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                  <text>SUMARIO
.A.ar6n Sáenz Gan:a, Pablo IJ.ftl y el Ka¡tneria nuevo-

leonés ------------------------------------------

5

Gonzalo Hemández de Alba, 1'otu en torno a Toynbee _ 17
Hugo Padilla, 1'otu aobre el Tiempo en Deteartea ______ 29
Prosa bilpanoamericana, htologfa de la Violencia______ 39

Enrique Amorim, Miguel Angel Asturias, Mariano
.A.zuela, Jorge Luis Borges, Alejo Oarpentier, Rubén
Darío, R6mulo Gallegos, Ricardo Güiraldes, Martín
Luis Guzmán, Leopoldo Lugones, Octavio Paz, Roracío Quitoga, José Eustasio Rivera, José Vasconcelos.

No. 1 Año 6

MARZO DE 1963

Segunda Epoca

���BIBLIOTECA CENTRAL

U.A.N.L

'

~YLETRAS
REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE NUEVO LEON

R evista de la Universidad de N uevo León

No. 1 .Año 6

R ec to r:

MARZO DE 1963

Segunda Epoca

LIC. ALFONSO RANGEL GUERRA

Secretario General :

SUMARIO

LIC. VIRGILIO ACOSTA

Departamento de Extensión Universitaria:
RUGO PADILLA

Aarón Sáenz Garza, Pablo Livas y el Magisterio nuevo-

leonés

Sección Editorial
JOSE .A.i~GEL RENDON

5

Gonzalo H ernández de Alba, Notas en torno a Toynbee _ 17
Rugo Padilla, Notas sobre el Tiempo en Descartes ___ __ _ 29

(Regist ro en Trámite)

Prosa hispanoamericana, Antologia de la Violencia __ ___ _ 39
Enrique Amorim, Miguel Angel Asturias, Mariano

Dirección

Azuela, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Rubén

Ciudad Universitaria

Darío, Rómulo Gallegos, Ricardo Güiraldes, Mar tín

En México : Veinte pesos

Quinto Piso

Luis Guzmán, L eopoldo Lugones, Octavio Paz, IIora-

Otros países : Dos dólares

Monterrey, N. L., México

cio Quiroga, José Eustasio River a, José Vasconcelos.

PRECIO DE SUSCRIPC10N
UN .AÑO (cuatro números)

�XV-l-..5

PABLO LIVAS
Y EL MAGISTERIO NUEVOLEONES *

Como quiera que la educación modela el espíritu de las
nuevas generaciones, está r econocido que muy pocas actividades en la v ida adquieren un rango mayor y más humano
que la del educador. Se la tiene como apostolado y así lo
ha sido en verdad en al gunas épocas de nuestra historia. De
donde rendir homenaje a un maestro y unir su nombre al de
una escuela, benemérita por numerosos conceptos, me parece
que constituye la fiesta de la gratitud. Bien puede decirse
que en esta ocasión quedan unidos en los altos planos de espíritu, el nombre de un profesor, la historia de un plantel y
el reconocimient o de las generaciones actuales.
El nombre del profesor es el del insigne educador, don
Pablo Livas, el plantel de que se trata, la Escuela Industrial
Femenil que se fundó bajo la advocación del profesor Livas,
ahora con edificio nuevo. El reconocimiento qu e se rinde,
tiene relación c&lt;;&gt;n el esfuérzo de apostolado que en circunstancias difíciles modeló a párbulos y adolescentes de entonces; mismos que, cuando llegaron a le edad madura de las
responsabilidades, han dado fisonomía a la vida de Nu evo
León, con lo que de ejemplar se aprecia y estima de nuestra
entidad en toda la, República.
Pero junto con el recuerdo del maestro Livas es pertinente rozar los distintos métodos pedagógicos, registrar siquiera algunos de los nombres más esclarecidos de la educación en Nuevo León, pues el tiempo disponible para retener
la atención de ustedes no permite sino l os grandes trazos, la
somera perspectiva, que poco atiende al análisis de los por -

*

Discurso pronuncfado por el sefior licenciado Aarón Sáen z Garza en la
Inauguración del niievó edificio de la Escuela Femenil '~ablo Llvas" y
del descubrimiento del busto del enúnente maestro Pablo Llvas.

-

5 -

e 3 7.3

�'1

6

menores o al sondeo de la profundidad. Y a grandes trazos
se han de limitar mis palabras, referidas dJsde los pl~uteles Jancasterianos, hasta la escuela de los d1as que v1vunos.
En efecto nuestro rudo y difícil medio físico, agravado
por la lejanía' del centro de la Rep~blica y por las . deficientes comunicaciones exigió su conquista y la conqmsta para
la nación de las nuevas generaciones. Más como imperativa contestación al reto de la naturaleza, industriales, ganaderos, agricultores de una . incipiente ag~icultura, se. atrevieron a la conquista del desierto y el des1erto se ha ido venciendo. Al lado de ellos, también surgieron los profesores,
vocación heróica en cualquier latitud, pero con mayor reconocimiento en Nuevo León.
Se sabe que la enseñanza de los niños quedó a cargo de
los maestros lancasterianos que, como autodidactas, aprovechaban la cooperación de alumnos aventajados para cumplir
con su magisterio; con deficiencias en la técnica, especialmente la de obligar a memorizar los textos, estrangul ando
así la personalidad del alumno ; y la de reunir en un solo local a escolares que comenzaban los primeros grados, con escolares que alcazaban años superiores. Por supuesto que
esas técnicas se fueron corrigiendo al paso del tiempo.
Por lo pronto, en 1845 la Escuela Normal inició sus cursos, bajo la dirección de don Antonio Tamez Martínez. Pese a la carencia de constancias oficiales, sabemos que fueron
graduados Manuel Cantú, Pomposo Oisneros y Rafael Lechón dentro de ese sistema, por lo que es factible considerar
a esos tres, como los primeros maestros titulados en Nuevo
León.
Substituyó al lancasteriano, el sistema simultáneo, y en
la nueva etapa correspondió al gobernador José Eleuterio
González, expedir la ley que creo la Escuela Normal del Estado y que, en este aspecto de la educación, iba a rendir óptimos frutos. Debo detenerme ante el recuerdo de este gobernante ejemplar, "Gonzalitos", como con cariño se le llamaba, benefactor ilustre que compartió con la política la
preocupación por la cultura, de lo que son buena prueba sus
libros: la Biografía. del Padre Mier, la Colección de Documentos para la Historia de Nuevo León y su Colección de Discursos sobre Instrucción Pública; este último revelador de que
fue gobernante y maestro.
AJ empirismo lancasteriano, sucedió l a escuela nuevoleonesa, preconizada en la reforma educativa de 1892, cuyo

promotor principal fue el maestro Miguel F. Martínez, que
constituyó el primer sistema oficial de enseñanza popular y,
por ende, laica, gratuita, obligatoria, difundida con la responsabilidad del Gobierno del Estado y de los municipios
nuevoleoneses. Por lo demás, faltaba el número apropiado
de profesores que realizara la tarea y en esto consistió la acción del maestro Miguel F. Martínez que, con su reforma
escolar, realizó : primero, la atracción de personas que quisieran dedicarse al magisterio ; segundo, la preparación conducente para el ejercicio pedagógico ; y, tercero, la oportunidad de practicar la enseñanza con objeto de suplir la falta
de personal. Esto es, los profesores de entonces eran al mismo tiempo maestros y alumnos, hombres que se preparaban
para la instrucción pedagógica y que, horas más tarde, tenían la oportunidad de dar las lecciones que dicta el profesor de banquillo. Así se comenzó la conquista de los espíritus, que fue isócrona a la conquista del desierto. Así comenzaron el ingeniero Martínez y don Serafín Peña a poner
la semilla fecunda que iba a transformar a Nuevo León.

Y puesto que he escogido el símil de la semilla que fructüica, me parece pertinente hablar del roble, que débil en
sus comienzos, conforme pasan los años, se convierte en -á rbol potente y frondoso. De esta manera entiendo la aparición en nuestro medio educativo, de los profesores Antonio
Moreno, de mi dilecto amigo Andrés Osuna, de Arcadio Espinosa Escobedo, de Rodolfo Z. González, del matemático
Félix Escamilla, de Ad6n Villarreal, de J esús Leal Garza, de
Delfina Flores, de Benigno Amaro Domínguez, de Joel Rocha,
joven elocuente 'Y fecundo que de las labores magisteriales
derivó a la industria mueblera y más tarde, hasta su sentida
muerte, presidió el Patronato de nuestra Universidad dando un fuerte impulso creador, que ha continuado en n~estros
días; de Julita Garza Almaguer, del profesor José Alvarado, de Emigdio Villarreal González, de Francisco M. Zertuche, de Celso Flores Zamora y de Juan Guzmán, este último
escenüicador de hechos destacados en la historia de México.
La referencia que antecede está hecha para los educadores que rindieron ya el ineludible tributo. Pero contemporáneos como fueron de varios de ellos y que todavía conservan la existencia, claro está, cargada de r ecuerdos, po1·que e~ el alma de los ;11-filOS modelaron buena arcilla, se puede senalar al benemérito profesor nuevoleonés Plinio D. Ordóñez, respetable por todos conceptos y fundador junto con
el maestro Luis Tijerina Almaguer, de la escuel¡ Industrial
Femenina ''Pablo Livas". Hombre de libros, el profesor Or-

�9

~

dóñez ha escrito obras entre las que destaca su ~toria de
la Educación Pública en el• Estado de Nueo Leon.
Asimismo rindo ho~~naje · al profesor J onás García,
'
. "More1"
maestro de banquillo
y fundad?r del 0 o1eg10
os, , pues
como los hombres ilustres ya citados, el maestr~ Garcia. también. ha cumplido con su deber en gr3:~o heroico, ha~iendo
sido factor importante para la celebrac10n anual del día del
maestro. Por mi parte asocio al nombre del profesor García con los nombres que se perdieron paTa el recuerdo . de
los' hombres con los que tengo que omitir en gracia a la
brevedad; p~ro que, citados o nó, al prepara! a los párv_ulos
que asistían a sus clases, sembraron las inquietud.es que iban
a estallar con motivo de nuestra Revolución.
Tomo .del profesor J onás García el símbolo del maestro
que en nuestro Estado preparó el advenimiento de nuevas
conciencias, como la que andando los años, iba a ser el General Antonio I. Villarreal, precursor de la. Rev~lución, hombre de firmes convicciones sociales, o el muy activo y renombraao don Fortunato Lozano, que todavía vive, después de
haber consagrado lo mejo.r de su vida al magisterio, o como
resultó con el desaparecido profesor Modesto Torres Porras,
que, pese a su juventud, destacó como lucha~or ~n la conquista de prestaciones y derechos para el mag1Sterio de Nuevo · León. Sencillamente, este tipo de la misión del magisterio·Nuevoleonés, .merece el bien de la patria y de Nuevo León,
pues revela los valimientos de sus enseñanzas, al crear las
inquietudes que iban a transformar al país.
No puedo dejar en silencio un caso que me llena de orgullo como hombre y como originario de esta entidad. Es
el caso de Moisés Sáenz, entrañable hermano mío. maestro
nuevoleonés, cuya acción educativa desbordó sus beneficios
por toda la república, pues se preocupó por mejorar y extender la acción de la escuela rural; fue creador e impulsor de
la escuela secundaria, reforma trascendental en la organización educativa de México, ya que la secundaria atiende
a grandes mayorías de educandos, según ha podido ap.reciarse en Nuevo León, que fue, después de la ciudad capital, la
entidad que siguió en la adopción de ese tipo de escuela; y,
asimismo, fue uno de los adalides de la educación del indio.
Lo cito por ser de justicia, aunque con delicadeza fraternal.
Señaló su caso porque como maestro, Moisés Sáenz, honró a
Nuevo León y a la noble profesión del magisterio.
Ahora bien, el perfeccionamiento no podía detenerse y
no se detuvo ; alcancé el honor de haber sido designado por

la ciudadanía, Gobernador Constitucional del Estado de Nuevo León, de 1927 a 1931, período en el cual fue posible que
surgiera la escuela de la· acción brillantemente organiz.a da y
fomentada por el licenciado José Benítez, uno de los más
-preclaros profesionistas que haya nacido en Nuevo León,
Secretario de Gobierno y varias veces en funciones de Go.lJernador, supliéndome en ocasiones, especialmente cuandó
.fuí honrado por el Presidente de la República ingeniero y
-general don Pascual 0rtiz Rubio, para desempeñar sucesivámente la Secretaría de Educación Pública y la de Industria, Comercio y Trabajo, en aquel período presidencial. Ante el recuerdo del ciudadano nuevoleonés José Benítez me
inclino con honda y sentida emoción. Pues bien la es¿uela
activa fue ideada por el ilustre maestro .Andrés Osuna, en su
carácter de Director de Educación del Estado, teniendo como señalados antecedentes haber sido Direetor de Educació~ de la Federación y antes, Director de Educación en el
vecmo Estado de Coahuila, destacándóse como fundador de
la escuela Normal de Saltillo. Del sistema nuevoleonés, el
g!an educador Osuna conservó el método intuitivo pedagóg!co y los principi?s biológicos sociales y políticos; pero trato de hacer par tícipe al alumno, más que en recibir leccio-nes, _en aprender y ejecutar, en ser activo para adquirir su
propio saber.
Para la implantación de esta escuela, hubo necesidad de
perfeccionar a los maestros en ejercicio y los maestros respondieron con elogiable constancia e interés. Por lo demás
la instauración de esta técnica de la enseñanza correspon~
dió a la etapa de mi gobierno de Nuevo· León y por eso enumero con reconocimiento a los maestros Plinio D. 0rdóñez,
Celso Flores Zamora, Salvador Villarreal, Juan F. Escamilla, Giro R. Cantú, José G. García, Enrique Westrup, en suma, a todo el magisterio nuevoleonés de la época que colaboraron empeñosamente en tan interesante cruzada. Y por
e~o! t3:mbién he rec?gido con emoción el informe de que contmua. ~ta~ta co~o mstrumento pedagógico principal de nuestra didactica reg10nal, ya que su persistencia prueba la bondad de la organización ideada por el maestro Andrés Osuna.
La escuela socialista fue preconizada en los días en que
se sostenía en México un debate ideológico. Como toda noved3:d_ agresiva, fue acompañada del escándalo y de las admomciones de los elementos retardatarios. Pero bien vista
la escuela socialista respondía a los términos del artículo
tercero constitucional y a una realidad. E sta consistía en
que la nación ya se había apoderado y debía apoderarse de

�11

10

las conciencias de la niñez y de la juventud mexicanas, porque también ellas son y deben pertenecer a la revolución en
movimiento. De donde la educación debe ser una función
social tendiente a recoger los datos de la sociología a efecto
de que la escuela sea el vehículo encargado de la transformación de nuestra fisonomía económica, política y social.
Negar a la nación ese derecho, es plantear un problema contra la nación, como entidad independiente, dueña de sus destinos y con la indeclinable obligación de conservar esa independencia. También en este caso la lista de los principales
colaboradores se impone, para citar a los maestros Plinio
Ordóñez, Ciro Cantú, Juan F. Escamilla, Oziel Hinojosa,
Rebeca Cantú Ayala, etc., etc.
Desde entonces emergía el anhelo de la unificación con
sentido y amplitud nacionales y vaciar en los libros de texto el pensamiento de México, idea esta que en nuestros días
ha c:istalizado generosamente en el texto único, que si se le
considera como vehículo de integración nacional, por cuanto a los conocimientos universales deben ser aprovecqados
para beneficio del país, y los particulares son unos Inismos,
pues es una la geografía mexicana que deben aprender los
educandos de Nuevo León, como la aprenden los de Yucatán, Chiapas o Sonora, y héroes tienen que ser Hidalgo, Mor~los, Juárez, Madero, Carranza y Obregón en todos los ámbitos de la República y si se comprende así entonces el mal
entendimiento debe y tiene que desaparece;, ya que en ello
va la formación y conservación de la conciencia nacional.
Del manantial del pueblo surgió el profesor Pablo Livas. Fue excelente colegial desde los primeros grados hasta la escuela normal. Como su padre contaba con pocos recur sos, cuando vivió en Villa de Marín hubo necesidad de
que e} j_oven L~vas .alternara estudios
trabajo. Comenzó
su pr1:ctica ma~1sterial a la manera lancasteriana, que le iba
a _abrll" los horizontes de su vocación y ha ayudarlo econó~1c_amente p~ra hacer frente a la situación precaria en que
vivia. En Villa Dr. González se hizo cargo de la dirección
d? _la escuela pública, al mismo tiempo que prestaba sus serV1c1os como ayudante. Nació el 15 de diciembre de 1872 el
señor Livas. Y como maestro lo consideró don Euloaio Flor~s!, quien descubrió en el joven ilustrado y talentoso~ dispos1c10n para el profesorado. Como quiera que en aquellos
momentos c_omenzaba el desarrollo de la reforma escolar.
~ P'.1blo L1_vas se operó la primera parte del programa del
mgen1ero Miguel F. Martínez, esto es, la de la atracción de
los que quisieran dedicarse al magisterio, y de este modo se

y

le dieron facilidades para que llegara a Monterrey a matricularse en la Escuela Normal del Estado.
. Como siempre, alternó trabajo con estudios a fin de satISfacer sus necesidades. El joven Livas, no bien cursaba
el segundo año de la carrera, recibió el nombramiento de profesor_ d~, Metodología ~:neral y Aplicada, materia que siempre sirv10 hasta que deJo' las labores docentes en nuestra entidad. Siendo alumno todavía, se le otorgó nombramiento en
1~ escuela el~ment~l, s_ituada en la "Garita del Sur" ; poco
tiempo despues, fue Director de la Escuela Superior No. l.
En el año de 1897, presentó exámen profesional en la Esc1;1el~ Nor~al de Pr~fesores . de Nuevo León. Togado ya,
dicto su .catedra no solo destmada a los educandos, sino para capacitar a profesores ayudantes, con un destinterés ejemplar. Fue profesor en el Colegio "Hidalgo" ; sirvió sus cátedras en las escuelas normales. En la Academia Profesional para señoritas, substituyó en la dirección al insigne educador ~iguel F. Martínez, cuando éste fue llamado por don
Justo_ S1~rra a la Secretaría de Instrucción y fué Inspector
~e Distrito Escolar, en lugar del ilustre maestro Serafín Pena, c~1; todo lo_ cual definitivamente entró a formar parte
del triangulo ~1guel F. Martínez, Serafín Peña y Pablo Livas, que constituyen los beneméritos y principales educadores de Nuevo León.
. Pues en cátedras, en conferencias, en artículos periodísticos y en los libros que escribió para la enseñanza primaria
normal, quedó acreditada su personalidad de maestro en toda la ex~~nsión de la_ palabra. _E~ de rigor recordar que la
propagac1on de doctrmas pedagog1cas que realizara el maestro Livas, se extendieron a todos los rincones de nuestra entidad y aún a otras partes de la República conociinientos
útiles que se originaban en una práctica constante en la experiencia adquirida desde los años juveniles hast~ la plenitud del maestro, con lo cual la entrega del educador hacia
los escolares y los maestros se hizo completa. Las contingen:ci~s de la gue~r:i, civil lo apartaron de nuestra entidad y
obhgaronlo a residir en los Estados Unidos en donde el 8
de febrero de 1915 en~ontró la muerte; y' desde entonces
come~aron los homenaJes a su memoria, homenajes que se
han ido prolongando hasta nuestros días, hasta este en que
tomamos parte para demostrar la gratitud de las generaciones que le sucedieron.

N? está. fuera de sitio r endir también homenaje a doña
Francisca Villarreal, dignísima y ejemplar esposa del profe-

�12

13

sor Livas, pues a la muerte del compañero de su hogar, abnegadamente afrontó la formación de todos sus hijos, que
han destacado en la vida cultural, social y política de Nuevo
León.

formación y prosperidad, tanto material como educativa, del
Instituto Tecnológico de Monterrey, igualmente, orgullo de
nuestra entidad y bello ejemplo del esfuerzo pedagógico realizado entre nosotros.
·

¡ Qué gran ejemplo para todos los hogares de nuestra
entidad! ¡ y qué cosecha tan meritoria!

Ahora bien, cuando tuve el honor de dirigir los destinos de Nuevo León, desde la iniciación del período antes
mencionado, entre otras obras educativas complementé la
-educación técnica con la instauración de la Escuela Industrial "Alvaro Obregón" . En este punto, mi referencia también es emocionada, pues el maestro don Andrés Osuna, colaboró conmigo en la desinteresada empresa de la educación
de nuestro Estado. Ahora bien, puesto que Monterrey era
ya desde entonces un gran centro industrial, había surgido
la necesidad de establecer una escuela para varones, en
donde se preparan debidamente los futuros obreros de las
diversas indust rias de la ciudad. Por esta razón se instalaron amplios talleres industriales, fundición, carpintería,
modelado, impr enta y encuadernación, automotriz, eléctrico, con todos los departamentos que una escuela de esta clase requiere.

Es singular el honor que se alcanza cuando el nombre
de un maestro se le otorga a una escuela. Este honor se le
ha dado a don Pablo Livas. La fundación del plantel se
debió a los profesores Anastasio Treviño Martínez y Plinio
Ordóñez, creándose primero un séptimo año para las educandas y después la Escuela Industrial, que desde entonces
ha fomentado la cultura de la mujer nuevoleonesa, dotándola de los conocimientos esenciales y prácticos para habilitarla, a efecto de cumplir debida y eficazmente con su misión
en la existencia.
En estricto sentido de la palabra, la escuela "Pablo Livas" es una institución en Monterrey, en Nuevo León, en el
noreste de la República. La idea de su fundación vino a
complementar el cuadro educativo que existía en nuestra entidad. Pues si era cierto que había aumentado el número
de las escuelas primarias, y funcionaban las escuelas "Acero", instaladas por la Fundidora de Monterrey y si, además,
podía contarse a la benemérita Academia Comercial Zaragoza, fundada por los profesores Anastasio Treviño Martínez
y Plinio Ordóñez, el primero más tarde Gobernador del Estado, al~ácigo ele donde egresaron los cientos de trabajadores auxiliares, que requerían los escritorios del comercio la
industria y las oficinas públicas ; también es lo cierto que
el aspecto técnico de la educación no había recibido hasta
esos momentos, adecuada atención. Considérese entonces que
se daba entrada a planos superiores de la educación a la mujer; y por eso la mujer fue bien recibida en la. "Pablo Livas" •
a la vez que la mujer nuevoleonesa hacía honor a su escuel~
y a su misión en la vid~. Desde entonces, los trabajos salidos de las manos fememnas del plantel, han sido el orgullo
de la escue_l3l' y ~e. quienes los hicieron, ornato de Monterrey,
Y. cooperacion e~ici_ente en la economía familiar; que fue precisamente el obJetivo que se persiguió al fundar el plantel.
~o está fuera de lugar que haga una encomiástica refe1;encia al esfuerzo de la iniciativa privada nuevoleonesa que
Junto con los. planteles oficia~es, se ha preocupado por aten~
d!!,r las necesidades de estudiantes que requerían otra atencion. Un esfuerzo que venturosamente ha culminado con la

Pero al mismo tiempo comisioné a la maestra Belem
Garza Chavarría, con objeto de que se trasladara a la ciudad
de México, a estudiar la organización del plantel de la "Corregidora de Querétaro", y después viniera a mejorar el funcionainiento de la "Pablo Livas". En suma, con el plantel
"Pablo Livas" y con la Escuela Industrial "Alvaro Obregón",
se operó un ciclo muy importante en la vida industrial de la
capital regiomontana, ya que la preparación de ocupaciones
técnicas fue iniciada con el fin de satisfacer el creciiniento
industrial de la Entidad, dotando a varones y señoritas, de
armas más eficientes en la lucha por la existencia. Por l o
demás, los casos de planteles como esos, antecedieron a la
preocupación de que ahora muy encomiásticamente han dado
muestras nuestro Presidente López Mateos y su eminente Secretario de Educación el doctor don Jaime Torres Bodet, al
impulsar en el ámbito nacional la capacitación media de las
grandes mayorías.

En este orden de ideas no puedo menos que aludir a las
que, con entendimiento del asunto, ha expresado el profesor
Humberto Ramos Lozano, otro de los educadores de nuestros
días, cuya competencia profesional se reconoce e11t Monterrey y se reconoce en la Federación. Dice el mencionado
maes~ro que la enseñanza -media es ¡¡, veces transitoria y otras
termmal. La transitoria, básicamente, t iende a la forma-

�1lS

14

Sólo el prestigio de maestros Y. alumnos que se fue adquiriendo con el tiempo, con el lento suceder que se ~per3: desde
la adquisición de l as primeras letras hasta las mqmetudes
que producen las altas especulaciones ~el espíritu, puede e~plicar la floración admirable que ha ido de ~a . escuela primaria a las escuelas técnicas y a los establecimiento~ profe:
sional~s, y a esta floración dedico mis palabras emotivas, m1
admiración íntima.

ción de la personalidad del adolescente y constituye el escalón para el arribo a los estudios superiores de la Universidad,
o de las escuelas técnicas profesionales. El mismo profesor
sigue diciendo : El otro aspecto de la enseñanza media, el
terminal, está formado por una serie de escuelas para los
adolescentes que por razones de capacidad tanto económica, como intelectual, no pueden aspirar a ser universitarios.
Para ellos es necesario tener escuelas de enseñanza media
que en plazos cortos, no mayores de tres o cuatro años, puedan capacitarlos para el ejercicio de una subprofesión.

Pues la cultura nuevoleonesa se ha engalanado con nombres de gran valimiento, que forman pléyade, _Pero . de ~os
cuales me limito a citar al doctor Atanasio Carrillo, licenciado Pedro Benítez Leal, directores muy destacados de nuestro
Colegio Civil, y a los maestros in~enie:i:o Francis~? R. Be!•
trán, matemático y profesor de filosofía; a , Emili~ Rodnguez, J oel Rocha, Andrés Osuna, Angel Martmez V~arreal,
médico y significado luchador social ; al po,eta Fra~cisc? M.
Zertuche • y cuando el Colegio se transformo en Umvers1dad,
los casos' de Pedro de Alba, que llegó hasta nosotros, como
antes habíalo hecho el Ingeniero Beltrán, a dejar el legado
de su humanismo ; y el de Héctor González, R ector de la Casa de Estudios que, además de sus labores docentes, nos ha
entregado el libro Siglo y Medio de Cultura. Nuevoleonesa,
registro de fastos y hombres que han honrado a nuestra Entidad• y aún, a modo de preparación, diría yo, de campo de
entre~amiento, que fue la rectoría para el licenciado Raúl
Rangel Frías, que de la benemérita Institución pasó al Gobierno del Estado y se esmeró por hacer honor a sus antecedentes universitarios.

Y agrega brillantemente: "En un ejército, no solamente
deberá haber generales y soldados rasos, sino también los
comandos intermedios. En un ejército de trabajadores que
busca la industrialización de México, se hacen necesarios los
cuadros medios. Estos cuadros son planteles de enseñanza
media terminales". Y de este tipo de escuelas se pueden
ej emplificar los casos de la femenil "Pablo Livas", sólo comparable en la ciudad de México, con la "Corregidora de Querétaro" y la "Alvaro Obregón" para varones. Además, como México registra la necesidad de preparar a su juventud,
más que para las carreras universitarias, para las carreras
técnicas, y la necesidad de la industrialización en el país es
evidE:nte, entonces no sólo habrá de buscarse que haya más
candidatos para las carreras técnicas profesionales, sino
que igualmente haya oportunidad para la formación subprofesional. Insisto, esta es la función que en Nuevo León llenan las escuelas "Pablo Livas" y "Alvaro Obregón" con fecunda vida, la primera desde hace cerca de 40 aiios, y la
segunda, con más de 30 años. Nuevo León destaca señaladamente desde entonces dos escuelas y dos programas.
Ahora, permitan ustedes que aluda al Colegio Civil ante~edente directo de la Universidad de Nuevo León, p;rque
asi completo la perspectiva de la educación en nuestro Estado. Fue el mencionado Colegio, venero de ilustres y competentes profesionistas, que dieron lustre a la cultura nuevol~onesa. Lo ~icieron en el ejercicio de su respectivas profesiones; lo realizaron en la ocupación magisterial a que numerosos de ellos se dedicaron• lo cumplieron asimismo en
la~ múltiples labores q~e requ~ría Nuevo Leó~; y form~ron
pleyade en la R,evolución, los que a la Revolución se unieron.
Deseo patentizar que con los frutos del Colegio Civil se
coronó la acción heróica y modesta del maestro de banquillo
Y. que por_ su limpia ac~ión llegó de pleno derecho a adquirir las calidades requeridas para convertirse en Universidad.

1

Por eso, después de la revista somera que he h ec~o de
maestros y tendencias educativas, debo cerr ar el elogio al
maestro Pablo Livas, ya que la nueva escuela y la estatua
que desde ahora va a presidir las tareas docentes, significan
homenajes merecidos al esfuerzo de un hombre. Es estimulante que estos actos cívicos tengan lugar. Por eso hay que
subrayar que entre nosotros haya personas que, como don
Jesús M. Montemayor generosamente haya donado tan importante suma para la construcción de este nuevo edificio
escolar, que hoy vuelve al sitio original que le dió _vida_ ~n
este mismo acogedor solar de nuestro amado Colegio Civil.
El que sembró, como lo hizo el profesor Livas, vive en el recuerdo de los que lo conocieron, y se ha de proyector a los
adolescentes que renueven los cuadros escolares del plantel.
Sabemos que Pablo Livas cumplió con la alta misión de educar ; de conquistar las conciencias. Los que vengan después
de nosotros, tendrán que recibir la lección de lo que fue Pa-

�16

blo Livas, pues será una cadena la que se forme con los eslabones de la gratitud. Y por eso, igualmente, hay que hacer hincapié en el esfuerzo del señor Gobernador, licenciado Eduardo Livas Villarreal, que al hacr honor a su estirpe
de educadores, desde su alta responsabilidad esforzadamente labora a favor de los maestros de las escuelas, de la educación nuevoleonesa. Cumple así con el deber más fructífero que pueda tener un mandatario de sus calidades, señalando en su período de gobierno un paso firme y alentador en el desarrollo de esta entidad fronteriza, ejemplo y
guía en el norte de México.
Personal docente del Estado de Nuevo León: debo señalar el ejemplo de Pablo Livas, que hizo de su profesión un
apostolado, porque es de esperarse que todos y cada uno de
ustedes, también lo haga. Alumnos todos de las escuelas
nor~ales1 que ahora aspiran a seguir la noble profesión del
mag1ster10, ~ebo destacar ~n Pablo Livas el ejemplo a seguir,
porque su vida fue de desmterés y lucha; y debo exhortados
a conservar la limpieza espiritual que requiere el contacto
con los niños y los adolescentes, ya que sólo así podrán ustedes conqui~tar el reconocimiento por una tarea que sólo se
cumple con mcansable esfuerzo y renunciación.
Rindamos así nuestro sentido homenaje, emocionado, a
todos los maestros, guías y ejemplo de una tarea continuada
y realizada, de los que triunfaron y ya han pagado el tributo
Y a los que tienen la satisfacción y oportunidad de engrandecer y dignificar a Nuevo León, dignificando así a México.
Monterrey, N. L., 21 de marzo de 1963.

NOTAS EN TORNO A TOYNBEE
Gonzalo Herndndez de Alba
Desde hace ya unos días volvemos a encontrar en revistas
y periódicos notas y noticias que tienen como punto central
alguna núeva faceta del pensamiento de Arnold J . Toyll:bee,
de ese discutido, aunque ya un tanto pasado de moda, historiador y comentador de la historia. Del autor de ese monumental intento de síntesis histórica que es El Estudio de la
Historia, que tanta resonancia y polémica despertara en la
década de los cuarenta y que, entre nosotros, continúa influyendo en más de un historiador y en más de un pensador de
la historia. Que, por la simplicidad de fa fórmula que presenta
para la interpretación de la historia global de la humanidad,
fin que se autopropuso, continúa apareciendo como la gran
interpretación que restituye y sitúa las verdaderas dimensiones de la historia y señala las verdaderas entidades, mejor,
la verdadera entidad, del estudio de la historia : la totalidad
cíclica del devenir visto como una auténtica y real tmidad.
No es nuestrO" propósito terciar en la ya vieja discusión
toynbeeana, ni tratar de refutar algunos de sus análisis, ni
señalar las incongruencias que puedan darse en su pensamiento, ni anotar las deficiencias de sus encuadres históricos.
Sobre todo esto ya se han escrito muchas cuartillas. Sino el
tratar de elucidar algunos de los interrogantes que pueden
surgir durante la lectura de su vasto y monumental intento,
atentado para muchos, de explicitación de lo histórico y la
historia.

1
Toynbee sostiene que son "los individuos humanos y no
las sociedades humanas las que hacen la historia humana".
Los raros individuos que realizan el milagro de la creación
social son algo más que hombres, puesto que "pueden hacer
lo que a los hombres les parece milagro, porque ellos mismos
son superhombres en sentido no simplemente metafísico sino
-17-

�18

literal"1. 6Por medio de qué factor logran alcanzar este pri~~giado sitio y lugar estos superhombres?. Toynbee contesta
d1c1endo que ese nuevo factor es la personalidad. Pero no es
ésta una personalidad cualquiera, es la místicamente iluminada
Cuya relación con la masa de la_ humanidad es la misma qu~
se encuentra, guardadas proporciones, entre las civilizaciones
Y las sociedades hll;Ilanas primitivas, -la mentada proporción
de elefante a coneJos, y que como ellas responden a las mismas leyes de "Incitación-y-Respuesta" y de "Retiro-y-Resp~e~ta". Estos superhombres místicos son esclavos de una
misión que no se han impuestó: "se encuentran de inmediato
conque no pueden morir ni vivir por sí mismo; ; que, habién:
dos~ elevado, no pueden descansar en tanto no hayan atraído
hac~a ellas a todos los hombres, porque es para eso que han
vemdo al mundo"2 •
La aparición en el seno de una sociedad de alguno de
estos seres privilegiados "precipita inevitablemente un conf~icto social; la estabilidad que han roto, con su sola presencia, ~o puede producir sino su triunfo o su fracaso, y con él
el trmnfo o el fracaso de esa determinada sociedad"ª. Toynbee recono~~ que 1?-º es siempre _un único individuo el promotor
de la_ creac1on social. En el meJor de los casos ésta se produce
por influencia de una "minoría creadora" a la que da el
sugestivo nombre de "pioner's". Frente a 'los cuales la mayoría de la sociedad queda rezagada salvo que estos ' 1pioner's" escogiten algún procedimiento' para lograr arrastrar
con ellos, en su empeñoso avance, a esa retaguardia social
a ese lastre social, pasivo y remiso.
'
La ley histórica que, según Toynbee cobija el surgimiento
de los héroes es la de "Retiro-y-Respu~sta". Que inevitable~ent_e suele manifestarse de la siguiente manera: a ) Distanciamiento del héroe en ciernes de la vida común de la socíedad a la cual pertenece. b) Fase de aislamiento, durante la
cual se des3:r~olla una labor formadora y creadora. Esta
fase se subdivide en una primera originadora y en una segun~a co;11~t:uctiva. La primera "es una época juvenil de
poes1~ e idilio .. : de fermentación intelectual; la segunda es
una, epoca_ relati~am~nte madura y reposada ... de sentido
comun Y s1stematízac1ón"4 • c) La tercera y última etapa es
1.-El Estudio de la Hlstorla, trad. Lws Grasset. ed. Emecé, Buenos Aires
1951, vol. Ill pp. 250-251.
'
2.-op. cit., vol. m, p. 264.
3.-op_ cit., vol. m, p . 256.
4.-op. cit., vol. m, pp. 387-389.

19

la vuelta a la sociedad de la cual se apartó el héroe para
cumplir con su sino fatídico y creador.
Como claramente se puede observar, no es poco el papel
que asigna nuestro autor a los héroes de la historia. Y a que
aún cuando considera a una minorÍa creadora lo hace no
como si ésta fuera una colectividad social, sino como una
fuerza única y por lo general personalizada. Prevalece en él
el punto de vista carlyleino de que la historia es el resultado
de la acción inmediata de los héroes, llámense éstos caudillos,
conquistadores, reformadores sociales o científicos. Convirtiéndose el resto de la sociedad, porque así lo quieren Carlyle
y Toynbee, en una masa pasiva a la que se debe guiar o,
mejor, empujar.
Desde luego no sólo sería inexacto sino atrevido rechazar
definitiva y totalmente la importancia del papel de las personalidades, los héroes, en el desarrollo de la vida de las
sociedades. Pero afirmar que son los únicos modeladores de
la historia significa, en última instancia, convertirla en una
aventura arbitraria, a lo menos en lo que tiene que hacer
con un punto de vista humano. Así como el admitir que la
persona no desempeña papel alguno en el desarrollo de la
historia implica el concebirla como un proceso automático y
sin mayor sentido. Posiblemente sería más acertado sostener
que es la historia la que modela a los héroes y que es el
pueblo, la masa, la sociedad, la q_ue los crea y los sostiene.
El propio desarrollo histórico, si bien es obra de los hombres,
no lo es de una manera caprichosa. No se encuentra sujeto
al azar de las circunstsancias, sino que está sometido a leyes,
que no dependen de la voluntad de ningún individuo personal,
por más místicamente influido que se encuentre. El transcurso de la historia, en su evolución, va creando nuevos problemas ·y nuevas situaciones que deben ser enfrentados y
resueltos de una nueva manera y por nuevas personas aparentemente más capacitadas que el resto de sus conciudadanos para resolverlos. Estos serían los héroes. Pero héroes
producto de su medio, de sus circunstancias, de su sociedaá
en un momento histórico concreto d e desarrollo. Héroes que
se encuentran sometidos de tal manera a estas mismas condiciones que se ven imposibilitados de dejar de acatarlas si
desean que sean fértiles todos los momentos de su trayectoria.
Ni el héroe ni la sociedad se encuentran separados, existe
una poderosa interacción que hace de ellos un sólo y único
cuerpo, con ideales, metas y ambiciones compartidas. Que
encuentra más acabada y definida expresión en el primero

�21

20

que en la segunda, ya que es éste un ilidividuo que generalmente se encuentra por encima del nivel medio .de su sociedad
.
- ser Jamás
.
es cierto,
pero sm
un superhombre y mucho menos'
algo así .como un profeta_iluminado mística~ente que guía:
~on su _eJemp~o, a un reba?o de h?~bres hacia las metas que
e~ considera Justas. El heroe es umca y solamente la, expresi?n y la realizaci~n, en el mejor de los casos, de un determmado grupo de ideas y de ambiciones que se encuentran
latentes en el s~no de su colectividad. La historia puede
aparecer ?Orno siendo en gran medida el resultado de los
-e~uerz?s -mseparables de ese binomio real que es el puebloher_oe, rnmerso en la realidad histórica pasada y en la verdad
soci_al prese.nte. El tratar ~e explicar de otra manera esté
fenom_eno bien p~e~e conducir _a una peligrosa interpretación
moralista y mes1amca de la historia.
T?ynbee 1:).ega a esta interpretación dada la fuerte influencia que eJerce en él las ideas expuestas por Henri Bergson. ~obre todo por el Bergson de Las dos Fuentes de la
Moralidad Y la Religi6n. Quien en · su personal doctrina sobre
el ~e~arrollo de la humanidad da gran importancia y destacadíslillo lugar al genio. Al que concibe como no siendo ni
el con~uctor político, ni el conquistador ni el científico sino
el ~tic~ _que co~ _s u vida y ejemplo es ~apaz de transformar
una relig1on estatlca" en una "religión dinámica". El hombre
que_ es capaz de convertir una "sociedad cerrada" en una
"ab1ez:t a " : "Es mu~
· ' i1. mantener que ( el progreso) tiene lugar
por ~1 mismo, enfati~a:1;1ente _e~cribe Bergson, poco a poco,
en yrrtnd de la. con~c1on espiritual de la sociedad en eierto
penodo de su h1Ston31- ... la sociedad tiene que haberse dejado
conven~~r, o de_ algun modo haberse dejado conmover; y la
c?nmoc1on es siempre dada por alguien"s. "No es menos
cierto, que las alm~s !llisticas son las que han llevado y llevan
todavia en su movim1ento a las sociedades civilizadas, -apunta Bergson. El recuerdo d~ lo que han sido, de lo que han
hecho se queda ~n. la memoria de la humanidad ... La eficacia
de la llamada tiene el poderío de la emoción que fue antes
provocada y que puede serlo aún"6.
. Bergson al. estudia-r la importancia del genio enfrente al
resto d~ la sociedad se expresa de la siguiente manera. "es
nec~sario un doble_ esfuerzo: un esfuerzo por parte de alguna
persona para realizar una nueva invención y otro esfuerzo
por parte del resto para adoptarla y adaptarse a ella. Una
5. -H¿nrl Bergson, Les Denx Sources de la l\lorale et de Ja Religlon 17
e ., ed. Félix Alean, París, 1937, pp. 333-337.
'
6.-Bergson, op. cit., p. 84.

sociedad puede llamarse civilización tan pronto como se encuentran r eunidos estos actos de iniciativa y esta actitud de
docilidad: El factor indispensaQle que no ha estado en las
manos de. las sociedades incivilizadas no es, según toda posibilidad la personalidad superior .. . Es más probable que ~l
factor que falta haya sido la oportunida~, ~ara los indi~iduo_s
de este carácter, de desplegar su superioridad, y la d1Spos1ción de los demás individuos para seguirlo~"7 • Toynbee al
e~tudiar el mismo punto se expresa de la siguiente µlanera:
"Podríamos decir con más exactitud que las civilizaciones en
crecimiento difieren de las sociedades ·p rimitivas estáticas en
vmtud del movimiento dinámico, y en sus cuerpos sociales, de
personalidades individuales creadoras ; y deberíamos añadir
que estas personalidades creadoras, aún en su mayor grado
numérico, nunca constituyen más que una. pequeña minorí.a ...
Las personalidades superiores, genios, místicos o superhombres
-llámeseles como se quiera-- no son más que una levadura
en la masa de la humanidad ordinaria"8 .
Si se aceptaran las tesis Toynbee-Bergson sobre la importancia del héroe en el desenvolvimiento de la historia
c6mo podríamos dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿ Si
no hubiera nacido un Hidalgo, un Bolívar, un San Martín, un
Martí, se hubieran independizado de la metrópoli las colonias
hispanas t ¿Europa tendría noticias de América si Colón hubiera fracasado!. ¿Si Newton se hubiera dedicado a la explotación de la granja familiar, como quería su madre, se hubiera
podido formular la ley de la gravitación universal r

2
¡,Es lícito llevar la ficción, la mitología, como método a
las ciencias de la historia T
Es cierto e incuestionable que existen unos determinados
problemas que no se pueden explicar a cabalidad sino es tejiendo en torno de ellos mitos, sino .es viéndolos por intermedio de una ficción. Este procedimiento es de lícito empleo
cuando se trata de hacer metafísica, empleando esta palabra
en su sentido más vulgar y ordinario, o cualquier otra actividad que no se encuentre sometida para nada a las leyes y
procedimientos científicos. Puede servir en literatura o para
adornar sermones, pero no creemos que para explicitar
el suceder histórico de las sociedades y de la humanidad.
Toynbee se da clara cuenta de los peligros que entraña este
procedimiento que tantas veces encuentra empleo en su obra,
7.-Bergson, op. cit., p. 181.
8.-Toynbee, op. cit., vol. m. p. 227.

�22

23

y advierte al lector cuando va a dejar de lado la historia por
el mito: "cerremos los ojos, por ahora ante las fórmulas de
la ciencia, para abrir los oídos al leng~aje de la mitología"9.
Parece que sólo hace empleo de él cuando trata de encarar y
comprender mejor alguna rea~dad histórica que se le escapa
p~r el momento, o cuando quiere obtener la efectiva realizac~ón ~e alguna; de las leyes históricas que nos propone. La
hISto~ia, .nos dice muy claram~nte Toynbee, nunca ha podido
prescmdtr de elementos semeJantes a los de la ficción • que
form~ parte de su pec~liar manera de expresión y de aná.lisis.
Y qmere, para aventaJar al resto de los historiadores hacer
uso de ella de una manera abierta y franca a sabiendas sin
temores ni fa~os orgullos cientificistas. fududablement~ es
est~ un proceduniento bien cómodo para trabajar con el ma~er1al que se tenga a la mano, sobre todo cuando se ha baraJado Y se le busca una ordenación a-histórica. P ero no es por
e!l? menos aberrante y paralizante o definitivamente anticientífico.
En las primeras páginas de su obra previene Toynbee a
sus lec~~res _contra lo que llama la falacia patética: contra la
persomficac1ón de factores y fenómenos históricos. Pero
parece que no se da cuenta que él mismo cae en ella cuando
mtenta dar vida y personifica a ciertas fuerzas leyes que
se~ .é~ m~smo, actúan constantemente sobre 1~ vida' y d~
las civilizaciones y las sociedades que en ella se puedan enc?~trar. Toynbee explica la evolución y los fenómenos hist&lt;?ncos c_om? .consecuencia del pecado, de una influencia divma o diab~lica, como resultado del amor o del odio. Cuando
en si! ~~tu~o se enfrenta al espinoso tema de la génesis de
las civilizacio7:1es se expresa de la siguiente manera : "Cuando
una de las cr1at~ras de D~os es tentada por el Diablo, se da
con ello oport~mdad a Dios mismo para recrear el mundo.
El golpe del tridente de~ Adversa:io hace que se abra todas
las fuentes de la gran sima. La mtervención del Diablo ha
llev11;d~ cabo la t:ansición de Yin a Yang, de lo estático a
lo dmamico, que Dios ha estado anhelando siempre desde el
mo~ento _en que . Su estado Yin devino completo, pero que
era un~osible a D1~s lograr por Sí mismo, debido a Su propia
perfección. Y el D~ablo ha hecho por Dios más que esto; ya
q~e una vez q~e Y~ ha pasado a Yang, ni siquiera el Diablo
0 piede imp~dir a Dios que complete Su acto de creao
• e un pruner golpe de vista se puede concluir que
este enfoque es preponderantemente religioso y con un fuerte

ª.

ci;i:,~

9.--op. cit., vol. 1, p. 301.
10.--op. cit., vol . 1, p. 815.

acento moralizante. Más propio de una homilía que de Ull
estudio científico. Tras las fórmulas Dios, Diablo, Yin, Yang
se escudan una serie de leyes propuestas por este autor y que
el mismo difícilmente puede aplicar y deducir. Toynbee ca&amp;,
porque así lo quiere y requiere su propio planteamiento, en
aquello que bien se pudiera llamar la ficción histórica. Quiere
con ello hacer más claro y evidente su pensamiento, pero no
parece darse cuenta de que lo que hace es complicarlo y
obscurecerlo mucho más. Pero no es sólo este el motivo por
el cual se ve obligado a presentarnos conclusiones y explicaciones francamente mitológicas. También lo hace cuando tropieza con algún escollo teórico al que no encuentra ninguna
explicación histórica, antropológica o geográfica plausible o
valedera. Por ejemplo, cuando se da cuenta que la génesis
de las civilizaciones no es un hecho simple sino múltiple, que
debe ser visto como una r elación de factores. En ese momento
Toynbee personaliza las fuerzas y los elementos de la relación,
hace como el primitivo que dota las fuerzas, leyes, de la naturaleza de una alma sobrehumana. Tesis que Toynbee encuentra reflejada en todos los grandes dramas o mitos de la
humanidad, y que de ellos toma los nombres. Así, en el Libro
de J oh se cuenta el encuentro de Dios y el Diablo ; en el
Fausto se r elatan los encuentros de Mefistófeles y Dios. P ero
no sólo de ellos toma los nombres, sino que encuentra que las
pruebas y vicisitudes a que se ven sometidos los personajes
centrales de obras como las anteriores reflejan bajo una forma
mitológica las constantes pruebas que encuentran los hombres
en la historia y las sociedades en su deseo de formar y forjar
culturas.
Los argumentos que de este tipo emplea Toynbee son de
hecho y no de razón, son argumentos teológicos y no lógicos.
Que hacen que se r echacen o desdeñen las explicaciones cientüicas para caer en una interpretación si no arbitraria, a lo
menos forzada de los fenómenos y los datos históricos. Si se
considera que la historia es una ciencia, como en realidad lo
es, los mejores procedimientos a seguir, tal vez los únicos, son
los de las ciencias sociales y no otros. Que con su empleo se
puedan producir limitaciones tal vez sea cierto, pero son las
mismas que se puedan encontrar en las ciencias de fundamento matemático o en las sociales. No podemos creer que
en un análisis científico de la historia, es decir, en un análisis
histórico se requieran otros instrumentos diferentes a los cientüicos. El decir que la ficción es la r ecreación artística de
los hechos del pasado, no es dar nn argumento medianamente
valedero para su interpolación en la ciencia de la historia.
Pero en el caso de los análisis toynbeeanos tiene gran impor-

�25

24

tancia, y.a q.ue permite "el paso del tiempo sin la aniquilación él.el ·.tegmtro'1 11•

3

.,

Nos dice Toynbee. que ·el lapso de apenas más de 6,000
años que cubre el intervalo' é'ritre el surgimiento de las civilizaciones más antiguas, (Egipciaca, Sumérica y Minoica, según
su propia y discutible terminología), y nuestros días debe ser
medido -én u.Iia escala· temporal pertinente, es decir, en términos de las sociedades mismas. Coino. en cada una · de las diferentes civilizaciones no encuentra· Toynliee un número de
generacion·e s sucesivas mayor de tres y si a ello· se agrega
el h echo de no existir sino· veintiun representantes de la
especie civilización12 , se encu entra que la historia es muy
joven, aun e'n términos de su propia escala temporal. Es un
hecho reconocido hoy en día el que la raza humana ha e~stido
•d urante varios centenares de miles de años y que las s·ociedades primitivas son contemporáneas a la existencia del hombre
o anteriores· a él, dado que la vida social es una condición d e
la evoluéión del hombre a partir del subhombre que presupone y sin la cual esa evolución no hubiera podido haber
ocurrido.
Para 'nuestro autor el tiempo histórico es sinónimo del
tiempo que ha transcurrido desde la primera edad de la que
se sabe que ·hayan existido en ella representantes de la especie
civilización: "Las medidas cronológicas significativas son, nos
dice, primero, la razón entre· el tiempo durante el oual la
especie ha existido hasta la fecha y la duración de sus representantes en cuanto indicada por el número más elevado de
gener11cíones que podemos haUar; y, segundo, la razón entre
el tiempo durante el cual' han existido las sociedades primitivas, y desde la data en que, bajo su égida, el subhombre se
transformó en hombre. Si asignamos a la antigüedad del
hombre cer ca de 300,000 afios, se hallará que la antigüedad
de las civilizaciones, muy lejos de ser coetánea con la historia
humana, cubrirá menos del 2% de sn lapso actual : menos de
11,-C(., op. cit., vol. 1, p. 498 y ss.
12.-Estas son: La Sociedad Islámica, formada por la lránica y la Aráblca,
productos de la desaparecida Siriaca. La sociedad Indú, filial de la
Indica. La del Lejano Oriente, engendró de la. Siriaca. La. Indica filia.! de la Sumér!ca, la. Hitita y la. Babilónica.. La. Helénica., heredera
de la Mlnolca. En América se encuentran cuatro sociedades identl!lca.das: la Andina, la Yucateca, la Metica.na. y la. Maya. La. sociedad

Crlstlapa Ortodox:a. con sus divisiones en Ortodoxa-Bizantina y Ortodoxa-Rusa. La del Leja.no Oriente, subdividida en China. y . Japo• .. ' neaa.-Coreana.. Finalmente 11\ Eglpclaca, que no tuvo sucesores nl ft'liaclón alguna.

6-000 , años e¡¡tre 300,000. En esta escala temporal, la vida de
n~estras veintiuna civilizaciones -distribuídas sobre más de
tres generaciones de sociedades y concentradas. e!1 :menos de
una quincuagésima parte de la vi?a ~e. la humamdad- de~e
ser considerada, en su enfoque filosof1co, como contempoTaneas entré sí"13.
Es un hecho cierto qu e; el tiempo histórico por excelencia
es el que tiene. como principio la existen~ia de ~a. primera
sociedad humana evolucionada de que se tiene noticia por, la
exístencia de r egistros u otras fuentes fide?ignas. Es t~mb~~n
uñ heeho vetidico e inobjetable que la primera orgamza~non
de este tipo surgió- hace más .de 6,000 años. Pero lo_qu~ ~o
está tan-comprobado es el limitar el campo del estudio h1storico a estos pocos milenios. La Histor~a, entendida en _su
s.entido más amplio y pleno, no puede n_1 d_ebe _verse r estrrngida a un tan reducido período. Como ciencia que es del
desarrollo humano en el sentid() &lt;temporal, debe e&amp;tudiar todos
los factores que hicieron posible los diferentes ~s.tadios so_ei~les de la humanidad. Está en su campo el .estudiar la,prurutiva ha.cha de sílex y la bomba· atómica, los dólmenes y los
rasca-cielos, la pietografía rupei,tr e y el moderno a1J:a1?eto.
En fin todas las manifestaeiones humanas tanto materiales
como e'spirituales. Si bien es cierto, que al hacer esto invadirá campos de otras ciencias, sociales y natu_rale~, no h8:Y:,que
olvidar que por algo suelen ser llamadas c1enc1as auxiliares
de la Historia. De la Historia e&amp;n mayúscula, no de la mera
acumulación de datos y su descubrimiento, para ésto basta
con· la historiografía.
•:Un fenómeno, según nuestro historiador, puede ser único
y en consecueneia incomparable en algunos aspeetos, en tanto

que en otros. puede ser miembro de una clase y, en consecuencia, comparable con. otros fenó';Ilenos de su misma es:pecie Y
naturaleza. "La zoología, escribe Toynbee en una cita por
demás interesante y sintomática, incluye en su campo de estudio comparativo al animal llamado hombre; pero domo este
animal fue gregario antes de tornarse humano, de modo qne
la humanidad no pudo existir ni puede ser estudiada excepto
en su contorno oficial, queda lugar además, evidentemente,
para un estudio comparativo de las sociedades humana~, que,
sin ser creaturas vivientes, son manifestaciones de la vida ...
Además si llevamos a cabo una investigación empírica de l os
nechos de la vida humana tal como se manifiesta en las civilizaciones damos efectivamente con un elemento de regula-

'

13.--0p. cit., vol. 1, p. 202.

�26

27

ridad y recurrencia, es decir, un aspecto al que se puede
aplicar el método comparativo de estudio. Este elemento es
particularmente importante en el tiempo presente de la vida
de aquella civilización que nos toca ser miembros a nosotros
mismos. En tanto que nuestros historiadores de occidente
están discutiendo la posibilidad de llevar a cabo un estudio
comparativo de los hechos históricos, nuestros hombres de
negocio de occidente están ganándose la vida constantemente
mediante un estudio comparativo de los hechos de la vida que
los rodea. El ejemplo perfecto de tales estudios comparativos
con fines prácticos es la compilación y el análisis de las
estadísticas sobre las que s-e basan las operaciones comerciales de las compañías de seguro ... Ahora bien: si, en la práctica,
un estudio comparativo de los hechos de una civilización determinada está siendo llevado a cabo con efectos tales que
operaciones comerciales basadas en. él rinden provecho, mientras que operaciones del mismo tipo que pasen por alto llevarlo a cabo resultarán probablemente en pérdidas, esta es
seguramente una prueba concluyente, y a decir verdad superabundante, de que es teóricamente posible un estudio compar~tivo de estos hechos. Así, los hombres de negocios de
occidente avanzan por donde los sabios occidentales temen
p_isar; y en esta ave1;1tura al menos, no tenemos por qué vacilar en marchar guiados por nuestros amos de los últimos
tiempos"14•
. . !'o~bee expre~a claramente que el hecho de que una
civ1hzaeion tenga vida propia, como los organismos vivientes
no solamente no impide sino que hace posible el efectuar entr:
esta y ot~as civilizaciones todas las series de comparaciones
que se qmeran. En todos los organismos vivos se encuentran
una~ ~eries de hechos, situaciones y circunstancias, como el
nf:CIIDiento, en el que puede variar su causa, por reproducc1on sexuada o no, su fecha, y como éstos otros múltiples factores. Al estudiar un determinado número de ellos se puede
ll~gar a formular . algunos rasgos semejantes para los individuos de una misma especie, que pueden ser extensibles
para miembros de otras especies totalmente diferentes. Pudiéndose llegar por este camino a predecir acontecimientos
que muestren alguna relación con los casos estudiados anteriormente. ':('al es el caso, _por ejemplo, de las llamadas leyes
de la herencia, que por prIIDera vez fueron estudiadas en vegetales y hoy en día se aplican indistintamente a todos los
seres vivos. No olvidemos que los "organismos históricos"
las sociedades y las culturas pasadas, difícilmente pueden se;
14.-op. cit., vol. l , pp. 205-208.

vistas como viviendo plenamente. Lo que de vida teng~n,
propiamente no les pertenece, no les es plenamente propia :
se las estamos constantemente otorgando al buscar, en nu~stro presente sus reminiscencias en nuestra cultura y sociedad. Por : no es bien difícil que una noción biológica . t~n
especializada como la que propone Toynbee pueda sumllllStrar la clave para una correcta comprensión del desarrollo
de la historia. En este último planteamiento es posible volver a encontrar una fuerte influencia del pensamiento de
Bergson en la concepción de Toynbee. Especialmente del
Bergson de la Evolución Creadora.. Influencia__que se . n~s
vuelve a hacer patente cuando estudia la relac1on del md1viduo y la sociedad y cuando expone sus predicciones sobre
el futuro de la humanidad y de la cultura de Occidente.
Si bien es cierto, la historia es el resultado de la vida
pasada, muerta, de la humanidad y que, por, t3:nto, _existe ~n
ella una gran cantidad de datos que, en última 1DStancia,
corresponderían al número de los individuos que han formado parte de ella. Apareciendo como necesario el empleo
de un método estadístico y de muestreo para no perderse en
una maraña de hechos de mayor o menor validez. Estudio
que permitiría la formulación de l eyes estadísticas probables,
valederas para conglomerados de individuos pasados, presentes y futuros, así como para la predicción de acontecimientos
Pero sobre qué versarían esas leyes: sobre los hechos constantes de la vida de los hombres pasados y presentes. Sobre la
posibilidad de su nacimiento y la seguridad de su muerte y
otros datos semejantes que, francamente, no aclaran el hecho
histórico. Además, en el estudio que hace Toynbee, y como
él mismo lo ha expresado, los individuos son las civilizaciones, cuyo número, veintiuno, no es lo suficientemente amplio
y variado como para. poder ser tratado de esta manera y
según este método. No es posible con sólo veintiun casos
formular conclusiones semejantes a las logradas por "nuestros hombres de negocios de Occidente". El margen de error
sería demasiado grande y, por tanto, muy peligrosa su aplicación práctica. Ninguno de nuestros "modernos amos" arriesgaría un centavo en una especulación basada en tan pocos y
escasos datos estadísticos. La afirmación que hace Toynbee de
que "todas las civilizaciones son fundamentalmente contemporáneas" significa, en última instancia y término, que no
existen diferencias radicales entre ellas. ¡,Negación de la
historia t Así lo parece. Lo que es mucho más seguro, es
que este concepto "filosófico" fácilmente puede llevar hacia
una visión definitivamente pesimista de la historia, y a la
Spengler, y negativo frente al futuro desarrollo de la huma-

�28

f_iera
dad. Pesimismo: del que se salva Toynbee por 1 que se pullamar ·un acto de f~ con respecto al porvenir de Oc0·

cidente Y su futura expansión y predominio sobre el resto de
las culturas que aún se dan en nuestro mundo.
.Así. pues, encontramos en el trasfondo de Toynbee dos
concepciones, dos puntos de vista y dos actitudes no completame?-te separadas. En él se conjugan un científi
P:,ed1~ador moral. Un científico, en el ensayo de in~~rffre:
cion e l?s hechos. Un predicador, en sus conclusiones y en
la mayor1a de sus planteamientos y en la esperanza mítica
que trata de presentarse y presentar al hombre actual p _
ro, i cual d~ la~ _dos actitudes prima y En todo caso no p e_
ce ser la c1ent1f1ca.
are

'.'I

NOTAS SOBRE EL TIEMPO EN DESCARTES
Hugo Padillfl
1. El tiempo en general.
.Abre Descartes su Meditación Primer.a con una . alusión,
bien conocida, al tiempo. Habla del tiempo que ha transcurrido desde que se percató de cuántas opiniones falsas había
admitido como verdaderas en la primera edad de su vida, y
de cuántas ideas dudosas había construído sobre .aquellas.
Señalamos ~sta expresión porque ella ejemplíiica· la- especie
de otras muchas que aparecen a lo largo de los iextos cartesianos. La alusión al tiempo, en muchos de ellos, ni siquiera en directa ("hasta hoy", "la meditación q\le l\ice ayer"),
aunque no puede negarse, a más de ser obvia, su relaeión
con el tiempo. La comprensión de esta especie, por otra
parte, no entraña nin~ tipo especial de dificultad. Per•
tenece al dominio de todo mundo. El modo en. que se alude
al tiempo en estas expresiones pertenece a la esfera del habla_cotidiana. Bien se puede .d ecir que es un hablar con el
concepto del tiempo, pero no un hablar del tiempo o acerca
de él. Apuntamos lo anterior para hacer una delimitación
entre dos campos: er del uso del concepto tiempo y el de la
investigación sobre el inismo. En este trabajo, nos circunscribiremós a aquellos pasajes en donde 1as ideas de Descartes atañan no al tiempo vivido por el filósofo, sino· 'a su pensar teorético sobre la naturaleza o el concepto d el tiempo
mismo.
·
' Dentro de este último• marco, es necesario hacer una primera distinción. Aparece ésta en cuanto nos percatamos de
que Descartes distingue el tiempo como modo de pensar y
el tiempo como modo de una sustancia. Para Descartes, modo significa cualidad o atributo1 . Cualidades y modos, en
1.-Prlnc., I, LVI.- Dice: "Y aquf en verdad entendemos por modos lo
lo que en otra parte por atributos o cualidades".

-20-

�30

81

tanto que "ínsitos" en una sustancia son llamados atributos2.
Esto parece querer decir que el modo como atributo no equivale, sin más, a accidente. . Antes bien el término "ínsito"
que uti!iza Desca!tes cuando- cualidades' y modos pasan a la
caJe~or~a de atributos, revela una conexión más estrecha,
mas m~a, entre la sustancia y algunos de sus modos. Por
esto nusmo, se les prefiere llamar atributos. El atributo
aparee~, dijéramo , como un modo escencial de la sustancia~
El atributo, en tanto que ínsito acompaña a la sustancia
co~tantemente. L~- existencia acompaña a la cosa (res)
existe~te; la durac1on, a la cosa durante: la existencia y la
duracion a las cosas existentes y durantes. De esta manera
puede d_ecir Descartes que "la existencia y la duración en l~
cosa existente y durante, no debe ser llamada cualidad o
modo, s":10 atributo"3 • • La duración y el tiempo aparecen
como atributos correlativos. El tiempo de las sustancias es
su d~ación. En este sentido, el tiempo es un modo ínsito
º. atributo de las sustancias que duran. Tan ínsito está el
tiempo en la ~fstancia, q~e la relación entre el uno y la otr a
e~ 1:1118:, relacion ontológica. Sólo se puede establecer una
distmc1on entre ellos por la vía de la razón4 . considerados
en sí, apar ecen siempre unidos. El pensar 'sería también
para Desc~rtes ~ _atributo del yo, tan ínsito que el filósofo
pued!'l d~cu- que s1. ce_s~se por completo de pensar cesará al
propio tiempo de existir 1 (la esencialidad del pensar con respe_cto al yo es contravertida posteriormente por Locke quien
afirma que el_ pensar no es una esencia, sino únicamente una
de las oper8:c1ones del alma - Ensayo sobre el entendimiento
humano. Libro Segundo, Capítulo Primero,10).
Pero hay otra manera de concebir el tiempo en Descartes .. Esta es: en tanto que medida de la duración. En este
~en~ido el tiempo vers~ sobre 18: duración (o el tiempo) que
inluere en las sustancias. Es simplemente una medida una
11!,anera _de. cuantificar, un patrón, un metro. Para medir el
!ie~po msi~o se echa mano del tiempo, en última instancia
msito también de los movimientos "máximos y más regulares"5 .. Se hecha mano de la duración de los años, los días,
los minutos. Esto nos muestra claramente al tiempo en el
2.-Ibfdem.
3.-Ibldem.
4. -Ibld., I , LXII. Dice: "Como t&lt;X:la sustancia deja de ser si deja de
durar, solo por la razón se dlatlngue de su duración". Ea bueno
observar, ahora, que Descartes habla de toda sustancia Eato como
se verá, conec_ta con la ldea de la temporalidad en · Dios que se
tratará en el ultimo Inciso de este trabajo.
5.- Iblil., I, LVU.

segundo de sus sentidos, esto es, en. cuanto modo del pensar.
Se ve así que este tiempo n o modifica en nada ª. _aqu~l otr o
ínsito en las sustancias, nada añade a la durac1on, mcluso
a la duración ínsita en los movimientos máximos y más r egulares. Nada, excepto un modo de pensarla6 •• Revela, s~
embargo que el tiempo inherente a las sustancias es _cuantificable.
Dada esta última car acterística, el tiempo se le aparece a Descartes como un dato que no puede ser pue~to ~n
crisis con la hipótesis del sueño empleado en las Meditaciones. Se debe recordar que, por cuantificable, el mundo de
la Geometría de la Matemática7 , sólo podrá ser desconectado por mea'io de la radical hipótesis, metafísica de un "Genio Maligno".

2. El Instante y la. Casualidad.
Según la concepción cartesiana, el tiempo es algo fragmentado. E s una descontinuidad, no un todo. No fluye
de manera continua, sino por instantes. Para lograr una
noción de lo que es el instante en la . filosofía de Descar tes,
es conveniente observar dos referencias en donde se alude
a ello:
a)". ..punto mínimo del t iempo que llamamos instante . .." 8 .

'
. t ant e.. ."9 .
b)"...en muy breve tiempo,
y como en un ms
El instante, pues, se determina como un punto mínimo
del tiempo, es un breve tiempo. Pero, cabe la pregunta acerca de esa magnitud mínima que presentan los puntos temporales acerca de la brevedad de ese tiempo que Descartes
llam~ instante. Es claro que el filósofo no puede haber cometido el burdo pecado de caracterizar .ese breve ti~~po,
o punto mínimo, por medio de una ~edida que admit~era,
a su vez subdivisiones. En rigor, el mstante es la unidad
ontoló&lt;&gt;ic~ del tiempo, ella misma sólo captable por medio
de un: intuición. Principalmente por la intuición privilegiada que revela la apodicticidad del ego cogitans en el mo6. -Ibí dem.

7.-l\Jeillt. la. Entre las cosas simples que aparecen como indubitables,
se está sofiando o no, Descartes cuenta el tiempo
8. -Prlnc., Ill, LX.lll.

9. -lbhl., m, CXI.

�S2

mento de captarse a sí mismo 10. No parece haber otro modo de aproximarse a la comprensión del concepto del instante. Descartes, por otra parte, sin duda juzga que la noción
de instante es lo suficientemente clara y distanta como para
no requerir un tratamiento específico. Tal vez podría decirse
que el instante es el momento del intuitus en general,
y no sólo del intuitus de si mismo. El instante de la captación clara y distinta de cualquier cosa, no parece diferir, en
cuanto momento temporal, del in stante de la captación del
propio ego. Habría, ciertamente, diferencia por el objeto,
no por el tiempo.
'Cada uno de l os momentos o instantes del tiempo es absolutamente independiente respecto a los demás. Esto hace que no sea posible establecer una casualidad entre ellos.
Y si funcionase algún tipo de casualidad, esta tendría que
ser por fuerza de carácter trascendente en cuanto a la serie
de puntos temporales. En efecto, existe una conexión ent re .los instantes de la durallión de una cosa. Pero la causa
de esto no es inmanente. No obstante, hay que notar que como cada una de las partes del tiempo es independiente, es
decir, que como entre ellas no hay dependencia r ecíproca11
ne opera el concepto tradicional de potencia. En el insta.nte
A. no está encerrando en potencia el instante B. Ni el instante B es la actualización de una potencia que hubiera estado radicada en el instante A.. Cada instante es autónomo:
es un hecho que no depende de la cauda temporal de tiempo
pasado a la cual se añade. Pero también vale la pena observar que si un instante no es causa del instante posterior
ni efecto del anterior tampoco entraña en si la posibilidad
de su desaparición. Surge de hecho y de hecho pasa; de
hecho aparece y de hecho cede su lugar al instante siguiente. La causa de todo esto, como veremos más adelante, tiene su origen en algo trascendente al tiempo mismo.
P ero lo que la tesis instantanefata de D escartes postula,
vale no sólo para los momentos de la duración de las cosas
extensas o del mundo material, sino también para la res
cogitans. Y , últimamente, para la verdad.

A. A.rnauld no parece haberle gustado mucho que tal
concepción de la naturaleza del tiempo tuviera validez para
10.-lbld., I, vn. " ... Repugna Juzgar que lo que piensa, en ese mtsmo
instante que piensa, no existe .. . "
11.-Ibid., I. XXI. Dice: "La naturaleza del tiempo o de la duración de
las cosas ... es tal, que sus partes no dependen rec(procamente de si
y nunca existen al mismo tiempo".

33

el mundo del espíritu. Aceptaría, acaso, que funcionara
dentro del ámbito de las cosas extensas. A.sí se lo hace saber a Descartes en una comunicación12• Este le responde, sin
embargo, que en cuanto a la cuestión de la temporalidad, no
hay privilegios del espíritu sobre las cosas materiales13 . En
verdad, con esto, Descartes sostiene con ver dadera coherencia su propia postula.ció~.

3. El Tiempo en el Cogito
La res cogitans, como toda sustancia, implica una duración o una per manencia en el tiempo14. Esto quiere decir
que el ego como sustancia (res) transcurre a lo largo de y
por cada uno de los momentos temporales. Evidentemente,
también los pensamientos, las cogita.tiones del yo, tienen
una manifestación temporal ya que el pensamiento es el
atributo de la sustancia p ensante15. La distinción que se
hace entre sustancia pensante y p ensamiento, no impide ver,
sin embargo, que el enlace entre ambos es tan estrecho que la
sustancia sólo se revela por su atributo. Es de notar, con
respecto a esto, que Descartes no llama accidente o modo o
cualidad al pensamiento, sino precisamente, atributo. Esto
es, el pensamiento está ínsito, inhiere en la res pensante. Por
esto, el p ensamiento hace patente la existencia de la sustancia,
de la cosa que piensa. El pensar como atributo y el existir
del ego, como sustancia, se manifiestan pareja.mente a lo largo de la temporalidad. Duro. dice Descartes, "todo el tiempo que dure mi pensar" 16. El tiempo de la sustancia es el
mismo tiempo del atributo.
Pero,· ¿ de dónde surge, o cómo, la idea misma de duración f Ante todo se debe recordar que duración y sustancia
durante sólo pueden ser distinguidas por la razón. Y al
ser el espíritu, la sustancia p ensante, más fácilmente cognocible que cualquier otra cosa o sustancia17 , es de esperarse
que la duración sea captada en ella más originariamente que
en cualquier otra sustancia o cosa. En efecto, así lo afir12.-Carta del 3 de Junto de 1648, v. 18817 - 1895.-Tomado de Hamel!n,
El sistema de Descartes, Losada, Buenos Aires, p. 233.
13.-Carta del 4 de Junto de 1648, V, 1939 - 21.-Ibldem.
14.-Cfr. la nota 4.
15.-Medit. 2a. Dice: " .. .Encuentro que el pensamiento es un atributo
que me pertenece ... ".
16. -Ibldem .
17.-Tesls de la l\ledlt. 2a., passlm.

11

�3ó

34

ma Descartes18• La idea de duración, pues, brota primariamente del hecho de que el propio yo dura. Al mismo tiempo, como la duración conviene a toda sustancia su idea puede transferirse a toda otra cosal9.
'
Se ha apuntado que la concepción cartesiana de la temporalida~ . es ?JlStantaneísta. Y también que el espíritu no tien_e pr1vileg1os, en cuanto al tiempo, frente a las cosas materiales. Esto hace ver que los intantes de la vid¡1. del yo no
están en. rela_ción de dependencia unos con respecto a los
otros. Cada mstante es independiente en relación a los demás y aparece de hecho. El ser entero es un hecho en todos
Y cada uno de sus momentos. Ninguna porción del ser extenso o pensante escapa a esta condición. No hay causalidad inmanente ni en la esfera de las cosas extensas ni en la
esfera del espíritu20. La existencia de la sustancia pensante
no ~s c~usa de sí misma, ni respecto a su surgimiento originario n1 respecto a su permanencia en el tiempo.
. Hay una absoluta autonomía en los instantes que con~tltuyen su duración : "el tiempo de mi vida -dice Descartespuede dividirse en una infinidad de partes, cada una de las
cuales no depende en modo alguno de las demás"21 . Si la
vida del ego no depende de sí y sin embargo, se presenta como una y la misma vida - y la duración de una sustancia
no deI_&gt;e~de tampoco de sí- entonces la causa que engendra
el nacimiento y la permanencia dentro del tiempo de las sustancias tendrá que ser trascendente a las mismas.

4. Permanencia en el Tiempo y Creación Continua.
Digamos de una vez qué es lo que conserva a las sustancias en el tiempo: el concurso efectivo de Dios. Esta conservación, para Descartes, equivale en verdad a una creación
contínua. La distinción que pudiera establecerse entre crea18.-Medit. 3a. Dice: " ... Cuando pienso que ahora existo y recuerdo
a~emb, haber existido antes y concibo varios pensamientos, cuyo
numero conozco, adquiero las ideas de duración y de número, las
cuales puedo transferir a las demás cosas que desee".
19.-Cfr. la nota anterior.
20.-Prlnc., I , XXI. Dice: " . . . Del hecho de que ya somos no se si sigue
que también seremos un instante después .. . ". En las Meditaciones
(Jlledlt. 3a.) dice: " .. . Porque yo haya existido un poco antes, no es
necesario que deba existir ahora ... ".
21.-Medlt. 3a.

ción y conservación, sólo es un modo de pensar22 -igual que,
como vimos antes, la diferencia entre sustancia y duración
solo era establecida por la razón. Esto sucede con respecto
a todo sustancia23 ; por ello, vale también para la propia res
cogitansZ4. Conservación es reproducción, re-producción, recreac10n. En una palabra, la permanencia de una sustancia
en el tiempo requiere un proceso de creación contínua.
La idea de la creación contínua, por otra parte, es fortalecida con el apoyo de la autoridad de metafüdcos y teólogos25_ Es decir, Descartes trata de hacer ver que su idea
no entraña, en rigor, una aportación innovadora, sino que se
garantiza dentro del pensamiento tradicional mismo.
Pero no sólo la sustancia creada -ya podemos adjetivar
así- es sostenida fuera del seno de la nada por la creación
contínua de Dios. Todo depende de El para Descartes; todo
permanece y dura en el ámbito del ser por obra de la acción
divina de conservación. ERte todo engloba a la verdad como una de sus partes. Por tanto, la verdad depende de la
divinidad26_ Y, además entre el ser y la verdad no existe
en el fondo una gran diferencia27 •
Dice: " ... La luz natural nos hace ver claramente que la
conservación y la creación no difieren sino en nuestro modo de pensar y no efectivamente".

22.-lbídem.

23.-lbidem. Dice: " ... Una sustancia para conservarse en todos los momentos de su duración, necesita del mismo poder y la misma acción
que sería precisa. para producirla y crearla de nuevo, si no lo estuviese ya ... ".
Dice: " ... Del hecho de que ya somos no se sigue
que también seremos un Instante después, no ser que algo, precisamente lo mismo que nos produjo, no nos reproduzca en cierto
modo, es decir, nos conserve".

24.-Prtnc., I, XXI.

25.-Dtsc. del método, 5a. parte. Dice: " ... Es cierto - y esta opinión la
apoyan generalmente los teólogos-- que la acción por la cual Dios
conserva al mundo es la misma. por la cual lo creó...". Otra referencia la encontramos en Rep. aux Ses. ObJ., C. II, 272s. -Tomado
de Hamelln, op. cit., p. 316N; dice: "Cuando negáis que para conservarnos no necesitamos del concurso y del ln!lujo continuo de la causa. primera, negáis algo que todos los metafísicos aceptan como muy
manifiesto .. . ".
26.-Rep. aux Ges. obJ., c. U, 353. -Tomado de Tamelln, op. cit., p. 241.
Dice: " ...No hay orden, ni ley, ni razón de la bondad o de la verdad que· de El no dependa".
27.-MedJt. 5a. Dice: " . . . Es bien evidente que todo lo que es verdadero
es algo, siendo la verdad y el ser u~ mtsma cosa ... ".

�3'7

86

Implanta Dios el ser ·y también las leyes del ser "como
un monarca implanta leyes en su :reino"28. . Dios crea la
verdad y 1a sostiene a lo largo del tiempo en cuanto tal.
En tanto que originada en Dios, la verdad e.s una verdad. dependiente, porqu~ no implanta Dios lo que i:m,planta porque
sea verdadero, smo que . es verdadero porque lo implanta29.
Vemos, co_n .esto! cómo 1~ idea car~e~iana de Dios lo postula
como lo un1co mdepend1ente, lo umco absolutamente libre:
orige:Q. del ser y la verdad, causa de las sustancias y conservador de ellas.
•
: · Sin em~argo, convendrfa también hacer hincapié : en
ciertas cuestione¡; relativas · al problema gnoseológico en Descartes. Es sabido que el criterio de verdad radica en la
filosofía cartesiana, en la claridad y la distinció~ao_'· Es
verdadero aquello que se presenta a la conciencia al yo
com_o . c 1 a ro y d is ti n t o.
Por otra parte, io clar~
Y. distmto se presenta al yo, en la intuición, no por partes,
SlllO de golpe, "a la vez", dice Descartes3 i. Pero la intuición
aparece en contraposición a la deducción. En esta últi~a el
espíritu req~iere de un cierto movimiento· y; 'justamente por
e~lo, se la (hstingue de la intuición32 . En _los procesos deductivos ~e h~cha mano de la ,memoria, pues el que ·sean procesos_ unpl~ca un mov~ie~~~ de la conciencia y, por ende,
un distanciarse de la mtwc1on dada en un determinado instante. La·_ memoria adolece, por su parte, de un defecto~
es "fugaz y débil"33 . En vittud de estiY le parece necesario
a Descartes que, una vez concluída la deducción · sea recorrida ella en todas sus pa~es, otta vez y "de prisai'34. ~-e pue2s.~carta a Merse'nne del 15\1e Abril de 1630, I, 1455. -Tomado· de Hamelln, op. cit., p . 242. Dice: "No temáis, os ruego, asegurar y proclama_ en todas _partes que Dios fué quien implantó, esas leyes (las
verdades eternas) en la naturaleza, asi como u_n monárca implanta
leyes en su reino".
29.-Carta a J\lersenne del 6 de Marzo de 1630, I, 14_¡121s. ~ Tomádo de
Hamelln, op. cit., pp. 241-242N. Dice: " ... En cuanto a las 'verdades
eternas vuelve a repetir : solo son verda!lera~ . o posibles porque Dios
~ conoce como verdaderas o posibles; y no que Dlós las conoce como
verdaderas, como si f,uesen verdaderas ludependlehtemente de "El. ..
por eso no hay que. decir que aunque Dios no existiera, ·e sas verdades existirían "
·,
30.-Cfr. ·Prlnc., I, XLIIl, XLIV y XLV.
31.-Reglas, XI. Dice: " .. '. ~,qgimos dos cqndlclonés par'a. IÍ~r lñtulélón de
la mente, a saber: que la proposición sea entendida. ciará-y· distintamente Y, a.demás, toda a la vez y no sucesivamente".
·
·
32.-Ibidem. Dice: "Pero la deducción. . . no parece que se haga toda ,a
la v:ez, sino que Implica cl1:rto movimiento de nuestro espiritu que infiere una cosa de otra, y, por eso, alU, con razón la distinguimos de la
intuición"
·
'
33.-Ibidem. .
34.-Ibi&lt;lem.

de ·observar.;,así, que se trata de tener del todo .del proceso igual
modo .de captación que,. el · ténido . para cada uno de sus pasos. ' N-o .se trata de intui.t: cada, ·paso y conservarlo en 1~ memoria. Antes bien se -trata de .u n·'1intuyo todo a la. 'Vez"35• Pero
la v;er..dad obtenida por. medio ·de.la intuición -u obtenida de
la deducción, en el modo .descrito-, ¿J10 tendría que pasar
a· la .memotia, .forzoslitnente ,dada la •_constitución tempor~l
misma. de la res cogita:os?· Es evidente que sí. Pero, , ·.entonces ·¿ qué. es lo que puede ·garantizar .que lo una'•vez . captado ~omo verdadero ·:vaya a seguir siéndolo . en el futurp?
La respuesta se adivina ya: .Dios. Dios es la garántía tde
la. permanencia de la verdad en el tieml?º· Per_man~:qcia •,ó
dmación en el seno· del ser, no debe olvidarse, llllphca una
creación contínua. En ·última instancia, debido a la ·r.elación que establece Descartes entre la verdad .Y la perm~n~?-cia de- la misma en el tiempo, resulta ser Dios la cond1c1on
de posibilidad de la ciencia misma36.
Es claro por lo anterior que la 'idea de , creación contíriúa_áesempeffa, pues, un alto papel no sólo en cuanto a la~
sustancías creadas, sino también el!:. cuanto a la v.erdad, s1
no' ~ust.ancia, si' creatura.
.
5. . l!l · Tiempo e.i l Dios.

. ;La brev~ exposición de lo .,ant1:n·ior . casi obliga a la. c-~riosidad a preguntarse por la te.mporalida~ de 1~ sustan¡l1a
por_ excelencia, por la temporalidad de Dios ?1~1&gt;mo. ~sta
sustancia . por otra parte, sólo 'puede ser entendida, afirma
Descarte; ·de un modo analógico.
- . El -adjetivo , temporal que conviene a DÍQfi es, evid_eµtementé, . el de eterno. Dos citas de textos car_tesianos serán
suficientes al respecto :
•a ) ;" ...consi:deran·do su idea (la de Dios), ingénita, eh
, nosotros, vemos que es eterno. . ." 38.
b) " ... realmente existe (Dios) ...y ha sido des~e toda
la eternidad• porque la luz natural hace ver bum.. cla' ro que lo q~e puede existir por sus propias fuerzas
existe siempre"39.
35.-Ibidem.
86.-Medlt. 5a.

Dice: " ... SI no supiese que hay un Dios nunca buscaría
una ciencia verdadera y cierta, sino sólo opiniones p~o concretas e
inconstantes".
37,....:...Cfl'. Prlnc., I , LI.
38.-Prlnc., I, XXII.
39.-Rep. aux l.ers. obJ.; e, I , 394. -Tomado , de "Hamelln, op. clt.,-·p. 234\

�38

Dios, o lo que conserva sustancias y verdades creadas,
se conserva a si mismo. Su ubicación temporal es la eternidad. Pero, ¿ qué quiere decir, aquí, eterno o eternidad 1
Tradicionalmente por eternidad divina se entiende estar
fuera del tiempo. Un ser sin durar: un estar sin transcurrir.
Así, ¿ está fuera del tiempo, de la duración, del transcurrir,
el Dios pensado por Descartes T Bien que la sustancia
divina no pueda ser entendida a la manera de la sustancia creada; de todos modos, parece que la expresión cartesiana acerca de que "toda sustancia deja d e ser si deja de
durar" 4º es válida también para Dios mismo. Esto equivale a afirmar que Dios dura, que transcurre, que es temporal,
que se conserva dentro del tiempo que fluye, aunque la causa de su conservación sea El mismo41 .

A primera vista parecería que la divisibilidad de una
duración temporal no sería propia de Dios. Descartes sólo
parece decir que la divisibilidad que no le sería adecuada
es la que atañe a la extensión. El tiempo de Dios es también divisible, al igual que el humano, al igual que el de las
cosas extensas: transcurre, fluye, se da en instantes . Para
justificar este aserto, consideremos, aunque peque un tanto
de abundante, un texto d e Descartes. El pensamiento "es,
si, extenso y divisible por lo tocante a su duración, puesto
que puede dividirse en partes ; pero no es extenso y divisible por lo tocante a su naturaleza, por permanecer esta inextensa : no de otra suerte podemos dividir la duración de Dios
en infinitas partes sino que por ello Dios sea divisible. -Pero la eternidad se da al mismo tiempo y de una vez- nada
más falso. Se da, sí, al mismo tiempo y de una vez en cuanto no se le añade nunca nada a la naturaleza de Dios ; pero
no se da al mismo tiempo y de una vez en cuanto existe al
mismo tiempo; pudiendo distinguirse en ella partes después
de la creación, ¿Por qué no habríamos de poder hacerlo antes
de ésta, dado que se trata de la misma duración Y Ella ha
sido coextensa con las criaturas durante cinco mil años -para citar una cifra- habiendo durado cuando éstas; y lo
mismo hubiese podido ocurrir antes de la creación, si antes
de ésta hubiésemos dispuesto de un patrón de medida"42_
Respecto a estas ideas, todo comentario peca de ocioso.

PROSA HISPANOAMERICANA
Antología de la Violencia

Enrique Amorim • Miguel Angel Asturias • Mariano Azuela
• Jorge Luis Borges • Alejo Carpentier • Rubén Darío •
Rómulo Gallegos • Ricardo Güiraldes • Martín Luis Guzmán
• Leopoldo Lugones • Octavio Paz • Horacio Quiroga •
José Eustasio Rivera • José Vasconcelos.

40.-Cfr. la nota 4.
41.-Prtnc., I , XXI.

Dice : " ... Aquel que tiene el poder de conservarnos,
tan diversos de El, se conserva a si mlsm.o o más bien no necesita
que nadie lo conserve ... ".

42.-Ms. de Gottlngen, V,

14823s.

-Tomado de Hamelln, op. cit., p.

234.
-39-

�ENRIQUE AMOR1M

..

El automóvil daba bandazos en las huellas del callejón
como una chalana azotada por el viento. Oleadas barrosas
obscurecían los faros, nublando el parabrisas. Marchaban a
tientas. Ya guiados por la sucesión de los postes o por el borde las zanjas. Arreciaba la lluvia. Violentas ráfagas sacudían la capota, por donde corría el agua, derramada a veces como si la barriesen con una escoba. Al cruzar los charcos,
abríanse cortinas de agua turbia. A la luz de los relámpagos,
una lámina plateada se iba extendiendo a lo largo del camino.
Los novillos recostados al alambrado. Los faros herían el fondo de sus pupilas azoradas.
-No va a haber más remedio que cortar y meterse en el
campo.
Esto dijo Juan mientras buscaba un "principal" para
desprender los hilos sin dañar la divisa.
Toribio Rossi sólo sabía de surcos, no entendía de cosas
camperas. Miraba a su "bambino", metido en la falda de
su madre, tan arrebujado, tan empequeñecido y cubierto de
ropas que aparecía como vuelto a la entraña que lo engendrara. Apenas podía divisar su frente y los rulos rubios.
Palpaba sus manos, tímidamente.
- Va dormido- aseguró la madre. Ella no había hablado, no podía hablar desde que arrancaron de la chacra.
La lluvia se filtraba por las rendijas. La humedad de
la capota ponía una venda fría en las cabezas de los tres.
La madre, con las sienes palpitantes. Rossi, prendido a los
hierros d e la capota, "gringo" poco baquiano en zangoloteos
y pantanos. Regules, observando los postes del alambrado.
Boffman al volante, con E&gt;l oído atento a las explosiones del
motor, t emiendo que se le humedeciese alguna de las bujías.
La marcha podría hacerse más lenta, dificultosa. Creyó oír
un leve rateo del motor, pero lo aceleró desconfiado. El
mecanismo volvió a r esponderle. Diálogo del hombre con la
-41-

�,i3

42

máquina, dilatado a lo largo de las leguas. Marcha conversada, a saltos. El pie consulta, nervioso. El acelerador cede a la presión y el ronco fragor de las explosiones responde a las preguntas. Se muda de velocidad, y el cambio, categórico, vuelve a responder con un arranque violento, con
un rezongo rabioso. Las ruedas traseras giran en vano, y las
de adelante, como a merced del viento, forcejean en los puños del conductor. Una rápida ojeada a los niveles del aceite y la nafta. El motor no altera su ritmo. Pica, padece,
ruge, se estira inútilmente.
-Si pudieses parar, Guillermo. . . En un momento yo...
- ¡ Qué parar ! Si paramos -cortó el austríaco- nos enterramos basta el eje!.. . ¡ E s muy honda la huella!

No podían detenerse hasta hallar un terreno más firme.
Al hablar de los accidentes del camino, de las irregularidades del motor, de un posible corte de alambrado para evitar
las trajinadas huellas que amenazaban con detener el auto, parándolo en el cárter, Toribio y Clara sentíanse como abandonados, ajenos al viaje. Y ellos olvidaban al matrimonio
y al niño enfermo.
Eran los pilotos, nada más, identificados con la vida del motor.

Avanzaron dando barquinazos por afuera de la huella,
sobre montículos de pasto fuerte. De vez en cuando una
piedra, unas raíces duras, una mata de míomío...
Los postes d el alambrado desfilaban uno a uno, todos
de un mismo tamaño. Y las trabas de alambre y los hilos
plateados, por donde se escurrían gotas de agua.
Unas vacas se espantaron luego de evitar los focos, escandiladas, con las pupilas fosforescentes. Regules buscaba
un "principal" con sus riendas rematadas. Grueso mojón en
el comienzo del pantano. Desde ese punto, el alambrado seguía, para no ser arrastrado por las aguas.
-¡ Aquí, pará. . . pará !

Y volvieron a detener la marcha.
- ¿Qué van a haced .. . -preguntó Rossi.
-Cortar el alambrado ... Nos meteremos por adentro
del campo. . . Es la única manera de seguir adelante. ..

Contra uno de los guardabarros de atrás, martillaba la
cadena pantanera.
De pronto, Juan puso una mano sobre el volante.

Pidió la llave inglesa, se levantó las solapas del saco y
lanzóse al barro como quien se arroja a nadar. Los faros
iluminaron su borrosa silueta. Daba elásticos saltos en los
charcos. Guillermo bajó sin apuros, provisto, de un trozo
de arpillera, y se puso a limpiar los cristales, haciendo caso
omiso de la lluvia. La luz de los faros abrió un campo visual más amplio. La figura de Regules y el alambrado aparecieron menos confusos. Los hilos de la recia garúa eran
como alfileres que se introducían en el pasto abundante. Las
explosiones del motor no mataban el coro pedigüeño de las
ranas, el croar de los sapos y las gárgaras de los barrancos.

-¡ Aquí, aquí!. . . ¡ Frená, frená ! -insistió decidido-.
Aquí podemos cortar y buscar el desvío. . . ¡ El pantano no
nos va a dar paso !

En pocos minutos desataron los hilos. El auto avanzó. Debía cruzar despacio. El último hilo quedaba tendido, para no provocar la caída total del alambrado.

El auto se detuvo. Chirriaron los frenos. Del ra,diador se alzó una nube d e vapor. El motor entró en un compás de cansancio, en un jadeo semejante al de los atletas después de una carrera. El abanico del limpiaparabrisas, su
rítmico tictac, fué el único ruido que se oyó. Aclaraba los
cristales y los ojos ansiosos de los tres hombres.

Toribio Rossi, maturrango y asustadizo, desconocía semejantes recursos. Nunca había necesitado salir de viaje en
tan desventajosas condiciones. Poco sabía de cortar divisas, de atravesar campos, de evitar pantanos y despuntar
arroyos. Para él, la contemplación de los surcos y las sementeras, o el consultar el cielo, buscando las nubes de agua
necesarias ; o el divisar la manga de langosta que cruza veloz, impulsada por el viento salvador. Bien pocas cosas, tan
sólo las cosas atañaderas a la tierra cultivada. Y allá lejos,
muy de tarde en tarde, ocupaba el fondo de su memoria el

-Empezó a chicotear una de las cadenas. . . -observó
Guillermo.
-No es nada -aseguró Juan Regules-; es un eslabón
que se saltó. . . Lo había atado con alambre ...

-No, aquí no, un poco más adelante -dijo Regules.
Y Guillermo aceleró el motor con prudencia, lo fué largando despacio, para no empantanar las ruedas.

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44

recuerdo de la guerra, cuando en 1915 arrojaba granadas, o
empuñaba el fusil, entre el tableteo de las ametralladoras.
El alambrado que acababan de voltear le hizo pensar en
los cercos de las trincheras, en aquellas crespas trampas de
acero, ya casi olvidadas. Las había vivido en una noche lluviosa, también. de presagios sin.iestros. Estuvo enterrado en
una profunda zanja, después de una batalla. Y, como en el
trance guerrero, esa noche cortaban un cerco para poder seguir adelante. Tenían que salvar al "bambino". La voz del
médico aún se oía: "Es difteria. No tenemos suero... Mejor
que lo lleven al pueblo. . . Porque entre ir a buscar recursos y
volver con ellos..."
Toribio Rossi se sorprendió de recordar las alambradas
de la guerra. La noche y las penurias lo precipitaron sobre
el lejano pasado.
Cuando el automóvil traspasó el eerco, vió los seis hilos
arrollados junto al primer poste, como ateridos de frío. Eran
más lisas las alambradas de América, con lm solo hilo de
púas. Pero se parecían, en aquel momento, a las trágicas
de las trincheras.
Avanzaron más seguros y veloces por la invernada de
"El Palenque". Campo sin huellas, firme, de pasto compacto,
de rica gramilla. Renombrada invernada, de pastura conocida por cuanto tropero recorría el n.orte de la República.
"Novillada del puesto cinco -decían los troperos-, res de
gran rendimiento". Pero Rossi de tales mentas no sabía
nada. Regules sí, y por eso comentaba.
-Vamos como sobre un colchón de pasto ... ¡ Qué campo
flor!
-¿ Va bien doña Clara V -preguntó el austríaco.

No esperó la respuesta. Su intención era la de hacerse
presente, alentar a la madre. Guillermo prosiguió :
-A.hora estamos más seguros de llegar . . . Con menos
barquinazos . . . Y sin barro ...
El auto avanzaba apenas sacudido de tanto en tanto por
las altas matas o el blando hormiguero que apenas levantaba
su lomo de las hierbas viciosas.
Seguía lloviendo. Iban bajando por una ladera que Juan
Regules conocía muy bien.
-¡ A la izquierda, a la izquierda! .•. - guiaba Juan.

Hoffmann obedecía. A campo traviesa, no es fácil orientarse. Pero Regules tenía aguzado ese instinto criollo que los
hace a todos medio baquianos.
No se equivocaba. Bajaron la cuesta, lentamente. Buscaban la$ puntas d e la cañada, para $alvarse de otros pantanos, tan intransitables como el del callejón que acababan de
evitar.
Bordearon los cañadones. Dieron por fin con las nacientes del pequeño arroyo, allí donde se juntaban las aguas de
las laderas, para lanzarse como un alud en las temporadas
de violenta precipitación pluvial.
-¡ Aquí es!. . .

¡ Estoy seguro! ... ¡ Toreé a la izquierda!

Guillermo obedeció. Traspasaron un agua barrosa, encajonada, y treparon por un barranco. Los faros iluminaron
los accidentes del terreno. Y cuando ya se creían libres para rodar por la llanura en dirección al camino toparon con
una amplia zona de terreno partido por la reja del arado.
-¡ Canejo ! -gritó Juan-.
la/ arada!

¡ Conque era cierto lo de

Guillermo frenó el coche y dejó sus manos inmóviles sobre_el volante.
-¡ Qué porquería! -volvió a blasfemar Regules-. ¡ Ha
mandado arar este pedazo para que la gente caiga en la trampa! ¡Si será cochino!

La tierra partida, en encrespados surcos estériles, hacía materialmente impracticable el terreno. A la luz de los
relámpagos, ondulaba la falsa chacra de los Azara, amenazante para los viajeros. Surcos inútiles, entraña negra de
la tierra tendida como una celada. Tierra movediza, cruel.
-¿ Qué pasa? -interrogó Rossi.
- ¡ Casi nada! -contestó con rabia Juan Regules-;-.,

i Por aquí es imposible seguir!

¡ No era cuento lo de arar ia

tierra!
Una sepultura, a fin de cuentas; una larga fosa empapada. Se perdía en la obscuridad de la noche la boca de lobo que mandaran abrir los de "El Palenque". Negro sudario. tendido en el potrero, impresionante pantano para escarmiento de los que cortaran el alambrado del camino.

�4'7

Guillermo quería avanzar. Y avanzó. Hundió las ruedas en los surcos con el motor en primera. Y corrieron
trecho. La tierra se mostró dócil, 1&gt;racticable. Pero no bien
se adelantaron cincuenta metros, las ruedas se enterraron
y el coche, de pronto, se hundió. Rabioso rechinar de las
cadenas, verti~inosa marcha del motor, de trepidante fuerza.
Aceleraban sm parar. El esfuerzo resultaba inútil. Guillermo miró a Regules en demanda de una solución.

un

-Da marcha atrás. . . -ordenó el muchacho.
Encajó la palanca y fué acelerando con prudencia.
Pero de allí ya no podían avanzar ni un metro. Estaban
atrapados por la tierra, agarrados por los surcos tentaculares.
-¿ Y ahora? -preguntó Guillermo.
-¡ Espera !. . .

¡ Y o bajo a empujar !

Rossi lo miró sin atinar a moverse.
Marcha hacia adelante. Marcha hacia atrás. Cavaban
una zanja. Se iban enterrando en aquel imprevisto tembladeraL
~egules se acercó, todo cubierto de lodo. Rossi bajó a
empuJar. Nada. El automóvil se hundía como un bote que
hace agua. Inútil torcer l as ruedas delanteras. Inútil el
ir Y venir. Siniestro movimiento de cuna. Vaivén rabioso
que empeoraba el trance. Por fin, desistieron.
Apagaron el motor. La lluvia disminuía. Se oyeron
l~s r11;nas en la cuenca del arroyo próximo. Y el inmenso
silencio de la noche vino a visitarles. Una noche sin nadie
emb?scada en el horizonte. Una noche, que ya no cabía e~
el cielo. El coro de las ranas, el murmullo de las aguas ...
- ¡ Cómo va el "bambino" 1 -preguntó Guillermo.

. -Duerme -respondió la madre-. Duerme... No respira con tanta dificultad ...
El austríaco se acercó.
_- Vamos a tener 9.~1e esperar a que aclare -dijo-. Y
cam_mar hasta el calleJon para parar al primero que pase y
pedirle ayuda. ¡No hay más remedio!. ..
Toribio Rossi _miró est~pidamente la noche. Era la primera vez que odiaba la tierra de América. Ese barro se

asemejaba mucho al de las trincheras. Un pantano igual al
que obstaculizaba el avance de los primeros tanques cuando morían sus conductores o se les acababa la nafta en plena
batalla. En tierra de paz, por vez primera veía el rostro
torturante de la guerra salir del lodo empapado de sangre.
-No hay más remedio que esperar -dijo Juan-. Ya
no llueve.
Encendió su charuto apagado. El humo se alzaba, pequeño insignificante. Y la brasita, una movediza presencia
entre los cuatro. Las sombras poco a poco lo absorbían. El
diminuto fantasma del humo cruzaba por la luz de los reflectores, que permanecían inmóviles, como pupilas penetrando en las fauces de l os surcos.
Juan Regules se acercó a Clara.
-Hay que tener paciencia. . . ¡ Abríguelo bien!
Y metió sus manos entre las mantas que cubrían al enfermito. Le saltó una repentina idea que le hizo aflojar
las piernas. Con sus manos trémulas, dejándose llevar por
el pensamiento siniestro, buscó las manos del "bambino". Las
encontró unidas como si aprisionasen un juguete. Manos heladas últimas manos del niño muerto, muerto contra el vientre tibio de la madre.
-¡ Duerme ! -Dijo Clara-. Lo siento dormir...
-No dice la verdad... no se anima a decir que ha muerto -pensó Regules.
La madre abría los ojos, unos ojos pavorosos. No podía creer en la muerte.
Juan no se animó a hablarle. Se separó del coche, sin
atreverse a articular palabra. Y después, como una solución:
-Che, Guillermo, vamos a ver a qué distancia estamos
de la zanja -dijo, invitándolo a alejarse del vehículo.
Caminaron chapoteando barro. Se perdieron en las sombras. Los relámpagos los iluminaban, a trechos. Iban callados, hasta que Regules habló como en secreto:
-El "bambino" está muerto.
Hoffman se paró de golpe.
-&amp;Muerto Y

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48

- ¡ Sí muerto ! Está frío ... Tiene las manos frías. ¡ Muerto, muerto!. . . No sé si Clara lo quiere ocultar. -Y sintió
las manos velludas del pocero que crispábanse en su antebrazo.
-Yo pensé lo mismo -agregó Guillermo- cuando pa- ,
ré el motor y no oí su respiración.

-¿ Qué hacemos? - preguntó Juan Regules.

-Esperemos, espremos que se den cuenta.
Escendieron sendos cigarrillos.
anticipaban el nuevo chaparón.

Unas gotas de agua les

-¡ Qué malvado! -gritó Regules, mirando en dirección
a la estancia de los Azara.

.Allá en el este, por donde debía salir el sol dentro de unas
horas, iba a ergufrse el penacho de árboles de "El Palenque", las_ copas redond~s de las acacias, las puntiagudas de
los eucaliptos. .A media legua nomás en la cima de la cuchilla.
'
No se atrevían a regresar al coche. Los faros encendidos seguían perforando las tinieblas, fijos sobre los surcos
de la muerte.
De pronto se oyó un grito desgarrador, el alarido de
Toribio Rossi. El piamontés chacarero aullaba sus nombres:
¡Juan! ¡ Guillermo 1
Los dos hombres, hundidos en el barro giraron sus pies
Ya
sabían qué raíz de muerte c;ecía én el Üamado.
·
Y volvieron sobre sus huellas resbalando tambaleantes

-¡ Juan ! ¡ Guillermo !

Chapotearon sus botas en el lodo. Pasos confusos.
irregul3:re~, como los de dos soldados que avanzan en un
reconoc_uruento nocturno. Así los oía el piamontés, en su
desolación. Patrulla guerrera que vuelve ...
Tirada sobre el cuerpo inerte de su hijo, sollozaba la
madre. El padre, clavado en el suelo, con las botas hundidas en el barro y los temblorosos brazos a biertos como los
alones de un pájaro r ecién alcanzado por las municiones.
Juan Y Guillermo se acercaron. Los pasos sonaron netos. Caía una lenta llovizna helada. Los empujaba un ráfaga de viento.

-· Se murió se murió! -dijo Rossi, tartamudeando, con
los cabellos sob;e la cara, mordiéndose los labios.
Un relámpago iluminó sus facciones.
horizonte, escrutaba las tinieblas.

Miraba hacia el

-¡ Se murió .. . está muerto! ·; . 1, Y. ahora i -tomaba al
austríaco por los hombros, sacudialo, sm atre-verse a posar
su cabeza vencida sobre aquel pecho fraterno.

Y se dejó caer como un fardo en el estribo del automóvil.
Guillermo y Re"'ules dijeron algunas palabras. Las de
siempre. Pero Hoffm~nn pud~ más. E~tiró sus manos Y. a~ag?
los faros. Con aquel pequeno ademan, con aqu ella ms1gmficante determinación de unirlos a todos en la esp esa obscuridad empezó el velorio del "bambino". Menudeaban los
relám'pagos. Un llanto desgarra~or en_ m~dio del campo; sobre
surcos donde no caería nunca mas la s1m1ente que, lleva el pan
a la mesa de todos. .Allí, en un pantano, una madre -~urco
fecundo- y tres hombres sin palabras, atrapados por la tierra,
cercados por el lodo.
Toribio Rossi se puso de pie. Se movía tambaleante. S_us
brazos en alones volvían a recordarles el cariñoso apodo cnollo de " Desplumado".
Se alejó unos pasos. El barro marcó sus movimientos.
Caminó, paso a paso, titu?e,ante. Sus amigos. lo dejaron ¡¡.lejarse. Así, solo, consegmria la_ yaz necesaria para hacerse
cargo de la muerte. J uan le diJo. a Clara unas pocas palabras. El iba a correrse hasta el cammo, a detene~, _el!- deman_da
de auxilio, al primer jinete que pasara. ,.A Tor_ibio era meJ~r
dejarlo estar. E l eco de sus p~os se fue perdiendo 3: _la distancia. Clara llamó a su marido. Hoffmann le d1Jo que
andaba por ahí . . . caminando, que era mejor dejarlo solo con
su pena, hasta que se calmase.
-&amp; Qué va a hacer, desesperado, por el campo Y -preguntó ella con pausas y sollozos.
-Le hará bien ... Se tranquilizará . . . No podemos hacer
otra cosa -dijo Guillermo.
El rumbo de Toribio Rossi nadie lo sabía. Sus pasos y-a
sonaban en el barro. Primero, caminó como en sus propias
sementeras cuando inspeccionaba los estragos del agua, canalizando ~on una azada el turbión pluvial. Movimientos de
labrador cauteloso y segm·o. Tomó la línea de un surco y
se dejó llevar por la curva practicable.

�ó1

50

Oía sus pasos en el terreno anegado. Cada pisada le sonabl'.I- _en los oídos con un timbre distinto. Primero, al choque
faiíl.ilia; de la bota en el barro. Luego, fueron adquiriendo
solemmdad. Cada vez que hundía la bota, un eco inolvidable
le repercutía en los tímpanos. De pronto, oyó en sus propios
pasos los de un soldado que marcha. Su andar dejó de parecerse al de los paisanos, al de los chacareros. Por aquel
potrero jamás había cruzado un hombre con ese paso rítmico,
acompasado, como de tropa guerrera. Paso militar. ¡ Un, dos!
¡ Un, dos! Nunca aquella tierra virgen había sido hollada por
un compás tan enérgico. Marchaba a pasos militares exactos.
Sobre tierras que sólo sabían del tranco caballar 'ael trote
del jinete, del l~nto transitar de las reses gordas. ' Y, en ese
momento, las hierbas eran quebradas por las botas sin espuelas de un hombre que reavivaba las jornadas con fusil al
hombro, mochila y duro uniforme bélico. Machacar de talones.
¡ Un, dos! ¡ Un, dos! Toribio Rossi se volvía soldado. Otra vez
soldado. Una vez más. Sobre el eco de sus pasos se superponían
centenares de pasos. No avanzaba solo. Iba en patrulla. Cientos
de pasos ... Era la tropa, sí, la división guerrera la patrulla
que se adelantaba en la noche hacia un punto determinado.
~n sus oídos aumen~aba el tropel de botas guerreras. Por la
tierra empapada y sm huellas, hacia el naciente, con los brazos
separados del cuerpo como si las correas del uniforme le
molestaran. En la diestra, el imaginario fusil, con la bayoneta calada, perforand~ la tiniebla. Un regimiento que avanzaba por el campo. Cientos de pasos, rítmicos, militares.
. La claridad in?ecisa del amanecer marca perfiles en el
horizonte. La cuchilla, los árboles lejanos, la línea perfecta
de los alambrados. Y más destacado a medida que avanza
"El. P. a1enque" , co~ sus techos, blanqueando
'
en el lechoso.
Pª1:lªJe. La es~nc1a y sus galpones venían con la aurora
moJada, en sentido opuesto, adelantándose a su encuentro.
~o necesita record~r la noche del pantano. Su mujer,
su hiJo muerto, sus amigos, el rancho y la chacra apacible
que más de una vez juzgó un sueño, algo irreal, después d~
tanta lucha y tanta guerra en el Viejo Continente.
Trepó la cuchilla. Cuando enfrentó la estancia el sol
aparecía tras los galpones y alejábanse de las casas Íos primeros jinetes de la madrugada.
·
Uno, un? de ellos, montaba en un brioso flete. Brillante
apero con luJo de plata. Los cabezazos del animal rayaban la
cerrazón m~ñaner3:. Caballo de jefe, trote del que se adelanta
en el peloton, haciendo sonar sus metales.

Toribio Rossi corrió al encuentro del j~ete. ~ el jinete
-que todo lo divisa en la llanura- torCio su pmgo pa~a
acortar distancias. Resultaba sospechoso un hombre de_ ~ pie
y al amanecer. Los primeros albores lo ponían de mamfiesto.
Se enfrentaron en el tajamar. Junto a un m~mtón de
tierra que formaba un semicírculo, disminuíase la figura ~el
forastero. En cambio el jinete se erguía, espectacular,, afirmadas las patas delanteras de su caballo en un monton_ de
tierra. Desde aquella altura, el jefe -patrón o caudil_lo, ·
hombre de a caballo- levantó la voz por entre las oreJaS
alertas del animal.
- ¿ Qué anda haciendo por aquí a estas ho~as, - preguntó
golpeando con las riendas en el freno de su pmgo.
-Busco a Nicolás Azara -respondió Toribio Rossi, con
el acento más marcado que habitualmente.
-Soy yo . . . ¿ Qué se le ofrece ?
El piamontés extrajo de sus ropas un revólver Y, como
respuesta a la apremiante pregunta, apuntó y descargó su
arma sobre Nicolás Azara.
-¡ Ah, cobarde! -gritó éste, trat~nd? de sujetar a "Don
Juan" a tiempo que manoteaba su 'lfevolver. Sonaron dos
dispa/os. El padrillo se encabritó parándose de mano~. Azara
no pudo contenerlo. Aprovech? para desmon~ar a vemte metros del montículo de tierra sin soltar las riendas, como el
más diestro de los domador:s. No quería perder su caballo,
quedar de a pie. El desconocido_ l~ esperl'.l-ba parapetado en
la barranca, cuerpo a tierra. Tonb10 Ross1, otra vez soldado
en la trinchera, como antaño.
El alazán cabos blancos mostrábase dócil a 1a rienda q_ue
tanteaba el patrón. Con las orejas alertas, busc3:ba en el aire
diáfano las voces extrañas el eco de las detonac10nes. En ese
instante "Don Juan" tenia apariencias de perro, fidel~dad
canina. Las riendas se deslizaban por el antebrazo del cnollo
y bastaba esta débil unión, ese tramo inde:iso, par~ guiar. al
equino tan compenetrado d el trance como el. Alazan de OJOS
tan vivos, duros de espanto y negros de ~larroa. O~f3:teaba
los últimos residuos de la pólvora y segma los movimientos
del jinete, su paso incierto y titubeante.
Estaba en el escenario de sus fechorías juveniles. "En
el bajo", en el tradicional ba_jo de la . estan~ia . . . Cuan~o
Azara empuñó el revólver e h1zo su prrmer disparo, el p1a-

�53

montés comprendió que no debía demorar su acción. Dos
detonaciones más silbaron en la calma mañanera del tajamar.
.A~_primer disparo, "Don Juan" avanzó buscando el cuerpo
de su Jmete. El pecho del animal se adelantaba como cubriéndole . .Azara acortó las riendas hasta sentir en la epidermis de
su mano izquierda el cá~do aliento del caballo. .Alzó la vista y,
en un segu_ndo, pu_do mu-ar, aquella cabeza erguida, espectacular. . Busco sus OJos, busco el morro surcado de alarmantes
nervios. Necesitaba el impulso animal, la noble vitalidad del
caballo. Y halló en "Don Juan" lo que necesitaba para ser
valiente.
. , .Al segundo disparo, cua_ndo el eco de la primera detonacion da~a salt~s ~n la cuchilla, el alazán se interpuso entre
los .~uehstas,_ sirviendo a su dueño de parapeto. Y la bala
abrio una roJa flor en el pescuezo del padrillo. Un relincho
un sal:to Y, libre de las riendas, pisándoselas y cortándolas co~
un ~rmco, "Don Juan" emprendió veloz carrera hacia la estancia. Sus cascos sonaron en el duro terreno de la cerrillada.
Empenachado de relinchos, galopó derramando sangre hacia
la querencia.

.Azara, cuerpo a tierra, adelantó el arma a la altura de
los cardos.
Rossi martilló su r~v~lver una vez: Esp_eraba la descarga
para responder con su última bala. N1co disparó afinando ]a
puntería. El tiro hizo un seco impacto en el montículo a
pocos palmos del agresor.
'
.En las casas se oyeron las detonaciones, pero no fueron
motivo de alarma. Frecuentemente el patrón disparaba contra alguna alimaña. Mas la llegada de "Don Juan" herido
en el p~scuezo, lle~? de pavor los grandes galpones. Alarmado~, salieron tres J_metes a galope tendido para el lado del
taJamar. .Algo serio pasaba "en el bajo".
. .Al despuntar,la. cuchilla, divisaron al patrón. De bruces,
disparaba su penultuna bala al desconocido. Porque Nicolás
.Azara,reservaba ~a última, segura en el tambor del revólver.
Espero que estuviesen próximos para gritarles:
-¡ No se acerquen! .. . Déjenme arreglar esta cuenta
mano a mano. ¡ .Alto ahí!
Los peones respetaron la orden.
- ¿ Qué pasa, patrón Y -preguntó el capataz.

-Es asunto mío .. . Ustedes se quedan quietos allí . ..

Se hizo un silencio de expectativa. Nico ignoraba que
el agresor ya no tenía balas. Los separaba un brazo _del
tajamar. Los peones. miraban al extraño, embarrado, trágico,
como se mira a una alimaña acosada por los perros.
El extranJ· ero desafiante, arrojó el revólver a un lado y
, e1 3:rma
sacó de su cintura' un puñal. Y a de nada le servia
de fuego. O lo mataba en el acto o le daban la oporturudad
de defenderse hasta el final.
Nicolás .Azara se hizo cargo del desafío. Del fondo de
sus días criollos ásperos y valientes, una voz le precipitó la
sangre. Recoge~ el reto era gesto de hombría. No llevaba
cuchillo. En "El Palenque" usaba revólver. El arma blanca
era para el paisanaje. Dió unos pasos atrás, acercándose a
los jinetes.
-¡Fructuoso! -llamó al capataz-. Tírame tu cuchillo.
¡Vamos! . ..
Lo tuteaba, para estar a su altura, para aproxi.r_narlo en
aquella mañana que se iba agrandando co~o su co;aJe. Val?T
a campo abierto, que apetecían los de su estirpe, alli en el baJO
donde aprendió a ser hombre.
-Patrón . . . ¡No vale la pena! -le contestó Fructuoso,
irresoluto echando mano a su facón de cabo de plata. .Acero
de capata~, de palmo y medio, que bien conocía Nicolás .Azara.
-¡ Dame tu cuchillo! -gritó Nico, revólver su mano-:
¡El plomo que me sobra es para guardarme de ustedes! ¡ Ni
un paso adelante! ¡ .Al que cruce, lo baleo! ¡ .A ver esa arma!
El piamontés, con el frío puñal aferrado en la ~iestra,
vió relucir por el aire el mango de. plata, con su vama _de
puntera plateada. Y esperó al enemigo que acababa de deJar
el revólver sobre una piedra. Lo esperó midiendo las dimensiones de la hoja, calculando la medida de la muerte.
Se le apretaron los cinco dedos contra la reci_a e~puñadura. El estanciero avanzó en su busca. Ross1 dio tres
pasos adelante.
-¡ Te voy a enseñar quién soy! ... -dijo Nfoo precipitándose-. .Ahora sí que vas a sabeT quién es Nicolás .Azara.
Su coraje venía en oleadas de sangre a golpearle en el
pecho. 'remple de criollo que le calentaba la boca y le templaba el corazón. Y a pocos metros, a una dista_ncia qu~ ~e
acortaba con pasos silenciosos por el pasto crecido, Torib10
Rossi, ex-soldado de la guerra, hijo de las trincheras, ,renacido

�5ó

54

para la lucha cuerpo a cuerpo. Borraba en un instante el
ancho espacio americano, con chacras, con surcos y con hijos.
Volvía atrás. No había vivido ninguna vida, después de las
últimas batallas del año 18. Sentíase otra vez sobre la ensangrentada tierra europea. En sus oídos, el tableteo de las
ametralladoras, el silbar de la fusilería, el estruendo de los
obuses.
Lenta venía la alborada, luchando con las nubes.
Encuentro sin blasfemias, con los golpes rápidos de las
hojas m~tálicas. Fintas v~loces. Tajos en la ropa, puñaladas
en ~l . ;3-ire. Las arremetidas de uno y otro iban ganando
prec1s1on.
Nico lo sacó estratégicamente hacia el terreno llano.
Peleaban separados de su gente por un brazo del tajamar
que los peones no debían traspasar. Chocaban los aceros. Se
tanteaban en cálculos personales.
Un audaz cuerpo a cuerpo juntó a los dos hombres. La
rápida mirada de Nico descubrió un tajo que sangraba en el
hombro del desconocido. Antes de darle un empellón para
yolver a guardar la distancia adecuada, vió que sus peones
mtentaban vadear la zanja. Y les gritó:
-¡ Quietos ahí! ¡ Si se adelantan los baleo !

La voz del patrón detenía la tentativa de auxilio. Rossi
respiró hondo.
Las patas de los caballos se sacudieron en la orilla del
vado, y volvieron los tres paisanos a ser pasivos espectadores
del duelo criollo.
El italiano consiguió tajear la mano derecha de Azara.
~a1;1graba al agitarla. Le salpicó el rostro. Y aquel toque
tib10 sob!J su cara encendida, el contacto con la sangre, lo
enceguec10. ¡ La guerra! Ya había sido tocado muchas veces
con la tibieza de otras manchas rojas. Arre~etió violenta~
mente, obligando a su contrincante a retroceder desconcertado con el repentino ataque.
'
, Un golpe rápido de Rossi, en dirección al pecho de Nico,
fue _parad? por éste c&lt;;m el canto de la hoja. Silbó en el aire,
hacia abaJo. Y , no bien levantó el arma, Nico lo alcanzó con
un p'Untazo en el costado izquierdo. Al percatarse de su éxito
!ª se,guro de vencer, Azara empezó a contar las heridas qu~
mfer1a a su enemigo. Lo tenía cerca, tanteándolo con la punta,
buscando el blanco certero.

-¡Cinco! -gritó como para que lo oyeran sus peones-.
¡Cinco!
El choque de las armas hacía vibrar las avispadas_orejas
de.los caballos. El capataz se afirmó en los estribos, irguiendo con gallardía su figura gaucha. Las puñaladas del patrón
tocaban su orgullo.
-¡Seis! -contó, otra vez, con una sonrisa macabra en
los rígidos labios . Volvía a herirlo y a desconcertarlo con
su atrevimiento.
La cuenta le animaba. La compadrada criollo agrandaba
su valor.
-¡ Oigalé, oigalé ! -exclamó Fructuoso para animarlo.
-¡Siete! ¡ Ocho !
Las heridas no aminoraban el espíritu combativo de Rossi.
¡Heridas! . . . Apenas rasguños, comparadas con la ex tensa
cicatriz que, como un cordel blancuzco, parecía sostenerle el
omoplato izquierdo. Bien poco significaban los golpes de
Azara, tan minuciosamente contados, ante tamaña huella
guerrera.
-¡Nueve! ... ¡ Te voy a dar, gringo miserable! ¡Diez} ...
¡Once! ... -Lo dominaba con su jactanciosa cuenta, haciéndolo recular, en derrota.
Los tajos d esgarraban las ropas del piamontés, teñían de
sangre su ropa empapada por la lluvia nocturna. Y el extranjero fué estudiando, a la propicia luz del sol, que ya
acentuaba la mañana, los movimientos del enemigo. Golpes
repetidos, iguales para él, fáciles de dominar. Hast a que en
una de esas, cuando los envalentonados labios iban a decir
¡doce!, se abrieron en un tremendo grito de dolor.
Nico cayó al suelo, más que tocado por la puñalada, tumbado por su propia voz de derrota.
Los peones atravesaron la zanja a todo galope. El heridor se vió rodead0i por los peones. Arrojó el arma a sus pies
y se echó a llorar, con las manos tajeadas, sanguinolentas.
El capataz acudió a socorrer a Nico, todavía con vida.
El lo miraba como a través de una cortina de sangre. Un
vómito le bañó el pecho velludo, con la camisa abierta pór
la certera puñalada.
-¡ Si a ustedes se les hubiera .tnuerto un hijo por culpa
de ése . . . habrían hecho lo mismo! ~dijo 'foribio, con voz

�56

57

transida-. Ahora, hagan de mí lo que quieran . . . ¡ Me entrego! -concluyó resuelto a no resistir.
-¡ Cuando se pelea en su ley -se oyó decir a uno de los
tres paisanos--, es de criollo respetar al que gana ... y al que
pierde!
Era una voz criolla, eran palabras de hombre, tendidas
al sol de la mañana. Las había pronunciado uno de ellos
pero el pensamiento sonaba parejo en las tres cabezas gauchas'.
-¡No le hagan nada! ¡No le hagan nada! ... -pudo
decir Nicolás Azara. La sangre que brotaba de su boca le
impedía hablar. Pero sus peones, los paisanos de "El ·Palenque", conocen muy bien las leyes el campo abierto las del
bajo .. . Y las saben cumplir.
'
Tomado de
l l cabaUo y su sombra.

de los proyectiles, porque no se retiraban los combatientes
mientras quedaban piedras en la calle. La madre de la novia,
con su presencia, ponía fin a las escenas amorosas haciendo
correr al novio, sombrero· en mano, como si se le hubiera
aparecido el Diablo. Y la patrulla, por cambiar de paso, la
tomaba de primas a primeras contra un paseante cualquiera,
registrándole de pies a cabeza y cargando con él a la cárcel,
cuando no tenía armas, por sospechoso, vago, conspirador, o,
como decía el jefe, porque me cae mal ...
La impresión de los barrios pobres a estas horas de la
noche era de infinita soledad, de miseria sucia con restos de
abandono oriental, sellada por el fatalismo religioso que la·
hacía voluntad de Dios. Los desagües iban llevándose la luna
a flor de tierra, y el agua de beber contaba, en las alcantarillas, las horas sin fin de un pueblo que se creía condenado
a la esclavitud y al vicio.
En uno de estos barrios se despidieron Lucio Vázquez y
su amigo.

MIGUEL ANGEL ASTURIAS

IX

OJO DE VIDRIO
El p~queño comercio de la ciudad cerraba sus puertas
en las prIIDeras horas de la noche, después de hacer cuentas
recibir el periódicO\ y despachar a los últimos clientes. Grupo~
de muchachos se divertían en las esquinas con los ronrones
que atraídos por la luz revoloteaban alrededor de los focos
eléctricos. Insecto cazado era sometido a una serie de torturas
que p~olongaba~ los más belitres a falta de un piadoso que
le pusiera el pie para acabar de una vez. Se veían en las
ventanas parejas de novios entregados a la pena de sus amores
Y patrullas arm3:das de bayonetas y rondas armadas de palo~
que al yaso del Jefe, hombre tras hombre, recorrían las calles
tranquil!l-~· Alg~a~ noches, sin embargo, cambiaba todo.
Los P:tc,1ficos sacrif1c3:dores de ronrones jugaban a la guerra
orgamzandose para librar batallas cuya duración dependía

-¡ Adiós Genaro ! . . . -dijo aquél requiriéndole con los
ojos para que guardara el secreto-, me voy volado porque
voy a ver si todavía es tiempo de darle una manita al traído
de la hija del general.
Genaro se detuvo un momento con el gesto indeciso del
que se arrepiente de decir algo al amigo que se va; luego
acercóse a una casa -vivía en una tienda- y llamó con el
dedo.
-¡,Quién? ¿ Quién es Y -reclamaron adentro.
-Yo ... - respondió Genaro, inclinando la cabeza sobre
la puerta, como el que habla al oído de una persona bajita.
- ¿Quién yo ? -dijo al abrir una mujer.
En camisón y despeinada, su esposa, Fedina de Rodas,
alzó el bi:azo levantando la candela a la altura de la cabeza,
para verle la cara.
Al entrar Genaro, bajó la candela, dejó caer los aldabones
con gran estrépito y encaminóse a su cama, sin decir palabra.
Frente al reloj plantó la luz para que viera el resinvergüenza
a qué horas llegaba. Este se detuvo a acariciar al gato que
dormía sobre la tilichera, ensayando a silbar un aire alegre.
-1, Qué hay de nuevo que tan contento Y -gritó Fedina
sobándose los pies para meterse en la cama.

�59

58

-¡Nada! -se apresuró a contestar Genaro, perdido como
una sombra en la oscuridad de la tienda, temeroso de que su
mujer le conociera en la voz la pena que traía.
- ¡ Cada vez más amigo de ese policía que habla como
mujer!
-¡No! -cortó Genaro, pasando a la trastienda que les
servía de dormitorio con los ojos ocultos en el sombrero gacho.
-¡ Mentiroso, aquí se acaban de despedir! ¡Ah!, yo sé
lo que te digo; nada buenos son esos hombres que hablan,
como tu amigote, con vocecita de gallogallina. Tus idas y
venidas con ése es porque andarán viendo cómo te "hacés"
policía secreto. ¡ Oficio de vagos, cómo no les da vergüenza!
-¿ Y esto 1 -preguntó Genaro, para dar otro rumbo a
la conversación, sacando un faldoncito de una caja.

Fedina tomó el faldón de las manos de su marido, como
una bandera de paz, y sentóse en la cama muy animada a
contarle que era obsequio de la hija del general Canales a
quien tenía hablada como madrina de su primogénito. Rodas
escondió la cara en 1~ soip.bra que bañaba la cuna de su hijo,
Y, de m'.11 humor, s~ 01r lo que hablaba su mujer de los
preparativos del bautizo, interpuso la mano entre la candela
Y sus ojos para apartar la luz, mas al instante la retiró
sacudiéndola para limpiarse el reflejo de sangre que le pegaba
los dedos. El fantasma de la muerte se alzaba de la cuna
de su hijo, como de un ataúd. A los muertos se les debía
mecer como a los niños. Era un fantasma color de clara de
huevo, con nube en los ojos, sin pelo, sin cejas, sin dientes,
que se retorcía en espiral como los intestinos de los incensarios en el Oficio de Difuntos. A lo lejos escuchaba Genaro
la voz de su mujer. Hablaba de su hijo, del bautizo de la
hija d~l general, de invitar a la vecina de pegado a 1~ casa,
al vecmo gordo de enfrente, a la vecina de a la vuelta al
vecino de la esquina, al de la fonda, al de la carnicería' al
de la panadería. - ¡ Qué alegres vamos a estar ! . . .
'
Y cortando bruscamente:
-Genaro : ¿ qué te pasa ?

rincón el esqueleto. Era un esqueleto de mujer, pero de
mujer no tenía sino los senos caídos, flácidos y velludos como
ratas colgando sobre la trampa de las costillas.
-Gen aro : ¿ qué te pasa 1
-¡ A mí no me pasa nada !
-Para eso, para volveT como so~ámbulo, con la cola entre
las piernas, te vas a la calle. ¡ Diablo de hombre, que no
puede estarse en su casa !
La voz de su esposa arropó el esqueleto.
-No, si a mí no me pasa nada.
Un ojo se le paseaba por los dedos de la mano derecha
como una luz de lamparita eléctrica. Del meñique al mediano,
del mediano al anular, del anular al índice, del índice al pulgar.
Un ojo ... Un solo ojo ... Se le tasajeaban las palpitaciones.
Apretó la mano para destriparlo, duro, hasta enterrarse las
uñas en la carne. Pero, imposible; al abrir la mano, reapareció
en sus dedos, no más grande que el corazón de un pájaro y
más horroroso que el infierno. Una rociada de caldo de r es
hirviente l e empapaba las sienes. ¿ Quién le miraba con el
ojo que tenía en los dedos y que saltaba como la bolita de
una ruleta, al compás de un doble de difuntos Y
F edina le retiró del canasto donde dormía su hijo.
-Genaro : ¡, qué te pasa V
-¡Nada!
Y . . . unos suspiros más tarde :
-¡Nada, es un ojo que me persigue, es un ojo que me
peJ"~igue ! Es que me veo las manos . . . ¡No, no puede ser !
Son mis ojos, es un ojo ...
-"Encomiéndate" a Dios! -zanjó ella entre dientes, sin
entender bien aquellas jerigonzas.
-¡ Un ojo ... , sí, un ojo redondo, negro, pestañudo, como
de vidrio!
•
-¡ Lo que es, es que estás borracho !

Este· saltó :

- ¡ Cómo va a seT eso, si no he bebido nada!

-¡ A mí no me pasa nada!

-Nada, y se te siente la boca hedionda a trago!

El grito de su esposa bañó de puntitos n egros el fantasma
de la muerte, puntitos que m_arcaron . sobre la sombra de un

En la mitad de la habitación que ocupaba el dormitorio
-la otra mitad de la pieza la ocupaba la tienda-, Rodas se

�61

60

sentía perdido en un subterráneo, lejos de todo consuelo,
entre murciélagos y arañas, serpientes y cangrejos.
-¡ Algo hiciste -añadió Fedina, cortada la frase por un
bostezo-; es el ojo de Dios que te está mirando!

Genaro se plantó de un salto en la cama y con zapatos
y todo, vestido, se metió bajo las sábanas. Junto al cuerpo
de su mujer, un bello cuerpo de mujer joven, saltaba el ojo.
Fedina' apagó la luz, más fué peor; el ojo creció en la sombr&amp;
con tanta rapidez, que en un segundo abarcó las paredes, el
piso, el techo, las casas, su vida, su hijo ...
- No -repuso Genaro a una lejana afirmación de su
mujer que, a sus gritos d e espanto, había vuelto a encender
la luz y le enjuagaba con un pañal el sudor helado que le
corría por la frente-, no es el ojo de Dios, es el ojo del
Diablo ...

rodillas, abrazándola por las piernas, le contó lo que había
visto.
-Sobre las gradas, si, para abajo, rodó c~orreand? sangre al primer disparo, y no ce~ó los oj?s. Las ~iernas ab1:rtasj
la mirada inmóvil ... ¡ Una mirada fria, pega~osa, no se .. :. ;
¡ Una pupila que como un relámpago lo abarco to~o y se f1J?
en nosotros! ¡ Un ojo pestañudo que no se me quita de aqm,
' n·10s mio,
' d e aqm, 1.. • •
de aquí de los dedos, de aqm,
Le hizo callar un sollozo del crío. Ella levantó del canasto
al niño envuelto en sus ropillas de franela y le dió el pecho,
sin 'poder alejarse del marido 9-ue l e infundía asco y que
arrodillado se apretaba a sus piernas, gemebundo.
-Lo más grave es que Lucio .. .
- ¿Ese que habla como mujer se llama Lucio Y
-Sí, Lucio Vázquez ...

Fedina se santiguó. Genaro le dijo que volviera a apagar
la luz. El ojo se hizo un ocho al pasar de la claridad a la
tiniebla, luego tronó, parecía que se iba a estrellar con algo,
y no tardó en estrellarse contra unos pasos que resonaban en
la calle ...
_:_¡ El Portal ! ¡ El Portal! -gritó Genaro-. ¡ Sí! ¡ Sí!
¡ Luz l ¡Fósforos! ¡Luz! ¡ Por vida tuya, por vida tuya!

Ella le pasó el brazo encima para alcanzar la caja de
fósforos. A lo lejos se oyeron las ruedas de un carruaje.
Genaro, con los dedos metidos en la boca, hablaba como si
se estuviera ahogando: no quería quedarse solo y llamaba a
su mujer que, para calmarle, se había echado la enagua e
iba a salir a calentarle un trago de café.

A los gritos de su marido, F edina volvió a la cama presa
de miedo. -6 Estará engasado o ... qué? -se decía, siguiendo
con sus hermosas pupilas negras las palpitaciones de la llama.
Pensaba en los gusanos que le sacaron !1-el estómago a la Niña
Enriqueta, la del Mesón del Teatro ; en el paxte que en lugar
de sesos le ·encontraron a un indio en el hospital; en el Cadejo
que no dejaba dormir. Como la gallina que abre las alas y
llama a los polluelos en viendo pasar el gavilán, se levantó
a poner sobre el pechito de su recién nacido una medalla de
San Bias, r ezando el Trisagio en alta voz.
Pero el Trisagio sacudió 'a Genaro como si le estuvieran
pegando. Con los ojos cerrados tiróse de la cama para alcanzar a su mujer, que estaba a unos pasos de la cuna, y de

-1, Es

al que le dicen "Terci~pelo" Y

-Sí. ..
-¿ Y a santo de qué lo mató Y

-Estaba mandado, tenía rabia. Pero no es eso lo más
grave • lo más grave es que Lucio me contó que 'hay orden
de captura contra el general Canales, y que un t ipo que él
conoce se va a robar a la señorita su hija hoy en la noche.
-

1, A

la señorita Camila f ¿ A mi comadre?

-Sí.
.Al oír lo que no era creíble. F edina lloró con la facilidad
y abundancia con que lloran las gentes del pueblo por las
desgracias ajenas. Sobre la cabecita de su hijo que arrullaba
caía el agua de sus lágrimas, calientita como el agua que las
abuelas llevan a la iglesia para agregar al agua frí3: y bendita
de la pila bautismal. L a criatura se adormeció. H abía pasado
la noche y estaban bajo una especie de ensalmo, cuando la
aurora pintó bajo la puerta su renglón de oro y se quebraron
en el silencio de la tienda los toquidos de la acarreadora
del pan.

¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!
Tomado de
selior presidente.

n

�63

{12

Desmorecida de risa, la Pintada, con mucha habilidad,
galopó a detener la yegua desbocada.
- · .Andale curro ya te cayó trabajo ! -dijo Pancracio
¡
'
.
.
luego que
vió a' Cam.ila
en la misma. silla
de Demetr10,
con 1a
cara mojada de sangre.

MARIANO AZUELA

XII
Jban llegando ya a Cuquío, cuando Anastasio Montañés
se acercó a Demetrio y le dijo :
-Ande, compadre, ni le he contado . . . ¡ Qué travieso es
de veras el güero Margarito ! ¿ Sabe lo que hizo ayer con ese
hombre que vino a darle la queja de que la habíamos sacado
su maíz para nuestros caballos 1 Bueno, pos con la orden que
usté le dio fue al cuartel. "Sí, amigo, le dijo el güero ; entra
para acá; es muy justo devolverte lo tuyo. Entra, entra ...
¿ Cuántas fanegas te robamos ? . . . ¿Diez ? &amp;Pero estás seguro
de¡ que no son más que diez? ... Sí, eso es; como quince, poco
más o menos ... ¿No serían veinte? ... Acuérdate bien ...
Eres muy pobre, tienes muchos h ijos que mantener. Sí, es
lo que digo, como veinte; ésas deben haber sido ... Pasa por
acá; no te voy a dar quince, ni veinte. Tú no más vas
contando ... Una, dos, tTeS ... Y luego que ya no quieTas, me
dices: ya". Y saca el sable y le ha dado una cintareada que
Jo hizo pedir misericordia.
La Pintada se caía de risa.
Y Camila, sin poderse contener, dijo:
- ¡ Viejo condenado, tan mala entraña! . . . ¡ Con razón
no lo puedo ver!

Luis Cervantes, presuntuoso, acudió con sus materiales
de cura-ción; pero Cam.ila, dejando de sollozar, se limpió los
los ojos y dijo con voz apagada:
- t De usté? ... ¡ Aunque me estuviera muriendo! . . . ¡ Ni
agua! ...
En Cuquío recibió Demetrio un propio.
-Otra vez a Tepatitlán, mi general -dijo Luis Cervantes
pasando rápidamente sus ojos por el oficio-. Tendrá que.
dejar allí la gente, y usted a Lagos, a tomaT el tren de
Aguascalientes.
Hubo protestas calurosas· algunos serranos juraron que
ellos no seguirían ya en la c~lumna, entre gruñidos, quejas
y rezongos.
Camila lloró toda la noche1 y otro día, por la mañana,
dijo a. Demetrio que ya le dieTa licencia de volverse a sn, casa.
-¡ Si le falta voluntá ! ... -contestó Demetrio hosco.

-No es eso, don Demetrio; vohmtá se la tengo y mucha ...,
pero ya lo ha estado viendo ... ¡ Esa mujer! .. .
-No se apure, hoy µiismo la despacho a ... Ya lo tengo
bien pensado.
Camila dejó de llorar.
Todos estaban ensillando ya. Demetrio se acercó a 1a
Pintada y le dijo en voz muy baja:

Instantáneamente se demudó el rostro de la Pintada.

-Tú ya no te vas con nosotros.

-¿Y a ti te da tos por eso?

-

Camila tuvo miedo y ade.lantó su yegua.
La Pintada disparó la suya y rapidísima, al pasar atropellando a Camila, la cogió de la cabeza y le deshizo la trenza.
Al empellón, la yegua ae Camila se encabritó y la
muchacha abandonó las riendas por quitarse los cabellos de
la cara; vaciló, perdió el equilibrio y cayó en un pedregal,
rompiéndose la frente.

l, Qué

dices ? -inquirió ella sin comprender.

-Que te quedas aquí o t e largas adonde te dé la gana,
pero no con nosotros.
- t, Qné estás diciendo ? -ex~la11;1ó ella con aso~bro-.
Es decir que tú me corres 1 ¡ J a, Ja, Ja ! .. . ¡,Pues que ... tal
serás tú 'si te andas creyendo de los chismes de ésa .. . !
Y la Pintada insultó a Camila, a Demetrio, a Luis Cervantes y a cuantos le vinieron a las mientes, con tal energía

�64

y novedad, que la t ropa oyó injurias e insolencias que no había
sospechado siquiera.
p emetrio esperó largo rato con paciencia; pero como ella
no diera trazas de acabar, con mucha calma dijo a un soldado :
-Echa fuera esa borracha.
-Güero Margarito! ¡ Güero de mi vida! ¡Ven a defenderme de éstos . . . ! ¡ .Anda, giierito de mi corazón! . . . ¡Ven
a enseñarles que tú eres hombre de veras y ellos no son más
que unos hijos de . . . !
Y gesticulaba, pateaba y daba de gritos.
El güero Margarito apareció. Acababa de levantarse •
sus ojos azules se perdían bajo unos párpados hinchados
su voz estaba ronca. Se informó del sucedido y acercándose
a la Pintada, le dijo con mucha gravedad:
'

y

-Sí, me parece muy bien que ya te largues mucho a
la . . . ¡ A todos nos tienes hartos !
El rostro de la Pintada se granitificó.
sus músculos estaban rígidos.

Quiso hablar pero
'

Los soldados reían divertidísimos; Camila muy asustada
contenía la respiración.
'
'
La Pintada paseó sus ojos en torno. Y todo fue en un
abrir y cerrar de ojos'. se inc~ó, sacó una hoja aguda y brillante de entre la media y la pierna y se lanzó sobre Camila.
Un grito estridente y un cuerpo que se desploma arrojando sangre a borbotones.
-Mátenla -gritó Demetrio fuera de sí.
Dos soldados se arrojaron sobre la Pintada que, esgrimiendo el puñal, no les permitió tocarla.
- ¡ Ustedes no, infelices!. .. Mátame tú, Demetrio - se
adelantó, entregó su arma, irguió el pecho y dejó caer los brazos.

.
OJOS

65

I
Se alejó muda y sombría, paso a paso.

y el silencio y la estupefacción lo rompió la voz aguda y
gutural del güero Margarito :
-¡ Ah, qué bueno !. . . ¡ Hasta que se me despegó esta
chinche!. . .

XIII
En la medianía del cuerpo
una daga me metió,
sin saber por qué
ni por qué sé yo . . .
El sí lo sabía,
pero yo no ...
Y de aquella herida mortal
mucha sangre me salió,
sin saber por qué
ni por qué sé yo. ..
El sí lo sabía,
pero yo no...
Caída la cabeza las manos cruzadas sobre la montura,
Demetrio tarareaba ~on melancólico acento la tonadilla obsesionante.
Luego callaba ; largos minutos se mantenía en silencio y
pesaroso.
-Ya verá cómo llegando a Lagos le quito esa murria,
mi general. Allí hay muchachas bonitas para darnos gusto
-dijo el güero Margarito.
-Ahora sólo tengo ganas de ponerme una borrachera
-contestó- D emetrio.
'. Y se alejó otra vez de ellos, espolea!ldo su caballo, c-0mo si quisiera abandonarse todo a su tristeza.

D emetrio puso en alto el puñal tinto en sangre ; pero sus
se nublaron, vaciló, dio un paso atrás.

Despu é¡; d e muchas horas de caminar , hizo venir a Luis
Cervantes: .

Luego, con voz apagada y ronca, gritó :

- ¿ Oiga, curro, ahora que lo estoy pensando, yo qué pitos voy a tocar a Aguascalientes T

- ¡ Lárgate !. . . ¡ Pero luego !. . .

Nadie se atrevió a detenerla.

-A dar su voto, mi general, para Presidente provisional
de la República.

�67

66

-¿ Presidente provisional?. . . Pos entonces, i qué tal es,
pues, Carranza 'l. . . La verdad, yo no entiendo el;ltas políticas...

Llegaron a Lagos. El güero apostó a que esa noche haría reir a Demetrio a carcajadas.
Arrastrando las espuelas, las chivarras caídas abajo de
la cintura, entró Demetrio a "El Cosmopolita", con Luis
Cervantes, el güero 1\fargarito y sus asistentes.
-¿ Por qué corren, éurros?. .. ¡ No sabemos comer gente! -exclamó el güero.
,

Los paisanos, sorprendidos en el mismo momento de escapar, se det_nviero_n; unos, con disimulo, regresaron a sus
mesas a segmr bebiendo y charlando, y otros, vacilantes, se
adelantaron a ofrecer sus r esp etos a los jefes.
- ¡ Mi general!. . . ¡ Mucho gusto!. . . ¡ Señor mayor!. ..

- ¡ E so es!. .. Así me gustan los amigos finos y decentes
- dijo el güero Margarito.
'

-Vamos, muchachos -agregó sacando su pistola jovialmente-; ahí les va un buscapiés para que lo toreen.
Una bala r ebot~ en el cemento, pasando entre las patas
de las mesas y las piernas de los señoritos, que saltaron asust ados como dama a quien se le ha metido un ratón bajo la
falda.
Pálidos, sonríen, para festejar debidamente al señor
mayor. D~me!rio despliega apenas sus labios, mientras que
el acompanam1ento lanza carcajadas a pierna tendida.
-G~~ro -o~serva la Codorniz-, a ése que va saliendo
le prend10 la avispa; mira como cojea.
El güero, sin parar mientes ni volver siquiera la cara
haci~ el h_erido, afirma ~on entusiasmo que a treinta pasos
de d1stanc1a y al descubr1r le pega a un cartucho de tequila.
- A ver, · amigo, párese -dice al mozo de la cantina.
Luego, de la mano lo lleva a la cabecera del patio del hotel
Y le pone un cartucho lleno d e tequila en la cabeza.
.. El pobre diabl? resiste, quiere huir, espantado, pero el
guero prepara su pistola y apunta.
tita.

- ¡ A tu lugar... tasajo! O de veras te meto una calien-

El güero se vuelve a la pared opuesta, levanta su arma
y hace puntería.
El cartucho se estrella . en pedazos, bañando de tequila
-la cara del muchacho, descolorido como un muerto.
-¡ Ahora va de veras! -clama, corriendo a la cantina
por un nuevo cartucho, que vuelve a colocar sobre la cabeza
del mancebo.
Torna a su sitio, da. una vuelta vertiginosa sobre los pies,
y al descubrir, dispara.
Sólo que ahora se ha lleva.d o una oreja - en vez del cartucho.
Y apretándose el estómago de tanto reír1 dice al muchacho:
- Toma, chico, esos billetes. ¡ Es cualquier cosa! E so
se quita con tantita árnica y aguardiente ...

Después de beber mucho alcohol y cerveza, habla -Demetrio:
-Pague, güero .. . Ya me voy . ..
-No traigo ya nada, mi general; pero no hay cuidado
por eso. . . ¿ Qué tanto se te debe, amigo 1
-Ciento ocnenta pesos, mi jefe -responde amablemente el cantinero.
El "'üero salta prontamente el mostrador, y en dos manotadas"'derriba todos los frascos, botellas y cristalería.
-Ai le pasas la cuenta a tu padre Villa, ¿sabes 1
-Oi"'a ami"'o ¡, dónde queda el barrio de las muchaehas y -;r~gunt; 'tambaleándose de borracho, a un sujeto
pequeño, correctamente vestido, que está cerrando la puer:ta de u.na sastrería.
- Oiga, amigo, ¡ qué chiquito y qué bon_ito es usted!. ..
¿ Cómo que no 1. . .
¿Entonces yo soy mentiroso t .. Bueno,
así me gusta... ¿Usted sabe bailar los enanosl ... _¿Qué no
sabe t . . ¡Resabe!. .. ¡ yo lo conocí a u sted en un c1rco ! i L e
juro que sí sabe y muy r ebién !. .. ¡ Ahora lo verá! ...
El güero saca su pistola y comienza a disparar hacia ~os
pies del sastre, que, muy gordo y muy pequeno, a cada tiro
da un saltito.

�69

68

- , Ya ve cómo sí sabe bailar los enanos,
Y echando los brazos a espaldas de sus amigos, se hace
conducir hacia el arrabal de gente alegre, marcando su paso a balazos en los focos de las esquinas, en las puertas y
en las casas del poblado. Demetrio lo deja y regresa al hotel, tarareando entre los dientes :
En la medianía del cuerpo
una daga me metió,
sin saber por qué
ni por qué sé yo. ..
Tomado de
Los de abajo.

JORGE LUIS BORGES

HISTORIA DEL
GUERRERO Y DE LA CAUTIVA
~ la página 278 del libro La poesía (Bari, 1942), Croce,
abreviando un texto latino del historiador Pablo el Diácono
narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft • estos me con~
movieron sigularmente, luego entendí por q~é. Fué Droctulft un guerrero lombardo· que en el asedio de Ravena abandon? a los suyos y murió defendiendo la ciudad que ante.s
habia atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un
templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su
gratitud (_"contespsit caros, dum nos amat ille, parentes")
Y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz
de aquel bárbaro y su simplicidad y bondad:

Terribilis visu facies, sed mente benignus,
Longaque robusto pectores barba fuit 11
1

También Glbbson (Decline and fall, XLV) transcribe estos versos.

Tal es la historia del destino de Droctulft, bárbaro que
murió defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Diácono. Ni siquiera sé
en qué tiempo ocurrió: si al pr!)mediar el siglo VI, cuando
los longobardos desolaron las llanuras de Italia; si en el
VIII, antes de la rendición de Ravena. Imaginemos (éste
no es un trabajo histórico) lo primero.
Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft no al
individuo Droctulft, que sin duda fué único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él
y de otros muchos como él ha hecho de una oscura geografía
de selvas y de ciénegas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía
que iba al Sur y tal vez no sabía que guerreaba contra el
nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre,
pero más congruente es imaginarlo devoto de la Tierra, de
Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un
carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de l~s selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, ammoso,
inocente cruel leal a su capitán y a su tribu, no al univer' lo traen a Rayena y ah1, ve algo que no h a
so. Las' guerras
visto jamás, o que no ha visto con _Plenitud. V e el, ~a y l?s
cipreses y el mármol. Ve un conJunto que es multiple sm
desorden • ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de
templos, de jardines, de habitaciones, de ~radas, d~ jarrones,
de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Nmguna de
esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como
ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligen~ia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una mcomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe
que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que
sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénegas de
Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no
hubiera entendido:
Contempsit caros, dum nos ama.t ille, pa.rentes,
Ha.ne pa.triam reputa.ns esse, Ravenna, suam.
No fné un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fué un iluminado, un converso. Al .cabo

�70

de unas cuantas generaciones, los longobardos, que culparon
al tránsfugo, procedieron como él; se hicieron italianos, lombardos y acaso algunos de su sangre -Aldíger- pudo engendrar a quienes engendaron al Alighieri ... Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la mía es la más
económica; si no es verdadera como hecho, lo será como
símbolo.
Cuando leí en el libro de Croce la Historia del guerrero,
ésta me conmovió de manera insólita y tuve la impresión
de recuperar, bajo forma diversa, algo que había sido mío.
Fugazmente pensé en los jinetes mogoles que querían hacer
de la China UJ1 infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que habían anhelado destruir; no era
ésa la memoria que yo buscaba. La encoutré al fin; era un
relato que le oí alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.
En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en J unín; más allá, a cuatro o cinco leguas
uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se
denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro.
Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó
su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después una
muchacha india que atravezaba lentamente la plaza. Vestía
dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con
ella. La mujer asintió; entró en la comandancia sin temor,
pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los
ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva;
las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecía quedarle chico: las puertas, las
paredes, los muebles.
Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas; estaban lejos de su isla querida y en un increíble
país. Mi abuela enunció alguna pregunta ; la otra le respondió con dificultad, buscando las palabras y repitiéndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Haría quince años que
no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos
Aires, que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo,
a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente. Eso
Jo fué diciendo en un inglés rústico, entreverado de arauca-

71

no O de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una v~?~
feral. los toldos de cuero de caballo, las hogu_eras de est1e~
col Íos festines de carne chamuscada o de v1sceras cruda\
las' sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, e
alarido y el saqueo, la guerra, el cau_dalo~o arreo d~ las _haciendas por jinetes desñudos, la P?hgam1~, la hed1o?d;z Y
la magia A esa barbarie se habia rebaJado una mg esa;
Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la__exhorto
no volver. Juró ampararla, juró rescatar a sus h1J0S._ La
~tra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al d~~1erto.
Francisco Borges moriría poco después,. e~t la revoluc1on _del
74. quizá mi abuela, entonces, pudo perc1b1r en la o~ra mu~er,
ta~bién arrebatada y transformada por e~te contmente nnplacable, un espejo monstruoso de su de tmo.
Todos los años, la india rubia olía llegar a los pul~erías
de Junín, o del Fuerte Lavalle, en proc1;1;a de ba~atiJas Y
"vicios"; no apareció, desde la conY~rsac1on con ,m1 a~nela.
Sin embar"'O se vieron otra vez. M1 abuela babia salido a
cazar; en ~• rancho, cerca de los bañad~s, u~ h?mbre degollaba una oveja. Como en un sueño, paso la md1~ ª. cabal_lo.
Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No se s1 lo b1~0
porque ya 110 podía obrar de otro modo, o como un desafio
y un signo.
1
Mil trescientos años y el mar median entre el destino de
la cautiva y el destino de Dro~tulft. Los, dos, ahora, son
igualmente irrecuperables. La figura del ba!baro que abraza la causa de Ravena, la figura de la m,UJ~r eu~opea que
opta por el desierto, pueden parecer antagomcos,, sm emba:go, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, ~ impetu mas
hondo que la razón, y los dos acataron_ ese_ 1mpetu que no
hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta
moneda son, para Dios, iguales.

A Ulrike von Küblmann.
Tomado de
El a teph.

�73

ALE/O CARPENTIER

n
EL PACTO MAYOR

LOS irtH•nos parecían romperse en aludes sobre los riscosos perfiles del ~forne Rouge, rodando largamente al fondo dt• las barrancas, cuando los delegados de la dotaciones
df' la Llanura del Norte llegaron a las espesuras de Bois Caimau, enlodados hasta la cintura. temblando bajo sus camisas mojadas. Para eolmo, aquella lluvia de agosto, que pasaba de tibia a fría según girara el viento, estaba apretando
c·ada vez más desde la hora de la queda de, esclavos. Con el
pantalón pe~aclo a las ingles, 'l'i ~oel trataba clP cobijar su
(•abeza bajo un saco de yute, doblado a modo de capellina.
A pe ·ar de la obscuridad, era seguro que ningún espía se
hu bies¡, des] izado en la reunión. Los ayisos habían sido dados. muy a última hora, por hombrrs probados. Aunque se
habla rn rn voz baja, el rumor de las conversaciones llenaba
todo el bosque, eonfundiéndose con la con. taute pre encia
&lt;lP] ag11acero en las frondas estremec:idas.
Dt' pronto, una voz potente se alzó en medio del congreso ele sombras. rna voz, cuyo poder de pasar sin trausic:ióu del registro grave al agudo daba un raro énfasis a las
palabras. Había mucho de invocación y de en. almo en aqu(']
discurso lleno de inflexion('s coléricas y de gritos. Era Bout· b.,na11 el jamaiquino qui('n hablaba de esta manera. Aunque el trueno apagitra fruses enteras, Ti ~oel creyó compr('nde,· que algo había ocurrido en Francia y que unos S&lt;'ñores muy influyentes habían drclarado que debía darsr la
libertad a los negro., p('ro que lo~ ricos propietarios del Cabo, que eran todos unos hideputas monárquicos, se uegaban
a obedecer. Llegado a este punto, Bonckman dejó caer la
lluvia sobre los árboles durante algunos segundos, c:omo para esperar un rayo que se abrió sobrc&gt; pf mar. Entonces
1·uando hubo pasado el retumbo, declaró que un Pacto . e había sellado entre lo· iniciados dc&gt; acá y los grandes Loas del
Africa, para &lt;¡ue la guerra S(' init·iara bajo los signos propi&lt;' ios. Y de las aclamaciones quc&gt; ahora lo rodeaban brotó la
ndmonic·ión final:

de los blanc:os ordena el crimen. ~ucstros
El D .
- no piden
ios
·
· ' nuest 10s
· · n·
bra diose&amp;
vf'nganza.
Ellos con d uc1r~n
zos v nos darán la asistencia. ¡ Rompan la, m~agen del ~os
d; los blancos, que tiene sed de nuestras ~agrnnas; escuc ('mos e11 nosotros mismo la llamada de la hbertad.1
Los delegados habíau olvidado la lluvia que les. corría
de la barba al vientre endureciendo el cuero d_e los cmturos l-n alarido se había le-vantado en medio de la tor:e~ta. ,Junto a Bouckman, u?a negra huesuda, de li:rgos
miembros, estaba haciendo mohnctes con un machete ntual.

Fai Ogún, Fai Ogún,
Damballah m'ap
Fai Ogún, Fai Ogún,
Damballah m'ap

Fai
tiré
Fai
tiré

Ogún, oh!
canon
Ogún, oh!
canon

Ogún de los hierros, Ogíw el guerrero, Ogún ~(' las fn!"'Uas, Ogún mariscal, Ogún de las _lanzas, ~gun-C~ango,
O"'ún-Kankanikán. Ogún-Batala. Ogun-P~nama, Ogu1;-Bak~é eran invocados ahora por la sacerdotista del Rada, en
medio de la grita de sombras:

Ogún Badagri,
General sa.nglant,
Sa.izi .z'orage
Ou scell'orage
Ou fait Kataoun z'eclai !
El machete se hundió úbitamente en el viente de u~
cerdo negro que largó las tripas y los pulmones en tres aulhd
Enton~es llamados por los nombres de sus amo . ya
4 no tenían ·~ás apellido, los delegados desfilaron de ~no en
uno para untarse los labios con la sangre espumosa del cer o,
cogida en un gran cuenco de madera. Luego, cayer?n . e
bruces sobre el suelo mojado. Ti Xoel, como los _dem~s, )Uró ue obedecería siempre a B&lt;Yllckman. El Jama1q,u!ºº
abraió a Jean Francois a Biassou, a Jeannot, que no babr1a11
de volver aquella noch'e a sus haciendas. _El Estado_ mayor
de la sublevación estaba formado. La senal se &lt;lana ocho
días después. Era muy probable que se logr8:ra alguna ~yu;
da de los colonos españole de la otra v~rt1ente. enem •g~s
irreconciliables de los franceses. Y en. V1Sta, de qu~b- ser~a
necesario redactar una proclama y nád1e sabia escr1 ir, ~e
penRó en la flexible pluma de oca del abate de la Haye, pa-

~!·

i;:-

�75
74

rroc_o del, Dondó.t?-, sacerdote volteriano que daba muestras
de meqmvoc~s . sunpatías por los negros desde que había
tomado conocuruento de la Declaración de Derechos del Hombre.
Como la lluvia había hinchado los ríos Ti Noel tuvo que
l~nzarse a nado en la cañada verde, para ~star en la caballeriza ante~, del despertar del mayoral. La campana del alba lo
sorprend~o sentado y cantando, metido hasta la cintura en
un monton de esparto fresco, oliendo a sol.

III
LA LLAMADA DE LOS CARACOLES

MONSIEUR Lenormand de Mezy estaba de pésimo humor desde su, últi!lla vi,;ita al Cabo. El gobernador Blanchelande, ~ona~qmco _como él, se mostraba muy agriado or
las_ molestias divagaciones de los idiotas utopistas que p se
apiadaban, e~ París, del destino de los negros esclavos ¡ Oh 1
Era _muy fácil, en el Café de la Regence en las arcadas deÍ
Pala1s Royal, soñar con l_a igualdad de l~s hombres de todas
las razas, entre dos _Partidas de faraón. A través de vistas
de puertos, _embe~ec1das por rosas de los vientos y tritones
con ~os carrillos hinchados; a través. de los cuadros de mulatas mdolentes, de lavanderas desnudas, de siestas en platan~les, grabados por Abraham Brunias y exhibidos en Franc~ entre los versos de Du Parny y profesión de fe del vicario saboyano,, era muy fácil imaginarse a Santo Dominao
forno el paraISo vegetal de Pablo y Virginia, donde los ;eones no_ colgaban de las ramas de los árboles, tan sólo por¡ue hubieran matado a los transeúntes al caer de tan alto
: en m~yo, la_ Asamblea Constituyente, integrada por un~
c usm~ liberaloide y enciclopedista había acordado ue s
c~nced1eran derechos políticos a lo~ negros, hijos de inanu~
misos. Y ahora, a_nte ~l fantasma de una guerra civil, involos prop~etario~, esos ideólogos a la Estanislao de
~1? .en respondian: Perezcan las colonias antes que un
prmcip10".

;?º 1t

Serían las diez de la noche cuando Monsieur Lenormand
de Mezy, a~argado
sus meditaciones, salió al batey de
la tabaquena con el arumo de forzar a algmia de las adolescentes que a esa hora robaban bojas en los secaderos para
€~~las mascaran sus padres. Muy lejos, había sonado una
pa de caracol. Lo que resultaba sorprendente ahora
era que al lento mugido de esa concha respondían ~tros e~

~º:

los montes y en las selvas. Y otros, rastreantes, _más hacia
el mar hacia las alquerías de Millot. Era como s1 todas las
porcel~nas de la costa, todos los lambíes indios, todos los
abrojines que servían para sujetar las puertas, todos los caracoles que yacían, solitarios y petrificados, en el, t_ope de
los Moles se hubieran puesto a cantar en coro. Subitamente, otro g~amo alzó la voz en el barracó~ principal de la
cienda. Otros, más aflautados, respondieron desde la amlería desde el secadero de tabaco, desde el establo. Monsieu; Lenormand de Mezy, alarmado, se ocultó detrás de
un macizo de buganvilias.

1:~-

Todas las puertas de los barracones cayeron a la vez,
derribadas desde adentro. Armados de estacas, los esclavos
rodearon las casas de los mayorales apoderándose de las herramientas. El contador, que había aparecido con una pistola en la mano, fue el primero en caer, con la garganta
abierta, de arriba a abajo, por una cuchara de albañil. Luego de mojarse los brazos en la sangre del blanco, los negros
corrieron hacia la vivienda principal, dando mueras a los
amos, al gobernador, al Buen Dios y a todos los fr~nceses
del mundo. Pero, impulsados por muy largas apetencias, los
más se arrojaron al sótano en busca de licor. A golpes de
pico se destriparon los barriles de escabeche. Abiertos de
duelas, los toneles largaron el morapio a borbotones, enrojeciendo las faldas de las mujeres. Arrebatadas entre gritos y empellones, las damajuanas de aguardientes, las bombonas de ron se estrellaban en las paredes. Riendo y peleando, los n¿gros resbalaban sobre un jaboncillo de orégano tomates adobados, alcaparras y huevas de arenque que
cl~reaba sobre el suelo de ladrillo, el chorrear de un odrecillo de aceite rancio. Un negro desnudo se había metido,
por broma, dentro de un tinajón lleno de manteca de cerdo.
Dos viejas peleaban, en congo, por una olla de barro. Del
techo se desprendian jamones y colas de abadejo. Sin meterse en la turbamulta, Ti Noel pegó la boca, largamente, con
muchas bajadas de la nuez, a la canilla de un barril de vino español. Luego subió al primer piso de la vivienda, seguido de sus hijos mayores, pues hacía mucho tiempo ya que
soñaba con violar a Mademoiselle Floridor, quien, en sus noches de tragedia, lucía aún, bajo la túnica ornada de meandros, unos senos nada dañados por el irreparable ultraje de
los años.
Tomado de
El reino de este mundo.

�77

76

RUBEN DARIO

EL FARDOl

Allá lejos, en la línea, como trazada por un lápiz azul,
que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con
sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal
iba quedando en quietud; los guardan pasaban de un punto
a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá.sus
vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jorna1eros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo
del muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un
continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el vieJo
tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una
banica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando,2 había
trabajado todo el dia, estaba sentado en una piedra, y con la
pipa en la boca, veía triste el mar.
-¡ Eh, tío Lucas !

¿ Se descansa ?

1.-Apareció en la Revista ele Artes y Letras, Santiago, 15 de abril
de 1887, tomo IX, pp. 113-119. Llevaba entonces la siguiente dedicatoria,
luego suprJ.mida: "A Luis Orrego Luco. Has murmurado, LuiS, de la
prosa de la Aduana. y has hecho mal. ¡ Si vieras cuántas cosas se
miran, además de las aes en triángulo y de los enigmas de las pólizas!
Yo pensaba como tú, al frente de tan claras avideces, y, mira lo que
he encontrado ayer, al salir del galpón de avalúes, a los dos días de
mi empleo''. Fué reproducido en La Epoca el 30 de ese mismo lnes y
afio, e Incluido en las ediciones de Azul. .. En la nota XI a la guatemalteca Darlo aclaró: "Este es un episodio verdadero, que me !ué
narrado por un viejo lanchero en el muelle fiscal de Valparaiso. en
el tiempo de mi empleo en la Aduana de aquel puerto. No ¡be hecho
sino darle una terma conveniente". En la nota IV de esa misma
edición Darlo nos retlere su permanencia en Valparalso y su -•empleo
en la Aduana motivados por la llegada del cólera a Santiago. . "En
El fardo -dice Darío en la Historia ele mis Ubros-- triunfa laº entpnces
en auge escuela naturalista. Acababa de conocer algunas obras de
Zola, y el reflejo fué inmediato; mas no correspondiendo tal modo a
mi temperamento nl a mi fantasla. no volví a Incurrir en tales desvios".
Una versión Inglesa aparece en las Short Storles from the Spanish
editadas por Charles Barnsley McMichael (New York, Bonl and .L!verlght, 1920, y Girar, Kansas, Haldeman-Julius Co., 1923).
2.-Del francés clopln-clopant, como observa Saavedra Molina (Obras
escogidas, I , p. 236) . El doctor Alfonso Méndez Plancarte me comunica
que coJln cojeando ya aparece en Montalvo, lectura predilecta de
Darío desde 1881.

-Sí, pues, patroncito.
y empezó la charla, ei-;a charla agradable y sue,l_t~1 qtie 11;.e
1lace entablar cOn los bravos hombres toscos q11e \ n ~n a ~ 11a del trabajo fortificante, la que da la buena sal~d Y la fue~za
del múscnlo, -y se nutre eon el µ:rano cl el poroto y la san.,,re
hirviente de la ,iña.
Yo veía con canno a aquel mdo viejo, y le oía con inte,, s us relaciones1 así todas cortadas, todas como_ ~e ho11C1bre
res·
'
Ah
fu' nul1ta r 1 • onbasto, pero de p~cho ingent· Bl~lne; ~on:c~nq~e todaví~I tuvo
01

i~~1sf:n~~~:;!~~: ~ c~~1d~ifl! hasta 1.1.iraflores !5 Y es casado,
y tuvo un hijo, y ...
y aquí el tío Lucar;:
- ¡ Sí, patrón, hace d os ano8
que "e
" 1:n", murió!
.
·
l
AquPllos ojos, chi~os y relumbr~ntes b aJo as ceJas !!rises
~Y peludas, se humedecierou eutone:es.
- 1, Qué cómo se murió 1 en el oficio, l!ºr d a:nos de comer
a t odos: a mi mujer, a los chiquitos y a nn, patron. que entonces me hallaba enfermo.
y todo me lo refirió, al comenzar aquella noc?e, mi1ntra_s
b 1,
d b roas y la ciudad encPndia sus uces;
8
e~ªi8a s;i~~r: ~~e 1: s!~vía· rie asiento, después _de apagar su
'"
..
de colocársela en la oreja, y de J.'shrar_ y cruza:r
:~;;e~~a: f1acas y musculosas, ~ubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tob1 llo.
El muchaeho era muy ho~rado y muy de trabajo . . Se quionerlo a la escuela desde grandecito; pero i los nuserables
pdeb en apre1,1der a leer cuando se llora de hambre en el
cuartucho!
El tfo Lucas era casado, tenía muchos hijos.

1~

:1~

Su mujer llevaba la maldición d el vien~re de las pob,res: la
.,
Había pues mucha boca abierta qu~ pedia pan,
f ecnnd ac1?n.
.
,
' 1 b
la basura mucho cuerpo
mucho ch1co sucio que se r evo ca a en. .
,
, ,
.
.
ba
d
e
frío.
era
p
reciso
1r a llevar que come1,
magro q ne t em bl a
,
3.- Poroto, 'frijo l'.

\cr

1 h 'J no que combat!ó con tra la
4..-Don Manuel Bulnes, genera ; 1
Saavedra Melina, Obras
confederación peruano-bolivia na en 1 38
·
escog!clas. 1, · p. 236).
1
en 1881 y a brió las puertas
• 5 La batalla de Miraflores tuvo ugar
' Obrall escogidas, I .
de ' Lima al ejército chileno (Cf. Saavedra Melina,
p . 237).

�79
78

a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos y trabajar
como un buey.
c.uand~ el hij~ creció,. ayudó al padre. Un vecino, el
herre1:o,_ qU1so_ ensenarle su mdustria; pero como entonces era
tan debil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía ue
echar el bofe, se puso enfermo y volvió al conventillo.6. ¡ Áh,
estuv? _muy enfermo! Pero no murió. ¡ No murió! y eso
que vivian en uno de esos hacinamientos humanos entre cuatro
paredes d_estartalad_as, viejas, feas, en la callej~ela inmunda
!e las muJeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de
oche por escasos faroles, y en donde resuenan en perpetua llamada. a_ las zambras d~ echacorvería, las arpas y los acordeones
Y el rllldo ~e los marmeros que llegan al burdel, desesperado~
con la cast1d~d de las largas travesías, a emborracharse como
cubas Y a gritar Y p~t~lear como _condenados. ¡Sí! entre la
P?~1;:edumbre, al estrepito de las fiestas tunantescas, el éhico
v1v10, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones , comprar
una canoa. S e hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los
enstes de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzue os la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza
de v~nder lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la
neblina,_ cantando en baja voz alguna "triste"7 y enhiesto el
r emo trmnfante que chorreaba espuma.

¡ Sí! lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas
y negras ; colgándose de la cadena que rechina pendiente
como una sierpre de hierro del macizo pescante que semeja una horca ; remando de pie y a compás; yendo con la
lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando:
¡ hiiooeep ! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un pendulo. ¡Sí! lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo ; ambos a horcajadas sobre un cajón,
ambos forcejando, ambos ganando su jornal, para ellos y
para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Ibanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo
sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban
al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre
era cuidadoso: -¡ Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡ Que
te coge la mano el chicote! ¡ Que vas a perder una canilla!-. Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la
cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyonturas y le
taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso

sí.
-Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.

Si había buena venta, otra salida por la tarde.

Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse,

U~a de invie:110 había temporal. Padre e hijo en la
pe~~na. embarcac!ó:1? sufrían en el mar la locura d; la ola
Y
, viento. Dificil era llegar a tierra. Pesca
todo
se fue al agua, y se pensó en librar el pellejo. Lu~haban
como desesperados por ganar la playa. Cerca d
11
t
ban; pero una _racha J?aldita les empujó contra
es ala ca_noa se hizo astillas. Ellos salieron sólo ma ~c¿ Y
i g~acias a Dios ! como decía el tío Lucas al narrarfo~
pues, ya son ambos lancheros.

!i! :

ªD~!~

6.-Conventlllo, 'ca$a de vecindad'.
7.-"Las tristes son unas
Y aún
en Chile. y en verdad canc¡ ones populares en el Perú, Bolivia
la melancolia de su ritmo al oqu;o merecen el nombre que tienen, por
letra, que casl siempre exp~esag peni::ºy ':in!j doltosa melopea, y por la
son los yaravies" (nota XII de Dario a fa a.sdl 1e. amor. Algo semejante
mala, 1890).
·
e e on de Azul de Guate-

a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que
da vértigo : el son del hierro, traqueteos por doquiera, y el
viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo
en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos
amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera

�81

80

de un pez E&gt;n un anzuelo, o del plomo de uua sonda, ya quietos,
ya agüándose de un lado a. otro, como nn badajo, en el va,cío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación cobnada de fardos. Estos formaban una a modo de pirámide en el centro.
Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de
todos, ancho, gordo y oloroso a brE&gt;a. Venía en el fondo de
la lancha. -Un hombre de pie sobre él, era pequeña fig ura
para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación
envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre
sus costados, en medio de líneas y de triángulos uegroF;,
había letras que miraban como ojos. -Letras en ·'diamante"- decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro e.t,taban
apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas
tendría el monstruo, cuando menos, linones y peTcales.
Sólo él faltaba.
-¡ Se va E&gt;l bruto ! -dijo u no de los lancheros.
- ¡ El barrigón! -agr egó otro.

Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar
_pronto, se alistaba para ir a cobrar y desayunarse, anudándose el pañuelo a cuadros al pescuezo.
Bajó la cadena danzando
gran lazo al fardo, se probó
gritó: - ¡Iza!mientras la
chirriando y levantándola en

en el aire. Se amarró un
si estaba bien seguro, y se
cadena tiraba de la masa
vilo.

Los lancheros, de pie, miraban subir el e~15&gt;rme peso,
y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa
horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo, &lt;,'"QmO
de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó sobre
el hijo del tío Lueas, que entre el filo de la l a11cha y el
gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío
Lucas, sino el muchacho destrozado, al que se abrazaba
lloran~o el reillllático, entre la gritería de la mujer y de
los chicos, cuando llevaban el cadáver al cementério.
Me d esp edí d el viejo fanchero, y a pasos elásticos dejé
el inuelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filo-

de un poeta, en ta_nto que mm
sofía con t oda la c:achaza
venfa
de
mar afuera, pellizcaba tenazbrisa g lacial, que
mente las üarices y las orejas.
Tomado de

cuentos completos.

ROMULO GALLEGOS

UNAS MANCHAS DE SANGRE
En la balsa del paso crnzaro:i. el Caroni y cuando saltaron a tierra Manuel Ladera d1JO :
.
.B
Marcos Vara
as
!
Ya
está
en
e
1
y
aruan
y
0
- 1 ueno,
·
•
d
de los hombres
que le sea de provecho. En la,tierra e1 oro y
machos, como dicen por aqm.
-Y de las mujer es bonitas -completó Marcos.
si se enamora
- También dicen Y no es mentira. A ver
de alguna y se queda entre nosotros.
diligencia como
-Si usted supiera, don Manuel. Ya esa
que está hecha.
. ,~
a vo viendo que m;ted es de los que,
-d &amp;81. Pues yen ca~üno todo lo llevan eu la magaya.
cuan o se ponen
'
• .n·b ereno
- y al dcaer a unas
Atravesaron el boscaJe
r , calsetas por donde pacían algunas r eses, La era exp ico:
"T
uén" y está a su disposición, como
- Ya esto es
upuq
, 11
una hierba
todo lo que me pert enece. Tupuq~:nel
mismo para
brava, más eficaz que el ~acha y q donde ella se mete ya
acabar con el monte tup1d,o, ~ues
nchas de donde
no cr ece otra cosa. ~or aqm rem3:ba ª· s;su~ted l~s trabajos
denominé así esta finca Y n~ se ~~apgt]a
Otro. tupuquén
el dinero que me ha costa o ex ir r . . .
.
del
Y .
t b", por estas tierras: las llamadas nquezas
;¡ma ~met;ur"UO Y el oro que quitan los brazos de la
a:r\~:r:~.ua. Los °braz.os y el capital , que ya tampoco quiere

;:!~

�83

82

invertirse en ella. Al purguo y al oro los laman la bendición
de esta tierra, pero yo creo que son la maldición. Despueblan
los campos y no civilizan la selva, dejan las tierras sin
brazos y las familias sin apoyo y corrompen al hombre,
desacostumbrándolo del trabajo metódico, pues todos nuestros campesinos ambicionan hacerse ricos en tres meses de
montaña purgüera y ya no quieren ocuparse de la agricultura. Lo . desmoralizan profundamente, pues la tragedia del
purguo -aquí, como el caucho en Rionegro y la sarrapia
en el Caura- no consiste sólo en que empresarios sin conciencia exploten al peón por medio del sistema del avance
-dinero y bastimentos a cuenta de la goma que saquenque casi equivale a comprar un hombre por cuatro r eales
y para toda la vida, sino también en que el peón le toma
el gusto al venderse de ese modo y cuando coge el dinero
del avance no le importa malgastarlo, pues ya está pensando
en el fraude de la piedra dentro de la plancha de goma y
en fugarse de la montaña debiendo lo que se ha comido
En picurearse, como ellos dicen. Que naturalmente la peo;
parte la lleva el peón, pues vaya usted a ver lo que encuentra
en la montaña: un plato de "paloapique" que no lo alimenta
de donde _adquiere el ber~beri que lo mata o lo inutiliza par~
t?da la vida, y la esclavitud, casi, por la deuda del avance,
sm modo de zafarse ya del empresario, ni autoridad que
contra él lo ampare, porque generalmente lleva parte en el
negocio y en todo caso se inclina del lado del fuerte contra
el débil. La esclavitud que a veces la heredan los hijos con
la deuda. Eso de la riqueza que producen el oro y el caucho
sólo es verdad para los privilegiados.
Marcos Vargas no estaba de acuerdo. Era posible que
desde un punto de vista práctico Ladera tuviese razón • pero
la aventura del_ cancho y del oro tenía otro aspecto, 'el de
la ~ventura misma, que era algo apasionante: el riesgo
cor~1do, el t~mor superado y aquello mismo de ir y volver
a tirar el dmero, con que el hombre desafiaba al destino.
i Una fiera medida de hombría! . . . Pero se abstuvo de manifestar su opinión.
Por otra parte, ya Ladera abandonaba el tema refiriéndose a una casa internada entre boscaje:
'
-Eso es Guaricoto, a donde traigo la familia a temperar, todos los años por la Cuaresma, que es cuando son
más sanos estos lugares. Menos esta pasada, que tuvimos
que quedarnos en Upata por enfermedad de una de las
muchachas.

Y Marcos saliendo de su mutismo por las bromas a
que lo inclinaba la simpatía que le inspiraba Ladera:
-¿ Tiene muchas, don Manuel?

-Algunas y para varios gustos, pues son tres, que ya
es bastante. O dos, para el interés a que pueda obedecer
esa pregunta suya, porque Maigualida; l a mayor ... Y_ ya
que al caso viene, voy a explic_arle cuales s_on esos ~otivos
íntimos que, según ya le he _dicho, me _obligan a evitarme
rozamientos con José Francisco Ardavm.
Este hombre,
que es la suma de todos los defectos posibles, le dió por
enamorarse de mi hija Maigualida, y como ella no lo aceptó
-piensa él que por consejos míos- le juró que mataría
a todo el que la pretendiera.
-Y cumplió su promesa -agregó Marcos-. Algo de
eso r ecuerdo haber oído en casa.
-Sí. Un forastero, mozo muy estimable, que gustaba
de mi muchacha y empezaba a decirle. Ardavín lo sorprendió una tarde ante la ventana de casa conversando con
ella y en su presencia lo asesinó cobardemente. Desde
entonces mi pobre hija vive quitada del mundo.
Hace una pausa y volviendo al tono chancero, agrega:
-Por eso le digo que son dos las que componen la
mercancía realizable que tengo en casa. Ya se las presentaré.
Son unas pollitas todavía, pero como usted dice que su
diligencia está hecha, no hay peligro de que me las enamore.
- ¡Hum! -hizo Marcos, comprendiendo que Ladera
quel'ía mantenerse en este terreno-. No se fíe de forasteros,
don Manuel.
-¿Así es la cosa? ¡ Ah, Marcos Vargas! Usted va a
caer muy bien por estas tierras, donde el buen humor, a
pesar de todo, es un salvoconducto que abre todas las
puertas.
-Pues para usted no habrá ninguna cerrada y como no
le falte el aceite que afloja todo tornillo, porque el ganadito
que voy viendo es bastante ...
-Y ya verá más. Pero estas sabanas dan mucha brega,
porque los bichos se recuestan contra el monte y hay que
trabajarlo a pecho de caballo. Allá en &lt;'La Hondonada",
donde pernoctaremos, ya son saban~s más fáciles, am;que
durante el verano al ganado lo castiga mucho la sequ1a.

�\

8:5

84

Y pasando de lo particular y propio a lo general, donde
ya era francamente pesimista:
-Eso es Guayana. 1\1.ucho río, agua como para abastecer a todo el país, y, sin embargo, tierras secas que dan
tristeza.
Y por aquí continuó durante uu buen rato habl&amp;,ndo de
las calamidades de su tierra, donde todo lo que fuese obra
del horn bre corrigiendo la naturaleza estaba todavía por
hacerse.
-Mire -dijo, de pronto, interrumpiéndose y deteniendo la bestia-: ésa es la Laja de los Frailes, donde según
la tradición fueron fusilados los de las misiones del Oaroni
por órdenes de General Piar, cuando la guerra de la independencia. Por ahí, más adentro, estaban las ruinas del
convento, pero ya no queda nada. Todas estas casas ele
por aquí están pavimentadas con ladrillos sacados de esas
minas, ~ue por eso los llaman fraileros. Unos ladrillos que
duran siglos, que ya no saben fabricarlos nuestro salrareros.
Como todo lo bueno de antes, que se ha perdido.
-Se llevarían los frailes la receta - dijo Marcos, sin
tomar la cosa en serio.
-¡ Si fuera eso sólo! Pero es que la gente de esos tiempos tenía la conciencia de que estaba fundando un paí:s
y todo lo hacía con vistas al porvenir, mientras que los
hombres de al!ora sentimos que este país se está acabando
:va y no nos preocupamos porque las cosas duren. Por el
contrario, queremos destruirlas cuanto antes.
• Esta v~sión pesimista era totalmente nueva para Marcos
, argas. qmen se lanzaba a aquel mundo con la o-enerosidad
de sus años mozos como al mejor de todos lo~&lt;; posibles;
pero al oír a Manuel Ladei:a se c-omprendía que hablaba
con el corazón lleno de amor a su tierra, amor doloroso
de cal idad más noble que el simple apego que hace entona;
el canto, y escuchando al hombre maduro entraron en E'l
alma dE&gt;l joven aires que luego harían borrascas.
Y en esto dijo Ladera:
-Pero

110

hablemos más.

1\1.ire lo que viene allí.

' _Lo que venía -:Y a menudo suele encontrarse por los
cafnmos del Yuruar1-. era una res destinada · al consumo
de algún caserío vecino, atada a la cola de un burrito por
un cabo fü, soga que le traspasaba la nariz perforada..y

sangrante y con la cabeza enfundada, salvo los c~1ernos, en
un trozo de coleta. La conducía un hombre a pie, aunque
en realidad el conductor era el burrito que, adiestrado para
este oficio, trotaba por delante ele ella ~ig~agueando, para
qui"tarle con e1 aturdimiento del rumbo rnc1erto toda gana
de cornearlo que pudiese traer.
Y 1\1:anuel Ladera explicó por qué había dicho que no
había que hablar más:
-Ahí tiene la historia de Venezuela: un toro bravo,
tapaojeado y nariceado, conducido al matadero por un
burrito bellaco.
A Jo que replicó Marcos:
-¡Ya ve, don Manuel! Eso es l_o que yo pamo c~l~arse
a la medida. En el colegio de Cmdad Bohvar qms1eron
meterme en la cabeza la historia escrita de Venezuela Y
nunca logré entenderla, mientras que ya me la explicó toda.
-Por algo se ha dicho que el viajar ilustra.
sea por estos caminos.
Y entretenidos con estos tópicos cabalgaron

Aunque
llll

rato.

-¡ Mire ! -volvió a interrumpu-se Ladera-. ¿Ve esas
manchas de sangre en esa laja?
-No serán de los frailes de las Misiones, supongo.
-De w1 pobre negro de las minas de El Callao a quien
asesinaron ahí anteayer. Lo traían preso, codo con codo.
Un comisario de nombre Pantoja lo conducía a Ciudad Bolívar y al llegar a este sitio lo baleó. Dice que el. negro
lo atacó, p ero no me explico cón:o,_ pues estaba.,mamatado.
y así lo ví después de muerto, vrn1e;1do yo_ de La Honclo11ada". Detrás de aquella vuelta 01 los tiros.
- Quiere dE&gt;cü· - observó Marcos- que lo del burrito
:v el toro sucede a veces al revés.
- Justamente. Aquí el toro, a toda punta, fu~ _el Comisario. Un hombre que debiera estar en un pres1d10 el tal
Pantoja. O mejor dicho: Cholo Parima, pues según algunos
que han estado por el Atabapo ése es el verdadero nombre
cl°el : comisario.
·
- ¡ Cholo Parima ! -exclamó Marcos. refrenando ta
bestia con brusco movimiento maquinal.
-1, Lo

conoce ?

�87

86

-De nombre solamente. Ese fué quien asesinó a mi
hermano Enrique, hace dos años, la noche en que los machetes alumbraron el Vichada.
Había empleado la frase acostumbrada por allí para
designar la espantosa degollina, una de tantas jornadas
sangrientas de la época cauchera, y Manuel Ladera no halló
qué decir.
Cabalgaron durante un buen rato en silencio, Marcos
Vargas con una sonrisa sombría inmovilizada en el rostro
y Ladera observándolo de soslayo.
- ¡ Lo que son las cosas! -murmuró por fin el joven-.

Y o tiraba hacia Rionegro, quería dedicarme al caucho que
enriquece en obra de meses, y últimaménte hasta se me presentó una magnífica oportunidad, pero no podía manifestar
ese deseo sin que mi madre se echara a llorar, y en cambio
fué ella misma quien me dió la primera noticia de que usted
vendía sus carros, y cuando le comunicé mi propósito de
venirme al Yuruari se alegró mucho. Vió un negocio estable
-si a dárseme llegaba- que me quitaría de la cabeza la
idea de internarme en las selvas caucheras donde sucumbió
mi hermano, y para allanarme este camino aceptó el sacrificio de mi separación de su lado y convino en vivir arrimada en casa d e uno de mis cuñados mientras yo pudiera
traérmela a U pata. ¡ Lo que son las cosas, don Manuel!
-¿ Qué está usted pensando, joven Y

-Nada. Hablando es lo que estoy. Contándole cosas
de mi vida pasada, así como ya le referí otras para que
fuera conociéndome bien.
-¡ Oiga, Marcos Vargas!
de comprarme los carros?

¿No será mejor que desista

-¡ Es que usted se arrepiente de habérmelos vendido
en las condiciones . . . !

-No diga tonterías. Usted me entiende. Ya le he dicho
que me ha caído a gusto y no quiero que por causa mía,
hasta cierto punto, vaya a tener un mal resultado su venida
al Yuruari. Estoy dispuesto a ayudarlo en lo que sea men~ster ; estudie un negocio que le agrade y le convenga en
Cmdad Bolívar y cuente conmigo para el capital que necesite.
- Muchas gracias, don Manuel. Ya veo que usted cuando empieza a ser buen amigo no tiene cuándo acabar. Pero

no se preocupe. .A buscar malos encuentros no he venido
al Yuruari, ni me pasaba por la cabeza la idea de que Cholo
Parima anduviera por aquí: por muerto lo tenía ya; pero
de la casa hay que saJir, tarde o temprano . . . .Además, eso
de los malos encuentros es muy relativo : el mundo está
sembrado de ellos.
Manuel Ladera se quedó unos momentos mirándolo y
luego repuso :
-Prométame, por lo menos, que los evitará.
-Prometido, don Manuel.

Y en silencio continuaron el viaje.
Tom.a.do de
Canalma.

RICARDO GUJRALDES

XIII
Después de dos días de marcha sin peripecias, llegamos
al pueblo de Navarro, un domingo por la mañana.
Tomando una calle poblada, pasamos por la plaza frente
a la iglesia petiza y nos bajamos en un almacén a hacer
la mañana.
Por ser día festivo había gente a porrillo, y un antiguo
amigo de mi padrino se acercó a saludarlo, con muchos
agasajos y recuerdos.
Nunca me gustaron amontonamientos y menos cuando
el alcohol menudea, de suerte que me apreté la barriga
contra el mostrador, a fin de ocupar poco sitio, y espié lo
que sucedía en torno, sin entreverarme.
Oí que el desconocido amigo de don Segundo le hablaba de riñas de gallos, instándolo a que fuera esa tarde

�·s s

89

testigo de una casi segura victoria suya sobre un forastero del Tandil.
Una hora pasó para mi sin diversión, viendo entrar y
salir al paisanaje endomingado que nos miraba d e soslayo,
observando con disimulo el porte salvaje y rudo de .mi
padrino.
Para mí todos los pueblos eran iguales, toda la gente
más o menos de la misma laya, y los recuerdos que tenia
de aquellos ambientes, presurosos e inútiles, me causaban
antipatía.
Marcó el reloj el mediodia y, por un pasadizo angosto,
pasamos del despacho de bebidas al comedor, más tranquilo.
En un lugar sombreado nos sentamos a comer.

Tratando de hacerse olvidar un momento, un hombre
grande y gordo, solitario frente a su mantel cargado de manjares, callaba, comía y bebía. Sólo levantaba de vez en cuando
la cabeza del plato, y parecía entonces llenarse de satisfacción el comedor aburrido.
Una vez se interrumpió para llamar al mozo, decirle quién
sabe qué, a propósito de una botella, y palmearle el lomo con
protección cariñosa.
En el rincón opuesto al nuestro, como empujados por el
ruido, una yunta de criollos miraba en silencio. Uno de ellos
tenía µna hosca onda volcada sobre el ojo izquierdo y los dos
estaban tostados de gran aire.
Comieron apurados. A los postres rieron sin voces, las
bocas sumidas en sus servilletas.

Habría en todo unas veinte mesas con manteles manchados por violáceos recuerdos de vino. Los cubiertos eran
de un metal dudoso y los tenedores tenían torcidas las puntas, de tanto pegar contra las lozas rudas en busca de algún
bocado esquivo. Los vasos eran de vidrio espeso y turbio.
En el vasto recinto bostezaba una desesperante atonía.

-Vino de una farra, se sentó al borde de la cama en que
su mujer dormía, tomó el revólver y d elante de ella: ¡ paff !

El mozo nos saludó con una sonrisa de compli~idad,
que no alcanzamos a comprender. Tal vez le pareciera una
excesiva calaverada para dos paisanos, eso de almorzar en
la "Fonda del Polo".

y salimos al sol de la calle.

-Sírvanos de lo que haya -ordenó don Segundo.
Yo miraba a mi alrededor.
En un lugar central, tres españoles hablaban fuerte y
duro, llamando la atención sobre sus caras de baturros o
dependientes de tienda. Vecino a la entrada, un matrimonio irlandés esgrimía los cubiertos como lapiceras; ella tenia
pecudas las manos y la cara, como huevo de tero. El hombre
miraba con ojos de pescado y su cara estaba llena de venas
r eventonas, como la panza de una oveja recién cuereada.

Pero uno de los españoles relataba el suicidio de un amigo:

El de las romerías seguía pesadamente sus comparaciones
con Giles.
Con gran contento pagamos nuestra comida, aunque cara,
Al tranco fuimos para el reñidero, que don Segundo conocía, y metimos los caballos a un corralón, donde l es aflojamos la cincha.
En el mismo corralón había unas jaulas llenas de cacareos,
y el público, que como nosotros llegó temprano, comentaba la
sangre y el estado de los animales.
Nos acomodamos en el r edondel, como patos alrededor del
bañadero.

Detrás nuestro, un joven rosado, con párpados y lacrimales lagañosos de "mancarrón palomo", debía ser, por su
traje y su actitud, el representante de alguna casa cerealista.

Llegó el juez, que se sentó frente a una balanza colgada
sobre la cancha. Vinieron los dueños con sus r espectivos gallos,
que se pesaron colgándose envueltos en un pañuelo. Después
se eligieron las púas, se hizo el depósito de los quinientos pesos
jugados, y cada cual salió a calzar su campeón.

-Yo he visto las romerías de Giles -decía uno de los
españoles-- y no se diferencian en nada de l as de aquí.

Don Segundo me explicó en cortas palabras, las condiciones de la pelea.

Otro, de la misma mesa, dialogaba con un vecino sobre
el precio de los cerdos, y el cerealista intervenía, opinando
con gruesas erres alemanas.

Esperamos.
Un poco aturdido por el movimiento y las voces, miraba
yo el redondel vacío, limitado por su cerco de paño rojo, y los

�91
00

cinco anillos de gente colocados en gradería formando embudo abierto hacia arriba.
En el intervalo de espera, se discutieron las probabilidades
en favor de ambos animales. Sería la riña, al parecer, un
combate rudo y parejo. Los gallos eran de igual peso, de igual
talla. Cada uno había pisado por tres veces la arena para
salir vencedor.
El público enumeraba los detalles de la pesada, buscando
algún indicio de superioridad. El bataraz fallaba en el pico,
levemente quebrado hacia la punta, del lado izquierdo, pero
tenía no sé que tranquilidad que el giro no compensaba con
su mayor viveza.
La expectativa se hizo más tensa CU!J.ndo los combatientes
fueron depositados en postura conveniente, por los dueños,
en el circo.
Sonó la campanilla.
El giro había caído livianamente al suelo, ladeadas las
alas como un chambergo de matón, medio encogido el pescuezo
en arqueo interrogante, firme en el enemigo la pupila de azabache engarzada en un anillo de oro.
El bataraz, más burdo en alardes, se acercaba a pasos
cortos, alta la cabeza, agitada en p equeñas sacudidas de llama.
Se cerraron tres o cuatro apuestas sin importancia. La
plata estaba al giro.
En un brusco arranque, los gallos acortaron distancias.
A dos centímetros, los picos se trabaron en un rápido juego
de fintas. Las cabezas temblequeaban, subiendo, bajando.
Y el primer tope sonó como guascazo en las caronas.

Aprovechando los revuelos, que desnudan al combatiente,
juzgamos los cuerpos, los muslos, la r espectiva capacidad de
violencia o ligereza. Luego miramos en silencio, para traducir
nuestra opinión en apuesta.
-¡ Treinta pesos al giro!
-¡ Doy cincuenta a cuarenta con el giro!
La, usura me pareció un insulto de compadre logrero, que
aprovecha una tara para envalentonarse. El bataraz sentía
su defecto del pico. Espié minuciosamente.
El giro cargaba de firme, el buche pegado a su contrario,
que le daba un poco el flanco cruzando el pescuezo. P ero el

bata.raz, cuando se sentía picado en las plumas del cogote,
zafaba. el encontrón echando casi al suelo la cabeza, de modo
que los púazos pasaran por encima sin herirlo. Maldije d~l
dueño que largaba al r eñidero un animal tan noble en cond1ciones desventajosas.
Brillaban las cabezas barnizadas de sangre. Afanosos ios
picos buscaban l os verrugones de las crestas o un desgarrón
de pellejo para asegurar el bote.
Las apuestas, dando usura, caían con persistencia de
gotera.
Veinte treinta minutos pasaron angustiosamente, sin que
variara el ~specto del combate. Mis simpatías estaba':1 ~or el
bata.raz, que, no habiéndos~ empleado a fo~do, r es1st1a las
cargas del giro, incapaz de mfenrle una henda grave. P ero
¡sabría mi favorito emplear su vigor en caso de tomar la
ofensiva 1
Mi atención se había hecho sutil. Mis ojos, como mis
oídos, percibían, basta las fibras íntimas, las dos vidas que
a unos pasos de mi asiento, batallaban a muerte.
P ertinazmente el giro seguía empujando con el buche,
agravando así el silbido de su respiración penosa, y noté que
aflojaba en su juego de pico.
-¡ Quince a diez da el giro !

Nuevamente la. usura me daba en el rostro su cachetada.
-¡Pago! -respondi
-¡Veinte a quince al giro !
-¡Pago !
Y así no sé cuántas veces, tomé posturas en que arriesgaba plat~ penosa.mente ganada. en mis rudas andanzas. Algunos del público me mi:aron coro~ se ~ira. a u!l l_oc? o a un
zonzo. Para ellos, el giro no t ema mas que ms1st1r en su
trabajo, acentuando su victoria hasta el anonadamient_o ~el
ba.ta.raz. Herido por esas miradas que me trataban de bisono,
y excitado por el empeño de mi dinero, me . concen~ré en l a
pelea hasta identificarme con el gallo en q men babia puesto
mi cariño y mi interés.
Hice mi plan. Era necesario permanecer en _la defensiva, evitando el golpe decisiYo, salvando. en media hora ?&lt;'
resistencia, y tirar hacia abajo a cada picada del contrario.

�92

03

El bataraz parecía haberme entendido.
De pronto un murmullo de sorpresa sofocó al público.
El giro se había despicado. Un triangulito rojo yacía en la
tierra barrida del reñidero.

- Faltan dos minutos- pronunció el .juez.
Comprendí que el reloj se· convertía en m~ p~or enemigo.

¡ Voy treinta pesos derecho a]

Mi gallo se agotaba, enredándose en las alas y .la cola
del giro. E inesperadamente éste se rehizo, situó a su adversario por el tacto y le dió un encontronazo que lo echó al
suelo.

Pero la plaza se había dado vuelta como guayaca va-

-¡ Cincuenta pesos a mi gallo giro ! -vociferó el dueño

-¡ Se igualaron los picos! -no pude dejar de gritar,

agregando con insolencia-:

bata.raz!
cía.

1

-¡Pago! -respondía, olvidado de mi lástima reciente.
-Treinta a veinticinco contra el despicao -decía otro.

Me reproché con rabia no haber aprovechado la usura
para jugar más. Desde ese momento, los partidiarios del
giro se harían ariscos.
Extenuados por cuarenta minutos de lucha, los gallos
descansaban apuntalándose en el peso del enemigo.
Oon seguridad, el b!l,taraz tomó la iniciativa, se af erró
a una picaqa de plumas sanguinolentas, golpeó dos veces,
reciamente sin largar.
El giro cloqueó como una gallina cascoteada y comenzó
a dar vueltas de derecha a izquierda, el cuello lastimosamente estirado, la respiración atrancada en un ronquido de coágulos. En su cabeza carmínea y como verrugosa, había desaparecido el pequeño lente hostil de su mirada.
-¡ 'Stá ciego y loco! -sentenció alguien.
En efecto, el animal herido, después de repetir sus círculos maquinales, como en busca de una mosca imaginaria,
picoteaba el paño del redondel, dando la espalda al combate.
En su cabeza, como vaciada, sólo vivía un quemante bordoneo, cruzado de dolores agudos como puñaladas.
Pero ningún cristiano
saña de un gallo de riña.
ro continuaba batiéndose
bataraz, paciente, buscaba

o salvaje es capaz de imaginar la
Ciego, privado de sentidos, el gicontra un fantasma, mientras el
concluirlo en un golpe decisivo.

Sin embargo, el cansancio, fuerza incontrastable cuyo
coma sentíamos caer en el reñidero, hacíase casi perceptible
al tacto. Era algo que se enredaba en las patas de los combatientes, sujetaba sus botes, 'nos oprimía las sienes.
- ¿La hora 1 -preguntó alguien.

Y el bataraz volvió sobre el golpe, f~rtalecido de rabia
tomó una picada y clavó las espuelas certeras en el cráneo
ciego y deforme.
El giro se acostó lentamente en un entumecimiento de
muerte, cloqueó apenas, estiró el cuello, clavó el pico roto.
Sonó la campanilla.

· '-

Dos hombres enormes entraban al redondel.
El dueño del giro alzó una masa sangrienta y blanda.
El otro acariciaba
tes de rabia.

un bÜito .-áe músculos aún hirvien-

;Hacía mí se estiraban manos cargadas . _de 1:Jilletes, también como cansados. Hice un roll~ voluminoso· _tj_ue guardé
en ' mi tirador y salí al corralón.
.
.
¡
.Allí encontré a mi ba.taraz, asentado todavía en la mano
de · su dueño, que lo acariciaba distraídamente, alegando con
un grupo sobre las vicisitudes -de la pelea.

Y vi que el gallo miraba· 6uriosame~te e~ de~edor, volviendo a nacer a la calma de . .la vida. ordinaria, después de
un delirio que lo había poseído, tal vez a pesar suyo, como
un irresistible mandato de raza.
Don Segundo me tomó el brazo y lo seguí para la calle,
a la cola de la gente que se retir{l.ba.
Una vez a caballo, nos dirigimos, al caer · de la tarde
dorada, hacia un puesto de estancia en que don Segundo había parado en ocasión de algunos arreos.
Mi padrino me hacía burla por mi audacia en· el juego,
pretendiendo que en caso de pérdida no hubiera podido pagar las apuestas.

�95

Saqué con orgullo el pague.te de pesos de mi tirador y
conté, apretándolos bien en 1ma esquina para que no me los
llevara el viento.
- ¡, Sabe cuántos, don Segundo ?
-Vos dirás.
-Cientos noventa y cinco pesos.
-Ya tenés pa comprarte una estancita.
-Unos potros, sí.
Tomado de

Don Seguntlo Sombra.

MARTIN LUIS GUZMAN

LA FIESTA DE LAS BALAS
~tento ~ cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veia a nu alrededor, a menudo me preguntaba en Ciudad
Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo a
la División del Norte: si las que se suponían estrictamente
históricas, o las que se ca_lificaban de legendarias ; si las que
se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles con el toque de la exaltación poética, las revelaciones es~nciales. Y siempre eran
la~ proe:3:s de este segund? .º:~en las que se me antojaban
mas vend1cas, las que, a m1 JUICIO, eran más dignas de hacer
Historia.
Porqu~ ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura de
Rodolfo Fierro - y Fierro y el villismo eran espejos contrap~estos, modos de ser que se reflejaban infinitamente en·
tre s1 - que en el relato que ponía a aquél ante mis ojos
después de una de las últimas batallas, entregado a consu~
mar, con fantasía tan cruel como creadora de escenas de
mlierte, las teribles órdenes de Villa? Verlo así era como
sentir en el alma el roce de u.na tremenda realidad cuya huella se conserva para siempre.

Aquella batalla, fecunda en todo, h~~ía term~~do dejando en manos de Villa no menos de qmmentos pr1s10neros.
Villa mandó separarlos en dos grupos : de una parte los vo•
luntatrios orozquistas a quienes llamaban "colorados"; de
la otra los federales. Y como se sentía ya basta~te fuerte
para a~tos de grandeza, resolvió ha?er un escarmiento con
los prisioneros del primer grupo, mientras se mos,traba generoso hacia los otros. A los colorados se les pasar1a por l~s
armas antes de que oscureciese; a los ~eder'.1-les se. les . dar1a
elegir entre unirse a las tropas revolucionarias o bien rrse a
sus casas mediante la promesa de no volver a hacer armas
contra la causa constitucionalista.
Fierro como era de esperar, fue el encargado de la ejecución a ia cual dedicó desde luego la eficaz diligencia que
tan b;en camino le auguraba ya en el ánimo de Villa, o, según decía él: de "su jefe".
Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de le·
vantar el campo, iba reconcentrán~ose l~nt'.1-mente en to_r;10
del humilde pueblecito que había sido ?bJet1vo de la acc10n.
Frío y tenaz, el viento de la llanura ch1huahe':1_se empezab3: a
despegar del suelo y apretaba los grupos de Jmetes y de lll·
fantes: unos y otros se acogían al socair~ de l~s casas. _Pero
Fierro - a quien nunca detuvo nada m nadie - no 1ba a
rehuír un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada de la noche. Cabalgó en su caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro, sucio por el polvo de la b~talla, rozaba el borde del sarape gris. Iba al paso. El vie':1to le daba de lleno en la cara, más él no trataba de ev~tarlo clavando la barbilla en el pecho ni levantando los pliegues del
embozo. Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el busto,
bien puestos los pies en los estribos y eleg!ntem~nte dobladas las piernas entre los ª!reos dJ campana SUJetos_, a los
tientos de la montura. Nadie lo ve1a, salvo la desolacion del
llano y uno qué otro soldado que pasaba a distancia. ):.'ero
él, acaso inconscientemente arre;11daba de modo que e~ ammal
hiciera piernas como para lucirse en un p~seo.. Fierro se
sentía feliz: lo embargaba el placer de la victoria - de la
victoria, en que nun~a creía hasta no ,co~sum~rse la completa derrota del enenngo-, y su alegria mtenor le afloraba
en sensaciones ñsicas que tornaban grato el hostigo del viento
y el andar del caballo después de quince horas de, no apearse.
Sentía como caricia la luz del sol un tanto desva1do, sol prematuramente envuelto en tormentosos y encendidos fulgores.
Llegó al corral donde tenía encerrados, como rebaño d e
reses, a los trescientos prisioneros colorados condenados a

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06

morir, y se detuvo un instante a mirar por sobre las tablas
de la cerca. Por su aspecto, aquellos trescientos huertistas
hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran
de la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las
carnes, robustos los cuellos, bien conformados los hombros
sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro consideró de
una ojeada el pequeño ejército preso, lo apreció en su valor
militar - y en su valer- y sintió una pulsación rara un estremecimiento que le bajaba desde el corazón o desde la
frente, hasta el índice de la mano derecha. S~ quererlo, la
palma de esa mano fue a posarse -en las cachas de la pistola.
-Batalla, ésta -

pensó.

Indüerente~ a todo, los soldados de c~ballería que vigilaban a los prisioneros no se fijaban en él. A ellos no l es
P:eocul?aba más que ~a molestia de estar montando una guardia fatigosa- guardia incomprens"ible después de la excitación del combate que les exigía tener lista la carabina, cuya
culata apoyaban en el muslo. De cuando en cuando si al' ·
. .
,,
'
gun prisionero parecia apartarse, los soldados apuntaban
c?n aire resuelto y, de ser preciso, hacían fuego. Una onda
r!zaba entonces el perínietro informe de la masa de los pris10neros, los cuales se replegaban para evitar el tiro. La
bala pasaba de largo o derribada a alguno.
Fierro av~nzó hasta la puerta del . corral; gritó a un
soldado que vmo a descorrer las trancas, y entró. Sin quitarse el saral?e de sobre los hombros echó p ie a tierra. El
salto le d~sh1zo el embozo. Tenía las piernas entumecidas
de cansancio y de frío : las estiró. Se acomodó las dos pistolas. Se puso luego a observar despacio la disposición de los
corrales y sus diversas divisiones. Dio varios pasos hasta
lm~ de las cercas, sin soltar la brida. Pasó ésta, para dejar
SUJeto el caballo, por entre la juntura de dos tablas. Sacó
de las cantinas de la silla algo que se metió en los bolsillos
de la chaqueta, y atravesó el corral a poca distancia de los
prisioneros.
:i,os _corrales era~ tres, comunicados entre sí por puertas mter10res y calleJones angostos. Del que ocupaban los
colorados, Fierro pasó, qeslizando el cuerpo entre las trancas d e la puerta, al de en medio; en seguida, al otro. Allí
se detuvo. Su figura, grande y hermosa irradiaba un aura
extra_ña, algo superior, algo prestigioso ; a la vez adecuado
al !1"1ste abandono del corral. El sarape había venido resbalandole del cuerpo _hasta quedar pendiente apenas de los
hombros: los cordoncillos de las puntas arrastraban por el

suelo. Su sombrero, gris y a~cho de ala, se teñía de rosa al
recibir de soslayo la luz pomente del sol. Vuelto de espaldas, los prisioneros lo veían desde, lejos, 1: través de las cercas. Sus piernas formaban compas hercúleo y destellaban;
el cuero de sus mitasas brillaba en la luz del atardecer.
A unos cien metros, por la parte exterior . 3: los corral~s,
estaba el jefe de la tropa encargada de los pris10ner~s._ Fierro lo vió y le indicó a señas que se acercara. El oficial . cabalgó hasta el punto de la cerca. más próximo a Fierro. Este
caminó hacia él. Hablaron. Por momentos, conforme hablaban Fierro fue señalando diversos puntos del corral donde se ~ncontraba y del corral contiguo. . Después des~~~bió,
moviendo la mano, una serie de evoluc1?nes q1;1e re~it1? ~}
oficial como con ánimo de entender meJor. Fierro ms1stio
dos o tres veces en una maniobra al parecer muy importante, y el oficial, seguro de las órdenes, partió al galope hacia
donde estaban los prisioneros.
Entonces tornó Fierro al centro del corral, atento otra
vez al estudio de Ía disposición de las cercas y demás detalles. Aquel corral era el más ampl~o ?,e los tres Yi ,según parecía el primero en orden - el primero con r elam&lt;?n al pueblo. Tenía en dos de sús lados sendas puertas hacia el campo : puertas de trancas más estropeadas - por mayor u~o
_ que las de los corrales posteriores, pero de maderos mas
fuertes. En otro lado se abría la puerta que daba al corral
inmediato, y el lado último no era una simple cerca de tablas, sino tapia de adobes, de no menos de tres metros de altura. La tapia mediría como sesenta metros de largo, de
los cuales veinte servían de fondo a un cobertizo o pesebre,
cuyo tejado bajaba de la barda y se asentaba, de una pa~te, en los postes, prolongados, del extremo de una de las
cercas que lindaban con el campo, y de la otra, en una pared, también de adobe, que salía perpendi~ularmente. de la
tapia y avanzaba cosa de quince metros, hacia l os med10s del
corral. De esta suerte, entre el cobertizo y la cerca del corral
próximo venía a quedar un espacio cel!l:ad? en do~ de sus lados por paredes macizas. En aqu~l rmcon el v1~nto de ,la
tarde amontonaba la basura y hacia: sonar con ritmo anarquico, golpeándolo contra el brocal de un pozo, un cubo de
hierro. Del brocal del pozo se elevaban dos palos tos.co.s,
t erminados en horqueta, sobre los cuales se atravesaba otro
más y desde éste pendía una garrucha con cadena, que sonab~ también movida por el viento. En lo más alto de una
d e las horquetas un pájaro grande, inmóvil, blanquecino, se
confundía con las puntas torcidas d el palo seco.

�00

08

Fierro se h~llaba a cincuenta pasos del pozo. Detuvo
un s~gundo la VISta sobre la quieta figura del pájaro y
U?º SI la presencia de ~!te e~cajara a pelo en sus refl~xi¿n~~si_n cambiar de expres1on, ni de postura ni de gesto
, 1'
pistola lentamente. El cañón del arm~, largo y
s!
transformó en dedo de rosa a la luz poniente del ; 01 Poco
a P~~o el graA dedo fue enderezándose hasta señalar· en direc_cion d~l paJaro. Sonó el disparo _ seco y diminuto en
la mme~~idad ?e la tarde - y el animal cayó al suelo Fº _
rro volv10 la pistola a la funda.
·
ie

:U!~º

d

¡1

tEn
uel momento un soldado, escalando la cerca saltó
en r? e corral. Era el asistente de Fierro. Rabí¡ dado
el b~mco desde tan alto que necesitó varios segundos para
erguirse otra ve~. .Al fin lo hizo y caminó hacia donde estaba su amo. Fierro le preguntó, sin volver la cara:
-¿ Qué hubo con ésos?

Sino vienen pronto, se hará tar-

de.
-Parece que ya vienen ay -contestó el asistente.
-Entonces, tú ponte allí. .A ver, ¿ qué pistola traes T
-La que usted me dió, mi jefe. La " mitigüeson".

-:-i Dá~ala

pues, y toma estas cajas d e parque.
tos tiros dices que tienes !

6Cuán-

. _-Unas quince docenas, con los que h e arrejuntado hoy
mi Jefe. Otros hallaron hartos, yo no.
'
, -¿ Qu~ce docenas ?... Te dije el otro día que si scgmas vendiendo el ~arque para emborracharte iba a met e;te
una bala en la barriga . . .

-No, mi jefe.
-No mi jefe, qué.
- Que me embriago, mi j efe, pero no vendo el parque.
. - Pues cuidadito, porque me conoces. y ahora
vivo para q~e me salga bien esta ancheta. y O disparo pon;?
cargas las p1Stolas. y oye bien esto que te voy a deci;. ~:
iit~e!~o cc~!ªe1!~/1e escapa uno siquiera de los ·colorados," t e
- ¡ .Ah, qué mi jefe!

- Como lo oyes.

El asistente extendió su frazada sobre el suelo y vació
en ella las cajas de cartuchos que Fierro acababa de darle.
Luego se puso a extraer uno a uno los tiros que traía en las
cananas de la cintura. Quería hacerlo tan de prisa, que se
tardaba más de la cuenta. Estaba nervioso, los dedo: se le
embrollaban.
- ¡ .Ah, que mi j efe! - seguía pensando para sí.
Mientras tanto, tras de la cerca que limitaba el segundo
corral fueron apareciendo algunos soldados d e la escolta.
Montados a caballo, medio busto les sobresalía del borde de
las tablas. Muchos otros se distribuyeron a lo largo de las dos
cercas restan tes.
Fierro y su asistente eran los únicos 4ue estaban dentro
del corral: Fierro, con una pistola en la mano y el sarape
caído a los pies ;el asistente, en cuclillas, ordenando sobre
su frazada las filas de cartuchos.
El jefe de la escolta entró a caballo por la puerta que
comunicaba con el corral contiguo y dijo :
- Ya tengo listo. los primeros diez. i Te los suelto!
R espondió Fierro :
-Sí, pero antes entéralos bien del asunto: en cuanto
asomen por la puerta yo empezaré a dispararles; los que lleguen a la barda y la salten quedan libres. Si alguno no
quiere entrar, t ú métele bala.
Volvióse el oficial por donde había venido, y Fierro, pistola en mano, se mantuvo alerta, fijos los ojos en el estrecho
espacio por donde los prisioneros iban a irrumpir. Se había
situado bastante próximo a la valla divisoria para que, al hacer fuego, las balas no alcanzaran a los colorados que todavía estuviesen del lado de allá : quería cumplir lealmente lo
prometido. P ero su proximidad a las tablas no era t anta que
los prisioneros, así que empezase la ejecución, no descubriesen,
en el acto mismo d e trasponer la puerta, la pistola que les
apuntaría a veinte pasos. .A espaldas de Fierro el sol ponient e convertía el cielo en luminaria roja. El v iento seguía
soplando.
En el corral donde estaban los prisioneros cr eció el rumor de voces - voces que los silbos del viento d estrozaban,
voces como de vaqueros que arrearan ganado. Era difícil
la maniobra de hacer pasar del corral último al corral d e en
medio a los trescientos hombres condenados a morir en ma-

�101
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sa; el suplicio que los_ amenazaba hacía encresparse su much~dumbre con sacudidas de organismo histérico. Se oía
g 7itar a la gente de la escolta, y, de minuto en minuto los
disparos de carabina recogían las voces, que sonaban e~ la
oq':ledad de la tarde como chasquido en la punta de un
latigazo.
~e los primeros prisioneros que llegaron al corral intermedio un grupo de soldados segregó diez. Los soldados no
bajaban de ".einticinco. Echaban los caballos sobre los presos para obligarlos a andar; le. apoyaban contra la carne
las bocas de las carabinas.
-¡Traidores! ¡ Jijos de la rejija ! ¡ Ora vamos a ver
qué tal corren y brincan! ¡ Eche usté p'allá, traidor!
Y así los ~icieron avan~ar hasta la puerta de cuyo otro
lado estaban Fierro y su asistente. Allí la resistencia de los
colorados se _acentuó; pero e! golpe de los caballos y el cañón
de las car~bmas los_ persuadieron a optar por el otro peligro,
p_or e~ peligro. de Fierro, que no estaba a un dedo de distancia, smo a vemte pasos.
Tan pronto como aparecieron dentro de su visual Fierro
los saludó con extraña frase - frase a un tiempo ~ariñosa
y cruel, de ironía y de esperanza:
-¡ Andenles, hijos: que nomás yo tiro y soy mal tira~

dor!
Ellos brinca~an como cabras. El primero intentó abalanz,arse _s~bre Fier~o, pero no había dado tres saltos cuando
cayo acribillado a tiros por_los soldados dispuestos a lo largo
de la cerca. Los otros corrieron a escape hacia la tapia _ loca carrera, que a ellos les parecería como de sueño. Al ver el
brocal _del poz?, uno quiso refugiarse allí: la bala de Fierro lo
alcanzo el prunero. Los demás siguieron alejándose. pero
uno ª. ~no _fueron cayendo - en,m~nos de diez segund¿s Fierro d1sparo ocho veces-, y el nltimo cayó al tocar con los
dedos los adobes q~~ por un ~xtraño capricho separaban en
ese momento la reg_10n de ~a vida de la región de la muerte.
Algunos C?~rpo~ dieron aun señales de vida; los soldados,
desde su sitio, tiraron sobre ellos para rematarlos.
Y vin~ otro grup~ de diez, y luego otro, y otro, y otro.
Las tres pistolas de Fierro - dos suyas, la otra de su asistente - se turn~ban en la _mano homicida con ritmo perfecto: . Cada tma dlspax:aba selS VJces - seis veces sin apuntar,
seis veces al descubrir - y ca1a después encima de la fraza-

da. El asistente hacía saltar los casquillos quemados y ponía otros nuevos. Luego, sin cambiar de postura, tendía
hacia Fierro la pistola, el cual la tomaba casi al soltar la
otra. Los dedos del asistente tocaban las balas que segundos después tenderían sin vida a los pr~ioneros; pero él_ no
levantaba los ojos para ver a los que caian: toda su conciencia parecía concentrarse en la pistola que tení_a en las manos,
y en los tiros, de reflejos de.oro y plata, esparcidos en el suelo.
Dos sensaciones lo ocupaban en lo hondo de su ser : el peso
frío de los cartuchos que iba metiendo en los orificios del
cilindro y el contacto de la epidermi~ lisa y c_álida del arma.
Arriba, por sobre su cabeza,. se suced1an los disparos con que
su j efe se entregaba al deleite de hacer blanco.
El an.,.ustioso huír de los prisioneros en busca de la
tapia salva"dora - fuga de la muer te e~ ~na sinfonia es~a1;1tosa donde la pasión de matar y el ansia inagotable de vw1r
luchaban como temas r eales - duró cerca d e dos horas,
irreal, engañoso, implacable. Ni un instante pe,r~ió Fierro
el pulso o la serenidad. Tiraba sobre blancos moviles y humanos sobre blancos que daban brincos y traspiés entre
charco's de sangre y cadáveres en posturas inverosímiles, pero tiraba sin más emoción que la de errar o acertar. Calculaba basta la desviación de la trayectoria por efecto del viento, y de un disparo a otro la corregía.
Algunos prisioneros poseídos de terror, caían de rodillas al trasponer la pue~ta: la bala los doblaba. Otros bailaban danza grotesca al abrigo del brocal del pozo hasta
que la bala los curaba de su frenesí o los bacía caer heridos
por la boca del hoyo. Casi todos se precipitaban hacia la
pared de adobes y trataban de escalarla trepando por los
montones de cuerpos entrelazados, calientes, húmedos, humeantes: la bala los paralizaba también. Algunos lograban
clavar las uñas en la barda d e tierra; pero sus manos, agitadas por intensa ansiedad de vida, se tornaban de pronto en
manos moribundas.
Hubo un momento en que la ejecución en masa se envolvió en un clamor tumultoso donde descollaban los chasquidos secos de los disparos, opacados por la inmensa voz
del viento. De un lado de la cerca gritaban l os que huían
de morir y morían al cabo; d e otro, los que se defendían del
empuje de los jinetes y hacían por romper el cerco que los
estrechaba hasta la puerta terrible. Y al griterío de unos
y otros se sumaban las voces de los soldados distribuídos en
el contorno de las cercas. Ellos habían ido enardeciéndose
con el alboroto de los disparos, con la destreza de Fierro y

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con los lamentos y el accionar frenético de los que morían.
Saludaban con exclamaciones de regocijo la voltereta de
los cuerpos al caer; vociferaban, gesticulaban, reían a carcajadas al hacer fuego sobre los montones de carne humana
donde advertían el menor indicio de vida.
El postrer pelotón de los ajusticiados no fue de diez
víctimas, sino de doce. Los doce salieron al corral de la
muerte a"tropellándose entre sí, procurando cada uno cubrirse con el grupo de los demás, a quien trataban de adelantarse en la horrible carrera. Para avanzar hacían corcovos sobre l os cadáveres hacinados; pero la bala 110 erraba por eso:
con precisión siniestra iba tocando uno tras otro y los dejaba a medio camino de la tapia - abiertos brazos y piernas abrazados al montón de sus hermanos inmóviles. Uno de
ellos, sin embargo, el último que quedaba con vida, logró
llegar hasta la barda misma y salvarla . . . El fuego cesó de
repente y el tropel de soldados se agolpó en el ángulo del
corral inmediato para ver al fugitivo.
Pardeaba la tarde. La mirada de los soldados tardó en
acostumbrarse al parpadeo interferente de las dos luces. De
pronto no vieron nada. Luego, allá lejos, en la inmensidad
de la llanura medio en la sombra, fue cobrando precisión un
punto móvil, un cuerpo que corría. Tanto se doblaba el cuerpo
al correr, que por momentos se le hubiera confundido con
algo rastreante a flor de suelo.
Un soldado apuntó:
-Se ve mal ... -dijo, y disparó.
La detonación se perdió en el viento del crepúsculo. El
punto siguió su carrera ...
Fierro no se había movido de su sitio. Rendido el brazo
lo tuvo largo tiempo suelto hacia el suelo. Luego notó que 1~
dolía. el índice y levantó la mano hasta los ojos: en la semioscuridad comprobó que el dedo se le había hinchado ligeramente. Lo oprimió con blandura entre los dedos y la palma
de la otra mano, y así estuvo, durante buen espacio de tiempo,
entregado todo él a la dulzura de un masaje moroso. Por
fin se inclinó para recoger del suelo el sarape, del cual se
había desembarazado desde los preliminares de la ejecución.
Se lo echó_sobre los hombros y caminó para acogerse al socaire
del cobertizo. A los pocos pasos se detuvo y dijo al asistente:
-Así que acabes, tráete los caballos.
Y siguió andando.

El asistente juntaba los cartuchos quemados. En el corral
contiguo los soldados de la escolta desmontab~n, h_ablaba~,
canturreaban. El asistente los esc~chaba en ~ilenc10 ~, sm
levantar la cabeza. Después se irguió con lentitud. Cog10 la
frazada por las cuatro puntas y se la echó a la espalda : los
casquillos vacíos sonaron dentro con sordo cascabeleo.
Había anochecido. Brillaban algunas estrellas. Brillaban
las lucecitas de los cigarros al otro lado de las _tablas ?,e la
cerca. El asistente rompió a andar con paso débil, y as1 fue:
medio a tientas, basta el último _de los corrales, y de alla
regresó a poco trayendo de la brida los caballos -el de _su
amo y el suyo-, y, sobre uno de los hombros, la mochila
de campaña.
Se acercó al pesebre. Sentado sobre una piedra, ~erro
fumaba en la oscuridad. En las juntas de las tablas silbaba
el viento.
-Desensilla y tiéndeme la cama -ordenó Fierro-; no
aguanto el cansancio.
-&amp;Aquí en este corral, mi jefe Y ••• &amp;Aqui7 • •.
-Sí, aquí.
Hizo el asistente como le ordenaban. Desensilló y tendió
las mantas sobre la paja, arreglando con el maletín y la montura una especie de cabezal. Minutos después de tenderse
allí, Fierro se quedó dormido.
E l asistente encendió su linterna, dio grano. a los animales y dispuso lo necesario par~ que pasaran bien la noche;
Luego apagó la luz, se envolvió en su fraza~a y ~e acost~
a los pies de su amo. Pero un momento de~PUJS se mcorp?ro
de nuevo se hincó de rodillas y se persigno. En segmda
volvió a tenderse en la paja.
Pasaron seis, siete horas. Había caído el viento. El silencio
de la noche se empapaba en luz de l,una. De tarde ~n tarde
sonaba próximo el estornudo de algun caballo. Brillaba el
claro lunar en la abollada superficie del cubo del J?OZO y
bacía sombras precisas al tropezar con todos los obJetoscon todos, menos con los ~ontones de ca?-áveres. Estos se
hacinaban, enormes en medio de tanta _qmetud, co_mo cerros
fantásticos, cerros de formas confusas, mcomprensJbles.
El azul plata de la noche se derramaba sobre los muertos
como la más pura luz. Pero insensible~~m~e aquella luz de
noche fue convirtiéndose en voz, voz tambien irreal y nocturna.

�104-

105

La voz se hizo distinta: era una voz apenas perceptible
apagada, doliente, moribunda, pero clara en su tenue contorn¿
como las sombras que la luna dibujaba sobre las cosas. Desde
el fondo de uno de los montones de cadáveres la voz parecía
susurrar :
-Ay ...
Luego calló, y el azul de plata de la noche volvió a ser
sólo luz. Mas la voz se oyó de nuevo :
-Ay ... Ay ...
Fríos e inertes desde hacía horas, los cuerpos apilados
en el corral seguían inmóviles. Los rayos lunares se hundían
en ellos como en una masa eterna. Pero la voz tornó:

El asistente tomó la pistola de debajo de la montura Y,
empuñándola se levantó y salió del pesebre en busca de los
cadáveres. Temblaba de miedo y de frío. Uno como mareo
del alma lo embargaba.
A la luz de la luna buscó. Cuantos cuerpos tocaba estaban
yertos. Se detuvo sin saber qué hacer. Luego disparó sobre el
punto de donde parecía venir la voz: la voz se oyó de nuevo.
El asistente tornó a disparar : se apagó la voz.
La luna navegaba en el mar sin límites de su luz azul.
Bajo el techo del pesebre Fierro dormía.
Tomado de
El ágn:lll\ y la serpiente.

-Ay ... Ay ... Ay ...

Y este último ay llegó hasta el sitio donde Fierro dormía
e hizo que la conciencia del asistente pasara del olvido del
sueño a la sensación de oír. El asistente recordó entonces la
ejecución de los trescientos prisioneros, y el solo recuerdo
lo de_jó quieto sobre la paja, entreabiertos los ojos y todo él
pendiente del lamento de la voz, pendiente con· las potencias
íntegras de su alma . . .

LEOPOLDO LUGONES

LOS CABALLOS DE ABDERA

-Ay ... Por favor ...
Fierro se agitó en su cama ...
-Por favor ... , agua ...
Fierro despertó y prestó oído .. .
- Por favor ... , agua ...
Entonces Fierro alargó un pie hasta su asistente.
-¡ Eh, tú! ¿No oyes? Uno de los muertos está pidiendo

agua.

-¿Mi jefe?
. ¡ Que te l evantes y vayas a darle un tiro a ese jijo de
la tiznada que se está quejando! ¡ A ver si me deja dormir!
-¿ Un tiro a quién, mi jefe?

-A ese que pide agua, ¡Imbécil! ¿No entiendes?
-Agua, por favor -repetía la voz.

Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmen!e. es
Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya betica,
era célebre por sus caballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella
descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a
gala la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivad~
a porfía durante largos años, hasta f?rmar parte de las_ tradiciones fundamentales, había producido efectos . maravillosos.
Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, Y. todas
las poblaciones tracias, desde l?s cicones hasta los bJ.Saltos,
eran tributarios en esto de los bIStones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria,
uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey
hasta el último ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, much~ más
de lo que era y es habitual para . el resto de las naciones;
llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del

�106

hogar, y extremándose las naturales exageraciones de toda
pasión, hasta admitir caballos en la mesa.
. Eran verdad_eramente notables corceles, pero bestias al
fm., Otros dorm1a~ en cobertores de biso; algunos pesebres
teman frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían
el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino
ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas,
d_os o tres obras maestras. El templo más hermoso de la
c~udad _estaba c?nsagrado a Arión, el caballo que Neptuno
hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que
!a moda de reD?-atar. las proas en cabezas de caballo, tenga
1g~al prov:11:enc1a; siendo seguro, en todo caso, que los bajos
relieves h1p1cos fueron el ornamento más común de toda
aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba más
decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos
verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos•
d_e tal modo q;1e los nombyes de Podargos y de Lampo~
figuraban en fabulas sombnas ; pues es del caso decir que
los caballos tenían nombres como personas.
Tan a_maestra?os estaban, aquellos animales, que las bridas eran mecesanas, conservandolas únicamente como adornos, muy apreciadas desde luego por los mismos caballos.
La palabra era el medio usual de comunicación con ellos.
observándose que la libertad favorecía el desarrollo de su~
buenas condiciones; dejábanlos todo el tiempo no requerido
por la al~a:rda o el arnés, en libertad de cruzar a sus anchas
las magníficas praderas formadas en el suburbio a la orilla
del Kossínites, para su recreo y alimentación. '
, A son de tro~pa los convocaban cuando era menester, y
as1 para el trabaJo como para el "Rienso eran exactísimos.
Raya:ba CJ1 lo increíble su habilidad para toda clase de juegos
d~ c1rc_~ y hasta de saló1;1-, su bravura en los combates, su
d1screc10n en las ceremomas solemnes. Así, el hipódromo de
Abdera tanto como sus compañías de volatines; su caballería
acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal
re~~mbre, que _de todas partes acudía gente a admirarlos :
merito compartido por igual entre domadores y corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue
de condiciones, y, para decirlo todo en una palabra aquella
"hu!°anización" de _la raza equina, iban engendr~ndo un ,
fenomeno que los b1stones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo cosas anormales
que daban pábulo al comentario general.

107

Una yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paineles cuando no le hicieron
el gusto. Concedido el capricho, daba muestras de coquetería
perfectamente visible.
Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco, elegante y sentimental que tenía dos campañas militares y _manifestaba regocijo ante el recitado de exámetros heroicos,
acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de
un general, dueño del enamorado bruto, y por cierto no
ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su vanidad,
siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre metrópoli.
Señalábase igualmente casos de infanticidio, que, aumentando en forma alarmante, fué necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el
pescado y por el cáñamo, cuyas plantaciones saqueaban los
animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de corregirse,
siendo insuficiente el látigo, por medio del hierro candente.
Esto último fué en aumento, pues el instinto de rebelión progresaba, a pesar de todo.
Los bistones, más encantados cada vez con sus caballos,
no paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos
produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho
causa común contra un carretero que azotaba su yegua rebelde.
Los caballos resistíanse cada vez más el enganche y al yugo,
de tal modo que empezó a preferirse el asno. Había animales
que no aceptaban determinado apero ; mas como pertenecían
a los ricos, se defería a su rebelión, comentándola mimosamente a título de capricho.
Un día los caballos no vrmeron al son de la trompa, y
fué menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes, no se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta tuvo lugar cierta vez que la marea cubrió la
playa de pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se
hartaron de eso y se los vió regresar al campo suburbano
con lentitud sombría.
Media noche era cuando estalló el singular conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el
ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían
_puesto en movimiento a la vez para asaltarla ; pero esto se
supo luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche
y la sorpresa de lo inesperado.

�108

Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la agresión ; y añadido a esto el
conocimiento minucioso que los animales tenían de los domicilios, ambas cosas acrecentaron la catástrofe.
Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aún.
Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo, dando
paso a. feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción.
Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de la banda, en cuyas filas
causaron estragos también las armas humanas.
Conmovida, de tropeles, la ciudad obscurecíase con la polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por
gritos de cólera o de dolor, relinchos variados como palabras
a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y
estampidos de coces sobre las puertas atacadas, unía su espanto
al pavor visible de la catástrofe. Una especie de terremoto
incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde,
exaltado a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos
tropeles sin dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado
tod?s. los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que
codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos
de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra de
destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir. Los
caballos, conociendo la misión de las naves, cenaban el acceso
del puerto.

109

enseñando su dentadura asquerosa; su grito ele pavor ante
aquella bestia convertida en fieta, con el resplandor humano
y malévolo de sus ojos incendiados de lubricidad ; el mar de
sangre con que la inundara al caer atravesado por la espada
de un servidor ...
Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se habían divertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos
las víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y las mulas
subleváronse también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo, por destruir, y particularmente encarnizadas contra
los perros.
El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la
ciudad, y el fragor d e los derrumbes iba aumentando. Era
urgente organizar una salida, por más que el número y la
fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si
no se quería abandonar la ciudad a la más insensata destrucción.
Los hombres empezaron a armarse; mas pasado el primer
momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar
también.
Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza
distinguían el terrible ejér cito que se congregaba, no sin trabajo, en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, P?es cuan~o
todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relmchos cuya causa era imposible discernir, desordenaban profundamente las filas.

Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a
organizar en ella la resistencia. Por lo pronto, se cubría de
dardos a todo caballo que cruzaba por allí, y cuando caía
cerca, era arrastrado al interior como vitualla.

El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga.
No fué, si se permite la frase, más que una demostración, pues
los animales se limitaron a pasar corriendo frente a la f9rtaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas de los
defensores.
·

Entre los vecinos refugiados circulaban los más extraños
rumores. El primer ataque no fué sino un saqueo. Derribadas
las puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones
atentas sólo a las colgaduras suntuosas con que intentaba~
revestirse, a las joyas y objetos brillantes. La oposición a
sus designios fué lo que suscitó su furia.

Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse
otra vez, y su choque contra las defensas fué formidable. La
fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y
sus recias murallas dóricas quedaron, a decir verdad, profundamente trabajadas.

Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial •
y hasta se señalaba una noble doncella que, sollozando na:
rraba entre dos crisis su percance : el despertar en la al~oba
a la media luz de la lámpara, rozados sus labios por la innobl~
geta de un potro negro que respingaba de placer el belfo,

Sobrevino un rechazo, al cu~l sucedió muy luego un nuevo
ataque.
Los que demolían eran caballos y mulos heuados que
caían a docenas • pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso shl que la masa pareciera disminuir. Lo peor
era que algun¿s habían conseguido vestir sus bardas de coro-

�111

110

bate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros
llevaban jirones de tela vistosa, otros collares; y pueriles en
su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.

En la frotaleza reinaba el pánico. ¡ Qué podrían contra
semejante enemigo Y ¿ Qué gozne de bronce resistiría a sus
mandíbulas? ¿ Qué muro a sus garras 7 ...

De las murallas los conocían. ¡ Dinos, Aethon, Ameteo,
Xanthos ! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando en seguida con fogosos respingos.
Uno, un jefe ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó
así un trecho, manoteando gallardamente al aire, como' si danzara un marcial balisteo, contorneando el cuello con serpentina
elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho...

Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo ( al fin era
una lucha contra bestias civilizadas) sin alientos ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo salió de la alameda.

Entretanto, el ataque iba triunfando.
pezaban a ceder.

Las murallas em-

Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre
otras, apoyándose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos
hacia la alameda que bordeaba la margen del Kossínites; y los
defensores, volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo espectáculo.
Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo
de la tarde, una colosal cabeza de león miraba hacia la ciudad.
Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares, cada
vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo, los montes
Ródopes. Mas nunca se había visto nada tan monstruoso, pues
aquella cabeza dominaba los más altos árboles, mezclando a
las hojas teñidas de crepúsculo las greñas de su melena.
Brillaban claramente sus enormes colmillos, percibíase sus
ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la brisa su
olor bravío. Inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como uno de esos bloques en que el
pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades.
Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase
el rumor de la fronda que su pecho apartaba~ su aliento de
fragua que iba sin duda a estremecer la ciudad cambiándose
en rugido.

A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los
caballos sublevados no resistieron semejante aproximación.
Un sólo ímpetu los arrastró por la playa, en dirección a la
Macedonia, levantando un verdadero huracán de arena y de
espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.

No fué un rugido lo que brotó de sus fauces, sino un grito
de guerra humano-el bélico "¡ alalé !" de los combates, al que
respondieron con regocijo triunfal los "hoyohei" y los "hoyotoho" de la fortaleza.
¡ Glorioso prodigio !

Bajo la cabeza del felino irradiaba luz superior el rostro
de un numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel,
resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus
muslos estupendos.
Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento,
de orgullo, llenó la tarde :
-¡ Hércules, es Hércules que llega!
Toma.do de

Los caballos de Abdera.

OCTAVIO PAZ

EL RAMO AZUL

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos,
r ecién regado, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas
grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto,
cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a
tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire
del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina.
Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra
en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el

'

�113

112

torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco
y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido
entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando
la escalera pintada de verde. En la puerta del mes6n tropecé
con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita
de tule, fumaba con los ojos entrecerrAdos. Con voz ronca me
pregunt6:
-¿ Onde va, señorT

-.A. dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí.
Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité "ahora vuelvo" y me metí en lo
obscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la
calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la
luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a, trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopl6
un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba
la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban
entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían
establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo
era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres
inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de
la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de
aquel diálogo. ¿ Cuál sería esa palabra de la cual yo era una
sílaba Y ¿ Quién dice esa palabra y a quién se la dice 1 Tiré
el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva
luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre
los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta
felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar una calle,
sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero
no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes
percibí el apagado rumor de unos huaraches sobre las piedras
calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se
acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve
en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí
la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara, pregunté:
- ¡ Qué quieres 7

-Sus ojos, señor --eontest6 la voz, suave, casi apenada.

-¿Mis ojosY ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aqu~
tenao un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te dare
tod~ lo que tengo, si me d ejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo mataré. ~ada más voy
a sacarle los ojos.
Volví a preguntar :
-Pero, 6para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos
azules. Y por aquí hay pocos que los tengan.
-Mis ojos no te sirven. No son aztlles, sino amarillos.
- .A.y, señor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene
azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. 'r e daré
otra cosa.
-No se haga el remilgoso -me dijo con dmeza-. Dé
la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma
le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un
machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué_ la llama al ro,stro: E! r esplandor
me hizo entrecerrar los oJOS. El aparto m1s parpados con
mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de
los pies y me contempl6 intensam_ente. ~a llama 1;11e q~rnmaba
los dedos. La arrojé. P ermaneció un mstante sllenc10so.
-¿ Ya te convenciste Y No los tengo azules.

- .Ah, qué mañoso es usted -me dijo-. A ver, encienda
otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome
de la manga, me ordenó :

-Arrodíllese.
Me hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos,
echándome la cabeza hacia atrás. Se inclin6 sobre mí, curioso
y tenso, mientras el 1!1ache~ descendía lentamente hasta rozar
mis párpados. Cerre los OJOS.
- Abralos bien -me dijo.

�114

1HS

.Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me
soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y desapareció. Me acodé junto al muro con la cabeza
entre la~ manos. Lu~go me incorporé. .A trop~zones, cayendo
Y levantandome, corn durante una hora por el pueblo desierto.
Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón sentado aún
fre_nte a la puerta. Entré sin decir palabra. .Al' día siguiente
hui de aquel pueblo.
Tomado de
¡,Aguna o sol?

HORACIO QUJROGA

LA GALLINA DEGOLLADA

Todo e~. día! ~entados en el patio, en un banco estaban
los cuatro h1Jos 1d10tas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían
la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la
cabeza con toda la boca abierta.
_El patio era de tierra, cerrado al Oeste por un cerco de
la~rillos. El b3:_nco .que~3:ba Pª:.alelo a él, a cinco metros, y
allí se manteman mmov1les, ÍlJOs los ojos en los ladrillos.
001;10 el. sol se ocultaba tras el cerro al declinar, los idiotas
te1;11a1;1 fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al
prmcrp10; poco a poco s~ ojos se animaban; se reían al fin
e~treplt~samente, congestionados por la misma hilaridad ans10sa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
O~r~s veces, alineados en el banco, zumbaban horas ent~ras 1~1t~do al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudía~ as1m1s~o su inercia, y corrían entonces alrededor del
patio, mordiendose la lengua y mugiendo. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban ~odo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes
:Y qmetas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho, en todo su
aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un
poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el
encanto de sus padres. .A los tres meses de casados, Mazzini
y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer y
mujer y marido hacia un porvenir mucho más vital: un hijo.
¿ Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un
mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor
mismo, sin esperanzas posibles de renovación ?
.Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó,
a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante hast a que tuvo
año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche
convulsiones terribles y a la mañana siguiente no conocía más
a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del mal en las
enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados de la
criatura recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el
alma, aun el instinto, se habían ido del todo. Había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre
sobre las rodillas de su madre.
-¡ Hijo, mi hijo querido ! -sollozaba ésta sobre aquella
espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
-.A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido.
Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo,
pero no más allá.
-¡ Sí! . . . , ¡ sí! . . . -asentía Mazzini-. P ero dígame :
¿ Usted cree que es herencia, que . . . ?
-En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí
cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón
que no sopla bien. No veo nada más pero hay un soplo un
poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de r emordimiento, Mazzini redobló
el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos
d el abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sost ener sin tregua
a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su
joven maternidad.

�116

117

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la
esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de
risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían y
al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
'

-Me parece -díjole una noche Mazzini, que acababa de
entrar y se lavaba las manos-- que podrías tener más limpios
a los muchachos.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación.

-Es la primera vez -repuso al rato- que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

¡ Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡ Su amor sobre

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

todo! Veintiocho años él, veintidós ella; y toda su apasionada
ternura no alcanzaba a cr ear un átomo de vida normal. Y a
no pedían más belleza e inteligencia, como en el primogénito •
¡ pero un hijo, un hijo como todos !
'

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa
forzada.

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de dolorido a~or, un loco anhelo de redimir de una vez para siempr e
la sa_nbdad de_ ~~ ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto
por punto repit1ose el proceso de los dos mayores.

-Bueno, de nuestros hijos. ¡, Te gusta así Y -alzó ella
los ojos.

~3:s por encima de su _inmensa amargura quedaba a
Mazzrm y Berta ~an compasión por sus cuatro hijos. Hubo
que arranc3:r del _linl~o de _la más honda animalidad no ya
sus a~as, s~o. el ~stmtoi mismo, abolido. No sabían deglutir,
cambiar de sitio, m aun sentarse . .A.prendieron al fin a caminar, ,Pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
obstáculos. Cuando _los, lavaban, mugían hasta inyectarse de
sangre el rostro. .A.mmabanse solo al comer o cuando veían
colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces echando
afu~ra lengua y ríos de baba, radiantes de frene~í bestial.
Teman, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo
obtener nada más.

- -Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, ¿noY

Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora
descendencia. Pero pasados tres años, Mazzini y Berta desearon de. nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el
largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo
que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron.
Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte
que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la
des~speranza de redención ante las cuatro bestias que habían
~ac1do de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar
a los otros, que es patrimonio especüico de los corazones
inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos. Y
como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

-De nuestros hijos, me parece .. .

Esta vez Mazzini se expresó claramente :
- ¡ .A.h, no ! -se sonrió Berta, muy pálida-; pero yo
tampoco, supongo ... ¡ No faltaba más! .. . -murmuró.

-¿ Que no faltaba más Y

-¡ Que si alguien tiene la culpa no soy yo, entiéndelo
bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de
insultarla.
-¡Dejemos! -articuló al fin, secándose las manos.
- Como quieras ; pero si quieres decir ...
-¡Berta!
-¡ Como quieras !
Este fué el primer choque, y le sucedieron otros. Pero
en las inevitables reconciliaciones sus almas se unían con doble
arrebato y ansia por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años co.n la angustia
a flor de alma, esperando siempre otro desastre.
Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en su
hija toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más
extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aun en los últimos tiempos B erta cuidaba siempre d e
sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros.

�119

118

Su solo recuerdo la horrorizaba como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazz:ini, bien que en menor grado,
pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor
indisposici6n de su hija echaba ahora afuera, con el terror de
perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían
acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara
distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera.
Desde el primer disgusto emponzoñado h abíanse perdido el
respeto y hay algo a que el hombre se siente arrastrado
con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del
todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta
de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos
mayor afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de
comer, los acostaba, con visibl e brutalidad. No los lavaba casi
nunca. P asaban casi todo el día sentados frente al cerco,
abandonados de toda remota caricia.
De ese modo Bertita cumpli6 cuatro años, y esa noche,
resultado de las golosinas que sus padres eran incapaces de
n egarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor
a verla morir o quedar idiota tornó a reabrir la eterna llaga.
. ~acía tres horas, que no hablaban, y el motivo fué, como
casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
-¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio ! ¡ Cuántas veces ... Y

-Bueno, es que me olvido; ¡ se acabó!
propósito.

No lo hago a

Ella se sonrió, desdeñosa :
-¡ No, no te creo tanto 1
-Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti ... ¡ tisiquilla !
-¡ Qué ! ¡ qué dijiste T ...

-¡Nada!
-¡ Sí, te oí algo! Mira: ¡ no sé lo que dijiste • pero te
juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre' como el
que has tenido tú !

Mazzini se puso pálido.

- ¡ Al fin! -murmuró con los dientes apretados-.
fin, víbora, has dicho lo que querías!

¡ .Al

-¡ Sí, víbora, sí! ¡P ero yo be tenido padres sanos, 6oyes 1
¡sanos! ¡ Mi padre no ha muerto de delirio ! ¡ Yo hubiera tenido
hijos como los de todo el mundo ! ¡ E sos son hijos tuyos, los
cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
-¡ Víbora tísica! ¡ Eso es lo que te dije, lo que te quiero
decir! ¡ Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor
culpa de la meningitis de tus hijos; mi padre o tu pulmón
picado, víbora !

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un
gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una
de la mañana la ligera indigestión había desaparecido y, como
pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han
amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó,
tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada
tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo
rato y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se
atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como
apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara
una gallina.
El día, radiante, había arrancado a los idiotas de su
banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la
cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había
aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras
ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros
pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación.
Rojo ... rojo ...
-¡ Señora! Los niños están aquí en la cocina.
Berta llegó ; no quería que jamás pisaran allí. ¡ Y ni aun
en estas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada podía evitarse esa horrible visión! Porque, nat uralmente,
cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e
hija, más irritado era su humor con los monstruos.
-¡ Que salgan, María ! ¡ E chelos ! ¡ E chelos, le digo 1

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                <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>Armas y Letras, Revista de la Universidad de Nuevo León, 1963, Segunda Época, Año 6, No 1, Marzo</text>
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              <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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