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                  <text>v~~ .. llOLETIN

MENSUAL DE LA _UNIVERSIDAD DE NUEV~ LEON

Registrado como articulo de 2a. clase en la Adm1mstrac10n de Correos de Monterrey, N. L., el 20 de Abrtl de 1944.

Año XIV

D.A.S.U.

No. 2

· !HYllSlTMIO

Febrero de 1957

\

ENTENHRI DE LH
E

STA noche* la Universidad de
Nuevo León hace acto de presencia en los homenajes que se
rinden en ocasión del Centenario de la
Constitución de 1857 y del Pensamiento Liberal Mexicano. Para nuestra Ins•
titución era deber imposterable, misión
indeclinable esta recordación centenaria. ¿Cuál es la razón que anima este
acto y los demás actos que se ofrecen por
igual motivo en el país?. Intentemos dar
una respuesta al gesto del escéptico, tra•
temos de darla también a la actitud del
eterno pesimista.
Todo el júbilo de nuestras fiestas, to•
do el motivo de nuestros afanes conmemorativos, hoy por hoy, se borda sobre
el argumento, tan sutil, de que lo que
nuestro país ha llegado a ser, de que lo
que somos nosotros es producto de lo
que en nuestro pasado se realizó, es debido a que con anterioridad fuimos de
diversa manera y gracia a esas distintas
maneras de ser de nuestro país en el pasado, la realidad que ahora es nuestro
país y somos nosotros cobra un sentido;
sólo atendiendo esta razón la vida se
vuelve un poco transparente. En definitiva, somos herederos de otros hom•
bres, que lucharon, que combatieron,
que se sacrificaron por hacer una patria
libre y progresista. Es la herencia que
recogemos y debemos continuar porque
tal es la ley de la historia. Por ello esta
n·oche la Universidad cumple con fundamental deuda histórica contraída con
nuestros constituyentes, con plena conciencia de sus afanes y del ideal consagrado en el pensamiento liberal mexicano.
Pero ¿cuál es el motivo de nuestro júbilo, el fin de nuestra recordación? El
5 de febrero de 1857 se juraba la Cons•
titución. Aparentemente ésta era una
más que se agregaría al rosario de Constituciones de nuestro inestable siglo Diecinueve. Mas no fué así. Nuestros Cons•
tituyentes de 1856 trabajaron bajo el
clima político menos propicio, asonadas,
rebeliones, desquiciamiento económico
y político, encontradas furias de partido ... Todo se dió cita a la hora de su
labor. Y como antecedente, como pasa,
do inmediato, la dictadura más insolente de nuestra historia, el desgobierno de
aquel hombre en el que el histrionismo,

la ezquizofrenia y la fanfarronería lograron cabal ejemplar: Antonio López
de Santa-Anna. El Congreso tenía por
delante la obra de organización del país;
La revisión de los actos de la Dictadura
del "Santanato", la organización del
Gobierno provisional y la creación del
Código fundamental que debería echar
las bases de la paz, la libertad y el pro•
greso. Los múltiples cometidos y las cir•
cunstancias que los acompañaban hicieron que su labor tomara la calidad de
protéica, porque contra toda adversidad
mantuvieron el ideal más firme, a todo
obstáculo opusieron el empeño más no•
ble y salvaron todo impedimento con alteza de miras, con patriótica nobleza.
Mucho se esforzaron, por ello mucho
merecen.

DE 1 57
Debemos aclarar por principio de elemental honradez, que nuestros constitu•
yentes del 56 no acertaron del todo; su
obra, desde luego, no es perfecta. Como
toda faena humana adolece de graves
errores si se quiere. Pero debemos asen•
tar que a pesar de ello y dadas las circunstancias que cobijaron su labor, el
ambiente tan difícil que los rodeó, sus
afanes, se nos antojan, creemos since•
ramente, más recomendables al aplauso
que a la crítica mordaz e inconsciente.
Porque después de todos los acontecimientos posteriores dieron la razón a
nuestros Constituyentes: al amparo de
la Constitución de 185 7 se realiza la
gran obra social de la Reforma y se liquida la terrible situación que la antece•
dió. Todo ello, digámoslo de una vez,
porque dentro de ella se consignaron las
más caras garantías de la persona y se
dotó al ciudadano de un medio eficaz
de protección: el Juicio de Amparo; se
proscribió la pena de muerte por delitos
políticos y se consignó la libertad de
prensa y en fin, el pueblo la aclamó como símbolo, la hizo resurgir victoriosa

Por Artemio BENAVIDES
de la guerra de tres años y de la inter•
vención francesa, haciéndola casi mito,
ilusión casi, pero nunca olvidemos que
la ilusión es el arma más poderosa en el
progreso de los pueblos.
Y bien, ¿Qué representa la gesta liberal
de 1857 para nosotros, universitarios de
ahora, a 100 años de distancia? ¿Será
que debemos considerarla producto de
nuestras desdichas, según la pasión de
unos? ¿Según el sentimiento de otros
tenerla como principio absoluto de la fe.
licidad nacional? En nuestro sentir, tan
falsa es la pasión del escéptico contu•
maz, como el sentimiento del ardiente
exaltado. Y decimos esto porque desea•
mos que la feliz recordación que hacemos esta noche lleve como meta primordial la firme convicción de que a los hechos históricos se les debe tratar como
tales, es decir, como pasado y enfrentar•
se a ese pasado para lograr una conciencia, o sea, para que sirva como antece•
dente en nuestras futuras decisiones,
que el pasado sea producto de enseñanza, de lección, fuenfe siempre renovada
para lograr la convicción de nuestra
conducta Jutura; pero nunca, nunca
considerar al pasado como fruto de polémica y de división. Se ha dicho que
la conmemoración tendría como fin la
unidad nacional ¿y qué mejoi; oportunidad que ésta que se nos ofrece? Desterremos la polémica inocua, vengamos
todos -liberales y conservadores, reac•
cionarios y extremistas- a la obra que
reclama el porvenir, la de la unidad en
beneficio de nuestra patria. Alejemos
de nuestro espíritu ese combatir contra
fantasmas del pasado y aprestémonos a
la lucha que se presenta en nuestro tiem. po. Pero eso sí, con el deseo siempre
presente de lograr la libertad que al decir del maestro Sierra, sólo ha sido, individual y colectivamente, el patrimonio
de los fuertes.
La Universidad manifiesta esta noche
su firme adhesión a las más ·puras manifestaciones nacionales, patentiza su
admiración a los hombres que hicieron
posible una época de libertad y de progreso ... Porque tener plena conciencia
de los ideales libertarios y de la lección
histórica de la promoción de 1857 es
una forma de alentar la flama de la
verdad.
~N1tVlRSto1Dd[)f' lr~E~~'tu;:GNi:. iJt LA

�II. - ;\;EOCLASICOS, Rm!ANTICOS
Y MODERNISTAS
A pesar de que el barroco se prolonga hasta la mitad de la centuria, el
siglo XVIII es una época de prosa. Nace el periodismo; prosperan la critica
y la erudición; ciencia, historia y fiiosofía crecen a expensas de las artes
creadoras. Ni el estilo dorado del siglo anterior, ni las nuevas ten'dencias
neoclásicas producen figuras de importancia. Los poetas más notables de
la época escriben en latín. Mientras
tanto las ideas de la Ilustración despiertan un mundo somnoliento. La Revolución de Independencia se anuncia.
La esterilidad artística del neoclásicismo contrasta con el hervor intelectual
de los mejores espíritus. Al finalizar
el siglo aparece un poeta apreciable,
,1anuel de Navarrete, delicado discípulo de Meléndez Valdés. En sus poemas el neoclasicismo y sus pastores se
tiñen de una vaga bruma sentimental,
anuncio del romanticismo.

IGNACIO R.UIIREZ

El siglo XIX es un período de luchas
intestinas y de guerras exteriores. La
nación sufre dos invasiones extranjejcras y una larga guerra civil, que termina con la victoria del partido liberal. La inteligencia mexicana participa en la política y en la batalla. Defender el pai~ y, en cierto sentido, hacerlo, in,·entarlo casi, es tarea que desvela a Ignacio Ramírez, Guillermo
Prieto, Ignacio Manuel Altamirano Y a
muchos otros. En ese clima exaltado
se inicia la influencia romántica. Los
poetas escriben. Escriben sin cesar,
pero sobre todo combaten, también sin
descanso. La admiración que nos producen sus ,•idas ardientes y dramáticas -Acuña se suicida a los 24 años,
Flores mucre ciego y pobre- no impide que nos demos cuenta de sus debilidades y de sus insuficiencias. Ninguno de ellos -con la excepción quiz:.i, de Flores, que sí tuvo visión poética aunque careció de originalidad expresiva- tiene conciencia de. l_o que
significa realmente el romanhc1smo.
Así, lo prolongan en sus aspectos
mús superficiales y se entregan a una
literatura elocuente y sentimental, falsa en su sinceridad epidérmica y pobre en su mismo énfasis. La irracionalidad del mundo, el diálogo entre éste
y rl hombre, los plenos poderes que
confieren el sueño y el amor, la nostalgia de una unidad perdida, el valor profético de la palabra Y, en fin,
(.'] ejercicio de la poesía com aprehensión amorosa de la realidad, universo
de escondidas correspondencias que el
romanticismo redescubre, son preocupaciones y evidencias extranjeras a casi todos estos poetas. Se mueven en la

dición o la crea. Dario y Lugones
crean la suya; Gutiérrez Nájera y Ama.
do N'ervo no tuvieron plena concien•
cia de la que les pertenecía y por eso
tampoco la tuvieron del sentido profundo de la renovación modernista. Su
modernismo es casi siempre un exotismo, quiero decir, un recrearse en los
elementos más decorativos y externos
del nuevo estilo.

Introducción a la Poesía
Mexicana Moderna
Octavio PAZ

esfera ele los sentimientos y se com•
placen en contarnos sus amores y sus
entusiasmos, pero apenas si rozan la
znna de la sagrado, propia a todo genuino arte romúntico. La grandeza de
estos escritores reside en sus vidas y
en su defensa de la libertad.
Es notable la persistencia de la poesía neoclásica en esta atmósfera de
cambio y revuelta. Verificadores correctos casi siempre, los académicos
preservan al lenguaje de las caldas románticas. Ninguno es un verdadero
poeta, pero José Joaquín Pesado y J~aquin Arcadio Pagaza logran una discreta recreación del paisaje mexicano.
Su influencia y su lección serán aprovechadas por Manuel José Othón. El
hermoso paganismo de Ignacio Ramirez -quizá el espíritu más representativo de la época- se expresa con
dignidad en unos desdeñosos tercetos.
Altamirano, maestro de una generación mas joven, intenta conciliar las
tendencias contrarias e inicia un tímido nacionalisnio literario, que no produce descendencia inmediata de mérito.
,lanuel José Othón se presenta como
heredero de la corriente académica.
);'.ingún propósito de novedad. ª?ima
su obra. Si huye del romanllc1smo,
tampoco muestra complacencia ante la
retórica "modernista", que vió triunfar al final ele su vida. Los poetas acac1einicos, y él mismo, creyeron que esta actitud lo 'adscribía a su bando. Y
asi es, pues gran parte ele la obra de
Othón no se distingue por sus propósitos e intenciones de la de Pagaza,
pecta al que lo unlan no sól_o comu~~s
aíicioncs sino parecida actitud estehca. ~las los sonetos del Idilio Salvaje,
A una estepa del Nazas y algún otro,
representante algo mús que esa "poesía de la naturalezau en que se complacía, pctrificúndosc, la escuela académica. El desierto del Norte, "enjuta
cuenca de un océano muerto", y su cielo alto y cruel, dejan de ser un esp.ectúculo o un símbolo. Espejo de su ser
exhausto, la aridez del amor y la este•
rilidad final de las pasiones se reíle-

S.4L\'.4DOR Dl.lZ .1l1ROX

A pesar de sus limitaciones, en algunos poemas de Manuel Gutiérrez Nájera sl' entrevé ese otro mundo, esa otra
realidad que es patrimonio de todo
poela de verdad. Sensible y elegante,
Gonzúlez Martínez asume la originacuando no se complace en sus lágri- lidad mexicana del modernismo, esto
mas o en sus hallazgos, acomete con es, lo convierte en una conciencia v
grada melancólica el tema de la bre- lo enlaza a una tradición. Así, no e~
vedad de la ,•ida. Su poesía, como él su negador, sino el único poeta realmismo lo dice en uno de sus poemas mente modernista que tuvo México
m:is citados "no morirá del todo". En -en el sentido en que fueron modersu periodo modernista, Amado Nervo nistas Darío y Lugones en América,
manipula-sin gusto, pero con novedad )fachado y Jiménez en España. La
y autenticidad, el repertorio del sim• atención que otorga al paisaje- y soholismo. Después, decide desnudarse. bre tocio al paisaje nocturno- se imEn rcnlidad, se trata de un simple cam- pregna de sentido: el diálogo entre el
bio de ropajes: el traje simbolista hombre y el mundo se reanuda. La
--{JIIC le iba bien- es rubstitulido por
poesía deja de ser descripción o queja
el gab,ín del pensador religioso. La para volver a ser aventura espiritual.
poesía perdió con el cambio, sin que .\ partir de Gonz:llez Martínez serán
gauaran la religión o la moral.
imposibles la elocuencia parnasiana y
el desahogo romántico. Al hacer del
Otros poetas, menos aplaudidos en modernismo una conciencia, cambia
un tiempo, se acercan más a la zona la actitud del poeta ante la poesía, auneléctrica de la poesía. Francisco A. que deje intacto el lenguaje y los simde Jcaza, amargo y sobrio, logra en holos. El valor de su empleo no resisus breves poemas una concisión al de en su oposición al lenguaje modermismo tiempo sentenciosa y opaca. nista, -al que nunca negó sino en sus
extravíos, y al que permaneció fiel
hasta su muerte- sino en ser el primero que devuelYe la poesía el sentido de la gravedad de la palabra.

\

)
.11.IXC'EL JOSE OTHOX

ritu. O como ha dicho Jorge Cuest¡¡:
"su fecundidad está en su silencio.
Otros poetas fueron indignos de callar". Precursor y maestro del modernismo, la aventura de Díaz Mirón es
sobre todo una aventura "erbal. Mes
rsa aventura es también un drama: -el
del orgullo. Pues este artífice es también el primer poeta mexicano que
tiene conciencia del mal y de sus atroces posibilidades creadoras.

IGX.4CIO .11.\.\TEI, .H,T,l.l!IR,lXO

jan en la desnudez de la sabana. Debajo de la forma y del lenguaje !radie ionalcs, brilla el ojo fijo de una naturaleza que sólo se sacia aniquilando
lo que ama y que no tiene otro objeto
que consumirse consumiendo. Un sol
de páramo quema las rocas del desierto, que no son sino las ruinas de su
ser. La soledad humana es una de las
rimas de la soledad plural de la naturaleza. El soneto se ahonda y sus
correspondencias y sus ecos aluden a
otra inexorable geometría y a otras rimas más fatales y ,·acías.
Si Othón es u11 académico que descubre el romanticismo y escapa asi al
parnasianismo ele su escuela, Salvador
Díaz Mirón emprende un viaje contrario: es un romántico que aspira al clasicismo. La pocsia de su primera época ostenta la huella elocuente de Rugo
y el énfasis de Byron. Tras un silencio de afios, publica Lascas, único libro que reconoció como enteramente
suyo. Ese titulo califica su poesía. O
más exactamente: Ios instantes de poesía arancados por la cólera y la impaciencia a una forma que es siempre
freno. Lascas: chispas, luces breves
que iluminan por un breve segundo
un alma negra y soberbia. El Díaz ~lirón parnasiano no niega el romántico:
lo sujeta sin acabar jamás de domesticarlo. Y ele ese forcejeo -a veces sólo
t•stCril maestría y tortura del idiomahrotan tensos y puros "como el silencio ele la estrella sobre el tumulto de
la ola''.
Frl'ntc al lenguaje desvaído de los
portas ancrion·s - y también frente
a las joyas falsas de casi todos los modernistas- la poesía de Diaz Mirón
posee la dureza y el esplendor del diamante. t:n diamante al que no le faltan, sino le sobran, luces. Poeta que
sólo aspira a domeñar,. no encuentra
una forma que lo exprese sin oprimirlo. Al cabo de ese jadeo, su obra se
resuelve en silencio. El silencio es su
forma, la forma definitiva de su espí-

El modernismo no consiste nada
más en la asimilación de la poesía parnasiana y simbolista que realizan a}gu.
nos ávidos poetas hispanoamericanos.
Al descubrir a la poesía francesa, el
modernismo descubre también a los
clásicos espaiiolcs, ol \"idados en Espafia. Y, por encima de todo, crea un
nuevo lenguaje que sen·iría para que en
un momento de extraordinaria fecun~
didad se expresaran algunos grandes
poetas: R11bén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig. En México el modernismo acaso habría poseído mayor fertilidad poética si los
mexicanos hubiesen advertido la ver~
&lt;ladera significación de la nueva tendencia. El modernismo se presentaba
como una indiferencia ante el tradi
cionalismo espaiiol, pero al mismo
tiempo como un rescate de la ,·erdadera tradición española: ¿Cómo no ver
en él a un heredero de la tradición
que nos había fundado? Para el resto
de Hispanoamérica, abría las puertas
de la tradición poética universal; a
los mexicanos, en cambio,. ]es daba
ocasión de reanudar su propia tradición. Toda revolución posee una Ira-

rmasy

~TR

Organo Mensual de la Universidad
de Nuevo León
Registrado como nrlículo de 2a. Clase en la

lfJXl'ET, Gl'TIERREZ NAJERA

Admón. de Correos de Monterrey, N. L, el

20 de Abril de 1944.

Luis G. Urbina continúa en buena parle de su obra la linea sentimental de
Nájera, pero lo salva su temperamento
de pintor impresionista. La porción
mejor de su poesía constituida por crepúsculos y marinas, Jo revelan como
un excelente heredero de la tradición
del paisaje. Con menor intensidad que
Othón, pero aunque con mayor fantasía Y riqueza de matices, Urbina consil(uc un delicado equilibrio expresivo.
Es curioso observar cómo los poetas
mexica~os escapan de la afectación
modernista acudiendo a una tradición
unhersaJ. La poesia mexicana no encuentra su forma nativa, y cad::i ,,ez
Qu_c _se arriesga a expresar lo mt-jor y
mas secreto de su ser, no tiene más
remedio que servirse de un lenguaje
abstraclo y que es suyo sólo por un
acto de conquista intelectual.

AMADO NERVO

La severidad de González )lartínez, la
ausencia de casi todo elemento imprevisible, sal de la poesía, y el didactismo que tiñe parte de su obra, han hecho que se le considere como el primer poeta hispanoamericano que rompe con el modernismo: al cisne enfrenta el hubo. En realidad, Gonz:llez
:\fartínez no se opone al modernismo:
lo desnuda y deshoja. Al despojarlo
ele sus adherencias sentimentales y
p~rnasianas. Jo redime, le otorga conciencia de si mismo y de su oculta
significación.

A los poetas modernistas, que recogen del simbolismo los elementos más
Perecederos, Enrique Gonz:llez Martínez Opone una sensibilidad más honda
t('í)rxiva y una inteligencia que osa
llllrrrogar la faz nocturna del mundo.

r

INDICADOR,

Poema para Hacer
Crecer los Arboles
Salud salud de mi sol en soledad
Noche interior remada como la savia visionaria
Salud salud en puentes de amenecer y ocaso
Como también de tierra y cielo y piedra y astros
Salud en asiento de aire
Salud en movimiento de silencio
Cinco ramas siete ramas doce ramas
Doce hojas veinte hojas y cien hojas
Sube y sube y sube
Y aletea y rema adentro de sí mismo
Subiendo en su oscuro
Sube a su piel
Sube por sus paredes funestas subidoras
Y por su llanto
Y por sus efervescencias de ángel perfumado
Por su respiración de piedra silenciosa

Un cielo para cada rama
Una estrella para cada hoja
Un río para llevarse la memoria
Y lavamos los recuerdos como una distancia
Una montaña un cuerpo de mariposa inmóvil
Un arco iris dejando una nube de polvo tras ~us pasos
Sube rema
Sube por tu centro oscuro
Por tu viento de tubo que se expande
Por tu virtud de amor que se enfurece
Ama la rama ama
Hora que llora y ora deplora
Hoja la coja hoja
Ojalá coja la hoja
Rema la savia rema rema
Rema la rama
Rema la vida por sus dolientes
Hay que coger la hoja
Hay que reír al cielo en la punta libre
Cinco ramas siete ramas doce ramas
Así todos remando los remeros remadores
Doce hojas veinte hojas y cien hojas
Y los remeros remando
Los remeros remadores
Remando vida arriba
Una montaña al cuerpo de un árbol cabizbajo
Un arco iris dejando nube de mariposas tras sus pasos
Un árbol que se yergue y cierra el paso a la muerte

Colaboradores

Vicente HUIDOBRO

Hu¡o P,d;llo
Fidencio de la Fuente
Gcnaro Salinas Quiroga

Arturo Cantú S.
f

Homero A. Garza
Alfonso

/

Ranitel Guerra

Gu;llcnno Ccnla G.
Jorge

Rangcl Guerra

Manuel ¡\!orales
Dibujos de Jorge Rangel Guerra

Director

/

I

Le. Fidcn&lt; io de la F uenle
Oficinas
\\'ftShington r Colea-io Ci"·il
Monterrt'y, Xucvo León

MEXlCO

Página 2

Página 3

�EPISTOLA A ALFONSO REYES,
Poeta Siempre +

(DE MARIA TERESA BABIN)

¡Cuántas veces, don Alfonso, he sentido la tentación de escribirle! Los
libros suyos han acompañado mi soledad en tantos momentos de lectura amena
y enjundiosa, despertando íntimamente el anhelo de diálogo sobre éste o aquel
pasaje incitante, sobre una palabrita, un rasgo de su estilo ... , Y hoy, por !m,
acorazada con la leve sonrisa para darme ánimo y atreverme a romper el hielo
de mi timidez, me dispongo a trazar_ estas líneas .re,,csli~as de la más in?e~ua
simplicidad. Alfonso Reyes, poeta siempre, sabra apreciarlas Y se s~nre1ra al
leerlas con su fina cortesía, me digo para seguir adelante.

•

Durante muchos años he seguido las lecciones &lt;le estética, de literatura,
de amor y de vida ,•crdadera en su poesía y en su prosa, don Alfonso. He pasado a mis propios discípulos el mensaje y les he lle,·ado de la mano a .ª~revar
en la misma fuente. Otra puertorriquefia, Concha Melém:lez, se fué de YHlJC con
usted en aquel "tren de ondas" clásicas, cspafiolas y americanas allá por el año
de 1934, dejándose seducir por el flechador de bellezas multicolores de todos
los climas. Concha Meléndez, sagaz en la crítica literaria, halló posada en las
variadas estaciones del peregrino con buenas luces. Han pasado desde ese ayer
cercano veintidós años. El sagitario ha perfeccionado la puntería Y la caza de
estrellas ba aumentado. ~fo regocija agitar con los ojos y las manos curiosas el
viYero del poeta, deslumbrada con los matices y los sonidos de la fiesta. Poeta
siempre, don Alfonso, y en ello se cifra para mi el encanto de su obra magna.
Amado Alonso se refiere a ella como "un ejercicio de intimidad", Y Gabriela
Mistral advierte "la gracia" que la anima. El viaje, pues, me incita, pC'rO tengo
m\edo de ir de prisa, atropelladamente, y pasar desapercibida por los parajes
más gratos y queridos por el poeta. Dejemos para mañana el equipaje. Prometo
llevar entonces lo necesario para gozar plenamente del paisaje Y de las maravillas que adivino en el mapa, ordenando lo que ya he entrevisto anticipada•
mente en la lectura sencilla y amorosa, -ese primer conocimiento de ta'. obra
poética que Dámaso Alonso llama intuición totalizadora", cuyo "fin prtmor.
dial'' es la "delectación, y en la delectación termina". Mientras me apertrecho
para el viaje verdadero, platiquemos un rato no más, don Alfonso.
14

El día del santo ele mi devoción inlantíl, el 17 de mayo, nació usted en
Monterrey. ¿Le habrá dado San Pascual Bailón -me pregunto asombrada- la
protección suficiente para guardar y fecundar la sabiduría que atesora este
mexicano universal"? De mi sé decirle que cuando se me pierde algún dato
,•alioso -(demasiado frecuentemente)-, acostumbro cantarle a San Pascual
aquella coplita del folklore que le cantaba de pequeña cuando se me extra,·iaba
una muñeca o un zapato. Ahora busco otras prendas, o tal vez busco lo que no
se me ha perdido, musitando en secreto:
San Pascual Bailón,
si me amparas (la fecha, el nombre, la obra o el autor),
¡ te bailo un son!
El humilde santo, "cocinero antes que fraile'\ ronda mi escritorio Y mi mesa
lentándome el olfato y el gusto por su culpa, don Alfonso. Si se alrcYiera una
a decir públicamente lo que pasa por dentro cuando se leen cosas tan sabrosas
y picantes cómo éstas del juego poético de Minuta sobre entremeses, frutas Y
confituras, ,•inos, aves, café y tabaco, entonces se libertaria la maltratada critica literaria de sus trabas seculares, y se proclamaría una nueva catc-goria de
escritores, clasificados en relación al hambre y la sed que hayan padecido, la
pasión por los manjares suculentos o el desprecio de loS mismos. En mi Fantasía Boricua he hablado de la geografía del paladar. Que de todo hay en la
Viña del Señor. ¿~o es cierto? Usted, caro amigo, está situado por derecho
entre los grandes y gastronómicos artistas del lenguaje castellano, haciéndoles
la boca agua a sus lectores cOn alegria burlona. Descendiente en linea directa
de los amantes ele la opulenta mesa en las literaturas de occidente de tochls las
C'daclcs y latitudes, quisiera dedicarle, don Alfonso, un ensayo futuro sobre el
tema. Estos versos tan sugeridores de Minuta me hacen evocar toda la literatura de nuestra lengua, desde la picaresca y la mistica, "la pobrecita tnl'sa de
paz bien abastada de Fray Luis", - literatura del hambre y la penitencia, Y
su re,·erso de abundancia desde 1a cena de los amantes en La Celestina hasta
nosotros, -¡qué digo!- hasta usted. ¿~o podría intentarse una alegoría del
buen comer y el beber, buscando en el exceso la dificil balanza de lo justo, proclamando al fin la terrible verdad de que no siempre es santo el que ayuna,
o tal vez que no se ayuna por santo, sino por otras r8zones de peso? ¡Cuántas
cosas de este jaez me hace pensar usted siempre que leo estos endiablados versos aderezados con el condimento de su tierra mexicana!
Hablando en serio para variar el tono, ¿sabe usted que en mis años de
estudiante creía que Alfonso Reyes era español de España? Al descubrir que
era mexicano con "x'' aprendí una verdad tan hermosa como el Templo Mayor
de )Ioctezuma: Siendo lo que se es se puede ser del mundo entero; el sentido
de la universalidad no existe sin el sentido de la patria; sólo se puede medir
la circunferencia del globo terrestre desde un punto de apoyo en el mapa, Y
se mide hacia adentro, nunca hacia afuera. Después de leer una y otra vez la Visión de Anáhuac y embriagarme "de la emoción cotidiana ante el mismo objeto
naturar', casi por necesidad de' equilibrio he buscado de nuevo a 1/igenia Cruel,
confirmando la existencia de "una Grecia cotidiana, una perspectiva de únimo
que nos capacita para humanar hasta los mitos más rígidos y arcaicos". Pero
hay muchísimo más, don Alfonso. Ifigenia, la suya, que en cierto modo es la
mía 1 se yergue paralelamente a la imagen del poeta desconocido de aquel ayer

aztcc? de su .~ierra,. si~bolo para mi del rccuC'rdo ancestral de todos los iberoame~~canos, el prmc1pe desposeído que vivió algún tiempo bajo los árboles
nutnendose ~on sus fru~~s y com~oniendo canciones para solazar su destierro"~
~reo ~uc su 1~terpretac10~ del mito de Ifigenia corresponde genialmente a una
fllosof1a _americana, entran a ble J~ara el hombre nuevo del Xuevo Mundo, y me
comnue, e has_ta la_s ra~ces de 1111 ser puertorriqueño por senirme identificada
con la angustia misteriosa ele Jfigenia al reclamar "su herencia ele recuerdos
P~sados" pa_r~ _renunciar a ellos heroicamente. Sacrificio supremo para redimir la mald1c10n de su casta, no por desamor, sino por amor, amor de romper
las cadenas malditas que se perpetuarían si ella se ablandara ante el requiebro
de Orestes Y volviera atrás. América es la tierra de la nueva Ifigenia · tiene
por fuerza imperiosa que marchar hacia maltana sin dejarse seducir ~or las
garras de "su herencia de recuerdos pasados". Cuando el "yo intimo se suble,·a" "en no11;Wre de la libertad pe~sonal" tnc parece presentir una Ifigenia futura fortalecida para romper los v1nculos con la diosa Artemisa también capaz
de repetir "¡No quiero!" en el instante justo.
'
Nadie, don Alfonso Reyes, ha revivido con mejor acierto artístico todo ese
universo ele la antigüedad griega para la cultura hispánica. El humanismo humano de la lfegenia cruel reaparece salpicado de humorismo en Homero en
Cuernavaca. En ambas obras retornan a casa los ecos del pretérito clásico
acostumbrándonos a convivir con los héroes de la iliada y la Odisea, con la~
criaturas del teatro y de la lírica griegas, en franca camaradería. Lección insuperable de humanismos en pleno siglo XX, lección inapreciable y alentadora
para el .futuro de nuestras letras americanas desde las Antillas hasta allá abajo
en las herras del Plata, umdos a nuestros hermanos del Brasil, cuya. tierra CS·
pléndida aparece tan bien amada por usted en sus cantares. En el ingenioso
"juego de sociedad" titulada Cortesía logra usted expresar con sencillez con•
movedora el secreto de todo su arte poético: "Xo hace ningún daño traer a la
discreción cotidiana las formas de la cultura". Por ello no me resigno a dejar
fuera estos versos admirables de Homero en Cuernavaca:
"A siglos de distancia la sangre es siempre una,
e igual es la congoja e igual es el contento
Oh tierra que me diste la norma con la cuna:
a tu regazo -prenda de mi consentimiento-de mis pacientes números confio la fortuna,
pues hallo que recogen tus quejas y tu acento."
No sabe usted, don Alfonso, lo cerquita de mi corazón que tengo su Cantata
en la tumba de Federico García Lorca. Junto a los versos majestuosos de An•
tonio Machado al morir Federico C\'OCO siempre los suyos. La de Machado y
la suya son las dos voces más afines y fieles al espíritu ele! poeta amado en el
conjunto de emociones enlutadas provocadas por aquella hora trágica de asesinato imperdonable. Hoy a la distancia de veinte años, 1a Cantata vuelve a
resonar en mis oídos trémulos:
"'.

uPero tu sangre, tu secreta sangre,
Abe!, clavel tronchado,
colma los surcos y amenaza el ,·ado!
¡Aprisa cantan los gallos
y quieren quebrar los albores!"
Podríamos hablar horas sin fin sobré todo lo demás. De su docta pluma
:rcadora han salido reveladores estudios de literatura, traducciones, investiqaciones eruditas y crítica valorativa, lo cual me ha brindado apoyo para mis
propias incursiones por estos caminos deleitosos. Prefiero por preferir lo que
lle,•a usted dicho de Góngora, por ejemplo, a cuantos estudios existen sobre
el cordobés. El sabor de Góngora'', que usted disfruta y transmite al lector
tiene para mí un parangón con la exquisita divagación de Garcia Lorca sobre
la imagen gongorina al celebrarse el homenaje poético del 1927 al autor egregio
lle Po/ifemo y las Soledades. Tanto usted como Lorca, poetas fieles a esa primera y última llamada, me dan el placer que busco siempre en la poesía al
hablarme ele otro poeta. Usted lo dice así: "Desde el día en que Adán puso
nombrC's a los entes ele la creación para apoderarse de ellos por medio del
lenguaje, la suma sensualidad humana es la palabra."
11

0

fral Deslinde
es una concentración abarcadora de las mejores esencias de
vanada rica, don Alfonso. Obra en la cual se juntan los afluentes
Y

ma~ caudalosos de su saber, de sus meditaciones, de su afán de maestro artista
ans10~0 de ,azuzar el {mimo a 1a aventura del conocimiento. Hay mucho d~
autob1_ogra~1a en estos "prolegómenos a la teoría literarfa", confesonario de una
vo.cac,~n. sm de~m~yo que marcha al compás de nuestro siglo sin decaer en lo
mas mimm~. S1gme~do las páginas sesudas de El Deslinde, deteniéndome a
repos~r al fm de
¡or~ada, volviendo a recorrer un trecho por deleite O por
n~ce_s1d~d aclaratoria_, s1emi:-rc h~ leído los escolios del poeta, nunca del acaclem1co. o del precepltsta. F1losof1a estética si es El Deslinde pero así se llama
la poesia verdadera también, y no hay que "deslindar" nada' para un buen -entendedor. De esta obra .se sa.Ie con la fe más encendida en el arte, con la certidumbre de que nada n1 nadie puede prescindir de "la ruta vertical la poesía"
como ha ca_ntado usted mismo en otro momento. Después de leer 0 r primer~
vez El Deslrnde habré c~nsultado sus páginas un centenar de veces. Nunca me
1
a fallad.o .. Ju.nto a los libros imprescindibles de mi convivencia ocupa éste un
ugar priv'.leg¡ado. Gracias, don Alfonso. Quisiera glosar las múltiples citas
de El Deslrnde, preciosas ofrendas del poeta para aligerar mis quehaceres Jitcrar!os, pero el hempo apremia. ¿Me consiente regodear!ne en una de las prcíendas?:
•

fa

¿

¡

.
"Cad~ uno lleYa su pocn_1a intefior y nunca escrito. primavera de "flores
1apo?esas prontas a expand1rse en agua propicia. y nmgún poema personal
sencillos del poemíta "Al Pintor", fechado el 18 ele noYicmbre del 1949:
Gabriela Mistral, con esa dignidad emocionada de su estilo, ha dicho algo
de usted que me gusta mucho:
"Reyes ha logrado una cosa difícil como un repecho: hacer estimar del
europeo. al muy discuti~o hombre de la América espaiiola; hemos sido empinados t!n el, en sus capac_idad~s y en su hidalguía. La debemos. ni más ni menos.
que el haber dado teshmomo de nosotros, el haber sido nuestra prueba irreftttable".
Basta por hoy, don Alfonso. Cuénteme entre los que admiran y Icen su
para usted _al~o~a Y siempre ha de ser ,·erdad lo que dicen estos cuatro versos
obr~. Segmre siendo una entre tantos con amor y entusiasmo. Sé de sobra que
rnshtuyc al poema de los demás."
"¡Qué madurez superior
la del que venció el halago
y sólo quiere por pago
el premio de su labor!"

'

Hasta luego, don Alfonso. Reciba un saludo afectuoso y ferviente de su
1miga puertorriqueña,
María Teresa Babín.
138 Second Avenuc,
New York, X. Y.

a 26 de ctuhre de 1956.
~ueYa York.

* pronunclnda
fConferenda de Ja .. Dra. Varia Teresa B.-1bln, profesora di" New York Univrrslt
en e~ Hom&lt;'naje a A1íonso Reyes' celebrado el 26 de octubre d il.6
en el Centro Mexicano de Nueva York).

Página 4

e

J

Página S

�!LA lESTlR.U!CllUlR.A !DIE !LOS
CONSTl!TUIYENlllES
Por Daniel COSIO VILLEGAS

mús, cuando era tan grande la probaL libro de R
. abasa es, sin duda, haber logrado trasponer las fuentes, dolo a tiempo de darle una copia del biliclad cte quC' lo sustituyera una "dicel mejor estudio sobre el Con- secundarias, cosa per[ectamente expli- primer borrador a Porfirio Díaz antes tadura democrática" - Como él la Ha~
greso Constituyente del 5G y so- cable si se piensa que los libros me- de abandonar el poder y el país en ma signiíicati,·amente- que a nada
bre la Constitución de 57, a menos que xicanos de historia se cuentan por mi- mayo de 1911; se sabe más fijamente poclria ternérselc tanto como a ella,
que en agosto de 1911 el manuscrito
haya sido superado en la intimidad de llares. Otra circunstancia más le imentre otras cosas porque para pasar
la rúlcdra o de la conversación de ca- pidió lograr una visión mejor de nues- había alcanzado su forma definitiva y &lt;le un extremo a otro, de la tiranía a
que la edición nparcció en los primefé; pero se publicó hace cuarenta y tros tiempos modernos, con la cual su
la democracia, el país debía dar un
ros meses de 1912. (1)
libro
hubiera
ganado
muchísimo:
a
cuatro años y apenas acaba de reediEs posible que el origen lejano de salto mortal y no llegar al otro lado le
tarse por la primera vez, no obstante pesar de haber nacido en 1856, justaesta obra fueran ]as declaraciones de podría costar en verdad la Yida. No
que su tirada inicial debió ser muy mente cuando C'O la ciudad de MéxiPorfirio
Diaz al periodista norteameri- esscribiú, pues, su libro para estimar
limitada y que aparcciq en 1912, en co, tan lejana de su Chiapas natal, se
cano
Creelman,
en las cuales aseguró en su conjunto la Constitución de 57,
vispcras de hundirse en el caos que reunía este Congreso Constituyente
que )léxico estaba )'a preparado pnra sino para aconsC'jar la supresión de
di6 Yida después a la Revolución me- que ahora recordamos; a pesar de no
una vida politica normal; ellas, en sus piezas peligrosas, y peligrosas porxicana. Tales datos indican que el li- haberse radicado en la Capital hasta
quC' el movimiento de ellas estaba conbro no ha sido muy leido, y esto a · los treinta afias de edad; Rabasa se efecto. dieron la posibilidad de discu- fiado al pueblo o sus representantes.
rrir públicamente sobre el tema de
despecho de asegurarse que ejerció nutrió en la atmósfera porfirista, y no
Habasa no dice nada acerca del
cúmo podía pasar el país de un régillegó
a
dudar
nunca
de
los
supuestos
una influencia decisiva en la compocuúndo
ele . su obra, pero no puede ser
men tiránico a otro institucional. Fransición de la Carta revolucionaria de ¡¡oliticos del Porfiriato. Al contrario,
más explicito en cuanto al fin que percisco
I.
)ladero,
Manuel
Calero,
Querit91i. Es un hecho, pues, que el estu- los años y el mismo fracaso del régido )foheno, Francisco de P. Sentías, seguía con escribirla:
dio de Rabasa fue publicado en 1912 men hicieron defensa de él en valor
Alejandro Prieto, Ricardo Garcla Gray que hemos vivido hasta hace poco y decisión y perdiendo en finura y
Como este libro no se propone
nados, etc., publicaron sus opiniones
rectitud.
de los mil ejemplares primeros; a pela critica general de La Constituen
libros
y
folletos
que
fueron
comenOcho años mús joven que Justo Siesar de ello, no ha sido superado y J.li
ción, sino sólo el análisis de los
tados con interés ,·isible y antes dessiquiera se ha hecho de él un juicio rra, y alejado además de la ciudad de
vicios que ... imposibilitan su obcrítico cabal para aquilatar sus méri- México, Rabasa no participó en el úl- conocido.
servancia, la enumeración de sus
Este
antecedente
pudo
haber
sido
tos excepcionales y sus fallas induda- timo desgajamicnto del partido libeaciertos estaría fuera de lugar y
ral: la contienda de 1876 entre Sebas- también la razón de que redactara su
bles.
sería impertinente.
libro, no con el ánimo de estimar toda
Se ve, pues, que la historia mexica- tián Lerdo ele Tejada, José Maria Iglela Constitución de 57, sino con el de
na no cslú en este momento muy bien sias y Porfirio Diaz. Se salvó por eso
Dados estos antecedentes, no es exseñalar sus defectos e impresionar
de
caer
en
la
furia
antilerdista
que
armada para concertar tanta voz desatratio
que La Co11stit11ción y la dictacon la gravedad de ellos y la urgencorde y para desvanecer tanto silencio desquició tanto el juicio histórico de
dura
deje
]a impresión de ser, y que·
cia de remediarlos. Efectivamente,
sospechoso, y menos todavia para ci- Sierra. Aún así, el respeto y la admisea, en realidad, tremendamente adRabasa
concluyó
el
manuscrito
de
su
mentar con firmeza un relato y una ración de Rabasa por Sebastián Lerdo
libro cuando se desplomaba el régi- versa a la Constitución del 57 y al
explicación de nuestro liberalismo de de Tejada son un tanto formales: le
men en el cual vivió su edad madu- Congreso de 56 que la hizo. En cuanhace un siglo, ele los frutos que dejó y atrae el jurista, el hombre de talento
ra; se llizo obvia entonces la predic- to a aquélla, quizá el juicio de conde cuál y cuánta es nuestra deuda ac- y de finura, pero no el gobernante; y
junto m:ís representativo del pensaciertamente su admiración por Juárez, ción de que se venía encima una protual con él.
miento de Rabasa sea éste:
funda
transformación
política,
pues
Todo esto causa una pena tanto ma- como la de Sierra, tiene una deforma- con nada se contaba para sustituir una
Así se formó la Constitución Mexiyor cuanto que el libro de Rabasa es, ción porfirista indeleble. Rabasa ve en
cana, y medio siglo de historia nos
tiranía
de
treinta
y
cuatro
interminarlccididamentc, un gran libro; y lo es Juárez al héroe de la Reforma y de bles años. Por si algo faltara, Rabasa demuestra c¡ue no acertaron sus autopor una pluralidad de motivos. Era su )a Intervención, al revolucionario y al prC'scnció las primeras manifestacio- res con una organización política adeautor de una inteligencia muy poco co- demoledor, a la figura granítica que nes ele apO)'O popular tumultuoso que cuada a nuestras condiciones peculiamún: lúCicla, penetrante y belicosa, resiste y desafía el vendaval; pero el la revolución maderista tuvo al día si- res.
pues planteaba sus problemas en un Juárcz tolerante, conciliador, que con- guiente ele su victoria; acostumbrado
Sobre este juicio volveremos més
tono provocativo que imponía en se- sume hasta el último aliento de· su vi- al gobierno del hombre fuerte, temió tarde; entre tanto, ,,eamos la opinión
guida la disputa y aun el duelo. Fue da en encauzar al pais después de la que un desbordamiento popular, na- que Habasa tiene de los constituyentes
un buen escritor: correcto, claro y bri- victoria de 1867, se le escapa hasta el tural e inevitable compensación al go- del 56. Sólo distingue a tres, y en ri•
llante, de tantos hallazgos verbales co- punto de confundirlo con Porfirio bierno tiránico, impusiera el rumbo gor, a dos nada más: Ponciano Arrillmo Justo Sierra, por ejemplo, tan con- Diaz bajo triste denominación de dic- que la anunciada transformación polí- ga, a quien concede el primer Jugar,
,·incente como él y más sobrio. Uno tadores involuntarios, a quienes huny José Maria ::\lata, a quien da el setica habría de tomar.
y otro han ejercido una gran influen- de en la tirania la ley con que gobiergundo; Melchor Ocampo es su tercera
Estas
circunstancias
condujeron
a
cia, además, por su capacidad, al pa- nan, mala sin salida.
Una prueba indirecta de que en Ra- Rabasa a descubrir, enumerar y cali- preferencia, aún cuando no haga en su
recer ilimitada, de encerrar en fórmubrar todas las piezas de la Constitu- obra ninguna mención especial de él.
las agudas y breves ideas cuya expre- basa, por desgracia, no pasaron exac- ción de 5i que ponía la participación EntrC' los demás, Rabasa encuentra al. sión parecería dificil y aun necesita- tamente lo mismo y al mismo tiempo popular en movimiento, a tenerlas in~ gunos hombres de talento, pero todada de menudos matices. Es además rl conocimiento y la visión del jurista variablemente como defectuosas y a Yia hace la salvedad de que si bien
hombre de gran integridad mental, de y del historiador, la da el contraste exagerar los peligros que representa- es escrito que de ningún otro congreso
fuerJ.es convicciones, preocupado muy entre la parte de su libro dedicada a ban para la vida futura del pais. Por mexicano ha salido una constelación
sinceramente por los males del país y la apreciación y al relato histórico de eso, su conclusión final es recomendar ele hombres tan distinguidos y a quien
ansioso de contribuir a remediarlos. los antecedentes )' de la obra del Cons- para la nueva era de México un régi- la Patria deba tanto,
Y por sobre todas las cosas, en Raba- tituyente de 56, y aquella otra en que men presidencialista, claro sustituto
sa se dió algo que parece obvio Y que, analiza la Constitución del 57 desde un del tiránico de Porfirio Diaz, y todo
otra confusión de ideas ha atrisin embargo, resulta raro en México: punto de vista juridico-formal. La esto con una consecuencia realmente
buido gran superioridad de legispluma
de
Rabasa
es
más
segura
en
la
el conocimiento jurídico unido al coladores a los diputados del Consfantástica: los constituyentes de 17,
nocimiento histórico, condición prime- parte segunda, pero más personal y que debieron ser y sentirse represetituyente por lo que muchos de
ra para discurrir con acierto sobre más honda en la primera. Y esta tra- tantes de un movimiento inequívocaellos hicieron después, ilustrandó
gedia
de
la
disparidad
entre
el
conocuestiones de derecho constitucional.
sus
nombres en época di versa y en
mente
popular,
democrático,
se
inspiEfectivamente,, Rabasa sabía derecho y cimiento y la intuición -mayor aquél raron en Rabasa para crear un régitareas
de otro género.
en lo jurídico y más certera ésta en
sabia historia.
men
presidencialista,
que
jurídicaPor ser excepcional en nuestro me- lo histórico-- puede ayudar a explicar mente no dista mucho de ]a dictadura,
Tengo la impresión de que Rabasa
dio esta coincidencia, y por ser, en si la mala fortuna de su libro. El histo- y que en In práctica lo ha sido de un esti, en lo cierto, mas sólo en tél1lli·
misma, difícil de lograr, mucho me riador, consciC'nte ele la inseguridad 111odo completo.
nos muy generales. Pocas dudas puetemo que en Babasa no se dieran el del sostén documental, lo ha tenido
APARTE DE ESTE DESENLACE den caber acerca de que Ponciano
tomo un libro para "abogados" (co~
conocimiento del derecho Y el de la
EXTRAORDINARIO, es decisivo dar- Arriga fue, con mucho, la figura cenhistoria en el grado y con la simulta- mo si lós abogados leyeran libros de se cuenta del momento rn que Raba- tral del Constituyente, y que Mata reesta calidad); y el jurista, deslumbraneidad que son apeticibles y aun nedo por el flechazo luminoso de la in- sa escribió su libro y del fin que se presentó la ayuda mejor y ma.5 coas~
cesarios. Me parece que cuando pupropuso al C'scribirlo. Lo compuso tante que Arriaga tuvo; también es in·
blicó en 1912 La Constitución Y la dic- tuición histórica, lo ha tenido como cuando era inaplazable la sustitución duclable que ~!elchor Ocampo, un ho!D•
tadura, no habia alcanzado su saber un libro para historiadores.
Queda por sefialar una última cir- del rl•gimen tir::\nico de Díaz, pues su bre superior, y desde luego superior a
histórico la madurez que logró ocho
cunstancia
que ayuda a estimar el va- decrepitud era ya mortal, tanto que Arriaga y a ::\lata, tuvo una parte reaños después, cuando en 1920 nos enlor
de
este
gran estudio. Parece que el hedor de su cadá,·er infestaba los lativamente limitada. Es más, casi totregó su magnifica Evolución histórica
pulmones del país. Lo escribió, ade- da la fama de que tan justamente Sode ,\léxico. Además, Rabasa no parece Rabasa lo escribió en 1910, concluyen-

E

zan Arriaga Y ~fata procede de su obra
como legisladores. El primero murió
ocho. allos despuCs a la temprana edad
d_C' crncucnta y cuatro aiios, sin que
figurara en la vida pública del país
en una posición más encumbrada; y
aun cuando el Sl'gundo vh·ió, como era
usual en los varones de esos tiempos, todavia treinta y ocho más Y aun
cuand_o sigl~i~ figurando como ~liputad?, d1p~oma~1co, o ministro de Relac10nes E:'ter10rcs, sus años posteriores
al Const_1t~1yC'nte no agregaron nada a
su. prest1g10, sino que más bien lo reba¡aron. Arriaga Y ~lata, que tan distrngmdamente figuraron en el Constituyente, ganaron en él su mayor altura, Y l_o que ha quedado en nuestra
?1emoria Y en la historia del país es,
Justamente, su obra de legisladores.
Arriaga no sólo fue el presidente de
la . Co_misión de Constitución, sino el
prmc1pal componedor o negociador
entre los miembros de ella (de muy
d_1~crsas tendencias) y entre la eomis1_on misma Y el Congreso; y por si
esto fuer~ poco, participó con mayor
constancia que nadie en los debates:
he conta_do 127 intervenciones suyas
en _c_l examen del proyecto de Constiluc10n; Y )fata, con 112, le siguió muy
de cerca, como Jo siguió en sus gestiom·s de negociador en la Comisión Y
en el Congreso.
Rabasa tiene razón al afirmar que
la fam_a de muchos constituyentes fue
po~tenor al Congreso Y que se hizo en
tareas ajenas a él. Francisco Gómez del
Palacio, por ejemplo, pintado durante
muc~10s años después como el ministro ideal, capaz de prestigiar y enaltecer a cualquier gobierno lo mismo
d? Juárez y ele Lerdo que de Porfirio
Diaz, no tuvo participación alguna en
el Constituyente a pesar de haber sido
electo como diputado. A.si ocurrió con
ot_ros hombres prominentes, Mariano
R_1va ~alacio por ejemplo, cuya partic1pac1on fue nula, 0 con Jesús González Orteg~, quien ni siquiera parece
l~~bcr ton~ado posesión de su cargo.
\ icentc R1va Palacio, que como diputado suplente en funciones tomó una
parte activa en las sesiones prelimina•
res, dC'saparece después por completo.
Su la~_or en_ el Cons_tituyente, casi nula
tambien, no &lt;lió ciertamente fama alg~ma a .lustino Fernández. Ignacio Mariscal, Ignacio Yallarta Y Simón cÍe la
Garz_a y :\felo, ap_enas h1,·ieron una y
mecha docena de rnten·encioncs, 0 sea
una participación muy clesproporcio~
nada al prestigio qtte lograron después. El mismo José )!aria Castillo Velasco, a quien R:ibasa cit3. con elogio
c~laboró de un modo juicioso, pero li~
mita~o (siete intervenciones). El caso 1:'ªs n~table es, sin embargo, el de
B~mto Juarez, de cuya elección como
diputado al Constituyente nos enteramos cien uños después, al publicarse
por la primera ,·ez las actas secretas
del Congreso.
Las razones de la predilección de
R_ab.asa son bastante discutibles, si
bien esclarecen mucho el origen de
sus ~rcjuicios; además, la lista de ]os
~re~t!cctos tiene que ampliarse si ]a
Justicia ha de reinar también en este
mundo. Rabasa destaca a Arriaga v
Mata porque
·
conocían bien las instituciones
americanas, que en más de uua
ocasión explicaron con facilidad
Y ex_actitud, ~- rcnlaron siempr~
una rnstrucción rara por entonces
en materia política.
Y a los otros los condena porque en
ellos prevalecía,
el estudio de la historia y de las
leyes constitucionales francesas,
sus divisiones simétricas y sus
amp1iaciones deducth·as, que llegaban a la conclusíón prevista de
la felicidad pública.

. Rabasa distingue a Arriaga porque
citaba a .Jeffcrson, Story y De Tocquev~lll' , Y condena a los otros porque
citaban :.1 Yolt:iire, Rousseau, Bcntham,
Locke, )lontcsquieu, )lontalambert
Constant y Lam:irtine.
,
_El .panorama de la predilección, por
:i_nad1dura, no está compkto. En la
hsta de las grandes figuras del Consti~
tuyentc no pueden suprimirse los nombr~•s de Francisco Zarco, León Guzm:.111, Ignacio Hamírez, Guillermo Prieto: Joaquín Huiz, Santos Degollado e
Isidoro Oh·era, sin hablar (porque Rabasa no los nombra) de los liberales
ruoclerados, entre los cuales había
hon~l?rcs de talento y de una participac10n tan activa como la más activa
de los puros. y h:ibría Que colltar
ta_mbién a algunos de los grandes mimstros tre ~~monfort, porque influyera~ Y participaron en el Congreso:
(,ms de 1~ Rosa, )ligue! Lerdo de Te¡ada, Jose )!aria Lafragua, Ezequiel
~lontcs Y José )!aria Iglesias.
Francisco Zarco, además de cronista e historiador del Congreso Constituyente, tuvo una participación constante ~, activa, apenas inferior a las de
Arriaga Y Mata. Además, aun cuando
no fuera ni pueda considerársele con~~ un _jurista (y él mismo lo reconoCIO var.rns ve~cs en el Congreso), Zarco podia ron el mejor título entrar en
la categoría de legislador, es decio, en
la del hombre de talento, patriota,
preocupado por los problemas n~cionalcs Y con experiencia vital envfdiable, a pesar de haber sido constituyente_ a 1~ edad increíble de veintisiete
anos_. l-.n fm, Zarco desempeñó un papel importantísimo porque· actuó fuera ele la Comi~ión de Constitución Y,
en consccuencrn, sus opiniones, favor~bles o adversas a ella, provocaron
siempre debates de interés.
A Le~? Guzmán tiene que contársele tamb1en como primera figura: mienbro_ ele la Comisión de Constitución y
, arias ~·eces presidente del Congreso
s~ parhcipación se extendió a todo eÍ
ano de labores de éste, y apenas fue
men~s activa que la de Zarco. Ignacio
Ram1rez tampoco puede ser excluido
a~m cuando Rabasa tenga razón en de~
r1r que Ramírcz hablaba a veces con
g~a desparpajo de cosas que no entendia Y a pesar de la evidente pucriliclad de algunas de sus participaciones
como la creación de un nuevo Estad¿
ron el nombre seductor de Iturbide·
~Jero colab?ró tan activamente com~
Zarco Y Lron Guzman, al grado de que
no hubo drbatc. mayor o menor, Pn
our no echara su cuarto a rspadas.
El no haber pertenecido a la Comisió
de Constitución; el representar entr:
los constituyentes el C'xtrC'mo jacobino, Y su misma charlataneria, signiriC'aron, . en conjunto, una aportación
cxrepc1onalmentc valiosa. Un cuadro
muy s_emcjante puede hacerse del caso
de G~1llcrmo Prieto, también participe
actins1mo
l
. en todos los debate s, con
a :·cntaJa de haber sido uno de ]os
meJores or~d~r~s. del Constituyente Y
de l~ner mas Jutc10 Y moderación' que
Ram1rcz.
Tampoco pueden ser excluidos Santos. Degollado, Isidoro Olvera Y Joaqum Rmz, constituyentes menos activos ((Ul' . los_ otros, pero mucho más
qur el _termrno medio. Yarias de las
aportac,one~ de Degollado Y de Olvera. fueron Jmportantrs·, Olvcra . ·p or
e~emplo, a más de su famoso voto particular sobre la propiedad, presentó
otro sobre la Constitución en general
Y proyectos ele Ley sobre la libertad
ele ~mp~enta Y sobre facu1tades extral)rchn~nas drl Ejecutivo en época de
neces1clacl, mrdida que hubiera ahorrado a la República muchos dolores
ele cabeza en los veinte años siguientes. Joaquin Ruiz pasaba por ser una
eminencia j~rídica Y tuvo reputación
d~ hombre integro Y experimentado,
solo comparado a la de Gómez del

Palacio.
La verdad de las cosas es que Rabasa no estudió a fondo (ni nadie, que
YO sepa, lo ha hecho) las aportaciones ele las veinte primeras figuras d;el
Constituyrnte; por eso habrá varifls
sorpresas cuando se estud_ien. Ignacio
Mariscal; por ejemplo, unñ figura apa.
rentementc menor, fue el autor del
di~tamen sohrC' ratificación de la ley
Juarez clcl 23 ele noviembre ele 55; Mata, que pasa por simple segunda voz
de Arriaga, llevó el peso de la Comisión de Constituclón en el debate más
prolongado, el ele la libertad de cultos·
Vallarta, también figura secundaria'
tuvo tres intervenciones largas y nota~
bles, una sobre libertad industrial y
otras dos para oponerse al juicio por
Jurados r al establecimiento de la
:,ompañia de Jesús; Ocampo conduJO la defcn~a de la Comisión en el delieadisimo ,debate sobre la suspensión
ele las ~ara!1tia individuales; de Santos
D_cgollaclo es el proyecto de ley orgárnca electoral; cte.
. ~s asimismo discutible la afirmac1on ele que el Constituyente de 56 goza de una fama injusta, pues si bien,
Rabasa, de él salió el mejor grupo de
h?mbres que ha dado un congreso mex1c_ano, la fama de ese grupo es postC'nor, Y forj~da en campos ajenos a
l~s leyes. EQ ~a parte en que es cierta,
t,1.ene ;una e~1~licación enteramente nacional. Fue ,del todo excepcional el
~aso de ValcJl.tín Gómcz Farías, quien
C'S constityyente al término de su vida (de sesenta y cinco años, para morir de sesenta y siete). Fué también
excepcional, aunque en menor grado
el caso de los hombres mayores de lo~
4~ años; cuento en este grupo, por
cJ_emplo, a Olvera, con cuarenta y un
anos; a Santos Degollado, con cuarenta Y cinco; a De la Rosa, con cincuenta Y dos; a Diego Al\'arez, con cuarenta y cuatro.
En cambio, son frecuentes los casos
de constituyentes jóvenes, que necesariamente tuvieron mucha de su vida
por delante, y cuya fama, en consecuencia, SC' hizo después. Vicente Riva
Palacio verbi aralia, fue constituyente
a las 24 años, y como vivió 64, tuvo
40 por delante; Vallarta tenia 26 en
1856, Y ,,h·ió 37 años más; Ignacio Mariscal había alcanzado apenas 27, y vive despuCs 54 largos años; Dublán
muere rC1lativarnente joven, a los 61,
p~r? como fué constituyente a los 26,
vivió otros 35 años después de serlo;
~lan~el Romero Rubio no pintaba a los
.8 anos, Y su fama , PUC'S, la hizo más
larclc, e? los 30 siguientes que le quedaron; Zarco murió excepcionalmente
temprano. a los 40, pero aún asi sólo
teni~ 27_ años en 1856. Pedro Ogazón
vivw mas después del Congreso que fa.
e&lt;l,ad q~e tenia cuando entró en él; y
as1 Justmo Fernández, Guillermo Prieto, José Maria llata, Mi¡¡ucl Auza, Pedro Baranda, Francisco Gómez del Palacio, etc. Ignacio Ramírez fué uno
c~e los pocos que entraron C'O el ConstI!uyentc a una edad madura, a los 38
an,o s; pero todavía alcanzó a vivir 23
mas, durante ]os cuales llegó a ser
~ran s~ño~ de las letras patrias, agudo penod1sta, magistrado de la Corte
Y :\tinistro de Justicia.
. Es muy posible que Rabasa tenga razon ~l afirma~_quc de ningún congreso
mexicano salto un h'rllJ)O de hombres
tan famosos como del Constituvente de
1856. Ocurre pensar, sin emba.rgo que
el~ .él estuvieron ausentes varios' que
h1c1eron la historia inmediata del país
u. hombres que ya parri entonces te~
man un n_omb~c hecho. Entre los primeros_ cstan Miguel Y Scbastián Lerdo
ti~ TeJada, Ignacio Zaragoza Y Porfirio
D1az, entre los segundos, ManuC'l Doblado, Santiago Virlaurri, José ::\!aria
T~lesias, ~fanuel María de Zamacona,
Manuel Payno, etc. Luego, con un conocimiento no despreciable de la historia de la época, apenas si de los tres-

cientos diez diputados propietario&amp; y
s~1plentes Jluedc hacerse una lista de
cincuenta nombres que en el día de
I
hu~· fligan: alE,to inmcdiatamentr a
I qmen los lec.
, ,
y .·
·'
.
si h:i ,le llC'gar a__. los cincueota
noi~bresi en la lista {tieneh que jncluirse personas que atin cuandÓ electas . al Constituyente, nada hicieron
en el. En este caso estarían ,Jos~ Bernardo Couto, Mariano Riva Palacio
Pedro Ogazón, Diego Alvarez, 1IanueÍ
Ro~ero Rubio, Justino Fernández, Anto,mo. )fartínez de Castro, Justo Sierra
O Redly, Pedro Baranda, Miguel Auza
y Jesus G?nzálcz Ortega; algunos de
r.llos,_ en _rigor, no parecen haber asistido Jamas a una reunión del r.ongreso. Tambi~n tendrían que fif{urar en
esa breve h~ta de cincuenta, hombres
de una reputación tan dudosa como
los generales Angel Tdas Y Dieno
Al0
varez ' o d e una fama tan menor que
muc?as personas de cultura media no
sabrrnn identificarlos, como )[iguel
füanco,_J. ele Dios Robles Martinez, Jose Ehg10 )luñoz Y Basilio Pérez Gallardo.
Los hombres que participaron realmente en el Congreso Constituvente de
1856 y que resultaron de alg~na estatura, son bien pocos, aun cuando no
pued~n quedar reducidos a tres, como
lo qu_1ere Rabasa. Para mi, son estos:
Ponciano Arriaga, José María Mata
Fr~ncisco ~arco, Melchor Ocampo:
Leo? Gu_zman, Santos Degollado, Va1en_tm Gomez Farías, Ignacio Ramircz,
Gu_1llermo Prieto, Isidoro Olvera, Joaq~m Ruiz, Ignacio Vallarta, Bias Valcar~el, José ~laría Castillo Velasco, Ignacio Mariscal, Simón de la Garza Me1~, Y, por sus intervenciones como mimslros de Comonfort, Luis de la Rosa, Ezequiel Montes y José Maria Lafragua. Entre los liberales moderados,
pu~s hn·1eron un papel decisivo, habra de contar a Mariano Arizcorrcta
)farcelino Castañeda, Prisciliano Día~
Gonzál~z, Antonio Agudo y Juan B.
Barragan.
El Congreso Constituyente de 1856
visto más de cerca, da la impresión d~
una asamblea normal; una gran masa
ele gente que contribuye a la obra con
el nombre, con la prcsC'ncia O una intervención insustancial, y una veintena de desesperados que hacen la obra.
Y si Rabasa, como todo hombre seos~!º Y bien nacido, tiene gran admirac1on por es~s fanáticos, es porque,
gr~ndes medianos o pequeños, como
qmera calificárseles, hicieron una
gran obra Y en circunstancias singularmente difíciles. Y en esto con\'iene cotejar de nue\'o las opiniones de
Rabasa con los hechos históricos.
(1).-Informac,ón de don Osear Rabasa.
. (2).- Yo, por ejemplo, pucrio hacer
:sta: Bernardo Couto, José Eligio :llunoz, Angel Trias, Sim,)11 "" la Garza
licio, Miguel Blanco, Juan Ant"nio de
la Fuente, Francisco Gómez del Palacio, Francisco Zarco, Rl:ts Balcárcrl
~lariano Riva Palacio, Ponci3no Arn:1~
ga,_ Frnncisco dL• P. Crndejas. "'Llf'hlr!O
Ariscorreta, Isidro Olvrra. (;uillermo
Prieto, Bcnilo l1 :', mrz Fanas. Pt·clro
O_gaz?n, \'alcntín G&lt;'H!"·: Fari:is, lgnac,o \ allarta, J. ele
Robles 11artinez, Ignacio Ramirez, Prisciliano Diaz
Gonzálcz, León Guzmán, Vicente Hi,·a
Palacio, Mclchor Ocarnpo, Diego Alvarez, ~1:tnuel Romero Rubio, ~lanuel
Peña ) Ramírez, Justino F('rnández
José )Jaria_ 11ata, Santos Degollado, Ig'.
nac10 ~fartscal, Manuel Dublán 1 Félix
Romero, Luis el" la Rosa, José )laría
I.afragua, .Joaquín Ruiz, Juan de Dios
Arias, Jose Justo Alvarez, :\[ariano Yáfiez, Antonio 1lartincz de Castro, José
de Emparam, Justo Sierra (O'Reilly)
Pedr~ Baranrla, ~ligue! Auza. Jes~
GonzalC'z Ortega, Basilio Pérez Gallar~
rlo Y José ::\!aria Castillo Vclasco.

º""

De '"La Conatltucldn del 57 y SUB Cdticos"
por DanJel Codo VWega.,, Bd.U,orial Herme¡

Múleo, 1957.

Página 7

Página 6
1

�oca es
A

propósito de haberse celebrado
recientemente el centenario de la
Constitución General de la Repú•
blica, conviene hacer una relación, aun•
que sea somera, de las que han regido
en Nuevo León desde que se constituyó
en Estado.
Promulgada la Carta General de
nuestro país en 4 de octubre de 1824,
Fr. Servando Teresa de Mier, represen•
tante de Nuevo León, la envió a su pro•
vincia, acompañando un cuestionario
sobre si convenía o no la formación de
un solo Estado con las antiguas cuatro
Provincias Internas de Oriente. (Texas,
Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas).
Las distintas corporaciones civiles y
eclesiásticas coincidieron en la opinión
de que así fuese, con excepción de lo
propuesto por el Dr. José Francisco
Arroyo, en el sentido de que cada una
se erigiera separadamente.
Discutido en el Congreso General de
Constituyente y conforme a lo argumen•
tado por el Sr. Paredes, diputado por
Tamaulipas, y el Dr. Ramos Arizpe, de
Coahuila, para que sus respectivas pro•
vincias formasen estados independientes, el P. Mier obtuvo el mismo privileoio para la que él representaba, logrando que el Congreso dictara, en 7 de ma•
yo de 1824, el decreto que creaba el Estado Libre y Soberano de Nuevo León.
Tamaulipas quedó separado, y Coahuila y Texas formaron una sola entidad;
con libertad la segunda de erigirse independiente al estar en aptitud.

uevo
eon
Por Israel CAVAZOS GARZA

+
abril) hizo fervientes demostraciones de
patriotismo.
LA DEL 57

CONSTITUCION DE 1824
No obstante haberse resuelto en contrario a la opinión general solicitada por
el P. Mier, el regocijo de los nuevoleo•
neses tuvo proporciones apoteósicas. La
Diputación Provincial, en sesión de lo.
de junio, bajo la presidencia de Bernardo W ssel y Guimbarda y Rafael de Llano hizo la convocatoria para la elección. Resularon designados el Dr. José
Francisco Arroyo, José Ma. Gutiérrez
de Lara, Lic. Pedro Agustin Ballesteros,
Cosme Aramberri, Lic. Juan Bautista
de Arizpe, Lic. Rafael de Llano, José
Ma. Parás, Juan José de la Garza y Tre•
viño, Antonio Crespo, José Manuel Pérez y Pedro de la Garza Valdés.
El 14 de noviembre se juró solemne,
mente la Constitución Federal, y, de
acuerdo con ésta, la diputación nuevoleonesa se dió a la tarea de formular la
que regiría en nuestra entidad. Por es•
pacio de más de cuatro meses se trabajó
hasta verla sancionada el 5 de marzo de
1825. Un día después era jurada por el
Gobernador José Antonio Rodríguez y,
semanas más tarde, dada a conocer al
pueblo que durante tres días (3, 4 y 5 de
Página 8

Nada había escapado al celo y dedica,
ción del primer Congreso nuevoleonés,
que incluyó en la Constitución todo lo
que significaba beneficio para los habitantes del estado, y que sólo fue objeto
de modificiones cuando, en 1826, las
regencias de nuestro país naciente, ame•
ritaron reformas a su primera Constitu•
ción General.
Restablecida la paz, después de los do,
lorosos días de la invasión norteameri•
cana, el VIII Congreso de Nuevo León
convocó a período extraordinario, y,
con la doble investidura de constitucio•
na! y constituyente, emprendió la orga•
nización de una nueva Constitución Po•
lítica. En solo 3 7 días -de sesiones con•
cluyóse esta obra de necesidad tan in•
gente. El juramento solemne se hizo en
la Plaza de Armas, -hoy de Zaragozael 20 de octubre de 1850.
Pero la patria pasaba por una etapa
crucial. La Revolución de Ayutla origi•
nó la promulgación de la Constitución
de 1857. Nuevo León estuvo represen•
tado por Manuel P. de Llano, Manuel
Z. Gómez y José Sotero Noriega.

Sujetos Nuevo León y Coahuila al ar,
bitrio de Santiago Vidaurri, habían que•
dado unidos en virtud del decreto de 19
de febrero de 56, que, aunque expedido
de propia autoridad, obtuvo luego el re•
conocimiento del Congreso General.
·Mancomunados, pues, uno y otro esta•
dos, se erigió, por convocatoria de 7 de
abril de 5 7, nuestro Segundo Congreso
local Constituyente. Seis meses más tarde -4 de octubre- era promulgada la
Constitución Política del Estado Libre y
Soberano de Nuevo León y Coahuila.
Firmaron el documento: Manuel Perfec•
to de Llano, como diputado presidente;
Ignacio Galindo, como diputado vicepresidente; los diputados Domingo Martínez, José María Dávila, Tomás Balles•
teros, Andrés Leal y Torrea, Juan Zua•
zua, Simón Blanco, Andrés Saturnino
Viesca y Evaristo Madero y los Diputa,
dos Secretarios Antonio Valdés Carrillo
y Antonio Garza Benítez. La sanción de
esta nueva Constitución no tuvo lugar
en el término deseado, a causa de los
disturbios que en diciembre de ese año,
con el célebre golpe de estado de Comonfort, ocasionaron la Guerra de Tres
Años. Nuevo León tuvo participación
muy activa en este movimiento.
LA CONSTITUCION DE 1917
Vino luego la Intervención francesa
y conocidos son ya los incidentes que
motivaron el distanciamiento entre el
presidente Juárez y el gobernador Vidaurri. Durante la estancia del primero
en Monterrey decretó -16 de febrero
de 1864- la separación de Nuevo León
y Coahuila. Ocupada la ciudad en ju•
nio de 66 por las fuerzas republicanas
al mando de Escobedo, volvió la normalidad y se efectuó la reinstalación del
Congreso.
Dos nuevas reformas notables fueron
hechas a la Constitución local; la primera, al ser elevadas las Leyes de Reforma
al rango de Constitucionales, durante el
gobierno de Lerdo de Tejada, en 1874,
y la segunda en 1882, gobernando el estado el Lic. Genaro Garza García; pero
fue la misma, en esencia, con que se
rigió Nuevo León hasta que en virtud
del movimiento revolucionario de 1910,
surgió nuestra actual constitución, el 16
de diciembre de 1917.
He aquí la lista de los diputados:
firmantes: Agustín Garza González, presidente; Salomón Pérez, Vice-presidente; Galdino P. Quintanilla, Gregorio
Morales Sánchez, Antonio Garza Zambrano, Abe! A. Lozano, Enrique M.
Martínez, Everardo de la Garza, Alber•
to Chapa, José Ma. Charles, Miguel Rincón Ríos, José Treviño, primer secreta•
rio y Santiago Roe!, segundo secretario.

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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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      <name>Alfonso Reyes</name>
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