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                    <text>ARo IV
376

MÉXICO,

21\

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NúM,

24

REVISTA MODERNA.

-Ya lo ha dicho Pedro: es un cochino embustero.
-No, no-dijo Pedro.-Es un hombre cabal. Sólo que .... . sólo que es como la pirita rica: es duro
y pesado, y cuando cae encima hace mucho daño.
Pablo y Mariquita se cncogie.ron de hombros. No les importaba nada que Lagarto fuese embustero
ó cabal.
- Bueno: á recoger, y en seguida á cargar.
-Antes tenéis que subirme. No quiero ver eso.
-¡Eh, alJá Ya la merienda, chacho! Echa las cápsulas.
El esportón funcionó breve espacio, subió y bajó aceleradamente, y en un tanto que la mujer miraba
con cierto vago espanto no exento de curiosidad, los hombres cargaron sus barrenos, serenos y frlos
como artilleros que disponen las piezas para entrar en combate.
-Ya están. Esta mecha no se corre.
-¿Quién sube?
- Sube tú, Pedro. En cuanto ésta e&amp;té arriba, pego, y de dos tironazos me planto en el torno.
La Relimpia vió á su marido subir con la lazada en el muslo y el candilón en la mano: á medida que
ascendla se iba empequeiiecíendo, cambiando de forma; aquello ya no parecla un hombre: era una cosa
que llevaba una llama, un resplandor rojizo, que se tragó al fin aquel agujero lleno de sombras.
Descendió la cuerda ondulante, como un reptil gris que se desenrosca en la obscuridad; Pablo hizo
la lazada en que aseguró á la Relimpia; y como oyese gemit· el torno allá arriba, súbito puso el candil
en las me91as, y metiendo la punta del pie en la lazada, agarróse de un salto, asegurando con su brazo
derecho la espalda de la Relimpia y con la otra mano columpiando el candil.
-¡Hala, que está pcgao!
Movióse el torno.al empuje de los dos hombres invisibles que allá aniba estiraban los brazos; la
cuerda se puso tensa, y de pronto los elevó pausadamente por aquel tubo espantoso, de paredes irregulares en que brillaban como regueros de oro las vetas de azufre, y como esmalte azul las manchas de
sulfato.
Pablo se rela al verá la Relimpia acongojada.
-Descuida, que hay tiempo para todo: para subi r y bajar y volverá subir .... - Y con esa alegria
negra del trabajo subterráneo, rompió á cantar la copla clásica, que subla como un gemido del mineral
profanado:

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIHECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

•¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•
Ya estaban bien altos cuando Ptldro paró el torno para limpiarse de una manotada el sudor que le
escocia en los ojos. llfiró por encima del cilindrn, y vió el gl'upo colgante. Pablo, abrazado á su mujer,
columpiando la llama, erguido y con un pie en el aire como esos urogantes angelotes que sostienen
lámpal'as en los retablos; ella confiada, gozosa en aquel abrazo recibido delante del peligro, en las entrañas de la madre tit:l'l'a .....
Y la nube ensangrentada que cegó á P~dro la noche de la confide11cia cruel, de la puñalada mortal
con que le partió el corazón la lengua de Lagarto, volvió á cegarle allf, en aquel supremo instante en
que le pareció que el pozo ardla, fundiéndose en una espantosa llama policroma y voraz que purificaba
al mundo.
El muchacho del torno, aterrado por aquella parada incomprensible, tendió los brazos pal'a mover
el cilindro arrollador; mas éste siguió inmóvil, sujeto por los brazos de Pedro, que seguía mirando hacia
abajo con la nariz dilatada, los labios gri3es y los ojos entreabiertos bajo un frlo torrente de sudor
sucio .....
Al fin los de abajo se alarmaron.-¿Pasa algo?
Y respondiendo á esa pregunta, bajó nn rugido siniestro, como una condena de muerte:
-¡Perra! . . . . ¡Perra! ¡Mal amigo!
Dos gritos de pavura mortal, de atroz angustia, subieron en súbita explosión del instinto de vida
Aquéllos, que juntos pareclan un racimo frrsco de juventud y de amor, hablan visto todo su drama como
á la Tnz de un relámpago.
Abajo corrla la muerte por la mecha de pó!Yora, inevitable, segul'a, veloz como el pensamiento: arri·
base cemla la muerte en la voluntad justiciera del hombre ofendido, del amigo ultrajado ..... y ellos
estaban alll, pendiente:,, su~pendidos entre los dos abismos espantosos; en la misma eternidad, insondable y obscura.
El asombro no dió lugar á. la súplica: el candil de pablo cayó al fondo del pozo, rojizo como la llama
de una vida que se hunde en lo eterno .... .
Crujió la bóveda; se estremeció la galerfa; del pozo salió un huracán de aire, de estruendo, de gases,
de polvo cobrizo .....
Los del torno cayeron de espaldas. Una negrura densa envolvió aquel sitio, que aún vibraba con el
sonoro estremecimiento de la explosión, ¡quizá, también, con lo espantoso de la tragedia!
Jos.é NOGALES.

[PROF■TA8 DE MrOt'EL ANOEf,.-CArlLLA SIXTINA.-RO)fA,

�379

REVISTA MODERNA.

merciante prócer en la Cbina-Town de Yokohama, que fuma opio como un teriaki, pero que es honora·
ble; que ti~ne un harem integrado por cinco mujeres (excluyendo la legitima que impera con el mayor
absolutismo) y que á pesar de ese harem es un virtuoso, un casto .. ••:•
..
Todo esto creo de IIengh- Li- So, porque Hengh- Li- So es mi amigo, porque me d1v1erte, PQ_r_que e~
amable con los (diablos occidentales) europeos, y porque su verbosidad poco asiática, su ~ucac10~ c~si
europea, Jo hacen accesible al trato social, cosa rara en un chino viejo. Cuando 1;1engh- L1- So me mv~ta
á su casa, sé que el bogar chino descorre sus misterios ante mi y que el serrallo mtegrado por_J~s seuo·
ritas Wong, Fu -kian Lao, Foé, etc., estará visible ante mi justa curiosidad toda vez que el despot1co due.
¡10 , de gracias tan exóticas, confía en mi lo bastante para hacer que mis ojos de bárbaro profanen las
muelles dulzuras de su particalar gineceo ..... .

. . . . .. ... . .. .. .. . . . . .... . . . . .. .. . . .. . . . . . . . .. ..... .. ...... .
....ii~~~- ~~~/ ~~. ~~~~ ·¿~ ii~~~h-·_¿~s~. Su retrato? Una cabeza rapada, excepción hecha del occipucio
'

LA MUJER DE TJUANG-TSÉ.
Yokohnma. Agosto, 1800.

A LUNA llena tramonta, emergiendo tras de los boscajes del Bluff y sobre el bruñido disco del astro, sobre la luminosa nebíina de su halo, se
recortan los retorcidos follajes de arces y cryptomerias con firme y negra silueta, como los trazos de un pincel cargado de tinta china sobre la
seda engomada y transparente de los kakemonos .... Se levanta el ré .
gio astro, y primero riega con polvo de plata la techumbre imbricada y
negra del templo de Yakushi- Nyorai y luego sobre el dormido canal de
Motomochi, sobre el betún de sus quietas aguas donde flotan los soporosos csampanes,• hace eorrer arroyos de azogue tembloroso y zigzagueantes riachuelos de plata liquida.
No pued? ver sin vehemente temores ese soberbio plenilunio. Mi casa, por un excéntrico capricho,
sale del barrio eu~opeo donde deb!a estar confinada, sale de su quietud nocturna y de su puritanismo
burgués Y por qwén sabe que veleidades de curiosidad indiscreta se empina sobre los Larrios chinos
sobr_e la pululante, hedionda y tumultuosa Cbina- Town!. ... Y como el Chino es el noctámbulo por exce'.
le~c1a Y ~omo cada noche de luna en la celeste barriada es pretexto para sabatinas, agapes y faunalias,
adió~ qu1etu_d _soña~a y lectura prometida! Mis oídos se exasperan de antemano con el presentimiento de
las cien aud1c10nes mstrumentales y vocales que deberán sufrir en la abominable velada .. . . Un concierto chino!
El leitmotiv es el aullido de un gato en celo, un ulular continuo que acompaña un canto gangoso
todo apoyado ~or el sonido de instrumentos ríspidos que aguzan las más sutiles notas y las clavan coro;
un largo punzon en los oídos •...

· · · · iii~-¡~~~-r~~- ~;~~-1~~d~-d~~;·;¡ ~~~-;i~~~~ ·~;i~~i~-i~· ;~ ·
;;~~~~.--~~~
-~~s·i ~i~
Yent~~as. Una voz chillona! nasal ~ocahza la ~amosa serenata china: •Tai-Sisho-Sbeh-Way-Sjunmó.•
-?anc1on de moda hace dos siglos, al'lela romántica que refiere la historia de cierto joven que después de
,gastar toda su fortuna con una mujer galante, con una •Flor,• como los chinos dicen, viene á quejarse
con ella de que su padre lo abruma con su maldición.-Los banjos asmAticos los Pee-ba estridentes
guitarras, las agrias trompetas y _las sibil~ntes ocarinas acGmpañan la •Compiainte• del eun~co ti pendo
y además de esas ha~monias c!As1c~s com1en~a el murmullo de la Cbinerla noctAmbula que se apostrofa,
que ríe en falsete, mientras Jls muJeres prodigan sus desentonl\das risas y los perros aullan á la muerte coa el misera~le h~cico te~dído ha~ia la luna esplendorosa- ........ Estoy fastidiado, aburrido, quién
sabe qué demomo chmo destila en m1 cerebro la quintesencia del esplin ....

~¡ ·

...........................................

0

d~ ·K~~-~~F~é:

-~¡ 'ci~ -~;~

. Dos gol~es de aban_¡co sobre el pap~I de mÍ ~~~t~-~~; i~~~-~ ~~~ ·di~~~;~~~dl~t·i~~-~ Í~ -~~~
m1 amah, criada, de~emendo á alguno que pugna por entrar y al fin Asano, el criado de Hengh- Li- So
que descorre el bastidor,_ aso~a s~ ro~tl'O sonrien_te y tras de varios kotow (reverencias) y otros tantos
Tabradas án.1 Ta~ra~as an! _cmterJecc1ones vocat1vas de que soy objeto) me dice que está comisionado
por su amo par~ rnv1tarme a tomar thé y quizAs á cenar: ( e Hayako, bayako-o- cha- chop- chop.•) (Luego
luego thé y comida!)
'
Muy bien, Asano! Me has pro~orcionado lo que deseaba-pieuso dentro de mi-y luego en voz alta;
-Dile _al honorable :11eugh- L~· So que pronto llegaré á su palacio desde mi humilde choza. Pero no
babia terminado de dechnar las formulas de la politica china cuando Heng-Li-So en persona, se me presenta, ~-e toma del bra~o y rumbo A su opulenta mansión me saca de Ja pobre mía .....
Quien es Hengh-L1-So? Yo creo en mis adentros que es el más solemne canalla que ha parido china
al~una; pero en mis relaciones casi diplomáticas con 61 y sus congéneres creo que es un acaudalado co-

d~~-d~

·d~

'

que luce una delgada trenza, cráneo de microcéfalo, tez cetrina, pómulos angulosos, b~ca sens~al, de la·
bios enjutos que dejan ver una dentadura negra como bamizada con laca, y en los OJ1llos oblicuos una
gota de opio negro, una retina dilatada y febril, que bajo los párpados rugo~os, llora, ~le, arde! se nu·
bla entre los extraños efectos de los párpados temblorosos; Hengh- Lí es casi una momia, está disecado,
es un organismo de nervios y huesos agotado por las pipas de opio y por los.abrazos del har~m. • · · · ·
Hengh -Li está fdste, esta noche de luna en que aulla jubilosa tod~ la Cbme1:ia. Hengh- L1 est~ e~plenético y pesadumbroso, y al ofrecerme la primera taza de thé me dice en mal mglés algo que pieci·
samente equivale á la sentencia del viejo del Eclesiastós: cHe hallado más amarga que la muerte á la mu•
jer; la cual es redes y lazos su corazón y sus manos como ligaduras.&gt;: ••• •
.
y Hengh· Li (cuyo nombre significa la razón ptlrpetua) ve de re~Jo á una de su~ concubma~ que, so·
licita y pasiva, le carga la pipa después de hacer arder el opio prendido en una agnJa en la flama de una
lámpara; Hengh- Lí aspira la primer bocanada de su pipa y mienti·as. afuera ulula y aull~ la. nocturna
prostitución del ban io, me refiere lo siguiente, como una demostración de su frase de m1sogmo desen·
cantado.
.
T •
Hace muchos siglo@, muchas centurias, miles de años vivia en China un filósofo !~amado TJuan~- se
que tomó como tercera mujer á una hermosa joven .... Con el fin de entregarse meJor á s_us reflexiones
filosóficas se filé con ella A un lugar tranquilo, rehusando cuanto alto empleo le fué ofrecido por el Imperio.
Un dla que filosofando se paseaba, notó que babia llegado á un cementerio; sobre un sepulcr? re·
ciente, una joven de luto riguroso estaba sentada soplando con un gran abanico blanco la huesa hume•
da todavia.
El filósofo intri"'ado pre"'untó á la joven qué hacia allí y ella le respondió que esa tumba encenaba
los restos de su esp~so tiern:mente adorado, que dejándola viuda en la tierra babia destruido su vida
para siempre. e Pero, hija,-preguntó Tjuang-qué haces con ese abanico?-Nos amábamos tanto, respon·
dió ella, que cuando mi esposo agonizaba me hizo prometerle que no me volverla á casar antes de que
la tierra de su tumba no estu,·iera enteramente seca, y ahora, prosiguió, volviendo á llorar á mares, aho·
ra la tierra no quiere secarse á pesar de que hace mucho tiempo la oreo con mi abanico!
-Pobre hija rola, exclamó el sarcástico sabio, te compadezco, y en prueba de ello voy á ayudarte en
tu tarea.
La viuda aceptó el ofrecimiento y le dió al sabio otl'O abanico blanco, y co~o el fil~sofo pos~l3: una
virtud misteriosa conjuró á los céfiros basta lograr que la tumba se secara.- La Joven viuda, radiante de
dicha se fué dejando á Tjuang sumido en profundas reflexiones.
Cuando Tjuang volvió á su casa tenia aún en la mano el abanico, y su mujer cel?sa y excit~da le pre·
guntó de dónde venia. El sabio le contó el episodio agregando: •Ya v~s que lamuJeres_másperfidaque
Jas aguas del Océano. • Pdro la esposa se indignó replicando que esa viuda era una cin1ca, desvergon·
zada, afrenta de su sexo, y en el colmo de la indignación arrebató el abanico á su marido para hacel'io
mil pedazos.
.
Poco después Tjuang- Tsé enfermó y murió al fin á pesar de los s?llcitos cui~ados de su m~Jer. P~co antes de morir dijo á su el'pos11: •LAstima que hayas roto ese abamco ... . lástima, pues hubiera pod1·
do servirte!•
El ataúd con el cadáver dentro quedó en la cámara de luto hasta que los adivinos fijal'On el dia de
¡08 funerales y la casa se estremeció con los alaridos plañideros de la viuda desesperada. Pero la mujer,
en medio de su paroxismo doloroso, á pesar de su duelo, entre el iris de sus lágrimas distinguió á un joven que se confundia en el grupo de los dolientes.
Cada dia Ja viuda y el joven nnian á llorar ante el difunto, pero sobre sus pensamientos se desaho•
gaban en a1·diente lluvia como flores purpúreas los pensamientos de pasión.
.
Pocos dias bastaron para el mutuo acuerdo y la viuda ardiente procuraba cuanto antes conclmr el
nuevo matrimonio. Sin embargo, existlan obstáculos insuperables.
El no tenia dinero y se rehusaba á que las fiestas nupciales tuvieran por teatro la cámara en donde
un cadáver yacia ... . Pero la mujer allanó todo alegando que tenla dinero por los dos y en cuanto al
eadáver lo hizo transladar al fondo del jardln, bajo un ruinoso cobertizo ....
Nada se oponia ya al matrimonio y por fin la fiesta se celebró con pompa inusitada. Y cuando la fe·
111 pareja 86 encontraba en la mesa del festln, tru de la ceremonia, el joven palideció desmayándose,

�38¡)

REVISTA MODERNA.

quedando yerto y desencajado ante los asistentes consternados. La novia ululaba y hacia cuanto podla
por volverlo á la vida . . .. Entonces el viejo criado del novio explicó que su amo padecía periódicamente esos sincopes y que el único remedio que podla aliviarlo era bien diflcll; el joven para sanar necesitaba beber el cerebro de un hombre en un vaso de vino ....
La joven viuda habló algunas palabras con el viejo sirviente y á una señal afirmativa de éste se ar
mó de una hacha y corrió al fondo del jardin.
Rápidamente hizo pedazos el ataúd. Pero cuál seria su pavor al escuchar un profundo su spiro y al
mirar al cadáver incorporarse lentamente con los ojos abiertos.
-Esposa querida, decla el aparecido, dame la mano, ayúdame á levantarme.
Helada de espanto, la viuda llegó con su siniestro acompañante hasta la sala del ftlstln. - Alli no vió
á nadie, ni á su novio ni al viejo servidor.
Sólo vió A los comensales del ftlstln ante quienes el filósofo resucitado pronunció estas palabra3: •Tú,
dijo á su mujer, no has vuelto á casarte; tu joven novio fué una encamación de mi espiritu que quiso
poner A prueba la fidelidad que me juraste; pero no se juega con el Amor ni con la muerte, ¡ven conmigo!•
Los comensales del festln que huyeron despavorido~, volvieron al dia siguiente á la casa de TjuangTsé, y en el fondo del jardln, bajo el ruinoso cobertizo, vieron el ataúd hecho astillas y en su fondo los
cadáveres dd filósofo y de su esposa, amhos cubiertos por el blanco abanico del perjurio que secaba sobre las tumbas el roclo del llanto!

Y al concluir su relato Hengh- Li- So, se me figuraba el viejo del Eclesiastés: , He hallado que la mu jer es más amarga que la muerte, que es redes y lazos su corazón y sus m:mos como ligaduras •

JOSÉ JUAN TABLADA.

LA MIRADA DE TUS DULCES OJOS.
A MA RG A RITA.

En el santo templo de cirios cuajado
Donde vas á misa, yo jamás imploro
Ni musito rezos, pero arrodíllado
El perfil celeste de tu faz adoro.
En la calle miro tu ceñida espalda,
Tu sombrilla abierta bajo el sol radiante,
Y tu mano breve que pliega tu falda
El talón mostrando de tu pie elegante.
En el palco busco tus tiernas miradas,
Aunque tú escondiendo su lumbre tranquila
Abres tu abanico de plumas nevadas
Que como una nube vela tu pupila.
Súplica ferviente, recóndito ruego,
Te sigue la llama de mi vista ansiosa,
Te ronda y te cerca, como cerca el fuPgo
El ala vibrante de la mariposa,
Hasta que movida por lo que te quiero,
Sabiendo mi pena me ves sin enojos,
Y en mi ánimo triste como en un joyero
Guardo la mirada de tus dulces ojos.
EPRÉN REBOLLEDO.
Guatemala, Octubre de l!lOI.

UN SUICIDIO.
AQUINALMENTE, en una inconsciencia de sonámbulo, el pobre enamo1·ado encontróse de pronto ascendiendo raudo, jadeante, los peldaños del caracol del
campanario, cual un proyectil por un cañón rayado en espira. Acababa de jurar
que se matarla, después de una breve escena borrascosa con Rosalina, la morfina
lunarosa á quien había encontrado en el atrio de la Catedral.
Ella pasó, dando el brazo al rival, y Jacinto la habla llamado con su derecho
de antiguo amante. Y Rosalina condescendió, desprendiéndose un momento, para venir á decirle vibrando de cólera:
-Es la 11l tima vez, entiendes? ..... Se acabó! ..... Vamos! te aborrezco! ..... Ese otro es al que yo
adoro!
-J\lira, Rosalina, que te mato!
-Acaso eres hombre? .... Uy, uy! .... Te mato! ... ¿Y por qué no te matas tú? .... porque no tl'aes
ni un alfiler, verdad? ..... Pero si fueras hombre, subirías A la torre y te quitarlas de cuentos echándote! . ... Anda!. ... ¿Ves? La puerta del campanario está abierta .... Cobarde!
Y lanzando una sonora carcajada y dando una rabieta, Rosalina, la más hermosa y perversa de las
plebeyas galantes, huyó de Jacinto sardónica.mente burladora. El mozo sintió que una ola de sangre le
cegaba los ojos; luego livideció y tambaleóse, y como si alguien más pederoso que su voluntad lo empujara, se dirigió febril y penetró A la torre subiendo la escalera.
Llegó al primer descanso, en la explanada de las grandes campanas, y asomándose por la balaustrada de piedra, descubrió con ojos ávidos á Rosalina que habiéndolo visto subir, acechaba con mfrada avizora, levantado el rostro al cielo. Pero los árboles del atrio se interponían entrl' los dos, y como Julián
quisiera ser visto por ella plenamente, continuó ascendiendo tembloroso y palpitante, ahogado por una
secreta y extraña rnbia contra su propia cobardía sagazmente descubierta por Rosalina. Quería que ella
viera su hazaña suprema de valor, querla lavarse para siempre del estigma sangriento, con la tenebrosa
y fatal interpretación que del valor hace nuestra gleba. Cobarde él! ..... Ella, la perjura, la idolatrada
con una pasión de vida ó muerte, como las tremendas pasiones de los plebeyos atávicos de crimen, habla
juzgado cobardía su amor sumiso, aquel amor suyo pisoteado que A su pesar florecía como el cactus\
Para el mozo apasionado y romántico, una vez despreciado no le quedaba sino matar ó morir! No qabla
tenido valor para acuchillar A la pérfida, y puesto que ella lo habla desafiado á quitarse la vida, y lo que
más había lacerado su orgullo, afrentádolo de cobardía, debia probarle ante la ciudad entera que sa.
bia morir por ella como un hombre, y que le arrojaba su cadáver como un ultraje para callar su lengua
de serpiente!
De pronto, tras una ascensión de grumete por una escalera que colgaba en el vaclo, eneont1 óse en
el último cuerpo de la torre, entre los arzobispos de piedra que se irguen sobre los cuatro ángulos. La
ciudad extendiase panorámica y murmurante, bajo la esplendorosidad de un crepúsculo de fuego, una
hornaza ígnea de luz vesperámicamente deslumbradora. Las cúpulas y los campanarios de cien templos
seculares se alzaban altivos en proclamación monumental de muertas centurias conquistadoras; y las
manchas verde- obscuras de los macizos de árboles se destacaban de la blancura uniforme perfilada en
reflejos de oro de los palacios virreinales almenados y de las pesadas arquitecturas cuadrangulares de
la ciudad vieja entre la cual se amurallaba la antigua Catedral española.
Jacinto inclinóse á mirar al pie de la torre, y un terror espantoso culebreó por su espina dorsal; la
altura, juzgada pequeña desde el atrio por la vasta pesadumbre del edificio enorme, era prodigiosa. El
atrio velase en proyección semejando un parque pequeñito, y una población de Liliput hormigueaba en
apresuramiento de himenópteros sorprendidos por la noche. Los ojos enloquecidos de Julián buscaron A
Rosalina sobre el asfalto y la deseubrieron rlgida, con el rostro siempre alzado en espera del siniestro
drama.
Entonces Jacinto sintió flaquear su decisión. Cómo!. . ... Ella se quedaba en el mundo A gozar de la
villa, del amor, de la juventud y del placer!. ... Ella, bul'ladora y cruel, traidora y sin corazón, seguirla

�282

REVISTA MODERNA.

flechando y perdiendo corazones, y él se estrellarla el cráneo sobre las losas y lo recogerían he_cho uoa
masa sangrienta que causara horror! ..... De súbito, una sonora y vibrante campanada, la del Angelus,
rasgó las ondas aéreaP, y Jacinto, sacudido por un estremecimiento de pánico, al borde del abismo, per•
dió pie. Cristo!. .... Con un movimiento prodigiosamente rápido, logró asirse arañando con sus uñas la
piedra, y se encontró posado sobre una voluta que apenas se avanzaba en relieve una yarda. Resbaló
adherido al muro, echado atrás el cuerpo, escapado milagrosamente á la atracción y á la pesantez, y
qued6se livido, helado, los ojos fuera de las órbitas por el terror, la cabeza e1·guida poi· instinto de conservación para no ser atraído por el abismo, los brazos abiertos en cruz para prolongar su adherencia
salvadora! Pero las fuerzas le faltaban; sus corvas temblaban acometidas por un temblor invencible; su
cabeza desvaneclase de horror; sus miembros helados y flojos exudaban el sudor viscoso de la muerte; su
lengua paralizada, pegada á su paladar árido, ahogaba su respiración estertorosa; su coraz.'m en un gol•
pear vertiginoso parecía atropellarse por acelerar sus últimos latidos!
Un terror inaudito, inconcebible, invadía en relámpagos destructores la razón dtil misero; la iJea
tremenda de Dios inexorable, de Dios castigador y justiciero, tentado por el extravío demente &lt;!el desgraciado, crecla en proporciones inconmensurables en s:i cerebro desquiciado; y el terror inmcdible, el
terror insondable, aplastaba en su alma todo pensamiento implorador de gracia, imprecador de piedad
y de misericordia!
Erizado, livido, tembloroso, jadeante, aguijaba su terror á la muerte y su ansia fobril do ,·ivia· un
instinto de animal acosado por un supremo peligro, el instinto latente en el hombre y que llegado el
instante decisivo de prueba, triunfa sobre todo impulso que no sea el de vivir. Una nube de murciélagos
escapados de sus madrigueras al toque del Ángelus, rondaba con sus alas membranosas y satánicas el
cuerpo del infeliz; diríase que eran pequeños esplritus del mal que bailaban la danza del vértigo atra yendo con un mareo demoniaco al suspendido sobre el abismo; pasaban en vuelo pesl\do y torpe, rozando el rostro cadavérico cual un enjambre de vampiros ávidos de chupar la eangre de aquella presa que
se les escapaba!. ... Un chirrido agudo y estridente, más hórrido que el exasperante chirriar de un gonce
enmohecido, chilló sobre su cabeza, y al hlvantar Jacinto los ojos vió en el paroxismo del honor dos ojos
fosfóricos, los ojos llameantes de una lechuza que parecía la encarnación de Lucifer, y que lo miraban
en un movimiento giratorio del ny,:tálope que parecla infundirle: •Arrójate! suéltate! échate!,-y el mi•
serable sentla que le abandonaban las fuerzas exhaustas; comprendla que un solo movimiento hacia adelante lo precipitarla al vértice, que cualquier tentativa de modificar su posición romperla el equi librio que milagrosamente habla guardado, y este pensamiento exacerbaba su doloro$a angustia!. . ....
Solamente Cristo, el divinamente fuerte, pudo sufrir tres horas de formidable agonla enclavado en la
Cruz!
Y los murciélagos rondaban, rondaban en danza macabra alrededor de Jacinto, despertando en su
espíritu pavorosas y siniestras visiones de aquelarre! Pareclale que una greguería aullan te ascendla de
la noche negra en que había caldo la ciudad, y que hórridas brujas venían cabalgando sobre escobas á
rondar también, cogidas de la cola de un gato negro de ojos de ascua, y seguidas del macho cabrio que
bramaba brincando en el viento, empujado por una racha huracanada de iofiem:&gt; que prestaba alas qui
ml'.•ricas á. todo lo que se arrastra, á todo lo abyecto, al ofidio y al escuerzo, A las vlboras cascabeleras y
á. los sapos hinchados y congestionados de odio! Pasaban, pl\saban en ronda abracadabrante sugestionando su pol&gt;re espíritu pavorido, invitándolo á voltear en el vacio con las alas de la quimen! ... ,
«Ven .... ! Ven .... !
Y la lechuza, inexorable, repetía su estribillo:
•Arrójate! sueltate! échate!,
Del fondo negro del abismo, pues aquella noche por un sarcasmo de la suerte se habla interrumpido
la corriente eléctrica y no daban luz los focos, surgía un coro lastimero de aullidos ululantes: los perro3
hablan vi1,to sin duda á la muerte, á las brujas y al diablo, los perros vagabundos, los perros tlacos y
hambrientos que poseen olfato de cadaverioa y ojos visionarios, y lanzaban su clamor fatídico vuelto el
húmedo hocico al cielo, en tanto que los gatos mayaban enarcando el espinazo erizado de púas, resoplando enfurecidos ante aquella sinfonía siniestramente demoniaca!
El angustiado, presa de mortal agonla, jadeaba en lucha desesperada con la muerte que vela estrechar sus clrculos constrictores más y más. Su vientre hundlase en cont1·acción de pánico; sus flancos palpitaban cual los del equus fulminado de insolación; sus miembros se derretían en copioso y maldito exudar de ético, y sintió en un cataclismo de espanto que sus pies vacilantes resbalaban pulverizando la cantera de JI\ voluta rolda por los siglos!
. . . . . . Súbitamente, un rozamiento extraño, pero real, tocó la palma de su mano izquierda; el frota •
miento, casi insensible sobre su epidermis helada, se repitió más pronunciado y Jacinto volvió lent11men•
te el rostro y á la luz de las estrellas vió que un pedazo de cuerda descendla de la cornisa y flotaba al
viento, al alcance de su mano, cuando una ráfaga la empujaba . . . . Una sensación portentosa de esperan•
za electrizó sus miembros y vivificó sus nervios agotados ..... pero la cuerda babia vuelto á su quietud
en perpendicular, y era necesaria otra ráfaga de viento para que Jacinto la alcanzara .... Estiró su bra.
z~ todo lo que pudo, en elasticidad increíble para la rigidez de su cuerpo siempre á. plomo; pero apenas
tocó con las yemas de sus dedos la cuerda .... Esperó extático, devorado por terrible ansiedad ... . pero
el vi'~t'0 pa.recla haber soplado solamente para burlarse del infeliz!. ... Pasó uno, pasaron dos mortales
minutos-.·.. . y el viento no venia .... Gruesas lágrimas de despecho y de insondable amargura resbala-

REVISTA .MODERNA.

363

han_ por las mejill~s del ~ondenado,. en ~risi~ ~remenda de tortura ..... y enajenado, enloquecido de sardómca esperanza iba á. Jugar su vida 1mbec1lmente, pretendiendo saltar hacia la cuerda para asirse á
ella, cuando una ráfaga débil, apenas sensible, fué creciendo..... creciendo . ... la cuerda se movió osciló, enarcóse cual s_i r~istiera el empuje .. ... . y al fin Jacinto la palpó entre sus falangetas, y desli;ándola más en un mov1m1ento envolvente, logro asirla!
Santo Dios! ... . Era salvo! ....
Respiró largamente embriagado de inefable ventura! Su horrible pesadilla de sangre y muerte ma·
cabra Y satánica, desvaneciase en su alma; pero de pronto, al ver que los focos eléctricos se encendían
estalló la cobardla atávica del pobre degenerado en alaridos salvajes, demandando socorro!
'
Y cu~ndo acudieron á salvarlo y pudieron izarlo con cuerdas, al fulgor de antorchas de brea, Jacinto, pavor1zado, lamentable, los ojos errantes, hula de los que lo rodeaban y adherfase de espaldas á los
muros, con los brazos en cruz, perfectamente loco!
liuBJbN M CAJ.1POS.

1901.

HORTVS DELICIARUM.
El crepúsculo sufrn en los follajes.
Tus manos afeminan las discretas
caricias de las noches incompletas
bajo una fina languidez de encajes
y una indulgente aroma de violetas.
Nieva tu palidez sobre las horas.
M:i deseo perfuma, y mi pupila;
al fulgor de la tude que vacila,
complica en sutilezas tentadoras
la breve arruga de tu media lila.
Algo llora en los árboles espesos.
El alma, enferma de divinos males,
quiere unir en las copas inmortales,
á la inquietud ambigua de tus besos,
el sabor de las églogas pradiales.
Llega un triste mensaje: ha muerto Ofelia.
La flor de oro del Sol, desde el Poniente,
quema en su polen de oro, inútilmente,
tu integridad estéril de camelia,
y agoniza dorándote la frente.
Hoy cantan los maitines de las flores.
Deja anastrar tu falda entre mi3 penas,
y al ritmo de la sangre de mis venas
trovaré el virelay de tu pudores
y canonizaré tus azucenas.
Las tardes se marchitan desoladas.
Dame el saludo de cortés desvío,
y verás cuál resbala por el frlo
ópalo de tus uñas delicadas,
mi alma, como una ¡;ota de roclo.
El violfn detalla una gavota.
Mi corazón fallece en un gemido,
porque al beso de sombra del olvido,
bajo el ancho moaré de tu capota
tu mirada y la tarde se han dormido.
LEOPOLDO LUGONES.

�385

REVISTA MODERNA.
r ucutcs, y la que llega trayendo en las pupilas
el yelo de Leonaroo de Vinci. Salen todas,
al desnudo las formas, como para las bodas
edénica~; y al mando del Príncipe, en un coro,
la obra de la Harmonía dice el proemio sonoro.
-c)farchad á los palacios donde el silencio nieva,
y echad la brasa mágica q11e la garganta lleva!,
Tal dijo el raro Príncipe; y al instante que oyeron,
en la somlm1. las hadas en trnpel se perdieron.

I

Corrieron las hada•, volaron por bosques y llanos hendiendo
la sombra nocturna. Y al eco vibrante del iitmico e~tr 11l'nrlo,
1•1 vi&lt;•nto salió de sus antros
souando su trompa guener11;
1il :\rhol, en donde la sombrn,
pa- ,bito obscuro, se en red 11,
al conjuro alegre
sacudió sus creuc!-1:ts.

{

Eu las negras cuevas cóncava~
las cabecitas de los ecos se alzan,
en cuyas lenguas la sonora. lil'sta
en polisono e~pejo se retrata.

l,

~I
~

, ,.,.--f'15

Eo el rlo la uaya&lt;lo,
su collar arrastra:
el collar de las perlas
de la fuente clara.
Del palacio arbóreo
abre la hamadriada
corticales puertas
húmedas de savia.

,/_

"//

Y pasan la hadas veloces cortando la sombra nocturna,

la faz de la Noclw, la faz cavilosa, la faz taciturna.
CORPANCHO!

EL SEURETO DE LA RAHUONIA
Ó LA ODISEA DE LAS KOTAS.
EL

Loco,

ConPANCHO.-La

ara,ia y el insecto se adunnie1·011

al a1·1·ullo de las Notas.
EL LOCO:

..

Un piano que dormía.
Se vela en la ¡¡ombra, dentro del mudo piano,
de las Notas letárgicas el perfil extrabumano.
Eran cien las durmientes de aquel bosque. Sus ojos,
t1·as el velo del párpado; y los labios, que, rojos,
sangraban harmonlas, ya eran loza enigmática,
helada y blanca: loza de la !frica plática.
El silencio apretaba la garganta apollnea,
y se cristalizaba sobre el torso la línea.
Una explosión melódica y súpita. Alguien, fllera,
-quizá un genio-ha llamado violento, y á la vera
de una bella durmiente, sonó la cuerda. El ero
puso en la tensa cuerda un tembloroso fleco
de vibración. Y todas las hadas despertaron.
¿Qaién_llama? ... Oyeron pasos, y al Príncipe aguardaron.
e Despertad!, Usó el Príncipe de su varita mágica:
y salió el hada Amable, y salió el hada Trágica,
y la que sorbe el agua clara de las tranquilas

(D iluye
la risa
en mohín catedrátice,;
eu una mueca docta y compasiva )
- Ese pobre! .. . . No sabe
que en la noche no hay penas ni alrg-rla;
que la noche es tan sólo
la negación del dial
Las hadas!. ... lindo cuento,
solaz de la ignorancia! ....
Son iguales quizá en entendimiento
la Locura y la Infancia .
Cuando oiga u sted: ... espero ... .
¿Conoce usted á. Spencer, caballero? ... .

( Contii•uaní).

S.n,TIAGO AnuC&amp;LLO

H.

�387

REVISTA MODERNA.

EL ELASON DE LA DUQUESA.

N una de estas mañanas, al leer, según mí costumbre y antes de salir de casa,
El bnparcial del dla, tropecé (y ya se comprenderá más adelante por qué
empleo este verbo) con un articulillo de Don Javier Santa Maria, que lle•
Yaba por titulo •Cena de Navidad.• Leerlo, sonrefr y decirme: c¡asi se eac1 ibe la historia!,• fueron cosas que hice en menos de tres minutos.
Pero como aquel articulo en que se narran acontecimientos falsos, ha
reavivado mis recuerdos verdaderos, y como después de aquella lectura he
tenido con el director de la Revista Moderna y con ott·os amigos mios que,
como yo, lo fue1·on·de Manuel Gutiérrez N ájera, á quien el poeta Santa Maria
alude en su escrito, conversaciones acerca de lo narrado en él, he acabado
por resolverme á escribir estas linea@, en las que el lector encontrará, con
la veriJica historia de la • Daquesa Job,• la explicación de la sonrisa y de la reflexión exclamativa de
que antes hablé.
Refiere Santa Maria en su • C.m1 Jd NaviJ.id, ,, qae últim im rnt.i, e1 u:ia e3tacióa de bandera del
bosque (no sé cuál, pero supongo que será el de Chapultepec, que no tiene estaciones de bandera), entró
en una tienda pa-ra tomar una botella de ce1·veza; que ahi enconh·ó, ejerciendo accidentalmente las funciones de tendera, á una mujer •pequeñita, delgada, con el pelo entrecano, algunas arrugas en la frente
y en las sienes, la boca roja y alegre, y los ojos muy g1·andes y lucientes;&gt; que esa mujer, que dijo estar
ah! pasando una temporada con su hija y su yerno, •encendió en su memoria la linterna mágica de los
recuerdos;• que, finalmente, la reconoció, y que era una tal Matilde, dependienta que fuera hace más de
veinte años de un almacén de Plateros, francesa, amiga de poetas y periodistas, de los redactores de La
Repú'Jlica especialmente, y que por esa época habla dado ó compartido á ó con •Gutiérrez Nájera, Pepe
Negrete, Pepe Bustillos, el señor Rico, Joaquín Trejo y el mismo Santa Maria,• una cena de Noche Buena,
en la cual, el primero de esos escritores, habla dado por primera vez lectura á su e Duquesa Job,• poesla inspirada por la referida Matilde.
Ahora bien: muy á pesar mio, y solo impulsado por mi amor desmedido á la verdad, manifiesto que
si alguna linterna encendióse en la mente de Santa Maria allá en la estación da bandera del bosque, no
fué la mágica de los recuerdos, sino la caprichosa de la imaginación, que forja leyendas y novelas. Ni
la • Duquesa Job • fué escrita hace más de veinte años, ni la que la inspiró se llamaba Matilde, ni puede
tener yernos, ni pudieron estar juntos, como camaradas literarios, en la redacción de La República, ni
en ninguna otra parte, Pepe Negrete y Pepe Bustillos, que hoy si lo están en las regiones del no ser, desde las cuales no pueden protestar, pero que no son tan profundas para los que los conocim:is, que nos
impidan señalar y rectificar las f~bulas que acerca de esos desaparecidos se forjen.
En las ediciones de tas obras poéticas de Manuel Gutiérrez Nájera, aparece la • Duquesa Job• dedicada á mi, y ese hecho, asl como la afectuosa é intima amistad que con el Duque me ligó desde los últimos meses del año de 1836 hasta su muerte, me ponen en condiciones de conocer la historia de esa composición y me dan cierta autoridad al narrarla.
·
En aquella época precisamente (1886), época de mi llegada á esta ciudad y de mi in&lt;&gt;'reso á El Partido Liberal, que dil'igla José Vicente Villada y cuya redacción se encontraba en el callejón de Santa
Clara, en los bajos de la casa de D.&gt;n Juan Josó Bu, fué escrita la •Duquesa Job,• y publicada fué por
primera vez en un semanario que se llamaba Gil Blas y que redactábamos Gutiérrez Nájera, Felipe G.
Cazeneuve (p'3ruano, redactor entonces de El Partido, más tarde canciller del Consulado Mexicano en
Parls, después cónsul de México en Eagle Pass y hoy radicado en Lima, en donde, según creo, redacta
El 7'iemp_o); Julio E,ipinosa (periodista muerto, hijo que fué del ex-tesorero g eneral de la Nación) y yo.
De ese Gil Blas, que fundamos con el doble y dislmbolo objeto de hacernos un nombre en la politica y
ele dará conocer los mejores trozos musicales (porque á cada número acompañaba una pieza de música) de las operetas que ponía en escena la Judic, que acaba'&gt;a de llega1· á México y ti-abajaba en el Nacional, no se publicaron más que cinco números, pero del segun fo de ellos tomó la prensa del pals par~
reproducirla, la •Duquesa Job.•
'

Acerca de la persona á quien el Duque consideró por entonces dign11. de llevar--aunque subrepticiamente- su nombre y sus armas, tengo que se1· discreto al hablar, no sólo porque me repug~a que se
saquen á luz episodios de la vida privada de los hombres célebres-sobre todo .iesde. qu~ .he visto cuán
maltrechos han salido 1011 manes de Alfredo de Musset y de Jorge Sand, de la pubhcac1on de tantas Y
y tantas intimidades como acerca de ellos han editado los memoriógrafos y desenterradores de corres•
pondencias-sino también porque ayer precisamente, Luis Maillefert y yo crelm)s reconocer, en las fac•
ciones algo ajadas de una señora que pasaba por la calle del Coliseo Viejo, las no muy correctas, pero
.
.
8 ¡ graciosas de la grissette que inspiró á Manuel su encantadora poesla.
La duquesa Job no se llamaba, no se llama (puesto que estoy cierto de que todavía vive) Mat1lde,
sino l\:larie, y en la época en que tuvo blasón y sangrn azul (ya que el titulo de M,nuel fué ¡a!! de ~os
que no 86 heredan y manos riiorgandticamente) era dependienta del almacén de Madama Anc1au~, sito
donde boy está Ja cantina • Flamand,• 2ª de Plateros. Añad~ré que Marie no tuvo más. ro~e con escritores
y poetas que los que tuvo con Cazeneuve y conmigo, que entonces nos r_e~nl~mos d1ar1amente con G~·
tiérrez Nájera y que lo acompañábamos - :i.sl como Pancho Garay y Just1111am, Cario~ Govante~ Y Lm:1
l\laillefert, que no son hom'&gt;re3 d'3 Jetra3-cuando, todas las tarJes, á la una y á las seis, la e~pe1ab~ pa•
seando •desde 139 pue1·tas da la SJrpres:,. hasta la esquina del Jockey Club;• y conste que solo ~l Justo
temor de ser indiscreto m:i hace no narrar con todos sus detalles un episo:lio que pudo ser trágico: una
tentativa de suicidio c;n vulgares cerillas disueltas en una taza de té, que se verificó al romperse!ºª
dulces lazos de amor juvenil que ligaron al Duque y á la Duquesa, y que no tuvo fatales consecuencias
"'racias á ta pronta y eficaz intet·vanción de nuestro no olvid·do amigo el Dr Juan N. Govantes.
" E;ta 69 la verldica historia de la •Duquesa Job.• Al recorJarla y relatarla, no he podido menos de
conmovarm3. Si á esos episodios no los cubre el velo de veinte años, si los cubre el de quince, Y cuando
hacen esfuerzos para ver al través de quince años, lloran los ojos del alma, como lloran los del cuerpo
86
cuando se esfuerzan por ver al través de m1Utiples velos de niebla.
¡Pobre Duque! No olvido, no olvidaré nunca nuestras sab1·osas charlas á las horas del ajenjo, ya fuera en casa de Plaissant ó de Meesser; ni cómo los interrumpía invariablemente poco antes de la una Y
de las seis para ir á esperar á la Duquesa; ni cuán alegre retornaba á nuestro gl'Upo cuando habla, por
gracioso don de su am:i.da, podido reemplazar la marchita gardenia que llevaba desde por la mañana en
el ojal de la levita, con o~ra fresca y lozana!. .. .. ... . .
Antes de terminar estas lineas, debo decir que no conozco á D.:&gt;nJavierSanta Maria, person~lmen_te.
onozco si sus versos y ellos me han hecho quererle como á un amigo. Recurro, pues, al magia amica
C
J
I
I
1
't
veritas para que me perdone el ligero escozor, que sin duda va á producirle o antes escr1 o.
MANUEL

México, Diciembre 30 d11 1901,

BALADA DE LOS GOLFOS
PARA VOLVER AL ClOLO Dl!l L!S EOLOOAS.

DEL LIBRO "'EGLOGAS-"

Venid, yo tengo para vosot, oK
también un poco de corazóu;
mientras riendo pasan loH otro~,
venid, yo tengo para vosotro11
una canción.
¡A ve1 ! mostradme los dientes blancos,
los ojos grandes, los pies deformes
y los harapos sobre los flancos.
¡A. ver! mostradme los dientes blancos
de lobos jóvenes.

PUGA

y

ACAL.

�REVISTA .MODERNA.
¡Bravo! Dejadme que me convenza
de vuestros odios y vuestros crlmenes;
habladme todos - no os dó vergüenza;IJravo! dejadme que me convenza
de que sois viles.
¡Pobres muchachos! Yo he de mostraro:-:
el gran remedio de vuestras penas;
sagradamente quiero educaros,
¡Pobres muchachos! Yo he de mostraros
vuestra riqueza.
¿Nadie os lo ha dichol Bajo esas ropa11
deshilachadas, corre la sangre;
¡tended las manos á vuestras copas!
¿~adíe os lo ha dicho? Bajo esas ropa,;
tenéis la carne!
¡La carne ubérrima, la carne viva!
y carne y sangre vuestras entrañas,
cuando os desprecie la raza altiva
gritadle: •¡Somos la carne viva
que os amenaza!•
Y entrad en vuestra carne sangl'ienta
y oíd el ruido de vuestra sangre·;
niños de larga faz macilenta,
entrad en vuestra carne sangrienta
y hacéos grandes!
¡Sed los esposos de las pasionee!
y bajo el forro de vuestras venas
-¡gloria á los músculos y á los tcudoncssed los esposos de las pasiones
cor,tra las vírgenes de las ideas!
Xo creáis nada, no aprendáis nada,
salvajes lllios, niños feroceE¡
retad á todos con la mirada,
y, en todo nuevos, no aprencl:íis na&lt;la,
mis lobos jóvenes.
Sed criminalci y hacóos fuertes,
mis pequeñuelos, mis redentores¡
vai11, como piedras, rodando inertes¡
pero ya es tiempo de haceros fuertes
entre el ejército de las pasionea,
Yo mi esperanza pongo en vosotros,
los dominados del corazón,
y-triunfen unos ó triunfen otrosyo tendré siempre para vosotros
una canción!
EDUARDO

l\IARQUINA.

LA

nTST ÁN y yo Vl níamos de los Dan ges y desccndlamos hacia el lago de Aumer,,·
por su garganta de Lerchaux. Solamente que, en lugar de seguir los recobecos del gran sendero, babiamos tomado el partido de acodarlos y caminába·
mos un poco á la aventura, ora á travé;¡ de los .prados turbulentos, donde floreclau, por centenares, las estrellas blancas de las parnacias; ora bajo los castañares rumorosos, donde los aYillones sierverales revoloteaban arrojando al
aire sus notas estridentes.
Dd tie:np!l en tie:n;)) hac[am )Salto para contemplar el pa.isaj0 C)U} se ex:te:iJla á nuestros pies, y que
el sol, declinando, teñla con su; más opulentos colores; los bo3q ue3 encre3pados, ya bañados por una
sombra violácea, ya 11.brillanta lo i súbitameate poi· rayos luminosos; el lago azul y oro¡ y sobre la ribera
opuesta, el gigantesco macizo de la Tournette perfilando en pleno cielo sus antemurales desgastados y
sus clmas fantásticas rosadas·por los postreros rayos del sol muriente.
Ibamos tan bien, que al cabo de una media hora nos extraviamos. Lejos de volver al camino, nos encontramos perdidos eu el fondo de una e~pl\CÍtl de vallecito reverdeciente. Hablamos ya perdido de vista
el lago y las montalia11, y nos intern:\bamos, al azar, il lo largo &lt;le un caprichoso sendero que nos llevaba quién sabe dónde. Esas vagabundas comarcas no tienen nada de di~plicente cuando el dla comienza;
pero pierden mucho ele su encuanto cuando el crepúsculo se apróx:ima.
- Es imposible orientarse en esta espesura, exclamó Tristán, ¡no encontraremo::1 jamás el borde del
lago lo suficiente á tiempo para tomar el último bote, y Dios sabe dónde tendremos que irá dormir.
-Procuremos desde luego, re~pondl, salir ele este bosque encantado y ganar una lomada desde donde podamos ver el pals.
Dejamos el sendero, escalamos una de las pendientes del vallecito, y tuvimos Ja suerte de llegar
efectivamente á la orilla del monte. Pero no habíamos adelantado nada. El horizonte está siempre limitado por espesas enramadas; solamente que, entre la vurdura sombrla, velamos esfumarse á lo lejos techos de teja en lo profundo de una cañada.
-Hay allá bajo un villorrio, dije á mi amigo; serla cosa del diablo .. .. si no tuviera siquiera un figón
dondt1 encontrar un catre para pasar la noche ....
En efecto, al cabo de un cuarto de hora desembocamos ca la primera casa, situada en medio de nogales. Con su abultado pajar, su galeria exterior y su escalera de piedra ·blanca, tenla un aspecto agradable. Justamente un buen hombre descendía de las escaleras y se dirigla hacia una fontana que surgla
de un tronco de árbol, á algunos pasos de ali!. Enderezamos á él para obtener las indicaciones necesarias. •¿Dónde nos encontramos?• .... ¿Tendremos la dicha de encontrar en alguna parte algo de cenar y
un lf\cho? ....
- Estáis, reEpondió el viejo, en Pregmi, panoquia de San Eustaquio; pero no hay aqul ni tabernas ni
casas de alojamientos .... Podréis, quizá, llegar hasta el castillo de la seíiorita Prégny ..... La encon•
traréis doblando á mano derecha en el extremo de un paraje cubierto de castaíiones. Las gentes son
muy amables y muy agasajadoras, y consentirán, sin duda, en alojaros.
¡Hum! Esa hipótesis nos parece dudosa; pero la noche se nos viene encima, tenemos hambre, y eso
nos anima á. tentar la aventura.
Dimos vuelta, pues, á mano derecha, y distinguimos claramente poi· encima de los castañares, los
techos de pizarra de la mansión de la joven cuyos hábitos hospitalarios nos había alabado el buen
hombre.
Ese «castillo• era simplemente un salón savoyano, una mansión de techos con aleros, flarqueadas
por dos torrecillas cuadradas y precedidas de un vasto corredor separado de la avenida por una pesada
verja de hiel'l'o. Esta verja estaba entreabierta y pudimos penetrar fácilmente en el col'l'edor donde los
cardos y las cepas ·de avena crecían y morían en abundancia.
Un muro completamente bajo lo separaba de un gran jardín, y contra un muro, al abrigo de un ace-

�390

REVISTA MODERNA.

bo, un viejo pozo levautaua su b, ocal re\•estiJo de follaje. ToJo, desde las corni&lt;111s amohos!ld&amp;S ha'!ta
los pasament,,s de las puertas, tltrnunciaban á gritos el abandono y la decrepitud.
El jardln parecía más salvaje todavla: las fresas hablan invadido los p11'!illo-1 J exponi,1n su-1 tallos
rnstreroF¡ los plátanos se asemt-jaban á los oteros de los cementerios
Aqul y allá algunas plantas tenaces hablan sobrevivido; cotriuda~, ,·ioletas y calúudulas de tintas
pAlidas y perfume otoñal. Todo esto, los manzanos, los frambuesoii, los dnrRZnales, formaban una espe·
l'ie de floresta virgen.
La fachada que miraba hacia el jardiu cstaha do arriba abajo 1tdorn1tda por un jazmiu, cu el que
al.,.unas blancas estrellas reanimaban toda su obscura verdura; se dei,:prendia de esa singular mansión
u; perfume de misterio que nos seducia. Nos decidimos á golpear la puerta. Una anciana, con una cofia
de pelo negro, nos abrió, y presentando nuestras excusas, le significamos nuestro ohjeto.
Ella nos examinó curiosamentP; nuestro aspecto le inspiró sin duda. confianZR, pues c?nclnyó por
Ron reir.
Yoy á consultar con la señorita .. Entrad solamente y esperadme.
Nos dejó en el vestluulo, adornado por pequeños cuadros negros y blancos que exhalaban uu acen·
tuado pe1·!nme de campiña, y cuyas murallas húmedas ostentaban antiguos retratos de ascendientes.
Nuestra ei,:pera no fué muy larga, la sirvienta reapareció trayendo en la mano un candil de mecha inde·
cisa, que iluminaba vagamente su semblapte al'ingado y como desbastado á golpes de podón.
- La sPñorita, dijo, os ruega que la excuséis si no os puede recibir personalmente. Está ocupada
con su ,granges• . . .. Pero yo misma voy á mostraros ,•uestros cuartos y os conduciré á cenar.
Y dicho esto uos llevó en el primer patio á una pieza vasta, adornada de tapicerla, y que comunica·
bacon un cuarto de dos lechos. Candeleros Luis XV, con bujias á medio consumir, estaban colocados
en los dos ángulos de la chimenea.
La sirvienta las encendió y preparó toJo para que pudiúramos acostarnos bien, y después fué á bus•
carnos qué comer.
Las bujias alumbraban á duras penas. La atmósfera húmeda las rodeaba de un vapor semejante al
hálito de la luna durante las noches brumosas, y los objetos no sallan de la sombra, sino A medias. Pa·
recia que ese salón, inhabitado desde hadR hlrgo tiempll, hubiera quedado en el mismo estado en que
lo dejara su último ocupante.
Sobre un velador alcancé á distinguir una vasija todavla llena de plantas desecadas, Eran flores
ulvajes recogidas sin duda en un paseo de otoño, pues pude reconocer un grupo de climátidas y otras
flores estivales. En uuo de los rincones se encontraba un chiffonier con ornamentos de cobre y de uno de
los cRjones entreabiertos sallan madejas de seda azul, rosa. y otros colores.
\;n libro habla sido olvidado sobre la mesa de mármol, y una hoja de jazmln señalaba la página en
que su lectura habla sido Interrumpida
Lo hojeé: era un volumen de las J.lfeditacio11e:; Fl'eute á la. chimenea babia un piore abierto, y sobt·e
el pupitre se h:illaba colocado un cuadro de sonatas de Mozart. Pero lo que llamó sobre todo mi atención,
fué, encima del piano, un pastel de forma ovalada, un retrato de mujer joven en toilette de soirée.
Tenla frente de inteligente, ojos azules de mirada llmpida y una sonrisa jugueteaba en los labios de
su boca juvenil. Se lo señalé á TristAn, que lo examinó á su vez, é insinuó que ese serla el retrato de
la señorita Prl&gt;gny.
-En ese caso, dije, esta señorita no d~be ser joven, pues á juzgar por la toilette el pastel data del
11Pgnndo imperio.
En eso fuimos interrumpidos por la apuición de la sirvienta. Nos trala cubiertos, pan, una pechuga
fria, huevo11. frutas y una botella de vino añf'jo, y colocó todo en una pequeña mesa redonda., retirándo•
11e despué» de darnos las buenas noches.
, Tomamos asiento alrededor de la mesa, y haciéndole los honorea á la cena, recomenz.1.mos á entre·
t11nerno:1 en ponderar este invisible huésped que nos acogió tan hospitalariamente. Los detalles de ese
Rntiguo mobiliario, impregnado por la poesia de las cosas de otros tiempos, nos sugerla toda clase de
imposiciones uo,·elistas.
Tristán persistió en su pensamiento de que la misteriosa señorita de Pr(ogny debla haber habitado
ese salón, donde hablamos sido instalados, y trataba de constituir su personalidad, tomando como ele·
mentos de juicio el retrato al pastel; la música colocada sobre el pupitre del piano, el libro favorito olvi·
dado ~obre el ehifonier.
,Auu admitiendo que el pastel date de 1859 ó 1860, lo que no es probable, declaraba él, nut'.stro
huésped tendrla veinte años apenas en ese tiempo, y puede ser hoy una vieja encantadora. Ella debla
sobre todo conservar la juventud del alma. Ama la poesla, la música y las flores; y siento tierna simpatia por esa amahle joven que se ha desarrollado como planta rara y delicada en el fondo de esa vivienda
salvaje.•
Yo no estaba dispuesto á confrontar su opinión. El añejo vino de nuestro huésped, nos encendla la
Imaginación. El resto de la noche lo pasamos disertando sobre el mismo tema y acostándonos de dla en
el rondo de nuestros lechos.
Asl, cuando por la mañana vino la sirvienta á. preguntarnos cómo hablamos pasado la noche, nos
encontró en pie y con indecibles deseos de verá la señorita Prégny, A fin de expre.carle toda nuestra lo·
tima gratitud.

REVISTA MODERNA.

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-La señorita esta abajo, en la sala, respondió la sirvienta. Ella prepara el café con leche ,. ~e con•
tentará mucho al ofreceros personalmente una taza . . ..
•
Descendimos con una ligera exaltación del coupé, La Sirvienta abrió la pullrta del comedor uos 1 ••
zo pasar delante de ella y pudimos ver, en el extremo de la mesa, una mujer du cincuenta año~ de t~lle corto, semblante coloreado, pequeños ojos grises mm· ,·ivos gruc•oil labi0t&lt; ,. cabellos · ' ·
do á e6tilo chinesco sobre la frente.
•
'
·
·
gnse~, rema - Entrad, caballeros, vosotros no me mole1,tais. . ..
'- Señorita de Prégny, dije un poco cortado, venimo~, antes de partir, á prCli&lt;'lltl\ros nn&lt;'stras i·xcusas y nuestro agradecimiento, por todo.
-Yo no soy la señorita de Prégoy, l'eplicó con un levantamiento do espaldas.
-Perdón. ¿Dónde está la dueña de casa?
-La dueña soy yo . . ·: La ~eñorita de Prégoy .. .. ¡Oh! la señorita de Prégny no es ya más de e¡,te
mundo .. •• La pob~e quenda criatura ha muerto hace di&lt;'Z años, instituyéndome su heredera Aconrlición
de que yo no cambiarla nada de lo que hay aqul.
He ejecutado fielmente su última voluntad, y vosotros habéis podido verlo en mi salón .... Todo &lt;'S·
tá exactamente como el dla en que ella entregó su alma á Dios . ...
En seguida cambiamos algunas palabras de conversación, y cortesmente nos despedimos.
Cuando tomamos de nue1'o la avenida de los castaños, el sol comenzaba i\ desalojar Jas uubt's.
Sohl'e la hiedra se levantaban blancos vapores que humedeclan las copas de los castaños
Se dirla que los poéticos recuerdo!! de la muerte exhalados dulcemente por la tierra htim~tla y
•
el al_ma enca~tadora de la señorita de Pr&lt;-goy se cierne toda\'la sobre el querido dominio donde ¡e h:~:t
deshzado su Juventud.
ª
Y, melancólicamente engañados, descendimos hacia el la"'O
., , lle\'anJo cou nosotros Ja imagen fnzaz
de la huésped difunta que nos habla dado ho~pitalidad.
~
ANDRÉS TH EU RIET.

�Eo la alameda tranquila
que bordea la laguna
nos dió alcance la pupila
soñarlora de la luna.

Y tu cuerpo tan pequeíio,
co::no silueta divina
engarzado en el cnsucii'&gt;
dr la blanca muselina,

Las parrjas se alrjaban
tras los árboles espesos
y en la atmósfora clt'jaban
como estela muchos besoR

te hacia más hechicera
que todas las ricas galas
y parecías ligera
como si tu vier.1s alas.

Te apoyaste sobre el brazo
que en silencio te tendía
y anduvimos largo plazo
con la luna por espla.

(En la alameda tranquila
que borJea la laguna
nos dió alcance la pupila
soñadora de la luna ).

Las pisadas resbalaban
sin drjar ruido ni huellas .. . .
Nuestros ojos navegaban
en la noche como estrellas ....

Y por rutas tentadoras,
bajo la noche estrellada
anduvimos muchas horas
sin decirnos nada .. . . nada.
)hNUEI,

UGARTE.

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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REVISTA MODERNA.

ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NóM. 23

n
Llegó el domingo aquél que los apóstoles tenían designado para su comilona intima: como Pedro andaba malucho y muy desganado, esmeróse la Relimpia, gran gisadera y asaz primorosa, en aderezar
una comida no para mineros, sino para apóstoles de verdad y aun para obispos, según el decir de Pablo.
.Ent1·e los tres cargaron con la vianda: Pedro llevaba el talego del pan y la fruta; la Relimpia, aquellos manjares más jugosos y delicados, tales como la tortilla de jamón de patatas, el conejo encebollado,
el lomo en manteca y las suaves albóndigas en que habla cargado la mano de ajo y de pimienta; Pablo
llevaba 1\. cuestas la imponderable bota de las cacerlas, un mediano peJIPjo, cuya pez daba al vino
hlanco un saborcillo por demas áspero y agradable.
Al pasar por la fundición, salió el capataz á dar el alto.
-¿Sangramos ese horno, ó qué?
-Tráete la henamienta,-dijo Pablo descargándose.
Acudió el capataz con el jarrillo de lata, y éste por mi, este otro por la compaña, ahora esotro por.
que salga bien lo del pozo, allí se hubiera quedado bebiendo hasta el dia del juicio.
Pedro no bebla, ni hablaba, ni estaba alli: miraba con extraíia fijeza á un punto de aquel infinito
amontonamiento de rocas rojizas; buscaba con la vista aquella piedra donde se sentó en una noche triste y aflojó las riendas de su dolor, delante de la espantosa llama policroma y voraz que parecía querer
purificar al mundo. Y sin poderlo remediar, gimió de un modo tan desgarrador, tan lamentoso, que todos le miraron sorprendidos.
Pedro cayó en la cuenta y sintió rubor de su propia pena. No sabia qué decir, y como siguiendo un
anterio1· razonamiento que le hacia daño, balbuceó con doliente incoherencia, á modo de explicación,
más para él que para los otros:-No sé qué hacer .... As! Dios me maldiga si sé qué hacer; pero hay que
hacer algo.
-¡Atiza!-dijo el capataz.-En metiéndose en pozos, se van los tornillos. Poi· ésta, que es sangre de
.Jesucristo, juro que lte visto más de seis locos en la mina, y todo por esa manla de saber si )o q'\le ha_v
ahajo es duro ó es blando. ¡Duro y más duro, pedazos de bestias!
A la entrada del túnel la Relimpia tuvo un momento de vacilacióo.-La verd.td, que se necesita estar locos para venir de campo, ah!, debajo de la tierra. ¡Peste de mina!
Pedro marchaba delante sin curarse de los demás, con un aire de sonámbulo, sin ver ni olr, y murmurando como trna especie de rezo:--¡Hay que hacer algo, hay que hacer algo!
Pablo advertla fl. la Relimpia, la guiaba, la desviaba del peligro .... deciala cómo sus hermosos ojos
peligralJ11n si en una brnsca nostalgia de la luz y del cielo, mirasen hacia la sombrla bóveda cuajada de
pérfidos cirios de ,·itriolo. Eran azules, eran bellisimos; pero 111 traición se escondla en aquella gota colgante, que temblaba como una turquesa liquida á la luz de los candiles.
Y la l.'elimpia, que era de piadosas entrañas, y el dolor físico la conmovia, lloró la atroz injusticia
humana, el sufrimiento de aquellos pobres hombres medio desnudos, ulcerados, marcaJos con todas las
cicatrices del trabajo afrentoso, que en sucesiva y amarga visión se le iban presentando.
¡Qué mundo aquél! ¡Y alll vivfan hombres y bestias en la paciente promiscuidad de una labor del in·
fierno! ¡Qué riqueza negra y más hedionda!
- Vaya, sentarse y echaremos un trago,-dijo Pablo al dar vista al boquerón del piso que iban haciendo los de perpéuta.
-Aquí no: más allá. Yo os lo diré. Ilay aquí un sitio .... ¡Valientes tragos se toman alll!
Pablo miró á la lletiinpia, y ésta, apoyando su dedo Indice en la sien, hizo como que barrenaba. Alguna cosa t,mia Pedro que le bal'l'enaba el sentido . . .. no estaba muy católico que digamos.
- A&lt;]ui. ¿Veis qué buen sitio? Aqu! me senté yo la otra noche y hablé: ¿sabéis con quién? con La·
r¡arto, ese cochino embustero.
-Algún traguete se tomarla, porque el granuja no lo echa en el candil; lo cual que hace muy bien
y le alabo el gusto. Amigo, esta vida hay que pasarla á tragos: vaya, empina esa señora bota y pon esa
cara alegre. Come, bebe, y riete del mundo.
- A ver si con tanto empinar la bota vamos á dejar aqul los huesos. Yo estoy aqui amedrentada¡ si:
me da miedo de pensar lo que tenemos encima.
Y la Nelimpia miró á la bóveda rocosa, y mentalmente midió aquel monte altlsimo que se alzaba sobre !JUS cabezas.
- ¡Dios! ¡Si todo esto hiciera así, nada más que asl. ... !
- Digo que tendria razón en hacerlo-exclamó Peq1·0.-Hay aqul muchas marranadas que pedfan
eso: el hundimiento, as!, asl, poco á poco .... como yo lo baria si tuviera puños como tengo coraje.
- ¡Cállate, animal! ¡Mira que decir esas cosas aqui dentro!
Y agitada y nerviosa, la Relimpia.se pus~ en pie:--Yá~O!)OS: me p_one mala esta condenada negrura. Esto es para los demonios, no para los hom~res. ¡Y se r!en los _muy bestias!

REVISTA MODERNA
ARTE V
o:nECTOn: JE:SUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

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( Cmcluird),
1

PROFETAS

Dl!l MIGUEL ANGEL,- CAPlLLA SIX'J'IN!,-ROMA.

�REVISTA .MODERN'A

ARENGA
DEL

SE,. LIC. JESU-S U-E,UETA,
PROXU!\ClADA EN

363

ret, ógrados comprenJcn que el choque de dos &lt;&gt;jércitos en el campo de batalla, se reduce, en último aná·
lbiR, al choque d11 dos inteligencias. Do!bemos, pues, abandonar el yagatán de nuestros padres.
Yo respeto profundamente el pasado que baña y nutre con su sa\'ia las ralees de nuestra vicia: he
11prcndido en la historia que la verdadera justicia es la indulgencia-es tan fácil e1·rar! es tan dificil ser
bueno&amp;!-pero también la hiitorra me ha enseñado que la ley del mundo es la transformación perenne
de las cosas, que las moutaiias durlsimas son desagregadas por las revoluciones atmosféricas, que los
imperios despóticos son desagregados por las revoluciones sociales, que la duda aspira á la fe, que el
error aspira á la ,·erdad, que el vicio aspira á la virtud, quo el trnbajo es :nsomne como el mar, como el
amor y como Dios; y esta ley la he visto adivinada por uno de esos genios del arte que concretan en una
imagen de perfecta belleza las concepciones que despuós encerrará la ciencia en áridas fórmulas, l\Iiguel Angel, al pintar en la capilla Sixtina la Creación del hombre por un Dios que pasa sobre la tierra,
raudo y gigantesco como el Viento del Génesis, rodeado de esplritus celestes que son las almas futuras
con que luego poblará el mundo, que da la ,·ida á Adán con el solo contacto de su dedo omnipotente; y
en el gesto enorme del primer homb1·e al recibir la chispa divina como una descarga de dolor, está expresado, mPjor que con un lamento, mejor que con un grito, to lo el peso de la exi~tencia, toda la fatiga
tlel trabnjo humano!

en 1PULTEPEC CON lllOTIVO

DE LA DISTRIBUCIÓ:-1 DE PREMIOS
Á LOS ALU~INOS DEL COLEGIO MILITAR,

OS alumnos de este plantel-que es un hogar común, consciente de su unidad, de s us tradiciones y de sus ideales, como deben ser todas las escue•
las de educación nacional-van á recibir la recompensa de sus méritos
de la mano augusta del Jefo del Estado, mano que siempre E'S dura para
el delito y siempre es blanda para la vi1 tud; y este acto, señores, es una
fiesta de la Patria, y tiene, por lo tanto, una significación moral de magna trascendencia.
Las palabras que aqul se pronuncien deben ser nobles y juramentalcs, todas de verdad y de amor, pues nos las inspiran los muertos y van dirigidas á los que empiezan ít
vivir. Las voces que brotan de las grietas de este peñasco glorioso, como de innúmeras bocas, son voces
de amigos, de camaradas, de hermanos, que nos incitan al cumplimiento del deber y á las luchas del honor; son voces que avalora el E'jemplo y que hace proféticas el sacrificio; son voces que tienen una fuer•
za incalculabl~ y una repercución infinita; son voces elocuentes, persuasivas, contagiosas, tiránica~, que
todo@, hasta los más sordos, escuchan, porque desde la l\Iuerte se habla mejor á la vida, porque desde el
más allcí se proclaman siempre las leyes del mundo, porque los que mueren por una idea la corsngran,
porque los que mueren por una patria la fecundan, porque los que mueren por la humanidad la redi·
men, y porque ante la belleza fascinante del herolsmo se disipa la duda, y los augures del desconsuel&lt;&gt;,
los blasfemos y los frlvolos, enmudtlcen ante el divino Ideal, rojo y voraz como una pira que con la com•
bustión de los dolores produce la espiral de incienso de la esperanza humana!
Pero la muerte es un acto de la vida¡ el valor de morir es tan sólo una forma dt'l ,·alor de ,·ivir. Y
la Yida no es cosa fácil, oh, no! ni para el desheredado ni para el rico, ni para el obrero ni para cl sabio,
ni para el débil de espíritu ni para el poderoso de mando. La vida alta, la vida inteligente y cordi11l, In
única que merece se1· vivida, es hoy muy dificil y será más dificil mañana. Toda elaboración do idc11P,
de virtudes y de bellezas, trae consigo graves responsabílidades. La libertad, que es el fin humano do todo progreso, no se obtiene por donaciones gratuitas, sino por tenaces conquistas. El fardo de ci\·ilización que lleva en las espaldas el hombre libre, es más pesado, mucho más pesado que el del escla,·o. La
libertad es peligrosa, como es peligrosa la riqueza: el mal uso de ésta conduce al despilfarro y á la miseria; el mal uso de a 1uella conduce á la anarqula y al despotismo. Hoy todo se complica, los olidos y
los deberes. Cuántos conflictos de intereses y de pasiones se entrechocan y fulguran en la vertiginosa
historia de las democracias contemporáneas! La lucha ,·a creciendo, creciendo .... cada vez es más intensa, cada vez es más amplia, llena de clamores el mundo, estalla en el himno de fierro de las fábricas
y canta en el himno de oro de la poesla!
Un pensador ruso ha demostrado que las sociedades mueren por el esplritu consen·atlor, es decir,
por la ausencia de la lucha. Cita el caso de Selim III, que fué destronado porque quiso imponer el fusil
y la bayoneta á los Turcos. Estos se obstinaron en combatir con el yagatdn de sus vadres. Naturalmente, fueron despedazados en la guerra. ¿Cuál es hoy el gobierno que tendrla la demencia de vacilar 1111
instante en la adopción de armas más perfectas que las antiguas? .Ahora bien: el cambio rápido tlc armamento supone dinero¡ el dinero supone producción; la producción supone buenas iustiruciones pollti·
cas y religiosas, y para tener buenas instituciones pollticas y religiosas es preciso mrjorarlas constante•
mente. En consecuencia, los pueblos fuertes son los pueblos liberales, los pueblos débiles son los pueblos conservadores. Una eatrecha solidaridad liga todas las actividades humanas. Hoy los gobiernos máe

Si se quiere educará la ju\·entud para el porvc1nir que la e.:!p3rn, se dc1be ante.:! que todo y por enci·
rna de todo, fortalecer en ella la aptitud al trabajo, producir y cultiv,u· la enorgla. El Gobierno, sabien·
do que colamente sólidas virtudes pueden producir buenos ciudadano~, se propone sacar dti aqul generaciones enérgicas. La Patria necesita de hijos vigorosos. El cuerpo Cd una abstracción de los positivis·
tas, como el alma es una abstracción de los metaflsicos. Xo se trata de formar titanes inconscientes ni
sabios endebles, sino de aproximarse al tipo equilibrado y bello que lo mismo sabia arrojar el pesado
disco en los estadio5 que cultivar las rosas de la filosofla en los jardines de Epicuro. La educación flsi·
ca es una educación eminentemente moral. Esta verdad la entenditiron á maravilla los griegos y la entienden á maraYilla los americanos del Norte. L'&gt;S Eitados Unidos gastaron, de 1sgo á 1893, veintio·
cho millones quinientos mil pesos para hacer palestras y campos de juego (Dr. Sc1rgent, citado por Mosso). De esta manera se explica que en los Juegos Olímpicos celebrados en Athenas el año de 1896, los es•
tudiantes americanos triunfaran como corredores y como discóbolos, recibiéndose en Nueva York est11
telegrama: •La Grecia ha vencido á la Europa, la América ha Yencido al mundo.• Acaso se puede ser
verdaderamente hombre cuando el obstáculo nos turba la mirada y cuando el peligro nos enloquec~ el
corazón? Nuestra civilización debe envidiar los tiempos juveniles en que eran igualmente gloriosos los
atletas y los filósofos, en que el nombre de Phayllus de Crotona valía tanto corno el nombre de Platon
tle Athenas. ¿Qué hizo Platón? El libro de las Leyes, el libro de la República y el libro de los Diálogos
¿Qué hizo Phayllus? Saltó cincuenta y cinco pies y lanzó el disco á noventa y cinco pasos.
Un rey de Nápoles, á quien su ministro proponla la adopción de colores nuevos para los uniformes
de sus soldados, decía: cvestidlos de rojo, v.istidlos de vci·de, huirán siempre. Lo que debéi~ enseñarles
es á no huir.• Esto es lo que aqul se hace, esto es lo que debe hacerse en tocias las escuelas, enseñar á
la juventud á no huir, á marchar erguirda, firme, entusiasta, en medio de las dificultadeti de la vida. El
carácter de esta Escuela es esencialmente militar; su objeto es la formación de oficiales para el Ejército
mexicano. Asl lo comprende nuestro Min istro de la Guerra, que pone toda su voluntad, que es maciza,
y toda su inteligencia, que es brillante, al sen·icio de los altos ideales de la patria, apoyado y secunda·
do poi· el Presidente de la República. Sin suprimir los estudios cientlficos que actualmente son la base
de toda instmcción racional, se han eusanchado considerablemente los estudios militares que forman el
arte de la Guerra, para que de aquí salgan, no ingenieros ciYile¡¡1 sino oficiales técnicos de todas las ar•
mas, ilustrados y fuertes, que hayan estudiado bien en las cátedras, y que hayan practicado mucho en
el cuartel anexo á la escuela y en las expediciones militares anuales. Estas expediciones serán serias,
duras, ásperas, verdaderas expediciones de campaña. Lr¡s alumnos harán vida de soldados, los alumnos
serán soldados.
El amor es la fuerza más enérgica del progreso humano; sin el amor todo es estéril. La juventud
que se eduque en este plantel, amará la carrera militar por lo que tiene de dolorosa y por lo que tiene
de gloriosa. Merece ser amada. La. amaron, y mucho, los caudillos que sitian en este estrado, y que tie•
nen los cuerpos cubiertos de cicatrices resplandecientes. Son vuestro ejemplo, jóvenes alumnos, Toman·
do las palabras sacramentales de un himno heleno, ellos, los heroicos, pueden decir pensando en nuestros libertadores: somos lo que fttisteis! y vosotros, los que entráis á la vida, alertas y entusiastas, debéis
decir: seremos lo que sois!

El Gobierno realiza en el Colegio Militar, eu pequeño, lo que realizaron en la P ..usla Ftiderico Guillermo, el rey sargento que amaba su Ejército como Arpagón su tesoro, y el gran Federico, el rey filósofo
que amaba neuróticamente la poesía, haciendo un pueblo que coloca la universidad junto al arsenal, la

�36.t

REVISTA MODERNA.

estatua de Humboldt junto á la de Blücher, y que representa en la civilización humana una fuerza en()r•
me, porque está formada de libertad en el pensamiento y de disciplina en la acción.
No seremos nosotros, los que ignoramos el manejo de las armas y que sólo sabemos disparar metáforas, los que pronunciemos la. agria. palabra de la discordia, no; siempre se tenderán hacia vosotros
nuestra mano y nuestro corazón, porque todo esfuerzo noble es digno de la fraternidad, porque todo heroísmo es digno de la poesla; pero sabiendo que las razas más cultas se infiltran, trasegando su alma,
en las menos cultaE; sabiendo que la lucha por la. vida. debe partir de la escuela que educa; sabiendo
que el maestro e11 el personaje más importante de las sociedades modernas, si reclamaremos siempre que
el Estado se preocupe de la. instrucción pública tanto como se preocupa del armamento y de la produc•
ción de la. riqueza. •No remováis, dice Isócrates, una a.gua pantanosa ni una alma inculta.,
Será verdad que un día. todas las patrias se fundirán en una sola patria-la. tierra-y todos los pue·
blos en un solo pueblo-la humanidad?-¡Quién sabe! ¡Ojalá! pero mientras los rencores esplen, mientr11s
las revancha$ inciten, mientras las ambiciones codicien, mientras los odios empujen, mientras •el estado de
guerrat sea la. regla de las relaciones internacionales, debemos estar apercibidos á la defensa y al combate; y 11un cuando no realicemos la audaz palabla de l\Iaquiavelo: •se defiende bien á la patria de cualquier manera que se la defienda, sin consideración de Jo justo y de lo injusto, do lo huma.no y de lo inhumano, de 'o loa bb y de lo ignominioso, , claro es que no ha llegado para nosotros el momento de desarmar nuestro patriotismo y de quemar con respeto nuestro estandarte como el simbolo inútil de una
deidad muerta. Un hombre á cuyos libros primero, y á cuya palabra después, debo muchas enseñanzas
fecunda~, el profesor Ernesto Lavisse, escribió esta11 frases que entregó á nuestras meditacionos: •Jóvenes, es preciso que vuestra generación, cuyo esfuerzo será seguido por el esfuerzo de generaciones sucesivas, prepare la universal adhesión al dogma de la inviolabilidad de las patrias, y del derecho igual
de todas á esta inviolabilidad. Difundid esta idea, que las patrias son iguales entre sf, que hay pequeños
y grandes territorios, pero no pequeñas y grandes patrias; que cada una de ellas es una obra de la sangre, del corazón, del herofsmo de los hombres, que los hombres deben respetar. •

Ahora, venid á recibir vuestras recompensas; y al recibirlas, pensad en vuestra madre, viva siempre
aun cuando esté muerta, que os acompaña como la blanca imagen de la bendición; pensad en vuestra
prometida, real siempre aun cuando sea soñada, que os brinda las dos cosas más bellas de la vida, la
somisa y la lágrima; y, os Jo aseguro, de esa manera os sen ti; éis ligeros sobre el mundo con el alma
calzada de alas y de esperanzas, el amparo de vuestra bendita bandera: bendita, porque tiene los colores de nuestro clima y de nuestra tierra, la nieve de los volcanes, el Abril de los valles, el fuego de los
crepúsculos; bendita porque es blanca como la fo serena que bace divina el alma, verde como la flora•
ción perpetua de la. esperanza, roja como la pasión y la sangre de los héroes; bendita cuando palpita y
cruje sobre el humo de los cañones y la polvareda de los combatientes; bendita cuando se abate, herida
y doliente, sobre la majestad de la muerte y las austeridades de la desventura; y bendita una y mil ve•
ces cuando se despliega y brilla sobre los clarines triunfales de la diana. y las aclamaciones deiirantes
de la Victoria.
Di'clembre 8 de 1901.

POR SANTIAGO ARGÜELLO H.

Sala vi.ija
y empolvada.
A trechos se encrespa en los muros
el viPjo tapiz de la sala.
En los ángulos
la sombra
medita. En sus hebras sutiles,
espía la araña capciosa.
Y un insecto
vuela y chilla
sobre rl yerto silencio de un piano
que dormita
mostrando las teclas
como una mándibula.
VOCES,

JESÚS

URUETA.

fuera:

-Ahi va!. .. .
¡Qué gracioso! .... ja .... ja .... ja! ....

La araña. da reposo á su maraiía,
y el insecto se aleja de la araiia.

L\

ARAÑA. EL l~SECTO,

LA ARAÑA:
-¿Qué pasa? ....
EL INSECTO:

-Que Corpancho suena sus alegrías
con su millar de lenguas y sus dos mil encías.
LA

ARAÑA:

-¿Y de qué rle el graso Corp:.ncho?

�REVISTA 1\lODERNA.
REVISTA M.ODER~A-

366

EL lKSKCTO:
- Para rato
tiene ya con los guiiios de ese pobre insensato
que habla con los difuntos, como si en los inciertos
abismos entendiera la lengua de los muertos;
que á las cosas les dice palabras misteriosa~,
como ki fuera dable contestará las cosas.
Entra en la sala el pobre
demente. La pupila
parece luz clavada
en la gasa polar de la neblina,
en quietud enigmática
como las pensadoras lejanlas.
Un ojo telescbpico
que más allá de los abismos mira:
Oecha de lo insondable,
ojo de pitonisa.
Sobre el andrajo (todos
ven la carne desnuda) hay una fina
clámide extraterrestre.
Di! las sienes en torno (nadie mira
tal prodigio) una gasa
lunar. La marcha grave y pensativa
de los descubridores.
Detrás, Corpancho, el ho,ubre
de la robusta plétora. La vida
en globulosas ondas va en sus venas;
la Enciclopedia en su cerebro anida,
y en su boca de sabio se oye el eco
de la infalible voz D'Alambertina.
Dichosa faz aneura:
es una agua tranquila
que no se abre en abismos espuman tes,
ni es un cielo reflejo su onda riza.
En su boca, opulencia
verbal la frase unida
con otra frase por igual moldeada:
el arca de la rica argentería
del comunismo ideal. Y en el sereno
cristal de la pupila,
como en espejo claro,
quien se asoma, se mira.
Entra riendo. El diente,
blanco y fino. La vista
se le enturbia de lágrimas.
Al suelo el cuerpo trepidando inclina,
y hunde la mano en el hijar.
Corpancho
se atraganta de risa.

Acércase al piano,
y una débil nota
se qurja ....
EL Loen, á Corpancho:
-Retírate!
He llamauo, y responden en el convento do las sacras monjas.
CoRPANc11O:
-¿Qué vas á hacc1? ....
Corpancho
Lo asal'tea con ojos de ironfa
Ei. LOCO:
- .\guiirua.
La frase
del loco es apenas del labio burbujas
que en láminas leves
sus cuerpos hialinos deshacen en suevc susurro de espumas.

Y las teclas
suenan rápidas,
y al loco le dicen
ligera~, ligeras, sus ritmos que él oye como unas palabras.
El, oldo atento,
fija la mirada,
hasta la pupila
desde el éter baja,
como de oro fluido,
de Jacob la escala;
mientras dice el piano con ligera lengua
el vocabulario de su rica gama.
Y Corpancho rle,
y en su rostro claro
nna docta mueca
le nimba los labios.

CORPáNCUO:
-Y bien? .. . .

EL LOCO:
-Hablé. La escala de las divinas notas
entendí. Del enigma las regiones ignotas
iluminé con luces rítmicas. Tú no sabes
lo que dicen las notas, las armónicas aves
del Espíritu Santo: el Arte. La Harmonía
me ha contado un secreto ....
(Continuará.)

*
EL

LOCO, CORPáNCHO.-(L3. ARAÑA
un rincón de la sala.)

y EL

INSECTO se apartan á

EL LOCO:
-Soledad hall!!!
¡Oh felicidad!
Nunca /L:Díos hablé
sin la soledad.
En los lóbregos rincones do no se oye voz humana
se alza la hostia en mis iglesias, y repica la campana.

367

�REVISTA MODERNA.

EL NOCTURNO EN SOL.
"
NA yacía moribunda en su lecho de pecadora. La tez de sus brazos era delicada
en la apariencia de su pulpa, comparable á los pétalos de las peonias blanca~,
y descendía en albura lunar hasta sus dedos gráciles cuajados de cintillos: sobre
los dedos marchitos, los grumos de iris de las piedras preciosas semejaban gotas
de rocío prismadas por el sol en una flor agostada. Ana morfa á los veintiocho
años, después de haber sido la cortesana más bella y más adorada. Las pasiones
que habla encendi•lo, abrasaron á su paso, como al paso de un arcángel de exterminio, de un Luzbella
maldito, juventudes y fortunas, rubores y adolescencias, dignidades y aristocracias, esperanzas y hastlos.
Flor de sensualidad, deleitosa hembra de amor, copa henchida de elixir, escanció su fragancia de vestal venusina en noches blancas, bien por un joyel de crisólitos, bien por un beso! Y del torbellino de
placeres en que soñó su juventud indestructible, salia hoy náufraga con un pufiado de diamantes por
único tesoro, para rescatar sus huesos de ser turbados en el descanso perdurable. La fiebre coneumidora
que la devoraba, haciala desear una cripta de kaiserina, un primor de capilla marmórea en la que pu•
diera dormir para siempre bajo la loggia columnaria de Paros tan fl'ágiles y blanco, cual sus huesos de
ave de paso, de ave viajera que emigraba á otros orbes en busca de nuevas primaveras y nuevas juventudes!
Sensual hasta en la muerte, hablase reclinado á. morir en un suntuoso lecho de blontlas malinesas y
antiguos guipure3 siameses; sus batas de cachemiras bordadas flordelisaban la claudicante belleza mero·
vingia de la he, mosa; para sus pies nervioso~ y tlesecados había hecho traer criscalefantinos chapines asiá·
ticos con la punta curva cual prora griega; los brocados y drapedas de su lecho tallado en ta.pincerán,
daban la nota señorial en un camarin coqueto alfombrado de blanco y lila, ornamentado con cortinajes diáfanos de matices muertos en que se bosquejaban paisajes de ensueño, ornado con un precioso tocador Imperio sobre el que descansaban prinurosidades de Sdv1·es y Saxonias, plafonado por una ninfa desnuda y prisionera en los brazos de un rapaz Amor impúber. El ambiente cargado de ixora nipona, el per•
fume de Ana, enervaba los sentidos predisponiéndolos á la ebriedad de la muerte, de la muerte que llegaba
paso á paso, cansada de espigar vidas cual se espigan violas en las mieses doradas del Otoñe).
Ana entreabrió de pronto los ojos tenebrosos y radiantes, ojerosa y febril traf:l breve soiiolencia, y
fijó su mirada. enante en un punto vago, con la expresión de quien despierta á escuchar. Era, en verdad,
un preludio que surgía de un piano como un gorjeo de pájaro; un preludio improvisado por una imaginación de artista-Ana escuchaba con deleite-; un preludio que convidaba á olr lo que siguiera á tan
fugaz y bello impromptu, y un instante después el nocturno en sol de Chopin, el nocturno eterno, la divinlsima reYerie doliente hacia flotar hasta los astros su cauda mecedora, su arrullado1· vaivén de berceuse
con que una alma. enamorada durmiera á otra alma enferma-es, ciert'amente, ese noctumo el que escribió Cbopin para arrullar á su bienamada enferma-y desgranaba. en la noche estrellada su constelación
de notas, semejantes á murmurio de paseres en el intento cromático bordado de terceras y sextas ... ,
Ana escuchaba con deleite, y de súbito, aquel deleite se transformó en dolor: era la página negra
de su vida! la flor de su vida! el único amor de su infocunda vida!-Ana tenia entonces dieciseis años, era
apasionada y soñadora, y acababa de ser profanada por un veterano libertino que se hizo su esposo con
la obsesión de sus ojos tenebrosos y radiantes, de su tez blanquisima y transparente, de su boca. seme•
jante á una herida abierta por un dardo del Amor! Iniciada, sintió despertarse en su sangre un fuego
extraño que basta entonces habla dormido latente; hecha mujer en una noche, sintió impulsiva repulsión
hacia el revelador, y al mismo tiempo una eul'iosida.d precoz de saberlo todo, una ansiedad egoísta é
hipócrita de descubrir uua enti·evista Citerea que la hacia abandonarse con aparente inconciencia á los
urores victimarios. Sus descubrimientos la. pavorizaban con este pensamiento perversamente hermoso:
•¿Qué será sintiendo amor .... ?, -y calda súbitamente en el fango como una garza rea.! herida en el cenit del cielo, sup &gt; fingir amJr, supo deleitar y languidecer, sin sentir vibrar una sola fibra de su alma!
Empero, el ac1u'1alado epicurel3ta bien pronto se ha~tió de la regia perdiz, como en un tiempo el

369

galante Rey- SJI; y huyó, recial'io de amor, á ténder su red en aguas menos !Impidas, pero más proficuas
en pe3querias. Ana quedó á merced de la soledad, la gran azuza.dora de deseos, y se echó á soñar en
ª'"'º que saciara su sed despierta pre&lt;lozmente.
" Hjalmar Waleski era el llamado á consolar la soledad de Ana. Slavo y artista, de brumosas pupilas
azules, de complexión gimnástica bajo la americana abotonada hasta el cuello, pulquérrimo y desaliñado á la vez, pues su barba y cabellos crespos y rubios crecían copiosamente, era el pianista consentido
de las mujeres. Vástago errante de Varsovia, hablase ingertado en nuestra América de razas indolentes
y pensativas, y al vibrar bajo la presión de sus dedos las cuerdas de un Steinway ó un Blüthner, pare-ela
evocar el espectro de los Cárpathos ante el paisaje de los Andes, parecía que la(nivosas estepas polacas
surgieran en las sabanas perpetuamente primaverales!
Ana hizo venir al artista á su palacio, y el poema de amor principió el pl'imer d[a, cuando ella le
abandonó sus manos de fluido envolvente para encontrar una posición estética sobre el teclado; una dulce JanoouíLlez los invadió al contacto de las manos sensuales y purisimas de Ana sobre las manos nerviosas del músico; los dos callaban, turbados, ruborosos, sin osar mirarse, y de pronto sus dedos se engarzaron en brusca acometividad, y sus bocas se buscaron y se prnndieron para no separarse sino después
de un beso que duró una noche! Al despertar de aquel beso, Ana, que se habla quedado dormida á la
alborada después de un breve instante, buscó la crespa y rubia cabeza amada sobre el almohadón Y no
Ja encontró; pero de pronto una música ardiente, arrulladora, celestialmente triste, el nocturno en sol, aca•
rició su despertar con su queja enamorada .... y Ana sintió entonces que amaba á Hjalmar, que lo amaba con la única pasión del alma que podría florecer en su vida prelestinada, y lloró raudalosamente., •,
( El nocturno en sol entraba ahora en su rítornelo idílico y pastoral y glosaba su frase dolorosamente modulativa sobre la séptima menor .... )
... .. y lloró raudalosamente al escuchar el canto bucólico y plai'íidero que le presagiaba un crut:l
d1•btino!
Los amantes gozaron plenamente su loca y turbulenta pasión, pues el artista hablase también enamorado de Ana, y sin perturbarse del mañana bebían con avidez la ventura fugaz, la dicha que aprisionada cual arn incauta, no espera sino que se abra la mano que la oprime para tender el vuelo! El aban•
dono ele Ana por la vida orgiástica de su esposo, les permitió amarse libremente durante largas noches
preciosas, y cuando hablan fatigado su organismo en dulces trueques deleitosos, iban al piano Pleyel,
gemebundo y vibrátil, y el artista evocaba los espectros de John Field, de Stephen Heller, de Robert
Schumann, de Friedrik Chopin, los genios románticos más poderosos que ha tenido el piano, y se embria,.,.aban de música tanto como se habían embriagado de amor!
" Pero la música más sentida para el espíritu apasionado de Ana, era la del polaco; ni la del irlandés,
ni Ja del húngaro, ni la del sajón despertaban en ella las sensasiones exquisitas y radiosamente intensas
que la música tenebrosamente divina del varsoviano genio, y traducida espasmodiosa y subjetiva por el
apasionado Hjalmar, hacia desmayar de felicidad y sufrimiento á la pobre neurótica, f101· de sensn.alidad,
deleitosa hembra ele amor, copa henchida de elixir que debla ser trasplantada en breve de la invemácula
al pudridero! .... Una noche dormla. en brazos de Hjalmar, bajo la tenue luz rosa del camarín nupcial,
en yacente grupo de amor que hiciera soñar en la reina Ginevra y Lanzarote, cuando una estruendosa
irrupción los hizo despertar; Ana echó sobre su cuerpo desnudo un peinador y Hjalmar cubrióse con su
caf.itáu de pieles y blandió una daga. damasquina, á tiempo que se abrían los cortinajes del portier y entraba el esposo precedido de dos lacayos con candelabros encendidos y seguido de un séquito de amigos
en traje de recepción y ebrios todos: venían de un baile en el Club Hlpico, expresamente invitados á pre•
senciar un adulterio!. ....
(El nocturno en sol había vuelto al primer motiT'o y espasmodiab:i. hasta el paroxismo su frase ini•
cial modulada con arrebato febril en la esfera aguda del piano .... )
Ana y Hjalmar habían retl'ocedido hasta un ángulo y parecían incrustarse en el muro, helados, rigi•
dos, con los dedos crispados ante la mirada torva y la risa ebria, sarcástica, sardónica, demoniaca del
mariJo u!trajado. Reía en silencio, siniestramente, innoble y clnico ante la afrenta, y sus amigos pasando de la nerviosidad expectante de una esperada tragedia á una comedieta plebeya, reían también con
risas sofocadas encontrando grotesco el lance. Hjalmar, indignado, lívido de rabia, transformado súbitamente en vengador de tal ultraje á la dignidad humana, avanzó ceñudo y tenebroso, airado y resuelto
A matad .... Ana comprendió que mataría, y rápida se asió á él en constricción ofidia . .. . Pero no hubiera sido necesario: Hjalmar se habla detenido petrificado por el asombro de lo increíble: el esposo de
Ana reía ya no en silencio, sino con hilaridad creciente que estalló en una carcajada sonora, coreada por
una. carcajada homérica de los intrusos!
-Sois unos cobardes, miserables, bandidos!. ... Venid todos contra mi, armadoJ c1mo yo!. .. . Canallas ... . ! Ven tú el primero . . .. tt'.1, el más vil!-rugió Hjalmar.
Las risas decreclan, y en medio de esa risa siniestra como la de las Walkirias ....
(El nocturno en sol hacia soñar con sus terceras y sus sextas en una risa desgarra lv:·a . . . . d11spechacla ... torturante . . . . )
.... la voz del libertino degradado, del marido bufo, del truhán abyecto, murmuró trabajosamente:
- Famoso!. .. . Magnifico!. . . . Es un soberbio galán de ópera!. .. . Blande un puñal. .. y no memata! . ... -(Y luego con voz sorda) - ... . Y no se mata!
JIJa~u sintió.una col)moción:espa.nt,i3a. Ah, sl!-El villan1 tenla razón: entra apuña.lea.1· inútilm3nte

�REVISTA MODER~A.

37u

y perder la vida, era esto lo prescrito! .... Sin matar, lo llevarían á. una. prisión y arrastraría á ella :í.
Ana: el testimonio del adulterio estaba flagrante: su vida estaba rota: su muerto salvaría á su ama&lt;la ....
debía, pues, morir! Y súbito y centellante, hundióse la daga en el corazón.
~na estremecióse con mortal espanto al recordar el epilogo del sangriento drama: su expulsión cltl
palacio por el ebrio frenético ante el cadáver del amante su perro-rinación errante en la noche borren·
da, Y por último, su llegada á un lupanar pidiendo bospit~lidad, y ~u hundimiento vcrtigiooso en el fango, de donde fuera rescatada más tarde por su hermosura pesada en oro!
•••.Por la muerte!. ... que venia paso á paso, cansada ele e3pigar viLlas cua! se C'Spigan violas en
las mieses doradas del Otoño ....
(E~ nocturno en sol ht.blase detenido en la frase rota en séptima disminuida, y tras el descanso del
~ald~ron, querellábase en un último lamento virgiliano y doliente, plañidoramente triste, de una poesía
rnfimta do amor Y do muerte, y aquel final gemebundo pa1·ecla decir á Ana agonizante: e .... yo soy el
dolor hecho arte!. ... la encarnación ideal de una alma demasiado inmensa demasiado luminosa incomprens1ºbl e para organismos deleznables!. .. . soy la muerte bocha música el 'amor hecho m1isica el' placer
Y e\ hastlo he~l~os música adormidera ele sueños imposiblc3 .... do ar,lionto3 delirios sin no~bre!. . . .
ven.• ... ya v1v1ste, gozaste y padeciste! .... bebiste hasta las hoces el placer de los placeres ... . amar! ... .
muel~! .... oh! celestial vampiro de amor! .... soñar moribunda es tu suplicio! .... soy el mal transfio-u.
rado en arte! .... y te hiero! .... y te fulmino! . . .. y te brindo con crueldad fascinadora el sopor maldito
do la muerte!. . .. V l}n, vdn, deleitosa!. ... deleitosa! .... deleitosa . ... , )

ltuoÉ;,, M. CA:\IPOS.
1901.

SAUDADES.
(A la manera de Lope).

¿D.&gt; eftays, fieles amigos, novia pura,
Que no habeys oonteftado á mis clamores,
Vosotros que sabeys de mis dolores,
Ella que me premió con su ternqra?
Cielo a:,¡¡ul de la Patria, la venturll, ·
Perdí de contemplar tus efplendor~s,
Y fin verte fon fünebres las flores,
El campo trifte, 1a·mañlma efcura.
Venid con vucftra voz arrulladora
Membranzas de mi cuita compañe/as
A recordarme el bien que me enamora,
Volved, volved, memorias lifoogera~,
Con tan rápido vuelo como agora,
O si quereys con alas más ligeras.
EFRÉ)I

G uatemala, Nov. de 1901.

REBOLLEDO.

OH FAIREST OF THE RURAL MAIDS!

LA CAMPESINA.
W. C. l3RYA"'T.

¡Oh, campesina, bella cual ninguna!
Naciste de los bosques á la sombra;
Tus ojos infantiles vieron sólo
Resplandores de cielo y verdes frondas.

Oh f,1irost of the rural maidb!
Thy birth was in the forest shades;
Green boughs, aud glimpses of the sky,
W ~re ali that met thy infant eye.

Cuando niña jugaste vagabunda
En las selvas salvajes y boscosas,
Y aún guardas en tu rostro y en tu a!m'I.
De aquellas selvas la belleza toda.

Thy sports, thy wanderings, when a child
Were ever in the sylvan wild;
.And ali the beauty of the place
Is in thy heart and on thy face.

Se ve en el claro- obscuro de tus rizos
La sombra de sus árboles y rocas;
Tu paso es como el viento, porque se abre
Camino juguetón entre las hojas.

Tbe twilight of the trees and rock~
Is in the light shade of thy locks;
Thy step is as the wind, that weaves
Its playful way among the leaves.

Dos fuentes son tus ojos, cuyas agllas
El cielo azul reflejan silenciosas;
Y tus pestañas son como esas hierbas
Que en el arroyo su verdura copian.

Thy e.yes are springs, in whose serene
And silent waters heaven is seen;
Thei1· lashes are the herbs that look
On thei1· young figures in the brook.

La selva virgen por el pie no hollada
No es más pura que tu alma encantadora;
Y de aquellas tranquilas soledades
Allí la paz dulclsima atesoras.

The forest depths, by foot unpressed,
Are not more sinless than thy breast;
Tue holy peace that fills the air
Of those calm solitudes is there.

JoAQUi~

D. CAS.\.S(·s

MONTES, VALLES YALMAS.

W. C. BRYANT.

UPON THE MOUNTAIN'S DISTANT HEAD.

W. C. BRYANT.

Sobre la cumbre del lejano monte,
De nieve nunca hollada, siempre blanco,
Donde todo es silencio y muerte y frlo,
Brilla tardt: del sol el postrer rayo.
Y allá á lo lejos, bajo aquellas rocas,

Están los valles que esmaltó el verano,
Bosque do habitan pájaros y greyes,
De sombra oscuros, por la niebla opacos.
Asi para las almas generosas
De la vida la luz huye temprano;
·M as para las que son duras y frias,
Tardío )lega el resplandor de Ocaso.
JOAQUÍN

D. CASASÚS.

U pon the mountain',; distant head,
With trackless snows forever white,
Where ali is still, and cold, and dead,
Late shines the day's departing light.
But far below those icy rocks.Tbe vales, in summer bloom arrayed,
Woods full of birds, and fields of fl.ocks,
Are dim with mist and dark with shade.
Tis thus, from warm and kindly hearts
And eyes where generous meanings bLHn,
Earliest the light of life departs,
But lingers with the cold and stern.
\V, C. BRYAXT.

�REVISTA MODERNA.

JU"AN" E,IC::S::EFIN".
ACE pocos meses se ba celebrado en la iglesia de San Sulpicio la unión de Jacques Ri•
cheplo, hijo del poeta Juan Richepio, con una encantadora actriz, Mlle. Cora Laparce•
rie. No he asistido á esta ceremonia, que varios diarios ban calificado de •sensacional •
,._
Y de _la q~e han ~~cho crónicas muy extt&gt;nsas. Pero me ha complacido, á propósito d~I
. mat1:1mo010 del h1Jo, releer la obra del padre, ó, más bien, algunas de sus obras, que
me han sorprendido é mteresado más vivamente. l\Ie refiero á la Canción de los miseros, los Bla.~femos
y el Mar.
Lo que hay de inspiración sincera en la Canción de los miseros, el poeta nos Jo dice él mismo en su
prólogo.
• Amo á mis héroes, á mis pobres indigentes, dignos de lástima desde todos los puntos de vista, por•
q~e no s~lo _está hecho harapos su traje, sino también su conciencia. Los amo, no por eso, sino porque he
t!Jado m1 ~1rada e~ su miseria, introducido mis dedos en sus llagas, enjugado sus lágrimas sobre sus
ba7•bas ~uoias, comido de su pan amargo, bebido de su vino que embriaga y que he, si no excusado, al
menos explicado su manera extraña de resolver el problema del contrato de la vida, su exiatencia aventurera en las márgenes de la sociedad, y también su necesidad de olvido de embria&lt;&gt;'uez de aleo- 1·fa y
1 'd
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b
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b
,
esos o v1 os de todo, esas ~mbriagueces espantosas, ese goce que nosotros consideramos grosero, crapu•
loso, Y que es ~a alegria, sm embargo, la hermosa alegria de ensueño en floración, de ojos humedecidos,
de corazón abierto! la alegria juvenil y humana, como el sol es siempre el sol, aun en los charcos de fan•
go, aun en los cuoJarones de sangre. Y me gusta también ese no sé qué que los hace hermosos nobles
ese insti~to de bestia salvaje que los arroja á la aventura mala ó siniestr~ ¡es cierto! pero con u~a indc'.
pendencia huraña. ¡Es la maravillosa fábula de la Fontaine sobre el lobo y el perro! Estoy se"'uro de que
la recordaréia.''. . . .
"'
El mismo tono de esta declaración nos demuestra que la Chanson des gueux (y estoy bien se,,.uro de
ello) no es_ una obra de compasión humanitaria y revolucionaria, al modo de Los .Miserables, si ~ueréis.
Como él prnta á la mayor parte de sus harapientos completamente innobles, tenemos pocas o-anas de en•
tcroeccrnos por ellos. Y el mismo autor no pierde su tiempo en compadecerse. Asl, pues, cu:ndo Jo hace,
i.uc?a un poco á falso. Pero no hay que pedirle ni emoción ni piedad: pinta maravillosamente á sus an•
drnJosos y los hace hablar muy bien.
Hay ta~bién uea parte entera de la Chanson des gueux donde entramos &amp;in c&amp;fuerzo y hasta con
pl_~:~r, senc1llame~te por el i~stinto de rebelión que est[1 en n'.&gt;sotros, muy en el fondo, - desde el pecado
011 ~mal,-como d1rla un tcó.ogo. Ebtamos completamente agarrotados por las leyes, las conveniencias
soc1ale~, los prPjuicioF; la visión de hombres que persisten en vivir en la sociedad como fieras en un bos·
que, nos_ ~a usa un asombro en que se desliza una vaga envidia. La misma baja crápula tiene un sabor
~e rebehon;
re_g_res~ .á la ,·ida animal, en seres que la hablan sobrepasado; esta vida no e~, pues, ya
rnocente Y sm s1g01ficac10u como en las bestias: se mezcla á ello el goce de una pe, ,·ersidad y de una
protesta contra el orden pretendido del universo.
Agréguese que, considerad,, por el exterior y con la mirada de un pintor, la vida d:i los miseros lie•
ne ~ucho de relieve y de color, sea porque es excepción y forma contraste con la vida de la sociedad
reg~.ar, sea porque aun siendo libre y desprendida de convenciones, todo es alll por Jo mismo más ex•
pre6_1vo. Obsérvese, por otra parte, que lo que es sobre todo pintoresco, es la vida de arriba y la de abajo
la vida concebida como una visión de Veronese ó como una visión de Callot.
'
_La ~uerte cul~u.ra clásica de l\L Richepin ha podido contribuir ella misma á desarrollar su pasión por
la vida irregular e msurrecta. ¿Es cierto que algunos de los padres de nuestra literatura han sido p{;r
los siglos XV, XVI y XVU, bohemios completos?
' ·
. •¡Pillo! ¡t_ruhán!• dice l\f. Richepin á Villon, y Villon, tengo miedo, podda responder: •El seílor conoce
"'.?n t~do~ mis nombres • Bohemio, Rabelais, á creer en su leyenda; bohemio, Regnier; se sabe cómo vi•
vio Y a donde concunla s_u musa. En tiempo de Luis xnr y aun en tiempo de Luis XlV, los antros sa•
grados del Parnaso frances son tabernas semejantes á la en que Gautier conduce á Jacquemin Lampoude, donde se embozan con la capa esos glJ.e!/,~ (harapientos) sober]?io3 ~ue S!J )111man Théophile de Viaud,

_esª!

373

Cyrano de Bergerac y Saiut-Arnaucl. M. Jean Richepin continúa en nucst1·0 siglo las tradiciones de esos
refractarios. Y muy evidentemente, no ha tenido que esforzarse para esto, pues su genio natural tiene
mucho ele ellas, especialmente de Frani;ois Yillon y de Mathurin Regnier.
Por esto encontraréis una sincci idad, una espontaneidad muy suficiente en la ma~·or parte de la
Chanson des gueux. Los •gueux de los campos• dicen adorables canciones. La oclisea de un vagabundo
tiene grandeza y gracia entre su brutalidad. El poeta mezcla la buena naturaleza á la vida de sus gueux ,
que toman as! aires de faunos tanto como de mendigos.
Para el ,queux de Parls, hay que distinguir. Después de habérnoslo descrito muy brillantemente l\I.
Richepin, nos señala una bandada de aves viajeras que pasan muy alto sobre la cabeza de las gallinas,
de los patos y de los pavos. Estos volátiles son los burgueses; esas aves de paso son los gueux Los volátiles se agitan y el poeta los interpela:
Qu'~st- ce que vous a vez, bourgeob? Soyez done calmebl ..
IlPgardez-les passer. Eux, ce sont les sauvages
lis vont oú le désir le veut par dessus mont3
Et bois et mers et vent3, et loin des esclavages:
L 'air qu' ils boivent ferait éclater vos poumons ....
lis sont maigres, meurtri~, lús, harassés: qu'importt·!
L:i. haut chante pour eux un mislere profond .
Cuaudo l\I. Ricliepin nos presenta gueux que responden mAs ó menos á esta definición de buenos
gueux, ele buenos bohemios de letras, está bien; podemos interesarnos por sus •alegrías,• por sus •tris·
tezas• y por sus •glorias.• Pero ,¿canta un misterio profonrlo all:'t arriba para los arsonillés y los be
r.oits?• (la hez del pueblo, en la jerga popular).
Tenemos sobre este punto, las dudas más serias.
Que 1\I. Richepin los bosqueja aquí y allí ¡pase! puesto que son pintorescos después de todo.
Pero he aquí dónde comienza el artificio puro, el Pjercicio de retórica insurrecta, sí queréis; pero retórica. El poeta afücta entrar en su piel, que es una piel sucia, y habla su jerga, que es una lengua in·
fame, cuyas palabras apestan y contorsionan, cuyas silabas tienen arrastres grasientos y hacen ruidos
de glu glu.
La :Marsellesa des Benoitlf, Dab, Dos, Doche ¡y cuántos otros! son como trozos de versos latinos hechos con el g1·aius de la Caja Negra, del Pere Lourette, de gradus ad guillotinam. Es divertido aún;
pero, de todos modos, hay demasiado, y á cada edición, el poeta agrega más. Esta complacencia y este
detenimiento en tales recreos literarios son de un virtuoso algo pueril.
El vfrfooso (el ejecutante) se ostenta cada vez más en la obra de Richcpin. Será el virtuoso del ate is·
roo desnudo, del materialismo crudo, y ese prestigioso versificador será cada vez más como ese persona·
je de Labojois, que, sí conociera una palabrn más sucia que •coehino• la emplearla con gueto. Su retó·
rica grosera y pseudovillanesca triuufa de un modo horrorlfico en los Blasfemos. Alli me parece bien
que ni aun se encuentra la sombra del sentimiento sincero, á no ser la misma necesidad de sorprender y
• de escandalizar, y un pueril instinto de rebelión, por nada, por gusto. No conozco obra más extraña, más
falsa, ni más fria. ¡Qué singular idea la de venir á hacernos, actualmente, un poema ateo, en seis ó siete
mil versos!
Esos Blasfemos ¿á quién se dirigen? ¿A qué riman? ¿Estamos tan infectados de espíritu religioso?
¡Bueno está ese retórico con mala embocadura, · que pretende libertar nuestras inteligencias! ¿Cómo no
ha CO!!O~ido lo que hay en sus negaciones de grosero, de rudimentario, de infantil, de retrasado, de exce•
dido por el espíritu moderno? Nada de Dios, nada de moral, ni aun de leyes físicas: todo está gobernado
por el azar; la misma razón, la naturaleza y el progreso son !dolos que hay que deníbar como los otros.
Conclusión: comamos, bebamos y no pensemos en nada. Nos desarrolla esto con una alegria y una alta·
nerla sin iguales. ¡No hay por qué! ¡Hermoso descubrimiento! ¿Se figura él haber explicado todo, supri•
miéndolo todo? ¡Abominables supresiones! ¡De qué sentimientos exquisitos nos despoja el poeta! Ya no
más fo, no más esperanza, no más caridad, no más virtud, no más ensueños, no más ilusiones, no más
quimeras. ¡Qué triste mundo nos hace M. Richepin! No hablo aqui en nomóre de ninguna moral, ni de
ningúna religión. No me ocupo de la verdad, no me ocupo sino de la bellezá. de la vida. Las negaciones
de 111. Richepin son más ineptas que todas las afirmaciones.
i\Ie avergüenzo al ver un poeta llrico pensar como un antideista de las Batignolles.
¿Quién no cree, pues, en Dios? ¡Hay tantos modos de creer! Si no se cree como el carbonario, se cree
como Kant; sí no se cree como Kant, se cree como ::u. Renan, ó hasta como Darwin ó como llerbert Spencer. No creer en Dios, es negar el misterio de la vida y del universo y el misterio de los instintos impe•
riosos que nos hacen colocar el objeto de la vida fuera de uosotros mismos y más arriba. Es negar el
placer que nos causa esa cosa ínsensa~a que es la virtud; es negar el estremecimiento que se apodera de
nosotros delante del •silencio etemo de los espacios infinitos,• ó el hinchamiento del corazón en las no•
ches otoñales, y la languidez de los deseos indeterminados; es declarar que todo en nuestro destino y en
las cosas es claro como agua de roca, y que no tiene nada, pero nada absolutamente que explicar. Eso es
estúpido. Pero ¡Dios me perdone! iba á indignarme. Me olvidaba de que los Blasfemos no son sino un jue·
go de rimador. Era imposible tratar con menos seriedad un asunto más grave. Casi á cada página, cuan•

�374

REVlSTA MODERNA.

&lt;lo uno está á punto ull crcBr al pol'l11 arrn~trado por un sentimiento verdadero, una palab1 a sucia os salpica, ó una chuscada lúgub:c quu os anuncia que el poeta se divierte. Trata á cada instante á la nalural~za de prostituta y peor aún, y &lt;lllsarrolla en imágenes innobles el contenido de estas palabras. Y no se da
cuenta (·I, el matón de diosc~, que mientras simboliza tan suciamente la naturaleza y le dirige discursos,
obedece al eterno instinto que ha creado á los dioses. Esos dioses, en los cuales no cree, los injuria conti·
nuamente, por una convención de retórica verdaderamente demasiado prolongada. Es mucho conversar
con una pura nada. Cincuenta ó sesenta veces les grita: ,¡Esperad un poco, miserables! ¡picaros! ¡Os voy á
comer la nariz y á destriparos! • Y estira sus músculos, y ofrece á los dioses el tr11je humano. Es el Arpin
del atelsmo.
E;to no me impide admirar mucho á los Blasfemos. Este libro absurdo es soberbiamente entretenido, excepto en el final. Y la Canción de la sangre es • leyenda de los siglos• en compendio, donde cada
glóbulo de su sangre, legado al poeta por sus antepasados, canta su canción en sus venas, está muy cerca de ser una obra maestra.
Hay mucha más sinceridad en El lila1·. l\Ie parece que es, con la Canción de los harapientos, el mejor libro de i\I. Richepin. Los marineros, esos gueux del mar, están glorificados alll por alguien que los
ha visto de cerca y que los ama; y nos cuesta menos trabajo amarlos que á los •gueux de Parls• ó hasta
á los • gueux del campo.• Los Tres marineros de Groise y el Juramento son hermosos poemas, iguales
por lo menos á los Pauv1·es gens, y en el que entra más humanidad de la que l\I. Richepin emplea comunmente en sus rimas. Los marine1·0.&lt;J son tan francos y hermosos como si no fuera obra de un literato. No
podrla reprocharse á los marine1·0s sino contornos demasiado persistentes a veces con la tenacidad superflua y la inútil suciedad habitual en el poeta. Saboreo el esfuerzo de los poemas cosmogónicos del fin:
la sal, la gloria del agua, la mue1·te del mar. ¿Qué falta en elloi,? No lo eé; una insignificancia. Se quisiera más sencillez, se conoce demasiado que, en el pensamiento mismo del autol', son sobre todo • trozos• difíciles, toui·s de force de poesla lirico- cientlfica. Esos poemas tienen el error de hacer pensar en
l\L Camille Flammarion tanto como en Lucrccio.
Con todo esto, no cocozco ningún po!'ta capaz, en el momento en que estamos, de semejantes arranques de ,·e1·sos alejandrinos y otros. l\L ílíchepin tiene (sobro todo en sus versos muy superiores á su
prosa) la sonoridad, la plenitud, el color fra11cn, el tlibnjo pr&lt;'tiso, una lengua excelente, verdaderamente clásica por la calidad; y es el último do nuestros po1•tas que tenga, cuando él quiere, el aliento, la am•
plitud, la gran ola lírica. Es el único que, después de Lamartine y de Ylctor Ilugo, haya compuesto odas
dignas de este nombre y que no haya perdido aliento antes del fin.

E~ELFOZO.
(DE LA LECTURA, DE MADRID).

Por el boquete irregular salla una claridad rojiza y algo como un_a bruma sucia y mal olient~. El
descanso dominical no habla pasado del noveno piso. Allí ya no habla tiempo, como no habla dla m noche. La contrata no tiene religión, no tiene entraiías.
Allá A lo IPj os, en la invisible encrucijada, se moda una luz. «¡Pegao ~stá, pegao está!•
.
-Ahora verás, ?llariquilla. Agárrate al primer lapo que tientes, encogete, Y no tengas m1cd!l; que
to.lo esto no es más que ruido y más ruido, y . ...
Una detonación espantosa les cortó el habla. - ¡Ahora si que todo esto se viene encima!- pensaba la
Relimpia, estremecida de pavor y temblando lo mismo que toda la ~asa.de .~ineral.
1
- ¿Ves? Esta es la musiquita que por aquí gastamo3. Vaya, Relnnpia, echate un trago, y afuera e.
susio. Nosotros ya tenemos las orrjas hechas á ésta barbaridad.
.
-Oid lo que os digo: como soy hija de mi madre y á. Dios tengo de dar cuenta d~ m1 person~, ~ue
ésta es Ja primera y la última yez que piso estos anduniales: ¿Lo habéis oído? ¡La ~r1mera y la ultJma
- No lo digas muy alto, - dijo Pedro alumbrando con el candil la cara de su rnuJer.
-¿Por qué? Lo digo. ¡Así Dios me olg~!
- Pues por eso. Porque puede olrtc.
~
Del fondo de aquella galería llena dll sum\Jra,;, salió la rnz lt•jaua &lt;le algún minero que acompauaba
sus tristes paso~ con la clásica copla de aquellas siniestras profundidades:
, ¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•

........... ............

LEMAITRE,
De la Academia Francesa
JULES

PARA EL ALBUM DE ISABEL SANOHEZ DE CORONA.
(NIETA DEL BENEMERITO JUAREZJ.

Si hay hogares libres y folices
bajo el dosel azul de nuestro cielo,
se le debe á aquel héroe ll'gend~rio
que, inquebrantable y santamente terco,
venció á propios y extraños enemigos
en Veracruz, cu Puebla y en Querétaro.
l\Iexicano y poeta, en ningún álbum
como en éste en que brilla su abolengo,
pues que corl'e su sangre por tus venas,
pues que esplende en tus ojos su talento,
podría yo, con tan sincero orgullo,
d~jar- flores anémicas-mis versos.
Que estas flores, llevadas por tu mano,
vayan hasta el altar de su recuerdo,
mientras le pido á Dios que sea el tuyo
-en premio á tus virtudes y á su genioel más feliz de los hogares libres,
que cobija la sombra de tu abuelo
MANUEL

México, Diciembre de 1901.

PUGA y ACAL.

Vll
Lo do bajar al pozo fué ya el remate de la locura, según la Relimpia. Aquellos hombroneP, envalentonados con w presencia, querlan que lo conociese todo, que admirase el desdén que ellos haclan
de Jos pelig1 os. Y no hubo más remedio que bajar alli donde ellos trabajaban, de donde sacaban aquel
pan negro y jugoso que á todos mantenía.
.
No quisieron que los trabajadores;\. quienes venían á relevar, cargasen los barrenos. Esa hubiera
bhlo la imprudencia mayor.
. .
.
.
y hecha la gran lazada minera, recogidas bien las enaguas, l\Ianqu1ta ~aJÓ por aquel tubo de ~meral, pausadamente, como en un columpio, sin miedo ya, porque la voluptuosidad del espanto, del peligro
afrontado la envolvía en esa mansa atmósfera que á veces necesitan las almas.
Al Jle~ar al fundo, Pedro la recogió en sus brazos. Un instante sintieron uno el corazón del otro
golpeando sordanientc, con anhelos distintos .. . . .
- ¡Qué cosa más horrible es un pozo! Aquí no se respira.
. .
- Pues yo, óyelo bien, l\Iariquilla: yo, c,m tal que estuviéramos solos, querrla nvu·. en un pozo: en
éste en cualquiera . . . .. Ahora, vivos; después, muertos. Pero que nuestros huesos se Juntaran, se refrrdaran, aunque las piedras todas que hay en el mundo las echasen encima.
- ¡.Jesús, qué bruto! Buena cosa quieres.
.
.
- Eh, quitarse del medio, que allá va este cura,- voceó Pablo que baJa:ba rápidamente.
.
Pt1dro miró á su mujer en los ojos y la soltó como una cosa que se abanaona, que se ha perdido para
siempre.
.
El muchacho del torno fu é echando en el esportón las cosas que le pedian de abaJO,
- ¡Cuidado con la bota! Ponla bien. Apri étale el taponcillo.
Comieron y bebieron en aquel redondel en que los tres cabian apenas. Los candilones en~anchado_s
en Ja roca alumbraban el banquete con sus llamas apestosas y rojizas. El áspero sabor de mmeral qm·
taba el gusto propio á la comida, y la triateza que salia de la piedra é inundaba el pozo, parecla pesar·
les en el ánimo como si fuese aquella montera enorme de mineral que se alzaba sobre sus cabezas.
Los agujeros de los barrenos dispuestos para la carga, parecían dos ojos redondos, inmóviles, que
les miralJan con espanto.
- ¡;\lira que esto es triste! ¡Yaya si es triste! Bien podlamos h~ber comido ali~ an_iba, teniendo por
cobertor el cielo y por candil el sol. Que me den sol, que me den au·&lt;&gt;, y con eso solo vivo. .
-Cállate, Relimpia, que esto también tiene sus cosas. Si estuviera Lagarto, ese te las dll'la, No sale
de aqul ni á tiros.

�ARo IV
376

MÉXICO,

21\

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NúM,

24

REVISTA MODERNA.

-Ya lo ha dicho Pedro: es un cochino embustero.
-No, no-dijo Pedro.-Es un hombre cabal. Sólo que .... . sólo que es como la pirita rica: es duro
y pesado, y cuando cae encima hace mucho daño.
Pablo y Mariquita se cncogie.ron de hombros. No les importaba nada que Lagarto fuese embustero
ó cabal.
- Bueno: á recoger, y en seguida á cargar.
-Antes tenéis que subirme. No quiero ver eso.
-¡Eh, alJá Ya la merienda, chacho! Echa las cápsulas.
El esportón funcionó breve espacio, subió y bajó aceleradamente, y en un tanto que la mujer miraba
con cierto vago espanto no exento de curiosidad, los hombres cargaron sus barrenos, serenos y frlos
como artilleros que disponen las piezas para entrar en combate.
-Ya están. Esta mecha no se corre.
-¿Quién sube?
- Sube tú, Pedro. En cuanto ésta e&amp;té arriba, pego, y de dos tironazos me planto en el torno.
La Relimpia vió á su marido subir con la lazada en el muslo y el candilón en la mano: á medida que
ascendla se iba empequeiiecíendo, cambiando de forma; aquello ya no parecla un hombre: era una cosa
que llevaba una llama, un resplandor rojizo, que se tragó al fin aquel agujero lleno de sombras.
Descendió la cuerda ondulante, como un reptil gris que se desenrosca en la obscuridad; Pablo hizo
la lazada en que aseguró á la Relimpia; y como oyese gemit· el torno allá arriba, súbito puso el candil
en las me91as, y metiendo la punta del pie en la lazada, agarróse de un salto, asegurando con su brazo
derecho la espalda de la Relimpia y con la otra mano columpiando el candil.
-¡Hala, que está pcgao!
Movióse el torno.al empuje de los dos hombres invisibles que allá aniba estiraban los brazos; la
cuerda se puso tensa, y de pronto los elevó pausadamente por aquel tubo espantoso, de paredes irregulares en que brillaban como regueros de oro las vetas de azufre, y como esmalte azul las manchas de
sulfato.
Pablo se rela al verá la Relimpia acongojada.
-Descuida, que hay tiempo para todo: para subi r y bajar y volverá subir .... - Y con esa alegria
negra del trabajo subterráneo, rompió á cantar la copla clásica, que subla como un gemido del mineral
profanado:

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIHECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

•¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•
Ya estaban bien altos cuando Ptldro paró el torno para limpiarse de una manotada el sudor que le
escocia en los ojos. llfiró por encima del cilindrn, y vió el gl'upo colgante. Pablo, abrazado á su mujer,
columpiando la llama, erguido y con un pie en el aire como esos urogantes angelotes que sostienen
lámpal'as en los retablos; ella confiada, gozosa en aquel abrazo recibido delante del peligro, en las entrañas de la madre tit:l'l'a .....
Y la nube ensangrentada que cegó á P~dro la noche de la confide11cia cruel, de la puñalada mortal
con que le partió el corazón la lengua de Lagarto, volvió á cegarle allf, en aquel supremo instante en
que le pareció que el pozo ardla, fundiéndose en una espantosa llama policroma y voraz que purificaba
al mundo.
El muchacho del torno, aterrado por aquella parada incomprensible, tendió los brazos pal'a mover
el cilindro arrollador; mas éste siguió inmóvil, sujeto por los brazos de Pedro, que seguía mirando hacia
abajo con la nariz dilatada, los labios gri3es y los ojos entreabiertos bajo un frlo torrente de sudor
sucio .....
Al fin los de abajo se alarmaron.-¿Pasa algo?
Y respondiendo á esa pregunta, bajó nn rugido siniestro, como una condena de muerte:
-¡Perra! . . . . ¡Perra! ¡Mal amigo!
Dos gritos de pavura mortal, de atroz angustia, subieron en súbita explosión del instinto de vida
Aquéllos, que juntos pareclan un racimo frrsco de juventud y de amor, hablan visto todo su drama como
á la Tnz de un relámpago.
Abajo corrla la muerte por la mecha de pó!Yora, inevitable, segul'a, veloz como el pensamiento: arri·
base cemla la muerte en la voluntad justiciera del hombre ofendido, del amigo ultrajado ..... y ellos
estaban alll, pendiente:,, su~pendidos entre los dos abismos espantosos; en la misma eternidad, insondable y obscura.
El asombro no dió lugar á. la súplica: el candil de pablo cayó al fondo del pozo, rojizo como la llama
de una vida que se hunde en lo eterno .... .
Crujió la bóveda; se estremeció la galerfa; del pozo salió un huracán de aire, de estruendo, de gases,
de polvo cobrizo .....
Los del torno cayeron de espaldas. Una negrura densa envolvió aquel sitio, que aún vibraba con el
sonoro estremecimiento de la explosión, ¡quizá, también, con lo espantoso de la tragedia!
Jos.é NOGALES.

[PROF■TA8 DE MrOt'EL ANOEf,.-CArlLLA SIXTINA.-RO)fA,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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        <name>El nocturno en sol</name>
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                    <text>ARo IV

Mixico, 2ª

QUINCENA. DE NOVIEMiiRE DE

1901

Ntar. 22

MODER.NA
ARTE Y
OIRECTOH: JESlJS E. VALEN7.UF. LA.

CIENCIA.
,JEFE DB REDACCJON: JESUS U RUETA.
Tip. dt D11l,ld11.

SEGUNDA CONFERENCIA PAN-AMERICANA.
LA Dr-:LEGACIÓN MEXICANA al Congreso Pa.n-.\mericano, se honra de invitará Ud. al festival artístico que se verificará en la Biblioteca Nacional el,¡ del
corriente á las 9 p. m., y que ha organizado bajo el patrocinio de ,&lt; La Revista
Moderna,, como homenaje á las letras anp:lo-nmericanas.
México, Noviembre de 1901.

PROGRA1IA PARA LA VELAD..\ ANGLO-AMERICANA.

I.-QUINTETO.-Op. 44..... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

R. Schwnann .

.\llegro brillante. Piano y cuerda.

II.-D1scuRso. -Balbino Dcívalos.
III.-Qu1NTETu.-Op. 48 .. ...... ..

T8chaikowsky.

Tema ruso.-Cuerda sola.

IV.-PoEsíA.-José .Juan Tablada('=').
V.-LA TRUCHA ... . . . • . . . . . . . . . . ............. • .... Schube1'/.
Variaciones. Piano y cuerda.
VI.-Lectura de POESÍAS A:itERICANAS, por Luis R. Frbina.

VIT.-QurNTET0 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Christian Sinding.
Andante y Scherzo.-Piano y cuerda.
VIIL-ALocucróN.- .Jesús Urueta.
IX.- CAPRICHO.-W'edding Cake. TValse... . . . ........ C. Saint-Siien:,.
Piano y cuerda.

(-tJ Los versos del Sr. Tablada y las traducciones del 8r. Casasús que lryó el Sr. Urbin11, sci·án pu•
blicadas en el próximo número de la Rei·ista.

PROP&amp;TAS DE MIGUEL ANOB:L,-CAPILLA SIXTINA. ROl!A,

�REVISTA l\lODERNA.

"VIAJE AL PAIS DE LA DECADENCIA"
POR SANrl'JAGO ARGÜBLLO H.
1CONT IXÚA),

CAPCTULO 111.

LA VOZ DE NUESTRA MADRE LA ESTETICA.

l 'NA 1,úplira 111i11, el Efcho la habló al oído. Y ella, la radiosa, la excelsa duefia dr

~q~cl huei to &lt;'nrantaclo, 11i,intió. Y, de pir, rntre muguetas, lises, margaritas y
J~c.mtos, que C'nhC'stnban sus florrs en contorno como en un altar ele oloroso:s
~,nos a~ngados,_haliló. ~u 1·0;,. tenla el reo que deben de teurr las arpas celes tiales. l~n su,; OJOS archan las zarzas del nreb, y tras ellas relampa,,.ueaba J
mirada de Dios.
"

ª

"01!. mis fiele~! En uombfe del divino Verbo, os hablo!
Vosotros, los sacerdotes de m_i culto, no drjéis ni un momento mi santuario! Si el sacerdote dt&gt;ja el
ll"mplo, ec apaga In luz sacra. DrJad que otros v11yan al mercado Que vuestros labios me est(•n e
d
liletnprr,
. r zan o
Se~ vestal~s, e~t~ es, sed purob! P~ra ello, no adulterar mis ritos, no mezclar otro aceite al de mi
l:\mpa1a. Sed_ 1mpud1cos, sed falsos; no importa: seréis puros en el Arte, porque el Arte Jo pmifica todo.
Apartad los OJOS de nuestro santo fin, y habréis caído en impureza.
Para hacer obra buena, obra mía, b.acerla sólo para mi.
.,.El sacerdote, cuando_ o_ficia, no debe v~r al pueblo, sino á Dios. Ha de hacer que tiemble la frase del
enf.,ma sobre la oblata
· es b'1en que asi
. d1vm11 1 aunque C'I publico murmure, porque no comprenda. 1· aun
sea. L a palabra mfst1ca debe llevar en sus bordes las orlas del misterio.
Si os hace temblar P.I harapo, si tenéis miedo al hambre si os asusta dormir baJ·o la est 11
Ri,,.áis no de "'•s
·
¡ ·¡
,
'
re a, no me
.,, ,
JCI que os UnJan con e o eo de mis órdenes. Para sen·irmp es preciso que med't
\' : I b
1
del tonel de Diógenes.
'
cis ,l a oca
Si á todo os avenis, seguidme!
Yo soy la dicha. Yo soy quieu ha encontrado el go~e de la pena, quien ha exprimido el traje ne"ro
!~e~~a~oche parn hacer que broten las gotas argentinas de los astros, gotas del zumo ~ider11l &lt;le
ti•

1:

Todo 1~ regenero en el goce. Cuando vierto mi divino elixir C'll el vaso del llanto quien Jo apu
.
cuPntra ;,' sien te la delicia del llanto.
'
rn rn
i\~i ~lniro fin ce el placer. Quien piem1c de otro modo, no me conoce. El que juz&lt;&gt;ue mis obras con un~
1U:J d1stmt11, yena.
"

347

Ub. hijos mios! Si queréis reconocerme siemprr, interrogaos: ¿por qué me agrada ésto? Y si no sabéis
por qui, decid que es obra mía.
Xo digáis que soy la Realidad! No digáis que soy lo Ideal! Realidad sin ideal, no serla Arte. Ideali•
dad sin !a forma de lo real, no me comprenderíais.
La Realidad es vuestra carne, la corteza en que envolvióse la Divinidad, el Ideal, para que naciera
Cristo. Si á Jesí1s le quitáis lo invisible, lo divino, deja de ser Cristo, para ser sólo un hombre. Si le quitáis el cuerpo, lo perderéis de vista. Jesucristo es la materia iluminada con la luz del Eterno.
Si os afiliáis al Realismo, llegaréis á ser sabios, no artistas: hijos clP mi hermana la Ciencia, no mios.
Ser realistas es negar :'l Cristo y adorar al hombre.
Si os llam.'lis idealistas, y renegáis de la Yerdad tangible, como los otros renegaron del Ideal, sert':is
unos impostores. El Ideal no se ve, Dios no se percibe, sino tras la envoltura del hombre.
El hombre es una arpa sensitiva. Diversas notas hay en cada una de sus cinco cuerdas. Si alguien
las toca, goza el arpa misma con sus melodías, y gozáis vosotros con la conciencia de sus vibraciones. Y
bien, aún sin que vibren, el Arte os hace creer que las cuerdas de vuestra arpa han vibrado, ó más bien,
las hace vibrar mentalmente con el soplo del genio. El Arte es la gran superchería. Es la sugestión de la
conciencia, que llega á ser hasta deleite del sentido. (¿uien hace vibrar fa cuerda sin tocarla, ese es ar•
tista.
A la entrada de mi huerto esta la Sensación. Ali! pace la bestia. Vosotros dPjáis atrás la Sensación,
para intel'nal'os en el Sentimiento.
Los sentidos son como las ventanas de ,·uestro palacio. Por una entra la luz, pero á las otras tambii•n
Jlpga el reflejo. Si no comprendéis esto, volveos. Confundíos con el sensato Pttblico!
El sonido deja tras si una vibración que forma como una rítmica penumbl'a; el calor tiene sua,·rs
desmayos de esfumino, pi01·de su intensidad precisa y se apaga en una anemia cromática; la llnea fina A
veces en misteriosas vaguedades .... El dla empieza y acaba en los cl'epúsculos, donde el Angel medita
y sueiia. La vibl'ación moribunda, el tono suave, la linea imprecisa, son deliciosos crepúsculos en q1rn
Aneiinn y meditan los ángeles del Arte. Entonces se oye en el pnlacio rnido de alas, y no distinguis bien
por cuál ventana se intel'Daron. Vosotros, los que seguís mis huellas, podéis sacar partido de esa enc1m•
tadol'a confusión sensol'ia. Si no podéis hacerlo, volveos!
Hijos mios, ved de no confundirme con nadie! A muchos de vosotros se os ha presentado la Xove•
dad- dama que os ha llamado á engaño,-y habréis creidll reconocer mis perfecciones en las suyas. Piiro
al cabo, cuando la edad ha marchitado sus encantos, habéis podido verla como ella es. No reincidáis. Sabed que lo bello no conoce tiempo, y es, como tal, inmarcesible.
Servidme bien, pal'a que os acepte por hijos. Aprovechaos de todo en honor mio, hasta de lo bajo, con
tal .que de ello pueda saltar la chispa de los pedernales. Todo puede ser\'iros para poner el pie y rernon•
tal'OS en busca de la luz celeste.
El arte es la potencia vital de la expresión. Si pl'esentáis la figura de un agonizante, si hacéis la pin•
tura de un cadáver, si evocáis la fantasmagorla de un cerebro febril, haced que tengan vida los desmayos,
poned fuerza vital en la expresión de la muerte, pasad por nuestros ojos la visión intensa de una orgía
deensueiío,ylogradque sintamos la realidad actual de los delirios.... Pero no olvidéis que el Arte siem•
pre lleva sobre el deslumbramiento de sus ígneas pupilas la pestaña que tiende una penumbra en donde
flota el misterio. Lograd que hagan ver vuestras creaciones lo que no se ve en ellas. Buscad las escapa•
das hacia la l'egión azul. Haced que pase la potencia expresiva viendo el cielo á tra'l"és de la blonda del
l'nsueiío.
Y hari•is obra de arte.•
Díjo.
Y el sol acribilló de oro el follaje, y los pájaros sonaron su guzla en la mils soñadora ele las orquestaciones, y las flores tuvieron embriaguez de perfllme, y las bojas hi ciC'ron brillar bajo la luz sus adere.
zos de roclo.

~ os

intemamos por olorosas sendas en aquel jardín de las clt&gt;llcias.
Yo:

- Y esos lindos rhalels que asoman á lo lt&gt;joe, como palomas durmiendo entre las f,·ondas?.
· F.r, F.nmo:

Alli moran las hijas de Nuestrn i\lallre. Aquella que J er·gue su imparidez olímpica y que es blanca
como una corola de anémona 11emo1·osa, es el arte escultural y plástico: la Estatuaria. l\lira, aquel bello
templete en cuya puerta está sentado el arco iris, pertenece al arte de las formas y de los colores: la
Pintura. Ese otro palacio, de donde sale la voz triunfante de los cobres y en donde tiemblan los trémolos,
como en la niebla de una fragua melódica, es del arte de los ritmos: la Música. Pero recoge toda tn fuer•

�348

REVISJ'A MODERNA.

za adwiratin para el último: aquel que rie en sus calados y encajes y que en la esbelta aguja de su torre
luce el diamante de una pluma de oro. Alli está el arte de la palabra y de la idea, la Poesia, que es música
y pintura, color y ritmo, orquestación é imagen.
Yo:
-¿Y por qul- llamáis Poesla al arte literaria? ¿No es eso restringirla? ¿Por qué no la nombrAis Literatura?
EL EFEBO:

-Si arte do la palabra, Literatura; si arte bella, Poesía. Prosa ó verso, Poesía: arte purn, desinteresada jovialidad del esplritu. Vaya por caso la Ü!'atoria. El periodo que deslumbra, la música torrencial
de la palabra, la voz evocadora, el sésamo de los entusiasmos, de las lágrimas y de las exultaciones; la
vehemencia expresiva, las a.las que transfiguran al hombre en semi4iós .... , eso es Poesfa! La parte utilitaria, el fin benéfico, la certidumbre lógica, nada tienen de común' con la Es"tética. Es bien que apren•
das á separar la broza del terrón minero. Poesía es la que hace gozar por ella misma, sea que muestro
la tersa ondulación de la prosa, ó que se orl11, rizada de compaseR, con los flecos sonoros de la rima.
Poesla es goce inútil.•

POESIA

EN IIO~OR ü~ LOS POETASNORTE-A)IERICANOS.
La musa en el obscuro hipogeo reposa!
Así duerme en 1a:cárcel de su botón la rosa;
Asi bajo la tierr(duerme la gema pálid,i;
Así el canto en.fa Jira; así la mariposa
Dormita bajo el yerto pavor:de la crisálida!

Nos acercamos 11.I palacio, y penetramos en los dominios de la dueña.
El efebo me mostró con el dedo unA. encrucijada.
EL EFEOO:

~Cada camino conduce á una región distinta. Este, el pals de la capa y de la espada, de los St&gt;gismundos y ele los Locos Manchegos; ese, á los infiernos dantescos, á las epopeyas de la Gloria ó del A ver•
no, al itrbol en que se arrullan los célebres amores; aquel va á la patria del lmmottr, al nido de las águi las shakespereanas; el otro, á las brumas del arte metaflsico, del arte sacerdotal y humanitario; y l'so
mayor, es la gran ruta hollada por el fanatismo; la que lleva peregrinos á las reliquias rlo la Meca y dt\
Jerusalén, :í. la vasta comarca ele las tradiciones de lo bello; el sendero restrospecfivo que conducr. ;i la ~
necrópolis del pensamiento ....
i\Ias el uuestro es aquel, mezquino como atajo, á creer en su comienzo angosto y ahogado, A trechos,
ele maleza. Ese nos llevará al país ele lo raro, al pals tle los fakires enigmáticos, al pals del L11berinto .... ·•

Anduvimos, anduvimos ....
Y, al caer la noche, oímos como un ruido de colmena. Era el eco de las saturnalr.s del pals ele
.Francia!

(Continuard).

En vano el imperioso:conjuro de la idea!••.•
r~u vano en el_'granito-con el_~incel_d~ oro
El artista inspirado y afanoso _golpea.•• · ·
Pi&lt;&gt;'maleón a&lt;&gt;'ota sus ansias y su lloro
Si; conmove; tu mármol ¡oh helada Galatea!
Qué aletazo de sombra mató t_u flama, ¡oh cirio!
Qué incubo abrió las alas sobre.tu .b.lanco lecho
y rodeó tus ojos de ojeras de martmo • • • ·
Qué vampiro clavando sus g~rras en _t~~pecho
Sorbió sobre tu boca tu espintu de Lmo? . . ..
En vano en_los. cdstales de _la·onda citerea
l\lás cándida y más rubia que el ámbar y la c,pun:a ,
La todopoderosa, Ja emperatriz,· la'.Dea,
Emerge y opacando la claridad febea,
Al cielo y á la tierra bajo su imperio abruma!
En vano de Setene bajo la luz de_oro
Lle.,.¡ el nupcial cortejo y en el florido lí~eu
Do;de arden las antorchas -yJas syringas gin1cn
Al eco sollozante del timpano sonoro
Estallan en la noche los cántico(del himen!
En vano de Dyonisos las tropas vocingleras
Al sol de la vendimia recorren lasipraderas
y envuelve con guirnaldas y sisti·os resonantes
El séquito en delirio de faunos y bacant~s
Al cano esplendoroso-que: arrastran las panteras~
En vano surg11 Pallas y en su broquel_se irisa
.Convulsionada .y)o1·va la faz de !(Medusa,
Deleites y pavores 1~ piéride)ehusa,
.
Ha tiempo que no logra la luz _de una sonns~
Brillar en la nocturn~ tl"istez~. d_e la -~I¡¡,sa.

y sin embai·go alienta. .... Cuando l-a b~isa led~
r::ntre I;is frnqd¡is haca gemir el harpa eolia,
·

�850

REVISTA MODER~A.
La Musa en el delirio transfigurada queda
Y absorta, levantando su frente de magnolia,
Escucha las canciones de Apolo Citareda!

;

Toda vibrando, ardiente, como la Pithia loca,
Cercada la melena de un nimbo que cintila,
Del tálamo re~urge y al grito que la invoca
Los himnos musicales palpitan en su boca
Y la pasión inflama su fúnebre pupila!. ...
Quó auroras iluminan el hondo tenebrario?
Qué antorchas inflamaron los subterráneos limbos?
t,\uién en tu frente ¡oh Musa! dejó tan claros nimbos?
Acaso las heridas de un Eros sagitario
Las nieves de tu seno llenaron de corimbos? .. . .
Hesurges victoriosa del hondo cenotafio!
Revives al vibrante conjuro del poeta
Y con el ágil diestra de Diana cinegeta
Sobre tu estela borras el fúnebre epitafio
1&lt;:rguida ante el conjuro de Apolo l\Iusageta!
Abraza la teorba, suscita el hondo arpegio!
Apura hasta las heces tu copa de ambrosía!
Y al implorar tus cantos la egregia Poesía
Que vibren tus esti-ofas y que tu numen rogio
Se inflame como un faro sobre la noche umbría!

REVISTA .MODERNA.
Su t&gt;
"'enio entre las sombras de la existencia fioge
Un sol sobre las noches infinitas del Polo,
Su Musa poderosa fué una imperial esfinge
Sin l•~dipo ....
Los genios lo adivinaron sólo!

Ardiendo en los altares de la verdad fué un cirio!
Los abismos celestes exploró su astrolabio,
Las simas infernales sondeó su delirio,
El fue"'O
del profeta quemó su noble labio
0
y albeaba en su pecho la semilla de un lirio!

1 su uumen fué lámpara de oriental Ala.dino
Que alumbró las riquezas del más regio tesoro!
Así heroico el Poeta recorrió su camino
Con la frente abatida y olvidando en el vino
Que el burgués lapidaba sus broqueles de oro! .. •.
Bebió en cáliz de ónix el licor miis acerbo,
Fué su espirito un astro sepultado en un limbo,
Un eclipsA brotaba sobre el sol de su verbo
y en sus sienes la lumbre sideral de su nimbo
A pagó con sus alas tenebrosas el Cuervo.

En tu carcax apronta las líricas saetas!
Evoca en tu salterio los más ardientes sones
Y sangren traspasados de amor los corazones
Cuando al loa1· la egregia virtud de los Poetas
Tus labios musicales prorrumpan en cauciones!

Ananké fué el estigma quo su frente lucía,
y por eso las sombras ocultaron al dla!
Su avatar en la vidá fué el fatal .\nanké,
Y por eso los astros de la noche sombría
1:&gt;on propicios al culto del di,·ino Poé ... .

Los próceres aguardan, la silenciosa exedra
A tu clamor consagra sus ámbitos de piedra ....
Inflama con tus fuegos á sabios y á gentiles
Y sé para ese bosque la enamorada yedra
Y arrójales al cuello tus brazos mujeriles!

¡Oh vestal Mu,a y Pióride! oh virgen soi1allo;·a!
Abre el libro de Edgardo muy antes que la aurora
Llene de sangre el brillo de la última estrella,
y e,·oca entre las sombras á Ligeia y Leonora
y habla faternalmente con la torva Morclla.

Canta ¡oh lira! los bardos de la pujante América
Qt1e al Septentrión llevaron la egregia apoteosi11,
De Bryant y Longfellow el alta virtud férica
Y de Poe la Musa, diYinidad histórica,
Y del poeta Whitman la (•pica neurosis.

Ahi las perlas lucen y sangran los claveles . ...
¡Oh princesa! en sus versos hay trovadores fieles
y amantes sepultados por un hondo Leteo.
Llora sobre esas páginas y dale por trofeo
Tu llanto á ese Poeta que no tuvo laureles.

Bryant sueila en la vida fecunda y en la muerte
Su musa es la Tristeza; pero su plect1·0 fuerte
Enflora en el salterio la trágica harmonia,
Así la ThanatopsiS:dulces consuelos vierte
Juntos al más acerbo clamor de_la elegia . . ..

Y en honor del poeta sobre su tumba fria
Entona el más amargo clamor de la Elegla! . . . .
Despeina tus cabellos luctuosos y dolientes
1 queda en sus umbrales silenciosa y sombría
Como fúnebre esfioge de pupilas ardientes . .. .

El numen de Longfellow como un Oriente irradia!
J:.:s refulgente aurora que todo lo ilumina,
Y en su inmortal Poema la cándida heroína,
Lirio lleno de lágrimas, en el jardín de Acadia
Surge como un arcángel de luz Evangelina!
Y pasa en el recuerdo la novia sin ventura!
En las brumosas piayas del doÍ¿roso exilio
Arrastrando los velos de su nup\!ial blancura,
Y al fin desv1u1ee:ida sobre su amante idilio
como un sauz doliente sobre una sepultura!

Si,es Longfellow:e1 bardo de las primaverales
Selvas americanas, si se refleja~el cielo
De sus rimas sonoras en los tersos cristales
Edgard Poé, nimbado de fuegos infernales
Es el trágico numen del hondo desconsuelo.

Esfin&lt;&gt;e de azabache con ojos de topacio
Uuard:la torva l\Iusa de Edgard Poó el palacio,
Pero llegan los ecos de súbitos clamores
y al ~on de los clarines y de loa tambores
Conmuévase con ópicos rüidos el espacio . . . ,
Es \Vbitman que aparece! Sus liricas legiones
No lucen áureos cascos como los mirmidones,
Pues nunca ensangrenta1·on las tierras ni las aguas;
Su amor llenó de mieses los áridos terrones
Su afán forjó los hierros en las ardientes fraguas.

351

�:l5;?

REVISTA MODERNA.
Es Wbitman el humano y el lírico poeta!
El que miró en sus claras videncias de profota
Un águila triunfando sobre una flor de lis.
Es él el demagogo que toca su retreta
Honor á las legiÓnes del buen poeta gris!!
Sobre su noble frente donde el invierno hiela
l'n gorro frigio luce su gran escarapela ....
llajo plebeya blusa se oculta el negro frac,
!·'.s una Marsellesa do libei·tad. su estela:
Y así pasa-el ,·aliento canto1· del Potomac.
Bryant ol pesaroso, Longfellow el cli\'ino,
EJgard Poé, vidente de misterioso sino,
Y Whitman, el que asume la voz de los prof'&lt;!ta~!
Ante vuestras grandiosas magestades me inclino!
Honor á los laudes y ~loria á los poetas!
La !,lusa llora en vuestros alth·os mausoleo~,
Y deja cual ofrenda de Ji I icos trofeos

La sangre de sus venas y el llanto de sus ojo~;
Diamantes que .se irisan á los rayos febeos
Y corimbos ardientes, deshojados y rojos!!
¡Oh genios! de las altas regiones siderales
Do viven venturosos los estros inmortales
Descienda vuestro numen del bien inspirnrlor
Y cesen las discordias y vivan los mortales
!' nidos en el Credo Divino clol amor!!

\ á vuestro influjo ruireu las gentes ,·enideras
De olivos coronadas las épicas cimeras
Cesar á los cañones su ronca tempestad
Y á todos los colores de todas las banderas
Tendiendo un arco- iris sobre la humanidad!
,losfo

Jt'AN

TABLAD,\.

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1

'.:_;¿~_;t -~~- ~- ,-:-. -=-~ ::}Y
,1• f\'.,-f1.AO:. 190 f

"BA por la calle plena1nente feliz, ritmdo á los duendecillos danzarines quelibeluleabau ante sus
ojos enantes é inflamados por el absintio; su vieja corbata. deshecha. flotaba a l viento como
un Yelacho, su fieltro hongo plegábase innoblemente sob1·e sus luengos cabellos grises y semejaba un murciélago sobre una chimenea, sus harapos destroza.dos remedaban grotesca•
mente una americana abotonada y un pantalón holgado; y de su barba en torbellino surgía
una nariz perfilada en Bízancio y asomá.base á. menudo un engarce de dientes blancos tras
sus labios marchitos, quemados por la combustión diaria de alcohol.
Iba perseguido por las risas estudiantiles que ígno1·aban la vida, y estigmado por las indignaciones
bcrguesas .... que ignoraban también la vida!
Pero úl reía al crepúsculo de oro, á la esplendorosida.d vesperámica. de aquella tarde en que el vencido seguía el libeluleo de los duendecillos que rondaban sus ojos, cual sí fuesen flores nocturnas abiertas al fulgor de los astros ....
De pronto el noctámbulo detúvose frente A una taberna henchida de bebedores; atisbó y escudrü1ó
buscando sin duda un camarada á. quien ha.rponea.1· un trago, pero como no lo descubriese, detúvose
pensativo á las puertas. Ya no rela. Sus ojos fla.meantes devoraban con mirada ávida losvasos rebosantes de bebidas plebeyas que eran sorbidas por bocas febriles y recordaban un filtro envenenado sorbido
por vampiros. Era sábado, y los obreros acudían al tributo sabatino con religiosidad druídica; aguijaban hacia la tabema ::nsiosos de dejar en ella su misero jornal ganado de sol á sol en faenas de negros;
espoleaban á eclipsar en el alcohol su sol de sangre, la fatalidad fulminadora que los habla echado de
bruces en la ergástula moderna de la gleba aplasta.da por el trust de los fuertes! Grupos haraposos, de
cuerpos espectrados, de pechos caquéxicos roídos por la ol,ra de zapa de la tisis; grupos miseros del rebaño esquilado y alimentado con bellotas, se atropellaban por abrevar en el Leteo innoble que da el embruteci,uiento á trueque de la salud, de la dignidad, de la inteligencia y del bien!
El noctámbulo husmeaba con deleite, como zorro hambriento, el hálito de las irnforas abiertas, escapado en emanaciones acres, volátil y envolvente, cual si los esplritus del alcohol flotaran en el aire dotados de sagacidad sujestiva, y filtrándose por los sentidos fascinados, intoxicaran el ardor báquico, mits
temible que el uror de las bacantes, en el espil'itu que una vez sedien'to de alcohol, no se saciará jamás,
transformado el organismo· á quien alienta en un tonel de Danaídas! ·
El noctámbulo entrístecióse lúgubremente al no encontral' ningún amigo. Cruzóse de brazos y reclinóse sobre el alféizar, y sus ojos se perdieron explorando 1a·negru1•a del barrio desierto, el zigzagueo
morisco del México leyendario que guarda aún vestigios de la ciudad virreinal. Yo le habla seguido, y
asombrábame de no verle enyilecido hasta. mendigar un poco de alcohol; el hombre sufría, hablase le
vantado sin duda de un largo sopor del coma y empezaba su consuetudinal'ia correría nocturna en busca del amargo placer. ¿Era pues un ebrio que descendía IÍ la al&gt;~oeción trnhajosamt'nlr, rn lnr ha pOI'
'ialvar del naufragio un resto de vm-güenza imHil .-.. ? · ·
Le toqué suavemente en un hombro:
-~Quiere uste4 beber conmi 9 o una copa?

�REVISTA MODERNA.

.REVISTA MODERNA.

J'.:t me miró desconcertado. Yo prosegul:
-Soy destEmocido en este barrio y no me agl'ada beber:Solo .. . ,.
. .
J~I sonrió ante mi sonrisa y se apresuró á aceptar. Nos instalamos en un nncoa de la taberna, ~epa·
rados del oleaje que burbujeaba en c1·eciente marea. Yo platicaba de cosas flotantes en un sueuo do
hastlo, palabras que se escapan cual d(una válvula del cerebro vigila~te, siempre en com?ustión, en
tanto que ól bebla ávidamente, entregado á una súbita confianza. A medida que bebla, sus ~JOS volvlan
á s(Unelr ¡\. los duendecillos que danzaban ante sus ojos en ronda de silfos enamorados de abierta~ flo_res
nocturnas. Las cien mil lamparas de Aladino de la embriaguez encendlanse en su cerebro en feér1ca iluminación constelando las tenebrosidades de sus males .... y sonreía, sonrela con la incierta Y cuasi de·
mente so~risa de los seres debilitados por la orgla perpetua. Su alegda necia me exasperaba, me quemaba, y de pronto, cruelmente, le increpé:
-¿Usted no ha sufrido en su vida?
.
.
Un latigazo chasqueó en su espiritu. Sacudió la cabeza para espantar la nubecilla alada de los s1~fos danzantes, vuelto brutalmente á la realidad, á la torturante realidad que bula su pobre cerebro v1•
sionario, y en voz jadeante, dolorosa:
.
.
-Usted también .... !-dijo-usted también cree como los demás, que yo me embnago por mnoblo
vicio!. .... Ah, si!. .. . . Soy un vicioso, soy un relapso, soy un perdido, soy un leproso que me arrastro
en las sentinas satánicas!. ... Pero también soy muy desgraciado!. ... Hace diez aiíos era yo bueno .. ,.
Vivía honradamente, trabajaba para ganarme la vida en labores ele escritorio, pues me encontré desdo
muy joven solo en el mundo y no pude cultivar ni mi inteligencia ni mis brazos en ejercicios espe~ula•
tivos ó prácticos; yo era animoso y fuerte; con mi rudimentaria educación afronté la lucha, y despues do
fracasos vulgares en los luchadores débiles, llegó un día en que creí asegurado mi porvenir, aceptado
y considerado en una gran casa sólidamente establecida de luengos años atrás. Pronto me vi rodeado
de bienestar moral, pues se me confiaban trabajos delicados y comisiones honrosas, y varías veces ful
en representación de mis jefes á arreglar negocios de importancia en lejanas zonas algodoneras de Du.
rango que eran manejadas por la poderosa nl.'gociación de que era yo empleado. llli pulcritud en ves•
tir, mi cortesla nativa para quienquiera que fuese, mi carencia de placeres viciosos, dióronme pr~s~igio
y despertaron simpatías en torno mio; y yo, halagado y deslumbrado por aquella alborada de fehc1dad
que había sido mi sueño, amplit'.• mi modesta ambición hasta desear la redención de mi soledad, una dul•
ce compañera de amor ... .
Una mañana, la marea rebosante del Empedradillo arrojó hasta mi una morena encantadora, do
t•,ios moros apasionados y lánguidos, de imperial cuerpo hebreo graciosamente blondado y coquetamcuto aparasolado por un fresco sombrero de primavera. l\Ie miró, tentadora y complaciente en le,·c souri·
sa, y me cautivó. La sl.'gul encantado, vencido por su seducción, con el pecho oprimido por secreto do·
lor al ver In cauda de deseos que iba estelando su belleza turbulenta; con asombro y alegria vi que al
retirarse de la brillante avenida, se all.'jaba de las calles aristocráticas y se internaba en un barrio hu•
mildo, hasta que traspuso los umbrales de un entresuelo de balcones volados y florecidos de malvas rea,
les y geranios. Al entrar, la hermosa me despidió con una sonrisa, que fuó mi golpe de gracia. Me trans•
formó en sombra de la morena encantadora, pero mí timidez para las mujeres me impedla acercarme,¡_
olla, hasta una noche en que Gracia misma fué quien me llamó y en voz flébil, melodiosa, insinuante,
que revelaba para mi una ingenuidad adorable, hizome confesarle mi amor, contarle mi vida, abrirle mi
corazón en esa impetuosidad re.primida largo tiempo en los seres privadc,s de afecciones; nos amamos, ó
más bien, la amé con frenes!, concentl'ando en ella mis adoraciones de níüo y de mozo, los cariiíos do
mi alma apasionada, tal'dlos y granados en la soledad, que despertaban al beso del sol cual explosión
de rosas salvadas de la sombra, de la muerte,
Gracia me venció, me dominó, me ató á la más dulce de las esclavHucles; los contados días en que
la tiranuela me pel'mitla verla, era yo muy dichoso; palpitábamé el corazón en vuelcos precipitados
cuando, venciendo mil peligros s •gún ella me decía, asomábasc presurosa al balcón y cambiaba conmigo unas breves frases, ordenándome imperativa y sobresaltada que huyera; y yo obedecía venturoso y
ávido de partir con ella el peligl'o que se quedaba á desafiar sola, pero inclinándome á su mandato. Por
frases escapadas al azar en medio á su perpetua nerviosidad, supe que la vigilaban constantemente, que
la tenlan recluida en aquel hal'rio por haber rehusado casarse con un hombre quien alJOrrecía; que
pertenecía á una familia acaudalada y que nuestro amor debla permanecer secreto basta el día en que
nos unióramc,s á despecho del mundo. Pal'a comprobar sus aserciones, veiala á. menudo suntuosamente
,·estida, en carruajes con librea, pero sin blasón, ó dando el brazo á elegantes caballeros que ella me de·
cia eran amistades de su familia; pero esto á mi no me sorprendía ni me inquietaba, pues adoraba á
Gracia con idolatría, con fanatismo y jamás la sombra de una sospecha pasó rauda por mi frente.
Al contrario, viéndola joyante y deslumbradora de lujo, la ambición m(espoleó ·para equipararwc
á Gracia, para conquistarme la independencia y la riqueza con mi propio)sfuerzo. Trabajaba día y noche, sin flaquear, penetrándome de las combinaciones mercantiles que mi jefe supre:.10, satisfecho de mi
fidelidad bien probada y de mi prodigiosa actividad,'.dejábameestudiar y muchas veces resolver, sancionando mis decisiones. Llegué á ser necesa1·io, llegué á se1· participe y socio de la casa, y por último, un
cll-a manifesté á mi jefe mi resolución de separarme bajo su patrocinio para fundar una negociación
propia y libre. l\Ie abrió los brazos y me conceqió lo que pedia, augurándome un porvenir brillante y
ofreciéndome su apoyo en todo.
·

Para celebrar mi emancipación, fui invitado á su mesa, donde me presentó ,~ sus hijos, no ya como
subalterno, sino como uu futuro negoaíante,-•y aun futuro competido1·,• - aííadió sonriendo. A los pos•
1, es, ful invitado por el menor de sus hijos, calavera de notoriedad, á pasear en canuaje después de una
partida de bolos, y ya á solas los dos, tropezamos con una banda de amigos suyos, elegantes desocupados que iban de juerga, y nos enfrascamos alegremente en los bares elegantes, bebiendo lo que ellos
querían, pues á mi me era indiferente optar por cerveza ó brandys ó hitters; al caer la tarde la emhria•
guez estaba en todo su esplendor .... jamás habla sido yo tan feliz! l\Ie sen tia aclamado en el pórtico
triunfal de la vida! :i\Ie sentía fuerte, vencedor, igual á los brillantes jóvenes que me abrumaban con sus
amabilidades.
Uno de ellos propuso de pronto que nos traslaJáramos á casa de Carmen.
- ¿Qué Carmen?-pregunté. Y un coro de carcajadas me contestó.
--Cómo!- apostrofó Ruiz Ordaz.- No conoces á Carmen, la matrona mits ilustre de l\Ióxico?.. ... No
has rcbafiado en su harcmlike?
Y yo, que me sentía capaz de restaurar un rapto de Sabina~, fui ele los primeros en lcvautarmc. Su-

35.t

:á

355

bimos á dos carrnajes que esperaban á sus due1ios bajo la lluvia, y arribamos á uua casa aislada cu uua
de las más distantes colonias, rodeada de inmuebles y pequeños palacios solitarios.
Fué una frrupción. No bien cerramos la puerta, un himno báquico saludó á la antigua pupila de lupanar ascendida á reína, dominadora en su amplio peinador y bajo la masa empenachada de sus cabellos
rojos. Mi presentación fué una cortesanía de ópera bufa. ·Y ~in más ceremonia nos instalamos á placer
sobre los anchos y muelles divanes de aquel recinto que parcela un enorme lecho blando, suave, sensual, capitonado de sedas y blondas; los camarines veíanse entrnabiertos, esparciendo tiobre las alfombras rosadas y lilas fulgores atenuados de lámparas veladoras de los misterios del amor; y el ambiente
cargado de violeta enervaba, adormía, ensoííaba la inte!igencia, ell tanto que los sentidos abrían sus
válYulas y aprestábanse á las luchas gloriosas de Eros!
- Violante, Laura, Amelía y Rosa me visitarán hoy, dentro de, un instante;- escucbé que decía la
matl'ona.-Adoración y Berta vendrán al momento que se las llame; pero nos falta una .... . Ah!. ... . la
misteriosa con quien dormiste, Ordaz, la otra noche!. . .. ¿Te gusta? .. ..
- No,- dijo el joven con displicencia,- es demasiado apasionada para ser sincera ..... prefiero ,i
~osa . . . ..

�REVISTA MODER:SA.
-Yo la quiero!-d.ije impetuoso, enardecido ante la confidencia.
Carmen miró uno pot· uno á los jóvenes, quienes se apresuraron á garantirme.
- Confla en él como en mi, Carmen,-concluyó mi introductor.
Ella se inclinó ante mi, en actitud de quien se disculpa, y en este instante cuatro muchachas precio.
tta~, elegantemente ataviadas, entraron saludando con intimidad, cual si_recibierau ellas en su propia
casa il amigas del alma, con besos y graciosos diminutivos. La faunalia entró en pleno período efen·csccnte; las copas de champaña burbujeaban heridas y prismadas de luz; las risas sonoras volaban en el
viento cual enjambres de golondrinas locaEi; al entrar las otras dos primorosas llamadas á gran prisa, la
algazara creció desbordándose en estruendosa orgial Los amadores habianse apareado, mas esperaban
por galantet·la á. que todas lu parejas estuviesen completas, y como la desconocida tardase, las ninfas
eran devueltas á la gracia antigua, á la belleza antigua, á la revelación pagana de lasJormas._no ·velarla@, sino apenas por cabelleras sueltas .... ! Rosas vivas, rosas frescas de pistilos dorados ó negrísimos
en Yellazones sedeñas, surgían cual crisálidas de capullos reventados, entre maliciosos pudores, ruegos
apasionados y besos sonoros y asaltantes .... Yo estaba embriagado más que de vino de embelesamiento morboso.... Ah, si! .... aquel era un haremlike, ó una bacanal romana, ó una saturnal_.griega! La
docilidad con que las hermosas hablanse apresurado á complacerá los libertinos,'probaba una asidua
costumbre en aquellas tiestas galantes!
De pronto, el rodar de un coche oyóse en la calle, Carmen vió al trnvóS: de las persianas y dijo: • Es
clla!, -y entonces uno de los jóvenes se adelantó y ordenó en tono teatrah
-Si entra, que entre como Frinea!
-Sl, si! .... -Corramos todos.-Como J&lt;'rinea!
Laura y Ordaz salieron al encuentro de la recién llegada y conferenciaron con ella. Se resistia entre risas, pero nuestt·a decisión era inapelable, y por último, un aplauso de Ordaz nos dió el triunfo. Diez
minutos de espera anhelante, y luego un estremecimiento cuando ella entró, seguida del joven, arrebujada hasta la frente en una colcha, y al descubrirse, impúdica, sonriente, vencedora por su soberbia belle•
za lujJiriosa, un grito de triunfo unánime y un grito de horror mio, porque aquella mujer era Gracia! .. .
Al decir esto, el ebrio sacudióse en una embestida espantosa de rabia, de dolor, de desesperación,
de frenesí; bebió de un trago su vaso y lo azotó vacío despedazándolo contra las losas; en tanto que
yo, taciturno, en rebelión conh·a la eterna fuerza aplastante, volvla sañudo los ojos ante un abominable
cuadro: los ebrios, en el paroxismo del furor báquico, gritaban enronquecidos hinchando la taberna, so
íuj¡¡riaban con una. exaltación demoniaca, los ojos inyectados y fuera de las órbitas, el equilibrio perdido, la lengua trabajosa y torpe! Los venenos emponzoñados hervían en aquellos organismos gastados
por el trabajo diario y por el implacable vicio; y en medio á aquel pandemonium execrable, á aquella
sinfonía satánica de aullidos horribles y crispadores, el vencido esperaba ¡;u único descanso en la tiena:
el libelulear de los duendecillos en torno de sus ojos errantes. , .... !
HlQI.
Hus,;;~ ilI. CAMPOS.

SOL01 ....
A D, L11is D. Molina.

En la sombra,
cuando empiezan á encende1·se las estrellas,
yo no sé (en el misterio) quién fue llama, quiélimc nombra,
oigo pasos tras mis huellas;
y á la luz-polvo de plata
de la suelta cabellera de la luna, que me miran
unos ojos muy profundos y muy negros,·y dilata
su tristeza mi suspiro en los céfiros que g-iran,
La campana lejos, lejos,
li los 'últimos reflejos
de la tarde,
lanza y llora su sonata de plegaria
\Tésper surge, treme y arde
solitaria.
Alguien habla á mis oídos i1 las veces
y :í. la pálida vislumbre
cabecean melancólicos los sonámbulos cipreses.
En el cielo cuánta lumbre!
En mi alma
sombra, sombra, sombra y sombra,
en el seno de la noche cuánta calma!
;.Quién me llama? ¿quión me nombra? ....
Su recuerdo! que persiste,
que me agobia de tristeza;
.r P/l&lt;J pasa tambi~n trist~
y se prende como ni111bo de piedad á mi cabeza!

JEs~s E. YALE~Z UEL.\

E~ELFOZO.
(DE LA LECTURA , DE MADRID).

(C ONTl~ Ú A ) ,

P.idro opinó que el hombre suelto no suele hacer ni honra nl dinero, y tuvo la suerte ele enamorarse,
y A poco vió realizado su ideal. Su casamiento con la Relimpia no alteró la vida de los dos amigos: siguieron viviendo bajo el mismo techo, cada vez más unidos en la tácita sociedad de bienes, y á poco, á.
gestiones de 11.1. Relimpia, obtuvieron la contrata de aquel pozo en que esperaban hallar la base de un
bienestar que, sabiamente dirigido, pudiera traerles algún dla el descanso con que el obrero sueña, y l's
la obsesión de los que aún no han perdido del todo la esperanza. l\Iuchos antiguos obreros de la mina
andaban por alll, enriquecidos, aburguesados, dando á sus hijos una educación que los alt&gt;jaba del medio en que ellos se criaron. Y estos ejemplos avivaban la sed y el hambre de posesión.
Sabiase que el azar, el capricho, el favor, vallan más que el trabajo y la conducta para estas rápidas
ascensiones en el medio social; y por esto las pobres mujeres se deshacían en halagos, y los débiles hombres en solicitud servil, en tomo de los jefes y mangoneadores del negocio. Habla que vivir, y no- toda
aquella riqueza inmensa que extralan de la tierra habrla ele marcharse así porque si, sin df'jar siquiera
lns migajas en las manos encallecidas.
Todo aquello era conuptor: desde el trabajo que vol\'la al hombre á lo condición de bestia, hasta el
favor que casi siempre lo hundía en otra condición de servidumbre.
Era un pueblo anormal: no tenía patria, no tenla Dio:1, no tenla vida jurídica: alll no había más que
La Compmi.ia. Era el Dios, era la patria, era el Gobiemo ..... lo era todo. Cosas suyas eran el suelo, el
subsuelo, el aire, el agua, la vida, la honra y la hacienda de aquel enjambre humano, que la necesidad ó
la codicia removla.
Así Pedro y Pablo, mientras dejaban caer los martillos sobre los barrenos ~• éstos entraban millme•
tro á millmetro en la masa de mineral, p~nsaban en la La Comvatiía, en aquel sér todopoderoso, que con
un gesto invisible, con la más simple acción, podía sacarlos de aquel pozo, ele aquella pobreza, y hacerlos
ricos, dichosos, sin que tuvieran que temblar ante el porvenir.

JV
Cerca de la media noche llegó el relevo: lo menos tres horas hacia qu~ P¡iblo se fué para sacar del
almacén dinamita y cápsulas y hacer formal reclamación sobre aquello de.lu mechas.
Al muchacho ele! tomo lo despabilaron de su modorra perpetua, adquirida en aquellos grandes ratos
de obscuridad y de inacción; salió Pedro del pozo; estallaron los barrenos, y fueron los dos trabajadores
á continuar ahondando, á luchar con la roca, como héroes tranquilos y silenciosos.
Solo, y satisfecho de ánimo, por el resultado de la jornada, iba Pedro por aquellas galerías que sudaban vitriolo. La eterna noche le envolvía; el silencio de las profundidades deshabitadas esparcía su espanto .. . . y fué allá, en el cruce de los últimos pisos, á treinta metros del boquete rojo por el que entraban los de perpéuta, y alll gemlan 6 cantaban, según por lo que les daba la desesperación. donde encaróse con él el mayor granuja de la mina, un tagarote que vivía de sus gracias en aquel mundo negro,
del que no salla porque le gustaba, porque aquello le parecía hermoso, y porque le daba la gana de no
ver el honible sol ni la horrible tierra con sus amargas desnudeces.
Comía en todos los ti·abajos, bebla en todas las cantinas, dormla en todas las cuadras, se calentaba
en todas las calderas, se refrescaba en todos los ventiladores .... Alli no había invierno ni verano, ni primavera ni otoiío: todo el tiempo era uno, como era una la humanidad que trabajaba y moría.
Era el hombre libre, el hombre ideal, sin lazos, sin afectos, sin necesidades, sin angustias, sin debe·
res . . . . habla tenido que renunciar á la tierra y á la luz, pero fué renuncia gustosa. Que no le hablasen
de las cosas que succdlan alú.i an·iba. Y de las de arriba y las de abajo, eEtaba muy al corriente.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

Era el lector de periódicos en los corros ele ol.Jrcros; y en los descansos de cigarro y comida, veíase
al zagalón leyendo, medio declamando, cosas muy radicales, á la luz del candil enganchado en la piedra.
Aquella pobre gente envejecida bajo la costra de polvo mineral, soñaba con un mundo J(ljano, con
una ciudad fantástica habitada por la \ ' erdad y la Justicia .. ..
- ¿Allá arriba? ¡Bah! ¡Pronto hizo un año!- derla burlescamente el lector, que no crela posible bourlarl ninguna, á no ser del noveno piso para abajo.
·
Rste trástulo tan simpático como inevitable, se encaró con Pedr&lt;', y meneando el candil- que uno
cnalquiera llrnal'la cl(I aceite, - rnmpiú A cantar con admirable brlo:

pe ó embriagado, que entraba y salla de los cal'riles sin darse cuenta..... Anduvo abí, con ti candil encendido, como alma en pena, y al llegar frente á los hornos, sentóse en un risco á pensar, hablando solo,
gesticulando. La llamarada espantosa. que salia de aquellos montículos de arcilla rcfractal'ia, con sus re·
!;impagos verde!', azules, l'Ojos, en que se fundían el cobre, el azufre, el arsénico, toda aquella endemoniada compostura de las piedras que sus brazos anancaban, le atraía: parcela juntarse en un abrazo
plutónico y aniquilador con aquella otrn llamarada. silenciosa que le devoraba las entraííae.
Paree la que el siniestro fnlgot· de aquellas cosas rugientes que se derretían en los hornos, le iba metiendo la luz, corno de un hachazo, en lo más doliente de su propio sér. Y vela ...... vela ya bien claro.
l~I hombre razonaba, y sentla que toda la amargura de su razonamiento le confortaba en vez de aniquilarlo.
- Que ese le guste máe, es cuestión de suerte: yo creo que en su pellejo baria lo mismo. Es más mu.
chacho, más alegre, tiene un don .... Que se quisiel'an antes de que un mal viento me tl'ajera aqul, es una
cosa, vaya, que tenla que pasar. Pero ¡engañarme! ¡Esos con quien se parte e) P,an y la vida ...... ! ¿Por
quú no me dijel'on: mira, esto está acotado, ¿eh? acotado, pol'que es del amigo? y ya podla quedar en el
cochino mundo una sola mujer, esa; otra mejor, la diosa de Venus, y para Pedro sel'ia como esto: piedrn,
tierra, una cosa que se ve y en que no se repara ....
Pero ¡a.hora que la quiero!. ... ¡Sabel'IO ahora! ¿Cómo los voy á mirar? ¿Para qué voy á tr;.bajar y :'1
pasar fatigas? ¡Se acabó la alegria, se acabó el mundo!
.
Y con ambas manazas en la cara, enco1·va.do por un gran dolor que entraba en todo su sér como la
.~anr¡ria ardiente y roja do un homo de fundición, quedóse allí largo rato, iluminado desde lejos por la
rspantosa llama que convertía en masa liquida y radiante, de una pureza infinita, los negros peclruscoR
arrancados al corazón de la tiena.
¿Por qué esa llama no envolvía al mundo y lo derretía, purificándolo, convirtiéndolo en un raudal
deslumbrantt', que escupiese la escoda y surgiera en {mreos chorros, abrasando en un momento tortas
las iniquidades?

358

• Abre el ojo, compaclrr,
que te la pegan,
y vas pasando por eso
fatigas negras.•
- Hola, Lagarto: ¿qué demonios cantas?
- Nalta. Abre el ojo, compadre . .. . etcétem.
- Vaya, está el día alegre.
- ¿El ella? ¿Hay aquí ella? No me habla enterado. F,3to se cstiL poniendo muy mal. Hay que írsr mlts
11li:1jo ... . A ver si esos ropasueltas acaban el piso, y nos mudaremos. ¡Hace aquí un aire . ... !
Y como ni irse Perlro, el Lagn1'lo se quedó parado, haciendo rscs con el candil y cantando í1 gritos
¡Que te la pegan,
que te la pegan,
que te Ia, r.i:~a~, ..•.
rnvolviósc aquél como un Ligrc, agarró con las manazas el b:·azo d(•I canfor, y ron nnn calma que cleR·
mimtla el semblante, dijo:
-Bastarle copletas: ahora mismo, ít decir lo que SPp:i!'; ;i ,·cr A qué viene esto.
...., " • .
-¡Ah! pero tú crees .... ¡Valiente bruto!
..
-Creo que tú nunca babias en balde, ¡granuja! Siempre quieres decir algo ..... y lo dices: te conozco. Yo te di el pan aquí dentro, ¿te acuerdas? Bueno. Pues suelta el barreno y que vuele el mundlY.
- Por mi, que vuele¡ pero suelta.
.
- ¿Yes ese pozo cola.ero? ¿Tiene veinte metro~? ¿i\Iás? . .... Pues como soy quien te está agal'l'ando,
oye: como ese candil tiene luz, si no hablas ahora mismo, de una p11tada te tiro al pozo. ¿Sabes que es
verdad, eh?
- Bueno, ¿y qué? Por eso no Yas á dejar de ser un . .. .
-¿Un que?
-Lo que la gente dice: demasiado amigo de PalJlo.
-¿Eh? ... .
-SI. Y no de ahora. De antes.
- ¿De antes? ¡De antes! A ver cómo eso eso: de antes que yo . . . . . . ¡Ya, ya! ¿Sabes lo que me parece
tocia esa música? Una cochina mentira.
-Yo creo lo mismo. Pero suelta ....
-Si no lo pensase más que tú, ahora mismo se acababa: ¿,·es? Ahl el pozo, ar¡ní li'1. Lo dicho: ,te una
patada, adiós el granuja, con lo que lleva dentro.
- Es que tenclrlas que echar al pozo {L medio mundo: :i los de arriba y á los de ahajo; ¡vaya una
salida!
-Oye, Lagarto: ¿soy un hombre de bien? ¿me emborracho? dilo: ¿soy tirano para el compaiíet·o? dilo.
Cuando algún pobre cae en esta guerra sorda de aqui abajo, ¿no acudo? Estos brazos, estas patas y el
aquel de adentro, ¿no están siempre lo mismo para el trabajo que para el compaiíero que los necesita?
Aquí, donde si los unos no somos por los otros, la vida es un cohete, ¿me has visto renegar? ¿me has ,is•
to huir ni echat· fantesia? ¡Dilo!
-O te callas ya, ó lloro; mira que lloro, porque eres bueno, y noble, y lo que te pasa no lo mereces,
¡Cofa~ rle allá aníba!
· - Úyeme: sí á mi, ¡que soy un hombre! me pagaran asi, me trataran asl, judiquearan conmigo de esa
~~nera, c~ando nadie ha ~uesto á nadie un cuchillo al pecho para que diga. si en Jugar de no, ¡óyemr,
h1Jo! te lo Juro, ¿,·es? te lo Jm·o, serla una fiera: lo más bárbaro del mundo. Porque ..... ¡caramba! ¡mira
que eso es gordo! ¡:\lira que no puede ser más gorrlol ¡A ver si encuentras algo que sea tan pero y tan
Ri¡.motivo . . . . !
h

•••

V
Con esta plldora en el cuerpo, Pedro se dejú ir il paso lento, no como otras veces, que se tl'8ga·1a el
camino. Al pasar por el fondo de la corta miró A lo alto y vió una estrella blanca que refulgía en la soledad azul. Pasó por el tt'rnel en que las máquin11s silbahan estt·(lpitosamente detrás de aquel minero tor-

,1
'/

l.

359

Bien tarde era cuando llegó P&lt;!dro á su casa: dijo que se senlla mal, y no quiso comer. Pablo no estaba: andaría poi· el pueblo enreda.do en alguna seria partida de tute ó en otra cosa por el estilo.
En la alcoba, en que apenas cabía la cama matrimonial, , ·ió Pedro la chaqueta del compañero. La
llelimpia la cogió de un puñado y la tiró fuera, diciendo:-Todavla está aquí ese asco: no tiene una
manos para echar remiendos.- Y luego, para echarla más lejos, la hizo volar de un puntapié.
-¿Ves? Lo mismo haría con tu compañero, ese cochino apóstol.
Pedro sintió que a lgo muy grande, muy terrible, iba á estallarle dentro, en el pecho ó en la cabez11:
agarróse á la cama mientras se tragaba un gemido mortal, de esos que salen desganando .... y cuando
ya tuvo fuerzas, al tenderse como quien se echa en la sepultura, dijo con voz desfallecida, entrecortada,
humilde, con la voz de un vencido:
-Anda, mujer. ¡Qué cosas dice:,!
Fué aquella, para el apó8lol Pedro, una noche espantosa. Sentía ei amargo prodigio de las distancias: aquella mujer, cuya respiración le inflamaba el pecho, estaba muy lejos, al lado allá de un abismo
infinito, de un mar brumoso y sin orillas . . ..
Tenia ali! su cuello, su corazón .... le bastaba alargar un poco las manos, crispar algo sus músculos
acostumbrados á batirse con el mineral: más blanda es la carne que la pied1,a; más pronto sale la vid~
qu~ un pedazo ~e pirita de su masa . . . . Pero siempre la distancia sería igual: dormida ó muerta, aquella
ruuJer estaría lrJos, separada de él por un abismo infinito, por un mar brumo-so y sin orillas.
Y Pedro sentia que una llama intensa y cruel a~laraba todas sus ideas: parecía vivir en otl'o mundo.
Las cosas las veía con uua lucidez desgarradora. El, que era torpe para todo lo que no fuera trabajar
dent1:o d~ min~, trabaja.ha ahora en la profllndidad del pensamiento, en el problema angustioso de su
propio v1v11·, amargado ya, destruido para siempre, como un mal trabajo que se derrumba aplastando :i
los pobres obreros que no saben lo que hacen.
- ¡Con mala veta hemos dado! ¡Ah, qué condenada veta!
Y así se estuvo hasta que la luz del dla vino á echar de la cama al mundo trabajador.
Al mediar el dla, cuando los barrenos empujaban á las gentes hacia las casas, salieron los dos apr!stoles de la suya, con el equipo del trabajo.
Pedro iba distraldo; no dijo á su mujer aquellas cosas que la solía decir con un lenguaje rudamente amoroso, áspero y codiciable como el mineral nativo, casi puro, y, por lo mismo, raro.
- Mala cara lleva el vecino- dijo á la Relimpia una de las comadres del barrio.- Cuidelo usted porque en esos pozancos en que trabajan, se cogen calenturas y baceras y cosas del padrejón que tumba {1
un cl'istíano. Yo estuve alli vendiendo aguardiente cuatro meses y siete dlas' .,v si no salgo' me entienan·,
que aquello hay que verlo. Ni las benditas ánimas estarían á gusto!
-~···
- Vea usted, vecina, cómo ese brnto ha puesto la almohada ... . chorreando· y con un churrete &lt;le
mineral que da asco. ¡Xo se qué hacen estos hombres!
'
-Eso es que el suyo ha llo1·ado. De allá abajo no se sacan más que esas cosas: calentura bacern
'
'
pa ti 1'!'J'6 n . ... y llanto. :No le arriendo la ganancia.

!ª

�360

REVISTA MODERNA.

ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NóM. 23

n
Llegó el domingo aquél que los apóstoles tenían designado para su comilona intima: como Pedro andaba malucho y muy desganado, esmeróse la Relimpia, gran gisadera y asaz primorosa, en aderezar
una comida no para mineros, sino para apóstoles de verdad y aun para obispos, según el decir de Pablo.
.Ent1·e los tres cargaron con la vianda: Pedro llevaba el talego del pan y la fruta; la Relimpia, aquellos manjares más jugosos y delicados, tales como la tortilla de jamón de patatas, el conejo encebollado,
el lomo en manteca y las suaves albóndigas en que habla cargado la mano de ajo y de pimienta; Pablo
llevaba 1\. cuestas la imponderable bota de las cacerlas, un mediano peJIPjo, cuya pez daba al vino
hlanco un saborcillo por demas áspero y agradable.
Al pasar por la fundición, salió el capataz á dar el alto.
-¿Sangramos ese horno, ó qué?
-Tráete la henamienta,-dijo Pablo descargándose.
Acudió el capataz con el jarrillo de lata, y éste por mi, este otro por la compaña, ahora esotro por.
que salga bien lo del pozo, allí se hubiera quedado bebiendo hasta el dia del juicio.
Pedro no bebla, ni hablaba, ni estaba alli: miraba con extraíia fijeza á un punto de aquel infinito
amontonamiento de rocas rojizas; buscaba con la vista aquella piedra donde se sentó en una noche triste y aflojó las riendas de su dolor, delante de la espantosa llama policroma y voraz que parecía querer
purificar al mundo. Y sin poderlo remediar, gimió de un modo tan desgarrador, tan lamentoso, que todos le miraron sorprendidos.
Pedro cayó en la cuenta y sintió rubor de su propia pena. No sabia qué decir, y como siguiendo un
anterio1· razonamiento que le hacia daño, balbuceó con doliente incoherencia, á modo de explicación,
más para él que para los otros:-No sé qué hacer .... As! Dios me maldiga si sé qué hacer; pero hay que
hacer algo.
-¡Atiza!-dijo el capataz.-En metiéndose en pozos, se van los tornillos. Poi· ésta, que es sangre de
.Jesucristo, juro que lte visto más de seis locos en la mina, y todo por esa manla de saber si )o q'\le ha_v
ahajo es duro ó es blando. ¡Duro y más duro, pedazos de bestias!
A la entrada del túnel la Relimpia tuvo un momento de vacilacióo.-La verd.td, que se necesita estar locos para venir de campo, ah!, debajo de la tierra. ¡Peste de mina!
Pedro marchaba delante sin curarse de los demás, con un aire de sonámbulo, sin ver ni olr, y murmurando como trna especie de rezo:--¡Hay que hacer algo, hay que hacer algo!
Pablo advertla fl. la Relimpia, la guiaba, la desviaba del peligro .... deciala cómo sus hermosos ojos
peligralJ11n si en una brnsca nostalgia de la luz y del cielo, mirasen hacia la sombrla bóveda cuajada de
pérfidos cirios de ,·itriolo. Eran azules, eran bellisimos; pero 111 traición se escondla en aquella gota colgante, que temblaba como una turquesa liquida á la luz de los candiles.
Y la l.'elimpia, que era de piadosas entrañas, y el dolor físico la conmovia, lloró la atroz injusticia
humana, el sufrimiento de aquellos pobres hombres medio desnudos, ulcerados, marcaJos con todas las
cicatrices del trabajo afrentoso, que en sucesiva y amarga visión se le iban presentando.
¡Qué mundo aquél! ¡Y alll vivfan hombres y bestias en la paciente promiscuidad de una labor del in·
fierno! ¡Qué riqueza negra y más hedionda!
- Vaya, sentarse y echaremos un trago,-dijo Pablo al dar vista al boquerón del piso que iban haciendo los de perpéuta.
-Aquí no: más allá. Yo os lo diré. Ilay aquí un sitio .... ¡Valientes tragos se toman alll!
Pablo miró á la lletiinpia, y ésta, apoyando su dedo Indice en la sien, hizo como que barrenaba. Alguna cosa t,mia Pedro que le bal'l'enaba el sentido . . .. no estaba muy católico que digamos.
- A&lt;]ui. ¿Veis qué buen sitio? Aqu! me senté yo la otra noche y hablé: ¿sabéis con quién? con La·
r¡arto, ese cochino embustero.
-Algún traguete se tomarla, porque el granuja no lo echa en el candil; lo cual que hace muy bien
y le alabo el gusto. Amigo, esta vida hay que pasarla á tragos: vaya, empina esa señora bota y pon esa
cara alegre. Come, bebe, y riete del mundo.
- A ver si con tanto empinar la bota vamos á dejar aqul los huesos. Yo estoy aqui amedrentada¡ si:
me da miedo de pensar lo que tenemos encima.
Y la Nelimpia miró á la bóveda rocosa, y mentalmente midió aquel monte altlsimo que se alzaba sobre !JUS cabezas.
- ¡Dios! ¡Si todo esto hiciera así, nada más que asl. ... !
- Digo que tendria razón en hacerlo-exclamó Peq1·0.-Hay aqul muchas marranadas que pedfan
eso: el hundimiento, as!, asl, poco á poco .... como yo lo baria si tuviera puños como tengo coraje.
- ¡Cállate, animal! ¡Mira que decir esas cosas aqui dentro!
Y agitada y nerviosa, la Relimpia.se pus~ en pie:--Yá~O!)OS: me p_one mala esta condenada negrura. Esto es para los demonios, no para los hom~res. ¡Y se r!en los _muy bestias!

REVISTA MODERNA
ARTE V
o:nECTOn: JE:SUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

------

( Cmcluird),
1

PROFETAS

Dl!l MIGUEL ANGEL,- CAPlLLA SIX'J'IN!,-ROMA.

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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REVISTA MODERNA.

- ¡l!:h, los amigob! ¡Cuiuao, que hay requisa, y andan tricornios de venteo!
- ¡Ah, bah! por aquí no llegan. Está esto muy hondo y hay mucho monte.
Aquellos tranquilos dudadanos, escapados de presidio unos, fugitivos de la justicia otros, todos con
su negra culpa encima ele los lomos, trabajaban á. jornal, para un contratista tiránico, empleados en una
faena homicida, pero contrntos de no ser esclavos ele la sociedad; de ser libres en algo, en esto de morir siquiera.
Y por catorce reales, daban barrenos, metidos en una charca de agua verde, corrosiva, que les ulrrraba espantosamente las piernas, y por toda defensa se ponían tapones de cera en los boquetes ulcrrosos, en la carne recomida .. ..
Desterrados de Ja luz, preforlan aquella libertad negra, aquel mundo dantesco en que morían aplastados, despedazados, envenenados, corroldos, hasta al punto de ver la blancura de sus huesos; su propio esqueleto moviéndose en el afán de la·,•¡da, debatiéndose en un infierno sin esperanza, pero libres al
fin, en esa bárbara libertad del dolor y de la muerte.
Acabado el cigarro, subieron los apóstoles á. su piso, graves, silenciosos, atentos á toda señal de peligro. Ya no habla vida por alli, ni luz, ni movimiento. Era un gran espacio deshabitado y tranquilo.
La soml&gt;ra lo llenaba todo.
Antes ele llegar á. la caiia donde estaba el pozo, oyeron el martilleo de sus barrenero~, y, saliendo
de la hondura, la copla clásica, el gemido popular, cristalizado como el mineral en aquellas rrgiones
1rnhtcrránras:
•¡Pobrecitos los minero~,
qué desgracialtos son!•

ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE NOVIEMBRE DE

1901

NúM.

21

REVISTA
ARTE V
OtREC ron: JESlJS E. VALEN7.UT&lt;::LA.

CIENCIA.
,Tf.::FE DE REDACCTON:

.n::sus

URUETA.

Ti p. tlt D11l,l ,i&gt;1.

LOS GRANDES POETAS NORTE-Al\fERICANOS.
DISCURSO DEL SR. BALUINO DA VA LOS.
IC:URA08 un bosque inmenso en donde la naturalt•z1. hubiese tlesarrolltulo con

llI

El muchacho del tordo dorrnla como un bendito en la plataforma de dos tablones tendida sobre rl
pozo. l'n vuelco algo violento, una pesadilla, nada, cualquier cosa, y rl much11cho hubiera e11ldo á trrinta metros, encima de los barreneros. Allí se ,·i vla ele milagrn.
La luz de los candile~ salla del pozo con una claridad tenue, mo1 tecina
Pablo, de un puntapié despertó al muchacho, en tanto que Pedro, echado sobre el cilindro del torno,
gritabit á su gente: ¡Aquí estamos ya! ¿Ha habido algo?
-Nada. Cada ,·ez más m!\s &lt;lura. r•:stos llevan toda la carg 1.
- Pues á pegar, y afuera.
l'no &lt;Ir los trabajadores se cogió á la cuerda, hizo In lazada por lu que pasó el muslo, y puestos al
torno los dos apcísl ol es, subiú rápidamente, en tanto que el compaiíero quedaba 71ega11do. Con la luz del
candil dió ruego á las mechas, que á esto llaman pegar, y asii:ndose á la cuerda, subió luego; apenas
echó el cuerpo fuera, se retiraron .odos á la galería central, y el muchacho, bamboleando el candil, dió
las voces de ¡pegao esfd.' según es de rigor y de saludable costumbre.
-Las mechas esas tienen fallas. Hay que cambiarlas, porque á lo m&lt;&gt;jor se corren, y va á. haber
aquí una san f'ran cía el ella menos pensado- dijo el barrenero.
-::'lle engañaron en el almacén. Ya vola,·on el otro ella cinco de la pe1·1 éula, y es eso que las mechas
no sirven, y no las tiran aunque reviente ol_munc\o. ¡Asl reventaran ellos!
F.n esto, los dos baucnos hicieron explosión.
- ¡lh1e1rn carga, compadre!
- La que admitieron. ¿No lo dije?
-¡Ya habrán drjado bálago! Ea, puc~, á descansar, que para nosotros so hizo el mundo: echa una
mano, chiquillo.
Y uno en pos de otro, los apóstoles bajaron al pozo, lleno aún de vapores y de polvo, y de ese olor
1le la dinamita, que hace añicos la piedra mlis dura, y cuanto más dura, mejor.
En el acto se pusieron A escombrar, á. limpiar el pozo, y allá iban volando los esportones, á los que
1111 mal movimiento los hubiese volcado sobre aquellos hombres que no tenían huida posible.
Empezaron después A embocar sus barrenos, y golpe tras golpe se fueron enfrascando, hablando á
vuc,•s rle sus cosas, á veces silenciosos, absortos en la faena, en aquella lucha brava &lt;&gt;n que el músculo
y el acero atacan á. la roca y la roca se resiste con su plutónica dureza.
Los dos ap,íslolr-s hablan venido ali! de lados distintos, empujados por In necesidad y el trabajo: primero, Pablo, que tuvo ,·arias alternativas en su vida de minero, -:,· cuando se vió con algunos posibles,
los malgastó, los disipó en breve vida rrgalona, única que concebía digna del hombre. Después llegó
Pedro, entre un turbión de geute sin trabHjo, gra,·e, ajuiciado, de blanda condición, y en todo reglado y
serio. El azar del trabajo los juntó un dla, y ya no se separaron, Acaso afirmó su amistad la diferencia
de caracteres, pues cada uno admiraba en el otro lo que en él faltaba.
r Conti nuará),

exuberancia toda la vida, toda la energla, toda la potencia virtual de sus gi·rmenes, con fecundidad de madre universal y potente, y que libre, ,·igorosa,
pródiga en su inagotable abundancia, y sin la pasiva labor del lento transcur
so de los siglos, de un solo empuje poderoso y resuelto hubiese hecho qu&lt;&gt; la
creación se efoctuara .... Alll la vegetación derrocharla sin esfuerzo un cau
da! perenne de helleza sobre los mil detalles á. que extiende su manifestación
el alma de la flora; alli lo necesario y lo fortuito, lo caprichoso y lo elrlibcrarlo,
lo fino y pomposo como el lirio silvestre, y lo tosco y salvaje como el tronco
fuertemente 1111,loso y rudamente erguido, tendrlan la noble y espontánea expresión de su forma; las flore~, las hojas, lasco: tezas y aun las piedras, al amor de la luz deshecha en matices, lucirían iL la limpi·
dez del aire, y á la. frescura del rocío, y á. la fecundación del sol, .,· al embelesamiento del misterio, y ;\.
la consagración del tiempo, supremo santificador de lo g rande!
l•'.n eso bosque he entrado: vagué en él con asombro; seguí curioso sus sendas intrincada~; penett i·
rn su espesura; me aproximé á la margen ele sus torrentes, siguiendo complacido su curso ó remontándolo en busca del manantial apacible para. clavar los ojos en el mistel'io azul de su fondo; más ele una
nr. me detu,·e t1 reposará la. sombra de sus árboles, repitiendo menta,nente los trinos oídos al pasar, ú
ya perdido en las inextricables malezas que encubren á menudo peligrosos pantanos, sorprendl en el gri·
to estridente de un gran cuervo la nota polar de mi camino; y ,-¡ también entre sus llores los asfódclos
del nuevo arte cultivados con mimo por los gnomos que peregrinan hacia un inquietante ideal aun no
entrevisto, y aspiré las brisas embalsamadas de gloria y sápidas á resinas naturales,·" muchas veces me
adormecl al hechizo de algún himno solemne y religioso.
En ese bosque entré, y de ese bosque vengo para contaros no lo que vi, sino lo que he admirado, no
lo que es, sino lo que me ha parecido; y os daré lo que traigo: unas cuantas impresiones vivaces, tres ó
cuatro paisajes esbozados de prisa, el ritornelo de algún gorjeo perdido, la fugitiva silueta de algunas
~ombras ... . y varios nombres gloriosos!
Si: supe alll de muchos seres que en esplritu lo habitan, cuyos nombres recogla mi oído á.vidamen•
mente. Es todo un mundo de almas que se han estremecido de emoción y que de emoción me estremecieron, un mundo nuevo dentro del Nuevo Mundo, creado de ayer á hoy, desarrollado en menos de un siglo, emanación de un pueblo que pasma con su modo grandioso ele improvisar prodigios; un globo
transparente de poesía cristalizado preciosamente en el centro de una enorme hornaza de tt·abajo.
¿Los primeros nombres que oi? Fueron muchos, ele esos que solamente se nos dicen cuando preguntamos por ellos: nombres humildes, de humildes seres desaparecidos de la memoria de los hombres y recogidos alguna vez, no por la piedad ni la veneración, sino por la paciencia, en los anales literarios de
cada pueblo. ¿A que repetir ninguno de esos nombres, si no han de hallar eco en vuestros recuerdos, ni
Riquiera dejarían en niestro corazón la reminiscencia de una simpatla pasajera?
Para que el fuego de la poesla arda en el pecho humano, basta que los sentimientos que alll suelen
albergarse no se hayan convertido en cenizas; que alguno predomine ó persista en los momentos en que
la vida ó la naturaleza le envio una rAfaga pasional, feliz ó desoladora, poco importa, pero ,·iva. J\Ias si
la llama ha ele manifestarse y alumbra1· inmortalmente, preciso es que la produzca un combustible rico,
,\' que esplenda con fnlgor excepcional de intensidad y color propios, de forma hermosa y nueva qur
la distingan ele las otras y no permitan eonf1tndlrla nunca ni con las llamaradas que más 11e le parezcan
F.n nuestro vecino pueblo del Xorte, d1trante los dos primeros siglos ele eu existencia, rl diecisietr,
en que la inmigración fué colonizándolo, y el dieciocho, ósea el de su independencia, siglos que die·
ron A Inglaterra los nombres de Shaltespenre, l\filton 1 Dryden, Swift1 Addison, Pope, Johnson y Burns,

�330

REVISTA MODERNA.

y en que México produjo cuando menos una Sor Juana lné3 y uu Alarcó:1 1 gracia~ á. la plena 111:i•lurez
de la grandiosa literatura española; en el vncino pueblo, repito, esos dos siglos no legaron á la literatura un solo nombre inolvidable: los deseos habían tenido otras miras, los esfuerzos habían tendido á otras
glorias; las energlas se hablan empleado en la conquista del suelo, en la c1·eación de la riqueza, en el
establecimiento de la religión, en la educación de la inexperiencia, en el reconocimiento de los propios
derechos, en la conquista de la libertad. ~aclan por todas partes las universidades, pero aun no era
tiempo de que esparciesen su eficaz contingente de ilustración y de ciencia para enseñar á las ideas á
presentarse bien y á engalanarse con elegantes vastiduras. Las primeras, quid, (lUe aparecieron con
cierto ropaje literario, y éste muy sencillo y severo, sin la µrnuo1· pompa, ni bizarrla, ni aliño, füeron los
escritos de Franklin, gran sabio, gran político, gran pensador; pero á quien no puede llamarse un literato. Las letras no existieron allí, sino hasta que Washington IrYing, en 1809, publicó su primera obra do
importancia, la •lí:nickerbocker History of New York,• y en cuanto á la poesla, ·que es á lo que únicamente me propongo referirme y es posible hacerlo en ocasión como é3ta, en que la brevedad se impone,
no alentó con vida fecunda y viril, sino hasta que un joven, casi un niño, Bryaat (quien tenla entonces
dieciocho años), en un inspirado momento de meditación sobre la muerte, lanzó en 18:6 su 1'/wnafopsis á la justa admiración de sus contemporáneos. ¡Quién hubiera dicho entonces al joven poeta, que
su vida se prolongaría hasta dejarle ver el mayor florecimiento de aquella poesla cu.,·os albores le habla
tocado presenciar, y cuya prim3ra nota personal y dnrable brotaba de su alm1!
Hubo, con todo, en medio de los primeros balbuceos de aquel lenguaje poético, cnando las avccillu
del lirisml ensayaban sus vuelos y sus trinos, cuando comenzaba á agitarse en 103 C3pil'itu3 el inmortal
anhelo de explol'l\r el muodo de la inuginación, lleno de tentadores misterios; da recor1·e1· con él la Ól'·
bita inmensa del ensueño y contemplar bellezas nunca vistaQ, hubo entonces, sin du'la, quienes on momento feliz sorprendieran al paso la sensasión fugitiva, la idea profunda, la esperanza indecisa, y cautivaran la mariposa ideal, con la redecilla de la canción ligera. Asi Philip Fl'eneau, en cuyas venas corda sangre francesa, escribió con delicada gracia sus cantos patrióticos, que aun suelen citarse, aun•
que rara vez son leídos, y John Howard Payne dejó unido su nombre á la famosa canción •Homr,
Sw' eet Home,• extra Ida de una de sus muchas obras d1·amáticas que el o!,' iuo sepulta, y Dral.e fn(, una
grande esperanza que la mnerte1 torpe segadora, no dejó marlura1·. H&lt;J querilo, sin embargo, antes de
abandonar el cementerio ruinoso, recoger unas quPjas que suenan todavía como un lamento prolonga•
do á través de un siglo, y que sigue siendo plácidamente acogido en los corazones sensibles: las estancias de Hichard Henry Wilde, compuestas mu~hos años antes de que el Romanticismo apareciera. Oidla~, prestándoles con vuestra propia imaginación la poética vaguedad qne han perdido en mis versos:

Mi vida es cual estiva rosa
que se abre al cielo matinal,
,\' que al caer la tarde hermosa
rnocla marchita del rosal¡
pero en su humilde lecho frio 1
vierte la noche su roela
cual triste llanto de pesar,mas ¡ay! por mi no han de llarár.
Mi vida es cual hoja de otofio1
c¡ue al rayo pálido lunar,
tiembla en el último retoiío
presta á arrancarse y á volar¡
pero antes que huya, la deplorn
el árbol con la gemidora
queja que el viento al pasa1· damás ¡quién por mi suspirará!
:\li vida es cual la débil huella
que en una playa deja el pie,
mientras la ola no se estrella
sobre la arena en que se ve;
pero ese mismo mar, que osa
borrar la huella misteriosa,
rugir parece de pesar,mas ¡ay! por mi no han de llorar.

Mediaba ya el siglo XlX, y la literatura, en analogla con todas las oti;as manifestaciones intelectuales, florecla plenamente en Norte Amórica, cuando el gran novelista Dickens, el más grande quiz,'l que
haya producido Inglaterra, pues que superó á \Valter Scott y no ha sido supe1·ado poi· George Elliot, al
desembarcat· en Nueva Yo1k en su viaje á América, la primera pregunta que formuló, t'ué ésta. ,¿Eo

REVISTA .MODERNA.

331

dónde está ll'.·yaut?• Ury~nt! tal era el nornbre que se irnponla entonces. El autor de Thanatopsis se hallaba en!ª ~itad de su vida Y ya gozaba de celebridad europea; ya no era una grande esperanza, sino
u~a glona cierta'. ya .en ~~s versos no había intermitentes claridades, sino una luz continua y clara.
Cierto es que su_ '.nsp11·ac1on no fué muy alta, ni muy poderosa, ni muy variada; siempre k, caracterizó
una contemplac10n serena, una ecuanimidad inaltt"rable, y la critica moderna sólo á cuatro ó cinco de
sns producciones no les escatima su elogio. ¡Ay! es tan destrnctora la vida! l\Ias en este escaso níimei·o
d_e versos de indisputable mérito, y en todos los demás que e3cribió, se rernla un poeta de buena cepa,
s 1 no un gran poet~, se ve obra consciente y no acierto casual; se advierte la fecundación del pensamiento en un cerebro vigoroso J grande. L1s fuentes ele su inspiración estuvieron en la naturaleza y en su
temperamento reílex!v.&gt;, no en su corazón, ni en la delicadeza artlstica, á que Longfellow, y especial~nente Poe, debu_lan _s_u grandeza. Pero en su poesla hay siempre un aliento tan sincero y solemne, que
mfunde una adm11'1\c1on respetuosa. En las composiciones encomendadas á la hábil recitación de Urbi•
na, apreciaréis esta impresión, mejor de lo que yo pudiera explicarlo.
He ~ich~ un nombre que sucede, y se une, y aun eclipsa al de Bryant: el nombre de Longftlllow.
I:;1101:~ s1 fue tan precoz su inspiración como la del primero, ni tampoco me he detenido á. ínquiril'lo de
sus b10~rafos, porque me hubiera bastado abrir por cualquie1· parte un tomo du sus verso~, repasar
cualqmera de sus estrofas para saber que quien las habla escrito era poeta desde la cuna: el primer rayo de sol que penetró en sus ojos debe haber tropezado con un rayo de poesla ávido por brotar de su
nlma. Con él nació el verdadero poeta nacional norteamericano, el poeta cuyos versos sonarlan familiarmente en la imaginación curiosa de las ladies, en la contemplación reflexiva del hombre grave y en uoca del pueblo. Su poesía era un raudal espontáneo que del corazón lt! manaba manso y caudaloso como las aguas del Iludson. Quien una vez lo haya leido tiene que amado, y siempre se acordará. do ?I
con ~l g1:ato recuerdo con que se rememoran las frescas ilusiones de la jn,·entud. Sabe conmover porque el mismo canta poseldo ele una emoción ve1·dadel'I\ y porque su pecho no tiene puertas cerradas á
las_ impresiones que lo agitan, sino que las descubre, y las impulsa y las dispersa con la naturalidad de
quien no acostumbrn ocultar na·la, y las traduce sin esfuerzo en la m \s bella forma musical y artlstica.
Aunque m:i.s espontáneo, era en sus procedimientos casi tan minucioso com:i Poe. J&lt;'ué el introductor del
hexámetro dactllico en la versificación inglesa. Predominando en su modo de ser el sentimiento personal Y dado su temperamento un si es, no es, fomenino, tuvo el raro mérito de no incuri·lr jamás en el sentiment_alism? ~ue hace insoportable la poesfa afoctiva. El célebre consejo de Ho1·acio dolend¡¿m est primmn ipse ti_bt, parece haberle servido de norma á su carácter. Del cariñoso abandono con que dl'jaba
escapar las ideas bandadas de alondras, se desprende un encanto penetrante y suave. Sus faculta
~ades poétic~s, además, habian hallado singular flexibilidad en el conocimiento de las literatnras extqrn
Jeras_ á que mces~ntemente le llevaba su inclinación favorita, y es cosa sabida que, ,moque Br.raut futl
el pnmero en abrn· á sus_ contemporáneos una senda hacia la poesla española, Longfellow se complacla
en hacer magnificas vers10nes, como la que escribió de las coplas de Jorge l\lamique.
?ºn tales facultades creadoras, su natural fecundidad y los muchos años qu¡; se prolongó su exis·
tenc1a, no es raro que haya escríto mucho, ni que cutrn lo suyo uo todo sea excelente. ,Escribió doma•
siado,• ha dicho de Longfellow, Emerson, otro poeta célebre y filósofo amedcano. Si, escribió demasiado, ~~ro eu la demasla de sus escritos está contenido mucho bueno, y esto basta. La fuerza de su con•
cepc1on no desfallecla en las obras de aliento; de suerte que lo mismo encomiaba los grandes ideate6 de
la humanidad en composiciones breves, como en •El Salmo de la Vida, ó en •Excelsíor,• que refería en
extensos poemas, aventuras caballerescas, como en el •Estudiante Español • ó idilios de amor como en
' poema que oo/npuso,
'
• F,vangeJ'ma,• ó leyendas heroicas como en •Híawatha,, quizá el más hermoso
digno de que se le llamase la Canción de Gesta del pueblo americano.
De sus piexas fugitivas, he querido recoger la más bella: un primor de delicadeza, de poesla y de
forma.
Un dla_ fatigoso por molestas contrariedades, ó penosos esfuerzos, ó sólo por la inestética vulgari·
dad de la vida, el poeta, de vuelta en su tranquilo hogar, descansando cómodamente junto á la ventana
desde donde divisa á lo lejos las casas del pueblo, contempla cómo va declinando el dla en la luz morte'.
cina del crepús~ulo, c~mo
acrecentándose la sombra por la niebla nocturna, y la tristeza del paisaje
Inunda su esplntu de mfimta melancolla al vago pensamiento quizás de que aquel aspecto de la naturaleza no e_ra sino la reproducción incesante de la eterna transición de las cosas: nacer, vivir, morir. La
muerte s10mpre al cabo de todo; la muerte de la luz, la muerte del dla, la muerte de la ilusión, de Ja es~~ra~7.a, del deseo; la ~uerte amenazadora, desesperante, inevitable. El dia agonizaba y el poeta se sintw triste, pero no de tnsteza amarga y dolorosa, sino de esa melancolla consoladora que suelen sentir
los corazones ~enel'Oso~,. extt·año sentimiento en que se confunden la piedad, el amor y la impaciencia
de con_oc~1· el bien defin1t1v?· Entonces el po~ta, no solicitando un consuelo, no buscando una divagación,
no Pº'. airancars~ una espma punzadora, smo para acompañar su propia emoción con la emoción ajena,
se dirige á. la muJe1· que está. á su lado, hasta cuyo corazón se ha comunicado quizá la miBma impalpable
melancalla, y le dioe estos versos:

:ª

Mnrió el dla, las alas de la noche
su sombra caer dejan,
como la oscura pluma desprendida
del águila que vuela.

i,

�REVISTA MODERNA.
332

REVISTA MODERNA.
Brillan tras de la niebla y de la lluvia
las luces de la aldea,
y al verlas, siento el corazón henchido
ele súbita tristeza:
de una honda inquietud, ele un vago anhelo
que no parece pena
y que no es al dolor más semejante
que á la lluvia, la niebla.
Ven á leerme unos sentidos versos,
algún dulce poema
que calme esta inquietud y que disipe
las vulgares ideas.
No quiero nada de sublimes bardos,
ni de grandes poetas,
cuyos lejanos pasos formen eco
del Tiempo en las riberas.

l1 ues como el son de las marciales marchas,
sus versos nos despiertan
el afán y el esfuerzo de la vida
y hoy paz el alma anhela.

1)e un humilde poeta escuchar qltiero
las palabras sinceras
que broten de su alma como !,\grimas
que de los ojos ruedaó.
be un poeta que tras penosos &lt;!las
j' trás noehes de prueba,
aun guarde en el espiritu harmonfas
de misteriosas cuerdas.
i-;sos los cantos son que el pulso inquieto
amansan y sosiegan,
los que vienen, después de la plegaria,
cual bendición serena.
Búscame de tu libro preferido
el canto que más quieras,
y al blando hechizo de tu voz canora
las rimas se embellezcan.
La noche, entonces, cantará y al punto
levantarán sus tiendas
los cuidados, cual árabes medrosos
que hacia el desierto huyeran!
Sólo breves palabras os diré de John Gre,m!eaf Whittier, de quien os traigo traducida también con
la mejor voluntad y buen deseo, una do sus más sugestivas producciones. Lo mejor que en su elogio
puedo decir, es que ha sido el único poeta que comparte en su pals la simpatla profunda, ilimitada y ardiente que á Longfellow se tiene. Fantasía despierta, inteligencia viva, sentimiento rico, ha sido un despilfanador magnánimo de la preciosa pedrerla de su imaginación, y rara vez se cuidaba de recunir ú
los engarces del arte para legar A 111. posteridad irreprochables joyas. Es, para mi gusto, superior á. Holmes, y aun á. Lowell, de quienes me veo obligado á. sólo consignar los nombres. Cuando pasen por vuestras manos las poeslas de "\Vhittier, no dejeis de leerlas, y os s0rprenderán el poder y la melodla de su
lirismo. Sobre todo, leed «Bárbara Frietthie, • y este cuadro idílico de encantadora sencillez y enconada
il'onla contl·a. la mezquindad é hipócritas exigencias de la vi la mo clerna. Hablo ele l\Iaud l\fnller. Pres
tadle toda vuestra atención pues la merece

MA.UD MULLER.
Magda Muler, un dla veraniego
el heno rastrillaba con sosiego.

Bajo el tosco sombrero de aldeana
brilla su hermosa faz rústica. y sana.
Canta y trabaj:i, y su canción sencilla
repite desde un árbol la. pardilla..
l\Ias al mirar á la ciudad, que asoma
blanca en la falda de distante loma,
calla su dulce voz y vagamente
rara inquietud dentl'O del pecho siente,
extraño anhelo que decir no osara,
de algo mejor en su existencia ignara.
De la. ciudad, el Juez viene bajando,
la crin castaña del corcel frotando.
Vuelve la brida en la arboleda umbrosa.,
por saludar á la doncella hermosa,
y agua le pide de la fuente pura
que cruza el prado y corre á la llanura.

Del más fresco remanso, la rapaza
llena. al instante su estañada. taza,
y roja de vergiienza por su ropa
y sus descalzos pies, tiende la copa.

•Nunca, pl'Orrumpe el Juez, mejor bebida
por más hermosa mano fué ofrecida. •
Y le habló de la yerba, de las flores,
de las aves, de insectos zumbadores,
del campo, de la siega, de si acaso
vendrían nubarrones del ocaso,
y)\Iagda se olvidó de su desgairn
y de su linda pantorrilla al aire,
y Avida oía, inmóvil la pestaña,
llenos los ojos de sorpresa. extrafía,
hasta que el Juez, como quien ve quo aliusa,
se despidió diciéndole una excusa.
,ilirándolo partir, Magda decla
suspirando:-•Su novia yo sería!
De raso él me vistiera, blanco y fino,
y brindara por mi con rojo vino.
P;ldre su grueso casacón tendría,
y mi herma.no su bote pintaría.
Para mi madre un traje muy decente,
y juguetes al niño diariamente.
Yo al infeliz, abrigo y pan le diera,
y todo servidor me bendije1·a.•
Atrás el Juez miró, ya·en la colina,
y aun en pie á l\Iagda vió, gallarda y fina.
«Forma .mejor ni faz más delicada,
la fortuna de hallar fuérame dada.
Y su modestia y actitud serena .
la. hacen a.parecer prudente y buena.

333

�314

REVl~TA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

Si fuese mili, y yo, cual la doncella,
un segador del heno que corta ella,

su pipa enciende, y fétido á cen•eza
inclina, dormitando, la cabeza,

uo Yivicra entre pleitos de dos faces
ui tantos leguleyos leuguaraces.

ve á su lado un correcto caballero
amoroso y cortés, fino y severo,

i\lu.,ir
overa
al buey, cantar
i1 el a,•t•,
o
J
•
sano, robusto, amante, quieto y grave.•

y se consuela de su bieu perdido,
exclamando no m;\~: •Pudo haber sido!,

lilas recordó A su madre, á sus hermanas,
do su alto rango y su riqueza vanas,

Infortunado Juez, triste doncella!
Potentado inftiliz, perdida estrella!

y ol J ucz, cerrado ol corazón, al uoblo
corcel azuza, y huye á troto doble.

Piedad os tenga Dios! .... piedad nos guarde
á. todos cuantos vemos, ya muy tarde,

Esa tarde, alelado, en plena cortr,
dió en golpear la mesa al pianofortl•,

en confines lejanos y risueños,
disipados por siempre nuestros suefio~,

canturreando un airecillo á. Elisa,
,¡ue á sus colegas le causaba risa;

y hemos la triste frase repetido,
la más triste quizás: •¡Pudo haber siJo!

y ella, en la fuente, pensativa ci;tal1a,
siu uotar que la lluvia comenzaba.

Porque todos guardamos sepultada
una grata esperanza malograda,

¡:;¡ halló esposa. do cuantioso dote

cuya pesada losa, á nuestras prnces,
hacen rodar los ángeles, á veces!

quien, como él al poder, amó el escote.
Pero en su duro corazón luciente
de frlo mármol, suele de repente
ver la imagen de Magda que atraviesa
cou los ojos abiertos de sorpresa.
Y al mirar frente i1 bi un ,·aso ele viuo,
su~pira por la fueute del camino.

1 en SU$ ricos saloues repujados,
cierra los ojos por fingirse prados.
Y el grave magistrado, bUspiraudu
dice: •Si fuera libre, como cuando
al bajar rni caballo la coliua,
divisé:\ la. descalza campesina!,
Ella se uuió á un patán pobre y grosero,
que ele chicos le ha dado un semillero,
y el trabajo, y la pena, y la crianza

serios motivos son do su mudanza.
Y también, cuando el sol ardiente expira,
si el heno fresco rastrillado mira,
y oye la risa plácida y risuefia

del agua que en la fuente se despcfia,
mira hacia la arboleda y le parece
que un gallardo jinete se aparece;
,. con tlmida gracia, enrojecida
baja los ojos y huye de la vida.
De su cocina los estrechos muros,
como en Yirtud de mágicos conjuro~,
se abren á. veces en brillantes salas;
vuélvese el torno, piano; el hollin, gala~;
elegante candil, la humilde ,·ela,
y en Jugar del patán, que en la pajuela.

335

¡(.¿ué trágica y sencilla manera de presentar un idilio! ¡Con qué grito de suprema angustia y dolor
unirnrsal da carácter humano y condensa en un sollozo eterno la historia, siempre vieja y siempre nueva, como la llamó Heine, de un caso de amor no realizado. Esta composición de Whittier es de una ficción poética tan estrechamente unida á. la realidad, que quien la conozca no dejará de guardar un paisaje inolvidable y una frase que en lo sucesivo repetirá más de una vez: •¡Pudo haber sido!•
Sólo hablaré yo de dos poetas, pero ¡qué poetas! Cualquiera de ellos merecerla, y lo ha tenido á me•
nudo, el homenaje de un exclusivo y minucioso estudio. A11te la. imposibilidad de emprenderlo, no os
daré de uno y otro más que una ligerisima semblanza de su carácter literario, cuando para conocerlos
fuera preciso analizar detenidamente su vida, sus obras y su genio. Llamáronse \\'alt \\'hitman &lt;'I uno.
Edgar Poe, el más grande.
Fué el primero, un esplritu inquieto nacido del seno dd pueblo rudo, dt:I pueblo habituado al traba,
jo áspero, á las faenas pesadas. Dotado de una extraño talento y creyéndose profota con misión do pro•
pagar sus propias ideas, enalteció la igualdad, la democracia, el trabajo material, las reformas útiles, los
progresos estupendos, las conquistas bravas y temerarias. Se preocupaba más del conjunto que de los
detalles, ó al menos, así lo creía él, aun en los casos en que practicaba precisamente lo contrario¡ es decir, cuando el pormenor y la minucia absorbían su atención to la. Desdei1oso por sistema de lo accesorio,
de lo convencional, de lo rutinario, de lo preceptuado, desechó sin miramientos de su forma poótica, el
metro y toda rima obligada, quedándose únicamente con el ritmo, no por condescendencia, sino porque
no podrla descubrir los medios de proscribirlo. Su ritmo, con todo, no es regular ni armónico, sino ca•
prichoso en extremo. De suerte que su versificación, si es licito designar con esta palabra lo que nunca
ha significado, es para la generalidad de los lectores, de lo mAs intolerable y estrambótico, y sólo unos
pocos la admiran como forma exquisita y ura. En su pals, especialmente, donde su modo de entender
la democracia difer!a tanto de las ideas corrientes, donde su enemiga á las instituciones y al convencionalismo repugnaba tanto oon las práoticas generales, donde sus excentricidades poéticas, el más importante elemento á que ha debido su celebridad en oti-as partes, rompía con todo lo conocido, desorientan•
do las ideas y oscureciendo de confusión la mente; en su pais, amante de la claridad y de lo positivo,
uo ha. llegado á. alcanzar la fama y reverente admiración que le tributan en Jo,¡ cenáculos literarios de la
moderna Europa.
La concepción poética de Whitman aparece principalmente caracterizada por una imaginación ágil,
activa, meridional, casi francesa, llena de esplendor y de ti-ansformaciones, imaginación que hace pensar
en los afios de vida vagabunda de " 'hitman, imaginación capaz de los más raros hallazgos y de la más
iusolcnte Yulgaridad. Sabia encerrar sus ideas en el molde caldeado de la impresión viva y quitarles
luego su momentúnca forma á merced de un pasajero capricho ó de un voluntarioso arrebato. Aunque
es imposible lra•lutirlo dándole una forma analógica, ensayo el decil'Os este cauto suyo .1 la Dcmo·
cracia;
Venid, yo haré que el Continente indisoluble sea,
Yo haré la más brillante raza que el sol alumbrará,
Yo haré tierras divinas y magnéticas
Con el amor de hermanos
Con la vida de amor de camaradas.

�386

REVISTA .MODER!'JA.
La hermandad plantaré, fuerte cual troncos
á la vera de todos los ríos americanos, y á la
orilla de los grandes lagos,·y sobre todas las pradera~;
Yo haré indivisos pueblos que unos á otros se
cilian con los brazos por el cuello,
Con el amor de hermanos,
Con la vida de amor de camaradas.

Al pretender hablaros ele EJgar P.ic, me acomete un santo pavor, pero me salva un i-ecuerdo: pien so en que no es él un extraño para nadie, que á todos nos ha asombrado con sus extraordinarios relaLos; que su nombre ha corrido de boca en boca llegando á hacer ya tan fa.miliar, que comenzamos á olvidarno3 de su país y de su época para colocarlo entre los poetas universales y de todos los tiempos,
bañados perpetuamente por la luz de la inmortalidad. Conocéis su vida, sabéis sus desventuras, habéis
sentido el pod~r subyugadot· de su genio. E,; de un amigo, de un amigo excelente de quien os hahlo, ya
que es muy común que entre los muertos ilustres á quienes no tratamos nunca se cuenten nuestros mejores amigos. Era, como poeta, un sér excepcional en quien ·concurrían á format· la gran facultad creadora de que estuvo dotado, las aptitudes de un artista exquisito; la delicadeza más impresionable á las
manifestaciones, aun las más abstracta~, de la belleza; el sentimiento más depurado y fácil para la vi bración, y una imaginación caudalosa y una ideación pintoresca y un oído que adivinaba las melodías
que deben cantar dentro de las palabras para que siempre y siempre suenen deleitosamente en el alma.
Da todos los poetas de América, él es quien m:is ha influido en la literatura francesa, y en la literatura europea, y en toda la literatura moJerna, ya qne de cuarenta a1ios acá, ninguna inteligencia electa, ningún
espíritu curioso, ningi'.rn batallafor Je las letras puede haberlo desconocido por completo. Aun entre sus
contemporáneos, á muchos tuvo cautivos con la novedad de su genio. Fuera de su país, talentos de primer orden, como el de Baudelairc, como el de l\Iallarmé, han buscado el contagio regenerador de aquella poesía enferma, anormal, siniestra, taciturna y triste, y amándola, enalteciéndola y propagándola, infiltraron en sus obras aquella pura esencia, de donJe muchos han extractado también substancias tóxicas para excitarse el de3equilibrado ingenio. Los decadentes de hoy no provienen de Vedaine, no descienden de Baudelaire, proceden de Edgar Poe á través de los últimos. En cuanto á Poe, no es posiulu
lijarlo antccesore~; su inspiración arranca de su propia originalidad: no tuvo maestros, no Ltwo aholengo
literario, no tuvo inspiración refleja; es único, os él.
Siempre ha habido artistas que en la esmaltacióu de la frase y cu la irisación del ver:;0 1 e111plce11
quiutalcs de escrupulosidad y de buen gusto; siempre ha habido pensadores que conclenscu con la virtud concrcliva de la penetración, un fondo de verdad abstracta cu una imagen; siempre ha habido supersticiosos y visionarios que interpreten las apal"iencias de Jaq cosas ó sus alucinacione~, como anuncios fatídicoB; siempre ha habido filósofos que tiendan un hilo ordenadot· á los hechos, inadvcrtiJos du
que las verdades que adquieren se les desprenden á momentos, para rodar al montón de las f.-uslcrias
engañosa•; pero el arte de P.ie, la im:iginación de P.ie, el tempet·amento de P.ie, la profundidad que se
adivina insondable en su raciocinio y en su emoción, únicamente en él se amalgamaron, produciendo un
maravilloso conjunto de sinceridad y artificio. Y es que contaba con una fuerzil. suprem1: la claridad,
,·irtud perdida para tantos; una transparencia inalterable de sentimiento y de reflexión, da exp:·csión y
de ideas, que deja á descubierto los pensamientos como las esti-ellas en una noche diáfana.
Tampoco era un vano ornamentista de vocablos ociosos con epítetos vacios: aun en su, com¡1osicio 11es puramente melódicas como • Las Campanas, • aun en las más engrilladas con la rim:i dificil, como
• 1&lt;:l Cuervo,• aun en la!; que su autor mismo llamaba •composicione11 g1·oseras de su primera a'.iolesccucia,• la palpitación del pensamiento es sensible. Pero donde la personalidad de Poe se destaca especialmente, es en los cuadros, un tanto simbólicos en que trazaba las impresiones más vivas de su vida, .cu
las extrañas baladas pasionales y aéreas, donde el ensueño y el amor volaban juntos. De entre ellas he
elegido una, y esforzándome en conservar la mayor fidelidad posible, me he atrevido á despojarla de sus
mPjores galas para daros algo de Poe, aunque sea en forma opaca y desvaída.
l\Iallarmé, hablando de esta poesía en sus escolios al gran poeta, refiere lo siguiente: ,No es un misterio que la Elena que suscitó el incienso divino del canto de amor dejado por Poe, es una de las más
brillantes poetisas de América, !\frs. Sarah Helen Wihtman, muerta hace poco y con quien el poeta pensó contraer segundas nupcias en 1848. La prime1·a vez que la vió, solitario y noctívago en una ele las
calles de Pro\'idencia (Rhode Island), antes de entrar en su hotel, fué á través de la verja de un hermoso
jardín: quedóse largo tiempo respirando la belleza de la dama y de la hora. Esta nobilísima mujer, autora de •Horas de vida y otros poemas• y de • Baladas foéricas, • era viuda; y particularmente encantadora, su primer nombre virginal de Lepowar ó Lepoer la hacia desde autos pertenecer al viejo linaje,
llOrmando antaño y después inglés, que dió sus antepasados al poeta»
Así cantó Poo la fauLástica lryenda de su hallazgo:

A ELENA.
Te vi una vez- sólo una vez-hace aiíos:
N'o debo decir cuantos- mas no muchos.

REVISTA MODERNA.
Fué en Julio, á media noche; de lo alto
La luna llena, al remontar, buscando
Como tu alma, hacia el confin del ciclo
llápida senda, de su luz de plata
El vaporoso velo desprendía
Con quietud, y bochorno, y somuolcucia,
Soln·e la faz erguida de las rosas
Que al sonreír, morían encantadas
Por ti, por tu presencia y tu poesia.
'foda de blll:::co, en lecho de ,·iolctas
Reclinada te vi, mientras la luna
Sobre la faz erguida de las rosas
Y en la tuya dolientP, descendía!
¿Fué el Destino? (también Do'.or se llama)
¿Fué el Destino quizá quien esa nocho
A la entrada del huerto me condujo
Para que de las rosas somnolientas
Aspirase el olor? Rumor alguno
Llegaba en derredor; todo dormía
En el odiado mundo, todo, salvo
Tú y yo! ¡Oh cielo! ¡oh Dios! cuál lato
l\Ii corazón ante las dos palabra~:
¡Salvo tú y yo! Detúveme, y al punto
Que te miré, desvanecíóse todo!
(No olvidéis que aquel huerto era encantado!¡
Y se fué el globo perla de la luna,

Y los bancos musgosos, frescas floreF,
Laberínticas sendas, lacios árboles,
Todo despareció, y aun de las rosas
l\Iurió en brazos del viento el casto aro111a.
Expiró todo, menos Tú - no, cxcc¡iLo
Algo menos que tú: salvo el divino
Fulgor de tus pupilas, sal\'o el alma
De tn, ojos inmensamente abiertos.
l:iólo á ellos l'i- y un mundo me mostraron. Sólo á ellos vi - sólo á ellos muchas horas Sólo á ellos vi, mientras brilló la lt111a.
&lt;iné episodios de amor salvaje y raro
Eu el &lt;;ristal grabados parcelan
De aquellas esferitas celestiale~!
Y qué negro dolor! y quú sublime
Esperanza! y qué inmenso mar de orgullo
Calladamente quieto, y qué atrevida
Y profunda ambición, y qué insondable
Facultad para amar inmensamente!
Pero la cara Diana, al fin hundiósc
Tras tempestuosa nube en el ocaso,
Y tú, fantasma, huiste deslizándote
Bajo una tumba de árboles. Tus ojos
Sólo han quedado siempre, y no se irlau!
Alumbrándome fueron esa noche
i\Ii solitaria senda, y no se han ido
(Ay! cual mis esperanzas!) desde entonces.
Síguenme, y de mi vida son los guias.
l\Iis siervos ellos son, y yo ·su esclavo.
Es su deber iluminar y arderme;
i\!i deber, ser sairndo por su brillo,
Y ser purificado por su fnego
Y ser santificado por su lumbre;

337

�838

REVISTA MODERNA.

REVIm'A MODERNA.
Ellos inundan mi alma de belleza
(Que esperanza es también) y allá en el ciclo
Son dos astros que adoro de rodillas
De noche en mis desvelos taciturnos,
Y que en el esplendor del medio dla
Los miro aún: dos titilantcs Venus
Por el fúlgido sol jamás extinta&amp;!

Después de estos versos, no quiero hacer un resumen , no quiero formular una conclusión, no quiero
agrngar un epilogo al discurso que se me ha cncomen'.lado dirigiros. ¿A qué borraros la impresión de
esa poesla lumino3a impalpable y etérea?
IlALlllNO

339

recuerdo ó en una. g1•au aspiración. La primera estatua fué un ídolo, el prim~r monum ento fuó un santuario, la primera poesla. musical fuó un himno.-Los gritos frenéticos de la Baca.na!, desgarrándose en
el dolor supremo y a1·monizándose en el supremo placer, los cantos salrnjes de la voluptuosidad y del
crimen en la leyenda. que el dios andrógino de voraces sexos alumbra. de rojo, agitando su tirso inflamado sobrn la fauna.Ha. enloquecida. de brama y de sangre, se convertiráu en la palabra elocuente, en la
palabra perfumada de miel ática que Platón pone en boca de Dio tima de Mantiuea., celebrando en el «Banquete• las excelencias del a.mor, que, •al aproximarse á la belleza se dilata, engendra y produce• las
formas perfectas de la virtud, que resplandecen en la conciencia como los Inmortales en el 0iimpo;- se
convertirán igualmente, mientras Jeova.b, cruel y pavoroso, sacuda con sus cóleras la tiena y la incendie y la. ahogue, en el viento de los himnos lúgubres, en el huracán del profotismo que agita en enormes
convulsiones la historia. de Israel;-se convertirán, por último, cuando el Dios de los Parias alumbre con
su mirada de misel'icordia el horizonte, en la voz de esperanza y do amor, que canta en los castos labios de Jesúi, como un pájaro matinal saludando el orto glorioso ele la aurora en los rosales de
Galilea!

D.\.llALOS.

•La tristeza es más vieja que la risa,• dijo Paul Verlaine en un verso melancólico de sus Lilttr¡¡ias.
Yu creo que tienen la mismi edad, c1·eo que son gdmelas; croo m \~, que se aman, que se uuscan, que se

DISCU-E,SO
pronuuoiado al pie de la estatua de Virgilio en h Biblioteca Nacional en la velada que, bajo el
patrocinio de la "Revista Moderna," organizóla Delegación Mexicana en homem1je á
los poetas anglo-americanos, el dia 6 de Noviembre de 1901.

N un famoso cuad. o del Tiziano, couocido cou el uomure clo la «.\ssunta • Ja

Virgen, envuelta en los pliegues palpitantes de su manto, se eleva, a:.moniosa y noble, de la tierra. inicua al éthe1· di{tfano, llevando en ofrenda. á
Dios los dolores y las piedades, las angustias y las esperanzas de la multitud humana qui', maravillada. y extática., contempla el milagro del amo1· que
violó las leyes de la. pesantez con las a.las de la. poesla! Y ta.! parnce que esa
Virgen tenenal no sube atralda. por influencias divinas, sino empuja.da. por
voluntades humanas; no es un robo hecho por el cielo al mundo, es un don
H ....,,
del mundo al cielo¡ no es la elegida del Señor, es la enviada de los hombres;
es la mensajera. del corazón, el símbolo de la plegaria., que acompañada. de
• itmos Y ungiJa cou lágrimas, va., á través del maravil'oso l\Iisterio, á coger en los resplandecientes huertos siderales, racimos de estrellas, rosas de amor, ilusiones de oro, quimeras blancas, cantos hibleos y
venturas edénicas, para tl'aernos, á nosotros los Efímero3, el dh·ino consuelo de la alucinación y del
olvido!

El artista veneciano hizo obra maestra. porque hizo obra. simbólica.. En cada hombre, en cada alma.,
mora esa. madona, esa plegaria, esa estrofa, que, en las horas intensas de pasión se lanza. á los ensueños
infinitos para ha.cernos vivir la ,·ida momentánea de un paraíso breve. El arte c~menzó siendo una. oración. El arte es una. 01:ación. El a1'1e será siempre una oración. En los templos; en las fiestas litúrgicas,
e~ las pompas decorativas, en los ceremoniales hieráLicos, naciernn y se desarrollaron la arquitectui·a, la
pintura, la e,culturn, la danza, la música y la. poesía, asociando poderosamente las almas en un gran

completan. Cargadas de aiíos, realizan el prodigio de la eterna juventud, se han bu dado del tiempo: una
conserva sus lágrimas transparentes y la otra sus labios luminosos. Son las dueiía.s soberanas de la humanidad y las inspiradoras de todo arte. El blanco pueblo de los má"moles, la. G1'ecia, destina.do á reir,
lloró algunas veces: Aristofanes lo deleitaba con su gracia pervm·sa y llrica, despana.mando violetas
sobro la. mesa brillante del festín, y bebiendo besos, hasta la embriaguez del deseo, en las bocas pródigas de las hetairas; pero Esquilo, en sus noventa tragedias, nublaba la escena con los vapores densos del
tdpié délfico, que envolvian en el misterio y eu el terror la lucha de los titanes, altos y fuertes como tones de piedra, mientras las Euménides recorrían el tabla.do con sus ojos hipnóticos, sus garras carnice•
ras y sus alaridos estridenteR, y las Estt·ofas del Coro se erizaban de exámetros vibrantes como lanzas,
caldea.dos como cóleras é implacables como maldiciones! El tormentoso pueblo de los profetas, el torvo
fara.el, destinado á llorar, tuvo uua sonrisa- Hl Cantar de loi; Canlare.~1 - somisa. pastoral, somisa de sol
tibio sobre un lecho ele mandrágoras frescas, somisa. de ojos atlorautes y de labios golosos, idilio que to·
&lt;lavla huele á mir rn, idilio que todavía sabe {L leche cándida y á miel virgen; y quién sabe, sciíores, qué
i;ea más bueno, quiéu sabe, sefíoras, qué sea más bello, si los oráculos lanzados por la elocuencia mesiá·
11ica- como piedras disparada.e de la honda de los benjaminitas,- ó la dulce palabra de la muchacha de
Sulem á su amante: •Sostenme en tus brazo~, que desfallezco do amor! • -Si penetramos á. los cármenes
donde alberga la electa Egería de Henan, sorprcndenimos muchas veces á la ~lusa de perll l judío, á la. vestal
do ftente serállca, á la suave Animadora del incomparable artbta, con los ojos cuajados de llanto entre
las flores cuajadas de rocío, mientras de sus disertos labios so osca.pan cláusulas rotas de recuerdos
profanados ó silencios largos de pausas inquietantes. Si nos aventuramos en la lírica doliente de Leo•
pardi, de ese homure enorme que parece un enorme páramo; si pegamos el oido en su corazón ele Laooconto, como eu un caracol marino, para escucha,· la tormenta, la tormenta que gl'ita su perenne nota
monocorde á los negros cielos impasibles, nos encontraremos, surgiendo d.i la infernal al'idez del dolor,
una. visión blanquísima, ay! la misma quo todos hemos invocado en lo5 paroxismos, la hermana del
amor, á. la que el poeta tiende los brazos epilépticos con un anhelo inllnito, con una esperanza tan grande como su angustia: la ~fuerte, resplandeciente, pura, bUP,na, en cuyo «virglneo seno• se encuentra el
reposo de la lucha, el olvido ele la ingratitud, el suciío sin suciios, el alivio do la vida, la caricia do
Vios!

Dentro de estos polos gira. y alienta el arte humano. El que los choca en el estruendo do la epopeya
triunfal, el que los trasega en la antitesis de la tragedia enmascarada, el que los liga en el broche de la
llrica radiante, es el artista supremo. :Miguel Angel, Heethoven, Rubens, Cervantes, Shakespeare, c1·earon
mundos con esos dos elementos. Las obras de estos hombres de-alma innumerable, de estos Imaginífi.cos,
son como la. obra de la Divinidad, carne y espíritu, brutalidad y genio, crimen y virtud, ulasfemiay ale!uya,
rugido y salmo, porque arrancan de las profundidades cavernosas de la prehistoria, donde la Hambre desencajada y el Delito llvido ladran como el Anubis con cabeza de chacal de la mitologia egipcia, y se leYantau
en una crncieute ascensión de idealismo, de belleza y de bon9ad 1 sobre las civilizaciones derrumbadas por
los siglos brutales, á la región serena, donde los amores del alma, purificados de toda mancha, esplenden en
las esferas diamantinas de la universa.! armonla! La larva es un elemento de la belleza; el odio es un elemento del 1:1mor; Satán es un elemento de Dios. De cuántos dolores, de cuántos martirios, brotó de la piedra
la. divina Noche de mármol que reposa en el mausoleo de Juliano de Médici, y que algún dla. despertaré al
conjuro de mi arte, para hacerla pronunciar versículos sibilinos; de cuántos dolores, de cuántos martirios
brotó ese acorde lúcido, altísonante, hlmnico, que brilla y chispea y se desbarata en la.s somidadcs de

�3m

REVISTA MODERNA.

la Sinfonía Pastoral, como un penacho cristalino; de cuántos dolores, de cu:intos martirios brotó á la luz,
en la Comunión de San Frnncisco, la cabeza fascinada del santo, esa cabeza que expresa indeciblemente todo lo que hay de ventura en el renunciamiento á la vida, y la hostia blanca, esa hostia de armiíío
que el sacerdote levanta entre sus dedos, y que remata el cuadro como una oda luminosa; de cuántos
dolores, de cuántos martirios brotó á la brega Don Quijote de la l\Iancha, escueto como el Infortunio,
que, amparado por la sublime locura contra los desengaííos del mundo y las burlas de la verdad y las
falacias da la perfidia, acomete denodado y heroico contra el mal tlniversal, dando al traste con legiones
de gigantes, aun cuando los bausanes de los ventorrillos den al traste con él, y adorando, en todas las
maritorues que encuentra á su paso-por intensisima y n~pida autosugestión-la forma de la más bella
creación de la poesía, pues Antígona y Ofelia y Beatriz y Laura y :i\Iarga1 ita y Fantina, por vestidas que
estén de luz inmaculada en el Paralso de la inmortalidad, tuvieron ay! un cuerpo en esta tierra, ftlero·n
mujeres, las moldearon en la arcilla de Eva y de Pandora, mientras que Dulcinea es la l\lujer, el arque,
tipo la síntesis1 el ideal y está hecha toda entera de espíritu puro, de ilusión intacta y de esperanza vir•
"'en:
.., ' de cuántos dolore~' ·de cuántos martirios brotó á la ternura la dulce Cordelia,-oh, Santa! Santa!
Santa!- en el drama paroxismal del Rey Lear, cuya lectura nos hace cae1· en las convulsiones de los rapsodas que recitaban á Homero, y del que dice magnificamente Víctor IIugo: • Construcción inaudita. El
poeta toma la tiranía, de la que más tarde hará la debilidad; toma la traición; toma la abnegación; toma
la ingratitud que comienza por una caricia, dando á este monstrno dos cabezas; toma la paternidad;
toma la realeza; toma la feudalidad; toma la ambición; toma la demencia, que reparte en tres locos, el
bufón del rey, loco por oficio, Edgar de Glocester, loco por prudencia, y el rey, loco por miseria. Encima
de este amontonamiento trágico, levanta é inclina á Cordelia.-Hay formidables torres de catedrales,
como, por ejemplo, la Giralda de Sevilla, que parecen hechas todas enteras, con sus espirales, sus escaleras, sus esculturas, sus celdas aéreas, sus cámaras sonoras, sus campanas, su masa, su flecha y toda su
enormidad, para soportar un ángel abriendo sobre su cima las alas doradas.,

Crear, dar vida: eso e3 el arte, eso es el am 1r. lJijos del am:&gt;r son los homb1·es perecederos que pU&lt;;!·
hlan el mundo; hijos del arte, son los tipos inmortales que pueblan la leyenda. En el amor vive la discordia; cu el arte vive la paz; el amor es prolífico en guerras nefandas; el arte es fücundo cu rccoucilia•
cioucs armoniosas. Yo he escrito, cu una evocación que hic•~ de espectros trí1gicos, estas palabras que
me inspiró un demonio shakcsperiano: •El genio es más poderoso, más creador que el sexo; es el grau
Sexo hermafrodita, Incubo y súcubo, que á si mismo se fecunda dando vida inmortal y magnífica. Los
hijos de la carne humana son efímeros y miserables; están formados por dos mitades de amor, que se
j1mtan en un espasmo, y se separan luego sin haberse complementado, sin haberse fundido. l\Hralos llt.brando el mundo: tal parece que apenas sus manos arrojan la semilla, caen ellos mismos, unos en pos de
otros, á los hambrientos surcos .... Oh, qué rápido abrfr y cerrar de ojos, qué rápido abrir y cerrar de conciencias es la vida! Todos pasan, pasan: polvo que sufrió un momento en una idea, polvo que brilló un mf&gt;·
mento en una piedad, poh·o que se irguió un momento en un deber, y que ,·uelve al gran laboratorio donde
le clan nueva forma raquítica y nuevo destino frágil las manos febriles de un dios incansable. En cambio,
qué definitivo es el amor del genio! sopla en la arcilla perdurables espíritus de ideal; forma tipo sgigantcscos con los vicios y los crímenes, y rugen entonces, por los siglos de los siglos, los reyes trágicos y los papas
lascivos y las cortesanas ambiciosas; condensa en figuras épicas los credos de !ajusticia y del bien, y se alzan cu las cumbres de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantes y los profetas vidente~;
sintetiza en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan entonces por la hu1naoa
fdutasfa la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofelia con su su locura! .... 11

El arte ha dejado su símbolo eterno ec la figura de Prometeo, que romp9 con su ft'entc colosal las
mitologías obscuras de las edades que agonizan en el recuerdo, y clavando la pupila brava y ardiente
como Helios en las lejanías del horizonte, desde la roca Scltica donde el perro alado de Zeus Je muerde
y le devora las entrafías, propone,- como la Esfinge,-cnigmas que el esplritu humano escrnta todavía,
y echa á volar oráculos solemnes que atraYiesan desde hace siglos la historia, sobre la humanidad que
los mira perderse en las incertidumbres del porvenir. Este castigado orgulloso, este rebelde indomable,
hijo del heroísmo y de la belleza, ha pasado y pasa por las metamorfosis mas dolorosas: viene de las rni·
nas, de los misterios, de los sepulcros, de los pórticos por donde entraban los carros vencedores y 11!.s
músicas victoriosas, de los agoras frenéticos, de las matanzas abominables, de los juegos excelsos, cami•
uando, caminando, sin cansarse jamás, de ciudad en ciudad y de gente en gente¡ el tribunal ateniense Je
condenó con el nefando nombre de Sócrates; los judlos le crncificaron con el nefando nom'&gt;re de Jesús;
para él ardían los leños de una hoguera de odio en la Plaza de la Seííorfa, mientras se representaban las
mascaradas libertinas de Lorenzo el 1'fagnlfico; el brazo airado de la Patria injusta lo empujó, siendo
Dante Alighieri, á las inclemencias del e.1:ilio; le han cortado la lengua y ha vuelto á hablar; le han sujetado los miembros y ha vuelto á moverse; le han roto las fibras del corazón y su corazón ha resonado dQ

REVISTA MODERNA .

Hl

nuevo cou los cantos de la ft&gt;; y hoy, sacudiendo su cabeza secular, abriendo, como la puerta de la verdad, su boca inmensa, y golpeando los bordones trágicos de una lira de broncr, clama redención cou
Tolstoi, con Zola, con Bjornson, con Ibsen, con León XIII, á través de los pueblos que tienen hambre y
sed de justicia, para ser nuevamente desterrado, anatematizado y execrado por la envidia de los dioses
y ror la ingratitud de los hombres! Y as! irá, como dijo Jsaías: • de tribula·ción &lt;'ll tribulación y de rsperanza en esperanza!• Matadlo mil veces, no importa, es el Poeta! Cuenta, seííore~, el elegiaco Phanoclt's,
que después del asesinato de Orfco, su cabeza y su lira ftleron arrojadas al mar, ~- las olas las llernron :í
Lesbos: desde entonces, el canto y el gracioso ejercicio de la citara fncron amados en la isla, - melocliosa
ontre todas.-Matadlo mil veces, no importa, es el Poeta! Las azules olas resonantes de jónicos ritmos
llevar:\n su cabe?;a y su lira:\ la Isla de la Poesfa, donde nuestras vlrgcncs lesbianas las recogerían con
sus piadosas manos.

Redención y justicia he dicho. Este es el ideal moderno del arte. Pero acaso no lo ha sido siempre?
Más ó menos consciente, más ó menos oculto por la poesía erótica de los artistas menores, más ó menos
desdeiiado en las decadencias galantes, siempre ha cumplido su misión apostólica de concordia y ele fra.
ternidad. Esta misión se acentúa más cada día, á medida que crecen la inteligencia y el corazón de les
humanos. Podemos distinguir, con uu pensador italiano, la virtud antigua de la virtud moderna, caracterizada aquella, casi exclusivamente, por el valor físico,-producto de la guerra,--y caracterizada la
otra, casi exclusivamentr, por el ,·alor moral, producto del industrialismo. Los héroes antiguos eran los
soldados· los héroes modernos son los obreros. •Si el entusiasmo del pueblo se dirige en apariencia á los
que arri~sgan en la batalla su propia vida, un sentimiento intimo nos dice á todos que la gloria moral
más luminosa, no es saber morir, sino saber vivir bien. Hacer el sacrificio de la existencia combatiendo,
es, no. lo niego, una acción noble, pero es una acción breve, confortada por millares de i,ugestioncs que
la hacen menos difícil; trabajar honradamente tocia la vida, sufrir trabajando y no plegarse á las t&lt;&gt;nta.
ciones, es una acción larga que no tiene conforto de nyudas ui esperanzas de gloria. Y entre el soldado
que muere en el campo, y el operario á quien sólo la ley de la naturaleza y el trabajo matan, después de
haber luchado largamente dla por ella con la miseria, conscn·ando intacto y limpio el cristal de la propia
honradez; os confieso que prefiero al segundo, porque ma~·or valor y mPjor heroísmo me parece el combatir cuotidianamente la dura y obscura batalla de la vida, que mirar de frente, ~ pero sólo un instante,
-á la muerte. El mundo antiguo se regia y debla regirse por la fucríla fisica, y por lo mismo tenla 1wccsidad del valor físico. El mundo moderno se rige y debe regirse por otras fuerzas,-más morales que
materiales,-y por lo mismo; tiene necesidad de otro valor,-más moral que material;-esto es, de un valor que no desarrolle, como el valor flsico, el sentimiento ele la combatividad, sino el sentimiento, más
civil, de la solidaridad. i\lieutras el ideal del ciudadano se resumía en el tipo del que sabe superar á m
semejante con las armas, era lógico que el objeto ele la vida consistiese en buscar en el hombre un ene·
mio-o
y la ,,Joria
en suprimirlo
ó en esclavizarlo. Ahora que el ideal se resume en el • tipo del que •aventat, ,
t:,
.
ja á los demás en moralidad, en laboriosidad y en intcligcncia,-es lógico que el obJeto y la glona de la
vida consistan en tratar á los hombres como bermanc,s, en ayudarles con nuestras fuerzas y en mejorarles con nuestro ejemplo. • (Sighcle). Estanobilisima concepción humana se impone como el ideal del arte
moderno. Las obras que la bosquejan tienen asegurada la inmortalidad. Los •Burgueses de Calais• de
Rodin, el «Cristo clt los Ultr11jcs, dc_De C:roux, •Germinal • y •Trab11jo• dc. Zola, el • Poder ele las Tinic·
bias, de Tolstoi, •llumillados y Ofendidos• de Dostoievsky, •Condenación de Fausto• ele Uerlioz, , ;\Iiscrables• de Víctor IIugo: he aqul, citados al azar, algunos de los grandes poemas de piedra, de ¡)Oesla, de
pintura y de música que más hondamente conmueven el espíritu fraternal moderno. Pero el presente es
un viajero apresurado y fobril, siempre está de marcha, apenas le advertimos cuando ya se escapa .. . ..
Sabéis que Fausto no lo pudo detener, le dejó la túnica de la felicidad entre las manos .... Sólo la muer •
te es inmóvil; detenerse es morir. El Egipto, rígido y cataléptico como sus colosos de granito abrumados
de pereza, vivió menos en sus largos siglos, que Athenas, nerviosa y risueña como Afrodita, en la mafiana azul de su leyenda. Por eso el arte evoca el pasado y presiente el porvenir, tomando dos formas grandiosas: arte de la resurrección, la historia, y arte de la adivinación, el profotismo. La historia dije; no, me
repugna ese nombre femenino, lo substituyo por un nombre viril: Historio. A llistorio me lo imagino
como un coloso formidable, hcchc, eon un pedazo de Atlas, con una cabellera de cedros del Líbano y de
relámpagos cósmicos, con una boca clamorosll como el Océano y como el desastre, haciendo la máscara
del sepulturero en una tragedia titulada ,Las Violaciones Sagradas • Escarba, amontona, clasifica, coo1 •
dina, limpia los restos venerables, sopla vida en la muerte haciendo nacer el poema del recuerdo, remat:i
el Partcnon con los Frisos de Pidias, nos da la voz de Clcopatra, nos trae en sus brazos la Venus de l\Iilo,
nos dPja en el Palacio Ducal el Triunfo de Yenecia, nos encuentra la República de Cicerón, nos• cstitn·
ye siete columnas del templo ele Esquilo, abre los arcos de triunfo sobre la cabeza calva de Julio César,
se les vuela de las manos la Yictoria de Samotracia y cierra la puerta de Lorenzo Ghibcrti sobre la opu·
lenta Pinacoteca del Renacimiento.-EI profetismo es de mayor tamaííc: pierde su cabeza entre las cons·
telacioncs de lumbre; á su sensorio llegan los misteriosos nacimientos del ruido, del gusto, del olor, de
la resistencia y de la luz; á su espíritu llegan las lentas germinaciones de la verdad, de la bondad y de
la belleza; se burla de los filósofos rumiantes¡ desinfla esas odres de viento y de pedanteria que se llaman

�3H

REVISTA MODERNA.

Academia~; sufre inmcnsamentr; goza imnensamcnlc; habla cu parábolas¡ es radiante como el sol mcri.
diano; es obscuro como la primera tiniebla; es loco¡ es genio¡ es el gran arfüta de la Esperanza! Y estos dos
titanes, uno abajo, en lo hondo, en lo insondable, y el otro arriba, en lo infinito, en lo imperforabl11, hacen ohm común, fabrican el producto más precioso del amor humano: la Relleza Divina!

Seiiorrs rrprrsmtantcll de la República Norte- Americana. que habids tenido In exquisita bondad dr
asistir 1\ nuestro festirnl: erais primero los Bárbaros, fuisteis después los Extt·anjeros, sois ahora los Her manos. Es justo que los hermanos posean en común las bienes de la tiena que ha elaborado el arte. ~ o
fué este poeta, Yirgilio dulcísimo, sonoro como abeja siciliana, puro como nido tle tórtolas, claro como el
~Iincio y sabroso como los panales, quien dijo: •todo es común entre amigos?• Nos quedamos, pues, con
vuestros poetas, que tan sabiamente nos ha dado á. conocer Balbino DAvalos. De hoy en adelante, serán
nuestros. Yo creo, señores, que todo tiende al comunismo: la politica, la propiedad, la ciencia, el arte, signiendo la ley de rrgresión aparente que hace volver !i sus formas originales todas las manifestaciones
tic la actividad humana. Pero ese gran proyecto de federación internacional, ideado por el profetismo,
esa concordia. uni\·ersal de inteligencias y de corazones, tiene por base la fortaleza de las nacionalidadrs, que ;\ su vez tiene por ccndición la cultura de los ciudadanos. Por lo tanto, la realización de tan
magno sueí1o es lrnta, lenllsima. Tengamos paciencia y fe. Algún dla nos encontraremos en la 'l'ierrn
Prometida, en la Ciudad del Ideal, de la que esta fiesta da. una idea. anticipada, como el boceto da la idea
de la escult,ua y el croquis del cuadro, especie de vaga anunciación difusa, pues la. palabra santa ha dicho que siempre que los hombres de buena voluntad se reunen en el nomhre de Jesús, el reinado do Dios
,qo realiza en la. tierrn.
Seiioras y Seiiores: Estamos en un templo y no lo profanamos, ya. os dije que el arte es una oración.
F:stas bóvedas augustas guardan los ecos de muchas voces qne han implorado misericordia y paz¡ en
rstas baldosas se han arrodillado muchas culpas arrepentidas¡ de este santuario han partido para el cielo
llls humildes plrg:u·ias de los pobres de espíritu, vestidas con los sucios ropajes del trabajo ó desnudas
como la miseria, pero belllsimas de fe y ele amo,·. H11ga111os nosotro11 lo mismo, mandemos á trav(,s drl
Misterio, :\ los re!lplandecientes huertos siderales, nurRtra estrofa, nuestra. l\ladona, nuestra ascención
randa, para qnr nos traiga, prl'ndido !'O lo!! crlajl's rnhios eon qnr SI' arropan las Auroras. el Mito consolador di' la rtrrnn Poe!lia!

JESÚ!I TTIWE1'A.

/-

..

~ r- -: ~
"-:· .

LA MUJER DAN½ANDO.
(Ut:L Ll nRO .Efll,Of:. 1.'i),

D1mza, mujer, porque las aguas rorrrn
y las flores derraman
pl'rfunies de placer, y las estrrll11s
se deshacen en J;'1grima~I
Damrn, saliendo de la muerte ohs(·nrn
que oprime tus espaldas,
y lns clO!: flores blancas de tnR manM
•
rn la noche lernnt11!
Ofr(•crto al continuo movimiento
de la vida que pasa¡
loor ctemo :'L la actitud cambinnt,1
qui\ trnn~pnrrnta el fnrgo di\ las nltna~I
:\lnr,·,i la flor tlorada dn tn c11&lt;•rpo
al compi1s de lil danza;
11,•jn empapado rn tu perfume rl 11i1·11
y tl!'l'l'Ocha la luz de tus miradas!
Como incensario tu cabr:rn ondulr
corona.da de llamM¡
como incensario del amor oculto
bajo las ricas aras.
F:ntrógate á las danza&amp;! A mis ojos
brilla transfigurada
bajo la lluvia musical, que llena
de un chorrear de fuente tus entra1ias.

México, Novirmbre do 1fl01.
T~ haces sagrncla, hundiéndote en las ola~
de la música vaga;
todo tu cuerpo, abriéndose, descubre
el interior misterio que lo embarga.
:Mujer danzando, enamorada viva,
tus hombros se adelgazan
como corriente ele agua por la noche:
tus pupilas se agrandan!
1-:res como milagro que se Inicia.
b11jo el cambiante velo de las danza~;
como suave nenúfar que se mueve
con movimiento oculto sobre el agua.
Se ha desprendido mustia de tu frente
la p1 imera guirnalda¡
se han desprendido mustias de tu e~piritu
las ideas prestadas.
Tú sola reinas en la. Danza.Ruedan
flores blancas de almendro por tu espalda,
te envuelve una luz sua ,·e, y por los ojo~
se te derrama sobre el mundo el alma.
Dijérase que el Universo entero
copia el compás alegre de tu danz11¡
que, oscilando, las flore@,
la imitan encantadas.
EDUARDO

MA RQUDL\.

�ARo IV

Mixico, 2ª

QUINCENA. DE NOVIEMiiRE DE

1901

Ntar. 22

MODER.NA
ARTE Y
OIRECTOH: JESlJS E. VALEN7.UF. LA.

CIENCIA.
,JEFE DB REDACCJON: JESUS U RUETA.
Tip. dt D11l,ld11.

SEGUNDA CONFERENCIA PAN-AMERICANA.
LA Dr-:LEGACIÓN MEXICANA al Congreso Pa.n-.\mericano, se honra de invitará Ud. al festival artístico que se verificará en la Biblioteca Nacional el,¡ del
corriente á las 9 p. m., y que ha organizado bajo el patrocinio de ,&lt; La Revista
Moderna,, como homenaje á las letras anp:lo-nmericanas.
México, Noviembre de 1901.

PROGRA1IA PARA LA VELAD..\ ANGLO-AMERICANA.

I.-QUINTETO.-Op. 44..... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

R. Schwnann .

.\llegro brillante. Piano y cuerda.

II.-D1scuRso. -Balbino Dcívalos.
III.-Qu1NTETu.-Op. 48 .. ...... ..

T8chaikowsky.

Tema ruso.-Cuerda sola.

IV.-PoEsíA.-José .Juan Tablada('=').
V.-LA TRUCHA ... . . . • . . . . . . . . . . ............. • .... Schube1'/.
Variaciones. Piano y cuerda.
VI.-Lectura de POESÍAS A:itERICANAS, por Luis R. Frbina.

VIT.-QurNTET0 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Christian Sinding.
Andante y Scherzo.-Piano y cuerda.
VIIL-ALocucróN.- .Jesús Urueta.
IX.- CAPRICHO.-W'edding Cake. TValse... . . . ........ C. Saint-Siien:,.
Piano y cuerda.

(-tJ Los versos del Sr. Tablada y las traducciones del 8r. Casasús que lryó el Sr. Urbin11, sci·án pu•
blicadas en el próximo número de la Rei·ista.

PROP&amp;TAS DE MIGUEL ANOB:L,-CAPILLA SIXTINA. ROl!A,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 21, Noviembre, Primera quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

312

AÑO

nistración del fondo de instrucción primaria formado con la contribución mencionada; pel'O los proft!SO·
res serán nombrados exclusivamente por el Ayuntamiento como tal.
Décimaprimera: La duración de estas juntas inspectoras será. de cuatr-0 aiios, haciéndose cada ario
nue,·o nombramiento de un número de miembros igual á la cuarta parte del total, prefiriendo en todo ca
so para estos nombramientos á los padres de familia..
Décitnasegunda: Cada siete años, la. autoridad polltica, con acuerdo del Ayuntamiento, integrado
con los profesores del lugar, hará la declaración ele lo que en el septenario siguiente debPril. entenderse
por 1xsTnt:cc1&lt;'1~ PRBIAJtrA, sin que rn ningún caso pnecla (•sta comprender menos que: lectura, escritn
r11, ortograffa castellana, las cu/ltro reglas de aritmética, elementos ele historia nacional y gimnasia.
Dí•cimatercera: Este programa sólo comprendcr:'1 el mi11i11111m de instrucción que un niño deberA adquil'ir para considerarse satisfecho el precepto legal; pero de ningún modo se opone á que la enseñanza
voluntaria que se dé en dichas escuelas abrace mayor número de conocimientos útiles, ni mucho menos
i1 que se establezcan escuelas primarias de perftccionamiento, en las cuales la instl'ucción será más am·
plia y completa.
Décimacuarta: Sin emplear co11cción de ninguna clase, se procurará por la couvicción, los estlmu•
los y el buen orden y moralidad de las escuelas, y especialmente de los profesores, que los niños de todas
las clases concurran {1 las escuelas y adquieran en ellas la. instrucción primllria m{1s 1,ien qne en el domicilio.
Décimaquinta: Los profesol'es titulados serím de 1", 2" y 3" clase.
Décimasexta: Para adquirir el titulo de l3 clase se requiere: haber concluido la instrucción prlma!'iit
y la secunda.ria, y sufrir un examen teórico-práctico de los métodos de ensei'ianza, muy particularmente
ele! llamado objetivo, ser de buenas costumbres y de buenos modales.
Décimasl&gt;ptwia: Para obtener el titulo de 2" clase, se requiere acreditar, por modio de examen, ce•
t111· suficientewte instruido en los ramos siguientes: lectura, escriturn, gramática castellana, aritméti•
ra, incluso &amp;I i(stema métrico- decimal, geografía física y política, histo1 ill del p11 is, ser de buenas costumbres y "" buenas modales, y haber practicado por seis meses lo menos la enseiianza objeti\'a..
Décima,'\cttwa: Para tener el titulo de 3" clase se requiere: 11creditar en la misma forma, aunque en
un g1·ado menor, la instl'Ucción indispensable en los mismos rllmos exigidos para la 2" clast&gt;, quedando
por lo mismo en cada. caso libre el jurado ele ex11men para decidir si deberá expedirse titulo do 2ª ó do
:r clase.
Décimanovcna: Ninguna eseuela sostenida por los fondos públicos podrá cstu dirigida por profosor
no titulado.
Vigésima: Anualmente se puLlil':u·,í. un censo de los niiios que ashten ii las escuela9, comparando el
11i1mero ele éstos con el total ver1hrlPro t'., al menos 11.pro~imativo, calcula,to :\ r11zón lle un nii'lo por cad11
cinco ó seis habitantes.
:\1éxico,

1 go&amp;to

IV

MÉXICO,

2ª

QUINCENA DF.: ÓCTUflRE DE

1901

ARTE Y
01 RECTOR: ,JF.RDR R. VALEN7.UBT,A.

,

'('

CIENCIA.
'

,JEI•'E DE REDACCTON: JE~UR UBUET,-\.
1'i]). ¡le n11blá11.

...

l•

BARRED.\.

OFRENDA.
ltes¡11 ·nodo un olor 11~ pri1trn\·1•ra,
Me incitb como un ramo de jazminf'.~
'l'u @eno, y en tus mieles y ~atines
Re armrucé&gt; cantando mi quimt'r/l.
I_Jniel'O h ajo el frescor de ad&lt;1nni!l1•rn
tus ojos, mil'i.r nuevos confint''1,
't distraer mi luto en los jardineR
l 'ml,rosos de tn suelta cahellera.
l)¡,

Y en cambio de lns lises e,plendentrs,
En cambio de los mfsticos presentt's
lJue me dar:í tu mano bondadosa,
Mi ju\'entud, que exhitlMA en las 1-iradai
De tu altar, :í la lnz dP tu1 mir1t1las,
Su perfnmf' r"mo nn/l tn 1rro1ia.
11 IUN

20

REVIST.A

15 de 187.;
GAlll)(O

NúM.

HEROLI.EOO.
PROPET.\~ DE i\frGl'EL

A~ol!lr•.--CAPILLA

81xT1NA

Ro.u4,

�REVISTA MODERNA.

DE NA1"URA RERUM.
,\ DlE hubiera creldo, al ver la galana pareja en plena bizarria de
edad, suspensos los dos peregrinos de amor en esa última cumbre
ele Ja vida en que se detienen los séres pensantes por la postrern
YCZ para tramontar los cuarenta años-porque hay así etapa~ en la
eflorescencia humana, en las que se descansa por décadas baJO una
apariencia. inalterable físicamente, p_r'.mero en la _adoles_cencia,_luego en Ja'juventud, después en la. vir1ltdad;- nadie hub1ern. sonado
q ue la "'entil pareja o-ranada. y lozana, ella con su pesada masa de
"' ne.,.rlsimos y"' pujantes, él con su cabeza empolvada d e me.
cabellos
ve como Jo; cortesanos versalleses, ella. y él con los ojos límpidos,
las mejillas Lersas, los miembros ágiles y briosos, hubiesen arribado á. 1~ cumbre de la vida de otra manera. que llevados por Jas mañanas y ]as tardes en el capitonado !ando amenazado ~e volcarse _al em_puje del altanero tronco de frisones equinos; mecidos con indolencia en un~ cadenciosa cracoviana o
torbellinados en el maelstl'Om de un vals en la. feérica. gloria. de un sarao; reclinados ella. en el ~n!epecho
y él en el fondo del palco, ella para. ser admirada y él para admirar. á sus anchas ~a fruta proh'.b1da q~e
sus catalejos api·opincuaran hasta su boca; bogadores los dos, en fin, en el barquichuelo _alhaJado _Y JO·
ya.nte de Ja Fortuna, esa pical'illa hada que cuando se deja coger por las a~a~. cual man posa ~bn~ de
miel, y aprisionar en una caja fuerte de hierro, premia á. quien la dona tal p1:1s10n, acu_mulando m_fatrgable noche á noche, en unión de los gnomos Japidal'ios y audfabristas, pirámides de piedras prec10sas ~•
columnas de superpuestas y selladas águilas de oro!
. .
.
Así, con las pasables molestias de un Pullman de recreo, parecían a~u~llc,s ~os _viaJeros h~~er arnbado á. la cumbre alpestre desde la cual contemplaban risueños el pa..~oramico pa1saJe ~e la. felicidad e~cumbra.da después de regar flores, a.guas, mieses y uvas por las ca.mpmas fecundas en bienes. Pero nadie
Rabia., ahora., la. violenta prueba en que su corazón habiase a.cdsolado !
. .
.
Veneranda y Gabriel conociéronse sin ninguna aventura novelesca: él daba clases de pa.isaJe al oleo
na las recibia en su mansión suntuosa de heredera. única. de una gran fortuna, rodeada. de una corte
~eeprimas parasitarias sobre las que imperaba. como una dogaresa. U:n ejé~cito de criados y lacay~s
servia a.l pensamiento, obedeciendo sus más infantiles deseos que por rnfantiles á. menudo eran quimericos.
Por ejemplo: cierta mañana despertóse en su lecho de infantina, recamado de ~londas a.len&lt;;?nesa.!l, c_on
el deseo de amar· v como el ideal ele las criaturas románticas era por aquellos anos hoy corndos-D1os
mio! mi juventud' ha florecido entera de entonces á hoy!-un soñador solit~rio ~ a~~sionado á la man~ra
de Jos héroes romancescos crea.dos por la corte planeta.ria de Hugo, el garzon pa1saJ1st~ a vio ose ~omo cm·
tillo al dedo al caprichuelo púber de la. hermosa.. Y as! fué que al presentarse en_ el hnd~ estudio que se
dirla soñad¿ por Saudro para. desnudará las Gracias y copiadas desnudas, Gabnel tui:bose al v~r á Veneranda zalamera y ruburosa. venir á su encuentro, tenderle s1t mana. hoyuelada Y gu1arl_o ~si, a semejanza. de un arcángel á un joven Tobla.s, hacia al caballete donde alboreaba apena~ un pa1saJe ~unar, en
el momento preciso en que Febea tramonta y el lucero del dla precede como un paJe á la. cuádriga voladora de Faetón ....
Gabriel comprendió que la. impei·a.dora q ueria ser amada y ser obedecida, i se aprestó á la lucha.
Era pundonoroso, y pugnó por no quedar ata.do al carro de victoria, aun cuando fuese a~a~~ con cadenas de flores. La insinuación de la señorita bien nacida, si bien impetuos~ e~ el a_r!·anque _1n1c1~l, no tra~asó empero el limite de la. donosura de una dama que se respeta¡ y tal rnsmuac1on pars1mQn1osa cautt~ó A Gabriel. Yióse nbruma'1o por las atenciones de Yenerandn en i;u casa, rn los salones que ambos

'.ª

frecuentaban, ella con el poder de su belleza. y su oro, él con el poder de su prestigio de a1·tista; la mlll'muracióo, preludio del himno triunfal consagi·ador de los afortunados, los envolvió en una oni!a sonora
r¡ue .i Veneranda la. hizo sonrefr y al pintor sublevarse, y entonces se alejó de su discípula.
Ese alejamiento determinó la unión de aqueJlos dos séres que parecían haber nacido para encarnar
ol poema do la juventud vencedora por la belleza. y la. fortuna. Et artista fué llamado á la presencia do
la hermosa; la explicación surgió firme y franca dados sus cara.ctc1·es altivos; el mundo, que ambos destleiíaban, fué proscrito en el pacto de alianza para toda la ,·ida¡ el idilio romántico bien pronto se transformó on dichosa. realidad, y la. pareja de amor, laudada por el himno tdunfal consagrador de los afortunados, paseó con la insolencia. inconsciente de los felices, su cauda de murmurnciones cobardes envi. el limo de la. gleba
' que
clia.s con antifaz de g::.lanterlas, bajas pasiones plebeyas, que to mismo fecundan
los co1·púsculos de la sangre azul. Sentimientos bastardos que brotan cínicos ó disimulados, pero que son
sedimentos latentes del mal en todo organismo humano!
Asl, aquella doble rnlla de fracs encarnados y de hombros desnudos por entre la que pasaban triun,
fantes Gabriel Henán y Veneranda de Villamar, en el salón resplandeciente de su mansión fastuosa Ja
noche de sus bodas, aquella doble valla cortesana escondía bajo su sonrisa. pala.ciega, tenuemente sardónica, los dardos romos de sus pasiones innobles.
·
El pintor no se curó de analizar almas, y se dejó mecer en la. hamaca de seda de la alegria. Sus a.mi.
gos invadieron la mansión se11orial riendo ruidosamente; en el gran patio embaldosado piafaban los ca.
ballos y ladraban los lebreles impacientes de pa1·tir {1 las famosas cacerías; al regresar, como una banda
de cosacos, invadían las despensas y rociaban con añejos vino~ bor.,.oñones los ciervos asados los jab 11 lies al horno, los civets de liebres traillas por manojos, las perdices °agachonas y las gangas a~oradizas,
qne baclan reventar las bolsas de caza, abundantlsima. en las posesiones del señorío de Villamar. En el
recinto hospitalario todo era estrnendo, luz, música, felicidad. Et canicter franco y abierto de Gabriel,
e mvertido súbitamente en gran señor·, atrájose las simpatías fáciles de quienes secretamente lo hablan
desdeñado a.l subir i1 su rango, y Veneranda, al principio feliz en su plenilunio de miel, bien pronto vió,
c:&gt;n asombro primero y despné3 con rnncor creciente, que ya no era la única, la reina, la mimada, Ja imperadora en su mansión. Todos buscaban á Gabriel: las invitaciones eran para él¡ los honores para él¡
ella. quedaba en segundo término y 1st felina fierecilla que dormla en su corazón, como en el corazón de
toda mujer, elespertóse como unajagua.resa de su sueño de amor . ... \'eneranda toruóse tornadiza, nerl'iosa, celiuda, irasciulc .... su cólera hacia crisis é iba á estallar como un cráter ....
Y asi fuú que una maiíana en que Uabriel acompaliado de tres amigos ordenó en alta voz desdo 11u
tlc,spacho que engancharan el landó, poi· respuesta vió presentarse ,'t nn lacayo purpúrno de confusión,
que balbuceaba:
-La señora ordena que no se enganche! ....
Gabriel palideció de rabia y de vergiienza, pero dominándose súbitamente, dijo .i. sus amigos con
jovialidad:
-Vaya! . ... pues toma.remos una calandria!
-Si!. ... si. ... una calandria.! - corearon-y partio1·on, quel'ienclo en vano ocultar la afrenta bajo
una falsa. alegria.
Al dla siguiente, muy temprano, Gabriel presentóse tranquilo en las habitaciones de su esposa y la.
Invitó á dar un paseo matutino-hacia un tiempo espléndido. Veneranda, que esperaba impaciente una
escena. tremenda, quedó desconcertada.- «Será en el paseo• -pensó. Y se decidió á aceptar. Esta. ,·ez si
engancha.ron con apresuramiento; pero en el carruaje Gabriel hablaba de co3as indiferentes, con la mis•
ma. tranquilidad asombrosa.-• Dios .... !- pensó Venei-anda.- ~i me hubiese casado con un hombrn sin
delicadeza!• Al terminar la calzada do milenarios ahuehuetes, Gabriel ordenó al lacayo que se internara
en un barrio solitario.- • Yaya un capricho!• -pensó Veneranda; y al llegar frente á una casa de humildo
aspecto, llenán hizo parar al carruaje, rogó á Yenernnda que bajara y despidió el cupé.
.,
-Pero ele qué se trata?-preguntó ' ' eneranda alarmada.
-Volveremos en el trnnvia que pasa ahí, á unos cuantos metros,-contestó él cou serenidad que la.
~ranquilizó.- Deseo que veas esta casita que comprí• ....
~ Pe1·0 estás loco?- dijo ella riendo - y entraron los dos.
El corazón de Veneranda dió un vuelco. Las dos únicas habitaciones pequelias estaban abiertas; eu
una de ellas habla un caballete, pinceles, lienzos y bosquejos prendidos á los muros blancos, una hamaca y dos ó tres sillones de mimbrr; en la otra había un humilde lecho a.lbeante, un tocador de roble, un
ropero provisto de batas, faldas y ropa blanca. y un lavabo de pol'Celana En el ·pasillo que conduela A la.
cocina, bajo un cobertizo de trepadoras y campúnulas en flor, vclanse una mesa de comedor y un armario con loza y cristalerla.
- Veneranda - elijo el pintor con voz trnnquila, uescubrióndose - cuando yo me casé contigo, era Jo
que soy, un paisajista que se gana la vida con sus pinceles, y tú me aceptaste asl. Esta es mi habitación
que yo he guardado por cariño á mi vida de bohemio¡ ayer he solicita.do mis antiguas clases y por foi·
tuna me las han dado todas ot1·a. vez .... Yo ti·abajaré con a1·dor, para que no te falte lo que decorosa·
mente necesita una mujer .... Estás en libertad para nombrar quien administre tus bienes y puedes hacer
de ellos el uso que quieras ... . pero mientras no haya impedimento leg al, ti enes r¡ue vivir conmigo y
compartí~ lo mio .... Espero ele tu dignidad y ele tu nombre que aceptar:ís mi honrada pobreza!
Cuando Yencrnnda tlci;pertó del delirio febriciente que la fulminó al recibir e l tremendo golpr, en-

�REVISTA MODER~A.

316

REVISTA MODERNA.

contró ;1 su lado [1 su doncella más querida, que la consoló con frases carii1osas y la. ayudú á recordar
discretamente el motivo porque se encontraba allí. Era la rubia una compañera de infancia de Veneranda, y en sus brazos lloró la cuitada sus penas; pero ante Gabriel se mostró indiferente, estoica, no
quiso rogar ni causar compasión. Sufriú con heroismo las impertinentes preguntas de sus amigas, que
se interesaban por su salud y acudían á verla, pues toda la ciudad sabia el suceso y el lejano barrio se
veía concurrido por soberbios carruajes de flamantes libreas. Encumbrados caballeros suplicaron i1 Gabriel, por el linajudo nombre de Veneranda de Yillamar, por su nombre de artista, pero el pintor semostró inflexible. Levantábase por las maiíanas y partia á dar sus clases; prodigaba al regresar atencione!!
y cuidados á su esposa, que los recibla con una impasibilidacl marmórea, y la vida se deslizaba así, con
una monotonía languidecente para la reina destronada. Su orgullo herido se rebelaba contra la idea de
pedir gracia. El choque del dardo del vencedor contra la coraza de su altivez, la halló blindada para toda flaqueza, para toda vulgaridad, y la diosa no descendió de su plinto á las correrías de los tribunales!. ... Los dlas retemplaban á fuego lento aquellas dos voluntades indomables ... Quién podla rom•
perlas ni domeñarlas .... ?
Ah!. ... La eterna madre, la eterna avasalladora, la santa Naturaleza!
l"na noche Veneranda, it punto de dormir~e, sintió en su seno el latir de ot:a vida! ... . Tmcorporósc
palpitante, trémula, azorada, venturosa, y rompió á llorar. Gabriel acechaba, como todas las noches, insomne, desgraciado, y al oí1· los sollozos saltó de la hamaca, donde reposaba, y corrió al lecho ele \'ene
rancla, que abriéndole sus brazos le dccla ruborosa y solloimntr:
- Ya nó .... ! Perdóname en nombre de nuestro hijo!
HUBÉS

1901.

OTOÑAL.
¡Qué honda melancolla
la de esta tarde póstera de Octubre,
en que se apaga agonizante el dla
b11jo el nublado que los cielos cnbrP!
¡Cómo citen las hojas
en la solemne selva solitaria!
Cual aves tristes cuyas alas flojas
~e alzan como se alza mi plegaria;

]\f. CAMPOS.

317

¡Cuánta)u(en los ojos,
cuánto candor en la serena frente,
cuántas sonrisas en los labios rojos
Y en las almas qué luz indcficiente!
¡Qué blanca era la vida.
al escalar los rápidos peldaiiob!
¡Qué fácil y que dulce la subida!
¡Qué lejos los funestos desengai1ob!
¡Qué folices nosotros
yendo ele cara al porvenir seguro!
Hoy tiemblo por la vida de los otros
y amargo cáliz de ausicdad apuro.
El dolor es lo úuico
que hay inmortal sobre la dura tiena·
falaz se embosca, como aleve púnico,'
nos acocha, nos mata y nos entierra ....
Ese rnmor de hojas
trotando por las sendas UHJ liaco daf1o;
de mi verdor as! tú me despojas
uh \'ida! sin cesar, año por aiio.
El árbol en la noche
con sus ramas escuetas y desnudas
rompe con su actitud el negro brocho
de mis penas incógnitas y mudas.
Pero hojas y aves
volverán á mecerse entre sus ramas
cuando la primavera sus suaves
'
brisas le traiga en su fulgor de llamas.
Xo a.sí los pobres seres
que consumidos por su propio fuegu
ay! nacen del dolor de las mujeres
para sufrir, llorar y morir luego.
JESÚS

E. \'ALENZUELA.

Sin fuerzas, sin aliento,
ltHlibrio de los cierzos gemidor&lt;'~,
rxhalando en las ráfagas del viento
las notns ele sus últimos amorrs.
LI\ escarcha se avecina

y la tarde se aviene á mi tristez11,

y en la onda profunda y cristalina
miro cómo emblanqneco mi cahPza.
Amor! no asl la viste
en las manos del sét· que me amó tnnto,
qu.e iL mi lado jamás estuvo triste
y yo mismo conduje al camposanto ....
¡Qué alegre la maiíana!
Doraba el sol las fértiles campiñas;
y á la mfstica voz de la campana
un enjambre en la iglesia, PI de las niñas.
Tras ellas los rapaces
c¡ue picante atezara el aire patrici,
entre risas y cármenes fugaces,
esperando intranquilos en o! atrio.

('ELLA," DE ERNESTO EL0RDUY.
El Maestro inspirado, cuyas coiuposicioncs son la delicia de nuestras damas y de nuestros art' t .
~esprendió una página do su álbum inédito para ofrecerla galantemente á la Rei;ista "fifoderna, qu~\:s
ltcne el placer de ponerla en manos de sus lectoras.
y
Ellas podrán soiíar, interpretando esa página apasionada escrita en voluptuoso ritmo de danza .¡0
que ha soiiaelo al concebirla el compositor que es nuestro poeta del piano, por su genio y su corazó;,

--

..,

�LA EVOLUCION DEL TEATRO CATALAN.

OS que le conozcan sólo por sus pri,11cras obras ó por alguna de las que se han traducido
al castellano, se sorprenderán no poco al verle con los últimos trajes que ha adoptado.
Lejos se halla ya de las comedias y dramas de l'itarra, su popular sostenedor de otl'OS
tiempos, y aun el mismo e; uimerá no constituye ya la última novedad que puede ofrece1· al espectador curioso. El teatro catalán evoluciona ambiciosamente hacia lo nuevo,
ó, en opinión ele algunos, decae y se deshace siguiendo equivocadas direcciones. Dejemos la discusión de si decae ó se eleva, para fijarnos sólo en algunos hechos que demuestran que indudablemente evoluciona.
:· Las tendencias más ó menos ibscnianas presentidas, á vece~, por (:uimcril, han sido afirmadas con
mayor decisión y llevadas más lc&gt;jos pot· un dramaturgo joven y ya conocido del público barcelonés: Ignacio Iglesia$. Cosa de media docena de obras que lleva impresas ó representadas le han servido parn
lltraer sobre si la atención de los que aprecian sus buenas cualidades y adivinan en él un autor fecundo,
conocedor del teatro y con aspiraciones que no se contentan con poco. Iglesias tiene ya amigos y enemigos que le ensalzan ó deprimen, exccsirnmente á veces, gracias á sus tendencias; pero el hecho es que
i•I representa una nota personal y digna ele tenerse en cuenta en el teatro catalán de hoy. Las nueYas
ideas sociales y religiosas preocúpanlc impuls:\ndolc it convertir el drnma en arma de combate, y apláudanse ó no tales ideas, siempre resultar:°ln características de la época y demostrarán que la literatura ralala11a no anda rehacía en seguir las corrientes extranjeras; antes al contrario, se las asimila prontamentt•.
Su lifarc elcma escandalizó á algunos poco tiempo atrí1s, y entusiasmó á otros; sus J-&gt;rimers /reds han
parecido también, últimamente, audaces, revolucionarios, y obtuvieron un éxito ruidoso la noche del eslrcno, pero sin sosteuer:.e después, acaso por ser esta obra menos teatral que otras del autor, y no clt&gt;jarse arrastrar facilmcnte todo el público hacia lo~ senderos que sigue el escritor cataliin. Así y todo, hubo
revistero que en el entusiasmo que abundó en el estreno de Jt:ls pri1ne1·s f'reds comparó la obra con Elec·
tra, y dijo que tocia la segunda no tenia la fuerza sugestiva de una sola escena, la última, del poema
,lramcítico. ele Iglesias. En cambio, á esa admiración ha seguido la frialdad ele otros, 11ue ese es el peligro que suelen ofrecer los dramas de combate. Sea como fuere, todo parece indicar que Ignacio Iglesias
es el hombre del porvenir en el teatro catalán, y que su audaz imaginación ha de agitar no pocas ideas
de las que suele decirse que promueven tempestades, si tempestad cabe en ese vaso de agua de mrnRtra
\"ida literaria, sea ella catalana ó no.
Por caminos no muy distantes de los de Iglesias anda también D . .Tuan Toncndell, distinguido escritor mallorquln que desde Palma fué á Barcelona para que en ella se estrenara su drama Rls encarri·
lat.~. El éxito obtenido por el Sr. Torrendell fu(• completo, y el teatro catal;in ha hecho una nueva y valio~a adquisición que no deja de ser muy significativa. J.:[,q encm·rilafs es una protesta calurosa, vibrantt',
cotltra el caciquismo que nos corrompe, y, al propio tiempo, una enérgica afirmación de patriotismo local. Jpdependientemente de su valor literario, tiene la obra importancia política, pues pocas veces como
en la noche del estreno se habla visto en Barcelona i, un dramaturgo luchando con tanta oportunidad
por lo mismo que constituía aquellos días la gran preocupación de no pocos de los espectadores. Pero
no sólo han llegado oportunamente Els enca 1'1·ilats, sino que son una de las obras más serias y cultas del
teatl'O catalán. Produce una impresión de agradable sorpresa aquel diidogo de un realismo algo parecido al de S udermann, con atrevimientos y vuelos i'i lo Jbsen; arrastra el furgo j uvenil &lt;le! protagonista, y
acaba uno por simpati,1,ar con él y aplaudirle, aun cuando flaquea un poco ó no parece j ustifi carse bastante á la la primera impresión cuanto le ocurre. Algo se ha echado en cara, si n embargo, al autor ele
este drama, considerimdolo como invoroslmil, que no es más que copia c&gt;xacla de lo que t'n la realidad
acontece; pero no en la realidad ele las ciudades, sino en la lugarciia, lo que no es precisamente lo mismo.
El defecto capital de la ob ra, en m: concepto, es la. pequeñez del motil'O principal sobrn que gira, el
cual, si en la vida de una población subalterna se agranda, en el teatro parJce muy reducido si no se com·

��REVISTA .I\JOl)F.flNA.
plica con otros. 'rambi.:n cierto tono declamatorio le perjudica; pc1·0 eso puede decirse que es, en gran
parte, defecto del género. Lo indudable es que el autor es una esperanza para la literatu1·a catalana, .,·
que hay que apuntar su nombre en la lista ele los que valen y pueden darnos un teatro verdaderamente
literario. Dios ponga acierto en sus manos, que no nos sobran dramaturgos de buena fe.
De esa clase ele ol,ras :\ las dos que ha pul,licado hace poco .\peles ~lestres, la transiciún es algo
hrusca si se atiende súlo á cualidades externas. /Jramas ¡,,.ics las titula, y lo son por 111As de un conrrp•
101 por lo que la música y el canto inter\'ienen en ellos, y por lo que participan de poesía lit'ica.
Constan &lt;le un acto cada uno, por hahrr siclo escritos expresamente para rl llamado 'Tea! re l ,ll'Ít'
rala/1í, donde sr impuso rsa condicibn, y rslim rscritos en \'erso, lo qur parrce un retroceso rn la ro
rrirnte grneral; prro no le impitle al autor decir cuanto quiere casi con la misma naturalidad dr la prosn.
Es,LS dos ol,ritas, puestas en excelente mt'1sicll por los maestros catalanes ~forera y r :ranados, oMuvierou
muy buen hito cuantas veces se representaron, y en ese éxito hay una pruel,a m1is de ,1ue el público !,ar•
celonés admite y aplaude ya en el teatro obras literarias que algunos años atrás se hubieran calificado
ele muy bellas, pero irreprescntal,les por no tener las condiciones teatrales que pan:clan imprescindibles,
Ya ahora no lo son, y !,asta la poesla, lo mismo que la idea de alcance misó menos social, para que todo
quepa en aquel molde antes tan estrecho, y no tan ampiio aún como algunos desean. La lloso11s y l'ica1·ol (titulo de esas dos obras de :IIestrns) contribuyen también, pues, en cierto modo A la evolución en sen•
tielo de la completa libertad del género teatral.

¿Y qué diremos de otras tres obras en un acto que acaba de reuui1· en elegante volumen Santiago
nusiiiol: L'ale9ría que passa, l!:l jal'llí af1a11do11al y li!fales y l •'o1·mi,ques:' Ya aqul no so intenta tlmi•
damente que el público acepte algo, sino 11ue se le impone como cosa nue\'a que en ott·as partes se admitirla con elogio, y CD nuestra tierra no podemos, por lo tanto, rechazar. Estamos en pleno teatro sim•
bolista, en el que la observación de la realidad no es un fin, ni mucho menos, sino un pretexto ó un medio
para qae el slmbolo vaya á inlluh' en la multitud. ~o se describe sólo por el placer de realizar belleza; no
se trabaja para conmover sin resultados práctico,: se predica, se lucha para desviar á un pueblo, harto
práctico y positivo, del !,ajo culto á los J,ienes materiales, para eleval'lo al culto de la Idea, de la Belleza,
y con (•I al del Poeta y del Artista, nue,·os elioscs que deben sustituir al Creso que inspira admiración á
11\s ignorantes multitudes. Sin duda que el teatro de Santiago Rusifiol es, bajo cierto aspecto, el mAs nuc•
,·o y revolucionario entre nosotros, porque el autor no teme el fracaso: se arroja á él y logra convertirlo
en &lt;~xito más ó menos completo, pero bueno, en fin. En el Teal1·e !íl'ir se han aplaudido con entusiasmo
J,'a[1f¡ría qtte pa~.M .v Cit1ales y l•'ormi91t1?~, la primera mis que la segunda, por mAs clara, humana:,
bien redondeada; pero es característico que un puro slmbolo, que se mueve lo más lejos posible de la tic•
rra vil y trata &lt;le apartar ele ella á los hombres, baste para reunir un público de gente práctica, como
suele considerarse á los catalanes, y arrancarles un aplauso hahli1ndoles &lt;le la. Pocsla y predicándoles el
desprecio de las riquezas. Mucha idealidad ha &lt;le haber latente-, para eso, en aquella multitud; mucha
predisposición iL educarse-; mucha facilidad, tambi&lt;'·n, para admitir las nue,•as corrientes, no sólo en el tea•
tro, sino en la vida. Que todo eso es lo que evoluciona CD Cataluña.
H. D. PERJ::s.

ETERNAMENTE.
{Para A. C. )
) o 110 s1'• r111,·· lle, aba &lt;'n su radioso
Seml,lantc ele l1t tez inmncnlada,
Ni comprPndo qué fueg-o mistrl'ioso
llnmin&lt;i PI l'l'istal ele su mirnrla.
81•11lf llogar rn cauce prodig-ioso
Las notas ele una risa rnamor11d11,
Y sin quererlo casi, temeroso,
Clav(• mis ojos en su faz rosada.

Re alejú para siempre de mi lado
Y mo hizo entristecer con su pnrtidn,
D~spni·s , ino el re-cuerdo clPI nusrnl.-;

Y ahom tras lo mucho qu(• he llorado ,
Comprendo la risibn: f11nrli(1 mi ,·ida
'l. he guard1ulo rl troquel rtPrnllmenll'!
México, IH0I.
,JUAN

R. ORCÍ.

�NOCTURNO.

C&lt;)NVOOA':'l~ORIA.
convoca á. los littll'atos querctanos ó residentes en el Estado, á
un certamen de •gay saber&gt; que se verificará en esta ciudad el 28 del próximo Diciembre.

L HERALDO DE NAV1DAo

TEMAS

Leyenda sobre arnnto queretano.-Pi'osa ó verao. - Premio del S. Gobierno del Estado.
Romance bistórico.-Tema libre.-Premio del I. Ayuntamiento de la Municipalidad
de Querétaro.
Poesía lirica.-Metl'O y asunto libres.- Premio del Colegio Civil del Estado.
• El Decadentismo en i\Iéxico.•-Prosa ó verso.-Premio de la Sociedad Politécnica.
•.:'\13.vidad.•-Po.&gt;esla cm liberta1 de metro.-Premio de la Junta de Navidad.
llASES DEL CEIRTAME){.

Q.1eda abierto el certamen desde hoy hasta el 15 de Diciembre en el Colegio Civil del Estado, adon de deben enviar su9 trabajos los concurrentes al ce1·tam3n, dirigiéndolos al Secretario del Jurado Cali•
ficador.
Los aspirantes enviarán dos wbres cerrados: uno contend1·á. la composición con un lema que sirva.
para distinguirla, y la indicación del premio á que aspiran¡ en el otro, en cuyo dorso escribirán el mismo
lema, irá. el nombre del autor.
Todas las composiciones poéticas que se presenten, tendrán derecho á. competir por el Premio de
Honor, además del coi-respondiente al tema. que elijan sus autores entre los señala.dos por las Corporaciones que bondadosamente han protegido esto certamen otorgando los premios.
El Premio de Honor consisti!'á en la flor natural y el derecho de elegir la Reina do la fiesta. Los do·
rni1s se1·án objetos de arte.
El Jurado Calificador dará su dictamen el dla 21 de Diciembre, y se harán conocer por la prensa los
lemas de las composiciones premiadas y el nombre del poeta que haya merecido el Prnmio de Honor.
Los sobres que contengan los nombres de los autores premiados, serán abiertos en el acto del cer,
tamen, y la Iteina de la fiesta entregará á los ag1·aciados la recompensa á que se hayan hecho acree,
do1·es. Los sobres en que vayan los nombres de personas que no hayan obtenido premio, serán destrnidos, sin abrirlos, en presencia del pii.blico.
Si por cualquier motivo, el poeta agraciado con la flor natural no se presentare á elegir la Reina de
la fiesta, ni nombrare representante que lo haga, el Presidente del Jurado hará la designación respectiva.
Las pooslas que so presenten no podrán exceder de 2:j0 versos, ni los trabajos cu pl'Osa de 1,60:J palabras.
Al otorgar los premios se atenderá al mayor mérito relativo, y el Jurado se reserva el derecho do
doclara1· desiertos los temas que juzgue conveniente.
Si alguno de los miembros del J urado no asiste á las reuniones en que se califiquen los trabajos, danin el veredicto los miembros que se hallen presentes.
Los trabajos premiados so publicarán en el último número de &lt;EL HERALDO DE NAV!DAD, • y los no
premiados quedarán á disposición do sus autores, hasta el día 31 de Enero do 1002, en la Secretarla del
Jurado.
Será mantenedor de los Juegos Florales el Sr. Iog. D. Adolfo do la Isla, y formarán el Jurado Galilicador los señores siguientes:
Lic. D. Alfonso M. Septién, Presidente.-Lic. D. Gabriel Estrada, Yicepresidente.- Lics. D. Benito
Reynoso y D. Germán J. González, Dr. D. l\Ianuel Godoy y D. Joaquln Aguilera, Vocales.-Farm. D
Manuel Albamirano, Secretario.
Querétaro, 1001.

A \' eces, cuando en alta noche tranquila,
Sobre las teclas vuela tu mano blanca,
Como una ·mariposa sobre una lila
Y al teclado sonoro notas arranca,
Cruzando del espacio la negra sombra
Filtran por la ventana rayos de luna,
Que trazan luces largas sobre la alfombra;
Y en alas de las notas á otros lugares
Vuelan mis pensamientos, cruzan los marrs,
Y en gótico castillo donde en las piedras
Musgosas por los siglos, crecen las hiedras,
Puestos de codos ambos en la ventana
l\Iiramos en las sombras morir el dla
Y subir de los valles la noche umbrla 1
Y soy tu paje rubio, mi castellana,
Y cuando on los espacios la noche cierra,
El fuego de tu estancia los muebles dora,
Y los dos nos miramos y sonreímos
Mientras que el viento afuera suspira y llora!
¿Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
Cuando sobre las teclas vuelan sus manos!

-·-·En los lnímodoil bosques, cu otoiío,
Al llegar de los fríos, cuando roja~
Vuelan sobre los musgos y las rnmn.~
En torbellinos las marchitas hojas,
La niebla al extenderse en el vacio
Lo da al paisaje mustio un tono incfo: lo,
Y el follaje do huyó la savia ardiente
Tiene un adiós para el verano muerto ,
Y un color opaco y triste
Como el recuerdo borroso
De lo que fu é y ya no exisl&lt;',
En los nntiguos cuartos hay armarios
Que en el rincón más intimo y cliscrNo,
De pasadas locuras y pasiones
Guardan, con un aroma de secreto,
Yíejas cartas de amor, ya desteñidas,
Que ob ligan á evocar tiempos mejore~,
Y ramilletes negros y marchitos
Que son como cadáveres de flores
Y tienen un 0101· triste
Como el recuerdo borroso·
De lo que fu6 y ya no existe!

�3l6

REVI~TA MODERNA.
Y cu las almas amantes, cuando piensan
Eu perdidos afectos y ternura~,
\,tuo de la soledad do ignotos días
No ,·endrán á endulzar horas futuras,
IIay el hondo cansancio que en la ludn
Acaba de matar ,i. los he: idos.
\'ago como el color del bosque mu~tio,
Como el olor de los perfumes idos,
Y el cansancio aquel es trbtu
Como un recuerdo borroso
De lo que fué y ya no existe!
Jo11i:.:

ASIJNCION SILVA.

EN"' EL POZO.
(DE LA LECTURA . DE MADRID.)

I
LA uua de la tarde comenzó el cai1oneo, que no otra cosa parecfa aquel con•
denado est1 urndo de los barrenos. Todo el cerro, agujereado como un panal,
retemblaba; sobre las casitas del pueblo Yolaban trozos de piedra, pedazos ne•
gruzcos Y di~f'ormes, como aves obscuras manchando el espacio azul. Allá, &lt;'ll
lo alto del crrro, sonaba la corneta avisadora con un tono qu&lt;'jumbroso, casi
doli&lt;'nte, qtw apagaba á intcrl'alos el tronar espantoso de los hnrrenos que l'II
larga tila il.iau estallando.
La gerte huía del~~ call_es, esquivando el peligro que todos los dlas, de un modo regular, se presentaba. La gran expl~tac100 mmera, ~I par que ahondaba, se extendla. Y mientras que de allá abajo, de
t'ene_brosa~ p1:of~nd1da.des, venían v1bra~iones silenciosas y movimientos bruscos do ta piedra, de aquel
cno1 me laJo a cielo abierto con que secc10naban el cerro, sallan estos trueno~, E'stos pedruscos volado•
re~, estos estremecimientos que haclan bailar las cosas.
Pedro y Pablo- á quienes llama.ban los santo.~ apóstoles-salieron &lt;le la casa con ta cestilla al IJrazo
Y lo~ ca~diles de hierro en la mano. A despedirlos salió á la puerta la mujer del primero, Mariquita ta
H~lw1pw -y en verdad que lo era y míLS lo parecía entre aquella gente tan sucia, en la que el polvo del
mineral formaba costra.-Y como la corneta segula avisando, ella los detuvo un momento, dcb1tjo ele
la me~quina pana que orlaba la puerta.
- Esperar. Esto acaba ya. No me acostt1mbro á estos ruidos ., .. ¡mal,litos 1rnan tos barrenos'
Y los apóstolos se reían como unos sanguangos:
'
- ¡Barrenos los de allá dentro, ¿eh?
Y entre broma y risa la comprometieron para que ol domingo liajasc alli1, al catorcu piso, ÍL la C!t1la
donde ellos estaban hacien&lt;lo el pozo, y comerlan los tres á la vera del malacate, alumbrándose con el
candil, bajo la bóverla vcrdin&lt;'gra sudando vitriolo, en R'}uella inmensidarl subterrimca que parcela un
pedazo del infierno.
-¡Aquello es cnauti bay que ver, cordera!-dijole Pedro.
- Y el ~ozo nuestro (porque nu_estro es, habiéndole contratao) es un scíior po;,;o y ahí están los ingleses que lo d1gau,- agrego Pablo, mirando con extratia fijeza á Mariquitn..
-Vaya, que iré. ¡Pues no os ponéis poco tontos con el pozajo!
- Es que de allí sacamos el cónquibus, y lo que habremos do sac:ir ....
- En él me entierren- dijo Mariquita,--si salimos de pobres.
- Eso no. ¡Ajolá! Por tí más que por mi lo queclrla.
- Digo lo misrno.-Y Pablo le dió un envión con la cesta.
- Se acallaron los tiros. Graciai; iL Dios. Hasta la mar!rugada, ¿uh?
- ¡.\dió~, scrran:i!
H
-¡Qu é huena es!-dijo Perlrr, con su apacihlo condi ción de hombre gr:rnd11llón, recién casado, que
Pncontró lo ()Ue le hacia falta.
- Buena, y limpia, y hacendosa y como hay que ser - contestó Pal&gt;lo - Amigo, has tenido suerte.

REVISTA MODERNA.

327

Y eutrambo~, hablando de ~Iariquita y enumerando sus perfecciones, se fueron intemando en aquel
laberinto minero, erizado de obstáculos y accidentes. Bajaron por sendas ·estrechas abiertas en lo esté·
ril; rodearon el laboratorio, en cuya alta chimenea ondeaba un penacho :negro de humo; pasaron sobro
las vías en que las locomotoras silbaban desesperadamente; bordearon el canaleo, en que el agua cobriza va d!'jando su cáscara riqulsima en los viejos lingotes de hierro; llegaron á los hornos de fundición,
donde hubo que tomar un trago que el capataz ofrecía, delante de la llama espantosa, policroma, en
que se derretían masas de cobre, de azufre y de arsénico .... y siguieron hasta la base del cerro, todo ól
envuelto en un vaho que salla de todas partes, suavizando la fuerte coloración que el óxido de hierro
ponlll en la tierra y en lo~ peiíascos.
Allá en lo hondo, como una grieta abierta en aquel campo rojo sin una mata verde que alegrnse la
\'isla, comenzaba el túnel maest1·0; el túnel de ent1·ada. Arrnstrábanse las pequeíias locomotoras silban•
do sin cesar y dejando en la bóveda manchones de humo negro. A un lacio y otro de las vías marchaban en hilera los obreros del rele,·o, que iban á hacer su jomada en las profundidades de la mina.
A poco, saliernn del túnel y se pararon un instante en el fondo de la corta, {L la luz y al aire. Poi•
muy acostumbrados que estén los ojos, el espectáculo es siempre grnndioso ó imponente. Era aquel un
anfiteatro magnífico: desde el suelo, en que las lluvias habían d!'jado algunas charcas de agua muy limpia, se elevaba la múltiple g,aderia, los bacanales de la explotación; allá arriba corrían sobre aquellos
bancos de mineral las carretillas carg14das; más alto, colgaban á racimo los hombres atados, oscilando á
compás del pico, como ajusticiados; y por encima de todo, el pico pei1ascoso del cerro, algo inclinado,
como midiendo la hondura con que los hombres lo iban deshaciendo. Un breve pedazo de cielo azul, vis•
to como desde un pozo, extendia su nota alegre sobre aquella desolación.
En torno de la gradería colosal se abrian, como fauces negras, las bocas de galerías antiguas y modernas. Las unas anojaban humo; las otras, agua turbia que venía de los trabajos.
Los apóstoles miraron todo aquello con la indiferencia suprema del trabajador avezado, y hablan•
do de cosas del negocio, entraron por la galerla en curva, que venia á ser prolongación del tímel. Allí
encendieron los candiles.
A medida que adelantaban por aquel antro, se percibían mils formit!.ables unos rugidos atronadores, como el resuello de algún monstruo; á poco, se fuó haciendo, primero visible, luego deslumbrante,
el resplandor de una inmensa llama: una masa de vapor blanco lo enl'olvia todo, y entre el conjunto de
extraños rnidos, de claridad y de niebla, confusa y alocadamente se movían figura3 negras, fantástica~,
que corrían anastrando cosas gemidoras, que rechinaban resbalando cutre aquella bruma caliente.
El monstrno de la caverna era la gran máquina de múltiple oficio: ella tiraba de las ,·agonetas en
ristra, que se extendlan por las galerías llenas de sombras; moría las perforadoras de grandes barrenas
con puntas de diamante; impulsaba los émbolos de las bombas dcsaguautes, y hacia salit· de los ventiladores los chorros veloces de aire que hacían habitable aquel espantoso laberinto.
El estruendo era tal, que los obreros se hablaban por seii.as. A la saliJa ele aquella explanada, al
cruzar por delante de una galería en plano inclinado, Pedro súbitamente clió un empujón á Pablo, con
tal violencia, que lo echó á diez pasos. Yolvióse éste entre iracundo y sorprendido, y viú pasar rngiente
y negra, la fila de vagonetas cargadas, que parecían despef1arsl'; un sl'gundo más, y lo hubiesen despedazado.
En la larga convivencia entre el peligro, que es constante, de todos los minutos, de todos los días,
estos actos de noble salvación pierden su importancia, como la pierde el accidente que quita la vida.
As!, los apóstoles siguieron su marcha, sin que el salvarlo dijese nada al salvador, ni éste pensase
más en que, gracias á. él, el mundo conservaba un hombre.
Fueron dejando atrás los lugat·es del ruido, los sitios cu que rugían las máquina~; cada vez se iu·
tornaban más en el corazón del filón Norte; el mineral se hacia más firme. más compacto; las vetas sudo·
rosas del sulfato tendian sus anchos tapices; de la bóveda irregular y rocosa pendían millares de esla·
]actitas azules, torneadas, cirios traidores de vitriolo, que á cualquier imprudente mil'ón dejarían ciego.
Pasaron por un ti-abajo, en que una pobre gente destajista echal&gt;a el quilo. Allá en la crnz que formaban las dos galerias, moviase la luz de un candil con recios Yaiveues: no se veía el mine1·01 pero se
ola su voz apagada en la masa de piedra, repartida en aqnelln.s negras oquedades: ¡pegao estrí¡ ¡pe•

flªº está!
Pedro y Pablo se echaron de un salto en el hueco de una cuadra, en el rectángulo socavado en la
roca donde dos pacientisimas mulas destinadas al arrastre comlan su pienso, acostumbradas ya á esos
espantos del munrlo subterráneo.
Tardarían ocho segundos en estallar los barrenos, uuo á uuo, como los cañoucs de una batería. La
masa de mineral trepidaba como un instrumento sonoro; las moléculas todas vibraban con siniestra amenaza; la bóveda crujía ... . y el bramido de la explosión se pe1·dla en las vías obscuras, insondables, como un lamento de las cosas grandes, heridas y profanadas.
Las mulas dejarnn de comer, enderezaron las orejas, y, al acabarse el estruendo, volvieron al pieu·
so, á. defender la vida, con la calma humilde y pacienzuda de animales que no ven la luz, que ya nunca
se ~sperezarán en los prados.
Al llegar los apóstoles á la bifurcación de la •galeria de los mucrtos•-allí murieron quince granadín-0s y veintidós portuguefies -bajaron, como siempre, A echar un cigano con los de p erp.:uta lo~ tra•
baj~d&lt;H·es del quince, que iban ahonrlan clo, haciendo el nervio central de aquel piso nuevo.

�328

REVISTA MODERNA.

- ¡l!:h, los amigob! ¡Cuiuao, que hay requisa, y andan tricornios de venteo!
- ¡Ah, bah! por aquí no llegan. Está esto muy hondo y hay mucho monte.
Aquellos tranquilos dudadanos, escapados de presidio unos, fugitivos de la justicia otros, todos con
su negra culpa encima ele los lomos, trabajaban á. jornal, para un contratista tiránico, empleados en una
faena homicida, pero contrntos de no ser esclavos ele la sociedad; de ser libres en algo, en esto de morir siquiera.
Y por catorce reales, daban barrenos, metidos en una charca de agua verde, corrosiva, que les ulrrraba espantosamente las piernas, y por toda defensa se ponían tapones de cera en los boquetes ulcrrosos, en la carne recomida .. ..
Desterrados de Ja luz, preforlan aquella libertad negra, aquel mundo dantesco en que morían aplastados, despedazados, envenenados, corroldos, hasta al punto de ver la blancura de sus huesos; su propio esqueleto moviéndose en el afán de la·,•¡da, debatiéndose en un infierno sin esperanza, pero libres al
fin, en esa bárbara libertad del dolor y de la muerte.
Acabado el cigarro, subieron los apóstoles á. su piso, graves, silenciosos, atentos á toda señal de peligro. Ya no habla vida por alli, ni luz, ni movimiento. Era un gran espacio deshabitado y tranquilo.
La soml&gt;ra lo llenaba todo.
Antes ele llegar á. la caiia donde estaba el pozo, oyeron el martilleo de sus barrenero~, y, saliendo
de la hondura, la copla clásica, el gemido popular, cristalizado como el mineral en aquellas rrgiones
1rnhtcrránras:
•¡Pobrecitos los minero~,
qué desgracialtos son!•

ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE NOVIEMBRE DE

1901

NúM.

21

REVISTA
ARTE V
OtREC ron: JESlJS E. VALEN7.UT&lt;::LA.

CIENCIA.
,Tf.::FE DE REDACCTON:

.n::sus

URUETA.

Ti p. tlt D11l,l ,i&gt;1.

LOS GRANDES POETAS NORTE-Al\fERICANOS.
DISCURSO DEL SR. BALUINO DA VA LOS.
IC:URA08 un bosque inmenso en donde la naturalt•z1. hubiese tlesarrolltulo con

llI

El muchacho del tordo dorrnla como un bendito en la plataforma de dos tablones tendida sobre rl
pozo. l'n vuelco algo violento, una pesadilla, nada, cualquier cosa, y rl much11cho hubiera e11ldo á trrinta metros, encima de los barreneros. Allí se ,·i vla ele milagrn.
La luz de los candile~ salla del pozo con una claridad tenue, mo1 tecina
Pablo, de un puntapié despertó al muchacho, en tanto que Pedro, echado sobre el cilindro del torno,
gritabit á su gente: ¡Aquí estamos ya! ¿Ha habido algo?
-Nada. Cada ,·ez más m!\s &lt;lura. r•:stos llevan toda la carg 1.
- Pues á pegar, y afuera.
l'no &lt;Ir los trabajadores se cogió á la cuerda, hizo In lazada por lu que pasó el muslo, y puestos al
torno los dos apcísl ol es, subiú rápidamente, en tanto que el compaiíero quedaba 71ega11do. Con la luz del
candil dió ruego á las mechas, que á esto llaman pegar, y asii:ndose á la cuerda, subió luego; apenas
echó el cuerpo fuera, se retiraron .odos á la galería central, y el muchacho, bamboleando el candil, dió
las voces de ¡pegao esfd.' según es de rigor y de saludable costumbre.
-Las mechas esas tienen fallas. Hay que cambiarlas, porque á lo m&lt;&gt;jor se corren, y va á. haber
aquí una san f'ran cía el ella menos pensado- dijo el barrenero.
-::'lle engañaron en el almacén. Ya vola,·on el otro ella cinco de la pe1·1 éula, y es eso que las mechas
no sirven, y no las tiran aunque reviente ol_munc\o. ¡Asl reventaran ellos!
F.n esto, los dos baucnos hicieron explosión.
- ¡lh1e1rn carga, compadre!
- La que admitieron. ¿No lo dije?
-¡Ya habrán drjado bálago! Ea, puc~, á descansar, que para nosotros so hizo el mundo: echa una
mano, chiquillo.
Y uno en pos de otro, los apóstoles bajaron al pozo, lleno aún de vapores y de polvo, y de ese olor
1le la dinamita, que hace añicos la piedra mlis dura, y cuanto más dura, mejor.
En el acto se pusieron A escombrar, á. limpiar el pozo, y allá iban volando los esportones, á los que
1111 mal movimiento los hubiese volcado sobre aquellos hombres que no tenían huida posible.
Empezaron después A embocar sus barrenos, y golpe tras golpe se fueron enfrascando, hablando á
vuc,•s rle sus cosas, á veces silenciosos, absortos en la faena, en aquella lucha brava &lt;&gt;n que el músculo
y el acero atacan á. la roca y la roca se resiste con su plutónica dureza.
Los dos ap,íslolr-s hablan venido ali! de lados distintos, empujados por In necesidad y el trabajo: primero, Pablo, que tuvo ,·arias alternativas en su vida de minero, -:,· cuando se vió con algunos posibles,
los malgastó, los disipó en breve vida rrgalona, única que concebía digna del hombre. Después llegó
Pedro, entre un turbión de geute sin trabHjo, gra,·e, ajuiciado, de blanda condición, y en todo reglado y
serio. El azar del trabajo los juntó un dla, y ya no se separaron, Acaso afirmó su amistad la diferencia
de caracteres, pues cada uno admiraba en el otro lo que en él faltaba.
r Conti nuará),

exuberancia toda la vida, toda la energla, toda la potencia virtual de sus gi·rmenes, con fecundidad de madre universal y potente, y que libre, ,·igorosa,
pródiga en su inagotable abundancia, y sin la pasiva labor del lento transcur
so de los siglos, de un solo empuje poderoso y resuelto hubiese hecho qu&lt;&gt; la
creación se efoctuara .... Alll la vegetación derrocharla sin esfuerzo un cau
da! perenne de helleza sobre los mil detalles á. que extiende su manifestación
el alma de la flora; alli lo necesario y lo fortuito, lo caprichoso y lo elrlibcrarlo,
lo fino y pomposo como el lirio silvestre, y lo tosco y salvaje como el tronco
fuertemente 1111,loso y rudamente erguido, tendrlan la noble y espontánea expresión de su forma; las flore~, las hojas, lasco: tezas y aun las piedras, al amor de la luz deshecha en matices, lucirían iL la limpi·
dez del aire, y á la. frescura del rocío, y á. la fecundación del sol, .,· al embelesamiento del misterio, y ;\.
la consagración del tiempo, supremo santificador de lo g rande!
l•'.n eso bosque he entrado: vagué en él con asombro; seguí curioso sus sendas intrincada~; penett i·
rn su espesura; me aproximé á la margen ele sus torrentes, siguiendo complacido su curso ó remontándolo en busca del manantial apacible para. clavar los ojos en el mistel'io azul de su fondo; más ele una
nr. me detu,·e t1 reposará la. sombra de sus árboles, repitiendo menta,nente los trinos oídos al pasar, ú
ya perdido en las inextricables malezas que encubren á menudo peligrosos pantanos, sorprendl en el gri·
to estridente de un gran cuervo la nota polar de mi camino; y ,-¡ también entre sus llores los asfódclos
del nuevo arte cultivados con mimo por los gnomos que peregrinan hacia un inquietante ideal aun no
entrevisto, y aspiré las brisas embalsamadas de gloria y sápidas á resinas naturales,·" muchas veces me
adormecl al hechizo de algún himno solemne y religioso.
En ese bosque entré, y de ese bosque vengo para contaros no lo que vi, sino lo que he admirado, no
lo que es, sino lo que me ha parecido; y os daré lo que traigo: unas cuantas impresiones vivaces, tres ó
cuatro paisajes esbozados de prisa, el ritornelo de algún gorjeo perdido, la fugitiva silueta de algunas
~ombras ... . y varios nombres gloriosos!
Si: supe alll de muchos seres que en esplritu lo habitan, cuyos nombres recogla mi oído á.vidamen•
mente. Es todo un mundo de almas que se han estremecido de emoción y que de emoción me estremecieron, un mundo nuevo dentro del Nuevo Mundo, creado de ayer á hoy, desarrollado en menos de un siglo, emanación de un pueblo que pasma con su modo grandioso ele improvisar prodigios; un globo
transparente de poesía cristalizado preciosamente en el centro de una enorme hornaza de tt·abajo.
¿Los primeros nombres que oi? Fueron muchos, ele esos que solamente se nos dicen cuando preguntamos por ellos: nombres humildes, de humildes seres desaparecidos de la memoria de los hombres y recogidos alguna vez, no por la piedad ni la veneración, sino por la paciencia, en los anales literarios de
cada pueblo. ¿A que repetir ninguno de esos nombres, si no han de hallar eco en vuestros recuerdos, ni
Riquiera dejarían en niestro corazón la reminiscencia de una simpatla pasajera?
Para que el fuego de la poesla arda en el pecho humano, basta que los sentimientos que alll suelen
albergarse no se hayan convertido en cenizas; que alguno predomine ó persista en los momentos en que
la vida ó la naturaleza le envio una rAfaga pasional, feliz ó desoladora, poco importa, pero ,·iva. J\Ias si
la llama ha ele manifestarse y alumbra1· inmortalmente, preciso es que la produzca un combustible rico,
,\' que esplenda con fnlgor excepcional de intensidad y color propios, de forma hermosa y nueva qur
la distingan ele las otras y no permitan eonf1tndlrla nunca ni con las llamaradas que más 11e le parezcan
F.n nuestro vecino pueblo del Xorte, d1trante los dos primeros siglos ele eu existencia, rl diecisietr,
en que la inmigración fué colonizándolo, y el dieciocho, ósea el de su independencia, siglos que die·
ron A Inglaterra los nombres de Shaltespenre, l\filton 1 Dryden, Swift1 Addison, Pope, Johnson y Burns,

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 20, Octubre, Segunda quincena</text>
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                <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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        <name>De Natura Rerum</name>
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        <name>Ernesto Elorduy</name>
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        <name>Teatro Catalán</name>
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ARo IV

REVISTA MODER~A.

EL ULTIMO SUEÑO DE LUIS XV.

MÉXICO,

1ª

QUINCENA. DE ÜCTUDRE DE

ARTE V

ANATOLE

I

FRANOE.

NúM.

19

REVISTA MODERNA
DIREC T O R : JESUS ;E. VALEN ZUELA.

AJO el murmurio lento de las últimas palabras de absolución, el rey, muy débil, se
durmió.
El anciano sacerdote, de rodillas, hizo la acción de bendecir. Después, y con
una mano sobre el brocado del gran lecho aparatoso, se levantó.
Durante un minuto contempló, pensativo, al moribundo, lamentable, cuyo
Mstro tumefacto destacábase, violado, sobre la blancura de las sábanas en la media sombra del baldaquino de cortinas de seda azul.
llnbo un largo suspiro, lleno de filosofía, en el sacerdote; luego, atravesando la gran cámara, vacía
y muda, abrió con precaución la alta puerta blanca.
El cuchicheo hipócrita de las conversaciones se extinguió. Silenciosamente, según las estrictas leyes
de la etiqueta, la corte, en traje de gala, llevando todas sus insignias y decoraciones, entró con lentitud
y de pie, ceremoniosa, púsose á mira1· la muerte de su viejo rey.
Entretanto, I,uis XV tenia un gran sueiío: estaba muerto, y bajo un cielo azul, donde las estrellas de
oro se agrupaban en flores de lis, al través de una llanura inmensa, hacia el horizonte pálido, andaba él,
buscando el camino del paralso.
Andaba, andaba .... y ante él ninguna estrella se elevaba en el firmamento para guiar hacia Dios á
Su Majestad Crist1anisima.
.
Luis XV sentíase fatigadp, y pensaba que era. muy descortés el Padre Ci,lestial, al mostrar tan poco
interés en darle la bienvenida.
- En verdad, sófo en Versalles hay modales cultos, se dijo.
De pronto apareció, caminando á su encuentro, una ligur.a extraña: era un gran cuerpo decapitado,
revestido esph'•ndidam~nte-con una casulla de oro incrustada de piedras preciosas; una aureola cerniase
encima de su cuello sangriento, y llevaba en las manos, cubierta con una mitra de plata, una cabeza de
barba blanca.
Luis, cel Bien Amado, , la reconoció. Sin duda, San Dionisio venia á saludará su alma, de parte del
Alllsimo, después de haber recibido sus despojos terrestres en su antigua abadía.
Pero se equivocó: San :Oionisio no lo conocla y le preguntó quién era.
-$oy el rey de Francia, y busco el paraíso.
_
El santo no demostró sorpresa: ¡habla visto tantos reyes de. Francia!
-A la derecha, siempre á la derecha, dijo.
Luis XV readquirió valor, y se hundió de uue\'O en la llanura ilimitada .... En el cielo, de un azul
sombrío, las flores df.1 liS palldeclan.
Anduvo, 1;1.nduvo, y siempre el horizonte monótono retrocedía.
Pareoíale muy duro al anciano monarca, encontrarse tan solo en aqu-11 desierto. l\leditaba y se decía que en aquel otro mundt&gt; debia ser él muy pobre cosa, para estar asi, tan abandonado. Habla siempre creído que un rey áe Francia era uno de los primeros cerca del buen Dios, y be aquí que ahora envidiaba á M. de Cboiseul, desterrado, en su pequeña corte de Chanteloup.
Al fin, columbró, arrodillado sobre la arena, á una mujer de larga cabellera. áurea, y á quien encontró parecida á esa pobre condesa cuando en el pequeño boudoir de Luciana Leonard, la peinaba.
Y al pensar en esas cosas, Luis •el Bien Amado,• suspiró.
La mujer le dijo:
-Soy Maria Magdalena¡ ¿qué buscai..l'
Luis XV inclinóse con galantería, y sonriendo ante los bellos ojos ele la pecadora rubia, respondió
t¡Ue era el r&lt; y de Francia y que buscaba el paraíso.
-A la izquierda, siempre á la izquierda, le dijo la Magdalena.
Aquella voz de mujer cantó largo tiempo en el alma del pobre rey, durante la penosa ruta.
El cielo volviase Mgro y las flores de lis ya no irradiaban en él. Tan sólo flotaba una como nebulosa cl1ua.
.
Luis XV se sentia cansado, muy cansado, y el horizonte desplegaba á su vista, inmutable, la-1esesperanza de su linea inffoita.
Por úftimo, cayó la noche, y, sin ver nada, el rey seguía andando.
Pero súbito, en la sombra, un grán ,·iejo le detuvo. Llevaba una llave de oro y una larga espada.
- ¿Qué busc.ais?
_
-Busco el paraíso, contestó el monarca. San Dionisio me ha indicado el camino por la derecha: Matla Magdalena por la ízq~ierda.
- Verdaderamente, exclamó San Pedro, no seguis la buena via .... Pero ya adivino quién sois: sólo el rey de Francia es capaz de tomar consejos de !J1Ujeres ligeras y de hombres sin cabeza.
Y en.el firmamento nocturno, las flores de lis se desvanecieron ....
Uu tintípeo _de campanilla resonó, argentino. El rey abrió los párpados hinchados; vióse en su gran
cámara, en el fondp' de su lecho aparatoso. Lentamente, llevando el viático, un obispo avan:r.aba. To•
dos los cortesan•os,: tt'e 'ródillas, doblaban, bajo las pelucas blancas, las cabezas pensativas.
Y parecíale- l&gt;«eno á Luis •el Bien Amado• el hallarse aún sobre la tierra y ser rey de Francia,
Y c~rró los _oj_o•
Un cirujano se ir¡clinó sobre él: en seguida, alzando la frente, hizo un signo.
El ciipitán'dé guardias vino y se colocó á la cabecera del lecho.
-Seño·res, ¡el rey ha muertb!
Repitió ·dos veces:
..: - ¡El"rey ha muerto!
Luego, sacando la espada, gritó, gritó:
•
¡Viva el rey!

1901

CIENCIA.
,JEFE DE REDA C CJON: JESUS URUE'J'A.
'l'ip, de Dubldn.

PROFETAS DE MIGUEL ANGEL,--CAPJLLA SIXTJNA. ROM,\,

�1-IEVISTA MODERNA.

"PAISA,JES PARISIENSE~ ...
PIA!ffET, n:ARTF..-PARJ8.

'(l()t),

OSAS de asfalto . . . (l risetas marchitas por el hambre clorótica b11jo la opa.
cidad brumaría del cielo parisino, y ebriantes do neurosis biíqnica al fulgor
agrio de las burbujas de luz con que ha foerizado al orbe el l.J1·ujo de i\lenlo
Pa1 k; una atmósfera hollinada por el humo de las pipas inexting-uibles, y entre ella, eetiqueados vigorosamente á golpes sobrios, los brigautes del amor y
del placer, los usurpadores del viejo corazón romántico, degenerados, sin sangre y sin alma 1 gastados y pasados de pi acere~, vaclos ele genialidad, son:'1mbulos de la antigua alegria gala!
Ah! mi bienamaclo artista! .... Tu sangre ardorosa americana y tus ironlas gozosas ele \'Cinte niío~
son las que han flameado en hipostasis efímera, en cerebros sorbidos por el vampiro absintio '!-. t'n t'S·
tremecimientos galvanizados de organismos muertos para las rapsodias de que has sido rápsoda!
Seria necesario peregrinar it Prnga para saludar con un bock de ce1Teza ntbia il la antigua bohemia! La del banio latino ha bebido rn demasla y hase t'nvt'nen1Hlo del mal tremendo, De tanto bt'her,
Baco se ha vuelto viejo!
F.l artista argentino, 11'lolesce11to y Yibrátil, ha sido 1•crsonaje dE&gt;corativo en ese carnaval de Ooyn;
ha llerndo flU temperamento soita1lor y cxótico á la saturnal moderna y ha fusionado su clelicacleza srn~ith·a en personajes que aparecen como i·l '}nenia que hubiest'n sido, soiía&lt;lorrs románticos sotinclos en
Ami•rica por los que hemos transmi¡..;rado ele Bohemia merccrl l. \'elciclndes de la fortuna;~ RPntimos tri~ ·
t1•za ni ver que el alcohol y la luju1 i!l. son las dos notll!I del lcitmotif de esos p11isajes.
Pero el artista ha hecho bien. Su naturismo de paisajista de almas ha trabnjado frente á las modulos
desnudas del ropaje romántico de ;\limi Pinsoo; y sus griseta:,, perversas como lllarcela ó abnegadas como Raquel, van y vienen bajo la bruma, en formas rosas ele asfalto, en la espera inexorable del brusco
aletazo de Amor que las tendc1'1!. de espaldas. El limo de la vieja Lutecia es fecundo para germinar esas
frágiles anémonas, y así l'garténos presenta una selie ele croquis en que á amplios trazos se destacnn
fue, temen te perfiles y escorzos de mujeres fohrile~, sedientas de amor1 flageladas por la vida, en des bandada al Erebo del vicio, 11turdicndo la tr:igedia ele su ju\·entucl mancillada en torno il las mesas del
call.arct- li1pidas marmóreas de toda \'irtt11l-renclir!as en botln fácil á los corsarios del amor y del placer, híbridos, usurpadores de la vida de bohemia, cuyos ch11mbcrgos y melenas y pipas han profanado
para hacer antifaz á su holgazanel'la de sostenido;!
El peregrino paisajista ha copi'ado las buhardillas penumbrosas, los &lt;'amaranchones húmedos, l'l
vit•jo Pads anguloso y patinado por los siglo,, Ja poe~ia ele las cosas que se extinguen, que naufragan
en vorágine destructora barridas por la orientación nueva dol arte humano. Lo imagino, irresoluto en
su poder de. prosista vigoroso, antes de singlar hacia la. constelación que lo atrae, antes de l11nzar su sólida barca velera en el erostratismo que lo corroe-línamuno halló la frase,-esfumado ya en su tendencia socialista, volver lo.; ojos á l&lt;1 aclolcsccncia perdida, la bohemia dorada, y apresurarse á espigar ern
haz de paisajes que no vueh·en, 1" jm·cnilia de sus sueiios de poeta, flor que cuajó de pulpa de tt'1. de
ninfas la primavera del durn ,ner, ,. que en el espléndido estío se transf'ormar.'1 en carnosos frutos!
Y, pródigo de su pall'ta virgeH, ha cromatizaclo los matices en penumbras ele ensuelio ~·hadado to•
qurs vigorosamente flamencos E\U In expresión nueva, en la frase personal suya, en súbita revelación do
procedimiento propio; rclil•\ t'l' h ri"Jltcs re¡dzan sus croquis cuando pinta • mordisqueos de besos, ó cua ndo nos h1tce oít carcajarlas (11\\l a litigan en la noche. Bien hallado! Podrá p&lt;trecer grot,~sco á mansos ra·
moneadorrs de la pl,'tci la \Jt'...l"l\ O\ ,•llanesc11; podri\ enfermar la neurast •nia aguda ele los almibarados
malabares &lt;le la fras&lt;' 11rn ne, ·· 'ert•, :rifecuncla y hueca; pero rscnlpir11 la iien:.a('icin rl'a.lista t'n l'l l'Splriln
1lt• 1011 '}UP buscan ·1• &lt;', arte 1 1 •'ofo1 ,. el placer ele la humanidad.
A pesat· de ,1 jtn-entntl II
ta a 11\ lnz del arte en plena ¡wiman rn gala; (1 pe~ar •lel oleaje icono,
cla11ta que hate las literaturns ·nuel'tf', ·mtroTnizando un ~ro_cedim_iento _grandiosan~ente c~ótico ~ara
1,icn de pocos y parn mal cl11 muchos, ;\lan-'tlel Ugarte no es m 1&gt;1mbohEln, n1 romano, DI neognego, DI sa-

29!)

Láuico, ni m.bti.c{,: es liumano, es amplio y seusiLirv, es pa:,io11ario y g~ueroso para seutir con el herma 110
que sufre á su lado; canta el amor y el placer y lanza su anatema contra las injusticias de la Yicla; hace
de su don de intelectual un ariE:te en defensa de los 11gobiados y los vencido~! Sabe que el artista surge
para cumplir una mi~ión!
Posee la natural elegancia de un verdadero escritor. Sin exagerar la mod11, sin exudar la frase, i,in
huronear el vocablo, tampoco gusta de lambrequinar su moderno trofeo ele prosador americano proclamando abolengos de aristocracias hispánicas, hoy tronadas en letras!. ... Escl'ibe como siente, como piensn, en amplio cosmopolitismo de ideas focundado en temprano \'iaje :i l~ttropa y América, cuando su cspiritu abierto como un cáliz de flor d11ba fL las auras del cielo el aroma de sus afocciones de mozo!
U n dla, en el mes de las sabanas floridas, en el fructidor pluvioso en nuestras zonas, l\Ianuel
l'garte llegó {~ nuestra cittdad consagrada por un siglo ele sangre y hierro, deseoso de ver el pals ro mántico y novelesco hollado por los legionarios ele dos impel'ios, anidado por el águila aventurera ele
G11lia y por el águila bifronte de Aui,tria Hungría .... El garzón cayó en plena sangre latina, en plena
sirte de placeres que habla ele arrojar un poco más tarde ;'t las playas de la muerte el caditver de 011estro
llernardo Couto Caslillo-cl pequelio- cl consentido ele los artistas .v cl1i las mujeres .... Estábamos to·
dos .. . . y estábamos juntos .... y Ugarte so sentó i1 nuestra mesa cual :,i l.iubicse sido u11 hermano au•
sen te que volvía d•• un largo viaje; se hablaba ele amor y ele arte, los tlos problemas únicos y absorbe11tes de la ju·: 'Pt,1 1 soi1atlora; inquirlamos con a\·idcz recíproca las intimidades ele las dos pl(yac!es milirnntes, lama cu J:1 tia del Plata y la otra en el valle de los lagos muertos de .\náhuac. Las noches fres
cas volaban con su; constelaciouc~ doradas, después de los días pradiales, y errábamos al fulgor cinlil11ntP. de los astros persigttiendo el beso de una rima soiiada ó el beso ele una boca bermeja ....
Y una de aquellas noches, en el calor de una polémica surgida PII torno A una mesa cubierta 1le
ho&lt;•kq tic cerveza ambarina, ligarte vibró esta frase:
-Xo \'algo por lo que he hecho, sino por lo que har(•!
Osado pensamiento que revt'laba ingenuamente su fuerza inlorna, ,qn confianza rn la labor te11az clu
la c,bra madurada tt focgo lento, r¡ne en breve habla ele cumplirse en esa bella. pl'imi cia paginada que
son los l'afanjes parisie,ue.~.
Abro al acaso los lindos óleos de caballete, y hallo croquis tan hermosos como La ll1wia en el bosque, Rnjo la luna, Las alc/taas, que me recuerdan un sueiio ido, que me arroban e n el sueiio acariciado
en v11no, de los sitios dontlc noc,1e :í. noche mi esplritu yerra en torno de Lutecia cual mariposa nocturna
rn torna &lt;lt' la luz¡ !ec, T'11a m·,,n/ul'a, para mi el mrjor cuento, y entreveo las marinas holandesas á fuerlNl tintas sobre fon rlos grisrs r oigo • el bordonear e.le las aguas, en los canales henchidos ele bergantines.
En Gravelocllf hay un de:,file completo; es la bohemia e11 brama, bacantes y faunos expoliados por
na('chn~, G11mbrinuc; y YenuQ, 1ir1 p&lt;'rsigui(•ndose en una pradera ó en una. selva ele J-U•Iladt&gt;, sino afrodisi:rntlose en los café•-, cant11ntes con danzantes vientres desnudos ,v copl11s más fuertes que uo mal'isco
pimcntilclo con Cayena. La saturnal moderna en t&lt;•do su esplendor; las Ménades revoldn ,lose desnudas
en los divan es de los tallct'c.,, ante ojos ardientes de .pi ntores ,ic vellocinos de \'tinus y de poetas obcedidos por el i;cxo, cuya má~ alta jerarquía proclaml\ Felicien C.:hampsaurd! . ... Adios raptos ele Dejan ira
de Helena y ele Europ11!. ... ~o hay si110 pobres rosaq de asfalto que e~peran un brusco aletazo de Amor
para caer de espaldai,!
El romanticismo para siempre ha mul!1-to! La bohemia de esos Paisajes es una bohemia de hastlo! ..
y para curarme el alma de ese contagio- todo libro que lo produce es libro fuorte - voy á oír á Ruggiero Leoncavallo, Yoy á oír su música viva y ardiente, trasplantada ;i 18'38 para 1n-ocar la~ canciones de
Alfrrrln ele i\ínssrt y Henrt:\ínrgcr ...
,lfimí l'i11so11 la biondi11f'tltt ....
... . y veo A Sclta1111anl, A CollinP, 1L í:odolfo, á i\larcelo, vivos, e11 c111·ne y hul'so, cortPjando á i\fiml, A
;\[usette r {1 Femia, las hlondina'l ele grande.g soml)reros mariposas y volantes abanicaclores, y oigo la algazara del caft'· ;J[omus y la fiesta qur llena todo un pntio y toda una ciudad y toda una época y toda
una literatma, y sondo y suspiro al rrcordar los dichosos tiempos idos para siempre, y me entristPct'
Pquiparnr esa huida ;'t la de mis vcintr aiíos, mis veinte primaveras bien muertas.....
Uimí Pinscn la biondinetta ha muerto tambi(•n, y no la despertará nadie, jamás, sino en un drama
lirico 6 en una página de arte! En tus paisajes ílota la sombr.a ele i\limí, hermano mio de los Paisajes
pm·isienses, pero es solamente la poesla que has hecho sonrefr en las buhardillas en que agonizan b11jo
la bruma del realismo esas pobres grisetas, esas pobres musas dr ajenjo .... !

lle e roN i\l. CAi\lPOS

�LAS PRINCESAS.
rnr.

T11t:OnORF. O'F. ll.\S\'11.11!).

MEDEA.

Me lea, la lacrolna que alienta lll.! amor I mln,
Canta con el mar negro y el 1io que delira
Y en el astrn que Ilota sobre sus ondais mira
El reflejo albeante de su cuerpo desnudo.

"

HVIAJE AL PAIS DE LA DECADENCIA"
POR SANTIAGO ARGÜELLO H.

Pálida encantadora, cerca del Pbasio mudo
Canta y la vespertina rilfoga que suspira,
Pniéndose á sus versos con un rumor de lira,
~ni cabellos en cren&lt;'1Jas doradas desanuda.

(CONTINÚA.)

CAPÍTULO 1I. .

Sus miradas ardientes en el profundo cielo
Clav!rndose disciernen ensangrentado velo ....
L•tl'l!'O arranca en la falda de la montaña bruna
Las planta8 que recelan el trá¡;ico veneno,
Mientras que luminoso brllla su erecto seno
Como un pulido mármol al rayo de la luna!
C:Í..EÓl?ATRA.

tlora el rlo en la calma de la noche enc&lt;&gt;ndi&lt;lai
Lloran eternamente los rumores del Nilo,
Y los dioses eternos del alto peristilo,
Y las nrgras esfinges en la grande atenida.
La luna sobre un 11rngo matiz crisoberno
1Je nébulas, empapa con luz desYanecicla
A Cleopatra. desnuda, vencedora y dormida
Sobre un e!trai1o lecho que finge un cocodrilo.
Y mientras que dormita- maldición y tesoro
Del mundo- un dios de jaspe con cabez.a de toro
Se inclina y ,,e su seno donde la luz se posa¡

8n seno en"que los fuegos-rutilantes abrojosChi&amp;pean inflamando su brasa azul y rosa ....
r lll lclolo de jaspe se le queman los ojos!
MESALIN".A.

Ardiente, arrebatada por su pasión constant&lt;',
.llPsalina qne nunca. su fiebre desaltera,

Prendida en las espaldas la piel de la pantern,
La ,·rndimia &lt;'&lt;'lehra con sn joven amante.
Estrecha con sus h!'azos de nieve, delir:rntí',
A 8ilyns y lP clire: «Sir misterio quisiera

DE VI.AJ~.

AJAi\10S.
Y era una laguna, de orillas recortadas en circulo perfecto, azul y fúlgida, como
una gran turquesa liquidada. Ni clamas blancas, ui ondinas. Ni siquiern el pcccsito
nervioso de las claras fuentes. Agua sin rizos, cal,ellera de india.
Bajo la azul diafanidad, se columbra, allá en el fondo, un tri{111gulo. Y en medio
de ese ti·iángulo, un ojo abierto que mira fijamente ....
Eu derredor del lago, en tres iguales segmentos, tres raros y pasmosos palados, cada uno cou su
h ucrto florido.
EL EfE110, encaminándose al primer edificio:
-Entremos aquí.
Dió un afrl~bonazo, y la puerta, como un párpado con sueño, apenas separó sus pestai1as.
Entramo;;.
El salón era fri.o r tr;6le, lin reloj recordaba nucstl'O etemo desfile con el desfile eterno de su arena•
l ua a ,·e disecada mostraba su esqueleto, epilogo, fin, término del alígero músico del Alba. La dueJia tamhiéu se bailaba a!li, con un dedo en la frente. En sus ojos estaban apagados los ch·ios de la esperanza.
Ese roi;tro era tdste.
l'nsamos al huerto.
EL ErEBO:

- Fíjate bien en todo, para que nada oh·ides. Es preciso que te instruyas, para Ilegal' al dificil país
:'1 &lt;loude vamos. ¿\'es cuántos árboles, qué millares de arbustos, qué museo de frutos? Toca. En esta mau~iún todo ti ·ne vida. real. Aquí nada es fingido¡ aqul no hay espejismos. La fantasla no ha bollado jamás
el 11msg-o de este huerto. Esa Flora es un organismo en función, como los r¡ue tit conoces. ¿Te gusta aquel
ramaje? ¿T&lt;i desagrada. la calvicie irregular de esa cnpa? ¿Sientes que alienta tus pulmones la esencia de
ci;:i roi;a? ¿To hizo gritar el aguijón de esa ortiga? ..... Ya lo ves: lo uno es bello, y lo otro inarmónico;
(·~to rnna, y a&lt;¡ul'.-llo hace sangr:U' ~ enferma. En este huerto crece lo grande y lo pequeño, lo agradable
y fo feo, la flor que &lt;•mbriag:1 y la r¡ue destila tósigos. La \°mica condiciú_n que busca la Sei1ora es qnn la8
¡,:antas sean adorables y s:ípido~ los frntos para el olfato y la lengua de loR hom1,res clespie1·los.

Besar tu pie~ r¡nc t• .'aja humanidad lo ,· icra! ... •
Y del lagar 1 '. ,· . o ~ e&lt;:rapa dcsbordantr!
Y al fin el e I e, :lanza y al ritmo de la Jira

Estruja la bRcautr qn • rema·y que delira
Los p!tmp11no~ ¡ 11rp11r·
y rn lncos:embelesos,
Con l~ io~ don le •Ri•t;;Jn in uvllB exprimidas
El rostro 'el rf" " mactll{ con sus besos
Y dPjan ~,· r:ir,c ins ceiiiles 1le mordidas!

Yo:
¿El nombro ,re la Sciíora? . . ..
EL .EFJ:::80:

-La r erda1I.

Salimo~ por la. mi$ma put.'rta, apenas entornada misteríosamAnte. .
f-:l seguntlo edificio el'a. de m:ínnol. Severo, silencioso como un templo. D~ntro, el aire olía á incien•
i;o y llc\·aha cu sus ondas anullós de invisibles paiom11s.

�REVISTA .M.ODER~A-

R.EVlSTA MODERNA.

La dueña-rostro sace¡-dc,tal en donde juega una sonrisa evangélica,-tr11jeada de alhcscrmte liuo,
dPja caer sobre nosotros una mirada apacible como uua ala matorna.
En el huorto:

paladearéis eon gusto y hallaréis saboroso lo desabrido é ingrato. Ella sabe arrancar el rayo luminoso
de la cntrai'ia ele sombras del abismo. Si olla os scííala un precipicio, 110 haya temores! Arrojáos en ól, y
estad seguros, que hallareis alas suaYcs que os llevar{m por los países de la nota y del tono, euvolvi{•ndoo:; en la irisada evanescencia de las gasas del sneiío.
¿Quieres tú saber quien es? .... Pues descúbrete ante la universal cmperatd11. Es la ma.dre uberrima
tic todos los hijos del Sol. Es la Señora dCI todos los castillos. Los pccherns, los siervos de ese gran feudo
csteril-la Estulticia-que desparrama sus grajos á los cuatro vientos, no la tienen respeto, porque no
alcanzan á verla tal como es. Pero ella recibe los homenajes de todos los heroicos caballeros, que por su
amor rompen lanzas, y cuyas mansiones seiíoriales son capillas en que ai•den á. millares los cirios, en altares de radiosa opulencia, donde se ve la lumb.-e de las velas como inversas lilgrimas de oro.
Ponte ele rodilla11, que pasa junto á ti la Belleza!

Ec.

Et'EDO:

-Esas flores y esos frutos son benéficos. Su esencia panaceica adormece los males. Y los racimos no
embriagan, antes son suaves y purificadores. La lumbre que l~s dora, limpia de toda mácula. La acl"itud,
la amargura, la insania están IPjos del ':&gt;cnéfico zumo. Aquí verás cortezas en llagas, ó deformadas con
la erupción pustulosa de sus goma8; aqul abren sus ramas árboles fantásticos, frondas de calentura; mas,
erectos 6 jibosos, organismos evidentes ó fantasmas botánicos, todos llevan la marca de lo bueno. A Dios
incensan con la emanación ,·ivificante de sus broches, y al mundo ofrecen la copa de sus cálice~, donde
rebosa el fluido de la eterna salud. Amor! Eso trinan sus pájaros, castos y tiernos, eucarísticas aves de
los púlpitos; eso rumorea el alisio, cuando sopla, en sus juegos, sobre la abisinia cabellera de los copudos robles; eso murmura el agua que en chouo adamantino sale de las menudas bocas de querubes de
mármol y que, al caer en el pilón de alabastro de la fuente, se va rompiendo en menudas chispas líquidas. Amor es la palab1·a ritual en este templo. Y, á. su conjuro, caen las impurezas del alma, y el aire
que se inspira satura ele inocencia, y se abarca lo inmenso con la débil pupila y se tocan los limites del
cielo. Aquí sanan las almas como en una pila bautismal.
Yo:

ij
1

-¿Y la dueña se llama? ....

Ee,

EFEDO:

-'303

Yo, tembloroso:
-¿ l•:s cll 1? .... ¿\' ústoc, sou :;us Arboles, y esos racimos son su:; fruto:;,~ aquellos ra111illetes-pc&lt;lrurías con espíritu ele astro-son sus vivos ramilletes de fio1·es? ....
EL EFEBO:

-Tú lo dices. Ahora compara pn lo que antes 1·i,te. Aquf, cu esto ja1·di11, uo hay un árbol jiboso, ni
qna rama desnuda, ni una copa sin gracia. Las hojas muestran siempre sus trajes dr. primavera. !?Jora
aquí mantiene su perennal sonrisa, y Pomona luce en toda época la opulencia de sus mejillas rosadas, y
03 su vientre eternamente ftictmclo. Nada toques, para que no te e4pongas á sufrir desencantos. Ve y admira y goza. Aquf hny arbustos reales, pero hay también otros fingidos. Xada pruebes tampoco, porque,
si ha,v plantas cuya savia da salad y acrecienta la vida, es bien f:ícil que rn cuentres cicutas y beleiios
.\qui no todo es cierto, ni ~odo rs bueno, pero sí todo es bello.

-La Bondad.
Yo:

El tercer edificio guardaba sorpresas divinales. Era un joyel donde jugaba la luz en dclicio~os avatares cromáticos. Pebetero, viola, iris, nectar, cojln; sueño y verdad, i:azón y fantasía, arrullo del sentido
y éxtasis del alma.
Su jardín, un deslumbramiento. Cada flor, un broche sideral. En las hojas-verdes láminas de hia•
linas sonoridades-rociaba, brotando de los alrg1·es buches,-surtidores con alas-una lluvia trinadol'll. de
rítmicos aljófares.
Allí, bajo cortinas de follajP, Julia y Mesalina refocilan su lascivia sobre imperiales púrpuras; y mi1s
lt'jos, de pie en su nube, con.su manto Jánceado de estrellas, l'l!aría, el lucero del alba, la torre marlilefia
la que sojuzga Ía cabeza vipérea con la seda rosada de su planta, prende en sus labios la aurora mística,
la sonrisa de la Madre Virgen. Allf vuelan los ángeles de l\Iilton, sueiía l\Iargarita con las joyas ele Faus•
to, caracolean con escarces bélicos los palafrenes de Orlando y Radamante. Allí se elevan las dovelas de
los palacios asirios, se enrizan las volutas y las zodarias de licornias de los capiteles pérsico~, se enfilan
las tiesas cariátides y las ceñudas momias de un templo de Isambul. Allí zumba la avispa musical ele las
manolas en:tos chispos bordones de las vihuelas; Anti genes abre los panales de 6U flauta; se ado1 mecen
los oídos sultánicos al modular la ojaleha ele una odalisca granadina; dicen panderos y castañetas sus
alegrías truhanescas, sollozan las serenatas de Schubert, ó repiquetean sus armonlas ideológicas los walkirianos cascos. A la orilla del pilón de esa fuente dejó sus faunos Praxiteles, y Fidias sus deidades cris lefantinas. A los bisos de la irisada lumbre, se esponjan las plétoras de Rubens, Rembrandt despliega
sus antítesis .de luz, riega Veronc:0 sus divinos oros patricios y se elevan las sagradas ondas ele! turibtt•
lo ante las figuras de Angélico, que sueñan sumergidas en sus beatas penumbras de crepúsculo.
Sentl que pasaban por mi cspiritu sacras fulguraeiones. En mi tabernáculo brillaban los rayos ,fo la
custodia y los bordes áureos ele la pixide, y apareció en el ampo de la forma la divina Prcsccncia.
Er, 1wEno:

- Esa que va por los paseos del jardín, bajo arcadas uwbreiias, sobre raras alfombras ele pétalos, es
la Seííora de la divina morada. Su cabeza 11cm siempre la guirnalda de luz de las aureolas. Haga la
mueca del dolor, labre en su rostro la arruga de la risa, gesticule la pena ó muestre el gozo, sople la
vela ó prenda los altares, siempre fascina, siempre encanta, siempre tiene su voz los terciopelos del anu·
llo, siempre cae bien la caricia de luz de sus miradas, y sus labios destilan zumo de viñas y hay en sus
pupilas rerplandorc, •le OHnwo. 8i ,,icne de sus manos, bebed sin pcua. vuestra copa de aclbar, segurns
&lt;le que vai1. ¡_ paladtar ambrosía, :í. sabiendas ele que apur,íis -el líquiElo de In amargura. Ella sa.be dar
,•~Jts S-Orp•·l'/ftS. Ella !-ahr t'ngnií/lros, parn que no sint,íis la asperrza ele las rlro~as; y, en SlLprrsePnei...1

-¿\" hay bicmprc buen acuerdo cutre la:; tres ~cilorab? ¿No acacccu limltroftls disputas? ¿'Nu mueve
la a ntri ti a {t las dudiaH, 11i las impulsa á internar su dominio en el dominio ajeno?

-,
- Las tres conocen liicn su denolcro. Xiuguua atiendo á. la Avaricia, porque de nada serviría aten!lerla. Los árboles de la una son reales, como has visto. Saludables ó nocivos, repugnantes 6 armónicos:
:úempi·e reales. La cluefía, al cultivarlos, se arellida la Ciencia. La otra tiene plantas graciosas ó desgarbadas, verdaderas ó il'reale!', pero siempre buenas, formal y fundamentalmente buenas. De jardinera, sp
llama la l\Ioral. Esa que acaba de pasar junto á ti, y ante cuyos fulgores caíste de· rodillas, todo lo aparta, lo que sólo es uncno y lo que sólo es cierto, porque en su suelo enraizan nada más que los árbole¡¡
que llevan cu su s venas la savia de lo bello. Los labradores la conocen cc,n el nombre de Estética. 'Cad:iuna de ellas tiene fin propio. ,\dmitcn elemento 1jeno, pero jamás prescindirían de su esencia íntirqa.
Yo;
-¿Pero no llegan á veces á confundirse sus dominio~? ¿No es bello lo que es bueno y lo. que es cier
to? ~~o es bt¡cno lo que es cierto y lo c¡uo es bello?

Ef,

EFEBO:

-,-:'.\Ittchos, como tú, han 'ufritlo tau lamentablo errnr. l [ay ,los colores: blanco y negro; hay dos tiem•
pos: día y noche; dos estados: ,ida y muerte; dos ideas: Dios y Lucifer, Omrnrz y Arimán, Bien y i\Ial.
'f.'oc!o, en el mundo, se halla entre esas dos planchas antinómicas. Hijos de Dios, hijos ele la Luz: el Bien,
J¡i. Yerdad y la Belleza. El rayo idea rasga el tenebroso seno de la noche-ignorancia. La \'oluntad obliga á despreciar las ll ores que encubren la infección de las ciénagas, cuando los rayos cerebrales, anan,cando la venda, alumbran la turbia podredumbre ele las alcantarillas. Cuando la Verdad se enciende, la
Voluntad enseña lo quo debemos cumplir, aunque la ruta se halle cubierta ele abrojos y de ortigas. Su
dedo nos muestra la Tierra P rometida: la luz celeste. En el fondo del humano sé1· hay cuerdas de una
arpa misteriosa que suena il ,·eces la melodía del goce: arpa eolia tocada por et aire, ese artista sutil que
escurre sus alas invisibles á través de la ·!)jiva del sentido. Esa arpa limpia con el suave plumero de sus
uotas el polvo helado de la melancolía, otra forma del-~fal, de la :,foche y ele la ~focrtr.
El pensamiento y el sahcr sou holloi;, como antagónicos ilr la Unic•hl;, qur e·~ fra. Ef que np, cncl1•
go:rn, porque aprende.

�REVISTA l\lODERNA.

30J

El acto moral y voluntario es bctlo, porque se opone al desenfreno y á la muerte 11('( ahna. l;oza el
que obra bien, porque obró bien.
¿Y el que escue, a la mi'.Lsica del arpa iuterior y siente la embriaguez iusensual, por quó goza? ..... .
Vedlo! Ya está en éxtasis, con la mirada fija en el vaclo, viendo lo imposible, en In radiosa transfigu ración de los videntes!
Belleza cientlfica, He/leza m01·al, Belle.:a o tética, _bijas de la Belleza Luz, bija de Dios, uija del
cielo.
La Ciencia goza por el iutenis de la verdad; la :Moral goza por el interés del bien; la Estética goza
porque goza. No hay eu ella interé~. El placer es su sombra, su efecto indispensable, como lo cierto y lo
bueno lo son de sus hermanas. El placer, haMa en el dolor, hasta en las lágrimas.
l\Iira esos árboles, por última vez, y saca el provctho necesario de mis palabras. Todas las plantas de
este huerto encantan, aunque :ti tocarlas se desvanezcan como un copo de ensueño, y aunque sus pomas
encierren en el jugo la ponzofia del mal. El sabio tiene el árbol de la Ciencia¡ el sacerdote cui da el árbol
del llien¡ y el artista hace brotar la flor divina del árbol del placer absoluto: del goce por el goce. l\Ias, si
acierta á nacer entre los surcos un tallo verdade&gt;·o, que no se disipe en la reg.ión de lo&amp; delil'ios, y que
lleve en su sabroso seno la fu ente ele la. vida y eu sus corolas el polvo azul y mágieo cl&lt;1I arte, habráse
realizado la portentosa unión¡ habrA naciJo el sér trino y uno, la divinidad soñada poi los profetas ideales; se habrá llegado á la gran suma, y se verá la presencia sublime, excelsa, rara, de una slntesis celeste, de un reguero de estrellas marcando en zona fúlgida el camino que lleva á la morada del Dios úuico•
Esa planta florece en el fondo cll•l lago azul, junto el triángulo, que encierra cntrn sus lineas el ojo del
infinito.

(Con{ i11ttard.)

CADA UI\O CON Sil OUI~1ERA.
"'

BAJO uo grao cielo gris, en uua grao llanura pohorosa, 1,1u camiuos, ~in c11spetl, i,i11 uu cardo, biu
una ortiga, encontn'. á varios hombres que marchaban cncon·aclos.
Cada uno llevaba sobre su espalda uua enorme Quimera, pesada como uu saco tic hari un ó de carbón, ó como la fornitura de ~n infante romano.
Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; al eout1·ario, envoh ia y oprimla al homlirc con ::;us
miLsculos elásticos y poderosos; se asía con sus dos filosas garras del pecho de s u montura, y su calJeza
fabulosa r emataba la frente del hombre, como uno de llr¡uellos cascos horribles con los que los antiguos
guerrnros esperaban aumentar el terror del enemigo.
Acen¡uéme á uno de aquellos hombres y le pregunté dónde se diriglan as!. l\le respondió &lt;JUe uo Jo
sabia, ni él ni los otros, pero !}lle evicll'nlemenle iban á alguna parte, puesto que eran impuls:vlos por
una invencible necesi dad de andar.
Detalle curioso que ol1se1Tar: niuiuuo de aquellos viajeros mostraba aspecto irritado cootra el
monstruo fc1 oz suspendido do ,.u cuello y pegado á su espalda; dijérase que Jo consideraba como si formara parto de si mismo. T odos aquellos rosti·os fatigados y graves no manifestaban ninguna desesperación; bajo la cúpula csplinética del ciclo, con los pies hundidos en el polvo de un suelo tan desolado co •
1110 el cielo, caminaban con la fisouornla resignada de los que están condenados á cspe1·ar siempre.
Y el cortejo pasó li. mi lado y Stl sumergió en la atmósfera del horizonte, en el s itio en que la super·
fieie redonda del planeta so oculta :\ la curiosidad de la vista humana.
Y" dttrante :ilgunos momentos me obstiné en querer penetrar aquel misterio¡ pero muy pronto la il'l'e·
sistible IndiferC&gt;ncia se abatió sohl'C mi, dPjándome más pesarla.mente agohindo de lo que ioan &lt;'llos bajo
sus apla,;tAntr~ Quim!'ras.
CHARLES

Tnt d. rlc •Hevihta :\Ioderna ·

DAUDEL\lltE.

DEL LIBRO «POEM"AS_,,

¿IJui(,11 te trajo? ¿,¡ué impulso misterioso
te arrojó á mi camino? ¿,¡ uf potencia
-illft!rual te 1110.¡lró mi obscura ,·ida
~- te 1li."o: \hl est;'L, tómala y hi,·rel11?
llttú destino safiutlo, qué destino
acopló tu existencia y mi existencia?
Yo fui como árb&lt; 1jo,·en, cu mis ra mi1s
escherzó sus ari-ullos lilornl'l11
y colgaron sus niJos las alourlras
,- sus mieles l11hraron 111s ahrjas.
LI sol cloral.ta ú fur;;o mis f'nll:1ji,~,
la luna con sus luces macilentas
nacaraba mis frondas satinadas,
el viento descrenchaba mi cimera.
)f,1¡¡ Uilcistc .i. mis píes, germen malútto
, creciste á mi amparo, infame yedra
y enredaste iL mí tronco tus beju cos
y prendiste festones dondequiera.·
Yo dije: Fs lll,o hennana, l'(U; se ac~ja
:i mi, &lt;¡llf'
liftmda,·r¡uetlorezea!
\" p1·onto1 t'On t11s tallos lr&lt;'pa,lores,
tentáculos floridos ele frim1•1ica,

�306

Rl!:VISTA J\IOUERNA.

l{E V1S'fA i\lOIJER~A

y el romance concluye de la suelte
q u e ,•erá en breve término quien lell .

me exprímiste la i;avia de la \'ida,
me chupaste los jugos de las v enas.

Desde culouccs me si¡;uc. y es cu vauu
c¡ ue me esconda: no hay uoclie a.saz espci;a
donde uo dés conmigo, no ha.y cnsuei'ío
que me arrope ni caos que me envueJrn.
Eres tú la que en lo Intimo del alma
co n el alma dialoga. y la condena,
la que convierte en pan mi eucarísti,1 1
la heterodoxia. si n cuartel, la réplica.
Te llamas el quién sabe! ese quién sabe
111ás ¡ay! demoledor que las trompetas
de Jericó, te llamas el acaso,
el quiz&lt;i .... y eres ogro de creencias.

¡111t ¡,nlpo! y lo peor es que t..: a111al,a,
que aunque la v oz dom¡ razón aui;tera:
,.\p(trtala de tí, me repella,
¿no Yes que te estraug-u la y to envenena i'•
~o la quise atender. Estaba solo
y tú mr. acompaiiast&lt;'; mi alma era
ignorante y sencilla, y le dijist&lt;':
«Analiza, in,estiga, canta, crea!•
Si, te amaba, te amaba sobre tocias
las cosas .... bandolera!
me atraían tus ojos, esos ojos
dilatados cual mares si n ribera~,
esos ojos tan negros y tan grand es
con pcsta1ias tan grandes y tan n, gras.
Una tarde llegaste á mi reliro,
yo miraba los montes y las selvas
y con voz que era un eco, me dijiste:
,¿Qué miras, qué meditas, en qué piensa~?•
,Pienso, te dije, en la bondad del cielo
que la vida creó; la vida es buena.•
e La vida, respondiste, es un engaño,
la muerte es un ensueño y una tregua,
para morir se nace y en la tumba
se unermeun solo instante y se d espierta •
,So elr~pi erta! ¿Y por qué? •
«Porque nos llam:111
otra v,·r. las angustias, la contienda,
y es preciso acudir á su llamado •
•¿Y 1lci..pués?• ,Otra muerte nos espera.•
¿Y tlcspués?•: «Otra vida• «¿Y cuándo acaba,
respóndeme, por Dios, esa cadena?•
,S u postrer eslabón estii muy lrjos!•
• Pero en dónde remata! • • Es tan ímnt&gt;us,i
la .iscala. evolutiva, aquella. escala
que el beduino J acob en sueiios viera! •
.. . ... Sentí al oírte
la Jatiga del bólido que brega
en medio del espaeio y busca limite
1¡ue detenga su giro y no lo encuentra;
la fatiga que sienten de seguro
en su ronda inmortal Paolo y Fran ccsca,
la fatiga de tantos eslabones,
la fatiga de tantas existencias,
,. se hizo cu mi espíritu la noche,
~ua noche de estigia. sempiterna .
Tus ojos la atraían, esos ojos
dilatados cual marrs sin riberas,
r~os ojos tan)1cgros y tan gran1les
i:on pe~tai'ias tan ~ran&lt;IPs y tan ur~ras
(Xota hen~: J~I poeta continúa

su proceso do todos loi; 5íStPmas,
de todas las ob.;curas teo~ouia,.;,
de todas las maraiías csotéri-ca~,
de todo(los pn1gn11nas po:,ili\·os
que dc1 rnrnlian aliares .,· desdeñan
la hipi&gt;tl' is &lt;lo Dios, &lt;le to,!o t'I trisl!!
,lclirar 110 las r:ir.as, a11rslcsia
&lt;·on &lt;¡Uc atlucrlll&lt;'ll las razas su am:tr¡nna
,I1i crmrn.r como somhras por la tirna,

Te escapas como el auge! eu la lucha
con .Ta.cob, de mis brazos y forcejas
en la, sombra, y atrofias, como el ángel,
tocándolo, el tendón de mi dialéctica.
:\lultiforme y á veces ca.rii1osa,
i;i me voy á caer de mi quimera
tu mullido colchón de escepticis mos
&lt;'xticndes sobre c&gt;I lodo ele la tic•rra.

•

:"\o te puedo dejar: estoy tan solo!
uo me puedo esconder porque me encuentras,
no te puedo matar por que me mato,
no te puedo apagar porque me hielas . ...
lurnortal, ten piedad de mí calvario,
dcscii1e los tentáculo~, ogresa.,
que lastimas las llagas de mis plantas
clavadas en la cruz de la impotencia. ....
Ya no quiero el veneno iconoclasta
ele tus libros hincha'.los que no enseñan
má.s que á dudar .... Escóndeme tus ojos
dilalados cual mares sin riberas,
esos ojos tan negros~· tan grandes
con pestañas tan grandes y tan negras ... ,

Ilueno, es fuerza acabar! Si Dios ex ibte
Dios me puede acorrer Tú nunca r eza~;
pero yo rezaré; tú nunca lloras;
lloraré por los dos; tú ni.mea sueñas;
pero yo soiiaré; porque me l'ian dicho
&lt;¡ue soñar es orar. Al fin, lobezna,
vas á ver cómo crujen tus cartílagos
bajo el pui1o del úngel y tt1s vértebras
en los brazos del ángel!
Cristo, Brahma,
Alá, Jovc, Adonaí, quienquier &lt;¡UC seas,
retira de mis labios e,tc cáliz,
Padre, ten compasión de mis tribléza,!
Sollviame la carga ele una estéril
ju,·entud que íntoxic~ la increeucia,
ó dame una fo tal cual la tenla.u
los guer reros antiguo:, en su empresa,
los mlsticos doctores en su dogma,
los viejos quiromantes en su estrella..
Ilolando en Dn:-audal, Huy en tizona,
Consíaulino en su signo, Magdalena
en su C1 blll, Sansón en sus Cl\uello~
.v, lhrri·,11 .,· Xiflhllr 1•11 fitls príncrsai,!

307

�30'8

REVISTA MODERNA.

REVISTA 'MODERNA.
Y b'll1.1, dice envolviendo en el escándalo
&lt;le sus vastas pupilas mi alma entera:
•Dios ha muerto ... hac!3 mucho... le matamos
Nietzsche y yo, en el azm· y en las conciencias.
,·eu, levanta tus ojos al vacio:
, ¿qué ves?•
•La via Láctea, sementera
de soles .... ,
•No por cierto: es 1111 caditvcr,
el cadáver de Dios en las esferas!,
Y al decir estas cosas naufragaba

mi razón en sus ojos de tinieblaF:
esos ojos tan negros y tan grandes
con pestañas tan grnndes y tan nrgras!

...

DE JOSE M. DE HEREDl~.

EL DUQUE DE EROGLIE.

..
VE CROOl,IE YLU!RTl~B.
U;&gt;,i )a muerte del_ duque de Aumale l.1

cn•.lt-mia Francesa perdió al rná:;
literato ele los prlncipes. Le quedaba d scfo1· duque de Broglic. Acaba
de morir. La Academia difícilmente lo reemplazará., pues pertenecla ii
una raza que va desapareciendo: la de los grandes señores literatos.
La casa de Ilroglie, si bien no es do las m{1s antiguas de Francia,
puede seguramente contarse enh·e las más ilustres de este pals. El pri•
mero de esta familia que llegó á Francia, futi un conde de Broglie, origi·
u~rio de Cheri, en el Piamonte, que despuós de habet· sido paje del príncipe Mauricio de Saboya y haberse distinguido en los campos de batalla,
ijiguió la fortuna de :lfaz1J.l'Íuo, fné nombrado teniente general y murló en 1656 en el sitio de Valencia.
Desde entonces, los Ilroglie empezarpn á hacer camino en la corte. Creados duques franceses y conllcs del Santo Imperio, cuentan eon tres M1J.1·isca,Jes de Frnncia, ministros, obispos. Pno de éstos, Carlos
Francisco, fué el célebre con-esponsal ..ecreto del rey Luis. XV.
El abuelo del que ac.aba ele morir, desp_ués de hab01· prestado ,ms servicios en la guerra de la in&lt;le¡,r udrncia norteamericana, fué nombradQ diputado de Colmar en los Estados Generales de 1789, aprobó
los principios de la revolución, y, mientras que su padrn mandaba ol ejército de los príncipes desten-ado.,,, cQmhatió contra ,~llos en las orillas .del Hhin, con el grado de mariscal ele campo. Como la mayor
parte de,los generales de familia noble que se aclhiricrnn iL la revolución, fué guillotinado. Su hijo Víctor, par do Francia, casó con la hija de la célebre madame de Stai:1, y después de la revolución de 1830
fué rnrias veces ministt"o. Hombre ele estri.tlo distinguido, ha 4cjado numerosos escritos politicos é interesantes Sourenirs.

El w,,yo1· de sus hi,¡o~, qw~ sirvo de teun á esta ~orrespondencia., Jacques Víctor Alberto, priucipey
111(ts ta1\lo duque ele D ·o~li nació el 13 de Junio de 1821. Diplomático, hombre de estado, historiador, diputado, ?'ua&lt;lor, mini :-u·o, nadie ig nora la. importancia de su figuración politica después de la caída del
impr rio y c.lnrautc 10;; ~rimcros :mos de la r!'púU1ica. Jefd de _la clorecha realista, fué el alma de la coali&lt;·iüu ,1uc ,lcspu~s clu hahcr derroca.Jo á i\l Thiel-111 trató cu vano 1le restablecer la monarqnla y prndujq
,~ caMa del rnal"i,~al de ~lac Uahon.

No prcll'nc.lo en esta, rápidas líneas consagradas á la memoria de un homl.Jre lan ilustre como mal
conocido, hacer un retrato definitivo, narrar la v ida pública y analizar la obra de historiador del duque
do Broglie. La más Iai-ga y seca de las nomenclaturas de la que estos primeros párrafos pueden dar una
idea, no seria suficiente. l\Ie limitari'•, pue@, á escribir algunos recuerdos, algunos rasgos del personajt•
qu~, quizás, t'.lnd. án el don de mostrarlo tal como se le j uzgaba por los que no lo conocian y tal como era
realmente para los que tuvieron el honor du tratarlo de cerca.
Su nombre, que han ilustrado la guerra, la diplomacia, la política y las Ietra11, este nombre que se
pronuncia de manera diferente á la que se cscribe-¿no habrá sido esto una de las causas íntimas y ohs&lt;"nras de la poca popularidad de los que lo Ilevaron?-este nom"l)re de Droglic evoca siempre en mi rl pa•
sado ya muy lejano de mí primera juventud.
l\fe recuerda, en la antigua abadla de San Yícente de Sentís, donde fuí educado, la gran sala capitular completamente blanca que nos scrYía de comedor, donde se alineaban las mesas presididas por los
buenos sacerdotes, excelentes humanistas que nos enseñaban el amor de las letras griegas y latina~, al
mismo tiempo que el respeto por la lengua francesa.
Descansando contra la pared del fondo se levantaba una tribuna que ocupaba el lector. Su voz, do•
minando· el ruido de los cubiertos y el rumor de las conversaciones en voz baja, rctum haba bajo la bóve•
da de piedra cuya noble y fría arquitectura parecla hecha para el estilo grave y sobrio de La historia
de la iglesia y del imperio 1·omano en el siulo IV. ¿Quién me huuiera dicho entonces que el autor de ese
libro, cuya lectura escuchaba distraidamente, serla un dla mi colt"ga en la .\cademia Francesa?
Los años pasaron para mi rápidos y numerosos. La política es casi siempre, para los que los estudios históricos sumergen en el pasado ó la poesía arrastra hasta los suctios, algo sumamente indiferen te
y hasta odioso. Pern el terrible sacudimiento de IR,0 conmo,·ió todos los espíritu;. Ftté necesario preocuparse de los destinos de Francia, desmembrada y ,·iolentamenteagitada. J~ntonccs el nombre del duque
de Broglie, aplaudido ó detestado, pásaba de boca en boca. Su actitud el 24 de :\Iayo, sus discursos t'n la
11samblea y en el senado, en fin, el golpe de cst1vlo del 16 de Mayo de IR7i y la rlisoluciún &lt;le la Chmara,
lo hicieron tan impopular como célebre.

tJn lindo dla de verano de ese mismo año, mi vit&gt;jo amigo, el buen clliLor .\lphonsc Lcnwrre halJl;t
reunido i~ algunos poetas en Yille d'Avray, en la casa deliciosa del delicioso pi11to1· Corot, que es hoy la
suya. Habíamos festejado á un hués¡Jed famoso que, si no escribía versos, le gustat.an y loe comprenclla. Era Clambetta. Estuvo encantador en su graciosa sencillez, y durante nuestra libre y famW,a.r con ·
versación se mostró lleno de imaginación y de alegria gauloisis, amable y atrayénte como sahfa $&lt;'rlo.
Nos sedujo á. todos. Sentados bajo la ·sombra ele los tilos, rodeados de flores, en la calurosa atmó!Jf~,-a~le
una linda tarde templada por la frescura de las aguas, escuchábamos al tribuno que, con una clocuei:ei:i.
tan seductora como ingeniosa, comenta ba espiritualmente á Habelais, cuando, á propósito c1·.eo.dePicrochole y de sus aventuras, uno de nosotros, no recuerdo cuál, hizo alusión á la politica •del ..mcnnento_ y
pronunció el nombre del mariscal presidente. Inmediatamente se ci-uzaron las preguntas, las' exclafua•
ciones de todos. ¿En qué &amp;ituación estamos? ¿Cuál es su opinión? ¿Qué cree usted? ¡La situación es grave! ¿Quieren echar abajo á la república? ¡Yan á restablecer la monárquía!-•Pero no, pero noi• protes·
taba Gambetta, algo desagradado de verse asl repentinamente conducido á las p1·eocupacionés un mo •
mento olvídadas.-;Tened cuidado! Ilan cambiado los pref~ctos, disponen de todo el clero, de los banqnciro!', do los magistrados y del ejército.•
-•,o tanto como I h11&gt;s. parecen creerlo. Ademas, en último e-aso, no tcndriamos temor al dirigirnos
al duque de Aumale. Ejr rce el mando, en Besan~-on, del más espléndido, del mejor cuerpo clol ejúrcito
que hay en Francia; haríamos de él, si fuese necesario, algo parecido ii un Stathouder, y les aseguro quo
el duque no restaurarla ni la monarquia del derecho divino, ni un reinado constitucional. ¿Y por otra
parte, quién se animaría á ir hasta el fin? Fourtou, que parece tener veleidades de audacia, se arriesgarla quizás si se le clt'jase en libertad de obrar. Pero Broglie no se lo permitirla. Es, sin embargo de todo,
demasiado francés, demasiado geltilhombre, demasiado duque, para mezclarse on semejante empresa y
mancharse los puiíos con sangre. ~o hay hombre más desagradable, más seco, más agl"io, más alt11.nero;
pero es necesai-io reconocerlo, es un cahallero, un politico sutil, uno ele nuestro!f primeros historiadores,
orador notable, pero . ... -y su voz se convirtió en un trueno irónico y aleg1·e- .... pero, un orador que
nadie escucha.• Y no pudiendo resistir al placer de termi nar con nn rasgo m!ts brillante, por mhs injus,
to qne fnr~e: •¡En suma, un :\faquiavelo de corredores!•

Q11i11cci aiíos m1ís tnnl1·, huela mis visitas_ 11cadómicas. '/o fné sin cierta 11prcnsión qne sal v,\ por n z
primera la gran puerta 1lrl hnlPI de la rne ')olfcrino, cuyo pi!IO tercero ocnP_aba el duque de Broglie. La
tiesura del lacayo á quien entregué mi tarjeta, la altura de los salones quo adornaba, sifi ('Omplemen to
alguno de plantas ú ohjt'tos preciosos, PI mobiliario reglamentario, dP nna riqueza fria y anticuada, to do parcela acordarse con la idea que mo habla formado de un doctrinario aristocrático. l\Iucho me 1101·prendió la acogida que me dispensó el duque de BrogJie.

�• 310

1:EVISTA J\JODERNA .

:--;e 1110,.(rú, al p1 íntipio, de uua urbauill~tl t·.\.•¡1tbh a, 1ll' 1111a li1111ra al Lira, 111:ís bic11 r~sen·a&lt;l,L que
nltancra, que se animó poco después con un ligero tinto tle 1;impatía. S,1 fisonomía, eucuatlraua por cabollos de plata finos y rizados, debió habc1· sido sumamente atrayente. Se habla couscn·atlo fresca, delicada y diS'tinguica con sus ojos celestes y penetrantes. Durante nuestra conversación, que se prolongó
mús de lo que se usa en estas visitas de ceremonia, me dijo, con su voz entrecortada, sorda y seca, cosas
muy halagiieñas.
Cuando se levantó para acompañarme, no!(· que s u estatura, que no era superior á. la mediana, parcela más alta de lo que era realmente, habiendo conservado algo de la esbelta elegancia rle la juventud L:i. mano que, al Ill'gar :\ la puerta, me tendió con gracia, apretó la mla con una especie de apuro
Inquieto ó tlmitlo, y com prl'n rll que no estaba acostumbrada á este gesto banal que prodigamos á todo
el mundo.
Salí tic esta ptimera cntrevi:,ta, sorprcutlido y hasta encantado. Después he visto frecuentemente al
duque do Broglie cu su casa, asistiendo á sus miércoles, y casi todos los jueves en la Academia, á los
que concurrió con gran asiduidad hasta los últimos dlas de su vida. Antes de la apertura de la sesión, se paraua generalmente delante de la chimenea, bajo el retrato de nuestro fundador Richelieu, y
conversaba con sus colegas. Su csplritu adornado y armado de todas armas, se ejercitaba alll con complacencia. 8in embargo del traje moderno, estrecho y obscuro, tenia buena figura, aun compllrada con
le. efigio altanera y fastuosa do! gran cardenal, del duque rojo, del otro Duque.
En el curso de nuestras discusiones, en las que se interesaba y que consideraba como una inversión
de sus vastos tral.Jajos históricos, daba pruebas de los más variados conocimientos, de la más amplia in·
teligencia y del gusto más seguro. ~o olvidaba que era nieto de :IIme. de Stac', y parecía casi tan orgulloso de su talento como de su nacimiento. Su pequeño libro sobre Mallierbe es. á mi modo de ver, una
verdadera obra maestra, en el que las ideas más nuevas, las más atrevidas, las más justas, se encuentran
rxplicadas en una forma de una sobriedad y de una perfección clásicas. No pude deja1· de escribirh• mi
opinión sobre la obra. Este elogio, de parte de un poeta, pareció impresionarle vivamente y me lo prohú
en ,•arias ocasiones. Su altivez tan famosa, que tantas veces le ha sido reprochada y que le ha enajc11n•
do tanta gente, no era, me parece, sino el producto de su cli:,tracción y de su timidez naturales, :\ Lt;
qnc se agregaba un respeto demasiado grande por hi mismo.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE INSTR UCCIO\ PRI.\IAI\IA
l 'RESP.NTADAS l!'N l·ORi&gt;J.-\ UK ()J:·1,Ufb;;\: l'v1~ C-:,\UISC. DA~IOWA.
.( L A co~11qós !'\'O\IPR.\U.\ E'l [~.\ JU.-..TA UR ,\'.\llG05, Rel'NIUOS cos EI.Oí,JRTO Dl': PRO~MntR

U ) IJ{,'R

l'l'.lllF..5E SFR lTIL

rAttA mn.::--tJR l.A JLliSTRAC(ó:,.. r::~ '.'\IÉ'.\ICO.
. \ PROOAlJO roR OJCHA COM!Stó:,..•, TANTO E:; LO CF.!',;KR.-\l, COlfO El\ LO fU-f.A1l\'OÁ , ..:\ PAR.'E

RF.SOLUTJ\'A CUS" QYB TKRMIX.A.

INDIVIDUOS QUE OOMPOSIERON LA OO}fJSION DICTAMINADORA:
CC, Gabino B&lt;Lrred3, Ignacio Ramirez, Rafael Martinez de la Torre, Guillermo Prieto, Roberto Esteva.

•

l.'cduratior: con,ti tuo le· p1·éinier eles nrls ¡,, s,, 11 1

p l c•lncm:,nt g,·11&lt;-rnl. cl'!ui ,111i perfel'dnnnc l'ai•1io11 •
,·n nmc horanl l'•!&lt;'Cllt.
A. l'on·tc Systi·mc lle P olit posit t J\'. p w;.

PAnn: TEIWEIL\.
MIWIUAS l'IlÁl'TlC.H.i Ct'YA SANCIÚN l.EOAL I IlEE LA CO)lli\lÓN tJ UE ~RilÁ PllOl'I.\
l'AR \ DIPl'LSAR LA INSTR!'CC!ÓX PllBIARfA.

Rallamos juntos algunas veces, terminada la sesión, y caminábamos por los mttrlles, hablando sobro
los temas más diversos. l\Ic eran sumamente agradables estas conYersaciones con un hombre de tanw
valer y tanta experiencia, que habla conocido tocias las grandes figuras de la edad heroica de 11111!s•
tro siglo.
Un dia que me reprochaba, con suma amabilidad, por otra parte, de haber exagerado en mi &lt;lbcur•
so do recepción los méritos de Lamartine, como ciudadano, le contesté: •Permltame que le diga que U,t.
juzga á este gran hombre, un tanto como discípulo del doctrinario Doudan; con las prevenciones do u11
contemporáneo, de un adversario; en cuanto á nosotros, lo vemos ya en el pasado, como en una gloria
de poesía. Ud. me ha hecho el honor de enviarme recientemente la colección dt:1 las cartas deliciosas y llenas ele emoción de su madre. En una de ellas so lee:- perdone si cito inexactamente, pues cito de memo ria,:-- i·i:6riéndose al joven poeta tic las Meditaciones, que emprendla viaje parn l◄'lorenoía: • He visto á
Lamartine que tiene casi tanta belleza como genio.• Hay en esa colección cartas de una fiueza verdaderamente exquisita; una, por ejemplo, entre muchas otras, en la que su madre le reprocha el que UJ. sepa see en los bosques de Brog:ie, siempre en compañia ele un libro ó de un amigo con quien Ud. habla d,i
política, ~- 111 aconseja que mit·e la naturaleza á su alrededor, que se lije cómo abren las flol'cs, cómo crecen las hnjas de los árboles y qué dibujos forman las nubes al correl' par los cielos.&gt; - •:'\Ii madre tenia
razó11, 11i,io somiendo, y comprendo ahora, un poco tarde, que lo pintoresco es bueno algunas veces, aun
hasta en la historia.,-Quedó un momento pensativo y continuó poco después: • Para volver iLlo que decíamos del S r. de Lamartine, creo como l'cl., mi querido colega., que cuando un hombre ha llenado un
papel en la hil,toria con \·alo1· y sinceridad, se cleberia. siempre tomar en cuenta l:Ls circunstancias prno •
i;as y los obstáculos que so le presentaran en su vida, y no juzgarlo sino por sns virtudes.•
Me detengo ante estas bellas palabras. El duque d e Broglie ha muerto en la plenitud de sus fuerza•,
rlr~pu&lt;'•s de Rnn vida bie.n empleada, cuyo fin ha sido ele una dignidad discreta y serena. Era nn francé,i
,1,, ¡;rn11 raza, tic un raro valor intelectual y moral. Ctta.lquicrn que sea el fallo que cada uno, según su!!
¡rnsionc~, pueda pronunciar sobre el hombre p1'i\:-lico, se clebe1 li. las puertas del nuevo siglo que se ini _
da, saludar con respeto fL esto representante de una época distinta, :°Leste pr.rf,•.cto Pjemplar ele las Yirtn
1lrs trndil'ionalr11, :í esta gran figura que ncaba de dest.parPcer.

I}.

,,.

JOSÉ MAldA DE

Hr.REDTA.

JU :m:¡¡ ,~: T~do habitante del Distrito, ó mejor, ele la llcpública, tirne ohhgac1ón de adquirir la instrucción primaria antes de los t:l

aitos de su edad.
.. Segun.da: ~ólo se admiliran como excepciones las de imposih1hdad fis1ca o moral, en los casos que una ley reglamentaria seiiale.
Tercera: Los Ayuntamientos y autoridades pollticas tendrán la
. .
.
facultad y la obligación de imponer penas, principalmente pecu111an~~• á los que no cumplan con el precl'pto legal, clrjando de proporcionar la instrucción primaria á
sus hlJOS.
Cuarta: Dichas penas serán ;;cncralmente co1t1ts, aun con relación á las facultades de los remisos,
pero a~licadas con_ inexorable rigor, {~ingresar:m :i.l fondo de Instrucción primaria.
Qu10ta: ~clemas ~e las p_enas ~ecuniarias, la ley se servirá ele otros medios para hacer que el precept? de_ la 10str~1~c•~n obl1gatona tenga verificativo, tales como las penas iL los patrnnes ú amos que
a_c~m1tan a su serv1c10 o en sus talleres niiios r¡ue no hayan adquirido ó estén adquiriendo dicha instrncc1on.

. Sexta: A e'.:cto ele fa~ilitar el cumplimiento de la pre,·ención anterior, Ja9 escuelas tendran una sc•cclon para los nmos que solo concurran medio día, ya sea en la mañana, ya en Ja tarde.
S_t:•pti~a: Lo~ A~·untamientos de todos los lugares percíbirfo en sus respectivas clrmarcacioncs, la!!
~ontn buc1ones dir~ctas que se establecer:\n en cuanto fu·e re necesario para tener abierta, para cada sexo
o parn ambos r_eumclos, una escuela primaria por cada 500 habitantes, siempre que los fondos orcl inarioR
no fueren suficientes para ello.
Octarn: Para que _nadie pueda dudar de la verda lera necesidad de imponer dicha contribucitJn, asl
c?mo el~! em~leo efectn·o de sus productos en el fin i\. que están destinados, la autoridad polltica uombrarn una J_unta mspectora, com~uesta 1lc personas de reconocida moral y acomodadas, que se consicl erartm
romo miembro~ de~ -~y untamiento para sólo el caso ele percibi1· la contribución ó de eJCigir Jas cucntns :'L
los que lia~·an lll mm1str:\llo ~sos fo ndos.
Nornna: El ní1_mrro de n~icmbros ele esta jnnta Sl'r:l iiual al de los concejales, y para los cft&gt;clM
,!el articulo lll · 'n-Or, trn,lra n voi y Yoto rn las Rcsioncs que exprl'R:unentc se cit:1.rrm para tratar P~O.'l"
aqnntos.
J&gt;(•cima: I-:1 Ayuntaml&lt;'nlo, integrado -eon la junta Inspectora, en la forma expresada en el articula
noveno, pod,·A nombrnr y remover libremente ,¡ todos los cmpleaclOH qne intervengan en el cobro y adm i,

•

�REVISTA MODERNA.

312

AÑO

nistración del fondo de instrucción primaria formado con la contribución mencionada; pel'O los proft!SO·
res serán nombrados exclusivamente por el Ayuntamiento como tal.
Décimaprimera: La duración de estas juntas inspectoras será. de cuatr-0 aiios, haciéndose cada ario
nue,·o nombramiento de un número de miembros igual á la cuarta parte del total, prefiriendo en todo ca
so para estos nombramientos á los padres de familia..
Décitnasegunda: Cada siete años, la. autoridad polltica, con acuerdo del Ayuntamiento, integrado
con los profesores del lugar, hará la declaración ele lo que en el septenario siguiente debPril. entenderse
por 1xsTnt:cc1&lt;'1~ PRBIAJtrA, sin que rn ningún caso pnecla (•sta comprender menos que: lectura, escritn
r11, ortograffa castellana, las cu/ltro reglas de aritmética, elementos ele historia nacional y gimnasia.
Dí•cimatercera: Este programa sólo comprendcr:'1 el mi11i11111m de instrucción que un niño deberA adquil'ir para considerarse satisfecho el precepto legal; pero de ningún modo se opone á que la enseñanza
voluntaria que se dé en dichas escuelas abrace mayor número de conocimientos útiles, ni mucho menos
i1 que se establezcan escuelas primarias de perftccionamiento, en las cuales la instl'ucción será más am·
plia y completa.
Décimacuarta: Sin emplear co11cción de ninguna clase, se procurará por la couvicción, los estlmu•
los y el buen orden y moralidad de las escuelas, y especialmente de los profesores, que los niños de todas
las clases concurran {1 las escuelas y adquieran en ellas la. instrucción primllria m{1s 1,ien qne en el domicilio.
Décimaquinta: Los profesol'es titulados serím de 1", 2" y 3" clase.
Décimasexta: Para adquirir el titulo de l3 clase se requiere: haber concluido la instrucción prlma!'iit
y la secunda.ria, y sufrir un examen teórico-práctico de los métodos de ensei'ianza, muy particularmente
ele! llamado objetivo, ser de buenas costumbres y de buenos modales.
Décimasl&gt;ptwia: Para obtener el titulo de 2" clase, se requiere acreditar, por modio de examen, ce•
t111· suficientewte instruido en los ramos siguientes: lectura, escriturn, gramática castellana, aritméti•
ra, incluso &amp;I i(stema métrico- decimal, geografía física y política, histo1 ill del p11 is, ser de buenas costumbres y "" buenas modales, y haber practicado por seis meses lo menos la enseiianza objeti\'a..
Décima,'\cttwa: Para tener el titulo de 3" clase se requiere: 11creditar en la misma forma, aunque en
un g1·ado menor, la instl'Ucción indispensable en los mismos rllmos exigidos para la 2" clast&gt;, quedando
por lo mismo en cada. caso libre el jurado ele ex11men para decidir si deberá expedirse titulo do 2ª ó do
:r clase.
Décimanovcna: Ninguna eseuela sostenida por los fondos públicos podrá cstu dirigida por profosor
no titulado.
Vigésima: Anualmente se puLlil':u·,í. un censo de los niiios que ashten ii las escuela9, comparando el
11i1mero ele éstos con el total ver1hrlPro t'., al menos 11.pro~imativo, calcula,to :\ r11zón lle un nii'lo por cad11
cinco ó seis habitantes.
:\1éxico,

1 go&amp;to

IV

MÉXICO,

2ª

QUINCENA DF.: ÓCTUflRE DE

1901

ARTE Y
01 RECTOR: ,JF.RDR R. VALEN7.UBT,A.

,

'('

CIENCIA.
'

,JEI•'E DE REDACCTON: JE~UR UBUET,-\.
1'i]). ¡le n11blá11.

...

l•

BARRED.\.

OFRENDA.
ltes¡11 ·nodo un olor 11~ pri1trn\·1•ra,
Me incitb como un ramo de jazminf'.~
'l'u @eno, y en tus mieles y ~atines
Re armrucé&gt; cantando mi quimt'r/l.
I_Jniel'O h ajo el frescor de ad&lt;1nni!l1•rn
tus ojos, mil'i.r nuevos confint''1,
't distraer mi luto en los jardineR
l 'ml,rosos de tn suelta cahellera.
l)¡,

Y en cambio de lns lises e,plendentrs,
En cambio de los mfsticos presentt's
lJue me dar:í tu mano bondadosa,
Mi ju\'entud, que exhitlMA en las 1-iradai
De tu altar, :í la lnz dP tu1 mir1t1las,
Su perfnmf' r"mo nn/l tn 1rro1ia.
11 IUN

20

REVIST.A

15 de 187.;
GAlll)(O

NúM.

HEROLI.EOO.
PROPET.\~ DE i\frGl'EL

A~ol!lr•.--CAPILLA

81xT1NA

Ro.u4,

�</text>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Ciencia</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Duque de Broglie</name>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

280

.ARo IV

de uu sistema de convicciones completo y firme, viene ,i. ser, cuando se reconoce tarde, un motivo de amarga decepción y aun dt1 incurable y estéril escepticismo. Pero lo que hay de más grave es que la inmensa
mayoría tiene que conformarse para siempre con esta instrucción, condenados á vivir continuamente en
un mundo de puras entidades subjetivas, que ellos toman por seres reales, lo cual los mantiene en una
especie de perpetuo sonambulismo, durante el cual se alimentan de fantasmas, pudiendo vivir de realidades. No quiero presentar otro ejemplo de este subjetivismo excesivo, que esa monomanla espiritista
que ha invadido hoy no pocas cabezas, y en virtud de la cual se pretende hallar en el mundo subjetivo
de los espfrltus la solución de los problemas pbjetivos de nuestro mundo material.
No hay necesidad de añadir que ni la más sencilla de esas deseadas soluciones ha podido encontr11rse por ese camino, y que los csplritus nunca contestan otra cosa sino lo mismo que ya estaba en la mente de su cándido consuitor.
Es urgente, por tanto, acabar con J¡i. raíz de tantos desvarios, que hacen á los hombres un perpetuo
juguete de los ilusos ó de los charlatanes. Otra enfermedad mental que esta especie de educación está
también destinada á curar, y sobre todo á prevenir, es la tendencia todavía muy general á creer que los
nombres de las cosas encierran en si todo lo que hay que sabe1· sobre éstas, y en buscar, por lo mismo,
la prueba ó la refutación definitiva de nuestros asertos en las definiciones, en vez de procurar hallarllls
en las cosas y en los hechos.
Esta propensión á transformar toda ciencia y toda noción en un puro a1 te cabalistico, lejos de curarse se agrava en la educación ulterior, con ciertos estudios profesionales, como los del Derecho, por
P-jemplo, en los cuales, tratándose de prescripciones positivas y escritas, nada hay más natural que el estudio de las palabras en que ellas están concebidas. Pero si el titulo de verbo1·um si,qnificatione puede
ser decisivo en la interpretación ele las leyes de los hombres, en la de las leyes de la Naturaleza, los he•
chos y no las palabras deben fallar en definitiva. Y sin embargo, ¿quién no ha tenido ocasión de deplorar la conducta inexplicable de hombres d,• alta capacid:v1 y de inmensa erudición, que en asuntos prácticos cometen los más graves errores á fuerza de P11•artar silogismos fltndados cu puras palabras?
La necesidad de corregir desde los p1irncros aiio~, con la preoión de la realidad, esta tendencia cabalistica, 110 puede, pues, ponerse en duda.
En la educación objetiva y práctica es, puc,:, donde ú uieamente ebtá el remedio y la verdadera re.
generación de nuestra especie, por el &lt;'jerclcio completo que ella exige y proporciona á todas nuestras
facultades.
Con una instrucción de puras palabras, eomo la que se ha dado basta aquí, aplicación y memoria
son suficientes, y este trabajo de plast(cidad puramente pasiva dt1 nuestro cereb ro, en el cual se limita á
retener lo que le viene de fuera sin prJ,ducir cosa algun 11, no es riertamente propio para mejorar, sino
para entorpecer y debilitar, con el transcurso del ti11mpo, nuestras facultades mentales, bajo la influencia
incesante de un verdade1·0 atavismo intelectual.
La necesidad de un cultivo completo ele nuestro entendimiento, emprendido sistemáticamente desde la primera edad, se recomienda también por el atractivo mismo que él presenta pa ra el niño, y el consiguiente estimulo que de aqui resulta, asi como también por una fatiga menor y menos rápida.
Sucede con el f'jercicio mental como con el corporal; la fatiga sobreviene muy pronto, aun con un
%fuerzo poco intenso, si él exige la tensión permanente de un solo sistema de músculos, y con mayor
razón si es la el,~ 11110 solo, mientras que un esfuerzo mucho mayor podrá prolongarse por largo tiempo,
si se reparte n:tcrnativamente en dos ó más. Una persona que no podría permanecer en pie é inmóvil un
cuarto de hnra, sin experimentar una fatiga y una laxitud indefininibles, podrá caminar horas enteras,
no sólo sin fatigarse, sino hast:i. con placer. l\fás aírn: la tensión continua de un músculo lo debilita, lo
atrofia y lo paraliza en vez de robustecerlo, como lo hada el ejercicio alternativo.
Otro tanto, y por la misma razón fisiológica, sucede con nuestras facultades intelectuales; la tensión
continua de una sola de ellas, aun cuando sea moderada, es muy pronto seguida de cansancio y de fastidio, que son su indicio y su resultado seguro.
La verdadera economía de la fuerza intelectual, as! como la de la muscular, no consiste en no solicitarla, sino en exigirle esfuerzos poco prolongados, aun cuando sean frecuentes; con estos dos requisitos
el ejercicio es una base ele progreso y un manantial ele bienestar, ora se trate de nuestras facultades flsicas, ora de las mentales.

MÉXICO,

2,i QUINCENA.

DE 8EPTIEMDRE DE

1901

18

MO DE RNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS .E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DF. TIEDA CCION : .JESUS URUETA. '

Tir.

( Continuará).
GAlllNO

NúM.

BARREDA.

Pnon.T.l~

DE l\I1ouEL A::.GEL.--CAPILLA SlxTINA. ROMA,

de Dublan.

�REVISTA MODERNA.

----·--

- ---- - --. - -::._
_.,._:..::,.~ ,,.

-.-

MARGARITA.

o me

atrevo á decil' que ella fué causa de todo. Acaso la buena se·
fiora tuvo razón, Era madre y debía alejar á sus hijos de todo po•
Jigro. Pero ello es que la muchacha fué á dar, mediante la aprobación del Cura, y gracias ó. sus buenas relaciones y á su pruden.te
influjo, á la casa del Sr. Lic. D. Marcelino de Aguayo, persona c1·1stianlsima, de mediana edad, riquillo, muy acreditado en el foro,
bien reputado en el pueblo, casado y .... sin hijos!
El Cura vió claramente en el asunto, y le dijo á. Doña Carlota:
-¿Lo has pensado bien, bija mla? Diez años lleva esa criatura á tu lado· de ti ha recibido piadosa educación, y si tú has visto
hasta hoy á l\largarita como á. hija tuyn, ella- que' es buena, dulce- te ama y te respeta como s1. te d e·
biera Ja vit.la. Tienes razón, si que la tienes, y yo soy el primero en concedértela.
_
.
Tus hijos van siendo grandes, son unos chicos simpáticos y listos. Paco tiene _ocho anos (¡como pas_a
el tiempo! no parece sino que ayer fué el bautizo) y quien no lo sepa creerá qu_e tiene catorce;. Eduard1to tiene doce, y quien por primera vez le vea y le trate dirá, no lo dudes, qull tiene más .de qumce..son
excelentes muchachos, excelentes, hija. ¡Dios te ha bendecido en ellos! No creo, como_ t~, quo el peligro
sea.inminente .... Todo depende de la manera como los eduques, y del modo c~mo dmJas tu c~_sa. • • •
-SI, Padre; pero .... recuerde Yd. lo que pasó con la muc~acha.aquella á quien.con ~anto ~armo a~~gicron en la casa de D. Prudencio Lóp&lt;'z,, .. Vd, sabe en que paro todo. Un matnmom.o des1_g~al,-1),
di-monos de santot!- puso término á la a,·entura y al escándalo .... Alfonso mere?[ª 0~1a muJe_i · · • •
-SI, bija mla; pero tú me permitirás que te diga que Alfonso, que es pers~na rn~ehgente, ncay c~ltn, no era ni es modelo de honestas costumbres, y_ que en el hogar- sea esto d1~ho sm ofensa de la cristiana caridad-no ha tenido nunca buenos ejemplos. Se puede ser rico y laborioso mercad~r; se puede
gozar, como D. Prudencio, de magnifica fama _comercial; se puede ~~n~r el respeto que el dmero trae Y
lleva, y, sin embargo, no ser ni buen esposo, DI buen padre de fam1ha.
- ·Padre!
- ks la verdad, hija mla¡ y, en casos como éste, debe deci1·se discretamente, para explicar las cpsas . .. . Pero, en fin, tu resolución es irrevocable .... Irá esa niíia á casa de Aguayo .... Y tú quedarAs
tranquila.
Y allá fué dos días después,
•Y qué aunpa que era! ·Qué exuberante juventud! ¡Qué grácil hermosura la de la pobre huérfana
par~ quien desde muy temp:·ano tuvo la vida ruJezas de madrastra celosa, crueldades é inclemencias de
enemigo sañudo,
.
.
Esbelta donairosa mórbida y siempre vibrante, con todos los fulgores del cielo en los OJOS, todas
111s negrura~ de la n,ocho eu la crencha, en laa mejillas rosas de Abril, e~ los labios cla_veles granate y en
Ja boca finísimns perlas; decidora y suelta de palabra, y graciosa y gentil, era Marganta una presea, un
tesorn, di riamos, poniendo en cuenta lo hacendoso de la doncella, cualidad en ~uo parecen ir sumad_as
casi todas las virtudes domésticas, en Margarita todas muy claras y resplandee1ent~s, y sólo. en ocasiones empañadas por cierta ligereza y cierto coquetismo incipientes, y una vehemencia de ~as1ones aftlctivas v un raro ardoreillo de alma que era causa de miedo y desazón en Doña Carlota, siempre que 1~
núbil 'muchacha, en los arranques de su afecto, acaso de gratitud, y, sin duda alguna, de cariño purfs1-

283

mo, abrazaba y besuqueaba á los niños, sus lindos hermanitos, como ella solla decir, y como ella no dejaba de repetirlo en frecuentes crisis de pasión, que eran precursoras de largos dla3 de tedio, de profundas melancollas y de tenaces añoranzas.
Doña Carlota, al considerar todo esto, se decía:
-¿Cuál será el despertar de mis hijos, movidos por las efusiones impetuosas de esta criatura?
Esta pregunta, á la cual no daba satisfactoria respueJta el exiguo caletre de la prudente señora, determinó, como queda dicho, la separación de Margarita.
Volvió Doña Carlota á su casa, y aprovechándose de la ausencia de los chicos, llamó á la doncella
para comunicarle lo que tenia resuelto de acuerdo con el Cura.
-¿Qué mandaba V d.?-dijo la joven.
-Siéntate ahi, en ese sillón, frente á mi. Tengo que hablarte de un asunto muy serio.
La señora, que en el fondo era buena, sintió un nudo en la garganta. No sabia por dónde empezar.
Por fin, liabló dulcemente, con suma delicadeza, como si temiera ofender á la joven.
¿Qué dijo? ¿Cómo de insinuación en insinuación logró que la joven recibiera la terrible noticia?
La doncella, asustada como si estuviera próximo á caer sobre su cabeza, convertido en menudos trozoF, el techo que las cubrla, preguntó:
-¿Por qué?
-Hija mia:- respondió la dama-por moti\•os de conciencia.
Pronto comprendió la joven que la dulzura de la señora,- asi la nombraba- no era más que un vo•
Jo ocultador de algo ofensivo y por extremo cruel. No replicó, no dijo nada en contra de la resolución
que le hablan comunicado; pero no pudo ocultar su emoción al sa1&gt;er :í. qué cnsa debla ir.
-¡No,- exelamó- allá no!
Quedóse sorprendida doña Carlota, é iba A replicar, cuando l\largarita, serena ya y resignada,
agregó:
-Tiene usted razón; allá, allá! Si, si, con mucho gusto!
Y mientras la señora se retiraba ansiosa de poner término á tan temida y pez:osa escena, la infeliz
huérfana se quedó pensando en la triste desolación de su vida, en el abandono de su alma, en la crueldad con que la apartaban de lo único que para ella tenia luz, flores y alegria, en aquel amor plácido y
apacible de los niños, en quienes había puesto todas las ternuras y todas las cnerglas de un corazón ado·
lorido. Ella, ella tenla la culpa de cuanto le pasaba. ¿Por qué, por qué habla puesto su cariño en ague
llos muchachos'?
Y en las arcanidades ele su mente los llamaba con este nombre, y aun queria encontrar otro, otro
más despreciativo. Pero la idea de despreciarlos le quemaba las sienes, y bajaba hasta sus ojos en lágri·
mas que calan en su corazón como gotas de plomo derretido ....
Oculto el rostro entre las manos, le parcela á Margarita ver á los niños &lt;le vuelta de la eb"cuela: Paquito, cariñoso y amable; Eduardin, grave y atento, ambos con sus libros y sus pizarras bajo el brazo,
ansiosos de llegará la casa en busca de la acostumbrada merienda. La doncella creía verlos entrar;
verlos cómo llegaban en busca do ella, para quien tenlan mimos y caricias.
Recogió cuanto tenla, guardó todo en un baúl, y se dispuso á salir.
- No urge,-dijo la señora- no urge, bija mla .... mañana ....
-¿~iañana? No, señora, lo que ha de ser tarde que sea temprano ... .
- Pero, bija ....
Y la joven insistió en irse, é insistió de tal manera, que doña Carlota le dijo:
-Bien . ... Te llevaré; pero sabe que el Sr. A guayo tiene entendido que irlas mañana.
- No; jamás!- replieó.-No será eso motivo de gran disgusto para ese señor. Pnede Vd. estar segú·
ta de que me recibirá muy cariñosamente!. ...
Estas palabras de la doncella parecieron extrañísimas á doña Carlota, poro no le causaron alarma.
-Vamos, hija mla .... puesto que lo deseas. Un criado te llevará todo.
En el camino una y otra callaban. Doña Carlota presentía algo fatal. Margarita lloraba á mares, peto disimulaba su pena y enjugaba sus ojos furtivamente.
Casi al llegará la casa de Aguayo la joven se detuvo ... . Doña Carlota pensó que Margal'ita no
querla entrar; que repentino arrepentimiento la detenla.
Mas la joven enjugó sus lágrimas, y sonl'iendo tristemcntr, dijo en tono irónico que para doña Car•
lota pasó inadvertido:
-Seilora: ¿cree Vd. que ese señor sea bueno conmigo?
-Si, hija mía. Es un hombre muy honrado ... , de lo más honorable .... Asl lo dicen todos, asl me
lo aseguró el señor Cura.
- ¡Ahl Pues si así es ... . ¡mejor! eso más tengo que agradecerá Vd. Ha sido Yd. como mi madre. . ..
'rodo Jo que soy y cuanto ,•algo á Vd. lo debo , .. . Salgo de la casa de Vd. muy agradecida. ¡Es tan dulce la gratitud! A los niños les dirá V d..... ¡No, nada! ¡No les diga V d. nada! Pero .... que los quieran
como yo, que los cuiden como yo los he cuidado.
Y entrnron en la casa.
El Sr. Aguayo salia en aquellos momentos. Al verlas lanzQ una exclamación jubilosa.
- ¡Bien venidas! ¡Bien )enida Margarita! No esperaba yo verlas hoy., .. Pasen ustedes!
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�REVISTA MODERNA.

284

Tres días después recibió doña Cai-Iota una carta brevísima que decía así:
•Señora:
cl\Ie apartó Vd. de lo que más queda yo, de lo que más amaba, de lo que amo aún, ele esos lindos
nilios, ¡.,or quienes ful y era buena. ¡Dios se lo perdone á Vd. Le acompaiio &lt;'Sa carta para que se imponga de ella. ¡Es muy interesante!•
Su agradecida servidora,
llfarga1·ita.

Doña Carlota desplegó el pliego, y leyó con ansiosa curiosidad lo que en él estaba escrito.
Era una declaración amorosa dirigida á l\Iargarita por Aguayo. ¡Y qué declaración! La infamia y
la lujuria la hablan dictado.
La buena señora, asombrada, se cubrió el rostro, y exclamó para si:
- ¡Tenla razón el ser.or Cural
R1F.1tJ r,

DF:LGADO,

A MUERTE .... !

FLOR DE ACANTO.
De tu frente cayó la última rosa,
Y transida te arropas en el manto
Mientras en la vidriera temblorosa
Viento y lluvia otoñal riman su canto .... ,
Son las ojeras en tu faz llorosa,
Pálida y triste como flor de acanto,
Alas »egras de inmóvil mariposa
1':mpapada en el iris ele tu llant(l,
IDobla tu frente un fúnebre tui banteDe :\gatas negras y crespón sombrío . . .
Y siento an,e ,u dieha agonizantt&gt;,
Como una tumba, el corazón vacío,
Y abrumado mi ser como un atlante

Bajo el pesado mármol de tu hastío!

EL DAIMIO.
(J. :IJ. ele H crcilia.)

~IAÑANA DE BATALLA.
:Bajo la negra fusta guerrera que rcstall11,
Relincha y belicoso sacúdese el bridón,
Y el acerado peto y el bronce de la malla
De sables que se chocan imitan férreo son.
Quitándose la hirsuta máscara de batalla
El jefe envuelto en hierros, en laca y en crespón,
Mira el volcán en cuya pálida nieve estalla
Sobre un purpúreo cielo la aurora del Nippón;
Pero mira hacia el Este surgir glorioso al a&amp;tro
En la fatal mañana dejando un áureo rastro
Deslumbrante surgiendo por detrás i;lel estero;
Y amparando sus ojos del hostil arrebol
Abre de un solo golpe su abanico de acero
1':n cuya blanca seda se inflama un rojo Sol!

Josi1 JUAN TABLADA,

México, 1901.

UANDO el capitan Héctor Flor penetró súbitamente en la alcoba dJ su esposa,
para darla el último beso, quedóse livido, helado, teuebroso: Carmen atraia hacia
ella, prisionero en sus brazos desnudos, á. Rodrigo Rubio, el brillante alférez que
era el amigo más querido de Héctor, su compañero de infancia y de campañas.
Carmen, de espaldas al portier que habla levantado su esposo, no le vela; y frenótica, apasionada, enhiesta y vibrante de amor, con sus rublsimos cabellos sueltos y flotantes, pequeñita
y nerviosa, alzada en la punta de los pies, demandaba un beso de la boca esquiva y adorada .... un beso .... un beso .... el del adios y de la muerte .... !- en tanto que Rodrigo, aterrado, en presencia de su
amigo que contemplaba el grupo siniestramente torvo, luchaba por desasirse de los bellos brazos desnudos en las amplias mangas del peinador arrolladas, y fascinado por las mi1·adas fulminantes del esposo,
no osaba proforir palabra . ... Un presagio centellante hizo volver el rostro á Carmen, y al verá Héctor
dió un grito, desasióse y huyó pavorida, dejando á los rivales frente á frente.
El capitán rompió el breve silencio lúgubre que siguió á la huida de Carmen, y dijo con voz sorda y
¡¡oc.::
- El regimiento parte tl011tro di! una hora: tendró tiempo de sabor si eres tan cobarde como traidor.
-Estoy á tus órdenes!--contestó simplemente Rodrigo.
Veinte minutos después se hallaban de nuevo frente á frente, pero esta vez libres de sus.dormanes
y de sus kepis, ante dos testigos inflexibles en asunto de honor: el viejo coronel Yáñez, veterano del 47,
de ojos de acero bajo sus crespas crjas níveas, de profundo corazón dolorido porque el leal viejo babia
s~ntado sobre sus rodillas á Carmen chiquitina; el otro era el mayor Roló, de barba mosaica y tristes
ojos azules, que amaba á Rodrigo Rubio como á un hijo.
El pacto había sido á sable: á muerte, pues los cuatro personajes de la tragedia siniestrn estaban
o\Jstinados en que uno de los rivales quedara suprimido.
-Mi mayor, mi padre!- habia suplicado el joven alftirez-yo amo á esa mujer con amor indomable,
J:¡e sido estigmado á causa de ella. con los dicterios más candentes por mi mejor amigo .... y además ya
no puedo sufrir que ella sea suya .. . . Era la primera vez que la volvia á ver después de casada, al regresar de mi ausencia interminable, llamado repentinamente de Yucatán para incorporarme en la brigada
expedicionaria del Rio :Mayo .. .. i\li mayor! que nuestro duelo sea á muerte!
Por su parte, el c1pitán Fbr babia pedido al viejo veterano que no aceptara ninguna transacción,
que exigiera un lance mortal, y el coronel había corrido á pesar de sus reumáticas piernas y habla encontrado al mayor Roló que también le buscaba.
- No hay tiempo que perder, señor coronel: tengo la elección de armas y pido que sea á sable.
El coronel titubeó un segundo; conocía la superioridad de Rubio desde que era cadete en Chapulteper, para manejar la temible arma; pero lo serenó la justicia del esposo ultrajado y pensó en la superioridad moral sobre su adversario en el lance supremo.
- Convenido .. . . Y á muerte!
-A muerte!
La espera de veinte minutos había e~acerbado la fiebre de Héctor. No era una vendetta vulgar la
1,uya, una susceptibilidad de soldado herido en su pundonor, sino una revelación espantosa de su mancilla que tenia el deber de castigar. Reconstrnia el proceso de su infortunio; su casamiento en que él se
ha'Jfa fingido ser amado .... ah, si! ahora comprendia su triste ilusión; no había sido amado, sino acep•
tatlo; había sido el amparo de la soledad de Carmen . . .. Pero, acaso el aborrecido rival no habla preparado largo ti empo, tenazn¡ento, su tr/µnfo propio y la infelicid11-d !Je Jl~ctor? .. , . J1ecordaba pítidamepte.

��"PAISAJES PARISIENSES."
( LIBRO DE )l. UG \JtTE).

PROLOGO.

A LUIS G. U:::lllN,\.

Mis castillos he trocado por los lauros del trovero,
Por la lil'a mis esmaltes y mis nobles oriflamas,
Y en)os.blancos plenilunios, cual Vida! aventurero,
He cantado los amores: soy el bardo de las damas.
Y el enojo de las damas he sufrido como Arnaldo,
Cual Rudel he sorprendido las bellezas más adustas,
Y pregona mi linaje la trompeta del heraldo
En las iras del torneo y en la gloria de las justas.

El sentido hedescifrado de los viejos armoriales
Y ·conozco la inocencia por la plata de las frentes,
L~ virtud por las doradas cabelle1·as señoriales
Y el candor por el armiñ0 de los hombros transparentes.
Los sinoples agresivos de los ojo~ me han herido,
El azur de las ojeras me ha confiado sus secretos,
y á los ojos verdiobscuros mis rondeles he ofrecido,
y al azur de las ojeras he cantado mis sonetos.
En los gules de los labios abrevé mis ilusiones,
En las lises de los·senos he guardado mis quimeras,
y he 1·ondado las ventanas adornadas de blasones,
Sorprendiendo rostros blancos á través de las vidrieras'
· En el mote de mi emprns(preconizo_mi bravura,
Y en el puño de mrestoque mi blasón e(un tesoro:
Un escudo, y como emblema de esperanza y de bravura
En su campo que es de sable reluciendo un fénix de oro.
EFRÉN

REBOLLEDO.

U ANDO acabé de leer el manuscrito .de esta obra, fuíme á contemplar cam·
po abierto al cielo, y por la luz de éste bai'íado, paisaje libre, la llanura
castellana, austera y grave, amarilla en este tiempo por el rastrojo del
recién llegado trigo. Era que me sentía mareado y oprimido; habfanme
dejado los Paisajes pm·isienses de Manuel Ugarte cierto dejo de tristeza,
de confinamiento, de aire espeso de cerrado recinto. Quería respirar á
plenos pulm1mes.
El titulo de esa obra. es de suyo paradógico: Paisajes parisienses. Un
recinto cenado, en que las edificaciones humanas nos velan el horizonte
de tierra viva, una ciudad parece excluir todo paisaje. Mas en solución,
¿es que hay barrera ó liude entre la naturaleza y el arte, entre lo que hace el hombre y lo que al hombre
le hac&lt;!? A los que me dicen que van en busca de naturaleza huyendo de la sociedad, suelo decirles que
también la naturaleza es sociedad, tanto como es la sociedad naturaleza. Ciudad, portentosa ciudad, no
ele siete, como Tebas, sino de infinitas puertas, de henchidas viviendas, ele enhiestas torres berroqueñaP,
de vastas catedrales en que sostienen bóveda de follaje columnas vivas, ciudad es lo que llamamos naturaleza, y á su vez selvática seh·a, seln1. de savia rebosante es cada ciudad. Puede, pues, hablarse ele
paisajes parisienses.
El único reparo que á la congruencia entre el titulo y el contenido de esta obra pondría, es que se
habla en ella mucho más del pai-,anaje que del paisaje parisiense, no la descripción de lugares, como del
titulo podrla esperarse, sino el relato de hechos y dichos de los que los habitan es lo que la constituyen.
Mas aun así y todo, ¿no se refleja acaso en el paisanaje el paisaje? Como en su retina, vive en el alma del
hombre el paisaje que le rodea. Y aún es mejor presentárnoslo así.
Porque hay dos maneras de traducir artisticamente el paisaje en litera.tura. Es la una describirlo
objetiva y minuciosamente, á la manera de Zola ó de Pereda, con sus pelos y sefíales tocias; y es la otra,
manera más virgiliana, dar cuenta de la emoción qne ante él sentimos. Estoy más por la segunda. •Era
un prado que daba ganas de revolcarse en él&gt; ó como dice Guerra Junqueiro:

Pastos tft0 mimosos que quizera a gente
Transformar- se em ave para. os nft0 calcar.
El paisaje sólo en el hombre, por el hombre y para el hombre, existe en arte. No censuro, pues, el
que titulándose Paisajes la obra de Ugarte, apenas figuren éstos más que como decoración ó fondo de
las animadas figuras.
Los paisajes de este libro son grises, otoñales, clesfallecientes, de amarillas hojas arrastradas por el
viento implacable al pudridero, paisajes de un sólo rincón de bosque ciudadano, vistos á una sola hora.
á una sola luz, de una sola manera. Porque estos Paisajes, lo he de declara1·, y sin reproche, son monótonos, monocromos, la misma nota en ellos siempre, cascada nota que suena á hueco. Una nota triste, de
arrastrada melancolía, una nota que parece surgir del cementerio del viejo romanticismo melenudo y
tlsico. Sus alegl'ias parecen fingidas y forzadas, sus risas suenan á falso.
Una vez más la bohemia, las grisetas, los estudiantes, los pintores, las aventuras amorosas ·cácilei;,
Jllürger de nuevo. Confieso que es un mundo al que no han logrado llevarme la atención, ni que logra
convencerme. Por esto mismo he leido con calma el libro de Ugarte, con empeño, por dejarme penetrar
de su espíritu, á ver s(con~igo de una vez gustar el encanto que para otros tiene el mundo, el espectáculo de esos pobres mozos «estragados por la bebida y la lectura, que cultivan la úlcera de la vida bohemia, con la esperanza de arrancarle el extraño pus de una nueva modalidad.• Tampoco !!Sta vez me

�rno

REVISTA MODERNA.

REVISTA .MODERNA.

ha conmovido la bohemia. No só si adl'ode ó á su despecho, pe1·O lo cierto es que me resulta habc1· cse1·ito Ugarte un libro de edificación moral, un sermón contra la vida de bohemia.
l\Ias después de todo, tratándose como so trata do un joven muy joven, ¿qué importa lo que Ugarto
nos diga, la letrn do su libro, el resultado de su esfuerzo? Lo interesante es el alma que en él ha YCrlido, es la música &lt;le su ohrn, rs el intento de su esfuerzo. E::1 para mi la suya una voz mits de esta juYcntud inorientada mPjor aún que desorientada, occidentada m.\s bien. Uno mils que vicno por su •jornal
de gloria,• gloria que es •eco do un paso• -son suyas ambas cxpresi11ncs-para desvanecerse luego, primero cu muerte, en oh·ido al cabo, al correr de dlas, meses, aiios ó 1,i1los. Uno m:ís á la pelea por la
sombra de la inmortalidad, ya que perdimos la fü en su bulto, por la perdurabilidad del nombre, del fiatus
t:ocis, ya que no creemos en la substancialidad del alma; uno más inficionado del erostratismo que á todos nos corroe, del mal del siglo; uno más que aspira á. que so cierna su nombro sob1 e el despojo de su
vida; uno más que nos ofrece su • provisión de ensueños para combati1· la vida • á cambio del jornal do
gloria para combatir el espectro de la muerto. ¿Quién rehusa sor padrino do la criatura de un compaiíero as! de ilusiones y ,·anidades?
Lo que estas páginas te ofrecen, lector, son cuadros de miseria en que el trato sexual forma el acorde de fondo. No el amo,·, no tampoco la sensualidad, ni menos la pasión, porque todo aparece aquí fríamente pragmático, como en un cronicón medioe,·al, con tenue colorido en las frases. Son unas relaciones sexuales que parecen regidas por un código, no por consuetudinario menos rlgido ni menos frlo quo
otro código cualquiera. Hay cosas atroces, como las razones por las que l\Iarla, que amaba de verdad
á Berdahin,• so entregó con ropugnanciii al primer desconocido •para poder ir al dla siguiente con la
frente alta, en la s&lt;1guridad de que ya era mujer.• Pocos códigos más otrozmentc rlgidos, más ele esclavoi:, que el código consuetudinario que semejante cosa decretase. Me complazco en creer que tal artlcu•
lo no existe, que lo hecho por Maria obedeció á oti-os móviles más humanos, al hambro acaso, ó que no
amaba de verdad á Berladún aun cuando ella misma creyese otra cosa. Su ocurrencia me sabe al:o á
literatura pow· épate1· le bourgeois.
Las figuras que por aqul desfilan, gesticulando al recitar su recitado, p111·cocn sombras chlnesoaa,
sin carne ni sangre, ni nervios, ni músculos, sin apetitos apenas, sombras que en el tablado repiten las
contorsiones y muecas que les enseiíaroo, atentas á una liturgia estrictamente formulada. Una opaci,
dad y languidez enormes las envuelven. Si es así ese París, debe do ser bien triste á pesar de sus car,
caj11das, risas y besos que parecen responder á acotaciones del papel de la comedia¡ carcajadas, risas y
besos del teatro. El tal Parls debe ele amodorrar al alma con sus dibujos de Steinlen y sus estrofas da
Rictus; parece una ciudad de almas cansadas, de donde huyera la espontaneidad parn siempre.
Todo esto, la opacidad, la languidez, la monotonla, la sombra-chinesquerla, todo esto deja una im•
presión honda, la impresión que me llevó luego de leido ei:te libro, á respirar aire libre á plenos pulmo
nos, á restregar mis retinas con la visión reconfortante de la austera y grave llanura castellana.
En medio de esta pesadilla acompasada y opaca, incidentes de una amargulsima realidad ,·iva, no
teatral, como el de la niña de los anteojos en Una aventura y sobre todo en Graveloche, aquel pobre
hombro que •corría perseguido por otros, como una bestia, cruzando entre los carruajes y atropellando
A los transeuntes, mientras los que venlan detrás de él gritaban ¡á él! ¡,l. él!. ... ¡es el ladrón! El fugitivo
so abrla paso entro la multitud, con los ojos fuera de las órbitas, latigueado por el miedo. Y el grupo de
perseguidores acrecla, se multiplicaba, se convertla en ejército, clamoreando su insulto, sin saber siquiet
ra si h1.:bla robado. Bastó que alguien lanzara la acusación terrible, para que todos hicieran coro, feli•
ces de hincar la garra en la víctima. Nadie se preguntaba las circunstancias del robo. Nadie trataba de
asegurarse de que el robo existla .... • Aquí se pone de manifiesto uno do los más bajos instintos humanos, el instinto policiaco, tan bajo como el instinto judicial. Y ¡aquel pueblecito de tísicos de Los Cal·
dos! Hay, por otra parte, un Sevilla en Pa1·ls, que será, en efecto, Sevilla en Paris, puesto que no es Sevilla en Sevilla; una Sevilla de teatro traducida al f,·ancés, una Sevilla tan genuina y castiza como aquella sevillana que en 188) encontró en la Exposición¡ una sevillana de ancha carota rubia, con su mantilla
de madroño~, y que hablaba el ca~tellano con un horrible fraseo de las erres y un accntuadlsimo acento,
francós.
Mas lo quo sobre todo me llama la atención en este nue\'O peregrino de la literatura, en esto mozo.
que viene por su (jornal de gloria,• es la iniciativa para la fl'ase¡ es su caracterlstica. Aqul leereis: masticar besos¡ espolear carcajadas; cascabelear una alegria delirante, ó bien risas¡ borbotear risas; caracolear frases dudosas¡ trompear canciones; mariposear la tentación de un beso¡ la lengua aleg1·e de un estudiante que campanea! ¡presente!; baila1· alegrias con los labios; bufonear amores; relampaguear el placer chisporroteando besos; hilar palabras en una conversación incesante y sorda; deshojar margaritas de
porvenir; hincharse los labios para el beso .... IY quó sé yo cuántas más! Lo •de una carcajada hueca
galopó bajo la noche, • es pura y exclusivamente f1·ancés. Algo de forzado á las veces en tales frases.
hay que reconocerlo, como en la de aquel reloj que •afectaba cierto sadismo• y •desangraba lentamente los minutos.• Y expresiones vivamente gráficas como cuando Mauricio e daba manotadas sobre sus
convicciones para no perder pie,• mientras la embriaguez •era un anteojo que ponla los objetos á su alcance y le permitía masticarlos hasta arrancarles la savia.•
En la metáfora propende, y es propensión reveladora de mucho, á apoyar lo concreto y real en lo
absti·acto é ideal, lo definido en lo indeterminado, como si el mundo de la abstracción nos fllese más in·
mediato que el mundo de la realidad concreta o~Ativa. As( qos babi!\ de •una franja de cielo obscuro,
~
.. '

lnvaTiable, como un!! pincclada_de dolor sobre una vida; de •un tragaluz que so abre sobre un patio co.
mo una ambición sobre un imposible;- de que •el poeta levantó los ojos como dos reproches • ó de que
clas panteras se paseaban como instintos en una cárcel de voluntad.• Porque si decís que los instintos
se revuelven en la cárcel de la voluntad como panteras en sus jaulas, el proceso psíquico de la metáfora.
es el directo y corriente. Esta manera inversa es reveladora de mucho, Jo repito; puede servir do señal
tlpica con que conocer á. un escritor. Ei el slntoma más caractJristico de la peculiar manera que de vor
los paisajes parisienses tiene Ugarte: él nos explica aquel tono de triste teatralidad de quo hablaba.
El lenguaje . . .. esto exigirla todo,un tratado en que me explayase sobre las faltas y sobras de esto
lenguaje que hasta cuando es correcto parece traducido del francés. Un lenguaje desarticulado, cortan te y frlo como un cuchillo, desmigajado, algo que rompe con la tradicional y castiza urdimbre ele! viejo
castellano; un lenguaje de ceñido traje moderno, con hombreras de algodón en rama, con angulosidades
de sastrerla inglesa, con muy poco de los amplios pliegues de capa castellana, de capa en que embozar
se dejándola flotar al "ionto, sin rotundos periodos que mueren como ola en playa. No lo censuro; todo
lo contrario.
Esta tarea revolucionaria en nuestra lengua, con sus excesos y todo - ¿quó revolución no los trae
consigo? ~ hará su obra. La prefiero á la labor de marqueterla, cepilleo y barnizado de los que aspirando á castizos, por castigar el estilo castigan al lector, como decia Cia1·í11. Lo he dicho muchas vc!ces,
hay que hacer el español, la lengua hispano- americana, sobre el castellano, su núcleo germinal, aunque
sea menester para conseguirlo retroceder y desarticular al castellano; hay que eusancharlo si ha de llenar los vastos dominios del pueblo que habla español. Me parece ridlculo el monopolio que los castellanos de Castilla y palses asimilados quieren ejercer sobre la lengua literaria, como si fuese un füudo do
heredad. Ni aun la anarqula lingiUstica debe asustarnos; cada cual procurará que le entiendan, por la
cuenta que le tiene. Roto el respeto á la autoridad de una gramática autoritaria y casulstica á la vez,
cada cual verterá sus ideas á la buena de Dios, según la gramática natural, en el lenguaje que más 4
boca le venga, y todas las divergencias que de aquí surjan entrarán en lucha, serán eliminadas ó selcociooadas éstas ó las otras, se adaptarán al organismo total del idioma á la vez que lo modifiquen aquóllas, é irá asl haciéndose la lengua por dinámica vital y no por mecánica literaria, por evolución orgánica, con sus obligadas revoluciones y crisis, y no por fabricación mecánica. Cuando empiece en E,paüa
á conocerse cientlflcamente la lingülstica y no en abstracto y muerto, sino en concreto y vivo, es decir,
aplicada á nuestro propio idioma, cuando se generalicen los conocimientos respecto á la vida y desarro·
llo de ésto y do cómo lo hablan los que no lo escriben y cómo lo escriben los que apenas lo hablan, entonces se sabrá para quó puede servit· el artefacto ese de la gramática y para qué no sirve, y que es tan
útil parn hablar y escribir el castellano con corrección, como la clasificación de las plantas de Lineo lo
es para aprenderá cultivar la remolacha, el cáñamo ó el olivo.
Cuenta que no defiendo los galicismos que algún purista podrá contar en esto libro; ni los defiendo,
ni por ahora los censuro. l\Ie limito á hacer observar que formas hoy corriontos fueron galicismo ó ita
lianismo ó latinismo en algún tiempo, y que prefiero una lengua espontánea y viva, aun á despecho du
tales defectos, á una parla de gabinete, con términos pescados á caña en algún viejo escritor y giros quo
huelen á aceite. El criterio, en cuestiones estas de estilo, corrección de lenguaje y buen gusto (!!) ha sido
&amp;iempre para mi el más claro signo de osplritu progresista ó retrógrado. Tendré siempre á un Hermosi.
lla por un reaccionario redomado, aunque se nos parezca más liberal que Riego y renegando de todo
Dios y todo roquo. Vuelvo á repetirlo, una de las más fecundas tareas que á los escritores cu lcugua
castellana se nos abren es la de forjar un idioma digno de los varios y dilatados palscs en que so ha do
hablar y capaz de traducir las diversas impresiones é ideas de tan diversas naciones. Y el viejo oastella.
no, acompasado y enfático, lengua de oradores más que de escritores- pues en España los más de estos
últimos son oradores por escrito-el viejo castellano que por su [ndole misma oscilaba entro el gtongo•
rismo y el conceptismo, dos fases de la misma dolencia, por opuestas que á primera vista parezcan, oi
viejo castellano necesita refundición. Xecesita, para europeizarse á la moderna, más ligereza y má3 pro cisión-á la vez, algo de desarticulación, puesto que hoy tiende á la anquilosis, hacerlo más desgranado,
de una sintaxis menos evolutiva, de una notación más rápida. La influencia de la lectura de a.ntores
franceses va contribuyendo á ello, aun en los que menos se lo creen.
He aquí porqué me parece la presente obra una obra de alguna eficacia en el respecto lingiii,;tico.
Revolucionar la lengua en la más honda revolución que puede hacerse; sin ella, la revolución en las ideas
no es más que aparente. No caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres.

20 1

l\IIGUEL DE

Salamanca, Julio de 1901.

UNAMUNO.

�REVISTA MODERNA.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE INSTRUCCIOK PRIMA1'IA
PR~ENTADAS EN FORMA DE ot:TAMRN POR GA DINO OARREDA ,

.\ L'\ COMl!-&gt;IÓN NO'.\IURAO \ eH l NA JUNTA OE A~IICOS, RKCNIDOS CON EL OBJETO DE PROMOVER LO 12UI! J'liUIESR SER ÚI IL

rAHA 0IFCN0IR L A JLCSTRACIÓN EN Mtx1co.

.A PHOUAOO roR DIClf,\ CO~IISIÓN, TANTO &amp;N LO (iB!',;ERAL, COllO •x LO UELA"J J\'O .\ LA PARiE
RBSOLUTIYA CON QUE TERMINA,

293

sos excepcionales, ni es aplicable sino con inteligencias más avanzadas y no con los que comienzan á dar
los primeros pasos en la via de la instrucción. En esta época, más que reglamentar, se necesita robustecer, y para esto la forma espontánea de nuestra actividad es la. más eficaz; quere: 1:eglamentar antes do
tiempo es siempre un medio seguro de impedir el desarrollo. El compás de la mus1ca, para el que ya sabe and~r, es un medio de facilitar la marcha y de hacerla menos fatigosa, pero jamás será propia para
enseñar á los niños á dar los primeros pasos.
La inteligencia de los niños que van á recibir la instrucc:ón estit, por decirlo as!, dando EUS prime·
ros pasos. ¡A qué engrillarla con esas fórmulas abstractas que no puede comprender ni menos utilizar!
Las tendencias espontáneas de su actividad, son las que deben secundarse y fomentarse. Ahora bien, supuesto que los niños tienen tanta afición á examinar los objetos materiales, como repugnanci11, invenci•
ble por las concepciones puramente ideales, por la presea tación de los objetos materiales dtlbe comenzar
toda. lección 1 si se quie1·e que ella sea interesante para el niño, y por lo mismo, fructuosa: al objeto concreto tomado como punto de partida, se debe volver después de cada sin tesis abstracta: en suma, al mé•
todo franca y completamente objetivo es al que debe recurrirse.
Es imposible que en esta exposición de nuestt-as creencias sobre la materia, hayamos de formular, nl
someramente, todos los preceptos del dificilísimo arte de esta clase de enseñanza, en la cual lo abstracto
debe ir constantemente ligado á Jo concreto, para quitarle la aridez que es aqnl, como en cualquier otro
caso, una causa de infecundi&lt;lad. Hay¡ sin embargo, una circunstancia sobre la cual queremos expllcar
nos, porque ella nos parece capital. Se debe procurar, hasta donde sea posible, sobre todo, durnnte el
primer periodo, que sean los objetos reales y no su representación la que se ponga en manos de los educandos; decimos que esta circunstancia es capital, porque ella es la que permite dar una plena satisfac,
ción á la necesidad que se advie1·te en las inteligencias infantiles, de llenar la mente, por el conducto de
todos sus sentidos, de nociones objetivas que permanecerán en ella depositadas, •!orno materiales indispensables de sus ulteriores combinaciones subjetivas. Es de observación vulga1· que los niños no quedan
jamás satisfechos con que una noción cualquiera del mundo exterior les llegue poi· un solo sentido; necesitan emplear el mayor número posible, y sólo cuando se satisface esta instintiva necesidad es cuando
se logra concentrar por algún tiempo su atención. La educación del tacto, sobre todo, es para ellos un
complemento indispensable de las otras sensaciones: para ellos, ve1· llega á ser sinónimo de palpar, y su•
freo una notable contrariedad, muy nociva. para la atención, cuando estos dos sentidos no se asocian.
Esta irresistible tendencin, que la pedantesca pedagogla antigua calificaba de vicio, que era preciso
corregir¡ ha venido á recibir una plena sanción con los adelantos de la fisiologla moderna. Esta ha demostrado que multitud de nociones que se atribulan directamente á la vista, ó que se creían innatas, son
el resultado de la combinación de la vista y el tacto muscular, es decir, de la conciencia del esfuerzo de
los miisculos, ó bien de esta última sensación con el tacto cutaneo; tales son las nociones de distancia, de
movimiento¡ de tamaño, de volumen, de peso, de densidad, etc., etc. l\Iás toda.vla, la distinción, que nos
parece ·tan absoluta, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre el mundo exterior y el mundo interior, se caracteriza principalmente por la intervención del tacto muscular en las nociones que atribuimos al mundo extel"ior, y su falta completá en las puramente subjetivas ó del mundo interior. Un hombre, diceBain,
que careciese de todo movimiento, no se distinguida, ó más bien, serla todavla. inftlrior, en cuanto á la
distinción del mundo subjetivo y del mundo objetivo, á una persona sumergida. en un perpetuo sueño;
él confundiría todo con su propio ser, y toda distinción entre una y otra clase de fenómenos, desaparecerla. En efecto, sólo la posiblidad permanente y segura de tener un conjunto dado de sensaciones, mediante ciertos y determinados movimientos de nuestra parte, es lo que viene á despel'tar la idea de un
mundo exterior é independiente de nosotros, y también lo que nos parece una prueba inefragable de su
existencia. Si yo, con los ojos cerrados, afirmo que todos los objetos que estAn en la pieza en que escribo existen, es porque estoy cierto de que, mediante el movimiento de mis párpados, que llamo abrir los
ojos, dichos objetos se pl'esentarán á mi vista, como también creo que podré cerciorarme de su existencia por medio de mis otros sentidos, si me acerco á ellos con ayuda de los movimientos convenientes de
mis miembros.
Esa permanente posibilidad de asociación de nuestras sensaciones, mediante ciertos movimientos
conscientes de nuestra parte, constituye, pues, todo lo que hay de evidente y de inconcuso para nosot1·os
en la existencia objetiva. ¡Qué extraña preocupación ha podido entonces inducir á la educación sistemática, á convertir á los niños en simples receptáculos pasivos de sensaciones, sin permifüles que su propia
acti,,idad muscular las combine en las diversas fol'mas propias para hacer en ellas la impresión más pro•
funda y duradera.
Por este motivo, nosotros queremos que, en caso de ser indispensable, se refiera la representación
dol bulto, á la representación dibujada de las cosas, y ésta á la escl'ita y á la oral. En todo caso se debeprocurar que los niños, al comenzar su educación, tl'abajen y cultiven su mente, con las cosas mismas y
no con sus signos: no sólo porque esto les es más fácil, sino porque esto los habitual':i. á saber que cuant.lo tengan que hacer uso de puros signos, en vez de cosas, como por ejemplo, de puras palabras, l11s oom•
binaciones que con estos signos se hagan, no tienen valor, sino en cuanto á que son una señal de lasque
pueden hacerse con las cosas, lo cual les quitará á las palabras, y en general, á todos los signos ó slmbolos, ese carácter que todavla conserva para la mayoría de las personas, en virtud del cual quieren, A
fuerza de revolver y de manipular palabras, encontrar verdades nuevas que sólo los hechos pudieran pa•
tentizar,
0

INDIVIDUOS QUE COMPOSIERON LA COMISION DICTAMINADORA:
CC. Ge.bino B..lrredi, Igaa.ci'&gt; Ra.mirez, R:i.f&lt;l.el Martinez de la.Torre, Guillermo Prieto, Roberto Esteva.

l,'.,ducatlon conijtitoe Je pn:mltr des arts le scul
pleinem~nt général, cclui qui perfecclonne l'netion
en amellorant l'a¡¡cnt.
A. Comtc. Systcme de Pollt posit, t IV. p P4G,

PARTE SEGUND.\.
DEL MJ,;TODO &lt;it' E DEDERÁ ADOl'TAR!;E.

El consejo que 11nL11ral111c11to surge de esto principio lle íisiologla psicológica es: quo uur1111to el cultivo mental so debo procurar el empico de todas nuestras facult11des y no de un11 sola, para logra1· su .descanso alternativo y hacer provechoso el ejercicio intelectual.
De esta manera, no sólo se logran\ fortalecer nuestras facultades naturales, sino retardar la. fatiga do
un modo notable. E11ta última. circunstancia es de suma importancia., porque ella permite prolongar algo
más el tiempo de cada lección, sin determinar el agotamiento cerebral, que tan funesto es para, el desarrollo ulterior de las facultades correspondiente11.
Se debe á todo tranco evitar que en el curso de una lcoción sobrcv,mga la. fatiga mental; antes de
que ella deje de ser interesante para los alumno~, debe abandonarse, so pena de esterilidad, cq&amp;lldQ no
de ir1·eparable perjuido.
Se vi-, por lo que precede, cuál dobe ser el fin que debemos proponernos en la oducaoióu de la ni1'fra,
que era el primer punto que dcseabamos examinar: queda ahora por resoh'er, cómo se podrá obtener es,
to cultivo, simultáneo y siempre grato, do todas nuestras facultades mentales.
Todo el mundo ha podido notar que no es el deseo de aprender lo que falta á los niños, bien al con·
trario, todos cono::cn la insaciable sed de aprendizaje que 1011 devora, la. oual se revela á cada momento
por sus preguntas sobre todas materias. ¿Por qué, pues, esa ansia. de sabor so transform1 en la escuela
en una repugnancia. insupernble, la. cual hace del mismo niño, que en su casa era vivo y penetrante, un
tipo perfücto de obtusidad y do torpeza? La. principal, si no la única razón de este cambio que sorprende muy desagradablemente á muchos padres de familia, es: que en su casa y con sus hermanos y familia, los niños parten del conocimiento de los objetos que hie1·en sus sentidos, p11ra buscar la. generalización
abstracta que debe enlazarlos con otros conocidos, y en la. escuela se les quiere hacer partir de la concepción abstracta para llegar luego á. lo concreto, ó lo que es peor todavla, para quedarse estacionados
en el terreno abstracto puro, y por lo mismo, incomprensible para. ellos; es: que en su casa y en el trato
s;icial, el carácter objefü·o y material de sus puntos de partida, hace que la atención se cautive con la
poderosa ayuda. de todos los sentidos; es: que en la Tida común, á diferencia de lo que pasa en la vida
pedagógica, la generalización es un resultado y una suma inductiva de todo lo que hemos ave.iguado,
y no un punto de partid11 desde el quo debemos deductivamente llegar al caso especial que pueda más
tarde presentársenos; y la inducción .nos es más espontánea, y por lo mismo más atractiva que la deduc•
cióo, como la suma es más sencilla que la división.
La práctica común de poner ejemplos para aclarar, como se dice, la regla general, es la confesión
palmaria de esta verdad; pero ella. no hace sino paliar el mal en UQa de iUs consecuencias naturales, la
falta ele claridad, mas no la curn. El Ycrdadero remedio está en la inversión del punto de partida. El mé,
tp1lo común de e1Jsoiianza, que no es otro, segt'.¡Q l¡en:¡os inclicl\,qo,, C\uc f?l ~e,h\ct\yo1110 es iíti\ s¡qg en ca,

�lmvts1'A MODERNA.
Nosotros queremos que so dt•jc iL la actividad del niilo toda la libertad y la espontaneidad propia para su desarrollo y para su fecundidad¡ que el profesor no haga en lo posible sino allanar el camino; que no explique lo relativo ¡\ un objeto, sino cuando haya logrado despertar suficientemente la curiosidad de los niños, y después de haber hecho que ellos por si mismos describan y expliquen Jo que
pueda estar á su alcance, con la menor ayuda posible; aunque sin permitir que la impotencia para superar las dificultades, haciéndose sentir demasiado en aquellas tiernas inteligencias, venga á ser causa
de fastidio.
En cuanto á las demás explicaciones, el profesor deberá darlas siempre proporcionadas á la capacidad de los educandos, y mantJniéndose siempre en la estricta verdad de los hechos.
De este modo el preceptor podrá, durante el tiempo indispensable para que los niños adquieran las
nociones técnicas indispensables de lectura, escritura, etc, hacer que conozcan las principales adquisiciones y descubrimientos de la ciencia; cambiando así totalmente su punto de vista, transformando muchas de sus simples creencias en convicciones, y haciendo ver la posibilidad de efoctuar la misma transformación respecto á otras creencias, que poi· entonces tienen que admitir sin las pruebas suficientes, y
bajo la fe de los que saben más que ellos. Por ejemplo, al habla1· de los principales hechos de nuestro sistema planetario, no se detendrá á dar las pruebas de sus asertos, las cuales serian incomprensibles para
ellos; pero si les hará saber que estas pruebas existen, y que si alguna vez logran tener los conocimientos matemáticos necesarios, lo que ahora deben admitir como una simple c1·ee12cia, podrá llegar á ser
una profunda convicción.
Nada deberá omitirse para hacer sentir al niño, cuando sea oportuno, este importantlsimo carácte1·
de la fe moderna ó cienllfica, que consistt en ser demostrable. Esta perspectiva permanente de poder
tl'&amp;nsformar la pura c1·ocncia en convicción, la fe en demostmclón, no sólo es un estimulo viv!simo é
incesante para aprender, sino que también viene á ser el mejor y más eficaz remedio y preservativo
de la intoleranria y de la tiranía. El que está cierto de poder com'encer, no se verá jamás tentado á
imponer una creencia por la fuerza; podrá compadecer al que no está en aptitud de comprender una
demostración, pero nunca perseguirlo: propenderá, más ó menos, á instruirlo, mas no á exterminarlo.
¡Quién no percibe la inmensa importancia social y moral de semejante cambio! ¡Quién no aprecia el
profundo contraste que existe entre estas tendencias y las que hemos manifllstado ser propias de las creencias absolutas é indemostrables! Y, ¡quién podrá entonces no unirse á nuestra empresa de apresurar y
cimentar un cambio tan saludable!
Fácil es comprcnde1· por esta somerfsima é incompleta, aunque un poco larga, exposición de nuestros deseos, qué elevación de ideas, qué dosis de buen juicio y de prudencia, y qué vasta, y sobre todo,
variada y sólida instrucción, se requiere en los profesores para cumpfü tan importante misión social. Fácil es ver cómo so eleva así el carácter de unos funcionarios que hoy se miran tan rebajados.
Poro tal vez se creerá, por este motivo, que para llegar á ser prof.:sor de instrucción primaria St necesita llegar á. ser un sabio consumado, y que, por lo mismo, á fuerza de querer lo mejor se hace imposible la consecución de lo bueno, y se paraliza, en vez de fomentar, la difusión de la instrucción.
Este temor no es realmente fundado. Aun poniéndose en el punto de Vista más exigente, un alumno
que saliese do los bancos de la Escuela Preparatoria, tendría, si babia hecho sus estudios completos, la
suma de conocimientos necesarios para desempeñar tan trascendentales funciones, con sólo que practicase durante un año el arte de la enseñanza á la vez qne sus fundamentos cientlflcos, es decir, basados
en las leyes de nul'stra propia actividad flsica y mental.
Poro si es Ycr&lt;lad que esto seria suficiente, no lo es menos que esto st:r!a indispensable también. No
6s posible que un profesor de primera clase desempeñe su dificil encargo con la suficiente espontaneidad1 y por lo mismo, con la necesaria facultad de adaptación á las exigencias de cada caso, si no ha adl}tlfrido una sólida instrucción en cada una de las ciencias que se ocupan del estudio de las propiedades
de las cosas ú objetos que le van á servil' de punto de partida para sus lecJiones. Cada objeto requiere,
para ser explicado convenientemente, el auxilio do todas las ciencias reales; y como, según hemos indicado, es muy conveniente que la iniciatÍ\'a del punto sobre que debe principalmente versar la lección ó
explicación, parta de los alumnos mismos, si se quiern que el éxito sea compl11to, es forzoso que el profesor esté preparado para todo evento.
Cada objeto puede ser sucesivamente el motivo de una lección fructuosa de aritmética, porque sien·
do susceptible de ser numerado y dividido en partes, lo es también de que con aplicación á él se haga la demo!ltración de cualquiera de los teoremas de la ciencia del cálculo; puede ser el motivo de una aplicación 1fo In geometr!a, porque tiene figura y extensión; de una exposición de leyes físicas, porque tendrá
peso, sonoridad, propiedades caloríficas, color y demás atributos del dominio de la óptica; y por último,
poseerá propiedades eléctricas. El tendrá ciertos caracteres químicos, que se prestarán á explicaciones
muy utiles é interesantes, sin dejar de ser sencillas; él procedera dil'ectamente, ó al menos, tendrá entro
sus elementos, por poco que sea complexo, algunos que ptrtcnezcau al reino animal ó vegetal, y que exijan el conocimiento de las ciencias de la organización y de la vida, y que den oportuna ocasión á lecciones muy interesantes y muy útiles sobre uno y otro punto, y sobre el enlace y conexión de la primera
con la segunda y Yiceversa. Por último, un objeto cualquiera que so tome como punto de partida, será
f,nzosamente ó un producto directo de la naturaleza ó un resultado del arte; pues•bien, tanto ·en un caso coJto en otro, será fácil llamar la atención sobre la manera con que el hombre ha Influido ó ha podido
lnflofr en su producción. Si pertenece, por ejemplo, á la segunda categorla, os claro que tal fin se logra•

295

RBV1S1'A MODERNA.

til con sólo explicar los diforcntes procedimientos do su fabricación, asi como la relación esencial que
tengan entre si las partes diversas do que conste. Si fuese, por el contl'ario, un pl'oducto natural, so llamará la atención al modo con que el hombre ha logrado mejorar, á su punto de vista, las cualidades útiles ó agl'adables que él posefa primitivamente en menor grado, ó bien quitándole otras que nos convenfa
que no tuviese.
Do esta suerte, con ocasión de una pera, poi' ejemplo, perfeccionada por el ingerto, se podrá demostrar do un mc,do tan sencillo como eficaz, de qui• manera la humanidad so ha el'igido en la tierra á fuerza de estudio y do observación, en una Providencia efectiva, que mejorando sin cesar, en los limites de
su poder, las condiciones del planeta, se hace acreedora á nuesti·a creciente gratitud, con tanta más razón1 cuanto que. careciendo de omnipotencia, no puede se1· mol'almente responsable de las imperfeccio·
nes que no ha podido aún remediar. De esta suerte, los servicios prestados, y que no es posible desconocer, suministrarán, sin esfuerzo y sin ficción, una ocasión favot·able para el cultivo de nuestl'Os más no·
bles instintos, permitiendo y suscitando á cada paso una sincera y pura efusión de gratitud, sin mezcla
posible de reproche,
Si la perfección moral se condensa, como dice admirablemente Ripalda, en la Caridad, y si la caridad, según el mismo, no es otra cosa sino el amor á. nuestros semejantes, no es posible poner en duda la
eficacia superior de este medio de moralización, comparado con la situación contradictoria de otras doctrinas que por una parte presentan al hombre como el origen de todos nuestros males¡ á la humanidad
como un enemigo del alma, del cual debemos huil', y por otra nos prescribe amario como á nosotros mismos. ¡Como si un precepto puramente especulativo, por más que vaya cimentado en terribles amenaza!'¡
pudiese Impedir las desastrosas pero lógicas consecuencias do unas premisas inflexibles!
Esta bl'evfsima recapitulación, basta para demostl'&amp;l' que la instrucción cientifica del profosor, debe
ser, sin hace1· mérito por ahora de la literaria, sólida y general, tal como la que se da, en fin, á los alumnos de la Escuela Preparatoria, y que no puede ser menor, so pena de esterilidad ó al menos de una mu•
cha menor fecundidad en los resultados de su misión.
Estos profosorcs, sin embargo, capaces de desenvolver asi todas las faculta.de! de los niños, hacien·
do que ellos mismos analicen las cosas para llegar á las genol'alizaciones á que se presten, procurando
que las describan asemPjándolas á otl'OS objetos ya conocidos, que las definan, etc., etc., no haciendo más
que ayudarles siu sustituirse á. ellos, y que Juego completen la lección hecha por el niño con todo ague•
!lo que crean com·eniente, y que no ha podido estar al alcance de aquél, no pueden ser nunca tan comunes ni tan numerosos como seria necesa1'io para satisface1· las exigencias de la instrucción primaria, si
todos los maestl'os debiesen estar á esa altura; pero esto no nos parece, al menos por ahora, indispensa•
ble; basta con que se procure que en las principales capitales haya algunos de éstos que servirán de modelo á los demás: éstos fol'm&amp;l'án la primera clase. La segunda será formada por personas de menos ins•
tl'ucción, pero educadas siempre en este sistema, que aplicarán también, aunque con sujeción á ciertos
textos dispuestos al efecto. Podl'á haber todavfa otra clase tercera de profesores, para escuelas de me•
nor importancia, para quienes será preciso redactar texto'! en los que se haga la aplicación del método,
y de los que no deberán apartarse ni en un ápice, propagando así el sistema aunque de una manel'a ca•
bi automática, pero siempl'O con notable ventaja para loll alumnos.
Decit· que esta clase de profesores están destinados á desaparecer paulatinamente con los progresos
do la ilustración, es una cosa que casi no ha menester indicarse; pero reconocer que ellos son por ahora
indispensables, es otro hecho que no nos parece menos obvio.
Asl, los que sinceramente deseen contribuir á la difusión de la inst:-ucción primaria, pueden cooperar muy eficazmente á tan noble fin, do dos maneras diferentes, pero ambas eficaces La una será formando, con sus cons&lt;&gt;jos y sus lecciones, profesores de los de segunda clase, para lo cual podrán tomarse
de las escuela$ gratuitas, tanto federales, como municipales ó Jancasterianas, cierto número de jóvenes
que se hayan distinguido por su moralidad y aprovechamiento, y formar después con ellos profesores capaces do dirigir las escuelas primal'ias que puedan ir vacando, ya sea en el Distrito, ya en las poblaciones do los Estados limítrofes.
Las relaciones sociales y polfticas de todos los que nos hemos reunido aqul, serán la principal palanca con que deberemos remover los obstáculos que pudieran dificultar el logro del segundo ot.jeto; pero
para ello es preciso que todos contraigamos aquí el solemne compromiso de ponerla al servicio de nuestra causa, que es toda de pl'ogl'eso y civilización.
La segunda manera con que podemos contribuir á este patriótico fin, será, el redactar tratados propios para servir de guia á los proferores, tanto de primera como de tel'cera clase, en perfecta conformidad con los principios establecidos arriba, y teniendo presente que dichos manuales deben servir de norma y pauta á unos y á otros, y que aunque los de segunda clase puedan apartarse algún tanto del texto,
sobl'e todo en lo relativo á pl'esentar á los niños casos nuevos y variados, en los cuales puedan ejercitar
su inteligencia y aguzar su sagacidad; los de tercera clase están obligados á ceñirse estrictamente á lo contenido en el manual, el cual, por tanto, deberá contener todos los detalles que se juzguen necesal'ios, y
aun los que sólo sean útiles, aun cuando dichos manuales parezcan voluminosos, pues es preciso tene1·
presente que ellos no van á servir á los alumnos, sino á los maestl'OSi ó más bien, á aquéllos por intel'me·
dio de éstos.
GABrno BARREDA.

�2!!6

ARo IV

REVISTA MODER~A.

EL ULTIMO SUEÑO DE LUIS XV.

MÉXICO,

1ª

QUINCENA. DE ÜCTUDRE DE

ARTE V

ANATOLE

I

FRANOE.

NúM.

19

REVISTA MODERNA
DIREC T O R : JESUS ;E. VALEN ZUELA.

AJO el murmurio lento de las últimas palabras de absolución, el rey, muy débil, se
durmió.
El anciano sacerdote, de rodillas, hizo la acción de bendecir. Después, y con
una mano sobre el brocado del gran lecho aparatoso, se levantó.
Durante un minuto contempló, pensativo, al moribundo, lamentable, cuyo
Mstro tumefacto destacábase, violado, sobre la blancura de las sábanas en la media sombra del baldaquino de cortinas de seda azul.
llnbo un largo suspiro, lleno de filosofía, en el sacerdote; luego, atravesando la gran cámara, vacía
y muda, abrió con precaución la alta puerta blanca.
El cuchicheo hipócrita de las conversaciones se extinguió. Silenciosamente, según las estrictas leyes
de la etiqueta, la corte, en traje de gala, llevando todas sus insignias y decoraciones, entró con lentitud
y de pie, ceremoniosa, púsose á mira1· la muerte de su viejo rey.
Entretanto, I,uis XV tenia un gran sueiío: estaba muerto, y bajo un cielo azul, donde las estrellas de
oro se agrupaban en flores de lis, al través de una llanura inmensa, hacia el horizonte pálido, andaba él,
buscando el camino del paralso.
Andaba, andaba .... y ante él ninguna estrella se elevaba en el firmamento para guiar hacia Dios á
Su Majestad Crist1anisima.
.
Luis XV sentíase fatigadp, y pensaba que era. muy descortés el Padre Ci,lestial, al mostrar tan poco
interés en darle la bienvenida.
- En verdad, sófo en Versalles hay modales cultos, se dijo.
De pronto apareció, caminando á su encuentro, una ligur.a extraña: era un gran cuerpo decapitado,
revestido esph'•ndidam~nte-con una casulla de oro incrustada de piedras preciosas; una aureola cerniase
encima de su cuello sangriento, y llevaba en las manos, cubierta con una mitra de plata, una cabeza de
barba blanca.
Luis, cel Bien Amado, , la reconoció. Sin duda, San Dionisio venia á saludará su alma, de parte del
Alllsimo, después de haber recibido sus despojos terrestres en su antigua abadía.
Pero se equivocó: San :Oionisio no lo conocla y le preguntó quién era.
-$oy el rey de Francia, y busco el paraíso.
_
El santo no demostró sorpresa: ¡habla visto tantos reyes de. Francia!
-A la derecha, siempre á la derecha, dijo.
Luis XV readquirió valor, y se hundió de uue\'O en la llanura ilimitada .... En el cielo, de un azul
sombrío, las flores df.1 liS palldeclan.
Anduvo, 1;1.nduvo, y siempre el horizonte monótono retrocedía.
Pareoíale muy duro al anciano monarca, encontrarse tan solo en aqu-11 desierto. l\leditaba y se decía que en aquel otro mundt&gt; debia ser él muy pobre cosa, para estar asi, tan abandonado. Habla siempre creído que un rey áe Francia era uno de los primeros cerca del buen Dios, y be aquí que ahora envidiaba á M. de Cboiseul, desterrado, en su pequeña corte de Chanteloup.
Al fin, columbró, arrodillado sobre la arena, á una mujer de larga cabellera. áurea, y á quien encontró parecida á esa pobre condesa cuando en el pequeño boudoir de Luciana Leonard, la peinaba.
Y al pensar en esas cosas, Luis •el Bien Amado,• suspiró.
La mujer le dijo:
-Soy Maria Magdalena¡ ¿qué buscai..l'
Luis XV inclinóse con galantería, y sonriendo ante los bellos ojos ele la pecadora rubia, respondió
t¡Ue era el r&lt; y de Francia y que buscaba el paraíso.
-A la izquierda, siempre á la izquierda, le dijo la Magdalena.
Aquella voz de mujer cantó largo tiempo en el alma del pobre rey, durante la penosa ruta.
El cielo volviase Mgro y las flores de lis ya no irradiaban en él. Tan sólo flotaba una como nebulosa cl1ua.
.
Luis XV se sentia cansado, muy cansado, y el horizonte desplegaba á su vista, inmutable, la-1esesperanza de su linea inffoita.
Por úftimo, cayó la noche, y, sin ver nada, el rey seguía andando.
Pero súbito, en la sombra, un grán ,·iejo le detuvo. Llevaba una llave de oro y una larga espada.
- ¿Qué busc.ais?
_
-Busco el paraíso, contestó el monarca. San Dionisio me ha indicado el camino por la derecha: Matla Magdalena por la ízq~ierda.
- Verdaderamente, exclamó San Pedro, no seguis la buena via .... Pero ya adivino quién sois: sólo el rey de Francia es capaz de tomar consejos de !J1Ujeres ligeras y de hombres sin cabeza.
Y en.el firmamento nocturno, las flores de lis se desvanecieron ....
Uu tintípeo _de campanilla resonó, argentino. El rey abrió los párpados hinchados; vióse en su gran
cámara, en el fondp' de su lecho aparatoso. Lentamente, llevando el viático, un obispo avan:r.aba. To•
dos los cortesan•os,: tt'e 'ródillas, doblaban, bajo las pelucas blancas, las cabezas pensativas.
Y parecíale- l&gt;«eno á Luis •el Bien Amado• el hallarse aún sobre la tierra y ser rey de Francia,
Y c~rró los _oj_o•
Un cirujano se ir¡clinó sobre él: en seguida, alzando la frente, hizo un signo.
El ciipitán'dé guardias vino y se colocó á la cabecera del lecho.
-Seño·res, ¡el rey ha muertb!
Repitió ·dos veces:
..: - ¡El"rey ha muerto!
Luego, sacando la espada, gritó, gritó:
•
¡Viva el rey!

1901

CIENCIA.
,JEFE DE REDA C CJON: JESUS URUE'J'A.
'l'ip, de Dubldn.

PROFETAS DE MIGUEL ANGEL,--CAPJLLA SIXTJNA. ROM,\,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 18, Septiembre, Segunda quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV

~1Éxcco,

l 1t

QcrINCENA. DE SEPTIEMORJ,; DE

1901

NúM. 17

REVISTA MODERNA
AR'1"E

, ... CIENCIA.

DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

JEI&lt;'E DE REDACCION: JESU S URUETA.

Tip. de Dubld11.

EL INSECTO.
OÑl:: que estábamos veinte pcrsouas en un cuarto muy grande y con las ventanas abiertas.
Entre nosotros habla mujeres, niños y vie.jos. Hablábamos todos de un
asunto muy vulgar, gritando y armando confusa algarabla.
De repente penetró en la habitación, produciendo un agrio chirrido, un
insecto alado, de unas dos pulgadas de largo. Revoloteó algún tiempo y se
posó en la pared.
El avechucho se parecía á una mosca y tambii\n á una avispa: tenía el corselete de un color rojo sucio;
del mismo color las alas planas y dura~; las patas muy vellurlas y st&gt;paradas y la cabeza gruesa y angul('.
a11, eran de un tono encendido, como de sangre.
El bicho movla la cabeza sin parar, de arriba abajo y ,le tforecha á izquie1·da; de repente se despe6 aba de la parnd, revoloteaba con estridente ruido, y vuelta á la pared y vuelta á sac~dir la cabeza con
repulsiva terquedad. A todos nos causaba asco, miedo y terror; todos comentábamos. su fea traza y todos gritábamos •á echarlo fuera.• Todos sacudían el paiíuelo, pero á distancia respetuosa, porque nadie se atrevla á aproximarse¡ y cuando el horrible moscardón alzaba el vuelo, todos, sin querer, retrocedían.
Solo uno de nosotros, un joven pálido, nos miraba con sorpresa, se encogla d"l hombros y sonrela. Eralti imposible darse. cuenta de lo que pasaba ni explicarse nuestra agitación.
Sólo él no veía al insecto ni oia el pavoroso estridor de sus alas.
De repente el horrible moscardón clava en éllos abultados ojos .... se despega del muro y posándose
sobre la cabeza del joven le pica en la frente entre ambas ct&gt;jas .... El joven lanza un debil ¡ay! y caé
exánime.
El feo avechucho salió volando y entonces comprendimos quién era. Era la muerte.
IVAN

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TURGUENEF.

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Ptt01"ETA6 DE MJCH'Er, Alli&lt;:Er,.-CAPJI.J, A S1xTJNA,

Ro:11.\.

•

�REVISTA MODER~A.

CUENTO BOHEMIO.
A

W AI.I.Ar &amp;_ G ll.I.PAT RI CK.

E mi vida, amigo mío, de mi azarosa y turbulenta vida bohemia, es esta una sen•
tida remembranza que yo guardo al calor de mi cornzón que muchos cre~n
muerto . .. . porque se esconde bajo mi pecho como la madrépora bajo el oleaJe
inútil, para dar silenciosamente su floración coralina, que salida á flor de agua
se metamorfoseará súbitamente en mad1·eporita fosilizada ... .
De mi vida hast!ada de placeres, he arrancado este e11plicgo tardío que aro·
mó con su aroma uno de mis más bellos días, ya lejanos .. ..
Eramos: un amador de la música y de las mujeres- ho,\· mue1 to!- de altane1·0 perfil aquilino de Robert Henick y corazón de niño; un artista de ojos leopardesc?s. y ~asio~es violenta11, que debió haber florecido en Florencia y en el ciclo de Benvenuto; un p~qmdcrm1co c1tareda
membrudo, de dientes blancos y ojos bovinos, que cuando bebía de un trago su nno, golpeaba al drscansar el vaso; un pensativo de brumosas miradas grises, que soñaba sin encarnar jamás su sueño, de
cloróticas manos simiescas y lasas como sus cabellos marchitos, . ... y un cancionero obscuro . • . .
Todos éramos buenos muchachos- qué corazón hay maleado á.:los veinte años?-y bebiamos el vino
sano de nuestra adolescencia como una maiiposa la miel de su pl'imavera. Libábamos el amor en bocas
bermejas que eran copas vivas, y el placer en copas c1 istalinas que cantaban la canción de Lorelay
henchidas de Yino del Rbín, la canción de l\Iignon henchidas de vino de Ilungda, la canción de Carmen
henchidas de vino de Xerez! Sirenas ardientes, afroditas sexuadas para amar, locuelas mariposillas noc .
turnas deslumbrábanse con la luz de nuestra juventud combustionada de alegria, y venlan á rondar en
torno de nuestros ojos brillantes, de nuestras bocal! fresca11, de nuestras cabelleras copiosas, de nuestras
mejillas sonrosadas, de nuestras vidas briosas, pujantes y potentes . . . . Ah! la juventud, la salud y la
fuerza, los tres dones soberanos que encarnan la única felicidad en la tierra!. . . , . Venlan jacarandosas
v borbollantes de risas sonoras, comian con sus deditos nacarados en nuestro mismo plato á semejanza.
de los p:ij aros que picotean los duraznos, bebían en nuestro mismo vaso echando atrás el cuello mórbido como las aves alectridas, nos brindaban fresas rosáceas y ciruelas purpúreas de boca á boca, en un
vuelo de besos, y encadenados en sus brazos como los egipanes de cabelleras de algas en los brazos de
las nereydas oceánidas, nos dejábamos sumergir en las sirtes del deseo sedientos de gozar y despertá·
bamos al peán de las cornamusas que saludaban al padre Sol, en una perdida isleta basáltica y sobre
un lecho florido de llquenes errantei,!
Y bien! Una tarde nos hallábamos en torno de una mesa suntuosamente decorada de botellas ebrias,
cascos cuyo vientre habíase Yaciado en un glu glu de risa loca! Haces de flores tropicalinas agonizaban
en búcaros de Falenza y fru tas s:ipidas de cálidos climas, mameyes y ananas, sandias sacarinas y api·
fiados racimos bananeros a lrnLr.claban el ambiente con su olor carnal. Hablá bamos de cosas galantes, de
alegres y festh os episodios cuyo recuerdo se abatía como un enjambre de cantáridas sobre nuestras cabezas torbellinadas en la loca fiebre de amar, de expandir nuestra radiosa vivacidad de organismos ple·
tóricos; y después de los postres az ucarados bebiamos á pequeños sorbos el rico caf~ de nuestra.a ~-egas.
Aquel, por lo visto, habla sido un buen dla; las monedas cantaban en nuestros bols1llos con mus1ca argentina y n os proponlamos pas,u· la noche estrellada r n bulliciosa rondalla flan eadora, al són de las
mandolina tas a rrulladoras, al trav(•s d(• las callecitas de lilas blancas y bugambilias moradas de Coyoacáu, dond e u uo de los ama•lon•s servia r corteja ba á cierta primorosa. rubia de cabellera de hebras
di' sol.
Y á pesar de nUl'btra alegria, n os hallábamos contrariados: faltaba alguien de nosotros, el soñador
pensativo de brumosaR miradas g rises, que hacia varios dlas no espectraba su taciturna faz dantesca
ante nuestros ojos maravillados. Y nuestra locuacidad estallaba en frases grotescas:
-Duerme apaciblemente el sueño de la embriaguer.:!- decla Reróo, el artista de oj os de jaguar,

.267

- Lo encontraste bebido?- preguntó el citareda chasqueando la lengua con tanta fruición como
cuando hacia gemir las cuerdas de su cita1·a plañidera.
-Hecho una uva!. ... Parece que había naufragado en Oporto!.. .. Al intentar levantarse le faltó
tierra, y dijo dando una gran cabeceada hacia adelante:--•Sintomático .. .. eb? . .. . sintomático!•
-Y qué suerte corrió? ....
- Ful el Simón de Cirene de su via- crucis; yo querla dejarlo piadosamente reposar sobre el mármol de la mesita del café, pero el propietario se opuso con ostensible falta de caridad, y entonces lo remolquó rumbo á su casa; en el camino se despejó lo bastante para ver á la luz del gas una hembra pequeliita, enlutada, que bdncaba las lagunas del empedrado como un pájarn- mosca, enseñando un breve
choclo y una media calada . ... y entonces mi hombre reaccionó como por encanto y huyó en pos de la
trotadora . .. . .
- Por la entrada triunfal de Baco en Tracia!-interrumpió Oronoz, el aguen-ido mujeriego.-Eso es
bello!. .. . Oh poder del amor!. ..... Dejadlo que se embriague de amor y que duerma tan dulce sueño!
-Decías bien, Herón, que duerme apaciblemente . . .. Hace ocho días que duerme . ...
No bien decia esto el nasón cuya tremenda tisis que debla fulminarlo, se resolvía en una perturba·
ción constante de sus núcleos genésicos, cuando Herón, que estaba de frente á la entrada, exclamó:
- Dioses! . ... Qué miro . .. . !
Y al volver todos el rostro vimos entrar al pensativo de cabellos luengos, con un niño pequeiiito en
cada brazo; los bambinos tralan puesto el &lt;ledo dentro de la boca, y nuestro amigo aparecia risueño, pero con una somisa grave, y un rubor desconocido empurpuraba sus lóbulos y sus mejillas.
Una aclamación estruendosa vibró en el viento:
- Ave, ob patriarca! ... .
-Bien por el de Paul! .. . .
- Sinite parvulus!.. . . No lime tangere! .. ..
- Otro huevecillo de Leda? .... Cástor y Pollux? . ...
- Fundaste orfelinato? . .. .
- Entra, oh multíparo! ... . Siéntate y cuenta!
El recibió esta andanada sin inmutarse; todos nos hablamos ltwantado y Je hablamos quitado los pe·
queños á quienes proveimos de azucarillos y de frutas; Oronoz, que tenía el vino encantador, rela regocijado y hacía frases dispersas:
- Dios es pro,·idente y cuando da, da ámanos llenab!. . . . Aléarate1 foliz mortal1 que has encontrado muletas para tu no lejana paraplegia! .. , . Serán los báculos de"tu matusalé11ica v ejez! . . .. Essau pillosus erat, vero Jacob erat llanus!- agregó acariciando las dos cabecitas que, ciertamente, eran la una
crespa y vellosa, y la otra blonda y suavísima.
La fonda habíase quedado desierta. Nuestra algazara habla hecho huir á los bebedores de café y
helados; éramos dueños del recinto empalidecido por la agonla de la tarde, y alll, en aquella penumbra
propicia, nuestro pensati\•o amigo dijo as!, alzando su vaso henchido de vino rubio:
- .... Será el último!. .. . Amigos mios, oíd lo que os voy á contar .... . y no riais, que es esta mi
despedida de vosotros, de la hermosa vida bohemia que hemos vivido!. . . . . - Te acuerdas, Herón, del
encuentro que tuvim~s con aquella muchacha enlutada?. . . . . La seguí y la increpé, conferenciamos y
me aceptó; antes de llegará su casa, bebl aún, y cuando llegamos no supe de mi y me dormí profundamente. Al otro día, aún semidormido, oí algo semejante á un parloteo de pájaros, abri los ejos y me
quedé asombrado: yacía á medio vestir en un colchón extendido sobre el suelo; un rayo del sol de oriente venia sesgado al t¡-avés de unos pobres tiestos floridos, y filtrándose por los cristales de la ventana
abierta, dornba con su luz bella un grupo rafaelita: dos niños - estos picaruelos que veis- parloteaban
alegremente en un balbuceo del que yo no ola sino la música; me velan y relanse, acaso quedan que
despertara y alargaban el cuello para pronunciar un sonido inarticulado, y volvían á reir con el alegre
despertar de la infancia; cuando abrl los ojos su risa estalló .... . velanme como si ya fu~semos amigos!
Mi asombro creció cuando vol vi el rostro. Junto á mi dormla Angela, la saltarina de los pequeños lagos pluviales; su corpiño entreabierto dejaba ver un cuello de tez dorada semt'jante al ámbar rosa, sus
brazos eran redondos y hoyuelados, su cabello desceñido era de jalde seda floja; la pobre falda negra
yacía como un capullo del que hubiera surgido tan ruhia crisálida, y sus choclos salpicados de barro
parecían esperar impacientes la morbidez de los pequeños pies de linea purísima bajo su estil'ada media 1·osa y negra que se perdla entre su caracol bordado .. . . Y nada mb! ... . ni un mueble, ni una si•
lla, ni un perchero! . .. . Las paredes desnudas reflejaban el sol con tristeza, y en el centro de la habitación, el cuadro higubre y divino de la inocencia y del pecado, fatalmente unidos por un sarcasmo de la
suerte! . . . Dios santo! . . . . ¿Cómo pudo aquella muchacha rodar á semejante vórtice?. . . . . Qué depravación era necesaria para que llevar~ alli á sus amantes de una noche?. . . . . Sus hij os- porque se veía
(!Ue eran frutos de aquella mujer,-apenas menor uno del otro diez meses, habrlan a sistido inconscien•
tes á la horrenda profanación! .. .. Ah, la miseria, la espantosa y trágica misei-ia! . ... .
De súbito Angela despertó. Se incorporó azora da, me miró con ojos enloquecidos, inundó su rostro
la ola de un intenso rubor purpúreo, y después, palideciendo, dijo con voz sorda:
.
- Ah, señor, qué he hecho!. . .. para qué vendríamos aqul!. ... el alcohol, el maldi to alcohol de ano•
cblj .. . . yo estaba loca. . .. qué vergüenza! .. . •. desgraciada de mi. . , . . !
Y estalló en sollozos.

�RE-VISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

268

Los uiños, asustados, hablan enmudecido; y en la lobreguez de la estancia tlesnuda, los sollozos tle
la pobre muchacha resonaban fúnebremente. Yo estaba abismado, deprimido, tenebroso. La hora apasionante del despertar orgiástico, la crisis tremenda de nerviosidad, me abatía como á una bestia un golpe en el testuz; me sen tia miserable, manchado, abyecto, hundido en el fango de mis extravlos!.. . . Mi
soledad hastiada de placeres, mi juventud malograda en vagos y febriles deseos de algo que no viene
jamás, mi taciturnidad desencantada, mi impulsiva sed de amor atizada por el alcohC1l, mi esperanza
violada. y apuñalcada en la marchita senda de mi vida .... todo pasó en tétrica danza macabra por la
vesania de mi cerebro entenebrecido, sepultándome en el antro de mi drgradación espontánea! ....
- Mamá .... pan!. ... Mamá .... pan!
Este lamento de los niños, en quienes despertaba el grito de la vida, el latigazo del hambre en las
entrañas, me sacudió hasta la médula de mi ser y me hizo reaccionar.
-¿No cenaste anoche?-pregunti'~l mayor acariciándolo.
El movió la cabeza negativamente.
-¿Ni tu herm¡mito? ....
El niño dec.ia que no, c0n la cabeza, y me miraba pesaroso.
Entonces sentl que mi sangre aflula á mi corazón ungiéndolo para la lucha! ¿No habla yo dese&amp;tlo
inútiimente algo que llenara el vacío de mi vida? .... ¿No tenla ante mi una miseria. humana que redimir, un infortunio que exultar? .... Ah!. ... Sil- Ahora recordaba!. ... Ella me habla contado su histo•
ria, su triste episodio vulgar de seducción y abandono.... Uno de tantos truhanes de casaca la habla
gozado y la habla botado en el fango como se bota una breva saboreada!..... ~le había abierto su alma, á mf, pobre paria, pobre náufrago de la vida, á mi, el primero de quien no ola sensualidades ni lasch·ias para su boca de granada, para sus ojos de antllope, para su primorosa gracia. de danubia.na. blonda! .... Y por eso, por nuestra súbita simpa tia, por nuestro doble infortunio, hablamos querido ahogar
en vino las penas ideales en mi, y tremendamente reales en ella!
No pude más. Atraje á Angela y la besé castamente, si, castamente sobre sus cabellos dorado!!, y
dichoso y alegre de haber llenado el vaclo de mi vida inútil, la dije con amor:
-Que no sea lo de anoche un sueño!. ... ¿Quieres? .... yo trabajaré para tollos, para que nuestros
hijos-y mostré á los pequeños- no vuelvan á acostarse con hamb1 e!.. . . S.i acabó todo! -... S,, o!Yitló
todo! .... Aniba!. . . . . . no llores, perezocilla, á Juchar, á. vivir y á amar!. ....
. . . . -Ved por qué-concluyó- es este el último vaso que bebo con vosotros! .... Ya. no soy mio! ...
Eh! salud!. ....
Pero ninguno de nosotros rcspondla , y, brusc1mentt&gt;, al encenderse el gn!I, ,·i q ue mis hrrmano•, al
bebrr, mezclaban el agua con rl Yino!
I'

RUBÍ::S

l!JOI.

•

DEL LIBRO "LASC.4.S .. ,

:\I. CA:\IPOS.

mancas y finas, y en el manto apenas
visibles, y con aire de azucenas,
las manos-que no rompen mis cadenas.
Azules y con oro enarenados
como las noches limpias de nubÍa.dos,
los ojos-que contemplan mi3 pecado&amp;.
Como albo pecho de paloma el cuello¡
.,· como crin de sol barba y cabello;
y como plata el pie descalzo y bello
Dulce y tdste la faz; la veste zarca ....
Así, del mal sobre la inmensa charca
Jesús vino á mi unción, como á la ba,rca.
Y abrillantó á mi espll'itu la cumbre
con fugaz cuanto rica certidumbre,
como con tintas de refleja. lumbre.
Y tmele retornar; y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra;y un relámpago enciende mi alma negra.
Cárcel &lt;le Veracruz. El 14 de Diciemlire &lt;le 1893.
S ALVADOR

DÍ,\Z :\IIRíJX

i(i!l

�REVISTA MODERNA.

EN .LA CASA DE TOLS~fOI.
(GO~&lt;JLUY.E.)

La visita que hicimos á los aldeanos de Yasna1a Poltana babia sido muy instl'Uctiva, y Tolsto'i mismo tomó gran interés en ella. Además de la insistencia de la Condesa en hacerme aceptar la hospitalidad más cordial, yo tenla deseos de alojarme en casa de algún mujick, para observar así, más de cet·ca,
lo que es la vida l'USa, cosa que sólo conocla pot· mis lecturM. Tolstol" se of1·eció á acompañarme á buscar alojamiento.
Desde luego nos dirigimos á la caga de un aldeano, propietario de una que se distingula de las
otras porque era de ladrillo en vez de ser de madera. E~taba dividida en dos partes: una para el verano, ocupada por la familia del aldeano, y otra para invierno. Esta parte estaba mucho más limpia; pero, en cambio, ali! estaba el horno para hace1· el pan, y la atmósfüra era intolerable. Fué necesario llevar más adelante nuestras investigaciones.
Al conducirme á la casa da otro aldeano, el conde me advirtió que iba á presentann() uu tipo interesante. A una edad bastante avanzada, aquel hombre habla tenido la fuerza de voluntad de dominar
su gusto por la bebida y habla ingresado á la sociedad de temperancia fundada poi· TolstoL
-¿Fumás todavla? ¿No puedes corregirte de ese defecto? lllira cómo tienes la barba cerca de los
labios.
-¡Qué quieres, \'uestra Sarenidad! es la única satisfacción que me queda.
En la boca de aquel campesino, como en la de muchos otros, ese Vuestra Serenidad no tenla nada.
de obsequioso. l\le impresionó la sencillez con que se tutean el condti y los mujieks, y cuán desprovistas de aftlctadón están sus relaciones. Con frecuencia le llaman familiarmente abuelito. Dd hecho, el abuelo les habla como viejo mujick experto y al corriente de todas las Q,ecesidades de las gentes del pal.,. En
la casa de este mujick encuentro lo que busco. La casa es tambiün de ladrillos y la pat'te que se reserva para el invierno no está calentada; además, la familia parece vivir con holgura y el alojamiento re•
lativamente confortable. Convenimos en que volverla á las once de la noche y que me esperarlan.
Después de cambiarnos algunas frases el conde y el mujick, tocantes á la cosecha y á algunos otros trabajos de la aldea, nos dirigimos hacia el extremo opuesto de la. única calle. Alll era donde habitaba Pedro, un mujick de rara inteligencia y muy al corriente no sólo de las ideas de Tolstoi', sino de las de mu•
cbos otros filósofos extranjeros.
Caminando, encendí un cigarrillo.
-Hay, exclamé, tan pocos placeres en la vida!
-Si yo no prohibo el placer, me dijo el conde; por el contrario, y no encuentro nada tan antinatural
como el ascetismo. Solamente aconsejo la abstención de placeres malsanos.
Pedro estaba frente á su casa, ocupado en apalear trigo. Con la mirada radiante y los brazos extendidos hacia nosotrns, vino á nuestro encuentro é inmediatamente se entabló una conversación muy
animada, sobre todo por parte de Tolstot Sentado á la turca, sobre una especie de mesa, improvisada
por una tabla colocada en un tonel, el conde charló du1·ante más de una hora con Pedro, tratando diversos asuntos y exponiéndole, entre otros, la teorla de la nacionalización del suelo de Henry George, el célebre economista americano.
Seguramente, jamás babia escucha.do una exposición tan clara y tan sucinta á la vez, de un sistema sociológico tan abstracto como es ese.
-La tierra no es la misma en todas partes, decla Tolsto'i. En unas partes es muy fácil cultivarla,
es muy fértil en las proximidades de los grandes centros de cultivo. En otras no; mientras más ventajosa sea, mls solicitantes tendrá y aumentará de valor. Asl, pues, según el sistema de Henry Georges,
toda la füna rasa :i. R!'r propiedad del Estado¡ .,· eso es lo qne llama la nal'ionaipaciún del sucio. l rna

271

lt~y establece, que á contat· desde determinada fecha, la tierra no pertenece ya á tal ó cual propietario,
sino á la nación entera. Se procede entonces á valorizar el terreno; el que tiene mayor número de solicitantes se valoriza más caro; el que tiene menos, más barato. Asl, por ejemplo, entrn nosotros, en el gobierno de Toula, la tierra buena para el trigo, se valorlza1·á en 5 ó 6 rublos la deciatina (poco más de una
hectárea , la tierra para hortaliza, cercana á las aldeas, á 10 rulllos la deciatina. En la ciudad 1 la deciatina costará de 100 á 500 rublos; en !'lfoscou y en Petersbu1·go, en parajes céntricos, de 1,000 á 10,0::&gt;o
rublos. El producto de esos alquileres se empleará en las necesidades del Estado, substituyéndose en
esa forma todos los impuestos interiores y exteriot·es. Segitn ese sistema, Sofía Andrei'enal (la condesa
Tolsto'i), po;· ejemplo, que posee aqui mil deciatinas, se verá obligada á pagar al Tesoro de la nación, de
6 A 8,0J0 rublos por año, porque hay en sus propiedades varias categorías de terrenos. Pues bien, la
condesa nunca podrla pagar semejante impuesto, y se verla obligada. á abandonar la mayor parte de
sus tierras. El campesino, por el conti·ario, pagará por deciatina dos rublos menos de lo que paga hoy,
y tendrá siempre cerca terrenos vacantes, que podrá alquilar á razón de 5 ó 6 rublos pot· deciatina.
Además, no solamente no tendrá que pagar ningún otrn impuesto, sino que obtendl'it más baratas todas
las mercl!nclas, tllnto rusas como extranjera~, puesto que no pagarán derechos de entrada ni impuesto
Interior.
-Oh! si, comprendo muy bien. Ya he leido á Spence1·.
Encuentro esta escena en Resurrección, cuando el'hóroe de la novela, el pl'lncipe Nekhludov, intenta hacer comprender la misma teol'ia á. sus campesinos. Esto indica que no hay nada en esa obra que
no haya sido tomado del natural, y que en Nekhludov hay mucho de Tolsto1.
La conversación con Pedro recayó sobre la cuestión del clero. Ya en esta vez, el mujick fué quien,
por creyente que pareciese, tomó la pa.la.bt·a para demostrar r¡uo el clero es el prime1· obstáculo para la
clifusión de la verdade1·a doctrina cristiana, y que el objeto de los saee1·dotes es obscurecer la verdad,
con el fin de adquirir influencia y bienes materiales.
Se hacia tarde y era tiempo de regresar. Dejamos al mujick y seguimos hablando de las consecuencias de la aplicación del sistema de Henry George.
Por considerable que sea esta reforma y por utópica y revolucionaria que pueda parecerá espíritus
limitados y timoratos, dijo Tolsto'i, no por eso deja de ser tan fácil su realización, como lo fué la liberación de los siervos. Bastada. querer. Hace cincuenta. años a.penas, ¿acaso no parecla imposible y revolucionaria la liberación de los siervos? Hoy, no podemos comprende1· cómo una institución tan inhu• mana pudo subsistir tanto tiempo. De la misma manera, si la reforma reclama.da por Henry George se
llevase á cabo, nuesti·os descendientes, dentro de cincuenta años, se preguntarlan sorprendidos, cómo
los hombres que más trabajaban e1·an los que ganaban menos, y estaban allrumados de impuestos y trabajaban toda la vida en provecho de los que no haclan nada.
-Ah! si el joven Tsar quisiera inaugurar su reinado con esta grande obra! exclamó. Conquistarla
mayor gloria que la de sus antepas11.dos; como no la ha soñado ningún pl'lncipe del pasado ni del presente, en el mundo entero. ¡Cuán insignificante aparecería entonces la liberación de los siervos por su
abuelo Alejandro H, ante la realización de esta reforma mil veces más profundas, á la vez que pacifica
y racional! Y agregó:
~ 'l'en~o intenciones de escribi1· al T.;ar y de exponerle francamente m:s ideas. . . . \' alor que no
titme gran mórito en vet·dad. El T,¡ar es hombre, y pot· 10,anto asequible á todos los sentimientos humanos. En cuanto á mi, estoy demasiado viejo para teme1· más incomodidades ... .
Pl'onunció estas palabras con tanta calma y con tal acento de sinceridad, que se hubiera creido que
pensaba en alta voz. Al dla siguiente, TolstoY babia trabajado, según su costumbre, hasta la hora de la
comida. Inmediatamente después tuve intenciones de leerle ese paralelo, todavla incompleto, que habla
establecido entre él y Dumas, y que le! al maestro francós tres meses antes de que mul'iei·a. Le dije que
cntl'e él y Dumas yo encontraba muchos puntos de semejanza en los caracteres, en los escritos y hasta
en la manera de vivil·. Pero no hay que decir que existen g1·andes divergencias, que provienen de los
diíerentes medios en que naciel'On y de que no pertenecen á la misma raza.
-Cómo! exclamó, ¿todavía está Ud. con esas? ¿Todavla c1·ee Ud. en la influencia del medio sobre
el alma humana? Entonces creo que no podremos comprendernos. Lo admito de parte de esos liberales ó de eso3 revolucionarios que rechazan todo sobre el medio, que pretenden que es preciso cambiar
todas las cosas en su derredor antes que modificar al homure; esos esplritus perezosos, de voluntad débil, encueutrnn muy cómodo hacer quo 1·eca.iga la responsabilidad de todos los males sobre la organización sociitl. Es mucho má~ fácil trallajar cada día, cada hora, ca,ta minuto, eu e l perfeccionamiento
propio.
- Y la teoría darwinista ¿serla falsa?
- Xo confundamos dos cosas diferentes. Sin ser absolutamente partidario de esa teoría, puedo admitit' la influencia material de los medios; pero el esplritu puede y de!Je substraerse á ella. Pasando en•
tonces á los hechos, insiste en ese ejemplo de comparación entre Dumas y él, ejemplo propuesto por el
mismo Tolstc,l": la influencia del medio en que nacieron y vivieron, sobre sus ideas. ¿Xo encontramos
en el maestro ruso, miras necesariamente lógicas más amplias que las del maestro francés? Tolstor nació en un teneno sin• cultivo, poi· decirlo así; siempre ha estado frente A un horizonte ilimita.do y ha po• dido ver muy lejos; el edificio de la naciente civilización l'Usa no obstrnla sus miradas, porque casi todo
estaba por construir. En Francia, por el contrario, la vil'ja 1·a-za gala evoluciona dC!lde haco largos si-

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REVISTA MODERNA.

glos, que ha empleado en le,·antar su edificio social, después en derl"ibarlo y luego en·reedificarlo sobre
los mismos cimientos y casi del mismo estilo.
--Han subsistido muchas imperfecciones, y Dumas no pudo ver sino esas imperftlecioues de detalle:
las vió y las señaló efectivamente, pero sólo en el fin de sus días; y elevándose más y más, pudo divisar
Jo que el medio ruso habla permitido á Tolsto'i ver antes que él: el amor á la humanidad, la solidaridad
de las razas.
- Ah! sí, el ruso, el hombre universal! el hombre de la humanidad! exclamó Tolsto'i. Ese fué un sueilo de Dostoiewsky! ....
Y encogió los hombrns, demostrándome as! cómo estimaba ese sue1io.
-Si, prosiguió con tono tranquilo, el espMtu de los hombres puede manifestarse fuera de toda influencia material. Efectivamente, ¿cómo puede explicarse que Jesús é !salas hayan prndicado en Judea
lo mismo que, varios siglos antes que ellos, hablan predicado: Budha en las Indias, Confucio en China
y Zoroastro en Persia? Nadie puede dech- que esos hombres hayan conocido las ensefianzas de sus predecesores. Todos los hombres tienen en el corazón el mismo amor: la raza nada tiene que ver en eso y
no hay medio ambiente que impida sus manifestaciones. As!, desde hace largo tiempo que había reconocido en Dumas un alma humana, y sin haberlo conocido nunca personalmente, tuve la impresión, al
saber &amp;u muerte, de que acababa de perder un amigo.
Después, reanudando nuestra conversación sobrn el D.1.rwinismo, Tolsto'i me mostró los trabajos del
filósofo inglés Henry Drumond, el célebre autor de •La evolución y el progreso del hombre,&gt; donde se
hace resaltar la crueldad y la inconsecuencia del famoso principio de la lucha por la vida, que los da1·winistas hacen intervenir para explicar la evolución del mundo orgánico en general y de la especie humana en particular. Pero descuidan completamente otra ley, por lo menos tan importante y sin la cual
ningún se1· viviente podría existir, porque tiene su origen en la necesidad de reproducir, lo cual provoca, en primer lugar el amor maternal, ese amor que en las sociedades humanas se desarrolla progresivamente para llegar al sentimiento altruista. La sociedad no podría conservarse, si no hubiera lucha,
más que entt·e los individuos: es indispensable otro factor: la lucha por la vida en provecho de los serne·
ja.ntes. Tal es la fórmula de Henry Drumond. Toda su vida, me dijo Tolsto1, comprende dos funciones
primordiales: la nutrición y la reproducción. La primera exige la lucha egoísta y la segunda la protección de las demás vidas humanas. Los darwinistas sólo han considerado las necesidades de la nutrición,
de lo cual han deducido su ley única é implacable de la lucha por la existencia individual ó de la supervivencia de los más fuertes y de los más aptos. Asi, pues, sin la protección de los que nacen, así como
la de los débiles para los fuertes, el mundo detendría su marcha; sin los sentimientos de simpatía, de
amistad, de generosidad, de solidaridad y hasta de sacrificio (desarrollados en los animales superiores
y más aún en el hombre, por el perfeccionamiento lento del atractivo sexual y del afecto familiar) ninguna sociedad podría organizarse ni crearse. ¿Cómo explicar entonces la evolución social del ser humano, llegada hasta la consciente solidaridad, si no es por la evolución del amor, que existe latente en
la naturaleza?
Eu resumen, la opinión de Tolstoi" e,1 lo relath·o á la acción espiritual del individuo sobre las masas
--l\Ioisés, Budha, Sócrates, Jesús-no descansa en razonamientos puramente especulativos, sino er:. definiciones científicas que tienden á probar que las leyes de la materia no pueden aplicarse sin restricción
á las manifestaciones del espíritu, del alma, y que ésta puede tener sus leyes propias.
La hora era ya avanzada y me resolví á decir adios á mis huéspedes. Expresé á Tolsto"i mi deseo
de volverle á ver en mi próximo viaje á Rusia, y me contestó:
-Si estoy aquí .. .. si no, hasta más ver en el otro mundo.
¿Quiso decir que le quedan pocos años de vida, como le gusta repetirlo desde hace algún tiempo?
ó ¿cree en la supervivencia, creencia que no expresa en ninguno de sus escritos?
Mi incertidumbre se ha disipado hoy. En una obra nueva y todavía poco con:,cida, la Doctrina
Cristiana ( !) TolstoI nos presenta una atrevida hipótesis sobre la inmortalidad del alma, hipótesis que
para él es certidumbre y que no ha sido formulada nunca- que yo sepa- por algún otro, con semejante convicción.
E. HALPÉRINE-KAl\IINSKY.
Trad. de •Revista Moderna.•

~
~
., ~-~.
F

BALLAD OF THE HANDS.
Hands like petals of roses, fragile fingers of childhood
Seeking the bosom mate,·nat, the fountain of life ancl of being.
Thus in ineffable beauty, the hands of the infantile Jesus,
Bathed in milk and in light, as roses in dew and in sunbeams.
Hands pink-dyed with hot kisses, or rosy red with the heart- blood
That spriogs to the fingertips at the tender caress of a lover;
Hands like tluttering doves in the depth of the passioo of Joving,
Clasped on the throbbing heart that beats to the pulso of anotber.
Ifands both supple and strong, that passing along the piano
\Vaken to song in a dream of life-or of nothing.
Hands that express by a touch the sob or cry of the heartache
That ftoats forever upon the restless tide of the Infinite.

•

Hands as spotlcss as snow, that from the shade of the mantle
Gleam like pearls and mumine the prayer ascending to heaven;
Himds that hold in their clasp the well-worn circlet of prayer beads,
Symbol divine of the cndless chain ofhumanity's sorrows.
Hands of light and of !ove, that in the night of hcart hunger,
Bring consolation and pity, hope and Truth the undying;
Hands of eternal kindness; hands of the sacred and mysticAh! for we ali are brothers-brothers in pain and in sorrow.
Pallid hands of the dead lying cold on the pulseless bosom,
Resting in peacc at last, the !ove or martyrdom ended.
Hands that a1·e full of questions, of aspirations and longings;
Hands that, apart or together, are stretched in pleadings to heaven.
Hands of the benediction of old and tremulous priesthood,
That rise from the ocean of Time in mute and inutile oblation;
Hands of the Father Leon, bearing aloft from the altar
The body and blood of the Christ who died for the people.
Hands that bear in the battle the sword red-tinged with the lifeblood
That flows from the heart of a nation, fighting for life and for freedom.
Hands of the prince and the plowboy armed with destruction and terror;
Bloodred hands of the soldier that bear the sword in tbe battle.
Hands disfigured and hard that, from the arid and fruitless
Soil of the mountains wrestle a meagre existence.
Hands of miner and artisan steeped to the &amp;houlder in labor,
Bearing the barden of life in silence and sop·ow.
Hands that wtlre boro to labor, the firm, strong hands of the freemen,
Never at rest, but striving above us, below us, around us,
Ever they challenge the future unknown with the watchword of cProgress.•
Let theirs bé the harp to sing the grand song to the nations.
T.RANSLATION BY H. D. STEELE.

From the Spanish of Je~tís E. Valenzuel&amp;
(1) L'\ R,vt,t r .ll1.l•r111 p 1',li.1r.í p:-í.dnnm:ntc ft.tJm ·nto; &lt;l~ e.;t:i our.,, &lt;ksco:i,,d l.t atin cu ~I t'xico.

(") El original Cl!.Stellano de e~la ¡&gt;oe:;ía fué publicado por la Re.•ÍJ/11 .Vo.fem,, en la

1 ;'

quincena de Enero de 1900.

�ENIGM:.A. ..

/

Ca,\·ó la sombra y vi taimado auhelu
quo noche:\ noche la extensión escala,
busca en vano en los astros el walhala
donde mora mi espíritu gemelo.

A

UN PA ISAJE EST U~ ETAT O'A)IE.
I{.

F.Amie.l.

LOVIA tenuemente sobre el campo, el v1m.le ramaje de los sau.:es se hincha1,a sollozando acariciado por el viento, y en el espíritu de El goteaban
lentas y una á una las lágrimas de las fallidas esperanzas, de los dlas inútileP, de los vanos ensueños, de las estériles pasiones.
Sobre aquel ampllsimo marco de naturaleza deliciosamente entriste•
cid a, bajo la tienda gris del firmamento, Ella destacaba su elegante sílueta de l\Iate1: Doloro~11, ele mujer moJerna embellecida por el sufrf.
miento.
Durante diez años, habiala amado El, desheredado y soberbio, con amor humano, sin esperanzas y
l'll silencio. Por mucho tiempo la creyó feliz; y celoso de la dicha que otro recibia; suponiendo que Ella
habia:cntrevisto la ventura, bendijo al Destino.
Pero ahora, al contemplarla nimbada por la doble aureola del Dolor y del Arte, destacando su ele,
gante silueta sobre aquel marco de naturaleza entristecida, no fuó ya amor humano lo que por Ella sin,
tió, sino adoración, culto poi· la l\Iadona de Dolor y de A1'te, que paseaba junto á El su desencanto y su
¡n,·lancolía, bajo la tienda gris del firmamento, entre el sollo:.:o de los sauces y las lágrimas del cielo .
•\ntes, El, en sus tedios, en sus ti.,istezas, en sus miserias, sólo encontraba vacío infinito.
Ahora, en sus miserias, en sus triste¡¡;as, en sus tedios, an-odillaba su esplritu ante el santuario que
hal,ía levantado á la :\ladona de Dolor y de Arte, y en forviente plegarla le deciai
«Jfa Don11a, só la buena amiga mía hasta la hora de mi muerte. Con tus liliales manos restaña las
hci idas que en mi esplritu abrieron mis estériles pasiones y la vida .... con tus miradas puri:1imas ilumina las tinieblas de mis esperanzas .... con tu angélica voz, con tu voz celeste, con tu voz ungida por el
Arto, acalla mis tol'turantes inquietudes .... y con tu cabellera ei;plendorosa como astro, calienta y resucitn el cadáver glacial de mis ensueños,
ALD.E;RTO

LED(;C,

Como un ave de luz herida al vuelo,
que riega los plumones de ijU ala,
una estrella de súbito l'esbala,
rayando el lapislázuli del ciclo.
¿Es lágrima de un mundo ese aerolito?
¿Es Ella, que abandona el infinito
para buscarme en la existencia ingrata?
.... Oh! tú:dlmelo, Diana soñadora,
que entre la tarde que murió y la aurora,
dibujas tu paréntesis de plata!
Agosto: de IDO l.
All.1D0

Xi':R\'U.

E L N01\1BRE DE MARIA.
(DEL LIBRO "lOH rOLl.lllC!," D&amp; STECll&amp;TTI.)]

No porque pase el tiempo, ni por fria
indiferencia ó seducción tirana,
no por los cambios de la vida humana
te olvidaré jamás, amada mla.
Aun en el estertor de la agouia,
cuando asome la noche sin mañana,
al reco1·dar nuestra pasión Jejan11,
sollozará tu·nombre, mi l\larla.
Y alguien dirá quizás:- la hora drl llanto
llegó para el rebelde: anepentido
ese nombre aclamó bendito y sauto!
~lab uo. Eu el lecho funeral caldo,
murmuraré tu uombrn con encanto,
recordando lo bien -que me has querido.
BALBIKO

D.~YALOS.

�REVISTA MODERNA.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE lNSTRUCCIOi\ PRrnJAl,IA
PR KS ENTADAS 8N t-'OR'.\IA UK 01.:.T,urns 1·u1&lt; GAlll~O DARUBOA,

.\ LA lO'.\ll~IÓN' SIJ\IORAU \ BN L'i t\ Jl.'NTA DE AMIGOS, RRl,.'NIOOS CO!'f El. ODJKTO DE PROMOVER LO •it,.;H r t·u1~E M!.R

L' I IL

l'ARA DIFlSOJR LA ILl':;TttAC1&lt;.&gt;s f.N , ,tx,co.
APRUH..\00 l'OR OIC IIA CO'.\ll~IÓN, TANTO K S LO CE~BRAt , C0'.\10 BN LO NPLAll\'O .\ LA 1•AR~'E

RRSOJ.UTJ\'A CON QUE 1·ERM INA,

INDIVIDUOS QUID COMPUSIERON LA COMISION DICTAMINADORA:
CC. Gabiu &gt; B:trred!l, lgnaci'&gt; Ra.mirez, Rafa.el M1rtinaz de la Tvrre, Guille:-m:&gt; Pl'ieto, Rl)bertl) Esteva.
L'educatlon constituc le prémle1· des arl~ Je ~cul
plclnem~nt généra\, cclui qui perfeccionnc l'nction
en amelioraot l'•geot.
A. Comtc. Syst~mc de Polit posit, t !\'. p PIIL

PARTE SEGUNDA.
DEL MIÍ:TODO QUE DEBERÁ ADOPTARSE.

t.:A~DO so lia. logrado resolvor, aunque ¡¡ea do uu modo 1::t11¡nrico 1 la cuestión preliminar relativa á la obligación legal de adquirír la instrucción
prima1·ia, se cree generalmente que ya no se ha de menester otra cosa sino aLrir escuelas y mandará ellas á los niños, sin cuidarse de los métodos que en ellas han de seguirse para la enseiíanza. Pocos, muy pocos
son los que comprenden, ó siquiera sospechan, que el mótodo en la instrucción primaria, no menos que en la secundaria, es la más importante
consideración pa1 a el buen éxito.
Casi todos creen que lo indispensable es que los ni1ios se instruyan,
importando muy poco, á su juicio, la manera de lograrlo.
Por nuestra parte, la convicción que tenemos de la impo1-tancia del método, es tal, que si fuese po·
hible entrar en posesión de un buen método de instrucción sin practicado y por lo mismo sin instruirse,
." si al propio tiempo se nos pusiese en la alternativa de elegir, entre una vasta instrucción con un mal
método, y la adquisición cabal de uno que fuese bueno, pero sin instrncción de ninguna clase, no vacila riamos en preferil' el segundo extremo al primero, bien persuadidos de que, en materia de educación,
nada hay comparable á la importancia del método.
Felizmente, semejante disyuntiva no es posible, pues el mejor madio de adquirír un buen mctodo do
instrucción, es el de ejercitarlo instruyéndose con su ayuda.
Por este motivo, al habernos reunido con el objeto de procurar, por cuantos medios estén á nuestl'O
11.lcance, la ilus tración del pueblo, y muy especialmente la de la generación que hoy se levanta, y que
maiiana formará la sociedad que nos ha de suced~r, nos hemos impuesto como principal tarea, la de propagar los métodos de enseñanza que c1·eemos no sólo prefel'ibles, sino indispensables para nuestro fin,
el cual no es otl'O sino el de formar una sociedad de hombres y no de maniqules; de personas capaces ele
ver l11s cosas como son y no como se las han querido otl'Os mostrar.
Nosotros nos hemos propuesto contribuir al mt&gt;joramiento de la instrucción primaria, porque nos asist-0 la más firme convicción de que este es el único camino, seguro aunque lento, ele poner r emedio á los
males q ue aquejan á la sociedad actual, y muy especialmente á la nuesti·a.
Las creencias antiguas desaparecen rápida y progresi vamente; pero ellas al desaparecer no son reemplazadas por ningunas oti-as, ó bien las que las sustituyen, no teniendo por base ni la experiencia ni la
observación de los hechos, sino tan sólo las fantasías, más ó menos bien intencionadas de sus autores, se
desvanecen más f.i.cilmente que las primeras á la menor contrariedad en la práctica, por lo mismo que
carecen de una base objetiva capaz de garantizar la evidencia de sus principios.
lrnas veces esa falta de fe en 111.s nuevas creencias, se muestra con franqueza en nuestras palabras
y Pn ntlP.,t1·Q~ escrito:1, no menos que en nuestras acciones, las cuales rev~ll\n una 1J1arcada tendencia a!

277

retroceso, para buscar en tos principios mismos que se hablan abandonada, un refugio contra el c.sccpti•
cismo absoluto, al que cada nueva decepción tiende fatalmente á conducirnos.
Otras veces esta mismll. falta de fe en nuestros llamados principios se echa de ver en las medidas Yiolentas ii que apelamos para sostenerlos, medidas con las cuales dejamos ver el fondo de nuestra alma, en
la que en vez de convicción hay capricho, en lugar de entusiasmo tiran la y pueril vanidad ofendida por
la contradicción.
Si se quiere subir hasta la fuente de eso sistema que tan funesto ha sido á la humanidad y que se
condensa en la conocida máxima: cree ó te mato, no es dificil lleg11.r á ver que ella es una emanación di•
recta de la manera con que hemos adquirido nuestras creencias, es decir, del método de nuestrn educación. Si ella está basada en la fe indiscutible y no en la convicción, el único medio á que podemos recur1·ir para obligar á los demás á ser de nuestra opinión, será el de la fuerza, el ~e la amenaza y el del cas•
tigo.
Se piensa generalmente que semejante máxima es exclusiva de Mahoma, porque él y sus sectarios
fueron los únicos que supieron formularla con precisión; pero en el fondo, ella es la norma dela conduc
ta de todas las teologías y de todas las doctrinas basadas en la metaflsica ontológica. Todas partiendo
del principio de una autoridad superior al hombreé indiscutible, llegan á la misma terrible disyuntiva.
Todas son idénticas en este punto, la doctrina de mansedumbredel Crucificado y la doctrina del sable del
profeta de la Meca, están en perfecto acuerdo en el fondo de la argumentación; la amenaza, ora de pre•
Htllltl', ora de futuro, pero siempre la amenaza, siempre la fuerza para lograr el asentimiento, para lograr
la fo, no la convicción. Las discusiones de los teólogos de todos los tiempos, versan sobre los deta:Je~,
11unr·a sobre los hechos fundamentales; éstos no se discuten, se creen bajo pena de muerte. ¡Siempre el
mismo dilema, ó crees, ó te mato!- La metaflsica ontológica, esa especie de teologla degenerada, no co·
11oce tampoco otro procedimiento: el que no cree en las supuestas leyes de sus entidades imaginarias, eso
debe morir para convencerse.
El sanguinario Robespierre, es el ~fahoma do la polltica ontológica, como este último es el Robcspie·
rrn de la potltica teológica. Pero no, esta comparación no es exacta sino en cuanto á los medios; el fin
csiablcco entre ambos personajes una inconmesurablo distancia. ¿Qué comparación cabe bajo el pur.to
do vista de los resultados, entre el glorioso fundador de la civilización musulmana y el sanguinario l\ intolerante tribuno, que asl mandaba al cadalso á los católicos realistas por su falta de emancipación men·
tal, como á Danton y sus amigos, á quienes tachaba de inmorales porque hablan avanzado más que t·l
en esto punto? (I J ¿Qué comparación cabe eetre el que logró, con ayuda de sus inmortales sucesores,
transformar un pueblo salvaje en el emporio de las ciencias y de las artes durante la Edad l\Iedia, y el que
no supo afianzar uno solo de los progresos de la revolución, comprometiéndolos todos con su absurclR.
metafísi ca, é iniciando y apresurando la retrogradación que debía drstruirlo~! Si yo he puesto j untos estos dos nombres, es sólo para que se vea que las opiniones más encontradas pueden, en virtud de estar
cimentadas en un mismo método, conducir á medidas idénticas, y para demostrar que la inquisición y el
terror son hermanos gemelos hijos de un mismo principio: la sustitución ele Ja autoridad sobrehumana á
la convicción basada en la utilidad.
Yista ya, por medio de esta indispensable digresión, la inmensa importanciR. que acordamos al métouo con ayuda del cual surtimos nuestra mente de conocimientos, de creencias y de ideas, no so extraíiani que nuestro principal objeto al querer tomar parte en el movimiento que se nota, más ó menos,
pero por todas partes, en favor de la instrucción primaria, haya sido el de que ésta se cimente sobre
bases diversas de las que hasta hoy le han servido de apoyo, para lograr asl, de un modo seguro, y
1•11 realidad rápido, aunque con apariencias de lento, una verdadera reganeración social pacifica y fructuosa.
Si se examina lo que hasta hace poco se tenia hecho en mate1 ia de instrucción, tanto secundaria como
primaria, pero muy especialmente primaria, se verá que todo consiste en la acumulación de principios -y
1lc concepciones abstractas, que se presentan á los niños, or.1 bajo la forma de definiciones, ora bajo la
d e axiomas, ora bajo la de reglas que los educandos deben depositar en su mente exactamente formuladas y, poi· decirlo as!, digeridas ya. Este papel de parásitos asignado as! á la inmensa mayoría do las
inteligencias, y que no exige, por su parte, otl'O esfuerzo que el de la simple absorción de materiales ya
rlaborados, no sólo estimula la pereza, sino que debilita y atrofia los órganos de nuestras más importantes facultades, no dejando en actividad sino la memoria. A fue1·za de no almacenar otra cosa que las
abstrncciones y las concepciones generales emanadas de inteligencias ajenas, se acaba por creer qu e nada hay que hacer y que no nos queda sino aprender Jo que otros han hecho ya; se cae, en fin, en la manía de buscar siempre autoridades y no pruebas, textos y no hechos.
Fn lu;;-ar do cultivar y robustecer todas nuestras facultades, sólo se ejercita la memoria duran to la
educación primaria, y todo aquello que no puede aprenderse asl, ó se abandona ó se enseña de un m.o do
puramPnto mecá nico, sin ningún esfuerzo verdaderamente intelectual. ¡Qué mucho que más tarde, cu11.ndo esas inteligencias han de dirigirse por si mismas, en asuntos prácticos, en los cuales tendrán que formar sus propias concepciones generales, para sac1tr de ellas los preceptos que deben normar su conclnc(1) La cducaci,:n puramente literaria de este dictador, no pcrmitla que su vista traspusiese los límites de la ontologfa ronlradictoria de Roussenu; y los monnrquistas que estab:m más acá del jacobinismo, y los Daotonianos que estaban m:ís allá, eran
á sus ojos igualmente criminales: ambosdcbfan !tr con\'encidos con e l perentorio argumc':.to de la m.iquina de Guillotin.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

ta, se encuentren con dificultades insuperables, y busquen para todo el arrimo de una autoridad cnalquiera, siquiera sea la menos digna.
Este funesto resultado se agravaba antes, de un modo lamentable, en la educación secundaria, con
el estudio de la lógica puramente deductiva con que se iniciaba la instrucción secundaria, iniciación que
muchos creen hoy todavía indispensable. Este estudio, con el cual sólo se enseñaba á interpretar propo·
siciones formuladas ya, á poner de manifiesto las verdades más ó menos claramente impllcitas en ellas,
:l. manipular y resolver sin cesar verdades axiomáticas ó tenidas por tales, sin agregar un solo hecho
nuevo que pudiera comunicarles alguna Yida y fecundidad, no era ciertamente propio para formar hombres de iniciativa y de progreso, sino rutineros ergotistas enemigos de toda verdad que no fuese una
emanación silogística de sus inatacables textos, ó revolucionarios igualmente intolerantes, que entusiastas por el progreso y sintiéndose aprisionados en una red que no sabian desenmarañar, precisamente
porque en ella se encontraban presos desde sus primeros años, se resolvían á romperla con violtlncia, con
la idea de recobrar su libertad. Por desgracia, y como una consecuencia natural de esa misma educa·
ción viciosa, al querer emanciparse de sus primeras traba~, so han visto, sin sentirlo, prendidos en las
mallas no menos apretadas de la ontología.
Mucho erraria, poi· lo mismo, el que se imaginase que nuestro objeto se alcanzaría con sólo la multiplicación de las escuelas, ó con modificar ius programas, aumentando ó extil}guiendo tales ó cuales
materias; no, cualquiera que sea la importancia de esas cuestiones, y nosoti-os se la asignamos muy grande, ella le cede á la inmensamente trascendental del método. Como medios propios para inculcar, gene·
ralizar y facilitar la aplicación de un buen método, es como consideramos de suma utilidad el examen
de los programas de estudios primarios. Es inútil añadir que lo mismo pensamos de los programas de
los estudios secundarios. l\Iucho se atiende á las materias y poco ó nada se piensa en general en los métodos. Nosotros creemos que es una gran falta. El estudio ele ciertos ramos es muy importante para la
educación, precisamente porque ellos requieren indispensablemente ciertos procedimientos lógicos que
caracterizan un método.
Si los defensores de las antiguas ideas hubiesen comprCllllido á fondo esta verdad y su tl'ascendental
impol'tancia, no habrfan jamás admitido rn sus programas ciertos estudios, que exigen y desarrollan por
necesidad el método objetivo. El perjuicio inmenso quP. hizo la brecha Íl'reparable que abrió en ciertos
sistemas el cultivo de la astronomla y de la füh:1 1 d d la qulmica y de l11. geologla, de la botánica y de la
zoologla, como elementos de educación, aun cuando en gdneral limitados á ciertas clases, no pudo felizmente ser previsto ni sentido en su principio, sin lo cual la repugnancia instintiva que esas ciencias inspiraron siempre á la teologla, se habría cambiado en una guerra abierta, que habria retardado aunque
jam:\s impedido su desarrollo.
Ni el terror ni la inquisición renacerán) a. ,o por las objeciones que se les han hecho por los filó•
sofos ó por los moralistas, sino porque el punto de vista ha cambiado, pol'que el método de resolver las
cuestiones es diferente, porque la observación y la nperimentación se han substituido á la autoridad,
porque la ciencia se ha sobrepuesto á la ontologla.
Es, pues, á cambiar, sistemar y apresurar el puuto de vista, á darles á nuestras concepciones otro
principio y otro objeto, á donde deben dirigirse todos nuestros esfuerzos. ¿Quién no comprende entonces por qué clamamos para que él se inicie desde los primeros pasos de la educación? ¿Poi' qué deseamos
contribuir á tan importante progreso con nuestras débiles fuerzas? Ellas son débiles, sin duda, pero confiamos en que seritu eficaces porque son conscientes y no automáticas, cimentadas en la convicción y no
rn el simple hALito.
Si como lo esperamos, logramos propagar y difundir esta convicción en los que inmediatamente tienen á su cargo la importante misión social de la educación de la niñez, no duclamos que bien pronto se
harán sensibles sus saludables resultados.
En el arte de la educación, como en cualquiera otro, dos puntos son los que deben fijarse previamente: 1°, el fin que uno se propon&lt;', y 2", el plan que debe adoptarse para conseguirlo; vamos á tratar muy
someramente ambos puntos, porque no es ni remotamente nuestro Animo escribir un curso de pedagogla,
sino sólo dar los principales fundamentos de nuestl'O modo de ver. No diremos, pues, sino lo que creamos
indispensable para nuestro fin, dl'jando para m:\s favorable oportunidad el necesario desarrollo de estos
preceptos.
Comenzando, pues, por el objeto de In educación en general y de la primaria en particular, es evi•
dente&gt;, sPgún lo que se ha indicado ya, que ó no se ha pensado en él ó se ha equivocado enteramente. La
educac1ú11, según puede colegirse hasta del nombre mismo con que frecuentemente se le designa, es y debe ser un verdadero culti1;o. La similitud, ó ml'jor, la identidad fundamental de ambas cosas, ha sido
siempre reconocida de un modo tan universal y tan espontáneo, que así se dice en todos los idiomas, que
se cultiva una inteligencia, como que se educa una planta, y viceversa. Ahora bien, el cultivo, para toma!' la expresión que mfts cuadra á nuestro Cfbjeto, el cultivo puede emprenderse con uno de dos fines:
ó con el de desarrollar al indivicluo con todas sus p'ropiedades ó atributos, ó con el de procmar el mayor
desenvolvimiento de unas á expensas ele las otras: se cultiva el tl'igo y demás ce reales para obtenerlo
con todas sus propiedades, pero en mayor abundancia; se cultivan las !."'.isas ó las dahalias para lograr
que sus pétalos se multipliquen;y embellezcan, aun cuando set&gt;. á costa de sus estambres. Esto segundo
constituye una monstr1w,~idad á los ojos de la filosofla de las causas finales y de la metaffsica ontológi•
ca, porque con t'~ll elasc de cultivo, vamo.v contra los ftnes de la naturaleza, impidiendo la re¡,rodncción

por semillas) mutilando lo que ella ha creado. Otro tanto debieran, en realidad, decir respecto del primer modo de cultivo, y en general, respecto de tocia intervención humana en las obras de la creación, si
por una feliz é inseparable inconsecuencia de esas añejas doctrinas, no se tuviesen siempre listos dos pesas y dos medidas para juzgar nuestras acciones de todo género segtm las circunstancias. Sea como fuere, es un hecho que el hombre puede, conformándose con las leyes fundamentales de la organización
vl'getal, modificar, dentro de ciertos limites, cacla dla más y más amplios, los caracteres espontáneos
de los vegetales, y que á esto se llama cultivo, ora se trate de la una, ora de la otra especie de resultados.
¿A cuál, pues, de estas dos clases de cultivo pertenece ó debe pertenecer la eclucación de la niñez?
Es decir, ¿qué fin debemos procurar alcanzar con ella? La respuesta á. esta pregunta exige una distinción preliminar entl'e el cultivo moral, intelectual y corporal ó ffsico.
El cultivo moral pertenece inconcusamente á la segunda especie, á aquel en el cual nos proponemos
obtener el predominio de ciertas facultades á expensas de otras. Nuestra existencia moral se compone
naturalmente de dos clases de inclinaciones; unas, reconocidas como buenas y provechosas para todos;
otras, calificadas con justicia de malas y de nocivas . El cultivo, en este caso, debe consistir en hacer todo aquello que sea propio para robustecet· y hacer predominar las primeras, debilitando, y si es posible,
haciendo desaparecer las segundas, para que en nuesti·os actos sólo se haga sensible la influencia de los
buenos instintos. Esto, en concepto de los ontologistas arriba citados, deberla. constituir también una
monstruosidad, con el mismo titulo que la producción intencional de una flol' sin espinas ó de una vaca
sin cuernos; esto, á su punto de vista, deberla reputarse como una punible infracción del derecho natural de la flor, de la vaca ó del hombre, á quienes ella dió los inalienab'.es d erechos de llevar espinas y
cuernos, de tener envidia, avaricia, etc., etc.
Por fortuna, en virtud de la natural y ya mencionada inconsecuencia de esas doctrinas y de los que
las profesan, el cultivo moral se ha mantenido siempre en esa dil'ección, aun cuaneo para ello se ha~·a
creido indispensable invocar otros motivos ajenos á la sociedad y á la utilidad.
Pero si el cultivo moral debe inconcusamente pertenecer al sistema de los desarrollos y de las atrofias parciales, y, por clecirlo asi, ele compensación, no sucede otro tanto con el cultivo intelectual; en é l
uo hay compresiones que ejercer ni atrofias que solicitar, porque ninguna de estas facultades es nociva,
ni siquiera inútil; alli todo se debe robustecer, todo se debe estimular, Pjercitar y adiestrar, porque to,lo
es indispensable y aun insuficiente para satisfacer nuestras necesidades.
Cualquiera que sea la dh·isión que se adopte respecto de las facultades intelectuales, preciso t•s
siempre reconocer que somos más ricos en pasiones que en inteligencia, y que si en aquellas hay mu·
cho que refrenar, en ésta la pobrrza ele nuestro caudal nos obliga it tener continua necesidad ele todo él.
Observar, analizar, generalizar, denominar ó nombrar, describir, definir, clasificar, y por último, inducir y deducir, son incesantes é indispensables ocupaciones de nuestra vida práctica ó especulativa. Sin
inducción ó deducción, es decir, sin inferencia basada en antecedentes, no hay previsión, y sin previsión,
ni ·e1 más trivial asunto puede conducirse.
4,hora bien, se comprende fácilmente que el éxito de cualquier negocio depende de la exactitud de
_nuesfra previsión, y ésta, a su vez, de las infürencias, ora inductivas, ora deductivas en que se funda.
Pero la inducción, y aun la deducción, no son posibles sin el conjunto de las otras operaciones mentales:
1uego su cultivo es igualmente obligatorio para todos los hombres que quieran merecer el nombre de
libres, y conducirse por si con conocimiento de causa.
Si se quieren educar hombres en vez de máquiuas ó acémilas, es preciso que la educación del entendimiento sea completa y universal.
El modo de asegurar 111. necesaria subordinación de los inferiores á los superiores en cualquie ra categorla, no es impidiéndoles que discurran, como en el sistema que ba caducado, sino poniéndolos en aptitud de apreciar la inevitable necesidad, asi como la inconcusa utilidad de esa obligación.
~o es pl'eciso para esto formar un pueblo de sabios ni de filósofos; pero si es necenl'io tratar de fo rmar una generación do hombres lógicos, prácticos, que conozcan el enlace natural de los hechos, ~ a r ntre si, ya en sus relaciones con nuestra organización.
Esta lógica inflexible de que todos los hechos están siempre saturados, este enlace invaJ"iable entro
los antecedentes reales y los consiguientes efectivos, es lo que nosotros deseamos que se inculque durante la primera educación.
Nosotros queremos que, en vez de esa armonla puramente subjeLiva é ideal con que se ha procura•
do contentar hasta aqui la imaginación de los niños, y aun la de los adultos, se les haga palpar la a rm onla l'eal de las cosas, como ellas son y como todo el mundo las ve.
Sin eluda, presentando, según se acostumbra hoy, un enlace puramente subjetivo, como objetivo,
danclo un arreglo de nuestra propia creación como un hecho realmente observado y demostrado, se pu cide con notable faciliclad satisfacer á una inteligencia infantil; pero esta corta ,·entaja no se alcanza sino
con el sacrificio del porvenir de la inmensa mayorla de los educandos. Solo aquéllos que reciban u na
educación secundaria completa, serán los que más tal'de podrán llegará comprnnder que el enlace de
nuestras ideas de las cosas, no es siempre una garantia del enlace de las cosas mismas, que aquello que
noaotros creemos vel' muy claro con los ojos del esplritu, suele ser muy diverso de lo que al fin log1·amos
ver con lo, del cuerpo. E11ta verdad que, pre,entada al principio de nuestra c11rrera, babrin. Fido la base

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�REVISTA MODERNA.

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.ARo IV

de uu sistema de convicciones completo y firme, viene ,i. ser, cuando se reconoce tarde, un motivo de amarga decepción y aun dt1 incurable y estéril escepticismo. Pero lo que hay de más grave es que la inmensa
mayoría tiene que conformarse para siempre con esta instrucción, condenados á vivir continuamente en
un mundo de puras entidades subjetivas, que ellos toman por seres reales, lo cual los mantiene en una
especie de perpetuo sonambulismo, durante el cual se alimentan de fantasmas, pudiendo vivir de realidades. No quiero presentar otro ejemplo de este subjetivismo excesivo, que esa monomanla espiritista
que ha invadido hoy no pocas cabezas, y en virtud de la cual se pretende hallar en el mundo subjetivo
de los espfrltus la solución de los problemas pbjetivos de nuestro mundo material.
No hay necesidad de añadir que ni la más sencilla de esas deseadas soluciones ha podido encontr11rse por ese camino, y que los csplritus nunca contestan otra cosa sino lo mismo que ya estaba en la mente de su cándido consuitor.
Es urgente, por tanto, acabar con J¡i. raíz de tantos desvarios, que hacen á los hombres un perpetuo
juguete de los ilusos ó de los charlatanes. Otra enfermedad mental que esta especie de educación está
también destinada á curar, y sobre todo á prevenir, es la tendencia todavía muy general á creer que los
nombres de las cosas encierran en si todo lo que hay que sabe1· sobre éstas, y en buscar, por lo mismo,
la prueba ó la refutación definitiva de nuestros asertos en las definiciones, en vez de procurar hallarllls
en las cosas y en los hechos.
Esta propensión á transformar toda ciencia y toda noción en un puro a1 te cabalistico, lejos de curarse se agrava en la educación ulterior, con ciertos estudios profesionales, como los del Derecho, por
P-jemplo, en los cuales, tratándose de prescripciones positivas y escritas, nada hay más natural que el estudio de las palabras en que ellas están concebidas. Pero si el titulo de verbo1·um si,qnificatione puede
ser decisivo en la interpretación ele las leyes de los hombres, en la de las leyes de la Naturaleza, los he•
chos y no las palabras deben fallar en definitiva. Y sin embargo, ¿quién no ha tenido ocasión de deplorar la conducta inexplicable de hombres d,• alta capacid:v1 y de inmensa erudición, que en asuntos prácticos cometen los más graves errores á fuerza de P11•artar silogismos fltndados cu puras palabras?
La necesidad de corregir desde los p1irncros aiio~, con la preoión de la realidad, esta tendencia cabalistica, 110 puede, pues, ponerse en duda.
En la educación objetiva y práctica es, puc,:, donde ú uieamente ebtá el remedio y la verdadera re.
generación de nuestra especie, por el &lt;'jerclcio completo que ella exige y proporciona á todas nuestras
facultades.
Con una instrucción de puras palabras, eomo la que se ha dado basta aquí, aplicación y memoria
son suficientes, y este trabajo de plast(cidad puramente pasiva dt1 nuestro cereb ro, en el cual se limita á
retener lo que le viene de fuera sin prJ,ducir cosa algun 11, no es riertamente propio para mejorar, sino
para entorpecer y debilitar, con el transcurso del ti11mpo, nuestras facultades mentales, bajo la influencia
incesante de un verdade1·0 atavismo intelectual.
La necesidad de un cultivo completo ele nuestro entendimiento, emprendido sistemáticamente desde la primera edad, se recomienda también por el atractivo mismo que él presenta pa ra el niño, y el consiguiente estimulo que de aqui resulta, asi como también por una fatiga menor y menos rápida.
Sucede con el f'jercicio mental como con el corporal; la fatiga sobreviene muy pronto, aun con un
%fuerzo poco intenso, si él exige la tensión permanente de un solo sistema de músculos, y con mayor
razón si es la el,~ 11110 solo, mientras que un esfuerzo mucho mayor podrá prolongarse por largo tiempo,
si se reparte n:tcrnativamente en dos ó más. Una persona que no podría permanecer en pie é inmóvil un
cuarto de hnra, sin experimentar una fatiga y una laxitud indefininibles, podrá caminar horas enteras,
no sólo sin fatigarse, sino hast:i. con placer. l\fás aírn: la tensión continua de un músculo lo debilita, lo
atrofia y lo paraliza en vez de robustecerlo, como lo hada el ejercicio alternativo.
Otro tanto, y por la misma razón fisiológica, sucede con nuestras facultades intelectuales; la tensión
continua de una sola de ellas, aun cuando sea moderada, es muy pronto seguida de cansancio y de fastidio, que son su indicio y su resultado seguro.
La verdadera economía de la fuerza intelectual, as! como la de la muscular, no consiste en no solicitarla, sino en exigirle esfuerzos poco prolongados, aun cuando sean frecuentes; con estos dos requisitos
el ejercicio es una base ele progreso y un manantial ele bienestar, ora se trate de nuestras facultades flsicas, ora de las mentales.

MÉXICO,

2,i QUINCENA.

DE 8EPTIEMDRE DE

1901

18

MO DE RNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS .E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DF. TIEDA CCION : .JESUS URUETA. '

Tir.

( Continuará).
GAlllNO

NúM.

BARREDA.

Pnon.T.l~

DE l\I1ouEL A::.GEL.--CAPILLA SlxTINA. ROMA,

de Dublan.

�</text>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 17, Septiembre, Primera quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

248

bajo el trágico toldo de estruendos
que coronan las cumbres hirsutas,
en Oriente ..... ¿Vendrá el aguacero? ... .

¿Sabes tú, qué pensaba, mi rubia?
No te rlas, declrtelo quiero:
recoger esas llmpidas perlas
en el cáliz a1·diente y bermejo
de la flor de tus labios, más roja
que el clavel de:tu blondo cabello . ...
Mas . ... ¡qué bella explosión de fulgore&amp;!
Ge abrillanta con claros destellos
ese palio de un lndigo obscuro
que cornna los montes enhiestos ....
¡Gloria al sol que ha rasgado la bruma!
Esa nube pr.e liada de estruendos,
era informe montón; hoy pru·ece ... .
¡hoy parece un ideal terciopelo!
La esmeralda del monte revive ... .
H11sta el hosco plumaje del cuervo,
al tocade la luz, ya presenta
primorosos cambiantes de ace1·0!
¡Claro obscuro, tu encanto sub~•uga!
¡Almo sol, tu pincel es soberbio!
¡Gloria á ti, gran artista celeste!
¡Y á ti gloria, oh Rembranrlt, oh m1testro!
Mas .... la racha ha c1tlma&lt;lo su furia. . . ..
¡No vendrá, no ven&lt;l1·á d aguacero!

....

ARo IV

MÉXICO, 21l QUINCENA. DE AGOSTO DE

1901

NóM.

16

REVISTA MODERNA
ARTE V
DLRECTOR: ,TESU S F.. ' VALE~ZUELA.

CIENCIA.
JEJo'F. DF. HEDACCION: ,JESU S URUETA.
Ti¡&gt;. tlt D11bld11.

No vendrá .... Mira el arco de triunfo
que Iris teje, con mágicos dedos,
con los rayos del sol que disuelve
en el agua suspensa en los cielos .. ..
También mi alma, á tu casta hermosur11,
con la luz ide11.l del ensueño,
ha tejido mil arcos de triuufo
en mis trovas de amor, en mis veri;o~!
Pero ¡mira! ¡oh prodigio! Del valle
sube un águila, en rápido vuelo .. . .
Va á la cumbre, á. la roca, á su nido
donde aguardan sus hijos hambriento&amp;:
Mas el ave vacila .... jadea .. . .
¿Qué tendrá? ¿Por qué abate su vuelo?
¿Qué acongoja á. la reina del aire?
¡Ah, tal vez de un combate sangriento,
pero noble, y viril, y pujante,
vuelvr, rotas las garras de acero!
Se desploma, vencida, en la roca . . ..
Al sentir su presencia los cuervos,
azorado11, emprenden In fuga.
en desordeu, temblando de miedo!
Pero no, que ya vuelnm, se agrupan,
exploran, observan con ojo certe1·0 ... .
¡Ya lo saben! ¡El rey agoniza!. . . .
¡Ya le atacan!...... ¡Oh viles!...... ¡Oh...... ¡cuervo&amp;!..... .
DI, mi bien: ¿no te indignan? . . . .
¡Oh gloria!
¡Yo, á tus plantas! Tu frente!. . .. ¡Mi beso!
~lérida.- Yuc11.tán, 1901.

José I. N9VELO.
GAl, ATEA. -l\fARQl' E!!TE,

�REVISTA MODERNA

DE UN LIBRO EN PRENSA: "PAISAJES PARISIENSES"
UN SUEXO DE MARGOT.
URANTE el viaje, Margot sólo habla percibido las miniaturas y los matices de
las cosas, como si el mundo fuese un juguete japonés, colocado, para distraer
languideces elegantes, en el boudoir de una modista célebre. Sus frases hablan
sido detalles preciosos é inútiles que cosquilleaban agradablemente el oido sin
decir nada: (•Hermoso color de nube para cinta de un sombrero de viaje, ... .
«Como esa luna, pero con más relieve, es el broche de diamantes de René• ... .
•¿Sabes?; la naturaleza es muy grande; prefiero el jardín del Luxemburgo•). Sin
embargo, aquel cerebro de marfil, pequeño y minucioso como una máquina de
rtJloj, había tenido durante una noche de ferrocarril la visión de un gran drama.
Pero, apesar de todo, confieso que mi asombro fué grande cuando, al reunirnos en el comedor del
hotel para tomar el desayuno, me refirió con gestos graves lo siguiente, que compendio tanto como puedo,
aun á riesgo de hacerle perde1· su sabor original.
~!argot ba~la soñado que estaba en su pequeño departameolo de la Cbaussée- d'Antin, de regreso
del Odéoo, leyendo un periódico de modas, mientras Luisa, que ya habla calentado el lecho, la despeinaba con un peine enorme, fabuloso, que desgarrnba al moverse las cortinas persas que sonreían desde
los vidrios. De pronto oyó grandes voces y vió una multitud compacta, que pasaba por la calie, agitanJo teas encendidas. Era un tl'opel intermin.tble de harapientos. Pareclan borrachos. Uno de ellos, el más
grande, el que llevaba un pañuelo rojo anudado alre:ledor de la cabeza, agitaba una pica y parecla dil'igir á los demás.
-Son los amigos,- dijo Luisa, apoyando la cabeza en la ventana para verlos pasar,
(¿Los amigos? ¿Aquella turba de andrajosos que bajaban por la calle lanzando alaridos salvajeF,
aquella escoria humana barrida por un viento de pasión, eran los amigos?)
-Son los amigoF,-insistió Luisa, como si hablara para sí,- porque son los que sufren.
Y con un gesto tranquilo se de~pojó del delantal y la cofia, los puso sobre la mesa, hizo un saludo
,'r salió.
Margot la oyó bajar las escaleras. Y á través de un vidrio que ella misma empañaba con su respi·
ración, la vió salir á la calle y unirse á la multitud que segula pasando, en pelotones de miseria, como
un torrente que bajaba de la montai'ta, después de un deshielo.
-Es indiscutible que todos están locos,- pensó Margot.-¿Qué voy á hacer ahora? ¿Quién me traerá los escarpines al bajar del lecho?
Y tuvo una de esas ideas caprichosas de mujei· engreída. Se anudó el pelo sobre la nuca, se calz{,
los guantes, se echó sobre los hombt·os su abrigo de teatro y bajó resueltamente las escaleras. La puerta
no estaba cerrada. Lo,; porteros habían salido. (¿A dónde iban, á esa hora?) Y sobre la acera, cerrán•
dole el paso, habla un charco de sangre ....
l\fargot se estremeció. Era la primera vez que vcia sangre. Tuvo miedo. Luego se remangó el vestido de baile Y pasó. Sus botinas de charol se reflejaron confusamente sobre la mancha roja. La calle
estaba desierta. Parecla que todas las gentes de la ciudad habian huido. A Jo lejos, muy lejos, se ola un
clamor de multitud, tajado por disparos de armas de fuego. ¿A dónde h? Se arrepintió de babet· salido.
Su proyecto de refugiarse en casa de Nelly, le pareció impracticable. ¿Cómo atravesar esas calles solitarías y obscuras donde los pasos resonarlan tras ella como si vinieran persiguiéndola?
Entonces se detuvo al borde de la acera, apoyándose contra el muro, sin saber qué hacer.
¿Debla avanzar hacia el misterio que la esperaba en el fondo bonado de la ciudad, ó ¡•egresar á su
casa vacla Y pasar otra vez sobre el charco de sangre? Optó por Jo primero, y echó á correr por el bulevar Haussmann.
Bajo la luz amarilla que escuplan los faroles, se velan regueros de sang1e que se perdlan bajo las
puertas. A la distancia se oían los gritos de la muchedumbre, y A veces un cañoneo apagado,

25 L

l\fargot s!'guia corricuJo. De pronto oyó un ruido confuso de gentes que se acercaban en tropel. El
viento trala rnchas de canciones y carcajadas. ¿Eran vendimiadores que volvían de una aldea? l\fargot
tuvo la curiosidad de verloF; una curiosidad imperiosa, como un deseo carnal. Y se acurrucó en el hue•
co de una puerta.
Las primeras claridades del día comenzaban á levantarse sobre la ciudad. El tropel confuso se acercaba. Se oía el ruido sordo de los pasos. l\fargot sintió un frfo agudo que la hizo crujir los huesos. Y la
multitud desembocó sobre el bulevar ....
Los hombres blandlan picas, cuya punta enrojecida goteaba sobre los rostros. Las mujeres llevaban
gorros encarnados. Todos repetlan estribillos siniestros, que l\fargot no habla oldo nun..:a. Y pasaban,
pasaban sin tregua, con las mismas caras bestiales y los mismos gestos groseros.
De pronto, resonó un grito. Alguien la babia descubierto y la designaba con el dedo A los demás.
Uu grupo se precipitó sobre ella y la rodeó. Fué un entrevero salv11je. Un hombre la besó en la boca.
Una mujer le escupió á la cara.
¿Qué hacia a.llí?-le preguntaron, la ciudad pertenecía al pueblo.
l\fargot respondió frases entrecortadas y quiso desasirse para huir. PtJro no le permitieron mo'Verse
Estaba prisionera. Un hombracón de pelo rojo la cogió por el talle y se la echó A la espalda. La lleva ron en hombros. La multitud- seguía cantando. ¿A dónde la conducían?
La vislumbre de la aurora apenas permitía distinguir las caras. En el limite del bulevar asomaba
un sol encarnado de lluvia. Atravesaron cien calles. Las ventanas estaban cerradas y habla mucha san•
gre sobre las veredas. Margot se b11ndia las uñas en la garganta para ahogar los gritos. Estaba helada
de tel'l'or. Sus ojos permanecían clavados sobre el esqueleto de guillotina que se levantaba en el fondo
de la calle. Trató de convencerse de que no era para ella. ( •l\fargot no habla hecho daño A nad ie. ¿Por
qué razón la matarían? ¿Porque habla amado el amor, el Champaña y los trajes de Paquin? Las mujeres hermosas han nacido para eso.•)
Pero, apesar de sus razones, tiritaba de miedo. Quiso llamar, suplicar, ofrecerse .... Pero no podlan
escucharla. Las canciones abogaban su voz frágil. Trató de desasirse pal'a bajar y huir, pero dos manos bmtales le detuvieron las piernas . . ..
Y la guillotina estaba allí. La dejaron caer sobre el entablado y ella se desplomó como si no tuviera
huesos. La multitud segula cantando. Margot tuvo la sensación de ver el sol por última vez. La noche
se apoderó de su alma. Por su memoria pasaron, al galope, mil recuerdos. Después se hizo el vacío Sintió algo helado en el pescuezo, lanzó un grito que no pudo oír .... y el golpe fatal la despertó.
Pero el horror de la pesadilla la persegula aún. Le quedaba algo asf, como la amargura de un presagio.
- Ocurrirá,-me decía, con la boca llena de fresas,-ya verás como ocul'l'irá. La ciudad comenza·
1 á á arder y nadie podrá apagar el incendio. El fuego cundirá por el mundo. Lo que siento, es no poder
realizar mi capricho, de poseer un castillo en Anjou. El imbécil de Vidart tartamudea que son muy caros.

Il[ANUEL

UGARTE.

�REVISTA MODERNA.
escudriña. con calma grotesca,
se derrumba cual muerto de uu rayo,
sumérgese y pesca.
Y al trotar de un rocín flaco y mocho,
un moreno, que ciñe moi·una,
transita cantando cadente tontuna
de baile ja1·ocho.
Monótono y acre gangueo,
que un pájaro acalla, soltando uu gorjeo,
Cuanto es mudo y selecto en la hora,
en el vasto esplendot· matutino,
halla voz en el ave canora.
vibra y suena en el chorro.del trin&lt;,!
Y como un monolito pagano,
un buey gris en un yermo altozano
mira fijo, pasmado y absorto,
la pompa del orto.

Y á la puerta del viejo bohío
que oblicuando su ruina en la loma
se recuesta en el árbol sombrlo,una rústica grácil asom11,
como una raloma.
A tres leguas de un puerto bullente
que á desbordes y grescas anima,
y al que á un tiempo la gloria y el cli1111t
adornan de palmas la frente,
hay un agrio breñal, y en la cima
de un alcor un casucho acubado,
que de lejos diviso á menudo,
~r rindiéndose apoya un costado
Pn el tronco de un maugo copudo.
Distante, la choza resulta monter11.
con borla y al sesgo sobre una mollera.
El sitio es ingrato, por fétido y hosco.
El cardón, el nopal y la ortiga
prosperan; y el aire trasciende á bofiiga,
á marisco y á cieno¡ y el mosco
pulula y hostiga.
La flora es enérgica para
que indemne y pujante soporte
la furia del soplo del Norte,
que de octubre á febrero no es rara,
y la pródiga lumbre febe11,
que de marzo á septiembre calde11..
El Ol'iente se inflama y colol'a,
como un ópalo inmenso en un lampo,
y difunde sus tintes de aurora
por piélago y campo.
Y en la magia que irisa y cornsca,
una perla -de plata se ofusca.
Un prestigio rebelde á la letra,
un misterio inviolable al idioma,
un encanto circula y penetra
y en el alma es edénico aroma.
Con el juego cromático gira,
en los pocos instantes que dura;
y hasta el pecho infernado respira
un olor de inocencia y ventura.
¡Al través de la trágica Historia,
un efluvio de antigua bonanza
viene al hombre, como una memori11,
y acaso como una esperanza!
El ponto es de azogue y apenas palpita.
Un pesado alcatraz ejercita
su instinto de caza en la fresca.
Grave y lento, discurre al soslayo,

Infantil poi· edad y estatura,
sorprende ostentando sazón prematura,
elásticos bultos de tetas opimas;
y á juzgar por la equivoca traza,
110 semeja sino una rapaza
que reserva en el seno dos •tima~!
Blondo y grifo (J inculto el cabello,
y los labios turgentes y rojos, ·
y de tórtola el garbo del cuello,
v el azul del zafiro en los ojos.
Dientes albos, parejos, enanos,
que apagado coral prende y liga,
que recuerdan, en curvas de granoF,
el maíz cuando tierno en la espiga.
La nariz es impura, y atesta
una carne sensual é impetuosa;
y en la faz, á rigores expuesta,
ia nieve da en Ambar, la púrpura en rosa,
y el júbilo es gracia sin velo
y en cada carrillo produce un hoyuelo.
La payita se llama Sidonia.
Llegó á México en una barriga:
en el vientre de infecta mendiga
que, del fango sacada en Bolonia,
formó parte de cierta colonia
y acabó de miseria y fatiga.
La huérfana ignara y creyente
busca sólo en los cielos el rastro;
y de noche imagina que siente
besos ¡ay! en los hilos d(un astro.
¿Qué ilusión es tan dulce y hermosa?
Dios le ha dicho: «sé plácida y bella;
y en el duelo que marque una fosa

pon la fe que contemple una estrella,!
1,Quién no cede al consuelo que olvida?
La piedad es un santo~remedio;
y después, el ardor de la vida
urge y clama en la pena y el tedio
v al tumulto y al goce convida.
be la zafia el pesat· se distrae, desplome de polvo y ascenso de nube.
¡Del tizón la ceniza que cae
y el humo que sube!
La madre reposa con sueño de piedra.
La muchacha medra.

�REVISTA .MODERNA.
Y por siembras y apriscos divaga
con su padre, que duda de serlo;
y el infame la injuria y estraga
y la triste se obstina en quererlo.
Llena está de pasión y de bruma,
tiene ley en un torpe atavismo,
v es al cierzo del mal una pluma ....
¡Oh pobreza! ¡Oh iucuria! ¡Oh abismo!.

REVISTA MODERNA.
reverbera con tales reflejos,
que ciega, causando vahídos.
El ambiente sofoca y escald11¡
y encendida y sudando, la chica
se despega y sacude la falda,
y asi se abanica.
Los guiña pos revuelan en ond11.s ....
La grey pace y trisca y holgándose tarq¡¡ .. . ,
Y al amparo de umbráticas frondas
la palurda se acoge y reFguarda.
Y un bonego con gran cornamenta
y pardos mechones de lana mug-rienta,

y una oveja con bucles de armiño,Ja mejor en figura y aliño,se copulan cou ansia que tienta.
La zagala se turba y empina ....
Y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo . . . ,
¡Un cambujo patán se avecina!
Y en la ex:celsa y magnifica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,

un vil zopilote resbala,
tendida é inmóvil el ala.
SALVADO!t

DÍ.-\Z i\IIRÚN.

NOTA.-Del libro "Lascas." Reproducido con autorización
del autor.

Vestida con sucios ji1·ones de paño,
descalza y un lirio en la greña,
la pastora gentil y risueña
camina detrás del rebaño.
Radioso y jovial firmamento.
Zarcos fondos, con blancos celajes
como espumas y nieves al viento
esparcidas en copos y encajes.
Y en la excelsa y magnifica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,

un vil zopilote resbala,
tendida é inmóvil el ala.
El Sol meridiano fulgura,
suspenso en el Toro;
y el paisaje, con varia verdurx,
parece artificio de talla y pintura,
según está quieto en el oro.
El fausto del orbe sublime
rutila en urente sosiego;
y un derribo de paz y de fuego
baja y cunde y escuece y oprime.
Ni céfiro blando que aliente, que rase,
que corra, que pase.
Entre dunas aurinas que otean,tapetes de grama serpean,
cortados á trechos por brozas hostiles,
que muest1·an espinas y ocultan reptiles.
Y en hojas y tallos un brillo de aceite
simula un afeite.
La luz torna las aguas espejos;
y en el mar sin arrugas ni ruidos

255

�REVISTA MODERNA.

EN LA CASA DE TOLSTOI.
L rápido de Moscou i Koursk se detiene muy temprano, á las cinco y media, en Yassenki,
última estación cerca de Tula y á doscientas verstas de Moscou. Para llegará Yasnai'a
Pol'iana, retiro de Tolstoi', falta recorrer una docena de verstas en carruaje.
El caballo se aventura en el camino 6l!cabroso, que serpentea á través de la estepa
ondulada con bajas colinas. Alrededor, prados verdes, campos de trigo dorado, macizos de árboles; abedules, tilos, pinos, que forman luego bosques espesos. Se comprende el apego de Tolstoi: por este cluminos~ claro,, en ruso Yasnai'a Poli'ana, que no de~a sin~ con tristeza
y raras veces, donde pasa casi toda su vida y absor~e el amor de la nat~~a.leza_,. al mismo t1?mpo que su
aversión por la vida facticia de la ciudad, de la sociedad, de la falsa c1vihzac1on. •De quti asombroso
poder son las impresiones sacadas direc~amente de la natura~eza: • d?cla un dl~ Tolstoi' á uno de sus co•
legas rusos. ey cómo aprecio á los artistas que beben su 10sp1rac1ón exclusivamente en esta fuente
eterna é inagotable. Ella sola da la fuerza !. revela la verdad. •
.
. ..
~
En YasnaYa PolYana fué donde Tclst0Yv10 la luz en 1828. Alll fue donde v1v10 los anos de que babia
con tanto calor comunicativo en la Infancia, su primera obra, que lo colocó luego, á los veinticuatro
años, entre ¡08 grandes esc.ritores rusos. •Felices, ~elices tiempos de la inf~ncia, que no volverán ya!
Cómo no amar cómo no acariciar sus recuerdos! Ellos refrescan, elevan m1 alma y son 111. fuente de
mis más puras,' de mis más dulces alegrlas, , dice el joven autor. Y todos los que lo han leido no podrán
olvidar ese principio de capitulo, esa estrofa de poem11. en ~~osa. E~ _Yasna"ia PolY_ª?ª fué donde se casó
y vió nacer á sus numerosos hijos; alll donde n~s ~e~crib10 la Felicida~ ~e f aniilia, nos c?ntó los con·
movedores amores de Lévine y Kity en Anna Karemne y narró la prod1g1osa epopeya de (.,uerra y Paz;
alll también donde creó, sobre bases nuevas, su famosa escuela popular, donde ensayó la existencia
de colono modelo, donde venció la dolorosa, la formidable crisis moral que iba á conducirlo al suicidio,
y donde, finalmente tranquilo, hizo de si mismo un misionar~ convencid~ de la bondad y de la verdad
cristianas. Asl, pues, excepto el tiempo consagrado á los primeros estud10s en ~Ioscou, luego á los de la
Universidad de Kazan, en el servicio al ejército; el pasado en el Cáucaso, en el Danubio, en Stlhastopol y
una corta escapada al extranjero, todo el resto, medio siglo, esa existencia tan nutl'itla, tan gloriosamente variada ha transcurrido en el cuadro limitado de aquella vieja mansión señorial. ¿Dónde enconti·ar un ejempl~ má.s brillante del poder del genio, poderoso poi· su sólo contacto con el poder de la naturaleza?
Estos detalles desde hace tiempo familiares, se precipitan á mi memoria por una asociación de ideas
muy natural. Est~ es interrumpida por la aparición de un burgo, muy grande, pero desierto, tl'iste: cabañas destartaladas, transeuntes raros y taciturnos, animales de movimientos cansados. ¿Alll está el
cluminoso claro?, No, felizmente. Veinte minutos más y mi automedonte meiudica con su látigo las pri•
meras cabañas de la aldea. Pasamos por la única y ancha calle bordeada de cada lado por irbas de madera, algunas de ladrillos rojos, casi uniformemente recubiertos de ra~tr__ojo ennegrecido ~or el !iempo;
el conjunto de los tonos es gris, sin embargo, de aspecto más halagueno que el burgo mmed1ato; se
siente alll la proximidad de los castellanos benefactores. Hombres y mujeres me saludan con aire afable acostumbrados como están á visitas de extranjeros. La habitación de TolstoY no debe estar lejos.
Ad~ierto, eu efecto, alli arriba de la cuesta, las dos torrecillas blancas que marcan la entrada del dominio de Yasna'ia PolYana. Pero no se tropieza con las alas de una puerta cerrada, la puerta no existe. Entre quien quiera! Y se entra, y se abusa á menudo de aquella patriarcal hospitalidad.
Una larga calzada de abedules umbrosos, de troncos argeutados, conduce á la habitación; se costea
un estanque, luego una banda de tierra destrozada, cortada en medio por una malla de lawn tennis. Al
ttn estii. ali! la caEa: una elevada construcción de un piso, cuya blancura de cal deslumbra bajo el sol·
Sobre la fachada, un balcón de madera, anchas ventanas y por el lado que se llega una terraza con ba•
laustrada, construida por el mismo Tolstor, según se cuenta. Después de rodear la ter~aza, mi carruaje
se detiene frentP al portón de la casa TolstoY sale algunos instantes después en traJe de burda tela

257

azul, se acerca á mí~ me da la bienvenida. y me invita familiarmente á acompai'íarle al baño, que toma
todas las mañanas en el estanque que vi al llegar.
Desde mi última visita á Moscou-hace dos años y medio - no obse. vo cambio alguno en el exterior
dtl Tolstoi', únicamente su barba que era gris, está ahora blanca del todo. Supe qué su salud ha mejorado mucho y que nunca se ha sentido tan apto y tan infatigable para el trabajo; para el t1·abajo intelectual, debo agregar.
En efocto, ya no labra los campos, ni siega, ni hace zapatos. Sus ejercicios Cisicos se reducen al paseo, á la equitación, al juego de lawn tennis, y durante la mayor parte del dla, de ocho de la mañana á
dos ó tres de la tarde, escribe en su gabinete de ti·abajo. Tolsto'i acababa de desinteresarse una vez
más de su famosa novela Resurrección, y se habla puesto á trabajar en otra obra de imaginación, que
tiene por protagonista á uno de sus compañeros de armas de Scbamyl y que se desarrolla en el Cáucaso. Habla ido á preguntar á un viejo general, res-pecto á varios hechos de la campllña de los Rusos contra el temible I mán. Ai,J, puc!l, A pesu de todo, el temperamento arlibta sigue dominando en él á lavoluntad del pensador, y Tolstor vuelve á su anti9ua manera que quiere r enegar y que produjo tan admirables creaciones. Pero no hay que hablarle de eso, yo tu\•e la prutlba á mis expensas, cuando durante
el corto trayecto que separa e! estanque de la casa, le interrogué respecto á Resurreccción y le dije que
esa nueva obra, según lo que yo sabia, debla dar vasta materia al historiador de Tolstor. l\Ie contestó
vivamente:
-Pensamos de tan diferente manera, que ha de seros verdaderamente dificil escribir una historia
sincera de mi vida ó un estado exacto de mis obras.
Un poco cortado por esta contestación inesperada, sobre todo despué3 de la cordial recepción que me
habla hecho en l\Ioscou, y la correspondencia que de alll se habla seguido, Je supliqué sencillamente que
precis11.ra la difo1·encia de nuestras opiniones. Entonces, sin duda alguna, bajo el imperio de un desrontento ajeno al objeto de nuestra conversación, pero despertado por mi alusión á sus obras, me dijo:
- ¡Oh! no solamente Ud. , sino todos cuantos han venido á verme y han publicado a.rtlculos y tomos
enteros respecto á mf;'por:ejemplo, el escritor alemán Lowenfeld (1) y hace poco tiempo el articulo de un
periodista franci&lt;s que vino para la coronación del Tsar y que se creyó obligado á venirme á visitar de
paso. Y Ud., ¿no estuvo aqul con motivo de la Exposición de Nijni- Novgorod? Si, al menos, hubiera
Ud. ido para darse cuenta de todo lo que importa no hacer ..... .
Yo soportaba, sin duda, el malhumor provocado por aquellos, que sin ser partidarios suyos, han
querido aprovechar su estancia en Rusia para irá ver al eremita de Yasna'ia. PolYana, y contar en seguida su visita con un puntillo de broma parisiense. Con el fin de reaccionar contrn esa prevención del
momento, le dije sencillamente que el objeto principal de mi viaje no era la Exposición de Xijni, le recordé que desde hacia mucho tiempo reunla materiales para su biografla, y que hoy mismo llevaba, con
el objeto de someterlos A su apreciación, una especie de paralelo entrn él y Dumas, hijo.
Como lleg.íbamos ya al p3queño lago, nuestl'a conversación se interrumpió y TolstoY desa.pa:eció
en el gabinetito levantado ti. la orilla del estanque. En menos de diez minutos t uvo tiempo para desnudarse y anojarse de lo alto de un trampolin á lo más profundo del agua, para nadar con sorprendente
Agilidad para su P.dad y pl),ra volverse á vestir y seguir nuestra conversación. Zlfo asombró más todavla, como asombra a sus visitantes, por su manera de andar, por sus movimientos casi juveniles, y despué~, por su resistencia para largas caminatas y para toda clase de fatigas corporales. Este admirable
anciano, que frisaba entonces en los setenta afios, vegetariano empedernido que se alimenta únicamente con legumbres (excluyendo basta la leche y los huevos) es verdadera.mente extraordinario. Es un belllsimo ejemplar de la especie humana, cuya contemplación de cerca instruye y aprovecha hasta en su
existencia puramente material. A él podrla aplicarse, sin que parezca banal, el conocido ref,·án: lllens

sana in corpore sano.
Tomamos el té; todos dormlan en la casa, excepto la más joven de sus hijas, encantadora niña de
doce años, y su institutriz, que almorzaron con nosotl'Os. Inmediatamente después el maestl'o se retiró
á su gabinete de trabajo.
Frente á un gran vestlbulo me indicaron una puerta que comunicaba con una larga pieza, dividida
por un tabique y una biblioteca. Alegrando la intimidad del mobiliario, la luz entra alll á torrentes por
dos ventanas y por una puerta que da á la fachada. En la primera mitad, reservada especialmente pa,
ra los huéspedes, está un canapé que sirve de lecho, y en la pared algunos retratos de familia y de es.
critores rusos y extranjoro11. Tourgueneff- Fet (el delicado poeta), ambos amigos antiguos de TolstoY;
Schopenhauer (retrate, con dedicatoria), Dickens, y el famoso grupo de colaboradores del contemporáneo y de quienes ya he hablado: Tolstoi', Tourgueneff, Grigorvitcb, Nekranov, etc., y en el éentro, en un
nicho, el busto del difunto hermano de Tolstor, el conde Nicolás, c•1ya noble imagen está evocada con
fiel afecto en Infancia, Adolescencia y J1wentud, y últimamente en Resurrección, con el nombre de Nicolás Inteniev. La biblioteca está formada con libros de diYersas lenguas, la mayo1· parte donados de
sus autores y con dedicatorias no menos poliglotas; además, las obras de los émulos rusos de Tolstor,
las del maestro de los pensamientos de su juventud y quizá de su edad madura: Rousseau, cuya influencia confiesa Tolstor haber sufrido, más aún, hubo una época en que tuvo el culto de este filósofo francés
basta querer llevar su imagen sobre el pecho, como un amuleto¡ Moliere, Pascal, Goethe, Sbakespeare,
(1) El úQico que

na escrito Insta ahora un1 biografía completa de Tolsto'i.

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REVl~TA MODERNA.

Víctor Hugo, Sócrates, Voltaire, Diderot, Saiot-S1moo, Benjamlo Constant, Spiooza, Schlegel, Henry
George, Mathew Arnold, Spencer, Griesbach, Rein, W. L. Harrisoo, Adin Ballou, Juan Crisóstomo Y
otros filósofos y teólogos antiguos y modernos; historiadores franceses y rusos, principalmente los que
se hao ocupado del periodo del Primer Imperio y de la guerra de 1812, y consultados por Tolstoi', cuando escribió la Guerra y la Paz. Por último, el Antiguo y el Nuevo Testamento, en sus textos originales,
hebreo y griego, la Vida de los Santos y los Comentarios franceses, ingleses y alemanes del Evangelio,
del Talmud, del Koran, de la doctrina de &lt;;'akia--1\fouoi y una multitud de obras citadas por Tolsto'i en
sus escritos sobre la moral cristiana. Recuérdese el prodigioso número de ob1·as filosóficas y literarias
analizadas por él, en su reciente libro: ¿Qué es el Arte?
Y todo el público se preguntará. cuándo y cómo un solo hombre pudo encontrar tiempo suficiente
para escribir á su vez, tantos volúmenes, proseguir su activo apostolado y crear obras de arte, &amp;i llega
li saberse que el mismo escritor ha traducido y comentado los cuatro Evangelios, en tres gruesos tomos,
inéditos en Francia; que ha refutado muchos escritos religiosos y que para su obra inédita: «La Critica
de la Teologla dogmática,, ha debido leer casi todos los escritos de los Padres de la Iglesia y los de sus
comen~dores y que con el mismo fin, aprendió el antiguo eslava, el griego y el h~breo, conociendo ya
el frances, el alemán, el inglés y el latlo.
No olvidemos indica1·, antes de salir de esta pieza, que en la viga superior de la puerta del tabique,
Tolstoi' pensó colgarse, cuando estuvo obcecado por la idea del suicidio.
Del vestlbulo, donde hay también una biblioteca, se llega al primer piso y la puerta del fondo es la
del gabinete de trabajo del maestro. Esta pieza, abovedada como una cueva, con piso de madera blanca, servia hace pocos años aún para depósito de provisiones; todavla se ven las argollas de donde pendían los jamones, ahora ocupan ese lugar, una sierra, y en los rincones, se veo enfilados útiles de labranza, de zapatería y otros instrumentos de agreste uso.
El escritor se encuentra en esa, pieza más aislado y nadie va ali! á molestal'le, como sucedía en la
época que su gabinete de trabajo estaba instalado en la pieza más confortablemente amueblada, que es
hoy el cuarto para huéspedes.
El mobiliario del primer piso, recuerda el de la casa de Moscou; el gran comedor que sirve como
salón, que se utiliza nada más en invierno y en la época de lluvias, porque en la buena estación, las comidas se sirven en la terraza ó bajo los árboles, en el centl'O una gran mesa y á lo largo de los muros,
sillones antiguos y sillas, y solamente la serie de retratos de antecesores con corazas ó peluc11s empolvadas, nos recuerda que estamos en un castillo y no en una quinta.
Es bien sabido que la familia Tolsto'i pertenece á la nobleza más antigua de Rusia y está aliada á
las casas de los priocipes Gortschacov y Volkhonsky. Dos antepasados del conde León desempeñaron
papel muy importante en la historia de Rusia. Uno de ellos fué amigo y consejero de Pedro el Grande.
Allf se veo, como en Moscou, un piano y dos bustos cuya particularidad consiste en haber sido ejecutados
por dos pintores amigos lotimos del escritor: Repine y Gué. Los mejores bustos que de Tolsto'i existen
son los del escultor Guozbourg y otro, reciente y muy notalile, debido al cincel del príncipe TroubetskoY. Como en Moscou, también la pieza que sigue es la de la-condesa y alU se ven las huellas del buen
gusto y de la elegancia de la gran dama. Observé especialmente un soberbio retrato del maestro, pintado por Kramskoi' y otro no menos bueno de la condesa.
Después se llega á los departamentos privados.
El jardín, muy vasto, fué sembrado casi totalmente por el conde, en la época en que se dedicó, con
la pasión que le caracteriza en todo, á trabajos de agricultura. Entre los árboles frutales, dominan los
manzanos. Cuatro estanques ornan el jardín; uno de ellos, el que está cerca de la entrada principal, tiene las dimensiones de un lago pequeño. Tuve el placer de pasear allf en bote, acompañado por la hijita
del conde, que es muy diestra en el remo. A propósito de esto, diré que habiendo llevado á bordo, á algunos chicos aldeanos, de la edad de la Srita. Tolstoi', me asombró verlos raquíticos y enclenques junto
A ella. Esto consiste, tal vez, en que las condiciones poco felices de su existencia han retardado su desarro 11 o.
La condesa me esperaba. Fui en el acto á !~ terraza donde encontré toda una sociedad. La castellana, sentada frente á un samovar, tenla á su derredor á algunos de sus hijos; ningún cambio noté en su
fisonomía; el mismo rostro fresco y joven, que le vi en l\foscou, sólo algunas canas mncladas á su abundante cabellera negra, después de la reciente mue_rte de su hijo Juan. Estaban con ella sus bijas Maria
y Alejandra y sus hijos Ellas, Andrés y Miguel. Los otros hijos, Tatiana, Sergio y León, estaban ausentes. Entre los visitantes, se encootl'aba Tscberkov, uno de los más fervientes partidarios del conde y que
se ha ocupado en hacer entre el pueblo la propaganda de sus obras por medio de condiciones muy baratas.
Es una personalidad muy interesante, fué brillante oficial de la Guardia ímperial; elegante, inteligente, aristócrata y rico, renunció su carrera para dedicarse exclusivamente á su obra de propaganda.
Se encontraba también su compañero Birukov. Aristócratas ambos y habiendo dejado el ejército, sacrificados á su obra, penetrados de las mismas doctrinas y practicándolas de una manera muy concienzuda, tuvieron que destel'rarse. Echerkov vive hoy en Inglaterra y Birukov en S uiza, y ambos siguen publicando obras tolstoi'stas, uniendo el ejemplo á la palabra.
Otra figura interesante: un joven médico de Galitzia que cuenta las persecuciones que tuvo que su
frir por parte del gobierno austl'iaco, pot· insubordinación á la ley militar. Después de haber desempo·

REVISTA MODERNA.

259

liado durante cuatro meses el cargo de médico mayor, rehusó un día hacer toda clase de servicio militar.
Llevado ante un consejo de guerra, se le condenó á presidio y fué enviado á una compafíia disciplinaría.
Ali! resistiñ más que nunca. Le encerraron en un manicomio, donde se le tuvo en observación, hasta
que los médicos declararon que ya no estaba loco. Pidió una licencia do tl'es meses -y se la concedieron
de un año, pues el gobierno tenla prisa por desembarazarse de esa onj:i. peligrosa. Entonces decidió
irá. YasoaYa Poli:ana.
Mientras que yo escuchaba esa oanacióo, observé el uniforme del joven hijo de TolstoY Andrés
Lvotvitcb, que hacia en esos momentos un año de 'l"oluotariado, y pude ratificar que, como bac~ ya tiempo, las opiniones están divididas entre los hijos de Tolstor: las mujeres siguen las teorías del padre y los
hijos las tradiciones de la mlldro. En otro articulo dije ya, que Sergio Lvovitch ha sido funcionario, y
!le~pués de su matrimonio abandonó su empleo para consagrarse á la administración de sus pl'Opiedatles. El segundo, Ellas Lvovitch, se casó á los 21 aííos y se convirtió inmediatamente en un ao-ricultor
modelo que se 0cupa nada más de sus terrenos. Lev. Lvovitch, de salud muy delicada, se encoo~raba en
Suecia, que es la tiel'I a de su esposa. Junto á la madre se encontraba l\liguel, que cuenta 14 años y á
quien basta jugar como suficiente ocupación.
Las dos hijas mayores de Tolstor, Tatiaoa y l\Iaria, se han dedicado en cuerpo y alma á las ideas de
su padrE'; en los últimos afios, que el hambre cayó sobre Rusia, fueron para él auxiliares infatigatles en
la organización de ref~ctorios gratuitos en los distritos del gobierno de Toula. Las divergencias de opi11iooes entre ol conde y la condesa, no comprometen en nada, sin embargo, la tranquila harmonía que
reina entre todos los miembros de la familia. Sólo quiero transcribir una observación, que me parece
juiciosa, hecha por la Condesa en el curso de nuestra conversación en Yasnai'a Poli'ana. Se trataba del
Pode1· de las tinieblas, obra clasificada ya en el repertorio do todos los teatros rusos y que produce á los
director~s. sumas considerables; como Tolsto'i no quiere percibir nada de derechos de autor, se priva
llbÍ de aliviará muchos miserables que vienen á llamar:á su puerta.
Hay cerca de la casa un olmo viejo, denominado el árbol de los pob1·es, bajo el cual los necesitados
de los alrededores no esperan nunca en vano los auxilios de su bienhechor. Sin embargo, TolstoI desA~_rueba ~n principio la filaotropfa que se manifiesta solamente por medio del socorro pecuniario; cues•
t10n de simple c01·tesía, como dice él, no puede rehusarse, así como no se rehusa un vaso de agua á
quien lo pide. Pero el dinero dado va con frecuencia en eontra de la intención del donador, pues es e1
factor más seguro de depravación. En cambio, no economiza trabajo ni tiempo cuando se trata de rA·
dactar una petición de justicia en favor de un solicitante iletrado, de procurar medicinas á un enfermo
de aconsejar los medios para aumentar el rendimiento de las tierras, de autorizar ~el corte de leña e;
sus dominios, do ayudar á una viuda retrasada en sus labores agrícolas, en una palabra, cuando se trate de cualquier acto, de cualquiera palabra, que consuele en la desgracia, que ali\·ie una miseria ó instruya á un ignorante. Además rle los habituados del á1·bol de los pobres, ¡cuántos otros de todas las partes del mundo le escriben ó van á visitarlo para confesarle sus penas y pedirle la solución de los más
graves problemas de la vida! Quo sea un verdadero sufrimiento, una noble resolución y este escrutador
de conciencias sabe reconocerlo y decir con toda franqueza la palabra esperada.
A las tres de la tarde, la comida reune á todos los huéspedes de la casa. Entre los convidados, unos
(Tolbtoi', T~chertkov, Maria Lvovna, etc.) se dedican á los alimentos vegetales, mientras que los demás
comen carne. Y en esto también se hace sentir la doble influencia. Tolsto'i llena de atenciones á los vegetarianos, mientras que la Condesa tiene otras tantas para los carnívoros.
Después de la comida, TolstoY, acompañado de sus dos bijas más jóvenes y de uno de los huéspedes, fué á jugar una partida de lawo-tennis, mientras la condesa fué á traer su eámara fotográfica para
sacar una prueba, porque la fotografla es la distracción favorita de la señora de TolstoY. Desgraciada~eote el aparato no es para instantáneas, y á la dama le cuesta un trabajo enorme conseguir que sumarnlo no se mueva.
Ya, durante nuestra conversación de la mañana,. el conde, sauiendo que yo tenla la intención de escribir la historia detallada de su vida, me babia dicho:
- ¿Desea Ud. contar mis hechos y mis gestos? ¿En qué quiere Ud. que el público se iote1·ese por mi
,·ida privada?
Por la tarde, después del tennis, reanudamos nuestra conve1 sacióo. Intenté demostrar al conde
que el público está siempre ávido de detalles sobre la vida p1 h·ada de los hombres que se imponen á s~
atención, Y que esta curiosidad es comprensible, sobre todo cuando se trata de escritores de moralistas
de hombres políticos; en una palabra, de todos los removedores de ideas. El público qui~re saber si s~
manera de ,·ivir está de i::cuerdo con sus teorías. Y para apoyar esta argumentación. cité al Cristo de
quien Tolsto'i sigue las enseñanzas con tanto fervor, al Cristo que predicó no sólo co~ la palabra, ~ino
con el ejemplo.
- No está probado, me dijo; no siempre llevó la vida de abstinencia que se cree le o-ustaban los festines cuando la ocasión se presentaba.
'
"
-Pero no delante del público.
- Si.
. . ¿TolstoI _me quiso dai· á e~tender con esto, que ante todo hay que considerar Ja verdad de los principios sostemdos por un moralista y no debe uno inquietarse de la manera de ponel'los en práctica?
Abordé la cuestión por otro lado. Para pintar un estado de alma, el artista describe las manifesta-

�REVISTA MODER~A.

REVISTA MODERNA.

ciones exteriores, asl como el medio material en que se mueve su pel'sonaje, y hace más accesible la
idea abstracta que quiere exponer, materializando la acción. Así, pues, si se quiere hacer verdadera·
mente obra útil é interesante, el biógrafo debe proceder de la misma manera, porque colocando al escl'i,
tor en toda su realidad y presentándolo con sus ideas familiares, hace más completa la inteligencia de
sus obras. Pero también esta vez mi argumentación fué inútil.
-Pero, dijo el conde, cuando pinto un personaje ó describo una situación, no es con un fin determiuado, Digo sencillamente lo que veo y lo digo porque lo veo.
Esta contestación interesa, porque nos l'evela la manera de proceder de Tolsto"i y nos demuestra que
á. pesar de sus teorías, el artista ha seguido siendo artista. Pero seguía evitando el terreno en que yo
habla querido colocarme.
Sin embargo, cuando una objeción nos parece justa, ¿no es precisamente cuando la eludimos, por
medio de una respuesta ajena á la cuestión? Al hacerlo así, TolstoY me concedió la razón, por decirlo
así, y con toda tranquilidad de conciencia puedo seguir el curso de mis indiscreciones.
Además, dos horas después, Tolstor mismo me recordó una pregunta, que debe parecer la más indiscreta de todas. Esta pregunta fué:
-¿Vive Ud. según los preceptos que predica?
-¿Recuerda Ud., me dijo~ su pregunta de Moscou, que no contesté porque me lo impidió la partida
del tren? Pues bien, puedo decirle, con toda conciencia, que hago todo cuanto de mi depende, por arreglar mi existencia según los preceptos del Cristo, tal como los comprendo. Vivo lo más sencillamente
posible y mis necesidades no son muchas, y si no llego á hacer Jo que debía, es porque me falta la
voluntad.

Biljo el cual las esquilas ,·olt1•1111 1
l\Ie figuro que sois los sonidos
Que al contacto del sol se conde1111an.
Al rnzar en las tardes brumosas
De mi cuarto las grises vidrieru,
Remedais mariposas que espfa¡1
Tantas flores que adornan mi mesa.
¡Oh si vierais mi alma, la cubre
Con su encaje sutil la tristeza,
Como envuelve la blonda del liquen
Deshilado y verdoso las piedras.
No os asusta la lluvia ni el viento·1
Ay! de todo mi espíritu tiembla;
Es un lago: las auras le estrían
Y un insecto sus linfas inquiet;,
Eu los tibios crepúsculos áureos,
Cuando el sol entre nubes se aleja,
Entre nubes albeantes, y finge
Un turibulo rojo que humea¡
¿Qué escuchais apiñadas é inmóvjles?
Algo os cuenta la brisa. ¿Qué os cuenta?
Qué el rumor de de los saucos torcidos
Como biceps de enormes atletas?
Por qué á veces seguís la tortuosa
Dirección de extraviadas veredas1
Que se enlazan, ó cruzan y cinchan
De las lomas las gibas escuetas.
SemPjando las hondas pisadas
De un gigante avestruz, ó las huellas
Que señalan doblando los cardos
De un gran carro las llantas inm~nsas?
Por qué os amo? Quizás poi· lo frágil?
Por la irónica risa que llena
Y que os hincha,la dulce·garganta
Cual venero"que allí borbotea?
No lo puedo explicad No, no puedo.
Golondrinas, teneis compañeras
Que sollozan; ¿porqué ·estais cantando?
¡Oh las almas que está~ prisioneras! ....

260

(Concluirá) .

GOLONDRINAS.
A JCSÚ8 E. Valcnzucla.

¡Oh volved, golondl'inas, brillantes
Como extremos de lanzas guerreras,
Golondrinas cual cruces que flotan,
Golondrinas como anclas que vuelan.
Vuestro alegre charlar rechinante,
Me entusiasma, me arroba y semeja,
El rüido fugaz que producen
Al girar en sus goznes las puertas,
Dora el sol de la torre vetusta
La simbólica y alta cruz fénea,
Y parece de lejos, un cirio
Que ilumina las pobres aldeas.
Las volutas del templo, los nidos
De argamasa y pajillas esperan;
Oh volved, golondrinas, brillantes
Cerno extremos de lanzas guerreras.
En los tensos alambres que estiran
Tenazmente los postes, faena
Incesante de postes que suben.
O descienden corriendo las sierras,
Os he visto alinear; agraciadas
Sacudir el plumón, la cabeza,
Y las breves espaldas lustrosas
Cual pequeñas casacas de seda.
Y os he visto bajar al arroyo,
Y ~ngir, señalando una estela
Con el pico que busca otro pico,
Diminutas barquillas veleras.
Si girais en redor del cimborrio

261

Agosto de 1901.
AemL

C. SALAZAR.

LOS DOS HERMANOS ..
E tcnid~ una visión. Se me aparecieron dos genios, dos ángeles:.
Digo ángeles y geni&lt;'s, porque estaban desnudos y porque áe fos homb
i
I
entrambos partlan
. largas y fuertes alas. Los dos son J'óvenes. El
, uno t·IPne fros
01masf'f
11 enas, tersa Ia piel y negros los bucles de los cabellos.
Sus ojos obscuros, medio velados, con largas pestañas; la mira dainsinuant,• A,•ida Y alegre;_ el ro~tro encantador, un tanto atrevido y un algo maligno....
'
. . Los Ia_b10s rOJOS y abultados se estremecen, y el muchacho sonrle con autoiiclad
e mdolenc1a como persona segura de su poderlo.
Una apretada corona de flores, descansa muf'llcmcnte sobre sus brillantPs CRbellO!i
•d .
hasta sus he1·mosas y aterciopeladas cejas.
.
., y casi esc1endeAbrochada con una flecha de oro, abigarrada piel de leopardo cae li"erRmente desd 8118 d 00 d
hombros hasta sus caderas airosas.
"
e
re
os
Las plumas de sus alas tienen reflejos dorados, y las extremidades son de ttn encarnado .·
.
estuviese
· d
f
·
'1vo como s1
.
n moJa as en resca sangre. De vez en cuando se estreme:ien rápidamente las alita8
d
ciendo un rumor argentino como el de la lluvia en primavera.
pro u -

�262

REVISTA MODER~A.

El otro maucebo es ama.ril'ento y ílaco. A cada movimiento de la respiración se le marcan en el cuerpo las costillas.
Tiene el pelo rubio, fino y lacio; ojos redondos y enormes de un tono gris pálido; la mirada es muy
clara y muy inquieta. Todos los rasgos de su fisonomía, así la aguileña nariz como la saliente barba
donde sólo apunta un escaso bozo, parecen aguzados, y la baquita que adorna una dentadura de pez,
se mantiene entreabierta. ¡Los secos labios no habrán sonreldo nunca!
Es un rostro correcto, terrible, despiadado; pero tampoco la cara del otro, del buen mozo, con ser tan
bonita, no expresa compasión.
En torno de la cabeza del segundo flotan algunas espigas, ya desgranadas, que sujlta un tallo marchito, y en torno de la cintura ciñe un trapo de jerga gris; sus alas de un azul mate se mueven á compás, con lentitud amenazadora.
L'.ls dos muchachos parecían inseparables compañeros; andaban abrazados; la mano torneada del pri·
mero colgaba, como sobre un racimo maduro, sobre la clavícula seca del segundo; y la afi!ada mano de
éste, de flacos dedos, se extendla como un manojo de culebras sol;)re el blanco pecho de aquél.
Se oyó una v.:iz, y ve:eis lo que me dijo:
-Están en tu presencia el genio del amo_r y el genio del hamb1·e, hermanos mellizo,, im¡ u'sc re I de
cuanto existe.
Todo cuanto vive se mueve por el alimento ó por la reproducción.
El Amor y el Hambre .... tienen el mismo objeto. La vida no puede c~sar jamás; necesita sostene:·se
y necesita crear también.
lVAN

TURGUENEF.

YONO SÉ.
A M. A.

• Yo no sé por qué me niegas el favor de tu consuelo

y? no sé por qué, si es cierto que estás llena de merce'des
Ni~gas todas á quien te ama, yo no sé por qué si puedes '
Se1 benévola eres dura, ser volcán y eres de hielo.
Yo no sé por~qué tu mano, por qué el cáliz de tu mano
Desbordante de caricias y colmado de presentes
'
Los
E esconde de mi anh e10 , cua1 1as conchas trasparentes
1 rocío de sus perlas en el fondo :le! océano.
~h tus l~bios insinuantes! oh tus ojos soñadores!
~u1é~. b~biera de sus mieles! quién postrado ante su espejo
e mu a1 a en tus pupilas y mirando su reflejo
En tus labios apurara dulces néctares de flores.

y y o te vi desde muy lejos, nave esbelta y misteriosa,

ARIETA.

. o te_vi sobre las aguas en la noche tan obscura,

1, oscilaba como el casco ele una nave tu cintura
y tu manto se agitaba como vela temblorosa.

Sueño en un ángel que me sonrla;
En una aurora llena de sol,
Cuando en las sombras del alma mla,
Que empalidece la nostalgia
Nazca el amor .... !
Sueño en las glorías de un mediodía;
En unos ojos llenos de ardor;
En una fuente que cante y ria
Cuaudo en los triunfos de su alegria
Viva mi amor . ...
Slleño eil la tarde brumosa y fria
De algún Otoño desolador;
Cuando inclinando su faz sombrla
Entre los hielos ele su agonla
Muera mi amor .. .. !
Sueño en la noche tenaz, impía,
Que envuelva airada mi corazón
Cuando transcurra la vida mla
Sin esperanza, sin alegria,
Sin un amor .... !
JOSÉ JUAN

TABLADA.

Con mis manos suplicantes y mis voces desoladas
;tmo un náufrago yo entonces te pedí piedad y ay:H\11
, as_ la nav~ pasó absorta, mas la nave pasó muda,
'
Ent1 e el rmdo tumultuoso de las ondas encrespadas.

N Siempre, siempre el imposil_ile que tortura y que destroza,
un~a, _nunca la esperanza que es venero de alegl'ia;
Soy mcienso cuando tú eres escultura ciega y fria
Y cuando eres roca dura yo soy linfa que solloza. '
Yo no sé por ~u(i la virgen á quien amo de rodilla@,
La m_adona de OJOS tristes y de boca sonrosada,
No difunde en mis tormentos el fulgor de su mirada
Como el sol en los santuarios sus espléndidas gavillas.
Yo _no sé por qué la roca que la linfa despedaza
En mitad dd océano se levanta fieramente
Contemplando inconmovible y escuchand~ indiferente
A la ola que la besa, que la ciñe y que la abraza.
Sól~ sé que yo era un:árbol agitado por el viento
Con diamantes de armonía en cada una de sus hojas,
Donde nunca se posaron á quejarse las con.,.ojas
Donde nunca se detm•o crasitando el sufri;ient;,

y que el árbol que cantaba la esperanza y la ventura
~orno _un arpa milagrosa, con la escarcha del olvido
Y_ el rigor de los desdenes, ha quedado sin un nido
Sm una hoja y sin un ave, destrozado en la llanur~.

�ARo IV

~1Éxcco,

l 1t

QcrINCENA. DE SEPTIEMORJ,; DE

1901

NúM. 17

REVISTA MODERNA
AR'1"E

, ... CIENCIA.

DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

JEI&lt;'E DE REDACCION: JESU S URUETA.

Tip. de Dubld11.

EL INSECTO.
OÑl:: que estábamos veinte pcrsouas en un cuarto muy grande y con las ventanas abiertas.
Entre nosotros habla mujeres, niños y vie.jos. Hablábamos todos de un
asunto muy vulgar, gritando y armando confusa algarabla.
De repente penetró en la habitación, produciendo un agrio chirrido, un
insecto alado, de unas dos pulgadas de largo. Revoloteó algún tiempo y se
posó en la pared.
El avechucho se parecía á una mosca y tambii\n á una avispa: tenía el corselete de un color rojo sucio;
del mismo color las alas planas y dura~; las patas muy vellurlas y st&gt;paradas y la cabeza gruesa y angul('.
a11, eran de un tono encendido, como de sangre.
El bicho movla la cabeza sin parar, de arriba abajo y ,le tforecha á izquie1·da; de repente se despe6 aba de la parnd, revoloteaba con estridente ruido, y vuelta á la pared y vuelta á sac~dir la cabeza con
repulsiva terquedad. A todos nos causaba asco, miedo y terror; todos comentábamos. su fea traza y todos gritábamos •á echarlo fuera.• Todos sacudían el paiíuelo, pero á distancia respetuosa, porque nadie se atrevla á aproximarse¡ y cuando el horrible moscardón alzaba el vuelo, todos, sin querer, retrocedían.
Solo uno de nosotros, un joven pálido, nos miraba con sorpresa, se encogla d"l hombros y sonrela. Eralti imposible darse. cuenta de lo que pasaba ni explicarse nuestra agitación.
Sólo él no veía al insecto ni oia el pavoroso estridor de sus alas.
De repente el horrible moscardón clava en éllos abultados ojos .... se despega del muro y posándose
sobre la cabeza del joven le pica en la frente entre ambas ct&gt;jas .... El joven lanza un debil ¡ay! y caé
exánime.
El feo avechucho salió volando y entonces comprendimos quién era. Era la muerte.
IVAN

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TURGUENEF.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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ARo IV

REVISTA MODERNA.
El suelo se agrietaba, eran hostiles
hasta las piedras mismas del camino,
se doblaban las testas más viriles
bajo el adusto ceño del destino.
Mas cuando agujereada por las balas
flotó en Chihuahua, rota, la bander11,
en manos del indígena, las alas
tendió de nuevo el águila altanera;
de la tierra los púgiles brotaron;
llegó hasta el corazón soplo divino,
y á la voz de ¡República! se alzaron
hasta las piedras mismas del camino.

MÉXICO,

l8

QUINCENA. DE ÁGOSTO DE

1901

NúM, 15

REVISTA MODERNA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS E."VALENZUELA.

V

CIE N CIA..
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de D1tulát1.

Bajo el cielo del Norte, sin reposo,
sobre este suP.lo á la esperanza abierto,
¡qué uniforme en la historia más glorioso
que el frac de don Benito en el desierto!

........................................

¿Ois .... ? No es el caiión el que resuena,
es la férrea y veloz locomotora
que los mercados y las arcas llena
y su penacho tiile con la aurora.
Oh ¡Juventud! El sol surge radiante.
Empavesa la nave, llega al puerto .. . ..
Juárez no muere! ¡Juárez ..... !y adelanll'!
sobre este suelo :\.la.esperanza abierto.
JEsú.; F,, V ALENZUF:LA.

VENTA DE "LASCAS."
El Gobierno del Estado ha vondido al Sr. D. Ramón de S. N. Araluce toda la edición del libro do Yersos de Salvado:· Dlaz !\lirón. Es, por tanto, á aquel caballero á quien deben dirigirse las personas que
deseen adquil'ir la obra de nuestro egregio vate.
El contrato celebrado entre el Sr. Dehesa y el jefe de la importante casa librera es digno de la aten·
ción del público, por diversos conceptos
En primer lugar, la compra de diez mil Pjemplares de un libro, revela claramente la difusión de la~
letras en el p11ls. El Sr . .Araluce, que conoce su negocio, debd contar con que la mayor parte de los volúmenes sen vendida en la. República, y debe estar seguro de que en ella encontrará gran número do
lectores.
Y la adquisición demuestra que en 11éxico es ya estimado, en todo lo que vale, el esfuerzo del hombre que consagra sus energías al cultivo del arte de la palabra. En periódicos y revistas serán publicacados muchos arllculos en loor del eximio poeta veracruzano; pero ningún elogio será mejor que el que
al bardo ha tributado el Sr. Araluce, al desembolsar no pocos millares de duros, sirviendo de intermediario al autor y sus admiradores.
Por último, el Sr. Diaz Mirón ha procedido con una generosidad verdadernmente insólita. El comprador ha pagado S!l.27 por cada verso, por cada rengloncito del libro, y el poeta ha renunciado á respetnl)le suma en beneficio de la juventud que se educa en el Colegio Preparatorio de Xalapa.
El producto de •Lascas,, será empleado en obras para emiquecer el caudal, ya considerable, de la
biblioteca de ese establecimiento.
La donación parece haber pasado inadvertida. No hemos leido en periódico alguno los encomios
que el desprendimiento del Sr. Dlaz Mirón merece; pero si sabemos que tal acción, digna del alto y fuer·
te cantor, ha suscitado ingente sentimiento de gratitud en los corazones ele los jóvenes estudiantes, y en
los de todos aquellos que se interesan por la instrucción popular.

El Orden. Xalapa- Veracruz.

l\IADONNA DELLA ARPlE,-ANDREA DEL SARTO - FLOKENCa.

�TIPOS QUE SE VAN.
EL HERBOLARIO.
::

N LOS mercados céntl'íco11, en los tianguis de_los pueblos suburbanos ó simplemente en la esquina de un barrio populoso y apartado, habreis visto,
sin duda, sedente en la estoica y melancólica postura del •Indio triste•
hecha célebre por la estatuaria aborígene, al indlgena herbolario.
Tiende en el pavimento su ayate y sobre él dispone los raros y di&amp;imbolos productos con que trafica: ralees y yerbas disecadas, frutos
barrocos y semillas extrañas; despojos de reptiles, quelonios y tartlgrados y restos bizarros de la fauna y la flora nacional.
A él acuden las comadres ignorantes y fanáticas del arrabal, que lo
respetan y lo consideran como pozo de ciencia Empirica y fiel guardián
de los mil secretos de la terapéutica popular. El herbolario vende •ojos
de venado • contra la •jetatura;• piedras 1:ersales para el aire que hace sufrir á los niños; colorines, apizizinques eu nahuatl para el mismo fin; caparachos de armadillo para las fiebres; cuahutecomate para
la pulmonla y toda especie de yerbas aromáticas, de simples, habas, bellotas, regímenes de palmas, tubérculos, bulbos y ralees á los que la superstición del pueblo atribuye virtudes infalibles y eficaces y
que quitan un padecimiento como con la mano, según el gráfico decir popular.
Para las masas ignaras, el herbolario tiene algo de hechicero y en sus pupilas brilla el fulgor misterioso de los espesos bosques donde herboriza al claro de luna.
Pero en el fondo, el arbolario, como se titula á si mismo, no es más que un charlatán que á sabiendas
y hasta maliciosamente especula con la ingenua credulidad de su clientela.
Se han dado casos en que administrando torpemente una de sus drogas despache al parroquiano á
mejor vida, y no es remoto que tercie en los brutales erotismos del pueblo facilitando el Satyrion indígena que engendra furores y locuras, ó que intervenga en las obscuras venganzas facilitando venenos
tan activos como la nuez de cabalonga, la cicuta ú otros semejantes.
Es también este misterioso traficante quien abre al pt•eblo el siniestro paraíso artificial de la mariguana, penetrando furtivamente á cárceles y cuarteles.
El herbolario tiende á desaparecer y se va á la tradición y á la leyenda, mirando de reojo los grandes vasos luminosos y multicolores de las boticas y farmacias que lo arruinan. Se va juntQ con el evangelista á quien la instrucción que se difunde anoja como el rayo de sol al hosco buho; se va á semejanza
del aguador, del pintoresco ctortugo• que usaba en su tráfico como valor fiduciario los encarnados colorines, como tanto tipo tradicional, legendario y pintoresco á quien la civilización destierra y que se ven
substituidos por los fonografistas ambulant\ls, por los motoristas de los tranvlas eléctricos, netos heraldos
del vencedor Progreso.
JOSÉ
Del Libro en prensa: •ROSTROS y MASCARAS.•

JUAN

TABLADA.

De Pnul Vcrlaine.

Somos las niñas ingenuas, de bellos
ojos azules y lisos cabellos,
que en las historias apenas leidas
vivimos dichosas y desconocidas.
Y amos enlazadas de por la cintura
y ni de la aurora la luz es más pura
que de nuestras almas, nuestros ideales
y nuestros ensueños los puros cristales.

Agiles corremos por valles y prados
rien.io y cantando, sin otros cuidados,
todas las mañanas y tardes hermosas,
que cazar a!ligres á las mariposas.
Rústicos sombreros de humilde aldeana
libran nuestro cutis de la resolana,
y nuestros vestidos de tela muy leve
son de UD¡\ extremada blancara de nieve.
Los Richelieux, los Caussad, los Faublas
son los pretendientes que nos buscan más,
los que nos prodigan melosas mirada@,
saludos, suspiros y boquibabiadas.
Mas sus ademanes se quedan corridos
ante el pliegue irónico de nuestros vestidos,
y ruedan de bruces todos en tumulto
cuando nuestras faldas les huyen el bulto.
De las lujuriosas imaginaciones
que forjarse suelen esos moscardones,
en nuestrn perverso candor nos burlamos,
mas algunas veces á sentir Ilegarros
que dan más de prisa sus palpitaciones
bajo de las batas nuestros corazones,
sospechando vagos signos clandestinos
de amantes futuras de los libertinos.
BALBlNO

DÁVALOS.

�LE l\.IISSEL.
Daos un l\Iissel datant du roí Fran~ois Premier
Dont la rouille des ans a jauni le papier
Et dont les doigts dévots ont usé l'armoirie,
Livre mignon vétu d'argent sur parchemin,
L'un de ses fins travaux d'ancienne orfébrerie,
Oi.t se sentent l'audace et la peur de la main,
J'ai trouvé cette fleu(flétrie.
Et pcut-&lt;!tre dans l'air sombre et léger du soir
Un cceur comme une fl.amme autour du vieux formoii·
S'éfforce en palpitant de se livrer passage
Et peut-étre le soir il attend l'Angelus
Daos l'espoir qu1une main viendra tourner la page
El qu'il poul'l'a savoir si ríen ne reste plus
De la fleur qui fut son hommage.
Eh bien! rasure-toi chcvalier qui partait
Pour combattre a Pavie et ne revins jamais,
Ou page qui tout bas aimant comme on adore
Fut un aveu d'amour d'une Ave l\laria ....
Cette fleur qui mourut sous des yeux que j'ignorc
Depuis les trois cents ans qu'elle répose 1:\
Ou tu l'a mise, elle est encore!
SuLLY

PRUDIIOi\lME.

DE SULLY PRUDI-IOMME.
I
En un l\Iisal del tiempo de Fi-ancisco primero,
Obra exquisita y rara de un antiguo joyero,
l~ucologio vestido de plata y pQrgamino
Que los años tiñeron de ,:olor marfilino,
En sus hojas de margen á pincel exornnda
Hallé esta florecilla marchita y disecada.
I[

Tal vez surg.e en el airo sombrlo de la nocli c
Un corazón ardiente como una flama roj11,
Quizá se acerca al libro y en torno al virjo broche
El Angelus espera con la crüel congoja
De que una mano venga para volver la hoja,
l\Iostrándole á su anhelo que ya no queda nada
De aquella flor que fuera su ofrendn enamorada!

m
Consuélate ¡oh guerrero que á Pavía marchaste
A combatir y nunca del campo regresaste!
O tú, tímido paje, que la pas;ón unciosa
Confesaste de hinojo~, en una Ave María ....
Aquella flor marchita con muerte misterio, a
Hace trescientos años, en su lugar reposa
Y donde la de.jaste descansa todavla!
JOSÉ JUAN

TABLADA.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE INSTRUCCION PRIMARIA
PRESENTADAS EN FORMA OE or:.TAMEN POR CABIDO OARRRDA,
,( LA coi11$tÓN NOMBRAD\ EN VNA JUNTA DE AMIGOS, REUNIDOS CON EL ODJETO DE PROMOVBR LO QUB PUOll!SE se:R ÚTIL
l'ARA DIFL"NOIR LA JLUSTRACIÓ» EN MÉXICO.
APROGADO roR DlCIJA COMISIÓN, TANTO BN LO GENERAL, COMO BN LO kELATIVO /.. LA rAR.1'E
R&amp;SOI.UTIVA

co~ QUE TERMINA.

INDIVIDUOS QUID COMPOSIERON LA COliISION DICTAMINADORA:
CC. Gabino B:1rreda, Ignacio Ramirez, R:ifa.'31 Martínez de la Torre, Guillermo Prieto, Roberto Esteva.
L'education con~titue le prémier des arto le scul
pleinem~nt général. celui qui perfeccionne l'action
en amellorant l'6~cnt.
A. t.:omte. Systcme de Polit poslt, t IV. p P46,

PARTE PRIMERA.
DE LA INSTRUCCIÓN OBLJGA.TORIA.

E algún tiempo á esta parte una :dea preocupa casi exclusivamente los ánimos
en llféxico en materia de instrucción pública: la instrucción primaría. Esta, como la ralz de nuestros conocimientos, y como la única que puede por hoy te,
ner fundada esperanza de lle.gar á ser realmente universal, se ha atrnido todas las miradas de los hombres pensadores y amantes del verdadero prngreso:
todos han comprendido que, la principal y más poderosa rémora. que detiene
á nuestro pafs en el camino de su engrandecimiento, es la ignorancia; todos
más ó menos perciben que la falta de ilustración de nuestro pueblo, es la que lo convierte en pasivo é
incensciente instrumento de los intrigantes y de los parlanchines, que lo explotan sin cesar, so pretexto
de servirlo, haciéndolo á la vez víctima y verdugo de si propio.
Un grito unánime se ha levantado, como una consecuencia necesaria de esta convicción, en favor de
la instrucción primaria universal y aun obligatoria. La perfecta sinceridad de esta creencia se ha sobrepuesto, en fin, por todas partes, á los nimios escrúpulos de ciertas conciencias metafísicas que, creyendo
ver en la instrucción obligato1'ia un ataque :í. la libertad individual, se resignaban á vernos morir de
inanición antes que tomaT una medida que nuestro estallo social demandaba imperiosamente, pero que
violaba, decían ellos, uno de los de1'echos del hombre. ¡Como si su primer derecho no fuese el de vivir y
el de procurarse su desanollo y su bienestar!
La magnitud y la evidencia del mal, haciéndose la. consideración predominante, han hecho en este
caso desaparecer toda concepción ontológica, y en vez de acudir á un articulo del supuesto código expedido por la Entidad llamada Naturaleza, todos, aun á riesgo de ser inconsecuentes, procuran hallar
el remedio en la supresión de aquella circunstancia que han reconocido ser la causa del mal, dando de
esta suerte, sin saberlo, un completo triunfo á las ideas positivas sobre la ontologla.
Todos comienzan por fin á comprender, ó al menos á. dejarse llevar por los que asl lo comprenden,
que el Derecho Natural y todos los demás códigos á que el hombre se ha sometido, más ó menos voluntariamente, son, ein excepción, su propia obra y no tienen ni pueden tener otra sanción real que la de una utilidad común reconocida en sus preceptos considerados como reglas generales de conducta: todos se han
resuelto, por fin, á obrar en esta materia, como si estuviesen convencidos de que la positiva utilidad general es la verdadera piedra de toque, en legislación como en cualquiera otro asunto; todos comienzan
á percibir que la higiene de las sociedades puede, como la de los individuos, libertarse de la obligación
que hasta aquí habla tenido de presentar sus más inconcusas reglas como preceptos de la Divinidad ó de
la entidad Naturaleza: esta sanción teológica ó metafísica de los preceptos de la ciencia, comienza ya á
ser innecesaria en la medicina de las naciones, como ha cesado, hace tiempo, de serlo en la medicina de
los hombres considerados individualmente; todos, en fin, si no en la teorla, al menos en la práctica, han
venido á colocar, siquiera una vez, los de1'echos de la sociedad sobre los derechos del hombre; y nadie vacila ya en imponer, en nombt·e de la utilidad general, la obligación de adquirir y de hacer que los hijos
adquieran la instrucción primaria indispensable.
Nosott-os poddamos, si nuestra misión fuese exclusivamente práctica, conformamos con e~te resultado empírico, y, por decirlo así, instintivo de la evolución de nuestra sociedad, y aprovecharnos de él
para llevar adelante nuestro propósito de contribuir con todas nuestras fuerzas al mPjoramiento y ge-

�238

REVISTA MODERNA.

neralización de la educación de la niñez, sin inquietarnos por las objeciones que se formulan contra una
doctrina que cada día gana más y más partidarios, ni fatigarnos en fundar aqul una opinión q~e cada
vez se hace más y más preponderante; pero la circunstancia de encontrarnos á la cabeza del pnme1· _establecimiento de instrucción secundaria de la Nación, y el hecho de ser todoR los que nos hemos reumdo
para esta noble empresa, profesores de instrucción pública, nos imponen el deber de dat· á nuestros actos y á nuestros propósitos otra base más racional y menos emplrica que el simple hecho de amoldar
nuestra conducta á la opinión tl'iunfante: por otra parte, la circunstancia de que muchas personas del
partido liberal creen todavía de buena fe que la obligación decretada por la ley, de adquirir l_a in~:ruº:
ción primaria, es inconciliable con los principios que profesan, y que están por lo tanto en obhgac10n, s1
quieren ser consecuentes con t&gt;llos, de desecharla y aun de combatirla, exige de nuestra parte algunas
palabras que bagan ver lo infundado de una opinión, cuyo más culminante defecto lógico consiste ?n ~uponer que todas las consecuencias rigurosamente deducidas de un buen precepto práctico, son también
buenos preceptos en la práctica.
Esta lamentable confusión entre lo que es propio de los axiomas y lo que es propio de las reglas; esta creencia, ó más bien, esta rutina de supone1· y dar por cierto que, as! como se pueden sacar indefinidamente consecuencias de un axioma sin temor de llegar á un error, mientras no se quebranten las re.,.las de la deducción, asl también se puede, sin limitación y sin peligro, extender un buen precepto ge:eral á todos los casos que él puede abarcar, sin dejar jamás de ser útil, es un hecho que parecería increlble si la experiencia no hubiese acreditado que él es no sólo posible, sino muy frecuente, y origen fecundo de males de gran trascendencia.
Sin duda son muy pocos los que sostendrian en principio tan absurda doctl'ina; todos repiten á porfía que no hay regla sin excepción, pero cuando llega el caso de sacar fruto de tan importante verdad,
obran como si jamás hubiesen oído habla1· de ella. Tal sucede con lo que respecta á la libertad. Es inconcusamente un precepto muy útil el de respetar la libertad individual; es una regla que forma el credo
liberal, la de que el gobierno no tiene que intervenir en los actos privados del individuo y de la familia;
pero ella tiene por confesión universal un considerable número de excepciones: nadie cree que se falta
á Ja re.,.la cuando la autoridad pública impide que un individuo atente á la vida ó propiedad de otro, ó
cuand; castiga al que ha cometido esas faltas, po1· más que esto haya sido en lo intimo de la vida privada ó aun de la familia; nadie combate como un ataque á la libertad la persecución del fraude ó la falta
de cumplimiento de un contrato. Todos, sin desconocer que estas son restricciones, las aceptan corno indispensables y como una condición sin la cual la sociedad no podrla existir; todos convienen en que si la
libertad se extendiese hasta proteger ó autorizar el asesinato, el robo ó la mala fe, la libertad en vez de
un bien seria una calamidad. Mas luego que se sale de estas verdades trilladas y de estos lugares comunes que están en el dominio público, la oposición sistemática comienza, y cada uno ob_ra_ como si la~ restl'icciones que él por pura rutina admite respecto del principio de libertad, fuesen las umcas excC&gt;pc1ones
á que pudiese estar sujeto.
Yo quiero suponer por un momento que tales personas tengan razón en opinar de ese modo; quiero
conceder que efectivamente no se han encontrado hasta hoy más casos que los ya mencionados, en los
cuales sea conveniente coartar la libertad individual, y que en todos los otros que se han examinado, la
observación ó el raciocinio han hecho ver que la libertad cabalé ilimitada, ha producido y debe producir mayor suma de bien que la coacción legal. Como es evidente que este supuesto examen no ha podi•
do abarcar todas las clases de casos posibles, ni siquiera la mayor parte, es claro que él no podrla garantizar la conclusión absoluta y universal de que: una medida por solo el hecho de no conformarse á
Ja re.,.la, debla forzosamente condenarse como mala. Semejante conclusión sólo podrla ser aceptada como r:gla, para aquellos casos en que, no t~niendo tiemp~ para investigar los re_sul_t~dos de ~na determ!·
nación, ó careciendo por cualquier otro mottvo de los medios de hacer esta aprec1ac10n, nos vtésemos obligados, como sucede con frecuencia, á tomar desde luego una re_solución.
En tales circunstancias, la prudencia y buen sentido aconseJan conformarse con la regla general y
desechar todo aquello que le sea opuesto, porque de este modo se tiene mayor probabilidad de acertar.
Mas cuando las circunstancias son diferentes, cuando, como en el caso de que ahora tratamos, se puede,
con Ja necesaria anticipación y en perfecta calma, apreciar las consecuencias de una ley, pesando y contando con exactitud lo que se pierde con ella y lo que se gana, para lo cual podemos servirnos no sólo
del raciocinio, sino también de los preciosos y abundantes datos que la experienci~ ha suministrado ya,
renunciar á nuestra calidad de hombres y someternos ciegamente á un precepto solo porque él es bueno
en la generalidad de los casos, podrá ser más cómodo, podrá darnos, si se quiere á poca costa, cierto barniz de lógicos y de consecuentes á los ojos de aquellos que no conocen la lógica sino por la superficie;
pero nunca será ni más digna, ni más moral, ni más provechosa pa~·a la nación.
.
¡Convertirse voluntariamente en autómata 6 en máquina que solo ~uede andar por los neles que se le
han tendido de antemano, es apagar temerariamente la luz del porvemr, es aferrarse al pasado como al
non plus ultra de la perfección, es, en fin, renegar para siempre del progreso y del perfeccionamiento de
las sociedades v de sus instituciones!
Para nosot;os la obligación general de adquirir, por lo menos, la instrucción primaria, no es cuestión
de principios ó de rutinas; es cuestión de conveniencia, es cuestión de prog:·eso, y lo que es más aún, de
existencia social.
Nosotros no venimos aqui á sostene1· hipócdtamente que ella no implica una restricción de la líber-

REVISTA MODERNA.

23!)

tad individual y aun de la doméstica, sino tan sólo que ella es tan conveniente y tan necesaria como las
que hemos mencionado ya, y como otras muchas que son aceptadas por todos, y cuyos fundamentos sociales en nada aventajan á los que pueden alegarse en favor de ésta; venimos, en fin, á defender que debe se1· adoptada sin vacilación como sin ambajes.
Se trata únicamente de decidir si la obligación de servir en la guardia nacional ó en la milicia per·
manente; si la de concurrir en calidad de jurado á los juicios criminales; si el deber que impone la ley, y
nadie contradice, de prestar testimonio en juicio sobre los hechos que se conocen, aun cuando sea en con·
tra de nuestra voluntad; si el de pagar los impuestos y otros muchos que se nos imponen en nombre de
la soJiedad y como una condición de su existencia y de su estabilidad, son menos restrictivos de la libertad, ó pueden presentar en su apoyo mejores razones que las que"podrlan aduci1·se en favor del debe_r
que tienen los padres de proporcionará sus hijos la mezquina ración de alimento intelectual que constt·
tuye la inst,ucción primaria indispensable; se trata de saber si los mismos á quienes 1~ ley impone la indeclinable obligación de proveerá sus hijos del alimento del cuerpo, han de tener el mmoral DERECHO
de matar su esplritu de inanición intelectual.
Poner la cuestión en este teneno es decidirla en favor de la instrucción primaria obligatoda, la cual
se resume en la obligación que la ley declara existir en los patlreR, de contl'ibuir, en la esfera de suposibilidad, á la instrucción de sus hijos•
Yo sé bien que aquellos que se pagan de palabras y de ficciones y no buscan el fondo real de los hechos, dirán r¡ue si se admiten ciertas limitaciones á la libertad, como las de respetar la vida, _la ~r?piedad
y Jos derechos de los demás hombres, es sólo porque semejantes deber~s emanan de los prmc1pws ete_r·
nos de justicia, de las prescripciones de la moral y del derecho natural, y que nada de esto puede decirse respecto de la obligación de que ahora nos ocupamos. Puro cuando se despoja ese lenguaje de todo
el misticismo que él encierra y de toda la vana ontologia en que se apoya; cuando con un esplritu de verdadera investigación cientlfica y positiva, se pregunta uno ¿qué hay de común en todos esos actos positivos ó negativos que son tenidos generalmente como deberes universales? ¿Qué circunstancia importante existe 1:1n todos ell9s, que pueda explicar el asentimiento público que han obtenido siempre en lo general, y que cada ilia se hace más universal y más inquebrantable? No es dificil percibir r¡ue todas las
veces que se ha reconocido, de un modo empírico sin duda y como instintivo, pero irrecusable, que un
hecho era imcompatible con la existencia de la sociedad, tal hecho ha sido inmediatamente prohibido
en nombre de la justicia, de la niol'al, del derecho natu1·al ó de la reli,qión, dándole asi una sanción
metaflsica ó teológica, según el estado mental del pueblo correspondiente, ó más bien de la parte
más cultivada de éste, pero eu to&lt;lo caso una sanción muy propia para hacerla aceptar y respetar por
todos.
Asi se comprende por qué las primeras exigencias sociales que han asumido este carácte1· de deberc~ universales, han tomado casi exclusiva.monte la forma negativa, siendo, más que preceptos, prohibiciones. Porque las condiciones de existencia de una sociedad pl'imitiva, son muy poco numerosas, y
pueden en ri"'or limitarse á las garantlas más elementales del individuo y de la familia, tales como la
de Ja v¡'da del\rÍmero, y la propiedad y honra de ambos. De este g(mero son, por ejemplo, casi todas las
consignadas en el Decálogo promulgado por Moisés, bajo la única sanción que podla convenir Auna sociedad en embrión.
En efecto, si se exceptúan las tres primera~, que más que á la moral se refieren al culto, de las otras
siete, pertenecient.is, segt'.m la inmejorable expresión de Ripalda, al provecho del prójimo, seis por lo menos son negativas, á la vez que todas son condiciones de orden y de estabilidad de una sociedad cualquiera, porque tienden á garantizar la existencia y seguridad del individuo y de la familia.
Pero cuando el estado social ha exigido deberes positivos para su estabilidad, nunca se ha vacilado
en prescribidas, aun cuando sean como el de eombatir por la patria, con peligro de la vida y de la propiedad ó á riesgo de caer en la esclavitud.
A ~al grado ha predominado, aunque de un modo puramente instintivo, el intMés social, que en los
pueblos pobres y gueneros, como Esparta, el robo era más permitido que la poltronerla, y en Atenas el
despojo de la propiedad ajena no se castigaba sino en el caso de haber sido ejecutado con poco talento
ó destreza, porque ese pueblo cifraba todo su porvenir en su predominio intelectual, como el pri,uero en
el de sus armas.
Cuando el exceso de la población ha llegado á hacer poco sensible la pérdida de la vida de unos
cuantos individuos, y el bajo precio del trabajo hace muy onerosa la manutención de los individuos que
no pueden trabajar, el precepto positivo de alimentar á los hijos y á los padres ancianos, as[ como el negativo de no atentar á la vida de nuestros semejantes han perdido su vigor, y el padre ha podido, como
en China, sin castigo y aun sin remordimiento, ahogar en los ríos á su prole superabundante, y el hijo
quitar la vida á sus ascendientes á quienes no puede mantener, recobrando as! unos y otros los más
salvajes derechos de la libertad individual (1). Por el contrario, á medida que la civilización ha ido avan(r) Locke es el primero que ha presentado esto_s y otros he~hos semejantes, co_mo _una prueba que hasta hoy nadie ha llegado á refutar, de la falsedad de la opinión que sostiene que existe, en nosotros un mstmto 6 unttdo moral, _en virtud del cual reconocemos instintivamente lo que es bueno y lo que es malo: en si, lo. que es conf?rme y lo que_ es ~on_trano á la m_oral.
Si tal sentido existiese, dice este eminente filósofo, no sena concebible que naciones enter.as in frmg1e;en tra~qu1lament~ y por
siglos enteros las sugestiones de la conciencia. La explicación que se busca en la corrupción y en la perversidad! podna á lo
más servir para uno que otro ca;o aislado, pero no par~ millones de_ hom~res, muchos de l?s cuales cumplen estnctamente ~n
todo Jo demás con lo que consideran sus deberes. Decir lo contrario se~1a, en efecto, _lo mismo 911e sos~ener que to~o~ los mdi viduos de una nación, teniendo vista, extravían voluntariamente su cammo en pleno d1a, como s, anduviesen en las tm1eblas.

...

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

zando1 las condiciones de existencia sociales han ido también creciendo, y la libertad individual del ciu•
dadan 0 ha menguado en proporción de las obligaciones que se le imponen, aunque ganando siempre en
goces y en seguridad y en garantías; as! sucede con la obligación de la guardia nacional, de los cargos
concejiles y demás que he citado arriba. Bajo este respecto la transformación social puedo llegar á ser
completa con el progreso de las ideas, hasta prohibirse como un crimen de lesa sociedad y por lo ta?to
de lesa moral, lo que primero se protegia, no sólo como útil, sino como indispensable. Tal ha sucedido
&lt;ron la institución de los esclavos primero, y luego de los siervos. Mientras se juzgó que la esclavitud Y
la servidumbre eran indispensables para la existencia social, ó para usar el lenguaje de la ciencia, mientt·as se creyó que una y otra institución eran condiciones estdticas esenciales de toda sociedad (1), una
y otra institución se garantizaron y protegieron por las leyes, para proscribirse má~ tarde co~no _del~to,
que la Inglaterra ha equiparado al de piraterla, y perseguido como á tal ol comercio que la mst1tuc1ón
misma hacia indispensable. El periodo de transición se ha visto muy marcado en nuestros dlas cuando
las mismas naciones declaraban legal y moralmente licito en Nueva- Orleans, en la Habana ó en la Mar·
tinica, el mismo hecho que era un crimen en Nueva-York, en Madrid ó en Parls.
Esta aparente anomalfa é inconsecuencia, no lo es en realidad sino para aquellos que crceu en laii
distinciones absolutas en materia de justicia y de legalidad, y bajo este respecto el catolicismo Y el pro·
testantismo, que han tenido la direeción moral de esos pueblos, no podt·án jamás justificarse á su punto
de vista de tan monstruosa contradicción. Sólo la ciencia puede colocarse, aqul como en todo lo demás,
al abrí"'~ de toda inconsecuencia, y sólo la polltica que en ella se funde, verse libre de la penosa obligación
persistir en una medida nociva ó de abandonar otra útil, para ~o quebrantar las reglas d~ la lógica. .Ante la ciencia, todas las de esa clase se reducen á simples_ cuestiones de hecho_s, toda~ cons~itu~en
otros tantos problemas de estdtica social, en los cuales se trata simplemente de averiguar s1 una mst1tución es ó no una condición esencial para la existencia social, ó bien para su indispensable evolución; Y
según que la solución á que se llegue sea en un sentido ó en otro, asf la institución conespondiente será
ó no justificable y moral.
.
.
De esta suerte podrá no haber más inconsecuencia en defender que una ley o una prescnpc1on
cualquiera es buena para una nación ó para una época y mala para otra, que la que habría en afirmar
que la permanencia en el seno de la madre es una condición esencial de vida para el feto, Y de muerte
para el niño, ó que el contacto del aire atmosférico es nocivo y fatal al primero, é indisp~nsable al s~gundo, ó bien que la instrucción primaria obligatoria es inútil é impracticable en Pata goma, y necesana
en México.
Así pues, tratando la cuestión en el terreno cicntffico, llegamos á la misma conclusión que habíamos
alcanzado en el terreno puramente práctico y empirico. La instrucción primaria obligatoria es cuestión
de conveniencia y de estabilidad social. Si declaramos que ella es útil y conveniente, no debemos preo•
cuparnos de que tal obligación pueda parecer contraria al principio de libertad; sillegamos á ~emo_strar
que en el estado de civilización actual la iostrucci~n. ~el pueb~o en ~l grad~ que alcanza_ la pnmana es,
no ya como parece á primera vista, una pura cond1c1on de meJoram1ento, s1~0 una necesidad que es p~eciso llenar para asegurar la existencia, al mismo tiempo que para hacer posible el progreso de.las sociedades actuales, la cuestión quedará definitivamente resuelta, no sólo e~ favor del derecho, smo de la
obligación por parte de la autoridad de imponer ese deberá todos los cmdadan~s.
Tal demostración no presenta dificultad después de la que tenemos establecida.
Hemos visto que la instrucción primaria es un alimento del espíritu, y en la época actual, el más parco y el más elemental, sin dejar poi· eso de ser sustancial, que las sociedades pueden propinará l~s pueblos. La instrucción primaria es para éstos lo que la leche para los infantes, y como tal, necesaria á la
vez para su desarrollo y para su existencia: porque en cierto grado de simplicidad y de esencialíd_ad'. las
condiciones dinámicas se convierten en condiciones estáticas. En efecto, cuando el progreso, o s1 se
quiere, la evolución, es una ley, como sucede en los seres dotados de vida, lo que asegura la existencia
asegura también el progreso, y lo que eR indispensable para el segundo, lo es también para la primera.
El que debe por una necesidad indeclinable marchar, si no lo hace para adelante, fuerza es que lo
haga para atrás; y la marcha hacia atrás ó el retroceso, es la muerte en la vida de las naciones como en
la de los individuos; la muerte, más ó menos próxima, pero segura.
Hoy día la nación que no avanza, y que no avanza á pasos de gigante, 1·etrocede, ó al menos se q1rnda tan atrás, que su posesión equivale á un retroceso, y el retroceso, lo repito, es el suicidio.
Ahora bien, ¿deberá México suicidarse, siquiera sea en nombre del principio de libertad que no
puede él mismo tener otra justificación, sino la mayor suma de bienestar social que está destinado á pro•
porcionar?
¿Habrá quien pueda ya vacilar entre la muerte y el progreso? ....
Esto no tiene más que una contestación, que estoy seguro será el grito unánime de todos los hom·
bres de corazón: ¡MARCHEMOS! ó en el expresivo lenguaje yankee: ¡Go AHEAD: ADELANTE! y sin mirar
atrás.
Asf Jo ha comprendido el pueblo más práctico de la tierra, el pueblo norte americano: para él la ignouncia es la muerte, y por eso ha decretado en todas partes la instrucción obligatoria, pasando por encima de todos los escrúpulos, y cada dla está mi\s satisfecho de su resolución. Une democratie ignoran-

te, dice Laboulaye, est une democratie damnée. De l'autre coté de l'Océan on ne se fait pas illusion su1·ce point ( l). Mas aún, ese pueblo tan apegado á sus prácticas religiosas, ha instituido escuelas lib1·es subvencionadas por el Estado á condición de que en ellas no se enseñe ninguna religión ni se practique nin gún culto. • Á mesure que la liberté c'est afffrmée, dice el mismo autor, on a compris que l'éducation po•pulairn n'intéressait pas seulement le fidéle; on a vu, on a sentie qu'it y avait la pour la republique une
•question de vie ou de mort,• y por eso no han 'Vacilado en sacrificarlo todo ante el porvenir de la sociedad. Por lo demás, en Holanda las escuelas libres funcionan también con beneplácito y provecho general. Y, cosa notable, allf el principal defensor de la separación entre la escuela y la Iglesia hasido el clero católico, porque, dice Reyntiens (2), él se encuentra allí en mi1wria. Lo que condena en México como
una grande inmoralidad allí lo encuentra licito y apetecible. ¡Siempre la misma imposibilidad de aplicar
en la práctica las doctrinas de bondad absoluta!
Ni creencias religiosas, ni opiniones polfticas, han detenido, pues, á la Holanda ni á los Estados- Unidos, para decretar una medida salvadora, luego que se han convencido de que la simple espontaneidad
de los ciudadanos era insu'fi.ciente para satisfacer la necesidad pública. ¿Se detendrá México cuando ya
tiene andada la mitad del camino? La República que ha sabido establecer con más lógica y más franqueza la co~pleta separación, no sólo de la escuela, sino también del Estado y de la Iglesia, ¡se parará
ante un escrupulo de pura palabreria? .... No, no se parará: una pueril vanidad, no le hará suponer
que la simple espontaneidad de los padres que ha sido ineficaz en Prusia, en Holanda, en Bélgica y en
los Estados-Unidos, bastará entre nosotros para curar un mal más gra,·e aún. ¡México decretará la instrucción primaria obligatoria. El diatrito no se quedará atrás de la mayor parte de los Estados de la República!

240

d:

(x) Se sabe que el grande Arist6tele; no podía ni concebir que pudiese existir una sociedad sin esclavos.

2H

GABINO BARRED.A.

LAS CRISÁLIDAS.
Cuando, enferma la niña todavl11,
Salió cierta mañana,
Y reconió con inseguro paso
La vecina montaña,
Trajo, entre un ramo de silvestres flores,
Oculta una crisálida,
Que en su aposento colocó muy cerca
De la camita blanca ....
Y unos días después, en ol instant~
En que ella expiraba,
Y todos la veían con los ojos
Velados por las lágrimas,
Y eu el momento en que murió senLim,,s
Leve rumor de alas,
Y vimo!I escapar, tender el vuelo,
Por la antigua ventana
Que da sobre el jardín una pequeíia
Mariposa dorada .. ..
La prisión, ya vacía, del insecto,
Busqué con vista rápida;
Al verla, vi de la difunta niña
La frente mustia y páliJa,
Y pensé, si al dejar su cárcel tristo
La mariposa alada,
La luz encuentra, y el espacio inmenso
Y las campestres auras,
¿Al dejar la prisión que las encierra,
Qué encontrai:án las almas?
J osÉ Asus c1ós SILV .A.
(1) E. Laboulaye. L'insfruc. pub. et le souffrage univers.
(2) Reyntiens. L'enseignemcnt primaire en Angleterre.

�REVISTA MODERNA.
Finalmente, in cita á sentimientos y actos malos, pues suscita en contra mia como era do suponer la
ira y el 1:encor de los que tienen el entendimiento obscmo é incapaz de razona:·. Algirnos de ellos :Oe
han escnto cartas en las que el furor se desata hasta amena7,arme de muerte. e Ya estás entregado al
anatema. Después ele la muerte serás arrojado á las penas eternas y reventari1s como un perro. Cai"'a
sobre ~f el anatema, demonio viejo .... Maldito seas., Así me habla uno de esos hombres. Otro censu~-a
al gobierno, porque no me ha encerrado todavía en un monasterio, llenando su carta ele groseras inj11-

EL CREDO DE TOLSTOI.

(El célebre escritor ruso que en estos últimos años no sólo ha conmovido hasta los cimientos el Imperio
de los Czares, con sus obras de carácter social, político y religioso, sino que traspasando las fronteras y
cruzando los mares se ha hecho leer con interés en todo el mundo civilizado, fué, como es sabido, excomulgado por el Consejo Sinodal de la Iglesia ortodoxa, de la que es jefo el Czar de Rusia.
La esposa de Tolstoi" publicó una sentida protesta contra aquella medida eclesiástica.
El excomulgado, por su parte, ha contestado á la excomunión con el documento que á continuación
reprod ucimos, con el propósito único de dará conocct· á nuestros lectores los cargos que el Sinodo le
hizo y la dd'ensa que contra ellos formula el escritor condenado).

I
lle who ber,i11s by lovi11,q ch?-istirmU¡¡ bettfr
ll11m trutil, witl vroceetl by toi;inr, hís ott·n Sectm·
l'hurcl, bette,· than clwistianity, and enrl in lo·
ving himself better tl1an all.
Cou :R1LG •:.

(Quien empiece por rtcdicar amor más granda
al uristianismo que á la verrtad, seguirá. dcdi•
eando amor más grande á su particu lar secta ó
iglesia. que al cristianismo, y acabará. ¡,or profosar mis grande amor á sí mismo que á todo lo
existente)

L principio uo pcn~aba yo responder al decreto &amp;iuodal que me concierne. Pero
el decreto me ha proporciouado numerosas cartas de corresponsales desconocidos: unoi,, que me censuran vivamente por negar Jo que no niego; otros, que
me incitan á creer en lo que no he dejado ele creer, y otros, finalmente, que
afirman una coincidencia mental conmigo, probablemente ilusoria, y me deJtw
muestran una simpatía á la cual probablemente no tengo el menor derecho.
l\Ie resolví, pue8, á contestar directamente al decreto, denunciando su iujuhticia, a~í como á las opiniones que de mi han formado tantos corresponsales á quienes no conozco.
El decreto del 8inodo está tachado por numerosos vicios. Es ilegal ó premeditamente ambiguo; pues,
como acto de excomunión, no se conforma con los reglamentos eclesiásticos, á tenor de los cuales son
dictadas las sentencias de tal índole; y si no se ha querido más que declarar que quien no c1·ee en la
Iglesia ni en sus dogmas no pertenece á la Iglesia, como nadie ha de ponerlo en duda, huelga del todo.
¿Qué objeto había de tener el decreto, por consiguiente, sino el de parecer una sentencia de excomunión, sin serlo eu realidad? Y, efectivamente, como una excomunión ha sido estimado.
Es arbitrario, porque me acusa á mi exclusivamente de no crner en puntos de doctrina que enume•
ra, cuando casi todos los hombres instruidos profesan un descreimiento idéntico al mio: descreimiento
que no se han recatado ni se recatan de expresar en todos m:&gt;mentos, en conversaciones, confernncias
públicas, en foJletos y en libros,
Es injustificado, porque el argumento capital en que se apoya es la propaganda de una doctrina
falsa y corruptora; cuando me consta perftlctamente que el número de personas que comparten mis opiniones no pasa de no centenar, y es sabido que la censura ha dificultado la circulación de mis obras hasta el punto de que la mayorla de los que han leido el decreto del Sínodo no tienen la menor idea de lo
que tengo escrito sobre la religión. Lo atestiguan las cartas que he recibido.
Contiene una afirmación á todas luces inexacta, al hablar de tentativas infructuosas, llevadas á
cabo por la Iglesia, á fin de reintt&gt;grarmo en su seno, cuando jamás se han hecho conmigo semejimtes
gestiones.
Representa lo que en lenguaje jurldico se llama una calumnia, pues se ha disfrazado en él la verdad
á sabiendas, mediante afirmaciones que tienden á causarme daño.

1

..

CONDE DE TOLSTOI.

rías. Un tercero escribe: •Si el gobierno no te hace desaparecer, ya sabremos nosotros hacerte callar,• y
acaba la carta con maldiciones. «Para hacerte polvo, malvado-me dice un cuarto-sabré valerme de
medios infalibles .... ;• siguen improperios que la decencia me prohibe copiar.
En algunas personas con quienes me encontré, después de publicarse el decreto sinodal, apercibl ya
señales de esa violenta ira.
El 25 de Febrero, el mismo día de la publicación, pasaba yo por una plaza, cuando oí que alguien
profería estas palabras. «Ahi va el diablo en forma humana., Y si la gente hubiese sido otra, acaso
me habría apaleado como al infeliz muerto á garrotar.os hace años j1rnto á la capilla de Panteleimonovskaia.
El decreto dei Sínodo es malo; pues, en conjunto, los renglones del final, en que los firmantes hacen saber que rnegan á Dios para lograr hacerme igual á ellos, no siL·ven para mejorarlo e n Jo más
mínimo.
Y no es menos injusto en los detalles que en el coujunto. Dice que , un escritor célebre en todo el
mundo, rnso por su nacimiento, ortodoxo por el bautismo y la educación, el conde TolstoY, vendido á las
seducciones de su orgulloso espll'itu, se ha rebelado audazmente contra el Señor, contra su Cristo y sus
santas instituciones, y ha renegado abierta y públicamente á su madre la Iglesia orto don, que Je dió alimento y crianza.,

�244

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

Es exacto, en absoluto, que he renegado á la Iglesia que se llama ortocloxa. Pero no he renegado :\.
la Iglesia por haberme rebelado contra el Señor.
Bien al contrario, la he rl'negado porque he querido servirá Dios con todas las fllerzas t.le mi alma.
Como concibiera dudas acerca de la verdad de la Iglesia, me impuse el deber de consa.gr..r varios años
al estudio teórico y práctico de sus enseñanzas, antes de renegarla y de separarme del pueblo al que me
ligaba amor inefable. Me esforcé en leer cuanto atañe á esas enseñanzas: me dediqué al estudio y examen crítico de la teología. dogmática, y mientras tanto, me sometla escrupulosamente, durante más de un
año, á todos los mandatos de la Iglesia, observando los ayunos, asistiendo á las funciones.
· .A.si me he convencido de que las enseñanzas de la Iglesia forman teóricamente una falsedad hipócrita y dañina, prácticamente una mezcla de bajas supersticiones y de brujería, que oculta por completo
el sentido recto de la doctrina cristiana.
Entonces fué cuando realmente renegué á la lgle:oia, cuando acabé de cumplir sus ritos.
En mi testamento encomiendo á mi famiiia que no permita que se me acerque, á la hora de la muerte, ningún representante de la Iglesia, que procure hacer desaparecer lo más pronto posible mi cadáver,
como se hace con las cosas repugnantes é inútiles, á fin de que no moleste á los vivos.
Me acusan de consagrar mi actividad literaria y el talento que Dios me otorgó á propalar en el pueblo teorías adversas al Cristo y á la Iglesia. Preténdese que con mis escritos-esparcidos profusamente
por los disclpulos que tengo en el mundo, y especialmente dentro de nuestra querida patria,-trabajo
con fanático ardimiento con objeto de echar abajo los dogmas de la Iglesia ortodoxa y aun lo que es
fundamento de la fe cristiana. Todo ello ea falso. Jamás me he cuidado de propagar mi doctrina. Cierto que he escrito obras en las cuales he trntado de formular la interpretación mla, de las enseñanzas de Cristo. Cierto que no he escondido esas obras á cuantos me han mauifesta.do el deseo de cono•
cerlas.
Pero nunca me he ocupado personalmente en hacerlas imprimir. Nunca he dicho mi manera de entender las enseñanzas del Cristo, sino á los que me han interroga.do acerca de ello, explicándoles mis
pensamientos de viva voz, ó bien entregándoles mis escritos cuando los tenia en mi poder.
Dícese en el decreto del Sínodo que niego la existencia de un Dios en tres personas, Creador y Pl'Ovidencia. del universo; que niego á Nuestro Señor Jesucristo, Dios hecho hombre, Redentor y Salvador
del mundo, que padeció por todos los hombres y por la salvación de ellos, y que resucitó de entre los
muertos; que niego la concepción milagrosa de Nuestro Señor Jesucristo; que niego la virginidad de la
Santfsima Madre de Dios, antes y después del nacimiento de su hijo. SI, es verdad, niego una trinidad
incomprensible, ast. como la fábula de la caída del primer hombre, absurda en nuestros días; niego la historia sacrílega de un Dios nacido de una virgen para el rescate de la raza humana.
Niego todo esto, es verdad. Pero á Dios espirita, á Dios a.mor, á Dios único, principio de todas las
cosas, no lo niego, no . .Aún más: solamente en Él reconozco existencia real y se me presenta el sentido de la vida en el cumplimiento de su voluntad, cuya más elevada expresión está en la doctrina cristiana.
Se ha dicho también que no creo en otra. vida, más allá de la tumba, ni en la eternidad de penas y
castigos.
Si no se pone diferencia entre el concepto de otra vida y la idea del Juicio Final, del infierno lleno
de diablos, sitio de tormentos eternos para los réprobos, y del paraíso donde los elegidos gozan de per•
petua felicidad, es muy cierto que no creo en la vida. más allá de la tierra. Pero si creo en la vida eterna, y creo que el hombre es recompensado según sus actos aquf y fuera de aqul, ahora y siempre. Lo creo
tan firmemente, que á mis años, puesto al borde de la sepultura, me debo esforzar á menudo para no pedir
con ansia la muerte de mi cuerpo: es decir, mi nacimiento á una vida nueva.
Y estoy persuadido de que una buena. acción, cualquiera que sea, va acrecentando la dicha de mi
vida eterna, tanto como la va disminuyendo cualquiera mala acción.
Dicen que niego todos los sacramentos, y es del todo exacto. Tengo tocios los sacramentos por sortilegios viles y groseros, inconciliables con la. idea de Dios y las enseñanzas del Cristo, y además, poi'
transgresiones de los preceptos categóricos del Evangelio. En el bautismo de los recién nacidos encuen.
tro una corrupción del significado que puede tener para los adultos que adopten á conciencia el cristia,
nismo. En el sacramento del matrimonio, administrado á dos seres que por adelantado y voluntal'iamente se han unido ya, lo mismo que en la aceptación de casos de divorcio y en la consagración de las se•
gundas nupcias que contraen personas divorciadas, veo contradicciones declaradas del espfritu y de la
letra. de la enseñanza evangélica.
En el perdón periódico de los pecados, conseguido mediante la confesión, veo una ilusión peligrosa
que forzosamente ha de fomentar la inmoralidad y desvanecer toda vacilación del ánimo ante el pecado.
En la extremaunción y en la consagración de los monarcas, en el culto de imágenes y de reliquias,
en todas las ceremonias del culto, como rezos y exorcismos fijados por el ritual, veo prácticas de estúpida brnjeria.
En la comunión veo una divinización de la carne, contraria á la doctrina cristiana. En la canonización veo el acto inicial de una serie de imposturas, junto con una transgresión de la. enseñanza del Cristo, quien prohibió en absoluto hacerse llamar maestro, padreó doctor. (~fateo, XXIlI, 8- 10).
Finalmente, como para presentar el colmo de mi bajeza, dicen que después de haber ultrajado lo más
sagrado que tiene la fe, me he atrevido á escarnecer el más santo de los sacramentos: la Eucaristla. Es

245

ciertlsimo que me atrevl á describir c&lt;,n sencillez, objetivamente, todos los movimientos que ejecuta. el
sacerdote al preparar el pretendido sacramento; pero es completamente falso que ha.ya algo sagrado en
tal ceremonia. y que sea un sacrilegio describirla lisa y llanamente tal como se efectúa. No hay sacrilegio en llamar)abique-á un tabique y no altar¡ ni lo hay en dech- que una copa es una copa y no un cáliz,
Pero comete un sacrilegio, el más horroroso, el más repulsivo de los sacrilegios, quien emplea cuantos medios tiene-á·su disposición para engañar, para embaucará la gente, sacando partido de la inocencia de niños y hombres del pueblo para darles á entender que si se rompe de ci~rta manera un pedazo de
pan,-articulando ciertas palabras, mojado después en vino, recibe la naturaleza. divina; que si el sacerdote: lo eleva en nombre de un vivo ó de un muerto, proporciona al primero la salud y mejora la suerte
del segundo en la otra vida; y, por último, que cualquiera que se coma aquel pedazo de pan, se mete en
el cuerpo al mismo Dios.

II
¿Cómo nadie se da cuenta de lo honible que es todo eso? Las enseñanzas del Cristo son desfiguradas, convertidas en una serie de chabacanos sortilegios: baños, unciones, movimientos del cuerpo, conjuros, deglución de pedazos de pan, etc..... hasta no quedar nada de ellas. Y si alguien viene á declarar que esa brujería, esos rezos, esas misas, esos cirios, esas iconas no tienen nada que ver con las enseñanzas del Cristo, quien tao sólo ha dicho á los hombres: amaos unos á otros, no devolvais mal por mal,
no juzgueis, no mateis al prójimo .... entonces todos cuantos lucran con el engaño, prorrumpen en protestas airadas, y con increlble audacia proclaman públicamente en sus templos, imprimen en sus libros,
en sus periódicos y en sus catecismos que el Cristo no ha prohibido nunca jurar (prestar juramento), ni
matar (ejecuciones capitales, guerras), y que la doctrina de la no resistencia al mal es una invención, una
diabólica añagaza de los enemigos del Cristo (1).
Pero aún hay algo que horripila más que esta fal~íficación, y es la conducta de los hombres que sacan prover.ho de la mentira, no engailaut.lo solamente á los adultos, sino valiéndose del poder que se les
otorga para inducí1· al error á los niño~; á los niños, que hicieron exclamar al Cristo: •Maldito será quien
los engañe.&gt;
Horripila pensa.1· que esas gentes, en pro lle sus mezquinos intereses, se rebajen hasta practicar tan
mala ob1·a, y oculten á los hombres la verdad revelada por el Cristo, cuando esta. Yerdad les proporciona.ria un bien mil veces más preciosa que su triste labor.
Pórtanse como aquel bandolero que asesinó á toda una. familia de cinco ó seis personas para quitarles una blusa vieja y cuarenta kopeks, cuaudo sus victimas le habrlan regalado todas las ropas y todo
el (linero que poselan con tal de que les perdonase la vida. Pero no podía portarse de otra manera, como
les sucede á los impostores en materia religiosa. Con alegria vivisima les multiplicarlamos las rentas considerables que disfrutan, les aumentarlamos la opulencia en que viven ahora, sí renunciasen á perderá
los hombres con sus mentiras. Pero no pueden dr.jar de hacerlo. Y esto es aterrador. Y por esto tenemos
el deber, más que la facultad, de hacer públicas sus supercherlas. Sí algo -puede llamarse sagrado, no
son en verdad sus pretendidos sacramentos, sino esta obligación de denunciar, así que la hemos puesto
en claro, su impostura religiosa
Puedo contemplar indiftlrentc :l un chuvache ocupado en azotará su luolo ó en untarlo con requesón agrio, sin sentirse inducido á molestar sus cl'Cencias, porque sus actos son hijos de supersticiones que
me son extrafl.as y no ultraja nada de lo que consit.lero sagrado.
Pero cuando hablo con hombres que practican sortilegios y profesan bajas supersticiones en el uombre de aquel mismo Dios por quien aliento, y de la misma doctdna. del Cristo que medió la vida y puedo
da1·la á todos los hombres, entonces no me es posible contemplarlos con serenidad, y ni su gran m'1mero,
ni la antigüedad de la superstición que practican, ui su podcdo, ba"Sta~a sofocar mi indignación.
.Al dará sus actos el calificativo adecuado, me limito á hacer lo que deho, lo que no puedo dejar do
hacer, desde el momento que creo en Dios y en la enseñanza. del Cristo. Si á gritos me llaman sacrílego
porque descubro su engaño, solamente demuestran con ello la enormidad del daño que han causado, y
han de alentará todos cuantos creen en Dios y en la enseñanza del Cristo, á redoblar sus 1sfuerzos para
desvanece1· la ilusión que esconde á los hombres el verdadero Dios.
Deberían llamar sacrílego al Gdsto, que arrojó del templo bueyes, carneros y negociantes, y que ~i
volviese ahora y viese lo que en su nombre, en su Iglesia, se hace, con mayor y más legitima ira tirarla
en montón corporales y banderas, cruces y copas, cidos é iconas, todos los ínstt·umentos de brujeria!l, todo lo que ayuda á separar de Dios y de su enseñanza á los hombres.

Tal es lo que contiene, verdadero ó falso, el decreto del Slnodo que me concierne. Es cierto que no
creo en todo Jo que, al parecer de los firmantes, es articulo de fe. Pero creo en muchas cosas, sobre las
cuales quisieran ellos publicar mi incredulidad.
(I) Discurso de Ambrosio, obispo de Jarkol.

�REVISTA MODERNA.

246

Creo eu Dios, que para mí es espiritu, amor, principio de todas las cosas. Creo que está eu mi, como
yo estoy en él. Creo que la voluntad de Dios no ha sido jamás exprnsada con claridad mayor que en la
doctrina del hombre Cristo; mas no es licito considerar á Cristo como Dios y dirigil"le oraciones, sin cometer, á mi juicio, el mayor de los sacrilegios.
Creo que la verdadera felicidad del hombre consiste en cumplir la vJluntad de Dios; creo que lavoluntad de Dios es que cada uno de los hombres ame á su prójimo y le trate como desearía él ser tratado;
lo cual resume, según dicen, el Evangelio, la ley y los profetas.
Creo que el sentido de la vida se reduce á procurar que aumente el caudal de amor en cada uno de
nosotros, y creo que el desarrollo de esta potencia de amar nos proporciona en esta vida un bienestar creciente siempre, y en el otro mundo una felicidad tanto más perfecta cuanto mE'jor hayamos apTendido á
amar; creo, además, que este acrecentamiento del amor contribuirá más que cualquiera otra fuerza a
fundar sobre la tierra el reino de Dioi:; es decir, á snstituil· una organización de la vida en que la división, el engaño y la violencia son omnipotentes, con un estado nuevo en que reinarán la concordia, la
verdad y la fraternidad.
Creo que para progresar en el amor, disponemos de un medio sólo: la oración. No la oración ostentosa en los templos, reprobada categóricamente por el Cristo (Mateo, VI, 5-13), sino la oración de que nos
dió Él ejemplo, la oración solitaria, que restaura y corrobora en nosotros la conciencia del sentido de
nuestra vida y el sentimiento de que dependemos no más que de la voluntad de Dios.
Quizás mis creencias ofendan, aflijan ó escandalicen; y aunque molesten y ofendan, no tengo suficiente poder para mudarlas, como no lo tengo para mudarme el cuerpo. Tengo que vivir, y tendré que
morir muy pronto,-cosas qne no interesan á. nadie más que á mi. No puedo creer más que en lo que creo,
á la hora en que me preparo á volverá Dios, de quien soy emanación. No digo que mi fe haya sido la
única incontestablemeute verdadera en todas las épocas; pero no sé encontrar otra más sencilla, más clara, ni que mejor responda á los anhelos de mi entendimiento y de mi corazón.
Si repentinamente se revelase otra fe que me satisfaciera más completamente, la adoptarla sin perder
momento, pues nada prevalece ante Dios sobre la verdad. En cuanto á. devolver mi adhesión á las doctrinas de que me emancipé á costa de tanto penar, no puedo hacerlo en manera alguna. El pájaro que
tendió el vuelo, no se encerrar/\. otra vez en la cáscara de huevo de la cual salió.
«Quien empiece por amar más al cristianismo que á la verdad, amará pronto á su secta ó Iglesia más
que al cristianismo, y acabará por amar A su propia persona (su descanso) más que á todo el resto del
mundo.• En dirección inversa, he atravesado las fases que describe Coleridge.
Empecé amando á la Iglesia ortodoxa más que mi propio descanso; luego he amado al cristianismo más
que á. la Iglesia ortodoxa; ahora á. la verdad más que al mundo entero. Pero, hasta el momento presente,
la verdad está confundida para mí con el cristianismo, tal como Jo comprendo yo.
Confieso, pues, el cristianismo. Y gracias á los esfuerzos que hago para confü-mar mis acciones con
mis creencias, vivo en paz y alegría, y puedo, en medio de la paz y la ale¡;ria, encaminarme á la muerte.
LEÓN TOLSTOI.
Moscou 4-16 de .Abril.

TELEGRAMA.
De Jalapa, el 5 de Agosto de 1901.-Recibido en México á las 101/ 2 a. m.-Sr. Jesús E Valenzuela.Redacción de •La Revista l\Ioderna •
Te suplico encarecidamente que en tu ya acreditado periódico hagas constar, en mi nombre, que
no soy 1&gt;! autor de los versos que con el titulo de •Sueño, y con mi firma, aparecen en el numero 120 de
•Fin de Siglo• ó sea en la edición correspondiente al 3 del actual mes. De seguro que allí tales rimas
constituyen una rE'producción, pero jamás las he escrito, y ni acostumbro vestirme con el plumaje del
pavo real, ni quiero aceptar culpas ajenas, que ya con las propias tengo sobradas. No es la primera vez
que formulo protesta semE'jante.
SALVADOR

•

DÍAZ ~JIRÓN.

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.

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.

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-

--

-

TARDE DE OTOÑO.
A RodoÍfo Reyes.

En Oriente las cumbres hirsutas
enderezan sus conos enhiestos
bajo un palio de un lndigo obscuro,
bajo un trágico toldo de estruendos,
en el cual, como alfanjes de plata, ·
resplandecen relámpagos trémulos ....
Ven á ver el paisaje, es hermoso:
tras la gris nublazón de los cielos
se amortiguan los rayos occiduos;
en los cumbres, los pájaros negros,
los que adoran las cosas inmundas,
los que atacan lo inerme, los cuervos,
se revuelven con júbilo, como
soberanos señores del viento,
y la racha, con ímpetu rudo,
silba y silba .... ¿Vendrá el aguacero?
Es la tarde otoñal. ... ¡Qué admirables,
qué gloriosos serian los versos
con que canto tu noble hermosura,
impecable y magnifica, si ellos
desgranaran e! ritmo inefable
de esta tarde de ritmos excelsos
en que un alma sonora palpita
en la tierra, en el aire, en el cielo!
¡Opulenta, grandiosa armonía!
Roncos gritos de cólera, lejos,
ailá arriba, en las nubes preñadas;
aquí abajo, en la fronda, en el viento,
en los rubios trigales que undulan
con su espiga gentil de oro viejo,
ya suspiros que acaban cantando,
ora quejas que acaban riendo,
ó resoplos de mar, ó rumores
de caricias, de arrullos, de besos ....
Mas ya vuelan las hojas en alas
de la racha .... ¿Vendrá el aguacero?
*"'*
¡Oh, qué lindo clavel entreabre
su corola de purpura y fuego,
sobre el oro triunfal de tus bucles
perfumados, sedosos y lnengos!
Me recuerda un maizal que yo he visto
en las milpas cercanas del pueblo ... .
Era un mar con sus hondas doradas ... .
De la mar rumorosa en el centro,
la amapola, ostentando sus flores
del color del clavel de tu pelo . . ..
Pero caen las pristinas gotas
como vividas gemas, fulgiendo,
y las nubes aligeras vuelan,
y rebullen graznando los cuervos,
y el 1·elámpago sigue brillando

�REVISTA MODERNA.

248

bajo el trágico toldo de estruendos
que coronan las cumbres hirsutas,
en Oriente ..... ¿Vendrá el aguacero? ... .

¿Sabes tú, qué pensaba, mi rubia?
No te rlas, declrtelo quiero:
recoger esas llmpidas perlas
en el cáliz a1·diente y bermejo
de la flor de tus labios, más roja
que el clavel de:tu blondo cabello . ...
Mas . ... ¡qué bella explosión de fulgore&amp;!
Ge abrillanta con claros destellos
ese palio de un lndigo obscuro
que cornna los montes enhiestos ....
¡Gloria al sol que ha rasgado la bruma!
Esa nube pr.e liada de estruendos,
era informe montón; hoy pru·ece ... .
¡hoy parece un ideal terciopelo!
La esmeralda del monte revive ... .
H11sta el hosco plumaje del cuervo,
al tocade la luz, ya presenta
primorosos cambiantes de ace1·0!
¡Claro obscuro, tu encanto sub~•uga!
¡Almo sol, tu pincel es soberbio!
¡Gloria á ti, gran artista celeste!
¡Y á ti gloria, oh Rembranrlt, oh m1testro!
Mas .... la racha ha c1tlma&lt;lo su furia. . . ..
¡No vendrá, no ven&lt;l1·á d aguacero!

....

ARo IV

MÉXICO, 21l QUINCENA. DE AGOSTO DE

1901

NóM.

16

REVISTA MODERNA
ARTE V
DLRECTOR: ,TESU S F.. ' VALE~ZUELA.

CIENCIA.
JEJo'F. DF. HEDACCION: ,JESU S URUETA.
Ti¡&gt;. tlt D11bld11.

No vendrá .... Mira el arco de triunfo
que Iris teje, con mágicos dedos,
con los rayos del sol que disuelve
en el agua suspensa en los cielos .. ..
También mi alma, á tu casta hermosur11,
con la luz ide11.l del ensueño,
ha tejido mil arcos de triuufo
en mis trovas de amor, en mis veri;o~!
Pero ¡mira! ¡oh prodigio! Del valle
sube un águila, en rápido vuelo .. . .
Va á la cumbre, á. la roca, á su nido
donde aguardan sus hijos hambriento&amp;:
Mas el ave vacila .... jadea .. . .
¿Qué tendrá? ¿Por qué abate su vuelo?
¿Qué acongoja á. la reina del aire?
¡Ah, tal vez de un combate sangriento,
pero noble, y viril, y pujante,
vuelvr, rotas las garras de acero!
Se desploma, vencida, en la roca . . ..
Al sentir su presencia los cuervos,
azorado11, emprenden In fuga.
en desordeu, temblando de miedo!
Pero no, que ya vuelnm, se agrupan,
exploran, observan con ojo certe1·0 ... .
¡Ya lo saben! ¡El rey agoniza!. . . .
¡Ya le atacan!...... ¡Oh viles!...... ¡Oh...... ¡cuervo&amp;!..... .
DI, mi bien: ¿no te indignan? . . . .
¡Oh gloria!
¡Yo, á tus plantas! Tu frente!. . .. ¡Mi beso!
~lérida.- Yuc11.tán, 1901.

José I. N9VELO.
GAl, ATEA. -l\fARQl' E!!TE,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>HEVI~TA MODERNA .

216

ARo IV

Pern, ¿qué psicólogo, para contc~taro~, sabría compal'ar, clasificar, gratluar, pesa1· tautas satisfacciones ó penas iucesivas que tienen su ella. y su hora y que se jnzgan tan diftirentemente A distancia?
¡ Cuántas alegrlas y dolores que se transforman, se atenúan, se volatilizan y palidecen! ¡ Cuántas pasiones que Sll calman!¿ En qué se convierten cuando uno envejec&lt;', c~os triunfos y esas contrariedades, esos
encantos y esas desesperaciones? Sin embargo, quisiera concluir y puesto que interrogais-especialmcnto quizá-al poeta y al autor, siento más facilidad para contestar.
Separemos los grandes asuntos, familia, patria, deber, hechos para el respeto y el silencio; tlcscl'n·
damos Aaventuras más vana~, á impresiones más accesibles y ponderables. Entonces, diré que mi mayor
alegria literaria ha sido conocer el triunfo, iba á decir, la popularidad, sin haberla solicitado ni buscado
PQr ejemplo, en la rno" r&lt;'prcsentación de mi drnma Los Ob1·eros, en el Teatro Francés. ¿ Y el mayor do lor? ¡ Ab ! no os riaif: es el de ser traicionado por su~ amigoF, en las horas decisivas, cuando se tenla In
ingenuidad de contar con clios.-Euyenio Mantu l.
Esta es una confesión completa.
Cualquier comentario 11!. dcbilit11rla y vnlt\ rn:1s to: minar.
JEA:S

(Trad. de •Revista Moderna.•)

CÁNTIGA.
I
Ya sé que es inútil, y adoro tu blanca. hcrmosur11 1
más fú!gida y pura
que el lfmpido ciclo del alba gentil. ... !
Ya sé que es inútil, y amándote voy, alma mi11,
y en honcla agonia,
sin fll ni esperanzas me muero por ti!
JI
Y cómo no amarte? de amor hechiceros
tus húmedos ojos parecen lejanos luceros:
murmullo en las hojas del Ar bol tu voz .. . .
tu imagen parece que flota en el viento ... .
granada es tu boca; tu aliento,
lisonja del airn y aroma de flor!

m
Ya sé que es inútil! .... Jamás nuestras alma~,
á la sombra feliz de las palmas
del verjel do la dicha hallarán,
ni el sueño inefable de blanda ternura,
ni rápidas horas, ni paz, ni ventura,
ni el agua serena del mismo raudal!

Ir
Adios, alma mla! la pálida luna
que oyó de mi canto la queja importuna,
también desdeñosa,
como tú, me negó su fulgor ....
¡Dulclsimos ojos, lejanos luceros,
ay de mi, si jamás he de veros,
y anheloso de luz, en las sombras,
l'l'l'ante camino, muriendo de amor!
:\[ILK.

BERNARD.

MÉxICO,

2¡\

QCJINCENA DE JULIO DE

1901

N-0-M, 14

REVISTA MODERNA
ARTE V
r&gt;il!l~CTOB: ,JESlJ8 F.. VALEN7.UEí,A.

CIENCIA.
,JEFE DE TIEDACCJO::-:: JESl:18 URU ETA.
T i}) d e D11Udn.

�REVISTA MODERNA.

DISCURSO
PRONl 'XCIADO POR El, SR, 1,IC, JESÚS T'RUETA EN LA VELADA ORGANIZADA POR LOS ESTl'DJA1'TES DE
,ltrlHSPR('DlsX('IA EN HONOR DFJ JUÁ1rnz, r, A NOCHE DEL

18 DE ,JULIO DE 1901 EN EL TEATRO DEL RE-

'&lt;ACDIIENTO,

O YESTJ m:: mi discurso con los luengos ropajes luctuosos de las graves oraciones fúnebre~; esta fecha no es una fecha de duelo colecth·o,
sino de universal regocijo; el 18 de Julio no es el día de la muerte, es,
se1iores, el dla de la resurrección. Que resuenen en los aires los himnos favoritos de la patria, y desparramen todas sus flores los verjelfü;
que los jóvenes dancen al son de las músicas sagradas, y los enjambres canoros de la poesía palpiten y vuelen como abejas de oro; que
todos los corazones se fundan al calor de un mi!lmo entusiasmo, y un
inmenso grito de júbilo suha al cielo anunciando los festivales de un pueblo! El versículo de la Snlamita
es eternamente cierto: el amor triunfa de la muerte. Benito Juá.rez no está bajo su lápida mortuoria convertido en ceniza; está dentro de nuestras almas convertido en idea, en sentimiento, en aspiración. Carifio
i1 la patria, deseo de libertad, sacrificios por el deber, luchas contra el mal, recuerdos de dolor y de g loria,
icleales tambiím de dolor y de gloria, todo eso es Juárez. Sublime transfiguración del hombre! Pudo el
pueblo engaiiado por el golpe brusco y por el poder alucinante de la realidad, llorar un día sus más
amargas lágrimas, ver ennegrecido por fatidicas nubes el porvenir, y en torno del pabellón cresponado maldecir al cielo y clamar;\ los infiernos! Juitrez, en su ataúd, descansaba. Se le creía muerto. Alli
acudieron sus discípulos de patriotismo y de infortunio, y en vez ele sentir la dolorosa agonía de la esperanza, sintieron brotar en sus almas una esperanza nueva .... Entonces fné cuando Guillermo Prieto,
infundiendo rn la frase toda la fuerza vital de su infinito anhelo, gritaba: c¡Dc pie, sefíor, ele pie!» y á ese
grito poderoso como nn conjuro, se hizo el milagro: el muerto sacudió el snclario y se puso de pie en la
concil'ncia nacional!
0

De los combatientes de vanguardia muy pocos quedan, y pronto abandonar:ln el puesto de honor.
l'neden caer, no importa! El hombre al morir, retofía en su descendencia, y sus obras no se pierden en
la incesante elaboración de la historia. Bazaine proviene de los grandes traidores y Gambetta de los
grandes defen~ore1,; Esquilo y Cervantes tienen la misma filiación gloriosa de héroes poetas, y en los
anales de nuestro muodo, siempre que el espíritu humano ha estado en peli.,.ro de muerte se han repe°
ti'd o 1as salvadoras epopeyas de Maratón y Salamina. El hombre dura mientras
dura su 'esfuerzo, por
eso son inmortales los que trabajan por la libertad. Las naciones deben sus enorglas más á los muertos
que a los vivos. El polvo que piensa no ,·uelve al polvo. La idea es fuerza de incalculables resultados:
penetra, se difunde, se transforma eternamente, es el espíritu de que habla Goethe, •tejiendo en los talle•
res del tiempo el ropaje viviente de la divinidad. • Toda pal,ibra fecundiza, toda predicación deja su semen en _el surco. Los libros de los enciclopedistas se co11virtieron en la sangre de la revolución burgue~a; los hbros de los pensadores modernos serán la sangre ti•• la t·eyolución obrera. Renan dice bien cuando dice: • pucae la iglesia anatematizar á Yoltafre, puede la influenciada y temerosa mano de la madre
quitarlo de tu biblioteca .. , . de tí no lo arrancarán jamás, porque Yoltaire eres tú mismo!• La idea en ae•
tividad atraviesa la historia en una serie de encarnaciones di,·ersas: Hidalgo con el tiempo se llamará
,Juárez; el T'Pnsador ;\lexicano aparecerá un dla en la Academia de Letrán con las facciones cobrizas del
Xigromante, Y la mirada de lumbre de ;\forelos fnlgurar?1 rle nuevo en los anteojos del "'eneral Zara.,. 0 za' La historia es una pasión, porque rs una pasi ·n lit viin: grandioso combate perclu;able en que las

,

219

Vtll·dadc~ y las bellezas y las virtudc~, se conquistan en lt&lt;'catombes i1imcnsas que marcan con su rastro
rle dolor y ele sangrn el lento itinerario humano!
.
,
.
Ei creencia comunisima que no tll¡temos en nuestro~ anales patnos un solo hecho de Ulllversal trascent!cncia, que nuestro"s martirios y nuestros triunfos son triunfos y martirios puram~nte nacionalei:.
La re,•olución francesa, se dice, es un hecho 1rniversal; la Reforma mexicana es un hecho local. No comprt•ntlo In historia con tan mezquina filosofía.. f:I progreso •~o se m~tila. Todo o~tá_ encadenado, todo
rienci sn 11'1' . El movimiento de un astro coopera á la armon 1a del unfferso; el mov1m1ento de un pueblo
coopera :í ·la armoní1t uo la humaniJatl. Para la obra final de redención y de amor, poco importan las
difon•1tcias de razas y de medios; en el fondo de las más contrapuestas tendencias hay elementos comunc~1 y todos los ideales se fusionan en un ideal supremo, profnnclamente humano, religión de todos, de
los que sufren y de los que gozan, de los parias y ele los libres, Zcus luminoso para los gl'iegos, Dios ~e
misericorJia para los por¡¡•e~ de es¡&gt;iritu, verdad serena. para el sabio, inmaculada belleza para el artista. Sobre todas las patrias está la gran patria, la naturaleza infinita. Todos tenemos obligación de darle
nuestras actividades para fecundarla, toclos tenemos derecho á los brotes de sus entrafías. Para comprender al hombre en sus ohras, es ante todo indispensable estndiar su nacionalidad¡ pero luego, el ani~lisis
tld&gt;e taladrar hasta las últimas capas del cspiritu, descuhrir los e!cmentos irreductibles, despojar do revt•stimientos posteriores el n11cleo primitivo, poner :'L desnudo la fibra humana, la que al vil:lrar hace vi·
brar nul•stro corazbn &lt;'ll sus más atávicas profundidades, arrancándonos !,\grimas con el Quijc,te, esa sublime el&lt;'gia de la risa, ó haciéndonos estrcml'cf'r con los tr:'1gicos 1•stremecimientos ele Hamlct ante los
peligrosos bordl's de lo insondabl&lt;'.

Pues i,icn, llenito Jnárez t•~, ante todo, mexicano: las grnndezas de su carácter son las grandezas del
carácter de su raza, realzadas en (•I como una concreción y como una slntesis¡ pero sobre todo, ea un
miembro ele la humanidad, una figurn de primer orden entre las grandes figuras ele la historia, r.anrlillo,
hc'\ro&lt;',-tomo estas palabras cu su significación épica-de los que se ha dicho, en intencionada frase, que
no tienen patria, porque sns actos son como gotas de sangro que circulan en el organismo entero de la
humanidlld, nutriéudolo de vida y floreciéndolo ele amo1 !
¿Cuáles son los elementos profundamente humanos del carácter de Ju,irez? Lll cou~tancia heróica Y
la fe en Dios. He recogido, seiiores, de los labios de mi padre, un hecho sencillo en su magnitud, que
aiios ha relataba YO ante la tumba del Ilencmérito, y que quiero deposita1· hoy en la memoria ávida de
la juventud porq~te revela mrjor que cualquier análisis, el espíritu de J nárez, espíritu •de hierro Y de
roca,• com~ el del rebelde encadenado esquiliano. Los pat1·iotas que á través del desierto conduelan
el arca santa con las reliquias del pueblo, llegaron á Chihuahua, llevando la patria, como Danton, en las
suelas 1le sus zapatos. En una sala, apenas alumbrada por las agonizantes luces del crepúsculo y eu la
triste penumbra del fondo, estaban sentados J uá.rez, Iglesias, Lerdo, Prieto .... ya dii¡puestos ásalir rnmbo al Norte, pues de un momento á otro se escuchada on las calles do la cilfdad el red~ble de las ava~1.adits francesas. Todo, como esa sala, estaba triste; algo muy querido parecia acompanar en su agoma
al crepúsculo .... La cara ele Juárez tenla la impasibilidad dura de una máscara de bronce. Las tormen•
tas de su alma no relampagueaban en sus ojos. No estaba cansado; no sufría. Se habló de la situación
del país: el señor Lerdo disertó sobre derecho internacional, como siempre, admirahlement~; Guillermo
Prieto dijo algún chiste, como siempre, delicioso. La atmósfera estaba saturada de angustia. • • • Aquellos hombres espectrales no se movían, no se iban, no huían! Juárez dijo á sus visitantes: • Aún hay tiempo de fnmar un cigarro; nada está perdido; creo poder volver dentro de cinco años á cmocar la bandera
en el Palacio Nacional.• Cinco años! No pasó uno, y la bandera ondulaba en la capital de la República,
:'1 los soplos ele la libertad! De manera que ese hombre, sin dinero, sin ejército, en los limites de su país,
cuando nadie crela en él, excepto él mismo, pensaba resistir cinco años más! Con una perspectiva asl de
negra, asi de vacía, desdeiiaba el puiial que le ofreciera la tentadora sombra ele Catón! Nó, no tiene
razón el Nigromante, no fué sublime el suicidio del romano, porque aún algo le quedaba que hacer por
la República, sufrir y espei'ar; no fllé sublime porque perdió la fo, pot•que dudó de su alma. Juárcz es
más grande: derrotado por el destino, todavia pedia cinco afíos de infortunios para vencer al destino!
Bit-n se conoce que la hoguera de Cuahutomoc iluminaba su conciencia!

Nadie creia on él, triste verdad! F.rn el dla sagrado, el 15 do Septiembre, El General Bl'incourt
ocupaba Chihuahua. Al derredor de la humilde pirámide que levantó el cariiio popular sobre los restos
de Hidalgo, se cometla un sacrilegio: los franceses y los traidores celebraban la independencia de nuestro suelo! En cambio, algunos buenos patriotas organizaron on 1-a capilla (le la Parroquia una. lllisa dl'
DuPlo, y alli fneron con sus hijos las madres eulntadas ¡\. llorar la mnerte do la patria, {~ enterrarla
para siempre., .... Las oraciones cra1i gemidos; en las baldosas arrastraban las gasas fonerarias; lo,i
ojos húmedos se clavaban en el llag1\Clo cucl'po iwl Redentor¡ el órgano sollozaba el misererr; el incienso

�HEVT!::&gt;TA MODERNA

REVISTA MODERNA.

euvolvla en uubes seráfica1:, las cabecitas de los muos...... Juárez! Juárcz uo volverla, imposible!
Y uo sólo en las lejanas fronteras, no sólo en la pobre parroquia de mi pueblo, sino en toda la extensión
del pais, hubo un abrazo implo de conquistadores y traidores, y una misa de dueto de todas las madres
y de todos los hijos, bajo la negra, bajo la infinita soledad del cielo! Juarez! oh, Juárez uo volvería, imposible! Juárez volvió. Ah, Señor! si ese hombre, que tuvo que combatir no sólo á los franceses, no só.
lo á los traidores, no s1lo al clero, sino también el escepticismo del pueblo, y que venció no sólo á los
franceses, no sólo á los traidores, no sólo al clero, sino también el escepticismo del pueblo, no figurara
en la historia de la humanidad, no fuera una gloria universal, tendrlamos derecho al mal, á la destrucción, al suicidio, arrojando nuestros fastos y nuestras virtudes y nuestros pensamientos y nuestros ideales y nuestras almas, á la combustión satánica de un infierno devorante y de una muerte ignominiosa;
Benito Juárez no es el Benemérito de las Américas, es Benemérito del mundo entero!
Y hoy que hemos perdido la fe en las quimeras del jacobinismo, pero que la tenemos cada vez ma•
yor en las verdades de la ciencia; hoy que ya no nos exalta la raudalosa elocuencia dantoniana arras!
trando en su furia mantos desgarrados y cetros rotos, pero nos entusiasma la serena voz de la filosofía
que deposita limo fecundo en tas almas y jamás desborda cóleras destrnctoras de su profundo cauce•
hoy que nos burlamos no poco de las disertaciones incoloras y pedantescas de Robespierre y estudiamos
en Ronssean un caso patológico; hoy que los reyes, los frailes y los nobles, que habían perdido la fisonomía humana con los corrosivos de la literatura demagógica que los llamaba y los llama, hidras, vampiros, e11driagos, nos aparecen en la historia cientlfica con sus facciones normales, como hombres semC'.
jan tes á las demás hombres, algunas veces liberaleP, complacientes, a1 tista~; hoy que analizamos y que
nos explicamos, sin odiarlas •á priori,• las etapas más infaustas de la crónica humana; hoy que ya no
creemos que la regeneración universal brote de no discurso epiléptico de encrucijada, aplaudido por el
populacho ebrio que deserta de las escuelas y de los talleres, y armado de formidables picas levanta &lt;'11
triunfo á Marat, grotesco y patibulario, sobre los bonetes rojos; hoy que no creemos en la utópica democracia del •Contrato Social,• idealmente bella, como un diálogo platónico, trazada á maravilla con l1t
armonía matemática de los silogismos, pero falsa de toda falsedad; hoy, por último, que vemos cvapo·
i-orse en el horizonte las últimas humaredas de la Con·,ención, devorada por sus propias llamas, estamos
en aptitud de comprender la personalidad real del señor Juárez, pasándola del mito á la ciencia, pero
sin destrnir el mito que es arte, de la leyenda á la historia, pero sin destrnir la leyenda que es poesía,
cumpliendo así con el deber que como ciudadanos y patriotas tenemos de preservarla de todo homenajr.
falso y de toda injusticia sacrilega, á riesgo de que la posteridad la encuentre mutilada y sucia bajo el
polvo del tiempo, como encuentra el arqueólogo los restos de los palestritas de mármol y de los atletas
de bronce que yacen en la tierra divina del arte, devastada por la ,·iolencia y por ta ingratitud! ( 1)

pavorosos y formidables arreos de combate.- Nó, no puede ser de ellos el scño'.· J_uárez.. El ho1~b~·e q_uu
castiO"ó todos los abusos para defender todos los derechos, el hombre que castigo todos los pnv1leg10s
para"defender todas las garantías, el hombre que castigó to~as las ~presiones para defender todas las
libertades, no es un cismático, no es un sectario, no es un rntrans1gente, e3 un Reformador. La base
de su obra es esencialmente económica; el fin de su obra es esencialmente moral. Fué un hombre de
paz, fué un hombre de amor, fué un hombre de progreso. Su esplritu no está en el odio ciego é inmoral
de las edades muertas, tenddamos entonces que odiarlo y Dios sabe cuánto le veneramos; está en el respeto del pasado, en el trabajo del presente, en la fe del porvenir, en el conocimiento de lo que hemos si•
do, de lo que somos, de lo que seremos, abarcando la prodigiosa evolución que si aún nos ha dejado en
tas extremidades de la mano las garras del carnicero velludo y delincuente y en las capas más hondas
del alma al apetito bestial y la pasión impura, empieza á poner en nuestras f1·entes los primeros destellos de la divinidad, como un beso matinal de la infinita poesla del amor!
y si alguna vez,-qné sabemos!-las pasiones estallan en tragedia, si la lucha se hace inevitable, si
Jos parches de Tirteo resuenan y marchais en las filas •cnbriendoos el pecho con el orbe del escudo,
blandiendo en la diestra la lanza sólida y agitando la terrible cimera sobre el ca.1co,• defended bizarra·
mente la figura de Juárez, dando actos heroicos á la fama clamorosa, defendedla en nombre del arte, cu
nombre de la cie_ncia, en nombre de todos los lienzos pintados, de todas las estatuas esculpidas, de todas las verdades conquistadas, en nombre de los que ostentan cicatrices resplandecientes, en nombre do
los que encienden el astro de ero de la piedad en las cimas de la conciencia, en nomb1·0 de los que bajan
con la lámpara de Aladino á las enh·aiías de la vida., en nomb1·e de los que llevan al costado una lira.madre de la estrofa que se desbarata en c:&gt;lores, en lágl'imas ó en cóleras,-cn nombre de la patria que
nos concreta, en nombre de la humanidad que nos contiene, y viriles, fuertes, invencibles, como hacen
los héroes de la Iliada con los caudillos rotos en la brnga, c:ibdd y proteged la figura de Ju;í.1·ez con una
muralla circular de clavas resonantes!

220

A la juventud toca tarea tan meritoria. Qué mejor homenaje pode1s rendir al muerto ilustre, que
hacerlo vivir incesantemente, con todo amor, en vuestras meditaciones y en vuestros estudios? 03 lo
disputan dos bandos enemigos: el Clero y la Jacobinerla. Uno 11roviene de Jernsalem primero y de Ro
ma después, de la ·ciudad pontifical y hierática, autoritaria y solemne, llena de ascetas con callosidades
en las rodillas y la.minas de oro en las frentes. No es divino; dejó caer en la sangre y en el lodo de la
vida el ideal de Jesús; es humano, es decir, bueno y mato. Sus grandes acciones le han dado lustre, su!!
grandes crímenes le han valido anatema. 8alvó la ciencia antigua de la rapiña de los bárbaros y prendió los leiíos del odio bajo las plantas de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Y hoy, contaminado por
el industdalismo febril del tiempo, en vez de abrir el Reinado de Dios con las llaves de Pedro, penetra it
saco en las ricas heredades del capital con los instrnmentos del agio y de la astucia. Y si desoye la santa palabra de León, de ese anciano blanco y bueno, cuyos labios manan amor como los panales miel, y
cuyo esplritu asciende á la muerte como una hostia sobre la humanidad arrodillada; si no vuelve, en pe1·egrinación expiatoria y en demanda de misericordia fL los huertos de Galilea; si con los supremos cxorcfsmos del arrepentimiento no arroja de su alma el Demonio del Vicio, entonces se entregar:i. ata&lt;lo de
pies y manos á las implacables justicias flamígeras de la Historia!
8i el Clero niega á Juá.rez, la Jacobineria lo deforma, porque lo hace objeto de un fanatismo, colo·
cAndolo como santo del calendario demagógico. Cisma, intransigencia, odio, guillotina, parlamentos clubs
llenos de humo de pipas y de vociferaciones de muerte, la decapitación ele Dios en el cielo y la feliciclad
salvaje sobre la tierra: bellos ideales! Tuvieron los jacobinos su papd en la Historia, tni.g ico siempre y :'t
veces grande. Hoy, han pasado de moda: son siemprn grntescos y nunca grandes. Se parecen al caba·
llero de la Noche y de la Muerte de que habla Tennyson, que oculta las tiacas fuerzas de un niiío bajo
(r ) Co n moti\'O de la calurosa d elensa que hizo de la J acobincría el estudiante D. Lázaro Villarrcal, que me precedió esa
noche en la tribuna, me ví obligado á aludir ásu di!rurso en estos 6 parecidos términos: " El vibrante orador de Ja Escuela de
J urisprudencia ha hecho una entusiasta apología del jacobinismo.. . . Es joven, aún vive con su ensueño en Jns turbulencias de
la Conven c_i,6n francesa. Y quié'.1, no ha sido jyobino en su j u\'cnlud ? Pero nosotros, que hemos perdido la fe en las quime•
ra.~. •• •_et~. Itago esta o~Jserrnc1on, porque algunas personns ha n supuesto q ue yo nirgo esas palab ras, habiendo ordenado que
s'." suprmuernn en la publicación que h i,o " El Imparcial" de mi cliscurso, No las niego, ni contrnrio; p!'ro como fueron improv1,·11das,_ como no estaban en mi mnnu scrito, "El Imparcial" no pudo imprimirlas.

Conclu ,·o. A vosotros os toca, jóvenes egregios, rehacer la patria moral, la patria intelectual, la patria,
viva y verdadera, la bella, la espléndida, la gloriosa patl'Ía, tal cual la contemplaban, con los ojos em ·
briagados de ideal, los hombres generosos que por ella afrontaron las cárceles, los destierros y la muer te. Yuestros padres le dieron el alma y la sang1·e: dadle vosotrns el ingenio. ~o qu.eremos apagarnos
en la historia. Recoged en el corazón la constancia y la gloria. de los magnánimos que hicieron la. Reforma, preocupados por la ciencia y el arte que deblais cultivar. Y el arte y la ciencia amadlos cou
verdadero amor; amadlos pot· si mismos, más que por los frutos que puedan produciros, más que por las
alabanzas que puedan conquistaros; amadlos como el ejercicio y la maniftistación en que la nobleza del
hombre aparece, en que el valor de las naciones se externa. Y sed buenos, y creed: creed CIÍ el aruor,
en la virtud, en la justicia; creed en los altos destinos del gé11e1·0 huma.no que asciende al zenit por las
vlas de su ideal transformación. Que la ciencia os csfaerce, que el arte Ol? consuele, que la patda os
bendiga!

o

y

�REVISTA MODERNA.
La hojarasca crepita dispersa
por las calles tortuosas del rancho,
do se ve agonizar un destello
t1·as los viejos postigos cerrados.
Y se escuchan, al par, el chasquido
de las ramas crujiendo en el árbol
y el pesado caél' de las gotas
en las áridas sendas del campo.
Las tinieblas se cuajan. El cielo
doloroso, en un ch-culo trágico
va ciñendo del torvo paisaje
los perfiles y el hórrido espacio.

Bajo un cielo plomizo y ventoso,
por aristas de piedra cortado,
el paisaje n!onótouo duerme
en profundo y solemne letargo.
Todo es gris: la silueta del·111011tr,
el inmóvil y frío remanso
que refll'ja en sus ondas obscuras
un jirón sepulcral del espacio;
los barbechos de glebas grieta.das,
donde yace el rastrojo hacinado,
olvidadas están las-coy undas
y descansan los roto(arados;
los cona.les de piso fangoso
que han hollado~pezuiias y cascos,
sobre el cual, por el aire impelidos,
flotan acres y fétidos vahos;
el humilde jacal del labriego,
mal envuelto en los-grises andrajos
.que el aliento de Otoño arrebata
del humoso fogón-solitario;
el derruido y vetusto convento
de sillares musgosos y pardos,
otro tiempo de monjes refugio
y hoy albergue de espectros y cárabos;
hasta el río de gárrulas ondas
y cristales bullentes y claros,
so las húmedas nieblas, yacente
hoy está, moribundo y helado.
Ya lobrece. Las sombras nocturnas,
como espesa humarnda, borrando
van el triste confín de occidente
con un negro y furioso brochazo.
Zumba el Bóreas; los vientos aúllan
remolinos de polvo aventando
y barriendo las nubes que conen
en tropel tumultuoso y fantástico.

El relámpago azul fosforece,
una cá1·dena herida trazando
en la lóbrega nube, que se abre
al sentir el feroz latigazo.
Todo es negro: las sombras envuelven
valle y bosques, montañas y llanos
que aparecen tan sólo un instante,
á la eléctrica luz del rel.impago.
Todo es negro: la noche profunda
va extendiendo sus alas de cárai:;o
y el terror culebrea en los nervios '
el cabello y la piel erizando.
'
A lo lejos, al fin ele la senda
que se incrusta en los duros peñascos,
donde empieza á afilar la montaña
sus aristas de pórfido y cuarzo,
empotradas en la áspera roca
y asomándose al hondo barranco,
$US ruinosas paredes levanta
en la sombra rural camposanto.

En la lúgubre noche, las hienas,
espantoso festín husmeando,
el recinto de muerte profanan
con su aullido agudísimo y largo.
A través de 1011 rotos sepulcros,
en la lívida faz de los cráneos,
¡con qué horro1·, con qué horror aparece
terrorífica mueca de espanto!
Tal vez sienten la garra acercarse, . ...
y alli están, impotentes y trágicos,
¡y del mundo, y del cielo, y del alma
olvidados, oh, Dios, olvidados! ....
)IASUEL JOSÉ

OTlJÓN.

3 ·

;:-~-

,~ ·-=--::..;;.=-~~---=--n•::FJ.1-

�REVISTA l\10UEHNA.

225

\·ida dll Lautos trances de angustia¡ me salva.ria de la reciente borrasca del mar d · l\lármara sólo parn
cru:tarme de brazos ante lo conocido, frente al !dolo anciano que ya n:icla pro:nctr, vien&lt;lo la Esfinge
mut•rta en cuyos labios de piedra se cl'istaliza el infantil problema? ....
:\le paseo por el cuarto, en andar instintivo, y me detengo un monrnnto junt1.1 ,le! ta11dour, esa estufa
a pagad 11, semPjante á mi espíritu, porque guarda en el fondo la ccni:ta fda.
l\le acuesto, á la hora en que el sol se va dejando colgado en el Levante su u~carlata manto pérsico,
sobre tapices apilados á la usanza de Oriente. Eso tiene para mi algún encanto, porque as! no se acostaba mi padre. i\Ie duermo creyendo en los fantasmas y en los genios de las leyendac¡ tártaras.
Un canto me despierta, con el alba: es la antigua canción sagrada con que el almohezln sal uda el
nuevo dla en lo alto de los minaretes: Allah illah Allah, -i:é Moltammed 1·e~·oul Allah!

VIAJE AL PAIS DE LA DECADENCIA.
11.
EN STAMBUL.

UANDO desperté, eran ya las diez de la mañana. Habla niebla en mi cabeza. i\lu
incorporé sobre los cojines y pasé la. vista sobre mi raro vestido exótico. Me hallaba trajeado abigal'l'adamente, á la turca. l\le froté los ojos, dejé pasar entre mi
abierta boca un bostezo alicóncavo, moví mi cuerpo soporoso con desenrosques
de boa, y lentamente fué la quilla cortando la neblina letárgica, y los rayos de
luz dijeron de rumbos y latitudes. Luego tendióse la vela mnemotécnica en viaje
reti·oactivo hacia el recuerdo, y fueron pasando las lejanas indecisas riberas: mis
vuelos de pájaro incansable; los escollos, famélicos de cascos, listos siempre á triturar mi nave con la
sáxea mandíbula; mi3 ansias nunca extintas, mi sed de goces, la Dicha en fuga, la Quimera, perseguida
por todos los puntos cardinales, siempre lejos, danzando fantásticamente, espPjismo del inmenso desierto .... todo, todo, hasta no llegar á la fiesta próxima, al desenfreno de la víspera, en que el Placer ebrio
y harto regó su vaso de torpezas sobre el deslumbramiento de los tejidos asiáticos.

Hacia varios .ueses que un steamer me habla llevado á aquella misteriosa Stambul; y el oro que salió profusamente de mi bolsa pródiga franqueóme de un golpe muchos portales esculpidos.
Habla presenciado ya soberbias fiestas; pero el jolgorio de aquel dla anterior estaba muy lejos de las
zambras decentes de los pachás y de los mushires: aquello fué un desborde encanallado, una baraúnda
báquica y priapesca que me hizo amanecer con acérrimos ardores de piel y con vagos dolores de hipocondría. Aún me parece ver las cobrizas bandejas de donde se espil'ala el odorante efl uvio de las pastillas del Serrallo mezclado con el humo del lembaki; músicos árabes sonando su tan tan ó entonando
canciones fantásticas de Oriente; bujías que deseuelgan su leve gaza rosa desde sus globos de tulipanes
de ópalo sobre trajes recamados de perlas y sobre las colgaduras de Smirna. Aún siento un mi boca el
sabor del blanco vino de Ismidt, el único que dejan á labios mahometanos las suras del Profeta; y recuerdo, como en la brumosa lejanía ele un sueño, la salida del salón, la entrada al tugurio, el festival asqueroso, llegado al paroxismo .... De mi vuelta, nada. Sin duda me trajeron en brazos los buenos hijos de
Allah, y me dejaron ali!, sobre el diván, fardo de huesos, carne abita, vestido con mis prendas constantinopolitanas.

E l calor me sofocaba. Tiró el turbante, las polainas doradas, la chupa de flotantes mangas. Me tendi, desnudo, en los cojines, y pensé .... ¿Habrá algo nuevo, algo virgen, algo que desflorar con lamateria ó con el alma, algo que haga temblar las vibraciones entre los viejos flancos de la interna lira?
l\Iás! .... más! .. .. Oh! .... el Hastío! ....

No quise salir. Q11edéme en casa, precioso palacete del barrio del Taxim, de espaldas en mi lecho,
escuchando el ruidoso movimiento de la calle. ¿Ya no me quedará nada que ver? ¿Habré escapado con

Beshir, un negl'illo que se halla á mi servicio, me trae una hurncantu ración de cafc de la Arabia.
Va í1 retirarse y le detengo.
-Oye, vas á conducirme al instante á la casa del hodja más famoso que conozcas.
-¿El señor le tiene miedo á Cheiton? ....
Yo sorbía mi café, abrasándome la boca, precipitadamente.
llablo conmigo, entre dientes:
-Que me dé algún brebaje maldito. Dicen que hay simples en O.-icnte que abren las puertas de los
paraísos y enseñan muchos nuevos á los que nada encuentran en el suyo. Que venga el Artificio! Con
la fiebre se goza, porque pasa el corcel cargado de mentiras y esas mentiras son divinas realidades para
el que oye extasiado el repicar de cascos del Delirio. Quiero que la Verdad esconda sus toscas ubres
laxas y salga la adorada l\Ientira, para que haga brillar sus lentejuelas que dan á mis ojos fulgores de
diamante, y venga la amable Calentura á vaciar en mi vaso su precioso licor de cáñamo indio! Yo quiero
que me engañen! ....
El muchacho se aleja de mi lado, algo medroso.
-El señor no está bueno.
Salimos.
-¿Es muy lejos?
-En el barrio de Gálata, sefior.
Andamos. Yo no hago más que buscar las pilas du Volta du los llam uantes ojos otomanos tras de las
rPjas de los shakisirs y á través de las misteriosas celosías de los haremli!.:es. Es lo único que me queda:
la quimera del goce en el regazo. Siempre que veo de lejos la esperanza es asomándose en el pórtico
rojo de dos labios carnosos; siempre que la dicha me canta sus promesas es sentada-paloma lista al
\·uelo-sobre el torneado alabastro ru:;:algún hombro desnudo. Mas la luz intermitente vacila con el más
débil soplo de mi fantasma negro, y el oro de la débil opulencia solar se anega de tiniebla en angustiosa
11gonia de crepúsculo¡ la Esperanza oculta su anhelosa cabeza y ciel'l'a con pavor sus puertas, y el pájaro emprende el vuelo y va á. perderse entre los hondos enigmas de lo azul. Y, ya en tinieblas, mi vihión abre sobre mi sus alas memb:anosas, más obscuras que la noche profunda, mancha fatídica, condensación ele abismos, rotulada la frente con esta enseña livida: EL HASTio!
Sigo caviloso, sin notar casi á las gentes con quienes topo: el arrogante lilca clarineando color en su
uniforme, los derYiches, que salen de alguna mezquita funeraria y en cuyos labios aún tiembla la oración de difuntos; las viejas j11dias, con sus jubones lentejueleando al sol y sus gorritas verde manzana;
el regimiento que pasa, las fanfarrias, el bey, los alabarderns con trajes recamados de oro y tocados con
luengas plumas glaucas .... Cuanto se agita y bulle y es pe.jea en los trajines de las calles musllmieas
,·ale muy poco para mi. Nada veo. Sólo tengo ojos para mi escenario interior, en donde se ha prendido
un nuevo lampadario, una nueva esperanza, otra dicha en promesa, que no es la de la dama de la puerta roja ni de la arisca paloma del torneado alabastro: una luz de hechicero, luz de santuario tenebroso,
destello tumulario, promesa de ultratumba: el brevaje del hotlja!

Llegamos.
Oyó atentamente el relato Je mi mal, con gravedad de físico, con la indiforeucia de quien ha visto
mucho raro en su cllnica.
-Hágase usted la cuenta de que se halla en un templo de su religión, á. los pies de un sacerdote.
Confiésese usted conmigc. Si después de oír á usted, le juzgo bien listo para recibir la impresión de algo que por el momento me reservo; si es usted bueno para el caso y su organismo se halla preparado
iniciaré á usted en misterios de apariencia vesánica, misterios impenetrables para los seres bien equili'.
brados, para los a~euros felices y para los cerebros que gozan de la pasividad dichosa de lo sano, pero
que para usted-si, como creo, me resulta bueno, esto es, enfermo- constituirán la fuente más eficaz ele
gratas impresiones, gratas por bellas y por nuevas.

�226

Dije:
-Señor! El viajero ha llegado á la ciudad, ha recorrido todas sus barriadas, ha frecuentado todos
sus paseos, ha caldo en todas sus charcas y ha saboreado todos sus encantos. Ya nada le resta, Y aúu
tiene que vivir en ella mucho tiempo. ¿Qué mayor tortura?. . . . . Todo lo he visto, señor! En esa gran
ciudad de cantones dispersos que llamais Mundo todo está ya gastado para mi. Turista fatigado, me
angustia la monotonía. Como los melancólicos hijos de Albión, el spleen me devora.
-¿Habeis agotado vuestros puntos de viaje?
-He estela.do todos los mares y recorrido todos los caminos. Lo he visto todo. Castillos que boste•
zan, como yo, de tedio á las orillas del Rhin y palacios de mármol que reflejan la nostalgia de sus fastuosidades en los canales de Yenecia; el gorro de enfermo de los volcanes escandinavos y el humo que
sale de la ancha pipa del Vesubio, ese criollo ciclópeo que acuesta sus perezas en azules cojines y mira
á su adorada Nápoles, favorita del ardiente Sur, ceñida su cintura con el chal de sus colinas color de
primavera; he oldo la linfa leda de las Castalias y el desplome tonante de los Niágaras ...... Todo .... .
Todo!. .... Vahos ardorosos del trópico y carámbanos árticos; rostros rubicundos, caras morenas, cutis
ebanáceos, ojos oblicuos, pieles rojas ..... Todo ..... todo, señor! Me he adherido á todas las mesnadas; he tenido comercio con todos los rebaños del mundo: con los hijos de Sem y con los hijos de Jafet y
con los de Cam el Maldito. Y nada. Tras la nueva visión, el fantasma que viene y sopla, y la luz que se
apaga, y la sola compañia de la sombra con su letrero lfvido!. ... EL HASTío!
-¿Ha.beis afrontado peligros? ¿Uabeis conocido monstruos espantables? Hay goces en el rirsgo....
¿entendeis? ....
-Del pals de los drusos, descendí á las llanuras beduinas donde hay hombres feroces cuya piel es
un ébano historiado por absurdos tatuajes. Desafié las iras del sacerdocio profanando vuestra l\Iezquita de Eyoub, aquí donde hay esclavos misérrimos cuyas plantas sangran á los chasquidos del com·bash;
me batl con un orangkubub en los hoi;r¡ues de Borneo, y hasta creo haberme sentido aprisionar por el
monstruo hermafrodita que encierran las floridas en sus breñales laberlnticos.
-La mujer! Adormeceos en el desenfreno. Que el bochorno de la caricia cálida dé sopor voluptlto ·
ijO á vuestros miembros, ó que el Céfiro puro de una pasión platónica traiga frescuras nuevas á vuestra
alma. Iníciaos en todos los secretos de la Astarté fenicia; penetrad en los caldeos templos de la Venus
l\Iilita, llevando en las manos los sfmbolos del Falo y del Cteis; desenfrenaos en las fiestas ludicas de lle,·
li, ó buscad una Electra que os descubra sus sueños virginales á través de su cendal blanco y purísimo
corno la intacta evanescencia del ampo.
-lle sufrido todas las iniciaciones. lle descendido por todas las escalas. La mujer de Loth me ha
visto haciendo gala de todo lo inaudito, y sobre mis embriagueces nefandas ha caído mil veces el l\Iar
l\faerto. Los lapones me han cedido sus tálamos nupciales; be mordido sabrosas manzanas lascivas del
país de los Faraones en medio de los recuerdos magníficos de Carnac y entre el tumulto de las fiestas de
Tsis; me he bañado en el Termodonte con las bijas de aquellas soberbias amazonas del Cáucaso; he gozado las dulces mistagogias de la Anaitis armenia y del templo sirio de llierápolis ..... He bebido mucho ..... Me be embriagado con todo! Ya nada tengo que beber!. .... He amado y he poseído. lle saciado el espíritu, y mi vientre ha sufrido las repulsiones del abito. Aquí, en vuestra vieja Stambul, paseé mi amor-un amor casto-por las umbrosas riberas del Bósforo, á la hora en que habla sobre el
agua rieles de luna y som·&gt;ras de yalis, sombras temblorosas en la linfa corriente;. y aqui también crucé
vuestra ensenada, bajo el faro de Diana, en caique aligero, recostado sobre tapiz de seda, entre cojines y mantas '.opulentas, en la bullente combustión de mi sangre, envuelta mi cabeza con una cabellera
de sultana, y sorbiendo en labios,-copa roja de oriental cornalina-todo el incendio de los vinos do
Chipre ..... lle sido en esto muy avaro, señor. Mis arcas han ti,nido hambre y sed de esos tesoros. He
oido el severin saliendo á deleitarme de toda garganta de mujer. Me han arrullado con la frase felpuda
_,. cálida de sus caricias las perezosas odaliscas de los grandes harenes, á través lle la rica muaelina de
los yashrnacks, lo mismo que las hijas del pueblo, bajo el pobre feredjé de sucia lana; la esclava de las
montañas de Circasia y la cristiana armenia que pone sutiles redes de oro sobre la red de su cabello de
endrina. He levantado el habbara azul de las bohemias, he sentido todas las epilepsias del afrodisiasma
bajo el humilde techo de los gourbis y bajo el roble esculpido de vuestros magnates, entre biombos de
Yedo y entre las a.greñas cortinas de las Rarabús de Polinesia. He conocido, señor, todas las carnes. Os
repito que nada tengo ya que ver, y nada nueYo encontrarla ni en el culto de los Cabires ni entre las
orgías de Samotracia,
El viejo me miró fijamente.
-Bien, me dijo, esta.is preparado. Ya1s á emprender un gran viaje ideal que os proporcionará supremos goces.
De un estuche, un frasquito, imposible de pequeíiez, como el dedo meñique de algún Puck nigromántico: Una gota en mis labios, :r una ducal refulgencia en mi cerebro. Vesubianas incandescencias
en mí sér. Transfiguración. El suelo que se escapa, y, por mis ojos atónitos el desfile de una radiosa fuga de soles chispeadores.
l\Ii corteza se helaba. l'IIe rl salir de mi propio cuerpo yerto, y, otro yo, etéreo, impalpable, provisto

227

REVISTA MODERNA.

REVISTA .MODERNA.

de suaves alas angélícaP, remonté el vuelo, y seguí á una visión, no fatidica y negra, mas luminosa, son- ,
riente y adorable.
Llegamos, la visión y yo, á la cumbre de un monte, en donde tiene el Yéi-tigo su nido. Entonces ví
á mi gula en toda su verdad. Las formas de un efebo, pero sin materia real, impalpable y et(•reo como
,·o. En sus ojos habla ortos de genio. Sus labios- tan frescos que todos los juzgaran recién apartados
~el matemo seno-eran hechos para la Gran Sabiduría. Cada una de sus sonrisas era una luz de Ciencia. En sus labios estaba la clave de los obscuros enigmas.
- Yamos!
Tal dijo. Y partimoB.
S.lNTJA(;0 ,\RGÜELLO

(Continuará).

IN MICMORIAM.
18 de Julio de 1901.

I
Ah! la humildad en su escarpada. hondura
Lo que ilusiona y resplandece crea;
Anida el ruiseñor en la espesura,
Y se forjan los rayos en la obscura
~ubc que sin cesar relampaguea.

Grano maduro que voraz levaula
El ave, la maleza que te escude,
Y de grano que fuiste serás planta
Y rnn.r pronto tal vez, árbol que cauta
Si eufurcci,lo viento te sacude.

Espíritus geniales, la coyunda
Del dolor, frentes altas encallece;
¿Qué peiíascos el musgo no eircuudal
Aun la misma mujer, mujer fecunda,
Tan sólo por fecunda pa'ídecc.

Y d débil en la lidia titubea;
El paladio que abona tierra inculta
Con sangre, no es alondra que gorjea
Cuando tímida el alba pestañea
Y al funeral atardecer se oculta;

Es el que lucha, como férreo arado
Que repuja el rozar de las arenas;
Se despedaza, pero labra el prado.
¡Oh! Ulises que marchaste á un resultado
Desoyendo el cantar de las sirenas!

A tí el audaz enviado de la. infecta
l\Iansión de los humildes-Oh! videnteEsperan las Repúblicas; inyecta
Tu constancia en sus venas y proyecta
Tu sombra sobrn el Nuevo Continente.

u.

�228

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.
II
Almas sin sueños, sia amor, sin rosas,
Que girais en el mundo atolondradas,
Taciturnas, enfermas, dolorosa11,
Como enjambre de negras mariposas
Eu cristalino globo encarcelada,;

¿Que abógan~e cn el polvo de los añosSeñal de olvido y pequeñez- las grandes
Pirámides de Egipto? Oh! desengaños!
Tú eres más grande que ellas, son peld11i'íos
Para llegar ít donde estás, los AndeR.

No lloreis; ya volvieron las pertlidas
~aves conquistadoras de idcaleF;
Las pupilas secad, enrojecidas
Por angustioso llanto, como hcriJas
.Abiertas con finísimos puñalce.

La. envidia, el dolo y el rencor-serpientrsNo han de morderte mientras fe y anhelo
De una raza patriota representes;
¡Oh! nunca, nunca rasgarán los dientes
De las mont11ii11~, el azul del cielo.

,."'..
Brillan proas, y cascos, y timones,
Y en las olas que cantan, ríen y huyen,
Refléjanse rojizos pabellones
Y parece que extensos cuajarnucs
Sanguíneos, se fragmentan y diluyen.

Y,,¡ 111ito Poli femo- aún no se al1•j11;
J'cro aunque su ojo y su vigor recohrn,
No apagarán sus piedras la. bermt&gt;ja
Lumhre dlll Sol, que al declinar srmPja
lrn incPnRario dn brniihlo colH1•.

De palomas un vuelo inmatulado
Feliz augurio-pasa ante la vista
Centellante del pueblo entusiasmado,
Como si el aire hubiera arrebatado
Un montón de pañuelos de batista.

E11ci11a, estrella, luchador, querube,
,(Quién ha dicho que has muerto? tu almasube
Mientras tu cuerpo lo prott&gt;ge un saucr;
El genio es linfa que se trueca en nube
Y aquf abandona con dcscl(•n su caucn.

Llegan de lejos hálitos de frondas
Y en su brutal respiración de fragua,
El mar anilla sus espumas blondas
Y arremolina sus flexibles ondas
Como si alguien soplase bajo el agua.

Y esos tenues sonidos apaga.dos

Retumban en los montes los cañones,
Como espigas se doblan las cabezas,
Inmóviles están los escuadrones;
Ya viene el vencedor, entre pendones
Y al compás de triunfales l\Iarsellesas.

Ecos claros redobles de tamborrs,

r

De los címbalos presas de temblore~,
,,an iL ti, como pájaros cantores
Que vuelan á los fértiles sembrados.

Oh! pasa triunfador, nadie solloza.
Su lengua el entusiasmo que desatl';
La lid sangtienta terminó, reposa.,
Y en la tumba, panoplia prodigiosa,
Ye [L colgar tu arma.dura de combate.

III
Tú guiaste las naves combatidas
.Atrevido J asón; los idiiales
Son tus leyes en mármol esculpidas,
Radiantes, como antorchas encendidas,
Sólidas, como enormes catedrales.

Oh! Juárez: quién tu excelsitud restringe?
Tú fuiste aquel que viajador se finge,
-1\Ias no pesando sobre tí un estigmaQue del error despedazó la esfinge
Y de las almas descifró el enigma.

Exhalaste un enérgico reproche
Cuando de esclavos la legión gemia;
Como el aljófar bienhechor, de noche
Bajaste raudo de tu Patria al broche
Y la dejaste al dei;puntar el día.

A1rn ,. C. SALAZ,\11.

229

�230

REVISTA .MODER~A.

I

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"'--:Z ..:., --~:·u., ~

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tIUAREZ.
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o.,.

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( POR ET, COmTt; DJ,J EST UDIANTES DE TOl,l' ( A.)

~

~o era un acto patriótico, &lt;'ril hnmnnn;
la civilización es infinita;
.Y Juárez ~l.'ifalaba con la mann
In tnmba que devora y resucita.
Ln. humanidad, por la difícil sencla
&lt;l&lt;&gt;I Bien y ,Je! Amor, tuvo en el alma
aliento al fin para arrancar la vcn&lt;la
.Y abrir los ojos y ceiíi1· la palma.
La palma del martirio que transforma
&lt;'ll trinnfador al siervo que se agita
cual germen en F.! Cosmos .. . . ¡La lleform11! .. . .
La civilización es infinita.
¿Dónde estaba Jesús? No era &lt;'n &lt;'I t&lt;'mpln.
St1rcaba sin rumor el Tiberiades,
y en onda inmó\'il su divino ejemplo
ma sombra á través ele las Edades.
¿,F.ra fe la mentil'a? ¿Luz la sombrn?
¿Un dolor el placer? ¿''irtud el Yicio?
Oh! Dios! quien te conoce no te nombra
si á ti no se alza en duro sacrificio.
Y surgió el Bien con el Amo1· eterno
&lt;la un estancado mar de odio y maldad&lt;•~;
y se vió que Jesús, sobre el Infiemo,
~meaba sin rumor el Tiberiades.

H
u,

o,_¡

Y vino la traición, ¡con qué perfi&lt;lin!
y alzóse la República, ¡qué gloria!
y fué la roja sangre en esa lidia
la tinta de las hojas de esa historia.
El dolor nunca vence ni quebrantn
si sopla el Ideal sobre la frente;
l:i. libertad! la libertad .... es santa,
si pasa como Dios de gente en gente.
Remembranzas de mártires soldados
que iluminais así nuestra memoria,
triunfásteis al morir, inmaculadoi:,
y alzóse la República, ¡qué gloria!

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¡.,

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lil
w

'

...

...

¡Citar un episodio, diez ó ciento!
que pulse aquí su lira el Infinito ....
llay uu orgullo enerme, el pensamiento,
y no alcanza á pensa1· lo que está escrito.
i Vencer á vencedores de Magenta! ....
¡Crnzar las bayonetas con los Zuavos! . . . '
Dió Zaragoza afrenta por afrenta
y vió el mundo lucha1· bravos con bravos,
¡Oh madre intelectual, excelsa Francia,
era de nuestras águilas el grito
voz de jueticia, nunca de arrogancia;
que pulse aqul su lira el infinito.

�232

ARo IV

REVISTA MODERNA.
El suelo se agrietaba, eran hostiles
hasta las piedras mismas del camino,
se doblaban las testas más viriles
bajo el adusto ceño del destino.
Mas cuando agujereada por las balas
flotó en Chihuahua, rota, la bander11,
en manos del indígena, las alas
tendió de nuevo el águila altanera;
de la tierra los púgiles brotaron;
llegó hasta el corazón soplo divino,
y á la voz de ¡República! se alzaron
hasta las piedras mismas del camino.

MÉXICO,

l8

QUINCENA. DE ÁGOSTO DE

1901

NúM, 15

REVISTA MODERNA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS E."VALENZUELA.

V

CIE N CIA..
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de D1tulát1.

Bajo el cielo del Norte, sin reposo,
sobre este suP.lo á la esperanza abierto,
¡qué uniforme en la historia más glorioso
que el frac de don Benito en el desierto!

........................................

¿Ois .... ? No es el caiión el que resuena,
es la férrea y veloz locomotora
que los mercados y las arcas llena
y su penacho tiile con la aurora.
Oh ¡Juventud! El sol surge radiante.
Empavesa la nave, llega al puerto .. . ..
Juárez no muere! ¡Juárez ..... !y adelanll'!
sobre este suelo :\.la.esperanza abierto.
JEsú.; F,, V ALENZUF:LA.

VENTA DE "LASCAS."
El Gobierno del Estado ha vondido al Sr. D. Ramón de S. N. Araluce toda la edición del libro do Yersos de Salvado:· Dlaz !\lirón. Es, por tanto, á aquel caballero á quien deben dirigirse las personas que
deseen adquil'ir la obra de nuestro egregio vate.
El contrato celebrado entre el Sr. Dehesa y el jefe de la importante casa librera es digno de la aten·
ción del público, por diversos conceptos
En primer lugar, la compra de diez mil Pjemplares de un libro, revela claramente la difusión de la~
letras en el p11ls. El Sr . .Araluce, que conoce su negocio, debd contar con que la mayor parte de los volúmenes sen vendida en la. República, y debe estar seguro de que en ella encontrará gran número do
lectores.
Y la adquisición demuestra que en 11éxico es ya estimado, en todo lo que vale, el esfuerzo del hombre que consagra sus energías al cultivo del arte de la palabra. En periódicos y revistas serán publicacados muchos arllculos en loor del eximio poeta veracruzano; pero ningún elogio será mejor que el que
al bardo ha tributado el Sr. Araluce, al desembolsar no pocos millares de duros, sirviendo de intermediario al autor y sus admiradores.
Por último, el Sr. Diaz Mirón ha procedido con una generosidad verdadernmente insólita. El comprador ha pagado S!l.27 por cada verso, por cada rengloncito del libro, y el poeta ha renunciado á respetnl)le suma en beneficio de la juventud que se educa en el Colegio Preparatorio de Xalapa.
El producto de •Lascas,, será empleado en obras para emiquecer el caudal, ya considerable, de la
biblioteca de ese establecimiento.
La donación parece haber pasado inadvertida. No hemos leido en periódico alguno los encomios
que el desprendimiento del Sr. Dlaz Mirón merece; pero si sabemos que tal acción, digna del alto y fuer·
te cantor, ha suscitado ingente sentimiento de gratitud en los corazones ele los jóvenes estudiantes, y en
los de todos aquellos que se interesan por la instrucción popular.

El Orden. Xalapa- Veracruz.

l\IADONNA DELLA ARPlE,-ANDREA DEL SARTO - FLOKENCa.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE J ULIO DE

1901

NúM, 13

REVISTA MODERNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACC ION: JESU S URUETA.
Tip. de Dubldn.

EJM:ERIAGAOS.

S necesario estar siempre ebrio. Todo está en eso: es lo único . Para no sentir el horrible
fardo del Tiempo, que quiebra vuestras espaldas y os inclina hacia la tierra, es necesario embriaga1·se sin tregua.
¿Pero de qué? De vine, de poesla, de virtud, á vuestro antojo. Pero embriagaos.
Y si algunas veces, sobre las gradas de un palacio, sob re la y erba verde de un foso,
en la soledad lúgubre de vuestra habitación os despertais, ya disminuida 6 desapare·
cida la embriaguez, preguntad al viento, á la ola, á. la estrella, al pájaro, al reloj, á todo lo que huye, á
todo lo que gime, á. todo lo que rueda, á todo lo que canta, á todo lo que habla, prnguntad qué hora es;
y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: Es la hora de embriagarse. Para no ser
loi esclavos mit·tirizados d el Tiemp:&gt;, emb:·iagaos, embria.r ao; sin d esca.n,o! D J vino, d e poesla 6 de
virtud, á vuestro antojo.
CrrALtLES

BAUDELAIRE.

FLOR DE OTOÑO.
Ven á escuchar mi cántig a oportuna
bajo el palio triunfal de la glorieta,
donde está deshojando tu poeta.
sus blancas ilusiones una á una.
Siento un largo Yahido que se adnna.
con la agonla &lt;le la tarde quieta,
ya baja el leñador de la meseta
y se dibuja el peplo de la luna.
Qué bello, junto al lago adormeci&lt;ln,
léjos del cieno y de la humana lidia,
besar tus labios rojos, mi sultana;
Mientras tornan las ave;; á su nid o
y los cisnes contemplan con envidia.
tu elegate perfil de americana!
Jos1~ LÓPEZ DE MAT URANA.
Buenos Aires.

PETA L LES pt;i LA PnurAvERA. -BOTTICELLT. - FIRENZE,

�TIEI, REGINA.

LEN'"DE:hd:AIN'"_
(CAPITULO DE UNA NOVELA).

Clamando á tu piedad en mi suplicio,
Como en un claustro lloro en mi amargma,
Hincándome las puntas de un cilicio
De anhelo que me hiere y me tortura.
Tu solo nombre mi aflicción modera,
Y cuando á ti suspiro y en ti pienso,
Perfuma mi aflicción, como si fuera
Tu nombre un grano de oloroso incienso.
¿Me verás con tus ojos soiladores
Y tne darás tus manos bendecidas
Cuando hayas comprendido mis dolores
Y cuando hayas tocado mis heridas?
Cuando hayas comp1·endido mis dolores

Y cuando hayas tocado mis heridas
Me verás con tus ojos soñadores
Y me darás tus manos bendecidas.

Eres la fuente que la sed apaga,
E res sombra apacible, eres frescura,
Y para el corazón que es una llaga
Un bálsamo divino de ternu ra,
Mi amor fundir espera tus enojos,
Y ya mi amor ha vi!,to á la esperanza
En el azul abismo de tus ojos
Relucir como el signo de la alianza.
Y quiere tu bondad mi sufrimiento,
Y ante tu solio mi pasión se inclina,
Oye mi voz, alivia mi tormento,
Tu1mrs EnuRNEA, STE LLA MATt' TINA.

L camarista había abierto la ventana ... La turbia claridad de una mañana
pluviosa se detuvo bruscamente en la flo1 ación arabesca de la cortina deslavada y derramó en la estancia sus cansadas y opalinas penumbras. Era
triste aquel cuarto de hotel! ... triste como las existencias náufragas ó aventureras ó vagarosas que alli hablan acampado, dejando en los lienzos raldos, en los maderos despintados y en los muros maculados y grasosos las
sucesivas huellas de su paso.
Cuántos, en medio de una vida de crimen, de miseria ó de orfandad habían hecho alto ahi! Los sitios de placer, los parques desiutos, los palacios
inhabitados, los lugares donde ha vivido la alegria, guardan siempre un
grato vestigio de Jo que fueron; tienen basta en sus ruinas una sonrisa melancólica. Pero ahí, entre aquellas cuatro paredes, en aquella atmósfera s:,turada por el miasma humano, la tristeza babia dejado su desconsuelo, la miseria su huella y el
vicio su sombra, lo mismo que el huésped anónimo que sobre la mesa olvidó la caja de medicinas, por
igual que la parrja enamorada que trazó en el muro dos nombres, en recuerdo de una noche nu pcial
misteriosa y furtiva, tal vez improvisada banalmente al azar de un encuentro callejero. Y todos aquellos huéspedes, la miseria que se refugia, la tristeza que se enclaustra, el crimen que vigila y los amores
que se esconden, hablan drjado en aquel cuarto el olor de sus alientos y el polvo de sus vestidos . . .
Aquéllo era la tosca falsificación del hogar; aquéllo era un mercado donde se vendla el reposo como
en otras partes se vende el vestido ó el alimento. Y triste, triste, con esa helada tristeza con que á veces
se despierta del sueño, como si sorprendiéndonos aletargado!:! y rendidos nos hubiese envuelto en sus
brumosos hipnotismos, el genio de las melancollas infinitas, l\Iiguel se incorporó en el lecho ...
Se habla acostado á las dos de la mañana; la tristeza que empañaba su espiritu le permitía verá
penas, como el apoteosis de un teatro radiante á través de un telón obscuro y desgarrado, la fantasmagorla de la noche anterior, las luminosas horas ele una noche, palpitantes con la ternura de un amor,
brillantes con los reflejos lujuriosos de la riqueza, perfumadas por los efluvios florales más que carnales
de una mujer hermosa! Entre los vahos de su presen te hastlo, en la memoria de Miguel hacían este cuadro los recuerdos: La mujer! ese era el sol radiante, ese era el astro, el centro de la pléyade á quien rodeaban los demás recuerdos, brillantes unos como flores de oro y esfumándose otros, los más lejanos, en
opalinas vaguedades de vla- láetea.-Ella vestida con los atavíos de la mujer que espera al Amor, en
postura teatral y lánguida, con la mirada radiante y sorprendida sobre el diván cuyo extremo se levanta como la negra prora de una góndola. Ese era en su memoria el núcleo, y Juego esparcidos en
desórden el mármol de un tocador; el bronce de un candelabro, los pliegues imponentes de u n cortinaje, el frú- frú de una falda, un perfume penetrante y capitoso, la desmadejada cabellera lustrosa
desplomándose lacia y en silencio; el chapln que cae y el ruido de su tacón sonoro. Y luego á las altas
horas de la noche, la salida furtiva, el deslizarse á lo largo de las paredes en la noche fria, flagelado por
un viento glacial que al bañarle el rostro revivla en sus labios el perfume evocador y almizclado, el
efluvio enervante de Ella, asociado á los placeres de la noche, el perfume de su alcoba, de su cuerpo, de
sus besos ...
Ahl Y qué despertar! Y qué maldición, encerrar aquellos recuerdos de erótica gloria entre las paredes de aquel cuarto miserable y vulgar! Si Ella lo viera ahí, ella que alguna vez, en un arrebato de
su libertinaje adorable le habla manifestado el caprichoso deseo de ir á verlo á su casa! ¿Su casa aquel
cuarto alquilado y ella ahl? Y le pareció á Miguel verla entrar y al principio mostrar levantando el velillo, la sonrisa de su rostro divino; pero luego traicionar la extrañeza, el desagrado, el desdén al fin que
debla despertar aquel tugmio en su sensibilidad exquisita de mujer rica y poderosa. Y tal idea, con el
poder que hubiera tenido la misma realidad, colmó el hastlo y la tristeza que aquella maiíana de lasitud
Yde enervamiento habían sucedido en el Animo de Miguel á la noche de excitación y de amor, Una reac-

,.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA .

ción, algo como una ola de amargura tenebrosa, asomó en su espiritu, se reflejó en el gesto imperioso
de su rostro, y de prento, desbordante y poderosa, ahogó con su cólera las ondas de su tristeza resignada.
Tomó un cigarro que lió distraldamente, mirando á lo alto, con esa mirada que n~ ve cuando una
imaginación trabaja, con el ceño contraldo en el rostro inmóvil. As! estuvo un-minuto, un minuto nada
más; el rApido momento en que los átomos simpáticos se unen, el instante preciso y fatal que engendra
la vida en la unión de dos seres que se aman, el minuto propicio y fecundo en que cae sobre la tierra
que lo aguarda, la semilla que ha de germinar.

Galanes que, á las primeras
tiranías del amor,
más flores pedis al valle
y al firmamento más sol;

20t

Poderosos de es te suelo,
cuya vana ostentación
abismo fué donde el oro
de vuestras arcas rodó,

.. ........ .... .. ..... ....... ... .... ............. ... ............... ... .. .. ..... ..... ............ ....
.... .... ........... ... .... ..................... ... ............ ... .. .... .. ..... . .... .... ............
. . . .. . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . .. . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. .. . . . . . . . .. .. .. . . .. . . .... ........ .. .. ..

Y en ese minuto, al ,~alor del egolsmo lastimado, á la sombra de una ambición hambrienta y desaforada, Miguel sintió en su espiritu lacio y desmoralizado, lo que nunca sintió en los veinticinco años de
su vida, una fuerza que se levantaba, un poder que surgla, un impulso que era luz y era potencia y á
cuyo fulgor apareclan empapados en claridad todos los caminos del éxito antes hostiles y llenos de sombra y que ahora se tendlan propicios ante sus ojos, como invitáudolo á emprender una marcha triunfal
hacia el áureo alcázar de sus sueños!
Y sintió algo también, algo tampoco sentido nunca, algo nuevo y doloroso, allá muy recóndito, en
lo más profundo de su sér. Sin explicarse por qué pensó en su madre y sintió un no sé qué abominable
como si la hubiera abofeteado ... Y luego con la misma ignorancia del misterioso por qué, pensó en una
novia muy querida, en una novia de los años juveniles, de esa Primavera en que para exhalar el amor
como un perfume estalla el córazón como una flor; novia querida con ese amor que recordado después
de muchos años, nos hace dudar si alguna vez hemos vivido alguna existencia de ángeles, en algún
mundo de ensueño .. .
Y al pensar en aquella novia cuyo puro recuerdo guardaba en su esplritu lacerado, como uno de
esos relicarios que sorprenden á veces en el cuello de una prostituta ó sobre el pecho de un galeote, Mi•
guel sintió el escalofrlo de una profanación que hubiera cometido en sueños y que al despertar le atel'l'a; sintió como si él mismo hubiera derribado aquel cuerpecito de niña y sobre él, sobre su único afecto
de inviolada purezal-pálido alta1· de misa negra- hubiera él mismo impulsado la epiléptica y cnpulosa
desbandada de un sabbat, los ebrios y ululantes tropeles de una bacanal desenfrenad&amp;!
Jo~lll Ju.aN TABLADA.
México, 1900.

Cuantos lloraís vieja cuita
ó sentls torpe rencor
y en cadena de pesares
oprimido el corazón,
Los ojos por consolaros
volved al árabe Job,
libre de toda.alegría,
presa de toda aflicción.
No de gloriados caudillos
persigais el esplendor,
que á vencidos y triunfantrs
confunde el tiempo veloz.

1'

Y pues dichas vaticinan
concordia, paz y perdón,
sueño de justo no espere
quien sangre humana vertió.
Ni de prócer altanero
demandeis nunca favor
si el yugo vil os reserva
de constante adulación.

JOB.
( Romance arcaico).
¿Quién si penas te rindieron,
- ¡oh, poeta del dolor! al recuerdo de las tuyas,
graves las propias halló . ... ?

Bien haya tu libro hermoso,
astro de tal resplandor
que, en la noche de las almas,
conducirlas sabe á Dios.

¿Cuál retablo, cuál estrofa
ó qué música ni voz,
á disputarte llegara
tan sublime condición?

Más alta poned el alma:
dejadla que vuele en pos
de quien merece más culto
y reverencia-mayor.
Del que, próspero y mendigo,
á las gentes·ofreció
de esperanza y mansedumbre
la no aprendida"_lección.
Del que triunfe de si propio,
y en cada nuevo rigor
canta al brazo que le hie re
un himno de bendición.
Luis BARREDA.

�REVISTA MODERNA.

PECADO DE AMOR.
ADRE! piedad para mi tribulación!-musitaba la pecadora con voz me•
]odiosa y apasionada.-Padre, yo le amé, le amo aún con todas las
potencias de mi alma ...... A pesar de su ingratitud y de mi expiación, á pesar de que él me abandonó á mi dolor como se abandona á
un leproso en su lazareto, yo le amo y le amaré hasta la muerte, basta más allá de la muerte!
La luz violeta del crepúsculo agonizante ponla diafanidaiies alabastrinas en aquel perfil blanquisimo de mujer de amor, mujer de treinta años cuya blancura mate y lumfnea era una profanación de su es•
tructura bizantina, de virgen-mártir inviolada, por la tremenda lasci•
via que despertaba la sola contemplación de sus ojos negrísimos y dolorosos, de su pequeña y purpúrea
boca semejante á un botón de flor reventado, de sus dedos largos, exangües y ardientes de tísica. La luz
violeta del crepúsculo agonizante esquemaba apenas el espectro del septuagenario levita hundido como
una momia asiria en la pequeña cripta del confesionario, los ojos marchitos, las falanges estriadas y
retráctiles, el cuello descarnado cuyos nervios recordaban los bordones de un violón. La luz violeta del
crepúsculo agonizante condensaba sus últimos fulgores en aquel rostro fascinante de mujer de amo1·, y
cstiqueaba con pavorosidad tumularia aquel espectro claudicante.
Y la pecadora proseguía:
-Padre! amor tan culpable y tan divino como el mío, no lo ha habido en la tierra ...... Yo co11ocl
el dolor de la violación y la maternidad sin haber sentido placer, porque me casaron sin amor, tiránica•
mente, y me arrancaron mis dos hijos, con la misma tiránica barbarie, sin que hubieran probado mis pe•
chos. La estirpe de demonios que hizo alianza con mi estirpe de siervos, me enclaustró en un palacio SO·
Jitario cuyos balcones fueron tapiados, cuya puerta férrea y enmohecida no chirriaba Pino para dar pa•
so á mi señor, al odiado fornicario, de cuando en cuando, en noches siniestras para mi!
Una noche, el viejo criado de mi prisión, se presentó en mis habitaciones ¡&gt;or la primera vez, pálido,
temeroso, y me dijo con el rostro abatido, sin osar levantar sus ojos del suelo:-•Sdiora, he cometido
un grave delito y vengo en demanda de perdón .... y lo que es más, de ayuda para encubrir ese delito!•
-Yo me puse á temblar espantada, temiendo una abominable revelación, y él prosiguió:-•Señora, an•
tes de servir aquf, yo serví á los señores de Noguerido muchos años; les debo grandes favoreE; ellos han
muerto, y el último descendiente de ellos, el niño Raúl, caldo en la pobreza y en la lucha por la vida, es
perseguido yo no sé por qué, pero no debe ser poi· un crimen porque no es un criminal; ha venido á pe·
dírme ayuda y yo le he dado asilo, lo he salvado de la policía frenética de cuyas garras pudo escapar...
Señora, yo pido clemencia para él y para mi!
Yo estaba helada por el asombro. ¡Pedirme clemencia, perdón y auxilio á mf, una secuestrada en
cuerpo y alma! ...... Era, acaso, una burla cruel? No! porque el pobre viejo imploraba mi gracia con
sincera humildad; y no bien le contesté que él era el guardián de aquella cárcel y que por mi parte no
diría nada, puesto que no hablaba con nadie, el pobre viejo me miró con un relámpago de sus ojos ríen·
tes, jubiloso, y desapareció á; dar la buena nueva á su protegido.
No pude dormir aquella noche. La presencia de un desconocido en mi prisión, de un joven, puesto
que el viejo criado le había dicho niño; su nombre que oído fugazmente me hirió como un dardo, Raúl
Noguerido, su persecución, su infortunio, todo me pesaba como mi propia desdicha.
A la madrugada dejé el lecho y llamando a Andrés le pregunté si el fugitivo se hallaba todavía
oculto; me contestó que sí y me pidió permiso en su nombre para ofrecerme personalmente sus agrade•
cimientos ..... .
¡Dios mio, qué hermoso era! Fiero, torvo, nervioso, con la cabellera florida al viento, con sus ojos
fulminantes á veces, pero á veces tristes, con su barba precoz y sedeiia del matiz de las avellanas sobre
sus mejillas sonrosadas de sangre pura, á pesa1· de su insomnio y su trance no bastante á domar su al·
ma fuerte. Al verme él se rubol'izó basta los lóbulos, contrastando su rubor con su aspecto altivo, y yo
debo haber estado pálida como la muerte, porque sentí un fluido helado en mis arterias.
-Señora, me dijo con ansiedad, no soy un criminal, soy un perseguido político; se me busca para
suprimirme, para hacerme desaparecer, y mi libertad y mi vida son necesarias para el triunfo de mi par·

207

tido; me acordé que Andrés fué leal á mí casa y be venido á pedirle hospitalidad; yo sabia que guarda•
ba esta propiedad, pero no que la habitara usted ...... Pido solamente un refugio en las habítaci.-.es de-- ~
Andrés por breves días, mientras pasa la efervescencia de mí persecución, para poder comunicarme con
mis partidarios y huí1· de la ciudad. . . . .
Yo no ol, no escuché más, estaba subyugada, fascinada, vencida por el poder magnético de Raúl;
contesté balbuceando que hiciera lo que le pareciera prudente y apenas se retiró, cal anonadada y temblorosa como si fuera á moril' ...... oh, sí! no era criminal, no era reo ...... quó digo! e1·a grande, era
bueno, era noble, era bello!. ..... Temí por su vida con un pavor hasta entonces para mi desconocido,
como si fueran á arrancar de mí corazón algo menos sagrado pei·o más humano que el amor de mis hijos á. quienes no conocí sino por un dolor moral y físico tan tremendo, que me había dejado insensible.
Pero ahora que despertaba de mi catalepsia criminal é inconsciente, de mi pasividad de hembra secues•
trada, de hembra infamada por el arrancamiento de los hijos de mis entl'añas bajo el pretexto de que no
se nutrieran con mi leche enferma, la savia que yo sentía acumularse en ondas rebosantes en mis pechos
úberes, pero con el fin demoniaco de que mi cuerpo no perdiera su hermosura, ahora que mí alma despertaba en rebelión ante el conjuro de algo que es más poderoso que la muerte y que la vida, sentía despertarse todos mis afectos muertos en el amor de aquel hombre&gt;, sentía que todas mis pasiones latentes
haclan erupción condensadas en aquel cráter.
Me levanté de un salto, como una tigre sorprendida en su sueño; llamé á Andrés imperiosamente,
por la primera vez de mi vida, y le ordené que dispusiera y amueblara una habitación digna de su hu ésped, al otro extremo de los aposentos. La orden seca y breve me produjo un temor pueril, el de habe1·
herido al criado y que alejara a Rnúl de la casa; llamé nuevamente y le recomendé con dulzura dijera
al joven que no tenla que temer nada, que aquel alejamiento provenía de mi situación delicada y para
el'itar la murmuración de la servidumbre, por otra parte segregada en su departamento por estricta orden, si llegaba á descubrir ó sospechar su estancia. Le hice llevar libros al solitario, dos ó tres pobres
libros que eran los únicos que poseía, y pasé la mañana y la tarde agitadisima. y febril. Llegó la noche
y mi sufrimiento fué indecible ...... Raúl escaparía, hui ria atormentado por la incertidumbre y la ner•
viosidad de la lucha ...... Huiría al azar, ;\. la ventura, siguiendo su destino, y yo le perderla ...... le
perderla cuando apenas lo habla conocido!. ..... Creí CIÍI' un ruido lejano de una puerta que se abría y
ya no pude más: salté del lecho, eché sobre mis hombros un peinador y salí semidesnuda, azorada, palpitante, creyendo llegar ya tarde para impedir la fuga ...... Bajó los peldaños trémula, sintiendo con
la frescura de la piedra en mis pies desnudos y ardientes un consuelo ...... Era un pleniluriio de Agos•
to, suavemente velado por copos de nubes bogado ras ...... Hollé el césped del pequeño parque perfumado por las lilas ...... y de súbito, frenética, loca, venturosa, hallé refugio en unos brazos constrictores y sentí que una boca anhelante se prendió á. la ardorosa mía ...... !
-Sé tu historia-me decfa después en mis brazos-tu amarga y horrible historia cuya pavorosidacl
me ha relatado Andrés ..... .
Y yo riendo y llorando de felicidad, le respondía:
-Pero hoy ya soy dichosa. contigo, ya soy dichosa por ti!. ..... DJ mis brazos tan sólo to arrancará
la muerte!
... Ah! Padre! Amor tan culpable y tan divino como el mio no lo hubo en la tierra!. .. La dulce can·
tividad de mi prisionero de amor, fué para mi un suicidio insaciable de ventura!. .. Me destruí, me agosté, me eonsumf, me abrasé como liana al fuego, bebí con avidez la copa henchida de mi vida que me
escanciaba mi amado ya tarde! ... Mi csplritu y mi cuerpo manchados se purificaron en mi dón soberano,
011 la donación que de mi sé1· todo y de mi vida toda hice en aquellas perennes nupcias!. .. Mi amado,
ebriante de amor y deleite los primeros días, se dejó mecer en aquel paréntesis extraño de su vida azarosa, se dejó lleva1· á flor de agua en el barco de velamen de púr pura de nuestro lecho flotante en pleno
cxtasis, se dejó aprisionar en la cadena de nardos floridos de mis brazos!. .. Yo supe adunar al ardo1· da
Xoemi la Sulamita, el pudor de Bethsabee, sorprendida infinitas veces por Raúl al borde del lecho ó al
borde del baño, con el solo ropaje de mi tez de azucenas!. .. Oh, Padre! be sido muy culpable! ... pero
yo sabía que la irresistible s.:iducción de mis encantos era mi única arma para detener á mi amado, en
CU)'O corazón, secretamente, sin que él mismo lo comprendiera, comenzaba á germinar la flor envenena•
llora del hastio ... ¿Qué frases mías podian cautivarlo, á él que lo sabia todo, á él, que en los instantes
de ebriedad me decía palabras tan bailas, que á su sonido yo me St:ntia desmayat· y morir de dicha? ...
¿Qué encantos cortesanos desplegar ante él, si yo no poseía ningunos, enterrada viva lej()S del mundo? ... A veces quedábase él pensativo, con la mirada errante por el panorama de lucha y de glol'ia q\1.6
evocaba su imaginación rauda, espoleado por su sed irreductible de brillar, de predominar, de triunfar,
y asaeteado por el remordimiento de su inactividad, contraía su boca un rictus sardónico y plegaba S\I.S
cejas la garra de águila de la ambición. Entonces creía yo perderlo para siempre, y como mi fuerza nQ
era el ruego, cautivá.balo con mi aroma de flor, con mi desnudez de flor, con mi frescura deleitosa ele
flor, con mi alma y mi cuerpo sin artificios ni hipocresías, con mi resignación silenciosa que él lela eQ
mis ojos que le decían: "si te vas me muero" ... y tras esos desfallecimientos volvía como en la rueca de
0ufalia á tejer las hebras de sol de mi amo1· en cenit, y en renovados holocaustos proseguía yo desbor·
dando mi vida, precipitando mi muerte por donar una felicidad que me hizo y me hace aún tan ven•
turnsa!
La tisis q\l.e galopaba furiosamente en i:¡¡i organismo para rper mi juveµtQ.d predestin11-da y atáyica 1

�208

REVISTA MODERNA.

ponla fulgores prodigiosos cu mis ojos quemantes, en torno de ellos ojeras deleitosas que crau la adoración de mi Raitl, y regaba con diafanidades lunescentes mi cuerpo bellisimo, donándole la apariencia de
las manzanas legendarias del Mar llluerto ... La combustión vertiginosa de mi sangre precipitaba mi vida
á. una última explosión do hermosura prodigiosa; pero me moría, Padre, me morfa de amor y ele ventura, me morfa y me muero de tanto haber amado!
La pecadora se detuvo un instante para reanudu entre sollozos la narración de su inmensa desdicha, la huida de su amante que habla bebido el amor hasta las heces y corría á. bchc1· la gloria, la ambición, el poder, sus grandes ideales no saciados ... Pero el sacerdote ya no la ola.
Recorría pesaroso, con la videncia de su claro intelecto, su vida entera semejante á. una sabana desierta, sin anfractuosidades, infecunda y maldita .... su infancia consag1·ada á. Dios, su juventud consagrada á. Dios, su vejez consagrada á. Dios ... ¡Cómo! era posible que una pasión humana pudiera a.si
arrasar una vida cual un tifón un litoral entero? ... ¿Qué cosa era, pues, el amor humano que consumla en breYes dlas una Yida, en tanto que la Yida. de ól no se consumla aún en el amor divino despuéa
de setenta años? ... Qué mal tan tremendo y tan deleitoso era el amor que a.si consumla en una hoguera
de delicias á los predestinados á amar?
Sus ideales de mlstico se le aparecieron como él, envejecidos, ma1·chitos, claudicantes ... De niiío
soñó en los coros seráficos, de adolescente en los principados arcangélicos, de hombre en los tronos y
dominaciones coronadoras de los mártires, de los vencedores por el sacrificio, de los triunfadores de la
carne y del mundo, sublimados por la exaltación y la transfiguración extática ... Pero él no habla conocido las grandes pasiones y por tanto no habla jamás luchado con ellas; su abnegación habla sido estéril, no habla surgido acrisolado en la prueba, no habla ganado la palma en buena lid ... y ahora, en sus
sueños de anciano, vela como premio el descanso, un humilde escaño entre los ancianos celestes, una
pensión vitalicia para la eternidad entre los inútiles, entre los inválidos anónimos ...
Y aquella muje1· de amor estaba ali!, volcánica, trágica, expirante, consumida por el fuego de una
pasión, devastada por todas las amarguras, devorada por todos loe dolores, apuñaleada por todas las ininfamias, por todas las monstruosidades, por todas las tiranlas, por todas las iniquidades humanas ... y
pedla clemencia, ella, para quien jamás clemencia hubo! ... y demandaba gracia, ella, para quien jamás
descendió el roclo de la gracia: ... Ardía encandecida hasta consumirse en su amor, y la infortunada
confesaba humildemente su divino pecado, divino puesto que la fulminaba como un castigo, y venia
arrepentida implorando piedad ... !
Lentamente, los ojos marchitos del viejo llenáronse de lágrimas, que en la penumbra violácea semejaban tenues fosforescencias en las cuencas de una calavera exhumada ...
La pecadora lloraba rauda.losa.mente, y el Jordán de su llanto bañaba lustralmente su alma hasta
dejarla pura, más blanca que su cuerpo blanqulsimo ... Lloraba inconsolable, interpretando la meditación doliente del sacerdote por una negación condenatoria ...
De pronto el espectro levltico se irguió, extendió sus dos manos trémulas y senilmente bendecidoras, y exclamó con voz augusta y conmovida:
-De todo mi corazón te perdono! ... Véte en paz ... !
Pero ya era tarde!
La pecadora habla caldo de bruces, muerta en una hemoptisis, y su pequeña boca florida besaba en
un supremo beso de amor un lago de sangre purpurina.
R U HÉN

1901.

l\f. OAl\IPOS.

&lt;POEMAS CRUELES).
A

JESÚS URUETA-.

I
Despertó; abrió los ojos con la inquieta
Cobarde timidez de un sueiío largo
Súbitamente roto por la brusca
Invasión de la luz .... Amanecla.
Un florón palpitante de reflejos
Se prendió á la ventana, entró en la alcoba,
Hizo arder el cristal de los espejos
Y se estrelló en la puerta de caoba;
Corrió con rapidez por los tapices
En cuyo fondo pálido y obscuro,
Pintó franjas de luz, rojas y vivas,
Que fingieron sangrientas cicatrices
Abiertas de improviso sobre el muro;
Limpió, de un golpe, al oro agonizante
De la cortina, el polvo de la sombra,
Y abrió el cáliz exótico y gigante
De los lirios azules de la alfombra.

Incorporóse Carmen con pereza,
Entreabrió los labios voluptuosos,
.Y con mobln de hastlo y de tristeza
Alzó los brazos finos y nerviosos.
Echó h~cia atrás con movimiento franco
La clara cabellera en que flotaban
Los rizos con rebeldes desenfrenos,
Y apareció por fin, desnudo y blanco,
El torso de alabastro que manchaban
Las dos pálidas rosas de los senos.

Despertaba de un sueño sin visiones,
Negro, brutal, profundo, en el que hundida
Se sintió muchas horas; un abismo
Que, de pronto, en violento cataclismo,
La arrojaba sin fuerzas á la vida.
Y asombro sin palabras era el suyo;
Entre sus ojos que el temor velaba,
Sombríamente g laucos, el cocuyo
Intenso de la fiebre chispeaba.
Miró á su alrededor . . . ¿En dónde estaba?

�210

REVISTA l\WDER.N"A.
Reconoció la alcoba .... De repente,
Sobre el lecho en desorden,
Por inquietudes locas removido,
Contempló con estúpida fijeza
Que habla en la almohada una cabeza
De Holofernes dormido.
¿De quién era la testa innoble y tosca
Que junto á si tenla,
Y entre cuya expresión, salvaje y hosca,
Se deslizaba un gesto de ironia?
¿De quién era esa faz-á. un tiempo llena
De placer, de cinismo y de desg1·acia~
Encuadrada en la indómita melena
Luciente, ruda, sudorosa y lacia?
¿De quién era, de quién, aquel cetrino
Rostro de frente estrecha y boca astuta,
Casi perdida entre la barba hirsuta
Húmeda aún de besos y ele vino?

Carmen parpadeó; las manos trémulas
Hundió en la clara cabellera rubia,
Sacudió la memoria, y una lluvia
De recuerdos cayó, con el esfuerzo
Iracundo y cruel de sus congojas,
Como del árbol que sacude el cierzo
Con temblor invernal, caen las hojas.
Fragmentos de episodios se estrellaron
En su cerebro lóbrego, y silentes
Se desgranaron, duros ó deshechos,
Confundidos, cercanos y remotos,
Sin precisión ni claridad á. trechos,
Y á trechos con facetas relucientes
Como cristales rotos.
Y allí encontró, más firme y más sarcástica
La postrera impresión de lo pasado:
La última noche orgiástica,
Y el último beodo enamorado.
Aquel hombre salvaje y atezado,
De su lecho escondido entre las sedas,
No ora de una visión el devaneo,
No era tampoco un hombre, era un desea
Que le arrojó un puñado de monedas.

Recordó que con hipo y vacilando,
Al terminar la encanallada escena,
La habla ól conducido al lecho blando
Y allí la desnudó, canturreando
Una frase de amor, vulgar y obscena.
No obstante, ¿qué extrañaba? ¿qué era aquellojl
Una aventura sin valor, sin nota
En su vida común .... ¡ah! cuántas veces
Se despertaba así, con languideces,
Triste, cansada, adolorida, idiota.
Pero quizá por sugestión ignota
Venciendo su iudolencia y su quebranto,
Enti-e la luz de ámbar de aquel día
Carmen se puso á meditar, en tanto
Que Holofernes dormía.

lI
Ese mismo florón de oro y grana,
En época feliz, dulce é incierta,

REVISTA l\1ODERNA.
A.sornado al cristal de otra ventana
Muchas veces le dijo en la mailana
Con un bo-rito de luz: • vamos, despierta!•
.
Sólo que entonces ni incendiaba csprJos,
Ni ardía en la caoba de la puerta,
Ni manchaba tapices .... ¡Y quó lejos
Debió de haber volado la memoria
Para traerle, tan brillante y viva,
Aquella evocación intempestiva
De la casta leyenda de su historia!
En la cámara humilde y bien oliente
A salud y á violetas, sin disgusto
Ni cansancio, cala de la altura
De un sueño azul; con Infantil sollurn
Agil erguía el delicado busto,
Flexible, sastlsfecha, sonriente,
Para ver, con mirada pudorosa,
En el intacto lecho una radiosa
Cabeza de Jesús adolescentr.

Era su alegre despertar de esposa!
Su vue:ta de una noche do delicia,
En que sintió, cual rápido aleteo,
La cobarde opresión de la caricia
Que apenas palpa y huye-temerosa
Sonámbula del púdico deseo.y al recordar sus goces juvenilee,
Cayó como una flor en negro río
Una gota de miel en la dantesca
Corriente acibarada de su hastío,
Y temblaron sus senos con la fresca
Sensación de una lluvia de rocío!
Después .... sig11ió sumida en el letargo,
Meditativo y hondo,
En que nada se piensa, y sin embargo,
La idea nos ahoga y nos oprime,
Y de la sima en el obscuro fondo,
Un pensamiento informe, pero amargo,
Combate y clama, y se retuerce y gime!

. ... Y no, no era verdad; no fué su vida
La infeliz y escabrosa confidencia,
La narración compuesta y aprendida,
Elegiaca y vulgat' de una existencia;
El cuento burdo que á la vez clemencia
Y admiración implora,
Dicho en voz baja y con falaz semblante
Por distraer la· necia y repugnante
Embriaguez dél amado.de una hora;
La tragedia que urdía en sus ex~esos
Con el afán de sorprender, de pnsa,
Una lágrima indócil en la risa
Y un ¡ay! de compasión entre los besos.

No fuó su carga de dolor humano
La que la hizo caer; no _fué la ira
Desesperada, ó el despecho insano
Quien la empujó hacia el burdel. .. . ¡mentira!
¿A qué el engaño inútil? Algo era
De lo que en alta noche y en secreto
Le confesaba á alguna compañera

2 ll

�213
212

REVISTA l\lODERNA.
Con frases cortas y ademán inquieto.
Y la verdad iluminó el abismo:
Su desdicha y su mal no estahan fuera;
Se hallaban dentro, en ella, en su organismo.
El psíquico poder que desentraña
Y analiza, formóle una inconsciente
Clarividencia lúcida y extraña.
Corría por su sangre y daba vuelta
Bajo su piel de raso, el invencible
Ardor, porque en su sangrn iba disuelta
Una pasión satánica y horrible
Que dormitaba mucho, y de repente
Se alzaba más resuelta,
i\Iás tenaz, más cruel, más insolente!

Ahora lo vela¡ ya el destino
Desde temprano le marcó el camino. , ..
En la niñez aún, sus ilusiones
De blancura serena y eucarística,
Sus ardientes y largas oraciones,
Sus arrobos y éxtasis de mlstica,
Sus alucinaciones ....
Más tarde, cuando siente la pureza
La primera obsesión de los sentidos,
Sus duros arrebatos concluidos
Y deshechos en llanto y en tristeza;
Y al fin, cuando el amor vino discreto,
En la hora solemne de la cita,
La tentación curiosa, la infinita
Ansiedad de romper con el secreto ....
¿Por qué al verla tan vil y degradada,
Hender su faz doliente con la injuria?
Era forzoso: estaba condenada
A cadena perpetua de lujuria!

La irreflexiva rebelión colérica:
¡Qué dramático fin para un &lt;'medo
Tosco! .... Y aparecla el ansia histérica
De matar .... ¿y por qué?
-¿Por qué? .... Por nada,
Por ver sangre...... y también por asco y miedo.
..**
Para abreviar su vida atormentada
Se entregó hasta sentir que el inseguro
Y débil cuerpo, hermosamente tísico,
Halló en el fondo del placer impuro
El sufrimiento espiritual y el físico!

Y cuando la tormenta se perdla
Y los anhelos fuertes y rabiosos

Una noche sintió que, rebosante,
En la alcoba nupcial, callada y tibia,
Azotaba su cuerpo palpitante
Una pérfida onda de lascivia,
Y el dla en que ella cometió el delito
Alguien le gritó «¡ven!• con un inmenso
Y voraz apetito;
Y entonces fué-¡oh lúgubre descenso!Cuando pasó, sin que ella lo recuerde
Con la precisa claridad que anhela,
Del beso alado que se posa y vuela
Al ósculo bestial que lame y muerde!

•
**
Centelleó la trasparencia verde
De sus ojos de mar! .... ¿Por que brotaba
Del sueño Ain visiones y profundo
Donde acababan de dormir, hundidos,
Sus recuerdos? ¡Qué dulce es ese mundo
De todos los olvidos!
¡De)u locura inicua era la esclava!
¡Cuántas veces, insomn(entre la sombra,
Al concluir un delirante espasmo,
Deslizábase á tientas por la alfombra
Con repentino y trémulo entusiasmo,
En busca de un puñal! .. . . Era obstinada

1

f

Se alejaban y ella resurgla
De aquellos frenesíes dolorosos,
¡Qué mudas y qué dóciles tristezas!
De volver al.hogar .... ¡cuántos empeño~!
¡Qué afán de melancólicas ternezas,
De voces blancas y de castos sueños!
¡Qué despiadado y funeral suplicio
Sentarse de su alma en los escombros!
¡Qué infamante su lúbrico ejercicio!
¡Qué pesado llevar sobre los hombros
El cadáver del vicio!
Viendo niños lloraba-¡oh desventura
De la que vive en el pantano inmundo!Ser hembra y no ser madre¡ ser impura,
Y sufrir ante un niño la tortura
De un vientre ya estrujado é infecundo!
. .. . ¡Qué pobre voluntad! Cuando soplaba
Sobre su vida solitaria y yerma
El cálido huracán que la arrastraba,
No tenla la culpa .... era una enferma,
Una enferma!
Y al ver cómo temblaba
En el cristal el oro de aquel~dla,
Triste, sin fuerzas, reprimiendo el llanto,
Carmen se puso á sollozar ....
En tanto
Holofernee dormla .... !
LUIS G. URBINA,

�215

REVISTA MODERNA.

FIESTAS DE POETAS.

Eugenio Manuel ha sido denotado cinco veces; una más que Víctor Hugo á quien la Academia rehusó en cuatro elecciones. Me parece que la Academia se honrada, dando á este poeta de corazón Y de
sentimiento, el sillón de otro poeta que fué su amigo, el de Henri de Bornier; hay dos competidores probables, pero son jóvenes y pueden esperar.
Manuel ha escrito mil poemas perfectos, de los cuales diez por lo menos son obras maestras.
Si no hubiera escrito el Ausente ese acto que sirvió de debut á Sarah Bernhardt en la Comedia Francesa, ni los Obre1'os, ni esa Robe, q~e es un modelo de emoción, ni los poemas patrióticos del año terrible, bastaría solamente mencionar la • Canción de llluerte,• tan corta y que no puede leerse en voz alta,
sin sentir húmedos los ojos.
Leedla:

CHANSON DE MORT.
Janvie1' 1871.
l\Ion Pcrn, oú done vas- tu ?- Je vais
Demander une arme et me battre ! ....
- Non, pcre! antrefois, tu servais:
A notre tour, les temps mauvais!Nous sommes trois-Nous sel'Ons quatre

ONOCEJS los Conciertos Modernos?
Están organizados por un comité en el que brillan, entrt- otras celebridades, Frani;ois Coppée, Julio Clal'6tie, Anatole France, G. Lanoumet, Julio Lemattre,'Piene
Loti, Massenet, Sully Prudhomme, Richepin y André Thuriet.
Tales nombres imprimen á esta empresa un completo eclecticismo, lo cual ha~e
que los Conciertos obtengan grande éxito. C'ida semana se organiza una especie
de festival, dedicado á la vez, á un poeta y á un compositor, y el festival se repite
dos veces. Primero en Montmartre, en la Sala de los Ag1·icultores, calle de Atena!', y al dfa siguiente en
el otro lado del Sen:i, en la Sociedad de Hoi·ticultura, calle de Grenelle.
Cada salón puede contener mil doscientas personas, y en cada festival se niega la entrada á mucha
gente, l_o cual parecerá extraño, pero es exacto. Es fá cil explicar la afluencia de concurrentes, por dos
motivos: Primero, por lo selecto del programa, pues artistas de talento interpretan las principales obras
ó los principales fragmentos del poeta y del músico en cuyo honor se celebra el festival. .... y además .. . .
(porque es preciso decirlo todo) las localidades son casi gratis.-Copio en apoyo de lo dicho, de uno de
los últimos programas, la insidiosa anotación siguiente:
•Como este festival se da por invitaciones, no se cobran las localidades. Sólo se percibirá un franco
y cincuenta céntimos por derechos de entrada.•
Si hemos de hablar claro, la entrada cuesta treinta céntimos, y uo es caro por escuchar diez actores,
cómicos y cantantes, que interprentan de las dos á las cinco de la tarde, una antologla de dos maestros.
Para dar á estas fiestas artlsticas un carácter literado, la sesión va precedida siempre de una corta
conferencia; las conferencias generalmente se escuchan con gusto y Leo Claretie ha obtenido en ellas
grandes triunfos.

Los organizadores me han dacio la sorpresa de pedi rme las tres últimas conferencias; la primera sobre Alfonso D.1udet y Bizet, la segunda sohre Pailleron y Yerdi y la tercera sobre Eugenio l\Ianuel y
Ambrosio Thomas.
Al estudiar la obra de Eugenio Manuel, una de las cosas que me han sorprendido y que me habrían
escandalizado, si desde hace mucho tiempo no hubiera aprendido á no escandalizarme de nada de lo que
pasa en el mundo de las letras, es mirar que el exquisito poeta de los Obreros, no pertenece á la Academia, donde seglll'amente hay hombres de gran valer; pero donde escasean los poetas.
Observad que Eugenio Manuel no ha desdeñado el ir á llamar á la puerta del edificio del puente de
las Artes. La pdmera tentativa data. de 1876; el sillón de Patln estaba vacante y fué electo Gaston Boissier por veintisiete votos; Eugenio Manuel sólo obtuvo un voto, exactamente como Leconte de Lisie cuando se presentó por primera vez. Cuatro años después, en 1880, á la muerte de Julio Favre, Manuel se
prn11c11tó de nueva cuenta, y esta vez obtuvo trece votos; pero le denotó el abogado Rousse que obtuvo
dieciocho, mientras que Henri de Bornier sólo obtuvo tres, y UDG Paul de Saint-Víctor.
En 1881, tercera tentativa para el sillón de Duvergier de Hauranne y tercera derrota; entonces fué
electo Sully- Prudhomme por dieciocho votos, contra once de ·lllanuel, dos de Fl'ani;ois Coppée y uno de
Bornie1·.
En 1884, á la muerte de d'Haussonville, la Academia nombró en su lugar á Ludovico Halévy por
quince votos y diez del autor de • La Robe.•
Por último,'.en 1° de Mayo de 1890, quinta tentativa para el sillón de Emilio Augier. !labia trece candidatos; ved el resultado de cinco escrutinios:
Thureau- Daugin, ocho votos; Lavisse, diez; l\Ianucl, seis; Pierre Loti, seis; Brunetiern, tres; Ent'ique
Houssaye, dos; Zola, dos; André Theuriet, uno; Barbier, cero; Favre, cero; II. Becque, cero.
Según la costumbre, la elección se difirió para seis meses después y triunfó Freycinet.

-Le jeuue est mort: voici sa croix.
Retourne au logis, pauvre pcre!
La nuit vient, les matins sont froids.
Nou3 le vengerons, je l'espcre,
Nous sommes deux-Nous serons trois !
-Pcr&lt;&gt;, Je sort nous est funeste,
Et ces combats sont hasardeux:
Un autre est mort. l\fais je l'atteste,
Tous seront vengés: Car je reste!
Il suffit d' un! -N ous serons deux.
Mes trois fils sont lá, sous la terrl',
Sans avoir eu meme un linceul.
A toi ce sacrifice austcre,
Patrie! Et moi, vieux volontair&lt;&gt;,
Pour les venger, je serai seul!
El poeta que ha escrito tales versos, tiene derecl~o á sentarse bajo la Cúpul~ y _si la puerta de la Academia se ha cerrado ante ól, cinco veces, deberían 11· á tomarle de la mano é mv1tarle á sentarse en el
sillón vacante por la muerte de otro poeta.
.
Pues qué, ¿ la polltica absorbe á tal grado á esos caballeros del puente de las Art~s, que olvidan que
están alli para nombrar hombres de talento? ¿ Qué haceis, vosotros, Coppée, _Bru_net1ere, France, Claretie, Sardou, Lemaitre, Sully- Prudhomme, Legouvé y otros; todos los que deb1era1s col~¡:ar al talento ante todas las consideraciones de bastidores y de intrigas?
Pero volviendo á Manuel; antes de hablar de é l, le pedí contribuyese á mi información. He aquí las
hojas que me envió:
.
¿ Cuáles han si,.lo, la alegría mayor y el mayo1· dolor de vuestra vida?
.
. .·
Si se trata de la vida intima; contestar, ¿ no serla tocar las más santas emociones ~el alma Y au 1es"'arse á heril' los sentimientos más delicados, abrir ante las miradas de los indiferentes o de los burlones,
santuario en que se alimenta, en culto secreto, el inviolable recuerdo de las felicidades y de las tristezas de este mundo. Amores compartidos, matrimonios benditos, cunas angélicas, duelos no consolados,
¿ no es la materia banal y sagrada de todas esas contestaciones?
_.
y aun cuando yo también evocase_Ia alegría sin igual que hace cxpenmcntar e~~ sí legal, eRe _sí . timido y sonriente que se escapaba de los labios de la joven amada; aun cuando yo_ d1Jese el_ ~olor umco
• h" o ante la faz helada de la madre querida, ¿ habría enriquecido vuestra mformac1on con tales
d e Un
IJ 1
•
•
• ? S'
confidencias? ¿ Quizá sea preciso hablar de la vida moral y poner en Juego la conc1enc1a
1 nos atreviésemos á ser sinceros, la mejor acción serla la mayor de las felicidades, c~mo la peor falta seria el d~lor más agudo. ¿ Esperais tales confesiones? Y si, pasando á otro orden de ideas, despertase la memo na
del ciudadano y del patriota, ¿ habrá dolor comp:i.rable al que sentimos cuando los vencedores de 1871,
pisotearon las calles de París? Pero entonces, ¿ la gran alegria?
¡Ah! esa no ha llegado aún.
.
.
Si separamos todas esas respuestas, ¿ qué queda? La vida cornente con todos los sucesos felices ó
desgraciados que la forman.

:1

�HEVI~TA MODERNA .

216

ARo IV

Pern, ¿qué psicólogo, para contc~taro~, sabría compal'ar, clasificar, gratluar, pesa1· tautas satisfacciones ó penas iucesivas que tienen su ella. y su hora y que se jnzgan tan diftirentemente A distancia?
¡ Cuántas alegrlas y dolores que se transforman, se atenúan, se volatilizan y palidecen! ¡ Cuántas pasiones que Sll calman!¿ En qué se convierten cuando uno envejec&lt;', c~os triunfos y esas contrariedades, esos
encantos y esas desesperaciones? Sin embargo, quisiera concluir y puesto que interrogais-especialmcnto quizá-al poeta y al autor, siento más facilidad para contestar.
Separemos los grandes asuntos, familia, patria, deber, hechos para el respeto y el silencio; tlcscl'n·
damos Aaventuras más vana~, á impresiones más accesibles y ponderables. Entonces, diré que mi mayor
alegria literaria ha sido conocer el triunfo, iba á decir, la popularidad, sin haberla solicitado ni buscado
PQr ejemplo, en la rno" r&lt;'prcsentación de mi drnma Los Ob1·eros, en el Teatro Francés. ¿ Y el mayor do lor? ¡ Ab ! no os riaif: es el de ser traicionado por su~ amigoF, en las horas decisivas, cuando se tenla In
ingenuidad de contar con clios.-Euyenio Mantu l.
Esta es una confesión completa.
Cualquier comentario 11!. dcbilit11rla y vnlt\ rn:1s to: minar.
JEA:S

(Trad. de •Revista Moderna.•)

CÁNTIGA.
I
Ya sé que es inútil, y adoro tu blanca. hcrmosur11 1
más fú!gida y pura
que el lfmpido ciclo del alba gentil. ... !
Ya sé que es inútil, y amándote voy, alma mi11,
y en honcla agonia,
sin fll ni esperanzas me muero por ti!
JI
Y cómo no amarte? de amor hechiceros
tus húmedos ojos parecen lejanos luceros:
murmullo en las hojas del Ar bol tu voz .. . .
tu imagen parece que flota en el viento ... .
granada es tu boca; tu aliento,
lisonja del airn y aroma de flor!

m
Ya sé que es inútil! .... Jamás nuestras alma~,
á la sombra feliz de las palmas
del verjel do la dicha hallarán,
ni el sueño inefable de blanda ternura,
ni rápidas horas, ni paz, ni ventura,
ni el agua serena del mismo raudal!

Ir
Adios, alma mla! la pálida luna
que oyó de mi canto la queja importuna,
también desdeñosa,
como tú, me negó su fulgor ....
¡Dulclsimos ojos, lejanos luceros,
ay de mi, si jamás he de veros,
y anheloso de luz, en las sombras,
l'l'l'ante camino, muriendo de amor!
:\[ILK.

BERNARD.

MÉxICO,

2¡\

QCJINCENA DE JULIO DE

1901

N-0-M, 14

REVISTA MODERNA
ARTE V
r&gt;il!l~CTOB: ,JESlJ8 F.. VALEN7.UEí,A.

CIENCIA.
,JEFE DE TIEDACCJO::-:: JESl:18 URU ETA.
T i}) d e D11Udn.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>MÉXICO,

ARo IV

2'\

QUINCENA DE JUNIO DE

NóM,

1901

12

REVISTA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS, E. VALEN ZUELA.

Y~CIENC I A. .
li.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn,

CRUCIFICAT.

- -----

-

-----

--

AL llU CÓ Ll CO AlllEDICU(()

DR. D . JOAQUIN' ARCADIO FA.GAZA.

'
Al pie del monte el pueblo vocifera,
~laldice, rscupe, hiere .... •¡Profetiza! •
Prorrumpe el eco al estallar con risa
Entre un rugido de enjaulada fiera.

.

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. ...

• Ut!sdt udd• clama por la vez postrera,

La impura voz que al manso martiriza;
•¿Por qué me desamparas?• . . .. y agoniz:i
En medio de una oleada pasRjerr..
El Rey de los Judlos vueh·e ~· clani
Sus ojos de perdón mirando al cielo,
Y al expirar sobre su grry esclava,

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Cada gota de sangre por el suelo,
Del cáliz de su amor, el crimen lava,
De la raza dispersa y bin consuelo.

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LAS GUITARRAS.

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AL J,IO MAXGEL MARRO:- .

Bajo agreste fl!stón de umbrosas panal",
Fresco dosel en la enervante siesta,
La turba campesina está de fiesta
Sueltos los chales, flojas las chamarras.
De mano en roano rebosantes jarras,
S ueltan el jugo que al amor apresta,
Y almas del canto, como sola orquesta,
Dan su alegre concento las guitarras.
\'ibra el aire encendido en cada boca,
Y en cada pecho la pasión respira,
Que en un mar de miradas se entrechoca.
Cada mujer es junco que suspira
Al compás de la danza alegre y loca
Y cnda corazón es una lira.
JOSÉ TRINID.\D

FF.RRER.

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�REVISTA MODERNA.

187

HIMNO A LEON BLOY.
Bienaventurado el que piensa
Pn el pobre: en el dia malo
lo librará Jebovli.
SALMOS, 41

Lámpara del exegeta;
Oleo viril del atleta;
Lira de oro del poeta!
Los relámpagos de sangre de tus prosas iluminan
El tropel de águilas negras que en su larga noche van;
Hay granizos que lapidan, hay centellas que fulminan
En las iras de tu verbo donde truena el huracan! ....
Oh látigo del beluario!
Peregrino del osario;
Saeta del sagitario!
Arrebata sus serpientes á Gorgona y á las furias
Y blandidas por tu diestra como un haz flag~lador
Que sollozen las maldades y que ululen las Lujurias
Azotadas por tu rabia de implacable vengador!
Flor de lis del proxeneta;
Agua clara del asceta;
Clarin aúreo del profeta!
Eres águila surgiendo del plumón de una paloma,
Es el blanco Paracleto quien inspira tu furor
Y por eso entre fragancias pavoroso, tu cdio asoma
Cual león rugiente y negro bajo de un rosal en flor!

Oh liagelo del suplicio!
Crin y acero del cilicio!
Luminar del santo oficio!
Que á tus trágicas hogueras y á tus rojas guillotinas
Del burgués y la hetaira llegue el pálido tropel,
Que el traidor sucumba al fuego de tus cóleras divinas!
Que los réprobos naufraguen en los mares de tu hi el!
Oh brava espada! pelea!
!ncendia: divina tea!
Hacha incansable: golpea!
Pobres ojos empañados que no ven en tu exegésis;
Que son lámparas extintas ante el rostro de Jesús! ....
Miserables de los sordos á tu airada parenésis
Cuyos senos no temblaron al abrazo de la Cruz!
Cruz de hierro del templario;
Oliban del incensario;
Ventanal en el sagrario;
Oh gigante! con montañaR cargarás tu catapulta
Y tu fronda y tus arietes formidables crujirán
Cuando pávida contemple la canalla que te insulta
En el cielo la tormenta y á sus plantas el volcán.
Lucha, hiere y en la meta del cantar en que te ensalzo
Oh verdugo inexorable! Oh profeta del Amor!
Aparece en el sangriento pedestal de tu cadalso
Como un Dios de represalia, de venganza y de pavor!
JOSÉ JUAN TABLADA.

WILLIAM SHAKESPEARE.
OTELO.-IAGO.-DESDÉl\IONA.

I querido amigo Eduardo Herrera tuvo la benevolencia de dedicarme un ehtU·
dio precioso y erndito que ha publicado el Siglo XIX sobre el Sueíip de una
~.{oche de Verano. Atiza mi buen amigo la ardiente lámpara que vigilante con·
servo en el altar de Shakespeare; renueva en mi propósitos pasados de escribir
cuanto pienso y cuanto siento del trágico britano; intentos de reunil· y revisar
lo que ya tengo escrito y publicado acerca de no pocas obras del excelso poet.i"
ta; anhelos de segúir por esa senda, deteniéndome á admirar cada uno de los
dramas que tan maraYillosamente construyó con pentélicos má rmoles; impetus, en suma, no de hacer el
análisis, la crítica, de esos monumentos perdurables de la literatura, pero si de expresar largamente el
efecto que me producen, los estfmulos que me avivan, los sentimientos que me encienden, los recuerdos
que me dejan.
¡Ah, si tuviera la en trada franca de que disfruta el Sr. Herrera en el idioma inglés, y que le permite
registrar hasta sus más secretos recodos y escondrijos! ¡Si tuviera la competencia qu e ti ene él pa1·a j uz•
gar á Shakespearel Pero carezco de tales privilegios y por eso me arredro.
Se entra con miedo al estudio de Sbakespeare como qu ien por primera vez entra e n el bote para
cruiar el Oceano. Con nada puede comparart&lt;e tan propiamente el trágico inglés como con el mar. Co•

�188

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

mo él tiene pellas y como (:1 tiene mon~tmos. Como él copia, en sus noches de calma, los innúmPros astros, y como él se levanta, enfurecido, en fol'midables ímpetus.
Sentimos en sus dramas que la inmensidad nos abl'uma como si navegáramos en alta mar. Es entre
los trágicos lo que era la fuel'za entre los mithos. Se asemeja á Esquilo y también se asemeja á Rabelais.
Sus carcajadas son de semidios homérico y sus imprecaciones desesperadas son de Job. Nada humano le
es extrl\ño, como no lo era para el hombre de Terencio. Esquilo no sabia l'eir; Rabelais no sabía llorar: Shakespeal'e aterra como el uno y ridiculiza y befa como el otro. Cuando asciende al ideal, es la
más alta cima; cuando baja á. las profundidades recónditas de la observación, es la mina más pl'O·
funda.
Su corona está. hecha de diamantes arrancados y de estrellas desprendidas. Todo el drama está en
él, como estaba todo el universo en la gran nebulosa. Visto fuera de su obra, como creador omnipotente
é impasible, es un dios; visto en sus personajes, es la Humanidad. Su altitud fatiga, desespel'a á veces,
como fatiga y desespera la ascensión á una montaña cuya cúspide es casi inaccesible. Se llega á Euripides, se llega á Sófocles, se llega al talón de Esquilo, se llega á la rodilla de Al'istófanes: no se llega á
Shakespeare.-¡Está más alto!-nos dice Moliere.-Más arriba-nos dice Calderón. Como el gigante de la
balada huguiana, puedo bien exclamar:
Je combattais l'orage et ma bruyante haleine
bans leur vol anguleux eteignait les éclairs;
Ou, joyeux devant moí chassant quelque baleine,
L'Océan á mes pas ouvrait sa vaste plaine
Et mieux que l'ouragan mes jeux troublalent les mers.

Entre sus grandes antepasados, unos son dioses creadores olfmpicos, serenos; otros son hombres
que gozan y sufren, como gozamos y sufrimos. Sólo Shakespeare es dios y hombre. Está á nuestro lado
y está muy arriba de nosotros. Se nada en su obra colosal sin encontl'al' la orilla. Se le ama, pidiéndole
pel'dón. ¡Y qué buzos los que han bajado á sus profundidades!
Todos los grandes entendimientos, todas Jas gl'andes ambiciones v·an á él, como l'ÍOS caudalosos á la
mar. Este, halla perlas; ese, corales; aquél, se ahoga; pero el tesoro inmenso no se agota. Le vemos en
esta de sus fases ó en esta otra, como los griegos veian á Dios, ya arrastrado por caballos marinos, en
la cerúlea superficie, bajo la forma de Poséidon; ya rigiendo en la selva. las energias de la savia bajo la
forma de Pan. Cada critico levanta un templo al dios, para honrarle en una &lt;le sus primacfas, en una de
sus excelencias, en una de sus formas; pero el Dios en su verdadera, total y única substancia, no ha sido
visto por ninguno. Víctor Hugo lo entrevió en uno de sus éxtasis supremos¡ y cayó de rodillas y sus labios sólo pudieron balbufü una oración.
Al perderse en la obra de Shakespeare se experimenta vago terror, como si la noche nos sorprendiera en un bosque intrincado. Hay estrellas en el cielo: Ofelia, Julieta, Desdémona, Cordelia, Perdita ...... Hay buenas hadas que se hacen collares con las gotas de rocío y canuajes con la cáscara. de
las avellanas. Puck, el buen Robín, retoza con Cbicharillo, y traveseando, desnata la leche, desajusta el
molinillo, evita que la cerveza espume, tropieza con los labios de la vieja que apura el jano y hace que
se derrame la bebida; se interpone de súbito entre las bocas trémulas de los enamorados que se besan, y
asusta con sus trápalas á los mozos y mozas del lugar.
Oberon y Titania se abrazan á la somlHa de un·no me olvides. Grano de Mostaza recoge velloritas espigadas y Ariel trenza hilos de perlas con la luz de la luna. Pero duendes y trasgos picarescos, hadas
gentiles y bondadosos geniecillos, no son pobladores únicos del bosque.
Tras el caduco tronco de una encina, chispean, como ojos de jaguar, las pupilas de Otelo. Rozan
nuestra cabeza las alas de murciélago de Galiban. Oímos chocar en el aire los palos de escoba en que
montan las brujas de ~Iacbeth; hervir en la eriaza la marmita hechiceresca y bríncar á los sapos entre
ortigas. El espectro del padre Hamlet, clamando venganza, camina á la plataforma deElsenor. Las sombras'van escondiendo sus puñales, al lecho de Ricardo III; Lady Macbeth vaga insepulta con su fatídica
lámpara en la mano. Es verdad que Falstaff l'le, que Ofelia gorjea, que Desdémona canta, que Julieta
curruca, pero también Shylock gruñe, fago grazna, Gloster ulula, Otelo ruge. En esta selva del teatro
shakespeariano hay cosas espantables que hielan la sangre y que erizan el cabello.
Tiene alondras y tigres, ruiseñores y brujas enamorados y ase6inos. ¿Qué fuerza la de este genio
que tan bien se hace amar como temer; que ora es rendido trovador y ora. implacable justiciero? No hay
para él regiones desconocidas. Es un viajero que está de vuelta de todos los palses. No sólo vivirá siempre: en todos los tiempos ha vívido. No sólo crea: reanima y resucita. El historiador reconstruye labo·
riosamente una figura, dato á dato, con pedazos de viejos crnnicones, con hojas de anales, con páginas
de memorias: Shakespeal'e pone la mano sobre el mármol de la tumba, exclama: ¡Surge! y la estatua yacente cae volcada, la lápida se alza y el héroe muerto se levanta. Asi, al poder de su conjuro, aparecieron en la escena Coriolano, J ulio César, Ricardo III, el rey Juan, Enrique IV. Son ellos, con sus propias
i4eas, con sus mismas pasiones, con su lenguaje peculiar. Y Shakespeare no es su poeta: es su contemporáneo_. Antes que Michelet, el trágico britano, había comprendido que &lt;la historia es una resurrección.•
Antes que Macaulay, habla aplicado los procedimieutos de la anatomla comparada á la reconstrucción de

r

189

las grandes personalidades humanas. Antes que los coriftlos de la moderna escuela histórica, babia dado tanta importancia al pueblo como al héroe.
Los historiadores de su época eran simples analistas: él, poeta, era un supremo historiador. Esta maravillosa adivinación, esta videncia extraordinaria, sólo pueden explicarse con la frase de un tribuno _insigne: ,Los poetas son como las alondras: ven la luz antes que los demás.• Xi el pasado misterioso, m ~¡
porvenir, secretos tienen para él. Creemos haber encontrado una f~rma nueva p_ara expresar los _éxtasis
del amor, el torcedor de la ambición, los arrebatos de los celos; y s1 es exacta, s1 es verdadera, s1 es humana, está en Shakespeare, está en el balcón de J ulieta, en el palacio de l\lacbetb. ó en la alcoba de Desdémona.
Aquel hombre nos saqueó el porvenir. Porque mientras la humanidad exista, las grnndes pasiones
serán siempre iguales, y él domó A todas, y á. todas ellas nos presenta, como á. monstruos enormes, en esas
jaulas de bronce que llamamos sus h'agedias. Shakespeare es sublimemente vulgar. Eso que murmura J~lieta, es lo que nos dice nuestra Amada al despedirnos de ella. Eso que rumia Shylock, es lo que rumta
el usurero al prestarnos algunas monedas. Nada más vulgar que un ¡te a~o! ~ un ¡me muero! Y en es~
frase están todos los idilios y en ésta todas las tragedias. No creo que en nrngun otro poeta haya cabido tanta humanidad como en Shakespeare. Mi admiración, excesiva acaso, podia pronunciar el nombre
de Víctor Huero• pero en Shakespeare está la humanidad; en Vlctor Hugo están la humanidad Y él. El
b 1
•
)
•
con su tradíciñn, con sus pasione.;, con sus amores, con sus odios. Toma á los pcrsonaJes que e sirven
para encarnar una idea suya. Habla en ellos. Su gigantesca voz r~suena siempre, com? la del Océano
cuyos tumbos se escuchan aun antes de que aparezca á nuestros o¡os. Shakespeare, es '.mpersonal. Una
vez concluida, se aleja de su obra, como Dios de la creación. Ya ha dado leyes á sus cnatUl'as; que lue•
go obren por si solas. Y no aparece, no habla ni fi losofa en el curso del drama: está en él; pero como el
cielo, muy arriba.
A mí me atrae el estudio de Shakespeare, como atrae el mar. Bien sé que en mi frágil barca de vela
latina en mi barca construida para que en ella cante barcarolas á muy corta distancia de la playa, voy
á perderme en esa inmensidad. Y sin embargo, me aventuro con la audacia de quien no sabe to~avía lo
que es la alta mar. Pero este grave estudio desespera. Miro á Hamlet, lo observo, creo haberlo visto, haberlo escuchado, haberlo comprendido, que ya es mio, y al volver la hoja al día siguiente, me encuentro
con otro Hamlet que ni siquiera conocía.
Un nuevo critico me Jo describe, una nueva frase me lo revela. Y así siempre. ¡Pero imposible separarse de Shakespeare! Unas veces nos tiene entre sus brazos y otras entre sus garras. Ya nos ata con
lianas, ya nos sujeta con sus uñas. Nos sentimos humillados, y, no obstante, lo admiramos. A ocasiones,
es el canto de un ruiseñor extraordinario y lo olmos extasiados como el monje Alfeo al ave del Paralso¡Oh, qué suavidad! ¡Oh, qué dulzura! ¡Oh, qué terneza! Tiemblan de voluptuosidad las hoj as nuevas'. una
alondra se columpia en la escala de seda por donde Romeo acaba de subir; inunda el bosque, paremdo á
la nave de una catedral gigantesca, un inmenso himno nupcial; las palomas juntan sus cuerpos blancos
y sus picos color de rosa, Ofelia pasa recostada en los almohadones de encaje que le forma la es~uma
del arl'oyo: se inclina el sauce, no para humedecer sus ramas ~n- el agua, si~o para es~uchar meJOr la
canción de la blanca Desdémona; los cristales de la ventana got1ca se rubonzan al senttrse tocados por
la aurora como la mejilla de una vir,,.en besada tímidamente por su amante; se sienten besos que no se
oyen; se ;lln almas de niños en el alb;, y se dice temblando:-¡que no acabe! ¡que no se extinga! esta melodla tan voluptuosamente casta! que suenen siempre esas palabl'as tiernas que son las ;1ue anb.elam~11
auspirar al oido de la mujer á quien queremos! ¡un minuto! ¡un instante! ¡que no acabe! t luego el follaJe
chasca como si una fiera oculta brincara de repente.
La nuca presiente la mordida del tigre. El corazón retrocede encogiéndose como un cazador sorprendido! He ahi el drama! Y las manos de Sb.akespeare son tenaza~ que caen sobre nuestros hombr?s,
y caemos. ¡Oh, qué terror! La hermosa joven muerta, tendida para siempre sobre el mármol; la muJer
que traiciona; el padre, triste y errabundo, abandonado por sus hijas; el niño estran~ulado en su cu~a!
la mancha de sangre, que jamás se desvanece, en la mano de Lady Macbeth; las bruJas que salmodian
en el afre su canto diabólico: ¡lo honible es lo hel'moso! ¡lo hermoso es lo horrible! ¡todo lo monstmoso!
todo lo malo, todo Jo deforme, ventreando,. arrastrándose ó irguiéndose; todo el dolor que nos aguarda
en esta vida1 alzándose y diciéndonos: ¡aqul estoy! y más allá, tras los obscuros lindes de esa comarca
de donde nadie ha regresado, envuelta en la azul obscuridad de la luz hiperbórea, lo desconocido, lo infinito, y Hamlet pensativo, contemplándolo sin poder arrancar!e su secreto. Shakespeare es entonces
brutal.
· •.i
Nos estruja, nos golpea, remueve la daga en la herida, aprieta nuestl'O cue~lo; es el fdroz burgrave
clavando cien y cien veces su puñal en el pecho de la esposa culpable; nos sentimos suyos, como la p~loma del milano· como la oveja del boa; como el niño del oso que lo ahoga; queremos correr y nos sent1 •
mos con ralees; trémulos, é imprecantes mu1·muramos: ¡Piedad! ¡Perdón! ¡Ya no! ¡Ya no! Oíd el •Otelo•
representado poi' Salvini ó por Rossi. El terrol' que se siente es el tenor del árbol que no puede correr.
¿Quién ha hecho cantar ó rugir de esta manera, como en órgano colosal, todas las pasiones. h~manas?
¿Quién nos conoce como Shakespeare nos conoció? Cuando Jo estudio, acércome ~ él con re~1g10s0 l'espeto como se acerca el levita al velado tabernáculo. Parece que me acerco á un Juez. Su mirada entra
' cuerpo y da en el alma. Nada digo, porque adivino que ha ~e contestarme: ya. 1o ~:
él Me. 'si.en
' t
en mi
descubierto, aprehendido, y todo lo malo que ha.y en mi se anebuJa y esconde co-mo s1 qms1era hb1-arse

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REVISTA MODERNA.

de ser vlsto. Asl se esconde el robo en la manga del ladrón. Así se bajan los párpados ante el que ya conoce nuestra culpa. Pero seamos audaceF. La vela latina de mi frágil barca se destaca sobre el azul del
horizonte. Naveguemos algunas brazas en el ma1·1 y sirvan de preámbulo estas lineas á lo que me propongo escribir más tarde sobre Shakespeare.
Otelo es el más soberbio león del teatro shakespeariano Sentimos al encontrarnos con él, lo que el
niño al dar con un lobo en lo más intrincado de la selva. Pero la fiera altiva y desdeñosa, pasa sin
hacernos daño. Sólo azuzada, provocada, herida, sacude la melena, encaja la garra, hunde el colmillo.
¡Qué hermoso es este monstruo! No posee la hermosura vulgar, la que todos comprenden, sino la arcana, la recóndita; no la que surge coqueta de la espuma del mar, con un espejo en la mano, sino aquella á que es preciso descender por torcidas y tenebrosas galerlas, llevando en la mano una linterna sorda.
Es bello, porque es bello el valor, porque es bella la gloria, porque es bello el triunfo. Un himno guerrero
acompafia su voz, como el sonido de la flauta acompañaba las palabras de algunos oradores griegos. No
enamora á Desdémona: la conquista. No es ella su amada: es su preaa. La abraza como el mar abraza á
la tierra. La posee como el sol posee á la nieve que sus rayos deshacen. Casi no cuenta sus hazañas:
aparece, y las adivinamos. Se reflejan e.1 su corazón de plata y en sus pnp;las llameantes. Desdémona
las sabe y su amor nos las dice al oldo en voz muy baja.
En •Romeo y Julieta• hay pájaros que cantan; en cHamlet• hay buho, que aletean: en cOtelo• hay
bestias feroces que luchan y se desgarran las entrañas en la arena candente del desierto. Aquel hercúleo molde humano va á recibir, como chono de bronce derretido, la más horrible de todas las pasiones:
los celos. Necesitaba ser tan fuerte y recio, para no romperse y saltar en añicos. Para eso alumbró su
cuna el sol de Africa, para eso endurecieron su corteza carnal las tempestades en el Océano y las batr.llas en la tierra. La vida lo preparó como uua sabia domadora, para esta lucha con el más indómito de
los monstruos.
Llega este drama á la escena, como una flota empavesada al puerto. La luz de la montaña, alumbra
lanzas, cascos, banderas, olas que llegan á la proa de los navíos y se anodillan ante el vencedor. Los
niños cantan un himno triunfal; las mujeres corren al encuentro de sus amantes; los viejos sienten que,
al agudo toque d-el clarln, despiertan y se levantan en sus almas glorias muertas. Otclo, no viene á la
escena por su propia voluntad; el mar lo arroja.
Después, toda esa pompa desaparece. El drama se va ennegreciendo como el cielo cuando sube la
noche de los abismos á los montes y de los montes al espacio. Ya no ondula el raso ele los trajes venecianos; ya no hechizan los ojos la púrpura y el armiño de los mantos. Otclo queda ~olo, como una sombra
más intensa y más negra entre las sombras.
Consideremos brevemente las tres figuras que van á destacarse sobre el lienzo obscuro. Desdémona
es la blanca. Parece una paloma que no encontró su nido y que vuela perdida en medio de la noche.
Ninguna otra figura de mujer, en el teatro de Shakespearc, tiene el encanto místico de ésta. Se va de la
casa de su padre, porque el amor se la lleva. No resiste, como la barca del pescador no resiste á la ola
que la empuja, ni el pétalo de rosa á la ráfaga de aire que lo arranca. El amor la besa en los ojos y ella
le dice como obediente virgen: soy tu esclava! Es el señor ausente que ha venido. Ali! está su sillón, la
copa servida, el lecho preparado. Como la biblica Ruth, dice á su esposo: • tu pueblo es mi pueblo, tu
Dios es mi Dios; alli donde tú mueras, mol'iré yo; y alll donde te entierren, quedaré enterrada.• Es una
niña enamorada de los cuentos. Otelo la cautiva refiriéndole los peligros que ha corrido. Y todavla en
su última noche, Emilia, como nodriza cariñosa, le nana cuentos y la anulla con canciones. No conoce
la vida: va á conocer la muerte nada más. Cuando expil·e, se la llevarán los ángeles entre sus blancos
almohadones, como en una cuna. Está unida á aquel soberbio guerrero, que es el hombre en su expre•
sión más alta, y parece una virgen. Cuando habla con Casio, creemos que va á decirle: jugaremos juntos. Cuando se acerca á Otelo tiene la mirada de la niña que no quiere entrar sola á un tenebroso corre•
dor y que dice muy tímida: acompáñame! Sin impuros deseos la vemos desvestirse, desatar sus trenzas, y
entt·ar al lecho que no parece nupcial, sino de novia. Tiene miedo y reza á la virgen para que la cuide.
¿tiiedo á qué? No ha hecho daño á ninguno, pero siente ese miedo vago de los niños al ladrón, al apare·
cido, al ogro de los cuentos. Sencilla y cándida, quiere volver á ver su blanco traje de novia, y se duerme
con él, como una niña con su muñeca. Su amor es tan quieto, que Otelo la encuentra ya dormida.
¡Qué tranquilo es su sueño! Le cierra suavemente los párpados y le dice á la muerte: •¡hermana, aqul
está ya!, Lo que va á pasar después es una pesadilla de que despertará en el cielo, Pesadilla, esto es,
algo que no es, qu~ no puede ser, algo que serle uno cuando lo recuerda ya despierto. ¡Amar á otro... !
¡Qué sueño tan absurdo! ¿Se puede amar á otro que no sea el esposo? ¡~Iorir ámanos de Otelo .... . . !
¿Matan acaso los que aman? Desdémona se reirá en el cielo de este sueño. Ahora está dormida; suave
respiración mueve sus senos; su brazo blanco cae desnudo á un lado del lecho, mientras con el otro opri·
me todavía, para que no se lo roben, el vestido de novia. Está soñando con las guerras, proezas y campañas de su amado; lo ve soberbio en el fragor de la pelea ó luchando cuerpo á cuerpo con monstruosos
at1imales en los desiertos de Africa. ¡Qué hermoso es! ¡qué bizarro! ¡qué valiente! Pero la pobrecita, acob,rdada, le dice en sueños, con ternura inmensa: Deja que yo te quite la coraza. Todo eso hiciste para
que yo te amara y ya te amo. No me de.jes, ya no te vaya~; tengo miedo! Y si te vas, llévame contigo!
Ninguna de las herolnas de Shakespeare es tan deliciosamente niña como Desdémona. Cuando Otelo r~tlere al Senado las artes que empleó para seducirla, nos la pinta escu ~bando con ávidos o Idos lo que

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él la contaba de caribes, de antropófagos, de seres que tienen la cabeza debajo del hombro, de los riesgos que él corrió por mar y tierra, de cavernas lóbregas, de montañas que llegan casi al cielo. Desdé•
mona oia todo atentamente, y cuando los quehaceres de la casa la llamaban á otra parte, los despachaba
aprisa y volvía al punto. Cuando se encuentran solos, ella, como un amante pide un beso, le ruega que
le refiera e toda su vida por entero., •Y si teneis-le dice-algún amigo que me quiera, enseñadle á que
me cuente esa misma historia y seré suya., ¿No veis? Está enamorada del cuento, está enamorada del
héroe; no del hombre. •Ella me quiso-dice Otelo-por los peligros que yo habla corrido, y yo la amé
por la piedad que de mi tuvo.•

She loven me for the dangers I ad pass'd
And I loved her that she did pity them.

Hay algo de filial en este amor.
Cuando Otelo la rechaza brutalmente, ella se reprocha á si misma culpas que no conoce, que no ha
cometido, con la sumisión de la buena hija que cree siempre justas las reprensiones de su padre. Habla
y su voz tiene deliciosos balbuceos infantiles. Y este es precisamente au mayor encanto. A Juliet1. se la
besa en los labios; á Desdémona en los ojos. Cuando mucho se ama, parece que el corazón se vuelve
niño. Un rayo de sol lo alegra; una palabra seca lo aflige. La voz de la mujer querida, en las supremas
expansiones de ternura, es la voz del niño que despierta en su camita. Mamá! y te amo se parecen mucho.
¡Cómo se encoge el corazón de pena al ver á aquella criatura blanca é indefensa en las garras del
milano! Los hijos de Eduardo abrazandose convulsos en su lecho al oír las pisadas de Gloster, inspiran
menos compasión. Nos rebelamos contra Otelo; se busca el cuchillo de monte para lanzarse contra la
fiera y clavárselo en la nuca; pero á poco, Otelo nos desarma; su dolot· nos arranca la boja aguda: fué
brutal, pero irresponsable como la piedra que cae, como la ola que se encrespa, como el bosque que se
mcendia!
Pongamos en contraposición con la ideal belleza de Desdémona la fealdad torva de lago. Desdémo·
na, es blanca; Otelo, rojo; lago, negro.
Acaso el drama más terrible de Sbakespeare sea el Otelo. Aquella sombra parece hermana de la lnrnensiJ ~oche. Pero Jo negro no está en la tez del africano; lo negro está en el alma de lago.
Cuando suenan loa pasos qe Otelo, creemos oh' las pisadas de uµ león. Cuando lago se aceri:;a per

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cibimos el ruido de una culebra que se arrastra. Otelo es negro. Tago es amarillo Otelo es brutal. lago
es demoniaco.
La progenie de lago es de monstruos; en ella están Caio y Judas. Ni Caliban que personifica la perversidad en el teatro de Shakespeare, es más repugnante. Porque Caliban es como diablo y lago es como hombre. Tiene todas las pasiones reprobadas, todas las pasiones patizambas, todas las pasiones contrahechas, todas las pasiones que se arrastran, que silban, que se esconden, que babean, que detestan
la luz, que caminan torciéndose, que muerden: es envidioso, es cobarde, y para defender su cobardía y
su envidia, las enconcha en la astucia.
Hay pasiones grandes; pasiones que agitan á las poderosas; pasiones que matan; pero como mata el
león ó como mata el águila. Estas pasiones tienen garra; pero tienen también melena hermosa ó recias
alas. Así son los celos, así es la ambición. Las de lago, son vicios ó deformidades. Las otras inspiran
miedo, y éstas asco.
Otelo es la fiera; pero la fiera noble, que no ataca sino acosada, azuzada, urgida. lago es lo contrario de un domador. El acosa, azuza, punza á. Otelo, lo encierra en la jaula, lo excita y provoca su rabia
desde afuera, y cuando ya lo mira enfurecido, entreabre la puerta y le arroja á Desdémona para que la
devore.
En esa fiera babia azuzado antes todas las fieras de los celos. En esa naturaleza primitiva y fecunda, babia sembrado todas las plantas venenosas. Y después ya es Otelo irresponsable, como el león herido
qua devora á su victima, como la tierra que devuelve en árbol lo que en su simiente recibió. Por eso Otelo no inspir11. indignación, sino piedad.
¿Quién no compadece, quién no ama á. Dtisdémona? Shakespeare es incomparable para crear inocencias :sublimes y maldades gigantescas. lago es más perfecto que Luzbel; Desdémona mis hermosa
que Eva. Su misma be.rmosura y su misma bondad la matan, como la propia luz consume al cirio. Porque es tan hermosa y porque es tan buena, la ama mucho su esposo, y porque la ama mucho la asesina.
Es un tesoro .... y por eso la entierran.
Ella es el tipo acabado de la mujer que ama. Por su amado, deja á su padre, y comete la ingratitud inevitable del amor. Nada la detiene y se va con él, como la esclava con su ame, si él la llama. ¿Que
es feo? ¿Que es negro? ¿Y qué importa? ¡Es su dueño! Ella sabe que es hermoso. ¿Qué importa que no
lo sepan los demás? ¡Mejor! Asi sólo será de ella·esa hermosura! La Cordelia del Rey Lear, es la hija por
excelencia, esa hija que es como madre virgen de un anciano. Julieta es la enamorada. Desdémona es
la esposa. En Ofelia llora la hija, habla la hermana, canta la niña. En Desdémona no: sólo babia la esposa. Dió su vida á Otelo: por eso no se queja cuando se la quita. La tenia prestada, era de él.
¡Qué admirable creación! Menos blanca que la de Ofelia, pero más de carne.
Perdonemos á Otelo que la mate, y o.os parecé que dice bien, cuando grita después de sofocarla:
¡Tuve razón! ¡Tuve razón!
SI; tuvo razón! Para él le habla robado ella todo su caudal de amor. ¿Y para qué? Para darlo á. otro.
Y la adúltera merece la muerte. Jesús perdonó 1\. la Magdalena, á la cortesana, á la impura; pero no dijo que perdonaba á la mujer adúltera. Y eso que esa mujer no era la suya.
Otelo mata á Desdémona; pero no deja de amarla: ¡qué honda filosofia! Ya está muerta y todavla
quiere besarla. Ya es cadáver y aún le parece muy hermosa. ¡Que no sepan ni las •castas estrellas, su
delito! El fué justiciero: no será delator.
Cayó sobre esa vida, apagándola tan naturalmente, como cae la noche sobre el mundo.
Después: cuando sabe que es inocente su Desdémona, ¡qué explosión de dolor! El león entonces hinca las garras en su misma carne. Ruge como si le hubieran robado su cachorros .. .. llora como el niño
arrancado de los brazos de la madre. Es una criatura y una fiera.
No se ve criminal, no; Sf. ve solo. No se castiga; no se mata; se va con ella.
MANUEL

GUTIÉRREZ NÁJERA.

LA HERMANA AGUA.
Hcnn:ina Agua, alabemos al Señor.
( Espiriti, de San Francisco de A sis).

Á QUIEN VA Á LEER.
Un hilo de agua que cae de una llave imperfecta; un hilo de agua, manso y diáfano, que gorjea to•
da la noche y tocias las noches cerca de mi alcoba, que canta á mi soledad y en ella me acompaña; un
hilo de agua: ¡qué cosa tan sencilla! Y, sin embal'go, esas gotas incesantes y sonoras me han enseñado
más que los libros.
El alma del Agua me ha hablado en la sombra, el alma santa del Agua, y yo la he oldo con recogimiento y con amor. Lo que me ha dicho está escrito en páginas que pueden compendiarse así: ser dócil,
ser cristalino: ésta es la ley y los profetas; y tales páginas han formado un poema.
Yo sé que quien lo sea sentirá el suave placer que yo he sentido al escucharlo de los labios de Sor
Aqua, y éste será mi galal'dóo en la prueba, hasta que mis huesos se regocijen en la gracia de Dios.
EL AGUA QUE CORRE BAJO LA TlERRA.

Yo canto al Cielo porque mis linfas ignoradas
Hacen que fructifiquen las savias; las llanadas,
Los sotos y las lomas por mi tienen frescura.
Nadie me mira, nadie; mas mi corriente obscura
Se regocija luego que llega Pl'imavera,
Porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera.
Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan
Bajo la tierra, y luego que son flores me olvidan.
Lejos de sus raíces las corolas felices
No se acuerdan del agua que 1·egó sus ralees .....
¡Qué importa! yo alabanzas digo á Dios con voz suave.
La flor no sabe nada, ¡pero el Señor si sabe!
Yo canto á Dios corriendo por mi ignoto sendero
Dichosa de antemano; porque seré venero
Ante la vara mágica de Moisés; porque un día
Vendrán las caravanas hacia la linfa mía;
Porque mis aguas dulces, mient1·as que la sed matan,
El rostro beatífico del sediento retratan
Sobre el fondo del cielo, que en los cristales yerra;
Porque copiando el cielo lo traslado á la tierra,
Y asi el creyente triste que en él su dicha fragua,
Bebe, al beberme, el cielo que palpita en mi agua,
Y como en ese cielo brillan estrellas bellas,
El hombre que me bebe comulga con estl'ellas.
Yo alabo al Señor bueno, porque con la infinita
Pedrería que encuentro de fnegos policromos,
Forjo en las mistel'iosas grutas la estalactita,
Pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos;
Porque en ocultos senos de la caverna umbría.
Doy de beber al monstruo que tiene miedo a.! dia.
¡Qué importa que mi vida bajo la tierra acabe!
Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe.

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REVISTA :MODERNA.

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La nitidez es ruego, la albura es himno santo,
Ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto.
Ser luminosa es otro de los cantos mejores¡
¿No ves que las estrellas salmodian con fulgores?
Por eso el rey- poeta dijo en himno de amor:
«El firmamento narra la gloria del Señor. •

Asi me dijo el Agua que discurre por los
Antros, y yo:-Agua hermana, bendigamos á Dios.
EL AGUA QUE CORRE SOBRE LA TÍERRA.

Yo alabo al cielo porque me brindó en sus amores
Para mi fondo gemas, para mi margen flores¡
Porque cuando la roca me muerde y me maltrata,
Hay en mi sangre (espuma) filigranas de plata¡
Porque cuando al abismo ruedo en un cataclismo,
Adorno de arco-iris triunfales el abismo,
Y el rocío que salta de mis espumas blancas
Riega las florecitas que esmaltan las barrancas¡
Porque á través del cauce llevando mi caudal,
Soy un camino que anda, como dijo Pascar,
Porque en mi gran llanura donde la brisa vuela,
Deslizanse los élitros nevados de la vela¡
Porque en mi azul espalda, que la quilla acuchilla,
Mezco, aduermo y soporto la audacia de la quílla,
Mientras que no conturba mis ondas el Dios f11erte,
A fin de que originen catástrofes de muerte,
Y la onda que arrulla sea onda que hiere ..... .
¡Quién sabe los designios de Dios que asi lo quiere!
Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda
Soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda,
Maelstroom de remolino fatal, ó golfo amigo;
Porque mar di la vida, y diluvio el castigo.
Docilidad inmensa tengo para mi dueño:
t1 me dice «Anda,• y ando; •Despéñate,• y despeño
Mis aguas en la sima de roca, que da espanto;
Y canto cuando corro y al despeñarme canto,
Y cantando mi linfa, tormentas ó iris fragua,
Fiel al Señor ..... .
-Loemos á Dios, hermana Agua.

t

Sé tú como la Nieve que inmaculada llueve.
Y yo clamé:- Alabemo.s á Dios, hermana Nieve.
EL HIELO.

Para cubrir los peces del fondo, que agonizan
De frío, mis piadosas ondas se cristalizan,
Y yo, la inquietüela, cuyo perenne móvil
Es variar, enmudezco, me aduermo, quedo inmóvil.
¡Ah! Tú no sabes cómo padezco nostalgia
De sol, bajo esa blanca sabana siempre fria!
Tú no sabes la angustia de la ola que inmola
Sus ritmos ondulantes de mujer, su sonrisa,
Al frio, y que se vuelve- mujer de Loth- baoquisa:
Ser banquisa es set· como la estatua ele la ola.
Tú ignoras esa angustia: mas yo no me rebelo,
Y ansiosa de que en todo mi Dios sea loado,
Desprendo radiaciones al bloque de mi hielo,
Y en vez de azul oleaje soy témpano azulado.
Mis crestas en las noches del polo son fanales,
Reflejo el rosa de las auroras boreales,
Las luces fugitivas del sol, y con deleite
De Seraphita, yergo mi cristalina roca
Por donde trepan lentos los morsos y la foca,
Seguidos de lapones hambrientos de su aceite ..... .
¿Ya ves cómo se acata la voluntad del cielo?
Y yo recé:-Loemos á Dios, hermano Hielo.

LA Nll!JVE.
EL GRANIZO.

Yo soy la movediza perenne; nunca dura
En mi una forma; pronto mi sér se trasfigura
Y ya entre guijas de ónix cantando peregrino,
Ya en témpanos helados, detengo mi camino,
Ya vuelo por los aires trocándome en vapores,
Ya soy iris en polvo de todos los colores
Ó rocío que asciende, ó aguacero que llueve ..... .
Mas Dios también me ha dado la albura de la nieve,
La albura de la nieve enigmática y fría
Que cae de los cielos como una eucaristla,
Que por los puntiagudos techos resbala leda
Y que cuando la pisan cruje como la seda.
Cayendo silenciosa, de blanco al mundo arropo:
Subí á la altura niebla, desciendo al suelo copo;
Subl gris de los lagos que la quietud estanca,
Y bajo blanca al mundo ...... ¡Oh, qué bello es ser blanca!
¿Por qué soy blanca? En premio del sacrificio mio,
Porque tiritCI para que nadie tenga frío,
Porque mi lino todos los frlos almacena
Y Dios me torna blanca por haber sido buena!
¿Verdad que es llevadera la palma del martirio
Así? Yo .caigo como los pétalos de un lirio
De lo alto, y no pudiendo cantar mi canción put·ll
Con murmurioa de linfa, la canto con blancura.,

¡Tin !in, tin tio! Yo caigo del cielo, en insensato
Redoble al campo y todos los cóspedes maltrato.
¡Tin tin! ¡muy buenas tardes, mi hermana la pra1lera!
Poeta, buenas tardes, ¡ábreme tu vidriera!
Soy diáfano y geométrico, tengo es,ualte y blancura
Tan finos y suaves como una dentadura,
Y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.
La linfa canta, el copo cruje, yo .... yo repico!
Tin tin, tin tin, mi torre es la nube ideal,
¡Oye mis campanitas de !impido cristal!
La nieve es triste, el agua turbulenta, yo sin
Ventura, soy un loco de atar, tin tin, tin tio!
. . . . Censuras? No por cierto, no merezco censuras;
Las tardes calurosas por mi tienen frescura~,
Yo lucho con el hálito rabioso del verano
Y soy bello . . . .
- Loemos á Dios, Granizo hermano.
EL VAPOR .

El Vapor es el alma del agua, hermano mio,
Asi como sonrisa del agua es el rocío,
Y el lago sus miradas y su pensar la fuente,
Sus lágrimas la lluvia, su impaciencia el torrente,

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�REVISTA MODERNA .
Y los dos sus brazos, su cuerpo la llanada
Sin coto de los mares y las olas sus senos;
Su frente las neveras de los montes serenos
Y sus cabellos de oro liquid,,, la ca~cada.
Yo soy alma del agua, y el alma siempre sube:
Las trasfiguraciones de esa alma son la nube,
Su Tabor es la tarde real que la empurpura:
Como el agua fué buena su Dios la trasfigura ... .
Y ya es el albo copo que en el azul ri'ela,
Ya la zona de fuego que parece una estela,
Ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje
De un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje
De un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura ....
¡Como el agua fué buena, su Dios la trasfigura!
-¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo,
Dios, siempre Dios .... ¡en cambio yo nunca le contemplo!
¿Por qué si Dios existe no deja ver sus huellas,
Por qué perennemente se esconde á nuestro anhelo,
Por qué no se baila escrito su nombre con estrellas
En medio del esmalte magnifico del cielo?
-Poeta, es que lo que buscas con la ensoberbecida
Ciencia que exige pruebas y cifras al abismo .. ..
Asómate á las fuentes obscuras de tu vida,
Y ahí verás su rostro: tu Dios está en ti mismo.
Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito;
Busca la sombra y oye: tu Dios babia en lo arcano;
Depón tu gran penacho de orgullo y de delito ....
-Ya está.
- Qué ves ahora?
-La faz del infinito.
-¿Y eres feliz?
- Loemos á Dios, Vapor hermano.
LA BRUMA,

La Bruma es el ensueño del agua, que se esfuma
En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma!
La Bruma es el ensueño del agua, y en su empeño
De inmaterializarse lo vuelve todo ensueño.
A través de sus velos mirificos parece
Como que la materia brutal se desvanece:
La torre es un fantasma de vaguedad que pasma,
Todo en su blonda envuelto, se convierte en fantasma,
Y el mismo hombre que cruza por su zona quYeta
Se convierte en fantasma, es decir, en silueta.
La fü·uma es el ensueño del agua, que se esfuma
En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma,
De la Bruma que sueña con la aurora lejana!
y yo dije:-¡Ensalcemos á Dios, oh Bruma hermana!
LAS VOCES DEL AG UA,

-Mi gota busca entrañas de roca y l!ls perfora.
-En mi flota el aceite que en los santuarios vela.
- Por mi raya el milagro de la locomotora
La pauta de los rieles.-Yo pinto la acuarela.
-1\fi bruma y tus recuerdos son por extraño modo
Gemelos; ¿no ves cómo lo divinizan todo?
-Yo presto vibraciones de flautas prodigiosas
A los vasos de vidrio.-Soy triaca y enfermera
En las modernas clinicas.-Y yo, sobre las rosas,
Turiferario santo del a.Iba en primavera.

REVISTA MODER~A.

197

-Soy pródiga de fuerza motl'iz en mi caida.
-Yo escarcho los ramajes.-Yo en tiempos muy remotos
Di un canto á las sirenas.-Yo, cuando estoy dormida,
Sueño sueños azules, y esos sueños son lotos.
-Poeta que por gracia del cielo nos conoces,
¿No cantas con nosotras?
- Si canto, hermanas Voces.
EL AGUA )I ULTIFORME,

• El Agua toma siempre la forma de los vasos
Q11e la contienen,• dicen las ciencias que mis pasos
Atisban y pretenden analizarme en vano:
Yo soy la resignada por excelencia, hermano.
¿No ves que á cada instante mi forma se aniquila?
Hoy soy torrente inquieto y ayer fui agua tranquila;
Hoy soy en vaso esférico redonda; ayer apenas
Me mostraba cil[ndl'ica en las ánforas plenas,
Y asi pitagorizo mi sér hora tras hora:
Hielo, corriente, niebla, vapor que el día dora,
Todo lo soy, y á todo me pliego en cuanto cabe;
¡Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe!
¡Por qué tú te rebelas! ¡por qué tu ánimo agitas!
¡Aymé! ¡Si comprendieras las dichas infinitas
De plegarse iL los fines del Señor que nos rige!
¿Qué quieres? ¿por qué sufres? ¿qué sueñas? ¿qué te aflige?
¡[maginacrones que se extinguen en cuanto
Aparecen .... en cambio yo canto, canto, canto!
Canto, mientras tú penas, la voluntad ignota;
Canto cuando soy linfa¡ canto cuando soy gotn,
Y al ir, Proteo extraño, de mi destino en pos,
Murmuro:-¡Q11e se cumpla la santa ley de Dios!
¡Poi· qué tantos anhelos sin rumbo tu alma fragua!
¿Pretendes ser dichoso? Pues bien, sé como el agua;
Sé como el agua, llena de oblación y herolsmo,
Sangre en el cáliz, gracia de Dios en el bautismo;
Sé como el agua, dócil á la ley infinita,
Que reza en las iglesias en donde está bendita,
Y en el estanque arrulla meciendo la piragua.
¿Pretendes ser dichoso? Pues bien, sé como el agua;
Viste cantando el traje de que el Señor te viste,
Y no estés triste nunca, que es pecado estar triste.
Deja que en U se cumplan los fines de la vida¡
Sé declive, no roca; trasfórmate y anida
Donde al Señor le plazca, y al ir del fin en pos,
Murmura: ¡Que se cumpla la santa ley de Dios!
Lograrás, si lo hicieres así, magno tesoro
De bienes: si eres bruma, serás bruma de oro;
Si eres nube, la tarde te dará su arrebol;
Si eres fuente, en tu seno verás temblando al sol;
Tendrán filetes de ámbar tus ondas si laguna
Et·es, y si océano, te plateará la luna.
Si eres torrente, espuma tendrás tornasolada,
Y una crencha de arco iris en flor si eres cascada.

As! me dijo el Agua con mistico reproche,
Y yo, rendido al santo consejo de la Maga,
Sabiendo que es el Padre quien habla entre la noche,
Clamé con el Apóstol:-¡Seiíor, qué quieres que haga!
A l lADO

Enero de 1901.

NERVO.

�REVISTA MODERNA.

H,9

Habló dunnte una hol'a con exuberancias y entusiasmos de fanático de los terciopelos cortados, de
los viejos facistoles y de la pasta de cedro taraceado y guarnecido con plata sobredorada de un viejo antifonario de Catedral ....
Por fin se agotó su verba, volvió del pasado y al encontrarse de nuevo en esta edad ingrata y estérll p•r• el bibliófilo, tuvo un hondo suspiro y una patética expresión de profunda tristeza. Dejé de verlo largo tiempo y hoy acabo de saber que murió hace meses en la miseria más trágica ....
Un alemán colega suyo en bibliofilismo, estuvo asechando su agonla y dándole algunas sumas de
dinero que después 11e pagó con los mejores libros de la rara y valiosa colección.
Y quizás ese bibliófilo haya sido el último aficionado de corazón, el vástago postrero de una raza de
eru~itos y de obscuros artistas extinguida hoy entre nosotros ....
México, 1901.
JosÉ J uAN TABLADA.

t

'·

TIPOS QUE SE V .AN.

EL BIBLIÓMANO.

O vi durante mucho tiempo husmeando por las alacenas de libros viejo!', en los antiguos
portales ó bajo el cobertizo del jardln del Seminario á la hora matinal en que los jardineros disparan el grueso chorro de las mangueras sobre las auraucarias y los laureles
de la India, en los calurosos mediodlas y aun al atardecer, cuando los estudiantes delas
vecinas escuelas recorren los escaparates en busca de alguna obra de texto al alcance
de su limitado peculio.
Tenia el individuo en cuestión la cara de un buen sujeto y al través de sus toscos
anteojos su mirada azul y desleída brillaba con el vago reflejo de un alma inocente y adormecida. Un
paltó marrón cubría invariablemente su busto encorvado de lector incansable y por sus bolsas asomaban siempre las pastas de pergamino ó marroquln de los raros volúmenes. Era un bibliófilo y lo demostraban sus miradas ansiosas que revisaban pacientemente los anaqueles, el ademán acariciador y sensual con que asía el libro que le parecía de médtÓ y la manera rítmica y parsimoniosa con que volteaba
las hojas para ver al trasluz el exacto registro de las páginas.
Alguna vez lo seguí en las horas vespertinas al cafetln vecino al mercado de libros y punto de reunión de estudiantes famélicos y de empleados en huelga de oficina .... Ah!, después de sentarse, sacaba
uno por uno los libros recientemente adquiridos, pasaba amorosas y satisfechas miradas por la elegante tipografía ó por los anchos márgenes, y si notaba una hoja grasienta ó demasiado amarilla ó llena de
moho, sacaba de su bolsillo un pequeño estuche, aplicaba el ácido oxálico, el cloro ó el polvo mineral
hasta que la página limpiada recobraba su antigua tersura ó su color original.
En cierta ocasión pude convencerme del fervor de su culta manla y de su rara erudición. Habla
entrado al café acompañado de otro individuo con quien durante cierto tiempo estuvo platicando en voz
baja; pero de pronto su voz se elevó y sus vivos ademanes realzaron la viveza de su discurso:
- •Le digo á Ud. que ya no hay libros- decía á su intel'iocutor, que ante la verba torrencial del bibliómnno osaba apenas aventurar uno que otro monosilabo,-le digo á Ud. que el aficionado no tiene
que hacer ya! Yo sigo viniendo ni mercads, por costumbre, po1·que me pesarla dejar pasar una casualidad, una chance imposible; pero es una quimera .... nada se encuentra!
Le parece á Ud. que vale la peua de molestarse este Kempis de 1700 ó estas Fábulas de Esopo; el
cuero repujado del eucologio es un primor¡ los grabados de las Fábulas en cremaille1·e tienen mérito
l'nmo simple xilografía; pero en esencia no son nada .... Ya no hay libros, amigo.
l),•sde las •Cadenas• y los , Portales,• de unos veinte años á acá, no recuerdo haber comprado nada qud valga la pena. Mi última adquisición séria fué un manuscrito del Barón de Humboldt con croquis á lápiz de flores tropicales ....
•Las Cadenas• si vallan la pena; ah! encontró el Padre Grajales aquel in 8°, un Virgilio de 1500 marcado con el ancla y el delfín de Aldo Manuncio! ¡Qué letras aldinas, amigo mio! El Padre compró ese
libro en diez pesos y ahora dicen que está en los Estados Unidos en la biblioteca que fundó el millonario Astor. . . . ¡Calcule lo que los yanquis habrán pagado por éll
Y el bibliómano siguió hablando; deploraba los actuales tiempos y tenla entusiasmos extáticos al hablar del paimdo. Disertó sobre los incunables, sobre los speculum y sobre los donatos, sobre las ediciones xilográficas y á propósito de las encuadernaciones suntuosas de Gascón, de Morris y de Grollier,
Habló de las ediciones de la Cruz de Lorena, de los Libros de Horas y de los Ars moriendi1 del
Oatholicon y de la B iblia Jfazarina, de Venecia y de Maguncia, de Estíene y de Plantln.

VENUS PIA.

Si pues eres hermosa, y el encanto
De tu helada blancura me recuerda
La palidez lunar de las estatuas
Y la adusta expresión de Citerea,
Despoja de prestados atavíos
Y velos importunos tu belleza,
Y revive á mis ojos la tranquila·
Actitud de los mármoles de Grecia.
Nada de cinturones en tu talle,
Ni en tus brazos adornos de pulseras,
Ni sortijas gemadas en tus dedos;
Ni un hilo de diamantes en tu fresca
Garganta, ni coturno que deforme
Tu pie y señale el raso de tu pierna;
Sin que sujete el haz de tus cabellos
La dentadura cruel de tu peineta.
Yo mirué á tus plantas, a1-robado,
El altivo perfil de tu cabeza,
Tu frente de contornos impecables,
Tu afilada nariz, tu frente estrecha,
Y las combas turgentes de tus senos
Y el gálibo triunfal de tus caderas.
Contemplaré tus gracias sin que turbe
Mi culto la malicia, sin que encienda
Mi sangre la lujuria, y exultando
Ante las perfecciones de tu excelsa
Forma, sólo distinta de una estatua
Por tus labios sangl'ientos, por tu trenza
De azabache, y tus ojos sin la fria
Expresión de Latona y de Minerva.

Jea

�ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE J ULIO DE

1901

NúM, 13

REVISTA MODERNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACC ION: JESU S URUETA.
Tip. de Dubldn.

EJM:ERIAGAOS.

S necesario estar siempre ebrio. Todo está en eso: es lo único . Para no sentir el horrible
fardo del Tiempo, que quiebra vuestras espaldas y os inclina hacia la tierra, es necesario embriaga1·se sin tregua.
¿Pero de qué? De vine, de poesla, de virtud, á vuestro antojo. Pero embriagaos.
Y si algunas veces, sobre las gradas de un palacio, sob re la y erba verde de un foso,
en la soledad lúgubre de vuestra habitación os despertais, ya disminuida 6 desapare·
cida la embriaguez, preguntad al viento, á la ola, á. la estrella, al pájaro, al reloj, á todo lo que huye, á
todo lo que gime, á. todo lo que rueda, á todo lo que canta, á todo lo que habla, prnguntad qué hora es;
y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: Es la hora de embriagarse. Para no ser
loi esclavos mit·tirizados d el Tiemp:&gt;, emb:·iagaos, embria.r ao; sin d esca.n,o! D J vino, d e poesla 6 de
virtud, á vuestro antojo.
CrrALtLES

BAUDELAIRE.

FLOR DE OTOÑO.
Ven á escuchar mi cántig a oportuna
bajo el palio triunfal de la glorieta,
donde está deshojando tu poeta.
sus blancas ilusiones una á una.
Siento un largo Yahido que se adnna.
con la agonla &lt;le la tarde quieta,
ya baja el leñador de la meseta
y se dibuja el peplo de la luna.
Qué bello, junto al lago adormeci&lt;ln,
léjos del cieno y de la humana lidia,
besar tus labios rojos, mi sultana;
Mientras tornan las ave;; á su nid o
y los cisnes contemplan con envidia.
tu elegate perfil de americana!
Jos1~ LÓPEZ DE MAT URANA.
Buenos Aires.

PETA L LES pt;i LA PnurAvERA. -BOTTICELLT. - FIRENZE,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE JUNIO DE

1901

NlJM, 11

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEI•'E DE REDACCION": JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

MAGNA VoLUPTAQ
Eucirnde en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos n ítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
;'llirame dulcemente, dulcemcntP,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua u ntuos11.
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como u na golosina.

LA l\IADO)(NA DELT, A l\fELAORA~A.-BOTTICELLI. - FlllENZ~,

�171

REVISTA MODERNA .

ESTAMPA.
A JOSÉ JOAQl' ÍN GAMílOA.

•
No recuerdo &amp;i en un breve antifonario
Que ensangrientan purpurinas inícialeF,
O en las góticas ventanas do un santuario
Encendidas por las luces YC'speralt&gt;s,
Vi un emblema doloroso y amoroso:
Un ardiente corazón que como un cirio
Esparcía sus destellos sin reposo
Atizado por su amor y su martirio
Y clam(•: sC:,lo el divino Nazareno
Puede ser inaccesible á las miserias
Y trocar en mirra y bálsamo el Ycneno
Que difunde In amargura en sus arterías.

Solo El sabe como lámpara fürviente
Mantener su corazón siempre encendido,
Que su sangre sacrifica dulcemente
Por abrojos penetrantes oprimido.
í\Ias los nuestros, corazones infülices,
Enconados por la ortiga del anhelo,
Y con signos de indelebles cicatrices
Aun después de la expiación y del consuelo,
Ob! los nuestros estáu llenos de maldade11,
Son humanoF1 son capaces de perfidias,
Frascos plenos de vitriolos, de impiedades,
De venganzas, de ponzoñas y de envidias.
Y los ojos en el &amp;imbolo doliente
Del piadoso corazón siempre encentliclo 1
Que su sangre sacrifica dulcemente
Por abrojos penetrantes oprimido,

Pedl amor para los tristes corazones
Que son vasos do blasfemias y de agruras,
Porque están envenenados con pasiones
Y apretados por cilicios de amarguras.

BERNARDO COUTO CASTILLO.
cJeune pbilosopbe en dérivc
He ven u sans avoir é té

..

l~-o~~~¡~·o¡-~.~~¡~~:~¡;;,~·q·,;e Ji~·¡·,;¡,?;
,.

•ll ,•&lt;&gt;yait tl'Op-Et voir est un aveuglement.
TRISTAN

m:: un pálido tripulante en el siniestro Buque Fantasma del Tedio.

'

CORBIERE.

De pie sobre
la borda, en los crepúsculos, en las noches y en las auroras, contemplaba sereno
y estoico todas las ilusiones que se perdían y se borraban en la playa cada vez
más distante.. .. Blancos frontones, luminosas columnatas, floridos capiteles
y astragalos, pinares y alamedas, surtidores cayendo en las piscinas, pavanas,
serenatas, madrigales magias del perdido Trianón! Y el bajel errante y siniestro se alejaba con raudas singladuras, con su pesada bandera de terciopelo
que el viento no lograba mover, con sus mil lampiones, como un gran ataúd, como un enorme y oscilante catafalco .. . .
Todavla en el curso del éxodo tristisímo, como el negro navío doblara un cabo del país del Ensueño, el pálido viajero alcanzó á ver, sobre una roca de oro, surgiendo de un bosque de laureles, á la última ilusión que vestida de blanco agitaba su pañuelo blanco como queriendo alcanzarlo, en un impoten•
te, en un vano, en un desesperado aleteo.
Fué la última vez que el pálido viajero sollozó . . . . Después nada, nada, ni las orfobrerias del pleni•
Junio sobre el carey glauco de las aguas, ni las satánicas y rojizas aul'Oras boreales encendidas al paso
del bajel, ni las estrellas enAticas, almas desesperadas que se al'l'ojaban del cielo al mar profundo, na•
da, nada conmovió al viajero pálido que, como una cariátide doliente, vivía y velaba inclinado sobre
el mar.
Ni las sirenas, que fascinantes y al'l'ulladoras florecieron una noche con sus hombros, sus senos y
BUS vientres desnudos el verde jardín océanico, lograron enardecer de deseo aquel eterno rostro pálido¡

�172

REVISTA MODERNA.

REVI~TA MODERNA.

bien sabia él que las sirenas serian al fin tan viles, tan falaces y tan pérfidas como las mujeres- súcubos
de sangrientos labios y ósculos astringentes que sorbieron fragancias y blancuras en su fugaz alma
de niño.
Y sin un deslumbramiento ni un entusiasmo para los prestigios de Armórica, seguia el pálido viajero
inclinado sobre la borda del siniestro navío, como un abrumado atlante, como un telamón doloroso á
cuyos pies el mar, el mar amargo y negro, el mar de tiniebla y de hiel parecía su vida, su pobre vida toda deshecha en Jlanto .... !

La noticia del fallecimiento ele Couto, violenta y cruel como su muerte, se propagó cuando artistas
y literatos reunidos en la exodra honraban la memoria del gran Campoamor. Agravaron su luto los terciopelos de aquel duelo y el gemido de la orquesta resonó más ampliamente como abismándose en las profundidades de la nueva fosa que se abría.
Mi amigo, mi camarada, partió sin que me fuese dado acercarme á su lecho de agonfa; yo hubiera
querido estar ahí para reconfortarlo, para ocultar á sus ojos la paz convulsionada de Gorgona, con que
la vida se asomó por última vez á su lecho de muerte; para darle la seguridad de su triunfo induda )le,
la certidumbre de su misión cumplida á pesar de su existencia breve pero fecunda.
Quién sabe si entre los relámpagos lúcidos d tJ la fiebre no haya visto derrumbarse alguno de sus
proyectos más que;·idos como el de reunir en artístico y refinado volumen, ilustrado por Ruelas, la colecdón de sus e Pierrot, • osos Picnot tan amados por él y á quienes animó con las virtualiiiades de su pro·
pia a lma exquisita, comunicándoles sus ensuefios, sus tedios, sus amores y sus lirismos todos. Porque
el •Pierrot• de Couto no fué el galante •Gilles• de \Vatteau, ni el chic de Gautier, ni el funambulesco y
frívolo de Banville, sino el que con su brumoso crayon ha litografiado \Villete en tanta macabra esc;ena,
el Pierrot que Yerlainc fijó en aquel soneto:
•Ce ll1t!St plus le rcveur lunaire clu vieil air
Qui riait aux areux dans les dessus de porte;
Sa gaité, comme sa chandelle, hélasl est morte,
Et son spectre aujourd' hui nous hante, mince et clair. ,
Pierrot-Hamlet, cuya veste fué tramada en los telares de la Melancolfa con las brumas sutiles del
esplin; Pierrot, que ha hecho su Luxemburgo en la necrópolis y ahí por encima de cenotafios y mausoleo¡J se iergue con los brazos abiertos como una gran cruz blanca sobre el disco a perlado de la luna que
1
tramonta ....
El •Pierrot Sepultul'ero• fué tal ,·ez la última obra firmada por el com;iaiíero á quien lloramos; ¿habeis visto esa exquisita fantasía, ese raro relieve tombal cincelado en un blanco mármol cruzado por jaspes pavorosos; esa inqu_ietante melodía tocada en un Stradivarius de negro ébano y en donde el arco
irqnico mezcla sordos espasmos de dolor y agrias risas estridentes? . . ..
Al pie de ese articulo ya impreso quedó en la página un espacio blanco que el formador, perplejo,
no sabia con qué llenar. ¿Couto verla ese hueco al corregir sus últimas pruebas? Aquel claro, aquel espacio albeaba como una lápida; •no hay con qué llenarlo, • reclamaba el impresor. Y lo llenó el siniestro
Destino y en aquella blancura donde nadie adivinó la piedra de una tumba, una mano amiga y temblornsa trazó un epitafio inesperado!

Artista exquisito, aristócrata y refinado fué Couto, un sediento de Ideal. Casi niño, pero ya virilizado
por una admirable precocidad, hizo un viaje á Eul'opa y en París, en pleno Montmartre, en las basllicas
del Arte Nuevo y de la Belleza de todos los tiempos, fué crismado y armado Caballero. Con qué ardí•
miento, con qué verba elogio&amp;a y entusiasta hablaba en el curso de nuestras sabrosas pláticas, de los episodios de su vida parisiense frente á una tela de Manet ó un bronce de Rodin, en las veladas deun cabaret de intelectuales, á lo largo del Boul'.Mich, ó bien de su Suiza amada, idilios en el lago Leman ó crepusculares éxtasis ante la Jungfl'aU en Interlaken!
De esos episodios que encantaban su vida, de ese viaje temprano, de esos deslumbramientos anticipados provino su mal ulterior. Bruscamente arrancado á aquellos Paraísos que eran la patl'ia digna de
su alma delicada, volvió á México y el purgatorio comenzó con la inaudita hostilidad del medio. El
artista raro y exótico pasó invisible ante los ojos testáceos del burgués estólido . .. ..
Los afanes de gloria se com·irtieron en anhelos de olvido; hay dolores que necesitan cloroformarse
y hay infiernos que á falta ele luz celeste imploran las l'ojas luces de bengala de cualquier Paraíso Artificial.
El caso de Edgarcl Poe con diversa per~pectiva, pero con igual fuerza trágica.

173

Una marina de De Groux; un inquietante lienzo de Amoldo Broklin:
Sobre un mar de tinta va el Buque Fantasma, con su bandera de pesado terciopelo que el viento no
logra mover, con sus mil lampiones como un enorme y vacilante catafalco ....
Tras de inmensas veladas nostálgicas, tras de largas noches polares, el pálido tripulante ha ca{clo
fulminado y muerto.
Un tropel negro y silencioso lo amortaja y el olvido amarra á sus pies una bala ele cañón .... El bajel detiene su marcha y desplomado desde las altas bordas un cacláve1· cae al mar, al negro abismo en
raudo y vertical desplome ....
Algo inaudito. Las aguas fosforeseen y de las ondas glaucas emerge un tropel de sirenas cuyos bt·azos se disputan un pálido cuerpo de efebo, libre de mortaja, iluminado por la lnz de una nueva vida.
Cantando rftmicamente, las sirenas nadán hacia la playa y playa la avanza hacia las sirenas hasta que el
efebo libre, ágil, transfigul'ado, radiante, pisa las arenas de oro de la orilla, lanza un grito de redención
y cae sobre el piadoso seno de una virgen extraterrestre arcángel ele Botticelli-Venus Juminosa- l\fadona celestial!
Son las nupcias eternas del artista en el país del eterno Icleal!
México. l\Iayo 1901.
JOSÉ J UA N

TABLADA.

PAIX.
Tremblement des bannicres de pourpt·e dans les batailles,
Hennissement convulsif des chevaux cabrés sous les lances,
Hurlement des clairons aux poings de la Rage qui s'élance,
Regards hlancs, dans la mc!ée, de ceux qu i defa.illent,
Et ces tas de cadavres, les doigts crisp és aux armes, par la plaine,

Ou le canon, voix me mo de la mauvaise destinée, tonne,
Et la honte du soleil d'été ou le deuil des pluies d'automne
Sur ces charniers d'ou la mort exhale sa noire haleine,
Al'riól'e, o cauchemar du sommeil de la Terre!
Car ce printemps fait éclol'e au sein rosé des meres
La bouehe des petits enfants qui cloucement crient,
Et de la vallée aux !aes Juisants a la montagne, source des eaux,
Voici, parmi les brises et les ailes légcres des oiseaux,
Souner, battant comm3 des cre:Hs, toutes les cloches de la Vie!
STUART

i\IERRIL.

�REVISTA .MODERNA.

175

DEL "LIBRO DEL DOLOR."
LA FIEBRE.
No te vayas, espera, no es la hora;
Abrázate á mi cuerpo;
Cuando te vas me quedo solo y triste
Y vuelven los recuerdos.
Las obscuras cortinas de mi alcoba
l\Ie parecen espectro~;
En el aire hay cabezas que se rlen.
Espera .... A ,er si duermo ....
¿Que va á venir? ¿Quién? ¿Ella?
¿Te burlas? ¡Tienes celos! ....
¡Cómo quieres que venga, si le han dicho
Que la vas á matar, y tiene miedo!

LA ARTERIA ROTA.
Como corre la sangre de la hedda
Dejé correr en vano
El curso inútil de mi estéril vida.
Hoy, que exangüe me siento, á cada gota
Quisiera lo imposible, por mi mano
L igar la arteria rota;
Yivir de nuevo modo la existencia,
Y no del que condeno
Cuando á solas pregunto á mi con,:ieucia,
¿Fui sabio, he-sido artista, he sido bueno?

MUSICA DE ORIENTE.
Cierra el piano: las cadencias
De las danzas orientales no recuerdes,
Las cadencias de las danzas orientales
Que mis sueiios arrullaron tantas vece~.
Xo mul"icron mis rencore~;
Dormitaban en su nido de serpientes,
Y ya asoman las cabezas triangulares
Evocadas por la música de Oriente.
FRAXCIS&lt;;O

A.

DE

!CAZA.

FELIPE VILLANUEVA G.
A )[anza.oo, Elorduy, Valenzuefa, Velázquez,
Fuentes y Lnvat, (amigos del ~Iaestro).

UGUSTO de Plateo, en un heroico poema, cuenta que en la toma de Clesiphon la
l\Iagnifica, habiendo obteuido de Oma1· el sátrapa Harmosan como última gracia, que no se le diese la muerte mientras no bebiera, hizo pedazos la crátera
de ónix henchida de vino, y Ornar impasible exclamó:
- Si hay en la vida algo sagrado es la palabra de un héroe: que el persa viva!
Recordaba yo este generoso poema una tarde en que, en íntimo coloquio de
arte con los fieles amigos del artista muerto, me propuse escribir un estudio sobre el l\Iaestro bienamado, sobre su obra malograda y peregrina, sobre el relieve de su per~onalidad artística, vigorosamente perfilada en unas cuantas composiciones, fragantes aún,
porque no han sido profanadas lo bastante para que se marchiten ...... Recordaba yo ese caballeresco
poema, y una lejana increpación tardía concatenaba la cyocación del sátrapa sagaz como Ulises ante la
imperial generosidad del islamita, y la avidez del moderno artista nuestro para beber su vino hasta las
heces! ...... .Ah! por qué, por qué no estrellaste tu crátera lienchida contrn el mármol del pórtico de la
gloria á que hablas ascendido! ..... Por qué no rompiste tu vaso de ónix, seguro de la clemencia de la
fortuna, que te habla sonreído como querida, y con tu pluma empapada en el vino esparcido no e&amp;crj,
biste una rapsodia á Anakreón, en honor de que llegó á viejo!

�REYlSTA MODERNA.

REVl::3TA ~10DER~A.

Apuraste la vida de un solo trago, como un bttrgrnve huguiano, despreciaclor de la gloria y de la
muerte ...... y las dos te abrieron los 1.u·azos y te besaron en la boca!

va es de nuestro corazón, de nuestra alma, lo que no pudimos decir porque nos fué negado ese don, pero
que sentimos como nuestra interna poesía expresada en notas, expandida en ritmos musicales de morbidez encantadora. Y como la música es el lenguaje de las vaguedades que más satisfacen nuestros sueños
ardientes de idealidad, porgue no pierden su espiritualismo tl'aducidas en palabras, la música de Villanueva-nuestro malogrado poeta del piano-con la psiquis de su poesía virgen, fresca, palpitante, encarnada en notas, nos domina por la ternura que es debilidad, por el fuego intenso de que está poseída, por
su salvaje colorido americano que hace vibrar las cuerdas en ráfagas de pasión hurncanada.
La música de Villanueva es intensa, vehemente, apasionada, ávida de expresar el amor y la vida,
pues no he conocido un artista que tenga la avidez de placeres que Villanueva. El desanollo de sus composiciones es rápido; no hace sino enunciar una frase, abierta, franca, sentida, cuando ya la apasiona, la.
retorna y la crece, expandiendo su vida con los modernos procedimientos musicales y apoderándose del
espíritu para hacerlo vibrnr al través de los nen·ios del organismo humano con la sensación refleja del
arte.

176

Felipe Villauue,1 a vino un dla á México en plena juventud, con la simiente embrionaria dd arte en
su espiritu, con sus dedos ágiles y sus ojos vivos para leer las notas que su violln vibraría ávido de ser
escucha.do. En los escaños de l::s orquestas zahirió de pronto aquella cabeza turbulenta de indio puro,
hirsuta., hosca, de púas de ágave en la rebelión de sus bigotes mongólicos, rostro de frente estrecha y
torva, bajo cuyas cejas ceñudas y airadas, los ojos centellantes, relampagueaban en la lectura febril de
un presto, de un vivace, de alguna suma dificultad que salla., á primera vista, limpia y pura dt! su arco
victorioso. El artista, ignora.do, puesto que era temido, soñaba ardientemente un estadio más vasto para.
luchar: no habla venido á ser corifeo, sino rápsoda: no venia tripulando la trirreme Argas en la banda
de remeros de estribor, sino en la prora, fiero, inflexible, taciturno, en busca de un vellocino de ore,!
Rodó en las orquestas-como tantos artistas obscuros que no han tenido el carácter de Villanueva!Y la audición constante de la música moderna, cuyo renacimiento florecía en l\féxico {i la sazón, exasperó al joven músico y lo decidió á realizar un medio madurado para desligarse de toda colectividad: ser
pianista. Estudió el piano con ardor, con fiebrr, con la tenacidad genuina de su raza; de dla ganab¡i el
pan y de noche velaba en el estudio, y de prrnto, cuando nadie había sospechado su transformación,
surgió como pianista hábil, como técnico disriplinado. La conquista del más ingrato de los instrumentos, pero también el más completo, le abrió amplío horizonte en la vida artlstica de México; su facultad
de leer á primera vista la música polifónica más abrupta, las fugas y los cánones, lo familiarizó con los
compositores inabordables; sus dedos de estructura ingrata fueron domados por su voluntad poderosa
y flexibilizados por su poderoso temperamento artístico, y al adquirir la indepenc.encia en la digitación,
en lucha diaria con los técnicos preceptistas, adquirían la facultad de hacer sentir y soñar, de acariciar
las teclas y matizar los sonidos con una poesía desconocida que principió á delinear dichosamente su
personalidad de artista.
Su interpretación, netamente subjetiva, causaba asombro y placer, No era otro imitativo que su1 •
gla anodino y meticuloso, vaciando una naciente aptitud descolladora en los moldes viejos para anquilozarla lamentablemente. No! era un artista fuerte, un violador de preceptos académicos (valga la frase en
música), un temperamento en rebelión que ponla su espíritu y su corazón en la asimilllcíón de las sensaciones que interpretaba. Era un cerebro creador ansioso de la paternidad, seguro de bi mismo, ávido de
poder increpar á los maestros que evocaba diciéndoles: •¡ahora yo!•-y este predominio innato, esta seguridad de su fuerza, este soberbio reto de su ambición irreductible y consciente, lo hicieron sacudir su
inacción creadora, su catalepsia larvada de compositor. Midió su saber y se encontró débil , y á los veinticinco años, sin aula ni mae.:.tro, sin lee. el francé~, comprl&gt; su D11rand y su diccionario y pú-ose á traducir y á estudiar armonía y composición.
El pianista ambidextro se asimiló la ciencia por virtud de sus facultades analítica~, y F.:lipe Villanueva surgió armonista y compositor.
Conquistó su renombre con una sola composición, su Vals poético, apasionado y tit:ruo, que descubrió súbitamente los tesoros del alma del músico, su sensibilidad y su refinamiento artisticu. El corte
chopeniano de la composición la permitfa, sin embargo, alzarse libre, sin ninguna reminiscencia, con originalidad y frescura envidiables en un te.mperamento americano que tan soberbiamente debutaba. como
creador. La primicia fué echada á volará los vientos del cielo, los artistas y las so:fadoras la interpretaban con avidez, con del13ite, con unanimidad aclamativa; pusiéronla en su selección de poetas dtl! piano, entre las más bellas páginas de Grieg, de Stephen Heller, de Chopin, de Tschaikow.,ki. Su nombre
fué acariciado por la celebridad: Villanueva, y el pacto judío con Syllock-ah! si el artista hubiera surgido en Europa!-el pacto ruin con el editor espoleó al músico á sacudir la savia de su vida malograda.
Diez y nueve son, por desgracia (pues si antes había escrito otras, fueron su juvenilia), las composiciones editadas para piano que nos dejó Villanueva: cuatro mazurkas, la primera en re mayor, la segunda
en la menor, la tercera en re bemol mayor, la cuarta (Au bal) en do mayor; tres valses, Causerie, Amor,
Vals poético; once danzas, dos En el Paraiso, dos Venus y Cupido, tres Amorosas, tres llumoristicas,
una Un sueño después del baile, y por último, un Minueto póstumo. Póstumos son también su ópera
I{eofar, cuya instrumentación fué terminada por su amigo Juan Hernández Acevedo, muerto hoy también, y un Gradual y un Sanctus de Requiero, escritos para voces y orquesta.
Siento restringirme á delinear mi impresión estética de las composiciones de piano solamentt·; pues
la apatla de nuestros snobs dilectantes para todo lo nuestro, que ha atrofiado las facultades lírico- dramáticas de nuestros compositores, si bien se admiró en una sola audición póstuma de que Villanueva
hubiera compuesto tan hermosa música, no volvió á patrocina1· ni á alentar siquiera la resurrección del
Keofar, y yo, lejos de )'léxico, no tuve la ventura. de prnsenciar el póstumo triunfo del Maestro.
La predominante sensación al oír la. música de Villanueva es la de él. Es él. Se le siente, se le oye,
no se confunde con nadie. Y esto que parece tan sencillo, este don de personalidad, ¡cuántos quisieran
poseerlo, aun de los consagrados por la gloria! La poesía de su música entra en el espíritu por derecho
de conquista, en linea recta, como el perfume de una flor que no hace sino brotar para ser sentido y go•
za.do, como una. mujer. bella que no hace sino pasar para ser soiiada y deseada. La música de Villanue-

177

Si estudiamos la estructura de su minneto rn sol sostenido menor (pó:;tumo), su mejor obra, si acaso
no la rn,is característica de su procedimiento, l'11contramos, corno en todas sus composiciones, una ascención rápida que lo hubiera llevado en bre\·es aiios á componer obras de aliento, refinadas por su selección asimilativ11. El alleg1·eto ben legato prescrito para la composición le imprime un aire flébil, galante,
cortesano, que evoca inmediatamente la danza antigua; los ritmos están trazados sabiamente sobre los
periodos musicales, en harmoniosa polifunía c·nco11H•1Hlada á dedos que sepan ligar y sostener cantos dis•
tintos. Con la indicación constante y mi11uciom de las ligaduras rftmicas, era superflua la indicación de
los pedales, supresión que el ¡;ni.fico ingenio de Ernei,to Elor,luy comparaba un día, refiriéndonos al
estudio Si oiseauj'étais .... de Henselt, á fa pn·scripción de los guantes en una recepción de etiqueta.
Bajo la aparente sencillez melódica. riel miuul'lo, fic ,·e que está trabajado con amor y ardimiento para
lograr las bellezas modulatívas y cadt'nciosa,; las progresiones descendentes por semitonos están tersamente harmonizadas; el colorido, que llega apenas al mczzo forte en fas dos primeras partes, se inicia
pia.nlsirno en el trio cantabile, y aquí si, para sostener el bajo en pedal constante y el mismo dibujo de
tres notas de la mano ízquierJa, está prn;cl'ito molto ped., que manejado hábilmente nos lleva por indi•
cación de un crescendo á. un fff appassionato, ulla erupción reprimida del alma del Maestro, de la que
declina en un decre$cendo suave, lánguido, para cam· en un pasaje amoroso en sordina, de un contra•
punto sencillo que se pierde cantando en un l'n~ueño lrjano, y de pronto despierta en otro grito de pa·
dón acompañado de disonantes acordes exasperados y estridentes, espasmódicamente patético, hasta
que descansa en un diminuenclo imitado para volve1· por medio ele una modulación magistral al pri•
mer motivo y terminar con dos frases cortadas, que tanto gu~tllhan á. Villanueva y que son de un efecto
delicioso.
He hecho un esquema del minul'to póstumo-yo que siempre esquivé el aula!-porque es desconocí•
rlo en México y porque su m:izurka en re bemo 1, para mi la más inspirada, la mAs ardiente, la más apa•
sionada de Villanueva, es conocida de cuantos entienden música. En esta composición el músico drjó
encarnada su personalidad,·su fragante y fresca imaginación perfumada de amor, su poder de expandir
hasta un grito de espasmo la pasión de su vida y de su alma: el arte! Arte por él sentido y creado, arto
suyo, netamente suyo, á pesar Je quienes han pretendido ver una reminiscencia ele Massenet en una do
s11s mazurka~, y para regocijo de los cuales hariales oír yo la frase integral del vals amor de Villanueva
en el leit motii:e d~l andante cantabile de la sinfunia núm. 5, opus 6-! de Tschaikowski. Bah!. ... . Esas
cerebracioncs idénticas, y por lo t!Prn.is fugaccl', de una frase de cinco notas, no se tiene sino cuando un
artista se llama Villanucva!
.... De su vida? Ah! ya he dicho que no he conocido uu artista con la avidez de placeres que Villanueva!. ... Su intensa vida pa,ionante, sedienta en nuestro desierto de arte, soñaba en las rosas y las
ninfas de las fiestas danzantes d ,j Eleleo, re.y por el tirso ílorccielo dtJ yedras, rey por la diadema do
pámpanos de oro, y soñando hacer de su juventud una Cleopatra, buscaba con frenesí al despertar de una
noche de amor la perla yacen ti\ en las hece~! .. . ..
Su talento y su carácter le dieron el predominio efímero lid su vida malo;;rada sobre sus contempo·
r,ineos que reconocieron su superioridad intelectual; su sinceridad rnda le abrió los corazones de cuantos le rodearon; sus genialidades eran ingenuamente bella~.
Una noche D'Albert dió un concierto en ~léxico y tocó la mazurka en re mayor de Villanueva. El
pianista comagrado besó en la frente al composito1· desconocido en Europa, y dijo esta frase: cEs el artista más genial que he encontrado Pn América • Y en tanto nuestro músico, frenético de júbilo, decla á
i;us amigos:
-Hasta hoy he sabido que mi mazu1 ka era tan hermosa!
Su facultad de lee1· música á primera. vista era prodigiosa. Cuando se puso en escena por primera
vez en México el Falstaf de Verdi, Gino Golisciani presentó el spartito para orquesta, invitando al artista á revisarlo, y Vi llanueva lo redujo á piano, integro, á. primera vista. Sucedía con frecuencia que Villanueva pasara toda una nGcbe tocando musica suya, y alguna vez una sola composición, su Vals poé·
tico, ante un auditorio de artistas y dilectantes encantados ele oírlo, de su auto-interpretación ardorosa
y deleitosa. En cambio, no babia nerviosidad que lo sublevarn tanto, como la. de ser invitado á. tocar aute per,soQas que m~nifestaran curiosidad de oírlo, y ocasiones hubo en que un salón henchido ele admi ·

�178

REVISTA MODERNA

radores suyos, verdaderos ó falsos por snobismo, se quedara esperándolo inútilmente: lo cual no era obstáculo para que la aristocracia de l\Iéxico se lo disputara en el profesorado.
Pero donde el músico se hallaba en plena bohemia dorada, era entre los suyos. Sentado a l piano con
\' icente Lucio, el exquisito y pundonoroso pianista muerto antes que él, Villanueva devoraba febril las
páginas más abstrusas de Bach, de Beethoven, de Schumann, de Brahms, haciendo la delicia de selectos
oy1:,ntes; y cuando los dos artistas habían encumbrado á su pequeño auditorio al cielo del arte, deseen·
dían á las praderas floridas pobladas de ninfas desnudas de Léo Dé libes, el músico amado de Villanue.
va, el consentido por la semejanza entre la música sem,ual y carnal del artista galo, nieto de Grecia, y
la música esencialmente profana de nuestro artista.
Los ballets del exquisito autor de Sylvia hacían el deleite del músico malogrado, que hubiera hecho de la danza criolla ame1 icana el poema de la sensualidad ritmada - apenas hizo el preludio de ese
poema! - ; poema truncado también por el enervamiento del exquisito cubano Cervantes y que ha necesita.do del talento exótico de Cécile Chaminade y Emíle Pésard para llevar á Europa una ráfaga apenas
del deleitoso ballet indiano! Chopin universalizó la mazurka de su Polonia, pero hasta hoy ningún americano ha podido universalizar la danza. Y Villa.nueva tenia. ese poder! . . . .
Fué en América el portaestandarte de un renacimiento moderno en música; superior á Gottschalkconsagrado por Chopin-y á 1\fílls en procedimiento artístico; superior á nuestros compositores en potencia creadora; superior á las celebridades anónimas neo continentales que prefieren la virtuosidad reproductriz é infecunda á la creación de arte propio, Yillanue,·a, que pudo ser el consumador, fué solamente el precursor! ... . Una mañana- el 28 de i\Iayo hizo ocho afios- cundió {t la hora siniestra del abrevadero en el bar, entre el 1\Iéxico elegante y llaneador abrasado de sed, en la avenida morisca rebosante
de vida, con la celeridad de contagio de las noticias siniestras, la nota del dla: Villa.nueva había sido
muerto por una pulmonla fulminante. Habla muerto en unas cuantas horas, súbitamente, sin que la pasividad atávica de sus parientes,- pasividad genuina de una raza en la que el artista fué excepcional
rebelión,-hubiera opuesto ninguna resistencia al golpe traidor de la muerte. Sus amigos acudieron tarde, á blasfemar del destino impasible sobre el cadáver ó á contemplarlo aterrados y aterradores, y cuando el Maestro bienamado fu6 conducido para siempre al cementerio, pudo decirse como en las Tristes,
que en su morada desierta todos los rincones tenían lágrimas!
·
Cayó! Dísipóse! Extínguióse! Su cuerpo fué devorado y pulverizado, y de su obra póstuma no quedaron ni ,·estigios; fué banida y srp11ltada por sus piadosos y bienaventurados parientes en su pueblo
natal. El Santo Oficio de la estupidez secuestró hasta la última página de música, hasta el último manuscrito del Maestro. De su obra inédita no quedó ni piedra sobre piedra! La fatalidad, á la que él venció en buena lid cuando vivía, con su genio indomable y su voluntad inflexible, tomó la revancha á su
muerte y IH'gÓ hasta el menor brote de recuerdo en muchos que se pregonaron sus amigos!
Empero, como en la canción de Stechettí, el cancionero amado del Maestro, han brotado desu sepulcro ardientes rosas al calor de nuestra evocación de aquella tarde - ¡oh ,·osotros sus fieles amígos!-en que
os prometí perfilar, aunque fuese en esquema la obra malograda y peregrina de Villanueva.... .. Son
flores nacidas de su corazón, de su apasionado y pobre corazón enfermo de sentir y de sofia1· . .. Son las
rosas de su juventud tronchada en flor, las rosas simbólicas de su sangre ardiente y generosa que regaba un cerebro potente y alentaba un espíritu superior y dilecto, consagrado por el arte y por la gloria! .. .. Y hoy que rendimos este pequeño tributo débil y tardío á la sagrada memoria del artista muer•
to, pa1·ece que un eco doliente se levanta de su sepulcro y plafie á vuestra amistad piadosa como en la
canción del poeta, y que el alma del sentido múgico os dice que esas flores son
i canti chi pensai, ma che non scrissí. ....
()h! bieua1nado 1\laestl'o1 lllalogrado l\foestro, duerme ..... duorme ..... !
RuBÉN

U. CAMPOS.

Jl lJJ\fJl JYlARQVE2Jl
Cuando tu boca me bcs11 1
en repetirm e se obstina
que vienes, en línea expresa.
ele una elegante marquesa
que murió ·en la-guillotina.
Pero, si no cuento mal,
mucho más noble soy yr,
pues mi título ducal
es el • Contrato Social •
de Juan Jacabo Rousseau.
Mí uniforme es este craso
y obscuro traj e simplista,
pero ¿hay un contraste acaso
entre tu falda de raso
y mi corbata de artista?
La mejor prueba es que igualas
nuestro amor sin un reproch e
y que, olvidan~o tus galas,
como una estrella con alas
has puesto un beso en mí noche.
Tú creerás que me fascinas
refiriendo los detalles
de tus castas heroínas,
las marquesas libertinas
que pecaban en Versalles.
Pero asisto á tus tiradas
que deshojan flores secas
como á un viejo cuento de hacla11 1
donde hay joyas olvidadas
en teatro de muñecas.
Tu vetusta raza ignora
los modernos despertares
y es por eso que te azora
la violencia Yengad'.lra
ele !ns rachas populares.
P ero si el color te enfada
y si la plebe te enoja,
¿por qué me ofreces, malvada,
tu boca más encarnada
que mi escarapela roja?
París 1901.

MANUEL

UGARTE.

�--EL CRISTO DE LOS ULTRAJES.
CUADRO DE HENRY DE GROUX.

•
OS intelectuales piden un Dios y mucbos no vacilan en implora1· abierta y públicamente á
Nuestro Señor Jesucristo, "des Dieux: le plus incontestable,·• decía Baudelaire.
Es cosa infinitamente digna de observarse esa misteriosa impulsión do los esplritus jó•
venes en el sentido de una renovación del Cristianismo; evolución hasta ahora litera.ria
qu(parece haber comenzado en "Las Flore~ del :\Ial" y que P.ml Yerlaine ha milag1·osl•
mente acelerado en estos últimos tiempos.
E~te, el único gran poeta q 11e haya llevado francamente su corazón á la Iglesia desue hace unos seis
siglos, rejuveneciendo por un prodigio de genio todas las viejas im\genes que el ateismo ó la costumbre
hablan desteñido hasta el ridículo, glorificó el Santo Sacramento y la Oración en tan bellos versos, que
la juventud incrédula do la poesla contempóranea se vió forzada á admirarlos con entusiasmo y á
convertirse en discípula, y eso ha llegado á un extremo tal que hoy el Catolicismo tiene el caráctet· de al•
go como una aristocracia del pensamiento.
Agreguemos que los artistas moderno@, y sobro todo los pintores, ofrecen bien pocos consuelos á los
peticionarios de Sublime
Por todas esas razones, estimo veinte veces asegurado el triunfo del "Cristo de los Ultrajes," la tenta•
tlva más formidable de espil'itualismo cristiano que se haya llevado á cabo en pintura, desde los prede•
cesores de aquel paganismo edulcorado que se llamó el Renacimiento.
Notad que no se trata de ninguna manera, de un asunto que pudiera conjeturar fácilmente la imagi•
nación de los críticos y cuya banalidad salvarla una ejecución más ó menos divina. Poi· el contrario, el
cuadro se encuentra á distancias telescópicas de los lugares comunes imaginables de la iconografla re•
ligiosa.
Es el Sufrimiento del Cristo, tal y como lo han relatado los santos visionarios en los libros de diaman•
te que sobrevivirán al Juicio Final de las literaturas; tal y como lo han certificado los Antiguos Testigos
quti se hicieron "degollar'' por obedecerá la orden de ser "configurados á la muel'te;" en fin, tal y como
la Iglesia, no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su terrible Liturgia.
Es el huracán de las torturas inimaginables, sin el contrapeso de ninguna eficaz piedarl p11rJ. ~I agoni·
zante voluntario, cuyo Ultimo Suspiro extingue el Sol y enturbia las constelaciones.
Se ha hablado de "vitrail'' y de Primitivos, de pesadilla y del sombrío genio de Flautlc~; se ha hablado
de Rubens y de Delacroix. De qué-oh Seüor!-no se ha hablado, puesto que tocia la prensa de Bólgica
ha mugido alrededor de ese monstruo de magnificencia cuyo aspecto desconcertaba la corrección de
una raza pi11torera inmovilizada hace doscientos años?
Ah! y sin embargo es bien sencillo y verdaderamente no exige el caso tanta erudición, puesto que es pre•
cisamente lo necesario para que una vi!'ja pescadora del pals vasco ó de la Flandes occidental, se prosterne con la frente sobre la tierr«, exhalando gemidos de piedad, como si se le plantase ante los ojos algún tríptico de Juan ele Brujas ó algún sanguinolento Ecce Horno de Alonso Cano!
Porque es enteramente incontestable que tal debe ser el objetivo supremo de todo trabajo de arte ex·
clusivamente religioso. Una imagen piadosa ante lo cual ningun pobre pucliera orar, no parecerla acafO
lo que puede imaginarse de más idéntico á una prevaricación sacrilega?
Véase, pues, el cuadro de llerny de Gl'Oux en su muy poderosa sencillez:
El Hombre de los DJlores está de pie sobl'e el m'lnte fil.moso que la tradición tlcsigua como el túmulo
del primer Desobediente.
A su derecha un irónico é impasible bl'uto pretoriano coronado por brillante penacho y que podda ser
el pastor de ese rebaño militar de tan completo embrutecimiento que se distingue en último término.
A su izquierda, un individuo inexpresable, mellcla dó eunuco y de descuartizador, que poclrla tomarse
poi· la cu~t?dia viva ó p'Jr el relicario de muchos miles de años de humana crápula.

REVISTA MODERNA.

181

Es e3e el co:nac del lamentable Señor que se ,·a á crucificar, el cicerone indeciblemente abyecto de las
ignominias, de las maldiciones y de los espantos.
Vocifora, designando la Ylctima á la multitud, y esa es la señal del más dem oníaco tropel de canallas
que un pinto1· ardienclo sobre si mismo como una solfatara haya jamás tenido la auclacia de representar.
La rabia de ese populacho de puños crispados parece ten er, según el espfritu delos cuatro Evangelios,
algo, mucho, de profético y de sobrehumano.
Los niños mismos-pánico detalle! - aullan á la muerte y blanden sus débiles brazos contra el pecho
11ngustioso del Cordero divino.
Clovis y sus Francos están endiabladamente lejos, por cierto! y mientras más se mira, más se nota
que están lejos, indiscernibles, más allá de los siglos, en el hormigueo del Caos bárbaro!
Jesús está solo, absolut~mente solo y frente á frente de ese mundo condenado por él, mundo horri•
hle que no es más que la basura del antiguo Paraíso perdido y barrido por los Querubines.
Ese Dios hecho hombre se ha despojado tan completamente á si mismo que no ha querido guarda1·
ni siquiera el átomo de Divinidad que le hubiera sido necesario para no tener miedo. Sufre y tiembla en
su Carne como los débiles entre los más débiles.
Que ahora se sostenga como puecla. Los mismos Angeles han huido, los Angeles brillantes descendidos del cielo para reconfortarlo.
Es tiempo de que aquello concluya, pues de lo contrario no le quedaria más Sangre que derramar
por aquellos poseídos sobrti la pobre Crnz saludable.
S1ngra, en efecto, terriblemente, por todos los piquetes de su Corona y sobre todo por las innuma·
rabies plagas de aquella Flagelación milagl'Osa que la franciscana Maria de Agreda valuaba en más de
cinco mil golpe:; de flagelos emplomados. Y está de tal manera rojo bajo la púrpura de su barapo que
en verdad se creería que es l~l el verdugo de los demás.
Puo sus manos que serán traspasadas en breve, sus manos exangües de supliciado, tan enardecí ·
das por el dolor que se les adivina capace3 de consumir el firmamento, las recomiendo pa.rticularmente
á los exploradores de abismos que no temen inclinarse sobre la miseria infinita ....... .

L1 pt·óxim1 ex:po3ición pública de esta obra extraordinaria, cuya intensidad sobrepasa los pa•
roxismos más proclamados, obli¡(ará de seguro á la critica á modificar un poco sus fórmulas.
Algunos comprenderan sin duda, no solamente que se trata de un lienzo al cual nada se asemeja en
toda la pintura contemporánea, sino ante todo que se está en presencia de una fuerza absoluta repre•
sentada por un extranjero á quien el porvenir pertenecí\.

...................................................... .. ... .... .... .. .... .........................
A parte de algunos jóvenes escritores de quienes Bélgica se asombra, parece que el rey Leopoldo
ha sido el único en su pueblo capaz de adivinar la grandeza del autor, ese adolescente de genio, copiosamente insultado por la multitud, asquerosamente renegado por algunos .,· constreñido á refugiarse en
París que es el eterno pabellón de esos laJ&gt;idados sublimes.
Toca, pues, á Parls exclusivamente, al intelectual Parí~, donde la justa gloria no es siempre escati•
mada, el honor de prohijar á semPjante náufrago del cielo!
LF:ON

(Trad. de e Hevista Moderna•).

BLOY.

�QUE ME MlrtE SIE)lPIU: ......

Hay \'er~os que brotan como hilo e.le agua,
l111y versos que estallan como rna centell:i,
versos que son chispas candentes de f,·agu:i,
~, versos m;\s dulces que labora de Ella.

Y por eso pago con versos los besos
que anhelante libo en su boca roja,
cuando me dci:plomo de sus brsoi-, t&gt;Sos!
. . . . . . como ('lle del árbol tembl;rndo la hoja.

Pero algo los vcrtiOS ap:iga y acrece
el urente encanto; y son sus miradas,
hay en ellas tanto que flota y se mece..... .
en cielos no vistos noches ignoradas.

Cuando me besaba chocaban sus dientes,
calda de perlas en páteras de oro.
l\las eran los versos tan indiferentes
cu:indo me miraba ...... que es lo que yo adoro.

Que me mire ~iempre, como aquella tarde
en que el sol en amplia púrpura cala,
con esas pupilas negras en que arde
la luz de la noche, y la luz del ella.
JESl"S

E. V ALENZUELA.

ACONTECIMIENTO LITERARIO EN LA AMERICA LATINA.
"LASCAS."
«Durante la segunda semana del mes que comienza quedará terminada la
impresión de «Lascas. » El libro es fruto de vigorozo esfuerzo que conquistará
á su autor nuevos é inmarcesibles lauros, y que honrará las letras castellanas .
Las poesías que forman el volumen revisten forma eximia, y encierran
conceptos en que esplende soberana belleza.
«Lascas» constituye, cuanto á la forma, un prodigio de exquisitez. Es la
obra de un poeta para quien el arte no tiene secretos, para quien el verso es
instrumento dócil, y para quien la palabra, austera á veces, á veces suntuosa,
no es más que el ropaje que ha de vestir las ideas.
Salvador Díaz Mirón no es un artífice, sino un artista, y un artista que
tiene la más alta, la más noble, la más exacta noción de lo grande y de lo be•
llo. Y precisamente porque sabe que es la Verdad la eterna inspiradora de to•
do lo que está destinado á perpetuarse en el Tiempo, es profundamente humana la maravillosa labor de nuestro egregio bardo.
En «Lascas,» no hay nada que haya sido visto, ó vivido, y, recuerdos y
esperanzas, anhelos y dolores, propios ó ajenos, han sido engarzados en metros, en ocasiones insólitos, decorados por rimas heroicas.
Todo aquel que conozca Veracrnz habrá de reconocer en el libro edificios
y paisajes, que el poeta ha copiado con fidelidad de espejo.
El libro ad viene al mundo de las letras con buen sino y en momento propicio. En el instante en que el país entra de lleno á la vida intelectual, y en que
el escritor halla estímulo y premio á sus afanes, en el aplauso de un público
inteligente y culto. )&gt;

El Otden, de Xalapa, Veracruz, Junio 2, 1901.

�MÉXICO,

ARo IV

2'\

QUINCENA DE JUNIO DE

NóM,

1901

12

REVISTA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS, E. VALEN ZUELA.

Y~CIENC I A. .
li.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn,

CRUCIFICAT.

- -----

-

-----

--

AL llU CÓ Ll CO AlllEDICU(()

DR. D . JOAQUIN' ARCADIO FA.GAZA.

'
Al pie del monte el pueblo vocifera,
~laldice, rscupe, hiere .... •¡Profetiza! •
Prorrumpe el eco al estallar con risa
Entre un rugido de enjaulada fiera.

.

.

..

~

,::7;.

)~ '

• •·""
&gt;

. ...

• Ut!sdt udd• clama por la vez postrera,

La impura voz que al manso martiriza;
•¿Por qué me desamparas?• . . .. y agoniz:i
En medio de una oleada pasRjerr..
El Rey de los Judlos vueh·e ~· clani
Sus ojos de perdón mirando al cielo,
Y al expirar sobre su grry esclava,

~

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Cada gota de sangre por el suelo,
Del cáliz de su amor, el crimen lava,
De la raza dispersa y bin consuelo.

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LAS GUITARRAS.

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AL J,IO MAXGEL MARRO:- .

Bajo agreste fl!stón de umbrosas panal",
Fresco dosel en la enervante siesta,
La turba campesina está de fiesta
Sueltos los chales, flojas las chamarras.
De mano en roano rebosantes jarras,
S ueltan el jugo que al amor apresta,
Y almas del canto, como sola orquesta,
Dan su alegre concento las guitarras.
\'ibra el aire encendido en cada boca,
Y en cada pecho la pasión respira,
Que en un mar de miradas se entrechoca.
Cada mujer es junco que suspira
Al compás de la danza alegre y loca
Y cnda corazón es una lira.
JOSÉ TRINID.\D

FF.RRER.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 11, Junio, Primera quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>A.Ro IV

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rio, noble, majestuosi·
simo . . .. ¡No, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy natUl'al; estos seres débiles, cobardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se dominan por 'una voluntad firmz, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la mía .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos . .. . que por ahora no refiera nada de Jo que ha visto . .. J\I;\s tarde .. . . á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
-Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
-Gracias, amigo. l\Iire, vamos á sorprender, nosotros á los franceses, perJ necesitamos ser pocos y
buenos para no ciar á sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
-Pero . ... ¿y con qué orden?
·
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden ... . ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!-ag1·egó1 sacudiendo. el ·cuerpo del traidor dormido. Al instante entreabrió los ojos suspirnndo y mirándonos atónito. Yo partí á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en aquel
terrible hombre.

MÉxrco, 2 1 QurNCENA. DE MAYO DE 1901

REVI S TA MODERNA
AR T E
OlRE

cr~
r-~

: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

l;~

~
~

~~

Todo fué á pedir !lo bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano iba sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmrnte como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz·
quierda y el machete desenYainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce lf&amp;mbres de los mejores tepiquei'íos de Corona .... LJc;-gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dejan pasar los puestos avanzados .... y henos
rumbo á Lomas Prietas, donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca .. . .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada .... ¡adelante! .. . ,
Otro ..• . Y ese si gritó, pero rodó de un culatazo .... Un minuto después, frente á los fuegos del vivac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Quó refriega! y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, e1'a el Oficial Ayudaute.
Atroz fué la mortandad .... pero los valientes francescs-¡oh! hay que confesaTlo! al fin se rehicieron á retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botln .. , . ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el ct·ímeo, y el cAd,wer del traidor suriano, literalmente acribilla.do, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición .... ¿para qu6 deshonrar su memori!l, si habla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumeuto de a.que! sombrío doctor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en México ... .

,.

llEttlBERTO

FRÍAS.

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.l . . . •

NóM. 10

:

$ANTA BÁRBARA,- PAl.MA EL VlEJO. -YENE Zl¡\,

�REVISTA l\lODERNA.

CUENTO DE ABRIL.
A Don J csús E. Luj,\n,

IGNON, escucha:
Una vez la reina Mab convocó á los genios de los prados-era en el buen tiem·
po en que los pájaros se aparean, macho y hembrita, para gozat· sus nupcias de
primavera: era el buen tiempo en que voz de tórtola se ha oído on nuestra región,
como en el Cántico de los Cánticos;-el tiempo de la canción era venido y la rei·
na Mab envió sus heraldos flordelisados á ordenar á los silfos y á los gnomos que
llevaran A su palacio encantado las llores más preciosas, las gemas do cuna más
ilttstre y más joyantes para aderezar su tocado, pues que la reina Mab languidecía de amor.
Los "'nomos pequeñuelos, enanos, semejantes á nibelungos, con caperuza encarnada, ojos malignos,
barba Ju:nga. y nariz de ave raptatora, con su jubón gris y su calzón corto, con sus calzas de Mephisto
y su pipa bohemia., trajeron divinas flores de piedras preciosas trabajadas por lapidarios invisibles: rosas
simbólicas de una flora extraña, cuyos pétalos eran jacintos y zafiro~, cuyos pistilos oran sardónicas y
berilos, cuyos cálices eran ágatas y calcedonias, cuyos estambres eran crisoprasos y sardios, cuyos sé·
palos eran crisólitos y esmeraldas.
Los gnomos, atropellándose por alhajará la r~ina l\lah, calan de vientre y se l_evantaban derrenga•
dos ó saltaban en un pie como las zancudas, ó teJlan rondas en torno de ella, mientras ella ponía las
ros~s de gemas purísimas y aguas semivivas sobre sus cabellos de Berenice, sobre sus orejas pequeñas
de lóbulos encendidos, sobre su cuello desmayado de hebrea Noeml, sobre sus hombros marmóreos y nutridos de Cleopatra, cual broches siderales de su real clámide impalpa~le, sobre la c~njunción y arr~nque de sus dos pechos culminantes y cupulados, sobre sus dedos gráciles y blanqu[s1_mos,_ sol¡re su cm·
tura que podrla caber en una ,;arreticra ele Venus .... Pero los gnomos huyero_~ cab1zb11Jo~, ~o~·q_uo la
reina Mab desprendió las rosas maravillosas de su cuerpo lttmlneo y las esparc10 como lluvia 1nd1scente sobro el tapiz pérsico de los musgos grumaclos de rocío. .
.
.
Vinieron entonces los silfos senHljantes á risueños amorcillos desnudos, de cbtu·neos carrillos rcdon·
ele morbideces
d os como los de los C(•firos que mecen á las llores y á. las nubes, .de. manos hoyueladas,
·
d
ue harian el deleite de un sádico; vinieron los silfos de alas lep1dopteras y traJeron abraza as, entre
;us pequeños brazos, peonias y stellarias, convólvulus y gloxinias, hya._cint~rns y cala.dios, orquídeas y
lemátides Ja.s flores más raras y más preciosas robadas al a.Iba en los Jardmes y verandahs, nympheas
e hellianth'us tronchados A flor de agua en los lagos, beleños y cactus arrancados á. las grietas de los
y eñascale~, y cubrieron con ellas los pequeños pies de la diosa que parecía 1''lora emergiendo de un bú·
~aro de rosas; pero la reina, que babia sonreido al mirarse ceñida de flores, empenachada de llore~, s~spiró y las deshojó pensativa, y los pétalos cayeron en lluvia de alas de libélula y constelaron su clam1de
transparente enhebrada de haces de sol.
.
..
, .
.
.
Entonces oyóse una música melodiosa de gorJear de paJaros, una mus1ca deleitosa. que hubiera
arrobado á Stephen Heller, que parecia escapada del clavicordio de Boecherini y se esparcía por los bue·
uecillos de los ribazos, poi· los resonantes alcores eu busca de la ninfa Eco: era una parvada de syrin·
;as y plagiaulos asidos á los labios de pequei'íos fa~nos salvaje~, que sem~oc~ltos en una nube de polvo
dorado al sol, flnglan la irrnpción de un hato capnno, pero que al despeJ11r a plena luz mostraron sus
rostros aún imberbes, sonrosados y picarescos y sus pitones tiernos de corzo joven. La polifonía de su
música áulica. no era ritma.da, pero como la música de las ave~, era de una vaguedad embelesadora y
hacia soñar á la reina l\lab en deliquios de amor ... ,
«·Oh reina de los sueños!-meciala el canto-soy el alma silvana de H éllade pastoral, soy el idilio
bióni~o, el que tus poetas brumoso9, desde Ossian á Shelley, no sintieron, sino soñaron! .... Soy el aroma
panida que el Nasson aspiró con su intensa avidez de placeres, y que el mo_ribundo ~yron so~amente be•
bió en un efímero hálito desde la prora de su nave! .... Soy la alegria, la siempre mua alegna, la locue·
la danzal'ina de cosquillsaqte hoca ávida. de besar, que enjoya los deditos nacarados de sus pies desnu-

155

dos en el arroyuelo borbollante mientras pesca conchuelas menos encendidas que sus mejillas de duraz ·
no! .... Si c¡uieres amar, vé á los ciLrmenes 1lichosos en que el verso es llol', en que la cigarra vive do
rocío y de luz de sol, y es vibrante élitro siempre sonoro do la eterna poesía bucólica! ... .
Y el &lt;&gt;11suelio ele la música purísima ele los caramillos se mecla en el viento, encarnando la poesía
de las cosas vil·ientes en el alma de las flautas, y la reina de los sueños languidecía ele amor porque la
primavera iba á su so'.edad y la primavera era su hermana, su so1·0Jlina innamorata, pasionante como ella
de algo más alto que llenara ni vacío de su corazón! .... La música de las syriugas también pasó en un
vuelo; también los pequeños faunos capricornios se dispersaron dando cabriolas, porque la reina l\Iab
oía sin oír la canción alada, oía sin oír el murmurio de agua corriente de las notas y escuchaba otra mú·
sica. sin nombre, la música de los sueños sum:sos á. su imperio, que la arrullaba en un vaivén de hamaca
celeste prendida:\ un cuernecillo de Bebe y;\. una estrella ele la Lyra .... Y t:quella música sin nombre
musitaba. en su alma una balada plañider11, mesta, como el surcar ele las palomas torcaces, y la canción
ora de a.mor .... y la flébil canción era de amor ... .
Y oye, bella l\Iignon, lo que pasó. Un paje rubio y liutlo - el pajll Abril - ¡,idió permiso para besar
los pies ele la hechicera l\fab, y no bien ella son riendo lo besaba en la boca - tan gracioso y gallardo
ora! con sus crenchas bloncllsimas y crespas, su truza y medias de. seda lila, manos sensuales, ojos dor•
mido~, boca pequeñita como botón de flor! - el mozo, dechado ele zalema y gracia, la dijo:
-Reina! mi selior el principo l\Iayo, que so halla á las puertas, to envla este joyel en prenda de amor,
~- desea, rendido de pasión, besar tu boca y dormir en tus brazos ....
- Y acaso tu seño1· es más bello que tú? ....
- 1\Ii príncipe i\fayo es hermoso como Lohengrln y Morsa mor! Las dos sangrns generosas de los hé•
roes de ensnefio parecen florecer en sus ojos azules y en sus cabellos brunos, en su perfil nazareno y en
su altivez latina ! llli señor es el dios de amor, pues que cuando él llega sube la savia, bulle la sangro
embravecida y riega los corazones én pasión y deleite!. ... El imperio de mi seño1· no tiene murallas ni
fronteras! .... Sus siervos son la vida, la juventud, la ftllicidad, el amor! .... Todo lo que florece y es·
plrndr, lo que vibra y se expande, lo que riega dones generoso y fuerte; la vida ebria de salud y poder;
1·ua11to sueña, cuanto vuela, cuanto se encumbra y magnifica está presto al poderlo de l\Iayo que despier•
ta fioros y encienrle hmacanes de pasión, que hace germinar los bienes fecundos de la esperanza y del
:imor!
-Bienvenido! Amor! Alma del ciclo! - cla1J1ó la. enamorada l\fab cuya voz era más hechicera que
las Ha utas, cuya tPz era más suave que las rosas. - Vé, paje mio, puesto que eres su paje, vé y procla•
ma que soy suya porque es mi rey y mi iios y mi amor!. ... Que los prados sean estrellados de flores y
los cielos florecidos do estrellas! .... que las nubes empavesadas boguen y traigan á las sílfides y las ha•
das á presenciar mis reales bodas! .... que las ondinas y las sirenas hiendan las espumas con sus aletas
de pedreria y sus bifurcadas colas de delfín! .... que las amad riadas de cabelleras verdes como crisóli•
tos hechos guedeja•, surjan de los bosques al conjuro de Pan!. ... que las ninfas broten como flores de
c11r11e de los alcores y los boscajes, y vengan danzando en ronda de amor á ceñir como diadema de rosas \'ivas el lecho en que yacerá en mis brazos mi bienamado !
Y cuentan que desde entonces, desde que el paje Abril corrió gozoso á llevará su señor la buena
nue\'11 , á su paso brotaron las yemas do los ramajes, se constelaron los musgos de flores micropétalas,
los céfiros mecieron blandamente á las nubes, la luz sonrió en el cielo brumoso que era imperio de l\fab
~- la esperanza en los corazones apasionados de soñar . ... Y cuando l\Iayo imperator entró á banderas
,le~plegadas por el arco de triunfo de Oriente ....
Poro, aunque yo quisiera contar las bodas de i\íayo y l\Iab, este es solamente, linda i\Iignon, el cuento dll Abril ....
1!)0 l.

fü·¡¡f;N l\1. CAl\IPOS.

AL ESCLAVO ESCANCIADO!\.
C.ATULO.
OD.t X.\ T/1.

Esclavo, que 1"11.lurno aiiejo ~irve~,
\ 'en y escancia en mi copa el más amargo,
Cumpliendo de Postumia, que es más ebria
Que el gnno de las uvas, los maudatos.
Linfas que sois la perdición del vino
ld d~l austero ii. refrescar los vaso~;
Beber el vino puro
Xos !lCOJISE'ja Baco.
1TOAQtrf~ V. CASASÚ:,,

�REVISTA MODERNA.

J·RvtLAS' :Jol'

LA l'?[;VIGT A MoD[;rQNA
ou~

I-IA oRG-ANIZADo

rn

iNviTA Á UD· AL ~[~TiVAL ARTÍSTÍC?o

1-ioMrnAJ~ Á DoN RAMóN DE CAMPoAMoR.

MAYo 3 Db 190!

FROGRA:MA.
D. Ramón de Campoamor,

I.-A. En Réve ................................. .. ..............
B. Le Cíe! sourit aux roses .... . .............................
Canto, Sr. Luis Goda1·d.
]I.-Impresión literaria .........................................
lII. - :Mefistofele... . ............ . ................ ....... ..........
Canto, Sr. Lic . .Jo.si! B. Xava.

G. Campa.
Schumann.

1V.-Campoamor Intimo.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . ..............
\'.-A. Solitude de Sapho .........•..............................
R Fleur d'Automme. .. ... . . . . . ........................ . ..
C. Canzonetta... . . . . . . . . . . . . . . . . ...........................
rioloncello, Sr. Arturo Espinosa.

Sr. Francisco A. dti Tcaza.
i'll11ssenet.
Popper.
Phaladhilc.

Sr. Luis G Urhina.
Bono.

\'J.- Recitación: • Los Amores de una Sant11,• de Campoamor.. ..... Sr. Luis Quintanilla.
vrr.-Vision fugitiva..... . . . . . . . . . . . . . . . . . ....................... i'llassenet.
Canto, Sr. r:ustaro Mm·tln cz
ynr.-Poesia .. . ... ..... ............................... .... ..... Sr. Balbino Dávalos.
IX.-Guaran~·, balada..... ......... ... . .. . ...................... Gómez.
Sra. Virginia r:alvdn de Xava.
X. -Discurso ..................... ............. .................. Sr. V. Salado Alvarez.
XL - Dúo de •La Bohemia • ....... .. .............................. Puccini.
S,·a. Virginia r:alvún de Xava y S1·. Lic. José B. Navt.1,.

Xrr.-I. Andante .................................................. Rubinstein.

II.

F1XAL.

A CAMPOAMOR.

Dolientes mis coplas lloren
La muel'te del gran poeta
Campoamor,
Y al Arte consuelo imploren
Contra esta nueva saeta
Del dolor.

El que grabó en las brillantes
Facetas de un par de versos,
Con humor,
Las dichas agonizantes
Bajo los golpes adn•rsos
Del amor;

De las cuerdas enlutadas
Que gimen tristes y sord11s
Al vibrar,
Broten las quPjas ahogadas
Que tú, Juventud, desbordas
De pesar.

l~I que 1Iendo lloraba.
El que cantando gemía
Sin doblez,
Aunque la hiel que ocultaba
Furtirnmente vertia
Cada vez;

Tu poeta, el más humano
Cantor de las emociones
Que te agitan,
1::1 que enhebró con su mano
Estrofas de corazones
Que palpitan;

Tu poeta, el más profundo
Cantor de tu grey dorada,
Juventud,
,\bandonó ya este mundo,
Aun joven en su avanzada
Senectud.

El que dió forma á tus sueños,
Persiguiendo las más Yagas
Fantasías,
Y descubrió los risueños
Ardides con que propagas
Tus falsias;

¡Cuántas veces, en las horas
Que al vivir parece largo,
Campoamor,
~Ie quitaron tus doloras
Con su miel más de un:amargo
Sinsabor!

TRIO Op. 16 Nº. l.
Sr. Julio :lluiron, piano; Sr. Arturo Aguirre, viollo; 8,· Arturo E~pinosa, violoneello.

ló7

�158

REVISTA .MODERNA.
¡Cuántas más, en los anhelo11
Del juvenil arrebato
Comprendl
Que dabas ardor y vuelos
A más de un ensneiio grato
Para mi!

Y halago para el oído,
Y talismán para el alma
Sor.adora,
En el corazón herido
Diseminaban su calm:t
Bienhechora.

Y cuántafi, alegre ó tristr,

Sin ilusión ó soñando
Dulcemente,
A eudir á ti me viste,
Las claras aguas buscando
De tu fuente.

¡Ah! la traición, la mentirn,
La envidia de gente necia
Que te infama,
De;:ongan presto su ira,
Que el almo Dios de la Grecia
Te reclama!

Porque de ti, la poesía
Brotó sin pompa ni aliiio
De ocasión,
Lo mismo que brotarla
J)el alma blanca de un nit1o
La oración.

La admiración franca y viva
Le,·ante para tu gloria
Pedestal
Donde eternice la oliva
Tu fresca Inspiración doria,
Ya inmortal!

Tus quejas, engalanadas
Con dulces rimas por fleco11,
Repartlan
Ayel', risas y humoradas
Que los más lejanos ecos
Repetían.

Sigan doquiera sonando
Tus cantos, tan parecidos
Y diversos,
Eternamente halagando
Los ju,·eniles oídos
Con sus versos.

A tu perspicacia aguda
La vida fué un engañoso
Carnaval,
Donde el filósofo:duda
8i alguna vez es dichoso
El mortal.

Sigue en las almas vertiendo
Tu escepticismo inseguro
De creyente,
Que en el mundanal estruendo
Te dió fü-meza de duro
Combatiente.

Las bandadas de tus verso11,
Con retóricas vulgares
Siempre en guerrn,
Jban, pájaros dispersos,
Hacia todos los lugares
De la tierra.

Y al diapasón de tu estro
Que en la pena y la alegria
Fue jovial,
Hoy que te honramos, maestro,
Extlngase la elegía
Y surja el himno triunfal!
BALBISO

DÁ VA LOS.

UNA OBSESION.
l'A•u JKSÚS URUETA,

~N U:\' pequeiío mueble Luis XV, comprado por mi últirnamentP, encontn\ Pn el fondo de
un cajón, la carta que aquí se lee:

•Querido amigo:
Lo que te escribo va á extraiíarte profundamente; pero no tienes una idea del estado de excitación y de pesar en que me encuentro. Tú, el mejor compañero de otros
dias, el que conoció todas mis dichas y todas mis angustias, eres el único que puede oir
y t'onsolar mi desolación. Ven, ven á vivir al lado mio. á ser el compañero de otros tiemJ ~ pos; sólo que ahora ni reiré, ni seré el bullícioso endemoniado de entonces .... Ven, amigo mio, pues temo por mi pobre razón harto sacudida ya!
Debes recordar que poco tiempo después de haber tú dejado la vida de alboroto y desorden que
juntos arrastráramos tanto tiempo, para, sabiamente, encerrarte en un retiro de paz y labor, te escribi
diciéndote:
• Amigo, al fin encontró lo que necesitaba: la criatura sumisa y tranquila á cuyo lado refugiarme, el
sér hecho para el amor, tolerante con mis caprichos, humilde á mis deseos, y que va, desde hoy, á ser
mi compañera. Te hablaba de ella, de su rostro apacible, de su mirada serena y acogedora, de sus cabe•
llos abriéndose en la mitad de la frente y descendiendo rectos sobre las sienes, como los de una virgen
Pre rnfaelista. Te ex ponla el caso de conciencia en que me hallaba, pues siendo ella una criatura honesta, el deher me exigía darle mi nombre, cuando mis convicciones, ó por mejor decirlo, mis estúpidas
preocupaciones se oponían á todo lazo oficial y definitivo. Sabia bien que ella no deseaba sino obede·
cerme; su madre, su casa, todo estaba pronto á sacrificar á mi menor deseo; con el mismo gusto, qué digo, con el mismo entusiasmo hubiera salido para la iglesia que para el peor de los lugares por mi designado. En su pobre vida de mujer yo era el esperado, el amo indiscutible, el Bienvenido que la mujer
aguarda pronta á entregarse. Con mi habitual egoísmo y abandone.', me dije: •ya habrá tiempo• y )a hice mía.
~Iurió su madre y hube de traerla A vivir conmigo sin pensar en darle estado, preocupado solamente del encanto que de todo su pequeño sér emanabn.
Tú M puedes figurarte los dos años de entera, de completa felicidad que A su lado he pasado. Yo
nunca creí en la felicidad, no creí que un hombre algo refinado pudiera sin gran esfuerzo soportar durante dos años las mismas caricias, las mismas facciones y las mismas cosas. Pues bien, yo, el mismo escéptico egolsta que tú conociste, ho sido f11liz al lado de esa mujer; feliz como sólo puede serlo un hom•
hre destinado á pagarlo inmensamente cnro, tal como ahora me pasa; cada día que se '"ª• cada. hora que
\'UCla, lamento más esos dos años y los deseo con más intensidad; he quedado herido para siempre, he
quedado tal como debe haber quedado Adán después de su expulsión del Parafso.
Durante los dos años que de ,·ida tu,·o mi pasión, nunca pel\,Sé engañarla; no te asombres, pues no
la c(Jnociste; jamAs tuvo dos veces el mismo beso ni repitió la misma caricia; jamás de sus pequeños labios salieron frases vulgares; engendraba todas las seducciones y las bondades todas; era indulgente, y
tú sabes que cuando más deseo se tiene de eugaiíar, cuando el demonio de la pel'versidad se aguza más,
es cuaudo se ven contrariedades é inoportunos celos. En ella, si bien á la hora dada brotaron terribles
como los de la verdadera enamorada, mientras no supo, mientras no hubo quien viniera y dt!stilara las
&lt;ludas en su conciencia, jamás pasó por su mente la idea de que yo pudiera ser falso; yo era para ella
todo lo grande y todo lo hermoso, como elln era para mi todo lo adorable.
Te acuerdas de Carlos X? A él 1 sólo fl el debo mi desgracia; él, la mano negra que se oculta en la11
sombras y hiere para siempre; él, el falso amigo creado para pica1· como la vlbora, mortal y traidoramente; él, el miserable Yago entrado en mi casa para atormentar, para emponzoilar y hacer la noche eu
nuestra felicidad. Tú sabes que lo busquó para provocarlo en un duelo, en el que todavía tuvo la suel'•
te de herirme 1 él á quien debiera aniquilar tan sólo con la fueru de mi odio!

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REVISTA M1JDERNA.

Un dia, al llegar, encontré á Julia toda en llanto; mi asombro, tú puedes imaginarte cuAI fué cuando á mis caricias sólo contestó con reproches. Yo quise saber, lo exigl. ... y supe. El miserable!. ... el
que diariamente se sentaba á mi mesa sonriendo, le habla hablado de mi, de mi pasado, de las mujeres
que yo habla tenido y de todo cuanto yo habla hecho; habla citado fechas, dado pruebas; babia añadido
que mi intención era hacer lo mismo con ella; si no me babia casado, si hasta entonces le habla negado
mi nombre, era para impunemente pode1· abandonarla una vez cansado de ella. La pobre criatura. a.dor11da, se sacudía de dolor cuando entre sollozo y sollozo murmuraba esta declaración.
En \'ano intenté consolarla. Después de las lágrimas vinieron los reproches coléricos; en ella se despertó la rabia de la. mujer que confiada hasta entonces se ve engañada totalmente. Yo no era lo que ella
creía ni lo que ella amaba; vino el despecho que quiere herir, \'engarse, y un nuevo sér se reveló ante mi;
el débfl, el sumiso, el bondadoso, se tornaha en la leona iracunda que sólo quiere arañar y destruir.
• Te casarás conmigo- decía-yo no seré como las otras, no, á mi no me engañarás, oh, no, á mi no! Te
casarA8! te cnsará~!• y este grito brotaba constnntemente de su ir11, como ln espuma del agua que se agita.
En su mirada encendida habin rencor, había 1le~precio, y mi orgullo, mi orgullo estúpido de hombre se levantó contra lo que m.is amab11, contra lo que sentía amar aún en ese momento en que la desconocia. •¿Casarme? y quién podrft oblignrme? acaso tú, que has venido por tu gusto?,
A mis palabras siguió un rato de silencio; la vi asombrada á su vez de ver levantarse una cólera contra la suya, una fuerza contra la que ella creía tener P.n ese momento. Luego, después de brcYe pausa
y de dar unos pasos sin dirección, fué á la mesa de noche que á su lado tenla, y empuñando el revólver
contra mi, rlamaba maquinalmente: Te cas1trá~, te casarás, yo ....
Me rel, hice un esfuerzo para arrojarle mi ironía, y pálid1t, sin decir una palabra, volvió el cañón
contra su frente. Ue miró un instante con una mirada que nunca más he podido olvidar, con una mirada indescriptible que me persigue en la sombra de las noches y me atormenta en los malos sueños. Babia en la expresión de esa mirada decisión, rPproches, pero reproches llenos todavía de amor .... Yo no
di un paso, no hice un gesto, no levanté el brazo para detenerla; al contrario, curioso, con curiosidad
pen-ersa, aguardaba, y aun parecla desafiarla con mi actitud.
Una detonacióo, y yo me precipito á tiempo aún para recibirla en mis brazos ... una última conYulsión, luego nada, un borbotón de sangre cubriendo su rostro, bañándola toda:
Quién podrá exactamente describir y analizar todo lo que yo sentí en esa noche al velar á la que
tanto habla amado, á la que claro sen tia amar más y más ahora que no exis tia. Sólo tengo vagos recuerdos. Su cuerpo, las lineas de su perfecto cuerpo se destacaban sobre la negrura del tapiz fúnebre extendido sobre el lecho bajo de ella. La blancura de sus manos, la lividez cadavérica de su rostro, resal•
taban vi\•amente sobre el negro como los marfiles de una laca. Lll herida de la frente había sido vendada y sólo un pequeño punto rojo manchaba la seda que la cm·olvla; rns cabellos sueltos le sen-ian de a!mohada. En sus pequeños labios, antes tan risueiío~, nido ele caricias y ahora fríos, insensibles como los
de un mAnnol, habla un ligero plil'gue doloroso. Los párpados cerrados apartaban para siempre do mi
su mirada. Luego, no recuerdo mAs .... Ráfagas de aire entrando para mecer la luz de los cirio~, ha•
ciendo pasar resplandores amarillos por el rostro de la mue1 la. Xotas qu&lt;'jumbrosas é irónica.mente alegres de organillos, aletear de moscas y los toques de las horas sucediéndos&lt;', resonando bruscos, pesado@, inexorables, en el silencio lle la nochr, y muchos pensamientos, mucho dar vuelta en mi cabeza á
ideas y recuerdos.
Yo revh·la las escenas y las caricias de esos dos años, y la nla, la vela invariable, impasible, hundida en las profundidades de su sueño de muerte; tomaba. su mano fria, la llamaba, no pudiendo, no queriendo admitir que estuviera muerta Muerta, y por qué? qué habla hecho y qué hablamos hecho? Ella
continu1tba impasible y la seriedad de su rostro me decía todo lo que nos separaba: estaba muy IPjos! yo
no existía más para ella! Aquella desaparición, el pensar en la soledad del dla siguiente y lo definitivo
rle su muerte me ponl11n r11hioso, desesperado contra mi impotencia y la fuerza del que crea seres para
aniquilarlos con tanta. facilidad.
P,msaba en mi culpa, en mi críminal orgullo. Un movimiento, una palahra, una súplica, hubieran
bastado pa1•4 que ella estu,·icra viva, prodigándome sus caricias y murmurando á mi oldo sus palabras
amantes .... Yolvla á verla .... el mismo pliegue en su rostro, los ojos siempre cerrados, los cirios prestándole luminosos resplandores y bronceando los largos hilos de su cabellera suelta.
i\Ie arrepentía, me odiaba, y todo era. en vano; ninguna, absolutamente ninguna fuerza darla dulzurA á sus sonrisas ni brillo á sus ojos. Los días se sucederlan á. loR dias y era. en vano esperarla. Los
hombres continuarían los mismos hechos, los mismos gestos, las mismas palabras, nada ni nadie cambiarla, y ella, ella que debiera agitarse y moverbe como los dPmás, quedaba sumergida para siempre bajo la tierra, y todo por no haberla hablado, por no haberla detenido. Para mí, la constante desolación.
Para ella. .. . . ?
La vi salir y no tuve fuerzas para acJmpañ1trla; manos extrañas cerraron para siempre su nueva
morada; las últimas palabras que le fuel'On dirigidas, salierc,n de labios que jamás la hablan besado; yo
quedé aturdido, anonadado, como se queda después de las grandes catAstrofos.
Cuando resignado ante lo irremediahle do su muerte, comencé la larga peregrinación, la espantosa
revista de los objetos y las menudencias que ella habla escogido y en cuya familiaridad viviera, comen·
zó ese largo via- crncls de la reconstrucción, detalle por detalle, de mi antel'ior felicida1. Todo me la recordaba, en todo la encontraba, y todo estaba lleno todavla. de su presencia.. Los espejos no olvidaban

REVISTA MODERNA.

161

su imagen, los guantes no perdían aún el molde ~e sus manos, babia almohadas que conservaban el
hueco formado por su cabeza, y la mancha., la fatal mancha de un rojo n&lt;&gt;.gruzco, se me presentaba. á ca.tia momento resucitando la escena
·
No pudiendo resistirá todo esto, abandoné la casa donde juntos conociéramos tantas \·enturas y
donde tan amargos ratos pasaba á solas. Comenzaron días largos, tediosos, de continuo errar y huir de
su recuerdo como un ingrato; los días en que se lucha por no vol\'er al relicario donde se esconde su
memoria y donde su imagen flota.. Llegaba hasta la casa, miraba las puertas cerradas, los balcones va·
cios, todo diciendo el abandono y la muerte, y sintiéndome débil, iba y bebia hasta embotar mi dolor;
pero ent'lnces la visión de su cuerpo al caer en mis brazos, la expresión, oh! esa expresión de amoroso
rl'proche salida de sus ojos al d!'jllr la vida, la sangre cubriendo su cucrpt', me atormentaban, apareciéndome como la más espantosa de las pesadillas.
Después de algún tiempo, ,·olví decidido á trabajar sin descanso. !'asé inclinado sobre la mesa muchos dlas y muchas nochrs, lh-n:111llo nerviosamente bojas y hojas, 1¡ucriendo con el cansancio y las ideas
ficticias substraenne á mi plln3amiento. Con frecuencia las mismas palabras que yo escribía, toca•
ban, despcrtahan mi herida, y con frecuencia, oh·idando por un momento, me voh·la buscándola á mi
lado como lo hacia cuando rlla me acompañaba :l trah11j11r; ai no rncontrarla, botaba la pluma, quedando más hundido todavía en mi dolor.
Pero es al liegar 11qul cu11n,Jo comir11z11 lo más nrgro, lo '111", siempre &lt;&gt;.goi~ta, me preocupa más de
10110 este drama. No te rías.
Una nochr, despué,1 de varias ho ras de trabajo, bcnli uu ligero ruido t1·as du mi; como estaba bastantJ nervioso, me vold bruscament.-; excuso decirte que nada encontré. Seguí trabajando algo preocupado ya y desconfiando de las sombras que abundaban fuera del radio luminoso de mi lámpara; poco rato
,tespués sentl ó creí sentir un ligero toque en el hombro; quedé frlo, pensando en que ella me advertía
as! cuando quería interrumpir mi t ·ahajn, y sentí una ansiedad terriblr; no me atreví á volver el rostro,
no respiraba casi, temeroso de encontrar algo tras de mi. D~spnés de un rato de lucha volví al fin la ca•
ra con lentitud, haciendo rui ,lo y e~fuerzos .. .. nada! sólo las medias sombras y el brillo dorado de las
encuadernaciones. Respiré larg11ment&lt;•, sintiendo consuelo; pero temiendo aitn, dejé la pluma y sin vol •
1·erme más, sintiendo frío en la frente, ful directamente á mi cama.
Inútil es decirte que no pude dormir un momento; el menor rnido, el toque de las horas, el crujir de
un mueble, el paso de un rntón, todo me producía sudores fríos y sobresaltos á pesar de cuanto razonamiento juicioso me hacia.
Pero des1e entonces, amigo mio, siempre es lo mismo; todo me sobresalt,t, trabajo siempre con el oi•
de alerta, queriendo sorprcnder cada ruido. En una plllabra, tengo miedo, miedo dt1 la pobre suicida á
quien tanto amé. Tengo miedo de que vuelva, mie_do, sobre todo, de la expresión de su última mirada,
que nunca puedo ni podré olvidar. No estoy loco, no, pero la siento errando invisible á mi alrededor, y
tengo miedo, miedo de ella; pero de tal manera, que nunca. ni por nada lllfl hubiera atrevido á escribir
esto de noche, temeroso de sentir el golpe én el homhro ó s us pasos avanzando silenciosos con precaución: tengo miedo!
Tengo miedo, si, y de ella; ven, vo:1n y libram:i de este pavo r, de esta constante insoportable anguslia. Sintiendo alguien á mi lado, me sen tiró fuerte. Ifo pensarlo en casarme, en traerá mi lado algo que
me escude de ell11; pero no, sentirla celo~, y n11nc11 porlrla bcs1tr ni estrechar á mi mujer, sin sentirla invisible entre nosotros- dos.
No es que haya dP.jado de que1·erla., no; la amo y la deseo como nunc:i, pues mis dlas no serian tan
negros estando ella á mi lado. Pero tú lo Yas; la amé mucho, me amó mucho, fui muy feliz y ahora es
preciso que pague con el peor de los castigos: temiéndola, queriendo refugiarme contra ella.
Lo ve,! ahora mismo al escribirte, el sonido quejumbroso de una puerta al ser empujada por el
viento .... (es por el viento?¡ me ha hecho' estremecer y enfriarse mi frente sin que pueda atreverme li
,·olver el rostro.
T.ingo miedo! Ttmgo miedo! ven, amigo mio, \·en, ó no sé lo que será de mi

BERXAI:DO

COUTO CASTILLO.

�163

REVISTA .MODERNA.

m
Yo unía en mis tli~cursos con cliau1autina sarta
al aticismo Iieleno, la sobriedad de Esparta
~- así recto era el juicio, sabroso era el conceto;
Juntábanse en mis actos Platón y Alcibiades
y siendo bello y grave tenían mis verdades
con amargor de prédicas almfbar del Himelo.

IV
¿Por qué siguió al Olimpo del Gólgota iufccundo
la soledad, y en rapto de amores imprevisto
las razas· empuñaron el lábaro de Cristo
que trajo las tristezas al júbilo del mundo?
¡Qué mal le habla hecho la vida á ese iracundo
demoledor! Dionysos amable, hubieras visto
la sangre de tus twas en el brebaje.misto
del cáliz, y sus hojas servir de pudibundo
Fajero "á las estatuas ollmpicas! En vano
radió en defensa tuya la espada de Juliano,
la humanidad trocaba su primogenitura
Por las lentejas .. . . ó por la ' gloria que se abria
y yo, ateniense, el sello mostraba en mi tonsura
ele! Nazareno, ¡Padre de la melancolía!
F.n Roma, Enero de HJO l.
A~1Ano

N1&lt;:1tvo.

EL FENDULO.

I
Nemcoi~, vil'ja loba, conozco tus desmaucs,
tus dientes han mordido mis carnes de granito,
11acl con la sonrisa del divo Aristofanes
" Tú la hiciste mueca del pálido Heraclito.
• Yo tuve un culto en Delphos;deluzeran mis manea
hoy negros; era fácil el hoy tedioso rito;
por U me son hostiles mis padres los titanes
y no hay un sitio para mi risa en lo infinito.
Ayer me tuteaban los Dioses soberanos
y yo tiraba besos a Zeus á ~os manos,
bebiendo el vino dórico de mi lagar, mas luego
surgió cual monje estéril el dogma que me aflige
y el diáfano Pontífice Máximo que rige
la Iglesia, uncióme al culto del místico borrego.

JI
Ayer apet~a~ _cuánto fulgor en el paisaje,
qué suave desposorio de mitos y de vida!
atado iba coú~cinta de lino el gran follaje
de mis cabellos rubios, y mis áureas cnemidas
Al sol ardian; _era la túnica mi traje,
la túnica que deja contemplar las mullida:1
pan tonillas cubiertas por un vello de encaje,
jleda y cosquilla al beso de tod1\8 las armidaa,

Nadie notó ele pronto la casa abandonada y algún tiempo siguieron Yivicnclo como si nada hubi11ra sucedido. Primero que nadie, enmuclc::ió el grillo invisible desde que la última brasa se extinguió eu
la chimenea.
Luego la única gallina que vagaba en l!l corral subió la escalera, picoteó la puerta cerrada, tC'ndió
el cuello hacia la ventana y como los desperdicios cuolidianos no caían, se salió.
E l gato se cansó de ronronear, acurrucado inútilmente para sentir en su dorso la enjuta mano qu11
tan bien conocía. Olfateó el piso, maulló con despecho, araiíó las sillas y por el granero se escapó.
Una noche las ratas, tras de roer el último mendrugo del cofre, destaparon el azucarero vacío y
no volvieron más.
Las arañas encogidas no esperaban para hilar sus telas mils que el silencio, pues un rnmor regular lo turbaba aún.
Pero bruscamente el péndulo se detuvo. No se había parado poco á poco, sus tic-tac debilitándose
hasta el tic- tac supremo: dejaba ele andar como un;i persona herida en pie y que no se crela enferma.
El corazón de la casa no latía ya.
Las gentes de la aldea vecina empujaron la puerta y ll!rnntaron del suelo á la viPja Maria Teresa
caitla boca abajo, y muerta iL solas, sin prevenir.
JuLKS

(Trad. de ,Revista Moderna•).

RENARD.

�REVISTA MODERNA.

DEL LIBRO ('EN RADE."
Era un inmenso desierto de vcso seco mas allá de todo limite, que hui a indefinidamente de la vista,
un Sahara de lechada endurecid;, en cuyo centro se levantaba un monte circular, gitantesco, de flancos
agrios, agujereados como c~ponja~, micados con puntos rlcslum')J'antes como puntos de azúcar, de cresta de nieve dura, esculpida como una copa.
Separada de este monte por un valle cuyo sucio raso parcela amasado con lodo resecado de cerusa
y de creta, otra montaiía lanzaba :í. alturas prodigiosas una cima de estaiío semejante á. un embudo; dijérase de esta montaiía, repujada, inflarla de enormes gibas, que era una colosal ola, desmochada en la
extremidad, hervida al fuego de innumerables hornos y cuya globulosa ebullición, súbitamente comprimida, congelándose repentinamente hubiese quedado intacta.
-Sin duda, pensó Jacobo, estamos en pleno Océano de las Tempestades y estos dos monstruosos
cAlices tendidos hacia el cielo son las cúspides crateriformes de Copérqino y de Képler.
-No, no me he equi\·o ~ado de \"ia, dijo, contemplando la leche helada de aquella superficie casi pla·
na que solamente se volvía hinchada y granulosa cuando se iba del pie hacia la cima.
Con serena certidumbre se orientó: allá lejos, hacia el Sur, aquello que aparece vagamente, semejante á un gran golfo es el i\Iar de los Humores, y aquellos dos horribles chancros que guarnecen su entrada,
son á no dudar el Monte Gasscndi y el Agatarchites.-Y somiendo, pensó que después de todo era uu
slngularisimo país la Luna, donde no hay ni vapor, ni vegetación, ni tierra, ni agua, nada sino rocas y
corrientes de lava, nada sino circos estratificados y volcanes muertos, y luego, ¿por qué la astronomía
habla conse1Tado aquellos nombres inexactos, aquellos calificativos anticuados y extraños con que los
viejos astrólogos bautizaron aquellas series de llanuras y de montes?
Voh'iósc hacia su mujer, sentada é hipnotizada por aquella blancura y le explicó en pocas palabras
que serla imprudente a\·enturarse en el mediodla de aquel astro porque alll es donde se encuentra la
zona volcánica, la aglomcracióu dP. cráteres extinguidos, de sierras encajadas unas en otras, de cordilleras que casi se tocan y dejan apenas correr entre sus pies rugosas veredas que parecen talladas en lonjas calcáreas ó taladradas en masas de albayalde.
Ayudóla al fin á lernntarsr; ella lo escuchaba escrutando sus labios, comprendiendo sus palabras, pero no oyéndolaF, puesto que ningún medio atmosférico podía propagar el sonido en aquel planeta despro\'isto de aire¡ y volviendo la espalda al paisaje que contemplaban, tornaron i'1 subir al norte, costearon la
cadena de los Kárpatos, flanquearon el desfiladero del Aristarco, cuyos pitones se perfilaban erizados
como colas de cangrejo, dentellados como peines; avanzaban fácilmente, deslizándose más bien que andando sobre una especie de vidrio escarchado bajo el cual aparecían vagos helechos cristalizados cuyas
nervuras y relieves brillaban iguales á surcos de plata bruiíida. Imaginaba pasearse sobre bosques acamados, sobra arborizaciones laminadas extendidas, bajo un agua diáfana y firme.
Desembocaron en una nueva llanura, el mar de las Lluvias, y allí también, apostándose en una emi•
mencia, dominaron un pais11je ilimitado erizado de Alpes de yeso, encascarado por Etnas de sal, hinchado de tubérculos, ab,,tagado de kistes, escorificado como cagafierro.
Y de igual manera que en un plán estratégico, alturas inmensas, innumerables Chímborazos podian
barrer la llanura; el E'uler y el Pytheas, el Timocaris y el Arquímedes, el Autolyus y el Aristilo, y al Norte, casi en los confines del Mar del Frío, cerca del Golfo ele los Tri~, cuyos bordes rocallosos se incurvan
sobre el suelo liso, el ;\Ion te Plato lanzaba, formidable, la costra dislocada de las lavas, a Yarias leguas,
levantaba perchas de estuco y mástiles de mármol, descendlan rolles gigantescos de alabastros, precipi·
tábase en masa de rocas blancas agujereadas como madréporas, lucientes como fondos de criba.
Dijérase que todo aquello se iluminaba solo, la luz parcela irradiarse, subiendo del suelo, porque
arriba el firmamento estaba negro, de un negro intenso, absoluto, regado de astros que ardían por si
mismo@, en su sitio, sin derrama1· ningún fulgor.
En el fondo, el Aristilo asemejábase á una ciudad gótica, con sus pico@, los dientes al aire, cortando
con su sierra el basalto estrellado del cielo; y detrás y delante de esta ciudad superponlanse otras dos
ciudades, mezclando á la edad media de una Heildelberg la arquitectura morisca de una Granada, em·
brollando en un caos de países y ele siglos, minaretes y campaniles, agujas y flechas, troneras y alme·

165

nas, barbacanas y dombos, trinidad monstruosa de una metrópoli muerta, tallada en otro tiempo en una
montaña. de plata por los torrentes en ignición de un suelo.
Y abajo, todas aquellas ciudades se recortaban en somb:-as de un negro crudo, en sombras de dos
leguas de largo, y simulaban un montón de instrumentos de cirugla enormes, sierras colosales, bisturls
desmesurados, sondas hiperbólica·s, agujas monumentales, trépanos titánicos, ventosas ciclópeas, un estuche entero de cirujano para Atlas y Encelado vaciado desordenadam ente sobre un mantel blanco.
Jacobo y su mujer permanecían estúpidos, dudando de la lucidez de su vista. Se frotaron los ojos¡
pero apenas los tornaron á abrir los confundió la misma visión de una ciudad lavada en plata sobre un
fondo de noche y proyectando con los dibujos erizados de las sombras las exactas formas de instrumen·
tos tenebrosos, esparcidos, antes de una operación, sobre un lienzo blanco.
Luisa tomó el brazo de su marido, volvió á bajar á la llanura y ciando vuelta á la derecha aventuníronse en el valle que encajonan de un lado el Timocario y el Arquímides, y del otro los Apeninos cuyos picos, el Eratosthenis y el Huytens, elevan sus vientrns de bombones que se adelgazan poco á poco
y se terminan en cuellos de botellas, con los golletes destapados y rodeados ele cera blanca.
Es extraño, dijo Jacobo, hemos llegado al Pantano de la Podredumbre que ni es pantano ni huele
A nada. Es verdad que el Océano de las Tempestades está perfectamente seco y que el Mar de los Humores que debla aparecer graso como un lago de pus es simplemente un exorbitante plato de porcelana
grietada, rayada con cintas grises por las lavas.
Luisa abría las ventanillas de la nariz, husmeaba la falta de aire. No, ningún olor existla en aquel
Pantano de la Podredumbre. Ninguna exhalación de sulforo de calcio que ocultara la disolu~ión de una
carroña; ningún husmo de cadáver que se saponifica ó de sangre que se descompone, ningún osario, el
vaclo~ la nada, la negación del aroma y del ruido, la supresión de los sentidos del olfato y el oído. Y
Jacobo desprendía, en efecto, con la punta del pie, b'oques de piedra que descendían rodando como bo•
las de papel, sin producir ningún sonido.
Avanzaban con penoso impulso; aquel pantano cristalizado parecido á un lago tle sal, ondulaba, co·
mo descalabrado poi· una viruela g igante, acribillado de marcas rerlondas, tan grandes como esas fuen·
tes construidas en Versalles b11jo el reinado del Gran Rey; á trechos, ficticios arroyos zigzagueaban,
&lt;'stdados por la refracción de no se sabia qué, de hilos del gris violáceo de los yúdos; en algunos sitios,
:ipócrifos canales comunicaban falsos estanques que se teñian del rojo malsano de los bromos; en otro~,
heridas incurables levantaban rosadas veslculas en aquella carne de mineral pálido.
Jacobo consultaba un mapa que conservaba plegado en la bolsa de un vestido de fabricación ingle•
saque no recordaba haber llevado nunca. Aquel mapa, publicado en Gotha, bajo el cuidado de Julius
Po.irthes, le parecía de indiscutible claridad, con sus masas puntuadas, sus detalles en relieve, sus deno•
mi naciones latinas: Lacus l\fortis, Palus Putredinis, Oceanus Procelarum, tomados del viejo mapa Selenográfico deBeer y de l\'Iaedler, del que no ei·a al cabo m:\s que una copia reducida.
Veamos, se elijo, podemos elegir entre dos caminos. O bajar el estrecho formado por los bordes del
Mar tle la Serenidad y el cuello del l\fonte Hoo:n11s ó subir pot· el desfi ladero del Cáucaso hasta el linde
1lel L1go de los Sueño3 y volverá bajar, siguiendo las monta1ias del Taurus hasta el Jansen.
E-;te camino parecía ser el más fácil y el más ancho, pero alargaba millares de leguas el itinerario
que se habla trazado. Rosolvió escabullirse por los senderos del Hremus, pero tropezaba con Luisa á ca ·
u,l p:i.io entre do, m:.iral!as de C3ponjas lapidifica las y de coke blanco, sobre un suelo ve!"rugoso, hin ·
chado p_or borbollones endurecidos de c!oro. Luego se encontraron frente i1 una especie de túnel y de·
bieron soltarse y caminar uno tras otro, en aquella galería semejante á un tubo de cristal cuyos cortes
encendidos como puntas de diamantes alumbraban la ruta. St'tbitamente la bóveda se levantó, ahondán•
uose en una c!1imenea de a'to-!io:-no, tapada en su extremida,J, á distancias incalculabes, encima de ellos,
con una rueda ele cielo ll&lt;'gro.
- H emos llegatlo, murmuró Jacobo, porque esta abert11ra es el pico hueco del i\Ienelaus. Y en efecto, el túnel terminó, desembocaron cerca del Cabo Arechttsia, no lejos del l\Ionte de Plinío, en el ~lar de
la Tranquilidad, cuyos contornos simulaban la blanca imagen de un vientre, marcado con un ombligo
por el Jan.sen, sexuaJ.o como una mujet· por la gran V de un golfo, bifurca&lt;lo en dos piernas separadas
por los Mares de la Fecundidad y del Néctar.
Caminaron rápidamente hacia el ~Ionte Jansen, dejando á la izquierda el Pantano del Sueño, teñido
de amarillo como una charca co11gulada de bilis y el l\lar de las Crisis, una plancha condensada de lodo
del verde lechoso de los jades.
Escalaron taludes escarpados y se sentaron.
Entonces un espectáculo ext1·aorclinario se desarrolló ante ellos.
Hasta desaparecer de la vista, un mar furioso rodaba sus ola,, altas como catedrales y mudas, Por
toJ.as partes cataratas de espuma cuajada, avalanchas petrificadas de oleadas, tonentes de clamores Afo
nos, toda una exasperación de tempestad apila.da, anestesiada en un gesto.
To Jo esto se extendía tan lejos que los ojos desconcertados perdfan la noción de medida .v acumulaban leguas sobre leguas, sin posibilidad de distancia ni de tiempo.
Aqul, sedentarios maelstroms ahuecábanse en inmóviles espirales que descendfan en incolmables
abismos en letargo¡ alll despeiiábanse manteles indeterminados de espuma, convulsivos Niágaras, extcr•
minadoras columnas de agua que lle desplomaban sobre abismos donde babia mugíJ.os adormidos, brincos paralizados, vórtices tullidos y sordos.

�166

REVISTA MODERNA.

Rdlexionaba preguntándose d espué5 d e qué cataclismo se habían cougclado aq uellos lrnracancs y
se hablan extinguido aquellos cráteres? después ele qué formidable compresión de ovarios había sido
contenido el mal sagrado, la epilepsia de aquel mundo, la histeria ele aquel planeta que escupía foego y
soplaba trombas, retorciéndose violentamente en su lecho de lavas? después de qué irrecusable abjura.
ción la fria Setene habla caldo en catalepsia, en aqu el indisoluhle .:.ilencio que reina desd e la eternidad
hajo la inmutable tiniebla de un cielo incomprens ible?
¿De qué espantosos gérmenes habían salido, pues, aquellos montes desolados, aquellos Himalayas do
Clterpos calcinados y huecos? ¿qué ciclones habían secado aquellos Pacíficos y arrancado las vegetacio•
nes desconocidas de sus bordes? ¿qué diluvios supuestos de flamas, qué estallidos desaparecidos de
rayos hablan escarificado la corteza de aquel astro, trazado ranuras más profun&lt;las que á lveos de rios,
ahondado fosos en los cuales hubieran podido correr con facilidad cfüz Brahmapoutrns?
Y m:is ll'jo~, más lejos todavía emergían del circulo de los horizontes adivinados, más cadenas ele
montañas cuyos interminables picos rozaban el cuvérculo tenebroso del cielo, un cu,·i•rc11lo colocado so•
lam~ute sobre puntas de clavos en las cimas, esperando que un sobrenatural martillo lo hnncii esc de un
golpe para cerrar herméticamente la indestructible caja!
Juguete de un Titán iumenso, de una niña gigante y enorme, eufática caja qu e conti.. nc simulac.-os
en azúcar de tempe~tades y de llanuras, de ro cas de cartón y volcanes huecos en cuy o aguj ero el hijo
de un Polyphemo podía encajar su d edo meñique y levantar as!, en el vacío, la colosal osamenta de
aquel juguete inaudito, la luna espantaba la razón, aterrorizaba la debilidad humana.
Y entonces Jacobo sentia esa pesadez del bajo vientre, esa contracción de la vejiga que produce la
angustia prolongada del vaclo.
l\liró á su mujer; estaba trllnquila y con su binoclo, que no movia, consultabn, como una inglesa con•
sulta su guia, la carta que tenla, desplegada, sobre sus rodillas.
Aquella quietud y la evidencia de tener junto de sí, de poder tocar si lo quería un sér manifiesto y
,·ivo, 11paciguaron sus trances. Aquel vértigo que le sacaba los ojos fdera de los párpados y los cond~cla ll•ntamente hacia el fondo de un abismo, se desvanecla en aquel momento en que su vista descansa•
ha, ii dos paso~, sobre una criatura conocida, cuy a existencia era palpable y segura.
Lurgo, se sentía bajo sus vestidos vacío como aquellos montes tubulosos, sin entrañas d e mctaloi•
des, sin corazón de rocas, sin venas de granito, sin pulmones de metales. Se sentia ligero, casi fluido,
presto á elevarse si los vientos desconocidos ele aquel astro fueran á soplar. El frío exasperado de los
polos y las consternant(!S caolculas de los Ecuadores se sucedían sin transición en torn'l suyo, sin que
lo advirtiera, porque experimentaba. la impresión que se habla desemlrn.razad&lt;&gt; al fin de la corteza tempo·
ral de un cuerpo; pero repentinamente revelábase también el horror de aquel Llesierto lúgubre, de aquel
silencio de tumhas, de aquel doble mudo. La agooia atormenta&lt;ia de la Luna. recostada b:ijr¡ la losa funeraria de un cielo lo enloqueció.
Levantó los ojos para huir.
- l\Iira,-dljole ingenuamente su mujer,-ya encienden.
i::n efecto, en aquel momento, el sol rasó las cimas cuyas crestas desgarradas S8 irradia ron dlJ tlamas
IJlancas como un metal en fusión. Rampaban resplandores á lo la.rgo de los picos en cuyo centro el cono
del Tycbo hormigueó, terrible, abriendo sus fauces de fuegos sonrosados, rechinando sus dientes de bra·
s1t~, ladrando sin ruido en el imperturbable silencio de un firmamento sordo.

Jon1s

KAI:L

HÜYSMANS.

MAÑ'ANA .... !
Mañana, cuando lleguen los veutnrosos días,
El amante episo~io que yo anhelo y tú ansia~,
Yo dejaré tu freute de lirios coronada
Y tú armarás mí brazo con la invencible espada!
~n el latid que duerme, tus dedos musicales
Despertarán los himnos gloriosos y trinnfalf'~j
Bordarás, mi princesa, una tapicerla
Donde azul y enlutada, tu pasión y la mla,
Tus cándidos anhelos y mi tristeza bruna
Temblorosos se abracen en un rayo de luna!
Te asomarás al trágico abismo de mí alma,
Con tu mirar tranquilo lo dejarás en calma
Y las virtualidades fecundas de tus ojos
Han de cambiar en lirios los áridos abrojos!
Al ceñirme la espada murmurarás: •combate!•
Y si una sombra impura sobre mi st"n· se abate
Ha de caer al fuego que irradia tu corona,
Sierpe vencida bajo tu planta de madona!

Mañana entre las alas tle un dulce ritomelo
Nuestros seres amantes ascenderán al cielo
Que alumbra co:i sus ala&lt;, dorarlas la Quimera;
Mañana nuestro ensueño tendrá. su Pdmavera!
Borda entre tanto aquella rara tapicería
Donde se unen temblando tu alma blanca y la mi11;
Deshoja lirios albos sobre el hondo misterio,
Toca un claro preludio sobre el negro 5alterio
Que ya brota la aurora de los lll'icos días
Nuestro am'.lr! .. . . el instante que yo anhelo y tú ansías!
1

(Tracl de Revista Moderna.)

Mllxico, l!JOI.
J o 5t,; J UAN

TA131, .\l) .\.

�ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE JUNIO DE

1901

NlJM, 11

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEI•'E DE REDACCION": JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

MAGNA VoLUPTAQ
Eucirnde en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos n ítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
;'llirame dulcemente, dulcemcntP,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua u ntuos11.
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como u na golosina.

LA l\IADO)(NA DELT, A l\fELAORA~A.-BOTTICELLI. - FlllENZ~,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 10, Mayo, Segunda quincena</text>
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                <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Tipografía de Dublán</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Cuento de abril</name>
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        <name>El péndulo</name>
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        <name>Una obsesión</name>
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                    <text>ARo IV

REVISTA MODERNA.

136

siquiel'a en unas pocas lineas el nh·el de los otros, eso bastaba á se1· inmediatamente sospechado por lo
menos de oligarca. Habla llegado á entenderse por verdadero demócrata un hombre desnudG de méri•
tos, desprovisto de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos zoológicos, falto de pulimento, re·
cién venido de la hez para honra y glol'ificación de la canalla.,
Como una simple belleza literaria véanse estas consideraciones, cuando dos amantes sin haber for•
mulado sn afecto, comprenden, en silencio, que se aman: •Las palabras no sólo hubieran sido inútiles;
brutales hubieran sido, como las guijas con que un chico vagabundo rompe el claro sueño de una fuen•
ta. Los dos lo co1nprendlan y callaban. Sus almas, hasta esa noche oprimidas, necesitaban del silencio.
En el silencio parecfan dilatarse como en la espes_u ra de las frondas la garganta del ave antes de rom•
per en trinos. Y asl dill\tadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besándose y acariciándose, al tra•
vés de los brazos trémulos, como deben ele acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos rosas, ,si de mal de
amores padecen alguna vez las rosas, los rnbles y las llamas. •

MÉXICO,

11\

QUINCENA DE MAYO DE

1901

REVISTA MODERNA
AR T E
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dtiblá11,

Concluyo. La novela de Diaz Rodríguez, literariamente considera.da, es· obra que ~erece el amor y
el aplauso, aun de los artistas exquisitos; pero como obra sociológica, como noble reacción de un esplri·
tu re_belionaclo por intolerables infamias, como valerosa protesta contra un vergonzoso y deplorable estado social, su mérito es mucho mayor.
Y al cerrar ·el lihro dos contrarias impresioaes depl'imen y exaltan el ánimo: la ignominia de que
existan sociedades ahogadas por el cieno espeso de tan criminal barbarie y el oí·gulloso placet· de mirar
que en plena frente de esa ciudad beocia y relajada se lev1rnte ht. mano de hierro de un moderno Juve•
nal implacable que á formidables golpes de martillo clave en la frente impura su obra de castigo y ex.
piación, sangrienta y corrosiva como un pasquln, noble y vindicadora como un laudo de tl'iunfante jus·
ticia.

Han llegado á esta Ite&lt;lacción las siguieutes Llevista...~ y Liuro~:
• L'Essai L'ittéraire • Revue mensdelle. Urgane du Salon des poet(•S. Parí,i, Févriér, 1901.
•L'Rrmitage.• París. Févrit'lr, 1901.
•El Cojo ilusfrado.• Edicición quincenal. 1° i\Iarzo, 190L. Carneas.
• La Albol'aJa,• Semanario de letras. 3 Febrero, 1901. :lfontevicleo.
• Venezuela Ilustrada • Quincenario de Ciencia y Letras. 15 y 28 Febrero, 1901.
cl 'ida social.• Semanario de Literatura. Buenos Aires, 3 y 10 Fehrero, 1901.
• El Con·eo Lite1·a1·io.• Semanal. Buenos Aires, Enero y Febrern, 1901.
cEl Pensamiento Latino.• Santiago ele Chile, Enero y Febrero, 1901.
•La Revista.• Parls, Marzo lº, 1901.
• El Tritmfo del Ideal.• Novela de Pedro César Dominici. París, 1901.
•Episodios Militares :Mexicanos• de nuest1·0 colaborador Heriberto Frias.
•Estudios filo~6fico11 y sociales• y •Sociología y Ciencia Económica• de Enrico Piccionr, de Sautia•
go de Chile.
Almanach Popular Brazileirn para o anno de 1901.

J. J. T.

l

NúM. 9

•

'

..

A.urnontA DE J.A PRJl!AV8RA, UN DE1'TAOUO.-J30TTJCET,LT.-FrnEN'ZJi).

�"LAVÓ SU CUERPO CON AMBROSÍA ...... "
CUNO.
« .... e tanto plu supera (il pittore) gl'ingegoi de Ji omi•
ni, che l'ini!uce ad amare e innamorarsi di pittura, che non
rappresenta alcuna donna viva •

Era un perfil austero de lineas de medalla,
Gestos y porte duros, indómita cabeza,
Y en su cruel pupila reflejos de batalla
Y en sus altivos labios blasones de grandeza.
Su acento era como una vibrante sinfonía,
Su cabellera un casco~bruñido y luminoso,
La lumbre de sus ojos, qué ardiente mediodía!
Sus senos, que suave cojín para el reposo!

Oh juventud! y entonces sonaron tus esquila!&lt;,
Y entonces las estrofas de brillos estelares
Bogaron en mi suelio de láminas tranquilas
Como en las quietas fuentes los cisnes familiar!'s,

LF.ONARDO DE VINCI,

UQUESA de Urbino! blanca Eleonora! no han encontrado mis ojos ni han deseado
mis amores, un cuerpo tan incitante como el que ofreciste- desnudo hasta los pies
-ele perfecto modelo á los pinceles del Tiziauo. Eres el fruto maduro de la Forma.
Bien hizo el artista en no convertirte en diosa, bien hizo dejando caliente tu
carne. Caliente es tu cabellera rubia, caliente es tu boca osculante, caliente es tu
s(lno donrle florece el pezón ele fuego, caliente &lt;'S el broche triangular de tu sexo.
Tienrs sa11;.:rn. Tir1rns pasiún. Yives. Rn l11. lfnea del arte q1rndó palpitando tu piel de mujer.

Bramó mi sangre entonces como un turbión deshecho,
Corrió mi sangre hirviente como un alud que rueda,
Y golpeó la dura muralla de mi pecho
Como un tenaz martillo que bate una moneda.

l•: n mi éxtasis inmóvil forjaba su sonido
Afanes de conquista y ardores ele batalla,
Y el golpe de la sangre, fogoso y repetido
Grabó en mi pecho el busto ele lineas de medalla.

V.ENGS DE

URBINO.- TIZIANO.-FLORENCIA.

(lleré e.ntró en la alcoba nupcial qu, su hijo bien a1n'ldo Heph'listos habla hecho. Ent,,ó y cerró las
puertas respla11decientes.
Rhapsodia XIV de la Ilíada.)

�140

REVISTA MODERNA

Y no eres impt'tdica, no eres ptll'\'ersa. No liabitas en el museo secreto del arte de amar. Estils junto
h las madonas de Rafael y del Col'l'eggio, y las vences en esplendor. Estás sobre la Yenus de Medici y
te burlas del mármol amarillento y frágil. Eres el placer, la risa de la vida, la miel del beso, el desmayo
de los ojos, la impaciencia ele la caricia, el frenesí de la posesión, el espasmo rápido y eterno .... Eres el
Pecado, el pecado delicioso, delicioso, delicioso, oh Erótica! Así como no hubieran podido pintarte las
medias tintas anémicas del Botticelli, y así como te pintaron los colores francos del Tiziano, te desdeñarán los hipó~ritas y te amarán-los fuertes. Fuerte, fuerte como condotiero véneto era Guy de l\faupassant,
y dijo de ti que te prefería á todas las mujeres vivas.
(Lavó su cuerpo con ambrosia; después se perfumó con mt aceite divino cuyo aroma se espai·ció en
la mansión de Zeus, sobre ta tierra y en el Uranos.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tendida sobre cojines rojos, después del bailo, descansas. Oh, t1'.t no sufres, tú no lloras: es el secreto de tu belleza corporal. Tus ojos bovinos reflejau las harmonias luminosas. No eres excesiva como una
Bacante ó como una Santa; no te entregas ebria de pámpanos ni oliendo á ungüentos claustrales, con las
ropas desceñidas ó las carnes maceradas; no debo llamarte vagabunda, ni circular, ni frenética, ni orgiasta. El limite de tus placeres es el placer mismo. No naciste para ser madre ni par¡:i ser prostituta.
Eres triunfal: te aclamaron en una fiesta de Venezia cuando surgiste desnuda sobre la proa de oro de
tu góndola.
(Una i:ez perfumado su bello cuerpo, peinó .m cabellem y frenzó los cabellos brillantes, bellos y divinos, que flotaban de su cabeza inmortal.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tienes un manojo de flores en la mano. En el fondo, cerca de la loggia de columnas abierta á la luz
de Florencia, las siervas sacan de un cofre las ropas fabricadas en Burano para vestir á la Duquesa

(Revfatió una Khlamyde dit:i11a que la misma Athenea habla hecho adornada de mil maratillas, y la
fijó sobre su pecho con broche de oro. Se puso im cinturón de cien franjas, y en .rns 01·ejas bien agujereadas pendientes trabajados con cuidado y adornados con tres piedras p1·eci?sas. J" la gmcia la envvlvia toda entei·a.
llhapsodia Xff &lt;l e la lliada )

No, no te Yestirán nunca. Podré contemplarte siempre así, desnuda, suntuosam ente &lt;lPsnu&lt;la, l\le
parece que todos los amores que he tenido en la vida, juntándose en el nivel de un solo anhelo, funden
sus ritos en loor de tí, blanca F.leonora! Sonad en los bosques, agudos pifanos de Pan! estallad en mi
alma, cláusulas polífonas de la poesla! sea. la Primavera! sea el amor!-Imágenes de mujeres neuróLicas,
imágenes de mujeres sanas, imágenes de mujeres frías, imágenes de mujeres apasionadas, imágenes de
mujeres que amé, imágenes de mujeres que me amaron, insaciables Sulamitas sedientas de riego como
el desierto, tenues Epifanías tejidas de ideal, hijas frondosas del Sol robnsto, hijas impalpables de la Luna histé rica .... , idos lejos, á la bruma, al olvido; dejadme solo con Ella, con la pecadora, con la indeformable, para contemplarla, tanto, tanto, que mi locura la zafe de la tel11 1 y llena de vida :ne ciña con
sus brazos, me dé la miel de su lengua, desmaye sus ojos bajo mis ojos, abra á mi amor el hroche triangular de su sexo, y la posea sobre los reclinatorios negros de una góndola negra, en un canal muerto de
Venezia muerta!

( El h{io de lú·o,ws tomó á la Esposa en sus bi·azos.
Ri1apsodia XI\' de la Iliada.)
Florencia, Marzo de 1899, pensando en el pintor Leandro Izaguirre.
JESÚS

URUETA.

,

VEJECES.
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
Si n voz y sin color, saben secretos
De las épocas muertas, de las vidas
Que ya nadie conserva en la memoday á veces á. los hombres cuando inquietos
Las miran y las palpan con extrañas
Voces de agonizantes dicen, paso,
Casi al oído, alguna rara historia
Que tiene obscuridad de telaraiías
Son de laúd y suavidad de raso.
Colores de anticuada miniatura
Hay, de algún mueble en el cajón, dormida,
Cincelado puñal, carta borrosa,Tabla en que se deshace la pintura
Poi· el tiempo y el polvo ennegrecida,
Histórico blasón donde se pierde
La divisa latina, presuntuosa,
l\Iedio borrada por el liquen verdr,1'Iisales de las viejas sacristías,
De otros siglos fantásticos espejos
(~ne en el azogue de las lunas fdas
Guardais de lo pasado los reflejos;
Arca, en un tiempo de ducados llena,~_.;:::,;crucifijc, que tanto moribundo
Humedeció con lágrimas de pena
Y besó con amor grave y profundo;
.N'egro sillón de Córdoba, alacena
Que guardaba un tesoro peregrino,y donde anida la polilla, sola,Sortija que adornaste el dedo fino
De algún hidalgo de espadín y gola,1'Iayúsculas del viejo pergamino,Batista tenue que á vainilla hueles,Seda que te deshaces en la trama
Confusa de los ricos broeateles,Arpa olvidada que al sonar, te quejas;Barrotes que formais un monograma
Incomprensible en las antiguas rejas, El vulgo os huye, el soííador os ama
Y en vuestra muda sociedad reclama
Las confidencias de las cosas viejas.
El pasado perfuma los ensueiíos
Con esencias fantásticas y añejas,
I' nos lleva á lugares halagüefios
En épocas distintas y mejores;
Por eso á los poetas soñadores,
Le son dulces, gratísimas y caras,
Las crónicas, historias y consejas,
Las formas, los estilos, los colores,
Las sugestiones místicas y raras
Y los perfumes de las cosas viejas.
JOSÉ ASUNCIÓN

SILVA..

�REVISTA MODERNA.

PIERROT SEPULTURERO.
Esa tarde, otoiíal, lánguida, con tintes de hurafío azul en el cielo y neblinas de invierno, yo me encontré sin saber cómo en el cementerio. Paseando-porque amo infinitamente las estrechas avenidas
donde las casas caprichosas y diminutas, sólo albergan despojos- las horas fueron corriendo y el huraño azul se trocó en morado ennegrecido Ya iba á salir, pero la carretera me pareció monótona y la
blancura de los mármoles me atrajo ..... .

i
De pronto tropecé con una extravagante figura á la que sin embargo reconocl casi inmediatamente, no con poca sorpresa. Ud. aqul!-exclamé casi involuntariamente-y mi aparecido hizo singular mue•
ca de malicia, en cuya expresión leí muchas cosas.

Blanco, con su habitual blancura de lirio, frágil como flor que el viento mece, pálido como hostia
temblando en manos del sacerdote, Pierrot se hallaba ante mf. Pierrot, mi viejo amigo, el incansable
noctámbulo, el que seguía los f1·ac~ y las caravanas ruidosas para sonrefr á sus anchas y desdeñar con
sus gestos de gran señor todos los placeres y todofl los caprichos humanos.

,Qué quiere Ud.-decia- desde que Gautür y Banville murieron, comprendí que mi reino no era
ya de ese mundo. Nadie más hizo caso de mi, y era justo porque yo nunca babia hecho caso de nadie.
Pero á pesa1· de eso me sentí triste. Me h11bian cantado en versos tan hermosos! Había yo resplandecido
tanto á la luz mágica de las rampas! Y luego las gentes eran tan distintas! Ni pizca de ingenio, nada!
El mundo se convirtió en inmenso hormiguero de gentes graves, vestidas de negro, yendo siempre
de prisa, corriendo como almas que lleva el diablo. La verdad es que aquello era muy poco alegre! Hablaban de negocios, de dineros, de empresas de minas, del Transvaal, qué sé yo! Nombres imposibles y
razonamientos más imposibles aún. Los mortales, sin constrnir Babel alguna, olvidaron su propio idio•
ma para expresarse con palabras demasiado largas ó demasiado cortas, sin sonoridad y tan concisas como golpes de martillo; uno, doscientos noventa y nueve, dos mil, y la Lengua, la Bella Lengua, la que se
habla lentamente, la que se escucha con recogimiento al bordll de una mesa mientras vuelan las espira
les salidas de la pipa, la que en la penumbra del humo evoca duda.des fantásticas y mujeres hermosas,
la que con una frase, concisa también, levanta todo un espejismo ante los oyeutes, la Soberana Palabra
la olvidaron, Señor mio, y el mundo se convirtió en una Bolsa, donde cada gesto y cada palabra querían
decir rapiña y que si algo evocaban oran montones de esas ridiculas ruedas doradas ó vulgarmeI1te pla•
teadas que tan mal suenan al oldo, que no están nunca quietas y que por mi parte siempre desdeñé. Eso
era el mundo, y decid! retirarme.
(Aqut Pierrot tuvo exp1·esiones de sentida melancolía, sus oj,;&gt;s pasea1·on vor los árboles que se balanceaban y vo1· las cnices que perdian sus vi1:os colores; luego continuó):
e Yo que como Señor espléndido y no teniendo otra cosa que derrochar, derrochaba ingenio y perdía
solemnemente el tiempo desde que un inglés dijo: Time is nioney, yo, me encontré de más en ese mundo. Apliqué dos puntapiés á Arlequln, di dos fumadas á mi pipa, desdeñé á Colombina que andaba en
combinaciones con un banquero, y resuelto á todo me colé en una trapa. Ay! amigo mio! qué desengaño para mi! Ah! plantaban coles, engordaban puercos y se arrodillaban y levantaban los ojos exactamente como lo hubiera podido hacer un autómata. Recorrí el mundo, oi más necedades de las acostum·
bradas, y por fin, cuando pensaba, no en buscar un duelo, pues ya no hay quien los acepte, y si en arro•
jarme desde la más alta ton·e, mi buena estrella me hizo entrar aqui.
Precioso lugar, mírelo Ud.: arboles, a.venidas, monumentos y silencio; qué más se puede decir? Mi
gran amiga, la única á quien de veras he amado, mi buena compañera me visita con frecuencia, mírela
Ud.: (Pierrot levanta emocionado los ojos). La luna! ah! ella conoce todas mis tristezas y todos mis ca·
ríe.os, ella me ha guiado, á ella he seguido, y con su luz, protectora y tibia, he confundido muchas vecllS

143

mi traje. Si me vi~to de blanco es por ella, porque ella es blanca como una de¡;posada, como una muerta. La luna, Señor mio, es lo único hermoso que en este mundo nos queda, y por eso, porque es de:lcada
v porque es bella, sólo sale. do poche, cuando el común de los hombres duerme, cuando no pueden profa;1arla miflares de mira~as mezquinas. Yer la luna, gustada, caminar bajo su pura luz es placer de unos
cuantos, de escogidos; para el resto, pa,a la interminable muchedumbre allá está el sol, brusco, grosero, aplastando, inflamando rostros bestiales, haciendo sudar y congestionarse! Y mire Ud., yo que tanto
había amado la luna, yo que la conozco y la amo desde que nací, nunca la habla visto tan hermosa. Este jardln de muertos parece ser su propia casa, lo ama, le da brillos singulares: es la lámpara necesaria
A estos edificios, y yo debla estar aquí, puesto que este lugat· Je place; tal vez por eso me encuentro tan
bien. Oh! porque me encuentro perfectamente! Ud. no puede figurarse! para mí esto es un Edén. Du•
rante el día, paseo, riego las plantas, corto las rosas, limpio los mármoles y hago brillar los cobres de
los enrejados. Cuando no estoy de humor para trabajar, me cuelo en las capillas, enciendo los cirios, ha·
go sonar las campanas y de cuando en cuando, así, por juguete, cuento mentiras á los muertos mis
amigos.
Cómo! Ud. no cree que se pueda tener amistad con los muertos? Pues sí, mire Ud.: aquí viene de todo, pero la Seií.ora, la que los trae, es lo más juicioso y lo más sabio que puede concebirse. La mayoria
queda ahí en el fondo de las fosas, entregados á los gnsanos como ellos se entregaron á las mezquindades. Los cerebros que concibieron ideas de vilezas y &lt;le e;;-oi,mos, los cerebros que sólo solÍ.aron con· metal, con metal en diversas formas, en diversos tamaiios, en diversos valores y en diversas leyes, ahi los
tiene Ud., rígidos, frios, insensibles, como el Seiíor á quien adoraron. Otros, á los que generalmente el
mundo llamó vagos, los que eran inútiles y no se preocupaban pot· ruindades, los que eran necios y torpes porque amaban la luna y eran enamorados de las hermosas frases, ,r los matices y las notas, los que
pasaron su vida en iateriores éxtasis, con el pensamiento arrodillado ante interiores altarns, los que ar·
dian con llamas cuyo brilfo no semejaba al del 01·0 y si al del ct·epúsculo; todos esos, los despreocupa•
dos, los que no formaron parte del inmenso rebaiío pastando a lrededor del Buey Bíblico, todos esos,
amigo mio, vienen también aqui; pero la muerte, porque mucho en ella pensaron, les da horas de recreo
y les permite salir y entregarse á sus pláticas, con la lucidez que su nuero estado les da, lucidez que sólo en muy contados habitantes de sobre-tierra, pu,le ver. Se oyen aqui cosas iuteresautísimas; hablan
de todo, conserrnn su ingenio, pero excesivamente a~uzado. No hay camaradas comparables á los
muertos.
Mire Ull., qu0 me cree loco y íija en mi sus ojos absortos, va á presenciar algo ínteresanttsimo. Dentro de un momento jugaremos una partida de bolos, un verdugo que tronchó algunos cuellos reales, un
asesino muy artista c¡ue firmaba con sello especial sus cadáveres como lo hubiera podido hacer el más
eximio pintor de Kakemonos, un hombre que fumó mucho, bebió mucho café y emborronó con singula r
deleite varias gruesas de cuartillas. La luna, buena chica como siempre, vendrá para alumbrarnos; iremos al osario, y con unas cuantas tibias clavadas en tierra y los cráneos que nada sienten porque nada
encerraron en vida que sintiera, harán las mPjores bolas que se hayan visto, Acepta Ud? ..... .
Los bailes que aquí organizamos son superiores. Superan, si no en fausto, si en originalidad á los
más célebres que se han conocido. H.esíde ahí, junto aquel muro, un violinista que hizo algún ruido en
el mundo, y le aseguro á Ud. que jamás esturn tan inspirado como aquí. Yo tuve la ocasión de olrlo en
un Teatro de París, y la verdad es que ha ganado mucho. Aquí se perfllcciona mucho el gusto. Pues
bier:, apoyado en ese árbol que ve Ud., su violin en mano y la actitud grave nos entusiasma. Mis muertos danzan, danzan fos más endiablados rondós; un chiquitín sobre todo, que está ó estuvo enamorado
ele una doncella que vive allá, bajo ese ángel de alas caídas, sabe dar á sus mo,·imientos expresiones tan lujuriosamente amorosas, que el fósforo brilla en algunas espinas dorsales. Durante el Carnaval
y siguiendo mi consejo, se vestirán con mi traje unos, y de magistrados ó académicos otros. Un baile de
Pierrots é Inmortales, será digno de ser visto; siento deseos de invitar á los auténticos casacones del
Pont- Neu.
También solemos tener nuestros malos ratos, no crea Ud. Recién casados que lloran, jóvenes que se
lamentan de morir tau temprano; con unos juegos florales, varias poesías apropiadas y algunas reunio•
nes donde se les presenta con celebridades que se encuentran perfectamente bien aqul, quedan tranquilizados y llegan á tomar gusto á nuestras codtumbres, convencidos de que cuando se ha sabido vivir
bien, la muerto no es tan mala •

)Ii asombro y mi terror iban cu aum ento, y para set· sincero diré que á cada palabra de Pierrot y á
cada arranque de su morboso humorismo, más me aferraba á mi convicción: Pierrot ha perdido por completo el juicio- me decia.-Siempre fué extravagante, pero jamás lo crei capaz de llegará. semejantes
delirios.
El, sin hacer caso de mi asombrado mutismo, fué á. una tumba cercana. Lo ví alearse y su silueta
completamente blanca parecía alguna estatua bajada de su pedestal. •Poca cosa-me dijo al volver-un
amigo mfo, pintor de bastante talento, que me suplica eche las piedras más pesadas sobre el ataúd de
un usurero que debe presentarse aqui mañana. Ah! y se me olvidaba! es otra de mis grandes díversionef; cuando la Seíiora me avisa que tal ó cual no debe levantarse nunca, con qué placer eeho tierra!

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REVISTA MODERNA.

Nun ca hubo aquí un sepulturero tan activo; las paletadas van una tras otra, caen, sonando á hueco primero
y luego, cuando la pala produce su sonido metalico, me digo, ele-suena a plata,, y echo, echo mas entusiasmado cada \'ez, mientras mis muertos rlen y ríen. Cuando he logrado levantar un montículo, dejo
mi pala á un latlo, me pongo de pies y haciendo mi cuel'po lo más pesado posible, danzo para apisonar
aquella tierra. En la noche suplico á unos cuantos me ayuden en la tarea y ahí nos tiene Ud., Pierrot en
medio y los esqueletos alrededor apisonando rabiosamente sobre un burgués que no asistir:í jamás á
nuestrns fiestas.
Si, amigo mio, Piel'l'ot ha alcanzado la Sabiduría y la Satisfacción. Ni platicar con las celebridades
más empingorotadas, ni cortejar á las act1·ices más hermosas, ni desdeñar á los más altos, me ha producido placer tan grande como el ser sepulturero. Yo he sido todo, soldado, juez, anarquista, marido celoso, inventor, poeta, actor, todo; pero nada, nada es tan agradable como vivir en un cementerio lleno de
rosas, entenar muchos burgueses y jugar bolos con esqueletos alegres é ingeniosos.
Pero en fin, amigo, me marcho. La Señom tiene que darme órdenes para mañana. Ojalá venga Ud.
pronto por aqul, se divertirá mucho.
- Con tal de que no organice Ud. uno de t.'SOS bailes de apisonadoras, amigo Pierrot!
- Hum!- Es preciso portarse como el Ensueño lo manda; ¡adiós!
Y Pienot, tomando su azadón, desapareció grave, suntuoso, mirando entemecido á la luna queparecla guir'iarle un njo.

B.l!lRNARO0 CO UT0 CASTILLO.

La «Revista Moderna» prende hoy en sus páginas una flor negra en recuerdo del refinado artista Bernardo Oouto Castillo, muerto en la manana del
3 de Mayo.
Aquí donde son tan pocos los luchadores del Ideal, en esta tierra donde son
contados los amantes t.le la Belleza., y raro, muy raro ¡ay! el que después de
satisfacer sus necesidades groseras busca la"! delectaciones intelectuales de la
Ciencia 6 del Arte, más difíciles pero más puras, es irreparable la pérdida de
un companero que enarbola nuestro mismo estandarte.
En su prosa sutilmente bella y brochada de sensaciones pungentes, ha• blaremos sus amigos con su espíritu fecundo en rarezas y exquisiteces, y en su
sepulcro donde lo rodeará el recogimiento de la Naturaleza, sobre su losa funeraria que bordearán sus hermosos cuentos como ramilletes de Flores del
mal, Pierrot, el personaje más querido y más cantado por el artista, murmurará ~n las noches su elegía de gratitud y de lágrimas.

~oMBRA DE UN HE
Yive ¡oh :\lusa! entrn símbolos velada,
Tal como una estatua submergida;
Como luna en la tarde presentida
Y antes de tramontar adivinada .. . ..
En la espiga de oro encarcelada
Como las hostias vivirás dormida,
Y guardarás la esencia de tu vida
Como esconde su sangre la granada!
Sólo el latir del corazón sonol'O,
- No su amor, ni sus ansias, ni su anhelo 1\Iueva el soberbio pectoral de oro ....

Y si sufres ¡oh l\Iusa! que tu duelo
Se deshaga en la sombra, como un lloro
Tras de un negro antifaz de terciopelo! .. . .
l\léxico, 190 l.
Josi JUAN TABLADA.

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REVISTA MODERNA.

RITORNELLO.
Insisto, no importa, mi pasión es terca,
Y será forzoso que el rigor ablandes;
He de ver á solas y cerca, muy cerca,
Tus ojos profundos, azules y grandes.

POES I A D
L EDITOR a rtista ha puesto sobre la seda opaca del fo11do, en una extensión oto1ial, un
vuelo de golondrinas. Quien así denuncia su poesía es el poeta artista que hoy tiene
España, prestado por América mientras brota uno propio: Francisco de Icaza. Son cosas de sol y de galantería rimada; más humo de color de rosa, como en las Efímera¡,
de que habló á su tiempo LA NACIÓN. Es la fiesta de los ojo¡:, de Rodenbnch, pero sin
que las miradas queden con ventanas á lo interior, sino hacia afuern, en donde la navegación en el azul y la harmon ía de las cosas producen la música.
Cuando lo sensitivo es la melodía, el pensar se objetiYa, el ensueño se cristaliza en
una estrofa ó en una sucesión de estrofas. Efimei-as hizo escribirá Julio Ilurell un ar•
ticulo de comprensión y vuele, como suyo; la critica española fué más que corté¡:, en lo general, aunque
~in conocimiento de cau sa. Para juzgar la poesía ,le Jcaza se requiere una cu!tura cosmopolita, una in
formación sabia de literaturns extranjera¡:, porque si no es un abstruso como en las letras de nuestra
. América lo es ese formiclahle Lugone¡:; su puesto está al lado ele i\lanuel Gutiérrez Nájera y del tristemente perdido Julián del Casal. En Lejanías la modulación del verso, la rítmica misma, eu ocasiones
rompe las cintas que u11rn la estética de Icaza á la contemporización con J¡, casa española, y el huésped sabe demostrar que en ese continente hay algo más que la tradición de modalidades literarias hoy
caducas, el soplo de todas partes, el aliento de todos los puntos cardinales. Y que si conservamos la lengua como instrumento propio, en lucha con lo que puede menoscabarla, agrngamos al tesoro de la herencia lo que logramos conseguir en latitudes distintas, en plasticidad, vocabulario, musicalidad y matiz.
Del libro que pronto aparecerá, ,·an como primicias á LA N,1c1óx los Ycrsos siguientes, que el diplonütico mexicano y poeta amable ha querido concederme:

I NVERNAL.
Ce n'est plus Je t ~mp&gt;, d'allcr sur l amer.
Ce n·est plus Je t emps d'nller clnns les h ois.

Parece el mar de bronce y sobre el cielo obscuro
La espuma de las aguas se levanta en los aires ....
¿A dónde n el viajero
Si el tiempo no es propicio para crnzar los mare&amp;!
Hay nieve cu los senderos, en el bosque sin hojas
Esqueletos de ramas, y arriba el cielo blanco ....
¿A dónde va el viajero
Si el tiempo no es propicio para cruzar los campo&amp;!
YuelYa al hogar: le esperan donde hay amor y lumbre;
La llama brilla alegre, y en el rojizo fondo,
De espalrlas á la sombra,
Pensando en él se agrupan muy cerca unos de otros.
¡Ay! para el que regresa y en el hogar vacío
No encuentra quien le espere, ní baila el amor de nadie,
Es el tiempo popicio para cruzar los campos
Y atravesar los mares ....

En noches de ausencia, mirando en las olas
Brillar los reflejos de lejanos mundos,
Pensaba en mirar de cerca y á solas
Tus ojos azules, grandes y profundos.
¿Ruegos, amenazas? ¡Si todo es lo mismo!
Igual que me ofendas, igual que me adules,
Perdóname y mírame. l\Ie atrae el abismo
De tus ojos grandes, profundos y azules.

Otittm cmn dignitate, !caza realiza el tipo del diplomático gran sei'íor que uo solamente taquina la
musa, si no que la cultiva y la fecunda. Es visto en los altos círculos pensantes como un joven maestro
cuya autoridad no se recela. Su escandaloso descubrimiento de los plagios de Doña Emilia le han hecho
poco simpático á todos los que somos amigos de la noble señora de la calle Ancha de San Ilernardo; pero co n todo, ha llegado á ser vicepresidente del Ateneo. Su aristocracia social y literaria le pone á cuhierto de más de un inconveniente, en la frecuencia de los cenáculos de cierta índole, caciquismo bohemio, ó camaradería dificultosa.
l\Ias su poesía se escucha, ya como un viento inusitado entre la arboleda lírica uonnal, ó como la
canción de los chorros de agua, en una fuente, cerca de la Academia, caución de melancolía cuyo secreto psíquico y harmonioso no lo percibe sino el meditabundo y el comprensivo. Usando el instrumento
nacional y tradicional, !caza logra se1· un poeta modernlsimo, y demuestra á los peninsulares que quedan en las orillas de los mares de América, multiplicadas tortugas de oro como 11quclla en que el jorobado Alarcón afianzó las siete cuerdas de su lira.
Rt:BÉN

DA.RÍO.

�LUZ DE LUNA.
l

¡Oh! mátala!-¡i. su oído
dijeron á. la vez'_la torva Ira
y el Despech(brutal. En loquecido
y ciego de furor alzó la-mano;
relampagueó el acero de la hoja,
y mientras hiern y la mujer expira,
parece que abre impe.netrable arcano
con la cuchilla humedecida y ,roja.
II
¿Era culpablc?-dicele muy quedo
una voz honda que le hiela el alma.
¿8ra culpable .... di?-la voz insiste;
.v por primera vez le azota:e1 miedo.
Contempla en torno con fingida calma ....
atravesando la entornada puerta,
la luz crepuscular alumbra triste
1:l p;'tli1l0 semblante de la muerta.

m
En el último rayo enrnjecido
en la sangrienta charca en que reposa
la joven, como un lirio desprendido
del tallo por la racha enfurecida,
mira flotar el alma de su esposa
que µarece volver al cuerpo inerte
y reanimar la llama de la vida
en los despojos mismos de la muerte.

YI
«No soy culpable, 110,-dice la boca
inmóvil del cadáver cuyos ojos
abiertos ,·en al trémulo asesino: firme fné mi virtud como la roca
que no conmueve el huracán.' Abrojos
sólo recogerás en tu camino.
Por tu crimen bestial no lleves duelo.
El abismo eres tú, yo soy el cielo.•
V

Se apagó el rayo de la luz incierta
iL los pies de la noche ennegrecida
que cubrió con su manto
111. faz aterradora de la muerta.
A tientas sacó el hierro de la herida
el matador. Sin pena ni quebranto,
como en la blanca noche de su boda,
cubre d11 besos á. su dulce amada;
amoroso á su lado se acomoda;
y sin una oración,:sin decir nada,
con mano firme y ánimo certero,
á la luz de la luna que nacia,
exhalando_un suspiro de alegria,
se partió el :corazón con:e1 acero.
JESÚS

E. YALENZUELA.

ED HEiiOISMO DED fl1~_AIDOB.
U F.:S ,·can u~tede~, - nos tlijo seriamentP, desp11t'•s de dar un sorbo ;'1 su
taza de café, el virjo Cororrnl retirado- la primera vez que oí eso de
hipnotismo y sugestión n&lt;'i que fuernn palabrotas inventadas para
embaucar imhéciles ...... Xo hice caso; pero más tarde, á fuerza ele
seguir oyendo las mismas palahras en boca de personas respeta.blt'F,
aun en la de mis m(1s vit'jos y serios amigo~, en los periódicos ....... .
¡Oh! sí, hasta en los mismos periódico~, puse mi atención en lo que pudiera ser aquello ..... . ¡Y ralabra de honor que tuve que cor:vencerme de que podía ser verdad esa maravilla!...... No; yo no he creído
nunca en lus mi!agros, ¡qué había de creer, si 111e llamaban en el escuadrón •el rem•gatlo• y las so/daderas fanáticas me odiaban porque blasfemaba con alguna frecuencia; &lt;lespnt_\s, homhre, ¿por qué no lo he de decir? mo he vlwlto más tolerante ..... ¡como ya no me hacen rabia.r las hambres de los campamentos! ...... Bueno, no c,eyendo en los milagros se me figuraba
que, de existir el famoso hipnotismo, tenía que ser un milagro ...... ¡Y si n emhargo, recordaba haber
\' isto con mis propios ojos un milagro! . . . . . . . Pero como no fné ejecut1tdo por un santo, tenía quepa·
sa.r por él, de buena ó mala gana ..... .
Y cuando por fin comprendo que la sugJstión t·s un hccho,-porque asistí á las experiencias del Dr.
Parra, -me persuado que aquel que creía yo milagro do un dem0nio, no fné sino un terrible caso de hipnotismo ó .mgestión ó influencia ó ..... . lo que ustedes quieran llamarle; pero el hecho es cierto; yo lo
ví; yo iotervine en él sin darme cuenta, tan sólo que.dando estupefacto ante lo que me dejó mudo de sorpresa como después de una alucinación vergonzosa.
Verán ustedes cómo pasó el caso:
Vagaba mi escuadrón de • Voluntarios de Tepic• por el Sur de Sin aloa. Se habla separado hacfa
dos meses del grueso de las tropas del General Corona, de ese valiente Jefti que tan altos destinos realizó y debla realizar.
En aquel escuad rón iba yo como alférez, después ele haber pasado á Guadalajara, apartándome del
Ejército del Norte, que principiaba á organizarse para continuar la defensa nacional contra la invasión
francesa.
f&lt;:xpedicionállamos en busca de vlvereb; y en efecto, al principio tuvimos buena suerte, quitándole á
los imperialistas un convoy respetable ya. Nos dirigimos á incorporarnos con nuestro General cuando
110s dieron alcance dos pelotones de caballería fran cesa, que cierta mañana cargaron sobre nosotros en
el recodo de una cuesta, dándonos repentinamentr, cuando menos lo rsperábamos, la más sangrienta y
feroz sabliza de que teugo memoria.
¡Oh! amigos, aquello fué espantoso, tenible it 111!\s no poder!
Figúrense ustedes que desfilábamos tranqui lamente, al sol naciente, dorado y lindo como una gran
onza de oro, acabados de almorzar, cantando esas inolvidab ♦es canciones chinacas que tanto entusias•
ma han á las tropas liberales en sus eternas penurias y constantes miserias, cuando ele no sabemos dónde
brotan gritos ante un estruendo endemoniado; la luz se obscurece por espesa nube de polvo ...... y por
nuestra retaguardia y por las lomas que teníamos á nuestros flancos, aparecen los unirormes azules de
lo; france3es y lo; ra,\' º" de plata de xu q sahles, de sus sables que un minuto después se levantaban ro·
jos de sangre mexicana ...... ! Y nada, - ¡esas cosas son fatales en la guerra! - la desmoralización y el
pánico; no tuvimos tiempo de saca r nuestros machetes .. ...... Emprendimos la retirada, abandonando
nuestros preciosos llagajes ........ ¡Y muy allá, rn el fondo de una bananca de la sierra, fuimos á reunirnos los que quedamos, trí:,,tes y sombríos, rrcouct•ntrando e11 nuestro pecho la cólera noble de los
vencidos sin combate! Nuestro Jefe, el capitán Loza, estaha e~pantosamente frenético. ITubo necesidad
de arrancarlo por fuerza del lugar del peligro, pues desarmado, muerto su caballo, echando espuma por
la boca, negro de pólvora, se obstinaba. en desafiar, -esgrimiendo por el ca1ión una carabina rota,-á los

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

en.Pmígos que por atlmiración-¡Ah! ¿sería también por la sugestión del heroísmo?-no le acabaron allí
junto ít muchos de los nuestros!
- ¡Aqui hay un traidor, aqui hubo un canalla traidor! Yo no comprendo cómo supieron :os france
ses por dónde íbamos ...... ¡Ah! miserables!
La tropa y los oficiales que le rodeamos cariñosamente, le oíamos como si estuviese loco.
¿Quién del Escuadrón, aunque hubiese querido, hubiera llegado á poder realizar una traición?
Gin embargo, instintivamente volvimos el rostro hacia su Secretario, un magnifico oficial polaco, de
ojos azules, barba rubia obscura, profusa y larga, cerrada...... Era éste un doctor que había llegado
á l\Iéxico entre los abastecedores franceses ....... para hacer luego la guerra á los mismos franceses, y
en particular á los austri::i.cos, á quienes decía odiar por ser siervos de un déspota ..... .
¡Amaba la libertad, idolatraba á nuestro gran Juárez y quería batirse contra los invasores, acompañando nuestras tropas y poniéndose á las órdenes de nuestros Jef&lt;:!s, á quienes instruía. asiduamente,
siéndoles utilísimo.
Aquel hermoso médico polaco, tau noble en su ademán, con sus ojos inteligentes, nos era perfoctamante simpático ...... Nos constaba, además, que era un valiente. Su brazo era tremendo, y en los combates esgrimía una larga y gruesa lanza, especial suya, construida por él mismo, y con la cual arremetía
contra sus enemigos, hecho un demonio! Así, pufls, lo admirábamos también como á un diestro y bravo
veterano. l\Ias, aquella mañana de tristísima memoria, al oír las palabras del capitán Loza que hablaba
de traición, no sé por qué algunos de nosotrns tuvimos el rápido pensamiento de creer traidor al polaco.
Habíamos echado pie á tierra y él se disponía á vendar á un oficial herido, cuando al punto y de SÚ·
bito, comprendió:
-¡Capitán-exclamó con acento tranquilo, de entonación extraña, frío, pero enérgico-¿bay quién
crea que yo pueda ser un traidor? .... Si acaso lo hay, le juro [t usted por Dios y mi patria, que se lo en•
trego mañana .... para convencerá todos que yo no soy ese .... ¡Yo sé leer en los ojos de los cobardes!
Y, levantando su noble cabeza rubia, miró de frente á mi capitán, quién bajó sus ojos ante los del
polaco.
- De usted no desconfío, doctor- le contestó:-pero a&lt;Juf hay un traidor.
-Si es asl, mañana sabrá usted quién es.

bueno, vamos á ver si es cierto, acérquese .... Usted y yo \·amos hacer que el traidor repare el mal que
nos ha hecho ... .

150

Cuando rendimos tan penosa jornada, instalada la guardia, avanzadas, escuchas y centinelas entre
unas rocas, al aire libre, en las tinieblas, vi al doctor recorriendo el campamento, deteniéndose á escucha1· la respiración de cada soldado dormido, tocf1ndole la cabeza .... Después se dirigió lentamente á
una cbo?.a donde dormfa el capit.im y su ayudante•, !'ncontranrlo á úste en Pi momento en que salia, en·
vuelto en un amplio zara pe del Saltillo.
Lanzó una breve Pxcl3mación 111 reconocer al doctor, quien al punto le tomó del brazo y alzando
repentinamente la linterna,\. la altura del rostro, al ver que retror¡,dfa asustado, le gritó:
- ¡:\flreme usted! ¡;\Ilreme de frentti!

Y yo, yo ntismo fui testigo de lo que entonces sucedió. El polaco clavab:i en él sus ojos azules iluminados pnr la linterna rojiza; el ayudante babia palidecido .. .. Yo, que creyendo al principio en la trai·
ción del 1·xtranjero lo segufa escurriéndome ~ras la sombra que su luz produjera, comprendí quién era
el traidor .... Pero estuve á la espectativa entre las sombras, ocultándome lo más que podía.
- ¡Doctor, cállese usted!
-OyE", traidor,-dijo muy quedo el polaco,-aho1·a tú nos llevas á sorprenderá los franceses .... te lo
maudo .... Y, óyelo bien, yo y ese oficial que me sigue sabemos que eres un Judas .... ¡Dime dónde está
el enemigo; 11 hora es preciso que tú lo traiciones! Sabes dónde está.
-Señor,- murmnró &lt;'l miserable,- dentro de una hora debe caer aquf. ... Está A media legua, en Lomas Prietas ....

-¡Ahora verán ustcdes,- agregó el Coronel, envolviéndose densamente en el humo de su puro, reta•
miéndose los bigotes, humedecidos en café-ahora verán ustedes si aquello que primero crel milagro es•
tu pendo no pudiera explicarse hoy por ese maldito fenómeno de la sugestión hipnótica.
Les referí cómo el médico polaco alzando la linterna con la cual había alumbrado su camino por el
campamento completamente dormido, habla sorprendido al oficial ayudante que salia, envuelto en su an•
cho zara pe•, de la casucha que servia de alojamiento para él y para nuestro jefe.
-Compaiíero,-medijo luE"go, sin volve1· la cara hacia fi mi-usted me ha seguido, tal vez sospechando
que yo sea el traidor que dió aviso A los franceses de nuestra hora y punto de partida, esta mañana; pero
ya oye lo que acaba de confesar este hombre .... Dice que el enemigo está cerca, en Lomas Prietas ....

151

Yo me acerquú estupefacto, al ver el efecto maravilloso de las miradas del polaco, sobre el que ha·
híamos creído nuestro leal compai'íero, el oficial ayudante, único que conocía los planes y las órdenes
secretas del Jefe do la partida. Llegué cólerico ante ambos, deseando matar al miserable, causa de nues·
tra desgracia.
Yi al infeliz tan pálido y tembloroso que parecía un atacado del mal de San Vito. El terrible doctor
~ostenia aún á la altura del rostro la linterna .... En torno se extendian las tinieblas en el gran silencio
del campamento . . .. Tan sólo allá, cerca de la casucha, se esfumaba. la silueta de un centinela.
-¿Qui(•n está allí?-preguntó el polaco con breve y enérgica frase.
-Nadie, doctor-contesté.
-Yamos, pues.
-Doctor, yo le suplico á usted .... hermano, á ti por lo más que quieras e,1 el mundo, te ruE"go - ballJnció, tartamudeando.
-¡Cállate, sinvergüenza, ó te arranco el alma!- rugl.
-¡Silencio! se echa á perder todo si lo saben-dijo el polaco,- porque despedazan {1 éste y no sorpren·
drmos á los franceses .... ¡\Tamos á allá!

Lo confieso, amigos, ya era más grande que mi cólera el asombro que sentía por el imperio, el dominio, la sutil adivinación del sabio polaco, que á mí se me iba figurando como cosas del demonio,- parece que el demonio debía entonces sor chinaco .... Y, nada, que ahí nos tienen ustedes á los tres rumbo
á mi alojamiento.
Algunas zaleas tendidas en el fondo de un cuarto destartalado, cerca de una maleta; un machete col•
gado en la pared, unos santos de papel en un rincón .... adobes que servían de asiento .... he a.qui todo
el mueblaje. El médi.:o se sentó sobre la maleta, colocando la linterna sobre sus rodillas; yo, [1 una indicación suya me instalé á su lado, sin compl'enrler todavía quú fbamos á hacer, pero .... ¡eso si! no dejaba
en paz la culata de mi pistola!
-Psted allí Pnfrente; no; mf1s cerca de mi .... ¡m,i.s! Yéame bien, amigo .... No baje los ,,jos: ¡mi reme
&lt;le frente!
- ;Ah Doctor! por lo que más quiera usted en el mundo; por su p11tri11!
- ¡Cállese usted; no blasfomp! ¡F:n Polonia no hay traidores, sino márti.-es! .... ¡fü rem e &lt;le frente! ¡yo
se lo mando! .... ¡)Ifreme!
- Anda, canalla; obedece ó te ch:stapo la olla de los sesos! - vociftlré á mi ver..
- No, compaiipro, no hay necesidad; guarde el cachorro, porque nos ha de ser útil dentro &lt;le poco ....
¡\llrame, w lo mando! Así. ¡:\Títs fijamente! Sin parpadear .... ¡Eh! cobardE", no tiembles, que no te vamos
á matar . . ..

E nton ce~, vi con mayor asomb ro aún, que los azules ojos del doctor relampagueaban sobre los del
Judas aquel, heridos al mismo tiempo por la amarillenta luz del farol. ... No se movía; el ayudante no
t&lt;&gt;mblaba ya, ni apartaba del rubio y noble rostro del polaco sus miradas fijas y atónitas .... iY yo fni
mitonces el que empecé á temblar de no sé qué vértigo endiablado! Hubo un momento, palabra, en que
crri 'l ne soííaba. Después volvió á temblar con grandes sacudimientos, anhelante.
B.rpentinamente se incorpora el polaco, se dii-ige al oficial que continúa sacudiéudose, pero siempre
fij:t la vista Pn los ojos de aquel, le toma la cabeza y cerrándole los pftrpados, le ordena:
- ¡D11e1 me! .... ¡Duérmete! Ahora vas á responderme sin mentir .... ¿Dónde están los francesE"s?
- En el rnncho de Lomas Prietas, á un cuarto de legua de nuestro campamento.
- ¿Q,uú ibas it. hacer cuando te encontramos?
- Iba ,í. acercarme á una avanzada que me espera al pie de un mezq uit€.' 1 j unto !t. una cerca, para qu&lt;•
clinan aviso de sorprender al campamento¡\. las doce y media de la noche, g uiándolos yo por donde no
hubiera centinelas .... En caso de que diera el ¿quién vi\·e? yo mismo debía contflstar para que no hicie·
ran fuego: Libe1·ta,l y Re(orma.
- ¿Poi· qué has traicionado á tu patria?
-México no es mi patria. Vine de la América del Sur con el General Gh ilardi. ... quería Yolvcr r ico
it ver a mi familia; teDgo esposa, hijos ....
- Bueno, te ordeno que, cuando despiertes, inmediatamente nos conduzcas hacia el mezquite; dices á
los franceses que uu pelotón nuestro se pasa al Imperio .... que lo esperen sin hacer fuego .... nos llevas
al campamento y allí te ordeno que en la hora del combate te batas como un valiente .... Si as! lo haces
te perdonamos .... Aunque seria mE"jor que una bala ó un sable enemigo te partiera.

�MÉXICO,

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rlo, noble, majestuosi·
simo .. .. ¡~o, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy nntm·al; estos seres débiles, col)ardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se domiban por una voluntad íirm~, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la rola .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos .... que poi· ahora no refiera nada de lo que ha visto . .. J\Iás tarde .. .. á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
- Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
- Gracias, amigo. l\!irc, vamo's á ·sorpi·ender, nosotros á los franceses, per-&gt; necesitamos ser pocos y
buenos para no dar A sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
- Pero . .. . ¿y con qué orden?
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden .... ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!- agregó, sacudiendo. el cuerpo del traidor dormido. Al instante entreal,rió los ojos suspirando y mirándonos atónito. Yo partl á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en, aquel
terrible hombre.

2i

QCJINCENA. DE MAYO DE

1901

R EVIST A MODERNA
ARTE
DIRECTOR . JESUS E. VALENZUELA.

Y

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. dt Dubldn.

- ---------- ------------------------ --- - - -

Todo fu(: á pedir de bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano il&gt;a sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmente como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz•
quierda y el machete desem·ainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce tr&amp;mbres de los mE'jores tepiqueiíos de Corona .... Ll~gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dE'jan pasar los puestós avanzados . ... y henos
rumbo {i Lomas Prietas1 donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca . .. .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada . .. . ¡adelante! .. ••
Otro ..•. Y ese· sl gritó, pero ródó de un culata~o .... Un minuto después, frente á. los fuegos del vi·
vac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Qué refriega1 y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, era el Oficial Ayudaute.
Atroz fui'• la mortandad .... pero los valientes francescs- ¡oh! ha.y que coilfe!!aTlo! al fin se rehicie•
roo l\ retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botín .. \' ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el cráneo, y el c,idiwer del trnidor suriano, literalmente acribillado, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición . ... ¿para qué deshonrar su memoria si ha•
bla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumento de a,quel sombrío doc·
tor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en :\léxico . ...
lIEKIDERTO

I'

FRÍAS.

(

'.

.•
l

...

NóM. 10

..

• ,l • ·• · .

$ANTA BÁRBARA,- PAUIA EL VJEJO. -YE:SEZI~.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

�123

REVISTA MODERNA.

testé, dejé que lo suspendieran y sólo cuando lo vi á punto de ser sumergido, pegué mi rostro al vidrio
del cabezote y lo miré fijamente con todo el furor de mi odio secreto y contenido. Crel verlo palidecer
bajo el cristal verdoso, y momentos después sentl los movimientos desesperados con que desde el fondo
.\vila, atenorizado y agoni~ante sacudia la cuerda de alarma .... Hice de manera que mis compañeros
no se apercibieran, y segul fingiendo que movla el propulsor de la máquina de aire .... Cuando pasaron

TRAGEDIA OBSCURA.

•

1

GITA:N'DO en la mano el último libro de Zola sobre el trágico asunto Dreyfus,
me hablaba mi amigo el Doctor JI .... No cabe duda, medecla, que el número
de inocentes condenados es mucho menor que el de criminales impunes. Y sin
m:\.s preámbulo, como inmediata prueba de su decir, refirióme este episodio:
Descansando en mi superioridad intelectual, en mi posición de médico del
puerto de i\I ... traté siempre á Garnica, á ese turbio Capitán de cabotaje á
quien tenían todos los habitantes del lugar, ni más ni menos que un beluerio
á una fiera .....
Nunca acaricié la esponjada melena de su orgullo, jamás esquivé sus zarpa•
das coléricas, antes hubo momentos en que empuilando el liltigo de la razón consegul arrinconarlo, como el domador á la bestia, en un rincón de la jaula.
Una noche en una obscura taberna del puerto á donde fui á dar tras de una visita profesional, Garnica almnbrndo por continuas libaciones y en vena de siniestras confidencias emprendió encarándose
conmigo lasiguient11 narrnción, que más que desvarlo de a'coholizado parece una verídica y tenebrosa confesión que me explicó claramente el por qué de mi aversión instintiva bácia aquel hombre:
-Doctor, ¿se acuerda Gd. de Rafaela, la que tanto tiempo tuvo la fonda de Puerto Yiejo? Bueno, pues
esa Rafaela ha sido mi gran amor .... Ud. alguna vez me ha contado sus aventuras y yo sé que en cuestión de mujeres Ud. es tan valiente y tan cobarde como yo .... Rafaela fué mi gran amor; pero ¡qué
quiere Ud! me alejé de ella; tal vez lo mucho que la quise fué lo que me perdió; el caso es que mientras
yo me iba á La Paz como segundo á bordo del pailebot Cuafwtémoc, ella .. .. me engailó .... Y lo supe
prcmto porque tenla mi gente; al llegar al lugar de la consignación, ya por el vapor de la Mala me babia llegado una carta contándome todo .... Hafaela había estado en la plaza de gallos, en las •carpas,
de Los Esteros y en la serenata con un tal Avil a, que era antiguo conocido suyo y tapatlo como ella ....
Los dos la habían corrido juntos y nada .... que yo andaba de boca en boca, siendo la irrisión y la
burla de todo el puerto .... !
Avila, quitándome¡\. Rafaela me había quitado cuanto tenía yo en el mundo .... y la verdad, Doctor,
que la vida en mi tierra, después de aquello me parecla imposible! ~le callé, me estuve fuerte; pero juré
vengarme; juré matar á Avila, no á puñaladas, ni á tiros, sino de una manera en que no arriesgara na·
da, ni mi vida riñendo con él, ni mi libertad matándolo sin precauciones. Y ahora verá YJ. lo que lepa·
só á Avila.

«El l\laya, era un vapor que venía cargado de mercanclas muy valiosas, te~oros casi, destinados á va·
rías ciudades y puertos del Pacifico. Para el obispado trala objetos del culto, custodias, copones, can·
delabros, el barandal del altar mayor; para el puerto de San Juan, mucha plata en lingotes y además un
caudal de valores para una casa fuerte y para una oficina federal. La noche de su llegada «El Maya•
fué cogido en la bahla por un chubasco formidable. Todos los pangos se hundieron, los barcos anclados
se fueron mar adentro á coner el temporal; el viento levantó varias techumbres, las andanillas de olas
llegaron hasta la calle del Teatro, y e El l\laya• á. media milla del puerto y con la caldera apagada hizo
agua y se fuú á pique. ~o hubo ahogados, toda la gente se salvó; pero algunos dlas después una casa
armadora del puerto hizo un contrato con los fletadores de • El )laya, para salvar la mercancla y se or·
ganizó el buceo. Yo me contraté junto con Avila. Se limpiaron las escafandras. Avila tenia que bajar
con otro buzo llamado el Botete,• mientras que yo debla hacer funcionar la máquina de aire, siendo lo
que los buceadores llaman •el cabo de vida,, el que tiene á. su merced la existencia del que desciende Alas
profundidades, puesto que por su acción funciona la máquina que lo hace respirar. •El Botete• bajó
primero; se vistió la escafandra, le colgamos los •escapularios,, que son dos enormes lápidas de plomo
pendientes del pecho y de la espalda, y por fin le atornillamos al collar la gran cápsula de bronce, el
pesado cabezote de metal incrustado de gruesos y fuertes cristales. Lo levantamos en peso y suave·
mente lo dejamos sumergirse. La máquina de aire funcionó perfectamente y al cuarto de hora volvla
El Bolete del fondo, trayendo consigo parte de los valores y habiendo ganado casi una fortuna, pues
más de mil duros le iban á ser entregados por su hábil tarea. Avila, ansioso de igual suerte, estaba ya
vestido, abrumado con los escapularios y limpiando el verdoso cristal del •cabezote., Antes de que le
fuera atornillado, dijo dirigiéndose á mi:-Mucbo cuidado, amigo Garnica, ahorita vuelvo. Yo no le ,:oo·

diez minutos .... •
No pude seguir oyendo la narración de aquel infame, prorrumpió el Doctor H ... Todos en el puerto
habíamos creido que aquel fatal accidente se debla á la falta de un perno notada al hacer la inspección
del inyector pneumático .... Hasta esos momentos Garnica me revelaba el monstruoso crimen!. ...
-Y qué tiempo hace de eso, pregunté al homicida, fingiendo indiferencia?
- SI, comprende! me contestó con cinica,y triunfal sonrisa; piensa Ud. que una denuncia acabarla con
un malvado como yo; pero no la intente Ud., Doctorcito, Avila está bien muerto hace veintiún ailos; mi
venganza, mi crimen, como Ud. quiera, ha presc1·ito y el que hoy me denunciara.serla el mejor buzo del
mar. ¡Aguantar veintiún años el resuello! Y con una carcaj al&amp; de ironla y desprecio glosó el soez re•
truécano Garnica ... .
JIJSÉ JUAX TABLADA.

•
LA OFRENDA DE HERODES.
A Rubén Dario.

I
Hinchado el cuello en incitante rscorzo,
Y cimbreando su flexible torso
Con nerviosa elegancia de pantern.
Danza la hermosa hebrea ante el Trtrarra,
Cuya miritda voluptuosa abarca
La escultura triunfal de su cadera.
El arpa en su vibrante nen·adura
Hila los ritmos de la danza impura;
Y cuando el paso bárbaro termina,
Con viril insolencia de sicario
i\Ianifiesta el intento sauguínario
La boca de la virgen asesina.

En el regio vesllbulo aparece
Torvo Idumeo, que impasible ofrece
En cincelado plato, helada y yerta,
Una cabeza que cegó el degüello,
Y sangra el tajo del robusto cuello
Cual la corola de una rosa·abierta
Anubla las arrugas de la frente
Que cincelara en cobre el sol de Oriente,
Una sorda tormenta que reposa.
Y al postrer crispamiento en que agoniza,
En los siniestros pómulos se eriza
El bosque de la barba-tenebrosa.
JI[

Fdo mortal sob1·e la Corte baja:
La inmensa palidez que la amortaja
Se ha encendido en relámpago de enojo11;
Y vibrando fatldico reproche,
Un rayo cruza el fondo de la noche
Que duerme en e(abismo de·sus ojos.

~7~

�REVISTA MODERNA.

UN EGOIS1"'A.

11

- Prímo,- me dijo la pequeñita i\Iaud que parecía una mu11eca de porcelana de Saxen, dieciseis
años, blanquísima, ojos lilas y crenchas rubias-primo, ve á hablar á papá, te lo ruego...... León es tu
mejor amigo, y papá me tiene en una prisión y yo no puedo habla,· con él.. .... Papá te quiere mucho y
no te negará que León entre á casa . .... . Anda!. ... . .
La encantadora decia esto con tal mimo, que yo sonreí subyugado y obedecí. Atravesé e; vasto
salón resplandeciente en la fiesta se1iorial ele la familia congregada; acaricié á uno de los minúsculos sobrinos, un bebé picaruelo como un gorrión, que vino á mi con los brazos abiertos y se asió á mis rodillas
gozoso, y en medio al bullicio de conversaciones y risas de la dichosa velada en que viejos, garzones y
niños celebraban el día de la abuela, me dirigí al buen sesentón que reposaba en una poltrona, pensativo á pesar de sus ojos risueños, pleno todavla de vida juvenil.
-Tlo, me dispensas que te llame aparte?
El tio se levantó apoyándose en mi brazo.- ¿Qué mosca te pica, muchacho?-Y complaciente me llevó á un angulo solitario y agregó en tono zumbón:-Sentaos, caballerito, y decidme qué os pasa.
-Tlo,~reanudé envalentonado con la cariñosa acogida, pues el viejo en verdad me querla como si
fuera un9 de sus hijos-León Valmar está verdaderamente enamorado de la bella :\Iaud ..... .
-YJ . ..... me interrumpió poniéndose en guardia al ver mi súbito desplante.
-Y Maud está impresionada del brn.vo mozo, que bien sabes es un pundonoroso heredero de s u
nombre; por lo cual te ruego encarecidamente, salvo tu experiencia y criterio, le permitas visitar ..... .
..._- Mi casa!. ..... -concluyó el viejo irguicndose. Pero dominándose y venciendo su extraña impetuosidad en él que e ra la bondad misma, ante el afecto que me dispensaba y ante mi sinceritiad irreflexi,·a que á pesar mío lo habla. herido, me dijo en dulce reconvención:
-Bien se ve, Jorge, que no sabes nada de la vida!. .... Vaya! te contaré á. ti, ya que juegas á hombre ..... . aunque no, ya que eres un hombre, puesto que hablas en serio de estas cosas...... te contaré
á ti la pena que me roe lentamente el corazón it pesar de los aiios que todo lo hi elan, aun los pesares
más candentes ..... .
Y ordenando que llevaran dos ta~as de té á su estudio, contó así el buen viejo:
-Antes de que se viera, como esta noche, reunida toda nuestra familia, como bien sabes, azarc•s do
la suerte hicieron que se dispersara en distintas ciudades y países. A los veintisiete años de edad
,·ivia con mis dos hermanas y mi madre en una pequeña casa que el laborioso esmero de ellas hac;¡ aparecer un pequeño palacio de infantas eu exilio. Un trabajo abrumador de escritorio rne tenia alejado to·
do el dla del hogar, y por las noches era para mi un dulce consuelo, la satisfacción heredada de nuestros mayores, pasar breve descanso en la velada familiar, al lado de mi madre, mis hermanas y Alfredo
Orrantia, el consentido ele la casa, guapo mozo de treinta alios á quien yo trataba ceremoniosamente por
serme antipático, pero al que mi hermana mayor, Andrea, nos había impuesto á. mi madre y á mi, después de oposiciones acres, para aceptarlo como novio oficial. El se presentaba todas las noches co rrecto,
atildado, desde hacia cinco años, y saludándonos con galanterías palaciegas, nos platicaba versatilidades, del mal ó del buen tiempo, de la política, porque éste ha sido desde antaño el pais per excelencia
de la polltica, de bailes, y de no sé qué cosas, pero siempre hallaba coyuntura para hablar á solas con
Andrea, hasta que mi madre se levantaba de su asiento indicando que ya era hora de dormir. E l caso
es que mi pobre hermana estaba loca por Orrantia; por él babia despreciado ventajosos partidos que se
hablan iniciado con aprobación de mi madre, que vela en ellos alianzas de famiEa y prendas morales
que solamente con los años se saben escudriñar y justipreciar. ¡Nada! á todos renunció con afabilidad ó
dureza, según que insistieran ellos en su pretensión, para preferir aquel hermoso, es verdad, pero huraño joven, taciturno, hastiado de los pJaceres, según inquirió mi madre, que habla sabido dominará Andrea con su arte maligno para cautivar á las mujeres.
Yo me sublevaba ante aquel noviazgo que contaba un lu~tro, y me sentia herido al ver que para es•
tudiar el carácter de mi hermana, era mucho estudiar, y que la limpieza de nuestro linaje era bastante
blasón á decidirá un joven obscuro, advenedizo, que no posela bienes de fortuna, sino un alto empleo
gubernativo y que estudiando ~l carácter de su prometida con más prolijidad que un psicólogo moderno, se babia enseñoreado en mi hogar gracias á que Andrea era la consentida, la tiranuela por su carácter altivo, pero cautivadora por su hermosura prodigiosa,

"º

125

Andrea era, en verdad, un prodigio de hermosura: cuerpo donairoso y garrido, rostro de diosa grie•
ga, manos ducales, pies pequeños y un porte y una viveza de inteligencia que hacían el delirio de todos
los garzones que tenían la felicidad de tratarla...... ¿Qué esperaba, pues, aquel bausán que no se casaba? Bien llabla que Andrea era tan hermosa moralmente conio era bella en cuerpo y rostro, y que era la
encarnación soñada de la felicidad que él estudiaba concienzudamente para ver si le convenla ó no le
convenla darla su blanca mano.
Por entonces cambió mi vida que yo vela deslizarse inútilmente, cumpliendo mis sagrados deberes
ele heredero, sin otra herencia que sostener á mis hermanas, pues la adversidad había segado todos nuestros bienes, y aprovechando la circunstancia de que mi hermano menor se creaba una posición bastante
para sClstener á la familia como yo la sostuve, después de una entrevista en que me juró cumplir como
vo cumplía, desaparecí exasperado por la mediocridad, á impulsos de la ambición que despertaba en mi
~on los alientos tardíos pero fuertes, de nuestra estirpe conquistadora, y me lancé en busca de fortuna,
animoso, apto, desafiador de los peligros que inventa el temeroso y débil, pero que no existen para el
que en acción lucha por la vida.
Los primeros años fueron crueles y amargos: no parecía sino que la suerte se obstinaba en vencer
mi obstinación, en domar mi voluntad indomable. Bregué como un luchador maldito; saqué fuerzas de
mi flaqueza no moral, sino corporal, por el hambre que roía mis entrañas hambrientas. Emigré al Norte,
á los Estados Unidos, y erré de ciudad en ciudad como perro vagabundo, sin encontrar más que el precio de mi trabajo diario en labores duras é ingratas, jornal cada vez más dificil por mi estigma de extranjero (entonces el cosmopolitismo no era lo que es hoy) y mi aspecto de judío errante; azoté á New
York con mis pies descalzo~, me hartó en el Bawry con basofia inmunda, cargué fardos en los muelles,
todo hice, menos mendigar ni prostituirme al alcohol, porque mi voluntad ele triunfar era inflexible.
Un día vi en un diario la noticia de los placeres de oro de California, y sin saber cómo, á pie ó en
trenes ó en caravanas de cowboys, me encontré de la noche á la mañana en California, en plenos placeres de oro, y me hice gambusino. Luché dla y noche, sin descanso, con el puñal entre los dientes y las
manos ocupadas febrilmente en acaparar oro; y cuando hube reunido lo bastante para emprender trabajos de porvenir, de especulación rápida, fui arriero y contratista y ganadero en gran escala, traje muladas y caballadas á los Estados mexicanod fronterizos; y cuando hube acumulado bastante, cuando mi
tesoro fué codiciado en Arizona y mi actividad celebrada á los dos lados del B raYo, decidí realizar mi
sueño dorado, el sueño de toda mi vida, volverá l\Iéxico, rico, triunfante, poderoso poi· el poder del oro,
salvador de todas las penurias de los mios con quienes babia dPjado de comunicarme, según mi firme
propósito, hasta no hacerme rico.
Yolvl, pues, casado con mi excelente Alicia, y sin previo aviso me presenté en mi antiguo hogar. Pe•
ro no creas que había pasado el tiempo que he tardado en contártelo! Rabian pasado veinte al'íos, toda
mi juventud, y yo volvía á estrechar en mis brazos vigorozos de cuarentón á mi madre anciana y a, de
cabellos blancos y ojos hundidos, aunque por bendición clel cielo todavía no declinante, puesto que la
1·es presidiendo la velada, y á mi hermana Andrea (mi hermana menor se había metido monja y mi hermano se habla casado), pero qué Andrea ¡Dios mio! consumida, hecha una cotorra, coll el rostro marchito, aparentando juventud á fuerza de afeites, macilenta y resignada, sin los antiguos brlos que desaparecieron al claudicar su belleza peregrina.
El corazón me dolía de ver aquellas dos ruinas vacilantes en su soledad por mi abandono. Pero yo
habia vuelto ¡vive el cielo! é iba á resa1·cirlas de tantos males! Nos disponiam:is á pasar la velada como
en otros tiempos, á reanudar las horas felices de que mi esposa Alicia gozaria también, cuando de improviso apareció en la. puerta u:n Vf'jete acicalado, empomadaclo, embetunado; saludó con galantería palaciega y penetró de rondón, con desenYoltura cortesana, deteniéndose á. saludar á And rea que se había
lernntado á. recibirlo.
-¿Quién es?- pregunté á mi madre en voz baja.
-Alfredo Orrantia . . .... ¿No recuerdas de él?
- ¡Alfredo Orrantia ..... ! es verdad, sí, recordaba vagamente al apuesto doncel estudiador de almas,
en aquel rid!culo vejete calvo, de dentadura postiza, pues bien se le notaba en su yoz sibilante, de escasos cabellos y bigote pintados, que me simulaba un esbozo de abrazo r¡ue no contesté, y se sentaba ampliamente, á sus anchas, charlando como un viejo loro, del calor, d e las enfermedades, de sus achaques
.,· reuma, de quién sabe cuánto mi1s, en tanto que yo lo contemplaba as omhrado de su locuacidad.
- ¿Qué viene á hacer? - pregunté de nuevo á mi madre.
- Su visita de siempre ...... - dijo ella con timidez.
- ¿Y viene con frecuencia?
-Como siempre: todas las noches- suspiró mi madre con amargura.
Aquella amargura de mi pobre madre me partió el alma. ¡Cómo! Era este mismo bribón el que segula estudiando á Andrea para ver si le convenía casarse con ella? ...... Era este el monstruoso egois•
ta que babia matado una juventud, que babia marchitado una hermosura preciosa y digna, yacente ahora en resignación dolorosa, convertida en un harapo de belleza, sacrificada al abyecto ~gofsmo de aquel
Narciso verde, de aquel criminal abominable en su inconsciente egolatria? Toda la vida inútil de mi h•·
feliz hermana pasó como una visión tristísima con su cortejo de esperanzas, de rebeliones, de exasperaciones, de resignaciones, de amarguras sin nombre, y de pronto, no pudiendo sufrir la grf'gueria del canalla que charlaba como un papagayo, me levanté y le dije fríamente:

�127

REVISTA MODERNA.
REVISTA .MODERNA.

126

-Salga usted de aqul ...... y no vuelva jamás.
Y no bien él, aterrado ante mi frialdad, obedecía rabo entre piernas y se lal'gó pol' donde vino, me
volvi á mi hermana que también se habla levantado espantada y la estl'eché llol'ando en mis bl'azos ....
-He aqul por qué- concluyó el buen tio-te prohibo que. me vuelvas á hablar de la pretensión de tu
amigo ..... Un novio oficial para mi Maud, que tiene los mismos ojos de mi Alicia!. . . . ¡Cielo santo! . . ..
Que la ganen como yo he ganado á la mla: defendiéndola y arrancándola á una ho1·da de indios salrnjes en los desiertos de Arizona!
Ruat~ i\l. CAMPOS.

1901.

,

LOS CORDEROS.

-..
~-,o1· /

El pastol' los ha conducido á pacerá un dilatado terreno que no está. ,:,urca do todavia. La tiel'ra es
de color obscuro manchada por sitios rubios en las partes donde el rastrojo es más tupido; y los corderos, con sus patas y su vientre encostrados de lodo seco, con su lana amarillí:I, son exactamente del
mismo color de la tierra; y el pastor también, puesto que tiene una piel de cordero sobre las e~paldas.
De manera que no se distingue nada, particulal'mente á aquella hora del cl'epúsculo: apenas una gran
mancha que se mueve de aquí para allá y cuyos contornos cambian de forma; en algunos sitios una
manchita semejante: algún cordero extraviado. Los perros ladran. El rebaño se amontona y la mancha
se obscurece. Después de un g ran silencio, la g1·ey se dispersa, la mancha se extiende. El campo está en
el flanco de una colina, la gran mal\cha amarilla y obscura trepa hacia la cima alargándose, como una
lepra que se propaga. La noche llega y envuelve todo.
Luego, lentamente, la luna emerge. Entonces, bajo su luz blanca é impotente los objetos rea pare·
cen: no recobran sus colores, pero exageran sus relieves.
Los corderos infol'mes parecen pied ras blanquizcas, dominados por su pastor agrandado. Los penos negros, melenudos, brincan y ladran en derredor. Unos primero, luego todos se echan. Semejan un
enorme globo reventado que se desinfla y que se hunde. Se aprietan, se p&lt;.!gan unos á otros como pájaros en su nido. Se amontonan á medida que la noche avanza y que el frio viene. Ocupan menos y menos
lugar, se reducen, disminuyen. El pastor ya no está erguido entre ellos como una bandera. Se ha tumbado también para tener menos frio. Tiene demasiado calor. Se ahoga casi. Sobl'e sus pies está un animal que le impide moverse, otro contra su cuerpo á la izquierda, otro á la del'echa y su piel de cordero
sobre las piernas y el pecho. Está como sepultado entre aquella lana. Sólo la cara tiene descubierta y no
siente frío más que en los párpados y un poco abajo de los ojos.
De hora en hora el frlo se hace más vivo, más agudo; sus párpauos arduu, las lágrimas mojan la
punta de sus pestañas. Quisiera acercar más á su cuerpo á los corderos que le transmiten calor. Pero
siente que uno á uno se separan, se levantan, se desperdigan. Asoma el crepúsculo. Tiembla como si estuviera desnudo, y se endereza, se sienta, se pone en pie. La gl'an mancha vaga que forma el rebaño,
en el crepúsculo matinal como en el crepúsculo de la tarde, otra vez se extiende, crece, se agita, sube,
vuelve á bajar, toma y pierde forma en torno suyo, y él permanece en medio, inmóvil, un poco inclinado hacia adelente.
ÁllEL

(Trad. ele • Revista Moderna• ).

HER~fANT.

Í

o o N;( /

. ~. \¡
e----------.'-'
Destaparé mis ánforas de esencia
Y prenderé mis candelab:os de oro
Cuando la diosa pálida que adoro
Llene mi soledad con su presencia.
Eu su pelo de blonda refulgencia,
Y en su labio odorifico y sonol'o

Hay el fulgor de un candelabro de oro
Y el perfume de una ánfol'a de esencia.
Vendrá con su ropaje de inocencia
Y hostigando mi al'dor con su decoro,
Pero al fin gozaré de su opulencia
Enmedio de mis ánforas de esencia
Y mis ardientes candelabros de oro.

J

!

�REVISTA MODERNA.

129

rar actitudes semejantes en otros órdenes diferentes. Hasta se puede imaginar una cadena de tempera-

mentos análogos, que se eslabonan á lo largo de los tiempos, manifestándóse en un sentido ó en otro con
mayor ó menor intensidad, segun el ambiente. P'i"cquart halMa Sido hugonote en et siglo XVI, y Esterhazy, conde romano bajo Alejando VI.

.. '

Por esa razón, la actitud que cada joven asumió durante el proceso, correspondió casi fatalmente á
sus actos anteriores. Los egoístas, los epicmianos, los bulliciosos, los que se hablan adaptado sin trabajo al mundo en que deblan vivir, fueron los enemigos de Dreyfus. Los tímidos, los estudiosos, los qu_e
hablan sufrido injusticias, los que imaginaban una ci,·ilización superior á la actual, fueron sus part1-

DE FARIS.

I;A JUVENTUD FRANCESA.- SUS TENDENCIAS.-

UN CONGRESO.

Los que aseguran que Francia está en decadencia, olvidan seguramente la actividad y el empuje de
estos últimos años. Después de la tenible crisis que, según un escritor inglés, •ningún otro pais habla
tenido la audacia de afrontar, • se ha realizado un trabajo tan vasto de reconstrucción y saneamiento,
que no sería aventurado decir que la Francia de hoy está preparando el mundo de mañana. En ningún
pals, ni en ninguna época, se han acumulado tantos esfuerzos generosos. En todos los barrios se fundan
universidades populares, se multiplican las confdrencias y se organizan cooperativas. Los grandes sabios, como Buisson, Ducclaux, Reclux y l\Ionad, levantan su cátedra en la plaza pública. Y todo parece
tender a difundil' la ciencia y determinar una época mejor.
Es una nueva era que se abre después de clausurada la exposición y en la que la juventud francesa
desempeña un papel preponderante. Siempre es la juventud la que decreta el porvenir. El siglo que empieza trae el germen de graudes luchas nebulosas, y es muy dificil saber cuál será el resultado del choque de tantas ideas exasperadas y tantas concepciones antagónicas.
Las nuevas generaciones deben cortar el nudo. Por eso es curioso seguidas en su evolución y sorpt·enderlas en sus preferencias actuales. No se trata de •estudiarlas,• sino de apuntar algunos gestos,
currente cálamo, como se escribe una crónica. El reciente Congreso de la juventud, que ha terminado
sus trabajos el 3 de Diciembre, hace que todo cuanto se relaciona con este asunto sea de una actualidad
palpitante.
El proceso Dreyfus, que dividió á los franceses en dos bandos irreconciliables, tuvo la virtud de colocar frente á frente dos temperamentos y dos filosofías. Las gentes se declarat·on instintivamente revisionistas ó anti -revisionistas. Se puede decit· que lo eran desde antes del eno1· judicial que se discutía.
Segun predominase en ellos la energía ó el sentimentalismo, estaban fatalmente destinados á ser enemigos ó defensores del capitán Dreyfus. La conformación cerebral, la educación, las lecturas y, sobre todo, el sistemi: nervioso, bastaron para delimitar los bandos, de manera que los polemistas de un partido
y de otro trnbajaron sobre multitudes ya regimentadas. En una palabra, el asunto Dreyfus dió lugar á
esa clasificación definiva de los espíritus, tan difíciles de obtener en épocas normales,
De un lado se agruparon los individtialistas, los enamorados del principio autoritatorio, tos habituados á obedecer ó á mandar, los hombres de iglesia ó de cuartel: el mundo viejo; del oh-o se reunieron los
altruistas, los científicos, los habituados A razonar y á descubrir la vanidad de los dogmas: el mundo
nuevo. La juventud tuvo un momento de perplejidad entre las dos tendencias decisivas. Luego fué cediendo lentamente á sus lecturas, su idiosincracia, sus preferencias ó sus vicios, y se alistó en un bando
ó en otro. Los tenenos estaban delimitados.
Si la clasificación se hizo más diflcilmente cutre la juvetud que ez:tl'6 los otros ciudadanos, fué porque la juventud estaba trabajada y solicitada. por filosoflas y sistemas contrarios que todavla no hablan
tenido tiempo de imponerse á los espíritus. Cuando las nueyas generaciones vieron que las luchas y las
contrndicciones que la inquietaban en el mundo de las ideas, se transportaban á la vida real, encarnándose en un proceso simbólico, sintieron cierto miedo ante la imperiosa necesidad de elegit·. Sus maestros
y sus condnctores se hablan dividido, ganados por la efervescencia de la ciudad,
Todo parecla dispuesto para una batalla Cl_lmpal de ideas. Fué un momento de pánico. L?s que no
se dejaron absorber por las opiniones de la familia, volvieron los ojos á sus lecturas recientes. Otros, los
aturdidos, cedieron•al ímpetu. Y los más, se dejaron vencer por afinidades sentimentales ó autoritatorias.
Las actitudes y los gestos se conesponden de una manera cul'iosa. Los que prof.isan ideas avanzadas en arte, las profesan también en -política. No es posible ser reaccionario jln la Cámara y aplaudir á
Wagner en el teatro. Un admirador de Rodio ó de Pissarro no puede ser partidario del rey. Parece que
todo está ligado entre sí pot· simetrlas morales. Una actitud eu un orden determinado basta para asegu -

dal'ios.
Es innegable que esta selección había si:lo preparada por los escritores y los filósofos del siglo, cuvas doctrinas contradictol'ias despistaban á la juventud. Unos hablan proclamado la legitimidad de la
fuerza y la ineficacia de la moral; otros habían predicado el renunciamiento y la creación de un régimen
iaoualitario. Aquellos eran cóncavos y éstos eran convexos. F.I por\'enir parecia balancearse entre el
Ainsi parlait Sarathoustra de Nietzsche, y Le Capital, de Karl i\larx. Toda una literatura se babia encargado de vulgarizar las dos concepciones, embell_!lciéndolas igualmeute con et_ ti-ompe l'o~il del arte.
y los espíritus, atormentados ante dos soluciones bruscas, vacilaban antes de onentar sus s1mpatlas.
Las obras de Nietzsche, que acaban de ser popularizadas por las traducciones de Henry Albert, hablan producido una impresión profunda. Todos los dispersos del mal y todos los snobs en busca de originalidad llamat,iva, encontraron en ellas una justificación ó una bande1·a !'ara, propia ~~ra amotina!' ~
las "entes. Muchos escritores jóvenes, !'Oídos por ta pasión de ser originales, hablan utilizado las doctri0
nas del filósofo alemán para fabricarse una contra.moral cínica. N~ les bastaba la indiferencia agresiva
de Stendhal, ni la ironía feroz de Banes. Exigian otros disolvente8, Era una fracción de juventud que
tenia empeño en épater á lo~ transeuntes. Lits monstruosidades miis lamentables parecian tener ~ara
ella un prestigio extraiío. Afectaba una indiferencia falsa ante la vida, como si se creyese supenor á
todo lo que le !'Odeaba. Su doctrina era •el cultivo del yo.• L&lt;i existencia, según ella, sólo tenia por objeto acumular sensaciones, y para obtener esas sensacíQnes, era indispensable gozar inmoderadamente
·,le todo, sin limites, en una explosión de egoísmo.
Nadie ha olvidado que uno de esos snob-~, al regresar de la Roquette después de u1rn t&gt;jecución capititl, llrgó á decir que sólo queda retener un detalle; la poca elegancia con que la~~-í~tima habla subido
las escaleras del cadalscJ. Esa juventud tenía dos novelistas prefdl'idos: Rudyard I-.1plmg Y Wells, que
exaltaban la fuerza y descuidaban los problemas del cHa. El t&gt;jemplo ti pico de lo que podía producir esa
alta filosofía, lo proporcionó Jean de TinánJ el autor .~e Aimienne, muerto á los v.iinticinco años. Nada
más doloroso que su libro, en el que hace cuanto puede para parecer perverso, y en el que, a pesar su~'o, se transparenta una alma que se esconde rindiendo culto á la moda. Jean de Tinán, como todos los
extraviados de su generación, temblaba ante la idea de respetar lo que Nietzsche llama una ,moral de
e;clavos,• y hacia imposibles por convencerse.de que el altruismo •impide el libre desenvolvimiento ele
I L vida.• Nadie tiene la culpa de esos naufragios, ni aun el mismo Nietzscht&gt;.
Su locura real pudo ser anterior á. la lectura oficial que le atribuyen las crónicas. Pero es lo cierto
que gran parte de la juventud francesa se dejó arrebata!" por la doctrinas de ese imitador de Eróstrato.
F:I asunto Dnwfus se prnstó como ninguno á la aplicación de sus teorías.
Frente á ¡sa juventud, se levantó otra juventud más numerosa y consid\'.Jrablemente más sincera,
que se inspiraba en Bakounine, Kari Marx y Tolstoi. Proclamaba su fe en la vida y en la naturaleza Y
tenía Ja inmensa ventaja de ser una juventud joven. Si la otra era el producto de una denota, ésta era
la esperanza de una conquista. Traia una gran confianza en el porvenir y un de§e0 violento de reformar las'. cosas y componerlas de una manera equitativa. No provenía ni de la barricada, ni del salón: era
una juventud de libre examen. Se resistía á transigir con los perjuicios de la ciudad, hacia gala de un
espiritu critico muy severo, y no temia marchar contra el acatamiento de la mayorfa.
Sus novelistas favoritos eran Zola, Franca y Mirbeau. No era un gl'Upo de ideólogos, ni una reunión de adolescentes obstinados en ensayar una pose; formaba una corriente de hombres sanos que salian de las universidades armados para la vida, con una base sólida de positivismo defendido por con,·icciones y empujados por e~peranzas. De esa juventud surgían nombres brillantes como Pierre GuilIard, Paul Fort, Maurice Magre y Saint Georges de Bouhélier. Todos arbolaban el deseo de imponer 1'8·
formas sucesivas, hasta alcanzar un estado mejor.
Eran partidarios de una evolución hacia la humanidad. Y es natural que, en el asunto Dreyfus, fueran defensores de la justicia.
.
Estas dos juventudes, una egoísta superfi~ial, otra desiutercsada y concienzuda, han mantenido su
cará.cter, aun después de apacigi.iada la agitación revisionista. Repl'esent-an dos tendencias independientes ge un caso particular como es el de Dreyfµs.
Aquellos continúan buscando rimas raras, acumulando _paradojas y quemando vidas artificiales; éstos persisten en empujar verdades, influir sobre los aconteeimientos y luchar por él triunfo de la verdad.
Sintetizan las dos únicas soluciones del:eterno problema que se plantea á los veinte años. Unos resuel-

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REVISTA MODERNA
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REVISTA MODERNA.
ven acaparar todo el bien, otros hacerlo extensivo á los demás: unos someterse al error de la mayorla,
otros defender su certidumbre; unos conseguir el triunfo, y otros merecerle.

Los que se han mantenido alejados de este movimiento y han persistido en su pereza de dilettanti,
se han visto obligados á buscar otros puntos de apoyo para poder resistir. Los que no han caído en el
nacionalismo, como los disclpulos de Barres, se han precipitado en la monarquia como Charles l\faurrás,
cuyos artículos en Le Soleil son por demás curiosos. l\faun-ás defiende
mo~arquia desde el punto ~e
vista del arte. Esto baria casi suponer que el arte se presta á todas las tan tasias, puesto que de él se ieclamó también D'Annunzio cuando se convirtió al colectiYismo.
Pero seria aventurado suponer que los hombres se deciden poi· la república ó poi· el imperio, influen
ciados por la riqueza de las rimas. No es juicioso que :a suerte de una nación esté á la merced ~e un
soneto. Los que como Maurrás se hao r efugiado en el partido reaccionario, siguen siendo los mismos
indiferentes incurables. Quizá les disgusta la monarquía un poco menos que la repúblic11, pero no tienen una opinión definitiva sobre el particular. Si actualmente parecen 11pasionarse por el re~, ~s porque
el rey no existe. Y es justo confesar que son consecuentes. Signen viajando sobre la vi&lt;la srn rnteresar-

!ª

Catulle Mendés, que tiene ingenuidades extravagantes, ha dicho que la verdadera juventud es la que
conserva siempre la esperanza de meterse la luna en el bolsillo. La insensatez de los que confían en la
eficacia del bien, es quizá la mejor tentativa &lt;le religión. Todos los progrnsos realizados hasta hoy son
debidos á los hombres, los partidos ó las naciones que han tenido la audacia de confiar en una iclea
generosa.
De esta polvareda de ideas ha surgido la Escuela de Altas Estudios Sociales que acaba de fundarse
en París, por iniciativa de Emile Duclaux, director del Instituto Pasteur, Ferdinand Buisson, director
general de la enseñanza, Bourgeois, exministl'O de Instrucción pública, Seailles, profesor de la Sorbona,
y muchos otros hombres ilustres. Es una nueva tentativa de evolución hacia el ideal y un nuevo medio
de emancipación ofrecido á la juventud. Se trata de una Universidad donde se enseñará todo lo que se
calla en las universidades oficiales. Tiene el carácter de una protesta. Y es muy digna de atención, puesto que la vemos formulada por notabilidades que han dirigido y dirigen actualmente la enseñanza superior en Francia.
La Universidad se divide en tres secciones: la escuela de moral, la escuela social y la escuela de periodismo. La primera está dirigida por M. Alfred Croizet, decano de la Universidad de París, la segun•
da por M. Emile Duclaux, y la tercera por M. Cornély, el notable escritor, cuyas correspondencias publicadas en este mismo diario, me eximen de todo elogio.
El objeto principal de la nueva Universidad es enseñará la juventud el mecanismo y el estado de la
sociedad en que debe vivir, por medio de innovaciones acertadas y atrevidas, como las conferencias que
ha iniciado el Secretario del Ministerio de Comercio, M. Fontaine, sobre la organización ob1·era. M. Fontaine se propone agotar su tesis, dejando sucesivamente la palabra al Secretario del Sindicato de cada
profesión, para que exponga la situación presente, en cuanto se refiere á trabajo, salario y aspiraciones.
De esa manera la juventud tendrá una noción clara de Jo que es la sociedad actual y de las reformas
que exige.
Por lo demás, los cursos abarcarán todos los temas y todas las doctrinas. Se anuncian las conferen·
cias de: Anatole Leroy- Beaulieu sobre •Las doctdnas del odio;• de Eugene Furniére sobre •Las teorías
sociales desde 1830 hasta 18t8;• y de Albert Croizet sobre • La historia de la moral griega.•
El prospecto programa de que tomamos estos datos proclama que en la Escuela de altos estudios todas las opiniones podrán manifestarse, y que allí no habrá alumnos, sino ciudadanos reunidos para dis•
cutir los intereses generales de la civilización. El mérito y el prestigio de las personas que encabezan
este múvimiento es indiscutible, y los resultados serán forzosamente considerables. La juventud aprenderá á encarar sin miedo los verdadcl'Os problemas de la {&gt;poca y á tener opinión sobre todos los asuntos, sin caer en el arrivisme, ni dejarse influenciar por los prejuicios de las generaciones anteriores.

En ese mismo orden de ideas, pero con un espiritu más juvenil, acaba de fundarse en Montmartre un
colegio de estética moderna, bajo la presidencia honoraria de Zola, France, Bauer, Charpentier, Rodin y
Deseaves.
Esta vez también se trata de Juchar contra la enseñanza oficial y ceder á las necesidades de la vida
moderna y nuestras tendencias democráticas, creando una casa comtm, con biblioteca y sala de conferencias, para que puedan reunirse los jóvenes artistas independientes. Los iniciadores son Adolphe Retté,
Eduard Rod, Emile Verhaeren, Eugéne l\Ionfort y un grupo compacto de escritores, escultores y pintores
ventajosamente conocidos. El origen de este mo,,imiento remonta á un manifiesto publicado hace algunos
meses por Paul Luis Garnier y León Parsons. La idea se fortificó después. Jean Jaurés dió una conferencia sobre el «Arte nuevo. • Y muchas revistas de la nueva generación como L'E!fort, La Revue Naturiste y L'Oeuvre Sociale, iniciaron una activa propaganda reformadora. La orientación babia cambiado.
Los amanerados que antes inundaban las publicaciones del Quai·tier latin con sus excentricidades estu·
diadas, cedieron el campo á otros escritores más robustos y más sanos que se encaraban con la vida.
Todos los diarios franceses han tenido un aplauso para este enérgico sacudimiento.
Según el partido á que pertenecen y la política que predican, han hecho ó no reservas sobre las doctrinas que parecen animará los iniciadores; pero todos se felicitan de que la juventud sacuda su indiferencia culpable y vuelva á. tener entusiasmos y convicciones. Ya vaya encaminada en un sentido ó•en
otro, la a cción es siempre un slntoma favorable. El verdadero mal está en la degeneración fatal de una
j uYent ud aislada en su egofsmo. Pero-como decla Gambetta-cdesde el momento en que los jóvenes
bajan al arroyo y se mezclan á las agitaciones del arrabal, todos los peligros están conjurados., Podrá
discutirse la eficacia de ciertas doctrinas y la oportunidad de ciertas reformas, pero es preferible que la
j uventud se lance tras una pista falsa (admitiendo que sea falsa), á. que se encastille en su •yo• y se momifique en actitudes pueriles.

sc en nada de Jo que les rodea.
.
. .
Estas tendencias acaban de confirmarse en un congreso-el cougrcso de la Juventud - cuya ultima
sesión ha tenido lugar hace algunos días. Todos los intereses estaban representados en esta vasta consulta á las nuevas generaciones. Los congresistas se agruparon por afinida~cs, en un he1?i~iclo ~ue parecía la cámara de diputados del porvenir. Los nacionalistas, los monárquicos y los catohcos, a la de·echa· los republicanos en el centro, y los socialistas á la izquierda. El feminismo estaba representado
1
'
. d I
.
por tres
escritoras de talento, Miles. Bremontier, Pognon y i\Ieyer. No faltaba un so 1o matiz
e a op1·ón ni una sola clase de la sociedad. El congreso presentaba uu aspecto alegre y extraño. Nada menos
~~m~géneo que aquellos delegados de la Francia futura que intentaban una reconcilia_ci?n en el umbral
de un sio-Jo. Las cabelleras largas de los artistas, las blusas azules de los obreros, el habito negro de los
semioar~tas, y el jacquet elegante de los mundanos, se confundlan en un ambiente tibio d e cortesías
.
.
.
11gresivas y hostilidades fraternales.
Las discusiones han sido á veces violentas, pero 110 han tlesbordado hasta el rnsulto. S1 el presidente
se vió una vez obligado á cubrirse y levantar la s,esión, fué á causa de un orador • insuficientemente preparado• que se obstinó en ocupar la tribuna contra la voluntad de todos. En general, el congreso de la
juventud se ha conducido con más orden y más cultura que muchos parlamentos. .
.
Entre los problemas que debía discutir, el más importante era el de la he1·encta. Las dos corrientes
en lucha lo convirtieron en campo de combate, y expusieron á propósito de él, el conjunto de sus doctrinas. l\l. l\fonteil, nacionalista, 1\1. Sangier, católico, y l\I. Vaugeois, partidario del •gobierno del pueblo
por una élite,• abogaron por el mantenimiento de la ley actual. La mayoría se declaró en cont1:a, Y M.
Paul Baucourt secretario del ministro Vi!aldeck, ensanchó el debate mostrando el encadenamiento de
todas las cosa;, Según él, todo hombre consciente debe, en la época actual, tomar partido en pro ó en
contra del colectivismo, en pro ó en contra del capitalismo.
De abi que cuando se examinó el prohlema del • servicio militar,• todos se declarasen co~tra la gu~•
rra, á excepción de un bonapartista que habló • ~n nombre de la n~bleza á la c_ual ~e'.·tenecia. • 1\1. Fn•
beuro- hizo á ciertos delegados una pregunta incomoda: Cuando seáis soldado, s1 rec1b1s la ~rden de hacer f;ego sobre el pueblo, ¿violentaréis vuesti·os sentimientos dA humanidad ó desobedeceréis á vuestros
jefes? l\1. l\farc Sangnicr, católico, respondió: «Un verdadero cristia~~ no tiene el ~l~recho de s~r sol~ado,
"debe sufrir los peores infortunios antes de someterse á la ley m1htar.• El esprntu revolucwnano de
Tolstoi ha penetrado hasta el corazón de los mejores conservadores. La discusión se h_ace ~ás t!bia.
Todos parecen estar de acuerdo. Y cuando Eugéne i\fontfort habla de las tendencias hter~r~as de la
nueva o-eneración «enamorada de vida, de verdad, de clal'idad,• todos los delegados se reconcilian para
manife;tar sus simpatias á. la escuela naturista y á su fundador Saint Georges de Bocuhélier.
El Con"'reso de Ja juventud ha tenido la cordura de no votar ninguna decisión final. Se ha conteo•
tado con la~ ideas Ja juventud no puede decretarse una actitud para el porvenir. Sus convicciones actuales son quizá sólo una etapa de su marcha hacia la •plena verdad.• Pero el Congreso ha sancionado
un principio elemental que dará rumbos nuevos: la nectisidad de in~uir sobr~ la vida..
Las o-eneraciones recientes van á corregir el error de las antenores, aplicándose a operar sobre los
aconteci.'.:iientos. Las indiferencias de antaño han pasado á la historia. Todos tienen interés en reformar
ó conservar lo que les rodea.
Los jóvenes podrán diferir en cuanto á la e intensidad de aplicación• de ciertas ideas, pero todos estan de acuerdo para ocuparse del bien común. Es un primer resultado apreciable que debe tener su repercusión en América.

.,
:11A~UEL

UGARTE.

�M.I.

Giosuc Carducci.
Gabriel D'Annunzio.

DA MILANO.

DA BOLOGNA. *

/ TRIBUNA DI ROi\IA. MARZO 4 1901 ) .

(TRIBGNA DI ROMA. il!ARZO 2 1901 ).

A

A GIOSUE

GABRIELE D'ANNUKZIO.-FIRENZE.

Salute e gloria Italiana pura sul tuo cammino.
CARDUCCI.
• Telegramas cambiados con motivo de la Canzone de D'.A.nnuozio In ·Morte di Giuseppe rerdi.

CARDUCCI.-BOLOGNA.

Caro e grande maestro:
"N essun plauso eguaglia per me il tuo semplice sal u to.
Ho lavorato ostinatamente per meritarlo. Grazie dell'indicibil bene.

D'ANNUNZIO.

�135

REVISTA MODERNA.

cualquiera. Naturalmente ese Ministro •no distingue á un picapedrero de un escultor, ni á un ala.rife de
un arquite~to,• pero eso es poco junto á las monstruosidades que integran la. soez personalidad de todos
aquellos r oliticastros que la pluma del novelista ha colocado en la merecida picota del m:\s sangriento
ridlculo . .. Un bello dia, tras de asonadas y escaramuzas, la. soldadesca de una. • revolución• triunfante
invade la capital, teatro de la novela, y la canalla incendiaria y asesina es acuartelada en templos, edificios públicos, en la. •Academia• por fin. Y los oprobios que el artista Soria sufre, alC'anzan su •clirnax•
cuando temiendo por sus obras llega acompaiiado de un amigo á una. sala del plantel artístico: e Las
renus, al revés del dios de la luz, miraban al techo del salón, no hacia la tierra. Los soldados entre una
frenética explosión de erotismo bestial, con las puntas de sus bayonetas habían simulado en los blancos
cuerpos de las estatuas el sexo de las diosas•......... •En las divinas alburas de las renus aparecían
con toda claridad las huellas ele los abrazos infames y el inmundo rastro de la más ruin semilla de

NOTAS BIBLlOGRAFICAS.
cJOOl,OS ROTOS• l'Olt )!A~l EL DlAZ RouRfGUEZ.-GARNIEH IIER31A\IOS. PAHI:;,

1901.

LIBROS Y REVISTAS.

hombre.,
•Cuando Alberto abarcó, en toda su magnitud, la miseria de sus creaciones, después de considerar·
las en silencio durante un largo espacio, de su garganta l&gt;rotó, rompiéndose, destrozándose, algo que
fué mitad sollozo, mitad rugido• ... ... ............ . .............. • . • • .. • • . • • •. • • • • • • • • • • • • • . • • • • • • •

..... ..................................................................... ............... ........ .
'

• A BIBLIOTECA de la América modernista se ha formado. Veo al aza1· los anaqueles de
mi librero: Versos de Darlo, Lugones, Freyre, Argüello¡ prosas de Estrada, Montero,
Berisso, Fombona .... Bajo marroquines, cueros japoneses y viejos brocateles marchito!!, lucen ahl empastadas obras memorables de eufónicos titulos sonoros: •Los Raros;•
• Prosas Profanas;• •Las l\lontaiias del Oro;• •Belkis¡• •El Color y la Piedra• .... En un
rincón obscuro como el nicho de un mausoleo piadoso, los precursores muestran sus
ol&gt;ras veneral&gt;les y robustas á manera de gruesos troncos ele árbol en cuyo alrededor brillan y cantan
todas las flores y todas las aves de la actual floresta lirica. Son los libros de Gutiérrez Nájera, de Asun·
ción Silva, de Julián del Casal, y en el oro flavo de sus títulos hay chispas mortecinas de la aureola saturnina y triste de los • Poetas Malditos,• loado!! por el Pauvre Lelian .... :\Ialogrado por el asesinato de
temprana muerte como Laforgue, considero il Del Casal¡ estremecido por ráfagas de pavorosa ironla, de
terrible desencanto como Tl'istán CorbH•t·e, discierno á Asunción Silva. Y en el alma aristócrata y mística, sensual y enforma, de Gutiérrez Nájera, no hay acaso resplandores de la regía corona de Yilliers y
granos a1·omos!ls del incienso de Verlaine? Como en un C'lmpo de azucenas enfermas albea una fraternal palidez en esas almas y en esos lamentables destinos se ahonda un negror homogéneo, como en un
cielo adverso y proceloso! Pero de expoliario á expoliario puede sostenerse que el nuestro, en el que ca~·erou esos ilustres, en el que jadean los m'\rtires presentes, e!:I el más cruel, el más implo, el más encarnizado y el más sangriento. Allá es un verdugo que aplasta con decisivo golpe de maza, aqul junto al
victimario ha.y un insólito y sabio cJ:mlln de los Suplicios• y un tropel airado de ululantes masticróforos! Allá el Olvido tiene resurrecciones y hay apoteosis póstumos. Aqul la rama del Olvido puede llevar
la momia de un faraón á la pira crematoria, hacer un tenaplén del hipogeo y arrojar luego las cenizas
al hmacán más raudo del Nirvana. No es idéntico sucumbir crncificado en un calvario á perece1· empa·
lado en Tumbuctú, :i morir bajo el salvaje sílex del scalp ....

•!dolo~ Iloto!:I,• la hcr'.11osa novela de :itanuel Diaz Rodrlguez, que de París acaba. de llegarnos, ha
exacerbado en nuestro_ ánimo las desoladoras ideas acabadas de emitir. Novela de tesis si se quiere, pe·
ro s?brc todo ol&gt;~·a vahen te y noble de verdad y de justicia. Diremos en bre\·es palabras la esencia de
su simple y pal_pirante argumento. El héroe Alberto Soria, enviado por su familia á París para completar en la mond1nl metrópoli sus estudios de ingeniel'O, siente ah[ que su sincera. vocación se levanta sobre las insinuaciones del inter(•s práctico y sobre la voluntad paterna, y el ingeniero dejando monteas v
e_stereotomlas se encierra en los talleres de i\Iontrna.rtre hasta surgir con un hermoso mármol que la criuca celebra Y que en un •Salón• alcanza la medalla de plata. Yuelve A su país por asuntos de familia,
dt&gt; la que es mayorazgo, y con el regreso á ese medio misera.ble y rnin, comienza su •vla-crucis.• La
cultura p?r él alcanz~da no tiene aplicación posible en aquella sociedad de cursis vanidosos, de palur~os ~n.fáuc?s, ~e pollt1cos z~~os, elevados de un dla á otro merced á las turbias revoluciones y á las mAs
1mpud1cas mtr1gas. La env1d1a llega á insinuar que la. escultura premiada en París no fué obra de Soria
sino la de un artista mix abois y sin escrúpulos que cambió su genio por dinero. Para nulificar la vil \'.
grosera calumnia el artista modela con morena arcilla de la •tierruca, la fracrante nubilidad de una V~uus criolla que junta con una ninfa, tambiL•n ob;·a suya, regala generosamen~e ú la Academia de Bellas
Artes. En~relazado con dos ~morfos desgraciados que dan pretexto al autor para pintar magistralmen·
te una sene de cua,lros de genero d'ap1·es nature, vividos y perfectamente observados si.,.ne el martirologio _del artista. _se trata de la. erección de una estatua á un héroe, pero como para ~je;utarla no es
necesario ser el meJor escultor, sino _el adulador más listo y el cómplice de los que de Presidente abajo
quieren robar con ese pretexto; el Mmlstro, dlas antes mayordomo ele hacienda, Je da el encargo á un

-•Alfonso tenla ra.zón-pronumpió-Alfonso tenla razón cuando me dijo que me fuera. Yéndome
entonces, cuando él me lo dijo, me hubiera lleYado quizás algo intacto, me hubiera llevado quizás casi
entero el buen am0i' de la tierruca. Alfonso tenla razón: nadie tiene derecho á sacrificar su ideal. El su·
premo deber de un artista es poner en salvo su ideal de belleza. Y yo nunca., nunca realizaré mi ideal
en mi pals. Nunca, nunca podrá vivir mi ideal en mi patria. ¡'1i patria.! ¡1fi pals! ¿Aca,o es ésta. mi pa·
tria? ¿Acaso es éste mi pals?•
• Y antes que en lengua bárbara, la bota. fúrrea. de nuevos conquistadores, la. de los bárbaros de hoy,
venidos también del norte como los l&gt;árbaros de ayer, la. escriba para. la turba. infame, ciega ante la ver·
dad, sorda al aviso, el artista calumniado, injuriado, humillado, escribió con la sangre de sus idealt-s he·
ricios, dentro de su propio corazón, por sobrn las ruinas de su hogar y sobre las tumbas de sus amores
muertos, una palabra irre,·ocable y fatidica: Frn1s PATRLE, ..... .
Para llegará tan amargo desenlace, que narrado por nosotros puede pa1·ecer violento y atrabiliario,
el protagonista sufre cuanta. humillación y oprobio pueden herir y laeerar á un sér huma.no. La indiferencia, la incomprensión de todos, la bárbara. ironia. del Mufle que al contacto de todo intelectual ruge
como chacal hediondo á la vista de un posible beluario¡ las infames intrigas que tornan por blanco al artista. y acaban con su amor romántico r con su enredo pasional, y por fin el supremo ultraje final. ..... !
El monstruoso caso de barbarie social estudiado en cldolos Roto~• tiene una enorme trascendencia,
y aunque el autor quiera radicado en Caracas, es, á nuestro juicio, un problema. de teratologla social
común á todas ó á casi todas las naciones de la América latina, en donde el Arte y la Belleza son despreciados por quienes deberían comprender sus altos fines, por quienes debel'ian estar persuadidos de
que el Arte y sólo el Arte puede, sobre otros esfuerzos, consagrar una. ci\·iliza.ción! Xo nos sentimos tan
pesimistas para creer que uno por uao de los sangrientos golpes de flagelo con que Dlaz Rodrlguez fustiga á •a bárbara sociedad de !;U novela convengan á todas las sociedades de América. i\It•xico, por ejemplo, está en ese sentido mu,\· por encima respecto de Caracas, pero no por eso ha resuelto el grave problema. de encauzar provechosamente en sus arterias, las corrientes de intelectualidad y suprema cultura
que hoy circulan como perdidas, como sin objeto, sobre la periferia del organismo social. No hay aqui
iconoclastas como los de ,!dolos Rotos,, que á golpes de &amp;us indignas armas destrocen el gálibo sagra·
do de las estatuas, y para encontrar un hecho semejante tendriamos que regresar á un pasado, por fo1··
tuna muerto hoy para siempre¡ pero no por eso deja nuestra sociedad de adolecer de muchos de los morbosos y lamentables síntomas que al rojo fulgor del cauterio de Diaz Rodríguez, vemos corroer como
una inmunda lepra el cuerpo de una nación hermana. La novela cldolos Rotos• toca y mueve los inte·
reses de un grupo que engrosa cada dia más en América, a.l analizar cuál es el estado de la. joven inte·
lectualidad, perdida entre la estultez barnizada. y la barbarie vergonzante de los países la.tino-americanos y por eso está llamada á tener una grande y merecida resonancia.
Como obra literaria cldolos Rotos, es la obra de un escritor que domina su m etier, vertida en un
estilo sobrio, claro, harmonioso y florido, lleno de imágenes j ustas y brillantes, abundante en l(•xico y
con un vigoroso sello de modernismo.
Algo quisiéramos cita1·, ciertas descripciones, una magnifica tirada sobre la influencia de Parls en
el alma de los jóvenes emigrantes americanos, y por no quedarnos con el deseo, véase cómo contesta el
protagonista. á quien le habla laciamente de transigir con la estulta sociedad aquella:
-•No te comprendo, Pedro. Unas veces hablas de luchas y te dices luchador, y ahora hablas de
accmodarse al medio. Son dos términos contrarios. Quien se acomoda. al medio es un s(,r pasivo: no lucha. Acomodarse al medio es deponer las armas, ó el arma por excelencia: el carácter. Y el carácter es
todo el hombre. La lucha no es amoldarse al medio, sino combatirlo, modificándolo, haciéndolo á nues•
tras aspiraciones, á nuestras virtudes, á nuestro ideal.•
Y véase ahora cómo entienden su ejercicio ciertas democracias:
c¡Ay de aquel que revelase de algún modo poseer una facultad sobresaliente! la democracia lo exclula, sometiéndole á cuarentena como á un apestado, ó aislándole para siempre como á un leproso.
Expresar ideas propias, tener un ideal de justicia, aptitudes, orgullo del propio valer, sobrepujar

�ARo IV

REVISTA MODERNA.

136

siquiel'a en unas pocas lineas el nh·el de los otros, eso bastaba á se1· inmediatamente sospechado por lo
menos de oligarca. Habla llegado á entenderse por verdadero demócrata un hombre desnudG de méri•
tos, desprovisto de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos zoológicos, falto de pulimento, re·
cién venido de la hez para honra y glol'ificación de la canalla.,
Como una simple belleza literaria véanse estas consideraciones, cuando dos amantes sin haber for•
mulado sn afecto, comprenden, en silencio, que se aman: •Las palabras no sólo hubieran sido inútiles;
brutales hubieran sido, como las guijas con que un chico vagabundo rompe el claro sueño de una fuen•
ta. Los dos lo co1nprendlan y callaban. Sus almas, hasta esa noche oprimidas, necesitaban del silencio.
En el silencio parecfan dilatarse como en la espes_u ra de las frondas la garganta del ave antes de rom•
per en trinos. Y asl dill\tadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besándose y acariciándose, al tra•
vés de los brazos trémulos, como deben ele acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos rosas, ,si de mal de
amores padecen alguna vez las rosas, los rnbles y las llamas. •

MÉXICO,

11\

QUINCENA DE MAYO DE

1901

REVISTA MODERNA
AR T E
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dtiblá11,

Concluyo. La novela de Diaz Rodríguez, literariamente considera.da, es· obra que ~erece el amor y
el aplauso, aun de los artistas exquisitos; pero como obra sociológica, como noble reacción de un esplri·
tu re_belionaclo por intolerables infamias, como valerosa protesta contra un vergonzoso y deplorable estado social, su mérito es mucho mayor.
Y al cerrar ·el lihro dos contrarias impresioaes depl'imen y exaltan el ánimo: la ignominia de que
existan sociedades ahogadas por el cieno espeso de tan criminal barbarie y el oí·gulloso placet· de mirar
que en plena frente de esa ciudad beocia y relajada se lev1rnte ht. mano de hierro de un moderno Juve•
nal implacable que á formidables golpes de martillo clave en la frente impura su obra de castigo y ex.
piación, sangrienta y corrosiva como un pasquln, noble y vindicadora como un laudo de tl'iunfante jus·
ticia.

Han llegado á esta Ite&lt;lacción las siguieutes Llevista...~ y Liuro~:
• L'Essai L'ittéraire • Revue mensdelle. Urgane du Salon des poet(•S. Parí,i, Févriér, 1901.
•L'Rrmitage.• París. Févrit'lr, 1901.
•El Cojo ilusfrado.• Edicición quincenal. 1° i\Iarzo, 190L. Carneas.
• La Albol'aJa,• Semanario de letras. 3 Febrero, 1901. :lfontevicleo.
• Venezuela Ilustrada • Quincenario de Ciencia y Letras. 15 y 28 Febrero, 1901.
cl 'ida social.• Semanario de Literatura. Buenos Aires, 3 y 10 Fehrero, 1901.
• El Con·eo Lite1·a1·io.• Semanal. Buenos Aires, Enero y Febrern, 1901.
cEl Pensamiento Latino.• Santiago ele Chile, Enero y Febrero, 1901.
•La Revista.• Parls, Marzo lº, 1901.
• El Tritmfo del Ideal.• Novela de Pedro César Dominici. París, 1901.
•Episodios Militares :Mexicanos• de nuest1·0 colaborador Heriberto Frias.
•Estudios filo~6fico11 y sociales• y •Sociología y Ciencia Económica• de Enrico Piccionr, de Sautia•
go de Chile.
Almanach Popular Brazileirn para o anno de 1901.

J. J. T.

l

NúM. 9

•

'

..

A.urnontA DE J.A PRJl!AV8RA, UN DE1'TAOUO.-J30TTJCET,LT.-FrnEN'ZJi).

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

�)06

REVISTA MODERNA.

EL DICTADO DEL MUERTO.
éuando entramos al pequeño recinto de las sesiones espiritas, algnnos fanáticos esperaban con rostros de mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congregadas de VanEyck en las re;.les tapicerlas de España. Silenciosos,
mansos, vacuos, en abatimiento de grey carneril,
tenlan su anlmula presta á desligarse del cuerpo
mal alimentado con legumbres al uso de Comaro,
para dejarla pacer anchamente en los Campos Eliseos de la boberla. No pude reprimir mi desagrado al dominar de una ojeada el escenario é imaginarme fugazmente la comedietta que seguiría, y
saludé parsimonioso al Honorable Sr. Llaven que
se adelantaba hacia nosotros mlsticamente afable,
con la beatitud de-lln inquilino de Sión.
La visita procedla de mi amigo que me habla tentado:
-Ven; es un caso curioso y raro: una histérica,
admirable medium escribiente á. quien se le acaba
de mori1· su prometido, que desea saber las primeras impresiones del espiritu amado, en su vida ultra-terrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes, errantes, flameado res, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su perfil asceta de visionaría apocaliptica, irradiaban una fascinación irresistible.
Colocado yo en un ángulo de sombra 1 pude observar sin 1J6r observado la organización admirable
de la medium para la transfiguración cataléptica,
su nervio~idad excesiva, perturbada osten~iblemente por sacudimientos vibrátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su lasitud pectoral
amenazada de commnción, en tanto que Panurgo
abrla á su aprisco una estrecha rendija de Jo incognoscible y por ella se precipitaba, atropellándose, la venturosa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel reb11;jo de sanchos auténticos.
Al olr la voz dtll sugestionador que la llamaba
para la prueba suprema, la joven se estremeció
como si s1tliera de un suelio, avanzó dócil, anhelante,-¡por fin iba á realizar su ensuelio de comunicación con el amaclo!-y en breve no fué en manos
del hipnotizador sino una materia dúctil, una máquina humana que provista &lt;le lápiz y papel escri·
bla febrilmente, cou r eligioso pasmo ele la grl'y
cougn•gad11, cscribla con rapidt'z taquigriifica, has•
ta que el Sr. Llaven, co11sult11.nclo su reloj, coitó la
conexión del e~ph itu trnnsmisor, y por merlio de
tres habillsimos p11ses hizo abrir los ojos enloquecidos á la j oven tJU«&gt;, trabt11billante, soñolienta aún,
fué á ocupar su a11t11rior sitio.
El Sr. Llavcn, bin ahandona.r su beatifica flebili·
dad, ib:i. :\ hacer tal nz una blntei;is riel escrito leyendo llll'lltalmcmte, ClHln&lt;l.o á lllS pri,uel'IIS lineas
lo vl palidecer y v11cilar .... El auditorio r~pet:taba, y el 1,uges1io1111.dor, haciendo un gran ebfuerzo
para dominar su turbación, dijo fatigosamente:

- El esplritu evocado goza de bienaventuranzas
eternas .... os bendice y os exhorta al bien .... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré
su voluntad .... Y vos también, bija mla-añadió
dirígiéndose á la joven que escuchaba tremulante
- hasta entonces oireis su palabra .. .. os ruego que
espereis .. . .
Y como todos se levantaran obedientes y se despidieran unos á otros con humildad de bienaventu•
raclos pobres de espíritu para quienes fué hecho el
reino de los cielos, increpé á mi amigo sacu diéndole
un brazo:
- ¿Crees que también soy del vil rebaño? .. . . me
has traldo á ver un caso curioso y raro, y yo quiero
leer lo que hay escrito en ese papel!
-¡Yo también quiero!-dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador, se apoderó
del papel olvidado sobre la papelera y huimos á un
café, donde ya solos leimos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la espantosa
revelación,
Alma:
Todas las torturas del infierno, todos los suplí·
cios infamantes de los precitos, inventados por la
locura de los hombres, no son comparab!es A la
despedazan te agonla que he i.ufrido en mi lecho de
muerte y en mi sepultura maldita!. ... Yo yacla vivo, vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte,
de perpetuar la fiesta de mi juventud inmortalizada por tu amot! ... . l\Ialdición! y un médico igno•
rante habla declarado que yo estaba bien muerto! .. .. Mi catalepsia provocada por el ataque agu•
dlsimo de neurastenia que sufrí, habla paralizado
todos mis movimientos, las manifestaciones más
sutiles de mi vitalidad latente en el núcleo de mi
corazón, esparciendo un fdo cadavérico en mis
miembros rígidos .... pero yo ola y pensaba, y era
un tormento abominable saber los preparativos de
mi entierro!.... Oia el llanto lamentable de los
mios, el llanto de mi madre que sollozaba dtil fondo
de sus entraiia~, el llanto de mis hermana~, cuyo
amparo ful, y los gritos deRgarradores tuyos, tus
gritos de amor y delirio que me partlan el cora•
zóu! .... Cuando te sujt&gt;t11ron por fuerza y te arran•
Cllron de mi, ol la carc11jad11. estridente tle tu ner•
viobidad exasperada por el dolor, y al alt•jute de
mi ebtaucia compre11di que me arrancaban la últi•
ma esperanza de \'Olver á la vida!.... Mi espanto
crecía desmesuradamente á cada instante que volaba .. . . Los cuchicheo!! de los dolientes que acudían atraídos por el miedo tenebroso de la mue1 te,
me haclan sufrir pavuras indecibles. ¡.\h! ellos no
sablan si estahn11 tan próximos como yo A saber lo
que era la muerte!. ... La impotencia de hacer pal•
pable mi vida me exe.speraba hasta el vé1 tigo¡ mi
razón se entenebrecla con la noche de la locura 1

REVISTA MODERNA.

107

por un prodigioso esfuerzo volvla á la lucidez con del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe
la sarcástica_ilusión de que pasarla mi catalepsia c?n la venda sempiterna de la esfinge; y mi festina'.
antes de ser rnhumado. ¡Dolo!·osa irrisión de mi an- c~ón _de creyente, de contrito, de piadoso, de propohelo febril de vivir!. .. No parece sino que tenlan s1tano en proclamar á mi Yuelta al mundo las exprisa de deshacerse de mi! Apenas habían dejado celencia~ de la Inmortal ~Iisericordia, se atropellala e_stancia mortuoria tú y mis hermanas, piadosos ba en m1 cerebro enloquecido ante la videncia de
panentes se encargaron de la fúnebre tarea de la ten~brosa realidad!. . . . Cortó mi ruego sin fin
vestirme para tenderme; yo lo sabia por las palabras un ruido de pasos que me circundaban y escuché
que murmuraban en torno mio. Después compren- frases que me cercioraron ele que la hora de llevardi que me p~nlan en el ataúd augosto donde debla me al cementerio habla llegado . ... ¡Maldición!. .. Un
yacer para siempre, y me trasladaban á una pieza terror inconcebible se apoderó de mi, quise gritar
en cuyos ángulos se agrupaban las plañideras en- c~n todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodicargadas de ronronear camándulas por mi Anima
gioso romper los lazos invisibles que ataban mis
las veladoras de oficio, aborrecibles en su aparien'. miembros rlgidos; pero á despecho de mi voluntad
cia de aves negras de los cadáveres!. . .. Las horas ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible:
pasaban con tediosa mono ton la para ellas pero con me ~bedeció, ni mi lengua vibró con la menos perverti~inosa velocidad para mi, que rene¡aba de la ceptible contracción, ni mi garganta emitió el meestupidez humana y de mi fatalidad inexorable! . . . nor aliento que no al'l'ojaron mis pulmones fosiliYo tenia dos amigos, médicos inteligentes, y anhe- zados, ni mis párpados, ni mis labios, ni mis vértelaba que alguno de ellos me visitara en mi lecho bras, ni los flexores del dorso de mis manos ni mi
de muerte y que por curiosidad, ya que no por tórax, ~ue yo juzgaba jadeante y henchido 1por la
af~cto, me ex~minara para cerciorarse de si ya no angu~tla y el espanto, ni mis flancos que en plena
e~1stla; pero, o no sabian mi fallecimiento ó no qui- posesión d~- mi sensibilidad se hallarían palpitantes
sieron molestarse en concurrir. El silencio del can- c?mo los h1Jarcs de un perro fatigado, ni mts artesancio en quienes me velaban, la suspensión de Jas nas que con tan tremenda sobreexcitación hubiepreces por el sueño de las plañideras, fué para mi ran estallado ... . ¡nada, nada obedecla á. mi volunmás espantoso todavla que el cuchicheo; preveía el tad impotente! ... . Si alguien me hubiese auscul momento definitivamente fatal y un tel'l'or incon- tado el corazón oprimiendo su oIdo sobre mi pecl¡o,
mensurable me hacia luchar inútilmente por rom- n~ habrla percibido sus tenulsimas palpitaciones:
P_~r °:'i odiosa apariencia mo~tal, mas Ja paraliza- m1 pecho erll l.\ losa de mi sepulcro y sobre él hacion rnvencible hacia que se estrellara mi rebeldía brla sido impotente la sensibilidad de un micrófoinútil con una impotencia mil veces cruel! . .. . Re- no!• . • • l\Ie levantaron! .. . . Lo comprendl con tecorrla ya minuciosamente mi vida, con avidez des- rror inmedible en la explosión de lamentaciones laenfre~ada, á fin de recordar qué crimen, qué mons- crimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en
truosidad habl'ia cometido para merecei· aquel el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd
t'.·e~ind~ castigo, y no encontraba en mi requisito- los mios me vieran por la última vez . . . . ¡Dios tre'.
na mflex1ble méritos bastantes á justificar suplicio men~o! Un martillazo estridente, lúgubre y seco,
~an horrendo!. ... ~Ie llevarían, asl, consciente é
me ~izo saber que clavaban la tapa, que me ahemerme, los :e_rdugos sanguinarios é irresponsa- rreoJaban para siempre, que me proscribían de los
bl~s, _los hom1c1das tenebrosos bajo la apariencia vivos, que me condenaban para toda una etemidad
afltct1va de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo! y á la muerte, á la putl'Cfacción, á la nada! l\fe veía
m~ en_terra_ri~n _vivo! Dónde estaba, pues, aquella inter!or~ente roldo por los gusanos que holgaban
m1senco1·cl1a mfinita que los hombres han prego- en mis pustulas, que se multiplicaban en mi carne
na~o en su cobardia delincuente como supremo disuelta .. . . ¡Condenación! Y yo estaba vivo vivo
ah'tbuto de la Divinidad? .. . . í mi impiedad se es- Y me entregaba asl, odiosamente inerme, á que
' me'
p_a ntaba de su formidable impr11cación, y cala de la echaran como pasto putrefacto á la voracidad de
cu~a de su soberbia á la sima insondable de sumi- las larvas inmundas!. . . . Contaba con estupor los
sena, Y ~e lo ~~s profundo de mi alma apostasia- mar~illaz~s que daban á cada clavo . . .. ¡era una
b~ de mi_ r_e,behon y me prosternaba en el polvo de horrible smfonia la de los martillazos y el llanto!...
m1 contnc1on demandando gracia cou ardiente fe Cuando se cercioraron de que la clavazón era her•
en _el p~odigio · · · · •¡Señor! que d¿scienda hasta ml mética, de que no podrla escaparme para venir por
tu mfimta misericordia! Tú que resucitaste á Lá- las noches á _llorar mi desventura en los sitios para
~a~o! Tú que resucitaste al hijo de la viuda de mi más quendos, me alzaron en hombros y me lle•
a1m.1 Haz, Seiior, el milagro, pequelio para tu por• varon!. • .. Y mi pobre corazón lacerado, despazatentos_o poder, de redimir mi apariencia mortal! do, triturado, venciendo en su poder de entraña
Auxlhame! Sálvame! Tú, el único Todopodero- más noble que mi cerebro quebrantado, abrió Arau'.
so'•
. m1stico
. Y mi deseo vehemente
· : · · · y mi. d e 1·mo
dales la fuente viva de mi dolor y geml en mi AniY_ m1 locura de vivir para amarte ¡oh alma que has ma con la amargura dolorosa que no ha existido jasido amada como ninguna lo fué en la tiel'l'a! se más'.• • • •. l\Ie pusieron en un tranvla fúnebre cuya
~strell_a~~n como mi rebeldla irreductible ante la trep1dac1ón me torturaba horrorosamente y yo ola
tmpas1b1hdad de lo irremediable! Mi rogación deli- la vid~ resonar en torno mio, la Yida coJmenaria
rante, de amarga y dolorosa vehemencia me abis- de la ciudad estruendosa, y una angustia infinita
maba en
· msondable
·
'
. la voi•ágme
que ha tragado
á la se anudaba como vlbora constrictora á mi corazón
:~m~mdad durante dos milenios en la divinización pasionante Y me mordla para inocularme de nuevo
e milagro; y náufrago, perdido en las entraiias el virus viperino de la rebelión! . . . ¡No! iDioll de
1

�REVISTA MODERNA.

ros

REVISTA MODER~A.

Dios! .... aquello era formidablemente injusto como es omnipotente el poder divino, y yo acusaba á
Dios de implo, y mi alma blasfema lo apostrofaba
con los dicterios más candentes, en explosión de cóleras horrendas·que solamente los conde.nados del
Cócito pueden formidar!. . . . La ciudad quedaba
atrás con una vertiginosidad kaleidoscópica; el trayecto no fué para mi más que una ilusión de trayecto, y con una lejana vislumbre de sensibilidad
exterior, sentí cuando el carro se detuvo definitivamente á la entrada del panteón, y que manos
abominables se apoderahan de mi, y me bajaban
¡oh.... si! me bajaban! y me conduelan atropelladamente al lugar del camposanto, del campo mald!to
donde estaba abierta mí sepultma! Tormentos rndecibles, ~orturas sin nombre me corroían como
corrosivos hirvientes .... ¡Ah! era, pues, consumado mi sacrificio? .. . . Me suspendieron en el aire. . ..

¡Maldición de maldiciones! y :ne bajaron lentamente hasta que cal para siempre en tierra, en el f?ndo de mi sepulcro! .... Entonces sen ti un zumbido
sordo, como de riada que desciende, en mí cráneo,
en mis sienes, en mis arterias. . . . ¡Era la sangre,
la san"'re vivificadora que se precipitaba de nuevo
en mi ~rganismo para bañarlo con su riego de vida!. ... En este instante supremo, oi con terror inconcebible un ruido sonoro y siniestro sobre mi
ataúd ¡la primera paletada de tiena! y luPgo un
redoble furioso que cala cada vez más sordo .. • • .
¡Dios mio! Dios de piedad!. ... Me entenaban!. • • •
Me habían enterrado!... . Dios de misericordia! • • •
Y yo respiraba trabajosamente .. . . Yo abria los
ojos . ... ¡Yivo! . ... al fin vivo! .... Y la asfixia.• ••
(Aquí fué donde el Honorable Sr. Llaven consultó su reloj.)
RUBÉN

1901.

ME~íORIA ETERNA.
En luz medrosa baña los ampHos ventanales
'.\furiente sol de invierno que al misticismo invita;
Mas, dentro, llena el alma de ensueños ideales,
No espera ya los dulces coloquios nocturnales
La. célebre germana, la rubia l\largarita.
l\lirad: cercano al busto de un héroe legendario,
Sus enpolvadas hojas muestra el devocionario
Poder que en esperanza toda amargura trueca;
Y venerable amiga del cofre centenario,
Junto al hogar sin lumbre parada está la rueca.
No suben á la estancia desde el jardín vecino
Canciones de la alondra, ni esencias de las flore~;
Ni, al bienhechor influjo de un hálito divino,
Triunfante del penoso letargo vespertino
Yibrar la niii:i. siente In voz de los amores.
Pasaron como sombras las pláticas aquellas
Gozadas al cobarde fulgor de las estrellas:
Pasó de l\lefistófeles la intensa carcajada .. . . ;
Y en torno i1 la vetusta mansión abandonada,
De Siebel y de Fausto borráronse las huellas.
¡Oh tiempo inexorable! ¡Titánico verdugo!
¿Quién á tu loca marcha de vencedor resiste ... . ?
Humildes y potentes sucumben á tu yugo;
Y sólo vida eterna reconocer te plugo
A la fatal historia del alma de algún triste . . . .
Cuando el linaje humano, viril y:arrepentido,
Al Nazareno siga con paso decidido,
Homéricas legiones que el universo aclama,
Pontlfices y r0yes de cegadora fama,
Cayendo irán al vasto sepulcro del olvido.

M. CA~IPOS.

109

Mas tú, fiel Margarita, por bella sin ventura,
Tendrás férvido culto y adoración segura
'.\fíentras Amor las almas de resplandores vista . . ;
Y habrán de consagrarte eu pago á tu dulzura
S us ansias cada novia, su genio cada artista.
L UIS

BARREDA.

:\1éxico, 1901.

DOLIENTE.
A JESÚS URt:ETA.

ha, la empujaba por la pendiente lúgubre de la miseria.
Vendió sus trajes nuevos; vendió casi toda su ropa blanca, y - pero, oh Dios, ¿no eres bueno?-tuvo que vender casi toda la ropa blanca y los trajes
nuevos de Celia; aquellos trajes queridos que tan
linda hacían á la niña!
Y el otoño corrla; y vendría el invierno. . . . el
invierno del norte, helado, amargo, cruel, espantoso para el pobre. ¡Qué seria entonces de ella, sin
telas gruesas, sin comidas vigorizantes, sin fuego!
¡Qué seria de Celia, que nunca se quejaba porque
todo lo comprendía, pero que iba palideciendo, palideciendo rápidamente, como una joven rosa en•
ferma!
Un día no hubo para comer. El día siguiente
tampoco habría, ni el tercero, ni el cuarto, tal vez
nunca más .... Ah! el espectro fatal cómo le verla
llegar, haciendo su mueca honible, y llevársela, y
llevarse á Celia, á su hija!
Entonces fué cuando recibió una carta del señor
inglés que habitaba el principal de la casa .... Era
soltero; rico. Habla visto á Celia; le gustaba. No
podía casarse con ella, porque pensaba no casarse
jamás. Pero la tendría como á una esposa. La dotarla; la educaría, y si era buena, más tarde ... .
¡quién
sabe!-Y acompañaba la carta con una fuerA la muerte del esposo-destenado de la patria
por causa política-triste, aislada, sin dinero, con te suma de dinero.
Noche tremenda esa noche para la pobre madre.
una hija, Celia, de catorce años, se encontró la po·
bre señora en la ciudad inmensa como el viajero Su hija desde temprano dnrmia un sueño pesado,
producto del desfallecimiento físico.-Empezaba el
perdido en medio de un bosque enorme y feroz.
Sabia de piano; buscó discípulos. Pero ¡bah! qué invierno; la nieve golpeaba, blanda, te; ca, el techo
padres ricos confían la educación musical de los y los cristales de la ventana, en cu~·as rendijas gehijos á una desconocida? Y los padres pobres . . .. mla un viento fino, helado, punzante.-Cubrió A la
bija con la única manta de lana que poseía, y ~o
esos no tienen piano.
¿Trabajar en otra cosa? ¿Cómo? Ella, una plan- sentó á la cabecera del lecho miserable. No sentia
ta de los delicados jardines hispano-americanob! frío; no tenla ya hambre. El sacudimiento rudo
No vislumbraba luz alguna salvadora. El mañana que le había causado en el alma la carta, le hacia
se le ofrecía fatídicamente impenetrable .... Y en- insensible el euerpo .... ,¡:\1añana!• Y en la som tre ella y la patria el océano y tierra, mucha tierra bra, percibiendo como en un sueño tenebroso la
respiración débilmente rltmica de Celia, apretanextraña!
Comenzó á vender sus pocas alhajas. Las vendió do entre la mano crispada la carta salvadora y
todas. Así pudo comer ella; así, sobre todo, pudo cruel, se répetla esta palabra, que en el cerebro
comer la hija un corto tiempo. Luego vendió los enfiebrado le zumbaba siniestra y tenaz.
¿Rehusar? ¡Y su bija! Ella, la madre, podía momuebles, uno á uno. Dejó la habitación cómoda que
ocupaba por un cuartito en el último piso de la rir; estaba ya resignada; bastante babia s-.ifrido, y
misma casa .... Y la existencia se le iba haciendo la muerte seria el descanso, el olvido. ¡Pero su hija!
cada vez menos posible, y el infortunio la empuja- No, eso no debía suceder; no queda que sucediera.

-Cuando veo-me decia el anciano médico mi
amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su
bastón de ébano, sentados los dos en la banca más
sombda del parque, una noche en que por entre el
follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las
11guarda, tal vez, un matrimonio honroso que se
celebrará con tocia la pompa de los rituale3 mundanos, recuerdo en seguida á aquella otra madre
desdichada, á quien, en los primeros años de mi
profesorado, asistí en su enfermedad mortal- un
caso de hipertrofia del corazón-y quien me hizo
la confidencia de la última era de su vida, allá en
la mareante y portentosa ciudad de las audacias
imprevistas .... Esa confidencia la escuché una semana antes de morir la enferma; un dla de primavera, en que la tierra toda vibraba en un delirio de
vida y toda la atmósfera rela, con risa feliz, bajo
la caricia intensa del sol.

�REVISTA MODERKA.

REVISTA MODERNA.

110

Ella no tenla el derecho de quebrar la existencia
en capullo de la joven; no tenla el derecho de destruir aquella nave nueva que estaba aún á la OTilla del largo, del hondo, del enigmático mar de la
vida.
¿Aceptar, pues? Y su educación inolvidable; su
educación severa y religiosa, que la hacia mirar el
concubinato como un acto criminal, como el envilecimiento del amor, tan noble si el matrimonio lo
consagra! ¡Y ahora se trataba de su bija! Era su
bija quien se uniría sin matrimonio, sin amor, á un
desconocido!. . .. Y estrujaba entre las manos 111
carta; y, trágicamente visionaria, miraba modelar·
se, poco á poco, en la sombra, al espectro fatal.
Rehusar!. ... Aceptar!. ... Por un rato grande
estos pensamientos contrarios estuvieron luchando, luchando. Después, como cansados, quedaron
inmóviles, y parvadas de recuerdos de la vida pasada le asaltaron el cerebro.
Los recuerdos azules! Tenia quince años, uno
más que Celia; estaba toda de blanco en un baile de
confianza, y valsaba con un joven gallardo y correcto. Le parecia oír, clara, precisa, evocatriz, la
música de aquel valse; le parecía oir, timida, vibrante, turbadora, la voz pasional del joven, del
que fué después su esposo. ¡Ah los placeres dulces
y castos de los amores de novios; las impresiones
profundas, reveladoras, de la primera noche nupcial! .... ¡La bija!
Llegaron los recuerdos grises.-La pasión política del esposo; su ocupación constante en planes
revolucionarios; sus continuas ausencias de la ciudad; su indiferencia de amante, La guerra civil; el
esposo preso. El destierro!
Y llegaron los recuerdos negros.- La enfermedad lenta, indomable, del compañero amado, del
apoyo fuerte; el agotamiento de la escasa fortuna;
el país extraño. La viudez; ella y su bija aisladas;
la pobreza ..... la miseria ..... el hambre ..... la
muerte quizás! Y volvían los pensamientos contrarios á comenzar su lucha, y volvía á estrujar entre
las manos la carta del señor inglés, y volvía á ver
modelarse, poco á poco, en la sombra, al espectro
fatal.
As! la sorprendió el alba; una alba brumosa, anémica, tiritante, como precursora de un día triste,

triste, Y en la gloria lívida de aquella alba, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración
débilmente rítmica de la bija dormida, apretando
entre la mano crispada la carta salvadora y cruel,
•jhoy!•, se repitió mil veces la madre, y esta palabra, en el cerebro enfiebrado, le zumbaba siniestra
y tenaz.
Tuvo que aceptar .... ¿El honor? ¡Oh, es verdad!
El honor! Y que el hambre apuñalée el cuerpo, y
que la desesperanza desgarre el alma, y que se vea
á la hija adorada palidecer, palidecer rápidamente, como una joven rosa enferma que '"ª á morir!
Aceptó, Mas desde aquel dia-á pesar de que su
vida material fué holgada; á pesar de que en su
nueva habitaci&lt;in decente la visitaba todos los dlas
Celia, que sanó del modo rápido como habla enfermado y adquirió toda su frescura brillante, toda
su belleza exquisita, toda su nativa elegancia- sobre el corazón de aquella madre la tristeza lloraba
un llanto continuo, que lo fué hipertrofiando inexornblemente.

Pobre mujer! La última vez que la vi estaba tendida, rlgida y enlutada, sobre el lecho blanco. El
fulgor de una lámpara broncinéa, filtrado por un
globo azul, le envolvía el rostro, contraido por el
supremo escalofrio, en un velo sutil, vago y misterioso; y dos lágrimas se perlaban sobre la raya de
los párpados apenas abiertos, como si la l\luerte,
al beber en aquel doloroso vaso humano, hubiese
arrojado allí las heces del licor amargo de la Vida .... Y aquella noche de primavera la tierra to·
da, en el deleite de un ensueño, suspiraba, y toda
la atmósfera sonreia, con sonrisa feliz, bajo la caricia dulce de la luna!
Ya sabe usted por qué- terminó, irguiéndose, el
anciano médico mi amigo, mientras la banda militar, que babia callado, esp&amp;rcla otra vez por entre
el follaje espeso del parque sus jocundas fanfarrias-cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á las madres ricas, sanas, alegres, triunfales,
1·ecuerdo en seguida esta historia lejana, triste, triste y fiel. Y ella se sucede en el mundo eternamente, quizá!
DARÍO

Colombia.

H~RRERA.

ELTRANVIA.
Había un obrero muy trabajador cuya mujer era
buena, cuya hijita era preciosa. Habitaban en una
gran ciudad.
Para el día del santo del padre compraron una
hermosa y fresca lechuga y un pollo que asaron.
Y todo el mundo estaba contentísimo aquella maIiana de domingo, hasta el gatito que contemplaba
l11, gallina con aire picaro, prometiéndose tiernos
huesos que roer.
Almorzaron, y el padre dijo:
-Vamos, por esta vez, á pagarnos el tranvía y
pasearemos hasta los alrededores.
Salieron.
Hablan visto, muchas veces, elegantes señores y
Trad. de e Revista l\Ioderna• ).

hermosas damas hacer seflas al cochero del tranvía,
que paraba inmediatamente sus caballos para que
pudieran subir.
El buen obrero cargaba á su hijita y él y su mujer se detuvieron en la esquina de una hermosa
calle.
Un ómnibus barnizado avanzaba hacia ellos, ,:asi vacío. Y sentlan grande alegria pensando que
iban á subir por cinco centavos cada uno. Y el
buen obrero hizo seña al conductor para que detuviera los caballos. Pero el conductor, viendo á
aquella pobre gente, los miró con de~precio y no
detuvo el carruaje.
FRANCIS

JAMi\IES.

\

LA ~[J[Z
A L U IS BARREDA,

Junto con los silvanos juguetones
Animó las florestas sosegadas,
Y ensefíó á las sonoras enramadas
A repetir sus rústicas canciones.
A la sombra de glaucos pabellones
Desfloró pudorosas hamadriadas,
Y corrió tras las ninfas asustadas
Al par de los centauros garañones.

Hoy el soplo glacial de los inviernos
Ha doblado las puntas de sus cuernos,
Su flauta de carrizos está muda,
Y lleno de pesares y congojas,
Al mirar una náyade desnuda
Suspira de impotencia entre las hojas.
EFREN

REBO¡,.LEDO.

111

�113

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

J 12

PRERRAFAELITA.

DE "EL JARDIN DE LOS SUPLICIOS."
Son los chinos jardineros incomparables, muy superiores á nuestros burdos horticultores que no
piensan más que en destruir la belleza de las plan•
tas por medio de irrespetuosas prácticas y criminales hibridaciones. Estos son verdaderos malhecho·
res y no puedo concebir cómo, en nombre de la vida universal, no se han dictado aún severlsimas leyes penales contra ellos. Hasta que se les guillotinara sin piedad me seria agradable, de preferencia
á esos pálidos asesinos cuyo •seleccionismo• social
es más bien encomiable y generoso, puesto que lamayor parte de las veces no hiere sino á Yiejasmuy feas
y á muy innobles burgueses que de por si son un
perpetuo ultraje á la vida. Y además de que han llevado la infamia hasta deformar la g1·acia conmovedora y delicada de las flores simples, nuestros jardineros han osado la degradante burla que consiste en dar á la fragilidad de las rosas, á la irradiación estelar de las clemátides, á la gloria firmamental de los delpltinium.~, al heráldico misterio de los
iris, al pudor de las violetas, nombres de viejos generales y de políticos deshonrados. No es raro encontrar en nuestros ¡&gt;arques nn lil'io, por ejemplo,
b1mtizado: El Ge11el'al Archina1·d.' . ... Hay narcisosnarcisos! que grotescamente se denominan: Triwifo dtl Presidente Péli.c Faure; rosas que sin protestar aceptan el ridículo apelati,·o de: Duelo de
.,fonsieur Thiers, y violetas, tímidas, friolentas :r
exquisitas violetas á quien los nombres del General Skobeletf y del Almirante Avellan no parecen
apodos injuriosos! .... J.a flor, toda belleza, toda
luz y toda alegria .... toda caricia también, evo·
cando los rezongones mostachos y las pieles de paquidermo de un soldado, ó bien el toupet parlamentario de uu ministro! . ... Las flores lanzando opiniones polfticas y sirviendo para difundir las propagandas electorales! .... A quó aberraciones, á
quó decadencias intelectuales corresponden, pues,
tales blasfemias y tamaños atentados á la divinidad
de las cosas? Si fuese posible la existencia de un
ser bastante desnudo de alma para sentir odio ha.
cía las flores,:los jardines europeos y en particular
los jardineros franceses justificarían esa paradoja
inconcebiblemente sacrilega!. ...
(Trad. de Revista Moderna).

Ai:, PINTOR

.Artistas perft1ctos y poetas ingenuos, los chinos
han conservado piadosamente el amor y el devoto
cnlto por las flores, una de las muy raras y de las
más lejanas tradiciones que han sobrevivido á su
decadencia. Y como es necesario distinguir las flores una de otra, les ban atribuido analoglas graciosas, imágenes de ensueño, nombres de pureza ó de
voluptuosidad que perpetúan y harmonizan en nues•
tro espirito las sensaciones de dulce encanto ó de
violenta embriaguez que nos producen .. ... Asl es
que á ciertas peonias, sus flores favoritas, los chinos las saludan según su forma y su color con estos
nombres delíciosos que son cada uno un poflma ó
una novela: La joven que ofrece sus senos; ó J.,'l
Agua dunniendo bajo la lttna; ó El sol en la selva;
ó El p,·imer deseo de la nrgen acostada; ó'J,[i Túnica no es toda blanca po1·que al desgarrarla el Hijo del Cielo la ti11ó de sangre 1·osa; ó bien, por último: He gozado de mi amigo en el jardln.

Con razón los chinos sienten orgullo por el Jardín de los Suplicios, el más completamente bello
quizás de toda la China, donde sin embargo los hay
maravillosos! Abl están reunidas las esencias más
raras de su flora, las más delicadas como las más
robustas; las que vienen de las neveras montañesas
ó las que crecen en la ardiente hornalla de las llanuras y también las que misteriosas y siniestras se
disimulan en lo más impenetrable de las selvas y
á las cuales las supersticiones populares prestan
almas de genios malhechores. Desde el paletuYario hasta la azálea saxátil, la violeta biflora basta
lli nepentes destilatorio, el hibisco volubita hasta
el helianto estolonlfero, desde la audrosaxa invisible en su grieta de roca hasta la lianas más locamente enlazadoras, cada especie está representada
por numerosos ejemplares que repletos de alimentos orgánicos y tratados, según los rito~, por sabios
jardineros, alcanzan anormales desarrollos y coloraciones cuya intensidad prodigiosa nos es penoso
imaginar bajo nuestros climas morosos y en nuestros jardines sin genio.
ÜCTAVl!l

.MIRBEAli.

Ll!lANDRO JzAGUIRUE.

I
Adorna tu gracia los libros de horas
De piel de cordero que un fraile minió?
O allá en la vidriera que tardes y auroras
Incendian, acaso tu imagen surgió?
Crenchas engarzadas en brillantes nimbos,
Hostias y azucenas en el rostro oval;
Un peplo sembrado de breves corimbos
Do emergen las alas de un pavo real.
Tus manos: dos lirios que oprimen los orbes
Velados y leves de tu seno en flor,
Y á tus pies querubi:s pulsando teórbes
Y ángeles tañendo las violas de amor ....
Asi en el exvoto de un glíptico arcaico
Vi tu misterioso perfil de otra edad,
.Asl entre la pompa de un viejo mosaico
De púrpura y oro, miró tu beldad!
JI
Lanzando á los cielos su gótica aguja
Entre altos cipreses de negro verdor
Surgió en mis ensueños la antigua Cartuja
Donde eras ti'.1 virgen y yo era prior.
Dejando el rosario de huesos de oliva
Asían mis manos paleta y pincel,
La celda me daba la luz de su ojiva
Y el atrio la sombra de un noble laurel.
Del toque de alba, tras la eucaristla,
Extático, lleno de honda beatitud
.Al Angelus lento que el claustro envolvía
En vagas penumbras y eu triste quietud,
Pinté tus encantos con mistica fiebre
Ciñendo tus sienes con nimbos de paz,
Cuajando tu manto con gemas de orfebre,
Formando con hostias y rosas tu faz!
Y mientras creaba tu ingenua sonrisa,
Dejando en tu frente la nieve de un lis,
Hablaban conmigo desde una cornisa
Las llricas aves del Santo de Asis!

Ah mi hábito blanco! mi gótica aguj a,
Mi azul luminoso, mis lirios en flor!
Con cuánta nostálgia mi ser se arrebuja
Eu esos recuerdos de aquella Cartuja
Donde eras tú virgen y yo era prior!
Hoy, ha muerto el iris en el cielo umbrío,
Hoy, en la paleta del fraile sombrío
~o brilla una sola tinta de ilusión,
Sólo el agua fnerte del amargo hastío
).Iuerde el rojo cobre de su corazón!
' JOSÉ JUAN

:;\larzo, 1901.

TABLADA.

�LA HIGIENE.*
ESTUDIO BIBLIOGRÁ~'ICO, Á PROPÓSITO DEL «J!ANUAL POPULAR DE HrGTENE,&gt; DE LA
JUNTA IMPERIAL DE SANIDAD DE ALEMANIA.-TRADUCIDO AL ESpAÑOL
POR E[, DR.

M. l\foNTANER.-(F.

Derivase la palabra Higiene del griego hugaineia,
que quiere decir tener salud; as! podría definirse:
aquella parte de la medicina que se ocupa de los
medios, no ya de curar las enformed11.des, sino de
prevenirlas, es decir, el estudio de todo lo que con•
tribuye al funcionamiento normal del organismo
Un gran sabio ha dicho, que la medicina del porvenir será la medicina preventiva, es decir, la Higiene, pues vale más prevenir la enfermedad que
tener que curarla.
La Higiene preocupó ya en los más antiguos
tiempos, aunque su importancia verdadera y el que
se la haya reunido en un cuerpo de doctrina, sea
obra de los tiempos más modernos.
Los libros del Antiguo Testamento, y antes de
éstos los Vedas, y el Zend Avesta, están llenos de
prescripciones y de reglas para conservar la salud,
prescripciones y reglas qua se presentan siempre
como p,receptos sagrados. As! las abluciones, la
prohibición de comer carne de ciertos animales, las
unciones con bálsamos, eran sólo rPglas higiénicas
indispensables á unos pueblos que vivían en climas
rigurosos, y que ignoraban absolutamente el uso
de lo que hoy día es de sentido común respecto á la
limpieza del cuerpo. En la India en donde ciertos alimentos animales resultaban funestos por las enfermedades eruptivas que producían, su interdicción
eólo pudo hacerse eficaz escudándolos en el dogma de la transmigración de las almas.
En Egipto, en Persia, en Caldea, las leyes contenían prescripciones minuciosas, cuyo único objeto
era el combatir las influencias deletéreas del clima,
ó la purificación de la atmósfera frecuentemente infestada. Tal como los inciensos, minas y bálsamos,
quemados en las asambleas religiosas.
Entre los griegos, las costumbres higiénicas ya
se presentan sin la sanción religiosa. Con un clima
más templado, y, por tanto, más benéfico, el griego,
más que un sistema prohibitivo, en lo que toca á
la alimentación, seguía un sistema organizador del
cuerpo humano. As! la gimnasia adquiere gran
preponderancia, con los baüos, la alimentación sólida, la vida al aire libre, y la danza.
• Sr. D. Jesú¡ E. Valeniuela.-Barcelona, 2.¡. de Febrero de
1901.-........................................ . ....... . .... .

........................ Hoy le mando á vd. un artículo sobre
Higiene. Está escrito á propósito del A/anual Pop11lar de la
Junta Imperial de Sanidad Alemana, que ha traducido un amigo mío, el Dr. Montaner. Es un compendio utilísimo que bacía
falta en Espaíla y que no creo exista en los países de la América
L atina. Espero querrá vd. hacerme el obsequio de insertarlo
en su magnífica .R...is~ Aloder,ia ,. ........ Pm1r&amp;YO GENER.

L'EIX, EDITOR-BARCELONA,

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

114

1901.)

Entre los rcmanos, la preocupación de la Higiene
pública es aún más grande. Los baños eran, en
tiempo de los Césares, una verdadera institución,
llegándose hasta á exagerar su uso. Dictábanse reglas para la construcción de laij viviendas'!,' para
el saneamiento de los I.Jarrios populosos, llegando
á nombrarse delegados especiales para la inspección de las casas y edificios públicos, á fin de que
hicieran cumplir las reglas más indispensables de
la policía urbana. Llegóse á más, hubo tratadistas
especiales del arte de conservar la salud, tales como Plutarco, Galeno, Oribase, Aetius, Pablo de
Eginas, Alexandro de Tralles, etc. etc.
Con la venida de los Bárbaros, y con el predominio del cristianismo, en que se consideró el cuidado del cuerpo como vanidad y pecado, la higiene
desapareció por completo y las infecciones más horribles diezmaron la Europa. La suciedad y el ayuno predispusieron el cuerpo humano á todo género
de enftirmedades. Sólo los judíos y los árabes, durante este periodo, siguieron y practicaron algunas reglas de higiene; pero al aproximarse el Renacimiento, se reivindicó la personalidad humana
y volvióse á preocupar la Humanidad de la manera
de evitar terl'ibles enfermedades, manera que en la
Edad ll!edia estaba reducida á los amuletos, á las
rogativas, y á las procesiones (á poca diferencia
como hoy en el interior de España).
Los hombres de ciencia, estudiando los elementos de la Naturaleza y su fenomenolidad, fueron
los que sentaron los fundamentos de la verdadera
higiene en los tiempos modernos, desvaneciendo
las antiguas supersticiones. Se vió que el .Aire era
un cuerpo y que con la ayuda de ciertos instrumentos, se podía estudiar su composición, determinar sus materias extrañas y purificarlo, en caso
necesario, de sus g érmenes mortíferos, ó atenuar
sus acciones físicas y químicas. Lervet descubrió
la circulación de la sangre. Santorius el mecanismo
de la transpiración. Estudióse la respiración. Descompúsose el agua. Todús los fluidos elásticos fueron estudiados. Los cuerpos sometidos á análisis
dieron sus componentes simples, y así se pudo determinar su acción sobre la naturaleza humana.
Hal- lé, partiendo de todos estos datos, preparó un
tratado sobre la conservación de la vida, tratado
que la muerte no le permitió que acabara; después
de: él Foderé, Ratiev, Rostan, Loude, Parent du
Chatel, Hings, Pavet de Courteille, y más modernamente, Orfila con su estudio de los tóxicos, Bec.
quen:I, Bouchordat, Leoy, Tardiere y otros, han
preparado los trabajo~ que han venido á formar el

cuerp@ de doctrina que hoy se llama Hi,qiene, reforzados modernisimamente por los Zooqulmicos, y
los Microbiologístas, á la cabeza rle los cuales figuran Geyenbour, y el gran Pasteur.
La higiene hoy dia es un verdadero cuerpo de
doctrina que estudia: 1°, el objeto de la higiene;
2º, los materiales de la higiene y 3° la aplicación
de fa higiene á los diversos estados del hombre, ya
sea individual, ya sea colectivamente.
Así en la primera parte se estudia la constitución
del cuerpo humano, la actividad y el funcionamiento de todos sus órganos. Se parte de los elementos
mitológicos y morfológicos, y en su organización
ascendente se va á parar á la consideración de los
órganos en la plenitud de su desanollo; y en este
estado se estudia su funcionalismo vital, su inte·
gración y su desintegración y las reacciones qui·
micas que las acompañan. Así se llega al conocimiento de la Fisiologia humana, de los temperamentos, y de lo que podríamos llamar prolegómenos
de la patologia.
En el estudio de los materiales higiénicos, entra
el estudio de los agentes favorables y necesarios
á la vida del Hombre en general, así como el de
todos los elementos que influyen sobre ella, directa
ó indirectamente, de una manera favorable ó desfavorable.
En este número entran en primet· término la atmósfera y sus diversos componentes, la temperatu•
ra, las corrientes del aire, la humedad, la electricidad, la luz, la presión, las impurezas, los miasmas,
el agua y todos los medios de su conducción y purificación. Vienen después los alimentos, y la determinación de la cualidad y cantidad nutritiYa
utilizable en las substancias alimenticias; á. cuyo
estudio sigue el del análisis de las mismas para determinar su insalubridad, caso de falsificación, ó
de descomposición natural. Y terminaré el estudio
con los venenos, manera de reconocerlos y medios
de evitarlos ó de neutralizar sus efectos.
Siguen los vestidos, ó medio de preservar el
cuerpo humano de los agentes exteriores; y luego
la habitación ó vivienda, y veremos como ésta debe ser construida para que reuna las condiciones
de ventilación, desagüe, limpieza, protección del
calor y del frío, y aislamiento del ruido, condiciones indispensables para que no se trunque la evolución vital del hombre.
En la tercera parte, estudia la higiene las coudicioues favorables á la conservación y aumento ele
la vida del Hombre, en sus relaciones con la sociedad.
Se estudian las colecti\'idades humanas, ya que
ellas exigen otros cuidados generales, á más de los
del individuo, y en ello se agrupa todo lo que tien •
da á la buena circulación de los materiales que han
de dar la vida, como á la extracción, expulsión y
circulación completa, hasta su reintegración elemental en la Naturaleza de todos los residuos, deyecciones y demás desechos de los seres vivientes.
Se estudia también el tráfico y los medios de evitar que éste sea vehículo de enfermedades conta-

giosas, y se dan las prescripciones generales para
resistirlos.
Luego se pasa á la educación, dedicándose estu·
dios preferentes á la educación física, en lo que entra la gimnasia, el baile, la equitación, los baños,
y todo lo que hoy se comprende con el nombre genérico de Sport. lJ,fens sani.t in corpoi·e sano, es la
máxima que preside á esta sección de estudios.
A partir de aquí ya se especializa la higiene, dedicándose á aplicarse á los hombres según sean sus
oficios, profesiones, ó género de vida que lleven;
habiendo todo un tratado especial para las carreras
militares y marítimas, que tanto difieren de las
otras.
Parecerla aquí term inado el cuerpo de doctrina
conocido con el nombre de Higiene; pero, Je falta
aún tomar en cuenta la acción de las influencias
generales. Estas pueden ser ocasionadas por las
grandes alteraciones atmosféricas, por las infecciones del aire, del agua ó de los objetos (epidemias) y por las infecciones particulares ayudadas
por el contagio, ó sea transmisión de individuo á
individuo.
Por fin, los accidentes desgraciados y el estudio
de los conocimientos más indispensables para la
enfermería, y asistencia en los casos de desgracia,
forma el apéndice de dicha cieocia, sin la cual no
podrían vivir los pueblos modernos. Como indica
muy bien el tratado que nos ha inspirado este articulo, la mortalidad va disminuyendo rápidamente en todos aquellos Estados, comarcas, ó ciudades
en que la higiene es practicada de una manera es·
crupulosa. A principios del pasado siglo la vida
normal humana era como promedio el de 22 á 24
afios. Hoy dia, en los mismos países, como Francia,
Inglaterra, Bélgica y Alemania, es de 32 á 35. Aún
hoy dia, en las poblaciones higiénicas hay sólo una
mortalidad que varia entre 17 y 23 por mil al año;
tales Gi nebra, Londres, Parls, etc. En los que no
se cumplen las leyes de la higiene sino incompletamente, la mortalidad oscila entre 39 y 40 por mil;
tales :\fadrid, Barcelona, Constantinopla. Estas cifras hablan de una manera más elocuente que todos los argumentos posibles.
Luego con la práctica de las reglas de higiene,
los individuos viven sanos y fuertes y pueden ganar
unos en menos tiempo, siendo mayores sus energías para el trabajo. Véase, pues, la gran u tilidad
de la popularización de estos estudios. Estas razones impulsaron al Gobierno alemán á hacer esta publicación económica, y las mismas son las que han
decidido á la Casa F. Leix de Barcelona á popularizarla también entre los países de lengua espafiola, no
escaseando sacrificios para presentar debidamente
con los grabados, cromos y planos que requiere
una obra tan útil, y para hacer una traducción directa en lenguaje claro, sencillo, exento en lo posib le ele tecnicismos, para así ponerla al alcance de
todos.
Creemos que publicaciones como ésta honran á
la persona quti las da á luz y también á las que las
adoptan.

DR. P0)1P.ElYO GENER.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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LA RAMILLETERA.
Date lilla ......

:\lo1sés.- ;H1ouEL AiwEL.

REl~OVARE .1••••
.=::. Solo tú y yo sabemos el secreto
de nuestro amor como Luzbel caldo;
pero á las puertas del Edén Perdido
lanzando á todo su implacable reto.
Ya con tu ausencia el olt:iaje inquieto
de la murmuración yace dormido¡
mas nunca como ahora te he querido,
con un amor tan grande y tan discreto . . ..
Eres la carne de mi carne, vibra
en mis labios aún tu beso ardiente
y abrasa el corazón, fibra por fibra,
mientras la estrofa escápase candente;
y Amor ceñirla al Huracán le libra,
corona de recuerdos á tu frente!
JEsús E. VALENZUELA,

Marchaba la niiía lentamente, rozando el muro,
por la calle estrecha y tortuosa de los .ilfercanti.
No miraba los almacenes, no levantaba los ojos ha•
cia aquella banda de cielo que aparecía entre las
altas casas, no miraba siquiera delante de ella. Mi·
raba los adoquines como si los fuese contando. Ca•
minaba sin inquietarse por el lodo, por los choques
que recibía de algún raro vehículo que pasaba.
Cuando llegó á la pequeña iglesia de Ce1·1·iglio,
frente A la estatua del Ecce Ilomo vestido de rojo,
coronado de espinas, con los ojos llenos de lágri·
mas congeladas, con la frente y el pecho macula•
dos dt:i sang re coagulada, la niña le dirigió una mi·
rada indiferente y volvió sobre sus pasos, con el
mismo aire rígido.
Era una mendiga. Tenla hambre, tenia sed. Te•
nla las piernas desnudas y sus piececitos sin zapa·
tos s~ deformaban en el fango. En aquel domingo
helado de Febrero, no llevaba más ropa que una
camisa, una faldehuela desgarrada y deshilachada
retenida á su cintura por un cordón y un guiñapo
de chal enrollado en torno de su cuello. Nada más.
La niña era muy flaca, casi desecada¡ por las des•
garraduras de la camisa y de la falda se veía una
carne exangüe, terrosa; bajo el chal los dos huesos
claviculares resaltaban como si hubiesen querido
agujerear la piel, y se adivinaba cuán pobre era
aquel enfermizo y magro pecho de niiía. Las espaldas eran puntiagudas, encorvadas como las de
quien ha tomado la cos:umbre de encogerse siem·
pre á causa del frío ó para calmar los espasmos del
estómago. Un rostro serio y gra,e, con el mismo
tinte plomizo que el cuerpo¡ la frente baja y plega•
da; las finas cejas fruncidas, los ojos de párpados
grises, muy grandes, cercados de hollín, hundidos,
cavernosos; el perfil duro, rígido, acentuado ya co·
mo el de una mujer; la boca est1·echa, apretada, los
labios pálidos sin estremecimientos, con dos plie·
gues en las comisuras. Tenia siete afíos.
Habla trnido una madre descarnada, mendiga
también. Vagaban entrambas por las calles, pidien•
do limosna. Solian comer pan y dormlan en un rin·
eón, bajo una escalera, sobre la paja, la hija con la
cabeza sobre el seno de la madre. Después lamadre habla muerto de tifo y la hija quedó sola en el
arroyo. No lloró, no clamó, salió á mendigar como
de costumbre, pero no se le dió nada; aquel dla no
comió y durmió á la intemperie, sobre los escalo•
nes de la iglesia de Portanova, enrollada en si mis·
ma, como un peno.
Hacia tres años que la niña arrastraba aquella
vida, invariable. No sabia nada, no se acordaba de
nada, no guardaba otra impresión que la de un dla
muy largo en que habla tenido hambre.
Comenzaba sus peregrinaciones desde la maña·
na. La calle de los Mercanti, larga tripa en zigzag,

er1' su casa, y conocía todas sus callejas, sus corre
dores tuertos, sus callejones terroríficos, sus negras
barracas, sus arroyos fétidos, sus puertas angostas
y obscuras, sus escaleras usadas y arruinadas, to•
do alumbrado por una luz débil y gris. Iba y venia
sin descanso de la plazoleta de Porta11o va, que era
su punto de partida, hasta la capilla del Ce1'riglio,
donde era su punto de llegada. Se detenía en la
plazuela de Po1'to, daba una vuelta, dirigía una
mirada al simulacro del dios Orión pegado al muro
que el pueblo llama Pescado Niccolo, luego subía
por .Mezzocannone, mojándose los pies en las aguas
azules, rojas, violetas, de los tintoreros que traba•
jaban en ciertos antros lúgubres, en torno de ne•
gras calderas, agitando una misteriosa mixtura.
Llegada arriba, no osaba ir más lejos, y volvla ii
bajar á la calle de los ..llercanti, sin lanzar siquíe•
ra un vistazo á la posada, donde se doraban, friéndose, pescados y pastas que tomaban vivos y be·
llos tintes dorados y derramaban apetitosos y pe•
netrantes olores, mezclados ii los de los nabos cocí•
dos con vinagre. Yolteaba á la derecha por la sucia escalerilla de Sa,ita Bdrba1·a y trepaba hasta
el almacén del famoso comerciante en bizcochos¡
pero los bizcochos se le antojaban mucho y huía
de alll¡ al volve1· á bajar detenlase ante la puerta
del establecimiento de baños, mirando una fuente
hecha con rocas artificiales, fuente donde no habla
agua, pero donde, de el medio de anchas hojas verdes de hierro pintado, emergía una ninfa; prose•
guía su camino hasta el Cerriglio, y, desandan fo
lo andado, siempre con el mismo porte circunspec•
to, rozando los muros, deslizándose entre las piernas de los transeuntes.
Aquellas calles negras, aquella angustia, aquella
miseria, aquellas casas sudando humedad, aquellos
hedores, aquellos portes sospechosos, aquellos tintes sombríos, aquella ausencia de sol, aquellas ca•
ras usureras de los comerciantes, aquellos rostros
hipócritas de sus compradores, aquellos semblantes
estúpidos de las prostitutas, aquellas mercancías
miserables, polvorientas, averiadas, formaban su
universo. Tenla vagamente el instinto que más allá
de Santa B á1·bara, de Mezzocannone, de Ce1·riglio,
que al extremo de la calle de la Princesa-1\fargari·
ta, existla otro mundo, pero temía aventurarse en
él, le tenia un miedo salvaje; ya en la calle de los
Me1·canti temla á los otros mendigos que la golpeaban, á. los perros que querían morderla, á los
guardias que podlan detenerla, pero era astuta pa•
ra esquivar los peligros. Allá arriba era el peligro
desconocido. Cuando llegaba á. los limites que se
había fijado, lanzaba una mh-ada altanera á lo le•
jos y se escapaba, escondiendo su crespa cabeza
sobre su brazo como si se la hubiese perseguido.
Pedía limosna pero no siempre se le daba. Todas

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REVISTA MODERNA.

aquellas gentes atareadas que trabajaban duramente para ganar un salario exiguo, vendedores
que trataban de engañar á sus compradores, facchini encorvados bajo los paquetes y fardos, criadas sucias y haraposas, no se fijaban en ella.
Si por casualidad algún Setw,· atravesaba el barrio, tomábala por una ladronzuela y tentaba sus
bolsillos diciéndole injurias; otros, vestidos decentemente, pero pobres, la miraban y alzaban los hombros. A algunos inspiraba disgusto y la rechazaban con un gesto fastidiado. En la tortura del estómago que se revelaba, sin haber comido el dla
anterior, pedía primero en voz alta y de una manera
casi imperiosa un céntimo para comprar pan; luego
la voz bajaba y hacíase suplicante, ansiosa, lamentable, y algunas lágrimas fdas escurrían lentamente sobre sus carrillos. Continuaba yendo y viniendo, como maquinalmente, balbuceando palabras
indistintas, hasta que su voz se extinguía en su
garganta seca; entonces pedía limosna por la intensidad de la mirada. Al atardecer, cuando no se le
babia dado nada, era invadida por una gran lasitud, le volteaba la cabeza, y, vacilante, se arrastraba hasta las gradas de la iglesia de l'ortanova,
y allí permanecía inmóvil, encogida, como un paquete de andrajos del que se escapaba un sordo
gemido, Levantábase otra vez á vagar en medio de
las luces que se encendían, de los obreros que tornaban del trabajo y del olor á alimentos que salia
de las tiendas entreabiertas. Entonces solía atrapar dos céntimos ó un cortezón de pan, ó un hueso
de chuleta ó un resto de tripas, y se escapaba á devorarlo sintiendo una insoportable quemadura en
el estómago. Pero eran frecuentes los días en que
no recibía nada y en que se dormía en medio de
una torpeza enfermiza sin haber encontrado otra
cosa que comer que cortezas de naranja podridas
ó vainas de guisante. El sábado era su mejor día:
todos los sábados una mujer vestida con un pañuelo rojo en torno del cuello, una falda corta, zapatos de altos talones, un penacho verde, un peine de
plata. pinchado en el alto rodete de sus cabellos lustrosos de pomada y que tenla las mejillas teñidas
de carmín, le daba un céntimo. Aquella mujer permanecía frecuentemente apoyada contra. el muro,
con las manos en las bolsas de su delantal, canturreando du la mañana á la noche una canción trivial.

Spina de pe.sce
Sla vitá &lt;le.•perata quanno fenesce!
Dla por clía, y varias veces al día, pasaba la niña
11nte 11.quella mujer, pero solamente el sábado Je da1.,,, u11 1·rntimo, y esto durante cinco ó seis meses.
Dti~pu1:~ la mujer desapareció. Se la habla arrojado ó se habla arrojado ella en un pozo.
Cierto domingo la niña se sentía morir. A cada
instante le faltaban las fuerzas y se tiraba al suelo.
Las titindas estaban cerradas, los transeuntes apresurados pasaban sin verla, dirigiéndose todos hacia las calles superiores, desapareciendo allá arriba¡ ella los segula maquinalmente con la mirada.
Entró en la iglesia de Portanova. La iglesia estaba
vacla¡ le pareció inmensa y tenol'ifica¡ tuvo una

sensación de frío con sus pies desnudos sobre el
mármol; el sacristán la echó fuera. Tornó á su carrera por las calles desiertas: se vió sola, desesperada. Todo el mundo estaba allá arriba.
"Entonces, olvidando sus temores, impulsada por
el hambre, por el instinto, pasó la frontera y atravesando la encrucij11.da de la calle Catalana subió
las gradas de San Guiseppe. Quedóse estupefacta;
vela allf lo que nunca habla visto: una calle ancha,
hermosas tiendas, blancos palacios, jardines y cielo. Olvidaba su hambre frente á aq11el maravilloso
espectáculo; quedó atónita ante una juguetería
Allá arriba todo era bello, y seguía á la multitud
que se encaminaba por la Fontana Aledina, deteniéndc,se á cada paso, excitada, curiosa, sin acordarse de pedir limosna.
Sólo los carruajes la espantaban con sus filas ininterrumpidas que se cruzaban, pero ella marchaba sobre la banqueta. En la plaza ]Jfzmicipal, vencida nuevamente por la fatiga y la debilidad se
sentó sobre un banco, cerca del jardín; pero después de un momento saltó á tierra y corrió, también ella, hacia San Ca,·lo¡ allí, pequeñita como
era fu é arrastrada par la multitud hasta San Fernando. No veía nada, apretada en medio de toda
aquella multitud, pero sentía calor y estaba bien.
A cada instante un ramillete de flores atravesaba
el aire, luego otro, luego una lluvia de flores desprendidas; {L cada instante la muchedumbre se hacia á un lado para dejar pasar un coche donde iba
alguna hermosísima dama vestida con telas soberbias y sentada enmedio de flores: visiones rápidas,
fugitivas, brillantes, que casi espantaban á la pobre pequeña. El tiempo transcurrió así: el día declinaba, las flores caían más lentamente, el rumor
era menos fuerte, la turba disminuía. Una graciosa aparición pasó cerca de la niña; estaba vestida
de negro, pero su vestido era corto y rico: tenia el
rostro blanco y sonriente, enormes brillantes en sus
menudas orejas y llevaba en la mano un canastillo
de flores sueltas y en ramilletes. Era una deslumbrante ramilletera que amontonaba dinero en el
fondo de su cesta.
Señora, señora, dame una flor, murmuró una voz
infantil.
Y la ramilletera con un movimiento vivo y encantador dejó caer en las manos de la niña un puñado de claveles. La niña sonrió, fijó un clavel en
un agujero de su camisa y quiso vender flores puesto que tenla tantas. Pero las gentes no se las compraban. Un estudiante le dijo: Cuando seas más
grande podrá,¡ vender flores. Un señor grande y
gordo se puso á declamar contra la mendicidad y
contra la inercia de la policla. La niña no comprendió el sentido de sus palabras, pero si comprendió que Jo enojaba. Tampoco allá arriba las
gentes eran buenas con ella. Era harapienta, fea,
sucia, é iba descalza; sus grandes ojos dilatados
daban miedo, su cabecita enmarañada y selváti~a
daba miedo también. Entonces el hambre volvió,
feroz, quemándole el pecho, desgarrándola. Un soldado que pasaba compró un clavel y le arrojó un
céntimo. La niña entró en la panaderfa y compró
un panecillo. Qué excelente banquete! pero quería
irse; comenzaba á tener miedo¡ aquellos can·uajes

119

REVISTA MODERNA.
Ja aturdian y necesitaba pasar al otro lado de la
calle. Tomó lmpetus, bajando la cabeza. En la elegante victoria, una dama. lanzó un grito Y se desvaneció.
Sobre la v!R, cerca de la banqueta, una inocente
criatura agonizaba con las piernas deshechas. Ago-

nizaba tendida en medio de los claveles regados en
torno suyo, teniendo uno apretado sobre su pecho
con una de sus manecitas y en la otra su panecillo,
con el rostro bl1mco y serio, la boca entreabierta Y
sus grandes ojos asombrados y dolorosos vueltos
hacia el cielo.
MATILDB

SERAO.

IN MORTE DI GIUSEPPE VERDI.
CANZONE-

Si chinaron su Jui tre vaste fronti
terribili, col pondo
degli eterni pensieri e del dolore:
Dante Alighieri che sorresse il mondo
in suo pugno e Je fonti
dell'universa vita ebbe in suo cuore;
Leonardo, signore
di veritá, re dei dominii oscuri,
flssa pupilla a'rai de'Soli ignoti;
il ferreo Buonarroti
che animo del suo gran disd!'gno in duri
massi gli imperiturl
figli, i ribelli eroi
silenziosi onde il destino (· \'into.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creatore estinto.

E cTi sovrnnga!• sia la tua parola.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creator che dorme.
E simile alle fronti degli eroi
era la fronte, sola
e pura come giogo alpestro, enorme.
E profonde eran l'orme
impresse dal suo pie nella materna
zolla, profonde al par! delli anticbe¡
e J'alte sue fatiche
erano intese ad una gioia eterna.
E come !'onda alterna
dei mari fu il suo canto
intorno al mondo, per le genti umane.
E noi, nell'ardor santo,
ci nutrimmo di lui come del pane.

Come la nube, quando é spento il Sole
dietro la opache cime,
di fulgore durabile s'arrossa:
contro all'ombre notturne arde sublime
la titanica mole
e la notte non ha contro leí possa;
cosi dalle affrante ossa
)'anima alzata contrasto la morte,
avverso il buio perdnro splendente,
Dinanzi alfa veggente
tutte a.pea te rimasero le porte
del :i\listero, e la sorte
urna.na fu sospesa
su l'alte soglie ove la Forza trema,
Sul rombo, nell'attesa,
allor sono la. melodía suprema.

Ci nutrimmo di lui come dell'aria
libera ed infinita
cui da la terna tutti i suoi sapori.
La bellezza e la forza di sua vita,
che parve solitaria,
furon come su noi cieli canori.
Egli trasse i suoi cori
dall'imo gorgg dell'ansante folla.
Diede una voce 11.lle speranze e ni lutti.
Pianse ed amo per tutti.
Fu come !'aura, fu come la polla.
:i\Ia, nato dalla zolla,
dalla madre de'buoi
forti e dell'ampie querci e del frumento,
nel bronzo degli eroi
foggio se stesso il creatore spento.

La melodía suprema della Patria
in un inmPnso coro
di popoli salí verso il defunto.
Infinita, dal Brennero al Peloro
e dal Clmino al C11tria,
accompagno ne'cieli il figlio assunto.
E colui, che congiunto
in terra a vea con la virtu de'suoni
tutti gli spirti per la santa guerra,
pur Ji congiunse in terra
col suo silenzio fuuerale e proni
Ji foce innanzi ai troni
ecl ai vetusti altari
ove J'ltalia fu regina e iddia.
Canzon, per í tre n ari
vola dal cuor che S'&gt;era e non oblia!

E disse J'Alighieri in tra gli eguali
nella funebre notte:
cO gloria leí Latin,, come tramonti!
Quivi bianche parean dalle incorrotte
spr.glie grandeggiar le ali
sotto la fiamma delle vaste fronti.
E Dante dh¡se: •O fonti
della divina melodía ricbiusi
in lui per sempre, che tutti li aperse!
Ecco quei che s'aderse,
su la sua gloria, in cieli piú diffusi
e agli uomini confusi
parve subitamente
artefice maggior della sua gloria.
O natura po8sente,
non conoscemmo noi questa vittoria!•

�REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 7, Abril, Primera quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

88

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A8o IV

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QUI NCENA

0 1Rt,;&lt;.Yl'OH: 1JESUS. E.
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Infinita piedad Iiay para
e el
ama
mla,
llanto!
Señor, concede sombr
Amparo a l niüo . h a al peregrino,
v
sin orrai· 0 ·
d
i paz á todo a
. que
º sufre
i ma re
que!
angustia:
. Mas si llorar es su fatal
.
.
Cuando los ames ¡\ tu se desuno,
.
II
Corona de astro
no 10h Padn•!
s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

l;ÚPEZ POR;1LL&lt; 1

i
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IWJAS

•

NóM, G

REVISTA MODERNA

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ARTE V

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DE M ARZO DE

PAr.As ox BoTTtcztr.t ' -FLOREXCTA ,

Ti¡&gt;. dt Dul,ldn.

�90

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

EN EL P AIS DEL SOL.
LA GLORIA DEL "BAMBÚ."

En el fondo del bosque, en una «clairicre• . .. .
Es una mañana radiante, increíblemente luminosa y sonora! Cada hoja de árbol es un esmalte; ca·
da ruido una grata harmonía, cada color un hala·
go, y una gloria .... una triunfante gloria, cada
rayo de sol! ....
Muchas flores han muerto; henchidos de savia,
muchos frutos han caído! Pasó el verano japo·
nés como un gran deslumbramiento dorado y ahora en los senderos llenos de hojarasca, entre el polvo de flores difuntas, podéis encontrar el cadáver
de una cigarra, intazto y puro en la muerte, como
la pequeña momia de una hada! . . . . Es una de
esas mañanas en que, según SOSEI, el poeta monje,
no saben los ruiseñores si lo que cantan son los pri·
meros copos de la nieve ó las ultimas flores deshojadas! Una mañana en que se mira la lucha de la
Naturaleza, sus sonrojos de virgen, sus pudores temerosos antes de caer desmayada sobre el lecho de
armiño del Invierno! . . ..
Para solazarme en el fondo del bosque, a-¡uella
llnlce mañaua llevé conmigo el ci\Iañiefushifú,• el
thaz de la miríada de hojas,• el joyero en que el
Japón poético, durante varios siglo~, atesora su lírica pedrerfa,. . . .
.
Me tendí sobre la grama. 13yon de Srnyrna y Vir·
-g~io, Teócrito y Fray Luis y Garcilaso mecían mi
esp1rítu entre hexámetroR y romances bucólicos
que la vaguedad del recuerdo atenuaba con sus
músicas distantes y sus perfumes evaporados . . . . .
N-0 habían quizás transcurrido tres semanas desde
mi antel'ior Yisita á aquel mismo sitio y, sin embar•
go, cuánta mudanza!
Las alas de las libélulas de entonces, que raudas
80 estremeclan al ras del agua, parecfan habf\r
deshec:ho sus cristales en el vaho vidrioso de las
nieblas primeras! Los grandes lirios blancos y salpicados de sangre, como vírgenes manchadas en el
dintel de un crimen; las mariposas azules, las cigarras delirantes, los saltamontes que al brincar desplegaban el breve abanico de sus alas .. .. todo babia huido y en aquella fuga de divinos instantes y
de claros dlas, la memoria columbraba á lo lejos,
desvaneciéndose, las mejillas rojas de la Vendimia,
los corimbos de amapolas deFloralia y una melena
rubia y una huella de espigas detrás de ~Iessidor! ...
Ahora . .. . hachazos pertinaces en el fondo de los
sonoros bosques silenciosos y caminatas de leñadores agobiados por senderos blancos de nieve,
dondt, hay huellas de lobos .... .
Felices los que en medio de la desolación invernal tienen un hogar bien cerrado á la ventisca y
junto á la chimenea encendida pueden oír muy Je-

jos, y como en suefíos, los largos alaridos del vi cn·
to y el crnjir de los robles desgajados! ....
Sufrla mi alma la sugestión melancólica del poeta
Heiízeu y aquella frialdad de Octubre y aquellas
tristes rimas volcaban en ella todo un alud de
nieve .. . .
Pero pronto el poder de la gran mañana sonora
y luminosa fundió como á un témpano la fugaz
tristeza; los follajes alardearon de su verdor y el
viejo dios Pan, corazón de la tierra, alma forestal
y poderosa, asomó su máscara irrisoria y augusta
entre la pompa de aquel exótico paisaje ....

El milagro panteísta le dió una alma á cada cosa . . . . En mi libro, enmudecieron los poetas japoneses; pero á mis pies el césped tuvo un rumor; estallaron en un sollozo los juncos acuáticos; un ce·
dro, sobre mi, clamó una solemne frase antigua; á
lo lejos un peñasco tronó . ... Y emergiendo de una
hondonada, destacándose sobre un coro de plantas
ambiguas, se desprendió, avanzando hacia mi, un
ser esbelto como un efebo, vigoroso como un pugil,
suntuoso como un magnate; era un príncipe vestido de esmeraldas, de topacios y de oro ....
Era el Bambú! Y aquel ser habló; sus colores fueron un nuevo encauto en el ambiente encendido y
sus !fricas frases una magia más en la mañana so·
nora ...

Soy el Bambú, como los de Occidente me llaman;
•Také• como me llaman aquf, «Také-Tennó,• como
deher!an llamarme .. .. «Tennó,• si, el sagrado, el
poderoso, el archi benefactor como el propio Mikado se titula; ese soy yo! Los emperadores, l\1ikados
y Shiogunes, pasan y mueren y el país vive; pero
el Japón no seria lo que es si yo muriera!
Leías los cantos de los poetas nipones? ....
Hay pasmosos crímenes injustos!!. . ..
Hay ceguedades sin nombre!!. . . .
Cantan los poetas las supremas vanidades, el rayo del astro, la espuma de la ola, la mirada de la
mujer! Cantan á lo que me rodea al pino longevo,
al colorido arce, al ciruelo flor de un dla!. . . . Y no
me cantan á mi que soy hermosura, fragancia, vigor y omnipotencia!
Asciend~ á la cumbre del Fuziyama y con lapoderosa mirada del águila contempla al Japón!
Me verás en todas partes .. . . En los palacios nobiliaries, en los templos, en la choza del campesino,
en el taller, en la escuela, en la fortaleza con el sol•

dado, en el buque con el naYegante, en el tocador
con la hermosa!. . • .
Soy la fuerza! Mis tallos unidos son las paredes
de las casas; gruesos sustentan las techumbres, delgados las coronan como gráciles astas .... Soy la
fuerza! Rugen los mil rios caudalosos '.de estas comarcas fluviales y entonces tiendo mis cañas y SO·
bre el sólido puente pasan las procesiones de los
festivales y el desfile de los ejércitos!. ... Soy la
fuerza! !\lis anchos troncos son los mástiles de los
buques; hendidos son los costillares de los esquifes
y menudamente rajados forman las crujientes velas de los millares de bajeles que parteo de nuestro
inmenso litoral. . .. En los viejos tiempos feudales
fui lanza pujante, elástico arco y saeta aligera y en
mi tronco se labraron los mangos de ba~ba y los
cetros de los antiguos barones ....
Soy la gracia! Mi madera esculpida en mil bajos
relieves exorna el santuario de la pagoda y el camarln de la princesa! De mi tronco hueco y sólido
hacen los sabios artlfices mil vasos de variadas for•
mas que sustentan los búcaros de nuestros magos
jardineros!. .. . Soy la gracia! Mis fibras son el varillaje de los abanicos que mueven las •musmés•
rltmicamente en las siestas ardorosas! Mi tronco
cortado sutilmente es la armazón de los polícromos
parasoles! Soy la gracia! De mi madera están he-

91

chos los peines y los fi stoles que ostentan las •musmés• en sus negras cabelleras lustrosas . . ..
De mis fibras maceradas se hace una especie de
papel. Mis fibras son la trama de las esteras que
tapizan las mansiones niponas y los transparentes
que cuelgan en los corredores y terrazas .. . . De
mis fibras se hacen vestidos los campesinos. Soy el
callado del rústico, el báculo del anciano y el pincel del poeta y del artista! Y como si todos esos dones no fueran suficientes quise afirmar mi poder
con un don supremo y di mis yemas, mis tiernos
retoños como un dulce manjar al pueblo mio!
¿Lo has visto? Soy todopoderoso, por mi el pueblo tiene armas con que luchar, casas en que vivir
y templos en que orar! Estoy en todas partes, en la
mesa del pobre, en el tocado de la hermosa y en la
diestrn del pintor .... Soy TENNO, el sagrado, el
benefactor y yo solo he hecho más beneficios á esta
tierra que todas las dinastlas de Emperadores!

Al ,·olver de mi halucinación la hojarasca del fin
de Otoño había caldo sobre mi libro de poesías japonesas y como el unico vestigio del ensueño desvanecido, un grupo de bambúes allá á lo lejos sacudía sus plumones de esmeralda ....
JOSÉ J UAN TABLADA.

Yokohama, Octubre 1900.

UNEGOISTA.
Habla en él, cuanto es necesario para ser el azote de su familia.
Sin embargo, nació sano y rico. Durante todo el
curso de su vida, continuó siendo rico y sano, por
lo cual no cometió ningún acto vituperable. No se
dejó arrastrar á ninguna falta de palabra ni de
obra.
Era exquisitamente honrado, y orgulloso de su
honradez, aplastaba con ella á todo el mundo, pa•
rientes, amigos y conocidos. La honradez era un
capital del que sacaba intereses usurarios.
La honradez le daba derecho á ser implacable y
á no hacer sino el bi'en prescrito, y era implacable
y no hacia el bien, porque el bien meramente prescrito no es el bien.
Nunca se babia ocupado mas que de su propia
persona, tan perfecta y ejemplar; y se indignaba
muy sinceramente cuando las demás personas no
se tomaban pot· él ígual cuidado.
Por supuesto, no creía ser egoísta; vituperaba y
escarnecla por encima de todo el egofsmo y los
egoístas. Se comprende: ¡el egofsmo ajeno molesta·
ba al suyo!

No creyendo tener la más pequeña debilidad, no
comprendía ni perdonaba IJinguna debilidad en los
otros. En general, no comprendía nada ni á nadie,
pues por todas partes, por arriba y por abajo, por
delante y por detrás, estaba rodeado por su propia
persona.
Ni siquiera comprendla lo que significa perdonar: no habiendo nunca tenido nada que perdonarse á si mismo, ¿por qué diablo iba á ponerse á per·
donar á los demás?
Ante el juicio de su propia .conciencia, á la faz
de su propio Dios, él, esa maravilla, ese fenómeno
de virtud, poniase la mano en el pecho, alzaba al
cielo los ojos y con voz clara y firme decia:
-Si, soy un hombre digno de toda clase de respetos¡ soy un hombre moral.
Y repetirá estas palabras en su lecho mortuorio¡
y aun entonces, nada temblará en ese corazón de
roca, en ese corazón sin manchas ni grietas.
¡Oh fealdad de la virtud satisfecha de sí misma,
inflexible, adquirida á bien poca costa; eres casi
tan repulsiva como la franca fealdad del vicio!
lVAN TURGUENEF.

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REVISTA MODERNA.
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REVISTA MODERNA.

UN AQUA- FOBTISTA.

OREPUSOULO.
A

J3Al,BIXO DÁVAI.OS.

Dulcementt',
El doliente
Sol se esfuma
Tras la bruma
De áurea espuma
Del Ponientr.

Cuántos dones
E ilusiones
Cuando hay , iudos,
Cuando hay mudos
Y desnudos
Corazones!

De los cielo8
Cuelgan velos
Y brocados
:\lord orados,
Y violados
Terciopelos.

El santual'io
Solitario
Lanza al viento
El lamento
De su lento
Campanario.

Rostros bellos,
Finos cuellos,
Dulces ojos,
Labios l'Ojos,
XuJos flojos
De cabellos!

Y en la bruna

Noche. entre una
Xube errante,
Surge avante
El octante
De la luna.
EFRÉN

REBOLLEDO.

.... En aquel café del boule,·ard, un joven estaba sentado frente á. mi. Su sombrero de fieltro caído sobre los ojos, el paño sin reflejos de su traje,
absorblan y marchitaban la luz l'Ojiza, turbia, yerta,
,. muerta sobre todo aquel hombre, como sobre un
~iejo crespón. Tenia colocadas sus dos manos sobre
los margenes de «La Patria• y clavaba sus ojos que
no Jelan en el centro del periódico. La muchacha
del mostrador contaba las cucharillas. Un mozo
cubrla el billar, otro trala un colchón liado sobre
sus espaldas. La media noche habla apagado el
gas, y el oro del techo y de los mul'os, los bl'illos de
los espejos y el brillo de los vasos, todo habla sido
envuelto por las tinieblas. Una bujla velaba en la
noche.
Un mozo se plantó ante la mesa del joven.
-Ah! si! dijo éste que al fin lo apel'cibió; y con
la mano en la bolsa del chaleco se registró de izquierda á derecha, luego de aniba á abajo .... El
rostro de mármol del mozo tuvo un fruncimiento
olimpico, se echó hacia '.atrás, hizo volar su serví·
lleta de su manga derecha á. su axila izquierda con
movimiento digno, aclaró su voz con un jum! jum!
Y en aquel momento-cóbrese Cd. de aqul- dije
arrojando una moneda de pl/1.ta sobre la mesa de
mármol.
Salimos.-lle aqui una hermosa noche, seiiordijo mi hombre. Caminamos.-Una mu:,- bella noche!-Y andaba, paseando sus ojos en la sombra.Ah! perdón, estoy distraldo; le he pedido ti. t:"d. su
dirección?-L'3 di mi tarjeta.-Señor, son tres iL estas horas en la plaza tlel Carroussel: un hombre, un
gran anteojo y la luna. El hombre espera, el anteojo divisa, la luna .... Ah! Ahl viene un gendar·
me .... dos ... cuatro gendarmes. Señor, hasta la
,·ista!
Al dla biguiente mi portero me entregaba cuatro
centaY0S envueltos en un pedazo de grabado roto.
lI

Le volvl á encontrar; ved cómo.
Domangeot tenla un tlo sin un hijo y sin uncenta\'o, Una locomotora mató al tio de Domangeot.
-Domangeot habla recogido de su tlo los daños y
pilrjuicios. En un cuartito de la calle de la Antigua Comedia, habla una comparsa completa de
bebedores en mangas de camisa y por la ventana,
inclinado como el rojo Baco de una taberna, Domangeot invitaba á los amigos que pasaban por la
calle, á los amigos de los amigos y aun á los amigos de los otros. Yo pasaba; mi nombre cayó de
arriba y subl. Se me dió una silla y un vaso de
champaña cuyo pie estaba roto. Mi hombre estaba
ahi pUido entre los rostros de púrpura. Sin embargo, bebla, bebla como un remordimiento.

Los corazones brindaban.
-Por Ema'.-Por Clorinda!-Por Julieta!
- Por el Calendario!
Yo pregunté á mi derecha:
- Quién es aquel señor, que no habla?
-Es mi amigo! .... Xo le conozco!
~le volvl á mi izquierda:
-Aquél. ... sin cuello? .... Espora ... l'n grabador .... Ya no recuerdo!
Palabras, ,·oces, gritos, choques de vasos y de
nombres, el vino coronado de recuerdos,-parecla
que todos los amores del Barrio Latino fueron lle·
vados en triunfo por los brindis achispados, disputándose las cenizas de los recuerdos muertos y de
los dias fugaces!
-Por Bertha que tenía un canario en la garganta y lunares por todas partes ....
-Por una rubia!
- Por la excelente Panchette que regateaba un
centavo en la tienda.
-Por Anita que bailaba á la sombra de su pier·
na derecha!
- Por Rosa! un ganso .... tonta como un hom·
bre, mentirosa como un anuncio, triste como una
copa vacía, cacariza y mala como una perra á
quien por ol\'iclo no se le pega! Por Rosa á quien
he amado!
-Por unos ojo~!-y la copa u.el bebedor taciturno
subia de repente entre todas las copas entrechocadas .... Por unos ojos!
Cuando me mirnn esos ojos .... Por el diablo!
quién me sostiene aqul que esos ojos no sou dos
rayos de luna?
Ah, es cierto, Utitedes no han leido it ~Iarbodeo,
no saben que hay zafiros y ojos de mujeres que se
forman bajo ciertas influencias siderales .... Todo
lo que yo sú es que esos ojos ahuyentan de mi alrede·
dor las sombras de la noche y los murciélagos que
me beben á gotitas la sangre .... Cuando esos ojos
me miran, vamos, señores, es muy extraño, pero es
como lo digo, Rembrandt tomándome de la mano
me hace entrar en el claro obscuro de una. de sus
planchas,-y repitió cuatt·o ó cinco veces, riendo
estúpidamente-si, en el claro obscuro, en su divino claro obscuro!
Entonces, inclinándose sobre la mesa cayó ahogándose de ebrio.-Después tuvo uu tenible ataque de nervios. El mantel, vaciado sobre la escalera, fué levantado por las cuatro esquinas y el
hombre puesto ahl fué colocado en una cama. Cuan·
do cuatro libras de hielo se hubieron fundido sobre
su cabeza, era plena noche. Yo me propuse acompai:arlo.

111
El aire libre volvió en si á mi compañero.
Los golpes de un l'ientecillo de otoño le volvie-

�REVISTA MODERNA.

94

REVISTA MODERNA.

ron la sangre á las mejillas.-Ali! Señor,-me dijo,
cuántns excusas por hoy y por la otra noche! Soy
grabador, señor, un triste estado, como ve Ud;
manchas, agujeros; un traje de yesca que se va por
pedazos! Los compradores!. . . . ah! los comprado•
res! es necesario mendigar quince francos por una
plancha!. ... Se tiene vergüenza y no me he atre·
vido á ir á dar á Ud. las gracias en las trazas en
que estoy .. . . Esta noche-yo bebo como un niño
y necesitaba beber; tengo aqul y allá, en el corazón y en la frente, visiones, humo, imágenes y nu•
bes que pasan.-Pero ahora estoy bien, muy bien,
tiempo hare que no sentla la cabeza tan ligera.
Perdón otra vez ? gracias por su brazo .... Pero
vnelváse Ud., señor! La noche! he aqui la reina de
las aguas fuerteb! Hace negro donde hay cosas. Se
ha fijado Ud. en cómo los rlos se agrandan en la
noche? París que duerme con los pies en el agua,
es hermoso, muy hermoso! Una ola de sombra salpicada de gas! El agua, un aceite, azul, negro,
violeta, oro! el neutro-la tinta moaré de fuego; un
espejo donde á un tiempo ruedan tinieJ,las y relám•
pagos! El cielo está pálido esta noche.-Cerca del
puente el oleaje.-Yea U d.! es plata azul! mil luciér•
nagas .... eso hormiguea .... y el embarcadero do
grandes piedras blancas que entra en el hueco negro del arco como un galopln que se cuela en un
horno apagado .... Esos reverberos en el agua has•
ta allá como cruci6jos de fuego; ahl delante de no•
sotros como lienzos de ventanas donde las flamas
de los candiles filtran á través de las cortinas de
baile. :No, eso cambia, surgen columnas torcidas
que remueven brasas en el muerto misterio de las
aguas; no, no es eso, es otra cosa-qué tontas son
las frases! Todas esas masas, un garrapateo de tinta donde hay grises pálidos como en las alas de
los murciélagos; señor, los crlticos nos han echado
á perder y yo veo que es estt'tpido querer mezclar
las ideas en la paleta, los fuegos artificiales no pien·
san en nada.-Tenemos á. un pintor que ha sorprendido á la Noche in fraganti¡ se llama .... Lo he ol·
vidado .... Pero no tener más que una aguja con
mango para pintar! Ah! ah! Estamos frente á la ca·
lle de J erusalem .... Algún dla-y es necesario que
me dé prisa, pues los albañiles . ... ; pero salvaré
este motivo. Aquellas dos bolas que se mojan,
¿creerá Ud. que son los dos árboles sin hojas allá
abajo, en el muelle? Yaliente esfumino á estas horas en medio del dibujo de todas las cosas!. .. .
La torrecilla con sus dos fondos umbrlos á diestra
y siniestra y la flechita de la Sainte- Chapelle-eso
es todo! Y allá las ventanas de una lavanderla que
parecen ojos alumbrados con cardenillo .... Y siempre Notre- Dame! como con peldaños hacia arriba:
una escalera tendida al infinito y rota á mitad del
cielo .... Aquello es gracioso! el arco del puente
San Miguel y la sombra que arroja parece un arco
de papel negro por donde como un clo1ni brinca la
luz! Mirad bien: hacia atrás, una casa pintada de
rojo, con ventanas de fuego y mil casitas blancas¡
ante el muelle una casa cuadrada, cinco hoyos en
el muro, un tubo nrgro en medio del techo y algo
gris, algo sucio debajo,-he abi lo que es la Morgue! A9uella gran caRa sombría allá abajo, es una
barca simplemente. Intentad luego pintar todo eso!

Lo sé por experiencia: no hay que cavilar. Las co·
sas nada dicen, ni lloran, ni sueilan, ni se acuerdan
de nada. Las obras maestras no deben hablar; só·
lo los imMciles como yo .... Ah! la crestería, los te•
chos, los domos de zafir: la luna se levanta. Después de todo hay gentes que la imitan muy bien
con una oblea .... Y el Hotel- Dieu no es más que
una barraca! Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, sie•
te, ocho, nueve, diez, quince ... cuarenta y cin·
co . . . . -Caen to las ventanas; tengo esa mania! . . . .
En cinco hileras el total es ....
Cuando hubo pasado Notre- Dame, se sentó so\HC
el pat·apeto. Por atrás contemplábamos la negra
basílica. echada de bruces sobre la azul ciudad con
sus dos torres erectas sobre el orbe de plata como
una. esfinge de basalto de dos testas enormes.
1, .

Tuvimos aquel poeta enformo y yo hermosas vela.das llenas de paseos, de espectáculos, de frases.
Recorrimos la ciudad nocturna y contemplábamos
sobre el rlo la danza de los rayos ,·elados; nos hundlamos en los arrabales, en los barrios lejanos, buscando y sorprendiendo un Parls misterioso, lúgubremente soberbio y terril,Jemente mudo, teatro va·
clo y negro de un pueblo ó bien comiendo algunas
patatas cogidas en &amp;ujardinillo y cocidas en su hornilla (pues sumamente orgulloso nada a&lt;.'.eptaba) charlábamos. Hablaba singular y maravillosamente como jamás he oldo hablar y saltaba de ideas en ideas,
afianzándose en las cimas, arrastrando vuestro buen
sentido tras de su verba, pensando más allá de los
libros, mezclando su arte y su alma. Atropellando
las palabras, arrojándose sobre las verdades v!ra-enes y luego perdiéndose, súhitament&lt;&gt;, nublado,
confundido, batallando contra las nubes, blasfemando de la humanid11d, cayendo á tierra, balbuciente y temeroso, con tonos de voz que de golpe
bajaban como con miedo de decit· no sé c¡ué cosa..
- Luego reacciones y nuevas elocuencias y la mujer volviendo siempre en medio del Arte de "'Olpe
de lmproviso:-Querida, la mujer no tiene r:sgos'.
Su rostro es sólo una claridad v una. irradiación·
bien lo sabéis, no tiene lineas. Toda la cara de 1~
mujer no es mi\s que un boceto con el que la luz
de la fisonomla hace un cuadro acabado que no se
parece a.l boceto. Hay mujeres cuya nariz nadie
ha visto porque la ocultan con una mil'ada; sabéis
bien que las fotografias no tienen semejanza. -Pero, chist! alguien escucha. . . la policla . . . . Cuando
me case tendré hijos.- No aprenderán nada ....
lucharé con la madre, pero no importa; tengo mis
ideas ... nada! El alfabeto ahí está el mal. Oh! te·
ner un cerebro que nada vea ni en los cuadros, ni
en los libros, ni en el cielo; el cerebro: el enemigo!
No, no irán á la escuela para aprender cosas que
matan la dicha .... Cuando me digan: Por qué es.
to, papá? Qué es esto, papá?-Xo sé; nada sé . ... Yivid .. . . !-S6lo que no hay que disgustará los gendarmes, comprendéis? Que qué haré con su cerebro? Un instmto que los protrja contra las ruedas
de los coches, una máquina que verifique la moneda recibida, un gufa de ojos hueros que os lleve á
la muerte, sin deciros: Volved la cara!-¿Paradoja?

95

tamente, construia á tientas castillos en el aire,
abrazando proyectos entre nubes, indolente como
una alba, recreándome en soñar. Soñaba que si me
sucediera vender un libro en trescientos mil francos
los gastarla asl: en el entredós de mis ventanas, en
esos dos listones planos coronados por un glande
de donde pendlan los cuadros del hotel Soubiselos grabados me han most1·ado eso-cuelgo el di·
bujo, que no existe, del Gato enfermo, de Watteau;
las mejillas de la gentil comadre azorada, acariciadas y flageladas de rojo sanguina y su bella pupila
ilumina.da. con crayon negro; la solicitud grotesca
del Doctor y l\Iinet que furiosamente se defiende de
la cur11; todo eso lo veo y hace muy bien. Bajo el
Gato enfermo Yeo instalado ese secrétaire firmado
Riesener en el pie izquierdo del mueble que estaba
á. la venta en 30,000 francos no sé dónde ya. Sobre
el mueble reina, desgreñado, viejo de t;es centu•
rias, un perro de FO, de antiguo azul celeste con la
crinera violeta, las fauces de alcancía, rodando bajo sus cejas dos furibundas bolas, la cola flameante-aquel monstruo chino que me hizo una memorable mueca en el rincón de una Calle de Anvers.
De cada lado, es muy sencillo: los dos grandes pomos de blanco de Saint Cloud, ele pesadas y ricas
flores á la Pillemont, cajas de thé en que la Regen·
cía servia el thé negro con la espátula y el thé verde con la cucharilla chinesca de cabeza de galio:
pomos que me sonrlen desde aqul en casa de Lam·
bert Roy desde el fondo de su caja con las armas
de Felipe de Orleans. El anaquel del gabinete es
largo: qué más aún? Para el delantero serán sobre
Distinguí á mi amigo Thomas al lado de un mú·
su salvilla, seis pequeitas sorbeteras de Sajonia co•
bÍ('.o en los sillones de orquesta. De,·oraba con la
mo bojas de vid, sembradas de florecillas y desean•
mirada á la pequeña Maria que representaba con
sando sobre floridos pies en relieve. Para la izquier8US ojos azules y sus cabellos negros.
da uno de mis amigos me cede la taza de Sevres
Era D'Outreville qu:en me había arrastrado hasfirmada 2,000 - así firmaia. con un caleinbow· el
ta los cDélassements Comiques• para ver Jo que
obrero Yincent- taza real en que Luis XV[ bebía
llamaba su petite machine: , El Amor en el l\lonte
todas las mañanas su agua de achicoria. A la de•
de Piedad.• Aunque fuese U'Outreville amigo mio,
rocha .. . . á la derecha, ~ a veremos qué. Para las
su pieza no me pareció mús estúpida que á otro
ventanas reYolución completa, pues tengo horror
cualquiera.
por los Yisillos de pliegues rectos y cadentes; toma•
-Y bien! te parece o~to en el gi!nero de Heaurt'.• las cortinas de que Saint Aubin dió el modelo en
marcbais, ¿qué dices?
la plancha del Concierto: verdaderas enaguas con
- Absolutamente!
volantes, con abullonados de arriba á abajo y que
.\le apretó la mano. - \'amos al foro!
se suben sin tirar de ellas. Papel en los muros: im-Dime,')Iarla-dijo D'Outreville, hablándole al
posible! Enviaré un ministro plenipotenciario, pero
oido, pero en ,·oz alta- ~· tus 11mores con l\fousieur
hábil, hacia una vieja dama en Troye~, en casa de
Tbomas?
quien hice un excelente almuerzo; necesito las cua-Pero cómo, l'&lt;l. que es un buen muchacho, pre·
tro tapicerlas de su salón, pastorales de Boucher
tende burlarse de ese pobre trastornado que me ama
que regocijan la vista como una salida de sol cogiy yo también á él.- Pues bien! ha pedido mi mada por la naveta en los telares de los Gobelinos.
no; vamos! Y mamá va á ponerlo á la puerta como
Sentados en los rincones de mi chimenea, dos amoA un cualquiera. No tiene ni un ceniaYO v ;\[arla
res- faunos de Clodion, balanceándose en un enlaha vivido, conoce el mundo. ¿Yerdad?
•
zamiento de rocalla dorada de cor moulu&gt; en donde las bujías se elevan. Pero el centt·o? Nada de
n
péndulos! Un reloj es la mano del tiempo sobre
vuestra
vida, como la mano de un médico sobre
Estaba en mi lecho, sin dormir ya, pensando á
penas, con los ojos cerrados, el cuerpo aletargado vuestro puh10.
El centro . .. . ! El centro . . . !
aún, con el espíritu mecido, acurrucado en las sáUn vivo campanillazo y la pequeña l\Iaria baca
banas, bañado pot· las tibiezas del edredón, sabo
reando y prolongando mi pereza, acariciado por inupción en mi recámara.
-Señor, Ud. es amigo de Monsieur Thomas. Me
un rayito del sol que penetraba en la alcoba te·
han
dicho que está. muy enfermo y quiero verlo.
niendo en la mente el más aleare murmura; de
~1edia hora después iin carruaje nos dejaba en Ja
ideas y sin movermP, despertand; poco A poco, bea•

Vamos! decidlo de una vez! Y qué? la paradoja es
un Jugar común que no ha madurado .. .. La Amé·
rica es una paradoja de Cristóbal Colón! La paradoja es la segunda vista del esplritu; la vlspera
que adivina el mañana; un hombre que se adelanta
como un reloj! . .. . Cuando me case- porque es bueno no tan sólo cuando no hay sol-i.e lo digo á Ud.
porque es mi amigo-ella me hará mi comida.Amo el azul y ella estará Yestida con gasa azulimaginad un vapor, trajes como hay en los claros de
la luna! Y la haré que se empolve porque tiene ca.
bellos negros y ojos azules y eso desentonarla,
mientras que empoh·ada será encantador, si, encantador, mi palabra! r sobre sus cabellos empo lvados, adivináis qué? . ... Un disco de plata! Solos,
entregado uno al ot1·0, con los postigos cerradoi;,
nos burlaremos del sol todo el dla. v en la noche
saldremos, andaremos . .. . Ob! enton"ces, trabajart'.i
tAnto! Tendrán que hablar de mi; teudré envidioh0S, ... . críticos . . mi talento .. Pero qué brnto
soy! Pasaré todo el tiempo amándola.-Después de
todo qué se me da:\ mi la posteridad con esas grandes leglas universales por agua ó fuego cada veinte
mil años? Una inmortalidad de á dos centa.os! Y
además hay una injusticia. Si SOY tan fuerte como
Rembrandt, quién me dernh·en\.. la admiración de
que él disfruta hace dos siglos? l\Ie han robado.~:s una injusticia; se lo aseguro á Pd.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

96

calle Saint Victor. No recuerdo que nos hubiésemos
hablado durante el camino.
La puerta del pasillo estaba abierta. El jardín
sonaba sordamente bajo bruscos golpes y una lluvia finisima caía sin cesar. Thomas en mangas de
camisa manPjaba un azadón furiosamente. La mitad del jardiu estaha ya excavado y Thomas segufa
su tarea sin preocuparse de nuestra presencia.
-Y bien, Tliomas! Así se recibe á los amigo&amp;?
Sin volver el rostro, sin mirarnos, continuando
sus golpes de azadón:
-Concluyo. Cincuenta azadonazos aún ....
-Pero ved siquiera á la dama que viene á vi.itaros!
Thomas pasó el revés de su manga sobre sufren·
te inundada de sudor y miró fijamente á la joven.
-Señora: tengo el honor de saludaros! Tomad
asiento!
No había en el pobrejardinillo sino algunos marchitos tallos de patatas.
Y volviéndose á mi:
-Pues bien, mirad; el golpe esta dado, querido
señor! llfe preguntaba Ud. por qué tenia miedo de
ellos? Ella está aquí debajo. La estoy buscando

porque me la han matado. Oh! no habrá señal; Ud·
lo verá! Los oi perfectamente anoche; apenas desapareció la luna del cielo cuando llegaron-muy
quedo, muy quedo entraron en el jardín los miserables! Yo estaba acostado sobre un colchón de
corcho y toda mi recámara estaba llena de agua fuerte .. .. No podía bajarme, ¿comprende Ud.?
Se detuvo sofocándose.-El resto? Caramba! se
necesita que tenga Ud. la cabeza endemoniadamente dura .... Pues la han enterrado aquí! Sabe
Ud. dónde está acaso?
-Eh ahi! Qultese Ud., señora, que me estorba!
-Pero por Dios á quién han enterrado?-le dijo
~!aria tomando sus dos manos.
-A quién? A nadie! A la pequeña i\Iarfa!
Y volvió á su tarea de sepulturero.

Thomas murió, hace seis semanas. Dos amigos,
el Silencio y el Olvido, lo llevaron á la fosa común
y su propietario ha hecho seis cacerolas con los colores de sus hermosas planchas tituladas: • Los
Amores del Sena y de la Noche.•
Eo. Y JULIO DE GONCOURT.

(Trad. de •Revista Moderna.&gt;)

LUCHAREMOS!

¡Qué iusignificante cosilla puede cambiat· el humor de un hombre!
Abrumado por meditaciones tristes, caminaba yo
un día á lo largo de una carretera.
Tenibles presentimientos me oprimían el pecho,
y la melancolía apoderábase de mi espíritu.
Levanté la cabeza .... Delante de mí, entre dos
hileras de altos chopos, perdía.se á lo lejos la carretera, recta como el trayecto de una flecha.
Y á través de aquel camino, á diez pasos de mi,
saltaba á la cozcojita toda una familia de gorriones, dorada por el sol ardiente del estlo.
Saltaba con atrevimiento, con alegria, con deguridad.

Especialmente uno de ellos, el jefe, avanzaba con
diabóliéa resolución, contoneándose un poco, sacando el pecho, piando con insoleucia. En una palabra: era un perdonavidas, un conquistador.
Y durante ese tiempo, allá en lo alto del cielo,
cerniase un gavilán, que quizá fuese á devorar
precisamente á ese conquistador perdonavidas.
Solté la carcajada, me moví é inmediatamente
se disiparon mis tristes ideas. Scnt! ánimos, audacia, regocijo de vivir.
Y cuando mi gavilán se cierna también encima
de mi cabeza ¡qué diantre! aún lucharemos.
IvAN TURGUENEF.

PIEDAD .... !
El que en la aridez asfixiante de la vida.-¡ay! no tiene el perdón como un oasis-para todos las faltas, todos
los vicios, todos los crímcnes;- el que no llern oculto en el fondo del alma-un cáliz de piedad r de amor
, ,místico - para todas
lasdebilidades, todas
. . ~ ~~ -~:.~ -.. . . .
acechanzas, todos los
\:.¡,_'-&lt;
. su~ errores, to d os 1os_
1fr i mi e ntos;-cl que
no sabe verter los aje' nos dolores en el va
so sin fondo de la misericordia;-el que ha
sellado las fuentes de
su llanto-á los que
gimen sin esperanzas en la vida;- e 1
que petrifica su corazóu con el egoísmo;-el que l\Iidas
macabro transforma
en oro el dolor, la
bondad, la resignación y el esfuerzo,haciendo diamantes,
de todas, todas las
lágrimas,-y rubíes
de todas las derramadas gotas de llanto,el que no sabe sobrellevar la humildad, la
pobreza;-el asesino
coronado por los éxitos malditos;-el que
desarma á la justicia
y la infama y la viola;-el que mancha el
fecundo amor con la
lujuria;- el que inocula sus desengaños
en las almas vírgenes:
-el que roba tesoros
ó creencias ó consuelos á los buenos ;-el
que no ama el Bien
por el Bien sólo ....
-aquel, tú, yo, todos .... no están con
Dios, desventurado.
- Valen menos que
Satán el duro, eterno rebelde;-rebelde
porque no puede
amar y amar ansia.Un instante de amor! ..
y fuera su eternidad
gloriosa.-Mirale llo •
rar bajo el doble cartílago largo de sus

,,¡:---

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

alas-ocultando la bifronte testa sabia entre ellas;-queriendo encontrar dentro de si mismo, en el abis•
mo de su siniestra alma, alma noche sin astros-ese secreto inmenso del amor vivo, triunfante,- -cla•
vado en las cruces por el delirio un ella -y redivivo en los altares por los siglos de los siglos ... . -

RODIN.

En el pálido rostro de Jesús hay muchas lágrimas,-rneuan enrojecidas por Ja sangre de su cárdena
frente-comprimida en un cerco de espinas bajo leyenda infame.-Oh, cuán silenciosas caen sin cesar
11obre la roca del corazón humano inconmovible! .... -Como caen! oh mi Dios! en el mio endurecido~
y desconsolado para siempre de todo, hasta de ti mismo!

DOS RICOS.
Cuando ante mi se cel1:bra al archimillonario
Rotbscbild, quien, con sus inmensas rentas consagra sumas cuantiosas á educar niiíos, curar enfermos y fundar asilos parn 105 ancianos, tambit&gt;n YO
le elogio y le admiro.
·
Pero, al alabarle y admirarle por eso, no puedo
dejar de acordarme de una pobre familia de labriegos que habla recogido :í una huérfana en ~u mi •
Rerable choza.

-S1 nos hacemos cargo de Katia, decía la campesina., nos dt&gt;jar{i sin nuestros últimos cuartos y
ni siquiera tendremos para comprar sal con que
sazonar la sopa.
- Pues liien; la comeremos sin sal, contestó el
marido.
¡Cu/111 lejos está todavía Rothschild de ese la•
briPgo!
lvA:-- TURGUEXEF,

Antes de visitar la exposición Rodin, he leido to•
do lo que del gran artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le juzgan un
dios, hasta los ataques en que se le declara poco
menos que un imbécil. La bibliografía rodiniana
es ya bastante considerable. Luego me propuse
apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin
perjuicio ninguno á entregarme á. la influencia directa de la magia artística, poniendo tan sólo de
mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por
toda labor mental de sinceridad )' de conciencia,
por todo osado trabajador, por todo combatiente
de bellos combates. Después de mi primera visita,
volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba á. veces una hora larga.
Queda oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la linea, la revelación del oculto
sentido de las formas.
:\le atrevo á decir-no sin cierto temor-que com•
prendo á. l\lallarmé; en l\Iadrid me be sublevado
contra los que no entendlan la música de Vicente
D'ludy; he leido á. René Gbil, sacando algún pro•
vecho, cosa que parece bastante dificil¡ soy apasionado de Odilon Redon, de Toroop, de Rops; he
publicado un ingenuo libro de admiración que se
llama Los Ra1·os .. .. Pues bien, al hacer mi suma
de impresiones sobre la obra de este potente escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy
desconcertado. Los criticos de arte no me han ser\'ido para maldita la cosa, sino para amontonar á
los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones. Ante ellos la obra rodiniana es como
esos barriles de los prestidigitadores, que por un
solo robinete clan el lico1· que rlace á cada cual.
Hay en ella lo que se le antoja á no importa quien.
Es el caos y es el cosmos. El uno habla de filesofla; el otro se ase al generoso símbolo; el otro encuentra su manía social; el otl'O su visión ocultista.
Yo expondré, con toda la transparencia de que me
siento capaz, este resumen: he hallado á. dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de gracia
artística, que domina á. la inmediata, vencedor en
la luz, maestro plástico y prometeano, encendedor
de vida, y otro Rodio cultivador de la fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo,
ultraviolento, ú obrando á. veces como e11fregado á
esa cosa exfrmi.a que se llama la casualiclad. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte ue esas esculturas,
rudos esbozos, lan·as de estatuas, creaciones deliberadamente inconcusas, figuras que solicitan un
complemento de nuestro esfuerzo imaginativo, me
preguntaba: ¿dónde he visto yo algo semejante? Y
era en las rocas de los campos, en los árboles de
los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas
que la hqmec:lad forma en los muros y en los cielos

rasos; ó en la gota de tinta que aplastais ent:·e dos
papeles.
Esto último resaltó súbitamente á. mi vista delante de algunos dibujos que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas
y plasmadas.
Una página de Eugene Ca:-riere vino en mi ayu•
da. "El arte de Rodio, dice el gran pintor, sale de
la tierra y á. ella vuelve, semejante á los bloques
gigantes, rocas ó dólmenes que afirman las socie•
dades, y en cuyo heroico en&amp;'randecimiento se ha
reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión ele la vida,
es obra de pasión y de amor.
La pasión de que Rodin es el servidor obediente,
le hace descubrir las leyes que sirven para expre•
sarla, es ella la que le da el sentido de los volúme·
nes y de las proporciones, la elección del relieve
expresivo. Asi la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran en el
sentido de su vida interior. Son esas fornas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodio.
Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu
libre, cuyo director es la naturaleza misma.
.Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis
visto los colosales frailes de piedra que en la roca
viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese
es el maestro de Rodio. Este persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal
figura suya os trae á la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra el gesto extraño que las aguas
han labrado en una piedra, á. la orilla del mar; otra
los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cera de un cirio. Lo qu e se manifiesta más
imperiosamente es el don singular de poner en esas
formas. una suma de vida que al contemplador
causa un insólito pasmo. lilas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no
encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida
rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué variados hechos en
desenterradas Po mpeyas ó Ilerculanos.
La prensa, las distintits interpretaciones de los
críticos de a,.te, y las exageraciones del snobismo
causaron á Rodin bastante daiio. Se ha querido y
se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico
indiscutible, que no entraiia más que la formidable
omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre: todas las escuelas. l\Iirbeau ha
tenido razón: los señores de la critica han dicho lo
que se les ha antojado, menos que Rodio es un ar•
tesano genial, que en su oficio y en su consagra•
ción, realiza el milagro, sin imponerse tareas socia•

�100

REVISTA MODERNA.

les, mitos trascendentales, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador,
y sobre todo el imaginati\•o, puede sacar lo que
quiera de esa misteriosa ó inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la
revelación subitánea de la vida, el encuentro en la
materia de la voluntad humana, del designio del
artista, con la voluntad suelta y el designio de la
naturaleza, que tiende á decir su secreto, á formular su intima esencia. Si Rodio no fuera Rodia,
habría franqueado el poco de lo sublime á lo ridlcuto. l~clizmente para él, no le io,·ade la literatura.
Es un dedicado, un.consagrado á su caza de gestos, á su persecución de actitudes. Lo que no Re
pnede poner en duda es su i;inceridad, su lealtitd
1tl arte.
A lo más se podría suponer que la iuflueucia de
sus intérpretes liter.;rios y la humareda de la lucha
intelectual encendida alrededor del Balzac, le han
afianzado en su propósito de firmeza en el choque
deliberado con el ambiente uormal que le rechaza.
El obliga á inclinarse ante su fuerzn, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodio demuestra una innegable tendencia á lo feo, ello vendrá de lo que
Nietzsche denomina la necesidad de lo feo - absolutamente griega- • la sincera y áspera inclinación
de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia
el mito trágico, hacia la representación de todo lo
que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida.• Esplritu aislado, como todos los grandes, va solo. •Es de la raza de los que 111a1•chan solos,• dice
de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, á los golpes de los
que le atacan, resuena con hermoso resonar. EstA
constrnlda de lógica, á martillazos ciclópeos. Lo que
constituye su talón aqulleo, es su tácita sujeción á
la idea de los críticos oraculares, el querer hacer
slmbolo é intelectualismo, cuando su fuente propia
está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en
lll pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del JJeso, el robusto creado1· de los Bm·guese.~
de Calais. Por lo tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese Genio clel reposo ete1·no, que
encontrais frusto é incomprensibl11 1 sobre todo,
cuando recordais el Praxltrles del Louvre en idt•n•
tic11 interpretación.

Entre árboles que la primavera anima está la caRa en que el maestro ha juntado su producció::; entre árboles, como un templo antiguo de Grecia.
Hay días de moda, los vieroes:-•¡Oh man¡uise!••;Oh ma chére!» Entra bastante gente, y los ingleses, como ~-a lo debéis suponer, abundan. Hay quie-

REVISTA MODERNA.

nes sonríen, desde la entrada, como si entraran á
un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir A
la humanidad toda: •¡Ah, imbéciles! entro en mi
casa.•
Ya, en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os hacen las manos de la
vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelYe
el aliento. Súbitamente, al entrar, la Guena. Se
ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo,
debo declarar que no concibo en Rodia un repre·
sentativo del esplritu griego; Rodio no tiene de
Grecia más que el concepto de la tragedia; es la
máscara trágica la que le obsede. Vida, si¡ pero vida humana, mientras en el arte puro giego existe
la imposición de la vida divina. Ah! está la supre·
ma particularidad de Hodin, en haber buscado y
encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraiio, e11 el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él
la virtud ollmpica de Fidia~, de Praxiteles, de los
antiguos maestros helenos. Se comunica con los
dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sfrena, son suyos; mas con Júpiter ó A polo, se desequilibra. Cuando ha querido representará Apolo, lo
ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, sobre las sombras, portador de la luz; la ejecución
nos ha dado un muchacho agradable que no nos
convence en su excelente mlmica, de set· la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del
predominio absolutamente humano y realista que
existe en la obra de Rodin. La Guerra es una obra
de pequeiias dimensiones, que, como os he dicho,
está á la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, sumariamente, á. ver la gran masa blanca, el esfingico volumen, la piedra de escándalo, el Balzac que adrnrtls en el centro de la sala,
entronizado, dominador. Y la Guerra es de fuerte
magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso, y el combatiente caldo, son dignas luminares de
!a exposición. Oa certifican la influencia del genio,
ó si queréis mejor, del estupendo instinto, las soberanas anatomias, vibrantes de una idea simbóli·
ca y trascendente. Los brazos del genio abarcan
toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el sorlo de tempestad. El soldado
musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de
figu1·as y figuritas inacabadas, como proyectadas,
y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os
cuesta convenceros de que sea el autor de esos ca·
prichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la belllsima Edad de
bronce que erige su espléndida desnudez en el jardln del Luxemburgo.

Hrni:::s DARÍO.

101

N"OrrAS BIBLIOGRAFIOAS.
"DE TIERRA CALTDA "
POR

SANTIAGO ARGÜELLO A.
Nicaragua, 1900.

Fué una tarde de fiesta para mi la tarde aquella
en que hasta mi bungalo1c de Yokohama llegó em·
bijado con el policromo tatuaje de innúmeros timbres po.stales: • De Tierra Cálida,• el hermoso libro
tle versos de Santiago Argüello, hijo. Seis meses de
Japón, vivido en pleno riñón de las ciudades japonesas, en bonzerlas; teatros, casas de the y matzuris me hablan congestionado de arte, promoviendo
un espasmo en mi espil'itu hecho i1 digerir parsimoniosamente las escasas y tardlas emociones artlsticas de nuestra bárbara América. De Kanaoka y
Zingoro á Guekó y l\litzuhidé el Arte milenario y
suntuoso del Imperio Auroral habla desplomado sus
maravillas sobre mi mente estupefacta aún, de admiraciones exhaustas en la atonla de un sttrmenage abrumador. Por reacción, tal vez poi· larvada
nostalgia, sorprendlaume al tramontar las lunas del
Otoño nipón, ensimismado en ensueños de selvas
americanas, de Cabai·ets de Montparno, de at home
y de amor, ideales perspectivas todas donde no brillaba ni un átomo de la luz de esa luna que emergiendo de las negrns cryptomerlas, dejaba resbalar
sus muselinas hasta rozar ~u sideral carne desnuda
con la nieve pálida del erecto Fuziyama . ... t\li
Budha sobre la cátedra del sagrado loto dormía
con sus ambiguos párpados cerrados irremisiblemente á la vida r frente á él en el zócalo del • toko noma• no ardlan las barras de incienso en el perfumatorio ritual y los crisantemos oh·idados en las
esmaltadas fayenzas lloraban en silencio, dejando
caer como largas lágrimas sus pétalos.-Y era que
los recuerdos como brillantes paraninfos tralan sobre andas de oro, en florido y nupcial cortejo, la
memoria de la mujer amada ó que al estridor de
una cigarra una selva patria, un jardlo tropical, un
costeño bohio, se leYantaban poblando lujuriosamente el yermo del r egret.
En ese estado de alma desfloré el libro de Argüello y lo leí con avidez, con ansia, desde la gentil
evocación á la !\fusa rústica, hasta la pieza final en
que el poeta loa á la divina Grecia antigua, siutien·
do un desdén casi legitimo por el mundo actual.
Principia el libro con una serie de fragantes cautos rurales, henchidos de savia y emanando fuertes
Y gratos aromas forestales; hay en ellos felices imágenes evocadoras á la Jules Renard, concisas y eficaces. En diez ve1·sos está descrita una tempestad
por la atinada elección de dos imágenes: el crujir

del roble al rojo hachazo del rayo y la final no1a
plácida de las torcaces sacudiendo sus plumas.
• Frutas• es un delicioso cuadro de fresca pintura, idilio, bucólica, cerrado con un final en que hay
un grano de malicia, un efluvio de almizcle en el
escote de una pastora, una mano atrevida entre encajes encubridores, el talón rojo de un abate sobre
el césped ingenuo de una pastoral de Lancret.
• En el Edt:•n• es una deliciosa pintura algo tibia
quizás del glorioso idilio primero, y «La Gruta un
triunfante poema en que hay rayos de luna del nim bo de IIeine, orfebrerías Gauterianas y capullos de
símbolos de Regnier ó de Gourmont en una gama
de sonoros versos musica!es.
•Habla Safo de sus tres Amores,• es una pieza
que nuestra Revista reprodujo para dar á. los lectores una muestra de cómo cincela Argiiello. La
admirable, la Inspiradora lesbiana se desprende del
marmóreo bajo- relieve, con la suprema gracia de
una figura tanagrina ó miryniana, avante el seno
turgente y abrasado bajo el vuelo airoso de la exómida leve. Un poema as! hubiera sido rimado por
un egipan en su doble flauta; á su música Psiché
se entregaría, Dyonisos hubiera sonreldo .. ..
cl\Iarica• es un poema ingenuo y campoamoriaoo,
que recuerda A nuestro Gutiérrez Nájera más de
lo que convendría á la originalidad de Argüello;
pero que otro evidencie esa desagradable semejan·
za, para mi es tarea más grata revelar las excelen·
cías del poeta. «El Carpintero• es un canto cuyo
realismo lo iguala i1 un cuadro de género. Minucioso y brillante en la descripción como un interior
flamenco, concluye irradiando una imagen. Tras
del rudo trabajo el bravo obrero se sienta II la mesa:
• Y en su faz brilla una aurora más alegre
Que una aurora sobre el mar! •
1.:0 resumen, aportando como credencial el hermoso libro •De Tierra Cálida, • un nuevo poeta ha
aparecido y como á tal lo saludamos entusiastamen •
te. Argüello, compatriota de Rubén Darlo, parnce
preocuparse á veces con la manera de su culmi nante hermanG. Sin duda en los libros futuros que
Argüello anuncia ya, veremos su interesante personalidad desprendida y airosamente hecha estatua ya
fuera para siempre de la ronde bosse del bajo- relieve. No me aventuro prediciendo que asl sucederá.

�Libros y Revistas (1). Hemos retibido los libros
siguientes:
•Ariel• (***) por José Earique Rodó. - :11ontevi•
deo, 1900.
,Q. Horacio Flaco ("''~* l. Algunas Odas traducidas
en verso castellano• por Joaquin D. Casasús.-Mé:dco, 1900.

,De Autos• (***) por Victoriano Salado Alvarez
-Guadalajara, 1901.
•Poemas Helénicos• por Goycoechea :l[enénd.iz·
-Arge11tina, 1899.
•Cuentos de Poeta, (***) por flufino Blanco Fombona.-Maracaibo, 1900.
cEI Ateneo Nicaragüense.»-Núm. 16, 1900.
cLa Voz social.,-Buenos Aires. Núm. 12, 1900.
cKo-Ka• ("'**). Núm. 12.-Tokio- Japón, 1900.
•L'Ermitaga• (***).-París, 1900.

Y es hoy la tercera vez que vagando por esos
páramos literarios que la prensa de los Estados titula «páginas dominicales,• me encuentro con una
oda al Transvaal .... En todo tiempo sopla en esas
páginas un viento soporoso de modorra y de tedio.
Allá, en el horizonte gris de esas pampas infecundas y calcinadas desfila la theoría irrisoria de las
(r) Los libros ó periódicos marcados con asteriscos serán objeto de especial estudio en alguno de nuestros próximos números. En lo sucesivo toda publicación literaria enviada por su
nutor á esta Redacción será analizada ó mencionada cuando
menos en: "~otas bibliográficas. "

musas prostituidas y de los númenes rnfianes. • • •
La impotencia alardea de pródiga, la miseria se
echa al hombro el jirón de púrpura de un ilustre
guardarropa .... por el horizonte gris, por el pan·
tano donde la procesión claudica, parodiando infe·
lizmente el noble ritmo de las marchas triunfales,
bajo lo más turbio del cielo y sobre lo más hediondo del estuario, va la theorla canalla, un S1mcho
Panza enfático y orondo enlazando el talle desbor·
dante de una Musa maritornes; una Pióride de figón
osculando el hocico de Galiban! Toda la hampa de
una •Cour des 111iracles• literaria, los ropavejeros
de la poesía que con los ilustres brocados de Rubén
Darlo y los ripios propios se han fabricado una Ji.
brea; toda la valetaille famélica que se nutre con
las migajas que Lugones deja caer de su mesa de
prlncipe, todos los rateros audaces que á la espalda
de Díaz Mirón han intentado robar las flechas adamantinas de su épica aljaba!
Toda la hampa, toda la truhanería haciendo un
sabatt literario frente al fetiche Domingo y danzando grotescas barnbulas frente á la belleza que
desvía de la soez turba sus serenos ojos sin pupilas!
Y ahora frente á ese atormentado y gigante bajorelie,·e úpico esculpido en sombrío basalto por la
invencible raza bóera, llega otro audaz arrastrándose para pegar en ese friso sagrado de la historia
su cataplasma de ripios más grotesca que un pasquín. Una fricción de ungüentos de tras-·botica sobre la convulsión dolorosa de un Laocoonte!
Pero perded el tiempo en medirle las orejas á
esos asnos manaderos de la literatura y en anotar
los mil ecos de indignación que deja en el ambiente
sere.io el alarido de sus inconmensurables rebuznos!

J. J. T.

SU MANO.
( )!ANUSCRlTO Dl!l JOSÉ RE.JI L\,

ti. Sufría mucho, sufría mucho, su fria mucho. i\Ii
propio dolor me desarmó. Cal del paroxismo en la
cobardía. Y de rodillas, llorando, besé la media negra que calzaba su pie, y sentí la carne palpitar á
mi beso. La Hembra se apoderó de mis sentidos.
La tomé en mis brazos y bebí toda la miel de su
boca. Fué mía! fué mía! La hice diosa en la pose·
sión.-Desperté en la noche, ahogándome: No pude
tolerar el contacto con esa mujer aletargada, con
ese cuerpo laso, con esas carnes en reposo. Las sábanas estrujadas y revueltas, el aliento denso, el
calor húmedo, la claridad del dla que se filtraba
por las cortinas .... oh, el asco, el deshonor, la náusea! Me fijé, si, su trenza parecía una culebra que
se le enroscaba al cuello. . . No quise despertarla
por miedo de matarla. lile azoté la frente con R gua
fria~- sall!
***

Estaba inspirada, arrancando del piano uua harmonía de bosques meridionales. Su mano-esta
mano-del color de las teclas blancas, enaba entre
un tropel de notas .... Por qué sobre un :oueño in-

..**
. . . . Una noclie que nos insultamos mucho y que
nos besamos mucho, ebrios de vino, de celo y de
carne-por qué no de alma?-esta mano se estamp,', con ral&gt;ia en mi mejilla, y acarició después, con
rn , i,·ias tle hetaira, mi frente calenturienta.

~-

**
Cuando tomaba e11ta mano en la mía, antes de
que Dios nos expulsara del paraíso, la sentla,-timida, tlmida,- arder y temblar . . . . . . Ay! luego,
cuando el Gran Pecado nos unió en el deleite inolvidable y en el eterno dolor, la seutl,-confiada,
confiada,-reposar en el hastío .. ..
*"'•
Un dla, mi amada dulce y cruel vió saltar de mis
ojos una lágrima luminosa como chispa de incen-

dio: la recogió en su anillo, y en su anillo parecía
un brillante. Contemplando su mano ataviada con
mi lágrima, dijo, cruelmente-dulcemente-: •Durára asi, toda una noche de baile!,-Esa vez me
besó con besos helados.

***

Larga, delgada, pálida, con las uñas como láminas de finlsima laca, ciñendo su pequeño dedo una
argolla de oro, esta mano sabia adormir ó enardecer mis fiebres, dibujar ensueños ó borronear pesadillas, jugando, indolente ó nerviosa, entre mis ca·
bellos.

....

Apretando con la extremidad de los dedos un ramo de violetas, lo contemplaba á. ratos y á ratos aspiraba el perfume fresco de las flores.-Yo no le
había dado ese ramo. Estalló mi celo inmenso sin
heril' su indiferencia. La injurié y la maldije. En
mi alma desesperada hubo una tragedia fulminan-

cipiente de felicidad cayó de pronto una mortaja?
por qué las sombras se abatieron sobre el idílico
paisaje? por qué me enloquecí? .... - •Basta, grité,
no me atormentes más, cierra ese piano!, Me respondieron las notas claras y abundantes de su carcajada. Me levanté fllrioso, y clavé mis dientes en
su mano. Un ¡ay! De la vena rota brotó una gota
de sangre. Ella, entre asustada y risueña, la lamió
con la punta de la lengua. Brotó luego otra gota
más gruesa, extendiéndose en hilo carmesí sobre
la palidez de la mano. Entonces, al ver humedecidos sus ojos grises como la niebla, acerqué conmovido mis labios sedientos de veneno y bebí con
amor su sangre. «Oh, perdón, perdón, perdón!• F.sa
yez me besó con besos de cauterio.
• **

. ... Otra noche, la última. . . . Qué horrible! La
serpiente negra enroscada á su cuello blanco ....

•

* *
La amé! la maté!. . . . Qué drama tan intenso de
pasión! Fné suya esta mano-e11ta mano de huesos
duros y fríos!
JESÚS

URUETA.

EL FINAL DEL LIBRO: "INDUCCIONES."
Todo se pasa en el Uundo, que el sabio estudia
como si ningún pensamiento, ninguna conciencia
se encontrara en el fondo de la realidad de las cosas, mas que la conciencia y el pensamiento propio. Una Conciencia, una Inteligencia, un Pensamiento, claro ú obscuro, intermitente ó continuo,
serla también, en verdad, J,fovimiento; pero este
movimiento, esto sólo lo hallamos en los animales
superiores, y en primer grado en el Hombre, y en
especial en el civilizado. En el fondo de lo que se
llama Universo, en ninguna de las manifestaciones
qui, conocemos, hallamos nada de esto: sólo en ella
reina la Inconsciencia, lo que ha hecho que Hart•
mann, personalizando el Todo, lo llamara EL GRAN
lNCONSCIENTll.

La am,'·! la maté! .... Qué ti rama tan intenso de
pasión! L&lt;'ué suya esta mano- eMa mano de huesos
duro~ y fríos.

103

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

102

La finalidad á la que se ha creído que obedecían
las cosas, se ha visto que era un efecto puro, una
atribución gratuita de nuestra mente, un falso modo de ver el Universo. La Mente humana había supuesto una intención productora allí donde había
sólo productos de una autoactividad de la Naturaleza.
El que haya quien no se conforme con la fonomenalidad, con la propia realidad cognoscible, que
aspire á un más allá del Universo, á un mundo infinito, del cual el mundo fenomenal no sea tal vez
más que la misma cosa vista del otro lado; el que
haya quien se desespere porque se le aperciba de
que jamás podrá llegar á ello, esto es, á los orlgenes, al fondo de las profundidades de donde el Ser
y la Vida dimanan, nada de esto arguye en contra
de la Ciencia, nada en contra de la Filosofía. Ellas
se ocupan tan sólo de lo que puede sernos explicable, definible, cognoscible: lo demás i;erá siempre
patrimonio vago de los esplritus poco precisos, ca-

paces sólo de emoción, de vibración dramática. Esta emergencia de lo desconocido, ese querer atribuirle el carácter de infinidad, ese querer darse
cuenta de ello, contentándose con nombres, que al
fin y al cabo corresponden sólo á merns antropo•
morfismos; eso es lo que produce el llamado sentí·
miento religioso, que en sus más altos y más nobles
grados es admiración profunda por ese Indefinido
Incomprensible, Omniactivo, eternamente vivo, eu
si inexplicable.
Pero en los intelectos capaces de dar forma á las
cosas, ó de sentirla, ese sentimiento produce, no la
Religión, h religión positiva, sino el AxTE, en su
modo activo; y, en su modo pasivo, la contemplación estética del Universo, la inmersión de nuestro
espíritu en el uni1·ersal drama de la Naturaleza.
El alma serena del Hombre moderno, llegado ya
ii un alto grado de comprensión científica, no pue•
de interesarse por unos misterios que sabe ya de
antemano que son impenetrables, y que todo lo que
de positivo se haya querido fundar sobre ellos no
ha hecho más que contrariar la Yida y el superior
desarrollo humano, subyugando el Hombre al Todo incomprensible. La Ciencia le ha enseñado que
la fenomenalidad no se tuerce ni se endereza con ,
los ritos de adoración ó las plegarias dirigidas á las
personificaciones del Todo. Sabe que la única mauera de modificar esa fenomenalidad que tanto le
ha aterrorizado, no es prosternandose; sino estudiándola y reaccionando directamente sobre de
ella. Sabe que el Yo no es más que uno de estos
fenómenos, y que, por tanto, su ingerencia ó su dominio sobre los otros es justisima, pues él dimana
de lo mismo que ello¡¡ (caso de que en último término dimanen de algo) y les es superior en jerar-

�ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 6, Marzo, Segunda quincena</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>72

A~o IV

REVISTA MODERNA.

EL PERRO MUERTO.
Jesús llegó una tarde A las puertas de una Villa
é hizo adelantarse á sus discípulos para preparar
la cena. El, impelido al bien y la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vió en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, yacercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muel'to, atado al cuello por la cuerda que habla serYido para arrastrarle por el lodo.
Jamás cosa más Yil, más repugnante, más impura,
se había ofrecido á los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo junto á la carroña, miraban con asco.
-Esto emponzeña el aire, dijo uno de los presentes, tapándose la nariz.
-Cuánto tiempo aún, dijo otro, este animal putrefacto estorbará la vía.

111

QUINCENA DE MARZÓ DE

1901

NúM, 5

REVISTA MODERNA

-Mirad su piel, dijo un tercero, no hay un trozo
en ella que pudiera aprovecharse para cortar unas
sandalias.
-Y sus orejas, exclamó un cuarto, asquerosas y
llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón, añadió otro.
Jesús les escuchó, y echando una mirada de compasión sobre el animal inmundo:
-Sus dientes son más blancos y hermosos que
las perlas!-dijo.
Entonces, el pueblo admirado, volvióse hacia él,
exclamando:
-¿Quién es éste? ¿Será Jesús Nazareth? El sólo
podía encontrarse alguna cosa de qué condolerse
y hasta algo que alabar en un perro muerto!. ...
Y cada uno, avergonzado, siguió su camino, inclinando la cabeza delante del Hijo de Dios.
LEÓN TOLSTOI.

"LA·W N TENNIS."
Una francesa, queriendo explicar su carácter, ha
escrito lo siguiente: «Nunca me visto para un baile
sin saber por quién voy allá.,-Las muJeres americanas, por el contrario, parecen vestidas con el
objeto de aparecer bellas, porque son mujeres •hermosas y sanas,, como su raza, y en llquel momento ninguna piensa en el fiirting, absorbi&lt;las como
están en seguir el juego, en que cada m ·ién llegado se interesa inmediata mente al i,!?'11a.l de otros.
Aleccioaaclas por cursos de cultura fí ,ica, comp1·enden el atletismo ea donue quiera q ·1c lo encuentran,
con la misma semi-profesional io.tcligencia que en
un asalto de esgrima un espailachln mide con una
mirada la agili&lt;lau de los co111l&gt;atientes y su juego.
En cierto momento, uno tle los jóvenes jugadores que acalla de herir 111 bola, llama á un asistente para qtw le limpie la ~uela de su zapato de caucho, llena de lodo. Dnrante esa plebeya operación,
el joveu logra asu111ir una postura tan gallarda,
que oigo á una muchacha exclamar: , ¡Oh, cuánto

MÉXICO,

desearla que ganase! ¡Es tan buen mozo! Ingenua
exclamación en que se revela la profunda admiración de la mujer americana por la belleza fisica,
considerada al modo pagano. Va tan lejos esta admiracióu, que uno de los más celebrados atletas de
los Estados Unidos, reune en su palco, después de
la representación en que ha tomado parte, á las
mujeres de la mejor sociedad, y con el torso desnudo, les da una disertación sobre su cuerpo, una
conferencia sobre musculatura. La fotografla de
ese torso, realmente muscular, como aquel del Museo del Vaticano que las manos del viejo Miguel
Angel acariciaban, se vende en todas las tiendas, y
más de una de esas bellas espectadoras de laten
tennis posee una de ellas en su sala. ,Hay gentes
que consideran esto indecente,• decía una de las
meucionadas damas, mostrándome ese singular documento de su independencia de ideas. • Yo no lo
creo,, añadía ella. ,Esto es griego; he ahi todo.,
PAUL

BOURGET.

A NUESTRO DIRECTOR.
El alto, el noble amigo nuestro, que ha puesto todo su genio y todo
su corazón en la "Revista Moderna," sufre en estos momentos un nuevo, un hondo dolor por la muerte de su hermano, el Sr. D. José Valenzuela.
Lo acompañamos en su duelo, siempre amantes, siempre fieles.
Los

REDACTORES.

ARTE
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
'l'ip. de Dubldn.

�74

REVISTA MODERNA.

LOS ESTUDIANTES.
Como un homenaje de justa simpatla á los estu•
diantes de la Capital de la RPpública, en este número publica la REVISTA MoDJrnNA el discurso del
Sr. Urueta y la poesía del Sr. Rebolledo, números
entusiastamente aplaudidos en el festival organizado por la juventud de nuestras Escuelas Superiores, y verificado la noche del 8 de Febrero de
1901, bajo la presidencia del Sr. Secretario de la
Guena, General D. Bernardo Reyes.

ARENGA A LA. JUVENTUD.
¡Divina Juventud! á ti mi arte, a ti mi poesla, A
ti mi amor que con sus estrofas helénicas cantará
tu gloria, como cauta el azul Mediterráneo la gloria de Athenas, gallarda en sus palestras, en sus anfiteatros, en sus templos, en sus festivales; con sus
versos hechos estatuas; con su~ diosas que bajan
de la mansión venturosa á ser fecundadas por los
hombres al b9rde de las fuentes y á. la sombra de
los laureles¡ con sus mujeres que el cincel hizo perfectas, inviolables, únicas, slmbolos de la adoración
que tiene la magia de convertir los pecados efim~ros en eternas virtudes; con sus gueneros que hicieron resonar en la historia los parches de Tirteo
y los coros de Esquilo; con sus filósofos, que como
Sócrates al morir, acariciaban la undosa cabellera
del discípulo para sentir en sus dedos la sensación
exuberantti de la juventud; y con sus poetas, que
como Sófokles, bailaban brillantemente desnudos
después de Salamina, bajo los pórticos de los tem~
plos, entre la lluvia de oro y de rosas del Olimpo,
mientras Perikles recitaba el panegírico de los
muertos por la patria con su palabra serena de
verdad, y las miradas de Aspasia se perdían en el
ensueño de las olas de seda que ciñen con rumorosa caricia las islas de mármol, que como enmudecidas sirenas, asomaban sus blancos torsos para
extasiarse con el himno gigantesco de la victoria y
de la paz!
La Juventud, en la historia, se llamará siempre·
Athenas, porque es la risa, la poesía, el heroísmo,
la belleza y el amor. En todas partes y en todos los
tonos, se dice que ya no hay jóvenes. Bueno, pues
desde que en la tierra existen viejos y jóvenes, los
viejos han dicho siempre que ya no hay jóvenes.
Es una manera de consolarse. La expel'iencia rs
ce!osa del ideal; las aves del paralso huyen del alma cuando las floraciones se marchitan; el espíritu
se encorva, como el cuerpo, y encenado en un pequeño y cómodo lote de la vida, se tiende á descansar bajo la sombra de los recuerdos. Qué alto y escarpado se ve el porvenir! cuán IPjos reculan los
horizontes! qué locos los que luchan! Son pocos,
muy pocos, los viejos augustos que conservan una
cima intacta y fuerte sobre sus ilusiones derrum-

badas, como conserva la vieja Roma sobre sus ruinas seculares la altura del Campidoglio, coronado
en la historia moderna con los resplandores de la
espada de Garibaldi y con las odas triunfales de
Carducci!
En cambio, la juventud no niega á sus parlres,
sigue fielmente la respetable máxima latina: «Semper in civitate nostra samectus venerabile fui t.• Las
cabezas blancas son imponentes, los corazones que
se derrumban son augustos, las inteligencias que
tramontan son sagradas. Vosotros, con una amplia
conciencia de la vida intelectual, sabeis que el titulo de nobleza de cada enseñanza está basado en
su parentesco con la ciencia universal, pues nada
se pierde, aunque parezca lo contrario, del esfuerzo
creador y soberano que tantos odios emplea para
fabricar un poco de amor y que tantos errores aprovecha para elaborar una poca de verdad; sabeis que
se siente una satisfacción intima colaborando en la
obra común y suprema de las redenciones; sabeis
que el verdadero orgullo nobillsimo es venir de muy
abajo~para ir muy arriba, del fango:á la montaña,
del rugido'.al salmo, del robo á la caridad, de la posesión á. la adoración, del rencor~á la concordia del
simio al hombre y!del hombre ÁDios; sabeis q~e la
palabra pronunciada allá en el fondo de una caverna por el primer Prometeo: •pedernal, enciende!• fué repetida al cabo de miles de siglos por l\liguel Angel golpeando con el martillo la testa bíblica del Moisés: • marmol, habla!;• sabeis que en
todas las manifestaciones de la vida hay una extraordinaria mezcla de pasado y de presente, mejor
dicho, harmonía de uno y otro, continuidad no in- •
terrumpida de los sentimientos que se depuran, de
las ideas que se abrillantan, de las voluntad.es que
se fortalecen, concurriendo á la formación dei tipo
ideal, del hombre inteligente, bueno y be Jo, que
conquistará el dominio, inmenso aún, del mal moral y del mal físico, poniendo su gloria en el espíritu, su grandeza en la virtud y su magnificencia
en la justicia!
Oí una maiiana, en uno de los anfiteatros de la
Sorbona, estas palabras, que de los disertos labios
del profesor Lavisse, cayeron solell)nes en mi memoria: «Hubo filósofos de la historia. de la humanidad. Hoy, han pasado de moda. Civilizaciones desconocidas á nuestros antecesores son descabiertas
por nosotros; los misterios del Oriente son penetrados; los palacios de los reyes legendarios se transportan á. las grandes capitales. La vida colosal de
Roma se estudia en sus detalles; el almanaque del
imperio se reconstruye; todos los personaJes de la
edad media, papas, emperadores, reyes, iglesias,
monasterios, señol'ios, comunas, son exhumados por
los cronistas y los a1·chiveros .... Vidas humanas honorables vidas laboriosas, se gastan y consu~e~ en

REVISTA .M.ODERNA
escribir una linea, una palabra de ese libro sin fin
que es la histo ria de los hombres .... Pero nadie se
\·anagloriarfa de comprender en su amplitud la historia entera de la humanidad ... . Fragmentos, fragmentos, fragmentos: he aqui toda nuestra riqueza,
que es una gran miseria.•
Pues bien, señores: con esos fragmentos se han
hecho las guerras de la libertad; con esos fragmentos se hará la paz de la justicia. La Paz! qué aspiración! qué sueño! Y por qué no, amigos mios. Sois
jóvenes, soñad. La vida es inagotable. La mirada
se extravla en los orígenes y se pierde en los fines
de la acción infinita. El océano es tumultuoso, in·
números los astros, harmoniosa la poesía .... soñad! No hemos visto surgir, en el breve instante de
miles de siglos, del obscuro cerebro informe de la
humanidad primitiva, habitado por negros fantasmas, la cabeza resplandeciente del Dante llena de
blancas epifanías estelares?; no hemos visto elevarse á la universal comunión, el divino corazón de
Jesús, formado pedazo á pedazo y fibra á fibra, por
el esclavo que sufre, por el asesino que sufre, por
la prostituta que sufre, por el mal que aspira al
bien, por el castigo que aspira á la justicia, por la
blasfemia que aspira á la plegaria, y por el amor
que aspira á Dios? Si eso hemos visto, por qué desesperar de la obra común del arte y de la ciencia,
que mientras más trabajan más fuertes son, y que
con los formidables arreos de Marte harán el cetro
de la nueva divinidad serena y limpia?-No importa que trágicamente irrisorio, el armipotente Nicolás-rey de reyes como Agamemnon-arrojara su
casco de águilas negras en la asamblea cobarde de
la Haya. No importa que el mundo ruja aún: ya
cantará!-Viéneme á la memoria que en la anarquía del Siglo undécimo, cuando reinaba el derecho del puño y cada puño afianzaba una cuchilla,
los obispos de toda la cristiandad se reunieron en
concilios, repitiendo la misma palabra: paz! paz!
Dícicndola, se entusiasmaban, y en uno de esos
concilios, exaltándose hasta el paroxismo con su
idea sublime, se levantaron de sus asientos blandiendo los cayados pastorales y gritando: paz! paz.'
De todos los ámbitos del mundo nos llega la voz de
la concordia, el verbo del amor, que pasa sobre las
cabezas de los atridas como ave sagrada de presa·
gio, y que de Francia fraternal, de Rusia mártir,
de Suecia humana, de Alemania alerta y aun do
Inglaterra pérfida-ay, no puede ser buena!- brota ardiente, sonoro, ensordecedor, como si convertido en Lira Profética, el corazón humano acordara en un himno los gritos de todos los dolores y las
músicas de todas las esperanzas!
Con esos fragmentos se han hecho las patrias;
cou esos fragmentos se hará la pafria. Nuestro Renan escribió: • Una nación es una alma, un principio espiritual. Doe cosas, que, á la verdad, son una
sola, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, otra está en el presente. Una es la posesión en común de un rico legado
de recuerdos, la otra. es el consentimiento actual,
el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar
dando valor á. la herencia que se ha recibido indivisa. Una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los eacrificios que se

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han hecho y de los que se está dispuesto á seguir
haciendo. La existencia de una nación es un plebiscito diario, como la existencia. del individuo es una
perpetua afirmación de la vida. Se ama en proporción de los sacrificios consentidos, de los males su·
fridos. El sufrimiento en común une más que la
alegría; en materia de recuerdes nacionales, los
duelos valen más que los triunfos.,
El divino maestro no quiso penetrar en la humani dad, no empujó las puertas de oro de la ciudaa
futura, y temeroso de convertir su fe en superstición, limitó su esperanza para no parecer iluso. Las
ilusiones de hoy pueden ser las verdades de mañana. Por qué limitar el alma, el principio espiritnal?
por qué limitar el pasado repleto de ruinas y el
presente fecundo de actil•idades? por qué limitar
los sacrificios hechos y los sacrificios por hacer?
por qué limitar el amor y los recuerdos? por qué limitar los duelos y los triunfos? Si la herencia, el
rico legado, la hemos recibido todos, porque todos
tenemos derecho al bien, porque todos tenemos derecho á la verdad, porque todos tenemos derecho á
la belleza; si el sol calienta á todos y á todos m,tre
la tierra y á todos corona el arte y á todos exalta
el amor; si los duelos son comunes y comunes las
alegrías y comunes los brotes de la sangre y comunes los salmos del sacrificio y comunes los resplandores de la gloria; si somos, en conjunto, como mundo, pequeñísimos, por qué vamos á dividirnos de
montaña á montaña, de río á río, de océano á océa·
no, de cerebro á cerebro, de corazón á corazón,
cuando estamos juntos para siempre en la harmonla infinita, en la ciencia, en la moral, en el arte,
en la patria sin espacio y sin tiempo, en el cosmos,
en el divino universo, sin podernos desprender del
Sol, que no puede desprenderse de Sirio, que no
puede desprenderse de Dios, que no puede desprenderse de la unidad, que no puede desprenderse
del amor, sin que todo ruede en el desquiciamiento
del odio, como rut!da el Rebelde de peña en peña,
de vórtice en vórtice y de maldición en maldición!
Esos fragmentos de historia hicieron la libertad
politica con el triunfo legitimo de la burguesla;
esos fragmentos harán la libertad económica con
el triunfo inminente del proletariado que surgiendo
de los más hondos, de los más viejos dolores de la
humanidad, asoma la cabeza sobre las iniquidades
del siglo y clama revindicaeión! Vol.veremos, después de muchas andadas, cambios y re"olucionea de
todas clases, ú ese estado en que los pueblos eran
Pjércitos y hacían la política con sus instintos; en
que la asamblea de los guerreros votaba la guerra
y partía para la guerra; en que aquellos que deliberaban eran también aquellos que morían. El go•
bierno, que pasó de los pueblos á los reyes, volverá
de los reyes á los pueblos. La política no es ya fo
que era en tiempo en que los talones rojos se deslizaban sobre los entarimados de los gabinetes ue
Versailles y de Yiena. Será esto mejor? Si. Es cierto que el instinto popular está sujeto á cóleras súbi'
tas; pero siempre ha sido más sabio que esos ministros de antaño que ni se disputaban en los clubs ni
se batían en las calles, pero que con una sonrisa
exquisita en los labios, desencadenaban desastres
sobre el mundo. Los pueblos tienen, al menos, dos

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REVISTA MODERNA.

REVI:iTA MODERNA.

grandes virtudes, son sinceros y accesibles á la j usticia. En las capas populares, en las más profundas, en las más áridas, es donde la idea de justicia
debe ser derramada, día á dla, pacientemente, gota
á gota, hasta empaparlas con el fecundo riego.
Vuestra fiesta, oh jóvenes! es solemne. Precaveos de la inercia de! espíritu y de la sedentariedad intelectual. Llamo inertes y sedentarios á los
estudiantes de un solo est'udio, que restringen su
curiosidad á los programas truncos de nuestras escuelas claueicantes. Esos estudiantes se dormirán
en algún empleo tedioso ó en algún oficio mecánico. No conocerán las alegrías de la vida superior.
Hay una rutina en el civismo, como en la agricultura; si ésta esteriliza la tierra, aqm.,lla esteriliza
los espíritus. Para comprender nuestros deberes
actuales hacia el pai1:1 y Lacia la humanidad. es preciso conocer nuestro estado y el del mundo, compararnos con los demás, formar nuestro juicio sobre los fines de la actividad de los hombre~, y saber qué países la dirigen mrjor, haciendo derramar menos lágrimas, no provocando odios y no ba-

ciendo sufrir á nadie. Y sobre todo, reíd y creed,
aun contra la realidad, coronados de mirto, con la
copa de ambrosía en la mano y el epitalamio fresco en los labios. Que vuestros ideales, el ala desplegada, vayan lejos, á vagar sobre las olas rumorosas del l\lediterráneo, que con los innúmeros barcos de guerra, de vela y remo que lo han surcado,
llevó tantas ideas y tanbos sentimientos, como intermediario y como conciliador, mezclando la antigüedad oriental, la antigüedad helénica y la an·
tigüedad romana en su ánfora de azur, para componer una civilización siempre jo,·en, porque está
hecha de arte, ele ciencia y de libertad!-Y viendo
caer en la muerte, es decir, en la vida, un siglocave de paso de la eternidad,•-fuertes del pasado, poderosos del presente y llenod de fo en el porvenir, unid vuestras voces entonadas y viriles al
coro que en el fondo de la Historia, bajo los pórticos blancos, dirige Sófokles, brillantemente desnudo, entre las palpitaciones de oro de las abt-jas platónicas y los rayos de gloria del astro heleno!
JESÚS

,

Y luego los anónimos, después los infolices,
Después las muchedumbres mermadas y confusas,
Los Odios contemplando sus frescas cicatrices,
Y todas las Venganzas irguiendo las cervices,
Y una legión colérica de desgarradas blusas.

Marchaba el siglo hermoso con su botln de gloria
Al frente de sus hijos robustos y bizarros,
Y abriendo con su lanza los gonces de la Historia,
Entraba conduciendo sus relucientes carros
Entre himnos retumbantes y dianas de victoria.
Tendidos en el campo quedaban los protervos
Ladrones ele coronas, los amos de los siervos,
Los déspotas segados por los puñales rojos,
Y enmedio de la arena sembrada de despojos
Rondas ele orlados buitres y de Yoraces cuervos.
Y aquel egregio Siglo batallador y fuerte,
Magnifico en la Ciencia y exótico en el Arte,
Pero caduco al cabo, dobló la testa inerte,
Y se arrojó al misterio, y se entregó a la muerte
Envuelto en la mortaja triunfal de su estandarte.

URUETA .
Y, ¿qué sentiste entonces, Humanidad, qué anhelo
Tuviste en las tinieblas de aquella noche rauda ,
En que miraste llena de luto y desconsuelo
Que muchas de tus rosas rodaban en el suelo
Barridas por los paños de una crujiente cauda?

POEMA OIOLIOO.
Entre un fragor de trueno pasó el desfile heroico:
Chocaban los estoques, sonaban los trE&gt;peles,
Flotaban las banderas, temblaban los laureles,
Y bravos cabal:eros, todos de porte estoico,
Pasaban, y pasaban en rapidos cor~e!es.
F:l aire estaba lleno de toques ele clarines,
De rojos estandartes y flámulas de raso,
Y allá en la linea vaga y azul ele los confint-s,
Enmeclio ele las nubes violetas del Ocaso
Perdlanse los fuertes y r11udos paladines.
Y ¿qué era aquel estrnendo, qué aquel rumor de ola,
Qué aquellos estridentes clamores de campaña,
Quiénes los jefes nobles y la falange extraña
Que simulando un monstruo de formidable cola
Salvaba el escarpado talud oe la montaña?

Aquel era el desfile solemne bacía el Pasado
Dti un siglo que cantaba sus glorias y fatigas,
Y se escuchaba el eco monótono y ritmado
De la imponente marcha, y en el_confín dorado
Brillaban como antorchas los cascos y lorigas.
Iban invictos reyes con férreas armaduras,
Poetas l uyos cantos vibraban como un trino,
Matronas venerables de blancas vestiduras,
Y sabios majestuosos de quietas apoi;turas
Y graves oradores de Yerbo sibilino,!
León Trece volcaba sus cálices ele bienes,
Bismark el inflexible y Bonaparte el duro
Montaban fieramente sus broncos palafrenes,
Y Byron, el más grande, marchaba en el obscuro
Sendero con un nimbo de rayos en las sienes.

¿No viste á muchos sueños volar hacia el Olvido,
No te sentiste herida por dagas de tristeza,
No desgarraste en signo de duelo tu vestido,
Ni te mesaste el largo toisón de la cabeza,
Ni te arrojaste al polvo privada de sentido?
Y cuando consumiste la copa de tu justo
Dolor, ¿no viste un Orto de resplandor poético,
Y enmedio de sus luces al Campeón augusto
Que levantaba el brazo con ademán adusto
Y dominaba el orbe con su mirar profético?

Oh! sí! si lo miraron con ansia tus pupilas,
;)Iiraste si al naciente Siglo avanzar delante
De las Quimeras blancas y los Ensueños lilas,
Y oíste la trompeta rotunda y d~slumbrante
Que te arrastraba al grueso tonentc de sus filas.
Observa al Mensajero: viene con 11n legado
De redentora Ciencia y de Arte sin pecado,
De z11mos de placeres y bálsamos de duelos,
Y alzándose del hondo sepulcro del Pasado
Lo colman de presentes los Siglos sus ::i.bu•;los.
Y vanse victoriosos: despunta la tranquila
Figura del Primero, su blonda cabellera
Es la de Cristo, y vierte bondades su pup;Ia;
Después el rudo Quinto se lanza á la carrera
Trayendo á la memoria los [mpetus de Atila.
El pécimo medroso, metido en su sudario,
Y huyendo·del horribhdantasma del Infierno,
Desgrana en sus huesosas falanges un ·:osario,
Y siguen sus pisadas en desfilar eterno
Los briosos Doce y Trece que vieron el Calvario.
El gran Quince de Italia, de soñadora frente,
Seguido de una corte de blancas escultura¡¡

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REVISTA .MODERNA.

REVISTA .MODERNA.
Desfila sosteniendo su tiara refulgente,
Y en su gloriosa marcha desliza fieramente
En gradas de alabastro sus regias vestiduras.
El trágico Dieciocho, de pie entre las pavesas
De la opresión, desliga sus águilas francesas,
Y lleno de amenazas y con su gorro frigio,
Soberbio y deslumbrante de gloria y de prestigio
Avanza entre dos filas de augustas .\[arsellesas.
Y con los pies cubiertos ele polvo, y con las manos
Heridas, repartiendo la muerte {1 los tiranos,
.\fostrando it los desnudos la rnta hermosa y breve,
Y abriendo un surco de oro, se va con sus herm1rnos
Entre un clamor de voces el pú¡ril Diecinue,·e.

1!:stos viriles Siglos hau sido los .\Iayore11
l&gt;el poderoso Yeinte que agita su bandera
Reuniendo á las falanges de invictos luchadores,
Y al son de sus fanfanias y al son de sus tambores
Traspone con la ,\urora la abrupta cordillera.

"EL MANTO DE PENITENCIA."(*)
•COll&amp;On:TTA• JAPONESA EN UN ACTO

TRADUCIDA DEI, JAPONÉS POR JOSÉ JUAN TADl,ADA.

DRAl\1AT1S PERSON,l~:
Uri .Maritlo.-Su llfüjer.-Taróf;:asha (criado de

ambos )
La escena representa el salón de una casa particular en Kiyauto; á la izquierda, ju11/o al exterior de la casa, un camino
practicable que se pierde en el fondo de la escena
ESCENA l.

Y pues que ya cenaste la gruta funeraria

De tus ilustres ~Ianes; pues que tu cáliz lleno
De luto has derramado, recita tu plegaria,
Y al recorrer la estepa desnuda y solitaria
Sigue á Zola, el Yaliente, y oye A Tolstoi, el Bueno.
Y ahora á la batalla: riega la dura arcilla
Con tu sudor fecundo, recoge la gavilla
De granos de oro, bota tu nave á los estuarios,
~[ueYe tus grandes máquinas, y arroja tu semilla
De sueños á la tierra de fértiles ovarios.

Torna al combate rudo; piensa, fücunda, siente;
Exprimt: tu cerebro; sigue tu austera vida;
Lacera y despedaza tu corazón valiente;
Junta tu llanto acerbo, cuaja tu sangre at·diente
Y enclaustra en el estudio tu juventud querida
Y allá brilla la Xueva Jerusalem, la Santa
Ciudad de tus anhelos; allá en el horizonte
Helucen sus baluartes y pórticos; mas, ¡cuánta
Sangre caliente y roja derramará tu planta
En las hostiles peñas para escalar el mont&lt;'!

All·i. est.'ln sus almenas, atrás de la espesura
Tupida de jaguares; allá tras e~a falda
De enmarai'iado cerro, salvando la hravura
De las crueles rocas, encontrarás la pura
Ciudad de muros de oro, de jaspe y de esmeralda.
AIII e 'CUltuán todos, allf comerá el falto
De bient'S y el magnate, verán los que no han visto,
Y al resplandor del cielo de plata y de cobalto,
:\[ás alto que las cumbres, y con su cruz en alto,
Congregará á los hombres el nuevo Jesucristo.

Enero de 1901.
EFRÉN

REBOLLEDO.

?9

El Marido. Soy un habitante de los suburbios
de la metrópoli y acabo de hacer una expedición á
la~ provincias del Este. En una de las jornadas de
mi viaje, en la aldea de Nogami, llegué á una ,Casa ,te Thé• y fui servido por una linda muchacha
llamada llana, que habiéndome oldo hablar de mi
regreso inmediato á la capital, me ha 11eguido basta aquí, instalándose en Kira-Sbirakaha, adonde
me espera esta misma noche, según halagadora
promesa que me ha hecho por escrito. Pero la zorra de mi mujer ha olfateado el asunto y "ª á hacer muy dificil mi aventura ... . Por lo tanto, pienso llamarla y contarle alguna eficaz fábula para
que me deje libre .... F.ah! eah! Esti1 Ud. ahi, está
Ud. ahl. ...

La ~Uujer. Parece que se ha se, vido Ud. l111m11rme.-¿Puedo sabel' el motivo?
El Marido. Si; escuchadme ....
La ,11. Espero vuestras órdenes.
El M. El motivo porque os he llamado es bien
sencillo; quiero deciros lo mucho que mi espíritu
ha sido últimamente mortificado por los continuos
sueños que be tenido. Por eso os he llamado ....
La JI. Hablais por demás. Los sueños proceden
de trastornos orgánicos y nunca se realizan .... de
modo que haceis mal en mortificar ,uestra mente
sólo por eso.
El M. Casi teneis razón. Los suefios proceden
do trastornos del organismo y no se realizan nueve veces eu diez .... Sin embargo, los mios me han
afectado tanto que pienso hacer alguna peregrinación para ofrecer oraciones en vuestro nombre y
en el mio.
La llf. Y á dónde idais?
El Jf. Pienso (además de los de la ciudad y suburbios) visitar cada templo Budbista y cada capilla Shintoista de los que existen en la provincia.
1•) En el original la pieza se titul&amp;: •Za-Zefb (Abstracción),
pero tan Idóneo y mb grA 8co me parece el titnl•&gt; con que boy
la pnbllco.-.T. J. T.

La 111. No, no! No permitiré que abandoneis la
casa ni una hora! Si de veras estais decidido podeis elegir alguna devoción practicable dentro de
casa ....
El M. Alguna devoción practicable dentro deca•
sa? Quereis decirme, como cuál? ....
La M. Quemar, por ejemplo, incienso sobre n1estra cabeza ó vuestro brazo ... .
El JI[. Hablais A tontas! Tal devoción es demasiado para un seglar como yo!
La }.f. Pues no be de tolerar penitencia alguna
que no pueda practicarse dentro de casal
El ;lf. Bueno, yo tampoco! Xo teneis precio para
hablar á trochemoche.. . . Qué penitencia, pues?
Dádmela! (Reflexiona algunos instantes) Ah! la he
hallado! Ifaré la penitencia de la Abstracción!
La JI(. Abstrae ... . Abstrae . ... qué?
El M. Abstracción! Es natural que no esteis familiarizada con el término .... Es una penitencia
que practicó en ,·ida el santo DARMA (bendito
sea'. ; poneis vuestra cabeza bajo lo que se llama ll
•Manto de Penitencia, y obteneis salvación si lo·
grais olvidar todas las cosas pasadas y por venir
(aparte). Una bien dificil penitencia!
La lll. Y cuánto tiempo dura?
El J\L Bueno; pues una semana ó .. .. dos.
La }.f. Eso no es posible; son muchos dlas!
El lll Entonces cuánto tiempo quereis conceder,
sin quejaros?
La ilf. Pues A mi juicio una hora bastada; pero,
en fin, si qnereis emplear un lila, hacedlo enhorabuena!
El }.f. Imposible! Esa importante penitencia no
es cosa tan sencilla para caber en los limites de un
solo dla! Tal vez . . . concediendo un dia y una noche ....
La J\f. ¿Un dia y una. noche?
El J\f. SI. ...
La llI. Pues aunque no aplauda. mucho la idea,
si con eso os basta, toma•! un dia. y una noche para
vuestra penitencia!
El lll ¿De veras?
La M. Si; de veras!
El M. Oh! eso es delicioso! Pero tengo algo que
deciros: sabed que si alguna mujer impulsada por
su excesiva curiosidad atisba, escucha ó entra al
cuarto en que el devoto se mantiene, el encanto
de la penitencia se rompe al instante. Por lo tanto, es necesario que no llegueis adonde yo esté .. ...
La J.f. Muy bien! No me acercaré; practicad
vuestra penitencia. donde gusteis

�El M. Bueno! Entonces volveremos á vernos .

El M. No, no! Harás esto por mí y no permitiré

cuando esté felizmente cumplida.
, que te toquen un pelo.
La Jjf. Tendré el placer de veros una vez termi- · C. Dispensadme, por favor os lo ruego!
nada!
"' El M. Por los •Kamis,! Este teme lo que mi muEl JlL } Adios! (Ell
d' . á
t )
t
jer haga y no me teme á mi. Sabes que me estás
La M Adios! ', se rnge 1ª puer
encolerizando con tu terquedad.
El M. Eh!. . . .
:
(Le amenaza con p!'garle).
La M. Qué deseais?
; ; C. Oh! Pues tendré que obedecer.
El M . Como os dije ya, acordaos que no hay que
El .Jf. No, no! tú te burlas de mi!
acercarse adonde estoy. E! texto Budhista dice terC. Oh! no seiior! No hay más remedio que obeminantemente: •Basta que un gato entre á la coci- deceros.
na para que el ser arrebatado por la abstracción,
El ]Jf. ¿De veras?
sea una imposibilidad. • De modo que por ningún
C. De veras, si!
motivo os acerqueis á mi.
El M. Bueno, pues entonces hazme el fa,·or de
La llf. No tengais el menor cuidado. Ni siquiera tomar mi Jugar.
pienso en hacerlo.
C. Porsupuesto; Jo haró puesto que lo manEl M. Bueno; entonces cuando la cle,·oción se dais.
cumpla volveremos á vernos.
El !Jf. Muy bien, muy bien. Estate quieto mienLa llf. En cuanto termine tenrlré el placer de Ye- tras yo arreglo lo necesario para ponerte en absros.
tracción.
El !Jf. } Adios!
C. Sereis obedecido.
La 111. Adios!
El III. Vamos! siéntate aquí.
C. Muchas gracias; es mucha honra!
ESCl!)XA IIJ.
El M. Bueno; ahora aunque temo que sea algo
El 1lfarido (riendo). De veras que son tontas las incómodo, hazme el favor de poner tu cabeza demujeres! Pensar que se regocija creyendo cierto bajo de este •manto de penitencia•
C. Sereis obedecido!
que voy á hacer penitencia una noche y un dla!
El
Jf. Bueno! casi está por demás recomendárEah! Tarókasha, Tarókasha!
telo; pero si á la vieja se le ocune decirte antes de
El Criado. Seiior!
mi regreso, que saques la cabeza del •manto de
El !Jf. Estás ahlil
penitencia,• no Jo hagas, por nada!
C. Por supuesto que no. No me descubriré por
ESGE NA IV,
nada; no tengais cuidado!
El Criado (entrando). Para servir á Ud!
El M: Pronto volveré.
El M. Mírate! Qué pronto has venido!
C. Por favor; no tardeis demasiado!
C. Parece que el amo está hoy de buen humor.
El 1l f. Cómo no he de estarlo! Figúrate que Hana
ESCEXA Y.
me ha dado una cita en su casa para esta noche.
El llfarido. Por fin he despachado! Sin duda llaPero como mi vieja ha olfateado algo, mi aventura
se dificulta .... Y he tenido que decirle que voy á na me espera con impaciencia! Me daré prisa por
•
entregarme á la penitencia de la Abstracción du- llegar!
rante una noche y un dla .... Buena invención,
ESCBINA VJ .
¿verdad?. . . . Para llevar á Cl\bo mi plan de ver á
Hana! ....
L a Mujer. Soy el ama de esta casa. Com prendí
C. De veras! es buena la invención!
perfectamente mi papel desde que ese intrigante
El ]Jf. Pero para llevarla á cabo, necesito que tú me pidió que no me acercara á él pretextando la
me ayudes un poco .... Cuento contigo, ¿verdad?
tal penitencia.- Pero hay algo sospechoso en esa
C. Dispensadme; pero quisiera saber cu~l serla marcada insistencia con que me repitió •De modo
mi ayuda.
que por ningún motivo os acercaréis á mi!• Por lo
El M. Oh! muy sencilla .... es que le he dicho íi tanto, voy á espiar ligeramente por un rin cón para
mi mujer que no se mezcle para nada en mis devo - ver cómo anda la casa. (Espiando) ¿Qué es eso?
ciones; pero siendo tan zorra como es, quién sabe Vamos que parece más incómodo de lo que yo mo
si no se ponga á espiar? En cuyo caso armarla un figuraba! (Entrando y acercándose).
mitote si no viera alguna señal de penitencia ....
Dispensadme, por favor .... me habíais dicho que
Por eso aunque dAndote una gran molestia quisie• no entrara y jamAs lo hubiera intentado; pero esra que me hicieras favor de tomar mi lugar hasta toy ,ansiosa, llena de cuidado y por eso he venimi vuelta. ·
do . ... No quereis salir de ese manto de penitencia
&lt;J. Oh! no serla molestia; pero llevaría tal rega• y tomar algo, aunque sea una taza de thé, para
ñada si la verdad se supiera, que mejor quiero ro• dar algún descanso á vuestra mente? (La persona
garos que me dispenseis ....
bajo el manto sacude negativamente la cabeza).
.El, M Qué disparate! Hazme el favor de tomar Haceis muy bien! Mi desobediencia entrando aquí
mi Jugar y te prometo que no permitiré que te re· después de tan terminantes recomendaciones pue•
de haber provocado vuestro enojo; pero dignaos
gañen!
C. Si! todo está. bien; pero suplico A Ud. que por e:tcu11ar mi atrevimiento y quitaos, para descansar,
eae manto! (La persona vuelve á sacudir la cabeza
esta vez me dispense ....

ª

ª·

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con energla). :No debeis obstinaros y decirme que
no á. porfia, pues deseo que os quiteis eso. Yamos,
arrojadlo! ¿Jie oís? (Ella arranca el manto y Taró•
kasha aparPce). Cómo? tu aqul, canalla? Dónde está mi marido? No respotldes? l\Ie has oido?
El"CENA Vlf,

Rl Criado. AJ! mi ama! yo no sé nada!
La Jluje1·. Oh! Estoy furiosa! La rabia me sofoca. De seguro que se ha ido á casa de esa mujer!
y tú por qué no contestas? O me respondes ó te
ha¡;-o trizas!
El C. En ese caso lo confieso todo! El amo se ha
¡,Jo á casa de la Srita. llana!
La ,lf. Cómo! De la Sei'io1·ita, dices? Di mejor de
la harpía! Oh! q11é rabia! De veras ha ido á casa de
la tal Rana? .... De veras!
Rl Ci·iado. Sí seiíora, muy de veras!
La .ll. Oh! Cuando oigo que ha ido en casa de
esa, me quema la ira! Ah bribón! Ah hipócrita! (Estalla en gritos y sollozos .
El C. SI, mi ama, teneis razón para llorar!
La J[. Ah! No te me hubieras escapado si me hubieras querido enga11ar; pero puesto que todo has
confesado, te perdono! Puedes levantarte!
El C. Gracias! mil gracias! Sois muy buena!
La lll. Ahora cuéntame: Cómo estabas aquí?
El C. El amo me ordenó que me colocara en su
Jugar y aunque me repugnara, no podía hacer nada más que obedecer.
L a JI. Naturalmente! Ahora me vas á prestar tu
nyuda .... ¿quiei·eb?
F,/ C. Decidme para qué; os lo ruego!
La 11[. Es muy sencillo; vas á arreglar el manto sobro mí del mismo modo que tú lo tenlas,
¿eh? ....
El C. Oh! \' uestros deseos son órdenes; pero llev11rla tal rr"'aiíada si la verdad se supiera, que me•
jor quiero r~garos que me dispenseis!
La M. No, no! No le permitiré que te regañe; pero arréglame, ancla!
Rl C. Por favor! disprnsadme, os lo ruego!
La JI. Xo, n o! tienes que arreglarme y te prometo que n o permitiré te toqu e un pelo!
El C. Bueno, entonces, si él quiere maltratarme
cuento con vuestra intercesió n!
La JI. Por supuesto! Intercederó por ti; pero
arréglame; vamob!
El C. En ese caso, hacedme el favor de sentaros
a11ul.
La JI. Perfectamente.
E t C. Temo que sea incómodo, pero teneis que
colocar la cabeza bajo esto ....
L a ~lI. Hazme el favor de arreglarme de modo
que no se note la menor diferencia entre nosotros.
El C. Jamás lo notará. Así está divinamente.
La !JL Divinamente?
El C. Si. ...
L a M. Bien! entonces putides irte á d escansar!
El Criado. Sereis obedecida!
L a ,lL Oye, Tarókasha!
El C. Sí, señora.
La Jl Aunque salga sobrando el decírtelo, cui-

dado con ir á decirle que soy yo quien está aquí.
El C. Por supuesto que no. Buen cuidado tendré
de no hacerlo!
La M. He sabido q ue hace tiempo deseas uu cin•
turón de seda. Te daré uno que yo misma he bordado ....
El C. Ah! qué buena sois!
La llf. Ahora, véte á acostar!
El C. SI, seiiora!
ESCENA

vm.

El ~llarido (avanza desde el fondo del camino en
dirección á la casa, cantando lo siguiente) :
Campana de media noche!
Alondra de triste canto!
Os escucha indiferente
El que duerme solitario ....
Pero qué tristes r esuenan
Esos sones y esos cantos
Si una hermosa ha desceiíido
Su cinturón de damasco! . ...

No se borra de mi mente
S u rostro risueño y pálido
Ni sus rizos por el suei:io
Y el amor desordenados,
Cual del sauce los festones
Entre la brisa flotando ... .
Cual las ansias de mi ardient11
Corazón enamorado! ....
Y aunque como va el mundo, eso sucede raras
veces, Jo cierto es que la linda Rana á cada instante me preocupa más y más:
Cuando miré á mi Hana la vez primera
Fué en la estación florida de Primavera
Y aunque miles de flores ah! veía
Era la flor más linda la niiía mla!
l\1uy bien! muy bien! !leme aqui hablando como en sueiios, hecho un loco y mientras ese
pobre de Tarókasha está de seguro desesperado porque lleg ue. Hay que darse prisa! Y qué tal
me habrá substituido? La verdad es que estoy algo intranquilo .... (Entra á su casa). Hola, hola,
Tarókasha. Ya volví ¿eh? Ya esto,\· de vuelta! Heme aqul. ... ¡Pobre muchacho! el tiempo se te ha
de haber hecho bien largo, ¿no? Ahora (sentándose)
ya voy á quitarte el manto de penitencia; pero antes quiero contarte lo que IIana me ha dicho, porsupuesto si quieres oírlo. . . . Quieres, eh? (seña.les
de asentimien to bajo el man to). Ah! bueno! Puesto
que lo deseas, voy á contártelo todo: Pues me dí
cuanta prisa pude, pero aun así ya era entrada la
noche cuando llegué y me disponía á llamar preo•
cupado con la ansiedad de liana que en su soledad
pensarla quizás con el poeta chino:
i\Ie prometió venir, mas no ha llegado,
Triste es'cucho sonar hora tras hora. ....
Ese rúÍnor que en el silencio implora
Es el 'viénto ó es la voz de mi adorado? ....

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cuando de pronto escuché una voz dulcísima que
cantaba en sordina como temiendo ser oída:
Llega pronto amor mio!
Entrn los pinos vaga
Gimiendo el viento fdo,
Mi lámpara se apaga ... .
Llega pronto amor mio!
Y transido de ventura entonces, toqu(i discretamente la puerta, oyendo lo cual, ella se asomó preg untando entre la sombra: cqui(m está ah!? quién
está ahl?• Y como un aguacero torrencial se des
ataba en esos instantes, respondí cantando:
Preguntas , quién está ahh
Entrn el furioso aguacero?
Llegar sólo puedo as!
Yo que por Hana me muero,
Yo que me muero por ti!
A lo que Hana contestó:
Pruebas de que bien me adora
;\Je da el que as! se aventura!
Llega pronto, pues ahora
Te premiará mi ternura!
En vez de la sombra obscura
Arde mi lámpara aqul,
Y el edredón quo tendi,
Tibio, cual la lluvia es fria,
Promete dulce agonla
Al que se muere por mi! ....
y agregó: Seiior, dignaos pasar! Y con esas pala-

bras, descorrió la cortina, abrió la puerta y mientras la brisa de su jardln me cnvolvla en el perfume de todas las flores, apareció ella, diciéndome:
, Para serviros, señor, aunque no soy más que una
pobre campesina!• Y al instante cogidos de la mano entramos al @alón. . . Pero su primera pregunta: •¿quién está ahlP• me había hecho temer quo
estuviera jugando con baraja doble . . . Le volvi
la espalda y con gesto de reconvención lo dije que
tenla unas sospechas de que yo no era el único esperado y que esa idea amenguaba grandemente
mi placer .... Pero ah! qué encantadora es Han a!
Llegándose á. mi, llena de melindres y de halagos,
suspiró este canto en mi oido:
Por burlarme has encendido
En mi el amoroso fuego? ....
Dime por qué, te lo ruego,
A mi te acercas rendido
Y huraño te apartas luego ... ?
Por qué estlls enojado? :Mi juego no es doble, te
lo juro! Y luego preguntó que por qué no te habla
llevado, á ti, Tarókasha, conmigo; y al decirle por
qué causa te hablas quedado en casa, interrumpió:
Pobre! qué solo y qué triste debe estar! Este es el
caso de decir que •nadie sabe para quién trabaja&gt;
y quo •á la sombra del fresno crece el mastuer·
zo• .... Pobre muchacho! prometedme que sereis
un buen amo para él ya que tan bien se ha porta•
do! Eso es lo que Han a dijo de ti . . . . En cuanto á
mi mujer
. en los cien años que tiene la vieja

zorra nunca se le habla volado un pichón tan gordo! (movimiento frenético bajo el manto). Y luego
la linda Hana me sirvió vino y pasteles; mutuamente nos hicimos beber hasta que mutuamente
cansados, fuimos á reposar el mutuo cansancio.
Pero eso si, apenas rompió el alba y manifesté mi
propósito de volver á casa, motivando que la. linda
liana exclamara:
, Pensé haber dicho en el primer momento
Todo lo que anhelaba el alma mla!
Peró al olr tu cAdios• suspiro y siento
que no te he dicho na.da todavía!
.Mira, no seas malo! quédate otro poco! ....
Imposible! exclamé yo; tengo que volver :'L casll!
Todos los templos suenan ya sus campanas.
• Y no tienen corazón los crueles bonzos que Jan
tocan• prorrumpió Hana, • Y su hórrido ding-dong,
ding-do11g, es, además, una m entira, puesto que
tocan el repique de madrugada cuando apenas es
media noche (• . No ha cantado aún el pájaro del
alba y solo han graznado las aves de la sombra!
Pero á pesar de mis pesares y de los dulces argumentos de Hllna., tuve que hacerme el ánimo:
Y me ful con el pecho destrozado,
Murmurando un cAdios• en mi amargurn,
Por su dulce mirada acompañado
Entre las sombras de la noche obscura . . ..

•Volví el rostro! .... á lo lejos murmuraba
tTn tristisimo Adios el aura fria
Y en el cielo la luna se apagaba
Y mi amada vc:&gt;ntura se perdía! ....
Prorrumpe en sollozos,. Y así he vuelto; uo es
una inmensa desdicha? (Con llanto reprimido). Vamos! pero mi historia ha sido bien larga y tú debes
ei:tar muy molesto, pobre Tarókasha! quita ya ese
manto de penitencia! Arrójalo, ya no tengo nada
que decirte! Gracia~! oh divinidades!. ... Pero vamos! por qué no arrojas ese manto? ¿tendré que
quitártelo yo mismo? Pues vamos ... (Ti ra del
manto y bajo de él brinca su mujer).
ESCE:SA IX.

La ~lluje1·. Ah infame, ah traidor! Burlarse así
de mi! Irse en casa de Hana! Ah infame, ah traidor!
El Marido. Oh! eso no es cierto! Yo no he ido
en casa de Hana! Yo estaba cumpliendo mi peniteneia, yo .. ..
La M. Qué insolencia! Qué descaro! Decir que
hacia penitencia, cuando lo que ha hecho es decir
que nunca se le habla volado un pichón tan gordo
á la vieja zorra! La rabia me ahoga! La ira me
1•) Sin pretender estllbleccr comparaciones de todo punto
Inoportunas, lmposlblea. mejor, es curioso notar ta sorprendente semejanza que tos detAlles de esta despedida ofrecen
con tos de 1:,. escena de A dios de Romeo; Jull•ta. en ta. tragedia de Sbakespeare, observando de paso c¡ne P.&amp;ta e pieza bufo
japonesa, es casi una centuria anterior 1\ ta. nbra del Uu~tre
trAgleo.-J..J. T.

quema .... Ah tunante, burlarse asl de mi. (Persiguiendo á. su marido alrededor del escenario .
Et .lf. Xo es cierto, no es verdad! Xada he dicho
de ti. ... Perdón, perdón!!
La JI. Ah! la cólera me mat.. ! A dónde estabas,
pues, bandido, pica.ro, bribón!
Et Jf. ~lira! Cálmate y te lo digo! Estaba ..
pues estaba rogando por ti y por mi. . . . por los
dos! .... en la pagoda de los Quinientos Disclpulos .... en Tsukushi ....
La Jf. Ah! desvergonzado! ah bribón! en la pll·
goda de los Quinientos Discipulos? á doscientas le¡ruas de aquí?. . .

El l,[. Perdón, perdón, perdón!. ...
Sale de la casa á escape
L a .lf. Detenedlo! detened á ese mal marido, á
ese pica.ro sin religión ... á ese canalla sin principios ....

TELON.
Traducido del original japonés titulado genéricamente:
cN OU KIYAU- GE~• por
Jos1:, Jt·AN TABLADA.

EL TIMBRE DE ALARMA.
Uuberto estaba. solo en el departamento. El tren
á todo vapor corría. Quemaba las estaciones, cortaba el viento, saltaba. los puentes y hendía las pra.•
deras. Se sumergía bajo los túneles y volvía á aparecer en los bosques llenos de luz. Alternaban sordos vaivenes con la trepidación de los carriles, y el
ruido de hierro de la carrera se modulaba en un rit·
mo obstinado, que obcecaba junto con el gorjeo de
los vientos. Huberto, cuyos nervios estaban un poco irritados, porque estaba convaleciente, cometió
el error de entregarse al análisis de las sensaciones
especiales provocadas por el galopar del tren.
Viendo huir los árboles y los taludes en sentido
inverso, y subir y descender los hilos del telégrafo,
sintió á la larga una especie de Yértigo. En ocasiones, un relámpago blanco lo deslumbraba: la casucha de un gua.rdavlas ó la rugosidad de un muro.
Sombras de nube volaban sobre la tierra ó seguían
caldas de sombras, como á. la carrera, después de
orlas de claridad. Hacia buen tiempo, la campi11a
estaba en flor, y los bosques, matizados aún de ro•
jo, re,·erdccian. Parajes encantadores, paradas alegres, frescuras de descanso aparecían, fulguraban,
desvaneciéndose Juego. Y Iluberto sufría. casi con
aquel desgarramiento rápido, con aquella sucesión
de frívolos deseos y de nimios sueños, que el tren,
en su carr&lt;'ra loca, mataba en él apenas nacidos.
Se absorbió, prefiriendo no mirar ya hacia fuera,
en la c:intrmplación del vagón: acariciaba suave•
mente el paño de los cojines, contaba las flores de
las tapicorlas, observaba el falso lujo anónimo del
drpartamt&gt;uto de PrimPra que ocupaba. Sufría por
estar solo. La presencia de otros viajeros, de viajeros con~tantcs, sentados alll, ayer, y que subirlan
quizá en la próxima estación, lo era evocada por los
asientos vacíos. El olor á cuero de los cojines sugería la turba de sueiios ahl dormidos, de existencias
furtivas que hablan atravesado aquel vagón. La
impersonalidad del sitio, poblado de vagas remero
branzas, lo obcecó como esos cuartos amueblados
de hotel, donde no se duerme más que una noche.
A poco una inquietud aumentó su malestar. Las
ventanillas trian¡,ulares parecíiQ. ¡in ojo que espía-

ba. La idea de que se le pudiese observar le disgustó. Levantóse, y maquinalmente miró, por las
pequeñas vidriera~, hacia los departamentos vecinos. Uno estaba desocupado. En el otro habla dos
personas: enfrnnto de una. mujer, de la que no vela
más que la nuca bajo un gran sombrero de paja,
un hombre de porte vulgar platicaba, á la. vez que
comla un bizcocho. Casualmente encontró la mirada de 11qud hombre, se creyó adivinado, sorprendido cm flagrante delito de espionaje, y se ocultó
lleno de confusión.
Abrió un libro y quiso leer, pero las lineas brincaban bajo sus ojos; las palabras, privadas de la
magia que las anima y aviva su sentido, le parecieron sin vida, sin interés, muer'.as. Quiso pensar,
pero la idea que creía tener comenzó á correr sin
que lograse alcanzarla, y le pareció entonces que
se lanz11.ba tras ella. con el ímpetu vertiginoso del
tren. ¿En qué pensaba? se preguntó. Y se le figuraba atrapar al vuelo su idea, sin que lo consiguiera.
Como desde su enfermedad tenia frecuentes pérdidas de memoria, creyó ver ~n aquel ligero accidente, una especie de decadencia precoz, y el malestar que experimentaba se tornó casi en angustia.
Reflexionando, se echó en cara su puerilidad y
quiso dormir. Pero un zumbido ritma.do llenaba
sus oldos de ondas sonoras; parecíale zozobrar entre olas estruendosas, en medio de estrépitos de
tempestad; precipitado al mar as! borbotaría el
agua, furibunda y rugiente en sus oidos. Y de aquella sugestión surgía, aunque improbable, uu sentí•
miento de peligro.
Voh·ió á abrir los ojos: ásperos silbidos, estridentes y largos, escapados dol tren loco, simulaban un
grito de angustia. Pensó Huberto en un choque
de trenes, en la sacudida horrible y en el aplastamiento asqueroso que serla aquél, bajo un sol de
Abril, bajo el cielo azul y fres co, donde flotaban nu•
bes blancas y ligeras. De un vistazo abarcó el niti·
tlo paisaje, y un enternecimiento casi mórbido le
empapó de lágrimas los ojos, hizo con-er el calosfrío á lo largo de su espalda. Decididamente, la so-

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Jedad en nada le aprovechaba; pensaba mucho, y
en cosas malsanas. Fastidio ó distracción, más le
habría valido la compañia. de otros vi11jeros.
Se puso triste: cuando de esa manera se abando·
naba á. si mismo, sus pensamientos torná.bansc
sombrlos. Aunque no tuviese una razón particular
para ser desgraciado, una postración de debilidad
y de impotencia lo amagaba., revida en él la tris•
teza de tentativas frustradas, de esperanzas traicionadas, enturbiaba su alma el fango removido.
Entonces meditaba en lo poco que la Yida vale, y
cuán pronto pasa y va á arrojarse, lenta.mente ó
con saltos bruscos, á la muerte.
La muerte, á veces informulada, callada, abo•
gada en él, era la que formaha el fondo ele sus en·
sueños turbios como todo lo misterioso y terrorífi•
co que se ve agitar en la noche, en un fondo de ti·
nieblas: rumor de un paso, roce de una presencia.
Frecuentemente, parecíale que la muerte estaba
alli, como un sér material, tras él, que le soplaba
en el cuello, y presa de indecible terror, permanecla
quieto, encogido, no osando volver la cabeza.
El tren corrla más a.prisa, siempre más aprisa; y
habla en aquella rapidez algo de inexplicable, de
ilógico, cuya obsesión empujaba á la pesadilla.
Las ondas sonoras precipitaban su ritmo martillado. El vagón temblaba y jadeaba; campos, bosques,
aldeas, rlos, no aparecían ya más que como imá·
genes de limbos, á. través de una nube de ceniza y
de humo. Puesto el sol, todo, súbitamente se eane·
greció. Par.icía.Ie á. Huberto que su vista disminuia;
sintió frío en el alma. ¿Qué significaba aquella fu.
ga. desolada, sino el ímpetu simbólico de una ver
tiginosa carrera hacia la muerte?
Y era verdad: de una ó de otra manera, Huberto
rodaba hacia el abismo; ca.da segundo, cada vaivén,
cada rugido lo aproximaba á la calda, como el
hombre arrastrado en las enormes a.guas del Niágara ve desvane::erse las riberas, eoner el cielo,
c,scilar el mundo, ·y .se hunde, pavesa girante de
catarata. Lanzó un grito, y con el corazón pal pi.
tante, con las sienes convulsas, cayó, se sintió lite·
ralmente caer en la sima, como en sueños, y asom•
bra.do de vivir aún, se encontró, algunos iastant!'s
después, todo lastimado por un quebrantamiento
imaginario, sobre los cojines.
:\Iaquinalmente, su mano hurgó en un saco de
viaje buscando un frasco de sales ó de éter: n:&gt; en·
contró nada. Entonces su angustia cambió de ca·
rácter; volviendo instintivamente la vista hacia el
timbre de alarma que se suena en los casos desesperados, habla pensado: •Supongamos que me sin·
tiera mal, que fuera á desfallecer: tendrfa el recur-

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REVISTA~ 1\10 DERN A.

REVISTA MODERNA.
so de llamar.• Pero no lo babia acabado de pensar,
cuando la imposibilidad de llamar lo confundió con
una evidencia sin réplica: •l\Ie atreveria, aún moribundo, á sonar ese timbre, á. detener el tren lanzado á toda velocidad, á afrontar el espanto, la sorpresa de los empleados y de los viajeros? Seria un
desorden terrible.•
¡Pensamiento impertinente! ¡importuno análisis!
Desde que concibió la idea de que podría, si quisiera, librarse de su absurda y horrible angustia., haciendo detener el tren, le atenaceó el corazón un
deseo loco, acompañado de una impulsión irresistible. Se decía: «Si un asesino se introdujese aqul, en
este instante, y se arrojara sobre mi, ¿vacila.ria yo
acaso?• Y luego esta duda, mil.s enloquecedora aún
que semejante terror: •Pero, ¿~onada el timbre?
¿Funcionaria el mecanismo? ¿Llegarían á tiempo
para salvarme?•
Dicho esto, fué perdido: la necesidad de sabe1·,
de saber inmediatamente, á cualquier precio, lo hos·
tigó con un deseo de mujer preñada. Y aunque se
decia: , Soy ridículo, lo que hago es idiota,• se le•
vantó á sonar el timbre. Todavia ante él, se dijo,
como herido por el vértigo, entre el estruendo y el
galope del tren: •Pero,¿por qué, por qué hago esto,
estoy Joco acaso?• Y asi pensando, frenéticamente,
desesperadamente, tiraba del puño de cobre hasta
arrancarlo, en una honipilación exquisita y atroz.
Ilecho lo cual, y satisfecho su impulso, tornó á.
sentarse, tranquilo; se habla hecho en él un gran
silencio; y le volvía su aplomo. En el estribo, é in•
clinándose, espió con desinteresada curiosidad Jo
que iba á suceder como si se tratase de un extra.
ño. Bruscamente apre:ados los frenos, patinó el
tren un centenar de metros y murió lentamente, enmedio de espantosa sacudida. Precipitábanse las
cabezas, alarmadas, fuera de los ,·agones. Al ins•
pector que acudía, respondió Huberto con mucha
flema:
-Me fastidiaba, y queda cambiar de vagón.
Lo que ejecutó, con bastante tranquilidad, subiendo de preferencia á un departamento donde
habla señoras.
Llegado á Lyon, se le hizo sufrir un interrogato•
rio; ¿era un loco ó un pésimo bromista? Interpelado por el jefe de estación para que justificara su
acto, respondió con aire cortés, discreto y e,·asivo,
pero un poco fastidiado:
- Era para ve1· si se detenia el tren.
Como era rico, bien emparentado, y daba altas
referencias, fué absuelto mediante una fuerte multa que pagó galantemente.
Y desde entonces evita Yiaja1· solo.
PAu1, MARGUERlTTE.

-

JvuoRvHA~ ~ol·

~--:.;;~==::==:::~-~..-J_,....,---~......___ ·-,

~--.........

LAS TRES APOTEOSIS DE MARGARITA.
I

II

.AURORA.

CENIT.

Ebrio de amor la recibí de hinojos,

Era la juventud, mi mente ardía,
La sangre mis arterias martillaba,
Y mis potencias férvidas llenaba
La expectación de un suspirado dia.

Tode el perfume de su vida santa
)le dió en el cáliz de sus labios rojos.

Sediento de ideal y poesía,
Con fulgores y esencias me embriagaba,
Y loco por la gloria, deliraba
Con lauro y luz para la frente mia.

Y de lauro ciiíendo mis antojos,
Me cercó de esa fe que todo encanta,
Y flores arrojó bajo mi planta,
Y me envolvió en la gloria de sus ojos.

Súbito, del oriente de alba pura
Donde el ensueño dibujó sus trazos,
Surgió una virgen de sin par blancura,

:¡;;.,.ida invicta contra el duelo impío,
)lis ~ristes noches esmaltó de albores
Y llenó de honra y prez el hogar mio;

Y de nubes y luz venciendo lazos,
Bajó hasta mi radiante de hermosura
Y ¡te amo! dijo, y me tendió los brazos,

Yo un altar la erigí de mirto y flores,
Y al rendir á sus plantas mi albedrío,
La coroné con todos mis amores.

Y ella, para pagar ternura tanta,

lII
OCASO.

¿Cómo, ensueño, en Jo azul te deshiciste?
¿A qué estrella, ilusión, tendiste el vuelo?
¡Qué paralso con tu amor el suelo!
Y el vasto mundo sin tu amor ¡qué triste!
Como el sol al morir púrpura viste,
Cuando rasgaste de la vida el velo,
Estallar pareció el zafir del cielo
En un volcán de luz, donde te hundiste.
Con pálido fulgor de lloro ardiente
Orné tu sien de nítido alabastro.
Y con mis lauros tu ala refulgente;

Y, de todo placer perdido el rastro,
Sólo quedó en la noche de mi mente
Tu recuerdo, brillando como un astro.
Guadalajara, Diciembre 27 de 1900.

JosÉ LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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TRES SONETOS.
II
~SPERANZA-

FE-

Faro de los abismos, alba pura
Dd un santo amauecel', que en alto brillas,
Luz de las almas buenas y sencillas
A quienes sed de inmensiclad apura:
Por ti, cel'cado de la noche obscura,
Triunfos canto y espel'o de rodillas
La explosión de:soñadas maravillas
En los hondos arcanos de la altura.
l\Ii fuerza es)l a.mol', afán sagrado,
l\Iis alas son las ansias del deseo
Y mi suspiro un himno á lo ignorado;
Y en pos de un sol que siento, aunquo no veo,
Ante el Misterio augusto confiado,
Beso el humilde pol,o, adoro y Cl'eo.

No hubo desdicha ni pasión bastarda
Que no me bil'iesen con su dardo impío:
Desengaño, dolor, desdén y hastio
La tumba abrieron que mis sueños guarda.
La paz que tanto en sonreírme tarda,
Es el laurel que fatigado ansio,
Como la tierra que abrasó el estío
Frescor de lluvia con afán agual'da.
¡Perecer es triunfar! La tumba es puerta
Al infinito y á la luz abierta
En esta cárcel de baldón y escoria.
¡Yenid, penas y abrojos de la vida,
De pie os aguardo, con la frente erguida,
Que es el dolor crisálida de gloria!

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�REVISTA MODERNA.

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Corona de astro
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s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

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REVISTA MODERNA

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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