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                  <text>PoR Esos M UNDOS
A "'10 VIII

NOVIEI\r1BRE, 1907

1

UM. i54

LOS ARTISTAS EXTREMEÑOS

EL ESCULTOR CABRERA Y SUS OBRAS
de enhorabuena: sus
E varones másestáilustres
empiezan á ser
XTREMADURA

glorificados por los de dentrn y por los de
fuera de la patria chica. La patria grande,
al erigil' un monumento nacional á sus héroes más famosos, manda construir la estátua del temerario descubridor del Pacifico;
por iniciativa del escritor portorriqueño Don
Antonio Cortón se levantará pronto en Madrid otra estátua al autor de El diablo nmndo, y merced á Don Santiago Burgos de
Orellana, al ilustrado párroco y al Municipio de Brozas, el más ilustre de sus hijos
tendrá pronto un monumento en la plaza
principal de este pueblo; y, según mis noticias, gracias á los trabajos de los obispos de
ambas provincias, del clero y de las corporaciones oficiales, Cáceres ostentará también
en uno de sus mejores paseos una reproducción de la estátua que se ha modelado
para Brozas, existiendo en Jerez de los Caballeros los mismos propósitos re!'1peclo á
la estátua de Nuñez de Balboa que figura
en el monumento del Parque del Oeste.
Pero lo raro del caso, y esto es lo que más
contribuye á que Extremadura esté de doble
enhorabuena, es que la cuna de tantos poetas, guer,eros y políticos, que no ha tenido
hasta hoy un escultor que merezca tal nombre, ni aún en las épocas de Morales y de Zurbarán, con ser de apogeo artístico, cuenta ya
con el primero en el personalísimo y valiente
Cabrera, actualmente profesor de la Escuela
de Artes Industriales de Toledo, quien, para
satisfacción suya y honra de la tierra, ha
sido el encargado de interpretar las colosales figuras de sus tres colosales paisanos:
colosal Vasco Nuñez de Balboa en la travesía del istmo d11 Darien y el descubrimiento

del Mar del Sttr; colosal Espronceda en lo.::
fastos de la literatura e¡:;patiola, y colosal el
Brocen~e en las letras humanas, tan colosal
que, aún hoy, es admirado en el extranjero,
en cuyos primeros centros docentes vive todavía, puesto que sus obras continúan sirviendo de texto y de consulta en la~ U~iversidades más ilustres de Europa, sobre todo
de Alemania donde se sigue cursando su

Jfinel'va seti decMsis lin9ua latinre.

Del monumento á Espronceda se ha escrito y discutido tanto en la prensa de Madrid
y en la regional que no es nueva para el
público la noticia de su próxima ejecución,
Pero como á mis lectores ha de interesarles conocer el proyecto de la construcción.
verdaderamente gigantesca, q1i1.e ha de hermosear muy pronto una de las plazas de esta
corte, lo describiré á gl'andes rasgos, para
mejor inteligencia de la fotogratía que a-compaña á este articulo.
Sobre la cima de un monte, que aboceta
la forma de un coloso, triunfa, dominándolo
gallardamente, la figura móvil y arrogante
poeta. La base del monumento arranca desde
el suelo: los piés y part1:i de las piernas del
cíclope se embu len en la tierra como raíces do
tronco corpulento. Savia vivificadora lo envuelve ascendiendo en nieblas que dibujan
ramos, flores y frutos en sazón, y cristalizan
en aquellas imágenes, tan humanas como
ideales, que tuvieron vida en el pensamiento
de Espronceda. De la frente del cíclope, y
como raudal abundante, brota expléndida
alegoría que cae sobre su diestra, transformándose en la figura de Teresa. Arriba, en

�388

Jo más alto, teniendo bajo sus piés el cráneo
humillado del coloso, se yergue altiva y retadora la estátua del eximio vate mirando
arrogante al sol.

«Brozas, Julio de 1527.-Salamanca, Enero de 1601.•
En la cara opuesta á la segunda inscripción van estos versos:

Aunque el ingenio y la elocu,encia m«JS·
[tra,
El monumento al Brocense es mas senci- Francisco Sánchez, se me concediera,
llo y de otro carácter. Por ser la enseñanza por toi-pe tne juzgara y poco diestra
la nota más saliente del eruditísimo catedrá- si á querer alabaros me pusiera.
tico de la Universidad de Salamanca, lo ha Lengua del cielo única y maestra
representado el artista en actitud de estar tiene de ser la que po1' la carrera
de vuestras alabanzas se dilate;
explicando en el aula.
Sobre un pedestal de puro renacimiento que hacerlo humana lengua es disparate.
español y limpio de todo adorno, en harmonía con la sencillez del maestro, se destaca
la estátua de éste, sentarlo en un sillón de
la época. Con la mano derecha sostiene un
libro abierto, y con la izquierda hace ademán
de estar hablando.
En las cuatro caras del pedestal se Icen las
inscripciones siguientes:
«La villa de Brozas á su hijo más ilustre
el doctor Don Francisco Sánchez Flores.•
«La admiración de los extraños le vengó
de las envidias de los propios. Justo Lipsio
le llama el Mercurio y el Apolo de España;
Scippio vé en él un hombre divino, y Baillet le proclama príncipe de los gramáticos.•

389

EL ESCULTOR CABRERA Y SUS OBRAS

POR ESOS MUNDOS

llliguel de Cervantes Saavcdra. «La Galalea•.
Libro IV. Canto de Caliope.

La estátua de Vasco Núñez de Balboa, que
he citado al comienzo de este articulo y de
la que es posible se haga una reproducción
para Jerez de los Cabal le ros, es una de las
cuatro que ha modelado Cabrera para el
monumento á los soldados españoles que han
muerto por la patria en América y Filipinas, ó sea la que acompaña á las de Magallancs, Vara de Rey y Villamil, sobre la cornisa de dicho monumento.

Monumento á Espronceda, por Cabrera

Descubrir ahora á Esproceda, al Brocense
y á Núñez de Balboa seria inferir un insulto
aún á las personas menos cultas. Pero como
no ocurre lo mismo con el autor de las citadas esculturas, porque su modestia y lo retraído de su carácter hacen que casi sólo sea
con?cido, á la vez que admirado, por los del
oficio y por los críticos de arte así como
también, y muy principalmente, 'por ser el
primer escultor que tiene Exlremadura me
permitiré darlo á conocer al resto de lo~ espa~oles y seguramente á la mayoría de sus
paISanos. Y ya que voy á tratar del primer
escul(or, bueno será decir algo de los primeros p!Iltores extremeños que han surgido en
aquel desierto del arte desde que faltaron
Morales y Zurbaran.
Extremadura parecía un campo estéril
para las Bellas Artes y sólo fértil en políticos, pensadores, literatos, conquistadores y
aven~ureros. Comarca esencialmente agrícola, S!Il grandes centros de enseñanza, sin
una de esas populosa ciudades que sirven
de núcleo á todas las de su región relacionándolas entrti si y poniéndolas en contacto
con las influencias de otras provincias sin
más academias de dibujo que las lecci~nes
de algún que otro maestro de instrucción
primaria, y sin estímulos artísticos de ninauna clase, si algún talento nacía no cont:ba
con medios para llegar á revelarse y se hallaba condenado á permanecer oculto, como
el oro en las entrañas de la tierra hasta que
algún afortunado minero lo de;cubriera y
mostrase á la brillante luz del sol.

Monumento al Brocense, por Cabrera

Las Escuelas de Artes y Oficios modernamente establecidas en ambas capitales extremeñas lhan sido los mineros de este olvidado rincón de España.
Antes y con independencia de ellas únicamente pudieron florecer, en el sialo XIX el
notable pintor de bodegones D':in FeÍipe
~beca, por haberse educado en Sevilla, y el
msuperable acuarelista Don Nicolás Mejía,
por haber venido á Madrid para estudiar
Medicina y cambiar el camino del Coleaio de
San Cárlos por el de la Escuela Superiot· de
Bellas Artes.
Las limitadas enseíianr.as de las Escuelas
de Artes y Oficios han bastado para hacer
sur_gir, á su modesto influjo, una pléyade de
ª:ltstas corno no era posible imaginar. Los
p~ntores todos son casi niños, pero todos
vrnnen pegando é imponiéndose por su aenio y pot· su propia originalidad.
"
Eugenio Hermoso, el autor de los Estudios que fueron premiados con tercera medalla en la Exposición Nacional de 1904 y
del cuadro La Jwnia, la Rifa y sus amigas,
por el que obtuvo una segunda en la de
1906 (siendo juzgado por la critica digno de
una primera), marcha á la cabeza de todos.
Co_n ~ermoso!que aún no había cumplido los
v~mtitres abrtles, se presentó, en la Exposición de 1906 Adelardo Covarsí, de diecisiete,
autor del cuadro Atalayando, que si solo
fué premiado con mención honorífica v categoría de tercera clase, debió ser porque los
señores del jurado no habrían visto probablemente, ninguna de esas puesta~ de sol
tan frecuentes en Extrernadura y supondrían tocado de modernismo lo que era una

.
Monumento á Marlínez Campos, por Cabrera

�390

POR ESOS MUNDOS

EL E:;CULTOR CABRERA Y SUS OBHAS

copia exacla de la realidad. A Hermoso y á. C~var~í
les acompañan, entre otros jóvenes, pero ya d1stmgmdos artistas extremeños, los siguienles: Don Conrado
Varona, Don José López Zuazo, Don José López Jiméne-., Don Leonardo Rubio, Don Manuel Vadillo, Don
Joaquín García Rubio, Don Juan Carmona, Don Gustavo Hurtado, Don José Rebollo, Don .Nicanor Alvarer.
Gala, Don Iliginio Pérez. Don Ramón Cilla, Don Martín Rivera y la señorita Pilar Terrón.
Entre lanlos artistas solo se rlestaca un escultor.
Aurelio Cabrera y Gallardo, el que, por carecer en
absoluto de medios, á pesar de su decidida vocación
no sería hoy- más que un experto ebanista si las circunstancias de tener que ser soldarlo no le sacan de
Alburquerque (pueblo de la provincia de Badajoz)
rlonde vió la luz el 16 de Enero de 1870, siendo sus
padres Don Angel Cabrera Orrego y Doña Olaya Gallardo del Pulgar.
Empezó, corno lodos los chicos, emborronando cuantos papeles cogía, hasta que á la edad de siete años
(y en vista de la afición que demostraba), con esa
intuición de que Dios dota á las madres, decidió la de
Aurelio que éste aprendiese á dibujar, encomendando
su ense1'ianza al maestro de primeras letras Don Eu genio Bugarín y- Navano. Este le enseñó los rudimentos, más larde le hizo copiar láminas de La ]lustración Artística,
y , por último,
lo inició en el
Estátua de Vasco Núñez de Balboa,
manejo de 1 o s
por Cabrera
colores, permitiéndole trabajar en un cuadro de asuntos de caza que
él (el maestro) compuso.
De propia cuenta se atrevió el discípulo á restaurar
unos lienzos de San . José y la Verónica, y terminada
esta labor la emprendió nada menos que con un cuadro de San la Teresa v un aulo-relrato.
Con este auto-retrato dió por terminado su aprendizaje, y con el aprendizaje su carrera artística,. para
entrar en una ebanistería, donde se estaba adiestrando
en el oficio de tallista cuando en Enero de 1889 le
tocó servir al rey, y fué destinado (en Junio) al regimiento de Caslilia qut: guamecia á Badajoz.
La Yida de Cabrera, á partir de este instante, puede
servir de ejemplo de lo que es capaz un hombre con
fuerza de voluntad si tiene recursos mentales, aunque carezca de otros que parecen imprescindibles.
Contando con el permiso de SllS jefes, reanudó en
la capital la ensefianza que empezara en el pueblo,
asistiendo por las noches á la clase de dibujo del
profesor particular Don José Caballero y Vizuete. Para
dispdner de más tiempo procuró ser rebajado del servicio! y en 'esta situación conslru yó para el teniente
de su compañía Don Guillermo Ruiz Mira alguI?OS
muc*es de lujo, en los que hizo trabajos escultóricos,
tales como un busto tallado en madera que formaba
parte- de un armario de luna, unos tableros de aparaEstátua de Vara do Rey, por Cab~era
dor representando_ lucha_s ani~al_es y 9&lt;&gt;~,.medallo-

?~

391

nes con los bustos de Napoleón y del tenien- ral, del poeta Don José Díaz .Macías y de la
te Ruiz.
esposa de éste, y empezó el busto en márEstas fueron las primeras obras que expu- mol de su generoso protector.
so al público Cabrera y que le valieron muDesde que terminó sus e3tudios en la Eschos encargos, que aún se conservan en Ba- cuela de San Fernando, y antes y después
dajoz. Entre ellos, figuran: unos tableros de de ir á estudiar el arle extranjero en la Expuertas, para la Capitanía general;tres sillas posición de París de [900, no ha dejado de
y un sillón, para Don Angel Pcssini; un sitrabajar en la escultura; y frutos bien sazollón, para Don Eladio Rubio; y otro sillón, nados de sa constante labor han sido las vacon una alegoría de la República, para Don rias obras presentadas en las Exposiciones
Regino Izquierdo.
nacionales de 1899, 1901 y 1904 y en la del
Mucho más que los encargos vino á favo- Círculo de Bellas Arles de 1903.
recer á Cabrera el conociEn la de 18!fü presenmiento y la protección,
tó una estatua en yeso, de
que adquirió entonces,
tamafio mayor que el nadel aristócrata arlistaDon
tura!, titulada Fecial, que
Braulio Pizarro, por cuganó una tercera medalla
yas gestiones ingresó en
y hoy se conserva en el
1891 en la Academia mlljardín de la finca titular
nicipal de Dibujo y Pindel conde de la Torre del
tura, donde, bajo la espeFresno.
cial dirección d e Don
En la de 1901, presenFelipe Checa y- Delicado,
ló dos obras: Prometeo
continuó ampliando sus
moderno y San Sebasestudios basta 1896; sienlián.
.
do tanto su aprovechaEl Pi-omeleo de la 1uimiento que en todas las
lologia griega fué condeasignaturas ganó la nota
nado por Júpiter á estar
de sobresaliente. En la
encadenado á una roca,
Exposición Regional de
mientras un águil~ le des1892 obtuvo una mención
trozaba las entra1'ias; el
honorífica por dos cabezas
Promete-O moderno está
que presentó, dibujadas
amarrado á u n yunque
al lapiz del yeso, y, por
mientras un buitre hunúltimo, á propuesta de
de su corvo pico es el
sus profesores, fué nomescuálido pecho del obrebrado auxiliar de la misro que lo representa, en
ma Academia.
tamaño doble del natural.
Don Braulio Pizarro lo
El San Sebastián, que
había presentado al opufué premiado con tercera
lento y- expléndido sefior
medalla, adquiriéndolo el
conde de I a Tone del
Estado, que lo destinó al
Fresno, y, al terminar
~Iuseo de Arte Moderno,
Cabrera el servicio de las
:;an Sebaslián, por &lt;.:aurera
había sido ejecutado paarmas, le concedió este
·
ra las oposiciones de penmagnate una pensión para que completara sionados en Roma de 1899; oposiciones en
sus estudios en Madrid.
que tomó parte Cabrera, quien, huérfano de
Una vez en la corte, ingl'esó en la Escuela iníluencias, no consignió la plaza que deseaSuperior de Pintura Escultura y Grebado, ba, pero le indemnizaron con creces los elodonde supo aprovechar el tiempo durante gios tributados por la prensa á sus brillantes
los cursos de 1896-97 y- 1898-99, conquis
ejercicios y las enérgicas censuras á la contando once diplomas en las clases ele Pers- ducta d('] tribunal.
pectiva, Anatomía artística, Dibujo del antiEn la Exposición del Círculo de Bellas Arguo, Modelado del antiguo y Ropaje y- Dibujo tes de 1903 conquistó un primer premio por
del natural, más el premio de 250 peseta;:; una cabecita rle niño titulada El sobrinito
de la clase de Teoría é Historia de las Bella&lt;; riel cura, trabajo que fué á parar al .Museo
Artes.
que en Jerez do la Frontera posee Don l'ePor estos años, y en los dos período-; de dro Aladro, el pret(lndiente al trono de Alb:i.vacaciones veraniegas, que pasó en Badajoz, nia.
hizo los retratos en bronce, de lama110 naluEn la Nacional de f904 obtuvo una men-

�392

POR ESOS :MUNDOS

siendo de Cabrera los baj9-relieves de la.
cúpula y las pechinas que representan alegorías de la Justicia, del Comercio y de la
Ciencfa.
En 1904 1e.
encargó el Municipio de Badajoz la estatua
del monumento
á Cervantes.
En 1905 tomó parte con el
señor Carretero
en el concurw
del monument o a 1 general
Martínez Campos, presentando un proyecto bastante parecido a I que
~e ha ejecutado
al fin; con moSepulcro de un infante de León, por CRl&gt;rera
de la Vega,
tivo del cual, y
consistente en
defendiéndose
un grupo que sube una pendiente á cuyo de los ataques de otros concursantes escrifinal hay una sepultura: un adulto lleva a un bieron los señores del Jurado: «Si aigo puniño sobre su hombro izquierdo y con Al rliera mole!¡larnos, nos compensa con creces
brazo derecho va sujetanl a exquisita e o r rección
do á un anciano que cae
demostrada por los señodesplomado en la fosa.
ñores Carretero y Cabrera
Digne de ser citado es
q u e han compuesto un
también u n caprichoso
bellísimo boceto»; y en el
tintero representando la
mismo año 1905 terminó
Muerte, de laque surge la
y expuso un admirable
Vida, el beso fecundo de
retrato, hecho en madera,
dos cabezas (de hombre y
de Don Ricardo Baroja,
mujer) que salen de lo
que mereció este juicio
alto de una calavera
de Francisco Alcántara:
que está rodeada de una
«Es una talla exquisita
guirnalda que forman vay tan rica de espiritualirias cal:iecitas de niños.
dad, t a n vib1 ante, que
Independientemente de
merece ser señalada como
las Exposiciones, le preuna excepción que honra
miaron en 1903 el proal talento de Cabrera. Es
yecto que en colaboraverdad que este artista
ción de otros artistas prees de los más penetrados
sentó en el concurso para
del espíritu de la crítica
el monumento á los solmodernar.» Y esto es pordados mue1 tos en 1 as
que, como dice otro críticampañas do Cuba y Filico, «Cabrera es de los
pinas, con destino al cual
que sienten el Arte con
ha ejecutado las estátuas
todas sus grandezas, sin
d e Balboa, Magallanes ,
alambicamientos ni mezVara de Rey y Villamil,
quindades, como lo demuestra lo espontáneo y
y en el mismo año de
rápido que es en sus con1903 le adjudicaron, tamMonumento á Cervantes, por Cabrera
cepciones, I a seguridad
bién p o r concurso, en
unión del señor Pota, la decoración artís- de sus trazos, la bella rudeza de sus obras, el
tica de la Diputación provincial de Lugo, sello de grandiosidad que, por intuición, da

ción honorífica en Arte decorativo por un
bajo-relieve, de tamaño natural, representando la Ciencia, y fué propuesto para una
ccndecorac i ó n
por la cabeza
de estudio que
oxpuso en la
Sección de Escultura, donde
también p re s e n t ó varios
bocetos , entre
los que sobresalen los tituladosPor honor,
que representa
una jóven escarbando I a
tierra con las
manos para enterrar el fruto
de su deshonra, y La cuesta

393

Á SUS LABIOS

prensa. De los lectores de POR Esos MuNoos,á quienes be brindado las primicias de
la presente informa. *
ción, solicito atención
r
**
para el artista, que si
r
Tal es la personaliya es conocido en Madrid por la estátua de
dad de esta artista extremeño, cuya modesNúñez de Balboa que
se levanta en el monutia es tan gran~e como
el mérito positivo de
mento que da frente
sus trabajos.
al Parque del Oeste,
Darlo á conocer, aún
pronto será admirado:
sabiendo que sus más
tan pronto como esté
íntimos sentimientos
hecho el emplazamienhan de ser heridos, es
to del monumento á
obra de justicia, y yo
Espronceda , caractequiero ser uno de los
rístico por su atrevido
que la realicen contripensamiento y por su
bu yendo con mis fuervaliente ejecución, cozas y con mi voluntad
mo desde ahora puede
á arrancar á Cabrera
formarse idea el púde su retraimiento hablico al contemplar la
ciendo patente su vafotografía de di c h a
Aurelio Cabrera y Gallardo, escultor extremeño
ler. Uno de los medios
obra de arte que en
11ue más facilitan este conocimiento es la estas páginas queda reproducida.

á estas, y la justa y jamas estudiada sobriedad que desde luego se observa en ellas.•
~

• JosÉ CASCALES Y MUÑOZ,
Cronista de Exlremadura

A SUS LABIOS
Lábios húmedos y rojos
á mi boca antes opresos,
¿por qué ocultáis vuestros besos?
¿á qué tan crueles enojos?
¿Habéis bebido el leteo,
boca de perlas y grana,
ó sóis flor de una mañana,
sanguínea flor del deseo?
Boca de pétalos rojos
donde el ámbar se deslíe:
vuestra dueña no sonríe ...
Y_oy á besarla en los ojos.
FERNANDO DE

ZAYAS

�CRÍ~IEN SIN RASTRO

CRIMEN SIN RASTRO
(CUENTO)

acostada, Elisa preguntó:
YDesde
-¿Y tú. qué hacesil
el gabinete, donde se hallaba apolA

tronado dentro de un cómodo butacón de
gutapercha y ante la chimenea bien encendida, Pedro Gallo rep:icó secamt?nte:
-¿.Qué quieres que haga?... ¡Leer! ¿,No lo
s3hes?
Hubo en su voz un trémolo agrio, estridente, de infinito rencor: uno de eso!¡, odios
sobrehumanos que, al saciarse, demuestran
á los legisladores la utilidad de no abolir la
pena de muerte. Transcurrieron algunos instantes de silencio. Después tornó á oirse la
voz de Elisa, voz apacible, llena de inefable cordialidad maternal, que decía:
-¿,Estás enfadado?
Sin apartar los ojos del libro, Pedro Gallo
repuso:
- No.
- ¿Estás enfermo'r
El no contestó. Tenía los dientes cerrados
nerviosamente; la ira había teñido de carmín
sus mejillas carnosas y su cuello corto,
propenso á la congestión.
Desde 1 a suave penumbre azulina del
dormitorio, la voz indulgente interrogó de
nuevo:
-¿.Te duele algo, Pedrín?
Pedro clavó en el techo de la habi.tación
una mirada furiosa.
- ¡No!-gritó.--Estoy perfectamente ... Nada me duele ...
-¿Quieres que me levante y te acompañe
o!ro ratito?
-¡Quiero que me dejes en paz! ¿Me has
comprendido?...
Después, temiendo haber puesto demasiado aborrecimiento en sus palabras, agregó

con esa blandura con que solemos tratar á
as personas de que esperamos separarnos
muy pronto:
-Ea... Bueno ... ¡Hasta.mañana!
-Hasta mañana,-repnso la voz cariñosa,
suspir¡rndo.
.. ,
Chasqueó en el silencio la llave de la campanilla eléctrica, apagóse la luz, y sobre el
ne11ro fondo del dormitorio á obscuras, la
pu:rta, vista desde •e [·gabinete, pareció una
boca.
Pedro Gallo continuó leyendo, gustando
la satisfacción subidisima, penetrante, de
sentirse solo. Bruñidas por el incendio de
los leños que crepitaban en el hogar, sus
botas de charol tenían reflejos de azabache.
Era un hombre como de treinta años, musculoso y cetrino; un espeso bigotazo negro
adornaba su semblante, rostro sanguíneo colocado entre una bóveda craneal pequeña
cubierta de ásperos cabellos cortados al
rape, y unas mandíbulas robustas, llenas de
vehemencias primitivas. Los pulmones, al
hincharse de aire, dilataban la convexidad
poderosa del tórax; la anatomía de los hombros y la amplitud de la espalda testimoniaban una gran fuerza física; las manos, corlas como la frente, decían cuán irreflexivos
v violentos' debían de ser los impulsos de
áquel carácter.
Repentinamente, cediendo á uno de los más
recónditos borbollones de ira que mueven
sin cristalizar el gesto, cerró el libro, que
arrojó al hogar . ardiente, y un momento pareció distraerse al ver cómo las bojas se
abrían y caían entre las llamas hechas ceniza. Fué una acción inmotivada y bárbara, en
la que un observador hubiese visto pasar el
perfil de un crimen.
Poco á poco, cual si volviese de una pe•
sadilla, Pedro Gallo pareció re~obrar el ple-

no dominio de sí mismo. Sus ojos, desmesuradamente ~bierlos hasta entónces, parpadearon; movió los brazos; las manos, crispadas un momento en ademán ofensivo se
abrieron.
'
Miró á su alrededor: la alfombra color
musgo, el con.torno lujoso y elegante lle los
muebles, los Jugueteros cargados de cachivaches inútiles y
bonitos. Era innegable que en
un a habitación
así se viví a
bien . Las manecillas de un
reloj de bronce
colocado sobre

395

Su cuerpo vibraba como un horno encendido. «Es necesario concluir de una vez,•
murmuró.
Y bajo la anuga vertical de su entrecejo,
pliegue siniestro donde el destino parece
sembrar como en un surco las semillas de
sus tragedias, brotó la resolución rotunda,
irreductihle. de deshacerse de su compañera.
-La mataré,-pensó.
P a r a robustecer esta
decisión, quiso ver áElisa, porque viéndola estaba cierta de aborrecerla
mejor. Quedamente, andando de puntillas, penetró en la alcoba y enrendió la luz colocada sobre e 1 lecho,
~afa~:eneef
de la media no'
entre 1as nieche.
blas de museliPedro recordó con
na de un mosamargura s u s días
quitero. Elisa
solteros, días de desdormí a con
preocupación y libersueño profun tad en que para su
do.Representaantojo no hubo puerba más de cuarenta
tas cerradas. Un fuy cinco año s; sus
gitivo tropel de imácabellos grises, casi
genes saturnalescas
blancos, ponían soinvadió su memoria.
bre su frente un seEnlónces e r a pobre y
micírculo de
avam:aba por el mundo
tristeza; el
á tientas, cual un turista
cuello había
perdido en una cueva; mas, en
perdido' la gracambio, dentro de su alma la
c i a mórbida
Pedro Gallo seguía leyendo, gustando de la
dicha de vivir ardía perenne,
de
sus líneas
satisfacción de hallarse solo
como un a lámpara enorme y
juveniles; las
sagrada. Al cabo, en una hora de pamco, mejillas sin color, un poco fofas, parecían
de «miedo . insuperable» ante la amenaza conservar el desaliento amar110 de todas las
de un porvenir sin caminos, bµscó refugio lágrimas que pasaron sobre efias.
en el matrimonio; y su boda con una mu-Hay que matarla ... -aconsejaba en los
jer vieja y celosa á quien no amaba fué profundos de Pedro una voz fría.
algo terrible, envolvente y aprisionador, que
Cruzado de brazos, inmóvil, como envuelentihtó todos sus designios. Era rico. Pero to en una impasibilidad de verdugo, Pedro
¿,de qué le servían sus riquezas si todas jun- Gallo observaba á su víctima: aquella pobre
tas no podían comprarle un solo día de li- mujer fea, vieja, ridículamente celosa en su
bertad'? ... Y Pedro Gallo pensó que el precio pasión casi senil, que le acompañaba á toá que la Fortuna le había obligado á pagar das partes, cerrándole todo3 los caminos del
aquellas comodidades era excesivo. En el
pecado, y fuera de la cual no podía ver ni
curso de sus reflexiones hubo una pausa, un aspirnr á nada, cual si aquellos dos brazos
s\lencio, una especie de sombra; luego,resu- abierto, fuesen para él un horizonte.
c1laron sus deseos de vengarse perentoria-La muerte que reciba de mí,-discurría
mente de la mujer cuyos brazos enamora- Gallo-será rápida y no la hará sufrir: su
dos parecían haber ceñido una cadena ·á sus agonía dural'á lo que tarde en cerrar los
rodillas. Estos propósitos mordieron su co- párpados... ¡Ella, imponiéndome su amor, es
razón acelerando su marcha, la ola san11ui- mucho más cruel! Ella también me mata,
nea hinchó las yugulares, acarmináronse"Jas me muero de tedio, y de todos los suplicios
mejillas y experimentó en la,s sienes el dolor el tormento del fastidio es el peor ...
de ullf\ quemadura.
Comenió á desnudarse y lanzó un suspiro.

:f~

ft''I

�3!:IU

POR ESOS MUNDOS

Después, sonrió ufano. Su plan era bueno
-¡Hay que concluirl-repitió.
Elisa abrió los ojos. En sus labios flotó y había que realizarlo sin vacilaciones: la
una sonrisa alegre: frolóse delicadamente loe, llave de su libertad estaba allí.
párpados con la yema de sus. meñiques enII
joyados.
-¡Ah! ... ¿Eres tú?-dijo.
Una noche, hallándose de sobremesa, PeY seguidamente, cual si recordase algo
dro Gallo dijo á su mujer que había descumal oído entre sueños, preguntó:
bierto á poco mas de dos leguas de la ciudad
-¿Con quién hablabasi'
Pedro Gallo la miró suspenso, creyendo y cerca del río un lugar precioso, un verdahaber dicho algo en voz alta, y por su fren- dero rincón suizo, que llamaban El Ba1·1·anco.
te resbaló una palidez hú-Si quieres verlo,
meda.
te alegrarás. Es una
-Con nadie hablaba,región agreste , semrepuso.-¿Por qué lo debrada de pinos, desde
cías?
la cual se atalaya un
Y, sin advertirlo, apretahorizonte vastísimo.Al
ba los puños, cual si el tepié del cemor de hallarse descubierrro de que
to le convenciese de que
hablo corre
la hora de asesinar era lleel río: pasa
gada. Pe ro Elisa estaba
entre rocas,
tranquila; sus ojos, cargaespumean dos de sueño, volvían á
te, con pecerrarse.
queiios fra-Por nada, - con testó.
gores de
-Me había parecido ...
catarata, y
Pedro
no puedes
acabó de
imaginar la
desnudarse
·poesía iney se acos- (
fable que
tó. A¡:agó
la voz del
la luz. Eu
río, que allí
el reloj del
tiene impagabinete
ciencias
y
sonaron las
-Hay que malarla,-aconsejaba en lo.o profundos de Pedro una voz fria
bravuras de
tres. Sobre
la misma almohada, junto á la cabeza de torrente, presta á todo aquel paisaje.
Y prosiguió, confortado por la atención
Elisa, cabeza triste, cabeza blanca, mecida
por ensueños de amor, la frente pelinegra de que Elisa dedicaba á sus palabras:
-Anímate, y el día de mañana lo pasaPedro Gallo se agitaba eo u1.a roja pesadilla
de odio. Una idea fija, implacable, le tala- mos allí. Almorzaremos bajo los pinos.
La idea de no separarse de su marido en
draba el cerebro.
-Es necesario descubrir u n medio de tantas horas encantó a la mujer: aquel pamatarla sin comprometerme, un ardid sen- seo sería una buena copia de sus tiempos
cillo: siempre lo sencillo fué lo mejor...
mejores, cuando siendo novia de Pedro amY continuó discurriendo en aquello tenaz- bulaba con él por el campo, á la puesta del
mente, febrilmente, convencido de que los sol, el espíritu perdido en el miraje de un
hombres, como autores que son de su histo- sagrado preludio de amor.
-¡Ya lo creo que irél-exclamó.-¡Con
ria, tienen la obligación de dar al drama de
su vida un buen desenlace. Para Pedro Ga- toda mi alma!...
llo, quien no supo prepararse una vejez fePor la frente del esposo res~a~ó, en un
extremecimiento de arrugas casi impercepliz es un dramaturgo, un autor silbado.
Al fin, creyó hallar el golpe obscuro, el tibles, un mal pensamiento. Bajo el bigotazo
crimen sin rastro ... Apoderóse de la idea, re- negro y áspero, la boca, de lineas duras, pergistrándola minuciosamente, apreciando sus maneció silenciosa.
ventajas, midiendo sus inconvenientes, so-Lo que conviene saber-agregó Elisapesándola y escudriñándola desde todos los _es si el coche podrá subir hasta tan alto.
puntos de vista, como joyero que exami-Si, puede,-repuso él-porque el cami,
na una piedra de dudoso oriente.
no es bastante ancho y está muy cuidado..

CRIMEN SIN RASTllO

De todos modos, y para que las caballerías
no se fatiguen mucho, engancharemos los
dos tiros.
Y añadió, sonrienrio fríamente y con cierta perplejidad en la voz:
-Los caballos iran enjaezados a la andaluza, y el estrépito de sus colleras alborotará el barrio y todos los curiosos se asomarán á vernos partir.
Ella reía escuchandole v casi estaba hermosa en aquel resplandor' de felicidad que
arrebolaba sus mejillas. Preguntó:
--¿,Vendrá Juan con nosotros?
El titubeó la cabeza, dudando.
-Como quieras,-dijo.
-No, como yo quiera, no... Como dispongas tú.
Pedro la miró amorosamente.
-Yo creo-murmuró picaresco-que solos estaríamos mejor... ¿Verdad?... Algunas
veces los criados estorban ...
Ella repetía embelesada:
-¡Qué felicidad! Todo un día contigo...
¡Hacía tanto tiempo que no pasábamos así,
de un tirón, veinticuatro horas juntos!...
Aquella noche á Elisa la alegría no la dejó dormir. Su marido, en cambio, durmió
profundamente, con uno de esos sopores
que siguen á las grandes agitaciones nerviosas.
A la mañana siguiente, muy temprano, los
cuatro caballos estaban enganchados al coche y prontos a marchar. En el pescante las
{)riadas habían colocado dos cestas que contenían el almuerzo de los expedicionarios.
Un sol de Mayo alegraba las fachadas de
las casas, revocadas de blanco, y bruñía la
verde lozanía de los árboles. El aire era
fresco. Ninguna lluvia empañaba la limpidez
del infinito azul.
Ya en la calle, Pedro i11terpeló á Elisa, que
estaba explicando a las criadas lo que en el
transcurso del día debían hacer.
--Ea, ¿qué resuelves? - dijo. - ¿Viene
Juan con nosotros?
Ella repuso apresuradamente:
-No, no ...
-Y si no quieres que venga Juan--iusistió él--Leonor ó Catalina pueden acompañarnos ...
-No, no ... ¿,Para qué?...
Se había puesto roja, avergonzada de evidenciar ante la servidumbre su inocente
deseo de estar con su marido á solas. Pedro
Gallo alzóse de hombros satisfecho, comprendiendo que aquel breve diálogo bastaría
más adelante á resguardarle de cualquie1a
peligrosa sospecha.
Elisa se babia instalado en el coche, y bajo
.el casco anciano de sus blancos cabellos, sus

397

labios llenos de bondad sonreían á las criadas, a los vecinos que la saludaban desde
sus balcones á las casas y a los árboles bañados en s~l. Entonces, Pedro trepó ágilmente al pescante, ajustóse bien sobre la
frente el ancho sombrero cordobés, empuñó
las riendas, pintó en el aire con la punta del
látigo una rúbrica sonora, y los cuatro caballos partieron atronando la calle con una
recia greguería de cascabeles y herradu~as.
Viéndole tan gallardo y tan mozo, Ehsa,
sentada tras él, le envolvía en una de esas
miradas de inagotable dulzura maternal cu yo
secreto solo conocen las mujeres que pasaron de los treinta años.
Más de una hora tardaron en recorrer el
camino, que deslizándose al principio paralelamente al río, trepaba luego en zig-zags
sarmentosos hácia las tierras cubiertas de
pinares. Elisa y Pedro callaban, como invadidos por el alma silenciosa del campo que
ondulaba blandamente hacia el horizonte;
aquí y allá, las alquerías y las paredes de las
huet-tas, ponían blancas desgarraduras sobre
el fresco verdor de los bancales sembrados
de trigo y de centeno. Los caballos avanzaban ganando la cuesta penosamente, alargando el cuello, y sus ancas sudorosas relucían al sol v sobre la tierra bermeja del camino sus hérraduras resbalaban bulliciosas.
Bajo el látigo restallante, los P?bres auima~es
humillaban la cabeza y el miedo al castigo
pasaba por sus dorsos con un temblor de
músculos.
Cuando llegaron á El Barranco eran la
once. El sol picaba, y Elisa, molestada por el
calor, apresuróse a buscar la sombra de unos
arboles. Bajo su sombrilla roja y en el incendio de sus mejillas quemadas por el sol,
los cabellos de la pobre mujer parecían más
blancos . Pedro desenganchó los caballos,
que al sentirse libres diéronse a brincar y á
pacer de la mucha hierba que por allí había.
Ella preguntó:
-¿No les pones las manillas?
El repuso:
-No es preciso ... No hay cuidado de que
se escapen: son mansos.
Sobre el coche, que dejaron en un claro
del bosque, flotó esa melancolía indefinible
de objeto robado que parece de~prenderse
de los baules vacíos.
Tumbados en el suelo, Elisa y Pedro almorzaron alegremente. A los postres, después de beber el café, él encendió un cigarro puro y comenzó á fumar tranquilamente. Ella le contempló largo rato, en una
especie de cariñoso arrobamiento; luego cerró los ojos; después los abrió; tornó á cerrarlos...

�3!!8

LOS DOS DESTINOS

POR ESOS Mu:.oos

-Tengo sueño,-dijo.
Pedro repuso:
-Duerme.
Los párpados de Elisa volvieron á cerrarse: era una modorra invencible, una laxitud
intima y dulce que aflojaba sus músculos y
apagaba la lui de sus sentidos. Este sopor
provenía de los vapores de la digestión, de lo
poquísimo que había dormido la víspera, de aquella quemante reverberación solar que la escocia
los ojos y de todo aquel
vaho de savias nueva~
que brotaba de la tierra
como un mador de vida.
Pedro Gallo, que contaba
con la complicidad del
sueño, aguardó tranquilamente, mientras empujaba el cigarro puro de un
extremo á otro de su boca entre sus labios crueles. Rodeábales un silencio absoluto, el silencio
enorme del mar libre; únicamente de tarde en tarde, allá á lo lejos, vibraba
el canto monótono de algún arriero ó de algún
pastor.
Pedro Gallo , que no
apartaba los ojos de su
mujer, musitó:
-Elisa ...
Ella no contestó: do r mía profundamente, pecho arriba ;
uno de sus
antebrazos,
cruzado bajo su
nuca, la servía
de almohada. El
repitió, sin obtener respuesta:
-Elisa ...
Entonces, levantóse sigilosamente, con pasos de zorra, y sacó de un hoyo cercano, cubierto de hierbajos, un objeto que dejó soterrado allí la víspera. Era una maza corta y
recia, semejante, por su forma, á un as de
bastos; la parte de la empuñadura era delgada y podía agarrarse muy bien; sobre la
parte más grueso, Pedro Gallo había clavado
una herradura, y previsoramente la colocó
del revés, de suerte que los dos extremos de
su media luna quedaron hacia arriba. u~
instante estúvose perplejo, mirando á ,u al-

rededor; luego, seguro de hallarse solo, avan:1.ó sobre Elisa rápidamente, blandiendo su
arma. La hora de recobrar su libertad había
llegado.
En aquel instante, la victima, obedeciendo
quizás á un presentimiento, despertó. En su;;
pupilas claras ardió el relámpago de un terror supremo.
- ¡Pedro!
-gritó .¿Qué haces?
No pudo
decir más: la
maza esgrimida por el
brazo hercúleo del asesino cayó sobre su frente,
hu n diéndosela; sobre el
hueso roto,
los clavos de
la herradura
quedaron señalados. La
muerte fu é
instantánea.
Requerido
por la justicia, Pedro
Gallo declaró que su
mujer falleció de la co~
de un caballo.
- Habíamos pasado
el día en el
campo, -dijo-y des pués de alEl hercúleo brazo de Pedro
morzar, venes~rimió la maza
cidos por el
ca I o r, nos
quedamos dormidos. Un grito de Elisa me
despertó; cuando me incorporé ví que uno
de nuestros caballos se alejaba de nosotros
al galope, y á mi infortunada mujer inmóvil,
con el cráneo huudido ... Entónces, fuera de
mí, eché á correr pidiendo socorro. No sé
más ...
Los peritos llamados á declarar reconocieron que la víctima había muerto, efectivamente de una coz, y comprobaron que las
herraduras de los caballos de Pedro Gallo
se ajustaban perfectamente á las dimensiones de la rotura que Elisa tenia en la frente.
Era, pues, indudai&gt;le, que el esposo, á quien

su desgracia hacia derramar á cada momento lágrimas abundantes, babia dícho la verdad. Además, los criados declararon que no
fué el amo, sino su esposa la que no quiso
que ninguno de ellos les acompañase el día
de autos. Por falta de pruebas acusadoras
se cerró el sumario, y Pedro quedó absuelto.
Nadie sospechó de él.

399

años: Hoy es Pedro Gallo un anciano grueso,
apacible, con cabellos de plata, sobre cuya
frente parece divagar la sombra preocupadora de un mal recuerdo. Cuando en el casin? sus amigos, comentando algún hecho
recrn_nt~, aseguran_ qu_e. nada escapa al ojo
ommsciente de la JUSlICia, él sonríe excéptico y se encoje de hombros.
-Os equivocáis,-dice.-Todo no se sabe·
nuestros pobres jueces son mu y torpes.
os aseguro que hay en la vida crimenes que
no dejaron rastro...

Y¿

*

**
Han transcurrido desde entónces muchos

EDUARDO ZAMACOIS

Ilustraciones de .A. Galiarto

LOS DOS DESTINOS
-¡Qué blanco, qué risueño, qué crecido,
exclamaban en torno de la cuna
mientras iban con gozo una por 'una
á besar al rapaz recién nacido.

Y en torno de otro lecho entristecido,
do á un cadáver bañaba la alba luna
exclamaban mirando tal fortuna:
'
-¡Qué pálido, qué triste, qué extinguido!
Tan duro es ver del funerario duelo
el i!anto inconsolable derramado
cual del nacer del alborozo el velo.
Emblemas son de pena y desconsuelo
.
. es malhadado '
que s1. es tr1ste
monr,
nacer feliz para morir llorado.

JosÉ MAURY

�LOS PEREGRINOS DEL ATLÁNTICO NORTE

atlántica, haciendo alli su entrada dos meses antes de lo acostumbrado: no pasó buque
por el pavoroso camino que no sufriera la
amenaza de los fantásticos espectros, que
surgian, silenciosos, de la obscuridad circundante, con su siniestro y aterrador signifi&lt;:ado. Todos los galgos del Océcino, recorredores sempiternos de aquella¡; latitudes, hallaron á su paso los blancos obstáculos, y los
hallaron tres ó cuatro meses antes de lo que
por lo general acontece, pues dichos ice1:iergs no hacen su aparición en las aguas referidas hasta Junio, lo más pronto.
LOS ICEBERGS

LOS PEREGRINOS DEL ATLÁNTICO NORTE
de sugestiva grandeza cuanE do se presencia
á la luz del día, aunque
SPECTÁCULO

mortal amenaza cuando reinan la tempestad
la niebla, es el iceberg, ó banca de hielo
flotante, cuya aparición suele ser frecuentísima en aguas de Terranova, cruzadas á diario por los grandes trasatlánticos que hacen
la travesía de Europa á América.
No hay, ciertamente, nada que atraiga y
1incadene con más fuerza la vista y la atención
del viajero que esas flotillas de islotes cristalinos diseminados en número crecido por
las aguas septentrionales, sea· cualquiera la
época del año, y que hacen prorrumpir en
exclamaciones de caluroso entusiasmo á los
&lt;:ontempladore_s de su aspecto proteiforme y
de sus coloraciones policromas. Ni hay tampoco vecindad más peligrosa para el marino
encargado de guiar un barco abarrotado de
humanidad á través de los bancos flotantes
y en plena noche, cuando una falsa maniobra puede ocasionar espantoso desastre.
Los icebergs, perpétuos caminantes de los
mares polares, blancos fantasmas, sublimemente bellos, creación acaso la más caprichosa de la Naturaleza, nacen por cientos en
los laboratorios del frígido Polo y van luego á
esmaltar la superficie del Océano como brillantes joras de formas grandiosas ó grotes&lt;:as, constituyendo un factor en el régimen
total de la vida marina cuya utilidad aún
no ha couseguido averiguar la Ciencia: Fuera de ser la ba nea flotan te el ornato y el terror de los mares, no parece hasta ahora hallarse justificada físicamente su existencia.
La pasada primavera ha sido en extremo
generosa en la producción de icebergs, evió

denciando ello un extenso deshielo de las
aguas á r t i c a s; de,shielo iniciado mucho
tiempo antes de lo ordinario, en cuanto las
montañas congeladas que infestan las derrotas marítimas debieron abandonar sus
criaderos septentrionales hace catorce meses.
Hu yendo de las solidificadas aguas durante
el corto verano polar, enderezaron el rumbo
en im·i~rno al Sur del Labrador y bloquearon el litoral de Terranova en los comienzos
de la primavera. Los furiosos vendabales del
Norte empujaron las bancas hacia el mediodía, un poco tempranamente, y de ahí el
el hecho de hallarlas á diestro y siniestro en
su camino los barcos pescadores de focas,
cuando en Marzo y Abril último, bordeaban
no sin extremo peligro, la costa de Terra~
nova.
No todos esos buques escaparon á la amenaza. Por ejemplo, el Leopard fué abordado
por un iceberg y echado á pique, salvándo;;e de milagro sus ciento veinte tripulantes,
que para alcanzar tierra firme se vieron
obligados á cruzar á pie muchas millas de
hielo á medio fundir. Otro barco pesquero, el
Greenland, de resultas d e una colisión
con un iceberg, estuvo cuatro días sosteniéndose á flote merced á 1 o s esfuerzos
sobrehumanos de s u s ciento cuarenta y
cuatro hombres á bordo, hasta que al fin
se fué á, fondo sin arrastrar consigo, por
fortuna, a los bravos marinos. El número de
siniestroscreció en aterradoras proporciones
con circunstancias de gravedad no observa~
das desde hace cuarenta años. El formidable
ejér_cito de hielos flotantes derivó después
hacia el derrotero usual de la navegación tras-

Las bancas flotantes proceden en su totalidad de Groenlandia y regiones vecinas,donde desde tiempos remotisimos ha ido cubriendo el suelo enorme capa de nieve, cu yo
espesor alcanza hoy muchos centenares de
metros. Los depósitos inferiores de esa capa
de nieve se hallan convertidos en hielo por
efecto de la tremenda presión de los depósitos superiores y de las bajas temperaturas,
las cuales exceden generalmente de los sesenta grados bajo cero. Llega un momento
en que la presión empuja el estrato inferior
hacia los valles y barrancos, determinando
en ellos la formación de vastos glaciers. La
parte exterior de los glaciers es dislocada á
su vez por extremo desequilibrio, ó por la
acción del viento y de la marea si se eneuentra proyectada de un modo considerable mar adentro, resultando de ese trabajo
natural el genuino iceberg, ·!,lsto es el iceberg no como lo conoce el navegante, que
sólo tiene ante sí en las aguas frecuentadas
meros fragmentos de banca, sino el icebergmontaña con su perímetro de varias millas
y su elevación de cientos de metros. Estos
gigantes van siendo luego desmembrados por
los vientos y las olas, los arrecifes y los es-

401

collos, hasta alcanzar las dimensiones y formas conocidas en las bajas latitudes. De una
parle el romper del oleaje contra sus flancos,
y de otra el efecto diluyente del agua salada
en sus porciones sumergidas, contriburen
por igual á darles los aspectos extraños, delicados ó majestuosos que se aprecian en
las fotografías que sirven de ilustraciones á
este artículo.
El número y la extensión de estas vastas
acumulaciones de hielo son incalculables.
Sábese, sin embargo, que el glacier de Humboldt, Groenlandia, mide por la parte del
mar una extensión de 111 kilómetros y una
altura sobre el nivel del Océano de 100 metros próximamente, alcanzando las aguas en
su borde una profundidad de 900 metros.
Otro glacier mónstruo, el Jacobshaven, presenta un frontis equivalente á una cuarta
parte de su anchura, existiendo varios más
de este género, aunque algo menores, en ambas orillas de la bahía de Melville. A estos
glaciers permanentes debe sumarse la inmensa cantidad de agua que al solidificarse
todos los años va á aumentar el número de

icebergs.
Las susodichas montañas de hielo son empujadas más allá de la zona ártica por las
corrientes submaninas del Labrador que
avanzan en dirección Sur, siendo conducidas
en gran número hasta los Grandes Bancos de
Terranovli, Una vez allí, los vientos y las
mareas hácenlas atravesar el Gulf Stream y
otras aguas templadas , donde se funden
comf&gt;letamente, precipitando el deshielo la
acción decisiva del sol meridional.
En el Estrecho de Davis, las bancas flotantes amenazan constantemente á los barcos balleneros, aumentando el peligro en el
litoral del Labrador cuyas quinientas millas
son recorridas á diario en el estío por los
pescadores de Terranova en sus persecuciones del bacalao, terminadas más de una

La vanguardia de una flotilla de icebergs

�4-02

POR ESOS MUNDOS

vez por trágicas colisiones con los témpanos.
Las semidiáfanas montañas pueden ser
contadas por cientos si, en cualquier día
veraniego, se contempla el mar desde las
cumbres del Labrador. Darán idea de su número estos dos datos: el vapor correo que
hace servicio en dichas costas tuvo ocasión
una vez de registrar en veinticuatro horas
hc.sta ciento cincuenta y tres icebergs, mientras el torrero del faro de Belle Isle anotó
durante el último veranosicte mil quinientos
trece témpanos que pasaron al alcance de los
anteojos, siendo probable, por tanto, que la
cifra de aquellos otros á la deriva nocturna
6 á gran distancia del faro ascendiese á tres
nces la antes mencionada. La corriente marina del Labrador llega hasta unas doscientas
millas al Este de Terranova, arrastrando
consigo el ejército de icebergs, los cuales
empiezan á dispersarse allí en distintas direcciones. Los vientos predominantes del
Este llevan los témpanos hacia las costas del
Labrador ó de Terranova, mientras los del
Oeste ó del Sur los internan en el Atlántico
á enormes distancias. En Junio en 1892 fué
avistado un iceberg á setecientas millas de
las islas Scilly, y tres años más tarde, en
Septiembre de 1905, se comprobó la presencia de otro iceberg á unas doscientas millas
de Cabo Hatteras cuya latitud es aproximadamente igual á la de Gibraltar.
Estos témpanos giga1Jtes ofrecen una curiosísima particularidad: cuando inician su
viaje de cinco mil millas suelen llevar consigo como lastre enormes porciones de roca
ó de tierra que pertenecieron al suelo de
Groenlandia en las épocas glaciales. Esos turistas involuntarios se desprenden y caen al
fondo del mar no bien penetran los icebergs
en aguas más templadas. Los Grandes Bancos
de Terranova no tienen otro origen, según
los oceanógrafos , constituyendo un vasto

LOS PEREGRIN03 DEL ATLÁNTICO NORTE

depósito de rocas y tierras aportadas allí
durante millones de años por los grandes
témpanos groenlandeses.
Ocurre frecuentemente que los icebergs,
sobre todo si son de extraordinario tamaño,
se van á fondo al llegará los Bancos, destruyendo con ello los cables submarinos y
echando á pique 6 poniendo en gravísimo
riesgo á las barcas pescadoras que hormiguean en dichos parajes. Los balleneros, cazadores de focas y pescadores de todas clases, vigilan constantemente la situación de
los témpanos, pues saben por experiencia
que el desprendimiento de lastre, una fusión
rápida del hielo en un día caluroso y hasta
un golpe de viento, pueden alterar el centro de gravedad del blanco mónstruo y hacer que este se desplome, ya para adoptar
una nueva posición, ó bien para fraccionarse
en dos ó más pedazos cada uno de los cuales forma un segundo iceberg de diverso
aspecto.
Cuando uno de estos témpanos aterra sobre la costa apresúranse los pobladores de
Terranova á demolerlos en breve tiempo,
bien para emplear los bloques de hielo en la
conservación del pescado, pues ha de tenerse
en cuenta que están constituidas por agua
purísima, ó ya con objeto de venderlos á los
buques mercantes. Los barcos dedicados á la
caza de focas prefieren llenar sus cisternas
con ese hielo, en vez de emplear los condensadores de agua salada, y en cuanto á las
flotillas pesqueras puede decirse que no usan
otro elemento para las necesidades de á
bordo.

[

*

**

Los icebergs flotan y recorren los mares
llevando sumergidas casi siete octavas partes de su masa total. Su parte visible no
sirve cte mdicación
respecto á la invisible, la cual puede tener una forma
completamente distinta d e l o q u e
afecta la situada
sobre el agua. De
ello pudo convencerse á su costa
hace algunos años
el vapor Portia, un
barco inglés, que
habiendo tenido el
atrevimiento de
aproximarse á un
iceberg con objeto
Los iceb~rgs s.urgen Clmo espectrus de la niebla que los circunda
de facilitar á los

'

pasajeros capr1c h os fotográficos, dió tremendo encontronazo contra un saliente submarino del témpano:
u n saliente de
cientoódoscientos metros. La
colisión trastornó el equilibrio
del gigante de
hielo, y en poco
estuvo que n o
destrozase a 1
buque en su caída. Por fortuna
para los que iban
á bordo , todo
quedó reducido
al susto consiguiente , y e n
cuanto al Portia, pudo darse
por contento
arribando á San Juan con unas cuantas averías y buena carga de agua en sus bodegas.
Los icebergs alcanzan á veces dimensiones colosales, casi increíbles. El almirante
Markham vió en una de sus expediciones árticas un témpano aterrado en la bahía de
Melville, cuyo peso calculó en dos mil millones de toneladas. El icebm·g había encallado
en un fondo de cuatrocientos á quinientos
metros de agua. Otro témpano avistado por
el capitán Greel y tenía cinco kilómetros y
medio de longitqd por tres de anchura, elevándose sobre la superficie del mar ciento
veinte metros. El vapor ]Iiranda encontró
en 1894 al Norte de Terranova un iceberg
de dieciocho kilómetros y medio de longitud por nuevecientos metros de anchura, y
otro coloso por el estilo (una mitad próximamente de largo que el anterior) fué descubierto el año último por el vapor que hace
el servicio de correos del Labrador. Sin embargo, la generalidad de los icebergs son
de dimensiones más moderadas Al vapor
Mineola coresponde el honor de haber avistado en Marzo de 1890 el mayor de los icebergs conocidos. El hallazgo tuvo efecto á la
altura de Cabo Race, causando sorpresa extraordinaria la contemplación de aquel islote de hielo, cuya cima alcanzaba una altura
de doscientos cincuenta y un metros. Los
marinos del Mineola calcularon el área del
témpano en ciento noventa v cuatro millones de metros cúbicos, v su· peso en dieciseis millones de toneladas. El trasatlántico

403

Un iceberg arco de triunfo

francés Lorraine divisó otro iceberg en los
mismos parajes de trescientos cincuenta metros de largo y doscientos dos de elevación,
y en Junio de 1905 fué hallado por el Arnienian, á cuatrocientas millas al Sur de
Cabo Race, atravesado en plena derrota de
la navegación, un témpano de doscientos
setenta metros de longitud. por noventa .de
altura. A decir verdad, es este uno de los
raros casos en que tan enormes icebergs
llegan á latitudes tan bajas, pues, ordinariamente, el Gulf Stream se encarga de fundir
la parte inferior de los témpanos determinando su fraccionamiento en otros pedazos
más pequeños cu ya licuefacción se efectúa
con gran rapidez. En Mayo de 1906 el barcocisterna alemán Phrebus vió un témpano
análogo al encontrado por el Armenia, aunque de menor altura, en derrotero frecuentado y á cuatrocientas cincuenta millas al
Sudeste de San Juan v mil doscientas al
Este de Nueva York.

Una particularidad curiosa de los icebergs
consiste en que viajan por lo general formando flotillas numerosas. El vapor Kaiser
I1 halló en un solo día treinta y dos de estos fantásticos viajeros; el Toronto dió vista
á setenta y tres en una singladura; el Michigan descubrió entre la salida y la puesta
del sol nada menos que sesenta y cuatro; el
Numidictm sorteó en doce horas veinticinco

�404

LOS PEREGRIXOS DEL ATLt\:'-lTICO )¡OHTE

405

POR ESOS MUNDOS

icebergs; el Teutonic y el Caronia registraron la presencia de cuarenta y seis en un
día de la pasada primavera; el Majestic vió
cincuenta y cinco en el mismo espacio de
tiempo; el Cheriinüz navegó entre ochenta
de ellos, y, por último, el Minneapolis anotó sesenta y tres. Naturalmente, muchos de
esos témpanos son siempre los mismos, aunque vistos en diferentes posiciones por los
buques respectivos; pero si fuera posible á
un globo ó á un dirigible mecerse en el espacio sobre los Grandes Bancos, sin duda le
sería fácil registrar la presencia de miles de

icebergs.
Teniendo en cuenta esa abundancia de
témpanos, bien cabría afirmar que estos son
los culpables de los numerosos naufragios
totales ocurridos anualmente en el Norte del
Atlántico; naufragios misteriosos de los que
nadie puede dar noticia. Seguramente, se
cuentan por centenares los barcos rle vela ó
de vapor echados á pique ó averiados de
mala manera por los icebergs. El año en que
menudean los siniestros de ese género es
llamado por los anglosajones ice-yea,· (año
de hielos), debiendo ser señalados como de
los más negros los de 1890 y 1903. En el
de 1906, l' apenas mediado Mayo, habían ya
sufrido graves accidentes, por colisión con
los icebergs, veinte vapores mercantes, dos
de los cuales naufragaron; la cifra de los
que experimentaron serias averías ó tuvieron que retrasar el viaje, fué todavía mucho
más crecida.
El derrotero actual de la navegación trasatlántica septentrional se encuentra situado
al extremo Sur de los Grandes Bancos; y allí
es precisamente donde los terribles icebergs
se congregan y tienden traidora emboscada

al marino inexperto. El encuentro de la corriente del Labrador y del Gulf St,·eam determina perpetuas nieblas, en el seno de las
cuales se mueven las blancas masas de los
icebergs, avaniando ó retrocediendo silenciosa y rápidamente, dirigiéndose al encuentro de los buques y acercándose á ellos
merced á la niebla, hasta que lo escaso de la
distancia hace imposible toda maniobra de
salvamento.
El mayor peligro reside, no en que el barco sufra averías por colisión, sino en la eventualidad pavorosa de que el iceberg se desplome sobre el buque y lo arrastre consigo
al fondo del mar. Desastres de este género
los presencia frecuentemente el Atlántico del
Norte, si bien la mayoria de ellos ocurren
cuando nadie los ve, cuando nadie puede
tender una mano salvadora á los que sucumben. De ahí que esos finales trágicos queden
por siempre envueltos en el velo del misterio.
El abordaje con otros barcos es, sin duda,
evitable, aún durante las mayores cerrazones, siempre que se ejerza la debida vigilancia y haya posibilidad de que funcionen las
sirenas, advertidoras del peligro. En cambio,
el choque con el iceberg es punto menos que
inevitable, ya que el siniestro viajero camina
silenciosamente. Por lo general, la primera
noticia de su vecindad la tiene un barco
cuando el vigía da la voz de alarma. Y esto
acontece al mugir de pronto la espectral aparición entre la niebla, interponiéndose en la
ruta del buque, y á veces en los momentos
de avanzar la poderosa máquina con velocidades de dieciocho y veinte nudos por hora.
La colisión más famosa en los anales de la
navegación fué la ocurrida en Noviembre de

Un témpano gigantesco

Icebergs bloqueando el puerto de San Juan, en el Atlántico Norte

1879 entre el vapor Arizona y un iceberg.
Tuvo efecto el accidente á media noche y en
medio de una niebla espesísima, á la altura
de los Grandes Bancos. El trasatlántico embistió al támpano, quedando con la proa deshecha en una extensión de varios metros. No
sin grandes dificultades logró el buque mantenerse á flote hasta su llegada al puerto de
San Juan, donde se desembarazó de trescientas toneladas y pico de hielo embarcado
á proa en el momento del choque. El Arizona llevaba á bordo 650 personas, siendo
verdaderamente milagroso que escapase del
naufragio. Otro barco, el City of Berlín pasó
por un trance análogo en Mayo de 1885.
Como el Arizona, arremetió contra un iceberg, estando á dos dedos de irse á pique con
sus 700 viajeros y tripulantes. Dos días después arribó con infinitas precauciones é indecibles trabajos al referido puerto de San
Juan.
Teniendo presente las grandes compañías
trasatlánticas los graves peligros de la navegación en dichos parajes, y como resultado
de una conferencia celebrada hace pocos
años, decidieron adoptar una ruta distinta de
la antes seguida por sus buques. La ruta
mencionada se encuentra trescientas millas
al Sur de los Bancos de Terranova, ofreciendo ámplio margen de seguridad á la marina
mercante. Sin embargo, es necesario á veces
modificar esa derrota uno ó dos grados al
Sur. Débese ello á que una serie de vientos

nortes basta para arrojar una flotilla de icebergs en el camino de la navegación, obligando así á los buques á declararse en precipitada fuga.
Adverliremos á este propósito que los buques de cargo no pueden aprovechar las
ventajas de la nueva ruta, por razones de
índole económica. Obligados á rendir viaje
en el menor tiempo posible, cruzan el camino más corto, ó sea el más peligroso, á costa
muchas veces de la propia seguridad. Podrían llenarse páginas y más páginas de esta
publicación sólo con reseñar los nombres
de los barcos de 'Carga echados á pique ó
malamente heridos por los inanimados y frígidos guerreros del mar.
El tributo mayor al «mónstruo iceberg• lo
rinden los vapores que hacen su itinerario
por la vía de San Lorenzo. Esos barcos encuentran forzosamente los formidables adversarios en los Grandes Bancos, en el Estrecho de Belle Isle, en el de Cabot (al Norte
y al Sur de Terranova), y en el mismo San
Lorenzo, al comenzar la primavera. Como el
mar permanece helado en esos parajes desde Diciembre á Mayo, todo buque madrugador se encuentra expuesto á tropiezos desastrosísimos con los témpanos arrastrados mar
adentro, á velocidades enormes, por el viento ó las mareas.
Los barcos que se dedican al tendido de
cables en las cercanías del litoral de Terranova experimentan asimismo frecuentes de-

�4-06

POR ESOS MUNDOS

saguisados. Los icebergs son, en efecto, los
peores enemigos de las compañías cablegráficas del Norte del Atlántico: como que el
ochenta por ciento de las interrupciones se
debe á la acción de los icebergs sobre esas
robustas arterias submarinas.
Causa á los marinos tanto terror como sorpresa la misteriosa, pero mil veces comprobada, propensión de los icebergs á perseguir
los barcos millas y millas, cual si les animase deliberado propósito de destrucción. El
capitán de un buque pesquero de Terranova contaba una vez, con miedo mal disimulado, cuán inmensa había sido su angustia en
cierta ocasión viéndose materialmente perseguido en torno de Green Bay por un iceberg infernal. También se observa que los
témpanos polares suelen amenazar á los
barcos pesqueros con el aplastamiento entre
dos de esas masas imponentes. Es como si
los icebergs obedecieran á un instinto homicida, y, de igual suerte que el imán atrae el
acero, vése á dos ó tres témpanos, distantes
varias millas, irse reuniendo para cercar
una flotilla pescadora. Llegado este caso, el
único recurso que queda al marino es la
huida.
Cuando se desencadena la tempestad sobre aquellos mares sembrados de escollos
flotantes, los icebergs entablan furiosas luchas, acometiéndose y destrozándose en colisiones caóticas, de una grandiosidad indescriptible: los blancos y enormes mónstruos
entrechocan produciendo horrísonos estampidos, derrúmbanse sus altas cumbres, fúndense en abrazo titánico, y, entre tanto, el
mar arroja sobre los combatientes montañas
de hirviente espuma.
De la perversidad casi humana de los icebergs, comprobada á cada paso, podríamos
citar abundantísimos ejemplos.Digamos, verbigracia, el caso, muy frecuente, de bloquear los témpanos la bahía de San Juan,
hasta llegar á cerrarla completamente. En
otras ocasiones, se ha visto á un iceberg cruzar los Grandes Bancos llevándose por delante todas las redes tendidas y obligando á
los míseros pescadores á cortar amarras para
escapar de la catástrofe. No es raro, ni mucho menos, que un icebet·g mal intencionado se enrede en un cable telegráfico haciénlo mil pedazos; ó que se deslice en el golfo
de San Lorenzo llevando la alarma á los
supersticiosos canadienses de origen franlés, para quienes la presencia de un témpano polar tiene el nefasto significado que los
cometas para los antiguos; ó que, por último, derive hasta el centro del Atlántico, se
burle de las sirenas y surja inopinadamente
de la bruma á pocos metros de un vapor á

toda marcha ... Tales son los caprichos de los

icebergs.

El final de estas masas de hielo ya lo hemos indicado antes: las aguas templadas del
Gulf Stream y los ardorosos rayos del sol
meridional se encargan de limpiar de obstáculos el Océano. La desintegración del
iceberg es relativamente rápida,debido á que
la obra destructora se efectúa de un modo
simultáneo bajo el agua y sobre ella, en la
parte sumergida y en la emergente. El témpano se resquebraja, se fracciona y acaba
por desaparecer.
Convienen los marinos en que los lugares
más á propósito para contemplar los icebérgs en toda su majestuosa hermosura son
las aguas al Norte de San Juan hasta el Labrador. Allí es donde aún conservan sus aspectos fantásticos y siempre nuevos, y allí
es donde, cualquier día de verano, pueden
ser vistos por centenares en su infinita variedad de formas. En Agosto último observó ti
vapor Sophia, á la altura de San Juan, un
gigantesco iceberg, cuyas líneas presentaban
la figura de un viejo encaperuzado.La cabeza
de esta colosal escultura natural alcanzaba
una altura de sesenta metros, ofreciendo un
perfil tan netamente definido cual si hubiera
sido obra de un artista. Otro barco tuvo
ocasión de avistar un témpano de cincuenta
y tantos metros de alto, y que á simple vista parecía un león colosal echado en tierra.
Proteos incansables, adoptan los icebergs
ya apariencias de pirámide egipcia, ya la de
robusto castillo medioeval, ya la de esbelto
minarete ó airosa mezquita, ó bien la de elegantísimo chalet suizo. A veces, se deslizan
sobre el mar graves y solemnes, como suntuoso palacio señorial adornado de cresterías
y botareles maravillosos de dibujo. En otras,
se antojarían al espectador nutrida flota de
galeones avanzando á toda vela y sirviendo
de escolta á una catedral gótica de proporciones descomunales, ó bien línea de almenados torreones custodiando un enjambre de
balandros en pura regata. Digamos, resumiendo, que toda creación humana tiene su
copia en hielo allá en la lejanía de los mares
árticos.
Pero cuando esas estupendas obras de la
Naturaleza presentan su mayor grado de
hermosura es en una noche de aurora boreal.
Entonces, las extrañas luces septentrionales
se refractan en las enormes masas de hielo,
vistiéndolas con todos los colores del arcoiris. Sin duda, los icebet·gs sirven de magníficos y se¡:uros conductores al fluido magné-

4-07

Á ELLA

tico pues apenas ha dado principio la aurora 'boreal despiden brillantísimos fulgores
cuya intensidad no podría ser alcanzada por
la más expléndida de las iluminaciones_ artificiales. Ciertamente, es este un espectaculo
de tan sobrehumana magnificencia que ni
puede ser descrito, ni se puede im~ginar: es
necesario presenciarlo en la tranqmla serenidad de una noche ártica. ¿Cómo había de

creer nadie que las translúcidas y g1g~ntescas moles de hielo se tornasolan en millares
de cambiantes, pasando desde el blanco plata ó el color d!' viejo marfil á los verdes destellos de la esmeralda, á los azules del zafiro, ó á los rojos del rubí? Y, si~ embarg?,
tal maravilla la realiza en la apacible serem dad de una noche ártica ese pasmoso fenómeno que se llama áurora boreal.

P. T. McGRATH.

A ELLA
De mí se ha enamorado una trigueña
que lee mis versos, que conmigo siente,
que quiere cono?~r~e, que en ~u _mente
lleva impresa m1 imagen halaguena.
Ha visto mi retrato, y se imagina
uu apuesto doncel... Vive engañada,
si piensa de tal modo la encantada .
que llega hasta mi ser como una ondma.
A veces, admiramos desde lejos_
lo que nos dá de cerca repugnanc~a. •
¡Por eso es que la ausenma y la distancia,
suelen ser cual los pérfidos espejos!...
ERASMO

PELLÉS

�UNA VISITA Á LOREDÁN

Palacio de Loredán, en Venecia, donde reside Don Carlos de Borbón, duque de Madrid

UNA VISITA A LOREDAN

N

INGÚN inconveniente tengo en contestar
á sus preguntas, siempre que guarde el

go una serie de preguntas, de las que doy
cuenta á los lectores de POR Esos MUNDOS,
juntamente con las respuestas recibidas.

secreto de mi nombre, condición que me veo
obligado á exigirle por delicadeza y caballe"'
rosidad... Si así me lo -promete, pregunte lo
*.*
que guste, que estoy dispuesto á contestar,
-2,Cuántos fueron los peregrinos que des-me dijo
de Roma
mi in terpe- [
pasaron á
1ad o, un i
Loredán, al
peregrino
palacio de
de los que
Don Car recientelos? ¿Eran
mente fuetodos carron á Rolistas?
ma á ver
-Veinte
al papa Pío
fuímos los
X, y que,
que hicicon otros
mos la excompañecursión, y
ros de peque no eran
r e gr inatodos carción, llegó
listas lo dihasta V e ce mi preDon Carlos y Doña Berla en su góndola Omtarroc.
necia, la
sencia en
perla de 1
ella: como
Adriático, donde visitó á Don Carlos de Bar- yo, indiferentes en política, éramos casi todos.
bón y de Este, duque de Madrid.
-2....?
Y yo, ni corto ni perezoso, hice á mi ami-Después que en Roma cumplimos el

objeto expreso de la peregrinación, ó sea ir á momentos con ellos, fuimos recibidos por
postrarnos á los piés del Santo Padre, mien- Don Carlos y Doña Berta.
tras visitábamos los museos y demás precia-(....?
-Don Carlos es de figura arrogante, exdos monumentos joyas del arte italiano que
se conservan en aquella hermosa capital, sólo traordinariamente alto, aunque bien proporcomparable por su cielo al de la bella Anda- cionado, de mirada penetrante que imprelucía, nos encontramos con nuestro amigo siona al que fija su vista en él, reflejándose
Don. Julio Urquijo, distinguido sporfsman, á en sus ojos una exquisita bondad al par que
quien acomuna gran enpañaba su '
tereza. II a señora , elebla bajo y
gante y virdespacio, petuosa dama,
ro correctísihija del conmamente. el
secuente carcastellano
.lista Don Tirpuro ... Y al
so Olazabal.
referirse á
Cono ciendo
España, essu amistad
pecialmente
conDon Cará Navarra,
los, les expula s Vasconsimos nuesgadas y Catros deseos ►
taluña, su
de visitar el
'l'OZ se emopalacio de
CJOna y sus
Loredán, y
ojos brillan
deferentes á
con gran innuestro detensidad. Ko
seo telegrapuede usted
fiaron á lo~
figurarse I o
duques de
bien que conserva en la
Madrid p i ·
_J
diendo permemoria los
miso par a
nombres de
nuestra visisus partidata. Previo
rios: para toeste anuncio
dos tiene
y co ntando
una frase de
ya con la augratitud.
diencia, sali-¿...?
mos de Ro- ¿ Do1ia
ma para VeBerta r ¡Ah!
necia, á donLa Señora
de llegamos
es una dama
á las cinco
encantadora:
de la mañacuanto puena. A pesar
da decirle de
Don Carlos y Doña Berla á las puertas de su palacio de Loredan, después
de ser esta
ella resulta
de dar un paseo en góndola
una hora
pálido ante
tan intempestiva, nos esperaba en la estación la realiclad. Fisicamente,es una verdadera y
el simpático Carlina, mayordomo del duque explándida belleza, y su trato afable por
de Madrid, que nos dijo que el Seño1· queda extremo. Esbelta y distinguida, viste con
que todos comiésemos con él. Al palacio fui- extraordinaria elegancia, con lujo, pero un
mos los veinte excursionistas. ¿Quién renun- lujo que no es exageradamente ostentoso, teciaba á tal honor y á tan amable invitación?... niendo muy buen gusto para la elección de
A la hora convenida previamente nos hallá- sus toilettes ... Comprenderá usted que estas
bamos en el paltcio de Loredán, donde nos impresiones no son únicamente hijas de mi
recibieron la condesa de Mon, dama de ho- breve estancia en Venecia, sino que además
nor de Doña Berta, y el gentilhombre conde se desprenden de la recopilación de datos
de Zubizarreta; y después de hablar unos que por mi espíritu observador he hecho,

�4.10

POR ESOS MUNDOS

unidos á la impresión personal que an Lore- resulta digno de visitarse. ¡Qué de curiosidadán recibí.
des se admiran allí! ¡Cuánto hablan y cuánto
-¿Puede usted darme algunos pormeno- hacen recordar tiempos pasados aquel salón
res respecto á la vida intima de los duques de banderas y aquel precioso gabinete de
de Madrid?
las batallas, que es el que sirve de despacho
-Pues le diré que la comida con que nos á Doña Berta y en el que se ostentan muchos
obsequiaron fué expléndida(y sabe usted que cuadros representando diferentes acciones de
gozo fama entre los gourmets), puramente las guerras civiles y un magnífico retrato al
española, empeóleo deDÓn Carzando por la
los!
sopa, que fué el
» El gabinete
clásico arroz, y
indio es un a
acabando por el
verdadera preúltimo p l a t o .
ciosidad, y magLas mesas, pues
nífica la biblioeran dos, cstateca donde esb a n perfectatán los billares.
mente adornaEl salón princidas: una, la prepal es suntuoso
sidían los proy artístico, y
pios duques de
maravillosa l a
M a d r i d, que,
capilla, en cuyo
contra la c osfron lispicio s e
tumbre general,
destaca una beno ocupan las
11 a escu !tura de
dos cabeceras ,
Jesús, figuranda
sino que se sientambién e n el
tan juntos. Don
altar del presCarlos y Doña
biterio la Virgen
B e r t a tenían
del Pilar de Zasentados á s u
r a goza en el
mesa á la señocentro, y á su
rita de Acha y
derecha é i z á un sacerdote,
quierda las imáde cuyo nombre
genes de San
no bago memoFernando y San
ria en este moHermenegildo,
mento. Presidia
respectiva me nla otra mesa la
te. Además, ocu condesade Mon,
pa lugar prefeque tenía á su
rente en la magfrente al conde
nifica capilla
de Zubizarreta y
Santiago, patrón
con el cual hade España... AllJ
cía los honores
oyen misa diaá los comensariamente v coCapilla del palacio de Loredán
les.
mulgan co~ fre-¿Cuál fué el tema principal de la con- cuencia Don Carlos y su ilustre esposa.
versación en la mesa?
-Desearía conocer a:6unos pormenores
-Se habló alü de España. Don Culos y del palacio de los duques de Madrid: ¿no seDoña Berta estaban verdaderamente impre- ria cosa impertinente que usted me los relasionados ante la conversación de los entu- tara'?
siastas comensales españoles, que no habla-¿Quiere usted más detalles?Hay en Loreron ni una palabra de politica: en este punto, dán algo que es imposible retratar y que sólo
lo único que se hizo fué dedicar un recuerdo estando dentro de aquella admirable manal papa Pio X, por quien los duques de Ma- sión se puede apreciar, y es el sabor netadrid sienten verdadera veneración y profun- mente español que allí reina. Puede decirse
do cariño.
que, aunque se está en Italia, donde, y prin•Concluida la comida, recorrimos los pre- cipalmente en Venecia, perdura siempre el
ciosos salones del palacio, que, en verdad, ambiente de las tradicionales costumbres de

UNA VISITA Á LOREDÁN

411

Gran salón de recepciones del palacio de Loredán

la época de los Dux, en el palacio de Loredán se vive como en España, pues hasta los
menores detalles de la vida interior que alü
se hace ponen de manifiesto nuestras costumbres. Allí no se oye hablar más que en
castellano; y aunque en una visi la, y más en
las condiciones de la por nosotros hecha á

Don Carlos, es imposible obtener un JU1c10
exacto del pensamiento y de la manera de
ser de los duques de Madrid, de las obse.1vaciones que hice en Loredán y dados los datos recogidos puedo decir á nsted que, para
mi juicio, Don Carlos de Borbón es uno de
los príncipes-y ya sabe usted que conozco

Cuarto de banderas en Loredán

�41:3

POR ESOS ;11U.NDüS
UXA VISITA Á LOREDÁN

á otros-de mayor cultura:
es hombre que ha leído y
sabe leer mucho; es un
católico convencido y práctico, pero sin tocar en las
gazmoñerías del clericalismo moderno; conoce íntimamente la política internacional y está al tanto de
lo que en todas las nacio. nes pasa, y claro es quo
principalmente de España
por la que con entera verdad sien te un gran amordomina nuestro idioma
1a perfección, conociendo
m~ y á fon&lt;!o nuestros clásicos, y es un maestro en el
escribir, cosa que hace con
una corrección extraordinaria, teniendo un estilo
propio que puede servir de
modelo al bien decir... ¿Que
parezco un partidario apasionado de Don Carlos al
expresarme así? No hay
tal; porque también resultaría ser I o el eminente
escritor señor OrtegaMunilla, que habla de los duques de Madrid en la misma forma que yo y que en
estas ó parecidas palabras
dió á conocer sus impresiones en El Imparcial, á
pesar de ser un adversario
político del desterrado de
Venecia. El carácter de
Don Carlos paréceme en
extremo bondadoso ; pero
deduzco que debe serené!·gico, sin demostrar dureza
ni mucho menos tiranía en
el mandar. En una palabra... ¿lo podré decir? es
un carácter. En Venecia, lo
mismo á él que á Doña
Berta, los quieren con verdadera idolatría, siendo
muchas y d e diferentes
clases las obras de caridad
que continuamente hacen.
&gt;La vida que llevan es
muy tranquila. Salen diariamente á dar un paseo
por el gran canal, en su
preciosa góndola Onda·1·roa, que flamea en sus
aslas de proa ~- popa el
gallardete 'i" la bandera

i

Despacho de Don Carlos

Despacho de Doña Berta

española, en los que campea el escudo de los Borbones. La mayo ría de las
noches frecuentan los teatros de la ciudad. Todos los
años acostumbran á hacer
un largo viaje en la época
de invierno, y por el verano recorren Suiza, de teniéndose antes en Milán,
:;iguiendo basta Lucerna y
luego á lnterlaken, punto
donde generalmente pasan
la época más calurosa de
la eBtación estirnl. En la
actualidad s e encuentran
en Lucerna y se hospedan
en el Hotel Schweizerhof.
En todos estos viajes les
acompaña :iu alta servidumbre, que en realidad
h a n tenido sumo acierto
en escoger, pues tanto la
dama de Doña Berta, la
condesa de Món, como el
secretar;o del duque de Madrid, conde de San Carlos,
al que no he conocido, pero del que tengo las mejo1·es noticias, como el gentilhombre conde de Zubizarreta. saben cumplir su
cometido á 1a perfección
y son dignos por los méritos de sus antepasados y
su acrisolada adhesión á
Don Carlos de ocupar los
altos puestos que al lado
del Señor desempeñan.
&gt;Creo que he satisfecho
su curiosidad y que no tendrá quejas de mi. ¡Ah! Se
me ol\"idaba decirle que
Don Carlos es un amateur
-00 nuestra fiesta nacional,
y en el vestíbulo de su palacio de Viinecia, al lado de
un magnífico cuadro representando la famosa acción
de Lacar, se ven los atributos de nuestra alegre y clásica fiesta.
»Muchas y muy curiosas
cosas para una persona de
bu en gusto se pudieran
añadir sobre 1a vida de
Don Carlos y Doña. Berta;
p e r o comprenderá usted
que la discreción, de una
parte, y de otra el corto es-

Gabinete de los ayudantes de Don Carlos

413

�414

GUITARREOS

LAS DAMAS DEL SEGUNDO IMPERIO
La emperatriz .E,ugenia esposa de Napoleón III de Francia, gustaba rodearse de caras
~onitas durante los hermosos y alegres días ele si, reinado e~ las Tt,tl~erías. Así /~té
como en aquella corte imperial revolotearon por entre las tristes paginas de la htstoria del último emperador de los franceses _las más bell~ !n!~jeres_ que la mente
puede imaginar. 1J1. Federico Loilée ha publicado un curwsisimo libro, Las dama_s
del Segundo Imperio titulado, del ~ual unct de nu~tras colab?rador~ ha hecho el siguiente interesante extracto, debidmnente autorizada por dicho escritor.
Decorado y adornos de la parte alta de la escalera del palacio de Loredán

pacio de nuestra visita, me impiden satisfacer más su inagotable curiosidad, justificada
por su condición de periodista. Conténtese, pues, con lo que que acabo de declararle,
que aunque poco es bastante para el objeto
periodístico que como reporter persigue, y
tenga la satisfacción de que gozará usted
las primicias de haber hecho una interesante
información gráfica de cómo viven los du-

LA EMPERATRIZ EUGENIA

ques de Madrid en su palacio de Loredán...

***
Dí las gracias ú mi amable interlocutor, y
aqui tiene el lector de POR Esos MUNDOS estas ligeras impresiones, trasladadas á las páginas de la revista tal y como tuve ocasión.
de recibirlas.
LUIS MARTÍNEZ DE ESCAURIAZA

GUITARREOS
Desde que te quierG á tí
he venido á comprender
qué malo es estar querienuo
á quien no sabe querer.
Tú quieres que yo te mire,
y yo mirarte no puedo
porque desdo que te ví
para siempre quedé ciego.
SEVERINO SOLLOSO

e

UANDO el príncipe Luis Napoleón, que
pronto había de ser Napoleón IIJ, se
enamoró, desde que la vió, de Eugenia de
Montijo, llevaba recibidas ya varias repulsas
de distintas cortes europeas que veían en el
futuro soberano de Francia un galanteador
frívolo é inconstante incapaz de hacer dichosa en el hogar á ninguna mujer que le aceptara. La elección hecha por Luis Napoleón fué
acogida con simpatía y aplauso en su país, y
el príncipe decidió casarse, como lo hizo el
29 de Enero de 1853. La prometida de Napoleón era bella sobre toda ponderación, y
ya el mismo día de su casamiento supo captarse el favor popular declinando el obsequio de un costoso collar de perlas que le
ofreció la ciudad de París, á cuyo Municipio
rogó que el valor de la alhaja fuera distribuido entre los pobres; y continuó obteniendo el aplauso de las gentes porque demostró
constantemente un verdadero celo por la
causa de la caridad social, á favor de la cual
pagaba el impuesto que le correspondía por
las festividades que disfrutaba.
A cada brillante recepción que celebraban
los soberanos de Francia sucedía otra más
brillante aún, y durante diez años la estrella de Napoleón lució con explendoroso brilo. El Imperio llegaba al apogeo de la prosperidad, y los homenajes y adulaciones á la
emperatriz no cesaban, ·al punto que llegaban á abrumarle.

A pesar de que fué una de las damas más
virtuosas de su corte, Eugenia de Montijo se
permitía el femenino placer de fascinar á los
caballeros é inflamar sus corazones. Solía
enmascararse cuando asistía á un baile de
trajes, y así disfrazada permitíase inocentes

flirteos.
En cierta ocasión jugó broma cruel con un
pretendiente que en vano le imploraba que
le dijera su nombre y le dejara ver «su linda
faz oculta por detestable máscara de terciopelo., «Me veréismañana,-díjole Eugeniaá las t res de la tarde, en el Bosque de Bolonia, cerca del lago. Iré en landó abierto, y
para que estéis seguro de que soy yo me
pasaré el pañuelo dos veces por los labios.•
Y al día siguiente, á las tres, pasó muy
cerca de su entusiasta adorador, cruzando el
Bosque con todo el acompañamiento y pompa imperiales. Allí, en efecto, hizo la seña
convenida, seña que ahuyentó los sueños
amorosos de su admirador.
Eugenia era todopoderosa en las Tullerías,
porque su flemático marido aseguraba que
hubiera preferido prender fuego á Europa
por los cuatro costados antes de tener una
querella doméstica.
Una vez, en el verano del año 1867, el
emperador dió órdenes para que se mantuviera secreto para la emperatriz un importante Consejo de ministros, pues temía que
su esposa se presentara en persona y consiguiera influir sobre los consejeros, haciéndoles adoptar disposiciones que á él no le

�-H6

POR ESOS MUNDOS

aaradaban.
Pero la noticia
del Consejo
llegó
~
.
.
á oídos de la emperatriz, que volviendo hasta la Cámara donde estaban los ministros,
abrió la puerta con la violencia de un torbellino. Presidía la reunión el emperador, grave é imperturbable, siendo el único que
conservaba el sombrero puesto en presencia
de sus atentos ministros. Fuése derecha la
emperatriz hacia Napoleón y quitó el sombrero á su esposo, retirándose acto continuo
y sin decir una palabra, del mismo modo
que había entrado. Haciéndose acompañar
por una de sus damas de servicio, huyó de
palacio en un coche de alquiler, y embarcó para Inglaterra á buscar el consuelo
de la reina Victoria, su gran amiga. Excusado es decir que en el palacio imperial se
maquinó inmediatamente, y se llevó á cabo,
un recurso para evitar el escándalo que esta
fuga pudiera producir: una dama de Eugenia de .Montijo, que se parecía mucho á ésta,
fué llevada en coche de la imperial casa á la
estación del ferrocarril, haciéndose además
publicar la noticia de que la emperatriz de
los franceses babia ido á visitar á su querida
amiga la reina de Inglaterra. Pero en aquel
mismo tren fué enviado á Lóndres un individuo del cuerpo diplomático para que propusiera á Eugenia medios de hacer la paz
con el emperador y la persuadiera para

volverá París. Ya la bella fugitiva había tenido tiempo de reílexionar acerca de su acción, y bien pronto decidió volver á las Tullerías, donde hizo la reconciliación con su
esposo.
A pesar de estas diferencias, el emperador
y la emperatriz se tenían sincero afecto.
Napoleón acostumbraba á llamar á su bella
consorte por el lindo diminutivo de Genie,
y muchas veces se les vió pasear del brazo
por algunos de los tranquilos y retirados sitios del Bosque, felices y sonrientes.
Como la salud del emperador iba decayendo y lás enfermedades se enseñoreaban de
su cuerpo, la ascendencia de la emperatriz
sobre su persona se hacía cada vez mayor, y
más peligrosa porque su genio y su carácter
se presentaban siempre con ánimos de combate. •Estoy obligado á reco.,ocer-dice el
general Du Barrail en sus Memorias que la emperatriz fué, si no el único, al menos el principal autor de la guerra de 1870.
Ella apremiaba desesperadamentP- para no
contemporizar con Prusia, y su influencia
era considerable: prácticamente tenía poder
ilimitado sobre Napoleón III.• Y es que esta
soberana imaginaba que una guerra victoriosa sería la salvación de la dinastía, consolidándose ella, ya que precisamente era la
que más había contribuido á que el conflicto

La emperatriz Eugenia rodeada de sus damas.-Cuadro del célebre pintor Winterbalter

LAS DAMAS DEL SEGUNDO IMPERIO

417

armado tuviera lugar. Así fué como Eugenia coronada por sus admiradores y hasta por
sus rivales con el cetro de la belleza y baude Montijo ayudó al Segundo Imperio francés á sepultarse entre ruinas para dar paso tizada por unos y otros con los sobrenomá la revolución, que se encargó de diseminar bres de la incomparable y la divina_.
los restmi del régimen imperial. Mientras el
Nació allá por los años de 1840, hija del
populacho aullaba en las puertas de las Tu- marqués Oldoini, primer secretario del rey
del Piamon11 e rías, la
te, y pasó su
emperatriz
niñez en el
huía casi sola
palacio de la
y escapaba
familia de
de París lleaquel título.
vada del braA. 1os doce
zo por un ciaños de su
rujano denedad era ya
tista, lealísimu y sugestimo suyo,que
va en belleza
1 a ayudó á
y tenía la
llegar á Inmisma estaglaterra a 1
tura que las
seguro refumuchachas
gio de Camde veinte,
den Place, en
extendiéndoChislebu rs t,
se tanto y
mucho antes
tan prontapreparad o
por un cabamente la fama des u
llero in g lé.s
hermosura
que b a b í a
por Florenprevisto la
e i a que, á
llegada de
pesar de que
huéspedes
sólo era una
imperiales.
En el ániniña, ya
constituía el
mo de la
ídolo de 1 a
emperatriz
ciudad.
surgieron esperanzas de
No contaba aún quinrestauración
tras de las
ce años y ya
primeras hohabía recibiras de desd o muchas
aliento; pero
o ferlas de
el voto de
casamiento .
destierro heEn el inviereh o por la
no de 1854
Asamblea
di ó la duNacional v
quesa de Inla subida át
verness una
poder de
recepción en
Thiers, echaLóndres. EnTon al suelo
tre los conto d. o s sus
curre11 tes
Emperatriz Eugenia &lt;le Francia
planes: la
hallábase un
destrucción del régimen eratotal y definitiva. poderoso noble italiano, el conde de Castiglione, que había dicho al conde Walewski,
LA CONDESA DE CASTIGLIONE
embajador francés, que el objeto de su visita
á Lóndrea era encontrur esposa.
Entre las mujeres hermosas de que la em-Siendo así, querido Castiglioni,-díjole
peratriz Eugenia supo rodearse en las Tu- Walewski-hahéis cometido una equivocallerías descuella la condesa de Castiglione, ción abandonando la bella Italia. Aceptad
3

�UB

POR ESOS~IUNDOS

mi consejo y volvéos á Florencia. Allí debéis ne fuese á las 'fullerías. Su presencia en
haceros presentará la marquesa Oldo'ini, y si París causó gran sensación. El rumor de su
conseguís el favor de ver á su bija, pedidla extraordinaria belleza había pasado las fron,
en matrimonio; si acepta, seréis el marido leras antes que ella, y cuando hizo su primera aparición en la corte francesa, en un gran
de la mujer más bella de Europa.
Muy elevado precio había de pagar el jó- saraó que se daba en las Tullerías, se susven Castiglione por el triunfo logrado al se- pendió el baile cuando entró, y hasta la múguir este consejo. Obtenida la mano de aque- sica cesó: la emperatriz Eugenia se adelantó
lla beldad encantadora, dispuso su boda; más á recibirla, v el emperador la invitó inmeapenas hubo terminado la ceremonia del diatamente ·para que bailara un wals con él.
casamiento, la desposada demostró su genio: Fué un éxito triunfante. La real belleza, los
la costumbre exigía que se hiciera inmediata- grandes ojos, la pequeña boca, la soberbia
mata d e pelo y
mente una visita
los
exquisitos deá la madre d e 1
dos de la condemarido , pero la
sa, desafiaban á
recién casada se
todas las hermonegó á ello en absura~ y las oblisoluto, aún cuangaban á admirardo su marido mi1 a, al p ro pi o
mó, imploró, artiempo que inspiguyó, y h a s t a
raban amor á tomandó. Para ser
d
o s· los galanes,
obedecido, recuque por unanimirrió, por último,
dad la proclamaá una estratageron sin igual en
ma: yendo un día
la corte.
de paseo en caLa condesa de
rruaje, dió orden
Castiglione recial cochero de dibiótranquilamenrigirse á casa de
, l.
te todos los honosu madre; la conres que se le tridesa no protestó
butaron. Sus moni dijo palabra ;
dales en la corte
pero, al cruzar el
eran siempre los
río, se quitó rá~
;;:,mismos: orgullopidamente los za'1! ~ - sos. Acostumbrapatos y los tiró al
ba á preoc11 parse
agua, diciendo:
mucho de los de-¡Supongo que
talles de su tocauo me obligaréis
do, á acariciar los
á' andar sin zapaadornos de la catos por casa de
beza y á detenervuestra madre!
se en franca adCondesa-de Castiglione
Y, sin embargo,
mi ración de su
m_u cbas mujeres
Je· hubieran envidiado el marido, que sólo persona ante los espejos, mientras que el
contaba veintidos años de edad, era hermo- chambelán le abría camino por entre la mulso, de buena familia, y tan rico que llegó á titud de casacas doracla1:1. ¡Qué hermosasoy!:
gastarse un capital en alhajar para la con- este parecia ser constantemente su pensadesa un palacio cerca de Turín. Pero no lo- miento. En el vestir ib:;i cuarenta años delangró captarse el amor de su esposa, que fu é á te de sus contemporáneas. Despreciaba todo
París á la corte de Napoleón III por un me- traje hueco y abultado, así como los tontillos,
dio bien ingenioso: Cavour, el astuto minis- que estaban tan en moda entonces, para lutro de Víctor Enmanuel, rey del Piamonte, cir atrevidas telas que ponían de relieve las
era pariente de las familias de Castiglione, y curvas de su cuerpo. En vestidos caprichode Oldoi:ni, y conoció instantáneamente el sos alcanzaba siempre grandes triunfo-;. Uno
partido que podía sacar de la belleza y de de estos trajes de la Castiglione fué recordado
los talentos de la condesa en provecho de sus v discutido durante bastante tiempo después:
fines políticos. Cavour fué, pues, el que arre- éra de ligera gasa sobre la que iba una cadegló las cosas de manera que la de Castiglio- na de grandes corazones, simbolizando atre-

}J

~

/r

LAS DAMAS DEL SEGUNDO IMPERIO

vidamente los corazones humanos que llevaba tras ella.
Bastante menos que esto se necesitaba
para que se manifestara decididamente la
debilidad de Napoleón III por la condesa de
Castiglione. Y por parte de ésta, aunque negaba enérgicamente que jamás hubiera dado
motivos de ofensa á la emperatriz, la actitud
de aquella cortesana puede resumirse en esta
declaración hecha por ella misma á un amigo: •Mi madre fué una tonta: si me hubiera
traído á París un poco antes, hubiérais visto
reinar en las Tullerías una italiana,en vez de
una española.» Cavour no tuvo por qué arrepentirse de haberla elegido como embajadora
extraordinaria: la Castiglione llegó á ser mu\'
pronto una fuerza política, y su influencia
con el emperador de los franceses hizo mucho por Italia.
Napoleón III bacía furtivas visitas á la
condesa Castiglione, que tenía una casa bier.
extraña, con dobles salidas, escalera secreta
y un extremado aire de misterio. Un golpecito dado con suavidad hacía que se alzara
silenciosamente la mirilla de una puerta excusada que daba acceso al interior. •Quién
es?», se preguntaba desde dentro. «Suyo,
querida mía• , contestaban. lnmedialamente,
un rayo de luz mostraba el camino al boudoir. Y tanto frecuentaba el emperador esta
casa, que los malvados que quisieron hacerle
víctima de sus odios personales y de sus
venganzas políticas le esperaban allí para
asesinarle, viéndose Napoleón dos veces en
grandes apuros para salvarse del cuchillo criminal.
Otros caballeros hubo también que intimaron con la condesa de Castiglione. Un noble inglés, marqués, caballero de la Orden de
la Jarretierra, fabulosame nte rico, la colmó
de millones. El duque de Chartres le sirvió
como un esclavo hasta el fin de su vida. El
general Estancelin fué durante cuarenta y
cinco años leal amigo su yo y uno de los
pocos privilegiados á quien se dignó recibir
en los últimos tiempos de su vida. Todos
esto~, y cuan~os visitaban á la Castiglione,
deb1an anunciar su llegada mediante señas
particulares, nunca llamando abiertamente
á la puerta, ni tirando del cordón de la campanilla.
Así pasaba aquella señora los días en un
torbellino de excitación y de triunf~s. Pero
se cansó de todo mucho antes de que llegara
su fin. Su belle~a casi sobreh umana, por la
que hubo un tiempo en que ella se sintió
verdaderamente trastornada, 1e ocasionó
amarguras después. «He trabajado muchodecía-~or ~batir mi orgullo; pero j amás lo
consegu1». S1 tuvo ambiciones, !as vió con-

419

trariadas por la posición que ocupaba. Sus
últimos días fueron de gran aburrimiento y
desanimación: la vejez llegó para ella antes
de lo que esperaba, y entónces se desterró
voluntariamente de la vista de los hombres.
Con la caída del Imperio y la dispersión
de la corte se encontró terriblemente aislada. Sintió con esto tremenda depresión de
ánimo y llegó á retirarse por completo del
mundo, y hasta de sus propios ojos, pues se
asegura que ordenó que de sus habitaciones
fueran retirados cuantos espejos las adornaban. Así pasó cerca de treinta años sin aparecer en público; y cuando en 1899 murió,
el lugar de su enterramiento fué un secreto
para todos.
LA PRl~CESA DE METTERNICH·SANDOR

Durante diez ó doce años consiguió con
gran éxito la princesa Paulina de .MetternichSandor distraer y deleitar á sus amigos de
Francia, irritando al celoso, aturdiendo al
tímido, asombrando á algunos, molestando á
otros, y dando que hablar mucho á la prensa con el eco de su nombre y la brillantez
de sus recepciones. Y desde aquellos días
de sus triunfos en el Segundo Imperio no ha
dejado de desempeñar papel principal en la
vida de París y de Viena.
Heredó de su padre, el conde de Sandor,
magnate húngaro, sus turbulentos entusiasmos, y cuando en 1860 llegó á París, ya esposa del j óven embajador de Austria príncipe Ricardo .Metternicb, aquella capital la
proclamó encantadora, graciosa y háhil mujer.
El mundo era su séquito: ella establecía
las modas, su ingenio se celebraba diaria~ente, y su carruaje, de ocho muelles,
lirado por cuatro caballos magníficos, era
tan conocido y aplaudido como los coches
imperiales. Al tratar de reformar las modas,
batalló por las faldas cortas y ligeras, consiguiendo que estos trajes tomaran por asalto
los salones de baile. Un cronista de la época
recuerda como novedad que en una fiesta
de corte vió muchos piés encantadores, y
basta ligas, en los walses que se bailaron.
La .Metternicb descubrió al modisto Worth,
el cual cobró tanto auge entre las damas y
vestía á tantas de éstas que fué llamado el
fauno de las toilettes, porque sus masculinas manos tenían permiso para posarse sobre las redondeces de los cuerpos femeninos. Worth pagó la fama y la fortuna qu e
debía á la princesa de Metternic]:i. poniéndola pleito por una cuenta de quince mil duros que la embajadora no quiso ó no pudo
satisfacer.

�LAS DAMAS DEL SEGUNDO IMPERIO

420

POR ESOS MUNDOS

También sobre la música intentó ejercer la corte un baile de trajes, como los que te influjo la de Metternich. Quiso poner en mo- nían lugar en el Teatro en la Opera, vestidas
da á Wagner, pero no fué afortunada en las grandes señoras con faldas cortas y eseste propósito: logró, es verdad, que ~l em- trechas. Los preparativos de esta fiesta se
perador ordenara u na representación de conservaron muy en secreto, y en secreto
Tannhauser en el Teatro de la Opera el también iban los maestros de baile de la
año de 1861· mas al empezar la representa- Opera diariamente á Compiégne á fin de ención, á uno de los concurrentes se le ocurrió señar á bailar á las hermosas aficionadas.
reir descaradamente, y desde este momento Dióse la sofrée en el teatrito del palacio, y
no hubo medio de que existiera formalidad resultó brillantísima. Después del baile quien todo el resto de la función, que fué co- sieron las damas que tomaron parte en la
reada con ruidos y escándalo. La princesa función volver á ponerse sus largas faldas
de corte, pero no
rompió el abanico
s e les consintió
entre sus dedos
que lo hicieran, y
al oir el primer
vestidas
de bailasilbido , gritando
rinas se presentaen vano «¡Idioron á recibir las
tas!, á la buriona
felicitaciones del
concurrencia.
emperador y de
Tannhauser fué
1 a emperatriz y
un verdadero eslos plácemes de
e á n dalo, y la
todos los invitaprensaco~denó al
dos, con los cuadía siguiente la
les danzaron lueópera.
go, en aquella guiLa presencia de
sa trajeadas, vall a princesa d e
ses , minuetos y
Metternich llegó á
otros bailes de soser indispensable
ciedad. Excusado
al emperador y á
e s decir que la
la emperatriz, y
fiesta se prolongó
la agasajada damucho, porque el
ma se arrojó con
entusiasmo y la
alma y vida en el
animación de los
torbellino de alegría y de frivoliconcurrentes á
dad quo rodeaba
ella iba creciendo
á aquella corte .
'"""· .. .,_
cada hora m á s,
Cuando la princesin que en nin gura no se enconna dama n i en
traba en las Tuningún caballero
llerías, Compiégse notase el.más
n e ó Fontaineligero cansancio
bleau, toda la soni fastidio.
Princesa Paulina de Metternich-Sandor
Animad a z a
cieda d elegante
pasaba por sus salones. La música, los tea- embajadora del placer por el sentimiento
tros y las expediciones campestres se suce- artístico, daba representaciones teatrales en
dían sin interrupción, siendo el alma de su palacio. reservándose los papeles más
tedo ello la embajadora del placer, como largos y difíciles. Tal ardor profesional ponía
los franceses llamaban á la princesa austria- en su trabajo que Uegó á temer por su popuca. Todos los años pasaba la Metternich va- laridad. «Tengo miedo- escribía á uno de
ril,ls semanas en Compiégne, donde en los sus admiradores-que mi público se canse
momentos más tristes de la emperatriz la de mí, pues estoy siempre en primera fila,
divertida vivacidad de su acompañante llegó como diciendo: Tenéis que soportarme á la
á serle eada vez más necesaria.
fuerza.,
Madama de Metternich fué la que implanLa Metternich llegó á ser muy criticada
tó en París el baile casi histórico llamado por sus extravagancias en la corte: hiciéDiable á quatre, con el que se celebró uno ronse muchos epigrama;; á sus expensas, y
de los cumpleaños de la emperatriz. En los ociosos y maldicientes que nunca faltan
auqellas fiestas tomó forma la idea de dar en en una gran ciudad tomaron partido en su

contra reprochándola la libertad en sus maneras y en sus costumbres.
La embajadora austriaca fué la heroína de
un duelo muy curioso. Había aparecido un
libro titulado. Las mujeres del día, escrito
por Guy de Charnacé. En el libro no semencionaba nombre alguno; pero varias grandes
damas se consideraron aludidas, y celebraron una reunión para estudiar el medio mejor de castigar al atrevido escritor. Los enemigos de éste acudieron á la de Metternich,
que en el libro aparecía claramente retratada
y bautizada con el nombre de La Reina
Peste, y esta dama decidió elegir un campeón
que proclamara el honor de las aludidas
en el trabajo de Charnacé y exigiera del autor ámplias y cumplidas satisfacciones. El
marqués coronel de Galliffet aceptó con delicia la misión. A las cinco de una mañana de
primavera tuvo lugar el duelo: duró treinta
y cinco minutos, y el honor quedó satisfecho
cuando Charnacé fué herido en un muslo
por la espada de su adversario.
Cuando en 1870 la fuerza de las cii:,cunstancias derrocó el Imperio, el príncipe de
Metternich dejó de- ~=-r embajador de Austria
en Francia y la p:·i::::esa empezó un nuevo
reinado en Viena llegando á ser también allí
el ídolo del día. Al conocer el éxodo forzoso
de los Metternich, los vieneses cantaban coplas callejeras que decían: «No hay sino una
ciudad imperial: Viena. No hay más que una
princesa: Paulina de Metternich». La casa
de ésta era el centro de la sociedad vienesa,
pues la ex-embajadora daba en sus salones
grandes recepciones á las que concurrían las
más ilustres personalidades del mundo, con
lo que consiguió estar siempre ocupada y
ocupar constantemente las miradas del público. Sus amigos la secundaban en estos esfuerzos por divertirse y divertir al circulo de
sus relaciones, y el primero entre ellos era el
barón Nathaniel Rothschild á quien la de
Metternich ingeniosamente llamaba El judío

de mi casa.
No hace mucho, en 1904, la princesa Paulina inauguraba-según sus palabras-una
batalla de flores, de género completamente
nuevo, en automóviles que iban acompañados por una procesión á pié de mujeres llevando sombrillas cubiertas de flores, y la
prensa de todo el mundo publicaba sensacionales relatos de esta fiesta, el más solemne
corso que jamás se babia visto en el Prater
de Viena que aquel día estuvo adornado
por un sol primaveral.
LA PRINCESA MATILDE

Hija de un rey de W estfalia, nieta de un

421

rey de Würtemberg, sobrina de los emperadores Napoleón I y Nicolás I, y prima de un
príncipe que luego había de ser soberanci de
una nación, de Luis Napoleón, además de
tener relaciones de amistad con la casa real
de Inglaterra, la princesa Matilde era una
personalidad de raro interés. La ironía de
los sucesos colocó dos coronas á su alcance, pero jamás ciñó ninguna á sus sienes.
Esta gran señora era noble protectora de
las artes, siendo ella misma excelente artista y escritora de distinción. En su rededor
reuníase brillante cohorte en París, y por su
belleza y su talento era refulgente estrella de
sociedad. Muchos adoradores la rindieron sus
corazones; su propio primo Napoleón III, entre ellos. El rico marqués de Aguado prometió á su hijo docenas de millones si conseguía
interesar el corazón de esta princesa; pero
Matilde, se declaró en favor del conde Anatolio Demidoff, hermoso y opulento príncipe
toscano de San Donato, aun cuando así
contrariaba los deseos del czar. .Jamás te lo
perdonaré,, fué lo primero que le dijo el
monarca de todas las Rusias cuando Matilde
apareció en aquella corte como condesa De,
midoff.
El conde vivía una expléndida y lujosa
vida. Caprichoso y despótico por temperamento, estaba sujeto á ataques de violentos
celos: en Florencia, durante una de las brillantes recepciones que el matrimonio daba
en su palacio de San Donato, mientras las
parejas se movían en una suntuosa atmósfera de luz y de notas musicales, de repente,
ante centenares de espectadores, el príncipe, en un ímpetu salvaje, se dirigió á su joven esposa, y la &lt;lió una bofetada en cada
mejilla. Ante tan público insulto, élla permaneció muda de estupor, y en seguida se
reiiró á sus departamentos. Por la mañana,
sin ver á su marido, marchó á San Petersburgo á pedir protección á su tío Nicolás I,
que autorizó un acta de separación ordenando á Demidoff que pasara una pensión de
cuarenta mil duros anuales á la princesa y
prohibiéndole vivir donde ésta se hallara.
¡Así sacrificó el obstinado conde á una de
las más hermosas princesas de Europa! El
sacrificio le costó bastante caro, pues aunque
ella le despreciaba completamente, no por
eso rehusó aceptar una parte muy apreciable
de su fortuna: la suma total que por renta
pagaron los Demidoff á la princesa Matilde
durante sesenta años ascendió á dos millones y medio de duros.
En el año 1847, la princesa Matilde abandonó Italia para recibir muy linsojera acogida en París. «Hasta que en mi palacio
haya una emperatriz, - la dijo Napoleón- se

�422

POR ESOS MUNDOS

réis aquí la primera entre todos». Llegó la de Napoleón, la princesa Matilde apenas suemperatriz en la persona de la condesa de frió persecuciones ni burlas por parte del
Montijo; pero pocos días después de la boda populacho: continuó residiendo en París, y
imperial, en un banquete que se celebraba permaneció siendo siempre napoleónica basen las Tullerías, el emperador, que tenía á su ta las uñas. Pueden recordarse de esto dos
lado á la princesa Matilde la dijo: «Si hubié- ejemplos: Taine, que había concurrido antes
rais querido, podríais ser hoy la reina de las á sus salones, publicó algunas palabras
Tullerías.• Pero la hija del rey de Westfa- amargas sobre el primero de los Bonapartes;
lia, aunque sentía afecto hacia el empera- la princesa Matilde le despidió de su casa
dor, solía á decir: «Jamás me hubiere acos- enviándole una tarjeta en la que no escribió
tumbrado á Yivir con él.» Una vez, le des- más que tres letras: • P. P. C.» (Pour prencribía como hombre que nunca se encoleri- dre congée) significando que se despedía de
su amistad. Y á otro
zaba y cuyas palabras más fuertes de
escritor que publicó
artículos p'oniendo
furia eran: ¡Es &lt;ibde relieve desfavorasiirdo! « Si yo me
blemente los primehubiera casado con
ros años de la vida
él, - decía la prinde Napoleón III, le
cesa l\fatilde - creo
envió un paquete de
que le h u b i e s o
cartas llenas de fraabierto I a cabeza
ses de gratitud y denada más que pa~a
voción escritas á ésasegurarme d e l o
te por una persona á
que tenía dentro de
1uien el emperador
ella.•
1 .,bía salvado un a
S u s recepciones
, .J7. de la prisión y
eran las más distinotra del suicidio: el
guidas de París, y
autor de los artícuen su casa de camlos encontró al pié
po de Saint-Gratien
d e estas cartas e 1
solía recibir á algunombre de su propio
uas de sus relaciopadre.
nes durante e l verano. A l a cabeza
UN ENJAMBRE
de I a liista d e sus
DE BELLEZAS
amigos figuraba e l
Y DE GRACIAS
Qonde de Nieuwerkerke, ministro de
Entre las refulgenBellas Artes , c o n
tes estrellas del Seel que ella cambió
gundo Imperio brilló
muchos amorosos
mucho la condesa Le
coloquios. Allí conH o n, cuyo marido
currían también e l
cáustico conde HoPrincesa Matildc
representó durante
once años á la corte
racio d e Viel-Castel, que la ofrecía un cariño verdadero y la de Bélgica en París. De ella se escribió: «En
~brumaba con regalos de obras escogidas y las trenzas de su hermoso pelo tenía enrey con el relato de los escándalos y las histo- dados á los dioses y á los hombres del día.»
rietas picantes que oía; el célebre pintor Reina entre las reinas de la alegria del SeEugenio Giraud; el poeta Teófilo Gautier, por gundo Imperio, desde su aparición en la
quien ella tenía sincero afecto; Sainte-Beu- corte de Francia ganó el corazón del duque
ve, literato, crítico y filósofo, cuya última de Orléans.
carta, que escribió en el lecho de muerte,
Otras tres damas, hijas del marqués de la
fué dirigida á la princesa Matilde; Dumas, Rochelambert, fueron contadas entónces enSardou y Alfonso Daudet se encontraban asi- tre las reinas de la sociedad: la condesa de
mismo entre sus amigos asiduos, además de la Bédoyére, la condesa de la Poéze (ambas
otros muchos hombres de inteligencia en fueron nombradas damas de la emperatriz),
aquella época.
y Madama de Valon, que, aún cuando nunca
Cuando el torbellino de 1870 derribó la se dejó ver en las Tullerías, era célebre por
dinastía y lai. masas execraban el nombre las reuniones que celebraba en su casa.

LAS DA.MAS DEL SEGUNDO IMPERIO

•

423

guras del Segundo Imperio francés. Dió origen al famoso club de Los Loutons y los
Loutonnes, gente á la moda que cultivaba
la risa y había declarado guerra á la melancolía. Se recuerda que en una ocasión la de
Bussiére dió una gran soi1·ée. Su casa aparecía aquella noche llena de criados y de lacayos, que en traje de etiqueta y con calzón
corto, rojo, y luciendo pelucas empolvadas,
aparecían alineados á uno y otro lado de la
gran escaleia. Estos criados llamaban grandemente la atención, además de otras particularidades, por la manera como torturaban
y estropeaban lo s ilustres nombres que,
cumpliendo con su deber, anuncial:&gt;an. Y
cuando se abrieron las puertas del buffet,
vieron los invitados, con el mayor asombro,
que los lacayos se habían anticipado á ellos
y ocupaban tranquilamente todos los asientos de la mesa. ¡Qué impertinencia! Sin embargo, volvieron de su indignación cuando
descubrieron que I os criados eran todos
socios del club de los Loutonnes.
En esta lista de bellezas debe figurar también la &lt;luque1:a de Morny, esposa del embajador francés de San Petersburgo, la cual al
morir su marido clamaba por que la enterraran viva con él, y cortándose la hermosa
cabel!era que la adornaba renunció al mundo; pero todo esto no le impidió resurgir poco
Princesa Lisa Troubetskoi

Otra dama ilustre del Segundo Imperio
era la condesa de Beaulaincourt, nacida en
1818, la cual á los setenta y nueve años de
su edad se ocupaba en coleccionar su voluminosa correspondencia, incluyeudo las dieciseis mil cartas que había escrito á su hermana Madama de Hatzfeld, esposa del embajador de Prusia. Hija del fiero mariscal y
conde de Casteliane, casó á los dieciseis años
de su vida con su primo el marqués de Contades que apenas contaba veintiuno y que
acababa de heredar una renta de cuatrocientos mil duros anuales. El nombre de la
condesa era de los primeros que figuraban
en las invitaciones de Fontainebleau v Compiégne, y ninguna figura fué más notable que
la suya en las cacerías imperiales. Pero, á
pesar de todo esto, no fué feliz en su matrimonio con el marqués de Contades. ]\Ji-.
rió é~te, y su viuda contrajo segundo malrimomo en 1859 con el conde de Beaulai11court, que falteció á poco de su boda vícl ima de un terrible accidente que sufrió montando á caballo. Viuda seuunda vez conli. do e1 alma y la vida
., de la sociedad
'
nuó sien
que frecuentaba.
Melania de Bussiére, condesa de Pou•·talés, fué otra de las más preeminentes (i.

'

D111¡nesa rle Morny

�424.

LF.JANÍAS

tiempo después en ese mismo mundo y encender nuevamente la antorcha del amor
ei, un corazón masculino, con quien la de
Morny volvió á casarse.
Un tipo de belleza andaluza en la corte de
las Tullerías era Sofía de la Paniega, duquesa de Malakoff, que atraída cuando contaba
veinticinco años de edad por los resplandores de la corona ducal, casó con un mariscal
que ya llegaba á los sesenta y cinco inviernos.
Otra gran duquesa de la época era la escultora conocida bajo el pseudónimo de
Marc.ello, la duquesa de Colonna, que por el
año 1865 concurría á todas las grandes recepciones, y que dejó en el mármol sus inspiraciones y pensamientos . .Murió en 1879,
con el buril todavía en sus encantadoras y
hábiles manos.
La música estaba personificada en la corte
de Napoleón III en la realmente bella Luisa
dt Caram-an-Chiamy, condesa de Mercy-Argenteau, que con sólo poner los dedos en el
teclado se veía rodeada de admiradores. Esta hermosura fué la que por más tiempo

conservó la admiración del último emperador de los franceses.
Otros muchos marcos quedan por ocupar
antes de que consideremos llena la galería de
retratos de las bellas mujeres del Segundo
Imperio. Nada hemos dicho de la brillante
condesa Walewska, esposa del célebre diplomático, hijo natural del gran Napoleón; tampoco hemos citado á Madama de R u te ,
prima de Napoleón III, que tres v~ces ~ontrajo matrimonio, y de cuyo gran mgemo y
extraordinario talento, así como de sus dotes
d~ cantante y de su habilidad como actriz y
como autora, y de sus magníficos retratos
en miniatura, todo el mundo se ha ocupado;
ni en estas líneas ha aparecido el nombre
de l a deslumbradora princesa d e Murat,
amiga querida é inseparable de la emperatt·iz. Pero nuestro silencio no significa que estas y otras muchas hermosas mujeres de
aquella época no contribuyeran con sus encantos á las explendentes glorias del Segundo Imoerio francés en los tiempos en que
esta institución se hallaba en su mayor
apogeo.
ALICIA M. IVIMY.

LA FOTOGRAFÍA EN COLORES
plata bien pulimentada cuya superficie había
sido recubierta de una capa muy fina de subDespués de las experiencias prácticas del cloruro de plata; desgraciadamente, estos cométodo inventado por el profesor Korn para lores no pudieron ser fijados jamás, y las
transmitir por telégrafo las imágenes, viene imágenes no tardaban en desaparecer~i no se
la fotoirafía en colores que han hecho posi- tomaba la precaución de mantenerlos en la
ble los últimos descubrimientos de los her- obscuridad.
Más tarde, Niepce de Saint-Victor repitió
manos Augusto y Luis Lumiére, universallas experiencias de Becquerel, variándolas,
mente conocidos fabricantes de placas.
De los trabajos del profesor Korn tienen pero no fué más afortunado desde el punto
ya noticia los lectores de PoR Esos MuNoos: de vista de la conservación de las imágenes.
En 1886, Poitevin, al que la fotografía
hemos dado detallada cuenta de ellos repetidas veces. Vamos á hacer ahora lo mismo debe numerosos descubrimientos, consiguió
con las experiencias y éxitos de los herma- reproducir los colores del espectro sobre un
nos Lumiére; mas para que el público com- papel recubierto de una capa de subcloruro
prenda bien cómo ha sido resuelto el pro- de plata violeta, y fijarlos parcialmente.
Fué preciso llegar al año de 1868 para
blema, recordaremos aquí las etapas por que
ha pasado en anteriores épocas de su apli- presenciar una verdadera revolución en la
orientación del problecación.
matan palpitante de la
fotografía de los coloLOS PRIMEROS
res. En esta época, dos
DESCUBRIMIENTOS
franceses, Carlos Gros,
poeta , y Luis Ducos
Desde 1810, es dede Hauron, físico de
cir, mucho antes del
talento, tuvieron, los
descubrimiento que hidos á la vez y sin cozo Daguerre, M. Seenocerse, una idea gebeck, de Jena, observó
. n i a 1: llamándoles la
que si se proyectaba
atención los trabajos
el espectro solar sobre
de Maxwellyde Young
una hoja de papel resobre latrinidadde los
cubierto de cloruro
de plata este se volvía
colores fundamentales,
pensaron que si la
azul en la región azuluz no podía traducir
l a d a d e 1 espectro,
MM. Augusto y Luis Lumiere, inventores de un
directamente los colomientras que los denuevo procedimiento para la fotografía en colores
res so b r e la placa
más colores se trasladaban mal ó no poseían acción alguna sobre sensible, le era dable, en cambio, operar la
la capa sensible. Daguerre hizo, en 1839, al- selección necesaria á su análisis. Bastaba
gunas investigaciones en este sentido; pero descomponer los colores de la Naturaleza en
hasta 1848 no consiguió Edmundo Becque- tres grupos, rojo, amarillo y azul, para rerel reproducir con bastante fidelidad los co- solver el problema, dando en seguida la
lores del espectro solar sobre una lámina de síntesis posible.
presente año marcará una época mu y
E interesante
en los anales fotográficos.
L

7

LEJANIAS
Entre la sombra que llena
la media noche lejana,
lenta y triste suena y suena
la campana.
En alas del viento corre
sonando.-¿Cantas ó lloras?
Voz solemne de la torre:
¿con quién hablas á estas horas?
Lenta y fría,
como puñal desgarrando
las carnes, tu sinfonía
va sonando.
Me han llenado de tristezas
tus acentos.
-Oye y dí,
r,ampana: si acaso rezas
¿es por mí?...
Tengo abierta mi veptana,
la noche está muda y triste...

Has vuelto á sonar, campana:
¿qué dijiste?...
Tu voz repercute y zumba
en mi enfermo corazón.
¡Parece un clamor de tumba
tu canción! ...
Voz que perturbas la calma
de la noche; voz que evocas
mil recuerdos en mi alma,
¿por quién tocas'?...
. Tiene tu acento sombrío
algo de agudo que hiere;
¿es quizás por algo mío
que muere?
¿Es por álguien que claman&lt;lo
esté por mí, sin que yo
sepa dónde, cómo y cuando'?...
Campana que está sonando,
¿quién murió?
M. LoZANo CASADO

�426

POR ESOS MUNDOS

427

LA FOTOGRAFÍA EN COLORES

Tal es la teoría del procedimiento lricomo
ó tricolor, cuyo mecanismo es el siguiente.

á la propiedad bien conocida que posee la
gelatina bicromatada de insolubilizarse proporcionalmente á la acción de la luz. Se coloLOS «TRES COLORES»
ran tres películas gelatinadas con las tres
tintas fundamentale~ ,
Partiendo del prinse sensibilizan al bicipio de que es posib!c
cromalo de potasa, se
reconstituir la infinita
solean bajo el clicl1é
variedad de los colocorrespondiente y ~e
res de que se adorna
lavan con agua tibia.
la Naturaleza por la
Las partes no impremezcla de los tres
sionadas, y por con-icoloresfundamentalcs,
guiente solubles, de la
rojo, amarillo y azul,
gelatina coloreada desse trata de obtener tres
aparecen,dejando subimágenes del mismo
sis ti r solamente la
asunto,de las que cada
imagen roja, amarilla
una representará uno
~~~
ó azul.
de los citados tres coNo queda más que
lores elementales para
sobreponer los t r e s
reconstituir la coloramonocromos marcanción del original.
do cuidadosamente las
Para obtener los neimágenes. Este procegativos des tinados á
dimiento, ¡¡racias á los
·
t
t
Negativo de la foto;raíía en colores, por medio del
~
prod uc1r es as res procedimiento Lumicre. La preparación dees1osnc- perfeccionamientos
imágenes será preciso ¡ativos se hace cubriendo la emulsión con discos mi- conseguidos en el orcroscópicos de fécula de patata coloreados de verde,
exponer 1as P 1a c a s amarillo ana ranjado y violeta. De este modo cada to cromatismo d e las
sensibles bajo pan ta- grano de fécula actúa como un'!- _pantalla separadvra placas sensibles puellas ó filtros coloreade los colores or,gmales
de permitir
. . a. un , opedos con las tintas complementarias del rojo, rador mu y hábil al que no asusten las grande] amarillo y del azul; es decir, en verde, des dificultades la obtención de dos hermo~os
en violado y en anaranjado; además, será resultados.
necesar:o emplear placas ortocromáticas, de
Pero,desgraciadamente,la necesidad de tosensibilidad exaltada respectivamente para mar sucesivamente tres negativos del mismo
cada uno de los coloobjeto, y la de prolonres de estas pantallas.
~~~.,,_
gar la exposición proSi tomamos el rojo
porcionalmen te á I a
como ejemplo, verecoloración de las panmos que los rayos
tallas, excluía la poRiluminosos q u e emabilidad de interpretar
nan de todas las partes
todo objeto animado,
rojas del objeto seJ'án
y hacía, si no imposiabsorbidos por el filtro
ble, muy dificil, la ejeverde,mientras los racución del retrato.
yos amarillos y azules
Bastantes investigaactuarán sobre la pladores han ensayado la
ca sensible: en el desobtención simultánea
arrollo, el bromuro de
de las tres placas, ya
plata s e ennegrecerá
con tres objetivos (d ismás ó menos por todas
puestos por lo gene¡ as partes donde el
ral en triángulo), ya
amarillo y el azul ha"':;;'!11~~~~con uno solo y dos
yan influído; por el
¡uegos de cristales ó
contrario, la S zonas El mismo ne¡¡ativo en sa última fase de preparación, de prismas que dfrirojas del objeto serán mostrando los espacios existentes entre los granos de den en tres el haz Iuinterpretadas p O r el
fécula cubiertos con negro de humo
.
mmoso;peroestos pcrblanco sobre el negativo. Una vez obtenidos feccionamientos no han conseguido hacPr
los tres negativos es preciso sacar de cada práctico el procedim ento, pues las oper..1uno de ellos un positivo en rojo, en amarillo ciones siguen siendo largas y con resultados
y en azul: estas pruebas se obtienen gracias irregulares.

X egativo de la bandera francesa fotografiada
en colores

Positivo de la bandera francesa fotografiada
en colores

En efecto: la gran falta del procedimiento
tricomo reside en el número elevado de variables: exactitud é intensidad de coloración
de las pantal las seleccionadoras; ortocromatismo de las placas por estas mismas pantallas; intensidad de los negativos en el desarrollo; intensidad de los positivos, coloración de estos últimos, y marcado ó señalamiento. Fácil es comprender que la menor
incorrección en una cualquiera de estas múltiples operaciones rompe el equilibrio necesario y falsea por completo la harmonía del
cuadro.
La única aplicación práctica derivada del
procedimiento tricromo es la impresión en
tres colores por medio de tres clichés tipográficos que sucesivamente imprimen el rojo, el azul y el amarillo. Para la reproducción de los cuadros pictóricos en un gran
nÍlmero de ejemplares, los resultados obtenidos en este sentido son sorprendentes.

tienen el grave inconveniente de presentar
un aspecto reverberante muy parecido al de
los antiguos daguerreotipos, y, sobre todo,
de cambiar de coloración según la incidencia bajo la cual se examinan: los colores son,
en efecto, producidos por la interferencia de
la luz sobre láminas delgadas de bromuro
de plata sumergidas en la gelatina y que
poseen las mismas propiedades variantes que
las coloraciones del nácar ó de las pompas de
jabón.
Además, las placas sin grano tienen el defecto de una extremada lentitud, y el tiempo
de exposición se prolonga desmesuradamente.
En una palabra: el método interferencia!, sobre el cual se fundaban las más bellas esperanzas, ha quedado como una bonita demostración de laboratorio, sin empleo práctico.
Todavía se habló algo en 1895 de un método descrito por el doctor Joly, de Dublín,
que consiste en tomar un negativo sobre una
superficie pancromática pegada contra una
pantalla formada por una red de líneas anaranjadas, verdes y violetas: un positivo negro
obtenido de este negativo y visto detrás de la
misma pantalla, después de un fijado perfecto, deja ver los colores del original.
Este procedimiento, en el que Ducos do
Hauron pensaba desde 1869, muestra el objeto á través de una rejilla ó enrejado, lo que
le da aspecto desagradable.
La misma crítica puede aplicarse á otros
métodos--muy originales en principio-que
utilizan la disposición espectral prismática.

LOS TRABAJOS DE LIPPMAN

En Febrero de 1891, M. Gabriel Lippruan,
profesor en la Sorbona, dirigió una interesante comunicación á la Academia de Ciencias: acababa de hallar una solución física
al problema de la fotografía de los colores
sin la intervención de materia alguna colorante, exponiendo una placa de gelatina-bromuro desprovista de grano, el cristal vuelto
hácia el objetivo y la capa sem¡ible en contacto íntimo con un espejo constituído por el
mercurio. Después del desarrollo y fijación
habituales, los colores del objeto fotografiados aparecen brillantes, á condición de mirar la placa bajo cierta incidencia y despué,;
de haber realizado un ortocromatismo absoluto.
Esta experiencia confirmaba de manera
cumplida las teorías de Augustin Fresnel
sobre la naturaleza vibratoria de la luz; desgraciadamente, las pruebas interferenciales

LOS HERMANOS LUMIÉRE

Los diversos métodos que acabamos de
exponer han sido debidamente estudiados
por MM. Augusto y Luis Lumiére á quienes
la ciencia en general y la fotografía en particular son ya deudores de fructuosos descubrimientos.
En 1900, los visitantes de la Exposición

�428

POR ESOS MUNDOS

Universal ?e París q11edaron encantados por
la proyección de soberbios clichés obtenidos por el método tricromo en los talleres
de los citados señores, en Lyon.
A pesar de la belleza de los resultados log~ados perfeccionando Jll procedimientoimaginado por Ducos de 1Iauron, los Lumiére
se vieron obligados á modificar la orientación de sus trabajos por ser la técnica de la
selección tricroma mucho más difícil para
abordada por la masa de los operadores.
Antes, ~l m~todo i~terferencial de M. Lippman hab1a sido Objeto de largos estudios
abandonados por último en razón de la difi~
cultad de realizar un ortocromatismo perfecto Y de la imposibilidad de obtener resultados constantes.
MM. Lumiére siguieron entonces para su
obra un procedimiento por decoloración uti!izando las propiedades del cianino del' córcoma Y del rojo de quinoleno, proc;dimiento
que fué igualmente estudiado por M. Vallot;
pero estos ensayos fueron á su vez abandonados por la itrl'posibilidad de realizar la fijación completa sin alterar los colores.
. Después de esta larga série de tentativas
mfructuosas, los dos sabios buscaron la manera de obtener una selección tricroma perfecta sobre una superficie única.
Ducos de Hauron había previsto, desde
1869, todos los modos de utilizar la propieiad de las pantallas seleccionadoras y entre
otros, la yuxtaposición de manchas c~lorea~as s?bre una misma superficie; pero le fué
1~po~ible materializar las ideas que su imagmación tan fértil había concebido.
Lo que Ducos de Hauron no había podido
hace~, MM._ Lumiére lo realizaron,después de-&lt;
laboriosas mv~stigaciones, con placas sensi-•
b!es que contienen en sí las pantallas selecmonadoras bajo la forma de elementos coloreados microscópicos. El 30 ,de Mayo de
1904 los citados hermanos daban cuenta á
1~ A_cademia de Ciencias de París del proced1!111ento que habían inventado, que· es el
mismo que ahora, al cabo de tres años,de
estudios Y de ensayos, les ha hecho triunfar
de todas las dificultades de ejecución.
LAS PLACAS AUTOCROMAS

Los elementos microscópicos que forman
los filtros analizadores de las placas autocro~a~ .reclamaban una materia transparente,
d1V1sible en corpúsculos de una finura extrema y que absorbiese bien las materias colorantes. La fécula de patata (que nadie esperaba que inter_viniera en este asunto), es la
que parece reumr la mejor de estas diversas
condiciones. Escogidos de manera que no pa-

sen de diez á doce milésimas de milímetro de
diámetro, los granos de fécula se dividen en
tres grupos y se coloran respectivamente de
anaranj~do, verde y violeta. Después de la
desecación, se mezclan íntimamente, y luego se espolvorean sobre una lámina de
cristal anticipadamente recubierta de una
capa de substancia pegajosa.
En 1904, lo~ Lumiére habían podido agrupar así tres mil granos de fécula por milímetro cuadrado evitando toda superposición.
Por asombroso que fuera este resultado, no
era todavía satisfactorio; en efecto, siendo los
g~anos ?e fécula de forma esférica no se po&lt;lían eV1tar entre ellos espacios vacíos por los
q_ue la ~uz ~!anca se filtraba, lo cual era prec1so evitar a toda costa. Los inventores con~iguieron cubrir estos intersticios con polvo
impalpable de carbón, sin empañar en nada
el brillo de los elementos coloreados· vista al
microscopio, la capa se presentaba ;ntonces
bajo el aspecto de un semillero de confetti
sobre fondo negro.
. Desde ent~nces, los Lumiére han perfeccionado considerablemente su procedimiento; han conseg-uído, gracias á máquinas potentes, aumentar en proporción muy sensible, el mí.maro de partículas coloreadas: no
ya tres mil ¡son nueve mil granos! los que
cubren ahora un milímetro cuadrado de superficie de placa. Todavía más: gracias á un
laminado especial que corresponde á presiones enormes, los granos se aplastan los unos
contra los otros, formando así un mosáico
de color sin vacíos apreciables. El tabicado
por el carbón, que la experiencia ha demostrado que debe mantenerse, se encuentra
así reducido á una línea extremadamente
fina.
La importancia de este perfeccionamiento
~e ve claramente por las siguientes ventajas:
1.ª. ~educción muy sensible del grano
de la imagen hast.a el punto de hacer invisibles los elementos coloreados en una proyeción de dimensión grande.
2.~ Aument? considerable de la transparencia y reducción proporcional del tiempo
de exposición útil.
La placa así preparada y vista en transparencia · no presenta ninguna coloración
pues como están repartidos los elemento~
microscópicos anaranjados, verdes y violeta
en proporción conveniente, reconstituyen por
su mezcla íntima la lu$ blanca, absolutamente como lo hacen las siete luces coloreadas del espectro solar.
Queda la operación de la insensibilización
de la placa: la capa de granos coloreados se
recubre desde luego de un barniz impermea-

LA FOTOGRAFÍA. ".N COLORES

429

ble al agua, que tiene un índice de refrac- permanganato de ácido de potasa; después,
ción casi igualal de la fécula de patata y des- en plena luz, proceden á un segundo después de una capa de gelat_ino-bromu_ro ~echa arrollo transformando en positivo á los coperfectamente pancromática, es deC1.r, igual- lores r~ales de la Naturaleza la placa salida
mente sensible á todos los colores.
del chássis del aparato.
Veamos ahora cómo puede reproducir auPara comprender bien el mecanismo de
tomáticamente la placa autocroma, así cons- esta transformación del negativo de colores
tituída, la enorme variedad de tonos que to- complementarios en positivo de colores realera la Naturaleza.
les, tomemos nuevamente corno ejemplo la
Vamos á operar con un aparato cualquie- bandera francesa.
ra pero cuyo objetivo debe estar provisto de
En la primera zona, el bromuro de plata,
u~a pantalla especial que forro~ ~l_comple- que obtura los elementos violados y verdes,
mento indispensable de la sens1bihdad ero- se disuelve bajo la acción del permanganato
mática de las placas. Cargamos nuestro cha- de potasa; después, en el segundo revelado,
.ssis en la obscuridad, teniendo cuidado de efectuado en plena luz del día, el bromuro
eolocar el reverso de la placa por cima á fin de plata no reducido se ennegrece bajo las
de que los ravos luminosos atraviesen las partículas anaranjadas que se hal~an encupantallas elem~ntales antes de alc~nzar á la biertas; pero como los elementos V1olados Y
capa sensible. Fotografiemos, por ejemplo, la verdes están, por el contrario, descubiertos,
bandera francesa, y utilicemos para ello un darán por su mezcla la sensación del azul.
objetivo muy luminoso. Los rayos azules
En el centro de la imágen, toda la plata
van á ser absorbidos por los elementos ana- reducida se disuelve, y el blanco será reranjados, mientras que los elementos verde constituido por la yuxtaposición de los tres
y violeta dejarán actuar la luz sobre la emul- elementos primarios, anaranjado, verde Y
sión sensible; en el desarrollo, el bromuro de violeta.
plata ennegrecerá las partículas verdes y vioEn fin, en la zona verde, como la transletas, que ocultará, para dej_ar sólo transpa- parencia es devuelta á los elementos violeta
rentes las partículas anaranjadas. En la par- y anaranjados, y como los elementos verdes
te blanca de la bandera, los rayos lumino- se encuentran obturados por el segundo dessos no sufrirán absorción alguna, y vendrán arrollo, la sensación del rojo resultará de
á impresionar, por el contrario, la capa la mezcla de las partículas violetas y ana.bajo todos los elementos coloreados; en el ranjadas.
desarrollo, la superficie entera se volverá negra. En cuanto á los rayos rojos, serán absor- CÓM'J SE MANIPULAN LAS PLACAS AUTOCROJIIAS
bidos por los elementos verdes, que quedarán
Las manipulaciones de las placas autocrotransparentes en el desarrollo; impresionarán
el bromuro de plata bajo los elementos vio- cromas apenas si son más complicadas que
lados y anaranjados, los cuales serán obtu- las que se necesitan para la fotografía en
negro. El primer desarrollo á base de ácido
rados.
Se comprenderá que una placa así, desa- pirogálico y amoniaco se efectúa en la obscurrollada y fijada por los medios habituales, ridad de manera automáticadurante un tiem-dará los colores complementarios del origi- po fijo de dos minutos y medio; este tiempo
nal y que el objeto que nos ha servido de invariable podrá determinarse por un reloj
eje~plo se presentará bajo los aspectos ines- de arena que se enganchará delante del crisperados de una bandera anaranjada, negra y tal rojo de la linterna, teniendo cuidado de
alejar esta de la cubeta para que el relevado
verde.
En teoría, una segunda placa autocroma, se haga fuera de los rayos de la luz roja.
Transcurridos los ciento cincuenta segunaplicada aontra un negativo semejante, deberá dar, después de la exposición á la luz y dos, se lava abundantemente la placa bajo el
el desarrollo, una imágen positiva con los co- grifo, y¡ 'después se la sumerge en un baño de
lores naturales del objeto. En la práctica, ácido de permanganato. A partir de este molos resultados obtenidos son poco satisfacto- mento, todas las operaciones se hacen en plerios, por la imposibilidad de colocar las pla- na luz. Al cabo de algunos minutos, el percas sensibles en contacto íntimo y por la manganato ha disuelto la plata, y los colores
pérdida inevitable en el brillo intrínseco de empiezan á mostrarse, pero sin brillo; ~epasan bajo el grifo, después se procede al selos colores.
Así los inventores, en vez de fijar la pla- gundo desarrollo á base de diamidofenol, que
ca desarrollada, como se hace en la fotogra- ennegrece la plata no reducida en el primefía en negro, disuelven la plata, reducida por ro, y da ya. mucho brillo á los colores.
Después de un pasaje rápido al ácido de
. medio del procedimiento conocido á base de

�430

.NTJMA

permanganato de potasa diluido, se refuerza
en un baño de ácido pirogálico y de nitrato
de plata, 'y el brillo de los colores queda
magnifico; se vuelve á pasar al permanganato, neutro esta vez, para terminar el fijamiento habitual.
_E~tas operaciones, que son largas de descr1b1r, se hac~n muy rápidamente, porque
apenas son qumce ó veinte minutos las que
separan la entrada al laboratorio del secado
completo de la prueba policroma.
Como la capa de gelatina es de nueve á
di~z veces más fina que la de las placas comentes, los lavados se reducen á pocos minutos y el secado se opera con extremada
rapidez.
La aplicación de un barniz especial termina las operaciones, aumentando el brillo y la
transp~rencia de los colores, á la vez que
protegiendo la capa contra ulteriores causas
de deterioro.
APUCACIONES DEL INVENT(l

La entrada de la fotografía de los colores
en el dominio práctico tendrá numerosas aplicaciones, que aún se extenderán más el día
próximo si~ duda, en que la prueba únic~
sobre el cristal dé origen á un número ilimitado de copias en el papel.
Desde 1 u e g o, los turistas podrán dar
cuenta de sus excursiones con documentos
á cuyo lado la antigua y fria interpretación

en negro y blanco no ofrecerá más que un
interés secundario.
¿Habrá que insistir en el valor adquirido
por los recuerdos de familia, cuando los retratos de la~ personas queridas reproduzcan
la complexión, el color de los ojos y el del
pelo?
Los exploradores recogerán en sus fu.
turos viajes ámplia cosecha de documentos á
los que el color añadirá un valor inestimable pa_ra los estud_ios ulteriores geográficos,
etnograficos, botámcos, etcétera.
E~ astronomía, la placa aulocroma será
p_artíc°:larmente preciosa para registrar, con
rigor científico, las coloraciones de ciertos
fenómenos de corta duración, como los eclipses de sol, las auroras boreales, halos solares, etcétera.
En medicina, los documentos obtenidos
de la Naturaleza con el auxilio de estas pla?ªs r~emplazarán con ventaja á las planchas
ilummadas necesarias para el estudio de la
anatomía íntima y de las lesiones del cuerpo.
Daguerre y los sabios que han seguido sus
huellas se habían servido del sol para hacer
de él un dibujante fiel y exacto; se pudo
cree~ .-l~rante mucho tiempo que este papel
de d1huJante no se elevaría nunca al más
prestigi~so_ de pintor; pero hoy, gracias al
descubrimiento de los hermanos Lumiére
es cosa hecha: el sol fijará en adelante par~
placer de nuestros ojos los colores incomparables de que la Naturaleza se adorna.

LEóN GDIPEL

INTIMA
n
Una caja de blanco terciopelo
y aldabas de metal;
dos hileras de sillas á los lados
en guardia funeral;
alumbrando indecisas, cuatro velas
de pálido color;
y en la caja, de blanco terciopelo,
la virgen de mi amor.

Cuando ~uenan las ocho, lentamente
d1spónense á marchar
los amigos que estaban en las sillas
en guardia funeral.
¡Y al alejarse, tristes, con la caja
sujeta del cordón,
se llevan con el cuerpo de mi amada
mi pobre corazón!. ..
MIGUEL E.

OLIVA PADRO

~~ ~~ ~-,""&gt;

~:~·I ~:- ('
...

it/11¡~

l.. ,.,. ·

-~~

~ ~11

I

·&amp;i.,·~ ,; DºNbrasero
Juan se hallaba sentado delante de un
de aljófar, que convidaba con su

~!@~ ~· ~

aliento cálido al bienestar y al reposo.
Delante de Don Juan, y sentado asimismo en
,--;¿;¡,;,.;
una silla de vaqueta, hallábase Don Lisardo, otro
caballero joven y apuesto, muy semejante en el
vestir y en el rizado del bigote al duelio de la
casa aquella, que era la solariega de los Bermejales del Condado. Cuatro armaduras cinceladas ocupaban los ángulos
del estrado; un par de mesas con piés salomónicos, sostén, ambas,
de dos bargueños que cerraban sus puertas con un escudo partido
en que campeaban el yugo y las flechas, heráldicos distintivos de los
católicos Isabel y Fernando, decoraban los muros de la derecha y de la izquierda, según se
entraba en el local.
Un tapiz de Arras, extendido sobre el pavimento, daba calor á los piés; y un cortinaje,
en que había más damasco que veludo, adornaba los vanos de ventanas y puertas.
Pendía del artesonado, que era mudéjar, un grueso cordón encarnado, que sujetaba una
lámpara de bronce, rematada en una gran borla rojiza, de hilo cardado.
Y asi hablaban Don Juan y Don Lisardo en aquella estancia típica, mientras, al accionar,
echaban atrás el ferreruelo, requerían la tizona, arreglaban la tersa gola de ochos, arrugaban
gregüescos y calzas de tanto cruzar familiarmente las piernas, ó torcían los pechos_ de la
ropilla y los coletos al recostarse blandamente sobre el brazo y el espaldar de los asientos.
-Hora es ya, Lisardo, de que te corrijas dese empeño que en ti mueven las sayas. Y no
digo-1pecadorde mil-que á las sayas sea bien ponellas á distancia luenga, donde no la
alcancen manos de hombres: la inclinación al femenino ser antes es virtud que pecado en el
varón, si moderadamente usamos deste natural empeño del sexo; porque es irte á la mano
del diablo cortejar por vicio, conquerir por orgullo, burlar por industria y olvidar por jactancia. Tengo para mi, Lisardo amigo, que el gusto de las sayas es patrimonio de lodo varón,
ya hidalgo 6 pechero: mas paréceme que la desmedida inclinación por la mujer, más que
discreción es dislate.
-De contrario parecer soy, Juan amigo: que puesto que el Cielo nos dió el magín dotado de diferentes pensamientos á los humanos, condeno tu razón y hólgome de la mía. ¿A
qué extremo, pues, ha de dirigir el hombre la actividad de su corazón en punto á damas?
¿A adorar á una sola y á desairar á las que restan'? ,i,Ni cómo ha de obscurecer la posesión
de una hermosura el brillo y la beldad de otras? ... Diz que el hombre toma estado por tener
una dama menos á quien desear; de que yo colijo que lo natural es ufanarse de muchos
y distintos amores.
-¡Ta, ta, ta! A risa muéveme tu desvarío, Lisardo; que la religión de Cristo Nuestro
Bien manda fijar la vista solo en una compañera de la vida, con desaire y renuncia de las
otras; diferenciándonos en aquesto de los perros infieles, que incurren en ese pecado que
llaman de la poligamia.
- ¡Líbreme Dios de ansiar vida pecaminosa de moros! .Mucho batallaron mis abuelos
para echarlos del lado allá de los mares. Pero ¿qué melisinas ba de tomar quien padece
desta enfermedad, desta sed de amor que yo padezco? Porque el cotejar á diestra y siniestra
no está en mi cálculo, sino en mi inclinación natural. Tú sabes, Juan &amp;migo, en cuántos
lances de amor he empeñado mi alma. No ignoras que á casadas y á doncellas de estado
honesto he requerido con audacia que háme dado sobrenombre. Y, ello no obstante, el fuego
de mi instinto varonil no se ha extinguido, pues, apenas gozado un amor, ya he ido en pos
de nuevos amores.
·
-Más que condición, amigo Lisardo, es vicio arraigado ese de que me hablas; que
·

�.1-33

J.AS SAYAS

432

POR ESOS MUNDOS

puesto que el hombre emplee la prudencia
en todo, sabrá apartarse de uno de los enemigos más formidables del alma, que es la
carne. Yo amo á mi Leonor, con amor vflrdadero; y aunque me place ver otras hermosuras, ninguna dellas pláceme como la que
es mía. De lo que se sigue que el corazón,
cuando está bien inclinado, cumple el fin
divino de consagrarse á un solo amor, de
que nacen la esposa, la madre y la compañera.

II
Tocaban á esto punto del coloquio, cuando l: n paje
anunció 1a
llegada de
Don Diego
de Azpicue ..
ta. O ir su
nombre y
sonreir si gn ificativam ente los
in ter locutores fué todo
uno.
- Venga
en buen hora,-respondió Lisardo.
Y penetró
en la estancia Don Diego, un caballero alto, de
mosca y bigotes grises, '- t..
Un paje
vivaracho de
anunció la
ojos y al~gre de voz.
llegada de
Don Diego
- Guarde Dios á
de Azpicueta
mis galanes.
-Bien venido sea el enemigo de las sayas,-habló sonriente Don Juan.
-¿Ya me habláis de sayas? ¡Pues á fé que
de buen talante vengo para estas fiestas!
Agora héme tropezado en la plaza á cierta
dama que yo me sé, tomando un billete de
manos de cierto galán atrevido é indiscreto.
Y, en tanto, el marido de la desenfadada señora está en su oficio... ¡Quien dijo damas,
dijo compromisos y perdición!
-¡Válame Dios, señor Don Diego,~replicó
Don Lisardo-que RO sóis justo con las bellas, ni hacéis á su ausencia el honor debido!
-Sí, ya sé lo que vos me habréis de argüir: que son ángeles de la mesma gLoria,
que el vivir con ellas antes es cielo que pur-

gatorio ... Achaques son esos de los cortos
años, pero no de la experiencia mía. A las
damas, aborrecellas.
-A las damas, sean cuantas fuesen, adorallas con el corazón y con el alma,consagralles la vida y los pensamientos, morir por
ellas.
-Ni uno ni otro extremo,-interrumpió
Don Juan-viene á la medida de lo justo.
Buscad la mitad de la distancia y ella será
el punto natural y saludable donde colocar
vuestro anhelo.
-¡Bah! ¡Todos demonios!
-¡No! ¡Angeles todas!
-Ni uno ni otro es acertado JU1c10: quitad la mitad cada cual para que
quede el concelo en lo justo.
-¡Amar, siempre amar!
-¡Aborrecer, siempre
aborrecer!
-Ni á todas repudiar,
ni amar á
todas; que
tan infierno
es uno como
es otro. Cada
cual ame á
una con el
interno fuego del alma,
y admire, no
más, á 1 as
otras.

III
Tráese aquí este coloquio de los amigos,
no á modo impertinente, sino para dar comienzo adecuado á esta breve novela ejemplar, de que han de sacar fruto los caballeros que fincan tanto en el extremo de ser
despreciativos como de ser cortejadores de
las damas, viéndose al final cómo uno y otro
extremo son viciosos, y quedando no [llás
como caso digno de imitación el saludable
intermedio que aquí representa Don Juan, el
de los Bermejales del Condado.
Pues cuenta el coronista de estos pequeños lances (que no pueden llamarse historia por la falta de episodios que en ellos nótase), que Don Diego perseveró en su· odio
sistemático hácia las mujeres, de que no pocas lengµas decían que él obraba así por escarmiento sufrido en su primera juventud;
pues en Talavera, de donde era natural, estuvo casado con una dama muy principal,
pero tan coqueta y caprichosa que á poco
de su enlace tuvo amores con un galán mu y

apuesto que sabía tañer el
laud por extremo y que
-componía unos versos que
rendían el corazón, como
si tuviesen en cada palabra
un elemento mágico.
Según decía quien r,i e
jactaba de saberlo al dedillo, Don Diego de Azpicueta profesaba grande amor á
su esposa, en quien tenia
ciegas confianza y fé ; y
añadía el bien enterado
que cuando nuestro buen
eaballero se dió cuenta de
la infidelidad de su dama,
recibió sobre el corazón un
golpe de muerte y sobre el
cerebro un airecillo de locura que le puso maniático
contra las mujeres.
Desde Talavera se vino
el de Azpicueta á la corte,
T abandonó á la esposa infiel,no sin andará cuchilladas con el trovador afortunado, ladrón de su cariño
y de su honor.
Pero acaeció que, á poco
del coloquio que se ha referido en el cornienzo, murió Don Diego, solo y sin
moscas, como dice el adaDon lJic~o tuvo que andará desaííos con el ladrón de au U1nño y de su honor
gio vulgar; de lo cual sacaron epigramas muchos doctos diciendo que tura! du!ce y recto, y con una esposa ejemasí suele acabar quien profesa horror á la plar que llenó de flores el camino de su antanta y honesta vida de casado, y que había- cianidad.
le estado bien empleado el castigo de morir
Y así como en la juventud suelen ser los
solo al pobre Don Diego puesto que, á ser caballeros algo poetas, así también en la vemás amigo de las sayas, muriera dellas ro- jez suele despertárseles el~estro;lo cual acondeado y favorecido, con manos blancas que teció en Don Juan, á quien su larga felicidad
juntasen sus párpados y voz dulce que con- hizo trovador.
solase su agonía.
Peinaba ya canas cuando, imaginativo
Después del óbito rle Don Diego, continua- cierta vez, combinó un admirable soneto,
ron Don Juan y Don Lisardo en su culto á la con su oportuno estrambote, en que ensalzamujer: sintetizándolo el primero en su ama- ba las excelencias de un solo amor con desda, á quien dió mano y nombre; Don Lisar- precio de esos extremos que fincan en adodo, en cambio, siguió hac.iendo de las suyas, rar ó en aborrecer á todas las mujeres.
pues no perdonó asedio de casadas ni donDe aquella poesía, solo ha llegado á noscellas, en lo cual fuéperdiendo gradualmente otros el segundo terceto, que condensa, que
salud y fortuna.
resume la idea del poeta. Vedlo aquí:
Y el ya citado coronista añade que Don
Gusten otros de saya y guarda-infante¡
Juan llegó á largos años, muy querido y fe.
estotros de las damas abominen¡
liz, con dos hijos varones que fueron de nayo á un solo amor prefiero ser constante.

llustt·aciones de F. de la Mota

RrnóN A. URBANO.

�I

ÜJ:\JO nriA:-; LO$ E::iTUDIA~TES SE\'ILL.\X0:5

COSAS DE SIGLOS PASADOS

CÓMO VIVIAN LOS ESTUDIANTES SEVILLANOS
del siglo xvr, en aquellos días
A principios
felices de nuestra Historia en que todo
en España era grande, como los monarcas
que la regian, como los capitanes que sin
cesar ceüían coronas de laurel a sus bandera~, y como el pueblo que realizaba á la sazón las más atrevidas empresas que la Humaoidad ha realizado; cuando las costumbres eran sanas y sencillas, robusto y sin
afectación el lenguaje; cuando I a alegria

del vivir rebosaba en todas las manifestaciones humanas; en el reinado de los
Reyes Católicos, para decirlo de una vez, un
hombre de humilde origen, pobre, que difícilmente babia comenzado sus estudios, terminándolos gracias a una de las becas del
Colegio albornociano de Bolonia, pero que
por su trabajo, su talento y su virtud alcanzó honoríficos puestos en la Iglesia y fuó
decoro y prez del Cabildo de la Catedral his-

palense, concibió el proyecto de erigir en
Sevilla, la ciudad más populosa entónces de

España, un Colegio y una Universidad. No
guiaban á Maese Rodrigo Fernández de Santaella, que este era el hombre, ni el afán de
inmortalizar su nombre, que no dió á su
fundación (llamándola Colegio y Universidad de Santa María de Jesús), ni el de
erigirde un suntuoso sepulcro, pues mandó
que lo enterraran en el suelo con .sencilla
inscripción ( y esto para q1ie el que la leyese

rogase piadosamente po,· el pecador allí
sepultado ó echase alg1ín agua bendita sobre la sepultura). Moviale, si, el deseo de
hacer bien á Sevilla, cuyos hijos habían de

ir á más de doscientas treinta millas para

encontrar Estudio 9enei-al, como entónces
se llamaba á las Universidades, y el de ayudar y favorecer á los pobies abriendo el
Colegio para sólo ellos y poniendo á su al-

Cuivcrsidades, ni alcanzaba la extensión,
au~e y riqueza de la erigida mitgnifir:unente
por el cardenal toledano; asi es que los nol1!e~ andaluces, y seyi\lanos principalmente,
muchos de los cLJales se aplicaban al estudio, siguieron concurriendo á Salaman~a ó a
Yalladolid, ó comenzaron á irá Alcalá, donde no les faltaban paisanos como el eximio
Kcbrija, entre los profesores, r como Gil de
Fuentes, ol familiar preferido de Maese Rodrigo, y el vcnc~able Fernando de Contreras,
entre los colegiales; mas los pobres de toda
Anrlalucia y los algo mejor acomodados, pero
más modesto~, ó sea aquellos para quienes
el arcediano había hecho su fonrlación, se
aprovecharon de sus cátedras, frecuentaron
sus aulas, y pudieron obtener titulas que:
de otra suerte, no les habría sido dado alcanzar.

canee los grados académicos, cuyos gastos
habían de ser modemdos, de modo que ni

fuesen tan bajos que se reputasen por vil,
ni tan altos que excediemn la condición de
los pobres. (lln la antigua fundación de Maese Rodrigo al colegial se le daba todo, una
vez probada su pobreza; pero lejos de recordarle que recibía una limosna, que alcanzaba un fa\ror, se le constituía en señor y
dueño, se le daba participación en la administración y dirección de la casa, pudiendo
llegar hasta el Rectorado, siendo estudiante,
todo ello á trueque de unas cuantas oramones por el ánima del fundador.)
Había edificado aquel doctisimo arcediano
la capilla y gran parte del edificio; había escrito de su puño y letra las Constitucion~~
del Colegio y tenia pensadas las del Estudio
11eneral 6 Universidad, cuando la muerte,
:egando aquella vida en 20 de Enero de
1509 se lo impidió, si bien él pudo encargar á' sus albaceas que lo hiciesen,. como lo
realizó Alonso de Campos, en Sepllembre de

1518.
Entonces no babia más que dos Estudios
generales ó Universidades en Castilla: Salamanca y Valladolid: mas en el.transcurso de
los años que mediaron desde que murió
Maese Rodrigo basta que funcionó su Unive:sidad babia abierto sus puertas el Colegio
Mayo', de San Ildefonso, Universidad complutense fundación del gran Cisneros. La
juventud andaluza acudió ansiosa á las aulas
de Santa Maria de Jesús; la misma acta notarial del nombramiento de lo.:; primeros colegiales hace constar que el acto tuvo lugar
«estando ende presentes otras m u ch as
personas clérigos é estudiantes.&gt; Pero la naciente institución. obra de un santo sacerdote, no tenía la fama de aquellas dos antiguas

Los estudiantes seviilanos diferian poco ó
nada de los del resto de España. Los colegiales1 6 sea los que alcanzaban beca, vestían loba fasta el suelo de lmrriel de Ara-

gón enmbidio y beca de gmna momda,
con birrete y calzado negros; los que vivían
fuera del Colegio seguían las mismas costum~
bres y usaban los mismos hábitos que los
demás de España. Con cien ducados vivia
un año un estudiante, y con ciento cincuenta «como un duque» 1 dice el genial au tor de Gt,zmá,i de Alfamcl1e. Sus prendas
de vestir características eran la sotana y el
manteo 1 de donde tomaron el nombre de
mcinteislas, cubriendo la cabeza con el birrete, bonete mits tarde, quedando para los
más desheredados de la fortuna el uso de
una capa corta y goua en vez de birrete, do
donde se derivó ei :1ombre de capir¡o,·,-istas
ó capigorrones, sin que acaso faltase alguno
de aquellos que por calzar zapatos herrados
se conocían con el nombre de calceo {erratas, según nos refiere CobarrLJbias.
ViYían los estudiantes ciudadanos con sus
familias. Los forasteros dividíanse á este respecto en dos bandos: cama,-istas y p!!pilos.
El camarista, unas veces solo, otras en unión
de varios compañeros, ponía casa, y buscaba
para regirla y gobernarla una mujer en el
gremio de las amas de estudiantes, honrada
gentecilla, según el sevillano Mateo Alemán,
liberales y diestras en hurtar, flojas y perezosas para el trabajo, que limpiaban las bolsas como tenian sucias las casas y sisaban
un tercio de cuanto se les daba: si eran viejas, malas; si mozas, peores. El pupilo se
acomodaba en casa de un maestro de pupilos ó pupilero, de quien nos dice el mismo

autor que presidia la mesa sentándo,:;o á la
cabecera, repartía la vianda en los platos sacando la carne a hebras para formar la limitada y sttbtil ración, extendía en las escudillas la menestra de hojas de lechuga y partía el pan por cuidar de:-:.perdicios, dándolo
duro para que se comiese menos.
El can1atista, al fin, aunque le sisase el
ama, podía darse mejor vida. Pero el pupilo
babia de contentarse con tanto gordo de tocino que sólo tenía el nombre; había de sa~
borear cincuenta y cuatro ollas al mes, dos
por dia, excepto los sábados, que se daba el
gustazo de comer mondongo, y había de tener tasadit y esca::;a la ración hasta de fruta,
si bien los pupileros se ju~tificaban con decir que la fruta daba tercianas, y la escaseaban por la salud de los pupilos. Y esto en la
vida ordinaria¡ que en los días de vigilia, las
sardinas al'en;:adas r el pescado que el abad
dejó, según el mismo teslimonio, constituían
la base de su alimentación. La comida de la
noche, ~i este nombre mcrecia, exclama el
propio autor, solia ser una en~alada muy
menuda y bien mezclada con harta verdura
para no perder hoja de rábano ni de cebolla,
con poco aceite y el vinagre aguado; las aceitunas1 acebuchales para que se comiesen
pocas; y el vinoi de la Pasión, esto es, mezcla de hiel y vinagre, dado á gustar en un
dedal para poderlo beber tres veces, amén
de que, corno escribía el toledano Sebastián
de Horozco, al venir de la taberna
viene dos ,·eces aguado
del dueño y del tabernero,
y de~pu~s, mal de su a~rado,
otra vez rebarfüado
del \adrOn de despensero.

Pero aún había vida más infeliz que la do

camaristas y pupilos: la de los desgraciados capigorrones, que habían de aplacar su
hambre en los mits míseros bodegones de la
ciudad, si no tenían un ama de cmnari,c;fas
que, como escribe un clitsico, los trajese en
los aires.

Toda esta multitud tan diversa, tan abigarrada, era una sola cosa sin distinción alguna en trasponiendo aquellos marmolillos do
Maese Rodrigo, distantes alg-o más de cien
pasos de la puerta de Jerez, é inmortalizados
por Cervantes en el Coloquio de los pe,-,-os.
Al entrar en aquella casa se acababan 'las
desigualdades sociales: no había más diferencias que las que el talento y la laudable
emulación del estudio establecían entro los
escolares. Hasta tal punto llegaba la igualdad
e~ lo demás, que uno de los Estatutos mand• que «todos los títulos 6 carlas de gmdos

�436

l'OB !~SOS MU~DOS

sean iguales en eslilo y adornos, sin que en
letras, iluminaciones ni pinluras se pudiese
poner más en unos que en otros., Eran los
estudiante,; los amos de la casa; tomaban
parte en los ejercicios literarios; podian leei·
(explicar que diríamos hoy), cuando quisie!,en, cumpliendo determinados y sencillos

requisitos, y tomaban parle hasta en la elec•
rión de las cátedras . .\si se explica el amor

do aquellos escolares á su alma mate.-.

Entonces, en Sevilla, casi como ahora, y
en el resto de Espall.a, no habia vida rnñs divertida que la del estudiante. Ya lo dijo el
principe de nuestros ingenios por boca de

Beraanza: &lt;{Vida de estudiante sin hambre

r

sin sarna, que es lo mác, que se puede encarecer para decil' que era buena; porque si
la sarna y la hambre no fuesen tan unas con
los estudiantes, en las vidas no habría otra
de más gusto y pasatiempo, porque corren
parejas en ella la virtud r el gu!:lto, y se pasa
la mocedad aprendiendo y holgándose.» Jamás faltaba á los estudiantes entretenimiento, "y de todo mucho», exclama el genial
autor de la Atalaya de la vida humana:
1:los e-¡tudiosos estudiaban donde querían,
que son como las mujeres de la monlalla 1
donde quiera que van llevan su rueca, aun
arando hilan; loii divertidos, harto tenían que
hacer con correr un pastel, rodar un melón,
volar una labia de turrón, dar una matraca,
salir á rotular, gritar una catedra ó levantar
una guerrilla, lodo ullo fuera de la Universidad, sin que en su propio recinto le faltasen
esparcimientos como la fiesta del Obispillo,
llamada de San Nicolás por la fecha en que
se celebraba, y las novatadas.»

:

1,
1

La fiesta del Obispillo se cel~braba desde
remotos tiempos en la Catedral de Sevilla,
• donde el día de los Santos Inocentes y en sus
vísperas, un seise pontificaba; los demás
cantorcicos y los mozos de coro ocupaban
las sillas altas, y los graves prebendados ocupaban las de aquéllos y no se desdefiaban en
desempeñar los oficios humildes y secundarios. Duró con' su primitivo explendor, si
bien con abusos que siempre el tiempo acarrea, hasta que á. principios del siglo XYI,
antes de abrirse la Universidad hispalense,
el arzobispo Fray Diego de Deza la modificó,
y poco á poco fué extinguiéndose, no celebrándose ya en el último tercio de aquel sialo. Mas la fiesta estaba demasiado arraigada
Para que desapareciese, y lo que hizo fué
salir del templo para refugiarSe en los lugares de estudio, y el Colegio catedralicio de
San Miguel y la Universidad de Maese Rodrigo fueron su asilo en Sevilla.

CÓ~IO \'IYiAl'&lt;i LOS ESTUDIANTES SEVILLANOS

Pero esta fiesta del Obispillo, que era ,espectáculo tentador para genio jó\'en,-d1ce
el doelo catedráliro Don Simón de la Rosapues prestábase como ninguna á. la bulla, al
alboroto y á todas aquellas bromas, poco
cultas por cierto, de que tan gustosos fueron
los estola res de an taJlo, y no era cosa de
desperdiciar tan propicia ocasión de divertirse,• esta fiesta del Obispillo, repito, fué
terminanteménle prohibida por los Estcitufos de 1621, imponiéndose diez días de cárcel al Obispillo y á los que le dieran favor,
amén de otras pr.nas. A pesar de esto, siguió
celebrándose, y los abusos llegaron a su colmo: el 5 de Diciembre de 1611 los estudiantes sevillanos eligieron Obispillo á Esteban
Dongo, hijo de un rico genovés; y saliendo á
pasearlo po,· la ciudad, no hubo caballero,
magistrado ó prebendado á quien encontrasen que no lo hiciesen bajar del coche para
besar la mano al Obispillo, ni hubo rencledor ni mujer del pueblo á quien no molestasen; y no contentos con esto, mal"chando
al Corral de la Monterfo, hicieron que la
comedia ya comenz.ada volviese a emper.ar, ,terminaron con una pendencia contra varios
caballeros en la que salieron á relllcir las
dagas y las espadas, mientras la pólvora hizo
sonar los pistoletes. Resultado de todo ello
fué un proceso instruido por la Audiencia,
que prohibió para siempre la celebración de
la fie::.ta, prendió á varios estudiantes multó en una buena suma al padre del Obispillo, porque entonces, como abara, en estos
motines escolares a los pobres padres suele
tocar el pagar los v!drios rotos.
La antigua costumbre de las novatadas
háse perdido, por fortuna, en nuestras Universidades, si bien perdura en algunas escuelas; y digo por fortuna, porque de ella~
llegó a abusarse en grado extraordinario inventándose mil diabluras, entre las que recuerdan nuestros cli.tsicos el meterá. los tWvatos en rueda y sacarlos nevados, darle garrote á las arcas, sacarles la patente y no
dejarles libro seguro en las manos ni manteo
sobre los hombros. Y aunque los Estatutos
prohibían el uso de armas,así ofensivas como
defensivas, ya hemos visto cómo salieron á
relucir en la fiesta del Obispillo de 1641.
Mateo Alemán, bachiller en Artes, nos refiere
cómo las ocultaban para los registros: 1:La
cota entre los colchones, la espada debajo de
la cama, la rodela en la cocina, el broquel
con el tapadero de la tinaja.»

r

La mayor parte de los estudiantes de la
Universidad de. Sevilla eran anda.luce~; ¡rues

aunque la fama de esle cen lro de enseiiania,
superada por Salamanca y Alcalá, atraía á
algunos extraños, era sólo á portugueses del
Sur del reino y á los naturales de las islas
Canarias, que abundan en los registros de
matriculas, sin duda por la proximidad y la
relativa comodidad del viaje; los vizcaínos,
genoveses y de otra$ procedencias, que suelen aparecer en los indicados registros, eran
seguramente hijos'de mercaderes aqui avecindados, de los que ya dijo Cervantes «que
no mostraban su autoridad y riqueza en sus
pel'sonas, sino en las de sus hijos, y como la
ambición y la riqueza muere por manifestarse, revienta por sus hijos y asi los tratan y
autorizan como si fuesen hijos do algún principe, y aún algunos hay que les procuran títulos y ponerles en el pecho la marca que
tanto distingue á la gente principal de la plebeya.» Si queremos saber el concepto que
los estudiantes andaluces merecían, acudamos al autor, quien quiera que él sea, de La
Ua fingid«, que al analizar, por boca de la
señora Claudia de Astiulillo y Qui&gt;1ones,
las condiciones de los diez mil ó doce mil
estudiantes que habitaban en Salamanca,
exclama: «Para los andaluces, hija, hay necesidad de tener quince sentidos, no que
cinco, porque son agudos y perspicaces de ingenio,astutos, sagaces y no nada miserables.»
No había, pues, en Sevilla 1iacionesi como
en otras Universidades más concurridas, en
las que fácilmente venían á las manos en
auxilio de un paisano ofendido 6 ultrajado;
pero esto establecía entre los escolares mas
unión~ mas solidaridad que diríamos hoy, y
también aquí} como en otras ciudades que
tenían Universidad, el terrible grito ¡Aquí
del Est1tdio! proferido por algún escolar al
encontrarse en peligro ó al ser conducido
preso por la justicia, los juntaba a todos;
ocurriendo lo que el Padre Andrés Mendo
nos cuenta de un caso sucedido en Salamanca á mediados del siglo xvu, que el corregidor y caballeros que conducían al estudiante
quedaban hechos unas monas y los ciudadanos que iban cowello::; en oyendo ¡Aquí
del Estudio!,escabullianse diciendo: El clia-

blo que se tome con estudiantes.
Celebraban los escolares de la Universidad de Sevilla otras fiestas mu y típicas y
características de la tierra: corridas de toros,
como las llerndas á cabo en 1617, en la plaza de 1\Iaese Rodrigo, para tomar parte en
una:5 fiesta'!s en honor de la Concepción Inmaculada de .\!aria, v la celebrada en una
piar.a de madera conStrLJida juP.lo a la puerta
tle Triana, en 1692; paseos á caballo con la-

437

cayos vestidos de moros y turcos, como el
de la víspera de la última de las citadas corridas; mascaradas, como la del año 1617
y el Carnaval de 1621; y, por último, fiestas
especiales, como la celebrada en 21 de Abril
de 1789 para honrar la proclamación de
Carlos IV.
En esta fiesta lomaron parte todos los escolares y salió la comitiva del mismo edificio de la Universidad. Formabanla dos carros, el de la Fama y el de la Sabiduría;
varias orquestas, tres danzas, figura:, grotescas, indios y varias comparsas de estudiantes a pié ó á caballo con vistosos trajes; figuras alegóricas,como el Error y su:; secua•
ces Despotismo, Ignorancia, Precipitación

de juicio, Obstinación, Barbarie, Alaa1•f1·
bia, Herejía, lmpiedml y Lujo; la Ve,·dad,
acompañada de 1a Critica, Expe,·iencia.
Ecléctico est1&lt;dio, lnrención, ln¡¡enio, Piedad, Jiistoria, Elocuencic, y Fé católica;
ocho estudiantes representaban la Sabidu-

ría, Teología, Jurisprudencia, Medicina.
Filosofía, Jfotem,íticas, Bellas Arfes é ludusfria. Y lodo ello estaba presidido por el
rector de estudiantes Don Nicolás l\laestre \'
Tous de )!onsalve, precedido de los bedele~
y seguido de varios lacayos. dos caballos de
respeto y una compa1iia de dragones. Tan
extraña comparsa, regida por tres profesore~
á caballo que representaban ser un filósofo,
un jurisconsulto y un teólogo, recorrió gran
parle de la ciudad; y en la pla;::;a de San
Francisco/ en la puetta principal de la santa
iglesia y en el palario arzobü,pal representaron una pieza dramfl.tica los ocho estudiantes que iban en el carro de la Sabiclut~ta, )' en estos tres lugares y ante el alcazar
bailaron las danzas.
Ocurrió en esta fiesta un suceso notable:
el est11diante que representaba la lnt:ención,
que iba vestido de mujer, cayó al suelo al lle•
gar cerca de la Catedral, bien porque el animal que montaba se asustase del extraordinario concurso de gente, ó por otra cam,ai el
escolar quedó rnallrecho y sus adornos sufrieron gran detrimento; pero lo peor foé que
su caída provocó a risa y á burlas a sus
compañeros, y el estudiante, casi un niño,
comprendiendo que las glorias del mundo
Yalian tan poco como aquellas galas con que
tan ufano habia salido a la calle, mudando de intC'nto abandonó los estudios literarios, profei:;ó en un instituto religioso y al
cabo de los afias murió cargado de buenas
obras vistiendo el tosco sayal franchicano.

' Para completar el estudio de la vida escolar ~evi\lana tenemos que acudir U. una fuen-

�138

te preciosa: á los diversos Esta/11/os que
han regido en nuestra Univcrs;dad, de:,de
los q ,e en 1518 hizo el gran bienhechor de
esta Casa, el )laeslro Alonso de Campos,
cumpliendo el encargo y última voluntad ele
l\Jae~e Rodrigo,hasta los que regían en 1768,
cuan&lt;lo se implantó aquí el plan del famoso

Olavide, 61 si mejor so quiere, hasta un poco
antes, h&lt;lsta que lo,;:; ministro:::;-de Cario~ 111,
acabamlo con la autonomía universitaria y
centralizmn&lt;lo la dit·ección de los esludios 1
sumieron á las Univer~idades en una unlfcir-

midad incolora que importa mucho de::;lruir
porque lleva 1 indudablemente, en sus entrallas gérmenes de muerte.

Entre esos Estatutos figuran los que hizo
el licenciado Luis de Paredes y aprobó Felipe IV en lo~ primeros dias de su reinado, el
21 de Abril de 1621, en los que hay un
Titulo enlC'l'0 1 el décimo octavo, dedicado á
tratar De los trajes rle los docto1·es y es!u-

dientes y de la vida y costumbres qne han

1 '

CÚ)IO Yl\'ÍA.1 J.OS ESTUDIANTES StVILLANOS

l'OR E:5OS ~1(.;NDOS

de uuarclar, atento á que deben vivir honesta y pacificamente y St'l' tal su decencia
exterior que por ella se puedan juzgar las
inclinaciones interiores. En c,;te curioso Titulo, después de prohibir a lo~ escolares el
usar de día arcabuz, pistolete, montante,
espada, daga, rodela, broquel, cota, ca::,co ni
otra arma alguna, se les permite t:que si de
noche habían de salir Ue ca~a para alguna necesidad precisa 1 que de otro modo les e.,taba vedado, puedan usarlas guardando las
leyes de estos reinos,&gt;; se les Prohibía acompaliarse &lt;le hombres seglares distraídos, que
llaman t 1alenfones, para causar escíwdalo",
matracas, a!Lorotos y pendencias; se les vedaban las novatadas y el Obispillo y se amenazaba con la pena de diez días Uc cftrcel y
dos ó cualm mil maravedíes de multa,según
los casos, á los doctore;:; 6-estudianle,;;, 6 personas del gremio de esta Universidad, que
tuYieren en sus ca:a-as tablaje público de juego, r á los escolares que acudieran á otras
a jugar; preveníase que los estudiantes no
habían de usar trajes profano:, ni de rolor,
terciopelos, rasos, tafetanes labrados, piezas
de o_ro ó plata en los sombreros, pudiemlo
vestir solo seda 6 tafetó.n Ji-;0 1 gorgoril.n, capichola, filciles y lanilla; por último, secastigaba con pena de die~ días de citrcel el irá
casas de mnjeres enarnoradas, y con la misma pena y dos mil maravedíes de multa el
amancebamiento.
No se crea que estas foeron prevenciones
vanas de una exagerada previsión . Se,·illa
era entónces el centro) refugio y am¡1aro de
toda la gente maleanle de fü;par'ia, y, en hase de Cervantes, ,amparo de pobres y refugio de desechados, que en su grn :tleza no

sólo cabian los µcquello~, pero no se echa~
ban de ver los grandes• . Xue!-tra ciudad,
adeinils, go:,;aba fama de ser lugar apropiado
para la indolencia; Y todo esto y la necc..:;idad de dichas preve'ncione:, está.demoslradu
en El rnfi&lt;í11 dichoso, coipedia del prineipe
de nuestros mgemos, cu ya acción pasa en
gran parte en Se\·illa, cuyo héroe es sevillano y cuyo argumento recogió Cervantes de
la tradición en e.sta ciudad, donde seguramente la escribió: al!í veremos a Cristóbal
de Lugo, estudiante, ciiiendo sobre la media
sotana el bl'O&lt;Jllel y la daga de ga nehos, al'ei·iguanrlo pcnuencias, dando rc,11/alelas 6
rnafrcicasl calcorreando pa~trles, y siendo
selior de lo !JUisaclo) respeto de la hampa y
terror de los rufos; allí veremos á Peralta.
otro estudiante, razonando sobre las mozas
del partido, y á Gilberto jugándose las
n1,ulas, es decir, el libro de texto.

s,,_

***

Ciudad populosísima Sevilla, sobre todo
desde el descubrimiento de América, ;;u Universidad tuvo una mntdcula numero-;a. ¡Qué
concurridos estuvieron, seguramente, aquellos patios de Maese Rodrigo, y cuantos acelerados paseos se clarian por ellos! Que esto
del pasear e;; costumbre anligua &lt;le estudiantes, porque ya Juan de Malara, alumno de
Artes de esta Casa, nos dice que en su tiempo _los de Salamanca paseaban tanto y tan
aprisa que no parci.;e sino que son heridos

del aguijón que dicen es/1·0, ó qne no esfiít1
en s" seso; bien que el docto colector de la
Filosofía i·nlgm· en l'efmnes atribuía esto
al frío, a.;;í como también el patear en las
clases, aun cuando de lo último hace la sal~
vedad de que era tanto para calen/ar los
piés como pal'a qu,e deje de lee/' el lec/o/'.
¡Cuánlas veces resonarian en aquellos
claustros de Santa Maria de Jesús y en las
calles de Sevilla los cánticos escolares, tan
en boga en la Edad Media, y populares aún
en Alemania, sobre asuntos escolares, sobre
el amor y sobre el vino, como el ]fihi est
p1·oposi tum in fabenui mol'i y el Ga,uleamus i9ilur.' De allí, sin duda, (dice el mao.s~
tro Barbieri), ó .de la Ui~iversidad de Parl~,
que tantas relac10nes tema con las alemanas
,~endria á Espaii.a la letra:
'
Ave color vini ciad,
i\ve ~apor sine pari,
l'ua nos inehriari
Dbi;neris po•enlin.
Felix venler quem intrabis
Felix gutur quod rigaLis,
'
O folix os quod lababis
O beata labia (1}.

(1) E-;ta compo!:lición, tan popular en Espan.a, qu~ el
mae:;tro Juan Pouce pu..,u en mú,,:ica en ha~mónieo estilo
~ortesano, se conserva 1 afortanadamen\l', en et magnitico

Las canciones peci...liares de estudiantes
eran antiquísimas en España. Ya Juan Ruiz 1
el famoso arcipre:)te ele Hita, nos dice:
Cantares fu algo.nos de los que dicen ciegos,
Et para escolares que andan nocherniegos,
E para muchos otros por puertas andariegos.

Y en su propio hermosísimo Libro de
Bnen Amo,· insel'ta uno De cómo los escolares rlemcmdan pot Dios:
Seilores dat al escolar
Que vos vien demaudar.
Dat. limosna ó ración
FarC por vos oración ...

Por no alargar dema.siado este trabajo no
hablo de lo que vulgarmente se llamaba la
Tuna., vida holgazana, libre y vagabunda
que llevaban algunos escolares, y muchos
que no lo eran, y se amparaban de su hábito
para correr libremente por campos, pueblos
y ca;;eríos, y de cuyas avt::nturas están llenas las novel"s y libros picarescos de las &lt;lécimosexla y décimoséptima centurias, tales
como la que nos refiere el sevillano Rodrigo
Fernández de Ribera en El ,1[es6n del Mundo de dos estudiantes que se buscaban la
vida corriendo con una sola bolsa, que el
uno perdía y el otro encontraba; llegándose
en esto á tales abusos que Carlos lII tuvo
que dictar la real cédula de 25 de Marzo de
1783 contra los estudiantes, 6 que fingían
serlo, que recorrian las poblaciones so pretexto de demandar limosnas 6 auxilios para
seguir su carrera.
Cancionero musical de los siqlosxv~ y XVI de la Biblio

teca del Real Palacio de Madrid, que transcrito y comen
lado por úon Francisco Asenjo Barbieri, honra de las letras y de !a música españolas, publicó hace a!¡::unos ados
la Real Academia de Bellas Artes lle San F~rnando.

439

Nunca faltan críticos suspicaces que creerán que w p,·ofeso he ido relatando bellaquerías, malas arles y nada laudables costumbres para poner á la grey estudiantil de
los siglos pasados en frente de España y de
todo cuanto ella amaba. Nada más lejos de
mi ánitno: solo me he propuesto referir la
vida de los escolares, y esto más fuera de la
Universidad que ,!entro de ella. Lo que hay
es que la vida ordinaria, ordenada, rayana si
se quiere en la virtud, se desliza mansamente, como el arroyo de cristalinas aguas, sin
ofrecer accidentes que sean de notar; mientras que las pasiones, los vicios, son como el
torrente a\'asallador, que corre poco tiempo
pero en él destruye y deja maltrecho cuanto
encuenlra á su paso, reviste mil formas y
ofrece muchos aspectos diversos que nos impresionan vivamente: la vida de cualquiera
de nuestros santos misticos ofrece menos in terés dramático que la del gran Lope de
Vega, por ejemplo, porque fué un gran poeta, fué un gran creyente, pero fué también
un gran pecador.
Pero no todo era entre aquellos escolares
bullir y divertirse, aunque ello haya sido
siempre propio de los pocos años. Lo principal era el estudio; lo otro era la excepción,
que, como todas, confirma la regl11 general.
Díganlo, sinó, los libros de matrículas de la
Univeriiidad de Sevilla, que son su mayor
timbre de gloria: los nombres de Arias Jlontano, de Juan de Malara, de Juan de Ribera,
de Sebastián de Fox, de Luis Mejías, de Ni colás de Monat·des, de Juan de Salinas, de
Maleo Ale:nán y de otros muchos, pregonan
muy alta su enseñanza, que resiste la competencia con la que se daba en todas las
Universidades tle E-;paña.
JOAQUÍN

HAZAÑAS Y LA RÚA,

Catedrático de Hi!lloria Universal
de la Univer~idatl de Seúlla

�LA CIUDAD ~tÁS A.NTJGUA DEL MUNDO

LA CIUDAD MAS ANTIGUA DEL MUNDO
en unos arenales de la Babilonia
A Central,
región empedrada de ruinas,
LLÁ

inhospitalaria y desierta á causa de su alejamiento del agua, yacen los restos de la
ciudad deBismya. Visitados por muy pocos
exploradores, aquellos que osaron hacerlo
jugáronse locamente la vida, pues no á gran
distancia de las venerables ruinas comienzan
los territorios ocupados por ferocísimas tri~
bus de árabes nómadas.
Entre esos viajeros atrevidos se halló el
doctor Peters, neoyorkino, quien realizando
excavaciones en Nippier d~scubrió en Bismya una tablilla de barro antiquísima.
Algunos exploradores alemanes creen que
la destrucción de dicha ciudad fué contemponi.nea de la civilización de los árabes. Pero, á decir verdad, no solo la edad de las
ruinas, sino la historia de la en tiempos populosa urbe eran un misterio hasta hace pocos meses.
En el otoño de 1900 se solicitó autorización de la Sublime Puerta para excavar la
vieja ciudad babilónica de Ur; pero el permiso fué negado. Igual suerte corrió otra
nueva autorización demandada con objeto
de practicar excavaciones en diversos puntos de aquella tierra bíblica, basta que en
1903 una escuadra norteamericana, fondeada en aguas turcas, logró del Gobierno imperial un irciclé favorable á la exploración
de Bismya.
Larga jornada de un mes por el desierto
que lleva á Bagdad, y otro viaje de UJ)a semana hacia el Sur de Babilonia, me llevaron
á Bismya, en compailía de un funcionario
turco ba~tante intrigantuelo (á quien se había ordenado crearme todo género de obstáculos), y de hasta media docena de servidores indigena!-l, tan merecedores de confiamm
como el funcionario de marras.
Dióse principio á los trabajos de excavación el día de Navidad de 1903. La primera
vista de las ruína,s fué descorazonante. Llegué it senlir el temor de que los restos aquellos no datasen de gran antigüedad al ad-

vertir su escasa elevación sobre Ja superficie del suelo: ni en los trozos mejor conservados excedia dicha altura de doce metrol:i.
Constituían las ruinas una serie de montículos paralelos, de 1.600 metros de longitud por 800 de anchura, interceptados en
su centro por el cauce de un antiO'uo canal
que debió separar la población en dos partes
casi iguales.
Examinando la superficie de una de esas
ligeras elevaciones del suelo babilónico puede llegar el arqueólogo á deducir con bastante aproximación la antigüedad y la naturaleza de lo que mas tarde ha de exhumar
la piqueta. La mayoría de ar¡uellas ruinas
están sembradas de fragmentos cerámicos,
utilísimos auxiliares de la investigación científica. Porque si entre los fragmentos de referencia aparecen muestras de barro ó loza
vidriadas, bien cabe asegurar que, por lo
menos, la superficie de las ruinas no data, ni
mucho menos, de los tiempos bíblicos, mientras que un pedazo de piedra pulimentada,
un utensilio de pedernal ó un trozo de ladrillo cilíndrico, son señales de rernotisima
antigüedad.
Estos últimos vestigios abundaban en las
ruinas superficiales d P, Bismya, desvaneciendo ello mis temores respecto á una menor vejez do aquellos restos.
Proseguidos los trabajo.s, logramos poner
al descubierto las ruinas del templo más antiguo del mundo. Estudiando los muros del
edificio con el mayor delenimiento adverti
en la primera hilada de ladrillos aireada por
los obreros, repetidas inscripciones con e 1
nombre del rey Du,ngi, cuyo reinado corresponde al afio 27ó0 &amp;ntes de Jesucristo. Otra
excavación más profunda me permitió leer
en los materiales de construcción el nombre
de U,· Gur, monarca reinante 2.:300 aiios
antes de la Era Cristiana. ,lfás hondo todavía
salió á luz una abollada moneda de oro de
los tiempos d e NMam Lin (3750 afios
antes de Jesucri,;to), y á poco trecho comen•
zaron a apan~cer graneles ladrillo,; ruadrn&lt;lo!!

de la época de Sargon, probablemente el
primero de los reyes semilicos de Babilonia,
y de quien se sabe que rigió los destinos de
aquel país 3800 afios con anterioridad á la
venida del Salvador.
De modo que una excavaúlón de metro y
medio bajo los ladrillos de Duogi me revelaba importantes edificaciones comprendiendo un periodo de mil años: desde el 3750
hasta el 3800. Y aún me restaban por explorar rná~ de once metros rie profundidad para
llegar al fondo de artuellas civilizaciones sepultas.
En los sucesivos trabajos descubrí nuevas
clases de ladrillos, y a dos metros y medio
de la superficie dimos cofí ancho basamento
de ladrillos plano-convexos, material deconstrucción característico de las edificaciones
correspondientes al año 4500 antes de la
Era Cristiana. Mezclábanse con los restos del
basamento y con no corta cantidad de tierra
seca, ladrillos desmenuzados, ceniza y troios
de vasijas formando varias caµas de extraordinario grosor, numerosas columnas gr¡miticas. A una profundidad de cinco metros y
medio fué descubierto un hermoso unicornio
de bronce; a la de ocho metros y medio, dos
grandes urnas cinerarias, y á la de catorce
metros, ó sea al mismo nivel del desierto, incontables vasijas de barro cocido, algunas de elegante facturn, y todas ó casi todas
en estado fragmentario.
Nos encontrñbamos ya en el principio histórico de aquel rincón de humanidad. Era el
momento de calcular su vejez. Si los dos
metros y medio excavados á partir de la
cúspide representaban el periodo de 4500 á
2750 años antes de Jesucristo, ¿qué antigüedad podia asignarse a los reatan tes once metros de ruinas( Bien cabria sospeehar que los
primeros mesopotamios establecidos en la
llanura y que elaboraron a torno los graciosos cachorros ahora descubiertos por la ciencia arqueológica, vivieron ha unos diez mil
años, ó quizAs antes. ¡Tan considerable era
la vetustez de aquellos restos diputados por
no:5otros como relativamente modernos!
Se supondrli, con fundamento, que en una
ruina tan remota habian de abundar los objetos desconocidos para el arqueólogo. Bism ya, y en particular su tiempo, fué para
nosotros un manantial inagotable de tesoros
artísticos. Entre los escombros varias veces
milenarios encontramos, á los primeros golpes de zapa, la cabeza de una pequeña estatua de alabastro: la cara es larga y angulosa; hállase oculto el mentón por puntiaguda
barba; la nari;1, es acentuaclamente semítica, y en cuanto a la bóveda craneana encuéntrase cubierta por redondo casquete.

4.1-1

El hallazgo escultórico reviste excepcional
importancia en cuanto se trata de un tipo
de cabeza nuevo en absoluto para el investigador de antigüedades babilónicas, y cuyo
origen datara acaso del a,lo 3800 antes ele
nuestra Era, ó sea en la época de instalar.se
los semitas por primera vez en las llanura~
de Mesopotamia.
Al anterior descubrimiento siguió el de una
ánfora de azurita, también única en el mundo, ·sobre CU\"a panza cinceló el artista algunas figurillas grotescas y generosamente narigudas, precedidas por dos tañedores
de arpa. Sin duda alguna, tanto los traje,;
como la joyeria usada por los de la comitiva, r aún la arboleda que sirve de fondo á la
escena, estuvieron primitivamente hechos
con incrustaciones, pero en la actualidad no
resta de ese trabajo sino un fragmento de
marfil y otros pasos de lapizlázuli.
Al remover el suelo junto al ara de que
antes dimos cuenta, d1iscubrimoa; lo que pudiéramos llamar el basurero del templo. Era
un montón informe de cacharros destroiado~, entre los cuales abundaban las cestillas
&lt;le marmol y los vasos de alabaRtro, onix y
pórfido. Contados eran los sanos, pero entre
estos y los menos rotos conseguí reconstruir
algunas inscripciones de carácter sumamente arcaico, y que pueden pre!'itar grandes
servicios a la histoda de aquellas lejanas
sociudade~ humanas.
Buscando aún más, con paciencia incansable, tropecé con una concha marina transformada por la industriosidad de los sacerdotes del templo en perfecta láín para sagrada. Observaré, á este propósito, que las conchas marinas fueron los primeros aparato;;
de alumbrado existente en el mundo. Esto le
constaba ya al arqueólogo desde que visitó
las cavernas habitadas por el hombre troglodita. Ahora tiene la seguridad de que esa
lámpara rudimentaria, copiada por los hebl'eos y los griegos, fué la madre de la elegante lámpara moderna.
Y vamos con lo más saliente de todos mis
hallazgos. Hallábame una tarde dirigiendo
las excavaciones inmediatas al templo. Acababan de quedar al descubierto unos pasadizos subterráneos destinados, sin duda, a
las secretas idas v venidas de los sacerdotes, cuando llamó mi atención cierta sei'ia
hecha por el obrero más próximo.La manaza
negra y encallecida del árabe se tendía, resuelta, hácia un trozo de mármol blanco que
sobresalia de la tierra. Sospechando algo
importante, aleje á los trabajadores, y, piqueta en mano, cavé una y otra hora ha~la
sacar á luz la estátua más extraüa de este
Yiejo planeta.

�I'OR ESOS l\lU:-iUOS

Yacía tumbada &lt;le espaldas y á cosa de un
metro del ara de ladrillo. Faltábanle casi todos los dedos de los piés, y la cabeza. Esta
última la encontré un mes más tarde asesenta metros del templo. Restaurada y limpia,
fuéme fácil descifrar la inscripción grabada
en el hombro i7,quierdo de la escultura. Estaba en posesión de la decana de las estátuas: ninguna tle las descubiertas basta ahora podía competir con ella. si no en hermosura, ru lo relativo á antigüedad. ¡Qué repre•
sentaba ya la Venus de ,tilo junto á esta escultura :-.ernitica tallada 4500 años antes de
nacer el Redentor? Porque, en efecto, la inscripción era terminante: ella me informaba
de eslos extremos intere.,;antfaimos: el templo se babia llamado de Emach, la urbe había sido denominada Udnum, y la estátua
había perpetuado los rasgos fisicos y la escasa indumentaria del rey Da11d ó David, un
monarca hebreo, señor de ~le::;opotamia hace
sesenta y cinco siglos ... ¡Arer, como quien
dice!
Las excavaciones en las capas superiores
de la colina ~agrada no sirvieron sino µara
in:;truirme .-;obre la evolución del ladrillo.
Pertenecían los primeramen le hallados al
tipo rudimentario de ladrillo desecado al sol,
resullando evidentis_imo que los ladrillos cocidos al horno no empezaron á usarse hasta
el aüo4500,según rezan las inscripciones estar:npadas en los mismos. Los primitivos ladnllos, de forma plano-convexa (planos en
una de. sus caras y convexos en la opuesta),
aparecieron colocado~ de canto y fuertemente unidos por capas de barro ó de asfalto. Carecían todos ellos de inscripción indicadora ~o su antigüedad. Esto se debe a que
los ladnllos empleados en sus construcciones por los remotisimos antepasados del
buen Salomón no llevaban otra marca de
fábrica que la huella del dedo pulgar de los
monarcas. Era este un privilegio de la realeza, por el que acaso cobraban un tributo, Y
así siguió la co.slumbre hasta el año 3800,
cuando el rey Sargon adoptó el ladrillo plano
por ambas caras, usado hasta la caída del
imperio babilónico 1 y el primero en ostentar
inscripciones recordatorias. Las ruinas de
Bism ya me prOporcionaron tres ladrillos
completos con el sello real de Nararn Lin
hijo de Sargon, y fundador del templo de
diosa lchtar. La colección de ladrillos enteros, cuarenta en junto, además de mostrar la
historia de ese material de construcción, proporciona al arqueólogo indicaciones utilísimas para la cronologia de las primilivas ruinas babilónica~, permitiéndole fijar su fecha
de una sola ojeada.
Durante mucho tiempo se ha venido ere-

¡¡

yendo que los primeros pobladores de )!esopolamia cremaban sus muertos, pues aunque
han sido descubiertas en Babilonia numerosas sepulturas, datan todas del ocaso del Imperio. Rebuscando en el extremo Sur del
templo de Bismya, descubrí una cámara
oval, cubierta en tiempos por vasta cúpula;
En uno de sus lados erguiase un ara circular de dos metros de diámetro con una fosa
de metro y medio de profundidad abierta á
escasa distancia. Extraída la tierra de esta
cavidad hallamos una capa bastante gruesa
de cenizas humanas, mezcladas con arena.
Las huellas de humo en la pared vecina y
lac; evidentes señales de intenso calor apreciables en los ladrillos probaban suficientemente que nos hallábamos en presencia de
un horno crematorio.
Las excavaciones de Bism ya nos hablan
por vez primera de la vida de los babilonios
hace 6000 años. La estátua de David sirve
para hacernos saber que el soberano tenia
limpiamente rasuradas cara y cabeza, que
todo su alavío régio hallábase reducido á
una falda corta ó taparrabos largo, y que
andaba con los piés descalzos. El templo nos
dice que e:n aquella religión extremadamente rilualista menudeaban las ofomdas á dio~
ses y diosas, que los reyes muertos eran
deificados, y que, por último, la cremación
de los c.adáveres en el templo estaba quizás
cooRiderada como un rito religioso.
Ilácia los extremos occidentales de las
ruinas poco es lo que se ha salvado de la
acción de los siglos: los cimientos, y algunos
corroídos utensilios caseros. No obstante, por
esos vestigio~ escasisimos deducimos la disposición arquitectónica de aquellas viviendas. Simplicísimas de planta, no poseían
sino una estancia, á la que daba luz una
claraboya situada encima de la puerta. El
suelo, á tierra desnuda y apisonada, presenta en algunas casas una cavidad central has•
tante profunda, cuya aplicación más proba.
ble sería la de algibe. Es· curioso observar
que, en muchos de esos edificios, existe un
bien entendido sistema de conduccior;es Je
aguas fecales, hablando esto en elogio de las
prácticas higiénicas de los mesopotamios:
dichas aguas_ no vertían a! exterior de las
casas yendo á parar á mitad del arroyo,
como ocurre en numerosas ciudades orientales; por el contrario, tuberías verticales de
tejas bajaban hasta el suelo del desierto, cuyas cálidas arenas absorbían los repugnan tes
detritus. También es probable que ese sis•
tema de alcantarillado, seis veces milenario,
terminase en el canal de Bism ya, ya a c,ran
distancia de la población.
•
En utensilios caserns no fueron muy pró-

443

:'tIEBLA Y ~OST.\LGIA

digas las excavaciones. Solo pudimos encontrar un par ele docenas de ollas de piedra,
hachas y morteros de pedernal, agujas y cuchillos de bronce, tan oxidados que apenas
conservaban un recuerdo de su forma primitiva,)" algunos objetos más,de escaso interés
arqueológico. El hallazgo accidental de un
pequetio bajo-relieve de barro cocido indica
la tendencia de aquel pueblo á decorar el
intedor de las habitaciones, así como la
aparición de peque11as figurillas de barro,
probablemente dioses lares, hablan de la
piedad de los mesopotamios.
En cuanto sí éstos sabían ó nó el arte
de la escritura, no podemos menos de pronunciarnos por la afirmativa en vista de las
Ya riada: muestras de tablillas de barro, grabadas con estilo, que descubrimos en las inYestigaciones. Por si no fuera bastante lo ya
dicho en este articulo acerca de la remolisinw. vrjez. de muchas cosas consideradas relativamente modernas, 110 aquí los resultados de una observación que corrobora la
verdad del Nihil no·vum: curioseando las
tablillas de barro, descubrí que eran verdaderas misivas particulares resguardadas por
otras tablilla~ limpias de escritura 1 ósea por
algo muy semejante en principio al sobre
poí-tal moderno.
Que los babilonios eran pueblos eminentemente guen-eros lo patentiza el hecho de

ser casi todos los objetos de bronce halla•
dos en las casas puntas de lanzas ó de fle-cbas. Cerca de lo que debieron ser las murallas fortificadas de Udnun, advertí huellas
de grandes combates. En el foso exterior babia hacinados varios millares de pelotas de
piedra, proyectil usado por los honderos mesopotamios. La situación de.los proyectiles
dejaba adivinar que debieron ser lanzados
sobre los hubitantes de la ciudad por un
ejército sitiador, aunque muchos de ellos,
luego de rebotar en las murallas, fueron a
caer en el segundo foso.
Nada puede decirse sobre la fecha de este
asedio prehislórico. Hemos de contentarnos
con suponer sus resultados. Seguramente,
Udnun cayó en poder de sus sitiadores; el
templo íué saqueado, quedaron sin cabeza
las estatuas y rotos los pedestales; quizás el
incendio coronó la obra de destrucción. El
final de aquel pueblo no pudo diferenciarse
del que tienen generalmente las ciudades
orientales modernas cuando sopla sobre
ellas el aliento de la guerra. Dcsvanecióse la
prosperidad de Udnun, pereció su civilización y pasaron lentamente sobre las desmoronadas piedras las decenas de centurias,
hasta el año 3800 antes de Jesucristo en que
el rey Sargón, acaso uno de los primeros
monarcas semitas de Mesopotamia, fundó
otra ciudad sobre los restos de la antigua.

EoaAR J. BANKS

NIEBLA Y NOSTALGIA
Dentro el amor aquel ya nada late,
pues en mi exhausto coraión romero
cayó toda la niebla del sendero
y la nostalgia toda del combate.

Y en vano tus promesas su acicale
hincan en mis memorias de viajero
y muestran a mis ojos de extranjero
algo que el rumbo de sus sueños ate.
No, pues, consumas tu e~peranza castn 1
ni el trUgico reproche del gemido
en llamarme á la lucha, que rechazo.
Que en mi tedio ideal, solo me basta
la gloria de pensar que me has tenido
como a dulce enfermito en tu regazo.
CONSTANTINO OBANDO ESPINOSA

�EL SPORT Al:.HO:ff,\.TICO

LA COPA GORDON-BENNETT

EL S P ORT AEROSTÁTICO

EL. tanacontecimiento
dP.portivo mUs importe de cuantos han tenido efecto en
los tiempos actuale:; fué, sin duda aluuna el
concur.-;o aerostático internacional reÍebr~do
en París el 30 de Septiembre de 1006 en
el que habia de ser disputada la Copa Gordon-Bennett.
Pué:Jese. con:::iderar dicho concurso algo
muy ~uperior, desde todo:-s los puntos de vista, a las carreras de caballos regata~ compe.lenci_as atléticas, corridas d~ toros 'f fiestas ~nalogas. La prueba aerostiltica de refer~ncia era, en efecto, la lucha por la victor1~. ~n nn s11ort no.bl_e y estético; lucha que
ex1gia extrema penc~a y valor á toda prueb~, que llernba consigo el rie~go dr ,·arias
v~das, Y que tenia ámplio caracter internacwna_l, toda vez que los dicciseis aerostatos
1n,;cr1ptos procedían de siete orandes Eitai~o.-.. ~n la :-iguiente ·proporció~1: Jnolaterra
hat!c_ia, ,\len~ania y E.-,pa1ia, tres c;da uan;
Am 'rJ~a del Norte, dos; Italia y Bélgica, uno.
_.lamas ~e ha reunido en ningún lugar pú~
bhco del mundo tan enorme aglomeración de
espectadores como la congre.~ada aquel día
e.n. Ja Pla:.:::a de la Concordia, los Carnpo:'.i
l·.hseos..Y pa,;;ajes in~ediatos de Pari:-, cuya
poblaciou puede decirse que presenciaba en
masa. la a-;censión, ya desde la calle) ya desde .teJa&lt;los y awtea:-. Xo eran pocos lo:S entusia.stas que pagaban desde medio franco a
u~ napoleón por ~cupar un buen puesto,
m~entra~ otros do(;rientos mil ó t¡-escientos
mil cur10sos se situaban dondr? podian, dispuestos todos á no perder drt:dle ele I" prueba. D1?~mos _de pasada que los concursos
a~r?-.tahcos tienen esa ventaja: la de ser
v1~1ble para todo.::; los espectadores el CJ~
mienzo de la fiesta.
l\"FUCJÓN DE LOS AEROSTATOS.-33.333
"IETROS CÚBICOS DE GAS

La hora señalada para la partida del primer globo era la de las cualro de la tarde.

No obstante, desde Jas primeras hQ!'as de la
ma~ia~1a habiase rci.:ni&lt;lo en el sitio del aconlecimumto gran muchedumbre do cul'io~os,
que ~vidos de seguir los preparativos del lan•
za!11iento no apartaban la vista de los dieci•
sets globos contemplando con creciente iuterés la lenta dilalación de los mónstruo!-,;.
Estos crecían minuto por minuto, ha~ta efe.
varse sobre las capas de los 'árboles, primero,. Y luego sobre las techumbres de los edificios cercanos. Doce de lo.; aer&amp;statos alcanzaban el máximun de capacidad fijado por
el reglamento, ó sea unos 79. 700 piés cúbicos de gas. El Tn·o Americas, de SantosDu~ont era algo má.-; pequello, puesto que
cubicaba 76.000 piés cúbicos; el Uniter/
8/ales, del_ teniente Lahm, también inferior,
media 73.oOO piés cúbicos· el del italiano
~'"on,~·iller {Unico Ue los ae1'.ostatos de 8 eda
mscnplOi _1, (i5.350 pies cúbicos y, por último, el del alemán Scherle, considerado el
mas pequefio del concurso, 53.000 piés cúbicos. Recordemos a este propósito que cuanto
mayor es un globo mas cantidad de lastrr,
puede conducir á bordo y más larga la carrera que debe efeJtuar. En cuanto á la car~e:a Gordon-Bennett, aüadiremo!: que, oroh1b1do reglamentariamente el empleo dei hidró~en~, fueron llenados los globos con ~as
ordmari? de alumbrado, usándose para las
condurr1or~es tub&lt;;rias especiales. La cantidad req11cr1cla de cl1cho gas ascendió á 33.333
metros ei'1hicos.
.No obstante el enorme interés despertado
por este concunw hubo &lt;'arencia casi absoluta de apuestas. Debióse ello en parte á que
la novedad y srng:ular1rlad del acontC'rimien~o detenui,~ab.au la. incertidumbre, y en otra
a que el _P?-bhc?, :-iendo francé:-;) experiment~ba_ &lt;lPc·11hda :-;1mpatía hacia sus pilotos. No
s1gmficaba ~sto ~olamente una expresión del
org-ullo nacional: es que F'rnncia pur-de ufanarse con el título de cuna de la aero~tación
Y á mayor abundamiento, todo el mund¿
sabe la :-upremacia de los aeronautas fran•

-ceses por su práctica y pericia: el conde
Henry de La VauLx, uno &lt;le los tres competidores france::;es en aquella ocasión, había
batido en Rui:;ia los records universales de
distancia (2.200 kilómetros) y de duración
manteniéndose en los aires durante cuarenta
y ocho horas; el segundo competidor francés. conde Castillon de Saint-Víctor, tenia
-0n su haber de aeronauta la cnrrern ParisSuecia, más catorce primeros premios en
otros tantos concursos; el tercero, Jacques
Balsan, contaba en su activo un viaje de
1.200 kilómetros y el 1·econl francés de altura: unos 8.500 metros. El trio era, en
verdad, temible, predominando la opinión
de que ]a victoria seria para Francia, y La
Yaulx su conquistador.
EL GLOBO DIRIGIBLE DE SANTOS·DlThlONT

Grande era la curiosidad despertadaen el
público por un extrailo aparato suspen..iido
del globo perteneciente á Santos-Dumont, y
que consistia en un motor de seis caballos
de fuerza destinado á poner en acción dos
hélices horizontales con cuyo auxilio podría
'maniobrar el aeronatna sin pérdida de lastre. Este globo era el único maniobrable inscripto en el concurso. Santos-Dumont, aun•
que brasileüo de nacionalidad, se presentaba
por el Aero Club de América, ti. causa de
no poseer el Brasil agrupación aeronautica
y teniendo en cuenta el reducido número de
.competidores norteamericanos en la prueba
Gordon-Bennett. No se había inscripto, en
efecto, sino un aeronauta de dicha nacionali•
dad, á pesar de concedérsele tres puestos il
los Estados Unidos: llamábase ese representante Frank P. Lahm y era teniente de caballería, poseyendo breve historia aeronáutica:
catorce ascensiones, efectuadas en su mayoria con escasü:.ima preparación. Sabia!..e,
pues, muy poco ó casi nada de Lahm. Ningún competidor le tenía por adversario serio¡ aún su misma participación en el concurso se verificaba de un modo casual, como
luego veremos.
Conforme iba acercándose Ja hora de la
partida, crecía la impaciencia de los espectadores. Millares de ansiosas miradas se fijaban en la marcha de las nubes, que no podía ser má:-i desfavorable: las obscuras ma•
::,as gaseosas eran erupujadas por el viento
hácia el Oeste, ó sea con dirección al mar.
Cada cinco minutos se elevaban globos-sondas, interroga.dores y grote:::;cos en sus múltiples formas fantélsticas ó zoológicas. El
buen pueblo reía contemplado á los exploradores del aire, y estos, trai:; de e levarse
unos cientos de metros, avanzabal\ casi hori-

zontalmentc y desaparecían por el Oeste.
Ilabia, pues, que augurar pésimamente del
conc111·so Gordon-Bennett.Obligados los aeronautas a tomar tierra en las ol'illas del AlliLntico, la carrera perdería todo su interés, todo
su lucimiento. Durante las últimas horas se
('ntretuvo al público, impacientisimo, con el
alegre sonar de las bandas militares y ccn
la suelta de palomas. Una de estas, luego de
revolotear varios minutos en torno de los
aerostato~, fué á posarse sobre el dirigible de
Santos-Dumont. El brasileiio tuvo esto por
excelente vaticinio y ordenó il un fotógrafo
que sacase una instantánea del episodio.

cforn

SE EFECTUÓ LA PARTIDA

A las cuatro en punto de la tarde oyóse
ei pl'imer Lachez to1tt! órden que traducida
literalmente )-:ignifica: ¡Soltad amarras!
El hermoso globo de Vonwiller, Elfe, empezó á elevarse lentamente, entre las ucla•
maciones de la multitud. Veíase al piloto
italiano saludar con graciosa sonrisa á los
especta&lt;lores. Luego, y al llegar el aerostato
á cierta altura, se observó que Vonwiller dedicaba toda su atención al estatóscopo. El
E/fe, arrastrado por la brisa, tomó rumbo
Oeste cruzando por encima de la Plaza de la
Concordia.
Cinco minutos mas tarde ascendia otro
globo: una enorme esfera de color amari liento y de aspecto más gracioso que la geP..".}ralidad do los aernstatos franceses. Era el
Diisselclorf, pilotado por el capitán llugo
van Abercron, uno de los campeone:, germanos, con más de setenta ascensiones en su
carrera aereonáutica.
Transcurrieron otros cinco minutos, y comenzó á remontarse entre vítores y aplausos
el Walhalla, del conde La Vaulx. Este, confiado y satisfecho, saludaba á la muchedumbre asomándose repetidas veces á la barquilla.
Partió inmediatamente el espaiiol Sr. llerrera, teniente de in~Pnieros y atrevidisimo
piloto de quien t-e dice que rivaliza en
valor r.on su malogrado colega Fernández
Duro, habiendo cruzado el Mediterráneo en
una de sus ascensiones: la efectuada de Bar•
celona á Salce,.
Si~uió al globo &lt;le Herrera el Bl'itcmnia,
del inglés Roll, que se distinguía de lo_s
demás por su forma de mo11tgolfie,., hoy
desaparecido de la aerostación deportiva ó
científica. El Britannia le fué á los alcances
al semi-dirigible de Sanlos-Dumont, eleván~
dose entre salYas de aplausos y zumbidos
de propulsores en movimiento.
Tocóle rl duodécimo lugar a I Unitea

�44.6

EL H'llllT AERO~TATICO

POH ESOS )lU\DOS

Sta/es, de_l teniente Lahm. El público miraba con simpatía la imberbe figurn del nortea:ncricano, qui en ascendió velozmP.nte
aleJán_do_se en la dirección del Longchamps.
El ultimo globo fué el Zephy,·, pilotado
por Huntmgton, profesor de meteoroiooía del
King's Oollege, de Lóndres.
º
. Ocultós~ el sol tras de la masa de vegetación de Samt-Cloud, y casi al propio tiempo
el_ astro de la noche comenzó á difundir sus
pahdos rayos por el firmamento azul.
EPISODIOS DEL VIAJE DE LAHM

Cada uno de los dieciseis pilotos llevaba
rons1go su aux1l_1ar correspondiente, simple
amateur, profesional 6 medio profe..;ioual.

Por lo que se. refiere á Lahm, esto del ayudante pro~orc10nó un disgusto al aeronauta
º?rteam~r1cano, pues á última hora tuvo á
b~en retirarse el auxiliar francés que se ha-

lua comprometido á acompañarle. Afortunadamente, el comandante de ,·our¡h-,·frlers
llenry B. Ilersey, compaiiern de Walter \Vell'.
man f _recién llegado á Paris de su primera
e.xped1c16n árhca, se encontraba por casuahdact en los lugares de la ascensión. Enterado de lo que ocurría á Lahm, preauntóse
como ayudante voluntario. Debe advertirse
que H~rsey no era un turista vulgar; por el
C?ntrar10, se trataba de un hombre familiarizad? con la ciencia meteorológica, por haber sido durante algunos años funciOP!\rio
del Departamento correspondiente &lt;le Washmgt~n. En to&lt;la Europa hubiese encontrado
el te1~1ente Lahm un aco1;1pañante mejor.
. -c,De modo. que no Llene usted inconvemente en Y~mr ['Onmigo?-le preguntó el
a~ronauta, sm querer dar crédito á sus
01dos.
. -Por el contrario, le acompañaré gustosís1mo,:---contestó Hersey-siempre que me
permita usted ir al Hotel Continental en
busca de mi gaban.
. Y sin _más ~reparativos, subió el exjefe de
'ongh-r1'lers a la barquilla, dando princip1?, serenamente, á la carrera aeronáutica
mas respetable de cuantas hasta la fecha se
han ven~cado; Digamo3 ahora quión era
Lahm, que hacia en París, y cómo llegó á ser
aeronáuta.
Fran_k P. Lahm contaba á la sazón veintio_cbo anos de edad. Las aficiones aeronáuticas habialas heredado de su padre, experto
balloomst. Residiendo éste en París á tiempo de c~nvocarse el concurso Gordon-Bennett, no titubeó en inscribirse, aún encon~
trandose bastante enfermo, por aquello de
no. c!sJar sm representación á los Estados
Umdos de :-!arte-América. A decir verdad,

~n. dicha fecha Lahm y su hijo eran los dos
1~n~eos norteamericanos en aptitud de p1r•
lic1par de la prueba, con arreglo á las bases
de la Ael'o Fedemtio11; solo ellos contaban
el ~1úmero do asr,ensiones exigidas para ser
calificados como pilotos aéi'eos.
Tal era la siluitción pocas semanas antes
del concurso: de una parte,el viejo Lahm no
m~y Pn condiciones para someter:,c á 'la,;
fatigas de una. larga jorn.ada en globo; y de
otra,el Lahm Jóven retenido en América por
sus deberes militares.
Llegó el mes de Julio de 1906. Por un
a~ar afortunado, el teniente recibió órden de
d1rig~rse á .Francia con objeto de praclicar
un ano en el famoso colegio de caballería de
Saum~r. _No teniendo precisión de incorporar~e a dicho centro hasta los comienzos de
~ctubre, esto es, con dos meses de prepara•
c1ón por delante, resolvió Lahm ocupar el
puesto de su padre y disputar la copa á los
aer?nauta~ ?xlranjeros. A fin de entrenarse,
y sm perJmcio de conversar á tedas hora$
con el veterano Lahm acerca de la aerosla•
c~ón, efectuó ocho ascensiones preparato71as. Siguiendo punto por punto los canse•
JOS _del maestro, estudió durante esos ocho
v!aJes las cartas ~arométricas, aprendió difiCiles t~e~as. rtlahvas al manejo del lastre, v
se fam1hamó en absoluto con el gran arte de
~antener un aerostato en equilibrio, esto es,
m muy alto ni muy bajo, á fin de que la
marc~a se ver1fique en línea recta, ó al me•
nos sin gran número de zig-zags. Digamos
de pas~da que esa pericia, absolutamente
n~cesaria al aeronauta si ha de aspirar al
trmnfo en una carrera, la poseía ya Lahm y
de ello se ufanaba abiertamente su padre.'
A decir verdad, los Lahm han nacido aeronautas. Ambos carecen de nervios· son
~ar consecL1encia, incon_movibles ante
pe~
ltgro, y poseeu un sentido natural admirable del equi\ibl·io. Esto les advierte el momento preciso en que debe aligerarse de
lastre al globo y qué cantidad ha d ~ ser arroJada para meJor conseguir los fines propuestos, aunque ~sa cantidad_ haya de ser graduad~ á punados. SemeJante instinto del
eqmhbr10, una de las cualidades más preciosas del navegante aéreo, la poseía el jóven
Lahm_ en grado superlativo. En cuanto á su
seremdad, ya habia podido apreciarla el vie)~ aeronauta algunos años antes cuando se
hizo acompañar ~el intrépido ;prendiz en
una de sus ascensiones. Padre é hijo se reman t~ron una noche sobre París, siendo sorprenchdos en los aires por una violentisima
tormenta. No había más relnJ)dio que huir
de ella, descendiendo á tierra ó elevánd.ose
mucho más. Y esto último fué lo que hicie_

;l

ron los aeronautas. A la una del día siguiente se encontraban á 3.318 metros sobre el
suelo, calados hasta los huesos y 8in saber
cuál era su exacta posición. Aquel viaje fué,
según confesó después ~l viejo Lahm. uno
de los más fatigosos y de mayor peligro rea1izados en su carrera. Sin embargo, el principiante Lahm permaneció durante la entera
jornada en absoluto tronquilo y satisfecho.
Sobre esa ecuanimidad de espíritu, Lahm
era el tipo acabado del hombre deportivo.,
Su resistencia física parecía la del que durante muchos años ha pasado varias horas
al día practicando la equitación y la esgrima.
Dicho lo que precede respecto al mantenedor del pabellón norteamericano en el
concurso Gordon-Bennett, volvamos á encontrarle en los momentos de ir, rumbo al
Oeste, consultando el mapa del Noroeste de
Francia. El United States cruzaba en aquellos momentos la pintoresca Normandfa. Los
demas globos, di$tanciados entre sí corno
cosa de un par de kilómetros, cruzaban sobre
el valle del Senaj seguramente, los corazones
de sus treinta y dos pilotos rebosaban de
esperanza y de ardiente entusiasmo. Porque,
en verdad, merecía la lucha toda clase de
esfuerzos: no solo se disputaban el laurel de
la gloria ante los ojos del mundo entero; babia en la obtención del triunfo algo de mayor
substancia: la copa de oro ofrecida por Gordon-Bennett, evaluada en 2.500 dollal'S, la
valiosisima del Gaulois cen destino al mejor
aeronauta francés, la copa Gould para el
triunfador británico, y, por último, un premio metálico consistente en 2.500 dolla,•s
con que acompañaba su copa Gordon-Bennett. Sobre esto, babia de percibir el victorioso un tanto por ciento de lo ingree.ado en
las taquillas de las Tullerias. Poseía, pues,
la carrera, interés extraordinario. La quiebra estaba en el mar. Y hácia él se dirigían,
impulsados por el viento los dieciseis competidores.
·
Esta contingencia del_ mar, con sus furores
y perfidias, es la gran preocupación del aer:mauta. Desde muchos meses antes de efec~
tuarse la ascensión establécense sus condiciones y se hacen los preparativos, sin que
se sepa en qué dirección va a empujar el
viento á los aeronautas. La incertidumbre
del rumbo hacia que nuestros treinta y dos
expedicionarios se abandonasen en brazos de
la conjetura, aún en el mismo segundo de
poner el pié en la barquilla. Quién suponía
el descenso en los soleados viñedos de la
Italia meridional; quién en los bosques de
Noruega, y quién, por último, en los plowizos mares de Albión. Lahrn, por ejemplo, se
babia provisto de un pesado gabanote, que

4t7

no llegó a ponerse durante la travesía, y de
cierta !-urna en moneda alemana, que no
tuvo ocasión de gastar.
Surcaban los aire!, los clieciseis aerosta•
tos en pos de la gloria y los rlolla1·s. El impasible Lahm permanecía fiel á la advertencia hecha por su padre: mantener el globo á
poca altura y avanzar en linea recta. A estos
dos objetivos consagraba toda su habilidad,
ayudado poderosamente por la noche, puesto que el sol es principal causante de los desequilibrios de un globo en marcha. La noche tienc,en cambio, la obscuridad; y la obscuridad significa para el aeronauta viajar
hacia lo desconocido.
Siu embargo, la baja posición de Lahm le
permitía darse cuenta aproximada de su azaroso itinerario. Merced á la escasa altura del
globo podía distinguir su ti·ipulante las luces
de tal cual pueblo ó ciudad, y hacer preguntas con la bocina á los habitantes de los poblados, ro bien el gui&lt;le-rope ó cuerda-guia
zamarreaba los tejados de las casas. La ma•
yoria de las veces quedaban sin contestación
las inquisitorias de Lahm; en otras, la reJpuesta dada no satisfacía los deseos del viajero, ya porque en Francia abundan las localidades "'ºº nombres parecidos, sobre todo
cuando se oyen desde la barquilla de un globo, ó ya por otra causa cualquiera.
Durante las dos ó tres horas siguientes al
comienzo de la ascensión mantuviéronse á
la vista del United Slales el globo inglés
Britanni« y el alemán, fácilmente reconocible este último por su forma y color; mas,
apenas avanzó la noche, desaparecieron los
dos compañeros de Lahm. A las nueve ó
poco menos encontrábase el norteamericano
á dos horas escasas del mar.
Tanto Lahm como su acompañante Hersey confiaban en una brusca modificación
del viento, de aquel viento Oeste que los
empujaba, ,mplacable, hacia las olas. Los
últimos telegramas meteorológicos recibidos
antes de la partida daban cuenta de una extensa área de bajas presiones en Irlanda.
Ahora bien, esas a.reas suelen extenderse de
Oeste á Este, y el viento sopla de ordinario
en dirección de las mismas. En otros térmi•
nos, el-vien~o Oeste, reinante á la sazón, ·podía saltar al Norte en cuanto las bajas presiones llegasen á Inglaterra. Si esto ocurria,
si la _traidora brisa cambiaba á tiempo, todavía era fácil que los aeronautas aterrasen sanos y salvos en las playas inglesas,en vez de
ser tragados por las aguas del Atlántico.
Confiando en la posibilidad hala~l\eña, resolvieron los pilotos del United Sta/es aprovechar bien 1a escasa cubicación de su aerostato, sin perjuicio de adoptar ciertas pre-

�cauciones para el caso desfavorable. Entre
Cinco de los competidores decidieron no
ellas figuraba la de construir con los sacos arriesgarse á la travesía, y aterraron á 1,
de lastre vacíos y con largas pérti¡?as unas á rista del mar. Fueron éstos el alemán Von
modo de •áncoras-conos•, destinadas á re- Abercron, el inglés Butter, los españoles
trasar la marcha sobre las olas si llegaba á Salamanra y Herrera ,. el francés Ca-;tillon de
acontecer el desastre. Y así, entre dudas v Saint-Victor. OptarÓn por la gloria á todo
preparativos, iban cruzando el e.~pacio los trance Vonwiller, italiano, Kindelán, espados norteamericanos.
ñol, Lahm, norteamericano, La Vaulx y Bal¿Cambiaría el aire? Esta era la obsesión san, franceses, Rolls r Huntington, inileses.
de Lahm y de Hersey. Y se comprende que
Estos sietes valientes, afrontando el peliasí fuese. Quien no haya viajado nunca en gro ~obre sus frágiles navecillas aérras reaglobo no puede comprender cuán dificil es á lizaban una hazaiia notable por si sola, 'pues
un aeronauta determinar l a dirección del ht&gt;mos de advertir qut&gt; el pérfido Canal de la
viento, r 1,sto por la sencilla razón de que .Mancha solo babia fido cruzado hasta enyendo el globo con el mismo rumbo que el tónces seis veces en la dirección Contineuteaire no perciben sus tripulantes el efecto de Jslas Británicas. En cambio, el ,iajt&gt; á la inlas corrientes aéreas. La única guía en tales V'ersa 1enía numerosos precursores. La causa
casos son los puntos fijos de la tierra, con de ello se adivina con facilidad: el Continenayuda de los cuales puede ir siendo trazado te ofrece á los aeronautas extensísimo camel derrotero en el mapa. Pero cuando la tie- po de aterraje, mientras que las islas Britán-a se encuentra oculta por la niebla,ó cuan- nicas, microscópicos puutos negros en la
do reina la obscuridad, entónces no dispone vasta llanura del Océano, i,on de arribada
el aeronauta de medio alguno para saber dificilísima para un globo.
su dirección: es como si estu,;ese perdido
Los cuatro aerostato, no llegados al mar
el globo en la inmensidad de los espacios.
por razón de arerías sufri&lt;las (el ele Santos
En las circunstencias de que damos cuen- Dumont descendió á causa de una rnptura
ta no existía es:a incertidumbre. La noche del motor), tomaron tierra en diversas loraestaba despejada; la luna brillaba con toda lidades, sin hacer recorridos ~uperiore,; á 180
su fuer,m. Lahm r llersey :-abian que el vien- ó 190 kilómetros.
to soplaba con dirección Oeste, ó más bien
De los siete globos avanzando i,obre el CaNoroeste, como sabían también su proximi- nal no había ninguno tan bajo romo el T.:nidad cada ,ez mayor y más rápida al Océano ted States. Lahm, que no había echado en
Atlá~tico. Faltábales, pues, m11 ~- poco para ol\·ido ni un solo minuto los consejos de su
a,·er1guar la verdad de su halagüeña teoría padre, mantenía el aerostato á escasa altura.
sobre un bru,;co mudar de aire.
cual pudo comprobarse luego por lo~ regis~
Ya se divisaba hácia la derecha el faro de Iros barométricos, y :&lt;osteniemlo en lo posiEl llavre.Eran aquellos unos momentos emo- ble la trayectoria rectilínea. Cuando los dos
cionantes. El United Staies 1&lt;e hallaba en- aeronautas americanos penetraban rn aguas
tóuce;; á doscientos kilómetros del mar. Los del Canal, el guide-rope, cuva lo1l'1 itud no
aeronautas tenían ya ante ellos el Canal de excedía de trescientos metros, habi~ arrasla Mancha. y precisamente por la parte de trado buen trecho sobre el peñascoso litoral
mayor latitud. De no cambiar el ,iento, era de Normandia. Los seis globos restantes se
seguro que habían de cruzar la vasta franja a,·enturaron á alturas mucho mavores· el de
líquida haciendo una diagonal de 300 á -100 La Vaulx, por ejemplo, cruzó Ías aguas á
milla,;, yendo á caer en Land's End después ochocientos metros de elevación.
de hab~r permaneci,do sobr~ las agua~ ,¡uin1-:'lto de la altura durante la trarnsia era
ce ó Yernte horas. En cambio, de mochficarse de ,·ita! importancia para el triunfo. Cuidael rumbo del viento quedaría planteado el dosas obserrnci9nes demostraban, rn rfecto
dramL
·
un incipiente cambio del ,·irnto desde e
~oroeste al Sucloe~te, siguiendo el arca de
XA\'EGA~DO SOBRE EL CAXAL
presiones dominante á la sazón al Norue,;te
de Ipglaterra, y que muy pronto &gt;-e correría
Tal era el estado de cosas á las 011cc de la al Norde~tr, luego ele exteuderseal Norte. En
noche. De los dieciseig globos, doce haliían un momento de inspiración, Hersey en su
lli•gado al mar. Sus pilotos se planteaban en calidad de meteorólogo, previó que l~s difiaquellos momentos el siguiente dilema: •Cru- cultades podrían surgir, no de ser arrastrado
7,ar 6 no crnzar el Canal», preiuntándo,.e si el globo exccsi,amente hácia el Oe,-te. sino
. era preferible conservar la Yida á perseguir de no poder llegar lo bastante lejos en dicha
,la gloria con cien probabilidades contra una dirección. Tanto Hersey como Lahm no igde dormir el suciio eterno bajo las olas.
noraban que, en todo caso, el salto del vie11-

i

4.49

El, SPORT AEROSTATICO

1o " e efectuaría

primero en la~
corrientes aéreas
superiores y lue~o e1 las inferiores. Por tal razón,
un globo mante11irlo cerca de la
superficie del mar
pod ria apt\lvechar
las corricn tes del
Noroeste, mientras otro que navegase á setecientos metros de alt u r a . donde el
mo, imiento gira.torio del aire se
hallase más avan1.ado, seria arrastrado al Norte, y
un tercero sur-cando el espacio
ámil metros iría á \1 ultitud aglomerada en la Pla,a de la Concordia, de París, frente al Jardín de las Tullerfas,
para prescndar el último concurso internacional aerostático Gordon-Bennett ·
parar al Noroeste.
La maniobra de Lahm dejándose llevar tonelaje se deslizó sobre aquel mar de plata,
hácia el Oeste y manteniendo el globo á tres- esfumándose pronto de las lejanías del horicientos y pico metros del mar no era un acto zonte. Esto fué todo lo que vieron los aerode temeridad ó de fanfarroneria, ~ino el pro- nautas en su travesía: un diminuto barco
-cedimiento más hábil de cuantos podía po- fantasma, el mar y la luna.
ner en práctica un tripulante aéreo. ;\1erced á
La'l horas transcurrían lentas r tranqui-ella, los norteamericanos habían logrado una las. Libres de todo cmdado serio, Lahm y
posición ventajosisima: iban sobre las aguas ller;;cy ei:;tudiaban las ondulaciones del
siguiendo el extremo Oeste de la línea de agua y a-...eriguaban la dirección de las mig.
&lt;lirección del Yiento y girando por grados há- ma,, por medio de la brújula. A cada nueva
cia el Norte. No habrían de tardar mucho observación se comprobaban los progresos
en llegará la costa meridional de Inglaterra del previsto cambio de aire, que seguía ya
y en ser arrastrados tierra adentro, mientra.;; casi el rumbo Norte. Ocurriera lo que ocusus competidore ;, luchando en vano con las niese, el United States alerraria felizmente
rorrientes aéreas más altas, irían con direc- en suelo británico.
ción Este á descender en el mar.
Serian las dos y media de la madl'Ugada
Estas consideraciones contribuyeron á au- cuando divisaron los norteamericanos la luz
mentar el entusiasmo de los que piloteaban giratoria de un faro inglés. A medida que se
el Unifed States. Y no solo el entusiasmo, acercaba, pudieron ad verli r la verdadera prosino el apetito. Razón por la cual, Lahm y cedencia de la luz: esta surgia de un buquesu rom~añero, luego de acomodarse en sen- faro. El globo acababa, pues, de atravesar
dos sacos de lastre, concentraron su atención sin el menor contratiempo el traicionero Ca-en las provi&gt;-iones de sandn,iches, fiambres, nal de la Ma11cha, después de recorrer unas
huevos, fruta,; y café, llevadas á bordo. Fué doscientas millas de aguas libres. Un.a hora
aquella una cena en plenos aires alegremen- más tarde se mecía sobre las islas británicas
te saboreada. Jamás habían comido los dos pudiendo contemplar los expedicionarios, á
pilotos con tanta complacencia. Lo único unos cuantos centenares de metros bajo la
que echaron de menos fué el tabaco, y eso barquilla, el incesantc,parpadeo de millares
porque dicho producto se halla rigurosamen- de lucecitas. Era la ciudad de Chicheslcr, en
te prohibido en la navegación aérea.
el Condado de Su:;;sex.
La noche e~taba deliciosa. Ni aún tuvieDe los siete aerostatos ninguno había toron necesidad los viajeros de ponerse sus cado en Inglaterra tan al Oeste como el
ir_abancillos de entretiempo. Bajo la barquilla norteamericano, aunque los da Vonwiller,
rielaban lac; aguas del mar, heridas por los Kindelán y Balsan se aproximaron bastante.
suaves rayos de la luna. Un buque de escac.;o En cambio, el de La Vaulx, navegando á
5

�450

POR ESOS MUNDOS

cientos de melros sobre el United States,
avanza~a con dirección á Hastings (unos 112
kilómetros al Este de Chichesler.) Lo mismo
acontecía á los globos ingleses pilotados por
Rolls y Huntington. Esta circunstancia arrebataba á los tres aeronautas últimamente
mencionados toda probabilidad de triunfo,
puesto que el viento les empujaba hácia el
Nordeste, como previera Ilersey. El Mar del
Norte iba á cerrarles el paso en breves horas.
De modo que al llegar los competidores á
Inglaterra, solo cuatro de ellos figuraban
realmente en la carrera: un francés, un español, un italiano y un norteamericano. El primero en tomar tierra fué Kindelán, cuyo globo descendió cerca de Chichester en las primeras horas de la mañana. Pocos kilómetros
más más allá aterró el francés Balsan, indu-

r

l

EL SPORT AEROSTÁTICO

cido por la falsa creencia de quE¡ su aerostato comemaba á retroceder ~ácia el mar.
Fueron dos bajas favorabilü,imas para Lahm
y Vonwiller, quienes queda~o~ ~olos para
disputárse los laureles de la victoria.
A medida que avanzaban ambos sobre et
suelo inalés se iba acentuando la ventaja de
Lahm ~uyo aerostato marchaba algo más
bajo que el de su competidor y más ~ncl_inadu hácia el Oeste. Por otra parte, el 1tahano
tenía en su contra la inferior calidad de su
alobo. En aquellos momentos, Labro y Von~viller hallábanse distanciados unos cuantos
kilómetros y sin sospechar siquiera la suerte
de los restantes aerostatos.
OCÉANOS IMAGINAR10S

Cuatro horas largas llevaban ya de marcha sobre los dominios del
rey Eduardo y aún no habían podido divisar la menor porción de tierra. La
niebla era espesísima y
alta. El giiide-rope se sumergía casi totalmente eo
un mar de vapores acuo-sos, cuyos caprichosos cúmulits toIDaban ·á veces
la apariencia de un océan&lt;&gt;
en plena agitación. No era
para causar maravilla e l
descenso precipitado d el
aeronauta francés.
Pero Lahm se encontrab a libre de esos temores
al mar, de una parte por
haber afrontado muchos
peligros, y de o t r a por
tener la seguridad de ir viajando sobre tierra firme.
De tarde en tarde, las altas
copas d e los árboles se
erguían, negras, sobre el
manto d e vapores, com&lt;&gt;
para dar la bienvenida á
los visitantes aéreos . D&amp;
pronto, se rasgó la niebla.
Entónces averiguaron lo s
norteamericanos e 1 lugar
donde se encontraban. Interrogados algunos aldeanos con ayuda de la penetrante bocina, dieron un
nombre. Aquellos campos
eran los del Berkshire. Es
decir, que durante la nieb l a babia arravesado el
United States los condaAero1tato1 que tomaron parte en el ultimo concurso Gordon-Bennett, en el
dos de SussexyHampshire.
Jardln de las Tullerlas, de Parls

451

A la&lt;, ocho de la mañana todavía derivaba do silbido de gas que se escapaba por la
hácia el Norte el globo norteamericano. Se ancha herida abierta en la parle superior del
encontraba á la sazón á seiscientos kilóme- globo, un brusco extremecimiento... y había
tros próximamente del punto de partida. Ni terminado la brillante hazaña de los aeronauLahm ni Hersev habían dormido en toda la tas norteamericanos.
noche; pero estaban tan fuertes como la noEl United States y sus pilotos podían ya
che anterior. A todo esto, los rayos del sol descansar sobre los laureles: hallábanse, en
empezaron á caldear el gas del globo obli- efecto, 53 kilómetros más allá del sitio en
gándole á el evar~c
que había desccnde un modo cond id o Wonwiller.
siderable. C o m o
Eran los vencedoese es un accidente
res del concurso ,
que no puede imteniendo en su
pedir ni el más háabono un recorrido
bil 11eronauta, los
de 659 kilómetros
del Dnited States
y una permanencia
se vieron forzados
en los aires deveiná contemplar Vatidos horas. Wonrwick Castle y Stratwiller , conquistaford-on-Avon desde
d o r del segundo
una altura de 1.500
premio, había desIDetros. Luego , y
cendido cerca de la
siern pre caminando
ancha desembocahácia el Norte, padura del Humber,
saron al Oeste de
cuyas aguas le haRugby y Birmingbían parecido 1a s
ham. Calentó más
del mar. De haber
el sol;hubo un nueproseguido su marvo salto del globo,
e h a el aeronauta
y el United States
italiano, cosa que
se deslizó h á e ia
no le e r a dificil,
l\fanchester v
habría efectuado
Leeds. Al 11egar él
su descenso muy
mediodía, la dilacerca de Lahm, dis-.
tación del gas había
putándole quizás el
Barquilla del globo U11ited Sta/es, vencedor en el último conobligado al aeros- curso Gordon-Bennett. En el centro, aparece el teniente Frank record por escasa
P. Labm, que pilotaba aquel aeros'.ato
tato á alcanzar una
distancia.
altura de 3.108 meParécenos in te'tros. Lahm sufrió entónces la misma suerte resante registrar las distancias cubiertas y
que La Vaulx, esto es, fué arrastrado con los puntos de aterraje de los siete competirumbo Norte, en dirección del mar de este dores que cruzaron el Canal de la Mancha:
nombre.
Distancia
En v a n o procuraron I o s expedicionatotal
recorrida
rios descender á vientos más favorables. Aeronauta•
Puntos de descenso
enks.
Era demasiado tarde. El mar azul relampaLahm.
Fyling Dales.
659
gueaba ya ante el United States, extendién- Vonwiller. New Holland.
~92
dose allende las desoladas dunas.
Rolls.
Shernbourne (Norfolk).
:60
La Vaulx.
Great Walsingham (Norfolk).
~60
Como no había tiempo que perder, y como Balsan.
Síngleton
320
además á Lahm y Hersey no les quedaba na- Kindélá.n. Rumboldswyke.
315
305
da por hacer, decidieron tomar tierra. Fim- Huntington. Milton (Ken-t)
cionó la cuerda-válvulá; aceleróse el descenAdvertireIDos que las anteriores distanso hasta ganar centenares de metros en un cias son las existentes en línea recta desdo'
minuto; el guide-rope empezó á arrastrar París al punto de descenso. En realidad, tosobre el suelo. La tierra se acercaba, domi- dos los aeronautas efectuaron recorridos manadora.
yores puesto que sus globos trazaron líneas
Era el momento preciso p ar a arrojar curvas.
el ancla, y no había que desperdiciarlo.
LOS PROGRESOS DE LA AEROSTACIÓN
Tras de una tentativa fracasada, afianzáronse los agudos garfios ·en base firme.
Este concurso internacional Gordon-Ben
Un tirón á la cuerda de desgarre, un agu- nett, que tiene lugar anualmente (en el pre

�452

POR ESOS MUNDOS

Rente afio ha debido verificarse en San Luis,
Estados Unidos de Norte-.\mériea, el 21 de
Octubre pasado), supone la existencia de un
estado de adelanto y perfeccionamiento en la
aerostación que hace pocos años era difícil
creer que llegara á alcam:arsc.
Desde los tiempos mitológicos se refleja
va ·1a universalidad del deseo humano de voÍar. Dédalo, el más grande de los ingenieros
clásicos v antecesor de Sócrates, escapó del
laberintÓ de Creta con la ayuda de unas alas
artificiales. Al menos, eso se cuenta. como
también nos aseguran las viejas historias
qu~ lcaro, l1ijo y acompa1iante de Dédalo en
dicho viaje aéreo, sintiendo germinar en su
pecho mayores ambiciones, intentó remontarse hasta el Sol. El flameante astro se vengó del inaudito atrevimiento fundiendo las
alas de cera de Icaro y precipitando á éste
en las profundidades del mar.
Pero abandonemos aquellos lejanos tiempos y vengamos á otros más modernos, donde ya es posible comprobar los hechos aeronáuticos. El primero que defendió la teoría relativa á la navegación aérea aparece en
el año 1670: fué Francisco Lana, sacerdote
jesuíta, residente en Brescia, autor de cierto
libro donde se apreciaban desde el punto de
,·isla científico las importantes modificacioll es que
sufriría la
vida de
los pueblos una
vez res u el tos
1os problemas de
la aerostación.

Pocos años dc.,;pués, en 1709, otro jesuita,
el P. Lorenzo de Gouzmeo, obtenía en Lisboa patente para un ~lobo dirigible. El inventor se conquistó el favor del monarca Jusi tan o de~cribi{mdole un imperio universal
conquistado con la ayuda de máquinas voladoras. Pero, por desgracia, el dirigible resultó un completo fracaso, y Gouzmeo murió de miseria en el destierro.
Hasta 1783 la aero~tación continuó huérfana de patrocinadores y cultivadores, apareciendo en esa fecha el primer globo, ideado
por el francés José .Montgolfier. Sesenta y
nueve años más larde, en 1852, otro francés,
Enrique Giffaro, se lanzaba á los aii:cs en
una máquina voladora actuada por rudimentario motor de aire caliente. Puede decirse,
por tanto, que Giffard representa para la navegación aérea lo que Stephenson para la de
vapor: de su invento fueron saliendo cuantos
han contribuido á la conquista del aire.
En los ai'ios de 1884 y 1885, el capitán
francés M. Rcnard rcalir.aba siete ensayos
bastante satisfactorios con un dirigible movido por la electridad. Era una máquina incompleta, sin embargo, pues mientras obedecía bien al gobernalle, no resultaba lodo lo
dócil que hubiera sido de desear respecto á
otra clase de maniobras.
El 7 de Enero de 1885, el francés Blancbard, favorecido por un impetuoso viento
del Noroeste, salvaba la distancia entre Dover y Calais en dos horas y media; y diez
años después el comandante inglés BadenPowell hacía una excursión de noventa metros, valiéndose de una máquina aviadora
eliruentalísima: varias cometas ordinarias
combinadas formando un paralelógramo.
Baden-Powell fué superado el mismo afio
por ,m compatriota el teniente Capel, quien

Momento de lll su ella de los aerostatos que se disputaron la Copa Goruon-Bennett de 1906

453

EL SPOHT AEROSTÁTICO

merced á otro sistema de cometas se remontó sobreel Támesis cuatrocientos metros logrando hacer interesantes obscrvacionc/ Verificábansc á la sazón maniobras militares.
Cape!, desde su elevado observatorio, descubrió los movimientos del supuesto enemigo,
transmitiendo acto seguido los informes, por
medio de un teléfono, al Estado mayor general.
Ülto Lilienthal, un aeronauta alemán e~trellad_o en 1896 cerca de Berlín, habia ya
recorrido, antes ele su desastrosa muerte, distancias de doscientos á cuatrocientos kilómetros, valiéndose de una máquina voladora moyida exclusivamente por el viento.
Importa consignar á este propósito que los
globos sin motor han permitido al hombre
subir á enormes alturas. El 31 de Julio de
1901 los profesores Berson y Suring, del
Real Instituto Meteorológico de Prusia, ~e
elevaban en su aerostato Preussen, de 8.400
metros cúbicos, á 11.000 metros, ó sea la
mayor altura alcanzada por un conquistador
del aire. De lo arriesgada de esta experiencia
~uede formarse idea, recordando que, á partir de los 6.000 metros, tienen ya necesidad
los aeronautas de respirar artificialmente
para compensar la falta de presión atmosférica.
En 1902, dos aeronautas norteamericanos,
los hermanos Wright, cubrían la distancia de
300 metros con una máquina voladora de su
invención, actuada también por el viento. El
mismo año, el conde Zeppelin iniciaba sus
primeros ensayos de globo dirigible, demostrando prácticamente que con dicho aparato
se pueden logi-ar velocidades de cincuenta
kilómetros por hora.

Llega con el aüo 1906 la época de oro de
la navegación aérea. Todas las tentativas anteriores palidecen ante las pruebas maravillosas realizadas por el brasileño Santos-Dumont, que poniendo al servicio de la gran
empresa su fortuna y su clara inteligencia
construye un dirigible y recorre 2..500 metros sobre la ciudad de París. Esto era ya el
principio del triunfo, que persiguieron después con nuevos trabajos y estudios el propio Santos-Dumont, los condes de la Vaulx y
Zeppelin, los hermanos Wrigbt, Deutsch de
la Meurthe, Fernández Duro, Krndelán, Herrera, José Ilofmann, Vanden Driesche y
otros.
No debe olvidarse á Walter Wellman proyectando una arriesgadísima expedición acreonáulica al Polo Norte, entretanto que
Franz Butler, fundador del Aereo Club Británico, predica para dentro de diez años un
abaratamiento tan extraordinario en los aeroplanos que el hecho de viajar sobre las
nubes podrá hacerse por la módica suma de
dos mil quinientas pesetas.
Terminaremos esta breve enumeración de
acontecimientos aerostáticos registrando las
notables ascensiones de los italianos UsueUi y Crespi, quienes saliendo de Milán se
elevaron en Noviembre de 1909 á una altura
de 6.800 metros; las trece ó catorce efectuadas por el conde Vaulx en globos ordinarios
ó en diversos modelos de dirigibles; las del
Palt-ie, en Julio del afio corriente, cuyos detalles ya conocen nuestros lectores; y por
último h:,s del español Kinclelán, que elevándose en Valencia cayó en el mar, salvándole
de una muerte cierta en aguas de las islas
Baleares el vapor inglés West-Poinf.
CLE\'ELA;',D

:.\IOFFETT

�AMOR DE ARTISTAS

AMOR DE ARTISTAS
(CUENTO)

marqueses de Guzman sucumbían al
LSuosdolor
de la mayor desgracia.
único hijo, heredero de timbres nobiliarios; que seguramente aumentarían sus
talentos, y de caudales fabulosos con que
sostener el proverbial explendor de ilustres
antepasados, apenas cumplidos los quince
años, edad de las mas atrevidas esperanzas,
füé víctima de enfermedad gravísima cuyos
efectos alcanzaron al mas preciado de los
sentidos.
La Ciencia logró, no sin esfuerzo, arrebatar á la muerte ,ma segura presa; pero el
mal hizo grandes estragos en la vista deljov·e n marquesito, y á la progresiva debilidad
suc.edió un triste amanecer en que el sol no
consiguió impresionar aquellos ojos nacidos
para la contemplación de una felicidad exp1éndida.
A partir de ese día, el palacio de Guzmán
cerró al mundo sus puertas, consagrándose
los padres amantisimos de Alfredo al exclusivo cuidado del hijo querido, á mitigar con
la solicitud del verdadero cariño la desdicha
indescriptible que supone vivir condenado á
las tinieblas quien gozó una vez de la contemplación de la Naturaleza.
La que basta entonces fué mansión favorita de la dicha convirtióse súbitamente en
templo del dolor. Y ya no pensaron los infortunados padres sino en ocultar su llanto y
distraer cuanto posible fuera la vida de su
hijo, sin renunciar jamás, por supuesto, a la
esperanza de que la Ciencia lograse devolver
á la cámara obscura de aquellos ojos mortecinos la impresionabilidad retentiva que va
enviando incansablemente al álbum de la
memoria cuantos clichés produce la visión
de la Naturaleza y de la vida.
Alfredo aceptó resignadamente su desgracia, y como gran aficionado de la música,
encontró en el divino arte alguna compensación á los placeres que le robara la ceguera.
Alternando con el constante desfile de los
mas eminentes oculistas del mundo entero,

congregóse en torno del marquesito una corte de maestros y compositores, artistas famosísimos, que pronto hubieron de considerarle camarada. Como siempre, el Arte superó á la Ciencia, y sus consuelos pródigos
ahuyentaban á veces del espíritu de Alfredo
el amargo recuerdo del bien perdido.
A cada desahucio médico correspondía un
sensible progreso en el manejo del violín,
que satisfacía la pasión artística del ciego.
Las notas sustituyeron á los rayos del sol,
la harmonía al colorido, los motivos á los
cuadros plasticos de la vida, los grandes
poemas musicales á los sublimes espectácu .
los de la Naturaleza. El sonido triunfó de la
luz, contra la ley fisica que consigna mayor
vibración del éler en este segundo fenómeno, y Alfredo llegó á considerarse feliz cuando el arco improvisaba melodías dulcísimas
y pasajes dramaticos, inspirad'.)s en ocasiones por el recuerdo de su propia desgracia.
Consagrado en absoluto al estudio, pasó
todo el primer invierno de la eterna noche
de su vida, y apenas algunas flore.s anunciaron la proximidad de la primavera los marqueses de Guzmán resolvieron fortalecer al
cieguecito obligándole á la actividad corporal en la mas hermosa de sus residencias veraniegas.
Trasladáronse á un antiguo castillo, histórico testimonio de la nobleza del apellido,
situado á orillas del océano, entre bosques
cuya espesura creyérase buscada para ocultar á la profanadora curiosidad la irreparable desgracia de inspirar compasión quien
hasta entónces solo despertó la envidia de
lodos los campesinos comarcanos.
Aún allí, alejado de sus relaciones artísticas, continuó Alfredo consagrado á su pasión favorita. Durante las horas de calor, repasaba en el piano las óperas que había oído
cantar á los más célebres artistas de la época
en aqueilos tiempos que como sueños se
representaban á su imaginación, juzgándolos, cuando más, recuerdos de otra vida ya
extinguida, que por transmigración, sin du-

455

da, del espíritu encarnaba ahora en su ser. á las más modestas proporciones de la reaY á !a caída de la t~r~e solían padre é hijo lidad.
~acer _largas ~xped1c1ones por los lugares
Alfredo tan solo replicó que adivinaba un
mmediatos, bien á orillas del mar, bien por gran artista. Pero quedóse, para sus adentros
los bosques que abundaban en la comarca
?ºn l~ segura impresión de que era una mu~
.deteniéndose frecuentemente para re n di; J~r, sm du~a hermosa y de poéticas inclinaAlfredo algún tributo á su delirio artístico
ciones, quien tan oportunamente .había respues ni aún en aquellos momentos consentí~ p_ondido al protagonista de su ópera favo-separarse del violín, único consuelo de su rita.
desdicha.
Aú_n más: adivinaba que aquella mujer
Era ~ntón?es cuando s~ inspiración llega- también sufría, y también como él buscaba
ba á ~as fehces concepciones, improvisando un amor que ocupara el vacío de su alma. Y
bellís1mas harmonias en que combinaba los no fué necesario más para que esta pasión,
sublimes ruidos de
4a Naturaleza con el
estado de su espíritu entristecido: cantos de amor de un
ruiseñor que, aún
-ciego, quisiera sal u•
-dar el despertar del
-día.
Una tarde bicie1ron a I t o e n las
frondosas cercanías
-de antigua casa solariega, convertida
-en finca de alquiler por sus modernos y plebeyos pro,pi etarios.
Allí, corno en to&lt;fa s partes, Alfredo
buscó en el violín
alguna expansión á
su alma, y comenzó
'á locar el dúo de
Lohengrin . ¡Cuál
no sería su sorpresa cuando á s u s
oídos llegaron ecos
de lejanos acordes
de un piano en que,
como cosa de sueños; Elsa respondía á las demandas de amor de ¡
fantástico personaje!
Fué extraordinaria la emoción que
á Alfredo produjo
aquella inesperada
Y. gratísima conjunción artística.
En vano el padre
pretendió calmar la
-excitación nerviosa
del cieguecito, re· AHredo, buscando en el violín e~p\U)Si~nes á su alma, ejecutaba las piezas musicales
duciendo el suceso
que hab1a 01do á los grandes artistas

�4ií(i

POR ESO!:i M

hasta entonces para él desconocida, bajara
del cerebro al corazón de Alfredo, violentando la resignación de su espíritu.
Durante varias tardes repitió la misma
prueba, siempre con igual halagüeño resultado. Al canto de Raul, respondió Valentina; al de Radamés, Aicla,; al de Sansón,
Dalila; al de Jfornlet, Ofelui...
Y una tarde hubo un momento en que
Margco-ita y Fausto, salvando las distancias, llegaron á confundir sus melodías con
precisión verdaderamente matemática. Las
notas semejaban emisarios de amor que iba•1
á encontrarse en el e~pacio, las onda&amp; sonoras se cruzaban en abrazos de infinita pasión. dirigiendo sus ,ibraciones al corazón
aún más que á los oídos; y los desconocidos,
excitados por el indescifrable misterio de su
:expontánPa conjunción artística, tuvieron
•instantes de esa fiebre que inmortaliza á los
,elegidos.

Pero Alfredo, dichoso en sus conversaciones musicales con la mujer adivinada, al regresar al castillo sentía en su espíritu, cada
día con mayor violencia, el deseo de verla,
estériles protestas sugeridas por el recuerdo
-de más felices día~.
Los padres, alarmados, hicieron ir á aquel
lugar á los más reputados oculistas extran,jeros, en t&amp;nto calmaban la febril impaciencia del hijo con la esperanza de una próxima operación que había de reintegrarle la
plenitud de los sen ti dos.
·
Mientras este día llegaba, Alfredo no faltó
una sola tarde á la cita, tácitamente convenida poi- los amantes artistas. Iba ya seguro
de que la imaginación no le había engañado.
Por referPncias de la servidumbre sabía
que habitaba la antigua casa solariega un
aristócrata matrimonio inglés, cuya hija, de
dieciocho belüsimos abriles, buscaba en las
playas meridionales algún alivio á la tisis
inicial que minaba su débil naturaleza. La
imaginaba rubia, fina, esbelta, tipo ideal de
una raza en que la mujer encarna la suprema
elegancia, y artista además, artista de corazón ardiente v de rica fantasía. revelados
en la facilidad' de acomodarse á la diversidad de emociones estéticas á que él la babia
sometido como prueba de la impresionabilidad de su temperamento.
-¿Cuándo es la operación?-preguntaba
sin cesar, desde entónces, Alfredo.
-Pronto, hijo, pronto,-replicaba el padre
.:asi automáticamente, violentando la sinceridad de su corazón, desengañado para sostener la esperanza de aquel otro pedazo de

u;-nos

corazón esclavo irredimible, al parecer, de,
la desgracia.
Y así transcurrían lentamente días y semanas, renovándose pa&lt;lre é hijo las mi~mas
fantásticas ilusiones.
Por fin, á las constantes demandas de los
padres, presentóse un día en el castillo un
oculista inglés, más sabio ó más audaz que
otros especialistas igualmente famosos, &lt;uy11s promesas llegaron á inspirar entera confianza . .
El milagro lo realizaría una operación
sencillísima que en poco tiempo devolvel'ia
la vista al infc]i;,. enamorado.
-¡La veré! ¡La veré! ¡Podré buscarla!repetía sin cesar el cieguecito.
Idea fija que hubiera acabado con su razón á prolongarse la esperanza.
Y así aguardó, encerrado en su gabinete,
convertido en cámara obscura, ocho días de
impaciencia mortal exigidos por el médico
para asegurar el buen éxito de la operación
que restituiría la felicidad á aquella familia
de~olada.
El padre constituyóse en incansable 'enfermero. La madre vivió aquella semana en
la capilla. Y el oculista dedicó sus diarias
visitas á mantener el fuego sagrado de la esperanza.

A la inglesita, que ignoraba en absoluto la
suerte de su soüado amor, parecíale eterna
la ausencia del artista desconocido.
Pasaba las noches asomada á los balcones
del jardín, castigando su débil pecho e on la
férrea dureza de la barandilla, apoyada la.
cabeza en las manecitas, con frecuencia ocupadas en enjugar las avenidas de un corazón desbordado por los desengaños, atenta á
cuantos rumores llegaban á su oído, esperando en vano el eco de un amor ideal en
que había cifrado todas sus ilusiones.
A veces, iniciaba en el piano alguna de las
melodías favoritas, que era tanto como gritar •¿Estás, bien mío?• Pero se asomaba de
nuevo, y el solemne roncar de la Naturaleza parecía responder á sus oídos de tísica:
«¡Quién piensa en románticas fantasías! •
Una madrugada pasó cerca del jardín la
ronda de mozos tocando los guitarros. •¡Ya
está!, se dijo, despertando sobresaltada. Saltó de la cama, se asomó ... Y llorando su decepción quedóse en el balcón medio dormida, sin darse cuenta de la frialdad del viento
tempestuoso que azotaba los árboles. ni de
la lluvia torrencial que empapaba su ténue
ropaje. Pasó así largo iato, hasta que un
brusco escalofrío la volvió á la realidad, y,

-157

A~IOR. DE ARTISTAS

calen turien tac, erró
el balcón mecánicamente y se acostó
murmurando entre
sollozos y toses secas:
-¡Me ha olvida- ·
do!
.
•

1

Poco$ días después en el castillo
de Guzmán todo
era dicha.
· Los padres tiritaban de emoción
ante Ja seguridad
del doctor famoso:
éste preparaba con
orgullosa c a I m a,
atento á I os más
nimios detalles de
la rnise en scene,
la solemne demostración de s u gran •
triunfo, y Alfredo
repetíase a ú n en
las convuis:ones de
la esperanza incierta: «¡Por fin podr{•
verla! ¡Iré á buscarla!,
Quitó el doctor
las vendas al c:egueci to, levantó los
recortes azul a dos
que tapaban sus
ojos, y abriendo límidarnen1e la ventana le dijo c o n
imperio:
- ¡Mira!
Gritó el vidente,
loco de alegría; ce-

-¡La adorabal-exclamó Alfredo en la mayor desesperación

rró en seguida los ojos como miedoso del
mundo ya olvidado, y al volver á abrirlos
intentó volcar en ellos de una vez el Universo, por si acaso de nuevo se cegaban.
Un espectáculo tristísimo vino casualmente á turbar la alegría del incrdble triunfo.
En aquel momento atravesaban la carrelera varios sacerdotes entonando el fúnebre
pregón de la muerte, seguidos de una carroza del color de la inocencia.
Al marquesita se le saltaron violenlamen-

]lustraciones de

4. Jfanchaclo

te las lágrimas, y un fatal presentimiento le
obligó á preguntar:
-¿,Entierran á una jóvenÍ'
-Si,-contestó el médico.-Una infeliz
compatriota mía, gran artista. Estaba tísica.
¡Pobre Lady Berry!
-¡Lady Berry!-rugió Alfredo.
-¿Acaso la conocías·?- exclarn:iron los
padres, sorprendidos.
-No,-les replicó cayendo desvanecido.
- ¡La adoraba!
A. AGUILERA Y ARJONA

�AMOR DE DAMA Y AMOR DE ESCLAVA

LEYENDA DE LA BRETANA ROMANA, ENTRE LOS
Afilos 410 y 446 DE LA ERA DE CRISTO,

por C. BRYSON TAYLOR
SUMARIO DE LOS CAPÍTULOS ANTERIORES (1)
La rama lograda en todo el país por Melchor, narrador de
cuentos y cantor de baladas, despierta en el jóven Nicanor deseos de igualarla y aún de superarla, y á aquel
oficio se dedica nuestro héroe. Hijo de esclavos, abandona la casa de sus padres, y por sendas y veredas
recorre montes y prados reuniéndose á los pastores, ante los cuales hace derroche de las facultades
que le adornan. Asombrados los oyentes de Nicanor
al principio, muy pronto se enciende entre ellos la tea
de la discordia y se producen gran escándalo y pelea,
que terminan porque empieza á dispersarse el ganado
que cuidan los pastores y éstos tienen que ir tras las
reses. Nicanor, satisfecho con que sus palabras hubieran producido tanto efecto, adquiere mayores deseos
aún de que su fama sea universal, y parte de su pobre
terruño para dirigirse á grandes y populosas ciudades
en busca de esa gloria que persigue. Thorney, más conocida por la Isla de Bramble, es la población elegida
por Nicanor, y Tobías, un rico comerciante, la_persona á quien va recomendado por sus padres. Tob!as
concede á Nicanor una plaza en su taller, donde le
enseña á trabajar en marfil. Bien pronto logra el jóven ser un discípulo aventajado de su maestro, pero
no deja de tener con éste fuertes altercados porque,
posesionado de la ilusión que acariciara al alejarse de
sus padres, Nicanor abandona el taller de Tobías y falta con frecuencia al trabajo, y cuando acude á él lo
hace de mala gana. En estas correrías de vago y ocioso que hace Nicanor, es confundido con un esclavo
de la servidumbre de su amo, y hecho prisionero por
unos soldados que lo conducen á presencia del noble
señor Eudemius, á cuyo servicio queda conscrito. Nícanor encuentra un dla á Varia, hija de su señor, la
cual, enterada por su doncella de la habilidad y arte
del esclavo para relatar cuentos y narraciones, le pide
que distraiga con ellos el tedio que la domina. Al hacerlo Nicanor despierta en los dos jóvenes mútuo amor
que no tardan en confesarse haciéndolo ambos una noche en que Varia pedía al esclavo que la recordara un cuento que
, ya en otra ocasión la había dicho y que se reíería á las ilusiones que. los dos habían forjado en su mente. Pero hé aqu!
que llegaá casa de Eudemius un anbguo amigo suyo, con su hijo Mario, capitán de las legiones romanas, y este jóven
que al principio aborrece de Varía, acaba por sentir hácia ella cierta ínclínación, aumentada al conocer que la hija d~
su huésped está enamorada de Nicanor, el cual es duramente castigado por este motivo. Eudemius pone en juego toda
su voluntad para hacer que Mario enamore á su hija y lo consigue, conc~diéndole al cabo la mano de Varia, aún contra
los deseos de ésta que solo piensa en Nicanor. Cuando se celebra la boda con grandes fiestas, llegan al palacio de Eudemius nobles fugitivos de Andérida, en cuya ciudad arde la ínsurreccíón de los sajones y de los romanos descontentos.

V.--SOMBRAS Y LUCES

e

UANDO Wardo hubo entregado los presos

al superintendente de la mina, emprendió el viaje de regreso con sus ayudantes.
Pero en Bibracte, lugar donde dejahan el camino real para dirigirse. al Sur hácia la villa
(1) Véanse nuestros números H6 á 153.

de Eudemius, dió orden á sus acompañantes
de que le esperaran en la estación, y en vez
de marchar á campo traviesa para llegar á
la posesión de aquel noble, continuó por el
camino real, cabalgando veloz y constantemente, como quien persigue un plan determinado de antemano. Cruzó el Támesis en
Pontes, después de una noche de descanso,
y al empezar la noche del siguiente día

459

-Tengo noticias-observó Wulf-de que
marchó por el vado del pantano á Thorney.
Allí se encontró con un hombre, que tam- ha huido el gobernador de esa ciudad.
-Sí,-respoodió Wardo.-Está en la casa
bién iba á caballo, y salpicado de barro hasta la cintura. Este jinete iba embozado en de mi señor, con su hijo. Al menos, allí
una capa, y llevaba las espuelas teñidas en estaban hace seis días, cuando yo abandoné
sangre. Saludó á _Wardo en latín, con marca- aquel lugar para cúmplir la misión que me
fué confiada.
do acento extranJero.
-¿Me podríais decir, amigo, si hay en
Wulf no pudo contener su satisfacción al
oir estas noticias, y dijo:
es te lugar
-¿,Ese hijo del gobernaalguna posador de Andérida se llama
da donde enFélix? ¿Está herido? Es un
contrar blancanalla que mató á Evor,
das camas y
el jefe de la banda de sabuenos alijones y de revoltosos.
mentos?
-Nada sabía de ello,-¿Par a
repuso Wardo.-¡Por eso
vos? - prese ha quedado en la villa
guntó Warde Eudemius, temeroso de
do.
la venganza!
-No,para
Lo siento,mi señor, su
añadió para
esposa y su
sí, pero hahija. Yo me
b I ando en
be adelantavoz altado para buspues si las
carles alojagentes de ese
miento. Van
Evor sab,m
á Rutupire á
que Félix estomar un
lá en la villa,
barco par a
puede t ener
Galia, y viaque sentir
jan por Lonmi señor.
dinium, don-Sí,-dijo
de mi señor
Wulfcon
tiene asuntos
cierta aspeque arreglar.
reza en el to--Pues ah~
-¿Me podríais decir dónde hay una posada, querido amigo;
no - el hijo
teuéis un a
posada, - respondió Wardo.-No es rica, de Evor ha jurado vengar en el matador la
pero sí muy limpia, y allí podrán ofrecer muerte de su padre.
-¿,Y cómo sabéis esas cosas?-preguntó
buenos alimentos á -vuestros amos. Mi señor,
Wardo, sin sospechar que la indiferencia
el noble y poderoso Eudemius, cuando viaja,
descansa en esta posada con todo su séquito. que aparentaba Wulf era completamente
-1Ahl-exclamó el extranjero.-¿,Sóis es- fingida.
-Las noticias corren mucho,-dijo Wulf
clavo de Eudemius? Corre mucho ahora el
nombre de esa familia por todos estos con- brevemente.-Yo sé esto por un carrero
que vió algo de lo que sucedió en Andétornos.
- Es de gran fama y nombradía mi se- rida.
Así hablando llegaron á una calle bastanñor,--repuso Wardo.-Y vos, ¿quién sóis?
te estrecha que formaba ángulo con la vía
-Me llaman Wulf, y soy sajón.
principal, que seguía de vado á vado. Si-Como yo, amigo mío.
-Entonces, beberéis conmigo un vaso de guieron por aquella calle, llena de niños y
de viejas comadres, que iban de puerta en
cerveza ...
-No podrá ser: me falta el tiempo si he puerta con cestas de pescado y de otras
de estará la bota debida en casa de mi se- mercancías. El sol poniente caía en largas y
ñor. Nos dieron orden de que todos estuvié- sesgadas sombras asestando rayos de dorada
ramos prontos y dispuestos para defender- luz por entre los estrechos arcos de las puerlos, por si llegaban hasta allí los revoltosos tas de las casas.
Wardo Ilevó á W ulf hasta la entrada de la
que habían puesto fuego á la ciudad de Andérida.
posada más limpia de Thorney, y volviendo

r

�460

POR ESOS MUNDOS

su caballo relrocedió con una velocidad
que hizo escapar má¡; que de prisa á los perros y chicuelos que se -agolpaban cerca de
los r~cienllegados. Entróse en la calle principal, relrocedio hácia el vado del pantano
y galopó hasta alcanzar una casa próxima
á unas ruinas donde se albergaban ganado-.
Delanle de esla casa deluvo Wardo á su caballo, y saltando con ligereza á tierra llamó
á la puerta. Un ventanillo se abrió ligeramente, y poco después la puerta, por la que
entró nuestro hombre cerrándola tras si.

II
Dos botas después, W ulf bajaba á pié por
la calle, contoneando en la semiobscuridad
qel crepúsculo su cuerpo bajo y esmirriado,
eon las p:ernas malamente arqueadas. Marchaba indiferente, cuando el relinchar de un
caballo que estaba delante de una puerta
llamó su atención y le hizo detenerse.
--;Luz de mis ojos, yo be visto antes este
animal!-murmuró observando al caballo.Seguramente, es el que montaba aquel indivíduo de piernas largas y cabeza amarillenta.
Y sin detenerse en más cavilaciones, llamó resueltamente á la puerta.
-¿Qué queréis'?-preguntó desde adenlro
una voz de mujer.
-¿Ha entrado aquí hace muy poco tiempo un amigo mío?-dijo Wulf.
-Han en trado muchos hombres,-respondió la voz.-¿Quién es vuestro amigo?
La risa de Wulf disimuló un momento de
confusión en él.
-Si he de deciros la verdad no quisiera
pronunciar su nombre en alta voz. Dejadme
entrar y veré si todavfa es tá aquí.
Se abrió la puerta y enlró W ulf, encontrándose con una muchacha alta, fornida,
de gruesa garganla y rostro del tipo griego
más puro. La viva mirada de Wulf abarcó á
la muchacha, así como la habitación que tras
ella se veía.
-Es posible que no esté aquí vuestro amigo,-dijo la joven.
W ulf avanzó, diciendo:
-En realidad, no me hace mucha falta ...
¿Podría un hombre cansado comprar aquí un
poco de alimento y un vaso de vino, y quizás también tomar alojamienlo para esta
noche?
Mientras Wulf decía esto hacía sonar las
monedas que llevaba en la bolsa que pendía
de su cinturón de cuero.
La muchacha, cruzando la habitación y
abriendo una puerta que daba á una cámara
inmediata, elijo al recién llegado:

-Tendréis lo que queráis.
En esta segunda habitación el ambiente
estaba cargado con el olor de las comidas y
los vapores del vino, que consumían los muchos hombres y mujeres allí reunidos. A la
primera mirada que arrojó en rededor, vió
\Vulf á Wardo reclinado con toda comodidad en un canapé, rodeando con su brazo el
talle esbelto de una delgada y bella rubia
que se sentaba á su lado. En la mano libre
tenía Wardo un tazón que su pareja llenaba
constantemente del contenido de una ancha
ánfora que soportaba sobre las rodillas.
Wulf saludó con un gesto á uno ó dos
hombres cuya presencia allí no le causó sorpresa, y pidió vino y dos copas á la jóven
griega de negra cabellera. Mientras la muchacha salia á cumplir estas órdenes, un
hombre y una mujer salieron por una de
las puertas laterales, dPjando vacante el sitio próximo á Wardo, que ocupó enseguida
Wulf sin mirar ú su vecino. Volvió la griega y el parroquiano sajón la hizo beber con
él y sentarse á su lado, haciéndola el amor
con gestos y risas innecesariamente ruidosos, que pronto atrajeron la atención de
Wardo, el cual se incorporó, apoyándose en
el brazo de su compañera, y miró á Wulf.
-¡Hola, Wulfl-exclamó con voz algo
obscurecida por el vino.-¿,Cómo has llegado
hasta la casa de Chloris?
-¿Quién no conoce esta casa?-dijo Wulf
alegremente.-Pero no esperaba encontrarte
aquí, pues creí que habías emprendido ya el
regreso hácia la villa de tu amo y señor...
Bebe conmigo, ya que tenemos la suerte de
encontrarnos otra vez.
Y brindándole un ta½ón que la griega llenó de vino, lo lomó \\!ardo llevándose el
líquido á la boca.
- Sea- &lt;liju- por la salud de mi seiiora
Varia y por sus incontables riquezas.
-¡Grandes deben ser,-repuso Wulf-y
excelente botín para el saqueo el que debe
haber en casa de tu amo!
-¡Verdaderamenlel-dijo Wardo.
Y empezó á contar cuanto había vi,;to de
los preparativos y regalos para la boda de
Varia, á cuyos detalles agregó muchos más
que desconocía, pero que su estado le hizo
inventar deseoso de inculcar en el ánimo
de aquel casual amigo la magnificencia del
señor á quien servía. De simplemente locua½
se hizo argumentador, y por último pendenciero. Pero Sada, la mujer que con él
eslaba, le echó sus blancos brazos al cuello y
consiguió apaciguarlo.
Ya en este punto las cosas, Wulf hizo señas á las mujeres para que se marcharan,
diciéndolas á la ve1,:

AMOR DE DAMA Y AMOR DE ESCLAVA

-Dejadnos, hermosas, i - un rno111ento.
Eunice, la griega alta,
se m a rcbó voluntariamente; pero Sada se que- ,
dó al lado de su amante.
-No, yo no os dejo
solos,--dijo.-Hablad lo
que queráis, que ni siquiera me acordaré después d~ lo que haya oído.
Entónces W u l f, dirigiéndose á Wardo, le habló de esta manera:
-No Yeo razón para
que uo seamos camaradas, para nuestra mejor
conveniencia. Ambos somos de una misma nación, y contrarios á estos
allaneros seiiores romanos que mu y pronlo tend r á n que cedernos e 1
campo... ¿Sabes lo que
ahora deseo? Pues nada
menos que encontrar cin&lt;'Uenta corazones que se inleresen en una
empres'l., para aprovechar conmigo esta
oportunidad.
-¡,A qué oportunidad le refieres?
-La de ganar riquezas y fortuna que superen á todo lo soñado. ¿Por qué lo han de
tener todo esos orgullosos señores, mientras
nosotros nada poseemos?
Wardo movió solemnemente su atontada
-cabeza al oir la expresión de este problema
hn viejo como los siglos, y después, alcan½ando á ciegas su copa, repi~ió estas palabras del discurso de Wulf.
-Si yo dispusiera solamente de cincuenta hombres ...
-Si quieres oro, amigo mío, ven conmigo,
y lo tendrás en abundancia,-exclamó Wulf
con vehemencia.
Wardo le miró con cierto interés.
- ¿_Y cómo lo adquiriremos?
-Pues mu1' sencillamente: tomando para
nosotros lo que p o r derecho d e b e ser
nuestro, lo que se nos ha arrancado por infame codicia.
Wardo, que en su vida había oído cosa
igual, estaba profundamen le impresionado.
-1Eso digo yo lambiénl-exclamó con gran
impetuosidad.- ¡Apoderémonos de lo que
es nuestro! Y si tú tienes derechos, yo también los tengo y sabré soslenerme en ellos!
-¡Por supuesto! Ya veo que eres un bravo compañero y hombre de los que sienten
como yo. Bebe más vino, y oye una cosa.
.Ese señor tuyo, que le oprime y no te con-

461

-No veo razón para que no seamos camaradas,-dijo Wulf á Wardo

cede ningún derecho, que le arrebata lo que
es de tu propiedad. se encuentra en lus manos: ha comelido un crimen gravísimo acogiendo en s~ palacio á un asesino, y por ello
merece castigo.
Wardo movía la cabeza, con los ojos medio cerrados p'&gt;r el sueño de la borrachera.
- -Proporcióname una llave. y te daré tanto oro como puedas llevar sobre tus espaldas,
-le dijo Wulfolvidando la prudencia en la
fiebre de su codicia.
-¿Una llave? ¿De la casa de mi señor'~
¿Para qué he de hacer yo eso?
.
-1No sufrirás daño algunol-aprem1aba
Wulf desesperadamente.
Wardo, tambaleándose, abandonó el canapé en que estaba echado, y agarrándose al
hombro de Sada para sostenerse, se irguió
vacilante sobre Wulf, diciéndole en yoz alta,
q.ue hizo á todos volver la cabeza sorprendidos:
-¡:Mira, malandrín, yo no soy traidor á mi
señorl Soy hombre suyo en cuerpo y alma,
v su volun tad es mi ley, y su fé es mi fé.
Le he servido lealmente, y así continuaré
sirviéndole. ¿Qué es eso que quieres que yo
haga? ¡Bellaco, bribón!
lnesperadamenle, se inclinó y cogió .á.
W ulf por el cuello de la túnica, y arrastrándole poi· el suelo, le zarandeó y le arrojó

�462

AMOR DE DAMA Y A.\10R DE ESCLAVA

POR ESOS MUNDOS

fuera de la puerta, cerrando esta con un golpazo. Vol"\'ióse después á Sada, como exigiéndola un aplauso por su proeza; y dejándose
caer en el ca11ápé más próximo instantáneamente se durmió.
Tras de cinco horas sin cuento se despertó, y ayudado por Sada, que le arrojaba agua
ftes(Ja en el rostro, montó á caballo y partió
al galope para la casa de su señor. El viento
fresco que reinaba contribuyó mucho á despejar por completo aquella imaginación que
el vino había embrutecido.

m
Era transcurrida ya una semana después
d_el matrimonio de Varia con el capitán Mario, y se acereaba el fin de los festines que
desde entonces se celebraban diariamente
por las noches en el palacio de Eudemius.
Muchos nobles habían regresado á sus hogares, entre ellos los gobernadores de las fronteras orientales, pues se susurraba que los
sajones cometían nuevamente devastaciones é ineendios en toda la extensión de la
costa.
El noble y poderoso Eudemius descansaba
en su canapé de ébano y marfil con la satisfacción del hombre que cree haber cumplido un deber. L0s deseos de su corazón se
veían satisfechos: tenia un hijo, y su raza,
que amenazaba extinguirse, recibia nueva
fuerza y nuevo vigor. A la suave luz de las
bronceadas . lámparas, la faz de Eudemius
aparecía más benigna y en sus ojos hab'ía
mayor bondad. Extendió una mano y tocó la
campana que había cerca del canapé. lnmediatamen te, se presentó Mycon, jefe de los
eunucos, al cua,I dijo su se1lor:
-Ordena á Cyrrus que traiga aquí su
lira.
Muchos y muchos dias habían pasado
desde que Eudemius dió la última vez tal
órden; desde entónces, los gemidos de sus
esclavos fueron para él música que le servia
de distracción. Por eso, al conocerse en toda
la casa, antes de que transcurrieran cinco
minutos, la milagrosa noticia, 1a servidumbre sonrió de alegría y bendijo á Varia
causa q¡¿izás de que para ellos alboreara~
días fehées.
Llegó el músico hasta la cámara de Eudemius, y la luz que alumbraba la habitación se reflejó en el bastidor de plata de la
lira. Recoi:rió Cvrrus con los dedos las cuerdas del instrumento, y empezó á ejecutar
u~a suave y dulcísima melodia; luego, cambio el1tono, y las notas de la lira se desprendían corpo deseos no cumplidos y ruegos no
contestados. Dos lágrimas, las lentas y difi-

ciles lágrimas de la edad, rodaron por las
rugosas mejillas de Eudemius y fueron á
perderse en los almohadones de seda en que
apoyaba la cabeza.
-¡Hija mia!-murmuró.-¡Hermosa hija
mía!
. En aquel momento, la patética y poco estimada belleza de su hija parecía conmoverle más que nunca antes le conmovió.

IV
Por aquella hora hallábase Varia sola en
su cámara, esperando la llegada de su esposo y señor. Vestía finísima túnica de seda
color rosa y no estaba adornada por ninguna alhaja, presentan~? desnudos el cuello y
los brazos. En sus me11llas aparecían huellas
de lágrimas, y sus párpados se cerraban de
cansancio y de sueño. Su imaginación vaaaba en un mar de soledad al verse arranc:Cla
de sus antiguas habitaciones y despojada de
todo aquello en que pudiera ampararse.
Se levantó de la silla en que estaba sentada y se dirigió á la Yentana que daba al járdín, con movimientos intranquilos, como tímido ~ajarillo enjaulado. El jardín se hallaba desierto, desolado y triste en la neblina
de la luz lunar. Varia extendió los brazos hácia fuera en vagas súplicas.
--¡Quisiera encontrarme ahora ahí,-exclamó dulcemente-donde los árboles mur~uran .Y el lago duerme, y donde sólo pudiera 01r la melodía de una voz! Se ha ido
él, lo han separado de mí, sin que yo sepa á
dónde lo han llevado. Y ansio verle deseo
d_eslizarme en sus brazos y descan~ar por
siempre en su pecho, porque así no sufriré
miedo alguno.
Una ráfaga de viento se levantó lentamente por entre los árboles, como aleteo de invisibles alas, y Varia se e:xtremeció. La luna
se obscurecía por entre las movibles nubes,
y al aparecer nuevamente dibujaba los árboles como inmensas manchas de siniestra
sombra. En uno de estos claros de luna
Varia vió ~n e_l jardin una forma negra, que
volaba, ~as bien que corria, á rápidos y disparados mtervalos. Los ojos de la jóven se
dilataron con temor nervioso.
- ¡Nerissa!-llamó con voz entrecortada y
temblorosa á su doncella.
Cruzando el espacio, llegó hasta ella, haciéndola palidecer, un ruido extraño. ·
-,i.Por qué, amada mía, te ocultas de mi?
:-dijo ~na voz c.1si al oído de la joven, que
madvertida y llena de terror pánico lanzó
un grito y corrió á esconderse en un rincón.
Mario, de quien era aquella voz. se inclinó
sobre su esposa, y retirando las manos con

463

su cara se leía una decidida confianza en el
orgullo y honor de Eudelll;ius, del cual espeperaba que no le entregar1a. .
.
Aún había en el palacio vanos nobles JÓ·
venes de los que habían ido para asistir á
las fiestas.
Sobre ellos y s~bre Mario rec~yó la d~fensa de la posesión de Eudem1us. Mano
dictó rápidamente sus órdenes, y uno á uno
iban veloces sus ayudantes á cumplirlas.
Todos los esclavos capaces de llevar las armas fueron equipados en el acto con cuanto
existia en la armería, y estacionados por
intervalos á lo Jarao de las paredes exteriores se hallaron i~mediatamente prevenidos
contra una sorpresa. Las luces, continuamente abanicadas
p o r el pasar y
repasar d e I a s
gentes , empezaron á lanzar un
resplandor tiiste;
las antorchas reJampagueabanhorriblemente despidiendo huV
mo de malíEn la posimo olor.
sesión de
Consiguió
Eudemius se
Mario conooían los pricer el estado
meros ruidos
c.::c:.c..""'"""' ·
preciso d e 1
ocasionados
Pe I igro que
por gentes
corrían lleganque despiertan de
do hast~ una
su sueño para enventana mu y
contrarse en medio
, . estrecha y pede peligros deseo·' queña ele las
nocidos: voces atehabitaciones
rradas é impaciensuperiores,
-¡Perdón, seil.orl-suplicó el esclavo Mycon á Mario
que .dominaba
tes aturdían 1osco,
rredores; las luces eran llevadas de un lado el resto de la casa. Sus ojos brillaron como
para otro; y hombres y mujeres á medio los del corcel de guerra que olfatea la batavestir empezaban á dejarse ver, preguntán- lla: por todas partes vió luces que interrumdose febrilmente unos á otros lo que ocurria. pian las sombras de la noche, y hasta sus
-Dicen que· sé retirarán si se les entrega oidos alcanzó el ruído que producían el piá Félix.
sar y relinchar de fornidos caballos reteni-¿Y cómo han sabido que está aquí? dos por el freno, y el movimiento y el roce
¿Quién lo ha dicho?
de muchos hombres.
- Y que si no se les dá al hijo del goberBajó Mario en el preciso momento en que
nador de Andérida seremos todos asesinados los de fuera empezaban un intento para forsaqueado el palado.
zar la puerta de entrada á la villa de EudeEntretanto, en el gran patio hallábanse mius. Los ánimos de las personas reunidas
reunidos los hombres en rededor de Eude- en esta posesión, especialmente las mujeres
mi.us y de Mario, que celebraban apresurada y los ancianos, hallábanse muy deprimidos
consulta. Félix, conservando cuidadosamen- ante la osadía de los revoltosos; y para conte en cabestrillo su herido brazo, estaba fortarlos aseguró Ma.rio que, aún cuando los
cerca del grupo; su rostro aparecía flácido y sitiadores consiguieran pasar la puerta, no
blanco, y á cada grito de las turbas sitiado- podrían avanzar un paso más pues lo imras pidiendo su vida; se extremecia; pero en peairia una muralla de lanzas y de espadas

que se cubria el rostro, dióse á conocer á
Varia conduciéndola hasta el canapé, donde
la sentó, haciéndolo él á su lado.
En aquel mismo momento se dejaron oir
unos golpes insistentes en la puerta. Mario
suavizó una maldición, y á grandes pasos
fué á abrir aquella.
El esclavo Mycon que estaba en el umbral,
balbuceó servilmente, como el que se ve
sorprendido en flagrante delito:
-¡Señor, perdón! Pero se observa algún
tumulto fuera de la villa y mi amo pide
vuestra presencia. Parece que estamos sitiados por bárbaros que se han arrastrado
hasta cercar la casa.
-Dí ,á tu señor que voy en seguida,-respondió Mario.
Y apenas ~
desapareció e 1
esclavo por el
corredor, Mario
marchó tras él,
dejando sola á
su esposa.

y

�464

POR ESOS MUNDOS

466

A.MOR DE DA.lllA. Y A.MOR DE ESCLAVA

que encontrarían á su frente los bandidos.
No aceptaron como convincente esta afirmación los huéspedes de Eudemius, atemori;i:ados hasta no poder más ante la actitud de los sitiadores; y entónces Mario, para
evitar que este ejemplo sirviera de punto de
partida á una indisciplina entre los hombres
armados con quienes contaba para la defensa,
adoptó todo un riguroso sistema militar tratando á damas v caballeros como si fueran
reclutas y destin~ndolos á servicios auxiliares de la mesnada que se disponía á impedir
la entrada de los bárbaros e11 aquello;;: dominios.

darse cuenla, en su interior despertaba el
extraño instinto de raza, producto de una
sang1·e en la que no había ni una gota de
pusilanimidad )' de una casta que fué más
grande que la de reyes. Pero de nada sirvió
á la hermosa jóven su arranque de valor,
porque mientras uno de los bandidos se
apoderaba de una copa de oro adornada de
rubíes, los otros dos se lanzaron á un tiempo sobre Varia. Cuando ya estaban para alcanzarla, el bombrn más alto empujó á un
lado á su compañero; el cual, empui'iando su
daga, quiso imponerle su voluntad diciéndole:
-Yo soy el que hasta aqt1í os ha traído, y
VI
por tanto á mí es á quien pertenece el derecho de elegir. Tú dedícate con ese otro á reEn tanto, hasta la cámara ne Varia, ll!'¡!'a- correr esta parte del palacio, que parece soban los clamolitaria v abandores y la confunada por sus mosión de los que
radores.
desde fuera pug-No reconaban por ennozco tu autoritrar y de los r¡u(•
dad,-replir.ó el
desde el interior
o t r o por toda
lo impedían,
contestación, al
aunque el punto
tiempo que adeefecli vo del alalantándose hasque estaba b11.sta Varia precipitante lejos d e
tadamente resella para que
balaba en el pupudiera enterarlimentado piso,
se minuciosav caía cuan larmente de lo s
go era á los piés
sucesos.
de la jóven, que
De prClnto,
prorrumpió en
desde la ventaalaridos de ter-,a en que se harror.
llaba asomada ,
Wulf, que no
distinguió varios
era otro el que
bultos que surreclamaba deregieron precipita\\'ulf empuñó su daga par-a imponerse á su compailer~
chos que no tedamente entre
nía en aquella
las sombras de la noche, oyó el ruido de es- casa, saltó sobresucompañeroycogió á Varia
puelas sobre los escalones de mármol, y vió en sus brazos, oprimiéndole J.a cabeza contra
cómo un hombre, y otro, y otro, entraron en su pecho. Pero ella luchaba y gritaba cuanto
la iluminada cámara.
le permitían sus fue11Zas, como grita la liebre
El primero de ellos, de baja estatura, ar- cuando los sabuesos la acosan hasta obliqueadas piernas y barba rojiza, fijó sus ama- garla á rendirse.
rillos ojos en Varia, mientras los dos que le
Oyéronse en esto pasos precipitados en el
seguían, que eran altos, rubios y barbudos, corredor.
llevaban dagas desenvainadas y redondos
Era Wardo, que con algunos esclavos,
escudos· de piel de toro en el brazo iz- llegaba á tiempo de auxiliar á su ama y
quierdo.
señora. Dirigió una certeza estocada con la
Varia se había escondido, llorando y temespada que blandia al corazón de Wulf, y el
blando ele miedo; pero cuando el primer bár- bandido cayó al st1elo mortalmente herido,
baro cruzó el sembral de su cámara, le hizo mientras sus otros dos camaradas huían de
frente, como criatura desesperada que se aquel lugar y se perdían en vergonzosa fuga
cree en el mayor peligro: sin saberlo, sin entre las obsouridades del jardín.

VII

nuevamente la obscuridad del crepúsculo,
empezaron á salir los que se habían ocultado
Cuando el alba- hi-to blarlquear las prime- en el bosque de Anc.lérida. Unos iban á pié y
Yas y débiles líneas grises á través de la re- otros á caballo, llevando á su frente al rojo
-gión de las sombras; los bárbaros, batidoa y Wulf, que montaba un gran corcel bayo.
burlados por las gentes de Eudel.nius, se re- Wardo, desde su atalaya de los tejaaos, los
tiraron para espiar ocultos los movimientos vió á lo lejos; vió también que aún cuando
que hubiera en la villa de aquel poderoso la noche anterior habían sido muchos, ahora
noble romano, el cual, en cuanto amaneció se habían quintuplicado, constituyendo un
despachó un esclavo de confianza al ponien- ejército decidido al saqueo, capitaneado por
te para impetrar la ayuda de las autoridades un bandido.
-civiles, y otro á sus propias gentes de las
El esclavo avisó á Mario, el cual subió al
minas, punto más próxitejado para cerciorar-,e por sí mismo, y bajó
wo de donde podía obtemal impresionado. Buscó á Eudemius, que
ner auxilios.
se ocupaba en recoTambién la prirrer las defeasas de la
mera claridad del
casa, y le dijo:
alba puso á l a
-Esa trailla roja de
'Vista de todos el
perros infernales vuelcadáver de Hito,
ve contra nosotros en
apuñalado p o r
número cinco veces
la espalda , yamayor que anoche. Tú
&lt;iente cerca de la
sabes que yo no sof,
pequeña puerta
d e los q u e vuelven\
del jardín. que
la espalda cuando es·
-conducía al extepreciso pelear ; pero
rior.
tenemos que fiMuchos de los
jarnos e n 1_a s
huéspede s de
mujeres y niños
Eudemius abanque hay en la
donaron precipi'villa. A es os
tadamente la vibandidos quizás
lla aprovechando
podamos hacerlas primeras ho] es frente du,
ras de la mañaranle una hora, apenas
na. Eudemius no
un poco más, pues sólo
quiso retenerlos,
contamos coH quinientos
pues tenía bashombres para la defensa.
tan te eon lo su-Entonces, -observó
y o para defenF.udemius-¿ crees opor·derse. Félix, el
tuno que nos pongamos
hijo del gobernaen salvo antes de• que
Los
sajones
trabaron
pelea
entre
sí
disputándose
el
botln
dor de Andérida,
lleguen los bárbaPos?
de la casa de Eudemius
permaneció en
-Si,-respondió Ma1a villa, para ampararse en ella de sus ene- rio-si es que nos dan tiempo para ello.
migos.
-Creo que sí,-replicó Eudemius.--DisComo los bárbaros no atacaron aquel día ponemos de carrozas y cabaUos, y yo daré
la posesión de Eudsmius, éste y Mario se· órdenes para empaquetar todos los papeles
dedicaron á dirigir el des.pejamiento y orden y cosas de valor que podamos recoger.
,de la casa, el refuerzo de las barricadas y la
Olra vez en la villa reinó el movimiento:
instrucción de los esclavos para cualquier los esclavos corrían de uno á olro lado con
servicio ulterior q 11e fuera preciso.
rollos y paquetes bajo el brazo; se cargaban
-Gonfío en que los mensajeros á quienes cajas bien sujetas con correaje en mulas podespaché n-0 errarán el camino,-dij-o Eude- derosas; las carrozas se disponían con cabamius.
llos que piafaban de impacienéia. Se abrie:- Los a{Jxilios no pueden llegar antes de ron las puertas de la villa, y á todos, menos
mañana por la noche,-oontestó Mario.- á algunos mayordomos y esclavos, se les
Muy mal tiene que irnos para que no poda- permitió marchar: salieron de la viJl&lt;l como
mos resistir hasta entoaces.
hormigas cuyo hormiguero ha sido destruiCuando los rayos del sol poniente hirieron do, y se extend-ieron hácia Oeste.
i

�466

' :

POR ESOS MUNDOS

-Si tuviéramos que separarnos durante
la noche, fijaremos el sitio en que hemos de
reunitnos,-dijo Mario, que afianzaba mediante correas un paquete de provisiones y
un frasco de vino quellevaba en el arzón de
la silla.
Eudemius hizo signos afirmativos, mientras oprimía debajo del brazo muchos papeles que un esclavo iba tomando y colocando
en una caja.
-En Londinium nos reunirernos,-dijode donde yo saldré para Galia tan pronto
como pueda. Allí nos esperaremos unos á
otros.
- Cierto,-dijo Mario.- He pensado en
eso. El mejor plan será dirigirnos desde aquí
al Oeste, hacer un semicirculo y ganar el
camino de Bibracte cuando los sajones se
hallen distraídos en el destrozo del armazón
del edificio, para volver luego hácia oriente,
l' llegar así á Londinium.
Mario levantó en brazos á su esposa y la
hizo entrar en el carruaje, encargando á
Wardo que llevara las riendas y siguiera
inmediatamente después de la carroza que
ocupaba Eudemius, que este mismo guiaba y
que traspasaba ya la gran puerta. Mario saltó á la silla de su caballo en el momento en
que el animal se encabritaba de impaciencia, se ajustó en los estribos y galopó con
gran velocidad, chocando su espada contra
la armadura que cubría la pierna.

VIII
Cuando el sol desaparecía en Occidente,
empezaba en los majestuosos salones de la
gran casa de Eudemius una orgía cuyo escándalo y estrépito llegaron hasta lo indecible y nunca visto.
Cuando los bárbaros que se posesionaron
de ella hubieron comido y bebido ha~ta que
no pudieron más, trabaron pelea entre ellos
mismos disputándose el reparto de lo roba-

do, y de la pelea resultó muerto su jefe~
Wulf.
Después de esta lucha, en su frenética
borrachera intentaron poner fuego á la villa. En medio de esto, mientras recorrían
destrozando y devastando todas las habitaciones y mientras en cada patio había su correspondiente grupo de camorristas beodos
que maldecían y peleaban en la obscuridad
bajo la vacilante luz de algún farol, un destacamento de milicias, en cuyas manos estaba el mantenimiento de la ley y el órden público, cayó sobre los bárbaros cogiéndoles
desprevenidos.
Trabóse sangrienta batalla bajo el expléndido dosel de las estrellas, retumbando los
suntuosos salones del palacio con el choque
de las armas y el incesante del ir y venir de
1os combatientes. Hombres cubiertos de
bronceadas armaduras se desplomaban en
tierra cubriendo con su sangre los marmóreos pisos.
Una hora antes de amanecer llegó de poniente un cuerpo de mineros con los piés
destrozado, por la forzada marcha. Estos mineros venían armados de picos, que manejaban éon gran habilidad y empleaban de distintos modos. Combinados estos dos cuerpos,
la milicia y los mineros , hicieron que la
muerte recorriera salones, patios y cámaras
del palacio de Eudemius, entre el clamor de
los moribundos y los gritos de desesperación
de los combatientes.
Al terminar esta horrible hora, los bárbaros, impotentes para defenderse, huyeron
despavoridos cargados con los despojos que
pudieron robar.
Y al amanecer del siguiente día solo quedaba de la hermosa posesión de Eudemius
un naufragio, espantoso por su desolación: el
péndulo del Tiempo había empezado su inevitable descenso, y donde todo fué antes
poder y grandezas no quedaban ahora más
que cenizas de pompas y orgullos.

( Continuará)

1711,~traciones de Reina Infante

Inundación de Málaga.-Altura que alcanzó el agua desbordada del Guadalmedina en la avenida del 2¼ de
Septiembre último

ACTUALIDADES
LAS INUNDACIONES

Nota triste es esta con que el cronista da
comienzo á la presente sección de POR Esos
MUNDOS. Pero requieren que así seá las
inundaciones que durante el último mes han
asolado algunas provincias de España, especialmente Málaga, Barcelona y Lérida.
En Málaga, en la madrugada del 24 de
Septiembre pasado, descargó sobre la bella
capital andaluza y pueblos comarcanos una
terrible tormenta, acompañada de lluvia torrencial que aumentó rápidamente, en solo
una hora de continuo llover, el caudal del
río Gnadalmedina, que se desbordó saltando
las márgenes en varios kilómetros de extensión de sus riberas, devastando los pueblos
y cayendo sobre la misma .Málaga, cuyos barrios e.e la Trinidad, Perchel y Capuchinos se
vieron inundados. Algunas vías céntricas de
la población, hasta las proximades de la Catedral , quedaron convertidas en arroyos
caudalosos. Ante el incontrastable empuje de
las aguas cedían las pue1:tas de las casas y
eran arrastrados muebles y fardos de mer-

cancías, Las pocas personas á quienes sorprendió el temporal en las calles, sin tiempo
apenas para escapar á sus casas, gritaban
demandando un auxilio imposible de prestar. El ruido de los verdaderos torrentes que
corrían por las calles apagaba las señales
que con los silbatos de alarma y disparos de
revólvers daban los serenos encaramados sobre las rejas de los edificios.Las campanas de
la Catedral volteaban incesantemente, despertando sobresaltado al vecindario. Desgraciadamente, toda tentativa de salvamento era
inútil en los lugares azotados por las aguas.
Los vecinos de las casas inundadas se refugiaban en los pisos superiores, sin tiempo de
librar de la catástrofe más que sus personas,
y sin esperanza de ajeno auxilio porque era
ahsolutamente imposible llegar hasta ellos.
El aspecto de la población no podía ser más
lúgubre aquella noche. Por todas partes se
veían pobres que pedían una limosna sollozando: fué preciso repartir raciones de rancho á los damnificados que quedaron en la
miseria.
Es imposible dar idea de la tristeza en la

�468

ACTUALIDADES

POR ESOS MUNDOS

ciudad en los primeros días de la catástrofe.
Hubo que registrar en la capital 32 muertos, 23 en Vélcz-Málaga, 21 en Colmenar, 13
en Benamargosa, y 13 más en otros pueblos
limítrofes bañados por el Guadalmedina: en
total, 102 muertos, según las estadísticas oficiales publicadas, cifra que hU,biera sido mucho mayor á no ser por el heroísruo, la serenidad y los sentimientos humanitarios de
que Málaga y sus pueblos hicieron alarde en
la noche del d~sastre. •No cabe hacer más
de lo que á esle propósito se hizo,-dicc un
periódico diario.-Murieron. solamente los
desdichados á quienes el agua sorprendió en
los primeros momentos, arrastrándolos fuera
del alcance de las humanas fuerzas. Los que
pudieron resis~ir y demandar auxilio, fueron
salvados todos. El gobernador, la Guardia
r.ivil, los marinos, los soldados, el vecindario,
tan pronto oomo empezó la catástrofe, acudieron en auxilio de los anegados, y lo prestaron en medio de la obscuridad, porque las
a1uas destro7,aron los cables y las tuberías,
siendo preciso improvisar el alumbrado público con bujías, no suficientes en número, y cuya temblona luz hacía más dolorosa
aún la impresión desoladora de los lugares
inundados». El pánico más espantoso se apo-

deró de los malagueños, y se comprende que
así fuera hoy que, pasados los días, puede
apreciarse todo el horror de la catastrofe.
Esto en Malaga; que en Barcelona y Lérida también han causado grandes perjuicios,
aunque no en aquella magnitud, las inundaciones. Desbordados el día 11 de Octubre
último el río Cardoner y el Scgre, subieron
ocho metros sobre su nivel ordinario, inunrlando las poblacioues que bañan, especialmente Manresa y Lérida, invadiendo las
casas, inutilizando las subsistencias y destruyendo las cañerías del alumbrado público,
dejando á obscuras, por tanto, las poblaciones, con lo que aumentó el terror de aquellas vecindades. Para acudir al salvamento
de las personas cuya vida peligraba y evitar
en lo posible la obra destructora de la inundación, trabajaban desde los primeros instantes brigadas de los municipios, fuerzas de
la Guardia civil y soldados del Ejército· pero
esto no ha impedido que las cosech~s se
hayan perdido por completo bajo la espesa
capa de légamo y piedras que cubrieron los
campos, ni que las comunicaciones se hubieran interrumpido aislando I os puntos
inundados y haciendo así más difícil el socorro y auxilio de los damnificados.

Aspecto que ofrecía la población de Manresa, tn la provi~cia de Barcelona, después de la inundación del 11 de
Ootubre ultimo

El rey Don Alfonso XllI y el jefe del Gobierno, señor Maura, salieron para Málaga y
la región inundada en Cataluña, vif'ilando
los lugares que han sufrido perjuicios, socorriendo á las personas con auxilios pecuniarios, prodigándoles frases de consuelo y haciéndoles promesas de ayuda oficial.
EL TENOR CONSTA~TI

469

En Madrid, en la función organizada por
el Centro Bético a beneficio de los perjudicados por las inundaciones de Málaga, que
se celebl'ó en el Teatro de Apolo, cantó el
racconto de Lohengi·in y la romanza de
Cavaradossi de Tosca, con sentimiento exquisito de bm,n arlisla, viéndose obligado á
repetir la última de dichas paginas musicales para correspondcl' a la ovación que el
público, selecto y distinguido, le tributó.

El público de Madrid ha sancionado con
sus aplausos la fama de r¡ue venía precedido
LA REFOR?.!A DE LAS COSTU:\IBRES
el tenor catalan
Angel ConstanUna real órtí. En un banden del ministro
quete con que
de la Gobernavarios amigos
ción, señor La
suyos le obseCierva, dispoquiaron hace un
niendo el cierre
mes, cantó vade las tabernas
rios fragmentos
á las doce y mede óperas, dedía de lamadrumostrando pogada y una hora
seer facultades
despuésel de los
muy excelentes,
cafés, amén de
preciosa y bien
prohibir los dotimbrada y semingos la apergura voz y gran
tura de las prifacilidad p a r a
meras, h a 1 e emitirla.A parte
vantado gran
sus condiciones
discusión acerca
natural es de
de su oportunicantante , Liene
dad y de la parConstantí m u ticipación q u e
eh os méritos,
cabe a las autoe o m o son los
ridades e n I a
que aquilatan su
obl'a de refornombradía d e
mar las costumartis ta . II a e e
bres sociales y
algunosaños era
extirpar estas
en Barcelona un
cuando no son
pobre carretero,
lodo lo buenas
sin instrucción
Don Alfonso XIII du1ante su vbila ií los lugares inundados t•n
que la moralialguna. Cierto
Málaga, atravesando el río Guadalmedina sobre un puente providad y e¡ bien
.
l
s,onal hecho con tablones
, bl'
..
ia,
á
a
puerpu 1co exiJen.
d
ta de un ventorro oyéronle algunas per;,onas
Deja el cronista á los sociólogos la discucantar una copla, y ht1bo desde entónces sión y resolución de este aspecto de la cuesquien se interesó por él y le tomó bajo su tión; pero no puede menos de reproducir
•tutela. En poco tiempo, su consta!'!cia en el una opinión interesantísima en lo que conestudio hizo que aprendiera á leer y escri- cierne al cierre de las tabernas en domingo,
bir, y con la misma voluntad que alcanzó opinión de verdadero valor porque procede
las primeras letras aprendió m ísica, fran- precisamente de la parte de población que
cés é italiano. La Diputación barcelonesa le mas concurr~ a dichos establecimientos, de
pensionó para que hiciera sus estudios artís- la gente obrera, cuyo representante, el Centicos en un conservatorio, y salvó su carre- tro de la calle de Relatores, ha publicado en
ra con premios y medallas en todos 1os cur- El Imparcial, con motivo de la información
sos. Después, en el Liceo de Barcelona, en' abierta por dicho periódicoac!lrca de la cues•
el Real de Lisboa, en Génova, Marsella, París, tión que motiva esta nota de nuestra cróniValencia y Zaragoza, los-éxitos le han acom- ca, los siguientes párrafos:
pañado siempre.
«Los trabajadores de Madrid salen favore-

,.

�471

ACTUALIDADES

El rey Don Alfonso Xlll presenciando los destrozos ocasionados por la inundación en la fábrica de gas de Manresa

-cidos con el cierre de tabernas á las doce de cincuenta y dos domingos que tiene el año,
la noche y con la clausura los domingos. las tabernas madrileñas se tragan más de
El día 1. 0 de Octubre pasado se reunió la medio millón de pesetas, distraídas en el
~omisión Adminis•
copeo, del jornal del
J obrero. ¿Se suprimitrativa de 1 CeI!.tro,
,Y ante ella fueron 1
rá esto en absoluto?
leídas 1 a s disposiNos parece imposiciones ministeriales
ble ; pero bueno es
hoy discutidas y la
que se intente con
referente al uso de
una reforma legislaarmas . Todas ellas
tiva q u e nosotros,
merecieron· elogios
1 asociados ó socialisunánimes, y en
; tas, no podemos miconsecuencia se rerar con malos ojos.
comendó á los deEsa es la razón ecol e g ad o s d e 1 as
nómica. En cuanto á
.ochenta y e ii atro
la razón de higiene,
sociedades obreras
no esnecesarioenun.adheridas al Centro
ciarla siquiera . E 1
que ayuden á su
obrero necesita e 1
-cun;ipli míen to. En
domingo para el desel centro obrero se
canso. ¿Es descansar
conoce in timamenmeterse en un local
te la vida del tra~
rasi siempre estre-·
.:bajador, y por eso
cho, en una atmósfejuzgamos c o nvera enrarecida, discu. ni entes l as restrictiendo, bebiendo un
Don Angel de Constanti, tenor de ópera que ha cantado
-ciones. H a y p a r a con
vino que poco á poextraordinario éxito en el Teatro de Apolo, de Madrid
eello razones econóco le destroza, vien_micas, razones de higiene y sentimientos do cómo pasan las horas cada vez más turmu y ate11dibles de índolP, familiar. En los
bias y más propicias á la querella, al escán-

r

.i

1

Don Alfonso Xlll y el jefe del Gobierno á burdo del vapor Catalutia que les condujo desde .Málaga á Barcelona

�472

POR ESOS MUNDOS

dalo, al crímen? En el caso mejor, el obrero
no gana nada con ese descanso. Al contrario,
pierde. Y ambas razones se reproducen en el
hogar; por eso nuestras
mujeres, la mujer del
obrero, vota por el cierre de las tabernas.»

EL EMPERADOR DE AUSTRIA

Publicamos el retrato de Francisco José 1~
emperador de Austria
y rey de Hungría, cuya personalidad ocupa
hoy la atención política internacional porLA CONDESA DE
1a grave enfermedad
MONTIGNOSO
que padece.
Este monarca cuenta
La crónica mundana
setenta y cinco añoR dese ha ocupado extensaedad, y por eso la ensamente en la persona
fermedad causa mayorde la princesa Luisaansiedad que si no enAntonieta-María, ex contrara achacoso y
reina de Sajonia, con
debilitado el organismomotivo de su boda con
físico; las cortes euroel pianista italiano Enpeas temen la muerte
rique Toselli.
del decano de los moEsta princesa Luisa,
narcas por las complique antes de ahora ha
caciones que pueda
d ad o que hablar al
traer, no solo á sus domundo por sus aventu. minios, sino á la políras amorosas, es aún
tica mundial, pues es.
una hermosa mujer, á
opinión muy acentuap_esar ?e SUS treinta Y Princesa Luisa, ex-reina de Sajonia, qne ha contrafdo da la de que con la dessiete anos de edad. Es
matrimonio en Lóndres con elaparición de Franciscohija del gran-duque de
José I desaparecerá
Toscana, y era princesa imperial y archidu- también la unión de Austria y Hungría. dos.
quesa de Austria al contraer matrimonio el países que nada tienen de común entre sí y
año 1891 con el actual rey de Sajonia. a;¡¡c crue el respeto y el cariño al referido monarse divorció de su espoca no ha desligado ya.
sa en 1903 acusándola
en más de una ocasión.
de infidelidad con e l
preceptor de sus hijos.
DOS CUADROSDEL GRECOLa princesa Luisa
adoptó entonces el títuEn la ermita de San
lo de C o n d e s a de
José, de Toledo, había~
Montignoso, que sigue
y hay, joyas artísticas.
usando, y después de
De estas, dos cuadros.
recorrer varias poblade Domenico Theotoconiones fijó su residenpuli, El Greco, que recia en Lóndres donde,
producimos en es tas.
cuando nadie lo espepáginas, harr sido venraba, ha contraído madidos á una casa frantrimonio con el músico
·cesa, con objeto d e
Toselli.
atender con el importe
Este enlace ha caude la venta á las cargas
sado profunda impreque pesaban sobre la
sión en la corte sajona
fundación encargada dey algún malestar e n
sostener aquella ermilas de Austria y Berta.
lín; circunstancias que
La prensa tóda h a.
h a n hecho aumentar
protestado de que esos.
en e I corazón de la
tesoros artísticos vayan
$ignore Enrico Toselli, pianista italiano
ex-reina su amor por
á parar á manos exsu nuevo marido, según manifestaciones que trañas, y en el Parlamento se han dejado oírha publicado el ilustre escritor William Le voces en petición de lo mismo; pero como.
Queux, que asistió como testigo á la boda.
no está dentro de los límites de la acción gu-

Emperador de Austria Francisco José J, cuyo estado de salud despierta gran ansiedad en las cortes europeas

�4:74

POR ESOS MUNDOS

bernamental castigar, ni menos impedir, tal
como las leyes se hallan estatuídas, esa venta de cuadros, lo cierto es que las dos citadas
obras de El Greco pueden considerarse desaparecidas para siempre de
España.
El (h-eco no
era español; nació en Creta hácia los años
1548, pero vino
á este país en
1577, si no antes, estableciéndose en Toledo,
donde murió en
1625. En nuestra imperial
ciudad hizo lo
mejor de sus
trabajos, y allí
pintó el bellisimo cuadro Jesucristo d e spojado de sus

española. Téngase presente que este cuadro
está pintado con un siglo de anterioridad á
Velázquez, que hasta él nadie había pintado
con esa ejecución y desenvoltura, que fué lo
que caracterizó después
nuestra pintura: todo lo que
se había hecho
en España estaba más ó roen o s inspirado
en 1 a escuela
alemana y en
la de Rafael y
de sus discípulos , es decir,
enteramente lo
opuesto; género
desabrido y seco y que tan
mal se amoldaba á nuestro
carácter nacional. Se ha criticado el citado
ves ti duras,
cuadro dicien«obra-dice un
do que la parte
comenteristaalta, la que reen que ha sido
presenta la Gloreconocida toda
ria, es muy inla manera del
ferior á la parte
Tiziano. Por dibaja. Con percho cuadro redón de los crícibió e n pago
ticos, me pare119.000 marace la parte al ta
vedíes (875 peadmirable; no
setas), que 1 e
hay más que
dió el Cabildo,
algún nubarrón
de quien recid'e los que El
bió además
Greco solía ha200.000 marae er para unir
v e dí es (1.500
lo terrestre con
pesetas), por el
lo celestial, que
ornato d e esofusca un poco
cultura, que
la vista á los
también había
que no miran
trabajado».
con detención
«El segundo
aquel Cristo.La
cuadro que á
Virgen y los
El Greco se
Santos que le
encargó en To-1
rodean son una
ledo es el más
mar a villa de
maravilloso de
color Y de estodos 1os supíritu.'No hablo
La ~antisima Virgen co11 el Niño .Tesú, e,i los brazos.-Cuadro de
El Greco vendido en Toledo
yos,- sigue didel conde de
ciendo el mismo
Orgaz ni de 1
comentarista.-Representa El entierro del
obispo y diácono que le sostienen, ni de los
conde de Orgaz. Según Rico, «puede decir- caballeros que rodean la escena, porque el
se de él que es el fundamento de la escuela que quiera encontrar el verdadero tipo de la

ACTUALIDADES

475

jor. La mayor parte de las iglesias de Toledo
tienen algo de Theotocopuli. Rico escribía
en 1894, refiriéndose á dicha ciudad y á las
obras de Theotocopuli: «En San José hay
un a As ce nsión de la Virgen, pre c10sa... ; en San
Lorenzo ha y
• otra As censión de lo bueno su yo; pero
colocaron delante del cuadro u na efigie
de madera de
tamaño natural,
digna de un villorrio y,lo que
es peor, apoyada en la tela,
de manera que
el cuadro está
sofriendo. En
Santiago el antiguo también
existen otros
cuadros.»
Tuvo el artista
un pleito con el
cabildo de Toledo por haberse
negado áborrar
las Marías de
uno de sus cuadros . Por tal
causa le metie·r on unos días
en la cárcel de
la Inquisición,
El sueño de
pero las Marías
Felipe lI, del
no se borraron.
que ha dicho
Ignoramos cóRico: «Se ve el
mo se acabó el
retrato del mopleito. Su cuanarca, tan bien
dro del Entiecaracter i za do
rro de Orgaz
que quüás sea
se halla en Touno de los meledo en la pajores. Es este
rroquia de Sanretrato el retrato Tomé. En Mato moral del
drid se hallan
segundo de los
· en el Museo del
Austrias; lástiSan Marlin á caballo e,i el aoto de parttr Za capa con un pobre.Cuadro da El Greco vendido en Toleilo
Prado diez lienma que esta jozos de Theotoya esté colocada muy alta y en malas codiciones para po- co puli, á saber: seis retratos de hombre, Jederse estudiar.» En la misma sacristía se en- sucristo difunto en brazos del Padt·e Etercuentra también un obispo, creemos que San no, Retrato de un médico, Retrat-0 de Don
Blas, que es de lo bueno suyo, repetición Rodrigo Vázquez, presidente de Castilla, y
de o1ro cuadro que está en Toledo, pero me- San Pablo. De que Theotocopuli manejaba

distinción y caballerosidad españolas de
nuestra gran época, no verá otra página más
sublime; época de la cual tenemos algunos
retratos, pero que no la evocan tan completamente, si así
puede decirse.
Dice la historia
de Toledo que
este cuadro lo
encargó el cura
de Santo Tomé,
el cual está retratado en primer término,de
sobrepelliz;
bien merece
haber pasado á
l a posteridad ,
por haber t e nido tan feliz
idea: la posteridad se lo seguir&amp;, agrad.ec i en do. »
E I cu airo
de San Miittricio, tam))ién
llamado dé los
Mártires, · está
firmado e!t griego y dice de
dónde era originario_el artista. En la sacristía del monasterio del Escorial existe otro
cuadro del
Theotocopuli,

�476

POR ESOS MUNDOS

477

ACTUALIDADES

Sen le nu, mer·o la lista de la compañía que ha
de actuar en él y óperas que forman el repertorio.

ñol; y en la Comedia s~ da preferencia al gé:
nero cómico representandose artistas
Pº: excelente:s
obras

La loca de
la casa, una de

Teniente general Don Ramón Echagüe, nuevo
jefe de la Casa Mili lar del rey de España Don
AIConso XIH

I

las mejores
producciones
dramáticas de
Galdós , abrió
este a ñ o I as
puerta s del
Teatro Español,
enelqueRosario Pino, _Emilio Thuillíer y
Francisco P alanca, dan gusto a I público
Don Narciso Sentenach, recibido académico de
Bellas Artes de San Fernando, el 18 de Octubre último

la pluma con tanto acierto como el cincel y setenta y siete años de edad, ya muy entralos pinceles, es buena prueba la defensa que do el 1625. Recibió sepultura, después de
hizo en 1600 de las prerrogativas de las tres suntuosas exequias, en la parroquia de San
nobles artes que
Bartolomé.
cultivaba, conLuis de Góngotra el recaudara, su amigo •
dor de alcabacompuso á su
las de lllescas,
muerte un soque le demanneto que reprodó pretendiendujo Ce á n.
do exigirle I a
Otros dos escrialcabala de lo
bió Paravicino
que había tracon motivo del
bajado en los
retrato que le
te m p I os de
había pintado
aquella villa.
El G1·eco y del
El Consejo de
túmulo que ésHacienda sente levantó en
tenció á favor
Toledo para las
de El Greco, dehonras de la
cla¡ando exenreina Margarita.
tas de todo tributo dichas tres
LA TEMPORADA
·bellas artes. El
TEATRAL
fallo sirvió de
jurisprudencia
. Funcionan ya,
en lo sucesivo
al salir á luz
para otros pleieste número de
tos que se susPoR Esos MUNcitaron contra
Dos, todos los
varios artistas ..
teatros de MaFué Theocopudrid, excepción
li muy querido
hecha del Real,
La reina Victoria saliendo de la Exposición organizada por el Circulo
y respetado en
que abrirá sus
de Bellas Artes, en el Parque de Madrid
Toledo , donde
puertas el 16
su muerte causó general sentimiento, espe- del actual con el estreno de la ópera de
cialmente en los artistas, á quienes protegía Puccini Madama Buttery. De este teay proporcionaba distinciones. Falleció á los tro damos á conocer en otra sección del pre

,., .,..

v a ii devilles
traducidos del
francés.
En losespectaculos del género chico solo
ha de apuntar
el cronista el
Teatro de la
Zarzuela, donde se ha estre-

'Á"
J; nadoLapatria
chica, de 1o s

-

numeroso y selacto q•rn allí ,
acude.
En I a P1in ·
e es a actúan
Carmen Cobeña
y Francisco
Morano , hace
tiempo alejados
de los escenaríos de Madrid;
á Lara ha vuelto Nieves Suárez, que ha dejado de perlenecer á la comEl1
pañía del Espaª

de nuestros mejores autores y

,.,,...

,~!

. .

:.A::.\. .. -;i

·
~..

. .

• _.
-·

~

.

·
_::;;,,¡__
.
., , ,,~ .:; ..¡;.,
. .;. "'~
·-" ~

.

x·

~~1~

M Walter Wellman·eensaba llegar

1
p"t~toor~~li~~d~nd:
s1u;unf~ de _partida en Sp1tzberg el 2 •!A
'
Septiembre último
0 0

he rm an os
Quintero e o n
música de Chap í. Toda la
obra es una verdadera maravilla en su género,yelpúblico
lo sanciona así
Uenandodiariamente aquel
teatro y aplaudiendo á los artistas, que interpretan muy
bien La patria

,-,hica.

�LOS GABANES

X, ci~dad española, que no hay por
E qué
citar toda vez que e! episodio poN

día paber ocurrido en cualquiera de ellas,
porque todas se prestan, existía un círculo
aristocrático, con todos los caractéres de
una sociedad legalmente constituida, y, sin
embargo, no se trataba más que de una cas€i
_de juegq, á la cual podía concurrir toda persona que supiera guardar las formas sociales más exquisitas y á la par arrancar de
las entrañas de su cartera las mayores cantidades de dinero que á cada cual le fuera
posible.
A la sazón estaban prohibidos- los juegos
de embite y azar, y tenaz y minuciosamente
perseguidos sus infractores, porque se ejercía una estrecha é inmediata vigilancia cerca de los círculos donde la policía sospechaba que se contravenían las disposiciones
del Gobierno.
Con este círculo de referencia había alguna tolerancia por la calidad de las personas
que acudían á él, y porque los que lo explotaban atendían con mano pródiga á los encargados de vigilarle.
Así las cosas, veíanse bastante concurridas las salas de monte y baccarat, y raro
era el momento en que al rededor de las mesas podía hallarse un asiento desocupado.
Una tarde del mes de Enero, que hacía un
frío glacial que se introducía hasta la médula de los huesos, ví sentarse á un jóven elegantemente vestido en la única silla que se
hallaba vacía de la mesa del monte. Yo asistía á estas sesiones, porque, sin ser juoador
ni haberme visto jamás en condicion:s d~
fortuna para jugar dinero con la premura y
largueza que consienten estos juegos de embite, gustaba de las emociones de los demás,
que se prestan á muy curiosas observaciones del corazón humano, y á ver formarse y desarroUarse grandes tormentas del espíritu.

de

Andábame yo en investigar las muecas
uno de los jugadores perdidosos para enseñorearme del estado de su ánimo, y qu€darme como material útil para mis filosofías con
las impresiones que más lo mereciesen,cuando llamó mi atención el jóven recién llegado.
De un elegante tarjetero sacó unos cuantos
billetes de veinticinco pesetas, de los cuales
arrojó uno sobre la mesa cerca del banquero,
mientras decía lacónicamente:
-¡Al cinco!
De otros lados de la mesa salían voces distintas.
-De salto al rey, y á la carta,-decía una.
-Casado en el tres con las de arriba,decía otra.
-A la cruz.
-De rey y cinco esos diez duros.
- Primeras de arriba.
Se hizo una breve pausa, y el banquero,
después de la pregunta de rúbrica «¿Está
hecho?,, volvió la baraja, y apareció un as en
la puerta. El silencio se hizo profundo: ni las
respiraciones se oían; únicamente el suave
claclido de las cartulinas que desprendía del
bloque la experta mano del banquero, llenaba los ámbitos del espacioso salón, y á cada
nueva faz que presentaba la baraja, los pulmones de los jugadores interesados se oprimían y se dilataban acompasadamente, reflejándose estos 'fenómenos en sus pálidas y
anhelantes fisonomías.
Alguna que otra chanr.a de muy sutil ingenio, parcamente dichas, amenizaban aquellos momentos de horrible sufrimiento.
-¡La sota!-exclamó con voz melillua el
hom):¡re que jugaba los naipes.
Movimientos d e inquietud y levísimos
murmullos siguieron á estas palabras. Después algunas fichas de nácar de distintos tamaños cruzaban con raudo vuelo hacia sitios
diferentes de la mesa, y otra vez tornaron á
oirse las voces que decían:

-La postura de la cruz se retira.
-Veinte duros del tres para el rey.
-Ese billete al rey.
-Esto sobre ocho del rey.
Y el jóven que había perdido un billete
de cinco duros jugando al cinco, arrojó otro
exclamando:
-¡Al tns!
-No vá más,-repuso el hanquero, y
volvió la baraja nuevamente.
- El rey en puerta.
Otro revuelo de
fichas, billetes y monedas, y otra vez los
murmullos y los movimientos de inquietud, y así una vez,
y otra vez, y otra, y
muchas, durante las
cuales aquí se acurrucabau las fichas y
monedas que desaparecían de allí, y
allá reaparecían las
que habían ido para
acullá,en un trasiego
de que solamente la
e a g n o t t e sacaba
substancia y fortu na.
El jóven del tarjetero y y o veíamos
desaparecer u n o á
uno los billetes que
había sacado, sin que
ni en una sola ocasión la suerte le fuera propicia para poder saborear la di cha del acierto y de
ver duplicada la cantidad puesta en j uego.
Con un estoicismo
soberano y unaecuanimidad digna de mejor suerte, el jóven arrojó el úllimo de los billetes del paquete que
había sacado, y poniéndose en pié como
quien se dispone á marcharse porque sabe
que también ha de perder el último, dijo:
-¡Al dos!
El juego ·se hizo, y á la cuarta carta vino
la contraria del dos.
El jóven del tarjetero abandonó el salón
silenciosamente, sin dejar traslucir el más
insignificante pesar. Yo le seguí con la mirada hasta que desapareció detrás del tapiz
que ocultaba la puerta.

4.79

-¡Pobre muchacho!- dije para mí.-Ni
una sola carla ha acertado: debe de ser muy
afortunado eu amores.
Este futil y vulgar comentario fué todo lo
que se me ocurrió dedicar al jóven como
oración fúnebre.
Habían transcurrido unos diez minutos
cuando el jóven volvió á aparecer pegado á
la mesa de juego; pero esta vez con un solo
billete , q u e desde
luego le entregó al
banquero para que
lo uniese á la suerte
d e u n caballo d e
oros.
Breves momentos
bastaron para que el
billete aq uei sirviese
de juego á otro que
estaba en la carta de
enfrente y que entónces era un cinco.
El jóven giró sus
tacones y tornó á salir del salón.
Otro lapso detiempo de diez minutos
tardó en volver con
otro billete de cinco
duros, y esta vez se
interesó en una sota,
que también se negó.
Nueva salida del
salón, y nuevo regreso con otro billete ,
que también se quedó á hacer compañía
á los anteriores.
Esta operación la
realizó doce ó catorce veces, y ya había
conseguido intrigar
basta á los jugadores
más engolfados e n
sus cábalas y apuntaciones para el desarrollo de sus mal'tingalas. El banquero y el pagador le miraban con una curiosidad extremada. En cuanto a mí, me pasaba respecto á él lo que á él
respecto al juego: no sabí11. á qué earta quedarme, ni qué pensar de aquel hombre tan
jóven y tan extraordinario.
Una de las veces que salió, la última, volvió á los diez ó doce minutos con otro billete, que se jugó, y perdió impertérrito.
Todas las miradas se fijaron en él, y, como
lo advirtiese, tomó asiento en la misma silla
que antes había ocupado y que aún s~ b~llaba vacía, y se puso á contemplar los lDCl·

�480

POR ESOS .MUNDOS

-dentes del juego sin hacer caso de la curiosidad genel'til de que era objeto.
En uno de esos mome1itos de silencio en
que los jugadores se pueden distraer porque
están preparando la talla, uno de los puntos
sentados en el extremo opuesto al de nuestro jóven le preguntó en alta voz y con un
tono bastante impertinente:
- ¿Qué le pasa, jóven? ¿Se han concluído
ya los billetes?
-No, señor,- le respondió con gran aplo-

DibuJos de Ka,•ilcato

'

mo.-Lo que se han concluído son los gabanes del guardarropa... Siento decrrles que se
han quedado á cuerpo todos ustedes, y que
hace un frío que se hiela el Verbo.
La estupefacción fué general; pero el jóven elegante, sin inmutarse, sacó de su bolsillo un abultado montón de papeletas de
empeño, y las arrojó gallardamente sobre el
tapete, mientras exclamaba con voz entera:
:;¡;,Ahí están 1 a _s papeletas. ¡Quien no
quiera quedarse sin gabán, que lo de8empeñel
FÉLIX

MÉNDEZ

�Uno de los globos militares del Ejército espaflol haciendo experimentos durante las maniobras de otorio del ario actual

�</text>
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                <text>1900-1916. Enciclopedia mensual ilustrada publicada en Madrid España a principios del siglo XX. Se especializa en temas sobre aventuras, viajes, entretenimiento, tauromaquia. Fue fundado por José del Perojo.</text>
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              <text>1900-1916. Enciclopedia mensual ilustrada publicada en Madrid España a principios del siglo XX. Se especializa en temas sobre aventuras, viajes, entretenimiento, tauromaquia. Fue fundado por José del Perojo. </text>
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