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                  <text>�DANIEL MONTERO.

R~\1/n~t~
c(Q) lñl t~m [P(Q) rólñl @~

casa establecida en 1903.

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11

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La 1;ni,ersidad de Harvard, de los Estados l'nidos, que goza de bien
mlquirid,i celebridad en el mundo científico, cuenta con un Círculo Francés de Profe.sores que, desde 1898, todos los años im·ita ü Franceses eminente::, para que vengan tí dar conferencias púb1icas en su propio idioma,
sobre la literatura, la historia y las artes francesas. Pam eorrespon,ler ,i
tn.n alta y meritoria empresa, se ha fundado en h Sorl,ona un curso de c·o11lcrencias en inglés, que llevan por objeto hacer conoecr en Francia la historia, la literatura y las instituciones arneric-nnas.
A fines de 1908 hubo de representar á la Universidad de Harvard el
Sr. Henry Van Dykc, profesor ele Literatura Inglesa en la Universidad ele
Princeton, y el tema elegido por el eminente Cateclnítien parn ,füertar, en
ht Sorlxma fué: El Alma de América, versando la segunda &lt;le sus eonf,,.
rendas sobre El Esp{ritu de Independencia)' la República de Estados Unidos.
Es de tal importancia y está de una manera tan magistral desarrollat!o el tema en la cliscrtación ele JI.Ir. Yan Dyke, que nos propusimos desde
luego dar á nuestros lectores el regalo de ese trabajo crítico-histórico, to111ándolo de La Revue Hebdomadaire, importante publicación que la casa
editorial Pion de París, ha confiado al experto manejo directivo de nuestro
particular amigo, M. Fernando Laudet.
En otra parte de este número comenzamos hoy esa publicación; mas
con ser tan fecundo en deducciones el cuadro de psicología social que no.,
presenta el autor, tienen todavía más importancia, para nosotros los mexicanos, los múltiples aspectos conque se nos prrsenta, en relación con nue~tra historia política y social, frente á un pueblo activo y poderoso, diferenciado de nosotros por origen idioma ,· raz,1.
Nada de lo que atañe á nuestros ,ecinos del Xortc debe sernos intliforente. Bien sea que por snobismo irreflexiYo, 6 euando menos por un pn•
t·o meditado examen, se llegue :í admirarlos en trnlas las manifcstac·ione.-:: de
la aetivida&lt;l intelectual y material, hien sea que se detenga el observador en
ese camino de entusiasmo pam fijar los reparos y objeciones que han de
ponerse ineludiblemente al florecimient-0 de su eiviliic~ción, no eabe dmlar
de que una mirada atenta y reflexiva á los orígenes do esa civilización y ti
su desarrollo á través de m:is de un siglo, presentar:i aspectos intcrc,antc,
de estudiar.

�122

REVISTA CO~TEJIPOHÁ.:NF.A

HRYIST.'\ CO~TE;'IJPORÁ1'F...\

Es lugar común &lt;le casi todas las &lt;liscrtacioncs que se han escrito so1,re el papel y predominio de las razas latina y anglo sajona en América ,el
de encontrar entre ellas oposición irreductible que debe originarse más bien
de un esfuerzo consciente para conservar la personalidad en la raza y en el
idioma, que en el imposible físico de una confusión étnica. Y es natural.
Todo ser conseiente de su propia exh;tencia. nepira en primer t.érmino á
conservar su personalidad.
De abí se deduce que México eskí llamado á constituír el atalaya viviente contra la posible invasión de las razas del Norte, y que supuestas las
tendencias dominadoras del anglo-amerieanismo, México deberá descmpefiar el papel que los pueblos oc,·identales de füiropa confiaron en la época
medioeval ,¡ la Hungría &lt;le Matías Corvino ante los avances de la Me,lia

Luna.
Ifabrá que descartar de tal aserto lo que tiene de profético y ,le fatal.
Pero no puede negarse la existencia -más bien que en la parte füfr.a ó política., hasta hoy no manifiesta, sí en el aspecto socüu y económico,-dr
una extensión de la fuerza brillante y sugestiva de nuestros vecinos hacia
el resto &lt;le las Américas. Ya por de pronto, se abrogan el nombre de
Americanos, que no le~ pertenece por entero, y lo han impuesto así á laR
naciones &lt;le Europa. México es el primero que debe acudirá esas reivinditacioncs, el que más inmediato debe rcistir en esa esfera., el que con más
fuerza debe reaccionar contra la influencia prepotente, el que debe contrastar cada vez más intensamente su propia personalidad para oponerla
con buen éxito á la extralia.

En las diferencias de razr1, de costumlirc8, de trndiciones, de idioma,
y en nuestro progreso evolutivo histórico, con todas fas preocupaciones y
errores fundamentales que fueron producto del medio y resabio de nucR-

tra. educación antigua, tenemos sin duda un elemento de resistencia. Pero
este elemento de resistencia-y salvando las peculiaridades de lengua y origen,-10 es así mismo de atraso, de estancamjento, de muerte. México
ha venido deshaciéndose desde hace ya muchos años de esa impedimenta.
Es un país que ha encontrado ya su orientación definita.-a hacia los horizontes nuevos, sin haher conseguido, empero, de un modo completo librarse
de las trabas que Je imponen sus obligados antecedentes de la secular dominación y de sus revueltas de rnedjo siglo.
Así es que hay que buscar y descubrir en el mismo vecino poderoso el
secreto de su engrandecimiento y &lt;le su fuerza . Hay que trasplantar,¡ nues
tra república ese procedimiento, ese carácter, ese hálito vital, es'1 confianza de sí mismo que constituye la base de toda h vida pública en el país vecino. Pero á ella debemos acudir todos, con el ánimo desprovisto del vulgar propósito de nna imitación irreflexiva, debemos aplicar el criterio esclarecido que trae al problema las causas y los efectos, en del,i&lt;la rebción
con el medio y con el organismo social.
Es cierto que hasta ahora no hemos entrado á la práctica de tales imit:iriones conducidos por un examen concienzudo ó por una determinación
basarla en premisas lógicas. En la mayoría de los casos hemos confnndi-

J

123

do los hechos resultantes con sus orígenes sociales más ó menos ocultos, y
aun hemos llcga&lt;lo á escoger lo c1uc de menos aceptable tiene en sus resultados es,i, ley de co11sta11cia, que la falta de un detenido estudio nos ha imredido discernir.
Nada de esto va con nuestra Constitución Política, tan injustamente
consi&lt;lerada por algunos como simple copia y no como producto espontáneo y generoso &lt;le un elevado sentimiento de humanidad. Son sus principios tan naturales y positivos, en sí mismos, que mal podría decirse que
nuestros lcgishtdorcs los hayan traído de tal 6 cual país ó época, pues existieron en todas partes del mundo así como se encontraron en todas las conc-icncias, por más que se haya tenido que andar un dilatado y doloroso camino para conquistarlos. Por cuanto á la organización de los Poderes Públicos podemos decir con Mr. Van Dyke: "el aparato ha funcionado bien y
1na11til'llc el orden." Es sin disputa la forma m,ís elevada, completa y a1,ierta ,í todas las libertades legítimas que se ha podido encontrar hasta el
actual estado de los pueblos.
Pero nos resta proporcionar á nuestras instituciones el ambiente necesario para que se conviertan real y efectivamente en el elemento de progreso político y social, con su repercusión nec-esaria en lo material y económico, tal romo por su alteza y bondad Jo son ya intrínsecamente.
Parn dirigir é iluminar nuestros buenos propósitos, los estudios como
d que comentamos son de utilidad inmensa. Los hechos históricos á que
se refiere son de segnro conocidos; pero sirven al autor para sujetarlos á Ja
crítica psicológica en el vasto cuadro de su rigorismo sintético; y hace
,lesprender del conjunto la idea fundamental de un modo tan demostrativo y hábil, que se descubre desde luego la verdadera naturaleza de los fenómenos estudiados y su indiscutible origen.
Con un método estricto de razonamiento y con una dialéctica admirable, llega hasta el verdadero origen de esas manifestaciones diversas que
constituyen la peculiaridad de Ir. nación: el espíritu de independencia, ],i,
seguridad de si mismo, y más que de su propio criterio, de la facultad de
formárselo, consultando sus propias necesidades y sus propias aspiraciones
Lle] sel/ reliause, en fin, base ele sus voliciones y de sus determinaciones. '
En ese espíritu de independencia-para expresanos con Van Dyke--en
esa clarividcncü, y energía para considerar su derecho, su poder y su deber
de obrar, está la mejor enseñanza,--quizá la úuiea--que la América anglosajon:i puede dar ,¡ la América Latina. Pero precisamente ese principio
de salud y de energía social excluye así la rutina estorbos.-i como Ja imitación ciega. Vivir su propia vida, pensar por sí propio es ya un comienzo
de S.'tbiduría, una manüestaci6n de fuerza, de virtud, más bien dicho, que
no pide sino el campo donde irradiar; es exterioriwr y demostrar la
personalidad, que ún scgw1a verdad bien conocida, es lo único nuevo é interesante, en los individuos como en los pueblos.
Ese elemento hará surgir la característica, habrá que llamarle así-de
la raza mexicana. Estamos obhgados á traerlo entre nosotros, á crearlo,
si es necesario, á alentarlo en todas sus formas y en to&lt;las sus rnanifesta-

�124

IIEVIS'fA CQ:-;'1'E)fPOH,(XE.-\

ei01w,s 1 d. e.:ombinarlo con todas Jas demás fuerzas que nos son propias, á mo&lt;lclarlo según nuestras costumbres, nucstrns rasgos distintivo de raza, nuestros ankcedentcs históriros.
Porque es naturnl que no se presente cnt,·u nosotrns conservando las mismas apariencias que en 1:1 nac-ión rccirnt, y sólo trayendo implícita ó latente esa disti11ci611, puede ser en realidad un manantial ele vicia propia. Cualquier ensayo que se haga pnra apropiarnos un rasgo distintivo, una costuml,rc, un método t.le acción de nuestros vcC'inos,que ali,( son productos espontáneos y consecuencias, aunque lejanas y muy cambiadas, del espíritu de independencia, aparecería entre nosotaos fuera ele sitio y de propósito, agregado inpertinente y parasitario, dañoso y pcligroéo parn las savias de la
planta nacional.
La historia de los Estados Unidos comprueba cómo nació y se desarralló normalmente, scnrillamente, ese espfritu de independencia, connaturalizarlo ron aquellas orgullosas colonias que invocaron como razón, para asumir ampliamente las facultades que siempre habían tenido y de que siempre habían hecho uso, el que Inglaterra había rehusado sancionar leyes que
asegurasen el bienestar y la propiedad de los individuos, y el que no garantizaba el perfecto funcionamiento de sus propios cuerpos legislativos; y cómo ese sclj reüa11ce era ya un principio en acción doscientos años antes de
la declaración .de independencia firmada por John Hancock. La historia
,le nuestro 11aís, por otra parte, nos enseña cuán otras fueron las condiciones políticas en la dolorosa gestación de nuestra independencia y la no menos
c•nienta experimentación de nuestras libertades . Empero, eso mismo á la
,·cz que señala como más grnnde y meritorio el esfuerzo para conquistar
· una libertad y obtener una organización conseguidas por una lucha de ideas,
justifica la existencia, no sólo posible, sino inmanente del espíritu de independencia en el canicter nacional, con el pleno conocimentode obligaciones
y derechos en ejercicio activo.
Xo sería, pues para nosotros elemento nuevo, ni siquiera en la voluntad para aplicarlo, sino en cuanto debe arraigar de un modo más amplio,
mis conceptuoso, rmís fundamental y persistente en la consciencia del pueblo
,·on trascendencia á todas las manifestaciones de la vida colectiva y de la
,tctividad prirnda. Con el conocimiento de sus efectos ya experimentados
¡Miemos también contemplar el reverso de la medalla que se presenta bajo
d nspeeto de un desanollo anormal de la confianza en sus propias fuerzas,
ele la suficiencia ignara, de la temeridad en las empresas y del descuido en
1,, ejecución . Jifas conocer el peligro es ya un gran paso para precaverlo .
Y en las condiciones actuales, nuestro conjunto nacional tan unido
P"" su origen con tendencias é ideales que substantivan, por decirlo así, su
nmictct· propio, necesita penetrarse má.s hondamente del espíritu de independencia. para vigorizar su oposición á las influencias exóticas, y para afir
mar su personalidad.

VIRGILIO

CANCION

•

\ De Jfauricio ilfa:terlinck.)

-i. Y qné le debo decir
si algún clía vuelve?
-Contesta que, hasta morirme,
le he esperado siempre ....
-¿ Y si ruelvc á. preguntar
sin reconocerme?
-Tal ,·cz sufre .... Como hermana
contestarle debes.

-¿ Y si al hablarme de ti
dónde estás inquiere'/
-Dale mi sortija ele oro;
no has de responderle.

-¿ Y si por qué está la estancia
sola Sltbcr quiere'?
-La puerta abierta y la luz
extinguida muéstrnle.

•

-¡.y si del t\ltimo instante
que le hable pretende?
-Que no llore .... Di que vi~(&lt;!
mi faz sonriente.

icNRrQpg

GARZA.

r

nmZ-CANEDO.

�RFJ\'Ii-jT.-\ CO~TEMPOH.(~EA

j

,.,
l

A PROPOSITO DE LA ERA NIETZSCHEANA

•v

En los tíltimos números del .1/ercvre de France ha venido publicánclo,e UlllL traducción del libro l!.cce Homo que constituye, tal rez, con Más
allá del Bien y del ,Jfal, Zara/uslra y El Anticristo, lo que podríamos llamnr el pensamiento desnudo y fundamental &lt;le Federico Niet,.~che . Y
aun mis: lo que constituye y expresa en sus líneas sobres,,lientes la filosofía del grande hombre. Al mismo tiempo cmpiez.t ,í circular en inglés la
obra que ahora nos tia en lengua francesa ~I. Alíret! \'alleste . ?'i'o sé si
haya una versión española de tan interesante libro, y hasta es probable
qnc sea la REv1sTA Co~TE,[J'ORÜEA el primer periódico que !:t ofrezca.
De to&lt;las maneras, í'l pensam iento tlcl filósofo v:1 :i ¡..:,c r nuís uniYer:salXo e3 ocnsión propicia pura afirmar si ello redundará. en
provec·ho e.le "la ,·crclad" tan traída. y llevada, y en provecho de "la moral" corno la entielHlcn los adversarios de Nietzsche! 6 como la proclaman
los nuc,·o::; apóstoles. El (·a1,o es que Ecce Homo nus ofrece una nueva
puerta para penetrar en la íilosofía del solitario pensador cuyo nombre llemi hoy el universo, y C'uyo prestigio crece nlarma111cnwnte, según afirma.
nn grande y buen amigo mío.
Cabe observar, ,í propósito del libro, que nunca hubo más admirable
atierto para con!-eguil' lfi. expresión fiel del espíritu que informa una obra
por sólo el título c-onque se bautiza. En efceto, este es el hombre ... ,. Cada
una íle 1,us palabrns tiene l:t fuerte saturación emocional é ideológica de
dontle no::; viene ¡..:,in dmla. ef::e &lt;lcsconeierto que nadie podría producir tan
jntcnsu:1ente eomo Xictz:5l'he. Hay nqui Ju rni:m1a fuerza dia.léctica que
en EL Anticristo, y una trabazón de pcn~amiento que supera, eon mucho, á
la que puede observar::;c en :Max Tirncr, autor que m:ís nnalogfas ofrece en
clea::10 prcsenb~. Pero no se enl'uentra el í-limbolismo de Zaratustra, el
bello simbolismo general y parcial que hace de este poema una obra superior, en mi comprensión, ,í ruanfas haya producido la humanidad de totlns bs épornfi. Por consiguiente, hay menos latitud: la palabra es prcei~H, de nka.ncc inmediato podríamos decir, menos torturadora . Pero en
ningún euso es menos intensa. La. intensi&lt;lad 1 en todas las obras de
.:,lietzsehc, pror ienc tic aquella ínerte dosis de ,,igor índivit!ual, tnn fuerte
1rnmte conocido.

."

12,

que en vano se le buscaría semejante ,!entro de todas las litrratun1a en la
más msta histDria del pensamiento.
Otro aspe!"to interesante del libro es el poder &lt;le auto-análisis que reYCla. Obsérvese que el gran trnnsmutndor de todos los valores ha ensayado, con una persistencia notable, hacer la crítica de sí mismo. En su:::
grandes obras deja advertir á cad1L paso, bajo el peligro de las frases, una
obsesión recóndita y admi.rablcmentc bella, de acercarse al fomlo de su es-·
píritn parn buscar en él un ejemplo rivo de la fuerz,i super-humana. Es
curioso l'ecurdar que pocas veces ha. logrado un hombre reconocer y hacer
hL apreciación exacta de su personalidad y de su obra . Se advierte con
frecuencia un fenómeno que limita con el bobarismo: partiendo del vértice
de un ángulo, s,• buscan poetas y filósofos por la trayectori,i opuesta á su
naturaleza mental. De donde resulta una verdad desfavorable parn la viej;, sentencia del auto-conocimiento, y que parece justificar el precepto de
lm pensador contemporáneo desaparecido recientemente: "No te ronozcas
,í tí mismo" .-Nietzsche no fué la excepción de ese bobarismo al afrontar
el análisis de su espíritu crítico en el ensayo que precede á El Origen de fa
Tragedia. Hay cierta superficialidad anti-nietzscheana en esas páginai
donde se analiza con más ó menos rectitud de criterio el génesis de varia,
ideas, pero no el espíritu que las ha sust@tat!o. Es necesario llegar
hasta Hecce Homo para ver una realización complet,, del análisis introspectiYo, enteramente personal y, en algunos momentos, tan desinteresado,
que parece libre de toda trascendencia ó, mejor dicho, de to&lt;l.o vínculo más
ó menos fuerte con lns ideas combativas y el afán contingente del día.
Todos estos aspee-tos de la obm, que apenas me he atrevido á señala,·,
y otros inumerable.s cuyo estudio ser,í materia en lo porvenir de mil y mil
exégesis, le dan á aquélla un interés extraordinario. Quiziís en el propio
corazón de Alemania los críticos llegarán á ser al rededor de Nietzsche más
numerosos, dentro de poco tiempo, que lo han sido al rededor de Goethe
en más de un siglo. Todo lo cual viene ,í corrobornr la afirmación de
aquel grande y buen amigo mío de que hablé antes ....

Y todo lo cual afirmii, una vez más,la voluntad de creer en el hombre
extrao&lt;linario cuya transmutación de ,a.lores l11:1y:1 trnzas de ser algo mtÍ!-que una "teoría U.e exterminio)/. Aun estoy por decir que el pasado mañana va llegando á grandes pasos. En otros términos: el triunfo de Nict.sche sobre todns las doctrinas anteriores :í él se realiza con entera eertidumbre, bien que no seamos capaces de aprel'iar hoy su enol'mc trascendencia en la elaboración de la moral hum:urn .
Y no es cosii de poco momento, ni hay motivos para ponerla en tela
de discusión. La individualidad de este filósofo se sohrepone á las más
fuertes del mundo, y se acentúa y se define con más firmeza á cada momento. Max Tirner,en 1íltimo caso,no es m,ís que un gran discípulo de Fcucrbach1 y, en cambio, Nietzsche sí es nuis, infinitamente más que un continnador de Max Tirner; así como Jesús, hijo de Sirnk, puede ser wlo un

�128

REVISTA CO~TEMPORÁ.~E.,

discípulo de Isaías, por ciertos aspectos; y Jesús de Galilea es más, infinitamente más que el hijo de Sirak y que todos los profetas de su raza. [ l]
Nada más natural y oportuno, por consiguiente, que inquirir ahorn
cuándo ha tenido principio la Era Nutzschea11a, así se dé á estas dos palabras una significación más 6 menos estricüi. lSerá ncc·esario rastrear en
b historia el día preciso en que se dió al gran solitario carta de naturn\e,.a
al lado de los más grandes hombres de la humanidad? lSerit necesario saber quién se atrevió á decir que ha sido Xiet,.sche el genio nuis poderoso de
la tierra como revelador de una moral universal y enteramente humana"?
Será necesario ir más lejos y desenterrar la lecha exacta cu que la idea del
super-hombre lué arrojada al surco?
No es posible responderlo, máxime cuando cada palabra sobre el tópico tiene aún el carácter de una irritante paradoja .... El tiempo din( la verdad. Nosotros no alca111.'"emos á saberla, porque cuando se levanten •cátedras para explicar cada sentencia del Zaratustra•,no estaremos ya sobre el haz
de la Tierra. En todo caso,podríamos acogernos,provisionalmente,á lus palabras conque el gran transmutador finali,,a uno de sus libros: '' i Y el tiempo se mide á contar desde el día nefasto en que comenzara la gran deshonra de la humanidad! á contar desde el día primero del cristianismo! ¿Por
qué no se cuenta desde hoyf-Transmutación de todos los valores!"

RICARDO

••

DOMADOR, TRIUNFADOR .... .. .
Domador, triunfador, hombre ele hierro :
tu grey de csl"iavos ágiles y rudos

&lt;·onjura contra mí, que en mi defens..1
he de mover las manos fatigadas;
ó ,·engan á romper en la llanura
mis huesos y mi carne tus mastine~.
Clava en mí tus puñales homicidas,
desgárrame, ya es hora:
,,,toy como los niños bajo el golpe,
,·orno las rosas líricas de Mayo
h•jo el viento y la lluvia.

110

.umx ALES.

(1] En un artículo mío, malogrado, pero que "estuvo tí. punto de ser muy bello", intentaba yo hacer un paralelo entre Jesús de Galilea y Federico Nietzsche. ¿N'o
~e han hecho acaso paralelos entre Alcibiades y Coriolano, entre Saint-Beuve y Clarín, entre Don Julio Flores yJacobo Leopardi, entre Melgarejo y BolÍ\•ar? Y si 1,0. ,.
podrían hacerse, y el suceso es lo que menos importa. V mucho más cuando los lectotores no han ele saber si se habla cordialmf:nte 6 por mera ironía, 6 para entretener el
tiempo en paradojas ... Es lo cierto quE los dos grandes hombres tienen más de un punto de semejanza. Recordad aquel combate de Jeslls contra los lazos dP la familia,
el amor y la Patria, y decid si no es hijo de esa integridad h:lsta la dureza en las cosa~
del espíritu, que aconseja Nietzsche. Ambos tuvieron una experiencia de siete solL'Cl.ades. Ambos habían nacido póstumos. Ninguno de los dos quiso ser un teólogo, bic:n
que se preocupasen parla vida trascendental. En ambos hay, por sobre los intereses
ele la filosofía, el gran interés, mils humano y más cierto, de la acción arrebatadora ,.
ardiente . He aquí algunos_ rasgos que bastarian para 1111 libro de entreteniento, no
digo ya para un simple artículo.

POEMAS BREVES

Xada mi exigua juventud te brin&lt;la,
ningún tesoro en mi pobreza escondo:
tengo un poco de amor ...... ly no le tiene11
las bestias más humildes?]~\ cuello blandamente
dispongo á los verdugos
y con piedad extraña

~onrío en la tragedia;
mas, rendido también, el perro humi\,le
&lt;[Ue tu misericordia logra apenas,
/.no alza con avidez los grandes ojos
para besar la mano que le hiere?

•

i Clava en mi carne el acerado garfio
lle un extraño tormento,
échala á consumirse entre la llama
y sus cenizas desparrama al viento!

�•

122

IlEVIS'fA CO~TK\lPORÁNE.-\

IO~VlSTA CONTEMPORÁSEA

IIl
EN LOOR DE LOS NIÑOS, FRAGMENTO

II
MI MAL ES IRÁ TIE~TAS.

••

Los niños son tranquilos y suaves :
llenan la tarde y llenan la mañana
sus manos puras y sus ojos graves.
Divinamente saben la canción
de milagroso ritmo sub-oído
que hace rejocijar el corazón,
y en los brazos abiertos de la Noche
gustan la maravilla del olvido:

Mi mal es ir á tientas con alma enardecida,
ciego sin lazarillo, bajo el aznl de Enero;
mi pena, estará solas errante en el sendero,
y el peor ele mis daños, no comprender la vicia;

olvidan luz y amor y gozo )' pena
y la trisca pueril en los senderos
donde se imprime en la menuda aren•
el tibio rastro de sus pies ligeros.

y hallarme aqní sintiendo la luz que me tortur,,
y que este corazón es brasa transitoria
que arde en la noche pura!

Y venir, sin saberlo tal vez, de algún oriente
que el alma en su ceguera vió como un espejismo;
y en ansias de la cumbre que dora el sol fulgente,
ir con fatales pasos hacia el fatal abismo.

Despiertan y nos buscan con aquell,i
mansedumbre jovial conque los pájaros
buscan la sombra del enhiesto roble;
::;e ponen á jugar, cantan en coro .... .. .
ricos de una virtud resplandeciente,

Con todo, hubiera un día, quizás, en noble empefio
exhalado mi espíritu bajo la tarde ustoria
eual un perfume santo;
pero si el corazón es brasa transitoria ...... .

jamás economizan su tesoro.

Y sin embargo ...... .siento como un perenne :,.rdor
que en el combate estéril mi juventud inmola .......
( iOh noche del camino, vasta y sola,
en medio de la Muerte y el Amor!)

••

••

En sus almas recónditas se inici:t
una virtud serena, mas se esconde,
y cuando llega la ocasión propicia
el tiempo llama y la virtud responde ......

¿Qué me queréis, oh vocingleros niños
de fresca voz y suavidad de nardo,
que como ofrenda de olorosos bienes
ponéis la gracia de las risas puras
sobre el cansancio de Maín Ximénez?

123

�REVISTA CONTEMPORÁNEA

REVISTA Cíl~TE'.\fPOR ,{KEA

IV
YIRTUD INTERIOR
Llego aquí como ayer, sencillamente,
y en medio de loscampos
;1 bandono mi cuerpo
sobre la hierba fácil.

:J'i voces que intcrrmnpau la secreta

•
••

comunión de la vida,
ui libros imponentes
ni exceso de palabras:

Ni marques la rnta ni cuentes las horas:
¿acaso el misterio culmina
en las grave.s montañas sonoras
que nutren el roble y la encina?
Quizás en el fondo de obscuros arcanos
vives de la ciencia, la luz y la gloria,
y á mundos externos las manos
divinas entreabren la reja ilusoria ... ... .

y la emoción que me darán los hálitos
tlel bosque, santamente,
y el éxtasis divino del silencio
debajo de los árboles .......

y en la inquietud absorto,
sobre la hierba trémula,
mi corazón humilde
ama todas las cosas;
y siento hervir mi sangre,
y quiero derramarla,
y esta virtud cruenta
me va purificando .. .... .

Al Poeta Pichardo

Espfritu errantc 1 sin fuerzas, incierto,
que trémulo escuchas la noche callada:
inquiere en los himnos que fluyen del huerto
rle todas las cosas la esencia sagrada.

Dulce cielo otoñal sobre los valles;
el ,1gua limpia; el césped; la inefable
sencillez de las cosas;
y yo, sin lig-aduras,
buscando el rumbo cierto
á la sombra de Dios que me sustenta,

La noche azul me cubre;
mi frente se circunda
de lirios y de estrellas,
y nace mi bondad y va fluyendo;

ESPÍRITU ERRANTE ..... .

••

¿Quién sabe en la noche que ineuba las formas
de adusto silencio cubiertas
qué brazo nos mueve, qué estrella nos g1úa?
iOh sed lamentabledelalmaque busca las normas!
¿Seremos tan sólo ventanas abiertas
el_hombre, los lirios, el valle y el día?

Espíritu errante, sin fuerzas, incierto,
que trémulo escuchas la noche callada:
inquiere en los himnos que fluyen del huerto,
de todas las cosas la esencia ,agracia!

138

�126

lrn\'IS'l'A CONTE:\fPOR.{NEA

vr
EL ÁRBOL'.QUE SOMBREA LA LLA:KURA
El árbol que sombrea la llanurn

tiene cien afios ele acendrar sus mieles,

EL PROCESO DEL MARISCAL NEY

de temblar bajo el cielo fastuóso
alargando sus frutos sazonados,
ele escuchar el silencio de la noche
y de ver á las mozas del camino
continuamente, sin decirles nada .. ... . .
Los labradores con el hacha al hombro
llegan eu la fatiga de la tarde
y dicen al mirarle, simplemente:
-Ya rindió sus cosechas más jugosas,
y bien ofrece los desnudos brazos
para alimento del hogar: cortémoslc. Oh inquietud vespertina! Cómo tiemblan
mis carnes cual los brazos sacudidos
del árbol que sombrea la llanura!
Me duele el corazón; en el lejano
horizonte se encienden los hogares,
y con un ritmo lánguido y liviano
parece que se quejan los palmares.
Me quedo preguntándome á mí mismo
para qué sirve un árbol. ... ... ¿parn darle
,·uatro varas de sombra al césped trémulo?
para temblar mijo el azul fastuoso
alargando sus frutos sazonados?
para oír el silencio de la noche?
para sentir la fiebre de la Tierra?
para ver á las mozas del camino
continuamente sin decirles nada?

••

Me quedo preguntándome á mí mismo
y nada me contesto. Oh dolorosa
fatiga de la tarde . ... . .
HICARDO

ARENALES.

A propósito del libro ele M. ele Welschsinger, Le Afaréchat Ney, hn
escrito M. ele Vogiié un brillante estudio, más filosófico que jurídico, más
crítico que histórico, con el mismo título que encabeza estas líneas.
"Este estudio es oportuno, dice M. Vogüé, puesto que ha llegado la
hora de lo~ grandes procesos políticos ( tratábase entonces del proceso Derouléde); él nos hace ver en el pasado, como lo advertimos en el presente,
la incurable cojera de la vieja Themis cuando se mete po1· las sendas tortuosas de la polític-a.''
No se trata ele revivir la conmovedora tragedia que acabó con la ridH
del Bravo entre los bravos, de aquel Ayax de Waterloo que buscó en vano,
en el campo fatal, una bala enemiga que lo libertara de las halas francesas
que presentía aun en el momento más grandioso de la epopeya de su vidn.
Se trata de instrnír otro nuevo proceso, de rastrear nuevos elementos de
juicio en los archivos nacionales; de desentrañar un nuevo sentielo á los
procesos verbales del Consejo de Guerra y de la Cámara de los P,,res, ,í las
c-artas del desgraciado Mariscal y á las declaraciones de la Mariscala.
fo historia, que ha menester del decurso de muchos años parn formar
su juicio imparcial é inapelable sobre esta clase ele dolorosísimos sucesos,
ha tenido en cuenta, para absolver al condenado, la presión de las circunstancias sobre su conducta eu un momento excepcional de la historia; ahorn
hace constar también lealmente esta misma presión, en sentido inversú,
sobre el espíritu de los hombres que lo condenaron. Tiempos por siempre
aciagos aquellos en que se cree servir á una causa llevando las pasiones sectarias basta el frenesí y empujando á los combatientes, de uno y otro lado
de la liza 0 para que el choque sea funesto, irreparable, mortal.
Es sabido que, elespués de la primera abdicación, el príncipe ele la
llloskowa se mostró el más duro de los Tenientes de Napoleón contra su
antiguo jefe, el más impaciente porque acabara la agonía del régimen imperial. Caído Napoleón, Ney, como los otros Mariscales, fue llamado al
servicio de la patria y obtuvo gran posición militar en el nuevo Gobierno;
no es de extniñar, pues, la intensa contrariedad que experimentó cuando
supo, el 7 de marzo de 1815, el regreso de la Isla ele Elba. "Es preciso,
elijo al Rey, encerrará Bonaparte en Charenton ó traerlo á París en una
caja de hierro"; los sentimientos de Ney contm el que llamaba "pertrubador de la paz ele la Europa" eran perfectamente sinceros en esos momentos .

�136

RgVIS'fA CON1'E:\IPOR;(NEA
RRVISTA CON'l'E:lfPOH{X.E..\

Ney fué encargado del ejército que debía oponerse ni ogro de Cóncga;
con su habitual impetuosidad, organizó tropas, arengó á los pueblos, marchó, según su antiguo hábito, ú la cabeza de sus líneas. Lo demás es bien
sabido: los soldados acogían por dondequiera con frenético entusiasmo al
Emperador, al que tantas veces los había conducido á la victoria: en b
gran plaza de Lonsle-Salnier, el 14 de llfarzo, Ney, arrastrado por las circunstancias, por sus sentimientos, por sus recuerdos, por una nueva. pers~
pectiva de glorias que se abría á la Francia, pronunció su famos:i proclama que principia: "La causa de los Barbones está perdida para siempren,
y termina: "Viva et Emperador!" ..... .
¿Qué pasó en el alma del Bravo entre los bravos? Fué su acto una
traición premeditada? La historia lo ha absuelto de ese cargo, pero sus
jueces no lo creyeron así, y fuerza es declara,- que su juicio se apoyaba en
poderosos motivos. El mismo infortunado Mariscal parecía dar razón para
que se dudarn de su lealtad; durante el Gobierno de los cien días se jactó
varias veces, para cohonestar el celo antinapoleónico que desplegara antes
del regreso de la Isla de Elba, de que su conducta de entonces era tan sólo
una farsa para engañar á Luis XVIII y servir así mejor los intereses del
Emperador. Esto es falso; la posteridad sabe muy bien que los intrincados procedimientos políticos, las intrigas y las farsas no eran el fuerte del
héroe de cien ,ictorias, y lo ha descargado de la acusación que él mismo se
formulara en hora. insana.
Pasan los cien días; viene Waterloo . Ney comprendió muy bien que
allí se jugaba la suerte de la Europa y su propia suerte; en lo más rudo
del combate dijo á d'Erlon: "A tí y á mí, si no caemos aquí bajo las balas inglesas, no nos queda mis que caer miserablemente bajo las balas de
los enemigos". La muerte, á quien él había cortejado tantas veces, "no
quiso ofreeérsele tan bella" y tan gloriosa: lo aguardaba embozada y siniestra en una encrucijada de París.
Después del desastre, Ney reagravó su condición por una serie de
errores políticos; luégo quiso trasladarse, incógnito, á Suiza y á Estados
l:nidos . La fatalidttd lo retuvo en Francia.
La reación de 1815 fué tremenda. Fouché redactaba listas de proscripción, en las cuales, en buena justicia, debería figurar él en primera línea: "Duque de Otranto, le decía Talleyrand: vuestra lista parece contener muchos nombres de personas inocentes"; y Fouché contestaba: "La
opinión exige nombres, muchos nombres". El Mariscal Ney fue aprehendido el 3 de Agosto en su asilo del Cantal.
Conducido á París, se le apedreó, como sucede siempre, por las turbas !-severa lección para los cortesanos de la popularidad, la más falaz y
pérfida de las deidades, que nos sonríe en las horas de triunfo y nos insulta en la de crucifixión. El General Labédoyére fué fusilado el 9, Ney encerrado en la conserjería. Se procedió á la formación del Consejo de Guerra; los Mariscales de Francia que lo constituían, hallaron manera de dedinar la jurisdicción y por esta puerta de escape se apresuraron á salir:
entonces los ultras temieron que la víctima se les escapara, y Francia pre-

senció las escenas más lastimosas del frenesí, de la rnbia, á que pueda cou&lt;lucir la pasión política.
Los Ministros extranjeros como Pozzo di Borgo, amenazaban, si Ney
quedaba impune, con plagiarlo y llevárselo encadenado á Siberia; pero lo
más deplorable de todo fué la, actitud de las mujeres. Dice Viel Castel:
Las mujeres más dulces, transformadas en una especie de furias, exprei:;aban sin miramientos, sin escrúpulos, la impaciencia sanguinaria que lae
animaba . "Bah l" exclamaba una de ellas, "que no se haga morir de
ansiedad al prisionero y á nosotras también!" Duvergier de Naurnnne
dice: "Ciertas mujeres, al sólo pensamiento de que Ney pudiera escaparse
á la muerte, eran presas de accesos de rabia ó de dolor que hacían estremecer". Un testigo de la mayor excepción, Benjamín Constant, agrega:
"Qué ferocidad en algunas mujeres! Las palabras que ellas encontraban
posible exclamar, las encuentro yo imposibles de transcribir". Es digno
de toda atención este fenómeno de la sociología humana, que lleva á los
más deplorables extravíos á personas de bellos sentimientos, en los momentos en que son precisamente más ne&lt;Jesarias la tolerancia y la conmiseración.
Algunas horas solamente después de pronunciado el juicio de incompetencia por el Consejo de Guerra, la Cámara de los Pares aprehendió, por
una ordenanza especial, el conocimiento del proceso, y transcurridos largos debates y las delaciones obtenidas por los defensores, procedió lo. Cámara, el 6 de Diciembre, á la deliberación definitiva y al voto nominal sobre las conclusiones.
Jamás, desde la memorable sesión nocturna del 19 de Enero de 1793,
en que se juzgó á Luis XVI, se había presentado en los Cuerpos colegiados
de Francia una sesión más dramática, más conmovedora; el Mariscal Ney
estaba comprendido en la capitulación de Pads; se procedía, pues, arbitrariamente contra él; su sentencia estaba dictada antes de que se procediera á deliberar; las atroces pasiones de la época pedían una Yíctima, y
no había influencia, ni luz, ni justicia bastante poderosas á salvarlo.
Oigamos á Vogüé:
"De 161 miembros presentes, 160 rn5pondieron sí á la cuestión de
culpabilidad; tres votantes añadieron esta restricción: 'cubiertos por la
capitulación de París'. Un solo n6 se hizo oir, acogido por la Cámara
con estupor é inmediatamente explicado con estas justas palabras : "Hay
acontecimientos que por su naturaleza y su alcance, sobrepasan la justicia
humana, aun cuando sean culpables delante de Dios y delante de los hombres". Esta lección de valor y de alta sabiduría venía del más joven de
los Pares. Quien así hablaba era Víctor de Broglie. Se votó en seguida
la aplicación de la pena: 139 votos se prnnw1ciaron por la pena capital sin
recurso, 17 por la deportación, 5 se abstuvieron, recomendando el condenado á la clemencia del Rey. Cinco Mariscales y catorce Generales, compañeros de Ney, votaron la muerte; entre los signatarios de la terrible sentencia se lee el gran nombre de Chateaubriand; se ven también muchos
otros nombres que fueron llevados por gentes de corazón y de honor. Re11

• ¡,
e •

187

�rnn

HEVlSTA CONTE~lPOR,(NEA

REVIS'fA CO!i''l'EMPORÁNI&lt;;A

pibimoslo una vez más: &lt;lcbemos dep1orar la. preeipit:ición de csus hombres: podemos también condenar ese acto; no tenemos derecho de condenar sus eonciencias 1 porque nos es imposih1c colocarnos en RU estado Jt
tt-spíritu ni comprenderlo.''
El Mariscal se rnostró delante de las balas cmno en sus mejores días de
)foseow, de Boroclinu, de Eylau, de \Vaterloo; cay6 como soldado y como héroe. Su memoria, rehabilitada después, creció con el eterno prestigio del martirio, y hoy ;:;e levanta su apoteo8iS ele bronce-esa atrevida
,·reaci6n del cincel de Rude-en el sito mismo de su inmolac:ión.
El proceso del Príncipe de la iioskowa ser:í sempitern" fuente de reflexiones sobre lit atrocidad rle las pasiones políticas y lo aberrante que es
,lejarlas fallar en casos de irremediable consecuencia. ¿Quié puede erigirse en juez de sentencias irreparables, cuanrlo hi &lt;li,·ersidad de criterio lleva
á que unos aprecien como crimen lo que es para.otros una drtud excelsa'?
Durante las épocao luctuosas, el criterio de la razón gira locamente, como
la aguja imantada., en una. atmósfera sacudida. por eléctricas tempestades.
"Aun en tiempo menos inciertos dice Vogii.é, los proce~os polítieosy diría soeiales-herirán Riempre nuestro instinto ele lo justo. Creo que Sl'
pue&lt;l.P. ver la razón &lt;le esto: 1ft ju~ticia. es una máquina de precisión; cuando se le coloca á nivel, frente á frente de una transgresión bien estahlecida
y de un texto de la ley, funciona automáticamente, por decirlo así. Si se
entrega lÍ ella un mal particular imputable á uno solo 6 varios individuos,
nuestra equidad natural queda satii=;fecha,pcro en el caso contrario es comn
nna lotería; se asemeja. demasiado :i ese proeedimiento bárbaro de losantiguos, cuando dieznml,an una tropa sorprendid11 en ,ilguna falta . Toda•
las causas polítieas y sociales entran en la definición de Víctor de Broglie,
y por su naturaler,.a. y por su alcance, sobrepujan la justicüt humana ."
El espíritu del hombre fluctuará eternamente en presencia de la. dolorosa justicia de la política y de h trcmend:i ley de la guerra: el vértigo de
la pasión partidaria rompe la. concatenación del mciocinio, y el hilo del silogjsmo se cnmnrafia al viento de las revulueioncs . Desgrciados las pueblos, dice el A.poealipsis, que se embriaga1on una vez con el vino de la ira )'
iel rencor.
La historia ha menester de toda su serenidad para juzgar los actos de
los partidos cuando inmolan en las batallas 6 en los cadalsos- al fue1·0 de la
guerra ó al fuero de la justicia-la vida de los hombres, hija de Dios .
1

•••
El autor ,le estas lineas paseaba un dfa de Noviembre de 1899 por las
,ilenciosas avenidas &lt;lel cementerio del Pcre Lnchaise. Fatigado ele una
larga excursión por b nugusta necrópolis de la capital francesa, tom6 un
estrecho sendero descendente, en busca de un banco de piedra que se divi•aba en lugar poco visitado y como escondido en un rincón de aquella ciucl:td de los muertos. Una vez en ese oculto sitio, y después de un momento de destanso, se dió á vagar par los senderos abruptos que de allí arran-

,·aban, poco visitados por los turistas,¡ juzgar por la crecida yerba que lo•
,·ubría· allí no se veían sino tumbas modestas y como olvidadas, en medio
,le bos~uecillos de mirtos y de fresnos, mustios entonces y ya medio despojados por los vientos del otoño. En una de estas tumbas_ vió un~ piedra _no
más grande ni más pulida que un canto de &lt;erroyo y cubierta casi po'. la meulta yerb&lt;e; una inexplicable curiosidad lo llev6 á ap~rtar la yerba mvasoru, y entonces pudo leer, toscamente esculpida allí, como por la mano de
un niño, en caracteres desiguales, esta sola y gran palabra: NEY.
lPor qué aquel dedén, por qué aquel real 6 aparente olvido de urni glorificación para el héroe legendario en el asilo supremo de la muerte? No lo
&amp;.1.bemos • tal vez las pasiones políticas que abderon su tumba qu1s1eron apartar d~ eUa las ofrendas de la posteridad. · Empeño inútil: el sacrificio
añadió una estrella m:is ,¡ las qne decoraron el pecho del vencedor en tantas batallas. El tiempo paSit y pasan con él los rencores y las c6leras que
&lt;.'n un dfa de efímera exaltación creemos eternos; mas siempre se rccordar:i con dolorosa admiración aquella ilustre víctima de la razón de Estado,
ele sus propios excusables errores, y, más que todo y sobre todo, de la•
circunstancias en que se vi6 envuelto, sureriores á su vountad y fatales como los Destinos de la tragedia antigua .
CARLOS .,RTURO

TORREB

�141
Regó en tu pecho sus guedejas blondas

como sumida en amoroso dejo;

0

O

ya. no tunbiciona mi apolínea frente
fácil lisonja de caricia ardiente;
quiero dormir bajo la pnz del cielo,
pero dormir en tus mullidos brazos,
libre de insomnio, en tálamo de hielo ....

A JOSE ASUNCION SILVA

Tú, predilecto de los dioses, viste,
serena el alma y con esquivos ojos,
la fértil rama de laurei, los rojos
mirtos robados al amor . Naciste
para llevar sobre la frente rosas
de aroma extraño y de misterio llenas ,
para besar las sienes de las diosas
bajo los sacros pórticos de Atenas.

\'[CTOH "·

A tu velado gabinete, em·uelto
en vaga red de yedras tembladoras,
gala del rojo cortinaje suelto,
viste llegar, en las dormidas horas
en que al reír de alborotado coro
furtiva nota en los espacios yerra,
musa gentil cuya sandalia de oro
apenas rasa el polvo de la tierra.
Mas la guirnalda que tejió su mano
pobre la hallaste y sin matices; vano
fué su esplendor de juventud, que grata
sólo te fuera la corola inerte
en cuyos albos pétalos desata
soplo de aroma arrobador la Muerte.
Sólo esa extraña viajadora esquiv,c,
de frente blanca y de pupilas graves,
que el sueño infunde con sus labios suaves
y ama á la hermosa juventud altiva,
marcó tu asilo con su pié liviano;
y cabe el lecho, en el pesado muro,
vino á colgar con sigilosa mano
su leve manto de crespón obscuro,

bañado el rostro en límpido reflejo
bajo el albor de sus miradas hondas,
-¿Por qué la noche, le dijiste, tarda''
Es para tí mi juventud gallarda,
mi pecho esquivo á los amantes la,.os;

ºº

LON DOÑO.

�143

REYISTA COXTE:'IIPORÁ.XEA

llbismo por una ondina caprichosa, ó una viviente blanca flor cogida por
Pan entre el boscaje para ornar las sienes de Syringa perseguida.
La riqueza de sus gestos se esparce con inextinguibles sinfonías de mo-

vimientos.
Ora son indecisos, como los labios de un efeho que entrega su amoroso corazón en el temblor del primer beso; ora absolutos, como el deseo
vehemente de una. mujer que adora; inciertos, como el abrazo de una in-

LAS MANOS DE ELEONORA DUSE

fiel; subrepticios, como la pah,bra del qne ya no ama y aún engaña. Son
gei;;tos innumerables y protciformes: sonrientes,como la esperanza; entrecortados, como la ansiedad no satislccha; melancólicos, como el crepúsculo
en la pampa; ingcnuos,como la, fe; mustios, como unn nrnapola que agoni-

1

I

La 'ínea cumple en ellas el prodigio más unánime; la gracitt desgruna mil sonrisas en la exquisita ,~rtuosidarl de sus movimientos; el ritmo
c:ulmina en trepidaciones inagotables; la intención sutiliza sus matices máE
µersuasivos. Palpita en ellas una elocuente profundidad de vida: ora combustión de pasiones, ora paYOl' de tragedias, inacabable desmayo de ternu-

za sobre un seno hermoso .
Si su alma está risueña, sus manos se animan como juguetes de gnomos enloquecidos de amor y de jara.na; si distraída., &lt;:nscn.bclean al vibrar,
como un aleteo &lt;le avedllas entre las espigas de una mies madura; si do-

ras, ayes estertorosos, langnirleces supremas, Ansias incontenibles, alter~
nativamente. Razonan, embriagan, seducen, conmueven, convencen.

pretes expresivos de su angustia y pesadumbre .
Cuando su corazón se inquieta comienzan á revalotear como alas im-

Agita en cada mano la mitad de su alma.

I

liente, ellas recorren todos los matices de una melope,i sentimental, intér-

pre~soras que abanican el aire sin ~olenci.a .

Después se pliegan sobre sí

mismas, cadenciosamente: así el apagarse de un arpegio en las sonatas en

Manos que viven y piensan y aman y lloran é impetran: no tienen
iguales. Eslúmase en ellas la gama sentimental de más ricos semitonos,
exclusiva. En vano peregrina el recnerdo y la imaginación divaga . La

tono menor, así la interna murmuración del favonio qoe se desliza furtivo entre los pétalos de una eglantina.
lío ignoran la expresión de ningún sentimiento humano. Son divinas é infernales, castas y voluptuosas, tiernas y violentas: todas las manos

Qelleza, la elegancia y la fuerza conciértanse en ellas con plena armonía:

del Universo &lt;(están esenciadas)) en las suya:;.

humanas pupilas no ,;ieron jamás dos estuches de emoción labrados por
más saLio orfebre. Son obras maestras qne aniquilan en ger1nen cualquier
parangón, hermanas gemelas de una estirpe que en ellas se inicia Y ter-

mo, cual las ele Burne Jones; sensuales, como las sintió Murillo para sus

1nina.
Su físico es de hadas. El brazo parece brotar entre mangas de seda•
de Esmirna, cual de una hamadríade que vagara en el sendero de un bosque desierto, donde ni sombras de faunos pudieran perturbar sus meditaciones amorosas . Cuando se mueve conoce el secreto de complicadas actitudes; cu:indo reposa ostenta la misma desgairada elegancia de Mme .
Recamicr en el cuadro admirable de David.
De tal brazo ellas nacen como abanicos á medio entreabrir, y decora
la punta de cada yarilla, coqueta y flexible, una gema rosada, orgullosa
en rn engarce. Cuando la pasión las empurpura, diríanse esculpidas en
ónice rosa de Escocia; cuando las hiela el enojo, torneadas en marfil impoluto; cuando la agonía las invade,talladas en mármol ~oláceo de Tynos.
Cambian á compás del voluble corar.6n que late. Ya están frías, como el
desdén y la deshonra; ya tibias, como la pechuga de un pajarillo en celo;
húmedas, como párpados en efusión de congojas secas, corno labios mordidos por la fiebre. Cuando entreabre los cinco dedos sobre el seno mórbido
6 sobre un albo teclado, como un hcliántropo besado por un rayo de sol,
no sabría decirse qué es : una aterciopelada estrella de mar arrancada al

Extinguidas de romanticis-

vírgenes; viciosas, como la8 pone Anglada á sus mujeres de 1'Iontrnartre;

eusortijadamente aristocráticas las ele Ingres, exiguas y frágiles en las damas de Gaiusbourough, transparentes de poesía las de John Sargént, tranquilamente desmayadas las que en sm, telas insinúa Puvis de Chavannes.
Ora 1n mano se crispa como garrn que se clava y no suelta; rasga como lima que muerde: se aliviana, como espuma flotante; se tuerce, como

espasmo que desespera; se enarbola, como enseña que llama: se aprieta,

como nudo sofocador; se oculta, como estrella que se apaga; avanza, como
ptiñal vengativo; crepita, como antorcha incendiaria; se vuelca, como llu-

via iuundante; desborda, como aluvión desvastador; voltigea, como torbellino que arrasa. Es lúgubre y serena en el delito; empuña el arma con
donaire, e.orno la mano del Perseo &lt;le Benvenuto Cellini, tranquila sobre hl
espada que decapitaraá Medusa. Es, también, orgullosa y humilde en la
ternura; no perdería su garbo si le tocara sostener á Jestís inmutable, como la Virgen de la Pradera de Rafael.
Es, empero, suprema en el amo,·. La mano fué siempre el más elocuente mensajero y el más indisoluble nudo amatorio. J11lieta nació á la
dicha cuando Romeo tocó en mano ingenua. Siempre el corazón lleva su
fuego á las manos; y éstas atraen como hierro dulce el imán, como á la
abeja el polen, como al toro la capa de escarlata. Así esparcieron el amor

�14.:;
REVISTA CON'ff~MPOR.{NE.\

í 11
,:ohri."! el mundo las rn:mos tranR~ll'l'ntcs ele Cleopatra, tenazas de corazón;
las manos d_c Mimí, que buscaban en ln obscuri&lt;la&lt;l, troper.anrlo eomo dos
mar1poS.'l$ Ciegas; las manos embriagadorns de ~[anón y Ins Mtá.nica.r. &lt;lt•
la Montes¡,án, insaciables pulpos de voluptuosi&lt;lad; las manos inseguras ele
~1mc. Bovary, traidoras de su ilusión antes que el labio, engañru1rlo al
prop10 coruzón incomprensible; las soñacloras ,Je mil Olelias y Eloísa,;,
adelga1.aelas por el amor que enfiebrn su apretón de manos. ¿Recordáis l:t
galante cuarteta el,, Voltaire :í las gárrulas nmnns de h, Pompadour? Tuvo razón Gabriel D' Annunzio-disereto elogiador ele mnno:-:;-al resumir
,,n l:is de Hilvia Kcttalit toda h ¡~icsí.i de la belleza y del nmor . . ..

~n nidos de e:ari&lt;-ias. Ora :--t•ncillns, pant :u:ari&lt;:iar ángeles va¡x&gt;ro~~
c·ual los de Luca de hi Robhia; ora complejas, insuperables para, despertar dormidas scnsuahclades . Podrían deslizarse sobre un cuello con más
s~,wielad que
filo ele guillotina; ó pasear ,igilmente por sobre los lmese':'llos de_ las vertebras sembrando el calofrío, como una felpa á contrapelo;
o esparcH sobre un busto efébeo el ajetreo de mil co¡,quiJ!us int,•nninables
com~rtien&lt;lo h1 piel en teclndo armonioso bajo la yema de sus dedos.
'
Manos hcc·has para prestidigitar cora1.0nes, parn estrangular dukcmente cuellos ansarinos, para animar nivo~as cabelleras CC'ntenarias 6 peinar rulos de poetas soñadores, pcirn hilar el purificador r¡ue tubre el cáliz,
para_ domar_ l~mes, para tejer t·orona~, para ufrPndar guirnaldas, para impartir ben&lt;l1c1ones, para !•aludar á los hombres, para dar filtros de amor,
para rlesvanecer sombras 1 aplacar iras 1 di~ipar duda8, &lt;l.e~truír conjuros ....
Manos destinadas ,i interpretar sentimientos absolutos cuando la pala-

;m

lira no sabe traducirlos.
Leda, al verlas, pc&lt;liría el cuello de Júpiter transfigurado en cisne, ,·omo en la tela de Leonardo . El arpa cólica gemiría mejor bajo sus dedos
que por la misma filtraei6n elel austro. La serla estruja&lt;la por tales manos
podría cstremecertie como el aire en la caña de una flauta, 6 quebrarse &lt;·orno un rayo de luz sobre un espejo.
Es tan fino el contacto, tan elulee el &lt;lesfüar de su piel, qne ganas dan
,le trocar h, carne mortal por arena eterna, anhelando que esa mano cogiern un puliado y la dejara tamizarse lentamente por entre los dedos eomo si éstos lucran una clepsidra animada y sensual.
'

~Ianos ejemplares, modelos de artista, merecen inspirar el numen
ele los trovadores y de los músicos, de los coloristas y ele los modeladores.
Mil cuadros, mil mármoles reflejan su línea y su tono en movimientos diversos. Cu~ndo están quedas parecen ele cera elevota y ferviente, como la
en que fundieron manos de vírgenes los primitivos, como las que pintaron
Giotto Y Angélico, Filippo Lippi y Botticelli, Verrocchio y el Ghirlanelaio.
Si un~ de ellas sefia:a el cielo con su índice, evoca la línea perfecta en que
compiten al Mercurio de Juan de Bolonia y el Bautista del sumo Leonorda.

.Juntas para orar y pedir, no envidiarían á las de Santa Magdalrna de Timoteo Yeti ó á la.~ de In misma virgen que exorna la Nativiclael de Van dcr
Gioes. Volando en el aire, huycnelo inftdentes tentaciones de amor, son
imprevisoras como las de Dalnis se¡;uid:i por Apolo en la obrn maestra de
Bcrnini. Resueltas á la acción, tendidas como arco dispuesto á fulgurar
su flecha, ampliados los brazos en gesto absoluto, unánime, igualan el soberbio ademán de la heroína que separa á Sabinos y Romanos en la clásica
tela ele Da riel. Firmes y seguras, diríanse las de Judith lle,ando la cabeza
de Hololernes, en el cuaelro de Allori. Cuando la alarma las llena y conmueve, supónese que las vió Rubens antes de inmortalizarse en el rapto de
las hijas de Leucipo. Otros veces las sacude intermitente emoción y el
pulso altera su ritmo, como la diestra de la finísima dama de Frngonnard
que grab,i en un tronco la cifra de amor. Y más, aun más expresivas, se
esparcen y se anudan, miuntotras minuto, como las inenarrabl0o-ahiertas
las unas, cerradas las otras-eternizadas por Bou¡;uereau en Jo. Virgen Consoladora.
Todas parecen fijar en el tiempo un minuto &lt;le las suyas instables y
eternas. Un solo momento ele inquietud perfecta, pue.~ tales romo son,
vivientes, sonrientes, elocuentes, no eslú.n en parte alguna, ni se encnentr:.t
su molde en las más prístinas obras del arte humano

La Venus de Miln ha perelido las suya•l.L'l~ recogió algún mi~terioso Lohengrin, fascina.do por SUti prllnure.'-,
llev,in&lt;lolas á un remoto Monsalv:ulo p,•u·a infundirles vida y encarnarlas en

esta vivicnt-0 transfiguraci6n que nrr~stra al ~xtasis, nl paroxismo?
No pueden se otras.

O la hl'llcza tiene incógnitas cuyo emigma nos

~rii perpetuamente insoluhlc.

�j

1
1

POESIA PURA

~

II

-

LA IMAGINACION

IRÁS SOBRE LA VIDA DE LAS COS.\S ..
I r,ís sobre la vicJa de las cosas
Con noble lentitud; que todo llern
.\ tu sensorio luz, blancor de nieve ,
.l.zul de linfas ó rubor de rosas.
Que todo deje en ti como una huella
iiisteriosa grabada intensamente;
T;, mismo el soliloquio de la fuente
Que el flébil parpadeo de la cstrelln.
Que ascienchis á las cum brcs solitarias
Y allí como arpa cólica te azoten
Los borrascosos vientos, y que)roten
De tus cuerdas rugidos y plegarias.

Poseo un tesoro de tan gran ,alía, que á su pérdida prefiero la misma
muerte; en tanto aprecio lo tengo. El gran tesoro á que aludo es la ima•
nadón. Esta "locuela de la casa" ha sentado sus reales en mi?alma; ba~c adueñado casi por completo de mi razón y conquistado para siempre mi
sentimiento. Por ella vivo; y á su influencia, ya suave, ya terrible, se desliza ó precipita mi existencia entre mil cambios, matizada cen infinitas irisac·iones, comparables sólo con esos magníficos destellos que hacen brotar
un haz de rayos solares de un chorro de agua cristalina, pulveri1.ada en inc-ontables y diamantinas gotas.
Soy feliz no obstante mi pobreza material, porque mis goces más ama1los no son de los que se se compran con dinero; 1nis suefios no se realizan
poseyendo todo el oro del mundo, y antes bien, mi decepción sería muy
cruel si por monedas consiguiese hacer real la más modesta de mis fanta,:-ías.

Que esquives lo que ofusca y lo que• asom l,ra
Al humano redil que abajo queda.
Y que afines tu alma hasta que pueda
l~scuchar el silencio y ver 1a sombra.
Que te ames en ti mismo, de tal modo ,
Compendiando en tu ssr cielo y abismo ,
Que sin desviar los ojos de ti mismo
Puedan tus ojos contemplarlo tocJo.
Y que llegues, por fin, á la cscornlida
Playa con tu minúsculo universo,
Y que logres oír tu propio verso
En que palpita el alma de la vida.
ENRJQt' r,

(:O'iZ ,ÍLEZ )f.\HTÍ'iEZ

Gusté de soñar desde pequeño, y recuerdo que aguardaba ansioso la
llegada de la noche para comunicarme con mis fantasmas predilectos. Acurmcado en mi lecho, bacía desfilar ante mí semblantes agraciados ó deformes, y escenas placenteras y también terribles: las rubias cabecitas de Perrault, los duendes de los hermanos Grimm, las deslumbrantes rique1.os de
:\ladino, los Kalifas, las bayaderas y los genios de ·'Las mil y una No(·hes" tornaban formas reales y tangibles, en prodigiosa evocación, haeiéndome sonrefr, 6 infundiéndome un terror que no era dueiio de dominar !tan palpitante era la verdad de aquellos infantiles devaneos!
Á veces tales reconstrucciones hechas á costa de mi débil cerebro me
hacían daño; y entonces la angustia sofocaba mi pecho, el sudor cubría mi
frente y prorrumpía en 'gemidos de espanto, desvaneciéndose mi terror
cuando la mano suavísima de mi madre, que acudía á mis gritos, calmaba
mi excitación posándose en mi frente enardecida. Sus besos eran para
mí un bálsamo; pero en sus labios mismos encontraba un nuevo aliciente
p.ira forjar mis desordenadas quimeras.
-Piensa en los ángeles-decíame entre caricias-ituagínalos rodeando
d trono del Altísimo, entonando himnos de gloria y amor, entre nubes radiosas y celestiales músicas; piensa en la Virgen, en los Santos, en el An•
gel de tu Guarda que aquí está cubriéndote amorosamente con sus alas;

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REVISTA COMTEMPORÁNEA.

piensa, piensa mucho en mi, que te adoro, que velo por tí, que no quiero
que llores ......
Y sus besos premiosos sellaban mis labios prontos á &lt;levo! ver el ósculo
sagrado; y se retiraba después de hacer sobre mi frente, sobre mi cuerpo,
con ademán sublime, la señal de la Cruz, como si pretendiera atraer sobre
mi cabeza la bendición del cielo, y con ella todos los dones del Santo Espíritu.
Apenas su blanca silueta des~parecia entre los resplandores de la lámpara. que llevaba. en su mano, la ob..;curidad me volvía á mis incorregibles:
fantaseos, n.prover:hn.rn.lo pa.ra. ello::; las últim:i.s recomcndacionc3 maternales; y era entonce:-; lo que mi iint¿inaci5n m3 prns3nta..b.'.1. con claritl;1tl extrahums.na, el Símbolo de h Trinidal Au,.u,ta : un ;.ran tri,(ngulo todo
resplandeciente, con los tres ~ingul1H de ce.:5,ulúra brillantez, como un inmenso foco de donde tomase origen la luz de las constelaciones y el fuego
de los soles; abajo miriaclas de ángeles postrados, recogidas las alas cuyoe'
níveos plumones temblaban de temerosa emoción, balanceando á veces incensarios de oro y pedrerfa; y otrns, fijandú extáticas miradas en el .Miste-

rio incomprensible. En círculos concénticos y en armonioso conjunto giraban los querubines de caras infa.ntiles y encantadora. sonrisa , anegadofla
en la luz indeficiente y flotando en ella como áureos eorpúsculos en un rayo
de sol.
Creía. entonces ver la misma faz divina, sintiéndome embriagado de
un deleite que todavía endulza mi memoria. lCómo imaginaba que era
Dios? 1Oh, de múltiples formas que en mi candor de niño juzgaba Yerdaderas I A veces present,ílmseme en figura comprensible y humana: era
la propia persona de Jesús divinizado, tal como lo había visto en las estampas, cuando la transfigumción en el Tabor ó en su ascensión gloriosa ,í
los cielos; otras, era el Ojo avizor de la Providencia que lanzaba rayos de
su pupila escrutadora y terrible; á veces, las más, el anciano majestuoso y
severo á cuya diestra se veía sentado el Cristo exornado con la cruz; y sobre sus cabezas, y en forma de paloma y abriendo sus alas, el Espíritu qm•
misteriosamente procede del amor y contemplación eternos del Padre y del
Hijo .......
Y sucedían los coros de los Angeles á los coros de los Serafines, de la&amp;
Potestades; las legiones de Mártires con purpúreas vertiduras, las c:indida,
vírgenes entre Jaq que sobresalia la Sin mancha como entre azucenas un
hermosísimo blanco lirio .....

Mas pasaron aquellos tiempos de fe ingenua y candoroS'll esperanza; r
3penas en los comienzos ele la juventud, debilitado ó muerto quizá el principio religioso, otros motivos estimularon mi siempre excitable iantasía.
iOh! ¡y cuánto gocé entonces con las deliciosas mentiras que fonían sn

119
~siento en el Olimpo. En tiempos anteriores refrenaba mi imaginación
porque el respeto y el temor religiosos me obligaban á ello: Jehová era
para mí un Dios terrible y vengador ; en cambio Júpiter ...... . una ficción
poética que jamás. me causó miedo; tonante de mentirijillas, son sus rayos
de latón dorado, y su,; aventuras de calavera antojadizo y casi omnipotente convid,m á la irrespetuosidad y al de,icnfrcno ; y a.si, ya consideraréis
si no me ima;.inaría, á todo mi sab:ir y con todo lujo de detalles, la engafiifa del Cisne mitoló6ico debatiéndose amoroso entre los brazos de Leda, el
rapto de Enrnpa por el toro ¡oviano, la lluvia de oro .....
También icómo era para mi esplendente la ch1rísima evocación del
nacimiento de Venus entre las espumiis aljofaradas del mar; veía temblando de emoción el resurgimiento del nacarado cuerpo, de indescriptible
hermosura, y recibía en plena ahna la sonrisa afrodisiaca de la diosa .. .. .

Sí, puedo evocarlo aún: es un campo en que verdeguea el césped brillante con diamantinas gatos; la roja sangre de las flores se destaca vivamente sobre el follaje agreste, y los ,irboles umbrosos balancean sus copas
sobre troncos por los que ascienden pfünp,mos en apretados espirales; sobre
el estanque terso é inmóvil como de plata, en el que reverbera un sol otoliol, se deslizan los blancos cisnes como impelidos por el suave aliento de
las dríadas, y en la orilla más lejana veo sonriente á Diana Cazadora, ro,lcada de sus ninfas; y allá los esbeltos lebreles de aguzado hocico, quepa·
san cual rehtmpagos entre las espesuras del bosque .. ..... todo un cuadro pagano en que á la belleza desnuda sirve de maTco un encantador paisaje.
Oigo las argentinas netas de divinas voces resonando en medio del silencio
nemoral; veo las deliciosas formas femeninas que rompen los cristt1les del
;1gua al sumergirse, produciendo un misterioso rumor de oleaje, y percibo
los destellos luminosos que emergen de la diosa .......

Ahom l'Onservo aún vigorosos y flexibles los resortes ele mi fantasfa, no
obstante la lucha diaria que desgasta y aniquila los ideale,, y mata las
fuentes de la imaginación; pero mi amor por lo fantástico y lo imaginativo queda en pie, y en mis frecuentes noches rle insomnio, gozo en atravesar con mi pensamiento hasta las inaccesibles alturas donde tra,.an los astros sus órbitas inmensas; siéntome entonces arrebatado por la irresistible
fuerza de la atracción universal, y paseo de mundo en mundo mi espíritu
,¡ue se deleita entre siderales paisajes que nunca ojo humano viera .... .
y si bajo á In tierra, siempre mi inrnginaci6n encuentra un roml,u-

�150

TIEYISTA CO!\TEMPOR.(NEA

rente pasto en que ella misma se incendia: es una aldea risueña de Suiza,
al borde de un lago donde se retratan las montafias que lo rodean; son los
altos picos de los Andes acariciados por las nubes que bogan dulcement&lt;: en
el mar infinito del espacio; es la extensión helada de la estepa; la horrible
soledad°del Sahara, en que los oasis parecen estrellas lucientes en el n~gro
abismo del firmamento; es el fragor de la tormenta y el horro1: angust10so
del naufragio; es el combate de los hombres contra los dioses mhumanos,
las ciudades destruidas por el terremoto ó por el fuego, los terrores de un
general diluvio, los grandes cataclismos plutónicos en los tiempos en que
la Tierra no escuchaba voz humana aún; es el mismo derrumbamiento de
los astros en terribles colisiones apocalípticas . ... ..esto Y más dona nu fanfasía á mi espíritu, haciéndome gozar, suirir, deleitarme, sonrc~r, aborrecer y amar, y que despierta en 1ni interior toda la gama de pas10nes, desde la ternura amorosa hasta el odio implacable.

Siendo esto así, y no pudiendo-ni lo deseo- mata'.· en mí c~rcbro el
origen de mi excitabilidad imaginativa que no me per:mtc Heg~r a l'.' :onsecución de algo electivo que fuera una áurea 111edzocndad s1qmcra, ¿corno
queréis que no considere mi imaginación como el llnico tewro que po~eo
y que no n1c sení arrancado f-lino con la misma vida:?
JE,SÚS

GALLO

ANA MARIA
P.\IU líNA. AMIGA Qll~: )[E PIDE UN CUE;\'fO.

Era la agonía de la tarde, extinguíasc el incendio en las lejanías clel
l1orizonte, y la marea de las sombras surgía lentamente del mi;-terio del
lx1sque. Corno corcovas de camellos gigantes, los montes destacábanse sobre el fondo gris clel cielo uniforme y sereno, y tras de ellos despefiábasc
,·l torrente de la lumbre crepuscular.
Allá, en la campiña, exwndíase el pequeño villorrio con sus en.sitas
blancas, diminutas, iguales, que se antojaban un monstruoso rebaño mantenido en perpetua quietud por algún extrafio encantamiento.
Y sobre la cresta de un inmenso peñón rodeado de encinos seculares
por cuyo ramaje había pasado el hálito de los siglos, levantábase, negra é
imponente, lo, ciclópea mole del castillo de Peiia Blanca. Diríase la
montaña de los hombres sobre fa montaña de Dios, mole sobre mole, inmensidad sobre inmensidad.
Mansión de los templarios había sido en époc.t remota de grandezas y
gloria, y de nieblas y sangre, y habíanle respetado, el tiempo que todo
lo destruye y los hombres que nada respetan, como si en torno suyo, y para guarecerlo, vagase el recuerdo de aquellos paladines legendarios, mil&lt;ttl
monjes y mitad caballeros, que defendían la cruz con la espada, y llenaron
los campos con su sangre y la leyenda con sus hechos.
l\Ias no son ya los invencibles de la Orden del Temple los qúe moran en
el viejo castillo, ni se llenan sus agarves de guerreros, ni se engalanan sus
patios para regios torneos, ni se oye en las escaleras el chocar de las armaduras: muertos están los caballeros del Temple, solos los agarves, tristes y
abandonados los patios, y las armaduras en los rincones de la gran sala de
armas. El Conde de Peña Blanca no es ya el gran maestro de la orden
hidalga, es un apuesto joven que se educa en un colegio delanoble Alemania, y en tanto, el castillo de sus antepasados está á la guarda de una familia de viejos servidores que de él cuidan con religiosa veneración.
Dos ancianos son, hijos de sirvientes y sirvientes ellos desde nacidos de
de los condes de Peña Blanca, y es su historia la de aquéllos, y su servicio
una obligación sagrada trasmitida como herencia inviolable de padres á hi-

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REVISTA CONTErt[PQR,b.'"EA

REVISTA CONTEMPORÁNEA

jos. Ellos son los que de tarde en tarde suben á los agarvcs en busca de
nidos que las aves cuelgan en las negras almenas,y con tristes ojos contemplan la silenciosa campiña, el obscuro bosque, los montes erguidos y escarpados, todo lo que un tiempo fuera dominio &lt;le sus ricos señores.
Y en medio de tanta ruina y tamañ&lt;i tristeza, Ana 1farfa, la hermosa
bija del anciano Gaspar, crece como una virgen flor á la sorn bra &lt;le los

negros bastiones.

¿Quién es Gaspar, y quién Ana l\Iaría?
En un diminuto pabelloncito blanco, colgado como un palomar á un!L
ladera del peñasco, separado por el foso de las murallas del castillo, vive
un vejezuelo enjuto y amarillento, á quien de cuando en cuando miran los
vecinos en lo alto &lt;le !ns ojivas, sacudiendo el polvo y aereando las húmedas salas: á ese vejezuelo le llaman el tío Gaspar.
Ayuda &lt;le cámara, criado, montero y caballerizo del muerto conde de
Peña Blanca, al cuidado quedó del joven hijo y del viejo palacio. Quince
años hace que murió la buena tía Berta, su mujer, dejándole una chiquilla hermosa como un sol y fresca como un ama.necer, que cmpeza ha ya
,í arrastrarse por las losas heladas de los vetustos salones y á decir «mamÍL
y papá» con aquella su vocccita dulce como un gorgeo. Muerta la madre,
no quedó en la casa mujer que de la niña cuidase, y no queriendo abandonarla en extrañas y mercenarias manos, su padre el tío Gas par, y su tío el
Sr. Miguel, en ella pusieron todo su cuidado y todo su cariño. Padre,
madre, aya: todo lo fueron para la buena y querida Ana l\Iaría.
El Sr. ~Iiguel, cinco años más viejo que el tío Gaspar, cuando éste en
el palacio servía al conde de Peña Blanca, sembraba él unas cuantas hanegas de tierra en los dominios del castillo. Ahí, un árbol al derrumbarse
en una noche de tormenta, Je hirió la espina dorsal, y le dejó inútiles las
piernas. De esto hace diez años bien contados y desde entonces el Sr. Miguel, en la gran sala de armas del castillo, hundido en mm poltrona de cuero, rodeado de viejos libracos y de amarillentos pergaminos, sin más compañía que la de aquellas cinceladas armaduras que en los rincones de la sala yerguen su rigidez de estatuas, y de aquellos ceñudos caballeros y nobles
damas de regias vestiduras que se destacan de las telas que visten los muros,
vive lejos de todos, engolfado en sus queridas lecturas, en íntima vida con
aquellos audaces justadores y aquellos nobles aventureros y galantes, y aquellas damas de profundos ojos misteriosos, que tantas víctimas hicieran entre la andante caballería de lejanos y nunca bien llorados tiempos.
Un solo ser vivo acompáñale y mora á su lado, Ana l\Iarfa; quince
años cuenta, y diez de ellos en el viejo palacio, en la vetusta sala helada y
silenciosa, en compañía de aquel Sr. Miguel más amarillento y adusto que
los caballeros de las telas y las figurns dfr los tapices y el pergamino de sus
libracos, en aquel ambiente de soledad y de ruina, entre aquellos seres

153

muertoi, que forman su mundo todo, un mundo en que nunea se ríe, un
mundo de espectros gloriosos anonadados bajo el peso de su grandeza.
Ahí las lecciones del Sr. Miguel enseñáronla á leer, y fueron .aluminosos cronicones los primeros Ji bros que deletrearon sus labios frescos de
, iña, que se fueron empalideciendo poco á poco, como si aquella lectura
Je, robaSe el color y la vida; fueron aquellos inmensos tapices, poblados
de~extrnños personajes, aquellos cuadros que encerraban ceñudas é imponentes figuras de guerreros y de damas, aquellas armaduras cinceladas que
se destacaban entre las sombras como raros fantasmas, aquellos trofeos deslumbradores que relucían en los muros, aquellas estanterías de nogal tallado que se antojaban un monstruoso andamiaje ó un inmenso esqueleto,
aquella inmensidad de papelotes y libros viejos, fueron lo primero en que
se recrearon sus ojos sorprendidos, y parece que todo aquel espectáculo de
muerte echó un velo sobre su brillo y esplendor, y dejó en sus pupilas
aquella mirada nostálgica &lt;le las místicas mcdioevales.
Lii voz cansada y lenta del Sr. Miguel que lefa ó narraba, era lo único
que llegaba á sus oídos; y cuando el domingo, en el camino de la ermita,
sorprellllíala la gritería de la chiquillada y la chai-la de mows y mozas, aquel
era para ella un ruido extraño que la molestaba como si la turbase en un éxtasis. Luego la voz del oficiante, el rum rum del rezo, el olor del incienso, el repiquetear de las argentinas campanillas, la volvían ,í su mundo,
aquel mundo que la habían hecho olvidar la gritería de los chiquillos y la
charla de las mozas, y al salir de la iglesia, extrañábala no encontrar á la
puerta la carroza ó la litera, la menina entre los almohadones y á la portezuela el paje.
El tío Gaspar, la esperaba ansioso. A su lado se sentaba, al pié su
cestillo, 1,, costura en la mano, á escuchar la tierna narración &lt;le! viejo.
Jcanm tenfa de exéntrico y aun creían lo hechizado. Su cabeza estaba llena
de gloriosas leyendas, sus ojos, siempre fijos en el pasado, un pasado que
lloraba, y en sus labios, siempre nombres de caballeros. Aquel mundo,
"rn también el mundo de Ana María, que en él había crecido como una
flor de invernadero.
To&lt;la ella parecía arrancada de una vieja tela.
Llena estaba su mente &lt;le todas aquellas hermosas aventuras de los
eronicones,en que gallardos paladines peleaban por su dios y por su dama,,
y en el último suspiro, sobre el ensangrentado campo de batalla, enviaban
el beso pcstrero á la abandonada señora de sus pensamientos. Cerrados los
ojos, miraba pcr angostas callejas embozados rondadores, abatida el ala
del chambergo, la mano en el puño de la espada; dueñas oficiando de terceras que les guían á voluptuosos retretes; escalas que cuelgan de Jo alto-de
los muros, tapadas que huyen, desafíos en mitad de la calle, á la luz de una
lamparilla encendida en sagrada hornacina. Luego, en la calle silenciosa.,
un balcón que se cierra, una escala que se oculta, una ronda que pasa, y
al pié de fa hornacina el cadáver de un hombre.
Contemplando los retratos de los cortesanos, sus sueños dirigíause al
real palacio do la villa y corte. Y sofüíbase nllí: su hermosura opacaba to-

�154

REVISTA CO:-.'TEMPORiNE.\
REVISTA CONTEMPOR,(NEA

das las hermosuras, escuchaba á su paso por los regios salones un murmullo de asombro y de deseo, y sentía las miradas ele todos clavarse en su cuerJlO .hermoso y tentador, en su cabellera ele oro aprisionada en fina redecilla,
derramándose en dos grandes rizos en jardinados á los lados de su purísima,
frente, en su hechicero rostro virgen de blandurillas y solimán y toda clase de femeniles afeites, pues que á la cera no debía la frescura de sus labios,
ni á la quitadora de vello la blancura de su tez; en su seno mal .elado por
h transparente valona cariñana, en sus graciosas formas acusadas por el leve manto de humo, en su chapín de raja Florencia que jugueteaba bajo el
tisú del guardainfante.
El castillo, las salas, los patios, habían hecho presa de ella, y no la soltarían ya. En sus viejos infolies se hal;&gt;ía nutrido su virgen alma de niña,
y de ellos había bebido la vetustez de sus ideas, y ellos la habían dejado en
el rostro In palidez de su vitela. Aquella sala era su prisión, ahí estaban
para impedirle la salidn, las férreas armaduras que guardaban las puertas,
aquella legión de guerreros y magnates que la miraban desde los amarillentos cuadros, aquellas extrañas figuras de los tapices, y aquel ejército de libros viejos formados en las estanterías de talla&lt;lo nog,ll.
Y sobre todo, el buen señor Miguel que la había nrrastra&lt;lo consigo al
fondo de aquel paMdo sangriento y glorioso.

que trajo de Ambers su majestad D. Carlos V, y adornaron el real palacio.
llegalo fué del glorioso monarca á D. Ferrán, segundo conde de Peña Blan·
que estuvo entre los vencedores de Villalar. Aquel otro, el que está á
!,,derecha ,le Doña Margarita, Marquesa de Ciuda&lt;l Real, es copiado de un
cartón del célebre Antonio Van Dick, y trájolo la marquesa cuando su enface con un Pelia Blanca.
-No le parece á usted, prcgunt6 Ana María como si no hubiese eseuc'hado la narración de los tcipices, no le parece á usted que su rostro tiene

"ª•

º•

*
••
Aquella tarde en que nuestra historia da principio, la lectura se habfa
prolongado hasta la huída de la luz. Y el señor Miguel seguía narrando,
y Ana María, perdida en el espacio la mirada nostálgica de sus grandes ojos
claros, escuhábale atenta, trans¡x,rtacfa á aquel lejano país ele lns ley,mdas.
En sus manos estaba la costura, tm pequeño almohadón deshilado que
bordaba inconscientemente, y más de una rcz, habíase figurado bordar un
tahalí para el amante.
-Mira, decía el anciano Miguel, aquel que está á la derecha del trnfco, aquel del gran marco negro, el de la nrmadura florentina tan admirablement3 cincelada, es Don Iíiigo de Pc1h Blanca, primer conde de su nombre, á quien este señorío dicra,cn premio &lt;le su valor, el Rey Cristianísimo
Don Fernando de Aragón. No se adivinan sus facciones, porque trae calada la visera, habiéndose hecho retratar así por un raro capricho. Era
~u armadura tan pesada, que sólo un hom brc de su corpulencia y lortalem
era capaz · de vestirla, y por la sola armadura conocfale todo el mundo.
Cuentan que cuando el Rey Don Fernando vió ese retrato, dijo: Quien
tal armadura viste, no puede ser otro que Iñigo de Peña Blanca.
- Sí, contest6 Ana María, helo leído ya .
¿y aquella seíiora, laque
€süi junto al tapiz flamenco, no es Doña Blanca, la esposa de Don Iñigo?
-La misma; y yaqne de tapices has hablado, sabe que ese fué de los

l

mucha semejanza con mi rostro?
-Vanidosilla ! contestó riendo Sr. Miguel; Doña Blanca era muy hermosa, pero puedes holgarte de parecerte :i ella.
- Cuénteme uste&lt;l algo de ella, que sé muy poco.
-Antes te contaré algo d" rn valiente esposo . A nombrársele cmpie·
r.a en la crónica de Hernán Pérez del Pulgar, aquel primero entre los valientes, y su nombre est,í ligado á una gloriosa leyenda. Conocid,1 de toclos
cm el valor extraordinario de Hermín Pérez, el alcal&lt;le del Solazar, y sin
embargo, una increíble aventura llenó de asombro á amigos y enemigos.
lhuante el sitio de la morisca Granacla, re!ugio de infieles, todos hicieron
alarde .de valor, y las hazañas seguían á las hamiias; mas la de Hcrnanclo
ele] Pulgar á todas sobrepujó.
Acompañado sólo dc unos cuantos escuderos tan aguei-ridos y
valientes que sus proezas andaban ele boci, en boca, encontrando en tod,ts,
palabras de elogio y cnsalmmiento, penetró una noche á la ciudad sitiadn,
,ven la gran puerta. de la mezquita mayor, con un puñal que arrancara dl'I
einto, .clavó un pequeño cartel que ostenta.La en oro este lema glorioso~
Ave Jlfaria, tomando posesión de aquel templo del falso Dios en nombro
ele] Dios verdadero, y para el vcrda&lt;lcroy único rey. No contentos con ello,
encamináronse ,i la Alcaicería, arrojando dentro las antorchas eneendi&lt;las,
¡,rendieron fuego á Granada, y atropellando moros llegaron victoriosos al
C'ristinno campo de los sitiadores . De boca en bocn corrió el suceso, y todos hiciéronse lenguas de tamaña heroicidad, sólo propia de caballeros de
gran temple, entre los que se encontraba nuestro D. Iñigo. Enamorado
end:tba á la sazón de una bella y noble dama sevillana que hasta en tonel'•
ltabfaselc mostrado csquirn y desdeños,i, mas al tener noticia del tan extraordinario arrojo de su galanteador, rin&lt;liolc su corazón y ofreciole su ma110, en premio de tan gran proeza. ~:1 Rey también quiso premiarlo., conc·e&lt;liéndole por real decreto el señorío de Peña lllanca.
-)fucho há que amo á Don Iñigo, dijo Ana María, pero hoy que mt
habéis contado su historia, ámole mucho más. Al través de esa celada y\&gt;
he adivinado unos ojos de mirar valiente y franco, y bajo el férreo pe!Q,tm
,.,,razón abierto y noble.
-iC'm\nto debe haber ama&lt;lo ,¡ Dotia Bl,inca, vcrd1Jd?
-Mucho, hija mía; y mira, aquella armadura que está á tu espalda, .es
la célebre armadura de Dr,n Iñigo.
-Las manos de Doíia Blanca, deben haberla tocado muchas veceB,no
(•~ cierto?

�REVISTA coxTE,tPORÁXEA

157

llE\"ISTA CO)ITE'.\lPOHÁNEA.

1:;G

en el castillo de sus antcpasaclos, y quince lleva en él sin pensar en aban-

-De seguro.
- i Cuánto huuicrn yo amntlo al Conde Don Iíiigo !
-1 Pero si tú eres una vill11rnd
-Y qué, si como Doña Blanca scy hermosa? Hubiérnmc hecho condes11
do Peña Blanca, y mi retrato estaría en los muros como el de todas esa,
nobles damas que los llenan. En sez de esta l"squiña, llcrnría rico traje
de terciopelo, amplio y pesado manto, sobre mis ropas deslumbrarían joya~
reales. Son tan ricos esos trajes, y tan pobres mis sayus y mi jnb6n, que
cuando entro á cst11 saln me siento como avergonzadt1.

Y anciano y niña., pensaron, pensaron en aquel mundo muerto en que
tan felices habrían sido, entre aquellos caballeros mlientes y a&lt;¡ncllas damas hermosas. En tanto, cxtinguíase la luz de crepúsculo, y las sombras
inundaban la sala; parecían las armaduras negros y rígidos fantasmas, en
eterna guardia cabe las puertas blasonadas; en los tapices bailoteaban las
figuras, y los retratos abandonaban los marcos pam ir en busca do 1:i. lut
que huía poco á poco por el vano de las ojivas ..
Y la voz del tío Gaspar ammcó de su ensueño á Ana llfaria y á Se!ior
Miguel.
-He, decía el viejo desde una de las grandes puertas: encended luz,
que no puedb darse un paso.
Ellos se extrañaron de encontrarse á ohscuras: no lo habían notado.
-Os traigo una noticia, oontinuó. He recibido carta del Kr. Conde
Don Luis, y me anuncia que llegará mañana.
Ni Ana María ni el Sr. Miguel despegaron los labios; parecía que la
sorpresa de la noticia les hubiem enmudecido. Y por la primera vez, desde hacía muchos a!ios, recordaron que aquello que crnsu mundo tenía dueño, un due!io que podía hacer de él lo que quisiera, violar aquel sagmdo
recinto, arrojar los libros por las ventanas, y á ellos mismos echarlos á la
alle si así le p.~recia. Desde muy ni!io, el Conde Don Luis no había
vuelto una sola vez al Castillo de Peña Blanca.
La sorpresa de Ana María, fué bien distinta ele la del Sr. Miguel: iba
á conocer á un conde, y á un conde de Peña Blanca. ·
Aquella noche se acostaron muy tarde, después de sacudir y arreglar
las inmensas salas, y ya en su lecho, entre las sombras de la alcoba, soñó:
!!Oñ6 que el conde Don Iñigo volvía vencedor á su castillo después de la
toma de Granada, que noblr.s y bellas damas disputábanse el amor del
héroe, pero que él las desdefiaba y huía de ellas, herido de amor por una
villana, y que esa villana era ella, Ana María, y que el comp.~ñcro de Hernán Pérez del Pulgar, á sus pies ponía ~u nombre y sus blasones á cambio
del tesoro de su cariño.
Y que la villana translormábase en la Condes.~ de Peña Blanca.

Había anunciado el joven Conde que un par de días pasaría t,m s6lo

donarle.
¿Habíale retenido la belleza de los bosques, el esplendor de aquella
nnturnle1,¡1 pletóriea y salrnjc, el recuerdo de sus antepasados que yngal&gt;1
rn la viejtt fortaleza? Nadie lo sabía á ciencia cierta, por más que todos
lo suponían. Todos, menos Ana Marfo..
Cuando el primer dfa le vió suhir la monumental es:!alera, seguido d,·
dos labriegos que llevaban el equipaje, se sorprendió de no ver la espada ñ
su costado, ni en sus hombros la airosa capilla ni en su cuello la gola almidonada. Ella no se imaginaba á un Conde sino con espada al cinto r
pantalones cortos. Pero no por e,;o le gustó menos. Era un joven robusto, alto y ancho de espaldas, de rostro moreno de rudas facciones castclla-nas, y sus grandes ojos negros tenían alb'O de dureza y algo de soberbia.
l'ero los labios delgados y rojos, animali.\n con una eterna sonris.1 uqucl
rustro casi adusto de antiguo retrato. No de otra manera se había imaginado Ana María al Conde Don lñigo.
Desde la primera entrevista, una juvenil camaradería unió á los dos
j,ívenes. Eran dos iguales: ni el Conde l'CÍa en la muchacha una hija de
\'illanos, hecho á la democracia de la moderna ju\'entud, ni Ana María vió
l'n Don Luis al hijo de sus sefiores y sci10r y amo de sus padres. Parcela
que fuese un amigo mucho tiempo esperado que por fin l'Oll'ín.
En cuanto á él, le sorprendió la franqueza de la joven, su cuerpo aniñado, toda aquella aureola do inocencia que la rodeaba. Y se sintió atraído por la novedad, pues en el inmenso catálogo de sus mujeres, sus alem:,nas de ojos dormidos y carnes lechosas, y su.~ esp.1ñolas b,arridas y sensuales, aquella mujer de formas imprecisas de eleho, de carne casi diáfana,
cm una verdadera novedad. P,tra Ana MarÍ:\, aquél cm el esperndo, el
noble hermoso y valiente por tuyas venas corrfa sangre gloriosa, el descendiente de paladines legendarios, el castellano enamorado y audaz, disputado por las hermosas, el que debía llegar, y no lo sorprendió encontrarse un
día frente á él. Ki uno ni otro se dieron cuenta de ello, é inconscientemente fueron tejiendo la malla que los debía de nprisionar.
Aun el mismo señor Miguel se había hecho simpático nl Conde D. Luis.
Escuchaba atentamente 0~1s eternas narrnciones, sus interminables leyendas, y entre los libracos y manuscritos de la biblioteca, p.1sábansc las horas muertas aquellos tres enamorados del pasado. Jamás Ana :María y D.
Luis hablaban de sí mismos: las conversaciones eran las de Ana Maria y
Sr. Miguel, con un comp.'Úicro más, y era todo. Pero el día había de llegar en que se encendiera la chi•p.~, y el dfa llegó.
Una tarde, después de la frugal comida, encontrábanse en In sala dt
armas, señor Miguel, ante la me.,a llena de papeles y libros, y, á la lu• de
una ojiYa, Ana :!llaría y D. Luis, muy cerca el uno del otro, unidas ~u~
butacas, viendo las estampas de un antiguo libro que descansaba en las rodillas de ambos. Eran unos viejos gmbados de Cornelio Cort, hechos el
año de 1570, y copiados de célebres cartones de Tiziano Vecellio.
Sefior Miguel no c.'\bía en sí de contento. Aquel muchacho era una al-

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REVISTA CO~TEMPORÁNEA

haja: hurgando aquí y allá en la vieja biblioteca, había encontrado 1·erclaeleras joyas: un libro de heráldíca, otro de alquimia, otro de fueros y ordenamientos, un libro de marischalchería, del Siglo XIV, la leyenda del
Caballero Cilar, del mismo siglo, el Decamerón de Bocaccio, editado en
Rávena, unas glosas del Padre Nuestro anteriores á la Vulgata ele San Jerónimo, é infinidad de autógrafos ele ilustres personas, que apenas si señor
Miguel se atrevía á tocar, temeroso de profanarlos . Además, en un viejo
archivo había encontrado la historia de muchos de aquellos tapices, historia por la que venía á saberse, que muchos eran sa.liclos de la gran fábrica
real fundada por Jacobo Vandcrgorten, el ffamenco, traído expresamente
de Amberes por el cardenal Alheroni, ministro ele Felipe V, para que la
estableciese en Espafia, donde no había ninguna.

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REVISTA CONTEMPORÁNEA

Ana María volvió y se extrañó de no encontrar á D. Luis. Y en la
butaca se sentó á esperarlo. Afuera, el campo solitario dormía; en el cielo claro y limpio, centelleaban miríadas de estrellas, y á lo lejos se dibujaban las negras corcovas de los montes.

• o
1

• 'o

El sefior Miguel, estaba loco de alegría. Y mientras los jóvenes leían
las estampas, él les narraba, con detalles preciosísimos en aquellos libracos
encontrados, la feudal leyenda del Rey l\Ionje.
- Y el Rey D. Ramiro, decía el viejo, para ahogar la soberbia de la
noble,;~ que amenazaba revelarse, mandó construír una campana de tan
fuerte sonido que en todo Aragón se oyese, una campana cuya voz fuese la
voz de la monarquía. Y en las cortes de Huesca, habiendo sabido de unos
rnsallos en rebelión, mandó aprehenderlos secretamente, cortándoles á todos la cabcza,rodeando con ellas la gran campana y colgando á manera de
badajo, la del ArzoLispo g_ue había encabe,,ado á los rebeldes. Entonces,
el sonido de la campana congregó á los nobles y les hizo ver el horrend(,

cuadro de su justicia, anunciándoles que su cahcr..a., en caso i{,'ltal, serviría
ele badajo á la campana del Rey l\Ionje.
Ante los ojos de Ana María, agitábanse toelas aquellas imponentes fi.
guras -evocadas por la leyenda del Rey Monje: los cuerpos decapitados sobre el ensangrentado pavimento, las cabezas contraídas en gestos desesperndos -rodando á los pies de D. Ramil"O, los nobles espantados ante el horrendo espectáculo, atropellándose en la puerta sin atreverse á penetrar á
aquel antro ele muerte. Ella misma se estremecía, estrechándose aun
más contra D. Luis, su defensor, su caballero . El, en cambio, apenas había escuchado la narración, su mirada erraba de las blancas manos afiladas &lt;le la absorta Ana María, á la nuca sonrosada donde los ca bellos rubios fingían un florecimiento de oro; de l,i pequeña y roja boca, á los ojazos grandes y tmnquilos como las aguas de un lago. Ana María, cohibida
por la emoción, no le veía. El nunca la había visto más hermosa. Llegó
la noche, y el Sr. l\Iiguel quiso irse á la cama: Ana María, empujando s11
sillón, lo lle,ó á su alcoba.
En tanto, el joven quedó esperando á Ana María en el salón para
continuar la velada. De pronto, se sonrió: había tenido una idea, y al·
punto la puso en práctica.
Llegóse á la armadura de D. lfiigo, y separó sus piezas, una por .una,
vistiéndose las que pudo; colocóse el casco, se caló la visera, y ahí quedó,
en la mano la espada, mal ,ibrochado todo, hombreras, espaldar, manoplas, pero á la luz de las bujías, apenas podía notarse aquel desorden.

159

••

En la sala, las sombras bailoteaban al temblor de las bujías: diríase
que jugaban al escondite en los rincones. El rostro de Dofia Blanca, mal
ilmninado por la luz amarillenta y débil, parecía separado de la tela. Ni
el menor ruido turbaba aquel silencio de muerte. Ana María clavó sus
ojos en el retrato amado, y como todas las noches, se vió en él, vestida de
terciopelo, ennobleci&lt;l" por la toca. Y pensó en D. liiigo, y la. leyenda
del alc.'tl&lt;le del Salar pasó ante ,us ojos: Granada con sus minaretes y sus
mezquitas y su Alh,unbra, Granada la sultana esclava encadenada entre los
brazos del moro; Granada la °'"utiva redimida por sus caballeros; Granada. la de los Abencerrajes y los Alhamares, de las zegrícs y de las odaliscas,
de los:chaiques y de los gomelcs; y luego, Hcrnán Pérez del Pulgar, en
una mano la espada, en la otra la antorcha, sobre el pecho el cartel de la
virgen con el dorado lema i Ave Maria!, tras él; un pufiado de valientes que corren á la muerte ó á la gloria; después, el cartel azul en la puerta dorada del templo de Alá, la Alcaicería envuelta en llamas, los moros
puestos en desordenada fuga por los sitiadores, y entre aquellos héroes legendarios su muy ama&lt;lo el Conde, lleno de sangre y lleno · de gloria. Y
le contemplaba, vistiendo la pesada armadura, brillantes los fieros ojos al
través de la celada, golpeando el corazón agitado bajo el acero ele la coraza,
y yendo á ella por el premio de su victoria.
Y ella ofreciéndole la hora ...... .Una voz la sacó de su éxtasis, mm.
voz que la llamaba:
-Ana María ... . ! Era la voz ele D. migo, sí, que le pedía aquella
c.~ricial
· Abrió los ojos entrecerrados, y le vió, avan,;~ndo hacia ella, bajando
del pedestal, entre un chocar de acero que sonaba en sus oídos como divina música nunc.~ escuchada, relampagueante la mirada al través de la rejilla, y tendidos los brazos. Y ella fué ,í él; el casco rodó por el suelo, y
apareció el hermoso rostro del caballero, elulce y fiero á la par, varonil,

moreno, cariñoso y enérgico, un rostro ele héroe legendario.
¡ Qué abrazo tan largo y tan estrecho! Su cuerpecito se m1ió, se unió
por completo á aquel helado cuerpo de acero que con su calor se tibiaba,
sobre sus labios cayeron unos labios ardientes que la besaron sorbiéndole la
vida, en aquel beso tanto tiempo esperado: el beso del caballero de la armadura, el beso del justador afortunado, el beso del noble valiente y hermoso que se disputaban las damas, el beso de aquel hermoso ideal tantas
veces sofiado. Ni aquel abrazo ni aquel beso la sorprendieron, los esperaba y tenfau que llegar. Entre los braws del caballero se vió á sí misma
con aquella noble toca, con aquel rico traje, con aquel pesado manto con
que aparecía en la tela la Condesa de Peña Blanca.
Y el peso ele la dicha venció al fu1 la fortaleza de la doncella, y el ago-

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REVIST ..\. CONTEMPORÁ1''EA

tuda cuerpo &lt;le Ana María, quedó entre los brazos de hierro del conde de
Pciia Blanca, en un dulce desmayo de flor que se duerme.

'

Ana María est:i enferma. Honsc llevadu sn c:ima ií la gran sala de
armas: no quiere estar lejos de sns únicos amigos, no quiere separarse dr
su muy amado Don Iñigo. Don Luis de Pciia Blanca, al &lt;lía siguiente de
aqnelln noche &lt;le] beso, salió para Madrid y de ahí pn.rtirá para Alemania.
Ana María, no ha preguntado por él; para ella no se ha ido, ahí está, en
el nmarillcnto lienzo, en la férrea armadma. Pero le hace faltn el calor
de sus besos, In presión de sus brazos.
Por eso se mucre. A los lados de su camita sollozan los dos viejos.
En vano el Sr. Mignel pugna por descifrar el libro de marisealcherfa., que
es un tesoro: es que su otro tesoro va ,¡ dejarle.
-Decidme, padre, el conde Don Iñigo fo, marchado de nuevo ,í Grn11n, y ahí le han dado muerte, n,rdad? Y entonces, yo debo morir también.
-Morirte tú, hija mfa? contéstala el tió Gaspar, ahogado por los sollozos.
-Si, pues que ha muerto él. Si nó, por que no me besa ya,¡xn· que ~e
lo reo su rostro en el lienzo &lt;le aquel cuadro·/
Y en tanto los viejos lloran sin consuelo, en el extraño delirio de aquella extraña fiebre que la atormenta, la enfermita continúa:
-Aquí, junto ti esta ijiva, el besó mis labios aquella ne,d1e y estrechó
mi cuerpo.
iQué abrazo el suyo, y qué beso el de su boca!
Aun se estremece todo mi cuerpo y de mis labios no ha huído el calor de sus labios.
Contadme, tío }figucl, contadme h Yicja crónica de Juan Hemán Pérez de
Pulgar y sus valientes escuderos.

Y un día, mientras el señor Migud leía la narrn.eión de las gloriusas
hazañns y el tío Gaspar ahogaba los sollozo; ,í la cabecera del lecho de su
hi~i, y allá, afuern, llenahala verde cmnpóii:tel concierto de los pájaros, bajo el torrente de luz que penetn1ba por las grandes ojivas, entre sus queridos retratos que la miraban dulcemente, tendidos los brazas al vacío, plegada la boca para un beso de nmor, aquella pobre víctima de la leyend•
,Jejó el mundo de todos, para ir ,í reunirse con su muy amado caballero el
,·onde de Peña Blanca, en las Jejnas tierras de la quimera y del ensueño.

,u,..uEL MUZQUIZ BLANCO

o•
EL ESPIRITU DE INDEPENDENCIA (1) \' LA
REPUBLICA DE ESTADOS UNIDOS
Lll'gÓ ha.ee poeo á mis manos un libro nuevo c·uyo título ;,;oln implir:1
~•a torla una teoría: El 1Vuevo 'Tipo Amen·cano. El autor hn.hfr1 visto
en nna reeiente cxposjci6n de pintura, en ~ucva York, retratos &lt;le
lus siglos XIII, XIX y XX, y concibi6 la idea de que «hombres y'.mujeres
lrn.n rarnhiadn notablemente entre la época, dol Presidente \Vnshington ;
)' b del Presidente llfac Kinley: cuerpos, c:iras y pensamientos, todo
se ha transformado. La esenia que separa los retratos de Rcynolds ele los
de Sargent pone entre ellos tanta diferencia como la que puede haber entre
el primer Faraón y el último Ptolomeo .n Partiendo de allí, entraba el autor
en una discusi6n brillante y sutil acerca de los diferentes cuadros y los personajes que representi1ban pora tratar en seguid:t de definir el nuevo liP•
arnericauo que, según él, se de!-prende de los retratos modernos.
Había yo tenido op01·tuniclad, poco antes, de ve,· otra galería de retrato~ que no me clió una impresión exactamente contrarirt. No eran pinturas, sino un conjunto de cuadros vivos: un baile de fantasía, dado el
,lía de Reyes, en el Cenlury U1tb de Nueva York. Cuatro ó quinientas ele
las personas más conocidas y de mayor vi~o de la metrópoli americana,

•

l'xhibfan á nuestra vista, por sólo el espal'io de una noche, vestidos de todos
los países y rle todas las épocas. Encontníhanse ,'1lí ,iajcros y exploradores
que por sí mismos }1abían traído vistosos trajes del Oriente¡ y en una fantasía exuberante se mezclaban senadores romanos, toreros españoles ~:
trovadores provenzales. La mayor parte 1 sin embargo, eran vcsticlos ingleses, holandeses y franceses de los siglos diecisiete y dieciocho, sienrlo lo
m,is sorprendente que los hombres que los llevaban habrían po,lido cnnrun&lt;lirsc. (';On RUS abuelos y hisahuelos. Vi un puritano que se habría nddo un escapado ,t hs pcrsecusiones del :u'ZOhispll Land; un Caballero qu,,
1mnwía haber venido :í refugiar:,e allí &lt;le los rigores del Pnrhunent0 de
( 'romwell; un I,ugonotc s,ilv,ido ele las persecuciones de Luis XT\'; nn

{i) Traducimos por "espiritu ele indepeudt:ncia, ·• la intraducib:e expresión ··self reli,111c~"
-rle otromoclo: \:. seguridañ en si mic;mo
Ella dei.ig11a el principio ele\ individualismo :l11glo-sajóu y contiene sus manifest11cio11cs esenciale&lt;i; C0!1íianzn en sí mismo y \'Oiuntad mnnifiesta dt emplear sus propios recurs,,s sin exigir ayuda, pero sm to 1erar eslorbo.&lt;;_-~ota tk 1:\

R.H.

�IG2

llEVISTA COXTE1f POR.{!';EA

REVISTA CONTEMPORÁNEA

l,mgués &lt;le Holarnfa (lUc no h:tbría estado fuera de sitio entre los pasajero5
de '"I,et }Icclia Luna" ó &lt;le la "Buen:t Mujer". Había soldados del ejéreito colonial y miembros del Congreso Continental (lUe parecían retratos
hechos por Copley, Stuart, Tumbull ó Peale. Las fisonomías eran idéntil·as. La. misma pesadez en 1a caja huesosa, los mismos ra~gos acentuados,
la misma expresión de seguriU.ad, variando, según los temperamentos, de

In. placidez rL la casi brutalidad. Re reconoce en su :fisonomía, qm~ son
hombres capaces de obrar por sí mismos, hombres que saben lo que
quieren y que sin duda sabrían obtenerlo . Tienen exactamente el aire y
l.t expresión ,le sus nntepas!lclos de hace cien ó doscientos años. Y sin emlmrgo realmente eran, en el más alto grado, mncrirnnos modernos del

si-

glo veinte.
RPflexionan&lt;lo en estn curiosa y, en último rcsu!tado, divertida experiencia, me persuadí de que el autor del "Nuern Tipo Americano" había
Jcjado ti, sn criterio &lt;..:orrer libremente tras Lle sn imaginación. Na&lt;la. no!-s
muestra ese eaml,io gencml y radical que nos ,lcscribe. Ifa habido modificaeiones, progresos y clegcncrnciones, como es nntnral, hajo la influenci:t
ele las nuevas conditiones de la vi,la modema. Ha habido también cambios en modas y vestidos: se usa el bijote ó fa barba, ya no se lleva la peluca ni In. chorrera. de cnrajes; se ha sacrificado algo &lt;le ]a fantasía elegante á la comodidad monótona del traje masculino. Esto es lo que ha engañado á nuestro ingenioso autor. También lo ha desorientado otra cosa:
ya no ee comprende el rctra.to de la misma manera y él ha tomaclo equivocadamente un cambio en el arte de la pintura por nn cambio en el canicter del modelo. Es un hecho bien conocido que el retrato descubre su origen. Tengo una coleeción de retratos de Carlos Dickens y es interesante
tbservar cómo lof-l artist::u; escoceses le &lt;lan un cierto aire escocés, mientrair,
que parece un perfecto inglés en los de Lonclres y toma bajo el lápiz americano un aspecto de la Broadway ele 1845, así como debemos encontrarle
algo de francés en las fotografías hechas en París. Hay una gran difcren•ia entre la manern &lt;le Reyno!rls, Hoppncr, La Tour, Van Loo, y la ele
Sargcnt, I-Ioll, Carnlus Duran, Bonnat, Bcsnard y Zorn. Esta cliierenci,i
ttontribuyc á ocultar los parecidos esencia.les &lt;le los modelo~ . Tuve íntima
ounistnd ron el J,iznieto de Benjamín Fnrnklin, cirujnno en la. nrnrina. americana. Con un gorro &lt;le picler,; y el r:Llzón t1orto podría fát"ilmente pasar
como el retrato de su Gisabnelo. i\Iayor cm mm l:i semejanza moral. En
cualquiera banqueta. de Nueva York ::1c pne&lt;lcn ver hoy mi~mo idéntica¡..
figuras á las que Rembrandt pintarn en su Ronda de noche. Es posible
que no haya parecido muy notahlc entre el retrato que Sargent ha hecho
de Teoclorn Hooserelt en 1005 y aquel Klaas ;\fartcnscn Rooscvelt que llcg6 á la Nuera ..\msterdam en 16-ifl; pero si se pudieran contemplar, el nnl)
.tl lado del otro, así Van&lt;le,· Hl'ist hubiese podido pintarlos á ambos, veríais aparecer el aire de familia.
Pero si hay algo que me interese más todavía que esa persistencia de
las facciones ele sus antepasados en los americanos de hoy, es la continui-tlacl, á través de las generaciones sucesivas, de ese carácter americano, dr

esa alma del pueblo que rino á 1'1 vida en el continente occidental.
Se conviene generalmente en que ese carácter es compuesto; en que el
¡,ueblo que habita América es un mosaico hecho de diversos frn;;mcntoij
venidos de países di\·ersos y reunidos como al azar en un dibujo Lli:-'-l pi.lrnbdo. Esta suposición es mucho menos real que aparente .
Sin duda alguna, hubo grandes y notorias dilcreneias entre los ¡:;r,n·c•
v extrictos puritanos que se establecieron ch bs costas de la b:d1ía del
:l[assachusctts, los Caballeros. dados al placer, que hicieron sus pl:rntacinncs de tabaco en \'irginia, los liberales y confortables holandeses que tomaron posesión dé las riberas del Hudson, los h,ibiles é industriosos fran&lt;:escs que viniernn de la Yicja á la. Nuera Rochc1a1 los crniquC'ro~ pacíficoi:;
y prndcntcs que siguieron á Guillermo Pcnn, los pesados alcrnane_s del
!{hin qne e~tablecjcron sus granjas ::í lo lnrgo &lt;lcl Su~uchanna loK ngorosos y eombrttivos presbiterianos, irlando-escoceses que Jucron los '}ion.
uiers de la Pensih-anitt occidental y &lt;le la Carolina del Korte, los tolerante•
e,ttólicos que huyendo de la persecución inglesa se precipitaron al l\foryland de ]ore! Baltimore. Pero estas diferencias exteriores de idioma, &lt;le
costumbres, de tradiciones y hasta de trajes, no tuvieron, después de todo,
sino muy poca importancia práctica al laclo de las semejanzas cxterimcs y
de las afinidades del espíritu que aproximaron á todos aquellos hom kes ele
cepas diferentes y que hicieron de ellos un pueblo-nó beteraclita, sino m1
pueblo unido con la consciencia de las- mismas aspiraciones, la fideliclad á
un mismo ideal y la voluntad de combatir y trabajar en común, entre
americanos, para cump1ir su destino.
Supongo que, naturalmente, los matrimonios rcpresentaní.n imporhmte papel en esta mezcla de razas. Para ello, las condiciones ele Ju Yida en
un país nue,0 en las fronteras de la civilización resu1tan particularmentt
Jayorables. El amor florece donde no se le guarda bajo cerrojos. En una
comunidad de desterrados, los sentimientos que inclinan ,¡ los jóvenes hnC'ia las doncellas saltan fácilmente las barreras del idioma y del nacimiento. rie la más natural manera los ingleses y los escoceses se nnie~·o.n _&lt;'&lt;.m
holandeses y franceses en el s,rnto estado del matrimonio y las madres
tuvieron una parte no menor que la de los padres en la constitución del
earácter ele los hijos.
Pero, además de esta mezcla natural, hubo otros procedimientos en
ejercicio para realizar la unidad entre los colonos. Hubo la presión de una
necesidad cornún,-la necesidad de cuidarse á sí mismos y de hacer su
propia vida en un mundo nuevo y muy duro. Hubo la presión de un peligro cornún,-el peligro de saln,jes y pérfidos que los rodeaban, a.menaz:íu
dolos continuamente con el pillaje y el asesinato. Huho la presión &lt;le una
taren. común,-la taren. de realizar una industria organizada. y una comunidad civiliwda en pleno salvajismo .
Sin embargo de todo, y á pesar de su potencia, ¿tas fuerzas que tendían á estrechar, á fundir y á metamorfosear ,¡ los colonos h,ibían bastado
para hacer de ellos "" pueblo, en tan poco tiempo y de una manem tan
completa? tNo se necesitaron ciertas afinidades de los espíritus y la aceión
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REVISTA co,1TEllPOR.{NEA.

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sobre ellos de ciertos propósitos de un ideal determinado que hiw la mezcla 11ds f.((·il y má,, co111pleta á la vez? Puede bien ob.scrvarsc que la mayor parte &lt;le los c:iluno:, Jcl siglo diecisiete eran gen~ que, por va.ríos mo(loa, habfan sufrid . , por cau~a de sus convicciones religiosas, fuesen puritanos ó católicos, cpiscopalianos 6 presbiterianos, cuáqueros 6 nnall,tptista~.
El efecto casi invari,1..b!c de e:-as persecuciones rcligio:-ascs hatcr 1mis intcm•i}
t:1 deseo 1le practil•:tr la. rciigi6n en libertad. E.s cierto que otros motivos, l'l
:111::::ia. de a.venturas, el dcscu 1lc llc;;ar :í la pnisperi&lt;hul material y nlgnna:-rrcr:-; aun el deseo de l'."'.i~·ap:tr á ln~ COlhK,¾..'Utmcias tlc !a mala cumlucta 6 Je
la rn:il.t fortuna. en d país de origen, tuvieron parte l'll la coloni1.a.ción dl'
.\mériea. \'crduduro :tlt.--unlo sería. el pretender que todos loo ant1.•pas..'ldos
tle que ~e envancecn las Damas coloniales ó las /fijas de la. Revolució1z
eran personas de condición distinguida 6 &lt;le piedad ferviente. Pcrn
d elemento característico de la primera emigrarión americana íué rdigio~o,
y religioso nó por :--imple ,lcwilida&lt;l hacia la tradición sirnl por tm1f-:('('\lcncia
y ctmvicl~ión. ILtl1b. mc:1'l:-\ tlifcrcncia, ,t cst0 n.i:,pedo entre las &lt;livcrs..1~
('olc nia!'-\, de lo que bt';wralnll'ntc se cr.;c. Lm, nativos de ~neva Inglatrrrn que han e~ritn la, nuyt&gt;r p,utc de las hi:4ürÍ3s de .\m¿rica ~ han y]sto inclinados ,í reclamar par,, los suyos la parte del león coa esta atriburión de fa influencia. reli~iosa para lo:; puritnnos. En realidad, en tanto
que el Massachu$ctts era una. colonia. religiosa con tendencias comerciales,
la Nueva .Amstcnlam cm una. colonia. comercial con principios rcligioSús.
El sacerdote ele \'irginia lefa su,; plegarias y el cuáquero de Pcnsih-ania pasaba en silencio 1n parte 111:ís importante dP su ritual; pero tanto en !ns
orillas de b James com•&gt; en las riberas del Delaware era de fa c,pirituali1bd de donde tomaba 1" vida su suprema significación y su valor @ls alto.
C,'uando la existencia tiene tal orientación, el electo inmediato es hac·cr al hombre más scnsihle y más consagrado :i su ideal.
El Mbito de prcoCUlXH"SC constantemente de las saneioncs rcligiooas
(ºl"füt en el hombre una. cfü;posición p:.1.ra. arreglar to&lt;las sus energías de ese
modo exaltadas, sobre 8ll concepeión íntima. del bien que debe desear. Lo!-hornhre~1 que se nutren en t.'tl atmó:,fcm pucilt.•n f:tc:ilmcntc r1mv,~rtirse en
fanáticos, pero no es prol,~ble que carez&lt;'m1 ,le energía.
Por otra. parte, lo~ colonos .uncricnnos ~ encontraban retmi&lt;los por
11nu. cspceie de sclccei6n 1mtura.l: hnlx), pues, entre ellos y nece!--ariamente,
una proporción ext.'e¡x~ional de voluntaclc:3 fuertC8, de caracteres resueltos P
independiente.-., dt• gentes que sabfan lo que querían hacer, y que estaban
,leeididos ,¡ aceptar los ricsgüs necesarios y las difirultadcs de su empresa.
En rirrto modo, !--iguió siendo ,tsí rcspc('.to de la subsecuente inmigración
de los Estados l:nidos. La mayor parte de los inmigrantes, aunque pohres ó ignaros, no estaban Begurnmente desprovistos de energía personal ni
tle b clara r·onoeiencia de lo mejor que debían hacer. De otra manem
110 habrían kniclú l,i fuerza de romper lazos antignos, de deoafüir el mar y
tic nfrrn1tar la solccla1l y l:t in:--eguridad de la. vida en una. tierra. extraña.
g1 d&lt;.•~contento de su cowlición anterior obraba. en clloci, nó comu un deprimcnto !-,ino nlmo un t6niru; la esperanza de algo que no habían ·dato

••

1

1

ªº

aún y que no habían ensayado, era para ellos un estimulante y para su
rol untad como un reactivo. A pesar de todos los temores y de todas lae
repugnancias se encontraron á fin de cuentas, más atraído::; que rcchazadolS
por las perspectivas de una vi&lt;l:i nueva, emprendida por su propia cuenta,
según sus propios deseos, en um, tierra libre en que habían de ser tan numerosas las ocasiones como h1s dificultades.

II
Llegamos al primero y mis poderoso factor en el alma del pueblo americano: el espíritu, el carácter de independencia. Este es el principio activo, el que vemos dese le luego en obra, desde las primeros tiempos de su historia. El fué la roz interior que amarraba á aquellos hombre.s y los sostenía en sus prirneras luchas y en sus primeros esluerzos. Diéronlc sus
conviecioncs religiosas mis profundidad, y la experiencia práctica más fuerza. Tornó cuerpo en PUS instituciones políticas, en sus declaraciones, en
sus constituciones. Les hizo rechazar toda dirección y todo dominio del
extranjero, combatir toda dependencia exterior. Les hizo reiyindicarse al
dered,o de tomar ¡,or sí mismos sus resoluciones y admitir como
postula&lt;lo el derecho de desarrollarse por sí solos. En los ignorantes y en
los niitados lué agresivo, impudente, infatuado y fanfarrón. En las gentes reflexivas y prudentes lué grave, firme, resuelto, inflexible. Ha persistido :í través de todos los cambios y de todos progresos de dos siglos; sigue siendo hoy la cualidad más fundamental y más irreductible del alma
americana.
Se prodría encontrar una expresión de ella, popular y un tanto cuanto vulgar,-no sin puntas y ribetes de humorismo,-en la respue.sta de un
yankee á un inglés que decía que si los Estados Unidos no se portaban bien
vcndda ú castigarlos la Gran Bretaña. "Qué, dijo el yankee,-no le ha
bastado con b primera vez'? Encontraremos una expresión de ella, m,ís
profumla, más sana, más refonada en la afirmación de Lincoln sobre el
campo de batalla de Gettysbury: El Gobierno del pUt!blo, por el pUt!blo .,·
para el pueblo no desaparecerá de la tierm. ''
Pero de cualquier modo y en cualquier lugar que se exprese tal principio, la co;a que proelama es la misma: la convicción íntima de un pueblo
que tiene el dereclw y el poder, y por consiguiente el deber de arreglar su
propia vida, de gobernar su propia fortuna y de perseguir su propia dicha,
según las lu&lt;'es de que dispone.
Es evidente que se puede dar á este espíritu diferentes nombres según
las circunstancias en que se manifieste, ó en que se le examine. Se le puede llamar espíritu de autonomía cuando se muestra en oposición á laa fuerzas de dominio exterior. El Profesor Barett Wendell decía en esta mism:i
,,átedra, hace cuatro afios, que el ideal elaborado en la consciencia americana era el ideal de libertad. Pero su equilibrado criterio lo llevaba inmediatamente ,¡ limitar y definir ese ideal: '' América desea que su política sea libre ele toda dirección, de toda traba y de tod11 intervención que

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REVISTA COXTEMPOilÁNEA

REVli:i'fA CO:-iTEMPO.RÁ:'.füA

provenga de otro poder que no sea su mismo poder'' ¿ Y qué es esto sino
el espíritu de independencia? El Profesor nlünsterberg en su admirabl&lt;'
libro Los Americanos, le llama: la ,-o]untad de conducirse solos. Señalando su influencia en el desarrollo de las instituciones americanas y en b estructura de la vida, dice: "El que desee comprender el secreto de este
desconcertante movimiento, el mecanismo interior que hace mm·er todas
las fuerzas activas de la política, debe partir de un solo punto. Debe medir la ardiente aspiración del americano á dirigirse por sí propio. Después
de esto se comprenderá todo lo demás."
Pero me parece que est:i aspiración á dirigirse por sí solos no es peculiar de los americanos. L,c naturaleza he ha puesto, más ó menos, en todos los hombres: aspiran á ser dueños de sí, modelar su vida, á dirigir sus
pasos . En lo que difieren los hombres es en la clarividencia y la energhi
conque consideran su derecho, su poder y su obligación de obrar así. En
el fondo de ese carácter independiente, de esa pasión por la libertad, hay el
espíritu de "selj reliance" de donde aquellas disposiciones traen su fuerza
y su permanencia. Este espíritu es el que ha hecho á América y es el que
conserva la República. Eme,·son lo ha traducido en una fórmula: "MarL"haremos con nuestros pmpios pies, trabaja.remos con nuestras propias manos, expresaremos nuestros propios pensamientos .' 1
Es cierto que este carácter se ha desarrollado principalmente bajo lii influencia de los puritanos y de los peregrinos de las colonias de Nueva Inghterra, educados, ó por mejor decir, fortificados y endurecid,1s en la
creencia fuerte bautizada por el gran francés Juan Calvino, y modeladas sobre ese altísimo sentimiento de la responsabilidad pcrsomü que lleva en sí,
tiin frecuentemente, el intenso sentimiento del viilor y de la fucria personales. Mas en último resultado y considerando más de cerca, veremos que
no hay muy grande düerencia entre los colonos de diversos orígenes, en lo
que respecta á su disposición de no atenerse sino así mismos y á i;u sentimiento de que pueden .Y deben dirigir sus propios asuntos.
Los de Virginia languidecían y se irritaban bajo la regla arbitraria iJs,
la corporación de Londres que los contenía con militar severidad. Obtuvieron una «Gran Carta de privilegios, reglamentos y leyes» en 1613. Esto dió á la pequeña colonia de un millar de individuos el derecho de elegir
su Asamblea legislativa y condujo así al establecimiento del régimen representativo en el Nue,o Mundo. Un poco después, en 1623 temiendo ver renovarse el despotismo anterior, la Asamblea de Virginia mandó un mensaje al Rey en que le decía: "Antes que estar reducidos á vivir bajo tal Gobierno, rogamos á S. M. que envíe comisarios para ahorcarnos." En 1624
la compañía de Virginia fué disuelta y la colonia, pasó bajo "Curta re:il" ;·
pero no dejó de conservar celosamente su autonomía en todos sus asuntos
locales y se mostró más y más descontenta en su resistencia contra los abusos, imaginarios ó reales, de los Gobernadores enviados por el Rey . En
1676 los Virginianos se rebelaron de hecho contra las autoridades ele la
Gran Bretafia porque consideraron que se les reducía á un estado de dependenci,i y de servidumbre . Sentían que eran capaces de hacer sus pro·

16i

pias leyes y de escoger sus propios gobernantes . No se creían inferiore&amp; en
nada ,l sus hermanos ele Inglaterra, y con sus tendencias aristocráticas,
:1parecieron hombres como Lee, Henry, Washington, Bland, Jefferson,Harrison, quc tenían más poder real aue algunos Gobernadores reales.

o•

En l:i Nueva .\msterdam, donde prevalecía In política más liberal en
,-nanto,¡ recepción de emigrantes aunque fué donde durante mucho tiempo
no hulx1 nada que se pareciese á un gobierno popular, los habitantes se rebelrrron en 1649 contra los Agentes de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales que los gobernaba desde ultramar; los gobernaba suficientemente bien, en verdad, pero no dejaba libre amplitud á su espíritu de indepenci&gt;L. Los conflictos entre el director van Swille1-llcno de srhnirk y
rncío ele ideas-con sus vecinos, entre el violento y descalabazado William
Kift y sus ocho hombres, entre el valiente, fogoso, obstinado y dictatorial
Petc1· Stmy y sus nue,·e hombres, han siclo relatados con verba humorístipor Washington In·ing en sus Knirkerbockers. Pero bajo la crónica de
las disputas y protestas y enojos es fácil percibir las agitaciones del espíritu resuelto, que se fía á sí mismo y quiere tener el manejo de sus propios
negocios. En 1649 la \'ertoogh ó la reclamación de unos cuantos representantes de los burgliers de ~fanhattan, Brewekclen, Amersfoort y Pavonin íué enviada á los Países Bajos. Pedía desde luego que sus Altas Potencias suprimieran 1&lt;1 Compañía de las Indias Occidentales tomando el manejo directo de la Nueva Holanda; en segundo lugar que se concediese un
régimen verdaderamente Municipal á la Nueva Amsterdam; y por último
que la cuestión de límites de las provincias fuese arreglada por autoridades
aptas y bien dispuestas .
Este documento hizo reflexionar tmnbién sobre su libertad-porque
el ejemplo es contagioso- á sus vecinos de la Nueva Inglaterra, "donde no
se conocían ni patrones, ni señores, ni principios; sino solamente al puclilo''. La Compañía de las Indias Occidentales fué bastante poderosa parn resistir por algún tiempo á esas peticiones; pero en 1653 la Nueva Amsterdam se constituyó en ciudad . Diez años más tarde pasaba á estar bajo
la soberanía inglesa y la historia de Nueva Yok comenzaba . Uno de sus
primeros acontecimientos fué la protesta de algunos burgos de Long Island
contra una contribución que se les impuso para la reparación de los fuertes
de Nueva York. Apelaron al principio de que "ningún impuesto se establece sin el voto de los representantes'' que decían haber sido reconocidoá
la ,·ez por Inglaterra y por la República de Holanda. Durante más de veinte años, sin embargo, esa. apelación y otras semejantes fueron desdeñadaf;,
hasta que, al fin, el espíritu de independen&lt;-ia se hizo irresistible. Se dirigió un manifiesto al Duque de York declarando que la falta de una Asamblea representativa era "un intolerable abuso" . El duque, según se dijo,
estaba cansado de esa provincia maleante que no le proporcionaba sino quejas y molestias . "Tengo ganas de venderla, decía, á quien me pague un
buen precio por ella''.' 'Cómo,-exclamaba su amigo Guillermo Pum-vender á Nueva York! No penséis en tal cosa. Dadlesolamente autonomía,

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RKVIST.\ COXTE-'lPORÁXEA

REVISTA CONTE:'IIPORÁNEA

no tendréis ya moti ro de queja." El ,Juque atendió al cuáquero, y en 1683
fué elegida la primera asamblea de Kueva York.
Las cartas que se concedieron por los Estuardos á las colonias amentanas eran de un carráter extraordinarjamente liberal en su mayor p3rte.
Hin duela que los reyes veían con satisfacción que sus súbditos intratables J'
turbulentos ab:rndonascn la lnglatcrrn y tal consiclcr,tción no debió ser ajena á su liberalismo. Mas no por eso dejó de ser el objeto inmedüito ciar
ánimo al espíritu de inclepentlcncia. En algunas de las colonias, corno en
el Connccticut y Rhode Island el pueblo elegía á sus Gorbernadores, así como hacía. sus leyes. Cuanthi el Gobernador de Nueva York, Fl~tchcr, encuentra la población del Connecticut decidida á no doblegarse,¡ sus mandatos, en 1693, escribe con cólcrn á la Metrópolí~ "Las leyes ele Inglaterrn
no tienen electo alguno en e.sa colonia; se considera Estado Libre." Aun
en las colonias en que los gobernantes y los jueces eran nombrados por la
Uorona, el pueblo descubría prontamente y resentí:1 todo ataque :i sus libertades, toda contradicción á su voluntad, de modo que unas y otras sr
expresaban por la voz de sus ,csambleas pupu!ares, y se reservaban el clererho de votar y de pagar ó rehu3ar el pago de los sueldos de esos magistrados.
La política de la Gran Brctafia pnra sus colonias, bien que un poco
vaga, se pronunció 1rnís bien por dejarlas del todo indepen,lientes. Puede
ser que diversos motivos en diferentes épocas contribuyernn á esa política .
Algo de indiferencia y un tanto cu,mto de poco aprecio existicrn sin duda.
El liberalismo inglés y la simpatía republicana tuvieran su parte y :1lguna
también la bucn:1 voluntad csclarc,•ida de hacerlos prosperar por sns propios medioR y á su manera para. crear mejor mercado á las manufacturas
inglesas. Así es como lord Morley nos dice que "Walpole estaba contento
de ver que ninguna perturbación le ven fa de América. La abandonó al Duque de Newcastle y éste á su vez la dejó entregada á sí misma, de forma
que él tenfa su oficin&lt;i llena de despachos de los gobern:tdores americanos,
comunicaciones que dejó muchos años Rin abrir siquiera .' 1

leyes y constituciones, reclutaban tropas, construían caminos, fundaban
escuelas, imponían contribuciones, desarrollaban el comercio, y aun sobre
este último punto no dejaban de contravenir ó de eludir las leyes m,ufümas de Ingl:1terrn. Reconocían,-y aun durante mucho tiempo la procbmaron,-su lealtad hacia fa corona.; pero la concebían sobre un pié de
igualdad y la comprendían como un sentimiento voluntario, producto, en
su mayor parte, de un reconocimiento hacia un poder real qne protegía sus
derechos de autonomía interior.
Esa tendencia ,¡ contar sólo consigo mismo, se extendió ele las colonias ,¡ las ciudades y á los condados. Los establecimientos más modestos,
,·.tda próspera alde:t, cada ciudad pequeña, tuviernn, con sus distintos intereses locales, el deseo de administrarlos y el sentimiento de que eran capaces de ello . Y en esas comunidades, cad:t hombre estaba preparado parn conocer su propia importancia, su propio valor, su aptitud personal, y
su derecho ,¡ intervenir en la discusión y el arreglo de las cuestiones locales. Las condiciones mismas de la vida habían contribuido á desarrollar
en los colonos ciertas cualid:tdes que persistían J' que daban ,í su carácter
esa virtud de independencia personal ¡- ele confianza en sí. Los hombres
que habían abatido los bosques, rechazado á los indios, construído sus casas en desiertos, estaban inclinados á juzgarse capaces de todo . Estimaban su lib&lt;lrtad como su más precioso capital. "Tengo,-decía Franklin,
-algunos propiedades en América, gastaría con satisfacción 19 chelines de
c:.da libra csterlin:1 para defender el derecho de dar ó ele rehusar voluntariamente el otro chelín; y después de todo, si no me es posible sostener ese
derecho, puedo retirarme alegremente con mi reducida familia á los bosques de América, donde hay la certidumbre de la libertad y de la subsistencia pam todo hombre que pueda poner en uso un anzuelo ó disparar

Pero cualesquiera que hubiesen podido ser las causas de esa política,
su efecto !nó fortific:ir y extender el espíritu c¡e independencia entre el pueblo de América . t'n grupo de comunidades crece á lo largo de la costa
occidental del Atlántico, enseñad,1s á defenderse por sí mismas, á desarrollar sus propios recursos, á arreglar sus propios negocios. Con razón se
rlice que eran colonias sólo en el sentido griego, es decir, comunidades qm•
•e alejan ,fo la madre patri,1 eomo hijas que se separan del hogar familiatpara establecerse por su propia cuenta ¡- vivir, á su turno, su propia vida.
No eran colonias en la significati6n romana: arrabales del imperio, O&lt;'Upadas por una guarnición y directamente gobernadas por una autoridad central y única. No, cada m1a de ellas tenía consciencia para comprender
suB propias necesidades, BUS ocasiones favorables, sus probabilidades de
éxito, SUB deberes, sus peligros y sus esperanzas mejor que nadie. El sentirniento,-decía Franklin CU'1Ildo se presentó ante el Comité Parlamentario en Londres-es el me¡or juez. Esas colonias acuñaban moneda., hacían

una carabina."
La prosperidad mara,illosa y el crecimiento admirable de las colonias
sostuvieron este espíritu de independencia. Su riqueza aumentó más rápidamente, en proporción que la de Inglaterra. El conjunto primitivo de
¡,osa de 100,000 iumigrantcs se habfa convertido, pnra el año de 1776 en
una población de 2 millones, en tanto que durante el mismo período,
Inglaterra sólo había subido de 5 á 8 millones.
Los conflictos con la potencia francesa en el Canadá contribuyeron
también grandemente á consolidar las colonias y,¡ descubrirles su fueria.
El primer Congreso á que todas ellas fueron invitadas, se verificó en Nueva York, en 1G90, para cooperar á las providencias de guerra contra el Canadá. Tres prolongadas y sangrientas guerras franco-indias en las que los
Colono,; observaron que llevaban ellas el peso del fardo y ele! combate, produjeron el efecto de relacionarlas, de darles conciencia de su interés co-

mún y &lt;le sus recursos .
Pero la victori&lt;t que terminó para ellas esas guerras, turo también otro
resultado. Abrió la vía á un cambio de política de la Gran Bretaña para

ton sus colonias americanas, cambio que pretendía su reorganización, su
subordinación á la autoridad del Parlamento inglés y su transformación,-

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REVISTA CON:'rEMPORÁNEA

según lo decía el ex- Gobernador Pownall,- en una «gran potencia marítima formada por nuestras posesiones at1ánticas y americanas, reunidas en
nn sólo imperio y con un centro en que esté el asiento del Gobierno.»
Era, sin duda, el imperialismo, y por esto fué que los America110~,
&lt;lándose cuenta de ello, levantaron su espíritu de independencia contra LL
nueva política resistiendo enérgicamente á todos los manejos, aun insignificantes, qne les parecían destinados á llevarlos hacia la sujeción ó b. servidumbre. Resultaron de allí diez años de debates acrimoniosos y viole,1tos y después diez años de guerra. Y ¿á propósito de qué?- ¿La ley del
timbre, la ley sobre el papel y sobre el vidrio, el impuesto sobre el te, el
acuerdo relativo al puerto de Boston? No; se trataba en el fondo &lt;le hi
facultad y del derecho y de la intención de las colonias, de continuar dirigiéndose por sí mismas. Es, tal vez, imposible comprender la revolución
americana si no se comprende esto . Y si no se comprenden ]as cansas y
la naturaleza de esa Revolución no se podrá comprender ,¡ los Estados
Unidos &lt;le hoy.
Concluirá.

11mmr VA~ DYK

REVISTA DE REVISTAS.
SOCRA.TES Y LA SUFRAGUITIA
La stúraguita saludó á Sócrates y dijo :- Durante treinta años he venido propagando tus argumentos en favor de la libertad y de la igualdad de
las mujeres. Muchos hombres me han dado la razón pero sus Gobiernos
me han negado la ciudadanía. Cansada de esperar inútilmente, desde haC"e tres años he tratado de añadir la coacción á la propaganda del ideal. He
iuterrmnpido á los hombres en las asambleas, heperseguido á los gobernantes en sus casas, en las calles y en los palacios de gobierno, he querido
!orzar la resistencia de sus gua,·dianes, he padecido serenamente los rigores de la prisión, he llevarlo á los jardines públicos á 300,000 compañeras
para pedir conmigo, en clamor unánime, la concesión de la ciudadanía. Ahora los mismos hombres que antes me daban la razón se vuelven contra
mi, y promulgan nuevas leyes para castigar mi propa.ganda. Tus
argumentos no sirven. La razón ha fracasado. Los hombres me
rlicen que la ciudad descm1sa en la fuerza, que mi debilidad me impide
rlcfenclcrla y que no debe gobernarla el que no puede defenderla en un
apuro. Y por eso me veo reducirla á apelar ,í la fuerza. Tengo que matar para mostrar que también yo soy fuerte. Estoy desesperada. Me
h1U1 desesperado . Voy á matar y á morir, en consecuencia. Con mi sangre pagarán las mujeres que me sigan In suspirada independencia.
- Me place tu fortaleza-contestó Sócrates.- Así han de ser, animosas y heroicas, las madres, las mujeres y las hijas de los guardianes de mi
república ideal. Sacrificar la vida en holocausto de la justicia no es sacrificio sino el placer supremo conque el mortal se abre las puertas de la inmortalidad.
-¿Apruebas, entonces, mi resolución?
-La apruebo si me demuestras su justicia.
-Pero ello no necesita de mi demostración. Fuiste tú, Sócrates, quien
nos lo demostró á nosotras al decirnos que el talento de las mujeres no era
de índole diversa al de los hombres, que sólo diferían en cuanto al distinto
modo de contribuír á la perpetuación &lt;le la ciudad, que las mujeres y los
hombres son naturalmente aptos para compartí rsc todos los oficios y su educación en la música y en el gimnasio debía ser la misma. Nosotras no
hemos hecho sino repetir tus argumentos.

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REVISTA CO:XTF.\IPORt(XEA

REVTSTA CO:XTE:",[PORÁNEA

-Eso dije hace veinticinco siglos . También afiadí que,en conjunto, la
mujer es más débil que el hombre y que era función de la mujer la de dar
hijos sanos,y criarlos á sus pechos,destle los veinte hasta los cuarenta años. Desde entonces no hago más que pensar en el modo de conciliar en
mi ciudad la igualdad ideal de los sexos con la diferencia impuesta por la
maternidad . Porque está claro que si la mujer es generalmente algo más
débil, su debilidad itumcnta en los mejores años de su vida, los que ha de
consagrar ,¡ dar y criar hijos, si es que ha de perpetuarse la ciudad.
- Tu ciudad, Sócrates, no existe. Los hombres, obscurecida la razón,
no han sabido fundarla. La ciudad en que ahora vivimos es aún peor que
la misma Atenas que te condenó á la muerte. Al menos es peor para no-

-Entonces, según tu confesión, ha sido al encontraros en el mercaclo
del trabajo las multitudes de mujeres cuando os habéis acordado del ideal.
-Así es .
-Mientras os ha amparado en vuestras casas el trabajo del hombre,
no os habéis cuidado de la ciudadanía, ¿no es así?
-Ello fué por ignorancia, por atraso mental.
-No te precipites á señalar la causa; la estamos averiguando. ¿E.
así ó no es as·í?
-Así es; nuestra agitación no ha empezado sino cuando nos hemos juntado las muchedumbres de mujeres en el mercado del trabajo.

172

Rotras.

- Explícate.
- En tn Atenas las mujeres se hallaban recogidas dentro de puertas.
La plaza era para los hombres, para ellos la guerra y los servicios y provechos de la ciudadanía, pero también la obligación de ganar el pan de st1~
mujeres y sus hijos. En esL~ ciudad nuestra los hombres se están negando á sostenernos. Cinco millones de mujeres se han ele ganar la ,ida en el
mercado del trabajo y todos los años la cifra crece desmesuradamente. Y
si las cargas del trabajo pesan sobre las mujeres con tanta ó mayor fuerza
que sobre los hombres, ¿no hemos de aspirar á los derechos de la-ciudadanía, es decir, á los empleos lucrativos del Estado, siempre que demostremos nuestra aptitud para ello?
- ¿Cinco millones de mujeres disputando á los hombres el trabajo?
- Cinco millones.
- Monstruosa y triste me parece vuestra ciudad. ¿y es por esto que
reclamáis ahora la ciudadanía?
- Por eso es, Sócrates.
- Esclarezcamos este punto, amiga Sufraguita. Reclamáis la ciudadanfr. porque los hombres han dejado de sostener á muchas de Yosotras ó
porque el eterno ideal de igualdad os mueve á reclamarla?
- Por lo uno y por lo otro .
- No me satisface la respuesta. Este es el punto capital que necesito
esclarecer para decirte si obras ó no en justich al lanzarte á la guerra de

sexos.
- Pues á la guerra me lanzan al mismo tiempo el ideal eterno y las
c-ircunstancias de lugar y de tiempo.
- Veamos si es así. ¿No dic·es que fuí yo quien expresó primero el
idea 1 hace veinticinco siglos?
- Así es.
- Ese ideal, ¿no lo han repetido después mis hijos intelectuales?
- Lo han repetido los mejores pensadores de tu hija, Europa.
- ¿Y cómo no surgiste tú hasta ahora para luchar por su realización•
- Porque no me empujaron las circunstancias. Fue hace treinta años
cuando los hombres nos empezaron á lanzar en grnndes masas á la calle
para obligarnos á trabajar.

- No parece, entonces, que sea el ideal ~uicn os impulse, sino las cir&lt;·tmsta.ncias, pero el punto necesita mayor esclarecimiento. ¿Hay en t-0das las ciudades vuestras tan gran número de mujeres condenadas á buscnrsc el pan fuera de puertas?
- No: en mi ciudad es donde hay más, pero en todas las ciudades
a&lt;lelanta&lt;las n.nmenta su número.
- ¿ Y en las ciudades no adelantadas?
- En esas no hay tantas. La mujer que trabaja fuera de puertas no
lo hace para provecho de un tercero, de un patrono, sino sólo para ayudar
,i su marido á cultivar sus tierras ó á guardar su ganado.
- Y la tarea de la mujer en esos países no adelantados, ¿es más ligera
ó más pesada que la del hombre?
- Generalmente, más ligera.
- Yeo entonces que llamáis adelantadas á aquellas ciudades donde la
mujer ha de trabajar tanto como el hombre y atrasadas á aquellas donde
trabaja menos. Es extraño. Pero díme, ¿piden el voto las mujeres en
vuestras ciudades atrasadas?
-No lo piden.
- ¿Y en las adelantadas 9
- Más ó menos, en todas.
- ¿Lo piden más donde hay más mujeres en el merrndo rlel trnbajo 9
- Sí, mucho más.
- ¿Y menos donde har menos 9
- Sí, mucho menos.
-¿Aunque el ideal se conoce en todas ellas?
-Conocerse, si se conoce en todas, pero sólo se p1·cdica en las adelantadas.
- Entonces creo el punto suficientemente esclarecido. Veo que no os
rnncvc el ideal, sino lns circunstancias . Queda por avNiguar si estas eu('Unstancias pueden ser permanentes.
- No lo serán porque el voto nos será concedido .
-No hemos llegado ahí. Dime, sufraguita, ¿por qué los hombres de
Jas ciudades adelantadas os han ecl1ado á trabajar?
- En parte por egoísmo, en parte por pobreza. Porque en les ciudades adelantadas se ama el lujo, porque la población es demasiado numerosa y porque muchos hombres han emigrado,\ tierras más lértiles.

�REVISTA COXTEMPORÁXEA
RE\'l:--TA co~.1TE~1ron.{~F,A.

1í l

que ,·on él produjérnmns nos pusimcs sombreros florcadcs y ,·nanta cint:1
-Entonces hay más mujeres que hCJmbres.
-En efecto, en mi ciudad hay más mujeres.
-¿Y en las tierras fértiles hahrá ahora ni,\s homhre que mujeres?

-ARi cs.
-Y en esas tierras fértil,•s donde ts,•asenn las mujeres, ¿!as tratan
mejor?
-Mucho mejor.
-lPiden en ellas el voto las mujeres?
-Xo lo piden.
-Y en estas tierras pobres, donde sobra la población y las mujeres
"ºn una carga. también resultarán otrn carga los hijos. ¿No es verdad?

-F,,;; rnrda&lt;l.
-Mientras en las tierras fértiles resultarán la bendición y la alegría
&lt;le las casas. Y en esas tierras pobres ó adelantadas, donde hay exceso de
población y de mujere:-- se procurará disminnír el número de bijos1 que,
en cambio, aumentará en las fértiles y atrasadas.
- Así es.
-Entonces las circunst:tncias han de cambiar dentro de unos cuantos
años. Pürque n1estras mujcrc,; pobres y solteras no tendrán hijos; y las casadas,necesitadas de trabaj,u fuera de casa,no podrán criarlos á sus pechos,
y los hijos saldrán enclenques y enfermizos, por faltarles la leche materna.
Luego dentro de unos pocos años desaparecerá el exceso de población en
unas tierras y estarán m,is pobladas las más fértiles. Con lo cual en dos
ó tres generaciones se habrá nivelado hi población humana en todas las tierras del planeta. Los hombres volverán á mantener á las mujeres Y las
mujeres volverán á encontrar más cómoda la vida del hogar que las ansiedades
dela calle y que los negocios públicos . Esta es ht conclusión lógica. Si vuestro movimiento lo determinan las circunstancia~, desaparecerá con las cir1

eunstancias que lo ,letenuinan .
- Desaparecerá .... .
Dijo la sufraguita, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
RAMIRO DE .MAEZTU
UNA RECEPCIOX DE LA K\[PERATRIZ \'IUDA DE CHIXA,
POR MISS MABEL T. BO,\RDMAN [1)

brillante pudinrns.
La milla que nos faltaba recorrer para llegar al Palacio de \'erano la
anduvimos en literus. Y no dejamos nuestros balanceantes vd1ículos hasta
que llegamos á un patio interior del Palacio, después ele ha her cruzado
muchas murallas y de andar largo rato por el camino de entrada, cnmaraiiado como un laberinto. Allí encontramos el resto ele nuestra numerosa comitiva--Jramo::; cuarenta..
El General Corbin y el Almirante Train, elegantemente unif,11·ma&lt;l0;,
lo münno que sus aym.lantes- 1 clahan al grupo un aspecto pintoresco y agra•
,Jable. El "a16n del Trono da al mismo patio que la sala donde estálltlnws
y se llega á él por un pórtico y una gran escalinata. Primero fueron presentados los hombres y luego nosotras.
Cuando entramos al salón hicimos una reverencia y nos agrupamo::i 1l
la izquierda. Pudimos entonces contemplar, á nuestro sabor, aquel espet·táculo pintoresco y raro: en el centrtl eohrc un e~trado eon liaran&lt;lilla al
frente, sentada en su trono, estaba la Emperatriz; detrás de ella se abría
un biombo cuidadosamente lxmlado. S cada latlo había un trípode con
una pirámide de manzan;\s, las ele uno rojas, lns del otro ::umuillas, sim•
bolizando la prosperidad . ,\ In izquierda-el lug-~r de honor en el Oriente- estaba el Emperador; y, arrodillado en nn:t mesa, al frente, :Mr. Wu,
actual Ministro chino en Washington . Lo má.- notable de la earn de I;,
Emperatriz es que no tiene acentuados los rnsgos de su raza: sn contor110
es más bien largo que redondo, sus ojos apenas oblkuos, sus pómulos nn
saltan, su nariz no es chata ni aplastada. Por ser viuda, no llen1ba pintura en su faz . Su pelo negro, arreglado á la. mocla mandl'hú, se enc01Taha
en lo alto formando un arco parecido al que usan las alsacianas. Kus adornos diferían de los que llev,iban las &lt;lemás damas presentes; ollas tcníc.n ,í
la derecha. de su tocado una borla de seda, roja 1:;i eran cns,Hla:--, y negra :-;i
viudas, y á la izquierda una crisantema rosa. En lugar de la !,orla Jlemha
la Emperatriz tres ó cur,tro sartas de perlas, y adornos de jade verde oscuro á la izquierda. Su vestido de encima ern &lt;le seda azul y el de ahajo d&lt;'
brocado amarillo . El azul y el amarillo son, en el Celeste Imperio, colores reales. No lle1·aba joyas, pero las crecidas uñas de los dedos tercero ,I"
cuarto de sus manos, estaban encerradas en estuche de oro bbrado, _v
parecían garras inmensas. Su figura es menuda y ligern y sus hombros S&lt;'
nclinan ligeramente; sus ojos negros brillan con vi,eza, y su sonrisa pla1

,\.!ice Roosevelt, la Sra. y In Sri la. Rockhill habían venido de Pekinen
una desvenoijad:i victoria, escoltadas por un piquete ele soldados chinos
que montaban malos caballejos, enjaez.sdos con arreos maltrechos Y añosos.
En nuestros trajee de verano dominaba el color blanco-el de luto •n
el Celeste Imperio-y para atenuar en lo posible b impre.sión desagradable

centera cautiva.
El Emperador es pequeño de cuerpo y tle pura casta china; paren,
,liez años m,ís joven de lo que es. Su vestido ele seda azul podía confundirse con el de muchos de los funcionarios presentes. Porque, á no estarse habituado á distinguir los grandes personajes chinos de los simples criado,
por el color del botón que corona sus sombreros redondos,fácil es cambiar,¡

(,) En e~ viaje que hicieron, en el año de 1905 1 Mr. Taft )' Miss,Alice R&lt;&gt;?sevelt,
acom añados de 1111 grupo de prominentes amencanos, á algunos ~a1se~ del le3auo 9·
rientf fueron recihidos por la Emperatriz Viuda de China 1_ que munó hace P':co.
Board~an la autora de este artículo, recientemente pubhcado, fué acompanante e

unos por otros.
La Sra. Rockhill y Alice Rooscvelt subieron á la plataforma y aqm:Jla presentó á la hija del Presidente con la Emperatriz. La Empera-

Mas

MissRoos~velt en tal ur.asión.

�LIBROS RECIBIDOS
176

REVI:5T A CONTE)f PORÁNE.A

lriz contestó con una inclinación de cabeza y leyó, de un libro, unas cuantas palabras de bienvenida, que tradujo Mr Wn; después, dejando un pot·o l:t formlllidad oficial, dijo á Miss Roosevelt que deseaba que no echarn
de menos su patria en su viaje por países extranjeros.
Cuando la Sra. Ro&lt;'khill y Alice Rooscvclt bajaron de l:t plataforma,
h Emperatriz, ayudada por dos eunucos, descendió á donde estábamos y,
nno por uno, le fuimos presentados. .Kos saludó á nuestro modo, doblando hacia la palma de la mano sus dedos tercero y cuarto
Pasamos to,las luego á un gran salón comct!or, donde nos esperaban
nucRtras :1migas, las princesa.'; que nos habían acompañado á tomar el te
un día antes. Tmlns vestían trnjes azules con ribetes malva bordat!os rlc

tlores.
Grandes fuentes adornaban la me~a, llenas de

Uías, manzanas, pastl'w

les, nueces y dulces. Se sirvieron platillos chinos y europeos. La princesita que estaba cerca de mí se lernntaba frecuentemente, se inclinaba sobre la mesa y me ofrecía, con una sonrisa, frutas y pastC'lcs, única rortesfa
que podían hacernos, pues ni ellas sabían inglés,ni nosotras cl1ino, ni la tí·
11ica intérprete basta ha para todos los comensales .
Después de pasar un rato en unos saloncitos donde se sir\'ÍÓ te y nuestras amigas las princesas chinas fumaron, fuimos de nuevo a.l salón cometlor; allí fué á buscarnos la Emperatriz. Xos trató con m,ís familiariclarl
que en el Salón del Trono, y nos presentó al Emperador, á quien lle,·ó
delante de cada una ele nosotras. _\ Miss Roosevelt la clcsi¡,mó con un título que no recuerdo, á las casadas con la palabra Titi aüadida á la prime1':l sílaba'.dc sus upellidos,y á las-solteras con la palabra GmlJ'ª" aplicada
tic! mismo modo. Así que la Sra. Ncwlantl se llamó Nu-Titi y yo
Bo-Ga11ya11. No me pareció que el Emperador fuera un simple, como alguien ha dicho. Después nos fué presentada la Emperatriz de Occidente.
Aparccie:on á poco dos criados, cada uno de ellos con un azafate: en
uno traían anillos y brr.zaletes, en el otro paüuelos de seda azul bordados.
lfr. Wu fué diciendo nuestros nombres ,í la manera china, y la Emperatriz t!istribuyendo presentes. Regaló á Miss. Roosevelt un pendiente con
nn topacio rosa y un bra,.alete con flores de perlas, jade y rnbíes. Las S&lt;'lioras casadas recibieron brazaletes semejantes y ,¡ las solteras se nos ol,sequió con anillos ele oro con una perla en el centro. Cada presente rcnfa
acompañado de un paüuelo y una sonrisa.
Después nos dijo adiós en unas cuantas palabras que leyó en su librito tle antes. Una vez que se despidió de ifiss Rooscvelt, su Majestad se
dirigió á donde estaban los hombres é hizo caravanas á iir. Taft, al General y al Almirante . Nuestros Diputados y Senadores, que tanto valen en
nuestro patria., no le merecieron ni siquiera una mirada. Re detuvo luego
en mitad del cuarto, anunció que la recepción estaba terminada y fuimos
saliendo uno á uno, y hariéndole una eararnna á la que contestaba t'0n un
saludo amable.
Mientras llegábamos á Pekín, al andar de las literas, fuimos repasan&lt;lo los incidentes de aquel día, que parecían los de una visión maravillosa.

Nos proponemos publicar cada vez algo. á manera de reseüa sobre la.s
últimas obras del pensamiento moderno, en beneficio de los lectores, que
tendrán en las páginas t!e la revista una fuente de información, y en beneficio de los editores, que por medio tic nosotros, y sin otra erogación qu,.
un ejemplar de cada volume:i, tendrán un anuncio oportuno y seguramente fructuoso. Nosotros nos reservamos el &lt;lerecho de dar notieia t'rít ita.
más ó menos extensa de las obras que se nos envíen ;- que, á nuestro juil'io, merezc..·u1 estudio especial, ya sea por sus mérit,,:; literarios 6 científicos, ya por la actualidad de los asuntos que traten. Kn todo caso, creernos contribuír de esta manera á la difusión de la cultura general.
He aqtú algunos de los libros recibidos recientemente ron destino á la
Biblioteca de la REVISTA CoNTE,1PORÁNEA:
ESPAÑOLES
Elegías- I-Elegíns Puras, por Juan R. Jiménez, Madrid, 1908.
El Agua Dormida, por G. Martínez Sierra. Madrid, Librería de los
Sucesores de Remando. 1909.
Jaculatorias y otros poemas, por Juan Pujo!. Cartagena, Imprenta
de J. Palacios.
Los Trofeos, Romancero y los Conquistadores de Oro, por J. M. Heredia, traducción en verso castellano por Antonio de Zayas. Madrid, Librería de Fernando Fe. 1908.
Bushido: El Alma del Japón, por Inazo Nitobe, A. M., Ph. D., Traducción de Gonzalo Jiménez de la Espada. Madrid, Daniel Jorro, 1909.
De mi Villorrio, poesías, por Luis C. López, prólogo de Manuel Cer ·
vera. Madrid, Imprenta de la Revista de Archivos. 1908.
La Doctrina de llfonroe, y Lecturas Históricas Mexicanas: La Conquista-del Anáhuar, por el Lic. Carlos Pereyra. México. Ballescá y Cía.
Editores.
Poesías, por José Asunción Silva. Prólogo de Miguel de Unamuno.
Barcelona, 1908.
Los Fracasados, por Mariano Azuela. México, 1908.
La Sucesión Presidencial en 1910 y el Partido Nacional Democrático,
por Fancisco I. Madero. San Pedro de Coahuila, 1908.
Datos Relativos á la Construcción de la Presa del Chuvíscar. fmprenta del Gobierno, Chihuahua, Chihuahua.
Casta de Hidalgos, novela, por Ricardo León, 1908.
FRANCESES
Paysages Passionnés, par Gabriel Faure, Sansot, editeur, Parfs.
La Science et le realisme naif, par G. l\feyesson. Lirairie Arrnantl
Colin, París.
L'Aprés midi des Poetes. La Poesie symboliste, par P. N. Roinard,
V. E. Michelet et Guillaume Apolinaire. "L'Edition", Paris .
Encore le militarisme et la Diplomatie, par Teixera Mendes. Río de
Janeiro, 1908.

�SUPLEMENTO.
Siempre que llega á nuestros oídos
la noticia de" que tal ó cual individuo, corporación 6 gobierno ha realizado alguna obra qtte tiende ,í difundir la luz del ,,aber, en cualquier
orden de idc,1s, ó que se empeña
porque la cultura se extiench y se
prnpugue en todas las e-Jases de 1n so-

ciedad, nos sentimm; ,•erc_ladcrarncnte complacidos, rebosa en 11osotros

•

el ,~ntnsütsmo,y sin meflida ni cortapisas, prodigamos nuestras alabanzas y nuestrns palabras de aliento á
los que trabajan y se afanan por lrc
ilustrn&lt;:ión del pueblo y por el bien
de la patria.
Ayer habhíbamos del esfuerzo realizado por unos cuantos hombres de
empresa de estaciudad, que unieron
sus recursos y sus fuerzas para levantar un hermoso teatro, que si
hasta los actuales momentos no ha
presentado espectáculos que sirvan
para ilustrar y moralizar á las G1tses, sí contribuye para aumentar el
número de los centros de diversión
y esparcimiento que tanto necesita.
Monterrey, por lo crecido de su población y por su abundancia de di-

•

nero.
Hoy debernos ocupamos de otro
acontecimiento de índole parecida
al anterior, y que no por haberse
realizado fuera de Nnevo León, deja
de envolver para nosotros una importancia y trascendencia muy superiores á las de nuestro teatro.
Nos referimos á la inauguración que
deberá estarse verificando á la hora en
que sale nuestra revista, del hermoso edificio que, para Escuelas Normales, construyó en ·la vecina ciudad del SaltiHo,· el progresista gobierno del Estado· de Coahuila.
Es sin duda un esfuerzo grandio-

so el que ha llevado á término la
Administración de Don Miguel Cardenas. Levantar una Escuela Normal, esto es, organizn.r, instalnr solidamente y fomentar un vasto centro de cultura, incubado,· de luz, de
donde deberá i1Tadiar en haces resplandecientes el fuego sagrado de la
instrucción; dotar ti una ciudad como nuestra Yc&lt;.'ina, con una obra
tan altamente pntriótica y civilizadora, supone en su autor, no sólo
un espíritu superior y altruii;ta sino
un amor muy grande ii la niñez y
un interés decidido por el engrandecimiento de la patria .
Porque 110 hay que cree,· que la
Escuela Normal de que nos venimos
ocupando, sea una obra cualquiera.
Nosotros no conocemos los detalles
de la construceión, pero sí sabemos
que el hermoso edificio alcanza un
costo de más de trescientos mil pesos, y que con ti.na Suma tan consideral&gt;le, se puede perfectamente 1tcometer una obra que pueda superar á
casi tudas sus similares en el país,
que puede aportar mucho beneficio
y múcha honra al Estaclo y levantar
muy alto el nombre de los que tan
grande:; empresas realizan.
Esta Escuela Normal será 111
primera de la República, porque
después de la que se construye
en la Metrópoli, no habrá ninguna
que posea un edificio tan cómodo y
costoso como el que desde hoy ocupará la Normal del Saltillo. Sabemos que la construcción se amolda
perfectamente á todas las exigencias
de la escuela moderna, y que se han
tenido á la vista todos los detalles
que son necesarios en obras de este
género. Como decimos antes, no
podremos describirla material ni
1

.. i · • .

�artí.;ticanwntc, porque no In conocemos, pero sí ea.be que nos formemos nn rencepto aproximado de
ella, por sn costo y por los laf'tores
intelcdnaJcs que á su rcn.liza.ción
contri bnyeron.
Su solemne inanguraci6n tendrá
lugar hoy, con una veladacientíficolitcrnria qne promete estar muy Incida, y que vendrá á ser el prólogo
de mm serie de con lerencias pedagógicas que se prolong:mí hasta el lunes 8 y que deberá abrir el Jng. D,
Miguel F. Martínez, Director Gene_
ral de Instrneeión Primnria en el
Distrito Federnl.
Don Andrés Osun,i, Jefe de Instrucci611 en Coahnila, vino personalmente á invitar á todos los profesare~ de aquí p;ira qne concmTieran tí los fc:-;tcjos , y sabemos que
desde el jum·es en la. tarde un buen
número de macRtros y rnacstrns rcgioniontn.nos salieron C'on rumho á
la capital vecina. l~ntrc los que
haran uso de la palabra en las conlerencins eit.iduf:, están nuestros compañeros ele rrdacci6n D . .ffortmrntn
Lozano y D ..Joel Rocha.
Hay qn&lt;' esperar mucho ele los gob_iernos qnc de tal modo se afanan
p 11· la ilnstrac-ióu del pueblo, y' nosotros nos epmpla&lt;·emos en lclieitar
sincerame11tc al Señor Ciírclenns y en.
pr,xligarlc nncstrns a.lnhanzas, porque IÍi&lt;;n las .m ew:e quien de modo
tan cfecti,·o labora • por la honra. y
el prsstigio de la patria.

Se inició el año artístico de ~Ionterre.v con el ~rríbo de dos celebridades universales: Hofmann,y Tina di
Lorenzo . Los diarios han hecho ext,nsa crónica acerca del pianista,qu'•
7.ás uno de los indiscutibles en esta época de tan señalado refinamiento

Es una ilusión eso ele creer que se pnés ele las propias observaciones,
conquistan tritmfos en Madrid y en sea en nn sentido ó en otro.
Finalmente, queremos significar
Barcelona, en París y en Bnenos
Aires, en la Habana y en México, que nosotros apreciamos en alto grasólo por la armonía ele lineas corpo- do el esfuerzo de los empresarios
rales. Y es también una ilusión que han contratado á 'fina para dar
creer que se puede, á cambio de al- cinco funciones en nuestro teatro.
gunos doblones, engañar al público La cultura, que se va formando
que lee los periódicos, y engaüarlo siempre con lentitud y á costa de
siempre, una y mil yeces. Hay que mil obstáculos, tendrá que agradecer
creer todavía en el éxito exterior y á los que nos hacen ver, á Holman
resonante; 6, pa.ra ser consecuentes, hoy, clespnés á la gran actriz italiacondenarnos á no juzgar sino des- na.

en aclmques-1íricos. Hofman t~s ver-

&lt;la.clerarnentc, un hombre de raras
capacidades, de poderosa. ini:-piración
y de cultivo intenso y só_liclo. Ha rcconido los contras m,ís exigentes del
arte y dondequicrn logra rnidosas vietorias. Ojalá tengamos algún dí,i la
oportuuilbd· de n,rle de nnevo en
nuestra ciudad y nos dé h, emoción
reconfo1fadora que nos hace comprender mejor la vida y gustar del
minutci que pasa.
En &lt;:nanto á. Tina, muy pronto va.
á deUu1a.r 1::n nuc~Lro gran Teatro
Juárez. ~ada. podrfon10Rafirmar con
respecto al éxito má~ 6 menos franco por parte do la emprcea, ni quercmo 3 expresar nuestra opinión en lo
que atañe á ;precio de las localidades, que alguna$ personas enc·uentran excesivo. rna palabra diremos, cmpem pur YÍa. ele gcnemliza.ción oportuna. Cuando se trata de
grandes artistas y de traerles :í pohln.cioneH de cs{'aso refinamiento y
en las l'trnles el arte no l's todavía
una podcro:..;a ne;:csidad 81)/'ial, es
pr0Ji:;o tener pre;-;entes los mil
obst,ícnlos conque han dl' tropezar
las empresas: de lo contrnrit), se está.
expnesto á tlmitir opiniOllL'S un poco
a.rhitrarjas, bien qné ]ns in~pil'C un
sano deseo de precaver al ¡;úhlico. ·,
Poclqmos afirmn.r, eso sí, porque
la he¿·;os vü;to trabajar I que rrina no
1

t"~

adfr.,ta. do pega,

n_i siquiera 1~1e-

,, :&lt;lÍa.lla, sino nna mujer &lt;le superiores capacidades para 1~ escena. La
gracia de sus mo\'imicntos; ]a intensidad pasional que sabe infundir
á las obras en que trabaja ; la fuer1.a
de su visión; ,elta1ento múltiple que
le permite interpretar, sin que lleguen á confnndírsele, las más distintas obras; y aun su belleza personal, que le da un atractivo profundamente estético y humano, la coloca.n al nivel de las grandes artistas.

De Administración

'º

Todas aquellas personas que deseen suscribirse á este
quincenal, deben hacer sus pedidos por conducto de nuestros
~gentes autorizados en las distintas localidades del país.
Los pedidos que se hagan directamente á esta Adminis:
tración, de los lugares donde tenemos agencias, serán agregados á las lístas del caso, para que los cobros sean hechos por
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Los ejemplares para los suscritores foráneos los remitiremos en un solo paquete á nuestros agentes respectivos, para
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Toda reclamación justa será inmediatamente satisfecha.

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                <text>Revista propiedad de J. Cantú Leal y dirigida por Virgilio Garza, en Monterrey, Nuevo León, México, durante los primeros años del siglo XX. Contiene información sobre ciencia, arte, poesía, teatro, novela, historia y crítica. Además, incluye noticias sobre política y publicidad de las principales empresas y casas comerciales de la ciudad</text>
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              <text>Revista propiedad de J. Cantú Leal y dirigida por Virgilio Garza, en Monterrey, Nuevo León, México, durante los primeros años del siglo XX. Contiene información sobre ciencia, arte, poesía, teatro, novela, historia y crítica. Además, incluye noticias sobre política y publicidad de las principales empresas y casas comerciales de la ciudad</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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