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IM:ULTAD DE SAi.U!&gt; PUBID
BIBLIOT!CA

�FACULTAD DE 5..!\I..UO PUSLICA
8 1 B,jl. 1 OtT E C A

REVISTA DE SOCIOLOGIA Y CIENCIAS SOCIALES
_ _ _ _ _ _ _ Vol. 1 No. 3 Ene./Jun. 89

�SUMARIO
ROBERTO REBOLLOSO / MANUEL RIBEIRO: Una aproximación
al estudio del trabajo de la mujer y su relación con la
fecundidad / 5
JOSE MARIA INFANTE: La cultura de Monterrey en Monterrey/ 37
MANUEL CONTRERAS: Del negro continente y de su contenido / 69
DA VID FLORES: ¿Hay que destruir la salud mental? /

81

SERGIO CUEVAS: El origen de la industrialización en un
municipio metropolitano. El caso de San Nicolás
de los Garza, N. L. / 101
RESEÑA/ 115

�UNA APROXIMACION AL ESI'UDIO
DEL TRABAJO DE LA MUJER
Y SU RELACION CON LA FECUNDIDAD

ROBERTO REBOUOSO / MANUEL RIBEIRO
Introducción
Los estudios sobre la mujer desde el punto de vista sociológico han sido,
hasta muy recientemente, abordados desde una perspectiva funcional,
en donde se pretende probar lo que durante muchos años ha sido tópico
de discusión en los diversos medios intelectuales. Ahora que la mujer ha
empezado a incursionar dentro de la mecánica investigativa sobre el
papel gue juega en la sociedad, muchos de los esquemas tradicionales
han empezado a romperse.
l.a mayor parte de la literatura sobre la mujer aborda principalmente
problemas domésticos, y no se habla mucho acerca de su evolución y su
cambio de roles. El hecho de que la mujer se incorpore cada vez en
mayor número al mercado laboral ha provocado muchas especulaciones, desde las más pesimist;1s preocupaciones en relación con el futuro
de la familia, hasta los más optimistas vaticinios acerca de su participación
ig11alitaria en la sociedad (véase Hacker, 1987). Sin embargo, las más
de las veces todas las predicciones y preocupaciones no tienen un
fundamento científico, puesto que se basan en inducciones asistemáticas
y de sentido común.

�6

Bricolott

R,bolloso/Ribtiro: Trabajo f,r,vnino y /tctwlidtuJ 7

F.s incuestionable que se están produciendo cambios substanciales
en la distribución de los roles entre hombres y mujeres y que estos
cambios tienden a repercutir necesariamente sobre la dinámica de la
familia y de la sociedad. Y todo parece indicar que la incorporación de
la mujer al mercado laboral es un factor clave para comprender esta
fenomenología, por Jo cual se bace indispensable que se investigue esta
realidad. En este trabajo pretendemos establecer algunos lineamientos
relacionados con el papel que juega el trabajo femenino en los cambios
de conducta reproductiva de la mujer. F.ste trabajo está basado en un
reciente estudio que se llevó a cabo con poco más de dos mil mujeres
casadas que viven en dos municipios del área metropolitana de Monterrey
(Ribeiro, 1989).

Trabajo femenino y situación de la mujer

Muchas de las investigaciones recientes sobre factores determinantes
de la fecundidad hacen alusión al trabajo remunerado de la mujer como
una variable de suma importancia para explicar el descenso en los
niveles de fecundidad. Rudolph Andorka considera que tales hipótesis
están bien fundamentadas y que tienen un carácter casi universal
(Andorka, 1978, p. 292)
Antes de entrar en más detalles acerca de esta relación, es conveniente
señalar que con frecuencia ha existido una confusión al considerar la
actividad económica de la mujer como un indicador de la emancipación
fe¡nenina. Nosotros consideramos que se trata de variables
significativamente distintas una de la otra, y que si bien es posible
encontrar nexos entre ambas, el efecto que cada una de ellas produce
sobre el comportamiento reproductivo de la mujer debe ser interpretado
de manera diferente.
En términos generales podemos decir que la tendencia emancipatoria
de la mujer se refiere principalmente a una actitud de ésta para alcanzar

una posición más igualitaria con respecco al varón, y esta actitud es

producto del rechazo a la imagen tradicional de sumisión, abnegación
y dependencia que normalmente se tiene de ella. El trabajo femenino.
en cambio, es simplemente considerado como la caracterización de una
actividad económica de la mujer.
No obstante, resulta evidente que, desde una perspectiva histórica y
macrosociológica es imposible separar el análisis de lo que podemos
denominar "la situación de la mujer" de aquel que se refiere a la
participación económica de la mujer en la sociedad. En este trabajo nos
concretarema; a hacer algunas reflexiones sobre el trabajo femenino y
dejaremos para otro momento el problema de la emancipación de la
mujer.
En la opinión de diversos autores (véase por ejemplo: Muller-Lyer,
1930), la actual situación de dependencia de la mujer es resultado de una
herencia cultural cuyas bases aparentemente se encuentran entre las
sociedades arcaicas. En los grupos de cazadores, donde la actividad
fundamental se orientaba fundamentalmente hacia la sobrevivencia, las
características biológicas de los varones proporcionaban a estos cierta
supremacía sobre las mujeres (Service, 1973). Efectivamente, su mayor
fuerza muscular les permitía desarrollar actividades guerreras y luchas
contra los grandes mamíferos para obtener el alimento necesario para el
sustento del grupo tribal. Por su parte, las hembras estaban condicionadas
a una mayor permanencia en el hogar a raíz de sus funciones biológicas
relacionadas con la maternidad y a su dificultad para movilizarse con
sus críos. Aunque Testan (1986) discute ampliamente la tesis de la
movilidad como principio de la división sexual del trabajo.
De tal suerte, estas diferencias físicas entre hombres y mujeres
dieron lugar a la primera forma conocida de división sexual del trabajo,
la cual se manifestó en el seno de las primitivas formas de organización
familiar. En su relato sobre la evolución que sufrieron los primates hasta
convertirse en seres humanos, Desmond Morris (1971, p. 34) afirma que
debido a la larga duración del período de dependencia de los jóvenes y
a las tremendas exigencias de éstos, las hembras tuvieron que confinarse
de manera casi perpetua en el hogar, y así, en comparación con los otros
carnívoros, el papel de los sexos tuvo que diferenciarse más.

�8 Brú:OÚIII
Rebo//oso/Ribtiro: Trabojo ¡,,,,.nino y ftcundidad

Al correr del tiempo, y a medida que el ser humano iba conquistando
la naturaleza, el papel y la situación de la mujer permanecían sin
cambios verdaderamente significativos. La historia de la humanidad •
dice Simone de Beauvoir- es la historia de la opresión de un sexo por el
otro, y hombres y mujeres nunca han compartido el mundo en partes
iguales (De Beauvoir, 1972).
Sin embargo, todo parece indicar que, exceptuando la especialización
biológica de las mujeres en la producción de hijoo, esta división del
trabajo entre hombres y mujeres no puede ser explicada por razones
biológicas. En opinión de Uvi-Strauss (1984, p. 31), la d1v!Slón sexual
del trabajo es consecuencia de consideraciones sociales y culturales
más que de consideraciones naturales. Y aunque esa diferencia b1ológ1ca
de la mujer en la reproducción de los bijoo esté vinculada con su
confinamiento en el hogar doméstico, podemoo observar que en la
mayoría de las sociedades, la mujer ha tenido las capacidades necesarias
para desempeñar casi todo tipo de tareas. Según Mitchell (1985, p~ 125),
In debilidad física de la mujer jamás le ha impedido el desempeno del
trabajo como tal, sino sólo tipoo especfficoo de trabajoo en sociedades
específicas. Así, la situación de la mujer aparece vincula_da con su
actividad laboral: la subordinación de la mujer está en relación mversa
con el papel que ésta desempeña en la producción, ya que al parecer las
mujeres disfrutan de mayor poder cuando contribuyen de manera
importante en la producción, y por el contrario, están más subordmadas
cuando se confinan en el hogar doméstico (Gough, 1984, pp. 142-143)
Marx había anticipado hace ya más de cien años la importancia del
trabajo femenino corno mecanismo para que la mujer pudiera alcanzar
una mayor independencia económica, pooibilitándola de esta manera
par~ obtener un estatuto más igualitario en relación con el hombre y una
participación más activa en la torna de decisiones (véase: Brechan,
1976, p. 161). Pero la historia noo muestra claramente que la muJer no
ha tenido la oportunidad de participar activamente en la producción de
bienes y servicios. El mundo gobernado por los hombres la ha confmado
-en casi todos 100 grupos sociales- al hogar doméstico, en donde ha
tenido que desempeñar las labores consideradas socialmente como
"'menos honoríficas".
A pesar de que en la actualidad no prevalecen las mismas condiciones

9

de vida, al menos en los países que han avanzado en la etapa de
urbanización-industrialización, loo obstáculos culturales privan todavía
a la mujer de una participación igualitaria. En los tiempos modernos, las
diferencias sexuales de origen biológico no son motivo suficiente para
delimitar las diferencias sociales. Y aunque no es posible negar que loo
factores biológicoo que distinguen a ambos sexoo están presentes en
todas las sociedades, sí podemoo afirmar que las diferencias entre
hombres y mujeres no pueden establecerse en términos de "calidad"
como han pretendido algunos autores freudianoo ortodoxos. Hombres y
mujeres son ante todo seres humanos que comparten las mismas
potencialidades.
Así, aunque desde un punto de vista macrooociológico -corno hemos
apuntado- el trabajo de la mujer es una variable clave relacionada con
el mejoramiento de su situación, en realidad el panorama actual de la
mujer trabajadora deja mucho que desear, ya que su trabajo se realiza
en condiciones muy poco favorables para su desarrollo personal (Hacker,
1987, p. 6). En términoo generales podemos decir que la mujer que
trabaja tiene que repetir a nivel social las tareas tradicionales que Je han
sido asignadas a nivel familiar: limpieza, preparación de alimentoo,
atención a enfermos, hechura de ropa, cuidado y atención a menores,
etc .. (Elu, 1975, p. 63). No obstante, creernos oportuno señalar que el
ingreso de la mujer a una actividad remunerada, aunque sea de este tipo,
prepara el terreno para que pueda participar en otras esferas de la vida
económica. Ante tales circunstancias, nos parece más apropiado hacer
un breve análisis, en el plano microoocial, del trabajo femenino y de la
emancipación de la mujer corno dos variables distintas.

1.2 Trabajo de la mujer y fecundidad
Hemos dicho que el trabajo femenino puede ser definido corno el
desempeño de una actividad económica. Cabe señalar que cuando
hablamos de trabajo de la mujer noo estamos refirieado a un trabajo
remunerado, realizado dentro o fuera del bogar, y que no se relaciona
directamente con las actividades domésticas de la propia familia. No

�10 B,ic..,•

queremos decir coo esto que las labcres domésticas que desempeña Ja
mujer en su familia no constituyan un trabajo -de hecho el Oiase
Manbattan Bank ha calculado el promedio total de la semana laboral de
la mujer en 9'&gt;.6 horas (MitcheJ, 1985, p. 125)- pero Jo que nos interesa
~ diferenciar aquellos casos en los que la mujer adquiere roles de tipo
instrumental.
En lo que respecta al análisis de ta relación entre trabajo fuera del
hogar y fecundidad, se han dado diversas interpretacioens que, en su
may"."fa, comideran que de alguna manera el hecho de que Ja mujer
traba¡e repercllle en una declinación de la fecundidad. Ya hablamos
anticipado que las conclusiones de Andorka en este sentido sugieren
una relación casi universal (Andorka, 1978). Esta aparente contradicción
entre trabajo femenino y número de hijos es presentada por Sheehy de
la siguiente manera: "La mayor/a de las mujeres se sienten obligadas
a escoger entre el amor y los hijos o el trabajo y la realización. Si a los
hombres se les presentara semejante elección, ¿habrfa maridos" (Shechy,
1986, pp. 358-359).

Debemos ser prudentes, sin embargo, al hacer este tipo de
consideraciones sobre el trabajo. No cabe la menor duda de que es
mucho lo que puede argumentarse en favor de una filosoffa del trabajo.
Para Carlos Mane, el trabajo constitufa la esencia del ser humano. Según
Daviese y Schackleton, el trabajo contribuye al amor propio de los
mdtv1duCF de dos fon,as principales: primero, porque gracias al trabajo
el ser humano puede adquirir dominio sobre sí mismo y sobre el
ambiente; segundo, porque al dedicarse a la producción de bienes y
seMCIOS que son valuados por otros, cada individuo puede revisar la
~valuación de si mismo contra la evaluación que otros hacen de él,
obteniendo as/ el sentido de su valor personal (Daviese y Shaclcleton,
1982, p. 12). Estas opiniones oos parecen, a pesar de todo, un tanto
idealistas, ya que los trabajos que realizan los seres humanos no siempre
adquieren una verdadera dimell',ión de autorrealización. y esto se
aplica por igual a hombres como a mujeres.
Lo que no puede negarse es que cada día aumenta el número de
mujeres que ingresan al mercado de trabajo. En el año de 1970, de
acuerdo coo los datos del Censo General de Población de México, el

Rtbol/o,o/Rib,iro: Trabajo /tm,•ÚUJ y fwurdidad

11

19.04% de la población eCJnómicamente activa era de sexo femenino;
para 1980, esta proporción pasó a 27.9% (Censo General de Población,
México, 1970 y 1980). Aunque el incremento porcentual no parece ser

muy grande, la diferencia en números absolutos es más elocuente:
mientras que en 1970 habla en nuestro pafs un total de 2,466,000
mujeres trabajadoras, para 1980 esta cantidad se incrementó a 6,141,000.
En el área metropolitana de Monterrey este incremento fue menos
espectacular. En el mismo período, la proporción de mujeres mayores
de 12 años que forman parte de la población económicamente activa
pasó del 21.8% al 25% (43). Aun cuando tendremos que esperar dos
años más para conocer los datos preliminares del próximo Censo
General de Población, todo parece indicar que la población activa
femenina ha continuado en constante aumento. Una de las razones que
nos hacen creer lo anterior se relaciooa con la severa crisis económica
por la que atraviesa nuestro país y que ha caracterizado la vida
económica nacional durante la década de los ochenta.
Este incremento rápido de la población activa femenina constituye
uno de los factores que junto con el aumento de los niveles de
escolaridad, el acelerado proceso de urbanización y el cambio de
posición del estatus femenino, soo comúnmente utilizados para dar una
explicación del descenso en las tasas de natalidad.
En diversos estudios se ha verificado esta relación. Un ejemplo de
ello es la investigación de Urlanis y Davtyan, los cuales explican el
descenso en los niveles de fecundidad en la Unión Sobviética por el
incremento en el número de mujeres que trabajan, y por la emancipación
femenina (citado por Andarica, 1978, p. 292). En otra investigación
realizada en los Estados Unidos de América, Freedman, Welpbtoo y
Campbell (1959, p. 303) pudieroo oooervarque las mujeres que trabajaban
fuera del bogar tenían un número real y esperado de hijos menor que las
que no lo hacfan. Además observaron que mientras más tiempo ha
trabajado la mujer, el número real y el esperado de hijos también es más
bajo (véase cuadro !).

�12 Brica/or•

0

R,bo//o,oiRiboiro: Trobojo /uw1UNJ J f,clllfdidad

CIJADROl
NUMERO REAL Y NUMERO ESPERADO DE HIJOS, DEMUJERl'S FN UNION,
SOOUNLOS AÑOS DE1RABAJARDESDEQUESECASOO UNJO
de trabajo de la mujer
desde que se casó o wúó

Año;

no trabaja

mell06

de 1 año dela4años

5 años o más

Número real

2.5

1.9

1.9

1.6

Número esperado

3.5

3.2

3.0

2.1

(') Fieedman, 1959.

Resultados similares fueron obtenidos en un estudio realizado en
Francia: la fecundidad real y esperada era menor entre las mujeres que
trabajaban fuera de su bogar, las cuales tenían al mismo tiempo mayor
éxito en la planificación de nacimientos (es decir, una mayor
correspondencia entre el número deseado de hijos y el número de hijos
real). En cambio, entre las mujeres que no laboraban fuera de sus casas,
up mayor por_centaje había tenido una fecundidad ora superior, ora
inferior, a la que realmente deseaba (Micbel, 1970, p. 286).
Sin embargo, según Wainerman y Recchini (1981, p. 48), basta el
momento actual no ha quedado todavía aclarada cuál es la dirección de
la causalidad, es decir que no ha sido dilucidado si las muieres que
trabajan tienden a reducir el número de hijos, o bien si lo que opera es
un proceso de selección por el que las muje,res con menos hijos tienden
a tener un mayor nivel de participación porque disponen de más tiempo,
se enfrentan a menos restricciones sociales o compensan un déficit.

13

En respuesta a la objeción anterior, puede decirse que en la práctica
la relación entre estas dos variables puede ser vista en las dos direcciones:
por uoa parte, las mujeres que trabajan tienen pocos hijos porque tienen
actividades extrafamiliares que se oponen a los cuidados y atenciones
que necesitan sus hijos; por otra parte, las que desean trabajar tienen
pocos hijos con el fin de disponer de mayor tiempo para tener un empleo
(Freedman, 1967, p. 67). Freedman y sus colaboradores (1959) dicen .
que entre los matrimonios que tienen uoa fecundidad inferior al promedio,
parece ser que el número reducido de hijos le brinda mayores oportunidades
a las mujeres para tomar un empleo. Por otro lado, entre los matrimonios
fecundos, las ventajas de un empleo asalariado pueden motivar a las
esposas que trabajan a mantener pequeña su familia.
Lo anterior fue demostrado por Sweet (1970, pp. 195-209), quien
partiendo de análisis de regresión múltiple, encontró en los Estados
Unidos que las relaciones causales entres estas variables iban efectivamente
en las dos direcciones: por un lado la decisión de las mujeres de buscar
un empleo estaba influenciada por el número de hijoo Qas mujeres que
tenían más hijoo eran las que tenían meros oportunidades de comprotneterse
con un empleo), y por otra parte, entre las trabajadoras, se observaba un
efecto restrictivo sobre la fecundidad.

Analizando loo resultados de las principales investigaciones dentro
de esta línea, Andorka concluye que el análisis clásico de MyrdaJ y
Klein (1956) sobre la situación de las mujeres y su relación con la
fecundidad parece ser válida para todas las sociedades desarrolladas, ya
que el rol reproductivo de la mujer entra en conflicto con el empleo
remunerado fuera del bogar. Además, es posible suponer que el efecto
restrictivo del trabajo'femenino sobre la fecundidad se produce también
por la mediación de otras variables. Así por ejemplo, en términos
generales podemos decir que las mujeres que trabajan se casan en
promedio más tarde que las que no trabajan /Elu, 1975, p. 128), lo cual
tiende a repercutir sobre su fecundidad.
No obstante, el trabajo femenino es una variable mucho más
compleja de lo que parece a primera vista. Existen razones para creer
que el tipo de empleo que la mujer desempeña es más importante que

�14 Brico/ag&lt;

el acto mismo de trabajar al exterior. Además, nos enfrentamos a la
limitación relativa al hecho de que el trabajo no es una variable fácil de
definir en su dimensión temporal. Hay mujeres Que trabajan durante
ciertos períodos de tiempo y dejan de hacerlo en otros, y tienen hijos a
intervalos irregulares.
En lo que respecta al tipo de trabajo realizado por la mujer, es
asible afirmar que se encuentra asociado con otras variables que
Jodificao su efecto en relación con la limitación de nacimientos. Así,
en las sociedades agrícolas tradicionales el trabajo de la mujer·parece
estar menos en conflicto con el tiempo y atenciones que necesitan los
niños, que en las sociedad urbanas industriales. En estas últimas la
familia se ha especializado aún más que en las primeras, y ha perdido
mucnas de sus funciones tradicionales. En estas sociedades urbanas
modernas ,esulta mucho más difícil para las mujeres conciliar los
requerimientos de su trabajo con los de su reproducción. Esta es quizá
la razón que explica que en una investigación efectuada en el sur de
Italia no ·se encontró ninguna correlación entre estas dos variables. La
mayoría de las mujeres que formaban la muestra de este estudio eran
empleadas en pequeñas granjas familiares y no tenían ninguna dificultad
para mantener sus niveles tradicionales de fecundidad, ya que las
~adiciones de trabajo no eran hostiles a una fecundidad elevada (c:itado
por Andorka, 1978, p. 296).

Entre los países menos desarrollados se han encontrado resultados
que aparentemente confirman lo anterior. En una investigación realizada
en Perú en 1940 a partir de datos censales, se encontró una fuerte
correlación negativa entre el empleo de la mujer y la fecundidad.
· 5tycos, el autor de este estudio afirma que el empleo de anticonceptivos
permite a las mujeres casadas tornar un empleo remunerado, y además,
considera que la necesidad de trabajar para completar el gasto familiar
favorece el control de los nacimientos (Stycos, 1968, p. 236). Sin
embargo Stycos tiene sus dudas acerca de la generalización de dichos
resultada;;. En otro estudio que llevó a cabo en Lima en 1959 a partir de
los registro de nacimientos, encontró que las empleadas de oficina
tenían en efecto menos hijos que las demás mujeres, pero que no existía
una diferencia significativa en los niveles de fecundidad cuando se
comparaba a las mujeres que trabajaban en los servicios con las que no

R&lt;bollOIOIRibcito: Tr""°jo f-llÚIO 1 f«llllllidod

15

tenían empleo (Ibid, p. 238).
En nuestro país, la Encuesta de Fecundidad de la Ciudad de México
de 1964, mostró que las mujeres que trabajaban fuera de su casa tenían
en promedio 3.77 hijos, mientras que las que no trabajaban tenían 4.8
hijos en promedio. No obstante, es importante señalar que estos datos
cambian cuando se considera únicamente a las mujeres casadas o en
unión marital estable: entre estas mujeres se observó que la fecundidad
era mayor entre las que trabajaban, que entre las que permanecían en su
hogar (Elu, 1975, pp. 122-125). Ahora bien, al igual que en el caso del
estudio de Lima, la explicación a esto parece encontrarse en el hecho de
que la mayoría de las mujeres que trabajan lo hacen en el sector de los
servicios y podemos suponer que entre estas trabajadoras, muchas lo
hacen por necesidad económica, y que con frecuencia empiezan a
laborar después de haber tenido una elevada fecundidad. Por Olra parte,
análisis efectuados con datos de la Encuesta Rural de México de 197!),
dan cuenta de un diferencial de 1.3 hijos nacidos viva;; en promedio ·
entre mujeres que no trabajan (4.1 hijos) y las que sí trabajan (2.8 hijos:
(Quilodrán, 1982, p. 230).

De acuerdo con los datos de la Investigación de la Familia e□
México realizada en el año de 1966-67, si se observa el número de hijos
que aún viven, resulta claro que las mujeres más fecundas son las que -'
trabajan, y particularmente las que tienen una actividad remunerada sin
salir de su hogar (maquiladoras, comerciantes en pequeño, lavanderas,
etc.) (Elu, 1975, p. 123).
La explicación a lo anterior es que la mujer casada y que tiene un
gran número de hijos, tiene también mayores necesidades económicas,
lo que la empuja a trabajar. Además, como habíamos explicado
anteriormente, las mujeres que trabajan sin necesidad de salir de su
hogar enfrentan menos problemas de conflictos entre sus roles de
trabajadoras y de madres.

Según Elu, la complejidad del problema del trabajo femenino en
relación con la fecundidad nos obliga a dw:inguir dos tiempos: uno el
transcurrido antes de que la mujer trabaje; otro después que inicia sus

�16 ,,.,.,,

17

R,bo/lo,o/Rib,iro: Trabaje f•rMni,w y fmwlidad

actividades. De tal suerte, al observar a las mujeres casadas que
trabajan, nas podemos dar cuenta de que el tiempo que la mujer lleva
trabajando está correlacionado negativamente con el número de hijos
de corta edad. Se puede concluir entonces que si bien la mujer que
trabaja lo hace porque tiene más hija; (:J mayores necesidades económicas),
una vez que comienza a trabajar deja de tenerla;, al menos .con la
continuidad de ames (!bid, pp. 124-125).

1
1

Esto puede ser confirmado indirectamente por la; datos del Estudio
sobre Demanda de Servicios de Planificación Familiar, realizado en
1973 bajo la dirección de María del Carmen Elu. En esta investigación
se pudo observar que si bien las mujeres trabajadoras manifestaban una
fecundidad ligeramente superior a la de las no trabajadores, esto era
verdad para las más jóvenes, mientras que en los grupos de edad
avanzada (35 años de edad o más), el número promedio de hijos nacidos
vivos era menor entre las mujeres qut: tenlan un trabajo remunerado.
(Ribeiro, 1982).

CIJADROII
NlJM8ill PRCMBJIO DE lIDOS NACTDOS VIVOS DE Ml!JERffi CASADAS (O
fN UNION), fN EDAD FFRIU., SEGUN SI TRABAJAN O NO FUERA DEL
1-KJGAR PORGRllPOS DEFDAD.

CRUPOS DE FDAO
15-24
ailos

25-34
ailos

35 ailos
y más

TOia!

Trabaja

1.5

3.5

6.1

491

No Trabaja

1.7

4.2

7.0

2364

TOia!

Sin embargo, las investigaciones más recientes parecen mostrar que
el trabujo femenino deja sentir su impacto sobre la fecundidad en todos
la; grupos de edad y no solamente entre las mujeres de edad avanzada.

FlJINIR Ellal&lt;3úl Nacional
México 1979.

2855
ti,:

Prevalencia en el Uso

ti,:

Mttodos Anticoncep(

ivos.

A diferencia de lo que arrojó la Encuesta de Fecundidad de la Ciudad
de México, en la Encuesta sobre Prevalencia eri el Uso de Métodos
Anticono:ptivos, realizada en México en el año de 1979, se pudo
oooervar que en todos los grupos de- edad, las mujeres casadas que
trabajaban mostraban una fecundidad inferior que las que no tenían
,empleo (véase ti cuadro número II).

Más reciente~ente aún, en la Encuesta Nacional Demográfica
realJZada en México en 1982, se observó que la diferencia en los niveles
de fecundi~ad de las mujeres trabajadoras y las que permanecían en su
hogar era aun mayor: el promedio de hijos de las mujeres que trabajaban
era de 1.7 (para todos los grupos de edad), mientras que para las que
tenían empleo remunerado el promedio era de 3.1 hijos (Urbina et al

1984, p. 85).

'

. Todo lo anterior sugiere la importancia de verificar si efectivamente
exJSte una relación inversa entre el trabajo de la mujer y la fecundidad.
No debemos olvi~r, sin embargo, que para esclarecer con mayor
prec15ión esta relac1ón, será necesario obtener información adicional y
cruzarla con los datos ele fecundidad. Asl pues, si bien creemos que el

�18

Bricolag,

trabajo de la mujer tiene un efecto restrictivo sobre el número de hijos,
¡xxlemos esperar que la diferencia sea aún mayor para las mujeres que
llevar, más tiempo trabajando.

,,

También, creemos que será de utilidad la información relativa a la
ocupación que desempeña la mujer y el número de horas que dedica a
su trabajo, para ¡xxler determinar por una parte si realmente existe
incompatibilidad entre los dos roles (el de madre y el de trabajadora),
y por otra parte para averiguar si el estatus ocupacional refleja o no
diferencias sustantivas en el comportamiento reproductivo.

, I'

En fin, otros datos ayudarán a precisar aún más este análisis;
particularmente importante será determinar los motivos invocados por
las mujeres para comprometerse en un trabajo, ya que suponemos que
existe una diferencia fundamental entre aquellas que se encuentran
laborando por motivos económicos solamente y las que buscan un
mayor desarrollo y superación (realización) a través de su actividad
extrafamiliar. En este sentido, ¡xxlemos suponer que cuando una mujer
trabaja para compensar carencias económicas, el significado de su
trabajo extrahogareño adquiere una dimensión distinta que en aquellos
casos en los que su trabajo supone un medio para la autorrealización, lo
cual puede suceder con mayor frecuencia entre las mujeres que han
alcanzado niveles superiores de instrucción.

Trabajo de la mujer y fecundidad en dos municipios
del área metropolitana de Monterrey.

11

Según datos del censo de 1980, de las 831,640 mujeres mayores de 12
años que vivían en el área metropolitana de Monterrey, el 24.1 % era
económicamente activa (entre los hombres esta proporción alcanzaba
el 72.6%), En los datos de la investigación sobre Familia y Fecundidad
realizada recientemente en los municipios de Guadalupe y San Nicolás
de los Garza (Ribeiro, 1989), el porcentaje de mujeres trabajadoras es
muy inferior a esta cifra, pues tan sólo el 15.7% declararon que
trabajaban fuera de su bogar, y 8.1 % dijeron que desempeñaban una

R,ballo,o/Rib,iro: Trllbojo J,-#Úllo 1 feciatlitlt,,I

19

actividad econá:nica dentro de su casa, lo que da un total de mujeres
trabajadoras ·cte 23.8%. Esto no debe sorprendernos, ya que la muestra
de este estudio está compuesta exclusivamente de mujeres unidas (o que
han estado unidas), y sabemos que en términos generales la proporción
de mujeres solteras que trabajan es mucho mayor que la de casadas. De
hecho en los datos de esta encuesta, 67.4 % de las entrevistadas afirmaron
que trabajaban antes de casarse y -repetimos- sólo el 23.8% Jo hacen
actualmente.
En relación con la fecundidad, ¡xxlemos apreciar en el cuadro I!I que
las mujeres trabajadoras tienen una fecundidad inferior que la de las que
se dedican solamente a su familia. Nos ha parecido oportuno diferenciar
a aquellas mujeres que trabajan fuera de su hogar de las que lo hacen
dentro de la casa, ya que como habíamos anticipado, el trabajo dentro
de la unidad doméstica no interfiere tanto en las actividades relacionadas
con la educación y crianza de los hijos, ya que no exige a las mujeres que
se ausenten de su hogar..
CUADJI.OW

PRCMEDIO DllHUOS NACTDC6 VIVOS DEMl.lJERES UNIDAS, SEGUN SI
1RABAJAN O NO
PROMEDIO
DEIIUOS

TOTAL
ABSOLLTO

Trabaja fuera del hogar

3.5

316

Trabaja dentro del hogar

4.4

163

No babaja

4.9

1525

TOfAJ..

4.7

2004

Estos datos nos muestran que efectivamente, si bien Ja frcundidaa
de las mujeres que laboran dentro de su domicilio es menor de la de las

�20

Brú:olag,

Rtbo//o,oiRibeiro: Trobajo/tlMIUM yf,crwJulad

que no trabajan, es por tanto significativamente más elevada que la de
las que ejercen su trabajo en el exterior, puesto que las primeras tienen
4.4 hiio, en promedio, contra 3.5 hijos de las terceras.
Sin embargo, con el objeto de obtener una mayor precisión se hace
necesario controlar esta relación con lo, años de unión marital, ya que
esta variable es sumamente significativa en cualquier estudio sobre la
fecundidad, dado que hace alusión al tiempo que la mujer ha estado
expuesta al riesgo de concebir.
Así, en el cuadro IV presentamos los resultados de la relación entre
la fecundidad y el trabaio, controlada por la duración de la unión ..
CUADRO IV
PROMFDIO DB HIJOS NACIDOS VIVOS DE MUJERES UNIDAS SEGUN SI lA
MlDER 1RABAIA Y SEGUN LOS AÑOS DE UNION MARITAL

estas últimas, las que ejercen su actividad laboral fuera de su casa tienen
menos hijos que las que trabajan en su hogar (exceptuando a las mujeres
cuyas uniones maritales han durando entre 11 y 20 años, entre las cuales
no se observan diferencias). Es importante resaltar que las diferencias
observadas en este cuadro son mucho menos importantes que las que
encontramos en la población total. Mientras que para todas las entrevistadas
en conjunto la diferencia de fecundidad es de 1.4 hijos por mujer, entre
las que no trabajan y las que lo hacen al exterior, cuando consideramos
los años de unión marital, la mayor diferencia que puede observarse
entre trabajadoras y no trabajadoras es de apenas 0.7 hijos por mujer, y
eso entre las que están al final de su vida reproductiva.
¿Por qué la diferencia de hijos se reduce cuando tornamos en cuenta
la duración de la unión? La respuesta debemos encontrarla en la
relación que tiene el trabajo femenino con la edad. De hecho, corno
puede verse en el cuadro V, la proporción de mujeres mayores de 40
años es mayor entre las que no trabajan que entre las que sí lo hacen.
CUADRO V

DURAQON DEIA UNION

1RAIJAJO DE 1A MUJER POR GRUPOS DE IDADfS{%)

I"

10 ailos
o menos

De 11 a

20 ailos

21 ailos
y más

TOfAL
ADSOLUfO

EDAD
IS a 29
alloo

1

1

, Trabaja fuera del bogar

1.7

3.7

6.4

316

Trabaja dentro del bogar

1.9

3.7

6.8

163

No trabaja

2.2

4.1

7.1

1525

Total

30 a 39 40 ailos
alloo . y má,

Trabaja fuc,a dd hapr

24.1

41.2

Trabaja-.Udd qar

16.6

37.4 -

NobQjo

19.7

27.3

lUl'AL

.,t

21

1Uli\L

ABSOUJro

34.0

315

' 46.0

163

51.0

1528
200(1

2004

El cuadro IV nas muestra que, en todos los grupos, las mujeres que
no trabajan son más fecundas que las que sí lo hacen, y que dentro de

Debemos reconocer, sin embargo, que el impaclo que tiene el
trnbajo femenino sobre la fecundidad aparece aquí con mucho menos

�22 Bri&lt;ola11
R,bo//o,o/Ribciro: Trabajo

intensidad de Jo que nosotros hubiésemos peasado, dado que las
diferencias en cuanto al número de hijos nacidos vivos no son de gran
magnitud. Estos datos podrían parecer bastante significativos en países
que -como los europeos- no presentan grandes diferenciales en su
fecundidad. No obstante, en el caso de nuestro país estas diferencias
parecen poco importantes si las comparamos con otras que se producen
al introducir otro tipo de variables. De cualquier manera, por pequeños
que parezcan, estos diferenciales adquieren relevancia, sobre todo si
consideramos que prácticamente no existen diferencias en cuanto al
número de hijos que estas mujeres consideran ideal, como nos indican
los datos que aparecen en el cuadro siguiente.
CUADRO VI
NUMERO 1D1'AI.. DE 1-DJO, SBJUN SI LA MUJER 1RABAIA Y SBJUN LA
DURAQON DESU U1'10N CONYUGAL
DÜRAQON DE LA UNION

10 Afio&amp; lle 11 a 20 20 Afio&amp;
o menos
años
y más
Trabaja fucn, dd lqar

2.7

3.0

3.1

301

Trabaja daitro dd "lar

2.9

3.2

3.1

154

No babaja

2.8

3.1

3.0

1415

1UfAL

1871

El cuadro VI, nos muestra que no existen diferencias entre las
mujeres que trabajan fuera del hogar, las que trabajan dentro de su hogar
y las que no trabajan, en cuanto al número de hijos que ellas consideran
ideal. Para todas ellas, el número ideal de hijos es de 3 en promedio.
1

1,

Con el objeto de ahondar en la cuestión, y tratando de verificar
algunas de las premisas que planteamos en nuestro marco teórico,
presenlalllos el cuadro VII, ea el cual consideramos el peso relalivo que
1iene el tiempo que la mujer lleva de estar involucrada en una actividad
económica extradoméstica.

y f,crwJi,J,,d

23

CIJADROVII
PRa.!IDIO DE 1-DJOi NAQDa; VIVO, DE MUlERFS UNIDAS, SBJUN EL
TIEMPO QUEUEVAN 'IRABAJANDO Y SBJUN LA DlJRAOON DESU UNION

DlJRAOON DE LA UNION
TIEMPODE
1RABAJAR

10 Afio&amp;
ómcoos

Ilell a
20 años

21 Afio&amp;
y más

1UfAL
AIISOWfO

3 añai o menos

1.6

3.8

5.9

159

lle 4 a 10 años ,

1.7

4.1

7.7

160

11 años y más

2.0

3.0

5.9

160

No trabaja

2.2

4.1

7.1

1525

1UfAL

1UfAL
ABSOLUTO

t-'"""

2004

Estos datos resultan un poco confusos y no marcan una relación
definida. Según nuestra hipótesis, hubiésemos esperado encontrar que
mientras mayor tiempo ha pasado la mujer en el mercado de trabajo, su
fecundidad serla menor, pero en realidad descubrimos que la fecundidad
mayor corresponde precisamente a mujeres que han trabajado entre 4 y
10 años, y cuya unión marital se ha prolongado por lo menos durante 20
años, las cuales tienen 7.7 hijos en promedio (fecundidad mayor aún que
la de las que no trabajan). Por otro lado, en el grupo de mujeres que están
en el mercado laboral desde hace por lo menos 11 años, se nota una
fecundidad sensiblemente menor que la de las que no trabajan, aunque
con poca diferencia con la de las mujeres que llevan poco tiempo (3 años
o menos) de haberse iniciado en su actividad económica. Y aun entre las
que llevan más tiempo de trabajar, puede apreciarse una fecundidad
mayor que entre las que llevan menos de 3 años trabajando, cuando
consideramos sólo aquellas cuya unión marital data de 10 afias o menos
(2 hijos en promedio de las primeras contra 1.6 de las seguodas).
Esta relación poco clara queda confirmada por otro camino. Dado
que tanto la fecundidad como los años que las mujeres llevan trabajando
son variables paramétricas, pudimos calcular el coeficiente de correlación

�24 Bri&amp;aúJ11

Rebo/lD,o/Rib,iro: Trabajo¡,,.,.;.,, y f•cltlldidod

25

•
de Pearson. Si bien esperábamos una correlación negativa, el resultado
obtenido fue de +0.05, lo que permite concluir que no existe relación.
alguna. Aún más, calculamos este mismo coeficiente para los 3 subgrupos
de población en función de la duración de la unión. La; resultados que
obtuvimos fueron todos positivos, aunque bastante pequeños:

-10 años de unión o menos

r= 0.13

-De 11 a 20 años de unión

r= 0.19

-21 años de unión o más

r= 0.11

Por otra parte, tampoco queda muy clara la relación entre la cantidad
de boras que la mujer dedica a su trabajo semanalmente y el número de
hijos que tiene.
CUADROVill

1 ~11

PROMIDIODEHIJOS NACIDQS VIVOS DE MUJERES UNIDAS, SEGUN lA
CANIIDADOOHOOAS QUEDl'lllCAN ASUlRABAJOY SEGUN El., TIEMPO
OOIJURA□ON DESU UNION
IJURACia,/ DE lA UNION
HORAS DETRABAIO
SEMANAL

·¡¡

•

D: 11 a
20 años

21 años
y más

1UfAL
ABSOLUID

Mena; de 20 horas

2.6

3.6

6.3

123

D:21 a39 H,s.

1.7

3.3

6.3

126

40 H,s. y más

1.5

3.9

6.9

221

No trabaja

2.2

4.1

7.1

1525

1UfAL

il

10 Año6
o menos

1995

En el cuadro VIII podemos apreciar que -en general- las que dedican
a su trabajo entre 21 y 3ll horas semanales tienen menos hijos que todaslas demás mujeres. Contrasta el hecho de que las mujeres que trabajan

más horas son las que -entre las trabajacbas- tienen más hijos, exceptuando
el subgrupo de las que llevan poco tiempo de unión, que es en el cual se
observa el promedio de hijos más reducido. Esto puede deberse -quizásª que las mujeres que dedican más tiempo a su trabajo lo hacen por tener
mayores necesidades económicas, y esto porque tienen más hijos. Ya
hablamos anticipado que según la opinión de María del Carmen Elu
(1975), las mujerl!s casadas ingresan al mercado laboral porque tienen
una mayor fecundidad (y consecuentemente mayores requerimientos
económicos), pero que una vez que ingresan en él dejan de tener hijos,
o al menos los tienen con menos frecuencia que antes. Sin embargo esta
argumentación no queda completamente demostrada tn nuestros datos,
ya que como vimos en el cuadro anterior, entre el grupo de mujeres que
llevan más de 20 años de unión, son más fecundas las que laboran desde
hace mas de cuatro y menos de once años que las que no laboran, y no
hay diferencias entre las que llevan poco tiempo de trabajar y las que Jo
hacen desde hace por lo menos once años.

El cálculo del coeficiente de Pearson entre estas 2 variables (fecundidad
y horas de trabajo semanal) nos indica que la correlación es positiva,
aunque de poca importancia, ya que fue de apenas 0.12 (significativo al
0.01).
Para cada unq de los tres subgrupos, este coeficiente quedó de la
siguiente manera:
-10 años o menos de unión

r+0.22

-entre 11 y 20 años de unión

r=+0.11

-21 años y más de unión

r=-0.02

Si bien hubiésemos esperado encontrar correlaciones negativas, lo
que en realidad descubrimos es que para los dos primeros subgrupos las
correlaciones son positivas, y para el último prácticamente no existe
relación alguna.

�26

Bricolag,

R,bo/J,»o/Rib&lt;iro: TNbajo t-NMJ 1 f•&lt;rwlidad

F.o otro orden de ideas, cuando cruzamos la información relativa a
las razones que inducen a las mujeres a trabajar con la que se refiere a
la cantidad de, hijos que tienen, sl pudimos detectar una relación más
transparente: entre las trabajadoras que respondieron a esta cuestión, las
que afirmaron que trabajan por necesidad tienen en promedio 4.3 hijos,
contra 2.8 de las que dijeron que tenían un trabajo por razones personales
(desarrollo propio, realización, distracción, etc.). El diferencial entre
las primeras y las segundas es de 1.5 hijos por mujer en promedio, cifra
bastante significativa. Al dividir a esta población en subgrupos de
acuerdo a los años de unión marital, descubrimos lo siguiente:
"'

entre las mujeres que trabajan por necesidad y las que no trabajan.
Por OICO lado, estos datos DOS ayudan a entender-aunque parcialmentelo confuso ~ las relaciones entre fecundidad y tiempo de trabajar y
entre f~didad y horas de trabajo semanal, ya que como vemos, más
de la mita~ (58%) de las mujeres adujeron que trabajaban por necesidad,
Yson precisamente ellas las que muestran tener más hijo; en promedio.

. OJn el ~ jeto de apreciar esto con mayor claridad, hemos cruzado
la mformaCión de las variables de trabajo femenino con la duración de
la unión Ycon las razones que las motivan a trabajar, en un solo cuadro.

CUADRO IX

PRa.!EDI0 DE HIJOS NACIDOS VIVOS DEMlOFRES UNIDAS, SEGUN lAS
RAZONES QUE lAS INDUCFN A TRABAJAR Y SB3UN lA DlJRAO0N DESU
UNI0N MARITAL
IllJRAOON DE lA UNI0N

CUADRO X

PROMEDIO DE HIJOS NACI.OC6 VIVOS DE MUlERE5 UNIDAS SF.GUN SI
TRABAJAN DENIR0 o Fl/6\A DEL HOGAR, POR CATEGORIAS DE
DlJRAOON DESU UNION MARITAL Y SEGUN LOS MOTIVOS QUElAS
INDUCEII A TRABAJAR

De 11 a
20 años

21 años

o mell06

y más

TOTAL
ABS0WID

Por necesidad

2.1

4.1

6.7

289

'IRABAJAPOR
NECESIDAD

'IRABAJAPOR
DffiARRCU.O

Por desanollo peISOna!

1.4

2.8

6.0

179

DURAOONDEIA UNION

IJURAOON DEIA UNI0N

468

10 Ailos Del! a 21 años 10 Años
o menos 20 años y más o meoos

10 años

TOTAL

11...

21

El cuadro IX nos permite apreciar que en todas las categorías de años
de unión, las mujeres que trabajan por necesidad son más fecundas que·
las que lo hacen por otros motivos. La diferencia es mayor entre las
mujeres que eslán en su etapa marital intermec11a (de 11 a 20 años de
unión), en donde las que desempeñan una actividad económica por
necesidad tienen 4.1 hijos en promedio y las que laboran por motivos
personales tienen 2.8 hijos. En el grupo de mujeres que se encuentran
en etapa de unión marital avanzada (21 años de unión o más), la
diferencia es menos impresionante, sobre todo porque en este grupo es
en donde hubiésemos esperado encontrar las mayores diferencias,
aunque no obstante los datos son coherentes con nuestra argumentación
inicial, ya que se observa un diferencial de 0.7 hijos por mujer.
Debemos señalar que prácticamente no existe una diferencia substancial

De 11 a
20a~

21 años
y más

Trabaja fuera

1.9

4.2

6.8

1.4

2.8

5.5

Trabaja dentro

2.2

4.0

6.6

1.5

2.8

6.5

Esta información nos enseña que las diferencias que hablamos
detectado entre las mujeres que trabajan dentro de su casa y las que lo
hacen fuera casi desaparecen, salvo en el grupo de mujeres que laboran
por motivos no .económicos y que se encuentran en la etapa avanzada de
su rnJac1ón mantaJ, en donde la diferencia de fecundidad es de 1 hijo por
muJer. En cambm, aparece con persistencia el efecto de Jas razones que
aducen para comprometerse en un trabajo, ya que si comparnmos los

�R1bo//o,oiRibliro: Trabajo /IIMniM y f,ctJNJid,uJ

datos borizootalmente, apreciamos una diferencia suslatltiva en casi
todos los grupos entre las trabajadoras que laboran por necesidad y las
que lo bacen por razones personales: las primeras tienen en general un
promedio de bijas mayor que las segundas (exceptuando a las que
trabajan en su hogar y que están unidas desde hace por lo menos 21 años,
en donde la diferencia es mínima).
Procediendo del mismo modo con la variable que representa las
lloras de trabajo semanal, nuestra conclusión es similar, ya que Jo que
se nota con mayor persistencia es el efecto de los motivos que la inducen
a trabajar (véase el cuadro Xl).
CUADRO XI
PROMEDIO DE HIJOS NAO DOS VIVOS DE Ml.DERPS UNIDAS, SOOUN LA
CANTIDADDEHORASSEMANALES QUEDEDICANASUTRABAIO, POR
GRUPOS DE AÑOS DE UNION Y SEGUN LAS RAZONFS QUE LAS MOTIVAN A
TRABAJAR·

'

. ..

1RABAIAPOR
NECESIDAD

1RABAIAPOR
DESARROLW

DURAOON DEIA UNION

DURAOON DELA UNION

10 Ai\o6
O ffiC006

De 11 a
20 ai\o6

21 aí\os
y más

o menos

20 ai\o6

10 Ai\o6

De 11 a 21 años
y más

Menos de
20 hora.,

2.4

4.3

6.0

1.8

2.6

7.0

D:21 a
35 hora.,

2.0

3.7

6.6

1.5

2.8

5.8

40 hora.,
y más

1.9

4.3

7.2

!.!

3.0

5.3

1

Entre las que llevan menos tiempo en unión marital, parece cxis1ir
un efecto negativo de la cantidad de horas de trabajo sobre la fecundidad,
y esto tanto entre las mujeres que trabajan por necesidad como entre las
que lo hacen por motivos diferentes. Este efecto de reducción en el

29

número de bijas por mujer según las horas de trabajo también se deja
sentir entre las mujeres que trabajan por motivos de desarrollo personal
y que se eneúcntran en un estadio avanzado de su vida marital, ya que
las que trabajan menos de 20 horas a la semana tienen 7 hijos en
promedio, contra 5.8 de las que trabajan menos de 40 y más de 20 horas,
y 5.3 de las que dedican aún mayor tiempo cada semana a su actividad
laboral. Sin embargo, en los grupos restantes no existe una relación
clara en este sentido.
Es interesante darse cuenta de que las mujeres más fecundas son
aquellas que trabajan por necesidad durante 40 horas o más semanalmente
y que llevan por lo menos 21 años de unión marital, ya que tiener. en
promedio 7.2 bijas. Esto parece confirmar lo que decíamos respecto a
que al tener un mayor número de bijas se ven precisadas a trabajar más
para satisfacer -de algún modo- sus necesidades económicas.

Por otro lado, exceptuando a las mujeres que trabajan menos de 20
horas por semana y cuya unión está en etapa avanzada de vida conyugal,
las que están en el mercado laboral por motivos de desarrollo personal
tienen una fecundidad significativamente más reducida que las que
laboran por necesidad, lo que confirma lo antes dicho.
Es necesario que hagamos aquf una aclaración en relación con una
seria limitacién metodológica. Oiando hablamos de horas de trabajo
semanal, el dato que manejamos es el actual. Las mujeres han tenido sus
hijos a Jo largo de su vida reproductiva, y no podemos saber con
exactitud cuánto tiempo dedicaban a su trabajo anteriormente. Lo único
que nuestra información nos permite explorar es el tiempo que estas
mujeres han trabajado. Para poder hacer frente a esta limitación, así
como a otras que están implícitas en el estudio del trabajo femenino,
. sería necesario hacer estudios longitudinales con un seguimiento de las
mujeres a Jo largo de su vida reproductiva. No obstante, estamos
conscientes de que esto es casi imposible de llevar a efecto, pues
sabemos que el período fértil ele una mujer se extiende desde los 12 ó 14
hasta los 45 ó 49 años, es decir demasiado tiempo. Claro que pudiera
realizarse un estudio de seguimiento en el que no se abarque todo el
período de vida reproductiva, pero insistimos, sólo con una investigación
loogitudinal podrán evitarse muchos de loo ollstáculos metodológicos a

�Rtbollo,o/Rib&lt;iro: Trabajo ¡,,..,,;no l fwwJidad

los que debemos hacer frente.
Con respecto a los años que la mujer lleva de estar inserta en el
mercado de trabajo y su relación con la fecundidad, podemos observar
que no existe una clara definición, aun cuando introducimos la variable
que se refiere a los motivos por los cuales estas mujeres trabajan.
CIJADROXIl

....

PRa.!l'DIODEHlJOS NAODOS VNOS DE!MUlFRES UNIDAS SBJUNl'L
TIEMPOQUEUEVANTRABAIANDO, PORCA1EGORIAS DEDURACION DE
LA UNIONY SFGUN LAS RAZONES QUE LAS INDUCl'N A 1RABAlAR
TRABAIAPOR
NECESIDAD

Como información complementaria nos ha parecido oportuno incluir
otras dos variables relacionadas con el trabajo femenino: a) el hecho de
haber trabajado antes de contraer matrimonio, y b) la existencia de
dificultades con el marido a causa del trabajo de la mujer.
En el primer caso descubrimos una relación muy interesante: las
mujeres que trabajaban antes de casarse tienen una fecundidad
significativamente menor que las que no lo hacían. Mientras que las
primeras tienen en promedio 4.2 hijos, las segundas tienen 5.7, y ésta
diferencia puede observarse para todos los grupos de duración de la
unión (véase el cuadre No. XIll).

1RABAlAPOR
DffiARROLLO

CIJADROXlll

DURACION DE LA UNION DURACION DELA lJl\qQN
10 Años De 11 a 2laña;
o mell06 20 aiia; y más

10 Años
o meoos

De 11 a
20 años

21 años

PROMEDIO DEHllOS NACIDOS VNOS DEMUJFRES UNIDAS SE.GUN SI
1RABAlABAN o NO ANIES DE CASARSE y SBJUN LOS
DE UNION
MARITAL

AÑOS

y más

IJURACION DE LA UN!ON
10 Años o ·
D1Cll06

3 aña;
-'.~hin

1

1

'

!
!

21

y más

WTAL
ABSOWfO

aiia;

2.0

4.2

5.6

1.2

2.4

5.6

De4a
10 aiia;

2.0

4.4

7.9

1.3

3.0

7.0

Trabajaba anres
de un.itse

2.0

3.8

M

1349

2.1

3.2

6.3

1.6

2.8

5.2

No trabajaba
antes de unirse

2.1

·4.3

7.6

653

11 aña;
1

De 11 a
20aña;

o menos

o más

31

WTAL

El cuadro XII nos muestra que la relación no aparece muy definida
entre el tiempo de trabajar y la fecundidad. Entre las que llevan más
tiempo unidas, las más fecundas son las mujeres que se encuentran
laborando desde hace más de cuatro y menos de 11 años. Sin embargo,
sigue apareciendo claramente un promedio de hijos menor entre las
mujeres de todos los grupos que afirman que están trabajando por
motivos personales que entre las que dijeron que laboran por razones de
necesidad económica (la única excepción la constituyen las mujeres
que están casadas desde hace al menos 12 años y que llevan poco tiempo
de trabajar, ya que no existe diferencia en el nivel de fecundidad debido
a las razones que les impulsan a trabajar).

2002

Si bien entre las que llevan menos tiempo de unión la diferencia no
aparece muy claramente, entre las que están en la etapa avanzada de su
unión marital el diferencial de fecundidad es de 1 hijo en promedio.
En cuanto a las dificulllldes con el marido a causa del empleo de la
mujer, el cuadro XIV nos indica que en general, las que declarnron tener
dificultades maritales a causa del empleo son las que manifiestan tener

�!'t'1

32 Bricolag,
R,bo/lo,o/Rib,iro: Trabajo J,-.;.,, y fwu,didJUJ

'¡

33

un nivel de fecundidad mayor.
CUADRO XIV

PR™EDI0 DE HIJOO NACIDai VNC8 DEMl.llHU,S UNIDA5, SEGUN SI
TIBNFN0NODIFICULTADES MARITAIBS ACAUlADESU1RABAI0, POR
CA'IEGORIASDEDURAOONDElAUNION
DURAOON DE1A UNI0N
!OAta.
u mena¡

De 11 a
20 años

21 ailo6
y más

ABS0Wl'O

Sí

2.2

3.9

7.2

75

No

1.7

3.6

6.5

412

DIFICULTADES
CON B.,ffiPC60

IDrAL

,,...,

IDrAL

1¡·.,,,.,
'¡ !
~

1'

!

sorprendió descubrir que ni la cantidad de lloras que las entrevistadas
dedican a su trabajo extradoméstico, ni el tiempo que llevan de trabajar,
están asociadas negativamente con el número de hijos que tienen; antes
bien, en cienos subgrupos se nota una ligera tendencia hacia una
correlación positiva, lo cual al parecer encuentra parcialmente su
explicación en la necesidad económica de las mujeres que ya tienen un
número grande de hijos y que por dicha razón buscan un empleo.

487

As~ aunque en forma menos impresionante, se nota que en todos los
subgrupos de duración de la unión, las trabajadoras que reconocieron
tener problemas con sus maridos a causa de su trabajo tienen un número
de hijos mayor que las que no tienen problemas maritales por este
motivo.

Como conclusión, podemos decir que en general, las mujeres que
tienen un empleo fuera del bogar tienen una fecundidad menor que las
que no trabajan y que en cambio, las que ejercen su actividad económica
intra-hogareña tienen casi tantos hijos como las que no laboran. Esto es
coherente con nuestras hipótesis, ya que, el trabajo que se desarrolla
dentro del contexto familiar no se opone necesariamente a las atenciones
y cuidados que requieren los hijos, y por la misma razón no deja sentir
su impacto en la limitación de nacimientos. Podemos agregar que este
dato confirma lo que había sido encontrado hace 20 años por Luis
Leñero en la Investigación de la Familia en México, en donde descubrió
que las mujeres más fecundas eran las que tenían una actividad
remunerada sin salir de su hogar (Leñero, 1968). Paralelamente, nos

Por otro lado, todo parece indicar que dentro de este grupo de
variables, la que demuestra un impacto sobre la fecundidad de !Daneramás significativa y constante es la que se refiere a los motivos invocados
por las mujeres para explicar su ingreso al mercado laboral: las que lo
hacen por necesidad tienen más hijos en promedio que las que trabajan
por otras causas, y al parecer, se han comprometido en un empleo
precisamente por tener una familia numerosa que provoca que sus
necesidades económicas aumenten. Asimjsmo,' resulta evidente que
cuando la mujer trabajaba antes de contraer matrimonio, se reduce el
tamaño de su fecundidad, y esto nos puede hacer suponer que aquellas
mujeres que ya han estado involucradas en un empleo desarrollan cierto
tipo de intereses que las motivan a limitar su fecundidad, aúQ cuando
abandonen dicho empleo en el momento de unirse maritalmente.
Finalmente, existe también una pequeña pero significtiva relación entre
la fecundidad y el becbo de que el trabajo ocasione dificultades entre la
mujer y su compañero, lo cual quizás esté vinculado también con los
aspectos de satisfacción conyugal.
Bibliografía

Andorka, Rudolph (1978), Detrminanls· of Fertility in Advanced Societies,
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LA CULTURA DE MONTERREY
EN MONTERREY

•

1,

JOSE MARIA INFANTE

·-

El presente trabajo es un intento por categoriza¡ y analizar algunos de
las procesos culturales que se manifiesian en el área metropolitana de
Monterrey, Méxfoo. Luego de algunas breves digresiones sobre el
concepto cultura y su uso en este trabajo, pasaré a un análisis de las
hechas culturales que tienen lugar en el área geográfica mencionada,
tomando las periódiC05 como fuente de información primaria.

"

l.

Esto presenta una serie de interrogantes y cuestiones metodológicas
que apenas insinuaré aquí, sin perjuicio de que en otras publicaciones
posteriores pueda profundizar o ser más explícito en ello: se trata ele
recurrir a fuentes de datos que eviten las distorsiones de la memoria y
de las juicios globalizadores; cuando se habla de cultura o de los
aspectos culturales de una sociedad suele ser común expresar juicias
que provienen más de las intereses y valores personales que de las
expresiones de la realidad; por ello, se trala de obtener una fuente de
elatas Jo menos distorsionada posible. El problema, además, es que,
desde otra perspectiva, los periódicos contienen una enorme cantidad
de información y su procesamiento, cuando se realiza de manera
individual, aún con el uso de técnicas computacionales, puede ser una
tarea sumamente dificil. Por ello, para este trabajo, se seleccionaron al
azar ocho semanas en el período comprendido entre el 24 de mayo de
1987 y el 14 de mayo de 1988. Sólo se trabajan los elatos surgidos de allí;

�38

Bricola11

preferimos esto a la sobreabu~dancia de generalizaciones.•
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•

Monterrey es un asentamiento poblacional de gran importancia en
el nordeste de México: con más de dos millones y medio de habitantes,
ocupa la tercera posición en el país. Sin embargo, su importancia no
aparece sino hasta después de la segunda mitad del siglo XX. Fuodada
tres veces, en 1577, 1584 y 15%, soportó la ocupación del general Z.
Taylor en 1846 y la de las tropas francesas de Maximiliano en 1864. El
período de expansión debe situarse hasta fines del siglo pasado (Ceruu1,
M. et al, 1985) desde donde, en una combinación de inversiones
altamente productivas, situación geográfica favorable y grupos dmgentes
ideológicamente cohesionados, se produce un proceso de crec1m1emo
económico, acompañado del concomitante desarrollo en los aspectos
cultural, social e intelectual de la sociedad.
¿Cuál es el resultado de ese proceso? ¿Qué es hoy y cómo se expresa
la cultura de y en Monterrey? ¿Tiene expresiones culturales propias o
responde a la fórmula general de que en el norte de México "termina la
cultura y comienza la carne asada"? ¿Cuáles son las expresmnes
culturales autónomas en la segunda mitad del siglo XX de una ciudad
que está inmersa en lo que se ha dado en llamar la cultura occidental?

l.

1

Antes de continuar, algunas digresiones sobre el concepto de cultura
y su(s) posible(s) imerpretación(es). Para las dencias_ sociales, en
especial la antropología, la idea de cultura ha vemdo cam~1aodo a tra~és
del tielllpo. ~e una visión amplia, pasó a una interpretación restnng1da
y nuevamente a una visión amplia. Las dos versmnes, arnpha y
restringida, perviven en la actualidad, a veces entremezcladas. En la
visión restringida, suele asociarse la idea de cultura al desarroll~ de
factores ideacionales, imaginarios, a elementos intelectuales y a cierta
fonma de trabajo sobre las llamadas bellas artes. En s~ versión amplia,
es el coojunto de elaboraciones y representaciooes matenales y s1m bóhcas
construídas a partir del intercambio de un grupo humano con su entorno
natural, incluyendo las fonmas institucionales que a sf mismo se da el
grupo para refonmar y expandir estas mismas formas culturales. En este
último sentido, cultura se opone a naturaleza y la dtscus1ón de todos los
cientfficos sociales pasará por lo q~ es constitutivo del ser humano,

discusión que comienza en el lenguaje y todos los procesos simbólicos
(¿es el lenguaje heredado genéticamente?) y culmina en cualquier
esquema ele necesidades (¿cuáles son las necesidades fundamentales o
básicas de cualquier y de todo ser humano?), sin que en muchos casos
podamos establecer las relaciones estructurantes con claridad y explicar
con precisión la génesis y desarrollo de los procesa;.
Admitieodo en principio esta postura amplia, se presentan muchas
dificultades cuando intentarnos hacer válido el concepto en el momento
de interpretar cómo opera especfficamente en nuestras sociedades
contemporáneas, relativamente abiertas y generadoras de múltiples
formas de intercambio; ya que en el caso de economías de autosabsistencia
o cerradas, el estudio del sistema de relaciones con el entorno, la
generación de medios de subsistencia y las representaciones simbólicas
que dan cuenta de todo ello, están vinculadas en redes cuyas
determinaciones de causalidad pueden establecerse, aún con cierto
trabajo. Pero cuaodo vemos cómo se verifican los procesos en nuestras
sociedades, el aislamiento de los factores y ténminos de la estructura y
establecimiento de las múltiples y variadas determinaciones que entre
ellos se comprueban, es una tarea que no pasa, hasta el momento, de
ciertas propuestas de índole muy general en cuyas V8g¡\S ondas solemos
perdernos.
Asociado con esto, está el problema de que toda cultura es a la vez
un producto -expresado de múltiples fonmas- y un uso o consumo,
situación que tiende a separarse cada vez más en nuestras sociedades,
no sólo entre producto y consumidor sino también en las diversas etapas
de lo producido, dando lugar a expresiones "auténticas" o reproducciones
de distinto nivel de aproximación y, por otro lado, una diversificación
de consumidores en términos de clase sociales, educación particular y
expresiones sociales de las formas del deseo, todo ello también emrecruzado
en redes sobredeterminadas. Ha habido dos enfoques que han tratado de
expresar las posibles formas de estas redes: los que insisten en el
fenómeno de lo "nacional" (cualquier cosa que esto sea) y los que
intentan expresar los niveles de consumo entre dos graodes sectores
(aunque puede haber otros): el definido por la expresión de lo culto
(variante restringida de la acepción del término cultura, pero donde no
debe perderse de vista su vinculación con lo ritual) y el que apela a lo

�J. M. lo{ald,: ÚI cullura d, Mollll"'Y

popular (como famas de COOlraCUltura o cultura sumergida y que se
mantienen cano supcrviYCDCia de ioslituciooes preexistentes o foonas
aealivas ,utfJocxnas ,z eirpRSióo de significados).

Somc la idea de cullUra asociada a la nación como entidad y en
especial con l'CSpcclO al caso de México, Carlos Moosiváis (1983),
desputs de revisar distintas ooocepciooes que fueroo surgiendo en el
proceso histórico mismo de la amtitucm de México como oaci6n,
formula una serie de a¡roximacimes, algwias de las cuales me pan:ce
necesario rescatar: la idea de que la cultura nacional está asociada con
valores especlfiros recoostrufdos a panir de una cultura univeraal y que
por otro lado son la contribución de aquéllas a ésta; Jo que en un cierto
espicio o habita! es reivindicado como propio por las clases sociales que
Jo ocupin: tradiciones, cánones en artes y ciencias, costumbres y
rupturas; por último, la idea de una síntesis, efectuada a veces mediante
alguna forma de cooccióo, que una comunidad formula a pinir de sus
enfrentamientos con el mundo, con sus mitos y otras expresiones. 1..o
interesante ¡lira mi aquí es que podríamos hablar de cultura nacional a
pirtir de la apiricióa del Estado, el que tomará una pirte activa en la
generación de la cultura que lo ha producido. Asimismo, la cultura
nacional -eualquier cosa que sea- no puede estar desvinculada de las
clases sociales, sus modos de apropiacióa y construcción de lo real y sus
enfrentamientos. El es¡llcio o habita! podrá ser más o menos extenso y
esto significa que el territorio determinará si se trata de uno o varios
sistemas culturales. En principio, es el ejercicio legal de la fuerza el que
especifica los limites territoriales, de aquí que podríamos marcar para
el universo contemporáneo este criterio como el divisor básico de los
sistemas culturales, denominando subculturas a cualquier forma de
¡llrlicularización de esos procesos dentro de los lfmites territoriales así
señalados. Una región dentro de ese territorio, como es el caso de
Monterrey, podrá presentar algún tipo de pirticularizacióa o también
algún tipo de proceso de los que se han dado en llamar de influencia
cultural, Jo que un análisis tendrá que esclarecer.
En relación con algunos aspectos mencionados, pero enfocando el
problema un poco más limitado a la divisióa por clases y estratos,
Herbert Gaus (1979) ha propuesto que todas las formas estéticas, que
son procesos simbóli=, se desarrollan en términos de los valores de la

41

sociedad en la que tienen lugar, pero que existe, en las sociedades que
han alcanzado una gran diversificación de sus estructuras, una
correspondiente multiplicidad de expresiones de la cultura. Dividirá,
entonces, la cultura según el público consumidor y, para la sociedad
estadounidense actual, encontrará cinco estratos de lo que él denomina
público de preferencias semejantes. Estos públicos de preferencias
semejantes han aprendido, en cada caso, a apreciar o a gustar ciertas
casas u objetos en su familia, en sus grupos de identidad primaria o en
la escuela. Me parece que, para los últimos tiempos, no podemos
descuidar el papel que la televisión juega en ese proceso: está presente
en formas estereoti(lldas del lenguaje coloquial, en la conversación
sobre los hechos de la vida cotidiana y la captación de fenómenos
universales, en el uso de la mayoría del tiempo libre de que dispone la
gente, en la conformación de usos y mores.
Los estratos que Gaus encuentra son: alto, medio,superior,
medio-inferior, bajo y cuasi-popular, cada uno con sus preferencias y
particularidades en cuanto a las cosas que privilegia o que predominan
en su apreciación o valoración de los fenómenos. La cultura alta
valorarla la creatividad como elemento primordial, aunque reproducirá
elementos de contenidos enciclopédicos o valorados por su conocimiento
histórico y ubicación precisa. Aceptando la visión general que Gaus
propone, me parece que el concepto clave a analizar aquí es el de
creatividad. ¿Hasta qué punto la creatividad y la originalidad son
similares o incompirables? ¿Cuándo expresa creatividad un productor
de ane y cuándo un intérprete? ¿Cuándo la creatividad se desarrolla
sobre patrones estéticos preestablecidos y cuándo, al crear, se expresan
nuevos patrones estéticos? ¿Cómo se expande la creatividad? ¿Tienen
alguna oponunidad, los creadores de Monterrey de imponer pitrones
estéticos diferentes a los prevalecientes, con las mismas posibilidades
que un creador de París o New York? ¿Podrá ser el ane regiomontano
algo más que una simple copia del desarrollado en otras partes del
mundo? ¿Qué puede expresarse como versión original o propia de la
cultura regiomontana? Todos estos interrogantes deberán ser analizados
en profundidad antes de llar una respuesta definitiva. Momentáneamente,
es posible establecer que la creatividad deberla ser evaluada al menos
en tres subdimensiones: el uso de patrones estéticos nuevos o antiguos,
l~s variaciones oon respecto a un modelo y el número de (l!Utas más o

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42 Brü:olagc

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/. M. lnfalllt: La crdtura dt Mo111m,y

43

menos grandes sometidas a la variación.

La cultura media alta estaría más acomodada a patrones establecidos
de usos y consumoo. El factor predominante no sería la creación sino el
consumo selectivo. Este se daría en el marco de preferencias que
estarían asociadas a lo grupal y al efecto de demostración de las clases
altas, aunque con elementos que serían apropiados de manera
discriminatoria. En Jo que hace a gustos específicos, este sector prefiere
la música que incluye obras sinfónicas y óperas de siglos pasados y
comienzos de este siglo mientras excluye música del barroco o de
cámara de todas las épocas, cine de comedias de producción europea o
del Hollywood "independiente", teatro de Broadway y literatura de
ensayo o crítica ligera, tal como Newsweek, Time, Psychology Today,
Playboy, Vogue, Harper's. l.a clave podría ser una obra que baga
reflexionar pero no mucho, que no innove en patrones estéticos aunque sí busque un cierto perfeccionismo, que ejerza una mirada crítica sobre
las expresiones sociales y artísticas pero sin cuestionar las bases del
sistema.
Siguiendo el esquema, la cultura media baja buscaría sólo expresiones
en que el contenido sea el elemento más importante y ese contenido
debería presentar siempre elementos simples, fácilmente asimilables,
que acentúen los valores convencionales en las relaciones sociales y
personales y por ello mismo, con tendencias relativamente conservadoras.
El arte debe ser fundamentalmente romántico y representativo y por
ello, alejado de todas las expresiones realistas o de ficción altamente
imaginativas, así como de abstracciones o elementos no figurativos.

La cultura baja, compuesta por los sectores obreros, se acerca sólo
marginalmene a las expresiones culturales que no estén destinadas a
públicos masivos, pero hay una di&lt;;eriminación de sexo en lo que se
refiere tanto a las representaciones -donde los roles de mujer y hombre
deben estar claramente diferenciados-, en cuanto al consumo: los
hombres se permitirán representaciones femeninas "audaces" y eróticas
en sus lugares de trabajo (la fábrica, el taller) que estará vedadas en el
ámbito de lo doméstico: en la casa sólo se presentarán pinturas
(reproducciones) de arte realista y figuras religiosas, así como fotografías

familiares. En nuestro medio, las preferencias musicales se orientarían
hacia la música "ranchera" y además, cierto tipo de espectáculos
deportivos.
Por último, la cultura cuasi-popular, constituida por los estratoo más
bajoo, generalmente obreros no calificados, que por haber sido descuidada
por los medios de comunicación masiva, ha mantenido pautas sin
muchas modificaciones, en especial en lo que hace a experiencias
religiosas y fiestas populares; aunque en realidad ha sido abandonada
durante mucho tiempo por los científicos sociales. Es recién a partir de
los estudios de Osear I..ewis sobre los marginados de las grandes
cmdades de los países latinoamericanoo que se "redescubre" este sector
como de merecida atención. Claro que todo esto se refiere a sectores que
de alguna manera se hallan integrados a la cultura de masas. Dejamos
aquí a un lado grupos especiales, como los jóvenes pandilleros o los
campesinos, que presentan sus peculiaridades; tampoco se analizan los
grupos por edades. Todas estas extensiones serán fruto de estudios
subsiguientes.
También desde el punto de vista de los usuarios, Pierre Bourdieu
(1979) ha establecido una íntima relación entre lo que denomina capital
escolar (número de títulos o diplomas obtenidos) y las prácticas culturales
correspondientes. En función de la combinación de esos dos elementos
a los que se asocia el origen social (determinado por la profesió~
paterna), puede. encontrarse lo que califica como universo de gustos,
con tres categorías: el gusto legítimo, propio de las fracciones de clase
más _elevadas, ricas en capital monetario y en capital escolar; el gusto
medw, donde bay una marcada preferencia por las obras menores del
arte mayor o en las mayores de artes menores y que sería propio de
vastos sectores de clases medias; por último, el gusto popular, presente
en los sectores populares de la población, que está en función inversa del
capital escolar. Para Bourdieu, el gusto es el resultado de un aprendizaje
que culmina y comienza a la vez en la "naturalización" de los gustos,
dándole categoría de fenómeno natural a Jo que sólo es el resultado de
distinciones creadas a partir de experiencias e intereses divergentes.
Acepto esto último como una característica de nuestras sociedades
industriales complejas, pero me parece que el esquema de Bourdieu es
poco riguroso a la hora de distinguir las categorías de los gustos y las

�44

Bricolag,

clases sociales, las que permanecen vagamente diferenciadas. Creo que
es ¡n,ible calificar las categorías de Já cultura por el agrupamiento de
los usuarios y asimismo, que los objetos oonsumidos pr~ntarán cierta
tendencia a manifestarse en oobortes, pero hace falta mucha investigación
empírica al respecto:
Esto último nos oonduce a un punto en el que ha ooincidido la
mayoría de quienes han abordado el fenómeno cultural: el de trabajar no
oon los usuarios sino oon los objetos producidos, cualquiera sean las
leyes que regulan su circulación.
Durante mucho tiempo se pensó, un tanto ingenuamente, que los
objetos producidos por los seres humanos en una cultura dada respondían
a necesidades y que estas eran naturales, producto o efecto de las
oondiciones biológicas. No vamos a analizar aquí el origen y destino de
esta inadecuación, pero sí podemos marcar que en la actualidad, salvo
ea el caso de unos pocos reduccionistas o biologicislas, esa ooncepcióa
ha sido totalmente superada.
Uno de los que hace ya un tiempo planteó una alternativa es Jean
Baudrillard (1969). Para éste, el mundo cultural oontemporáneo es un
mundo de objetos en circulación. Esta circulación se efectúa siguiendo
cierlas reglas que no dependen de la naturaleza del objeto en sf sino de
las que se crean en el mismo proceso de intercambio, habida cuenta de
que estos intercambios alcanzan una autonomía relativa de la cualidad
intrínseca de los objetos: las leyes del consumo hacen que el objeto
devenga en signo, independiente de su función y valor originario,
circulando arbitrariamente y sólo en razón de su manera de significar.
Lo que hará que la circulación deba someterse a una nueva y distinta
racionalidad: lo que cuenta ahora es la estructura de las relaciones
significativas entre los signos, mientras que el objeto sólo puede
circular como signo y no como objeto. Nótese que, desde otro nivel de
análisis, esto ooncide con la perspectiva de Bourdieu ya mencionada:
los objetos clasifican de alguna manera a los usuarios. Una de mis
hipótesis, que no podrá probarse ni analizarse a fondo ea este trabajo,
es que Jás líneas de fractura de la clasificación no coinciden, en
Monterrey, con las que pueden encontrarse en otras culturas ni tampoco

J. M. lnfanú: La cultwr, d,Mt1111m,y

45

coa el comportamiento de las posibles variables analizadas
comparativamente oon Olras regiones o ciudades de México, como el
Distrito Federal (Ciudad de México).
En una perspectiva similar, la llamada escuela sovi~tica de semióti'-1
ha tra~jado en los últimos afios en lfaeas convergentes y ha paitulado,
a partir de la noción de signo, un pasaje desde la literatura a la sociedad
en general, creando una clasificación que permita hablar de una
tipología de las culturas (LOZANO, J. 1979). Los elementos de la
cultur~ se relacionan entre sf como los signos en una lengua: ninguno de
ellos.tiene un valor absoluto y su significado depende del conjunto de
relac10nes que guarda con los otros y con los usuarios. Este conjunto de
relaciones se constituirá como un modelo, que ¡n,ee un sistema de
reglas. El análisis del sistemas de reglas permitirá descubrir un código
que funcione como código dominante para una cultura dada.

No hay que olvidar, por último, que en las sociedades complejas
actuales el Estado interviene de forma más o menos directa en el aparato
cultural (C.W. Milis, 1964). Esto cobra especial relevancia en el Tercer
Mundo, donde el Estado asumirá un papel mucho más activo en el
control y difusión de la cultura (también quizá sea válido para los países
del llamado "socialismo real" y en ciertos sectores de Europa, pero esta
discusión no forma parte de este trabajo).
. En resumen, creo que hablar de cultura nos coloca en un complejo
sistema que aún no ha sido suficientemente especificado, ni en sus
elementos ni en sus relaciones. Arriesgando una visión provisional,
propongo un esquema como el que muestra la figura l, con la aclaración
de que no es más que una propuesta; que debe tomarse "objeto" en un
sentido simbólico y no se lo debe confundir con algo roncreto y de
existencia sensible. También debe considerarse la idea de teoría como
un sistema de explicación o interpretación del mundo que abarca desde
los mitos hasta las llamadas teorías cienúficas, pero que de ninguna
manera se reduce a estas últimas; el término entorno se refiere a medio

�46

Bricnlag,

J.M. lnfant,: La cu/Jura rk Montmey

.,

OBJETOS
_I' CONST11IJIOOS
"
y
J_¡;- ORDENADOS ,
JENGUAJEJ
l I

.. •

1/

ESTABLECIMIENTO
DE ORDEN Y
REGIAS

K

i

~

RE!.AClONES
SOCIALES .

ClRCUlACION
DE
OBJETOS

' TEORIADE
LA TECNIGA

1

1-----1

NECtSIDAOES

OTRAS
NECESIDADES

,

..

~ FORMASDt

'.

SUBSISTENCIA . '

liTRAS'J
TEORIAS

47

ambiente o habitat e incluye eJ medio f!sico y materiai y todo lo que está
allí, incluyendo los sistemas simbólicos de todo tipo. El lenguaje es la
lengua natural, dejando los otros tipos de lengua al sistema de los
objetos o de las teorías. A pesar de que en algunos casos se ha insistido
en los limites geográficos de la nación, quede claro que no es ese el
enfoque con que aquí se utiliza el término entorno y otros sistemas
culturales.

1

OTRAS FORMAS
DE
SUBSISTENCIA

r--

_,

APARICION DE
INSTITUCIONES
COMPLEJAS

.

1

INSUFIC~CIA O
CONTRAOICCIONES EN LAS
FORMAS DE
SUBSISTENCIA

:;·.
r
.;,

:,,,

Los datos

J'

'

TECNICAS DE
MANEJO DEL
ENTORNO

ESTADO U
OTRO
ORGANISMO
REGULADOR

CLASES
SOCIALES

i.

V

- cNTORNO _Le

_,

CONSTRUCCION
DEL ENTORNO
.

"

OTROS SISTEMAS 1
CULTURALES J

RGURA 1. Sistema de la cuHura

.OIAJSION DE
TEORIAS

1
1&lt;

'

-

A partir de este esquema general analizamos los artículos que aparecieron
en los periódicos locales en las secciones culturales. Obviamente, esos
artículos se refieren a objetos culturales variados y excluyen otras
manifestaciones de la cultura que deben indagarse por otros métodos.
De los objetos encontrados pudimos establecer trece categorías: 1)
académico-científicos, que se refieren a eventos universitarios o
desarrollados por instituciones científicas o de enseñanza y que incluye
ciclos de extensión académica y formación continua; 2) artes visuales,
incluye galerías privadas, museos públicos y privados, exhibiciones
oficiales y formas arquitectónicas locales y regionales; 3) danza, en sus
variedades; ballet clásico y moderno y bailes folklóricos; 4) cine, que se
limita a exponer críticas y comentarios sobre los filmes exhibidos; 5)
espectáculos de estilo circense; 6) crítica cultural y artística, incluyendo
ensayos de humanidades y ciencias sociales; 7) efemérides y lo relacionado
con ellas; 8) entrevistas a creadores o artistas o actores; 9) música'; 10)
publicaciones, incluyendo comentarios y reseñas; 11) actividades
religiosas; 12) teatro; y 13) vida cotidiana, que es una categoría residual
pero también tiene un significado especifico, como ya veremos. Como
se puede notar en una primera aproximación, lo que los periódicos
locales entienden por cultura es una variopinta colección de cosas y

�48 BricoJag,

también, que están exclum varios aspectos: 1) las formas de subsistencia
en su relación con el lenguaje y las clases sociales; 2) la estructura de
las necesidades en relación a la subsistencia y el entorno; 3) una variada
colección de objetos culturales que incluye desde los instrumentos
técnicos de dominio del entorno hasta los que específicamente han sido
considerados como surgidos de la actividad cultural, en especial: a) el
consumo de libros y otras publicaciones, b) el consumo de discos y otras
formas de reproducción musical, c) el cine, d) la televisión en sus
múltiples formas, una de las cuales, las antenas parabólicas, tienen en
Monterrey una difusión que seguramente es un caso singular en el orden
mundial, e) el sistema de vestimenta, f) la fotograffa y otras expresiones
visuales, g) otro tipo de publicaciones periódicas, diarios y revistas, h)
otros objetos culturales de la vida cotidiana: casas, muebles, aparatos,
automóviles.
Las categorías anteriores deben ser pulidas, ya que algunos de los
objetos, al pncter ser calificados en más de una, demuestran que el
criterio de exclusión no opera eficientemente. Asimismo, debe aclararse
que, en la medida en que se está intentando clasificar los objetos en sl
mismos, no pondremos mucha atención en las diferencias de enfoque y
perspectiva que los periódicos ponen en sus noticias, lo que en sf puede
ser un objeto de la cultura, el de las otras teorlas que surgen come
resultado de la construcdón de necesidades en función de la circulación
de objetos.
Lo que encontramos fueron las siguientes conjunciones y
clasificaciones.

1) Entre las actividades académico-científicas, sobresale la
participa,ción de las universjdades, pero hay un elemento significativo:
de las siete instituciones que en Monterrey reclaman para sf el título de
universitarias, sólo tres participan en la generación de eventos científicos
con trascendencia para la propia institución, destinados a la comunidad
científica local o nacional. Por otro lado, si tenemos en cuentra que una
de las universidades recibe sus ingresos en casi su totalidad de los
estados federal y local, la participación del Estado en las acciones
académicas es ligeramente superior a la mitad: el 52% de estasactividade,

J. M. lnfant,: La cultura de Montm,y

49

cuentan con auspicio o patrocinio directo o indirecto de organismos
estatales. Habría que comparar esto con otros pafses, ya sea desarrollados,
ya tercermundistas, para poder interpretar adecuadamente este fenómeno.•
Otro aspecto que interesa es el de la relación con los Estada; Unidos
de América, dado lo que hemos postulado sobre las cercanías en
influencias entre México y EEUU. Pues bien, cerca de un 30% de los
eventos se vinculaban con países extranjera;, o sea aproximadamente
un tercio; del total de estos eventos, el 80% lo hacía con EEUU. ¿Qué
es lo que EEUU aporta? En algunos casos, conferencistas, personas con
amplia experiencia en un determinado campo del saber que vienen a
ilustrar o enseñar los últimos avances scbre cómo hacer ciertas cosas·
en otros casos, simplemente se trata de intercambios de experiencias,'
como los que St: dieron en un encuentro de historiadores tejanos y
neoloneses.
De entre los encuentros de este tipo, hay dos que merecen comentarios
especiales: uno es un simposium de periodismo. De las instituciones
universitarias existentes en Monterrey, cuatro ofrecen la licenciatura en
comunicación o disciplinas similares; se trata, básicamente, de formar
profesionistas capaces de trabajar en producción tO!al o parcial de
medios de comunicación. ¿Cuál es el sentido de un simposium como
éste? ¿El interés de la institución organizadora por mostrar a Ja
comunidad que sus egresados son los mejor prepararos? Esta interpretación
no parece muy fiable, en la medida en que el simposiwn estaba abierto
-previo pago- para quien quisiera participar. Sin embargo, llama la
atención que la mayoría de las intervenciones estuviesen relacionadas
con el periodismo escrito; para un país como México, con una enorme
masa de analfabetas funcionales, el periodismo escrito representa un
desafío especial: ¿qué y cómo hacer leer a gente que no concede a la
lectura ningún valor?, ¿pndrá el periodismo contribuir a esto de alguna
manera? Ya hablaremos más adelante, cuando hablemos de publicaciones
(10), del posible valor que la lectura tiene para el público regiomontano.

Otro, es un coloquio cinematográfico. También vinculado con las
llamadas ciencias de la comunicación (ninguna de las universidades
tiene una carrera especial en cine) el evento estaría destinado a informar

�50 Bri&amp;olag,
y profundizar sobre las múltiples formas de la apreciación cinematográfica,
en especial la crítica. También debemos vincular esto con el apartado
sobre cine (4). Lo interesante es que el coloquio, más que sobre el cine,
abordó aspectos colaterales más vinculados al periodismo, tales como
el problema de la legalidad jurídica y económica de las antenas
parabólicas y el cine vía satélite.
Paradójicamente, mientras gran parte de los eventos que tienen
influencia extranjera Jo son por parte de los EEUU, gran parte de los
eventos organi7.ados por instituciones estatales no universitarias lo son
sobre aspectos de la identidad y cultura fronteriza. ¿Será porque estado
y universidades difieren sobre la naturaleza de los procesos culturales?
¿Será porque el estado, cuya estructura básica está vinculada al poder
y por Jo tanto al ejercicio del control, no puede dejar de percibir en toda
ruptura cultural una amenaza al mantenimiento de este control?
En la medida en que los procesos sociales son connaturalmente
históricos, todo tipo de tradicionalismo cae en múltiples contradicciones;
sin embargo, la defensa de identidades culturales cae siempre en éstas
cuando no se entiende que la preservación de la identidad de un grupo
cultural que debe coexistir en una sociedad abierta y plural no puede ser
el resultado de preservación de estructuras cliacrónicamente superadas.

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2) El arte visual comprende, como ya quedó dicho, todo lo que esté
relacionado con experiencias de este tipo en el orden estético. Dado que
la ciudad es relativamente nueva, no es raro que la mayoría de estas
experiencias estén desvinculadas de la obra arquitectónica y sí se
relacionen con la plástica (entendida ésta principalmente como la
pintura de caballete); aunque esto último sí es más sorprendente: de las
múltiples formas de arte visual (pintura, grabado, dibujo, fotografía ,
escultura, alfarería) sólo la pintura está ampliamente representada; las
otras expresiones casi no cuentan.

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Tal como ya habíamos postulado, el estado tiene una alta participación
(más del 56% en las actividades de este rubro). Aquí sí podemos pensar
que esto es mucho más de Jo esperado, dado que gran parte de las
actividades podrían escapar al control del aparato estatal, ya que se trata

l. M. l,ifa11J&lt;: ú, cllbwa tú M°"""'Y

51

de actos privados -la pintura que se ejeroe en un taller y se comercializa
o e~e en galerías privadas-. ¿En qué y cómo participa el estado?:
propomendo y patrocinando concursos de pintura, de fotografía;
desarrollando labor de promoción de artistas mexicanos (editando
libros _con sus obras, subsidiando exposiciones itinerantes O en el
~xua?Jero; actuando como marchand o promoviendo exposiciones
mdrv1duales; difundiendo -a manera pedagógica- obras nacionales 0
extranieras). Donde el estado participa de manera absoluta es en el rubro
de la arq~itectura (quede claro una vez más que es en Ja generación de
notas penodfsucas; lo interesante sería saber por qué los periódicos
locales parecen no prestar ninguna importancia a la arquitectura privada).
Porque_iusta_mente es aquí donde hay un elemento importante a analizar:
cualquier v1S1tante de Monterrey puede advertir en una inspección
ocular de la cmdad la influencia que en el diseño de edificios en
especial 1':5 de uso privado, tiene la arquitectura de EEUU. Sin emb;rgo,
en los_ art1culos analizados las referencias al extranjero prácticamente
no eXISten .. Es com~ si la visualidad pudiera expresarse de manera
autónoma e mdepend1ente de las tendencias internacionales que dominan
el campo.

°:

l_as notas sobre arquitectura, resaltan las referidas al diseño
urbanISUco, .aun cuando es n~toria la forma "espontánea" en que ha
crecido la cmdad de Monterrey.
En lo que hace a la obra plástica, la mayoría de las exposiciones
están representadas por obras que han sido elaboradas sobre cánones
frg_urat1vos. La pregunta aquí es si esto representa una tendencia
umversal (una especie de retorno) o marca una característica significativa
de la cultura regromontana, la de no poder despegarse de Jos patrones
más tradicionales.

3) Siendo la danza, probablemente, la más antigua de las artes es de
espem que toda sociedad le brinde apoyo y posibilidades, así co~o un
lugar_ importante en las expresiones comunitarias. Asociada en un
prmc1p10 a ntos correspondientes a ciclos vitales importantes, perdura
hoy no sólo en esas formas sino también como expresión con valor
autónomo, con apego al placer estético en sí mismo y con valor de goce.

�52

Bricolag,
J. M. lnfa111,: la culturad, Mo111,my

La danza denominada folklórica seda representativa de la primera de
estas modalidades mientras que el ballet clásico o la danza moderna lo
serian de la segunda.
Lo primero que se constata a través de la información recogida es
que no existe en Monterrey un cuerpo de ballet estable en ninguna de sus
modalidades. Con el adjetivo estable quiero significar también profesional,
o sea integrado por personas cuyo modus vivendi sea la danza. Claro que
hay gente que "vive" de la danza: hay academias (instituciones que
"enseflan" danza) destinadas a desarrollar entrenamiento en expresióo
corporal e incluso hay una escuela oficial ·patrocinada por el estado
federal que prepara casi desde la niñez. La pregunta obvia es: ¿qué pasa
con los jóvenes que demuestran talento en estos estudios? ¿Hacia dónde
se dirigen?

..,

La paradoja es que, además, el 78% de los espectáculos dedicados
a mostrar alguna de las modalidades de la danza han recibido alguna
fonna de patrocinio oficial. Ya sea que se trate de un ballet folklórico
regional formado por miembros de un sindicato de trabajadores de la
educación, ya sea el Ballet Nacional de Senegal, todos reciben algún
tipo de apoyo

Por cierto que el público regiomontano ha podido presenciar .
espectáculos de ballet de alta calidad, a pesar de no contar con cuerpos
estables, y la pregunta a hacerse aquí es si la posibilidad de apreciar ·la
danza está asociada o no a esta circunstancia; en otros términos,
¿influye el hecho ~ contar con un cuerpo de baile en la difusión
cuantitativa y en la distinción cualitativa del gusto por la danza? ¿Hasta
qué punto el público regiomontano puede distinguir el buen del mal
ballet? ¿Hasta qué punto está sensibilizado para apreciar la calidad de
un ballet clásico? Soy conciente de que es necesaria investigación
adicional para contestar a estas preguntas, pero en mi experiencia puedo
afinnar que hay una tendencia general del público regiomontano al
aplauso fácil, lo que no babia muy bien de sus capacidades discriminativas, .
ya sea respecto al ballet, ya en relación a otras expresiones; sin
embargo, las dudas persisten en lo que hace al tipo de público, sus
antecedentes socioculturales, educativos, etc.

53

4) En lo que hace al cine, la generación de artículos sobre esta fonna
de arte es escasa. Aclaremos una vez más: no se trata de que no haya
cine, sino de la forma en que es apreciado, presentado o evaluado a
través de las secciones culturales del periódico. El número de salas de
cine en Monterrey y su zona metropolitana es de 81. Si a eso le sumamos
la cobertura que ofrecen los llamados video-dubs, podemos pensar que
las posibilidades de exposicióo al eme son bastante altas. Pero aquí nos
tropezamos otra vez con el problema de la calidad y la selectividad del
público. Admitiendo como supuesto que no todo el público aprecia el
mismo tipo de pelfculas y que el público es heterogéneo en su conformación,
¿cuáles son las posibles tendencias y las regularidades de su
comportamiento?
Una rápida visión de la cartelera cinematográfica nos muestra que
hay un claro predominio de las películas producidas en EEUU, y que
prevalece el denominado cine de diversión o de evasión. El llamado
cine de arte o cine de contenido es prácticamente nulo y el público
regiomontano adicto al cine de calidad se conoce informalmente "cara
a cara" a través de la concurrencia a las escasas exhibiciones de este
tipo.
¿Con un cine con esta modalidad, qué puede aparecer en ia prensa
como reflejo? Prácticamente muy poco: alguna que otra crítica sobre las
novedades que se exhiben y notas aisladas; por ejemplo, que se
ofrecerán conferencias sobre diferentes aspectos de la actividad
cinematográfica, a cargo de un especialista del Distrito Federal, 0
declaraciones sobre el carácter de la reseña de Acapulco. Los críticos
con producción permanente son menos de los dedos de la mano y, al
menos en un caso, se trata de una apología de lo trivial. Como ya dijimos
en el apartado 1, qué valor puede atribuírsele a la crítica y sus efectos,
dado que se está ante el círculo vicioso de un cine deficiente que no
educa el gusto y a la vez el cdtico no puede recomendar obras de calidad
que presenten otra perspectiva.
Lo curioso aquí es que el estado también tiene una alta participación:
por un lado, como promotor, a través de la llamda Cineteca, cuya

actividad sólo ha generado una nota periodística; por otro, como

�54 Bricolag,
J. M. lnfanJ,: la cW/Mra d, MonJ&lt;rrey

exhibiclor, coatrolando la llamada CompaiUa Operadora de Teatros, S.
A, empresa paraestatal dedicada a la distribución y ¡:oseeclora de una
vasta cadena de exhibidoras en todo el paJs, inclufclo Monterrey.

5) El circo ha sido siempre un espectáculo popular; sabida es la
historia del
que le dieron los romanos para apaciguar y "alienar" a
sus incipientes masas y su resurgimiento en el siglo XVIIl se efectúa con
las mismas características, la de incorporar las tradiciones y demás
elementos populares. En México, una variedad del espectáculo circense
es el palenque, donde fundamentalmente se conjugan la actuación de
intérpretes de canciones populares con las peleas de gallos, más algunos
otros elementos. tomados a veces de las ferias populares v otras fiestas.

=

Quizá el ser un espectáculo popular hace que la preocupación
perioclfstica por este tipo de espectáculos esté reducida a su mínima
expresión: las notas que recogen las actuaciones de estos espacios
apenas aparecen. ¿Será porque los periódicos están hechos por periodistas
que, en general responden a los valores de las llamadas clases medias?.
¿o porque lo popular no es motivo de interés por no ser novedoso?
¿Puede estimarse, de todas maneras, la participación popular y la
influencia de estos espectáculos? En el caso del palenque, pareciera que
el atractivo está en que se puede ver y apreciar desde muy cerca a los
artistas que la televisión sólo presenta a través de la insalvable valla de
la distancia electrónicamente modelada; y a la inversa ocurre con el
circo, sustituido por los juegos electrónicos del aparato televisivo,
destinado a desaparecer: ya los payasos no ríen ni hacen reir, como nos
lo mostrara Fellini hace ya tiempo.

6) El rubro que contiene la maya- cantidad de producciones es el que
se refiere a la crítica cultural y artística y a los ensayos. Debe quedar esto
muy claro, ya que podrían darse aquf malinterpretaciones: entendemos
por ensayo un género de exposiciones o expresión de ideas en el que no
hay una distancia o diferencia absoluta entre fantasfa y realidad, entre
imaginación y dato, entre construcción sobre lo percibido e hipótesis
preclictora, entre discurso coa arreglo a patrones culturalmente compartidos
y discurso elaborado a partir de sensaciones personalmente elaboradas,
mientras que la crítica, además de los elementos ya mencionados, se

55

ejercerla con respecto a una obra en particular o sea que su origen es una
expresión concreta de la praxis humana, y tiene como objetivo explfcilo
o implfcito el producir cierta desmitificación de la expresión analizada
para asf recontelctuarla (o contextuarla, simplemente). Sin embargo, los
limites entre una y otro son a veces, de todas maneras, borrosos e
imprecisos.
¿Qué son las cosas que preocupan a los críticos locales, los que
constituyen, en cierta medida, una muestra de la intelectualidad
regiomontana? Una primera y somera inspección de los datos muestra
un hecho significativo: hay dos nombres que se repiten coa mucha
frecuencia y entre los dos cubren el 28% de este rubro; o sea que más de
la cuarta parte está acaparada por sólo dos pensadores. Ahondando en
el análisis, se puede apreciar que el tema principal que abordan es lo que
podríamos llamar la "identidad" de lo mexicano: quiénes son, de dónde
vienen y qué características tienen los habitantes de México. Pero hay
más: los supuestos teóricos que manejan ambos podrían ser ubicados en
lo que se conoce como valores conservadores o tradicionalistas; en
ambos casos, se trata de revisar la historia y la estructura social para
determinar Jo l!Ue no debe cambiar, para rescatar las verdaderas
interpretaciones. No se debería contar la historia mexicana en términos
de la lucha indígenas/españoles, conquistados/conquistadores,
reaccionarios/liberales, sino que deberíamos proponer otra interpretación:
los españoles trajeron progreso y civilización a América; la iglesia
siempre defendió las auténticas libertades en contra de la opresión; el
machismo no es un síntoma cultural de una patología sino una expresión
folklórica que no daña a nadie; los llamados héroes nacionales estaban
plagados de defectos mientras que los vencidos eran en la mayoría de
los casos los portadores de los únicos y verdaderos valores morales; el
triunfo de ciertos grupos se debió a causas fortuitas mientras los
vencidos, que son intrínsecamente incapaces de errores o faltas morales,
se resignaban calladamente a su destino en la virtud de la templanza,
confiados en que un ser todopoderoso los reivindicará finalmente. Por
cieno que esto da para discusiones muy profundas sobre la epistemología
de lo social, sobre el valor de las interpretaciones imaginarias acerca de
uno mismo y su propio grupo y las repercusiones que esto tiene en la
acción social y sobre todo, por qué son sólo estas expresiones unilaterales
las que tiepen cabida en los periódicos locales mientras que ver.;iones

�56 Bricol•g•

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alternativas o contradictorias no tienen espacio. Esto últ'.mo cobra
especial importancia en la medida en que entre es_ta_s ulumas se
encuentra lo que podríamos denominar la ideología oficial del estado
mexicano actual. ¿Hasta qué punto se convierten los penódicos, ~r
este hecho en opositores?. ¿cuántos lectores tienen estos pubhcIStas. ,
¿qué infl~ncia y alcance?, ¿basta qué punto la difusión de est~ ideas
se traduce en comportamientos concretos?, ¿qué condiciones de eXISten~ia
reflejan estas ideas y en qué medida la lucha ideológica es la expfl:SIÓ!l
simbólica de otras luchas y viceversa?
El resto de Jos ensayos varía en calidad y en temática casi hasta el
infinito: es posible encontrar notas sobre la educación musical en
Latinoamérica, Jo emitido por la televisión en un sábado por la _noche,
Ja identidad cultural en la frontera norte, un balance crítico de expos1c10nes
de la plástica neoleonesa, la importancia social y cultural de las
orquestas juveniles, las características que debe tener un ensayo para ser
considerado como tal, las formas de presentación de la canción popular
yucateca, la importancia de la virgen de Guadalupe en el proceso de la
fo~ación de una pretendida conciencia nacional, las loas a la abnegada
y oculta labor de los maestros de escuela primaria, un intento por datar
a Ja música, un recuerdo para un artista local incomprendido, un esbozo
de teoría de las expresiones y percepciones de las fonnas visuales, una
crítica a ciertos sistemas de premios en las artes, la crfttca concreta de
tres libros y muchas cosas más.

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Si, como ciertas teorías del discurso sostienen, la unidad de _aquél
está dada por el destinatario, la primera pregunta que surge es qui~□- es
el destinatario de toda esta obra: ¿tienen los productores una 1~ea. um&lt;::1
(lo que personalmente yo estaría dispuestoª. descartar en prmc1p10).,
¿cuántos son los destinatarios?, ¿pueden 1dent1ficarse algunos rasgos en
común?

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Paralelamente, me interesaría resaltar otro aspecto: ¿no es sospechoso
que Ja producción de en.sayos y críticas sobrepase con mucho a la
producción de objetos culturales concretos? Podríamos pensar que ~ada
Ja pobreza de la producción concreta los intelectuales suplen mediante
Ja riqueza de la imaginación las carencias evidentes, como s1 pudiéramos

encontrar en la fantasía algwi consuelo ante la ¡rivación.
Quiero destacar también el númtro extra&lt;rdinariamente bajo de
crítica de libra;: mientras que en la; periódiros de circulación
nacional ésta ocupa un espacio comiderable, en los periódiros locales
es prácticamente ine:mtente: aunque retomaremos esto en el apartado
10, parecerla que los libros son cosas de las que se puede hablar pero su
lectura es algo diferente; algo fuera del universo de posibilidades de
acción.
notas de

7) Toda cultura debe realizar un pennanente retomo del pasado
sobre el momento actual, una Vllelta del tiempo sobre el presente, para
asf mantener su identidad. Los héroes del pasado deben retornar como
modelos para las generaciones actuales, mostrando lo que debe hacerse
y lo que debe preservarse. Estos recuerdos son reactualizados por los
.ciclos temporales, con la magia de los números que sugieren que ciertas
fechas valen más que otras. No hay ninguria razón, en realidad, para
pensar que un número representa un valor especial frente a otro, pero
_siempre hemos permitido que ese valor mágico se nos imponga. En
realidad, creo que ése es su principal valor: ¿cuándo debemos recordar
el pasado?, ¿en todo y en cualquier tiempo y lugar? Sería el caos de la
memoria; un cuea·to de Borges nos muestra la imposibilidad de la
realización de esta fantasía; en la medida en que la memoria debe estar :
he&lt;:ha de olvido para poder ser tal, los recuerdos deben tener un order.
que signifique el olvido de lo no ordenado.
· Los hechos que la comunidad regiomontana recuerda oo pertenecen
sólo a la propia comunidad sioo que demuestran la integración a la
humanidad y al sistema occidental. Entre las efemérides celebradas en
las semanas muestreadas tenemos, por ejemplo, un recuerdo de Ja
Revolución Francesa, el aniversario de Lord Badea Powell, el dla
mundial de la astronomía, todas correspondientes a personajes y eventos
de la historia universal, junto con los aniversarios de Francisco I.
Madero, José Vascoacelos, la bandera nacional (de úidole patriótico
general), pero también de José Eleuterio Gonzá!ez, un médico local del
siglo pasado, destacado por su labor humanitaria.

�58

Bru:o/agt
l . M. l,ifa111,: ÚJ cllitura dt Monltrrey

8) Las entrevistas periodísticas suelen ser un medio eficaz para que
un autcr dé a conocer una parte imponante de su pemamiento en fonna
de divulgaciál, ayudando de esa forma al público a comprender sus
ideas. Las entrevistas que aparecen en el p¡:ríodo analizado no presentan
a ningún pensador o intelectual local, shio a gente que participa en
Monterrey de algún evento y que por ello es entrevistada. En uno solo
de Ja¡ casos el entrevistado es un personaje local; se trata de un rabioo
a quien se pregunta sobre la manera de sobrellevar su carga cult~ en
un medio tan diferente en valeres y la entreVJSta cae en lo coudiano
intrascendente, al pr~guntársele sobre algunas modalidades de la comida
ju(!fa.

. . ,. us otras entreVJStas presentan tanta diversidad cuanto entrevistados
bay_y en todas se trata de exponer alguna de las ideas (o síntesis de ellas)
expuestas en la conferencia o acto que los trajo a Monterrey.

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9) ¿Olalessoo las activxlades musicales más im¡utaiiesde Mootcrrey?
Ya mencionamos que tanto Bourdieu como Gaus entienden la música
como uno de Ja¡ principales productos culturales de discriminación.
Son pocos, por otra parte, los pensadores sobre la cultura que han
dedicado a la música reflexiones con cierto nivel de profundidad y
extensión. Lévi-Strauss, en el comienzo de las Mitológicas, dedica una
serie de interesantes canentarios a la comparación entre Ja¡ mi~ y la
música serial (Lévi-Stra= C. 1968). Siendo la música un lenguaje -un
sistema de comunicación- presenta sin embargo una característica
impensable para un sistema tal: su intraducibilidad. Y es quil.á porque
en aros lenguajes las comtrucciones, aún las mctafllricas, sm 111".toofmicas
en su base, mientras que en la música toda obra es una metáfora pin,
sin dcscoostrucciones posibles ni relaciones metonímicas entre lo
representado y su rcprcscntante.

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ID primero que constatamos es que la mitad de las presentacione5
musicales (48%) tienen patrocinio directo del estado (incluida la
universidad), repititodosc el fenómcoo ya taotas veces apmtallo F..n
cuanto a las obras presentadas, la fcrma de ser presentadas y dcmas la
variedad es mucho mayor.

59

Se destaca, entre OlrdS cosas, que 1) los grupos musicales de la
ciudad son adscriptos a instituciones que representan al estado
indirectamente, pero que no hay (p. ej. una orquesta sinfónica) participacióo
del Estado local en esto. ¿Será porque la orquesta sinfónica es muy
cara? Este argumento no es válido porque otros estados de menor
presupuesto en el pafs tienen su orquesta sinfónica y además porque en
Nuevo León hay una orquesta sinfálica, la de la Universidad Au16noma
de Nuevo León. Podríamos pemar que con ésta es suficiente y esto me
parece un argumento adecuado, si no fuera porque estoy profundamente
convencido de que la actividad musical es muy pobre porque la
burguesfa regiomontana, que es profundamente inculta, Jo es mucho
más y de manera especial en el caso de la música.• Retomando y
ampl'.ando ~l pensamiento de Claude Lévi-Strauss, podríamos decir que
la m~1ca difiere de otros lenguajes porque su ejecución y apreciación
reqweren de mucho mayor cultivo que el de los otros lenguajes de las
artes: es más fácil que cualquiera se sienta poeta o pintor y coja unos
colores o unas palabras y las acomode en un orden que pretenda tener
valor poético o pictórico, que la operación musical de acomodar
sonidos, lo cual exige destrezas educadas; 2) otro elemento es que una
de las universidades privadas tiene una escuela de música y una
orquesta de cámara. Este hecho constituye un esfuerzo que, para la
lógica con la que habitualmente funcionan las universidades privadas
en el medio Qa de la ganancia ecooómica) no hay mucbas explicaciones,
pero debe destacarse que es algo que contribuye a esa educación
musical a la que otros sectores no parecen prestar la más mfnima
importancia. Adicionalmente pueden aportarse más da~ en este sentido·
por ejemplo, que ninguna radioemisora transmite música de la vulgarmen~
denominada clásica: sólo dos de ellas -la del Estado y una privadaded~n una ~ dos horas, respectivamente, a la música de este tipo. En
la e~ISOra pr1~ada se emiten grabaciones disc~ográficas sin que se baga
rungu_n enunciado más que el de la obra, su autor e intérprete(s) sin
mención alguna a las partes de la obra, ni tampoco referencias que
contextúen -su importancia en la historia de la música o en la producción
del autor-, comentarios crlticos o cualquier otra cosa que permita algún
desarrollo especial de la sensibilidad. Un segundo ejemplo proviene de
la experiencia directa: todavfa hoy es posible que en una obra como una
sonata, un concierto, una sinfonla, etc., que estén compuestos por varios
movimientos, el público aplauda entre movimiento y movimiento,

�60

Bricolage
J. M. Jn/anJt: La cumua (U Mo11tt"tY

cortando el ritmo de la obra y sobretodo, ¡demostrando un profundo y
total desconncimiento sobre cómo debe escucharse un concierto!
Las obras interpretadas en los coociertos no presentan una preferencia
especial, habida cuenta de que la actuación de ~ camera~ podrfa
haber ¡redispJCSIO hacia ciertos autores o expreslOlleS paruculares:
pueden encontrarse mimCOS represc111an1es de todas las épocas y todos
los estilos: Johan Sebastian Bacb, Georg Telemann, Antonio Vivaldi,
Nicolo Paganini, Wolfgang A Mozart, Arcángelo Corelli, Franz Llsz1,
Jobannes Brabms, Ludwing van Beetboven, Cesar Franck., Maunce
Ravel, Robert Schumann, Claude-Acbille _Debussy, Anlonin Dvorak,
Gustav Holst, George Gershwin, Camille Sáint-Saens, Bedricll Smetana,
Sergio Prokofiev, Samuel Barber. Es evidente que no puede hacerse una
clasificación como las que ya hemos apuntado, dado que es imposible
hacer a partir de aquí una clasificación de gustos. Si ¡lira Bou~ieu El
clavecín bien temperado marca la diferencia entre el gusto legfümo y el
guslo medio, aquí no podríamos decir lo mismo; así como si ~I estrato
alto de Gaus se caracteriza por preferir cierto tipo de música, esto
tampoco vale aquí. Para empezar, es sumamente dificil ver a miembros
de la alta burguesía en UD coocierto y puedo asegurar que no es porque
desprecien las representaciones locales y acudan a New Yorle o a
Houstoo en busca de este tipo de placeres: 8!-'5 viajes a estos lugares son
sólo ¡lira visitar Macy's o Toe Gallery (sus ~ en materia de ropa
son generalmente, pa- otra ¡llrte, conservadores y convencionales).
·Qull!nes son los asistentes a conciertos? A manera de hipótesis,

~ que el público musical de Mooterrey _se divide en ~ tipos, los
cuales oo presentan lfncas de fractura a partir de la clase SOCJal: se trata
de 1) UD pequel'D pullado de melánanos; 2) los familiares de inttrprete~
de las orquestas o conjuntos y 3) algunos despislados. Y además, que s1
bien es posible encontrar ciertas preferencias en cuanto a gustos, lo que
cvahlan es la calidad interpretativa y no el estilo musical. Es por esto
que, impresionados ¡xr ciertas ejecucioocs de tipo li~ro, prodigan ~u
aplauso más allá de lo que los requisitos de calidad sugieren: se prem13
la actuación, en el sentido teatral del ttrmioo.
las crónicas recogen, asimismo, aunque en contadfsimas excepciones,

61

la presencia de música popular, como la música rancllera o también el
jazz en su variedad culta y algunas represcnlaciones operísticas. Todas
estas son expresiones minoritarias, lo cual nos lleva a plantearnos otras
inquietudes: ¿por qué la música "en vivo" eslá sobrcrreprcsentada por
la que es más dificil en ejecución y no hay un mayor número de
reprcsentaciooes de música más ligera o popular? ¿Eslá esta última
confinada a la grabación o al a¡llrato de televisión?

10) También se da cuenta de publicaciones, pero como ya lo insinué,
son muy pocas las rcsenas de libros y otras formas de publicar; se trata.
más bien, de noticias sobre libros. Para hacer comparaciones, además,
son menas las noticias sobre publicaciorJCS que sobre música o sobre
artes visuales, lo cual puede tornarse como un indicador indirecto de un
fenómeno ya mucllas veces denunciado como uno de los símomas de la
crisis de la cultura occidental contemporánea: la ausencia de lectura, la
desaparición del lector como un ser de importancia en este mundo; el
libro como objeto de consumo, como cosa que sirve ¡lira hablar de ella
pero no para leer.

En dos casos, al menas, puede asegurarse que se trata de eso: son
notas que, a manera de publicidad disfraz.ada, aluden a colecciones que
se encuentran en promoción en tiendas de consumo masivo; el lenguaje
usado es el de la publicidad y no el del comentario intelectual sobre las
virtudes del libro, por lo que la intención es clara: oo se promueve la
lectura, sino un objeto de adorno doméstico.

Das notas se refieren a publicaciooes locales en la modalidad de
revistas, una corno órgano in1cmo de una empresa y otra como revista
de arte y disel'D dirigida al público inte~do en estas aspectos, pero
abierta en su diliEión. En los dos casos puede apuntarse III dato que
refuerza lo ya dicho: los artículos son sumamente breves (una o dos
cuartillas) lo que no permite el más mínimo nivel de profundidad. Claro
que puede justificarse esto a ¡llrtir de la mención del público al que están
destinados, ya que tanto los obreros y empleados de una empresa como
el público del arte visual oo son público lector (aunque por razones
diferentes, sin duda).

�62 Bricolage
J. M . l,ifanJe: La cu/twa de MolUm&lt;J

Las reseñas especificas sobre libros son cuatro: dos pertenecen al
mismo rcseflista y se refieren a libros de pensamiento conservador, una
tercera a un texto biográfico sobre Marilyn Monroe y la cuarta a un libro
editado en inglés (y por ese mismo motivo me atrevería a decir que de
imposible o'nula presencia en ninguna librería local). ¿Es esto lo q~ se
lee en Monterrey? Me gustarla decir que no, que esto no es representativo
ni cuantitativa ni cualitativamente del tipo de lecturas que aqul se
hacen; sin embargo, tlementos adicionales como lo son el pequeño
número de librerías, la alta concentración en ellas de libros con destino
a un uso preponderantemente académico -O sea, recomendado o exigido
por la cátedra, y por lo taoto sin exigencias de publicidad adicional-, la
alta concentración de best sellers de dudosa calidad en los libros no
representados en el tipo anterior, son todo elementos que ponen en du_da
la existencia de un público lector de calidad, avalado esto por las propIBs
experiencias con alumnos universitarios, aún en los cursos de graduados.
En cuanto a la participación del Estado, está presente en el 38.9% de
los casos, ya sea como editor, como patrocinador, como vendedor o
como promoror (esto último en calidad de compradot de libros con
destino a las bibliotecas públicas).

11) En el sentido amplio de cultura, el rito y en especial _el rito
religioso es un elemento constituyente fundamental. No nos refenremos
a lo sacro en el sentido durkheimiano, sino sólo a la expresión de
actividades vinculadas concretamente al sector institucional representado
-y organizado. por las iglesias.
Un acontecimiento que Sll'!Citó una serie de notas fue la reunión
nacional de los obispos de la iglesia católica en Monterrey. Reunidos
¡:ma tratar asuntos pertinentes a su propia organización, los administradores
aprovecharon la ocasión para hacer públicos algunos planteamientos
que no por reiterados dejan de ser la expresión del lugar que hoy ocupa,
polltica y socialmente, la iglesia católica en el quehacer cultu'.31 de
México. Entre los elementos curiosos a destacar figura la denuncJa con
aires de indignación que se hace a la "penetración" de "sectas" que
pondrían "en peligro" la "fe". El entrecomillado es mio, para poner de
manifiesto el enorme valor etnoctntrico con que se usan todos estos

63

conceptos en el discurso eclesiástico: la propia actividad es de "llevar
la salvacióo", "la buena nueva", la "solución a los problemas humanos",
mientras que la actividad de los grupos religian que no son el propio
grupo es de "penetración" o sea de ali,¡ un tanto ilegal, que ejera:
alguna forma de violencia (moral o fisica) y que se implanta en contra
de la "naturaleza" de las cosas. Un fenáneno interesante a estudiar a
partir de aqul es si ea todas las culturas aparece un discwso de este tipo
o es sólo en aquellas en que hay una institución religiosa dominante con
excltliividad. Asociado con esto, habría que estudiar el efecto sobre las
formas polfticas, en especial la democracia: ¿es posible la democracia
política en una sociedad cuya cultura genera mensajes de este tipo?,
¿basla qut punto estos factms están asociados?
Más interesante aún, es el repertorio de posible factores causales que
provocan esta situación: ¡:ma el pensamiento oficial de los dignatarios
católicO!I, el origen de esta situación se puede ubicar en l. la influencia
estadounidense en la cultura mexicana, la que acarrearla, junto con sus
valores ideológicos sobre la organización de la vida social y material,
el peso de su tradición religiosa particular (cualquier cosa que esto sea);
2. el analfabetismo religioso (la poca lectura e información sobre
religión que los mexicanos eStamos dispuestos a asimilar); y 3. la mala
preparación en que vive el pueblo mexicano (incapaz, según esto, de
discriminar entre verdad y error). Además de C()mljtuir un excelente
ejemplo de lo que comúnmente llamamos distoo.ión de la pera:pción de
la realidad a partir de los valores ideológicos, el análisis del primer
punto puede ser aquí extremadamente interesante: ¿pueden adquirirse
los valeres culturales en préstamo dc manera aislada o cualquier rasgo
cultural conlleva una carga de signifx:ado que excede su carga signiflC8nte
aislada? (Quizá esto sea muy di.f[cj] de explicar y tratar aquí, pero
coostituye' uno. de los problemas másintcresames de la transferencia de
los medios.lécnica¡ -también instrLll!entos culturales- de una cultura de
¡JÍ!si:s des¡¡rrolládos a les subdesarrÓilados; el problema es s~ p. ej., un
tráétor puede' transferirse como instrumento sin el COITespondieme
cambio en el modo de producción.).
Dado que el estado mexicano es activamente laico, no sería posible
encontrar aquí referencias a su participación en estos acontecimientcs;
de esto precisamente se queja uno de lC6 altos funcionarios de la iglesia

�64

Bricolq,
l. JI. lll{o,,l,: ú,

católica en el sentido de que se coana a ésta en sus actividades y
funciones. Si profundizáramos en las relaciooes que la religión guarda
con el estado de Mtxico seguramente encontraríamos que éstas soo
mucho más complejas de lo que superficialmente pareoc y que en la
vida cotidiana lo sacro y su valor de ¡nsentación por intermedio de la
institución religiosa adquiere valor de exceso; por ejemplo, es común
que la inauguracióo de un local comercial sea "bendecida" por un
sacerdote (haciendo depender el éxito en Ja¡ negocios de la gracia
divina, inverticndo en el rito católico la fórmula calvinista).

•

•

12) Coo el teatro volvemos a la presencia del estado: el 73% de las
actividades teairales fueron originadas por organismos estatales pero,
como siempre un dato aberrante: teniendo la Universidad estatal una
escuela de artes csctnicas, ia participación de ésta es nula; hay mayor
presencia· de una universidad privada que de aquella.

En conexión con esto, las i!C!ividades que el estado patrocina están ,
divididas por mitades en dos tipos:. l. las que están destÍnadas a formar _
gente de tealrQ (cursos para áctaes, directaes, csccnógrados, dramaturgos,
etc.) y 2. el teatro en sf mismo (producción de obras). En el primer caso,
se trae a especialistas nacióoales reconocidos a exponer su experiencia
en alguno de loo múltiples aspectos del teatro; es evidente que esto está
destinado a un público con· un interés especial y que el sentido de estas
actividades no repercutirá en la cultura regiomontana más que
indirectamente; la pregunta a formularse es justamente la que corresponde
a esto: dada la poca cantidad de representaciones y el aún más escaso
público que concurre a ellas, ¿es el teatro en Monterrey una subcultura
reducida a su mlnima expresióo o tiene un alcance generalizado?
En lo que-hace al segund9 aspectQ y en una evaluación que no puede
hacerse a partir de las cróoicas analizadas, podría decirse que en la
mayoría de los casos hay calidad interpretativa, creatividad en la puesta
en escena, madurez en la p~ucción (prueba de ello son los premios y
menciones.que se obtienen a nivel nacional); sin embargo, diflcilmente
una obra puede mántenerse en cartel durante una temporada, lo que
implica, automáticamente, la participación del estado con alguna forma
de suh!iidio.

'"""'º d, MDN«my 65

Al lado de esto, suelen presentarse ,;iertas obras ligeras, del tipo
comedia de costumbres, que utilizan la fama de alguna pareja de moda

en la televisión nacional y que se presenta un fin de semana con dos tres
funciones, donde la participación del personal local se limita a vender
los boletos para la función (y limpiar la sala al finalizar). Estas
expresiones corresponden a las que Gaus ubica en los sectcres medio
bajos, pero mi hipótesis es que aquf hay un deslizamiento y soo los
medios altos los que acuden a este tipo de espectáculai.
También hay teatro experimental (el que ha sido calificado como
"off-Broadway'') pero es imposible para mf hacer una evaluación
conjunta de su importancia y efectos.
13) La categoría de vida cotidiana, que como hablamos apuntado es
una categoría residual, cobra a la luz del análisis un significado:
pndrfamos decir que encontramos aquf, mayoritariamente, un conjunto
de actividades o comportamientos que pndrfan ser caracterizados como
ideologías prácticas en acción o modos de asumir en la vida cotidiana
las cosmovisiones del mundo.
Ejemplos de ello son l. actividades relacionadas con la ancianidad,
ya sea orientadas a que la comunidad acepte la presencia y el valor de
los ancianos, la creación de instituciones destinadas a protegerlos y
defenderlos, desde disposiciones legales hasta albergues y asilos; 2.
notas sobre los pobres, la pobreza y las acciones individuales o grupales
destinadas a paliar la condición de tal; por cierto que no puede
pretenderse aquf ningún intento de interpretación en términos de
filosofia polftica o teoría económica. Se trata, solamente, de acciones
que, generalmente desde perspectivas asociadas a valores religiosos,
tienden a suavizar las dificultades de la pobreza. En una sociedad donde
la economía no permite una polftica de bienestar social amplia, estas
acciones son los sustitutos culturales de ella. En cuanto implican
consumo de energia y redistribución de bienes, una análisis estructural
de su significado en la cultura está todavía por hacerse; 3. Las creencias
populares pueden extenderse a innumerables facetas, como "curaciones"
milagrosas, ritos para conseguir ciertas gracias, en especial matrimonio,
procesiones -en particular hacia el Santuario de la Virgen de Guadalupe-

�66

Bricolage

- la diaaética -una fikrofía de vida con reminiscencias orientales y
pretensiones terapéuticas-; 4. rita. ceremoniales asociados a transiciones
estacionales, como la fiesta de la cerveza que coincide con el inicio de
la primavera y que pueden interpretarse simultáneamente en dos
sen!icos: como reminiscencia de antiguas culturas campesinas y como
la presencia permanente de la fiesta como necesidad humana.
Quedan sí, algunos acontecimientoo aislada; que constituyen el
verdadero residuo de todas estas actividades.
Aunque la .naturaleza de este trabajo no permite obtener conclusiones,
dado que es una aproximación a la cultura regiomontana construida a
partir de fuentes parciales y como toda aproximación no puede darse
nada de manera definitiva, arriesgaré, a modo de sfutesis, alguna; de Ja;
hallazgos que pretendo haber encontrado o corroborado:
En primer lugar, la permanente presencia del estado en la actividad
cultural organizada; tal como también lo sugerí, habría que comparar
con otras sociedades y culturas si hay ciertas regularidades o si se trata
de un caso especial. Ea todo caso, desde el punto de vista de las pa;ibles
transformaciones o cambios en la cultura y a partir de ella, el control del
sistema estatal se convierte en elemento indispensable; el otro aspecto
a considerar es hasta qué punto ese aparato del estado puede ser sensible
a Jas necesidades cambiantes o propiciar él mismo ese cambio.
En segundo lugar, las categorías de Bourdieu y Gaus, en la medida
en que son expresiones de lo empírico, deben ser revisadas. Desde una
perspectiva epistemológica, esto demuestra cuáles son los límites de la
construcción conceptual a partir del dato. Ada;ado a esto, está el
fenómeno de traslación de niveles: hasta qué punto loo deslizamientos
en el gusto de acuerdo a los estrata; sociales pueden ser un fenómeno
"natural" o responden a interrelaciones entre Jo construido por la cultura
y la acción en la que ésta misma se construye.
Vinculado a ello, hay un tercer aspecto a analizar: por qué la
burguesía de la; países tercermundistas no actúa como sus similares de

67

J. M. lnfanJe: la culturad, Monterrey

sociedades avanzadas, emitiendo a través de su com rta . t
po m1en o un
J.uicio de va¡or sobre los que es significat·
Inda d
1vo y so bre Jo que no
y Ja g:ns::~~~ns~~:~~:~o~:s
sus propios modelo¡
quizá con más se .
.
es es como podrema;,
gur1dad, encontrar meJores explicaciones para ello.

{~u~:~~~~as,

Como cuarto aspecto la od rdad
.
de la llamada cultura po~ularmno puaJede
adquieren las_ expresiones
de ese
'do
rnrse con prec1s1ón a partir
parte :~: ~ qu(Pela prensa no recoge esas expresiones en la mayor
• .
s. or 10 mena;, la prensa consultada· ha cie
pubhcacmaes vespertinas de corte "amarillista" y "se~ .y li rta~
que sí muestran algunos de esta; as tos ne
cmna sta

!~

;:~~~-ntose irracionales en grado sumo::porno:~!~~

=~~~;:;

1::

De todas las d~das e interrogantes que todavía quedan sólo más
meiores mvest1gac1ones podrán dar cuenta.
•
y

Notas
l. De esas ocho semanas se tomaron cuatro =-'"-''
.
n·iano,
· Norte y Porvenir). El análisis se realizó
,-.=•cos matutmos (ABC
. ,
culturales que se mencionan ea esos
'ódi
sobre las expresiones
mismos -tomados ést
. pen cos Y no sobre los periódicos
os como ob¡etos ailturales..
al
resulte dificil hace
.
aunque en gunos casos
r una ta¡antc separación entre ambos ,.....,..
-,-.os.
2. Un corolario interesante de esto sería la obligad

lle '6

•
'da
a re XI n sobre el papel
que Jas umvem
des juegan o deben jugar ca el
ailtura: en qué sentido puede hablarse de la unive::-oor de la
como centro generador especial de objetos ailtural
ás oamencana
"sociedad civil".
es, m allá de la

3. La afirmación de la inailtura de la bur esf.a
.
aquícomounaafirmacióna . .
gu
reg10montana debe tomarse
en este trabajo. Se basa pn:iri q~e por el r~:io~ento no puede demostrarse
en mi prop10 CODOC1DUento personal de ese sector

�68

Bricolage

. . docente en los centros educativos .de esta ciudad, pero
y en m1. expenenaa
estoy dispuesto a recibir todas las pruebas en contrano.

DEL NEGRO CONTINENTE Y DE SU
CONTENIDO

Referencias bibliográficas
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B0URDJEU, Pierre 1979 La distinctwn. Crilique social du jugement, París:
Les éditions de Minuit.
CERUTTI, Mario (el al.) 1985 El siglo XIX en México, México: Oaves
Latinoamericanas.

MANUEL CONTRERAS

GAUS Herbert 1979 "Análisis comparativo de cultura alta y cultura_popular",
' Mexicana de Ciencias PoUtu:as
• Y socr.au;.),
· ,__ ano
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96, pp. 15-59.
LEVI-STRAUSS, Oaude 1968 Müológicas l. Lo crudo y lo cocülo, México:
Fondo de Cultura Económica.
WZANO Jorge 1979 "Introducción a I.otman y a la escuela de Tartu"' en Jurij
(.y otros) Semiótico tk la cultura, Madrid: atedra.

Lo que voy a decir tiene que ver con las mujeres ele distintos modos. Uno
• algo, no mucho, sobre la sexualidad ele los
de ellos .es que pretendo decir
seres humanos, y en particular sobre la de las mujen:.s; de esta última
espero decir lo suficiente como para no tener .que seguir hablando ele ella
. en términos particlllares.

WTMAN

MILLS, C. W. 1964 Potkr, polüica, pueblo, México: Fondo de Cultura
Económica.

Otro, es que me decidí a hablar lo más que pueda acerca ele! sexo
femenino desde el punto de vista psicoanalítico, motivado por el
cuestionamiento, ya antiguo y sin embargo lamentablemente vigente
para muchos, de una mujer notable.

•~pe"'!"""

M0NSIVAJS, Carlos 1983 "La nación de unos cuantos y las
, t·1cas. Notas sobre la historia del término "cultura
nacmnal
roman
-·••·,.,___en,
México", en PACHECO, José E. (et al.) En torno a la • ......,a na,--,
México: Fondo de O!ltura Económica Sl!P/80, PP· Hí0-228.

Me refiero a una llamada Sirnone que reivindicó el derecho de las
mujeres a pensar y a hablar y sobre todo a ser pensadas como hablantes
y a ser habladas como pensantes. Ella, esta Simone del bellover, nos
enseñó a todos, hombres y mujeres, a mirar al sexo femenino ele distinto
modo y esta es mi manera de rendirle un homenaje.
Partiendo pues de su decir, mi primera tarea será legitimar mi propio
discursó ace.rca de un sexo del cual quiero hablar sin que sea el mío.

�70

Bricolage

El segundo sexo coinienza con un epígrafe que hace mandataria la
tal legitimación. Dice la cita de Poulains de la Barre: "todo cuanto ha
siclo escrito por los hombres acerca de las mujeres debe considerarse
sospechoso, pues ellos son juez y parte a la vez".
Al dejar constancia de que he leido el epígrafe no pretendo librar mi
escrito de la sospecha, pero si me gustarla salvarlo de una descalificación
sexista anticipada. Recurro para ello a un razonamiento de la misma
Simone de Beauvoir.

Dice ella: Si "los hombres son juez y parte, las mujeres también.
¿Dónde encontrar un ángel? En verdad, un ángel estarla descalificado
para hablar, pues ignorarla todos los elementos del problema,en cuanto
al berrnafroclita, se trata de un caso muy singular: no es a la vez hombre
y mujer, más bien no es ni hombre ni mujer".'
As! pues, me asumo como parte y desde alll trataré de combatir,
hasta donde me sea posible, eso que se llama ideología, con objeto de
minimizar las distorsiones de mi dicho.
Antes de pasar a los aspectos propiamente psicoanallticos del
problema, quiero extraer y destacar lo que a mi juicio es el planteamiento
central de lo afirmado por Simone en El segundo sexo.
Dos asertos son los que subrayo, el primero es la denuncia, implícita
en el titulo mismo de su libro, de que la mujer ha sido vista históricamente
como el otro. El otro no en el sentido lacaniano sino como el sitio de la
tercera perrona gramatical, el sitio de lo ajeno, de lo extraño, de lo
distante; nunca desde la cercanía de la primera persona, de lo propio, ni
siquiera desde el diálogo posible implicado en el tú, en lo tuyo, en lo de
ustedes, sino como lo de otra parte, como el otro sexo.

A partir de alll reclama el derecho de las mujeres a ser consideradas
como seres humanos puesto que aspiran a trascender, horrando as! las
diferencias entre los dos sexos. Aunque advierte que salir del lugar del
otro en que históricamente han siclo colocadas por el hombre implica un
combate también consigo mismas. "En efecto, dice Simone, al lado de

M. ConJreras: Del negro colllinenle y su conlenuic

71

la pretensión ética, también hay en él la tentación de huir de su libertad,
y constituirse en cosa; ese es un camino nefasto por pasivo, equivocado
y perdido. Y entonces resulta presa de voluntades ajenas, mutilado en
su trascendencia y frustrado de todo su valor. Pero es un camino fácil:
así se evita la angustia y la tensión de la existencia auténticamente
asumida."ª
El segundo aserto, que a mi juicio resume su postura como mujer
ante la historia, es que todo sujeto, y en ello no hay distinción entre los
sexos, "se plantea concretamente a través de los proyectos, como una
trascendencia; no cumple su libertad -dice ella- sino por su perpetuo
desplazamiento hacia otras libertades. No hay otra justificación de la
existencia presente que su expansión hacia un porvenir infinitamente
abierto. Cada vez -prosigue- que la trascendencia vuelve a caer en la
inmanencia, hay una degradación de la existencia en un 'en sí' de la
libertad en artificiosidad; esa calda es una falta moral, si es consentida
por el sujeto; si le es inllingida, toma la figura de una frustración y de
una opresión: en los dos casos es un mal absoluto". Subrayo especialmente
la frase que sigue: "todo individuo que tiene el cuidado de justificar su :
existencia, la siente como una necesidad indefinida de trascenderse".,

Desde esta perspectiva, ella aborda lo dicho por Freud y el psicoanálisis
que conoció en el momento de escribir su libro. Repasemos brevemente
lo dicho por Freud antes de recurrir a las opiniones de Simone de
Beauvoir a ese respecto.
Para Freud, "la vida sexual de la mujer se divide siempre en dos
fases, Id primera de las cuales es de caráter masculino, mientras que la
segunda es específicamente femenina". Así, "el desarrollo femenino
comprende dicho proceso de transición de una fase a la otra, que no
encuentra analogía alguna en el hombre".•
"El agente empleado -dice Freud- para restringir la sexualidad
infantil es ¡:recisamente aquel interés genital narcisista que se concentra
en la preservación del pene."

�72 Bricolag•
M. Colllrera: Del

"En el hombre -continúa Freud- sul:6iste como residuo_de la influencia
ejercida por el complejo de castración, cierta medida de menosprecio
por la mujer, a la que se considera castrada."
"Muy distintas, en cambio son las repercusiones del complejo de
castración en la mujer. Esta reconoce el hecho de su castración, y con
ello también la superioridad del hombre y su propia inferioridad, pero
se rebela contra este desagradable estado de cosas."•
Dice luego Freud que la mujer tiene tres caminos para enfrentar ese
desagradable estado de CC&amp;S: "o asustada por la compración de sf
misma con el varón, se toma insatisfecha con su clítoris y renuncia a su
sexualidad en general, o se aferra neciamente .a su masculinidad
amenazada conservando basta edades insospechadas su frustrado anhelo
de tener alguna vez un pene, o entra al aro cultural deseando el pene del
padre, y a través de él un hijo que le supla su vergonzosa carencia."
· Esto último, naturalmente, si consigue asumir la pasividad propia de
su sexo.
"Invariablemente -dice Freud- la niña comienza por considerar la
castración como un infonunio personal. .." pero, "una vez admitida la
universalidad de esta característica negativa de su sexo, desvalorizase
profundamente toda la feminidad."•
A causa de su inferioridad anatómica la niña ba de desprenderse de
la madre, ,¡uien no puede ofrecerle el preciado miembro porque
tampoco lo tiene. Cito textualmente a Freud: "el desprendimiento de la
madre es un paso importantísimo en el desarrollo de la niña e implica
mucho más que un mero cambio de objeto... se observa paralelamente
con el mismo, una notable disminución de los impulsa; sexuales activos
y una asimilación (¿doma?) de los pasivos". "La transición al objeto
paterno se lleva a cabo con ayuda de las tendencias pasivas, en la
medida en que hayan escapado al aniquilamiento. El camino hacia el
desarrollo C:e la feminidad se abre asf para la niña."•

'"I'º conJUU,u, y 1u conJtnidc 13

Freud concluye que "nunca estará justificado hablar de una libido
femenina".•Precisa también que la frecuente frigidez sexual de la mujer
~ siempre es psicógena y accesi~le a la labor analftica sino que se
Impone la hipótesis de una condicionalidad constitucional e incluso la
de la intervención de un factor anatómico.•

En cuanto. a los efectos de ese desarrollo ~ la mujer adulta, Freud
enumero los siguientes: la feminidad conlleva "un elevado montante de
narcisismo"; una debilidad superyoica; la mujer es vanidosa como
compensación de su inferioridad física original; al pudor, cualidad par
excellence femeruna, le adscribe la intenéión primaria de encubrir la
defectuosidad de los genitales. "Las mujeres -dice- no han contribuido
sino muy poco, a los _descubrimientos e inventos de la civilización; pero
qu~ sf han descubierto por lo mena; una técnica: la de tejer e hilar."
j~vmen por qué!, porque las hebras remedan "la preciada vegetación
pilosa que oculta sus genitales", 10 por supuesto vergonzantes.

Finalmente, last but not leas~ las mujeres tienen "un escaso sentido
de la just!cia", son en~idi~, sus intereses sociales son más débiles y
su capacidad de subl1maCión de los instintos menor que la de los
hombres.
No ol:6tante la declaración de Freud de que sus afirnJaciones acerca
de la feminidad eran incompletas, fragmentarias e ingratas, a más de su
famosa frase de reconocimiento de límites al considerar el mundo
psíquico femenino como el continente negro del psicoanálisis su
pensamiento, tan indudablemente talentoso en otros sentidos ha ~ido
tan determinante y su nombre se ligó tanto a la verdad en psidoanálisis
que lo dicho por él_ permaneció inmodificado por mucho tiempo. En lo
'.eferente a la mu¡er debe haber contribuido también la ideología
imperante.

Las críticas a las afirmaciones temerarias de Freud provinieron
generalmente del mundo profano al psicoanálisis, lo cual de ninguna
ma~e~a les_ resta mérito, como veremos. No fue sino basta que la
femm1dad, ¡unto con toda la teorfa psicoanalítica, comenzó a repensarse
a la luz del ternario real, simbólico, imaginario, que esos planteamientos

�74 Bricolage
M. Contreras : Del negro conlinenlt y su contenido

comenzaroo a cambiar. Pero antes de llegar allf,.repasemos lo que las
mujeres, por voz de la Beauvoir, dijeroo de lo dicho por Freud.
En forma bastante mcxlerada, diría yo, contundente, fundamentada
y respetuosa, se aborda la crítica al psicoanálisis en El segundo sexo.

Para patentizar que sabía de qué bablatm, Simone de Beauvoir
comienza el capítulo defmiendo el psicoanáhsis de manera por de~~s
clara. Dice que "el inme~ progreso realizado por el psicoanálIBJS
pecto de la psicofisiologfa radica en ,considerar que en la vida
;~quica no interviene ningún factor que no revista_ un sentido humano;
Jo que existe concretamente no es el cuerpo, obJeto descnto por los
sabios, sino el cuerpo vivido por el sujeto". Por tanto, "la naturaleza no
define a la mujer, ésta se define a sí misma al retomar a la naturaleza por
su cuenta en su afectividad", 11
Con esta sola, atinada definición, ya las hipótes~ freudianas de
condiciooalidad constitucional e incluso la de intervenc1~n de un factor
anatómico ·~en por tierra por contradecir la esencia misma del saber
analftico.
Desde el mismo lugar se cuestiona el determinismo sexual . que
Freud plantea para explicar la feminidad'. ade~ás de seiialar,
razón, que para él, la mujer es una especie de macho castra~ • Está
claro -dice ella-, que Freud ha calcado la descripción de 1~ muier sobre
la del destino masculino, del cual se ha limitado a mcxl~&lt;:3r algunos
rasgos" . De esta suerte "la libido es una fuerza de sentido viril.
1 Diremos1
otro tanto del orgasmo" y por ende "las mujeres que a canzan e
orgasmo son mujeres virilizadas"."

~.!usta

Contundentemente la Beauvoir afirma que "entre los psicoanalistas,
el hombre es definido como ser humano, y la mujer ~o hemb~;.cada
vez que ésta se comporta como un ser humano se dice que 1m'.ta al
macho". o Hasta aquí, Simone de Beauvoir y su. ~obado bumaDJSmo.
Volvamos ahora al terreno mismo del ps1coanáhsis.

75

Comenzaremos diciendo que tenemos que reconocer que Freud, en
su abordaje de la sexualidad humana tenla una seria limitación: estaba
demasiado próximo a la biología. Por eilo hablaba de sexualidad en vez
de amor, por ejemplo; por ello volvería continuamente a la biología en
su afán de ballar allf respuestas, algunas veces en flagrante contradicción
coo la esencia misma del descubrimiento analftico.

Uno de los puntos de su teoría en donde se aprecia claramente su
limitación para entender lo humano a causa de su proclividad biologista
es nada menos que en su manera de pensar el complejo de Eclipo.
Suena escandalizante, lo sé, y no, no voy a cuestionar aquí la
vigencia en general de su descripción del complejo de Eclipo como
universal, porque no es ésta la mejor ocasión para hacerlo, pero si quiero
dejar seiialado que es necesario repensar si sus observaciooes tienen
validez universal, o si se ajustan y dan cuenta de cómo se presenta la
conflictiva triangular en ciertas estructuras neuróticas únicamente,
corno podría ser el caso de la fobia, enteramente similar a la propia
experiencia edfpica de Freud.
Quiero decir que tal vez no tcxlos los padres cumplen o incumplen

su función a la manera del de Juanito y que Jo ocurrido y observado en
otras estructuras nos obliga a pensar en la función paterna corno algo no
unívoco como Freud nos lo enseñó.

tan

Pero en fin, pu ~1 ,aumento me interesa subrayar algo por demás
evidente: que para Freud, entre pene y falo no hay mucho diferencia, de
manera que la sola observación de la anatomía por parte de los pequeños
seres numanos, definía según él, su destino. Por decirlo con palabras de
Lacan:
"Nos dicen que la exigencia de una madre ca provee""' de un falo
oos explica muy bien que su hijo le sirve de soport,:, harto
ICII, para caa prolongación imaginaria.
Ímaginario, y se

En cuanto al niño no hay duda, varón o hembra, localiza muy tempranamente

�76 Bricolage
M. Con1r,rtu: D1/ tugro COllliMnJe 1.ru conJtnido

el falo, y, se nos dice, se Jo otorga generosamente a la madre, es espejo o
no, o en doble espejo. La pareja deberla coincidir muy bien en tomo a esta
común ilusión de falicización reciproca. Todo debería suceder a nivel de
una función mediadora del falo.
Ahora bien, la pareja en cambio se encuentra en una situación de conflicto,
incluso de alienación interna, cada quien por su lado. ¿Por q~? Porque el
falo, si me permiten la expresión, se pasea. F.stá en otro lado. Todos saben
dónde Jo pone la teoría analltica: se supooe que el padre es el portador. F.n
tomo a él se restaura el temor a la pérdida del falo en el niAo, la
reivindicación, la privación, o la molestia, la nostalgia del falo en la madre.
Ahora bien si en tomo a la falta imaginaria del falo se establecen
intercambi~ efectivos, imaginarios entre madre e hijo, lo que lo convierte,
en el elemento esencial de la coaptación intersubjetiva, el padre, en la
dialéctica freudiana, tiene el suyo, eso es todo, ni lo cambia, ni lo dona. No
hay ninguna circulación. La única función del padre en el trio es reptacntar
al portador, el que detenta el falo. El padre, en tanto padre tiene el falo: Y
más nada".14

Está claro: falo para Freud es igual a pene.adulto, pene del padre. Sí,
el falo circula imaginariamente, pero sólo entre quienes no lo tienen de
verdad. Es cuestión únicamente de que la realidad haga evidente quién
verdaderamente Jo tiene. Desde esa perspectiva se entiende que el niño
aprenda a postergar hasta tener uno como el de papá y que renuncie
mientras tar.to a Jo que sea y que la niña por su parte tenga que resignarse
a que nunca Jo tendrá o neciamente aferrarse a su minúsculo falito de
segunda representado en el clftoris o sensatamente domesticarse y
aspirar a sustituirlo en la maternidad. Pene-falo Jo mismo. La anatomía
determinante del deseo.
Con el ternario Jacaniaoo el falo no es únicamente real y asentado
sobre el órgano pene, ni sólo imaginario para la mujer madre, su
producto, y el padre intcrdictor, sino que se pasea como significante
u b i ~ metonfmicamente, como un meteoro siempre evanescente
en todo lo que se desea. Nadie Jo tiene, ni siquiera los que tienen pene
de a deveras, y los que creen tenerlo aun cuando sólo sea imaginariamente,
dejan de cir.:ular por la vida porque ya no buscan.

•

77

Los iluminados buscaoo,es son todos seres humanos, todos
simbólicamente castrados, con o sin pene, todos ·descantes, hombres o
mujeres.

Pero entonces, ¿oostó con liberar el psicoanálisis de sus ataduras
biologistas para cumplir el sueño de la Beauvoir de consideramos todos,
mujeres y hombres, como seres trascendentes? Pues sf, aunque no por
eso, afortunadamente, somos enteramente iguales.
Lacan dijo: "la mujer no existe" y causó un gran desconcierto. Así
eran las afirmaciones de Lacan: escandalosas. Con esa frase responde
a la necesidad de sacar a las mujeres del Jugar del otro que tanto ofendía,
justificadamente, a Simone de Beauvoir. Existen las mujeres, cada
mujer existe, como cada hombre. Existen los seres humanos. La mujer
no existe.
En su seminario Encore (mal traducido como aun; deberla ser: otra
vez) Lacan aborda el problema de la sexuación humana, pero en el lugar
justo de donde nos hace señas. Desde el Jecho.

Al ubicar el enigma en el l(h)echo, lo hace ponieudo el énfasis en
donde debe ponerse, en el lecho donde se consuma el hecho, donde se
hace el amor, es decir, en el goce. Allf nos distinguimos, allí somos
distintos y en esa diferencia, de esa diferencia, de esa desproporción de
nuestro goce, gozamos cada uno lo que podemos. Dice Lacan, "El goce
del otro, del cuerpo del otro que Jo simboliza, no es signo de amor."u
"Cuando se ama, dice Lacan, no es asunto de sexo." El amor es siempre
recíproco e imposible. "Es dar lo que no se tiene a quien no es". Es
ofrecer lo que no se tiene, lo que falta,. el hueco que dejó el objeto
perdido, a otro en quien ilusoriamente lo ubicamos. Y en el amor eso
ocurre recíprocamente. Cada uno ubica, forrado y adornado por las
vestimentaS del otro, el propio objeto .ª causa del deseo, remanente de
lo perdido y allí en el otro, Jo desea, lo anhela, Jo pide sin conseguirlo.
" Subrayo 1~ imposible del amor para ~ntender por qué dice Lacan que
no hay relac1óa sexual". No hay relación sexual porque en el amor no

�78 Bricolage

hay sexa;; hay reciprocidad en la búsqueda infructua;a, y donde se dice
que hay relación sexual, en el l(h)echo, dorxle la pareja se despoja de sus
vestida;, de sus atue:1dos amada; recíprocamente, sólo quedan Ja;
. respectivos objetos ilusorios y los cuerpos, ya no amados pero sí
anhelantes, que súbitamente sensibles a su incompletud, buscan el
imposible uno, una y otra vez. Y aquí en el goce, cada uno con su propio
cuerpo, se hace notable la diferente forma de gozar. Se nota y se disfruta
la desproporción.
"Ciertamente, dice Lacan, Jo que aparece en los cuerpos bajo esas
formas enigmáticas que son Ja; caracteres sexuales -&lt;¡ue no son sino
secundarios- conforman al ser sexuado. Sin duda, pero el ser es el goce
• del cuerpo como tal, es decir como asexuado, ya que Jo que se llama el
goce sexual está marcado, dominado, por la imposibilidad de establecer
como tal, ese único uno que nos interesa, el uno de la relación
proporción sexual.""

M. ConJrera.r: Del negro conJineme y su contenido

del "otra vez".

Lacan dice más'. hay fórmulas, maternas, hay elementa; topológica;,
hay frases emgmáticas, pero creo yo aquí, por hoy termino, seguro de
que habrá otra vez, s1 no para mí para alguien, porque como diría La
subrayando la inagotabilidad del tema acerca del amor no cesa d can,
escribirse.
'
,
e no

Bibliografía y Notas
1. Beauvoir, S. El segundo sao Tomo 1 Ed. Siglo Veinte Buenos Aires 1981
pág. 23.
'
'
'
2. /bid., pág. 17.

:h(
11. (.)

~ LII

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io
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&lt;·-

1-' Lt

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El ser es el goce del cuerpo como tal, es decir como asexuado. El ser
no tiene sexo, el ser es incompleto y busca, irremisible e infructuosamente
completarse. Busca el inasequible uno. Y aquí aparece la desproporción
sexual bajo esas formas corporales enigmáticas que son los caracteres
sexuales. "Al hombre, en cuanto provisto del órgano al que se dice
fálico, el sexo de la mujer no Je dice nada a no ser por intermedio del
goce del cuerpo". Mientras que "la mujer no toda es".17
El hombre goza con su órgano y precisamente por eso, por la
presencia de éste, no llega, dice Lacan, a gozar del cuerpo de la mujer.
Porque precisamente de Jo que goza es del goce del órgano.

3. lbúkm, págs. 24, 25.

4. Freud: S. Obras completas Tomo llI Ed. Biblioteca Nueva 3a. edición,
Madnd, 1973, pág. 3079.
'
5. /bid., pág. 3080.

6. lbúkm, pág. 3082.
7. lbúkm, pág. 3086.

En cambio, "la mujer no toda es". Ella no se acaba ni se resuelve en

un órgano porque no Jo tiene; goza con todo su cuerpo pero al no
agotarse como el hombre en una descarga absoluta, le queda siempre un
remanente, que la hace justamente no toda, no toda nunca.
Y entonces, en esa desproporción se expresa nuevamente la
imposibilidl,d amora;a del uno que se manifiesta en la i:epetición eterna

79

8. Ibídem, pág. 3176.
9. Ibídem.

!O.Ibídem.

�80

BricaúJ11

u. Beauvoir, s. 0p.

ciJ., pog. 61.

¿ffA Y QUE DESI'RUIR LA SALUDMENTAL? 1
12. /bid, p6g. 62.
13. /bitkm, pág. 73.
14. Lacan, J. El &amp;minarlo "La Psicosis" Tomo 3, Paidós, Barcelona, 1981,
pégs. 4S3-454.
1S. I.acan, J. El saninario. "Aún", Tomo 20, Paidós, Barcelona, 1981, pág. 12.

DAVID FLORES
16_I.acan, J. El seminario "Aún" Tomo 20 Paidós, pág. 14.

lntroducd6a
17. /bid., pág. IS.

El título de esta exposición puede parecer extraño o inquietante,
atl'iurdo, o quizá dr.l.stico, pero no Jo he elegido ¡x,r el mero gusto de
provocar tal o cual reacción, sino ¡x,rque me propongo inducirles a un
cuestionamieoto sobre el concepto de salud mental y sobre la ética de
un proyecto psicoterapéutico pensado desde el psicoanálisis.
Los psicoanalistas, los psiquiatras y los psicólogos estudiamos
p¡icopatolor,fa cllnica, dinámica, estructural; desarrollamos nuestra
sensibilidad ante las sutilezas de las diversas entidades p¡icopatológicas, clasificadas, delimitadas y denominadas de diferentes formas
según el enfoque, pero en general, ¡x,co nos detenemos a reflexionar
sobre lo que puede querer decir estar mentalmente sano o enfermo. En
la práctica son frecuentes los diagnósticos intuitivos, más o menos
oosados ea tocia clase de convenciones y criterios ambiguos.

Cuando se plantea el problema de definir la salud y la enfermedad
mental, los psi suelen salir del paso recurriendo al em¡x,lvado expediente
de la cstadlstica, diciendo que es enfermo quien se desvfa de la norma
(la media aritmética), definiendo entooces al enfermo no por su enfermedad, sine por la comparación con "la mayor/a" que de entrada se
su¡x,ne sana, y sin poder, por otra parte, CSlablecer cualitativamente qoc

�82 ,,.,.,,
D. Ftoru: ¿Dutrllir la salwl """"'1?

caiducras serían sanas y qlll! otras serian patológicas. Y si todavía se
arguye que cualquier compatamiento es patológico c ~ se lleva al
extremo, el problema se complica, porque nunca se liace cla";&gt; ·dónde
empieza el extremo ni cómo medirlo. Tenemos pues una defimción en
la que no existe una diferencia cualitativa entre salud y enfermedad y,
como es lógico, queda al arbitrio del cllnico quién está enfermo y en qlll!
grado, quién requiere un tratamiento !llicoterapéutico y de qlll! upo,
etcétera. En fin que, con una lamentable frecuencia, el temor o la
incapacidad de los psi para enfrentar el problema, los conduce a eludirlo
creyendo que lo han resuelto, y a la hora de_la práctica clínica_, _termina
por ser la honestidad profesional, la intehgencia, la sens1b1hdad, la
experiencia, el "ojo cllnico" o el titulo profesional, lo que opera como
criterio y garantfa de la efectividad del diagnóstico y del plan terapéuoco
de un sujeto que ingenuamente va a buscar ayuda (o 1~ llevan) al cllmco
que se supone que sabe muy bien con qué está traba¡ando.
El problema que les planteo es el de si hay ~lguna_ forma de d~fini~
psicológicamente la salud y la enfermedad ps1cológ1cas. Es decir, s1
podemos hacer un concepto de salud y enfermedad mental desde una
teoría que nos explique qué es la mente.
El planteamiento con interrogantes acerca de la conveniencia o la
necesidad de destruir la salud mental tiene dos sentidos pa;ibles: en
primer luga; el de que la salud mental sea algo que estorba, que hace
daño, algo que por algún motivo conviene eliminar: En segundo lugar,
haciendo ~J tle un artificio del lenguaje, está la idea de que lo que
habría que eliminar fuera el concepto de salud mental, supor,ie~o
entonces que la salud mental es en si inexistente y cuyo concepto sirve
únicamente para confundir. Dividiré mi expa;ición en dos partes para
examinar amba; aspectos, que acaso resulten no ser tan distintos como
parece a primera vista. Comenzaré por el segundo.

L El concepto de salud mental; una falacia
En una conferencia titulada El mito de la enfermedad mentaVIbomas
Szasz hacia una alegoría un tanto divertida y un tanto trágica. Decía que
si un hombre sale de uria iglesia diciendo que le ha hablado a Dios, a eso

83

se le llama rezar, pero si dice que Dios ba hablado con él, a eso se le
llama esquizofrenia. Y esto es una forma de decir, entre otras cosas, que
a diferencia de cuando alguien sufre una enfermedad en.sentido propio,
. una enfermedad fisiológica (renal, pulmonar, infecciosa, tóxica ...), al
tratarse de la enfermedad mental uno se topa inevitablemente con una
metáfora. Al tratarse de la locura, el loco, el enfermo mental, no está
enfermo porque tal o cual parte de su organismo esté lesionado o
funcione mal; tampoco está e,nfenño poque él diga estar enfermo ni
porgue su locura lo haga sufrir: está enfermo porque los demás dicen
que está enfermo. Son los otros quienes deciden qué conductas son
sa"45 o normales, y qué otras deben clasificarse. bajo .el rubro de
sfutomas mentales. Pero, ¿mediante qué criterios se determina que
alguien es un enfermo mental? Y ¿quién lo determina?, y ¿por qué?
Si adoptamos por un momento una óptica histórica, vemos que en la
&amp;!ad Media eran las sacerdotes quienes poseían y ejerclan el poder -y
el poder es una cuestión de política- de condenar a alguien, obviamente
contra su voluntad, a ser quemado en una hoguera por hereje, por
practicar la brujería o por hallarse pose/do por el Demonio. En nuestra
época somos los psi quienes tenemos delegado este poder; somos
nosotros quienes decidimos quién está cuerdo y quién está loco. Y
ejercemos este poder respaldados por un supuesto saber, y avalados más
bien por el titulo de psi. Lo ejercemos incluso cuando decidimos tratar
a una persa,a en calidad de paciente, sea que venga por su voluntad o
contra ella, pues ea cuanto decidimos tratarlo, estamos admitiendo
tácitamente que hay algo mal en él, que hay algo que debe ser
corregido. Y esta decisión es un ejercicio de poder que, en el límite,
puede · costar a aquel sobre quien recae la internación en una prisión
denominada manicomio u hospital psiquiátrico, ser victima de tOda
clase de tortt•ras corno los choques eléctricos, las lobotornfas y lobectornfas,
o de esos venenos no mortales llamados psicofármacos. Y todos
conocemos la dramática situación en que queda el sujeto, sin escapatoria
posible, una vez que ha sido etiquetado como loco: lo que diga o lo que
baga puede servir a los otros como prueba de que está loco. Y por
supuesto, cunocemos también ese razonamiento paradójico según el
cual, quien reconoce que está loco, entonces no lo está, o lo está menos
que quien deniega su locura; asf pues, hay de locos a locos, los que creen
estar cuerdos y los que admiten su locura; psicóticos y neuróticos si

�84

B,i&lt;.,.,,
D. Floru: ¡Dulnlir /Q ttúwd """"'/?

lSICdes quieren. Pero la locura sigue siendo enfermedad en ianto es
sanciooada por los otros.

Mencionaba ya la diffcil cuestión de la voluntad Hay personas que,
en ocasiones, deciden por s( mismos que algo anda mal en ellos y buscan
asistencia voluntariamente con un supuesto sabedor de los problemas
del alma, con un psi. Pues bien, hemos de admitir que también a ellos
concierne lo que decla hace un momento, y es que si buscan ayuda es
porque se sienten mal consigo mismos, y si se sienten mal es que piensan
que no es normal Jo que les sucede. Se sienten diferentes a los demás,
porque alguien les ha hecho notar, o ellos mismos han observado que
algún rasgo particular de su conducta, pensamiento o sentimiento, no
concuerda, más bien .:ontrasta con el de los otros, de donde pasan a
deducir que algo está mal, que están un poco enfermos, pues a la
inversa, si estuvieran sanos serian como los demás. De este modo, aún
en el caso de estos neuróticos, poco locos, siguen siendo los otros,
mediante la comparación, quienes los constituyen como locos y, en
consecuencia, en enfermos.
¿Es claro lo que les planteo? Abordo la cuestión desde un enfoque
parcial, podría decir sociológico, y es en este plano donde es evidente
que el concepto de enfermedad mental es una falacia; y como dice
Szasz, el que la locura sea una enfermedad es una metáfora peligrosa.
La de enfermedad mental es una noción que se define en función del
consenso social, colectivo, acerca de los comportamientos, ideas y
sentimientos que debe emitir el hombre sano, esto es, los que emite la
mayoría. En este sentido, insisto, si el loco está enfermo es por que los
sanos lo deciden.
Por otra parte, este consenso implica dos aspectos: por un lado la
idea ya expuesta de la normalidad, es decir, la evaluación de las
reacciones de un hombre según que sean o no compartidas por la
mayoría de los integrantes de una comunidad social arbitrariamente
delimitada:, {el universo estadístico); por otro lado está la aceptación o
la condena moral que el conjunto social otorgue a tales reacciones
individuales. Y podemos ver que este enjuiciamiento moral tiene un
sentido y un efecto político, aunque no se agOle en él. Lo vemos COlf

85

claridad si pensamos en el lugar que se hace ocupar al loco en toda
sociedad. El lugar que ocupa, y que siempre ha ocupado el loco es, como
nos mostró abundantemente la antipsiquiatrla, el de la marginación.
Durante siglos cada sociedad ba creado instituciones para marginar
a los locos. En la medida en que el loco es aquel que DO se adapta a la
realidad, es decir, que no recoooce la realidad tal y como la recooocen
y la aceptan los demás {los cuerdos, la mayoría); en la medida, pues, en
que el loco es aquel que no piensa como los demás, que DO siente o no
se cooduce como los demás, es necesario para la sociedad prOlegerse del
loco para protegerse de la locura. La locura es peligrosa. Y no tanto por
los posible efectos prácticos de la cooducta de UD Joco furioso que puede
matar a ciudadanos inocentes, sino porque la locura, por su sola
existencia, cuestiona al buen sentido, a la razón colectiva, porque
impugna el orden moral y jurídico que la sociedad requiere inmutable
para poder funcionar. La locura hace estallar la lógica de las instituciooes
en el sentido más amplio. La locura es peligrosa y el loco intolerable,
porque la colectividad ve en él lo que no soporta ver en ella misma: la
ausencia de sentido, el automatismo y la inercia; iocfüso, podrla decir,
la transmutación de los valores, el eterno retorno y en fin, esa cosa fea
que como ser sensato me obstino en no ver aunque me siga como mi
sombra. O como escribe Foucault: "Si la locura arrastra a los hombres
a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno
su verdad.'"Y, diría yo, no únicamente la verdad subjetiva, singular, de
cada uno, sino la artificialidad que implica la fijeza del sentido, que
quiere verse natural, verdaderos cimientos de humo sobre los que
construimos la cultura de la que nos gusta sentir orgullo.
Ahora bien, para prOlegerse de la locura la sociedad ha utilizado
siempre, aunque en formas diversas, UD tratamiento muy eficaz, probado
con indudable éxito en Olros campos: la segregación, el aislamiento, el
encierro del Joco. Y si bien esta marginación se practica literalmente,
enjaulando al sujeto por ejemplo, es sin embargo mucho más importante
la Otra maryinación, la simbólica, pues en última instancia Jo decisivo
es la etiqueta, elegantemente lla111ada diagnóstico, para mantener al
Joco aislado. Se crea con ello un espacio de confinamiento y se mete en
él lo que no funciona ... y lo que molesta.

�86 B,it:oi.,,
D. Flo,u: ¡DutrMir 14 ..iwt mllllal?

u sot:iedad ha construido siempre un lugar como depálito para sus
desechos. Hoy como antes, en ¿¡¡les Jugares -lugares fJsicos como decfa,
pero también Jugares nocionales- se mezclan los locos con las libertinos,
los viciosos, los vagos, los rebeldes, los criminales. ÚI función de la
segregación es primordial, tan primordial que es primero la marginación
y Juego su racionalización médica, que sin embargo no es menos
importante; de hecho Jo es tanto como lo fue la racionalización religiosa
en el medioevO. Efectivamente, cada vez se vuelve más necesano
justificar esta segregación social, y para ello no hay nada mejor que
revestirla con una función sanitaria y humanitaria. Es entonces que se
empieza a pensar que el aislamiento cumple, o debe cumplir, el papel
de una curación; el espacio carcelario adquiere el sentido de un clima
terapéutico, y la locura, que antes perteneció a la religión, se vuelve
objeto de investigación y tratamiento médico, pasa a pertenecer a la
jurisdicción conceptual de la medicina. El concebir la locura como
enfermedad sirve para circunscribir el mal en el sujeto que lo padece.
En este sentido es notable cómo durante el último siglo, el desarrollo del
método experimental y su trasplante al campo de la flsiologla, propició
una ola de cientificismo que arrastró a los científicos hacia un pensamiento
mágico, mecanicista y organicista, que buscó objetivizar la sub~tivi&lt;;lad,
diluir la singularidad en la ley y biologizar la moral y todo aquello que
antes no pasaba de ser objeto de reflexión para los desocupados
filósofos. Pero los fantasmas aún están ahl, y el manicomio, Jugar
paradigmático de la marginación, trae consigo, como muestra Foucault,
la herencia ideológica del leprosario: en la medida en que la locura es
vista como enfermedad, el aislamiento del loco cumple la función de la
cuarentena, es decir, sirve para evitar el contagio. Sin embargo, nos
dice, "Jo que durará más tiempo que la lepra y que se mantendrá en una
época en la cual, desde muchos años atrás, los leprosarios están vaclos,
son los valcxes y las imágenes que se hablan unido al personaje del
leproso; per:nanecerá el sentido de su exclusión, la importancia en el
grupo social de esta figura insistente y temible, a la cual no se puede
apartar sin haber trazado antes alrededor de ella un circulo sagrado".•En
fin, pensados ccxno endemoniados o como enfermos, los locos han de
ser apartados porque portan el mal del sinsentido.
Asl puec,, hay un gran miedo a que se perturbe el orden mcxal y
polftico que dcxnina a una comunidad y a una época, a que se agrieten

87

sus pilares ideológicos, y es ese miedo Jo que la impulsa a crear este
lugar de confinamiento llamado manicomio-o Qfnica de Rehabilitación
Psicológica•- en el que poco a poco, como decía, se racionaliza el
aislamiento y se pasa a buscar la curación del Joco a través de toda una
gama de métodos y técnicas que van desde la tortura ffsica, el lavado
cerebral, el refcxzamiento y el castigo, la hidroterapia, la electroterapia,
la cirugía, la quimioterapia, la pedagogía, el catecismo, basta la
sugestión, la catarsis, la hipnosis y las variadas formas de ortopedia
moral llamadas psicoterapias, teniendo todos estos métodos como
condición común el mantener al loco claramente apartado de los sanos
(en primer Jugar del terapeuta) y, como objetivo común curarlo, si
resulta posible, Jo que entonces quiere decir reintegrarlo a la razón, a la
ccxdura, a las buenas ca;tumbres, readaptarlo a la sociedad equilibrada,
a que acepte el rol de ciudadano consciente y libre que cumple gustoso
con los rituales que la estructura social establece y designa como sanos;
integrarlo, adaptarlo, porque el loco está enfermo; y si está enfermo hay
que curarlo; y si está enfermo es porque no se adapta a las normas
sociales; está enfermo de desadaptación social; y si las normas sociales
son realistas y saludables (¿quién lo duda?), el que no se adapta a ellas
es . porque co puede ver esta reálidad, está pues enfermo; y si está
enfermo de desadaptación hay que curarlo, induciéndolo a adaptarse,
por convicción o por fuerza, a las normas; y cuando se adapte será
sano... como nosotm, los sanos.
Acaso radicalizo los conceptos, pero tengo un motivo. Y sin ánimo
de recorrer e.o detalle la historia del manicomio o de la marginación de
la locura -lo que además me serla imposible-, sin pretensiones tampoco
de seguir demasiado lejos a la antipsiquiatrfa, aunque coincido con ella
en su denuncia de la función política de la psiquiatría institucional y de
los profundos motivos, igualmente políticos, de la existencia misma del
manicomio, que ciertamente, como diría Althusser, es un Aparato
Ideológico y Represivo de un Estado clasista, etcétera, Jo que me
interesa es subrayar algunos aspectos del concepto de salud mental y su
opuesto, la enfermedad mental que, como ven, explícitos o impllcitos,
se hallan presentes en toda intervención psi.
Me interesa pues, poner de relieve el hecho de que el concepto de
salud mental, Jejas de ser un concepto que se apoye en una teoría de la

�88

Bricolag,

mente con aspiraciones, al menos, a la cientifici~ es un ~pto
claramente normativo, esto es, ético, polltico, y e¡nstemológicamente
ideológico, o sea, ajeno a la cientific~. _Que la única manera de
intentar definir la enfermedad y, por cons1gwente la salud mental, está
en función de la normalidad -y de la normatividad-, lo cual es
metodológicamente abusivo en tanto, com~ decfa, este no_es un ¡xoblema
del inadaptado en sí, sino que atañe más bien a la pretensión de que debe
adaptarse a determinadas costumbres por el simple hecho de que están
establecidas; no es un problema psicológico sino social. En este plano,
la única forma de decir de alguien que es un enfermo mental, es
mediante la observación, clasificación y comparación de su conducta,
pensamientos y emociones: si DO reacciona como la mayoría, como se
supone que debería reaccionar, entonces es un anormal, está fuera de la
norma, y siendo asf, se pasa tramposamente a suponer que el problema
es el sujeto, que algo le falla, que no tiene capacidad para adaptarse a
Jo que la sociedad espera de él, dando por sentado que deberla
adaptarse, que además, deberla querer adaptarse, y más aún, que en
realidad quiere adaptarse, pero que, ¡el pobre!, DO puede, y entonces,
humanitaricmente ("es nuestra labor profesional y humana''), habrá que
aportarle esa capacidad, y si no lo logra, si DO aprovecha la oportumdad,
condenarlo a vivir encerrado y vegetando. Y ¡por qué se supone que no
puede adaptarse? Pues po¡:que algo le falla: su aparato de adaptación.
Pero basta con invertir la cuestión y en lugar de preguntarse por qué los
anormales no se adaptan, preguntarse qué hace que los normales se
adapten tan eficazmente y qué consecuencias (pollticas, ~nómicas)
tiene esta adaptación masiva para darse cuneta de que el su¡eto normal
y adaptado, il sujeto mentalmente sano, ~ituye un problema teónco
y práctico tan serio, si no más, que el su¡eto anormal, desadaptado y
enfermo.
Ven ustedes claramente que el _problema de la adaptación a las
normas sociales no es un problema psicológico sino un problema
polftico, ideológico, incluso económico; que este problema no está en
Jo fundamental del lado del sujeto (del que se adapta como del que no
Jo hace), sino del lado de la norma, del lado de la sociedad que exige a
la; sujetos un ajuste feliz a los valores y a los patrones de conducta que
convienen al buen funcionamiento de ella, y es que, como decía
Pontalis, "la felicidad personal es una obligación social".'

D. Floru: ¿Destruir ú, salud menJa/?

89

Desde esta perspectiva el concepto de Salud mental es una falacia,
un engaño. Es un concepto que bajo un término tnédiéo, designa un
objeto que no es médico ni psicológico, sino social. En este sentido es
una trampa polltic¡¡. Pero, ¿es que hay otros sentidos? Sf, por cierto. Y
no debemos precipitarnos a cerrar con ello la cuestión, delegándola a los
sociólogos y manteniéndola en los lfmites de una a~tracción demasiado
generalizadora. Todo lo anterior DO debe inducirnos a pensar que la
locura se reduce a la asignación social del lugar de la exclusión, o que
el loco es Simplemente creado por las ideologías. Este es un aspecto
válido, pues en defmitiva no es lfcito considerar a la locura, ni a la
desadaptación social como enfermedad, pero más acá de ello es un
hecho que el loco existe en sf, como un sujeto singular con una
existencia dramática, y por un doble motivo, a saber, por e) enjuiciamiento
social de que es objeto, pero también por la locura en sf, esto es, por lo
que la locuia implica de problema psíquico. Eso también está ahf. Y lo
psicológico no se diluye en lo sociológico; son planos distintos. Para la
psicología el problema es el sujeto, y aquf ya DO se trata de a qué se
adapta o deja de hacerlo, sino de cómo es que logra adaptarse y en
ocasiones, aunque lo desee, no lo logra; ¿y qué hay en el sujeto que Jo
haga buscar (y acaso repudiar) esta adaptación? En este sentido,
también para la psicología la salud y la enfermedad mental constituyen
un serio prcblema.

II. Lo psico-patol6gico en la salud mental
En el plano propiamente psicológico hay también varios conceptos que
la; psi suelen utilizar en la tentativa de definir lo sano; conceptos vagos,
más o me~ matizados en sus detalles y frecuentemente camuflados
coma conceptos teóricos. Incluso al interior del psicoanálisis oficial'
cierta literatura postfreudiana ha degenerado en conceptos humanistas,
alrltractos y ambiguos de este estilo: la salud consistiría en una "plena
capacidad ae amar", en la "capacidad de establecer una relación de
pareja que sea estable", o "que integre la; aspectos tiernos y eróticos en
un mismo objeto", a "Ja¡ aspectos agresivos y libidinales", o bien, que
el sujeto sano es aquel que "puede decidir libremente si se adapta o no

�90

Bricolag,

D. FIi/,,,: ;Dutndr i. lilUllll-,,,J?

respecto a la realidad, implicando tal capacidad la posibilidad de
reconocer que las normas sociales pertenecen a un_mundo ~xtem?,,
claramente distinguido de las fantaslas o las proyecciones sub¡euvas .
En este último caso lo patológico corresponde al ajuste "forzado" a la
realidad, mientras que lo sano implica una adaptación _"objetiva'.' que,
en consecuencia, no trae consigo fricciones o angustias mneoesarias, en
fin, que se trata de una adaptación, como decía, feliz (y. observen que
aquí es el psicoanalista, incuestionablemente sano, el único que puede
decidir si la adptación del otro, del analizando, es realista o neurótica).
En todas estas posturas, por diversas que sean, en t ~ estos
enunci~ relativos a la salud, a esa salud que se supone constituye la
meta del análisis, hay sin embargo un común denominador: la idea de
la adecU1JCión • adecuación del sujeto a la realidad, adecuación entre el
estímulo y 1a' respuesta, entre el sentimiento y la · situación, entre la
pulsión y su objeto, entre el significante y el significa~... en fin, la idea '
de que el hombre sano es quien logra adecuarse al med10, l? que supone
que debe primero adecuarse a sl mismo, superando sus propios confüctos
internos. Pero, ¿es esto posible? Para Freud la cosa era otra.
En general el sentido del descubrimiento freudiano es bastante
cooocido, pero con mucha frecuencia se reniega _de él, o se Jo repnme,

simplemente se Jo repudia. Una vez más se nos impone un breve rodeo
histórico. Todos saben que Freud tomó como primer objeto ~ s'.15
investigacicnes un cieno fenómeno conocido bajo el nombre de ~sierra,
y al que Jos psiquiatras más avanzados de la época denormnaban
neurosis suponiendo que su etiología tenla algo q~ ver coo los nervios.
Pues bien mediante un primer cone episr&amp;mológ¡co, Freud deslinda en
el fenó~no la problemática del sentido; el concepto de histeria es,
entooces, modificado, cuando se pasa a considerar el síntoma en tanto
que habla en tanto revela, en tanto dice un mensaje que escapa a la
cmcie~ de quien lo sufre. Freud denomina a la histeria "psiconeurosis",
t&amp;ntino que debido a motivos dignos de reflexión ha caído en desuso,
pero Jo cito para recoroar que la histeria ha dejado de ser algo que
pudiera pen;;arse neurológicamente. Pero las cosas no paran aqu~ pues
resulta que la estructura defensiva que F~ud descubre en el síntoma
histerico así como en las fobias y las ideas obsesivas, la vuelve a
·eocontra'r en otros fenómenos que desde el punto de vista de la

9I

psicopatología psiquiátrica no merecían ser estudiada¡ por pertenecer a
los horobres sanos: se trata de los sueños, los actos fallidos, los lapsus
linguoe, los chistes.

En efecto,para Freud la psicopatologfa es psicopatologfa de la vida
cotidiana. Yo digo que he tenido un sueño. Digo que mi sueño es
aa.urdo, curioso, divertido, angustiaote o vergonzoso; me hace reir o
me hace llorar. Mi sueño es núo. Yo soy quien lo ha sOilado. Pero por
supuesto, oo soy responsable de sOilarlo; oo lo sueño voluntariamente;
Yo no elijo lo que sueño o dejo de soñar; cuando sueño, no sueño Jo que
yo quiero. Pero ¡momento!, dice Freud, ésto oo es tan claro: si el sueño
es mfo, si SO'j yo quien lo ha sOilado, pero no soy yo quien decide lo que
sueño, entonces, ¿quién Jo decide?; ¿quién me hace soñar contra o por
encima de mi propia voluntad?, ¿quién me hace coroeter errores cuando
hablo o cuando leo?, ¿quién me hace derramar el café, o aplastarme un
dedo con u1111 puena, o dejar las llaves olvidadas dentro del automóvil?;
¿quién Jo hace y por qué lo hace?, ¿qué busca, y sobre todo, qué
encuentra al hacerlo?; es que ¿oo soy yo? S~ seguramente soy yo, pero
a la vez no soy yo. Hay en ml un sujeto de quien nada sé; un sujeto que
oo sólo escapa a mi control, sioo que incluso me controla. Hay algo en
nú que oo conozco, que es inconsciente.

0

Pero no se trata simplemente de una parte desconocida de m( es más
que eso, se l:ata de que ese inconsciente es activo y efrcaz, que es sujeto,
que hace cosas, que me hace hacer cosas incluso cuando creo ser yo
quien decide hacerlas. Esto quiere decir que yo, lejos de ser dueño de
ml, dueño de mi voluntad, que soy autosuficiente y poseo un libre
albedrío, en realidad oo soy sino la máscara, o mejor, el vicario del
ioconscientt., su delegado, su embajador, o como decla Lacan, soy un
síntoma del inconsciente y estoy a su servicio. Y ¿qué es el inoonsciente?
Permftanme retomar la ya clásica metáfora espacial freudiana, para
decir que el inconsciente es un lugar en donde reina lo que Freud
oombró el procesoprú11arw, es decir, un sitiooonde las cargas pulsionales
fluyen de continuo, desplazándose de una representación a otra y
cargando varias representaciones a la vez, condensándolas, mientras
dichas cargas buscan su descarga según el principio del placer.

�92

Bricolage

Desplazamiento y condensación, proceso primario, esto es,
inadecUIJCión radical entre las cargas pulsionales y las representaciones
de los objetos; objetos siempre fantaseados, objetos que, más allá del
valor o el significado que Yo les reconozco y les acepto, siempre
significan otra cosa y algo más. Como yo mismo soy alguien distinto de
lo que creo ser.
Freud sin duda nos ha obligado a pensar una profunda, una radical
división psíquica en el bombre; una división inherente, consustancial,
constitutiva, incluso constituyente del psiquismo humano. Freud me
muestra que cuando más creo saber quién soy, que cuanto más afirmo
ser X cosa, me engaño, pues en el hecho mismo de creerlo, me
desconozco en donde verdaderamente soy, es decir, en el inconsciente.
Si bien el engaño está menos en esa X, en esa imagen en la que
ilusoriamente me reconozco -y que de todos modos revela lo que
verdaderamente soy-, que en el hecho de ser yo quien efectúa tal
reconocimie.nto. Después de todo, ¿quién soy yo para poder decir lo que
soy?
El yo, diría Freud, con su sola existencia, instaura el registro de la
adecuación, .de una adecuación por definición imaginaria, que es, ante
todo, la tentativa de adecuarme a mí mismo, de integrarme, de unificarme;
es la búsqueda del ajuste total a un código de conductas adecuadas,
adaptadas a Jo que los otros esperan de mí. Pero esto sólo Jo puedo lograr
parcialmente y a costo de una desadecuación cada vez mayor respecto
al deseo inconsciente, desconociéndolo cada vez más, en fin, aumentando
la división psíquica. Nada más ilusorio que la síntesis.
ui salua mental, dicen algunos psi, se define por la capacidad del
hombre para adaptarse a la realidad o, por lo menos, para reconocer la
realidad; la capacidad pues, para asignar al contenido de la pé¡cepción
su significado adecuado, el significado que objetivamente le corresponde.
Pero, ¿en qué consistiría esa prodigiosa, misteriosa, esa divina capacidad?,
o bien ¿esa capacidad animal? Digo bien: animal, pues las cucarachas
no tienen p, oblema para reconocer la realidad, ya que el objeto de su
necesidad y de su instinto se hallan preestablecidos yson, en consecuencia,
insustituibles, son adecuados. Por eso las cucarachas no hacen poesfll,

D. Floru: ¡Dutruir la 110llld

,,,,,.,,,,?

93

no elaboran fantaslas, en fin, las cucarachas no sufren de neuroiis ni
padecen los males del alma; las Hermanas Cucarachas, como .las
llamaría San _Francisco, no rivalizan por celos, no sienten remordimientos,
no luchan por envidias, no se suicidan por amor o por lo que el otro
pensará de ellas. Podemos envidiar a las cucarachas por su salud menta\
Pero, ¿cómo lograrla un hombre la salud de una cucaracha?, ¿qué es
pues esa capacidad?
. Lo que Freud nos plantea es que si la pulsión puede cambiar de
objeto -y que puede lo demuestra la existencia del sueño, del síntoma
neurótico, del acto fallido, del chiste, del acto perverso, de la transferencia,
de la poesla, etcétera-, es porque no está orientada de manera natural
hacia un objeto; que la pulsión no tiene adherido su objeto, sino que se
adhiere a él secundaria y artifrcialmente, en tanto encuentra en ese
objeto lo que busca, a saber, el placer. No existe el objeto adecuado;
toda adecuación es una impostura. ui sexualipad humana, nos enseña
Freud, no se halla .de modo natural al servicio de la procreación, pues si
lo estuviera sería 1mpos1ble que alguien alcanzara un orgasmo mirando
a otros hacer el sexo en una película pronográfica, viendo una función
de _lucha libre. o acariciando unos calzones olorosos. Escopofilia,
sadISmo, fet1ch1Smo ... y tantos otros destinos pulsionales.

Al no existir una ley natural, biológica, interna, que ligue Ja pulsión
a su objeto, cada vez que la pulsión se liga a un objeto .-entre otros
posibles-, lo hace respondiendo a una ley proveniente de fuera; ley que,
se enuncie como se enuncie, encuentra su fundamento y su forma
ele'.11ental, nos dice Freud, en la prohibición del incesto; ley que,
temendo su origen fuera del sujeto, establece para él lo que es adecuado
Y_ lo que es madecuado; ley que nos obliga a aspirar a ser aquello que,
sm _embargo'. nunca logramos del todo (el Ideal del Yo). Ley que hace
posible y eXIge un sIStema de normas, éticas y políticas -con todos los
condicionantes histórico-sociales que esto implica-, normas que nos
SUjetan y cc,n las cuales aos identificamos a tal punto que creemos ser
nosotros mismos quienes decidirnos comportarnos de acuerdo con ellas,
buscando a~í adaptarnos a ese código de reglas sociales que llamamos
realidad; oo; adaptamos a la realidad buscando ser nonnales, ser corno
los demás, ser sanos. Se trata de una ley que exige que la pulsión se ligue
a un determinado objeto prohibiéndole otros posibles; que Ja pulsión

�94 Bric""111
D. Flo,a: ¿Dutn,;, la ,a/wJ 1Nllla/?

encuentra /a fonna de descarga que la comunidad social saaciooa como
buena y adecuada en tanto la mayoría de la gente, ]a¡ sanos mentales,
adoptan esa fonna. Una ligazón de la pulsión a el objeto que sólo puede
ser realizada por un Yo que inhiba, que coarte la libre movilidad
energética propia de ICE procesa; primariCE; que vuelva incosciente,
esto es, que reprima el deseo de descargar la pulsión en Olra forma y con
otro objeto.
Y es claro que hay diversas formas y gradCE de adecuación; que unos
hombres se adaptan mejor que otrCE. Sea. Pero, ¿a qué costo se logra esa
buena adaptación? Al costo de toda clase de inhibiciones, slntomas y
angustias, de duelos y melancolfas, de obsesiones y fobias, de recuerdos
encubridores, de fetichismCE, de fantaslas histéricas y sus relaciones
con la bisexualidad, de actos obsesivos y prácticas religiosas, de delirios
y sueños, de totems y tabúes ... Y sucede que ésta es la sustancia de la que
estamCE hechos todos les seres humanos, incluido el más normal.
Adaptarnes a las formas adecuadas de descarga pulsional significa
alienarnos cada vez más en el desconocimiento del inconsciente. La
pregunta es entooces, si este logro de la adecuación de la pulsión a el
objeto, si este progresivo engrandecimiento del Yo, si este aumento en
la slntesis, en el autocontrol, ¿implica sanar o enfermar más? Tener
capacidad para adaptarse a la realidad, reconocer la realidad, reconocer
qué es lo adecuado, ¿no implica acaso tener capacidad para eludir
imaginariamente -entiéndase reprimir-el deseo inconsciente?, ¿deshacerse
de él por ir.adecuado?; sanar, ¿significa aumentar la represión? Si es
as~ entonces un ltipotético o un mltico sujeto totalmente adecuado a la
realidad, con pleno dominio de s~ podrfa por fin liberarse de sus fobias,
sUS&lt;b;esion::s ysus deliriCE, viviría en la realidad bruta, seña ah&lt;;o)utamente
realista, es decir, se desharía de toda ilusión, no podría soñar, no podrfa
fantasear, no podrfa apreciar el arte, en fin, no podrfa gozar. Alguien que
estuviera en coodiciones de amar al objeto adecuado, ¿para qué habrfa
de amar? Si es cierto que todo amor es, por definición, transferencia,
sustitucióo de un objeto por otro, al enamorarme de alguien, es porque
en ese alguien encuentro, inconscientemente, a otro· alguien; a la
inversa, si no estuviera buscando a este segundo alguien, ¿por qué
habrla de rnamorarme del primero? Paradójicamente, entonces, un
sujeto sano no tendtla capacidad de amar. Y si esto fuera pcsible, la

95

pregunta ética correspondiente serla, ¿para qué babrlamos los
psicoterapeutas ele curar a la gente?
En este sentido, si nosotros podemos hacer una abstracción e
imaginar a un hombre que pudiera liberarse de ese drama subjetivo,
propio de lo humano, un hombre que pudiera dejar de sufrir
innecesariamente, entonces, y de manera irremediable, este hombre
carecer/a también de toda capacidad de gozar, pues lo que nos permite
gozar en esta vida es lo mismo que nos obliga a sufrir, esto es, el
inconsciente. Y si nos imagioames un hombre sin inconsciente, este
hombre serla tan sano como una piedra; de hecho, y Freud lo dice, se
convertiría en piedra (más allá del principio del placer está la muerte).
Y estamos obligados, una vez más, a formularnos la pregunta: ¿a eso
tiende la psicoterapia, a petrificar a la gente?

Conclusión
Nos encontramCE pues, con que el concepto mismo de llalud mental, en
cuanto se la intente definir en función de una adecuación del hombre a
su entorno, o del hombre a sf mismo, pone en juego toda una normatividad
de lo adecuado y lo inadecuado; un sistema de valores morales y
polfticos que, sin embargo, nada tienen que ver con la ontología del
inconscienté (en donde el proceso primario implica, precisamente, la
inexistencia de la adecuación). Todo un sistema de normas que operan
en la sociedad y que tienen la función de regular la conducta de los
hombres de modo tal que se mantenga el régimen jurídico, polftico y
económico vigente. Un sistema social de normas que, vehiculizadas por
los discursos y los actos de los padres de cada hombre, no dejarán de ser
impuestas, :' exigido su cumplimiento, desde la infancia de éste. Un
sistema de normas cuya incorporación primero, y repetición después,
por parte del sujeto, lo convertirá en sano mental ante ICE ojos de les
demás. Un sistema de normas que, en el tratamiento analftico, visto
desde el punto de vista de su función psicoterapéutica, se pondrán en
escena a través del concepto mismo que de la salud mental tenga el
analista, a través de su prejuiciCE, a través, incluso, de sus intervenciones

�D. Floru: ;Duuuir lu•lwd ,,,...,¡?

tmúcas. Abooi bien, ¿podría ser de ooo modo?

Desde el momento ea que alguien decide practicar el análisis, es
porque supone, el analista, que el análisis vale la pena para algo, que es
algo bueno; bueno para el paciente. El practicar el análisis es y~ estar
juzgando ea la normatividad, pues implica suponer que el análisis es
bueno para el paciente porque lo conducirá, en caso de éxito terapéuuco,
a obtener esa "X'' que el analista supone que es buena para el pacieme:
una cierta salud menlal. Y en la práctica, el criterio de salud habrá de
ser implementado por el analista, pues si el analizando lo intenta, lo hará
desde su enfermedad. El analista vehiculizará entonces, de una u otra
manera, una normatividad social a la que él mismo estrá más o menos
adaptado (pues de no estarlo dificilmeate tendría su título psi).
Pero acaso peco de caricaturizar al psicoanálisis, pues .si bien éste
implica, inevitablemente, un aspecto normativo, seguramente no se
reduce a ello, pues no sólo intenta no ceñirse a ningún sistema en
particular, sino que, por método, se opone a la normatividad en sí. Para
decirlo claramente, el psicoanálisis oo es, en principio, una psicoterapia.
El análisis, por lo menos el freudiano, no tiene como objetivo primero
curar al sujeto sino, para utilizar una de las fórmulas de Freud, hacer
consciente lo inconsciente, lo cual no es exactamente lo mismo. Se
trata, dice Freud, ele deshacer, en lo posible, las represiones -que
condicionar. los síntomas- con el fin de abrir otras posibilidades de
descarga libidinal a un neurótico demasiado encerrado en las pautas
lantasmáticas y afectivas de su complejo edfpico que repite sin cesar.•
En este sentido el analista no hace una alianza con el Yo sino con el
inco=ientt del analizando: escucha su palabra, la explicita, le reconoce
su verdad. Sin embargo, ele todos modos, el Yo está ahí, como también
el Yo del ar.alista y, por consiguiente, toda esta normatividad social que
oo por ser extraps(quica deja de existir y de participar. Desde que esto
es así, el alll\lisis no puede ser puro. Hemos_de asumir que, en la práctica,_
el psicoanálisis es un síntoma -del malestar ea la cultura-; es una
tramacción, es una formación de compromiso entre dos exigencias
irreductibles y opuestas: por un lado, la exigencia del inconsciente por
liberar su palabra y, por el otro, la exigencia de un Yo que busca la
adecuación, la sfatesis narcisista de sí mismo (el Yo Ideal perdido), su
autocomrol; un Yo que, al demandar una salud, mcdiatiz.a la demanda

97

social de la adaptación, demanda ésta mediante la cual la sociedad
delega en los psicoterapeutas la función de adaptar a los enfermos
mentales al ornen establecido.
Aboca bien, puedo después de todo coincidir con los Psicólogos del
Yo, en que el Yo posee una función de síntesis, aunque ciertamente me
parece más justo decir que el Yo es una tendencia a la slntesis (un
principio de constancia, diría Freud), y en este sentido hay que admitir
que el analista, en función de consideraciones clínicas -nometodológicasdeberá aliarse con el Yo que demanda su curación. Pero decir qll(' el
Yo tiende a la sfntesis, que aspira a la sfntesis, de ningún modo quiere
decir que la alcance; oo la alcanzará jamás, salvo quizá cuando se
petrifique, esto es, en la muerte, pues el inCOl'ISciente se lo impedirá
siempre, en tanto implica lo no sintetizable, lo no elaborable, a saber,
el incesto. lo cual es otra forma de decir que la pulsión no tiene objeto.
Entonces, ¿hay que destruir la salud mental? Finalmente la respuesta
habrá de ser negativa; no hay que destruirla. En primer lugar porque,
aunque quisiéramos, no podríamos destruirla (narciso se opone); en
segundo lugar porque, aunque pudiéramos, eso implicarla destruir al
Yo, que si bien es una máscara, es una máscara necesaria, incluso
verdaderamente vital, y destruirlo conduciría a los hombres a una
especie de psicosis pura, en la que la vida carecería de valor y de sentido,
donde sólo reinaría la pulsión de muerte. Pero esto tampoco quiere decir
que debamos procurar a los sujetos una salud mental, curarlos: en
primer lugar porque no hay de qué curarlos (ser neurótico nada tiene que
ver con estlr enfermo) y, en segundo lugar, porque reforzar el Yo
cooduce, paradójicamente, a la psicosis. Alguien que afirma ser Superman
oo necesita que alguien refuerce su narcisismo,tiene un Yo lo bastante
fuerte corno para que ningún terapeuta lo perturbe.
As! pues, no hay que destruir la salud m,ental, hay que analizarla. La
salud menu.l es una síntesis y una adecuación imaginaria; imposible.
Siempre incompleta. Una sfatesis que deja fuera el deseo. En cierta
ocasión se le cuestiooó a Freud, con espíritu cartesiano, en función de
la idea de que el análisis implica descomposición y que, por lo tanto, el
analista deberla realizar una nueva síntesis después del análisis. Freud
respondió que eso era innecesario, pues la síntesis se reestablece

�98

Brico/ag,

D. Floru: ¿DestrMir la sa/wd m,nJa/?

automáticamente. Y en efecto, Eros nunca permitirá una descomposición
to!al del Yo, y si eso fuera posible entonces curar significaría destruir las
patológicas de este Yo, y esto sería conducir al analizando hacia lo real,
hacia la psicosis... hacia la muerte. Es por esto que Freud escribió que,
al igual que el gobernar y el educar, el psicoanalizar es una tarea
imposible.•

Notas
1. Este trabajo se basa en una conferencia sustentada ame estudiantes de la
Facultad de Psicología de la UANL, el 17 de Abril de 1985.
2. Szasz, Thomas. "El milo de la enfermedad mental", en el vol. colectivo
Razón, locura y sociedad, Siglo XXI, México, 1978.
3. Foucaul~ Micbel. Historia de la locura en la q,oca clásica, t. I, FCE,
México, 1981, 2a. reimpresión, p. 29.
4. /bid., pp. 16-17
5. Alusión a la Unidad Cllnica de la Facultad de Psicología, UANL

6. Pontalis, J.-B. Vigencia de Signumd Freud, Pléyade, Bs. As., 1971, p. 16.
7. Seguramente incurro en un abuso al hablar del psicoanálisis y de la
psicología como si se tratara de la misma cosa, pues son disciplinas y
campos radicalmente heterogéneos. Lo hago en aras de la claridad y del
contexto, ya que hablar de las diferencias me desviaría demasiado del tema.
8. El que existan pautas inconscientes, modos de fijación inconsciente de la
pu/sión, no anula la tesis de que las cargas pulsionales tengan una m,re

99

movilidad sob.re las representaciones; uw bien la refuerza, en tanto se
coosidere que la fijación en cuestión es, para decirlo de un modo simple, a
un fantasma, y no a un objeto.
9. Freud, Sigmund. "Análisis terminable e interminable", en Obras Completas,
t. 3, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

Blbliognlfa

Freud, Sigmund

Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, 3 Is.

Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica, FCE, México,
1981, 2a. reimpresión, 2 Is.
Pontalis, J.-B. Vigencia de Signumd Freud, Pléyade, Bs. As., 1971.

Szasz, Thomas. 'El mito de la enfermedad mental', en el vol. colectivo Razón,
locura y sociedad, Siglo XXI, Méxioo, 1978.

�FACULTAD DE &amp;ALUD PIJiL(G'A
B· 1 84. 1 0-T E C A

EL ORIGEN DE LA INDUSTRIALIZACION
EN UN MUNICIPIO METROPOLITANO.
EL CASO DE SAN NICOLAS DE LOS GARZA,
N.L

SERGIO ANTONIO CUEVAS
Introducción

El objetivo de este ensayo es analizar los principales a~pectos internos
y externos que contribuyeron al surgimiento de las primeras industrias
en San Nicolás de los Gal7.a, N. L. en los años cuarenta del presente
siglo, período en que, como sabemos se produce el despegue industrial
de México y que en el caso de este municipio cristaliza en la actual
existencia de mil doscientos establecimientos industriales que abarcan
desde la pequeña y mediana hasta la gran industria, mismas que
producen artículos de todo tipo, tanto para consumo regional y nacional
como para la exportación a Estados Unidos, Centro y Sudamérica, y
Europa.
Por otro lado, como parte del Area Metropolitana de Monterrey, San
Nicolás concentra una población actual de más de medio millón de
habitantes, producto de la migración continua procedente sobre todo de
los estados cercanos y de los mismos municipios del estado de Nuevo
León, lo que contrasta notablemente con los no más de cinco mil
habitantes que existían cuando surgieron las primeras industrias, y con
las precarias actividades agrícolas de aquella época.
Ya desde el siglo XVI, la fundación de San Nicolás de los Ga17.a se
encuentra vinculada al poblamiento y a la propia fundación de la ciudad

�102

BriaM~
S. C11evas: lndustriuláación en

de Monac:ney.1Sln embar~ desde CSla ~poca y hasta 1940, la población
del municipio nunca rdJas6 la cifra de los clnoo mil habitanrcs, sino que,
por el contrario, en cienos períodos perdió población a causa de las
sequías, hambre, enfermedades, epidemias e incluso las incursiones
indfgenas que padeció el poblado. Llegó a ac:ner en ocasiones sólo dos
mil habitantes. &amp;to hace más significativo el comprender las causas
que dan origen al espectacular desarrollo de San Nicolás de los Garza
a panir de 1940.
En el análisis se consideran factores regionales, nacionales e internacionales de diversa fndole que inciden en el surgimiento de los
primeros establecimientos industriales; factores que operan en las
décadas del treinta y el cuarenta aproximadamente, sobre todo a partir
de la crisis de 1929.

Crisis de 1929 y Política de Sustitución de Importaciones

La crisis de 1929 da erigen a la "polftica de sustitución de importaciones",
que en México cobró gran importancia a partir de 1940 durante los
sexenios de Manuel Avila Camacho (1940-1946), Miguel Alemán
(1946-1952) y Adolfo Ruiz Cortfnes (1952-1958). Esto trajo consigo la
creación de miles de industria~ en el pafs. En el estado de Nuevo León
el proo:so se refleja en la política del gobernador, quien en el informe
anual de septiembre de 1941 declara: "Hago especial llamado a los
capitalistas mexicanos para que empleen sus recursos variados en
campos de una economfa en proceso de integración puesto que las
seguridades de lograr un legítimo provecho son firmes. Nadie puede
sentir temor a la existencia de incidentes propios de la lucha social que
ocurre en cualquier pals del mundo".'
La polftica de sustitucióo de importaciones, como respuesta a la
crisis de 1929, preteodfa que se produjeran en el pals las mercancfas que
antes se importaban y que por causa de la crisis ya no estaban disponibles.
Se decretaron medidas tendientes a cambiar la estructura arancelaria,
tales como el aumento a los impuestos de importación de algunos
productos, excepto aquellos que no se hacían en el pafs y que eran
necesarios, en cuyo caso más bien se redujeron los impuestos de
im¡maci6n facilitando la intrcxlucción al pafs de la maquinaria neces.iria

w,

municipUJ

103

para poner en funcionamiento las instalaciones industriales nacientes.
HYLSA, la primera "gran industria" de la localidad es un buen

ejemplo de esto.'
En ese sentido, la posición de los ~ Unidos es muy importante:
"aprovechó la situación para aumentar su begemonfa en la región y vió
la posibilidad de utilizar el desarrollo del capitalismo en México y
América Latina para acrecentar las ventas de bienes de capital destinados
a la industriali7.ación, sentando las hases de la posterior dependencia
tecnológica".' Por esa razón, en 1943 el gobierno de Estados Unidos
delineó un programa de ayuda financiera y técnica para la industria.
Poco después, en 1945, la administración Trumao apoyó un programa
de grandes dimensiones para alentar al capital privado de los Estados
Unidos a realizar inversiones en México y América Latina. Es en este
perfcxlo que se instalan en San Nicolás de los Garza varias empresas
norteamericanas, como Refractarios Green, S. A. e Industrias Tuck, S.
A.
La polftica de sustitución de importaciones y la expansión del
capital norteamericano, dieron Jugar a nuevas lineas de expansión
industrial en todo el (l!ÍS. sobre todo en las ramas automotriz, electrónica
y de los plá~ticos. En el caso del área metropolitana de Monterrey, se
reflejó en la aparición de industrias tales como Trailera Monterrey, S.
A., Productos Plásticos Kcny y Conductores Monterrey, S. A. además
de las que ya hema; mencionado, cuyos productos no sólo se hacen para
satisfacer la _creciente demanda interna, sino también para el mercado
internacional.
Por otro lado, en el país, la polftica de sustitución de importaciones
serla apoyada con la instalación de energfa eléctrica en todas las
ciudades y pueblos, de acuerdo a los objetivos del gobierno federal en
1940, que buscaba así garantizar la fuerza motriz para el funcionamiento
de la maquinaria.
La política económica de la administración de Avila Camacho
ofreció protección a prácticamente todas las industrias nuevas que
aparecieron en México durante la; a~os de la Segunda Guerra Mundial.
A partir de 1941, se concedieron exenciones de pago de los impuestos
principales para periodos que variaban de cinco a diez años a las

�104 Bricoit,1,

.t c.,,,._r: llllbutrwÍZllci4ft "" .. -.icipio l 05

empresas nuevas y a las amkleradas romo necesarias para el desarrollo
industrial de México.'
Como resullado de esta polllica favorable, el Seaetario de Eronom!a,
Francisco Javier Gaxiola informa, en mayo de 1941, de la existencia de
más de 500 solicitudes de inversionistas nacionales y extranjeros para
establecer toda clase de industrias en la ciudad de México. Pero, y esto
es muy importante, como en dicha ciudad se padecía insuficiencia de
energfa eléctrica dehido a la gran explosión demográfica, se recomendaba
como alternativa para la inversión a Monterrey; se le consideraba como
una de las ciudades más importantes del país.
Sin embargo, en ese mismo periodo la polftica del gobierno estatal
respecto al desarrollo industrial tendía a crear nuevos corredores
fabriles que estuvieran alejados de las zonas residenciales. Fue San
Nicolás de los Garza el lugar más apropiado para el establecimiento de
las nuevas empresas. Reunía la; requisitos necesarios para ello: energía
eléctrica, vlas de comunicación (carreteras y ferrocarriles) etc. de los
que carecían el resto de los municipios aleclanos a la ciudad como en el
caso de Guadalupe.
Otro factor importante para el desarrollo económico de México en
este periodo, es su ubicación geográfica inmediatamente al sur de la
frontera con Estados Unida;, de ah! la importancia de los estados como
Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, al sur del estado de Texas por el
Noreste y Baja California al sur del estado de California por el Noroeste,
cuyas ciudades principales están estrechamente relacionadas con el sur
de Eslach; Unkk.6, a través de una eficiente red de media; de comunicación,
carreteras y ferrocarriles principalmente. (ver Mapa).
Medios de comunicación

- En la década de los cuarenta ya existía en la zona una serie de
condiciones muy variadas que favorecieron la expansión industrial.
Este es el caso por ejemplo de las vías férreas que la cruzaban en
distintos sentida;; las carreteras, principalmente la Monterrey-Nuevo
uredo; la cercanía con Estadas Unida;; la existencia de materias

�106 Uricol4ge
S. Cueva,: /nd1Lttrialiud6n

primas en la región.
De estos factores conviene destacar la importancia de dos de ellos,
las v!as férreas y las carreleras, ya que han sido claves en el surgimiento
y expansión de infinidad de industrias. No hay una sola que no se
encuentre próxima a una avenida principal o a una vla férrea. Incluso
una buena cantidad de ellas cuentan en sus inmediaciones con ambos
servicios: HYLSA, PYOSA, Colores Cerámicos Mexicanos, S. A.,
GAMESA. (ver Plano).
Las vlas del ferrocarril datan desde fines del siglo XIX. Fueron obra
del porfiriato que transformó la ciudad de Monterrey en un polo de
atracción para el desarrollo económico al comunicarla con el noreste de
México, con el sur de Estados Unidos y en general con el resto del pafs.
En este sentido, la ciudad se encontraba preparada para la apertura
económica que se produce en 1941, cuando el Secretario de Economla
Nacional en acuerdo con la Confederación de Cámaras Nacionales de
Comercio e Industria, declara: "No habrá trabas ni limitaciones de
ninguna clase en Jo que se refiere a las transacciones comerciales,
celebradas en el interior de las república, ni deben abrigarse temores en
el sentido de que pudieran imponerse restricciones al libre ejercicio del
comercio".'
Posteriormente, las carreteras adquieren una importancia mayor,
pues son el medio de comunicación que más se utiliza, tanto para la
afluencia de materias primas, como para dar salida a la producción. De
éstas destaca, como señalamos, la de Nuevo Laredo, ya existente en los
afios cuarenta.
El General Bonifacio Salinas Leal, gobernador del estado de Nuevo
León en 1941, dió gran importancia a la construcción de carreteras,
favoreciendo el desarrollo industrial, y la comercialización de materias
primas y productos elaborados. Entre éstas se encuentran la carretera a
Reynosa y la carretera a Roma, Texas, las cuales hablan sido proyectadas
e iniciadas por gobiernos anteriores. Cabe sei\alar que ésta última
conecta con San Nicolás de los Garza. Se facilitó as! la instalación de
industrias por la comunicación que estableció con Estados Unidos,
específicamente con el estado de Texas.
La inauguración, en 1941, de la carretera a Reynosa, Tamaulipas,

&lt;11

un mwricipio

107

ciudad fronteriza, fue ampliament; difundida en el sur de Estados
U?idos, según se desprende de la comunicación que el señor Paul
V1ckers, gerente de la Cámara de Comercio de Mac Al len Texas, envió
a la Cámara de Comercio de Monterrey: "La Cámara de Comercio de
Mac_ Allen, formuló ochocientas gacetillas de periódicos que se
d1stn~uyeron en todo el territorio de los Estados Unidos, preparó
ve1_n11cuatro anuncios para radio, con la cooperación de Toe Valley
Bridge Company, distribuyó quince mil folletos y se enviaron mil
doscientas invitaciones a cámaras de comercio, clubes automovilísticos
asociaciones de turismo de los Estados Unidos, para que asistieran a J;
inauguración. Mediante el concurso y la cooperación de Ja estación
Radiodifusora KRGV, se obtuvo una transmisión en cadena con Ja
Nalional Broadcasting Co.". 7
'
De la combinación de todos los factores que venimos analizando es

evidente el desarrollo que resulta para la ciudad de Monterrey. Sin
embargo, surge una importante pregunta en relación a San Nicolá~ de
los Garza: ¿Por qué después de Monterrey el desarrollo industrial
continúa en San Nicolás de los Garza, y no en otros municipios del área
metropolitana, como ciudad Guadalupe, Escobcdo, Santa Catarina?
Según observamos, esto se debe a varios factores. En primer Jugar.
San Nicolás de los Garza se encuentra geográficamente en una posición
estratégica hacia el norte de Monterrey, rumbo a Nuevo Laredo.
Además, goza de una serie de ventajas, como son el hecho de que Ja
ciudad sea quzada por la carretera y vla Nuevo Laredo, Jo mismo que
por las vlas férreas a Torreón, Matamoros y Tampico. Considerando
que el mercado norteamericano, sobre todo con el estado de Texas ha
sido y es el más importante del exterior, esto resulta esencial.
'
En tercer lugar, la mancha urbana e industrial de Monterrey se
estaba expandiendo hacia el norte de la ciudad, repercutiendo en la
instalación de industrias y en la aparición de colonias en San Nicolás
como es el caso de HYLSA y la Colonia Cuauhtémoc, respectivamente:
(Ver plano y mapa). Estos tres factores están estrechamente relacionados
y no son independientes unos de los otros. Aunque cada uno es
importa~te, consideramos que el tercero es la clave de los demás, por Jo
que nos_ interesa anahzar algunos 8SPf',tos que contribuyeron al desarró11o
mdustnal reg1omon1ano y que, a la larga, permitirían el consiguiente

�108

Brlcol,,,-

S. Cuevas: INbutria/.iu,cWfl en ""mw,icipio

l 09

desarrollo de las áreas colindantes a la capital del estado, formando la
actual Arca Metropolitana de Monterrey.

La Influencia de Monterrey

El origen de las condiciones propicias para el desarrollo industrial de
Monterrey, se remonta a mediadas del siglo XIX, cuando se produce el
cambio de frontera entre México y Estadas Unidos, quedando el Rfo
Bravo como lfmite entre el estado de Texas y los estadas del noreste de
México, lo que repercute en el inaemento de las actividades comerciales
que se reali7.aban con el sur de los Estadas Unidos (ver plano de San
Nicolás).
Por airo lado destaca, como señalamos, la oonstruoción de los
ferrocarriles a fines del siglo pasado en la mayor parte del país,
beneficiándose la ciudad de Monterrey al aparecer como punto de
itinerario de la vfa México-Nuevo Laredo (1882), y la construcción de
los ramales de enlace con Tampico (1891), Piedras Negras (1892) y
Matamoros (1902). De esta manera, para los alias iniciales del presente
siglo, Monterrey se había convertido en un importante centro de
comunicaciones con la frontera norte del país, así como con los puertos
del norte en el Golfo de México, conectándolos con el centro del país.
Ello contribuyó grandemente a la aceleración del desarrollo económico
de Monterrey y a largo plazo, de su área aledaña.
Influyeron además, las tempranas inversiones industriales, que se
J'C'illizaron debido en parte a los aspectos mencionados, y que dieron
como resultado la creación a fines del siglo XIX y principios del XX, de
industrias como Cervecerfa Cuauhtémoc, S. A. y Fundidora de Fierro y
Acero, S. A. Es en este periodo que los inversionistas extranjeros, sobre
todo norteamericanos, comienz.an a hacer inversiones en gran escala en
la industria.
Por último, cabe señalar la importancia de la relativa cercanía de las
principales wnas productoras de materias primas carbón, hierro, acero,
etc. en el noreste del país. Es decir, Monterrey estaba ubicado
geográficamente de manera estratégica, en el corazón de una extensa
región mioera, que le permitió el establecimiento de fábricas de

�11 O Bricola&amp;•

fundición pera la producción minero-metalúrgica, cuya demanda era
creciente en la industria noreste de los Estados Unidos.
Sin embargo, no será sino hasta 1940 que San Nicolás de los Garza
se verá beneficiada por el crecimiento industrial de Monterrey, al
establecerse las primeras grandes industrias: Hojalata y Lámina, S. A.
(1943), Talleres UniveIBales (1945), Trailm Monterrey (1946), Tonelera
del Norte (1946), Cuprum, S. A. (1948), Troqueladora Industrial
(1948), y Galletera Mexicana, S. A. (1953), todas ubicadas en lugares
que pertenecen a la zona industrial número 3. (Ver plano).
Este desplazamiento de la industria regiomontana hacia terrenos de
San Nicolás, se relaciona con la polltica gubernamental que pretendía
frenar la aglomeración que empezaba a vivirse en la ciudad. Por este
motivo, el Departamento de Higiene Industrial de Monterrey, dió un
plazo de seis meses a partir del 15 de abril de 1941, a las industrias que
se encontraban dentro de la~ zonas residenciales, para que abandonaran
esos Jugares y se instalaran en otros en donde no perjudicaran la salud
de tos habitantes, notificándoseles que a quienes no cumplieran con la
indicación se les aplicarían severas sanciones económicas. Por lo
anterior, el Jefe de Servicios Sanitarios Coordinados, Ing. Francisco
González Ballesteros, formuló en agosto de 1941, un proyecto para la
creación de las zonas industriales en Monterrey. Ahí se señalaba:
"Este ¡x-oyecto ha sido elaborado, teniendo en cuenta las dificultades
e inconvenientes que con frecuencia se presentan dehido al
establecimiento irregular y arbitrario de ind~ molestas y peligrosas
que por sus emanaciones de polvos, humos, gases, ruidos y demás
molestias afectan al vecindario y se ha creído conveniente proceder
a la designación de una región industrial dividida en zonas para que
en el futuro toda industria que sea peligrosa o nociva para la salud
se establezca dentro de esa región y una zona para industrias
molestas pero no peligrosas o nocivas".'

Para definir las zonas se !miaron en cuenta las vías de comunicación,
carreteras, ferrocarriles, servicios públicos, ampliaciones de zonas
residenciales o industriales, corrientes de agua subterránea, desagües
naturaJa¡ de ¡rccipitación pluvial, facilidades de tratamiento y eliminación

s.c.....,,,~... ,,,.

111

de descdJos industriales.
"•. .la zona número dos se enruentra limitada al sur por una linea que
corre de &lt;riente a poniente, a un kilómetro al norte de la carretera del
Topo, y por el lado oriente por la vía del ferrocarril MéxicoLaredo...".'(Ver esta zona industrial número dos en el plano de San
Nicolás de los Garza).
Algunas de las ventajas que reunía San Nicolás de los Gaí7.a y que
en esos momentos se tornaron en cuenta para el estahlecimicnto de
ambas zonas industriales, fueroo: a) el fácil acceso a Monterrey mediante
la prolongación de la calzada Bernardo Reyes y la carretera MéxicoLaredo, b) la facilidad de construir un ramal de vía férrea para unir la
de México-Laredo, que marca la línea limite de la zona número dos, con
el ferrocarril Tampico y desarrollar el transporte ferroviario en la forma
más variada, construyendo incluso otras que permitieran la conexión
con las industrias, c) la existencia de corriente eléctrica de alto voltaje
en la mayor parte de las líneas limites de las wnas, por lo que disponer
de ella no acarrearla grandes problemas, d) la disponibilidad de líneas
de gas natural cercanas a ambas zonas (ochocientos metros de la aona
número dos y doscientos metros de la número uno), e) la facilidad de dar
salida a los desechos industriales a través del colector general de aguas
negras de Monterrey, relativamente cercano a la zona número uno que
atraviesa la número dos, teniendo además la ventaja de que la pendiente
natural del terreno permitiría abrir canales de desagüe que fluyeran
hacia dicho colector, 1) los vientos generalmente observan dirección
suroeste por Jo que se pensó que el establecimiento de ambas zonas
industriales no perjudicaría a la población, ya que el límite de ésta se
encontraba en el lado opuesto, g) para abastecimiento de agua de las
industrias, de ser necesario, existían en la región corrientes de agua
subterráneas.
Además de las wnas industriales antes mencionadas, se planeó una
tercera: "con el objeto de no limitar la zona industrial únicamente a los
Jugares ya indicados, y al mismo iiempo, de darles mayores facilidades
a las personas que deseen instalar industrias molestas pero que no sean
peligrosas ni nocivas, se ha incluido en el proyecto otra tercera wna,
limitada por el Ejido Norte de la ciudad y en el poniente por el camino
a Santo Domingo y la carretera a Roma Texas ..."." (Ver esta zona
industrial número tres en el plano).

�112 Bricolllgt
S. CMtWU: / ~ ttt"" -ipiu

En apoyo al proceso de industrializ.ación se desarrolla una serie de
leyes y ordenamientos tanto estatales como municipales. A nivel estatal
destaca la Ley de Protección a la Industria, que en diciembre de 1940
expidió el Gobierno del Estado para exentar con un 75% del pago de
impuesto por un perfodo que iba de 6 a 20 años a las industrias
existentes, así como a las que ampliaran sus talleres. Además, el plazo
de reducción impositiva podla ampliarse cuando las rondiciones especiales
de la industria as( lo requirieran, a juicio del Gobierno del Estado. 11
En lo que se refiere al programa en materia administrativa del
Gobierno en la entidad, el Presidente Municipal de San Nicolás de los
Garza aceptó la iniciativa del Gobierno estatal de fomentar la pequeña
industria para abrir nuevas fuentes de trabajo, así como dar facilidades
a los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros.

Otros factores que influyeron en el desarrollo

La Segunda Guerra Mundial es otro factor que incide favorablemente
en el desarrollo industrial de la zona. Sin embargo, aunque esta se había
iniciado en 1939, no será sino hasta diciembre de 1941 cuando México
resulte "indirectamente" beneficiado por ella, debido esencialmente a
la entrada de Estados Unidos al conflicto en esa misma fecha. A partir
de ese momento, la industrialización por sustitución de importaciones
se ace)eró rápidamente debido a la escasez de productos importados. AJ
Grupo Monterrey (Alfa, Visa, Vitro y Cydsa) ya se le dificultaba
obtener en Estadas Unidos la lámina para la producción de las corcbolatas
que requería la Cervecería Cuauhtémoc, poc lo que se decidió crear una
empresa, Hojalata y Lámina, S. A. que empezó a trabajar en abril de
1943 con la finalidad de producir el insumo necesario."
Asf, la guerra creó condiciones favorables para producir en el pafs
lo que del exterior ya no podfa llegar. Además, proporcionó una
prot=i6n autanálica a los productll'! nacionales pues no había pasibilidad
de que los productos europeos, asiáticos o norteamericanos compitieran
con los mexicanos en el mercado interno, como Jo senala Sergio de la
Peña.'3

11 .l

Colldaloats

En conclusión, el surgimiento de lmi primermi industrias en San Nicolás
de los Garza, fue el producto de la oombinación de una serie de factores
que se producen en el contexto regional, nacional e internacional,
estrechamente relacionados entre si. Eo este sentido, la crisis de 1929
juega un papel importante al coincidir con el fin de un perfodo en la
historia de México, que dejó atrás los movimientos sociales que
siguieron a la revolución. Esto permitió la incorporación a la polftica de
sustitución de importaciones seguida en ese periodo por toda América
Latina, la que trajo como resultado el establecimiento de miles de
industrias en todo el país y la expansión de empresas multinacionales en
México y América Latina. Esta expansión coincidía a su vez con la
política de los Estados Unidos que en ese momento consideraba
esencial para sus intereses la inversión en el exterior.
Si a este marco nacional e internacional le agregamos los factores
regionales -representad.~ poc la favorable situación geográfica que
implica la cercan/a con los Estados Unidos, las vfas de comunicación ya
existentes en ese momento, como carreteras y ferrocarriles, la pomica
de a-eación de nuevas 7.0ll8S industriales y la facilidad para disponer de
materias primas de la región- nos daremos cuenta de que en esos
momentos, se estaban &lt;1andn las condiciones necesarias para que no
sólo San Nicolás de los Gana, sino México y los principales pafses de
América Latina empezaran a experimenta/ el paso hacia una nueva
forma de desarrollo: "la industrialización", que en el caso especifico
de San Nicolás de los Garza, llevó a la paulatina desaparición de las
actividades agríaJJas, hasta quedar sólo en el recuerdo.

Notas blbllogrincas
l. Lcóo, Alomo de; Chapo, Juan Bautista y 8'nchez de Z.amora, Femando.
H"utoria de Nuevo Ledn, 00II noliciu IObrc Coahuila, Tamautipas, Texas
y Nucw M.!xico. J&gt;ublicac:ióo del Gol&gt;icmo del Estado y la UANL, 4a. cd.
Moa1mey, N. L M.!xico. 1980. pp. 43.

2. El P""'"1fir. 2 de Scpcicmbie de 1941. p. 2.

�114 Dricoúige

3. El ejemplo de HYLSA es más que suficiente para mo.strar la necesidad que
hubo de utilizar maquinaria importada de EU (aunque usada e instalada con
muchas difocullades) para poder poner en funcionamicnlo la fábrica, ya que
México, como país en vías de dcsanollo, no tenía o carecía de un dcsanollo
tecnológico capaz de producir maquinaria para la producción.

4. González Casanova, Pablo. Imperialismo y Liberad&amp;, en América Latina.
Ed. Siglo XXI. México. p. 23-24.

RESEÑAS

Dubei, FrQllfois. "Conduites marginales des jeunes et classes sociales".
Revue frfJllfaise de sociologie, XXVII, 1987, pp. 265-286.

5. D. Hansen, Roge,. La Pol/Jica del Desarrollo Mexicano. Ed. Siglo XXI
México. 1988. P. 67.
6. El Porvenir. 2 de Ago.sto de 1941. p. 6.

7. El Porvenir. Septiembre de J94 l.
8. El Porvenir. 13 de Ago.slo de 1941. p. 8.

9. El Pon,enir. Op. Cit.

10. El Porvenir. Op. Cit.
11. Rojas Sandoval, Javier. y Ma. Elena Rodñguez. En Monterrey. Siete
Estudios Contemporáneos. Editado por Mario Ccrutti. México. J988. La
Industria Siderúrgica en Monterrey. HYLSA (1943-1985). p. 59.
12. Ver información más detallada en Monterrey... Op. Cit. p. 55-94. Y en San
Nicolás de los Gana. Páginas de su Historia . An:hivo Municipal de San
Nicolás de los Garza. 1984. p. 247-265.
13. De la Pella, Sergio. La Clase Obrera en la lf'ISloria de México. Trabajadores
y Sociedad en el Siglo XX. Ed. Siglo XXI. Vol. 4. p. 113.

"Conductas marginales de los jóvenes y clases sociales", de quien es
quizá la máxima autoridad sobre el tema en Francia, Francois Dubet,
pane de un supuesto lllsico: todo nuevo abordaje de la delincuencia
juvenil implica una revisión del concepto de clase social, ya que desde
éste -y de sus usos particulares- se han orientado la mayoría de los
estudios sobre el fenómeno.
Este punto de partida, de carácter · crítico, revela que si bien la
referencia a un cúmulo de investigaciones iniciales en forma constante
desde los años cincuenta (aunque ya en 1927 se publica el clásico The
Gong, de Thrasher, en Oiicago), es el término clase social, los signific:11clos
que entraña dicha noción carecen de unidad y remiten -este es uno de sus
principales descubrimientos- a procesos sociales totalmente distintos.
Dubet se propone y lleva a cabo un trazado de las diversas acepciones de clase social utilizadas para la interpretación de la conducta
delincuente entre los jóvenes. A través de este mapa, que se conviene
en el hilo conductor del anfculo, el autor presenta y compara la
conducta y la experiencia de dos grupos juveniles que provienen de
düerentes comunidades. El primero de ellos, los "blousons noirs ",,
emerge de la ciudad obrera de Scraign, cerca de Lieja, en Bélgica. El
otro, denominado la "ga/ere",zse ubica en los heter~neos suburbios

�116 Bricolage

populares de Parfs y Lyon.
Hay dos pe~ctivas básicas con que se analiza la delincuencia
juvenil desde la clase social. La que Dubet llama exógeaa y que
entiende el fenómeno a partir de la dominacióa de clase, y su contraparte,
la endógena, que busca estudiarlo en y desde el interior, sobre la base
de una lógica más comprensiva que explicativa. Asf, para la tendencia
exógena la conducta delincuente es uaa coaducta de clase en virtud del
inevitable choque con las aparatas de control y represión, sujetas al
mecanismo global de domirtio clasista. Por su parte, la corriente
endógena, aunque no desdeña totalmente la anterior postura, prefiere
explorar el sentido que las actividades marginales y la delincuencia
tienen para sus actores, tanto individuales como colectivas.

Es por este último camino por donde Francois Dubet decide internarse
(e internamos). Pero, ¿qué significa en términos de opción teóricometodológica tal decisión? Desde nuestro punto de vista, esta vfa
implica un reencuentro y recuperación de estrategias de investigación
olvidadas a rafz del auge y dominio del paradigma parsoniano y
también, por qué no, de las aplicaciones más ortodoxas del marxismo.
Por eso, mientras para la perspectiva exógena el joven, ea tanto
delincuente y estigmatizado, es producto de la dominación, en la
segunda, el actor efectivamente actúa y no sólo aparece como actuado
por las estructuras. Vive y construye aquellas procesas sociales en que
participa; su percepciór. e identidad son elementos generadores y no
sólo generadas.
Dentro de la tendencia endógena, el autor encuentra tres vertientes
que no soa sino tres formas de concebir las clases sociales. La clase
como comurtidad, como estrato y, fmalmente, como actor colectivo,
ligado a lo que él llama conciencia de clase. Y aunque en principio se
propone articular cada una de estas definiciones, termina por reconocer
la dificultar! de la tarea. Pero Dubet no claudica: las defirticiooes de
clase _social corresponden a desiguales nociones de la acción social que
si bien cuentan con una relativa independencia en el plano teórico,
como procesos y situaciooes de la realidad soo vividas a un mismo
tiempo por las actores.

�ll8 Bricologt
R. 1/,rNiNl,z: Rue/14 119

Fn Seraing, ciudad que organiza su existencia en torno a la siderurgia,
el fuerte sentido de integración hace de las actividades delictivas de los
jóvenes algo natural a esta etapa de la vida. Las violaciones menores a
las leyes y el oonjunto de conductas consideradas marginales reafirman
la identidad de la comunidad y la de sus miembros frente a los valores
de la clase media.
Pero las contradicciones sobrevienen cuando la crisis industrial abre
el camino para la introducción de representaciones alternativas: los
muchachos de Seraing pueden ahora identificarse con los modelos y
estereotipa¡ de juventud.

nivel de la destructividad y del revanchismo sin perspectivas.
El trabajo de Dubet, como todo estudio que utiliza la comparación
en calidad de guía, es susceptible de una observación que, sin embargo,
no pone en tela de juicio su validez: el que en un grupo la coociencia de
clase (como cultura y experiencia de un actor colectivo)juegue un papel
determinado, no quiere decir -no implica automáticamente- que pueda
desarrollarlo de manera igual y ni siquiera equivalente- en otro.
En todo caso, tendrían que presentarse las pruebas suficientes para
afirmar lo contrario. Y si hemos de tooiar dichas pruebas como datos
válidos, deberán proceder -al menos en mi opinión- tanto del contacto
con otros grupa¡ como del análisis de su práctica y del contexto
sociocuJtural en el cual está inscrita.

No obstante, está contradicción es menos vivida como tal que como
una lógica particular que, a juicio de Dubet, se constituye en toda una
subcultura. Y el elemento que permite esto, es, precisamente, la
conciencia de clase. La pertenencia a un mundo obrero y el asumirse
como joven, son experimentados a través de una representación que
resume la historia y las luchas colectivas, pero que, además, organiza y
explica tanto la realidad como el Jugar que el actor ocupa dentro de ella.

Notas

El símbolo de esta subcultura es el "blouson noir", el cual se
reconoce cuno joven ante las generaciones que Je preceden, al tiempo
que se reivindica como obrero de cara a la juventud de las clases medias.
Su expresióo: el rock; su punto de referencia grupal: la banda proletaria.

l. Ante la falta de un cquivalenlc en espaiio~ hemos optado por OOIISelVar
ciertos ttnninos en la lengua original "Blausom noin" podña acr traducido
lilcnlmcmc como chaquetas negras, aunque el ltrmioo realmente alude al
gamberro o pandillcro.

Fn la; suburbia; parisino y Iyonés -el ámbito de la "galere"-, la
tradición y cualquier idea de Jo colectivo se encuentran completamente
ausentes. La falta de una coocieocia de clase aleja la pa¡ibilidad de
coostruir un marco general al que el actor pueda remitir su conducta: la
CXXJSO!idaciCil de una subcultura y un proyecto de clase quedan descartados.
A&lt;;~ el domirtio es vivido como pura violencia irracional, mientras que
la exclusión social, a la que son sujetos los jóvenes de la "galere ", es
su resultad,;, más lógico.

2. Infierno; presidio.

La rag" -ese sentimiento mezcla de impotencia y frustración-,
impide que la delincucocia y toda conducta marginal juvenil rebasen el

Ru~n Hernández León

3. Rabia o ira.

4. P. 270.

��UNIVERSIDAD AUTONOMA DE NUEVO LEON
Rector: Ingeniero Gregorlo Farlu Longorta

FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS
Director: Licenciado Bernardo Flor• Flor•

BRICOLAGE
Revista de soclologla y ciencias soclalN

Director: Jooé María Infanta
Edttor: J . Andrn Amaro G.
Conoejo EdHorlal: Mario Cerrillo, Alel■ ndro García,
María de los Angeles Poza,, Ricardo Vlllarreal A.,
Humberto 5alazar, Vlctor Zúñlga,
Tipografía: Andrea González Corona
Cada autor •

rNpOnoable de 1u texto. No oe dewel-

ven original•. CorrNpondencla: Facultad do Filosofía y Letru, UANL Ciudad Unlver1Haria, San Nlcolb •
de los Garza, N.L Precio por ejemplar $8,000.00 M.N.

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              <text>Revista de Sociología y Ciencias sociales de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Dirigida por José María Infante durante la década de los ochenta. Contiene artículos académicos y de divulgación de la sociología y ciencias afines</text>
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              <text>Amaro G., J. Andrés, Editor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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