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BARCELONA 17 DE AGOSTO DE 1891

NÚM. 503

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

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I

EN LA PLAYA, cuadro de D, F. Miralles

�LA
SUMARIO

II

NúMERO

503

veniencia, se mostró intensísima en las sacudidas
múltiples del cuerpo, semejante á los espasmos de la
epilepsia.' Ya en el salón de Embajadores, con el Darro á un frente y al otro el patio de los Arrayanes; las
paredes de mil matices adornadas con el escudo de
los Alhamares; los ajimeces bordados con todos los
prodigios de la fantasía oriental; las puertas, recuerdos de los siglos de tanto esplendor y de tanta fortuna, cuando desde las tierras más remotas iban ali{
unos á recibir la luz de tanta ciencia y otros los placeres de tantos hechizos como tenía Granada en sus
artes; las bóvedas de alerce con estrellas de marfil y
oro; las letras, semejantes á las grecas de una tapicería persa, repitiendo entre las hojas de parra y de
mirto y de acanto cinceladas los nombres de Dios,
el corazón se le rompía en pedazos, y un tormentos{
simo lloro, que recordaba la alegría de los abdilitas
al perder á Andalucía en sus desgarradores sollozos,
ó á las lamentaciones de los profetas hebreos bajo
los sauces de Babilonia y Nínive al perderá Jerusa
lén, llenó aquellos abandonados espacios con el dolor
de su triste y destronada gente. Nada fuera de su
propia historia y de su propia religión interesa con
verdadero interés á estas razas orientales. As{ cosa
cómica la extrañeza con que los demás ven su falta
de maravilla y extrañeza. El conocimiento necesita
de la emoción para penetrar en las entrañas del espíritu. Quien ignora el arte de admirar, ignora el arte
de mirar intelectualmente. Los incultos en todas las
naciones cultas reciben la consigna de no extrañar
cosa ninguna. Yo he visto muchos patanes medir con
los pies la Basílica de San Pedro para demostrar la
pequeñez de tal coloso junto á su parroquia. Cuando
subía el embajador las escaleras del ayuntamiento
de San Sebastián aseguraba dolerle sobre su fiebre
aguda cuartana, enardecida por una indigestión, los
estruendos de las músicas. El fatalismo los ha hecho
seres mecánicos, obedientes á la consigna imperial
y ajenos á todo cuanto no sea su Alá, su profeta
y su califa. El cuerpo escultórico se ha petrificado
como el cuerpo de las estatuas yacentes sobre las losas de sus sepulcros, y el alma se les ha estancado
como las albercas de sus harenes. Ninguna demostración tan viva del ooder de la libertad como considerar adónde han subido los.normandos, los últimos llegados al escenario de la Historia, por el sentimiento de su individualidad, y adónde han bajado
los árabes por la irremediable servidumbre de sus
nobles almas.

Ahora, en verdad, helo recordado mucho con motivo de la embajada marroquí, hoy en boga, cuyos
blancos alquiceles, tan parecidos al ropaje de las antiguas estatuas, me atraen y emboban como á cualquier ganapán de las calles madrileñas. Nadie ha. pinBarracand, con ilustraciones de Emilio Bayard y grabado tado cual Alarcón los pintaba en su pintoresca Guede lluyot. - SECCIÓ:-1 CIENTll'ICA: Prod11cció11 i11d11strial rra de A/rica los inmóviles santones de Tetuán, asendel hid,~l{cno y del oxígmo por la electrolisis del agua.
tados sobre las piedras como sobre los pedestales las
Grabados. - En la playa, cuadro de D. F. Miralles. - Un estatuas, que no convertían los ojos á mirar nuestros
chap11:ó1i; Nieves, dos bustos en barro cocido de D. Emilio
Arnáu, -Ave-Mada, escultura de D. Eusebio Arnáu (pre- soldados en las vistosas revistas, ni aplicaban los oímiada en la Exposición general de Bellas Artes de Barcelo- dos á escuchar nuestras músicas en sus armoniosas
na). -Museo 1111111icipal de reproducciones artlsticas de Bar marchas, La idea de Dios inunda sus almas, y en esa
ce/011a: 1, Mástil ó portabandera de San Marcos de Venecia.
inundación, todo aquello que no sea Dios desapa2, Credencia gótica. 3, Armario gótico con aguamanil. 4,
Cruz de término de San Martln de Provensals. 5, Púlpito rece. Así no hay santos en su religión uniforme. Si
de Santa Croce, Florencia. 6, Estatua en bronce, David. 7, acaso algún personaje entra en el cielo suyo, es un
Candelabro de la capilla de San Lorenzo. 8, Jarrón árabe, profeta capaz de entrever al Criador con más claride la colección del barón de Rothschild. 9, Mesa estilo redad que el resto de los mortales y de anunciarlo al
gencia, exornada con bronces cincelados, reproducción de
la existente en el ministerio de Marina de Francia. - llfedi- mundo con mayor poesía y elocuencia. No les moslación, cuadro de D. Emilio Sala. - JI/roes a11ó11imos, cua· tréis, pues, cosas bellas con ánimo de conmoverlos,
dro de D. Juan Luna (Salón del Campo de Marte, París, porque en su interior compararán nuestras frágiles
1891), - Cicerón co1111'a Catili11a, fresco de César Macari,
creaciones con la hermosura eterna;ni cosas grandes
existente en la sala del Senado de Roma. - &lt;i Y sin embargo
se 11111evt!,&gt; cuadro del profesor Barabino, existente en el ó poderosísimas con ánimo de asombrarlos, porque
palacio Orsini de Génova. - Fig. 1. Voltámetros. - Fig. 2. para ellos no puede haber poderío como la virtud
Dispositivo para el estudio de la reacción capilar en las mem- creadora, que colgara en los espacios la tienda azul
branas ó vasos porosos. - Fig. 3. Vista en conjunto de una de los oielos y suspendiera en lo infinito por cadenas
instalación para la electrolisis industrial del agua. - Jlluerle
invisibles las áureas lámparas de los luminosos astros:
de llfedea, escultura en yeso de D. Rafael Atché.
toda sabiduría humana se deslustra y eclipsa para
ellos ante la omnisciencia divina y no merece ni la
pena de una velada; toda voluntad, por avasalladora,
MURMURACIONES EUROPEAS
por incontrastable que sea, se somete á otra voluntad
POR DON EMILIO CASTELAR
más impetuosa que los huracanes juntos y más fuerTristezas y muertes. - Pedro Antonio de Alarcón. - Su orien- te que las fuerzas cósmicas, á la omnipotente voluntalismo. - Los moros en su Cuera de ,/frica. -Los moros tad del Eterno. Delante de ese ideal nuestras obras
en la realidad de sus caracteres. - Crisis portuguesa. - Lite- artísticas son cadáveres, sombras nuestras ideas, juego
ratura política lusitana. - Latino Coelho y Oliveira Martins,
- La escuadra francesa en Rusia. - El cardenal Lavigerie nuestra mecánica, caprichos de mozos nuestros derey los Padres mancos del desierto de Sabara. - Conclusión. chos de ciudadanos. Contábame gracioso andaluz el
viaje que emprendió por España con cierto rico moro
I
de Tánger. Mostrábale al mahometano el surtidor de
la Puerta del Sol, y respondía: Dios es más alto. MeNo fuéramos si no muriésemos. Más revela nues- dfale las dimensiones del Escorial, y exclamaba: Dios
tra vida el sepulcro eterno, donde habremos eterna- es más grande. Llevábalo por las alamedas de Aranmente de dormir, que la cuna, dejada en los caminos juez, y añadía: Dios es más hermoso. Conduclalo al
del mundo, como dejan las avecillas sus cascarones Museo de Pinturas, y pasaba como inerte ante los
y sus nidos. ¿Nacer? Una casualidad. ¿Morir? Una cuadros, pensando en la ciega idolatría que á Dios
necesidad. Pudisteis no haber nacido. Imposible, na- usurpa su facultad creadora de animar los seres. Desciendo, dejar de morir. Por eso no iba tan descami- de los teatros á los Congresos todo transcurrió ante
nado el ascetismo religioso al proponernos que re- sus ojos, no sólo sin con moverlo, sin siquiera impresio·
concentráramos todos nuestros pensamientos en el narlo, como si no pasase. Sólo un día su sentimiento
III
supremo de la muerte y empleáramos todos los días rayó en delirio. Llegaron á Granada. La frondosa
como si hubiésemos de morir al día siguiente. ¡Cuál vega, el marco de montañas, la confluencia de los
Pero ¿nos extrañaremos de todo esto en razas esvoracidad esta del tiempo! No hay sino pertenecerá ríos, las colinas coronadas de pinos, los cortes volcáuna compañía cualquiera, para enterarse de cómo van nicos de Sierra Elvira esmaltados por nuestra luz tacionarias cuando adolecen de idénticos achaques
los compañeros cayendo uno á uno en la catarata del meridional, los cristales casi venecianos por sus mati- las razas progresivas y cultas? Mirad lo que pasa en
eterno mudar, donde se transmuta y metam;,rfosea ces brillantes de Sierra Nevada que toma tantos refle- Portugal. Un clamor unánime dice que la nación se
todo. ¿Para qué vivir, si ha de concluir nuestra vida en jos en las titánicas facetas de sus nieves eternas, los muere. Y sin embargo no hay entre tantos portuguela.muerte? ¿Para qué afanarse por el renombre y la contrastes de color en aquellos iris continuos y las ses ilustres quien sea osado á decir la causa de su
fama, si ha de perecer la tierra misma y ha de olvidar- manifestaciones de vida en aquella creación abrevia- muerte. Mi excelso amigo Latino Coelho, publicista
se y perderse la humana historia? ¡Cuánto se desviven da no llegaron hasta su alma, fríá, indiferente, sere- clásico de una elocuencia ciceroniana verdader,lmuchos por granjearse la honra de un sillón en el na, como absorto en su absorbente misticismo. Subie- mente admirable, quiere curar á su patria por una
Olimpo de los inmortales, ó sea en la Español:i, como ron al cerro de nuestra increíble Alhambra. Pasaron revolución, lo cual equivale á querer curar á un anésolemos llamar á nuestra Real Academia de la Len- las umbrosas alamedas, bajo cuyas ramas serpentean mico por una fiebre. Si á la crisis colonial que mengua! Pues apenas habéis entrado por esa puerta de la susurrando los c4tros arroyuelos. Detuvieron un mo- gua sus territorios africanos y á la crisis mercantil
gloria, salís por la del sepulcro. Según van murien- mento los ojos en las torres bermejas, doradas por el que postra su cuerpo todo añadís los males propios
do hasta los académicos jóvenes, parece reinar con sol, en los mármoles del interrumpido palacio impe- del tránsito desde un estado á otro estado social, temayor imperio que en parte alguna la muerte. ¡Po- rial, en los alminares del Generalife que se destacan ned por segura la muerte. Con fórmulas externas no
bre Alarcón! Parece imposible que habiendo sabido sobre los cielos azules entre adelfas, cipreses y azaha- se desarraigan los males políticos, cual no se despintar la vida con todos los colores prestados por el res. Por fin atravesaron la puerta del árabe alcázar arraigan los males fisiológicos nunca con sortilégicos
prisma de una rica fantasía y sentirla con todo el ca- y dieron á una con el patio de los Arrayanes. La fiso- fantaseados conjuros. Digámoslo en plata con el fin
lor de la pasión, ¡ay! no le haya perdonado la muerte. nomía del árabe se contrajo; sus ojos se obscurecie- de que aprenda tanto separatista como pulula por
Aquellos deslumbradores joyeles de su estilo debie- ron, y sólo se aumentó su profundo silencio. De las nuestras regiones peninsulares. Un pueblo chico emron guarecerle contra el dolor y contra la desgracia albercas ceñidas por mirtos, de los patios cuyos aji- peñado en tener una corte y un ministerio y una
como un talismán precioso, pues pocos recibieron el meces parecían bordados encajes, de las galerías lige- cámara y una marina y un ejército para sí aparte,
soberano arte de manifestar con frases propias y claras ras y aéreas, de los aleros incrustados en oro y mar- necesita compensar la deficiencia de su extensión y
y castizas los sentimientos varios despertados en las al- fil, de los frisos de azulejos, de los pavimentos de la escasez de sus recursos con el trabajo y la indusmas sensibles por el Universo material. Y éste no le jaspes tan brillantes como ágatas, pasaron al patio tria que han enriquecido á Helvecia, Bélgica y Hoha pagado su afecto, ¡el implacable!, reservándole un de los Leones, al bosque de ligeras columnas que sos· landa. Los pequeños ducados germánicos, muy su
arroyuelo recatado y umbroso de larga feliz vida. tienen arcos prontos á doblarse como si fueran de periores á Portugal en devoción á la particular in·
Cuando leéis las admirables Alpujarras de Alarcón ramajes al menor aire que sopla y juguetea entre los dependencia y autonomía suyas, hanse visto en la
descubrís la Sierra Nevada, de matices brillantes ra- intersticios de las alharacas compuestos por su gra- necesidad imprescindible de mediatirse á medias
yadísima en sus faldas, compuestas por unas reverbe- cioso y transparente alicatado. El árabe, pálido co- primero y suprimirse luego definitivamente para en·
raciones que tiran del amatista más violáceo al coral mo la muerte al pisar semejante sitio, se apoyó en grandecer á su madre patria Germania. Tantas co·
más rojo y al zafiro más azul, así como coronada de airosa columna, pues creía imposible que los vértigos lonias como Portugal tiene y tantas grandezas co·
ópalos por sus nieves perpetuas, casi astrales y eté- experimentados por su cabeza le permitieran conti- mo Portugal invoca piden gastos de representación
reas, bien al revés de las helvecias, al resplandor nuar en aquella visita. Por fin, más arrastrado por únicamente permitidos á las grandes potencias y
prestado á sus aristas de brillantes por el sol casi sus compañeros que por su propio impulso, penetró fuerzas capaces de imponer el debido respeto á los
africano desprendido del cielo de Andalucía. Si aña- en las estancias, y luego que alzó los ojos á las bóve- codiciosos competidores y émulos. En Portugal todo
dís á esta maestría en pintar la Naturaleza un senti- das formadas por estalactitas de brillantísimos colo- el mundo cree esto, como lo creo yo; pero nadie
miento estético muy avivado para comprender el ar- res leyó las leyendas místicas ó guerreras que las abri- lo dice. La epístola publicada por el insigne Olite, con especialidad la música, y una gracia muy li• llantan y las hacen parecidas á visiones de cuentos veira Martins y traducida en todos los periódicos esgera para fijar las populares costumbres, tendréis orientales; entró en aquel camarón de Lindaraja casi pañoles respecto de Portugal paréceme obra maesaproximada idea del excelso escritor que lloramos y etéreo, donde parecen las estrellas del cielo zumbar tra en la crítica de los males presentes, pero débil
del duelo con que lo habreJOos acompañado al eter- como en sus colmenas las abejas; percibió tras las obra en la proposición y cuenta de los remepios
no descanso los compañeros y los admiradores suyos celosías el aroma de azahar y oyó el rumor de la ve- aplicables á la horrorosa enfermedad. Pasóle á Por·
ga, su emoción, rompiendo los límites de toda con- tugal exactamente lo mismo que le pasó á Rom
de toda la vida.

Texto. - Murm,muionu europear,

por Emilio Castelar. - La
autopsia (conclusión), por F. Moreno Godino. - SECCIÓN
MrnRICA:-IA: El valle de las tres coli11as, por N. llawthorne,
traducido por M. Juderlns Vénder. - !lluseomimicipal de reprod11aio11es artísticas de Barcelona, por A. Garcla Llans6.
- Nuestros gra/1ados. - Vi:co11desa (continuación), por León

..

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO

503

LA

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

dera del territorio portugués, requerían, buscaban, mejor dicho, encontraban 1~ .unida_d
interior de la península y de su espmtu, mas
asequible ahora que nunca, no por federaciones debilitantes para el uno y para el otro
pueblo por la unión de sus dos almas en
el send de un solo Estado, que bien pudiera
ser entonces, para evitar predominios dinásticos, una grande República, semejante á la
que hoy constituye la gloria y el po?er de
Francia. Pero, so pretexto de apreciar los
dobles trabajos científicos de Latino Coelho
y Oliveira Martins respecto á Portugal, me
había enfrascado en ciertas consideraciones,
á las cuales pongo aquí punto para convertir los ojos á otros hechos de no menos importancia, como las visitas de los marinos
franceses á las costas de Rusia y los proyectos del Arzobispo Lavigerie
respecto de Africa.

encargaron de bautizar al Asia. C~nfe~ad que nunca
como ahora pudo con tanta razón decirse: la Humanidad se mueve y Dios la guía.
LA AUTOPSIA
( Co11rlmiJ,i)

Y así fué la verdad, y eso suele suceder con las
ariscas, que cuando se rinden, se rinden de veras.
Pronto comprendió el señor Policarpo que los dos
jóvenes estaban atortolados, y una tarde, cerca ya del
anochecer, se llevó á Manuel de paseo hacia las Vistillas, y le dijo de esta manera:
- He notao, digo, lo ha notao todo el barrio, que

IV
Y puesto que hablamos de
mares, cosa maravillosísima oir
cómo la Marsellesa retumba
en los mares bálticos y en las
, orejas del czar. Hace más de
diez lustros que no había un
buque de guerra francés aparecido por las costas del imperio ruso. Imaginaos el efecto
causado en todos los ánimos
por el ondeo de la insignia tricolor y por los estruendos del
himno revolucionario, á cuyos
UN Cll.\t'UZÓN, bu;lo en barro Cocido de D. Eusebio Arnáu
matices y á cuyas cadencias
huyeron en tropel espantados
con la conquista del viejo mundo y á España con no hace un siglo todavía los viejos rela invención del nuevo: fué mártir de su grande- yes absolutos de nuestra entonces opriza desmedida y de su difusión humanitaria por lo mida y esclavizada Europa. Los que
infinitos del mar y del cielo en sus maravillosas na- niegan el progreso, desconociendo la
vegaciones. Tenían verdadero instinto de conserva- .transformación operada en el mundo
ción aquellos de sus monarcas y príncipes que pre- porque no surge circuída por las irratendían recluirlo dentro de su territorio y consagrarlo diaciones del relámpago revoluciona·
al cultivo de sus campos contra los que le dilataban rio, habrán de persuadirse á creer que
y extendían por el mar inmenso, rodeados de islas un autócrata, pontífice y monarca, sarecién surgidas en el espacio semejantes á las ninfas liendo del encierro donde lo recluye
y sirenas que acompañaban el carro de Neptuno, su un sitio en regla que le tiene puesto el
concha de nácares y madreperlas, por las etéreas nihilismo, para visitar una escuadra
aguas de la hermosa y luminosísima Grecia. Confe- puramente nacional, entre los colores
semos la superioridad indudable de Alfonso V, de y los himnos de la revolución, bajo una
Juan II, de D. Manuel, llamado por excelencia gran- tan clara y terminante advocación code sobre nuestros demócratas contemporáneos, cuan- mo el nombre de República, seméjase
do por los medios propios de la institución que re- mucho al romano emperador, vencido
presentaban, por los casamientos regios, de unos por la evidencia del Cristianismo, que
con la Beltraneja, de otros con infantas castellanas, gritaba con todas sus fuerzas: «¡Vencisdel heredero de nuestra tierra española son la here- te, Galileo!» Bien es verdad que otro día
el cardenal francés Lavigerie, una especie de
Papa in fieri, mandó,
con ocasión de sentar
á su mesa los marinos
franceses, á la orquesta
de los Padres Blancos
del desierto, especie
de templarios nuevos,
tocar la Marsellesa. Y
AVE MARIA, escultura de O. Eusebio Arnáu
con este motivo le asal(Premiada en la Exposición general de Bellas Arles de Barcelona)
taron tal número de
dardos piadosos, que
se halló á punto de morir, y segura- usted se inclina á mi hija Magdalena. ¿No es así?
- Señor Policarpo, ... contestó el joven bastante
mente muriera en el trance de no
haberle acorrido primeramente la emocionado.
- Lo digo al tanto de que usted es listo y com·
protección del Eterno y luego la
protección del Papa. Mas no ha- prenderá lo que le voy á decir.
- ¡Por Dios, señor Policarpol, interrumpió el jobiendo podido cortar el hilo de su
vida los implacables enemigos, han- ven con apresuramiento, que no sea lo que yo no me
le cortado la tierra bajo sus pies, ne- merezco. Hace dos meses que no vivo ni sosiego por
gándole aquellos cuantiosos recursos su hija de usted; no vaya usted á entristecerme ahodestinados por el receptor á la evan- ra que iba ya por el buen camino.
- Bueno, amiguito; pero por ese camino, que ha
gelización del Africa y por los donantes ofrecidos en realidad á la reac· de ser muy breve, no se entra sino para llegar al cación europea. Pocos ejemplares ofre- mino real.
- Comprendo lo que quiere usted darme á entence la historia contemporánea de un
prelado como el arzobispo de Carta- der, y no dude de que mis intenciones son rectas ...
- Ahí me duele y á eso vamos. Me he informao
go. Poseedor de la sede ilustrada por
el ardiente verbo de San Agustín, pa- de usted y he sabido que es usted un buen mucharece haber hallado en el campo de su cho, pero que tiene familia.
-Sf1 señor.
acción el furor africano que mostrara
- Y que esa familia, por mor de clase, y por ser
en el pensamiento y en la pluma el
primer padre de la Iglesia latina. Y usted el único hijo varón, tienen, ¿cómo diré?, in/u/as
así ha creído poder fundar unos tem- respective á usted, y como mi hija no es más que
plarios modernos, encargados de \)au- hija de un carpintero ...
- ¿Adónde va usted á parar?
tizar al Africa, de idéntico modo y
- Adonde me plante en firme, amiguito, y como
guisa que los templarios antiguos se
NIEVES, busto en barro cocido de D. Eusebio Arnáu

�LA

516
estoy chapao á la antigua y como tengo tanta honra
como su padre de usted, más que sea notario y rico,
y como para mí Magdalena vale tanto como la princesa de Asturias, y como ya toa la vecindá se ha fijao
en ella y usted, y como no me gustan amoríos de
puerta de calle, ni menos dentro de casa, donde yo
no puedo estar siempre pegao á mi hija, le pregunto
á usted formalmente si piensa casarse con ella.
-Siempre ha sido esa mi intención ...
- Norabuena. Pero es que yo también tengo mi
aquel á mi modo, y no quiero trapatiestas de familia .. .
- No comprendo ...
- Pues es bien claro. Tendré gusto en que usted
se case con Magdalena, porque me parece que usted
la quiere bien, y ella á usted, y ambos á dos le estamos agradecíos, pero esto ha de ser con consentimiento de su padre de usted. ¿Entiende usted?
- Sí, señor, y no dudo que me le otorgue.
- Según y conforme. Pue ser que ese buen señor
se fije en la diferiencia de clase y se olvide de que el
Señor fué hijo de carpintero.
- Espero que no, señor Policarpo.
- Pues bueno, amiguito, las cosas claras y á verlo
vamos. Inmediatamente se larga usted á su casa,
pide permiso para la boda, vuelve usted, y de lo demás yo me encargo, que aunque pobre, no estoy tao
desbalijado, y el que se case con mi hija no se llevará una zurrapastrosa. ¿Ha entendido usted?
- Sí, señor Policarpo.
- ¿De suerte que va usted á verá su familia?
- En cuanto termine el curso, que es á fin de mes.
-Pues hasta entonces mucho ojo, amiguito. No
ande usted rondando por el barrio, vaya á casa á la
hora en que yo esté en ella. Por lo demás, no pasará
de la tienda. ¿Entiende usted?
- Bien, señor Policarpo. Con tal de ver á Magdalena .. .
- Y demasiao que la verá usted. Ya saben las mujeres el modo de dejarse ver. ¿Estamos conformes?
- Lo dicho, dicho ...
- Y la boda á la puerta.

V
Al señor Policarpo le gustaba la línea recta, pero
los amantes suelen preferir las curvas. El bueno del
carpintero no tuvo queja de la conducta de los jóvenes, y algunos días les proporcionó un rato de expansión, acompañándoles al Retiro por la mañanita
temprano antes de abrir la tienda. Esto solía suceder en días de trabajo, pues todos los sábados por la
noche el honrado menestral iba al café de San Millán á ecaar una cana al aire hasta algo entrada la noche, y por consecuencia los domingos acostumbraba
á levantarse tarde. Y como los enamorados son tan
ingeniosos para buscar ocasiones, Magdalena aprovechaba esta pereza de su padre y el pretexto de ir
á la compra para .reunirse con Manuel y marcharse
con él, no á los cerros de Ubeda, porque están lejos
de Madrid, pero sí alguna vez á .los de San Isidro
del Campo ú á otros parajes solitarios. Entretanto
iba pasando el tiempo sin sentir y llegó el fin d~l
curso del joven estudiante, el cual algunos días después recibió carta de su padre, mandándole que pidiese licencia en el hospital y fuese á Burgos, pues
su madre, que se hallaba algo enferma, quería verle.
Hízolo así Manuel: se despidió de Magdalena no sé
cómo, del señor Policarpo con un expresivo apretón
de manos, y á las pocas horas hallóse en Burgos, en
su casa, al lado de la cama de su madre, á la que encontró postrada con una fiebre tifoidea. Con este
motivo no creyó oportuno hablar á su padre ni á sus
dos hermanas de Magdalena, como era su intención,
y dedicóse como toda la familia al cuidado de la enferma. Agravóse ésta, y todos alternaban en asistirla
día y noche, no sólo los de la casa, sino también
una vecinita hija de un hacendado, antiguo amigo
de la familia. La vecinita llamábase Carmen, tenía
diez y siete años, y era todo lo linda que son las rubias, cuando lo son. En los últimos tres años Manuel sólo había pasado una corta temporada al lado
de la familia, dando la casualidad de que por entonces Carmen se hallara en Alcalá de Henares en casa
de una tía suya, y con este motivo el joven estudiante no la había visto desde que tenía catorce años de
edad. Entonces era una chicuela flacucha y deformada, y por eso Manuel se sorprendió de verla hecha una jovencita fina y preciosamente desarrollada.
Hay amantes que son aficionados á las comparaciones: aquél era uno de ellos, y aunque preocupado
siempre con el recuerdo de Magdalena, como con
motivo de cuidar á la enferma pasábase largos ratos
vis a vis de Carmen, no podía menos de cotejarla
con la carpinterita de Madrid. Ambas eran tipo~ distintos, pero igualmente apetitosos: una por su more-

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

na y arrogante hermosura, la otra por su delicada y
expresiva beldad.
En esto de mujeres, la mayor parte de los hombres son iguales: aunque tengan predilección por un
tipo especial, suelen gustarles todos.
Manuel recibió una larga carta de Magdalena á la
que contestó con una algo más breve, y espoleado
por la amorosa misiva de su amada, aprovechó un
intervalo de mejoría de su madre para hablar á su
padre de sus proyectos respecto á la carpinterita.
Don Diego Almazán, que as( se llamaba el padre de
Manuel, era un notario brusco, vivo de genio, breve
de palabras y conciso de razonamientos. Apenas inició su hijo su pensamiento, le atajó con el siguiente
contundente período:
- Mira, muchacho, tú puedes casarte con quien
quieras, pues eres ciudadano español y libre; pero con
mi consentimiento nunca lo harás con esa carpintera que será tan ruda como las tablas que sierra su
padre.
-Pero ...
- Nada, nada. Si ya te escarabajea el deseo de
casarte, busca por aquí cerca, si no eres topo, lo que
mejor te conviene.
Y dicho esto, se fué, dejando á su hijo con la palabra en la boca.
Manuel comprendió que su padre aludía á la rubia
Carmer.cita, y con este motivo se fijó más en ella
durante las veladas en que la caritativa joven le ayudaba á asistir á la enferma, descubriendo nuevos horizontes de encantos y de miradas intencionadas por
parte de aquélla.
Desde entonces me figuro que se libró un combate de incertidumbre en el ánimo del estudiante. Le
inquietaba el recuerdo de Magdalena, y además, como era bueno y honrado, otra causa que supo por
las últimas cartas que ésta le escribió. Andaba melancólico y preocupado como el que no está satisfecho de sí mismo, y sólo una pena más grande le distrajo durante unos días de sus cavilosidades. Fué esta
pena la de la muerte de su madre.
Pasó un par de meses verdaderamente afligido, si
bien es cierto que las atenciones y expresivas miradas de Carmeocita sirviéraole de algún lenitivo en
su dolor. Acabósele la licencia que le habían dado
en el hospital, y como además faltaba poco para abrirse el curso, regresó Manuel á Madrid, muy intranquilo porque hacía dos meses que no sabía de Mag•
dalena. Aunque llegó á la villa y corte bien de día y
aunque le espoleaba el deseo, ó mejor dicho, la conciencia, no se atrevió á pasar por la Cava Baja hasta
bien entrada la noche. No quería que le viesen los
vecinos que le conocían, y él sabía el porqué. Por
fin á las diez entró por Puerta Cerrada en la susodicha calle, inquieto y receloso.
La mayor parte de las tiendas y posadas estaban
ya cerradas. El joven estudiante se encaminó hacia
la carpintería por la acera de enfrente. Llegó, vió
que estaba cerrada, lo cual nada tenía de particular;
pero al fijarse en la muestra, en lu'gar del rótulo que
antes decía Carpinteria de Arenales, leyó la lacónica
palabra Frutería: Quedóse consternado, porque sabía
el apego que el señor Policarpo tenía á su tienda y
receló una desgracia. La puerta de la casa estaba
cerrada, pero enfrente había abierta una tienda de
comestibles. Estuvo á punto de entrar en ella á informarse; pero cuando atravesaba la calle para hacerlo, vió á la puerta de una barbería contigua á un joven condiscípulo suyo.
- ¡Hola, Berzosa! ¿Está usted ahora aquí?
- ¿Qué remedio? Es preciso buscarse la vida para
concluir la carrera. Hace dos meses que me dedico
al peliagudo oficio de rascar la cara del prójimo.
- ¿Ha conocido usted á un carpintero que vivía
ahí enfrente?
- ¿Al señor Policarpo? Sí.
- ¿Y á su hija?
- También, aunque poco tiempo.
- ¿Se han mudado?
- El, al otro barrio, quiero decir al cementerio de
la Patriarcal.
- ¡Ha muerto! ¿Y ella?
- ¿Quién, la hija? ...
En este momento una voz llamó al joven Berzosa
desde dentro y este dijo á Manuel:
- Dispense usted, me llaman, vamos á cerrar la
tienda.
- ¿TiEme usted algo que hacer?
-Nada.
- ¿Va usted á salir?
- Ahora mismo, en cuanto cierre aquí.
- ¿Me hace usted el favor de ir al café de Puerta
de Moros, donde le aguardaré?
- Con mucho gusto.
- ¡Pues hasta ahora!
- Hasta ahora.

NúMERO

503

VI
Instalad(i)s ya en una mesa del café de Puerta de
Moros tomando una grande de cerveza con limón,
Berzosa, el oficial de barbero, dijo á su condiscípulo
Manuel, que le acosaba á preguntas respecto á Magdalena y su padre:
- Si quiere usted que le diga Jo poco que sé y he
podido observar, óigame con paciencia y no me interrumpa, para que no sea el cuento de no acabar.
- Escucho á usted y callaré como un muerto.
- Pues bueno, sepa usted que cuando yo tomé
plaza en la barbería se hablaba mucho de Magdalena y de su padre el señor Policarpo entre todos los
vecinos del barrio.
- Ya lo creo...
- No me interrumpa usted... Se hablaba mucho
de Magdalena, pero con tales reticencia:s y comentarios, que picada mi curiosidad traté de ponerme al
tanto respecto á la familia del carpintero.
- Pero ¿qué decían?
- Decían que la carpintera tenía ó había tenido
un novio estudiante de medicina... Pero ¡calle! ¿qué
apostamos á que ese novio es usted?
- Pues bien: sí, amigo Berzosa, soy yo, y ahora
comprenderá usted mi interés y mi impaciencia.
Siga usted.
- Es que ya no sé cómo hacerlo, dijo el barbero
bebiendo un sorbo de cerveza, porque lo que se decía de Magdalena, y especialmente de usted, tiene
su intríngulis.
- Sea usted franco y no me oculte nada. ¿Qué decían de mi?
- Pues sencillamente que era usted un pillo, que
había engañado á la muchacha dándola palabra de
casamiento, y que cuando se salió con la suya hizo
la procesión del niño perdido.
-¡Ah!
- La tendera de comestibles de la esquina y Rosa, la hija del latonero de enfrente, estaban al pelo
de lo que pasaba en la carpintería, que según ellas
era una continua desazón entre padre é hija. Magdalena no se dejaba ver, pero las buenas vecinas ya
habían husmeado el motivo, pregonándolo por el
barrio... Pero ¿qué tiene usted, se pone usted malo?
- No, nada; siga usted.
- Ya poco me falta que decir. Los acontecimientos se sucedieron con rapidez, como dicen las novelas por entregas. El señor Policarpo, que antes sólo
iba al café los sábados, dió en ir todas las noches á
la taberna, cesó el trabajo en la carpintería, pocos
días después vimos un papel pegado á la pared, que
decía: Se traspasa esta tienda, y á las pocas noches
supimcs que el carpintero había muerto de un colapso cardíaco.
- Pero ¿y su hija Magdalena?
- Nadie del barrio ha vuelto á verla. Una mañana
apareció la carpintería transformada como por encanto en frutería, y ni la tendera ni Rosa, que todo lo
saben, ni el mismo alcalde de barrio hao podido
averiguar lo que ha sido desde entonces de la hija
del carpintero ...

VII
Este breve y destartalado relato del oficial de barbero bastó á Manuel para reconstruir por inducción
el drama íntimo de la carpintería del señor Policar·
po, las gradaciones psicológicas por las que el honrado y trabajador menestral había llegado á la pereza y embriaguez, la vergüenza de Magdalena viéndose deshonrada y desatendida, y la fiereza madrileña
que sólo permitió á ésta escribir tres cartas á su ingrato seductor. La rápida catástrofe de aquella fami•
lia había sido obra suya, y el joven estudiante, que
tenía conciencia y corazón, lo reconocía así.
Pero ¿qué había sido de Magdalena y de su hermano? Era preciso averiguarlo á toda costa. El la
amaba, no había amado más que á ella, á pesar del
pasajero devaneo por la rubia burgalesa. El buscaría
á la infeliz á quien había perdido, y la ofrecería, á
pesar de su padre y de todo el mundo, la única reparación posible de su falta.
Y con efecto, Manuel no omitió medio para con•
seguir su propósito.
Fué á ver al alcalde de barrio, dió aviso en el Gobierno civil, se informó por segunda mano de los
vecinos de la Cava Baja, incluso el frutero, que á la
sazón ocupaba el que fué obrador de carpintería,
puso anuncios en La Correspondencia y otros periódicos, se personó en el pueblo de Navalcarnero, de
donde fué natural el señor Policarpo... Nada, sus
gestiones fueron inútiles, nadie le proporcionó ni el
más leve indicio¡ parecía que la tierra se había ' tra•
gado á Magdalena,

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.

.,,

MUSEO MUNICIPAL DE REPRODUCCIONES ARTISTICAS DE BARCELONA
l.

Mástil 6 portabandera de ¡San Marcos de Venecia. -2. Credencia gótica. - 3. Armario gótico con aguamanil. - 4· Cruz de término de San Martín de Provensals
5. Púlpito de Santa Croce, Florencia, obra de Maiano Benedetto. -6. Estatua en bronce, David, obra de Donatello
7

. Candelabro de la capilla de San Lorenzo, obra de Miguel Angel. - 8. Jarrón árabe, de la colección del Barón de Rothschild. -9. Mesa estilo regencia,
exornada con bronces cincelados, reproducción de la existente en el ministerio de Marina de Francia

�518

LA

¿Serla así? ¿Habría muerto? Manuel rechazaba con
horror esta idea, y acariciaba como más probable la
de que Magdalena se habría ausentado de Madrid.
Pero ¿dónde habría ido?
Si ciertas faltas pudiesen purgarse, Manuel purgaba bien la suya. Su conciencia le reprochaba cada
día más.
Después de pesquisas que duraron tres meses, llegó por fin á desanimarse y no insistir. Se resignó,
con esa resignación á que alude Espronceda al decir:
¿Quién no lleva ~scondido
un rayo de dolor dentro del pecho?...

U na mañana él y otros condiscípulos del último
año acompañaron á su catedrático á la sala de autopsias del colegio de San Carlos, en donde había tres
cadáveres, uno de mujer y dos de hombre.
El de ésta estaba tapado con un lienzo de harpillera.
- Demos la preferencia al bello sexo, dijo el profesor, que era algo bromista. A ver, Almazán, reconozca usted á esa individua, y díganos, si puede, de
qué mal ha muerto.
Adelantóse Manuel, tiró de una de las puntas del
lienzo que cubría el cadáver, miró, y cayó al suelo retorciéndose con las convulsiones de un síncope nervioso.
Acudieron en su auxilio, pero viendo que tardaba
en volver en sí, el catedrático dijo con la mayor indiferencia:
- Que le lleven á la enfermería. Usted, Rodríguez,
que está el segundo en lista, extirpe el tumor en el
corazón de que probablemente ha muerto esa mujer.
Y mientras acudían los mozos y se llevaban á Manuel vió éste, por extraña lucidez de su delirio, el
bisturí rasgando el pecho de la infeliz Magdalena.

.... ..

Si en Burgos se toman informes respecto al doctor
Almazán, todos contestan con estas ó parecidas palabras:
- «¡Oh! D. Manuel Almazán es uno de los mejores médicos y el primer cirujano de España; pero al
mismo tiempo es el hombre más raro que existe bajo
la capa del cielo. Nunca ha querido casarse. Fuera
de sus deberes profesionales, no se trata con nadie,
ni casi con su padre y hermanas. Vive solo como un
buho en su agujero, Apenas se le oye el metal de la
voz. Su porvenir está en la Cartuja.»
F.

MORENO G ODINO

SECCIÓN A~IERICANA
EL VALLE DE LAS TRES COLINAS
POR N . IJAWTIIORNE

Entonces, cuando los sucesos más naturales y corrientes de la vida se confundían por modo singularísimo con lo extraordinario y fantástico, encontráronse al obscurecer de cierto día dos mujeres en el
Valle de las Tres Colinas, sitio convenido por ellas
de antemano. Era una de las epcontradizas joven y
hermosa en extremo; pero en su rostro, aunque agraciado y seductor, luego se advertía cierto malestar
indefinible, producido acaso de secreto remordimiento y acaso también de cruei é irremediable dolencia.
Era vieja la otra y estaba vestida de harapos, y tan
enjuta, rugosa y consumida, que más parecía imagen
de la muerte ó insepulto cadáver de la decrepitud,
rebujado en jirones de mortaja.
Y tal y tan recóndito era el lugar donde se hallaron las dos mujeres, que nadie habría podido sorprenderlas e_n él. Tres colinas, no muy empinadas,
formando triángulo, cerraban casi geométricamente
un espacio de hasta dos ó trescientos pies de diámetro, desde donde apenas podía divisarse la copa de
un empinado cedro que se alzaba gallardo en la
cumbre de una de ellas: estaban las tres pobladas de
pinos bajos y desmedrados por la vertiente interior
del valle, cuyo fondo cubría una mullida alfombra
de larga y espesa hierba seca y amarillenta del sol:
troncos de árboles yacían en el suelo casi envueltos
en musgo, y uno, en otro tiempo robusta encina y á
la sazón despojo carcomido del tiempo, extendía su
cuerpo gigantesco cerca de un charco de agua llovediza y estancada. Así era el teatro donde se representó el drama que voy á referir en pocas palabras.
Si he de dar crédito á la tradición, este lugar tan
lúgubre y medroso lo frecuentaban otro tiempo malos espíritus, los cuales, al mediar la noche y á las
veces á la hora del crepúsculo, acudían á él para celebrar sus tenebrosas reuniones alrededor de la charca, enturbiando sus aguas, nada cristalinas, con
las inmundas ceremonias que hacían.
Allí, pues, y á la puesta del sol de una tarde no

lLUSTRAClON ARTÍSTICA

muy apacible del otoño, y cuando los últimos rayos
del luminar del día esparcían sus reflejos por las
crestas de los cerros vecinos, mientras que por los
flancos iba descendiendo al valle densa obscuridad,
dijo la vieja con voz cascada y balbuciente: «Heme
aquí, exacta y fiel á la cita que me diste. Ahora di
presto y sin empacho qué me quieres, porque sólo
tenemos una hora de tiempo.»
Al oir hablar á la vieja, que por cierto era horrible, se dibujó en los labios de la joven una sonrisa
vaga y triste, como la luz vacilante de una lámpara
sepulcral; y temblando y con los ojos fijos en la orilla de la charca, dudó de poner en ejecución el designio proyectado; pero la fatalidad lo dispuso de
otra suerte.
- Soy extranjera, prorrumpió, haciendo un esfuerzo para hablar; poco importa que diga de dónde vengo; pero como he dejado lejos de aquí aquellos á
quienes se halla ligado mi destino y de quienes me
veo separada para siempre, siento el corazón oprimido de un peso insoportable y quiero saber de todos
ellos.
- ¿Quién puede, hija mía, en este lugar desierto
darte nuevas de lo que sucede al otro extremo de la
tierra?, exclamó la vieja considerándola fijamente. No
serán por cierto labios humanos los que satisfagan
tu deseo; mas si tienes corazón, antes que la luz haya
desaparecido de la cresta de esas colinas, lo habrás
logrado.
- Aunque muera por ello, quiero saber de los
míos, dijo la extranjera con desesperación.
La vieja entonces tomó asiento en el tronco carcomido de la encina, y echando hacia atrás la capucha, dejó al descubierto y flotar libres á merced del
viento los mechones grises de su despoblada cabellera. Después hizo seña á la joven para que se acercase.
- Ponte de rodillas, la dijo, y descansa en mi falda la frente.
Vaciló un momento la interpelada; pero cediendo
al fin á la curiosidad, obedeció á la bruja con un
movimiento tan rápido, que la orilla de su vestido
quedó dentro de la charca. Hecho esto, la vieja cubrió con su capa la cabeza de la joven, y comenzó á
murmurar las palabras de la invocación, al oir las
cuales, quiso levantarse llena de terror aquella por
quien se decían, y exclamó:
- Deja que huya y que me oculte á sus ojos y
vaya donde nadie me vea.
Mas luego cedió de nuevo á su invencible afán, y
pálida como una muerta calló y quedó inmóvil escuchando.
Y en efecto, le pareció entonces que percibía de
una manera confusa y vaga primero, y clara y distinta después, aunque mezcladas con la de la bruja, voces que conocía desde la infancia, y cuyo acento no
se había borrado nunca de su memoria en medio de
los azares de su vida errante y aventurera y de todas las vicisitudes prósperas y adversas de su corazón y de su fortuna. Y cuando las voces se hicieron
más perceptibles, no fué porqué se acercaran, sino
porque su atención subía de punto y se abstraía por
completo, queriendo entendt!r lo que decían, como
quien se afana por leer los renglones confusos de un
libro á la postrera y velada luz del crepúsculo de la
tarde.
Cesó la invocación, y la extranjera, que continuaba en la misma postura, oyó hablar á dos personas
ancianas, hombre y mujer, y sus voces parecían elevarse, no á su lado, en aquella soledad, sino en una
vivienda cuyos muros enviaran el eco de las palabras,
y percibía el mugido del viento que azotaba los cristales, la oscilación de la péndola del reloj, el ruido
que hacían los pedazos de cok ardiendo al caer de
su peso en el cenicero del hogar y cuanto podía ser
parte á dar apariencia de realidad á la escena cuyo
cuadro se desarrollaba en su imaginación con el auxilio del oído.
Los dos ancianos se habían sentado delante de la
chimenea: el hombre, poseído de muda desesperación; la mujer, sollozando y con el rostro inundado
de lágrimas. ¡Qué palabras tan tristes se decían! Hablaban de una hija errante no sabían dónde, abrumada bajo el peso de la deshonra, y que había fiado
al dolor y á la vergüeza la obligación de llevar á sus
padres al sepulcro. Hablaban también de otra desgracia más reciente; pero su plática se confundió con
un rumor de hojas secas barridas del viento, y cuando la extranjera levantó la cabeza y miró á la bruja,
le dijo ésta:
- Los pobres viejos pasan muy tristes los últimos
días de su vida, ¿no es verdad?
- ¿Los oíste?, preguntó la joven llena de temor.
- Sí, por cierto; mas aún nos quedan otras cosas
que oir, replicó la vieja; deja que te cubra la cabeza.
De nuevo se alzó la monótona voz de la hechicera, que pronunciaba palabras dirigidas al espíritu del

NúME~O

503

mal, y apenas comenzada, fué acepta esta vez la misteriosa invocación, pues muy luego, en medio de una
pausa, se hizo perceptible un ruido extraño que, subiendo rápidamente, acabó por dominar los cascados acentos de la temerosa plegaria. Eran gritos desgarradores los que se oían, y como si brotaran de las
entrañas de la tierra; después una salmodia lenta,
suave y acompasada que cantaba un coro de mujeres; después carcajadas, á seguida gemidos y sollozos,
mezcla todo ello incoherente y confusa de terror, de
afl_icción y de alegría; más luego, ruido de cadenas,
palabras injuriosas, invectivas; amenazas, crujir de
látigos, alaridos de dolor, maldiciones, rumor de gentes fugitivas que huían en tropel, y á poco de quedar
todo en silencio, los acordes de un laúd y una canción amorosa, interrumpida, no bien comenzada, con
los fúnebres tañidos de una campana.
Convulsa y casi desfallecida de miedo, con el espectáculo que ofrecía el torbellino espantable de
aquella muchedumbre de pasiones desenfrenadas,
estaba la joven, cuando de nuevo se hizo un silencio
sepulcral y pudo percibir clara y distinta la voz de
un hombre, sonora y grave, y acaso en otro tiempo
melodiosa y potente, que después de pronunciar algunas pocas palabras se alejó. La madera del pavimento crujía oprimida bajo los pies del aparecido,
que andaba sin dirección fija de una manera febril y
descompuesta. En medio de una orgía iba buscando
á quien confiar sus dolores; y cuando hallaba oyente,
le refería la historia de una perfidia de mujer, pero
de la mujer propia que faltó á todos sus deberes y
rompió cuantos juramentos hizo, de un corazón herido y quebrantado, de un hogar desierto y de una
familia desolada; mas sus quejas se perdían entre
gritos, carcajadas y sollozos que resonaban alrededor
suyo é iban subiendo en infernal crescendo, para bajar insensiblemente hasta el punto de confundirse y
hacer una cosa misma con el rumor del viento que
gemía entre los pinos de las tres colinas,
Al levantar los ojos vió la extranjera fijos en ella
los de la vieja.
- ¡Cuán cierto es, dijo la joven para sí, que la risa
vence al llanto!
- ¿Quieres saber algo más?, le preguntó la bruja.
- Quisiera oir una voz que me importa mucho.
- Sea presto; que se hace tarde.
La luz del crepúsculo bañaba todavía las cumbres;
pero el fondo del valle parecía envuelto en densa veladura de sombras, que iban elevándose lentamente
por las laderas como un vapor y cual si aquel fuera
el lugar de donde salieran las tinie~las para extenderse por el mundo.
La repugnante vieja comenzó por tercera vez la
invocación; y al cabo de un espacio de silencio, rasgó el aire el son de una campana que parecía salir de
alguna torre añosa y cubierta de hiedra para dar noticia de la muerte á los ecos vecinos, y avisar á la
cabaña y al castillo, al pastor solitario y al magnate
que vive rodeado de servidores, que todos deben
preocuparse del fin que les aguarda. Luego se oyeron los pasos uniformes de cuatro niños, y á juzgar
de la mesura con que caminaban, sin verlos se comprendía que traían un ataúd. Delante iba un sacerdote, recitando algunas oraciones,'mientras el viento
agitaba las hojas de su libro de rezo. Después muchos hombres y mujeres, y al pasar oyó la extranjera
que proferían maldiciones y anatemas contra la hija
que afrentó las canas de sus padres; contra la esposa
que hizo traición á la confianza y al amor del esposo,
y contra la madre desnaturalizada que dejó morir olvidado á su hijo.
El fúnebre cortejo se desvaneció en lontananza
como tenue vapor, y el aire que acababa de acariciar el blanco lienzo en que reposaba el cadáver del
niño pareció suspirar por allí cerca entre los pinos
de las tres colinas.
La vieja empujó entonces suavemente á la joven;
pero la infeliz no se movió.
¡Estaba muerta!

NúMERO

LA

503

avance un intento noble del hombre para
perfec~ionar su primera obra; empeño qu;
persigue durante el transcurso de los s1·
glos cual si este deseo se acrecentara á la
vez que se desenvuelve su inteligenc~a y
se desarrollan los medios de su acción.
Por eso sus manifestaciones continuadas
representan, en su no interrumpida reproducción al través de las edades, las costumbres', las tendencias y la historia de las
sociedades y de los pueblos.
A estas consideraciones obedece la
creación de los Museos. Su formación representa siempre prolijas investi&amp;acio?es,
y exige una inteligente y ~x~~rta dirección,
ya que sin poseer espec1ahs1mos y va~tos
conocimientos como reclama el complicado estudio de 'la íntima existencia de lo_s
pueblos, no es posible su ordenada clasificación. Las dificultades crecen cuando
se trata de complexas manifestaciones, en
las que han debido intervenir diver~os artistas y artífices, pues entonces prec~sa conocer el proceso que informa la. unión de
cada rama. Tal sucede con las derivaciones arqueológicas, que representan en
cada época el producto del ingenio del
hombre y el progreso realizado en las artes y las ciencias.
Cierto es que la natural;za es ~oy la
misma que ayer, que el artifice vacia sus
modelos en semejantes moldes, y que el
artista persigue idénticos ideales, buscando antaño como hogaño la forma de la belleza; pero no es menos indudable que han
variado los medios de obtenerla y repr~sentarla. No en todas las épocas han teni:
do los hombres la misma inspiración, m
han apreciado el arte d_e igual m~nera; ~erivándose, por ende, cte tales . diferencias
la diversidad de escuelas, motivos y asuntos sin que por ello hayan dejado unos
y ~tros de perseguir siempre la belleza.
España, que conserva tantos recuerdos de su cultura y grandeza, no cuenta, por más que sea dolo~oso confesarlo, con el número de Museos y colecciones que poseen otros países más afortu~ados, ~n
donde el hombre de ciencia, el artista y el mdu_stnal
puedan comparar, aprender y _estudiar los antiguos
moldes y analizar las producci~nes de los pasados
tiempos. Empeñada España pnm_ero ~n las luchas
que habían de determinar su nacionalidad, entreg~da después á sus atrevidas empresas de engrandecimiento y poderío, y por último, quebrantada por las

lLUSTRACIÓN ARTISTICA

MEDITACIÓN,

cuadro de D. Emilio Sala

guerras y contiendas civiles, no pudo distrutar ~urante un largo período de tiempo d~ los beneficios
de la paz y obtener de ella las venta1as que p~oporciona. Las iglesias, los conventos y los palacws de
los magnates guardaban la~ obras más not~bles de
los artistas y artífices, los libros de los sa~10s Y escritores; viniendo á ser, por lo tanto, los únicos. Museos y bibliotecas que existían en nuestra patria. A
)a ilustrada iniciativa de algunos m~narcas,. entre
ellos Carlos III, de gloriosa memona, d_eb1ós~ la
fundación de los primeros Museos, ennquec1dos

después por el interés y desvelo de sus
sucesores. Pero aun así, sólo e~ la. corte_ y
en Jas capitales de algunas provincias existen colecciones especia)e~, con . carácter
oficial, que pueden ser v1s1~ad~s hbre1;11ente por el público, ya que s1 bien e_s cierto
que existen muchos Museos particulares
que abrazan una sola rama de la arqueología ó de las Bellas Artes y que p_ueden
ser visitados con fruto por las ense~anzas
que de ellos se derivan, no ha temdo_ todavía imitadores la costumbre gener~hzada en otros países de que tales prec,1~sos
depósitos de objetos, que_ ~on grand1~ima
dificultad se logra adqumr y orgamzar,
formando un selecto conjun~o, se po~gan
á disposición de Ja gen~r~lidad, mv1tándola á su estudio con el am,~o de q~~ de
él ha de reportarse grand1S11?ª ut1l_1dad
para el mejor~miento_ de las mdustnas y
de la pública ilustración.
. .
Barcelona iniciadora del renac1m1ento
artístico é in'dustrial de España, con sobrados títulos, con medios y elementos
para poseer quizás los. mejores Museos peninsulares, no ha podido envanecers; hasta hace poco con esta clase de manifestaciones de cultura con que c~entan otr_as
ciudades españolas de men?s impor~nc1a.
Cierto es que las colecciones particulares son numerosas y de inestimable valor,
pero éstas no ba_sta~ ni respon?e~ á las
necesidades y aspiraciones que distmguen
á la segunda capital de España. Las varias secciones y grupos que figuraron en
la Exposición Universal demuestran el
grado de adelanto y la vital~d~d de las
provincias cata~a?as. El m?v1m1:nto evo' lutivo que se imc1ó hace vemte anos, mostróse entonces en brillantes formas, potente y vigoroso, dando muestras de ~sa
virilidad iniciadora de las grandes creaciones. Gracias á la iniciativa particular! se
ha constituído un centro productor, que nos e_x1me
del vasallaje que durante largo periodo de triunfo
hemos rendido á otros países más afortunados. Comenzóse por reemplazar la Glásica _simetría por la
ponderación: la aplicación de la vanedad en ve~ de
la uniformidad, estudiándose _los tonos y los matices
para producir de sus gradaciones los cuadros _cor·
póreos las creaciones industriales que determinan
la apli~ación del sello artístico á todo, des?e lo más
nimio á lo más importante. De ahí que exista .plat~ría y mueblaje artístico en todas sus formas Y apli.

TRADUCIDO POR M. J UDERIAS TI ÉNDER

MUSEO MUNICIPAL
DE REPRODUCCIONES ARTISTICAS DE BARCELONA

Intima es la conexión que existe entre todas las
reproducciones, lo mismo las que responden á elevados fines, en armonía con su destino, como las que
utiliza el hombre para destruir lo que con él fué crea•
do. La sola agrupación de una rama, la reunión de
objetos similares, destinados á iguales usos y semejantes aplicaciones, desde los primeros siglos á la
época presente, basta para estudiar los progr€sos Y
evoluciones de la humanidad. Cada ejemplar com·
parado con el que le antecede acusa desde luego un

HÉROES ANÓNIMOS,

cuadro de D. ruan Luna. (Salón del Campo de Marte, París, 1891.)

•

��522

ciones, vidriería de color á la usanza de los tiempos
medios, tapicería, bronces de arte, fundición artística, cincelado, batido y repujado en varias clases de
metales, y por último, la pintura y la escultura. Parece como que Barcelona haya tratado de asumir la
representación artística de España.
Atento el Municipio á cuanto tienda á mejorar y
desarrollar las fuerzas activas que se hallan reunidas
en nuestra ciudad, que determinan como inmediata
consecuencia la cultura y la ilustración, cundió la
celebración periódica de Exposiciones, para que los
artistas y artífices pudieran contender en noble pa•
lenque, dando muestras de su habilidad y adelanto,
y con mejor acuerdo, la creación de Museos, para
que con ellos pudieran recoger provechosas enseñanzas. En 4 de septiembre del año último acordóse la del Museo municipal de 'reproducciones artísticas, de indiscutible utilidad, cuando se trata de un
pueblo que como el de Barcelona figura en primera
línea por sus manifestaciones artistir.as é industriales.
Confióse á una comisión compuesta de arquitectos,
críticos y artistas el estudio y plan de la _formación
del Museo, y preciso es hacer constar que el informe emitido responde desde luego á las aspiraciones
y necesidades de nuestra ciudad. Difícil era la empresa, pero en el plan cuidadosamente estudiado
tuviéronse en cuenta todas las ramas, todos los factores que pueden servir de utilidad para las creaciones de esta privilegiada región. Escogióse al efecto,
la gran nave que cobijó en su recinto la sección oficial de la primera Exposición Universal Española,
en cuyo vastísimo salón de 100 metros de longitud
por 25 de anchura podían emplazarse cómodamente
las múltiples secciones que habían de constituir el
Museo. En él tienen ya representación bellísimas
obras de arquitectura, escultura, talla ó escultura decorativa, cerámica, vidriería, mosaicos, esmaltes, joyería, cerrajería, mobiliario, tejidos, bordados, encajes, indumentaria, bronces, gálvanos, etc., etc. Pueden ya admirarse las reproducciones de las obras
más notables de la antigüedad, de los tiempos medios ó modernos, ya en forma de vaciados ó ejecutadas en la misma materia que los originales. La base
constitúyenla las manifestaciones artísticas principales de todas las épocas y todos los pueblos, proponiéndose la comisión completar la ya rica colección
con las valiosas producciones peninsulares, con las
obras maestras que poseemos, dando preferente lugar á las de esta región, ó sea aquellas que por fortuna se conservan en Aragón, Valencia, Cataluña,
las Baleares, el Rosellón y Provenza. Y entiéndase
que esta prioridad no puede significar exclusivismo,
ya que responde, á nuestro modo de ver, al propósito de ofrecer á nuestros artistas y artífices modelos
y ejemplos determinados de nuestras tradiciones,
propios de nuestra naturaleza y adoptados á las condiciones de nuestra raza.
En 29 de junio último inauguróse solemnemente
por el entonces Alcalde Excmo. Sr. D. Juan Coll y
Pujol la que pudiéramos llamar primera sección, la
base del Museo, y á pesar del breve período de tiempo transcurrido nos es grato consignar que se ha ampliado notablemente, gracias al interés que merece
al actual Alcalde Excmo. Sr. D. Manuel Porcar y
Tió y á la ilustrada comisión que preside, á quienes
cabe sin duda la gloria de haber desarrollado y completado la obra iniciada por sus antecesores de manera
que responda cumplidamente al objeto y fin de la
fundación del Museo.
Y tal es así, que aparte de las importantes obras
con que se ha enriquecido, hállase casi terminada la
reproducción, dirigida por el Director del Museo el
distinguido artista D. José Luis Pellicer, de un ala
del claustro del célebre cenobio del San Cugat del
Vallés, á la que seguirán, según acuerdos· adoptados.
por la comisión, la de otras no menos importantes,
como son los panteones reales de Santas Creus,
conjuntos de la catedral de Tarragona, detalles de
Poblet, etc., etc.
La decoración interior del Museo la constituirán
las obras reproducidas, aprovechándose las condiciones del edificio para la colocación de arcos formeros,
aleros, pretiles, pináculos, gárgolas, cornisamentos,
artesonados, etc.
Hacer patente la importancia de esta institución,
á cuyo establecimiento tan poderosamente contribuye nuestro Municipio, creemos inútil hacerlo constar, puesto que está en el ánimo de todos. Las primeras naciones deben el lisonjero estado de sus artes é industrias á la posesión de sus grandes Museos,
y no dudamos que Barcelona, que ya figura por sus
poderosas iniciativas á la cabeza del movimiento peninsular, podrá alcanzar la meta que desean todos
los amantes de la grandeza de nuestra patria.
Barcelona, los artistas, los industriales, los obreros
y cuantos dedican al trabajo la suma de sus activi-

LA

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NóMERO

503

infeliz mártir del trabajo! ¡Qué tesoros de sentimiento encierra
esta página, indudablemente una de las más hermosas que el
pincel del famoso pintor español ha producido! Ese fímebre
cortejo que en desordenada fila se dirige al campo santo; esas
figuras cuya expresión tan perfectamente traduce el dolor ele
la esposa, del hijo, del amigo; ese pobre ataúd sobre el cual el
cariño 6 la amistad han depositado humildes flores; ese cielo
A. GARCJA LLANSÓ
plomizo que parece asociarse á la luctuosa escena, esos árboles
que el cierzo otoñal ha despojado de su verde follaje, forman
un conjunto que llega al alma, invadiéndola de dolorosa melancolía.
NUESTROS GRABADOS
Luna, que hasta ahora había demostrado ser un gran pintor,
se nos revela en Héroes anónimos como gran poeta. Felices los
como él, después de resucitar con su genio las grandezas
En la playa, cuadro de D. F. Miralles.-Lo que que,
pasadas, saben con su corazón hacer sentir las miserias pretantas veces hemos dicho de nuestro distinguido compatriota,
fuerza es repetirlo á propósito del cuadro suyo que hoy publi- sentes.
camos. Ora reproduzca en sus lienzos el campo con los dulces
•
atractivos que los poéticos alrededores de París ofrecen ora
••
pinte las hermosas playas tan frecuentadas durante el v:rano
Cicerón contra Catilina, fresco de César Mapor sociedad escogidísima; ya busque asuntos para sus composiciones en las costumbres parisienes, ya llene sus cuadros con oari (existente en el salón del Senado de Roma). - Elevado
alg_ún retrato, la car_acterfstica de Miralles es la elegancia, el Cicerón por aclamación popular al más alto cargo de la repúchic,. que como nadie saben expresar los que en Paris viven y blica romana, Catilina, que había sido su contrincante en aquerespiran entre las altas clases sociales de aquella ciudad, esa lla elección y, que aspiraba á triunfar en la del año siguiente,
atmósfera de buen tono que en medio de sus i;xcesos ha con• urdió una conspiración que debla asegurarle esta esperada vicservado siempre la capital de Francia. Saturado de ella, el toria. Levantaban los conjurados tropas en las provincias, y en
autor de En la playa no pierde ocasión para demostrar cuán Roma no ocultaban sus proyectos, haciendo públicamente los
refinado es su gusto y cuán bien ha sabido identificarse con el preparativos para realizarlos, po.r lo que el nuevo cónsul, in·
medio en que trabaja; no haya miedo que se deje seducir por vestido por el Senado de un poder dictatorial, puso á la ciudad
los balagcs del naturalismo crudo que junto á él crece y se des- en estado de defensa é hizo excluir á Catilina de aquel alto
arrolla, mas tampoco se crea que llevado de sus aficiones se cuerpo. Exasperados los conspiradores, organizaron una revolanza á espacios imaginarios en busca de trasnochados idea· lución sangrienta; pero advertido Cicerón por Fulvia, amante
lismos. Miralles no quiere más modelos que aquellos con que de uno de los conjurados, del plan meditado, de los medios
la naturaleza ó la realidad de la vida le brindan; pero su deli- excogitados y del momento elegido, reunió al Senado en el
cado sentimiento artístico, sus tendencias ari,tocráticas, por templo de Júpiter Stator. Refiriendo estaba cuanto á su noticia
decirlo así, dentro del arte le impulsan á no fijar su atención acababa de llegar, cuando Catilina, ignorante de la traición de
más que en las notas de graciosa belleza que, sin entrar en el que él y los suyos habían sirio victimas, se presentó en la
campo de lo convencional, acusan un trabajo de selección de Asamblea de senadores; y en vista de tanta audacia, el cónsul,
los mil motivos, no todos bellos, aunque todos igualmente ver- interrumpiendo su relato, encaróse con el jefe de la conjuradaderos, que el pintor sin salirse de lo real encuentra á cada ción y lanzóle al rostro aquella hermosa improvisación, aquel
paso. Miralles sabe escoger, y en bellas artes el q11e bien esco- tremendo apóstrofe que constituye sin duda una de sus más
ge tiene andado buen trecho del camino para llegar á una bue- brillantes oraciones y que empieza con las conocidas palabras:
¿Q1umsque ta11de111, Catalina, abuten patientia 11ostra? ¿Hasta
na ejecución del asunto elegido.
cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?
Este es el momento escogido por César Macari para uno de
•
••
sus bellísimos frescos, el mejor acaso, que adornan el salón del
Un chapuzón, busto de D. Eusebio Arnáu. Senado en Roma. El ilustre pintor ilaliano ha sabido dará sus
-Nieves, busto de D. Eusebio Arnáu -Ave-Ma- figuras su verdadero carácter, lo cual revela profundo estudio
ría, escultura de D. Eusebio Arnáu (premiada i:n de los personajes y de los sucesos origen ele la escena, y exla Exposición general ele Bellas Artes de Barcelona). -Tan presar con maravilloso acierto la situación de la asamblea rointeligente como modesto, tan sencillo como discreto, es Eu- mana en aquel instante de prueba para la vida de la república:
sebio Arnáu uno de los desheredados de la suerte, que sin otros hay en cada una de aquéllas el fuego de la pasión que en aquel
elementos que su aplicación y sus propios méritos ha debido riifícil trance debió animarlas, y respirase en ésta el ambiente
luchar con obstáculos y contrariedades para poderse dedicar al saturado de electricidad propio de las sesiones ~xcepcionalmenestudio del arte, por el que desde temprana edad sentía irresis- te solemnes de una asamblea como el Senado romano.
Al contemplar la composición de Macari, se exclama invotible inclinación. Su perseverancia y laboriosidad hanleconducido por fin á la suerte que con tanto afán perseguía, y sus mé- luntariamente: Catilina está perdido. Y este es el mejor elogio
ritos é inteligencia han tenido á la postre la recompensa que que de la obra puede hacerse.
tenía derecho á esperar. La Exposición general de Bellas Artes de Barcelona significa para Arnáu su primero y señalado
*••
triunfo, ya que en ella, por medio de su admirable grupo AveMarla, ha podido dar gallarda muestra de sus aptitudes y de su
i!IY sin embargo se mueve!,&gt; cuadro del provaler. Su obra, perfectamente sentida, ha sido unánimemente fesor
Barabino (existente en el palacio Orsini de Génova).
admirada, y el Jurado calificador concedióle el premio mereci- - Pocas frases han hecho la fortuna que la pronunciada por el
do, consistente en su adquisición para figurar en el Museo mu- ilu~tre profesor de la universidad de Pisa y que sirve de título
nicipa 1de Bellas Artes. Artista de temperamento, ba logrado al interesante cuadro del afamado pintor italiano Nicolás Badará las figuras de los dos monaguillos, de los dos infantiles
rabino; pocas como ella encierran más profunda enseñanza en
cantores, esa expresión singularísima que constituye el encan- menos y más sencillas palabras. Cuando en el número 387 de
to de la obra. No menos recomendables son los dos estudio¡ LA !LUSTRACIÓN ARTfSTICA nos ocupamos de otro cuadro del
que también reproducimos.
mismo autor, titulado La muerte de Galileo, expusimos á granReciba Arnáu nuestros sinceros plácemes por su reciente des rasgos algo sobre la vida de este sabio, y algo dijimos acertriunfo y nuestros votos para que su nombre llegue á figurar ca del episodio que ha servido de tema á Barabino para el que
entre los de los escultores que honran á nuestra patria. ,
hoy publicamos; con este lienzo ha creado el notable pintor
italiano una composición de excepcional belleza, en la que la
atención del espectador se siente atraída con igual fuerza por
•*•
la figura del anciano, en cuyo rostro se leen los estragos del
Meditación, cuadro de D. Emilio Sala. - En la estudio y de los padecimientos físicos y morales, que por el
silueta que de Sala tiene trazada el distinguido critico y queri- grupo de religiosos, en cuyos semblantes se revelan el despredo colaborador nuestro Sr. Balsa de la Vega, leemos entre cio y el odio hacia aquél, que aun después de hecha formal ab·
otras cosas las siguientes: &lt;Pocos, tan pocos que estoy por de- juración, no pudo menos de exclamar con acento convencir que no hay dos, son los pintores españoles que estudien cida~ ¡E pur si muove!
con el pincel y en el libro tanto como Sala..• No satisfecho
nunca de lo que hace, lleva sus estudios plásticos hasta el análisis, y colorista, hoy el primero de los españoles, estudia la luz
y el color de tantas cuantas maneras es dable estudiarlo, busLa muerte de Medea, estatua de D. Rafael
cando siempre aquellos problemas de más intrincada resolu- Atobé (Exposición general de Bellas Artes de Barcelonal . ción ... La originalidad es en Sala una obsesión, no una obse- Rafael Atché es uno de los artistas que descuellan entre la ya
sión adquirida por el empeño de distinguirse, si porque le se- numerosa pléyade de escultores catalanes. Joven y en un breduce el contraste de los colores y los efectos de la luz... &gt;
ve período de tiempo ha logrado tan señalados triunfos y dado
¿A qué seguir? Con lo dicho creemos que bastará para con· tan gallardas m_uestras de sus apti_tudes y genialidad, que su
vencerá nuestros lectores de cuánto vale el insigne maestro nombre figura dignamente confundido con el de los artistas
español, y contemplando el cuadro suyo que hoy reproducimos que honran á España y á Cataluña. De hermosa fantasla, sorse verá que tantos elogios son, tratándose de D. Emilio Sala, prenden sus obras por el sello especial que en ellas imprime,
justicia estricta.
por. un a_lgo ~e bello y grande que acusa su alma de artista y
su 1ma~mac1ón ~e p~eta. Cultiva el arte con entusiasmo, y
•
como siente y se 1denhfica con sus creaciones, modela con soltura, con valentia, con la grandiosidad del verdadero arte del
Héroes anónimos, cuadro de D. Juan Luna que
lo es por excelencia y á todos supera, produciendo dbras
(Salón del Campo de Marte, París, 1891). - El autor del Spoliarium, que con tan buen acierto adquirió nuestra Diputación tan geniales como La muerte de Medea, en la que Atché con
Provincial; de la Batalla de L epanto, que adorna uno de los su poderosa 6 inagotable fantasía ha representado el dolor físisalones del palacio del Senado en Madrid del lienzo decora- co y moral de aquella desnaturalizada madre, las torturas de
tivo que fué premiado con medalla de plata en nuestra Expo- la materia y de la ira.
H~y que ~dv~rtir. que la _obra de Atché es el producto de
sición Universal ele 1888 y de muchísimas otras composiciones
no menos celebradas que éstas, ha abandonado en el cuadro S? pnmera rnsp1rac1ón, es simplemente un boceto ampliado,
que hoy reproducimos los asuntos grandiosos, que para aque- sm que por la premura del tiempo le baya sido posible madullas obras le sirvieron de tema, y ha dedicado sus excepciona- rar la concepción y por lo tanto mejorarla; pero aun así sorles aptitudes artísticas á un motivo de menos alto vuelo, en apa- prende por la grandiosidad de la cjecuci6n. La violenta actiriencia, pero en el fondo más interesante, porque es más hu- tud de la figura, la angustiosa expresión de su semblante los
bien estudiados pliegues, los pormenores todos contribuy~n á
mano, más sentido y más de nuestros tiempos.
¡Pobres héroes anónimos! Tras una vida de trabajos, de pe- dar á la obra el carácter especial que debe descollar en esta
nalidadades, de sacrificios, una muerte, trágica quizás, aunque clase de producciones.
sin gloria, si la gloria consiste en ese aparato externo en que
aparece envuelto el recuerdo de ciertas existencias; como re·
compensa de una historia conmovedora, rica en deberes cumJABON REAL
JABON
plidos cuanto pobre en goces disfrutados, un nombre ignorado,
que sólo los más allegados pronuncian con amor y con respeto. DE T HR I DAC E 29,;;•d;;1:;1;;;:~Par1s VELOU TI NE
¡ A cuán tristes reflexiones se presta ese modesto entierro del :..co:n,mdos ror aulor:Ja~" madie.s paca la 81:i,oo do 13 fül y Bi!le:1 fel Co!or

NúMERO

503

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

dades deben gratitud á la corporación municipal,
que al instituir este Museo les ha ofrecido medios
para lograr la enseñanza que ha de conducirles al
perfeccionamiento.

..

IVJ:OLETI

VIZCONDESA
POR T.EÓN BARRACAND. - lr,USTRACIONES DE EMILIO BA\',IRD

(CO NTINUACIÓN)

Gilberto hubo de sostenerla porque desfallecía

- Será tal vez porque jamás ha contrariado usted sus ideas ... ó sus intereses
replicó la señorita de Sain'te-Severe.
'
- No puede usted hablar mal de la nobleza, señorita, sin calumniarse á sí
propia, puesto que usted pertenece á ella. ¿Y de ello no se felicita usted? ¿No
es por ventura grato haber nacido Sainte-Severe?
- En e~o se engaña usted, porque no te~go apego alguno á ese nombre, y
h_asta h:i, sido ~ara mí uo_a carga, por no decir que á él debo tal vez mi desgracta. MeJor hubiera preferido uno que me permitiera otro género de existencia
una situación independiente...
'
La institutriz hablaba de la mejor buena fe y comprendiéndolo así Gilberto
no ~upo qué contestar, pues tratábase una cuestión muy delicada, es decir, d~
la tnste necesidad en que la institutriz se había visto de aceptar un cargo remunerado de la anciana marquesa. Por otra parte, extrañaba que aquella joven no
se envaneciera de su nombre, cuando tantas otras, en su lugar, le habrían hecho
sonar muy alto, sobre todo no quedándoles otra cosa.
Para disimular, cogió el pequeño volumen que la institutriz tenía á su lado,
y en cuya encuadernación de piel, ya vieja, veíase el sello de la casa de Fonfreyde.
- Muy pronto agotará usted la biblioteca, señorita, dijo Gilberto. Con su
permiso miraré e.te libro.
Y le abrió.
- ¡Ah! ¿Leía usted la «Servidumbre voluntaria ...» Es cosa muy seria para
una joven.
- No he hallado en esta obra lo que buscaba ...
- Presumo cuál es el enigma que usted trata de penetrar ... lo bien ó mal
fundado de las jerarquías, ¿no es así? ... No lo encontrará usted aquí, porque
esas ideas no existían en tiempo de la Boétie, pues datan solamente del siglo
pasado. Entonces se quería volver al estado primitivo de la humanidad, y se
imaginaba que la igualdad había existido en el origen. En esto se engañaban ...
Lea usted Rousseau, señorita; seguramente la agradará.
- Ya lo conozco.
- Pues bien: si le ha leído usted, confesará que incurrió en un error ...
En todas las clases de la sociedad manifiéstase el deseo de elevarse; es un
instinto natural. La clase superior acaba por dominar; sus individuos se eligen y se cuentan. Tal es el origen de las clases que existen y han existido
siempre y en todas partes ... ¡Es cosa tan difícil y tan lenta fundar un nombre
y una familia! Reflexione usted sobre ello: se necesita la educación, una herencia de tradiciones, todo aquello que no se adquiere con el dinero ... El hombre
enriquecido ayer, el hijo de aldeanos propietarios de un gran patrimonio, el industrial millonario, no son aún más que la simiente de la nobleza; pero pierda
usted cuidado, que ya germinará en sus hijos ... En otro tiempo adquiríase la
nobleza por la compra de un terreno, por decreto real. .. Hoy se alcanza más
comúnmente por usurpación; mas el procedimiento no deja de ser bueno. Llegada la tercera gei:eración, ya no se discute; entonces, las ideas, el modo de

conducirse y las preocupaciones mismas van con el título; y por eso comprendo que enorgullezca formar parte de la clase escogida.
-¿Nos engreímos por ventura de ello? ... repuso la institutriz. No hablo por
mí: .. pero vea usted el vizconde de Cabro!; á juzgar por las personas con quienes trata y los apretones de manos que reparte, cualquiera diría que tiene en
muy poco su título.
- Pues hace mal. .. Pero después de todo, una vez aquí, en su casa, puede
hacerse valer por lo que es y tratar con las personas de su clase. Es el rey en
su dominio, en ese hermoso castillo de Mareuil, añadió Gilberto, señalando la
fachada.
-¿Le parece á usted hermoso?, repuso la señorita de Sainte-Severe, fijando
su mirada en el edificio como si le viese por primera vez. Cierto que es muy
grande, añadió, levantándose al mismo tiempo; pero yo preferiría una buhardilla
donde pudiese vivir sola ... Sí, completamente sola y libre hasta de mí misma ...
¡Guy, Juana! ¿Dónde estáis?
La señorita de Sainte-Severe llamaba á los niños, que corrían por la alameda.
- Hasta la vista, señor Maujeán; no me conserve usted rencor porque no
participo de sus ideas. Diríase que ni uno ni otro tenemos las que nos convendrían; el destino tiene cosas bien extrañas.
Gilberto la miró cuando se alejaba, y contristóle reflexionar sobre las injustas
recriminaciones que la joven hacía por efecto de su falsa posición. ¿No era realmente digna de compasión?
Pero harto tenía que hacer en aquel instante Gilberto con sus propias tribulaciones. Precisamente entonces acababa de verá Blanca de Cabro! hablando
con Pedro en el pórtico y se dirigió hacia ellos.
Aquel día Pedro acababa de salir de una de sus crisis. Aún emprendía sus
excursiones á Blatigny, pero con intermitencias de enfermedad, que se prolongaban, obligándole á guardar cama semanas enteras, lo cual olvidaba apenas le
era posible ponerse en pie. Desde que la señora de Chalieu y su cohorte habían invadido el castillo, ausentábase de Mareuil tan á menudo como en otro
tiempo; mas cuando estaba en su casa complacfase en e{ trato de aquellas damas que con ello se sentían halagadas.
La indiferencia que manifestaba respecto á sus manías, sin lisonjeadas nunca,
sin asociarse á sus supersticiones de casta ni á sus prácticas devotas; sus arranques irreverentes sobre este punto, en boca de un hombre de la alta sociedad, divertían á las huéspedas,:sin causarles ninguna extrañeza. En Pedro eran
naturales aquella ingenuidad y desenvoltura de b1,1en tono, que hacen que todo
le sea perdonado al que las posee; pero lo que más divertía era su conducta
con la marquesa de la Fonfreyde, asunto de broma para todos.
Pedro se mostraba en extremo amable con la abuela de su esposa, y la anciana, por bondad natural y también por consideración á las atenciones de que
era objeto, tenía para él tesoros de indulgencia. Tal vez su tolerancia era fruto
de una amarga experiencia de la vida, pues el general no había sido modelo de
esposos; su mismo hijo, antes de casarse, le ocasionó más de un pesar, y ahora
el marido de su nieta hacía como ellos. Esto no le extrañaba, y siguiéndole con
los ojos, tenía para él esas sonrisas reservadas tan sólo para los calaveras á
quienes se quiere, y no le guardaba rencor alguno, pues no sospechaba que
Blanca sufriese con su conducta.
La vizcondesa, que había aprendido desde un principio á perdonar, seguía
perdonando aún, y mientras, Gilberto la veía aceptar de buen grado ante los
huéspedes del castillo las galanterías de Pedro, quien se proponía sin duda dejar bien sentado á los ojos de todos que sus relaciones eran siempre afectuosas.
Y Blanca se prestaba á este juego; cualquiera otra mujer en su situación habría
dado á su esposo contestaciones frías, mostrando esa expresión irónica que
obliga al esposo culpable á mantenerse en su lugar y poner término á la comedia; pero la vizcondesa no quería proceder así. Sin embargo, hasta en sus momentos de abandono manteníase en cierta reserva, como si se preparase á la
defensa. Presentíase que una parte de ella misma, un lugar de su corazón, habíase cerrado para Pedro y_ que por cariñosas que fuesen sus palabras en público no podían repetirse en ~tra parte, quedando siempre un límite infranqueable.
Gilberto era tal vez el único que observaba estos detalles para los demás inapreciables.
_En el primer piso, en el fondo del vestíbulo, había una puerta ante la cual
G1lberto no pasaba nunca sin detenerse un instante para escuchar los latidos
de su corazón: algunas veces encontrábala abierta cuando la doncella estaba en
el aposento, y entonces podía deslizar una mirada furtiva hasta el interior de la
habitación. Por las altas ventanas entornadas, á través de las cortinas de seda
blanca que ondulaban impelidas por la brisa, penetraban raudales de luz haciendo brillar el pavimiento de madera de castaño, que parecía recortado en
marfil. Lo~ rayos ~olares ilumin~~an las gasas que cubrían el espejo del tocador, la páhda tapicería de los sitiales, las líneas delicadas de los pequeños mue•
bles de palo de rosa, el gran lecho con columnas torneadas y hacían desaparecer de los últimos rincones todo misterio y toda sombra sospechosa. De todas
aquellas blancuras. qu~ la luz inundaba parecía emanar un no sé qué de casta
pureza. Era la habitación de Blanca de Cabro!. Aunque más grande y mejor
adornado, parecía el cuarto de una niña el santuario de sus sueños inocentes.
Cierto día atrevióse á dar algunos pa;os en la habitación al notar que podía
hacerlo sin ser visto. Hallábase el aposento en el desorden que se produce después de un despertar perezoso; las sábanas del lecho tiradas á un lado el cu?repié~ caído Y. los mil objet~s de to~ador diseminados. Gilberto per~aneció
inmóvil en medio de la estancia, embnagándose en la contemplación de todos

�LA

NúMERO

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

aquellos mudos testigos que le revelaban el secreto de las noches solitarias,
penetrado de compasión por aquella mujer sacrificada en su juventud, protestando con sus ademanes de su amor y respeto y sintiendo latir su corazón tan
apresuradamente, que parecía saltársele del pecho. Después, como si la emoción
le ahogara, salió de allí para no prorrumpir en sollozos.
¡Mas no era de aquella habitación de donde debía huir, sino del castillo y hasta
de Mareuil! ¡Sí, debía ir lejos, muy lejos de aquellos lugares, donde el suplicio
era para él cada vez más terrible y todo por culpa de la vizcondesa!
Veía, en efecto, que las confesiones que ella le había permitido eran para
Blanca, lo mismo que para él, un fermento depositado en el corazón y que este
fermento se desarrollaba en la vizcondesa. Podía reconocer diariamente, con
terrores mezclados de indecible embriaguez, aquel rápido progreso: la franqueza
misma de Blanca, su abstención de toda coquetería y el placer que manifestaba
al mostrarse generosa, no permitían engañarse sobre este punto. En fin, hasta
su juventud, su ardimiento, su sana constitución, que no conocía la enfe:medad; todo se ligaba para impelerla hacia él y someter á los dos á terribles
pruebas.
.
No podían ya verse sin una penosa reserva; no podían permanecer solos-sm
palidecer al punto; su voz temblaba, y en las palabras más insignifican~es disimulábase mal su continua preocupación. No osaban casi levantar los OJOS, persuadidos de que un ademán, una frase demasiado dulce, la perturbación de sus
sentidos les hubiera arrojado en brazos µno de otro. Por eso bendecían á la
persona que acertaba á llegar, considerándola como un salvador; y sin embargo,
un imán irresistible los atraía mutuamente sin cesar y sólo eran felices cuando
estaban juntos.
Tal vez Blanca hacía como él; tal vez cuando estaban alejados uno de otro
meditaban audacias para el momento en que volvieran á encontrarse; pero llegado éste, tenían miedo y á nada se atrevían. ¡Ah! Ahora no hubieran ido á correr por las colinas y á perderse en los senderos bajo la espesura de los pinos y
la sombra de las encinas, para ir á reposar después en la «estación del descanso.»
Gilberto lo propuso tímidamente... Blanca sonrió y movió la cabeza sin contestar.
A medida que iban transcurriendo los días, más aumentaba su inquietud; estaban poseídos de una verdadera fiebre.
Algunas veces enco:itrábanse en los largos corredores del castillo. Blanca se
detenía al punto, con los ojos bajos y el rostro pálido, cual si hubiese sentido
una súbita sacudida en el corazón; pero él no era más valeroso; manteníase
también á cierta distancia, temeroso como ella, aunque más desgraciado, y apelando á su lealtad para reprimir los impulsos que le impelían hacia la vizcond_esa. Aquellos dos deseos, sin cesar frente á frente y que luchaban para no ururse, tenían algo de un heroísmo sobrehumano que imponía admiración y piedad.
Gilberto no se mantenía siempre en esta reserva; su pasión le arrebataba á
veces, y entonces no podía ver á Blanca sin coger sus manos con verdadero

,,
Inclin6se h¡¡cia Gilberto con a vicia curiosidad y preguntóle

frenesí y estampar en ellas delirantes besos. La vizcondesa se defendía, pero
cada vez con menos vigor, dejándose dominar de languideces repentinas, y Gilberto cada vez ganaba más terreno, comprendiendo la turbación y debilidad de
Blanca, adivinando que también ella era presa de esos vértigos en que la razón
la abandonaba y hacía vacilar su voluntad. El valor de ambos se gastaba en
aquellas luchas.
Una tarde, al cruzar Gilberto por el vestíbulo, vió abierta la puerta de la habitación de Blanca; el calor había alejado del castillo á todos sus habitantes,
que siempre iban á buscar la sombra en la espesura del jardín; oíase el rumor
de voces á lo lejos y los gritos de los niños que jugaban, y Gilberto pensó que
Blanca se hallaba con ellos.
Lo mismo suponía de él la vizcondesa, pues cuando pasó por el corredor dirigió una mirada á la puerta para ver quién era. Al reconocerle, sus mejillas palidecieron y sonrió sin poder ocultar su turbación.
Gilberto vaciló también, después dió un paso hacia ella, y al fin entró.
Blanca se acercó vivamente á la ventana como para que la viesen desde
fuera.

503

- ¿No está usted en el jardín?... preguntó con acento breve.
- No... , y yo creí que usted misma.,.
.
.
Los dos guardaron silencio, y para no ser visto desde el exterior, G1lberto se
había retirado algunos pasos hasta el ángulo del lecho, en el cual permanecía
apoyado, sintiendo que las piernas le flaqueaban.
.
.
Blanca estaba vuelta de espaldas, distrayéndose en la con.templac1ó,n del Jardín; pero sabía dónde se hallaba Gilberto, y en este pe~sam1ento hab1a una especie de fascinación que según presumió Blanca la obligaría á volverse á pesar
suyo. Así lo hizo, en efecto, un minuto después.
Entonces Gilberto vió un rostro tan pálido que apenas pudo reconoce~le, con
ojos desmesuradamente abiertos y una sonrisa como de dolorosa angustia.
- ¡Oh, Blanca!... exclamó fuera de sí.
.
La vizcondesa &lt;lió algunos pasos para dirigirse hacia la puerta, mas al pasar
junto á Gilberto dejóse caer de pronto, como si las fuerzas la abandonaran por
completo.
Gilberto hubo de sostenerla porque desfallecía; el peso de su cuerpo era tal
que le arrastraba; teníala suspendida en sus brazos con la cabeza ec~ada hac~a
atrás y la boca húmeda y entreabierta. Inclinándose lentamente h~c1a ella! Gt!berto vió palpitar sus párpados, su leve sonrisa, q~e pare~ía pedirle.gra;ta en
medio de la angustia y de la vergüenza de la aqmescenc1a. Sus lab10s iban á
unirse...
Pues bien: aun en aquel instante mismo, en el delirio de la pasión - tan
arraigadas estaban en él sus impresiones de niño, - Gilberto pensó en la distancia que les había separado tanto tiempo y que no creía borrad~ aún; ;onmovióse y se asustó del inmenso sacrificio que ella le hacía y de la mmens1dad de
la caída...
La vizcondesa tuvo tiempo de reponerse y de huir poseída de espanto.
Por la noche mostróse muy alegre; tuvo las más delicadas atenciones para
Gilberto, y parecía deseosa de hacerle compr~n~er que le ~aba gracias.por ~o
haber abusado de su debilidad, ó tal vez atnbmase el ménto de la res1stenc1a
ó de haber vuelto á la razón, aunque algo tardíamente.
., .
.
El peligro, pues, por esta vez había pasado, pero se reproducir~a al día siguiente y en los sucesivos, y llegaría un momento en que no lo evitarían. Los
dos pensaban en esto con terror, juzgándose condenados de antemano, que·
brantados desfallecidos, débiles como niños. Casi deseaban la derrota para
salir de ;quella incertidumbre y comenzar una vida nueva en la realidad de
un desastre.
Y entonces fué cuando la más terrible de las desgracias les afligió de improviso, salvándolos de sí propios.
VIII
Pedro guardaba cama, y las semanas transcurrían sin producirse ninguna mejoría; el vizconde no solía inquietarse por eso; pero los temores iban en aumento á medida que la enfermedad se prolongaba.
Gilberto veía al doctor inquieto y pensativo: era éste un cirujano de Chatillón que iba todos los días á Mareuil y á quien aquél solía acompañar hasta el
coche después de cada visita.
- La cosa es grave, contestaba á las preguntas que Gilberto le dirigía, y no
veo ninguna mejora sensible ...
Las respuestas eran transmitidas por Gilberto á Blanca, que no quería ya separarse de la cabecera del lecho de su esposo.
Poco á poco se acostumbra uno á las peores situaciones, y por más que el parecer del doctor debiese prepararles á temerlo todo, no desesperaban, ni podían
fijarse tampoco en la idea de una catástrofe. Gilberto la rechazaba como pensamiento odioso y culpable.
Por eso el día en que el doctor le anunció que no había remedio para su
amigo, la noticia le produjo un efecto terrible como si se tratase de algo ines•
perado.
·
Su pensamiento flotó indeciso, luchando entre mil impresiones contrarias, en
una confusión en que se bosquejaba vagamente la nueva situación en que iba
á encontrarse respecto á Blanca. La mayor felicidad que había soñado, los obstáculos que se acumulaban ante su amor, desvanecíanse de repente, y todo, parecía venir á través de los lúgubres velos y las espantosas angustias de aquella
muerte. ¡Pedro iba á sucumbir, y era preciso que muriese para que él fuera
dichoso! ...
Pálido, sin voz y con la mirada fija permanecía inmóvil; mientras que el doctor le examinaba silenciosamente con ojos acostumbrados á leer en las fisonomías el efecto de estos terribles pronósticos.
- Sí, está perdido, repitió ... Sería conveniente avisar á la señora vizcondesa,
por si se han de tomar algunas disposiciones ... Pero los hombres no sirvoo para esto; mejor sería una mujer.
Gilberto pensó en la señora de Chalieu.
- ¿La señora de Chalieu?, repitió el doctor ... Está bien ... Mañana hablaré
con ella.
Y subiendo á su coche, arreó el caballo, mirando hacia adelante, como si
pensara ya en las otras aflicciones de que iba á ser testigo.
Gilberto volvió á la habitación de Pedro, situada en una de las alas del castillo, que se unía con las cuadras. Varias panoplias y trofeos pendientes de las
paredes constituían todo su adorno; de modo que aquello parecía una habitación provisional, una especie de pabellón arreglado de improviso. A la verdad,
el vizconde habitaba poco aquella estancia... y ahora ya no debía salir de ella vivo.
Hallóle sentado en la cama, con la pechera de la camisa entreabierta y la
colcha arrollada sobre las rodillas. Parecía esperar ansioso la vuelta de su amigo, tal vez porque la prolongada auscultación á que el doctor acababa de someterle habíale inspirado inquietud, ó bien por haber creído ver una sombra de
tristeza en el rostro de Gilberto. Inclinóse hacia él con ávida curiosidad y preguntóle:
- ¡Vamos! ¿qué opina el doctor? ¿Es grave? ...
- No ... ya estás mejor ...
- ¿No me engañas?, repuso Pedro con la mirada siempre fija en su amigo.
Y añadió después de una pausa, tratando de sonreír:
- ¡Es que no quisiera todavía abandonar este mundo!
Gilberto se estremeció al oír estas palabras, que revelaban ardiente amor á
la vida; mas contestó con tono alegre y una especie de brusca solicitud:

NÚMERO

503

LA

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

- ¡Pero hombre, échate!... ¡Cuando te digo que no
será nada!... Sin embargo, es preciso cuidarse... ¡Vamos, tápate y ten juicio!...
Mientras Gilberto se esforzaba para tranquilizar á
su amigo, éste le miraba con tenaz fijeza, como si hu•
.
1
hiera querido leer en sus ojos qué suerte le esperaba,
y al fin acabó por creer lo que se le decía; entonces
serenóse su fisonomía, é ideó mil proyectos para cuando se restableciera. Esta excitación que Gilberto no
pudo calmar, devolvióle en un instante toda una apariencia de salud, y Blanca que en aquel momento entró en la estancia admiróse de ello: érale tan doloroso renunciará la esperanza, que le bastaba un pretexto para tranquilizarse. Así es que con acento de
alegría exclamó:
- ¡Qué notable mejoría! ¡Si parece que no tiene ya
nada!
- ¿Quién lo duda?, repuso Gilberto.
Y sin que Pedro lo notase, dirigió una triste mirada á Blanca, que ésta no comprendió.
Al día siguiente, la señora de Chalieu comunicó á
la vizcondesa lo que el doctor había dicho.
Pocos instantes después, Gilberto la encontró cuando iba á la habitación de su esposo; la vizcondesa se
detuvo al verle y comenzó á llorar.
- ¡Dios nos castiga!, exclamó.
- ¿Y por qué? ... ¿Qué motivo hay para ser castigados?
- Es verdad ... , replicó Blanca. No hemos hecho
nada malo ... Hemos sufrido y nada más... pero no
puedo creer en tal desgracia. ¡Yo le salvaré! ¡Le salvaremos!... Debemos hacerlo...
Y tendiéndole la mano como si apelara á su abnegación, enjugó sus lágrimas, sonrió como lo hacía
siempre al presentarse á su esposo y separóse de Gilberto.
Este último, al verla alejarse y reflexionando sobre
el golpe imprevisto que la suerte les deparaba, como
para acercarlos más y legitimar votos que antes eran
criminales, no pudo menos de preguntarse si Blanca,
lo mismo que él, habría fijado su pensamiento en las
consecuencias de lo que iba á suceder. Era probable que en medio de las angustias en que ahora vivía, su amor se hubiese concentrado en lo más recóndito
de su corazón y solamente quedara un sentimiento dolorido, en cierto modo
purificado. Blanca pensaría sólo sin duda en sus dolores presentes, sin que le fuera posible ver más allá ni proyectar cosa alguna. La suerte iba á decidir por ella.
Sin embargo, ante el acontecimiento que se acercaba, la señora de Chalieu y
demás amigas habían manifestado su intención de partir; pero se las invitó á
quedarse, pues mejor era que el castillo conservara su aspecto acostumbrado y
estuviese animado con su presencia: el silencio y el súbito vacío podrían impresionar tristemente al enfermo, y ante tal consideración, consintieron en permanecer con la familia, ofreciéndose á prestar su auxilio á Blanca para cuidar á
Pedro.
El vizconde se debilitaba cada vez más, sin que pudiese creer que se hallaba
tan cerca de su fin; y muy por el contrario, imaginábase que su enfermedad
atravesaba una fase aguda á la cual seguiría el restablecimiento. A medida que
el tiempo corría, Gilberto pudo notar que una vaga inquietud atormentaba á la
señora de Chalieu.
En el salón se celebraban secretos conciliábulos, presididos por el abate Souchón y á los que el también asistía.
Discutíase en ellos sobre el estado de Pedro, calculándose los días y horas
que le quedaban de vida... y entonces fué cuando se realizó la predicción de
la señorita de Sainte-Severe cuando pretendía que las ideas de Gilberto no se
conciliaban exactamente con las de aquellas señoras.
- ¡Veamos!, dijo una tarde la condesa de Chalieu al abate, este es el momento
oportuno, señor cura ... No podemos dejarle morir de ese modo, sin que se ponga bien con Dios... Nos remordería la conciencia. ¿Qué espera usted para hablarle?
El abate Souchón no esperaba más que una palabra, una señal; hallábase
dispuesto á cumplir con su deber.
- ¡Muy bien!, dijo la condesa; pues que sea mañana... El pobre muchacho
no debe esperar ya sino en Dios. ¡Que le haga el sacrificio de su vida! ... Sí, mañana. ¿No opina usted como yo, señor Maujeán?
Gilberto hubiera preferido callarse, pues comprendía por primera vez que en
aquella sociedad en que se había mezclado regían ciertas conveniencias é ideas
con las cuales no podía transigir, No se había penetrado de ellas hasta entonces, y en el mismo instante en que se le revelaban no hubiera querido lastimarlas; pero la compasión que Pedro le inspiraba se antepuso á todo.. . .
- Pues bien, señora, dijo: ya que me pregunta usted cuál es mi opinión, la
expondré francamente. Pedro no sospecha en mo~o alguno que se halle en ta~
grave estado, y lejos de ello, cree que no hay pehg.ro para él. Temo que m1
amigo sufra una conmoción espantosa, el más horrible de los tormentos morales cuando se le diga que debe resignarse á morir...
medida que hablaba veía pintarse la sorpresa y el disgusto en el semblante
de los que le oían; mas no por eso renunció á expre~ar todo ~u pensamiento.
- Pedro añadió no es un filósofo que haya reflex10nado fnamente sobre este
momento. Siempre' vivió como si no debiese morir nunca, y dada su indiferencia en materia de fe, sería una crueldad inútil...
La señora de Chalieu le interrumpió, fijando en él una mirada de enojo:
- ¡Inútil, exclamó, cuando se trata de la salvación des~ alma! ¡No reflexiona usted sobre ello señor Maujeán! ... ¡Cómo! ¿El desgraciado no se cree en peligr-0 y ¡nada hemo; de decirle!. .. No, no; morir~ como cristiano ... ¿Cree usted
por ventura que le faltará valor? ¡No sería propio de un Cabro!! .. Yo, en su lugar, nunca perdonaría á los que no me advirtieran y no me dejaran t!empo
para prepararme. ¿Sería justo que to~o el mundo suyiera que voy á monr y lo
ignorase yo solamente? ¡Esto fuera ndículol... El senor abate sonríe y aprueba
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Pedro abraz6 repetidas veces á Cuy y á Juana

lo que digo ... Dios espera á Pedro allá arriba, ... y cuando nuestro amigo esté
en el cielo nos bendecirá por no haberle privado de su parte del paraíso ... ¡No
se ha de pensar tan sólo en el presente, señor Maujeán, sino en el otro mundo
también!
El abate Souchón tomó á su vez la palabra:
.
- Veo, dijo, que el señor Maujeán tiene falsas ideas respecto á mi intervención. Iré á ver al señor vizconde como amigo, y me guardaré bien de atemorizarle; sólo incidentalmente le hablaré de reconciliarse con Dios, diciéndole que
no está en peligro de muerte, pero que siendo todos mortales, mejor es...
- ¡Muy bien!, exclamó la señora de Chalieu.
Y añadió como para concluir:
- De todos modos consultaremos á Blanca y esto es suficiente.
En efecto, aquella misma noche habló á la vizco'ndesa, que anegada en lágrimas no tenía ya voluntad y consintió en todo.
La condesa de Chalieu, por lo demás, procedió con muy buen tacto al día
siguiente, cuando se hallaba en la habitación de Pedro.
- Ahí está el abate Souchón, dijo, que viene á informarse sobre la salud de
usted. ¿Quiere usted verle?
Pedro fijó en la condesa una mirada de terror, pero se contuvo.
- ¡Ya lo creo!, contestó; que entre...
La señora de Chalieu, encantada al oir esta contestación, corrió hacia la
puerta, y al abrirla cruzó con el abate una sonrisa de satisfacción celestial.
El sacerdote y el enfermo quedaron solos.
Una hora después, cuando Gilberto entró otra vez en la habitación de Pedro,
causóle espanto ver á su amigo: éste había envejecido bruscamente; en sus mejillas socavadas, en sus ojos hundidos, en aquel rostro en que se había impreso
repentinamente el sello senil, leíase el pesar de abandonarlo todo. Apoyándose
sobre un costado, con una mano fuera del lecho, mano que el abate acababa
de estrechar al retirarse, permanecía inmóvil en actitud de abatimiento profundo.
- ¿Conque estoy perdido?, exclamó.
- ¡Vaya una ocurrencia!, repuso Gilberto. ¿Piensas que esa visita del abate?... No ha sido más que para verte.
El enfermo sonrió con expresión desesperada.
- Me ha hablado de confesión ... Todo lo he comprendido. ¡Si creerá engañarme! ... Por lo demás, me ha dicho cosas muy buenas. En fin, tal vez tenga
razón, añadió Pedro fijando en su amigo una tímida mirada; no se puede morir
así; es preciso arrepentirse, hacer examen de conciencia, ..
Gilberto adivinó su falsa vergüenza, y apresuróse á tranquilizarle.
- ¡Bueno! Confiésate si quieres ... ¿Quién sabe?... Pero, por Dios, no te asustes...
Pedro estaba aterrado, y en sus facciones revelábase una lenta descomposición.
- ¡Morir! ... ¡Es preciso morir!, decía.
Y agitándose bruscamente, exclamó con tono resuelto:
- ¡No, yo no quiero!. .. ¡No moriré... aún no!
Y con ademanes violentos repetía las mismas palabras; después enmudeció,
fija la mirada en el pensamiento y como desfallecido,
Aquella postración duró un rato, y al fin Pedro se incorporó, haciendo un
esfuerzo enérgico; sus ojos se reanimaron cual si hubiese recobrado todo su valor, y dijo á Gilberto con triste sonrisa:
- ¡Me creía más fuerte ... pero no tengas cuidado! Esto pasará, y quedarás
contento de mí.
En aquel momento entraba una sirvienta.; Pedro le ordenó que fuera á buscar
á la vizcondesa y que trajese á los niños,
( Co11tin11ard)

�LA

526

ILUSTRACIÓN ARTÍS1'ICA

NúMERO
\

503

la resistencia de la columna líquida, es decir, aumen- á su longitud común, es conveniente emplear tabiques
tar su sección y disminuir su espesor: la primera con· con el mayor número de canales posible. El efecto
dición
lleva á suprimir el platino y la segunda obliga separador de estos tabiques se debe á los fenómenos
PRODUCCIÓN INDUSTRIAL DEL HIDRÓGENO
á
emplear
en la construción del voltámetro principios capilares, y en su estudio ha de atenderse al efecto
Y DEL OXÍGENO POR LA ELECTROLISIS DEL AGUA
nuevos. Un voltámetro de laboratorio se compone, separador de los gases y á su resistencia eléctrica:
Cuando no se disponía de los medios necesarios sea de un tubo en U, sea de una vasija en la cual los para estudiar la primera de estas propiedades, se supara el transporte de los cuerpos gaseosos en un pe- electrodos están cubiertos por campanas (fig. 1, Ay B); merge en agua el tabique poroso, fijado por una junpero de todos modos la corriente eléctri- tura hermética á un tubo de cristal (fig. 2) y se ejerca debe seguir un camino tortuoso y es- ce una presión creciente hasta que se observa el patrecho para pasar de un electrodo á otro, so de las burbujas: la presión que acusa entonces el
mientras que si se deja los electrodos manómetro indica, transformada en altura de la soenteramente libres en el baño, los gases, lución electrolítica, las desnivelaciones que puede
subiendo en abanico, se mezclan al lle- soportar el baño.
gar á cierta altura, siendo necesario seDesde el punto de vista eléctrico los tabiques son
pararlos por medio de un tabique (figura de calidad desigual, resultando de todos los experi1, C). Si éste es aislador é impermeable mentos realizados que los mejores son los de tela de
no importa elevar los electrodos sensi- amianto; pero como ésta no separa enteramente los
blemente sobre su borde inferior: ahora gases más que con una presión que no,exceda de albien, cuanto más aproximados están los gunos centímetros de agua, hacbse preciso llevar
electrodos más se ha de bajar el tabique. siempre la variación del nivel á estos estrechos límiLa extensión y aproximación de los elec- tes por medio de un dispositivo especial: en efecto,
trodos es el punto capital de la cuestión no cabe esperar que toda la canalización esté siempre
·como lo demostrará el siguiente sencillo en condiciones tales que no pueda producirse nincálculo.
guna diferencia de presión. Para igualar los niveles
La electrolisis visible del agua empie- en los límites útiles se interpone entre el voltámetro
za con una fuerza electromotriz de 1'7 v. y la canalización un compensador que en realidad
aproximadamente; si se aumenta dicha
fuerza en las bornas del Yoltámetro, la
corriente y por ende la producción de
gas aumenta en proporción al exceso de
su valor sobre 1'7 v., pero al mismo tiempo la corriente calienta el circuito, es
decir, produce un trabajo parásito, de lo
cual resulta pérdida. Con 1 1 7 v. la pro•
ducción alcanza su máximo, pero el efecto útil es nulo; para hacer buen uso de
Fig. I. Voltámetros. -A y B. Formas más usuales de los voltámetros de los instrumentos es preciso admitir cierlaboratorio. - C. Diagrama de la ascención de las burbujas de un vol·
ta pérdida de energía, tanto menor cuan•
támetro.
to menos costosos son los voltámetros y
cuanto que la economía más debe ser en
queño volumen, era inútil la preparaci6n industrial la corriente que en los aparatos, pudiendo admitirse
de éstos; pero desde el momento en que sin peligro como buena proporción el empleo de 3 volts, es dealguno se almacena hoy un gas en un cilindro á una cir, una pérdida de algo menos de la mitad de la
presión hasta de 200 atmósferas, la producción in- energía disponible. En estas condiciones un voltádustrial del mismo ha podick&gt; ser atacada de frente, metro cuya resistencia interior sea de 1 ohm produy así vemos entregados al comercio el ácido sulfúri• ce 0'65 litros de hidrógeno por· hora, al paso que
co, el cloruro de metilo y el ácido carbónico licua- desprende 6. 500 si su resistencia es sólo de una diezdos, Jo propio que el oxígeno y el ázoe preparados milésima de ohm, á bien que en este caso la corrienpor un procedimiento químico, y en la actualidad la te se acercaría á 15.000 amperes.
Los principios nuevos que permiten la construc- Fig. 2. Dispositivo para el estudio de la reacción capilar
electrolisis del agua va á permitir entregar en igual
en las membranas ó vasos porosos.
ción de voltámetros para la producción en grande,
forma oxígeno é hidrógeno puros y baratos.
¿Y para qué sirven estos gases? preguntará alguno. son los siguientes: sustitución de una solución alcaEn cuanto al hidrógeno puro, una de sus principales lina á la solución ácida, lo que hace posible el em- no es otra cosa que un doble frasco de Mariotte:
aplicaciones es para llenar los globos aerostáticos con pleo de electrodos de hierro é introducción de un ta- cuando se quiere obtener gases puros se introduce
en el compensador una solución de ácico tártrico que
gran ventaja sobre el gas del alumbrado, pues siendo bique poroso entre éstos para separar los gases.
Líquido electrolítico. - M. Renard en sus ensayos retiene las partículas de álcalis arrastradas por la comenos denso que éste permite disminuir la superficie
del globo, lo que es muy importante tratándose de ha empleado una solución de soda cáustica al 15 por rriente de gas.
El estudio del laboratorio ha suministrado, pues,
globos dirigibles. Además, el hidrógeno ligeramente 100, proporciones que dan el máximo de conductitodos los elementos de un problema que desde ahocarburado es superior al gas de hulla para la calefac- bilidad.
Tabique poroso. - Dado que la conductencia (lo con- ra puede entrar en el dominio de la industria.
ción y el alumbrado, y finalmente el soplete oxhídriAparatos industriales. - El voltámetro industrial
co, indispensable eo el tratamiento de los metales trario de resistencia) de los canales practicados en el
muy refractarios, consume grandes cantidades de tabique perpendiculares á la dirección de éste que de M. Renard se compone de un gran cilindro de
deben conducir la electricidad, es proporcional á su hierro: una batería de estos volt4metros está repre·
oxígeno y de hidrógeno.
Por lo que respecta al oxígeno, hace muchos años sección total á la vez que inversamente proporcional sentada á la izquierda de la fig. 3. El electrodo inte·
que se le emplea en terapéutica para procurar un alivio á los que padecen de asma y para combatir la
albuminuria, y, en sentir de algunos médicos, también la anemia.
Locura hubiera sido hace quince años querer obtener resultados remuneradores por la electrolisis del
agua, pues tal investigación hallábase subordinada á
la producción industrial de la energía eléctrica.
No hemos de afirmar la prioridad de ensayos y
descubrimientos: la cuestión estaba en el aire y ha
sido casi simultáneamente abordada por tres hábiles
experimentadores: un físico ruso, M. Latchinof, profesor en San Petersburgo; el doctor d'Arsonval, sabio
profesor del colegio de Francia, y el comandante
Renard, director del establecimiento de aerostación
de Chalais. M. d'Arsonval recogía el oxígeno para
los experimentos de fisiología al paso que M. Renard
atendía á la producción del oxígeno puro. Las soluciones, aunque en principio parecidas, han sido obtenidas por medios diferentes; siendo, en nuestro
sentir, la del último la más completa desde el punto
de vista industrial. De ella vamos á dar cuenta tomando los datos de la comunicación que el eminente ingeniero militar dirigió hace algún tiempo á la
Sociedad francesa de Física.
Transformaciones del voltámetro. - En un laborato•
río es indiferente que un litro de hidrógeno cueste
un céntimo ó una peseta: la resistencia interior de
un voltámetro y el precio de los electrodos de platino
de algunos gramos no han de detener á un físico ante un experimento; pero tratándose de una producción en gran escala, es preciso rebajar lo más posible
Fig. 3• Vista en conjunto de una instalación para la electrolisis industrial del agua
SECCIÓN CIENTiFICA

NúMERC

LA

503

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

tros. La resistencia eléctrica es de unos 0'007 5 ohms,
produce 365 amperes con 2'7 volts, y consume por
consiguiente cerca de un kilovat: su producción de
hidrógeno es de 158 litros por hora. La fig. 3 da una
idea de una fábrica para la electrolisis del agua.
Réstanos ahora decir algo acerca del precio á que
resultan el hidrógeno y el oxígeno obtenidos por los
procedimientos descritos: un voltámetro vale unas roo
pesetas, y como funciona con muy poco desgaste, la
amortización puede calcularse á lo sumo en un 10
por roo, y como en marcha continua produciría más
de 1.500 metros cúbicos de gas al año, resultaría algo
menos de un céntimo por metro cúbico. La soda
cáustica se recupera constantemente, y por lo tanto
lo único que se pierde es el agua destilada; pero como un metro cúbico produce más de 2.000 metros

rior va metido en un saco de tela de amianto cerrado por debajo y ligado por arriba, con agujeros que
permiten la ascensión de los gases en el interior del
cilipdro. El aparato está herméticamente cerrado en
su parte superior, y los dos electrodos permanecen
aislados por una lámina de caucho; sobre el nivel
del líquido el electrodo es continuo y forma canal para el gas. El hidrógeno y el oxígeno, al salir
por los orificios superiores, van á parar al compensador.
Las constantes del voltámetro establecido por el
comandante Renard son las siguientes: altura del
electrodo exterior, 3'405 metros; del interior, 3 1290;
diámetro del electrodo exterior, 0'300 metros; del
interior, 0'174.
El hierro empleado tiene un espesor de 2 milíme-

cúbicos de gas, el gasto de agua apenas significa un
céntimo por metro cúbico.
En el caso de que la energía eléctrica deba ser tomada de una máquina de vapor, y suponiendo pérdidas muy pequeñas en la dinamo y en la canalización, podrá contarse con una producción de un metro cúbico de hidrógeno y 500 decímetros cúbicos
de oxígeno por diez caballos-hora, ó sea un gasto de
ro kilogramos de carbón ó de unos 25 céntimos de
peseta.
De suerte que fijando en 50 céntimos el precio
del metro cúbico de gas, el cálculo resulta más que
prudencial, y aun hay que tener en cuenta que en
las localidades en donde se dispone de una fuerza
motriz natural todavía el precio será más bajo.
(De La Nature)

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ILUSTRACIÓN ARTISTICA

503

escultura en yeso de D. Rafael Atché. (Exposición general de Bellas Artes de Barcelona.)

JARABE ANTIFLOGÍSTICO DE BRIANT

.............ta, VAI-LB DB BIYOLJ., 1.60, PAJll.B, JI ... todCIB lCIBJl'Grm4c,_

El JAR.ABE DE BRLANTrecomenda\lo del!de su princlpl9 por los profesores
Laennec, Thénard, Guenant, etc.; na recibido la consagración del tiempo: en el
año 1829 obtuvo el privilegio de Invención. VERDADERO CONFITE PECTORAL, con base
de goma y d~ ababol.es, convlene,.sobre touo á las personas' delicadas, como
mu,Jeres y nlnos. s u gusto excelente no perjudica en modo alguno á su etlcacta
conl,ra los RESFRHD0S y todas las IRFL!l~Cl0NES del PECHO Y de 108 IITESTIK0S.

Recomendados contra Ju .A.feooionea del Eet6·
mago, Falta de Apetito, Digestiones labo•
riOIIIIII, Aoedias, V6mltoe, Eructoe, y COllccs;
regularizan las Funcicnea del Ellt6mago y

CARNE HIERRO y QUINA

de toa lnwatinoe,
' E1/tlr111elrotu/o1 frma de J. FAYARD.
Adh, DETII.Uf, Farmaoeutioc 1111 PAR18

11 Alimento mas ro;!cante UDÍdo a los Tówcoa mu ,reparadores.

VINO FERRUGINOSO AROUD
T

i1f.l9ADESdelE8To,b
\..\i
--¼"'4110

Pepsina Boudault

COK TODOS LOS PII.INCJPIOS NUTJllTlVOS DB U

CARNE

Cl.tan, BJEllao y VIJlll'.U Diez años de e:xlto continuado y las a1lrmactone11 de

todas las eminencias médfcas preuban que est.a asoc1acmn de la 4larne, el Hierro y la

guiua constituye el reparador mas encrlrtco que se conoce para curar : la Clorósú, la
.4.nemta, las JlemtruacíafW dolorosas, el Jlmpctlrectmtfflto y la .4.lteracton ae la Sangre,
el RaQuttúmq, las .4.feceíDnU e.crofulosas Y eswrbutícas, etc. El 'l'in• IFerru~no■- de
Aroud es, en erecto, el único que reune todo lo que ent.oua y fortalece los organos,
regularizaí coordena y aumenta considerablemente las fuerzas 6 lnfun&lt;le a la san¡re
empobrec &lt;la y descolori&lt;la : el YtQor, la Cowracion y la BMrqta M 'al.

p()f" nagor,en Paril, en casa de J. FERRÉ, Farmaceutieo, 10!, rue Richelicu, Sucesor de AROUD.
SB VENDE BN TOD.lS LAS PRINCIP.U.XS BOTICU.S

Aprobada por la AC!DEIIA DE IEDICIU

' Partlcl~ndo de las propiedades del Iodo
y del Hierro, estas Pil&lt;loras se empican
e~peclalmente contra las EscrofuJas, la
Tísts Y la Debilidad de temperamento,
asi como en todos los casos(Páltdos colorea
Amenorrea, 4 •), en los cuales es necesar!Ó
obrar sobre la sangre, ya sea para devolverla
su riqueza y abundancia normales, 6 ya para
provocar ó regularizar su curso periódico.

EXIJASE e1~ i~'! 1 ARO UD
0

PREMIO DEL INSTITUTO AL O' CDRVISART, EH 1856
Modallu en laa Expoalclonu lnternaclonalu de

PUIS • LYOII • TIEU • PHIWELPBU - P.lRIS
186'7

llln

18;3

1876

111 ■■PUA. CON l t MATO&amp; j;¡JTO ■!t

18i8

t ...

DISPEPSIAS
0ASTRIT18 - 0A8TRAL01A8
DIOESTION LENTAS Y PENOSAS
FALTA DE APETITO
1 OT&amp;OI DBIOllDINII DI Ll DIOIITIOII

BUO LA FORlll DE

ELIXIR• · de PEPSINA BOUDAULT
VINO • • de PEPSINA IOUDAULT
POLVOS, de PEPSINA BOUDAULT
HBIS, Pharmacie COLLAS, 8, rue Dauphlae
.)

Y tn la, pt'iftcfp&lt;tlt1 fal"lll(lcfa1. ~

.

. SOCIEDAD
de fomento

e§,dalla

, tltiro.
. PREMIO

de 2000 fr.

. . .

~

JARABE v PASTA ~;~~~

r.¡o ;,-;:i;:: .

de H. AUBERGIER

dt ¡ionor.

con I.AO'l'C'OAlUVK (Jugo lechoso de Lechuga)

.Aprobados por la Academia de Medicina de Paria é insertadoa en la Co1ecc16n
' O.ticial de F6rmulaa Legalea por decreto miniaterial de 1 O de Marz:o de 185 4 ,
e Una completa innoculdad, una eficacia perreclamente comprobada en el Catarro
' e11,Mmtco, las BronqutUs. Catarros, Reumas. Tos, asma é trrltacton de la garganta, llan
• grangeado al JARABE y PASTA de AUBERGIER una Inmensa fama, »

(B:i:tracto del Formulario MUico tlll S" Bouchardat caúardtico de la Facultad rh Medicina (!6, edic16n),

Venta por mayor: COMAR Y e•, !8, Calle de St-Claude, PARlS
DEPÓSITO EN LAS PRINCIPALES BOTICAS

PATE EPILATOIRE DUSSER

~!'/1,,?J)s rarmareuuco, en Parls,

~ Rue Bonaparte, 40

El ioduro de hierro Impuro ó alterado
N
• 8• es un medicamento Infiel é Irritan te.
Como prueba de pureza y de autenticidad de

las verda deras Pildoras de 1J1ancard,
e:xlgir nuestro sello de plata reactiva
nuestra firma puesta al pié de una etiqueta
verde Y el Sello de garantl a de la Un ión de
los Fabricantes para la represión &lt;le Ja falsl•
ficación. e;•
•SE HALLAN~ TODAS LAS FlllMACIAS

d~SIM!Je basta lu RAl~ES el YELLO del roatro de las damas (Barba, Bigote, etc.), l!D
Dlllgun peligro 113ra el·cut11. SO .Añoa de Íl:ltito,Jmillares de te1Umonio1gm olizaa la eficacia
esta preparaaon. (Se vende en oaJat, pal\, la barba, J en 1/2 oaJat para el blrote licero) . .-ara
los bruos, empléese el P lLJ t' UBJJ;,, DU&amp;SER, l , rue J,.J ,•lleu1-u, Puta.
j

Quedan reservados los derechos de propiedad artística y literaria
b il', DE MONTANER y SIMÓI(

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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