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                  <text>SUMARIO
Aguatin Basave FernAndez del Valle,
J1UJ.n, ~ Jimétuz: El atadaltu
•ivena.l • Miguel Covarrubias,
Cuatf'O teztoa con detÜcatoriaB •
Joeé Maria Lugo, Trea poemas •
Lynette Seator, La creaci6n del en,.

nuño en La última niebla • Irma
Sabina Sepúlveda, El Quelwadero.

DICIEMBRE DE 1966
No. 4 Afio 8

11 Epoca

��ARMAS

Y

LETRAS

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE NUEVO LEON

No. 4

Año 8

Diciembre de 1965

Segunda época

SUMARIO

Agustín Basave Fernández del Valle, Juan Ramón
Jiménez: El amdaluz imive1·sal______________________________________

5

Miguel Covarrubias, Cuatro textos con dedicatori.as.... 18
José María Lugo, Tres poemas___________________________________,:___

27

Lynette Seator, La creación del ensueiw en La última
niebla
Irma Sabina Sepúlveda, El qu,ebradero__________________________

38
46

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JUAN RAMON JIMENEZ:
EL ANDALUZ UNIVERSAL

AGUSTIN BASAVE FERNANDEZ DEL VALLE

Nochebuena de 1881. En la "blanca maravilla" de
un pueblo andaluz nace un niño. Un niño extraordinario
que se deleita en verjas, fuentes, jardines, colores, perfumes ... Un niño que se destaca, en el Colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María, por su introversión y
por su piedad. Vive, con sus padres sencillos y afectuosos, una infancia feliz. Cursa el bachillerato y marcha
para Sevilla a fin de cursar la carrera de Leyes. El adolescente se convence, muy pronto, que no está dispuesto a
someterse a normas rígidas de exámenes, a métodos didácticos y disciplinas universitarias. Además -y esto es lo
principal- sus radicales preferencias apuntan hacia otros
ámbitos. Se olvida de los Códigos y hace versos. En 1900
llega a Madrid con sentimientos vagos, con melancolía indecisa, con predisposición a la neurosis. Regresa a Moguer, en el verano de ese mismo año, y una noche cualquiera su padre se acuesta y no se levanta. Esa muerte repentina ocasiona, en el poeta, una postración nerviosa y
una preocupación obsesiva de la muerte. Habrá que estudiar, más tarde, la idea-clave de la muerte en la obra
juanramo1úana. Tras una estancia, más o menos prolon5

�'X.V-1-1104.
~

4'1A~o8 ,

gada, en sanatorios psiquiátricos, pasa varios años en Moguer, saturándose del temple anímico, de la majeza, del
señorío y del estilo colectivo de vida del pueblo andaluz.
¡ Platero a la vista!
En el año 1912, conoce a Zenobia Camprubí. Cuatro
años después, Juan Ramón y Zenobia -pareja excepcional- contraen matrimonio. Son muchos quienes creen
-y yo entre ellos- que sin Zenobia Camprubí de Jiménez,
Juan Ramón no hubiera hecho su obra. El mismo estuvo
convencido de ello. No tan sólo puso equilibrio en sus nervios enfermos, ordenó su labor y alentó su obra poética,
sino que "llevóle de la mano como a un niño perdido -apunta alguien que le conoce mucho- tocado por el dedo misterioso de los dioses. Juan Ramón Jiménez no se había reído nunca entre personas mayores. Se reía alguna vez rodeado de niños, los niños que nunca tuvo. Su espíritu es
turbulento y triste. Y a los treinta años se enamoró en
Madrid, de la risa de Zenobia Camprubí y ella puso risotadas en la vida de los dos". En 1936 se marchan a América: Puerto Rico, Cuba, Estados Unidos, Argentina. En todas partes se le recibe como a un poeta célebre, como a un
personaje consagrado. Trabaja, sucesivamente, en la Universidad de Miami, en la Universidad de Carolina del Norte y en Maryland. Para estar más cerca de su Andalucía natal, se radica, definitivamente, en Puerto Rico.
El premio Nóbel -octubre de 1956- le llegó a Juan
Ramón cuando su esposa agonizaba. Un gran honor en
el momento de un gran dolor. En su lecho de muerte, Zenobia Camprubí oyó leer el telegrama de la Academia de
Suecia, anunciando la concesión del premio Nóbel a Juan
Ramón Jiménez. La que fué "la novia, la esposa, la amante, la secretaria, la esclava, la gerente, el crítico, la madre
de Juan Ramón Jiménez" --en suma, todo lo que una mujer puede representar en la vida corporal y espiritual de un
hombre- abrió sus ojos azules, miró largamente a su esposo, "pidió el telegrama -refiere un testigo presencialY lo estrechó durante largo rato contra su pecho, como
6

a un pájaro". Tres días antes -no había vuelto a hablar
desde entonces--- preguntó, con una voz apenas perceptible
y una pálida sonrisa en los labios exangües: -Juan Ramón, ¿por qué estás tan triste? ... Podemos suponer que
esta maravillosa mujer -traductora de Rabindranath Tagore e inspiradora de Juan Ramón- murió contenta de su
consagración al esposo y más orgullosa que nunca del poeta que ella adivinó e impulsó. "Ella ha sido mi inspiración y mi alma ... -decía Juan Ramón, a quien le entrevistaba a la puerta de la enferma-. De Estocolmo enviaron expresamente un corresponsal del "Tablegat" a San
Juan, para una entrevista con el ganador del Nóbel de Literatura. Pero se encontró con un hombre deshecho, con
los nervios destrozados, y no consiguió sacarle sus impresiones. Sólo José M. Massip logró que le devolviera, contestado, el siguiente cuestionario:
-Le satisface el Nóbel, ¿Juan Ramón?
-En estos momentos de enfermedad de mi mujer y
mía, me entristece.
-Como poeta y español, ¿ qué reflexiones le inspira el
Premio?
-Que es una pena que la Academia Sueca dejase morir a Unamuno, a Antonio Machado, a Ortega y Gasset, a
otros, sin concedérselo. Para los vivos que lo merecen aún
hay remedio. ¿Por qué no Pío Baroja o Menéndez Pida! . . . ?
-¿Le alienta a continuar su obra?
- En estos instantes mi vida no es más que desaliento.
-¿ Qué escogería usted de su propia obra? N ómbreme su poema preferido.
- Nada.
-¿ Qué poetas de lengua española le interesan más?
- Jorge Manrique, Garcilaso, San Juan de la Cruz,
7

�Fray Luis de León, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y, antes que nadie, El Romancero.
-Lorca ¿ Qué prefiere de él?
-El teatro.
-¿Está contento de su vida de escritor, de su obra'?
-No.
-Deme un mensaje para las nuevas generaciones literarias de habla española ...
-Que continúen con el fervor que han demostrado en
estos últimos años en libros y revistas, esas incontables
revistas de poesía juvenil.
- ¿Echa de menos Andalucía y ~oguer?
-Siempre eché de menos Andalucía y Moguer, y me
gustaría volver a ver las casas donde vivi de niño y de joven, pero esto es ya imposible. (Hasta aquí la entrevista).
Los médicos aseguraban que Juan Ramón era un enfermo mental, un neurótico. Pero yo prefiero la explicación de uno de sus amigos: Yo sé lo que tiene Juan Ramón.
Tiene el alma enferma, enlutada. Ha perdido la esperanza. Hace demasiados años que no ha sentido la tibia humedad de sus propias raíces, la caricia de los soles de su .
otoño de Moguer. Juan Ramón Jiménez -y ahora más
que nunca- echa de menos su paisaje vital. ¿Recordáis
"Platero"? Yo quiero recordarlo, encomiarlo, analizarlo.
antes de concluir este estudio. Pero antes habría que
apuntar, con los trazos indispensables, las características
esenciales de la poesía j uanramoniana.
Toda la vida de Juan Ramón estuvo supeditada a la
poesía, empapada de belleza y de esencias andaluzas. Fué
un cazador de eternidades y de constantes humanas. Su
obra lírica -rica, vasta, exquisita- es la obra de un poeta
cósmico, hipersensible, preciosista. Lo interior y lo tenue
le avasallan definitivamente. De ahí su inequívoca reac-

• ción contra los adornos y las exterioridades espectaculares
del modernismo y de simbolismo. Poeta elegíaco, intimista, desnudo, aforístico. Le atrae la sensación fenoménica
y la inquietud pensativa y sensitiva. Se ha dicho que el
libro "Animal de Fondo" es una tentativa "sui géneris" de
poesía reiigiosa. Pero el propio Juan Ramón nos. advier.:
te: "No es que yo haga poesía religiosa usual; al revés, lo
poético lo considero como profundamente. religioso, esa religión inmanente sin credo absoluto que yo siempre he profesado". La concentración, el aislamiento, la soledad de
Juan Ramón se explican mejor al saber que la "Imitación
de Cristo", de Tomás H. Kempis, sirvió de guía espiritual
al poeta en su adolescencia y en su juventud. Cualquiera
que haya sido el rumbo posterior, panteísmo o panenteísmo (presencia de Dios en todo), queda la huella anímica
de ese libro singular. Recordando a Kempis, Juan Ramón
escripió en la revista "Renacimiento", a principios de siglo:
"si atiendes a lo que eres dentro de ti, nada te importará
lo que hablen de ti los hombres".
Estética rigurosa, trabajo obstinado, pasión poética.
Amor de la exactitud y de la desnudez semejantes a la pureza de la llama. Depuración total y trascendencia sentimental de objetos e ideas. Relación nupcial -sin la angustia de Antonio Machado- con el paisaje que se adentra
en plenitud interior, libre, jocunda, rebozante:
Si, cada vez más vivo
-más profundo y más altomás enredadas las raíces
y más sueltas las alas! ·
-1 Libertad de lo bien arraigado!
¡ Seguridad del infinito vuelo!
("Piedra y Cielo").
El universo material es superado por los colores -malva, violeta, blanco, azul, oro- que nos descubren o redes.
cubren, la feliz inocencia de un mundo primitivo y oculto.
Hay que enunciar, con nitidez y pureza, la belleza del mundo.

�¡No le toques ya más
que así es la rosa !

•

El soterrado anhelo de inmortalidad anima, una Y otra
vez, la poesía de J-uan Ramón. Afán de retoña1· con la
naturaleza en cada primavera:
"Brotado todo estoy de flor y hoja,
en esta verde soledad luciente,
donde hablan dos pájaros tranquilos.
"Como el almendro, abril me llena todo
de brillos ricos, cálidas estrellas
sacadas por mis últimas raíces".
("La Estación total", 3a., 12)
A veces surge -inocultable, dramático- un desgarramiento entre "la carne que nos tienta con sus tiernos racimos" y "la tumba que nos espera con sus fúnebres ramos",
como lo sintió Rubén Darío. Juan Ramón lo expresa en
forma más penetrante y alada:
"Mis pies ¡ que hondos en la tierra !
Mis alas ¡ que altas en el cielo !
-¡ Y que dolor
de corazón distendido!
(Eternidades, XLIV).
Juan Ramón Jiménez ve en el morir el encuentro definitivo con la vida ascendente. Mira la muerte sin espanto, con dulzura de poeta recién casado. Hay esperanza. "¿No vuelve abril, cada año, desnudo en flor, cantando, en su caballo blanco? La filtración de la muerte, en
la vida, es verdaderamente aleccionadora. Después de todo,
la muerte no es extraña ni hostil a la vida de cada cual.
Duele la muerte. ¡Cierto!. Pero también duele la vida.
· Por qué el morir verdadero no ha de ser dulce y suave
~orno el vivir verdadero? ¿ Por qué no aguardar el día del
contento alejarse, cumplidas ya las terrenales posibilidades? ¿Por qué no ver al lado de la cáscara y del capullo
seco, el eterno fruto y la infinita mariposa?

"¿Cómo, muerte, tenerte
miedo? ¿No estás aquí conmigo, trabajando?
¿ No te toco en mis ojos; no me dices
que no sabes de nada, que eres hueca,
inconsciente y pacífica? ¿No gozas,
conmigo todo: gloria, soledad,
amor, hasta tus tuétanos?
¿No me estás aguantando,
muerte, de pie, la vida?
¿No te traigo y te llevo, ciega,
como tu lazarillo? ¿No repites
con tu boca pasiva
lo que quiero que digas? ¿No soportas,
esclava, la bondad con que te obligo,
¿ Qué verás, qué dirás, a dónde irás
sin mí? ¿No seré yo,
muerte, tu muerte, a quien tú muerte,
debes temer, mimar, amar?".
Nada es la muerte sin el hombre que muere. El
poeta se apropia su muerte, hasta el grado de anonadarla,
hasta el punto de matar a su propia muerte, hasta el límite a obligarle a que le ame, le tema y lo mime. Juan
Ramón trata de embellecer la muerte, situándola en las orillas puras del aquietamiento vital. Más aún, exalta la
muerte -"suprema delicia"- como cumplimíento y perfección sosegadora de la vida:
"Y luego, al fin -¡ que gozo!-, en su momento justo,
la suprema delicia, el cumplimiento
-¡ anochecer, eterno amanecer!del secreto infinito de la muerte".
El cuerpo resulta vencido para que se salve la conciencia. Ese cuerpo modelado con la conciencia del alma. Hay
acentos dramáticos en este desgarramiento anímico-corporal. En el fragmento tercero de "Espacio", hay un Adiós
lastimero que nos estremece: " ... Dime tú todavía: ¿No
te apena dejarme? ¡ Y por qué te has de ir de mí, conciencia! ¿No te gustó mi vida? Yo te busqué tu esencia.
11

�¿ Qué sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia, que
no pudiera darte yo? Ya te lo dije al comenzar: los dioses
no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. ¿ Y te has
de ir de mi, tú, tú, a integrarte en un dios, en otro dios
que este que somos mientras tú estás en mí, como de dios?".
Pero surge, al final, el encuentro con el •Dios anhelado y
anhelante, "como una realidad de lo suficiente y justo".
("Animal de fondo"). Y la belleza y la obra inmortalizan
la muerte - 1valga la paradoja!- en una coincidencia de
opuestos:
¿Nada todo? Pues ¿ Y este gusto entero
de entrar bajo la tierra, terminado
igual que un libro bello?
¿ Y esta delicia plena

de haberse desprendido de la vida
como un fruto perfecto de su rama?
¿ Y esta alegría sola

de haber dejado en lo invisible
la 1·ealidad completa del anhelo,
como un río que pasa hacia el mar
en perenne escultura?"
Conclusión de obra bella. Desprendimiento de fruto
maduro. Alegría de haber dejado en lo invisible la realidad completa del anhelo. He aquí el llamado de la muerte
que sorprende Juan Ramón en trémulas adivinaciones.
Difícilmente podrá encontrarse, en la historia de la
literatura universal, un poeta que pueda parangonársele
en unidad, perfección y pureza poéticas. Se recrea recreando el mundo en una metafísica del sentimiento donde
no tienen cabida elementos extrapoéticos.
Platero manifiesta o hace conocer un importantísimo
aspecto del mundo andaluz. No se trata, tan solo, de la
autobiografía lírica de un poeta so pretexto de un borriquillo. Platero desempeña una función ministerial. Trátase de un signo convencional - "signum ad placitum", como decían los antiguos- , de un signo-imagen creado para
12

la poesía. Un pueblo, unos amigos, unos parientes y unos
niños aparecen transfigurados por la visión del poeta.
Juan Ramón, el andaluz universal, centra la atención en la
vida de su Moguer natal. No va a hablarnos de historia,
sino de intrahistoria. No quiere hacer retórica. No le
interesa recordar que a unos cuantos pasos de su pueblo
se prep~ró la gran epopeya del descubrimiento de América.
No pretende aumentar la fama de una Andalucía graciosa,
ingeniosa, amable. Tampoco quiere presentarnos a una
Andalucía triste, una Andalucía del llanto, una Andalucía
pintada macabramente a lo Valdés Leal. No ignora esa
ligereza amable que caricaturizaron, con tanta fortuna, los
hermanos Alvarez Quintero. No desconoce esa Andalucía
trágica que, años más tarde, llevará a la escena española
Federico García Lorca. Pretende fijar su espíritu en lo
más humilde, en lo más sencillo de la vida andaluza. Por
eso escoge como símbolo un pequeño, peludo suave borriquillo ...
En la más entrañable contextura de un modesto pueblo andaluz, Juan Ramón sorprende la ternura, el amor al
paisaje y a los prójimos. Se eleva a lo universal desde la
tierra que pisa, con sólo abrir los ojos a la realidad que le
circunda. Nada de internacionalismo, de cosmopolitismo
que es pseudo-universalidad. Se trata de sumergirse en
el suelo nutricio, de ensimismarse en el estilo de un pueblo
natal. La belleza de Andalucía revierte sobre el poeta. Y
es entonces cuando Juan Ramón hace surgir un asnillo
-símbolo feliz de la naturaleza viva- para no estar sólo,
para comunicarse y comunicarnos a nosotros, sus lectores. Es preciso quebrantar, de alguna manera, la soledad
del poeta, de ese "loco" enajenado para la mayoría de las
gentes. "!Vamos, Platero!" ayúdanos a salir de la sole,dad, a establecer comunión.
Un hombre tímido, huraño, hipersensible huye, a lomos de Platero, del contacto hiriente de los hombres. Pero no quiere huir sólo y se lleva su ciudad, su mundo. To-do lo va a refundir en ese borriquillo -su otro yo que no

13

�llega a ser un tú- ·tierno y mimo~" por fuera, igual que
una niña, fuerte y seco por dentro, como de piedra. Hay
que compartir la alegría y la tristeza. Hay que restaurar
la capacidad de diálogo. ¿ Por qué no acudir a la metáfora poética? ¿ Por qué no adueñarse más fuertemente de
la realidad en el ensimismamiento? Acaso la respuesta y
la conquista estén tras la huída.
"Platero y yo", libro cristalino, clásico, franciscano,
renovador, es una elegía andaluza. Nos trae el olor y el
sabor de "uvas y queso saben a beso" ; de canastos con bollos, hogazas, roscas y cuarterones; de un pueblo blanco
que huele a vino generoso; del "nutrido grano limpio" y del
pescado; de la brea y del pino quemado. Toda la vida de
Moguer está ahí: "el vocerío mudable de la plaza del mercado", los juegos infantiles, el eco de los pregones, el trajín de los oficios, la vida familiar, "el duro golpe de la campana", la procesión de Corpus con "el latín andaluz de los
sal~os". El poeta nos hace ver a Diana, la cabra de "femenina distinción"; a la gordinflona Adela; a la chiquilla
del carbonero, "morena como una moneda sucia"; a una
deliciosa niña chicha -"la gloria de Platero con su vestidillo blanco y su sombrero de paja de arroz". Estamos ante un sencillo y claro universo redondo. Universo unido
armoniosamente por un sentido creatural. Mundo primaveral -gran panal de luz en el interior de una inmensa
Y cálida rosa encendida- al que se sale a cantar "gracias
al Dios del día azul". El sol -advierte Juan Ramónpone en la tierra su alegria de plata y oro. Y los pájaros,
que no saben de lunes ni de sábado, solo tienen que abrir las
alas para saturarse de felicidad.
La presencia ausente de la muerte se deja sentir en
la "elegía andaluza" de Juan Ramón. Mueren personas
animales y plantas. Muere Platero, cuya alma "pace e~
el paraíso, feliz en su prado de rosas eternas" . Pero priva el hambre de inmortalidad, el afán de plenitud subsistencia}". ¿Habrá un paraíso de los pájaros? ¿Habrá un
vergel verde sobre el cielo azul todo en flor de rosales au-

reos, con alma de pájaros blancos, 1·osas, celestes, amarillos?" El poeta quisiera morir como mueren los pájaros:
oculta y bellamente. Morir "que no tendremos tú ni yo,
Platero". También hay tristeza por los niños famélicos y
por los niños tontos, por el potro castrado y la yegua blanca. "La alegría y la pena -escribe el poeta- son gemelas cual las orejas de Platero". Triunfa, no obstante, la
luz poética y el amor. Realidad y poesía, fundidas, nos
mueven a gozarlo todo, a posesionarnos más firmemente
de la vida. Quizás "hemos de ver el pájaro salir del corazón de una rosa blanca" si sabemos vivir; como Platero, en
un paraíso de inocencia y encanto.
Juan Ramón -al fin y al cabo poeta- es un bu~n nombrador, como diría Nietzsche. Embellece a un asnillo con
sólo llamarle "Platero". Lo embellece y lo humaniza. Es
tan leve y gracioso que pa1·ece no andar, "se arrodilla como una mujer, blando, humilde, consentido"; "es tierno y
mimoso igual que un niño"; sus ojos parecen "granos de
ocaso", "espejos de azabache", "dos bellas rosas"; su trote
es "alegre y juguetón". Sin embargo, le respeta su modo
de ser y de estar en la vida: "Tu tienes tu idioma y yo el
mío como no tengo yo el de la rosa ni ésta el del ruiseñor ..." Respeto que le mueve a dejarlo campar libremente: "Lo dejo ir a su antojo y el me lleva siempre donde
quiere". Le duelen, es cierto, sus limitaciones de animal
privado de espíritu: "A cuantos triunfos tienes que renunciar, pobre Platero, tu vida es tan sencilla como el camino corto del Cementerio viejo". Acaso envidie su carencia de angustia, su falta de conciencia de su desamparo
ontológico; "quien como tu pudiera comer f101·es ... y que
no te hicieran daño". En todo caso concluye, como Cervantes, por enamorarse de su creación poética. Si Miguel
de Cervantes pudo decir: "Para mí sólo nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir", Juan Ramón
Jiménez pudo afirmar sobre Platero: "Es tan igual a mí,
tan distinto a los demás, que he llegado a creer que sueña
mis propios sueños". Encendidamente enamorado de Don
Quijote, Cervantes. no deja de contrastarlo duramente con

15

�•
la realidad y hasta de maltratarlo brutalmente y mortificarlo innecesariamente, con el consiguiente disgusto de algunos lectores. Juan Ramón quiere, desesperadamente, a
Platero, y le trata como a un niño mimado: "Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se 1·eirán de tí como un
niño torpón".
En su soledad creadora y sonora, Juan Ramón Jiménez -¡ extraña paradoja!- deja de estar sólo. La belleza
eterniza el momento del vivir cotidiano. He aquí un arte
profundamente andaluz. Los colores componen su vida y
la soledad se ve poblada de músicas.
Por los campos de Andalucía -y en el mismo Moguer- he evocado, una y otra vez, el burrito del trotecillo
ingrávido y celeste, el animalito color acero y plata de luna,
que gusta las uvas moscateles, las naranjas mandarinas y
los higos morados. Y cabalgando en la blandura gris de
Platero me parece ver, vestido de luto, con su barba nazarena y su breve sombrero negro, al poeta de Moguer, el
"andaluz universal". Ya nadie grita a su paso: -¡ El loco r
¡ El loco ¡ El loco! El cielo se deshace en rosas azules, en
rosas blancas mientras la vida andaluza pierde su fuerza
cotidiana para ceder su paso a la poesía que emerge -fresca, pura- como surtidor de gracia camino a las estrellas.
Gracias a "Platero y yo", Moguer, con su infinito cielo azul
constante", ha entrado a formar parte del mapa estético
del mundo. Se dijera que Andalucía, contagiada de eternidad, se prolonga más allá de sí misma. A Juan Ramón
-lirio en la sombra- ya se le ha olvidado Platero, como si
fuera su propio cuerpo. Va ungido a los relumbres y a los
olores, a los prados y a las alboradas de Andalucía. Ha
abierto la compuerta a prodigiosas exhuberancias detenidas. Ha mostrado el alma de Moguer: pan, caña de cristal, vino de oro, azoteas blancas, macetas floridas pintadas
de añil . . . ¿ Se ha muerto Platero? "¡ Platero amigo! -le
dije yo a la tierra-: si como pienso, estás ahora en un
prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles
adolescentes, ¿ me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime~

. Te acuerdas aún de mi?". El poeta duda, por un tiempo,
de la perdurabilidad de su obra. Pero al fin ve claro: "U~
momento Platero, vengo a estar con tu muerte: No he vivido. Nada ha pasado. Estás vivo y yo cóntigo ... _vengo sólo. Ya los niños y las niñas son hombres Y muJeres.
La ruina acabó su obra sobre nosotros tres -ya tu sa:bes--:-,
y sobre su desierto estamos de pie, dueños de la meJ_or r~queza; la de nuestro corazón" . . . "Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero que más te da el pasado a tí, que
vives en lo eterno, que, como yo aquí, tienes en tu mano
grana como el corazón de Dios perenne, el sol _de ca~a aurora?" También la Andalucía de Juan Ramon es~ . sola
en el pasado, pero revive ' eviternamente en el espintu de
quienes la evocamos, bajo el signo de Platero, con amor Y
con nostalgia.

�CUATRO TEXTOS CON DEDICATORIAS

MIGUEL COVARRUBIAS

...
EL

TORO

A EST HER Y GUILLE RMO CENICEROS
.. . el negro tor o, luto arctlcutado
y t umba de la espada ...
M IGU EL RERN A NDEZ

Esta pezuña que se atasca a cada momento me tiene
molesto. Siento a la ira correr por mi cuerpo con la celeridad desacostumbrada. ¡ Basta ! Que se coloque sobre el
piso uniforme. ¡ Basta, he dicho ! Ordeno que se me obedezca.
Pues bien. He de contar hoy como las circunstancias
malhadadas de una pésima tarde me volvieron a la vida.
1Sépanlo ! 1Yo estaba condenado a la muerte! Mis últimos
minutos de vida estaban contados. Y cada vez eran menos . . .
Yo, compañeros mios, fui un noble y bravo toro de lidia. Me enorgullezco de ello. ¡ Aquéllos fueron días gloriosos ! Mis cinco hermanos y yo sabíamos que la gloria y
la tragedia se habían dado la mano aquella tarde, sellando
su pacto. Pero nosotros, jóvenes e inexpertos, impulsivos
Y soñadores, olvidábamos a la tragedia, la despreciábamos
y soñábamos, embriagados de emoción, con la efímera gloria.
Aquella tarde, decía, agua1·dábamos con el corazón desajustado. Pesaba sobre nosotros la importancia de los últimos minutos. Porque ustedes saben que a un condenado
a muerte lo menos que puede permitírsele es que se sienta
emocionado y comprometido. Y nosotros lo estábamos al
máximo.
18

Sonaron los clarines y nos revolvimos inquietos. Oíamos el rumor que nos estrtm1ecía. La emoción, amigos, lo
repito, presidía nuestras ilusiones y nuestras vidas por
completo. Algo, sin embargo, nos volvía a la serenidad.
Era la convicción de lo inevitable y la compañía que nos
brindábamos unos a otros.
Esto último, sin embargo, desaparecía lentamente. Cada vez éramos menos. Tanto, que ya estaba yo solo en la
sala de espera. Allí estaba yo, repito, como un insignificante paciente aguardando la entrada al consultorio. El
médico podría ser terrible y desollarme vivo. Y a pesar de
ello, lo sabía: tenía el derecho y el deber de defenderme.
Moriría -inevitablemente- de una manera honrosa y digna: sobre el ruedo de arena y estoque.
Me lanzQ con todas mis fuerzas sobre un punto claro.
El rumor y la admiración me acompañan: infinitas manchas me contemplan. Me provocan y embisto. Otra y otra y
otra vez más. Los rumores aumentan cuando suenan nuevamente los clarines. Me acerco y ataco: algo que no me rehuye y que me hiere me obliga a luchar hasta desangrarme. Insisto: lucho hasta desfallecer.
De repente y al unísono: el insoportable dolor y los
agudos rumores. Ninguno pretende cejar: aumentan en la
misma proporción.
Al volverme me veo rodeado por mis hermanos. Pero
no se equivoquen. No son los mismos. Estos que me acompañan agitan cencerros que me entristecen. Me llaman insistentemente. Yo, que siento el dolor genuino, me resisto.
i Quiero luchar aún! Pero mis hermanos son inquebrantables. Nuevamente me solicitan. Ante tanta amabilidad y
cortesía me rindo. Voy detrás de ellos. Al penetrar al
callejón, al sentirme solo y desconsolado, comprendo con
perfección mi salvadora tragedia: me he partido el pitón
derecho. Y soy desde entonces, amigos míos, un perfecto
inválido que divierte a los jóveneB con la narración de su
infortunio.

�Me volví a la barra Y seguí platicando con el can~nero. Mientras me explicaba el porqué_ del atraso ~Vldentísimo- de su reloj de pared, penet~? al bar un s~Jeto
que inmediatamente me llamó la atenc1on. Pensé pn~ero que la ciudad me había trastornado Y que ~1 P~;ecido
del hombre con Allende el insurgente ei:a fabr1cac1on exclusiva de mi cerebro recalentado. Pero no, no era así.

PARODIA

.

A H ORACI O S ALAZAR O RTí Z

\

Pasé por debajo del puente de la calle de Canal. A mi
izquierda estaba el templo de las Monjas; y sin esforzarme
estaba ya frente a la plaza, justo ante la cantina La cuc~
racha. Penetré y saludé al cantinero. Dos gringos, radicados en San Miguel desde hacía cinco años uno, y desde
tres el otro, platicaban sobre el canadiense que había dibujado los cartones ·que ~nmarcados- colgaban de las paredes. Por aquellos y por el cantinero, hombre muy afable,
me enteré que desde hacía ya mucho tiempo el dibujante
rubio visitaba San Miguel una vez por año. Así fue como,
doblemente interesado, me acerqué a ver los dibujos. Con
líneas sobrias, el canadiense había captado ~ntre lo más
sobresaliente- la actitud y los gestos de algunos turistas
yanquis. Por ejemplo: un señor terriblemente alto, con la
mirada perdida y con un poco apetecible aire de aburrimiento, se encuentra a la izquierda; a la derecha, una señora de corta estatura y con un zorro sobre los hombros,
con los ojos entrecerrados y las mejillas arrugadas, tiene
entre sus manos la correa que ciñe el cuello de un pequeño
perro. Pero lo interesante está en que la correa no va directa al perro. No existe la recta, sencillamente, porque
la tira de cuero enreda las largas piernas del turista. Y
así van por las empedradas calles de San Miguel de Allende las tres figuras modernas.

El dependiente me explicó que aquel señor, por su parecido extraordinario con el valiente comand~nte de ~r~gones de la Reina, era llamado por los vecmos Capitán
Allende.
Mas su parecido no significaba que ~ubiera el meno_r
asomo de parentesco familiar. Nada hab1a, sól? _el capricho natural, o la fortuna. El caso es que el G_apitan Allen~
de éra un hombre de rosti:o moreno, de patillas evocadoras, de huida sonrisa. No era, tampoco, de a~undantes ~alabras. Sin embargo, a pedimento del ca~ti~ero - a~g.o
suyo gracias al cotidiano contacto- consmtio en part1c1par en el diálogo:
- ¿Qué nos aconseja usted, señor Capitán?
- Pues que parodiando al señor cura Hidalgo, no nos
queda otro remedio que irnos a coger gringas.
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LA

TRAMPA

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Esta, para ser triplemente eficaz, marcha po~ el pequeño universo disfrazada. Y lo ha hecho tan bien, .q~e
por más ofertas de cuantiosas reco~pensas ~ue se hicieron al que la descubriera y denunciara, nadie, absolutamente nadie ha podido dar con ella y mucho menos -elaro
está- entregarla más tarde a la policía.
Pero he aquí que un viejo sagaz y próximo a la tumba me ha confiado lo siguiente:

A JORGE GONZALEZ NERI

Existe más de una silla famosa. Tan evidente es así,.
que la casilla se amplia para darle cabida a los sillones,
los tronos, las butacas, los divanes y en fin : los asientos.
Estos son tan generosos y modestos, que inmediatamenteinvolucran a los anteriores.
Pero desde que los tronos marcharon al encuentro de
la historia negra o roja, y desde que la silla eléctrica fulminó la angustia de un humano, no se había visto nada parecido a esto:
Por las calles de una mal nombrada ciudad olorosa a
combustible podrido y a sudor producido con sumo énfasis;
por las calles de una ciudad que se tortura con sus
propios vericuetos y la sinrazón de su bochorno ·,
por las calles de una ciudad de promontorios desafiantes e inverosímiles y carretones de fritangas que deambulan hiriendo a quemarropa;
por las calles de una ciudad que mantiene el fuego sagrado de la pira de los antagonismos y el sabor de las pieles marchitas;
por las calles de una ciudad descocada desfila orgullosa l,a, trampa.

Cuídate de un camión pintado de rojo escarl,a,ta en al_gunas partes y de gris en otrM, marcado con el número
469 en su frente. Este tra1t81)orte desfila como hormiga
'fJ01' los senderos de l,a, ciudad, condenado a respirar las injurias .l,a,nzada8 por los cansados habitantes de l,a, marchita población. Y este 6mnibus contiene en su interior a la
trampa. ¿Quieres saber c6mo es ella? Es sencillo reconocerl,a,. Mira con fijeza a l,a, fila izquierda. Pero . . . recuérdalo: mira y remira ha8ta que encuentres en tu memoria esta8 palabrM y sepas hallar l,a, identidad: un Miento
doble que se bal,a,ncea picarescamente mientras te muestra
sus innumerables cicatrices -verdaderos trofeos ganados
por sus hazañas-, como si al hacerlo se mostrara a tus
ojos mitad reservado y mitad desbordado. Este asiento,
de colores diversos, agradables y chocantes, revestido ~
una pulcritud exagerada y casi siempre solitario 11 abandonado, es la trampa. Cuídate de ella. Y o podría contarte muchísima11 hiatorias de sti influjo m,aléfico. Pero sería
inútil. La Trampa cambia constantemente de procedimientos. Todos los días cobra el producto de su l,a,boriosidad
y oportuna inteligencia. Esta es mi última pal,a,bra: alerta.
Desde entonces estoy en deuda con mi amigo el viejo
sagaz. Mis ojos siempre están precediendo a todos Y, cada
uno de mis más insignüicantes movimientos. Y están alertas en tan alto grado, que l,a, trampa se ha visto burlada.
Y esto - aunque no lo parezca....- tiene la mayor y más cara importancia.

�A ROGELIO RIOS

Son como son, como la. piedra. y las flores.
como la.s estrellas en el cielo.
HERMANN HESSE

Ante si sólo había un camino limpio y lleno de luz.
Aquel día parecía esconder entre su pliegues las sorpresas:
más inverosímiles y los acontecimientos más desconcertantes. . Todo _se ~abía aparecido y se había dado con sospechosa prod1gahdad durante las últimas horas. El, a pesarde haber arrojado de su lado hacía mucho tiempo el temor
Y la inquietud, sintió el olor de algo penetrante. No importaba que el centro del olor estuviera muy lejano de aquel
lugar. El lo percibía.
Se encontraron sus ojos con un bello paisaje. La cascada señorial daba saltos y jugaba, repitiendo incesantemente el juego sin cansancio. Los árboles que pendían dela montaña se inclinaban respetuosos ante la agilidad y
la destreza del incansable soplo de agua. Este parecía retar, sonriendo con invisibles y sarcásticos ojillos, a todos.
los espectadores. No tuvo otro camino que el de seguir
adelante. El espectáculo sostenido de una burla no podía
soportarlo.
Conforme avanzaba el día fue encontrándose con innumerables compatriotas. Cada uno de ellos formaba parte de uno de sus dos hemisferios. A cada uno de ellos los
comprendía. Sabia -y esto lo recordaba no sin cierta dul-

ce melancolía- que a ellos les había sido concedida una
parte completa y a la misma- vez parcial de la felicidad
eterna. Había siempre en las mismas, eternas miradas, el
sello de una pústula y de una realeza impares. Había
siempre, inconscientemente, el mismo desconocimiento de
la fertilidad y de la aridez que privan en todos los siglos.
Aquello podía ser doloroso. Aunque en muchas ocasiones
se trocara en silenciosa alegría. Suspiró y pensó para sí:
No s01J yo quien cambia ni quien construye piedras para el
camino. Esa es tarea de otro. Sin embargo en ocasiones
especiales pensaba que todo no era así. En todo existía
una posibilidad más compleja, más acabada.
Al dar la vuelta al camino seco y agradable se encontró con algo que le impresionó. Quizá fuera así por el estado de ánimo que le acosaba. Era una leona la que daba
a _su cachorro de comer. Aquello en realidad no importaba gran sorpresa. Pero él entendió, sin gran pesar, el secreto que nadie tenía ya el interés de saberlo. Vio que la
leona hacía todo aquel trabajo sin molestarse lo mínimo.
Que no se aplanaba su mirada fiera y que sin embargo se
presentía un ligero temblor de sentimiento puesto en la
piedra de los sacrificios. Y no era precisamente por la
conciencia de un deber que se cumple sino por el placer de
hacer. Se Je· antojó saber con certeza. Y para ello le hablaría a la leona en el lenguaje universal. Se encontró con
algunos quebrantos pero también con lo que deseaba tener
en sus manos.

Yo no siento cansancio. Sé que así debe ser y me pl,ace ese no tener conciencia, ese sentir l,a verdad de l,o inevitable. Trabajo y ll,oro por l,o que así se me ha dado. Ni
indago ni suplico. Me basto y me basta l,a inconsciencia.
Además ésta es suave como algodón y enervante como la
droga. Simplemente no suple deficiencias: llena sól,o sus
huecos. El cachorro es mío por que yo l,o arrojé al mundo. Sentimos la atracción de l,a cercanía. El gusto por el
contacto que no se debe a razonamientos sino a simple expectativa de l,o natural. Si no l,o crees ni l,o has supuesto
25

24

I

�tú así, puedes '[n"eguntarlo al cachorro. Al finai- él s6lo
te repetirá lo que yo te he dicho; es lo mismo que le he ~
señado tooos los días como un ritual sagrado. El ha apren-diM a saberlo verdadero. Puedes hacerlo.
Supo que era innecesario preguntar. Que todo había
sido arrojado ya. Dicho con destreza, le había fascinado
la naturalidad, la ausencia de insensatez, el desprecio que
no ha sido calculado fríamente en el laboratorio. Alli podía enseñorearse la tristeza, pero también había amplitud
para lo justo.

Y recuerda que aquí no hemos desterraoo a la adulac-ión ni a la violencia, porque éstas no han existiM entre
nosotros jamás. Ese es un simple problema que por su
misma dificultad embrionaria no lo hemos considerado.
Cavila y sufre tú por tooos ellos. Busca en tooos los rin-cones pequeños. No te auguro éxito. Cuanoo la mole se
arrastra y se arrastra queda sepultada entre lo mismo que
ha levanta® en el camino. Esa mole es ya muy grande y
tú no puedes con ella. Ni siquiera podrían un mill6n de
seres como tú. Olvídalo.
Se sentó sobre una piedra en cuanto se desarrolló el
ocaso. En todo su rostro se aposentó una tristeza. Y esa
tristeza le hacia aparecer más hermoso y más justo que
nunca.

TRES POE_MAS

JOSE MARIA LUGO

TLALOC O LA ESTACION DE LAS AGUAS

¿Recuerdas?
Estábamos unidos.
1
Cuando llegaste, el verano
-ealiginoso dragón de 7 lenguas de fuegomoría sobre el agua del mar. ·
Tal Urano incandescente moría
sobre el agua del otoño -la estación de las aguas.
Pienso: el invierno es la tierra oculta por el hielo,
la primavera es el aire, el verano es el fuego,
y tú, Otoño, eres el agua-oculta entre la brisa;
la maraña de hilos del dios y su sabia mano abundante;
los ojos repletos de lluvia tras bambalinas.
¡ Tanta ala despierta el aire desnudo y grácil del otoño!
El mar en las tardes desenfada su rostro
y es la misma sonrisa del viento del otoño.
La piel al descubierto· recibe la tenue caricia de hielo
y sentimos con fruición el último estertor de nuestros
cuerpos maduros.
_
Los árboles se doblan como el espinazo de las vacas
al peso de las ubres.
La humedad vaporosa pudre el pecíolo de las hojas
que ya no pueden detenerse.

�El abrazo abarrotado de los amantes exhala en la contienda el último suspiro
que ya no puede detenerse.

*

*

*

*

Sólo el hijo es invencible ante tal avalancha.
Irrefutable roca.
El viento del otoño daba en sus carrillos felices y en
sus pómulos pintados.
Y de su espalda menuda los amorosos omoplatos desplegaban las alas.
El -viento del otoño arrastra las hojas secas con un sonido seco,
arañando el pavimento o arañando la piel del agua.
De las manos del niño escapó el dinero ficticio que - tú
y yo- le habíamos comprado.
El perseguía, embriagado de la dicha que le proporcionaba el viento, aquellos dólares falsos.
De ser verdaderos, él comerciante rechoncho de la tienda de víveres hubiese suavizado su entrecejo.

última hoja con una limpieza diáfana y una arborescencia festiva.
La ciudad es un vasto y sereno mar de campanas en
la piel y de los ojos altos ruedan radiantes las burbujas.
Los colores del día fatigado se postran inmóviles como
quien lleva el triunfo en un gesto escondido.
Las hojas proclaman la profunda, oculta alegría de la
liberación.
Es el tiempo de la húmeda mano de musgo sobre la
estremecida roca.
El tiempo en que maduran las frutas servidas en los
platos apoltronados y las flores silvestres desbordan en los jarrones de las casas vacías.
El tiempo en que el sol como un quetzal enreda su
cola de neón en la maraña de inventos de la tarde.
El tiempo en que el rocío roza el cuerpo sediento de
la noche.
El tiempo en que el alcaraván palúdico vigila y da
la hora cantando.
El tiempo en que la mujer desnuda su desnudo y aparece en silencio como una mañana recién bañada.

Una voz
,CORO

- De nada sirve que atesores las hojas, niño:
Hoja del árbol caído poco habrá de volar.
- Y de sus cabellos de medusa gotea el dios el esencial maná.

Otra voz
-El olor a mar, Dios mío, el olor a mar.
Esa espuma rosada del mar, Dios mío.
El dios hacía llover copiosamente y opacaba con su
vaho las ventanas.
Entonces desfilaoan los recuerdos por una calle larga
de México, y aquella luz de septiembre brilla hasta la
28

*

*

*

*

En Long l sland todo el frenesí de la ciudad volcóse.
Todo el frenesí de la guerra fría.
Nuestra anfitriona generosa, que se inyecta insulina,
hostiliza de tumbo en tumbo:

29

�Otra voz
- Llueve copiosamente, y el olor del mar opaca el vidrio de las ventanas.

Bruja

- Cómo es posible que esa mujer· lo quiera desintere. sadamente - me decía. En· nuestro tiempo eso es
raro.
Sin hacerle caso, el cansancio del hombre se acomodaba dócilmente entre los pliegues de cuerpo calientito.
Tu cuerpo no entendía realmente lo que pasaba. Si
tú tenías algo de inocente y bueno, y si algo era
capaz de amor en ti, era tu cuerpo. En ese momento de truenos y relámpagos sólo tu cuerpo me albergaba. El niño lo intuía y.se encelaba: El niño abrió
el pomo de Vick y se embijó los . dedos, en esa sustancia ardorosa y fria, que luego se chupaba. El
niño quebraba la botella. Conversaba. No se so. metía a dormir con resignación. El niño. El niño.
El niño. No es nada. El niño participa así de
nuestro pequeño derrumbamiento en la alcoba intima donde intentamos exhalar nuestro .último abrazo en paz.

Somos esto: el derrumbe con nuestras uñas que se aferran. . Las-frutas maravillosas del otoño
no importan.
Las hojas maravillosas del otoño en árboles de luz
propia
no importan.

1

Los besos maravillosos de los amantes en otoño - más
fuertes y frescosno importan.
Que la tierra quede en puro esqueleto si ha de llegar
pronto la primavera.
no importa.
¡ Tan seguros estamos de ello!

CORO
- Y aquí tienes al hombre que tú hiciste Sansón
y cortaste sus cabellos para tu diversión.

Otra ·voz·

*

- Todos los hombres deben exhalar su abrazo en paz.
Y ya lo sabías que era el último, pero había que gozarlo.
Y en el último instante tú hasta te doliste de no haber
gozado el último.
La boda de la luz se ha consumado.
..

Nadie podrá negar que en este bosque la hora vesper·· ·t iná se incendia amada mía: rojo flamígero de las
alturas, explosivo rojo cereza, bronce ardoroso y vivo, oro sutil y transpárente, y en el fondo; donde la
luz se resigna, plata vieja ~ retorcida - silenciosa
ceniza.

30

*

•

*

Tú, el niño y yo en el tren perdidos, no sabemos a dónde vamos.
En esta ola frenética, Dios mío, nadie sabe a dónde va.
De los túneles sale una voz muy clara y solemne:

Voz
-Quién eres, de dónde vienes y para dónde vas.
El predicador protestante sacó de la parte lateral de
la camioneta una plataforma y ahí se plantó a lanzar el amor de Cristo como pedradas.
Un diluvio de palabras azotó el viento, mientras el
amor ondeaba como una bandera altísima. "La civilización greco-romana ha sido nuestro más grave
descenso en la materia, rugía.

�En el reducido grupo de oyentes una muchacha, en
actitud de garza, ladeaba el ojo lateral y fijo como
el del vértice de 1as tijeras. Los demás pájaros aburridos erizaban las plumas amorriñadas. Un joven
cuervo graznaba apartado.
B A

CORO

L A D A

- Y aquí tienes al hombre que tú hiciste Sansón
y cortaste sus cabellos para tu diversión .

*

•

•

Hay un silencio en el río. El agua lame con su 1,engua
rumiante la madera podrida de los muelles. Una onda
choca de vez en vez emitiendo un sordo y torpe ruido
como de cuerpo muerto que cae. El sol, ya hundido,
dejó un leve hálito de luz sobre el agua llena de desperdicios -flotan desperdigados preservativos de hule.
Una figura sentada frente al agua, con los brazos caídos sobre las piernas abiertas, no mira nada más allá
de BUS pensamientos.
Porque uno es el nacimiento del amor de la carne y
otro el nacimiento del amor del espíritu.
En el radio del taxi en que te fuí a dejar al aeropuerto,
y para acentuar la realidad de la muerte de nuestros cuerpos, tocaban Las hojas muertas. (Me obligaste a silenciar el comentario).
Fué entonces cuando se desnudó tu esqueleto de uñas
filosas y arañaba lamentablemente el muro máyi.co
de la Nada.
Fué entonces cuando de mi carne sólo quedó el corazón, humedecido con la última gota que le dejaste al
secarte, pero preso en su jaula de \meso, expuesto a
las luces del barrio abominable de Qee~, que flore-cieron en aquel invierno como sobre una tumba.

CORO
-Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

(La BeUe Danie Sans Merci)

¿Por qué triste y enfermo,
caballero, caminas?
Polvo sudor y hierro
en largas oficinas.
¿Por qué buscas trabajo
y se cierrall las puertas,
y si encuentras trabajo
tu corazón persiste
con la puerta cerrada?
Mira cómo en las calles
alegres ha llovido,
y en la ciudad los parques
se encuentran lavaditos.
Los corros de muchachas
alegran campanitas
al mirarte pasar.
Tus ojos y tu frente
el resplandor empujan.
Tus mejillas de incendio
abren su loto azul.
Tu espalda resignada
con los hombros caídos
alza los omoplatos.

�En las calles del alba
me espiaba una mujer.
Era su boca un higo
picado por los pájaros.
Y sus dientes el polen
de la flor de la nieve.
En mí sus ojos negros
como la tinta china,
y su recta nariz.
En mí su lengua sabia
de leche pegajosa
y su joven aliento
de ciruela madura.
Le di a hacer un anillo
que puso ·e n su meñique,
y un pañuelo de seda
que anudé a su garganta.
" Sus ojos me miraron
como un río de lumbre,
y en su pluvial garganta
los besos se apagaron.
En su automóvil viejo
paseábamos las tardes.
Ella lo manejaba
mientras yo la miraba
pasándonos· las calles,
pasándonos el campo,
pasándonos la vida,
pasándonos la muerte.

Los rápidos hoteles,
las luces, los hechizos.
Los ojos, los tropiezos,
las avaras cortinas.
El lecho en que llovía
el fuego de los cielos.
Ahí escuché soñando
las canciones de cuna,
y mi sabiduría
se ofuscó avergonzada.
Los ojos cerré entonces
abriendo los oídos.
"Yo soy la que persigo
al soñador famélico
y le doy de come1·
- me dijo transformada .
El día que te vayas
dejas tu cuerpo aquí".
He aqui la razón
de que camine solo.
Mi cuerpo descarnado.
Mis ojos de puntillas.
Y en la Ciudad los parques
se encuentran lavaditos.

En las panaderías
pan dulce me compraba.
Y en los supermercados
de atareado gentío,
las frutas escogía.
Entre mordisco y beso
"amado" me decía.
34

35

�-1 Ay!, no entiendo, eres muy raro.

-Como mar-ga-ri-tas.

PARA MARGARITA, QUE TIENE DIECISEIS A&amp;OS
Y QUE NO ENTIENDE UN POEMA

-¡ Ay !, pero es que yo no le entiendo. ·

-Pero si no hay nada que entender. Eso es eso.
En aquella parte del agua, por ejemplo: el agua duerme
efectivamente, y al dormir retrata; y esta imagen reflejada
se hunde hasta tocar el fondo. Un rostro humano también puede reflejar en su superficie lisa el universo entero.
Vendría siendo, ya transfigurado, un rostro Aleph, o sea,
aquel punto en el que se encuentra todo el Todo y que está
en todas partes.
-Pero cómo es posible que apenas conociéndome hayas escrito eso.
-Porque entre tú y yo existe una afinidad astrológica; ambos somos del mismo signo, por lo que te he presentido a cierta distancia espacio-tiempo: casi ninguna.
-Pero ... es que ... no sé. Yo no creo en eso de la
Astrología.
-¿Sabes?
-¿ Qué?
-¿A que no me adivinas de qué pan como desde que
te conocí?
-¿Cómo?
-¿ De qué pan como? Es decir, de las tantas cla~es
de panes con distintos nombres, ¿ con cuál me alimento?

-Pero eso no es pan, yo creía que me ibas a decir
pan Bimbo, eso es un bolillo aplastado y feo. A mí no me
gusta.
-Volvamos a lo del poema, pues. Un rostro puede
dormirse, y en sus sueños recrear el universo, o 1·eflejarlo,
mejor dicho. Los poemas son eso. Como este vaso de
agua que está aquí parado en la mesa, o como cuando yo
estoy contigo en el café de la farmacia donde te conocí.
Es como cuando ~ú observas una noche estrellada.
-Pero yo nunca observo noches estrelladas.
-Pero si observases las estrellas ahora, en estas noches en que están muy límpidas y preciosas sobre el cielo
negro, no te pondrías a discurrir si en ellas hay llamaradas inmensas de calcio o de magnesio, o a qué velocidad
corren, o cuánto pesan. Dirías simplemente, y sin saberlo:
¡ Qué bello está el cielo ! Y eso es todo. Y eso de:"El día
es un hilo de miel que traspasa el silencio", es eso. Porque hay días amargos y hay días dulces, y hay silencio y
hay ruido, y un día la casuística combinación de estas cosas se nos manifiesta en la ecuación: dulzura= silencio.
Un instante puede endulzarse, y es entonces cuando desaparece el ruido, lo amorfo, lo confuso, la soledad y ... nos
damos cuenta. El agua cuando es tocada ligeramente por
el viento se sonríe con dulzura. Si un rostro humano -ya
quedó demostrado que puede ser agua- esboza una leve
sonrisa cuando cae una hoja, o una pluma, algo tan leve
como una mirada, por ejemplo, podemos decir que se propaga en ondas de dulzura, que melifica el instante. Si el
instante se hace miel y es un hilo continuo que atraviesa
el silencio del día, un día es una eternidad de mieles. Pasa
una ola de aire que nos toca sin ser tocada, nos refresca y
nos alienta sin ser solicitada. Eso es Todo.
87

�LA CREACION DEL ENSUEÑO
EN LA ULTIMA NIEBLA

'

. ..,.

LYNETTE SEATOR

La última niebla, primera novela de María Luisa
Bombal, presenta el mundo psicológico de una mujer que
se escapa de la lobreguez de un matrimonio sin amor por
entrar en el mundo del sueño: Por medio del monólogo ·
interior vemos todo a través del temperamento de la protagonista. Hay breves trozos de conversación, pero no sirven para caracterizar a los personajes. Estos sólo tienen
importancia por su influencia en la vida autobiográfica.
Ni es esta vida desanollada en los aspectos múltiples de
la vida humana. Todo se concentra en la preocupación
íntima con el amor. Ella desea el amor, el amor físico;
pero este tema no tiene raíces en el erotismo sino en el
deseo de excitar el amor en un hombre. Para ella lo importante es ser admirada, deseada. Al lado de su esposo
f rio e indiferente ella siente que pierde su propia identidad
como mujer. Frenéticamente trata de afirmar la realidad
de su juventud física. " ¡ Yo existo, yo existo -digo en voz
alta- y soy bella y feliz! . . . La felicidad no es más que
tener un cuerpo joven y esbelto y ágil." 1 Sin embargo hay
una irrealidad en su juvenil belleza. En la vida actual
ella lleva el papel de una muerta. Tiene la obligación de
imitar a la esposa difunta sin poder despertar en Daniel
1.-~larla Luisa Bombo.!, La última niebla (So.nlla¡;o, 1941), P. 3S. En adelante todas tas citas retler cn a. esta edición.

88

el amor o el deseo. "Mi marido me ha obligado después
a recoger mis extravagantes cabellos; porque en ·todo debo
esforzarme por imitar a su primera mujer, a su primera
mujer que, según él, era una mujer perfecta" (pp. 89-40).
Siente la brevedad de la belleza física: "Me miro al espejo
atentamente y compruebo angustiada que mis cabellos han
perdido ese leve tinte rojo que les comunicaba un extraño
fulgor cuando sacudía la cabeza. Mis cabellos se han oscurecido. Van a oscurecerse cada día más. Y antes que
pierdan su brillo y su violencia, no habrá nadie que diga
que tengo lindo pelo" (p. 40) . Como el pelo pierde su color vital, se escurre la vitalidad de su existencia actual.
La muchacha que yace en el ataúd blanco es también
una obj etivación de terror ante la posibilidad de llevar una
vida hueca. La muchacha muerta parece nunca haber vivido. Tiene "Un rostro vacío de sentimiento" (p. 37), y
el sile1icio que le rodea es una presencia gigantesca que
inspira terror como la amorosa intriga de la seductiva
Reina inspira envidia. Con "Su mirada de fuego y sus
labios llenos de secr etos" (p. 45) Reina simboliza el poder
eh el reino de amor . Porque ha vivido "toda una vida de
pasión" (p. 77) su muerte desgraciada no inspira piedad.
En contraste con el impresionista bosquejo de Reina como
personaje de vitalidad, la protagonista queda sin nombre
flotando entra la inconsciencia que es su vida y la pasión
suprema que encuentra en el sueño. Esta vacilación ent re la ilusión y la realidad, tema predilecto de la literatura
española, está vista sólo por el punto de vista de la soñadora. Así el lector es casi llevado a creer en la existencia
del espectro amoroso hasta la desilusión del desenlace. El
lector de Galdós o de Cervantes tiene otra perspectiva que
nunca confunde la realidad objetiva con el mundo de la
fantasía. Es por un proceso intelectual que uno llega a
identificarse con Don Quijote y ver la razón de su locura
o la sensatez de los delirios de Villamil o Frasquito Ponte.
En la novela de la Bombal no hay cuestiones filosóficas,
intelectuales o morales. Esta es una expresión lírica que
se enfoca en el sentimiento sin analizarlo.
39

�Estos sentimientos son precipitados por el presente o
por la evocación del recuerdo. Sólo una vez se desvía al
tiempo pasado para dar motivación a la tibieza de Daniel.
El pasar del tiempo es vago, marcado por el rítmico volver
del otoño y por los cambios físicos que la protagonista nota
en el espejo. "Pasan los años. Me miro al espejo y me
veo, definitivamente marcadas bajo los ojos esas pequeñas
arrugas que sólo me afluían, antes, al reir" (p. 53). El
aniversario décimo es el único preciso motivo temporal.
La narración empieza en el momento en (}Ue los recién casados llegan al domicilio. "El vendaval de la noche anterior había removido las tejas· de la vieja casa de campo ...
Los techos no están preparados para un invierno semejante ..." (p. 33). Tampoco es ella preparada pa1·a el invierno inminente que es la cruel indiferencia de su esp.oso, pero
como cuestión de hecho ella muestra una cansada resignación como uno ante los cambios de las estaciones. "Permanezco muda. No me hacen ya el menor efecto las frases cáusticas con que me turbaba no hace aún quince días"
(p. 35). Después de la inmediata y rápida presentación
de la situación que ha creado un estado de apatía en la
narradora, una ansia comienza a crecer en ella: " .. . desde
hace mucho, flota en mi una turbia inquietud. Cierta noche, mientras dormía, vislumbré algo que era tal vez su
causa. Una vez despierta, traté en vano, de volver a encontrar el mismo sueño" (p. 38). Así el mundo de sueño
empieza a tomar fornm, a brotar de la subconsciencia.
Hay una progresión en que la narradora se hunde más
en su propio mundo hasta llegar al punto culminante de
sus deseos amorosos. Se ve una simetría de estructura en
los dos sueños en casa del amante, cada uno precedido por
un baño en el estanque. El primer sueño o el punto culminante de amor tiene su contraparte en el momento del
desengaño absoluto en que le dicen a la soñadora que por
ser ciego el dueño de la casa ha caído a su muerte. Aun
en sueño ella ya no puede creer que una vez su belleza
hubiera atraído el amor. Entre estos dos puntos sus esperanzas y ensueños surgen y caen. "Trato de imponerme

cierto reposo, pero es sólo caminando que puedo imprimir
un ritmo a mis sueños, ensancharlos, hacerlos describir
una curva perfecta. Cuando estoy quieta, todos ellos se
quiebran las alas sin poderlas abrir" (p. 57). Sus sueños
son como pájaros que a veces alcanzan el cielo: "Sin ruido,
tocándome casi, ha pasado sobre mi un pájaro de alas rojizas, de alas de color de otoño" (p. 38). Otras veces caen
deformes como los pájaros cazados: "Se alínea delante mío
una profusión de alas muertas, de pobres cuerpos mutilados, embarrados" (p. 44). Así se ven reflejos del diseño
el abrir y cerrar de alas que sugiere el estado flotante entre sueño y realidad. Hay unas imágenes que conforman:
"Escucho nacer, volar, recaer su soplo . . ." (p. 51); "La noche y la neblina pueden aletear en vano ..." ( p 49) ; " .. . debo apoyar mis dos manos sobre el corazón para que no se
me escape, liviano como un pájaro" (p. 56) .
El mundo de los sueños empieza a desarrollarse con
el baño del estanque, preludio a la soñada consumación del
amor, que despierta todos los sentidos de ella a una voluptuosidad superreal. Tiene la cualidad del sueño dentro del
ambiente actual de la naturaleza. En cambio la escena
amorosa también brillante, sensual tiene mayor realismo
por ser alejada del ambiente actual. La impresión de ésta
es de un episodio vivido, la otra, un estado mental extraordinario. En la escena del estanque aspectos de la naturaleza llegan a ser voluptuosos motivos artísticos: "Corno
con brazos de seda, las plantas acuáticas me enlazan el torso con sus largas raíces. Me besa la nuca y sube hasta mi
frente el aliento fresco del agua" (p. 42). Las imágenes
de la escena de amor sugieren lo natural, lo elemental, pero dan expresión a sentidos evocados por la presencia del
amante. "Su carne huele a fruta y a vegetal ... Escucho
el estallido que el corazón repite incansable en el centro
del pecho y hace repercutir en las entrañas y extiende en
ondas por todo el cuerpo, transformando cada célula en un
eco sonoro . . . siento correr la sangre dentro de sus venas ..." (p. 51). Las dos escenas son caracterizadas por
la abundancia de imágenes sensuales. Los sentidos de la
41

�2

soñadora son despertados mientras sus inhibiciones son
suprimidas. En el sueño como en el baño ella se desnuda
y se deleita en su propia belleza. El motivo del árbol que
sirve en la transición a estos dos mundos tiene el efecto
de estrechar su relación. Antes de bañarse la protagonista cuenta: "Me acomete una extraña languidez. Cierro los
ojos y me abandono contra un árbol" (p. 41). Antes de encontrar al amante en las calles de la ciudad ella tiene la
misma sensación: "Como en pleno campo, me apoyo extenuada contra un árbol" (p. 48). En el segundo episodio
del estanque se intensifica la cualidad de lo extraordinario.
Hay un sabor de lo mágico: después de sumergirse en el
"mundo misterioso del agua", vio acercarse un carruaje.
"Una vez allí, los caballos agacharon el cuello y bebieron, sin
abrir un solo círculo en la te1·sa superficie" (p. 58).
En conti·aste con la riqueza de imágenes en estas escenas, la descripción de la vida actual es caracterizada por
su mayor sencillez. Sin embargo se mantiene la unidad del
estilo poético por la novela. Repeticiones prestan un ritmo
a las esperas de esperanza y las de desilusión: ". . . oigo
venir unos pasos. Los oigo aproximarse lentamente, los
oigo apretar el musgo ... Oigo la cabalgata enloquecida de
los perros y oigo, distintamente, el murmullo que los aquieta" (p. 62). "Noche a noche oigo a lo lejos pasar todos los
trenes . .. Oigo las campanas del pueblo dar todas las horas, llamar a todas las misas, desde la misa de seis ..."
(p. 71). Lo impreciso de los recuerdos también crea poesía: ''Entonces él me ca1·ga en sus brazos y me lleva así
desvanecida, en la tarde de viento ... Desde aquel día no
me ha vuelto a dejar" (p. 56). Hay poesía en el bosquejo
impresionista del paisaje: "Esquivo siluetas de árboles, a
tal punto estáticas, bo1·rosas, que de pronto alargo la mano
para convencerme de que existen realmente" (p. 38). La
protagonista siente la irrealidad de su vida actual porque
es fría y hostil.
Torres Rioseco observa que '·Hay una oscilación constante entre los tonos vibrantes de la realidad y las apaga42

das voces de las visiones detenidas en los espejos." Sin
embargo las visiones apagadas parecen dominar la tibieza
del mundo actual, y lo que vibra es la sensualidad del mundo soñado. El contraste entre el amante que es ilusión y
el esposo que es realidad caracteriza la vaguedad impresionista de este mundo y la relevación destacante de aquél.
De Daniel hay poca descripción: "Este cuerpo grande y un
poco torpe yo también lo conozco de memoria ... (p. 34).
Aunque "está lívido y parece sufrir" (p. 36), no inspira
ni la simpatía. En cambio el amante soñado " ... Es rápido, violento, definitivo" (p. 48). "Su piel es oscura, pero
un vello castaño al cual se prende la luz de la lámpara, lo
envuelve de pies a cabeza en una aureola de claridad. Tiene piernas muy largas, hombros rectos y caderas estrechas. Su frente está serena y sus brazos cuelgan inmóviles a lo largo del cuerpo. La grave sencillez de su actitud
le confiere como una segunda desnudez" (p. 50). El sueño
o el mundo de escape vibra con calor y vitalidad.
El contraste entre los dos mundos es caracterizado
por el uso de colores e imágenes termales. Mientras la
suegra devana "una nueva madeja de lana gris" la soñadora busca "entre las brasas los ojos claros" de su amante
(p. 55). Los recién casados entran en una casa de habitaciones frías que" ... está aislada entre cipreses como una
tumba" (p. 38). En cambio mientras está en casa del
amante ella nota: "Todo el calor de la casa parece haberse concentrado aquí" (p. 49). Hay la esperanza que lo caluroso pudiera anular lo frío. "Ya empieza a incendiarse
el poniente. Tras los vidrios de cada ventana, parece brillar una hoguera. Todo lo abrasa una roja llamarada cuyo
fulgor no consigue atenuar la niebla" (p. 43). En el gran
comedor: ". . . nos amontonamos, entumecidos. Pero el
vino dorado, que nos sirven en copas de pesado cristal, nos
entibia las venas; su calor nos va trepando por la garganta
hasta las sienes" (pp. 45-46). Las hojas secas de color
2.-A. T orres-Rloseco, Ensayos sobre literatura latinoamericana:

serle (Mé xico, 1958), p . 182.

J

43

8 egunda

�de otoño, motivo que reaparece, pierden su color y su sonido alegre por la humedad infundida por la niebla.
Para escapar la hostilidad tibia de la indiferencia la
soñadora mantiene vivo su sueño. "Mi único anhelo es estar sola para poder soñar, soñar a mis anchas" (p. 55) .
Ahora trata de recrear el sueño, y conscientemente se mete en el ensueño para mantener viva su evocación del amor.
Amado Alonso identifica la niebla con este ensueño, el mundo intermediario entre la realidad y el sueño: " ... la función poética constante de la niebla es la de ser el elemento formal del ensueño en que vive zambullida la protagonista . . . Toda la felicidad soñada no es más que un palacio de niebla, y, al fin, todo se desvanece en la niebla."ª
La niebla es un motivo tradicional para crear un ambiente
de misterio, de irrealidad, o de transición a otro mundo.
Como motivo artfstico asf funciona aquí, pero en el sentido más amplio simboliza la vida actual de la protagonista
vida sin brillo ni color. La falta de amor, falta de calor
y de sentimiento llega a componerse en la forma de una
niebla que amenaza ahogarla. La niebla se estrecha, cada
dfa más, contra la casa. Ya hizo desaparecer las araucarias cuyas ramas golpeaban la balaustrada de la terraza.
Anoche soñé que, por entre las rendijas de las puertas y
ventanas, se infiltraba lentamente en la casa, -en mi cuarto,
y esfumaba el color de las paredes, los contornos de los
muebles, y se entrelazaba a mis cabellos, y se me adhería
al cuerpo y lo deshacía todo, todo .. ." (p. 45). Cuando
realiza .el- amor con su amante la niebla no puede tocarla:
"La noche y la neblina pueden aletear en vano contra lo
[sic] vidrios de la ventana, no conseguirán infiltrar en este
cuarto un solo átomo de muerte" (p. 49). Y al fin cuando
toda esperanza está muerta y aún no hay posibilidad ni del
suicidio, lo que queda alrededor de ella y de su esposo es la
niebla que " . .. presta a las cosas un carácter de inmovilidad definitiva" (p. 35). La última niebla es entonces la
vida carente de todo color, forma y dinamismo. Sólo que3.-Amado Alonso, "Ap&amp;rición de una nove lis ta." , Prólogo a. La llltlma niebla (Santiago, 19U), p . U.

-da el lento movimiento que conduce a la muerte. El calor
que consolaba se ha extinguido definitivamente porque los
sueños, tan vitales como la juventud, son también efímeros. Con sensibilidad María Bomba! ha abierto el rincón
de un mundo personal, auténtico, donde los sueños y en.sueños crean una intensa realidad lírica.

�-echamos de menos los brazos fuertes de los que se fueron.
Yo, con mi talega de años a cuestas, tuve que meterme a
apaleador. Con riesgo de echar una maroma y quebrame
todito.
Don Rosendo Lara, un fuereño que venia cada semana
a comprar la trenza de palmito que se teje en el pueblo,
se asustó al ver tanta nuez, y como era bueno para los ne_gocios, les compró la cosecha a todos y abrió un· quebradero para llevarse las nueces ya pelonas.

EL QUEBRADERO

IRMA SABINA SEPULVEDA
A DON FRANCISCO MONTERDE

I
Qué de cosas pasaron en el pueblo cuando se abrió el
quebradero. Me acuerdo de todas, y no es que me guste
andar de metesillas y sacabancos, lo que pasó fue que las
gentes se fueron quebrando como las nueces cuando les
llegó su apretón.
Ese año, nadie creía que levantáramos tanta nuez.
Todos esperábamos que a la mera hora se vinieran los ventarrones y las tumbaran verdes, pero no sucedió.
Daba gusto ver las nogaleras. No había árbol que no
estuviera cargado de bolas. Cuando el aire se enroscaba
entre los troncos y tironeaba fuerte para zafarse, nomás se
oía el rechinido de los ramos como si fueran a quebrarse
por tanto peso.
Como casi nadie tenía esperanza de que se lograra la
cosecha, la mayoría de los hombres se fue a las pizcas de
algodón como todos los años. Nomás nos quedamos los
viejos, las mujeres, y uno que otro arrancado que no pudo
juntar el pasaje para la frontera.
Cuando llegó el tiempo de apalear nogales, bien que

Como no tenía donde meter la costalera, me pidió en
renta la casona de adobes que me heredaron mis tías, unas
viejitas que murieron sin tomar estado, y allí la metió.
Como mi casa, aunque deteriorada, está en buen lu_gar, ocupó quien se la techara y allí mismo abrió el negocio,
Bruno, el carpinte1·0, le hizo unas mesotas largas donde atornillamos las maquinitas quebradoras, y unos bancos para que se sentara la gente.
En dos de los cuartos grandes que daban a la plaza,
metimos mesas y bancos, una romana, y un montón de cajas de cartón nuevas para empacar el corazón. En los
,euartos de adentro, apenas cupo la costalera.
Don Rosendo me dio la encomienda de busca1· trabajadores. Los primeros días fueron unos cuantos. El fuereño tenía fama de negrero, y como casi todos traían centavitos por las nueces que acababan de vender, se hicieron
.del rogar.
Viendo que faltaban brazos, don Rosendo se animó a
subir los precios. Con eso se movió la gente. Hasta Tomás Rodríguez, Cuatromilpas, que nunca soltaba la botella de mezcal, se vino a jalar.
Y o me quedé al tanto del quebradero, con el compromiso de entregarle a don Rosendo cien kilos de corazón a la
.semana.
Eran quince las gentes que tenía a mi cuidado. Algu-

47

�nas me dieron muy buen cosijo, pero como les conocía las.
caídas a casi todos, sabía estirarles la rienda por donde les
calara más.
Estéfana, la que tenía una niña de seis años, tullidita de brazos y piernas, era una de las más calladas y trabajadoras. Muy joven había quedado viuda, por eso siempre le tuve lástima.
Le dí permiso pai-a que se trajera a Elvirita al quebradero, y así trabajara sin pendiente. Bruno le hizo un
cajón con ruedas para poder moverla, y allí se pasaba el
día la pobre criatura.

II

Tendría como un mes de abierto el quebradero cuando vino con don Rosendo un fulano muy afrentoso que no
me cayó nada bien.
No estaba tan viejo como yo¡ pero eso sí, pasaba de
los cuarenta. No hay que negarle que era bueno para portar la ropa que se ponía, y que era capaz de envolver con
su labia al más arisco.
Era altote, blanco, fornido él, coloradote. Algo canoso, sin nada de barriga, y con unos andares de gallo giro
que hacían parpadear a cuanta vieja lo mirara.

Rita, la hija de Juan, el canastero, también venía a
pelar nuez. Era muy joven, no llegaba a los dieciocho años.
Tenía los ojos rasgados y verdes, unas trenzotas negras
y relumbrosas que le llegaban abajo de la cintura, y un
cuerpo chiquito, pero muy bien hecho.

No era del país. Decía ser del sur del continente, de
una tal Bolivia. Se vino para acá porque tuvo líos con los políticos y no quería que lo agarraran preso. No tenía mujer
ni hijos, o al menos eso contaba.

Otra de las que venían era Cirila Reyes. Conocida
por su fama de coqueta, pero muy buena para trabajar.
Era morena, fornida, de muy garbosos andares. Estaba
llegándole a los veinticinco años.

Me acuerdo que mientras yo le estaba rindiendo cuentas a don Rosendo, y subimos a su camioneta las cajas de
corazón, él se puso a fisgar por todos los rincones de la
casa y el patio, y luego que vino, le cerró un ojo a don Rosendo y se salieron a platicar a la banqueta.

También venía Nievitas López. Le andaba cerca de
los setenta, pero tenía buena vista y muchas ganas de trabajar.
La Candelaria Flores, y la Paca Chavanía, dos urracas viejas que se dedicaban a hacer flores de cera, se dieron miles de vueltas porque no querían rajarse las manos,
pero al fin cayeron. Lo mismo que N emesia Garza, muy
dada a las brujerías y una alcahueta de lo peor.

Allí estuvieron un rato. Don Víctor, que así se llamaba el boliviano, estuvo haciendo miles de ademanes, pero
sin hablar recio. Don Rosendo nomás meneaba la cabeza
Y se raspaba la suela del zapato en el filo de la banqueta.
Al poco rato me llamó y me dijo:

Los demás eran muchachos entre los doce y los trece
años, que acababan de salir de la escuela.

-Mira, Remigio, este seño1· es mi amigo, y me dice
que le ha gustado tu pueblo para quedarse un tiempo a descansar. Encárgate de desocuparle uno de los cuartos que
estén mejores, y habla con Bruno para que le dé una blanqueada. La semana que entra se viene con sus cosas.

Los primeros días se pelaba poca nuez. Las gentes no
les hallaban el lado a las maquinitas. Creían que era mejor partir las nueces con piedras, pero pronto se convencieron de su tontera.

El asunto no me cayó bien, pero no dije nada. Luego
que se fueron, nos pusimos a desocuparle el cuarto que daba a la esquina, seguido del zaguán, y enfrente de los cuartos donde estaban los trabajadores.

_48

49

�•

A la semana, llegó el fulano en una troca nuevecita
con más espejos que un matachín. Venía calzando unas
botas hasta la rodilla, y en vez de sombrero, se calaba un
casco blanco de forma ahuevada.
De la troca bajó muchas cosas, entre ellas un catrecito de lona que no pesaba una onza -no sé como aguantaba tanto peso-, dos carabinas, un radio de pilas, cajas
de parque, latas de comida, dos velices con ropa, dos sillas
de lona, y un espejo de buen tamaño.
Lo primero que hizo fue pedirme un clavo para colgar el espejo. Luego tendió el catre, y entre Cuatromilpas
y yo, le acomodamos lo demás donde nos dijo.
No me gustó nada como se miraba y remiraba en el
dichoso espejo. Ya se sobaba el bigote, ya sumía la panza
y se ponía más pando; en fin, hizo más visajes que los payasos del circo de los húngaros que viene cada año.
Cuando se cansó de verse, se vino al quebradero y estuvo enterándose de lo que hacía cada quien.
Con las mujeres se acercaba mucho como si estuviera
mal de la vista, y les preguntaba cualquier cosa. Ellas, al
fin rancheras, nomás se reían y no le contestaban nada.
Cirila se puso tan nerviosa que volteó al suelo una vasija llena de corazones, y don Víctor se hincó junto con
ella para ayudarle a recogerlos. Cualquiera diría que la
otra no tenía manos.
Los dos estaban a gatas juntando las nueces, y en uno
de tantos manoteos, se agarron las manos sin querer, Cirila se puso peor que un colorín, y arrancó corriendo para
el patio. El fuereño peló tamaños ojos y se fue detrás deella, mientras Nemesia acabó de juntar lo que quedaba en
el suelo.
Al rato volvieron muy sonrientes, y ya no se dijo na-·
da.

Nemesia se echaba unas risitas solapadas y le daba
-codazos a Cirila, que de tan turbada, estuvo echando las
cáscaras a la vasija hasta que le llamé la atención.
III

Con la llegada de don Víctor, se nos amontonó el trabajo a Cuatromilpas y a mí. Todas las mañanas nos traía
a mal traer sacándole agua de la noria y calentándosela
para que se bañara. No hubo día de Dios que no lo hidera.
Después de rasurarse y bañarse, se echaba unos perfumes tan cargados, que por dondequiera que pasaba iba
dejando la veta.
La Candelaria y la Paca suspiraban al verlo. Daba
risa ver su caras más arrugadas que un librillo, embadurnadas de colorete. Estaban tan feas que yo no hubiera
sido capaz de tocarlas ni con un chamuscador, pero cuida&lt;lo con la loquera.
Una mañana que salí al patio a tirar un costal de cáscaras, oí a la Paca que hablaba con N emesia detrás de la
noria. Como estoy medio sordo, o me hago, no se preocuparon por hablar quedito y me enteré del asunto sin querer.
- Mira, Paca, yo te ayudo, pero no se lo platiques a
nadie. Hay muchas envidias. Cirila, Candelaria, y otras
que no vienen al quebradero, andan en las mísmas.
-Sí, Nemesia, pero yo lo quiero para mí. ¿No te fijaste que me agarró la mano para decirme cómo moviera
la quebradora? y luego, cuando llevé la nuez a pesar, me
quitó la vasija de la mano para volver a agarrarme. Me
puse más chinita que cuando me dan los fríos.

-Sí, Paca, pero no hagas mucha confianza. A ti te
-envidia mucha gente, por eso no has podido casarte. Cuando tienes las cosas en la mano, ·se te van.
51

�•

-Es cierto, siempre se me van.

-Después le echas un puñado de azúcar para las buenas relaciones, un puñado de arroz para la abundancia . ..

- Te pasa eso po1·que desde antes de nacer te pusieron un mal. Una mujer le hizo ojo a tu mamá cuando estaba en estado, y tú fuiste la que la llevaste. Pero no te
apures, yo puedo curarte.

-¿Yeso de abundancia qué es, Nemesia?
-Abundancia quiere decir montón. Montón de dinero, montón de. amor;

- Sí, Nemesia, quítame este mal ingrato.

-Ay, me dan ganas de echarle dos puños de arroz.

-Voy a batallar -dijo la muy zorra acomodándose-,
porque tu noviciado ha sido larguito.
- Bastante.

Lo que yo quería era aventarles un montón de cáscaras para que dejaran de sonsear, pero seguí oyendo para
ver hasta dónde llegaban .

.,

- ¿ Cuántos años tienes?

-Luego le pones dos flores de azahar que quieren decir casamiento.

La Paca tragó saliva.

-Pero ¿de dónde los saco?, ahora no es tiempo de
azahares.

- Este ... pues, paso de los veinticinco.
Diantre de mentirosa. Era más vieja que yo, y andaba haciéndose la tiernita. Me aguanté la risa y las dejé
mover la lengua.

Arráncaselos a una corona de novia, no le hace que
sean de cera. Pero antes te informas si esa novia se casó
-en tiempo de azahares. Luego le echas un ojo de venado
para que se acaben las envidias y ...

- Bueno -dijo Nemesia con mucha cola- , que sean
veintinueve. Pero para empezar el trabajo tienes que darme diez pesos a la semana y hacer lo que te diga.

- ¿Le echo una semilla?
-Sí nomás una. Y si en vez de la semilla te consiguieras un ojo del animal, sería mejor.

- ¿ Tanto dinero?
-Mira, Paca, si se te hace caro, le paramos. Tu asunto no es tan fácil como echar gordas de harina. Tu noviciado es largo, no puedo casarte de la noche a la mañana,
y menos con don Víctor.

-Pero, Nemesia, eso sí que no se puede, ¿dónde quieres que consiga un, venado?

madama.

-Pues a ver cómo le haces, porque el ojo de carne
vale cien veces más que la semilla de la hierba. Con eso
cae redondo don Víctor.

- Bueno, bueno -dijo la Paca- , te los pago, pero dime lo que tengo que hacer.

ron de otra cosa.

¡ Adentro machetes pandos! No andaba tan perdida la

- A la salida, te vas al tendajo de Melchora y le compras un jarro de buen tamaño. Luego le pones una cuarta de agua por cada veinte años que tengas . . .
-Cuarta y media-

dijo la Paca muy apurada.

52

En eso vieron que se acercaba la Candelaria y habla-

\

IV
Después de almorzar en casa de Nievitas, don Víctor
.se iba al monte con su radio y su carabina. A veces se

53

�llevaba a un muchacho, pero los más de los días se iba
solo. Varias veces trajo conejos para que Nievitas se los
guisara.
En las tardes leía 11oros y periódicos que le traia don
Rosendo. Sacaba una silla de lona y la ponia debajo de las
anacuas que estaban en el patio; pero cuando arreciaba el
calor, se quedaba leyendo en el zaguán, Y abría la puerta
para estar mirando a las mujeres del quebradero Y a una
que otra que pasaba por la banqueta.
Casi todas le suspiraban, y como era un lobo faldero,
sabía de la pata que cojeaba cada quien. De ahí se agal'l'aba para traerlas heridas.
Las únicas serias eran Estéfana y Rita. Estéfana
estaba joven y no era fea, pero con eso de la niña enferma
siempre se miraba triste. Casi no hablaba.
Rita era la que más le gustaba a don Víctor. Lo eché
de ver desde el principio. Pero como ella tenía el novio
en el otro lado, y lo quería bien, no levantaba la vista a
ver a nadie. El muchacho se había ido de mojado porque
querían casarse pronto.
Medio ojo se le llenaba al fuereño cuando miraba a
Rita, y no digo que se le llenaba entero porque Don Víctor
lo tenía gi·ande para una sola mujer.
Aparte de mí, y de Nemesia que era una lagarta,
nadie notó que las mejores miradas de don Víctor eran
para Rita. Las demás mujeres andaban tan voladas que
ni cuenta se dieron.
Una tarde que estuvo lloviendo fuerte, don Víctor arrimó su camioneta a la puerta del quebradero y las invitó a
todas a que se subieran. Al principio nadie se movía;
pero nomás se animó N emesia, y todas se fueron detrás.
Dicen que las llevó a sus casas, y que Rita fue la última.
Luego que se vino la canicula, y los calores no se
aguantaban, don Víctor mandaba a los muchachos al ten-

dajo para que trajeran sodas para todos. A Rita era la
primera que le daba.
Al ofrecerle la botella, trataba de rozarle las manos,
pero ella se jugaba lista. A los primeros rozones paró las
orejas. Se hacía la disimulada y no estiraba la mano, para
que el hombre dejara la soda encima de la mesa.
A los pocos días empecé a notar que la Candelaria
llegaba primero que todos. Una mañana que don Víctor
se estaba bañando en el cuarto del fondo, y me dijo que le
trajera su bata para no salir encuerado, pesqué a la Candelaria rociando el piso con un agua verdosa que traía en
una botellita.
Al verme, se turbó todita y escondió la botella en él seno. Luego carraspeó varias veces y se miró en el espejo para
disimular, pero bien que se vieron las gotas alrededor del
catre de don Víctor.
La Paca llegaba todas las mañanas oliendo a albahaca.
De cerca no se aguantaba. Estéfana tuvo que poner a Elvirita en el zaguán para que no se emborrachara con la
peste.
Cirila cargaba una medallota que parecía cencerro.
Cuatromilpas me platicó que Nemesia se la alquilaba a
peso diario, y que era la imagen de San Ramón Nonato con
las patas para arriba.

Como Nievitas estuvo mala unos días, Nemesia se ofreció a hacerle de comer a don Víctor, y con eso se hicieron
de confianza. De seguro que el fuereño se abrió como
nuez renacida y le contó que le gustaba Rita, porque desde
entonces, Nemesia buscaba el modo de sentarse junto a ella:
Le tuve lástima a la muchacha. Por eso me apalabré
con Cuatromilpas para que se les sentara enmedio y me
pusiera al tanto de lo que dijeran.
Me duró muy poco el gusto, porque don Víctor, que ·
en todo estaba, se lo fue conquistando. Seguido lo lleva55

�ba con él cuando salia al monte los domingos, y le daba
cigarros de los suyos.
Y en una vuelta que se dió a Monterrey, le trajo unas
pastillas para que se le quitara lo borracho. El mismo le
llevaba el vaso con agua para que se las tomara.

Cuatromilpas y yo nos encargamos de destazarlo. De
la carne, ellos cogieron una pierna cada uno, y me dijeron
que repartiera el resto entre la gente del quebradero.

La Paca y la Candelaria, se secreteaban cada rato con
Nemesia y no le quitaban la vista a la cabeza del animal.

Los primeros días siguió igual. Con pastillas Y todo,
no pudo dejar la botella por más que le decían que era
malo revolverle a la medicina. Luego se sosegó.

Mientras yo iba repartiendo pedazos de lomo, paleta
o costillar, oía sus voces desafinadas como pitos de calabaza que decían: "¿ Y la cabeza para quién es?".

Después empezó a · quejarse de que las mentadas pastillas le aflojaban el estómago, y tuve que cambiarlo de
lugar. Para que no corriera tanto, lo puse a pelar nuez en
el portal de quiotes que estaba cerca del excusado.

Cuando don Víctor se pa1·ó en el zaguán para ver el
1·eparto, yo aproveché para darle un pedazo de carne al par
de viejas, y no querían agarrarlo. Pero como él se acercó
a ver qué pasaba, tuvieron que estirar la mano y cerrar el
pico.

V

Adréde dejé la cabeza para lo último, y se la dí a Rita
de pilón. Nunca la hubiera hecho, las · dos viejas se le
echaron encima como gallinas con pollos. Fue tanto el estira y afloja, que por poco se desgreñan. Tuve que echarles unos gritos para que se aplacaran.

El quebradero iba bien. Cada semana eran más los.
kilos de corazón que se llevaba don Rosendo.
Una vez me preguntó que qué hierba les daba para
que movieran las manos tan aprisa, y a duras penas me
aguanté las ganas de reírme. Tenía confianza con él, pero
dónde iba a decirle que la Paca, la Candelaria, y Cirila, sellevaban nuez a sus casas·para pelar de noche y pagarle a
Nemesia los remedios que les daba para pescar a don Víctor.
En esa ocasión, don Rosendo se quedó en el puebl0&lt;
hasta el lunes. El arroyo de los Alamos llevaba mucha
agua, y aprovecharon él y don Víctor para irse a nadar todas las tardes.
Y como les gustaba la cacería, alquilaron unos caba-llos para irse en las noches a candilear.
Don Víctor tuvo buena suerte. El domingo en la madrugada llegó con un venado grandísimo. Andaba loco de. gusto enseñándoselo a todos, y luego sacó la cámara para
que lt' retrataran con el animal.

56

Haciéndome el enojado, les arrebaté la cabeza y me la
llevé al patio. La puse sobre la noria y me vine otra vez
al quebradero.
Me salí al zaguán, y por el espejo de don Víctor ví
que la Paca se levantó. Cuando me asomé me dijo que iba
al cuartito porque le dolía el estómago.
Todo el rato que tardó ella, la Candelaria estuvo remolineándose en el banco como si trajera gusanos, y nomás
la vió venir, se levantó diciendo que iba a lo mismo.
Yo me puse serio y les eché un responso:
-Válgame, ustedes están curiosas. Todavía no se comen la carne y ya les está dando torzón. Si mañana siguen así, mejor ni vengan.
A la hora de la salida fui a la noria a recoger la cabeza del venado para dársela a Rita, y me encontré con que
le habían sacado los ojos.
57

�- Nada. Me quedé tiesa del gusto que me dió, y entonces él me agan·ó la mano.

VI
Cuando un fuereño llega al pueblo, la mayoría de la
gente lo mira con desconfianza; pero como don Víctor era
un hombre tan mecateado, buscó la manera de caer bien.
Una tarde me dijo que quería hacer un baile en la
plaza, invitando a toda la gente. Con eso se los echó al

-¿Y luego?
- Me la besó.
- ¿ Nomás la mano?
- Ay, Nemesia, cómo serás preguntona.

Luego soltaron la carcajada y me dejaron a medias.

costal.
Cirila, la Paca y la Candelaria, andaban felices, lo
mismo que la chiquillada. Las únicas tristonas eran Nie-

No me gustó el color que estaban tomando las cosas,
pero no quise meterme. Cirila no estaba tan tierna para
no saber lo que hacía. Si se la comía el coyote, allá ella.

vitas, Estéfana y Rita.

De momento pensé que el asunto de Rita había pasado de moda, pero a la hora del baile las cosas cambiaron.
Ya oscureciendo, llegaron don Victor y Cuatromilpas
con los músicos de Villaldama. La troca venía rozando el
suelo. Eran ocho gentes, aparte de los violines y tamboras, las cajas de cerveza, y el hielo.
Los músicos se acomodaron a un lado del kiosco, cerca
de los escalones, y a los primeros rechinidos, fueron llegando las gentes.
No hubo quien faltara. Desde las casadas jóvenes
con su chorrera de güercos mocosos, hasta las viejas alcahuetas que tenían hijas casaderas. Hombres macizos,
solteras de todos calibres, y uno que otro pollo de los que
no fueron a las pizcas.
Tampoco faltó el juez, los dos empleados con sus garrotes para aplacar borrachos, y una manada de perros
lambuscos que iban a ver que olían.

Me acuerdo que el baile fué un sábado. La gente vino
a trabajar nomás medio dia. Se pasaron la tarde barriendo la plaza y colgándole adornos al kiosco.
Los muchachos pidieron prestadas las bancas de la
escuela y las acomodaron alrededor.
Cirila y N emesia fueron las encargadas de acarrear
agua para regar la plaza, y como el quebradero quedaba
enfrente, vinieron a sacarla de la noria. En una de tantas
vueltas, las oi hablar:
-Te lo dije desde el principio, Cirila. Tú le gustas a
don Victor. Nomás no sueltes la medalla de San Ramón
Nonato, y verás como el cristiano cae de ancho.
-Qué bueno sería. Anoche que fui por agua a la
acequia, me lo volvi a encontrar en el puente.
- ¿ Y qué te dijo?

- Muchas cosas.
-Si, ya sé, pero platicamelas.
- Me dijo que estaba muy triste porque yo no lo quería.
- ¿ Y qué le respondiste?

58

El último en llegar fue don Victor. No salió de la
casa hasta que no se bañó y se puso tipo.
Como tardó un poco en el arreglo, la Paca y la Candelaria andaban muy inquietas. Varias veces pasaron por

�la banqueta muy cogidas del brazo. Iban a cual más de
pintadas y risionas.
A la hora que salió don Víctor, se hicieron las encontradizas y lo rodearon. Y o creí que al hombre le iba a
dar vergüenza entrar con ellas al baile, pero no. . Las ª&amp;:ª:
rró del brazo, y para poder quitárselas de encuna, bailo
una pieza con cada una.
La Paca fue la primera. Le tocó un pasodoble muy
movido. Andaba que no caía, pero de tanto vuelo que agarró, quedó borracha.
Cuando se acabó la pieza, y el bailador la soltó, se
fue canteando para donde estaba sentada la gente, Y testereó contra una mujer que le estaba dando de mamar a
su crío.
Al golpanazo, despertó la criatura y empezó la chillería. La mujer se paró muy enojada echando maldiciones,
y antes de que la cosa se hiciera más gi·ande,_ Nemesia
sacó a la Paca del baile y por buen rato no se vieron.
A la Candelaria le tocó un vals, creo que "Viva mi
desgracia". Don Víctor quiso agarrar vuelo otra vez, pero
ella se puso al alba. Viendo lo que le había pasado ~ la
Paca, agarró su tiempo para las vueltas. Pero eso s1, le
valseaba de patita de ángel, creyendo que le quedaba muy
bien.
Nomás que se acabó la pieza, don Víctor sentó a la
Candelaria y se fué derecho a donde estaba Rita.
Le pidió la pieza, y ella se la negó. Y o pensé que iba
a retirarse muy corrido, pero nada. Se quedó muy fresco
y le siguió terqueando hasta que la madre, que era muy
alcahueta, empezó a meterle pellizcos en la espalda para
que la muchacha se parara a bailar.
De seguro que Nacha traía mAsas las uñas, porque
Rita no aguantó los pellizcones. Se paró a bailar muy seria, pero era tanto lo que le platicaba don Víctor, que
poco a poco le fue cambiando el humor.

60

Cirila se mordía las ti·enzas de coraje. La gente no
perdía pisada. De seguro qu$Jlluchas envidiosas ya estaban pensando mandarle una carta al novio de Rita, para
ponerlo al tanto.
Mientras los bailadores se daban vuelo, Cuatromilpas que había comenzado por llevarles cerveza a los
músicos para que se entonaran, acabó desafinándose de a
tiro.
Siempre había sido un borracho tranquilo, pero esa
noche, sería por las pastillas, o por las revolturas que hizo,
el caso fue que empezó a echar gritos y a insultar a gentes
que no le daban lugar.
De buenas que esto no fue adentro del baile, si no,
les hubiera aguado la fiesta. Todo pasó junto a los baños
de cerveza que habíamos puesto en la puerta del quebra-dero.
Al que más le cargó fue a un teniente, primo de Bruno, que estaba sentado en la banqueta tomándose una
-eerveza. Era un hombre pacífico que había venido al
pueblo ® vacaciones y no se metía con nadie; pero como
Cuatromilpas no andaba en su juicio, lo agarró de puer-quito.
Al principio, el teniente no le hizo caso. Pero cuando
empezó a decirle que los soldados se creían muy machos
porque cargaban pistola, no se aguantó. Se paró como
flecha, y de un solo guamazo en la panza, lo dejó tirado.
Cuando vinieron los empleados y se lo llevaron arrastrando, Cuatromilpas tuvo el descaro de enderezarse y decirle al hombre:
-Mi teniente, que le pongan una barra más, por méritos.

Al venirnos al baile, la música estaba en su fuerza.
Don Víctor seguía bailando con Rita, mientras la Paca y
la Candelaria se los comían con los ojos.

..

61

�Cirila, cansada de morderse las trenzas, le echó ojitosal teniente y se pusieron a bailar. Entre vuelta Y vuelta,
Cirila fué acercándose hasta quedar junto a don Víctor.
Yo creo que lo hizo adrede porque no dejó de aprovecharla cercanía para darle uno que otro arrempujón.
Al acabarse la parada, don Víctor dejó a Rita con su
madre y se bajó a echarse unas cervezas. Ya para cuando volvió, la bailadora se le habia ido.
Estuvo pescueceando para todos lados a ver si la miraba, y cuando se dió cuenta de que la palomita habia
volado, sacó a Cirila.
De ahí para adelante, nomás con ella bailó. Se arrejuntó cuanto quiso, bailaron de cachetito, y al acabarse el
baile la llevó a su casa porque habla venido sola.

a jena. Mi madre contaba que habia estado a punto de enf ennarse del pulmón de tanto que se jalaba; pero luego,
euando el hijo creció, le salió tan bueno que no la dejaba
ni mojarse las manos.
Yo apenas me acuerdo de él, fue hace muchos años.
Era un hombre alto y gordo, con unos bigotes que se le
enroscaban debajo de la nariz. Siempre calzaba botas de
.soldado, y en tiempo de frfo se echaba en la espalda un
capote que habia sido de su padre.
Trabajaba bien con su guayin, llevando mercancías a
los ranchos apartados. De aqui sacaba sillas de palmito,
tinajas, jarros, pan de huevo y lo que hubiera; y los ranclleros se los compraban pagándole con cabritos, barricas
de mezcal y cosas por el estilo.
Le iba bien en el negocio. Ya tenían jacal y huerta
propios, y como él no se casó, Nievitas era la consentida.

En uno de tantos viajes, el hombre no volvió. Nievitas estuvo a punto de volverse loca.

VII

..
El lunes volvieron las cosas a lo de siempre. . Cuatromilpas andaba muy bocabajeado, pero cuando don Víctor
le llevó la pastilla, tuvo el descaro de tomársela.
Rita se miraba triste. Cirila estaba muy alegre Y nodejaba de secretearse con Nemesia. La Paca y la Candelaria casi no hablaban.
Nievitas a veces se dormía. Como era vieja, se sentia cansada. Tuve que cambiarla al cuarto que habia quedado vacío, porque cuando se echaba sus siestas, los muchachos le gritaban en las orejas y se estremecía muy feoEra una buena mujer, por eso la consideraba. En la
pesa siempre le puse gramos de más para que se ayudara.
Muy joven se casó con un soldado que murió al poco
tiempo dejándole un hijo. Para criarlo y darle una poca
de escuela, Nievitas trabajaba en la labor y lavando ropa

Todos los hombres de aquel entonces, salieron a recorrer los caminos que él andaba, pero por más luchas que
hicieron, no pudieron encontrarlo. Nadie halló restos del
hombre ni del guayin.
Habían pasado más de veinte años, y Nievitas seguía
esperándolo. Todos los dias, a la hora de acostarse, dejaba la puerta entreabierta por si el hijo llegaba a media
noche.
Si hacia calor, le ponía en la ventana un jarrito con
.agua fresca, y dejaba afuera una silla para que se sentara
a quitarse las botas. Y si era tiempo de frío, lo esperaba
con un jarrito de café en la chimenea, y un poncho de lana
.a los pies del catre donde donnia.
Desde entonces hablaba poco con la gente. Casi siempre estaba pensativa, como si hablara con ella misma. A
veces movia la boca como si rezara, y luego decia quedito:

63
62

�"Ni vivo, ni muerto'. Se le llenaban los ojos de llanto, Y
movía la cabeza como si no quisiera creerlo.
Pobre Nievitas.
el corazón.

Al verla tan triste, se me apretaba
VIII

Don Víctor seguía con la misma terquedad. Le gustaba Rita, pero como no conseguía que. la muchacha se lerindiera, pensó hacerse amigo de los padres.
Rita era hija única. El padre, llamado Juan, . Y. canastero de oficio, había quedado tullido de un lado a c_onsecuencia de un ataque, y batallaba mucho para _t;aba_Jar.
La pasaban muy apenas. Por eso, cuan~o se ab:10 el quebradero, Rita fue de las primeras en pedir trabaJo.
Vivían entonces en un jacal de sillares que estaba en
el barrio de "Las higueras", a un lado del arroyo de Alamos.
Al fuereño le dio por ir todas las tardes a caminar
por el arroyo, y de regreso llegaba a pl~ticar, con Juan.
Como Nacha era tan interesada, le ofrecia cafe Y n_o hallaba dónde ponerlo. Muy pronto se hicieron de confianza.
Al poco tiempo, don Víctor ma~dó llaI?ar a Bruno Y
lo llevó para que le hiciera unos gallmeros Junto a la casa
de Rita.
Cuando estuvieron listos, se dio una vuelta a Monterrey y trajo huacales con gallinas y pollos finos. Iba a
ser un negocio a medias, según dijo.
El hombre traía su madeja. Por eso no le dolió que·
Rita siguiera igual de desabrida cuan~o supo lo del, negocio. De seguro que don Víctor se sabia aquel refr~n que·
dice: "Dádivas quebrantan peñas", y a eso se atema.
Pero mientras las cosas tomaban el rumbo que él quería, aprovechaba el tiempo con Cirila. ~adíe los miraba
juntos en ninguna parte, pero Cuatromilpas, que estaba.
64

,

muy al tanto de los enjuagues del boliviano, aseguraba que
iba a verla todas las noches.

IX
Los que andaban en las pizcas fueron llegando, pero
ninguno quiso entrar al quebradero. Como traían centavos, dijeron que eso de pelar nueces era cosa de viejas.
Don Rosendo seguía viniendo cada semana1 A mediados de noviembre le dimos una pesada a los costales que
quedaban. Calculamos terminar para fines del mes.
Por esos días se mudó Elvirita, la niña de Estéfana.

La pobre criatura, cansada de estar en su cajoncito
todo el día, desde que se abrió el quebradero estaba terqueándole a Estéfana para que la metiera a la escuela. La
madre no quería desprenderse de ella, pero en septiembre
que se abrieron las clases, la llevó.
Las maestras se encariñaron muy prontc. con ella.
Decían que era demasiado lista para sus años. No podía
ni coger el lápiz, pero muy pronto se aprendió el abecedario. Aprendió a leer primero que todos sus compañeros,
y tenía una memo1·ia que llamaba la atención.
Nunca se me olvidará aquella tarde cuando llegó con
las maestras al quebradero. Ellas querían que nos recitara unos versitos que se sabía de memoria.
Desocupamos una de las mesas para que subieran el
carretoncito, y desde allí, sin dejar de mirar a su madre,
Elvirita fue diciendo aquella recitación tan bonita que nos
hizo llorar.
A los pocos días pasó la desgracia. En la escuela, a
la hora del recreo, los muchachos la sacaban al patio para
que los viera jugar, y en una de tantas veces que andaban
en el corral, y las maestras se descuidaron, varios de ellos
amarraron el carretoncito a la cola de un becerro, dizque
para que la paseara, y en la arrancada que se dio el animal,

65

�Elvirita saltó del carretón y fue a rebotar contra una piedra. Allí mismo quedó muerta.
Pobre Estéfana. Nunca he visto llorar tanto a una
mujer.
Todo el pueblo sintió la muerte de la niña.
Bruno le hizo una caja blanca adornada· con angelitos
plateados, y la Paca y la Candelaria, que eran tan buenas
para hace;r flores, le hicieron su coronita de azahares. Se
fué vestida de blanco como una novia.
Al momento de llevarla al panteón, llegaron las maestras con todos los niños.
Pusieron la cajita en andas, y luego le cruzaron arriba dos listones color de rosa bastante largos.
Cuatro niños llevaban las andas, y cuatro niñas vestidas de blanco, cogían de las puntas aquellos listones.
Después seguían los demás niños llevando ramos de flores
y cantandc¡, y al último nosotros, acompañando a Estéfana . .
Desde ese día, no volvió al quebradero.
X

Empezaban a sentirse los primeros fríos. Los árboles, sin hojas, crujían temblorosos como esqueletos sin carne.
Las mujeres que pasaban al molino o a la tienda, escondían sus trenzas en gruesos chales, y los viejos, enredados en sus ponchos de lana, no salían de la cantina.
Tuve que cerrar las puertas y meter varios quinqués
y bandejas con brasas, para que la gente trabajara a gusto.
En esos días don Víctor volvió a ir a Monterrey para
llevar a Juan, el padre de Rita, a que lo viera un doctor.
Nacha y Rita fueron con ellos. La gente no hablaba de
otra cosa.

66

La Paca y la Candelaria seguian quebrando nueces y
esperanzas. De seguro comprendieron que ni los enjuagues de Nemesia, ni el ojo de venado, podian alivianarles
la carga de años que traían encima.
Cirila se miraba inquieta, como si maliciara algo.
Nemesia hablaba menos y trabajaba más. Sus en. tradas habían mermado mucho desde que la Paca y la Candelaria le habían perdido la fe.

Cuatromilpas, con todo y frío, siguió pelando nuez en
el portal de quiotes y quejándose de la soltura de estómago. Pero muy pronto le descubrí la treta.
A don Víctor le habían 1·egalado una barrica de mezcal, y como casi nunca tomaba, se me hizo raro encontrarla
a medias. Desde ese día le agarré desconfianza a Cuatromilpas y empecé a tantearlo.
El mismo día que volvió don Víctor de la ciudad, me
encontré en el excusado la botella que Cuatromilpas tenía
escondida debajo de las tablas del piso.
No quise ir con el chisme, pero le dí su regañada
para que no fuera tan descarado. Ganas me dieron de
tumbarle los cuatro dientes que le quedaban, pero no quise
descomponerle el apodo. Adrede lo seguí dejando afuera,
pero sin su cobija de mezcal.
Don Víctor andaba muy contento. Desde que volvieron de Monterrey, Rita no volvió al quebradero, y pronto
se desparramó la noticia de que se casaba con el boliviano.
A los pocós días, vino don Rosendo Lara a pedirla.
Cirila no disimulaba su rabia. Varias veces le dio recados a Cuatromilpas, para que se los diera a don Víctor,
y como el cristiano ni se tibiaba, una tarde se metió a su
cuarto.
Oímos que ella le hablaba fuerte, reclamándole algunas cosas. Pero él nunca contestó. Cirila se salió con
más coraje que una hormiga pisoteada, y le gritó desde la
puerta:

�-Cásate, pero te ha de pesar.
Después de eso yo creía que Cirila no iba a volver al
quebradero, pero siguió viniendo con más ganas.
Cada vez que don Víctor pasaba por el zaguán para
salir al patio, lo miraba con burla y luego soltaba la carcajada.
A los pocos días se acabó la nuez. Don Rosendo vino
por los últimos kilos de corazón y liquidó a la gente. Cerramos el quebradero.
XI

Don Víctor siguió viviendo en mi casa. Iba con frecuencia a Monterrey para que le arreglaran los papeles para la boda, y cada vez venía con más regalos para Rita.
Faltaba menos de un mes para la boda, cuando la
llevó a traer las donas. Como Nacha no pudo ir porque
estaban blanqueando el jacal, llevaron como respeto a la
Paca y a la Candelaria.
En el pueblo no se hablaba más que del casamiento,
y de ·1as cosas tan elegantes que Rita había traído de
Monterrey.
Nemesia se echaba el caldo diciendo que gracias a sus
l'emedios iba a hacerse el casorio, y no hubo tonto que no
se lo creyera. Tan dispareja estaba la pareja.
El, bien podía ser su padre, pero como los pesos rejuvenecen, nadie lo echaba de ver. Por dondequiera se oía
decir: "Qué suerte de Rita" "Quién fuera Rita".
Pero Rita no se mfraba contenta. Una tarde me la
encontré en el correo. Preguntó si tenía cal'ta, y cuando
le dijeron que no, apretó los labios y salió sin decir nada.
Los preparativos para la boda seguían adelante. Las
madrinas ya habían ido a comprarse las telas para los vestidos y no salían de la casa de la costurera.

68

Cirila iba a ser madrina. Yo me puse helado cuando
lo supe. De seguro que a don Víctor debe haberle caído
-como patada que Rita la invitara, pero no podría despegar los labios porque se echaba de cabeza.
Ella andaba muy gustosa. Desde entonces no salía
&lt;ie la casa de Rita, y anduvo ayudándole a repartir las
invitaciones casa por casa~
Yo no estaba tranquilo. Conocía• a Cirila y no podía
-creer que hubiera doblado las manos después de lo que dijo
.aquella tarde.
Faltando pocos días para el casorio, don Víctor me
dijo que le gustaba mi casa para hacer allí la fiesta. Bruno y yo le dimos una buena blanqueada y le emparejamos
los pisos para que no se vieran tan pozudos.
La Paca y la Candelaria se encargaron del adorno.
En las paredes del cuarto grande donde iban a estar los
novios, pegaron muchos corazones de cartoncillo blanco
traspasados por flechas. Luego trajeron un jarro agujerado del fondo y lo forraron con papel de china, dándole
forma de campana. Recortaron muchas rueditas de papel
crepé y las ahuecaron del centro, las echaron adentro de
la campana, y a ésta le pegaron unos listones largos de
eada lado, antes de colgarla del techo.
Cuando les pregunté que porqué habían colgado la
campana al revés, me dijeron que a la hora en que los
novios firmaran en el libro, ellas, que eran las "madrinas
de pétalos", iban a estirar los listones para que la campana
se volteara y los papeles cayeran encima de 1os novios.
Me echaron para afuera cuando les dije que era una
risionada lo que iban a hacer.
XII

Un día antes de la boda, empezaron a llegar los amigos de don Víctor que venían de . Monterrey y de otras

69

�partes. Pura gente de carro. Hombres ricos y mujeres.
encopetadas. También vino don Rosendo porque iba a ser
padrino.
Unos trajeron catres y los acomodaron en la casa para pasar la noche; otros durmieron en los carros. Pero
la mayoría de los hombres se la pasó bebiendo con don
Víctor hasta la madrugada. Le estaban dando la despedida.
Las mujeres del pueblo andaban muy apuradas haciendo la comida. Había gallinas en mole y guisadas, cabritos asados y en sangre, arroz con pasas, barbacoa, y
una bola de cosas más. Sin faltar los jamoncillos para el
postre.
La boda pintaba bonito. Nunca habíamos visto tantoderroche, pero lo triste del caso fue que a la mera hora, la
novia no apareció.
Esa noche se había ido a dormir a la casa de Cirila
porque allí la iban a vestir, y de eso se aprovechó para
escapar.
Ayudada por Cirila, se fue esa noche a la estación y
tomó el tren que va para Laredo. El novio la estaba esperando en la frontera. Por carta se habían puesto de
acuerdo.
Se hizo el escandalazo. Don Víctor andaba como perro rabioso. Tuvieron que esconder a Cirila para que nola matara.
Los padres de Rita no hallaban dónde meter la cabeza
cuando el fuereño les estaba echando el caballo encima por
lo que había pasado.
En eso estaban cuando se presentó Cirila y dijo enmedio de toda la gente:
-Yo tengo la culpa de lo que pasó.
El hombre se le acercó furioso y le plantó dos bofeta-das que la hicieron tambalearse.
70

- Mátame si quieres matar a tu hijo - dijo ella muy
serena sin quitarle la vista.
El se puso como un pan de cera y se salió del gentío
-sin decir nada. Ese mismo día recogió lo que era de él .y
no volvió a pararse por estas tierras.

XIII
A los pocos meses Cirila tuvo su hijo, y le puso Víctor
eomo el padre. Es blanco y tiene toda la pinta del fuereño. Ya tiene como siete años. Vive con los abuelos
porque Cirila se casó con un tejano y se fue a vivir al
otro lado.

Don Rosendo platicó después que el boliviano se había
ido otra vez a su tierra. Quién sabe si vuelva algún día
.a conocer a su hijo.
La Paca y la Candelaria no se han muerto todavía
pero no ha de faltarles mucho, porque ya caminan arras~
trando las patas. Seguido las veo pasar al molino.
Nemesia no le afloja a las brujerías, pero no creo que
Je dejen mucho porque está igual de amolada.
Cuatromilpas no suelta la botella. Por más testerazos que se da, no escarmienta. El otro día que vino a
verme, me dijo:
- Mira, Remigio, quiero pedirte un favor. Siempre
he sido un borrachales, y aunque no me lo creas, me duele.
Si me muero antes que tú, no dejes que pongan. cruz en
mi sepultura. No la merezco. Mejor siémbrame un maguey, para que los que lo miren se acuerden de mí.
Pobre hombre, no me dejó tranquilo hasta que le prometí sembrárselo. Como ya estoy viejo, no sé si llegaré
.a cumplirlo.

�Nievitas se murió el año pasado. Fué en los meses:
de frío. Por esa costumbre que tenia de dejar la puerta
entreabierta por si llegaba su hijo, amaneció muerta defrío como una palomita. Dios quiera que en la otra vida
haya podido encontrarlo.

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                <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>Armas y Letras, Revista de la Universidad de Nuevo León, 1965, Segunda Época, Año 8, No 4, Diciembre</text>
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              <text>Es una publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León a través de la Editorial Universitaria. En las páginas principales de Armas y Letras se incluyen textos literarios, particularmente poesía, narrativa y ensayo, de escritores destacados de la localidad, nacionales e internacionales. Inició en 1944 de manera mensual, se mantiene activa en soporte físico y digital.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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      <name>Agustín Basave Fernández del Valle</name>
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      <name>Lynette Seator</name>
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      <name>Miguel Covarrubias</name>
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