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BARCELONA 16 DE MARZO DE 1891

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REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

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DE

M EISSONIER

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

SUMARIO

Texto. -1',furmumciones europeas, por Emilio Castelar. - La
comedia de Ecltegaray «Un crítico incipiente,&gt; por doña
Emilia Pardo B:izán. - Meissonier, por X. - Gregoria ( Episodio ejemplar) (continuación), por Matias Méndez Vellido.
-Nuestros grabados. -Et anillo de Amasis (continuación).
Novela original de lord Lytton, ilustrada por A. l3esnard.
- SECCIÓN CIENTÍFICA: Qufmica recreativa, por F. fai deau. - La lámpara eléctrica delfo!óg, ajo.

Grabados. -El grabador al agua fuerte, copia de un cuadro de Meissonier. - fuan Luis Emes/o Meisso11ier, ilustre
pintor francés, fallecido en 31 de enero de 1891. -El.filóso·
fo, cuadro de Meissonier. - Polichi11ela, cuadro de Meissonier. - fugadores de bolos, cuadro de Meissonier. - Et vento•
rrillo, cuadro de Meissonicr. - Una lectura eJt casa de Diderot, cuadro de Meissonier. - La casa de JlfeissOflier m el boulevard Males/1erbes. - Remerdo al general 11orte-a111erica110
Guillermo Tecmme/1 S'1erman (de una fotografía) El general Shcrman y su Estado mayor en las trincheras levantadas
delante de Atalanta. - La disputa, cuadro de Meissonier. «1814,&gt; cuadro de Meissonier. - ¡ A vuestra salud!, dibujo
de Wodzinski. - El agua. Análisis de un agua potable. - La
lámpara eléctrica para el desarrollo de los clisés fotográfi ·
cos. - Estudio de la Sra. ffetmione de Prmscheu. (Para las
referencias correspondientes á este grabado, consúltese el articulo que con el titulo de Estudios de alg1111os cllebres pintores se publicó en el núm. 479.)

emperatriz madre de Alemania una idea desacertadísima, la idea de presentarse á los parisienses en
París. A tal acto los espectros de tanto muerto pene•
tran como almas en pena dentro del es1Aritu público
y los recuerdos de tantas calamidades ascienden á la
memoria nacional. Varios exaltados, movidos por
esta neurosis colectiva, corren á renovar ofrendas er:i
los altares, que todavía tienen por ejemplo Metz y
Estrasburgo en la ciudad que fué su capital, y ponen
coronas en el busto de un artista como Regnault
muerto por la patria Estas manifestaciones promueven agitación procelosísima, y á su influjo los pintores á una se retraen, decidiendo no concurrir á
Berlín.
II

El poeta Deroulede, poco sesudo en verdad, y diversas gentes de su particular secta ó partido, todas
ellas exaltadísimas, excitaron los ánimos por su parte; mas la emperatriz Victoria y la princesa Margarita no contribuyeron poco á esta sobrexcitación.
Prescindamos del viaje. Pero ya que arremetieran
irreflexivas con la temeridad increíble de realizarlo,
debieron circuirlo de la reserva mayor posible. Pero
no: subieron á las torres, bajaron á los tugurios tristemente, sin adivinar en su inconsciencia los peligros que hacían correr á dos grandes pueblos. Lo
peor de todo fué irá Saint-Cloud y á Versalles. ¿Os
acordáis de lo que fuera un día Saint-Cloud y de lo
MURMURACIONES EUROPEAS
que hoy es? Lugar delicioso aquel, si hay delicia
POR DON E~IILIO CASTELAR
cumplida cuando el sol no luce como nuestro sol, ni
ostenta el cielo azul los esmaltes y reverberaciones
Viaje á !':iris de la emperatriz Victoria. - Su influencia en las de nuestro claro cielo. Cabiendo la hermosura donBellas Artes. -Los pintores franceses. - El paso de la emde falta la luz, bien puede asegurarse que son aqueperatriz y de la princesa Margarita por Saint-Cloud. - Descripción y recuerdos de este sitio. - Las visitas de ambas prin- llos sitios hermosísimos. En el horizonte brumoso,
cesas á Vcrsalles. -Descripción y recuerdos de este palacio. entre la indecisión de los cambiantes vapores, el' in- Un libro póstumo sobre las tierras egipcias. - Una solem- menso París, sobre el cual campean las semibizantine audición del poema de Parsifal en Madrid. - La última nas torres de Nuestra Señora, las agujas góticas de la
Santa Capilla, las rotondas romanas del Panteón y
oomedi1t de nuestro Echtgaray. -Conclusión.
los Inválidos, los torreones feudales de la ConserjeI
ría, las grecas italianas del Louvre, las alturas de
Montmartre, henchidas de esparcidos caseríos y co·
La última quincena de febrero y los primeros días ronadas por molinos de viento; al pie, cerca de la
de marzo caracterízanse por un hecho tan extraordi- posesión regia, el Sena, que forma como verde menario como el viaje de la emperatriz Victoria y su dia luna, y el bosque obscuro de Boulogne, cuyos enhija la princesa Margarita desde Berlín á París. No cinares y carrascales, un tanto achaparrados, compocorresponde á estas crónicas, meramente literarias y nen como espesa é intrincada selva; por la izquierda,
artísticas, juzgar tales hechos en su relación muy na- los montecillos sembrados de quintas y de aldeas,
tura! con la política, sino en su relación menos natu- ocultas entre huertos, verjeles y prados, eternamenral con las artes y con las letras. Un hecho, trascen- te verdes y eternamente húmedos; por la derecha,
dente, y mucho, á la suerte de los Estados, empieza las arboledas interminables y espesas, de las que surpor conmover á las artistas. Y aquí entra la inter· gen los campanarios blanquecinos y las famosas povención lógica nuestra en el juicio que tal hecho me- blaciones de Sevres y de Meudón, ambas asentadas
rece. Nuestra Europa necesita para vivir de relacio- en sus graciosas colinas que los viñedos y los mannes pacíficas entre sus pueblos. Lo que unos produ- zanares cubren, y ambas sombreadas por viciosísimo
cen han de consumirlo por fuerza otros. Las ideas follaje; aquí, allá, en torno de la pesadísima pero coque unos encuentran, por necesidad han de servirá losa! quinta, jardines en los cuales álzanse á cada
todos. Hay un cielo que se llama el espíritu público paso estatuas que parecen grupos de cortesanos por
y un éter que se llama el ideal moderno en este mun- lo artificiosas, fuentes que parecen esclavas por lo
do europeo, los cuales deberán por fuerza dilatarse á sometidas á combinaciones materiales, y alamedas
una sobre todas las frentes y mover todos los ánimos. que parecen pelucas por lo recompuestas, indicando
Pues cuando no podéis retener los pensamientos y cómo el absolutismo de Luis XIV, transmitido á sus
los productos humanos tras cada frontera y lfmite, descendientes en tradiciones que formaban un gusto
no podéis fundar sociedades, tan efusivas, en el odio ya histórico y componían una estética ya admitida,
y en el combate. Las dos naciones que más en Eu- ese absolutismo, no contento con vejar la humana
ropa se querían y se buscaban intelectualmente, fue- libertad, oprimía bajo su férreo cetro á la misma Naron, á no dudarlo, Alemania y Francia. Existía en turaleza. En tal sitio fué donde la reina María Antoésta una legión de publicistas y escritores consagra- nieta y el orador de la revolución Mirabeau se vieda con vi.va fe á revelar Alemania; existía en Alema- ron y se hablaron, allá por el alto Kiosco, que
nia otra legión de publicistas y &lt;:scritores consagrada ocupa hoy triste solitario, quien presta sucio antambién á revelar Francia. Estalla la guerra y se mo- teojo de larga vista para ver la ciudad de París radifica todo esto. Los golpes dados al suelo nacional &lt;liante de vida y las devastaciones de la guerra franresuenan en el espíritu nacional también. Y los es- co-prusiana en~angrentadas por el combate y ennecritores, que representan á la pat_ria desmembrada y grecidas por el incendio. La reina llevaba sobre sus
á las generaciones sobre cuyo nombre ha caído el sienes la luz mortecina del mundo que se iha, herhorror y tristeza de tal desmembración, jamás po- moseado sin duda en ella, última personificación de
drán perdonárselo á Germanía, jamás. El tiempo, sin su grandeza, que debía semejarse en hora tan ~olemembargo, tiene una tan grande virtud intríseca en sí ne á dulce sirena, de las que, según cuenta Plutarco,
mismo, que hasta los más vivos dolores embota. Y retenían con sus cánticos por las ondas del Tirreno
por su obra iban limándose algo las puntas opuestas y del Egeo la vida moribunda en los cuerpos casi
por uno á otro y entendiéndose tan feroces enemigos. yertos de los dioses caídos allá_por el postrer ereLas almas de Francia solían pasar á Germanía y las púsculo de la mitología y del paganismo. Mirabeau,
almas de Germanía por su parte á Francia, como en herido ya de muerte por el trabajo y por el placer;
las costas acostumbran á volar las aves marinas en granizado el rostro de viruelas; ancho de espalda
el aire terrestre y las aves terrestres en el marino como esos alcides que sostienen, á guisa de pilastras,
aire. Los publicistas, los médicos, los sabios habían los colosales monumentos; nervudo de brazos como
cruzado ya desde una parte á otra; y los artistas, más cumplía á quien derribaba las instituciones seculares
obedientes al corazón y á sus sugestiones, habían co- con sólo accionar airado y amenazador en la tribuna;
menzado también á cruzar. Uno muy célebre por la de pecho que hervía y resollaba como una fragua;
fidelidad con que sabe trasladará los lienzos las oes ~ de mirada fulminante, cual la tempestad; de ideas
gracias francesas, Bataille, púsose resueltamente á en que á la sazón se abrasaban los pueblos, asemejáiniciar un comienzo de cordial aproximación, prome- base, con las heridas alcanzadas en tantos asedios
tiendo llevar sus cuadros al próximo certamen de y las tristezas contraídas en tantos ciclópeos trabaBerlín. El paso no sentó mal, ni en Francia; y mu- jos, á uno de esos Titanes entre los cuales se hachos ya se apercibían á seguirlo, cuando tiene la J llaba Prometeo, que había blandido en sus manos

NúMERO 481
las llamas del Etna y aglomerado bajo sus pies montañas sobre montañas para derribar del cielo á los
dioses y apoderarse de su fuego creador y de su envidiada omnipotencia. El recuerdo trágico de tal escena histórica, el verjel continuo por allí extendido,
las verdes aguas del río serenísimo, los deliciosos
sitios de un encanto muy dulce, hacen de aquel antiguo paraje, tanto tiempo habitado por los reyes y
los emperadores de Francial un verdadero idilio vivo,
en el cual acostumbran á holgar y recrearse los parisienses. ¿Qué hicieron los alemanes allí? Talar los
jardines, destruir las. casas, incendiar los palacios.
No puede la guerra de otro modo hacerse; lo conozco yo muy bien. Pero ya que á tal fatalidad estamos
los humanos en la triste contingencia nuestra sujetos, que no la enconen y no la recrudezcan los mismos necesitados de olvidarla y encubrirla. Mas no
pararon aquí las imprudencias imperiales; hija y madre, la emperatriz Victoria y la infanta Margarita, se
fueron también á Versalles. ¿Recordáis lo que significa Versalles en la historia de Francia y en las relaciones entre Francia y Alemania?

III
Versalles ha tenido en lo pasado, y conservará en
lo porvenir, el carácter de la ciudad predilecta del
absolutismo. Los reyes de derecho divino sentían repugnancia invencible á vivir en medio del pueblo.
Francisco I se iba á Fontainebleau; Carlos V se encerraba en Yuste; Felipe II se construía para sí el
Escorial; Luis XIV debla construirse Versalles. Allí,
en la soledad, los reyes sólo descubrían sus propias
personas y los remedos de sus personas, los innumerables cortesanos. Imaginaos á Luis XIV en aquella
su gloria. El territorio puede llamarse inmenso; cabría una provincia y lo ocupa un hombre. En mucho menos espacio se levanta Ginebra, que ha producido la religión de los puritanos, la cual ha educado en la libertad y en el derecho al Nuevo Mundo.
La decoración es verdaderamente ostentosa. U na
serie de bosques interminables rodea el santuario,
otra serie de alamedas larguísimas le abre paso y
presta sombra á sus caminos;las viviendas de la aristocracia se amontonan por todas partes como reduc~ión y abreviatura de los castillos dominados por la
monarquía, semejándose á filas de jaulas donde se
guardaran los monstruos del feudalismo domesticado
por los sucesores de Luis XI; los edificios necesarios
á la servidumbre del ,monarca no tienen número; el
gran palacio ha costado 3 ooo millones de reales,
según el valor de la moneda en la época d~ su edificación; las terrazas se pierden de vista, los estanques
parei::en ríos, las estatuas de bronce y de mármol no
tienen número; la riqueza y la ostentación despiertan el recuerdo de los antiguos reyes asiáticos en
Níoive ó en Babilonia. Pues en este sitio que recordaba glorias tan excelsas y días tan extraordinarios
de los anales franceses, á la vista del sitiado París,
los príncipes y reyes de Alemania entraron á resucitar en la persona del conquistador, prusiano y pro·
testante, la vieja sombra del Imperio alemán. ¿Comprendéis ahora cómo y por qué ha París adolecido de
tan profunda neurosis? ¿Comprendéis ahora cómo y
por qué se han retraído los pintores franceses de la
próxima festividad artística en Berlín? El punto del
palacio donde más el rey Luis XIV se refleja es la
espaciosa galería de cristales. Desde sus balcones
veis la inmensa terraza y la galería interminable; los
jardines sometidos á la misma severa etiqueta que la
corte; los estanques perdiéndose de vista y ci.rcuídos
de solemnes grupos, todos de una escultura decadente; los diez y siete arcos que dan sobre la gigantesca
decoración de los bosques y las florestas; las veinticuatro pilastras terminadas por zócalos y chapiteles
dorados; los aparatoslsimos trofeos de bronce que
tienen la regularidad y el corte de las pelut:as gigantescas; las bóvedas ornadas por figuras alegóricas, de
un gusto detestable, que sostienen guirnaldas de una
riqueza increíble; los angelotes de estuco sobre las
cornisas de mármol, gruesos y linfáticos, sin expre•
sión y sin vida; los cuadros de etiqueta, solemnes en
verdad, pero fríos y mentidos como las ceremonias
cortesanas; el monarca rodeado de todas las divinidades del Olimpo, que parecen sus tributarias, como
Neptuno ofreciéndole naves, Minerva cascos, Apol?
fortaleza; espléndido lujo, bastante á justificar lo d1·
cho por San Simón en palabras verdaderas y felices:
«que se hubiera hecho adorar como un Dios, á no
tener tanto miedo al diablo.» Pues bien: allí, en tal
galería, museo de tantas glorias, templo de tantos recuerdos, centro de innumerables grandezas, proclamaron los alemanes el Imperio como una fortaleza
contra Francia. Y allí ha ido la emperatriz, recreán·
&lt;lose con la evocación de hechos que desagradan Y
humillan al vencido. Tras todo esto no extrañaréis el

LA

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

retraimiento de los pinto·
res franceses en la próxima
Exposición de Berlín.
IV
Ya que hoy nos han
obligado sucesos independientes de nuestra voluntad á describir mucho, pa·
ra presentar los escenarios
de la Historia contemporánea, describiremos paisaje .
tan opuesto á Versalles
como Egipto. Muévenos á
ello lo mucho que han embargado el interés europeo
una discusión parlamentaria y un libro reciente. La
discusión, empeñada en el
Parlamento de Londres,
hase referido á la evacuación del Egipto por la tropa inglesa, como á su vez
la reciente publicación versa sobre las emociones que
despierta Egipto en los
franceses. Han propuesto
el abandono de las orillas
del Nilo aquellos que las
ocuparon, los partidarios
de Gladstone; y han publicado el libro los herederos
y sucesores de un escritor
malogrado hace poco, el
ingeniosísimo Charmes.
Por una ley de la historia
suelen las irrupciones verificarse de Oriente á Poniente, de Norte á Mediodía. Y por una ley de la
vida, los pasajeros que
abandonan regiones húme•
das como Inglaterra, ó boreales como Rusia, corren
al Mediodía. Mucho po·
drán decir de esto Nápoles
y Pisa en Italia, Cannes y
las islas Hyeres en Francia,
Sevilla y Málaga en la península nuestra. Pues bien:
los emigrados corren hoy
hacia Egipto. Rusos, ingleses, alemanes, paséanse á
una por las orillas del Nilo como por las orillas del
Guadalquivir ó por la babia de Cádiz. El precioso
libro de Charmes así lo
certifica. Y tienen raz6n.
Los árabes han pintado en
sus geografías descriptivas,
por medio de imágenes
tan hermosas como exactas, aquella tierra, primero
mar de agua dulce cuando
la cubren sus inundaciones
periódicas; después tapiz
multicolor de flores olientes cuando á las inundaciones suceden florescencias
y_fructificación; por último, estepa polvorosa y cenic~enta tras ~osechas y recolecciones. Cielos espléndidos de Oriente, realzados por iris con facetas tan
lustrosas como brillantísima pedrería; suaves aires,
do_nde los aro11;as exhalados ele cálices y corolas embriagan el sentido y las refracciones de una luz indec\ble lo tiñen todo _con colores entre anaranjados y
v~oláceo~: árb~les siempre verdes, pues ni las palmas
m los olivos pierden su follaje; flores de un rojo cual
~l del granado y de un aroma cual el del jazmín· páJaros del trópico,, pintados de tal suerte, que ll;van
en su ~ola una paleta, y pájaros del Nilo vestidos con
plumaJes de plata y rosa, de carmín y oro; por las alturas ~e la atmósfera el polen llevado en alas de suaves bnsas y p~r la~ profundas aguas el sacro loto flotando e~ la cr~stalma superficie; frutas sápidas y terrones bien olientes: be aquí todo cuanto produce
a9-uel Egipto, donde se renueva la grande abundancia ?el edén, como si no hubieran ni hombre ni tierra
~ufndo el dolor, consecuencia del pecado. No extranemas que si la naturaleza ofrece todos estos encant~s, c_onvidando á vivir en sus brazos y á respirar el
aire hbr_e y á recoger en la retir1a deslumbrada una
l~z tan intensa, el ~ogar de los pobres generalmente
diste i:oco de la pnmera cabaña y sirva como refuoio
al sueno y al breve recogimiento de los pocos días

JUAN LUIS ERNESTO ~EISSONIER, ilustre pint&lt;;&gt;r francés
Fallecido en 31 de enero de r891

inclementes que puede haber en aquellas bienhadad~s regiones de tal y tanta vida. Por el Nilo se desli·
zan las barcas, bien de negro ébano, bien de común
papiro, semejantes en sus formas gallardas á las acuáticas aves, propias de tales hermosas riberas. Bajo el
t~ldo de las palmas, por montículos y repliegues cubiertos de alhucemas y salvias, entre los terebintos y
los plátanos, juegan los niños, mientras las mujeres,
envueltas en sus túnicas rayadas de colores, desnuda
la cabeza y desnudos los pies, las pulseras en el puño y el tobillo, los zarcillos á los lados del rostro cogen agua vertida por los cangilones de la nori; en
acequias sombreadas de higuerales y moreras. Vasijas
de barro brillante guardan todo lo necesario á extinguir la sed en aquellos climas y aquellos parajes tan
ca1urosos, y las piedras cubiertas de ramajes ofrecen
las frutas á la nutrición sencilla de razas tan sobrias.
Y los varones de la familia, mientras unos pescan y
otros emplean sus fuerzas en el diario trabajo, los más
compon~n labo~es á mano, ó examinan ó distribuyen
los frutos recogidos en las continuas cosechas. Tal
vida pasaban las razas que allí vivían en sus relaciones con la naturaleza.
V

Hablemos nuevamente de Wagner y Echegar·ay.
Cuantos lean estas crónicas, donde recojo lo que

pasa de más bulto en artes
y ciencias y letras, extrañaránse con seguridad mucho
de la frecuencia con que
sobrevienen un o y otro
nombre á la consideración
pública. Pues para ello sobran motivos. Echegaray
llena los teatros de verso
en Madrid y Wagner llena
los teatros de canto en
Europa. El primero intentó una revolución en la
dramática y el segundo intentó una revolución en la
música. Propendiendo todo á la realidad y al realismo en España, Echegaray
evocó una poesía idealista
sobre las tablas españolas;
y propendiendo todo al
clasicismo y á lo clásico en
Alemania, Wagner intentó
la ópera verdaderamente
romántica sobre las tablas
alemanas. Echegaray vaciló mucho tiempo en su
verdadera vocación propia,
ingeniero, matemático, publicista, orador antes de
poeta; Wagner vaciló mucho tiempo antes de fijar
la naturaleza de su música,
imitador de Mozart y de
Weber como de Meyerbeer
y Rossini antes que topara
con su propio íntimo carácter genial. Pero sean
aquello que los dos quieran, el teatro italiano llama con el nombre de Wagner al público, y lo llama
nuestro nacional teatro
con el nombre de Echegaray, encontrándolo ambos
á dos en crecido número.
¡Cufo admirable los trozos
del Parsifal cantados por
una grande masa coral,
acompañada de numerosa
y nutrida orquesta! Las cadencias aquellas remedan
lo que hay de armónico
entre lo ideal y lo real, así
como la correspondencia
de los tipos y arquetipos
del cielo con las realidades
vivas del mundo. Paréceme aquel concierto de voces la exhalación de una
plegaria que sale del alma
como de las estrellas el
éter ó como de las flores
el aroma y entra en el cielo repitiendo todavía los
ecos de la tierra. Como las
lágrimas y los mares amargos en la evaporación se
dulcifican, las notas, que
al salir de la tierra, parecen doloridas y llorosas, en
cuanto suben, se tornan celestiales y bienaventuradas, como el alma.despedida y evaporada en el circo sangriento y en la matanza feroz de los restos de
un mártir. Un poco de monotonía encuentro en la
obra; el afán por lo sencillo sólo alcanza muchas
veces lo informe; hay algo de obscuro por doquier;
mas cuando acierta raya en lo sublime con una felicidad portentosa. Echegaray, que ha compuesto dra
mas románticos, muy análogos á las obras de Wagner por la originalidad y la estructura, se ha ido en
Un crítico incipiente por los campos de la Comedia,
y nos, ~a dado con su gracia sana, con su ingenio
salad1s1mo, con sus observaciones profundas con
su copia de vivas escenas reales, un aspecto ;uevo
de las múltiples calidades y aptitudes suyas. Aquello ~s un coloquio, pero un coloquio en que lo platónico se une con grande fortuna y acierto á lo aristofanesco. Las ideas más verdaderas y sólidas parecei:i gaseos~s y aéreas por sostenerlas alas de abeja,
quterb decir, una ironía zumbona y útil. De todas
suertes, cualesquiera que sean los defectos suyos y
las preferencias nuestras, ante dos espíritus creadores
com? Wagner y Echegaray precisa bajar con reverencia la frente, admirándolos sin reserva.

�LA

EL FILÓSOFO,

cuadro de Meissonier

LA COMEDIA DE ECHEGARAY
((UN CRITICO INCIPIENTE))
POR DOÑA EMILIA PARDO DAZÁN

Para l9s que profesamos amistad verdadera al esclarecido autor de El Gran Galeoto, la noche del
penúltimo día de febrero fué de fiesta. Veíamos á un
público menos·encrespado que en otros estrenos de
otras obras del mismo dramaturgo, y en cambio más
identificado con la que se representaba, muy dispuesto á entenderlo y subrayarlo todo; benévolo, desarmado, rendido por la noble fuerza de un goce intelectual. ¿No es cierto que este espectáculo de la fiera
domesticada tiene su hermosura propia?
Tanto es bello, cuanto inesperado y sorprendente,
al menos para los que no estamos familiarizados con
el misterioso juego de los resortes escénicos, que resiste á los cálculos más hábiles y chasquea á los
autores más duchos. Juzgando por el título de la
obra (que parece el de un artículo de revista ó se-

manario) y por el desarrollo de las
primeras escenas, yo llegué á temerme un fracaso, m0tivado por la dificultad de que la concurrencia se
compusiese toda de literatos y críticos, únicos capaces, á mi juicio, de
entrar francamente en el propósito
del autor y seguirle paso á paso sin
extrañeza ni aburrimiento. Solemos
leer en los estudios consagrados á
nuestro Teatro antiguo que el público de ciertas obras de Calderón, y
señaladamente de los Autos sacramentales, necesitó encontrarse muy
versado en teología para llevar, no
en paciencia, sino con gusto, aquellos palabreos y coloquios entre la
Fe, el Diablo, Adán y Eva, la serpiente, etc.; y yo creía que, para saborear la exposición de las ideas críticas de Echegaray y divertirse con
tres largos actos de sátira literaria,
convenía también un auditorio muy
entendido, empapado hasta los tuétanos en lo que aquí se produce de libros, revistas y periódicos. Tenía,
pues, la nueva obra de Echegaray un
interés doble, un lado experimental,
y el experimento dió brillante resultado. El público se divirtió, hasta se
rió á carcajadas, en el estreno de Un
critico incipiente. Aunque la explosión más nutrida de risa no se debiese á un chiste literario, sino á una
alusión política, el síntoma de que
muchos centenares de espectadores
puedan celebrar oportunamente las
sales de un estudio literario restivo, se
me figura en extremo favorable para
nuestro estado sanitario intelectual.
Hace tiempo que observo que la crítica va siendo
para el público alimento tan favorito y tan sabroso
como la literatura antes llamada recreativa. Si carecen de jugo las críticas, el público no les mete el
diente; si son pura erudición ó puro tecnicismo, quedan entre pocos; pero si viven, se releen al igual de la
mejor novela. Conozco algún artículo reciente y substancioso, que se asimilaron con devoción, no sólo
los aficionados, sino innumerables profanos. Al teatro no había llegado aún esta evolución del gusto;
llegó con la comedia de Echegaray.
La tentativa no es nueva, ni nuevo en los más populares dramaturgos el deseo de razonarse ante los
espectadores, de explicar sus teorías, exponer sus
agravios, excusar sus yerros, formular su código y
descubrir algo de la lucha interna que acompaña á
toda labor creadora. De Lope de Vega viene el primer ejemplo, aunque no llevado á la escena, en cierto opúsculo poético eternamente memorable. El gran
enemigo del romanticismo español, el 'secuaz de Mo-

TUGADORES DE BOLOS,

NúMERO 481

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

cuadro de Meíssonier

liére y su vencedor en presentar en las tablas la crítica literaria, el Terencio hispano, Leandro Fernández
de Moratín, alcanzó de un solo golpe la perfección
del género, creando la página inmortal de El Cafl.
Siguió sus huellas, protestando contra el neo-romanticismo, Ventura de la Vega, que hizo una hábil imitación de El Café, una defensa del clasicismo, no escasa de gracia y corrección, aunque á bastante distancia de su admirable modelo. Ni estos precedentes,
ni alguno más que pudiera citarse, quitan á la comedia de Echegaray su valía, su frescura (lo que más
falta nos hm:e para reavivar el desmayo de nuestra
escena), ni disminuyen el valor sintomático del agrado entusiasta con que oyó el público la nueva producción. La sátira literaria es un género que no prevalece sino en épocas cultas; indica vigor en el pen-

'
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i.

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1n, Vf;NTORRILLO cuadro
1

de Meissonier

S\,VU'J.,;flU
POLICHINELA,

cuadro de Meissonier

samiento y puede preceder á transformaciones y regeneraciones; es radicalmente imposible que resista
en los albores de una literatura, como sería imposible la sátira social en una sociedad generalmente grosera, que no poseyese la cantidad de refinamiento suficiente para que
una part~ de ella corrija y ,censure á la
otra parte.
Acaso también contribuyese al éxito de
la obra de Echegaray el contraste (más
aparente que hondo) entre ella y las restantes del mismo fecundo é insigne autor.
Del género dramático Echegaray tiene formada la muchedumbre cierta idea, cuyo
esquema podríamos trazar cruzando un
puñal y una pistola, y colocando á un lado
y otro del trofeo, como los tenantes de los
escudos heráldicos, á un hijo hurtado y
una dama violentada ó culpable. Siempre
que Echegaray sorprenda á sus rutinarios
censores revistiéndose de otra forma, buscando la nota dulce, tranquila, rehuyendo
violentas explosiones de sentimientos,guar•
dando compostura y moderación, quemando incienso á la santa Risa, único bien
de la pobre humanidad, su esfuerzo será
premiado con la simpatía y la aprobación
del agr¡¡.qecido público.
Los que no nos entregamos tan pronto
somos los que tenemos contraído el hábi·
to, acaso ingrato, de considerar una obra
literaria por todas sus fases antes de de·
clarar rotundamente que es la maestra, la
primera de cuantas salieron de manos del
.autor, como declararon bastantes diarios
de la corte á las pocas horas de haberse
,estrenado Un crítico incipiente. Quizá nos
mostramos ahora recalcitrantes porque an·
tes éramos justos y no desconfiábamos del

UNA LECTURA EN CASA DE DIDEROT,

cuadro de Meissonier

�LA

166
talento de Echegaray hastá el punto de creer que no
diese tela para una comedia hermosa, no vulgar. L:1
ductilidad de un ingenio tan rico, tan cuantioso, no
nos coge de nuevas: al sentarnos en el palco del teatro
Español el día 2 7 del pasado, no llevábamos el glacial
presentimiento de desconfianza traducible en estas ó
parecidas frases: «En buena se ha metido el autor.»
No era atolladero; y si lo fuese, de él saldría Echagaray tan lucidamente como supo salir. Pero tampoco fué milagr0sa primavera, que diese vida á las flores más lozanas. Mi obligación estricta es escribir lo
que juzgo verdad, y juzgo verdad que Un crítico incipiente, comedia, no puede eclipsar ni siqµiera igualar (atendida la diferencia de géneros) al Gran galeoto, O locura ó santidad, dramas del mismo autor.
Para escribir una sátira literaria, destinada á la escena, que se acerque á la · perfección suma, se necesita ser un Moratín; uq ingenio atildado, recortado,
prudente, mesurado por naturaleza, y al par intencionado como un toro. Echagaray es todo lo contrario. Impetuoso y exuberante, no guía al asunto, sino
que el asunto le arrastra, le precipita ó le encumbra

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

da acto el procedimiento efectista del autor, y extremando por necesidad, para no perderlo, su carácter
simbólico, empiezan por alegoría y acaban, si nos
descuidamos, por caricatura. La esposa del dramaturgo, la que encarna el sentido práctico, el Sancho femenino de la comedia, con sus dejos de aquella salada Mariquita que sentía no llorar perlas á fin de
que su hermano no tuviese que escribir disparates,
es quien menos pierde con la amplificación de un
asunto que no presta, ¿verdad, discreto Inarco?, sino
para dos actos muy cortos; y así y todo pierde, se
hace cansada, como aquellos viejos de Troya que se
empeñaban en inspirar cautela á la fogosa juventud.
A la chiquilla Luisa no la agracia tampoco el pasarse tres actos mortales repitiendo en varios tonos
que se quiere casar, que le corre mucha prisa, que á
la Vicaría, que marido. Si la obra tuviese sus proporciones naturales, y apareciest reducida á sus justos límites, no caería el telón del primer acto dejándonos en la incertidumbre, ó persuadidos de que el
asunto es el drama de Pepe, cuando luego resulta
que es el de su padre y la crítica sangrienta que de

LA CASA DE MEISSONIER EN EL BOULEVARD MALESHERBES

dominándole siempre. En el drama en el conflicto
de las pasiones, dejar la rienda á la lnspiración puede obrar maravillas. El juicio literario es puramente
reflexivo, y ha menester, al expresarse en el teatro
asociar ideas complejas, conocimientos múltiples, b/
sarse en una cultura variada, indigesta en su desnudez, y para que el público la digiera, concentrarle en
una sola gota de esencia crítica. Esto hizo Moratín y
p0r eso_ dice con justicia Menéndez y Pelayo: «En' la
Comedia Nueva derramó toda su cáustica vena contra los devastadores del teatro, produciendo la más
asombrosa sátira literaria que en ninguna lengua conozc?, y que quizá no tenga otro defecto que haber
quendo el autor, para hacer más directa y eficaz la
lección ~e buen gusto que se_proponía dar, presen- tarse baJo la máscara del único personaje realmente
antipático de tan regocijada obra.»
El principal error de Echagaray, que Moratín no
habría cometido, porque era maestro en el arte del
castor, de cercenar lo superfluo y peligroso, es haber
dado á la obra la extensión de tres actos. Con un
asunto puramente reflexivo é intelectual no se puede
sostener tanto tiempo á la misma altura la comedia
sin ir repitiendo y por consiguiente desvirtuand~
efectos. En el primer acto, y hasta la mitad del segundo, es un recurso francamente cómico que el dramat?rgo don Antonio varíe de opinión respecto al
novio de su hija, el joven crítico y autorcillo Enrique, según este muchacho juzga en los periódicos
las obras del futuro suegro. A la larga, no obstante,
se va gasta~do este resorte, y lo que al pronto parece observación aguda sobre la incurable vanidad li·
terari~, se convierte en demostración de que el pro·
tagomsta del drama adolece de inveterada tontería.
Sí: en el último acto D. Antonio á fuerza de reinci~ir en su. vanidosa simplicidad,' está á dos dedos
d~ converti:se, de figura, en figurón de sainete. Asimismo las siluetas de los dos críticos el idealista y
el nat~ralista, s.il~etas trazadas á br~chazos, pero
con evidente fehc1dlld, van descubriendo más á ca•

él h~~e su propio hijo, y la inverosimilitud de que la
familia toda de D .. Antonio y los periodistas y críticos_ que le rodean ignoren que él es el autor del discutido drama, resultaría, en menor espacio, más veladada, menos chocante.
.
Hay qu~ reconocer á D. José Echegaray (entre
tantos méritos c~mo le adornan) uno muy especial,
que en esta ocasión entrañaba arduas dificultades. A
cuantos escribimos mal ó bien, se nos ha pasado alguna vez por las mentes el capricho de retratar, á
nuestro modo, en novela ó drama, la vida literaria de
nuestra época, la vida que todos vivimos. Y hemos
retrocedido, por mí hablo, ante el exceso de información,' la abundancia de datos y pormenores, que
prest~na á la proye~tada ?bra carácter chismográfico,
en cierto modo hbelíst1co, lo más aborrecible que
p~ede haber para quien tenga noción de decoro.
Siendo las_ personali~ades literarias tan contadas y
tan conocidas, hay nesgo de incurrir en indiscrecio:
nes y faltas de delicadeza, ó de que la malicia vaya
más aUá que n_uestra intención, y recargue lo que el
autor apena_s. insinúa. Echegaray, persona de excel~ntes cond1c10nes de carácter (muy distintas por
c1er~o de las de Moratín), ha sabido, con suma discreción,_ sortear el escollo. Los espectadores, siempre
engolosma~os por el aliciente de la clave, no acertaban á descifrar la de la comedia nueva. Sólo á uno
de los personajes creyó la gente que podía atribuirle
un nom?re ... y acaso tué suposición gratuita, pues
no he 01do que la confirmasen los mejor enterados.
Allí no vimos hiel, ni alusiones desolladoras ni retratos, ni veneno: dígase en honor de la san~ complexión moral del ilustre dramaturgo.
n?1:1brado tantas veces, á propósito de Un crítzco mczpzente, la obra maestra de Moratín hijo que
no he de omitir una observación. Moratín at¡caba
nuestro Teatro antiguo en nombre del clasicismo y
las unidades aristotélicas, que eran entonces la doctrina nueva. Echegaray no defiende, en su comedia
escuela literaria alguna, ni impugna las que pudiera~

.II:

NúMERO 481

NúMERO 48I

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

ser antitéticas á su dogma propio. Sólo dirige sus
tiros contra la crítica, sin distinción de escuelas; pues
tan mal librado sale de sus manos Peláez, el relamido clasicón, como Barroso, el tosco abogado del calor de humanidad y del deseo tirando del músculo.
Verdad que por unos y otros ha sido vapulado, negado, contundido, reprendido, aconsejado, contenido
y moralizado el autor de En et seno de la muerte.
Pero á él no le duelen esas heridas hasta enconársele: á él le sobra calma, toda la que falta á sus personajes, que son de lo más vehemente, súpito y arrebatado que en dramas puede verse. Siga, pues (no es
consejo, jpobre de mí!, es súplica de aficionado, de
admirador, de diletante}; siga haciendo comedias literarias, que tal cual es la primera, nos ha dado un
rato delicioso, nos ha refrigerado y nos ha probado
una vez más que en Echegaray existe veta, veta,
veta, ... veta de plata ria ti va y maleable.

municar á sus cuadros toda la verdad que
tanto cautiva en ellos: en cierta ocasión
un eminente crítico, amigo suyo, lo encontró montado en Ün caballete que hacía las veces de caballo, sobre una silla
que le había prestado el hijo del príncipe
Jerónimo, vestido con el uniforme de
granadero de la guardia imperial y el cabote gris y copiando su imagen, que en
un espejo frontero y un tanto inclinado
se reflejaba. Viendo la extrañeza que todo
ello producía en su visitante, le dijo: «Mi
modelo es incapaz de proporcionarme un
Napoleón: en cambio yo tengo los misinos
muslos del emperador.))

había est:ido en Solferino, y yo que lo sabfo, hícele
narrar la parte que había tomado en la batalla yacabé por proponerle un puesto entre los personajes del
lienzo. Aceptó con mil amores, y hecho el retrato
habló de él á algunos camaradas que vinieron á verlo y se brindaron á servirme de modelos. Uno de
ellos conocía al mariscal Magnan, el cual me trajo
á Fleury, quien á su vez me presentó á Lebreuf.
»Este me instó para que mostrara mi trabajo al
emperador, y á este efecto hízome invitar para que
fuera á Fontainebleau. Napoleón III recibióme con
afabilidad, y después de haber examinado atentamente la pintura, en la que sólo un personaje faltaba, me
preguntó quién había de ser ese personaje en mi- sentir. - Vos, señor, le contesté. - ¿Hareís, pues, mi re-

I

MEISSONIER
Juan Luis Ernesto Meissonier nació en Lyón en
1815: su padre fué comisionista de ultramarinos y su madre había aprendido á pintar
porcelanas y miniaturas con la célebre Mme.
Jacottot: de ella heredó el hijo el germen de
sus aptitudes artísticas, el temperamento nervioso que se traducía en lágrimas al oir música de un gran maestro y la extremada sensibilidad en punto á la crítica.
Niño todavía, fué Meissonier llevado á París: un parte del colegio en donde hizo sus
primeros estudios señalaba en el alumno
«una tendencia demasiado acentuada á dibujar en sus cuadernos en vez de escuchar las
explicaciones de sus profesores.»
El oficio de su padre no le satisfacía; la
droguería no era su ideal. El hallazgo de las
cajas de colores de que se sirviera rn difunta
m:idre y la amistad de Luis Steinheil le impulsaron por la senda del arte. Después de
estudiar algún tiempo al lado de J ulián Potier, antiguo gran premio de Roma, entró en
casa de León Cogniet y aunque sólo permaneció cuatro meses en el taller de éste, esa
corta temporadajnfluyó poderosamente en su
porvenir artístico. En efecto, el maestro preparaba el techo para el Louvre La expedición
de Egipto, y para ello recibía en un cercado
agregado á su estudio á soldados vestidos con
el uniforme de los republicanos, dragones y
hasta artilleros con sus caballos; allí adquirió
Meissonier. poco amante de copiar las figuras
de yeso ó el modelo desnudo, ese éspfritu de
observación personal que constituye la nota
característica de toda su obra. Por consejo
de su amigo, el dibujante Trimolet, estudió en el
Louvre los grandes maestros que le atraían por la
verdad de las actitudes, de los trajes y de la disposición escénica y por la exactitud local de los tonos;
pero los estudió sin copiar sus pinturas, porqu~ la idea
de la copia repugnaba á su temperamento independiente.
En vista de que la escasa pensión que le pasaba su
padre (15 pesetas al mes) no le permit_ía tomar lecciones de Pablo Delaroche, que le exigía por ellas
20 pesetas mensuales, resolvióse Meissonier á pin_t~r
abanicos y estampas religiosas, siendo á poco solicitado para colaborar en la ilustraci~n ~e. una hermosa
cuanto rara edición de Pablo y Vzrgmza y para proporcionar varios tipos á los Franceses pintados por sí
mismos é ilustrando una edición en dos tomos, hoy
difícil ~i no imposible de encontrar, de La caída de
un ángel, de Lamartine.
También se dedicó á grabar al agua fuerte, pero
de estos grabados sólo se imprimió El fu,~ador, del
que se hizo una tirada muy corta, cuyos eJemplares
alcanzan hoy precios fabulosos .
.
.
Como pintor dióse á conocer M~issomer por vez
primera en el Salón de 18341 exponiendo un cuadr?
Menestrales -flamencos y una acuarela que fué ad~Ul·
rida en 100 pesetas por la Sociedad de los Amigos
de las Artes, de París.
En 1836 ve admitidos !_os cuadros Jugadores de
ajedrez ¡y 1El pequetio mensajero, que el Jurado del
año anterior había rechazado; en 1838 expone un
Religioso consolando á un enfermo, que adquirió por
500 pesetas el duque de Orleáns; e~ 183_9 el Doclor
inglés mereció de Julio Jan in los cahficat1vo~ de &lt;~encantadora miniatura al óleo, una de las mas dehcadas y espirituales que se han producido» En 1840
aparecen un San Pablo, un Isaías y un Lector, Y
Meissonier 'obtiene una medalla de tercera clase;
en 1841 co~quista la de segunda clase con suParti·
da de ajedrez; en 1842 un Fumador y un .Afuchacho
tocando el vio/once/lo aumentan su fama, que queda

RECUERDO AL GE'.'&gt;ERAL NORTE-AMERICANO GUILLER~IO TfCUMSEH SIIERMAN, falleciuo en Nueva York el 4 febrero
El genero.! Shermo.n y su estado mayor en las trincheras levantadas delante de Atalanta. (De una fotografía del tiempo de la guerra.)

defini~ivamente sentada en 1843 con dos Retratos y
un Pmtor en uu taller. Dos años después el público
se deleitaba ante un Cuerpo de guardia, un Joven
contemplando unos dibujos y una Partida de piqué.
En el Parque de Saint-Cloud, que siguió á éstos, el
paisaje era de Francais y de Meissonier las figuras
con trajes del tiempo de Luis XV.
Desde entonces queda tan fijamente determinado
el modo de pintar del maestro, que no se hace ya necesario seguirle paso á paso en las etapas de su carrera artística.
Las arrugas de los vestidos tienen en los retratos
ó en los personajes de Meissonier una importancia
que, lejos de ser exagerada, no hace sino traducir
abiertamente las costumbres de fortuna, trabajo y
carácter del modelo y del tipo. A propósito de esto,
merece consignarse la siguiente anécdota que refiere
M. Steinheil:
.
«Cuando Meissonier se casó, tenía ya formada una
parte de su biblioteca de trabajo, es decir, una colee·
c~ó.n incomparable de calzones cortos de ratina, medias de colores, zapatos con hebillas, largos chalecos,
chupas con bolsillos, sombreros de fieltro, pelucas,
bastones de junco y joyas de hombre y de mujer:
sólo le faltaba ropa blanca. En vano hacía cortar á
su ;nujer camisas, chorreras y puños: nada de esto le
satisfacía, pues cuando estudiaba un grabado de Gravelot ó un agua fuerte de Chodoviecki, observaba
que la ropa no formaba los mismos pliegues que la
que ponía á su modelo, lo cual le tenía fuera de sí.
Un día llegó á su casa con aire de triunfo: había ido
á _la Biblioteca Real y habiendo pedido la Enciclopedia'. leyó en el artículo Ropa blanca que la tela ó la
batista se cortaba al bies en vez de cortarla al hilo
como hacen las modernas costureras, siendo esta la
causa de la mayor flexibilidad de aquellos pliegos que
tan á mal traer le traían.))
Meissonier apelaba á todos los recursos para co-

De pintor de conciencia llevada á la exageración
le acredita, entre otros, el hecho siguiente: estaba copiando á su modelo en traje de húsar y llevaba dos
horas sólo en estudiar y reproducir el mosquetón suspendido en bandolera á la espalda de aquél. El trabajo, á juicio de persona competentísima que lo vió,
resultaba acabado, y sin embargo Meissonier, impaciente, desesperado, «¡No es esto, decía, torpe de mí!
¡Soy un ignorante en pintura! Sólo Gerome sabe pintar de primera intención; en cuanto á mí, nunca
aprenderé mi oficio;» y esto diciendo, tomó un cuchillo y borró todo lo hecho, á pesar de que al día siguiente había de entregar el cuadro, con gran instancia solicitado.
La guerra de Italia fué causa de que el pintor de
género se transformara en pintor militar. Los recuerdos que vivían en su memoria desde su paso, allá
en sus mocedades, por el estudio de Cogniet, se despertaron con intensidad apenas rotas las hostilidades
con Austria. Meissioner se hizo agregar al estado
mayor, sigµió todas las operaciones de aquella campaña haciendo croquis y tomando apuntes y asistió
á la batalla de Solferino,
El mismo Napoleón III le sirvió de modelo para
el cuadro que lleva por título el nombre de esta batalla; y he aquí en qué términos refería el pintor tan
notable suceso:
«A la verdad este era un punto que me tenía vivamente preocupado. Sabido mi pasión por la exactitud, que me hizo volver á Solferino para rehacer,
en presencia del natural, el paisaje de la batalla, harto se comprenderá cuánta importancia tenía para mí
que el emperador fuera mi modelo siquiera cinco
minutos. Para conseguirlo trabajé con empeño y
habilidad, viendo coronados por el éxito mis esfuerzos. Al efecto comencé por bosquejar el cuadro, y
luego invité á un oficial amigo mío á que como militar me diera su parecer sobre mi obra. Este oficial

trato?, repuso; ¿y cómo os las compondréis para ello?
- Pintándolo con ayuda de mi memoria y de algunos
documentos populares. - Pero todo esto no valdrá lo
que una sesión conmigo, replicó el emperador. ¿No
os parece así, M. Meissonier? - ¡Quién lo duda, se·
ñor! Pero ... - Pues bien: nada más fácil. Montemos
á caballo y vayamos á dar un paseo: por el camino
hablaremos y podréis estudiarme á vuestro gusto.
»Encantado de la ocasión que se me presentaba,
inmediatamente combiné el más mefistofélico plan.
Mi antiguo amigo Jadin tenía precisamente su taller
en Fontainebleau: hacia allá procuré que nos encamináramos, y cuando llegamos á la puerta del estudio
me atreví á proponer al emperador que hiciéramos
una visita al artista. Napoleon III aceptó sonriendo
la propuesta, y hétenos en el taller del bueno de Jadin, que lo que menos esperaba era vernos entrar á
S. M. y á mí y que vestido con el traje de trabajo
fumaba indolentemente su pipa. El emperador, á
quien la aventura divertía en extremo, no quiso que
J adin se molestara, y encendiendo un cigarro sentóse
á horcajadas en una silla y se puso á charlar alegremente con el pintor mientras yo, haciéndome con el
primer lápiz que á mano me vino, dibujaba lleno de
entusiasmo el modelo por quien tanto había suspirado. La improvisada sesión duró media hora larga
y sirvióme, no sólo para el Solferino, sino también
para el otro lienzo que existe asimismo en el Luxemburgo»
La campaña de 1870 á 1871 produjo en Meissonier impresión profunda, y como en la de Italia, quiso entonces seguir las operaciones del ejército francés, creyendo asistir á victorias que la triste realidad
trocó en desastres. Estuvo en Metz antes del sitio;
pero á instancias de los oficiales, que no quisieron
que se malograra con una muerte obscura. aquella
gloria de la patria, abandonó la plaza la víspera de
la batalla de Borny, dirigiéndose á París. Durante

�LA DISPUTA,

cuadro de Meissonier

¡A VUESTRA SALUD!, dibujo de J. de Wodzinski
1814, cuadro de Meissonier

�170

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

ese penoso vtaJe, que hizo solo y á caballo, fué varias veces detenido por los alemanes, que le tomaban
por espía, y encarcelado en Etain; siendo á poco
puesto en libertad, gracias á la notoriedad de su fama. Tres días después llegaba á Poissy, en donde
organizó una guardia nacional; pero:al tener noticia
del desastre de Sedán y al saber que el enemigo se
apercibía á poner cerco á París, corrió á encerrarse
en la capital, obteniendo del gobierno un grado elevado en el estado mayor de la guardia nacional.
Terminada la guerra, volvió á empuñar sus pinceles y á reanudar su vida artística; habiendo producido
desde entonces, entre otras obras admirables, las preciosas joyas conocidas con los títulos de ((I 807»
«1806» y «1814,» episodios de las guerras de Napo·
león, que fueron respectivamente expue~tas en el salón de 187 4, en la Exposición Universal de 1889 y
en el salón del Campo de Marte de 1890, iniciad0 y
organizado por Meissonie~ en competencia con el
salón oficial de los Campos Elíseos.
Aunque no hemos de analizar las cualidades que
adornaron al gran pintor, pues sobradas veces han
sido proclamadas, no queremos terminar este artículo sin consignar cuáles fueron las más valientes que
en su modo de ser como artista reconoció universalmente la crítica; á saber: exactitud en las expresiones, fisonomías, gestos y actitudes; el dibujo intachable y el color homogéneo; la claridad del enunciado y la sorprendente comprensión de las épocas;
la absoluta verdad de las personas y de las cosas; la
voluntad tenaz, imperiosa y triunfante, y la perfección suma de los toques de su pincelada.
De estas cualidades permiten formarse idea los
grabados que publicamos y que reproducen las más
importantes de sus obras.
En punto á recompensas, Meissonier obtuvo las
que puede apetecer un artista bajo todos conceptos;
incluso la gran cruz de la Legión de Honor. que se
le concedió después de la última' Exposición Universal de París y que antes que á el no se había otorgado á artista alguno. Sus cuadros alcanzaron precios
fabulosos, á pesar de su reducido tamaño, habiéndose hace poco pagado por el «1814» la suma de
850.000 francos.
La influencia artística de Meissonier fué grande;
su autoridad indiscutible. Puede decirse que aun después de muerto ha influído en los destinos del arte
francés, y quién sabe si en los de la política de su patria: la carta publicada por su viuda á propósito de la
participación de los artistas franceses en la próxima
Exposición de Berlín, y la posterior negativa de éstos
de concurrir á ella, así permiten afirmarlo. La idea
de que Meissonier no hubiera consentido en que sus
cuadros figurasen en un certamen organizado por
los sitiadores de París, ha sido, por decirlo así, el
golpe de gracia que ha matado las esperanzas de los
que desean una reconciliación, siquiera en el terreno artístico, entre los dos grandes pueblos que mantienen en perpetua amenaza á la paz europea.
X.

GREGORIA
(EPISODIO EJEMPLAR)

( Co11tin11ación)

Mi ingreso de interna en el colegio nos preocupó
en gran manera, aparte del sentimiento natural de
ver llorar á mi mamá, que no parecía sino que nos
despedíamos para toda la vida. Nunca lo olvidaré;
la tarde antes de su marcha me condujeron mis padres al establecimiento, hablaron algún rato con la
directora, y de allí á poco me hicieron entrar en el
salón de visitas en que se hallaban y por cuyos alrededores andaba yo atisbando. Mi padre procuraba
hacerse el distraído mirando los trabajos -premiados
de pluma y labores del último examen, que encerrados en pulidos marcos colgaban de la pared. Yo, sin
embargo, noté que estaba violento por un movimiento especial de dedos que le había visto hacer en algunas ocasiones cuando se sentía contrariado, cual
si tocase el piano en el aire. En cuanto á mi madre
lloraba á más no poder; su semblante muy pálido y
abatido causábame grande tristeza, y acabé por unir
mis lágrimas y sollozos con los suyos. «Vamos, dijo
mi padre, procurando separar á mi mamá de mi lado,
no hay motivo para tanto; ya sabes que todo esto te
perjudica.» La directora también intentaba consolarla
señalándole algunas de mis planas que formaban parte de la colección premiada. Vino, por último, á poner fin á esta triste escena la llegada de otros señores que aprovechaban la hora de asueto para visitar
á algunas compañeras. Mi mamá saludó ligeramente,
y dándome un beso se dirigió á la puerta sin volver
la cabeza y con cierta precipitación; mi padre_la si-

guió, no sin cogerme antes la cabeza con ambas manos y con gran fuerza, besándome con ruido en las
mejillas. Yo quedé muy triste en medio de la sala
sin atreverme á dar un paso, hasta que volviendo la
directora, que había salido con mis padres, me mandó pasar al gran jardín, donde se encontraban la mayor parte de las compañeras, lo mismo las pensionistas que las externas, á quienes dejaban en el colegio,
por su propia voluntad, durante la hora de recreo de
la tarde. Muchas de ellas tenían á sus familias ó criados largo rato esperando, no qiJeriendo separarse del
jardín donde tan bien lo pasábamos. Verdad es que
allí se jugaba tan á gusto y con tanta libertad, que el
rato de asueto parecía siempre corto, y veíamos aparecer las estrellas y sonar el toque de oraciones cuando el juego más nos entretenía.
La presencia de mis amigas queridas disipó mi
tristeza, y el aspecto animado de aquel hermoso j.trdín llamó mi atención por diversos modos. La gran
fuente del centro elevaba á gran altura su grueso surtidor, que caía, convertido en espuma, en la taza de
mármol, de la cual, por cuatro hermosos caños, se
precipitaban produciendo alegre ruido abundantes
chorros de agua que desbordaba por todos lados,
humedeciendo la glorieta y mojando á las chicas
más atrevidas, que se empeñaban en mantener á flote pequeños barcos de papel, que una vez abandonados á aquel hervidero desaparecían en el remolino,
para luego aparecer de nuevo mojados y deshechos.
Otras compañeras jugaban al volante en el largo
paseo que dividía el jardín en dos mitades; las demás
allá hacían largas guirnaldas moradas y pajizas con
finos espartos y abundantes dondiegos, que recogidos en la falda de antemano, iban alargando aquella
sarta ordenada y bien oliente. Dos de mis más queridas amigas, Agueda y Sofía, hablaban separadas
por un arbusto, cuyas ramas apartaba la primera dejando un espacio por donde asomaba su linda cara.
«No os acerquéis,» dijo otra que nos salió al pase; y
luego añadió con cierto misterio y bajando la ,voz:
«Están jugando á novios.»
En otro rincón, algunas colegialas habían reunido
sus meriendas y las distribuían en partes iguales por
mano de la de más edad, que hacía de mamá, y á
quien todas llamaban así á vuelta de grandes risas.
En medio de aquel animado cuadro, encontrábame
indecisa luchando entre mi disgusto y el deseo de
acompañar á mis amigas. Solicitada por algunas me
dejé con~ucir de la mano, y aunque no tomé parte
activa en sus recreos presencié sus juegos y así acabé
de pasar la tarde.
El toque de la campana nos reunió á todas en la
sala de estudio donde debíamos permanecer hasta
las nueve Larga se me hizo esta primera noche; con
la vista fija sobre los libros volvía las hojas maquinalmente sin comprender lo que decían; echaba de
menos la velada en mi casa al lado de mis padres,
donde mientras estudiaba las lecciones me entretenía grandemente con cualquier motivo, haciendo el
rato más llevadero. Luego, que varias noches acudían visitas acompañadas de algunas niñas,.con las
cuales, previa la venia de sus padres, jugaba en otras
habitaciones. No era, pues, extraño que encontrase
serio y por demás severo todo lo que me rodeaba:
aquellas cabezas inclinadas sobre las respectivas. carpetas; aquellas caras de uniforme gravedad; el rozar
de la pluma sobre el papel, el tic-tac acompasado de
gran reloj puesto á la derecha de la mesa, el imponente son de las campanas al sonar el toque de ánimas; todo esto me hizo pasar aquella primera noche
de colegio muy triste, teniendo necesidad de enjugar
las lágrimas que á cada instante corrían por mis mejillas
Sonaron las nueve, y á una señal de la profesora
leyó Gregaria la jaculatoria de costumbre, ·pidiéndole á Dios aprovechase el estudio que habíamos hecho.
Llamó desde luego mi atención el tono con que Gregaria leyó aquella hermosa oración, notando por
primera vez que Gregoria lefa muy correctament.e.

NúMERO

481

escritura; cambiaba las plumas de los lapiceros y recogía las agujas del suelo, dejándolo todo muy bien
colocado y ordenado en su respectivo sitio. En suma
~esde el último invierno, Gregaria había entrado d~
interna en el colegio, más corno una sirvieJ1te distinguida que como otra cosa, aunque concurría con
nosotras á las clases y comía en la mesa general en
las. horas de refectorio. La directora la quería mucho,
Y siempre q~e hallaba ocasión, sin nombrar para nada á Gregona, nos encargaba, mirándola muy disimuladamente, que fuésemos cariñosas y deferentes
co~ la~ personas que se encontrasen en posición inf~nor a la nuestra. «El orgullo, nos decía c9n frecuenc~a, es en los privilegiados la mayor de las desgracias, porque oculta siempre una gran necedad; en los
pobres, por el contrario, la dignidad exagerada dentro de. su escacez es digna de todo respeto. No establezcáis. en ~u~stras afecciones otras diferencias que
las que mshnhvamente os lleven á depositar vuestra
confianza en la persona que juzguéis digna de ella.
El .corazón .rara vez se engaña en estas cosas, y la
sabia providencia comparte equitativamente sus
dones.»
MATIAS M ÉNDEZ VELLIDO

( Co11ti1111artÍ)

NUESTROS GRABADOS
El general norte-americano Guillermo Tecumseh Sherman. - El 14 de febrero último falleció en

Nueva York ei que en la República de los Estados Unidos fué
hace algunos años comandante en jefe del ejército y compartió
con los generalts Gra.nt y Sheridan la gloria de ser uno de los
más afortudados caudillos de la guerra de Secesión. Guillermo
Tecumseh Sherman nació en Lancáster (Ohío) en 8 de febrero
de 18~0; educado en ':es_t Point, alcanzó el grado de teniente
de a~tilleria en 1~_40, s1rv1endo en seguida en las guerras de la
Flonda de MéJICO. En 1853 se retiró del ejército y entró á
desempenar un e~pleo civil, pero seis años más tarde aceptó
el cargo ele superintendente de la Academia Militar de Luisiana, que ~:mitió en 1861 cuando estalló la guerra civil y Luisian~ se unió .á la Confederación. Diósele el mando del 13. regimiento de mfanterfa en los Estados del Norte, y después de la
batall~ de Bull's R~n fué nombrado brigadier-general de vol~ntanos, toma~do mmediatamente parte en la serie de operaciones que terminó con la toma de Vicksburg y en las batallas
que se libraron en los Estados del Oeste. Én 186• obtuvo el
grado de brig~dier-geceral del ejército regular, y p~cos meses
después sucechó al general Grant en el mando de la división
del Tennessee. A los seis meses sucedió también á Grant en el
mando de la d!visi6n del Mississipi y emprendió con éxito brillante una .sene de operaciones en Georgia ( distinguiéndose
muy e~pecialmente en la toma de Atalanta, á consecuencia de
1~ cual ascendió á mayor general), en Tennessee y en las Carolinas. Después de la rendición de Atalanta &lt;lió comienzo :l. su
famosa marcha hacia el mar, movimiento que quizás contribuy6 más que cualquier batalla á poner de manifiesto 1~ debilidad
de los Estarlos del Sur. En diciembre de 1864 llegó á Savannah, Y en 1865 á Charleston, después de una ligera esca'ramuza, logrando el dia 26 de abril del propio año la rendición del
ge.neral Johnston, con lo que la guerra quedó virtualmente terminada.
En 1866, el general Sherman fué nombrado teniente general
al mando de !11 divisi?n del Mississipi, y cuando el general
Grant fué elegido Presidente de los Estados Unidos, sucedióle
nuevamente
~n el puesto de general del ejército, que abandonó
0
en I. de noviembre de 1884, en cual fecha pidió el retiro reemplazándole el general Sheridan.
·
Sherman no quiso mezclarse absolutamente en poHtica y
cuando Grant acabó su segundo período de presidencia negóse
resuelta mente á ocupar el primer puesto del gobierno de la
República, que indudablemente habrfo alcanzado con sólo haber consentido en que lo eligieran.
Desde que se retiró del ejército, Sherman vivió tránquila•
mente consagrado á su familia, apartado por completo de los
públicos n_egocios y haciendo frecuentes viajes á Europa.
Su entierro fué un verdadero acontecimiento en Nueva
York; no otra cosa merecía el que después de haber proporcionado días de gloria á su patria no ambicionó más que el respe•
to y el cariño de sus conciudadanos.

r

¡A vuestra salud!, dibujo de J. de Wodzinski.

:- Por bien pagados pueden ciar.e los que han ofrecido á esa
Imela mucba~ha la copa de champagne que lleva á sus labios y
~pura en actitud graciosa hábilmente reproducida por el dibuJante: no una copa del espumoso vino, sino un tonel del néctar de los dioses, si á man9 lo tuviéramos, daríamos porque á
~ue~t.ra s,alud bebiera ese dechado de belleza y encantos, y aun
1magrnanamos superior al obsequio el premio de tal modo y
por tales labios otorgado.
i Bien haya el artista que trazó tan hermosa figura! Al que de
tan seductoras formas sabe revestir el sentimiento estético, al
IV
que ha logrado producir una obra que de una manera ·tan grata recrea los ojos y alegra el corazón, sendero cubierto de rosas
?ebe par~cerle el camino de la vida, que para muchos sólo abroDesde la época de la primera comunión había pa- JOS
y espinas ofrece.

sado año y medio. y la situación de Gregaria entre
nosotras poco había variado en todo este tiempo. No
se la juzgaba tan mal como al principio, pero nadie
se cuidaba de ella, y más que apreciada era tolerada
y aun compadecida, sin despertar por esto simpatías.
Ella procuraba no molestarnos. y en cuanto á mí me
servía en todo aquello qlle estaba en su mano. Luego después sus ocupaciones en el colegio, distintas
de las nuestras, establecían y ahondaban el alejamiento en que la teníamos, sin cuidarnos para nada del
santo de su nombre. Madrugaba más que las colegialas, cuidaba por encargo de la directora de asear
las mil muestras y dibujos de las clases de pintura y

I:tOTEGER la epidermis contra las influencias perni•
P c1osas
ele la atmósfera, devolver ó conservar juventud, frescura y aterciopelado, tales son las ventajas de la CRE)IA SIMó:sr,
cold-cream. ;speci~I, tónico, cal111a11te y deliciosamente períuma•
do; su acc1on sena y benéfica es tan rdpida y tan evidente que
nadie la ha ensayado sin 1econocer su superioridad En casa
del inventor, rue de Provence, 36, I'arís, y en cnsJ de los farmacéuticos y perfumistas. Evitar las sustituciones.

JABON REAL

IVJ:OLET¡·

DE T H R IDAC E

JABON

29,i•d:1~~¡;;:~Paris VELO UTI NE

lecamead&amp;.tlll por autorida4es m!dir'- pm la Bi¡¡ioir 41 la PW 1 Bollua te! Colet

NúMERO

LA

481

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

171

EL ANILLO DE AMASIS
NOVELA ORIGINAL DE LORD LYTTON , IL USTR ADA POR A llESNARD

Aquel período no fué el menos instructivo de mi
educación profesional; y con frecuencia había visto á
los más ilustres prácticos que parecían niños hostigados por moscardones, cuando debían combatir contra
ese verdugo infinitamente pequeño, pero tan tenaz,
que las hermosas damas llaman ((sus nervios.))
En Francia, si el médico es considerado y admitido por la clase media como amigo de la casa, la alta
sociedad no le tolera sino en la alcoba, cuando el
temor á la muerte suprime por algunos días barreras
que la convalecencia se apresurará á levantar de nuevo; y sin embargo, las prescripciones para los males
inherentes á la vida del gran mundo no pueden tener buen éxito si las condiciones sociales que las engendran son completamente desconocidas. Yo deseaba profundizar estas condiciones, y sabía muy
bien que no era posible conocerlas en la sala de un
hospital, donde el estudiante debe endurecerse y ser
insensible para no perder ninguno de los movimientos del profesor que liga la arteria femoral del número 73, y después pasa apresuradamente al núm. 87,
sin detenerse ante el lecho donde se ha cubierto ya
con el sudario el núm. 78.
Con este objeto dejé mi habitación del muelle de
San Miguel para ocupar otra muy lujosa de la calle
de la Paz, y por primera vez fuí á visitar á los parientes de mi padre. Borré de mis tarjetas el título de
doctor en medicina, adquirido con tanto trabajo, y
sustituile por aquel que debía tan sólo á un accidente de nacimiento. Aquellas visitas me proporcionaron muy pronto una infinidad de invitaciDnes en el
mundo elegante; compré un caballo inglés de pura
sangre, y entretuve rnis horas más agradables paseando por el bosque de Bolonia. No era este sitio
entonces el bosque banal de hoy, consagrado á las
vanidades de la moda y del demi-monde, sino el antiguo bosque de hace muchos años, cuyas espesuras
silenciosas constituían el encanto de los que gustaban de la soledad. A este lugar prefería yo ir siempre por la tarde, y estab:i. entonces bastante desierto,
sobre todo durante los últimos meses del verano,
pues en aquella época la estación parisiense terminaba mucho antes que ahora. Solté la brida sobre el
cuello del caballo, y mientras el animal avanzaba á
la ventura, entreguéme á dulces meditaciones, recorriendo aquellos frescos y verdosos retiros, tan inmediatos á París, y sin embargo tan lejanos del mundo:
Suresnes, Monte-Calvario y las espesuras de oxiacanto, en medio de las cuales brillaban las aguas
cristalinas y silenciosas de la balsa de Auteuil. Allí
había ido una tarde paseando poco á poco desde el
pueblo vecino, donde había dejado mi caballo, y llegué á la balsa precisamente á tiempo para ver reflejarse, á través de la espesura, los últimos fulgores de
la puesta del sol de octubre. Un sauce llorón surgía
del bosquecillo .é inclinábase sobre el agua, y sobre
él elevábanse dos ó tres álamos de Italia. La brisa
de la tarde les llevaba tal vez noticias de su país. Me
senté en el tronco de un árbol qi:e los leñadores
abandonaran sobre la hierba, y como se hallaba en
la extremidad de un claro, mi vista abarcaba hasta
el horizonte. Algún tiempo después de ponerse el sol
una faja luminosa persistió aún en el Occidente, y
en el cielo divisábanse algunas grandes nubes de color agrisado, cuyos bordes inferiores parecían tener
franjas de oro; más arriba los tintes purpúreos se
prolongaban en considerable extensión, y el agua
dormía invisible bajo las sombras acumuladas del
bosque, donde comenzaban á reinar las tinieblas.
«He aquí, pensé yo, el verdadero santuario de la
soledad.»
'
En aquel instante, y en medio del silencio más
profundo, oí una voz gritar: «¡Caín, Caín!»
, En lo repentino de aquella voz y en su tono había
a la vez algo que me hizo estremecer; miré al punto
á mi alrededor, mas no pude ver ningún ser humano.
Las avecillas permanecían mudas en sus nidos; la
voz parecía salir del sitio donde vi el sauce inclinarse sobre la balsa; mas en aquel momento estaba tan
sombrío, que no pude distinguir el árbol ni objeto
alguno.

Mientras había creído estar completamente solo, lantaban cerniéndose sobre el camino cual si me
aquel aislamiento me pareció encantador; mas en- amenaza;en; comprendí que atraían la te~pesta~, y
tonces, la idea de encontrarme en aquella _soledad que ésta se acercaba rápidamente.. Con la ~mpres1ón
con una persona invisible y desconocida inspirábame del hombre perseguido por un peligro terrible, galouna especie de horror sobrenatural. Estoy seguro que pé á través de aquellas nubes de polvo, pero muy
no fué el temor de un robo ni de un asesinato lo que pronto estuvieron frente á mí; entonces sentíme dome hizo retroceder ante la idea de registrar la espe- minado por una sensación extraña, y figuréme que
sura de donde partió el sonido que me hizo estreme- emprendía una carrera desespe~ada para alcanzar ~1cer; pero cualquiera que fuese la causa del pavor que gún premio fantástico, y que s1 no alcanzaba la v1c•
toria estaría perdido para siempre.
experimenté, privóme de todo movimiento.
De improviso en la sombría copa de lo que yo toEl silencio era casi intolerable, cuando le interrumpió de nuevo la misma voz que salía del mismo maba por un árbol del cami~o vi un~ pálida. apari;
ción; estaba sentada, y sus OJOS parec1an seguirme a
sitio.
«¡Sí!, gritó la voz (yo podía oír claramente todas mí y á los espectros, lanzados en aquella carrera frelas palabras que pronunciaba), si estás resuelto á ani- nética. U na mirada me bastó para reconocer en aquel
quilarme, ¿por qué persigues sin tregua al que no te- fantasma á la mujer que bacía años vi sentada _en )a
me la muerte? ¿No te he buscado por todas partes? misma actitud sobre el puente de La Lorelez. Sm
¿No he descubierto mil y mil veces este pecho que duda se le había caído el chal, y sus hombros desnuencierra un corazón atormentado sin cesar? .. . ¡Hie- dos blancos y brillantes, parecían de frío mármol;
re! Moriré sin proferir una queja; pero por el amor su Í1rga cabellera ondeaba á m~rced del ~ien~o. La
de Dios, no me persigas más mostrándome esos de- aparecida entonaba con voz débil un cántico mdefidos suplicantes, pues bien sabes que no puedo co- nible canto de triunfo y de dolor á la vez. En aquel
gerlos. La maldita amatista me atravesó con su rayo mom~nto mi caballo se atemorizó; solté la brida y el
estribo, y cogíme al cuello del cuadrúpedo. Un insdiabólico ... ¡Me abrasa ... , me abrasa! ... »
La voz dejó de hablar, y de pronto vi salir á un tante después todo á mi alrededor se transformó cohombre de las tinieblas; franqueó rápidamente el mo en un sueño.
El bosque había desaparecido; en su lugar veíase
claro, y desapareció de nuevo en las profundidad!;!S de
los bosques contiguos. Durante un momento, al atra- una costa de aspect9 lúgubre, negra, escarp~da, convesar el espacio libre, entreví su rostro, que estaba tra la cual iban á estrellarse las embravecidas olas
vuelto hacia mí, y á la dudosa claridad del crepúscu- del mar. Yo no me cogía ya del cuello de mi cabalo parecióme de una blancura sobrenatural... Era el llo, sino de los restos de un buque destrozado por la
tempestad, mientras que á mi alrededor nadaban
semblante del Caballero enlutado,
A duras penas me·recobré del asombro producido desesperadamente multitud de blancos fantasmas
por aquella aparición. La luz no llegaba hasta mí que habían naufragado como yo Poseídos de ardiensino por algunos claros, y las sombras que el bosque tes deseos, de eqvidia, de amor y de cólera, luchiproyectaba eran tan densas á un lado y otro, que bamos en medio de las alborotadas y espumosas
apenas se podía distinguir á aquel hombre. Yo no le olas; pero el desencadenamiento de nuestras pasiohabía visto antes más que una vez, hacía cuatro nes era más violento aún que el de nuestra naturaleaños, y sin embargo, reconocí aquella figura en el za. A lo lejos, y á mucha altura, dominando aquella
momento de herir mi vista: verdad es que no era fá- hedionda escena, La Lorelei lo veía todo, sentada en
cil que la olvidara quien una sola vez siquiera la hu- su trono de piedra. Impasible y blanca, cantaba
siempre su extraña melopea. De vez en cuando fijábiese visto.
En ninguna parte encontré nunca al conde de Ro- base su mirada en la multitud de siniestros nadadoseneck durante mi perman,encia en París, y ni siquie- res; si uno de ellos se acercaba, contemplábale con
ra oí hablar de él. ¿Habría vivido en co~pleta reclu- ojos fríos é indiferentes, y entonces el náufrago, presa
sión ó acababa de llegar? De todos modos, ¿qué po- de un espasmo supremo, desaparecía en el torbellino
día hacer á semejante hora en aquel sitio solitario? de las olas sin proferir un grito. Después llegó mi
Cierto que yo también estaba, atraído por mi incli- turno, La Lorelei y se fijó en mí; pero en vez de atenación al reposo y las bellezas de aquella soledad rrarme con su mirada, esta pareció filtrar en mi cocampestre, á la que tan fácil me era trasladarme; pero razón un sentimiento de piedad y una ternura inaquella dolorosa reprensión de que yo había sido finita.
oyente involuntario, no fué proferida seguramente
«¡Oh, misteriosa desamparada!, exclamé, no me
por uno que va en busca de lo pintoresco. ¿Y á quién quejo de tu aislamiento, porque he adivinado s_u sese dirigía y por qué? ... Entonces recordé los rumo- creto; pero compadézcome de ti. Ya sé que esos desres que circulaban á bordo de La Lorelei sobre el graciados son víctimas de sus propias pasiones, y que
estado mental de la esposa del conde. ¿Sería posible no eres tú quien los hace morir. Te comprendo, y
que también éste fuera presa de alguna terrible alu- mi corazón te responde; tú eres la voz de nuestra
cinación? ... Fatigado al fin de aquellas conjeturas alma, la aspiración hacia lo ideal, sin cesar combatique no me permitían deducir nada en concreto, y no- do por las realidades de la vida, que comunican á tu
tando que el aire comenzaba á ser húmedo y frío, canto los asuntos dolorosos de un deseo siempre
me levanté para volver al pueblo. Entretanto, la no- abrasador y nunca satisfecho »
che había cerrado del todo; no era una noche cálida,
Sus hermosos ojos se dulcificaron, y vi brillar en
y sin embargo la atmósfera, muy pesada, parecía ha- ellos una lágrima; inclinóse hacia mí, me alargó su
berse cargado de electricidad. Monté á caballo para blanca mano ... , presenté la mía, y cogL.. ¿qué?
volver á mi casa algo apresuradamente porque ya era
No lo supe hasta algunos días después cúando cotarde y amenazaba la tempestad. Sin embargo, gran- mencé á reponerme de los efectos de mi caída del
de era mi preocupación, porque pensaba en los acon- caballo.
tecimientos de La Lore/ei, pues la curiosidad que en
Un cochero que volvía de Auteuil con su vehículo
mí excitaran en otro tiempo se reavivaba de pronto desocupado me encontró desvanecido en el camino,
con más fuerza que nunca por lo que acababa de oir. sin duda por haber chocado yo contra un árbol, pues
Comenzaba á soplar un viento muy penetrante, que tenía fuertes contusiones en la frente. Con el pie enlevantaba ante mí en el camino blancas columnas ganchado probablemente en el estribo, debía presude polvo, las cuales, arremolinándose una tras otra, mirse que el caballo me arrastró á varios metros de
parecíanme fantasmas. Yo las veía claramente, por- distancia, porque mis manos estaban laceradas y el
que era una de aquellas noches en que el cielo pare- pardesú destrozado. Por fortuna llevaba tarjetas en
ce más sombrío que la tierra, y el suelo proyectaba el bolsillo, y el cochero pudo saber así las señas de
como un resplandor opaco de color gris que no pro- mi casa.
venía de la luna ni de las estrellas. A lo largo del
Al desnudarme mi criado, encontró en mi mano
camino que mi caballo recorría á rienda suelta, ob- crispada un papel en parte roto, escrito con unos caservé esas formas blancas que pasaban rápidamente racteres que le fué imposible leer, y creyendo que
y agolpábanse hasta que parecían girar dentro de mi serían notas de interés científico le guardó.
cabeza; tan pronto corrían junto á mí como se adeApenas entrado en la convalecencia apresuróse á

�LA

172

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

NÚMERO 481
NúMERO 481

entregármelo: la escritura era alemana; pero el papel
estaba tan roto y estrujado, que ya iba á tirarle con
la impaciencia del hombre enfermo, cuando mis ojos
se fijaron en estas palabras: «¡Mano fatal, completa
tu obra!»
Esto bastó para que concentrase toda mi atención,
y con grandes dificultapes conseguí recomponer las
frases siguientes, quedando algunas incompletas porque ciertas partes del papel habían desaparecido:
«¡Mano fatal, completa tu obra! ¡He aquí mi cuello; yo le ofrezco á tu mano vengadora!. .. ¡Y ... tú,
que para mí eras más que un hermano! ... ¿Qué espíritu diabólico te impulsó á pedir la muerte? ¿No había dado yo toda la dicha de mi corazón y la salvación de mi alma en gaje de ese anillo maldito? ...
» ... ¡Sí!; después, semejante á un romano á la voz
del augur, me lancé en medio de mortíferos combates, suplicando á los dioses que me concedieran la
muerte y me devolviesen á mi madre, la tierra ...
¡Todo fué en vano! ... ¡Inútilmente arrostraba el peligro en los picos del Cáucaso, bajo la tienda del beduíno y á traves de las furiosas tempestades del Báltico; siempre y en todas partes encontré la horrible
intervención de la mano! ... ¡Siempre y en todas partes tu formidable protección, inevitable mano de espectro!»
Aquí terminaba este rragmento, acerca de cuyo
autor no podía abrigar yo la menor duda ... ¿Qué misterioso agente había puesto-este papel entre mis manos? ... ¿La Casualidad? ... ¿No sería más bien el Destino? El Caballero enlutado debía haber seguido el
mismo camino que yo para volver desde Auteuil á
París, y tal vez no se hallaba lejos en el momento de
mi caída. El papel era evidentemente la hoja desprendida de un diario íntimo, y no tenía fecha. ¿La
habría escrito recientemente ó algunos años antes?
El triste momento de que formaba parte debía en
todo caso estar en su poder la noche en que yo le vi
cerca de la balsa de Auteuil. ¿Le habría dejado caer
sin saberlo, estrujándole y arrojándolo lejos de sí en
un paroxismo de disgusto, sin suponer que la obscuridad de la noche y el bosque solitario pudiesen revelar jamás el secreto que particularmente se les confiaba? Este pedazo de papel era lo que yo había
creído coger en el estado de vertiginosa angustia en
que me hallaba; y el papel, impulsado sin duda por
el viento, espantó á mi caballo al flotar delante
de él.
De este modo todo se explicaba: mi caída tuv0
por resultado una fuerte conmoción cerebral, y la visión que me acosó no fué sino consecuencia de ella.
En todo caso, aquel fragmento de diario que tan singularmente llegó á mi poder, revelaba las impresiones de un hombre sometido, según todas las apariencias, á las alucinaciones permanentes ó periódicas de
un carácter muy distinto del de aquella que me sobrecogió, no siendo posible atribuirlas ninguna causa
física análoga. Despertando en mí el más vivo interés, imprimieron una nueva dirección á mis estudios,
y desde entonces- consagré una solicitud particular
al examen de los fenómenos mentales, que ofrecen á
las investigaciones del fisiólogo el dominio oculto de
la psicología.
Por el mismo tiempo, poco más ó menos, concebí
el proyecto de escribir un tratado sobre las sensaciones subjetivas. La nota siguiente, redactada en aquella época, resume con bastante exactitud mis ideas
sobre aquella cuestión, y la transcribo aquí, no porque yo quiera atribuirle un valor cualquiera, sino
porque tiene una íntima relación con el drama que
me propongo referir.
APARICIONES Y ESPECTROS

«¿Qué se entiende por• apariciones y espectros?
¿Son ilusiones de la imaginación? Sí, seguramente, por
lo menos para nosotros, que no hemós conocido la
experiencia personal del espectro;... mas al visionario
que ve fantasmas, tan sólo podríais demostrarle una
cosa, y es que no veis lo que él ve. Para él la prueba
de la aparición es su aparición misma. Al Cogito ergo
sum del filósofo, añade-Agit ergo est; mas por lo pronto dejo á un lado todos esos fenómenos espectrales
que tienen por origen causas puramente físicas, como,
por ejemplo, «el perro negro del cardenal Crescentino,» etc ... Ocupémonos ahora tan sólo de las afecciones del espíritu, fijándonos, si queréis, en un criminal. La pasión que se ha posesionado del cerebro
de aquel hombre se convierte en sujatum. Supongamos que el asesinato sea necesario para realizar su
designio; la ocasión le pone el puñal en la mano, y
la víctima cae bajo sus golpes. El culpable despierta
entonces de su largo sueño de asesino con un cuchillo ensangrentado en la mano; antes del crimen le
ha impulsado, por decirlo así, la obsesión de sus visiones criminales, y después del delito estas mismas

reproducirán de continuo á sus ojos la escena sangrienta en que hizo las veces de verdugo; mas yo no
conozco ningún caso de un hombre que haya sido
perseguido siempre y periódicamente por espectros
que no tuvieran su origen en alguna acción conocida
ú oculta de su vida real.»
Esta nota sirvió de asunto para una obra publicada por mí mucho más tarde, que dió uno de los resultados más imprevistos, sin el cual no se habría escrito nunca este relato.

III
LA CASA DE LA CALLE DE HELDER

Desde aquel acontecimiento todas mis tentativas
para obtener alguna noticia exacta respecto al conde
de Roseneck no dieron resultado. Después de tornar
algunos informes en la embajada de Alemania y en
los principales hoteles, deduje que habría salido de
París, y pensé tanto menos en continuar mis investigaciones, cuanto que yo también debía marchar
pronto.
Cierta noche algunos jóvenes con quienes había
comido quisieron que les acompañase á una célebre
casa de juego, situada en la calle de Helder, y que
en aquella época era el punto de reunión de los parisienses viciosos. Al seguir á mis amigos cedí á un
impulso de pura curiosidad, pues nunca me cautivó
mucho el juego, y hasta creo que es la única pasión
que no tiene nada de elevado. Ninguna cosa de las
que entonces vi fué propia para hacerme cambiar de
parecer, y ya iba á retirarme con cierta impresión de
disgusto, cuando de pronto me detuve al oir algunas
palabras pronunciadas por uno de los jugadores que
rodeaban el tapete verde. «Es extraño, decía, quince
veces ha puesto ese caballero al encarnado y otras
tantas ha salido.»
Me deslicé, no sin trabajo, hasta la primera fila
para ver al jugador que con tan buena suerte apuntaba, excitando la envidia y la admiración de todos
los allí presentes: un montón de oro y varios fajos de
billetes de banco, colocados ante el individuo, indicáronme al punto quién era aquel favorito de la ciega fortuna.
Durante un momento permanecí inmóvil y estupefacto al reconocer en aquel personaje al conde de
Roseneck.
Y en el mismo instante su presencia me recordó,
de una manera casi trágica, todos los detalles de la
escena ocurrida á bordo de La Lorelei, pues noté en
su fisonomía esa misma calma, esa impasibilidad que
en otro tiempo contrastaban tan singularmente con
la agitación de las olas que á su alrededor mugían.
Otro banquero acababa de tomar los naipes; nadie
es tan supersticioso como los jugadores, y así es que
cuando se vió al conde dejar su puesta en el tapete
sin cambiar la elección del color, la gran mayoría de
los puntos puso su dinero al encarnado.
Entonces presencié una cosa extraña, increíble.
En el mismo instante en que el banquero abría la
boca para decir: «¡Está hecho el juego, no va más!,»
vi con toda claridad que el montón de oro y billetes
se alejaba automáticamente del conde, crueaba la
mesa y deteníase en el negro.
Todo cuanto yo pude observar en aquel movimiento de la p1:1esta fué una especie de centelleo muy
vivo, semejante á los visos producidos por una piedra preciosa, y que pasó como un relámpago sobre
la mesa. No podía explicarme el testimonio contradictorio de mis ojos; por un lado tenía la certidumbre material de que la puesta había cambiado de sitio, y por el otro estaba dispuesto á jurar que el conde, cuyos ademanes observaba yo con profunda atención, se había mantenido con los brazos cruzados
desde el instante en que le vi, sentado, inmóvil y sin
tomar al parecer el menor interés en el juego.
Sea lo que fuere, el extraño jugador había subyugado la suerte por la décimasexta vez, haciendo
saltar la banca; y lo que me pareció más asombroso
aún, es que ni los banqueros, cuya vista ejercitada
sabe estar en todas partes, ni los jugadores desgraciados' hicieron ninguna protesta sobre la validez de
aquella última jugada. ¿Era yo solo, pues, quien había observado aquel fantástico incidente? ...
De improviso prodújose cierta agitación entre los
concurrentes: los banqueros se levantaron presurosos, como poseídos de espanto; todo el mundo estaba de pie, y todas las miradas se fijaban en el gran
señor siciliano. Su rostro, pálido y sin color, parecía
contraído por las convulsiones íntimas de un terror
profundo; sus ojos se habían abierto desmesuradamente, y sus labios presentaban un color azul lívido.
Quiso levantarse, pero vaciló y cayó pesadamente
sobre la alfombra, donde permaneció inmóvil como

si estuviese muerto. Se le transportó á la habitación
contigua, á la cual le seguí en mi calidad de médico;
por fortuna llevaba mi estuche, y desnudando el brazo del conde practiquéle una sangría. Todos los concurrentes me habían seguido, pero yo les rogué que
se retirasen, pues no necesitaba ayuda, y permanecí
solo con el paciente.
Aunque pálidas aún, las mejillas recobraban poco
á poco su color natural, y la expresión de terror pintada en sus facciones había desaparecido ya, notándose ahora en todo su ser una especie de soltura que
le comunicaba la calma de un niño dormido. En
aquel instante podía leer en su semblante como en
un libro abierto, y adiviné, bajo sus nobleS' facciones,
ya marchitas, un pesar inmenso; pero cuanto más las
estudiaba, más respeto y compasión me inspiraba
aquel hombre. Todas las líneas de su rostro eran dolorosos y vivos testimonios de crueles padecimientos;
pero no se revelaba en ellas nada vil, bajo ni vulgar.
Un suspiro y un ligero estremecimiento de todos
los miembros advirtiéronme al fin que el conde recobraba todos sus sentidos, y entonces me separé de
él; pero un instante después tendió hacia mí su brazo libre, é hízome seña para que me acercara. Obedecí al punto, cogióme la mano, y fijó en mí una
mirada penetrante. Satisfecho sin duda del resultado
de su examen, sonrió con singular dulzura, y me
dijo:
- Creo, caballero, que esta no es la primera vez
que nos encontramos, y tengo el presentimiento de
que no será la última. No emplearé ciertas frases triviales y de buena política para dar á V. las gracias:
pero hágame el favor de acompañarme á mi casa, y
allí, si lo juzga necesario, podrá seguir dispensándome sus visitas. Ahora ya puedo andar sin dificultad.
Estreché su mano á mi vez, é inclinándome silen•
ciosamente fuí á pedir un coche. En la habitación
inmediata encontré al gerente de la casa de juego,
quien me detuvo con una pregunta,
- Dispense V., doctor, una sola palabra. ¿Y el dinero? ...
Por la puerta entornada el conde oyó esta pregunta; entró y dirigióse al gerente.
- Mucho siento, dijo, las molestias que acabo de
ocasionar involuntariamente. Este caballero ...
Interrumpióse para mirarme, y añadió:
- Dispense V., aún no sé cómo se llama.
Díjele mi nombte, saludóme y prosiguió:
- El señor de V... tendrá la bondad de ir á casa
de V. para disponer de la mitad de mis ganancias de
la manera que yo indique; ruégole que distribuya el
resto entre el personal de la casa en compensación
de la molestia que ha sufrido por mí.
El coche esperaba en la puerta, subí con el conde,
y durante todo el trayecto no pronunciamos una sola
palabra. Roseneck ocupaba en el arrabal de San
Germán una espaciosa habitación que, á pesar de
algunas objetos artísticos, parecía haber sido alquilada con todos los muebles. En el criado que nos
abrió reconocí al anciano servidor á quien había
visto ya á bordo de La Lorelei; díjele que su amo
acababa de sufrir una ligera crisis, y le dí algunas instrucciones para la noche. El viejo movió la
cabeza con expresión melancólica y oíle murmurar:
«¡Todavía, ... todavía!. .. ¡Señor, tened compasión de
nosotros!»
'
El desfallecimiento del conde era visible. Al separarme de él recomendéle el reposo, y me contestó
con una sonrisa llena de amarga ironía.
A la mañana siguiente fuí exacto á la cita que me
había dado. Introdujéronme en un gran salón, cuyas
ventanas daban al patio, y observé que en el aspecto
sombrío y severo de aquella estancia nada indicaba
la presen_cia ó la mano de una mujer. Por lo demás,
tuve tiempo de mirarlo todo á mi alrededor, pues el
conde no entró hasta al cabo de un rato. Cuando se
presentó no vi ya en toda su persona el menor vestigio de las excitaciones y fatigas de la víspera.
- Tiene V. á la vista, mi querido doctor, dijo,
una prueba viviente y lisonjera de su talento, y débole una noche tranquila y un sueño reparador; mas
por lo pronto hágame el favor de tomar asiento, y
sepa que me ha prestado un doble servicio. Asuntos
de la mayor urgencia, que se r~sentirían muy gravemente si los retardase, me obligan á marchar hoy, y
gracias á la solicitud de V. no tengo ya motivo alguno para temer los efectos de un viaje bastante largo.
Según le decía ayer, darle gracias por esto sería trivial; pero permítame, y con esto será mayor mi agradecimiento, dirigirle una súplica. Me avergüenza mucho el dinero que V. me vió ganar la noche última,
y sin embargo debo confesarle que no tomé el menor interés en aquel juego tan apasionado para los
demás concurrentes. Yo no soy jugador, y solamente
la curiosidad me condujo á la calle de Helder. Quise
ante todo pagar mi entrada con una humilde puesta,

'

'

LA

1 73

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

una estatua mutilada
por el tiempo. Nos
saludamos con cierta
confusión.
- Doctor, dijo al
fin, no vaya V. á figurarse que he buscado
esta entrevista para
volver á quedar en
falta con V.,como en
otra ocasión hice.
Cuando la casualidad
de un viaje le condujo á encontrarme por
primera vez, hace algunos años, la insistencia de su mirada
me produjo una impresión desagradable;
después, en dos circunstancias, V. fué
testigo involuntario é
imprevisto de escenas
en que pudo verme
entregado á extrañas
y profundas emociones, y entonces comprendí que no era solamente la casualidad
la que formaba así un
lazo entre personas
tan separadas por las
relaciones ordinarias
de la vida. Cuando
nos encontramos en
los salones de la calle
de Helder, conocía ya
¡demasiado tarde, ay
de mí!, su presencia
cerca de la balsa de
Auteuil en la noche
que yo creía hallarme
completamente solo.
Más tarde, en diversas épocas de mi vida, me sentí invenci. blemente atraído haciaV.; pero hasta aquí
me he resistido á dar
un paso, cuyo mal
éxito podía aniquilar
mi última esperanza,
y por lo tanto si me
ve V. esta noche en
su casa es porque la
fuerza que me impele
ha sido más poderosa
que mi voluntad. · Estas palabras, pro-·
nunciadas sin la menor apariencia de
emoción, turbáronme
profundamente; presentí que la solución
de aquel secreto que
con tanta ansiedad
deseaba descubrir se
iba á revelar de una
manera espontánea;
pero, cosa singular,
esta perspectiva, lejos
Algunos días desde complacerme, inspués de haber cumE:us ojos parecían seguirme á mí y á los espectros (Véase la pág. 171.)
pirábame una especie
plido las últimas órde repugnancia y de
denes del conde, salí
Cierta
noche
al
volver,
ya
tarde,
de
una
conrerenterror:
Uníase
á
la
vehemencia
de
mi deseo por codefinitivamente de París para regresar á Berlín, proponiéndome fijar aquí mi residencia permanente; cia celebrada con uno de mis colegas, mi criado me nocer el secreto, la mortificación de la duda y el
mas al cabo de dos años obtuve el título de catedrá• anunció que un desconocido esperaba en mi gabine- temor inexplicable que produce un mal presentitico de medicina en la Universidad de Breslau, Yrn~ te. ~ra ya más de media noche; peto el médico debe miento.
Para que el conde se hubiese decidido á dar seestablecí en esta capital. Mi ¡padre qu~so vivir en mi estar á todas horas dispuesto á servir á sus clientes.
Al entrar vi un anciano de elevada estatura y ya tnejante paso, era en realidad preciso que los torcompañía, y murió después de ver reali~adas sus más
queridas ilusiones al casarme con una Joven que ella encorvado; pero como en la habitación había P?Cª mentos de su alma hubiesen llegado á ser insoporhacía largo tiempo deseaba tomase por esposa. Esta luz no le reconocí hasta que habló. ¡Aquella ruma tables.
Esta idea me infundió vagas inquietudes sobre la
unión doblaba mi renta la cual había aumentado ya er; el conde de Roseneck, en otro tiempo tan gallardo
tan
vigoroso
y
tan
imponente!...
naturaleza
de las confidencias que se proponía hapor el continuo ejercici~ de mi profesión, de mod_o
En rigor conservaba un aspecto de dignidad me- cerme; era probable que se apelara á mí para emitir
que pude entonces consagrar mucho tiempo á mis
investigaciones favoritas, y dí mi prim:r paso en el lancólica, la del vencido; ·pero el abatimiento parecía un juicio que podía tener graves consecuencias _somundo literario y científico de Alemama ~?n un fo- haber surcado más las líneas de su boca; tenía en el bre la suerte de aquel infeliz, y faltábame resolución
lleto titulado: Teoría de las Apariciones, Vtstones, Es- rostro muchas arrugas, y su capello, aunque abun- para asumir irreflexivamente tan pesada responsabidante, era completamente blanco.
lidad.
pectros, etc.
Algunos hombres conservan el aspecto de la juEn su consecuencia, guardé silencio, pareciénEn aquel opúsculo había intercalado, desarrollándolas, algunas de las observaciones hechas durante ventud hasta el extremo límite de la edad madura; dome poco digno disimular mis preocupaciones con
mi permanencia en París; pero ¡ay de mí!, así_ como pero á menudo se da entonces el caso_ de ~ue el algunas palabras. triviales, que por otra parte no haotros muchos este folleto murió al nacer. Sm em- tiempo, como para vengarse de una res1stenc1a tan bían de sentar bien en tales momentos.
'
.
.
bargo, el creciente interés que mis trabaJOS m~ ms- larga á sus ataques, les hace caer de pronto en una
TRADUCIDO POR E. L. VERNEUILL
piraban hízome olvidar muy pronto el mal éxtto de decrepitud desproporcionada con el número de sus
años. Tal había sucedido con el conde, que parecía
(Continuará)
mi publicación.

y si dejé todo mi dinero en el tapete verde fué con el único
objeto de perderlo.
Ya sabe V. el resto de
la aventura.
Al pronunciar estas últimas palabras,
noté en sus labios un
temblor nervioso.
- Cuando V. me
dijo su nombre, continuó recordé haber' pronunciar
.
lo oído
por amigos de su famili a materna, con
quienes he tenido fugaces relaciones, y conozco, por lo tanto,
el noble objeto á que
ha consagrado su
existencia. Hágame
usted, pues, el favor
de aplicar la mitad de
mis ganancias de la
noche última al alivio
de miserias que mi
ligera ofrenda no podría socorrer sin la
bondadosa intervención de V., y en adelante ...
Yo iba á contestar,
pero contúvome con
un ademán, y prosiguió:
-En adelante,
cuando conozca usted un infortunio digno de interés, considéreme como su ban ·
quero; yo se lo suplico. Dos palabras de
usted, dirigidas á
Larnstein, cerca de
Breslau, informándome sobre aquellos á
quienes desea aliviar,
le permitirán hacer
por lo menos una persona feliz. Adiós; pre•siento que nos volveremos á ver, mas ignoro la causa, la época
y el punto de nuestra
futura entrevista.
Estas palabras me
parecieron una manera cortés de terminar
la visita; prometíle,
pues, satisfacer sus
deseos y retiréme.
De este modo la
solución de aquel
enigma, que durante
tanto tiempo me había preocupado, seguía siendo un misterio.

¡

�LA

1 74

SECCIÓN CIENTÍFICA
QUIMICA RECREATIVA

El agua es el resultado de la combustión del hidrógeno en el oxígeno, de suerte que es un protóxid o de hidrógeno, y se solidifica á una temperatura
que se ha tomado como cero en la mayor parte de

las escalas termométricas, pudiendo en tal
estado presentarse bajo la . forma de cristales.
¿Quién no admira las dentelladas líneas
y las extrañas figuras que aparecen dibujadas en los vidrios de las ventanas y balcones después de una noche fría de invierno?
Estas elegantes arborescencias están formadas por pequeños cristales prismáticos de
seis facetas ó de forma de estrellas de seis puntas
difíciles de distinguir á simple vista. También la escarcha se posa á menudo sobre las amarillentas hojas que el otoño ha arrancado, en forma de partículas estrelladas, cuya agrupación caprichosa ofrece
notable elegancia.
Si recogemos sobre un pedazo de cartón negro un
copo de nieve, veremos que éste no reviste una forma cualquiera, sino que está constituido por una porción de pequeños cristales, de los que también está
fo rmado el hielo, á pesar de su aspecto homogéneo.
Fácil es evidenciar este hecho cortando de un bloque
de hielo una laminilla muy delgada, en cuya imagen
proy.ectada sobre una pantalla blanca se advierten
gigantescos cristales estrellados de seis puntas
El lzielo e¡ plástico. - La presión rebaja el punto de
fusión del hielo. Esta ley, comprobada por los físicos
por medio de experimentos muy precisos, ha permitido á Tyndal explicar el movimiento de los ventisqueros y explica asimismo un curioso experimento
sumamente curioso debido á J. Thomson y que demuestra que el alambre con que los lonj istas cortan
la manteca no sirve para cortar el hielo.
E n efecto, tómese un pedazo de éste, colóquesele
entre dos sillas de modo que su parte central quede
en el aire y póngase atravesado en su parte superior
un alambre con piedras ó pesos en cada uno de sus
extremos: el alambre penetra en el hielo y muy pronto lo atraviesa de parte á parte, cayendo él y los pesos al suelo sin que el hielo se haya roto, y quedando
solamente indicado por un juego de luz particular el
camino por aquél recorrido.
Bajo la influencia de la presión, el hielo se ha derretido en los puntos que han estado en contacto
con el alambre; pero como esa fusión necesita calor
para realizarse, prodúcese un descenso de temperatura que congela encima del alambre el agua de la
fusión resultante en cuanto vuelve á estar bajo la
presión atmosférica, y poco á poco el hielo atraviesa
toda la masa derritiéndose el hielo debajo de él y
volviendo á congelarse encima.

ILUSTRACION ARTÍSTICA

formación flote sobre la superficie del agua, evitando
así la congelación total de los ríos y de los mares.
En el estado líquido, su mucho calor específico es
causa de la lentitud con que se calienta bajo la influencia del calor solar, á pesar de absorber la mayor
parte de éste; asimismo cede muy difícilmente el calor que ha recibido, merced á lo cual son los mares
un maravilloso regulador de la temperatura.
Otra propiedad muy notable del agua es su máximo de densidad, que se produce aproximadamente á
á la temperatura de 4 grados bajo cero: á esta temperatura una masa de agua ocupa el volumen mínimo; resultando de aquí que, estando helada la superficie de un río, el fondo del agua, á menos de que
sobrevengan fríos muy intensos, se mantiene siempre

EL AGUA. -

Análisis de un agua potable

:í una temperatura de unos 4 grados, insuficiente pa-

ra producir la congelación de la misma, circunstancia en extremo beneficiosa para los peces.
Esta propiedad permite darse fácilmente cuenta
de por qué no puede construirse un termómetro de
agua, aun suponiendo muy bajo su punto de solidificación.
Un termómetro es un cuerpo que por las variaciones de su volumen da las correspondientes variaciones de temperatura, y para que sea útil es preciso que
á un volumen dado del cuerpo termométrico corresponda siempre una temperatura dada. Pues bien: el
agua no satisface esta condición: en un termómetro
de agua, este líquido ocuparía á 9 grados, por ejemplo, cierto nivel que será más bajo á 7, 6, 5, y 4 grados; pero si la temperatura sigue descendiendo, el
agua, ámenos de 4 grados, aumenta de volumen; de
suerte que á 3 su nivel será sensiblemente el mismo
que á 5, á 2 se acercará al de 6, á I llegará al de 7, y
á o, antes de la congelación, se aproximará al nivel
de 8 grados. Resultaría, pues, incertidumbre para
todas las temperaturas comprendidas entre o y 9
grados, de modo que el tal termómetro, si bien aceptable para durante el rigor del verano, sería de todo
punto inútil en invierno.
Modo de saber si un agua es ó 110 potable: - Para
los usos índustriales y domésticos, tales como alimentación de generadores de vapor, jabonado, etc., la
mejor agua es la destilada; pero no sucede lo mismo
· en lo que atañe á la alimentación del hombre. El
agua, en efecto, debe ser un alimento. Si abrimos el
Anuario de las aguas de Francia, encontraremos en
él las siguientes líneas: «Un agua puede ser considerada buena y potable cuando es fresca, limpia,
inodora; cuando apenas tiene sabor no siendo desagradable, ni insípida, ni salada, ni dulce; cuando
contiene suficiente aire en disolución; cuando disuelve el jabón sin formar grumos, y cuando cuece bien
las legumbres.&gt;&gt;
¿Cómo saber si una agua es potable?
Si contiene exceso de cal adviértese esto fácilPor qué no puede construirse un termómetro de agua. mente; las legumbres se cuecen mal en ella porque
- El agua, desde el punto de vista de sus propieda- la cal coagula uno de sus principios, la legúmina, y
des físicas, presenta una porción de felices anomalías forma una costra que impide la cocción en el interior
que no parecen sino determinadas para el bienestar de aquéllas: además, disuelve mal el jabón, que fordel hombre.
ma en ella grumos, á consecuencia de la formación
En primer lugar, su considerable calor latente de de un jabón de cal insoluble. Cuando un agua ejerce
fusión permite que la nieve se derrita lentamente, con esta acción sobre el jabón, debe ser rechazada para
lo que se evita, al llegar la primavera, la excesiva todos los usos domésticos, para la alimentación en
frecuencia de las inundaciones.
primer término.
E n invierno, la transición del agua al estado de
La cal puede existir en el estado de sulfato ó de
hielo desprende calor suficiente para impedir un des- carbonato. Se conoce que un agua contiene exceso
censo demasiado rápido de temperatura; en la pri- de carbonato de cal en que se enturbia por la ebumavera, por el contrario, el hielo para derretirse ab- llición á consecuencia del desprendimiento del ácido
sorbe calor, lo que evita un aumento brusco en el carbónico, único que hacía soluble el carbonato. Por
calor del aire.
medio de una reacción colorada es fácil ver si hay
La escasa conductibilidad del agua sólida para el ca- exceso de bicarbonato.
lor nos evita todavía otros desastres; así, por ejemplo,
T ómese un poco de palo campeche, añádansele
la nieve que cubre los campos preserva con frecuen- algunos centímetros cúbicos de alcohol y decántese
cia la cosecha contra la helada. Esta misma propiedad, ·y se obtendrá un licor amarillo: si se añade á éste
unida á la ligereza del hielo, hace que éste desde su agua destilada ó de lluvia, el color amarillo persiste;

N úMERO 481
si el agua es potable, es decir, no contiene demasiado carbonato de cal, el licor tomará un tinte rosado
y finalmente si el agua tiene exceso de carbonato, el
color de aquél se volverá morado, como puede comprobarse echando en el licor de campeche agua de
Vichy, de Vals ó de Saint Galmier.
La cal'puede también estar en el agua en forma
de sulfato, y en tal caso el agua se denomina selenitosa. Reconócense los sulfatos echando en el agua
que se quiere probar algunas gotas de una solución
límpida de cloruro de bario: si hay sulfatos, se obtendrá un precipitado blanco y pesado, de sulfato de
barita, que se acumula rápidamente en el fondo; si
el agua sólo contiene indicios de aquéllos, tomará
simplemente un tinte turbio. Con las aguas de Sedlitz
y de Epsom, muy ricas ·en sulfatos, el precipitado
sería en extremo abundante.
También existen en las aguas algunos cloruros en
pequeña cantidad: para probar su presencia basta
verter en el agua unas gotas de una solución de nitrato de plata, con lo que aquélla se enturbiará ligeramente. Si hay exceso de cloruros se formará un
precipitado blanco cuajado de cloruro de plata. Este precipitado resulta mucho más abundante si se
hace el experimento con agua de Balaruc ó de Bourbon-1' Archambault y sobre todo con agua de mar.
Terminaremos este punto de las reacciones -indicando otras dos. La cal, cualquiera que sea su estado (carbonato, suffato ó cloruro), se reconoce por
medio de una disolución de oxalato de amoníaco,
con lo cual se forma un precipitado blanco de oxalato de cal, tanto más espeso cuanta mayor cantidad de
cal contiene el agua. Este precipitado es sumamente caprichoso y no siempre se produce en seguida,
por cual razón del hecho de que no se forme inmediatamente no debe deducirse que el agua está exenta
de cal, puesto que aquél aparece apenas se agita vivamente el agua del vaso con una espátula.
Por último, puede haber en el agua materias orgánicas y en este caso hay que abstenerse en absoluto de ella. Para conocer la presencia de tales materias se emplea un reactivo muy sensible, el permanganato de potasa, de un hermoso color morado.
Después de cuidadosamente diluído este reactivo
en agua destilada, se le adiciona una gota de ácido
sulfúrico y se le hace hervir con el agua que se quiere probar (véase el grabado): si desaparece el color
morado, es señal de que el agua contiene materias
orgánicas; si aquel color persiste, el agua es buena.
También puede calentarse el agua que se ha de
analizar con cloruro de oro: si el tinte amarillo se
vuelve rojo por transparencia y morado por refle~ión,
á consecuencia de un poco de oro pulverulento, el
agua es mala.
La práctica de estas pruepas, inútil en aquellas
ciudades en donde las aguas distribuídas á la población han sido cien veces analizadas, puede prestar
grandes servicios en el campo cuando hay que beber

NúMERO

481

1

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

peratura posible, en presencia de agua, se obtiene
un líquido que contiene dos veces más de oxígeno
que ésta: el bióxido de oxígeno ó agua oxigenada,
cuyas propiedades o~idantes_ le dan cada d~a mayor
importancia industnal, haciéndola necesaria, entre
otras cosas, para el blanqueo de la ~eda de las plumas de avestruz y para la restauración de cuadros
antiguos. Por la acción del ácido ~ulfhídrico que
distintas causas (alumbrado, calefacc1ón) desprenden
en las habitaciones, el carbonato de plomo ó alba-

J"arabe

yalde se transforma en sulfuro de pl?mo negro. y las
pinturas se ennegrecen: el agua oxigenada ?x1da el
sulfuro negro que se ha formado y lo conVIerte en
sulfato de plomo blanco.
.
Con el nombre poético de agua de las rubias, el
agua oxigenada más ó menos diluída sirve, de algunos años á esta parte, para otra clase de restauraciones.
F. FAIDEAU

(De La Science l//uslree)

LA LÁMPARA ELÉCTRICA DEL FOTÓGRAFO

Los aficionados á la fotografía saben cuánta importancia tiene el alumbrado de su laboratorio du·
rante el desarrollo de los clisés. Los aparatos de
cristal encarnado iluminados por una lámpara de petróleo dejan á menudo mucho que desear: el _humo
y las oscilaciones de las misma~ son un gr~ve inconveniente cuando se tiene el chsé sumergido en el
baño de desarrollo. M. Radignet, el hábil construc-

ENFERMEDADES

GARGANTA
y

Laroze

VOZ

DE CORTEZAS DE NARANJAS AMARGAS

Desde hace mas de ,o años, el Jarabe Laroze se prescribe con éxito por
todos los médicos para la curacion de las gastrltia, gastraljias, dol~~ee
y retortijones de estómago, estreñimientos rebeldes, para facilitar
la digestion y para regularizar todas las funciones del estómago y de
los intestinos.
JARA.BE

BOCA

ESTOMAGO
PASTILLAS y POLVOS

1t-

. PASTILLAS DE DETHAN

PATERSON
• BISIIUTBO IIAGNISIA

•&amp;I•

11.ecomendadu oonlra l01
de la Garganta,
ExtlnolonN 4e la Vos, lDfiamaotonN el• la
Booa. Eteotoe penuoloeoe elel Keroario, Irl•
taolou que procluoe el Tabaoo, J 1peeialmeole
i loo Sñn PREDICADORES, ilOGADOS.
PI\OFESORES y C&amp;NTOREB para facili\ar la
emiOloll ele la 'l'OS,-PllCIO : 12 I\J.u.11.

J
Recomendados eon\ra lu .l.teoolon. . del Eat6·
mago Falta de Apetito, Dlge■Uou. . labo•
no.u Aoeclw, Vómito■, Eruotoe, y Cólloo■;
regularls&amp;D lu FunoioDN dtl E■tól».8110 ~
da lo■ IJl,&amp;esUuos.
,
t !E,#flr • ti r11Mo I fl'III ~• I. FA YA lfO.
.I.IÍh. DETII.I.N, Fumaoen\loo • P.&amp;Bla'

Jl(IJ1g(r m " rotvlo • firma

a1Broniuro de Potasio

.l.dh. DETB.I.B, Farmaoeutloo en P.I.JIJ8

DE CORTEZAS DE NARANJAS AIARSAS

ESTREÑXl'\1.1:XENTO

Es ,.1 remedio mas eficaz para combatir las enfermedades ~el coruon,

que

la epilepsia, histéria, migro.ña, halle de -~•-Vito, in.aoinnios, ooll•
T11.lsiones y tos de los nilios durante la denüc1on; en una palabra, toclaa
las afecciones nerviosas.

Fábrit.a, Espedicionea : J.-P. LAROZE
• Deposito en todas

75

.

.t

!, rne des Lions-Sl-Panl, 1 Pll'II.

I•• principales Boticas y Droguel'iu

1 00

11 Afecciu11e•
au consecuencia ·
\

CURACION

.

":

",t,i~

\\JU

VEBD!DilO d\\
el \4'1~1\.\% \\'Go\)1

t~~~

• Soberano remedio para rápida cÚra•
cion de las Afecciones del pecho,
, Catarros,Kal de garganta, Bronquitis, Reafrlado1, Romadizos,
de los Reumatismos, Dolores,
Lumbagos, etc., 30 años del mejor
éxito atestiguan la eficacia de este
poderoso derivativo recomendado por
los primeros médicos de París.

f.\.

1

\~~ 0\)\,,\ Oe 8ulfo
\,• 5
1trad1b/e 1 que

O1

seadm/nistra faoflmente

O El truco contiene una• 30 Dl&gt;•I•
PA Rl S, 6, A•"""' Victoria.y FarmaC\41,

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GRANO DE LINO TARIN
Farmacéutico, place des Petits-Péres, 9, PARIS
P E,EPAR~CION

E:cijarse las

cajas de hoja delata
para combatir
•·
, ·
Una cucharada
con dxilo
por la manana
ESTRENIIIIIENTOS +
•
y otra por la tarde
COLICOS
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_..l en la cuarta parte
I RRITACIONES
"-,r,; ••
de un vaeo
ENFERMEDADES En todat de agua 6 de leche
ESPECIAL

•• •

DEL HIGADO
lat
Y DE LA VEJ IGA farmadat

JARAB E v PASTA

C JA I 30
LA A : fR.

. de H. AUBERGIER

de 2000

(r,

coa· %.AO'rVCA!.l'aK (Jugo lechoso de Lechuga)

.Ap, oba dos por la A cademia de Medicina de Parf• _é insertado• en la Colección
Oficial de F órmula • Legale• por decreto m innterial de 1 O de Mar.ca de 1854.

u ,1 ;,epa rador d• la • ang
crobicida por exc elen cia.
w1 pro!o-lodllNI hllerro d6F . Gille
d4dol ffl ra&gt;dn ,u"' J)Mrua qu/mica,
ciad co,ul4ntll.
(Gac,14 d• fo, Bo1pltol&lt;1),
llera, PARIS. D1pósi!o en todu lu h rmael&amp;

e Una completa Jnnoculdad, una eficacia perfectamente comprobada en el Cataf'f'o
ept(temtco, las Bronqum&amp;. cataf'f'o&amp;, .Reumw, To1, a.rma é fmtacwn de la garganta, han
graogeado al J ARA'BE y PASTA do .AUBERGIER una inmensa fama.» .
..
(E:tracto del Formulario MUico ul S" Bo'"Aardal eat,(tr4tieo • 11 Fuvllad 4, M,4,ciH (t&amp;o edici611J.
v enta por mayor : coMAR T e•, u , cane de St-Claucle, PARI.S
,

DEPÓSITO EN LAS P~INCIPALES BOTICAS

CARNE HIERRO y QUINA

El Alimento maa Co:!wte llJlido a los 'l'óniooa mu reparadores.

En el tratamíento de fas Enferme- ,
dades del Pecho, recomiendan loa
Médicos espécialmente el empleo del

JARABE y de fa PASTA de
PIERRE LAMOUROUX
' Para evitar fas falsificaciones,
debera exig ir el Publico fa
Firma y Señas del Inventor:
Lámpara eléctrica para el desarrollo de los clisés fotognlficos

aguas de pozo: de éstas, unas pueden ser excelentes
y otras muy nocivas á consecuencia de la calidad de
los terrenos vecinos ó de las filtraciones que llevan á
ellas materias orgánicas.
El agua oxigenada. - Descomponiendo el bióxido
de bario por el ácido clorhídrico, á la más baja tem-

PIERRE LAMOUROUX, Farmc0
45, Rue Vauvilliers, PARIB

VINO FERRUGINOSO AROUD
e.,"
.,a:t,:=,:T:;~
=
==da
u

T CO!f 'TODOS LOS amCIPlOS tronlTIVOS l&gt;B
CAI\NB
C,.&amp;IID IIH:11110 '1. .lllll&amp;I Dles aflOI de atto CODUnaado 1118 &amp;1lrmaclO!lel de
tocJaa 1u ehi1u8DCIM Di6c1lcu preublD que
uoeiadon de la Cluae, el Mlern 111
oonaUtuye el r-epar&amp;4or maa enemoo que ae oonoce para co.rar : la Clof'dní, la
4olOrOI/JI, el ,l,npobrect9"tnto '1 lá J. ltef'tlefMI ,s, llJ Safl9r~
el
IICT'O/WOIIU 1 ucor&amp;utfe41, ele. &amp;l Tia•
dé
81 en' erecto e1 único que reune todo lo que en&amp;ona 1 tolialeoe loi Ol'PIIOI,
' ooordslla'1 aumenta oona14enl&gt;lemen&amp;e lU ftlenai 6 ID!w&gt;4e a la IIDll'f
y deliCOlortda : el Yl(Jor, la Colonlcfoft 11&amp; l'Mrgúl f/UM,

••fl'qlaa..

&amp;.re••

.._.,,or

,CVJ

•

III Paria

en cua de J. FBW, ranweutico, tOt, ne Richeliea. Saceaar a. AJLOUD.

im vmms SM TODAS L4S PIU1'CIP.U.U IIOTIQ.t.J

EXIJASE 11:= 1 ARDUO

•

E(lfermedadeSdalPecho

Jarabe Pectoral
DE

P. LAMOUROUX
Antu, Farmacéutico

•s, Calle Vauvtmera, Parla.

El Jarabe de Pierre Lamouroux es
el Pectoral por excelencia
como edulcorante de las tisanas, á
las cuales comunica su gusto agradable y sus propiedades calmantes.
(Gaceta de los Hospltalea)

Dep6slto Genéral: 45, Calle Ymilllcr,, 45, PWS
Se rende en toda, laa buenaa farmaolu.

�LA

176

ILusTRACIÓN

ARTÍSTtcA

d e 1 desarrollo,
tor de aparatos
El reflector lleva
eléctricos ha inpara las operaventado uno inciones fotográfigeniosísimo pacas una lente
ra salvar tales dimovible de crisficultades: contal encarnado 6
siste en una pede cualquier
queña lámpara
otro color, que
de incandescenpuede suprimircia que brilla
se c uando se
dentro de un
quiere utilizar la
cristal rojo y que
lámpara para el
proporciona a 1
alumbrado ordifotógrafo la luz
nario.
conveniente pa·
Para servirse
ra sus operaciodel aparato, basnes. El aparato
ta bajar el trián(véase el grabagulo metálico
do) se compone
colocado en su
de un bocal que
parte superior,
contiene tres
con 1o que los
elementos al bicines se sumercromato, reunigen en el liquido
dos en tensión,
y se produce insque alimentan
tantáneamente
el foco de una
la luz: ésta se
lámpara incanextingue en el
descente de cinacto levantando
co volts. Estos
aquél. La intentres elementos
sidad del alumvacíos son los
brado puede reque se ven á la
gularse bajando
izquierda del
gradualmente el
grabado al lado
triángulo, pero
del conjunto del
hay que tener
sistema y puecuidado en no
den fácilmente
exagerar la inlimpiarse y llecandescencia de
narse de líquido.
la lámpara porLos cines que
ESTUDIO DE LA SRA. IIE RMION&amp; DE PREUSCHEN (Véase el artículo del n6m. 479.)
que podría romsirven á la pila
perse el filamenestán montados
de tal suerte que es muy fácil sustituirlos por otros
El reflector que encierra la lámpara eléctrica pue- to; esta precaución es más necesaria cuando el líquicuando están gastados: un sustentáculo central per- de m~verse alrededor del aparato y además gira so- do no ha servido todavía. M. Radignet ha bautizado
mite sumergirlos en el líquido para hacer funcionar la \ bre un eje que permite dirigirlo hacia abajo é ilumi- este aparato con el nombre de electrojotbjoro.
pila y retirarlos una vez terminada la operación.
minar de esta suerte la vasija que contiene el baflo
(De La Nalure)

Las oa.sa.s extranjeras que deseen anunciarse en LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA dirija.nea para. informes á. los Sres A. Lorette, Rue Ca.uma.rtin,
núm. 61, París.-Las casas espa.ñolae pueden hacerlo en la. librería. de D. Arturo Simón, Rambla de Canaletas, núm. 5, Barcelona.

CARNE y QUINA

ll Alimento mu reparador, llllido al '1'6Dico mu enm¡ico.

IADEL c11 .-

-

VINO· ARDUO CON QUINA

.L&amp;IT ANTÉPBtLIQUE

T CON TODOS LOS DINClPIOS mrramvos SOLtlBLBS DB L4 CABNE
c,.1a.n 1 911111.11 son los elementos que entran en la comooSidon de este J&gt;Otente
ftlpar~dor de las tuerzas niales, de este roniGeaase por eaeele■ela. De un gusto sumamente a¡rad.able, es soberano conua la ..tnemta y el Á1XJCQmtmto, en las Calentunu
1 Conval«enctas1 contra las Dta"ea, y las ..tf«cflma d.el Bltomaqo y los fntut,no,.
cu1ndo se &amp;tata de despertar el apetito, asegurar las digestiones, reparar las tuerzas,
enriquecer la sangro, ent.ónar el organismo y precaver la anemia y las epidemias pro,ocadlá por los calores, no se conoce nada superior al 't'hae de Qu_iaa de &amp;reutl.
.Por ma11or. en Parii!,,:D casa de J. FEW, Farmaceutlco, 10!, rue Richelieu. Saceaor deABOUD
9

VBNDB &amp;M TODAS LAS PIUNCIP.U.XS BoTIQ4&amp;

LECjHE ANTEFÉLI
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MIUCLAOA CON AOUA, 0111,A

C&amp;S, LE!(T&amp;J.&amp;.S, TEZ .&amp;.SOLE4I&gt;.I.
S.lJ\POLLIDCis, TEZ 8.1.RROS.I.
.I.RRUG.1.S PRECOCES
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ROIECES

en-a el oO.Us \\

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EXIJASE el ~ºa'r~ 1 ARDUO
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'livlenne

SIROPDoctr
dm fORGEJBBUIES.
Toux,
IIISOIINIES,
Crlles laneues

Pepsina Boudault

Lu

Aprobada por la füDEIU DE IEDlCl!U

PerUlu q11 Cfnom Ju

PREMIO DEL INSTITUTO AL O' CORVISART, EN 1856

PILDORAS~~DEHAUT

M1dallu •• lu B1po,tclonu lnternaclonalu d•

mis
- LTOII
- mu - PIIILADELPIIU - P.lRlS
1867
187¡
l8l3
1876
tr.s
eo:. .,,oa
ti CKPLI&amp;.

lt.

,

t11TO 11' LAa

DISPEPSIAS
0\STRITIS - OASTRALOIA8
DIQ~STION LENTAS Y PENOSAS
FALTA DE APETITO
'I OT&amp;OI DlllOl.l&gt;llUI DI LA DIOIITlOS

BAIO LA FORIIA. DE

ELIXI! , , de PEPSINA BOUDAULT
VINO · · de PEPSINA BOUDAULT
POLVOS, de PEPSINA BOUDAULT
PABIS, Pharmacie COLLAB18, rae DauphiDe
V "" '"' P'"'"cfnalt, farm1cia1.

DE PARIS

•

no ti_tubean en pDl'garse, cuando lo
nece11tan. No temen el asco ni el cau¡ancio, porque, contra lo que sucede con
~s demas purgantes, este no obra bien
smo cuando se toma con buenos alimentos

Querido enfermo. -F/ese Vd. Ami lart• experiencia,
y hll• UIO de nuestros aRANOSde SALUD, Pl.lel el/os
le curar4n de ,u conaltpac/on, le darán apetito y le
derolrer4n e/ sueño y la alegria. - As, mirá Vd.
muchos años, d11frut1ndo 11empre de una buena salud.

Y bebidas fortificantes, cual el vino, el c,ttf,
el t6. Cada cual escoge, para purgarse, la
hora y la comldir gtte mas le convienen,
se17un sus ocupaciones. Como el causan
c10 que la purga oca.stona queda completamente anulado por el efecto de la
buena alímentacioaempleada,uno
se decide f4cilmente d volver
"'4 empe1ar cuantas veces
sea necesario,

Participando de las propiedades del Iodo
y del Hierro, estas Ptldoras se emplean
e!!_pcclalmen te contra las llacrof'lllu, la
Tüh y la Debilidad de temperamento,
asl como en todos los casos(Páudoa colore•,
AD1enorrea, ••&gt;
, en los cuales es necesarlo
obrar sobre la sangre, ya sea para devolverla
su riqueza y abundancia normales, oya para
provoc.1r O regularizar su curso periódico.

~f'A~f)s Fmnareuuco, en Parls,
~Rue

Bonapa,te, 40

El loduro de hierro Impuro Oalterado
• • es un medicamento Infiel eIrritan te.
Como prueba de pureza y de autenticidad. de
las verdaderas Pftdora.. de lllatward,
exigir nuestro sello de plata reactiva,
nuestra firma puesta al pié de una etiqueta
verde Y el Sello de garantla de la Unl6n do
loa Fabrloantea para larepres!On d.e la falsificación.

NB

SE R.lLLAN EN TODAS LAS ll'A.RMA.CIAS

~~~Je
h~ta lu RAIC1!8 el Yl!LLO del rv1tro de las •amu (Barba,
0

PITE
EPILATOIRE
U
SS
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-----------------------------

Blroie, etc.), 111

pehrro pan el cull.l. 110 Año■ de :á:dto,ymlllare. de tealillonlo1rarntlw lutud1
1'-.•=paracl
f, {Se "Dde en eaJ11, pua la barba, y en 1/2 a■J11 para el bl¡ott Uren)~
emp1..seel i'll.,J f'U81J;~ D'O'SBER, t , rueJ ••J ,-Rouuoau, parts,
01

,

Quedan reservado, loa derechos de propiedad artl1tica y litcnna

l.Mt.

DI fdOlfT.I..NII Y S1.1tó■

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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