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                  <text>C!ENCII\S, fül.TES, P-'OESII\, TEI\TRO, NO\/ELI\,
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DlRECTOK.

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SUMARIO:

Prólogo de nuestra obra, por LOS REDACTORES.
El Principio Filosófico de la Evolución Socialista,

por VIRGIL!O GARZA.
Nirvana, por F. LOZANO.
En la muertede un perro, porM. MA!TERLINCK.
Poesías, por E. GONZALEZ MARTINEZLiberación, por JOEL ROCHA.
Desvío, por MARIA ENRIQUETA.
Sobre la Comedia Española, por M. MUZQUIZ
BLANCO.

Don Quijote, por C. JUNCO DE LA VEGA.
En la Sierra Fronteriza, por HECTOR GONZALEZ.

Nocturno, por JOSE ASUNCION SILVA.
Libros recientes, por RICARDO ARENALES.
REVISTA DE REVISTAS: Atenas contra Sócrates, po, s. RESTREPO.
Suplemento.

TOMO 1.-NUM. 1.

ENERO 5 DE 1909

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DIRECTOR,
LIC. VIRGILIO GARZA.

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ADMINISTRADOR,
GERONIMO G.;)RENA.

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EDITOR PROPIETARIO,
J. CANTU LEAL.

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emregas de sesenta páginas próximamente. Formará al año cua1ro
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Apartado 256.

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No eches de menos el programa, oh descontentadizo lector,
que no lo hemos formado ni á formarlo se da prisa nuestra voluntad. Estaría mal decirte los caminos y encender desde ahora
el conocimiento de las venideras campañas; que á tí no es fácil
cosa engañarte, ni estás falto de la suficiente experiencia para
creer !oque se te promete-y esto suele ser demasiado. Con toda
senci!lez te invitamos á venir en nuestra compañía, y ya irás
viendo, con regocijo de todos nosotros, el pensamiento cardinal
que nos ha movido á la empresa y que ha de presidir, ahora y
siempre, cuanto hagamos en las generosas lides del espíritu.
Ni siquiera hemos pensado en descubrir la vida. Ella está
siempre delante de nuestros ojos, y á todos nos adula y agravia
según lo ha dispuesto la ~ecreta voluntad de los dioses.-Nosotros á lo sumo querríamos copiarla, ya que no es fácil empeño
reconstruir todas las cosas con más arte q ne fueron creadas, co"
mo lo pide una bella sentencia poética; porque descubrirla sería
tanto como indagar su smtido íntimo, y de ello no seremos capaces. Ya se ve la humildad de esta~ palabras, tan sencillamente dichas y con tan sincera honradez pensadas en la vigilia inicial.
Pero afrontar la copia del Universo á !a manera que lo ha,
cen los turistas, a.:aso no valga la pena. Es menester dar realce al paisaje sorprendiendo el secreto de las luces, dejando en
un claroscuro sugestivo las riberas que el sol destiñe, y aun
comunicando un divino sentido á cuanto parece no tenerlo: así,
al menos, cada paso á través de las llanuras floridas, y al pie
de las montañas, y en la ribera del mar, y á lo largo de las calles, y por entre las gentes que discurren, tendrá siempre un
saludable encanto, el encanto de una sorpresa.
Sólo que es indebido limitar el influjo de las palabras á
esta obra de realce, bien que sea ella grandemente meritoria.
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�alma, y escrutar el corazón de la Tierra, y hacer la exégesis de
muchas doctrinas, y concertar el ritmo de las voces con el vasto
ritmo de la creación ....
He aquí nuestra voluntad. Seguramente que es difícil realizarla con toda la amplitud que deseáramos, y más aún dentro
del medio eu que nos ha tocado bregar; empero, hay que decir
que no confiamos en la escasez de nuestras fuerzas individuales, sino que hemos de tener compañeros, y á ellos estará encomendado el éxito de la empn,sa. Porque has de saber, lector
descontentadizo, que en estas páginas van á decir sus más bellas palabras y sus más reposados pensamientos, muchos de
aquellos hombres á quienes admiras y cuyos volúmenes buscas
con mayor ansiedad en los escaparates de las casas libreras.
Desde los escritores que son prez y honra de la familia mexicana y del suelo español, hasta los extraños de mayor valimento en el umnde, del Arte-hoy uno, luégo varios-todos han de
exprimir para tu deleite su cosecha mental de más exquisita
fragancia.
Y para que la obra sea completa, ya te iremos diciendo cada vez las nuevas corrientes del pensamiento contemporáneo,
en una sección que ha de ser alg-o á modo de índice de las ideas.
Todo ello con la libertad necesaria, sin exclusiones de doctrina
ó de escuela que mal se avienen con la amplitud de nuestros
propósitos.
Cumple á nuestra sinceridad reclamar los honores que se
deben á quien acomete la empresa, que no á otro galardón hemos aspirado. Y sea todo ello para honra y provecho de la gran
Patria mexicana, cuyo nombre invocamos al dar principio á
la obra.

EL PRINCIPIO FILOSOFICO DE LA EVOLUCION
SOCIALISTA
Las ideas sobr,• las relaciones del indiYiduo con el Estado, sobre la distribución de la riqueza entre los elementos productores, sobre la participal'ión d,• las clases de abajo, en la colaboración de !ns ,fase~ direetiYas do los
negocios público8, y más que todo eso, sobre las relaciones éticas de los divcn;os agregados sociales, han venido cambiando singular y notahlemenlt-

c..•n estos últimos ticn1pos 1 adopfando una oricntaeión que, como notarcmo~
de."pués, se relac·ionu. íntimamente con el albor,-ya que no podemos to&lt;la\'Í:t envanecernos de que sea sol que alumbm y confort.a,-de nuc\'as ten,lcncias filosóficas, más optimistas, más simples, mis conformc.s á la naturaleza humana que las de mayor privanza en tiempos anterior&lt;"'.
El indiridnnlismo exagerado y casi feroz de.sarrollado por ]arl conquistas políticas del siglo pasado, produjo naturalmente, después de sus primeros tanteos, un florecimiento económico importantísimo, con repercusión
en tocias hc5 esferas de la actividad. Tuvo su tiempo, y ese (lesarrollo con,lujo á un estado en que otros rnrios elementos entraron en conflicto. El
,•xceso &lt;le proclueeión, con l:L competencia como su resultado; el afán de lucro de los empresarios afortunados ó hábiles, espoleado quizá por el bien,,,tar que parecía debido sólo al esfuerzo de una minoría; la !'Oncicncia d,•
un valimiento y un po&lt;lcrío, de :-cguro exagerados, pero consentidos, para
atribuirse la parte ele! león en el banquete de la vid,i, hicieron nacer en el
otro extremo Ucl eampo tiertas aspiraciones, primero vagas y dt\~pués má~
definidas, hacia un mrjorariento reclamado ncee~ario, má.i, que justo, aunque haya de esto taml,ién, por las mismas ideasjurrzas que habían iniciado el morimiento. Xo parecía legítimo que to&lt;las aquellas expansione,
pri1nitiras y todM las promesas contenidas c11 los pri11cip ios revolucionarios, hubiéranse venido ,í condensar en nn estado de inferioridad no muy
tlilercnte clcl que subsistía antes de los derechos conquistados.
De ahí el afán de reivin&lt;licaciones y el movimiento de a.spiraeionc., ,l
un nuevo camhio. Buscaron los débiles el apoyo de teorías nuevas en lo
social y en lo político, olvidándose de intentarlas en la práctim. Hin duela que l:t clase proletaria debía s,úrir con el proceso de su ,ulaptación al
medio físico y soda] moderno; sin duda que ha llegado á ser punzante ;·
doloroso, pam una parte no pequefia del conjunto humano, el tlcsequilibrin
,le las condiciones económicas, y que las multitudes ,í quienes interc.sah;1
d problema pudieron darse cuenta, aunque exagerada la visión por las pa-

�4

REVISTA CoNTJ&lt;~llPDR.(NE.\

sienes del momento, del estado de lnerza y de injusticia conque se presentaba la cuestión. Por otra parte, las propagandas interesadas, las miras
torcidas delos malos pastores, las exagcrncioncs ele los doctrinarios, muchos
de ellos convencidos y de buena fe ,\ pesar de todo, empujaban al partido
&lt;le las resoluciones extremas.
Estas no cliernn, sin embargo, los resultados que prometían los agitadores, y el prestigio de éstos se vió amenazado de ruinit justiciera. l\Ias al
lado de ellos y quizá contra ellos, en las modestas filas de un anonim,üo
meritorio, se encuentran desde hace muchos aüos hombres reflcxi,-os y se-

rios, apóstoles también de las mismas aspiraciones, quienes van impulsan~
do la reforma por medios lentos y graduados que constituyen la ,·crdadera
evolución ele la idea. Se llaman á sí propios socialistas, porque no han
buscado otro nombre que sea mús propio y preciso; pero rcclanmn el estar
separados de las medidas extremas y ni defienden éstas ni se encastillan en
tm solo sistema de avance. Ellos son las que impulsan la lonuaeión de
esos organii;mos ele forma variatlísima que se 11ama.n asociaciones cooperativas de comnnno y de ahora, federaciones de obreros, Trade uuions1 sociedades mutualistas y ligas de toda especie de ayuda al trabajo.
Esta formación espontánea de organismos de defensa tiene HU contrapartida en otras semejantes del lado de los empresarios, donde b reacción
se opera con los trusts, con la atribución de capitales crecidísimos á las
aociedades por acciones y con las modernas ligas de patronos que proycctun contrabalancear la imposición forzada de las huelgas del trabajo. Así
es que en ese terreno amenazaba la lucha eternizarse, 6 cuando menos quedar indecisa hasta que no la viniera á rcsolYer un verdadero catarlismo, si
no interviniera nn tercer factor: El Estado.
El Esta&lt;lo, que muchos sociólogos fundadores de sistemas y elucubrndores sueltos, quieren reducir á su más mínima expresión no dejándole
más que el desairado papel de un encargado de cuidar el orden y de aplil'ar reglamentos ele policía, está adquiriendo importancia preponderante en
la cuestión social. Mientras más se ahonda en las consideraciones,¡ que se
presta su intervención directa en la previsión del conflicto, más fácilmente se comprende cómo está capacitado para obtener resultados positivos con
ijga intervención. Las modernas tendencias nos llevan muy lejos del individualismo ele Spcucer. Todo lo que pudo ser en este filósofo, y en sus
continuadores y discípulos, necesidad de un corolario sistemático, dcsaparcte ante la exigencia del momento histórico, ante la fuerza de hechos realizados comprobadores del beneficio y ventajas de la acción oficial.
Esta se verifica en formas variaclísimas y múltiples que pueden, con
notoria ventaja sobre los tanteos sucesivos de la iniciatim pri,,ada, ser coexistentes. Viene, en primer término, la legislación obrera. Lo que en
este sentido se ha realizado, en Europa, en América y en Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) es muy considerable y trascendente; bien entendido
que no nos referimos aquí á los principios fundamentales, al substratmn ele
los derechos jurídicos modernos, idénticos, ó casi, en todos los países civilizados, como la igualdad política ante la ley y en el goce de las garantías

sotialcs, asl tomo el derecho al trabajo y la. lihre expansión de las acti,ida&lt;lcs; sino á lni; reglas de modernísima. trcación que minrn hada b &lt;·011dición especial del trabajador en el conjunto económico. Así, leyes sohrc
&gt;1ecidentes del tmbajo; seguros obligatorios atendidos por b Atlministrac:ión Pública; limitación de las horas de trabajo ó de las tareas agobiantes;
tlcseansos espaciados obligatorio:;; Rostcnimiento de escuelas especiales,
pensiones de retirn; reglamentación &lt;lcl trabnjo en común; vigilancia. cgpecial en los pagos de salarios y en su c!ectividad pniclica; y otras disposiciones semejantes, est:.í.n ya en \'ig0r C'on un resultado positiYo de \"'"Cnbllcra ventaja soci~1l.
En segundo 1ugar, es in&lt;ludnLlc que el fü-,tatlo tiene ,t Ru dispositión
resortes de adi-ricb&lt;l que por muy ,·arios modoK de cjercieio pue&lt;lcn ohrur
en las fuerzas y tendencias latentes ele l:i sociedad, no sólo coor,linándolas,
t--ino estimulando ~u acción y hasta. dominando y encauzando sus dircecioncs, en orden al bien connín. En este sentido el papel del Est&lt;1do es insubstituíblc . :S'o excluye por c-icrto el iflujo del incliYidualismo bien entendido. No existe realmente antinomia fundamental en los clominioR du
l'~as dos fncrzüs, .:;ino que deben compenetrarse y complctarKe, aun mczl'lándose y superponiéndose las medidas y recursos de que el Estado y J,.
iniciativa in&lt;livi&lt;lnal pueden disponer . Es una. pcr:;pcrtira cngaíi:.ldorn,
consceuente á un superficial examen de los hechos sociule:, 1 la que eom,istt&gt;
en mirar y deducir que muchas Yeccs el 1nejoramiento conscguicln para l'I
eonjunto no sea á la vez mejoría ele las condiciones ele ,,icla para el individuo.
Pero el E:;ia&lt;.lo no es una pum concepción abstracta sino en las teorfo:-1
inventadas para cxplü:arlo. En la rcali(Lu1 viva y moviente do las sociedades, está constituido -por un conjunto de individuos que desempeñan unidos la tarea de una personc,, en funciones &lt;le asegurar la d&lt;la &lt;lcl Pe.rocho,
dentro de su propio.fi" que abraza la totalidad de las relaciones humanas.
Por su parte el individualii:!-mo es una doctrina, una regla &lt;le conducta ·moviéndose dentro de la misma esfera., supuesto que, segün b novú'.lima Jcfi11ición ,le M. Follin, es filosófica, moral, social, ceonómica, jurídica, política y cstétic:c, ó sc,m las mismas relaciones humanas que el Estado considera. ~o hay motfro, pues, para suponer que los indiYicluos componentes
,te los Poderes Púl,licos, representando la actil-idad dircctorn de las !uneio11cs del Estado, lleguen á desprender su criterio de la consideración preponderante vinculada en el bien público. La regla de conducto que forma
lit esencia. del indivic.lualismo, si es exacta, precisa. y segura, puede, pues, ser
a.plicada con el criterio del conjunto de individuos que gobiernan el Estado. Su poder específico aumenta; pero necesita parn ello el aseguramiento ele su fuerza actirn por medio ele la Autoridad que &lt;la la función ,lel Estildo.
Como fruto ele la. conciliación que la naturalcz:, misma de los hecho•
ha l'Cni&lt;lo reali7,~ndo entre estas dos tendcnciaR, debe considerarse el colcetiYismo. La doctrina del individuo contra el Estado, lm perdido su aspcre1'l.
Por su parte el socialismo ha dulcificado sus a ncsas intenciones for-

•

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muladas en el medio violC'nto de ('(,n~cguir sus i&lt;lC'a]es. Jfa C'volution:u.lo1
tomo puede propiamrntc deeirce 1 (c·on la rpserra de no tomnr la pala.hnt
rn}1ud6n fino para expresar un fcn6mcno JXJsiti\'o y natural, mas no &lt;·omo el tipo fundamental de un sistema filosófico.)
C1on esa evoluti6n y hajo otra forma 1 ~e acerca más el sntial ismo á \¡¡
reali&lt;la&lt;l. Ya no es l:1 cruenta batalla anarquista, ni siquiera "la disciplin:1 que admite los lJcncficios de la Autoridad, sólo en la medida en qucést:1
~ca rjcn:i&lt;la ¡x1r los 1rnís dignos, y volunta.riamcnte consenti&lt;la por ios individuos que la sufren;" no, ahora. es,según las palabras de w1 Hoc·ialistn. rno-

demo, '\m gra&lt;lo tomlln :í todos en la gran ¡.:íntesis del ideal humano; p:-,
d despertar en la conciencia colcctiV&gt;L de la humanidad, de una voluntnd
colectiva y de un espíritu colectivo, c-uyo resu1tantc sería. c•n loH cspÍl'iiu:-:-.clectos una constante pro&lt;lucción de nuc\'o:, esfuerzoe y deseuhrimicnto~ . ·'
«El socialismo procura cambiar las relacioncH C('onómicaR :-:olnmC'nte por l'i
procedimimlo, opomndo un cambio en el espíritu y en el méto&lt;lo de la h1111rnna relación. El socialismo tiene que enseñar la. manera de organil,.1rr-.,.
,·olec·tirnmente la sodc&lt;lad.»
~i se conr-:nlta, pues, en el actual momento histórico la opinión de l(l~
1&gt;enF¡ulores, de los hombres de Esta.do, de Jos Jefes &lt;le Gobierno, encontraremos que la gran mayoría se pronnneia en el miBmo sentido y hacia. l'I
propio fin á qnc, por otra parte, se dirigen los hechos signifieatiros de un"
,,,-olnción de la i&lt;lea soc-ialista, aceptando y aprovechando la ae,·ión prácti,.,t del individualismo eon el floretimicnto copont,íneo de las agrupaciones
1·oledivn:--, y la H_yud:1 ~ibrnifieativa &lt;lel Et-tado, l ll las esfC'nu-; jurídica y c(·onómien.
1

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,.Qué rclac-ión lrny ,,ntre ese movimiento demostrndo y las i,btB filosófi.-a"; t'Oetáncas?
Cunndo los tiló"Ofos extienden sus cs¡JCtulaciones al mundo ,·omplcjo d,,
los hechos sociales, pn,:cden generalmente por inducción. l'ertl ese procedimiento invenff¡_10 es l'll el caso más ó menos acertado, según &lt;"Un mayor ()
menor facilidad se dc,sprende el pensador de las conccpciont's ab.stral'tas
para formaliz..'tl' suH torn·lusionci:; en el terreno &lt;le lo contingente, \'aria.ble y
nwvc&lt;lizode]os fenómenos :;ociales. Hay error, pues, si s;c man·ha (·onRtrcñido por principios siHtcm,itil·o:-:1, aunque la ubservaeióu Rea rcrcladcra . Hay
l'ITOr también c·.uando :-e }rn('en gcncraliz:l&lt;'ioncs demasiado amplias 6 rápitlam('ntc condu[da~ .

Así examinaron los filó.:;oft1:-1 los movimientos sociales en ln rwgunda. mib.HI
del siglo pa:-:ado. L:1:- promci:-as de una reroludón formid;1hll que&amp;• cr('y6
definitiv,1 y que condujo ,í una dominación más autoritarht que la de ant:tii.o, la:-- vatiÜH"Íonc!- en los métodos de gohierno que se podi'a trccr llamado~
:t una rcton~tih1c-ión, y que por nuevos rran inseguros; l'l prl'dominio dL'
una elni-;c ~tvida de l'iqueza¡.; y pode r, el \'alimicnto injusto é inmoral ntri....
lmülo ,í la audac-ia triunfante de rividorcs sin escrúpulo, llevaron las
i,Ieas ,í subvertir lo,; ('],,mento, constitutivos ele los conceptos dl' la lihcrta,l
.\' de la moral. C'on l'l ,lekrnimismo y ht korfa de la supen·i\'Cnc·ia dél
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rn concep:·ionc:-; que ~erYian de ha~e li tonC'lm;;ioncs de1it'Onso1adoras l::iohr('
,,1 esta,lo ,· 1~m·,,nir ,Je la humanidad, pretcndicmlo ac!lbar con tocia tradi1·i6n y con todo rcsiclno atúxi('o de los ~entimicnins mornles consagrado:-.
Pero se 11,,vó cstl febril a&lt;'tivid:1tl demoledora á niás allá de tod,is !as fuerzas
humanas. Xi&lt;'tz~ehr princ:ipalrnentc, el puntu ((lle C"ulmina en ese nihilismn
metafíHiro, eon su tipo ide;1J de t-upcrbomhrC', rn,h: n&lt;hwrito tí la soriulogía,
&lt;·orno (·On má.."' influencia. en ella, que ,t In. filnf-lofía propiamente tlicha, .Y
l'OB 8U l'C\'Oiw:ión éti(',t por la treaeión ele un.i nmn:tl 1lc la fncr1..a-ruul ~i
quisiera jw~tific·ar la farno~a diYisa bi8111,1rkina,- lleY6 &lt;i su l'Xtrcrno la do11.'neia pcsimi~ta que habían :--ufritlll sus auteec;-;urC's ~-hopenlwuci- rrainc,
nenan y otros.
Hay sin dudn qni~ncs &lt;leficmlen ti ~il'tzsc:hc ch• c.-.,, c·nrgo. En rnudw~
de RUS libros tiene t!U lenguaje la. vagucJaü propi&lt;'ia á las cxébr('Sis nüis contradictorias; pero nadie puede razuoablcmentc dcf,,rnlct'lo de ser demoledor de prlil&lt;'ipios y :;entimicnto::; realmente intangiblcr-: en los Chpíritus hu1uunos bien equilibrados, y haber puesto ~us brillante:,; paradoja~ al aen·iclo
de doctrina:- en qm el egoísmo, la contt'adicción t'asi oblig-Jtoria .Y la L'On~sgra('i6n dionisyaca de la fuerza sostienen el conjunto.
Véase cómo concibe el problema de la moral, ó según rtkc: «ln tnr&lt;'•
de fijar el valor de las diferente:} sIBtenmH de moral.» •l~sta con~it-te en un
•&lt;:ódigo de avaluaciNtes de las acc•iones y de las rclaciom·s del hom hro con
dos otros hombres 6 con la:; ro~~1s. De e:,;a manera se fija el valor de la. vi•do. que no es sino la arci6n de avaluar las cosas y de entre ellas preferir
&lt;,,lgunas, es la injusticia y la voluntad de definirse :í sí mismo y de distin&lt;iguinie de los otro!:&gt;. Siendo el motivo principal del hombre, el que lo ern&lt;puja :i manifestar sus fuerzas vitales, el deseo de potencia; el valor de 1"
«vid,i será el que se desp1·encla de la potencia y de la fuerza. En aeepb r ,í
•rechazar este postulado, e,;triha el Ílllldamento de la,; dos morales. El pri•mcr tipo de mornl, ósea el de l" acepc,ión completa y sin idc,t, preconeeihidns de lo. \'ida, es el que se encuentra más bien rcaliM&lt;lo &lt;'n las razas clt·
6conquistadores, en los puebles agresivos y profondanwntc aristocráticos,tu•p convicción principal es la de su derecho indiscutible ,í sojuzgar l'l mun&lt;,lo. El arte de la guerra será allí el preferido y prcdominaní la organiza«ción militar . Así fueron los Griegos, pequeña aristoerac-ia dominadora de
«un pueblo compuesto de esclavos y de extranjeros. Despreciaban alfo•mente ,í los bárbaros, y su gran filósofo Aristóteles ha formulado el prin,·i«pio de su época diciendo que los bárbaros nacieron parn ser e,l'lavos de los
&lt;Helenos. Así fueron los Arios, invtLsores de Europa, y a~í tamhién 1,,.
«Germanos que en épocas más recientes conquistaron, uno tras otro, !ns paí•ses todos de Europa, para darles ltL~ constituciones aristotniticas de la
•fülad Media. Su organización no fué nunca un Estmlo, en el sentido rno1

1

1

'

1·

�8

REnsT A CoxTE1rronÁNBA

«:&lt;lcrno de la palabra, es dcrir, una organizac·ión de igualrs.

«organizaron fué

HU

&lt;lominaci611.

.Así,

8U

I..-0 que ello~

1&lt;quc están (:onvcncidus de su superiuri&lt;lad activa y &lt;le que su supremacía,
•por el hecho de que existe, les confiere todo derecho . La alegría y la !uer&lt;za sencillas, b.s manifestaciones todas de urm vida desbordante y al mis«1110 tiempo todo lo que conserva y fortifica la vida, lo que perpetúa la ra1&lt;za Y quizií favorcte su C\'olu&lt;;ión ha.tia. una realización de fuerza toda da
«.-mperiur, es lo que c.:ornpunc el lado poFiitivo de !-in mora1. Para los vcneit&lt;tloti tienen una gcncro:;idad cortéH; no hay en ellos rencor. ~o tratan de
nebajar el vaJor moral de sus adrersarios. Sus enemigos no son ma1os,
«~ino Kimplementc cncmigm,; y la tínic·a. distinción que admiten es que se
((llaman á. RÍ mismo8 "Joi-: no!Jlc¡;", en tanto que los sometidos Ron "vill:1«110:-,;'.
8u rnon:l concluc·c al cstn.blL•c-imicnto de rnngo::; en l:t sociedad,
«:,in ciprctiar las C'atcgorías de "lo bueno" y ''lo malo 1'.-Lasidcas 1noraK\c.s del f&lt;Cgll!Jdo tipo no tienen un origen primordial, no son sino 1a renc«ti6n de la multitud Yaga .r no organizada contra ons vencedores y organii(zcHlorcs !uégo que comienza :i rebelarse contra éstos. La iUca íundamen-

.r dt :;cntido optimista de In \'ida. Jf~s cierto,

J. de ello e:-ttucambian los elementos r·onformadoresdel ~r rnornl
t·n rn10:,; nflo~, ni en c1lgunos siglos quizá, pero vamos conveneiéndrnw!-1. dv
qlll' no rs el hombre esa bestia feroz que tanto ha ensombrecido hu: ,drnni-:

pn_•:,;illr1 ~ana

Estado no trae su origen de un

«contrato. La cmüidad maest.rn de los &lt;·onqnist.a&lt;lores es la actividad.
•Dominan también natmalmcnte sus ideas morales. Su punto de partida es

mm; c·1ll1V('tH'ido~: no Re

••

d,· los pcsimiskos del siglo pasado . Hay ya algunos hombres cs&lt;'ngidos,
que di~emTcn por esa vfa de luz y de c-onsuelo. Ya hay un Finot, ;Í qnic&gt;11
n1u{'lto del,ení la humanidad enferma del espíritu, que nos cnReii.a la dic-h,1
1,,r In bondad; un liovicow que demuestra la inutilidad práctica del dc•s¡~,jo; k,,r .Jefes de Estado que no son Capitanes de horda conquista,J,&gt;1·:1 ¡•11
1•\ Hrnticlo nietzscheano, hay corrientes d&lt;" Rimv:1tfa rntr~ grnpoR r-:orinl0¡;: rn

otrns tiempos disidentes.
F,r,:c movimiento ::;e va definiendo, y apunta cada vez C'OTI línc~1¡::. rn:i:- pl'C·
-i:--n:-.
Tirnde á C'Ondensarsc en el priueipin rle moral 11.amarn; lo~ uno:- á
1
lo,: ot1·0:=-», C'omo r1 ,er&lt;ln.dcro regulador de \afól sorirrlnrlr~ hnmnnn~.
\'IR(HLJO

«tal de este sistcrrn, &lt;le ideas es el abatimiento de los «noble,»
•pur los «,·ilfanos,» el rencor del aplastado contrn el fuerte. La avaluación
«de :-;u propio ('atidcr no es ::;ino la eonsceuencia.. Por una especie de rc1&lt;vuelta, tlcC'hu·&lt;111&lt;.lo malos á los fuertes, los débiles llegan á c:onsiderarSt•
&lt;buenos De allí en ,ulel:mte l,1 mald,ul será el defecto intrínseco de la
«fu&lt;'rna, de ht potencia insolente y brutal, en tanto que 1:1 debilidad y la
&gt;tlecrcpitrnl se convierten en signos de J,ondad .»

1

De estns cuncep&lt;'iones abstrnsas y desequilibradas, parte :--ictischcparn
fulmin;:11· lu.1 rayos de ::;u cólera contra. el cristianismo, la doctrina consola'10ra de los humildes. «El cristianismo h:t sido el primero, dice, que se
ha atre,·i&lt;lo :í enunciar la pretensión de una igualdad absoluta de todos
orntc Dio:-:, y con e¡;to mismo ha dado á los esclavos el valor de alzarse contn.t ~u:; amo:-;. E8ta. idea de la igualdad &lt;le todos, desprendida. &lt;le su r;.¡zón
teológiea, snbsistc en los partidos políticos eontempor,(neos cdiJkados sobre
el mlio, sobre todo en los socialistas, que han heredado toda l,c hostilidad
qnc el cristianismo ha in,·cntatlo to11tra la. vida y la fuerza, negando la 11:g:itimicL-1.&lt;l de una jerarquía social .&gt;l
Los mismoR comcntadore:; y C'Ontinuadorcs de Xictz.schc han debido ret·ono(·er en mucha,.; de sus cont'irn~ioncs extremas una gran dosis de ene.-1¡,ricliamicnto en el desarrollo á outra11ce de cie,tos principios que sólo po&lt;lfo11 aplica.rf-e á determinada l'ategúría de relaciones, y esto lo hacía llegar
,¡ ser contradietorio . De todos mo&lt;los su falsa geneo!ogia de la moral es
mm evidencia del punto extremo á que llegaron las negaciones pesimistas
&lt;·nlrente á un estado social prnpicio ,¡ tales elucubraciones.
Pero por este otrn aspecto del problema se ha reaccionado y tarnLién se evoluciona.. Nos enc:aminnmos á una doctrina filosófica más conforme á, la
naturaleza hunrn11a: más sjmpliRta. y rerdadera en el sentido, de i::er la ex-

•
•

'

UAHZA.

�-,\h, Rrñor, Rcñor-dij('-('uánt:u•;
ya que de mi IX'·"ªr hube apurado
la amargura homieicla de las heees,

Ycl-r,..i

un rincón anhelé donde olvidado
pudiese n.handonarmc á e:;c misterio
,•11 que Re envuelve todo lo inviolado.

Y pue:-- nq\Ú C!-iloy ya, hajo tu imperio.
l·~danme ese refugio tus favores.
.\llí como en &lt;:'&lt;:m!-itante cnntivel'in,

NIRVANA

, ,in u-mor al \mllil'io y sin temores
:í ht incli~·reta ri\faó&lt;l que inmola
la dukr obscuridad ron sus fulgores,

De imvroYiw un fulgor, en que los rojo~
i\e todo:-- lo~ matiee&amp; irradiaban,
1·lm ~ns fü•ehai, &lt;le luz hirió mis ojos.

desparrc,icndo iré como la ola
que en apartada orilla mansamcnt-·
,·icne á morir desfallecida y sola!-

~o ih,t yo solu en la a:::ccnsi6n: li&lt;liahin
por ah-anzar también la última esfern,
multitudes sin c·uento que manaban

Y la divina Potestad:-No intente,
arguyome, tu vana fantasía
h:11lar &lt;leleite en el no ser. La fuente

rlc p,'1.voros.'l:; t:1imas en que impera
arcano afrrrador. Amplia y ohscura
•·uen('a al,itlrnal yu Yi, qnc e&lt;'hando Im•r:1

&lt;le\ gow no eslí nhl, tílznte y ffa

t•n pcrrnnl'i-:: oleadas dcn&amp;l harturu

,·n esb nueva faz de la existencia,
hoy tan riente c-tml fué la otra impía.

tle espantable~ espectros, invadía
1•,m RU l'Opio~i emanación, la altura.
-A dónde, á dónde vuy?-el alma mía
..Jamó con inquietud. Pausado acento
,le no cseuehada voz, que parC'Cía
,~merger de ignorado apartamiento,
me conk,tó. (¿Suma de la penosa
quejumhn• general fué aqurl lamenton

.-\~í expu~o la roz:-En pn'Suro~a
,·arrcra n\:-1 hada la cumbre erguida

do se kvanta firme y podrroi:-a
la tlit•stra tll'l Keñor.-Pero fo, vida'!
interpclé.-La vida! quién ht inrn,·a
,·uandn qmsló tan lejos la partida!
Todo lo (·omprcndí. l,uégo mi lxx·n
\'omp1mgidas plegarias, fü.•rna~ })l'l\('l':-;,
tan l'-Olo turo L'll :-1u impm·iencia lo('&lt;l.

•

'.\las yo:-Scñor, interrumpí, la e~t"rn·in
,le aquel primer aliento murió, es hrnl,· .
('ansado viador, ,i tu presencia

la paz vengo ,í ¡wdir, quede el alarde
¡,ara· aquel cuya vida fuera cuna
,le ricos frutos y sus dones guarde .

1

Y ~¡ la. veheme1wia ele mis ruego~, rnrn
11icbla me rodeó, diúfan" y fina,
pero clcspués m,ís que l,i noche brun~.

1

.\quí, me dije, aquí todo combinn
al augusto silcnc·io que yo imploro:
la soñada ventura :-1c avecina..-

f

Lejos del mundanal, férvido coro,
('ttando ya llcoOni1.aha. mi CBperan1.:1.
(·rm qué fruición goc-é de aquel te.-..:nro!

�lJ
.\1go gritó á mi oído:-Avanza.! arnnza !
Y t.m un nirYamt plácido y sereno,
111 0 hunclí 1 tranq_uila ya mi ronfi:rnz:1.

••

Pcru !.te aquí y_uc profanando el ,;mo
de 1n fnscura inipenetrable, vino
uu resplandor inesperado, pleno

••

dP ,·i\'a clari&lt;lad. Ern el prístino
ruego &lt;Id ,timo ,so\ qnc por mi pncrtu
:iti:,haba. ron su ojo enrarnadino.

EN LA MUERTE DE UN PERRO
He perdido recientemente un pequeño bull-dog. Acababa de cumplir
el sext-0 mes de sn breve existencia. No tuvo historia. Sus ojos inteligentes se abrieron para mirar el mundo y para amará los hombres; luégo
se cerraron sobre los secretos injustos de la muerte.
El amigo que me lo había obsequiado le &lt;lió, tal vez por antífrasis, el
nombre imprevisto de Pe/leas. " lPor qué lo habría yo desbautizado? lUn
pobre perro amante, abnegado y leal, deshonra acaso el nombre de un homhre ó el de un héroe imaginario?
Pe/leas tenfa tmu gran frente arqueada y podcro&amp;~, semejante á la de
::lócrates 6 á la de Verlaine; y bajo una pequeña nariz, negra y contraída ,
,le afirmación descontenta, las grandes mejillas simétricas y colgantes convertían su cabeza en una especie de amenaza maciza y obstinada , pensatiy triangular. Era bello como un bello monstruo natural que se ajusta
estrictamente á las leyes de su especie. iY qué sonri&amp;~ de disciplina aten-

-..-\ n&lt;la., mortal, levántate, de~piert.a ! nt'Í oirlc en voz cnfureeida.
Y yo:-Ticnc~ razón, la lucha nhiel't:i

me impele á ]JroBcguir l:1 interrumpirla
rnarl'lm . No nuÍf:ói quietud , bai,:.tu dl~ ealm;1.
Y ioh, la vicb-111&lt;' quejé-la l"inn 1

Y aquel sueño de paz evocó el ,11 ma !

rowrnATO LOZANO.

"ª

'

•

ta, &lt;le inocencia incorn1ptible, de sumisión afcctnosa., de reconocimiento
sin límites y dé abandono total iluminaba, á la más leve caricia, aquella
adorable máscara de fealdad I lDe dónde emanaba,'exactamente, esa sonrisa? ¿De los ojos ingenuos y enternecidos? ¿De las orejas atentas á las
p,tlabras del hombre? ¿De la frente que se desarrugaba para comprender
y amar; de los cuatro dientes minúsculos, blancos y desbordantes, que destellaban alegría eutre los labios negros; ó del muñón de cola que, arqueado bruscamente según la costumbre de la especie, se deshacía, al otro extremo, en esfuerzos por manifestar la íntima y apasionada alegrfa que llenaba ,i la pc,queña criaturn al sentir una voz más la mano y la mirada del
,lios de sus afectos?
Pe/leas había nacido en París y yo lo había llevado al campo. Sus
gruesas patas informes, mal consolidadas atín, llevaban l&gt;landamente por
los senderos inexplorados de su nueva existencia la cabeza enorme y graw,
l'l1ata y como recargada de pensamientos.
Era que empezaba, esa cabeza ingrata y un p-OCO triste, semejante á In
de un niño surmené, el trabajo abrumador que oprime todos los cerebros a1
principio de la vida. Era preciso, en cinco ó seis semanas, introducir y
organizar en ella una representación y una concepción satisfact-0ria del
•

Alusión al drama de ).(adcrliuck Pel/eas et Melisande.
NOTA DEL TRADUCTOR.

1

�14
Universo.

REVISTA COXTEMPOR.{~'EA

fü,nsTA COXTE'1PORÁNEA

El hombre, auxiliado de toda la ciencia de sns hermanos y de

:=;us mayores, emplea treinta ó cuarenta. años en bosquejar esa concepción,
ó más bien en aglomerar en torno de ella, como en redor ele un palacio ele
nubes, la consciencia de una ignorancia que se cle'rn. Pero el humilde perro tiene que constituí ria por sí solo en escasos días; y sin embargo, á lo~
ojos de un dios que lo supiera todo, no tendría el mismo peso, el mismo
v'11or que los conceptos nuestros? ..... .
Se trataba, pues, de estudiar 1'1 tierra, que se puede escarbar y &amp;raiiar
y que, á veces, oculta cosas sorprendentes : gus.mos y lombrices, topos y
mus'1rañas; se trataba de lanzar al ciclo-que no ofrece interés, puesto que
allí nada es comestible-una mirada para suprimirlo una vez por todas;
ele reconocer la yerba, la yerba admirable y verde, la yerba elástica y fresc·a, estadio de carreras y de juegos, lecho benévolo y sin límites, donde se
oculta el chicndent útil para la salud. Se trataba aún de registrar en con-·
lnsión, millares de observaciones ur¡;entes y curiosas. Había, por ejemplo, que aprenderá calcular, sin otra guía que el dolor, la elevación de los
objetos de cuya altura es posible fanzarse al vacío; convencerse ele que es
inútil perseguir á los p,íjaros que lcrnntan el vuelo y de que no se puede
trepará los árboles para cogerá los gatos insultantes; clistingnir los lugares asoleados, donde el sueño es delicioso, de los rincones de sombra dond&lt;·
se tirita pronto : notar con estupefacción que fa lluvi,i no cae en las habitaciones, que el agua es fría, inhabitable y peligrosa, en tanto que el fue~'◊ es benéfico á distancia, pero terrible de cerca; observar que en las praderas, en los cortijos y á veces en los caminos, se suelen encontrar gigantescas criaturas dotadas de cuernos amenazantes, monstruos tal ,·ez indulgentes, en todo caso silenciosos, á quienes se puede olfatear indiscrctamenfr
:-;in que parezcan tomarlo á mal, pero cuya íntima inteneión no se conoce;
descubrir, en pos de experiencias humillantes y penosas, que no es J)Crmi,
tido obedecer indistintamente á todas las leyes de la naturaleza en la morada de los dioses; reconocer que la cocina es el lugar privilegiado y el má.,
grato do esa morada tlivina, aunque no se puede permanecer en él á causa
de la cocinera, potencia considerable y celosa; cerciorarse de que las puer
kts son voluntades importantes y caprichosas, que algunas veces conducen
:i la felicidad, pero que con la mayor frecuencia, herméticamente cerradas,
mudas y rígidas, altivas y despiadadas, permanecen sordas á tocfa súplica;
0

admitir, una vez por todas, que los bienes esenciales de la existencia, sni:&lt;licbas incontcstables, generalmente aprisionados en las marmitas y cacerolas, son inaccesibles: saberlos mirar con una indiferencia laboriosmnenh·
adquirida, ejercitarse en ignorarlos diciSndose :í sí mismo qne aquellos son,
seguramente, objetos sagrados, puesto que basta. tocarlos con la punta d,·

nna Jcngua respetuosa p'.:lra desencadenar mágicamente la cólera umí1ümr

••

15

,lormir; de los platos y las fuentes que no contienen nada cuando se os
confían por último, ele la lámpam que ahuyenta las tinieblas y del hoga1·
que reanima los días fríos? . .. iCuántas órdenes, cuántos peligros, cuántas
prohibiciones, cuántos enigmas que es necesario clasificar en la memori:t
recargada! ... Y cómo conciliar todo eso con otras leyes, otros enigmas más
vastos é imperiosos que se llevan consigo, en el instinto, que surgen y se
desarrollan de hora en hora, que proceden del fondo del tiempo y de la
raza; que invaden la sangre, los músculos y los nervios y que se hacen
sentir repentinos, más irresistibles y potentes que el dolor, y que la orden
del amo y que el temor mismo de la muerte! Así, para citar sólo m1
ejemplo, cuando llega la hora del sueño para los hombres, es la hora de retirarse al cubil circundado ele tinieblas, de silencio, en la soledad formidable de la noche . En la casa del amo todo duerme. Se siente uno muy
pc.-queño y muy débil en presencia del misterio. Se sabe que la sombra
está poblada de enemigos que se deslizan y esperan . Son sospechosos lo&amp;
árboles, el viento, los rayos de la luna. !Cuán grato sería ocultarse, hacerse olvidar de todos y de todo conteniendo el aliento! Pero hay que velar; hay, al menor ruiclo, que salir del escondrijo, afrontar lo invisible y
turbar bruscamente el silencio majestuoso de las estrellas, á riesgo de
atraerse la desdicha, de cMr bajo la venganza del criminal. Sea cual fuere el enemigo, aun cuando sea un hombre, es decir, el hermano mismo del
clius á quien se debe defender, hay que atacarlo ciegamente, saltarle al cuello, clavar los dientes, tal vez sacrílegos, en la carne humana, olvidar los
prestigios de una mano y una voz semejantes á las del amo, no callar, no
huír, no dejarse tentar ni corromper, y perdido en la noche, sin socorro,
prolongar heroicamente el alarma hasta el último suspiro.
He aquí el gran deber legado por los antepasados , el deber esencial ,r
más fuerte que la muerte, el deber que la voluntad misma y la cólera del
hombre no pueden desvirtuar. Es toda nuestra humilde historia unida ,í
la del perro en nuestras primeras luchas contra todo en derredor; toda es,1
historia, humilde y tenebrosa, la que renace cada noche en la memoria
primitiva de nuestro amigo de los malos días. Y cu:mdo, seguros, en
nuestras moradas actuales, sucede que castigamos su celo intempestivo, él
nos dirige 1ma mirada de reproche y de asombro, como para decirnos que
estamos en tm error, y que si nosotros perdemos de vista la cláusula capital del pacto de alianza que él celebrara con nosotros en el tiempo en qu(•
l1abitábamos las cavernas, las florestas y los juncales, él permanece por sn
parte fiel á esa cláusula á pesar nuestro, y est.'Í por consiguiente más cerca
&lt;l.e la verdad eterna de la vida, que está llena de emboscadas y de fuerzas
hostiles.

de los dioses de la casa ..... .

Y luégo, ¿qué pensar ele la mesa, sobre la cual suceden tantas cosas
que e.s imposible adivinar; de los sillones irónicos, donde está prohibido

¡ Pero cuántos cuidados y estudios para llegar al cumplimiento exacto
de aquel deber! ¡y cómo se ha complicado el deber mismo á partir del
tiempo silencioso de las grutas y de los grandes lagos desiertos! i Jrra tan
sencillo entonces, tan claro y tan fácil! El antro solitario se abría en el

�¡r,

HE\'b'TA Co.xTElr POR.{1"EA

llaneo de un monte y todo lo que se acercaba, lo que surgía en el horizonte de los bosques ó de las llanuras, ('l'U el enemigo indudable! .... Pero hoy
11ada hay seguro . .. .es ncresario ponerse al corriente de una civili1.~ción qul'
se desaprueba, haciendo cara de comprender mil cosas incomprensibles ....
Así, resulta eridente que el mundo no le pertenece ya al amo, que su
propiedad admite límites incx¡)Heablc, .... Tcncmos, por tanto, que saber
úónde cmpie1.:1 y dónde acaba exactamente el dominio sagrado . i,Quó s,'
&lt;lebe tolerar? lQué se debe prohibir?- He aquí el camino por dond0 lü&lt;los, hasta los pohres, tienen derecho de pasar. lPor qué?- ~ndie lo s:ibc;
es un hecho que se deplora pero que hay que aceptar. Felizmente está,
en cambio, el sendero, el bello sendero privado· que nadie puede hollar;
('Se sendero permanece fiel á las tradiciones sanas; importa no perderlo dl'
,·ista; por ese sendero justamente entran en la existencia los problemas diHciles. lQueréis un cjemplo?- Duermc uno tranqu.ibmentc bajo un rayo
de sol que orla de perlas inquietas, juguetonas, el dintel de la cocina. l.-0s
tarros de porcelana se divierten, dándose empellones al borde ele las mesitas guarnecidas de encajes de papel. Las cacerolas de cobre compiten despidiendo resplandores sobre los mmos blancos y liscs. La hornilla materna.! canturrea dulcemente, arrullando tres marmitas que hierven beatíficamente, y del hueco que le ilumina el vientre, sale con un gesto, burlón
para el buen perro, una lengua de fuego. El reloj, fastidiándose en su armario de encina, mientras llega la hora augusta de la comida, haM ondu lar su gran ombligo dorado y las moscas tenaces zumban con insistencia en
redor de las orejas . Sobre fa mesa reluciente reposan un pollo, una liebre,
tres perdices, al lado de otras cosas que se llaman frutas y legumbres: ar\'ejas, judías, melones, uvas, y que de nada sirven. La cocinera abre un
gran pez plateado y arroja las entrañas ( 1en vez de brindárselas! ) en la
,·esta de las basuras. Ah I la cesta de las basuras! tescrn inagotable, re&lt;'Cptáculo de gangas, joya ele la casa! Se obtendrá su parte de ella, exqui-

:-;ita y subrepticia, pero conviene no aparentar que se sepa. ni siquiera. en
&lt;lónde se halla. Está prohibido estrictamente escarbar en es.~ cesta precioEl hombre prohibe así muchas cosas agradables, y la vida sería triste
y los días pasarían monótonos si se hubieran de obedecer todos los mandatos de la repostería, del sótano y del comedor. Por fortuna, el hombre se
,listrae y olvida las órdenes mismas que prodiga. Se logra engañarle Ucilrnente. Se alcanza lo que se quiere con tal de saber esperar pacientemente la hora. Hay que someterse al hombre y él es el dios único; pero no
por eso se echa en olvido la moral personal, precisa, imperturbable, que
proclama altamente el hecho de que los actos prohibidos se hacen lícito•
úesde que se ejecuten sin que lo sepa el amo. Cerremos, por tanto, el ojo
atento. Finjamos dormir scñan&lt;lo con la hma.-Hola! golpean suavemente en la ventana azul que da sobre el jardín.-¿Qué será?-Nada; !:t
rama de w1 árbol que se a.'lOma á ver lo que pasa en la cocina- los árboles
son curiosos y frecuentemente se agitan; pero no cuentan, no hay qué &lt;lcl'irles, son irresponsables, obedecen al viento, que carece de principios.Pero oigo pascs- ¿qué es esto? i En pie, la oreja lista y la nariz en acción!
,;a.

17
.... No. Es el panadero que se acerca á la verja al mismo tiempo que el
cartero abre una pequeña puerta en la avenida ele los tilos. Son conocidos: está bien .... Traen algo; se les puede saludar; y la cola, circw1specta,
se agita dos 6 tres veces con aire protector-!Pero alerta! lQué ocurre?
-Un carruaje pára ante la puerta principal. Esto es más grave! .... El
problema es complejo- Hay, ante todo, que injuriar copiosamente á los
caballos, grandes bestias orgullosas, siempre sudorientas y empenachadas
y que nunca responden. Entretanto, se examina con el rabo del ojo á los
que bajan del coche. Van bien vestidos y pare&lt;'en seguros de sí mismos.
Probablemente van á sentarse á la mesa de los dioses. Conviene ladrar
sin acritud, con un matiz de respeto, para probar que se cumple el deber,
pero que se le sabe cumplir. Con todo, subsiste una vaga sospecha, y á
espaldas de los huéspedes, disimuladamente, se ollatca el aire con perseverancia parn descubrir cualquier intención oculta.

Pero se oyen de pronto unos pasos que cojean por los lados de la cocina. Ahora es un pobre con su mochila á cuestas; el enemigo esencial, el
enemigo específico, el enemigo hereditario, descendiente directo de aquellos que rondaban en torno de la caverna llena de osamentas y que de
pronto resurge en la memoria &lt;le la raza. Ebrio de cólera, con el ladrido
entrecortado, los dientes multiplic:,dos por la rabia y el odio, vamos á agarrar los talones del irreconciliable aclversai·io, cuando la cocinera, armada
de su escoba, cetro nncilar y perjuro, viene á proteger al traidor; y hay,
entonces, que refugiarse en el cubil, llenos los ojos de llamas impotentes y
torvas, gruflendo maldiciones terribles pero vanas, pensando para sí que
todo ha terminado, que ya no hay leyes y que los hombres han perdido las
nociones de lo justo y de lo injusto ....
Pero, lno es más que esto?-Todavía no. La vida más pequefia se
compone de innumerables deberes, y se requiere una larga labor para organizarse una existencia feliz en fa frontera de dos mundos tan diferentes
entre sí como el mundo de las bestias y el mundo de los hombres . lCuál
sería nuestra conducta si tuviéramos que servir, sin salirnos de nuestra esfera, á una divinidad, no imaginaria y semejante á nosotros mismos, como
que ha brotado de nuestros pensamientos, sino á un dios visible á todas
horas, presente siempre, activo y tan superior á nuestro sér romo somos
nosotros de superiores al perro?

Ahora, para volver á Pelleas, ya él sabe aproxin1adamente lo que hay
que hacer y cómo se debe conducir en el recinto del amo. Pero el mundo
no se acaba eu las puertas de las casas, y al otro lado de los muros y del
seto hay un universo cuya vigilancia no esta á nuestro cargo, donde no se
está ya en casa, donde las nociones familiares cambian de carácter. lDe

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REVISTA CONTE:lfPORÁNEA
REVISTA CONTEMPORÁNEA

qué modo se debe manejar llllO en la calle, en los campos, en el mercado,
en las tiendas? Después ele observaciones difíciles y delicadas se viene ,í
comprender que no es correcto obedecer á la llamada de los extraños, que
basta ser fríamente cortés con los desconocidos que os acarician. Luégo
hay que cumplir ciertos deberes de misteriosa cortesía con los hermanos de
de casta, los demás perros, respetar las gallinas y los patos, darse aires de
no haber notado las golosinas del pastelero, insolentemente ostentosas y al
alcance del hocico, manifestará los gatos, que en el umbral de las puertas
os provocan c:on sus muecas atroces, un desprecio silencioso pero activo y
no olvidar que es lícito y :nm plausible perseguir y cxtrangular los ratones,
las ratas, los conejos salrnjes y en general todos los animales-y hay que
¡:cconocerlo por señales scl'l'etas--que no h,m celebrado la paz con el hombre.

Todo eso y i cuántas cosas más! . . . . . ,¿Será extraño que Pe/leas pareciera con frecuencia pensativo en presencia de estos problemas innumembles y que su dulce y humilde mirada se tornara á veces tan greve y tan
profunda, tan llena de cuidados y de preguntas ilegibles? ...
i Ah! no tuvo tiempo para concluir la pesada y larga tarea que la naturaleza les impone á los instintos cuando quieren ascender hacia 1'égiones
más claras; .. .. un mal misterioso y que parece azotar de preferencia al
único animal que ha. logrado salir del círculo en que nació, un mal indefinido que se lleva ,í los perros pequeños por centenares, vino á poner fin á
los destinos y á la educación de Pe/leas. Le ví, durante dos ó tres días,
vacilru1do yá, trágicamente, bajo el enorme peso de la muerte, regocijarsQ
aún ~t la menor caricia . . . . Y ahora, tántos esfuerzos hacia un poco más
de luz, tánto ardor para amar, tánto valor para comprender, tánta alegría
afectuosa, tiintas dulces mira.das de abnegación, que se volvían al hombre
pidiéndole auxilio contra sus injustos é inexplicables dolores, tántas frágiles luces que surgían de los abismos de un mundo que no es el nuestro,
tántas pequeñas costumbres casi humanas, reposan tristemente bajo un
grande árbol y en la tierra fría, á la extremidad de un jardín.

El hombre ama al perro, pero cuánto más lo amaría si comprendiera
lo excepcional, en el conjunto de las leyes inflexibles de la naturaleza, de
ese nmor que ]ogra, para acercarse á nosotros, frunquear las barreras, por
todas partes infranqueables, que separan las especies! Estamos solos, absolutamente solos, en este planeta del azar, y entre todas las formas de la
sida que nos rodean, no hay una, aparte el perro, que hay:1 hecho alian"ª con nosotros. De los seres animados, algunos nos temen, la mayor
p:ute nos ignoran y ninguno nos ama. Tenemos en el mm1do de las plantas esclavos mudos é inmóviles, pero nos sirven á pesar de sí mismos . Soportan simplemente nuestra ley y nuestro yugo. Son prisioneras impoten-

rn

tes, víctimas incapaces de hufr, pero silenciosamente rebeldes, y apenas las
liemos perdido de vista se apresuran á traicionarnos y vuelven á su libc1·tad primitiva, maléfica y salvaje . Si tuvieran alas, el trigo y la rosa volarían, huyendo de nosotros como los pájaros al acercarnos . Entre los animales, contamos con algunos servidores que sólo se nos han sometido por
indiferencia, por cobardía ó por estupidez: el caballo, inseguro y poltrón,
que obedece al dolor sin apegarse á nadie; el asno, pasivo y callado, que
sólo permanece á nuestro lacloporque no sabe qué hacer niá dónde ir, pero que conserva, no obstante, bajo la albarda, su secreto pensamiento; la
rnca y el buey, felices mientras comen y dóciles porque no tienen desde
siglos atrás una sola idea propia; el carnero, esquivo, sin más gobierno
que el temor; la gallina, fiel á nuestros patios porque en ellos encuentra
más abundante grano que en el bosque. No hablo del gato, para quien somos simplemente una presa demasiado grande, imposible de comer, del
gato feroz, cuyo desdén oblicuo nos tolera simplemente, á título de parásitos o~turbosos, en nuestra propia vivienda. El, al menos, nos maldice en
su corazón misterioso; pero todos log demás viven cerca de nosotros como
podrían vivir al lado de las rocas y de los ,irboles. No nos aman, no nos
&lt;.·onocen, nos perciben apenas. Ignoran nuestra vida, nuestra mueite,
nuestra partida, nuestro regreso, nuestra tristeza, nuestra alegría, nuestra
sonrisa. No escuchan tan siquiera el sonido de nuestra voz, desde que no
amanece, y si nos miran es con el ojo asustado del caballo, aquel ojo en el
que hay algo del enloquecimiento de la gacela ó del antílope que nos ve
por ves primera, 6 con aquel estupor incoloro de los rumiantes que no ven
en nosotros sino un accidente inútil y pasajero de la dehesa.

••

4'9

•

Hace millares de años que están á nuestro lado, tau extraños á nuestros pensamientos, á nuestros afectos, á nuestras costumbres, como si hubieran caído ayer no más, del más alejado de los astros, sobre nuestro globo.
En el espacio sin límites que separa al hombre de todos los demás seres,
no hemos conseguido hacerles dar, á fuerza de paciencia, sino dos ó tres
pasos ilusorios, y si mañana, dejando intactos sus sentimientos para con
nosotros, la naturaleza les diera la inteligencia y las armas necesarias para
vencernos, confieso que yo, por mi parte, temería la venganza turbulenta
del caballo, las represalias obstinadas del asno y el rencor rabioso del carnero. Huirfa del gato como de un tigre, y a.un la vaca, la buena vaca, solemne y soñolienta, sólo me inspiraría una confianza mediana. En cuanto
:i la galliua., con su ojo veloz y redondo, siempre en busca de gusanos, estoy seguro de que me devoraría sin piedad .

Ahora, en medio de esa indiferencia y esa incomprensión total en
que permanece todo lo que nos rodea, en ese mundo incomunicable, en el

�20

~ A ÜONTEMPORÁNEA

que cada cosa tiene su objeto herméticamente encerrado en sí misma, en el
que todos los destinos están circunscritos en sí mismos, en el que no hay,
entre 108 seres, otras relaciones que las del verdugo con la víctima, en el
que no hay nada que sea &lt;'.a.paz de salir de una esfera cerrada, en el que
sólo la muerte establece su cruel relación de catl88. á efecto entre las distintas existencias, en el que nunca se ha dado un salto consciente de simpatía de una á otra especie, solo, entre todo lo que alienta sobre la tierra, ha
logrado un animal romper el círculo fatídico, evadirse de sí mismo para
lanzarse hacia nosotros, franquear definitivamente la enorme wna de tinieblas, de hielo y de silencio, que aisla las categorías de existencia, en el
plan ininteligible de la naturaleza. F.se animal, nuestro buen perro familiar, por sencilla· y por poco asombrosa que nos parezca hoy su ha:zai'ia, al
acercarse tan sensiblemente á un mundo en el que no había nacido, y pa·
ra el que no estaba destinado, ha realizado uno de los actos más insólitos
y más inverosímiles que registren los anales generales de la vida. ¿Cuándo tuvo lugar ese reconocimiento del hombre por la bestia? ¿Cuándo se
efectuó ese paso extraordinario de las sombras á la luz? ¿Fuimos nosotros quienes buscámos al lebrel, al moloso, entre los lobos y los chacales,
ó fueron ellos los que vinieron espontáneamente hacia nosotros? No lo
sabemos. A donde quiera que se extienden los anales humanos, hasta 108
más remotos tiempos, hallamos al perro, como hoy, á nuestro lado. ¿Pero, qué son los anales humanos en comparación de los tiempos ignotos, de
los que no nos queda testimonio? Sea como fuere, le hallamos en las moradas del hombre desde hace tanto, tan en su puesto, tan completamente
adaptado á nuestras costumbres como si hubiera brotado sobre la tierra
conforme es hoy y al mismo tiempo que nosotros. No hemos tenido que
adquirir su confian:za ni su amistad; nace amigo nuestro; con los ojos aún
cerrados, cree ya en nosotros, desde antes de nacer se ha dado al hombre.
Pero la palabra Mnigo no pinta exactamente su culto afect\1080. Nos ama
y nos venera como si le hubiéramos sacado de la nada. EB, ante todo,
nuestra criatura llena de gratitud, más abnegada que la pupila de nueetroe ojos. Es nuestro esclavo fntimo y apasionado, á quien nada desalienta, á. quien nada retrae, cuya fe ardiente y cuyo amor no altera nada. Ha resuelto de una manera admirable y conmovedora el problema terrible que tocaría resolver á la naturaleza humana si una
rara divina invadiera nuestro globo. Ha reconocido leal, religiosamente, de una manera irrevocable, la superioridad humana, y se ha enÚ'egado
al hombre en cuerpo y alma, sin segunda inten~i6n, reservándose de su
independencia, de 8U8 instintos y de su carácter, únicamente aquella porción indispensable para continuar la vida prescrita á su especie por la naturaleza. Con una certeza, una desenvoltura y una sencillez que nos sorprende un tanto, ju.rpndonoe los mejores y loe más poderoaos en todo lo
que euete, hace traición para provecho nuestro, á todo el reino animal, al
que pertenece, y reniega sin escrúpulo su raza, sus semejantes, su madre
y aua BUS hijos.

REVISTA ÜONTEMPOBÁNEA

21

Pero no solamente nos ama en su consciencia y en su inteligencia; es
el instinto de su raza, todo el pasado inconsciente de su especie, según parece, el que se ha dedfoado á pensar en nosotros y en la manera de servirnos. Para hacerlo mejor, para adaptarse mejor á nuestras diversas necesidades, ha asumido todas las formas y acertado á modificar hasta el infinito las facultades, las aptitudes que pone á nuestro servicio. ¿Se trata de
ayudamos á perseguir la ca:za en las llanuras? Sus piernas se alargan desmesuradamente, su hocico se adelgaza, se ensanchan sus pulmones y se
hace más rápido que el ciervo. ¿Se oculta nuestra presa bajo el bosque?
El genio dócil de la especie, anticipándose á nuestros deseos, nos brinda el
zarcero, especie de serpiente casi ápoda, que se deslir.a bajo las más tupidas maler.as. ¿Le pedimos que condur.ca los rebafios? El mismo genio
complaciente le concede el tamafio, la inteligencia, la energfa y la vigilancia. requeridas. ¿Le destinamos á guardar y defender nuestra morada?
Su cabeza se abulta y se.hace monstruosa, para que sea su maxilar más poderoso y temible. ¿Descendemos hacia -el Sur con él? Su pelaje se hace
menos tupido y menos largo para acompaflamos fielmente bajó los rayos
de un sol más cálido. Uscendemos al Norte? Sus patas se toman más
anchas para hollar mejor la nieve, su pelaje se espesa para no tener que
abandonamos por el frío. ¿Le destinamos tan sólo á nuestros juegos, para divertir b. ociocidad de nuestras miradas, para adornar y animar nuestra vivienda? Reviste una gracia y una elegancia soberanas, se vuelve
más pequefio que una mufieca para dormirse sobre nuestras rodillas cerca
del fuego, y consiente todavía, si lo exigen nuestros ca richos, en parecer
un tanto ridículo para complacemos.
No se encuentra, en el inmenso crisol de la naturalem, un sér que
haya revelado igual docilidad, una abundancia t.an grande de formas, una
facilidad tan prodigiosa de adaptación á nuestros deseos, porque en el
mundo que conocemos, entre los genios de la vida, diversos y primitivos,
que presiden la evoluci6n de las especies, rio hay uno solo que haya tenido presente la existencia del hombre.
·
Se dirá tal vez que hemos sabido transformar casi en la misma extensi6n algunos de los animales domésticos: las gallinas y las palomas, los
patos y los conejos, por ejemplo. Sí; tal vez, aunque eeaa transformaciones no puedan compararse á las del perro y el género de servicios que nos
prestan 8808 ·animales pe~nece, por decirlo así, invariable. En todo
caso, que sea esta impreei6n puramente imaginaria ó que responda á una
realidad, echamos de menos, en estas transformaciones, la buena voluntad
inagotable y previsora, el mismo amor exclusivo y sagaz. Por lo demás,
es perfectamente probable que el perro, ó más bien, el genio inaccesible de
su raza, no nos tiene en cuenta para nada y que somos nosotros, sencillamente, quienes hemos sabido sacar partido de las divel'888 aptitudes que
nos brindan los azares numel'0808 de la vida. No importa. Como nada
sabemos del fondo de las cosas, es preciso que nos atengamos á las aparien- ·

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REVISTA CoNTF;MPORÁNEA

cías y es dulce repetir que-al menos en apariencia-hay en este planeta,
en el que estamos solitarios como reyes desposeídos, nn sér que nos ama.

r

Y sea lo que fuere de las apariencias, no es menos cierto que en el
conjunto de las criaturas vivientes provistas ele derechos, de deberes, que
tienen una misión y un destino, el perro es un animal realmente privilegiado. Ocupa, en este mundo, una posición única y envidiable. Es el
único sér vivo que ha encontrado y reconocido un dios indudable, tangible, irrecusable y definitivo. Sabe á quién debe sacrificar lo mejor de sí
rnismo. Sabe á quién darse por sobre sí mismo. No tiene que buscar un
poder perfecto, superior é infinito, en las tinieblas, á través de bs mentiras sucesivas, de las hipótesis y de los sueños. Ese poder está ahí, ante
él y moviéndose en su luz. El sabe los deberes supremos que nosotros ignoramos . Tiene una moral que sobrepuja todo lo que descubre en sí mismo y que puede practicar sin escrúpulo y sin miedo. Posee la verdad en
su plenitud . Tiene un ideal positivo y certero.
Así comprendo yo que, el otro día no más, antes de su enfermedad,
viera yo á mi pequeño Pe/leas, sentado al pie de mi eseritorio, con la cola
cuidadosamente vuelta sobre las patas, la cabeza un tanto inclinada para
interrogarme mejor, tranquilo y atento á la vez, como un santo en presencia de Dios. Se sentía feliz, con una dicha que tal vez no conocemos nosotros jamás, puesto que esa dicha procedía de la sonrisa, de la aprobación
de una vida incomparablemente más alta que la suya. Allí permanecía
estudiando, bebiendo mis miradas, respondiendo gravemente, como ele
igual ,í igual, para decirme sin eluda que, al menos por medio ele los ojosel órgano casi inmaterial que transforma en inteligencia afectuosa la luz de
que gozamos-se daba cuenta clara de estarme diciendo tocio lo que el
amor debe decir. Y al verlo así, joven, ardiente y leal, trayéndome, en
rierto modo, del fondo de la naturaleza infatigable, las buenas nuevas de
la vida, lleno de confianza, maravillado, como si hubiese siclo el primero
de su raza que viniera á inaugurar la tierra, en los primeros días del mundo, no podía yo menos de envidiar el regocijo de su certeza, y me decía
que el perro cuando encuentra un buen amo es más feliz, mucho más que
éste,-mucho más feliz que el hombre, cuyo destino por todas partes confina con las sombras.
MAURICIO

DIOSES MUERTOS•
Sueño con una selva lujuriosa y sombría
Donde sólo los vientos columpien el ramaje
Y donde no perturben el silencio salvaje
~Iás pasos que mis pasos, más voces que la mía.
Donde enhiestos é incólumes los troncos milenarios
Hablen de tiempos idos y de viejas edades
Cuanclo en paz con los hombres las rústicas deidades
Poblaban los augustos senderos solitarios.
Donde al conjuro mágico que lance mi deseo,
Resurja Pan bicorne, y la lira de Orfeo
Repueble con sus notas las regiones desiertas .....
Y allí, mientras se acoplan fogosos y desnudos
Con ninfas y amadríades los sátiros velludos,
Vivir quisiera un día con mis deidades muertas! ....

VIENES A MI. ...
Vienes á mí, te acercas, y te anuncias
Con tan leve rumor, que mi reposo
No turbas, y es un canto milagroso
Cada una ele las frases que pronuncias.
Vienes á mí, no tiemblas, no vacilas,
Y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
Que lo olvidamos todo, vida y muerte,
Suspensos en la luz ele las pupilas.
Y mi vida penetras, y te siento
Tan cerca de mi propio pensamiento
Y hay en tu posesión tan honda calma,

MJETERLINCK.

Que interrogo al misterio en que me abismo
Si somos dos reflejos de un sér mismo,
La doble ene-amación de una sola alma.
ENRIQUE GONZALEZ
•

~1 libro Si/enter, próximo á pub\icarge_

MARTINEZ.

�REVISTA CoNTEMPORÁNEA

LIBERACION
Cantaba fa cerveza sus baladas de oro en los cristales de baccarat. Pulcros ganimedes corrían sólícitos ofreciendo en bandejas de plata los bocks
coronados de blanca espuma. Los buenos gourmels esperaban ansiosos
que los escanciadores descorcharan las botellas, y luego de haber trasegado
el rubio líquido-que salía cha1·latán y regocijado después de prolongada reclusión en su cárcel de vidrio-acercaban sus labios sedientos á los frágiles
bordes y de un beso goloso vaciaban el contenido. A esa boro. el bar se
poblaba de parroquianos. Después de la faena diaria, los dependientes
escapados del mostrnclor, los jefes ele oficina, empleados de la banca, funcionarios respetables, y turistas rendidos de fatiga, llegaban allí huyendo
&lt;le los rigores estivales, para regodearse el paladar con inofensivas ice cr,a,11
sodas ó con la helada bebida germánica.
Un agradable vaho de frescura parecía emanar ele! mosaico bien lavado,
ele las cubiertas de mármol, de las paredes estucadas y hasta del traje albcantc de los ~eseros. Las bujías eléctricas-bolas de alcanfor colgadas
simétricamentc--esparcían su claridad lechosa, nevada y uniforme, que
flordelisaba los rostros. Era una bien acordada sinfonía ele luces blancas,
tami,.adas, que no herían las pupilas con reflejos duros, con brillos metálicos, sino que pulían suavemente las superficies ásperas, las aristas rebeldes, y
apagaban con una blanda caricia los fugaces relámpagos de las miradas.
Hasta los cuadros que decoraban los muros se resentían de esta invasión ele
matices cándidos y semejaban paisajes polares . En el ambiente saturado
de alegría serena, de luz apacible, se sentía refrescarse el cuerpo como en un
baño delicioso, y, producto ele ese gozo físico en que naufrag:iban las tristews, brotab,i la charla amena, discreta, agradable, á veces galante, que se
iba trenzando amigablemente entre los concurrentes.
Los que desfilaban por la acera, bañados por el resplandor de la marquesina, volvían el rostro con gesto rápido y se llevaban en sus retinas la visión de un retazo de felicidad, tras las vidrieras adornadas con rojos cortinajes. Se les veía, antes de salir del abanico de luz abierto hacia la calle,
dirigir una última mirada á aquel animado cuadro flamenco, y alejarse
perseguidos por el tropel de risas frescas y sonoras, de jirones de frases, de
retintines agudos que, confundidos, iban galopando bajo la sombra.
Se adivinaba que era aquel un bar honrado, diáfano y limpio, como una
buena conciencia. Confirmaba este juicio á priori la contemplación de la
plácida faz del cantinero, que presidía desde su chasse longue repartiendo

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pródigamente sonrisas y saludos . Un animado centro de reunión en donde se epilogaban, con paliques salpimentados de gracia y entre sorbo y sorbo, las tareas cotidianas.
Dos recién llegados se detuvieron ante la puerta de lustroso jambaje. A tma suave presión en el pestillo cedieron los batientes y dos cabezas
asomaron. Eran dos jóvenes, parecieron vacilar un segundo, pero luego avanzaron resueltamente, atmque con lentitud. Buscaban sitio. Recorrieron los frescos grupos diseminados aquí y allá, hasta encontrar asiento junto á una mesa aislada. Sobre el fondo blanco del muro se recortaban
sus dos siluetas con trazos enérgicos. En la pared frontera al esconce colgaban los aludos chambergos abollados por la distracción de un ademán.
Callaban ambos, como escuchando la voz de cierta meditación unánime .. . . .Cerca, en el testero, apuntaba la hora la enorme manecilla de un
reloj, y á su mandato, ocho campanadas robustas, ágiles, imperiosas, desfilaron con la majestad de una octava real, marchando al compás del péndulo, enorme lenteja de oro que se encendía y se apagaba rítmicamente
tras del cristal.
-¿Has oído? A estas horas me entra el miedo, me va subiendo b
inquietud con avances de manera incontenible .. .
-Ya te he dicho que son aprensiones ridículas, interrumpió el otro.
-Oyeme. (Y la mirada pensativa de sus ojos overos se clavó con insistencia en los de su interlocutor.) Yo he sido siempre así. Muchas veces
auto-dialogando, me pregunto si no será éste un caso de hiperestesia, de
teratología psíquica. Me he observado, me he convertido en espía de mí
mismo, he penetrado á esa misteriosa Thulé del corazón, me he cletcnido
á la orilla de todos los remansos de mi espíritu, esperando sorprender el
monstruo que ha de surgir ele las aguas azules y tranquilas, pero todo en
vano. Nada hay extraño en nú, nada anormal.
-¿Entonces .?
-Qu~ tengo miedo á la tiniebla, porque mientras duermo estoy despierto, es decir, mientras mi cuerpo reposa, mi alma queda en vela. Al cerrar
los ojos me traslado á mi mundo particular, de uso exclusivo. Porque en
vigilia todos alentamos en m1 mundo común, en el que nos codeamos democráticamente, en el que hay que soportar impresiones desagradables,
transigir con todo, mentir á toda hora por miedo á la tiranía social, refrenar nuestros líricos impulsos y someterlos á camisa de fuerza, ir cercenando al cristal de la voluntad hoy una arista, mañana otra, hasta dejarlo deforme, mutilado, poliédrico, propio para quebrar todos los rayos, pero incapaz para concentrarlos en un foco de fuerza viva. Somos esclavos de fa
costumbre que nos automatiza, de la moda que nos castiga con volubilidad
de mujer caprichosa; esclavos del vecipo que nos observa, del amigo que
JlOS solicita, del acreedor que nos importuna, de la necesidad que nos obliga á trabajar contrariando nuestros gustos y tendencias, del mercader, del
hortera, del automedonte, de los voceadores de periódicos, del superior, de
todos los que se nos echan encima obligándonos á verlos, á oírlos y sobre
todo, á sufrirlos. En una palabra, somos esclavos de la sociedad. El,

�REVISTA Co:sTEllPOH.(~EA

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27

RF.vtsTA CoNTEMPORÁr&lt;r:A

contrato social es una teoría de filosofía barata. Luego, y ésto es m!Í.'l desesperante aún, somc¡¡; esclavos de nosotros mismos. Cuando el alma arrebujada en las circunvoluciones cerebrales ( ¿en dónde reside el alma, s:iñores
psicólogos?) se atreve á iniciar un soliloquio, y empieza á sentir la dulce embriaguez de la propia posesión, ácleleitarse consigo misma como una bella
ante el espejo que le re,ela sus enc.1ntos,cuando empieza á devanar en su rueca
el hilo de oro del pensamiento, entonces los sentidos la llaman imperiosamente Y la sustraen á sus arrobamientos místicos . Pero en el sueño toma su
desquite, vive aparte, divorciada fomporalmente del cuerpo, que en puridad de ,erdad es un marido muy grosero y muy exigente, divorciados
también de esta sociedad idem, y deserta de la lucha innoble, se consuela
ele esta ausencia de belleza, y escapa, emprende viajes deliciosos ú países
remotos y bellos, entre gentes huenas y sabias . Para mí el sueño es tma
~peci~ de novela prolongada. Cada noche recorro un nuevo c,~pítulo, vivido mtensamente . Y es una novela con unidad de acción de lugar, de tiempo: los sueños se van enlazando lógicamente, como 1~ actividad física se reanuda á c.1dii nuevo despertar. Libre, entonces, el alma
ve en las cosns aspectos que la molesta compaliía del cuerpo Je ha impedido
dcse~brir. \'uelve ~ repasar el mundo por su cuenta, á sentirlo no por
med10 de la torpe VJbración de la carne, sino en contacto íntimo con es&lt;'t
naturaleza tan desfigurada al tru,és de los sentidos. Yo creo que la noche
se ha hecho p,u-a la reparación dinámica del organismo y para dar libertad al alma, para que se dilate, que no vaya á perder su elastieidad. ¡Dios
• 1, que• t em"ble tormento es el insomnio! , qué doloroso cautiverio!
m10.
¿Quién ha imaginado mayor suplicio que el de Hamlet? En la noche,
e~ando lo~ seres y las cosas y el color duermen, la naturaleza piensa, el
eielo medita. Allá arriba se abren mil pupilas curiosas que sondean el infinito, se saludan con la caricia de su luz apacible miríadas de mundos .
~ l alma se mece con _voluptuosidad en medio ele esa calma solemne, de esii
s1lene1o&amp;i paz del umverso pensath-o, y entabla amoro..sos parlamentos con
ht naturaleza.
Cuando niño, apenas dejaba mi buena madre sobre mi frrnte su beso
largo, s:1a,:e y callado, parecía qne mi alma recibía su ración de amor y
volaba ¡ub1losa á revolotear entre ángeles y querubes . Al despertar exclama?ª : Mamá, qué bonito es el C'ielo . Ella sonreía . Regresaba de mi
l'la¡e.
Más tarde, cuando al entornar los párpados no sentía el suave aleteo
del ósculo maternal que me traía ,isiones de gloria, mis sueños fueron fugas loras hacia horizontes inundados de luz, hacia cumbres diademadas
por resplandores de vidoria. La ,crdad, la bellcz.-i, el bien, cl(•senvolvinn
ante mí sus mirajes espléndi&lt;los. Enclauotrada en los lihros durante 1n
'"_igilia, sedienta ele saber, enloquecida por una pnsión mística, mi alma,
hbre de las atadura• de 1:t realidad, se abría confiadamente al soplo sereno de la ,crcbd eterna, se embriagaba con esa poesía sublime que destiln
calladamente en el silencio augusto de la naturaleza. A cncla nuevo despertar me sentía duefio ele abundosas provisoncs de esperanzas, saturado el

espíritu con la grata fragancia de mis buenos propósitos. Sí, era una misteriosa y diaria renovación de energías que se desbordaban con el ímpetu
bravo de los torrentes. \'olvía del país del ensueño con la alforja de la
ilusión repleta de rosas recién tronchadas, con el húmedo rocío todavía
l"intilando en sus pétalos sedeños. Hoy el paisaje suiw de mi juventud se
ha trocado en desierto erial alumbrado por un sol de tragedia. La ciencia
me llama con voces incoloras. He c.1mbiado de ruta. )Ii ,~da se habfa
deslizado por un c.~mino sin cuestas ni hondonadas . Jamás sentí l&amp; atracción de los abismos . Jamás una fuerte pasión perturbadora estrujó micorazón. Las pasiones de novela me parecían imerosímiles. Pero hoy, y,i
lo sabes, el amor ha llegado cantarino á despertarme de ese adormecimiento penseroso . Mi corazón ha latido con ritmo desacostumbrado. En un:i
encrucijada de mi camino me he encontrado el i,leal de la belleza hecho
flor aromosii de carne rosada. Todos llevamos la imagen de la beldad femenina y cada mujer que conocemos la comparamos con esa negativa que
se guarda en la cámara oscura del alma. Y decimos: ésta no es, ésta no
es. Algunos nunca encuentran el original y pasan por la vida altivos, desilusionados, pero fieles á la memoria de una amada que sólo en sueños
vislumbraran, envejecen sin renegar de su ideal de belleza, y mueren noblemente con un rictus de honda tristeza, como bttscadores resignados que
no pudieron encontrar su tesoro.
Yo, más afortunado, he dicho en un día inolvidable, a.l final ele Un&lt;L
jornada gozos.-i: ieureka!, porque la vi, porque era ella. Pero, ya lo sabes, amo sin esperanz.~. Llegué al banquete del amor demasiado tarde.
Un seg-;idor dichoso cortó la fruta en sazón. ~Ii alma noctívaga sufre el
tormento de la pesadilla, llora con mis tristezas, se retuerce azotada por el
destino. ¡Oh lcliliae alliorum tempormn! iCómo añoro los sueños plácidos, profundos, llenos de ensoñaciones gozosas, de radianfos amaneceres,
sueños que ponían en mis ojos el dest-Ollo de alegría inforior y en mL~ labios la música de versos bellos y sinceros! Me entregaba al sueño con
amor, saboreando anticipadamente las delicias del viaje al través de lascosas. Ya:nó, un va,,,ao temor se apodera de mí cuando se aproxima la hor:i
en que todos duermen. Si supieras qué pensamientos tan terribles me
asaltan en el sueño·? Son los ladrones que vienen á robarme el te..soro de
mi tranquilidad. Son los demonios que vienen ú tentarme con visiones
hermosas y perversas. No creo en la oneirocricia, pero temo que mi sueño se convierta en realidad t-Olepática. i Qué soluciones tan criminales
doy al conflicto amoroso en que se debat-0 mi pobre a11foiula! Esa idea
que va creciendo sombríamente como un árbol de maldición, que va ahondando su raigambre, acabará por perseguirme implacablemente, lo m ismo
en la tiniebla que en la luz. Será una obsesión que me clavará sus garfios.
Lo peor es que me siento vencido de anfomano. Yo, el animoso, el ~creno,
el recto en el obrar, fongo ahora condescendencias criminales para conmigo
mismo, he perdido la fuerza y el valor. ¿Qué salvaré en el nauímgio de
mi alma?Su voz había tomado entonaciones lúgubres, y se apagaba ahorn con

�REnsTA Cosn:~1ronÁx1u

2!)

28
~o mismo, ('on toda imparcialidad, en que su cara no era una fachada vulgar, de cuerpo humano habitado por alma grosera y sencillota, fiino que
aquel aire meditativo, aquel su mirar franco bajo el arco expresivo de fiUS
('CjaR, su exterior nmahlc y simpático, enm indudablemente la. rcvelal'ión de un e:;píritu culto, el resplandor &lt;le una antorcha que iluminaba
a gwrno el interior. Y así era: á los veinticuatro años Eduardo no tenía
historia. Su vida, como él lo dijo en su confidencia nol'herniega, hahía
8ido mon6croma, normal, sin las intermitencias &lt;le un bohemio, sin lo~
peligros &lt;lel ajetreo mundano. Por eso le asustaban ahora. la rebeldía súbita de su c:orazón, las desviaciones de HU sentido moral. Jinete inexperto
y confiado, al ver encabritarse el eon~cl de su voluntad, creía en peligro su
t·xistencia. Tal, como si el lastre que el estudio y la ml'&lt;litación habian
depositado en ¡.;u alma hubieran sido arrojados de pronto por una. mano
criminal y el gloho de su vida quctlara irremisiblemente perdido . Era h
primera tempcj,;tacl que se desencadenaba en el. sereno mar de su espíritu.
Desconcertado, veía. su bajel combatido por el férvido oleaje de sus pa-

la. fatiga de una qucjn.

Resonaba como una blasfemia en la blanca alegría
del bar apacible. Ifahía hablado sin atropellamientos, sin nervi08idatles, como si aquella confcsi6n se la formulara por centésima vez, casi maquinalmente. Eso sí, rubricaba sus palabra.'i con el noble gesto de sus manos abaciale;.. Calló, y un blanco silencio re!'.lpondió á su interrogación desolada. La~ sillas de.•,cal,e1...'\ban un sueño de nieve, con la tristeza de lai,;
cosas vacías. Los abanicos eléctricos dejaban oír su ronco zumbido de
moscardón. Cerca, en el testero, el péndulo, enorme lenteja de oro, St!
encendía. y apagaba rítmicamente tras del cristal.

De codos sobre el alféizar ,le la ventana, Eduardo Pefiagro.qa-héroc
«le esta verídica narración-contemplaba la calle. Era su hahitaci6n un
amplio cuarto del segundo piso. Akoba y estudio. Un paravml de color
de crisantemas desleídas servía de plano divisorio y ocultaba 1í las miradas
indiscretas el sórdido catre de fierro tomado de orín, la silla vieja, de asiento cubierto de lamparones y en el cual ponía la palmatoria; el ropero hamhriento, que al abrirse arrojaba su luilito mll.1 oliente, y el indispensable
lavamanos empotrado en la pared, con su grifo mal cerrado que goteaba,
&lt;lue goteaba siempre. Aquella espita servía doblemente: abastecía de agua
y medía. el tiempo. Era eaño y clepsidra. Cuanta.~ vece.'3 la. dueña de la
casa había propm~to reponer la llave, encontró una resistencia obstinada
t·n F..duardo. En aquel reloj se tenía la intuición del tiempo, un verdadero cuenta-gotas de la eternidad. El péndulo engaña. á quien lo ve,
porque es una. continua. negación. A poco de verlo nos convefil•c de que
no hay prisa, de que no delicmoi,; preocuparnos por el instante que huye.
El tio-tac es una palabra. que se presta á una variedad infinita. de traduceiones. El sonido puro es algo inmaterial que se esfuma, que no dice nada al oído sordo del perezoso. :So así aquel grifo: dejaba. caer parsimonio:-amente su gota-perla líquida-que rebotaba sonoramente en la album
del alabastro. Allí se veía el lento, el impasible desgrallllr del tiempo, se
cxperimentaha una loca avaricia del minuto. Al volver de la llave, (y
entonces parel'ian abrirse ia..'l fauces ,le bronce en un hostezo de hartura)
Halfa el agua 1í borbotones, y sentía Eduardo eomo un remordimiento de
haber malgastado un puñado de eternidad. Sobre el lavabo colgaba m1
t,,spejo de marco destcfiido. Nuestro soñador, sin ser un NarciAO, gustaba
de vigilal'8e durante una docena de gotas ante la manchada faz de aquella.
luna que no era de Venecia, ni de Alemania, sino que más hicn parecía
ayuna de nacionalidad. Después de la diaria ablución matinal, y mientras
t,,chaba atrás con el peine de púas de acero su cahellera negra. y riwsa-en
rápidos movimientos de impaciencia, como si tratara de limpiar su frente
de malos pcnsamientos-declicaha una mirada distraída á BU rostro de un
hlanoo mate, todavía fresco, á las viriles guías de SUB bigotes, á. sus ojofl
negro.13, rode,ados por un halo penumhroso, que ln cansera del (-studio había puesto en ell08. Finido aquel ligero examen tenía que convenir consi-

siones.
En e(lzemisftrio oriental de 8U cuarto &lt;le soltero se veía la indispensahle me.'18. agobiada. de libros, dispuestos en rimeros atrevidos, como torreeillru, de pensamientos bien alineadas. Ocurría la idea ele que aquell08 volúmenes eran tránsfugas escapados de la.~ celdas sombrías de un estante librero que se codcaha con la mesa, pero luego había. que desechar tal hip6tesis: ~en aquella biblioteca. no había sitio. Cubría le piso de madera una alfombra en la que el polvo y el roce ele 108 piell habían ido amortiguando los
t·olores. Un mode--to ajuar de nogal complet.'lba el menaje. Realmente,
t•l joven estudiante no se curaha ele las apariencias. Habe&lt;l en cuent.'\ qm•
aunque llevaba clos años de hahitar allí, él considcraha su permanencill

CI

(·omo provisional.
Lo que daba un tinte poético á la pohrew. de la celda t!ra aquel tabique de lienzo, color de oro cleerépito, que se diafanizaba, que se encendía
al beso del sol por la mañana y por la tarde. La alegría ele aquella sonri::;.'l &lt;le la luz saturaba el ambiente del cuarto durante el resto del día.
.Justamente en los moment08 en que F.,duardo, de t·1&gt;Clos sohre el alféizar de la ventana, veía á la calle, el sol, un sol madrug:vlor y jocundo, dCR&lt;·«mfo las cortinas de su lecho de nubes y daba. á la ciudad sus buenos días.
En aquella barriada, un tanto lejana del centro, quedaba la parte antigua., de c.'llle,s retorcidas y estrechas, de construccionCf! vetustas y carcomidas. Sin emhargo, algunos edificios de arqui!ectura moderna. se habían
levantado atrevidamente en medio de aquel conjunto abigarrado y asimétrico, y parecían no ver con miracla de reto á los antiguos.
Desde t1u ventana podía el joven PefiagrO!I&amp; abarrarlos lindes de laciu&lt;lad. Caía la luz solar sobre los mil tejados haciéndolos naufragar en un
mar de fuego líquido; quebráhase en loscimhorriosaliftitados de iglesias roñOSM y en el domo presuntuoso de la catedml; rebrillaha en el platino de
los pararrayos, en las vidrieras de lo!! escaparates y en los arneses pavonados; iba rebotando por los bakonnje1,l, por los flecos de las comisas y pren-

�11

30
REVISTA

,!icnclo en ellos la u:·dimbre evanescente de rns barbas ele un oro canoso .
Alongando la visu:11 haci:1 el Sur se distinguía ht plateada cinta jl1múnis
que iba culebrc,mclo coquetamcnte llanura abajo hasta perderse en la lx,nosa lejanía. De este lado, llruse:uuente, sin transiciones, se detenía la
polllación como sorprendida por la presencia ele aquel ancho río que pasaha. á sus pie3 murmurando no s¿ qui! amorosas endechas, C'anta.ndo á media
voz olvidadas y alegres llam1r0las .
La casa en que hallitab.-i Eduardo estaba apretujada cutre dos palacetes que lucían su vestido nncYo ele azulejos. En su fachada hallfo. dejado
huella perenne hi pátina del tiempo. Sus maderas sabían de la furia de la
tempestad, del lloro silencioso de las lluvias de in'l"ierno, de la queja de
doliente marimba que el cierzo frío, al filtrarse por las rendijas, ibadejan&lt;lo como desgarraduras de almas errantes y dispersas. Aquella su faz arrugada y íosca se alegraba en la primavera con la verde sonrisa de una parietaria que cada año ensayaba trepar _d e hueco en hueco y de ventana en

ventana., hasta encaramarse triunfa.dora sobre la. mismísima frente venerallle, después de haber clistendido su cortinaje, para morir luego rimando
,-on la tristeza de las tardes autumnales.
'fün estrecha era la calle que pan,&gt;cía que las casas y balcones se habían

enamorado y querían besarse.

A!-lí Iué como, un día, sin quererlo, vió

Pcñagrosa que enfrente, es decir, á seis metros de su buharda, y en un segundo piso como el suyo, se instalaoo una familia desconocida. Así fué
como, la tarde rle ese día, cuando segtín su costumbre leía una bella página de antor prcclilecto, sintió en sus ojos el latigazo de una llamarada súbita y volviendo la cabeza vi6 en el llalcón de herrajes orinientos á una joven que era un pleonasmo, porque era la luz sumada á la luz. Rullia, alta, ele busto eurítmico, de rostro oval. Recordaba las heroínas de Barbey
D' Aurevilly. En su cabello anrino, ligeramente ondulado, detonaoon las
bojas sangrientas de dos claveles . Rimallan sus ojos verdes de ondina una
mirada cariciosa que &amp;tifo. despedida como un dardo llajo los ,1rcos de oro de
sus cejas rafaélicas . Sus lallios crcmcsinos se apretab.-in como sujetando
el ala invisible de un Ileso próximo á escapar.
Veía por primern vez, desde aquella altura, la calle angosta y sinuosa
que se animaba con el ir y el venir de las gentes al atardecer. Observaba
las casas, cuáles 1·isuefias, cuáles severas, ora recién enjal bcgadas, ora con
chorreaduras que pregonaban el descuido ó la miseria de sus propietarios.
Lo que la indemnizaba de la fealdad de las aceras eran aquellas dos elegantes residencias en que espejeaba el ladrillo vitrificado . De mal grado dellía de estar en tan embarazosa compañía la casita de dos pisos que miraba
tristemente pcr los cuatro ojos ele sus desconchados ventanales . - Pero,
mamá, mira, asómate: una ruina entre dos palacios! Luego, viendo llajo
el alero de tejas de barro una gárgola fatigada al peso de las primorosas
hojillas lanceoladas de una hiedm japcncsa, exclamó : iQué exuberancia de trepadora 1 ¿Te acuerdas de la que dejamos abandonada en nuestra
casita solariega? . . . . Por fin sus ojos se fijaron en Eduardo Pefiagrosa,
quien la contemplalla arrobado. Sintiéndose observada pcr aquel joven ele

CoxTE~rPOllÁNE.,

mira pensativo y profundo, hizo un gracioso mohín con su boca reidora y,
girando sollrc sus talones, desapareció en el vano de la puerta.

1.

-.

Escrillía en su diario con mrrno fcuril . Yiolaba la virginidad de aquella página con su letra apresurada y nerviosa, casi ininteligible . Su pensamiento iba fluyendo, se desbordaba. Dcslizábrrse la pluma en una carrcrn
frenética, como perseguida pcr un enemigo invisible . Las ideas eran su
espolique. En aquella cabeza rugía una tempestad. La pluma era el
pararrayos por donde se escapalla atropelladamente, con chasquidos ásperos, el exceso de electricidad interna. A no ser pcr aquella acerada puntita que volalla loca sollrc la albura inmaculada, habría estallado aquel
l'ráneo.
1
'

Tristis est anima 11tea ttsquc ad ntor!em .

Llora, corazón mío, tu des-

ventura. No hallrá consuelo para tus dolores truculentos. Hoy he sabido
al fin la triste verdad. Me la hallía hecho sospechar su eondneta ambigua. ¿Por qué si me amaba se mostraba tan e..squiYa? Ha sido un llreve
idilio que presiento acabará trágicamente. Quedaban todavía palpitantes
de emoción en el ambiente de su boudoir las notas doloridas de un wals.
Yo no sé qué había en aquella música que me inquietaba, que me afligía.
Dijérase que el teclado solloza!:,,~. Una melancolía sutil me iba invadiendo insensiblemente . Tal vez la luz que, sabiéndose indiscreta, se marchaba sin ser vista. Tal vez aquella polüonía que trucidaba el alma. Lobreda. En la semioscuridad vesperal las voces del clavicordio me parecieron
fosforecer. Las manos lilialcs hacían levantar el vuelo á un enjamllre ele
notas. Los sonidos chisporroteaban. ¿Era un espejismo del oído? ¡Qui
lo c!,á! Lo que recuerdo bien es que sus dedos nerviosos recorrían el teclado como poseídos de un extrnño vértigo, y arrancallan notas rojas, como
manchas de sangre, notas azules como el color ele las aguas misteriosas y
profundas, ,-erdes corno las aguas del pantano, blancas y moradas, en una
deshojazón ele nardos y violetas. Yefa, no oía . ¿Por qué extraño fenómeno mis ojos traducían el sonido, y l:i agonía de aquella queja modulada en
el piano era resplandor lívido, morillundo, que anegaba mis retinas? Al
&lt;·esar la fuga ele chispas sonoras las manos a batiéronse como dos palomas
fatigadas. Re oía la respiración jadeante de su pecho adorable y el latir
loco ele nucstrns corazones . Hubo un silencio desconcertante y pavorido.
Lentamente fué doblando su gálilxi divino como un lirio del valle, marcidado pcr las brisas otoñales. Hundió su rostro en el cuenco de sus manos
y desató el raudal de sus lágrimas que caían copiosas, que se desgranaban
gemidoras bafiando las dos valvas rosadas. Su lloro era lluna ele cliamantes claros, perlería ele luz en la noche desolada de mis tristezas. Quise consolarla. Yo también gemía. Mis palabras se anudaron en mi garganta.
Cogí sus manos . Palpitaban entre las mías t&lt;lmhlorosas, como pajarillos
prisioneros... ¿Por qué lloras, amor mío? .. ... La tenía junto á mí. Tras
la llu,-ia de sus ojos llrillaba como un iris la sonrisa de su mirada.

�REVISTA CoNTEMl'ORÁNEA

oro de sus cabellos tentó mi codicia. Las pomas maduras de su rostro,
con leve pelusa de albérchigo, me brindaban su almíbar deleitoso. Tan
cerca de ella, respirando su aliento, oliendo á salud, á frescura capitosa,
oyendo el ritmo acelerado de su sangre, no fui dueño de mis apetitos moceros, y puse mis labios ávidos en su blonda cabellera, sobre sus párpados
húmedos y trémulos; sequé sus lágrimas que corrían por sus mejillas corno
,liamantes líquidos por campos de seda, y persiguiendo uno, fui á probar la
delicia de un beso robado ,¡ la fuente sellada de su boca. ¡ Oh, dicha inefable ele aquel instante de amor! i Quién te me diere, quién te me diere
otra vez! Me rechazó con la suavidad de un reproche. Me Jo iba á decir.
No podía ocultar por m,is tiempo la verchd terrible que poll(b-ía un muro
entre los dos. Me hablaba por última vez, para siempre, para nunca.
Pero qué decía? iAh, sí! Aunq_ue nuestras almas se habían adivinado
ella era de otro. Lo odié antes y Jo odié después de saber q_uc era noble,
bueno, amante y que sería feliz. Ella se resignaba á la voluntad materna.
Estaba escrito que uniría sus destinos al ele aquel hombre que la tomaba
bajo su admiración y bajo su protección. No lo amaba, pero era preciso.
El mundo tiene sus ironías.' 1

«Quitádome has mi corazón, amada mía, quitádome has mi corazón,
Amor mío, paloma mía, mi sin manci1la, no sabes que es fuerte como la

muerte el amor? .... .. ..... .. .................... ..... .. .. .. ..................... »

Después de la conlesión amical en que dijo á sn camarada todas Jru, inquietudes que atenaceaban su alma soñadora, después de esa página escrita. en momentos de crisis pMional, después de una noche de insomnio , larga como una estepa en un país de pesaililla, quedó Eduardo sumido en
una especie de atonía moral. Aquel derrumbamient-0 de sus ilusiones le
anonadaba. Sin embargo, no se resignaba á la abdicación silenciosa y callada. Aunque sus labios permanecían mudos su corazón estallaba en tma
protesta resonante. Bajo la tranquilidad aparente de su faz empalidecida
habría sido difícil diagnosticar una conflagrnción interna, apenas vislumbra,fa en el exterior por fugaces relámpagos que reventaban en las pupilas.
Se trn.taba de un drama á telón caído, un drama de transpiración hacia
:tdentro. No podía ser. Se rebelaba contra aquella injusticia, contra
aquel funesto derecho del primer oa,pante. Tan ridículo era ese derecho
de primogenitura, que Esaú le &lt;lió á cambio de un plato de lentejas. El
anticip,irse no significa invariablemenfo una aptitud superior; es, muchas
reces, el resultado de la sucesión cronológica. El que logra burlar al tiem
po, adelantar su tnrno, ese, como Jacob, merece el galardón. Luego, le
parecía criminal la decisión de una madre que entregaba á su hija calcula,lamente, encadenando su vida á la de un hombre vulgar, con la misma
Iría impasibilidad conque el joyero aprisiona la perla entre Jru, garrru, de
una cruel montadura. Más oiliaba ahora esa sociedad tocada de abulin,
cuyos representantes legitiman alianzas monstruosas, y que sujetan la ex-

fu:VIST A Co:-;TEill'OR.ÚIEA

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presión no aprendida del amor á la rigidez bizantina de un pacto escrito.
iComo si una rúbrica fuera otra cosa que una fórmula risible, y como si
un corazón pudiera hacerse responsable de sus ritmos futuros! Su cerebro,
desintegrado por un exceso de cultura mental, lo llevaba á concepciones
absurdas ó ingenuas, alineando los razonamieutosen teorías desconcertanfos. Alicuando, ele un vuelo violento trazaba puentes invisibles por sobre
abismos insondables y, anclando en repechos vertiginosos ó en cumbres
solitarias, contemplaba el panorama de la vida en escorzos atrevidos. ¿La
vida? Af,ín imítil . Resplandor de un segundo, que ,il extinguirse hace
más negra la sombra. Vibración que se pierde en el vacío. ¿Qué significa ese esfuerzo de nadadores en alta mar? Para qué luchar rabiosamente
contra una ola si otra ha de ser nuestra mortaja? La lucha es ilógica,
más aún, es como un refinamiento de perversidad. Porque, sabedlo, en
cada hombre se oculta tm verdugo. Prolongamos nuestra vida, es decir,
nuestra agonía, con un afán inexplicable, saboreando el placer del sufrimiento, amargo como el cítiso. iMorir! he ahí la salvación, he ahí la felicidad, be ahí el triunfo de la vida. Porque no hay que olvidar que la
existencia. es un camino, nó una morada; un medio, n6 una finalidad.

Y este pesimismo en que había caído por su fracaso amoroso le presenti1ba él suiciilio como un deber, como una abreviación generosa de su vida
fatigada y estéril, y lo hacía encariñarse con aquel proyecto de fuga que su
alma nostálgica le proponía en sueños y que á él le correspondía llevar ,í
feliz término.

Dejó atrás la ciudad y cruza por terrenos labrantíos, en donde los amelos urden la trama de los surcos al compás del chirrido monocorde de la
reja. Por el sendero, bajo la umbría de copudos olmos, pasan emparejados m1 mociüo y una campesina, que hacen un pareado de amor. Desgrana ella la sarta perlina de su risa crómatica y él la recoge en sus labios como
agua de manantial á flor de tierra. Un viejo rabadán, cayado en mano,
custoclia su rebaño de ovejru, blancas, y el alegre tañir de la esquila bucólica se va difundiendo por sobre la mansedumbre de los campos soleados y
verdecidos en diáfanas ondas de frescura. De lo alto desciende tma lluvia de paz. El silencio del azul se torna en la pradera rumor musical.
Una niebla de harmonía abscondita va ensayando uu lento vuelo hacia b
altura. Cada ser y cada cosa tienen su voz, ponen su vibración en esa polifonía de la naturaleza.
En un remanso muy azul, muy profundo, acotado por barrancos ásperos, donde el río hace una pausa antes de seguir su camino, donde hay
mucho olor á tomillo, á heno verde recién tronchado, busca Eduardo donde recostar sus tristezas y se tira de espaldas sobre el tupido herbazal. En
la arena del ribazo, cubierta de verdín, se persiguen lru, mariposas y los
caballitos de élitros rumorosos. Una golondrina pasa rozando el agua.
Oyese el sonoro chapuzón de una rana. Paz. Paz.

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REVISTA CoNTEUPOR.úm.~

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REVISTA CoNTE"PORÁNEA

Aguzado su oído en medio de la calma eglógica de la tarde, escucha
distintamente las calladas· voces que pueblan el aire, percibe el ritmo de la
savia y el cuchicheo de las frondas. De pronto, dominando todos los rumores, se oye la canción lírica del río:
•Vengo de tierras lneñes. Salgo de mi prisión subterránea, alegre y
espumoso como el vino castellano. Bajo rebotando de peña en peña, quebrando mis chorros de cristal para ver como juega en ellos el rayo de sol.
Allá en la sierra, y en las cuestas, antes de llegar al llano, mis linfas son
claras y se tiñen de irisaciones maravillosas. Soy feliz en la montaña,
porque los pinares arrullan mis sueños infantiles con sus graves cantos de
abuelos y me acarician con su sombra trémula que va rozando mi faz de la
maíiana á la tarde. Por las laderas, sobre los guijarros, entre la brava
maleza, voy dejando la espuma de mi risa juvenil que revienta con cascabeleos argentinos . Soy la alegría, soy el amor de la pradera. La beso voluptuosamente y fecundo su seno .
Amante y poeta. Antes de sentir la fatiga del camino, cuando mis
aguas no han sido enturbiadas por el limo impuro de otros torrentes, he
sabido de tiernos idilios en remansos plácidos, de nupcias secretas con laR
riberas de rincones inéditos, y he madrigalizado la sonrisa de las flores, la
sombra pensativa de misteriosos parajes, y la caricia del aura leda. Cuando las mozas se baíian me estremezco de voluptuosidad, tiemblo de júbilo
al ir envolviendo sus carnes mórbidas, sus senos opulentos, al resbalar por
el nieve y rosa de sus mejillas frescas .
He amado y ahora voy triste y emperezado, con la nostalgia del reposo en un lago de aguas inmóviles.
Joven que llegas á mí en busca de quietud : lsufres? Te azota el destino, te rechaza la vida? Ven, abrázame, oye la voz de un viajero que
después de haber bebido la sonrisa de la luz, y el aliento de las florestas y
em briagádose con el vino de la vida, encnentra que el vivir es tedioso y pe&amp;'l con gran pesadumbre.
Te nngiré con mi ósculo paternal y llevaré el
uespojo de tu cuerpo sobre mis espaldas movibles, por entre juncales y espadañas, escoltado por coros regocijados de aves, hasta m1a orilla muy lejana y soledosa, donde hay arenas resplandecientes, rumores apacibles,
ondas nemorosas que depositan su beso casto sobre la playa tranquila .•
Así cantó el río cadenciosamente. Pareció que su confidencia asombraba á la naturaleza, porque la brisa se detnvo á escucharla, los sauces
aproximaron sus ramas melancólicas, los pájaros ahogaron sus gorjeos, y la
selva contuvo su sinfonía. La emoción prolongaba el silencio . ....
Eduardo vió las aguas del remanso que rebrillaban con tonalidades seductoras . Alli el verde glauco ele los ojos adorables, el rosa y nácar de la
amada, la risa musical que . brotaba saltarina de la boca llena de gracia
moceril .
La sugestión fné completa. Por los ojos, por los oídos, le entró unanhelo infinito de sumergirse en aquel charco profundo de linfas cristalinas.
Desciñóse las ropas con lentitud, como si no quisiera turbar el encanto de
aquella hora con un movimiento de presura. Hundió sus piés en la mem1-

•

1

da arena y sintió cómo las aguas se abdan blandamente y recorrían su
cuerpo con el temblor de mnchos besos. Antes de hundirse se despidió de
aquellos árboles amigos, del rincón en que recostara sus tristezas, del cielo
que lo miraba impasible; los vió largamente con la mirada gozosa con que
un cantivo dice adiós á sn celda. El espejo de linfas claras se rompió en
mil pedazos, como si el deseo contenido hubiera estallado en un abraw impetuoso .. ... .
Una burbuja fué hinchándose en el centro de las ondulaciones. Un rayo del sol occicluo, que atrevesaba el altivo fastigio de una fronda, caía sobre la ámpula, matizándola con celestes palores. Copióse rm instante el
paisaje vernal en la diafanidad de aquella campana y luego se deshizo con
un leYe chasquido. Era la explosión de rma alma que se espaciaba, que
se fundía en el alma universal.
Atru-decía ... . Rodaban por la llanura los últimos ecos de l,1 luz. En
el confín lejano se desperezaba la onda lírica de un ensueño.
JoEL

ROCHA.

�••
00'

DESVIO

1

'

Sopla el viento del estío,
y el saúz, en un arranque
de amoroso desvarío,
quiere arrojarse al estanque
para romper sn desvío ....

•

Mas el cristal empaliado
no ve el ímpetu amoroso:
por siempre estará callado
en actitud de reposo.
. . .Se dice que está encantado.
¿No te mueve la canción?
lno te despierta, bien mío?
Pues dice en sn triste s6n,
que el estanque es tu desvío,

y el satíz, mi corazón.
MARÍA

ENRIQUl~TA.

•

•

SOBRE LA COMEDIA ESPAÑOLA
Desde el segundo tercio del siglo XIX, los trabajos de Wolf, de
Schack, de los dos Hegel en Alemania, de Hartzenbuch, de Lista, de Guerra y Orbe en España, han ido generalizando entre nosotros un estudio al
cual ni los escritores ni el público habían consagrado esfuerzos y atención:
el de la historia de la literatura castellana, en particular de la dramática,
que en ningún país del mundo ha llegado jamás al esplendor que alcanzara en la gloriosa España de los Felipes.
Mucho se ha escrito y mucho ha de escribirse todavía; el tema es rico
por demás y cada vez se hace mayor la afición de los literatos :í esta clase
de estudíos, cuya importancia es bien notoria para ponerla en tela de discusión .
Se dijo hace mucho tiempo y se repitió hasta la saciedad, que la literatura dramática estaba llamada á desaparecer de entre las formas literarias del porvenir.
Se adujeron razones como éstas: que, en tiempos en que no existía la
novela, forma literaria que más se aviene á tocios los movimientos de la
pasión y á todas las enseñanzas, el drama había respondido á necesidades
de gobierno, de religión, como el medio más fácil para llevar todos los principios al alma de las colectividades; qne los espíritus que aún no sabían
hurgar entre las lúieas de la página escrita en busca de ideas y de bellezas
y ele verdades, habían tenido necesidad de llevar á la escena ideas y verdades y bellezas para verlas ahí palpables, de carne y hueso, moviéndose en
el mismo ambiente de la multitud; pero que los espíritus cultos, exquisitos, preferían la lírica con su mundo muerto al cual da vida la imaginación del lector, y que bien pronto la novela arrancaría al drama el reinado de las muchedumbres.
Le dijeron Próspero Merimée y Paul Luis Courier, y tras ellos no faltó
quién se declarara campeón de tal idea.
De esto hace mucho tiempo, la novela ha triunfado, ha sentado su imperio en el espíritu popular: pero ¿1a literatura dramática ha perdído terreno, se ha declarado en completa derrota y abandona los teatros, antes
que por ella, abandonados por sus fieles de antaño, que en la soledad del
gabinete saborean hogaño los frutos líricos, hastiados ya de las puerilidades é inverosimilitudes de la dramática?
Bien claro hemos visto que tal no ha sucedido. Autores y escuelas

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REVISTA CoNTEMPORÁNEA

REVISTA Co~'TEMPORÁKEA

Y astutas, los escuderos confianzudos y atrevidos, los graciosos siempre en
el exceso de la chocarrería.
Todos, sea cual sea su posición y calidad, barajan asuntos mitológicos, religiosos, científicos; se echa mano en cada comedia de los mismos
recursos-( Calderón repite más de una vez los recursos de su Casa con dos
pue, tas, mala es de guardar,'' una de las mejores, si no la mejor de sus comedias)-y la escena c&lt;imbia de lugar con no poca frecuencia.
Durán, á quien cita Wolf, explica estas circunstancias diciendo:
«Xuestro genio especial abarcaba un inmenso espacio poético; para tenerle
susp?nso y entretenido en el teatro, necesitaba una historia entera, un poema ep1co completo. Poco nos importaba que el poeta corriese de Oriente
á Occidente, que pasase de siglos á siglos; pues como nuestro drama era
una historia, y eso buscábamos ahí, volábamos en el teatro con el poeta,
como seg¡úamos en un libro al historiador. La curiosidad que nos conducía á la escena, y nuestra imaginación, abarcaban la~ creaciones del ingenio; Y ya en el cielo, ya en el abismo, estábamos contentos, así como en
la tierra veíamos al héroe que con hechos maravillosos, intrigas complicadas, combates íntimos de pasiones, cuestiones de punto de honor, galantería, metafísica, acciones caballerescas y religiosas, nos reproducía á nosotros Y á nuestros íntimos sentimientos. Y ni aun eso bastaba para
construír el drama popular. En ello ciertamente consistía su esencia;
pero por su parte de ornato, exigía nuestro gusto y nuestra tendencia natural, que se revjstiese de todos los tonos de la poesía; necesitábamos, en fin,
que la lírica, la épica, la narrativa, ostentasen todos sus recursos en el
teatro, porque, acostmnbrados á la gala, los oídos españoles no podían renunciar, ni aun en el drama, los encantos de sus variados y armoniosos
sonidos.•

aparecen aquí y acullá, el público llena como siempre los teatros, los triunfos escénicos menudean, y la literatura dramática, la que más responde ,.¡
las necesidades de nuestra cálida imaginación latina, continúa su imperio
sobre el alma de la multitud.
lQué ha hecho para escapará la derrota? Ha evolucionado, se ha
modificado . Podrán morir estilos y escuelas y tendencias, pero en todos
los pueblos y en todas las épocas, florecerá esa literatura mararavillosa que
ha logrado encadenar en las cárceles de un tablado, á la humanidad entera, con sus miserias y con sus locuras, sus desvaríos y sus grande1,as.

Si por un extraño encantamiento pudiésemos llevará nuestro,público
al Corral de la Pacheca á presenciar una representación calderonian&lt;L, ,í
buen seguro que en vano esperaría el maestro de la dramaturgia española del
siglo de oro, el i Vítor Calderón! de los alborotadores mosqueteros del patio, de las tapadas de ·¡a cazuela, de los señorones y damas de los aposen tillos; y acaso el público bostezara ante Jusepa Vaca recitando y cantando
los entremeses de Luis Quiñones de Ben avente, y no sería lejano que la representación no pasase de la loa.

Y nuestros espectadores no se contentarían con los discreteas de galanes y de damas, y las chocarrerías de escuderos atrevidos, y las bufonerías
de los imprescindibles graciosos, y las mañerías de las tapadas, y las extrañas curaciones de los médicos de su honra. Pediría algo más: la intensidad de la pasión, el color y la luz de la vida palpitante y sensible; algo
que estrujara sus nervios y les proporcionara el placer de la emoción estética, más fuertemente que la versificación galana de aquellos emperadores
ele la I"ima.
Pero d&lt;Ldle la ficción dramática más cercana á la verdadera vida ofrecedle sobre el tablado la representación de la vida real hermoseada 'por el
aparato escénico, hecha más sensible por una sabia síntesis en la que lo
accidental ó episódico no embaraza el curso de los sucesos principales, y la
obra teatral habrá respondido á las necesidades del hombre del día, como
aquella que hoy nos parece inocente y conceptuosa y amanerad:1, pero
siempre grande y bella, respondió á las de los castellanos de la época gloriosa de los Felipes .
Que el mundo de la escena tenga más puntos de contacto con el mundo real, que la acción fingid" no se aparte en absoluto de lo que pudiera
ser la acción efectiva; que los personajes representen verdaderos caracteres y no ' máscaras convencionales" repetidas hasta el infinito, he aquí
lo que la evolución ha ido consiguiendo en la forma dramática.
Basta leer unas cuantas comedias ele! gran ciclo español, para apreciar
,ista evolución.
Desde que Lope hizo nacer de su genio maravilloso la verdadera comedia española, que él •recibiera rústica y tornara dama», hay en la dramática castellana tipos convencionales que no cambian jamás, que hablan siempre lo mismo, que lo mismo piensan, que obran de igual manera en todoe
los casos: los galanes discrcteadores y conceptuosos, las damas pasionales
1

39

..

He aquí una exacta pintura de lo que el teatro español era en aquclln.
época. La trama, los lances, la versificación conceptuosa y brillante, propia pam halagar aquellos oídos acostumbrados á la alabanza que el mundo
entero prodigaba al gran pueblo en cuyos dominios no se ponía el sol; ahí
estaba todo. Caracteres, no los había; verdad, no era menester para
cautfrar al público ele los corrales. En la escena, un&lt;c adorable impropiedad que no preocupaba ni poco ni mucho á los espectadores.
Dice :Moratin, en su Discurso P1eli111inar, publicado al frente de sus
fümedias: C&lt;La escena se componía de cortinas de indiana 6 de damascos
antigi1os, única decoración de las comedias de capa y espada."
Habla de los teatros como de unos grandes corrales á cielo abierto con
unos tres corredores, bajo los cuales tenían que refugiarse los espectadores
C'Uanclo llovfo. Don Julio Monreal, en sus "Costumbres del Siglo XVIIEl Corral de las Comedias,'' describe los de la Cruz y La Pacheca, los primeros de E.spaña, los que cobijaron los éxitos de tantas maravillosas comedias que han sido asombro de los pasados siglos y lo serán de los venideros.
Apenas si á mediados del siglo XVIII, se mejoraron en algo los teatros españoles que "por espacio de siglo y medio habían sido indecente asilo de
las nnrnas españolas."

�40

fü:nsT.\

CoNTE)IPOR •.lN EA

En cuanto tí los trajes, dice el mismo Moratín: "La propiedad de los
trajes correspondía á todo lo demás: baste decir que Semiramis se presentaba al público peinada á la papillota, con arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de mulos, escusalí, tontillo, y zapatos de tacón;
Julio César, con su coron.i tic laurel, peluca de sacatrapos, sombrero do
plumaje debajo del brazo i1.quierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la virulé, su cspadin de concha y su corbata guarnecida de
encajes. Aristót&lt;iles, ( como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca redonda con solideo, casaca abotonada al cuello, medias moradas, hehillas de oro y bastón de muletilla."
El lenguaje era de todo punto impropio; la trama, llena de episodios
que entorpecían la acción principal; la escena estaba en eterna mudanza,
tan f,(cil de conseguir en la tramoya de aquel tiempo, que bastaba con
que los actores dijeran, saliendo por una parte y entrando por otra: "ya
llegamos al palacio-estamos en mitad del bosque-hemos llegado á la calle,'' 11am que el buen público, encantado con la versificación de aquellos
músicos de la palabra, de aquellos que al habla castellana, sonora y poliformc, supieron exprimir todas sus dulzuras y todas sus cadencias, se juzgase en el pahtcio, en la calle, en el bosque, por más que mano de tramoyisb alb'llno hubiese tocado los burdos cortinajes del fondo.
:m público quería divertirse, se divertía y no pedía más, le seducía el
lenguaje lleno de atrevidas figuras, de términos sonoros, ele frases contorsionadas, y eso habfa que darle y se le daLa, puesto lo mismo en boca de un
príncipe que de un palurdo.
Hubo un hombre que inició y llevó ,¡ cabo una revolución en la comedia &lt;le aquel tiempo. Este íué un poeta mexiéano, Don Juan Ruiz de
•Uan·ón y Mendoza.
Dice Don Juan Eugenio lfartzenbuch, en su erudito estudio sobre las
comedias del poeta corcovado: "lín hombre oscuro, traído de las Indias,¡
España, por el deseo de mejorar fortuna, emprendió y consiguió !oque por
falta ,le rnhmta&lt;l, intención ó peculiares disposiciones no lué dado acabar
,¡ Lope, á Tirso, á Calderón de la Barca, ni aun á Moreto, el grnn perfectionador de invenciones ajenas. Este hombre que desde Espafia prepaní
el ad,enimiento de )foliére, del poeta cómico por excelencia, fué Don
Juan Ruiz de .\.Jarcón. Ninguno se dedicó de propósito como él, á este
género de poesía fructücra, rnadum; ninguno dejó, como él, modelos de la
comedia ele carácter, modelos imitados después por nacionales y extranjeros, y nunca excedidos. La novedad que Montah-án admiraba en las comedias de Alarcón, noredad que llegaba para él hasta la extrañeza, no podía consistir en la trama ni en los !:mees, porque en eóio cada autor se esforzaba por ser nuevo: .tenía que nacer principalmente deque Alarcón pintaba caracteres morales entre poétas que sólo pintaban caracteres caballerescos; tenía que nacer de que 11.larcón aspiraba á corregir, entre poetas
que sólo se proponían deleitar.''
Representa esto una verdadera modificación, un paso más hacia el
perfeccionamiento de la forma escénica: en Alarcón, los personajes no

REVISTA Cox11mroRÁNEA

41

son ya precisamente máscaras convencionales, figuras siempre lus mismm:;
son hombres y mujeres humanos hasta donde es posible serlo en la ficción
teatral, movidos por humanas pasiones; la trama empieza á tener un fin;
&lt;le la representación se detlnce ya alguna enseñanza; el mundo escénico va
acercándose poco á poco al mundo real; empieza, en fin, á haber verdad,
lo que tanto tiempo se pospusiera á los recursos ingeniosos y ,¡ los floreos
de retórica en que fueron maestros inimitables los dramáticos del siglo de
1

ºº

oro .
Los personajes que se agitan en las escenas del poeta mexicano, no son
manequíes movidos según el gusto del público ele los corrales: son seres que
hablan y piensan más ó menos como la generalidad ele los mortales, y las
pasiones se manifiestan en ellos de igual manera. He aquí que ya apnre1·en los caracteres principales de la comedia de costumbres, pintura de la
,-ida, espejo de los vicios y virtudes sociales, que cumple sahiamente el
precepto horaciano de ensefiar deleitando.
El teatro, sin dejar de ser lugar de deleite y espiritual esparcimiento,
lo es también de lructííeras enseñanzas; el público, que en un principio
recibió con disgusto á aquellos personajes que hablaban de moral, poco caballerescos, poco pendencieros, ,¡ aquellos graciosos que, salidos del ricjo
molde, eran menos bufones y se acercaban más á la verdad de la vida,
hombres en lugar de figuras; el público, que en un principio echó de menos los lances de capa y espada, fuese acostumbrando ,¡ ver en el tablado
retaws de existencias reales.-Corneille se inspira en La Verdad Sospechosa, de nuestro Alarcón, y da al teatro francés su más preciada joya; y
Moliére crea en su pais la comedia de costumbres, que ya los dramáticos
eastell1t11os habían llevado á los corrales de España .
El Conde Schack, en su admirable historia del teatro español, dice de
.\!arcón: "Las obras de este poeta, como se nota en general en la poesía
dramática española, apareciendo como carácter suyo peculiar, nos dcscuhren 111t horizonte poltico completa11unü nuevo.''
Esta novedad consistió en abandonar los viejos clichés, en no crear un
galán, una dama, una doncella, un gracioso, un barba, un escudero para
cada comedia, y éstos iguales en todas, sino en meter un hombre ó una
mujer de carne y hueso dentro de aquellos moldes, y hacerlos vivir y hablar en la escena, tal y como ellos vivirían y hablarían, sin que por In bo•·a de todos ellos hablase el autor.
Quedan con esto seiialados los caracteres que más tarde perfectionaron
los comediógrafos posteriores; y Moratín, después del doloroso anonadamiento del alma espaiiola durante los últimos años de la dinastía austriaca,
en que todas las grandezas de aquel imperio todopoderoso un tiempo pareeieron perderse para siempre, revoluciona de nuevo el teatro castellano,
encerrándolo en los estrechísimos preceptos de Boileau y de Luziín.
El teatro moderno se preocupa por llevar á la escena la copia m,fo fiel
ele la realidad, no sólo en la representación, sino aun en la misma apariencia escénica, y la escenografía ha llegado á ser elemento indispensable en
las farsas teatrales.

�-

42

;..-

Rm·r~TA CoNTElIPORkNE.~

El público va ahí á ver un pedazo de vida, mas de vida bella, hermo;c,Hh, por la ficción; los tipos que ante nuestros ojos se agitan, nos son
bien conocidos; nos codeamos con ellos en los salones ó en los boulevarcs,
.v en lo que hablan adivinamos retazos ele nuestras almas, de nuestras Yi,las acaso .
En primer lugar, se procura que lo accidental, lo meramente episódico, no emperece la acción principal distrayendo la atención del espectador
y quitando unidad é intensidad á la fábula . No hay escenas innecesarias:
el m1tor al hacer su plan, le ha señalado su importancia á cada una y el
;icontecimiento que en ella dcha suceder.
Además, el espectador no tendrá que seguir á los personajes de Améric,uí Europrcy de ahí al Asia y al Africa, y muchas veces al cielo ó al infierno: cada acto, cuando no la pic,,'t toda, se desarrolla en m1 mismo lugar.
Lope y Calderón hacían que sus personajes mudasen de lugar cuando les
parecía, y hay acto que empieza en un palacio en Madrid, sigue en la so-·
!edad de rnm campiña, pasa luego á las escabrosidades de una montaña, al
fondo ele una gruta más tarde y suele terminar en una mezquita de la
~[ec,i.

Pür otra parte, cada personaje habla hoy según su condición y saber.
La idea mornl de la obra, la tesis, no debe llegar al público por los
discursos de un personaje ó de todos, sino que debe ser lógica conclusión
,le! plan, del desarrollo, de la presentación escénica; cada uno de los personajes sení un término de lo que se quiera probar, y el público llegará por
sí solo ,¡ darse cuenta de lo que el autor quiso hacerle conocer, ó de la lcceión que quiso darle. Comedia hay que plantea determinado problem,1
moral, y cada uno de sus personajes sale á escena á pronunciar un discurs1)
en apoyo de las ideas del autor; señores, y damas, y criadas, jóvenes y
,·iejos, barajan el mismo asunto en cada escena . Y, ya lo hemos dicho:
para que el plÍblico se dé cuenta del problema que ante él se plantea, se.
,lesarrolla y se resuelve, no ha menester de los discursos de cada uno de
los ,wtorcs: si el problema está bien presentado, si el desarrollo correspon1le ,\ lo que el escritor se propuso, los acontecimientos qne en la escena se
:,nseitan, lo presentarán más intensa, más sensible, más verdaderamentetic lo que pudieran hacerlo las peroraciones de los personajes.
Tal es la comedia moderna; poema intenso y humano que encierm á
la humanidad entern en la cárcel del tablado, entre las mallas de la farsa
c:-cénica, para ahí fustigarla en sus vicios, descubrir sus miserias, aplicarle el cauterio de In crítica y hacer esplender sus virtudes y sus grandezas.
,1.

DON QUIJOTE
De audaces aventuras pueblas tu mente cálida.
El ademán brioso, la faz enjuta y pálida,
jinete en Rocinante, con tu figura escuálida
cruzaste i oh gran manchego! los campos de Montiel.
En el tenaz delirio de tu misión profética,
de tus dominios rlÍsticos huyes la vida ascética,
y fué tu Dulcinea la alta visión magnética
que te llevó á la pugna de nombre y de laurel.
Acaso no soñaste de tu grandeza el mérito;
mas no quedó perdida tu obra en el pretérito:
Aota sobre los siglos tu leyenda triunfal.
'fu espíritu heredamos. La hun1tmidad unánhne,
bregando en ansias múltiples hasta caer exánime,
de tu locura insigne refleja el Ideal!

c. JUNCO DE LA \'J&lt;Xl A.

;\IUZQUIZ BLANCO .

•

•

�REVISTA CONTEMPORÁNEA

45

1

pectáculo de las sierras interminables . Nos creemos encerrados en una
cárcel y sentimos algo que nos aprieta el corazón.... . . Parece que la
montaña lo sabe y nos colma de halagos. La temperatura es fresca, el
aire mimoso, el sol amable . Y á cada vuelta un paisaje nuevo y una nueva sorpresa. Los diminutos ranchos que atravesamos tienen nombres de
poesía selvosa. &lt;Los Pinos,» «Las Anacuas,• &lt;Los Encinos• .. . ..

.¡
1

i Un bosque de pinos! El primero que veo . Qué árboles tan esbeltos,
tan sombríos, tan exóticos. Y todos, todos iguales; todos con el mismo
tronco erguido y el mismo cono de filamentos verde-oscuros que brillan al
sol de la mafiana. Me parece que estoy muy lejos de mi patria, que he
caminado leguas y más leguas para venir á recibir esta extraña impresión.
Pero no, no estoy en un país lejano. .lile hallo más cerca del cielo .

POR LA SIERRA FRONTERIZA.
l'n latigazo. . . . Ya estamos en marcha, al trote saleroso de la mu•
la que tira del calesín.
Como fas nubes que ayer nos dieron el aguacero todavía no se van,
el cielo está encapotado y el suelo ensombrecido. Una penumbra misteriosa envuelve todo :i nuestro derredor; apenas adivinamos ol camino;
apenas adiYinamos, á los lados, un bosque interminable de árboles, poc-o
menos que enanos, y siempre iguales, siempre del mismo alto, sin una
rama atrevida que yerga sus contorsiones por sobre la oscura monotonía.

¿Dónde están mis alegres maizales y mis plantíos de caña de azúcar?
Estas praderas están sembradas de trigo. Todo se quedó allá abajo, en
los llanos que tuesta el sol. Estamos en las tierras altas, amadas de la
lluvia. Además de los pinos y de los trigales nos lo recuerdan esos magueyes de púas insolentes, que desafían á los postes del teléfono; esas biznagas, tan hinchadas que parece van á reventar.

Pero, eso si, charlamos sabrosamente sobre temas infinitos, charlamos sin
&lt;'Csar. Y sin habernos aburrido, cuando menos lo pensamos, llegamos á
l,i entrada del cailón, ,¡ la hora en que el sol despierta.
iSalud, sierra mexicana! Recíbenos con cariño porque con cariño
infinito venimos :i visitarte. No somos geólogos; no venimos á estudiarte

helada y f.abiamente.

No somos mercaderes, no somos gambucinos¡ no

venimos á desangrar tus filones ni á anebatar tus gemas, tesoro de tus
gnomos. Somos peregrinos líricos; venimos por tus sonrisas y por tus bellezas. Hemos soñado contigo, y andamos en busca de la realización de
nuestro sueño. ;\.c6gcnos.

El l'aíión es estrecho. .\Izamos le1 cara: las cumbres &lt;le la sierra recortan caprichosamente el cielo azul. Los barrancos, abruptos; algunos
parecen mm-allas . La vegetación, bravía. Con excepción del camino,
apretujado acá ahajn, todo es salvaje, desde la menuda yerba hasta los pc-

llascos enormes.
El camino va á la rnrn ele nn riachuelo. Pasa bajo de árboles 1-ain,lH11H, cnsi siempre cnrinos, y se pierde no muy lejos, clavándose en un ro~tado de la montafia. ¿Qué encontraremos más allá? ¿se acaban( el cañón'/ ¿Qué será lo que Ycremos drspués? Y una delicada inquietud se
apodera de nosotros.
Doblamos la punta peñascosa. Otro pedazo de camino yuelve á perderse en la distancia. ~Iá,':I peñascos, más barrancos. Y así muchas,
muchísimas Yeces. Pam nosotros, acostumbrados á andar y andar,
en nuestras llanadas natales, sin dar fin ,·on la vista al camino que hemos
recorrido ni al que nos falta recorrer, acaba por ser desesperante este es-

..
••

Hemos llegado á la hacienda donde seremos huéspedes. Una milla
más al Norte está Galeana. iTan cerca! Pero no creáis que la vemos de
aquí, no creáis que asome una torre 6 la casucha de alguno de sus suburbios. Se esconden con cierta coquetería, detrás de un altozano del color
de la leche, en medio de los cerros de Potosí y de Labradores, éste cerca,
aquél en la lejanía azulo&amp;~, sombreado por nubarrones blancos, inmensos
copos de algodón que añaden el adorno de su arquitectura maravillosa á
la pompa de las curvas solemnes del pico nuís alto en las sierras del Norte
&lt;le México .

iQué desencanto! Galeana no es el pueblecito pintoresco y risueño
&lt;'0nquc había soñado. Dos centenares de casas de aspecto pobre y feo,
agrupadas formando calles que parecen de cementerio por lo calladas y
solas: he ahí todo. Si andáis por el pueblo veréis que, de cuando en
cuando, atraviesa, ya cerca, ya lejos, algún muchacho regordete y sonrosado, que va silencioso y pacífico: no salta, no corre, no alboi-ota. Oiréis,
quizás, el chirriar de alguna puerta que se entreabre; pero no la canción
que canta despertando ecos alboro1,ados, algm1a voz fresca de doncella, ni
el parloteo de un pájaro, ni el estallar alegre y jubiloso de una carcajada.
Todo pai-ece condenado al sueño. Todo parece estar esperando la venida
del Dr. Ox ó del duende del cuento del poeta, de aquel duendecillo pícani
y jovial que se escapó de las páginas de Shakespeare y andaba metiéndose

�46

REVIST.J... ÜOKTEUPOR.(NEA

fü,vrsTA CoNTE~[POR.ÚCEA

-Allí est.'Í, míralo .. .. .
-Wónde? ....

en las gargantas afónicas y en los organillos asmáticos haciéndolos estallar
en cantos celestiales.
El flácido chorro de la esquina de la plaza salta apenas, tímidamente;
parece enfermo de raquitismo y afonía. Dejémoslo en paz.
A un vendedor ambulante compramos ciruelas y guindas tempranas.
Rubias aquéllas, éstas encarnadas, nos hacen pensar en cabelleras opulen tas del color del trigo que ha besado mucho el sol; en labios jugosos, de
los que remedan sandías y granadas abiertas; nos recuerdan ....
- ¿y cuándo llegaron, señorcs?-dice el frutero, como si nos echara á
latigazos de las torres de nuestros castillos de ensueño.
- Ayer al mediodía.
- Y qui' andan haciendo?
- Venimos de paseo.
- Aquí es bonito no más en tiempo de frutas. Ora no hay ni manzanas . . ...

- i Horror! Huyamos de este impío que nos cree capaces de hauer hecho un viaje largo sólo por comer manzanas. Huyamos de los que no conocen más belleza que la que perciben con el estómago y el paladar .. ..
El chorro de la fuente se ha animado; se endereza; se encorva más;
salta con locos borboteos. . . . . Parece reír. . . !Qné imbéciles, madre
Natureleza, qué imbéciles! ....

Se cuentan algunas historias medrosas en las que el Pozo del Gavilán
presta al asunto un fondo sombrío. Son historias de esas que tan bien sabe relatar Don Ramón del Valle Inclán; de esas que •las nodrizas refieren
lentamente en las cocinas de aldea, durante las largas veladas de invierno.»
En ellas figuran, casi siempre, bandidos que asaltan á caminantes indefensos 6 descuidados, á quienes matan y roban, y arrojan después, con caballerías y acémilas, á la boca inmensa del Pozo. Una persona ó una b,,,Stia,
inmovilizadas por la muerte al hacer un gesto de terror; un estribo, una
albarda, son los únicos indicios que restan de la tragedia; todo lo demás
lo ha devorado el agua del fondo . Otra vez es un temerario aventurero
que intenta dar un paseo por el abismo . Se prepara animosamente; se
ata á una cuerda que manos fuertes y leales irán dejando correr. Comienza el descenso. . . . A la mitad del camino el valiente tórnase cobarde;
siente que el terror le aplasta el alma, y grita angustiado que quiere salir.
Lo sacan. El infeliz se ha vuelto loco, y queda loco por toda su vida ....
Yo supe de tales historias antes de conocer el afamado pozo. Y, naturalmente, esperaba hallarme con algo negro y sombrío aquella tarde muriente en que me acerqué á él. "lDónde está,"? preguntaba á mis compañeros de viaje. "Allá," me decían. Y por más que miraba y volvía á
mirar, no daban mis ojos anhelantes con el sitio del prodigio, allí donde
el paisaje había de contraerse en un seño fosco, según imaginaba. Triga.les .. .. árboles .. .. más trigales .. .. y allá en el fondo el cerro del Potosí, altísimo, como invitándonos á escalarlo.

47

••

-Allí

Allí estaba, en efecto, entre unas labores que sembraban los campesinos indiferentes. Un burro, con un muchacho á cuestas, pasaba muy cerca del borde ....
Es verdad, es ancho de boca, es profundo, se1fa peligroso resbalar y
caer en él; pero no es terrorífico. No, no es un fondo de tmgedia .
Al anochecer es cuundo el antro se ensombrece y se toma imponente.
La obscuridad que lo llena es más negra que la obscuridad que ha invadido In. campiña; en las sombras es una sombra más espesa. Parece que la
bocaza enorme y desdentada vomita oleadas de noche. Y cuando sale de
su fondo nm1or de agua que se remueve y algo que parece el llorar de un
niño tierno, hay quienes piensen y hablen de almas en pena y de culpas,
no perdonadas todavía, de asesinos ya muertos. Se dice icómo no! que
pueden ser animales los que mueven el agua y emiten el lloro; pero el recuerdo de las tmdiciones es más potente que tal idea. Se yergue, altivo y
abrumador, el espectro de lo sobrenatural.. .. Es entonces el más bueno ele
los consuelos alzar los ojos y recrearlos en la contemplación de las estrellas,
que comienzan á entonar, allá en su prisión azul, el coro ele sus brillantes
aleteos ....
¡ Tfn tfn, tín tínl Yo cairo del cielo en insensato
redoble al campo, y todos los céspedes maltrato.
¡ Ttn tfnl ¡muy buenas tardes, mi hermana la pradera!

¿Quién habla con voces tan musicales? ¿Quién? ... ,¿Por cuál rincón
de la montaiia pasa el espectro del poeta? ... .
La nieve rs triste, el agua turbulenta, yo sin
vent11ra, so uny loco de atar, tfn tfn, tfn /(ni

i Ah! El granizo. Loco. Loco y travieso. Mirad cómo hace burla de la rigidez de aquel picacho de perfil de diplomático. Parece que miles ele cerbatanas arrojan esferitas de masa á la calva y al mourlo de un
señor estirado que acaba de salir de W1a conferencia internacional.
Loco y travieso. Todo golpea como jugando, como burlándose de la~
víctimas: campiña, y bosque, y montaña: arbustos, y picos, y cedros .
Y por añadidura, artista y rápsoda. Teje tapicerías caprichosas y
evoca versos del poeta que lo ha cantado con tanto cariño. .Justo lo que
hace : el poeta lo evoca á él; él evoca al poeta.. Sus almas se dan la mano .
Cae, locuelo; cae y búrlate . Pero no te hinches ni vayas furioso á
clestruír los sembrados del valle que dan vida á tantos pequeñuelos.

�48

REVISTA CoNTElITT'ORÁNEA

Hemos dejado atrás "La Joya," precioso rancbito á la mitad de la
cuesta. Comienzaá soplar brisa ligera. Un rumor sordo llega á mis oídos.
-¿Hay cerca alguna catarata que no digan !ns geografías?, pregunto.
-No; ese rumor es de los pinos; cuando sopla viento fuerte es tan
ronco que no deja dormir.
Los pinos; el rumor de los pinos. Y también á los cedros, á los madroños, á los encinos, arranca el viento rumor. El de unos parece decir
burlas serias; el de otros charlas travesuelas y anécdotas picantes; el de
aquellos, estrofas de canto litúrgico, que ruedan lentas y solemnes por las
naves de las catedrales.
Aquel rumor pícaro, aquel de charla comadrera, de seguro está diciendo algo burlón de mí y de mi pregunta. Esas hojas se mueven incesantemente con ligeros temblores. Se acercan á sus compañeras, iquién salx•
qué les dicen! lluégo se separan! parece que una risa las agita ....
En el poema de Martínez Sierra esos rumores y esas voces dicen que
la condesa Blanca se burl6 del trovador. Hoy dirán de nuestras sorpresas,
ele nuestros pasmos, de nuestra silenciosa contemplación.

Al llegar á la cumbre no vemos al valle por mirar al cielo. L'na nube inmensa viene hacia nosotros. Avanza su mole abrmnadora; parece
que nos ha de aplastar, ó que nos lanzará cuesta abajo hacia las lejanas
hondonadas. Del valle, estas nubes se ven graciosas. De cerca son impo- nentes. Se acerca más; más. Casi nos toca. Corazón, no alteres el
ritmo de tus latidos .... Esa mole no aplasta; sus copos tenues apenas dejan
una sensación de frescura ... Ya se van.
Al trotar ele las cabalgaduras segtúmos "la ruta blanca." La ruta sigue las vueltas del cauce de un arroyo seco. Aletean los rumores ele la
poz campesina.
Pasamos un diminuto rancho, "Los Sauces." Su nombre, sus jacales ruinosos, sus trigales escasos y raquíticos, hacen pensar en aquellos predios miserables del sobrino de Doña Perfecta, bautizados por Pérez Galdós
con nombres pintorescos y pomposos. "Los Sauces." Son tres ó euatro,
d•smedrados, los que hay.

-Ya estamos en el Puente de Dio~.
Pero el Puente de Dios no se ve: lo ocultan petiascos y matorrales.
Los cerros se juntan; por el fondo va un riachuelo; á sesenta metros
de altura pasa el camino sobre el puente: un solo arco formado por una
mole que va de montaña á montaña. Bajamos penosamente hasta el cauce. Entonces podernos admirar la inmensa majestad de la maravilla .... ..
Parece que se apagan todos los rumores y que el riachuelo deja de cantar ... .
HÉCI'OR

GONZÁLEZ.

••

NOCTURNO
Poeta! dí pa!!O
Los furtivos besos! ...
I~~ sombra! Los recuerdos! I~~ luna no set1ío
Allí ni un solo rayo. . . . Temblabas y eras mía.
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso;
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
m contacto furtivo de tus labios de seda ....
La selva negra y mística fué cámarn sombrfa;
En aquel sitio el musgo tiene olor de resecla ...
Filtró luz por las ramas cual si llegara el día,
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía.
Poeta! dí paso
Loo íntimos besos!
i Ah! de las noches dulces me acuerdo tcxla,fa.
En severo retrete, do la tapicería
,\mortiguaha el rnido con sus hilos espesos,
Rendida tú á mis súplicas fueron míos tus besos,
Tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,
Tus cabellos dorados y tu melancolía,
Tus lrescmas de niña y tu olor de reseda ....
Apenas alumbraba la lámpara sombría
Los desteñidos hilos de la tapicería ....

Poeta! dí paso
El último beso!
i Ah, de la noche trágica me acuerdo toda da!
El ataúd heráldico en el salón yacía;
)li oído, fatigaclo por vigilias y exceso.s,
:.;intió como ,í distancia los monótonos rezos .. ..
Tt\, mustia, ycrL~ y pálida entre la negra seda .. .
La llama de los cirios temblaba y se movía,
Perfumah,i la atmósfera un olor de reseda,
l"n crucifijo pálido los brazos extendía,
Y esta ha helada y cárdena tu boca que lué mía!

�REVISTA ComEJIPORÁNEA.

••

no consisten quizás en el erotismo intelectual desbordado, ni en ciertos dolores de espíritu, demasiado superficiales para ser suficientemente bellos.
Pero, en compensación, hay poemas ajustados á muy altas normas de
Arte, poemas nuevos en los que se expresa el propio sentir de un modo
fácil, con unn intensidad y una sencillez admirables. Es aquí donde María
Enriquetn exterioriza lo más personal de su temperamento:
Después de que tus ojos

LIBROS RECIENTES

se cürren, y murmuren ¡ay! tll5 labios

mi nombre, tristrmente
yo cruzaré tus manos ...

I
Rumores de mi Huerto, poesías, por MARÍA ENRIQUirTA; J. Ballcscá y Cía., c&lt;litores, México, 1908.-Se trata de una obra significativa,
como hay pocas en nuestra literatura, y voy á decir de ella elogios que raras veces encontraría justificados en lo que hace á los libros de América. No
tiene esto su origen en un pesimismo crónico ni en preferencias arbitrarias,
sino en una observación legitimada por la experiencia. Casi todos los libros que se publican entre nosotros-y los de versos señaladamente, carecen de algo que acuse la personalidad íntegra y bien definida del autor.
Suelen ser modernistas; pero ya sabemos que los discípulos de la nueva escuela se han conservatizado dentro de las tendencias revolucionarias. Esto
de la conservatizaci6n á favor de un movimiento que se desenvuelve, ocurre
frecuentemente, y no sólo en lo que atañe á las disciplinas literarias sino
en otras esferas de la actividad . A raíz de las grandes batallas renovadoras de la filosofía, de la pintura, del arte poético, llevadas á cabo porboml,res de originalidad indiscutible, hay una cosecha de ingenios medianos,
y aun menos que medianos, y á Dios gracias que no deslustren y hagan
odiosa la virtud misma del principio renovador ....
El libro de María Enriqueta no es obra de un espíiitu cristalizado al
amparo de esta ó aquella tendencia. Es, ante todo, revelación de una personalidad sobresaliente, robusta, virtual y efectivamente propia. Hay en
algunas de sus páginas tm alto dominio de las emociones y una poderosa
energía en lo que hace á la manera de exteriorizar el pensamiento musical
de que habló el solitario de Craigenputtck. Hay un ritmo interior lánguido, penetrante, que va desde la primera poesía-demasiado simple y de
una desconsoladora pobreza de novedad y aun de belleza absoluta-revelándose en casi todas las creaciones, hasta una Cita menos que mediana,
que recuerda con demasiada claridad ciertos versos ajenos de un antiguo
conocimiento.
Como esta última, y como Portada, Llanú; de Otoño, Vana fnvitaci6n
y Sweel Hands, hay algunas otras en las que se echa de menos la fuerza
emocional atemperada sabiamente, y donde un sentimentalismo de crudezas románticas se hace demasiado notable, pese al lector cuyas preferencias

51

Con doliente mirada
amtemplaré tu inmóvil rostro .... En tanto
que la luz de los cirios
en la sombta del ruarto

üembl,, cabe tu lecho
tocia la noclte pasaré, reza.udo,
y !tasia que asome el alba
guardaré mi rosario ...

¡ Qué amanecer tan triste!
Si á favor de su luz viene algtíu pájaro
á posarse en el tronco
carcomido del álamo,

medroso, al ver angustia

tanta. veloz se alejará volando ...
Ya estarán para euto~1ccs
los cirios. apagados,
Cflnsumido el aceite
de mi lámpara. rígidas tus mauos,
mi frente. más sombría,

y tu rostro, más pálido.
Antes de que resuenen
por el angosú; C(Jn edor los pasos
de los que Izan de llevarte
camino al camposanto,

cortad de tu frente
un rizo de cabellos enlutados

�52

REYL5TA

REVISTA Co:S-TEMPORÁNEA

Yo, en inmensa angustia,

que guardaré en el fondo
de un negro relican·o,y después de que cierren
la caja, en ella apretaré mis labios
largamente, en un be.so
tembloroso y callado .. ,

00

Después ¡ay! por el mismo
angosto corredor por donde enllaron,
irán, pausadamente,
perdiéndose lo; pasos ...
Y después.. . con el rostro
hundldo entre las manos:

-¡ Sola ya!-me diré- ¡Por siempre sola!
... Y en un rincón 111,e quedaré lloravdo ...
La sinceridad del dolor es suficiente para hacernos desatender en csit•
poema ciertas imperfecciones que no se compadecen con un dominio ahso1t¡to de 1~ técnica.- Yo encuentro aquí, más que la belleza convencional,
un hálito de conturbadora emoción íntima, semejante al soplo que discmre
por las páginas de aquel Svspiria de profvndis que es, quizás, la más hermosa poesía de d' Annunzio.
Pero hay todavía mucho más que la intensidad extraordinaria, y es
un refinamiento de excepción que presta á los Rumores un encanto desconocido en nuestra literatura-encanto que no está en la novedad de la forma ni en In virtud secreta y maravillosa del ritmo. Léase, por ejemplo,
esta Imprecación, publicada recientemente en una revista:

Recios ventarrones
doblaban los pinos
fingiendo en sus copas
locos alaridos;
hufan los pájaros
entre remolinos
de hoja, asca y polvo;
el cielo, plum izo,
meditaba en calma
1tn rudo castigo
para la opulencia
del follaje altivo .. ....
Presto el huracán,
como áspid herido,
desenroscarla
todos sus anillos
sobre aquel paisaie
doliente y sombr(o. ... .

CoNTE&gt;IPonÁ~'"EA

00

tras el ventanillo
de la negra clzoza,
miraba al cami110 ......
Muy largo y angosto,
-fantástico hilo
que ata la cabaña
con desconocidos
lugares agrestes,-huta entre espi11os
y zarzas esfesas,
11eg1 oy retorcido.
Tan s6/o la Muerte
por aquel camino
y en aquella farde,
se hubiese atrevido
á arrastrar la planta .
Ni11gún peregrino
se aventurarla
por aquellos sitios .
. . . . .. Yo, en la vieja clwza,
junto a{ ventanillo.
con mi Desengaño
en abrazo intimo,
él y yo e,úazados
como prometidos,
mientras la tormenta
tronchaba los pinos,
mientras et relámpago
rayaba el abismo,
yo, en inmensa angustia,
el pecho oprimido
por aquel abrazo,
abrí el ventanillo
y hacia la vereda
arrojé este grito:
''Hoy, en esta tarde,
por este camino,
que venga la !,fuerte,
;que venga, Dios m{o! ... "
i Qué bien se siente aquí la intensidad trágica de una desolación inmotivada! - Lo mismo en muchas poesías de los Rumorcs.-Este gesto de dolor no lo encontraremos con demasiada frecuencia. Xadie nos ha dado,
como María Enriqueta, la idea obsesionante de una cabaiia perdida en el
desamparo campesino; de una soledad extrahumann, en la que el vienl&lt;&gt;
ar.ota reciamente la ventanilla; del vivir silencioso y ltíguhre dentro de
una casa vieja, en una calle obscura tomada por la hierba y el frío; ni dt·
una :ümóslera de terror y de superstición .... iese hálito de tragedia que
los poetas de hoy buscamos ávidamente, y que no lo compensa ni la empalagosa corrección académica, ni el dolor de talco de los versificadores llorones, ni la gallardía bastante discutible de los orfebres modernos!
Creo que los Ru11wres de mi Huerto no llegarán á conquistar un rnsto

�54

Rl~VISTA COX'l'E:\1PORÁ1'"EA

REvrs'rA CoNTE11PORÁJ&lt;P-A

y alto renombre. María Enriqueta no es combativa ui escribe,¡ la mocb.
Por otra parte, uo es fácil imitarla, porque su poesía no es innovador:t d,•
la forma ni ha venido á «romper molcles»-y ya sabemos que las grandews
resonantes las crean los disrípulos.

II
Paja,ito, novei'1, por CAYETA'10 RonmauEz BF.L1'RAX; Eusebio Gómrz
de la Puente, editor. .México, 1908.-Había oído hablar con elogio de h
novela del señor Rodríguez Beltrán, ,wtor que romiema hoy áhbrarse ur1:,
reputación envidiable. A mí me parece que llega un poco retrasado y que
hay en él cierta manía por crear obras de literatura más bien que novelr.s
realistas, ó rom,ínticas, ó de psicología, ó socütles, ó de cualquiern otra denominación.

Basta leer las primeras páginas del libro para dar con la fuente donde
el autor ha nutrido su espíritu.-~o le abandona un punto la idea de resucitar antiguas formas. Es sistemático en lo dé ir nuevamente hacia los
períodos amplios en que las proposiciones incidentales se encadenan hasl:1
hacerse monótonas. Su manera de emple,ir el epíteto le denuncia como
incorregible. Véanse ,i guisa de mnestm unos párrafos tomados al acaso:
•Parn puntual término de la fiesta se siI"vieron de la surtida mesa h
lechosa horchata, la colorada y picante aloja, en finos y brillantes vasos y
en esbeltas y I"ccogidas copas .... »( página 63)
«Dábanle repetidos golpes, frecuentes torniscones, menudos papirotazos, agudos pelfücos, y toda suerte de maltratos y rigores .... » (pági1rn

147.)
«.... nadie sospechaba de qué provenían los desaforados gritos, las
tiernas lamentaciones y los repetidos brincos.»(página 164)
«En una quiebra del camino se levanta un gallardo y poblado roble,
dando extendido y plácido sombr:ijo que convida á tumbarse sobre el menudo y mullido césped .... » (págína 160.)
Hay en muchas páginas grandes aciertos de expresión, y todo el !ibl"l)
acusa una imponderable riqueza de léxico y aun de modismos genuinamente españoles. No he de ser yo quien escatime al señor Beltrán los elogios
á que por esta cualidad de su obrase hace acreedor. Aun estoy por hablar
ele las bellezas que hay en el libro, más bien que de las partes que lo afean.
En primer término, quiero referirme á las descripciones, que aunque bastante recargadas y prolijas, revelan capacidad para las obras de arte. Sirva como ejemplo el largo párrafo que empieza en la página 793 .
Pero sin duda el más alto mérito de la noveht no está en el lenguaje ni
en los aciertos descriptivos ni en la sencillez de la narración: yo lo hallo
en el estremecimiento de vida comarcana, intensa y acre, que se deja sentir en algunos capítulos-cinco 6 seis-donde no se abordan problemas ni
se pretende reducir á síntesis el discurso acerca de la idiosincrasia de este
6 aquel personaje.
Me han deleitado el cariño conque el autor esboz.-i las vidas humildes;
la campesina sencillez ele alguna mujer cuyo espíritu es apacible corno la~

55

a¡;nas en remanso, y no pocos detalles de observación oportuna-y ann
atemperada por cierta dosis de sobriedad bastante rara en el curso de la
ohra .

El argumento se condensa y define hacia la mitad de la novela. Des¡rnés de todo, hay cierta vaguedad que no permite un perfecto acercamiento del lector á los personajes. Puede ser que me engañe, pero creo que
hace falta encontrar acoplados en torno de este ó aquel héroe ciertos detalles enérgicos y definitivos. Sin duda no escasean; pero, ay!-es necesario buscarlos á través de tantas digresiones, entre loi mil episodios que se
van encadenando con insistencia, y cuando uno da con el dato complementario y pretende rndondear un carácter, éste como que se diluye entre las
palabras en exceso, y entonces desaparece la novela y se yergue-fría y fatigante-la repujada obra de arnena y donosa literatura ...... .
Creo sinceramente que el señor Rodríguez Beltrán tiene facultades de
novelista. No es, de ningún modo, un escritor vulgar ni siquiera mediano, de esos que con tan cándida precipitación llenan los huecos de los escaparates en las librerías. Pero pienso que no ha llegado aún su novela
definitiva, un poco más sobria, 1m poco más intensa y, sobre todo, nn poeo más moderna ... ..
HJCARDO ARENALES.

�REYISTA CoNTli'.}IPORÁ~E.\

!i/

A sus ojos niilb-i.ma tradición rnlía ,•omo tnl. Todas ,lebfan justificarse ante la inteligencia. Hubo entre los discípulos &lt;le 14ócrates algunos, c:;pecialmcnte Crisias y Alcibíades, (•) que perjudicaron á Atenas. Sócratc:;,

además, no era parti&lt;la.rio de la Constitución, es de&lt;'ir, de 1a dcmocral'in,
que se &lt;Lvenhi mal con su doctrina de b supremacfa do la inteli~encia. A
esto se aímde la circunstancia de que Jcnofonte, discípulo, amigo y apologista ele Sócrates, preferfo vivir antes en Persia y en Esparta que en el
Atica, en tanto que Platón, igualmente amigo, discípulo y apologista do
Sócrates, prefería vivir en Siracusa. Grave como es todo esto á los ojos de
la originalidad y del sorprendente poder ern&lt;"1dor &lt;le M. Gomperz, asume

REVISTA DE REVISTAS

las 1rnis amenazantes proporciones si se considera que .\tenas era una Repúblic,1 pequeña, habitada por un número escaso de in,li,·irlu,,s, de los cuales unos pocos gobernaban, en tanto que eran mayoría los gobernados. Y
si se tiene presente el desruhrimiento que hace )[. Gompcrz, &lt;le que ha
sido elesgracia de la filosofía ohrar como un disoh-cnte de las instituciones

DE "ALPHA", MEDELLIN, COLOMBIA.
ATEl,;AS CONTRA &gt;iOCRATES

y de los sentimientos naeionnles, rc~ulta que nada era, mií..":i cucr&lt;lo y prudente y necesario que condenar á Sócrates y ejecutarlo. lxs especie lnuntt•
na ha estado engañada al considerar ese juicio y cs.~ muerte como un b,ildón para la ciudad de Palas. A Hegel, antori&lt;lad imponente para descu-

O Verité sublime et paune camararla!

P. Ponc11É.

lnir el sentido íntimo de los hechos históriL',s-autoridad &lt;lo metafísicoy á M. Gomperz, quien cita á llegel, les debemos est,1 importante rectificación. Los jueces de Atenas obraron con rcctitncl y "entaron un precedente saludable al condenar á Sócrates como disoti,idor. i Loor,¡ .\nyto y ,í

7,·q(ros, hi interesante rcvisL-i ele Bo¡::ohi, ha hecho el hfillazgo de un
filósofo d,• la historia, M. Gomperz, cuyas opiniones en lo tocante ,¡ la
mu,•rte de 8ó&lt;'rates sustribc la revista con cierta precipitación. Xo debemos disputar con las gentes por lo que piensan. El mundo no sucumbirá
nuí8 pronto ni m,ís tarde de lo previsto porque sus moradores en maS&gt;L
adopten un error determinado. Pero es lícito expresar ciert,i sorpres:1
l'Uando aparece en zonas elevadas del espíritu la ,cgetación parasitaria y
sospechosa de los subtemíncos.
Según los escritores de Trofeos, el juicio de Gomperz sobre Sócrates es,

por su originalidad y sorprendente poder evocador, una seremL revelación,
que da mar¡;cn ,¡ preciosas reflexiones de actualidad. Lo cierto es que
to&lt;la opinión coneerniente :.í. ese juicio seni. asunto de actualidad en cualquier pueblo de la tierra mientras se ponga en duda el derecho decnda uno
pnra dar libre curso, interior y exteriormente, ti la totalidad de su pens:1miento. I~s causa que l'cntilaron los ~lagistrados atenienses fué la c1tus&lt;L
,le los pcn&amp;1dorcs de la tierra. :lso hay que ir muy lejos para ayeriguarlo.
El hc&lt;·l,o resplandece en las p1íginas citadas con el fulgor de un tesoro suuwrgidu hnjo las aguas de una. casuística t•cnagosa y traicionera.
Pero )l. Gompcrz, según parece, es 1m sabio prudente y majestuos&lt;J
en cuyos libros busc:i la juventud de nuestros días una orientación lo bastante autorizada para aplacar sus inccrtichimbres. Saluelables y preciosas
l'Omo pueden ser sus enseñanzus, no está de sobra, por otra parte, que c~píritus indiferentes vigilen ,¡ distancia las maniobras del arúspice.
El ,•aso de Sócrates, SCb&gt;'Ún el dictamen ele )I. Gomperz, fué el caso
por excelen&lt;'Ía del pensador peligroso, del filósofo disociador, cuyas doctrinas constituyen una amenaza para la suLsistcncia del Estado. Sócrates,
informa )l. Gompcrz, titaba todas las cosas ante el Tribunal de la razón.

Melito, los acusadores de Sócratesl
Cualquiera que sea nuestra opinión á otros rcspcdos, es claro que :II.
Gompcrz tiene por lo menos una virtud sobresalicnt&lt;•: la serenidad, una
impertmhable serenidad, una serenidad á toda pruel~L Pamiliari,.adocon
Sócrates y con su dialéctica, no ha temido, sin embargo, este hombre ilti➔-

trc1 al sustentar en ta1es términos la eatt~ do los jueces atenienses, verse

•

cogido en las mallas del método socrático de razonamiento.

Podemos suponer, en efecto, lo que sería de una tesis, runlquiern, de las do :\f. Gompcrz, sometiéndola, J)Or un esfuerw de flexibilidad mental, á la confrontaL"ión sistemática consigo misma en el campo de la lógica de Sócratc,;.
Intentemos un pálido bosquejo de combate con el sofista:
-Diees, oh Gomperz, empezó á decir Sócrates, que ha sido una desgracia de la Pilosofía obrar como un disolvente de las instituciones yde los
sentimientos nacionales?
-En efecto, contestó Gomperz, seguro c.sta vez de confundir al ~Iaestro.

Eso he afirmado.
-Entonces ldedudrrus ele aquí que hi filosofía es un mnl? pregwüó

Sócrates.
-SoRtengo, dijo Gomperz, que es un mal socavar las instituciones y
debilitar los sentimientos nacionales.
(•] En alguna parte ha dicho TRinc, habla11do de Akih!adcs, que sólo le faltó haber tenic,,
~e.mpre A Sócrates Asu lado para ff:f' el mh ilustre de los gricgos dc su li•po.

�-58

REVISTA Cm,TE"POR.&lt;NEA

-Pero si h Filosofía os causa ele ese mal, ldobemos admitir que es
mala l,i Filosofía?
-En efecto, tenemos que admitirlo desde este punto de vista.
-lPodemos entonces definir la Filosofía diciendo que es aquello que
causa la disolución de las sociedades?
-:fo, exactamente, dijo Gomperz, y la manera como tratas de voker
contra mí mis afirmaciones, me prueba que nu te calumniaba Aristólanes
al llamarte el primero y el peor de los sofistas .
-Entonces, prosiguió Sócrates imperturbablemente, ladmitirás al
menos que la Filosolía es el conocimiento razonado de las cosas?
-Convengo en que tu definición es bastante exacta .
-lDo manera que en tu concepto el conorimiento razonado de las cosas es el que conduce á la disolución de las sociedades?
-Tal es nuestro punto de partida, y de ese raciocinio y de sus conso&lt;·uencias, oh Sócrates, no podrás nunc,c eyadi rte.
- Pero entonces lsostenclnis igualmente que los dioses son los agentes
rnpremos ele la disolución ele las sociedades?
-No quieran ellos que janulq salga de mis labios tal blasfemia, dijo
C:omperz.
- lNo crees, acaso, que los Dioses están en posesión de la. más alta y
,-ompleta sabiduría?
- Así lo creo en realidad.
-Pero si la Filosofía es el conocimiento razonado ele las cosas, y si ese
conocimiento constituye la sabiduría, como tendrás que admitirlo, y si los
dioses disponen ele la sabiduría y son ellos quienes la imparten á los mortales, lno podremos afirmar que son ellos quienes causan, á su vez, la disolución ele las instituciones y de los sentimientos nacionales? ....

M. Gomperz se ha proYisto, por otra parte, de elementos apropiados
pam afrontar toda crítica que pudieran dirigir los partidarios de la supremacía del individuo á su dotrina. ele la supremacía del Estado. Stuart
Mili aclmite en su libro D, la Libertad que es función propia del Estado
coartar la libre expresión del pensamiento cuando esa expresión incita á
cometer acto clelictuoso. La cita correspondiente de Mil! nos cierra el paso
en consecuencia.
111. Gomperz es decididamente de una serenidad admirable. Penetra
c-on la serenidad de un Daniel en la fosa de los leones sin temer que le devoren . Usa de todos los elementos, aun ele aquellos que deben fatalmente
,olvcrse contra él y contra su sistema. Sea cual fuere el concepto ele
Stuart Mili en la materia abstrncta, se tiene constancia. expresa de su concepto en el caso particular de Sócratas. "Nunca recordará la humanidad
con demasiada frecuencia, dice Stuart Mili, (•) que hubo en otro tiemL*)

J Stuart Mili. On Liberty Ch. II P. ,7.

REVI:-:i'rA COXTEMPOR.\.~EA

••

5!I

po un homhre llamado Sócrates, y que entre él y las autoridades constituídas y la. opinión pública de su tiempo se produjo un choque memornhlc.
Nacido en una época y en un país fecundos en grande,.~ individual, nos
dicen los que mejor le conocieron y mejor conocieron esa época, fué el mrís
virtuoso que hubo en ella. Y sabemos, por nuestra parte, que eso nombre
se halla á la cabeza y es el prototipo de todos los moralistas posteriores, y
que de él se derivan, ,í la. vez, las excelsas inspiraciones de Platón y el prudente utilitarismo de .\ristóteles, i macstri di color che sanno, los dos rezortes capitales de la ética y de toda la filosofía. Y este maestro, rc!'onocido
por todos los pensadores eminentes que han vivido dcspúes- cuya fam.i
crece aún al cabo ele más ele dos mil años y casi supera por sí sola la de
todos los otros nombres que hicieron ilustre su ciudad nativa- este hombre, digo, fué condenado á muerte po,· sus concimladanos en virtud ele unn
sentencia por impiedatl ó inmoralidad. Impiedad porque negaba los diosos reconocidos por el Estado; su acusador sostuvo que no creía en ningún
dios. Inmorali(bd, porque era, con sus dotrinas y sus enseñanzas, un
'corruptor de la juventud.' De tales cargos- honradamente según torla
apariencia-le halló culpable el Tribw1al, y fundado en ellos condenó á
morir como un criminal al hombre probablemente más digno del respeto
de In c•specie humana.))
Pero Stuart l\Iill os la autoridad por excelencia de )I. Gomperz para
justificar la conducta de los Jlfagistraclos atenienses al acusar y condenar ti
Rócrates. Y Stuart l\Iill ha dicho algo más á este respecto . En uuo de
sus volúmenes ele estudios generales (*) hablando del libro ele Grot,·
sobre Platón, se expreS&gt;L así, ,i propósito del cargo ele sofista que recayó
frecuentemente sobre los filósofos antiguos : "Cuando tratamos de precisar cargo el de 'corrupción de la juventud,' descubrimos que invariablemente consiste en haber enseñado á los jóvenes á considerarse rruís sabios
que las leyes, faltando al respeto tradicional por sus padres y por sus mayores. El cargo es justo en sí; pero debería recaer, no sobre los sofistas
sino sobre la cultura intelectual en masa, pues todo lo que induce á los jóvenes á pensar con su cabeza propia les induce también ácriticar las instituciones de su país, quebrantando la fo en la infalibilidad de sus mayores
.r haciéndoles preferir sus propiüs opiniones á las do los otros ."
Como se Ye. 111. Gonperz y Jlfill casi concuerdan en el fondo, con la
diferencia ele que éste, sin clud:1 por falta de originalidad y ele poder evocador I encuentra una gloria para la. inteligencia, una esperanza para la especie humana en donde Gomperz descubre un atentado á los derechos sacro-

santos de las Naciones.
Por mi parte, dejando ele mano á Sócrates y ,í MiU, me prosterno ante los méritos de l\I. Gomperz, pero con una condición : que se me permita, al menos, poner en duda lo auténtico de su originalidad . Su doctrina
de la supremacía del Estado no es, en efecto, á propósito para sustentar tal
nombradía. Si no me engañan mis recuerdos, esa doctrina. es más bien

( •)

J:

Stuart Mili.

Disertations and Oiscus.!iions.

�GO
anticuada que moderna; es realmente una de las &lt;loe-trinas naís antiguas,
tan antigua que se tenía por derogada en los tiempos en que el Rey Pausole administraba justicia bajo un cerezo al aire libre.
Se admite por lo demás en principio, el derecho inmanente de lc,s pedagogos extintos, fosilizados en las biblioteeas, para reencarnar de tiempo
en tiempo, bajo especies modernizadas que i~fundcn ,·eneración á la juventud ávida de conocimientos nuevos.
s. RESTREPO. [•]

•

LIBROS RECIBIDOS
~oR proponemo¡;; µuhlicar cada vez algo ~í. rn:11wr:1 de rc:-;efü1 :,;ol,n• las
últimas obras del pensamiento moderno, en hencfü·io de lo:,; lectorc~, que
trrnlní.n en Ja~ página~ rle la revista una fuente dr infnrm:wió11 1 y rn heiwfü·io de los editorcR, qnr por medio de nrn•otro:.:, y :.:in otr:1 L•rog:u·ión qw•
tm ejemplar de cada Yolume11 1 tcnclr:in un nnun('iO oportuno y ;-;cgun1meut&lt;1 fructuoR-o. Xo!:.-otrof-i nos rescrvamo:-:. el deret·ho dC' d,n 11nticia &lt;'rítie,t
m:ís 6 meno~ extensa de las obras que 8e nos cnden y que, ,t nue:-:tro jui(·io, merc-zran e~tndio r•Rpccial, ya, :--ca por suf-: mérito::- litt•r;1rioR ó &lt;·icntífit·os, ya por la adualidacl de los asuntrn-1 que tr..tten. l;~n todo c·,1su 1 t·n•t•mo~ rontribuír de eRta manera &lt;Í la difuRión ele In. tultura g,•nernl.
He aquí a.lgunoR &lt;.k' los libros reeiliido:.: rPcit·11lrnH'llk &lt;·011 d1 stinn :i In
Hihliotrm e]('
R1,:n,TA COXTl&lt;lll'OILÍ,&lt;E,1:
1

la

EKPAÍ\'OLER

Letras y" Letrados &lt;le Hit:;pn.no-Améri('a, Tllll' R. Bl:11wo F'ornhona. Lihrmfa Paul Ollendorff, París.
&lt;+recia, por E. (+órncz Carrillo. lmpr&lt;'nta .\rtísti,·a ele .fosé lllass y
Cín.. llaclrid.

JN(iI,ESEB
The Philosophy of l?riedrich ~ietz:-;cht&gt;, hy H. L. ~fr1wkt•11.
HJOH.

•
[*) En el próximo número de la CONTEMPORANEA publicaremos el artículo en que el céle•
bre poda y crítico D. Víctor M. J.,ondoño. Director de TROFEOS, comenta !11s opiniones del Señor
Resttepo.

London.

Le Théatre ~onvcn.n-René Donmie.-Lihr:iiri&lt;~ .\~•n1lé111iLllll'. f&gt;t,nin
•
La Pudcm-H,wc]o('k Ellis.-Soeieté du :\Ierenl' ,le Franec-1',)rís.
La Prineesse Xoire-Paul ~Iargncrittc. Librairi,• Fclix .Jm·c1&lt;.
Un cri cl,ms la nuit-Arnold Golsworthy-Picrn· Laffite ,,t ( 'i,, .
Editeurs.-París.
L,i Philosophic de l\ewton-Alcan, París.
Yoltairc PhilosiJ¡,he.-Georges Pcllissicr-Lihrairi,, .lnnand ('olin.

ot Cie. París.

�SUPLEMENTO
La REVISTA CONTE~IPORANEA
cumple con el grato deber de presentar atento y cordial saludo á los pel'ió&lt;licos del país, y sefialatlamcntc ,¡
los que la antmc·iaron en término¡,;
más ó menoi:i cntusiaHtas-en todo
caso generosos-que obligan nuestm
gratitud ele modo especial.
Y cree que su primer número
tiene la significal'ió1l de un· vasto y

noble programa.

Lo::; lectores verán

la magnitud del esfuerzo realizado.
Casi tudos nuestros materiales 8011
inédito:,; hay en éstos una variedad
rrla.tiva, no muy fácil de conseguir
en las publicaciones de prnvinci11s,
porque en proYindas apenas sí hay
especialistas. El cultivo del arte y

&lt;le la eieneia no e:::; to&lt;lada In. mayor
preoeupaeión del espíritu entre nosotros.
De todas maneras, creernos haber
realizado una grande y bella ohm
con elementos propios; y para no

apartarnos de este carnino,-cl más
fruetuoso pnr cuanto significa un
impulso real y efectivo &lt;le la cultura
-tenemos el propósito de no excluir
ninguna capacidad. Sea fa C0.'1TEMPORAXEA un templo abierto,
y venga ca&lt;la cual y éntre si tr,:1c,
para ofrendar ante el ara, rosas bien
olientes 6 frutas en madurez.
Eso sí, que no haya ortig,, entre
las flores ni pleueyo rejalgar al Indo
de los ratirnoR en sazón.
Como lo lrn ofrecido esta empresa,
publicaremos materiales inéditos de
los escritores nacionales de más renombre y de los mam:itros et1pañoles
é hispanoamericano.-.;. Para hacer
efectivo el cumplimiento de la promesa, no ahorraremos medio alguno.
Poco tiempo- dos meses, quizás me-

nos-será suficiente para satü;fal'er
la promesa. En otro8 términos:
esperamos que en breve han ele llegar originales solic·itados por nosotros de Rubén Darío, Yíctor :\I.
Londoño, Enrique Gómez Carrillo, ·
Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, )Ianuel Ugarte 1 Manuel R.

Pichanlo, Enrique JoHé , . .arona., .. \.
Hernándcz Catá, l\fax Grillo, To-

1rnis (;arrat-quilla, S. Hcstrcpo, amén
&lt;le otros escritores igualmente prestigiosos.
Mientras tanto, y para cYita.rnoR
posteriores eomprometimicntos--dc-

bemos manifet:ital' que no aceptarc1110s de nlnguna. manera colabornc-ión que no haya i-ido solieita.tla especialmente por nue:;tro Directnr ó
por cualquiera de nosotros .

Tenemos el pem•amiento de hacer,
en las páginas suplementarias de la
COXTE1IPOIU:--;EA, una sección ele

trónic·a local-y aun de trónie:ageneraJ del país, Riempro F-intétiea, pero
tada vez más extcn:-::1. Comen za remos re8cñando los suecsos más notables de los últimos días.
Naturalmente, es necesario y juHb hablar de la fiesta ,,onqne los
hombres de letras de )[onterrey eelebrámos el clási,·o día ,le Xavidarl.
Bien merecen lo:-; señnrcs )Iúzquiz

TI!anc:0 Gallo y Uómcz, inieia&lt;lore~
de este gcnermm aeerC'arnicnto entn•
los periodistai;, un sincero y reso11,1ntc aplauso. Hu ohrn, que tal n:•z ií
1

espfritus superficiales haya podido

parecer poco meritoria, será c011siden.1&lt;.la. en no lejano tiernpo &lt;·orno
~cmilla de grande8 y sonoro~ triunfos.
8in ei;pacio :-mflc.:iente para entrar
en detalles, cumple á mie8trn honradez felicitar tam hién ~í 1os sefiore~
propietarios de "]~I Progreso," c::;tabletimiento eada ,·ez máR nristocráiico y bien sen·ido, 1lo1Hlc tn\'o
lugar el banquete.
Y expresar nue8tro regocijo• por
haber visto al ilustre y querido Doctor Garza Cantú al frente de los es-

critures, presidiendo la fiesta eonquc
echábamos las bases ele_ algo que no
ha llegado toda vh, pero que ha d,,

llegar, seguramente, y que i:ierá lionrn y gloria de la gran ciudad fronteriza. El nombre del Doctor Garza
Cantú, desde hace tiempo unido á
la historia de la cultura national,
dió prestigio á la fiesta del día 21.

�Trnlos no:-- agrupamos en torno del
maestro, cuya. sombra, hoy e-orno
ayer, es benéfica para h juventud y
despierta el deseo de los grandes
rnmbates del pensamiento y la lwlil'za.

Pedro Luis Ogazón pasó p&lt;&gt;r esta
c-iuclad antes de que saliera á los
l'Uatro ,·iC'ntos el primer número de
nuestra puhlic,1ción. )lo será tarde
nhora, sin ('mbargo para hahlar de
las noches inefables que &lt;lió á In so-dcdad regiurnontana el grande artista. Bien hayan los señores Wagncr y Levien 1 á quicnc~ de hemos los
C'OHC'icrtos de Ogazón, por ha herlo
eontratado especialmente y por haher abierto ni públieo su hcrrno~o
s,,lón &lt;le arte.
Pedro Luis ha conquistado renom1,re, no sólo en el paíR, sino también
más allá de nuestras fronteras, por
i--us capacidades para interpretar ]a
música de los grandes maestros.
Cl opin se hubiera estremecido en la
l-'a1a \ragner, con un estremecimiento de placer inefable, al oír sus propias obras ajustadas á la más alta
Yirtud de expresión musical. El
pianista mexicano da algo de sí mismo aun tratándose de obras absolutamente perfeetas. Hay un sentirlo propio en aquella intcrprctac-ión
Rencil1a, sin rehuseamicntos de efe¡_:tüm10s extemporáneos y presuntnoROR. Es C'Omo si se nos diese, al
par con la obra que se interpreta, la
emoción que la helleza ele los números clespierlll en el espíritu de quien
viene á deleitarnos con las grandes
(·reacioncs. En nuestro sentir, esta
rirtncl de unir su propio deleite y su
propio pern:amiento á la músi&lt;:a, es
el más alto rasgo distintivo de Pedro
T,uis Ogazón.
1

~Ionterrey ha realizado en los últimos días un:1 obra meritoria y altamente significatint parn los espíritus cultos; obra, por otra parte,
que acu.Ha un grande esfuerzo df' las
\'oluntacles y un alto poder de las
fuerzas vitales. Xos referimos á la
inauguración del Teatro Progreso.

Rin ser el nuls costoso de nncstrros
coliseoR, es, sin embargo, suficientemente bello y atractivo para resistir
comparadones. Si se quiere, su aspecto moderno, su arquitectura Rencilla y elegante, y aun su amplitud
q uc le hace propicio á las fiestas
íntimas, á las pequeñas grandes ficRtas, le presten el interés de algo
muy ha]agiieño, en todo CflRO ngrada ble y hermoso.
Antiguan1cnte los pueblos reunían
tudas sus fuerzas para el'lgir un templo á cndn urlo de. los santos, )' ri un
~anto hajo ca&lt;la una ele sus Hílvocaciones . Y la mole de grnnito, amasada con h le colectiva, tenía la significación de un alto ideal que se
realiza.. Hoy sin haber dejado
eornplctamente de construír basílicfü:i, reunimos las fuerzas-en una ú
otra forma-para levantar un teatro.
Reconocemos la virtud docente del
arte . Reconocemos que en general
tocia ópera cantada, y toda comedia
ó zarzuela que reflejan ·ante nosotros
la vid:i, representan aumento de la
cultura pública y valen como una
enselianza. El teatro fortalece nuestra consciencia. socia1; y aun lirn,1
urn, que otra púa de esas que todavía persisten como reato de la ba1barie primitiva. Á la luz de estos
conceptos, el empelio de quienes edificaron c1 nuevo co1iseo adquiere una
extraordinaria importarn·ia y Re hace más meritorio, máB digno de loa~·
entusiastas.
El estreno del teat1·0 Progreso estuvo á cargo de la Señora Grifen y
sus compañeros de representación.
La señora Grifell e;, sin duda, en su
género una de las más grandeR artiRtas que hayan venido ,¡ esta ciudad.
Su talento la !mee apta parn comprender en cada c:aso el pen!--amicnto de la obra que va á representar.
Sus facultades no son de las que se
discuten. Hay en ella un gran sentido para realizar la belleza. Frecuentemente no desfallece ni flaquea.
Dispone de múltiples rceursos; es
ingeniosa, ó sencilla, ó patética, ó
trágica, según las exigencias del pensamiento á quf' da vida. Por otrn
parte, no repite con dema~ia&lt;la frecuencia sus actitudes espirituales.
1

1

En otrO'S té1111i.11os 1 tiene siempre el
encanto de la novedad, mérito el
más aprec·iahlc en un ártista de teatro porque es en cierto moño lo que
nos libra de la impresión que repitiéndonos, aeaba por fatigarnos.
Paoo llfartíuez es digno compalic1·0 ele la señora GrifelL Hu psioología tiene secretos desconcertadores.
A veces hay en su repre.~entación
una profundidad extraordinaria; su
manera de apreciar los detalles no
i-esiste quizás el a11álisis; pero su
amplia visión del conjunto produce
el mejor efcc'to en •ciertas obras.
Quizás esto parece mm paracloja;
-pero es 1a expre!:iión de tma gnm verdad. L'n pensamiento fundamental
domina al artista y le hace que dis&lt;·urra en la misma actitud clf&gt; espíritu-á travds de las 1nás diversas
(.'f-Ccnas-como se es en la Yida rea],
&lt;:n lns que nuestras determinaciones
::-:e a.justan á nuestra particular idiosincrasia.
De los scliores Ojeda y Soto lml)laremos en otra ocasión. Terrninnmos esta hreve noticia relterando
11 nestros aplausos á lQs empresarios
del Teatro Progreso y á los artistas
que han ·rnni&lt;lo á dar un gran entanto á las ,~igilias de lln·ierno.

Un grito resornmte, de angustia
:1 de pavura, nos llega del suelo eonrnlso de la bella füílica. El desastre ha sido eompleto, ha sobrepu~~&lt;lo á t,wlos los anteriores. Ante la
,·normidarl ·de esta c·atástrofe ,ios parece earicia el z.irpazo, y antójnsenos inolen.sirn la c-ólera del \'esuhio
que arruinó á Pompcya y á Herculano. Una trepiclaeión formidable
-calofrío de mnertc-lu, estrcmeeido la parte Sur de la penínsuht,
remoYiendo las aguas tranquilas del
mar Tirreno, arrugando las llanuras
de la Calabria, anquilosando las Yértebras alpinas y destruyendo ciudades opulentas. Tal, como si una
mano omnipotente é i1wisible hubiera barrido, en un gesto de iracundia,
toda la obra del hombre, lenta, paeicntc1 pertinaz; como si en un mo,·imicnto de impaciencia hubiera
querido librarse de ese numeroso

c;ército de lileiputicnses que hormigueaban en las praderas, que trepahan ¡xir los montes, que tejían con
las quillas de mil bajeles una malla
e,·anescente de espuma sohre el azul
poemático del Mediterráneo.
Bastó una sacudida del monstruo, un encogimiento de hombror-:,
para acabar la obra pacientemente
realizada á través de las edades por
muchas generaciones. El suelo el,·
la Calabria y el de la hermosa isla
que en illo tempori se llamó «el gmncro ele Roma han querlarlo eon cicatrices e~pantosas. El mar en un
arranque de pasión, se ha arrojado
sobre la playa riente y la ha cstre(·hado 0011 a.brazo mortal, estrujándola bárbaramente.
La desgracia colectiva, la desaparición súbita de ciudades florecientes
y Yeracun&lt;las, ha mantenido en dolorosa cspectac-ión á todos los pueblos. En el egoísmo de la colectividad, esta mutilaeió1; en bloque de,
la raza humana nos ha hecho pensar en el porvenir incierto que no~
aguarda. Ayer en la Martinica,
después en California, hoy en Tarn
de Mcssinn ..... ,lcuándo dcsc.argará
sobre nosotrns su golpe terrible ln
mano negra del destino? Estamo:-:
designados de antemano á ese jnic-io
final de cada Yida, pero nos revelamos ante la idea de una supresión
en masa, repentina y tata], en qlll'
se e-orlan con crueldad los hilos acoplados de millarc,~ de existencias.
Pasados ]os primems momentos
en que el horror heló en los labios
toda palabra y dctm·o todo rnm·imlento1 la abnegación, el amor, h1
caridad, han acudido con presteza al
sal~amento y nl socorro de los que
han sohrevivido en la catástrole.--Está bien. -A esta ciudad se hace hoy
un llamamiento, y ella sabrá corrc;pondcr gencrosamente.-Por nueHtra parte daremos el óbolo en la calle, en el Teatro, en h, Plaza rle Toros1 dondequiera, que se noF pida e11
nómbre de las víctimas.

•••
Para fines del mes corriente, est}i
anunciado el arribo ,í esta capital,
del eximio y gcnw l pianiRta polaco

•

�Joscl IIoffmann, qaíen, contratado
por la casa \\'agner, de estt, ciudad,

queda l1echa sa nuís efocaentc a¡x1logía.

dará un concierto únic-o en el Teatro
,Jnáre"l.

Aún resuenan en nuestros oído:-:;
las delirantes ovaciones que le prodigó el inteligente público de la metrópoli, en su gira del año pasndn,
y tocla·ría nosotros mantenemos ardiente el deseo de conoccdo y admirarlo.
iQué sea híen venido el egregin
arti:;ta y que la sociedad rcinera st.,_
pa corresponder tlignamente á tamaña. honral

Cualquier elogio que pensáramos
haeer de Hoffmann, resultaría tan

pequeño y raquítico en relaeión con
8US incomparables 1néritos de virtuoro1 que mejor nos abstenemos deloarlo antes de oírlo.
Su fama es mundia1, ,v eon decir
que fné el discípulo predilecto y más
aventajado del gran Rnhini-:tC'in,

,

f.

De administración

•

Todas aquellas personas que deseen suscribirse á este
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                <text>Revista propiedad de J. Cantú Leal y dirigida por Virgilio Garza, en Monterrey, Nuevo León, México, durante los primeros años del siglo XX. Contiene información sobre ciencia, arte, poesía, teatro, novela, historia y crítica. Además, incluye noticias sobre política y publicidad de las principales empresas y casas comerciales de la ciudad</text>
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              <text>Revista propiedad de J. Cantú Leal y dirigida por Virgilio Garza, en Monterrey, Nuevo León, México, durante los primeros años del siglo XX. Contiene información sobre ciencia, arte, poesía, teatro, novela, historia y crítica. Además, incluye noticias sobre política y publicidad de las principales empresas y casas comerciales de la ciudad</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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