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                  <text>Y LETRAS
N/1

·UANL

.

.

��Universidad
Autónoma de
Nuevo León
Rector/
Ing. Héctor Ulises Leal Flores

Secretario General/
Lic. Manir Gon.~ález Martos

Director de Extensión Universitaria/
Lic. Fernando Murrieta y de la B.

Coordinador de la Sección Editorial/
Salvador Pérez Ohávez

�I

r~_¡_,_~_(_c_T~u-~--~~~---~-E_N_T_R_•_L__

Sumario

A
R

M
A

s

:t-

ISRAEL CAVAZOS GARZA/Los primeros vecinos/ 2

:t-

CAMPIO CARPIOIUn sueño de Don Miguel de Unamuno/ 7

:t-

LEOPOLDO ZEAIDialéctica de la conciencia american~/ 13

:f.

ANDRES HUERTA y MARGARITA PAZ PAREDES/
Poesfa/ 19

-y

L
E
T
R
A

~ ALICIA QUIROGAIDemóstenes en la oratoria griega/ 22

~ ANDRES MONTEMAYOR H. y RODOLFO CALTOFEN

SEGURA/ Sección de libros/ 26

~ FEDERICO BERRUETO RAMONIProblemas humanos en

la obra de López Velardel SUPLEMENTO

s

~

ARMANDO LOPEZIPortada, contraportada y viñetas

�Ha quedado plenamente demostrado por
las investigaciones más recientes, que en el
asiento de Monterrey fueron hechas dos fundaciones anteriores a la definitiva de 1596. L:1
primera por Alberto Del Canto, en 1577, con
el nombre de Santa Lucía; y la segunda dP
San Luis Rey de Francia, en 1592, por Luis
de Carvajal y de la Cueva.
Una y otra debieron de tener regular número de yecinos, principalmente la segunda,
por haber venido Carvajal en circunstancias
mejores.
Sabido es también, sin embargo, que ambos poblados desaparecieron y que, faltando
cuatro años para concluir el Siglo XVI, volvió
Diego de Montemayor, compañero de Del Canto y Carvajal, y fundó la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey.

cho, una investigación más seria, que habrá
de dar material para un libro extraordinario.
Al entrar a Monterrey, viene con su hija
doña Estefan1a, y con sus nietos Miguel y Diego. Uno y otro son niños en 1596. El primero,
apenas ha cumplido 18 años, en 1607, y ya figura como regidor del Ayuntamiento de la
ciudad.
En esta breve nota, nos proponemos dar
algunas noticias de cada uno de los primeros
vecinos de Monterrey. Y hemos de empezar
con el hijo varón del fundador.
Diego de Montemayor, el Mozo. Hijo del
primer matrimonio del tesorero Diego de Montemayor con doña María de Esquive!, fue, indudablemente, criollo de la Nueva España. Su
actuación en la vida politica de la ciudad, parte desde el día de la fundación, al ser designado síndico procurador. Este mismo cargo, lo
ha de ejercer en los años de 1599 y 1601, fungiendo simultáneamente o en otras ocasiones
como mayordomo de la Santa Iglesia. En este
último año observamos que ya ostenta el título de tesorero de la Real Hacienda, que antes sirviera su padre. Es regidor en 1603 alcalde ordinario de primer voto en 1606, y diputado al año siguiente.2

No ha sido publicada la nómina de los vecinos de la primera época; y de la de Carvaj3.l,
aunque se conocen muchos nombres, tampoco
tenemos una lista completa. Esta última debió
de ser muy extensa, puesto que su gente "fueron ducientos hombres, de los que trujo, y acá
agregó, en las Indias", según datos del cronista Alonso de León.1 La mayor parte estuvo concentrada, indudablemente, en la ciud'.ld de
León ( Cerralvo) y en la Villa de Almadén
(Monclova), l ugares mineros de más o menos
importancia. La Villa de San Luis debió tener
también regular número de vecinos; por su
fertilidad y abundancia de agua. Al publicarse el tomo correspondientP del Catálogo de Pasajeros a Indias, conoceremos los nombres de
aquellas primeras gentes que vinieron a esta
región.

En las postrimerias del XVI, aparece casado con doña Elvira de Rentería, de cuyo matrimonio habían de nacer -en Monterrey probablemente- su hijo Diego Fernández de
Montemayor y doña Elvira de Montemayor,
casada con Jusepe Tenorio, vecino de Cerralvo. Conforme a una rara costumbre de la época, vemos que el hijo adopta el apellido Fernández. El investigador se halla desorientado,
pero encuentra la razón en que el abuelo materno es don Juan Fernández, y en que la madre es hermana legítima del célebre capitán
Gonzalo Fernández de Castro, quien, según
testimonio antiguo, se crió en casa de su hermana, en Monterrey. De Diego Fernández de
Montemayor conviene decir que se une en
matrimonio con doña Juliana de las Casas. Es
un tipo atrabiliario y calavera, que acaba por
vender a Diego de Longoria Valdés sus valiosas posesiones, en 600 pesos, que recibe en
•··seis potros de camino; tres mulas, dos mansas y una cerrera; y una daga".

Diego de Montemayor volvió con doce
compañeros. Casi todos habían participado en
las andanzas de Del Canto y Carvajal. El propio Montemayor, suegro de Del Canto, h3.bia
entrado con éste al descubrimiento del VallC'
de Extremadura y fundación de Santa Lucia.
Enemistado con su yerno "por cosas tocantes
al honor", se convierte más tarde en colaborador eficaz de Carvajal, quien le nombra tesorero de la Real Hacienda y le designa como su
teniente de gobernador. Vecino de Mazapil y
viudo de doña Maria de Esquive!. contraer allí
segundas nupcias, en 1572 con doila Juana Porcayo o de la Cerda. De este matrimonio ha de
nacer doña Estefanfa de Montemayor, espos'.'l.
de Alberto Del Canto, fnnd'.'l.dor de Saltillo. El
virrey conde de Monterrey, le despachó título
de gobernador del Nuevo Reino de León el 11
de Febrero de 1599. Murió en la ciudad por
él fundada, en 1610. Era. al decir del mismo
cronista, "boro bre de calidad, brío y su ficiencia". Su personalidad reclama, desde hace mu-

Don Diego, el Mozo, es nombrado teniente de gobernador, al morir su padre. Para ir a
México a confirmar su cargo, hizo testamento
en Monterrey, en 1611.
Juan L6pez es otro de los pobladores primitivos. Nacido en la ciudad de México, fueron
sus padres Pedro López y Cecilia del mismo

3

�apellido, vecinos de la corte virreinal. Compañero de Carvajal, vuelve con Montemayor a
Monterrey. El 15 de febrero de 1598, le son
dadas en merced cuatro caballerías de tierra,
a la falda del cerro de la Silla. Allí funda su
hacienda, llamada de la Pastora, donde siembra duraznos, granados, higueras y otros árboles frutales. Es dueño, además, de otras tierras, en el Topo.3 Casado con Magdalena de
Avila, vienen con él sus hijos Juana, casada
con el sargento Juan de Montalvo; Melchora,
mujer de Leonardo de Mendoza; y Bernabé.
Es Juan López uno de los pobladores más
antiguos y que sobrevive a sus compañeros por
más tiempo. Su testamento está fechado en
Monterrey el 8 de noviembre de 1634.
De Pedro de J?iigo sólo se sabe que fue
el primer alcalde de segundo voto de l\fonterrey, en 1596. Su nombre aparece en el acta
de fundación, documento en el cual es hecha
en su favor tal designación. En 1598 para alcalde ordinario de Monterrey y tenia minas en
las de Nuestra Señora de la Asunción. Fue
dueño también de tierras en la Cuesta de los
Muertos, y murió en el puesto de Camacho,
próximo a Santa Catarina, a manos de los indios.
Su muerte debe haber ocurrido hacia
1606 puesto que Alonso de León la sitúa "des-

pués' del ... castigo" hecho a los indios que
dieron muerte a fray Martin de Altamira, cuyo martirio ocurrió en e l año citado, según el
cronista franciscano Arlegui. 4

ca de él son escasisimas. En 1581 era teniente
de alcalde mayor de Saltillo. En septiembre
de dicho año aparece actuando en las diligencias de fundación del pueblo tlaxcalteca de S::i.n
Esteban, a inmediaciones de aquella villa.8 Entró con Montemayor a la fundación de Monterrey. Era regidor de esta ciudad en 1602.
Domingo Manuel. Aparece como testigo
en el acta de fundación de Monterrey. Como
a los demás vecinos, le fueron mercedadas tierras de labor. l&lt;.,undó la hacienda de Santo Domingo, que existe aún en el municipio de San
Nicolás de los Garzas, al noreste de la ciudad,
donde murió tragicamente.

Los indios le hurtaron unas yeguas. Salió en compañía de Juan Pérez de los Ríos n
rescatarlas. Ambos "hicieron gran destrozo"
entre los naturales; dieron muerte a unos y a
otros atraparon. Curó Domingo Manuel al capitán indígena, de las heridas; pero vinieron
un dia -relata Alonso de León- "a horas de
comer, él y otros dos; pusiéronse en la pue rtecilla, y al tiempo que el pobre le iba a dar
una tortilla al herido, le dio otro con una macana en el brazo que se lo amorteció; cogiéronlo entonces sin defensa, desnudáronlo y pusiéronle una soga al pescuezo, flecháronlo y
colgaron de un hoyo grande, de r¡ue hab.ían sacado tierra; robaron y destrozaron todo lo que
habia".- Un vecino de la ciudad, que llegó
a pedir algo, descubrió el cadaver. El cronista
sitúa este suceso "algunos días después'' de
la muerte de Pedro de Iñigo; por lo que puede decirse que ocurrió hacia 1606.9
Diego Maldonado . Su nombre aparece e n
el acta de fundación de Monterrey, designado
regidor del primer Ayuntamiento. Estuvo aquí
poco tiempo y pudiera tratarse de un mulato
o mestizo, procedente, al parecer, de la Huasteca. A la muerte de Carvajal se quedó viviendo en Saltillo, donde se casó con Antonia de
Paz, tlaxcalteca. Juan Maldonado, maestro de
herrero, su hijo, fue alguacil de Cabildo en
1629, y murió en la Sierra de Papagayos a
manos de los tepehuanes, yendo como soldado en una jornada que hizo el sargento mayor Jacinto García de Sepúlveda.10

Juan Pérez de los Ríos es uno de los po-

bladores más inquiet~s e interesantes. Probablemente sea el mismo, o hijo del que !caza
registra en su Diccionario A.utobiográfico ele
Conquistadores de Nueva España. Aparece entre los primeros vecinos de Saltillo, en 1577.
Compañero de Carvajal, va d espués con Gaspar Castaño de Sosa a Nuevo México. Este frecuentemente lo nombra su teniente.
Despoblado el Nuevo Reino de León, viene con otros compañeros, por orden de Diego
de Montemayor, "a amparar esta jurisdicción" .s Entra a la fundación de la ciudad, y
le toca ser comisionado para llevar el aviso
oficial al virrey; pe ro regresa sin cumplir con
su encargo, porque en Mazapil Juan Morlete
le quita, con engaño, los pliegos. Figura como
regidor del Ayuntamiento de Monterrey eH
1596, 1601, 1603, 1606 y 1624: es alcalde ordinario en 1599, y 1602; y alguacil mayor en

Lucas García. El 20 de noviembre de

1596, dos meses después de fundada la ciu-

dad, le fue hecha merced de las tierras en
que fundó su estancia de Santa Catalina. Era
casado con Juliana de Quintanilla, originaria de la ciudad de México, hermana legítima
de José Treviño, uno de los más importantes
pobladores de Nuevo L eón venido posteriormente, y de Sebastiana de Treviño, mujer
del justicia mayor Diego Rodríguez.

1613, 1615 y 1616.6

En 1597 obtiene en merced sus tierras en
el rio de los Cuanaales o de las Salinas. Fue
casado con Agustina de Charles, quien en alguna ocasión se vio acusada de hechice ra, y
que era hija de Bartolomé de Charles y de
Juana González, vecinos de la Puebla. Sus hijos fueron: Juan, Ana, Bartolomé, Alonso ( como su padre), Esteban y Pedro.; Murió en
Monterrey, hacia 1624.

tazar de Sosa e Inés Rodríguez, padres de Lucas García, vecinos de Saltillo y muertos alli
en serviQio de su Majestad. Gonzalo Fernández de Castro, otro de los testigos, dijo que
la hacienda de Santa Catarina, es "la mejor
de toda la tierra, desde Zacatecas a estas partes". Diego de Montemayor, nieto, declaró
constarle que estuvo en compañía del Cap.
Alberto Del Canto y de Estefania de Montemayor, sus padres, y que pacificó a los indios
··•con suavidad y buen medio". E l mismo Beruabé de las Casas testificó que Lucas García
es "hombre honrado y de mucha reputación
y crédito, y por tal ha sido estimado y querido; y que ha dado entera y cumplida cuenta de todo lo que se le ha encargado . . . y
es digno de que Su Majestad le honre ... " El
testigo Miguel de Montemayor declaró que
por ser Lucas García "una de las mejores
lenguas", don Diego, su abuelo, le llamó sieml?re como intérprete de los huachichiles, y diJO saber que por ello le llamaban "el Capitán de la Paz" .n
En 1606 acompañó a don Francisco de
Urdiñola al castigo de los indios que sacrificaron a fray Martín de Altamira, en el río
de Nadadores, en Coahuila.
Tuvo el grado de capitán y ocupó en
Monterrey cargos diversos: regidor en 1599,
1601 y 1606; alcalde ordinario de primer voto en 1 GO7; alcalde ordinario de segundo voto en 1602, 1611 y 1624; y procurador en
1616. Murió hacia 1624 o 1625.
A su muerte, Juliana de Quintanilla, su
viuda, quedó como labradora y encomendera,
al cuidado de la hacienda. Fueron sus hijos,
Bernardo, Diego, Tomás, Lucas y Nicolás. Su
hija, Juana de Farías, se casó con Nicolás
Flores de Abrego.

primeros vecinos de Saltillo, en 1577. Aparece, en septiembre de 1591, como intérprete
de náhuatl en las diligencias de fundación de
San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Entra a
Monterrey con Montemayor y es uno de los
pobladore~ más modestos, puesto que sólo
llega a eJercer el cargo de alguacil fiel ejecutor en los ayuntamientos de 1600, 1601 y
1606. Pobló una hacienda hacia la Punta de
la Loma al sureste de la ciudad, que habitó
con Francisca de Avila, su mujer. Fueron sus
hijos: Juan, nacido en Querétaro hacia 1570,
Y casado con Andrea, india de Coahuila; poblador de la hacienda de la Santa Cruz, donde es hoy la cabecera municipal de Guadalupe, al oriente de Monterrey; y Diego de
Solís, casado _c on Maria de Mendoza, y poblador de la hacienda de San Marcos en la margen norte del río de Santa Cat~rina, en el
mismo municipio de Guadalupe.13
Diego Díaz de Berlanga. Entró a Monterrey el día de su fundación. Asistió al gobernador en todos los actos oficiales, en calidad de escribano. Fue él quien redactó la
carta de fundación de la ciudad, y autorizó,
con el gobernador, las primeras mercedes de
solares y tierras de labor a los primeros pobladores. Fue designado regidor de tercer voto del primer Ayuntamiento que tuvo la ciudad; y de primer voto en el de 1600. El 5 de
febrero de 1597, recibió en merced cuatro caballerías de tierra al norte de la ciudad, donde fundó su estancia de labor. Su muerte debe haber acaecido en los primeros años del
siglo ?CVII. Su viuda, Mariana Diaz, vendió
posteriormente sus tierras a Pedro de la Garza, llamándose por ello, desde entonces: Estancia de Pedro de la Garza, o de los Garzas;
hoy San Nicolás de los Garzas.
Diego Rodríguez. Hermano de Lucas
García e hijo de Baltazar de Sosa e Inés Rodríguez. Vecino y procurador de Saltillo, en
1591. En Monterrey ocupó también cargos
importantes: alcalde de primer voto en 1600
Y 1616; mayordomo, en 1601; procurador, en
1605 y 1607; teniente de gobernador, en
1612; y justicia mayor de 1621 a 1624.

Alonso de Barreda. Sólo sabemos de él
que fue el primer alcalde ordinario de primer voto, de Monterrey; designado por Moutemayor en el acta de fundación; y que pobló una hacienda de labor al poniente de Santa Catalina.
Martín de Solís. Probablemente sea
mismo a quien, con fecha 22 de enero
1543, el virrey don Antonio de Mendoza
hace merce d de una estancia "junto al
Matalzingo, en término de Hichilapa".12

el
de
le
río

Al morir Diego de Montemayor, el Mozo,
le de jó como teniente de gobernador, cargo
que confirmó la Real Audiencia el 6 de Abril
de 1612, en consideración a sus servicios prestados al r ey durante más de 30 años. No se
le facultó como capitán, ni para el castigo
de los naturales o para hace r entradas con-

Poblador, después, de Santiago de Quer étaro, figura también más tarde entre los

Conocedor de la lengua huachichila, contribuyó Lucas García, en compañía de Diego
Rodríguez, su hermano, a la pacificación de
los indios cercanos a Saltillo, haciéndolos
mantener en población. Como poblador de
Monterrey, descubrió minas importantes e
impulsó la entrada de mercaderes de metales y de trigo. En 1624 fue levantada una información de sus servicios. El Cap. Bernabé
de las Casas declaró haber conocido a Bal-

Cristóbal Pérez, emparentado, al parecer.
con Juan Pérez de los Ríos. Las noticias acer-

4

5

�el general Agustín de Zavala tuvo que costearle su retorno a Monterrey, y su yerno y
amigos le prestaron ropa. Murió en Monterrey, de 70 años. Sus hijas: doña Mónica, doña Inés y doña Maria, fueron casadas con Miguel de Montemayor, Gonzalo Fernández de
Castro y Pedro de la Garza, respectivamente.
Tuvo además dos hijas naturales, Melchora
y Clara; la primera, casada con Diego de Treviño, el Mozo.

tra ellos, por la experiencia que se tenía del
mal resultado de este sistema de pacificación.14
Fue él quien dispuso, con motivo de la
inundación de 1611, el traslado y la nueva
traza de la ciudad, al sur del opo de agua,
en 1612. Durante su administración se intentó asimismo la repoblación de la ciudad de
León. Sintiéndose enfermo, hizo testamento
el 26 de febrero de 1626, ante el escribano
Pedro Monzón, y pasó a México a curarse.
Quedó tan pobre que, estando en Zacatecas,

Un sueño de
Don Miguel de Unamuno

Tales fueron los primeros vecinos de
Monterrey.

Campío Carpío
-1Tarde a la tarde, habia dicho Guerra
Junqueiro. Eran amigos de lejanos tiempos
como las vidas de Trazos Montes y el añejo zu-

mo que de sus uvas, con sus propias manos,
igual que Tolstoi, el poeta exprimía. Y cuidaba en ebúrnea y recóndita bodega escondida
en un promontorio, exprofeso abierta en la tierra y a recaudo de la luz solar. Para que allí, en
el silencio de la oscuridad, madurase el mosto y
las enximas trabajaran a placer, con la sola
media vuelta que la mano que guiara la pluma para escribir tan monumentales versos le
diera su toque de gracia en el umbrío luminar del proceso.
Efectivamente. ¡Qué grandes amigos!
Cuando Salamanca no iba a Portugal, era
aquel pedazo del monumento ibérico que se
acercaba a la puerta de don Miguel, o entraba de rondón en su aula, en tanto el profesor dictaba el curso y se escondía detrás de
unos ojillos picarescos y una barbilla cuidada que traía del otro lado de una frontera
común al potencial depositada sobre roca milenaria, apenas cubierta con un mantillo donde producir legumbres. Que la corteza peninsular es acreedora a los cuidados de una criaturita enferma, que necesita atenciones especiales para que no lo roben o arrastren los
vientos de tres grandes mares.
Todo habia ocurrido de la manera más
torpe. Es cierto que don Miguel de Unamuno
consideraba extranjero al Trece. En el Ateneo, en cualquier barbería, en las casas de
comida que frecuentaba, lo decía. No era
que le deseara mal. Simplemente no era español. Si fuera mozo como Muza o vasallo del
Mio Cid, vaya y pase. Pero le habían traido
cada problema que era como trasferirselos
a los franceses para que se entendieran como
lo hicieron los cien mil hijos de San Luis.
Para mayor desgracia, el Trece, haciéndole
una jugarreta pesada, lo hizo llamar a Palacio en ocasión de distribuir la Universidad
española unos papeles impresos que denominan diplomas. Y el palaciego consejero, le
sopló al barbónico que era una oportunidad
magnifica para tomarle el temple a tan chismoso conoberreante Juan Bautista Vasco.

BIBLIOGRAFIA
8.-\'ITO ALESSIO ROBLES, Coahuila y Texas en la Epoca.
Colonial, :.\léxico, 1938.

!.-Alonso de León y Otros, Historia de Nuevo León ... , Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad de Nuevo
León, Monterrey, 1961, p. 43:

9.-ALONSO DE LEON, Obra citada, p. 63.

2.- MS. Actas del Ayuntamiento. Archivo :.\fonicipal de l\fonterrey. ISRAEL CA \'AZOS GARZA, El Muy Ilustre Aywitamiento de Monterrey, desde 1596, Monterrey, 1953.

10.-MS. Declaración, AMM. Causas, Vol. 1, Exp. 10 bis, {. 7.

4.- ALONSO DE LEON obra citada, p. 62.

11.- MS. Títulos de Santa Catarina, Archirn Munici¡lal de San•
ta Catarina, Legajo 1, papeles sin cla~ificarión. ISR.I\ EL
CA VAZOS GARZA, El lfunicipio de Santa Catarina
en fa Historia", en Humanitas, ..\nuario &lt;le] Centro de Estudios Hwnanísticos de la Unhersidad de Nuern León,
1966, No. 7, pp 301 a 311.

5.-MS. Merced de tierras, AMM, Ramo Civil, Vol. 1, Exp. sin.

12.-.MS. Merced. Archfro General de la Nación, :.\léxico, :\'lercedes, Vol. 1, f. 119.

3.- :.\1S. Merced de Tierras.- Archivo, :.\fonicipal de Monterrey
(en lo sucesivo se citará: A:.\DI) \ ol. 4, Exp. 23, F. 37.

6.-MS. Actas del Ayuntamiento. Ibídem.

13.-ISRAEL CAVAZOS GARZA, Esbozo Histórico del Municipio de Guadalupe, inédito.

7.-~fS. Testamento de Agustina de Charle~, 11 de Oct. de
1626, Al\fM., Civil, Vol. 1, Exp. 5, f. 18.

14.- :\iS. Actas del Ayuntamiento, Ibídem.

6

7

�der. Que hubo ministros tan brutos que llegaron a afirmar que España no necesitaba
gente inteligente sino esclavos.

No era cuestión de echarse un enemigo
que ya no tenia cura. Ninguno de sus contemporáneos se atrevía a poner en duda la autoridad monacal y ministerial de una monarquía tronada, pasada de moda y de edad adulta. Pero ese no era el problema del Borbón,
sino de don Miguel. El extranjero, no tenía derecho de gentes ibéricas; pero lo ejercía por
la fuerza de los matamoros, generales cargados de entorchados y quincallería militar.
Para eso los tenía. Y don Miguel estrilaba.
Lo llamó al Pardo. Se creía que iba a
domarlo como hizo con Ortega y Gasset. i Estaba frito! Don Miguel pensó en negarse. Pero, mascullando mejor aquel pensamiento, resolvió abrocharse el chaleco y la chaqueta de
paño y llegado el momento salió, cual don
Quijote lanza en ristro al Palacio. No podía
hacerle un desaire mayúsculo al Trece. Al
fin y al cabo, ocupaba el asiento de los Carlos y los Felipes. Todos eran unos brutos de
atar, pero negarse a asistir a la fiesta, seria
tanto como abandonar el combate y exponerse
a que el bicho lo mandara a buscar con los civiles.

Y con estos pensamientos, a empellones,
lo depositaron delante del trono ocupado por
el extranjero. Se miraron. El Trece le tendió
la mano y don Miguel, mecánicamente, se
la estrechó. Con la otra, el Borbón le alargó
el papel y se mandó las frases reglamentarias del caso. Don Miguel simplemente respondió: "Lo merezco". No tenía nada que
agradecer, todo el trabajo lo hiciera sin permiso ni ayuda del extranjero. Agradecer, qué?
La molestia. Los males que ocasionaba a España un gobierno desprestigiado? Las privaciones de libertad a cuantos se oponían al pago de los réditos al ajercicio de la democracia, a las restricciones de la manera de pensar y contra el pleno disfrute de las cárceles
ibéricas como regalo para todo hombre con
dos dedos de frente que piense? Y con este
mayúsculo cimatarrazo pulcramente elaborado con meollo unamunesco, enfrió la peregrina fiesta de jerifaltes, jerezanos y orbanejas, todos celestialmente consagrados por la
real gracia divina.

del brazo ante la majestad del Trece. No le
llamó la atención el despampanante recibimiento aunque era distinto al que le dispensaban en las distintis cárceles de su nación.
Si no eran guardianes, eran policías y si no
eran militares. Todo uniformado, sea barrendero, general en jefe o ministro de letrinas,
al uniformarse pierde lo que podría haber de.
útil dentro de su gabán. Y eso es detestable.
Un hombre tiene que ser todo un hombre. Le
había salido redonda la frase. Y se dejó llevar hasta el salón donde había tanto gachup,ín, de uniforme y barrigudo profesional, con
cara escupida y sonrisa de huir. Gente que
tenía algo escondido y por ello se cubría· la
espalda y la parte de más abajo que sirve para sentarse o para recibir puntapiés.

-2Después de haber ingerido su regl.a mentaria cena en la celda de la cárcel, como res-

Y me lo tenían allí bien amarrado, co-

mo embreado, ante tanta solemnidad. Algún
hombre inteligente de la Academia sermoneó
un discurso con olores extraños. Todo era
cuestión de soportarlo, cerrando ojos y orejas. Y en esto entró al Sarcófago profesional
el enemigo número uno, seguido de su echorte de generales y otras tiendas de aventar.
Y después de la salmodia oficial, cada Cristo fue empujado a acercarse a la persona real
que yacía sentado e iba estrechando la mano
de cada recepcionista del diploma. Este hacia una culta reverencia, recjbia el papel de
aquella humana figura, daba las gracias y se
volvía a su sitio.

Don Miguel ya estaba un tanto cansado
de probar todas las cárceles de España. No
había ningún fogoso anarquista que le compitiera en recorrido. Ni el doctor Pedro Vallina. El se sentía un verdadero anarquista
porque, si hay que protestar contra lo que
no nos gusta, contra las hostias que no queremos tragar, contri las ruedas de molino
que no podemos morder, eso es anarquismo.
Y se lo habían dicho en las barbas. El no sabía eso, pero el caso es que ni los valientes
que organizaron "El Sol" se habían atrevido.
El no tenia la culpa. Se sentía dolorido por
su compañera y sus hijos. Y es que no podía
transigir con aquel d€sbarajuste. Y las palabras le salían al encuentro y con las palabras los adjetivos. Seguramente que Dios
y sus fieles servidores no lo entendían y por
eso no le aconsejaban bien. Pero esto tampoco le satisfacía mucho porque alguna vez
que tropezó con un cuadril con solideo, se vio
obligado a responderle que él no quería salvar
su alma. Agregó que andaba en buenas relaciones con el Creador y que el mejor servicio
que podían hacerle era dejarlo tranquilo

ponso de postre, don Miguel se entretuvo en
confeccionar una pajarita y enfilársela a una
de las moscas que, acompañando al maestro,
pretendían aprender filosofía. Los insectos
eran tan dignos de patria y acreedores a gobernar la península como los gorriones chirriantes que el colega navegante Juan de
Vasco Garay llevara a las Américas de Indias.
Pudo haberla apachurrado con la mano,
entorpecida. Mas la suya escribía versos y
dictaba sentencias a los vientos. Tampoco sería honorable atacar a un inocente vecino y
amigo en la prisión como bestia antidiluviana
por el milagro de ser más patudo. Un catedrático de griego y de universidad Salmantica seria poco inteligente si interrumpiera
el diálogo cordial, cortando el ombligo que
unía dos seres vivientes en el concepto de
Francisco de Asis y echar sus totalitarias
fuerzas bélicas, desagradecido de toda cortesía.

Le tocó el turno a don Miguel de Unamuno. Nunca hígado alguno estuvo tan inflamado como el de aquel propietario. Se contuvo cuanto pudo y con el ánima en penas
cual la de don Quijote cuando salió molido
por los cabreros, así era de humillada la de
don Unamuno. Todos los presentes conocían
el color de las pulgas de don Miguel, porque
no se sabia por cual motivo hoy estaba en
Astorga, mañana en Sevilla, al siguiente en
Badajoz. Hasta llegó a Fuerteventura en su
caminar de cárceles y exilios. Y aquel era
un insulto que se le hacía a la inteligencia.
No había propiedad en lo que se decía. Todos
eran adulones y descorteses. Cargadores de
carbón en cesto y 13.drones dignos de galeras.
Ingratos matagentes que cabalgaban sobre
el pueblo español que trabaja y se desuella
para mantenerlos. Que quiere ilustrarse y no
hay colegios ni universidades donde apren-

Y allí a la puerta imponente del Palacio real fu'e atendido por guardias y llevado

8

Algo más inteligente podría resultar divertirse en destreza de ingenio entre dos potencias: simple la una, veloz y sin otros problemas que procurarse alimentación, ignorando los males. Complicada, pesada, deformada y colmada de sabiduría, con las ristras de
ajos a cuestas para que los esclavos construyeran pirámides, castillos, penales y catedrales, magnificencia de la civilización. Cuando
hubo terminado la flechita, le apuntó con un
ojo cerrado. Sin encomendarse al cielo antes,

9

�e hijos y se consideraba con tollas las obligaciones inherentes a su manutención, cuidado y educación. ¡Vaya farol que me trajo!

la mosca se hizo al vuelo y la flecha encontró la pared, mucho después que el insecto
trepara al techo y allí se quedara tan contento como burlándose de su chueca puntería.
Le babia resultado fácil. No tenía necesidad
de encomendarse para tamaña proeza porque
en otras anteriormente mucho peores se viera. Y don Miguel correspondió con una sonrisa a su broma entre criaturas frente al mismo espejo.
Pi·onto pasaría la última ronda y se apagarían las luces para que la tan feliz población carcelaria se aquietara y dejara de batuquear. El edificio tenía dos pisos, altos, al
uso de antes, con pasillos en medio protegidos por barandillas de hierro. A los costados, innumerables puertas.
El establecimiento estaba colmado de
huéspedes de todas las nacionalidades, repúblicas españolas y oficios. Optima cosecha Y
portento. Abundaban los hombres allí Y se
ahondaban las causas. Eran desertores menores de pan en una sociedad abundante que
no disponia de algo más que castigos para
ofrecer a tan alta dinastia. Eso lo sabíamos
por los monumentos y las barricadas que construyeron y levantaron y por figurar escrito
en las historias circulantes. Lo que no está
escrito es la profesión que en aquel antro
imparte la delincuencia gubernamental, generación tras generación de vileza bandilaj e y ruindad.
Pasó al lado de su puerta el cabo de vara al que si no fuera ofensa a la raza canina,
podría denominarse el mastín mayor. Venia
en la noche tocando las metálicas rejas con
una llave del edificio y a todo ruido. Cuando
llegó a la tranquera donde se hospedaba don
Miguel de Unamuno, ante el silencio del profesor, metió llave a la cerradura y entró.
-Con permiso, don Miguel -dijo el uniformado- vengo a darle las buenas noches
y desearle que descanse usted bien, señor.
-Se agradece y corresponde al buen deseo, -respondió don Miguel.
Seguidamente el guardián cerró la puerta y dio media vuelta al cerrojo. Y don Unamuno pensó que si aún en aquelh "Casa de
los muertos" vivos como la bautizara el gran
Dostoyewsky había guardianes con una pizva
de cortesía, no podíamos echar por tierra la
causa de España, ya que todavía quedaba mucho por cultivar. Le pareció un buen y disputado candidato a diputado, senador y presidente de cualquier congregación política. Sin
embargo, a lo mejor es tan español como yo
soy vasco y tiene el mismo derecho a oir misa
y beber los vinos de sana comunión. Esto no
estaba en el programa, pero integraba la fortaleza humana. Y no podía rechazarse, a uo
ser con razones muy poderosas porque, a lo
mejor, aquel sujeto de uniforme tenía mujer

La lamparilla eléctrica se apagó. Don
Miguel levantóse. Tomó un trozo de periódico del cajón que oficiaba de mesa de luz Y,
en la oscuridad, lo pasó a través de la mirilla, entre la reja, para evitar que los rayos
luminosos del pabilo, que encentlió después,
se prorectaran al pasillo. Al tiempo, ya en
sintonía con la llamita parpadeante que en
mecheros, candiles y objetos similares alumbraron las cuevas de tantas civilizaciones,
despertó la imaginación de don Miguel. Aquel
zoquete de gorra de visera que, en vez de
trabajar como honrado peón de albañal aceptara el más despreciable de los oficios, tuviera con él una inesperada delicadeza. Y antes de mandar al cuerno los pensamientos y
consideraciones del hecho, pensó que la inteligencia también es patrimonio de los brutos más modestos y no propiedad de los dromedarios y rinocerontes principescos.
Para cumplir con su devoción, pensó hacerse una partida, mano a mano con su tocayo Miguel de Cervantes, amigo de s,iempre
que tuvo la osadía de escribir nada menos
que un manchegazo don Quijote. Ya era un
hábito. Pero estaba pensativo y la bruta idea
despertada por el guardián le recordó el momento en que, sentado en la losa de piedra,
en la antigua Atenas, esperando que el noble
guardián le alcanzara la venenosa pócima de
cicuta, machacada, en la cantidad precisa par.a tumbar un elefante, estaba Sócrates. Y don
Miguel lo veía con los otros ojos, palpablemente, el hombre un poco cansado de fatiga
y de dura lucha por la faena que tuviera para
convencer a sus amigos y su mujer.
-Pues, vaya qué preocupaciones me
trae este tío. E inesperadamente para sorprenderme. Una buena lección -pensó don Unamuno.
Pues asi. Era un esclavo el guardián
griego. También lo era el español. Cuando
le hubo alcanzado la taza al ilustre filósofo,
el hombre torció la cabeza hacia un lado para
no presenciar como el gran hijo de Sofronisco se ungía en un esfuerzo mayor. Y el esclavo puso su brazo sobre los ojos para que no
se le vieran las lágrimas. También él quería
ser algo valiente y no quería llorar como las
mujeres. Eso lo había recomendado Sócrates
y por ello mandó retirar de su último acto a
Jantipa, madre de sus hijos y sostenedora de
lo que fue el hogar de Sócrates en aquel mundo ateniense que respiramos.

la veterana mosca, de telúrico origen pues
que desciende en linea recta de los prÍmeros
ejemplares vivientes que se le ocurrieron lanzar al público a la Creación. Y cuando el esclavo, socio, amigo y hermano de Sócrates en
a_quella desdichada mala ventura, pudo reacc10nar al encontrarse con el cuerpo tibio aun
del esposo de doña Jantipa a su lado, experimentó la conciencia del delito. Pues las leyes Y reglamentos del Estado griego, aunque
elaboradas en el tumulto del ágora, no dejaban de integrar un instrumento totalitario
como toda ley, hija de la costumbre del rito, de la religión primitiva.
'
Aquellas lágrimas que enternecieron al
filósofo poeta y en tan singulares circunstancias eran prueba de un sentimiento penoso e
igual como el llanto que no puede reprimirse,
como la protesta humana que no puede silenciarse, como la manifestación de moverse y
de gritar para exponer y expulsar los elementos atómicos de un estado de rebelión. Sócrates y el esclavo no eran iguales en el mismo
grado culural, porque uno estaba adiestrado
para volcar verdades sobre los hombres, que
luego se le devolvían como oleaje de océano
a playa abierta. El último de los amigos que
le asistió hasta el instante final, pasó a la
historia por el vuelco de una emoción que
es todo un poema silencioso, la última fase
de un drama que aún conmueve la mentalidad universal. Sócrates, el maestro indiscutido de todos los tiempos, al que vuelven los
hombres de todas las edades posteriores en
procura de orientación, de guía para su pensamiento, de manejo sorpresivo y de asalto
para no dormirse, obedeció al consejo de tenderse sobre la losa para que la droga fatal
hiciera su pleno efecto. El esclavo anónimo
actuó como los pueblos, como chorros de humanidad de donde provienen las artes y ciencias y a cuyo conjuro los hombres son sus servidores. Eso fue lo que conmovió las paredes de tantos templos y penales, sagrados o
no, que para el caso integran prisiones, imaginó y masculló don Miguel.
Los dos hombres habían muerto un
en aquel momento. Tenían cada uno su
fesión de vivir y de manera distinta
no sin duro sacrificio. Todos tenemo~

poco
propero
algo

en común, aparte de los cinco o seis sentidos
Y los miembros, articulados o no. Allí tenia

el libro "La apología de Sócrates", cual volumen de oraciones. Era un tomo con tapa marrón Y encuadern8:do a la rústica, editado
e~ París de Francia por los hermanos Gar01er, en la anterior tanda de exilados mutilado~ por las bestezuelas cultivadas en el pudridero de la política. Todo estaba dicho y
pens:tdo en aquel volumen de apretadita y
nutnda pr?sa. Las autoridades penitenciarias
n? !º consideraban anarquista l,iteratura prohibida Y el Index ya lo había manoseado y expurgado de pecados. Esto le hacía gracia a
don Miguel. El libro no es rebelde sino la
mente que _lo escribe y la que lo recibe. Aquel
desnaturalizado Sarmiento sanjuanino había
hablado algo al respecto. En el Martín Fierro
del gaucho gallego Hernández, también.

,,

-;:,-

Don Miguei de Unami,no, que se vestía
como Unamuno y no como una mona porque

s~ sentía cómodo dentro de aquellos p~ños cosidos P?r mano no industrializada, para él,
p~ra Miguel de Unamuno, leyó hasta que los
OJOS en confabulación con los demás sentidos
se l? permitieron. En un instante más, con
la. vista en el techo oscuro, escuchando los
ruidos del paso del guardián, retumbando
e_n el pabellón, pensaba qué podría tener. Jantipa como secreto para atraer a un hombre
ta~ formal y completo como Sócrates. y lo
mas desconcertante es que había ido a la celda ~onde expiró para interesarse por él, su
mando, condolerse, protestar, rabiar y patalea~ por haberse encontrado allí, en donde se
le iba a mata: por orden del Estado griego.
Ella se lo habia recomendado millones de ve?es: Aquell~s charlas interminables, aquella
Jengo~za, mcomprensible para tanto bruto,
n? le ib~n .ª acarrear buen fin, ni le darían
dmero siqmera para adquirir unas gallinas.
D~n Miguel supuso que así, peleando en
u?a trmchera, 1~ e~posa de Sócrates respond1a al natural mstmto de conservación defendiendo al marido en peligro. Era una' buena compañera. Tenía agallas para gritar su
razón Y su pena a los jueces prevaricadores.

Parece ser que Sócrates debió levantarse de la piedra desnuda para consolar al esclavo que pena tanta le inspirara. Habíanse
reencontrado dos ánimas fundidas en el mismo sentimiento fraterno, en la intimidad humana, igual que don Miguel de Unamuno y

10

11

�Su marido no habia muerto a nadie. Tenía hijos y ninguno era ladrón. Le hiciera hijos a
otra mujer cuando el Estado se lo pidió porque necesitaba hombres -si, señor ¡Hombres! Y Sócrates, respondió. Era amigo de
Pericles y nadie se atrevió a decir que constituía mala compañía. Frecuentaba la casa de
Aspasia. y no se le conocían otras malas costumbres que las de atraer a la gente que deseaba escucharlo. Pero si lo escuchaban, es
porque decía algo interesante, algo que le
convenía más al auditorio que a Sócrates. Hablaba gratis. Es claro que él sacaba algún
partido: el de hacerse oir, como la calandria
sobre el pasto a cuyo lado tiene el nido, como los equinos del rey Darío al salir el sol
y la chicharra a los rayos solares. Vaya uno
a prohibirsele:
Jantipa tenía razón. ¡Quién le habrá
aconsejado a su marido meterse en tanto lío!
Era célebre en varias leguas a la redonda,
justamente como charlatán, pero na.da más.
Tenia amigos a montones y hasta ricos e influyentes. A todos amansaba por igual. Donde ponia el ojo, allí detenía la bala. El que
no desensillaba a su paso al primer intento,
recibia la montura sobre sus espaldas para
que lo cabalgaran. Era lógico. Pero uno no puede meterse con tantas bestias a un tiempo. E~
como echarse todos los enemigos del mundo
encima. Y enemigos como tigres hambrientos
y hediondas hienas de los que resulta preferible escapar antes que combatir. Jantipa
cumplió con su marido como la parte occidental de un mundo físico. No sabia explicarse mejor, pero no dio un paso atrás. Y
eso encierra todas las virtudes en una persona.
¡Vaya si no!, agregó admirado, don Miguel. Y pensó en su compañera y en sus hijos.
Era menudita, delgadita de cintura, como recomienda la copla y modosita. Tenía una gracia encantadora. Y cuando le hacía alguna
picardía, al otro lado de su frecuente mal
humor, que era como atravesar las fronteras del odio, se le sonrrojaban las mejillas.
No podía evitarlo. Algunas veces se lo había
recordado para hacerla que recitara aquellos
versos inolvidables del amor, del "amor que
perdí en una cueva profunda; muere el sol,
queda la añoranza; muere el sol queda la luna". Y se sonreía de contento. ¡Qué cantera
de quijotesca hermosura tiene nuestro pueblo en su romance antiguo para el ejercicio
nuevo!

-4 Don Miguel soñó qiie le había tocado andar suelto por lugares cervantinos, que la Es-

paña mayor tiene muchos. Pretendía seguir
las huellas del manchego otra vez más, ahora por orden del destino. Volviera y se encontraba ya en su cátedra de la ferruginosa y

pétrea Salamanca, tan sabia como rica en
hombres ilustres, unos más inteligentes que
otros, todos cual dechado de decencias como
maniáticos en pretender enseñar lo que tantos ignoraban. Y estaba hablando de Grecia.
y de Atenas donde contaba con tantos amigos
desde la epopeya homérica, todos preguntones de cosas o explicaciones que no siempre
el cristiano está preparado para contestar
cuerda y razonadamente. Preguntas hay que
dejan tieso a uno de primer intente y que sólo cuando aspira hondo y luego de abrocharse
el pantalón se atreve a responder.
Era don Miguel que hablaba. Encontrábase algo ofuscado porque al terminar la clase uno de los alumnos se le enfrentó de un
modo que no le satisfizo plenamente. Aunque
conocía geografía y con humanidades estaban barriendo suelo griego, la pregunta parecía de ignorante y lo sacara de las casillas.
Le había inquirido cual, a criteriio de don Miguel, le parecía el modo mejor de llegar a
Atenas.
Así, fríamente, luego de aturdido en
expllcaciones que no le parecían relacionadas,
pensó un poco antes de contestar, porque era
preciso mantenerse erecto sobre las extremidades y en el tablado. Los músculos quietos,
sin un movimiento siquiera, y seriamente llegó la sabiduría, sobre sus ojos de buho, bajo
el casquete polar que le cubría la cabeza y
preguntó:
-Tú, en qué parte de España naciste?
-Soy vasco, señor.
-Entonces, escucha: Para ir a Atenas
hay varias maneras. La más lógica y económica es traer la capital de la confederación griega a España. No siendo así, se puede ir en avión. Igualmente, en barco o nadando. Pero nosotros, los españoles, tenemos caballos árabes de magnifica alzada bautizados
como buenos republicanos. Nuestra estirpe
tiene privilegio también para conquistar Atenas, montado en burro, en el Trece o en vasco. La clase se ha terminado. ¡ Buenos días!
Y se sonrió cual niño incorregible al encontrarse entre cuatro paredes, recluido por
cantar verdades como un churrinche, una vertiente perdida del Guadiana y una melodía
que hacía su oído tierno desde el otro lado
del mar. La fuerza de la costumbre, el movimiento de émbolos, las vueltas del cigueñal
y esta letanía de ideas sueltas que llevamos
aprisionadas en el capacete, terminarán por
ser nuestra ruina. Pero no se le puede hacer
campo orégano a la dimensión de brujos y
brutos que nos pisotean las callosidades para, cuando nos quejamos, enfilarnos su golpe
de fuerza. ¡Ah, eso de ninguna manera, agregó don Miguel. Ni por veinte reinos, cien condados, ni mil ducados. Faltaría más!

12

•"

_, I

�mos al ser con su aporte hereditario, al querer ser determinado por las solicitudes de su
ámbito y el deber ser. Estamos considerando
lo que en términos más accesibles se hace
llamar, en el primer caso, naturaleza instintiva; en el segundo como la reacción de darle
al primero cuanto apetece, y en el último, la
conciencia moral que nos se1iala lo que no
debemos y lo que debemos hacer, aún cuando en este último caso existen otras limitadones superiores a la voluntad; así acaba por
definirse la conducta misma de la persona.

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De esta suerte, no somos sino la resultante de una lucha entre el deber y el querer
ser, misma que deciden nuestros principios
morales y también las ¡iosibílidades de realizarnos; por eso no somos como quisiéramos
ser, ni tampoco como el medio en que vivimos ( f:unilía, círculos sociales, etc.,) quisiera
que fuésemos. De tal pugna resultarán las
más diversas respuestas, desde las rebeldías
tan de moda en nuestro tiempo, hasta las sumisiones, a menudo mutiladoras de disposiciones o inclinaciones que debilitan o nulífican zonas valiosas de nuestro ser animlco.

1

~(oblemas humano~ e~la
obra de López V elarde
Federico Berrueco Ramón
La cultura, fruto del espíritu, representa la herencia de un pueblo, y en sus asp~ctos
superiores, corresponde a los estratos mte·
lcctnales preservarla y enriquecerla; por eso
precisa difundirla para guiar nuestros pasos
por mejores caminos; entre aquellas consignas se encuentra la de honrar a los genuinos
forjadores de tan caro patrimonio.
Por eso el interés nacional que ha venido despertando Ramón López Ve!arde, susdtó el homenaje que México le rmde en el
Cincuentenario de su muerte, Homenaje presidido por el Primer Mandatario _del Pais, Lic.
don Luis Ecbeverrla y en Coahmla, por el señor Gobernador Constitucional del Estado,
Ing. Eulalio Gutiérrez Treviño.
Como heredad expuesta a todas las invasiones la vida y la obra del poeta, cuya
memoria'. nos reúne, han tenido que sobrellevarlas; algunas, con autorizada lucidez, ha!'
descubierto bellezas incomparables, dramáticos episodios y aspectos ~escono~idos ~e s~
existencia. Así han aparecido articulos méditos, autógrafos de sus poemas y d'?cument'?s
privados que ayudan a un conocimiento mas
exacto de López Velarde. Claro está que no
pocas incursiones se caracterizaron por una
verdadera falta de respeto, como ocurrió en
cierta población, donde quisieron honr~rlo
dándole su nombre a un evento deportivo,
apoyando tan peregrina iniciativa en las aficiones eventuales que Ramón sentía por el
ciclismo.

Como quiera que ello sea, bastante se ha
obtenido para magnificar la figura del bardo
de Jerez y mucho ha de enorgullecernos que
Saltíllo, corazón del solar coahuilense, le ha-

ya ofrecido significado tributo. Las con!erencías aqui sustentadas lo demuestran: aun recordamos al maestro Villarello en su i:nagnifico trazo del México de entonces; 18; disertación de Jesús Reyes Rulz_ sobre. las 1?eas ~olitícas de nuestro persona¡e; la ¡uveml digiesión de Jesús Arreola Pérez sobre la prosa;
la Intervención de Altaír Tejeda respecto ~¡
intimo mundo Velardeano, la juiciosa Y ágil
plática de Osear Flores Tapia Y_ el regalo e11;0cionante de Hilda Sala al recita!·• con estl~o
muy suyo, 10 mejor del poem~r10,_ acontecimientos todos que habrán de fmahzar en_ la
fecha conmemorativa, en la cual nos deleitará la maravillosa interpretación_ de Suave ~atria poesia en movimiento, ba¡o la dirección
arti~tíca de María de Lourdes Valdés.
Ahora, tendrán ustedes que soportar mi
merodeo por el predio espiritual de Lópcz Velarde.
Nada más comprometedor en estos c:isos
que tratar de ajustar un po~ta al marco de
teorias filosóficas o del donunlo de la pslc?·
logia· por este motivo trataremos de seg u u·
el tr~nsíto de su vida, considerando la educación que recibió y las notas fundamentales
de su personalidad, con la mil:a de contemplar en qué medida lo c?nmov1eron los problemas de sus contemporaneos.
No olvidemos que el ser humano se va

desarrollando dentro de su circunstancia, estimulado por los más variados incidentes que
condicionan su tránsito.
En cada individuo se m:inifíestan tres
zonas del espíritu que se influyen entre sí,
para l·onfig:urar su peculiaridad;

nos refcri-

Del artista se dice que vive en su obra
lo que no pudo obtener en la realidad y de
esta manera satisface las frustraciones que lo
afectaron.
Ko trato con estas palabras de enmarcar rigldamente a López Velarde, pues, a lo
más pretendo explicar el rasgo más Yisíble de
su naturaleza y de su quehacer literario.
La sensibilidad exquisita, la emoción
creadora Inducida en singulares intuiciones
y su temperamento muy particular, (no por
sosegado menos actuante), forman una suma
de factores que al entrar en contacto con su
mundo, provocarán la proyección en el más
luminoso de los caminos y cuya intensidad se
vuelve más acentuada sí se considera su vigoroso organismo; todo ese complejo fue integrándose en el quieto vivir de la provincia, respirando 1·ellgíosídad dentro y fuera ele
la familia, en medio de costumbres inherentes a un pueblo entonces campesino, pero próspero y dotado de estimable linaje cultural.
En este agreste medio de Jerez, transcurren los primeros años al amparo de una familia de firmes costumbres morales y cuyas
condiciones económicas la situaban en las
formas de vida de nuestra pequeña burguesía
rural; apenas se asoma a Ja adolescencia, una
vez satisfecha la enseñanza elemental, emigra
su familia y lo entrega a los estudios seminaristas en Zacatecas, primero, y Aguascalientes más tarde, donde principia su ím¡iresionante iluminación; tal circunstancia no Jo
apartará del todo de su Jerez nativo, (que
ya para siempre lleYaria muy dentro) y a donde por tiempo de vacaciones volverá al hogar
de familiares de su madre; entre juegos y risas de muchachas, allí comenzará a sentir las
adivinaciones de la mujer; por alli le asaltarán los calosfrios que le produjo la prima
Agueda y también la adorable presencia de
Fu en santa.

Terminada la educación prnparatoria, se
trasladará a San Luís Potosi y en ese tiempo
sufrirá la muerte de su padre, con lo que las
penurias crecen; esto ocurria en 1908 cuando
Ramón se acercaba a los 20 años y habla vívido, lo mismo en Aguascalientes que en San
Luis, sus primeras experiencias culturales y
también aquellas otras que 1iarecian :ipartarlo de la mujer que se habla quedado en su
lugar nativo. El horizonte del querer ser se
va dilatando, sólo que las posibilidades de
disfrutarlo son tan precarias, que aumentarán
las tensiones, a las que se añaden las impuestas por su conciencia rellgíosa, provocando
todas la falta de intrepidez para más de una
empresa sentimental.
De ese choque entre el deber y el querer ser, agravado por la penuria, vendrá el
sacudimiento de la sensibilidad que a su vez
incita a sus disposiciones creadoras y da origen a los di versos aspectos de su obra en
prosa y en verso, donde va a manifestarse su
extraordinario dominio de las letras, dándole
a la palabra significaciones inusitadas, característica siempre llena de sorpresas.
Convengamos en que lo que le viene ocu1-riendo es lo mismo, que en mayor o menor
escala, pero no con los mismos efectos, nos

sucede a todos; de allí que el poeta se convierta en caja de resonancia de los conflictos
humnnos, lo que le ganará la posteridad.
Vivir es angustiarse sostendrán algunos;
vivir es esforzarse dirán otros, pero en el ca-

so que nos ocupa las dos afirmaciones resultan valederas; el ¡ioeta se angustia y se esfuerza en traducir ese estado al deslumbrante crisol en que se fraguan sus egregios perfiles.
La pugna entre el querer y el deber ser
es el común denominador de toda su producción; es un signo que lo encontraremos lo
mismo en los problemas de lo erótico, que
en los del dolor y de la muerte; Jo mismo en
los menesteres de su vida diaria, que en sus
relaciones con el medio social en que vive-.
Unos cu~ntos ejemplos descubren cómo su conciencia vive y gobierna esos problemas; rnámoslos:
"Soy un fracaso de confesor y médico que siente perder
a la mejor de sus enfermas y a su más efusiva penitente"
"l)ualidad de cerebro y corazón,
oro en las manos y en las sienes rosas
y el profeta de cabras se perfila
más fuerte que los dioses y tas diosas"
"La edad de Cristo azul se me acongoja,
porque Mahoma me sigue tiñendo
.,erde el e¡piritu y la carne roja"
"Afluye !a parábola y flamea
y gasto mis talentos en la lucha

de la Arabia feliz con Galilea'".

Siempre los términos contradictorios estallando en la sensíbílídad.
Como lo vemos, la radíografia llríca de
López Velarde nada tiene de sencilla; su exa.
mcn nos revelará una cosecha rica en me-

�11

táforas y alusiones cargadas de misterio, de
incógnitas, de asociaciones difíciles de entender pero apenas lo estudiemos llevando por
luz• el signo de tensiones reseñado, tendremos
en la mano un buen recurso para develar más
de uno de esos secretos saturados de hermosura.
Aún su retrato psicofísico, según quienes lo conocieron, resulta complicado . Don
Fidencio Berumen, pariente suyo, nos habla de
un sujeto apacible, de tez pálida, siempre vestido de negro, melancólico y triste; muy serio y al que no le gustaban las bromas; las
aguantaba pero sin contestarlas. Conjeturo
que esta semblanza es la de su adolescencia
seminarista porque el Doctor don Jesús López Velard~. su hermano. nos dice, en cambio, que Ramón era cordial, alegre y bromista; así nos relata aquel sucedido con una
joven de su amistad a la que le preguntó:
"Oye, ¿cuándo nos casamos?, más como la
muchacha se sonrojara le salió al instante:
"no me mal entiendas, tú por tu lado y yo
por el mio".
El periodista don Mario Rojas Avendaño, que lo conoció en 1918 en el despacho
del Secretario de Gobernación, Lic. Don Manuel Aguirre Berlanga, compañero de estudios de Ramón, nos lo presenta como un caballero de aire provinciano, siempre evocando las calles blancas de su pueblo; "era tan
discreto, tan apacible, con una tranquilidad
tan caballerezca que se antojaba de otro siglo".
Esta última impresión me recuerda la
presencia de uno de sus más caros afectos, el
doctor Don Pedro de Alba, en cuyos brazos
habría de expirar, (amistad esta, la de don
Pedro, que tuve el privilegio de conservar
hasta su muerte) San Pedro de Alba, como
le llamó algún discípulo. Otro de los camaradas de López Velarde, Jesús B. González,
de quien conservo gratísimo recuerdo, me aseguraba la semejanza del doctor de Alba con
el modo de ser del poeta. Fino, sencillo, afectuoso, parcamente bromista y con un valor
civil poco común, don Pedro me daba la impresión que me ha producido el intelectual
del altiplano.
Más aquél hombre incomplicado, cordial
y discreto, llevaba muy dentro la magia
alucinante más singular de nuestra historia
cultural.
¿Cuáles son las claves íntimas de su
hacer literario, mismo que por otra parte lo
solidarizan con sus contemporáneos? Así lo
interrogamos, porque cada época tiene sus
formas limitativas del querer ser; unas procedentes del medio y otras de la interioridad
de la persona. Al observar ahora el comportamiento de nuestras juventudes, observaremos que es resultante de este tiempo y de su
circunstancia, muy distintos de aquél en que,
por ejemplo, mi generación se formó; de ahí
el desatino de querer que los muchachos de
hoy sean como nosotros fuimos; ciertamente

ellos reclaman comprensión, pero ta1nbión
nosotros quisiéramos lo mismo y tal vez si
ese intercambio fuese posible nos seria dable
conciliar desajustes en un filedio social que
ha de modificarse según el nuevo signo de
los tiempos.
Así situado el poeta, su insurgencia es
la misma de los años que desencadenaron la
Revolución, sólo que en el orden de las letras, superando las formas romántico-modernistas Y hasta las de absolver los problemas
originados en sus contactos con el contorno
social; insurgencia lírica, que no otra era la
que le correspondía al poeta.

¿Hay acaso otro solo poeta que como este
desafíe a las incógnitas potestades, y hie;a
con su venablo lírico el silencio despótico?
Respondamos nosotros, los necios y cobardes
que en la noche tememos aventurar la mano
afuera de la sábana.
Lo apris.ionaron virgen en su monte; y me apena
que ignore que la dicha de amar es un galope
del corazón sin brida, por el desfiladero.
de la muerte. Deploro su castidad reclusa
Y hasta le cederla uno de mis placeres".

Intentemos, y aqui confieso mis temores,
destacar aquellos frutos donde se acentúa
cualquiera de los aspectos emocionales que
queremos reseñar:
LA

_Los rasgos literarios visiules, fosforescencias de combustiones profundas podrían
compendiarse en los temas de la 'vida, del
amor, del dolor y de la muerte, sin olvidar el
que aparece en su juventud y que de cuando
en cuando irrumpe en su madurez: la provincia, como entraña patria y norma de existencia personal; cometeríamos seria omisión ~i
al abordar tales aspectos no considerara mos
su religiosidad que a cada momento se infiltra, porque en ella encuentra los símiles justos de expresión poética.
Los temas citados jamás los encontraremos aislados, sino alimentándose entre si en
el oficiar de la belleza.
Al intentar diseñar los matices de la per.
son ali dad del poeta hay un poema que lo retrata y que no se por qué ha escapado a la
consideración de críticos y ensayistas, poema
escondido como regalo espléndido inexplicablemente inadvertido. Me refiero al poema
"Para el Zenzontle Impávido" del que sólo haremos n1ención en sus estancias más expresivas.
"Sigo oyendo
la musical tarea del zenzontle,
y lo admiro
por impávido y fuerte, p.orque no se amilana
en el caos de las lóbregas vigilias,
Y no. teme despertar a los monstruos de la noche.
Su pico repasa el cuerpo de la noche, como el de una
amante.

VIDA

La encontraremos tratada como conflicto
Y como disposición gozosa a disfrutarla. Como_ conf11cto solo nos ocuparemos de cnanto
le 1mp1d1ó cumplir su destino de hombre al
refu~iarse en el celibato, para unos resultado
d~ timidez o i~decisión, para mi, consecuenc_ia de la magmtud que dió a las responsabihdades d~ la paternidad que tenía por eternas: ¿qu1é". enme?-dará la plana, preguntal)a, de un vastago mfortunado? a veces hasta
P:trece impulsado por la cobardía cuando
piensa _en lo doloroso de darle carne al cementeno.
En más _de ~na ocasión anduvo a la orill~ del matnmomo, pero, lo elije en otra ocas1_on, se mostraba tan exigente con quien hab1a de compartir. su destino, que era punto
menos que imposible dar con la mujer que
le fuese "llanamente barro para mi barro
azul para mi cielo".
Y
No ignoro que voy tocando el terna del
amor, por más que aquí aludo una actitud
e~phcable quizás por el doloroso impacto sufudo al monr su padre, dejando abundante
prole .ª la responsabilidad de una mujer, ma.
dre e¡emplar, que se las habría visto negras
de no contar con el auxilio de ejemplares hermanos.
Ad~más nos hablará Ramón de la tortura de v1v1r, en las patéticas estancias de:

�emoción romántica, especialmente en aquella
mujer que lo despierta para el culto de Eros,
mujer que principia por asumir sideral belleza, azul para su cielo, pero no barro para su
barro, mujer, en suma, que le arranca versos
olorosos a incienso y cuya presencia, real en
la adolescencia de López Velarde, perdurará
como recuerdo y como trauma hasta el final
de sus dias, cuando cuatro años antes ella se
habia escapado ya del mundo.

Nos referimos a Josefa de los Rios, Fuensanta como la llamó poéticamente.

','Mi coraión leal se amerita en la sombra
yo lo sacara al día como lengua de fuego
que se sac:a de un ínfimo purgatorio a la luz,
y al oirlo batir su cárcel, yo me anego
y me hundo en la ternura remo.rdida d_e un_ padre
que siente entre sus brazos, latir un hijo ciego.
Mi corazón leal se amerita en la sombra
es la mitra y la válvula . . . yo me lo arrancaría
para llevarlo en triunfo a conocer el día,
la estola de violetas en los hombres del alba
el dngulo morado de los atardeceres,
los astros, y el perímetro jovial de las mujeres".

Aquí se percibe: el conflicto ínt_imo, m~tra y válvula que equivale a represión Y ,11cencia· los términos religiosos estola Y cmgulo; Íuego, como remate, aparee~ el ine~itable perimetro jovial de las muieres. Sigue
mezclando cielo y tierra; por eso pensamos que,
posiblemente, sin la conciencia católica que
adquirió en su infancia y en su juventud seminarista para someter sus apetitos, no hubiera padecido el choque, surtidor de lo mejor de su poesla.

Por este mismo tenor brota "El Minuto
Cobarde" en el que "La plétora de vida se resuelve en renunoia capital se liquida".

y en miedo

Empero. Piensa también en Bl sentido
epicureo al pontificar:
"La vida mágica se vive entera
en la mano viril que gesticula
al evocar el seno o la cadera

Y en el son del corazón proclamará:
"La redondez de la creaci6n atrueno
1

11
11
11

cortejando a las hembras y a las cosas
con un clamor pagano y nazarenou.

EL

AMOR

Pocos ele nuestros poetas se han ocupado
de lo erótico con mayor originalidad, amplitud y hermosura; podríamos asegurar quP
no se le escapa un solo matiz y aquí también
se mezclan el dolor, la muerte y lo religioso.
Pese a su intuición estética para fraguar deslumbrantes metáforas, no pudo escapar a la

La conoció en la infancia; le aventajaba
ocho años de edad y era herman::t de la eaposa de , don Salvador Berúmen, tio de Ramón a quien Fuensanta vió desde que era un
niño'; ella no era una belleza, pero despedía
una seducción tal, que fué incubando en el
futuro poeta el más extraño afecto. Para mí
podría explicarse como modalidad del complejo de Edipo. En una familia numerosa y
de escasos recursos, no era posible para la
madre ofrecer al mayor de sus hijos los cuidados que solicitaban ni más ni menos que
nueve retoños. De esa suerte Ramón halló
en el trato de Fuensanta algo asi como un
faltante de ternura materna, como se percibe en este terceto del poema "Elogio a Fuensanta":
"Antifona es tu voz y en los corales
de tu mfstica boca he descubierto
el sabor d~ los besos maternales...

A medida que el niño crece y se acerca a
la adolescencia, ese amor se va transforman.
do, para madurar en un cariño lleno de delicadeza que se acentúa por la condición enfermiza de Fuensanta.
El doctor López Velarde reconoce que
Josefa de los Ríos fue el gran amor de Ramón, pero duda mucho que éste se lo declarara; Ramón era extremadamente reservado, pues ni el doctor de Alba ni Jesús B.
González me pudieron dar mayores datos en
ese particular cuando se los pedía.

Para mi no es posible que una mujer que
ya se anuncia en los versos escritos cuando
el poeta llegaba a los diecisiete años de edad,
ignorara ese cariño. Todavía cabe pensar: si
ella nada sabia del inexperto amador ¿ por
qué éste, en carta de octubre 1909 al Lic. Correa, le anuncia que Fuensanta ha dejado de
existir para aquél? Algo debe haber pasado,
pero la devoción persiste; ocupa casi todos los
poemas de "Sangre Devota" libro publicado
en 1916 y los primeros versos de "Zozobra"
le pertenecen; recordemos ese bellísimo canto "Hoy como Nunca", escrito tal vez en 1917
año en que muere la "Amada Seráfica'\ como la llamó, y la que seguirá traumatizándolo hasta los tiempos de ese maravilloso canto
"El Sueño de los Guantes Negros", cuando
López Velarde se acercaba a "La Fúnebre
Barca".
Con todo, es preciso observar que su vida está llena de mujeres que, de un modo o
de otro, penetraron en su órbita sentimental.
Sin embargo, además de Fuensanta, lo atrajeron hasta la cercanía de los altares, la dama de la capital, la ilustre maestra Margarita Quijano; tal vez por sus vacilaciones o porque ella no sintiera amor suficiente, resultará. una nueva frustración que dictará páginas
desoladas, pero no con la ternura de las que
consagró a la desaparecida; por último se
ha hablado de un compromiso matrimonial
con Fe Hermosillo, compromiso aplazado dos
años, sólo que ya finalizando el término, la
muerte sorprendió a López Velarde.
Su intenso erotismo lo condujo a expresiones únicas en la lírica de habla española;
expresiones también llenas de contradicciones
como éstas:
"¿Cómo será esta sed constante de veneros
femeninos, de agua que huye y que regresa?
¿Será este afán perenne franciscano o polígamo?"
"En mi pecho feliz no hubo cosa
de cristal, terracota o madera
que abrazada por mi no tuviera
movimientos humanos de esposa"
"A la cálida vida que transcurre canora
con garbos de mujer, sin letras ni antifaces,
a la invicta belleza que salva y que enamora
responde en la embriaguez de la encantada hora
un encono de hormigas en mis venas voraces".

En este itinerario hallaremos otros nombres en el amanecer del poeta, como "La pri1na Ag·uecla" y luego ''La Blonda Sara":

"Blonda Sara, uva en saz6n, mi apego franco
a tu persona hoy me incita
a burlarme de mi ayer, por la inaudita
buena fe con que crei en mi sospechosa
vocación la de un levita".

Más Juego descubre su experiencia en esta confesión:
"Que la dicha de amar
es un galope
del corazón sin brida
por el desfiladero de la muerte".

Para invoca,r no sabemos a quien, en esta forma:
"Yo desdoblé mi facultad de amar
en liviana aspereza
y suave suspirar de monaguillo;
pero tu me revelas
el apetito indivisible, y cruzas
con tu antorcha inefable
incendiando mi pingiie sementera".

Todavía podríamos citar referencias en
verso o en prosa de Maria Nevares, Susana
Jiménez, Teresa Toranzo y Genoveva Ramos;
hemos dicho que es contradictorio, pero en
verdad no se piense en un mujeriego, por más
que preocupe la alusión al coro plañidero de
fantasmas y al motín de satiresas.
No
que la
rezano.
sos que

nos asombremos de la insistencia con
mujer pasa por los caminos del JeRememoremos simplemente esos verexplican su trasmundo.

"Dios que me ve que sin mujer no atino
ni en lo pequeño ni en lo grande, di6me
de angel guardián un angel femenino".

También apuntaría en una de sus mejo.
res prosas, que nada podía sentir ni entender.
sino a través de la mujer: "Por ella he creído
en Dios y por ella he sentido el puñal de hielo

del ateísmo".
Sobre la cr1s1s de su religiosidad eu el
erotismo, un crítico extranjero señala que López Velarde "No fué un místico ni un asceta,
ni siquiera un hombre religioso, fué cuando
mucho un supersticioso; para otro fué un espíritu católico sin ser ni santo, ni beato, sino
sencillamente un pecador católico'\ no sería
más bien, apuntamos, un católico pecador;
recuérdese su afirmación de que a pesar de
todo "Es santa mi persona, santa en el fuego
lento del dia qiie se me fué s.in oficiar".

.

�Finalmente, cómo podría aclararse s~
apego a la santidad, al reprocharle a una difunta virgen, haber prefe!'ldo entregar s~s
encantos a los gusanos y no al apuesto novio
que la persiguió.
En el asunto por concluír, no olvidemos
que vivió •·profesando la moral de la simetría". Vivió lúcidamente la tensa lucha revelada en este autoretrato:
"Yo var6n integral
nutrido en el panal
de Mahoma
y en el que cuida Roma

•·siempre que inicio el vuelo
por enc:ima de todo,
un demonio sarcdstico maulla
y me devuelve al lodo".

Sus extravíos más desconcertantes en lo
erótico resuenan en ''Te honro en el espanto",
versos de acentos Baudelarianos en donde el
amor asume fúnebres profanaciones.

LA MUERTE Y EL DOLOR
no muy conaterroriza la
la carne Y la
premonitorios

"Más mi labio, que osa
decir palabras de inmortalidad,
se ha de podrir en la húmeda
tiniebla de la fosa".
"Mi coraz6n no olvida
que engendrará al gusano
mayor, en una asfixia corrompida".
"Lumbre divina, en cuyas lenguas

cada maiiana me despierto,
un dia al entreabrir los ojos
antes que muera estaré muerto".

Sobre este tema alega Allen W. Phillips,
que Ramón "Siente la n:uerte co1;1? presencia
íntima e inmediata; mientras v1v1mos. estamos en tránsito a la tumba. Las samaritanas
ya se han ido; la última odalisca huye en busca de otros amantes, el harem ha quedado vacío y el poeta implora".
"Oh, tiena ingrata, poseída
a toda hora de la vida;
en esa fecha de ese mal
Hazme humilde como a un pelele
a cuya mecánica duele
ser s6lamente un hospital".

Quisn ha vivido en los desasosiegos de lo
premonitorio, es natural que lo comparta con
el dolor:

"No me hieras ningún costado,
no me castigues a mi cuerpo
por haber vivdo endiosado
ante la naturaleza
y junto a los vertebrales
espejos de la belleza".
"Yo reconozco mi osadía
de haber vivido profesando
la moral de la simetria,
más con el pie en el estribo
imploro rápida agonia
en mi final hostería.
No tengo miedo de morir,
porque probé de todo un poco,
y el fren2si del pensamiento
todavia no me vuelve loco.

Después de descubrir por tan trágicos caminos, hagamos un alto para glosar el tema
dulce de
LA PROVINCIA
Es muy del mexicano alabar la tierra nativa, inclinación más acentuada cuando se
trata de desdeñar la metrópoli. Cuando las
causas de la Revol nción encontraron en la
provincia tierra propicia y las masas en armas se adueñaban de la capital, se sintió el
contraste europeizante con el retraso de gran
parte del país, donde se había remansado la
antigua cultura; pero cada región, de modo
especial la nuestra, se hicieron sentir no sólo con la fuerza de las armas, sino con los
clones de las peculiaridades de su espíritu poseedor de costumbres, hábitos y artes propios,
con su lenguaje rural y una moral preservadora de todo descastamiento; así fue naciendo el fervor nacionalista, no a titulo de
cerrazón aldeana, y sí como flujo integrador
de lo nuestro, con ánima abierta a todos los
horizontes del país sojuzgado por lustros dictatoriales.

de "Te honro en el espanto"?, seguramente
este poema encierra deslumbrante acierto, pese a sus atrevidos pasajes.

El payo lugareño se fue metropolizando
y el capitalino fue entendiendo lo comarcano; la Revolución con sus marejadas de inmigrantes de todos los ámbitos del país, emulsionó lo regional y lo metropolitano para in,
tegrar un verdadero espíritu nacional.

"El Sueño de los Guantes Negros", poema no concluido, registra la fusión del amor
y de la muerte en el encuentro con Fuensan-

Su consolidación fue alcanzándose a partir del amor a nuestra tierra.; en nuestro caso, no me refiero al coah uilense de tortillas

1

11

"En su cráneo vacío y aromático
trae la esencia de un eterno viático
¡Y, al fin, del fondo de su pecho claro,
claro de purgatorio y de Sión,
en el sitio que hubo el coraz6n
me da a beber el resplandor de un farol".

"Señor Dios mío: no vayas,
a querer desfigurar
mi pobre cuerpo, pasajero
más que la espuma de la mar".

En la mesa central ...

A pesar de su catolicidad,
fiada en la ventura eterna, le
muerte como desintegradora de
belleza; sus miedos alcanzan
alientos:

ta, fallecida años antes, y a la que ha evocado en otras rimas de corte antológico como
estas:

En lo que conocemos ¿quien ha logrado
dialogar sobre la muerte con el dramatismo

de harina, de machacado y de cabrito, sino
al que llevó en el lomo de las caballerías revolucionarias el carácter dominador de los desiei-tos.
Contra lo que no pocos opinan, la provincia no fue para López Velarde un motivo
costumbrista de colorido local; lo creen asi
cuando contemplan la lozanía de "Novedad
de la Patria" y los retablos de "Suave Patria'\ en que proyecta, como en los demás
,asuntos de su obra, sus personales estados
anímicos y sus propios conceptos.
En la provincia nació y la vivió hasta
sus 24 años; no importa la proporción demográfica entre Jerez, Aguascalientes. Zacatecas Y San Luis, que en sustancia ofrecen los
mismos tonos vitales, los mismos hábitos y
principios de moralidad; en ella disfrutó el calor de Fuensanta y los quereres de sus novias
pueblerinas; de aqnl el origen familiar y el
lazo de sus perdurables amistades que cobran
entrañado afecto en Saturnino Herrán Enrique Fernández Ledesma, Eduardo J. cbrrea,
Pedro de Alba y Jesús B. González.
No es extraño, por eso, que exalte los contenidos de su provincia, que vuelva al sosiego
de sus rincones, que le duela la tragedia de
los vientos de fronda, los estragos de la vorágine revolucionaria sobre la aldea espectral
Y los desmanes sufridos por sus adorables paisanas.
·
López Velarde se considera producto del
altiplano y particularmente de Zacatecas, y
más aún de Jerez, tierra de silencios aromados por la cuaresma opaca que rompe la garrulería de la feria en primavera; tierra de
gente acrisolada en disciplinas eclesiásticas,
tierra de católicos de Pedro el Ermitaño y
jacobinos de época terciaria, y, en tratándose
de Jerez, donde López Velarde por primera

�vez pasó lista de presente en la vida el 15 de
junio de 1888, escuchemos la definición del
Jugar, referida por un contemporáneo de Ramón:
"Esas gentes de Jerez,
miel y veneno a la vez
todos son nobles sin titulo,
todos rlc:os sin haber,
todititos son parientes
y nadie se puede ver".

Cualquier parecido con algunos de nuestros pueblos, es coincidencia que queda al JUlcio de quienes me escuchan aqmlatarla.
En la aparente simplicidad del poemario
regional, brota el amor a lo suyo por sus valores, con la descripción deslu;llbra'!-te de v:erdad, en formas limpias de ex1stenc1a Y _qmen
sólo contemple lo epidérmico, se quedaran sm
la intimidad del alma provinciana. No faltan
los que consideran a López Velard_e como heredero de Landivar, sin acertar Justamente,
por que aqui se trata de un México distinto,
recreado en la profunda palpitación de una
época cercana.
Se siente tan vinculado a lo nativo, que
no resulta inusitada su alusión en "'Suave Patria" al proclamar su origen,
"Suave Patria

permite que te envueh'a

tano, cuyos nuevos estímulos acentuarán las
inquietudes del pecador vulgar, de donde nace el esplendor humano de "Zozobra".

Cuando ese agobio parece anonadarlo, se
refugiará en el recuerdo de Jerez, ya que en

esa convivencia parece encontrar alivio para
sus males ciudadanos; asi dirá en "El minuto
cobarde":
"Cobardemente clamo, desde el centro
da mis intensidades conosivas,
a mi parroquia, al ave moderada,
a la tlor quieta y a las aguas Yivas.
Yo quisiera acogerme a la mesura,
a la estricta conciencia y al recato
de aquellas cosas que me hicieron bien".

En "Humildemente", anticipa un deseo
que jamás pudo lograr, al decir:
"Cuando me sobrevenga
el cansancio del fin,
me iré como la grulla
del retrón a mi pueblo,
a arrodillarme entre
las rosas de la plaza
los aros de los niiíos
y los flecos de seda
de los tápaloa".

No se agota aqui su apego a Jo nativo tan
sentidamente tratado cuando reflexiona sobre
la moralidad de sus paisanas, las "Institutrices de mi corazón".

en la más honda música de sel•a ..
"Conque me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre gritos y risa&amp; de muchachas
y pájaros de oficio carpintero".

Obsérvese que cuando afirma "Me modelaste por entero", está apuntando un hecho: que la provincia lo modeló por dentro y
por fuera.
Quien lea su prosa "Fresnos y Alamos"',
síntesis del Parque de Jerez, no habrá de sorprenderle esta actitud de López Velarde que
identifica a la Patria con la provincia misma.
Se le ha tenido por poeta provinciano y
esto es cierto en parte, pues ese caracter tan
visible en "Sangre Devota", se va esfumando
conforme lo envuelrn el complejo metropoli-

Con "A la gracia primitiva de las aldeanas"; "A las Vírgenes" y •''Jerezanas" resume una ofrenda a la mujer de su tierra, pero también en la prosa hará lo mismo en "Las
Santas Mujeres" y en "Semana Mayor" parte de ese maravilloso libro "El Minutero".
IDEAS POLITICAS

Sobre este particular se pronunció aquí
una conferencia de la que se recordó su Maderismo, su maravilloso descubrimiento del
México actual que lo mismo se observa en
"Novedad de la Patria" que en el canto que
lo consagró, su admiración por el visionario
de Parras y su simpatia y militancia en el
constitucionalismo; en verdad hay algo más
importante en su filiación revolucionaria.

Del apóstol de la democracia comenta:

'·Con Madero no viv.imos en ·u.na República de angeles, pero estamos v-iviendo como
hombres Y esta es la deuda que nunca le pa-

garemos a Madero".

A raíz del drama de la Ciudadela y darse cuenta de la hecatombe que suscita y del
levantamiento constitucionalista, escribe estas definidoras palabras de su auténtico revolucionarismo, hasta ahora considerado como simplemente político:

"No se dónde vararmnos si no viene un
tratado de ¡,az. Indudablemente que lo más

práctico sería que el curso de la Revolución
no se detuviese corno en 1910. A.SI SE TENDRIA. LA POSIBILIDAD DE DESPOJAR A LA
BURGUESIA DE TODA SU FUERZA POLITICA. Y DE SU PREPONDERANCIA. SOCIAL
Y QUIZA.S HASTA EFECTU-4.R CIENTIFICA11fENTE UNA PODA DE REACCIONARIOS
EN ESPECIAL DE LOS CONTUMACES".
,

Si_ esto pedía el escrupuloso católico que
f~e _Lopez Velarde, cultisimo abogado por
anad1dura, ¿de qué se extraña por los desmanes de Villa y de Zapata que casi no fueton a la Escuela? no los justificamos, sólo
tratamos de poner a cada quien en su lugar.
El antiliberalismo de López Velarde hijo de su catolicidad, lo conduce a ingei'iuos
desaciertos como, por ejemplo, atribuir los

temblores de Guadalajara en 1911 a blasfemias liberales, cuando estos habrian ocurrido de todas maneras.
Su antiliberalismo contrasta con el reproche que hace a la curia de provincia por
pronunciarse contra la Revolución.
Que no se equivoquen los que todavía en
nuestros dias se desviven por denostar a Juárez; a Juárez le debemos la afirmación de
nuestra independencia y las estructuras fundament~les de nuestra organización política;
los cretmos que no alcanzan a comprenderlo
as! vivan esta hora, se quedaron rezagado~
en las telarañas de hace más de un siglo.
_ En una plática que dicté hace algunos
anos sobre López Velarde la terminé con una
tirada lírica, ahora, dada mi condición de
maestro frente al mundo que vivimos desprendo de la vida de López Velarde un' ejemplo para la juventud y es el de que: la formaci~n humanista de nuestra conciencia cualqurnra que sea su origen, es guia indispensable de conducta para no olvidar ni nuestros
deberes de hombres ni los que nos atan al
destino de México.
1

El mensaje cultural de López Velarde
fulg~ra _como nunca a cincuenta años del dramático mstante de su adios.

Saltillo, Coah., junio de 1971.

�Dialéctica de la conciencia
•
americana
Leopoldo Zea
1.-

Toma de conciencia.

Se habla de grupos, de bloques, de naciones
fuertes y naciones débiles. Concretamente, de las
relaciones que guarda Latinoamérica con los Estados Unidos. Y, claro, la desesperanza surge de
inmediato, pareciera que nada podríamos hacer
los latinoamericanos por salvar las diferencias
que nos subordinan al Imperio. Pero partamos
de una realidad concreta, lo más concreta posible, la de los individuos que forman otras naciones, fuertes o débiles, y tomemos conciencia como ha sido el resultado de las voluntades concretas de estos individuos, voluntades dentro de un
tejido amplisimo de voluntades, que va marcando los linderos de la historia de cada pueblo y el
de sus relaciones entre sí. Entonces veremos como es posible un cambio de situación. Un cambio
que lo será más auténtico si tomamos clara conciencia de nuestra relación como individuos y como pueblos entre otros pueblos. No se trata solo
de esperar la descomposición del imperio y la
ascensión de los pueblos débiles. No se trata solo de esperar, porque lo importante será siempre
la acción. Y una acción cuanto más consciente
sea, será más eficaz.
Lo que caracteriza a nuestra época, su aporte principal a los problemas de nuestro tiempo,
incluyendo Latinoamérica, es lo que llamamos
toma de conciencia. La conciencia de que no estamos solos en el mundo, sino al lado de otros.
Y que estos otros son nuestros semejantes, como
nosotros somos de ellos. Pero la semejanza implica, a su vez, reconocimiento de la diversidad. Por-

que ser hombres no es ser calca de otro, sino tener
personalidad, tener diversidad. Pero es esta diversidad la que suele originar el regateo de humanidad. Porque es a partir de nosotros que reconocemos la humanidad de otros y en la medida en que
son diversos nos resistimos a aceptar que son nuestros semejantes. Y solo lo aceptaremos si dejan
de ser diversos, esto es hombres, y nos prolongan, se hacen nuestro instrumento. La diversidad respecto a nosotros será un índice, no de su
semejanza, sino de su inferioridad. La diversidad
puede, inclusive ser física, color de la piel, color
del pelo, ojos, forma del cráneo, etc.
Claro que queda el punto de vista del que
sufre esa imposición, del otro, que se reconoce
semejante al otro, sin importar la diversidad física o mental. La historia de la Humanidad es precisamente, la lucha dialéctica que se establece entre un hombre y otro hombre, entre un grupo
de ellos y otro, entre un pueblo y otro pueblo,
entre una nación y otras naciones. Afirmamos
nuestro ser, pero negamos el de los otros, para
que éstos, a su vez, afirmen y reconozcan el suyo.
Pugna que solo termina cuando se realiza una
conciliación, la síntesis de la dialéctica, cuando
nos reconocemos como hombre o pueblo diverso
de otros, pero reconocemos, a su vez, en la diversidad de esos otros, su ser hombres sin más.
Cuando nos sentimos plenamente con los demás,
y cuando no exigimos para los demás, no lo que
no estamos dispuestos a aceptar para nosotros
mismos.

13

Es a partir de nuestra personalidad que or-

�ganizamos, también, nuestro propio horizonte, lo
que consideramos familiar. Y son los otros, los extraños, los que pueden irrumpir en este horizonte
con su individualidad, alterando el horizonte que
nos era familiar. Vuelve entonces la negación, los
otros son extraños, y, en todo caso, o se adaptan
a nuestro horizonte o se eliminan de él. Es sólo
el modo de vida de nuestra nación, o pueblo, el
válido y no el de los otros. Los otros son extraños,
no caben en nuestro mundo y por no caber los
consideramos inferiores. Somos nosotros los que
formamos parte de la civilización, la cultura, etc.
Somos nosotros los que determinamos cómo han
de ser los otros so pena de su expulsión o aniquilamiento. De esta forma surgen los imperios, el
imperio romano o el imperio estadounidense, con
su modo de vida que no tiene porqué modificarse al encontrarse con otros pueblos, sino que son
éstos los que han de hacerlo si quieren sobrevivir.
De las culturas, la más agresiva, ha sido la
occidental. Una cultura que por su propio desarrollo ha llevado su modo de ser a otros pueblos
sobre los que se ha impuesto. Sus portadores, los
occidentales, son los hombres por excelencia, los
otros serán sub-hombres y sólo alcanzarán la humanidad en la medida en que se sometan plenamente al modo de ver la vida del occidental y sus
intereses. Pero ha sido la gran crisis del mundo
occidental, expresa en las dos grandes guerras de
este siglo, lo que ha originado una doble actitud,
la de los occidentales que se dan cuenta de que
no son ya expresión del hombre por excelencia,
y la de los no occidentales que se van dando cuenta, a su vez, de que son como ellos, sus semejantes, hombres entre hombres, con sus mismas
posibilidades e impedimentos.
Poderosa proyección de la cultura occidental
que ha llevado su expansión hasta el más apartado lugar o rincón del mundo, lo son los Estados
Unidos de Norteamérica. El juego dialéctico que
se da entre el mundo occidental y el resto del
mundo, se da, también entre los Estados Unidos
y la América Latina. Una empujando para imponer su personalidad e intereses y la otra resistiendo para salvar su personalidad e intereses.
Una resistencia cada vez mayor en la medida en
que se toma conciencia de lo que se es como pueblo, con independencia de la fortaleza material.
Esta toma de conciencia latinoamericana desenajena a sus individuos y les permite actuar como pueblos ante pueblos, donando, reconociendo
humanidad, pero insistiendo al mismo tiempo en
que se dé y se le reconozca la propia. Se aceptan
los valores enarbolados por la cultura occidental,
pero exigiendo al mismo tiempo sean reconocidos
entre ellos estos mismos valores. De esta forma
surge el conflicto que ahora se hace patente, lo

14

mismo en Latinoamérica, como en Asia, Africa,
Europa y los propios Estados Unidos. La universalización de los valores occidentales lleva aparejada el reconocimiento de estos mismos valores en
otros pueblos y hombres, pues solo así se alcanza
la auténtica universalidad. La experiencia Latinoamericana en este campo es amplísima. Reconoce los valores que enarbolan los Estados Unidos,
pero exige, a su vez, que estos mismos valores le
sean reconocidos. Y en este reconocer y exigir
reconocimiento, surge una larga lucha dialéctica
que forma el tejido no solo de la conciencia latinoamericana, sino de la conciencia Americana en
general.
2. La disyuntiva estadounidense.

simples instrumentos o materia de explotación.
Parte de la naturaleza por aprovechar y poner
al servicio del hombre por excelencia, el occidental. Sin embargo, el mundo occidental, al expanderse sobre todos los linderos de la tierra, lleva
no sólo la técnica de explotación de la naturaleza, naturaleza que incluye a los otros hombres,
sino también las ideas en que descansa este humanismo expansivo. Ideas que los hombres de los
pueblos que reciben la expansión hacen suyas enfrentándose con ellas a sus dominadores; enarbolándolas, reclamando en su nomb:ce derechcs
que parecían exclusivos de los occidentales. Esto
es, pura y simplemente se realiza la universalización de las ideas que sobre lo humano han sostenido los occidentales, que los no occidentales
hacen suyas elevándolas a dogma universal, esto
es, válido para todo pueblo, hombre cualquiera
que sea su raza o cultura.

El llamado mundo occidental, decíamos, parece prolongarse en los Estados Unidos de Norteamérica; su papel en el Continente Americano.
será el mismo de la Europa Occidental en Asia,
Africa y Oceanía. Pueblos llamados a llevar la
cultura, la civilización o el espíritu a los pueblos
que se supone no los poseen. Pueblos que se ven
a sí mismos como la esencia y modelo de lo hu-

La expansión occidental sobre el mundo es
llevada, como nunca antes, por civilización alguna a todos los linderos de la tierra. Ningún rincón
escapa a esta expansión, pero tampoco escapará
a las ideas que sobre su propia humanidad llevan

mano, haciendo de su modo de ser el único modo
de ser de cualquier pueblo que pretenda ser parte
de la cultura, la civilización o el espíritu. Dentro
de los valores enarbolados por el Occidente está
el que se refiere a la dignidad del hombre con
todas sus implicaciones. Salvo que esta esencia
no es reconocida sino entre sus propios creadores. Fuera de sí mismos, los occidentales, se r esisten a reconocer signo alguno de humanidad. La
Humanidad parece agotarse en el mundo occidental y sus herederos, los Estados Unidos. Una vieja falla que se hace ya sentir en la cultura madre de todo humanismo, Grecia, que fuera de sí
misma no reconocía sino barbarie, infrahumanidad, con todo lo que este reconocimiento implicaba, esto es, el derecho a implantar la esclavitud
y la explotación. Limitado lo humano a sus descubridores, los otros, hombres y pueblos, no serán
sino parte de la flora y fauna por aprovechar,

también los occidentales. El primer pueblo que
se enfrenta a esta expansión, enarbolando los
principios de libertad y dignidad humanos derivados de los hacedores de esa expansión, lo será una
nación producto de la misma, los Estados Unidos.
El 4 de julio de 1776, en nombre de esos principios los Estados Unidos se declaran independientes de la metrópoli inglesa. Declaración que les
dá el liderato de otras muchas declaraciones de
independencia que se irán sucediendo en el resto
de América, frente a otras metrópolis; y en la
misma Europa frente a despotismos que limitaban la esencia del hombre, influyendo en los principios que originaron la Revolución francesa de
1789; lucha contra múltiples despotismos a lo largo del siglo XIX, hasta llegar a nuestro siglo XX
en que se levantan otros pueblos en Asia y Africa
exigiendo para sí mismos los occidentales. Salvo
que en este siglo XX, paradógicamente, la nación

15

�que se niega a reconocer en otros pueblos los derechos que reclamó para sí a fines del siglo XVIII,
son los propios Estados Unidos. Los Estados Unidos no sólo se emancipan del mundo occidental
sino que invierten los términos y se transforman
en su líder. Líder, no ya de sus ideales y principios, sino de su espíritu de dominio. Un dominio
que revertirá sobre sus propios creadores europeos occidentales, sometiéndolos al nuevo orden
occidental, ahora bajo el predominio estadounidense. El líder de la emancipación, se convierte
en líder del dominio. Si en un principio veía con
simpatía movímientos revolucionarios de emancipación, que le recordaba el que ellos habían iniciado, pronto, en la medida en que se acrecenta
su propia expansión, solo tendrá una preocupación, llenar "vacíos" de poder que otros imperios
van dejando. Primero, llenar el "vacío de poder"
que España y Portugal dejan en América, posteriormente, al término de la segunda gran guerra,
llenar el "vacío de poder" que dejaran Inglaterra,
Francia, Holanda en Asia y Africa. Así, por un
lado cunde por el mundo el espíritu que hizo posible la primera revolución de independencia, Y
por el otro el espíritu que ha hecho del llamado
mundo occidental uno de los imperios más poderosos que han existido en la historia por la plenitud de su extensión. Llevados por este espíritu
expansivo, los Estados Unidos se verán enfrentados a sus propios principios, a principios de dignidad, de justicia y libertad como los que enarbolaron al emanciparse de la Europa occidental.
Una situación conflictiva, un juego para conciliar ideales e intereses. Situación que ha originado la gran preocupación del imperio estadounidense por dar a su dominio una justificación moral. Justificación siempre en aprietos que ha alcanzado su mayor tírantez en la guerra de Vietnam. Guerra que ha planteado a los Estados Unidos el dilema que en vano ha tratado de eludir,
el de ser líder de libertades o líder de un nuevo
imperio, lo uno o lo otro, sin conciliación posible. Disyuntiva que origina ahora la crisis moral
que sacude, en estos años, al pueblo norteamericano. Pese a ello, sin embargo, se seguírán buscando justificaciones morales que permitan no
solo mantener un determinado dominio, sino extenderlo si es preciso. Por ello se extiende el área

de dominio, en nombre de la libertad; se invade
una nación, aunque en defensa de sus supuestamente amenazados intereses. Toda expansión, es
solo ampliación del área de libertad; todo nuevo
dominio una nueva forma de emancipación. Todo
lo que no quede bajo el dominio de los supuestos
hacedores y defensores de la libertad y la democracia será visto como su negación, y por ende,
condenado a desaparecer.
Latinoamérica quedará, en primer lugar,
dentro de este juego expansivo. Formando parte
del área natural de expansión del nuevo y poderoso imperio; los pretextos morales para justificar esta expansión serán siempre los mismos. Los
que llevaron a Teodoro Roosevelt a llenar el "vacío de poder" de España en 1 a s Antillas,
al principio del presente siglo, y los que llevaron
a Lyndon Johnson a invadír la Dominicana en
1965. Las mismas banderas morales, como instrumento de dominio que han llevado a los ejércitos
estadounidenses a diversas zonas de la tierra que
ahora se empantanan, fisica y moralmente, en
Vietnam.
La interferencia estadounidense hará, asi,
aún más difícil el ya difícil desarrollo de la América Latina. Latinoamérica sufrirá, antes que
otros pueblos en la segunda mitad del siglo XX,
la expansión estadounidense para llenar el "vacío de poder" que habían dejado España y Portugal, y no habían podido llenar los imperios de la
Europa occidental. El puritanismo del nuevo imperio encontrará para cada golpe la justificación
moral del mismo. Medio siglo más tarde se escucharán justificaciones semejantes en otras áreas
de la tierra en las que la misma poderosa nación
se sentirá avocada a llenar vacíos de poder dejados por otras fuerzas. Latinoamérica alcanzará,
desde este punto de vista, una experiencia, la experiencia a que se verán sometidos otros pueblos,
entre ellos los mismos que hicieron posible el
imperio de la Europa occidental en Asia, Africa
y Oceanía. Una experiencia que sabrán apreciar
pueblos que, como el latinoamericano, escapan a
un dominio para tropezar de inmediato con otros.
Los pueblos afroasiáticos, siguiendo la experiencia
latinoamericana, no acaban aún de librarse del

16

dominio político de una determinada metrópoli
europea, cuando ya se ven obligados a enfrentarse a nuevas formas de colonialismo. Concretamente al colonialismo económico, de cadenas más
sutiles, pero más fuertes, que les impone el nuevo
imperio. Las formas de resistencia que se hacen
sentir en la América Latina de la primera mitad
de este siglo, se expresan en pueblos de Asia
Africa y Oceanía de la segunda mitad de est~
mismo siglo sometidos a una presión semejante.
Los problemas que plantea a la América Latina
la expansión estadounidense, serán los mismos
que esta misma expansión planteará a otros pueblos de la tierra apenas liberados de in1perios que
han pasado a la historia. ¿Cuál ha sido en este
sentido la experiencia latinoamericana?
3. La experiencia 'latinoamericana y el
mundo no occidental.

La emancipación política de Latinoamérica
respecto a sus metrópolis, origina de inmediato
el problema de su organización. ¿Habrán de
mantener la estructura colonial que han dejado
las metrópolis después de tres siglos de dominio?
O bien, ¿crear otras nuevas? En el horizonte de
la historia han surgido ya nuevos pueblos, nuevas
Y poderosas naciones, que señalan también nuevas vías para el desarrollo de todos los pueblos
del mundo. Francia e Ingaterra en Europa y los
Estados Unidos en América, muestran con su experiencia, otras vías de desarrollo. El criollismo,
natural heredero de las estructuras coloniales se
afianzará a la primera solución; mientras en otros
grupos sociales, en especial los mestizos, dond~
ellos han surgido, se encuentra adecuada la segunda solución. Es entre estos últimos que se va
perfilando una clase media que se inclina al liberalismo como doctrina política y hacia la industria como meta económica. De inmediato chocarán los dos grupos, estableciéndose una tajante
división entre quienes desean mantener el pasado
Y entre los que aspiran a un futuro que nada tenga que ver con ese pasado. A la emancipación
P?lítíca deberá seguir una segunda emancipació:i,
dicen los nuevos grupos sociales que se agitan a
mediados de nuestro siglo XIX, la emancipac:ón
mental. No basta romper con la corona española
o portuguesa, habrá que romper, antes que nada.
con los hábitos y costumbres que las metrópolis
crearon durante tres siglos de coloniaje. Lo:;
grandes próceres de la emancipación mental la•
tinoamericana, plantean el dilema: ¿Progreso o
retroceso? ¿Liberalismo o catolicismo? ¿Civilización o barbarie? ¿Ser como las viejas metrópolis
iberas en decadencia? ¿O ser como Inglaterra,
Francia o los Estados Unidos? El argentino Sarmiento resume el ideal de este dilema diciendo:

"Llamaos los Estados Unidos de la América del
Sud, y el sentimiento de la dignidad humana y
una noble emulación conspirarán en no hacer un
baldón del nombre al que se asocian ideas grandes". Medio siglo de luchas intestinas para solucionar el dilema, sacude a la casi totalidad de la
América Latina.
Pero mientras esto sucede, los grandes modelos, los de la poderosa europa occidental y los
~~tados Unidos, continúan su ascenso y expans1on. Y en este ascenso y expansión, poco o nada
les va a importar que en la América, al sur de las
fronteras estadounidenses, muchos hombres y
pueblos aspiren a ser como ellos, ni más ni menos que a ser sus semejantes. La América Latina, al igual que Asia, y Africa, y el resto del
mundo no occidental, no son ni pueden ser, sino
parte del campo de expansión de su ascendente
poder. Es más, no estarán nada dispuestas a
aceptar que surjan nuevas naciones capaces de
entrar en competencia con su poderío. No van a
per~itir qu_e, por ejemplo, al sur, surjan, como
ped1a Sarrruento, otros Estados Unidos. La grandeza moderna la hace la audacia de unos pueblos
y la miseria de otros. Por la gloria y prosperidad
de Ingaterra, Francia y la nueva nación que está
sw·giendo, los Estados Unidos, deberán trabajar
pueblos que no han mostrado capacidad para el
progreso, pueblos que han pasado durmiendo tres
siglos Y luego se han enredado en una larga guerra intestina. Pueblos que no han vencido ni la
anarquía ni el despotismo. Asia, Africa Latinoamérica, deberán pagar la nueva grande~, el progreso de las naciones que han mostrado su capacidad _para el mismo. A Inglaterra y Francia,
Y despues a los ·Estados Unidos, lo único que les
preocupará será llenar el vacío de poder que va
dejando en Latinoamérica el viejo y destruido
imperio ibérico. Los Estados Unidos, tratarán,
por su lado, de alcanzar una buena tajada en el
reparto del mundo y empiezan por hacer su apartado, la América Latina. Apartado, frente a las
ambiciones europeas, que se expresa en la Doctrina Monroe.
Animados por este espíritu expansivo al mediar el siglo XIX, los Estados Unidos se' agrandan a costa de México; para volver con más bríos
al terminar ese siglo e iniciarse el XX, exigiendo
un nuevo reparto del mundo. En primer lugar
elimina~do del Caribe a las potencias Europeas,
prolongandose hasta el Canal de Panamá y proyectándose lo más hacia el sur que sea posible.
Pero al mismo tiempo, con la guerra hecha a
España, no sólo se le expulsa del Caribe, sino de
un punto clave del extremo Oriente, las Filipinas,
lo que va permitiendo a la poderosa nación norteamericana convertirse en factor esencial del equi-

17

�del agro y del hombre que la trabaja al mismo
tiempo que se convierte en simple intermediario
o amanuence de los grandes intereses de la expansión capitalista en el mundo. l.Jn nuevo intento, resultado del fracaso primero, es el que representan movimientos como el de la revolución
mexicana iniciada en 1910. Reformas sociales, revolución agraria, como punto de partida para
elevar el nivel de un pueblo sobre el cual ha de
descansar la revolución industrial del país. Sobre
la miseria no podrá alzarse grandeza alguna.
Pues bien, estos intentos encontrarán, también
poderosa resistencia interna y externa, la conservadora y la imperialista. Muchos otros intentos
A la expansión occidental en general y a la
que aspiran a realizar algo de lo que iniciase la
estadounidense en concreto, opondrá Latinoamérevolución mexicana son frenados de inmediato.
rica una serie de banderas que los occidentales
Allí está Guatemala en 1954. La Revolución cuhabían enarbolado en su crecimiento, las bandebana viene a ser un nuevo y poderoso intento de
ras de un nacionalismo en defensa de los interereivindicación de los intereses latinoamericanos
ses de sus ciudadanos, defensa del derecho de auque encuentra, como todos, la más violenta opotodeterminación, y contra cualquier forma de insición. Y lo que pudo culminar en una revolución
tervención. La presión imperialista da origen a
burguesa, se transforma en una revolución social
una resistencia revolucionaria que se expresa er.
más honda, pero ya no en un plano continental,
movimientos como la Revolución mexicana inisino en un plano más amplio, universal. La burciada en 1910 y otros muchos que le suceden en
guesía latinoamericana, al parecer en un nuevo
el resto de Latinoamérica con diversa suerte. Los
fracaso por semejarse a la gran burguesía occiEstados Unidos modelo a seguir en estas revoludental de la que es simple instrumento, parece
ciones, lejos de ayudarlas, buscan en los viejos inhaber aceptado abiertamente este papel, parece
tereses conservadores, alianzas que les permitan
aceptar ligar su destino al de todo el imperio. Los
mantener el orden que conviene a sus crecientes
otros grupos sociales de los que parecía depender
intereses. Golpes conservadores, militarismo, tirasu propio desarrollo, son abandonados a su suernías, será la respuesta estadounidense a la demante. Sólo que es una suerte que siguen ahora mida latinoamericana. El meollo de la resistencia
llones y millones de hombres. Hombres que se
latinoamericana encuentra su asiento en surgienvan encontrando solidarios entre sí, van reconotes clases medias que tratan de hacer por sus
ciendo sus semejanzas y se disponen a exigir este
países lo que las clases medias occidentales han
mismo reconocimiento a grupos sociales que aún
hecho por los suyos. En su primera expresión
se empeñan en mantener su gran o relativo preestos grupos medios fracasan al derivar en olidominio, originando con ello la toma de conciengarquías y dictaduras como el Porfiriato en Mécia de toda una Humanidad, una Humanidad por
xico. Derivación que en lugar de crear una clase
encima de los limitados juegos de intereses que la
industriosa como la occidental, siguen mantenienreducen.
do la fuerza de su predominio en la explotación

librio mundial, al lado de las potencias de la Europa Occidental. Las dos grandes guerras darán
a los Estados Unidos, no solo un nuevo y ansiado reparto del mundo, sino la jefatura del Imperio Occidental. Todo esto mientras los latinoamericanos soñaban y luchaban por transformarse en
naciones semejantes a las que ahora se hacian
señoras del mundo. Una latinoamérica empeñada
en hacer por sus tierras e hijos lo mismo que, a
pesar suyo, estaba ya haciendo por la granden
de ese gran imperio.

Poesía
de Andrés Huerta

Dicen que la muerte sembró
sus huevecillos tras el recinto del espejo
pero a tanto amor Y a tanta espera
qué es la muerte mirándose al espejo
mientras hay actos tan inconsmnables
de la vida
como mirarte dormi1' entre la utilería
de nuestra casa
también dicen los que saben que es en la noche
cuando se acumulan las imágenes del sueño
Y hay ésta sospechada libmtad
que se explica mi actos de silencio
en ésta noche que llueve
mitonces sabes una cosa
me nace un deseo de quererte más
tan voluntariamente que te asombrarías
Y es que dentro del agl(,Q, como del sueño
hay palabras que quisiera descifrar
Y volarlas por el aire
en esquirlas como flores
también hay una rnum·te que me inunda la garganta
pero llegaron hasta la puerta de mi casa
legiones de amigos cargando a sus hijos
Y qué caminar Y cuánto caminar más
con la sola condición de la esperanza

Andrés Huerta
Oct. de 1971

18

19

�Poesía

de Margarita Paz Paredes

Te miro, a la distancia, tenaz, insomne, firme,
compartiendo el esfuerzo, la ambición, la dureza.

Es viernes y pienso en ti.
¡Te extraño tanto!
Un día me dijiste simplemente: "Te amo".
Y te miré a los ojos
Y solté las amarras de mi barca
Y navegué en tu océano.

La arena de mi alma
se transfo:mó en espuma viajera Y sorprendida.
contigo
'
.Y descubri
islas
inconquistadas,'
jóvenes Y desconocidos territorios
donde inventó el amor su paraíso'.

Te miro trabajando
por ese ideal del que hemos hablado tantas veces.
Todo está bien; pero ahora ...
¿por qué no te detienes un instante?
Es bueno ver el cielo
a través de los árboles de mayo.
¡Qué balcón asombroso,
desde donde la luna se aparece a los hombres,
con esa magia misteriosa
en la que irremisiblemente nos envuelve!

y O sé que en algún sitio de la tierra
esta _b:isa que ahora me estremece '
de pallda nostalgia,
ha ~e rozar tu frente vagabunda.
No impor~a que sea viernes o domingo.
En cualqmer fecha, pienso en ti.
¡Te extraño tanto!
Margaríta Paz Paredes

Mira, ¡qué hermosa!
A veces pienso que cuando estamos tristes
--como yo estoy ahora,
porque de pronto el amor nos germina los poros
del alma y de los labios,
y no hay un campanario
donde tocar a vuelo este prodigio--,
ella, la luna, es de verdad amiga.

mayo 70

Suavemente extiende sus antenas luminosas
y trasmite, en señales sonoras, el mensaje.
Entonces, recibimos la respuesta amorosa
y nos quedamos temblando, entre la noche,
poblados de suspiros, de sueños, de caricias.

20

•

21

�La aparición de Demóstenes en la elocuencia griega fue causada por aquella separación
que se formó en el pueblo griego a causa de las
luchas apasionadas de los adversarios y de los
p:i.rtidarios del Rey Filipo de Macedonia padre
tle Alejandro Magno. Los enemigos de Filipo
lo señalaban como el violador de la dignidad
de Atenas, de su pasado y de su destino. Se
oponian a él con todas las fuerzas de su alma
y de su genio, evocando las virtudes antiguas,
ante los ojos medio indiferentes de los atenienses contra el invasor.
Entonces la elocuencia dejó el sentido artístico que había tenido y tomó un tono militante, sin dejar la elegancia y la erudición.
Con este nuevo tipo de elocuencia surgió Demóstenes y frente a él Esquines, su enemigo
ele oratoria, su enemigo por ser partidario de
Filipo.
Los atenienses se divertían con las disputas u.e sus oradores como con una pelea de
gallos. Pero Demóstenes que no probaba el
vino no sabía divertirles. Hablaba de obligaciones morales a un pueblo entregado y enamorado de los placeres.
En ocasiones chocaba por parecer un profeta enojado: "A las armas atenienses, el macedonio quiere aniquilaros ... " pero no era
escuchado pues Esquines, sereno, los tranq uiliza y acusa al orador de mentir injuriosamente haciendo caer sospechas sobre Filipo.
Esquines aconseja la tranquilidad mientras el
anterior orador incita a la intranquilidad y a
la lucha y siempre complace más el sosiego
de la paz que la desazón de la guerra.

Demóstenes en la
oratoria griega
Alicia Quíroga
Estudiando detenidamente la Historia Antigua vemos que el desarrollo de los valo~es
humanos empieza en Grecia. En el pueblo griego se fijó precisamente el tipo de hombre humano, con validez eterna para toda la Humanidad.
Georges Clemeuceau finaliza su ?br_a _''Demóstenes" advirtiendo que cuando D10ms10 de
Halicarnaso uos presenta a su biografiado como el más grande de los oradores de todos
los tiempos, a él le parece i?signific~?te el elogio puesto que la palabra sm la acc1on no puede ser más que vano ruido. Para Clemenceau,
en el sentido cabal de la palabra, Demóstenes
fue un hombre. Es bastante, si bien lo analizamos es mucho y si recordamos que el punto de vista griego fue esencialmente antropocéntrico esa misma frase lanzarian sus contemporá'neos que lo comprendieron: ¡Demóstenes es un hombre!

¡Qué grandeza de espiritu poseeri~ Y qué
gran poder de superación, al c~nv~rt1rse en
aquel orador •·•modelo de perfección , habiendo nacido tartamudo!
En su oratoria alcanzó la maestría al emplear palabras escogidas por su gran fuerza
imaginativa y su intensa energía cre~dora, llegando siempre por medio de la claridad, que
le daba elegancia, a la elocuencia y a la p~rsuación que tanto han caracterizado al meJor
orador ateniense. Al igual que sus contemporáneos prosistas y poetas, poseia un tacto instintivo y firme para seleccionar lo significativo que daría valor e inflaría los ánimos, Y
una táctica sensible para prescindir de lo ocioso e inútil, en sus magnificas discursos.

Demóstenes dice al Pueblo: "somos nosotros quienes hemos armado a un enemigo
formidaule contra nosotros mismos, Filipo ha
adquirido su fuerza en el seno de Atenas,
la que ha enviado diputados a denigrar a su
Patria cerca de él ... " Filipo en cambio enviaba oradores de parte suya para tranquilizar a los atenienses entre ellos a Esquines
quien se convierte asi en enemigo de Demóstenes. La lucha oratoria se entabla entre
ellos. Esquines censura a Demóstenes hasta
por cosas triviales como no haber cuidado en
el gimnasio el bienestar de su cuerpo, por no
gustar de la caza, y por nimiedades estúpidas a las cuales Demóstenes se defiende e injuria también a su contrincante por su baja
condición social. El insulto opaca así la oratoria ateniense y un insulto siempre es soez
por disfrazado que se encuentre con ropajes
retóricos; se le reconoce, y no puede haber

insulto bello como no se pueden forjar filigranas con el acero.
Se le critica de bebedor de agua, y los
be hedores de agua son malos oradores. Se
le tilda moroso y áspero, siempre con el ceño
1rrugado que demuestra su firmeza de carácter, su firmeza austera para dominarse. ¿Ya
no fue acaso en la lucha contra la adversidad
y las vicisitudes de la vida como logró Demóstenes superarse, creando un individuo distinto y muy superior al que la naturaleza engendró?
Es brutal, grosero, no tiene entrañas. A
los siete días de muerta su hija mayor, el orador celebra vestido de blanco y coronado de
flores, la muerte de Filipo en su sacrificio
público. Aparece como mal amigo y como ingrato al ordenar que den tormento a un oritano acusado de alta traición, quien antes le
había acogido bajo su techo. Todo esto y más
delineaba la figura de Demóstenes pintada
cruelmente por su enemigo Esquines quien
pretendia mortificarlo y en realidad lo honró. Entonces, juzgándolo con ojos de justicia,
Demóstenes era un fiel cumplidor del deber.
Los intereses y la libertad del pueblo estab1n, para él, por encima del amor a los suyos
y de la amistad hacia un individuo.
Los gobernantes actuales que como orador toman a Demóstenes por guia, ejemplo
deberían tomar de su actitud de ciudadano
que ama verdaderamente a su Patria. Asf es
como deben honrar su memoria, que ha logrado permanecer inmortal a través de tantos siglos.
Filipo de Macedonia no logró captarse
la amistad de Demóstenes pagándole por hablar a su favor o por callarse, e hizo creer
a los atenienses que se avergonzarla de comprar la amistad de tales hombres; pero no
fue por desdén sino por impotencia por lo que
no logró lo que tanto debió anhelar. La integridad política de Demóstenes estaba muy
por encima de la fuerza o astucia del rey Macedónico.
Es en esta lucha contra el macedonio como surgen las famosas Filipicas y son las criticas de Esquines las que alientan y avivan
el furor de h oratoria de Demóstenes. De no
haber existido Esquines como antagónico, quizá Demóstenes no hubiera ocupado el lugar
preferente que ocupa en la oratoria griega.
Si al pronunciar sus famosos discursos
politicos, no luchó como un héroe, en cambio

Y es que Demóstenes conocía a fondo a los
atenienses aunque ellos quizá nunca le conocieron bien a él.

22

23

�impulsó con los mismos al heroísmo de los
atenienses. La arenga, cuando convence, es
igual que un mandato militar; las palabra;s
convincentes se transforman en drogas _excitantes en el ánimo de los individuos Y al igual
que un médico logra. rehacer y levantar _el
entusiasmo de un paciente con ellas, el oiador ateniense lograba esto con la palabra.
Un ciudadano convencido por otro de la necesidad de salvar su Patria se lanza al combate con fie1·eza.
La infatigable actividad política de Demóstenes abarcó todas las part~s. de s_u Estado: Ejército, Hacienda, Admm1strac1ón !
Marina. Siempre estaba alerta a las tentativas de Filipo, le seguía de cerca los pasos, lo
adivinaba y se le adelantaba como un verdadero vigilante, todo lo prevenía y lo preevia.
"¡Nadie haría nada mejor que yo lo hiciese, de esto me con vencí!", exclamó Demóstenes después de la caída de Elatea, empuñando el timón ante la cercanía de la tempestad que amenazaba a su pueblo: "Yo,,~oy
el indicado para defender la Patna . . . , Y
personaliza sin que eso indique _pr~sunción de
parte suya era su exaltado patnotismo lo que
le obligabá a actuar de esa manera. Deseaba
vivamente que cada ateniense sintiera ese
ardor suyo para la conservación de la li_be,rtad. Aún en su destierro Demóstenes cont~nua
en su administración pública, y al termmar
aquél, su vida sigue igual y Atenas, que no
siguiera a tiempo sus consejos, cuando menos
no cómete la felonía de abandonar a su orador en manos de sus enemigos. Reconoció el
pueblo ateniense sus virtudes, recordó l_as coronas que le había otorgado por los tnunfos
a que los llevó.

Este orador, nacido en 384 a. c. no sobresalió en la improvisación de su elocuencia. Carecia del don de las producciones fáciles; cuando se le rogaba que subiese a la
tribuna, de improviso, contestaba: "No estoy
preparado". Juzgaba prudente meditar, escrlbir con todo cuidado sus discursos. Como su
imaginación superaba en vigorosidad a la
prontitud, tenía que luchar consigo mismo,
se turbaba fácilmente y tomaba esa actitud
meditabunda y perpleja que originara las burlas despiadadas de Esquines, quien con destreza y agilidad asombrosa y su improvisación notoria. lo desarmaba a menudo, para
ser desarmado después por Demóstenes, quien
a fuerza de arduo trabajo lograba confeccionar algo superior para debatirlo.
Bastante luchó Demóstenes por adquirir
que por naturaleza le había sido negado,
por lo cual queda colocado en un plano muy
superior a .illsquines, quien dotado de una vivacidad y una rapidez de expresión no tenb
que luchar consigo mismu.
10

Los discursos de Demóstenes que afo1·tunadamente han llegado hasta nosotros son
de tres clase::;;

En su Oración por la Corona que es réplica al discurso "Contra Ctestifón" de Esqumes, Demóstenes tilda una vez más a su
contrincante de miserable y traidor por natul'aleza. Los insultos y viejas rencillas ponen
la nota discordante, pero Esquines pierde su
causa y tuvo que sufrir el destierro cosa que
prefirió a pagar la multa que le fuera impuesta.
lfln resumen, si analizamos los discursos
ele ambos oradores, llegamos a la conclusión
de que la elocuencia de Esquines era hija de
la gran fecundidad de su imaginación, que
poseía la habilidad y la avasalladora fuerz::t
que el odio engendra. Demóstenes en ca1ubio saca su oratoria del fondo de su alma.
henchida de amor a su Patria. Cuando se defiende de su enemigo se advierte el tono cte
hombre honrado que se ve ultrajado. Su pa.pel político lo hace ser superior a su adversario.

:i.-Los pronunctados ante la Asamblea
que son puramente poUticos.

Si como orador Esquines fue más afortunado por estar mejor dotado por la naturaleza, a él estaba destinado convertirse en el
primer orador de Grecia; pero a causa de su
amistad con los macedonios, perdió la Palma,
la cual le arrebató Demóstenes que supo mantener su espíritu su constante superación hasta llegar al suicidio al no soportar estar bajo
las órdenes de un general macedónico por im.
pedírselo su acendrado amor a la Patria.

Pero donde culmina su oratoria es en los
discursos públicos, entre los que se destacan
las Filipicas y las Olintiacas, las oraciones sobre la Paz y sobre el Quersoneso. En los discursos de las causas públicas presentadas ante los tribunales se destacan aquellos contra
individuos que ejecutaron actos que implicaban consecuencia de orden público. El discurso contra Midias revela la personalidad y el

Demóstenes es, en fin: ¡ la elocuencia
hecha hombre! .illmpleó el acero de la palabra para defender a su terruño, convirtiéndose en el heraldo de la dignidad nacional y
lograr así el linaje más elevado de todos, el
más puro, que es aquel que se adquiere en la
fuente del propio esfuerzo. Su figura se destaca en la retórica, en la elocuencia de su
época y en la de todos los tiempos . . .

1.-Los destinados a las causas privadas
ante los tribunales, y son de oraeu
1ega1.
::l.-Los destinados a las causas públicas,
mezcla de legal y pouuca.

24

arte del orador, se nota mayor violencia que
en las arengas públicas. Aqui se supera en
política y en oratoria.

25

�Sección de Libros
Lic. Alejandro Martínez García Y
otro, Hacia una plan.eación media y superior en Nuevo León. Monterrey, Centro
de Investigaciones Económicas de la Universidad de Nuevo León, 1970, Vol. I,
Cuantificación de l as necesidades de Técnicos Medios y personal calificado y su
proyección a 19 80, pp. 77.
Lic. Andrés Montemayor H .
(I)

Los recursos humanos son uno de los elementos primordiales para el desarrollo económico de un país y sin duda alguna, la inversión o preparación educativa que hace
una sociedad en esos recursos humanos repercute en corto y largo plazo en su propia
evolución como nación ascendente, ya que,
el bajo o superior nivel educativo de la fuerza de trabajo determina en general, menores
o mayores niveles de productividad.
Esta gran problemática es común en todos los pueblos en vías de desarrollo: Por un
lado las empresas industriales se enfrentan
a u~a grave escasez de personal calificado
de alto nivel y por el otro, existe una abundancia de mano de obra no calificada que cada dia es mayor debido a la continua corriente migratoria que proviene de zonas menos
desarrolladas y que contribuye a aumentar
la oferta de mano de obra sin ninguna calificación y que acarrea consigo graves problemas socio-económicos en las ciudades.
El Centro de Investigaciones Económicas de la Universidad de Nuevo León, consciente de este serio problema ha iniciado desde hace algunos años investigaciones sobre
recursos humanos en el Area Metropolitana
de Monterrey, y como primera etapa de dicho programa de estudio, publicó en 1968 el
trabajo sobre Recursos Humanos en el Area
Metropolitana de Monterrey, para conocer la
oferta de mano de obra, con proyecciones a
1980, de la población estudiantil a nivel de
educación primaria, media y superior.
El libro que hoy reseñamos, representa
una continuación en la dirección mencionada, que tiene como objeto señalar los requerimientos de personal calificado de la industria regiomontana, a distintos niveles de ocupación y por rama de actividad; por otro lado, la investigación de esta institución universitaria destaca la forma en que las empresas privadas de esta localidad han dado so1ución al problema de escasez del personal
calificado que demanda el propio proceso de
crecimiento y de modernización de la industria en el Area Metropolitana y como tal, pretende señalar las áreas de especialización en
las que las deficiencias de personal calificado son más agudas.

En las primeras etapas de nuestro desarrollo económico, las industrias regiomontanas utilizaron mano de obra no calificada
que ocasionó y ocasiona, consecuentemente,
un bajo nivel de productividad. En la actualidad nuestra industria aumenta su productividad para poder competir, tanto en el mercado interno, como en el exterior; esta situación, exige una adopción de tecnología más
avanzada y como una consecuencia lógica crece la demanda de mano de obra mejor calificada y más productiva. Sin embargo, nuestro
sistema actual no está preparado para satisfacer estas demandas de mano de obra y
pueden provocar con el tiempo "cuellos de
botella" en la provisión de trabajadores calificados y afectar la productividad de las inversiones.
En este sentido -destaca nuestro autor- es deseable y recomendable la preparación de un programa lo más completo posible, conteniendo tanto las necesidades específicas por personal calificado y técnico
que tienen las empresas, como la forma en
que se prepararía este personal; especificando el tipo, tamaño y planes de estudio conjuntos y congruentes de las instituciones educativas que deberán ser creadas para habilitar -por el lado de la oferta- e l personal.
Esta política educativa seria una de las soluciones al grave problema que padecemos y
que si no es atacado en este momento en el
futuro podría detener el buen desarrollo de
nuestra ciudad y tener implicaciones muy serias en las industrias del Area Metropolitana
de Monterrey.
Vale la pena destacar que este trabajo
está basado en una muestra de 210 empresas, las cuales fueron visitadas, pero por desgracia sólo cooperaron 108; es decir, aproximadamente el 60 % de la muestra original.
Por otro lado, hay que destacar que esta investigación posee dos apéndices donde se presenta el cálculo del tamaño de la muestra y
la metodología para obtener la proyección de
la cantidad absoluta de personal calificado
en 1980. Al mismo tiempo, se destaca que
esta investigación sólo es la primera parte
de otra que será más amplia y más especifica en sus puntos de referencia.
En fin, el libro del licenciado Alejandro
Martínez García, es de gran utilidad social,
ya que presenta no sólo la problemática educativa de nuestra nación en marcha, sino que
también nos da las soluciones correctas al
respecto y hace propias las ideas del Centro
de Investigaciones Económicas cuando dice:
" .. . es indiscutible que la mejor y mayor preparación del personal calificado, permite
atender a las finalidades de mayor bienestar
de la comunidad desde dos aspectos de nota-

26

ble. importancia: Primero, permite dar oportumd~d al individuo para lograr el mejor desempeno ~e sus cualidades personales y obtener,_ ~edlante la explotación racional de sus
hab1hdades, un lugar en la escala social acorde con su capacitación y deseo de superación
personal. Segundo, por otro lado con el desarrollo económico del Area Metropolitana que
descansa en forma predominante en el desarrollo de la industria de la localidad, se

precisa en medida cada vez más importante
de encontrar el suficiente y adecuado personal - a niveles cada vez más calificadosque _el I?ropio proceso de crecimiento y modermzac1ón de la industria requiere para su
desarrollo armónico y que tenga como resultado una mayor eficacia y niveles de productividad más altos que redunden en beneficio tanto de la actividad productiva como
de la comunidad".
'

Libros

Tierra incógnita
Rodolfo Calcofen Segura
(II)

Este vacío lo llena ahora la gran obra
del alemán-argentino profesor Dr. Grossmann.

La literatura latinoamericana estaba
considerada en la esfera alemana solamente
como un apéndice de la literatura ibérica. El
gran subcontinente era solamente un socio
comercial, con lo cual se explica. lo poco que
sabemos verdaderamente sobre la mentalidad
de aquellos hombres. Y se demostró con la
falta de la política de desarrollo se demostró
ultimamente durante el secuesÚo del embajador Alemán en Guatemala, donde precisamente el desconocimiento del carácter latinoamericano condujo a un final trágico.
Solamente con el comienzo de las celebraciones del centenario de Alexander von
Humboldt, alrededor de 1959, se empezó también en Alemania a interesarse y comprender
que América Latina tiene una gran importancia espiritual.
Con qué gran interés se han comprendido otros países con este subcontinente lo
demuestra claramente el grandioso resui'.n.en
que Grossmann nos da al final de su obra.
En Alemania existían unicamente dos
pequeños libritos, "La literatura españolaamericana en sus principales corrientes" un
librito de 81 páginas, publicado por Max Leopold Wagner en 1924 en Lipsia, y el estudio de 63 páginas de Hellmut Petricon: "Novelas españolas-americanas del presente",
publicado en 1938.

Grossmann fue durante decenios Catedrático en cuestiones hispánicas en la Universidad de Hamburgo. En círculos más amplios es conocido ante todo como editor del
muy aplicado diccionario alemán español de
Slaby-Grossmann.
Gro~smann demuestra que la literatura
s~ramencana es única en la literatura mundial, !ª. que es el resultado de una fusión de
dos vieJas culturas, iguales una a la otra lo
q~e determina su "caracter sintético", c~mo
dwe Grossmann.
Un examen profundo de la literatura suramerican_a, demuestra que la terminología
Y las medidas europeas no pueden ser usadas.
Casi hasta 1945 fue considerada esta literatura como provincial y colonial olvidando así que Rubén Darío al final ha 'hecho de
la península Ibérica, un pais subdesartollado
en 1900.
Una concepción geopolítica puede considerar quizá Europa como el continente del
equilibrio, América del Sur como el continente de los contrastes.
Grossmann declara con razón que "el
h echo de que en América del Sur falte entre

27

�Pero Grossmann no se limita a una interpretación puramente materialística. Sabe
colocar cada solitario en la gran corriente de
la historia espiritual latinoamericana.

pia cultura, ya en tiempos antes de la conquista europea, más vieja y mejor que la de
América del Norte. Esto provoca en ellos una
fuerte altivez.

Es acertado brillantemente demostrar
"la homogeneidad común de estos países (de
América Latina) en su integridad y en su específica americanidad, que ha existido siempre en todas las épocas como lo eternamente
permanente en el cambio de las modas literarias".

Por esta razón creó "La Alianza para el
Progreso", basada demasiado en ayuda técnica y de capital, no gratitud, sino hostilidad.

Y la importancia de lo autóctono como
motor en toda la historia latinoamericana se
manifiesta claramente.
Los hombres del subcontinente resurgen.
Reconocemos que viven aún dentro de la crea.
ción, no son solamente observ::tdores del mundo.
El tiempo es para ellos "estático" lo que
les permite la obs~rvación de las cosas una
al lado de otra. El paisaje les amolda aún,
aunque la influencia de la industria ejerce
cada vez más influjo sobre ellos.
Pero aún recuerdan estos hombres su pasado. Más, la creciente educación les hace
más conscientes de que han tenido una pro-

extremamente cultos y analfabetos, privilegi::tdos y pobres diablos en espíritu y dinero, la larga clase media, entre ciudad
mundial y campo, la cultura fijamente reposando en sí de un pueblo de los Pirineos o
de los Alpes, entre la altitud extrema de los
Andes y la amplitud de las Pampas y llanos,
la impresión que coloca medidas de paisajes
medios de Alemania o Francia, ha formado
enormemente la sustancia literaria del Nuevo Mundo".
Sobre esta base de Grossmann, una idea
general del desarrollo espiritual de Iberoamerica, es una coordinación llena de tensiones,
una mezcla de folklore e ideas vanguardistas,
epopeyas y dadaismo lo que encontramos. Pero todos los extremos se confunden en una
síntesis que domina sobre el pensar social.

No quieren ser de nuevo colonizados, esta vez por los medios de la civilización.
Este concepto interior se manifiesta en
la literatura. Grossmann nos ha proporcionado una idea total del espíritu del continente
suramericano, que no podrá ignorar quien
esté relacionado en cualquier manera con estos pueblos.
Una tierra incógnita fue descubierta.
Y la biografía al final de la obra, da un
resumen total sobre el movimiento espiritual
de América Latina, de su historia y de su desarrollo. Así no estorba que Grossmann reemplace los títulos de las traducciones elegidos
muchas veces equivocadamente por los editores alemanes, por traducciones propias. Pequeñas faltas que no disminuye el valor de
esta obra modelo, con que Alemania recuerda al final su falta en este terreno.

El suramericano llega a ser el hombre
que se busca a si mismo para alcanzar a su
propia cultura.
Cierto,
su creencia
nente tuvo
adecuado a

Europa ha llevado su cultura Y
a América del Sur, pero el contila fuerza de transformarlo todo
su caracter.

La joven poesía revela aún claramente
que el alma del hombre de este continente
está determinada teluricamente por la selva
virgen y las llanuras. En ello vibra como herencia de su pasado, un sentimiento de pan.
Cualquier corriente europea fue transformada. El clasicismo fue renacimiento, y en
el modernismo el suramericano se reconoció
como un hombre primitivo de la época del
átomo entre explotadores. Y justamente este
sentimiento explica la rebelión del suramericano contra el imperialismo, contra los USA.

Esta síntesis creó la americanidad.
Su espejo es la literatura en todas sus
formas.
Muy claramente expone el autor este proceso en su obra, esta fuerte tensión entre la
época de los indios y el tiempo moderno, entre herencia española y la intromisión de la
sangre negra. Y este caracter del latinoamericano lo manifiestan los ejemplos de la poesía suramericana, traducidas excelentemente
por Grossmann.

Grossmann indica siempre de nuevo la
estrecha juntura del desarrollo de la vida espiritual con su ambiente y las condiciones sociales. Muy sugestivamente lo demuestran los
cuatro mapas que están incluidos en el libro:
Naturaleza y paisaje en el espejo de la literatura latinoamericana, reflejos de la economía agraria en la literatura moderna latinoamericana, reflejos de la política, urbanización, industrialización y pensar social en la
literatura Iationamericana, reflejos literarios
de síntesis étnicos.

28

29

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�Armas y Letras
Revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Cuarta Epoca. Número l. (Septiembre, octubre y noviembre de 1971). Editorial
Universitaria. Garibaldi y Matamoros. Monterrey, N. L. México. Suscripción por un año,
$ 24.00; en el extranjero, $ 3.00 Dlls.

Director/Salvador Pérez Ghávez
Colaboran en este Número:

Federico Berrueto Ramón / Israel Cavazos
Garza / Campio Carpio / Leopoldo Zea / Andrés Huerta / Margarita Paz Paredes / Alicia Quiroga / Andrés Montemayor / Rodolfo
Caltofen Segura/Armando López/

Impresa en los Talleres de la Imprenta Universitaria de la Universidad A1¿t6noma de
Nuevo León.

$ 6.00

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