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                  <text>BOLETIN MENSUAL DE LA UNIVERSIDAD DE NUEVO LEON
como artículo de 2a. clase en la Administración de Correos de Monterrey, N. L., el 20 de Abril de 1944.

Año XIII

No. 11-12

Noviembre-Diciembre de 1956

El anciano encendió lumbre y dió
de comer al viajero. Este le contó que
se dirigía a la Corte, a lo que el anciano, mirando al cielo, replicó: "¡Oh,
vanas e intiles dignidades! A cuántos
1Jen'!is desencaminados y perdidos por
este camino! Muy alejado estás, querido hijo, de la Corte, pues soy el Desen•
gallo'\ Y añadió:

que no entra aquí quien no tiene
mur pocos Merecimientos.

.)

i1/-='

Entre los ,,
. dos discipulos de Quevedo, se encuen•
tra el misterioso ·.
or
Martin~z. de Cuél~ar. P~co o casi
nada se sabe ele 'rl'•~t\Vtco !UA~n el ultimo terc10 del siglo XVII
prolonga la llrt~,1\ g,~ \iqu~tr'a pléyade de liter~tos insi~nes de la
centuria ant:flihl~ lfonde el nombre de Fray Lms de Leo~ es la es•
trella más resplandeciente. Apenas se encuentra una cita en sus
contemporáneos, y a no ser por los preliminares del único libro
que escribió "Desengaño del Hombre en el Tribunal de la Fortuna y Casa de Descontentos", no sabríamos ni siquiera dónde
nació. Fué en Cuenca hacia 1640. Esto es todo, a pesar de la re•
busca en bibliotecas y archivos españoles. Quizás el escritor mo-

Jf!lfll!

ralisla muriese joven; quizás pasara a Jndias, al lado de su protecteclor Hamos del Manzano, por cuanto \'arios Martínez de Cuéllar se
trasladaron a América y figuran como
pobladores del Perú; quizás entrase en
religión, acorde con sus desengaños o
con la tendencia general de su tiempo
SC'a como fuere, si de Marlínez de Cuéllar no tenemos la vida, ha llegado
hasta nosotros la obra. El la llamó
"idea 11.,. y añade que el motivo que tuvo fué no más de pasar el tiempo,
pues, como doctamente refiere Plinio,
rt orio del estudiante toca al estudio.
Y asi, ·en los ratos de desocupación estudiosa halló el "Desengaño del Hombre en el Tribunal de la Fortuna". Es
el mismo fenómeno que se dió en Fernando ele Rojas. Ambos son estudiantes, componen su libro en la más florida edad, y al punto desaparecen, sin
apenas dejar rastro. "Diríase que no
traen otra misión sino escribir su libro, su libro único, un libro que atraYesarú las épocas, y ese libro, por paradoja, será, en uno y otro, de descngafios. Obra de viejos, que escribirán
nifios. :fratado de experiencia, que
brotará de manos tempranas. Tal "Calixto y :\1e1ibca". Tal "El Desengaño
del Hombre": "libros de estudiantes
para que todos estudien". :\farUnez de
Cuéllar escribió su libro a los 23 años,
lraslucr la influencia satiricomoral de
1111 Qur,·rdo y de un Alfonso de Valdés. El "Desengaño del Hombr'e", tiende a mostrar lo engañoso de los bienes de este mundo. Tal vez la lectura
nos recuerda a Virgilio y el Dante, pero tan sólo como escenario, como juego clt• figuras. Estos todo Jo concentran rn el más allá, mientras que Cuéllar
sin dejar de hacer referencias
a lo escatológico, como creyente que
es- se ocupa del más acá.
Ln galanüra y sinceridad de Martínez de Cuéllar la hallamos ya en sus
palabras dirigidas al lector cuando le
adviertt' respecto del libro: "Que lo
nlabrs no 'te pido; que lo vituperes,
tampoco: que lo uno será envidia, cuando lo otro ignorancia. Alguno dirá:
muy poco es del autor; y yo lo confieso. Esto es precepto de Quintiliano :
QUC' Jo:,; que escriben han de imitar a
1as abejas, que de día andan por las
ramas cogiendo flores, para después,
de aqut•11as aromas, fabricar dulzuras.
La noticia ha de ser de muchos; la
clocurncia, propia. Ni esto es nuevo

ni poco usado; y más cuando vemos
todos los autores griegos y latinos, que
a cara descubierta lo ajeno lo dicen
como propio. Siendo, pues, esto costumbre en los escritores, no me parece causará novedad el haberme yo ,,alido de varios, de cuyas sentencias he
compuesto este "Desengaño en el Tribunal de la Fortuna".
Sorpréndenos, al comenzar el libro,
con una descripción de anticipo ro-

A.qui vive el Desengaño,

según mi voz te lo dijo,
y dista mucho, colijo,

del Desengaño el Engaño.
El Desengaño promete llevar al día
siguiente al viajero al nuevo y nunca
descubierto mundo del "Tribunal de
la Fortuna y Casa de Descontentos".
En efecto, llegan ante un palacio, y
"no me admiré de ver tantas rique•
zas, por ser necesario, según mi parecer, que quien todo lo da tpdo lo tenga. Yi una tarjeta a la puerta, cuya

,

UN VIAJE
CON

EL

DESENGAÑO
Dr. Daniel Mffi

mántico: "Gemia el horcas con espantoso estruendo", y nos lleva el autor,
montado en veloz cabal1o, a un Jugar
"que reconoció ser una tosca bóveda",
en cuya puerta se leía este rótulo: "Casa del Desengaño". Allí encuentra un
vcnerab}e viejo que, arrimado a un
báculo, exclamaba: "¡Ah, engaño! ¡Ah,
engallo! ¡Infelices los hombres que te
siguen, al paso que dichosos los que,
bizarros, te desprecian!" Al preguntarle la causa de tales lamentos, le
contestó el anciano:
En soledad muchos años
ha que estoy, r es bien me asombre
al Yerte, pues raro hombre
suele buscar Desengaiios.

inscripción eran estas verdaderas razones:
Aquí vive ¡Oh, pasajero!,
la deseada fortuna,
que a quien la busca desprecia,
y a quien la desprecia, busca.
Cuatro hombres de horrible aspecto
asen al viajero: "¿Quién sois vos, que
atrevidamente osáis profanar el sagrado palacio de la Fortuna? ¿Traéis algún memorial? ¡Ea, decid quién sois!"
Turbado, volvió la cabeza en busca del
auxilio del Desengaño, quien dijo:
Para entrar por esta puerta,
propicios han de ser éstos;

El viajero se dió cuenta de que "a
la puerta de la Fortuna y sus falibles
premios, están los pocos méritos: asi
ql.lc, para lograr dichas, no hay sino
no merecerlas".

Como iba acompañado del Desengafio -"¡ Oh, Jo que disimula la buena
compañia!-, le franquearon los Pocos
:\!crecimientos el paso, y llegados a un
pórtico, vieron una doncena "cuya
hermosura era igual a sí; pero tan desproporcionada en el cuerpo, por ser
tan alta, que casi se perdía de vista
su cara". La doncella, con tono severo, les dijo que no podían pasar de
allí si no la llevaban de su parte. Preguntó el viajero quién era, y respon..
dió:
f!abéisme a mi menester,
y aunque me miráis tan larga,
no os espante, porque yo
soy del mundo la Esperanza.
"¡ Oh, que dilatado es lo que a nues- ·
tro entender figuramos corto! -se dijo el viajero-, ¡Oh, qué alto e inaccesible lo que tenemos por fácil!" La
Esperanza les prohibe seguir adelante
si no hacen protesta de esperar, a lo
que el Desengaño le contestó que era
inúlil conociéndole a él.

Poco anduvieron, cuando les salió
al paso "un hombrecillo como del codo a la J¡Jano", quien se ofreció .a ellos
como de mucha importancia, pues todo lo que liada la fortuna se lo atribuían a él. Preguntado quién era, respondió:
Conóceme el mundo bien,
por muchos sucesos raros,
que, por -estar contingentes,
llaman, sucediendo, Acaso.
"¡ Qué ele almas en el infierno por
un Acaso! -exclamó el viajero-. Que
seáis necesario para este Tribunal, no
me admira; que las glorias de este
mundo, todas consisten en el Acaso".

Iba a disculparse el Acaso, cuando
apareció "una mujer tan perfecta, que
parecía haberse formado ella a su gusto" Venia con un manto azul de diamantes, una corona en la cabeza y un
cetro en la mf\nO. Preguntada quién
era, contestó:
De la Desdicha soy contraria
y del Acaso soy prima,
necesaria para todo,
pues lodo consiste en Dicha.
El ,·iajero supuso que la Dicha no
habia reconocido al Desengaño, dada
su respuesta, "que muy raro es el di.choso que le conoce, cuanto más la
propia Dicha". Y añade: "Aquél es
verdaderamente feliz a quien busca la
Dicha, no él que la adquirió por buscarla. Ninguna felicidad hay tan su-

•

�ma en Jo creado, c¡ue deje a la mundana ambición contenta".
Despedidos de la Dicha, salió a su
encuentro "un hombre cuya fiereza no
admite comparación". Este les dijo:
Xo te espante el rostro adusto,
ni verme tan mal tratado,
que el no estar aderezado
es por ser el propio Susto.

bienes y Jo caduco de sus premios.
Pues apenas los da cuando los quita.
Venían a sus lados la Asistencia, la
Ignoráncia, la Incapacidad. Acompaiiaban a la Sinrazón, el Acaso, la Dicha, el Susto, la Esperanza, el Cuidado; y ]os Pocos 1Iéritos iban haciendo
lugar para que llegase la Fortuna: que
no llega la Fortuna si no es a fuerza
de pocos merecimientos".
Acomodado el Tribunal de la Fortuna, entró un licenciado, "en cuya barba, al parecer, ponía más cuidado que
en el estudio". Venía el licenciado
acompañado de muchas personas graves y con hitbito. Preguntó el Yiajero
al Desengai'io quiénes eran, y éste contestó:

--,

"Ea, anhelo, ¿quieres no tener Susto? -me decía- pues sacia esa tu
se,J. · Cosas hay que nos atormentan
m.l1s que debieran; cosas que antes de
tic.1npG nos afligen, y cosas que nos
nfolestan sin razón. Las primeras son,
la pórrlida de las cosas temporales; las
segundas, el temor que tenemos de
perderlas; las terceras, el susto que Estos que con lucimiento
adquirimos anejo a ]as propias rique- Yes al ]ad de este hombre,
zas."
no criados, antes son
Siguiendo su camino llegaron al Pa- a su pretPnsión Fa vorcs.
Jacio de la Fortuna, donde había muchos pretendientes tristes y macilenL&lt;'ró 1a Sinrazón el memorial, que
tos. "Vi también muchos abogados, pe- decia así: "el doctor Xecedad, natural
ro el de más opinión dijo al Desenga- de Penseque, hjjo legítimo del Desati1io ,¡ue se llamaba el Cuidado. ¡Dichono y la Bobería, nieto del Descuido y
sa república que, teniendo tanto malo,
la
Pereza, sobrino de la Incapacidad
tiene algo bueno!"
y Ja Ignorancia, suplica a Vuestra DeiLlegaron a un salón donde estaba un dad, atento a los servicios que han heTribunal, cuya grandeza ostentaba ser cho sus antepasados y ejercer sus deude la Fortuna. En un estrado había dos, le provea en el cargo de juez subaJanzas desiguales y un rótulo latino premo, en grado de apelación de este
que decía: ''Injusticia". En dos ,•isto- Tribunal, puesto que le ejerce el docsas sillas debian sentarse los examina- tor Desatino, su padre, en que recibirá
dores. Preguntó el viajero los nommerced, J&gt;ues su adelantamiento será
bres, respondiéndole que eran 1a "Igno- Injusticia". El Tribunal accedió a la
rancia'' y la "Incapacidad".
J)C'tición. Al sa1ir acompañaban al liEn esto, se oyó un gran rumor, "y cenciado ]os Pocos :\Icrccimientos, el
\·í a la I;-ortuna, que venía ricamente Acaso, la Dicha, el Susto, Et viajero
,·estida. Traía una venda por los ojos, preguntó al Desengaño cómo no le sey venía sobre un mundo y con una guía la Esperanza, y le respondió:
rueda en 1a mano, significando que
cuando premia la Fortuna no ve a Ya no necesita della,
quien. El venir sobre el mundo fué tc·nicndo tal dignidad,
decir que le tenía a sus pies. La rue- porque, con supremo puesto,
da ostenta la poca constancia de sus no tiene m{1s que esperar.
Ante espect:lculo tal, el vrnJero se
hace las siguientes reflexiones: "¡Oh,
Fortuna, en lo mudable contenta! ¿No
reparas que es deshonra tuya premiar
a quien no Jo mercc? Pero, ¿qué admiro si eres ciega? A buen seguro que
si tuvieras vista, no fueran algunos tan
bien afortunados".
Y el autor filosofa entre la riqueza
y la pobreza, entre los favorecidos por
la Fortuna y los despreciados por ella.
i.y no consideran que con las dichas
ajenas antes se han de alegrar en vez
ele entristecerse. Y es que no conocen
Jas incomodidades qeu abruman a los
que, al parecer, son bien afortunados,
y las dichas que tienen los que nunca
vieron propicio el rostro de 1a Fortuna".
Llegados ante la primera sala, cuyo
aparato vistoso en est:Huas de bronce
daba a entender las famosas ruanoli de
Ctcsiphon, artífice a quien se Je debe
una de las siete maravillas del Orbe,
el templo efesio de la triforme diosa. l;n enorme cartel se destacaba:
No desconfies jami1s

ele Ja Fortuna en desgracias,
porque de nada hace mucho
y de Jo mucho hace nada.
A11í estaba-o, en turno- ricamente labrado, el Tamerlán, que siendo en su
infancia guarda de animales inmundos, llegó a ceñir la corona de Persia
y el trono de Scitia; Tholomeo, hijo
de Lago, que de capitán de Alejandro
se transformó en rey invicto de Egipto, y tantos y tantos otros. Ante tales
ejemplos "que mueven al más desesperado corazón a que tenga esperanza", el ,·iajero agradece al Desengaño
su condescendencia.
Entrados en 1a otra ca11e, menos
aparatosa que la precedente, el viajero preguntó al Desengaño quién la habitaba, contestándole éste que era donde estaban los que, próspera fortuna,
había llegado a lo adverso de la des-

Página 2

í

I 1

),'
,~
kl
¡
I

dicha. El vrnJero insiste y pregunta
cómo había tan poco espacio de una
a otra, y respondió:
Lo que sigue al ensalzado
de la Fortuna y sus premios
es caer, y asi verás
que no está del subir lejos.

'

Allí estaba Pompcyo, cuyas victo~
rias escribió la Fama en el papel del
tiempo, "sirviéndole de tinta la sangre con que en rojas corrientes tiñó
de púrpura los turquesados campos".
Venciú al Yalerosisimo i\Iitrídates, rey
del Ponto, forzándole a que gustase lo
rabioso de un veneno, con que pagó
la deuda que deben los mortales: pero
Yencido por César, huyó, refugiándose
en Tolomco, rey de Egipto, quiC'n 1o
mató. A sus pies dccia:

"¡Oh, verdad clara! ¡Oh, manifiesto
desengafio! -exclama el Yiajero-.
Pues es cil'rto que a la prosperidad
del subir está aneja la adversidad del
caer: Conocimiento quC', si lo tuvieran :\(uc-hos reinos sujeté,
los que cifran sus medros en la pri- a muchos maté en el campo;
vanza, fiaran me.nos en elJa y tuvieran ayudomc la Fortuna,
m,ís seguridad que los que, desvane~ pC'ro no a vencer mi hado.
Ciclos, la juzgan inmutable, siendo caduca".
Poco distante C\laba César, e] venSe presentó una mujer tristC', de ros- cedor, muerto en el Senado por Cayo
tro grave y severo, y al preguntarle Casio y Dccio Bruto. A sus pies había
esta inscripción:
quién era, contestó:
Yo del Desengafio soy
indice, pups encamina
del Descngafio a la casa,
sin rodeos, la Desdicha.

"Es verdad -dijo el Desengañoque vos sois quien mejor sabe dónde
vivo, porque es indicio ele ceguedad
sin remedio el no desengañarse teniendo presentes las desdichas de este
mundo. Y así os suplico deis licencia
para ver vuestra sala".
Obtenido el permiso para ,·istar su
sala, se encontraron a un hombre miserablemente vestido y ciego, pidiendo limosna. Era eJ heróico capitán
Belisario, siempre invencible, a quien
por mandato de Justiniano le fueron
sacados los ojos. Una inscripción decía:
Las glorias de la Fortuna
a nadie salen baratas;
y a mi más, pues me llegaron
a los ojos de la cara.

¡.De qué sirve 1a J."orfuna,
~¡ es verdad esta razón?:

no vive más el leal
de lo c¡uc quiere el traidor.
También estaba alli el valeroso Jerjes, ilustre rey de Egipto, vencido por
Temístocles r muerto por Artabano. A
sus )llantas se leían estas palabras:
Jerjes poderoso soy,
rey de los persas alth·o,
de los hombres vencedor,
de la Fortuna vencido.
El viajero, asombrado, pregunta: "Si
has de quitar las dígnidades, ¿para
qué las das? Y, una vez dadas, ¿para
qué las quilas? A lo que la Desdicha
respondió:
El quitar las dignidades
cuando con quietud se gozan,
solamente es porque todos
el Desengaño conozcan.

el Desengaño Je hizo al viajero las siguientes reflexiones: "Esto que has
visto en el Tribunal de la Fortuna,
donde se ejerce lo distributivo de sus
bienes perecederos, pues duran tan
poco, que parecen soñados o que 1a
idea en su fantasía los finge, pues no
se poseen más que al presente, y en
llegando a imaginar futuros los que
entonces goza en su conocimiento, los
Jialla pretéritos a su gusto y posibles
a su deseo. Bien has visto los tiranos,
con qué poco favor se desvanece su
pompa, y que un día basta a quitarles
Jo que ellos en antos adquirieron. No
Je conviene a quien a todas luces se
mira afortunado juzgar que siempre
ha de durar su dicha. Porque, dado
caso que eternamente gozara uno de
]as dichas de esta vida, Je causaran
aborrecimiento sus deleites, porque las
riquezas de los mortales han de tener
fin. Debían los vivientes tener a Dios
delante de si en todo acontecimiento".
La característica manera de expresarse del Desengaño nos recuerda el
caso de Apeles, el gran pintor a quien
la antiguedad libró memorias en sus
rasgos y eternidades en sus tablas, que
siempre pintaba a la Fortuna en pie.
Preguntáronle la causa, y respondió:
"Porque no tiene jamás consistencia".
y confirma la agudeza de este dicho,
otro, no menos célebre, de Isopo, pues
preguntándole un magistrado que qué
hacia la Fortuna, respondió presto:
"dar a unos y quitar a otros".
El Desengaño, para convencer mejor
a su acompañante, le promete llevarle
a la Casa de los Descontentos, pasión
propia de los vivientes, pues nadie estú contento de su ser, y en quienes el
viajero verá su propio desengaño.
Salidos del encantado Palacio de la
Fortuna -ya que en él todo era fingido-, llegaron a un florido prado y
hermoso palacio, saliéndoles al encuentro un gallardo joven macilento y
pensativo. El Desengaño dijo al viajero, respecto del joven:
Es hijo de la Fortuna,
aunque no goza sus premios;
no está contento de nada,
por ser él el Descontento.
Estando en esto, salió una mujer
desgreñada, los ojos, inundando de
cristalinas lágrimas el suelo, y exhalando suspiros. La mujer dijo:
Hija soy del Descontento,
y con repetidas penas
atormento los sentidos,
siendo, infeliz la Tristeza.

El Desengaño aprovechó la ocasión
para decirle al viajero: "Es propieda~
de la Envidia alegrarse de las calamidades ajenas, ignorando que las desdichas son comunes a todos. No te rego~
cijes de ver hombres desdíchados'. al
lado que tu feliz, que es muy posible
el que se trueque la suerte, pues es mudable y de poca constancia la rneda de
la Fortuna".

--,

Míentras el Desengaño hablaba, la
Envidia desapareció, instándole el Descontento que visitaran la sala de los
Ingratos. Allá se dirigieron, habiendo
en 1a puerta esta inscripción:
Los desconocidos somos
con Ingratitud, tan grande,
que aquél que bien nos ha hecho
se lo pagamos con males.
Llamó a la puerta el Desengaño Y
salió una doncella "no muy hermosa
por ser de áspera condición". ~otando la atención con que era nnrada,
dijo:
No te espantes de ini rostro,
aunque te parezca malo,
que nunca le tuvo bueno
el que se precia de Ingrato.
Allí estaba Creso, rey poderoso de
Lidia, y en su solio, decía:
Creso soy, ingrato en todo,
que con maldad inaudita,
a quien la vida me dió
procuré quitar la vida.
También estaba Teodoro, a quien
Amalasanta, reina de los godos, eligió
por compañero en el reino, y en pago
de tal beneficio la mató. En su solio
decía:
Por reinar, maté la reina,
con ánimo tan perverso,
que a quien el reino me dió,
quite la vida y el reino.
El Desengaño recuerda al viajero
que nada hay más inhumano y cruel
que la Ingratitud. "Hombre malvado
es aquél que sabe recibir el beneficio
y no sabe pagarlo. No sólo es ingrato
el que niega el agasajo, sino el que lo
disimula".
A un paso de allí estaba la sala de
los avarientos, en cuya cornisa decía:

La posada miserable
es la que veis de Avarientos,
descontentos con lo propio,
deseosos de lo ajeno.
Entre otros, estaba Aquiles, bizarro
campeón de los griegos _que movido d_e
la codicia, puso en prec10 el cuerpo difunto de Héctor. A sus pies se leía:
Pobres magníficos son
los que con ardiente anhelo,
aspiran a los tesoros.
siendo su fin el dinero.
En la misma sala estaba Darío, rey
de los persas, pues, avaro, habiendo
leido en el monumento fúnebre de la
reina Semiramis "Cualquiera rey de
mis sucesores que necesitare dinero,
abra el sepulcro y tome lo que le pareciere", se apresuró a abrir la tm_nba,
hallando sólo estas palabras: "S1 no
fueses malo y avariento, no movieras
las piedras de mi sepulcro, para sacar
las riquezas que en él jnzgabas''.
Dentro de la sala "morían por vivir,
y viviendo morían", aquéllos que no
sacieron su sed de tesoros. El Desengaño recuerda al viajero que somos estimados en tanto como tenernos; Y que

los hombres, deseosos de ser estimados en mucho, no se contentan con poco. "Pero desdicha es no atender a
otra cosa que tener hacienda". No sólo Je falta al avaro Jo que no tiene, sino también lo propio que posee. Bien
hizo el lírico Anacreonte, que habiendo recibido del tirano Policrates un
talento de oro, se lo devolvió al instante, diciéndole: "Toma lo que me
diste; que yo, señor, aborrezco dádivas que me han de quitar el sosiego".
Lo que importa es tener el alma rica
de virtudes.
"¿Cuáles serán las fatigas del tener,
siendo tan grandes los ahogos del adquirir? Y Jo peor es que nadie está
contento con su dicha, por feliz que
sea. No hay cosa mayor en Jo humano, que el ánimo que desprecia Jo m~yor; y así, quien se muere de ambición, siempre padece por anhelar, es
evidente que da mnestras de no haber
vivido por sí, sino por el tener. Ten,
pues, presente -insiste el Desenga1io- que has de ir desnudo al sepulcro y despreciarás las galas que acaba
la polilla y consume el tiempo. ¿Por
qué piensas que el oro está amarillo?
Porque tiene muchos enemigos. Nada
remedian las riquezas, pues ni el lecho de oro alivia al enfermo, ni la bue-

Y el viajero constata -ante tan rara gcnealogia-, que a los bienes de la
Fortuna suceden los sustos del Descontento y los pesares de la Tristeza,
siendo los tres, madre, hijo y nieta.
Guiados por tales personajes llegaron a un vistoso corredor, con patios
llenos de funestos cipreses denotando
que en la Casa de la Tristeza ni los
árboles sugieren alegria. Ante una
puerta encontraron clavada esta tarjeta:

Aquí mueren los que habitan,
porque viven sin reposo, .
que no descansa el que tiene
envidia de bienes de otro.
Allí estaba Catón, con el siguiente
rótulo:
Catón soy, tan en,•idioso,
que, viendo a César invicto,
ya que no en él, por lo menos,
tomé venganza en mí mismo.
A Caín le correspondía esta tarjeta:

Una ,•cz despedidos de la Desdícha

'

A Abel mi hermano maté,
de sus dichas envidioso,
movido de la arrogancia
de ser en el mundo solo.

Página 3

•

�•

b1io- , y vendí el mundo; la mujer•
dotada, como sea virtuosa y esté s •
ta a su marido, dote tiene". No ~
cosa más intolerable que la mujer ,.¡;
ca. lllfa, pues, que te cautivas y v
des tu libertad, sujetando tu albed~ll,
teniendo quien siempre te mande y'j
nunca te obedezca. Escucha a Est
. po bre se casa con :rn 1&gt;b co; "S.1 a1gun
jer ric~, no t~ene muje~ a quien
dar, smo senor a qmen obedecer"
Me_jor es casarse con mujer pobre, , :
1
g~ien~? el pa~ecer_ de Eurípides, PUea
dice: La mu¡er sm dote no tiene U.
bertad de hablar, y una mujer habladora es tempestad casera". Había Ull
padr.~ que desea?ª acomodar a una sola lu¡a que tema. Consultó sobre el
acierto a 1:emistocles, si se 1a daría a
un pobre virtuoso o a un rico jugador
Respondió: "Más quiero varón para
din~r?; que no. di?_ero que carezca de
varon , como s1 d1Jese: mejor es hOJn,.
bre que de pobre se haga rico, que no
quien de rico sé haga pobre. Ni Jo
ha de ser tanto, que no tenga alguna
hacienda. Esto se colige de lo que dij1&gt;
Aureolo, preguntándole un mancebo•
¿ Casaréme con mujer pobre o rica?
que respondió: "Si pobre es dificil el
sustentarla; si rica es imposible su..
frirla".

na fortuna hace discreto al ignorante".
Hablando, llegaron a una desmoronada gruta, y el ,•iajero preguntó quién
vivia alli, a lo que el Desengaño le dijo que la verdadera amistad. Entraron
en la gruta abriendo una puerta fabricada de cañas, encontrándose en una
apacible estancia donde estaba una
mujer, tan hermosa y tan ágradable,
"que su belleza suspendía y su agrado
robaba los corazones". La Amistad,
habló así al viajero: "Ya que desengañado llegas a pisar estos umbrales
y has merecido ver esta habitación,
voy a cumplirte tu deseo. Soy la Amistad, joya utilísima, final complemento
y perfección con que se agracia todo
lo creado, pues es cierto que ninguno
tiene cumplida dicha, aunque sea sellar del mundo, hasta que tiene amigos; y en teniéndolos no le falta nada,
porque llegó a colmo su felicidad. El.
sabio, aunque apetece la soledad, no
obstante, busca un amigo, y le tiene
tan sólo para ejercer las acciones de
la amistad, por no perder el lograr de
tal virtud los efectos; no porque tenga quien lo asista si está enfermo, si
está preso le ampare, si está pobre le
socorra; antes, si, le solicita cuidadoso
y diligente, por tener a quien asistir
si enferma, a quien librar si está preso y a quien amparar si está necesita.do. Las riquezas convocan amigotes, las adversidades acrisolan los amigos: Quien es rico ¡ qué de ellos que
tiene! Quien es pobre ¡qué solo que
está! ¿Para qué se busca un amigo?
¿Para qué? Para tener por quien morir".
La Amistad recordó. con alegria algunos ejemplos. Cástor y Pólux, ficción de dos estrellas, las cuales, al lucir una, Je falta a la otra el resplandor.
Dice la tarjeta al pie de su monumento:

El amigo es otro yo;
y nadie podrá aplaudir
que quiera eterno vivir,
cunndo mi amigo murió.
Preguntó el viajero cuántos amigos
babia de tener, a lo que la Amistad
contestó presto:
Amigos uno o ninguno,
toma de mi este consejo;
que uno sobra si~ndo malo,
y uno basta, siendo bueno.

ei

A

\

pañante un último favor: "Casado quisiera ser -dijo-; aconséjame lo que
debo hacer".
uya que eliges ese estado y que es
cierto que nadie puede dar norma de
vivir, como el experimentado, ven, y
hablarás con el Himeneo, por otro
nombre el Amor conyugal; que él, como sabio en esta materia, te dará preceptos".
"Hízonos sentar el Himerieo, ya informado por Talia de nuestra pretens~ón, y con alegre semblante dijo, hacrnndo la venia al Desengaño, lo siguiente:

El viaje llega a su fin, pero el Desengaño aun dará nuevos consejos al
-A mucho te atreves, porque es
viajero antes de despedirse. Le recuermenester
gran conocimiento para no
da que si es honesto lo que hace, deben saberlo todos; si torpe ¿ qué im- . errar en ]a elección, porque en la muporta que no lo sepa nadie, si lo sabe · jer dificil es oir palabra verdadera de
él mismo? Recuerda que hemos de mi- su boca. Pues ¿cómo conocerás si te
rar Jo que somos, no por quien nos te- quiere o te aborrece, si te estima o te
nemos; 1c exhorta a ser lo contrario desprecia, si son las voces índices del
de los que atienden a vivir mucho, no corazón? ¡ Qué de veces oirás a tu paa vivir bien. Nadie será mañana lo recer un cariño, y será en tu pecho
que es hoy; nada de lo que se atiende un desahogo! Y así decía uno que sópermanece. Se ama una cosa tan ve- lo creía una cosa de las mujeres, y era
loz -la vida- , que ya se acabó cuan- que después de muertas no habían de
do se goza. Poco importa el morir volver a este mundo. Lo demás, que
a qui o allá; lo que importa es acabar todo era fingimiento. No es tan dificon buen fin la vida que empezamos. cultoso de guardar el dinero ni el más
Un gentil exclamaba: "¡Oh, Jupiter! desmantelado muro como la mujer.
Ya que nos diste limitado el tiempo de Donde está no hay nada bueno. "¡ Oh,
la vida ¿por qué no permites le pase- lo que hay que envidiar -decia Antimos sin penalidades?". No es posible, fanes -al corto de vista! Porque, enporque ya las calamidades reinan en tre tanto malo como padece, tiene de
los hombres y no los hombres en las bueno el no ver a su mujer. "¿Hay
c~lamidades. Poco importa, pues, mo- mayor desdicha, que lo que se escoge
rir hoy o morir mañana: lo que im- por triaca que alivie ha de ser tósigo
que acabe? Raro es el día que pasa
porta es morir bien.
alegre el marido, porque tiene un eneLlegó la hora de la despedida. Dijo migo al lado y un contrario inseparael Desengaño: uEa, pues, ten en la meble; de suerte, si el desdichado se remoria lo visto y adiós. Ahí tienes el gocija, al punto topa la mujer camino
caballo, monta y camina". El viajero por donde turbarle el sosiego y aouarsuplicó: "¿Adonde te- buscaré, si por
lc el gusto. Casóse Democrito, hommi desdicha olvido tus preceptos?".
bre de gran estatura, con una mujer
El Desengaño respondió: "En la sepulpequeña; y preguntándole por qué se
tura que en ella está el verdadero Dehabía casado con una mujer de tan posengaño".
co cuerpo, dijo: "Yo escojo de lo malo
Mas el viajero deseaba de su acom- lo menor't Perpétua es la guerra cuan-

Página 4

llla::

to dificil Ja paz. ' Y, así, el rey Don
Alfonso de Aragón dijo que para tener
paz dos casados, había de ser sordo el
marido Y la mujer ciega, porque ésta
es por naturaleza celosa, y a aquél le
molesta la demasiada bachillería· con
que, careciendo de estos dos senÍidos
resultará todo en quietud, pues ni ell~
fuera habladora ni tuviera ocasión de
tener celos. Prcguntóle a Sócrates un
mancebo: "¿ me caso o nó ?" y respondió: "Haz lo que Quisieres, que,
al cabo, te pesará", sintiendo que la
s~ledad es molesta y que el matrimon10 suele ser insufrible y causa de desh~ucción. y esto es menester ·mirarlo
bien; porque, como dice Terencio
cualquier enemigo que nos quiere qui~
tar la_ vida, le conocemos antes que
nos _hiera; pero a la mujer no se siente_ s1 no es cuando mata. y Euripides
anadc: "Los dioses dieron remedios
contra los más fieros, contra los más
~rucles animales; pero contra la mu¡er mala, ninguno hasta ahora ha hallado la medicina".
... No te pagues de la hermosura del
cuerpo, que ésa perece; pues es cierto que la h_ermosura Y la vejez no pueden estar Juntas, mueva a tu voluntad_ la del alma, que siempre dura
Alla decía Isócrates que quien teni~
el cuerpo hermoso Y el alma fea e
lo P
.
' ra
rop10 que un navío cuyas velas de
colores penachos fueran del viento y
que de la proa a la popa estuviese hecho un ascua de oro, si tenia muy mal
gob~rnador Y piloto. Porque ¿qué le
hacia la hermosura si iba a p·
'
1que, o
d e enea1lar en la arena
o de Ch ocar
con ~m escollo? Las obras hermosean
e] SUJeto,
pues dice Demetr1·0.. "S'1er~
•
ga 1an, obra bien; si feo, suple·el defecto de la naturaleza con el adorn
de las virtudes; que más vale s . o
E · "d
, egun
_m?p1 es, feo ,•irtuoso que galán
v1c10s".
con
e

... Las riquezas detéstelas tu intento·
•.
,
1rsea'
su imperio. "Recibi oro - d"ice p uque casarse con e] oro es rend.

Oye la exclamación de Euripides:
"¡Feliz aquél que acertó al casarse y
dichoso aquél -prosigue- que nu~ca
se easól" ¡Oh, duda dificultosa de av"'riguar, por lo indeciso!"
Procura que la adorne la prudencia,
que con eso siempre os conformaréis
con f.acilidad. Pues los prudentes, dice
Demostenes, de los pareceres de todos
eligen los mejores .Y, aunque tenga
malos lados, teniendo esta virtud, no
se dejará llevar de sus c·onsejos, porque mirará lo que está bien y lo que
está m~jor".
Exhortaba Sócrates a sus discípulos
que procurasen observar toda su vidi
esas· tres cosas: en el ánimo, pruden.
cia; en la lengua, silencio; en el -sem..
h~ante, .':erguenza. Ningún necio call~,
dice Dwgenes, porque el silencio ds
indicio de sabiduría. San Gregorio lo
afirma: rectamente sabe hablar quien
sabe a veces tener silencio. No es me-e.os retórico el silencio que la voz, dice Plinio. A la mujer, particularmente, le es- ornamento y gracia el silencio,
según Aristóteles. Cuida, dice Plioio,
de hablar poco y desvélate en buscar
modos para oir, de mejor gana que
hab1ar, porque, quien no sabe caJlar,
cierto es que ni aun hablar sabe".
Impórtale a la mujer honesta vestirse de modo, que no desdiga el traje
de su virtud. Estaba un dia una dama
muy bizarra, tapada de medio ojo,
comprando unas niñerías, a quien llegando un cabaliero, la dijo si gustaba
que el pagase la costa. Respondíóle
que no necesitaba de nada suyo. Instóla con ofertas. 'y ella, enojada, se
descubrió diciendo: "Vuestca merced
no debe de conocer que soy la mujer
de don Fulano". A que respondió agu•
do: "O vista vuestra merced como
quien es, o sea vuestra merced como
se viste". Como si dijera: si anda en
traje de mala, ¿ por qué quiere que la
tenga yo por buena?"
Mas, puesto que la mujer es daño
Y salud de una casa, siendo perpetuo
Y necesario mal, ya que te determinas
a casarte, considera que en tu elección
consiste el tener salud o el tener una
e_nfermedad pestilente que acabe contigo. Eurípides afirma que el matri•
monio es mal que le desean muchos
Y es muy cierto que le aciertan pocos.·
J~1zgo que, siguiendo estas reglas, seras uno el.e ellos, con que, vhriendo en
paz, dilatarás eternidades con clara sucesión Y descendencia la famosa estir·
pe de tu casa".
Aquí cesó el Himeneo. y aquí deci-mos no adiós, sino hasta luego, al Tri•
bu~al de los Desengaños, ya que en el
vivunos, nos movemos y somos.

Ya no se Morirá Diego Rivera
Por R-E. MONTES i BRADLEY

I

A la memoria inmarcesible del

Maestro Manuel Toussaint

Una vez más - y van ...- este Diego Rivera, que en verdad
es extraordinario, ha conmovido a sus compatriotas y a muchos
que en México no lo son, pero que igual que ellos o que su mayoría, le admiran y le quieren.
Si Diego Rivera fuera sólo un artista, posiblemente no tendría
interés alguno en ocupar y desocupar más o menos con estudiada frecuencia, los titulares de los cuotidianos de más nutridos tirajes. Pero es que él, además de ser artista, y quizás más que artista, es político.
Decirlo así, tan directamente, pareciera un ex-abrupto, como tal, desconsiderado, especialmente teniendo el
propósito de escribir no sobre Diego
Rivera el político, sino sobre Diego
Rivera el pintor.
No obstante; como que en él todo
contribuye a personalizarle con harta
singularidad, no puede omitirse aspecto tan importantísimo de su "currículum".
Y por él ha de comenzarse.
RIVERA EL POLITICO
Quien no le conociese y conociera
sus cuadros, sus murales y hasta sus
esculturas y mosaicos, podría sin ser
intuitivo, llegar a saber de él, la naturaleza de sus inquietudes de tipo social.
Se dice con frecuencia, de sus murales especialmente, que adolecen del
defecto del abigarramiento, de la baraunda, del hacinamiento o, para no
emplear eufemismos, de la tendencia
a la adición compositiva exagerada,
"horror vacui" renacentista.
En efecto; en un mural suyo, éste
&lt;lel·Palacio presidencial o aquél del de
Bellas Artes, las gentes, sus sujetos pictóricos, se suman por decenas y la vista se pierde como en una galaxia en

procuración de un desentrañe o explicación no importa si anécdotica, pero
si aprehensible con facilidad, que no
siempre el espectador común --que es
el que el propio artista confiesa interesarle- alcanza, al menos en sus primeros intentOs.
Y este reconocimiento casi unánime
de una característica de la pintura de
Rivera, deviene. elemento útil, para la
advertencia de su actuación política.
Diego Rivera es, fundamentalmente
definiéndole, hombre de masas.
Politico, no podria lógicaJUente eludirlas, mas, si seleccionarlas, quedándose con las "elites", que también son
gentes, pero gentes sin olor a multitud,
sin promiscuidad, si acaso anodinas,
sin pestilencias sarcolácticas, es decir,
para expresarlo con terminante termi ..
nología de militancia derechista: personas, que no chusmas.
Erhpero, Diego Rivera no tiene, no
podría tener esas preferencias que,
siendo él quien es, COQ.sideraría indignas y degradantes a la condicióu humana.
Para él la masa es una en su promiscuidad, en su abigarramiento, en
su constitución, por ello no la entiende sino nutrida, diversa, multicolor, y
esto socialmente quiere decir, tal CD·
mo es étnica y cívicamente, pletórica

11

de variedad hasta definirse por ella en
origen, en actuación y en destino.
Ninguno excluya a nadie de la muchedumbre temática que seduce, apasiona, preocupa a Diego Rivera, porque entonces, es tal su dilección por
ella, que no sólo reñiría como riñe con
el exclusor, sino que saldría en seguimiento tesonero del excluido, hasta
dar con él, cualquiera fuese el vericueto de la historia o de la ·v ida en
que se hallara, para restituirle a la unidad social de. la que lo segregase el
avieso espíritu de un osado discriminador.
El advertir que sus congéneres, cual
él mismo, son inexorablemente parte de
un todo masivo solidario, que como totalidad también connota presencia psicológica definida, no quiere de manera alguna establecer, que Diego Rivera
se conforme con que la sociedad actúe exclusivamente, en tanto masa,
cual entelequia societaria carente de
personería en goce y ejercicio. Y menos, con que ella en determinada circircunstancia histórica, no halle la
compensación a su atávico colectivismo, en una frutación no pasajera, si
trascendente, definitiva, que sinó disgregue, al menos libere a cada quién
de la suma indeferenciada.
No interesa decir a qué partido político pertenece Diego Rivera. Inclusive pudiera no militar en ninguno, sin
dejar ciertamente de sustentar aque•
llas ideas y luchar por alcanzar estas
metas. Sin embargo; por razón de eficacia, él milita en uno, creyendo que
así se acorta la distancia enorme para
nuestra coetaneidad entre el ensueño
que con justicia urde y la realidad en
que ya debiera haberse concretado.
Mas, quede establecido sin controversión, el politicismo de Diego Rive-

ra, único móvil que lo impulsa a provocar a sus opositores -políticos que
no artísticos- con salidas extemporáneas, como tales imprevistas y a veces,
que no siempre, fuera de tono, o meramente vanas como quien buscase
con la varita del arbuto próximo, picar por entre las rejas al tranquilo
ciervo del zoológico, sólo por el placer pueril -o hedonista- de irritarle
y verle embestir el cerco, tan furíbundo cuanto impotente.
Porque estas salidas de Diego, al parecer infantiles, si son o no graciosas, tienen la rara virtud, precisamen•
te buscada, de provocar la correspondencia del en·emigo, que siempre se
enfada y a veces se indigna, se irrita,
e enfurece, animal también él, aunque
político, opreso en la red del monstruoso Leviathan que mucho gustaría
trozar, pero con vistas a un futuro muy
distinto del que Rivera anhela.
Naturalmente que Diego Rivera conoce. sus ciervos, como diariamente
frecuenta sus ámbitos y hasta logra sin
proponérselo su respeto, y llega a venderles sus cuadros en precio de dólares, que no de rublos ni · de yens, y
menos de pesos mexicanos. Por lo que
sabe, de consiguiente, que como estos
compradores son gentes de "elites",
pulcras, atildadas, bañadas, perfuma•
das y ceremoniosas, hay que provocarles sus reacciones con el susto de
la estantigua y hasta con el espanto
superlativo del terror, puesto que del
miedo común corriente, del hambre,
la mugre, el frío y otras penurias semejantes, ellas están, por curadas, prevenidas.
-"Yo he comido carne humana"
-dijo Diego Rivera alguna vez, en
México o en París, a un reportero sensacionalista, a quien de seguro mandó

nomingo en la Alameda Cenll'al". Fragmento. Fresco en el Hotel del Prado.

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�y México, por ello;Hene en él, y
lo reconoce, a un artista de ma
plenitud, que contribuye con sus ob
al mejor conocimiento del de
socio-institucional de la patria.
cimiento expuesto directa, obietilil,i
mente, sin desfiguraciones incluai
expresionista o post-expresionista,
de otra índole expresiva cualqu¡111,
por cuyo vehículo su pueblo por no
estar habilitado intelectivamente, llll'
captarla no ya la belleza, sino la '9ef•
dad y la dirección de un proceso, -_¡
que por difícil bien se llama heroico.
Indudablemente por este holllbre,
más que por el otro; por este h o ~
que ha llenado miles de metros caadrados con sus pinturas que mueboa
pueblos quisieran poseer, por eate
hombre que como artista trabaja j
to a su pueblo sin importarle lo qae
pasa en las marfilin'l,S torres de la clii..
dad donde muchos otros de sus colk
gas elaboran su quintaesenciado mea.
saje artístico grávido más que de realidades y esencias, de metáforas y al&amp;
bolos, por este hombre, es por el que
~téxico se preocupa, se interesa, se en.
tusiasma y hasta se exalta. Porqué óCÓmo se ha de discutir el arte de Diqll
Rivera?. Hacerlo; ¿no es incomprensión?, ¿no es ene.m istad?. Puesto que
al margen de toda prevención artlsll.
ca, po!itica o de la índole que fuese,
él es un creador con tamaña personalidad.
Se coma o no la carne humana; milite en tal o cual frente de lucha¡ SÍID•
patice por esta o aquella cultura; se
pague de su libertad y ataque a la bur-guesía, irritando todos sus flancos vÍJ).
nerables con pugnacidad díptera, lo
cierto es que excentricidad, posición,
iracundia en él, o subestjmación en
quien lo juzgue, son manifiestamente
vehiculos de una simpatía que él se
gana espontáneamente. Y que diflcUmente pierde porque es definitiva. Y
además, se trueca con presteza e irre' 'ocabilidad en cariño, en amor,
Si; la verdad sea escrita, México
ama a Diego Rivera.
NUEVAMENTE JANO

El i de diciembre en Moscú.

llamar él mismo y encargó la entrevista, y le añadió para que la aseveración
Je engolosinase: -"Era carne blanca
como la cupletista de quien la cortara;
y terminó: -"La comí en tamales,
porque soy mexicano y no habría podido saborearla en anglo "roats beef"
horrible o en repugnante "bisteck" a
la Bismark, teutón.
Y todo México se conmovió -o todo
el mundo, incluyendo a París, si se
prefiere-. Hasta que salieron a decirle desde la acera opuesta a la suya,
todo cuanto la iracundia dictaba.
Lo de menos: sangron!..., bárbaro! ... ,
caníbal!. .. , etcétera. Que justamente
era cuanto él quería le dijesen y babia
intuido Je dirían, a fin de poder esgrimir con su Yigilante inteligencia, los
recursos de su más hábil dialéctica, lucubrando un discurso en torno a la
barbaridad que significa ser todavía
negrero, explotador de mensús, de guajiros, de rotos, de cholos o de pelados,
ya que presto tornara 1a acusación por
pasiva, demostrando a sus contradictores horrizados que quien debla espantarse de su canibalismo era él y

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no ellos del ingenuo suyo: comerse un
rico tamal de noctámbula mujercita.
Así es Diego Rivera; en cuanto a político.
Y que conste que cada salida suya
a1 ruedo civico, interesa, apasiona, y
provoca polémica llenando salas sí la
arremetida es oral, o vendiendo periódicos, si lo es meramente gráfica.
RIVERA EL ARTISTA
En tanto aquellas salas se colman
y esos periódicos se agotan, Diego Ri,·era artista, sonríe siempre; a veces
rie, y trabaja, trabaja cníervorizadamente.
Conoce su oficio corno pocos y ama
su pueblo como no muchos. Es artista
como es politico. Es Jano hiírontr.
mas, ante todo es mexicano, que para
él es vocación sustantiva.
Y si agoniza en político, vive, que
es también forma de agonizar, en artista.
Frente al caballete, sobre el andamio, junto al muro, en cualquier parte
que le pidan o se diga: hay que pin-

lar, ·el coge sus bártulos de pintor y
pinta.
Compositor habilisimo, reune sus
queridas y promiscuas masas y las
juega con erudición de historiógrafo
en el proteico pretérito, con habilidad
de estadista en el turbulento presente
y también con intuición de socíológo
en el porvenir que ensueña armónico
y maravilJoso y a cuyo avenir contribuye con todo lo que es capaz -&lt;¡ue
es mucha- de dar de sí.
Si como compositor es rigoroso matemático, como dibujante su mano es
la de un cirujano tras años de aprendizaje y ejercicio. Y aún falta escribir
que como colorista, cualquier ley le
ofrece posibilidades lúdicas.
Pero por sobre condiciones de oficio, priva en Diego Rivera un extraordinario sentido de lo que podría
llegar a calificarse como pintura histórica: Historia que s~ hizo, Historia
que se hace, Historia en fin, que se hará o podrá hacerse si 1as intuiciones
que siempre o casi siempre están ínsitas en el artista, no resultasen -porqué- en su caso, frustráneas.

Por ello es que las noticias que sobre él circularan y aún circulan desde:·
hace poco más de un año en el Anáhuac, llegaron a afligir a sus simpati•
zantes y entristecer a sus amigos.
Mas, también desconcertaron -Y
descouciertan- a todos. Porque a todos tiene habituados al desconcierto.
HDiego Rivera está enfermo" escribió la prensa; y agregó: "Se muere";
y explicó: uPadecc cáncer"; y confirmó "Lo atienden famosos oncólop"
y lamentóse: 'Sin embargo, no podrá
pintar más". Para terminar pron~cando: "Sin duda se mueren.
En seguida, mejor, simultáneamente,
se divulgó la noticia insólita: "Se ha
casado una vez más". Son ya cuatro
,•cces, con ésta. La primera íué con
Angelina Beloff, en unión juvenil; luego con Guadalupe Marín, madre de sas
hijas, con quien mas se ha querido
después de sus seis años de matrimoniales Que durante ellos; la tercera,
con el amor de su vida, la aérea y delicada Frida Kahlo, y ahora, con Emma Hurtado, su más inteligente y constante panegirista y ... administradora.
4'ras 1a sensacional noticia, que Dllllca tratándose de Diego, podía bolpr
aclaración o comentarios, los periodistas añadieron: "Tan se mucre, que testa en favor de la sociedad mexicana
Y su culturi"· "¿Sus albaceas?; un_pa•
tronato,,, "¿Sus colecciones artistiCII
,,aJiosísimas?; tesoro imprescriptible
para el pueblo" fueron titulares ea la
circunstancia.
Todo es o puede ser novela. Co
los tamalitos de su antropofagia de sibarita o de "gourmet" esotérico, lir
falsificaciones de que ha sido vlcl~
o tantas otras noticias que siempre •
conocieran a propósito de él. Em,e-:

1

DIEGO RIVERA.

¡ Cómo si él necesitase de estas triquiñuelas para permanecer!
A la sazón, y pese a su cáncer, pintaba con grande entusiasmo, un cuadro de su consentida hija Ruth entre
llores; alcatraces por descontado. Diego siempre amó los vegetales. Bueno,
en rigor de justicia, también los animales ¿y, por qué no, los minerales?
un panteísta. O a lo peor, era, como
ya se explicará. El secreto de su vitalidad que confunde aún frente a la posibilidad de un mal tan grave cuanto
irreductible, es precisamente este: él
es en el amplio, rico y frondoso dintorno de 1a Naturaleza, un ente más
que pudo ser el roble milenario, la tortuga centenaria o la roca sin edad.
Plantado y erguido en ella, es un coloso de Rodas contemplando la Historia de su tierra que mucha deuda tendrá con él ni bien fallezca. Porque
et le ha regalado su arte, su civismo
y su interpretación filosófico-politíca
sino cabal, espontánea y sincera.
Y así, clavado frente a la tempestad
que pudiera desatarse en sus células
contra su estructura mayúscula, se duda de toda verdad y se cree en una
nueYa mentira pastoril. ¡Ojalá! mintiera otra vez ...
Su ánimo no decae. Cuando decaiga
scrú definitivamente, indefectiblemente ... porque el ánimo suyo es de ralees
profundamente vitalistas.
¿La prueba?. Su regreso. Su llegada
qae se operase de manera semejante a
como fuera su partida. Blandiendo su
lanza, que es su palabra, signo de su
presencia en el torbellíno metropolitano, sin el cual, él no es Cl, puesto que
es su auténtico caldo de cultívo. Diego
no podría vivir en el campo. Pasaría
una semana en ]a campiña, y regresaria presuroso contando cualquier relato imaginario sobre, los piojos moles~
tos o las bestias temibles que se habrían complacido en torturarle o cuya

con,·ivialidad por excesivamente complaciente, turbaría su reposo. Que uno
u otro extremo, cabrían en el concepto de verosimilitud con que se nutre su
anecdotario.
De verosimilitud o de sarcasmo. ¡Ah!
porque nada se ha escrito todavía sobre esta cualidad -cualidad o lo que
sea, ya que no puede considerársela
virtud, lógicamente- que también es
muy suya. Mitómano sarcástico, convendría escribir a su propósito. Y
quién sabe si aún no se le definiera
en propiedad. Empero, si lo de su
cáncer puede ser producto de su mitomania, ¿no será producto sarcástico
el condescender a suplantar en su discutido mural del Hotel del Prado, el
HDios no existe,, de la boleta del Nigromante, por 1a anodina constancia
de la ocasión y la fecha en que el mismo Ignacio Ramírez sustentase tesis
tan airosa?.
Carlos Pellicer que le encareciere el
trueque es un cristiano puro, de las
primeras catacumbas si ac!aso, que no
de los pactos jesuitico-íalanguistas, ni
de los últimos concilios y menos de
los postreros contubernios cuáqueros
v macartistas. De manera que no ha
de creerse en sus habilidades discursivas ni en sus poderes de convicción.
Y sin embargo, Diego se apresuró a
extenderle postalmente una autorización plena y en forma: -Borre usted
el ex-abrupto. Y cuando llegó -¡nadie
se ría, por favor!-, no solamente que
refirmó su concesión, sino que se ofreció, él mismo, a acudir al Hotel del
Prado, donde luce su maravilloso panel historiográfico de la Alameda central de México, y proceder con sus
propias manos a borrarlo, dizque para complacer el espíritu religioso de
la inmensa mayoria de la nación mexicana. ¿Desde cuándo tan complaciente?.
¿Diráse si el hecho no configura la

•
ro... ¡cuidado!, que también pudiera
ser verdad.
¡ Y si lo fuese? ¿ Y si esta vez fuera
de ,·eras? ¿Y si se nos muriese, sin
mas ni mits?
Toda posibilidad cabe en la vida suya. Y toda amenaza puede trocarse en
riesgo inminente. Es cierto que él ha
iut!lldo ya demasiado cruelmente al
pastor a cuyo rebafio ataca frecuente
pero ímaginativamente el lobo.
-¡El lobo!; que viene el lobo! .... grita a todo pulmón el bromista, y la voz
y su eco que la prolonga, trae. el auxilio invariable de sus solidarios colegas
que pacen sus ganados en los verdes
prados , 1alleros.
Inútilmente. Así ¿cuantas veces? ....
Hasta que un día, el lobo, en carne Y
. hueso ... y por añadidura como siempre hambriento, hinca el diente en los
más tiernos y confiados corderitos del
inerme pastor. Y aunque sus palabras
se difunden con celeridad, nadie acude en la desgracia, que sólo limita la
acíedad del atacante.
¿Sucederá así con Diego Rivera?.
¡Volvera, insensible a todo otro móvil
que el de su estrategia politica, a mo'rillzar al frente enemigo, para justificar, entonces sí, los disparos de su
agresividad de infatigable beligerante?
Tratándose de él, todo es posible Y
presumible.
La prensa ya lo sabe y además, bien
lo explota, El lector quiere noticias
sensacionales, y si de sus idolos, mejor. Y Diego Rivera, indiscutiblemente
ea un ídolo popular en México. Igual
que Beto Avi!a, que Tongolele, que el
ratón Macias o que Agustín Lara.
A lodos ellos entrevista habitualmente en busca de la nota sensacional.
Por esto es que cuando circuló el "venllcello" de que Diego Rivera estaba
e&amp;Dceroso, no uno sino cincuenta periOdutas de los más sagaces y diligen-

tes fueron a verle y le asediaron con
sus indiscretas preguntas. ¿Que pasaba con él?. De veras tenía cáncer?.
Etcétera.
Y Diego lejos de negarlo, lo confirmó. Pero añadiendo lo insólito: Nos
vamos a Europa.- ¿En luna de miel?
- le interrogaron-, y respondió: -Si,
precisamente.
De manera que Diego Rivera se fué
a Europa en compañía de su Emma
y .. . de su cáncer.
.
Parece absurdo ¿verdad?. Un novio,
vamos... un esposo canceroso que
viaje en 1una de miel. Solame~te pu~dc ocurrir en :\léxico Y con Diego Rivera. Porque adviértase que tratándose
de él, todo cabe. Es egregio mitóman~,
v no mentiroso porque es muy pueril,
~i contumaz porque es muy ladino, Y
ambos son grados incipientes del fabulista que él hace años ha superado con
creces. Al punto que puede burlarse
de sus congt!neres, de sus detractores
y ... de su cáncer.
.
.
Empero. . . ¿ y si hubie_se sido, cierto?. La posibilidad también ,-bia. Y
por .. , si las moscas como d1~en 1os
mexicanos, las gentes, de especial manera los amigos fueron a verlo antes
de su salida al viejo mundo.
.
Todos en aquella ocasión le vier?n
bien. Al cabo Diego es siempre el mismo hasta en lo físico. y encontrándole así, le saludaron y desearon buen
viaje. Diego entonces, a~eguraba que
su cáncer le acompañª-na solamente
en su viaje de ida, porque pensa~a
quitárselo, tan pronto llegara. a Rusia,
d de él sabia que el tratamiento del
n~:i alcanzaba pleno éxito. y como su
c:.\n~er era de 1os superficiales ... Por
allí, Diego se preparaba la coartada
convincente. Que al fin y al cabo cuanto él buscaba no era otra cosa que
mantenerse incólume sobre el. tapete
de la notoriedad. Que no le olviden ...

"La Maestra Rural". Pafio de la serie al fresco de la Secretaria de
Educación Pública.

Página 7
•

�•
definición cabal del sarcasmo?
Porque Ri,·era ha regresado de 1a
L'.R.S.S. no del Vaticano, y lejos de
anunciar su conversión, que hubiera
sido el acabóse, ha refirmado su fé y
su confianza en la permanente revolución soviética. ¿O es que también a
esta rcfirmación habrá que aceptarla
con beneficio de inventario y temer su
corn~ersión?
El mural ya ha sido corregido -corregir no es el verbo adecuado a circunstancia, desde luego. Y ahora las
gentes -mojigatas gentes, conviene
agregar- ya no se irritarán porque el
Nigromante haya profesado una tesis
opuesta a la de la iglesia romana. No
obstante, en medio de tanta mentira,
inténtase fundar una verdad: Ni Ramírez se ha desdecido de su afirmación
-cosa que no podría hacer quien está
muerto-; ni Diego Rivera es un conVPrso a lo Claudel ni un arrepentido
a lo Hidalgo. El no es más que un sarcástico qué se complace, como ya se
ha escrito, en irritar al ciervo, es decir a quienes le tienen ojeriza. Ayer
fué ]a curia, la santa madre iglesia que
bramaba con sus epígonos y su grey
por la herejía de un pintor que en realidad, con relación a la temática de su
pintura, apenas si pretendía ser un notario que ni siquiera un historiógrafo.
Y ahora, ahora que "ya Dios existé",
el ciervo es el bolchevismo, todos cuyos militantes, lógicamente, se estarán
diciendo: Diego está loco!
¿ Y él? .... Riéndose, un tanto orientalmente, de lo tontos que son unos y
otros: los ministros romanos y los hierofantes moscovitas... y también los
hispanomaniáticos que no han sabido
tornar propicia la ocasión para solicitarle quiera iluminar de preclaridad
el rostro del Hernán Cortés, a quién
él idiotizó en los muros del Palacio
Nacional.
Al fin el único que no cambia es él,
que no transa con imperialismos ni
con jesuitismos. Y quiere morirse como sin duda se morirá, en los brazos
tutelares de José Guadalupe Posada,
su maestro querido que le enseñó a recogerse serenamente, un poco cada
día, en el amable seno de la muerte.
Pero, ¿será cierto que Diego está
enfermo?; ¿será verdad que ya ha sanado?
Bueno, esto pertenece al terreno
conjetural que es tan amplio y a la vez
tan breve como la urdimbre de Penélope. Los días, los hechos serán pruebas, serán negaciones, serán confirma.
ciones ... ¿quién lo sabe?. Y todo se
dilucidará en la medida en que los.
acontecimientos discurran,
Sin embargo, ya puede formularse
una predicción. Y ella es muy simple,
demasiado sencilla; mas ciertamente
cierta, y valga el pleonasmo. Diego Rivera no se morirá. Diego Il,ivera es
más durable que el roble, el quelonio
y el mineral; no puede ser perecedero. Es la vida misma. Las historias
de arte ya inscribieron con caracteres indelebles su nombre y el de sus
obras, que reproducidas en blanco y
negro y a todo color lo han hecho internacionalmente famoso. Diego Rivera es hoy y, todavia, él en carne y hueso. Con cáncer o sin cáncer. Y en seguida de su óbito que ha de producirse cancerosamente o por otra causa,
sin lugar a dudas, será un símbolo, será un Diego Rivera del que nos habremos despedido echando al viento sus
cenizas para comprobar hasta la fehacicncia que, disperso su polvo, continúa viviendo ... igual que Ignacio Ramirez, pese a Dios.
Porque Diego Rivera trascendió ya
,e] espacio y trascenderá el tiempo ...
desde que, aún carne en sus huesos,
hace años ha comenzado a vivir para
la inmortalidad, por aquello que tah
insuperablemente expresasen los romanos con su proloquio: "Ars longa,
vita brevis".

Un Cuento de
Bernardo Jíménez Montellano

PERPETUA

SE ESCONDfA, por las calles de
Allende, una accesoria en la que se
vendían antigüedades. El frente de la
tienda sólo mostraba una puerta y una
ventana protegida por los hierros de
una reja. Al detenerse los transeúntes
y mirar por ella podian observar las
manos de una mujer, llamada Perpetua, que el día entero tejia la ropa de
un niñ'o, sacando de un cesto el estambre de una enorme madeja, para convertirlo en una diminuta pieza. Se diría que reducia sus pensamientos hasta pasarlos por la abertura de un anillo.
Perpetua era duefia de su negocio y
gustaba de él como coleccionista y no
como anticuaria. Acariciaba sus jarrones de porcelana, para dar descanso a
sus manos, y tocaba el viejo piano para sentirlo con el tacto. Tenía dos
amigos: Pedro, el novio de otro tiempo,
que bebía para apaciguar su tristeza
por Perpetua, y Juan Bautista, que gozaba al ver las cosas viejas que el1a
coleccionaba: la estampa del perfil de
Lord Byron; los herrajes coloniales;
las cajas de música; los frascos de
donde los boticarios guardaban su hechicería; los estuches de costura de
las señoritas; las estatuas de bronce
de la Justicia, y la de Beethoven; doce
o quince relojes que, siguiendo su destino, caminaban a la vez.
Perpetua estaba enamorada de Juan
Bautista y Juan Bautista )o sabia. La
conoció una tarde que se detuvo a admirar un candil del que pendían diez
mil prismas. Interrogó por su precio
y guardó serenidad cuando Perpetua
se lo dijo. Después recorrió las vitrinas y observó cuidadosamente las joyas, algunas de ellas verdaderamente
finas.
La anticuaria se interesó por el Bautista y lo invitó a volver en mejor ocasión, pero él sintió el deseo de visitarla a diario y pronto saboreó con
ella el chocolate y los dulces que Perpetua hi.cía en casa. Un dia la besó Y
a partir de entonces la tienda adquirió
una Usonjera juventud.
-Juan -le dijo un día Perpetua-,
es muy difícil decirte una cosa que
te quiero decir.
-Pues di -respondió el Bautista
acariciándole el cabello.
taba ensimismado, transido por la
-Es muy dura.
preocupación.
- Que te gustaría casarte conmigo.
Al día siguiente volvió a ver a Per- Es más.
petua y no insistió en el terrible tema.
Juan Bautista se enderezó sobre el Al.10ra Ja Yeía como a una mujer dissillón y unió sus dos cejas con una tinta: Is ojos más brillantes y quizá
arruga.
más bellos, la piel fina, el cuerpo más
-¿Qué? -le dijo.
robusto.
-Va a ser un niño.
-Creo que si puede ser -dijo de
- Xo -respondió Juan Bautista-, pronto Perpetua.
eso no, porque no puede ser.
-Claro que no, es nada más el
- Si puede.
amor.
-¿11e- quieres mucho, verdad?
-Juan Bautista, no tienes por qué
- Si.
preocuparte; yo sé vivir con mi nego-Eso te hace creer que vas a tener cio. Además, no sentiré la soledad y
un hijo. ¿Porqué no te fijas bien?
no te moJestaré más.
-¿. Te asusta mucho, verdad?
Juan Bautista quedó silencioso du-Xada.
rante un largo rato, a1 fin dijo:
-Es mi mayor alegría, Juan Bautis-11e encantaría tener un hijo.
ta, voy a ser muy feliz.
- De mi, no lo creo.
Juan Bautista buscó la hora en to-Si.
dos los relojes, cambió la conversación
-Tiemblas cuando te hablo de él.
y se despidió. En ]a Calle, no bien ha-Claro.
bía andado unos pasos, lo sorprendió
-¿Eso es alegría?
Ja lluvia, pensó en voh-er a 1a tienda y
-No, es responsabilidad, Perpetua.
se refugió en el dintel de una puerta. Soy responsable, entiendo el Génesis,
Se le mojaron los zapatos y el agua me hace temblar la creación.
empapó los pantalones de las rodillas
-No seas mentiroso- le dijo ella
abajo. El no se. preocupó por ello, es- suavemente.

Vn cliente entretuvo a Perpetua, que
mostró los cuadros en tanto Juan Bautista cerró los ojos para meditar. AJ •
abrirlos se encontró con el gato que lo
observaba.
El Bautista estuvo a punto de no volYer a la tienda de Perpetua. Sabia qne
algunas noches llegaba Pedro a conversar con ella antes de buscar a los
amigos para tomar la copa. Ella le
hablaría de muchas cosas, pero pen•.
saria en él, en el responsable, en el
creyente, en el Juan Bautista Aleonedo que de un momento a otro había
bajado de precio, incluso ante si mismo.
-Pero yo no la quiero -se decia
solo, en voz alta, delante de la gente.
A algún amigo que le preguntó sobre
su preocupación Je contestó a secas:
-Amenazo tener un hijo.
-Antes de oír otra pregunta, agredió al amigo con su cigarro, un cerillo encendido y otra conservación.
A las cinco de la tarde asomaba por
la tienda y se tendía en su acostum.
brado sillón; llegó a vender antigüedades esos días, ayudaba a Perpetua
quizá por ternura, o bien porque 1a
conciencia lo llamaba a la bondad.
Perpetua casi ]o trataba como a un aj.
ño v le acariciaba la frente.
_:_¿ Sabes qué soñé anoche?
-¿Qué?- preguntaba el desfallecido Bautista.
-Soñé con mi hijo.
-¿Cómo es?
-Como tú.
-¿Inteligente?
-Muy inteligente.
-Entonces sí.
-El niño ,,enia por el campo y se
encontraba con una muchacha, tan ni•
ña como él. Ella traía en las manos
una jaula y se la mostraba a nuestro
hijo.
-El niño se acercó y vió que aden.
tro de la jaula estaba una flor; quiso
cogerla y abrió la puertecilla ... La flor
salió volando.
-Se escapó.
•
-Si.
-Quizá esa niña sea la mujer con
quien se habrá de casar.
-Me gustaría rubia.
-Juan Bautista apretó los puños y
sintió deseos, después de mucho tiem.
po de no haberlos tenido, de llorar.
-No puede ser -dijo casi en silencio.
Perpetua trataba de alegrar las visitas del Bautista poniendo discos y gozando con ]a música casi a solas. El
se hundía en sí mismo o leía algo de
los libros viejos que estaban en venta.
En una ocasión, al levantar 1a vista
para verla quedó sorprendido: Perpetua rezaba. Guardó un profundo silencio y la estuvo admirando; los labios
de cIIa murmuraban: nSefior Dios que
nos dejaste la señal de tu pa'sión Y
muerte en la sábana santa en la cual
fuiste envuelto cuando por José fuiste
bajado de 1a cruz. Por tu muerte Y sepultma santa llern a la gloria de tu
resurrección el alma de tu siervo Juan
Sebastián Bach, a donde vives y reinas
por los siglos de los siglos, amén".
El Bautista entendía bien a Perpetua
y sabía que admirándola tanto la quería un poco. Le decía:
-¿Amas la belleza?
Ella lo miraba fijamente y sufría
por él.
Juan Bautista se acostumbró un poco a pensar en un futuro cierto, complicado, Heno de llantos nocturnos Y
de ternuras amargas de ella. Posiblemente se avecinaba un casamiento o
una obligación que había que c.umplir
para tener derecho a la satisfacción
de la compañía de su hijo, cuando creciera y pudiera ser amigo, por la ciudad y en el trabajo, y después en la
vejez. Perpetua sentía en esa reencarnación todo su mundo y e] verdadero
sentido de su vida, hasta ahora escon-

dida en un infecundo misticismo por
el arte.
Una maravillosa tarde de junio,
cuando el sol de las seis doraba las
paredes iluminando los óleos de la
tienda de Perpetua, el Bautista despertó y levantó la cabeza del sillón. Perpetua tenia los ojos cubiertos por las
lágrimas y sus mejillas brillaban, húmedas y descoloridas; cuando notó
que Juan Bautista había despertado
ocultó el rostro entre las manos y esperó a que le preguntara por la razón
de tantas lágrimas. Al fin, se lanzó sobre él y ocultó la cara en su pecho.
-Siempre no -le dijo amargamente.
-¿Qué ... ?
-Que no habrá niño, bi habrá nada.
-¿Estás segma?
-Ya estoy segura.
Juan Bautista se puso de pie después de se_carle las lágrimas. No podía
ocultar una sensación de alegria y removió los cabellos de Perpetua con sus
manos.
-No te pongas así -le decía, mientras ella soñaba en algo perdido,
Juau Bautista era completamente feliz; no sabía en qué distraer y ocultar
su alegría; caminó hacia la ventana
para ver la calle, después volvió y a
su paso sacudió los candiles de prismas, que iniciaron una cristalina música a la vez que reflejaron su luz de
arco iris prisionero sobre las paredes,
el techo y la misma imagen adolorida
de Perpetua.
-Podrás tener otro -le dijo Juan
Bautista a :r;nanera de consuelo.
-Este nunca existió ...
Después de nuevas caricias el Bautista tuvo que atender a un comprador
de relojes que inoportunamente apareció por la puerta. Le mostró los relojes
de pie y de pared dándole cuerda para
que escuchara su campanil1co. El com...
prador salió a poco y dejó la sala convertida en el recinto de la música. Todos los relojes dieron las doce, unos
después de otros, como si colaboraran
a la consagración en una catedral.
Perpetua cayó sobre las almohadas
del sofá, Juan Bautista se sentó a su
lado y al fin buscó la cara de ella para besarla. Así estuvieron largo tiempo.
-Ha sido una tragedia -dijo Perpetua enderez.-\ndose y tratando de peinar el cabello con sus dedos.
-Ten fe en otro.
-Te voy a enseñar lo que be hecho
para nuestro hijo le contestó ella dirigiéndose a un armario y sacando una
caja.
-lfo sabia nada de eso -dijo Juan
Bautista cuando vió que ella acomodaba sobre la mesa la ropa que habia
tejido para el niño.
-¿No son bonitos?
Juan Bautista quedó clavado ante la
mesa y después alargó una mano hasta
tomar una de las piezas tejidas.
-¿Me la regalas? -preguntó tímidamente.
-En realidad no te mereces nada.
El Bautista guardó un pequeño

sweater amarillo en la bolsa del saco
y dejó ahi su mano para acariciarlo.
Después dijo:
~le tengo que ir ... me esperan.
Ella movió afirmativamente la cabeza.
-Adiós.
-Adiós, ¿ vienes maliana?
-Si.
Juan Bautista salió rápidamente; no
tenía a dónde ir y tomó la calle de
Donceles, pasó por el teatro, por las
zapaterías y se perdió en la ciudad.
Pero Pedro, aquel novio que fuera
desechado años atrás, llegó pocos minutos después a ver a Perpetua. La
encontró llorosa y tardó bastante en
entablar una efímera conversación; se
mantuvo a distancia porque había bebido y su aliento provocaría reproches
de ella.
-Se te ve muy bonita - le decía ingenuamente.
-¿ Qué quieres? -le contestó Perpetua deseando que se fuera para volver a su soledad.
-Nada.
-¿Y?
-Verte.
Perpetua le sonrió, lanzándole una
pregunta:
-¿ Quieres dinero?
-Pues ...
-¿ Tienes deudas?
-Algunas.
-¿ Quieres que te ayude?
-Si, han embargado la casa y dejaron a la abuela sin muebles. Se llevaron todo... Ahora tenemos sólo una
mesa y tres sillas ... y lo puesto.
-¿ Cuánto quieres?
-Lo que puedas.
-¿Mil?
,
-¿ Tienes mil? -le dijo Pedro,
abriendo los ojos.
-Si, iba a tener una emergencia y
preferí guardar con tiempo. El peligro
ya ha pasado y te los puedo prestar.
-¿Me das tres meses para pagarte?
- Lo que quieras.
Perpetua vol¡.,ió al armario en donde minutos antes habia estado guardada la ropa y de una cajita sacó el
dinero; lo puso sobre la mesa y le
sonrió.
-Ahi están.
-Gracias -dijo Pedro guardándolo
en la bolsa del saco-, mi querida Perpetua, mi amor ... quizá algún día ...
~Saluda a tu abuela, Pedro, vete
porque voy a cerra:c..
-¿lle voy así? -le dijo él tendiéndoles los brazos.
-¿ También quieres un beso? -contestó Perpetua.
-Si.
Perpetua lo tomó de la cabeza, le
besó la frente y le dijo:
-Para la abuela.
Ya en la puerta aún sonrió la mujer
a Pedro.
Las dos hojas de madera antigua cerraron el recinto y Perpetua volvió al
sillón para guardar la compostura de
una estatua; ahí pareció quedar atenta al paso de la eternidad.

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La literatura mística en España. No. 5, Mayo.
CALDERON, Berta: La mística española: Santa Teresa. , No.
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9, Junio.

INDICE DE LO PUBLICADO EN "ARMAS YLETRAS"
DURANTE EL ARO DE 1956

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•

�CONTRAPUNTO DE LA FE
Marco Antonio MONTES DE OCA

La tierra apelmasada en las uñas
acoge raíces de selvas invisibles
los dedos son costillas de la forma inaudita que se eleva:
y la sangre iluminada
hace bailar en las alturas los tapones de su encierro.

en ellas deben asomarse provistos de caracolas sin comienzo
porque eterno es lo que deben cantar,
así en los ríos
como en el árbol altísimo de azules nidos,
pues escuchando y cantando
el hombre renueva su palabra.
Si el perdurable contrato de la creación y el ojo
es arrojado al cesto de abismo;
si la paciencia no tritura el largo polen
necesario para fecundar las horas;
y la raída tempestad que deviene en brisa
pasea los girones de la ciudad soñada;
quedan todavía oceános donde huye la belleza
por piedad al deslumbrado.
Yo siento el tranquilo desorden de tus alas, colibrí.

Sin libertad muere el halcón
Muerto el halcón,
pierde el sol su esperanza de caricias,
niega el ángel su duchazo de plumas
sobre las ansiedades de la sien,
y es el polvo
quien envuelve con finos dientes de botella rota,
el filo de los muros donde la aurora descansa.
Cuando así lo quieres,
Muerto el halcón,
el aerolito se descarna y se envuelve de tu gloria.
hay lágrimas que ya no esperan la intemperie
Revestida con estupor y lágrimas
para helarse:
el alma sale por los flancos esponjados de su niebla,
el menor frío de la rama
provoca estampidas en los pájaros;
a blindarse con la túnica de tu palabra,
a volverse inmemorial
aparta la verdad cortinas de fuego y se asoma,
a los huracanes soplados contra el vilano de cal de mi osamenta, de sólo contemplar su propio nacimiento.
contra la paloma -semilla de la nubeDesde tu trono de inocencia,
inútilmente alzada en mares anchurosos de azogue y polen.
entre caudas que un cometa prolifero
Muerto el halcón,
olvida en cada cima, apuntala el alba, colibrí.
Ojo sin nuca, estrella emplumada,
no delante de mi pregunta deshollada,
mira hacia nuestras chozas de aire.
si en la nuca del centinela
Y lánzanos tu cardillo sobre el pecho
naces, vida, con tus rocíos de ojos de caballo,
con tus enormes pequeñeces,
y no creas en nuestra fe;
pues si sabemos que tu sombra basta para destituírnos,
con tu asesino domingo siete
que no esperábamos los mortales.
no lo sabemos todo el tiempo,
ni el tiempo mismo, atareado en ser nosotros,
•
lo sabe siquiera todo el tiempo.
Casi nunca reúne el soldado
su cuerpo y su sangre en una sola tumba.
Sin embargo, entre el rostro y el aire
un pegamento como de reflejos
cuida la firmeza del hombre.

r

Y miro puños de agua que sueltan vapor
mientras el agua permanece;
hombres evadidos a través de mínimas grietas de sueño
mientras el hombre permanece,
Vivo el halcón,
huyen de la palabra que asesina siempre,
cierta edad del niño
y la edad total de las bestias inocentes;
una matriz prodigiesa y ambulante
retoma al feto desechado
y le completa con la maravilla
Avanzan los mortales
curtido en el absoluto conocimiento de la noche.
El fuego canta y abre los brazos a otra llama
y nos auxilia cuando espadeamos contra aletazos
de murciélago;
y en el amar, horrible imperio de fatiga,
ayuda con inmensas gaviotas como velámenes
3¡ empujar olas enclenques.
Vivo el halcón,
los protozoarios y su gota de carne,
el ojo de zarzamora de las moscas, dividido en mil,
la descomunal orfebrería, los candelabros,
las miniaturas japonesas
que necesitaron de las astillas de un cilio para
labrarse, cesan de hervir en lo más puro del incienso.
De la arena brotan huellas,
la huella se estira y se hace surco
el surco se extiende y escapa en horizontes.
Para los hombres son estas orillas no sujetas a la muerte,
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                <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>Armas y Letras, Boletín mensual de la Universidad de Nuevo León, 1956, Año 13, No 11_12, Noviembre-Diciembre </text>
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              <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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      <name>Bernardo Jiménez Montellano</name>
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