba al lado de su madre; fue-

-Y

j

,·•

' 1

1

,1

'

196

ra de la fábrica, ayudaba a la abuel
y en l?s cortos instantes libres hacíaª parah3:hrender el manejo de la casa,
gadc I o, regaba las flores del huer
to, pemába el perro de lanas qu
~oga Mencía; en las veladas zur~~uÍ~s ~jra lequdña le había regalad;
a a 1ª. ropa. Pasaba las noches de
~e me~ e_ su padre y remensu camita de monja, blanca como u un_ s~en?, est1rad1lla y quietecita en
s!1 reposo ni un esguinze de visión n !1~10! sm que un sobresalto turbase
ndad compacta. Contra las pasividad~! ~rosa cruzas~ para ella la oscusana, contra su inocencia hermética
e su no:ma]1dad equilibrada y
sosl?echa, se estrellaron durante muclio ~f;~1a, limpia ?e angustia y de
de el para contaminarla con sus deliri
P&lt;? l:3-s maniobras equívocas
tor:'1os. Sin una comprensión
os,_para m¡ertarle sus íntimos trasestimulase al descenso el adokreparatona que allanase el camino que
por t?da suerte de timideces S~~eg!e se s_en~ía atado de pies y U:anos
~tenor, tenían en lá mejilla.aterciop~I!d:1/1ín cal~eados por el fuego
eces de los halagos fraternales.
e a mocita todas las candiCuando, al salir de la fabrica d .
'
la madre, que siempre le tenía trib _esp1stando la atención distraída de
farmacia solitaria y le encontraba a
prep~rad~, _corría Nieves hacia la
la cabeza con las dos manos
f; . musu_
o,_ pahdo y ojeroso, le cogía
como cuand? eran niños: ' y, estiva, acanctadora, le decía postinera,

ªJf

. -¿Qué tiene la hermosura de casa';) Q
tQu~ no ha merendado ... ?
· ¿ ue no se encuentra bien ... ?
El quería preocuparla contestand
·
románticas, reteniéndola or la cint~ con evas1_v;as, adoptando aptitudes
te~blores; pero era inútil'. Ella no est1~/ hac1en1ola temblar con sus
do impulso maternal le acariciaba y le
para subtil~zas,_ y con arrebatasu salud.
amonesta a mqu1eta tan sólo por
-¡Malo, más que malo r ·Mira
como te perjudicaf Tiene r-;;,óA t
que, no haber _merendado! ¡Tanto
cern,os sufrir. Vamos, qu; todaví~ :ii~:a.cuando dice que te gusta haEl porfiaba: «No quena moverse n
,
,
prefena estar allí con ella y decirle diuihquena comer, no tema apetito;
Per? ella se le escapaba de las manos /s cosas .. -~.
.
a l?~ cinco minutos con una rebanada d orno un pa¡aro esquivo y volvía
rac1on de longaniza. Ella misma lo
,e pandcor:i confitura o con una
en la boca.
partia pe acitos Y se los metía a él

ª

-Otro, rey ... Ya se acaba No
. , .
Quiero que te Jo comas tod;· E;tá'te°º; ~s mut1l que te opongas ...
contenta se va a poner doña .M , qu1edto y abre la boca . Qué
tan bueno.. .
enc1a cuan o le diga que has sido
1 97

�I.A PLUMA
Y le abrazaba, le acariciaba, le decía zalamerías ... las mismas que le
había dicho su madre a ella cuando era niña.
Pero cuando él cursó el cuarto año de bachillerato cambiaron lascosas. Nieves iba a cumplir los quince, y después de un estirón tremendo
(«se la ve crecer de día en día», se decían las gentes, maravilladas), quedó
convertida de niña que era en una real moza, bien plantada, de gallardísima prestancia, de continente al mismo tiempo reposado y desenvuelto, la fiel de una morenez transparente y clara, colorada en las mejillas
y en e lóbulo de las orejas, correctas y agraciadas las facciones, los ojos
grandes y llenos de serenidad, y el cabello castaño, rizoso y enmarañado
que, contra luz, la nimbaba de resplandores cobrizos ... En seguida tuvo
admiradores, y a poco, pretendientes ...
Finalizado el curso, al regresar de Barcelona, Pascual se quedó con la
boca abierta. En la primera entrevista, ella le dijo, esquivando con delicadeza un abrazo:
-¿No sabes? El Ximito, el hijo de la Birondona, me ha dicho que
me quiere y pretende que le prometa que, cuando seamos mayores, me
casaré con él. ..
Sintió Pascualillo que un resplandor flamíneo le envolvía. Después,
un desbordante río de lava le quemó el corazón ... En un minuto, el choque de la sorpresa de celos, de rabia, de deseo, convirtió al niño torturado y malicioso en un hombre hecho y derecho.
La miró, con una mirada nueva, hosca y amenazadora, una mirada
de macho en celo.
-¿Tú para el Ximito ... ? ¿Tú ...? ¡Dile que se acerque! ¡Ni para él ni
para ninguno... ! Tú has de ser mi mujer...
Y el abrazo viril, cabal, protector, con que selló sus palabras tuvo el
aire resuelto y solemne de una toma de posesión.
Aquel día se dieron cuenta exacta de que se querían y de que quedaban prometidos. En una de las charlas siguientes él señaló el límite del
noviazgo.
-El año que viene empiezo la carrera; cuando la termine, nos
casaremos.
Pero un día doña Menda vió, desde un balcón del comedor, que
Nieves y Pascual se despedían dándose la mano; frunció las cejas
y llamó a su hijo. Cuando le tuvo en su presencia, le amonestó severamente:
-He visto que haces carantoñas a Nieves de Carolí, tratándola co1:10
si fuese una señorita ... Haces mal; déjala en paz, que ya no es una cnatura, y esas mocitas en cuanto les dicen gue son bonitas se llenan de humo
la cabeza y Dios sabe lo que traman. Tu padre jamás se ha franqueado
198

LA PLUMA
con la,s obreras de la fábrica; para eso tiene el mayordomo; el sólo «buenos d1as» y «buenas tardes» y basta. Tú debes hacer lo mismo ...
Por ~u pa~te, Trinidad no tardó en decir a su hija:
_ -:-Mlfa, Nieves, •te~go ql:~ al7'Crlirte gue no v~yas si&lt;;mpre con el senorito, como cuando ¡ugabais al escondite. Ya se que tu eres un angelito de retablo que no pecas ni con el pensamiento. pero los grandullones
esos la _saben muy lar~a., y qui~n sabe lo_q_ue pensaría la gente de todo
esto m~s adelante; qmza_ lle&amp;anan ~ mah_c1ar que te lo consentimos y
aconseiamos por conveniencia propia. ¡Dios me perdone! ¡Que la chica
que se trata con los que ~o son de su brazo está en riesgo de ganar mala
fama y ¡ay de tu padre s1 se lo echaban en cara .. . !
El primer veneno había babeado su corazón, y la necesidad de disim~lar, al ocultarles el goz? profundo de la revelación, consiguió unirlos
mas estrechamente; y los JUramentos de mutua fidelidad remacharon la
cadena forjada por la Naturaleza.
En torno a Nieves crecía siempre el corro de cortejadores y cada vez
que su enamorado volvía di.! Barcelona hallaba uno nuevo. Ello le enfurecía extraordinariamente, tanto mas cuanto que no podía vengarse ni
desahogarse de otro modo que atormentándola a ella. Pero la hija del
Carolí era de una perfecta seriedad.
-¿No te he dicho que serías tú? Pues tú serás y nadie más. ¿Qué
quieres que me importen los demás hombres?
Y, consecuente con su formalidad, huía todo lo posible de acudir a
bailes y paseos, no coqueteaba con el mocerío y echaba de lado con buena traz~, pero resueltament~, toda p_roposición de matri!ll?nio .
. En estas, 1~ ab_uela q~edo paralitica, y como para Tnmdad ir a la fá.
bnca era media vida, Nieves quedó en la casa recoleta como una monjita. Los_ cortejadores, despechados, y los de~ás por solidaridad, empezaron a Juzgarla orgullosa y a apartarse de ella, afectando desdén. Después ~!guíen insinuó, que si no_ hacía caso de los obreros es porque pica~ª mas alto. Se refena al practicante de la farmacia, que siempre que ella
iba a buscar una medicina para la abuela le hacía las más extremadas
z~lema_s. Más tarde las comadres sospecharon, aunque sin ningún indic10 sólido que fundamentase la suposición, que quería pescar al maestro;
pues como no era de creer que una pieza como Nieves quisiese enclaustra~se o guedarse para vestir imágenes, no tenían otro remedio que atribmrle, vista su desgana de noviaz~o, algún oculto designio. Pero dos solas pers?~as no erraban la r~ntena: la madre y el médico.
. C)anvidente por natura listeza y observadora por amoroso interés,
Tnm~ad había seguido con temor la evolución sufrida por su hija, comprendiendo finalmente, con escondido dolor, que el instinto la había ad199

�LA PLUMA
vertido demasiado tarde los peligros que entrañaba la intimidad de su
Nteves con el señorito. Pero la pobre madre creía en una ilusión infundada de su hija y desconocía todas las secretas entrevistas, las mutuas
confesiones y promesas. Quien estaba mejor orientado era el médico, el
doctor Reguera.
Reguera era un hombre de unos treinta y cinco años, hijo de un
obrero tornero. La vanidad paternal, mal aconsejada, le había hecho ingresar en la Universidad y seguir con penas y fatigas una carrera empearada de suspensos y nutrida de humillaciones y fracasos más o menos
disimulados. Entre los compañeros se le tenía por estudiante de cortos
alcances y, además, desaplicado. Ello fué causa de que, ya licenciado, no
acertase a abrirse camino y tuviese que vivir a expensas de su padre.
Cuando éste murió, el joven Reguera se encontró en la calle y, como
suele decirse, con la boca abierta. Pasó entonces una época de grandes
dificultades, en la que, ni recurriendo a toda clase de expedientes, conseguía medrar decorosamente. Por fin, la casualidad de una influencia
le facilitó la entrada en la fábrica Bañolas. Consciente de sus facultades
y de sus defectos y cansado de sufrir privaciones, viendo el cielo abierto
con aquel cargo, se propuso conservarlo de por vida defendiéndolo, si
era preciso, ce1osamente, con dientes y uñas. Pero en este mundo de muñecos no siempre basta la voluntad, por fuerte que sea y por enérgicamente que se desarrolle. A los santos, aún con serlo, el diablo solía tenderles lazos para atraparles desprevenidos, y más de una vez, y a despecho de su santidad, los santos caían en elios. No hablemos, pues, de lo
que pasaría con los pobres pecadores. El lazo que había de tender Pedro
Botero al señor Reguera era la Nieves.
Ya se ha dicho que la vieja de casa Carolí había quedado paralítica y
que su nieta la cuidaba, mientras la nuera trabajaba en la fábrica. Una
vez por la mañana y otra por la tarde el señor Reguera iba a visitar a la
enferma; y como esto duró semanas y Nieves era una cabal mocita y el
señor Reguera, como todo mortal, tenía su alma en su almario, día llegó er. que el buen señor se sintió arrobado con dulcísimo arrobo.
Con todo y considerarse muy por encima de los obreros de la colonia, había claudicado, como los demás, ante el buen palmito y los gentiles andares de la hija de Carolí, y no sintiendo bastante aliento para
romper el hechizo, después de sostener una breve lucha consigo mismo,
se dió por vencido. No es que le ilusionase demasiadamente casarse con
una obrera, con una muchacha sencilla y sin pompa: en sus sueños de
hombre salido de la nada y de soltero definitivamente aplazado, había
revoloteado, en horas perdidas, la imagen imprecisa de alguna hija de
fabricante o de propietario conocido en la comarca, de alguna señorita
:ao o

L A P L U ,\1 A

&lt;le linaje y prosapia q e 1 •
,
de todo el mund
u 'a unirse a el, le aureolase y le remachase a o·os
Pero, súbitamen~~ e~et;bí~v~ esta1:1e~to tan fal tigosamente conquistado.
gen indeterminad;
d ncon r~ 0 con ~ sorpresa de que la imaIas celdas de su cer y vaga e los suenos se hab1a aclarado y definido en
cinita del caserón d~bÍis ~~~~~: trFzo,s fresc s Y atractivos de la !inda veconcertante para el señor Regu!~a ue aquj11!3- sorresa algo agria y desacuciador que se impuso a todo 1' pe~ol el imdpul so e~a tan violento y
Nieves bien valía
. s ~~ ca cu os e a vanidad.
decía, Carolí había c~~~hc!d~d1cac1on, tanto m~s cuanto que, según se
ya, con su negocio de maderas, algunos
picot\nes de pesetas.
Ciertamente no sería aquel
.
al fin y al cabo un tremendo diun casamiento de rango, pero tampoco,
rido que trepa;e hasta la mu· s_~arate. Ya que el Destino no había quedijo que no había más probl~: I eal dj ~s hueños, el señor Reguera se
él. No le desanimó el hecho d a que e e _acer trepar la obrera hasta
habían pretendido· sería co e aue ,ella hubiese rechazado a quienes la
mejor; pero tratándose de q:;I~n :::a'.ª~~pq~~ la muc~achla aspiraba a algo
esperar, otro ser/a el tono En co
'
. nor a !º o o que ella pocfía
pero como ella se fingies~ desen~~~~eanch,b/.senor Re~uera se ins~nuó,
seguro de he
' a o en seguida con clandad '
.. sería aceptado d e b uena oana
P ero la i¡a de Carolí entend, l i,
• d
no la tentaron las ofertas de su ·'ª as cosas e otro modo, y así como
de doctora.
s iguales, tampoco supo tentarla el rango
Su negativa fué delicada y prud t
d
.
tesía, pero también de firmeza d e~-~' 11 ena e agradecimientos y corEl 1'
y ec1s1on.
mucha~h!nh::taq~e~~a;~~;ji/if~~fs~~ó Y como estaba prendado de la
todo lo que ella quisiese poner~e un i ~na y otrabvez, ofreció esperar
d
os anos a prue a para ver si a ella
le nacía el amor u - '
todo fué inútil ptr~'u~º~-to a lealtad, declaraba no sentir por él. Pero
caso, el señor Re uera a;~~e~permaneció inconmovible. _Ante su frazón la gente del iuebl~· all '~ lf,1º y despechado, recapacitó. Tenía raducción en deducción · 1 ª 1ª fª~º ~nc~rrado. Fué saltando de dea los obreros? Era qu/;::t1:J¡~º~Ig~ mc~gmtaR¿~a doncellica rehusaba
d~e pica?Uba más ablto todavia ¿Quién h~1¡~/~~u1 ~ásu~~~i ql~emé1jº~i !re'~
0 ...
n nom re resp1andcc1ó
1
com o b d
'
en el cerebro del señor Re
o t&gt;r'.3- a o en caracteres de fuego
por la espalda. Estaban a gu1!3-·ln &lt;laque] instante un escalofrío le corrió
. me ta os e curso; hasta el verano no podría
salir d d1 d

ª la m~ra~rié~Jo::~~;~~ró~d~Ía~aec~~~l~e;f;st~J~~~~~ c;:;ie~~-Yta~:
201

�LA PLU\i\A

LA PLUMA

.
. l ido una inspiración de las suyas: «¿Por qué
aquí que un_ d1a le soplo ª1 1
e no se Je quería conceder por las
no conseguir por las ma as o qu

?

buenas?»
. .
'd.
en casa de Carolí no había otras
A la hora de la v1s1ta del me ic~ieves· la casita no tenía más que un
personas que la abuela encamada aurante ~¡ día era una casualidad que
vecino, y aún no muy cercano, y ·aJes or ue todo el mundo estaba en
pasase alguien po~'bq~cllosUn~ut~;de
enÍrar en casa de Carolí, el seel campo o en la ia nea... n llave' al ba'ar a recibirle Nieves, como
ñor Reguera cerró la puerla cohó enciJa trai~oramente, tratando de susolía, el señor Reguera se e ec_to aho ado se escapó de la garganta de la
jetarla entre sus brazos. U~. gn etirfo más vibrante por no alarmar a la
sorprendida, y no se atrev10 a re~
oco odia bajar a socorrerla. Lupobre vieja,. que_ al ~n al é~ª:r~nd~p resotiidos y sostenida ella por la
charon en s1lenc10, an
&gt;r
las fuerzas. Por hn pudo deshacer
ira v el pánico, que le centup ~ca~on con un supremo esfuerzo se desla ténaza de huefi~s qtr ~a
!on violencia. Rechazado, cayó en
embarazó del ru an a e1an n saco de arena mojada, mientras ella, co!1
tierra pesadamente, colo b en la puerta dando vuelta a la llave y hu1a
un salto de gamo, se_p an a a
se tarda en decirlo. Jadeante y desa la calle en menos t1emp~ del q1;1e vió en medio de la entrada al canamelenada, mientdras tf1"?:nt~!s~s)~itamente sobre un brazo y palpalrls.\11
lla como atonta o, e,
T
•endo que el azar llevase por a 1 m~slo y el codo ma~ratad&lt;?5°~~ a:~¡ estado volvió a entrar, y rí~ida {
gún cazador quepo
ver~ extendió el br;zo y señaló al vencido a
erguida como una i, emes1s
mo el azogue ... Con dolorosa conpuerta, duramente. El ~emblaba co t ándose arrastrándose llegó ~erca
tracción se P,uso de. rod11las, yb¡rrd! derrota humillación. Farfullo pede ella. Tema un aire lamenta e

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y

nosamente:
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Una mala hora ... ¡Perdóneme! ¡La
-No sé lo 1ue me a pasa ...
quiero t:i,nto, Nievesb... ! d , se oía el rechinar de sus dientes.
Tema la voz que ra ª Y .
im Jacable:
Ella repitió con mayor_dltivez y g~i~a a ~oner los pies en esta casa!
-¡Salga usted en segu1 a Y, 1:º v1;1 finito que acabó de desfigurarle
En un minuto, y con un pamco m bro 'todo lo que Je amenazaba:
las facci?1:es, vió él a~olpd;sl~ fáb~~;,er: miseria otra vez... Se humilló
•d · d
el descred1to, el despr O
¡ mencia
más y más... Juntó las manos p~
ºp~re el am~r de Dios ... ! ¡Estaba
- ·No me pierda, no me p1er ~: d
. '
'
! T ºª compas1on e m1 ....
loco ... se Jo 1uro... i enbd.ó lo que iba a suceder si echaba de su casa
También ella compren i

l~r

202

a ~que! hombre com,o a un perro y se propalaba lo que había pasado:
pn';I'lero un gran escandalo y un terrible trastorno para su madre; despues, la enferma sin asistencia; su padre, exasperado, pidiendo cuentas
a aquel mi_s~rable... Q':1ién sabe qué drama en acecho ...
Envolv10 en una mirada de profundo desprecio al hombre que tenia
ridículamente arrodillado a sus pies.
. -Me detengo por los demás, no por usted ... Repóngase, y cuando
m1 abuela no pueda reconocer nada, suba usted.
Fué hacia la escalera, pero él la cogió vivamente por las faldas.
-¡Nieves! ¡Nieves! Por la vida de los suyos, no me comprometa ...
No diga nada a nadie ... ¡Prométamelo! ¡Si usted habla cometeré un
desatino!
Estaba blanco como el marfil y lloraba como un niño; los sollozos le
ahogaban la voz.
La ofendida sintió una sombra de lástima.
-Levántese-murmuró secamente.
-¡Prométamelo Nieves ... ! ¡Soy un desgraciado ... ! ¡;-..;o me pierda!
-Callaré; pero de aquí en adelante no me dirija a solas la palabra.
En efecto; nadie tuvo noticia de lo que había sucedido y poco a poco
llegó el verano, y con él el unigénito Bañolas, que ya parecía todo un
hombre.
Reguera vigiló incansable y pront0 halló la certeza en miradas v sonrisas de que sus sospechas tenían fundamento.
·
Pascualillo y Nieves estaban en inteligencia, cuyo carácter y alcance
verdaderos no pudo determinar el rechazado celoso. ¡He ahí el obstáculo! Por aquel mocoso sin sustancia ni discernimiento que sólo pensaría
en divertirse, él, un hombre hecho y derecho, había sufrido el más terrible escarnio de su vida y, lo que era peor, había perdido la tranquilidad y la alegría presentes y futuras. Por el cerebro del señor Reguera no
cruzó la idea de que Pascual pudiese casarse con Nieves. Harto conocía
los gatuperios del mundo y que no siempre los Jugares donde se agabillan hombres y mujeres resultan escuelas de buenas costumbres. De más.
de un fabricante había oído decir que era señor feudal en sus dominios;
un señor feudal en pleno abuso de todos los malos usos medievales, y
pensó que el hijo de Bañolas empezaba a labrar el campo de sus futuras
hazañas. Don Pascual, según unanime opinión de las gentes, era y había
sido siempre de una moralidad perfecta, pero eso no quería decir que el
hijo no rompiese la tradición, volando por su cuenta; tal hacían prever,
por de pronto, los indicios. Y como aquel muchacho una hora u otra
tenía que reinar allí y llenarle a él Ja comedera, todo lo que hiciese bien
hecho estaría, para él , menos en aquel caso.
20¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
Tratándose de su altiva adorada, el señor Reguera se sintió trastornado. El espectro del hambre en lejanía no fué bastante a contenerlo, ni le
sirvió de consuelo su aco~.odaticia filosofía. En el dilema de te~er q1;1e
resignarse o luchar, prefino la lucha con todas sus consecuencias. N)
podía atacar abiertamente, a la descarada, porque habría sido la derro, a
anticipada; pero obraría subterráneamente, como los topos. ¿Qué hacer?
¿Denunciar al padre severo el primerizo galanteo del retoño? ¿Estorbar
los planes de éste actuando como ángel custodio que vela por el buen
nombre de la casa? Esta fué su primera idea, perq en seguida renunció
a ella. Por mucha discreción que tuviese don Pascual, un día u otro tendría noticia su hijo de la denuncia; y como de la juventud es el porvenir
y las primeras ofensas no se perdonan, el señor Reguera podía tener por
seguro que en cuanto su rival mandase perdería él la plaza y a Nieves a
la vez. Después de meditarlo bien, decidió habérselas directamente con
el enemigo; así, por lo menos, podría saber de qué pie cojeaba y atacarle
con mayores esper~nzas de_ éxito_. .
.
.
Discurriendo como se rngemana, la casualidad vino a ofrecerle el
punto de apoyo que le faltaba. U,n día, volvfend~ de paseo, ~ogió una
caña y con el cortaplumas la pelo y espurgo pulidamente. Piensa que
pensarás en sus cosas, caminaba de instinto y sin darse cuenta de lo que
hacía. De repente dió un tropezón y la hojita de acero, resbalando sobre
la caña le hizo un corte en un dedo. Empezó a manar sangre de la herida y ~ada gota pesada y Jlena, al dar en tierra, se ~nvolvía ~n polvo del
camino y quedaba convertida en una a modo de bolita enhannada. Algunas de ellas eran tan perfectas que al herid? l~ hicieron pensar en píl~oras de farmacia. Estaba muy cerca de la fabnca, y al pensar «farmacia»
el señor Reguera atinó en que podría po_nerse ~n la hfrida, para restañar
la sangre, una pincelada de yodo. ~a tarmac1a tema ~res puertas: u_na
grande, que podríamos llamar, oficial, 9.u~ dab_a _al patio; otra pequena,
que se abría a una cuadra v~c1a de la fábnca v1e¡3:, y finalmente, la tercera comunicaba con una pieza de la casa, conocida con el nombre de
almacén de los cubos.
La puerta que comunicab~ c~rn l~ cuadra vacía, ª?ierta ~xclusivamente para ir de la casa a la fabrica sin atravesar el patio los d1as ~e lluvia, era una puertecilla vidriera q_ue_ se cerraba con (alleba y c,err?Jº· No
siendo en caso de accidente, nadie iba a la farmacia de la fabnca, por
servirse todo el mundo en la del pueblo , donde estaba el practicante; si
alguien iba, entraba siempre por la p~erta grande. A est~ circunsi_ancia
se debía que Pascualillo hubiese e~cog1do aquel lugar qmeto y olvidado
para sus entrevistas con Nieves. Esta, a ho:a ~e cerrar, pret~xtando la
necesidad de alguna compra, entraba en la fabrica para advertir a su ma204

d!e que volvies~ a su casa_ s~n. entretenerse, y P?r corredores y dependencias foco tr~ns1tados se dmg1a a la cuadra v~c1a, mientras él, atravesand? e almac_en de los cub?s, penetraba en la farmacia, y como nadie veía
m al _uno m al otro, hab1an podido guardar secretas hasta entonces sus
relaciones.
Pero aquel día, el señor Reguer~, po~ a~orrar camino, pasó también
por la _cuadra va~1a y, antes de abnr la v1dnera, mirando por casualidad
a trave~ de los cnstales verdosos y empañados, descubrió al fondo de la
f~rmac1a a la enamorada pareja, abstraída en íntima charla. Retrocedió
vivamente sin ser visto y fué a rociarse el dedo con alcohol.
. ~l día siguiente se hizo el encontradizo con Pascual, y cogiéndole familiarmente _por el bra~o! le propus? dar un paseo hasta la Fuente Nueva. El est~~1ante le m1~0 sorprendido, pero vió en la cara del médico
~na expres1on tai:i _pa~1cular de S?nri~nte y protectora confianza, que,
srn saber por que, mtngado, le s1guio mansamente. Hablaron durante
mucho rato.
El señor Reguera le contó, a modo de advertencia, su descubrimiento de la tarde anterior, y con su aparente lealtad provocó la confesión
deseada. Después, afectando una indul$encia discreta y cordial de hombre de mun~o, se c~rcioró ..~l detalJe del carácter que tenía aquel noviazgo; aconse¡o al nov10 que s1 quena mantenerlo oculto, mirase bien lo
que hacía; le hizo prometer formalmente que no diría a Nieves ni una
pala~ra de lo ,que habían hablado-por evitarle violencias, ya que teugo
que zr cada di:i a su casa, comprende-; y finalmente, se ofreció en todo
y para todo al futuro señor de aquel reino.
~~ prime'. paso estaba dado, y desde aquel día se vió a menudo a los
dos ¡ovenes 1r ¡untos de paseo por las afueras y, a pesar de la diferencia
de edades, establecerse entre ellos una estrecha intimidad. No es preciso
decir que el único y verdadero nudo de aquella intimidad era la amada
común. Pascual, gozoso de poderse entregar por entero a la confianza,
en plena efusión de su juventud vibrante y expansiva, hablaba al nuevo
amigo ex abundanfia cordis, no celando ni en lo más mínimo actos, propósitos, anhelos y fantasías. A su vez, el señor Reguera todo lo escuchaba con interés, lo aprobaba todo amablemente y, mientras tanto, manteniendo siempre a su amigo en una atmósfera de graduada adulación,
iba sembrando con tacto y destreza, hoy una, mañana otra, en aquel corazón que se le abría generoso y sin recelos, simientes de ideas y sentimientos que esperaba ver germinar y granar cuando fuese hora.
Nieves dijo un día con tristeza a su novio:
-Desengáñate; soy demasiado poco para ti y no querrán nunca que
nos casemos ...

1

.

.

'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero Pascual protestó vivamente:
-Mi padre estima mucho al tuyo ... Y también él quiso casarse con
la mujer que le gustaba ...
Como ella sonriese con poca confianza, él solía añadir hoscamente,
con retenida energía:
-Además, si quisieran impedirlo, sería igual, porque prescindiría de
su consentimiento ...
-¡Oh, no! Reina Santísima-contestaba Nieves alarmada-. Quizá
te desheredarían, y no quiero que por mí pierdas lo que te pertenece...
-¿Qué me importan el dinero y la fábrica si para tenerlos he de renunciar a la felicidad? Tendré mi carrera y no necesitaré a nadie para
mantenerte.
Y una y otra vez le repetía que se quería casar en cuanto fuese ingeniero. Mientras tanto, sentía el atormentado deseo de los besos y abra- .
zos de la amada. Pero ésta, a medida que crecía, se mostraba más pudorosa y recatada.
Su honestidad no era hija del propósito, si no del temperamento.
Cada vez que el galán, despechado, se quejaba de la esquivez de ella al
señor Reguera, sentía éste desmayos de alegría y calofríos de voluptuosidad . Seguro ya por aquel lado, se atrevió a aconsejar, con sonrisita de
suficiencia:
-No haga usted caso ... Todas son iguales ... Cuando creen que las
quieren se hacen valer... Si no fuese usted tan joven, si demostrase más
frialdad, haciéndola comprender el favor que la otorga mirándola, sería
ella la que se humillaría... A las mujeres hay que saoer tratarlas ...
Y en tantas y tantas ocasiones se esbozó aquel criterio del señor Reguera, que finalmente empezó a desteñir sobre la rectitud ingénita del
enamorado. Los enfados y las trapacerías de los primeros años del bachillerato volvieron a ferturbar las entrevistas de la pareja, y los primeros nubarrones de ma presagio aparecieron en el cielo purísimo de su
amor.
-Si me quisieras, no me dirías que no ...
-Si me quisieras tú como debes quererme, serías el primero en desear que te lo dijese ...
Llegaron las elecciones legislativas y se resentó candidato un amigo
de don Pascual, frente al que presentaba e Gobierno de Madrid. La lucha andaba muy e9.,uilibrada entre los dos contrincantes y nadie habría
podido decir de que lado se inclinaría la balanza. En el peligro, el candidato pidió ayuda a don Pascual que, metiendo en la urna la fábrica
en peso, decidió en su favor la victoria. El nuevo diputado, agradecido,
después de jurar el cargo, quiso ir a dar las gracias públicamente a su

f

2 06

protector. En la fábric3: se levai:taron arcos de triunfo, se enguirnaldaron de flores las maqumas, salieron los obreros a recibir al ilustre visitante, cantando y vitoreándole ... Fué, en fin, una llegada triunfal.
N_o es que para el fabricante significase gran cosa el resultado de la
elec~1?n, pero era bondado~o con su~ o_breros y apro~ech'.'-ba siempre la
ocas10n para ofrecerles algun esparc1m1ento extraordmano que les hiciese m~nos pesa~o y monótono el trabajo cotidiano.
E~. d1puta~o vmo aco~pa~ado de su hija y de algunas personas más.
La h1¡a del diputado tema diez y ocho años, uno menos que Nieves, la
de Carolí. Era menuda, pequeña, rubia, bonita y delicada como una
miniatura del siglo xvm
En la mesa, como era natural, estuvo colocada al lado del hijo de la
casa. Era coqueta y pagada de sí misma, y durante toda la comida zalameó con su caballero, haciéndole prometer reiteradamente que, cuando
volviese a Barcelona, iría a visitarla.
P~scual, hasta entonces con el corazón enteramente preso en su amor
y casi ayuno de trato social, era extraordinariamente tímido con toda
mujer que no fuese la amada, y en aquel día solemne reprnsentó su papel
con tan poco lucimiento, que su madre se sintió casi avergonzada, y después, a solas, hasta se creyó en el caso de amonestarlo blandamente.
. -Te has de mostrar más suelto, hijo mío, y aprender a hacer cumplidos ... Más que estar en compañía de una señorita de la ciudad, parecía que ibas a confesar.
Por su parte, el señor Reguera también había observado, y las gazmoñerías de gatita de la barcelonesa le habían aclarado el entendimiento.
Ante su esperanza, resucitada, se abrió un inmenso campo de maniobras,
y comprendió todo el partido que podía sacar de aquel auxiliar. En
cuanto su amigo se puso al habla, le dijo así:
-¡Vamos, pollo, ha hecho usted una conquista!
Y alabó desmesuradamente la belleza de la forastera, sus aires distinguidos, su cultura y la gracia con que sabía decir hasta las cosas más
triviales.
Pascualillo, en el fondo, no dió ninsuna importancia a los elogios
del médico, y con todo, estuvo más displicente con su amiga, y observó
con sorpresa que los cabellos de Nieves eran más oscuros que los de la
hija del diputado, y que no reía tanto como ella.
El diputado olvidó en la fábrica su bastón, y el señor Regu'!ra dijo a
don Pascual que como él tenía que llegarse a Barcelona podría entregárs~lo. Se lo llevó, en efecto; y como en aquel momento no se hallase
el diputado en casa, el señor Reguera quiso saludar a la señorita. La
señorita vestía de blanco con cintas azul celeste; ya no parecía una mi207

�LA PI.UMA
niatura, sino una fina y airosa pastorcita de Watteau. El señor Reguera_
quedó prendado por cuenta ajena.
Hablaron de aquel día, y el señor Reguera hizo un brillante panegírico de Pascual, tal como lo había hecho para Pascual de la hija del di¡:&gt;Qtado. Aseguróle, además, que en la fábrica !a recordarían mucho.
Cuando el señor Reguera se retiraba, ella tomó de un vaso un ramo de
rosas magníficas y se lo entregó, diciéndole:
-Para la señora de Bañolas.
Y escogiendo una rosa pequeña y encendida como un corazón, añadió con leve rubor:
-Y ésta para mi vecino de mesa, como un recuerdo del día en que
nos conocimos,
De regreso en la fábrica buscó en seguida al hijo del patrono. Pascual quería ir a casa de Carolí (ahora ya no se veían en la farmacia,
tanto por el aviso del señor Reguera cuanto porque a ella no le era tan
fácil como antes dejar a la abuela, sino por las cercanías de la casa); pero
el señor Re~uera, quieras que no, se lo llevó a paseo, y poniéndole la
rosa en el o¡al le explicó, con todos los aditamentos pertinentes, todas
las maravillas de la pastorcita de Watteau.
-¡Oh, qué monada ... ! ¡Si usted la hubiese visto, .. ! En seguida me
ha preguntado por usted. Me parece que si usted quisiera, no tendría
más que alar~ar la mano. Ya lo vi claramente el primer día. ¡Qué lástima que este usted comprometido!-Y como hablando consigo mismo,.
añadió:-¡Esta sí que habría dado lustre a la casa Bañolas!
Hasta el día siguiente no vió Pascual a su novia, en el bosquecillo ,
cercano al río. Todavía llevaba la rosa en el ojal, y ella la advirtió en
seguida.
--;-¿Qué es esta rosa?
El, turbado, vaciló; habría dicho la verdad, pero le pareció que no
era del todo correcto decirla.
-Me la dió ayer el señor Reguera ...
Ella, sorprendida, le miró al fondo de los ojos; él bajó los párpados.
-LQué extraño! ¿El señor Reguera?
-Sí... De un ramo que trajo de Barcelona para mamá ...
Nieves era lista, y presintió vagamente algo de lo que pasaba. Su
frente, clara y pura, se tiñó con una veladura rosa, que era en ella señal
de que se había impresionado vivamente. Contestó tan solo:
-Ayer te estuve esperando toda la tarde ...
-Fui a paseo con el señor Reguera.
--;-¡Siempre el señor Reguera! Ya te dije que no fiases en él.
El miró, distraido, río allá.
208

L A PLUMA
-No sé por qué ...
,
. - ¡Porque tiene dos caras•-excla . N'
mo J '1eves con viveza; pero en seguida añadió, atenuando·-T·
gusta.
.
iene una manera de mirar que no me
-Antipatía que le tienes.
Hablaron de otras cosas Al de d.
por primera vez, le dijo en ~oz ba·!fe irse, ella, sonri ente, vergonz•sa
-Dame esta rosa
1 •1 1
Él se echó atrás ,-:Y a argo a mano hacia el ojal.
. -¿No ves que ~~~d~~:~:¡,'
fuera ~e tiro.
d
pnsa._
' I s1 asta manana-y se alejó deNieves quedó inmóvil corno u
na estatua, durante un minuto. Al
cruzar el margen sintió c;er
serenísima la noche, allá e~n~ ~~~a ~n su _mano. Miró a lo alto. Era
oro rebajado, la estreDa de'Ja tard JLnta, bnlla,ba, como una chispa de
era una lágrima.
e. a gota ca1da en la mano de Nieves

~Att 1r

* * *
Con el tiempo, las lloró abund
p
.
todo. :~o es que no la quisiera· h!~~s. ascuahl~o había cambiado del
pues.con sólo clavarle la mirad~ le hací~~mpí,fnd! ella_ que la quería,
quena como antes con aquella el 'd d em ar esvahdo; pero no la
lla ingenua dulzu;a de los pasado!rd. a 'Ahn aq?ella sencillez, con aqueellos algo forastero una influencia ias. . ora a muchacha sentía entre
que llenaba el amo~ de arrebatos de f~l~nd que lo en~en~bre~ía todo,
malas voluntades, inexplicables ~n b;t ª1 ,e~, de recnmmac10nes, de
ven~a», pensaba la pobre Nieves y
na og1ca ... «Es el otro que se
dec1Tselo todo al amado de ab : l 1 un~ y otra vez estuvo tentada de
detenía siempre el respeto a la ;~~~e~! OJOS hejfecbo al traidor; pero la
que podía ocurrir hasta el mismo s·1 que a ia echo, el temor a lo
dado hasta enton~es. En efecto·
enc10 sospechoso que había guarhabía convertido para ella en un ·c~p\mq~ elxc~sar adguel silencio, que se
y franca?
e impe 1 toda defensa airosa
l' d
Mientras tanto el veneno iba
corazón del amigo'.
cump ien su obra destructora en el
Pascual fluctuaba atormentado
b .
opu~stas. En realidad: al principio le yh sb!I' r~o, e_ntre dos corrientes
grac1~s y zalemas de la barcelonesa. Sen~·tn mq1!1ef1º muy poco las
prop10; pero su corazón enamorado c i ' eso s1, a agado su amor
del primer amor, seguía'fiel a la modeit~ tobdo el fpuego y !odo el empuje
J4
o rera. ero mas tarde... más

ó

ª

ª

°

209

.¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
tarde, comprometido y casi arrastrado la~ p_rim.eras veces por el señor
Reguera tuvo que aceptar por fuerza las invitaciones del padre, acomañó a l~ familia a la mesa, al cine, en los paseos, y poco ! poco le plugo
~l frívolo hechizo de la nueva ami~uita. Acaso .no la quena con amor de
hombre a mujer; pero le ~ntreteni~ y_ le deleitaba de un modo absorbente su graciosa compañia. La senonta barcelonesa mandaba y ~e hacía obedecer siempre, como reina y s~ño~a entre vasallos, como si fuese
la clave central del universo, y con el hizo como con to~o el mundo?
ero tan oentilmente, entre risas y juegos, que él no pod1a, prote~ta~ ni
~ebelarse ~ontra la impuesta esclavitud; y lentamente se fue con:7irtiendo como todos los que la rodeaban, en dócil juguete de la capnchosa.
En' sus contados momentos de concentración, y sobre todo cada ve~ que
volvía de la fábrica, al mirar con sorpresa,_ como.ª una de~conoc1?a a
quien viese por primera vez a aquella criatura, insustancial y frivola
como un pa·arillo, que por gracia se quejaba siempre d~ dolor de c~beza
estómaoo de aburrimiento o de cáhsanc10, el estud1~nte
0 de dolor
sentía un gran vacío ~n' el alma y un vivísimo de~eo_ de huir. ?e alh, de
romper aquel extraño encantamiento, que parec1a irreal, h1¡~ de una
0 resóra fi uración de alguna pesadilla. Y, como un consuelo mesperad~ como !n filtro libertador de sus facultades secuestradas, como 1;1na
rá --~ga de aire fresco que le devolvía los sentidos, .surgían ante sus o¡os,
co~ súbito relieve, los rasgos bien amados de N1eyes, sus formas. opud
lentas ricas en salud y fortaleza; su austera, pero imponente, ma¡~sta
de Ju¿0 . y la sed de ella y el deseo de ella le abrasaban. En cam,bi~ al
ver de n~evo a la obrera en la realidad, algo de desencanto y _de intimo
marchitamiento se mezclaba a su alegria impulsiva y esrontanea.
Acostumbrado ya a los artificios y arruma~os de la cnatur~ que ~cab ba de dejar hallaba excesivamente desprovista de ellos a Ni~ves, ¡uzgándola exce~ivamente vulg~r en su ~encillez, falta de grac.ia e_n los
gestos, de conversación monotona! de ideas ~lementales y rutmana.s Y.:
al mismo tiempo, demasiado mu¡e:, de~asiado rey~renda,. roco msi
nuante y festiva demasiado dura e inflexible a la cahda caricia .de sus
dedos nerviosos: .. y el pajarillo ingrávido y minús~ulo, el cepo animado:
voluntarioso· y plañidero, revoloteaba en el ~spac10 y, p_asando) t~abpa
sando entre él y Ja amada, le enturbiaba la imagen de esta, la a e¡a a Y
a veces la repelía.
,
En el divorcio cada vez más acentuado, Mefist? terna la máyor parte
de culpa. Sutilmente, solapadamente, c?m.o un .".1ento ':dverso, empu:
jaba la débil nave a la deriva. Hoy una msmuac10n, mfnana un ~ons~
· 0 , asado mañana una broma, otro día una observac~on en apa~1e1_1cia
había ido transformando y suplantando gustos, ideas y sentimien-

Je

ttil,

tos del enamorado; había elevado en aquel espíritu fluctuante un solio
de magnificencia para la intrusa y había puesto despiadadamente de
manifiesto, mirándolas con cristal de aumento, cuando no creándolas
de raíz con cuatro pinceladas ridiculizantes, las deficiencias de la pobre
hija de Carolí, y finalmente había infiltrado en el corazón enamorado
desconfianzas, recelos, desdenes, vanidades, exigencias, altiveces ... , innumerables causas de discrepancia con la amada.
-¡Bah ... ! Si he de serle franco, siempre dudé un poco de estas locuras de las mujeres del pueblo por los señoritos. Sólo puede tenerse fe
en las pasiones cuando van de arriba abajo, o de tú a tu, es decir, cuand? no se va a ganar nada si no a igualar o a perder... Si se hubiese podido casar con la otra, entre el capital de us;ed y la influencia del suegro, ¿dónde habría llegado la casa Bañolas? El senador y usted diputado,
serían los amos del país. Se acabarían los obstáculos del Collet, que
siempre han sido el nubarrón de mal agüero para el porvenir de la fábrica, y con una carretera por mediodía y algo rectificado el trazado del
ferrocarril .en proyecto (que cuando se dispone de votos y dinero, en Madrid se consigue todo), Ia fábrica quedana en situación más ventajosa
que todas las demás y no tendría que temer nunca una competencia
formal. ..
-¡Por amor de Dios, Pascual, no sea tan inocente! ¿Cómo quiere
que no sea melindrosa si en la resistencia está su victoria? ¡Son de mucho cuidado estas santitas campesinas! Con su virtud inexpugnable,
mantienen ardiente el deseo del sihador y no se entregan si él no lo hace
primero, es decir, hasta que envía por delante a la fortaleza el acta matrimonial... ¡Ah! ¡Quisiera ver a nuestra Lucrecia, hoy tan altiva, el día
en que perdiese toda esperanza de ser la señora de Bañolas! Entonces,
como ya no le aprovediaría la virtud para nada, se daría prisa en venir
a ofrecerle ella misma lo que ahora le hace desear tanto. Y sí no, haga
usted la prueba: ¡cásese y ya me sabrá decir lo que ocurre ... !
Pascual ya había acabado la carrera, ya era ingeniero. Nieves conservaba todavía una última esperanza, aún quer(a hacerse la ilusión de creer
que se acercal?a el término de sus torturas. El siempre le había prometido que en cuanto acabase la carrera hablaría a sus padres de la boda.
Pasó un mes, pasaron dos y no les habló a sus padres ni a Nieves. En
cambio, voces volanderas, que no se sabía dónde habían pescado la
referencia, empezaron a propagar la noticia de que tenía relaciones formales en Barcelona. Pascual, estrechado por Nieves, lo negó, arisco y
malhumorado; pero doña Menda se mostró muy gozosa de la noticia,
Y el señor Reguera, sin poner nada en claro, parecía confirmarlo con
sonrisa de discreta inteligencia.

210
2 rI

�LA PLUMA
Un día que fué a Barcelona trajo al volver una gran noticia y ésta
absolutamente cierta. ¡Se estaba terminando la bandera! Este era asunto
ya lejano. Dijimos que los obreros habían ido a recibir al diputado, _antando; el diputado, por halagarles, les dijo que cantaban muy bien; ellos
le notificaron que estaban preparándose para formar un orfeón, y el diputado les prometió que si lo formaban les regalaría la bandera. Se organizó el orfeón y el diputado envió a decir que cumpliría su promesa, que
regalaría la bandera y que él mismo haría la entrega. A su vez, el señor
Bañolas declaró entonces ~ue cuando el diputado volviese a la fábrica
se celebraría una fiesta esplendida, más espléndida todavía que la pasada. El portador de todos aquellos mensajes era el médico, que reservaba,
hasta la hora oportuna, el gran secreto que todo aquello encerraba y que
era nada menos el de que ra bandera había sido bordada por las propias
manos de la hija del diputado. Tentada p)r la sólida posición de los
Bañolas y animada por el consentimiento tácito de su padre, la gatita
había trazado sus planes y tomado sus medidas; pero Pascual era de una
irresolución desesperante, y, a pesar de que todos los signos eran de que
la quería, nunca acababa de declararse. Era preciso, pues, estimularle
de cuando en cuando con golpes de efecto que le fuesen comprometiendo públicamente y le llevasen, como de la mano, al anhelado noviazgo. Lo de la bandera era uno de aquellos golpes. La gatita, haciendo
al señor Reguera confidente único de la sorpresa que preparaba, le suplicó que no dijese nada a nadie hasta el día de la fiesta. Pero una desgracia imprevista había de precipitar los acontecimientos. Un ataque de
embolia se llevó a doña Menda, en pocas horas, de este mundo.
El que había de ser día de alegría y de gozo lo fué de lágrimas y
duelos. El orfeón, que había de debutar con un canto alusivo para ir a
recibir al diputado y a su hija, ensayó a toda prisa composiciones adecuadas y debutó en los funerales de la patrona. También se estrenó la
bandera. La habían traído el donante y su hija, enlutados, y al hacer
entrega a los orfeonistas, atado al asta un gran lazo de gasa nepTa, la
doncella había estrechado efusivamente la mano de Pascual y hab1a silabeado con ternura:
-La he bordado pensando en usted y es la mejor corona que puedo
ofrecer, como testimonio de mis respetos, a la memoria de su pobre
mamá, que santa gloria haya.
Pascual, emocionado. turbios de lágrimas los ojos, no hallando palabras con qué contestar, se inclinó y le be;;ó la mano. La escena tenía
lugar en el gran patio de la fábrica, lleno de obreros y obreras. Entre
ellas, Trinidad y su hija. La primera sintió en su corazón un impulso
de alegría y dió gracias a Dios, porque Je pareció que empezaba la libe212

LA PLL"MA

ración de su hija· pero ésta ere ó ll d
tenebreció a sus' ojos· le fallalo lega .º el fin del mundo; todo se endiese el espectáculo. Mefisto ut as pierna~ en poco estuvo que no
la observaba a hurtadillas astuiam:~:de el ~uóc eo centr:1J de personajes
placencia.
e, sonn con sonnsa de cruel comEl diputado y su h ..·
la fam~ia! presidieron ~tct~~ri%~:~tio~n~~::dos coloalsi ya fuesen de
y con os tos empleados
de la fabnca. No se había cruzado un
y los _barceloneses y, con todo nadie ~gfabra ffrd~al entre l?s B~ñolas
la umón de las dos familias. '
o aque ia que era inminente
En el más oscuro rincón de la
·u
N·
blemente pálida con el as ect
cap1 a, . ieves, secos los ojos y terrifracaso de todas'sus ilusioies la
y ¿.ªClt~rno qule la procuraban. el
pensaba en doña Menda; pe~saba conª age 1ª que e part1a el corazon,
naza y venganza que no había de acab~~n.cor', con u~ impulso de amedespierto en aquel instante le dec 'a
1¡amas. Su i~stmto, del todo
en lo más íntimo, de todo Ío ue ha~re a mue~ta tenia la culpa~ allá,
que se aproximaban. Ella co:f la . a pasado y _d~ los aco~tec1m1entos
e1 interdicto; en ella sentí~ Pascu.f{{;:1era ":d~o~1c1ón, hab1a formuladó
bilidad de carácter no le había permitidcos1t1 n med~ctible que su decondescendencia de última hora hacia a rontar a tiempo, e1Ia, con su
y sancionado la traición Nieves no ed nuevo a~or, había justificado
aquelJ~. alma que se le h~bía mostrad~~n~~~~r-m un padrenuestro por
De¡o pasar un mes Con el pret t d l d g l.
de casa y esquivaba la~ entrevistas ex o e u~ o, Pascual no se movía
novia. Pero ella contaba todavía con su promesa. Decidida a acacin
cosas, Nieves le detuvo un día en el ;~tii uni3 ~ez con aqu~l ~stado de
le gran cosa que la vieran o que de¡·asen d a ª1 escarada, sm importar-Escucha , p ascual .. .
e ver a.
-NDispe1;1sa, Nieves ... En este momento ... mi padre
- 1 o; bien sabes que no te
d.
me espera ...
dart~ conmig? po~que me enga~is~~~ na te. Pero no te atreves a queEl proles.to,. ba¡a la cabeza, sin demasiado calor.
_¿A que v1_e,ne todo esto? ¡Te estás volviendo más rara'
N1eves sonno con amargura.
·
-¡No me lo niegues' ¿Imaoi
h
tus maniobras con la ot;a? o.nas que no me e dado cuenta de todas
- M_anías tuyas ... Tienes celos ... Eso es todo ...
-DNime que no tengo motivos para estar celosa
- ¡ aturalmente, mujer!
·
- ¡Júramelo!

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,~~r::i

1

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�I . A PLUMA

L A PLUMA
Pascual vaciló; finalmente pronunció con esfuer.to:
-Te juro que ... , que no le he dicho nada.
.
-Entonces ... nada te impide cumplirme la palabra que me diste ...
Acabada la carrera, muerta ¡Dios la haya perdonado! tu mamá ...
-¡Nieves!
.
, .
-¡Infeliz! ¿Te figuras que no, compre~d1 que no me quena m_ me
hubiese querido nunca, y que. tu no ~en1~s valor l?~ra contrade_cirl~?
Pero ahora las cosas han cambiado. Tu mismo lo dipste: tu papa quiso dsarse a gusto y no impedirá que tú lo hagas también ...
Él bajó la cabeza:
-Naturalmente ... ; pero ahora ... , el lut~...
.
-Fijemos una fecha ... Dentro de un ano, ~entro de dos ... El d1a
que tú quieras; pero gue yo tenga alguna se_gundad ...
-Es imposible, Nieves. Las circunstancias ... , la ... la... . .
-Hasta aquí hemos lleiado, Pascual. Te ~e dado toda m1 Juventud,
todas mis esperanzas, y quiero saber para que te las he dad~...
.
Pascual se pasó la mano por la frente; sudaba de angustia. Despues
,
. .
tartamudeó:
-Tengo que completar mis estudios... Dentro de u_nos_d1as ... , qmza
mañana mismo ... , me iré a Alemania ... Después, a m1 regreso, podremos hablar... ·
Ella le miró atónita.
-¿A Alemania? ¡Nunca me habías hablado de semejante viaje ... !
¿Cuánto tiempo estarás allí?
Pascual vaciló nuevamente:
No sé... depende de ...
Nieves, resuelta, severa, irguiendo toda su estatura, le apoyó la mano
en el brazo y le interrumpió así:
-¡Basta, Pascual! No te molestes .. . Demasiado entiendo lo que te
sucede ... Te vas porque huyes de mí... No te atreves a faltar cara a cara
a la _palabra que me diste...
.
Sintió Pascual que se ' le agolpaba la sangre, tumultuosa, y Nieves,
violenta esperaba ávidamente con el alma asomada a sus pupilas.
.
«Si pierde las esperanzas, ella será la primera en irle a la zaga ... Y s1
no haga la prueba.. .»
'Al cruzarle por el cerebro el pensamient?, ruín, sel~ aplacó la sangre
repentinamente, se le vel0 la voz, se le enfno l~ expres_1ón.
- Ten cuidado. Piensa, Pascual, que me deias en libertad y que un
,
.
día puedes arrepentirte.
Nieves, aparentemente serena, hab1a pronunciado estas palabras lentamente, subrayándolas con firmeza.

r:speró tod~vía ... Vió que pascual agitaba los dedos espasmódicam~nte, como picado por la tarantula, pero no abrió los labios. Pasó un
f1?10uto,_ que en el orden_ espiritual,_ valió por unas semanas. El unigémto B_anol~s, en aquel mmuto, se v1ó en pleno Congreso, defendiendo
la rect1ficac1ón del trazado del ferrocarril. ..
Nieves le volvió la espalda, atravesó el patio y salió de la fábrica.
A lo~ cuatro días, Pascual marchaba a Alemania, dejando a su padre
desconsideradamente abandonado a todas las desolaciones de su viudedad.

* * *
Transcurrido cerca de un año, el padre escribió al hijo que debían
celebra~~e las mi~as del an~ve_rsario de doña Menda y que suponía que
el. su ~IJO, vendna para as1st1r a ellas. Le suplicaba que, al contestarle,
Je mamfestase lo que pensaba hacer después.
La imagen de Nieves, en actitud severa de Némesis, llenaba durante
toda la noche las sombras del desvelo a la vera del lecho del inoeniero.
Al día siguiente éste escribió a su padre: «Querido papá: De to8o corazón te echo de menos y espero con ansia ir a darte un abrazo y a
rezar contigo por el eterno reposo de la pobre mamá. Me preguntas qué
pienso hacer después. ¡Ay, papá! Me duele tener que dec1rtefo; pero es
forzoso que después vuelva aquí, porque estoy metido en unos experimentos interesantísimos que serán de gran provecho (al menos así Jo
esper~) para nuestra industria, pero que me ocuparán algunos meses
todav1a ... »

* * *
Llegó a la fábrica la noche antes de los funerales y, al salir de ellos,
habló de marcharse al día siguiente. Su padre entonces le dijo sin mirarle:
-Hijo mío, te ruego que esperes un par de días más ... Como me
sentía tan sólo y no quería perjudicarte en tus estudios, he resuelto volYer a casarme, y quisiera que fueses testigo en mi boda ...
Cuando el hijo, dolorosamente sorprendido, preguntó quién era la
elegida, el padre contestó evasivamente:
- Una antigua obrera de la fábrica ... Y salió de la habitación.
Al día si~uiente se celebró la boda, con sencillez y seriedad, en la capilla de la fabrica. Nadie había sospechado nada hasta aquel momento,
porque los trámites preliminares se cumplieron en la mayor reserva.
Asistieron tan solo las dos familias y actuaron de testigos, por parte de
don Pascual, su hijo y el señor Reguera. La novia, modesta y pudorosa,
no levantó los ojos del suelo durante toda la ceremonia. Ella fué la que

214
215

�LA PLUMA
rechazó par'.'- alcoba i:upcial 1~ suntuo~a que había p_ert~~ecido al matrimonio en vida de dona Menc1a, prefiriendo una habitacion clara y soleada del segundo piso. Esta alcoba estaba situada encima de la de Pascual,
y unas horas después, éste confesaba al médico que lo que más le había
hecho sufrir de todo había sido oir sobre su cabeza el ruido de los zapatos al caer en la alfombra.
* * *
Han pasado m_ás años. El_hijo de_Bañolas, terminados. sus ~studios en
Alemania se caso con la h1¡a del diputado, y ahora es el quien ostenta
la investidura del suegro y el que ha cons~guido la carretera ~e ~ediodía
y la rectificación del trazado del ferrocarril; pero el ferrocaml D10s sabe
cuando se construirá y los obstáculos del Collet siguen siendo la perpetua amenaza de la fábrica.
Cuando se casó, su padre quería ce~erle todo el primer piso de la
casa pero Pascual se opuso resueltamente, y con la excusa de que ahora
dirigiría él personalmente la fá~rica, alojó al subdirec~o~ e~ el pueblo y
se fué a vivir al chalet que aquel ocupaba. Gusta de v1v1r aislado, tanto
mas cuanto que su esposa, ,el pajarillo minúsculo, está ~uy delicada de
salud; tiene enfermo el estomago, y una cruenta operac10n en las entrañas la ha dejado estéril para toda la vida:.
._
En cambio, don Pascual tiene dos hi¡os como dos soles, u~ mno, y
una niña. Los domingos, cuando van a misa al pueblo, la mu¡er, _dandole filialmente el brazo a su marido, porque a don Pascual ya empiezan
a flaquearle las piernas, han de pa~ar ~ecesariamente por d~lante del
chalet del director, y desde el estudio, situado en la pla!1ta ba¡a, _do~de
pasa trabajando locamente todas las horas que no esta e1~ la fabnca,
Pascual no puede_ dejar de observar 9_ue el niño,_ su hermanito, se 1~ parece extraordinanamente y que la nrna es la misma estampa de Nieves
cuando iba a la escuela y corría y saltaba al margen de los regato~ de la
huerta. Entonces va al otro lado de la mesa y reanuda el tra~ªl? con
más furia que nunca. Y al verle tan atareado los obreros de la fabnca le
dicen afectuosamente:
,
-Ave María, señorito. Descanse un poco, que así como as1 1 tampoco se ha de llevar el dinero al otro mundo. ¿Y sabe lo que consigue con
trabajar tanto? Pues que a sus años parece usted más viejo que don Pascual.
h
En efecto, el hijo de Bañolas tiene todo el cabello blanco y e.1 rec o
se le hunde un poco más cada día. El padre, abotargado de su felicidad
es el único que no lo advierte.
VÍCTOR CATALÁ
Traducción de
216

RAFAEL MARQUINA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES*
II
colegio de donde venía pasaba por bueno. Caserón prócer, _muros desplom_~dos, sobre el dintel armas en berroquena, suelo de guiJas en el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio, ensombrecido
por la pompa rumorosa de tos laureles y los cinamomos. En el
estrado, a la diestra del Director, sucinta diputación del reino mineral, en un armario. Y a la mano siniestra, en cierta alacena, retortas
con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espetéras, desportillados, y cantidad de tarros con substancias desusadas y temibles,
que de primera intención parecían cosa de botica. Profesor de física,
un médico, por venir de facultad contigua a las ciencias esperimentales; profesor de aritmética y geometría, un capitán retirado, ducho,
como militar, en ciencias exactas. Pasantes famélicos, irrisión de la
g ente menuda cuando exorables, o azote funesto si las cóleras fermentadas en el lapso de su vida les tomaban con arrebato la cabeza.
Las lecciones, por tandas; los estudios en común, y a voces, para
L

* Véase

LA P LUMA

de septiembre,

19 21.

217

�LA PLU:\·1 A

.! .

meter pcr los oídos en los desvanes de la memoria, a favor de un
raudal de sones cadenciosos, las materías de no fácil recordación.
Borrascas de lapos y cachetinas imbuían en los torpes la sintaxis del
latín: más lágrimas he visto correr sobre el texto de los Ccmentarios
que sangre vertió el propio César en el suelo de las Galias. Colegio
bueno: confusión de yoces, de torpezas, de resabios. En los Escolapios pegaban con vara; en el nuestro, quien más, atrapaba media
docena de correazos. «Dios castiga, pero sin palo»; tal es el introito
de la sabiduría infantil. Era patente que los maestros seglares se
acercaban más que los eclesiásticos al poder de Dios...
Aridez, turbulenta grosería en el colegio; lóbrega orfandad en
casa. Un espíritu tierno, como de niño, ambicioso de amor, empieza
luego a tejer un capullo donde encerrarse con lo mejor de su vida,
con todas esas apetencias, generosas o no, pero fervientes, que el
mundo desconoce o pisotea. En esa edad, por el corazón se vive, tan
.solo. ¿Qué me importaban a mí los romanos, ni la noción de lo sublime, ni las luchas del Pontificado con el Imperio? Heroísmo, el mío;
emociones, no la naturaleza exterior ni el estudio de los modelos,
sino el divagar por la selva del alma me las brindaba; y en secreto,
siempre. Los maestros preguntan de historia, de física, de agronomía...; pero de ese faberinto en que el mozo se aventura a tientas,
con pavor y codicia del misterio, nunca. Larva de funcionario, que
será por vocación padre de familia en cuanto se libre de quintas: así
reza e! cartel que a uno le cuelgan del pescuezo. Y entonces empieza
el amarse a sí mismo con monstruoso amor, macerado en la soledad,
y el zambullirse, culpable la conciencia, en el deleite de los ensueños. Porque toda la maleza que en tal sazón vamos viendo crecer Y
tupirse es sin duda el desorden, es el mal, es lo prohibido, lo vergonzoso y recóndito de que no se_ debe hablar. O acaso los _demás
no están dañados, y uno es el caso insólito: un monstruo. ¡Que fardo
ha creído uno llevar, o más bien ha llevado realmente sobre sí, en
218

I.A PLUMA
la que llaman edad dichosa! Menester es aceptarse; no hay opción.
i Pero aceptarse así, a escondidas, creyendo cometer un crimen, y asomarse con remordimiento y pavor a los veneros que en el fondo de
nuestra humanidad bullen y nos fascinan ... ! Cuanto me ha reconciliado con la vida: el amor o el arte, el afán de saber o la amistad el
apego a la acción por la acción misma y el estímulo de añadí; aI
mundo moral alguna criatura de mis manos no son sino las formas
en que ha buscado empleo y saciedad aquella pujanza juvenil que
enton_ces :ne puso miedo creyéndola ponzoñosa, y que todos, todos
parec1an ignorar, no sólo en mí, pero en el ser humano. Con más
cordura, sumiso al orden, la hubiera destruido. La defendí; fuí un
rebeldillo, un enemigo, prestando al orden la aquiescencia mínima.
Vivía para mí solo. Amaba mucho las cosas; casi nada a los prójim_os. Amaba las cosas en torno mío; amaba los o~jetos triviales de
m1 pertenencia, porque eran dóciles y. sugerentes y andaba en ellos
algo de mi persona. Amaba mis libros, y el aposento en que leía, y
su luz, su olor. Amaba la casa, tan temerosa en los anochecidos
rondada por las sombras de los muertos, llena, a mi parecer, del ec;
de ciertas voces extinguidas por siempre jamás. Y el patio, v un
conato de jardín entre estombros, donde las tardes de la canícula ,
apenas puesto el sol, atendía a los furiosos giros de los vencejos en
torno al chapitel del convento contiguo, a las campanadas del rosario, a las voces de las mujeres que iban a coger agua a la fuente del
Hospit~l, Y a otros rumores del pueblo desgarrado por la congoja
vespertma. Amaba poco a las personas. Se me antojaba hostil su
proceder. La más entrañable estaba casi tres cuartos de siglo dis-tante de mí. Pero iban otros héroes y heroínas de mi talla a una plazuela sepulcral, pegada a los muros de San Bernardo-cedros y tilos
entre acacias, y un estanque a rás del suelo ceñido de laureles
rosa- , que oyó, en las noches del verano, las efusiones de nuestro.
delirio.

�LA PLUMA

En noches tales me acostaba feliz. De pronto, desde la alcoba
tocante con la mía, me gritaban:
-¿Te has dormido?
-¡Aún no!
-¿Qué haces? Reza el Señor mío Jesucristo. ¡Si te murieras
ahora caerías en el infierno! ¡Arder, arder siempre! ¡Por toda la
eternidad ...!
Era pavoroso, ¡y tan injusto! Devoraba la injusticia, del mismo
sabor que mis lágrimas. Digo que paladeaba su amargura. Llevaba
el corazón henchido de orgullo: teniendo razón contra todos, era su
víctima.
-Tú vas a ir con los frailucos, nieto-me dijeron al acabarse
aquel verano.
Fué más grande la sorpresa que el disgusto. Frailes, yo no los
había visto. Alcalá fué en otros tiempos copioso vivero de insignes religiones. En los míos, era un pueblo secularizado, abundante en canónigos pobres y sin demasiado celo proselitista, adscritos a la nómina,
•que iban a ganarse el sueldo cantando en el coro de la Magistral: Deus
in adJutorium meum intende... como otros emplead&lt;•s iban a la Administración subalterna o al Archivo. Había capellanes de escopeta
y perro, o que imitaban al pie de la letra la vocación de los apóstoles pescando barbos en el Henares; curas de rebotica, y algunos
g oliardos. De los frailes quedaban los conventos, reducidos al cascarón, el nombre de los pagos más fértiles, que suyos fueron, y las
memorias, frescas aún, de sus luchas por el rey neto en la era fernandina. Para la gente moza, el fraile era un tipo corpulento, con
barba.e; y sayal, rasurado el cráneo, que lo mismo asestaba un trabuco
contra franceses que azuzaba a los voluntarios realistas contra los
-«negros». ¿Y una caterva tan brava abría escuelas? ¡Dura cárcel me
prometían! Pero el llanto era al de~prenderme del orbe estrecho en
220

~ PLUMA
que solía imperar dond f
tab
'
e uese a dar con m1·s h
a menos.
uesos me impor- _

Los parientes me diieron ad 10
'. rac10n
· · d el Ama2onas O "t· b
s como si emprend1era
• la explod
.
·
ira an a consolar
d
er, ilustre infortunio: «Es or t
.
me e aquel, a su entenagradecerás!»
p
u bien. ¡Cuando seas hombre lo
-¡Si tu abuelo levantara la cab
,
dose de la ejecutoria doceañista de e~a .... -murmuró uno, acordán. Llevé por ,·iático ósculos de mo ~1s mayores.
n3a. Me besó la provecta Supenora, quien con tanto taparse
y arroparse d b
asomada al marco redondo
I
a a a su faz pachucha
de la toca, no sé qué calidad~e e poní~n los cañones almidonado¡
dez. Las buenas madres me e ca:ne mdecente, de obscena desnudido en el pecho un corazón dsonre1an tie~namente. Mostraban prensino el tamiz de las cortinas be tra~o vomitando llamas. No su fuego
bres de púrpura. y con despe~~;:e~~ 'ttía en el locutoriq vislum~ .
en faltando yo unos mese
e as cosas, por parecerme que
.
s nunca volvería
1
aprendido cómo nos ve
a ver as (aún no había
d
nce su permanencia)
,
onde no tuve otra impresión el rim
, , amanec1 en El Escorial.
país de insólitas maanitudes Me p . ~~ d1a que la de entrar en un
las gafas hasta la fr;nte mir~nd rec1b10 el Padre Valdés, y alzándose
preguntó:
,
orne con los ojillos entornados, me
-Tú , e·por qu é est udias? ¿Por convicción?
~espondí con risas y encogimientos de h
..
a m1 celda, y luego me inco. é
ombros. Me deJe llevar
1
.
J por a cuatro bigardos
e patio oyendo contar histo .· d
.
que estaban en
luz granujiento, que escupía uas : muJ~res. El narrador era un andapor e colm11Jo y apestaba a yodoformo.

1

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

III

i!

'1
,1

'\

·:l.

Hay que ser un bárbaro para complacerse en la camaradería estudiantil. Por punto general, entre escolares, los instintos bestiales salen al exterior en oleadas y, so pretexto de compañerismo, allanan
las barreras que, para hacer posible la vida en sociedad, erige la
educación. Una masa de estudiantes degenera velozmente en turba,
ligada por la bajeza común. Y todo hombre que no esté atacado de
futilidad incurable y aspire a formarse en el curso de la vida una
conciencia noble, no hace sino emanciparse de aquella necedad primaria, que cuando más es, no rebasa el nivel de la licencia chabacana y sin sentido. Muchas gentes acarician las memorias de sus años
estudiantiles, ponderan su dulzor y vuelven hacia ellos los ojos tiernamente, pensando que fueron la edad de oro de su vida. Es aberración del entendimiento, a no ser que los tales hayan arribado a situación más aflictiva, por ejemplo: a presidiarios, o rememoren en efecto la juventud que ya perdieron, sin discernir entre su esencia y los
accidentes pintorescos.
No tengo por qué alabar la sociedad del colegio. El fastidio de
tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro,
la privación de afectos suaves y el ver frustrados los gustos individuales por el rasero de la disciplina uniforme, añadían no sé qué
punto ácido a la mezcolanza de los modales e inclinaciones divergentes. Mundo en miniatura, gota de agua, donde era harto más difícil
que en la charca en que me ha tocado vivir el uso de estos lenitivos
contra la aspereza del trato humano: elección y soledad. Aislarse parecía sospechoso, o siquiera raro. Más lo parecían, por algunos escarmientos que hubo, las amistades particulares. Formábanse, con todo,
asociaciones limitadas que, en lo más sabroso y cordial de ellas, eran
222

secretas. Qué destino presidía en su nacimiento, yo no ¡0 sé. Afinid~des profundas y sólidas _n o serían, porque no he visto subsistir
mnguna fuera ~e los muros del colegio, y las amistades que conser~o desde tan leJos, no son sino amistades rehechas, injertas en el antiguo tronco, pero maduradas en otra sazón y tocadas con otro cont:aste. El brote de aquellas preferencias apasionadas era pues azanen~o; no ven~an determinadas por elección verdadera, ~ lo q~e se
poma en comun era un sentimentalismo caedizo y fátuo irritado 0
falta de empleo., Unían~e en piña cerrada un cabecilla' y dos O fre:
secuaces. :r¿ostrabanse Juntos en el billar, en el gimnasio y demás recreos. Hacian rancho aparte en los holgorios campestres cuando nos
lle:aban al Batá~ o a la ~uente de las Arenitas a come/ la paella de
re0 lamento.. Teman reuniones clandestinas en alguna celda, por la
tarde, para Jugar al monte y al tresillo y leér novelas, 0 bien, de raro
~n raro, por la noche, hasta las altas horas, sobre todo en el buen
t~~mpo, estándose de. codos e~ la ventana, en inocente contempla~10n, callad~s, para oir el concierto del álamo sonoro y del sapo flauti_s!a Y embr~agarse en el oreo voluptuoso de la Herrería. y a la funcron ~e suphr por la intimidad de que el colegio hacía tabla rasa, estas al~anzas acumulaban otra, puramente defensiva contra los desmanes aJenos.
La sociedad del colegio enseñaba a ser cauto. No había que fiar
mucho en los arranques compasivos de los mozalbetes; por añadidura, se.recriaba allí un enjambre de zánganos, de haraganes de café
(recluidos en El Escoriaf para tentar fortuna en los exámenes al ampar~ de_la supuesta ~nfluencia de los frailes), gente careada al vicio y
no limpia d~ baratena,_ que se alzaba con la prerrogativa de escoger
el hazm~rreir de_l coleg10. Proveían el cargo con ineptos, con tímidos,
con al~un afemmado o algún triste que anduviesen vagando entre
fil•as sm haber hallado cobijo amistoso. La Universidad le reconocía
por víctima; mas, con reírse de él a toda hora y mentarle con despre223

�✓

LA PLUMA
.
na rotección singular le amparaba~
cio, no dejaba de advertir q~e u fe los estudiantillos de poco más
cubriéndole contra las agresione_s
I
a pandilla de igual ca. M mferro o a o-un
o menos: era que cualquier a
. º con la limosna de una
.
d 1 · f 1· v le socornan
laña se apropiaban e m e iz - ta n silencio burlas, denuestos y,
tutela aparente a cambio de sopor ~ e . en tal servidumbre con.
1
,olpes Los mas ca1an
.
por descuido, a gunos g
.
. concertar entre iguales
d
f Ita de arrestos pai a
tra su volunta , por a
t
mentecatos a quienes hu.
· · Pero o ros
'
aquellas hgas de protecc10n. d 1
édicos aceptaban de grado
'd
en manos e os m
,
hieran debi o poner
- podían llevar por el abet
te que a sus anos
'
esa vida, la más tor uran
d t s del vicio y parecer uno
rrado gusto de hombrearse con los oc ore
.
nderaban en la sociedad del
de eJlos.
Estímulos de esta m~olelp repdo hombres avezados, no había.
. p
a echarnos as e
. .
colegio. ropensos
.
1 entajarse en expenenc1a semás cabal signo de hombna qu~ ~ e::ierro atenazaba la imagina1 c~legio brincaba animalxual. El erotismo exacerbado poi eb
. d 1 de todo otro ce o, y e
b
ción • apartán o a
.
• , de la carne alumbra a
b
La msurreccion
mente, azuzado por la rama.
d se tri·unfaba de ella: la con. · · cluso cuan
siempre aquel vivir, m
1 cha· Jo que nos atosigaba
. .
"b formando en esa u
,
ciencia rehg10sa se i a
.
"
as de relio-iosidad exaltada y
o·
1 1 s· y ciertas 1orm
no eran dudas teo oga e ,
.
d
se tuvo noticia no estaban, .
.
.
o tificaciones e que
. f 1
duras penitencias y m r
d 1 . . Casos de contagio u . d f mentos e UJtma.
en lo hondo, limpias e er
.
table que el de un madrileh • inguno mas no
minantes hubo mue os. n
d I 1 terra donde se había educado,
ñito de sangre azul, que llegó e ng a t ll~no y cándido como una
. 1 d
palabras en cas e
.
sin saber articu ar os
pocos días aprendió a emp aloma. Tenía diez y ocho anos. Eln másuyterne y a jactarse de la su'
b¡ f mar como e m
bo1Tacharse y a as e
E a una diversión oírle ensayar
evas costumbres. r
ciedad de sus nu .
ocabulario que iba adquiriendo.
.
con lengua estropaJosa el v .
. d el más gustoso remedio
El retiro en la celda debiera haber si o

°

224

LA PLUMA
contra los sentimientos desapacibles que la perenne convivencia de
tantos jovenzuelos no podía por menos de fomentar. Encerrarse entre la:, cuatro paredes era salir a otro mundo, y al recuperar la posesión tranquila de sí mismo, se alejaba infinitamente aquel en que uno
solía estar, como si el alma, agigantada de súbito, lo perdiese de vista.
Mas no todos, por de pronto, podían soportar la soledad. Algunos
hablaban con terror de las horas que por obligación habían de pasar
en la celda: el aislamiento durante el estudio, ya de noche, era para
los tales un suplicio. Se paseaban arriba y abajo en el aposento, como
fieras enjauladas, o leían en alta voz o canturreaban, porque al oírse
se creían más acompañados. Conocíamos además una disposición del
ánimo, una manera de tedio, específica del colegio, que en el aislamiento se enconaba, lejos de curarse. Era un descontento sin causa
aparente, un aborrecimiento de sí, donde venían a condensarse el cotidiano desplacer de la personalidad en ciernes y los chascos por
que ya se juzgaba acreedora de la vida. No nos apretaba la tristeza,
sino el furor, o entrábamos cuando menos en una predísposición a
la cólera muy peligrosa y pasábamos del abatimiento a la iracundia
por la ocasión más fútil. Entonces el colegio parecía solitario, frígido
y repelente como nunca. Entonces las personas parecían más encastilladas, más incomunicables.
Estos eran los accesos violentos de un mal que, atenuado, padecían iodos: la pesadumbre del tiempo. El tiempo nos aplastaba, y
como estaba tan vacío, era menester que llevásemos encima montañas de tiempo, masas de tiempo incalculables, para sentirnos así agobiados; hubiéramos querido volarlas, despedazarlas; hubiéramos querido asesinar el tiempo. Era nuestro enemigo, pues se interponía entre el momento presente y el indeciso mañana, en que la vida iba a
empezar a ser valiosa. El espíritu adquiría el hábito de no contar con
el instante que pasa y de proyectarse violentamente sobre el futuro,
sobre un futuro sin fecha ni nombre, que no tenía otro valor que el

�LA PLUMA
.
1 ho Todo en nuestra regla nos indude ser escapatoria abierta en e . y.
desden-able· en primer lugar,
unto de espera
·
,
cía a creernos en un p
1 . . suJ· etos hasta que fuese¡ 1 razón de aque vivir
el at,arato forma Y a
. ·dad en que yacía nuestro
d
, la absoluta oc10s1
mos hombres; y espues,
, ·1
·en pretenda que a un mozo
, .
1
. erá inveros1m1 a qui
. .
espmtu. El o paree . l induce con fi rme suavidad al recog1m1enl
la disciplina del co eg10 e
. t ·ormente menos dirigido.
t do nunca m en
,
.
to. Yo no me he e~con ra
ar el Ebro, en una barca sin remos nt
Iba, como Don QuiJote al surc
d spedazase. Todas las noches,
. . l
. no es mucho que se e
.
h
Jarcia a guna,
t •ábamos en 1a cap1·11a·' un fraile nos ex orantes de acostarnos, en I
. d
n·os y démosle gracias por
,
n la presencia e 1
. .
ás
taba: «¡Pongamon_o~ e '
haber tenido entonces el juicio m
los beneficios rec1b1do~.» De hubiera hecho en aquellos minutos
afilado y sobre todo mas atento,
. as
de meditación comprobaciones angusttos .

IV

_
C• oyó golpes débiles en
d . ·erno mi. companero
Una noche e mv1
. , d la cama· a medio vestir pasó a
t Se an-OJO e
'
un tabique de su cuar o.
p d M Halló al fraile incorporado en
la celda contigua. Era la del a re . t Sobre la colcha yacía un
el lecho, envuelto el tronco en una manl ad... .
. e
mustia el Padre e lJO.
d
libro abierto. . on voz .
edado frío leyendo y no pue o
-Socórrame, por D10s. Me he qu
desdoblarme.
.
ron al enfermero. Fray Marcelino,
.
1 Padre cobró un poco
Le ayudó a estirarse. Llama
.
d. ó con unas fnegas, y e
lucio y sonriente, acu l
No fué corta nuestra algadel calor que le negaba su pobre 'standgare.el mismo fraile nos contó su
1 d' ·guiente en ca e r '
1
zara cuando a ta si
. '
, ·1 fl
eza macilento de co or y
Era
en
efecto
de
mveros1m1
aqu
'
'
apuro.
,
226

LA PLUMA

de ánimo, y más de una vez creímos que moriría así, destruido por
clima tan rudo. La sonrisa amarga que de tarde en cuando se desperezaba por entre sus barbas densas de cuatro días, y aquel mirar de
carnero triste con que ácompañaba la relación de su penuria, le
hacían, más que lastimoso, repulsivo. Tenía un pronto desapacible,
ágrio quizá; antojábase hombre de rigor y esquinado; en el fondo
sólo era exánime. A este fraile en cecina llamábasele en el colegio «la
Pescada». No sé si vive o está muerto. Es probable que el ventarrón
de El Escorial lo haya arrebatado y se halle, nuevo Elías, vivo en
otra esfera.
Dos años arreo me tuvo este fraile bajo su laxa férula. El achaque
de sus dolencias servíale para escurrir el bulto como un estudiantillo
disipado. Todavía, al profesar el derecho canónico, el peso de su
reputación propia le obligaba a contenerse. Teníanle sus correligionarios en opinión de canonista de muchísimos quilates: nunca le oí
sino parvas glosas de un texto raquítico; pero era asiduo, y grave, y
bien se veía que había leído unos libros mucho más gruesos que
nuestros pobres libros. Premioso en el discurso, no más suelto de
lengua, al empezar a salirle de la boca los períodos, despacio, reptantes, entablillados con muletillas y apoyaturas, parecía como si se
le volviesen hacia adentro, y los mascullaba, tornando a proferirlos
entre náuseas, mientras movía la mano flaca que le colgaba con desmayo de la muñeca, como un trapo pendiente de un asta. Usaba sin
tino de los adverbios de modo: «El concilio de Nicea, que generalmente se celebró el año de tantos ... », solía decir. Entre su saber, incomunicable, · y nuestra desgana, quedaba una zona muerta que ninguno intentó salvar. Andábase por ella el Padre musitando cánones
con respeto, con unción, poseído de religioso temor ante una materia de tan augustas concomitancias.
Sellamos pacto de alianza con el fraile al curso siguiente, cuando
vino sin pensarlb a regentar otra cátedra. El pobre, al pisar terreno
227

�LA PLUMA

LA PLUMA
o supo dónde dar con sus huesos: se pasó a nuestro bando.
nuevo, n
des nombres·
Los simoníacos Prisciliano, Trento, Letrán... son gran
. '
ero la ley de Minas, las Diputaciones provi~ci~les, lo Co~tenc1oso,
p
de ue sólo se trata en las oficinas pubhcas. Un mismo asco
~:~::cibl~ nos unió, y, puesto que habíamos de correr juntos aq~~l,la
mala fortuna, resolvimos adoptar la postura m~ ~ómo_da: la decision
tácita fué que nos ocuparíamos del derecho adm1ms!rabvo tanto como
de las lluvias de antaño. Suspendimos el uso de baJar a las a~las, que
eran muv frías: el Padre nos convocaba en su celda, y haci:ndonos
t e~ torno de la mesa abría el libro de texto por el c~pitulo de
:::d: Los alumnos proseguíamos a media voz el coloquio comenzado ~n los pasillos, o lo abríamos gravemente, dejand~ caer . ~n los
silencios bien medidos alguna palabra dicha por la i_ntenc1on .del
.
d .aba de acudir al señuelo, y la conversación, al punto,
d d
f nción
fraile que no eJ
. '. or más de una hora. Nuestros temas, gra ua os en u
rev1v1a P
,. 1 ·
ección de
. .
de su oder aliciente, eran el tiempo, la pohbca, a m~urr
FT . p La historia anecdótica de El Escorial, las glonas agustuuan:;:~~ún cuentecillo o chuscada, traídos de Madrid por los esco·smos componían el picante sainete. Cuando, por raro caso,
1ares m1
,
f ,
· Sao-asta
. la lluvia ni el viento, ni la nieve, ni el ca1or o e1 no, m
º- ,
n~ C,
, ni Don Carlos ni los republicanos, ni «el companero
m anovas,
'
· t d en tierra
d,
Iglesias» ni otros cebos apetecibles daban con su vir u
nos bas~ba pronunciar, a manera de ensalmo, ª:~una palabra ~
t s· Rizal Polavieja Ymus; o bien: masones, pns1on~ros, autono
es a .
,
1 Padr~ se despabilara y clavándonos la mirada morla
mía para que e
. ? A
tec~a inquiriese. «¿Qué? ¿Pasa algo nuevo? ¿Qué d1c_en » veces,
cam ana que nos llamaba a comer rompía el coloquio.
~¿Tienen alguna dificultad en la lección de hoy?-preguntaba el
Padre.
-No señor; ninguna.
-En~onces, para mañana la siguiente.
228

Este maestro gélido gustaba de sacar al sol su pereza. A veces,
en los días de primavera precoz que suele traer febrero, nos llevaba
a pasar la hora de clase en el jardín de los frailes. Salíamos tras él
de la Universidad, como a hurtadillas, y por las galerías que cierran
la Lonja, del lado de los Alamillos, ganábamos la de Convalecientes
y luego el jardín. Íbamos desde la oquedad fría de nuestros corredores, desde la desnudez agria de las paredes blancas, desde los
ruidos tristes del Colegio, a bañamos en el aire azul en un ámbito vaporoso, sin límite, protegidos por el silencio flúido de uno de
los lugares deleitables del mundo, donde reina el egoísmo certero de
las lagartijas. Estos animalillos se dejaban difícilmente sorprender
por nuestra saña. Despatarradas en la barbacana, sobre el voluptuoso
lecho de líquenes viejos que vegetan en el granito, en.sintiéndonos
llegar se arrojaban de golpe a las madrigueras. Allí las íbamos a buscar, hurgando en los intersticios de los sillares. Algunas nos dejaban
entre los dedos su apéndice caudal; nuestra cultura era ya demasiado
fuerte para creer que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados fuesen-como nos enseñaron en la infancia-maldiciones. El
hechizo del jardín a tales horas era un sosiego gozoso, una paz-paz
sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente-que nos
devolvía el alma a la externa quietud dominical, donde se mece en
la holgura q4e dejan las normas cotidianas abolidas. El sol reverberaba en las pizarras, en los cristal~s, en la haz del estanque: el lienzo
de granito, entre las dos torres, hiriente e impasible y sin fondo, por
lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde
temblaba la luz. Y en el aire, cargado del efluvio de los bojes, había
ya un esplendor, promesa del regocijo de la Pascua. ¡Qué bueno el
sol, metiéndose por las ventanas en las celdas de los frailucos, llevándoles tanta alegría y ésta paz! Uno asoma su bulto negro, estáse mirándonos muy quieto y de pronto ha desaparecido. Otro se ensaña
en arrancarle a un violín vagidos discordes. Estarán todos en sus
229

�LA PLUMA

celdas, quien leyendo o meditando, quien paseándose arriba y abajo
con el breviario registrado en la mano, farfullando el rezo. Y el Padre
Víctor, en la sala priora! estará enseñándoles Madrid a unos visitantes forasteros, con aquel catalejo puesto en un trípode. De pronto
una campana voltea, voltea dentro del monasterio. Los frailes salen
de sus celdas, siguen los claustros lóbregos, cruzan por el lucernario donde está una fuente que surte agua por cuatro caños en un
pilón de granito, y entran en el refectorio, tan frío, con relente a condumios. Nuestras horas son otras. Nos quedamos en el jardín. Me
gusta echarme en la barbacana, cara al cielo, con las manos bajo la
nuca, inmóvil por no despeñarme a la huerta. El hortelano sorrapea
el suelo, suelo blando, vahante; se oye el tíntineo de la azada al chocar en las pedrezuelas. La galería y el árbol, la torre y la montaña
periclitan; uno está como suspenso en el aire, y le sale al encuentro
la cigüeña, que se alza ensanchando sus giros y lleva en el pico leña
para rehacer su casa en la chimenea y en la garra un palitroque,
MANUEL AZAÑ'A
(Continuará.)

1

¡'I

''

MANANT·IALES EN LA RUTA
( LIBRO lNÉDITO)

DiNERO
. 9Jinero que yo no tengo,
dznero que tú tendrás·
ensueños que yo pose~
Y que tú no poseerás.
Un día nos moriremos
nos llevarán a enterrar: '
serán las fosas iguales
Y la tierra será igual.
cSe harán ceniza tus manos
las mías también se harán. '
las tuyas de gastar oro '
las mías de no gastar. '
cSerá polvo tu cabeza
'
la mía polvo será;
la tuya de pensar poco
Y la mía de pensar...

. ·¡

�LA PLUMA
I, A PLUMA

LA CARRETERA BLANCA
¡C:arrefera blanca de mi pueblo! ..Cenfo
caminar del coche por sus curvaturas;
carretera hecha para el sol y el viento
y para el olvido de mis amarguras.
'i/o siempre que viajo voy en el pescante
enfermo de sueños y misantropía,
can los ojos fijos en lo más distante,
buscando el camino del pró:&gt;.imo día.

·' .

'JI las horas pasan y

el coche camina;
en el mar navegan los blancos veleros,
el sol en los montes lejanos declina,
y mi alma siempre por otros senderos...

6s la carretera para mí un camino
por donde viajo con el corazón,
al par que en lo ignoto soy un peregrino
que lleva en sus alas la imaginación.
..Clenan la campiña árboles frutales,
bajo sus ramajes se escucha una voz,
y las amapolas entre los trigales
parecen las huellas de un delito atroz.
..Cadran los mastines de viejos pastores,
' y el alma recoge sus dulces ladridos
que para su amable ternura son flores,
rumores de fuentes y cantos de nidos.
¡Casas de la orilla de la carretera,
de techos bermejos y puertas cerradas,
tenéis el cariño de mi alma viajera
oculto en el polvo de vuestras fachadas!
¿fNo hay una muchacha bella y ruborosa
que se asome al marco de vuestras ventanas,
cuando es oro el cielo y es la tarde rosa
y en los corazones hay son de campanas?
232

J ¿e1,ué hviajero extraño la suerte ha tenido
.
ae escuc ar. un can t t ras esas vidrieras
en cd,yos cristales el polvo ha vencid. ,
a to as las brisas de las primaveras/

1

°

.¡
. ¡

pe~~;j :~l~l'7o!d~ 'Jeª'es~:squcaésmes &lt;f.~l año,
• dº
as VleJas
q ue e~ Sl·¡.encw
leen historias de antaño'
que aun guardan sus largas techumbres bermejas?
_. ....Cos caballos frotan arrastrando el
h
mls ojos se pierden en la lej ,
coc e,
los montes azules anuncian ¡~"':z~che
.Y en el alma brota la melancolía.
..Cos árboles verdes se quejan al viento
:¡mar fo~na _oscuro su azul cristalino; '
corazon ilembla, y mi pensamiento
recoge el encanto que hay en el camino ...

C A N TO S

DISPER S OS

CANSANCI O

_Yo me canso del camino ...
cSl~ embargo, hay que pensar
que amargo será el destino
del que no tiene camino
que andar...
AMOR

¡fNo se salvará mi vida
de esta dolencia fatal,
porqlfe es la mano homicida
la mlsma mano elegida
para que me cure el mal!

., .
' , I

'¡

'1

FERNANDO GONZÁLEZ
2 33

�LA PLUMA.

PÁGINAS INACTUALES

DEL ES PÍRITU DE CONQUISTA
un pueblo es naturalmente belicoso, la autoridad que
le domina no necesita de engaños para arrastrar!~ a lag;¿~
Atila mostraba con el dedo a los hunos que pa~te
==~do iban a devastar, y allá corrían, porque Atila :ra
,
d, su impulsión. Pero en nuestros dias,
mero representante y organo e
. l na y es sólo map cura a los pueblos venta;a a gu
como la guerra no ro
de . . t
la a1&gt;ología del sistema de
nantial de privaciones y de pa czmien os, . r
.
'l puede descansar en sofismas e imposturas.
conquista so o .
b donándose a proyectos gigantescos, se
Ningún Gobierno, aun a an
.
l
do La
atrevería a decir a su nación: «Marchemos a conquistar e munuis:~ del
. , le respondería con voz unánime: «No apetecemos la conq. l de
Pero hablaría de independencia nacional, de honor ~aciona .' ta
do de~r las fro'nteras, de intereses comerciales, de precauciones dzc ~
re
n la prevzszon,
.. , é·de qué más~·. No lo sé. Porque el vocabulario
das por
.
,
de la in1·usticia es inagotable.
fa lzipocresia Y
:;
.
.
. l • dependencia de una
b., . deHablaría de independencia nacional, como si. a zn
nación se viera comprometida porque otras naciones sean tam un zn

[l
:::º;,.

234

UANDO

pendientes. Hablaría de honor nacional, como si el honor nacional se
lastimase porque otras naciones conserven el suyo. Alegaría la necesidad
de redondear las.fronteras, como si tal doctrina, una vez admitida, no
extrañase de la tierra el reposo y la equidad; porque siempre es en el
exterior donde los Gobiernos quieren redondear sus fronteras. Ninguno
ha sacrificado, que se sepa, alguna porción de su territorio para dar al
resto mayor regularidad geométrica. Así, el redondear las fronteras, es
un sistema cuya base se destruye por sí misma, cuyos elementos se combaten entre sí y cuyo empleo, como sólo descansa en la expoliación t1e-'
los débiles, contagia de ilegitimidad la posesión de los fuertes.
Cualquier autoridad que quisiera acometer hoJ' conquistas extensas
veríase condenada a esa serie de vanos pretextos y de nzenriras escandalosas. Culpable sería, ciertamente, y no trataremds de atenuar su crimen; pero el crimen no consistir/a en los 11·7edios empleados: consistiría
en elegir voluntariamente u1ta situación que acarrea el empleo de tales
medios.
Tendría, pues, que hacer la autoridad, sobre las facultades intelectuales de la masa de sus súbditos, la misma labor que sobre las cualidades morales de la p~rción militar. Tendría que esforzarse por des.terrar toda lógica de la mente de los unos, como antes habría tratado de
ahogar los sentimientos de humanidad en el corazón de los otros; las
palabras perderían su sentido: el nombre de moderación presagiaría
violencia; el de justicia anunciaría iniquidad... , y sería tanto más corruptora esa hipocresía cuanto que nadie creería en ella, porque las mentiras
de la autoridad no son funestas solamente cuando extravían y engañan
a los pueblos: lo son igual cuando no los engañan.
Los súbditos que entreven la doblez y la perfidia en los de arriba, se
amoldan a la perfidia y a la doblez. Quz·en oye calificar de gran político
al Jefe que le gobierna, porque cada línea que publica es una impostura,
desea a su vez ser gran político en una esfera subalterna; la verdad le
parece simpleza, habilidad el fraude. Si antes mentía sólo por interés
,.
235,

,,

·.¡
'1
' 1

1

�LA PLUMA
mentirá en lo sucesivo por interés y por amor propio. Se envanecerá de
ser granuja; y si ese contagio entra en un pueblo esencialmente imitador, en un pueblo donde lo que más se teme es pasar por tonto, la moml
privada no tardará en perecer al nazifragar la moral pública.
...Si suponemos, no obstante, que todavía flotan vestigios de razón,
ello será, por ciertos respectos, un nuevo mal añadido a tantos otros. La
opresión tendrá que suplir por la insuficiencia del sofisma. Buscando.
cada cual el modo de sustraerse a la obligación de verter stt sangre en
expediciones cttya utilidad nadie Iza podido demostrarle, menester será
que la autoridad pague a una_ turba ávida, destinándola a quebrantar
la oposición general. Se verá entonces recompensar y fomentar el espionaje y la delación, eternos valedores de la fuerza cuando crea deberes y
delitos ficticios; se verá a, los esbirros, sueltos como dogos fieros, por ciudadts y campos, perseguir y encadenar a los fugitivos, inocentes a los
ojos de la moral y de la naturaleza; a una clase preparándose para todo
género de crímenes, por el hábito de violar las leyes; a otra clase familiarizándose con la infamia, por vivir del infortunio de sus semejantes; a los padres castigados por las culpas de sus hy·os; el interés de los
hijos divorciado así del de los padres; a las familias obligadas a escoger
entre reunirse para la resistencia o dividirse por la traición; el amor
paternal transformado en delito; la ternura filial tenida por rebeldía. Y
todas esas vejaciones vendrán impuestas, no para una defensa legítima,
sino para adquirir unos países lejanos, cuya posesión nada aiiade a la
prosperidad nacional, a menos que no se llame prosperidad nacional a
la vana nombradía de alg unos hombres y Stt funesta celebridad.
.. .A lgunos se admiran de que ciertas empresas, por maravillosas que
sean, no produzcan e,, nuestros días sensació11. Es que el buen sentido ck
los pueblos les advierte que tales cosas no se hacen en su servicio. Como
los jejes son los únicos que en ellas se gozan, se les hace cargar solos
con la reco1npensa. El interés por la victoria se concentra en la autoridad y sus criaturas. Se alza entre el Poder, agitado, y la mucludum236

4

LA PLUMA
bre, i~móvil, una barrera moral. El triunfo es un meteoro estéril; apenas_ si, por contemplarlo un momento, alzamos la cabeza; hasta nos
af!ig_e a veces, como aliciente ofrecido a los desvaríos. Lloramos por las
victimas, pero el fracaso es apetecible.
. Las naciones comerciales de la Europa moderna, industriosas, civilizadas, dueíias de un territorio lo bastante extenso para cubrir sus ne~esidades, y que mantienen con los demás pueblos relaciones cuya mera
mt~rrupció,z equii1ale a un desastre, nada tienen que esperar de las conquzstas. Una g uerra. inútil es, pues,· el atentado más grave que puede
co,,~eter hoy un Go~zerno: conmueve, sin compensación, las garantías
sociales; pone en peligro todo género de libertad; lastima tottos los intereses; conturba la seguridad; pesa sobre las fortunas; combina y autoriza
~odo_s_ los modos ck tiranía interior y exterior; introduce en las formas
;udiczales una rapidez destructiva de su santidad y de su fin; tiende a
representar a todo hombre a quien los agentes de la autoridad miren con
m_alos ojos, como cómplice del enemiro extranjero; deprava a las generaci_ones nuevas; divide al pueblo en dos partes, que mutuamente se desprecian Y pasan de btten grado del desprecio a la injusticia; prepara, con
las destrucciones pasadas, las futuras; compra, con los males presentes,
los ckl porvenir.
Es necesario repetir a menudo estas verdades; porque la autoridad,
en su desdin soberbio, las trata de paradojas, llamándolas lugares
comunes.
BENJAMÍN CONSTANT

·1

�-

LA PLUMA

---

otras dos obras de vasta envergadura, Euroja, y Chronik d. Begim, XX 7ah,·hunde,'ls, han dado a la prosa expresionista una textura menos seductora que
la de la prosa de Kasimir Edschmid, pero más sólida.

LETRAS ALEMANAS
CARL STERNHEIM
.
de «Letras alemanas, hablé de Gustav
mi precedente crónica
. ta Un hombre así se sus.
ensay1s •
0
Landauer-fil6logo, soc16log Y_ .ti ·160 rebasa los límites de
.ti ·6 y su s1g01 cae
..trae a toda clas1 cac1 n,
.
H blé de él porque representaba
"
d
a estética. ª
una escuela o e un
t
del genio alemán contempouoo de los aspectos más atrayehn e~ h hecho del crítico de Shat · t muerte ero1ca a
,
ráneo, y también por~ue su nsled la revolución, como Liebknecht es el s1me
el
Símbolo mtelectua
kespeare
. .

[I

N

1

bolo po 1tico.
d. del expresio:Hsmo,
, •
•
d e l que , en m1 primer
Quiero
reanudar hoy el estu 10 l'
generales características. Me proé
· · t o de
artículo ya me esforc en t ra zar las1 mease han levantado ese mov1m1en
'
recen a os qu
·
·o
pongo estudiar como se me
o haciéndolo entrar en el patn mo01
renovación literaria hasta el plano curiope ' meraciooes y las listas por orden
epuanan as enu
de Occidente. y como me r
?
t d1·ar sucesivame nte a los tres expreé t
cr6n1cas a es u
o·
de méritos, consagrar res
. C 1 Sternheim, novelista y dramaturg '
más grandes. ar
1
sionistas de la P urna
.
't'co y Franz Werfel, poeta.
Kasimir Edschmid, cuentista y en i '

* * *
.
la época de tan t eos, Pero también de victorias ay de
un
Carl Sternhe1m, en
.
mana contemporánea, ocup
1e
firma
la
hteratura
ª
¡
e
realizaciones en que se a
t
de vista· en el teatr0, para e qu ha
puesto primordial, desde_ ~os pun os d
ge~eradón; y en la novela, donde
escrito las obras más dec1s1vas, acaso, e su

Car! Sternheim es el tipo del «cerebral,. Se proclama a sí mismo el hombre
más inteligente de Alemania, y, como en todas sus paradojas, tampoco cu esta
se engaña. No creo que a Sternheim le hayan refutado nunca o cogido ea falta.
La pujanza y la obstinación de este hombre en tener razón son de una crueldad
implacable, y puede decirse de él, más que de ningún otro escritor, que posee
una «inteligencia terrible•.
Car! Steruheim, antes de la guerra, llevaba una vida europea. Gozando de
la libertad q ne le daba su fortuna, pasaba la vida iostru yéndose con los viajes,
o más bien, con residir en todos los países occidentales, e investigando minuciosamente la vida de las sociedades en sus diversos órdenes. La guerra le
sublevó, pero como era demasiado cínico y demasiado pesimista para convertirse en apóstol, se cnntent6 con oponer a la guerra su denegación personal, y
refugiado en Suiza, escribió libros densos, notables, donde se afirmaba la persistencia europea.
He dicho «densos,, y estoy tentado de escribir misteriosos. La estética de
la novela en Sternheim, su estilo y su lengua, son como para repeler a un extranjero; mientras que sus dramas, siempre de ex:tremada tensión, no ofrecen
al espectador motivo alguno de inquietud, sus novelas engendran pavor y recelo. Una anécdota pretende que Stendhal leía, antes de ponerse a escribir,
unos capítulos del Código civil, a fin de empaparse en su concisión y sequedad. Diríase que Sternheim sigue su ejemplo, usando, en bgar del Código, la
geometría de Euclides. Su pluma va trazando en las frases triángulos y rectángulos de aristas hirientes; cuanto pudiera desviarla se suprime o se destruye,
o queda rele.gado al final de las proposiciones; no s6lo se sacrifican los adjetivos, sino los verbos y los substantivos; todo se amolda a su fantasía y a su antojo, a la necesidad de su concisión.
Hablo aquí de Eu,·opa y de la Ch,•Mik, densas novelas en dos volúmenes,
donde, en el marco geográfico de Europa occide ntal, se desenvuelven todas
las peripecias y aventuras de la historia contemporánea. Un repaso de acaecimientos auténticos se entreteje con la novela propiamente dicha, pero siempre
prevalecen aquellos acaecimientos, y en torno de ellos Sternheim acierta a
postrar de hinojos la atención de sus lectores. Por !o demás, de sus libros no
se saca conclusión alguna: son meros testimonios, simples relatos, de gran
elevaci6n de miras y de rara claridad, pero sin fines apologéticos.

238
2 39

:1

�LA PLUMA
Desde hace un año Car! Sternheim ha publicado, para servir de contraste aesas obras tan recias, dos novelitas satíricas, la primera acerca de Berlín, la
segunda titulada F~irfax, que a mis ojos tienen más preciosa significación e
importancia que las precedentes.
Sob:e todo, me parece valioso Pair/ax, ya que Ber/ln no está exento de
cierto periodismo, de índole superior, en que d ingenio peca de fácil y de no
mucho relieve.
Pero no ocurre lo mismo con Fairfax; hay en él, incluso, una evolución ar tística, y la lengua es mucho más clara. Sin embargo, no creo que de eso pueda
inferirse que las concepciones del escritor se han modificado. Fairfax es una
obra de carácter muy especial: es un breve bosquejo, henchido de alusiones,
pero sobrio en los detalles, y que narra en forma casi esquemática el encuentro de la América de los multimillonarios y del Occidente en la agonía.
Sternheim, como si ansiara descansar tras el dilatado esfuerzo que viene
haciendo desde seis años a esta parte, se distrae con esta nouvelle, en la que
reaparecen la ferocidad crítica y el humor de sus comedias.
La Alemania nueva, como la de ayer, entie11de poco de humorismo, y el
capítulo de la sátira, en su literatura, se reduce a pocos nombres y a pocas
obras, de una importancia relativa. (Sólo hablo aquí, por supuesto, del siglo
xix, y más particularmente de la Alemania imperial). Ha acogido, pues, con
estupor mezclado con recelo ese Fai1fax inesperado, y hace en torno suyo mucho ruido, tanto más, cuanto que por la facilidad del texto no queda esta vez
limitada su posesión a un corto número de escritores o de curioso!&gt;.
l'.airfax ha ganado una fortuna fabricando municiones. Cuando la paz viene
a poner fin a su industria, trata en vano de acomodar ésta a aquélla. Al punto
se embarca para Europa, con su hija Daisy y un séquito abigarrado; visita luego-iba a decir oficialmente-Inglaterra, Bélgica, Francia, Suiza y Alemania.
Es imposible seguir a Stcrnheim y a Fairfax en todos los giros y revueltas
de sus aventuras. Se trata de una historia muy viva de color, donde se va ins~rtando la sátira del mercachifle internacional, del servilismo europeo ante el
dólar, y de la mentalidad que ante los apuros y el suicidio de Occidente ddatao los que nuestra candidez idealiza. El interés y el valor extraordinario de
este librito residen en la inteligencia con que el autor ha condensado en pocas
páginas los rasgos capitales de todas nuestras p~icologías europeas, añadiendo
las anécdotas bastantes para que el héroe despliegue ampliamente su carácter.
Para darse cuenta de la magnitud de la empresa a que ha dado cima Car!
240

.

LA PLUMA

Stcrnhcim
en este l"b
. de och t á .
• nto
.
analizarlo. Desde el un
. en a p gmas, y de su críe .
cho nada tan cabal ~ to de vista técnico me pcrsuad:
cc16n, es menester
fuerte. La maestría ni-empleando una palabra maoose~~c el autor no ha hecreo q&lt;1c haya en Fr~~:i:upone (sin ostentarla insolcnteme=~e)pcr~ cla~a-más
dera grandeza la sob . d muchos hombres capaces de
es mli01ta, y no
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'
u carácter cru ¡
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.
nove1a de aventuras sume
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de hoy pueden aún
~sor1entadas, un valor de eter11id d en la extravagan_
s· . .
aspirar.
a a que pocos libros
. • ius1sto de este modo e
.
c1onaJ valor y des
n Fairfax es lo primero a e
alemana. Pero no pu_és porque es una de las grandes n ausa de ese exccpp.'nn XX ')'ah·' ~lv1do, en provecho de Fair"ax E ovedades de la librería
11m11aerts que
.1 • ,
uropa ni Ja c.,'½
su psicología
'
, por 1a vastedad de su d
ronik d. Bemás . .
• son una especie de epo e a
esarrollo y h pujanza de
P• ec1osos de nuestro f
P Y ' Y quedarán entr.- lo d
dicho, hay e n esta b
iempo y de nuestra generac1·6 p. s ocumeutos
. s o , a&lt; una
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v &lt;¡ue ha querido com .
par e de reporterismo (que Ste ' . mo ya he
t·s una síntesis y
pensar cou su estilo hermético)
.
rnhe1m no niega
.
. una conclusión.
' mientras que Fairfax
Sin el"lbargo, por mucha ue
des obras, la prosa no se q se~ la admiración que merezcan
Car! Sternheim y el
r~, en m1 sentir, r.J título de glor·1
á tantas granE
'
porvemr se dete1 d á ás
ª m s decisivo d
h bn el teatro, Carl Sternheim es el
d ':- , pienso yo, ante su teatro
e
om ro! que representará esta é
e e md de su generación es d ..
iue más tarde se llamará el Ex:oca_ de_ concentración artística' cstaec1r'. ~l
1 chekh_ov y Andreieff, con Beroardr;~1:;•smo. Con Ibscn y Stri~dberg cr~::
os genios auténticos del teatro co t
y J. M. Synge, Sternheim es u' d
Sus dramas son
h
S
n emporáneo.
· no e
. ºfi
mue os. u estilo care d ¡
c1 uc1 ca su prosa-ya lo he dichoce e a complicación voluntaria q
en marcos geométricos. No contc
ue
como sus novelas, las costumbr
la filosofía de los h b
es y la filosofía del siglo s· 1
mplan,
f.
om res. Su teatro n
á
' mo as costumbres
h:~bcontemporánea; el asunto de lasº ::~ase~ mo~o. alguno ligado a la atmósY_
re con sus cualid1des y &lt;.lefectos et
ram hcas de Sternheim es el
•nu~lvo Moliere,, nombre que él ha recoa~~nos. Por eso han podido llamarle el
teatro de Sternhc·m
.
.,1 o gozoso.
1 es, sm
Las ·
embargo de J
•
r m_1smas preocupaciones Jo animan y e~ 1 a misma
casta qu&lt;- sus novelas
igcnc1a roe, como un ácido, cuanto t~ca 0:s u~o como en los otros, su inte~
,6
.
po¡a a sus persooajes de todos

i.;

241

·'

�LA PLUMA

LA PLUMA

í'

los oropeles, de todas las convenciones, e incluso de todas las tradiciones. Si
su estilo es como el esqueleto de la prosa alemana, la intriga de sus dramas
es como el esqueleto de la vida cotidiana, observada en todas sus caras. Domina de tal modo a sus personajes, penetra tan profundamente en sus pensamientos, en el remolino de sus sensaciones y de su conciencia, se apodera tan
completamente de sus secretos que juega sio riesgo con ellos y se interesa
sólo por el mecanismo de sus recíprocas reacciones. Sternheim destierra de
sus obras cuanto pudiera deleitar, conmover o interesar a lectores u oyentes
menos perspicaces que él. Pone lo esencial. Se limita a indicar los golpes más
que descargarlos. En las aventuras que muestra, los episodios se amontonan
como desnudos bloques de aristas vivas, y de una brutalidad soberana.
Sternheim, en la rebusca de los e cuerpos simples• de la psicología coincide
con Franz Werfel. Pero es el antípoda de Werfel en lo tocante al uso de sus
percepciones. Es un químico que lo ha reducido todo a fórmulas y que dosifica sus reactivos con precisión. Me atrevería a decir que la mayor desgracia
de Carl Sternheim es desconocer lo imprevisto.
Es imposible enunciar aquí los títulos de todas sus obras dramáticas. Es
im;&gt;osible establecer entre ellas 11na jerarquía repartil!ndolas por los peldaños
de una escala arbitraria. Los triunfos que hao conseguido no pueden servir de
criterio, porque una decena de ellas han dado la vuelta a los países de lengua
alemana, y a Escandinavia, Holanda, Suiza y Rusia-la mitad de Europa-, sin
valer tanto como otras mucho menos representadas.
Por eso sólo citaré tres: el Snob, Die Kassette, y 1913, como las más perfectas y las más indiscutibles de un catálogo ya importante. No contaré los asuntos ni las juzgaré. Una obra dramática de Sternheim ne es para contada, como
no lo es uoa operación matemática. Hay que leerla o seguirla en toda su amplitud, pero no se resume. Aborrezco demasiado las afirmaciones gratuitas
para criticar o analizar una obra de la que ninguno de mis lectores conoce
siquiera la trama. Me limito a señalar el Snob, Die Kassette y 1913 para cuando
el director de un teatro español se atreva a poner un drama de este autor
extraordinario, de quien el público de la Península no sabe nada, creo yo, o

ma_rco b:utal, de áugulos duros, el mecanismo
.
.
!andad implacable: allí está todo Diderot . Este m~camsmo gira con reguvana orquestación del francé
1
, pero _también todo Sternheim. La
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.
S, que a querer dilatar ¡
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contornos del dibujo.
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Además, uno de los conspicuos directores d
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1
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'
a con a audacia y la se •¡¡
n as concepciones nuevas del t t
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escena! La decoración y los tra¡· es d
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.
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n ra¡es vistosos, pelucas inmensas rojas o
ig O XVIII expresionista d d 1
'
na 1es se exaltasen a tonos violentos N h b'
: on e as modas tradiciodecoración faltaba· pero
. o a ia mas que color, puesto que 1 a
apuesto a que un espectador t
•
'
-comprender una sola palabra del d" 'I
h .
. ex ran¡ero, incapaz de
no 1
.
ia ogo, ub1era podido se .
os matices, al menos el sentido de t d 1 d
gu1r y saborear, si
N d
,
o o e rama
a a mas agregaré. Tan sólo diré que Car! Sternh..
teras de su país y enri . 'd
eim ha rebasado las froo
quec1 o ' en la novela Y en e 1 drama, el patrimonio-europeo.
0

P}.UL COLIN

muy poco.
Por mi parte, \a impresión más fuerte que he recibido con el teatro de
Sternheim se la debo a Die Marquise von A,·cis, obra adaptada de Diderot. Me
impresionó como demostración técnica y como disposición escénica. Todas las
cualidades de Sternheim y su terrible ingenio aparecen. La obra de Diderot
pierde su falso clasicismo y sus fioriture literarias: queda la méd_ula, el rígido
243
242

�LA PLUMA
Mercu,-y contra la obra de Mr. D. H. Lawrence de las de sus predecesores, a
principios del siglo xix, contra los adalides que, desconocidos por todos, laboraban por ilustrar aquella época. Unos y otros despliegan en sus escritos el
mismo odio instintivo que la mediocridad siente inevitablemente por el
genio.

LETRAS INGLESAS

m

LA PLUMA no esperarán de mí que en
qu_e los lectores d~os triunfos o los fracasos de aquellos _auestos arbculos enumere
godo y cuya aspira.
su arte como un ne
tores ingleses que miran úbl" o lo que su público reclama. Para
ción principal es dar a su p
ic
h
más que recurrir a los
d" • opulentas no ay
saber lo que hacen estas me_ iama~, T les gentes prosperan por la publici., .
d " · s de gran circulac100. a
.
·
penod1cos iano
bastan para anunciarse sm
la hora presente e 11as se
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1
dad, y en Inga erra, a
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d d·cadas a las revistas de libros
. .
d" ponen de las columnas e i
restncci6 n, porque is
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a de referirme aquí a esos es. d ¡
"ódicos influyentes. n 1ug r
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en casi to os os pen
añoles aficionados a htera·
el recomendar a 1os esp
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critores, tomar a mi cargo
d e el destierro o la pobre11O s hombres que-a rnenu o n
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•
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hacen acreedores al reconoc1za-abren los caminos al arte del porvemr y se
UPONGO

miento y memoria de la posteridad.
á
. ntes figuras en la historia
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uchas de las m s emme
Llama la atenc1 n que m
.
ecidas por Jos respetables
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críticos académicos de su tiempo, o las ay
~ d su muerte Piénsese a
desdeñadas y en la oscuridad hasta año_s lde:p~/ K:ats en la Q~arterly Reeste propósito en _el trato que hace ~nUs11\:rs~ad de Oxford; y en el fracaso
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de sus contemporáneos para aprecia;.ª
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En nuestros días la atmósfera cnhca e ......on
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seme¡anza con o que
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M • ·
n The Londondiatribas de nuestros acicalados poetastros en The at:on y e

~º\ -

244

Acaso pueda aplicarse a D. H. Lawrence el vocablo genio con más seguridad que a ningún otro autor inglés vivo. Es hombre de unos treinta y seis años,
hijo de un minero de carbón de Nottinghamshire, y comenzó su vida como
maestro en una escuela elemental, pero no tardó en descubrir que el empleo
no se avenía con su carácter y lo abandonó por la literatura. Desde el principio de su vida de escritor ha seguido una senda propia; su arte le absorbe, mas
no cu razón del cartc por el arte», sino porque el arte es expresión y su deseo
apasionado es expresar. Como a todos los místicos, incluso Blake, que hao empleado por vehículo la palabra, puede objetarse a Lawrence sus raptos de oscuridad. Es como un explorador, que va descubriendo un' continente desconocido, y a su vuelta halla difícil describir sus hallazgos por modo tal que todos
los entiendan. Su audacia para la investigación psicológica, y su implacable seguimiento de los instintos humanos hasta sus ocultos manantiales, le convierten, como es natural, en un escritor peligroso para los jóvenes y para cuantos
no han pensado nunca por cuenta propia. Y así como únicamente un nadador
robusto puede gustar la delicia de bañarse en mares alborotados, tan sólo
quien posea preparación mental adecuada puede embarcarse en el estudio de
las novelas y de la poesía de Lawrence. Es figura solitaria, original, animosa,
ligeramente siñiestra; el escritor inglés más significante de nuestra edad.
Les últimos doce meses serán memorables por la publicación de dos novelas importautes de Law, encc: The Lost Girl y Women in Love. La primera es
una producción relativamente ligera, que casi se ajusta al canon de la novela
popular; la última será acaso considerada, dentro de cincuenta años, como el
libro más importante que esta generación ha producido en inglés. El libro es,
como podía esperarse de su autor, peligrosor conturbador, curioso, brillante,
un tanto siniestro. Y como era también de prever, su aparición ha desatado
una tempestad de protestas en la «buena prensa• de Londres. Un 6rgano popular de nuestro cant nacional ha llegado a pedir que la policía decomise el
libro, igual que hace cinco años decombó otra novela de Lawrence, Tht KainÓcJW. ¡Así se ve perseguido todavía el pensamiento en un país que acaba de
salir de una guerra devastadora por la libertad humana!
Lawrence ha vivido en Italia estos últimos doce meses, en Taormina. Algu245

�LA PLUMA
nas de sus novelas, incluyendo Sóns 4nd Lovers, The R4inbow, y Women in
Love, creo qu.e están traduciéndose al alemán y pronto serán a.:cesibles a los
españoles que lean ese, idioma. Tales libros están de seguro entre los pocos
publicados recientemente en Inglaterra que tengan interés e importancia universales.
Otra noticia que también tiene interés para los lectores extranjeros es que
James Joyce-escritor irlandés de talento y originalidad considerables, cuya
prime ra novela: Portrait o/ the Artist 4S a young man, apareció hace un par de
años y fué aclamada por todos, excepto por la crítica académica-está a punto
de publicar su nuevo libro Ulysses. El libro, en edición limitada, aparecerá en
París, donde Joyce vive ahora. La mayor parte de Ulysses se ha publicado en
un periódico americano llamado 1 he Little Review y los editores de este papel
padecieron, con tal motivo, una persecución prolongada. No se ha encontrado
en Londres editor para el libro. Así ocurre que un libro esperado con ansia
por la fracción más inteligente del mundo literario inglés, tie ne que imprimirse y publicarse en el extranjero. La técnica de Joyce es en muchos modos tan
alarmante para un espíritu académico como la de Picasso o Archipenko, pero
e 1 vigor y la originalidad de sus percepciones están fuera de discusión.
Una aportación interesante al escasísimo caudal de la crític,a literaria inglesa independiente, sincera, libre de influencias sociales o comerciales, es el
reciente volumen de Ford Madox Hueffer: Thus to lievisit (Chapman and Hall).
Hueffer fu6 el fundador y primer editor de The English He'Diew. Poeta y novelista de acabada y brillante técnica, Hueffer ha consagrado su vida al servicio
de las letras inglesas sin propósito de medro personal o de triunfo económico.
En este su último libro escribe con generosidad y simpática comprensión
acerca de aquellos poetas ingleses modernos, en particular de los •imagists,,
que no han cortejado esa fácil popularidad que otros escritores, como
J. C. Squire, W. J. Turner, Edward Shanks, John Drinkwater y algunos más,
han obtenido con sus fáciles y mediocres ejercicios métricos.
Antes de terminar mencionaré los nombres de Wyndham Lewis, T. S. Eliot,
Osbert Sitwell, John Cournos, Walter de la Mare, Job.u Goned Fletcher, y Romer Wilson, quienes, con uno o dos más, producen obras que se distinguen
por su sinceridad y honradez de propósitos. En mi próximo artículo espero
poder dar una descripción detallada de la índole de sus actividades y de sus
designios.

DOUGLAS GOLDRlNG

LIBROS y REVISTAS
Pedro Prado,-A/sino.-Viñetas del autor. Casa edi· tori·a1
go de Chile,

MCMXX.

u•

«,nmerv

a&gt; Sa t·a
.
n1-

Te~~ constante de conferen~i~s y artículos hispanoamericanos es el desco noc1m1ento m?tuo e~ que v!v1~os americanos y españoles. Pero aún no
hemos conseguido la 1mprescmd1ble correspondencia entre los libre
d
aque~de y .ª~lende el ~tlántico, primer paso para lograr la tau deseada rc:snvi:
vencia espmtual. Y as1 sucede que el nombre de Pedro p d · ¡
·
nes nos es familiar por las revistas de Sud-1\mérica se nroas rºe'vmlc usoª qme. "6
.
·
•
e a como una
ap~nc1 n con este Alstno_, que le hace acreedor en nuestra literatura al Ju ar
senal,ado ya en la república d 7 las letras chilenas por los siete volúmenes gde
poesia,_ novela y ~nsa;yos publ~cados desde 1908.
es
t Alsmo
"d
b la· h1stona maravillosa de un niño andino • 01·eto de u na curand era
em_ a por ruia, q~e, arre~atado del deseo de volar, se queda curcuncho por
fea ¡oroba de la primera ~a1da. Mas, ¡oh prodigio!, la corcova vásele transforma_n~o en dos ª!~s de páiaro con 9-ue un día hiende al fin los aires. Obli ado
a v1v1r de la rapma en _competencia con zorros, gavilanes y ladronzuelos: lo:;
hombres le caza~, le alicortan, le :ºmeten a su bárbara incredulidad rimero
a bcruel
· 1au d o'
I
d después. •A/sino' que un día conoci"ó el placer, pVIO
· d explotación
e no ,e uz a una esnuda mofa sorprendida desde lo alto según s b - b
en ~¡- no, sabe después lo que es ~m~r, trágico sentimiento con ue ~et~:r:
el a11e al ver muerta a la dulce A~1ga~l, la hija del amo de la hacfenda d~nde
fué cazado. Huye, a los montes solltarH' S y enamorada de él la h"" d
· ·
·é t 1
1
•
.
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,
IJa e un v1eJO
leo ne
r 0 , v1 r ~ e en os_ OJOS ternble ponzoñ,a que una curandera, celosa de
las artes !11éd1cas del meto de la bruja, le suministra cual amoroso ñltro Als ·
no, recogida s_u voluntad de as~ensión, COJI!prende las voces todas de¡~ N;~
t ur aleza, y ca1do en su vuelo ciego al fondo de un barranco las aves le canta
Y ayuda~ , el agua de los arr_oyos lava sus heridas, las ~limañas le rot:
gen.· Alszna,
la luz · y abrasado ea ella, cae conver t·pd
d" al cabo, vuela hacia
.
I o en
c~m~as . 1_spersas por las bnsas del amanecer, fundidas para si
1
aire 1nv1s1ble y vagabundo.
empre en e
2

47

�.,
LA PLUMA
l"b.
ue el cuento de hadas, la novela de aventuTal la trama de e~te 1 to, en q sobre un fondo realista que le presta veras'. el_ poema al~gór~~~• ~~:~~;i~~• sugestiva y modernísi:na, donde el mito
"bTdad cobra las proporciones humanas con
ros1m1htud y ev1den ,
dásico,
adecuado.ª
que la agudeza
ps1con1~e~traJei°!~t~~
og,ca ~ .
lete~pla su fantasía y capta la atención del
lector, i1;1teresándole Y em~c~n:n~~ ~adenciosa hasta desbordarse como P?r
Escrito en una pro~a exu er n e¡cesivos a veces pero oportunos en algun
modo natural en amplios _versos,- 1 del diálogo ~ incluso ciertas violencias
capítulo líric_o-,, lo~ modisn~¡°s oca e~, si choc~n al pronto, suscitan luego
1
sintáxicas o 1mpropied~des e expr:s:~ 'caracterizan más, añadiéndole valor
un interis may?r, preci_sarnente p~lq_
historia de un héroe que del terruño
de representación, un hbro C?mo . Smoj e
ue todo se funde y aniquila.
I
patrio
se eleva
al puro
_espacdt?bu?iv~!f
p' r~p! poeta, que realzan la cuidada
Ornan
el tomo
graciosos
I u¡os
edición del texto y animan su grata lectura.

***
Luia y Agustín l\iillare_s ~ub as. - Do11a
• Juana.-Cuentos viejos. Las Palmas. Tipografía del cDiano•, 19 2 1.

_

.
1 moderna literatura espanola un lugar
Los hermanos Millares ocupa? en .ª t en ue ustosos viven retirados en
singularísimo. De una parte, el ai~lamten
ru qo ;iempre alerta, de jóvenes
su tierra canaria, rodea~os, eso si, tded~n tKcido desenaaño, que les mantiene
5
entusiastas, y su mode tla, no ~xen
saloncillos de ios teatros cortesano_s,
alejados de los corros, redac~ionesdy un día prestan a su actividad literana
donde se fraguan las r~put~c1one~lad: de t~da escoria profesional. De otra
el atnctivo de una ajiczon, mrnac d t tos años ya dedican sus horas mejoparte, empero, el fervor con que, _e an hasta con;eauir ese tipo tan original
res a escribir novelas, cuentos Y dt arnas, .. de q"/ es preciosa muestra el
. d t t pa,·a leer o cuento escenzc0 ,
fi
¡
y sobno e ea f'o
1 7 t. de la Escuela N ueva, les con ere a
Compañerito,
representado
I e
maestría
nunca
lograda porpor¡
e edJ
' desinteresado pero frívolo por lo

°

ª

~:;:e

general.
antísima. Escrita en un estilo suelto, cla1 . t
fJoña Juana es una nove a m er~s d d las rimeras páginas de que está
ro, limpio, sencillo'. el }~~to~
au~~r ~a rel~ción de una histor_ia ~er~aleyendo, y le pa~ece ou e ª
t bien encuadrada en el escenario 1s!eno,
dera: Tan sugestiva, ta1;1 humana,
de la matrona poseída de un amor JUVecaro a los hermanos Millares, es éSt
.
. eludible Doña Juana se mata
nil, y castigada por 1~ fa_t3:1id;,d con
:::ás por s~lvarse, con magnífi~o
con voluntad de sacrificio, pero, en ie
' . librarle a él de su presencia
,
1
ión de su amante que P0 1
"l
ego1smo, de a compas
d· d
derrocó la inverosímil torre de marn en
triste después de la enferme a que .
. lacable
que s~ espídtu mozo se defendía del tt~:~~iv~:papunte~ de tipos y paisajes
Completa? _el vo_lumen otros cuen de los i'.imeros &lt;Cómicos en las Palcanarios, not1c1as prn~orescaDs, c~mo la entre ft1os, para nuestro gusto, El desmas•, sumamente cunoeas. es acan

s~:td~f

ª:

!\1:~i~

248

1!

LA PLUMA
riscado, rápida impresión de un inglés excursionista recogido por los indí-genas en un barranco, que muere pronunciando vagas palabras que ellos no
entienden, y Lo invisible, historia de un hombre muerto de miedo, donde se
advierte de
aúnA,·aus.
la influencia. ya lejana, de Maeterlilick sobre los autores de La
herencia

***

Francls Jammes.-Nosario al sol.-Traducción del francés por Magda Donato.-Colección Conte!llporánea. Calpe.

Como dice muy justamente Enrique Díez-Canedo en el breve prólogo a Ro.sario al sol, Francis Jammes tiene en Francia un puesto entre los maestros seguidos por la juventud, con los Péguy, los Claudel, los Maurras y los Gide. Mucho se ha hablado, sobre todo después de la guerra, y las más veces sin venir a
qué, del renacimiento del espíritu religioso en Francia. La obra poética de
Fr,~ nci~ Jarnmes, y esP,ecialrnente esta novela, editada ahora en español por la
Editonal Calpe, justifican el mismo comentario manido. Los nombres susodi-ches aparecen, eu efecto, unidos a nuestra consideración por la misma voluntad de restaurar un estado religioso, francamente antirrevolucionario. El 01·den
·clásico francés en la política, en las artes, en la vida social, requieren la vuelta
al catolicismo, ya corno mera disciplina lógica sin el menor arraigo en h propia
fe Maurras-bien como doctrina estética-Claudel-. El misticismo de Péguy
halla las raices de una conciencia católica, pegando el oído y el corazón al suelo
natal. Gide, protestante, devuelve a la conciencia francesa la contribución del
hugonote. Francis Jammes quiere ser simple. Se convierte por entero a la fe
cristiana y no la encuentra, no, aureolada de artístico prestigio en las catedrales góticas o en la Biblia, mas en la fe del carbonero que cree en la Virgen de
Lourdes y en las estampitas piadosas.
. En Rosario al sol, siguiendo el plan de los quince misterios de la oración en
honor de la Virgen, inventa la inocente historia de una señorita de Marsella
que, poseída de la gracia de Dios, socorre al desvalido, ayudada por un benedictino sabio, bueno y prudente y un almirante devoto, renuncia al amor de un
joven marino y acaba metiéndose monja de la Caridad una vez vencido el demonio tentador en figura de concejal y de maestro laico, de los que enseñan
«los derechos del hombre• en vez del catecismo. Melodrama ejemplar, en tin,
cuya ñoñez a Jo padre Coloma e n Et primer baile, Pilatillo o Por un piojo apenas si se disimula bajo las sencillas galas poéticas con que el autor de las Geórgzcas cristianas traduce y ennoblece el estilo de los libros de devoción: El episodio de la negra Zezé trasciende al mejor Chateaubriand y revela en Francis
Jammes la misma inspiración de sus primeras visiones coloniales. La historia
del niño Pedrito y la hija del zapatero, en cambio, más que a los mártires del
cristianismo nos recuerda la infantil Pabio!a o ta lámpara del santuario, y con
ella nuestros peores días de reclusión colegial con los benditos frailes.
Magda Donato ha traducido Rosan·o al sol con la misma graciosa sencillez
con que escribe stts cuentos para niños, lo que le presta en español la ingenuidad tosca y alambicada a la par, que pretende el poeta francés. Si de aigo
peca la tradncción en algún pasaje es de exceso de fidelidad.

**

*

·.¡

�LA PLUMA
Alfonso Maseras.-A la deriva.-MCMXXI. A Cau Verdaguer, Llibreter. Barcelona.
Alegoría de la juventud. Marc;al Montllor, mozo catalán! enamorado de_ una
doncella de trenzas de oro, sale a correr ti mundo. Olvidado cl~ ~u primer
amor, en brazos de la exótica Hatty. conoce el placer; después, a~1s~1do p~r el
Mentor va entreviendo poco a poco la verdad. Y al volver a la tJe1 ra nativa,
le pare~e hallarla en la Dilecta, la mujer cabal, la esposa.
Los sucesos no aparecen encadenados ei:i un rel_ato ir.enudo. El lector ~escubre Ja trama novelesca a través de las 1lustrac1ones fil_o~óficas ?el protagonista, todas ellas fáciles y asequi~les, _exa~tadas por un hnsmo an1mad~r.
Corre a través del libro cierta rnsp1rac1ón dantesca._ que le pre~ta sab~r
tradicional dentro de la literatura catalana, y aun catalanista. Las me¡ores paginas son, sin duda, las que, e!l la primera parte, desc~iben. algunos ..i?p~ctos
pintorescos del ruralismo catalán, en que el poeta simboliza el sentimiento
patrio.
***
Manuel R. Alvarez Puente.-El navie,·o Más_ o L_a novel°: de la _materia.
J. Los signos.- Portada y exlibris de ~regor_10 y1ce~te, 1lustrac1ones de
Amando Suárez Couto.-Madrid, librena y editonal R1vadeneyra, 1921.

.

'..

El Más es la Vida; el Menos, la Muerte; ambos se reducen al Igual: el Silencio. Tales son los signos a que aju:,tan su danza arrebatada J~s ~umanas sombras que pueblan de fantasmas trágico-bufos el mundo cabahstico de la materia y el espíritu.
.
·Cuántas veces no se ha dicho que la novela era el poema épico de es_tos
tie~pos! Ahora bien, estos tiempos empi~zau ya a ser_aquéll~s._y: al novel_1st~
,iat,wal, simple relator de sucesos exteriores, al novelista p~•~~10go, exphc~
dor por lo menudo de los casos descubiertos por su agudo_ anahs1s de la cor'.d1ción humana, sucede el novelista lírico, el iotérprete sen'.1mental, paradóg1,co,
humorista arbitrario, del espectáculo; las más veces caótico, de todos los d1as.
Los signos, primera parte del tríptico El navie1·0, M~s o La novela; de lu mate,·ia no es una alegoría. Le faltan para ello esos termmos, conve01dos de anten'iano t:ntre el poeta y el lector, que la hacen com1;&gt;rens1ble y cla:·a. Le S?bran complicación, dinamismo, sinceridad desentendida de morale¡a. El primer capítulo, las primeras páginas ~obre todo, ~euotan en el autor la moder~
nísima inteoción de ennoblecer un mterés folletmesco, adoroán_dol~ coi~ exce
lente humorismo; después parece como si, abandonándose.a la 11;sp1ra_c1ón del
momento, se dejara el poeta arrebatar en alas de la verbos1dad_s1mbohsta, que
oscurece en fantástico delirio el ambiente real de la novela, ban~ndolo _en vaga
niebla, por entre cuyos girones van reapare~ien?'? ~n gestos 1mprec1sos los
héroes apasionados, objeto de las propias d1squis1c1ones ª. que d~ben d ser.
Al final, en una escena alucinante y fuerte, se recobra el hilo sutil I?ºr ~onde
el novelista ha de sacar en los dos tomos sucesivos el hilo de esta 1i:1stona.
No denota Manuel Alvarez Puente la sencil_Ja m~est~ía del esc~1tor cabal~
ciertc,. Mas tampoco la fácil rutina del aprendiz aphcad11lo. Su estilo tortura
250

LA PLUMA
do, trabajado, no por el af~n de la línea bella y el sonoro acierto, sino por el
e~fuerzo d_e expresar ~re_c1samente recónditos matices e insospechadas rela~1~;~~i~~~~~s y seut1m1entos, revela la conciencia del artista, tenaz eo un

**

*

Brckmann-Chatrian.-Hí'sto1·ia de un quinto de 1813. Calpe, Colección Universa!: t( Cné Benjamín.-Gaspar. Los Humoristas. Calpe. Traducidas por
Manuel Azaña.
•··· cada cual debe contar lo que ha visto por sí mismo; de ese modo el
mundo conocerá la verdad.» Así dice José, el quinto de 1813, inventado por
Erckmann-Chatrian. Entre él y su compatriota Gaspar, cuya verídica his- .
toria salió a luz en 1915, en plena invasión alemana, hay indudable fraternidad
espiritual, que la publicación en español, casi simultánea, de una y otra novela, como queriendo poner de relieve esa semejanza a través del tiempo, brinda a nuestra coosideración.
,
El héroe de Erckmann-Chatrian no cueota lo que ha visto, sino lo que sus
creadores han querido que viera. «Si las personas prudentes me dicen qm.. he
hecho bien escribiendo mi campaña de 1813, y que eso puede ilustrar a la juventud sobre la vanidad de la gloria militar y mostrarle que la verdadera dicha
sólo se encuentra en la paz, la libertad y el trabajo, entonces reanudaré el hilo
de los sucesos y os contaré Waterlóo.• Tal e-s su moraleja. En pleno segundo
Imperio, las novelas sentimentales de Erckmann-Chatrian, harto inocentes sin
duda para nosotros, harto iliterarias y cortadas por un mismo patrón melodr~ ·
mático, reflejaban sin embargo una conciencia nacional más apegada a la buena vida burguesa que a las arrebatadas aventuras imperialistas. Más fuertes,
más animados de pasión humana, los Episodios de Galdós están inspirados en
la misma cándida emocióo.
Gaspa,· inauguró la después dilatada serie de las novelas vividas de la última guerra, esa serie que en Francia tuvo su apogeo con El fuego, de Barlusse, .
que literariamente culmina tal vez eo la Vida de los Má,·tires, de Duhamel, y
de que son preciosa muestra el Clavel, de Werth. o Les croix de bois, de Dorgelés.
Gaspar pertf'nece a la quinta del co1·azón ligero, y tampoco cuenta todo Jo
que ha visto, o lo disimula con su gracia de parigot. Tierno, sentimental, di charachero, su historia apenas si tiene traducción posible. Lo mejor de ella es
el desenfado popular con que el novelista nos la refiere.
MaRuel Azaña ha dado a las dos traducciones la conveoiente versión caste- •
llana: simple e ingenua la de Erckmann-Chatrian; auimadísima la de René Benjamín, cuyo estilo pintoresco, los diálogos sobre todo, exige nn tino y discreción raros para aunar la fidelidad de la traducción con la correspondencia de·
giros y matices de un argo/ peculiarísimo .

�.....

LA PLUMA

LA PLUMA
Magallanes Monre.-Flori/egi·o.-Selección del autor. Prólogo de Pedro
Prado. El Convivio. San José de Costa Rica, 1921.

«LA VERÓNICA

Magallanes Moure goza eu América, no ya sólo en Chile, su patria, fama bien
ganada de poeta sincero. Bien ganada, porque sus versos traslucen la calma, h
serenidad, el apartamiento de toda alharaca con que el prologuista de su Fto, ilegio le retrata, entregado a la contemplación de la naturaleza, sumido en ella
para copiarla en el lienzo-Magallanes Moure es pintor-y ofrecernos la poesía limpia de que es delicada muestra esta selección de su obra.
Adviértese clara en los versos de Magallanes Moure la tendencia a limitar
los modos de expresión poética dentro de los términos fijados antes de la revolución literaria triunfadora con Rubén Darío. La regularidad métrica yacen-tual obedece más a las normas de los últimos románticos que a las de los primeros modernistas. Los motivos de su inF-piración, sobre todo en los temas esencialmente líricos, le sitúan un tanto a la zaga de nuestra manera de sentir. Pero
al cantar la esplendidez del paisaje nativo en que le complace extender la mirada y recoger el ánimo, los versos de Magallanes Moure logran la emoción
•comunicativa que por encima de los modos retóricos constituye el género poético en que todos se resumen, la poesía por excelencia.

***
Armando Zegrí.-,lfinerva la de glaucos ojos.-Santiago de Chile,

MCMXXI.

Una pequeña colección de •Historias breves y románticas•, semblanzas,
«Emociones y panoramas•, escogida sin duda de su labor periodística, componen este tomito efusivo, hiperbólico, juvenil. Semejante literatura adolece tal
vez del exceso de tópicos fin de siglo. El Arte, la Bohemia, Gómez Carrillo, Ra•childe, un Valle-Inclán no más que pintoresco, confundido con Carrere, Hoyos
y Vinent y Zamacois ... Bastan, con todo, para acreditar el temperamento de escritor de Armando Zegrí páginas como las dedicadas a Amado Nervo en el
primer aniversario de su muerte, evoc~ndo el fúntcbre cortejo naval. 9,ue
-siguió al cadáver del poeta des~e.Montev1deo a Ve_~acruz y el apar~t? militar
con que fué escoltado hasta rec1b1r sepultura en Mépco; y algunas pagmas sencillas, corno ias e Vistas de un viaje al Sur de Chile• o la rápida e Visión del lago
Llanq uihue.

*

lec~ura de _fina poe~ía contenida en el pequeño volumen de Alberto Guillén,
sutil y dehcado, baJo la máscara cínica que le place ostentar:

**

Alberto Guillén.-El libro de las parábolas.-Editorial Nosotros.-Deucalión.
-Prólogo de Ventura García Calderón. Segunda edición, 1921.
Este joven escritor peruano, ~ quien un recie1:1te li!&gt;ro d~ los llama~os de
«escándalo• ha dado cierta notoriedad en los corrillos hteranos de Madnd, publica ahora una colecci6n de agudas parábolas o reflexiones satíricas, impregnadas del lirismo ático que los ingleses llaman kumor, característico de un género cultivado por los fabulistas y poetas-filósofos_de to~os los tie~pos. ~lgúo
-botón de muestra servirá mejor que nuestras constderac10nes para mduc1r a la

• Ella guardó el pañuelo con la imagen como otros tantos recuerdos
de amor.
»EL SEGUNDÓN.

•-¡Este es el prirnero!-decían las criadas mostrando al segundón con quien
se holgaban.
»LAS ÜVKJAS

•-¡Qué hac~is?-Jes pre¡;untó una voz alzada en el camino del matadero.
•-¡N0s sacrificamos por un ideal!-respondieron las ovejas.
»EL ÜLVlDO-

•-¿Pero por qué no la olvidas?
•-Es que aún no he aprendido a saltar más allá de mi sombra-dijo el
amante.
•Los NIÑos.
•-¡Por qué rezan ustedes?
•-Es que aún somos muy pequeños-dijeron los niños temblorosos.•
Esa condición lírica de sus parábolas cínicas, de sus c1 íticas humoristas se
afir_ma po~ modo exc~l~n~e en Deucalión, coleccióI! de breves poemas, 0 °porme1or de~1r, poema d1v1d1do en breves cantos de catorce versos, que sin ajus•
ta~se al canon ~el soneto son co~&lt;? la reducción de su sonoridad y pompa a límite~ ~ás ~str~ctos, e~ que la mus1ca apenas si hace otra cosa que anotar con
prec1s1ón silábica el ntmo del pensamiento, sin calderones ni crescendos. Poema de un ~ar&lt;;isismo juvenil en gue el poeta se defiende con ingenuos alardes
de la mediocridad que por doqmer nos acecha. Una «Apolocría, en alejandrinos abre el libro y explica su inspiración:
.,
«Moraleja: el poeta echa sus versos al viento
arroja las estrellas, abre su pensamiento
'
para la siega de oro de los siglos. Sus rastros
bajo de sus sandalias florecen oro y a!&gt;tros.•

***

Manuel Oiaz Rodriguez.-Peregrina o El pozo encantado.-Novela de rústicos del valle de Caracas. Biblioteca Nueva, Madrid.
~o hay_ tal encantamiento, ni la trágica historia de Peregrina está tejida con
el hi.o sutil de_ l&lt;_&gt;s cuentos de hada~; pero su trama descubre las pasiones bravas, la superstición, el amor, el od10, que con la misma fuerza natural de las
tormentas del Avila arrastrase a los personajes de la novela. Novela verista,
d~tallada co~ el documento pintoresco en el ambiente rudo de Venezuela, susc1.ta en
ámmo d~l lector esa emoción sostenida por la curiosidad de un me
dio exótico, pec~har de las mejores italianas en el género regional y dialectal..
Y aun se advierten y saborean más directamente en los tres cuentos so-

e!

253

l
·¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

·-'bríos, valientes, inspirados en la terrible realidad del campo venezolano, que
cierran el volumen. las cualidades de novelista de Díaz-Rodriguez, escrito1·
cuyo seguro dominio de la prosa castellana le permite adaptar con sentido
moderno el amplio y rotundo período tradicional a las exigencias de un relato
siempre vivo, coloreado, dramático.

***
Fernando Gil Mariacal-Girones.-Madrid, imprenta de Juan Pueyo,

1921.

Girones estilizados del espíritu nacional. Cuentos, apólogos, tipos y paisajes, escenas picarescas, reflexiones de un liberal contemplativo sobre la realidad española. Los mismos ejemplos vivos que inspiraron, salvan&lt;lo los tiempos, las agudas lecciones morales del infante D. Juan Manuel o de D. José Cadalso. El anatema de Costa, templado por la gracia de Fígaro. Buen humor,
impersonal como el estilo con que el fiel editor de los papeles del coime de la
señora Natalia da entonación y empaque tradicionales a esta amena literatura
de ver y oir.

***
Autón P. Chejov.-.6/ ja,·dín de los cerezos.-Traducido del ruso por Saturnino Ximénez.-Colección Contemporánea, Calpe, 1920.
Después de los más grand~s nombres rusos, después de Tolstoi ):' D?stoiewsky, al lado del de Andre1ff, las novelas cortas, los cuentos de Cheiov invadían ya la Europa occidental cuando el éxito de algunos de sus d~amas,
como Tres hermanas o El jardin de los cerezos, en Inglaterra y en Francia, empieza a conquistar para su gloria el favor del público de los teatros. La versión
castellana de E!.lja,·dín de los cerezos no es la que de ordinario suele representarse, reducida de la novela original, escrita en diálogo y que ahora se nos
ofrece a los lectores españoles traducida con una fidelidad que, lejos de evitarnos, aumenta la confusión sentimental, los inexplicables vacíos, la ironía
de sconcertante, que la hacen irrepresentable sin refundiciones )'. retoques,
pero que contribuyen en mucha parte a aumentar el efecto patético de sus
-·escenas.
Una colección de rápidos apur.tes e historias brevísimas completan el volumen, característico de la manera sarcástica, despiadada, cruda en que resuelve artísticamente su visión de la vida a través del alma rusa uno de los
escritores prerrevolucionarios más sugestivos, atrayen~es, e in~pira_dos en ~l
santo fuego de la pasión atormentada con que nos hechiza el m1stenoso esp1ritu eslavo.

***
José Pablo Garnier.-A la sombra del amo1·.-San José de Costa Rica,

1921.

Al localismo, al regionalismo, al nacionalismo literarios, degenerados en el
-costumbrismo de exportación en ~os P?Íses posee~ores ~odavía de prime,·a. materia pintoresca corresponde en d1recc1ón contraria la literatura cosmopolita o
254

-de importación, por lo qne se adapta y da carta de naturaleza a modalidades
antes exóticas para el público a quien se dedican.
José Fabio Garoier, en ese sentido, cumple en Costa Rica con su drama A
la sombra del amor la misma misión histórica que nuestro Ben avente, por ejemplo-salvadas todas las distancias-, al traducir ea sus primeras obras de teatro el espíritu europeo culminante en los nombres de Ibsea, Tolstoi, Hauptmana
-0 D'Annuozio reducidos al fácil denominador común del Bulevar.
Historia trágica de una pasión culpable, cuya más pura expresi.Sn dramática
s~ rea_ionta a Sófocles y Euríp_ides, el autor de A la sombra del amor ha prefend_o situarla en el ambiente fnvolo de un hogar burgués de cualquier parte,
,quizá por lograr más eficazmente la comunicación con su público, que el dramaturgo se ha de proponer siempre de una manera más inmediata que el novelista.

:,
1

* **
Arturo Schnitzler.-Anatol y A la cacatúa verde.-Traducci6n del ale mán
por Trudy Graa y Luis Araquistain.-Colecciór. Contemporánea. Cal pe.
La boga de Schnitzler ea los teatros de Austria y de Alem-,1nia data de más
&lt;le veinte años. Muchos hace ya también que Antoiae representó con grao éxito en París A la cacatúa ve,·de, ahora traducida p~r primera vez al español. Después de la guerra la fama del autor de Anatol ha reverdecido al amparo, en mu- ·
.cha parte, de la prohibición de una de sus últimas obras por el Gobierno di!
Viena.
Vienés de nacimiento y de condición, en lo mejor de su obra se manifiesta
el anarquismo intelectual de la literatura nórdica, teñida de la fácil ironía por-que se hace asequible a los lectores y espectadores latinos. La gracia francesa
le cautiva y le atrae.
Anatol es el retrato en siete diálogos o escenas breves de un don Juan frívolo y sentimental frente a siete mujeres, sus amantes de un dia, de un año, de
un momento. Max, amigo y confidente de Anatol, le hace el juego escénico, y a
manera del payaso que descubre con las trampas sucesivas el falso prestigio
&lt;lel ilusionista de circo, subraya ante el público la moraleja que el autor se propone.
Con intención más honda, no obstante sn ligereza, más construido, pese a
su aparente disgregación, el Anatol de Schnitzler tiene mucho parecido con los
mejores diálogos de Jacinto Benavente: Despedida cruel, Sin que,·er, están inspirados en la misma ironía.
A la cacatúa ve,·de es un episodio pintoresco del 14 de julio de 1789, de gran
efecto dramático. A la taberna de Próspero, antiguo patrón de una compañía
cómica, acuden los nobles de París, ávidos de sensaciones fuertes, que los actores de Prós¡,ero fingen diariamente 1·elatando fantásticos robos y crímenes
truculentos. Aquella noche el pueblo toma la Bastilla, la revolución triunfa, y
el primer actor de A la cacatúa verde, que así se llama la taberna, seg_ún está contando cómo ha matado a un duque con quien su mujer le engañaba, aprende
que su deshonra es cierta. Entra el duque y le mata. El pueblo y una marquesa.
histérica gritan: , ¡Viva la libertad!,

I' '

�LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

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Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

�LA PLUMA

LA PL U MA

,
1 o de grandes penitentes naza·11anas de Semana Santa
Los cipreses en la noche teman_ a g
1 procesiones sev1
renos de los que van en as
h, sobre la cara y sobre la cabeza.
con el puntiagudo y alto capuc on hacia abajo y se quedan sin tron. ·eses se alargan
En la noche los c1~1
una falda haldada.
o como si se cubriesen con
d los muertos retroceden, y
c Al internarme, tod os los fantasmas e ·etiran hacia sus l'im1·tes ,
muy en fi la , en grupo muy compacto, se i
.

Yo como un indiscreto he presenciado este juego de simpatía
entre las estrellas y el cementerio, pareciéndome que se comunicaban más, que se acercaban, llegando a posarse en los cipreses.
Los fuegos fatuos eran, más que fuegos de los muertos, ya
demasiado desustanciados para eso, estrellas familiarizadas con el
sitio por ser el que estaba más seguro de indiscreciones durante
la noche.

d' de nada, más aislado en el patio
dejan libre la plazoleta.,
.
Nunca he estado mas en me io

La sombra de los cipreses en la noche es más oscura, más betuminosa, más encapuchada.

de lo muerto.
t están así en los corrales del enc1ey veía también que sólo
Sólo los toros que van a ma ar
1 d que los maten. o
.
.
rro la noche antes a a ,e de todo entre esta noche y la de mi sacnhabía unas horas despues
.
ficación.
descansado, excepciona
·
1, tranqmTodo goza de un no ser
Iizador.
h
hay nada, smo
cosas en su sitio.
.
En el cementerio de noc e_ no
t ·a hora y sólo las yerbas se
dado como a mnguna o t
Todo está guar
temen los pasos.
desperezan, se sienten solas, ~o
n reflejos de cuadro en la pared
Los reflejos de las hornacinas so erosos en el pasillo de la casa
de la habitación oscm·a·, cuadros num
atestada de cuadros.
las galerías cubiertas y la sombra
Son más claustrales que nunca
encuentra en ellas su grato so:or~l~ementerio son estrellas muertas
Las estrellas que lucen so re e deshabitadas que es lo que más
con luz vívida, son mu~dos, c~sas e es el cementerio-esas _es~rellas
se parece a esta tierra sm nadie q~ de nadie- sobre este mmusculo
son cementerios a1egres , cementerios
fi . dad entre este mundo d e los muer-1
ementerio sin luz. Hay más a m
tre el mundo de los vivos y e
ctos y el mundo de las estrellas que en
.
de las estrellas.
J58

Aun bajo la luz de la luna no se ven los nombres de los nichos;
se ven confusamente los renglones que inscriben al mue1 to, y pueden ser todos los apellidos de todos los hombres.
No vemos la lectura y nos dedicamos a ver el conjunto, las
plazoletas, la línea de los tejados destacándose sobre el cielo, el
cielo otra vez como si fuese esta noche el firmamento superficie del
mar en que somos náufragos, alta superficie sobre la que van los
navíos.
Todas las tumbas son como camas tranquilas, más tranquilas que
por el día, pues tiene algo de oscura sala de hospital el cementerio.
Se comprende mejor la postura de los muertos. Son como tumbas acostadas sobre el césped. No son ni más ni menos que esas
tumbas, son como lápidas, como piedras acostadas.
La estatua yacente, en la noche de luna, era más la verdadera
muerta que siempre que la he visto de día. Esa insensibilidad de la
piedra es la de la muerte. Se ven los muñecos de barro seco que son
los muertos, que somos los muertos.
Con esta irresponsabilidad que voy adquiriendo ¿adónde voy a
llegar yo? A nada. No haré nada. Tengo idea de la responsabilidad
material que se adquiere en la vida y eso me hace quieto y tranquilo. Esa irresponsabilidad solo me hará más libre de pensamiento,
más sincero.
2 59

1

¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

La noche en el cementerio se va quedando ha~ta sin mí y ha
y he dado voces de.
habido veces que me he pe1·d·do
I
¡Ramón! ¡Ramón!
d' d l noche y la soledad.
•
en me 10 e a .
el suelo de las galerías, parece como s1
Al pisar _un cristal rot~ e~ de su nicho para salir; pero en seguida
alguien hubiese roto -~l cnsta f ba· o la pisada los cristales rotos
se borra esa impres1on al sen rr J
.
'b
nos hubiese picado.
como s1 la v1 ora
. t
los nichos como prendas co1Las coronas están colga&lt;las JUn o a
gadas a los pies de la ~ama.
t de aeantilado junto al que se ha
Todo en la noche tiene aspee ob . la luna más espléndida, en
roto el alma el gran buque, y que ªJº d de la noche recuesta sus
•t d la gran ensena a
'
el recodo más bom o e
t es de peces recién pescacadáveres amontonados como los mon on
'
b 1 peñas de la costa.
.
dos y muertos so re as
t en el rincón más perdido
Están de cuerpo presente los muer os
de la costa.
t .
la noche están lejanísimos
Los últimos patios del cernen e~1od en y se pisa en la luna, sobre
al mundo, completamente al otr~ as ºae la misma luna. Se podría
las nieves lunares, sobre lo~ era_ ere 1 luna y que hemos cambiado
.
es la que ilumma a a
t.
decir que la ierra
,
l lt0 suspendida en los cielos,
·
1 tierra esta en
ª e, jamás pero con una uz
de residencia y a
,
t
1
como un cuerpo celeste mas muer o qu
,

°

. más prestada que nu~ca. 1
terio nocturnal se siente uno lejos
. En ese último patio de cerner,
1·ta .a en que merendar como
s en la pradera so 1 n
de todos 1os sereno
.. t de queso de Gruyer.
muertos el queso de la luna, una raJI :r todos lados.
Los conejos de la muerte huyen p
Los sudarios de luna están tendi~os a la luna.
Los cipreses están dormidos de pie.

Hay silencios caídos.
Hay trozos de sordera suma.
Lo que más vive so~ las entradas a otro patio, arcadas de sombra
que parecen que dan a una habitación más iluminada, a otro corralillo con mejor luna, con luna de muchas más bujías, con waltios con
la W más muyúscula de la noche, con un incendio de acetileno.
Como hace friíllo en la noche lunada y llena de las espumas del
mar eterno, sentimos ganas de descolgar nuestro gabán de los cipreses, esas grandes perchas de las enormes capa$ de la gran fábrica
de paños del cipresal, gran fábrica especialista en trajes de invierno
para los viejos de los asilos.
Los retratos duermen reclinados en el fondo de las vitrinas, más
recostados que nunca sobre las lápidas.
Todos los nichos, con su cristal y su marco, son como relojes
parados para siempre, relojes de comedor inútiles y empotrados en
la pared.
En la noche de luna, esos trechos en que se abre de vez en
cuando la pared seguida del cementerio, son trechos que dan a la
luz, son desgarraduras desgarradoras de la muralla, poternas de la
orilla lejana desde las que se ve la ciudad. ¡Qué lejos!
Los cardos secos nos arañan las piernas, a través de los pantalones, con sus uñas de diablos.
En las esquinas en sombra, en todos los esquinazos del cementerio, es donde se arrinconan los muertos más desgraciados, los más
arrinconados, aquellos a los que no les llega ni de día ni de noche
la atención de una mirada.
En el cuartel de los muertos el régimen de silencio es muy riguroso y en la noche no hay ni un vuelo ni el ruido de un muelle
de cama.
¡Ah! Pero lo milagroso, lo conmovedor, lo inverosímil, lo que
hace que nos demo~ con la cabeza en las paredes para co,mprenderlo,
Z6I

�LA PLUMA

LA PLUMA

es que los niños no lloren en la noche, no se despierten ya, duerman
de un tirón, hayan sido ahogados. ¡Niños embalados hacia el París
de donde vinieron.
¡Todos los niños están callados! La nodriza seca les ha cantado el:
Muere, ni1io, muere...

que da el sueño eterno. ¡Parece mentira que, no habiendo manera de
dormirlos nunca, alguien los haya dormido de ese modo absoluto!
Esparciendo miradas, cada vez más despavoridas de soledad por
los patios anfiteátricos, se ve lo que las paredes cargadas de muertos
tienen de gran biblioteca, de plúteos altos con libros en infolio y anchos como las grandes guías de las poblaciones de quince millones
de habitantes.
Con nuestra afición a lier y trabajar en la noche nos dan ganas
de dirigirnos a uno de los estantes, y sacando uno de esos grandes
librotes con la historia clínica de ese señor y con todos los detalles de
su existencia, colocarlo sobre cualquier atril, y tirando de la lámpara
de la luna, como de esas de corredera que penden de los techos y
que tienen un contrapeso con perdigones, leer hasta las veces en que
se echó una lavativa el biografiado, toda la historia de todos los instantes.
Esas imaginaciones extrañas acuden a nuestra mente en los patios
silenciosos. Aquello es mucho más amplio e intrincado de lo que
creíamos, de lo que hemos comprobado tantas veces por el día.
No sé por qué se me ocurre asociar la idea de un coto de caza a
estos boscajes cerrados y me parece como si estuviese lleno el paraje silvestre de los cartuchos vacíos, desperdicios de los tiros que
sirvieron para hacer cada víctima de las allí enterradas. Como fusilados contra aquellas tapias son todos los que reposan allí, a la sombra de toda ley impertinente, pues ni a través de los párpados tienen
262

e~e resol inaguantable que hasta el
siempre.
ciego

..

O

el que duerme ven

¡Paraje en el que quedarse como un lo
meditando siempre con el
.
co dando vueltas siempre,
,
pensamiento des vane .dO
I
avanzada del viejo cementerio(
ci en a soledad
Aquella estancia en la noche del ce
.
brarme a la noche de la muert
d d menteno me hizo acostume, Y es e entonces sé có
1a larga borrachera de sueño en I t·
mo va a ser
t
a ierra que no ve en 1 .
uraleza, en la noche igual que el día.
,
a ciega naRAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES

(1)

V

[I

rapto del espíritu en lo bello natural era un modo d:
arribar súbitamente a cierta felicidad donde c~saba 1
pugna entre la inclinación y la ley. Po~· vez pnmera el
antagonismo se resolvía en mi favor. Triunfaba de tod~
límite y al aprender a evadirme así de aquella vida estrecha, no cese
de al~bar el tesón con que había mantenido mis espe:anzas. ¿,Vendrían gentes al mundo con sobrada capacidad de sentir, no m~ ~e
ara uardarla incólume en alguna mazmorra y go~a:se sohtana~entegen ella, como el avaro recuenta sus riquezas estenles? La_ coerción externa, el comercio humano habían empezado a ~nsenar~e
.,
yo y a podar y mondar de sus brotes espontáneos mis
quien era
.
.
1
b' T s de com.
!sos Privación dolorosa, pero mterma; yo o sa ia. ra
impu la . enerosidad de mis sentimientos, tan bien medidos con las
L

!ª

~:;i::taci~nes bellas del mundo, y la cautela o ál_gidal ap_at~~ d~;o:
bárbaros lo que deduje no fué mi impotencia, smo a m tgm a
ajena A, otros les convendría asquivar el dolor a fuerza ~e es:ar
.et~s y proclamar unas máximas destiladas de la cobar~ia y os
~::eng~ños; mas yo no quería admitir que hablasen en m1 nombre
(1) Véase LA
26,4

PLUMA

de septiembre y octubre de 1921.

las conciencias escarmentadas. El auge de mi vida sentimental era
fenómeno nuevo. No pertenecía a ninguna experiencia anterior. Y esa
fuerza pura, aún inorientada, yo sabría emplearla con el fausto y la
dignidad pertenecientes a su grandeza y agotarla sin más norma que
mi arbitrio ... Pero antes sería menester sofocar las voces del miedo.
Decían tanto mal de mi demonio interior, que si me sorprendía a mí
mismo contemplándolo y deleitándome en sus promesas, el pavor me
congelaba la raíz del pelo, como si estuviese ya cautivo de un infortunio irrevocable. Eran de calidad vil los motivos que me determinaban, pues en último caso reducíanse a temer o no los resultados
que me trajese la conducta. La razón más persuasiva que el antagonista acertaba a insinuar en mi conciencia era la del «amargor de los
frutos de las pasiones», incitándome mansamente a precaver el chasco postrimero con no apartarme de la vida descansada en que consiste la ventura asequible. Mas no importa el sinsabor de los frutos,
sino alcanzarlos en sazón. Me repugnaba inmolar la vida al remordimiento. Y la renuncia, tan alabada, y el desvío cerca de las emociones proscritas, no me aportaban tampoco la sedación ni la paz que
me prometieran. Yo no tenía espíritu de sacrificio, ni humildad, ni
el don de lágrimas; no podía zambullirme en el deleite de mi abnegación, que es un modo de consuelo, ni admirar mi heroísmo y suputar el premio; la acritud del corazón me forzaba a ser sincero: mi
inhibición era el despego soberbioso de quien no se arriesga a sufrir
chafaduras en el amor propio. En estos coloquios recatados, que
abrieron, sin notarlo yo, el surco por donde ahora puedo remontar a
los albores de mi vida moral, solía prestar a mi contradictor interno
el asentimiento bastante para eximirme de su acoso; pero aunque no
la nombrase, llevaba yo bien guardada la certidumbre de que todas
estas cárceles se derrumbarían; y si aquel miedo infuso me dejaba,
la alarma venía a sobrecogerme ante el rápido discurso de las horas,
que pasaban sobre mí con levedad, sin dejar rastro.

�LA P L U ~1 A
LA PLUMA
•Qué sortile&lt;rio me echaban el aire y la luz para suspender mis
&lt;
~
º6
diálogos y elevar el alma a ese punto en que se borra~, la acepc1 n
de bien y de mal y los deseos? Virtud de la contemplac1on, que lleva
al aniquilamiento si la caricia en los sentidos nos hechiza_ Y el pábulo
del pensar, derretido, se evapora, dejándonos en una quietud transparente, sin contornos, deshecho el dualisn:io _vital d~ hombre Y mundo. En tal desleimiento de la persona cons1sba, a m1 entender, la sumidad de la vida; era, por el contrario, un modo de perderla, de
abolir la reflexión, de no parar los ojos en la histori~ de. ho~ bre_ ~ ue
empezaba a gravarse con dolor en la haz de la conc1enc1a. Narcottco
era, manantial de placeres puros, esto es, sin mezcla. Por goza1'.l?s
busqué cada vez más el tacto con la naturaleza. Pedíale la exa~ta~1on
sensual que me arrebatase al pasmo ya gustado. No la enc~ntre siempre sumisa a mis antojos. Se entre~aba_ cua~~o menos podia yo esperarlo. A vece..c:., las más, era inútil m1 solicitud. En vano ~aba yo
suelta al raudal emotivo que artificialmente acertaba a s~s~1tar: no
se producía aquella unión misteriosa. Er~ tanto c~mo a~anc,ar a una
estatua. Entonces mi capacidad amatona se atema pu1~mente a lo
concreto: ponderaba las formas, los colores, la prop~~·c1ón, los aromas, los sonidos, sin pasar a más. Y de esta contenc10?, d'.:! esa sobriedad, por las cuales fué asi cómo enumerando los ?bJetos_y sacándolos de la masa donde antes estaban empotrados, vmo el liberarme
de la pavorosa impresión de mi pequeñez con que el mun?º'. hasta
allí indiviso, me agobiaba. Me desembaracé de algunos senhm1ent?s,
incorporándolos en las cosas. Empecé a poblar el mund~ exterior
con engendros de la fantasía. Reiné sobre los seres, y d1:~use _de
ellos como de material para mis juegos, que no eran ya_de runo. Hice
solio de la ventana de mi celda, que daba a los Alam1llos, Y desde
allí fuí metiendo en las fuerzas naturales la intención de que ~ntes,
estúpidamente, carecían. Echaba sobre los cerros cogullas de m~bla'.
si estaba triste; apagaba los ruidos del mundo con mantas de meve,
266

1

dilataba los cóncavos cristales de la noche cuando era mayor mi
aliento; y si el mal humor me infundía propósitos malignos desataba
los vientos rabiosos, dejándolos noches y días enteros correr por las
pizarras y desgarrarse las fauces con los aullidos. Mi inspiración peor
deleitaba a las señoras, y más aún a las hijas de las señoras que a la
puesta del sol cruzaban por los Alamillos, de vuelta del Paseo de los
Pinos. Componía un cuadro con luz de ocaso, y brumas sutiles y
resplandor de lumbres de pastores, lejos, y humaredas densas enredadas en los árboles, y unas puntas de ovejas que volvían de la
Herrería al colgadizo de la huerta a dar de mamar a los recentales.
Olor de leñas quemadas, vaho de hojas en putrefacción, balidos lastimeros: todo estaba a punto.
·
-¿Os gusta?-decíales a las damiselas.
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Y ponían lánguidamente los ojos en las ventanas del colegio. Pero a mí me cargaba su excesivo amaneramiento,
Y apenas las novias habían dado la última vuelta por el jardín, de
un empellón sumergía el cuadro en la tiniebla.
Por esos portillos empecé a salir de mí mismo, y tal es la deuda
más grave que tengo con El Escorial, o mejor, con su campo: en la
edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió
el paisaje. La obra humana, el Monasterio, quedaba aparte; ininteligible, no sé si diga hostil. O lo admirábamos a bulto, sin saber muy
bien por qué (acaso por su grandor), o veíamos una obra extravagante, cargada de intenciones anacrónicas, que no hacía presa en
nuestra sensibilidad ni acertábamos a explicar según los modos de
que nuestra razón iba aprendiendo el uso. Vislumbro el origen de
aquella tendencia a mirar el Monasterio como un error grandioso, no
sólo en que el intelecto, viniendo más tardío, era incapaz aún de
penetrar el secreto de esta obra, superior en dignidad-como del ingenio humano-a las obras naturales y de menos fácil acceso al espíritu que las sugestiones patéticas del pai~aje; pero además en el
267

•

�LA PL U\\ A

LA PLUMA

encargo de contemplar el monumento dentro de su representación
histórica, s¿breponiéndole un valor de orden moral, significante, que
postergaba su valor plástico. Pienso que así quedaba desconocido el
Monasterio, llevándonos a medirle por el mismo canon que la expedición de la Armada Invencible.
¿Pero qué hacer de esas experiencias mías, ni cómo emplear los
hallazgos, por mínimos que fuesen, fruto de mi actividad personal?
Yo no sabía si estaba enriqueciéndome o si, más bien, era el rico
ocioso que despilfarra sus tesoros. Lo mejor de mi vida no era sino
vagabundeo, holganza pura, indisciplina, visto que desde ese campo
donde solía merodear, al cercado de mis obligaciones no había tránsito prevenido. De cuantos deberes nos imponía el colegio, los únicos que prendían en realidades presentes en nuestro espíritu eran los
deberes religiosos, ya los acatásemos devotamente, penetrados de
temor cristiano, ya suscitasen en algún corazón rebelde angustias
mortales. Pero un hombre no tiene sólo el alma para jugársela a cara
o cruz con el demonio. Tan claro es esto, que aparentemente gastábamos lo más del día en trabajar por ornamentarla, salvo que, ese
trabajo carecía de conexión con la vida superior del espititu. Yo había
visto en el presidio de Alcalá a los penados tejiendo pleita. No puedo
representar mejor mi estado. Un ser sin cerebro, una máquina, hubieran dado cima a nuestras tareas con más puntualidad y no menos
brillantez que nosotros. De manera que para aligerar el trabajo maquinal, era útil enseñarse a hacer trampas.

VI
Declaro con rubor que fuí en El Escorial un alumno brillante.
Si me contase en el número de las personas que, a falta de mejores
títulos, o por perversión del estímulo de la simpatía, pretenden ele268

varse en el aprecio ajeno ponderando las dolencias que han padecido, no podría vanaglori:1rme de otra más grave que el envenenamiento característico del escolar aventajado. Me abstengo de hacerlo
por urbanidad y por no empeorar con una superchería el pecado
contra el buen gusto.
D~bí de p~re~er, siendo estudiante, un caso mortal: desparpajo,
prontitud, lucm~iento alegre. En las degollinas de fin de curso (clases entera~ sacrificadas por clerofobia del catedrático O por rigores
de un s~b10 de fama local, demasiado convencido de la importancia
de su asignatura), yo era de los dos o tres que se salvaban, y me salvaba con gloria. Mi ruta natural ya se columbraba desde aquellas tesis
que_ sostenía en nuestros certámenes, desde aquellas notas' excelentes.
~n Joven de provecho triunfa en la vida si, apenas salido de la Universidad, prom_ulga sendos folículos sobre el «Estado social de la mujer»
la «Necesidad de mejorar la aflictiva situación de las clases trabaJadoras»; ~-i asiste en un bufete conspicuo y granjea, sacando de penas a la h1Ja de algún mastuerzo, además de una entrada legítima en
el cercado de Venus, otros bienes-entre los que suele contarse una
manada de electores numerosa-, menos fugaces que los deleites severos del connubio. Por dónde iba, paso a paso, la ilación entre
nu_estra~ tareas de colegiales y esas cimas vertiginosas, yo no lo sabre decir, pues me senté en el comienzo del camino; pero quien
daba suelta a la ambición calculadora y se ponía a conjugar sus fines
~ sus ap~estos, tasaba al punto nuestros trabajos en su valor positihvo: la gimnasia del entendimiento, absorbiendo la ley de las Doce
Tablas, el_ ~ecreto de Graciano y diversas refutaciones del panteísmo, permiha escalar el solio de un cacigazgo rural; el matrimonio
de _ventaja, el mandato en Cortes, un ministerio, eran los grados siguientes ~ la licenciatura y al doctorado en una facultad que empezaba descifrando a Irnerio para terminar naturalmente al servicio de
Sagasta (entonces era Sagasta), con sólo sustituir valores iguales, a

!

269

�LA PLUMA
compás del progreso de nuestro espíritu. El cálculo se robustecía en
la contraprueba: fuera del adelanto en esa senda, nuestros conatos
no daban de sí maldita de Dios la cosa. Tal sería también mi destino; tal mi vocación presunta.
Si alguno de mis buenos maestros, en la esfera donde está, compara aquellas promesas y estos frutos, podrá decir que he malogrado sus desvelos, pues la inteligencia sirve, no para encontrar la verdad, sino para conducirse en la vida, y a mí me habían puesto desde
jovencillo en el carril de los triunfos. Cierto: les volví la espalda; desmentí los vaticinios más claros; abrasados fueron aquellos años, aventadas sus cenizas. Lo digo sin amargura, sin furor, no obstante el
peligro en que estuve, pues ahora sólo me place recordar que me
salvé. Salvarme fué, más que cordura, virtud de la indolencia. Porque escatimé el esfuerzo, la infección no pasó a mayores, a pesar de
los síntomas. No puedo alabarme siquiera de haber corrido una borrasca intelectual. Salí del colegio sin adquisición alguna; nada tenía
que abandonar ni que perder. Armas de cartón me habían dado para
un combate en que, por suerte mia, yo no estaba propenso a entrar;
las arrojé sin duelo, me encontré a mis anchas, no busqué para el
caso otras mejores. Dijeron que era descarrilar y que me perdía. Sea.
No he llegado a hombre de presa ni, cuando menos, a prohombre. Me
consuelo , pues mi fuerte ingenuidad me hubiese celado el espec...
táculo de mi encumbramiento. No habría sabido juzgarme, m vivir
desligado íntimamente de las cosas. No soy santo; ~i humorista, ni_,
creo yo, lo bastante canalla para no haberme entusiasmado con m1
propia obra. En el ápice del poderío, más aire me hubi~se ~ado a
Robespierre que a Marco Aurelio: hubiese tomado en seno mis gestas, sin prevenir resguardo para mirarlas del revés; ele;7a~o al rango
de portavoz cte vaciedades comunes, como me falta el c1mco despe~o
de los canallas (nada puedo regatearle al afán del momento}, habna
dado a luz un varón togado, con ínfulas de apóstol, y engañádome

LA PLUMA
a mí mismo por no engañar a sabiendas al prójimo. Cabalmente, ese
es el personaje que más detesto.
En mis triunfos fáciles no sé con certeza quién defraudaba a
quién: si yo al colegio, echando por el atajo de la memoria, que era
menor esfuerzo, o el colegio a mí, dejándome sobredorar metales inf~riores. Entonces creía yo ser el matutero. Por buen sabor que tuviese el descanso adquirido con engañifas, no dejaba de sentir e1
malestar de quien vive agobiado ineludiblemente por tareas ingratas, de las que se alivia un poquito desviando la atención. Conocí el suplicio de tener escindidos el trabajo y el cuidado; pocos
hay que más duelan. Fijar el ánimo por el trabajo mental y acompasarlo merced al esfuerzo sostenido no se alcanzaba nunca. En nuestro espíritu había un desequilibrio tormentoso. La atención se iba
de merodeo por los mundos imaginarios: también eso era cansado
insufic~ente, y venían la expectativa desasosegada, el deseo confus~
de sentar el pie, de hacer presa. Si el colegio nos parecía una suspensión temporal de la vida propia, debíase, más que nada, al sobreseimiento en la cultura de la inteligencia. Allí era el hacer que
hacía!Ilos, el dejarlo todo para mañana. Ko digo que anduviésemos
ansiosos
mendigando de los frailes el saber y nos afliaiera
quedar
.
o
msatisfechos. Cierto: un entendimiento activo, original, pujante, ha..
bría padecido con tal régimen privaciones análogas a las del lascivo
en abstinencia forzosa. Pero nosotros debíamos de ser perezosos en
demasía; nos resignábamos a estar a dieta. Esa conformidad casa muy
bien con el desasosiego que germinaba en el baldío del intelecto; no
lo destruye, lo corrobora. Nos faltaban, simplemente, estímulos serios. Pocos dejábamos de advertir la inanidad de nuestros conocimientos. La vida intelectual robusta no podría empezar justamente
hasta salir del colegio. Todo cuanto en él adquiríamos era para olvidarlo en el punto de llegar a hombres. Tantos programas y libros,
tantas clases, tantos exámenes no eran sino para ganar ciertas ha271

�LA PLUMA
LA PLUMA
bilidades de orangután domesticado, habilidades caedizas, de la&amp; que
nadie volvería a pedirnos cuenta en la vida. Esfuerzo que empleásemos
en adquirirlas, esfuerzo perdido. Nuestra inteligencia era menos pueril de lo que pensaban los frailes; afectábamos un candor, una docilidad de entendimiento que, en el fondo, no teníamos. Los frailes, sin
recatarse, estrechaban el campo que nuestra curiosidad, mejor estimulada, hubiera debido explorar... Había cosas que era malo, o peligrosamente inútil, o, cuando menos, prematuro saber. El toque estaba
en distinguir la ciencia falsa de la verdadera: una valla, erigida hace
veinte siglos, las dividía; del lado de acá, de nuestro lado, lucíu la
verdad, pronunciada de una vez para sien::pre; en el otro se amontonaban los errores tenebrosos. Lo más de la historia del pensamiento
humano quedaba a la parte de afuera. Y uno retrocedía, vagamente
conturbado, ante predestinación tan fuerte. Entreveíamos el fraude piadoso, y que al fin habíamos de hacer un descubrimiento
análogo al de que los niños no vienen de París; más: ya lo habíamos
descubierto; fingíamos no saberlo; y esa inocencia simulada, necesaria para llegar pacíficamente al cabo de nuestra ruta escolar, empezaba por corromper la fuente de la probidad intelectual, hacía sospechosa toda noción, minaba las bases del respeto al saber, era la causa
última de la desgana, del insondable descontento.
Aprendimos, como era debido, a refutar a Kant en cinco puntos, y
a Hegel, y a Comte, y a tantos más. Oponíamos a los asaltos del error
buenos reparos: « 1.0 , es contrario a las enseñanzas de la Iglesia...
2.0 , lleva derechamente a1 panteísmo ...~, y otras rodelas imperforables. El positivismo le disputaba al materialismo el calificativo de grosero. El panteísmo era repulsivo. ¡Lo que nos tenemos reído del
judío Spinozal Y el día en que el Padre profesor de Derecho Natural nos leyó, para escarmiento, unas líneas de Sanz del Río, quedamos bien impuestos del peligro que hay para la sana razón en apartarse del redil. A Hegel le reducíamos sañudamente a polvo. Tomá-

bamos ejemplo del catedrático de Madrid quien tras de e 1l ., t
'
,
xp icar una
ecc10n ocante al hegelianismo, decía el muy socarrón-. «y a que h emos aca b.a d o con Hegel...» Era el enemigo más temible• Lo prueba
H
que e1 mismo catedrático disparaba este argumento· «·Señ
fué
•
• ,
á
•
ores: egel
mon rquico ....1»; y si al Padre C. se le ocurria decir com
·
d'
¡ . H
.
.
,
o quien
ice a go. « eg~l, una de las mteltgencias más poderosas que se han
paseado por la tierra... », parecía una gran concesión
Más r_ebeldes que a la conservación de la doctri~a éramos a la
restauración
de los modos. En los certámenes había que di·scu mr
· por
-1 .
si ~gismos. Dos veces comparecí ante el colegio en pleno a sostener
tesis de encarg~. El Padre Blanco me confió la primera: «De la belleza co~o cuah~ad _su~asensible.» Sería entonces cuanct'o fundé mi
rep_utac10n. Al ~no siguiente nos pusimos a desenredar en público los
pleito~ de un ciudadano romano. Presenté mis conclusiones. El adversano _me asestó un silogismo violento. Sin rendirme, clamé:
-¡Niego la mayor!
-¿Cuál es la mayor?-replicó, desconcertado.
Aquella noche no discutimos más.
( Continuará.)

MANUEL AZARA

1

l

272

273

�ALCOR
6sta es eastilla. 61 horizonte,
cerrando la alta es/era,
define en derredor un pensamiento,
vasto descanso,
cumbre y remanso
del espíritu puro.
6sta es Castilla. 'Gi~rra y cielo.
6rrante la mirada
vaga en el denso mar. 'Y no descubre
/ronda ninguna verde
en que la luz se temple. ;]lasta que octubre
da con sus alas grises una sombra
gigante. &lt;Soledad.
6sta es Castilla. f}{ace los hombres
y los pierde.
.los pierde en la retórica
de que pletórica la ;Musa f}{ispana
se muestra aún arrogante.
Cante el mantenedor, cante el poeta
de los juegos de /eria provinciana
acordados la lira y el discurso
al /ácil tópico,
la vana pompa de los mitos oficiales.
'Yo cuando quiero /lores naturales
las cojo en el campo.
274

\

_)

LA PLUMA

fNo en éste al que la gracia
del prado ameno y variopinto,
del arroyuelo
sereno y claro la corriente limpia,
del valle perfumado
la regalada umbría,
;Madre fNaturaleza niega dura.
fNo en este yermo.
&lt;Sino en el campo
que labra mi deseo
día tras día,
regado por mis ojos
con las lágrimas vivas del recuerdo,
campo tan ancho como el mundo,
pero cerrado como un huerto,
campo todo florido
como un jardín edénico
desde que mi sentido
lo ha descubierto,
por la fragancia del corazón, dentro del pecho,
campo mio,
en tanto no haya muerto
la luz en mí, y con ella
la virtud de este verso:
flloy, en la eternidad del universo.
f}{oy, soy;
2

75

..

�LA PLUMA

en el presente
vivo en tanto que aliento;
ayer, mañana,
son sombras en el tiempo,
larvas,
espectros,
cosechas, siembras, hechas
con la solemnidad del mO'Uimiento
atávico,
con que ya usaba la hoz y el bieldo
el labrador de los campos góticos;
o con el ánimo moderno
del que en la máquina aprovecha
el esfuerzo
del cálculo,
para romper el suelo,
para vencer el aire,
para esquivar el trueno.
Vrlas en el fondo
todo es uno y lo mismo,
mañana y ayer son
abismo
a no ser la creación del pensamiento:
'Ver y entender
en el momento.
9l,bro los ojos, miro.

L A PLUMA

'Veo:
'Gierra de campos. eampos llanos.
&lt;Sobre los llanos un alcor.
6n el alcor hay un castillo,
ruina de un /eudo sin señor.
eastillo, no en el aire,
firme en el suelo,
baluarte que aún defiende,
enhiesto,
fantasmas, quimeras,
vagarosos ecos
de una voz sin tono.
'JI entiendo:
fNo la to"e
del homenaje sin acatamiento,
ni el suspiro
que entre sus muros finge el fliento,
me traen a este retiro,
a apoyar en la barba el pensamiento.
fNo el honor de una gloria pretérita,
ni de anticuario el goce enfermo,
mas el hacer mi morada interior
y contemplar desde el alcor
la nada.
C. RIVAS CHERIF

277

�LA PLUMA
Ano•10 C11Buios.-Su marido. Veintisiete año1. Teniente de Caballería. Se
casó porque la chica era rica y porque se le parecía a una cupl.-:tista
de quien fué el souteneur por mucho tiempo. Procura educarla en la
misma escuela.

LA LEY DE DI OS
DRAMATIS PERSONJE

La famllia López:
DoN Ju1J1 BAUTISTA LóPEz.-Sescnta y cinco años. Solterón. El público no le Ye
ni le oye, pero está siempre presente.
,
JUAN BAUTISTA GONZÁLEZ.-Un año. No habla, pero duerme Y se ne. . .
DoÑA lsABKL LóPKZ.-Sesenta aiios. Solterona. Es la santa de la fam1ha Y a la
que todos obedecen por su discreción y por su diocro.
.
DON FaucuNo LóP1z.-Cincucnta y cinco años. Un hombrote como un cast_~llo,
pero cobardón y fácil de lágrimas. Piensa constantemente en sus h11os,
sobre todo en Vcremundo, presuntos herederos de la fortuna d~ la familia. La adulación a su hermana Isabel determina todas sus accione~.
DoíiA FRANCISCA.-Cincucnta y dos años. Su esposa. Avara como su mando.
Muy fresca.
DoiíA Au11.o11.A L6Psz.-Cincucnta años. Casada. Sin hijos. Amargada por esta
circunstancia, pero tan codiciosa como sus hermanos.
.
Dox BBNioNo.-Cuarenta y cinco años. Médico que al llegar de titular a_l pueblo
hizo la cura de Aurorita y desde entonces sólo receta a los criados de
la familia. Su carácter tímido se acentuó más por miedo a su mujer Y
hermanos.
Tnasnu LóPKZ.-Veinticinco años. La &lt;iltima de los Lópcz, bonita, mimosa. ~u
marido concluyó de estropearle el juicio. La codicia de ella se desvia
hacia el afán de tener dinero para gastarlo.
278

1

¡
1

DOCTOR D. BBRNARDo Cuo.-Médico viejo. Practicón resignado. Un fondo de
honradez y bcccvolcncia. No puede beber una copa de vino sin dccla•
rarse anarquista.
DOCTOR ANORBTO.-Médico joven. Con talento y alguna petulancia. Aspira a la
clientela de su compañero. Pertenece a los adoradores d~ la piedra,
entendiendo por piedra el gesto que le haga medrar.
S&amp;io1t H111KST11.osA.-Notario cuco dispuesto a nadar en ríe, revuelto, pero guardando la ropa.
Do11 APARICio.-Párroco de Andux. Un gañán sin educ~ción. Ignorancia absoluta que le hace irresponsable de sus acciones. Cree que Dios está al
servicio de los ricos.
TfA CATAUNA.-Cincuenta aiios. Para ella el amo lo puede todo. Codiciosa,
amoral. Madre de
M.uiú o.u. Pnm.-Veinticinco afios. Madre de Juan Bautista el pequeiio. Una
sierva.
LuCAs.-Sacristán.
Sutaoo lit IUYOR.-Labrador.
ESCENARIO
Un salón rústico en casa de gente bien acomodada. Mesa, sillones, sillas. Dos
puertas en el fondo, a la gal~ría. Dos ventanas laterales con cristales. Todo
macizo, fuerte, hecho para la inmortalidad. Forman contraste algunos muebles modernistas de muy mal gusto. Imágenes de santos, cromos y un retrato al óleo del fundador de la dinastía, don Veremundo López, con leontina y bastón; la cabeza es muy p~quefía para los hombros y sobre todo
para las manos, que parecen dos racimos de plátanos. Hay un reloj que
no marca la hora para que no se estropee.

DR. CANo.-Resumen, amigo y colega: hemorragia cerebral, forma
apoplética, hemiplegía de origen central. Pronóstico: grave, gravísimo,
de toda gravedad (cambiando su voz doctoral pnr otra Jamt'lzar y francota). Amigo mío, hay que conformarse con la voluntad de Dios; su cu279

•

�LA PLUMA
ñado no llega a la madrugada. Creo no decirle nada nuevo con estas .Palabras; usted ha visto bien el caso y lo ha t~atad~ conforme~ ley. (::,igue
un largo silencio. Benigno, con la cabeza baJa , y lia11do maqumabnente un
dgarrillo.) ¿Se le ocurre algo nuevo, compañerito?
...
DR. AMORETO.-No; no, señor; estoy conforme con su opm1on de us-

ted. Pero ...
DR. CANO (con sonrisa malévola).-Diga, diga usted, joven. En medio

de todo, ustedes los recién llegados de los grandes centros científicos
pueden aportar otros datos, indicar otros agentes, para nosotros los practicones ofvidados o desconocidos.
DR. AMORETO.-Nada de eso, maestro. Era solamente añadir como un
dato más a la hermosa historia clínica por usted explicada. Sabe usted
las modernas orientaciones de los clínicos hacia la arterioesclerosis como
causa de las lesiones arteriales de origen central: nuestro enfermo tiene
todo el aspecto de un arterioesclerósico en período de hipertensía.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Además, he oído decir, y si don Benigno me perdona
que lo repita ... , q~e sus co.stumbres ...
DR. CAN0.-C1erto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Parece que bebía ... ¡Oh, no! (respondfendo a un gulo
de don Benigno); no digo que fuese un borracho ... ; ademas, hombre mujeriego...
DR. CANo.-Cierto ... cierto ...
DR. AMORETo.-Añadamos, señores, la edad ...
BENIGNo.-Sesenta y cinco años.
DR. AMORno.-No es para morir de viejo ...
DR. CANO.-Cierto ... , cierto ...
DR: AMORETo.-Pero sumemos todas esas concausas, demos a cada
una la importancia etiológica gu_e tienen, y ente_nderemos con pa~mosa
claridad, con esa claridad mend1ana con que bnlla la verdad médica, el
origen del cuadro morboso actual.
DR. CANO (después de un silencio).- Ciertísimo, estimado colega.
(Otro silmclo.) Siga, siga usted.
.
.
.
DR. AMORETO (muy cortado).-Nada mas ... ; no tengo mas que decir...
DR. CANo.-Como usted ve, Benignito, la magnífica disertaci?n de
nuestro joven colega, el análisis tan hermosamente hecho de los ongenes
del mal, no ha de remediarlo.
BENIGNO (despuls de otro gran silenúo).- ¿Y qu~ creen ustedes ... ? Ustedes, príncipes de la medicina,. médicos de la capital...
.
DR. CANo.-Declino ... , declino ...
DR. ANORITo.-Y o también declino.
280

L A PL UMA
BENJGN? .-No; no, señores; yo, un pobre médico rural , les ha llamado
por ue as1 lo creo ...
R. CANo.-Bueno ... , bueno ... ; pase usted de laroo
... digo por mi
0
'
•
parte...
DR. AMORETO.-También por la mía .
BENIGNO.-¿Qué opinan ustedes de ... su inteligencia ... ?
·
DR. CANo.-¿De su inteligencia?
BENJGNo.- ¿Creen uste_des que ~e halla en disposición de testar?
_J?R. AMORETO (con rap1dez).-N1 pensarlo. Hay una completa obnubilac10n de todas las facultades ... El choque cerebral, la apopleoía... -1no
0
' ,:;
es esto, maestro?
. DR. CANo.-Diré a usted~s. Yo en mi larga práctica he visto casos
milagrosos. No creo que en este pueda darse tal contingencia.
DR. AMORETO.-¡Imposible!
DR. CANo.-Nada hay imposible, joven colega ... ; pero va he dicho a
usted que todas las probabilidades son de muerte...
•
'
BENIGNo.-De modo que en la actualidad ustedes no creen posible que
pueda testar...
DR. CANo.-Ni con intérprete, amigo mío.
. DR. AMORETo.- Piense usted que esta lesión radica en la circunvolución. frontal ascendente, en la parietal descendente, toda la zona Roland1ce.
DR. CANO.-Cierto. Toda la zona Rolandice ...

6

*

* *

AURORA (entrando precipitadamente). - ¡Ha hablado! ¡Ha llamado a
Isabel, y con los ojos ha pedido agua! Se ha bebido una copa ...
DR. CANO.-Ya les decía a ustedes, se dan casos ...
AuRORA.-Ven, Benigno ...
DR. CANo.-Vaya usted. Aquí aguardaremos.
D~. AMORETo.-Yo voy con usted; quisiera persuadirme del fenómeno.

FEUCIANO (mtrando).- lsabe1 , insiste en que suban pronto ...
Tooos (mmos Dr. Cano).-Vamos allá.

* * *
28

�LA PLUMA
LA PLt:MA

DR. CANo.-Aquí les aguardo. Don Feliciano me hará compañía.
FELICIANO. Sí; yo no puedo ver esas cosas. Desde hace tres días estoy
tan enfermo como mi pobre hermano.
DR. wNo.-Y usted, amigo mío, ¿oyó que el enfermo llamaba a
Jsabelita?
FELICIANO.-La verdad, yo no oí nada; pero las tres mujeres creyeron ... una dijo que sí, que había hablado, otra le preguntó si quería
agua, y entre las tres le pusieron el} los la~ios una co~a, y entre la que
tragó, y con la que se derramó, alla la vaciaron... No se ... , no sé... ; estoy
,
.
enfermo.
D1'. CANo.-Un caso de sugestión-. Y diga usted, amigo mio, ¿que
empeño tiene su cuñado en pre~ntar si el enfermo puede hacer testamento? ¿Es que pensaba en me¡orarle?
.
FELICIANo.-No, señor don Bernardo, es algo mas grave y que a todos
nos alcanza. Figúrese usted ...; pero hasta vergüenza me da de hablar de
estas cosas en este momento ... mi pobre hermano moribundo...
DR. CANO.-¡Ya, ya... 1Cosas de familia .. . , intereses mezclados ... ; no,
no insisto ...
FELICIANo.-No es ningún secreto. Aquí todo el mundo lo sabe ... ,
pues, un solterón ... , más de sesenta años, y además, ¿por qué ocultarlo??
por ser el más viejo de nosotros no alcanzó los buenos ~ie_mpos de mi
padre ... , su educación se resintió de eso ... , no pudo asis_tir a los col~gios ... y después ya no quiso; decía que para labrar la .tierra ya sabia
bastante y que lo demás era cosa de señoritos ... y se re1a de nosotros,
queriéndonos mucho; eso sí, nos quería m,ucho, sobre t?do a Isabel y a
mí... Isabel quiso amansarlo, pe~o él se ~e,a y no le hacia caso ... No salía del campo, siempre sobre la tierra, ~isputando por ~l ?g_ua o P?r los
abonos, vestido y calzado como un patan, fumando v1rgimo, bebiendo
ron y •gozando
con el trato de peones y gentuza. ¡Y un talento! ¡Y un
1
corazon.
•
1
DR. CANo.-Sí, sí, lo sé. Bastantes veces le he aten~ido en m1 consu ta. Siempre me recomendaba sus mayordomos, sus ¡o~naleros y ~salariados. Era uno de los fieles a mi vieja iglesia. No se de¡aba seducir por
los apóstoles nuevos.
.
FELICIANo.-Sí, señor don ~ernar10_, ste';llpre tuvo en ~~ted una fe
completa y ciega. Siempre dec1a: ~ed1co v1e¡o y zapato v1e¡o.» Para él
era un suplicio estrenar unas botas.
DR. CANo.-Tiene gracia.
FELICIANo.-¡Pobre hermano! ¡Era un talen~ol Y .v~a usted, aquí_ ~e
encerró en este caserón, lejos de poblado, y aqm ~a v1v~do en compama
de mi santa hermana Isabel, mientras nosotros disfrutábamos de todos

J

1

los goces de la sociedad. Él nos decía: 4&lt;0iviértanse; yo cultivo la hacienda que ha de ser de todos.» Siempre insistía en esto: en que su hacienda
era para sus hermanos. Y así trabajaba y así, roturando riscos y allanando laderas y comprando lotes de vecinos en apuro y construyendo represas y alumbrando aguas, llegó a formar esta posesión, lo mejor y más.
rico de la Isla. Usted la conoce como todos en esta tierra. Es una
bendición.
DR. CANo.-Valsendero. Da tantos plátanos como todo el resto de la
Vega. Don Juan Bautista era ... es... el agricultor de más ojo y más conocimiento que he conocido. ¡Qué lástima que esto se reparta, amigo
don Feliciano!
FELICt.lNo.-¡Qué vamos a hacerle! Si Juan Bautista pudiera expresar
su voluntad, de seguro que pensaría en mi santa hermana Isabel y en
mis hijos, pero...
DR. CANO.-¿No ha testado?
.
FELICIANo.-No señor, no ha testado. Hace tres días que hemos preguntado a todos los notarios, registrado los armarios todos, y nada ... ni
una nota.
DR. CANO.-Ahora me explico la pregunta de mi compañero y cuñado de usted, Benigno Santos. Temía que a última hora pudiese hacer
testamento.
FELICIANo.-¡Así fuera! En medio de todo mi hermana Aurora, su
mujer, no ha tenido hijos, ni probablemente los tendrá, y es probable
que andando el tiempo todo quedará en casa. Le estoy hablando con el
corazón en la mano; usted es como un confesor.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ... ¡Ah! ¡Ahora entiendo! Esta, su otra
hermana, la más joven ... , Teresina. . .
FELICIANo.-Es verdad, Teresina .. .
DR. CANo.-Pobre muchacha ... Una niña tan guapa, tan simpática,
una verdadera perla, y haber caído en manos de ese tenientillo que no
sale del salón de la ruleta. ¿Cómo usted y don Juan Bautista consintieron semejante adefesio?
.
.
.
FELICIANo.-Que quiere usted, amigo mio; era guapo, hablaba bien,
se metía por los ojos, luego el espadín, el uniforme ... , qué se yo ... Bastante me opuse y mi santa hermana Isabel también luchó, pero Juan
Bautista se reía de todo y decía: illéjalos hombre, que hagan su santísima voluntad ... », y la hicieron.
DR. wNo.-Esos sí que tienen hijos ...
FELJCIANO. - Uno cada año. Ese perro no la deja descansar ... y
eso que entra en su casa a las cuatro de la madrugada. Ya tienen tres.
hijos.

.

/

�LA PLUMA
DR. CANo.-Creo que le ha despotricado gran parte de su conveniencia ...
FELICIANo.-Sí; pero Juan Bautista la ha ido comprando o hipotecan-do y así vuelven las aguas perdidas a su cauce antiguo. Ahora mismo si
de ese pícaro se tratara solamente, quedaba la esperanza de recuperarla.
DR. CANo.-Cierto ... El sistema empleado por don Juan Bautista po.dría usted implantarlo .. .
FELICIANo.-Yo no ... , yo tengo muchos hijos ... , pero mi santa hermana Isabel lo haría, y al fin y al cabo, si no yo, mis hijos, Veremundo
sobre todo, que por llevar el nombre de mi padre tiene todas las simpatías de mi santa hermana, podrían reconstituir esta fortuna, volver a la
unidad primitiva, a realizar el sueño de mi padre, de aquel padre, hombre salido de la nada y que hizo todo esto ... ; esto, amigo mío, que empezó por esta casa humilde y unas tierras secas y que ha ido extendiéndose, aumentándose como una inundación de agua verde ... ¡Qué lástima y qué iniquidad! ¡Pensar que puedan partir la tierra, es como si me
partiesen el corazón, como si me arrancasen la carne ... !
DR. CANo.-Hay esperanza, amigo mío; su plan de usted ... , de su
santa hermana, me parece de éxito seguro ... ; ese tenientillo querrá dinero, dinero contante y sonante ... , un aeuro de ruleta y ya veo vendido
un cercado por poco más de nada ... ¡(¿ué sabe él del valor de la tierra!
FELlCIANo.-¡Verdad! ¡Verdad! Así, no es eso lo que nos amarga y
desespera; al fin y al cabo todo eso es posible, y si no lo fuera, Teresina
es sangre nuestra, y en ella y en los suyos quedaría. Eso es justo y es la
ley de l)ios y de los hombres... ; pero hay otra cosa ... , una verdadera injusticia, un sacrilegio inmundo ... Perdóneme, señor don Bernardo, que
hable así en esta hora, con mi hermano moribundo ... ¡Esto es asqueroso!
DR. CANO (levantdndose para atender a don Feliciano, que está muy conmovzdo).-Cálmese usted, amigo mío, está usted excitado, nervioso ... ,
las malas noches, el dolor ... , ¿no tiene usted un poco de éter, de tila ... ?
FELICIANo.-Tiene usted razón ... , me he estado conteniendo estos
días por mi santa hermana Isabel. .. y ahora estallo ... Ya· se va pasándo ... ¡Qué tonterías! ¡Un hombre como un castillo y llorar!
DR. CANo.-Llore usted, amigo mío, no hay desdoro en llorar ... , eso
es noble ...
FELICIANO (rompiendo de nuevo en llanto).-¿Pero puede darse mayor
desgracia? ¡Un hombre como Juan Bautista que nunca había querido
casarse, y cuidado si le habían salido proporciones ... ! Que nunc~ había
querido compromisos serios ... , que ... ¡Yo no digo que no tuy1ese sus
trapicheos como todo hombre ... , eso es muy natural. .. ! Pero siempre a
284

LA PL UM A
distancia, con decoro, respetando la casa y Ja presencia de mi santa herdaha, una he~mana que se ha quedado soltera sólo por cuidarle, .. desbe b ~ce tres anos ... , tres años ... , se h.a enamorado ... , pero, así, loco emo a o, como al q_ue le hacen un maleficio ... , y así será...
DR. CANo.-¡Ca1mese, amigo mío, cálmese, podrían oirle, venir!
. FEucrANo.-¡Le ha_n d_ado un filtro! ¡A sus años, después de una vida
eiemplar, con una ch1qml1a! ¡Ay, hermano hermano Dios te perdone
en esta hora!
'
'
. DR. CA~o.-Vaya, se acabó ... , no se hable más ... , viene su familia
m1 companero Am_oreto .. ,, no conviene que le vean así...
'
, FELICIAN_o.-¡T1ene _usted razón, amigo mío, pobre hermano ... ! (Lt-·
vantase secandose los o;os).
DR. CANo.-Así, tranquilo ...
FELICIANO (detem~ndose de pronto).-Tiene un hijo, señor don Bernardo, a los sesenta y cmco años.
·
DR. CANO (sin poderse contener).-¡Enhorabuenal

_DR. AMoRETo. -Desgraciadamente, ha sido una ilusión de las pobres
sen?ras. Un caso de sugestión colectiva; todas han creído o querido ver
y Olí...
DR. CANo.-Ya lo decía yo ...! era cosa imposible, ..
DR. AMORETo.--:-Hemo~ repetid~ la experiencia sin resultado alguno.
¿No ~s eso compa~ero? N1 un reflejo; abolición absoluta del ocular del
rotuliano, del Babmsky...
'
DR. CANO.-¿Tamb_ién el ~abinsky?
DR. AMORET0.-Ind1ferenc1a absoluta. Silencio completo
DR. CANo.-Señores, hay que conformarse con la volunt~d de Dios
FELICIANo-¿Dónde está Isabel?
···
BENIGNo.-Como siempre: en la alcoba junto al enfermo
FELICIANo.-¿Y tu mujer?
'
·
BE~I?No.-Aurora está en el comedor preparando el chocolate para
los med1cos.
(Fuera se siente rumor de caballos.)
FELICIANO (abrz~1;do una ventana).-No habían de faltar...
BENIGN0.-¿Qu1es es?
FELICIANo.-¿Quiénes habían de ser? Teresina y el marido JLes avisaste?
·~
BENIGNo.-Isab~l les avisó ... , dice que era necesario... , que sería una
falta muy grande, imperdonable.

�LA PLUMA

LA PLUMA

Isabel es una santa. Ahora va a ver ella ...
'-1
F ELICIANO.-Mi. h-mana
jY vDieneAn ªo~!~flo~S~í
R.

M

;:!:.L!;~~~~&lt;7~

DR. CANo.-Servidor ...
FELICIANo.-¿Quieres pasar, quieres verle?
CEBALLos.-Dicen que ha perdido el conocimiento ... (a un gesto de
los médicos.) Todo sea por Dios ... nosotros perdemos un padre .. era una
locura por Teresina y por los chicos ... Vamos a verle ... pero conste que
no te perdono, Feliciano ..
FELICIANo.-¿Otra vez?
CEBALLos.-Y cien ... Ya hablaremos. Benigno, ¿quieres encargarle a
un mozo que le dé un pienso a los caballos? Lo han ganado bien.

!~sji~~~~~n
... , son dos pájaros ... , viven can, b l

?:~~ri!::;~:~~J;ºad~;ar::.~

'~;:~~t;Jr:e1:::2~u-

tista ... ! (Abrazándodlaylllolra11)do.) Parece mentira que no me hayan aviTERESINA (con to a e ama · 1
_
,sado antes! y o no soy nadie ... ui:ia extrana ...
FELJCTANO.-¡Por Dios, Teresina .... l
BENIGNo.-Te hemos avisado...
,
C.
t '?
TERESINA.-Sí, hoy ... y la carta la llevo un peatón ... ¿ orno es a
·Cómo está... ? ¿~e ha muerto? .
..
.
-&lt; FELICIANO.-No lo permita Dios, h11a m1a ...

* * *

BENIGNo.-Pero está r;1uy_AalDi¿s mío, pobrecito Juan Bautista... , y
Bauveenra~· doJhes
don Bernardo; buenas noches, Amoparecia un ro blVoy!
e.••
, . '
reto . perdonen no les hab1a visto .. •
'
h
h mosa
-~ ···•
DR. CANo.-BueBnas noc es,h !r seño~~: ¿cómo están los pequeüos?
DR. AMoRETO.- uen~s noc e 'l siste~te No veía la hora de veTERESINA.-Los ~e. 1tado co~ e !nsamos .. ~e el auto no puede lle:nir... ¡ni un a,utomotl. de?A~:o~io se le o1urrió tomar dos caballos
_gar hasta aqui. Por ortuna, "do a paso de carga ... Perdóneme ... ¡Ah,
,del escuadron Y hemos vem
T~RESINA.

.Aurora!
,
·T sinal ·Nuestro pobre hermano!
AURORA (abrazandosele).h¡
un~ 'puñalada trapera. (Salen abraTERESINA.-Vamos,
esto
~t-Ay
zadas y llorosas.) ¡Me conocera ¡ , Virgen María! Yo, que era su niña

:d~

·preferida...
if,.
e y látigo) -Buenas noches, señores.
CEBALLOS (que en_tra con unfi":1:~ no tu ~s también, Benigno.
Tengo muchas qTue)as tuy~~•? ~l~~:a t;Joo :o la cabeza para ocuparme
FELJCIANO.-¿ u tambien.
t&gt;
·.d e etiquetas... . H b e ni ue se tratase de un perro! Nu~stro hermaCEBALLOS.-1 . ?m r '. q
aun ue ustedes no quieran.,.
no, ?Orque tamb1en e~ mi herma? O' A¿uérdate de lo que está paFELICIANO.-No digas tontenas ...
.sando...
CEBALLOs.-Bueno, ror es0 no sigo·' pero no lo olvido, ya hablaremos. ¡Hola, mediquillo.
.
.
. DR AMoRETo.-Salud, mi temente ...
CE~ALLOS (a Cano).-Beso a usted la mano.
286

1
1

( Después de un gran st"lenáo )
DR. AMORETo.-¿Qué hacemos, maestro? ¿Nos vamos?
DR. CANO. -Espere el joven colega. La jornada es larga, nocturna,
mitad a mulo y mitad en automóvil, y he oído hablar de chocolate. Yo
tengo un flaco por el chocolate, y aquí supongo que estará bien acompañado ...
DR. AMORETo.-¿Cuánto piensa usted cobrar, querido maestro?
DR. CANo.-Hay tiempo de hablar de eso. Siempre se cobra mejor a
la muerte del enfermo.
DR. AMoRETo.-Yo tenía mis escrúpulos, porque como el cuñado es
médico ...
DR. CANo.-Médico ... , médico ... Ese no es sino el marido de Aurorita; no ha hecho otra cura en su carrera: es un heredero.
DR. AMoRETo.-¡Mala lengua! El caso es que cobraremos.
Da. CANo.-¡Pues no faltaba más! ¿Cree usted que un hombre como
yo, con ocho hiJos, que ha trabajado treinta años y no ha conseguido
ahorrar para el descanso de la vejez, iba a desperdiciar estas pesetas por
consideraciones profesionales a un sujeto que tiene el diploma debajo de
la cama?
DR. AM&lt;&gt;RETo.-Vamos, maestro, no será tanto. Usted tiene fama de
guardar dinero. Es el médico más antiguo, el de más clientela, una institución.
DR. CANo.-Escuche usted, doctorcito, y sépalo y guárdelo: eri esta
tierra nadie se ha hecho rico con el trabajo profesional. Para ser rico es
necesario heredar como ése o robar como ... no me tire usted de la lengua ... (El otro ríe.)
BENIGNo.-El chocolate está preparado en el comedor.. , Vengan conmigo y yo les haré compañía, porque estas pobres mujeres no tienen cabeza para nada.

l

�1, A P L U ;\,I A
DR. CANO.-Es natural ... , no es necesario disculparlas.
DR. AMoRETo.-Además, con usted ...
BENIGNo.-Pasen ustedes.
( Después de un largo sz'lendo van entrando los mfrmbros de la famílía .)
FELICIANo.-Siéntense ... , siéntense ... , los médicos están en el comedor con Benigno. No vendrá. Es un asunto que hay que resolverl9 pronto ... ; si es que tiene solución .... yo no la veo ... ¿La ve usted, senor Henestrosa?
EL NoTARIO.-Muy difícil ... , muy difíql...
FELICIANo.-Usted, como notario, puede explicar la situación ...
EL NoTARIO.-Es muy fácil, facilísima. Don Juan Bauista es soltero ... ; no tiene ningún impedimento ... ; su fortuna está más sana que
una manzana ... ; no debe a nadie ... , a nadie... Hace tres años, por una
aberración inconcebible de su clara inteligencia y de su ... intachable
moralidad dió en tener relaciones con una muchacha, María del Pino
González ... De esto hace tres años, ¿no es eso?
FELICIANo.-Eso es.
EL NoTARIO. - Fruto de esos amores, en pugna con las leyes civiles y
religiosas, fué un hijo, un varón ...
AURORA.- Vaya usted a saber quién sería el padre.
FELICIANo.-¡Mujer!
DoÑA FRANCISCA.-¡CáJiate, Felicianol
FELICIANO.-Si yo no digo ...
.
.
.
AuRoRA,-Déjate de hipocresías y sigue._..
DoÑA FRANc1scA.-No, señor, eso no; mi mando no es un hipócrita.
CEBALLos.-Bueno ... , dejen eso ... Siga usted, señor.,. ¿cómo se llama? Henestrosa.
EL NoTARIO.-Han planteado ustedes, sin saberlo, el p~i!11er problema jurídico; ¿es realmente su hijo? Fundamento de la ~cc1on que ha de
entablar la madre por su propio impulso o por el conse10 de otros, que
en el caso que ya podemos Jlamar de autos ...
FELICIANO.-: j Un pleito!
AuRORA.-¡Un escándalo!
.
DoÑA FRANCISCA.- ¡Valsendero en poder de la cuna!
EL NoTARIO (mfrando a todos pór endma de las gafas).-Eso es ... ,
eso es...
CEBALLOs.-Pero ... ¿cómo se va a saber quién es el padre de la criatura? Me parece eso muy difícil. .. Si todos los chicos que andan_ o gatean por ahí sin padre c,onocido dan en la_ fl?r de _e~harnos_ encm~a la
pate_rnidad ¿quién podna estar seguro? Ni tu, Fehc1ano, m el mismo
Bemgno ...
288

LA PLUMA

1
1.

Au!oRA.-Deja tranguilo a don Benigno.
DoNA FRANCISCA.-Y a Feliciano ...
TERESINA.- ¡Cállate, pecado mortal...!
FELICIANo.-Al grano, al grano.
CEBALLoi..-Buen gra~o es éste que nos ha salido.
NoTARio.-Ustedes mismos entablan el pleito. ¿Es ese muchach ~
¿Cómo se llama?
Or ••.
FELICIANO (muy comptmgt"do).-Juan Bautista.
NoTARio.-¿Es Juan Bautista hijo de don Juan Bautista el nuestro?
TERESINA.-¡Pero en todo caso es un hijo natural!
Las MUJEREs.-¡Eso ... , eso! Un hijo del pecado.
NOTARIO:_(aplacando las voces).-Pues como ustedes reconocen eso
que es un hi¡o natural, ya no hay pleito ... ; se acabó...
···
TERESINA.-:-Eso ~e parecía ~ mí... Que Juan Bautista tuvo un hijo a
1os sesenta y cmco anos; pues s1 pudo, hizo muy bien. Hombre es no
afrenta as~ fama. ¿Que habla la gente? Que hable. Mas vie ·0 era
1
ham y patriarca me soy...
ra
FELICIANo.-No d~sparates, chiquilla; no es eso.
N~TARJO. -;-:- Perdoname, Teresina; demostrado que Juan Bautista
Gonzal~z es hi10, aunque natural, de don Juan Bautista López, su hermano, el es el heredero ... , toda su hacienda le corresponde toda
TERESINA.-jQué barbaridad! ·
···,
···
Au~ORA.-¡Pero eso n_o e~_la ley de Dios!
D_?NA FRANCISCA.-¡M1s h11os, los hijos de mi matrimonio, iguales a
un h110 natural, fruto del pecado!
AuRORA.-¿Y el Sacramento?
FELICIANo.-¡No vale la pena de ser honrado!
NoTARio.-Esa es la ley.
DoÑA FRANCISCA.-La ley de l?s impíos. Esa no es la ley de Dios.
NoTARio.-Es l~ ley de los Tribunales de justicia. De los jueces que
h an de dar la propiedad de Valsendero.
FE~ICIANo.-¡Vals~ndero, la tierra de nuestro padre, por él comprada
Y I;&gt;Or _el aum~ntada ... ¡Un~ cosa nuestra, nuestra, pasar de pronto a un
ch1qmllo nacido de casualidad, fuera de todo tiempo!
~O!ARI?._- Así es, a~nq~e les du~la a ustedes, aunque les parezca
una m¡ust1c1a y un sacrilegio. ( Un stlendo aterrador.)
CEBALLos.-Ese chiqui11o ha nacido con los tres entorchados.
_AuRoRA.-Eso no puede ser, aunque me lo diga el Presidente del
T nbunal Supremo.
FELI~IANo.-No nos volvamos locos ... Algo ha de hacerse para evitar
este escandalo y esta monstruosidad.

A1, .

�LA J&gt;LLJMA
LA PLUMA
NOTARIO -Ya usted lo sabe, amigo don Feliciano; se lo he dicho
desde mi ll;gada ... Yo veía un recurso ...
Tooos.-Hable, hable usted.
. .
NoTAR10.-No era cosa segura; el plei~o er~ siempre mmmente; P.:ro
nos daba una base, un cimiento_ par~ la d1scus1ón. Era obte1_1er del senor
don Juan Bautista una declaración ¡urada, un acta notanal solemne,
como todos los documentos otorgados en la hora de la muerte, en que
ex resase bajo juramento la circunstancia funda~ental de no ~~ber teniao hijos, y muy especial_mente ne_gase la p3:termdad de .. . su h1¡0 ... , de
ése ... , de Juan Bautista Lopez ... , digo, Fernandez.
AuRORA.-¿Y por qué no se ha hecho?
.
FELICIANo.-Hemos hecho cuanto hemos podido. Desde que ~enestrosa me indicó este recurso, díjome que, vista la gravedad y la importancia del documento, era conveniente...
NoTAR10.-Dije necesário...
.
,
FELICIANO.-Eso es.. , necesario que asist~es~l'I: ~orno testigos dos medicos de reputación que asegurasen que tema ¡uic10.
NoTAR!o.- Que el enfermo estaba en el uso completo de sus facultades intelectuales, eso es. (l'ausa desespera1a:J
DoÑA FRANCISCA.-¿Y qué dicen los med1cos?
FELICIANo.-Benigno, por mi encargo, les ha sondeado y contestan
que no ... , que no puede testar.
éd'
DoÑA FRANCISCA (con iro).-¿Y_ ~on Ber_~ardo Cano, nuestro m 1co
de toda la vida, el de toda la familia, tam_~1en?
,
.
FELICIANo.-También don Bernardo d1¡0 que no pod1a testar ni con
intérprete.
l ·
·
!
DoÑA FRANCISCA.-¡Ese no vuelve a poner e pie en m1 casa
FELICIANo.-¡Francisca, mujer!
CEBALLOs.- ¿Y mi médico Amoreto?
.
.
FELICIANO.-Lo mismo; ése habló de no se que vena tenemos en los
sesos y que se le ha roto a mi pobre hermano, y una cosa que llaman
la cásula .. .
NoTARio.-Esta es la situación.
FELICIANO (levantándose y mesándose los cabellos).-¡Ay, hermano 1
¡Ay, Juan Bautista!
•
l al d
DoÑA FRANCISCA. - ¡Cálmate, marido, cálmate! Pn~ero es a s u .
Te va a dar la sofocación, y si te da, ya puedes morirte, po~que don
Bernardo no te receta. ¡Ese, ni en la hora de la muerte! ¡N1 un purgante!
.
p
CEBALLOS (chasqueando inconscientemente el ldtrgo). - ero, vamos a
ver, vamos a ver; las cosas claras y el chocolate espeso.

BENIGNO (en la p,urfa).- Ya han concluido el chocolate. ¿Qué hago?
CEBALLOs. (c~n el lat1;0 levantadol.-¡Qué chiste, hombre!
Benigno, saca vino moscatel y bizcochos... Entreténun poco.
los AuRORA.-Mira,
CEBALLOs.-Emborráchalos si puedes.
BEN1gNo.-Bueno.
AuaoRA.-Háblales de medicina.
BEN1GN0.-Eso e,stamos haciendo. (Sale.)
TE,N1ENTE.-Dec1a que las cosas claras ... , claritas como el agua ... yo

~~-

,

NoTARio.-Eso eslo mejor. Claridad.
TENIENTE.-Usted, señor, .. , ¿cómo se llama? (A su mujer).
TERESINA.-Henestrosa.
,:'ENIENTE.-Usted, señor Henestrosa, ¿no podría prescindir de los
médicos?
NoTARIO.-¡Qué se ha figurado usted de mil
TENIEN~E.-¡A mí no me venga usted con arrogancias! Eso se hace
todos los d1as,
TERESINA.-1Por Dios, Antonio!
NoTARio.-Otr?s lo hará~, caballero; pero yo ...
F~LICIANo.-Cálmese, sepor Henestrosa. Nadie ha querido ofenderle.
El mismo Ceballor... , ¿no es verdad, Ceballos, que tú no has querido
ofenderle?
1:_ENIENTE.-De ninguna manera. Yo~~ he hecho sino preguntas, y
el s~nor se ha encrespado; y yo, como militar, no puedo permitir que
nadie ...
FELICIANo.-Pero si el señor Henestrosa no te ha ofendido.
AuRoRA.-No seas bruto ...
TERESINA.--Siéntate, hombre; tú no sirves para eso .. .
DOÑA FRANC1scA.-Nadie ha querido ofenderle ...
7'ENIENTE.-Bu_e~o... , bueno... , no seas melosa, estáte quieta (a su
1nu;er, que le acancza). Conste que no he dicho nada ...
. NoTAR10,--:Acepto esa explicación. Como si nada hubiese pasado ...
(tune un p_oqurt., de miedo '!L sable). ( Un silencio muy enojoso A/ fin Heneslrora ~tl{Ue). Yo,_ por m_1 parte, he hecho, en obseqmo a esta atribula?ª fa_m1ha, .ª quien qui~ro y respeto, cuanto estaca en mi poder...
(~zlenczo hosttl)... y algo mas ... ; casi me he comprometido, porque entiendo que _sobre las leyes humanas está. otra ley fundamental y eterna:
la ley de Dios...
FELICIANO (st'n poderse contmer).-Pero entonces, jinojo, si usted cree
que eso no es la verdad ... , la verdad ... !

�LA PLUMA

LA PLUMA '
DoÑA FRANCJSCA.-¡Y la justicia!
AuRORA.-¡Y lo decente!
TENIENTE.-¡Lo que yo decía!
TERESJNA.-¡Señor Henestrosa, apiádese de nosotros!
FELtCIANo.-¿Por qué no hace usted eso? (Todos hablan a la vis,

ltvanlándose.)
.
NoTARJO.~ilencio, señores, callen ... , escuchen ... , dé¡enme hablar..
FELICIANO.-¡Déjenle hablar ... ; callen, hermanos ... !¡
.
.
NoTARJo.-( Voz suav, d,spuls del tumulto.) Por eso, amigos m'.os y
clientes; por r~montarm~ del papel sellado a las tabla_s de.la otra ley, por
inter~retar mas que aplicar el texto du~&lt;;&gt; de la leg1slac1ón, por eso ~e
transigido y no he impuesto a la otorgoc1on. de esa acta que soy el ~nmero en considerar justa, pi.adosa, expresión de~ ~lma de ese po re
cue~o si pudiera hablar, mas que una sola cond1c1ón: la firma de dos
médicos al pie del documento ...
AuRORA.-Volvemos a lo mismo...
FELICIANo.-Eso es imposible; ya lo sabe usted ...
DoÑA FRANCISCA.-Nada adelantamos .._.
.
NoTARJO.-Pues yo no puedo hacer mas ... ; consigan uste~es 13: firma
de los dos médicos y asunto concluido ... (con voz de ª?'gustia, clttllona).
1Señores no pretenderán ustedes que me lleven a la carcell
DoÑ: FRANCISCA.-¡Por Dios!
FELICIANO.-¡Quién habla de la cárcel?
.
AuRoRA.-¡Somos todas personas honradas y ~emerosas de D10s1
TENIENTE.-¡Buena me la hizo don Juan Bautista!
TERESINA.-¡Calla, que es mi hermano!

• * *
BENIGNO .(en la puerta).-Los compañeros quieren despedirse. Es ya
muy tarde.
AuRORA.-¡Para lo que han hecho!
.
.
BENIGNo.-¡Cuidadol A don Bernardo se le ha subido el vino a la
cabeza.
h
· 'd
DoÑA FRANCISCA.-¡Es un borracho! Yo no sé cómo emos v1v1 o en
manos de ese hombre.
FELICIANo.-¡Más vale callar!
DoÑA FRANCISCA (a su marido).-Este notario no vuelve a otorgar una
escritura nuestra.
FELICIANO. -¡Cállate!

DR. CANO_ (muy tocuaz).-Señoras, señores: de nada servimos en este
~so; el cammo es largo y mañana hay que trabajar como todos los
d1as. Por eso nos v~mos ... ; el ~o.mpañero está enterado de cuanto hay
que h~cer y lo. hara con S}l penc1a acostumbrada ... Aurorita .. , mi señora don~ Franc1s~... , ¿que le pasa a usted ... ? Es verdad ... ; es un lance
muy tnste ... Ad1os, hermosa .. .
TERESINA.-Sí, hermosa ... Buena está la maja para tafetanes
BENIGNO (tímidamente).-¿Por qué no ve usted al enfermo a·~tes de
marcharse? Nada más que verle ...
DR. CAN?· -No hay inconveniente ... ; esa es mi obligación ... ¿Viene
usted conmigo, doctorcillo?
TERESINA.-Mire usted, Amoreto ... ; una pregunta ...
DR. CANo.-_Bueno, iré c&lt;;&gt;n Benigno...
.
(Entre et tenunlt JI su mu;er acaparan al 'f!Udico.)
AMORET?.-¿Han observado a mi compañero? El moscatel le ha hecho anarquista. Nada de bromas.
TERESINA.-Yo quiero que m1; haga usted un favor, un favor grande ... , grande ... , como desde aqm al cielo ...
AM:oRETo.-Vamos al cielo... , pero solos; éste se queda en el cuartel
con los caballos.
TERESINA.-Es&lt;;&gt; mismo ... ; v~rá uste~ ... ; es muy difícil de decir...
. TENIENTE.-Dé¡ate de tontenas ... ; mira, chico, necesitamos mi mu¡er y yo y mis chiquillos, los que tú has sacado al mundo ...
TERESINA. -Y los que sacará.
TENIENtE-Que nos sagues de un gran conflicto. Se trata de devolvernos... , ¿cuánto será, Teresina?
TERESINA. - Yo no s~... ; pero tal vez no baje de cincuenta mil duros.
. TENI;ENTE (con tos o;osfuera dtl casco).- Ya tú ves, están volando, y
tu s1 quieres, con un poco de buena voluntad, los atrapas y nos los pones en el bolsillo.
TERESINA.-Mi hermano se muere. Toda su fortuna, que es nuestra
nuC:itra, la he_rencia de n1:1_estra famil!a, ~a a parar a un chiquillo deseo:
noc1do, que dicen es ~.u h1¡0 ... un ch1qu~llo de una mujerzuela.
TENIENTE.-¡Un h1¡0 a los setenta y cmco años!
TER.ESINA.-¡Sabe Dios quién será C:l padre! Y todo esto se arregla si
usted firma una cosa· .. un papel..., di. ..
AMORETO.-·Despacio ... , despacio; pero ¿están ustedes en serio?
TENIENTE. -Y tan en serio. El notario está dispuesto a otorgar un
acta si ustedes declaran que ese bandido ...
TERESINA.¡Eso no se dice! ¡Es mi hermano!
TENIENTE. Que ese hermano está en sus cabales.

�LA PLUMA
LA PLUMA
TERESINA.-Nada más que una firma ... , una firmita ... , así.•.
AMORETo.-¡pero si eso no es posible!
TERESINA.-No diga usted que es imposible. Si mi hermano estuviera en su juicio lo haría. Puede usted creerme, lo haría.
AMORl!:TO.-¿Pero qué es lo que haría?
TERESINA. -Pues declarar que ese chiquillo no es suyo; que su herencia, la nuestra, la de la familia, es para nosotros... para quien debe ser...
No diga usted que no ... Así, así me gustan los amigos. ¡Viva mi médico!
DoÑA FRANCISCA (acudiendo con los otros).- ¡Gracias a Dios!
AuRoRA.-¿Será verdad?
L
AMORETO. -iPcro si yo no sé, si no he dicho nada!
TERESINA.-Lo ha dicho, lo ha dicho. ¡A callarse pronto!
TENlENTE.-jErcs un amigo!
TERESINA.Y Juego dirán ustedes que yo no sirvo para nada ... , que soy
una loca.
,
AMORETo.-Pero, espere usted, señora; déjeme pensar...
TERESINA. No se piensa. Señor Henestrosa, venga ese papel..., pronto ... ¿No lo tiene usted preparado?

* * *
(1 odo es movímt'enlo, alboroz".)
DR. CANO (seg·uído de Ben~g·no y aon Felidaffo).-¿Qué o~urre? ¿A usted también le han dado el atraco? Pero.. ¿estao locos? ¿Como se les ha
podido ocurrir que fuéramos capaces...?
TERESINA.-No venga usted a aguarnos la fiesta. Aquí no se ha~e sino
lo que yo digo. Amoreto está dispuesto. Henestrosa tiene eso escnto ya.
A firmar ... , a firmar ...
DR. CANO.-Tranquilícese usted, hermosa. Usted es una niña; usted
no sabe de esto; estas son cosas para tratarlas serenamente... Usted,
Amoreto, listed no firmará eso.. . ; no lo firmará, no, señor.
AMORETo.-¡Si yo no he dicho nada!
.
DR. CANO'.-Ya lo suponía yo. Y usted, Henestrosa, tampoco suscnbirá esa falsedad.
HENESTROSA.-Atiéndame usted, don Bernardo, Atiéndame usted . Yo
he dicho que si ustedes, los técnicos, me asegura~ que el señor don Juan
Bautista está en el uso perfecto de sus facultades mtelectuales ...
DR. CANo.-Eso es una cuquería ¡:,ara no perder la clientela. Usted
sabe, como yo, COJDO todos, que don Juan Bautista está como un tronco.

HENESTROSA.-No, no. Si ustedes afirman que no tiene capacidad legal, n? hay na~a de lo dicho ... Aquí está el acta, y la rompo. (Con tl
ademan, pe10 sm romperla.)
DR. CANo,-Rómpala, rómpala, y olvidemos todo eso. (El otro no la
rompe.)
TERESINA. P~r~ce !11entira; nunca_lo _creí en us_ted. ¡Mis hijos!
A~~oRA.-Ni siquiera por companensmo, sabiendo que mi marido
es medico.
BENIGNo.-¡Mujer!
DR. CANo.-¿Pero están locos?
DoÑA FRANCISCA.-Bien agradece la fidelidad que le hemos guardado ... , el dinero que le hemos dado.
FELICIAN0.-1Mujer!
DR; CAN~.-Eso no lo aguanto! ¡P~es no faltaba más! Yo soy el hombre ma~ pacifico ~e! mundo ... ; yo sere un pobre diablo ... ; yo sere un
desgrac.1a~o practico~ ... . ;_ lo que ustedes merecen. Quieren notabilidades, pnnc1pes de la c1enc1a por tres pesetas. Pero hacer una porquería ...
.TENIENTE.-¿Quién habla de _porquerías? Tenga usted en cuenta con
qmen habla y en la casa que esta.
FELICIANo.- Señores, señores ...
DR. CANo.-¡No le tengo miedo al sable! ¡A nada! ¡Pues no faltaba
más! Haber trabajado treinta años, rompiéndome el alma para sostener
o~ho m':1chachos, agua~tando las i~pertinencias de todo; y las porquer,as,. y siempre c9n la nsa en los labros, ¡de dientes a fuera, y los tengo
postizos!, con mas ganas de morder que de reir, para que ahora a última hora, vengan a proponerme una infamia...
'
TENIENTE, -Esas palabras se las traga usted.
T ERESINA.-¡Por Dios, Antonio!
FELICIANo.-¡Señores, señores!
LAs MUJEREs.-¡Qué escándalo!
. DR_. CANo.- ¡Que no m~ las trago, ea, ciue no me las trago! Es una
mfam1a eso que ustedes qmeren hacer ... Gente rica, que ni siquiera tienen la disculpa que podnamos tener nosotros ...
HENESTROSA.-No hable usted por mí.
A1110RETO.-Yo tampoco, maestro, me hago solidario ...
D1&lt;. CANo.-Peor para ustedes. Pues ... que podría yo tener!. .. la disculpa del dinero ... , de la vida dura ... , de los años... , de todas las miserias y de todo el dolor de la vida, la tentación de unos billetes· ganados
sin trabajar. ¡Vamos, hombre, vamos!
TERESJNA (/uriosa).-Usted es un envidioso ... Usted hace eso porque
no le he llamado como médido, sino a Amoreto .. .

29-4
2

95

'

'

�LA PLUMA

LA PLUMA

I

DR. C'I.NO.-(Queda en silencio como si fue1a a decir una cosa muy
gorda y después sigue.) No diga boberías, señora ...
TKRESINA.-¡Qué fino!
DoÑA FRANCISCA.-¡Groserote!
DR. CANo.-¡Es que me subleva pensar que ustedes imaginasen que
se me podía comprar!
FELJCIANO.-Pero si no es eso ... , no es eso ...
DP. CANo.-Yo no sé lo que pensaría si oyera estas cosas ~se pobre
hombre que está muriendo arriba solo, como un perro; pero sr pensara
como yo agarraba todo esto ... , todo esto que '.1 ustedes les p~rece su herencia legítima, una cosa sagrada ... , y casa, uerr~s, agua, dinero_, se ~o
daba a ese chiquillo, a esa pobre criatura que tra10 a esta perra vida ~m
pedirle permiso, antes q1;1e dejarlas caer en manos_ de gente q~e no tienen corazón ... , que no tienen corazón... , que no uenen corazon ...
FELICIANo.-¡Está loco! ¡Nunca hubiera creído esto en un hombre
como usted!
DoÑA FRANCISC'A.-¡En la casa de un moribundo!
AuRORA.-¡A una familia honrada!
.
A~10RET0.-¡No hagan ustedes caso, por Dios, es que se le ha subido
a la cabeza el vino moscatel...!
TKRl&gt;SINA.-¡Borracho! (Llora mny nerviosa.)
AMORETO (queriendo conciliar)..-1Sí, es eso! ¡Sí, es eso!,
DR. CANO (desde la puerta).-&lt;.¿_ue no tienen corazon. ¡Adiós... !
¡Adiós; .. !

* *

*

LA SRTA. IsABEL (apareciendo con el cura Aparicio. P,irecen d~s curas¡
ne1¡Yos, flacos).-¡Qué profa~a~ión es esta en la ~asa de un moribundo.
·No hay temor de Dios! ¡N1 piedad para sus cnaturas! (Habla en voz
~,ya, trz'ste, reservada; pero en el s~lenáo profundo que se hace a su prcsenda se oye como la voz dt un predicador.)
'Tooos.-·,Ay hermana Isabel...! ¡Si supieras lo que ha pasado ... , ese
'
•
,
1
don Bernardo ... , borracho ... , 1mp10 ....
FELICIANO.-¡Ay, mi santa hermana Isabel!
.
IsA»EL.-Vamos ... , cállense... , piensen en el ~obre Ju3:n Bautista,
que está luchando con las ansias de la muerte ... ¡S1 me ~ub1eran hecho
caso, nada de esto hubiera pasado! Pero ustedes, empenados_ en co~as
del mundo ... , médicos, escribanos ... ¡Estas son cosas de D10s y Dios
sólo las resuelve!
.
TENIENTE.-( Voz baja, entre dz'entes).-¡Fíate de Dios!
296

ISABEL (que pa_r~ce haber oído).-Hay que fiar en Dios sí señor. •No
es eso, don Apanc10?
'
~
Dor-. APARICIO.-(V~z tonante de gañá11).-¡Sí, señora hay que poner
toda la confianza en Dios!
'
IsABKL.-¡Feliciano!
FELJCIANO (acudiendo).-¿Qué quiere mi santa hermana Isabel?
. !sABEL.-~aga a ~s&lt;;&gt;s se~ores y que se vayan ... , estas son cosas de famrha, despues_ me d1ras el importe de la cuenta... , llévate a Benigno y ...
a ese... , al teniente ...
. FELICIANO.-Señores... ¿quieren ustedes seguirme? Tú también, Bemgno ... Tú también, Antonio ... vengan...
·
ISABEL.-¡Aurora!
AuRoRA.-¿Qué quieres?
. lsAB&amp;r..-;-Ve con nuestras hermanas a la alcoba del pobre Juan Bautista, a~rod1Iladas y rezando ... , no piensen en otra cosa .. ,
,
DONA FRANCIScA.-¡Eres una santa! (Todos salen, quedando la santa
J' el cura; p,irece que la casa es un cementerio, tan g, ande ts el süencio.)

* * *
lsABEL.-¿Cree usted que todo está arrcelado, _don Aparicio?
APAR!cro.-Todo ... , pues no faltaba mas ... ; dispuestos a cumplir la
ley de Dios ...
lsAB&amp;L.-Dígales que pasen. (E: cura sale,y elta por un viejo hábito de
or_'!_en arregla la habitación; cuando el cura mtra co~ las dos mú;eres y el
mno, Isa~el está sentada.) Entren, entren y siéntense.. .
TfA CATALINA.-Buenas noches tenga su merced .. .
MARfA DEL PINo.-Buenas noches, señora...
lsABEL.-Buenas noches ...
~YARICIO. · (Voz de mando.) A sentarse ... , no tengan miedo ... ; aquí
nadie se las va a comer...
CATALJNA.-Ya sabemos que el ama es muy buena ... ; siéntate, mi
hija.
lsABEL.-¿Ese es el niño?
PtNo.-Sí, señora; está dormido ...
CATALII\A.-No hace más que mamar y dormir...
lsABEL.-¿Qué edad tiene?
PINo.-Un año por la Naval...
CATALINA (descubriéndole).-Mírelo, señora; ¿no se le parece a su
padre?
APAR1c10.-¡Vamos al asunto!

'

.

�LA PLUMA

LA PLCMA

P1No.-El pobrecito se ha a~ustado .. •
1
CATALINA.-·,El señor cura tiene una voz....
ú
·¡ a·o)
. , d l)
D'os
lo haga un santo. ( n st en .
1
O
ISABEL (cubnen o , ,1
•
lpadre ?) •Y don Juan
Prno (muy bajo).-¿Y ... (Va a uecir: ¿y e
... e ...
Bautista?
,
.
· 1
lsABEL.-Muy mal está ... ¡Dios 1e prot~Jª:
D'
ue no tiene conocimiento.••
.
CATALINA.- icen q d , d . ? Parece que está dormido ...
lsABE1.-¿Quién lo ploh~!ª ec(Pino a"'n'eta al chico contra su seno,
CATALINA.-Como e 1¡0...
r

iºnstz'ntivamente.)
he dicho tía Catalina, que es necesario no habla~
APAR1c10.-Y~dle h'º
. ~o hay que estar jugando con el pecado ... ,
más de padres m e ~¡os ... ,
haga usted como ~u hiJª··;
_
ura . es cosa de la costumbre... ,
CATALINA.-Tiene razon, senor c
... ,
.
como don Juan Bautista siempre le llama~~~:~~~bres ... (Pausa lar1;a.
APARIC10.-Malas costum~res·:·• ma~a
estápendientesu oído de los
Fl padre e[ h'{jo duer~un. P.di_n,o
la puerta por donde se va
ruidos interiores; sus o;os se is raen
al dormitorio.) ,
,
?
lsABEL. - ¿Y tu estas conforme h dºcho lo que tiene que
CATALINA.-Sí, señora ... ; el senor cura nos a i

y

tzen~:rt'J·º/a

hacer.
.. la usted , t1'a Catalina ...., déjela que responda por sí
lsABEL.-Deie
misma.
.
s ue la señora te pregunta?
CATALINA.-Habla, mf uier ... ; ¿nto dJlo qque mande la señora. (l!.l cura
PINo.-YO estoy con orme con o

aprueba.)
y0
ando . yo soy tu ama, pero éstas
lsABEL.--- No, no es esdo.
no r:_n a lav~/la ropa ... Esto es otra cosa.
son cosas que se man an como ir
. ?
cosa de conciencia. ¿Qué te _dice a ti la conciencia.
. . ?·
CATALINA.-¡Responde, muier~
dí .1qué te dice 1a conciencia.
bl
V
lsABEL.- amos, , ,;
b b
tan bien que sabes ha ar, Y
CATALINA.-Parece que eres o a ... ,
ahora te callas...
.
h ºd muy mala .. que ha cometido
APAR1cro.-Pues le dice que a si ~
. '
pecado y que está siempre arrepentida.
lsABEL.-¿Es eso, Mari~ del P~no?_ a
.
·Pum (con la cakeza ba;1a).-S1i s~blrg~~ión de reparar la falta, de ev1lsABEL -Pues s1 es as1, tienes a
,
eso?
tar que pecado sea más grande y mas negro, ¿no es
.
PINo.-Sí, señora...
·

E~

ei"

lsABEL.-Tal vez se te habrá ocurrido, tal vez alguien te habrá dichogue ... ese niño tendría derechos a la fortuna de don Juan Bautista, mi
liermano .
CAT.~LINA.-Nunca faltan diablos tentadores ...
APAR1c10.-Lo que yo he dicho. Toda esa gentuza que viene brindando protección es por su interés de ellos ... , lo menos que ellos piensan es en favorecerla, sino meterla en líos de curié\s para hacer su agosto
y molestar a una familia honrada. ¿No te he dicho eso?
Prno.-Sí, señor.
faABEL.-¿Y qué has decidido? Porque tú eres la que tienes que decidir. (Pino, con /.os ojos dt'latados, mira hada la puerta donde agoniza
Yuan Bautista.) Vamos, mujer, responde ... ¿Qué te pasa?
PtNo.-¡Escuchenl ¿No oyen? (Efectivamente, se oye un murmullo lejano I tenue.)
IsABEL.-Son mis hermanos que rezan ... &lt;.,St"tencio... Ella también reza
en voz baja. El cura se levanta y rierra la puerta.) Amén ... Con que vamos a ver hija mía: ¿qué decides?
PINo.-Lo que usted mande, señora; lo que quiera ...
APAR1c10.-Es una buena muchacha ... , ya hemos hablado; yo he redactado la declaración ... (Sacando un plz'ego.)
IsABEL.-Es~ere, don Aparicio. No te aflijas ... ; vamos... , tú tienes
confianza en mi. ..
PINo (con toda el alma).-¡Oh, sí, señora!
CATALINA.-¡Sí, señora: su merced es una santa! ¡Don Juan Bautista
lo decía siempre!
IsABEL (un poco fuera de quício).-Hágame el favor, tía Catalina, de:
hablar lo menos posible, y sobre todo de no mentar a mi pobre hermano. Usted ha tenido más culpa que esa pobre muchacha ...
CATALINA.-¿Yo, señora?
lsABEL.-Usted, sí: si hubiera usted cuidado y aconsejado a su hija
no hubiera llegado a este caso...
,
.
CATALINA.-Señora, usted no conoc1a a don Juan Bautista. ¡Cualquiera le atajaba cuando se Je ponía en la cabeza un capricho!
APAR1c10.-Lo que fué, fué. Dios tenga misericordia de los pecadores.
IsABBL.-Tiene razón, señor cura. (Se recoge en silencio.) ¿Tú no
crees, verdad, María del Pino, que esta casa que fabricó mi padre y donde todos nosotros hemos nacido, y esos campos, y esos estanques, y
esas acequias, toda esta bendición de Valsendero pueda ser de tu hijo y
tuya?
Prno.-¡Oh, no, señora!

�LA PLUMA
lsABEL.-Aunque ese niño fuera de Juan Bautista ...
P1No.-¡Por la santísima Virgen del Pino, que lo es, señora!
CATALINA.-¡Su hijo .. . , de su propia sangre.. . ; mi hija es una mujer
formal!
ArAR1c10.-¡Silencio, silencio! ¿No he dicho que no se hable de ~so?
CATALINA.-Pues si dicen ...
APARIC10.-¡Silencio repito!
hABEL.-Pues... aunque lo fuese ... , es un hijo concebido en pecado
~orno las bestias ... , no es el hijo del matrimonio consagrado por la
Iglesia ...
ArARlcro.-Eso es.
lsABEL.-Nunca podrá aspirar al derecho divino que tienen los hijos
legítimos de heredar a sus padres.
APAR1c10.-Eso es.
lsABEL (con gran dureza).-Esta casa, esta hacienda, todo lo de mis
hermanos, que era antes de mis padres, pertenece a mi familia, a mí, a
mis hermanos, y a nuestra muerte pasará a sus hijos legítimos, y de ellos
a los nietos, de generación en generación. ( Un gran silencio.) ¿Estás conforme?
P,No (besando al chiqui'llo).-Sí, señora.
CATALINA.-Bueno ... ; pero me dijo el señor cura ...
lsABEL (con su voz natural).-Cállese usted, tía Catalina. Esta pobre
criatura no quedará abandonada; no, señor. Eso no sería cristiano ...
CATALINA.-¡Su merced es una santa!
lsABEL.-¿Cuánto me dijo usted, don Aparicio, que ... convenía entregar a esta muchacha?
·
APARrcro.-Yo creo ... , después de pensarlo bien ... , calculando en
conciencia ... , ¿qué le parece a usted de la casita que está a la vera del
camino Real, muy propia para posada, con el huertecito para cría de
-c erdos, y tres mil setecientas cincuenta pesetas?
CATALINA.- ¿Cuántos pesos son esas miles de pesetas?
APAa1c10.-Son mil pesos del país.
ISABEL (después de un 1;ran sílencio, midiendo las palabt-as).-¿N? les
convendría más, en vez de esa casa y ese huerto, tomar otras tres mil ~etecientas cincuenta pesetas ... , otros mil pesos? Siei:ito una repugnancia,
que no puedo remediar, al dedicar un pedazo de tierra a est~... asunto.
El dinero es de todo el mundo, pasa de mano en mano; la t1er~a es cosa
nuestra. (No habla para los presentes; habla para_ otros seres tqanos.) Es
nuestro cuerpo y nuestra alma; es como el apellido ... (y se calla). Bueno. ¿Qué te parece mi proposición? Dos mil pesos.
P1Ko.-Lo que madre quiera.
300

LA PLUMA
lsABEL.-¿Está conforme, Catalina?
CATALINA,-~¡ esa es _la voluntad de Dios y de la señora ...
, APAR1c,ro,-:-S1 es, mu1e~¡ es la voluntad de Dios. No hay que pensar
mas: ~qm esta ~a declarac10n. Voy a avisar a los dos testigos Lucas el
sacnstan y Santiago el mayor.
'
lsABEL.-Y yo, a traer el dinero.
CATALINA.-No se mo!cste su merced ... ; otro día ... ; hay confianza.. ►
Is~sEL.-No; ahora mismo. Esto debe terminarse esta noche.

* * *

1

j

, (Las do,_s mujeres, madre e hija _quedan solas. Por la puerta, que dejó
•~ter/a dona Isabel, se oye el rezo ÚJano de las mujeres que ayudan al moribundo. Las dos att'sban_ con o_jos,de espanto)
CATALINA (en voz baJ~).-¡Estan ;e;ando! ¿Se habrá muerto.. .? No me
parece ... Do_I? Juan Bautista se moma ~l salir la Jun~··· ~o te aflijas hija;
tooJ semos hi1os de l~ muer~e ... Dos mil _pesos... As1 están mejor las cosas: .. No llores, mu¡er... ; piensa en la criatura... ; le vas a dar de mamaralc1bar ... ¿Qué te pasa?
· P~No.-Tengo miedo, madre ... ; paece que voy a ver entrar a don Juan.
Bautista...
CAHLINA.~No seas tonta ... ; reza ... ; reza por su ánima ... (Las dos
rezan en voz baJa.)
ISABEL, (entrando ~omo una sombra,y cerrando la puerta, trae dos taleg~s con dznero).-As1 me gusta ... ; rezando ... ; es0 pacifica ... Aquí está el
dmero ... en duros .. . , en paquetes de quince ... ; vamos a contarlos.
_CATALINA.-¡Si no es preciso! Si su merced los contó bien contadoesta.
'
IsABEL.-No, las cosas como Dios manda. (Y sobre la mesa e.rtienae
los paquetes envueltos en papel _de estraza. /:!,tia y Catalina Los cuentan).
ArA~1cro (con los dos labnegos).-Aquí estamos, se habían dormid(}
en el pa1ar.
LucAs.-Buenas noches, mi señora doña Isabel. ..
IsAnEL (contando).- Buenas noches, Lucas.
SANTIAGo.-Buenas y santas, señora.
lsABEL.-¿Cómo está su mujer?
S.om.t.Go.-Siempre rabiando ...
IsABEL.-Todo sea por Dios. Siéntense. Ya saben que les agradezco
mucho la caridad que nos hacen ...
LucAs.-Es con voluntad ...
SANTIAGo.-Siempre estamos a lo que guste mandar su merced.
301

..

,

�LA PLUMA
lsABEL.-Lea usted, señor cura.
APA Rtcro.-Atiendan. Usted también, tía Catalina:
~En el lugar de Valsendero, a diez y seis de octubre de mil novecien»tos diez y seis, Y.ante mf, el cura P,árroco _d~ Andux, co~parece espo~»táneamente Mana del Pmo Gonzalez y Miron, soltera, h1¡a de Franc1s»co, ya difunto, y de Catalina, y después de juramento en forma,_ como
»católica apostólica, romana, de cuya gravedad le amonesto, y dice es»tar cnte~ada, declara: que cumpliendo deberes de conciencia, y en evi»tación de daños que puedan irroga~se a la sociedad y de pecado a -~u
»alma, que quiere para Dios que fue su ~reador,, confiesa que su ~1¡0
»Juan Bautista González, P?r ell3: recon?c1do, seg~n c?nsta e~ la partida
»bautismal de esta parroquia al hbro pnmero, foho ciento cinco, no ha
»sido habido de relaciones ilícitas con el señor don Juan Bautista López
»y Acebedo, con el cual declara, de hoy para. siempre y bajo la fe del
»juramento hecho, que n_unca tuvo otras rela~1~nes que las de una bue:
»na amistad y agradecimiento por favores rec1b1dos. Y entera~a por rn1
»de que esta declaración ha de_ ratific~~se_ ante el señor provisor de la
»Diócesis y por ante el notano ecles1ast1co, para que c9nste en todo
»tiempo, la afirma y aprueba en todas sus partes, no _hrmandola porque
»dice no saber. Hácelo a su nombre uno de los testigos rogados y lla»rnados al efecto, que lo son don ... y don._..» (.lf1tv, contento y muy fresco, esperando el aplauso de la concurrenci,i.) ¿Estan tod?s con~on:1es?
¡Corto y severo! Está todo y no sobra nada. ¿Le parece bien, rn1 senara
doña Isabel? ( f!.sta no responde sino con la.cabe~a, está contando el dinero
con Cataüna, que lo guarda.) ¿Y a usted, Catalina?
CATALINA (qtte no ha entendt"do) -Sí, señor; muy bien.
APAR1c10.-¿Y tú, niña?
Prno (con un arranque cívlco).-Mi hijo es don Juan Bautista. ¡Así
vea mi alma en el cielo!
lsABEL (se detz"ene, e úzstinli·vamente echa mano del di'tzero que está en
poder de la tía Catalzna).-¿Qué dices?
.
CATALINA.-¿Y quién te dice que no? ¿Quién lo sabrá t_Tie¡or que_ tu
madre? Pero eso no quita que hagas eso ... , eso que dice el senor
cura.
APARICio.-¿En qué quedarnos? ¿Están conformes o _no_ con lo _q_ue
.dice la declaración? ¡Aquí no estamos para aguantar capnch1tos de mna!
PINo.-Sí, señor cura, yo estoy conforme ... ; en eso es~a~?s ... , eso
es lo convenido ... ; pero yo quiero que ustedes sepan que m1 h1¡0 .. .
APAktc10.-¡Bah, bah, ba!1! Ya_lo sabemos. Nada, señores, a ~rmar.
Usted Lucas que escribe mas aprisa, ponga la antefirma: «por m1 y por
Ja decÍarante: no saber firmar». (Sig uiendo con la ústa, doña Isabel aflo302

LA PLUMA

1
1

1

1

\

1

_jala mano, y el dinero pasa a las de la tia CataHna.) Eso es· ahora su fir. ma, como usted acostumbra.
'
LucAs.-¿Está bien?
AP~1uc10.-Perfectamente. Ahora usted, Santiago ... , aquí.. ., vaya
.despacio ... , no se ponga nervioso. Eso es.
SANTIAGo.-Est?Y _sudando, _se~or cura; la fart.i. de costumbre.
. APAR1c10.-Esta bien ... , esta bien ... , la rúbrica ... , una raya... ; muy
b1en.
SANTIAGO.-¡Uf! (Soleando ll!pluma como un hierro candente.)
APAR_IC~o.-Ahora, yo. (Se sienta y firma como un juez, satisfecho de su
obra.) Frn1s coronat opus. (Levantándose.) La enhorabuena doña Isabel·
la enhorabuena, María del Pino.
'
'
IsABEL.-No me olvidaré de tu hijo. Críalo en el santo temor de Dios
y de los hombres.
CATALINA (Y!ºendo, con l~s dos bolsos m la mano).-Por fortuna, es
hom~re, y no tiene por que temerles. ¿No es verdad, mi hijo? (Los testz"gos rien serenamente.)
SANTIAGO (nºendo).-¡Mardita vieja!
FELICIANO (en la puerta, los brazos al cielo, voz de duelo).-¡Ay, mi
santa hermana _Isabel! ¡Nuestro pobre hermano Juan Bautista ha muerto!
IsABEL.-¡D1os lo ten~a en su gloria! (Se abrazan; después, lentamente,
d~~aparecen; los dos testztos se acercan a la puerta curiosamente. Madre e
ht7a se levantan con el niño en brazos; están Junto a la ventana, por donde
entra un rayo de tuna.)
CATALINA.-¿Lo ves? Se _ha mue_rto al salir la luna. (Aferrados sobre
.el pe~~o los dos ta_legos de dinero. Pino ha abrazado, llorando en süencio
al nino, que despierta.)
'
.t\P~R1c10.-Bu~no, váyanse. ¡Hola! Se ha despertado y se ríe. ¿De qué
se r~1ra este angelito_? Vaya, mujer, no llores ... ; ya ves como el chiquillo
sen~. Vaya, formahdad. Ahora a hacer una buena vida ... , a seguir el
&lt;:aromo que marca la ley de Dios.

LUIS Y AGUSTÍN MILLARES

303

�LA P L U ,\1 A

PÁGINAS INACTUALES

DE UN CURIOSO GUANTERO ...
le han caído a Vm. en gusto aquellas niñerías, yo le
quiero enviar con la primera ocasión dos docenas de pares de
guantes, la una para hombres, la otra para damas. Será cosa
rara enviar de Francia a España guantes; eso es lo que
busco: que se conozca que séyo enviar de donde vivo a otras partes en
lo mismo que piensan que allá poseen, ni lo quieren buscar ni conocer;
que ya se van haciendo las provincias casi todas a la imitación de la
China, que no estiman ni permiten admitir de Juera a nadie. No es donaire, señora, lo de los guantes, aunque haya sido invención mía; que tal
lindeza, tal blandura, tal color, tal olorcillo, tal nobleza de guantecillos
no se ha visto; que yo aseguro que desde el mayor hasta el menor los celebren, como niñería nunca se celebró. Pero advierta Vm. allá que no
son de mi pellejo, porque no les crezca la gana de desollarme más de lo
desollado. Suplico a Vm. dé dellos a aquellas personas que me aman,y
juren ellos si tiene Antonio Pérez buena elección en conocer pellejos de
otros, que del pellejo adentro no es mi sciencia. De las damas, yo aseguro que no falten gracias por la invención de los guantecillos, porque
UES

W

sin la novedad (m
del
d
del/ Ad: .
~y
gusto ellas) Las meresceri por la lindeza
os.h ¡¡ viertan. bien. los que se picasen del g ustO de
l os guantes que
·
no se za an en tas hendas, que no todos los saben hacer Ale ·andr;
aim para artijice de guantes busco yo Alejandros, los h~ce ~olo , que
e~ menester entrarle pidiendo guantes de Antonio Pérez s· . , y a::.n
ltp JI¡
¡
• t mi amo ree . os a ca~zara, yo creo que no usara de otros, porque son de a uel
olorczllo, y m~ores en la dulzura, salvo el Ouuante salvo di;uo el q
'
t
á
,
o ,
resPeco a guante e rey;!' que holgara con el guantero, porque era ran
persona• en buscar artífices
de lo que había menes~er
-ral h acen ¡os reyes
g
•
•·
• .1 ,
que quz~re~ ser reyes, y tal los que no lo quieren ser, según la obra a
que se inclinan; porque no hay artijice que obre sin instrumentos y lo
hor:z,bre: no so~ si~~ instrumentos, cada cual para cada cual efecto;;
asi decia no :e ~uzen, y yo lo refiero no sé dónde, que de la elección que
hacen los prmctpes de personas o instrumentos se ha de hacer el juicio
~l natural de. cada uno Y del fin que llenan; como también del parade10, por el cammo que cada uno sigue.
ANTONIO PÉREZ
Carta a doña Juana Coello, su mujer.

�LA PLUMA

T E A T R O S

EN TORNO A "DON JUAN DE ESPAÑA"
os mitos antiguos eran representaciones impersonales y colectivas. No se proyectaba en ellos, como el cuerpo en su sombra, el
alma del individuo, todavía indiferenciado y casi inconsciente de
·
su personalidad, sino la de los pueblos de quienes eran creación
y égida. Por eso al mundo contemporáneo le son extrañas las mitologías del Oriente y de la civilización grecorromana; las comprende en toda
su belleza simbólica el intelecto; pero no palpita a su contacto el corazón. Son
hermosas momias o fósiles de la mente, que la mente explica, pero que nada
dicen al sentimiento del hombre actual.
Los pueblos modernos han perdido la apetencia de divinidades colectivas.
El olimpo se ha quedado siu dioses. La última gran mitología ha sido el cristianismo, que es el mito de la divinidad absoluta sucumbiendo-como todos los
mitos de nuestra época, y ese es su punto de enlace con ellos-a una realidad
de valores relativos. El último pueblo que ha intentado revivir una mitología
racial del pasado es el pueblo germánico, el menos individualizado de los pueblos, levantándola de sa sarcófago al conjuro de la batuta de Wagner; pero
desvanecida la magia del primer momento, el público de nuestros días, en Alemania corno en el resto del mundo, comienza a ceder al tedio de esa resurrección de héroes y monstruos de una mitología sólo susceptible de movimientos
galvánicos.
El hombre moderno exige mitos individuales, representaciones, no de este
el
otro pueblo, sino del hombre en su eseucia, en sus últimos anhelos. Así
0
306

nace~ los mitos del Quijote, de Don Juan, del Doctor Fausto y toda la rica mitologia shakespereana. El número de creaciones mitológicas en la edad moderna es sorprendentemente reducido. Los héroes literarios son o demasiado loc~les o demasiado efímer?s, y pocos dejan rastro algo duradero de su paso,
bien sea porque la gestación de cada una de estas criaturas universales necesita de un laborioso proceso de siglos, para cuajar en una nueva síntesis artística
~el espíritu humano, bien sea porque la apetencia de ideales arquetípicos, de
tipos sobrehumanos o simbólicos, no tiene en el hombre y en la civilización de
nuestros días la agudeza que en otras épocas. Dijérase que el hombre contemporáneo no sueña ni crea nada grande porque le solicita y ocupa con exceso la
vida social mecanizada de que es prisionera y víctima la suya individual y org~ni~a. Es tan _tiránico el ritmo de la sociedad de nuestro tiempo, que no deja
s1qu1era espacio para detenerse a concebir la tragedia del hombre moderno.
Y, sin embargo, a falta de nuevos mitos, se trata de renovar los antiguos.
Este es el caso del Don Juan, que en el breve término de dos o tres años ha lo•
grado varias versiones escénicas y algunos nuevos ensayos de interpretación.
El fenómeno es tan curioso y expresivo, que bien merece un breve examen. ¿A
qué se debe este prolífico renacimiento de Don Juan, el cual, asi como el Cid
ganaba batallas después de muerto, renueva incesantemente sus conquistas
para el arte desde los infiernos, adonde lo condenó su creador originario? ¿Será
porque ninguna d~ las formas en que basta ahora ha encarnado posee ese contorno y hábito de universalidad que caracteriza a Don Quijote, a Hamlet y al
Fausto de Goethe, haciéndolos insuperables y aún inimitables? ¿O será porque
el Don Juan no es más que un mito histórico que necesita, por lo tanto, modificarse al compás de la historia y las mutaciones sociales? Dicho de otro modo:
¿Es una categoría humana eterna, sujeta a eterno conflicto, o está condicionada
por circut!stancias históricas que, si varían, la pueden también hacer variar y
acaso desaparecer un día como símbolo artístico? En esos interrogantes queda
formulado todo el pr&lt;!&gt;blerna del Don Juan.
La mayor parte de las creaciones del Don Juan tienen una raíz marcadamente histórica y están sometidas a condiciones de lugar y tiempo. Don Juan
es inicialmente un acto de rebeldía eontra las normas y costumbres de la Edad
Media, troqueladas en un sistema religioso que tiene por fundamento la concepción del pecado original y que siempre ha visto en el amor un sentimiento
pecaminoso. Don Juan es el hombre sensual del Renacimiento, el hombre que
quiere romper la densa red de obstáculos en que se debate lo espontáneo de
su naturaleza, sus instintos y sus emociones. Es el hermano meridional del
307

�LA PLUMA
Doctor Fausto, el otro gran insurgente contra la Edad Media. Sólo que Fausto
quiere ser libre en el pensamiento y en la vida; la suya es una rebeldía integral contra todos los límites espirituales y sociales del mundo que aspira a superar. Don Juan, en cambio, es un díscolo de poca o ninguna cabeza; el pensamiento no le estorba y no hay para él conflicto de la mente; es un hombre fisiológico y a lo sumo sentimental, y en este plano es dende Don Juan se entrega
a una anarquía sin freno. Su drama es el de un pagano quP. aspira al amor absoluto, infinito en sus variedades y accidentes, y cae en conflicto con un tipo
de sociedad en que el amor está regido severísimamente por una alianza im •
placable de la monogamia y el catolicismo; un deseo sin límites que busca la
materia donde realizarse en un mundo moral de muy limitadas posibilidades.
Se comprende que este amoralista hallara poca simpatía en su primer creador y e n los inmediatos imitadores, que toman partido contra Don Juan Y lo
arroj an a lo¿ infiernos en castigo a su perversidad, para alivio de tanto crimen
y tanto honor mancillado. Pero ya en Moliere, aunque siga la tradición de despedirle a los infiernos, bien se advierte en toda la obra una recóndita simp atía
por Don Juan frente a bs pretendidos fueros de una sociedad burlada, singularmente en las palabras finales que pone en boca de Sganarelle, rezumantes
de ironía. Dice así el acomodaticio sirviente: «¡Ah!, ¡mi soldada, mi soldada! He
aquí satisfecho a todo el mundo con su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas,
muchachas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, esposas dejadas
en mal lugar, maridos empujados al extremo: todo el mundo está conte nto;
sólo yo soy desgraciado. ¡Mi soldada, mi soldada, mi soldada!• Con esta conclusión humorística supera Moliere el concepto rnedioeval del Don Juan.
Conforme pasan los siglos, este conflicto del deseo con la sociedad se atenúa, y Don Juan desgas~a poco a poco su cot•1rno trágico. En ciertos países no
se concibe hoy el Don Juan de la tradición, y ha habido un dramaturgo, Bernard Shaw, que ha hecho en Hombre y superhombre, la caricatura del donjuanismo, presentando al nuevo Don Juan seducido y sojuzgado por una ~u~e~.
Acaso el mito futuro esté destinado a desenvolverse en Doña Juana. H1stoncarnente, el Don Juan tradicional no se comprende sino en la linde entr: la
Edad Media y la Moderna, Es inexplicable en Atenas o Roma, o en el Pans o
Berlín de nuestro tiempo, y mucho menos explicable en la Polinesia o cualquier otro país de costumbres sexuales poligámicas o promiscuas. En suma, el
mito de Don Juan, en tanto que conflicto del deseo ilimitado con socied_ades
que, por conveniencia o peculiaridad ética, lo limitan, no tiene valor umver308

LA PLUMA

\
1

sal ni eterno, y 00 pasarán muchos siglos sin que sea tan incompresible-salvo
bellezas particulares de forma-como los libros de caballería.
Pero hay otra interpretación del Don Juan que busca en este héroe no el
conflicto de su deseo con la sociedad circundante, sino de su deseo con Ja imposibilidad física o espiritual de darle plena i.atisfacción: es la comedia íntima
del donju3nismo. De esa limitación fisiológico-sentimental del deseo' ha hecho
Schnit.zler su Anatol, el «frívolo melancólico», corno él se denomina a sí mismo,
moderno Don Juan de medio ambiente fácil, demasiado fácil. Y de la limitación
espiritual del amor ha construido José Ortega y Gasset un tipo rle Don Juan
que acaso no corresponda a ninguna de las creaciones existentes: es algo así
como un Don Juan imaginario a quien mueve una especie de idea arquetípica
o platónica del amor, que deja un sedimento de desilusión y amargura al quedar corta de contenido, en su ilimitado molde, la realidad específica de cada
mujer. Como se ve, este Don Juan del exégeta español es un Don Juan algo
metafísico, y más bien se asemeja al Fausto germánico que al burlador de Sevilla. De todos modos, este Don Juan de desilusiones íntimas-deseo o ensueño sin límites fre1:te a limitadas posibilidades o a decepcionadoras realidades-es el único que puede servir de valor eterno de arte.
¿Cuá) es el Don Juan que busca esta renovada fermentación del mito? ¿Es
una reacción contra esa podre literaria que tiene por tema exclusivo el amor
medular sin conflicto externo ni interno? ¿Es un intento de idealización o dramatización de un tema que h¡, descendido a la mayor torpeza inartística? Dejemos por hoy a un lado las reencarnaciones de Don Juan en Francia y en Alemania, y atengámonos al Don J11an de fi.spaiia, del Sr. Martínez Sierra. ¿Qué no·
vedades de forma o concepción se incorporan en este resurgimiento de Don
Juan? La novedad más notoria es la de desenvolver la obra en una serie de escenas sin más nexo entre sí que la de te ner de común a Don Juan y su criado.
Esta novedad aparece tambien en d A11atot, de Scbnitzler, compuesto asimismo de siete escenas independientes y unidas por An atol, el prot~gonista, y algunas veces por su amigo Max, e ncarnación del sentido común. Análoga técnica usa el propio Scbnitzler en otra de sus obras, Reigen (Rueda), que ha sido
el escándalo literario de estos últimos años en los países de lengua alemana;
al escribir estas líneas se está viendo en Berlín un proceso por inmoralidad,
contra la obra, ¿Es involuntaria la coincidencia técnica del Sr. Martínez Sierra
con Schnitzlcr?
Fuera de eso, Don Juan de España pertenece a lo más viejo del teatro. Se
parece al Don Juan de Moliere en que ambos están escritos en prosa; pero ahí
309

�LA PLUMA
san las semejanzas. La segunda escena, que acontece en Flandes, cuando Don
Juan irrumpe por una ventana y se encuentra a poco con una muchacha de la
casa, recuerda el comienzo, que se inaugura de igual modo, de una comedia de
Beroard Shaw, Arms and tl,e man. Pero sería ocioso perder el tiempo rebuscando analogías e influencias. Lo importante del Don Juan del Sr. Martínez Sierra
es que no se parece a ningún otro Don Juan de ningún tiempo en algo crítica
mente muy considerable: en que no agrega nada personal, ni de forma ni de
concepto, al mito donjuanesco. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra no es de
los que terminan yendo al infierno. Le acontece algo peor: se arrepiente y se
hace fraile, como cualquier pecador vulgar de los siglos medios. No tiene natla
de común con el Don Juan clásico ni con Fausto, que superan, sin derrota interior, el medievalismo. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra cae al final en el
concepto teológico del amor, a pesar de las proclividades comunistas del firmante de la obra. No se aproxima a ningún Don Juan moderno, ni por la melancólica fatiga fisiológica ni por el desencanto espiritual; ni se emparenta con
ningún Don Juan clásico por el conflicto externo. Las escenas parecen o películas cinematográficas o vulgares melodramas. Sobre todo, la aparición intermitente de la Muerte es una gr0tesca artimaña a la cual no se le ve ningún sentido.
Pero lo que más sorprende es el arrepentimiento del inverosímil personaje. Se explica que se metiese fraile arrepentido de sus tiradas retóricas, que
son algo así como un saldo de todos los lugares comunes que vienen rodando
por la literatura española de estos últimos veinte años; no hay una frase origi na!, no hay una palabra sugestiva, no hay un pensamiento que merezca tal
nombre en toda la obra. Mas ¿cómo arrepentirse de que con tal pobreza mental y cordial y con tal misérrimo bagaje literario se le rindan mozas que, a juzgar por esa prueba, carecen de todo discernimiento y ambición amorosa? No es
suya la culpa, y si el Sr. Martínez ,Sierra no nos dijera, bajo su palabra, que su
Don Juan es un burlador terrible, no podríamos creerlo ateniéndonos sólo a su
discurso y compostura.
Una última observación: el tropiezo literario comienza en el propio título,
pues Don Juan de España es un cercenamiento, más que una dilatación, del
mito. Lo fascinante del Don Juan clásico es que, siendo de origen español, adquiere pronto carta de ciudadanía universal; como que es, según queda dicho ,
la representación amorosa del hombre del Renacimiento, hermano meridional
del Fausto. Pero al Sr. Martínez Sierra le enoja, por lo visto, que Don Juan se
haya universalizado y en su obra le archiespañoliza, haciéndole rezador, su310

LA PLUMA
persticioso y al final, fraile. Lastimosa manía esta de querer empequeñecer lo
que de por sí se ha hecho grande, para satisfacción nacionalista. Más le hubiera valido al Sr. Martínez Sierra crear un gran Don Juan, moderno y eterno, español y universal, en vez de esa alfeñicada, falsa y vacía criatura, que sólo puede mantene1 se en pie a fuerza de lindas bambalinas y sólidos, valiosos muebles. Pero a nosotros no nos interesan las representaciones escénicas en que
los protagonistas se llaman Decoración y Mobiliario. Para eso preferimos Yisitar una casa de comercio donde se puedan ver buellas exposiciones de ese
linaje de arte industrial.

LUIS ARAQUISTAIN

311

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS
ha llegado octubre, no se ha producido todavia la floracicSn de
libros nuevos que en ,otros tiempos ~e observa~a ~n e~~a época del
año. Es que a buen numero de novelistas, la ad1ud1cac1on de los dos
premios anuales, el premio Goncourt y el premio de la Vie HeureuscFemina, que se verifica en diciembre, les hace retrasar la salida de
sus obras. No sólo temen que los Jurados los olviden, si los lanzan demasiado
pronto; organizan, además, mediante maquinaciones hábiles, ciertas maniobras
postrimeras; combinan las apariciones fulgurantes de las novelas, declaradas
obras maestras y arrojadas al mercado pocos días antes de la proclamación de
los prendados; en suma: es todo un sistema de maquinaciones que no tienen
que ver nada con la literatura y pertenecen sólo a la estrat&lt;"gia.
Dadas esas condiciones, es innecesario subrayar hasta qué punto los premios adjudicados con tal estruendo son nocivos para los autores y para la literatura en general. Falsean el gusto, desorientan las vocaciones, imponen al
público un determinado género, y , sobre todo, introducen en la zona de las
letras costumbres propias de la Bolsa o del •turf», en verdad deplorables.
Dicho esto, echemos una ojeada rápida a las primeras obras que aporta la
temporada.
Una de las más curiosas es una novela nueva de M. Maurice Renard, L'I-Jo111me truqué.
M. Maurice Renard es el único escritor francés que, en el género de la novela científica a lo Wells, ha conseguido imponer ciertas obras: Le Dr. Len:e,
sous-dieu, Le Voyage inmobile, y le Peril bleu son novelas aotab:es dentro de un
género cultivado, con harta frecuencia, por medianías.
·
uNQUE

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Ya es sabido que la novela científica es una obra de imaginación pura, construída con elementt&gt;S tomados a las nociones científicas, pero falseando voluntariamente alg•1no de ellos. Ese error voluntario, ese toque del artista en la
realidad cie ntífica es lo que constituye la •novela• propiamente dicha y en lo
que consiste el atractivo y el misterio del relato.
Ejemplo: las nociones relativas al espacio, aplicadas al tiempo, permiten al
novelista imaginar una máquina que explore el tiempo corno se explora el espacio, marchando hacia atrás en lo pasado y hacia adelante en lo futuro, y tal
es La máquina exploradora del tiempo, de Wells.
Se comprende que con un poco de imaginación, de lógica, y con cierto ba-gage científico, los novelistas tienen reservado en ese género un campo de
explotación inmenso. Se comprende también que ese género haya i1acido ayer,
y por qué habiendo nacido tan tarde le aguarda una for,t una inmensd en este
siglo de vulgarización a todo trance.
M. Maurice Renard tenía las dotes necesarias para triunfar desde el primer
momento: mucha audacia en las facultades imaginativas, cierto sentido de lo
fantástico y una educación científica fuerte que le permitía no aventurarse a la
ligera. Sus obras están trabadas sólidamente, tienen cimientos resistentes y se
elevan con holgura en el cielo de la fantasía. Léase L'Homme truqué, y, junto
con un trabajo de preparación no disimulado por completo, se advertirá el
singular hechizo de esta asombrosa historia que hubiese hecho las delicias de
Edgard Poe. Imaginad que a un ser humano unos cirujanos le extirpan los
ojos, sustituyéndoselos con electroscopios, y ernpalmándole, por no sé qué
artilugio, el nervio óptico a los aparatos extrasensibles a ia electricidad.
¡Qué asombroso mundo, qué universo extraño se presenta de pronto ante
los cojos• del fenómeno! Ya no ve las formas de los seres ni de las r.osas, sino
las exhalaciones eléctricas que recorren el universo. Asiste a una insólita función de rayos multicolores, de cascada's de efluvios, de regueros violetas, rojos
o purpúreos, y surcos luminosos. Se abre ante él un universo encantado, una
inverosímil fantasía como no la inventaría el pintor más amante del color.
Ya se ve cuáeto partido puede sacar un poeta, un novelista, de semejante
premisa. El libro de M. Maurice Renard es uotable por la concepción y la ejecución.
En otro género de novela no debe omitirse la mención de La bouteil/e de
w/1isk1·, de M. René Bizet; el autor percibe muy bien lo f imoresco y la vida.
l\lás re stricciones habría que buscar a La dernie,-e aube1-ge, de M. Martial
i'iéchaud. g1 comienzo es notable. Se ha comparado sus páginas a los me-

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l ,,,

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�LA PLUMA

LA PLt:'MA

jores paisajes de le Curé de Village, de Balzac, y es verdad que hay en ellas escenas impresionantes por su grandeza y sobriedad. Pero después el novelista
se extravía, y nos extravía en un dédalo de aventuras más o menos novelescas,
que no pasa de ser una mala imitación del género Pierre Benoit.
Ese «último albergue, es el arrepentimiento de que habla Baudelaire:

orfebrería. En suma: quisiera vulgarizar la teoría de Ruskin, y no desperdicia.
ocasión de aplicar sus ideas. Se ve que está en acecho de cuanto ~e intenta eu
ese sentido. Su libro contiene, en resumen, cua!ltas innovaciones se han hecho
en ese orden, así como indicación de muchas más que podrían hacerse.

Et le repentir mtme (ok! la derniere a11berge!)...

Si los libros se emperezan estos dos últimos meses, no puede decirse lo
mismo de los teatros, si bien los espectáculos que hasta ahora nos han ofrecido•
son de calidad muy mediana.
La prensa se ha entusiasmado a propósito de La Gtoit"e, de M. Maurice
Rostand; el estreno fué un triunfo. No sabemos si el público ratificará ese juicio, pero por nuestra parte lo hallamos muy exagerado. La idea de un hijo.
abrumado por la gloria de su padre, y que no con&amp;_igue liberarse de la «sombra,
de lae estatua¡,, como dijo M. Georges Duhamel, ha sido tratada varias veces
por el propio M. Maurice Rostand. Diríase que le ronda. El desarrollo, en esta
obra, es mediocre. Son tres actos trasijados. reducidos a tres monólogos, corno
si dijéramos, una especie de Noche, de Musset, larguísima. No carecen de aliento poético y de vuelo; pero los versos recuerdan demasiado el género Edmond
Rostand, y suenan desagradablemente en el oído, co:no si fuesen de esos juegos.
ca la manera de ... • Esa imitación perpetua de la literatura palerna acaba por
lastimar.
El teatro del Vieux Colombier, que ordinariamente suele estar mejor inspirado, nos ha ofrecido un drama bastante vano y que recuerda la estética del
antiguo Teatro Libre. La Fraude pone en escena la vida de los contrabandistas
en los confines de Bélgica y Francia; hay e n ella tipos vigorosamente pintados,
pero la acción tira a melodrama trivial. La obra no contiene nada nuevo, nada
verdaderamente moderno.
La reprise de Amants, de M. Maurice Donnay, nos ha servido para comprobar que esta obra, muy bella, no ha envejecido. Oyéndola, se da uno cuenta
de la influencia que ha ejercido en los autores dramáticos franceses contemporáneos. Por tal motivo, es probable que Amants quede inscrit~ en los anales.
de la historia literaria. Ocupará un lugar análogo al de Amoureuse, de M. de
Porto-Riche, que condiciona todo el teatro de estos últimos veinticinco años.
Añadiré que la obra, en sí misma, es deliciosa, de ingenio parisino neto, puro
y certero.
En la Comedia Francesa se disponen a conmemorar el tricentenario del
natalicio de Moliere, representando todas sus obras, y han comenzado por les;

Se trata de un oficial que ha cometido un robo para seguir llevando una
vida muy poco edificante, y que va a su casa de familia, en provincias, solitaria, encantadora, a estafarles a su madre y a su tía cierta cantidad de dinero.
El contraste entre aquel gozador y lamorada silencios a donde se cobijandos
pobres corazones de mujer, es hábil y está bien tratado. M:· Martial Piéchud,
que ya estrenó una obra en el Odeón, no carece de facultades para la escena,
y conduce la novela con el saber de un hombre de teatro. Quizá va un poco lejos por ese camino, y haría bien en lo futuro restringiendo la acción en provecho de la psicología.
M. Ernest Seilliere, uno de nuestros críticos más enterados de cuanto atañe
al romanticismo y a sus orígenes, acaba de publicar un grueso volumen dedicado a Jean-Jacques Rousseau, estudiándolo en todos sus aspectos: filosófico,
clínico, romántico y novelesco. Cuanlos se interesan por la literatura francesa
del siglo xvm habran de leer este libro. En M. Emest Seilliere J:ay siempre
rastro del médico, del clínico, que discute un caso; pero el médico habla muy
bien, dice cosas muy justas y pronuncia un diagnóstico siempre muy inteligente.
En fin: he de hablar aún de Ull libro excelente de M. Léandre Vaillat, titulado Le décor de la vie.
M. Léandre Vaillat es, de nuestros jóvenes críticos de arte, uno de los más
modernos y más audaces. No se para en fórmulas rancias, aunque sabe, cuando
se presenta ocasión, juzgarlas y comprenderlas muy bien, como en el libro que
ha hecho sobre Perr11nea11 o el de La Societé du XVIII.ª siecle et Jes peintres. Se
especializa en lo tocante al arte decorativo moderno, y la serie de artículos
que publica en Le Temps sobre ese tema no es menos digna de nota que los
que escribe en l'lllustration.
Bajo el título evocador de Le dkor de la r,ie, ha estudiado sucesivamente
todo cuanto nuestro gusto y nuestras tendencias modernas podrían embellecer,
restaurar, renovar en la casa, en el libro, en el mueble, en la tapicería y en la
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* * *

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rackeux. Digan lo que quieran algunos periódicos, la obra ha sido admirablemente puesta y muy bien representada; pero ni los directQres ni los artistas
tienen la culpa de que Ju Far.keux, que era simplemente una revista, resulte
para la posteridad una obra aburrida, puesto que alude a sucesos y personajes
ahora desconocidos. Es una curiosidad literaria, no una obra. Consignemos, no
obstante, que la Comedia Francesa ha hecho muy bien en ponerla, y que ese
teatro está fundado precisamente, en paite, p11ra espectáculos de ese género.
El Teatro de i'Ueuvre, cuyo inteligente esfuerzo no será nunca bastante alabado, tras de darnos nuevamente los Acnedores, de Strindberg, nos da a conocer la Danza de muerte, del mismo autor. nunca repn~sentada en París. Fué
una verdadera revelación, y, digámoslo, un éxito muy bueno. Una vez más ~l
teatrito de M. Lugne-Po~ ha conseguido un triunfo. Es la sola escena, con la
del Vieux-Coiombier, donde un pensamiento nuevo puede encontrar cobijo e
intérpretes el arte nuevo.

JULES BERTAUT

LIBROS y REVISTAS
Ramón Maria Tenreiro.-EJ loco amor.-Ediciones de LA PLUMA.
No quisimos los editores de esta primera serie de novelas cortas v cuentos
~stablecer d~ antemano ~n criterio riguroso, al que hubieran de ate~per;ir el
mtento propio los novelistas, para lograr la unidad de tono conveniente a la
colección. Confirmando el propósito iniciado con nuestra Revista, espe-ráb~mos ob~ener la norma precepti_va de estas publicaciones, no de un prejuicio
académico, pero de una obra ejemplar. EJ loco amor, de Ramón Tenreiro, nos
justificará de hoy más ante el lector, mejor que toda la retórica que pudiéramos esgrimir en abono de nuestra tendencia.
Un impulso inconfundible caracteriza desde luego al poeta-lírico, dramático o novelisb-, cuyo temperamento creador le señala en el número rle los
e1egidos para interpretar, para expresar, genera!izándolo~. los sentimientos
humanos: la propensión a abordar los temas eternos. El amor v la muerte son
los motivos generadores de esta novela: el loco amor, •pariente de la llama.
que todo lo aniquila, cual ya cantaba el Arcipreste Juan Ruiz; la muerte, por
la que Tristán e Iseo perdieron el mundo y el mundo a ellos. Ahora bien. las
doctrinas, las escuelas, las reglas, los estilos literarios, redúcense, en último
término, a dos maneras de tratar eso5 grandes temas; una manera clásica en
que la disposición exterior, la trama, la intriga, el argumento, el escenario,
obedecen a un canon inmutable-mito, leyenda, historia-los personajes de la
fábula están definidos por los atributos que la tradición les confiere, y la fantasía del poeta se ha de ejercitar imaginando en tales abstracciones sentimien
tos actuales, es decir, dotándolas de una sensibilidad acorde con la del lector;
otra manera, romántica, por la que el poeta logra con la pintura viva de un
suceso trivial, o frívolo, o, cuando más, desusado en el ambiente vulgar en que
se produce, ciena transcendencia universal que lo equipara en significación a
un símbolo de epopeya. En este sentido, y no porque evoque ninguna época,
pintoresca por pasada, i ·l loco amor es una novela romántica.
No es Tenreiro un improvisado en la literatura, y mucho menos un improvisador. Movido de un vago afán de arte muy fin de siglo XIX, le tentó en años
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LA PLUMA
LA PLUMA
juveniles el estudio de la música, y a Alemania fué a tal intento. Presto ball6,
sin embargo, el camino propicio a su activida,j, y reduciér.dola a límites más
adecuados a su ·vocación natural, dióse por entero a asidua labor de crítica
literaria, completada con traducciones cuya variedad denota su ateoci6o alerta a las voc1;:s de fuera más sigoificativas-Fogazzaro, Jorgeosen, Hebbel-,
refundiciones, ediciones de clásicos españoles, y novelas cortas, culminantes
en Et loco amor, recién editado por nosotros. No es un improvisado ni un improvisador, y por ello su originalidad no da reflejos de talco ni últimos gritos.
Su procedimiento de novelar no se cifra en receta cocinada más o menos hábilmente, sino que responde por modo lógko, sin yiolencia, a la severa ed~~aci6n en que ha ido depurando el gusto personal, cimentado en un neoclas1c1smo goethiano, oreado por los V("udavales de las modernas revoluciones liter~rias e inconmovible a las asechanzas de los ecos de las modas. Su prosa, denvad~ del naturalismo cent,·a/ de la novela contemporánea, adapta fácilm1;:nte la
cadencia v el ritmo familiares al iector español a la expresión de los movimientos CÍel ánimo de sus personajes, cuya pasión fatal se justifica siempre por
sí misma, sin que haya menester el autor intervenir a disecarlos, antes bien,
dejándolos vivir y morir, víctimas de un destino implacable, a merced, no del
rayo de Júpiter, mas de los azares de una existencia labrada por oscuros heroísmos.
Los sentimientos, los instintos personificados en los protagonistas de El
loco amor no adolecen de esa inflexibilidad que las más veces suele suplantar
a la evidencia a cuenta del necesario sostenimiento de los caracteres en sus
rasgos esenci~les; ni menos del caprichoso ?esvarío cor. que los profesionales
de la novela psicológica tuercen, de tan ~utiles, el curso natural d~ la~ emo,ciones. Ramón Tenreiro nunca coarta la ltbertad de sus héroes con nmgun propósito moralizador o estético que prejuzgue, imprimiéndola un r~mbo arbi~rario la acción de la novela. Los más encontrados afectos se explican prec1same0nte por la sinrazón violenta que los resuelve C.Q__ sus contrarios; y así, el
odio del hijastro se trueca en el amor incestuoso_, y el puro beso maternal_. en
el abandono de la mujer al amante. La ponderación de element?s dramáticos,
el clarooscuro del fondo, la distribución de las figuras secundarias en la perspectiva general, van graduando el iot7rés en un crescendo apa~ion~do _hasta el
final trágico. Verdadero poeta, ha sabido _el autor ~ncauzar la,1o~p1rac1óo propia a la captación del lector, con tal espe¡o de la vida en la na gallega donde
el pueblo de Somonte se mira.

*••

C. R. C.

J. Moreno Villa.-Patra,ias.-Madrid, Caro Ragg{o, 1921,
:\Iás le cuadraría el título de Rarezas o Rincones oscuros, Las patrañas son
meras fantasías inverosímiles, ejercicio imaginativo de pastores: fábulas pastonineas. No se tome a p.-dantería tal observación, sino como báculo para llegar
al sentido de este librillo encantador.
Son trece relatos, trece teclas, cada una de las cuales suena a una p~sión ~
.a un anhelo. Hay notas suaves como en «La cama de plata• o «La mama deh-

cada•; las hay vi?lentas y recbinantes: •La noche de los malatos• o «La neutra•. Por todo el hbro corre un misa:.o propósito de hacer minería o excavación
sentime~tal, de entrar donde no llega la vista o la sensibilidad corriente. En
esas regiones del subsuelo humano hay también aire mal respirable y no se
sale de ellas muy contento. Así es de grave y silencioso el tono de estas Patrañas, que a veces rozan lo trágico.
Por sí ~ola esa cualidad no constit~iría un :asgo fuertemente original, ya
que, por e¡emplo, la novela rusa nos tiene habituados a caminar por sendas
mal trilladas del espíritu. Pero nuestro autor es español y tiene un estilo. A
través de esos dos cedazos, la sustancia cosmopolita que hoy vaga por todas
las literaturas se convierte aquí en fina materia personal.
Estimo española l_a preocupación ética, ª. veces atormentada, que brota de
a~guoos cuentos: «E'o1gma y clave,, «La bestia•, etc. Aunque se inicien audacias acá y allá. el fondo es de estameña. Una de las frases que más me dan el
temple del libro es ésta: «Tu amigo no nos ha hecho reír esta noche; pero se
ve que tiene estilo y bizarría en lo serio como en lo divertido.•
Y era verdad, aquello no lo hace más que un andaluz o un inaJés.
El estilo de Patrañas es siempre un bello planear. El autor se ~cerra a todo,
y cuando temeríamos una rozadura trivial, una sobria selección Je mantiene en
su sitio.
Lo más grato para quien lea con atención Patrañas es su desdén por lo sin
importancia. Y al encontrar al mismo tiempo un fuerte sabor a playa malagueña, es natural que miremos esta obra de Moreno como una revelación más
de lo que puede dar, sublimado, el espíritu andaluz.
AMÉRICO CASTRO

*

•

•

Manuel Ugarte.-Poesias Completas.-Barcelona, Casa Editorial Maucci.
Aunque el señor Ugarte en el prólogo de su libro insiste en diferenciar las
dos épocas correspondientes en su actividad poética a las Vendimias :faveniles,
publicadas ya en 1907, y a Los jardines ilusorios de ll.oy, la misma inspiración
corre de la primera página a la última, aun escritos los versos que componen
el volumen «en épocas diferentes, bajo estados de alma contradictorios&gt;. Cree
el señor Ugarte que •poesía es transparencia de alma, ingenuidad emotiva,
pureza sentimental&gt;, y que «la belleza no está en el verso, sioo en el alma,.
Estas vendimias juveniles no marcan en su vida literaria «más que un a colé.
En los tiempos de lucha porque atravesamos, el hombre se debe casi más a la
justicia y a la verdad, que al ensueño y a la belleza. Su arma es la prosa flexible y ágil.&gt; En cierto modo, pues, el señor Ugarte parece situarse en el mismo
punto de vista de los hombres de acción que en las postrimerías del siglo pasad? se preguntaban si la poesía estaba llamada a desaparecer. No quiere esto
decir que los versos del señor Ugarte no sean en todo momento fáciles, graciosos, ligeros, musicales. Fáltalcs a sus poemai,, a nuestro entender, un impulso inicial, la convicción de que las artes en general y la poética en particular no son sino problemas de expresión. No la pureza de los sentimientos, sino

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3 19

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•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
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AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Guillermo Jiménez</name>
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        <name>La ley de dios</name>
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        <name>Luis Araquistain</name>
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                    <text>•

•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�LA PLUMA
l"bros de rica encuadernac10n.
. , y 1ueg0 ' hombres independienaparato, l
.
.
d.
de cabecera.
tes,D..
solitarios;
hbr~s
mdepen
i~ntesB,
C,
espiando de reo¡o a ru to·· «Desconfiad de los hombres
, n &gt;. Desconfi anza a dm1·rativa ante la energía latente
.
. i¡o esar,
pálidos y que no ne · ➔
•
d
· , a Robesp1erre
uiso insinuar M1rabeau cuan o vio
'
y fatal. Es lo que~
bl a de desconocidos: «Ese hombre
entre
una la~am
~rle.sconocido todav1a,
•· ·
· · muy
e¡os » Aes1, tamb1ºe'n , hay libros cenceños
aceitunado
y
ce¡i¡unto
ira
.
y cejijuntos, apenas notonos, pero. t ernºbles de energía y de influjo inminente.
fi
d béis adquirir es ante la falacia vaMas el linaje de descon anza q~e -~ ele al esté;il proselitismo, malnidosa, que a tantos deslumbra y es I p . o y fungible Esta es buena
,
•d
capital tan mezqum
·
.
. d
dº rio siente necesidad de actitugastando as1 la vi a, ese
sentencia de Nietzsche: «Quie¡
orh u;bres solemnes o pintorescos.~
des, no es franco. Guardaos . e_ os o .

t

Cuidado, tambi~n, 7°n las edicioen~::a~~:~des y humanidad, solía di~
Un maestro m?Je_s, maestro dando en los claustros universitarios. Si
vertirse con sus dis~1pulos ~oqu:ioún rofesor de los profundos y pomp
or ventura aparec1a a la vista¡ b
p , a su pollada con esta expreb · no y a egre recog1a
.
'
h.. m'os que viene un tonto.~
posos, el maestro, emg
sión: «Pongámonos s:rios un lilnst~-~t~s e~oqsue ~l hondo sentir de humaSólo los necios desdenan aque os i r
l , li · n gambetas alegres.
nidad busca acaso a gun a vi~de ble arco y terrible, que acaban de
Este libro, menudo y consi era_ ' p se llama· «Nietzsche, poeta.
lanzar
F
·.
A de Icaza exal mundo los tórculos matritenses,
,.
El • ,
te es D. ranc1sco .
•
(Interpretaciones lmcas).» i~ter~::to en el sobrio enunciar, fondo y
hondo sent1 y
1 olumen está arbitrado con seperimentado
l 1,en· el Tº
ográficamente e v
..
forma de a mea. ip
'
ºde la industria y dihvera elegancia, como todas las ob;s ;n q~-J~;s~ampea la máscara de
gencia del Sr. Ica_za. En e~ :ent~~ e ; ~:p~ción, de sugestión y de tenNietzsche; esa mascara trag1ca,d en~ e1 que nos sugiere imágenes y
tación, que no_ nos_ can~amos e ::r::t~ienta a flotar de aquí y acullá
correspondencias sm numero, Y q
. un mar que hace
con el pensámiento, como arrastrados por un mar,
322

LA PLUMA
bronco son de martillos. Esa nariz eslava, casi tártara . .. Así debió de ser
la de Atila, jefe de hordas violentas. Lo que guiaba a Atila, nómada y
raudo, en sus expediciones largas y certeras, no era el intelecto, sino el
instinto; una sutil cualidad orgánica, un olfato maravilloso, modo de
inteligencia inferior, pero más segura, que poseen algunos animales superiores; aquel peregrino olfato de Atila, que se gozaba en todas las
esencias de la tierra: las del amor y las de 1a muerte. Por exaltar la ebriedad del vino, como vigoroso acto vital, (el divino Platón, en «Las Leyes»,
encarece esta virtud del vino), bebía en un cráneo, y era como una resurrección pausada y deliciosa, heroica y brutal, en que los pulsos de la
vida se aceleraban por la sensación de la muerte; un misticismo salvaje
y robusto. Ese mismo misticismo, robusto y salvaje, impele la dinámica
interior de la obra entera de Nietzsche, y, en cuanto misticismo, el órgano
para percibirlo es más bien el olfato que el intelecto; un olfato desencarnado, de orden espiritual. La razón física de las substancias odoríferas es su extrema aptitud para disgregarse en partículas y la singular
perduración y voluntad de adherencia de estas partículas con cuanto
tocan. Dícese que un grano de almizcle perfuma durante siglos. La obra
de Nietzsche está atomizada en infinitas partículas minúsculas: aforismos. Más que discernirla, la aspiramos. Nos circunda y penetra como
una atmósfera. Quien se acerca a ella, permanece embalsamado de
Nietzsche; en las yemas de los dedos se le han fijado los aromosos átomos, y el pan que come le sabe a Nietzsche. He ahí un riesgo: marearse, obsesionarse, misticificarse y mixtificarse. Es tanta la paridad del fenómeno místico con la fruición olfativa cuanto se puede observar en el
empleo ritual de sahumerios e inciensos en todas las ~iturgias religiosas
y prácticas mágicas o supersticiosas con que provocar esa violenta y
honda sensación de vida que con tantas denominaciones se ha designado: éxtasis, trance, arrobo, deliquio, trasporte, frenesí. .. El contacto
con Nietzsche deja un sabor en nuestro pan y le otorga un nuevo valor
alimenticio. ¿Cuál es aquel sabor? ¿Cuál el valor? En Jo tocante al primero, anotado queda ya: un misticismo salvaje y robusto, una desatentada ebriedad de Ja vida, ebriedad estimulada por e] regusto de la muer323

1

11,

'!

�LA PLUMA

LA PLUMA

te; es como un vino generoso bebido en la oq~eda~ de ~n cráneo. ~er-

cenemos, suprimamos el último vestigio de la mt~hgencia especulativa,
a fin de enardecer las potencias elementales de la vida: la_ salud'.!ª f~e~a
y el coraje; porque la vida es, ~n_te todo, una mera ~amfest~c10n b10l~:
gica. y este es el valor alimenticio de la obra de N1etzsche, es un ah
mento intensivo del Yo zoológico. Siempre, aun para lanzarse, con ~quel
garbo suyo sublime y grotesco, a las cumbres de la visión profética, Y
cósmica, Nietzsche cuidó bien de afianzar los ~ies en la pur~ z~ologia.
Aunque tímido y enfermo, Nietzsche estaba amma~o co~o mngun _otro
hombre histórico de la más saludable y fecunda ammahdad, la animalidad en su modo inmanente de operar, o sea fuerza _propulsora y creadora de la vida en su perdurable evolución; tendencia a transcender Y
superar los tipos ya logrados. A esta fuerza ciega, ~i~tzsche la dotó de
conciencia humana y la cuaguló en un símbolo poetic_o: el Superhom~esti:1os t~rrenos del
bre. Nadie como Nietzsche mostró tanta fe en
hombre. Es el precursor de la Eugenésica, la ciencia pnmord1al del porvenir.
Atila se deleitaba no sólo con el husmillo de la muerte-tenue y ambigua emanación entre sulfúrea y alcohólica, un poco emborracha~te,
envuelta con el aroma del vino-, mas ta~bién_ con. l_os perfumes delicados y voluptuosos, de flor o de mujer. Su imag1_nac10n era sob:ema:1era
corpórea tiránica y activa; no hay brecha tan directa para henr ~a 1ma.
·· '
el olfato Atila el melancólico y turbulento Atila, era
. l E l
gmac1on com 0
·
'
.
esclavo de un sueño; mejor, un ensueño; meior, u~ idea . n ontananza y sin el ministerio sensual de la mirada, se hab1a ~n~morado de H_o' · lá hermana del emperador de Bizancio, Valentiniano III. El hirnona,
·
·c no de oro y
suto hombre de la estepa quería desposar un . precioso i º.
esmalte, arquetipo de hermosura decadentista. Y_como ~lla en el_ campamento un emisario llegase conduciendo la aquiescencia de la princesa
bizantina y algunas prendas de amor que retenían aún el p~rfume de su
nerv10so caballo,
duen-a ' el ba'rbaro ' dilatando las fosas nasales como
.
A .
fi uro
aspiró el aroma enervante, hasta que cayó en párox1smo. s1 me g
yo a Atila.

:ºs

Volved ahora los ojos a Nietzsche, a la obra de Nietzsche, y observar~is _el feliz ayuntamiento de la barbarie vigorosa, en el fondo, y el prec~osismo decadente, en la forma; la osadía del propósito y la afectación y
:itm? ~el ademán; es el guerrero infatigable, apasionado por la princesa
mmov1l; es-aprovechando palabras de Nietzsche, que el Sr. Icaza trascribe en el proemio de su librito-el amor feroz del hombre del Norte
a las dulces tierras del Mediodía. Nietzsche prefería vivir en el Sur de
Europa; la Costa azul, la Engadina, Italia. Juzgándose a sí propio y a
su pensamiento como un desinfectante contra el microbio de la decadencia, cultiva y perfecciona un estilo ultradecadente, colmado de toda
suerte de emociones y artificios estéticos («mi estilo, decía, es una danza
y un juego de simetrías, un saltar y burlar estas simetrías. Llega hasta
la elección de vocales». Citado por el Sr. Icaza); y el estilo lo aprendió
en los escritores de Francia, la Bizancio de nuestros días. También Atila
se detuvo e hizo reverente genuflexión frente a Santa Genoveva, a las
puertas de París.
Atila tenía al lado del lecho dos poetas que le recitasen y cantasen.
Para Nietzsche, poesía y música eran dos hechizos que le embargaban.
Y ese ceño de la máscara de Nietzsche ... El ceño doliente y pueril
del alma asiática, ante el misterio del Universo. En los frunces del ceño
se insinúan caracteres legibles: «cómo se ha de soportar el dolor del vivir; he aquí el problema».
La frente, ¡oh!, la frente de esta máscara belicosa, triste y sensitiva,
es del todo europea.
Pero los cabellos ... Ese agresivo, combado y copioso bigote de huno ..
Escondidos los labios bajo su bóveda, nace el verbo como la voz de los
oráculos: en la sombra. Y ese copete evasivo, indebidamente cercenado,
que circunda frente y sienes, le desearíamos ondula.ndo al aire en cabellera, a la usanza de los escitas, ágiles arqueros y jinetes, que peleaban huyendo y producían heridas envenenadas.
Atila, azote de Dios. Nietzsche, azote de Dios ¡Oh, candidez!

,.

'.
1

1

�LA PLUMA
LA PLUMA

NIETZSCHE EN UNA CÁSCARA DE NUEZ
I
ANTES DE LA RUPTURA CON WAGNER
Siempre he considerado la función del periodista, y de! ~scritor e_n
general, como la de un órgano social formad~ para el maxi_mo y mas
intenso rendimiento del tiempo y aprovechamiento del espac10. Lo que
ante todo se ha de exigir a este órgano, como obligación, o lo que él
mismo ha de exigirse, como deber, es probidád y claridad; que sea fidedigno y útil. Yo, de ordinario, me aplico a desentrañar y señore.ar asuntos que acaso en un principio no me interesab_an y aun ~e rep_eha~: porque sé que a la sociedad le preocupan o apas_ionan,_ y mi. obb?a~10n de
escritor público, a la cual nadie me ha empupdo, smo mi_arb1tno, consiste señaladamente en que sacrifique mi tiempo en estudiarlos ~ luego
sacarlos a luz de manera sucinta y auténtica, de suerte que los diversos
y multiformes órganos sociales, atareado ca~a ~ual en ~u función adecuada hallen economía de tiempo en el sacnfic10 del m,o, como yo economi;o el mío por el sacrificio del de ellos. Merced a est~ división _e intercambio de esfuerzos, cuando quiero viajar en ferrocarril-maravillosa
economía del tiempo y retracción del espacio-:-no se me po~e en el
trance de que yo invente la locomotora de nuevo, ni que fabnqu~ los
carruajes, ni siquiera que conduzca el tren. No de ~tro modo, pienso
que los lectores tienen ·derecho a pedirnos a los escritores que les proporcionemos ocasión de viajar el país de las ideas con la mayor economía de espacio y tiempo. Un lector tiene derecho a enterarse d~ todo
Nietzsche sin necesidad de leer todo Nietzsche y cuanto se ha escnto sobre Nietzsche, como tiene derecho a preocuparse e inf?rmarse d,e lo_ que
sucede en el Japón sin necesidad de dar la mano al M1ka~~- As1 ~o ~magino; por lo cual-aprovechando esfuerzos an_t,eriores y el 1ti~er~no ideal
del Ecce Hamo-, voy a ensayar la comprens1on (de compnm1r Y com-

prender) de la obra y vida de Nietzsche en el escaso ámbito de una cáscara.de nuez. Mi empeño, al menos, no será tan inútil y extravagante
como el de aquel benedictino que quiso copiar la Biblia en un grano de
arroz.
. Existen en Alemania muchas familias de oriundez eslava, con apellidos eslavos que, al aclimatarse, han padecido ligera deformación. Uno
de estos apellidos es «Nizky», adjetivo checo que significa «hombre hu~ilde». Este adjetivo se transforma en las siguientes variaciones de apeJhdos alemanes: Nitzky, Nitzschky, Nitzschke y Nietzsche.
Nietzsche decía descender de los condes polacos de Nietzki, y alguna
vez se le oyó: «Un conde Nietzk.i no puede mentir». Lo positivo es que
este apologista de la aristocracia se llamaba, paradójicamente, «el hombre humilde». Como, paradójicamente, este impugnador del ideal cristiano descendía de tres generaciones de pastores protestantes por ambas
ramas. Y es que la vida y el pensamiento de Nietzsche es una sucesión
de reacciones violentas contra el propio destino. Nace Federico Nietzsche
el r5 de octubre de 184-4 en la casa rectoral de Roecken. C~mplía los
cuatro años cuando su padre rueda por unas escaleras, se vuelve medio
loco y muere al año siguiente. Este suceso causa indeleble impresión en
Nietzsche. La viuda del reverendo se traslada al vecino Naumburg, ciudad ceñuda, formalista y medieval, fondo ajustado al temperamento
grave y triste del niño. Sueña con llegar a ser un cura. Sus compañeros
de escuela le apodan «el cura~. Cierto día que llueve a torrentes, la mad:e, que asomad~ a la ventana espera anhelosa, le ve venir sin abrigo
ni paraguas, caminando despacioso, con la dignidad de un arzobispo.
A los reproches maternales, responde lastimado: «Las ordenanzas prohi~cn que los niños, al salir de la escuela, vayan corriendo por las calles~.
~l, que luego había de sentir agresiva comezón frente a toda ley o autondad consagradas. Y él, andando el tiempo, misogino y antifeminista,
se educa entre faldas, pegado a su madre y a su hermana, de donde Adquiere para siempre tres modalidades enfermizas: sensibilidad extremada, prurito de introspección e irrefrenable emocionalidad con la música

326

327

�LA PLUMA

LA PLUMA

y la poesía. Es un niño precoz. A los diez años compone motetes; a los
doce, poemas y dramas.
A los catorce años entra en la Escuela Superior de Pforta, famosa
porque de ella salieron Novalis, Schlegel y Fichte. Allí ~o~duce vida ~elancólica y aislada. Traza un diario de sus ideas y sentim'.e_ntos; curioso
testimonio del prematuro y anormal desarrollo de su esp,lf_1tu. Habla en
estas notas de los tres períodos o estadios de su obra poet1ca (a los catorce años); del tiempo, que pasa como la rosa de otoño (es_to con ocasión de su cumpleaños), y, lo más extraordinario, que comienza a pe~der la fe de sus mayores. Permanece seis años en el internado. La~ calificaciones de sus estudios le declaran sobresaliente en sagrada escritura,
alemán y latín, notable en griego, regular en matemáticas.
En septiembre de 1864 ingresa en la Universidad d~ Bona. Reh~~e
los jolgorios y zambras de los estudiantes. Distrae sus º:10s con la mus1ca, lo cual le vale el remoquete de «Herr Gluck». Estudia con ardor filolooía
pero pierde la fe enteramente y se consagra a la filoloº y teolooía·
b
,
.
gía, que va a estudiar más a fondo, después de un ~ño de per~anenc_ia
en Bona a la Universidad de Lipsia, en donde se dilata dos anos, asistiendo a'ios cursos de Curtius, Tischendorf y Ritschl. Este último se
afecciona por Nietzsche e influye en la trayectoria ulterior de su carrera.
D~sde la Escuela Superior de Píorta, Nietzsche padecía, de los oj~s.
Ahora se ha quedado sobremanera miope. Le requieren as1
un ano
de servicio militar, en 1867, con gran repugnancia por su parte. Muy
pronto comienza a sentir la fruición soldadesc~ y_la apetencia bel_icosa.
Le enorgullece ser el mejor caballista de su reg1m1ento. En un acc1de~te
de equitación se le dislaceran los músculos pectorales y es declarad? '._nútil. Vuelve a Lipsia, con Ritschl, que le inculca el amor a la ~~tiguedad. Por este tiempo, Nietzsche cae bajo el hechizo de la mus1ca de
Wagner.
.
.
~or consejo de Ritschl, el claustro de la Universidad de Basilea &lt;lesiona a Nietzsche profesor de filología clásica, con 3.000 pesetas de sueld~; tiene veinticuatro años, y aún "'tlo se ha recibido de doctor. En mayo

Pª:ª

328

&lt;le 1869 pronuncia en Basilea su discurso inaugural, sobre Homero y la
filología clásica.
En agosto del mismo año, escribe a un amigo: «He conocido a un
hombre que personifica como nadie lo que Shopenhauer llama el genio.
Tan absoluto idealismo prevalece en él, tan profundo y estimulante humanismo, tan elevada seriedad de vida, que a su lado experimento la
proximidad de algo divino.» Se trata de Wagner, del cual, en 1888,
había de escribir: «habilidosa serpiente de cascabel, decadente típico».
Wagner vivía, cuando Nietzsche le conoció, en Tribschen, cerca de Lucerna.
En la guerra francoprusiana de 1870, Nietzsche sirve de voluntario
como enfermero. Contrae disentería y difteria. Mal curado, vuelve a Basilea y recae con neuralgias, insomnios, perturbaciones de la vista y de
1a digestión. Va a convalecer dos meses en Lugano, primera avanzada
haciá las dulces tierras del Mediodía. Por este tiempo aparece «El nacimiento de la tragedia», obra en loor de Waoner e inspirada en la filosofía shopenhaueriana. He aquí la tesis central: «La existencia y el mundo
no c~be justificarlos síno como un fenómeno estético. Sólo el arte proporc10na al hombre aquel imprescindible velo de ilusión que se exige
para obrar, pues el verdadero conocimiento del horror y el absurdo de
la existencia mata la acción». Nietzsche opone las dos culturas griegas
pre y postsocrática. La presocrática, ebria de sus mitos y sus cantos dionisiacos, fué fuerte, cruel y grande; la postsocrática, impía, racionalista,
anémica, floja. La cultura de nuestros días es semejante a la postsocrática-en dictamen de Nietzsche-, y no habrá salvación para el mundo
sino en la música de Wagner. En esta obra, Nietzsche emplea los dos
términos dionisiaco y apolíneo -lo dinámico y lo estático, pasión y juicio, materia y forma, fuerza y gracia-, de que luego tanto habían de
.abusar los escritores que escriben con vocabulario ajeno y los pensadores que piensan con cerebro prestado.
«El nacimiento de la tragedia» (1872) fué un libro acogido con indiferencia, salvo dos excepciones: una, Wagner, claro está; otra, un profesor de Bona, que lo definió como «pura insensatez». Nietzsche se sin-

�LA PLUMA
LA P L U ;1 :\

tió desalentado. De aquí en adelante, la vida de Nietzsche es la vida
de sus obras.
Pensamientos 1:rtmzporá11eos (o i'nlemj)tslivos).-Entre 1873 y 1876,
Nietzsche publica cuatro largos ensayos, rotulados «Pensamientos extemporáneos».
El primero, «David Strauss, el confesor y el escritor», es una diatriba
contra aquel popular librepensador y la vana petulancia de los profesores alemanes después de la guerra del 70, a los cuales les pone el mote
de «filisteos de la cultura».
El segundo, «Uso y abu~o de la historia», es otra diatriba contra los
profesores de historia y su fetichista manera de entender esta disciplina.
«Hemos de servirnos de la historia sólo en cuanto la historia sirve para
la vida, porque, valorizando su estudio más allá de cierto límite, se mutila y se degrada la vida. El sentido histórico, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, mata la raíz del futuro, ya que destruye las ilusiones
y disipa de en torno a las cosas existentes la atmósfera de que han menester para vivir.»
El tercero, «Shopenhauer, educador», enaltece a este filósofo como
el más grande, el tipo y dechado del hombre futuro, y ataca a los filósofos universitarios a sueldo.
El cuarto, «Wagner en Bayreuth», es otro ditirambo. «Bayreuth significa, no el descubrimiento de un nuevo arte, sino del Arte mismo.
Nadie ha escrito el alemán como Wagner, salvo Goethe. Ningún artista
del pasado ha recibido tan extensa porción de genio.»

II
LA TRAYECTORIA DE LA LOCURA
En una ocasión, Wagner dijo a Nietzsche: «Cásese usted, y luego
viaje». Si Nietzsche hubiera seguido el consejo, ¿qué hubiera resultado;
un Nietzsche más grande o un Nietzsche disminuido? Satisfágase cada
cual especulando a su sabor.
Poco después de las navidades de 1875, convaleciente Nietzsche de
330

otra recaída en su salud física, cae en amor con una señorita holandesa.
a quien pide la mano; y padece un desdén.
A fines de 1876, Wagner agradece a Nietzsche el cuarto pensamiento
inactual, con estas palabras satisfechas: «Su libro es remendo». Y se
inicia la disatisfacción de Nietzsche consigo mismo y con los demás. Advierte que en la opinión ajena es un significado wagnerista; él aspira a
que la ajena opinión sea nietzscheana. Va a Bayreuth a presenciar y juzgar la plasmación sensual de la idea wagneriana, y sufre un desencanto.
Esta es la reacción más violenta contra si mismo. Mutila, sacrifica y consume su propio pasado intelectual, y piensa hallarse como un recienacido. Un Finis, un lncipit. Concluye el soñador dionisiaco; comienza el
pensador apolíneo. Abdica del arte y la metafísica; se entrega a la ciencia y a la investigación. En esta crisis, enferma de nuevo; camina hacia
Nápoles, en compañía de dos amigos, para un año de sosiego. ¡Cada vez
más hacia el Mediodía, en busca del claro y seguro pensar!
Humano, demasiado humano.-La claudicante salud le impide a
Nietzsche, desde ahora, escribir con continuidad. El aforismo será ya
su vehículo favorito de _expresión. «Los aforismos, dice, son como las
cimas de una cordillera. El camino más corto es saltar de pico a pico,
si bien para esto hace falta largas piernas y ser robusto y alto.» Nosotros.
diríamos que los aforismos son las botas de siete leguas.
En mayo de 1878 aparece el primer volumen de «Humano, demasiado
humano», colectánea de más de seiscientos aforismos. Wagner y los wagneristas condenan o ignoran el libro. Antes, Nietzsche menospreciaba a
Sócrates; en este libro, le encarece. «Señal de alta cultura-escribe-estimar en más las pequeñas verdades humildes, obtenidas mediante castigado método, que no los deslumbrantes y entusiastas errores que nacen de los pueblos y las edades metafísicos.» Flecha de escita, enderezada a Wagner.
Hay en este primer volumen una parte, sagacisima, dedicada a «El
alma de artistas y autores».
El segundo volumen del libro aparece en dos partes, 1879 y 1880; se
compone de más de setecientos aforismos. Continúa la apología de Só331

�LA PLUM A
-crates y cuanto el heleno representa: racionalismo, duda metódica, ironía, libertad de espíritu. «Llegará el momento en que los hombres leerán las Memorabilia de Sócrates más que la Biblia.» «No debemos dejarnos quemar por nuestras opiniones, porque, al cabo, no podemos estar
.absolutamente seguros de nada. Pero debemos dejarnos quemar por el
derecho de pensar libremente y cambiar de pensamiento.»
La cabeza y el estómago cada vez le atormentan más. En 1879 se ve
forzado a renunciar su profesorado. Se instala en Saint-Moritz. Al final
-de este año, sus dolores son insufribles. En la primavera siguiente, halla
algún alivio en Venecia. Divide después su tiempo entre Alemania , Suiza
e Italia. A la mañana, pasea largamente sobre los acantilados de la costa.
Bajo el sol ardoroso, se tiende, inmóvil, como lagarto, y sueña y piensa.
El cuaderno de notas es su compañero. En Génova, a causa de las jaquecas persistentes, suele yacer en un sofá, a obscuras. Los vecinos piensa;&gt;que la pobreza le obliga a la obscuridad, y le ofrecen algunas velas. El
.les explica la razón; pero no le creen, y le llaman «il Santo».
A urora (1881).-Es la aurora de su nuevo pensamiento. Se esboza su
enemiga al cristianismo y su confiatJ.za en la ciencia. «Las piedras anguJares de los nuevos ideales sólo las pueden proporcionar la biología y la
medicina.» Discípulo de Empédocles, Heráclito y Goethe, Nietzs&lt;:_he contempla la Naturaleza sin pedirle una finalidad o propósito. En las cumbres de Sils-Maria, a muchos miles de pies de nivel sobre los hombres y
las cosas, se le hace pa' ente, llenándole de temblor, la vieja intuición
,griega: la repetición indefinida. El universo se compone de átomos limitados; luego las combinaciones, aunque prolijas, son limitadas. Todo
vuelve a suceder del mismo modo: el día de hoy, este instante, estas
líneas; tú, lector, bien que sea a la vuelta de miles de millones de siglos.
El gay saber (1882).- La visión de la repetición indefinida es para
Nietzsche como un anonadamiento. Oye, por ventura, a la sazón la ópera
Carmen, de Bizet, y reacciona en un modo jovial y optimista, cuya ex-•
presión es este libro. Carmen es superior ¡a todo Wagner, exclama.
Late en los limbos penumbrosos de la imaginación de Nietzsche la carne
.embrionaria del Superhombre. Cita por primera vez a Z~rat~stra.
332

LA PLUMA
Así habló Zaratustra.-En 1882, en Roma y Sicilia, después de otrod~sengaño amoroso, Nietzsche compc:;ne esta obra, una de las más origmales del pensamiento moderno. Nietzsche la declaró «el libro más
profundo Yla dádiva más rica que jamás haya sido brindada a los hombres» .. El libro es la profecía y la persuasión del Superhombre. «Os
adoctrino-dice el profeta-en el Superhombre. El hombre es un ser
que tiene que acarrear la propia superación. Todos los seres hasta el
hombre,_han pr?d~cido otros seres más allá de ellos mismos'. ¿Es que·
os figura1s const1tmr la pleamar del gran océano de la vida y antes preferís _retraeros~ la bestia que superar el hombre? El Superhombre es el
sentido de la tle:r~.» La natur~leza ya tiene, para Nietzsche, un sentido,
un fin, un propos1to. La doctrina del Superhombre es la biología, trans-porta~a al t~rreno_ de la lógica. El libro cayó en el vacío, al pronto.
"':ªsalla dtf bzen y del mal (1886).-Lo publica Nietzsche por cuenta
propia, no habiendo hallado editor. Los aforismos de la sección titulada
«¿Qué es noble?» son, ciertamente, ennoblecedores. Persiste en su en~ono co?tra los filósofos pedantes y las vaciedades pomposas. En este
ltb~o, Nietzsche se muestra supernacionalista y aboga por unos Estados·
U~1dos de Europa, como antes Mazzini y Wells al presente. (Anótenloqmenes'. de mala ~e, han presentado a Nietzsche como evangelista del
germamsmo agresivo.) Contiénense varios análisis psicológicos, muy pe-netrantes, del carácter de los diversos pueblos europeos.
El deseo de potenda.-Es un ensayo de sistema en que Nietzsche se
esfu~rza en vano, por deficiencias de salud, entre 1883 y 1889. Lleva el
subtitulo: «Conato de transvaluación de todos los valores». Intenta demostrar que «el deseo de potencia» es el principio vital, que no «la Ju-cha por la existencia». La ofensiva Nietzsche la emprende ahora contra
el socialismo, «tiranía de los más ruines y menos inteligentes». La obra
permaneció cm boceto.
. Ge:z:alo~ia de la moral (1887).-Las nociones de Bien y Mal no son
prmc1p1os inmanentes de la conciencia moral-según Nietzsche-, sino.
falsos conceptos, elaborados penosamente, a manera de broqueles, por los
cobardes y los flacos, a fin de defenderse en la vida. El libro se escribió:'.333

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�LA PLUMA
LA PLUMA

-como réplica a un crítico suizo, que había c~asificad~ «~~s allá del ?ien
y del mal» de «texto de anarquía». En el pr~logo se i~smuan los primeros síntomas de la perturbación megalomamaca de Nietzsche, a la ~ual
sirve de pábulo la gran admiración que por este tiempo le declaran Hipólito Taine y Jorge Brandes.
.
Los últimos libros y li'belos (1888).-Nietzsche empeora; pierde el sue,ño. Los altos centros cerebrales comienzan a disociársele. Se le va extremando la mecralomanía. Escribe a Miss Meysenbug: «He dado ~ la humanidad el libro más profundo. Soy el espíritu más independie,nte de
Europa y el único escritor alemán». Junto con ~s~o alca~za_ la mas fiera
elocuencia en la diatriba y se disuelve en un delmo de hil~nd~d, formas
de la predemencia. Manifestaciones de este estado de conciencia so~: _«El
caso Wagner», donde pone de manifiesto que Wagner no es un mus~co,
sino un farsante; «El crepúsculo de los ídolos», en que N~et~sche reparte
tajos a diestro y siniestro, con jovial ala~r!~ad, y «El An~i~nsto&gt;;, contr~
el sentimiento cristiano, «la gran maldic10n, la pervers10n mas entra
ñada y enorme, el más bajo instinto de resentimiento contra todo lo
noble y alto».
, ·.
Ecce Homo (1888).-He aquí el hombre, pintado por _si mismo._ Es ~l
último libro de Nietzsche; una autobiografía, o lo que es 1g~al, la historia
de sus libros. Los capítulos llevan estos epígrafes: «Por que soy tan raz~nable», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo libros tan a_dmirables», etc'., etc. En el curso de la lectura tropezamos _con confesione~
como estas: «Heine y yo somos los dos más grandes artistas alemane~»,
-«he realizado obras innumerables de la más alta jerarquía, que nadie,
hoy en día, puede realizar»; «tomar uno de mis libros en su~ manos, ~s
el mayor honor que puede recibir un hombre»; «antes de m1, no habia
psicología».
En enero de 1889, Nietzsche pierde la razón del todo. Se e~ha a la
calle, derramando oro y gritando: «Soy el rey de Italia. Sed felices. Soy
Dios».
. .
Murió de pulmonía en Weimar, a 25 de agost? d~ 1900. S~ sacnfi~io
al pensamiento y a la verdad fué más que el sacnfic10 de la vida; fue el
334

s~c~ificio de_ la razón. No erraban los inocentes vecinos de Génova, ape11'.dandole «11 Santo». Por su vida pura, apasionada y dolorosa, bien pu-diera pasar al santoral, con doble corona: Nietzsche, virgen y mártir.
. Colofón.-¿Es Nietzsche un filósofo? En el sentido académico, no.
N1 e~ el sentido tradicional y clásico; esto es, que no ha resuelto ni pretendido resolver los tres grandes enigmas de la caverna platónica: el ¿de
dónde?, el ¿por qué? y el ¿adónde?
.T~mpoco la filosofía de Bergson es un sistema que intente aprisionar
la ult~ma naturaleza d~l universo. Como quiera que, a juicio de Bergson,
el umverso no es un sistema completo de realidad, sino que está en continua mudanza, se infiere que el valor y la convicción de una filosofía
~o ~epen?,en de su irrefutabilidad lógica, antes bien, de la realidad y
s1gmficac1on de unos pocos y simples hecho.s de conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención.
Para Nietzsche, «los verdaderos filósofos son ordenadores y legisladores frente al tiempo en que viven». Son, por tanto, fraternos con los poetas. Nietzsche es un poeta-filósofo.
He aquí, sumariamente, los pocos y simples hechos de realidad y de
conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención y voluntad:
1. El mundo es amoral, sin meta ni propósito. Es un fenómeno artístico que se repetirá eternamente.
2. La humanidad, hasta el presente, tampoco se ha fijado una meta.
Sin embargo, una meta definida es un valor artístico que acrecentará el
poderío del hombre. Esta meta es el Superhombre, una especie zoológica superior al hombre.
3. Toda reli?ió_n y sistema moral o político que es hostil a la vida y
retrasa el advemm1ento del Superhombre, debe ser abolida. Sólo lamoral de los fuertes, nacidos para mandar, es compatible con los fines inmanentes de la vida.
4. El cristianismo, con su moral de esclavos, es el más terrible enemigo de la vida. El cristianismo impide los beneficios de la selección
natural.
5. La meta próxima y provisional, puesto que el Superhombre será
335

�LA PLUMA
sólo la alegría del remoto futuro, consiste en procurar una casta de hombres superiores que serán la transición hacia el Superhombre.
6. Las medidas inmediatas en esta política de mejoramiento e incubación del hombre superior son las siguientes: revisión de las leyes actuales del matrimonio, ed~cación adecuada, constitución de los Estados.
Unidos de Europa y aniquilación del cristianismo.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA
(ConHnuará)

PAISAJES VISTOS y PAISAJES
DE ENSUEÑO e,)
IMAGEN y COPIA

¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta
sus paisajes mejores!
..Ca mancha verde, el prado;
una azulada tinta,
el cielo, el monte, el río;
unos puntos, las /lores.
¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta!
. 'Yo en copiarla me empeño
sm técnica distinta;
sólo añado el ensueño,
mi personal ensueño.
:n

(1)

Del libro en prensa Cancionero de la vida honda

11

d. ,

.

e ,a emoct'ón .fugitiva.
337

�LA PLUMA
LA PLUMA

RINCÓN DE PARQUE

Un grupo del cisne Y .Ceda,
tras la marmórea explanada
del jardín. Una vereda
y un rincón envuelto en bruma
irisada,
donde el agua alegre rueda,
en artificio de espuma
y con crujidos de seda,
desatada ...
.Ca vista con/usa queda
y no sabe, deslumbrada,
en la penumbra argentada
donde todo se di/uma,
si el blanco cisne es de pluma,
si es de mármol la cascada,
0 va a pasar arrastrada,
deshecha en espuma,
.Ceda.
PARQUE ABANDO N ADO

'Y las hojas menudas, gráciles hasta ~ntonces
y esponjadas cual plumas al soplo matinal,
338

tomaron el matiz dorado de los bronces
debatiéndose rígidas contra el viento otoñal.
'Y el agua de la /uente,
hoy bruñido cristal,
ayer era el penacho, borbotante y parlero,
que lanzaba a los aires del caracol guerrero
como nota estridente,
inflando las mejillas, el /auno de metal.
Por los desportillados y musgosos pretiles
del /angoso canal
trepan hierbas manchadas como piel de reptiles,
entre las que se mecen los cálices abiertos
de unas /lores enormes del color de los muertos,
Rores de la tristeza del paisaje otoñal.

A

PLENO SOL
ALDEA A NDALUZA
Sensación del camino.

!De toda tu belleza en mi sólo perdura,
entre el deslumbramiento de la intensa blancura
de la cal luminosa que tus muros enjarra,
la queja de una copla que los aires desgarra;
y en el calcinamiento de la estéril llanura,
aquel rincón de paz, oasis de /rescura,
339

�LA PLUMA

LA PLUMA

erdido en la planicie donde el sol achicharra
• l .
y sus crótalos roncos repica a cigarra.

P

y

allí, visto de paso, bajo el verde cancel
de las tupidas hojas que forman el do~el
que lo entona y ajusta el marco del dintel,
aquel rostro moreno del mi~ador aq~el,
con los ojos de pena y los labios de "!iel,
y toda 91.ndalucía reconcentrada en el.
ALEGRÍA CASTELLANA

!Domingo, cielo azul. .las vetustas_ c~llejas
en la gloria del día parecen menos vie¡as.
cSobre el gris de los muros resaltan los colores
de cintas, gallardetes y guirnaldas de flores.
(;l júbilo estruendoso en los aires estalla
en repique y cohetes, y la ciudad que call~
largos meses, se alegra un instante y _se viste
el disfraz de alegría clamorosa del triste.
Un bullicio lejano . .la procesión que llega:
el pífano gangoso de la gaita gallega,
el tamboril cansado, la chillona charanga,
a cuyo son grotesco brinca la mojiganga.

'JI, al pasar el tumulto

de abigarradas notas,
con lento caminar devotos y devotas,
340

en la torre voltea de nuevo la campana
g va entrando el cortejo en la iglesia leiana.
9l, la plaza los mozos emprenden el camino
al hombro la alegría en la bota de vino.
JfJ.uién habla de pesares, quién habla de pobreza:
todo es luz en el alma y en la natu,alezal

fllog las ropas de gala salieron de la arquilla,
g las peinas más altas g la mejor mantilla.
'Un coche de toreros cruza la callejuela
g hay un sol diminuto en cada lentejuela...
'

.los que fueron gozosos, ya retornan borrachos;
las madres, fatigadas, cargan a los muchachos.
• 'Ya volvió la tristeza. ¡C:uán fugaz la alegria/
¡:Penitencias de un año por locura de un día/
FRANCISCO A. DE ICAZA

.

�LA PLUMA

EL NOVELISTA
(NOVELARIO)
I
novelista Andrés Castilla oía en su despacho su reloj de
pared y el reloj de bolsillo, que acostumbr~b~ a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiad? ~n la penum bra para ver la. hora _tan~s veces y tan rap1damente
como lo requería su 1mpac1enc1a. .
,
«¿Es que pueden ser los dos tiempos el ~msmo?», se paro a pensar el novelista.
•
d d
d
·
_ Se diría, realmente, que el tiempo del relo¡ gran e e p_are ,era mas
ausado, más pesado, mas lento, un tiempo qu~ no le ~nve¡ece,na nunca
~emasiado mientras el reloj rápido, con mord1sconena d_e rat?n para el
tiemp_o co~ goteo instante más que instantáneo, le enve¡ecena proJ°tº;
«Nd es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro», conc U)'.O
el novelista, mirando un retrato par~ distraerse de aquella competencia
con que parecían luchar los dos relo¡es.
-a1
«Realmente escribo menos cuartillas en el t~empo que sen a este
reloj de bolsill~ que en el que señala el otro... Solo que del otro me o!vido y eso hac~ que me emperece; y con éste ~elante, corro, me ¡rec1pito,' veo que hace un rato eran d?s horas J?ªS temprano que a ora»,
acabó por dictaminar, dentro de s1, el novelista. .
.
.
Andrés miró de nuevo al retrato, buscando en el un cam:10 re pbnmiento· ero un reloj por un oído y otro por el otro, le da an a ta a;:a del ti~ipo, con aquella desigualdad que no acababa de ponerse en
razón
· ' d e a t au'd ,
El.reloj hondo, en el que sonaba un eco y una repercus10n
L

'
l

11

parecía rendido, irse a caer, completamente exhausto, llevado por el otro
a una carrera desi$ual, en que se jugaba todo su amor propio, emulado
por el reloj juvenil, chiquitm, de un níquel optimista y jovial.
-¡Espera! ¡Espera! ¡Que me canso! ¡Que ya no puedo más-parecía
decirle el otro reloj, cachazudo, de gran corazón humano.
«Vamos, que esta noche no puedo trabajar oyendo los dos relojes»,
se dijo el novelista. Y guardó el reloj de níquel en el chaleco, que estaba
embozado en la americana de salir, entrambos colgados de la percha de
la alcoba.
.
Parecía que ni aun así se iba a callar el reloj parlanchín, cosedor,
pespunteador del tiempo; pero se calló tanto, que pareció como si el novelista le hubiese retorcido el pescuezo.
«¿Quizás he sido demasiado cruel con él?», pensaba el novelista,
como si hubiese encerrado en un cuarto obscuro al niño parlanchín y
alborotador.
El otro reloj parecía decir ya: «¡Por fin! Ya puedo seguir mi paso pasito asnal». En efecto, se podría creer que había reducido su marcha y
que, al fin, andaba con su paso normal y con cierta cojera voluptuosa,
que era lo que causaba ese atraso de cinco minutos con que aparecía todos los días por la mañana.
El novelista, ya tranquilo, se puso a corregir la segunda edición de
La Apasúmada, que quería aumentar y mejorar.
Había escrito aquella novela hacía cinco años, en momentos de entusiasmo con una mujer, que después había descubierto que no era apasionada ni leal.
La novela era una novela de amor y «La Apasionada» le había mentido más que ninguna mujer; pero ¿cómo corregir en pruebas toda la novela, que tanto había gustado al público? ¿Cómo variar todo el sentido
de la obra y echar patas arriba toda la composición?
Andrés tenía repugnancia de hacer eso; pero, al mismo tiempo, tenía
un gran deseo de ser sincero, apabullante, vengativo.
«-El caso es-pensaba- que el público espera ya mi personaje, tal
como fué concebido, y que nadie me perdonaría la modificación del personaje ... Tal vez, entonces, perdiese todo lo que he ganado como novelista a través del tiempo ...»
El novelista sonre1a al leer sus pruebas y las iba poniendo unas sobre
otras, metiendo un gran ruido, como si le pusiese de muy mal humor
esa tarea.
Asunción, la heroína de la novela, era completamente falsa. Estaba
él engañado, y engañó a los lectores cuando la escribió. ¿Cómo permitir
que en una edición de más de cinco mil ejemplares apareciese de nuevo,

34:1

343

�LA PLUMA
haciendo más víctimas, preparándose para provocar nuevas pasiones,
pues ya habían entrado en la malicia de la vida nuevas generaciones que
no conocían su «Apasionada»?
~Bailaba el vals de la camisa, en que la mujer Hene bastante de jaca de
circo-decía el libro-, y"el pobre Ernesto bailaba con eLta ese vals abyecto
de las trasparencias, el vals en que el hombre pierde la cabeza.»
El novelista añadió:
«la mujer que baila este vals es la mujer canalla de los bailes de máscaras, la que, cuando a última hora el bastonero se duerme, baila con todos
en loca vorágine, convir!t"éndose todos los caballeros en ruleta de esa única
bailari·na en camlsá.
Ernesto, def{O, como ayudante de le gimnasta que le llevaría siempre
óor los circos, se dúpuso a gastar su vida por ella, ya que tenía ese margen
de posibüíaades:»
El novelista se 'contuvo. Iba a estropear la novela; no podía denigrar
a la «Apasionada». Su éxito había sido precisamente el del engaño; y
todos los lectores se casaron con ella, y todos se casarían de nuevo con
ella, y si no se casaban por las notas de desengaño que tuviese la novela, tirarían la segunda edición por los balcones de las casas y por las
ventanillas de los trenes.
Asunción se había ido con aquel absurdo personaje, que gastó en ella
el dinero de su mujer y de sus negocios de contrabandista; aquel pobre
desErraciado, de pantalones caídos, sórdido hasta lo imposible. Pero él
no podía dar ese desenlace a la novela; tenía que respetar aquel entusiasmo en que se desenvolvía, exaltando a aquella muier amiga de dar
besos en vez de decir palabras; porque, como ella dec1a: «Las palabras
son una mentira§ no dan nada... En cambio, los besos lo dan todo, ji cada
uno es una palabra verdadera que no admite duda,.
-¡Qué palabras más falsas!-se dijo el novelista- . Y dispuesto a no
discutir más con su personaje, abandonó la pretensión que tenía de corregir segundas ediciones, borró lo que había escrito al margen de las
pruebas, y escribió al impresor: «Corrija las pruebas con respecto a la
primera edición».
Después encerró las pruebas de «Apasionada» en el gran sobre color
barquillo, y se quedó pensando en Asunción.
«Ahora, ya no tien~ importancia_ lo que piens~, porque ~o voy a trasgredir la novela, metiendo en ella nmguno de mis pensamientos... Pero
Asunción, qué gran fracaso mío fué ... Está tan lejos de mí, como el recuerdo de ese libro... Pero ella está más joven que el libro ... »
Hacía pocos días que la había visto pasar, y Je pareció más alta, aun344

LA PLUMA
que siempre aquellas ro1·ec
1
guiñoso.
es en ª cara la daban un tipo ordinario y sanIba envuelta en un gran abá d .
serpiente interminable y le~-- n e/iel~s, como en las vueltas de la
merece que te haya ;ustituídi con, os OJOS: «Ya ves que el calorcillo
había para ella en el abán 1
a aparentando todo el mimo que
&lt;i_e que las melosidad~s de foes
verdadero an:iante ya, convencida
res son parecidas y muy momentaneas. Ya a aquella mu ·er h b.
ser amado por ella, habla qu! 1~ªc6ue arrancarla el gabá~ de pieles para
como con el nuevo dra ón Con I ar con el_ fuerte ego1smo del gabán
envolvente, iba dando
g~bán 1!cbra metida dentr? del gran cuello
esos que tanta importancia daba
cuando se los prodioó a él.
«¡_La Apasionada9», se decía And ,
. .
. :es &lt;;on encendida mdignación. Pero
.acallo en su pensamiento Ja
1 t
s recnmmac10nes como · t ·
~~ ores recogiesen teJepáticamente sud d. ,
. s1 em1ese que los
c10n, de ~a novela con frialdad.
es en y acogiesen la segunda edi. El mismo no debía recurrir al segu d
smo quedarse en aquellos días de su n momento de, aquella. mujer,
cuando le esperaba mirando por la Jª~j n, cuan~o fue Ja apas10nada,
al hermanito jacarandoso
u h m_. a entreabierta, cuando temían
esposa del tío rico- cuand6 1! ~
vive a costa del dinero de ]a vieja
-que ahora sale en el ~uiomóvil de
llorabj reclai:nando su honor, la
Volvió a sacar las ruebas del/ b 1Jª con ª ~;:trnga en ]a bigotera.
masiado, pero meter f¡ unas
o re, proi:net1end?se no corregir denovela. Iban a ser nuev~s reofi~abrfs qu~ d1dsen mas modernidad a ]a
él mismo por quien Jo haciaº s ª1 a m~Jer espreciable, pero era por
las palabras «desvanecedora&gt;; y«~; ;.s primeras pruebas que leyó añadió
«trasminaD&gt;, «radiosa», «aurina» ~&lt;c~~~da», «broflados~&gt;, «plenilunar»,
«Esto es más parecido a una ~ueva i os~;&gt;, «en orec1da», etc., etc.
Andrés; pero seguía leyendo:
pas10n, que a otra cosa», se dijo
«-¿ Y por qué has hecho eso en el t t ~ Y. h
.
-Lo haría mil veces... En la obsc:~-;l:i· i ª as visto q~é escándalo!
drama, necesité darte ese beso S b . t d, d de la sala, apasionada por el
mujer, y se ag:uantaban, y su; -~u;e;:r :C
abandono _de aquella
otro ... Yo quise quedarme contigo y que t 0 d lo n . e ellos y se iban con el
Andrés seguía Ja 1 t
, .
os supzesen .. .»
.
acordaba bien.
ec ura con rap1do caminar. De todo aqueUo, se
«-Quiero quedarme sin pasúJn par •
si tem,ese ír a morir.»
sumpre...-decía ella, y era como

d.

\i:nsbu

f1

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tºJªr

:~!;:~~ª 1

ª

.. -~-..:..re·q~z~~~-q~;;e~-~d~.-..· j,¡; dzjt~~~

;~~-~-;ciz~~-;º~;s-.:_~~¡;ti~ ~¡¿;;
345

�LA PLUMA

J,A PLUMA,
y Ernesto temía que aquella mujer quúz"est hacer de él un mí~ticfsmo de
ella misma por sí misma. No podía corresponder a aquella pastón desusada, y tenía miedo; le data miedo del descontento de la mujer apasionada.&gt;&gt;

· ··;&lt;:..:._Q~;~-~ ·¡¡;~~-~~~·s·; p~~;j,;;·pe~~·;~ p~~i6~ ~~;d~: y°i!,;~;st~ ·;ei;

·¡~
falsa que es la pasión, y le parecía que aquella mu;er se burlaba de él. La
miraba con recelo; pero ella jugaba con su cabeza; la abrazaba como quien
da besos a un muñeco de cabeza desartz'culada.»
El novelista añadió este párrafo:
«Alguna vez le parect'ó que le habt'a arrancado la cabeza, que se la había
sacado de su wyuntura, que había pa_sado eso p01: ese des~o de pasar a lo
grotesro 11 a lo ruinoso, desde lo apasionado que tune lt; vida.»,
,
«¡Cuidado que tiene abrazos esta obra!», se dec,a Andres. Y segu\a
las peripecias de aquel amor absorbente, desesperado, en que ella beb1a
su sangre y que tan falso final tenía huyendo de ella por lo «apasionada» cuándo lo que acabó pasando es que como ella era «apasionada&gt;&gt; de
pur~ falsa, y todos sus deseos de agotar su pa~ión eran deseos de agotarle a él para correr a agotar el mundo, se fue al fin con otro,
Ni el primer día de su pasión debió gozar aquella mujer, que aparentaba el goce insaciable, el deseo de morir exangüe.
«¡La Apasionada!» Y el novelista tenía toda la repugnancia de su
obra pasada y hasta sintió el deseo de renegar de toda su obra del pasado, como e;os curas renegados que, al fin, se arrepienten de haber
ahorcado sus hábitos ...
Seguía leyendo la novela como un extraño, .Y seguía pensando:
«¡Cómo engañó a mi inoenuidad con su exuberancia! El secreto de ella
es que no encontró nmi'ca fondo a su pasión, y como no encontraba
fondo nunca, quería forzar el mundo y las fuerzas hu11;anas,. en su desesperación de no encontrar el fondo que el hombre, mas resignado gui;
la mujer, encuentra muchas veces, cree encontrar much_as veces ... ¿Que
creería que era la vida y qué era el ~la~er? ... ¿Es pos1~le que creyese
que en el fondo del matraz de la matnz iba a quedarcua¡ado el secr~to
filosofal...? Sí ... Algo de eso había ... Quería conseguir hecha, petnficada, tallada, la piedra preciosa del placer... Hoy y~ debe ~star convencida que si algo puede quedar del placer es un gaban de pieles, un bolsillo, una comilona ... ¡Y a qué poco la debe saber eso, por no haber
.
conseguido la resignación en la pasión!»
Aquellos márgenes para los insultos, p~ra los pellizcos, para_ todo,
que le ofrecían las pruebas co~o una tentac1ó,n mal\S?ª• cuando s1,n modificar toda la novela no pod1a hacer eso y solo pod1a ponerla mas pul·
seras y cintillos, eran una tentación vana.

Otr:i- vez volvió a meter I~ novela en el sobre color barquillo. cada
v~z mas tostado , y engomo la lengüeta del sobre cerrándolo
siempre.
,
para
. Quería reaccionar contra aquella tentación, que había disipado el
tiempo de su tarde en la labor más estéril del mundo. «He podido hacer
otra novela esta t!rde», se dijo, ensanchando el tiempo hasta donde lo
ensancha el engano.
relojes, en,tonces, e!Dprendieron de nuevo su batalla aquel def ,Los
sa1w
d_el que era el el padnno, y Andrés siguió escribiendo s~ nueva nove a, tltu 1ada «El bamo de Doña Benita».

I,I
An~rés escribía su «Barrio de Doña Benita» deprisa, como albañil
que qm~re poner la ban?era en el tejado. No parecía sino que se hacía
casita en aquel ba_mo, en el que estaban retirados los espiritistas y
luna
os traperos, y que se iba a retirar a vivir allí.
«Apartado tle Madr:z'd aquel ban"io por barrancos úzsubsanables tenía
un e'!canto de cmunteno en las afueras, dcementerio vivo y lleno de 'comadrerias.
. "T:7ivfan coroneles 1etirad.os, contratistas de Pompas Fúnebres, verdugoJ7ubzlados y, sobre todo, traperos, numerosos traperos enriqueet'dos.
En las casas de lf!s traperos,_aquellos perros que t'l,an detrás del carro,
de_ la basura, desgrenados, con virutas entre el pelo, se dan ahora una o-ran
0
vida, pero ladran a todos los transeuntes.
. r.1Quzi!n h~bía st'do Doña Benita para dar nombre al barrio? Doña Benita fué la vruda de u" gran lechero de Madrid, cuyas vacas blancas llenaban los valle! de los_ alrededores, como si se hnbíesen llenado de cachelos
den~os, como sz un'! nada de algo espeso y de color rancio se moi,iese con
lentztzui de masa vzva_. Doña !3enita, cuando murz'ó su esposo, le hizo una
sepultura de gr~n lu;o, cc1t duz grandes fm oles, y compró los terrenos de
su actual barrio, haciendo construir sus primeras casas con ese redondel
grande en lo alto-que hoy ha quedado vacío y como un monóculo del cieloporque pensab'! que to~as tuviesen reloj.
'
Dona Benita quena fundar su rez'nado frente a la lnfanta Doña Carlota_,Íc.ue en_tonres_gozaba de una gran simpatía entre el pueblo. Mu:fer sín
socu, ad, sin amistades, JI temiendo &lt;¡tte ta robasen una noche, fundó un
barno pa, a definderse con sus vednos.
¡Cuántas veces pronunciarían a su lado el nombre de Doña Benita! ¡Aún-

346
34'l

�LA PLUMA

LA PLUMA

.hay ecos de aquellos Doñas Benitas, esparddos por las ~mies agradecídas
que Las
la rodeaban!
.
las alquüaba
"'rimeras treinta
casas que construvó
~ '
t d t por treinta J'
r
a·
t'
·d y de buenor an ece en es.
.cuarenta reales a gentes is
as , casas al;·ededor de aquellas treinta,
Después se fueron constr11yen o mferederos subitron todos los hoteles e
después se murió poña Benita, y sus . de la caritativa Doña Bent'ta, que
hiáeron sentír mas a todos _la n_os:!lgz~ visz'ta de su diócesis al pasear por
era como el obispo del barrio, szemr:e e
l
levanta su Excelencia
.el pueblo. Hasta levantaba esepol1;J,;1 d:~:t/];ees~U: Doña Benita, como les
,con sus manteos largos Y arra!t,:a ' ólo titne el milt'tar que arrastra
daba a los obispos' el prestigio que s

ingud

el sable.
id I tú D - Benita el que no tenía ninEra tl p_eor bar~iolde_ J1jfr etrariaº::S tapias 'como corralillos de un
a-1ín porvenir, el que a /{"n a mos
-~iestruífo puebw de e"!'zgbant~s'.. tú Madrid z·ba aüruien como buscan10 las
Asz como a Los ~bos a_rrzo, ,
dído enco:trar nunca, empkandose
ideas y las perspectivas que no habza p_o iba nadie y por eso sus vecinos,
en un detectz:vismo id~al, a aq;;_e~ba:;rz~1/:aban con gran odio a los que lts
cuando haczan un vzaJe ª, ª rz ' na vz·uda de mirada enconada Y
.acompañaban en ~l ;¡-anvza.b Al ve;r:ona en ese tranvía número 56 se
•aviesa' aun parecien o muy uenad
del barrio de Doña Benita.
podía sospechcr que era un_a po~l~ orf otro lado del mundo y tenía la igltE l barrio de Doña Benita es a a a
. . e z·o extraño como conceaído
sia llena de lechuzas,!º qual ya era un /rtvzt !clavado en la trasvida.¿ Es
.a un siti"o de otros pazsa1es y de º'Jf~c_j/;::::s alrededores? No, aun siendo
.que hay siquiera una lechuza en a
.,,
un animal tan vulga:.
i d
meditativo muchacho vestido de
Sólo f!afidael, bu~z Jtovbe~ez;:x¡; :U~h~rla:Jcter que tenía aquel barrz·o, J hasta
V d d
luto habza escu zer o t
1
.habia tomado ~ajé eDn el_ C
~e u!~:b~n ya el extranjero, y tn el cafeEn el barrio de ona , enz ª
sas m voz alta, protestando de
Jucho «LJ\ VERDAD» ~an tod~:- ~~i~iese dar víabüidad a la protesta
-las autoridades de Ma, n 'zmo . debía saber lo que se pensaba en el
y hal:er que ll:gase ª. ozdos
quien
.
l barrio pues cuando al atardectr
./Jarrto de Dona Benita.
Rafael no volvía t:l bar.w st'o 1ºr e i ato Rafael volvía porque había
tornaba hacia Madrid, afronta : ehase:nds g~apa del mundo en el jardín
descubierto una tarde ª. la mue ac %abía vuelto a ver más.
.de uno de aquellos hotelztos, y no lah .. d l t a"ero cuya vida adornaba
Era indudablemente, la blanca 1Jª e r r '
..el interior del hotel como la más bont'ta caja de conchas.»

f

_34&amp;

1fé

z

El novelista se paró al llegar a la aparición de ella por entre los barrotes de la verja, junto al columpio en que había jugado indudablemente de pequeña y con el jardín lleno de geránios rojos, con los que
parecía haberse fabricado la blusa que llevaba, como se hace una blusa
de punto.
Andrés veía el barrio tan vivamente, que se sentó a descansar en una
piedra de la calle. Su despacho estaba muy obscuro, pues la luz del no-velista no debe esparcirse mucho por la habitación.
El novelista estaba en ese momento que, siendo el más claro y verdadero de la novela, ane 0 a en su propia realidad y hace pararse a ver,
aprovechando la intensi~d de las miradas, con ruín egoísmo de tran- seunte, olvidando la pluma.
Andrés veía las casas hechas con basura, con un armadijo de polvo
y agua, y desolaba sus miradas, el ver aquellos monóculos que remataban las casas, aquellos cercos en_los frontis en que iban a ir los relojes y ·
que gracias a la Providencia no fueron, pues de haber estado las calles
de todo el pueblo llenas de relojes, Dios le hubiera puesto al mundo la
multa expiatoria de la confósión del tiempo lo único que no está con-fundido en los distintos pueblos. Aquellos remates vacíos que el novelista
veía en lo alto de las casas, como los más vanos frontones, le daban
la sensación de cuencas de muerto que mirasen a los cielos .
Cada vez le parecía al novelista que estaba más asentado en su necesidad de escribir aquella novela del Barrio de Doña Benita, edificado, más·
que sobre la tierra, sobre un falso montículo, hecho de lo que tiró todo
el pasado a la que entonces fué la sima más lejana de las afueras. Sobre
el más ancho vertedero estaba construído aquel caserío, de una realidad
desesperáda, cruda, atroz, sobre la que lucía como una luna muy trans- .
parente y de óvalo muy pequeño, el rostro de la hija del trapero.
i,I

I II

¡Jj

' ,:i .

El novelista no recibía casi nunca a nadie; pero aquel crítico, que se ·
pasaba de sagaz, desconcertó ~ la criada, que le salió _a abrir, dicié~do!a
que había visto luz en el balcon del despacho, y gracias a eso consiguió•
entrar ...
-Querido amigo-le ~ijo Andrés-, me alegro de ".erlo; p~ro le
podré dedicar muy poco tiempo ... Tengo una tarde de mspirac1ón, y
quiero aprovecharla ...
-Me voy en seguida; pero no quería dejar de estar un rato con usted ... Por eso he recurrido a decir a su criada que había luz en el balcón,.
349

'•

,I'

�LA PLUMA
• me ha dejado pasar, porque no h~y nada qu~ más útil sea para vencer
'fa resistencia de las criadas que decirlas algo sm precedentes, algo ? lo
que no las hay? hecho cont~star nadie ... Seguramente usted le tiene
.
.
-dicho que no deie pasar a nadie...
-Sí-contestó Andrés-, le tengo dicho eso; pero, lo que usted dice,
para el que ale~a un nuevo pretexto no hay consigna _que _valga....
.
-¿Y ademas tendrá, fuera de eso, dos o tres P:edilec~10nes? La. f!11ª
recibe a todos los rubios que van a verme, y también r~c~be a los m1htares ... Lo de los rubios, no lo confiesa; pero lo de l,os militares, me lo ha
llegado a decir: «Ya lo sabe el señor, yo no podre negar~e nunca a un
oficial». Y es que su anterior amo, con el que estuvo qumce años, era
un militar ...
-La mía-dijo el novelista-recibe a todo el que venga con sombrero de copa y a los curas ... ¡Y qué_ t;abajo me ha cost::ido que no
reciba a los que quieren pasar para escnb1rme algo, para deJ_arme escritas dos letras ... Antes los pasaba a todos y se atracaban de libros... ,
Después el crítico hab}ó de la última novela de Andrés, que no hab1a
.,gustado mucho.
.
-Yo no me explico por qué no ha _gustado t:1nto como la antenor,
•Y hasta ha habido alguien, el calumniador de siempre, que ha hablado
.
'
,.d' e decad enc1a....
..
.
El crítico guardó silencio un rato; preparaba ~u frase c;1_t1ca; tema ya
un pensamiento para su crítica, de esos _pensamiento~ cnt!cos que p_or
recabar su originalidad sacrifican a su D10s. ¿Le habna sahdo la gemalidad a expensas de la obra o a exp~n~as de su ii:ge~io y de su ideal?
-¿Quiere usted que Je diga lo umco que perp~~1ca la :1 nov~~a?
-Venga-dijo el novel~sta. -- \ entonces, el cnt1co sut1_l le d!JO a An.drés la única cosa que explicaba como aquella novela tan mteresante no
había oustado:
.
.
.
-&amp; porque nos~ fuma en ~oda_la_ novela... Nadie enciende ~n c1oarrillo ni por casualidad ... Es 1rres1st1ble una novela de cuatrocientas
páginas en que no se fuma, en que no se d\ce es? que hace des_cansar la
tensión del público y que bast:3-_ q1:1e el. escritor diga de cualqmer personaje: «sacó su petaca y repart10 c1garnllos entre todos los que le escu,chaban».
,
• 1
El crítico se enteró de lo que prep~raba Andres, y _despues, a yer
que el novelista cerraba el libro del balcon corno para evitar que algu~en
más recurriese a la estratagema de la luz en el despacho, se levanto Y
:se fué.
.
..
.
El novelista ya solo llamó a 1~ criada y ~a d110: .
-Mire, nunca me pase a nadie ... , a nadie ... Y s1 alguna vez la dicen,
_350

LA PLUMA

\

como hoy, que ten$º luz encendida en el despacho, dígale que es que
usted la _!-la _ence~d1d? porque estaba limpiando... ·
-Senonto,. ¡hi:np1ando con los balcones cerrados!
-No ... En 1~v1erno, les puede decir que estaba encendiendo la estufy ... Ahora vayase, y nada de explicaciones; que me escriba el que
qmera, que yo le contestaré.
Al ,que~a_rse, solo Andrés dió una vuelta a 1a llave de la cerradura,
despues, dmg!en~ose a}a cortina de la puerta que daba a la habitacióK
de al lado, la abnó y d110 a alguien que esperaba allí:
-Ya puedes pasar... Estoy solo ...
La Inspiración pasó y le abrazó, sentándose en el brazo del sillón.
-Levantate el velo, porque mis besos tropiezan siempre con alouna
0
mota y me_par~~e que no t~ doy ninguno en plena cara.
La Insp1rac1on se leva~to el velo de motas y apareció su rostro un
poco amoratado por ,el fno, encontrando Andrés en sus mejillas el sabor
a sal que las da el fno.
-¿Me traes alguna nueva novela?
. La Insp_ir~ción desató un rollo de papeles, de esos que hacen las mu¡eres, convu:t1endo en cosa de música toda documentación, y le dijo:
-Te tra1°o unos caracteres de hombre.
E!, sin cefos, porque se trat?ba .~e la Inspiración, que tenía que hacer
esa vida para poder ser la Insp1rac1on, la dijo:
-¡Ah, va~os! ¿Con los qu~ ~e las has pegado estos días ... r'
E!la, reve~tida de su gran d!g~udad de Inspiración, guardó silencio y
acabo de abnr su paquete, ded1candose a desabarquillar bien los papeles
enrollad~s. D~pués los puso a su vista sobre la carp'!ta.
f\_ndres l~yo en_ ellos largo rato, aunque cualquier lego en cosas del
espmtu hubiera dicho que?º leía nada, porque los papeles estaban com~etam~nte en 1:&gt;lanco~ _esenios con la tinta simpática de la Inspiración.
espues, Andres volv10 a arreglar las cuartillas y se puso a escribir en
ellas por u~ so!? lad_o, aunque el otro estaba también en blanco.
La I~sp1rac~on, siempre sentada en el ancho brazo del sillón, miraba
con sus 1mfertmentes de or~ lo que el _novelista escribía fijos sus ojos en
la _pared de fond_o, con es~r~tura de vidente, con la precipitación dormida de los medmms escnb1entes.
Sólo cuando dieron las nueve en un reloj de comedor más sonoro
que n_unca. Cuando sus ~oras resuenan en el estómago ;acío Andrés
pareció despertar, y volviendo a besar a la Inspiración, dijo: '
-Ya es hora de cenar; vete.
-Muy bien ... , !11UY bien ... Siempre lo mismo ... Los escritores
nunca me han convidado a cenar, ¿y después no queréis que me vaya
351

�LA PLUMA

LA PLUMA

con el que me convida? ¿Sabéis siquiera cuántas cenas de mujer tiene la
vida?.. .
·d
b
h b
y
La Inspiración, sobria en palabras, buscav1 as y usca om res
buscamujeres, porque el yicio la consume, se puso su velo de motas, y
con un gran tipo de pianista y de tra~posa, pero bella como una lo~a
bella, se fué con dignidad sin aquel atributo de papeles con que hab1a
llegado.
. , ir
..
Andrés la dió un beso sobre las motas, y 1a d e¡o
sm 1evant~rse, s1·n
salir a despedirla ... Sólo la dijo, para ahorrarla el falso empu¡ón que
tanto irrita:
,
1
-Primero da una vuelta a la llave, porque esta cerrada a puerta.
El novelista, cuando hubo salido ella, volvió a correr en sus cuartillas.
•
lt
•Cómo se iba a titular aquella Novela Corta, que ya tema resue a,
rafias a la visita de la del velo m?teado? Homb:e, por la novedad q~e
~lla había dado al asunto, se podna llamar «Cesarea~, en ~ez de «Tristeza infinita», que era como se titulaba. ¿Dónde habna podido encontrar
tan extraña figura la del velo mot~ado? _ . .
.
El novelista, para justificar el titulo, anad10 unas cuartillas a las que
llevaba hechas:
C ESÁREA

La habían puesto Cesárea porque la había te1ndo su madre después de
muerta &lt;rraáas a la operación cesárea...
Habían aprovechado que hubiese una Santa l(Ue llev~se el nombre del~
operación a que ella debió su vida aunque más bzen debzo llamarse Angeltta como su madre.
• í.fi
l
' Resuttaba, después de todo, que ~l~a llevaba un nombre c1entz co, e nom{ 1 III d 1
bre oloróso a yodoformo de la medtczna.» .
Des ués, el novelista siguió en la cuartilla 28, en el ~ap tu,º . e a
novelítf. •Ya había encontrado el por qué de aquella tristeza infinita en
una muc6acha de diecinueve años!
.
d'
«Cesárea se había casado con aquel 1?1-uchach~ que desde el pnmer 1a
pensó en la boda, como si se fuese a ~onr repentinamente antes de absorber
_
todo el encanto hermético de su novza. ,
Fermín no se explicaba por qué tema aquella gran smsatez una mu
chacha de diecinueve años.
,
La vigilaba. Estudiaba sus silendos como si los OY_ese. Comenzo a aprbnder a descifrar el silencio, a mirar lu que se entreveia por entre sus ca el/u;, a perse~ir su sombra.
352

r·Qué la habla pasado a Cesárea alguna vez que había ddado en ella
esa hu_ella de tristura, que hasta el día de la boda estuvo triste bajo sus abrazos, sin sorprenderse de lo que la sucedía, sin concederle esa palabra ingenua que después se recuerda siempre?
No habló, y soportó lo que parecía haber hecho con otro antes. Pero no·
al mz"smo t/empo, Lo demás respondió a la intangibilidad de Cesárea Itas/~
aquel momento.
fa~rmín Llegó a pensar, como con reproclze, que er,w esas las quieb as
que tiene e: casarse COf! una muchacha que ha vivido toda la vid• en 1un
pueblo y que por capricho de su padre, aquel señ,,r siempre enlutado esquinado, esquivo, viene a Madrid.
'
«-¿ !'ero no la quier_o yo, y el quererla no quiere decz"r que no puedo
q~erer sino que haya venzdo, y, por Jo tanto, no puedo defender que se hubiese quedado en el pueblo, porque en Vi1larudialeJ no la hubiera podido
conocer nunca?»-se preguntaba Fermín, con larga pregunta de recriminación_y con un enredoso lío sentz"mental.
- Y tl! pueblo, r•cómo es?-la preguntaba Fermín por hacerla hablar,
por ver st se la escapaba algo.
-Mt" pueblo es un pueblo obscuro-decla ella-; me parece ahora que
ya hace tres años que falto, que es uno de esos pueblos que h~y cerca del
Polo en_que son más los meses stn luz del día que los que la gozan ... Me
acongO.Ja el alma pens.ir que yo sería en aquella obscuridad algo asi como
una lamparilla en un pasillo...
-¿ Y es un pueblo grande./J
-Sí... Es muy pande; por eso es una vílla con catego,ía de ciudad...
Pero eso le hc:,ce mas desdú:hado... Porque son muchas vidas las que comparten la mis'f!Za _obs_cit;idad,,JY efº. en vez de disminuir la desgracia, la
aumenta... ¿ Dzsmznutra lo mas mznzmo la desgracia de lus que van a la
fosa común el que sean muchos los que caigan en la misma sima?
Fermfn míraba a Cesárea con pena, y se arrepentta cada vez más de
haber deseado que continuase en aquel sórdido pobláchón; pero en seguida
yá estaba de nuevo preguntándose qué es lo que hacía que en el mismo Madna la sáltese tipo tan trágito. ¿Por qué tenía aquellas patillas de d:1lor
ver~deras p~tillas de .flan:enca toca:dora de guitarra? Eran como dos pen:
samzentos tristes que cubr,an los cristales de aumento de las sienes, verdaderas claraboyas de la cabeza.
Aquellas palíllar de Cesárea eran como las cla,z,es contagiadas de tristez_a _de una mú~ica t? iste, algo asf de grave t¡omo la clave que comenzó escnbzendo Chopm en su marcha funebre, ya imbuida de toda la tristeza que
se le escapó después. Eran como dos signos de dolor, en vez de ser la cosa,
dotada de retrechera alegría, que hay en las demás patillas.»
23
353

l

�LA PLUMA

e:~~~;

.
uello bien a su desenlace. y a es:;ít~fos la obs1;5ió~
~:ia
El novelista hiz~au~i
taba visto:, exagt/do la infancia bonitilla de ~rea, cofaesa: cualquier
grave ~ab1a ta\:chará de un maestro qud esa~~s sino de viajes, de
ticulanzarf ~º!u amigo y confidente, ~no e id: de' irse a _Madrid, un
tarde que u uando su padre cumpliese su ·ta1 de Provincia».
P''/;'"''º!~~Úo que sólo espernba i, al~ ';:~el pobre maest&lt;O, po, 1ÍI

po f,'0:::,1n llega¡~

d~~ ié:

;~i-

c,:'fnfu!d1~~~~ más.celos t!';";,'':',; t~:,:\'::d~:

que llorara un dl oobrecillo sigue all1, y, sm e¡ mfrido de su me1or
llora ¡o.rque
'&lt;e F e'l en este momento a que e
eno estara
st
'&lt;¡Qu aJ
, . ltando!»
ne~rece la blancura
amiga 1
i/~:~licación de aquellafi.de~~~~ Yq~el~ncolica el padr , que
7 ...
Por , 1 d en una hora con
. d 1 eración cesarea
de Cesárea, se a . días olvidado que es la h1Ja e \~~esi nas y la amas,
le diráas~yern,o. casarla... Serásiempreas1... Y,o la hit de la operaPor eso no.quena yo No olvides, pues, nunca que es de iu madre, poro me la devuelves.. : dudablemente encarna el alma l madre. y vive la
ción cesárea gue 10 ue en esos partos se muere ~ ver ue su hija
q~e yo creer !1d~~~eciso heroico_de qalue la ~;:rsi la esca%ó, deseosa
h11a, porque s
ue ya no tiene ma, d
alma ¿Compreniba ª nace\ ~~erprt:~it6 no se c~rro~pa, l~ :s;~rmenuda, más seria
un alma mas v1e1a, mas
de que aque c .
d
d '.&gt; Por eso tiene
es,... .
d ue su cuerpo».
f rza secreta, reserva 3:,
que su JUVr~ ~1ntento de poder dar aquella u;ulimientos delicad1s1El novde is a 'aquella muchac~a de plataÍ ~i°ony se fué a cenar. Ya esreenca~3:
a, cuartillas de '&lt;Cesarea» a un a
mos deJO las
taba' planeado el asunto.

6~

l

IV

que Andr~
. •
1 hombre a la puerta del novelista,
h a verle.
Tema
Tanto ins1st1a a9.ue
odía creer con tanto derec o l médico que
salió para saber qmd~i5~fñor de la vecindad qr ~d~~~ ~o quiere redel caso 1~ urgenc1~e acuda a un caso grave, y e ro
vive abaJO para q
.
birle.
éd
ba?- le preguntó el novelista.
-¿Qu esea
cho No era cosa
-Yo soy
• ... _ y le señaló la puerta de su despa ·
-Pase
... ,..pase

LA PLUMA
de que en la antesala se pusiese a declarar aquel hombre el secreto de su
pretensión. El novelista, como hombre que ace~ta la imaginación, sabía
que aquel hombre podía estar unido a él por vmculos profundos, aunque insospechables ... Por eso no se atrevió a preguntar, por no hacerle
una pregunta
dijo
por fin: impertinente. Se le quedó mirando, y el hombre aquel
-No me conoce, aunque me debería conocer... Yo soy Alfredo, el
personaje de su novela da resina» ...
-¿Alfredo?
-Sí,
Alfredo,
aunque
no...
me llame así; por más que también estoy
en la
A, pues
yo soy
Alberto
-¿Y qué quiere usted, Alberto?
-No ... , no me llame Alberto ... Usted me puede llamar Alfredo ...
Yo se lo consiento sólo a usted ... A los del pueblo no les dejaba ... ¡Pocas
riñas que me ha costado que me lo llamasen! Y me he venido, porque
no podía seguir viviendo allí después de sus descubrimientos ...
esa mujer también heredó la resinera del mismo modo que
mi -¿Pero
protagonista?
-Sí, señor...
-¡Qué coincidencia ... !
-No es coincidencia, señor, sino que es un caso completo que ha
llegado a sus oídos, y usted lo ha propalado ... Yo no lo siento del todo•..
Me ha dado arranque su novela ... Me he separado de mi mujer, y aquí
estoy, .. «Bien dice usted que era vergonzoso vivir de aquellas heridas del
bosgue, de aquella savia de la tierra en que estaba enterrado el muerto ...
Viv1a él en su herencia, porque sólo se vive, como en el cuerpo, en la
propiedad ... Por eso el asesino no ha acabado de matar a su víctima
mientras goce de su dinero ... » Ya ve que me sé su novela bien ...
-Sí... Oyéndole, me parece que lo que he escrito es un drama, uno
de esos dramas que abofetean al público desde el principio al fin.
-Y es un
drama,
no tenga
aprendido
como
un drama
... usted duda... Mi mujer y yo nos lo hemos
-¿Y a qué viene usted aquí...?
-¿A qué .. .? A que usted me coloque ... Yo he dejado la Resinera, he
dejado a mi esposa, he dejado todo lo que no era mío; usted me lo ha
enseñado, pero no tengo nada... Esa oora le ha dado a usted, según sé,
mucho dinero; justo es que se acuerde de mí, y, o me dé un poco de ese
dinero, o me coloque en algún lado .. .
-Lo pensaré... Déjeme sus_ señas ... Voy a hacer todo lo que pued3: ...
-Dicen que esa es su me¡or obra... Por lo tanto, yo soy su me1or
personaje... No me puede tratar como a un cualquiera ...

354

3,;5

�LA PLUMA
. .
l l e no podría convencer de su inseñas y después de un rato de
El personaje de ~u vieJll:bnovÍ
1
1
e~stencia _real ante~1or a i ro, e
'
,
conversación se fue.
,
.da el caso de conciencia y comenzo
En el novelista se _pla~~eo en segi:: alfombra había hecho una vereda
a pasearse por la hab1tadc1on, e~ cd~ tanto insistir en ella, de tanto trazar
.
campestre, una vereda . e c_one¡o,
el meridiano de la hab1tac¡ón. . o· todos los bosques de pinos, lo misTodos los pueblos son o ~1sm ~l conflicto que se albergase en una
mo· pero cómo podía ser el m1si;rio
d. del bosque por verdadero
Resi~era, cuyo e~ificiópleva ;~t~r r-:S:a ~~ plena salud, en plena vida.
capricho nada mas.•• or P

ªdfó fu

1 l~

OBJECIONES

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
VALLE INCLÁN EN MÉJICOf Y EL
PATRIOTISMO PASADO POR AGUA

(Continuará.)

de honor de la República mejicana ha sido en estos meses Valle lnclán. Por una vez al menos, un pueblo americano que conmemora el suceso de su independencia, recibe a un representante español que no nos causa risa-, ni sonrojo. Incorporar cierta representación extraordinaria de España en un gran escritor, que además no postula mercedes desde el séquito de algún archimandrita del patriotismo ortodoxo, es mucha novedad, y arguye un desenfado inteligente que no
podría esperarse de quien manda. En efecto: No es España la que ha enviado
a Valle Inclán; es Méjico quien le ha llamado.
Gran silencio en la prensa de Madrid acerca del caso. Si el convidado hubiese sido un ministro zafio, o algún español del orden ecuestre, las agencias
fatigarían el telégrafo trasladándonos hasta los menores ruidos oficiales que el
personaje fuese emitiendo de uno en otro banquete. Del viaje de Valle lnclán,
lo primero que nos cuentan es la protesta de la colonia española en Méjico,
lastimada en su patriotismo por algunos pareceres de don Ramón; y un papel
madrileño le reprende por su falta de respeto a «ciertas instituciones que son
la encarnación más alta de la patria,.
Ni con los protestantes de allá ni con el censor de aquí y su risible fraseología estamos de acuerdo. ¿Va a resultar que los españoles emigrantes son
todavía más españoles que los asentados en la Península? ¿Que los viajes, la
U¿¡¡PJID

3.57

�LA PLUMA
presencia de otras razas, el trabajo, la disputa por la fortuna, sirven para quitarles a ciertos vocablos su significado concreto, terrible, y convertirlos en
formas hueras, capaces de recibir las ensoñaciones sentimentales que el apartamiento y la distancia suscitan? El españolismo, como quiera que 3parezca,
no e&amp; de ley, no puede resistir la prueba de la verdad ¿Y va a sofocarla invocando representaciones falsas, valores usurpados? Si tenemos alguna noción
de patria es la de una comunidad donde el trabajo manual y la inteligencia
desinteresada sean el contraste y la medida únicos, el aro por donde haya de
pasar cuanto aspire a ser socialmente digno de respeto. En lo que hoy se impone como patria, en el código del patriotismo militante, lo más es usurpación
y rebajamiento forzoso de aquéllos, matute y baratería, en que los valores primordiales resultan, en substancia, desfalcados. ¿Qué pretenden, pues, enseñarnos cuando a un español de rango que expresa su recto sentir le v_uelcan
encima una carretada de ripios patrióticos? Nadie puede hablar por España
c:on más dere&lt;;l).o que los intelectuales puros. Valle Inclán y los demás españoles de su categoría, son los verdaderos príncipes de España. Y nadie tiene,
fuera de ellos mismos, la representación de la España que se esfuerzan por ir
engrandeciendo. Si los españoles del lado de allá del mar no lo perciben así,
les bastaría darse una vuelta por la Península y contrastar con la realidad sus
imaginaciones. Y los que, llamándose tal vez intelectuales, vociferan aquí los
tópicos más nocivos, no dejan de asumir un papel triste por mucho que se
unten de sociología. cLo peor es-dice Feijóo-que aun aquellos que no sienten como vnlgares, hablan como vulgares. Este es efecto de la que llamamo&amp;
pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación.•

LETRAS ALEMANAS
no he hablado del teatro en mis crónicas, o s'ólo he hablado de
él incidentalmente. El teatro representa, no obstante, el primer
p~pel en la literatur~ alemana contemporánea, y con razón se ha
dicho que el teatro tiene en el Reich un valor social de primera
línea.

ÚN

Porque ha sabido herir a las masas y llevar sus repercusiones a todas las
clases de la población. La competencia del cine no ha podido estorbarlo, y no
creo_que tengamos un ejemplo tan perfecto de cómo el público se interesa
apasionadamente por una revolución literaria. Si el expresionismo ha movilizado las energías todas, los pensamientos y el entusiasmo del pueblo, a la propaganda hecha desde la escena se debe. La descentralización intelectual de
Alemania ha propagado copiosamente el esfuerzo hacia los cuatro puntos ca _
dinales. Fácil es notar la consecuencia: no es raro que a un mismo autor se ;e
represente_ a la vez en diez ciudades y en quince o veinte escenarios; no es raro
que una misma obra se represente en diez lugares distintos y con su·e "ó
d"
.
.
.
J c1 n a
1ez cntenos diferentes; no es raro, en fin, qwe quinientos periódicos consagre
un folietón al mismo drama en el decurso de un mes. Y todo eso, en la mas:
blanda de una multitud, es una levadura enérgica y fecunda.
. Francia,_ y, creo yo, España, igno~an por completo el teatro alemán. Apenas
si e~ conocido el nombr:. de We~ekind, y el de Max Reinhardt constituye en
Pans, en una conversac1on, un diploma de erudición europea.
Pero Frank Wedekind es ya un precursor, si no un antepasad:::, y Max
Reiohardt parece, entre los directores dP. escena de su país, un innovador
harto tímido. Verdad que es justo colocarle, junto a Antoine y Gordon Craig~
3H'

�LA PLUM A.

LA PLUMA
t:ntre los apóstoles de la reforma de la escena. Pero es un error resumir en su
nombre las tentativas qur: se han hecho en Alemania en esa dir.-cción. Rcinhardt
ha hecho mucho. Ha roto los moldes convencionales y loa marcos rígidos de la
interpretación realista. Ha innovado en todos los órdenes, devolviendo por
una parte, a las tragedias antiguas, a los dramas de Shakaspeare y a las obras
cc,ntemporáneas que podían soportar tanto peso, su carácter popular, y rehaciendo gracias a eso su cohesión; y por otra parle, aseguró la interpretación
preciosa y coloreada de las comedias. Ha tenido el don de descubrir y de formar grandes actores; de ellos hay que poner en primera línea a Alel'&lt;!nder
Moissi, nombre que preponderará en la historia del teatro del siglo xx, como
los de Mounet-Sully y de lrving preponderaron en la del siglo nx. Pero si
Max Reinhardt hubiera estado solo, no hubiera podido revolucionar profundamente la escena alemana. Y Max Reinhardt, cemo Antoine en Francia, es el
hombre de una generación que declina.

* * *
Hablaré en otra ocuión del repertorio y de los dramaturgos. Quisiera consagrar la crónica de hoy a estudiar la disposición de la escena, el arte del director, que en el teatro alemán es capital. A ojos de un francés, sobre: todo,
acostumbrado a los tradicionales salones polvorientos y a los jardines apolillados, esto es una verdadera revolución.
Es imposible resumir en unas líneas ni en unos párrafos las leyes nuevas
de la disposición escénica. Sería menester elaborar un código detalladísimo y
complicado, contradictorio a veces, si nos empeñásemos en compendiar
cuanto los directores de escena alemanes han realizado en los últimos diez
años.
Apuntaré aquí las tentativas más curiosas, procedentes de aspiraciones
unánimes. Hay en la orientación general cierta unanimidad innegable: la rebelión contra el realismo. Se deriva de las mismas causas que el gran movimiento
expresionista entero: la reacción violenta-en varias etapas, ciertamente, pero
de andadura rápida y sostenida-contra la estética realista que había sepultado en los abismos a la Alemania artística. Se vuelve a los clásicos senderos
del arte, de los que el superior de todos fué siempre la interpretación. El análisis, la fotografía y la miniatura quedan relegados, y el que más y el que menos trata de equilibrar los imperativos del corazón con las exigencias del cerebro.

Arte de interpretación. Ya se com
s ider.i.ble que en el teatro le cabe 1 prende, da_do ese c?ncepto, la parte condisposición de la escena
a a colaboración del director de escena. La
.
pasa a ser una verdadera
·,
nzontc se abre ante los
t .
orqucstac1on; un nuevo ho·
tt"la y cartón de las dec que_ es uvb1eron basta allí encerrados en los trastos de
oraciones urguesas Como e t d 1 ,
Juntad nueva va en contra de la
.
·,
n o os as ordenes, lavoactores un marco imitado d 1
se babia buscado hasta ahora dar a los
prolongar el esfuerzo del de a vt1 a real. Abandonado ese principio, trátase de
rama urgo.
La decoración no debe ya ere resent • .
crear una atmósfera Ai 1 1
~6
ar nada. Se le confiere la misión de
.
s a a acc1 n y le permite prod . 1 .
na. De ella puede dep d
ucrr a llllpresión pleen er, por tanto, el buen éxito de
b
cuando menos, consolidarlo, el dircct
una o ra, o puede,
y
or de escena comparte con el autor las
responsabilidades lnsist
·
amos en esto que es capital·
t
cercena cuanto puede la libertad del i
.
. • un au or, en Francia,
.
. d rector, consiente en hacer algunos cortes, pero le v· ·¡
y, lo más a m1;~:d~º:::;:~:ón ~muci_osa, le impone su modo de ver la obra
los teatros que, en ¡odas las ~i::aonac1oncs ~e la vo1. En Alemania, en todos
mático, el autor consiente
bd_des, se aplican a crear el nuevo estilo draen a icar sus poderes en manos de un especialista.
No se sale de su ofici
tan te: para el lnsunie:;n re~nocc la supre~_acía del director para todo lo rcsjanza del gremio de d" ~- e tal separac1on de poderes ha venido la pu·t é 1
irec ores, que, a su modo, también crean.
c1dar a gunos
de ellos·' pero an t es h e de detenerme un momento a hablar
&lt;le la
.
veces ~ac:rac1~n. Su carácter principal es la simplificación. Es cierto que a

~:ª·

en el 'Vieu;p~::~::;r/;t;:;:~~;!ero e\ raso es ~aro Y no s~ practica, co~o
ríos. He vis
.
' por a ausencia pura y simple de accesopico de cor:::!g;nas ~bras srn decoraciones propiamente dichas; pero el eme) d . . d
e co ores, acomodados a la acción de los cómicos probaba
es1gmo e poner un acompañamiento constante al texto
'
Muy a menudo la simplificación viene a ser Jo que llama:nos co
o que es cuando menos •
.
. . .,
,
n un vocaimpropio, cst1hzac10n. A veces se extrema la tendbl .
.
~nc1a, y cad~ ObJeto como cada gesto, conserva sólo un valor es uemático·
p enso, por eJcmplo, en la mise en scene de Hol/e ifeg- E de d G q K . '
en el Nouveau 1hédtre de Fraocfort de Main y ~n la ~e; del ~org a1ser
debida a Paul L b d
.
'
as, e mismo autor,
l' p
~g an • realizada en las tablas de la Freie Vo/ksbühne de
8
0n:u_n s_i~ llegar ª reducirla a fórmulas y a simples indicaciones, la
-0:;;:ci;:
ms1s e ya en los detalles ni en los ir.atices. Se aproxima a la

�LA PLUMA
. . .
retrocede ante ninguna audacia a fin de ro~per la_s
pintura expres1on1sta y no
.
. t6 .
El director de escena hene h.
les d• la notac16n pie nea.
. 1
reglas convencLOna
..,
abultándolos o reduciéndolos a su anto¡o, os
bcrtad completa para deformar, r la atención o que pretende sustraer a las
elementos sobre que desea llam~
1 que la de su instinto y la de su ?ermiradas, y no está sometido, a m_ s r;;t:ncias relativas. El ejemplo mejor en
cepci6n de los valores y de ,a~ imp
Francfort por Gustav Hartung al
. duda la interpretac16n dada en
esto es sm

GescMec/,t de Fritz von Unrub.
.
hayan llevado a los direc~ores de
e tales prcocupac1oncs
.
d
Se compren e qu a ores a lo que pret endo llamar la cdecorac16n decorad
escena y sus esta os m y
.
L
pierde en «fioriture• la dece¡ narraciones. o que
.
é dO t
tiva•. No más an e
as n
t
n el plano del arte plástico Y
f
a
Recupera
su
pues
o
e
.
ºd
ración lo gana en uerz ·
.
Tbrio de los tonos, ng1 ez d e
t aci6n de !meas, equ1 i
11
C
acepta sus leyes. onceo r
. d
destacados fuertemente: todo e o
erosos espacia os,
.
los planos, poco num
, º6
alor propio e independiente, a cond
!ver a la decorac1 n su v
. t
. se la
concurre a evo
. d . 'til y sin elocuencia, es c1er o, s1
vertirla en una obra de arte aphca a, m~. d ella constituye la belleza del
de CUdnto en umon e
•
t t
separa del con ex o Y
'
. a los accesorios todavía en uso en
drama, pero in,omparablemente superior
Occidente.
rt llenará pues un papel; ya lo be dicho.
La decoración, como obra de a e, 6 . é' t . ~vial aquélla siniestra otra,
.
. logia· será e mica s a, J
,
•
á 1
Tendrá también una ps1co
.
.
·a como un persona¡e. Dar e
.,]acial la de más allá. Tendrá importanc1la propd1e, Esquilo acompañará al dra.,
1 t 1• Como e coro
•
tono cuando se levante e e on.
.
verdaderos maestros en el
. .
él Algunos directores son
h
ma sin participar en ·
.
L pold Jessner entre otros, a
•
· es sugestivas: eo
arte de inventar decorac1on
kº d . e dentro de su sencillez, son
ejecutado algunas para obras de Wede in , qu •
verdaderos modelos.
.
d
la novedad grande también de la
Por aquí llegamos a la fuerza_ gran e,la S cabaron los trajes grisáceos,
Alemania· el co or. e ª
decoración moderna en
·
ñeº de nuestros almacenes
. t d y los muebles de rosa a l 0
y los árboles repm a os
•usto habla con sus colores.
c'6o habla y como es J
,
L d
de accesorios. a ecora i
,
, 1 decoración será triste o alegre, llamaPor ellos, más que por la~ lineas, ad
t ada por modo irrebatible. Los
S
'potencia queda emos r
d D'
tiva o neutra. u om01 .
,·ds de Car! Sternheim, obra imitada e ¡.
que han visto Die Ma,-quise oon A H' t
o olvidarán nunca la calidad
por Gustav ar ung, n
. 1
derot, puesta en escena
l"d d
da casi enfermiza, de Sternhe1m, a
del color en el teatro. La cerebra I a agu •

LA PLUM A1
acción, tensa hasta el extremo y de una precisión mecánica, la ironía discreta, .
pero formidable y las conclusiones cínicas ... todo eso la decoración y los tra-jes Jo destacan, o, por decir mejor, lo acompañan. Sobre grandes cortinas de
colores vivos, aquí anaranjado, allá violeta, se destacaba la acción crudamente:
como marionetas grandes, Jos actores llevaban trajes vistosos, inmensas pelucas bermejas o verdes, el atuendo de un siglo xvm expresionista, donde las
modas tradicionales Sf' alzasen a tonos violentos. No había allí más que e olor;.
puesto que faltaba la decoración. Con todo, un espectador extranjero, au nque
no supiese el idioma, hubiera podido seguir y saborear, si no los matices, al
menos el sentido de todo el drama.
El color. Dijérase que se había olvidado el partido que puede sacarse del
blanco y del negro empleados con prudencia en el arte decorativo. Los ar quitectos vieneses lo demostraron, y los directores alemanes los emplean en toda
ocasión. He citado las creaciones de Jessner para Wedeking. Pienso también
en las de Ludwig Berger para Paul Kornfeld, y en la inolvidable danza macabra inventada por Karlhdnz Martín para Wandlung de Ernst Toller.
Precisamente porque no está reducida a un clic!,é, que si resumiese todos
los tonos en blanco y negro caería en la arbitrariedad, no insisto más en la
apariencia de la decoración alemana, Diré tan sólo que vive. Se afana, ev oluciona, a veces se contradice, pero es a menudo creadora. Apasiona al público y
subyuga su atención. Se impone. Y cuando digo decoración, no me refiero solamente al telón de fondo, sino a los trajes y hasta a la mímica, a toda la disposición escénica, a cuanto depende del director y no es cosa del autor. y ·
para dar en conclusión una prueba negativa de la importancia de la decoración
y de la independencia necesaria del director frente al autor citaré el caso de
Oskar Kokoschka, Éste, que es uno de los más grandes pintores de la joven
A lemania, ha escrito varias obras dramáticas, de lenguaje difícil y técnica improvisada. Él mismo las ha puesto en escena, lia pintado las decoraciones y
dibujado los trajes; ha reemplazado al director, en suma. El año ;,asado vi representar Hiob en el Albertheater de Dresde, y esa experiencia me conven ció •.
Kokoschka ha concebido el Insunie,-ung de su obra como pintor, y la decoración, que carece de sencillez, no sostiene la intriga, no concentra la atención,.
no es marco de la acción. Debilita la una y dispersa las otras. Ha hecho por
decoración un cuadro que subvierte las reglas severas del arte decorativo. Y
al devolverle su independencia ha roto la unidad que un director mantiene·
a todo trance como firme base de &amp;u esfuerzo.

�LA PLUMA
Véase cómo he venido a citar en el curso de estas notas los nombres más
notorios del gremio de dirt'ctores. Pero uo voy a hacer una lista cab~l por o~den de médtos. No exagero si digo que hay. en el Reick más de doscientos directores oue trabajan en escenas a su cargo, y para ser justo habría que enu,merar aq~í sus creaciones principales.
. ..
Nombraré tan sólo a los que pueden ser considerados como jefes o 1n1c1a•dores de un movimiento. Así Berthold Vierkel, a quien calificaría de sim~olista si esa palabra significase aún algo; Otto Liebscher, que reina en Mum_ch,
y ha sabido sacar muchísimo partido de la línea, relega~do a seg_undo tér~ino
la preocupación del color, e imponiendo a los actores ciertas actitudes derivadas del baile· Ludwig Berger, cuyas creaciones en el Deutsches Theater, de
Berlín, señal~ron el apogeo del gusto sentimental en la disposició~ escénic~;
Gustav Hartung, que ha constituido en Darmstadt un centro de vida dramatica y que ha triunfado en veinte Inszenierung sucesivas, ent~e ellas las de las
obras de Sternheim, Unruh, Strindberg, Hamsun y Edschm1d; Paul Legband,
algunos de cuyas decoraciones geométricas son célebres; Richard Weicl:!.ert,
que, con blanco y negro, ha producido efectos asombrosos; Leopold Jessner Y
Karlheinz Martín, ya nombrados.

• * *
Esta breve lista de nombres y esas pocas notas bastarán, creo yo, para
mostrar que desde Max Reinhardt se ha andado mucho camino, contra lo que
suele creerse en Occidente.

PAUL COLIN

LETRAS ITALIANAS
GIOVANNI VERGA:
uBo un tiempo en que el nombre de un poeta llenaba Italia, poeta
al que .las crónicas cotidianas reservaban sus columnas de tercera
página, los salones mundanos el sillón de honor, e incluso las
masas p lebeyas, tan tímidas y dispersas, su curiosidad desmemoriada. La atmósfera nacional difundía, como y donde quiera que
hablase, el eco de su voz; y la vida de ciertos círculos se plasmaba o ritmaba
precisamente bajo su índice. En el teatro, en las modas, en los bailes, prevalecieron una morbidez sinuosa, una cadencia lenta y casi musical, cuya artifi-ciosidad se dejaba luego sentir; pero que respondían a la literatura del momento, estetizante y amanerado.
Todo gesto o palabra aparecieron cargados de significados ocultos y complejos, incluso los gestos más simples o las palabras más llanas, y en vano se
enmascararon con nombres nuevos y aun exóticos. El origen era siempre el
mismo.
Si algún joven escritor no se decidía, y tal vez por modestia, a doblar la rodilla ante el ara de este numen, un buen día se le veía, contrito a su vez, saltar,
el foso y pronunciar, aunque tímido, uc. hosanna. Eran tiempos en que a quien
no se comprometía de algún modo se le consideraba sospechoso, y necesitaba
una voluntad de hierro y mucha astucia quien quisiera mantenerse a toda ,
costa armado y en guardia en la roca de la desconfianza propia. El aire estaba,
de tal manera impregnado de él que, por doquier uno se volvía, le segÜia
aquel olor, y en vano se buscaba un rinconcito modesto donde recogerse y-

�·LA PLUMA

LA PLUMA

·,pensar seriamente en la educación de la_ sensibi!i~a~ propia. En voz baja Y en:tre amigos atrevíase uno a aventurar quizás un ¡uic10: el de ~ue tan decant_ado
arte no era en fin de cuentas, tan grande y duradero; pero mcluso los amigos
le miraban °a uno de reojo, y a espaldas se burlaban. Quien, el _día en que tropezando con el Malavoglia, de Verga, encendi_d o por aquella literatura, buscó
un hermano para compartir la alegría del descubrimiento, oyó que.le respo:dían que habrá sí al110 bueno en aquel libro; pero que tanta modestia d: pal bras y de estilo estaba
. del arte verd a d ero, grande, con mayuscula.
" muy le¡os
Quien otro día leyó «La Linterna de Diógenes,, de Pauzini, aunque le pareciera una vez más respirar un aire embalsamado de olores verdade_ramente
sanos y fresquísimos, aquél cía no osó comunicar su gloria a los demas Y continuó, en el silencio de su cuarto juvenil, preguntándose con treme~da pe:;
por qué nadie se, fijaba en estos libros sencillos que él amaba, Y si el err .
sería el suyo al pr~ferir alimentos frugales al pan de los ángeles, de su sensibilidad, o más bien de aquellos otres-todos, todos-, que gritaban a voz en
cuello las alabanzas del genio imaginero.

* * *
Pero ¡cómo cambian-y han pasado pocos años-los tiempos Y los gustos!
'No sabrí~mos ahora nosotros cómo reconstruir psicológicamente este pas~
brusco de los tiempos heroicos del danunzianismo imperante a los actuales,
porque si nos acercamos hoy de nuevo a D'Annunzio artista, (~I ?ombre de acción le amamos todos sin discusión), nos sentimos incluso irritados preguntándonos cómo tanta fiebre de palabras fervientes ha podido nunca, no ya
conmover y convencer, mas llamar sobre sí tan ardiente infatuación. Y entonces, tras esta pregunta nuestra, asoman esos libros simples Y fuertes ~ue ayer
leíamos temblorosos en nuestras vigilias juveniles; y Verga, el escritor adamantino y altivo, acusado de escribir mal, frente al otro que escribía demasiado bien, se eleva gigantesco.
.
Su prosa parece abandonada y pobre, y no hay otra, por el contrario, después de la de Manzoni. amartillada con tan audaz agudeza.
,
Fué el primero que tuvo el valor de renunciar a l~s ~squeinas del periodo
..habitual en los cuales se hubiera congelado su materia viva buscando la forma
precisa ~ segura que requería su visión de la vida. Esc;itor ~e quien se h_a
"1iablado y escrito mucho ya; pero que no ha encontrado aun quien revele m1.nuciosamenle sus asperísimos trabajos y afanosa vigilia.

Es su hora, por lo demás. Aclarada ya la atmósfera, no queda, ni en el gran
público, la grosera convicción de antaño: la de que era gran prosador sólo
quien se impusiera con expedientes literarios a alta tensión: y no importa sobre qué humanidad ni la manera de representarla. Y se leen hoy los libros de
Verga,hasta los primeros (los reedita tod~s Bemporad en una edición corregida
de nuevo por el autor), con manifiesto amor; y lo que cuenta más, se lee y se
respeta a los escritores jóvenes y no jóvenes, que no buscaron ni buscan el
aplauso de la muchedumbre, sino que maduran trabajosamente en tanteos dolorosos.
Ayer el que no era danunziano, dificilmente hallaba gracia con el lector; y
el éxito de algunos autores recientes (Da Verona, por ejetoplo) ayuda a hacernos comprender y entender los varios grados por los cuales el gusto del
público transitó, pudiéramos decir, antes de apartarse por completo del arte de
D'Annuncio. Cierto que Da Verona puede haber hallado favor por otras razones; pern, a mi parecer, no fueron ajenos al buen éxito incluso aquellos tonos
difusos de musicalismo estctizante que, en las primeras obras de Da Verona
sob1·e todo, relucen, por modo fastidioso. En suma, Da Verona era un
D'Annuncio más fácil y más comprensible; y el publico, con ese su desgracia·d o paladar, era natural que laego le festejase grandemente.
Pero la guerra refrescó el aire, y otras causas que sería largo int~ntar esponer aquí; de suerte que los jóvenes fueron los primero!&gt; en buscar algo menos
mórbido y más sustancioso, volviendo los ojos hacia un arte menos brillante,
pero más intenso y profundo. Y al fin fué hallado de nuevo Verga y otros tras
él: De Roberto, Panzini, Pirandello. Albertazzi, todos aquellos, en fin, que
en la atmósfera caliginosa de la época danunziana trabajaban oscuramente sin
,que nadie los escuchara.

Fué hallado ese nombre. Pero como a los lectores primerizos sonába!es
-confusamente con poca claridad (compadre Alfio y compadre Turiddu, con
música de Pieto Mascagni) fuéronle menester las crónicas de los periódicos, el
ruido gacetillero, en fín. Y ya, incluso el público ineducado, empieza a acer-carse menos superficialmente a Verga, en quien advierte al cabo virtudes clásicas de estilo y un fuerte psicólogo. Si; todavía figuran en la Biblioteca Amena
-oe los Hermanos Treves, y aún se leen: «Tigre reale&gt;, cEros, la «Storia di
una capinera,; pero hay quien ha cogido ya también el Malavoglia,, «Mastro
Don Gesualdo,, «Da! tuo al mío&gt;, «Vagabondaggio-&gt;. Son novelas y cuentos

�LA PLUMA
que no divierten: las pasiones se muestran, pudiera casi decirse que irrumpen,
con resignada violencia; los hombres que aparecen en ellas son gente de pocos
amores y sin artifir.io, las intrigas primitivas y no capciosas. Y, con todo, aun
no divirtiendo, aunque no se puedan leer deprisa, tales novelas conmueven.
La fortuna no ha estado muy solícita con estos libros, y quien quisiera podría
escribir un volumen sobre la suerte de Verga en estos últimos cuarenta años.
Críticos y no críticos han intentado mucha!&gt; clasificaciones de este escritor. ¡Y
porque el arte de Zola se imponía treinta años hace a los demás, alguien lo
bautizó verista: y lo llamó incluso jefe del verismo italiano! Los años han hecho
poco a poco justicia a tal arte, y del mismo modo que nadie recordaría hoy a
Feuillet, a propósito de las n0velas de la primera manera de Verga, ya no hay
quien se atreva a hablar de verismo a propósito de el Malavoglia&gt;. Verga ha
tenido la fortuna de vivir tanto que ha gozado de su rehabilitación. Su fatigosa
ascensión desde los juveniles cCarbonari della mootagna,, a través de la «Capinera• «Eros•, etc., hasta «I Malavoglia•, es rigurosamente coherente. No;
nada tienen que ver modas ni escuelas. Si acaso entra, aunque inconsciente,
el ansioso afán del artista, que, nacido en una época oscura, intenta unirse a
través de los elementos psicológicos que la vida le ofrece, a la tradición clásica. En sustancia, no se trata de un precoz. Es un hombre nacido en una provincia, y aunque dotado de singularísimas dotes de observación y de intuición,
su visión de la vida, apenas se asoma al mundo, es nece; ariamente estrecha.
La •Storia di una capinera•-dice muy bien Borgese-fué una experiencia;
pero una experiencia provechosa para el escritor, que tal vez-añadimos
nosotros-le era necesaria, Cierto que si Verga hubiese hallado el tema de la
capinera en edad más madura hubiérala desenvuelto muy de otro modo; pero
entonces era timidísimo: un provinciano. No, no es menester decir también
que era joven. Si su arte permanece durante algún tiempo sometido y restringido, más que al verdor del escritor debemos culpar al mundo en que vive. Y
no debemos maravillarnos si, raás tarde, y ya lejos de la isla, escribe otras novelas, donde sólo !'ara vez se advierte la uña que después grabará la historia
de los Malavoglia. No se abandona el hábito provinciano como la camisa seca
de un reptil muerto; se queda adherido, y aun cuando parezca que se ha desprendido, permanece y se deja sentir. La precocidad no era, pues, como he
dicho, una dote de Verga. Es tan ágil observador como lento creador. El problema del arte además le interesa tarde, cuando es ya un hombre hecho y · el
cabello empieza a blanquearle, Antes de ese día obedece a su naturaleza, que

l: quiere n~rrador sin asomarse al pasado histó .·
.
s1n estudi3r a fondo sus med'
. . . 11co de la literatura y también
b
ios Y sus pos1b1hdades C
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* * *
Alguien hará un día el examen crítico de la r
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e anzon1 tenaa que b
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eiga. erga, verismo
uerzos e toda una ge
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.
que esta generación ha vivido ea
d' d
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da, pero moralmente mezq .
me 10. ~ una época políticamente afortunauma, es cosa de felicitarse
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podido, a la distancia tan sólo de al
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.
con a raza, pues que ha
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Verga otro gran novelista Cie t
,
rar e nuevo en
·
r O que no es el caso de
con el otro, primeramente r orque h
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parangonar hoy el uno
en fin, con su educación y su sensib:l~d:~c1 eºn::.ép~cas diferentes, y cada cual,
hasta hacerla per'fecta y divina· el t
,
. Jec1endo el uno sobre una obra
24
,
o ro, más d1sp~rso, por razones fáciles de
369

�LA PLUMA
mee.ester construir, no
de tiempos y de modas; pero, donde era
comprend er,
,
menos sabio arquitecto.
Federico Tozzi, muerto joven todav1a, no
La generación, fuera tal .vez :e ·d·da De Verga partieren, ciertamen~e, muarece poseer aún orientac1?n ec1 1 . los de los cincuenta años: P~rande~bos de los más nobles escritores ~e h;:Verga también el propio Tozz1 y esos
. . De Roberto, Albertazz1, y
ar hombres v caracteierta fuerza saben ere
llo, Panzm1,
otros rarísimos jóvenes que c~n e •
·ra al hombre; pero el hombre empes Hay en sustancia, quien todav1adm1 ·mpotencia y debilidad. Vencido, lo
re ·_ c·1d'o caricaturizado, visto en to ª. su I
u·1unfaba en l\lanzoni; pero
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,
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rist1ana que
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I hombre presume harto, no sien o
llamó Verga, y sin la res1gnac1 n e
ºdo-añaden los nuevos-porque ~
ºd d Así el vencido de ayer,
venc1
.
t en la 10 mens1 a •
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á que un átomo insign1fican e
ºdo hasta convertirse qu1z sen
ro s
ºd' lo es dos veces venc1 '
f o que
!,ajo la máscara del n icu '
ducirse puro y simple, a un ip
un concepto abstracto o un sofisma, o re . do p~r el viento de la vida que sotodos los hombres resume; ~I cual, e~~:~:ro como carabela en mar de borrasla burlón se bambolea a diestro y sin
. ore basta que los hombres no
~a y hast~ que el concepto de la vid; no ~:) en ~\aún ideal más alto que los
cr~an un poco más intensa y pro::v:mi~:ología) "el arte será por fuerza un
actuales (y creen tal vez una
sarcasmo y un guiño.
MARIO PUCCINI

LETRAS INGLESAS
E estima en Inglaterra que a fines de noviembre llega la tempora•
da de más actividad editorial en todo el año. Pero e! actual ha
s'.d~ una triste cx~epción. Las li~tas de obras nuevas ~on cortas y
s10 mterés; y los libreros se queJan, porque su negocio anda más
flojo que nunca . Una especie de sopor parece haber caído, no sólo sobre
el impulso creador de nuestros novelista!! y pottas, pero también sobre los editores, los críticos y el público que lee... Nos hallamos quizás ahora en lo más
recio de la ola. Pronto el amortiguamiento actual cederá tal vez a un resurgimiento de la vena poética y del fuego imaginativo, como sucedió hace un siglo,
después del esquilmo causado por la guerra napoleónica. En todo caso es una
eventualidad que debe desearse ardientemente.
Entre las noticias literarias de estos dos últimos meses, la que más esperanzas hace concebir es el anunciv de varios libros nuevos de Mr. D. H . Lawrence,
acerca de cuya obra en general escribí con cierta extensión en mi crónica anterior. Míster Lawrence se encuentra evidentemente en Italia muy a gusto, porque durante el pasado año ha sobrellevado una tarea prodigiosa. Su editor americano, Mr. Thomas Seltzer, de New York, anuncia ahora una novela nueva llamada Aaron's Rod, un volumen de poemas titulado Tortoises, y un volumen de
notas de viajes por Italia llamado Sea anti Sardinia, del que se han publicado
algunos capítulos en el Dial, de New York. Esos tres libros no se han publicado aún en Inglaterra, donde son esperados con ansia.
La actual generación de autores británicos y americanos parece mostrar aptitud especial para escribir libros de viajes literarios. En un tiempo en que el
arte de novelar anda algo achacoso, y no goza de mejor salud la poesía, quizá

371

�LA PLUMA

LA PLUMA
sea natural que los escritores de talento se vuelvan hacia una forma de expre-

sión donde sólo tienen que atenerse a las reglas que ellos inventen. Míster
P. B. Cunninghame G1aham, que ya ha publicado cosas admirables sobre la
América española, acaba de dar un libro excelente sobre Colombia, llamado
Ca,-tagena of the Indies; !\fr. H. M. Tomliuson, después de un libro sobre el Amazonas, titulado The Sea and tke Jungle, ha publicado un voh.men acerca del Támesis, con el título de Lonion' s Ri'IJer. Debemos a Mr. Joseph Hergesheimer. el
novelista americano, un libro lleno de color y de bellezas sobre San Cl"i1tó/Jat
tk la Habana: también ha tenido muy but'n éxito el admirable libro del llorado
Gcorge Calderón Tahili; y en la pasada quincena ha aparecido una nueva colección de ensayos de viaje por Italia, de Mr. Norman Douglas, que lleva el curioso título de Alone. Míster Douglas es, sin duda, una de las figuras más interesantes en la literatura inglesa contemporánea. Su carrera ha sido variada y
romántica: hombre de negocios, diplomático, músico, viajero, erudito y arqueólogo. Ha vivido en Rusia, en Austria, en Africa, en Italia-y acaso en otros
muchos países-, y su conocimiento de los idiomas es asombroso. Tendrá ahora
unos cincuenta y cinco años, pero s61o hace doce, próximamente, que empezó
a escribir, apareciendo trabajos suyos en los primeros números de 1,~e Englisk
Reriiew, dirigida en aquella sazón por Ford Msdox Hueffer. Míster Douglas vive
permanentemente en Italia, y es desconocido en los corrillos literarios de Londres: pero su obra posee una distinción poco común y el círculo de sus lectores, en Inglaterra y en América, se ensancha rápidamente.
No menos escasa en libros de mérito sobresaliente se ha mostrado la temporada que corre, si se mira a las obras de pura imaginación. Las dos obras
nuevas más interesantes en esta clase son un volumen de Mr. W. Somersct
Maugham, narraciones breves (fruto de un reciente viaje por los mares del Sur),
titulado 1 he Tremóling o/ a Leal, y un librito curioso llamado Crome yellow, de
Mr. Aldous Huxley, distinguidísimo poeta de la generación más joven. Crome
yellow no raya nunca en lo sublime; pero, siguiendo la manera de Thomas Love
Peacock, su autor satiriza con mucho ingenio tipos y ridiculeces modernos. El
más fino gusto y un depurado saber informan este libro, abundante en admirables descripciones.
De la moderna poesía inglesa, he de decir que aún se halla, en mucha parte, en manos de Jitterateurs de profesión, que no cultivan las musas por modo
enteramente desinteresado. Todavía en Londres las damas buscan con interés
para sus recepcione&amp; un joven poeta que esté de moda, y al poeta mismo le
372

gusta lucirse en bailes y tertulias De 1
.
os ~ocos cuya inspiración es de naturaleza elevada apenas se babi
d'
a, Y como sus libros n
e itorcs andan reacios las má d 1
o se venden con rapidez los
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s e as veces p
f
•
a 1uz. Mr. Harold Monro, propietario de &lt;Th~ para a rontar el riesgo de sacarlos
Poetry Chaphook ha prestad
. .
oetry Bookshop• y t&gt;ditor de Tfb
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o un scrv1c10 a Ja lit
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uenas poesías de esos escritores i'nt
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uenc1a provechosa es la publicac·6 d
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ue poco leidos; y otra in1 n e una antol •
regentada por Miss Edith Sitwell Wi"L l .
og1a anual llamada Wheels
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ncion es grata, aunque no fuese más ue
. r~z revo1uc1onario, y su apade sus dos hermanos Osbert y S h q por Incluir la obra de Miss Sitwell .,
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y algunos cmarr
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aparecido reaentemente y otros tá
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merecen estimulo y para
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· n e 1os m s 10te
g1da por Austin Spare el arti la .
resantes se cuenta cJrorm• diricJra~fare•, cGargoyle• ; cBrooms•· E~~n::::t~ c~n. el poet~ W. H. Davies;
escntores americanos residentes
R
a dmge y edita un grupo de
publican. Es un experimento . t en oma, _Y en esta ciudad la escriben y la
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m ercsante de mter
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.
.
nac1ona1ismo práctico Tam
b i n se anuncia para un futuro pr6x1mo
una
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•
na/, en la que es de suponer que el 'd ¡·
rev1s a iteraria llamada Germi1 ea 1smo revol ·
.
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Juventud europea encuentre su expresi6 . 1
uc1onano que inspira a la
la paz de Versallcs, nuestros escr1'tor
n mg esa. Durante la guerra, y desde
M H
es avanzados c
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r. • G. Wells, han sido parcos en d
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ussc, un Romain Ro1
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compararse justamente a Anat0 I F
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3nos; pero su obra ha perdido poc d
. . .
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de su tiempo, más jóven que los ;áse_~u antiguo vigor. Aún está a la cabeza
dor, sin miedo, intelectualmente
. J. vcnes de nosotros, activo, provoca.6
, Y s1rv1endo de fue l ·
-c1 n a todos los que como Willia BI k d
n e magolable de inspira'
m a e, escan edifi
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en e ¡ suelo verde y jocundo de I I t
car e a ucvaJerusalen
ng a erra•. La represe t '6
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med ia de Mr. Shaw cHeart/Jrealc ,cr0
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n aci n de la gran co.
use• a sido el ú ·
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n1co acontcc1m1ento teara a.

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=•

DOUGLAS GOLDRING

J7.3

�LA PLUMA

T E AT R OS

·
·
·
111

HECHIZO ESLAVO Y ESTILO ESPAÑOL

e · pnnc1p10 era el verbo· Pero a la postre hemos venido a descubrir la excelencia del mutismo, o, cuando más, de la ono:1atopeya.
Las ígneas lenguas del espíritu inspirador no son ya srno ~uegos
"'
de artificio de que se tocan, a modo de aureola, nuestros ~as e:.
óstoles de la buena nueva artística. Sépase, porque nadie se é
pmgo_rotados ap
ue aludo por modo especial a D. José Ortega Y_ Gasset,
l'd d de espectador y alosador de las últimas vaa cavilar en vano, q
t
say-i sta en su ca 1 a
"
.
.
.
emrnen e en .
'convertido a las teorías fu turistas del Sr. Marmettl.
riedades escénicas,
t .
es'onado
por el gustosísimo espectáculo del
1
•
J é o tega y Gasse 1mpr
Don os
r .
a~ rimeras representaciones en París reverdec1ecabaret del Murczllago, cuy p 1 b ·¡ s rusos ha publicado no ha mucho en
. 1
d ntaño por os a1 e
,
.
ron el éxito og:a .ª
. d 1 s . óvenes vocados al arte a no escnEl Sol un estudio lineo, conmman o a o _J tar más cuadros, modelar estatuas
•
-&lt;
1 s dramas o poemas, a no pm
.
,
.
editados a l¿,s nuevas normas escémcas,
b1r m..,s nove a ,
1
ni pautar armonizad:~:b~~~: ::~t~~:~?to que no sea mero pretexto para com-de las que debe pro
.
entremezcladas de danzas, canciones lindas, y
binar unas cuantas pantomimas,
l't
. tra~cendental con que suelen
r:n todo caso, tal fcual f?lletón, gd~nero - \ e~::1oel balcón del folletín, por don) ar los grandes rotativos, en ias sena a
'
.
co g
b
la literatura los lectores mgénuos.
de en tiempo~ se asoma an : O te a ha tenido Juego la debida cuanto irremeEl Uamam1ento de D. Jos
r ~
s·
. mpre dispuesta a aprovechardiable consecuencia: La firma Martmez ierra, s1e
N

?

cualquier coyuntura favorable al marchamo artístico de su industria, se ha apresurado a justificar su último atentado al buen gusto y a la moral profe3ional,
incluyendo en el programa de ese burdo plagio que titula «Linterna mágica,
algunos trozos escogidos del ensayo del Sr. Ortega. Terrible penitencia la de
este joven maestro de maestros, si se ha visto, sentado en una butaca de Eslava, enfrentado con su propia obra, tan presto desencadenada sobre el escenario del Pasadizo. Terrible, pero proporcionada a su culpa, de que hasta la fecha
no ha pretendido ~ximirse eludiendo toda responsabilidad en el engendro.
Hétenos, pues, salidos de Málaga para entrar en Malagón. Libres definitivamente del género chico de D. Miguel Echegaray. del género grande de D. José
Echegaray, del género ínfimo de la Bella Monterde, la firma Martínez Sierra,
al amparo de la frontera espiritual que nos separa del mundo artístico civilizado, pervierte, envilece, rebaja y achabacana-cursi hasta en sus crímenescuanto en la variedad del teatro contemporáneo ofrecen de sugestivo y aleccionador las escenas extranjeras.
La mala fe y la rapacidad de la firma Martínez Sierra, la buena voluntad
con que yerra D. José Ortega y Gasset, tienen algunos puntos de coincidencia
indudable: En uno y otro se adviertt insensibilidad s1nte las obras de arte, incapacidad de creación, frivolidad liviana o barroca-perniciosísirno prurito de
halagar al público más insensato, el de las damas que presumen de exquisitez,
buscándole tres piés al gato de la chica; es decir, dándoselo por liebre y, lo
que es peor, con azúcar, como se usa melificar en Alemania el asado, que
no la .filosofía.
Hubiera cómpetencia, siquiera fuese comercial, cuanto más en el orden artístico, y ni la firma Martínez Sierra se atrevería a enarbolar como bandera las
etiquetas de su farmacia teatral, ni D. José Ortega a erigir en principios estéticos universales su propia limitación.
La razón fundamental que D. José Ortega aduce en el susodicho estudio,
en contra de la representación de las grandes obras dramáticas y en pro de las
variedades como exclusivo género escénico, se ha visto desmentida a la luz
de la linterna para andar por casa de la firma Martínez Sierra. Es preferibledice D. José Ortega-un espectáculo que satisfaga a los sentidos, como el del
M11rciélago, al de una ohra de Shakespeare, por malos cómicos: ¡Jóvenes imberbes, que en vuestros aíios tiernos dirigís al templo de Apolo vuestros pasos, no más perder t&gt;I tiempo ni las otras unidades; viva la bagatela artística!
Ahora bien-se le ocurre a cualquiera, viendo las mojigangas perpetradas por

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
. Sh k
a e ha menester buenos cómicos, ¿cuála firma Martínez Sierra-, SI
a esp;.: delt'ai·te? Don José Orte ga es, pues,
les no necesitará la moderna comme '.
ieza a hacer en todos
, t'
del hechizo eslavo que tan senos estragos emp .
.
v1c ima
l za a del movimiento europeo, que
los órdenes. Empieza entre n~sotros, a a .us~oso eli ro mundial, le c/1arme
de antiguo son tópicos expres1vr°s
italiants
denuncian en los ojos
slave, it fascino slavo _con q~e rance
temblor e iléptico de un Dosabismáticos de las mu¡eres iusas, en el ~r~n
I r ~e el ya famoso Co:o
toyewski, en el fuego sagrado de esda mus1ca p:p:: ~u~ dos conciertos de la
Ukranio acaba de revelarnos en to a su purez •

de:::;

1!

Sociedad Filarmónica.
,
cuya dilucidación no es fácil
Conceptos son estos que envuelven eqluivocos uándo términos antagónicos,
.
.
t A t
uro y arte popu ar son, c
de pnmer rnten o. r e P
. .
.
a Los directores del
.
, el cnteno de quien 1os emµ 1e •
cuándo correlativos, segun
. '6 de canciones tradicio•
Coro Ukranio dicen haber.se limitado a la _armt o:~~a~~r: Ukranio produce, nada
, La emoción que un conc1er o
d
nales e su pa1s.
•
·t d
todo ánimo sensible por esas
·
b
con la susc1 a a en
tiene que ver, sm em argo,
.
.
natural en pleno campo o a la
1
t ·das1 oídas de improviso, a1
'
•
mismas cop as Y on~
't'
Los elementos natur¡¡les que conronda de amadores de un pueblo pnmd1 ivo.
t'tu'dos re~resentados de algún
t .
esi6n directa han e ser sus t i
'
-r
curren en es a impr
'
y
, del arte de los directores de¡
modo, una vez trasplantados a un tea~ro. aqui_ de su música popular en la
Coro Ukraoio, para conservar la prec1~sa etsenc1~e técnica de selección de vo. .6
t' t'
Es una labor emrnen emen
,
traspos1c1 n ar 1s ica.
. . .
d
•
do acento característico del
1 • to de d1sc1phna e 1 apaswna
ces, de acop am1en ,
. . , de baratiJ' a con que suele
t · de ·l a improv1sac1on
•
1
t;:~s~a::~ :iª~:~hizo de e:;t~s espectáculos arrancados de su am·

:::::~:::::s

:1

biente propio~ por :~edn;: ::r~::r::º!~1c~~:eficio de un arte español, con es?
¿Qué ensenanza P
é ·
d ¡ gran arte ruso
0
píritu propio, de estas excelentes ~=n:!:::.:~~ ::s ;:~i:~:~:s, e harto más fácilLa respuesta se hallará tal vez en
.
ntados Años hace que
mente que en las deslabazadas imitaciones y calcflos apu 1 Niña de los Peido orden y tablados ame ncos a
corre por escena-; d e segun
.
.,
· falsedad ;Hasta qué
r
,
t ' tico sin contammac1on u1
·,
nes verdadero 1enomeno ª 1 is
·
, . · os como Falla
'
1
t /¡ ndo cuvo secreto buscan mu~1c
'
punto es popular o no e can e·.º
ti. de ese tesoro que encierran unas
conscientes de la tr~s.cen~enc1a ª:/:n~: tocadores de guitarra, y se transmicuantas gargantas pnvilegiadas, Y ~,
. ? La Niña de los Peines
ten unos pocos elegidos, de generac10n en generac16 n

¡.

representa ciertamente un misterio lírico que apenas entrevén los críticos y
estéticos, pero que tiene cimentación propiamente artística en una técnica, harto estricta y hermética para el profano.
Ese punto de fusión entre el llamado arte popular y el Arte puro, es decir,
.a un tiempo elemental y trascendente, inspirado y sabio, castizo y universal,

!6gralo hoy con sus danzas clásicas una artista ejemplar, La Argentina, que luchando bravamente contra la indiferencia o el aplauso desmedido de públicos
y revisteros torpes, ha sabido ir depurand~ con un instinto maravilloso, servido por unas facultades naturales espléndidas, ese concepto del estilo español
en que tan obstinadamente se pierden el empresario y el metafísico.
Viéndola bailar acompañada a la guitarra, asáltanos la misma reflexión que
las coplas andaluzas de la Niña de los Peines sugieren, acerca de la posibilidad
-o no de discernir el elemento popular y la composición crítica en tales manifestaciones de un arte nacional. Sólo que, en los bailes de la Argentina, es patente la conciencia artística, limitada en la extraordinaria cantaora a una perfección técnica donde la inspiración personal apenas tiene valor.
Es decir, que cuanto nos seduce y emociona en las coplas de la Niña, es del
acervo común, espíritu todo lo puro que se qi;iera, pero interpretado de una
manera ritual tan académica como pueda serlo una canción napolitana a través
de lasftoritu,·e del bel canto. Quien estime aventurada esta suposición, no tiene
sino considerar el error de perspectiva en que se funda la aseveración contraria. Nuestro desconocimiento de la técnica abstrusa del cante hondo, no implica
la inexistencia de unas reglas tan rigurosas como las del canto llano.
La Niña de los Peines, perfecta intérprete de un género de arte popular,
ino inventa nada. La Agentina crea del baile flamenco una categoría artística,
&lt;iifícil de clasificar exactamente en la plástica o en la dramática. No obstante
lo cual, por virtud de su temperamento adiestrado en la experiencia, nunca
sus interpretaciones adolecen de la confusión a que deben en mucha parte su
fama algunas célebres bailarinas extranjeras, de que puede ser prototipo Isa-dora Duncan.

No nos cumple analizar ahora, sí tan solo señalar someramente, los recursos de que la Argentina se vale para conseguir el máximo efecto artístico. La
bata andaluza y el pañolillo de talle con que compone de una manera sobria
la ~ejor figura de sus creaciones, evoca con harta mayor 41ficacia qne la más
cabal reproducción arqueológica, la gracia de las tanagras clásicas; el peso, el
ritmo grave, la seguridad del cuerpo retemblando en contun~ente taconeo so-

�LA PLUMA
1 a crótalos marcan la diferencia capital entre el
. gravidez angélica de la academia
bre las tablas, al compás de_ 1)
al
'
1
concepto tradicional del baile and _udz y ~óm la cualidad sui ueneris que hace
b toda otra cons1 erac1 n,
0
francesa. Pero so re
, .
ostos de las variedades al uso, es el
exceder a la Argentina de _los hm1te~ang que sin subvertir los elementos
grado de expresión femenma, sensbu ' ¡con ó 'esencial no ya del baile esáfi o descu re a raz n
'
propios del arte coreogr c • .
• .
sino del baile pura y simplepaño! o flamenco en sus modalidades bp1cas,
mente.
1 entienden del todo, se sienten
De ahí el por qué los públi~os que nN~ a York sin que los críticos hayan
•d
s illa o en ueva
.,
arrebatados en Ma d n • en ev '
.
. de una artista cuyos méritos
.
r
1d ente Ja exce1enc1a
acertado a explicar cump am
d'ción con ¡05 fáciles trucos de
I
nada tienen que ver con el/asticl1e, ~on a :~~e~tes 'directores artísticos, imbaja eslofa, que el mercan~1hsmo de os se 1
pone a la admiración p6bhca.

UN CRÍTICO INCIPIENTE

LIBROS y REVISTAS
Francisco A. de lcaza.-Nietzsche, poeta (l11terj&gt;retacio1tes liricas).-Mad rid.
c ... estos versos míos-advierte el autor de Nietzsche, j&gt;oeta, en las Palabras
Preliminans del nuevo volumen de su Aniolog(a crílirn áe poetas exlra11.ferosno pueden llamarse estrictamente traducción, en el se ntido vulgar de la palabra: «Mi estilo-decía Nietzsche-es una danza, un juego de simetrías de todas
clases y un saltar y burlar estas mismas simetrías. !.lega hasta la elección de
vocales.• La obra de un poeta de ese género, lacónico, profundo, y artífice del
verbo, y que se expresa en lengua de índole tan distinta a nuestra lengua, es
intraducible; como no se haga labor personal, en la que coincidan el sentido,
el sentimiento y, si se puede, la forma de expresión rítmica, sin apegarse a la
verbal. Ese ha sido mi intento al trasladar al castellano los mejores \·ersos de
Nietzsche-o por lo meaos los que yo tengo por tales ... &gt;
No huelgan ciertamente estas salvedades con que el agudo sentido crítico del
señor lcaza ofrece a la consideración de sus lectores la primorosa versión de
los más escogidos frutos poéticos de Nietzsche. Écbase de ver ea las pocas traducciones que entre la balumba de ellas pueden solicitar la atención del aficionado a las buenas letras, un excesivo prurito de fidelidad, las más veces erróneo. Con lo cual, lejos de conseguirse la debida adecuación entre el espíritu
del autor traducido y su expresión española, se produce en torno de la obra
traducida una atmésfcra neblinosa, donde su interés esencial aparece sustituido por un exotismo pintoresco, en el caso más favorable.
La traducción de un poeta es sobremanera difícil. Cuando el poeta es perfecto, como Nietzsche, en su condición de filósofo lírico, la dificultad sube de
punto. El Sr. lcaza la vence con la rara maestría que este librito pregona, porque en todo momento le llevaron la mano esa serena crítica que tan armoniosamente compone su obra poética, ese cálido acento que presta singularísima
animación a sus estudios literarios.
Los pequeños poemas, de quintaesenciada poesía, reunidos en la interpretación española de lcaza, requerían, sin duda, para llegar directamente a nosotros, esa transfusión lírica, operada con un criterio opuesto al de los diseca-

379

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
• d fid r d d las más veces err6·
nado a las buenas letras, un ~x:c~siv? prun~o :e C~~ ª ;mor pretendió hacer
0
neas• de N~e/zs~he, poeta, la lt~1~:~1~:1c:liei{to trágic¿ resumido, entre cabriopoes1a
lapida na,
la qduaes e~ !st:ºseutencia Para todos los cread&lt;Jres, del poedesplantes
y phara
umo¡-a
las,

ta alemán:
«El mundo no se está quedo;
a la noche sig11e e! día:.
si el yo quiero suena bien, el yo puedo
suena mejor todavía.•

C. R.C.

• • •
C. Rivas Cherif--!m camarada má.r.-Ediciones de L• PLUMA.
·t dulce v bucólica en ciertos pasaHe aquí una novela pulcramente escn :~ vacilado ante ningún esfuerzo, y
jes, fuerte y áspera en otros. ~u autor no habilidades de hombre de letras nos
con delectación de am?ieurfm stqu~ con ·ngenio que sabe triunfar con soltura
va mostrando las múltiples_ a~e as e su i
en t"l diálogo y en la descnpc1ón. l f . ·sta con una solución antifeminista.
Un camarada más es una nove a em11~1 ··· 11ector or propia cuenta, y a
La moraleja que de ella s_e deduce la ob~en:o~a En la prendici6n de toda vobuen seguro que no d&gt;:!prá mal sabor e elem~nto dramático que se transluntad enérgica hay s1e~pre un d~ºfae~~~~ntad marcha del error a la verd~d.
forma en elemento cómico cuan . .
, ·t en añador parece que preside
Un oculto destino irónico, un -:ahgno esp~~~~per!das revelaciones, con su imla acción de esta n~v~la. La v1 a, c~n sus t ue se com lace en ir trazando ~l
previsidad, como dma Bergson,_ d1¡é~ase q c dcrles ei más pequeño espacio
camino que siguen los persona¡cs, s1n c~ns eU1a tras otra, van dcsaparecienneutro donde puedan des_arrol~ar sus t~o;~~y d¡'scípulos adquiriendo singular
do las ilusiones peda~ógicas e maes r
uedando a~í pura y diáfana, como
energía la atm6sfera vital donde m~c-t(~( gen~il camarada universitario), al
el aire después de _la !orme!1~ª-- sp1r:ri" re manifestada de modo contund_enreconocer la supe~1ondad fis1~adde¡' ~o obpa;a convertirse en una realid~d viva,
te,. deja de ser un ideal ~ema;~: ;ar;~~ansformarse en una mujer, n? igual a
de¡a de ser «un cam~ra ª m .·
or su cultura y por su arro¡o.
las demás mujeres, smo supe1 ior a e 11i3s
Rº as Chcrif son verdaderamente
Los primeros capítulos de l! nove a elo ~: determinado círculo, de nordeliciosos y causa~án no, ~~que~o ~c~na~:cen inspirados. Ciertos detalles c~mas tal vez demasiado ng1 as, on e .
ºón a la obra sobradamente mov1micos, tomados del natural, prestan ~01m:c1 sorprenden'tes, a los que no tiene
da ya _pdodr edxec:~~d~~ :~ea~~i;º;a~~~ea~!~ºun! novela interesante.
neces1 a
J. A. P.

l:

SE

J

• * •
3So

S. González Anaya. - El cas/illo ~ irás y no volverás. - Novela. Editorial
Pueyo. Madrid, 19::- 1.

Salvador González Auaya ha escrito otra novela andaluza. Después de Rebelión y de La Sangre de Abe/, la última obra de: González Anaya es un nuevo,
intento de aprehender esa rt"alidad de innumerables aspectos y matices, que
todavía no ha logrado una definición satisfactoria, llamada Andalucía . A primera vista pudiera creerse que la novela de González Ana ya no tiene de andaluza más que el fondo, la serie de paisajes y costumbres· que el autor nos describe con cierta prolijidad; pero a poco que se reflexione, será forzoso reconocer que la acción, por el modo de tratarla-sup&lt;·rficial, sensual, hiperbólicamente-es, asimismo, hasta sus raíces, andall1za, y especialmente malagueña.
Un inconfundib!e matiz local domina toda la obra, ann cuando lo pintoresco
queda en absoluto excluido de &lt;:"lla. Nada hay aquí que recuerde las Escenas
de El Solita,·io ni los personajes de Arturo Reyes; nada d.: bandidos, ni de ·
mozas juncales, ni de sangrientas riñas, ni de majos, ni de toreros: no es una
Andalucía pasada, Jitcrariamenle pasada también, la que González Anaya nos
describe: es la Andalucía actual y media, tal como la vive la mayoría de sus
habitantes. Se comprende así que las dificultadt"S con que ha tenido que luc.har el autor sean considerables, por lo cual su intento es digno de alabanza.
No corre por camino trillado, sino que pretende abrirlo.
El estilo adolece de evidentes descuídos, incomprensibles desde luego en
un escritor que no es novel. La crítica ha hecho ya presa en ellos, con sobrada
saña, a mi juicio, ya que el dominio de la técnica es resultado de la aplicación
o la constancia, sin que podamos atribuir, sólo por ello, a quien lo posca, cua-lidades estrictam~ntc literarias.

J.
*

A. P.

* *

Daniel Ruzo.-dsí /,a can/ado la Naturaleza.-Paisa.fes ~ estas tierras.Lima, 1920.

Daniel Ruzo, nos dice su prologuista el ilustre escritor peruano Dr. Prado
y Ugarteche, fué proclamado poeta de la juventud en los Juegos Florales de
Lima en 1918. ¿Hay todavía quien no sepa a qué atenerse respecto a la poesía
de juegos florales? La poesía de juegos florales constituye, sin duda, un género
inferior, o, en todo caso, un género inadecuado para la emoción sincera, que
no es, contra lo que se acostumbra decir, la que se expresa con metáforas y
tropos sancionados por las retóricas escolares, sino la más difícil de expresar,
por lo mismo que ba de reflejar la emoción personal, distinta, ante la vida inmutable. Pese al prejuicio con que desde luego emprendemos la lectura de un
poeta premiado, los versos de Daniel Ruzo nos gustan. Claros, abiertos, sin
novedad alguna en su estructura-todas las poesías de la colección están compuestas en el endecasílabo asonantado tradicional-rehuyendo intencionadamente la sutileza de expresión y de sentimiento ante el paisaje, ostentan
cierta inmaculada simplicidad, que nos los hace desde luego gratos. Su limpi3S1

�LA PLUMA

LA PLUMA
·
c·a cobra en la blanca extensión del libro, sin sombras
dez serena, su 1lnaoccueanl1"d1¡d que le hace valer y por la que, en definitiva nos
ni claroscuro,
«Las estrellas huyeron,
empieza a amanecer, y siento frío.•
«Amanece; tibiezas y dulzuras
han bajado a besar el fresno grande.&gt;
«La lluvia cenicienta y perezosa .
ha dejado en las tierJas su cansanc10.•
«Luz, divina y alada,
.
a ti saludan los primeros trmos.&gt;

gana:

~~;~-~b~s!~~~~n: !e;;~:

0

5

sui,;~%1fó ni~!:c~~:O~!~~Z1;e~ s~b~ii~:~~~s~ii~:\~~~
templación sin pensamiento:
«Vivir plácidamente
sin pensar en la vida;
leyendo claros versos que retr~ten
como las aguas pur:is y tranquilas,
los árboles del campo
en su tristeza, .. &gt; _

ha de afinar s.i n duda, la expresión de sensaciones y motivos, hart~l \ftfr~rso1
. nal~s~~~;
r~;:u~~afe!!i~~tt~~:a;::n~~d~~~:~~ees~~í~ e; gracia ~uy
0
~personales por el pintor José Sabogal.
C. R. C.

;fn1:J fa

iucionaria de la nueva Italia. Juntos trepamos a las cimas del Apenino próximo, y en alguna hostería montañesa. restaurados por el;vinillo consolador, recitamos tal vez los versos de Mallarmé que ahora presiden las últimas páginas
del libro:
«La plupart rala dans les defilés nocturnes
S'énivrant du bonheur de voir couler son sang,
O Mort le seul baiser au bouches taciturnes!,
Mas no se crea que Le scarpe al sote sólo tiene un sentido evocador para el
&lt;:ompañero de armas o el amigo lejano. Paolo Monelli es poeta y su libro no
podía ser un documento, o un alegato, sino un poema. La guerra se nos muestra en él en su verdad eterna, como un hecho humano, pero sin abstracciones
ni alegorías, en su realidad inmediata: L .. guerra, no ya europea, italiana, y
aún más, la guerra de mi amigo, el skiador, que concibe la vida como un es•
fuerzo sportivo y el sport como un ideal nutrido de clásica savia;lque contempla en el Alpe austriaco la barrera enemiga; que de tan humano no quiere sustraerse a un destino nacional; que se eleva sobre las contingencias, cantándo•
las en espiritualísima prosa y hondos versos de ritmo interior; que vive plenamente, en fin, la juventud que acaso no han tenido nunca los editores a quien
puede parecerles pasados de moda libros como Le scarpe al sote, tan significa•
tiv ,s y emocionantes para Faoro da Lamon, el contrabandista que pierde su
-0ficio si se ensancha la frontera»; para el borracho Turin; para la hetaira de
Padua a quien quizás no volverá a ver el poeta soldado. ( •¿Quién sabe?., se
pregunta en español); para mí, que experimento no sé qué extraña Eensaci6n
leyendo en esas dus palabras el recuerdo quizás involuntario de una camara&lt;lería estudiantil, que el tiempo pasado y los azares de la ausencia, decoran ya
con la nostalgia de la primavera, al granar sus primeros frutos.

c. R. c.

***
Paolo Monelli.-Le sca,-pe al sole.-Bologna, L. Capelli, editore, 192 1.
¡ ¡ · "fica morir en com.
«En la jerga de los alpinos pon&lt;:r los zapa~:r:a s~n' !~g~;ente italiano. ¿Un
:-bate.&gt; Le sca1-pe al sol~ etuna_crt1~a deenlta lecha de su publicación, que algu•
libro de guerra todav1a? n ano ac1a!
De todos modos, dice su autor
nos editores lo rechazaban ya por antifua_do. • dido en la grisura de la vida
en el breve prólogo, aún debe haber.ª gu•rl:• per ue vivió estos humildes años
burguesa o eremita en tal cual vallecillo ª pmo, q
ó h
hido de nostalgia
. b ·11
• glo1·ia v aún siente su coraz n ene
.
de guerra ,sm n C? Y sm
' ,
f damos entonces el viático del
l\ él ofrezco este llbro, buenamente_, como o re de nuestra mesa cordial.&gt;
vino y de las. caucione~ al huésped mes~e~~~ºde este libro con fingido desin•
Vano sena que ":/º mte1;1tase ac~sar iec\a Universidad de Bolonia, en años
. terés. Paolo Monelh fué mi compa~~7 dt os la vida goliárdica de la grassa
descuidados y plac~nteros_. Juntos is ru ª':1.
ar denso sutil, aromado
, ciudad «iosca, turnta•, animada de un esp1nt~, a~~r el dulce ~eneno del sette•
por la severidad de su docta y alust~rda
siglo por la conciencia reYo•
~centismo decadente, por el tumu to m us r
,

Ptf:iP~~'¡

38:1

Jean Galtier Boissiere.-Loin de la rifjlette.-París, Cres, MCMXXI.
La guerra no es sólo repulsiva, odiosa; tiene también su lado risible. En
cuanto el horror de las batallas desaparece de nuestra vista, la comicidad, en
que es tan abundante la vida militar, vuelve a fluir inagotablemente. Si el régimen de cuartel es fértil en situaciones disparatadas, por la aplicación ciega
a innumerables tipos, caracteres y casos divergentes, de unos reglamentós que
no están cortados a la medida de nadie, la vida en campaña ofrece por añadi•
dura a la observación del satírico y moralista ciertas formas de lo ridículo que
no prevalecen en tiempo de paz. M. Galtier Boissiere ha puesto a contribución
una parte de su experiencia de soldado para escribir Loin de la rifjlelte, y nos
da un «libro de guerra, del que lo más horrible de la guerra: bombardeos, ba•
tallas, padecimientos del soldado en las trincheras de primera línea, está au•
sente. Nos cuenta M. Galtier Boissiere las observaciones que hizo lejos del
fuego o del combate, en los campos de instrucción, en los depósitos: las simu•
laciones del valor, los recursos del miedo para P-squivar la ida al frente, ciertas
3133

�LA PLUMA
hechuras grotescas de la patriotería, el desbarajuste, los inverosímiles ti:opiezos de la jerarquía, son 1~. materia primera del relato, en el que van entremetidas algunas sabrosas aventuras de soldados de verdad, Pero el humor satírico de M. Galtier Boissicre, no se detiene en coleccionar anécdotas. Su libro es.
un libro contra la guerra; la intención última del autor es mostrar el~contraste
entre ciertos vocablos sonoros o ciértas recetas de bourrage des crdnes, y su
contenido. Es un documento más para añadirlo al proceso que los combatientes (únicos que pueden hablar dd caso con autoridad) han abierto contra la
guerra. Loi11 de la dfjlelte se lee de un tirón, y sabe a poco.
M. A.

* * *
Revistas. - Mercure de .Prance, París. - Le Progrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos.
Aires.-Atlzenae1mz, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Crapouiltot, París.-Belles Lettrts, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid,.o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsla ed Arte, F errara.-España y América, Cádiz.-flermes. Bilbao.- L' Ari Libre. Brusela,s.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La No•,velle Revue franfaise, París.-Jndice, Madrid.

F I N DEL VOLUMEN III

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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•

LA PLUMA

�i\..
«J:a pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes

VOLUMEN QUINTO

y la que sustenta leyes.»

MADRID
I 9 2 2
\

�.·

AÑO ID.

1

MADRID, JULIO 1922

CARA DE PLATA

1

NÚM. 26.

4t, COMEDIA

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA
ESCENA PRIMERA
ALEGRES ALBORES. Luengas brañas comunales, en los Montes de Lantaño. Sobre el roquedo la ruina de un castillo,y en el verde
regazo, las Arcas de Bradomín. Acampa una tropa de clzalanes, al abrigo de aquellas piedras insignes-Manuel Tovio, Manuel Fonseca, Pedro Abuin, Ramiro de Bealo y Sebastián de Xogas-. A la redonda,
los caballos se esparcen mordiendo la yerba sagrada de las célticas mámoas.
PEDRO ABUIN

Ganados de Lantaño, siempre tuvieron paso por Lantañón.
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ HERMANOS.
NORTE, '.ll. MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

RAMIRO DE BEALO

Hoy se lo nie¡an.

s

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
VOCES LEJANAS

PEDRO ABIJIN

¿Qué se ofrece?

Eso aún hemos de ventilarlo.
RAMIRO DE IJEALO

No te metas a pleitos, con hombre de almenas.

PEDRO ABUIN

En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el
paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes
en ello?
EL VIEJO DE CURES

PEDRO ABUIN

¡Casta de soberbios! El fuero que tienen, pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del ;Rey!
SEBASTIÁN DE XOGAS
1

¡Si hay ley!
PEDRO ABUIN

¡No la hay! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el viejo
Montenegro.

Ya hubo reyes que acabaron ahorcados.
RAMIRO DE BEALO

En otr&amp;s tierras.
¡Montenegrosl ¡Negros de corazón!
PEDRO ABUIN

A esa casta de renegados la hemos de ver sin pan y sin tejas.

¡Más altos adarves se hundieron!
MASCF.L TOVIO

Pero en el ínterin se nos priva el paso por el dominio de Lantañón. ¡Tanto son parciales los días presentes!
POR LOS CAMINOS DEL MONTE van clzalanes y feriantes,
tn desgranadas hileras. Los rk Cures y Tras Cures, los de Taveiros 'Y
los de Nigran. Trasponiendo las célticas lomas, entre picasy gritos, cornea una punta rk vacas. Las voces de los clzalanes y el ladrido de los
perros_prolongan un épico verso, en los cri.-tales matinales.
PEDRO ABUIN

6

¡Mucho aventuras!
SEBASTIÁN DE XOGAS

MA.l\UF.L FONSECA

¡Alto, compañeros!

EL VIEJO DE CURES

Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme al texto
de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso
conforme al texto de nuestros mayores.
RAMIRO DE BEALO

El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes.
PEDRO ABUIN

¡Fué mal sentenciado! Y todos a una puestos en la de pasar, nos
reímos de papeles.
EL VIEJO DE CURES

Donde hay sentencia de juez, mala o buena, tuerta o derecha, le
toca perder al rebelde. ¡Siempre lo he visto en los años que tengo!
PEDRO ADUIN

Con sentencia o sin sentencia, no tiene poder contra todos el
viejo Montenegro. ¡Esa es la mía!
1

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL VIEJO DE CURES

Arrogancias, nunca ganaron pleitos.

UN PASTOR, escotero y remot{} sobre una peña, asiste al concilio
Jzacimdo círculos con el hierro cúl cayado en los líquenes milenos del
roquedo.
EL PASTOR

SEBASTIÁN DE XOGAS

(Qué cuentas son las vuestras? ¿Llevar el ganado por la barca?
EL VIEJO DE CURES

Acercarnos a las puertas del pazo, y pedirle su venia al vinculero.

La idea vuestra, ya otros la pusieron en obra. ¿Y qué sacaron?
jÜir malos textos! Yo fuí con buenas palabras. ¿Y qué saqué? ¡Escarnios! Me oyó tirándose de las barbas, y acabó con que fuese a pe,dírselo la parienta.

PEDRO ABUL"{

¡Es mucha la soberbia que tiene!

MANUEL FONSECA

¡Con ella en la cama sentenciaba el pleito!

EL VIEJO DE CURES

Pues nos allá vamos con ese concierto, y a ser vos conformes,
podemos ir todos, que más fuerza hacemos.
PEDRO ABUIN

EL PASTOR

¡No sentenciase su fin!
RAMIRO DE BEALO

Es el fuero que tiene.

¿Y si se niega, qué procede?
EL VIEJO DE CURES

Esperar una mudanza de su genio. Tú propones juntarnos para
la rebeldía. ¡Así es! Yo para las mediaciones que transigen guerras.
¡Quién tuvo razón, lo diga el tiempo!

EL PASTOR

Pues llévale la vaca de tu corte.
PEDRO ABUIN

Ya se la había llevado.
RAMIRO DE BEALO

RAMIRO DE BEALO

Con ir allá, nada se nos pierde.
MANUEL TOVIO

Si lo atrapamos en la hora renegada, nos echa con rayos y centellas.
PEDRO ABUIN

Si mala palabra me dice, mala palabra respondo.

Un rayo que os parta.
PEDRO ABUIN

¿Qué resolución tomamos, compañeros? La mía es meter el gana&lt;io por los arcos . Pero habíamos de ser todos a una; si como dicen,
hubo ya tiempos donde fueron quemadas las casas de torre, pudieran volver tales tiempos.
EL PASTOR

LA VOZ llEL VIEJO

¡Con ese dictamen no vengas allá!
8

Vamos y no lo demoremos, que está solo en la cueva el lobo cano.
9

�LA PLU.MA

LA P L U l\l A
PEDRO ABUIN

¿Qué respondéis los feriantes? ¿Nos juntamos para hacer valer
nuestro derecho?
EL VIEJO DE CURES

Tengo una carga de años, y os confirmo que más ganaremos con
palabras cristianas que con acciones rebeldes.
PEDRO ABUIN

PEDRO ABUJN

¡Montenegro, emplazado quedas!
EL TROPEL DE CHALANES parte en cabalgada., y el pastor
en lo alto de la peñ_a, silueteado sobre el cielo, los despide con un grito,
agitando los brazos.
EL PASTOR

¡No hay otra guerra que quemarle los campos!

Los de ese dictamen que vayan delante y hablen primero.
EL VIEJO DE CURES

¡AmJn! Sin concordia entre altos y bajos, el mundo no se gobierna.
VOCES DE LOS FERIANTES

¡Too! ¡Marelal ¡Tooo! ¡Bermella!
MANUEL FONSECA

ESCENA SEGUNDA
El PAZO DE LANTAÑÓN-Luces matinales-. Sobre el atrio

de limoneros, la arcada. de tma solalla, con escalera de piedra. Sabe/ita
está en lo alto, de pechos al arambol, rubia de mieles, el cabello en dos
trenzas, el hábito de Nazareno. En el lindero del atrio clamorea una
ringla de mujerucas con frutos y tenderetes.

Esperemos a ver lo que saca Quinto de Cures.
RAMIRO DP: BEALO

El no, ya lo lleva.
!:L PASTOR

Sacará lo que otros sacaron.
PEDRO ABUIN

¡Sacará voces y denuestos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Atención pido! De ir a un levante tiempo tenemos. Y para mi:
discurso, nos 0uadra dejar cualquier querella hasta pasado el Corpus
de Viana. Busquemos, ahora, h vida en la feria, sin contratiempos,
que a la vuelta lugar hay de abanderarnos contra la sentencia del
vinculero.
ro

CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¿Es verdad que se quitó el paso? ¡Miren que es mucho el arrodeo!.
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Con el camino tan largo que traemos! ¡Madre Bendita! ¡Que venimos de muy distante! ¡Más aniba de
San Quinto de Cures!
LAS MUYER UCAS se apartan para dejar paso a un jinete, mancebo muy gentil que, cercado de galgos y perdi((ueros, entra al galope.Basculada. con gritos y espa1itos, cestos torcidos sobre las cofias, manos
aspadas protegiendo los tenderetes-. Don Miguel Montenegro, el hermoso segundón, salta de la silla y ata el caballo a una artrolla empotrada.
en el muro. Por stt buena gracia, los suyos y los ajenos le dicen Carade Plata.
11

�LA PLUMA
LA PLUMA

CARA DE PLATA
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Don Miguelito, déjenos pasar! ¡Tenga compasión, Señor Carita de
Plata! ¡Que venimos de la fin del mundo! ¡Tenga buen corazón!

Mi madre te espera.
SABELITA

¿Por qué no me manda ir? Yo bien lo deseo.
CARA DE PLATA

UNA BOLICHERA

¡Téngalo de plata como la cara hermosa, Señor Caballero!
CARA DE PLATA

¿Ahora que yo he venido?
SABELITA

No comiences.

¡Pasad con mil demonios!

CARA DE PLATA

LA BOLICHERA

Ayúdame a ver qué tiene este cadelo, pues viene cojo.

¡Viva el Señor Carita de Plata!
CARA DE PLATA

SABELITA

Si entró por las tojeras, será alguna espina.

¿Cuándo me lo das, pichona?
LA BOLICHERA

Cuando ponga la cara seria.
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Dios le florezca! ¡Dios le florezca!
LA RINGLA DE MUYERUCAS penetra en el atrio, y pasa el
gran arco con escudo y cadenas. Sabe/ita deja oir el ceceo cautarín de
su voz, y sobre las piedras viejas de la solana, entre el verde de los limoneros, se enciende la nota morada y dramática del hábito Nazareno.

CARA DE PLATA

¡Ven aquí, Carabel!
EL CAN SE ACERCA con un brazuelo en el aire, y el hermoso·
segundón lo vuelca mirá•uiote las pezuñas. Sabe/ita está a su vera, arrodi.Llada sobre las losas, risueña y atenta.
SABELITA

¡No te clave los dientes!
CARA DE PLATA

Ya verías tú de curarme.
SABELITA

SABELITA

No soy cirujana.

¿Cómo queda la madrina?
CARA Di PLATA

Rezando el trisagio. ¿Y tú, cuándo vuelves allá?
SABELITA

Cuando el padrino lo ordene.
f2

CARA DE P LATA mete el puño en la boca del alano, que g ime
ostigado, pero sin morderle. Sabe/ita le mira fijamente, los oj os ing enuos.
y fran,eos como los de una niña.
13

�LA P L U l\1 A

LA PLUMA
S.\BELITA

¡No tienes los cabales!

CARA DE PLATA

Será otro hablar, a la luz de la luna.
CARA DE PLATA

¡Muerde Carabell

SABELITA

¡Eres tú muy lunático!
SABELITA

¡El animal, discierne más que túl

CARA DE PLATA

¿No me quieres, Isabel?

CARA DE PLATA

¡Pues que siga con la espina!
CARA DE PLATA salta en pie, con gentil y violento alarde. Tze,ne el cabello de oro, los ojos de alegre verde, la uariz de águila imperial.
SABELITA

SABELITA

Al modo tuyo, no.
CARA DE PLATA

Pues no me quieres.
SABELITA

Eso será.
CARA DE PLATA

¡Alienado!
CARA DE PLATA

Esta noche te deshago la cama.

Ponme tú cuerdo.

SABELITA
SABELITA

¡Qué falto estás de sentido!

¿Con qué yerbas?

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Con palabras.
SABELITA

No soy saludadora.

SABELITA

1No seas pirata!
CARA DE PLATA

SABELITA ARRODILLADA al pie del can, sobre el suelo de
piedra, se aja11a por sacarle la espina que time clavada en el brazuelo·
El hermoso segun&lt;Un vuelve a su lado.
CARA DE PLATA

Esta noche tengo que hablarte, Isabel.
SABELITA

¿Y no es hablar lo que estamos haciendo?
14

¿Me abrirás la puerta?

Si la encuentro cerrada, cuenta que la derribo.
SABELITA

JBárbarol
CARA DE PLATA

¡Cuando me veas aparecer, no grites!
SABELITA

¡Pero para ti no hay honestidad!

�LA PLUMA

LA PLUMA
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

¿Y qué sucedería, si esta ~oche entrase en tu alcoba?
SABELITA

¡Cómo te gusta cavilar en el pecado! Y no me das miedo, Carita:.
de Plata... Pero si me quieres, quiéreme honesta.
DON :JUAN MANUEL MONTENEGRO, con la escopeta y d
galgo, rufo y madrugador, aparece por el huerto de frutales, y se para
en la cancela. Es un hida/¡[o mujeriego y despótico, hospitalario y violento, rey suevo en su pazo de Lantañón.

Lo tendré presente.
DON YU.4N MANUEL le mira con enojo risueño, Jiente por aquel
hijo una afección indzt/f(ente y ruda. El gentil mancebo está en pie delante de sn padre, la boca serill y un alegre ímpetu en el verde cristal
de los ojos. Pronto y liberal se arranca y besa la m,mo del viejo que
le acaricia la cabeza.
EL CABALLERO

¿Queda en buena salud tu madre?
Sí, ~eñor.

EL CABALLERO

Cara de Plata, deja la buena compañía, y ven a rendir tu cuenta.
Ayer te esperaba. ¡Muy largo se ha vuelto el camino de Flavial

¿Qué hace?

CARA DE PLATA

CARA DI PLATA

EL CABALLERO

¡Aquí me tiene abandonado!

EL CABALLERO

CARA DE PLATA

De algo parecido se duele mi madre allá en Viana.
EL CABALLERO

Son sus romances. ¿Y ahora sepamos qué historia es esa con que
me ha venido Pedro Rey?
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

Se le fué al río una vaca brava, y me tiré a salvársela.

Nadie está libre de una tentación.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

Pues si eres tentado, procura ganar, y si pierdes no te aparezcas
ante mis ojos.
16

EL CABALLERO

Lo de siempre: Novenas.

Tuve el caballo con un torzón.
Mandé en tu busca, para hacer en el monte recuento del ganado,
y poner el hierro a los novillos del año. Tus hermanos allá están.
El ganado más lucido hay que bajarlo a la feria de Viana. Irás con
tus hermanos mayores, que ellos están caídos en picardías de chalanes ... Pero el dinero lo guardas tú. Espero que no te lo juegues
como suelen hacer los otros Barrabases.

CARA DE PLATA

No son esas mis noticias. Parece ser que tú has montado sobre
la vaca, y que contigo encima se sumergió y tragó tanta agua, que
ha muerto bajo el puente.
11

�LA PLUMA

LA P L U:-\ A
CARA DE I-LATA

CARA DE PLATA

No ha muerto. Está para morir.

Padre, yo aquello que hago, bueno o malo, lo hago sin consejo.

EL CABALLERO

,1

Pedro Rey pretende que yo Je pague la res. Ya le he dicho que
me la traiga viva o muerta. Quiero proponerle un cambio.
CARA DE PLATA

Le roba a usted el dinero. Cuando yo me tiré al río, la vaca estaba ahogándose. No se la pague usted.
EL CABALLERO

No hablé de pagársela. Quiero proponerle un cambio: Que me
deje la res, y cargue contigo. ¿Te parece bien?
CARA DE PLATA

Yo soy un hijo obediente.

EL CABALLERO

Pues ahora, sube al monte, y cumple con arreglo a mis órdenes.
CARA DE PLATA

Amén.
EL HERMOSO SEGUNDÓN desata el caballo, ijtte piafa atado
~n la sombra del rudo arco de piedra, cabalga de u,z salto y sale algalope, bajo la mirada orgullosa del viejo genitor. E11 lo alto de la solana,
rubia como una espiga, infantil y risueña, está la akijada del vinculero.
CARA DE PLATA

¡Adiós, Isabel!
SABELITA

¡Que tengas sentido, Carita de Plata!

EL CABALLERO

Hablemos en veras. ¡Yo querría que tú fueses un caballero que
correspondiese en todo a las obligaciones de su sangre!
CARA DE PLATA

EL CABALLERO

¿Te enamora mi rapaz?
SABELITA

Son ventoleras.
EL CAB/.LLERO

Ya correspondo, padre.

¿De qué te hablaba?
SABELITA

EL CABALLERO

Tus hermanos te pervierten, con sus malos ejemplos. Escú!:hame. No te pido que seas un santo; caua edad reclama lo suyo; pero
no olvides las obligaciones de tu sangre, como hacen los otros perversos.
EL VIEYO LINAYUDO acabó de kablar co1t un gran suspiro,
los brazos sobre los hombros del mancebo. ·
18

¿Cuándo?
EL CABALLERO

Hace un momento.
SABELITA

¡Ya ni recuerdo de qué me hablaba!
EL CABALLERO

¿Y lo que tú le respondistes, tampoco?

�LA PLUMA

LA PLUMA
SABELITA

Yo no le escuché.
•L CABALLERO

No eres tú para él.
SABELITA.

Tampoco Jo pretendo.
EL CABALLERO

Tú eres para más.
SABELITA

F\JSO NEGRO

¡Tomporrontón! ¡Se juntó una tropa de hirmandinos! ¡Tomporrontón! ¡Para acá viene! ¡La torre entre todos nos han de quemar! ¡Tomporrotónl
FUSO NEGRO ESCAPA. Una nalga negruzca le palpita entre
girones de remiendos. ¡ Tomporrontón! De pronto se vuelve,y comienza a
bailar, trenzando las piernas. ¡ Tomporrontónl

Yo soy para llorar muchas penas.
ESCENA SEGUNDA

EL CAUALLERO

¿Quién puede dártelas?
SABELlTA

Quien lo da todo.
EL CABALLERO

Cuando se es joven, no hay penas. A mí todas me acudieron de
viejo... ¡Y no caigas con mi rapaz!
SABt:LITA

Si no le escucho, padrino.
EL CABALLERO

ENTRE LUGAR DE CONDES Y LUGAR DE FREYRES,
el Pazo de Lantaiión.-Brañas, castañares, agros de pmz.-Lugar de
Condes en el abrigo de la iglesia,y cavado en el monte Lugar tJe Freyres.
La Puente de Lantai'ión, reina en medio: A un lado y otro son orgullosas entradas, arcos barrocos con escudos J' cadenas. Por los pretiles, en
los claros ojos de la ma,iana, se estrecha una punta de vacas, con el sol
en las astas. Y contra el sol, rostro al mo,zte, 1 1iene al galope Cara de
Plata. Le saluda pl(l,Centera la voz del viejo de Cures.

¡Como yo tuviese diez años menos!
SABELlTA

Yo no los quería, diez años menos.
EL CABALLERO

1Yo sí! Para hacerte levantar los ojos. ¡Maldita costumbre de
monja, tenerlos siempre por tierra!
EN EL LINDERO DEL ATRIO, aulla con tuertos visajes, u1z
mendigo úlunado:-Aqud Fuso Negro, roto, grúi11,do y cismático, que
lleno de guijarros el bonete, corría los caminos entre Lugar de Condes y
Lugar de Reyes.
20

EL VIEJO DE CURES

¡Galán Vinculero! ¿Es verdad que al presente está privado el
tránsito?
CARA DE

PLATA

Es verdad.
EL VIEJO DE CURES

~Y hemos de llevar el ganado por la vuelta del río, y pasar la
barca, al ir y al volver de esta gran feria de Viana?
CARA DE PLATA

Así es la sentencia.
21

�LA PLUMA

LA P L U i\1 A
EL VIEJO DE CURES

A duras leyes, jueces clementes, dice el saber de los antiguos.

por la vuelta._¡Así es! Pero aquel jinete que viene trotando, no quedará sin paso.
CARA IJE PLATA

CARA DE PLATA

Mi padre se cansó de ser clemente.

Viejo de Cures, ¿cuándo has visto esos malos ejemplos en la sangre de Montenegro?

EL VIEJO VE CURES

¡A lo menos fuéranos permitido el tránsito para estas ferias anuales del Corpus! ¡A lo menos fuéranos eso concedido, que según luces.
de curiales, es lo que vinieron gozando los pasados!
CARA DE PLATA

Eso os daba mi padre, y fuisteis al pleito.

.

)

EL VIEJO DE CURES

Los de Cures no fuimos. En ese referente está engañado el Señor
Mayorazgo. Yo soy allí el árbol de más años. Contando los hijos y
nietos casados, suben de treinta las puertas donde puedt: morar
Quinto Pío. ¡Así es! Y por más señalado, Quinto de Cures. Cristiano
viejo, aun cuando en los días presente~, no se reconoce diferencia entre nuevos y viejos. ¡Así es! Hoy no queda por esta tierra otro judío,
que el inglés de los Evangelios.-Pues era aquel decir, que no pleiteamos los de Cures.
CARA DE PLATA

Pero fuisteis de testigos falsos.

EL Vl!:JO DE CURES

El mismo rey, ante otros reyes baja la espada.
CARA DE PLATA

Viejo de Cures, si no pasan los que caminan a pie, no pasarán los
que vienen a caballo.
EL Vli;JO DE CURES

¡Así cumplía!
CARA DE PLATA

Y así es la doctrina de mi padre.
EL VIEJO DE CURES

¡Amén! Nieves paternas para el hijo espejos. ¡Así es! Y grillos de
bronce sus mandamientos.
EL VlEYO DE CURES, con la 1,ara tn alto, hace retroceder el
tropel d1 sus v,zcas, que entrechoca las cuernas, entornad, por las voces .Y las picas de tantos hijos y nietos. Y aquel negro jinete que sobre el
sol llega trotando, es e/ Abad de San C/eme11te de Lanta,ión.

CLAMOR DE LOS VAQUEROS

¡Está mal informado! ¡No somos de esa-condición! ¡Le inclinaron
en contra las orejas!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, tuerza el caballo!

EL VIEJO DE CURES

¡Sangre de Montenegro; el tránsito a todos nunca podrá quitarser
Es la costumbre del tiempo de los viejos, y las costumbres hacen la
ley . Los de Cures no seremos rebeldes, y de hoy más caminaremos
22

EL ABAD

¿Pues qué ocurre?
CARA DE PLATA

Señor Abad, que no hay vereda.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Joven Absalón, no me detengas con chanzas, que "ºY apremiado
para encaminar un alma en Lugar de Freyres.

EL ABAD

¡En nombre de Dios, desvíate del camino!
CARA I&gt;E Pl,ATA

CARA DE PLATA

;Ko puedo!

¡Ojalá fueran chanzas!
¡Mal vino tienes!
¡~o lo he catado!'

EL
EL ABAIJ

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Hoy me santiguó con el rabo.
EL

EL AllAO

AllAD

En Lantañón guardais una paloma de mis palomas. ¡Ténlo
presente!

jApártate, y déjame camino!
¡Ko puedo!

ABAU

¡En ti est;i revestido Satan:b!

CARA DE PLATA

EL ABAD

CARA DE PLATA

¡No lo había olvidado!
EL

¡Considera, bárbaro, la afrenta que haces a mi tonsura!

ABAD

¡Iré por ella!
CARA DE PLAT A

No es afrenta, sino justicia que debo a Quinto de Cures.
EL VIEJO DE CURES

Quinto de Cures no desconoce que todas las \'aras se rinden nnte
el Justo Juez.
CAR.\ DE PLATA

¡Si no pasan los que vienen a pie, no deben pasar los que \'ienen
a caballo!
EL

AllAD

Don Quijote, deja las burlas para otra hora, que la muerte no
espera.
CARA Di,; PLATA

Pues habrá que romperle una pata.
24

CARA DF. PLATA

¡Ya lo sé!
F:L ARAD

¡Excomulgadol

T:L ABAD VUELVE GRUPAS.y ponerspuelas. Sobre los roqrudos, ágiles siluetas p,1sfo1 iles gritan ogita,zdo los brazos,)' esparcidor reb,11ins pf1cen entorno: Voces y ladridos se prolo11ga1t y encadenan por la
qne!mrda.
VOCES REMOTAS

¡Es camino del Rey! ¡El paso es libre! ¡Libre e3 el paso! ¡~o hay
ley que lo cierre!
CARA DE PLATA

¡Venid a ganarlo!

�LA PLUMA

LAPJ.,UMA
VOCES REMOTAS

MAR MÍO, MAR DE TODOS..•

¿Quién lo defiende?
CAR~ DI PLATA

¡Satanás!

txar mio, mar de todo.
LA VOZ DEL VIEJO

¡Negro Soberano!
CARA DI PLATA

Viejo de Cures, por rendirte justicia mis amores pierdo. ¡Un rayo
te parta!
LA VOZ DEL VIEJO

¡Monten~o soberbi(), con hacerte las cruces te pago!
(Continuará.)

los mios, mar ile amor g de múterio;
flOZ eficaz para los corazones
que aiwn del mañana... fMar eterno:
encarcelado dentr.o de yo mismo
aog hacia ti para liórarte, lejos...
&amp;tán, hermano, llenos los C(llllinos;
no hag más silencio aqul, que mi silencio...
¡ 'JI el cotidiano laborar estéril
par:a morir al fin, como otro ha muerto/
Sgual el pan que agu, un pan mendigo
-¡el dulce pan crútiuno que fué nuestrolSgual dolor sobre to. tilas... siempre
un corazón extraño, escondedero
de múerabk condici6n urbana.
¡g el hombre que lo lleva, sin terterlol
g un ¡adiós/ en la calle, g una sombra
sobre el hogar•.. g un !Dios más aiejo
que nunca paa g lo detiene todo
ante el espanto de mis ojos ciegos...
1&amp;1 mucho gal-t;°odas las horas oienen
como una hora nada más. &amp;l nuevo
camino es más antiguo g más amargo
que el camino de agu••.l -(!Dónde utd el 'Giempo,
el 'Giempo que anda g se lo llew, todo,
amor, dolor g penaamiento...?
ALONSO QUISADA.

�LA PLUMA

LA GRAN CORRIDA DE TOROS
empresa arrendataria de la Plaza de Toros de Madrid iba a
empezar la temporada con una corrida sin parangón en la
historia taurómaca. Los seis espadas de mayor renombre, matarían cada uno un toro, después de ser lidiado por sus
cuadrillas. Los toros de las más reputadas ganaderías, fueron cuidadosamente seleccionados por los expertos; tras tientas concienzudas y de discusiones interminables en los periódicos, se llegó a separar seis reses impecables: fuerza, peso, finura de remos y de astas. La fotografía de
las fieras publicada en las revistas produjo asombro y orgullo. Jamás la
ganadería brava española pudo presentar en el redondel de una plaza
nada tan perfecto. Ni los criadores ingleses de razas especializadas de caballos de carrera, o de ganado de carne, habían llegado a la suprema
selección, demostrada por aquellos seis cornúpetos, maravillosamente
organizados para la lidia. Era para sentirse orgulloso de ser español. Los
doscientos años de inteligentes cruzamientos entre toros y vacas de distinta raza, habían producido aquel excelente resultado; de lo que secolegía que, en otros doscientos años de cruzamientos, entre hombres y
mujeres de diferentes castas, podría mejorarse el tipo humano español,
que en la actualidad es un poco esmirriado. Lo que más sorprendió fué
la estampa del toro «Pelotero», de un criador navarro. ,\fagnífico ejemplar, que a la ligereza navarra, añadía la musculatura castellana y labravura andaluza. El éxito de Navarra fué un argumento más para los nacionalistas de aquella provincia, que sacaron a colación inmediatamente
A

28

a don Sancho Séptimo, el Fuerte, en la batalla de las Navas de Tolosa►
Pero los salamanquinos, que también tenían su toro entre los escogidos,
abrieron una suscripción regional para regalar una moña de honor a su
«Cardenal», así se llamaba el toro, y uno de los periódicos salió al paso
de las alharacas navarras, demostrando que en la batalla de las Navas,
los leoneses apretaron contra los africanos más en firme que nadie y que
estaban dispuestos a probar que en la actualidad no desmerecían de sus
antepasados medioevales y que si el chorizo de Pamplona es bueno, mejores son los de Candelario.
..
Los andaluces tomaron a guasa la discusión, porque es lo que d1¡0
Perico González en la calle de la Sierpe:
-Para qué tomarse un zofocón. Donde ezté un Miura que se quiten
toos.
El cartel anunciador de la magna fiesta fué encargado al más gran
cartelista de .Madrid, que hizo una obra maestra de cubismo, llenando
dos metros cuadrados de papel, de cartabones y rectángulos de diferentes colores, tan fuertes, que el que lo miraba se exponía a sufrir una oftalmía.
El cartel fué convenientemente expuesto en las estaciones de ferrocarril, en las fon Jas, en los quioscos de necesidad de to, la España y del
Mediodía de Francia.
Como el cartel era obra esencialmente decorativa, y el artista no
quiso prostituirlo con letreros, fué preciso imprimir un _anuncio supl~mentario, indicando los nombres de los toreros, el precio de los localidades y las demás condiciones del espectáculo.
Este programa, colocado debajo de la obra cubista y publicado en
toda la Prensa, produjo en la afición taurómaca verdadero estupor.
Decía el anuncio que, de las trece mil trece localidades que contiene
la Plaza de Toros de Madrid, no se pondrían a la venta más que la mitad más una. A precios fabulosos, eso sí; un miserable e incómodo
asiento de sol costaría cien pesetas, impuesto comprendido, y una barrera del tendido uno vendría a valer quinientas pesetas.
Las seis mil quinientas seis localidades restantes serían regaladas a
29

�LA PLUMA
}os aficionados a los toros que demostraran ser dignos de tan s~ñalada
distinción.
Para obtener una entrada gratuita, especificaba el cartel la lista de
las condiciones necesarias, tan metódicamente enumeradas, que ponían
de manifiesto que el redactor de aquella especie de reglamento conocía
lo que puede caracterizar al verdadero aficionado
En primer lugar, tenían derecho a una barrera todos los matadores
de toros y de novillos, los ganaderos de reses bravas, los empresarios,
los contratistas de caballos y los revisteros de los periódicos. Ocuparían
localidades gratuitas los abonados a seis temporadas de corridas de Madrid y d_e provincias. Los satélites de los grandes soles tauromáquicos,
esos amigos que van apresurados a comprarles una cajetilla. Banderilleros, peones, cacheteros y picadores irían al tendido por derecho propio,
reservando para los monosabios las localidades de arriba. Asimismo los
distinguidos coleccionistas de billetes de toros y de carteles, los que conservan cabezas disecadas de cornúpetos célebres y forman panoplias con
banderillas, estoques y monteras, eran los elegidos para ocupar la meseta del toril y las delanteras en la puerta de arrastre.
Al final del programa había una nota que produjo estupefacción en
todas partes; era incomprensible el motivo de semejante medida, que
quitaba a la fiesta parte de su encanto.
Quedaba terminantemente prohibida la entrada a las mujeres
Muchas camareras, carniceras, chicas de vida alegre y cómicas de
bajo vuelo protestaron airadamente.
Por que ¿qué se podía oponer a los argumentos de Patro la Rubia,
.cuando en el bar de la Florida, terciada la servilleta al hombro y los bra.zos en jarras, demostró a los parroquianos que ella era más torera que
nadie? ¿Qué méritos tenía el tío gordo de los anillos que tomaba café
con el Perico (alias el Rana), un roña incapaz de marcarse propinas mayores de diez céntimos y que jamás pagó una con.,w,iti al novillero, al
lado de ella, de Patrocinio Olmedillo, que el invierno pasado le había
.desempeñado la capa para que el Rana no anduviera por la calle de Sevilla con su bastón de alcayata por todo abrigo? «Pues el tío ganguero,
30

LA PLUMA
con el pretexto de poseer una colección de billetes de corridas célebres,
a las que a lo mejor no ha ido, tiene gratis su tendido del dos, y yo me
hago la santísima y me tengo que contentar con ver a tJda esa patulea
de gorrones tan satisfechos irse a los toros».
Amaranto y Perla, el célebre revistero, protestó contra aquella injusta
decisión. Don Arsenio López de Agudín, que se firmaba Devaneos, arremetió contra los organizadores de la fiesta; pero reclamaciones, campañas periodísticas, intervenciones del altas esferas, todo fué vano. La
misteriosa empresa publicó un suelto oficioso ratificando su disposición,
y únicamente cuando Filomena Sánchez, llamada la Chanuca en círculos bastantes viciosos, anunció que ella, o mejor dicho, su amigo en el
presente, se gastaría quinientas, mil, dos mil pesetas en una entra_~ª• y
que presenciaría la corrida vestida de hombre, la empresa respon~10 diciendo en un entrefilete que los acomodadores de la plaza no se iban a
convertir en matronas para enterarse del sexo de los concurrentes, y que
las damas que deseasen presenciar la Gran Corrida fueran disfrazadas
si era su gusto, pero que la empresa no asumía responsabilidad por lo
que pudiera ocurrir.
.
. .
Otra de las cláusulas del programa que produ¡o enorme curiosidad
fué la señalada con el número cuatro. Decía literalmente. «Después de
la lidia del tercer toro, se dará comienzo una ceremonia que jamás fué
presenciada en ninguna plaza. Este espectáculo, de emoción innenarrable, únicamente puede compararse a los que se han desarrollado en los
campos de batalla de la guerra europea, y en menor escala durante algunos días del verano del año 1921 en el Rif. Este número dejllrá plenamente satisfechos a los que honren con su presencia la Plaza de Toros de
Madrid en día tan señalado, y producirá inmensa, trascendental y radical transformación en la vida de la nación española.»
Durante tres meses se discutió, se apostó, acerca de lo que el miste1-ioso párrafo quería decir. Quien, quiso adivinar un combate d~ gladiadores utilizando a algunos soldados que durante la guerra perdieron las
ganas de trabajar y adquirieron la afición de derra~ar sangr~humana. Sí,
indudablemente eran gentes rechazadas del Tercio extran¡ero, que ha31

�LA PL U ,\l A
bían pretendido ponerse en condiciones de matar moritos por el solo
gusto de hacerlo y que no fueron admitidos en los banderines de enganche.
Esta idea no prosperó, y más partidarios tuvo quien aseguró haber
visto en los corrales de la plaza un aeroplano de alas rojas y gualdas,
desde el cual un aviador, gaditano por más señas, clavaría rejones al
toro, y después de pasarle de muleta con el timón de profundidad, le
propinaría una estocada a vuela pies.
Un gran diario de Chicago envió a H. l. J. K. Shmith S. P. Q. R. de
Kalamazoo, Michigan, U. U. S. S., acreditado reportero, a España, con
un talonario de cheques para sobornar al secretario de la empresa y poder cablegrafiar al rotativo algo sensacional; pero los dólares del yankee produjeron tan poco efecto como los encantos de Paqui la Retrechera, que se entregó con armas y bagajes al emµr..:,,.iriJ para satisfacer su
curiosidad; aceptó el gracioso donativo pero no soltó prenda.
De toda España, de Méjico, del i\lediodía de Francia, llegaban las
solicitudes de billetes, acompaii.adas con pliegos v documentos demostrativos de la afición taurómaca de los peticionari~s.
Los revendedores de billetes, constituidos en sociedad, quisieron adquirir de golpe todas las localidades vendibles, pero el factotum de un
noble y aprovechado político español, que había vislumbrado el negocio
de la reventa, se les adelantó y se quedó con todo el billetaje.
Quince días antes de la fecha señalada para la corrida, una grada
de ciento cincuenta pesetas se vendía a cuatrocientas, y se adquiría con
cierta dificultad. Una semana después, habían alcanzado los billetes un
sobreprecio de tresdentos noventa y nueve con nueve décimas por ciento, y en la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la calle de Peligros, se estableció una bolsa de contratación, con su corro de tendidos,
su parquet de talanqueras, sus zurupetos, sus alzas, bajas, pánicos y entusiasmos. Quien se arruinó, quien se hizo rico.
El bolsín formado en la plaza de la Cebada influía formidablemente
en los precios, y sus cotizaciones eran inmediatamente telefoneadas a
Barcelona, a Sevilla, a Valencia, a Nimes y a Bayona.
32

LA PLUMA
L' Echo de Paris editaba artículos rabiosos, tratando de demostrar
que La Grande Course de Madrid tenían menos importancia:que los mojicones recibidos por Car¡:-cntier en América, y achacaba a intrigas alemanas aquel entusiasmo, mientras Le Temps, más sesudo, se lamentaba
de que el Mediodía de Francia mandara a España unos cuatro millones
de francos para cambiarlos, con un cincuenta por ciento de pérdida, por
biiletes de toros.
En cambio D'Annunzio envió a hl Astro unas líneas abogando porque el León Español y la Loba Romana se aparearan para engendrar el
Fénix del latinismo. Era un tanto difícil, zoológicamente considerada,
la producción de un ave semejante, por el cruzamiento de dos cuadrúpedos, pero un poeta no se para en pequeñeces.
La víspera de la corrida no se podía vivir en i\ladrid, tal era el gentío
que inundaba la calles, callejuelas, plazas y plazuelas y sitios reservados
que tiene la capital de las Españas. Cuatro filas de coches y autos corrían
desde la Puerta del Sol a la Plaza de Toros. Gracias a las disposiciones
del jefe del Orden Público, el barullo y la confusión, que ya eran grandes, se hicieron enormes; unas cuantas viejas y hasta dos docenas de
chiquillos fueron aplastados bajo los neumáticos, demostrando hasta la
saciedad que la culpa de los atropellos está siempre en los atropellados.
La muchedumbre, ávida de bullanga, se apelotonaba alrededor del
circo taurino; se establecieron aguaduchos, puestos de vinos y licores,
barracas de tablas y lona, donde se tocaba el organillo, la guitarra y se
bailaba a todo trapo y se jugaba a la ruleta.
La algarabía era inaudita en aquella improvisada verbena, subían en
el aire polvoriento olores de aceite frito, de pescado, de aguardiente, de
humanidad sudorosa, el vaho de los caballos -y la pestilencia.de los
motores de gasolina, eran la tónica y la dominante en Ja armonía de
aromas.
Al hacerse de noche. los señoritos automovilistas lanzaban los cegadores rayos de los focos sobre la multitud, que les increpaba a grito herido, pero los espormanes, con el retemblar del escape libre, no oían, o
no querían oír, los improperios y las alusiones a sus mamás que les de.
III

33

�LA PLUMA

LA PLUMA
dicaba la iracunda canalla; pasaban y repasaban trincados al volante, el
sombrero hasta las cejas, mirando por encima del radiador.
Cada farol del alumbrado público tenía alrededor de la luz un halo
sangriento, en el que se vislumbraba la figura gesticulante de algún golfo encaramado en un árbol.
Toda la noche permaneció el gentío en aquellas cercanías, y allí le
sorprendió el amanecer, cuando el sol, como una sartén de cobre, se levantó por encima de los horizontes alcarreños.
Durante la mañana, la furia especulativa de los bolsistas de la calle
de Alcalá llegó al paroxismo.
-¡Mil! ¡Mil quinientas! ¡Dos mil pesetasl-gritaba un caballero gordo con aspecto de chulo elegante, en el centro de un grupo de revendedores, también gordos, con vitola de presidiarios.
-¿Dos mil quinientas?-clamó una voz.
-Hecho-respondió el gordo achulapado, y sacando su cartera, cambió tres billetes de Banco por un papelito azul, en el que un banderillero muy mal dibujado se alzaba sobre las puntas de los pies, para clavar
los rehiletes en la a final de la palabra barrera.
El vendedor entregó su billete, agarró los del Banco de España y
desapareció. El billete que había vendido era falso. El estafador corrió
por la calle de Peligros, subió por la Gran Vía y torció por la calle de
Hortaleza. Entró en un estanco lotería a comprar un paquete de puros y
un décimo de Navidad, y puso el billete de quinientas pesetas sobre el
mostrador. La estanquera se caló las gafas, cogió el billete, lo miró, lo
remiró al trasluz y dijo con deje galaico:
- Paréceme falso ...
El estafador sintió una desgana atroz en el plexo solar, y poniendo
los otros dos billetes sobre el mostrador, preguntó balbuceando:
-¿Y éstos también son malos?
La estanquera sobó los papeles y respondió con tranquilidad:
- También parécenme malitus.
Después salió a la puerta y llamó al guardia, que bostezaba en la
-puerta de la taberna de enfrente.

-Oiga, Pedru, venga, porque este golfante queríame estafar.
El guardia penetró en el estanco, y agarrando al estafador estafado,
se lo llevó a empellones hacia la Comisaría, mientras la estanquera, sin
perder su calma, murmuraba:
-Golfu, canalla, sinvergüenza.

* * *
-¡Eh, a la plaza! ¡A la plazal ¡Una peseta a la plaza!
Voceaban los mayorales de los grandes ómnibus, enfilados a lo largo del Ministerio de Hacienda. Los tranvías, repletos de gente, aturdían
al pretender abrirse paso a fuerza de campanadas, y los aullidos, berreos
y pitos de los autos se mezclaba en horrible cacofonía con el tableteo de
ametralladora de las motocicletas, que llevaban cuatro, cinco, seis aficionados en racimo, retrepados sobre el side-car. Los viejos pencos de
los coches de punto galopaban azotados por el cochero, ahíto de Valdepeñas, y las prehistóricas diligencias, que tanto tiempo estuvieron
arrumbadas desde sus antiguos viajes a Arganda y Colmenar y a las estaciones, retemblaban con sus ventanillas desportilladas y sus herrajes
desvencijados al rodar sobre los adoquines desiguales. Sus caballos, con
la mezquina guedeja de crin al viento, las narices humeantes y el belfo
ensangrentado a la tirantez de la brida, chascaban las herraduras al galopar y con el estertor de sus pechos oprimidos por el collerón, sus costillas salientes y la grupa repujada por la osamenta de las ancas, semejaban los caballos del Apocalipsis de Alberto Durero.
La Cibeles, tan tranquila y tan guapa, desde su trono arrastrado por
leones, miraba con sus ojos sin pupila la avalancha de carruajes, de caballos que bajaba por la calle, encauzada por las márgenes de curiosos
apelmazados en las aceras.
Los grandes camiones atiborrados de carne humana presidían el estrépito con el zumbido de su ronco motor. Los pesados armatostes se in35

34

�LA PLUMA
clinaban al ceñirse a las curvas y toda la tripulación de aficionados parecía venirse al suelo.
De vez en cuando un auto acharolado, destellante como una joya,
pasaba silencioso, rápido entre la turba de coches más pesados que ascendían hacia la Puerta de Alcalá. Todos los que iban a la fiesta, se volvían a mirar al afortunado mortal que llevaba a uno de los matadores a
su lado y treinta mil duros convertidos en vehículo bajo su persona, pero
éste, desdeñando las miradas envidiosas, atendía a la dirección, y su
compañero, el célebre Tomillares, cubierto con el capote de paseo, oro
y joyante seda, saludaba a los conocidos con gallardo ademán, mientras
el chau/feur, repantigado en el asiento de atrás, demostraba confianza en
la destreza del señorito.
Pero en aquellos momentos, todos los que iban a presenciar la gran
corrida, llevando su billete cuidadosamente guardado, formaba una verdadera aristocracia ante los desdichados que, alargando el cuello, les
veían pasar desde las aceras.
A la apretada fila de coches que marchaba por la izquierda de la calle
se unió otra fila de coches vacíos que volvía en sentido contrario. Galopaban frenéticos los caballos, los autos sorteaban rápidos los obstáculos,
metiéndose en los claros en que apenas podían pasar, rozando sus aletas
con las patas de los caballos y con las ruedas. Los conductores se insultaban, se amenazaban con la tralla. Un ómnibus de estación y una jardinera de treinta asientos regateaban en competencia para alcanzar a los
rezagados. El ómnibus llevaba cinco mulas burreñas llenas de moños y
borlas rojas y verdes. Las cinco bestias, cruzadas.por el látigo, galopaban,
el hocico al viento. De la jardinera tiraban cuatro caballos blancos, desecho del ejército, huesudos y fuertes, que al restallido de la tralla encorvaron el cuello y se precipitaron en esfuerzo desesperado. El cochero
-digno de guiar una cuadriga en el circo de Delfos- , sereno, plantado
sobre sus viejas alpargatas, rígidas las piernas bajo la pana de sus pantalones remendados, sostenía firme en la mano izquierda la brida; en Ja
derecha empuñaba la tralla. La gorrilla echada a la nuca, la colilla pegada al labio, una greña negra bailaba sobre la frente, y del rojo pañuelo

L-A PLUMA
anudado al cuello flotaban flameantes dos puntas como dardos de llama
de un soplete.
-¡Hiá, hiá, hiá!-gritaban los cocheros.
Hubo un momento en que las cinco burreñas se pusieron al par de los
caballos. La mirada de los rivales se cruzó amenazadora, pero en la cuesta
arriba, desde el Prado, la jardinera consiguió colocarse delante y subió
hasta la calle de Sevilla. Allí, los aficionados rezagados tomaron por
asalto el coche, brincando al interior por encima de las ruedas, del cochero, de las caballerías.
Ya no fueron quedando en la calle más que paseantes y curiosos que
bajaban lentamente hacia el Prado para presenciar la ~lida de los toros.
Las terrazas de los cafés, antes rellenas de consumidores, quedaron
desiertas.
.
Por el centro de la calle pasó volando hacia la plaza un automóvil
rojo rubí; en él iba la hermosa entre las 1hermosas de mala _v!da y costumbres, la sin par Chanuca, vestida de majo de Jerez, calanes de felpa
negra, que avaloraba la rutilante crencha rubia; la pechera de la aleandora rizada se abombaba sobre el pecho turgente, el marsellés color corinto con ribetes y coderas negras. Un enorme galgo bla,nco asom~ba su
hocico afilado por el borde del coche. La Chanuca queria_ p:oporc1onarse el placer de una entrada sensacional en la plaza, y perc1b1r el murmullo de la multitud al saltar del estribo, cuando la gente forma cola, se
apiña para pasar entre esos cajones colocados en las puertas del cir~o, en
los que los empleados arrojan los trozos de papel cortados. Y quena entrar sin esperar, atropellándolo todo, por guapa, y por chulapa, y por
que sí.
y así fué, porque cuando la Chanuca se acercó se hizo _un cla~o a su
alrededor, y los cocheros quedaron con la boca abierta~ sm_ ~ast1gar ~l
jamelgo, y los naranjeros dejaron de gritar, y los guardias c1v1~es ~a ~1raron bajo el tricornio y se retorcieron el mostacho, terror de sm~1cal1stas. Un vendedor de agua reventó el botijo contra el suelo gntando
«¡Vaya calor!», a lo que eontestó un tranviero: «¡Vaya_ caldo!», y los dos
se quedaron tan satisfechos de su ingenio y de su gracia.

36
37

�,

LA PLUMA

LA P L U :\1 A

L_a Chanuca entró en su palco. Antes de sentarse, apoyada en la barand11Ja, pa~eó su mirada po_r todo el redondel. Sonaron aplausos, oles,
para la ~a~~1ana que se hab1a atrevido a presentarse solita, riéndose de
I_a~ proh1b1c1o?es de la Empresa. Ella fingió que no se percataba de su
exito y coloc~ en el pasamano su manta jerezana abigarrada de rojo,
verde y amarillo, con fleco de madroños y guindas de mil colores.
* * *
El inmenso anillo negro y monótono rodeaba el redondel de
•.
.
arena.
o a 1a un sitio vac10: miles y miles de americanas negras miles . ·
1 d
b
•
,
} mies
·
. e som. reros oscuros sobre las cabezas. La prohibicio'n de q ue asistieran mu1eres
quitaba
el
colorido
que
los
tra1·es
mantillas
y
aba
·
.
.
,
nicos
dan ord manamente
a la fiesta.

N h b'

Una enorme me_la_ncolía flotaba sobre el círculo silencioso, que contrastaba con el bull1c10 de la multitud apiñada al exterior. Dos, tres frases de un c_husco no consiguieron romper la expectación silenciosa de
los trece mil espectadores.
_Los co~cejales y diputados aparecieron en el palco presidencial. El
~nor p~es1dente, de gran levita y sombrero de copa, fué recibido con ind1fe~enc1a. Todo el mundo clavaba los ojos en el portalón de Ja derecha,
&lt;letras del cual se preparaba la cuadrilla. Los matadores se ceñían los capote~ ~e paseo, los piqueros vacilaban sobre los caballos destinados al
suplicio, y las mulillas de arrastre cascabeleaban, sacudiendo los coll _
rones llenos de moñas, cintajos y banderolas.
e
El ~lgua~il, caracoleando con su jaca andaluza, se acercó al palco de
la pres1den_c1a a repr~entar la mogiganga de la petición de permiso.
El pre~1dente arro16 la llave con tal acierto, que cayó sobre Ja cabeza
de un afic10na~o ~e la barrera. Afortunadamente, la llave no se rompió.
'-!nos cuant~s s1lb1dos, algunas risotadas, y entregaron la llave al alguacil, que partió dando corvetas hacia la :puerta del chiquero; después,
38

en gallarda arrancada, fué a colocarse en el portalón de la cuadrilla.
El presidente dió la señal, y los lidiadores, de seis en frente, aparecieron en la arena a la esplendorosa luz del sol.
No había música, no sonaban los alegres sones del pasodoble flamenco que el alegre banderillero se complace en mar~r mientras los matadores marchan a contratiempo.
'
Se decía que la Empresa no había tenido más remedio que destinar
las localidades que solía ocupar la música del Hospicio a determidados
personajes que a toda costa quisieron asistir a la corrida. Gentes ricas,
poderosas, influyentes, acostumbradas a no pagar nunca nada, empleados del Municipio y de los Ministerios, diputados a Cortes y senadores
vitalicios.
La penosa impresión se trocó en curiosidad al adelantarse los lidiadores. Allí estaban los ídolos, los que sabían sobreponerse al horrible miedo que sobrecoge al pisar la arena, los que aguantaban el prurito de tragar saliva y el temblorcillo de las piernas.
En el sitio de honor, vestido de corinto y oro, la capa ceñida al enjuto cuerpo, marchaba Pedro Tomillo, alias el Tomillares; a su lado,
Teodoro Calderón, el de Alcalá de Guadaira, alto, fuerte, con su aspecto
de emperador romano, vestía de carmín y plata. José María Rodríguez
deTriana, de amaranto y oro, desmedrado, feucho. Andaba con torpeza.
Sus músculos atravesados repetidas veces por el cuerno, no adquirían
flexibilidad hasta que la lidia fuera avanzada. El cordobés Rafael Almodóvar, agitanado, estrecho de caderas como una figura egipcia, vestía de luto: su amante, Soleá, la de Alora, había muerto una semana
antes. Sucumbió de amor, según unos; según otros, de un estacazo dado
por el mismo Rafael al encontrarla en amoroso coloquio con Perico de
Gloria, alias el Formal, alias Castaña Gorda, picador de la cuadrilla.
El quinto espada era Florencio, llamado el Argüelles, porque era hijo
de un baulero del barrio de Argüelles de Madrid, y el sexto matador, Vicente Macip, de Valencia, se distinguía por cierto aspecto de clérigo bien
tratado. Su terno acero y oro se ceñía dem_asiado al vientre y a las recias
posaderas.
39

�LA PLUMA
Detrás venían los banderilleros más célebres: el Tostao, el Caracolito

el Ardura, Montanchez, el Pili, Alonso, el Chilla, Ordóñez el de Peña~
~or, el Saliva, Vinagre y Rodriguillo de Carmona, flor y nata de lo~ valientes capeando y poniendo banderillas en la mismísima cruz, cuando
no en el rabo. La patrulla de varilargueros, encajados en las sillas vaqueras, caminaba al tardo paso de sus entecas cabaloaduras y detrás
l os monosa b'10s, pantalones azules, gorros y blusas rojas,
:, aspecto
' de piratas.
Las mulas de arrastre, impacientes, bravías, pateaban, apenas domadas por los mocetones que se colgaban del bocado.
Los sesenta lidiadores se espaciaron en el centro de la plaza para llega_r en colum~a de honor bajo el palco presidencial y saludaron, como a
Cesar los gladiadores antiguos, al concejal enlevitado verdadero César
del distinguido gremio de leñas y carbones, que resp~ndió a su saludo
con toda la gallardía de que es capaz un asturiano avezado en su juventud a llev~r sobre el hombro espuertas de cisco y de cok del gas.
Despues, los _toreros fueron arrojando sus capotes de paseo a los espectadores de pnmera fila para que los colocaran extendidos sobre la roja
tablazón de la barrera.
.

La Chanuca tuvo la gloria de colocar la capa de Rafael Almodóvar
pasamanos del palco. Más de uno
rabi~ de env1d1_a al comprender lo que aquello significaba, y deseó que
el pnmer cornupeto entablara relaciones intimas con las entrañas del torero por intermedio de sus cuernos.
Los_lidiadores sobrantes saltaron la barrera, liaron sus pitillos y desde
el callejón entablaron conversaciones con los conocidos.
-¿Qué es eso, Joaquinillo? ¿Qué nos preparais ustedes?
-Pues no lo sé; mardito si nos han dicho ná ...
-¡Eh, tú, torerazo! ¿Se puede saber, si se puede saber, de qué se
trata?
-¿Eso del aeroplano?
-Como no venga por el qire, lo que es en el corral.. .
-A ver si es una mandanga ...

JUº:? a la m~~ta jerezana, sobre el

40

LA P L U i'.\l A
-¿Es verdad que el Charlot, el verdadero, va a atorear de verdad?
-Pa mi que le hemos visto yo y el señor Fulgencio paseándose por
la calle de Sevilla con Paco el Sastre.
-Pues no sabemos nada.
Sonó el clarín y se abrió el chiquero. Un hermoso animal corpulento
y fino apareció en el redondel, entró despacio en la gran media luna de
sombra que dividía el circulo de arena.
Era negro, y la divisa roja clavada en la cruz se destacaba sobre la
piel de tuciopelo. Los inteligentes se relamieron de gusto.
-¡Vaya moruchol-exclamó Juanillón el carpintero-. ¡Eso es clase
y lo demás jonjaba!
-Como que habemos ido a escogerlo menda y la Comisión-respon,dió el señor Manuel.
-- Pa ponerlo en un fanal.
-¡Mañífico, remarcable!-aseguró monsieur Grandidon, el comigionista de gomas higiénicas desde su delantera de grada.
_
-¡Bravo togo!-le respondió monsieur de Petit Gris, que había abandonado su comercio mercería de la calle de La Tourne broche de Marsella en manos de madame Petit Gris para presenciar la grande course de
taureaux de Madrid.
El toro divisó a los picadores de tanda y dió un respingo, vaciló, escarbó la arena, un espasmo recorrió su piel y derecho, furioso, se precipitó contra el jinete, que le esperaba inclinado hacia adelante, el cuerpo
firme sobre los estribos, el astil sujeto bajo el brazo.
La pelota que guarnece el hierro se aplastó en el morrillo del toro, al
mismo tiempo que el asta se hundía en el pecho del caballo, cuyo cuerpo se dobló comprimido contra la barrera. Desplomáronse bestia y jinete, y el toro, desdeñando al enemigo caído, se lanzó frenético de rabia y de dolor sobre el segundo picador, y enganchando al caballo por
bajo del brazuelo lo arrojó destripado.
El caballo alzó la dolorida cabeza, noble como la de un mártir; pero
una terrible cornada en el cuello le tendió exánime sobre la arena ensangrentada.

•

�I.A PLUMA

LA P L U ~1:\
Mientras sonaba el alarido d
·
Pedro Tomillo empapó al toro :ne~~~~'.asmo y de bravura del público,.
clavados en tierra, los brazos altos f . igeros vuelos de su capa, los pies:
tia !eroz del lugar peligroso para' et~i~aodc:r a~~c:, apartandj o a la bessabios que le
d b
, Y para os monohombre 1 ~yu a an a.1e:antarse. Al contraste de la tranquilidad del
y a ciega acomet1V1dad del toro estalló en el a·
1
aplausos, de gritos de entusiasmo:
'
ire una sa va de
-!Olé lo~ tíos con entrañas!-exdamó el Pequeño de A h 1
-¡Pero s1 eso no es ná!
ra a .
-Usted lo haría mejor.
-¡Pa chasco que no!
-¡Que se calle ése!
-No me da la gana.
-¡Al corral!
ahora~;~;:

!~:~~~~re/:n~~~:r:/:1fe~!o~~mingo en Carabanchel, y

cio!ls.pubhco se iba calentando. La corrida prometía grandes emo-

..

ñafl~l t~ro tomó¡ ocho varas, mató cinco caballos; el Tostao y el de Per c ava_ron os pares de reglamento.
El Tom11lares, después de un brindi
..
nost' arrojó la montera y se fué al toro ~¡~::;:ng~~ac:e ~:e VYO~·ecavren os pases de muleta ceñidos y
'fi
d . .
va orestocada colosal.
magm cos; ernbo al enemigo con una
-Esa estocada es contraria-sentenció el Manolo lla d
, ma o por mal
nombre el Malhuele.
sosl~~~n;raria, atrav~sada q~~drá usted decir-respondió mirándole deY_ - n Ru~c'.to, m~ond1c10nal entusiasta de Almodóvar.
-¡~so es ch1pen!-di¡o otro.
-N1 contraria, ni atravesada ni hi ,
.
ciego para no ver que es una . ' .. c dplen, m nada. Se necesita estar
U
·
rmga¡1ta e antera.
lo que
42

::et/::::s,C:~~~:1; ~;;:~ª~~/~:;~~

Y cinco sobre ropas; pere&gt;

A pesar de las distintas opiniones, el Tomillares cortó la oreja y dió
dos vueltas al ruedo, recogiendo un montón de cigarros peninsulares,
que si los llega a fumar, sucumbe. La reseña de su faena fué telegrafiada inmediatamente, y el espada ordenó a su mozo de estoques que pusiera el parte de siempre a sus amigos, redactado en estos términos~
«Yo, superior. Lós demás, regulares; ganado, regular.» Claró es que los
demás espadas no habían toreado cuando se poma el telegrama; peroeso no le hace.
El segundo toro no dió todo el juego del primero. En realidad, a los
únicos que satisfizo un poco, fué a los aficionados a lo que antes se llamaba hule, es decir, a los buenos corazones a quienes agrada que en las.
corridas haya tan siquiera un par de cornadas en carne humana. El toro,
descuadernó a un picador, y enganchó por la pantorrilla a un banderillero, sin más consecuencia que la de rajarle la media de seda y todo el
paquete muscular desde la corva hasta el talón. Total: unas veinte o
treinta puntadas con catgut.
Teodoro, el de Alcalá de Guadaira, despachó al toro con dos medias
estocadas y un descabello a pulso. Faena vulgar que no añadía gloria y
prez al célebre matador. Éste, sin embárgo, ordenó al Parguela, su mozo
de estoques, que cablegrafiara a sus amigos un parte redactado así: «Yo,
superior; los demás, medianos; ganado, ídem».
El público, a medida que transcurría la fiesta, se impacientaba. En
los tendidos de sol se pegaron tres o cuatro veces de bofetadas, y monsieur Grandindon llamó cocu a monsieur Petitgris, porque se permitió
decir que el Tomillares había cambiado su primitiva profesión de limpiabotas por la de torero para entrar en el gran mundo, y todos sabían
que Pedro Tomillo se hizo matador de toros, porque así se lo exigió,.
delante del Señor del Gran Poder, la célebre cantaora Camisona, de la
que Tomillares estaba profundamente enamorado.
-Romances; castillos en España-respondió el comerciante con
desdén.
La lidia del tercer toro pasó casi desapercibida, y cuando las mulas
arrastraron a los tres caballos despanzurrados y al cornúpeto, la multi~3

..

�LA PLUMA

LA PLUMA
tud permaneció muda, inmóvil, esperando el gran espectáculo anuncia&lt;io en los carteles.

Por fin, se desprendió el hule y apareció una plata~orma ~ireular dehierro y sobre ella seis ametralladoras giratorias de diez canones cada

El zumbido de las gentes de fuera llegaba como el roncar de un mar
lejano. Los toreros se retiraron al callejón, los areneros alisaron el piso,
y el redondel quedó desierto.
Los trece mil trece espectadores, anhelantes, vieron que el portalón
&lt;le entrada se abría lentamente.

una.
·
Los hombres enlutados, inclinados sob re 1a mira,
em puñaban las.

* * *

'1

Ocho caballos negros, con gualdrapas y jaeces negros, arrastraban
un carruaje tapado con un hule. A los lados de aquel carro, marchaban
seis hombres enlutados. Eran personajes extraños aquellos desgarbados
tipos, vestidos con largos levitones, cubiertos con sombreros de copa.
Los dos primeros, sostenían las bridas en sus manos enguantadas. Sus
caras pálidas, que ribeteaban barbuchas pajizas, tenían algo de asiático:
pómulos salientes, levemente teñidos con la roseta de los ... uberculosos;
ojos oblicuos, cubiertos con gafas; a juzgar por su semejanza, eran hermanos gemelos. Los dos siguientes parecían judíos, con sus narices lar.gas y caídas, su perilla puntiaguda y su tez amarillenta, y los dos últimos, corpulentos, atezados, barbudos, llevaban encasquetados sus sombreros de alas curvas sobre la melena cortada bajo las orejas.
La extraña comitiva llegó al centro de la plaza con precisión matemática.
Uno de los caballeros se metió bajo el toldo de hule, y el carro descendió medio metro y quedó fijo en el suelo. Las cuatro ruedas se des_
prendieron y los ocho caballos, obedeciendo a un silbido, trotaron y
-desaparecieron en el portalón.
Los enlutados, abandonando en la arena sus sombreros, se metieron
.a gatas bajo el hule y anduvieron arreglando algo.
El público empezaba a tomar la escena a chacota; sonaron silbidos,
-risotadas.
44

manivelas.
de cada arma coSonó un grito seco de orden, y los diez canones
menzaron a disparar contra el público.
.
Un enorme alarido subió al cielo. Las ametralladoras enfilar~n pn~
meramente a las puertas, que pronto quedaron atascadas de cadaveres,
después, cubriendo con la rá.faga de proyectiles desde el alero de la plaza hasta la barrera, giraron lentamente.
Las o-entes rodaban heridas, muertas, por los escalones de los tendidos AJ.aunos locos de terror, sin poder escapar por las puertas ~e los
palco; saltaba~ por encima de la barandilla, y eran caza~os al v~e º:
un' monosabio sacó su navaja y corrió agachado hacia ~a maquma
infernal que escupía fuego; el ametrallador lo enfiló y el valiente monosabio fué empujado hacia atrás por el huracá~ de acero que le atravesaba, hasta que cayó hecho un guiñapo sangriento en la are?~·
y el giro fatal continuaba destrozando a los grupos fugitivos, desgranándolos, en cabezas destrozadas, brazos Y piernas ª,rran~ados.
La hermosa Chanuca, con el costado abierto, dorm1a ca,da sobre 1a
capa bermeja del torero, no el sueño del amor, el sue_ño de la muer~e,
Y aquel palco como todos los demás, destilaba cua¡arones de san0 re
sobre grupos 'informes de c haquetas, pant a1o nes y sombreros acumulados bajo las gradas.
•• d 1
Las cuadrillas de los toreros habían sucumbido en el call~1on e ª
barrera acribillada a balazos, convertida en mo~tones de astillas. .
E n ~¡ enorme anillo de la plaza reinaba la quietud y el augusto mis, d'1sparando hasta
terio de la muerte; pero los sesenta cañones segu1an
que las municiones se consumieron.
El sol iluminaba la atroz carnicería; un vaho espeso de sangre ~ entrañas desgarradas subía hasta la bandera española que flameaba airosa
al viento de la tarde.
45

�LA PLUMA

LA PLUMA

Los seis hombres enlutados cambiaron algunas palabras en ruso, y
''. Sacando cada uno una pistola, se levantaron la tapa de los sesos.

DE UN EJÉRCITO CONTRA MOROS

* * *
.Después de este acontecimiento, ya no hubo corridas de toros.
RICARDO BAROJA

YO, A MI CUERPO
¿:Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

"Gu pecho ha sollozado compasivo
por mi, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, lJ altivo
con mi ambición Latió cuando era fuerte.

'JI hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseriá.
¿ffor qué no te he de amar? ¿tlué seré el día
que tú dejes de ser? ¡ :Pro/undo arcano/
&lt;Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

D.

RlVERO

las causas por qué nación tan animosa, tan
aparejada a sufrir trabajos, tan puésta en el punto de lealtad, tan vam, de sus honras (que no es en la guerra ta par'
te de menos importancia), obrase en ésta al contrario de su
valentía y valor, truje a la memoria numerosos ejércitos disciplinados Y
reputados en que yo me hallé, guiados por el emperador don Carlos,
uno tú. los mayores capitanes que hubo en muchos siglos; otros por el
rey Francisco de Francia, su émulo,y hombre de no menos ánimo y e:rperiencia. Ninguno más armado, más disciplinado, más czunplido en
todas sus partes, más plática, abundado de dinero, de vituallas, de artillería, de munición, de sold,ldos particulares, de gente aventurera ae
c,1rte, de cabezas, capitanes y oficiales, me parece haber visto ni oido decir que el ejército que Don Felipe II, rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique JI de Francia, hij"o de Francisco, sobre Durlan, en defensión dP los estados de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el
mundo, de que salió la restitución del duque Filiberto de Saboya; negocio tan desconfiado: como por el contrario, ninguno lze visto hecho ta11 a
remiendos, tan desordenado, tan cortamente proveído, y con tanto desperdiciamiento _11 pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en
miedo, en codicia, e,i poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber sido comenzarse la guerra en tiempos del marqués de
Mondéjar con gente concejil aventurera, a quien la codicia, el robo, la
flaqueza y las pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó a salir de sus casas cuasi sin orden de cabezas o banderas: tenían sus lugares cerca; con cualquier presa tornaban a ellos; salían nuevos a la guerra, estaban nuevos, volvían nuevos. Mas el ti.empo
.que el marqués de Mondéjar, hombre de ánimo y diligencia, que conocía

[I

ONSIDERANDO yo

47

�LA PLUMA
las condiciones de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos a las
manos, en toda hora, en todo lugar, por medio de los h?mbres particulares que le seguían, estuvieron estas faltas e•1eztbiertas. Pero despu!s
que los enemigos se repartieron, aconteciero1t desgracias por dontú quedaron desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo
de unos en otros; que como sea ti vicio más perjudicial en la guerra, así
el más contagioso: no se repartían las presas en común; era de cada U1UJ
lo que tomaba, como tal lo guardaba; lucían con ello sin unió,,, sin respondencia; dejábanse matar abrazados o cargados con el robo, y donde
no le esperaban, o no salían, o en salimdo ton, 1ban a casa; guerra de
montmia, poca previsión, menos aparejo /)ara ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco di11ero o ningullo: cesando la
codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo;pobres, hambrientos, impacientts, adolecían, morí,m, o huyéndose los mataban; cualquier partido destos escogían por más ventajoso que durar en la guerra ouwdo no traían·
la gana11cia entre las manos. De los capitanes, algunos, cansadn ya de
mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se daban a las mismas
costumbres de la ffente, y tales eran los campos que della se ;ímtaba1t.
Pero también hubo algunos hombres en:re los que vinieron enviados p or
las ciudades, a quien la vergüenza y la hidalguía era freno. También
lt1 gente enviada por los seizores, escogida, igual, disciplinada, y la que
particularmente venía a servir con sus manos, movidos por obligación
de virtudy deseo de acreditar sus personas, animosa, obediente, presente a cualquier peligro: tantos capitanes o soldados como personas; y en
fin autores y ministros de la victoria. Los soldldos y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideración verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.
DI!:GO HURTADO DE MENDOZA.

ALMANZOR
os hombres de mi generación habíamos esperado-esperanza
huera-vernos libres de la morería. i\letido en su arca de
tres llaves el cadáver del Cid; tachado de apócrifo el testamento de Isabel la Católica; en decade~cia el orientali~mo
romántico, lícito era el regocijo de pensar que el afncano no volvena a
entorpecer el discurso natural de nuestras vid~s, ni a embarull~rnos ,el
trabajo, ni a corrompernos el gusto, como solla e~ estos doce siglos _ul
timos. ¡Al Rastro las cimitarras, los alfanjes, los an~files;. donde podna~
adquirirlos a bajo precio los rimadores ve:bosos! No mas almala'.as ~1
almaizares, ni marlotas y alquiceles; no mas sultanas sensuales, m mas
Leilas d~ ojazos profundos, ni otros ripios sarracenos. Tras de los bandidos v arrieros iríase el moro imaginario que los cursis ven aún vagando en ia plaza de cada pueblo andaluz: el moro caballe~esco, sentimental, tañedor (el moro de Irving), que exhala ternezas al pie de un to~reón;
v el moro sediento de sangre, fanático islamita, con que atemonzan a
;us ovejas los obispos belicosos. No más cruza?as: no más triunfos sobre
la media luna; acabáronse los arrebatos, la gntena, las membranzas de
las Navas y del Salado. Aunque el Estrecho-nos decíamos-sea brev
reparo, por pronto que la furia españ~la resucite y qu~ramos pas~r alla
nuestros pendones, ya los moros usaran chaquet y perilla y tendran escuelas laicas. Quedaremos una vez más lastimados en nuestro derecho,
ejecutados en la honra; pero la epopeya de la reconquista-con este su

7

IV

49

�LA PL U :-.1 A
LA PLUMA
reato dañino-habrá concluído. No oyendo el galopar de la morisma,
pensábamos que, al fin, podría hacerse en la península algo serio: labrar, fabricar, leer en buenos libros, allanar las cuestas, cultivar con
curiosidad los jardines... Esta guerra que venimos haciendo en l\larruecos, más larga ya que ninguna campaña de la reconquista, más sangrienta que cualquier gran victoria cristiana de aquella edad y que muchas juntas, más desgastadora de haciendas que la reconquista en pleno,
descubre la condición inacabable de nuestra epopeya cristiano-bélica;
habrán de ponerle apéndices cada quinquenio, cada decenio, para archivar las memorias de las proezas cumplidas, como se los ponen al repertorio de Alcubilla, donde se archiva el fas y el jus, el fruto de la inspiración de las covachuelas hispánicas. Es lo debido; una minerva rige
armas y leyes.
Si este es mi destino de español, pienso que no lo hay más negro.
Creíamos desembocar en el siglo xx, y nos vuelven a uno de aquellos
que nada tuvieron de dorados, poniendo en armas la frontera contra los
moros. Eso basta. Hoy, los moros son nuestros amos. Lo primero, porque al eaemigo st! le otorga siempre un poder incalculable en teniéndolo por tal, con romper la paz y disponerse a guerreado; poder no sólo
físico, pendiente del albur en las batallas, pero moral, que obra sobre
las mentes y deja al ánimo obseso. Los españoles nos arruinaremos si
los moros quieren, haremos infinitas locuras, porque les hemos entregado el resorte de nuestra conducta; tienen en su mano la mortificación
de nuestro orgullo; pueden infligirnos sin salir de su breñal humillaciones crueles; cubrirnos de ridículo. Lo segundo, porque España venía
curándose despacio de la infección muslímica, y soltaba el veneno a
fuerza de privarse, como se abstiene el morfinómano procurando su salud. Todavía el régimen era laxo, reciente. Hacía falta más rigor en la
nutrición mental, expurgar la fantasía, buscar el aire tónico del Norte;
extremar la defensa, brutalmente, hasta que el organismo perdiese la
memoria de ese vicio y pudiésemos entrar en las mezquitas sin emoción
histórica, con tanta naturalidad como en la barbería, y hablar de los almohades con el displicente gusto que pondríamos en disertar de los es50

·qui males. 1'0 estábamos curados. Todavía fulguraba sobre nuestro horizonte la ;Jfedz"a Luna. (De hallarme limpio del veneno no se me habría
-ocurrido esa imagen.) Con un pinchazo, recaemos en' la dañada afición
que iba perdiéndose; el morbo musulmán recupera su virulencia. Poner
en curso sangriento la frontera contra moros, es abrir la fuente mal cerrada: _el organismo español retrocede a la edad en que ese manantial
berme¡o, perenne, era la condición de su vida. Las cuestiones los sentimientos, los presagios, la armazón política, lo que nos preocu~a O conmue\·e, torna a ser medieval, com«&gt; en los siglos en que guerrear con los
moros era la rueda catalina de nuestra economía.
;\ledievales los sentimientos. Tratamos a muchos españoles que se
han rehecho un alma del siglo décimo y odian a los infieles como fueron odiados en tiempo de Almanzor. Admirable privileoio de España.
Nº •
D
. mgun eu'.o~eo, aunque imbuido de cultura clásica, llegará a compart1_r l_os sentimientos locales de un ateniense o de un romano; podrá imagm~:selos,. describirlos como se los imagina, mas no podrá odiar con
pas;on ~ac1onal a Xerjes ni a Alarico. Apurándolo más, ¿que europeo
esta co~1do_ en una_ misma onda sentimental con sus compatriotas de
~ace mil anos? Quiere decirse que no son ya compatriotas; el lazo de la
t~~rra se _suelta solo, y todos los muertos no nos emocionan; la compas1~n nac10nal se deslíe en sentimientos más generales, vagos, de humamdad, de curiosidad, o en puro goce estético, en cuanto sin salir del
país se pasa de una civilización a otra. El español, se exceptúa. Le cumple la virtud de desposarse con las antigüedades de esta tierra, de prest~rles su apellido a cierra ojos. ¿Por qué ha de ser Numancia presea nac10nal, un timbre de gloria equiparado a Zaragoza o Gerona? Toda España es antinumantina. Debemos España a la destrucción de las Numancias-sonadas o no-por el romano. No se advierte que es profanar
el idioma de Cicerón emplearlo en alabanzas de los bárbaros. ¿O ya nos
despagamos de ser latinos?
«Enojada estaba Roma con ese pueblo soriano», canta el romance.
Roma, a quien llamamos madre, nos libró, con su enojo, del peligro
berberisco. He llegado a ver las estatuas de los últimos numantinos (me
51

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
regocija que fuesen los últimos): un hombre peludo se degüella; una
mujer-no mal formada-con el hijo muerto sobre las rodillas, se apresta a ingerir un bebedizo. El exterminio de esa horda me asegura que no
corre por mis venas gota de su sangre. Si el español entiende tan mal lo
que debe a su origen, y odia un momento a Roma por fraternizar atolondradamente con el numantino, no es milagro que se zambulla en lo
más negro de la Edad Media, sienta a lo mesnadero de un Bermudo,
de un Ordoño, en cuanto las guerras del moro le reavivan ciertas pasiones oscuramente adormiladas en su alma. Tal convecino adocenado nos
saluda en la calle, que lleva dentro un conmilitón de Mauregato; en el
horizonte de diez, de doce siglos, no halla otro árbol donde ahorcarse.
El tipo no es del pueblo, sino de español mediano, que ha recibido instrucción general, patrañosa, y le tolera algunos deslices a la imaginación, cebándola en los recuerdos del bachillerato. Suele vivir adscrito a
profesión sedentaria; aprecia que una ciudad esté «amurallada»; se desquita de la aridez de su monogamia fingiéndose la desenfrenada lascivia
de los harenes; se persuade que también él sería poeta si por deber no
mantuviese aherrojada a la fantasía. Es patriota; cayendo de bruces en
los desengaños, que no puede negarlos, se recobra y dice: «Pero la raza
es sana; y muy inteligente. La más inteligente de Europa.» En suma:
es tan recio y duradero como el muro ciclopeo de Tarragona. Están al
unísono con ese tipo: el rentista, si ha leído a Villoslada, y los deportes
no le han vuelto tarumba; el erudito local, conocedor del punto de la
muralla (derruida hace quinientos años) que aportillaron las huestes de
Alfonso VI. 0e otras gentes sospechosas-caballeros de las Órdenes,
académicos de la Historia- nada digo, porque no los he observado de
cerca. Así, el primer fruto de la guerra nacional contra los moros es restaurar los entes más viejos, arrancar del alma a los españoles toda una
edad, y encenderlos en la misma pasión que los míticos guerrilleros de la
caverna astúrica-la misma por su objeto, su expresión, y los modos de
saciarse que propone.
Medieval la armazón política. La vida española recae en el ínterin
donde estuvo empantanada ocho centurias; igual ceguera: obstinarse en

derribar una puerta abierta; codicia tamaña: quitarles tierras a los moros por «haber más hacienda» y repartir mercedes a los ladrones; descuartizamiento de la potencia pública, único paladión de pobres, por los
oligarcas desmandados que la emplean en el gran despojo. Que sean los
Ricos-homes o las sociedades anónimas quienes trasquilen al pueblo; que
sea el oligarca Don Lope Díaz, o el Señor de Cameros, o Don Juan: el
Tuerto, u otro bandido de gran solar, o el gerente de un banco, de una
compañía minera o ferroviaria, y sus mesnadas en las Corte~, síguese la
misma procesión del dinero: se estruja al cristiano-al humilde, no al
poderoso-, para costear las armas y los brazos que han de someter al
moro; disípanse los acostamientos; cuando llama el rey, no le acuden, o
mal, y tarde. Entonces, como ahora. Y tales han acudido a veces, que
mejor les estuviera no ir. Vasto latrocinio, chantage desaforado viene
siendo para España la guerra contra los moros, desde antes de Covadonga; y no han robado más los que allanan una choza, saquean un aduar:
«El mayor ladrón-dice Quevedo-no es el que hurta porque no tiene,
sino el que teniendo da mucho, por hurtar más.» El desvalido, el ignorante, o el que posee un talento y pretende hacerlo valer, habrán de perdonar por este siglo, y por el próximo, si la morisma no se rinde. Lo
que presta la nación al individuo, el auxilio de vivir socialmente, se pierde en esta guerra, hoy por modo más estúpido que en el siglo décimo,
pues lo aventuramos en disputar con mayores bárbaros que nosotros. No
me conviene depender en lo más mínimo de la razón o sinrazón de un
puñado de berberiscos cerriles. Si los españoles lo mirasen bien, de vergüenza y de rabia romperían el hechizo que los tiene alelados, y verían
que es poco estimar a España restituir al moro su rango antiguo, otorgarle sobre nosotros tanto poder como de enemigo hereditario. Debieran
levantar a más la soberbia. No apellidar causa nacional a empresa donde
sólo puede haber manteamientos, pedradas y estacazos, empresa guardada para Sancho, ayudado desde lejos por el caballero «con advertimientos y consejos saludables». Mirar en la calidad del enemigo, y si hemos
de tenerlo, buscar alguno que nos honre. O crearse un enemigo de igual
condición, o sufrir la que el enemigo nos imponga. Francia tiene el suyo.
53

l

�LA P L U ~I A

LA PLlJMA
Dicen maliciosamente que Francia muda de enemigo hereditario cada
veinte años; pero va de Inglaterra a Alemania, de Alemania a Inglaterra,
y si quisiéramos nosotros entrar en turno, habríamos de instituir-hermanos y todo-un poder económico y militar que la amenazase; Francia no se estima en menos. Ni Alemania, que tiene el odio portátil. Y el
inglés no se declara enemigo hereditario del zulú ni del birmano a quie~·
oprime. Tal el enemigo, tal la enseñanza, o el contagio. Francia ha adelantado en la química y en la mecánica; no se consolará por eso de la
guerra, pero algo sabe hacer mejor, o de nuevas, que antes no hacía.
Cosa que los españoles hayan aprendido en Marruecos, no se conoce
ninguna: como no sea cortar cabezas de moros y mostrarlas en las tabernas, o enviar a la Península bajo sobre dedos y orejas berberíes. Cúlpese a sí propio si aún anda embarazado en compañías que le degradan;·
si desperdicia el seguro que le ofrecía el mar, apartándolo, por fin, del
poder islamita derruido; si en vez de irse cara al mundo en que siempre
debió asistir, mira al Atlas, captado por el funesto prestigio que desde siglos le atrae,

* * *
Mirando en el bullicio de Marruecos, la inútil mortandad, los destrozos, la ineptitud, el sonrojo público, nadie pensará que en África esté
escribiéndose un apéndice de la ilustre epopeya de ocho siglos; fué otra
la calidad de los hechos-se dirá-; otros eran los modos; menos fangoso el manantial de la gloria. Si en trescientos o cuatrocientos años.
nuestra entrada en el Rif no provee de metáforas altisonantes a los retóricos que nos sucedan(«... la enseña roja y gualda se paseaba triunfadora por la 9lanicie de Zeluán!»), o no sirve de pretexto para incursiones nueva~(« ... nuestros antepasados introdujeron en el Rif la civilización cristiana!»), será que el caletre español se haya recompuesto; pero
la materia histórica que amasamos en el Rif, contra aquella opinión superficial, es la de siempre. Los términos, en armas y gobierno, con que
los cristianos de España entran a guerrear a los moros son, en substancia, siglo tras siglo, invariables.:Adviértase que al español moderno, oído.
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el proceso de la reconquista, sólo le queda en la memoria una explicación polémica fraguada por la propaganda; al valerse d~ ~que! ,·ocablo,
no maneja un caudal de hechos, sino un concepto pol1t1co. La reconquista, si en algún modo nos determina, no es_ tanto por rechazo ~e los
sucesos sobrevenidos en esa edad, como amarrandonos al razonamiento
con que la explican. Toda guerra, para ser bien ente~d_ida, erige u na
oficina de propaganda. Las dilatadas guerras entre cnst1~n_os y moros
por el dominio de la península, suscitaron en el_ campo cristiano una.legión propagandista descomunal; ocupaba la cated:a de San Pedro) el
púlpito de la más pobre aldea; el alcázar, el h_osp1tal,
~om·ento; el
pretorio y la catedral. ¿Adónde iría el hombre s1mp(e, el 1d1ota, q~e _no
blandiesen sobre él un hisopo o una lanza, exhortandole o conmmandole a pelear, e inculcándole por qué peleaba? Pero nadie es tan ingenuo que confunda la guerra, los móviles de los potentados que_la_encienden las razones del hombre vulgar para someterse a los padec1m1entos y ex¡orsiones, con la figura levantada sobre la guerra pa_ra inscribirla
en la historia. De la explicación aducida por los propagandistas del plan
cristiano, poco caso se ha de hacer (salvo en lo que a su pesar confiesan), sobre todo si fueron testigos presenciales: los testigos ven lo q~e
creen· lo demás, no entienden. Peor si detentan el mando. La fuent: ultima; que acudiríamos para trazar la crónica de nuestra ?uerra en A!rica serían las arengas de los generales o los partes del G3b1erno; vald nan
como re-::urso desesperado, por no perderlo toJo y guardar algu_na memoria de los acontecimientos: como si de un reino desaparecido nos
quedase una estela en un desierto. La propaganda del plan cri~tiano en
la reconquista puso al servicio de la historia, por modo e~clus1vo, ~artes oficiales, arengas ~ prelados o grandes señores, comunicados rcg10s.
Que nuestra entrada en el Rif parezca, cumplidos los ~ie~pos, tan
o)oriosa como el hecho del Salado o de Granada, se antoiara supuesto
inverosímil; peor: chocarrero. ¿Es acaso menos estrafalario someterse,
siglo tras siglo, al patrón explicativo de nuestra historia, p~es~o por los
bárbaros? ¿Se puede comulgar con mayores ruedas de molino. El concepto político de la reconquista surgió en la edad de más espe~a barba-

e!

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�LA P L U \l.-\
ríe conocida en la península desde la caída de Numancia; seres montaraces, crédulos, lo adoptaron. Cortos de entendimiento; largos de
manos; las tragaderas, anchas. Si hoy un corresponsal nos mandase
a decir que había visto los acorazados de la escuadra anclados en los
picos del Gurugú, o que las nubes llovían sobre Melilla riquísimo aceite, podríamos dudar si era un mentecato o un bromista, pero no creerlo. Las remotas noticias de la reconquista no son más serias; las explicaciones tocantes con el origen, vienen de autores creyentes en las en carnaciones del diablo. Se imaginaban que el demonio, en cuerpo de
hombre, iba por los riscos de Sierra Morena tocando un tamboril. cantándole coplas a Almanzor. ¡Necia diablura! ¿Para quién iba a cantar en
la sierra el pobre diablo? De chico, tales fa.ntasías me impresionaban vivamente, y también yo creía ver a un diablo viejo, negro y cornudo,
brincar entre los jarales, profiriendo con voz cascada: «En Calatañazor,
Almanzor perdió el tambor. ¡P]án! ¡Rataplán! En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor!» Y esto era muy triste; la voz del diablo no tenía
ecos; nadie le oía en aquellos cerros candentes, desiertos, que yo me
imaginaba; el diablo parecía desconcertado, corrido de su mal suceso,
y se iba a pordiosear, lamentable. En rigor, al diablo no debe achacársele tontunas_. Perdió la capacidad de amar, no el entendimiento angélico. No es fornicador, ni borracho, pero soberbio y envidioso; le conoce mal quien le pinta necio. Si Dios creó al hombre a su semejanza,
el hombre crea, también a semejanza suya, al diablo de las apariciones;
cuando es imbécil, a su creador se lo debe. Concluyo de la estupidez
del diablo en Sierra Morena la modorra de quien lo trajo, y que eran
mentecatos o farsantes los autores gravísimos que con tal cuidado lo ingieren en sus textos; sus demás opiniones y cuentos quedan, con eso,
daiiados. Pensará algún moderno que no pueden correr sobre Melilla
tan gruesas fábulas, de aguzado que tenemos el sentido crítico. Es según
la materia. Si al corresponsal de marras se le apareciese el diablo, el público se burlar/a, en efecto, hallando excesivo el anacronismo. Tolera
otros: si ve a un fraile arengar en lo más recio de la batalla, blandiendo
un crucifijo, espectáculo desusado, a lo que creo, desde la toma de Orán,
56

LA PLU;\1A
.nadie se espanta. Es el primer paso, el segundo sería ~ue al corresponsal se le apareciese el apóstol Santiago, con peto y qu1xotes, encasq~etado, fulminando ]a terrible espada, subido en el caballo blanco, o b1e?
uniformado a la in"lesa-que sería más tJlerable-: guerrera de kaki,
correaje avellana, p~ismáticos en bandolera y un junquillo coi: mango
de cordobán. Al punto, muchos lo creerían. Millones de_ e~~anoles ?º
podrían quebrantar el dicho del corresponsal con u~~ ob¡ec10n_ de pnncipio; los que impetran del omnímodo poder dm~o _el tnunf~ de
nuestras armas, alabarían a Dios. Tenemos, pues, en Afnca lo ne1,;esario, falta lo que debe faltar, para que la entrada de los cristianos e~ Morería resplandezca mañana con tanto brillo com? l_a cruzada_ nacional•
No es tan descaminado poner en los altares de Afnca a Santiago Matamoros. Lo que es yo, concentraría la Guardia civil en ~ierra Morena
para vigilar las apariciones del diablo, y que le tomase~ ¡uramento de
decir verdad si voceaba un triunfo nuevo. Comprendenase entonces el
emblema de A:lmanzor, vencido por el apóstol Santiago en una batal:a
que no se dió.
CARDEN JO.

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�L.-\ P L U 11 A
por sus opinioneE y las de sus lectores, sino apartándome de toda preocupación.
política, con toda mi paciencia y mi atención.
Puesto que hoy no puede ya hablarse de él más que en tiempo pasado,.
puesto que pertenece a la historia, como dicen en los discursos ollciales, permítaseme alzar la voz y decir qué hombre era este y el por que de mi afc:cción.

* * *

CRÓNICAS LITERARIAS
ALEMANIA

m

l.THRNAu.-Nadie se admire al verme introducir la figura de·
Walter Rathenau en eshs crónicas. Podría defender su presencia
arguyendo con las cinco o seis obras que ha escrito, pero sin desconocer su valor e importancia, no quiero ocultar bajo una excusa
q 1 e sería casi un pretexto la determinación de no esclavizarme al rigor de un
epígrafe, dt&gt; una rúbrka. Walter Rathenau se substrae a las clasificaciones y definiciones. Pertenecía a todos los órdenes en que nuestra atención y nues,ra
simpatía se reparten: literato, economista, filósofo, aficionado en arte, y hasta
hombre de Estado. Era uno de los espíritus más grandes, no sólo de su país,
pero de su tiempo, uno de los hombres que simbolizaban la persistencia y la
defensa europeas. El Occidente extremo y, en particular, Francia, no han visto
en él más que al ministro, e incluso si se esforzaban en proclamar sus méritos
no le: d iferenciaban del batallón de hombres políticos entre quienes vivía al fin
de su carrera. Hace dos años no le conocían ni de nombre, y probablemente
dentro de otros dos lo habrán olvidado. Sin embargo, en él se encarna un momento del pensamiento europeo.
.\le es grato hablar en esta Revista, de donde está excluída la política, de un
hombre a quien tuve felizmente ocasión de tratar durante diez años. de un hombre a quien conc,cí antes de la guerra, época en la cual, si alguien le hubiese predicho su destino, habría contestado con un encogimiento de hombros. Quisiera
diseñar su retrato, no como lo hao hecho los periodistas arrastrados por el tum.ilto de la información cotidiaoa y tiranizados, incluso inconscientemente.
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La notoriedad europea de \Valter Rathenau había nacido en Cannes, ya que
no en Génova, porque sus misiones eo Londres y sus primeras armas en política apenas revelaron su nombre más que a los iniciados en los juegos de la diplomacia, o a los que van siguiéndolos con ardor. Su notoriedad en Alemaoia
era, claro está, más antigua, pero no hacía mucho tiempo que había .-lcanzado a
todas las clases de la población. Walter Rathenau era el caballo que, recomendado con discrección a los apostantes por boletines dignos de crédito, acababa
de destacarse del grupo de sus competidores y de tomar la delantera a favor
de una curva.
Había publicado antes de la guerra varios libros que descubrían la penetración de su intelígencia y su temible cultura-libros de tendencias filosóficas
pero en los que desempeñaban pJpel importante la sociología. la economía política y la historia-. Ninguno de ellos había reclutado vasta clientela de lectores. Su forma literaria, su concepción, y la confusión de géneros, rebelde a todas las reglas de la crítica y de la ciencia alemanas, los hacían 5ospechosos a los
ojos de los especialistas; al paso que, por su inevitablt: aridez, eran en demasía
pesados para el públ;co. D·masiado diiettante para unos, dem1siado sabio•
para otrc-s, se inmovilizaba en el cuadro restringido de algunas amistades.
En las esferas oficiales le mantenían aparte y en observación. Porque la influencia de los negocios y de los grupos fin~ncieros que podía manejar le hacía,
más temible que su crédito personal: la A. E. G. (Allgemeiue Elecktricitat Gesdlschaft), por sí sola, convertía a \Valter Rathenau en uno de los grandeis señores del capitalismo alemán.
Durante la guerra, tuviéronle en cuarentena, coofinado en funciones accesorias: sus teorías democráticas y europeas, pedestal de su triunfo en 1921, eran
conocidas de todos, así como su hostilidad a los Hohenzollern; por otro lado,.
su mutismo y su recelo, más aún que su fortuna y su plan de vida, le apartaban de las minorías socialistas y revolucionadas e incluso del radicalismo burgués, es decir, de todos los grupos en que prendía la oposición. No desempeñó
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�LA P L U ~l :\
,papel alguno en los acontecimientos de 19181 y al año siguiente Jlamó un poco
la atención dando a :uz dos libritos, uno de ellos acerca, o más bien contra el
último emperador. Hasta 1920 los hechos no se pusieron a favorecer su marcha: en el momento de convertirse la joven república en juguete de las facciones políticas, y bajo su máscara, de los grandes trustr industriales, Rathenau
fué ascendiendo, con opon~r las fuerzas financieras que dirigía a las empresas
y a las ideas de Hugo Stinnes.
Hay muchos puntos de semejanza entre Hugo Stir,nes y Walter Rathenau
Pero también muchos puntos desemejantes. Por una parte, la vida, y el contraste de los mismos acontecimientos sobre intereses idénticos, les imbuyeron
preocupaciones iguales y les impusieron idénticas actitudes. Por otra parte, sus
caracteres individuales eran opuestos en casi todos los órdenes, y en modo
completamente favorable a Rathenau. Hugo Stinnes no tiene otro valor ni otro
prestigio que los de su dinero, mientras que Rathenau tenía todas las cualidades
Y_ todos los defectos necesarios para ser un hombre de amplísimo vuelo, y para
simbolizar, a ojos C:e quienes gustan de las clasificaciones y de los símbolos, el
hombre moderno: mente aguda, voluntad ardorosa, indiferencia completa ante
las objeciones de la moral, facultad de no considerar a los individuos, cuando
no a los pueblos, y a sus tradiciones, cuando no a sus patrimonios, más que
como fichas en un tablern, subordinación de los medios al hn. supresión completa del factor Sentimental en la economía general del individuo.
, Esto e_s sin duda lo que en Ratheriau nos llamaba más la atención y nos hacia experimentar la sorpresa y la seguridad que nos infunden ciertas obras de
Frank \Vedekind y la obra de Car! Sternheim. Sorpresa más intensa, porque el
&lt;lominio del escritor, por grande que sea, nunca es tan tiránico como el del
hombre &lt;ie acción. Harto se ve el daño que las supervivencias románticas han
causado en tres generaciones, y los esfuer:os que la n11estra acumula de~de
hace veinte años para zafarse. Pero en este caso nos hallamos bruscamente delante del exceso contrario: exceso de cerebralidad y conceotraeión de toda la
vida interior en las figuras y fórmulas de una geometría implacable. Espectáculo más conturbador quizá, y seguramente más misterioso que el del sentimentalismo romántico. Testimonio de fuerza, pero de una fuerza casi monstruosa y
co,1tra naturaleza.
Los hombres como Walter Ratheoau, que suprimen toda ternura-•en e
sentido más amplio de este vocablo-y que llegan a menudo a templar e inclu:so a suprimir todo~ los odios, tienen sobre sus contemporáneos una ventaja
60

LA I' L U :'-.l A
inapreciable; no llevan a cuestas bagaje al¡¡uno, y gozan de una preciosa líber· ·
tad de movimientos. Me imagino que esa ventaja estará ampliamente compensada por otro lado, y que cesa medalla-como decía M. Prud'homme-debe tener varios reversos por lo menos•. Pero oo trato de hacer aquí un curso de
psicología general; quiero simplemente not.ir lo que facilitó a \Valter Rathenau el acceso al poder.
Supresión del factor sentimental: e11 e l fondo, conviene confesar que esto ,
es de lo más inquietante. Cierto que en ese dique temeroso había algunas fil.
traciones. Un amigo que conoció a Ratbenau hace veinticinco años, cuando su
padre y los amigos de su padre le rode aban de una desconfianza entreverada
de compasión y le tenían sujeto, incluso dentro de la A. E. G.. me contaba recientemente que en esa época no era insensible a cierta vaga sentimentalidad
de orde11 histórico: la época de la reina Luisa le atraía por modo singular, Y no ,
podía contener cierta emoción cwando pensaba, por ejemplo, que el escritorio
de su uso había sido. un siglo antes, de aquella princesa legendaria. Pero estas
puerilidades, que no están lejos de recrearme como una bocanada de aire fresco, eran nada al compararlas con el mecanismo formidable que presidía en la
vida intelectual de Wllter Rathenau. Y a pesar de su progenie israelita-peligrosa sería desestimar su impo rtancia-ese mecanismo le mantenía brntalmen-te apartado de todos los hombres cuyas cúleras, rencillas, y demás pasiones,
veía conjugarse o entrechocarse alrededor.
Walter Rathenau estaba dotado de una inteligencia cruel. Todo iba a parar
a ella o &lt;lf' ella se alimentaba. Incluso sus goces estético5, que apenas nacidos
le servían para cebar sus experiencias, sus paradojas, sus fantasías. Si le gustaban Renoir, Cézanne. Van Gogb, Beethoven, lo que más le divertía era descubrir y desmenuzar sus procedimientos técnicos, y embromaba a sus amigos
manchando lienzos y escribiendo trozos de sonatas y de sinfonías imitados con
tanta fidelidad, que su facultad de asimilación causaba estupor.
A su inteligencia debía la agudeza extraordinaria de su sentido crítico. No
llegaré a decir que Wa iter Rathenau fuese ante todo un hombre de oposición,
pero lo cierto es que tenía más de censor, a lo Maximiliano Harden, por quien
no ocultaba sus simpatías, que de hombre de Estado. Algunos responderán que
la tragedia de Max:miliano Harden c0nsiste precisamente en verse encerrado,
por la caída de Bismarck, en un papel negativo, siendo así que le estaba reservado ace~tar cosas grandes en la esfera de las realizaciones. Pero yo nocomparto ese parecer, ni ~sa indulgencia, acerca del vicio libelista que, desde
61

�LA P L U l\J A
hace treinta años, pero sobre todo desde 1914, se agota en perseguir la gloria
por todos los cami1.os, ea todas direcciones.
\Valter Ratheaau era demasiado audaz y cultivado para ser un grande hombre de Estado. Y por el contrario, le faltaban ductilidad, tradiciones, destreza
política. Es el único oficio a que no supo adaptarse nunca-sin duda porque lo
despreciaba-. Para político profesional le faltaba todo, y creo que Jo echaba
·&lt;ie ver: durante su vida entera se mantuvo cuidadosamente apartado de la cocina parlamentaria, donde .Matías Erzberger era singular. Y al paso que prose,guía la realización de sus vastos proyectos y trazaba líneas nuevas en el rompecabezas europeo, permanecía sin defensa contra las conjuras de los pasillos,
que eran capaces de arrancarle de golpe todo su poder.
NI) es infecunda la comparación entre Rathenau y Erzberger; como individuos, la_s ventajas están de parte del primero; pero como hombres públicos, el
favorecido es el segundo. Es lícito creer que si Erzberger no se hubiese aplicado a la liquidación de la guerra, y si hubiese emprendido como Rathenau la
construcción de un edificio nuevo con materiales de desecho, habríalo acertado ~el mismo modo. Porque las circunstancias han ayudado a Rathenau: lo que
en tiempos de Fehrenbach o de von Simon:- hubiera parecido imposible, esa t s.
pecie de nuevo Dranr nach Osten que empuja a Alemania hacia Rusia, de quien
antes se temían catástrofes sin cuento, se antoja hoy, incluso a los reaccionarios, la única tabla de salvación. Rathenau ha cCJnseguido la victoria de R ipa.
llo sobre el Occident:!-Extremo, y podía gloriarse de ello; pero Erzl,er&lt;1er hubiera tenido que ganar esa vicroria contra Alemania misma y el Reichst:g, y el
cas,, hubiese sido más difícil.
En Rapall0 todas las opiniones alemanas vinieron a coincidir. Ea las froater~s del ~eich n? hubo más que un ·:encido: Hugo Stinnes. Ese tratado. que
abna a la mdustna alemana el mercado ruso, le privaba, en eíecto, de su clientela de descontentos, y revestía a su adversario del prestigio que ambicionaba
sí. ~stoy seguro, además, de que Rathenau, al combinar su golpe, oo perd10 de vista esa primera consecuencia de su victoria.
Con ella terminaba brillantemente, y en el vasto campo internacional, que
le era grato, lo que constituía al parecer la primera parle de su carrera. Fué,
por desgracia, el término definitivo.
Los que le han asesinado, cegados por el odio polícico y por las máximas
del aa,ti~emitismo que azota en Alemania con intensidad trágica, han suprimido al un1co hombre capaz de sostener un papel de primera línea en el Gobier-

P~:ª

62

LA PLUMA
cuando la derrota ha impuesto a su país lo que he llamado en otro sitio
cdesgermanizacióa•. Porque, a riesgo de dejarme llevar por las ilusiones extremo-occidentales, diré que Walter Rathenau era a mi parecer el mejor guía
que pudiéramos desear a Alemania en la imposibilidad de su política tradicional. Su inteligencia le habría preservado de mnchas errores y tentaciones, y sus
teorías, le habrían apartado de los compadrazgos de clase con que nos abruman
los Hugo Stinaes de todos los países.
No se juzgue, pues, erróneamente el alcance verdadero de las reservas que
he formulado respecto de la capacidad política de Walter Rathenau. No es que
temiese que un nietzscheano como él, pagado de la Voluntad de Poderío y de
la Transmutación de Valores, fuese débil para llevar a término su cometido.
Lo que temía era que resultase demasiado fuerte para librarse de las trampas
y añagazas que irían poniéndole al paso. El exceso de fuerza es tan peligroso
como la debilidad, así para el hombre que lo padece como para la causa que
defiende; el presidente Caillaux: lo sabe a su costa. Y no puedo por menos de
considerar que toda la inteligencia de Rathenau no ha bastado para desarmar la
pasión de los asesinos de Erzberger ni la paciencia emponzoñada de sus rivales, y que ea su desprecio de las crisis sentimentales no ha pensado ea protegerse ni ea proteger su obra contra ninguno de esos dos riesgos.

'110,

l

PAuL CouN.

TEATROS
AS COMPAÑÍAS DK LA LKGUA.-Hasta hace pocos años la vida teatral
española se reducía a los principales escenarios de Madrid. Fuera
,
de ellos. no gozaba de la menor consideración cuanto se representaba sin el marchamo de los revisteros y el público madrileños,
ni sin su refrendo prosperaba artísticamente actor alguno. Las excursiones por
provincias de las mejores compañías de la corte, tenían un prestigio muy superior al de la gloria local, discernida en ocasiones a tal o cual histrión y rarísima vez acatada fuera de su ambiente propio. Cómicos hubo populares en Sevilla, pongo por caso, y aun por toda Andalucía, que no lograron el aplauso no
ya de Madrid, mas de cualquier otro público que no el suyo habitualmente;
como si, en efecto, su arte respondiera por modo especial a cierta sensibilidad
característica de sus admiradores, reveladora de las diferencias étnicas que

�LA PLUMA

LA PLUMA
suelen animar a unos contra otros españoles, faltos de una educación con sentido nacional y humano.
Tenían entonces las compañías del Español, de la Comedia, de Lara, una
estabilidad inconmovible y, bien que regidas por empresas particulares, paredan traducir en cierto modo, adaptándola a la realidad madrileña, la burocracia de los teatros oficiales franceses. Pocas veces se interrumpía el turno de
antigüedad para dar entrada en e! escalafór. del personal de los teatros al simple mérito artístico. Por otra parte, el estreno de una obra nueva, la consagración, por el éxito, de un autor dramático, eran acontecimientos cuya solemnidad se fraguaba ~n círculos y corrillos; para trascender a provincias, ur.a vez
obtenido el beneplácito de l\ladrid. Esta disciplina riguro~a procedía de las
enseñanzas y métodos implantados por Emilio :\lario, de quien fueron discípulos eminentes en el arte de adaptación al medio, la Guerrero y Díaz de
Mendoza.
A principios de siglo, la inmigración de Enrique Borrás suscitó un cambiobrusco en las normas que eran entonces habituales e,1 el teatro de la Comedia
Borrás tenía una personalidad y, sobre todo, una manera de explotarla, muy
semejante a la de algunos actores itali,1nos, que acostumbran correr su patria
de p,mta a cabo, la América después, y el muudo toao, sin más bagaje que
unas cuantas obras en que el protagonista declama un aria. trágica casi siempre, coreada por su compañía, obras cuya repetida aceptación dote los varios
públicos está asegurada por el prestigio del divo.
Borrás no se aclimató a los usos madrileños, pronto vió su incompatibilidad con el sistema de compañías estables a base de unos cuantos estrenos
cada tem¡&gt;orada, e imitando con acierto la vagabundez trashumante de los actores itali:rnos, formó la suya con escaso repertorio de dramas de los llamados
de:' costumbres populares, traducidos del catalán casi todos, y añadiéndole luego
N Alcalde de Zalamea, y El Abuelo, de Gald6s, de que ha hecho una interpretación muy aceptable, se dió a correr las provincias.
El matrimonio Guerrero-Mendoza menudeó más cada vez sus viajes a la
América española, donde em;iezó a estrenar, a modo de ensayo general con
todo, incluso público, las obras con que intentaba luego ante el de Maddd descubrir el anhelado sustituto de Echegaray, su mejor oroveedor de un tiempo.
Ello quitó importancia a la tradición dd estreno en la corte. Margarita Xirgu,
ErneitO Vilches después, por no citar sino a los que dentro de un mismo criterio comercial representan diferentes .nodalidades artísticas, hiciéronse tam-

t

bién un repertorio propio, 3decuado a su capacidad y a la ley económica del
mínimo esfuerzo. Surgían al mismo tiempo compañías casi exclusivamente
provincianas, como la de Antonia Plana, cuya breve estancia en Madrid les
servía de reclamo para sus negocios de fuera, harto más fructíferos, y con repertorio copioso en que tienen cabida los estrenos más aplaudidos en la temporada; extensiva a los teatros de provincias, antaño abiertos tan sólo esporádicamente, en época de f.-rias, Carnaval y tal cual fiesta señalada.
La circunstancia de haber coincidido nuestro paso por una capital de tercer
orden con la actuación en su kalro de !a compañía de 11orano, actor más alejado cada vez de los escenarios dt Madrid, nos mueve a referir a tal campaña algunas consideracioues de orden general acerca de los cómieos de la legua de ahora . N'o es :llorano de los directores artísticos que transigen con las imposicioms
del público en punto al gusto que ha de presidir en el 1·epertorio, o de los que,
a cuenta de tales imposiciones supuestas, se adelantan vertiginosamente por el
camino de la barbarie en que está a punto de naufragar la escena cómica. En
realidad, es dificilísimo, si no imposible, probar esa dependencia de la taquilla, con que se escudan, exculpando sus malas artes, c.tsi todos los empresarios. Puestos en lo peor, podremo5 admitir que el mal gusto imperante sea un
resultado fatal del concurso de empresarios, cómicos y público; nunca p("cado
imputable exclusivamente a la masa anónima que paga para divertirse. Morano no transige, repetimos, y, lo que es más, hace gala de luchar, a grito herido,
ya que no a brazo partido, en defensa de los fueros-o que él cree talea-del
arte dramático. En la capital de tercer orden donde nos ha hecho coincidir la
suerte, recordábase este año antes de la presentación de la compañía, la hazaña
con que su director interrumpió, en su anterior incursión por el mismo escenario, un pasaje de Set'iora Ama, la conocida comedia de Benavente. Parece ser
que el público de aquella noche aciaga, protestó, más o menos ruidosamente,
pero siempre ea uso de un derecho que estim1tmos indiscutible, determinada
frase, o el gesto y ademán determinados con que el propio Morano la subraya
en un alarde de realismo erótico. A lo cual, deteniéndose un punto en el desempeño de su papel y revolviéndose airado en la realidad, dijo, encarándose
con los espectadores, estas palabras u otras semejantes: «La culpa me la tengo yo por representar margaritas,.
En abono de la moderación de público de tal manera maltratado, dice no ya
el que Morano y su compañía hayan podido volver al mismo escenario, sino el
que éste ni la sala padecieran entonces menoscabo ni deterioro.

V

�LA P L U \l A

LA PLUMA

Tiene, pues, ;\lorano un criterio artístico que considera superior al de su
público habitual. que ha de ser, por necesidades del neg_ocio económico, ~I de
pueblos y ciudades situados sobre la lín_ea del ferro~a:nl, ent:e dos cap1t~Ie_s
de temporada teatral de más importancia. El except1c1sm? casi absoluto, 111~1lista a que propende nuestra escasa fe de hombres del siglo, no nos per:~11te
aventurar la posibilidad intangible de otras normas estéticas que !as relativas
al tiempo y al ambiente en que vivimos. fiemos de atribuir al criterio ar~íst'.c"
de Moraoo, por ejemplo, cierta correspondencia con los gustos de otro publico
que no ante el cual le hemos visto representar úl.~imameute en_ compañía dé su
fami\id.-No menos de tres hijos, de ellos, dos, h11as1 y muy hadas por cierto,
lleva consigo este actor, batiendo el recordp1teroal a qJe se entregan la s primeras figuras de la escena española-. Su reiterada ause ncia de lo: t~atros madrileños, el escaso provecho logrndo en todos los órdenes en sus ultunas tt m¡,oradas de la Princesa y el Centro, muestran que no es ta~poc_o d púb iico, tenido por más refinado, de la villa y corte, aquel cuyas ex1ge~cias se c?•11pag1naa mejor con los propósitos de Morano. ¿Habremos
colegir que c_stan és~os
tan por encima del medio ambiente español, que su misma excelencia retr.11ga
al común de las gentes a prestarles aquiescencia ni atención?
_
Un dato tenemos, sin embargo, a que asimos nuestra esperanza de no ver
aureolada su fortaleza artística con la soledad de que se precia el héro,'. i1&gt;seniano de Un enemigo del pueblo, nunca representad&lt;&gt; poi' 1'1oraao. No todo:; los
públicos se le manifiestan indiferente¡; o rehacios como los de Madrid y Zamora. y si bien la mayor demanda y consiguiente competencia de las empre,as de
provincias le obliga a pasear de ceca en meca sus engendros dramáticos. ,ie~e
i\Iorano una a manera de sede propia en Barcelona, donde representa con mas
frecuencia v continuidad que en el resto de España.
He aquí· un hecho que tiene su significación. 1&lt;:1 que hoy por hoy tenga más
adeptos en Barcelona que Borrás o la Xirgu, que 011.n perdido en prestigio localista, y quizá ea conciencia artística, lo que hayan ganado al &lt;to:nar las alas
del castellano&gt;, como su pequeño compatriota Eugenio D'Ors, determina bil!n
a las claras la situación artística de ~lorano, cuyas condiciones se adaptan a 111a1avilla a la economía-material y espiritua!-del teatro en Barcelona. ¿11.'o ha
siclo siempre característico de la capital cataia'.la el espectáculo de traducción,
,::rosso modo, de cuanto más exteriormente repre:;eata a nuéstros ojos el «espíritu europeo?•
Tal el que Morano nos ofrece en sus programas. Lialos no más el ingenuo

d:

66

t

:y al punto prestará con la intención la adhesión que ea ellos se le reclama:
Shakespeare, Calderón, Turguenief, Ga!dós, l\Iirbeau, y, entre los más modernos españoles, Lópe:r: Pinillos, ¿no son nombres que parecen revelar desde luego ese amor al verdadero arte dramático, que en vano pedimos un día y otro a
cómicos y empresarios cuantos, de puro aficionados al teatro, hemos dejado de
ir al que se esti;a en todos?
No hay, sin embargo, ea tan eclética variedad esa unidad de criterio artístico que a primera vista, con su solo anuncio, se presupone ea el actor que
ofrece interpretar el Shylock y el Pedro Crespo, el león de Albrit y el Léchat.
Ya el hecho de que un director de escena se permita invocar la gloria clásica
de un autor para defender la representación de sus obras, contra la posible
falta de respeto por parte del público a tal consagración previa, denota intolerable doblez. La ~niversalidad de toda gran obra se computa no por la supersticiosa adoración que su nombre suscite, mas por sus hondas raíces humanas,
ca¡:¡aces. a través de la distancia que los siglos, o los montes y mares que separan i,n s.1 manera de ser accidental. a unos de otros contemporáneos, de hacer
reverdecer en el ánimo de los espectadores, o del lector, la pasión puriñcadora
de nuestras miserias cotidianas. El señor Moraao supone que sio su advertencia de que se va a representar una obra maestra, el público no toleraría El mercader de Venecia, tomándolo como cosa de poco más o menos, bueno para en tretener a niños y militares sin graduación.
Es posible que el señor l\lorano, y quienes le han precedido en tal método
de incubar el fetichismo de la gran obra y el autor clásico, no andeu muy lejos
de la verdad al considerar como buen público de Shakespeare el más popular,
es decir, el que no suele asistir a sus abonos. El que, por darse la obra en día
festivo, vi yo solazarse con Shylock el judÍ&lt;', no era ciertamente el que a diario
ocupaba no más de unos cuantos palco~ y butacas del amplio teatro provinciano. Era el público sin graduacitf11,. Y en tanto lvs &lt;"spíritu~ avisados de la pequeña capital celebraban sobremanera el prólogo ridículo ea que i\lorario exculpa la candidez del poema dramático q11e va a tener el honor de representar,
d anriteatr &gt; y el gallinero seguían interesados las peripecias de Ja farsa. Quienes necesitan soslayar su admiración a Shakespearc, acogiéndose oo más a Sil
filosofía //rica, sin abandonarse al simple goce de la fábula, so;i incapaces de
co:nprenderlo.

Muy cierto que de la tragedia al mdodrama media un paso. El que da Morano en cuantas obras interpret~, ora reduciendo la noble angustia del Abuelo

�LA PLUMA
galdosiano a la intriga, pretexto de la tragedia, ya refundiendo doblemente,.
con simplificarlas a dos o tres contrastes efectistas, las representaciones de
Calderón y Shakespeare, desbordantes de vida en los origioalc:s del EJ Alcalde
y Et Mercader, o pretendiendo adaptar a un ambiente de falso asturianismo,
con praviana y todo cantada entre bastidores, El pan ajeno, de Turguenief.
Un drama le hemos visto a Morano, que no tuvimos ocasión de ver cuando
su estreno en Madrid: Et caudal de los hi.fos, de L6pez Pinillos 1 en que por proceder el dramaturgo con notoria ingenuidad, cobra condición artística la simple emoción melodramática que Morano imprime en general a todo su repertorio. El caudal de los lujos, concebido melodramáticamente, es decir, para probar en el transcurso de la acción teatral una fatalidad reducida al absurdo de
su mismo planteamiento arbitrario, se desarrolla con lógica inflexible y va adquiriendo casta de naturaleza humana, conforme reaccionan violentamente acto.
por acto y escena por escena, los personajes del drama unos contra otros, salvando su responsabilidad, de suerte que no podamos en nuestro ánimo admirar exclusivamente al hiroe y condenar sin remisión al traidor.
Y, sin duda por contener El caudal de los /,i_jos una aleación de intereses morales y materiales del autor, que Je obligaron a forzar la invenci6n·y procurar
justificar dignamente ante sí mismo la necesidad de soliviantar los nervios de
los espectadores, el último drama de Pinillos inicia una solución posible del
desvío que actualmente se advierte entre los profesionales del teatro y el público español.
La fruición con que el de la misma Zamora, que en serie de abono protestó las crudezas, o que tales le parecieron 1 de Señora Ama, asiste a las representaciones anuales de La Pasión de Nuestro Señor, al Tenorio, o con que aplaude
emocionadamente al Alcalde contra el capitán ¿no revela una conciencia !&gt;Ocial
tan viva. por lo menos, como la que acusa el éxito de Muñoz Seca, de Linares.
Riv1.S, del raquelismo en las v.irietés.l Producto todo arte, por la ley económic?..
de la oferta y la demanda, de la colaboración entre el artista y el público, cuanto más el arte dramático, renegu e mos de Jos dogmas absolutos, y huyamos de
las malas compañías, qut: todo lo pervierten.
UN CRÍTICO INCIPIENTE,

LIBROS Y REVISTAS
R. Blanco Fombona.-El Conquistador Español del siglo X VJ.-Ensayo de
interpretación.-Editorial Mundo Latino, Madrid.
El conquistador de la América española no es un santo, como han querido
·pintarle los propugaadores del dogma de. la historia inmaculada de España; no
es tampoco un bandido, cual afirman sus detractores. Es simplemente un pro-dueto heroico de la España del gran siglo. Sus cualidades excelsas, sus aberraciones, no les son peculiares, sino del ambiente en que habían nacido y criádosc.
Conforme a esta hipótesis, de sen~ido común, pero que era necesario sentar, ahora que reverdecen en congresos, exposiciones y embajadas las tradicionales mentiras del mútuo trato hispanoam('ricano, Blanco Fombona ha planteado con inequívoca rudeza la antigua y siempre nueva cuestión de la conquista española de América.
Analiza el escritor venezolano los caracteres fundamentales de España, pa1entes en sus ~antos, en sus capitanes, en sus reyes; la arrogancia, el espíritu
filosófico, el factor religioso, la dureza de la raza, son temas de otros tantos capítu los, que preceden a la revisión panorámica de la incapacidad administrativa del reino, desde Alfonso X, hasta el cumplimiento de la unidad nadona) con
Isabel y Fernando, a través, luego, de la gloria falaz de Carlos V y Felipe II, y
con sus sucesores Habsburgos y Barbones, para terminar en la tremenda liquidación colonial del 98. Presenta después el escenario sobre que se destaca la
figura del conquistador aventurero, especie de condottiero nutrido fuertemente
de la savia española de la época: ignorancia, religiosidad, heroismo dinámico,
a que pone cebo la fiebre amarilla, el Dorado sueño de los quiméricos países,
cuya realidad antes que desengañar avivaba la imaginación.
No se trata de un estudio erudilo. Ya en la carta a Gabriel Alomar qut&gt; sirve de prólogo al libro, se disculpa Fombona justificando el desorden con que
fué escrito. Se trata de una vindicación apasionada. Más que historia del conquistador español, es trágica defensa de la crueldad española en América. Por
-encima de toda otra consideración, pese a la serenidad europea, en el más alto
-sentido de la palabra, con que pretende sustraerse a su condición de venezo-

69

�LA

LA . PLUM,\

PLUl\IA

«Abro mi freule al lado de los vientos.
A:argo mis ojos al lado de las sombras.
Hundo mi corazón en el costado del amor.
Tiemblo y canto.
La boca está caliente de gritos y de sangre.
¡Ah, qué días más duros para estar de pie!
¡Ah, qué cansancio enorme sobre los hombros!
¡Cómo pesan las noch-!s del mundo
en los grandes espacios que nos hacen los ojos!•

lano, de americano, de españoi, y pensar como un hombre como todo un hombre, se advierte la traged_ia personal de quien, como Blan~o Fombona, no puede contemplar especulativamente la historia de España eo América, porque le
duele, no ya eo el alma, en las heridas de la propia carne.
. Por eso, sin qu 7 este libro tenga en su composición aparente, ni eo los motivos que han mo:,r1do a su autor a escribirlo, afinidad alguna con el magnífico
Facundo de Sarmiento-de que ha hecho una nueva edición recientemente la
Editorial-América que él mismo dirige-. corre por sus páginas algo de la mis!11ª tremen.da e_mocióo, la misma calidez de polémica.:la misma sed de venganza
1~e_al, que 1nsp1ró al desterrado argentino. en tiempos del tirano Rosas, aquel
vml aceuto, cuyos ecos parecen revivir un punto en las palabras de este perseguido de la justicia que manda hacer el tirano Gómez de Venezuela.

* *

No sé si será atribuir demasiaaa significación al hecho de que los PoemtZS del
Hombre estén editados, y muy b~liamentc, eo Montevideo. Pero es lo cierto que

*

Carlos Sabat Brcasty.-Poemas del Hombre.-Montevideo, MCMXXI.
No os asuste la aparente prosopopeya del libro. Su autor es ua poeta. Para
nosotros, nue, o. Creemos que lo sea, eo efecto. Nuevo y moderno· pero tan
antiguo como la poesía.
'
Más que una serie de poemas, constituyen los de este libro uo poema lírico,
sin armazón novelesca alguna, dividido en tres partes, netamente señaladas en
la división que el propio poeta establece: «Libro de la voluntad» «Libro delcorazón», «Libro del Tiempo«, en qu~ se resumen grav~mente la; dos primeras.
. Todo él e~tá ~scnto en. versos hbres o blancos, cada uno con su ritmo propio y su medida mdepend1ente, salvo rara vez, de la del verso siguiente, y más
rara vez aún componieado una estrofa de acentos regulares. La metáfora sust~tuye siempre a la expresión ~irecta del sentir del poeta; pero, y de ahí sumérito, nunca la metáfora es capnchosa, sino que, trasunto de no concepto, concreta la vaguedad del sentimieuto eo alusiones materiales cargadas de sentido,
espiritual.
•¡Hermano!
¡H..-rmaoo inmenso!
Contémplarne esta enérgica locura
y la pokncia elástica con que me rompo en músicas.•
.. . .
.
.

t

nos ~ugiere ciertas consideraciones, que corroboran la de que goza el Uruguay
en la República uoiver5al de las artes y las ciencias con relación a sus bernrnnas del continente americano. Tienen. en efecto, los uruguayos fama de más
cultos. Y, si, aparte las naturales condiciones poéticas, nos interesan los poemas de Sabat Ercasty, es, a oo dudar, por su sabor euroµeo del momento actual, en que parecen conden-sarse virtudes que el gran Walt \Vhitman alumbró
como propiamente americanas, que adquieren consistencia tradicional en Verhaeren, o esplendor barroco en iJ'An:111ozio, que en la lírica post-simbolista
francesa toman incremento y desarrol:o, y que ahora arraigac, como antes en el
corazón-con el Romanticismo y sus hijos-, en el puro intelecto.
Añadamos que tal modernidad es sin menoscabo de la nobleza de la lengua
española, ni alardes, por el contrario, de academicismo trasnochado .

*

*

*

~armen d.~ Burgos (Colombine).-Et Retorno.-Novela espiritista. (B11~ada
en hechos reales.)-Lusitania Editora, Limitada.-Lisboa.
Creemos haber apuntado ya, con motivo de Los An.icuarios, novela inmediatamente anterior a la que nos ocupa en la copiosa lista de obras de Carmen
de Burgos, cómo destaca entre sus notorias cualidades de escritora, la de periodista, que ha ejercido muy principalmente. Pero hemos de hacer una salve
dad aclaratoria: oo obstante el incremento de la prensa periódica, suele tenerse
en cosa de poco más o menos la condición de periodista. No es justo en modo
alguno, por más que expliquen t¡¡I recelo ,ouchos malos ejemplos que el periódico nos ofrece obstinadamente cada mañana y cada tarde. No es menos noble
el periodismo moderno que ]¡¡ crónica antigua, pongo por género literario. Es
menester. eso sí, que sea bueno, que tenga calidad artística. Colombine es buen
períodi-t,.
Los estudios espiritistas suscitan cada vez más apasionado entusiasmo. No
poco ha cootribuído ¡¡ ello en estos últimos tiempos la labor divulgadora de
Maeterlinck, poetizando con singular encanto la sucinta relación de los fenómenos registrados desde mediados del pasado siglo. Otros nombres ilustres colaboran en la misma obra. Richet y Flammarion, acaban de publicar sendos libros

. . . . ... .. . .. . .. . . . . ........................ .
••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••• ♦ •••••

«Sí, corazón,
innumerables cantos,
como de mar,
me lle~ao
desde tu carne joven.&gt;

...................................................
.. . . . ...... ...................................... .
70

71

1

�LA PLUMA

LA PLü\lA
interesantísimos. La novela de Colombine nos lleaa con'gran oportunidad. ¿No
es la oportunidad la primera condición periodísti~a?
'
El Retorno gana luego nuestra atención Su autor observa una imparcialidad
a prueba de toda solici~a~ión en pro o contra de los sucesos que refiere. No dej~
transpai:entarse su op111_1ón personal. Atribúyaselos la significación que cada
l.ua_'. ~st1me más conveniente a la razón, al sentimiento propio, a la educación
rec1b1da: es lo cierto que se comprueban de continuo fenómenos extrnordin·1rios ~in suj~ción a _las leyes norm':'les del mundo en c¡ue vivimos. ¿Superchería~?
No. ,Sugestiones sm trascendencia real? Tan maravillosas en todo caso como su
existencia efectiva. Que no hayamos descubierto la Causa, no quiere decir nada.
~or &lt;;&gt;tra parte, ¿tal reacción espiritualista en el conc.-pto humano del mundo,
1mp!•~ª. total desacuerdo con el materialismo del siglo pasado' De ningún modo
Espirlt)Stas hay_que afirman la unidad aosoluta del Universo, que no admiten
la ~ualidad clásica: cuerpo y alma, materia y ~spíritu, mal y bien. Todo es rna•
tena No ~a la lu_z, el alma es susceptible de ser apreciada en peso y medida.
Colombme, ha inventado una tran:ia sencillí,;ima y natural. en que inserta algu~os_ so~~rendentes relatos de fenomen.)S de telep1tíJ, de adivinación, de matenalizac1on, acompañados de la evolución del prosélito, desde la desconfianza
a la fe, y aún a la locura en casos. El Retorno, su:namente at,activo como no'."~]~, e~_sobre tod? selectísima crónica de un movimiento social, y excelente
1~1~1ac1o_n de ultenores lecturas y estudios psíquicos. El ambiente de la novela,
v1v!do _sm duda por el autor en el propio marco en que está encuadrada, la estación mveroal de Estoril, pintore:;co remedo de Niza, en los alrededores de Lisboa, Je presta mayor interés y evidencia.

* •

*

*

José M:i.ri Chacón y C:1.lvo.-Ema11os de Lite•·atum Cub.ina.-:\IC:l{XXII
Editorial Saturnino Calleja, Madrid.·

'

Cnatr~J _estudios acerca de «Los orígenes d:- la poesía cubana•, los e Romances Trnd1c10nales», «Getrudis Gómez de Avellaneda• v «fosé :\iarí~ Heredia&gt;,
constituven el volumen editado recientemente en la Primera Serie de la Bibiiote.:a Calleja, con «¡uc continú:t Ch,,c6n v Calvo sus interesantísimos ensa, o-;
críticos de la literatura de su p;,ís.
·
. No obstante 1:i.s di~tintas circ•1nstancia; que h~yan dado motivo a los trabaJOS que huy apare..:en reunido, por primera vez, dé tal modo t·~tán &lt;'t1c1de 1ados en_el pensamiento del a!.!tor. que más arecen &lt;liferc,n,.•s capílnlos de 1111
vasto libro, que simple~ ~rtíc11lo_s o c,mferencia,. Ya en la Antología de poel:is
c,ubanos, de que _gustos1s1mos dimos cuenta no ha mucho a los lectores de L.\
f LUM.\, se l)atent1zaba excelentemente la artbtica labor de invm,:ión. llevada a
cabo por Chacón )'Calvo, al descubrir, por l,is nrocedimientos modernos de la
crítica histórica, el caráctf"r n,1cional de la po~sía cubrna. Estos ensavos de
ahor.i, que no son, sin embugo, de fecha reciente, acusan la serena p:-"nbid1d
con q,,' su autor investig,1 1 deduce, concuerda, explicando con su criterio libre
de todo prejuici,1 nacionalista, l:is señales dcrtas porque va desarrol lándose, a

72

medida que se despierta el sentimiento de independencia en Cuba, un espíritu
literario peculiar de la isla.
cEI método con que habrá de escribirse la Historia de la Literatura Cubana, no podrá ser otro que el comparativo-dice-. Ha pasado la época en que
·se consideraba la obra artística como fruto exclusivo de la fantasía individual:
hoy todo se ve como en una íntima y estrecha cadena en la que los factores sociales modifican las tendencias primeras del artista y donde se distinguen elementos de las más varias procedencias. Y ta comparación habrá de establecerse principa!mente con la I iteratura española, ya que la nuestra participa, en
muchas de sus ~artes, de los mismos caracteres que aquella, y atraviesa por
análogas vicisitudes.•
Así, pues, lo mismo cuando habla del Espejo de Paciencia, crónica, más que
poema, de Silvestre de Balboa, cque es hasta ahora la muestra más antigua de
la poesía en Cuba» (1608), que cuando transcribe las variantes a los romances
tradicionales españoles, introducidas en las versiones cubanas, o al evocar el
ánimo patriota latente en las mejores líricas de la Avellaneda, y mostrar por
último en Heredia «Poeta de la naturaleza, poeta civil• ce! sentimiento de la
patria y su sentido de liumanidad• que constituyen «la esencia de su arte•,
Chacón y Calvo lo hace buscando antecedentes inmediatos en la literatura de
la metrópoli. En ese sentido, si no lo fuera además por la particularísima perspicacia con que sitúa la figura del poeta de Cuba por excelencia, el estudio sobre José María Heredia es modelo del géuero de ensayos que nuestro amigo se
propone, en que el soplo sentimental de la simpatía parece animar el vigor de
la investigación científica.

* *

Luis H. Hldalgo.-Et Poema Triunfa/.-París, 1921.
El autor, americano, por lo que se infiere, y muy joven, por lo que se ve en
el retrato inserto al frente del poema, cuenta ya con J¡, adhesión , según la carta
impresa, que lo a.:ompaña, «del presidente Millerand, de M. Bérard. ministro
de Instrucción pública, del vicerrector de la Sorbona, en fin, con la del gran
poeta Jean Suberville, autor del hermoso poema, sobre el mismo tema, coronado por la Academia Francesa•.
Al frente de El Poem,1 Triunfal, dedicado a la victoria oficial consagrada en
el monumento , tantas veces profan,1do ya, del sold:tdo desconocido. al pie del
Arco de la Estrella, pone el poeta estas palabras de Briand: &lt; ••. no subimos a la
tribuna para que se admire la donosura de nuestro ingenio, la ,ublimidad de
nuest.-o estilo, sino para emocionar y convencer. Somos servidores, no de la
sintaxis, sino del sentido común.•
Y, luego, el Sr. H. Hidalgo dice, ya por su cuenta:
Desconocido Dios de la Epcpeya,
que al mundo coronó con su estrella,
yo vengo con mi pobre musa,
cuando ya rota está ta escaramuza,

73

�LA PLUMA

L :\ P L U l\l :\
v t&gt;l mundo se e:,;/iende en calma
como una grande ¡alma,
a traerte! mi canto hechicero,
mi canto mu'/ smaro, .
pon.JU&lt;:: e,:, oijo humilde de la raza
que tu recuerdo eternamente abraza.
Y «sf por espacio de doscientos setenta y cinco versos, impresos en buen
pa¡&gt;d Nos hemn, limitado a subrayar.

* * *
Adela .~arion Adam.-Platón. Sus ideales morales .v políticJs. -Traducción

dd inglés ¡)Or J. ;\lenéndez Arranz. Editorial S,lturnino Calleja, Madrid.
Tienen, ante todo, los .\!anuales Calleja, de que es muestra escogida el librito que nos ocupa, sobre sus congéneres, la presentación pulcra. cuidada,
:itradiva. El original inglés de esta correcta traducció11 e«pañola, forma parte
dt· l,1 colección de «;\lanuales Cambridge: de Ciencia y Literatura•. La autora,
profesora distinguidísima de los colegios de .Newnham y Girton de Cambridge
ha conse~uido plenamente el objeto que su editor Je propuso, según ella misma advierte en el prefacio: hacer cuna exposición clara e inteligente a la mayorfa de las gentes de cuanto Platón produjo en la esfora política y moral.&gt;
~&lt;&gt; obstante la t •ndencia de les últimos eruditos ea l a. materia a considerar
la filo~ofía platónica como merl\ exposición d&lt;:"l pensamie11to socrático, a nn ser
en los diálngos del últimn período, Misstres Marión Adam. prefiere adscribirse
a la opinión antig·1a según la cual, el pensamiento de Platón. ampliamente expuPsto en sus mejores obras, representa el descubrimiento de su propia mentalidad.
Conforme a ese plan. sucintamente, pero con singulares agudeza y claridad,.
partiendo del resumen de la Ética y Política griegas antes de Sócrat"!s, y ex•
poniendo luego las doctrinas socráticas. apunta en sus rasgos esenciales, Sl'ña-lanclo los jalones de su desarrollo, las ideas de Platón, culminantes, desde el
punto &lt;le vista que hoy llamaríamos social, o de filosofía práctica, en la utopía
de L,i Repttb!ica.
Lr,s capítulo~ r&lt;"ferentes a la importancia que Platón atribuye a Ja educación, y al, por decirlo así, comunismo platónico, son especialmente suge~tivos,.
y carn~terísticos de la intención que la autora y el editor de los :\!anuales llev;,n, no cle hacer un libro de erudición a la violeta, .;inn de reducción a las neCf"sid:icles de la vida contemporánea de cuanto la filosofía platónica tiene de·
nonna fundamental para conducirse en la vida, conforme a un orden noble de
lit acción gobernada por el pem,amiento.

Mario Puccinl.-Dove e iJ peccato

* * *

e Dio.- Romanzo.

F. Campitelli, Editore,
Foligno.
•Es la novela de nuestra angustia más próxima y menos advertida. No se,

74

puede volver ya a Cristo y a la Iglesia, porque el reino del espíritu no está. en
abstract,&gt;, fuera del hombre, sino vivos en el hombre v en la carne. Hov no se
puede. no ya creer, ni pens~r siquiera, en una religión estática, sin pecados;
porque sólo más allá del mal y del pecado, están el bien y la virtud. Dios no
está e,1 la inmovilidad, sino .:u nuestras luchas de cada día más penosas y pesadas y en nuestra ansia desesperada de vivir.&gt;
He aquí, en pocas palabr;;s, del propio autor sin dnda, el propósito de la
nueva novela de ~fario Puccini, paladinamente expuesto, a modo de reclamo
editorial, sobre la cubierta de Dove e il pecato e Dio, que acaba de ver la luz en
Italia. Encar~ados por el director de la Editorial-América, de traducir al espa•
ñol la .'.iltima obra del colaborador italiano de LA PLUM.)., remitimos el dar un
apunte crítico de ln novela a la fecha próxima de su publicación entre nosotros.
Dedicada a la memoria del maestro, muerto recien.:emente, Giovani Verga,
Oo,,e ¿ il peccato t! Dio revela ese punto de madurez del escritor nato, en que
los problemas de c1Jnciencia individuales adquieren trascendencia colectiva, al
resumir en las páginas de un libro de entretenimiento, con la emoción personal, con la experiencia propia aliada a la invención novelesca, un momento
histó1ico.
Añadid a la misma oportunidad circunstancial que pudo prestar sinaularísimo atractivo, y la boga coasiguiente, a 11 Santo de Fogazzaro, cierta p;o pensión voluntaria a comprobar la verdad más que a sublimarla en un misti cismo
¡¡ospechoso, como lo fué sin duda el aparato espiritual e.e la doctrina modernista; sustituid por esa misma verdad, el prurito de conversiones estupefacientes, como la recentísima de Papini-para anunciar su Vita dt Cristo-a imitación de la actitud a la última moda católica, de ala unos escrito res franci::s es
contemporáneos; y tendréis ill mente un somero av.~1ce de la :iianificación que
Mario Puccini ha logrado imbuir a su interesantísima novela. "'

* *

*

Raymond ~chwab.-La conqutle de la 7oie.-Lcs Cabiers Verts, pnblié:,
sous la direction de Daniel Halévy, París.-Librairie Grasset,

1922.

De cuantas publicaciones animan el mercado literario de París desoués de
la guara. una de las más interesantes es la cokcción de ~es Cahiers Verls, en
que parece revivir, en mucha parte, el espíritu que alentó en los célehres Ci·
hiers de la Quinzaine, de Peguy, donde cohboró con éxito Daniel Halévy.
. ~a co11quete de la Joie es un libro de poesía. Poesía en prosa e himno a i mov1m1ento• en que se canta cla curiosidad fi::cunda del espíritu y de los sentidos,-según anota el prologuista-, por alusiones simbólicas, ma,; •con una
percepció!1 aguda de l_o real y de lo inmediato. La exactitud de sus imágenes
más atrevidas lo atestigua. Aunque su espíritu raya lejos, sus ojos so: apoderan
vigorosamente del.as formas.•
El príncipe, despierto a la voz del padre, se dispone a correr el mundo de
los sentidos, el mundo de los deseos, el mundo de la buena fe. hasta la conquista suprema de'. Amor. La «Semana de las Tentaciones&gt;, la «Semana de los,

75

�L.-\ P L U l\l A

LA P L U l\J A

·Conocimientos•, la •Semana &lt;le la sed•, la ,Semana &lt;le las buenas voluntade!&gt;
condúcenle a la conquista de la Alegría.
Y con él va el lector seducido por el encanto de unas palabras, al mismo
tiempo misteriosas y precisas, en que cada imagen, de un realismo crudo, directo, tallado en la propia visión, o en la experiencia del tacto, o del olfato,
•o del oído sensible a la música latente en los ruidos todos de la vida, o del paladar. suscita una emoción alada, que, desprendiéndose poco a poco de las sensaciones carnales, se pierdt: en el deliquio.
En las páginas de La conquile de la Joie parece fraguarse un decidido pro
pósito de conciliar la expresión sensitiva de las cosas, según e!. gnsto decadente del simbolismo baudeleriano, con la tendencia a reconstruir idealmente, por
el predominio intelectual, la imagen artística del mundo. Literatura de litera·-tura. Pern buena.

* * *
•Raimo:ido RRymondi.-Verso il So/e di Levante.-Padova. Riccardo Zannoni, 1921,
e Verso il Sol di Levante
Che dire mai vorrá?
Preludin d' avvenire
O di caducita?

E chi losa!
• • • • ••• •• • •• • ••• ••• , •••• &gt;

¿Qué quiere decir •Hacia el Sol de Levante? ¡Quién sabe!, ¿Ha querido el
Sr. Raymondi, cansado de tanto esfuerzo como hace la poesía moderna por
sutilizar cada vez más las sensaciones. volver la mirada a !~ antigu1 simplicidad? De tudas suertes, es una sencillez la de sus versos no exenta de cierto
111a11ierismo, de cierto prurito de inocencia que denotd la picardí~ del siglo.
Compone Verw it So/e di Levante, un ramillete de epigramas graciosos, cuyo
lirismo, con un dejo a lo i\letastasio y algl'.u toque de prosaísmo poético, un
poco a la manera francesa que dió el éxito, en pleno d'annunzianismo barroco,
.al malogrado Guido Gozzano, muéstrase siempre velado por la sonriente sátira
y el tono de dómine amable, característico dtl fabulista nato.

C. R. C.

* * *
Et ldOVIMlENTO JOVBII EN U LITERATURA NEERLANl)BSA CONTl!MPOPÁNEA: En LB
D1sQUK VBRT, (junio), F. Chasalle y C. Kelk escriben: «Holanda no posee más
,que fra~mcntos de una literatura; no exbte literatura holandesa, como uu todo
histórico. En nuestro desenvolvimit:nto artístico hay puntos culminantes, que
·no están ligados entre sí por una serie ininterrumpida de portadores de la tra•
-dición, como ocurre en la historia artística de todos los grandes pueblos. Nues76

tro de3envolvimientc; artístico no sigue en su curso un concepto fijo, cuya dirección se determina por el espíritu del tiempo. Ese desenvolvimiento se efectúa a empujones, y adopta sucesivamente, por transiciones bruscas, las fases
diversas de las literaturas de los pueblos vecinos.
Casi todos los holandeses conocemos cuatro idiomas, lo que nos permite conocer inmediatamente la !iteratura de otros pueblos cultivados. Nuestros act;&gt;ntecimientos literarios son el reflejo fiel de lo que ya ha pasado en otra parte, e
incluso desde bastante tiempo, porqe una de nuestras características étnicas
es cierta lentitud, nacida de J;, prudencia. Cuando un renacimiento se produce,
conserva por lo general su actualidad durante mucho tiempo. La consecuencia
es la formación de una especie de argot artístico, la desoladora repeticiÓ!l de
cietas formas.
El movimiento secundario que hacia 1880 reno\·ó nuestra literatura tuvo por
jefe a Willen Kloos, tan pagado de sus creaciones erótico-líricas, que para él y ·
sus discípulos no existe casi nada, fuera del lirismo. La resaca de ese movimiento aún se siente en nuestros días. Además de los partidarios inmediatos
de Kloos. que aún publican, como Van Eeden, Boeken (en la poesía), está la pléyade de sus discípulos, como Jules Schürman y Bastiaanse. fiele~ a las fórmulas
de Kloos, aunque en ellos la poesía erótica haya cedido el puesto a la poesía
naturalista. Albert Verwey, que comenzó en partidario de Klo,:,s, se abrió pronto un camino propio y agrupó en t,orno una escuela de jóvenes. Boutens procede de Verwey más que de los naturalistas, aunque con personalidad propia.
A todos ellos puede reprochárseles que su poesía es liten:tura, porque se han
habituado a sentir en literatos .
Otra corriente que se manifestó más tarde y que en parte es paralela de la
anterior, es la de la poesía colectivitit?., cuyo representante principal es actualmente Henriette Roland Holts. A su lado se coloca Herman Gorter. También
hay aquí alguna figura más o menos aislada, como Adama van Scheltema, que
trató de generalizar la p ..rticularidad del poema por el tono .o el contenido populares. Esta corriente se cuajó pronto en formas convencionales y en una
tendencia a lo cerebral.
Doesburgh !la hecho notar que en Holanda, donde la pintura es futurista en
extremo, la literatura revela un carácter opuesto. Esto es típico y natural en
nuestra literaturn; así la encontramos en todas las épocas, de suerte que podemos considerar ese carácter retrospectivo como una tatalidad, de la que no se
librará nunca. Los procedimientos renovados qlle han permitido, en las litera•
turas extranjeras, crear valores nuevos, se han aplicado tambien en la nuestra,
pero sin resultado favorable. El único a quien le han valido de algo es J. K. Bonset, pero no ha acertado a manejar bien un material exótico, y se ha desviado
de la pujanza plástica, verdaderamente grande, que poseía.
Los poetas j6venes holandeses de quien depende el porvenir de la poesía
neerlandesa, pretenden aplicar, conjuntamente, procedimientos tradicionales,
renovados y nuevos, para la realización de sus concepciones incógnitas, nacidas
de una visión nueva. Con esto renuncian acaso al rango de jefes, pero se libran
del peligro de un?. excentricidad tendenciosa, que no les es natural, y se reser-

77

�LA P L U 1\1 A

LA P L ü ~! .\
van el merito de introducir en Holanda y de imponer lo bueno de las literaturas extr:mjeras, principalmente de la francesa. Continúan las tradiciones de
Verlaine, de Baudelaire, de Rimbaud. Entre los poetas cuya obra refleja esa
tendencia citaremos a Hermao van den Bergh, M. Nijhoff, J. Slauerhof; Hendrik
de Vries es de un natural más germánico.
En cuanto a la prosa, se admite generalmente que del movimiento literario
llamado «movimiento del So• nació una prosa neerlandensa. Es cierto que a
partir de esa fecha han aparecido muchas obras caracterizadas por un estilo y
lln •género positivo• en el arte de la descripción y de la observación; de donde
ha podido venir la idea de una pro5a que nos asegurase un valor nacional. En
realidad, las propiedades del nuevo arte estaban también tomadas del Extranjero. Creíase poder salir, con ayuda del estilo nuevo, del atolladero del estilo
precedente, llamado iróoicamenle •estilo de los pastores•. Pero un levantamiento contra los pastores no S!gnificaba todavía una insurrección contra el espíritu burgués, prudente, cauteloso de Holanda, que era la verdadera fuente
del malestar de nuestra literatura. Las simoles características del entusiasmo
espontáneo en que aparecieron las primeras obras, se convirtieron en un prncedimiento más. Surgieron nuevos clichés. los del género estilístico. Nos propusieron por ejemplo a Flaubert, olvidando que la significación de Flaubert
ccnsiste en lo que ha realiz11do con ayuda de csu estilo,. En lugar de un estilo
se produjo un calambre estilístico. El estilo se hizo completamente antinatural,
en cuanto la crítica se opuso a lo que se antojaba «lugares comur.es•. No es
raro, pues, que nuestra novela no pudiese sostener la compdración con la novela extranjera.
Ea !JUestros prosadores jóvenes germina la aspiración de liberar el idioma.
Hemos visto evolucionar la novela naturalista de Querido hacia la novela psicológica de Karel \Vasch, y cambiarse la plástica lingüística en cerebralidad
lingüística. Ahora se p:-ttende que la lengua sea simplemente una metáfora, y
no un todo ,compuesto• de vocablos y líneas. c,m un elemento de «estilo•, ni
tampt,co una apariencia e xterna, de forma;; bellas. pt&gt;ro. como lo formula en su
manifiesto la revista de j,,venes Het Gellj, la libcraci6n del hom"re frentt&gt; a Jo
infinito. mediante el precipitado de la obra primitiva y de los sentimientos primitivos en el fondo del vo !it1bli111inal. l~sa «realidad• será estudiada. mucho
más &lt;¡ue los llamados «tr-ozo&lt;; de vida• en la prosa del So, en relación con los
aspectos y formas ,•xteriores de la vida, inc,&gt;,porado en personajes y situa•
ciones.

* * *
-A PROPÓSITO nE J. K. HuYSMANS. En L\ CONNAISSANCK (mayo-junio), termina el ensayo de;\[. Aubault de la Haulte Chambre. acerca de su mae,tro y amigo, el autor de Ld Ba!: •Doctor ea ciencias litúrgicas y místicas, fué un gran
iniciador. Cargado d(' infinitas lecturas, tenía el don de asimila, se maravillosamente lo que había leído. Guiado por doctos maestros. formado en su disciplina, los igualó si no los sobrepujó. Mística divina y diabólica, liturgia, ascetismo,
exég..-sis, hermenéutica, hagiografía, todo lo poseyó en gr;ido eminente. Se mo7S

vía con h&lt;&gt;lgura eu las cuestiones má-1 árcluas del orden espiritual, y más de
una vez asombró a hombres versados e'l materias como esas, que piden un tacto exquisito. No se abandonó, por vana curiosidad, a conocimientos que le
atrajeran o cautivasen; su ciencia, según el consejo de Bossuet, se encaminó
por entero a amar. Su conversión no fué el caso de un alma curiosa v dilettante que busca sensaciones inéditas; fué ve1·dadera, no se desmintió j'.¡¡ un momeDto. Me atrevo a decir que Huysmans fué un santo eo el sentico teoló~ico
de la palabra. Cuando sobrevino el padecimiento, que fué extremado, hasta el
punto· de que no pu,.de pensar~e sin temblar en los esterto1·es que acompañaron su agonía de tres semanas. se mostró fnerte, resignado, tranquilo, considerando que revivía la pasión de su santa, y se vió que si había hecho literatura con los místicos, entonces hacía, también con ellos, ejercicio de santidad.
Murió, como Fran,;;ois Coppée, de un cáncer bucal, ocasionado poc el abuso dr:l
cigarrillo; "10 de otra cosa. En 1904 su médico le llamó la ateoción sobre el peligro que corría fumando demasiado. Intentó reaccionar, pero no lo consiguió.
Aún estoy viéndole macerar el tahaco en la jofaina para quitarle la nicotina,
extenderlo después en unos periódicos y ponerlo a secar en el horno de la cocina, y fumarlo así, para engañar las ganas; pero eso le duraba un día, todo lo
más; al cabo. no pudiendo resistir, volvía a los cigarrillos de tabaco verdadero,
que tanto le daiiaban.•

*
-PELIGROS

O&amp;

* *

UNA POÚTICA CONSECUl!NTE.-En el número de julio de la

N. R. F., M. Jacques Riviere. dbcurriendo en términos crencrales acercad,· la
política francesa actual, escribe: •Nos conducimos como~¡ la política fuese ún imente •cosa m&lt;'ntale•. Gastamos una actividad desusada en imponer a lo r eal
una forma que visiblemente repele. Nos falta en absoluto la percepción de las
resistencias. Acepta mes lo irremediable en lo más cruel y repulsivo que tiene,
en la muerte de 1 1n millón seiscientos mil compatriotas, pero no se no, ocurre
pensar que también puede haber algo de irremedial,le en las cosas soi&gt;re que
reca•:n nuestns decisiones. Continuamos echando por delante los artículos de
nuestro derecho, como un rebaño al que quisiéramos hacer trepar por una pared.
No vemos salvación más que en el cumplimiento de aquello que concebimos
claramente. Es menester que los principios admitidos y refrendados un día por
el !lrnndo a instancias nuestras, arrojen, andando el tiempo, y a plazo fijo. los
frutos que esperábamos.
.
En general. todos los franceses sentimos un afán terrible de ten,:r evidentemente razón, quiero decir: de tal manera que admita demostración. Nada más
peligroso. Porque una opinión nueva y fecunda es una opinión poco sólida todavía, que puede re.:ibir el asalto de cantidad de Mgumentos y ser q11ebrantada por ellos. No qu.-remos ..:orrer el peligro de que un razonamiento nos ponga en un aprieto. De suerte que instintivamente nos apartamos de toda concepción aventurada, es decir, creadora.
Esa rnaoera de repliegue sobre nuestra propia mente me inquieta; contra él
79

�f

LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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