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Ftí~t1ea
ANO X

BARCELONA 24 DE AGOSTO DE 1891

NÚM. 504

Con el próximo número repartiremos á nuestros suscriptores de la Biblioteca Universal el tercer tomo de la HISTORIA DE LOS GRIEGOS
Los suscriptores que lo son desde l.º de enero recibirán en vez de éste el VIAJE AL NILO

CATEDRAL DE LEÓN.-Estatua de NUESTRA SEÑORA LA BLANCA de la portada principal

�LA !LUSTRACIÓN ARTISTICA

53°

NúMERO

504

ta; pero no puede aceptarse que masas de creyentes, la tierra y así depositaban en sus tumbas panes, vique familias enteras fuesen ~ albe~garse ¡_m lugares no, frutas, carnes, muebles, vestidos, hasta novelas
conocidos de los Césares y sm posible retirada. Las escritas en páginas de piedra y juegos de recreo.
Texto. -Las Catammbas romanas. Doctrina Y. a:fe, por mismas entradas de las Catacumbas, aparentes á
A su vez los pueblos de Grecia y Roma desligaron
Eduardo Toda. - El collar de ámbar. Causa cnmmal, por
Luis Mariano de Larra. - Nuestros grabados, - Vizcondesa la vista y nunca ocultas, prueban que al construir- enteramente el alma del cuerpo el día en que ésta
(continuaci6n), por Le6n Barracand, ~on ilust~acion7s de las no se pensó en disimular su existencia ó hacer- era llamada á los juicios de Dios. Lloraron á sus
Emilio Bayard y grabado de Iluyot. - Libros enviados a esta las lugar de reparo: díjose desde luego que servirían muertos en la eterna separación de la tierra, y mienRedacci6n por autores 6 editores.
para necrópolis, y tal destino tuvieron y en tal con- tras creyeron que únicamente al espíritu le era dado
Grabados. -Estatt,a de Nuestra Seflora la Blama de la cepto fueron respetadas por aquellos emperadores atravesar las aéreas regiones del infinito azul que
portada principal de la catedral de Le6n. - Mo,¡u~11enlo con- paganos que en alguna ocasión pudieron firmar de- conduce al cielo, sólo tomaron el cuerpo como piamemorativo de la anexión del condado de Venamm á Fran- cretos de exterminio contra los vivos, pero que ja- dosa reliquia de una existencia pasada, y lo entregacia en r79r, obra del escultor M. Charpent!er. - D. Gf!Spar más se ensañaron con los muertos, ni para violar sus ron al fuego para guardar sus restos en las urnas ciMe/chor de fovellanos, estatua en bronce rec1ente~ente maunerarias. Tan sólo, quizás como reminiscencia mategurada en Gij6n, obra de D. Manuel Fuxá, fundida en los cuerpos ni para insultar su memoria.
Sin embargo, ese respeto que los antiguos, desde rialista injertada en esta pura doctrina espiritual,
talleres de D. Federico Masriera y Compañia, de Barcelo·
na. -De mi pueblo, escultura de D. Miguel Blay, premiada los egipcios hasta los romanos, tuvieron por las se- aceptan los paganos la necesidad de dar algún dineen la Exposici6n general de Bellas Arte~ de Barcelona .. - pulturas, desaparece en los tristes días de las inva- ro al muerto, pues creen que Caronte no pasa las alTaller de tapices, cuadro de D. José Mualles Darmanm,
premiado en la Exposici6n general de Bellas Artes de Bar- siones del Norte, cuando lombardos y godos entran mas por la laguna Estigia si no es pagado en buena
celona. - Santa Isahel, reina de Himgrla, curando á los l~- á saco .la capital del mundo y no olvidan de robar moneda de cuño del emperador.
prosos, cuadro de Murillo (existente en la Real Aca~em1_a las Cata9umbas. Bajaron á ellas, ¡quién lo diría!, para
Los cristianos encontraron vivas estas dos tradide San Fernando de Madrid). -La muerte de la mon¡a, di- pillar los huesos que luego vendían como reliquias. ciones entre las cuales les fué fádl adoptar el justo
bujo á la pluma de D. Antonio Fabrés. - Ni1estra Seiwra
del Foro y oferta Je Regla, uno de los muchos y valiosos de- Y téngase en cuenta que no eran sólo mártires los medio' de entregar sus muertos á la tierra, y más conenterrados en las galerías: todos los cristianos cava- siderando que tal sistema era practicado por el puetalles en relieve del claustro de la catedral de. Le6n.
ban en ellas su sepulcro, tenían allí sus panteones de blo judío, cuyas leyes y doctrina copiaban. V?lver al
familia; pero todos fueron mezclados y revueltos en polvo lo que del polvo ha salido, bella máxima del
las tinieblas de su última morada, para luego sacar- Evangelio, que sin embargo no fué aceptada en los
LAS CATACUMBAS ROMANAS
los al mercadó y de ali( hacerlos venerar en los tem- primeros siglos de la Iglesia, pues sus creyentes se
aferran al dogma de la resurrección de la carne para
plos como restos de vírgenes y santos.
DOCTRINA Y ARTE
Y es curioso hallar este criterio de los bárbaros consolarse de la muerte con la idea de que llegará
aceptado por la Iglesia, cuando desde Bonifacio IV, para los cuerpos un día en que volverán á unirse sus
Los que vayáis á Roma movidos por fervoros? en el siglo vu, hasta el último siglo, los papas han moléculas, juntarse sus miembros, arder sus venas y
sentimiento cristiano, y deseéis fortalecer la fe enti- explotado las Catacumbas como minas de reliquias. latir su pecho, día del triunfo de la materia porque
biada en los azares de la moderna vida ó quizás per- Así en 609 se llevaron nada menos que veintiocho le será permitido subir al cielo y acercarse á Dios.
dida en las luchas actuales entre la razón y el dogma, carros cargados de huesos á los altares del Panteón, Merced á tan viva creencia, no se dejó á los muertos
prescindid un momento de la grandeza que os rodea, entonces consagrado al culto católico. En 817 se en el sepulcro con el solo bagaje de su convoy funede los monumentos que os maravillan, de los recuer- exhumaron dos mil trescientos cadáveres para ente- rario, es decir, con sn mortaja y su féretro: depositádos históricos que á cada paso asaltan vuestra men- rrarlos en la iglesia de Santa Práxedes. A este paso ronse á su lado, como en Egipto, los útiles que usate é id á evocar la paz de la religión en las lóbregas pronto se agotaron aquellos subterráneos, en térmi- ran los difuntos en vida, ofrendas para alimentarse
criptas donde reposaron las cenizas de los primeros nos que el hallazgo de un cadáver constituye ahora luego, lámparas con que alumbrar el fúnebre recinto
un verdadero descubrimiento.
á la hora de la resurrección. Si las Catacumbas de
mártires.
Felices si en aquellos lugares se reaniman vuestras
Y tras los esqueletos se llevaron las piedras. La Roma no hubiesen sido tan devastadas, se recogecreencias; no seáis allí artistas ni arqueólogos ni si- piedad de los primeros cristianos había sellado las rían en ellas innumerables objetos de uso diario enquiera viajeros: entrad en las obscuras galerías sólo puertas de los sepulcros con lápidas de mármol, con- tre los primeros cristianos, igualmente que se encon el pensamiento en Dios, y quizás caeréis de ro- teniendo epitafios redactados en griego ó en latín. cuentran en las necrópolis de Akmín y Deiz el Medillas sobre la arena bendecida por tantos creyentes Unas veces consistían éstos en pomposos elogios de dineh los que sirvieron á los súbditos de los Ptoloy las olvidadas preces de la niñez volverán á vuestros las virtudes de los difuntos, otras en el solo nombre meos y Faraones.
Estas ideas, llevadas de tal manera á la realidad
labios. Porque para orar con el aislamiento y la cal- del ocupante de la tumba. Arrancáronse esas losas
ma que requiere la plegaria, en Roma sólo existe un para destinarlas á cualquier objeto; con ellas se de- de la práctica, hallaron su sanción en la doctrina de
lugar, las Catacumbas.
.
.
. coraron los pórticos de la iglesia de Santa María in los primeros pensadores y filósofos del cristianismo.
Son importantes las que eXIsten en la Cm~ad Et~r- Trastevere. Por fortuna recientemente se recogieron Mejor que nadie, Tertuliano puso de relieve la imna descubiertas y excavadas unas, en ruma y sm numerosos fragmentos por el ámbito de Roma espar- portancia del cuerpo humano, la inmortalidad de la
gu~rda otras cerradas las más por falta de medios cidos formando con ellos tres salas del Museo de carne, que como hecha por Dios á su imagen y separa conserv;rlas. Las descubiertas actualm~nte for- San juan de Letrán y una parte de galería en el Va- mejanza no podía creerse igual al vil barro de la
man un conjunto de cuarenta y dos cementenos. Cla- ticano.
tierra. Sus palabras, escritas en los tratados sobre
sificándolas por su situación, pueden señalarse como
También fué robado de las Catacumbas romanas Cristo y la resurrección, lo dicen claramente, y el
principales las de ~an Calixt~, _Pretextat y San ~e- el ajuar funerario de los difuntos. A la aparición del texto es harto curioso para que deje de reproducirlo.
bastián en la vía Apia; de Dom1c1la, Santa Petromla, cristianismo luchaban en el mundo dos doctrinas Es como sigue:
«Hagamos el hombre á nuestra imagen y semejanSan N ereo San Aquileo y San Dámaso en la vía acerca el fin de la vida y el destino del cuerpo huArdeatina; 'San Ponciano, Lucinia y Calépodo en la mano. La idea del alma había sufrido inevitable se- za, dijo el Padre al Hijo, y Dios hizo el hombre á
vía Aurelia · Ciriaco, San Hipólito y San Lorenzo en rie de metamorfosis, por las cuales quedaba determi- imagen de Dios, es decir, de Cristo. Así, este limo
la vía Tibu~tina; San Pedro y San Marcelino en la nada su condición á la hora suprema de la muerte. que recibía desde entonces la imagen del Cristo fuvía Labicana· San Gordiano en la vía Latina, y San Si en la tierra fué buena, oró mucho, practicó todos turo era no sólo la imagen de Dios, sino su garantía.
Pablo, Timoteo, Santa Inés y San Nicomedes. Visí- los deberes religiosos, pagó á Dios su tributo moral Unicamente es tierra, me dices. Pero el oro también
tanse de preferencia las que se encuentran fuera de y á los sacerdotes sus derechos fiscales y al templo es tierra, porque viene de ella, y sin embargo es oro.
murallas, en buen estado de conservación, es decir, sus primieias, santificada por su vida subía al cielo Además Dios ha unido el alma á la carne de manelas de San Calixto, Santa Priscila, San Pretextat, San á recibir el premio de sus afanes y sentarse entre los ra tan íntima, que se ignora si la carne lleva al alma
justos á los pies del trono del Señor. Pero si en su ó el alma lleva á la carne.»
Ponciano San Alejandro y algunas otras.
Esas c'atacumbas son largas y estrechas galerías existencia terrena olvidó el alma sus deberes, si fué
Nosotros hemos perdido esta fe en el porvenir de
excavadas bajo el suelo á diferentes profundidades, mala y no rezó, ni jamás elevó la vista al cielo, ni la materia, que animó á generaciones obscurecidas
sobrepuestas unas á otras, y trazadas en una exten- pisó los umbrales de los templos, ni hizo ricas ofren- por el polvo de los siglos. Cada día aumenta nuestro
sión de terreno considerable. Las de San Calixto, das á sus ministros, ni con sus donaciones alimentó terror hacia la muerte, y cada día se arraigan más
por ejemplo, casi llegan á tener dos millones y me- el fuego del ara, entonces eterna cadena de tormen- las fatales creencias en el verdadero significado de
dio de metros cuadrados. En los muros de las gale- tos iba á ligarla por toda la eternidad en las profun- ésta, la nada. El atomismo ha venido á explicarnos
·
rías hay nichos dispuestos para recibir á los cadáve- das cuevas del averno.
cómo se descomponen las moléculas humanas y
Mas el cuerpo, este frágil marco de nuestra vida, vuelven los gases al aire, la arcilla al suelo y el mires, y de distancia en dis~ncia hállanse salas ó pl~zoletas que también contienen tumbas y que en n- este receptáculo de todos los dolores y de todas las neral al fondo de la tierra, cómo otros seres orgánigor sólo pueden tomarse como cámaras sepulcrales. enfermedades, expuesto á sufrir por el frío y el calor, cos se asimilan nuestros miasmas, cómo en fin veniLos monumentos encontrados en esos lugares nos y como la arcilla de que está hecho á descomponer- mos á ser un elemento substancial del planeta que
permiten precisar con toda ex~ctitud la fecha de su se en polvo cuando deja de alentarlo el soplo del tanto nos deleita. Mas contra esa fría ciencia la raconstrucción, que va desde el siglo I hasta_ el v ~e la alma, ¿dónde iba á parar en el día supremo de la zón se rebela y por ella el espíritu se acobarda: tales ·
era cristiana, y nos dan á conocer el obJeto a que muerte? ¿Debía ser su destrucción completa? ¿Era transformaciones no nos satisfacen, y sintiéndonos
fueron destinados, ó sea á cementerios. Hasta hace natural, era humano verlo desaparecer en lúgubre impotentes para combatirlas. preferimos olvidar la
poco tiempo habíase creído que eran canteras ó mi- festín de asquerosos gusanos? Las creencias estaban muerte. El sistema es cómodo, y hasta en su justifinas de puzolana, tierra arenisca que se utilizó mu- casi tan divididas como los pueblos. Allá en las se- cación hemos inventado la higiene municipal. Ahocho en las construcciones romanas; pero el estudio renas márgenes del Nilo, bajo aquel cielo purísimo ra, lejanos los cementerios, revueltos los cadáveres
detenido de las Catacumbas ha demostrado no exis- de Egipto jamás empañado por una nube, vivía una en las fosas ó apilados en las criptas, sin otro ajuar
tir tal tierra en el suelo que ocupan. Supúsose tam- raza que llevó á la realidad de la práctica la idea de que frágil caja de pino, ¿por qué habrían de perturbién que en los primeros siglos de la Iglesia los cre- la eterna conservación del cuerpo como necesario bar nuestra mente las sombras de la eternidad y el
yentes en la nueva fe vivieron en su recinto: no es complemento de la inmortal existencia del alma, y destino de la materia? Mas si un milagro de Dios
tampoco exacta tal afirmación, pues ningún desc_ubri- por seguro y costoso procedimiento momificó á los hace mejores á los hombres de futuras generaciones,
miento induce á creer que seres humanos pudiesen cadáveres y los bajó al arttro de los sepulcros, donde ¡qué tristísimo espectáculo contemplarán el día que
habitar largo tiempo en lugares húmedos, ~alsanos, misteriosas certmonias sacerdotales debían devolver- excaven uno de nuestros cementerios!
privados de air~ y ~e luz y muchas_ veces. interrum- les la vida por los siglos de los siglos. Esta concep***
pida su comu01cac1ón con el exterior. Qmzás en los ción material de la existencia en el cielo estaba tan
momentos de furor de las grandes persecuciones re- arraigada en la mente de los egipcios, que no les
ligiosas algunos crist~anos utiliz~ran como mom~n- permitía abandonar sus muertos sin proveerles de \ Sería inútil descender á las Catacumbas romanas
táneo refugio la olvidada. galena de .alguna cnp- cuantos útiles, objetos y al~mento son necesarios en en busca de algún nuevo ideal del arte, de una fase
SUMARIO

NúMERO

504

LA

53 1

lLUSTRACIÓl.11 AKTlSTICA

distinta en el desarrollo de las facultades humanas
que se aplican al cultivo de lo bello. El cristianismo,
en los primeros siglos de su existencia, no creó nada.
Por lo tanto, esas necrópolis carecen hasta del alto
interés histórico que tienen las de Memphis y Tebas,
cada uno de cuyos sepulcros nos da la genealogía de
una familia, las costumbres de una época y la serie
de objetos usados para satisfacción de las ordinarias
necesidades de la vida. Entre ambos pueblos, la distancia es aún mayor desde el punto de vista de la ejecución del arte, pues nada, absolutamente nada, en
la primitiva Roma cristiana puede compararse con
los soberbios relieves del sepulcro de Ptah H otep 6
con las admirables pinturas del hipogeo de Son Notém. Sin embargo, siempre tendrán las Catacumbas
cierto valor histórico y apologético, por servirnos
para estudiar la importante mutación que la sociedad
romana sufre en los siglos que preceden la caída del
imperio.
Los oristianos sienten también esa suprema necesidad moral de todos los pueblos, que les exige el
embellecimiento de nuestra última morada, y decoran las Catacumbas con pinturas y esculturas. Verdad
es que las estrechas galerías de los subterráneos se
prestaban poco á recibir otros adornos que el sencillo fresco pintado sobre la cal ó el estuco del muro;
pero ya he dicho antes que espaciadas á distancia
había varias cámaras sepulcrales, en cuyo recinto pudo mejor extender su inventiva, si no el genio del
artista, el trabajo del decorador. Por lo que á las pinturas se refiere, su ejecución es grosera é imperfecta,
aunque debe notarse que las más anti~ias, es decir,
las hechas en tiempo de los Flavios y de los Antoninos, son más correctas y están mejor dibujadas. La
decadencia que en el foro y en la plaza se había
apoderado del pueblo romano invadió también las
criptas de los cementerios, señalando en todas par-

tes los siglos rn y 1v como épocas de atraso y de
barbarie.
Y antes que esto sucediera, es decir, en los primeros tiempos de la Iglesia, el arte cristiano es un arte
esencialmente pagano. Tomemos por ejemplo el cementerio de San Calixto, decorado por orden del
papa de este nombre en tiempo de Alejandro Severo. Sus cámaras sepulcrales rematan en cúpula, partida por arcos rotos en cuatro nichos correspondientes á los cuatro muros. Dividen estos nichos arabescos de variada forma pequeños genios desnudos sosteniendo guirnaldas de flores, imágenes aladas de la
Victoria, cuerpos de mujer terminados en ramo de
hojas, cabezas de Medusa con la doble serpiente enroscada en los cabellos. La influencia pagana no
puede ser más manifiesta, y sin embargo se evidencia aún en mayor grado en la distribución y composición de los cuadros, en la acción de las figuras, en
los tipos y en los trajes. En tres sitios distintos vese
el cuadro de Orfeo, vestido á la griega con la túnica
larga y el gorro frigio, tocando la lira rodeado de
animales. Hállase con frecuencia el Buen Pastor, ese
hermoso tipo humano de la divinidad de Cristo, que
ha bajado á la tierra para volver al redil las ovejas
descarriadas: todos lo conocemos, porque lo conservó la tradición cristiana, ha llegado hasta nosotros y
es venerado en nuestros altares. ¿Pues sabéis á quién
representa este Buen Pastor? Rodéanlo las ovejas,
lleva una á cuestas, el cayado en una mano y la flauta en otra: es el dios Pan del panteón gentil.
Las mismas costumbres domésticas de los romanos, no abandonadas tan pronto como se supone por
los primeros creyentes en la nueva fe, tienen su representación en las Catacumbas con las pinturas de
los ágapes, comidas solemnes con que se festejaban
los nacimientos, las bodas y aun los entierros. Y nada puede concebirse más esencialmente pagano que

Monumento elevado en Avign6n, conmemorativo de la anexi6n del condado de Venaissin á Francia en 1791, obra del escultor M. Charpentier

los banquetes funerarios; brindaron ya con ellos á sus
acompañantes las momias egipcias que fueron sepultadas hacía cinco mil años en los arenales de la necrópolis memphista.
Los símbolos tienen también gran importancia en
el nacimiento del arte cristiano. Reprodúcense los
barcos, faros, liras, áncoras, corderos, ciervos, pavos
reales, aves fénix, caballos y serpientes, dándoles igual
significación que antes tenían. La imagen del pez se
convirtió en símbolo monográfico del Salvador, en
razón de las letras que forman la palabra griega lx_Ou;,
pescado, por ser las iniciales 'lr¡croü; Xplcr,o; 0.oü Tl~;
llwt~p Jesu Cristo, hijo de Dios, Salvador. El fémx
fué representado en los sarcófagos como símbolo
de la resurrección, pues Santa Cecilia hizo grabar
uno en el sepulcro de San Máximo. La palma y la
corona, que simbolizaban entre los romanos la gloria
y el h.onor, fueron tomadas por los cristianos como
señal del martirio, acompañándolas con una línea de
sangre. Finalmente los artistas de las Catacumbas solían grabar figuras que significaban las profesiones ó
los nombres mismos de las personas enterradas. En
la piedra sepulcral de un cristiano llamado Dracon tio
se ve la imagen de un dragón; en la de Onager, un
asno; en la de la Mar_ítima, una áncora y varios pes-

cados; en la de Porcella, un cerdo. Abundan también
los símbolos de los oficios, como martillos, hachas,
puntas de lanza, tenazas, niveles y azadones.
Claro está que en medio de esta invasión pagana
han de sobresalir de vez en cuando las ideas recibidas ó creadas por la nueva fe: así encontramos con
frecuencia en las Catacumbras cuadros representando
escenas de los dos Testamentos, y en particular de
la Vieja Ley, como Adán y Eva, el diluvio, el sacrificio de Abraham, Moisés haciendo brotar agua de la
roca en el desierto, la entrega de las Tablas de la ley,
David con su honda, Daniel en la cueva de los leodes, Elfas subiendo al cielo, Jacob en el sueño de
la escalera, Tobías con el pescado y la historia de
Jonás y la ballena. El Nuevo Testamento está representado por escenas de la vida de Jesús, hallándose
en brazos de la Virgen, ó en su bautismo, ó en medio de sus discípulos, ó haciendo milagros. Mas fijaos en estos cuadro~, especialmente en los de la primera época de las Catacumbas: su composición en
nada altera el antiguo canon del arte; las figuras sin·
nimbo en la cabeza, sin atributos celestes, pueden lo
mismo ser ciudadanos de Roma que santos ó profetas
ó elegidos del Señor.
Lo mismo ocurre con las esculturas, de las que he

de decir dos palabras. En muchos pneblos de la antigüedad dióse con frecuencia el caso de robarse las sepulturas con objeto de utilizar los féretros. Estos solían ser de piedra ó madera tallada; y si costaban caros cuando eran nuevos, hallábanse á mejor precio
si procedían de alguna tumba violada y habían ya servido. Los primeros cristianos no desdeñaron este
procedimiento, y aun puedo añadir que en el fondo
lo practicaron hasta cierto punto aquellos devotos
creyentes de la Edad media que han llenado los
claustros de las abadías y los muros de las iglesias
de sarcófagos antiguos donde hicieron depositar sus
cadáveres. A las Catacumbas bajaron muchos féretros romanos; y allí los hemos encontrado, tales como se fabricaron unas veces, y otras habiéndoseles
añadido el nombre del último ocupante. Además hub? muchos cristianos que se construyeron sus propios sarcófagos, adornándolos con atributos de la
nueva religión; pero la influencia antigua pesa también sobre ellos y vieñe á probar una vez más cómo
el genio del paganismo estaba injertado en la sangre
de aquellas gentes. En una piedra sepulcral del cementerio de Santa Elena, un escultor cristiano, Eutropos, está representado esculpiendo un sepulcro
que adorna con monstruos y delfines.

�53 2

les acababan de librar en las calles de Madrid una
de sus batallas, conquistando el poder en la vía
pública, según costumbre. Una de las primeras me·
didas del gobierno fué alejar de Madrid, repartiéndolos por los cantones, á los regimientos de la guar·
dia real, herederos de aquellos célebres y derrotados guardias de Corps del famoso 7 de julio.
Llegó á Alcalá un batallón, y desde los primeros
-días debo decir que la conducta agresiva de los ofi- ·
ciales produjo entre ellos y los estudiantes disputas
y reyertas desagradables. La policía se mezclaba en
todo, y las palabras más inofensivas eran tomadas
por provocaciones que daban por resultado peleas y
desafíos, ventilados en las afueras de la ciudad complutense. Las autoridades cerraban los ojos, porque,
en efecto, ¿qué podían ellas contra los oficiales, pertenecientes en su mayor parte á las primeras familias
de España? La irritación era extrema entre paisanos
y militares; insensiblemente la ciudad se dividió en
dos bandos y el alcalde se veía apuradísimo para
calmar los ánimos.
Yo permanecía naturalmente extraño á tan deplorables disputas; mi carácter dulce y hasta apocado
me apartaba de toda política militante y me hada
vivir encerrado en mi trabajo, ocupándome mucho
más de Silius Ilali'cus y de Paterculus que de los discursos liberales ó retrógrados que en aquella, como
en todas las épocas, apasionaban al país. Una inexplicable fatalidad que parece pesar sobre mi vida
me hizo desempeñar un papel tan importante como
inesperado en aque11os acontecimientos.
Estaba yo una noche en el café de la plaza, donde
acostumbrábamos á reunirnos los estudiantes, sentado
en un taburete, y confieso que sin mala intención
mis piernas larguiruchas ocupaban parte del espacio
que quedaba entre las mesas para la libre circulación
de los transeuntes. En aquel momento entró un oficial con el chacó sobre la oreja, la mirada provoca·
tiva y los bigotes puntiagudos; yo le miraba, embebecido con sus movimientos marciales, cuando al
pasar á mi lado tropezó en mis piernas y cayó al suelo como una rana. ¡Dios del cielo! Fué de ver, ó me·
jor dicho, de oir el alboroto que produjo su caída
Cara, decían unos; Cruz, añadían otros; Apaga la
luz, que el seíiorito ya se ha acostado, exclamó un chus·
co estudiante de medicina: aquello fué un concierto
discordante de dicharachos y ocurrencias.
El oficial se levantó rojo de cólera, y cuando yo,
de pie, me acerqué á él para darle mi disculpa, levantó su poderosa diestra y me cruzó la cara de un
bofetón mayúsculo. A pesar del tambaleo que me
produjo tan brutal acometida, le indiqué que hacía mal en responder con un acto deliberado de bestialidad á mi torpeza involuntaria. Me replicó que yo
lo había hecho ex profeso; que se alegraba de haber
castigado á un pillete liberal, y que si no me basta·
ba la lección recibida, estaba dispuesto á cortarme
las orejas, para lo cual me entregaba su tarjeta, y
me la tiró en efecto á la cara, saliendo del café como
un huracán. Confieso que me conceptué humillado
al verme abofeteado en público, y con más razón
EDUARDO TODA
cuanto que todos me rodearon gritándome: «¡Es pre
ciso que te batas!» «¡Nosotros seremos tus padrinos!»
«¡No puedes sufrir sin venganza una afrenta pareciEL COLLAR DE ÁMBAR
da!» Tantos gritos me aturdieron, y salí del café sin
saber á qué santo encomendarme.
CAUSA CRIMINAL
Entré en mi casa perplejo y pasé muy mala noche,
presa de mis pesadillas disparatadas. Me levanté muy
Cuando terminé mis estudios de segunda en• decidido á no batirme. ¡Ya Jo creo! Yo no había jaseñanza, alcanzando notas de sobresaliente en todas más manejado un arma, por tener siempre una instinlas asignaturas, la situación de mi familia bahía va- tiva repulsión par.a todos esos útiles homicidas; la
riado por completo. Mis padres habían muerto, dos sangre vertida me espantaba; detestaba la guerra, y
de mis hermanos servían en el ejército por haberles hubiera escrito de buena gana en las paredes de mi
tocado la suerte de soldados, otros dos buscaban for- habitación aquella sentencia que un memorialista de
tuna en América en una casa de comercio, mi her- Zaragoza escribió en su puesto: Una pluma de ganso
mana casada vivía en Badajoz y mi hermano peque- vale 111ás que cien espadas. Apenas había amanecido,
ño acababa de abrir una librería en Valladolid. Me y me dispuse á ir á ver al alcalde y al rector de la
encontraba absolutamente solo, teniendo por todo Universidad y al juez de primera instancia y á todas
capital mis veinte años, acabados de cumplir, mi tí- las posibles autoridades civiles para quejarme del
tulo de bachiller en filosofía, como se decía en ton. poder militar, cuando una turba de los compañeros
ces, mi carácter dulce y tímido, mi alta y desgarbada que habían presenciado la escena anterior entraron
estatura y unos doce mil reales escasos de capital á en mi alcoba.
que había ascendido mi legítima en la herencia de
- Vamos, ¿estás ya listo?, me dijeron.
mis padres. No por eso me creía desgraciado; nunca
- ¿Listo p¡ira qué?
me han asustado las privaciones, y siendo escasas
- Para batirte. Tu adversario está ya dispuesto:
mis necesidades nada me costaba llevar una vida las condiciones están arregladas; os batís á pistola á
económica y metódica. Me admitieron de pasante veinte pasos. Vamos, pronto; despáchate. En un
en un colegio de primera enseñanza; daba algunas desafío la exactitud es tan importante como el v:tlor.
lecciones particulares fuera de él, y continuando mis
Y o quise protestar, pero no me escucharon y me
estudios clásicos, pues mi ambición era Begar á ser sacaron de mi cuarto casi en volandas. Con el precatedrático de la Universidad, puedo confesar que texto de que no debía uno batirse en ayunas, me himi existencia era bastante agradable.
cieron beber una porción de copas de ron y de coPor aquella época fuí héroe de una aventura que ñac, que me aturdieron, y marché al lugar de la cita
hizo mucho ruido y que en vez de perjudicarme, con la persuasión de que me llevaban al suplicio.
como era de temer, me fué sumamente útil.
Llegamos; me pusieron una pistola en la mano
Estábamos en el año 1840, y las corrientes libera- explicándome cómo había de hacer uso de ella, cos~

Era natural que esto sucediera; porque después de
todo, ¿quiénes fueron los artistas que decoraron las
Catacumbas y las llenaron con sus obras? O cristianos de la víspera, educados en las ideas gentiles de
sus maestros, ó quizás paganos mismos. Unos y otros
bajaban á las criptas á pintar ó labrar en sus muros
obras religiosas, y Juego salían á la calle y entraban
en su taller para hacer esos ídolos de la decadencia
que nos son tan familiares por lo abundantes y esas
figuras obscenas hoy guardadas bajo llave en todos
los museos. Que tal sucedía, pruébalo el santo furor
que poseía á Tertuliano cuando declamaba contra
los artistas, diciendo que &lt;eran indignos de pintar el
cuerpo del Señor las manos que hicieron cuerpos
para los demonios.»
Ya vendrá más tarde el arte cristiano con sus creaciones nuevas, con los vívidos destellos de la luz que
iluminará el mundo. Pero antes le será preciso á la
humanidad liquidar sus cuentas con la sociedad antigua, destruir los organismos políticos del Imperio y
aguantar las avalanchas invasoras de bárbaros del
Norte y de Oriente, 'que tomarán los· campos de Italia como teatro de sus hazañas y las ciudades para
botín de sus ejércitos. Pasarán cuatro ó cinco siglos
antes de realizarse la gran transformación; mas al hacerse, su corriente envolverá á las mismas primitivas
ideas cristianas, sujetas como todo lo humano á esa
eterna ley de cambio que perdura en nuestra naturaleza. Entonces se olvidarán las Catacumbas y se elevarán las Basílicas, porque la nueva fe no podrá vivir encerrada en las lóbregas galerías de los subterráneos romanos: desaparecerá la antigua sencillez de
la doctrina y del culto enaltecido por sus ritos, sus
conmemoraciones, sus creyentes, sus apóstoles y sus
mártires, y vendrán leyes canónicas decretadas por
los poderes del Estado á crear otra religión oficial
que tendrá príncipes, magnates, vasallos y rebeldes.
Sólo entonces habrá muerto el paganismo, sin esperanza de resurrección.
Grandes recuerdos pueden evocarse en las Catacumbas romanas, ejemplo histórico de la fe con que
los pueblos antiguos creían en la inmortalidad. Al
examinar las pinturas de los muros, prescindid de si
el arte es ortodoxo, no critiquéis la ejecución, ved
tan sólo la idea que palpita y vive entre las groseras
líneas del dibujo. Aquellos antros de la muerte están
adornados como si servir debieran al aumento de los
goces de la vida: sus cuadros encierran asuntos 11legóricos para alegrar el alma: por todas partes vistosas
flores y maduros frutos y gallardas palmas entretejen
coronas y guirnaldas. El dolor no entró allf, la penitencia no existe, el martirio no se representa. Harto
sufrieron en la tierra aquellos creyentes, para renovar después su expiación en el sepulcro. Para ellos,
las ideas lúgubres acabaron al salir de esta vida; todo
es dicha y alegría al pisar los umbrales de la muerte,
que conduce el cuerpo á la resurrección en la plenitud de su fuerza y eleva el alma al Cielo entre los
elegidos del Señor.

..

•

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

NúMERO

504

que yo no entendí porque estaba muerto de miedo.
Desde aquel instante ya no me dí cuenta de nada.
Sólo sé que al oir tres palmadas hice fuego, que oí
un grito y que al abrir los ojos, porque los había cerrado al disparar, vi al pobre oficial tendido en el
suelo, boca arriba y con un balazo en la frente que
le había destrozado el cráneo.
Me éché á llorar como un niño, mientras mis amigos, á pesar de mis sollozos y de mis protestas, me
llevaron en triunfo al café y me hicieron beber á mi
salud copas y más copas hasta el punto de hacerme
perder el conocimiento. Es la única vez ·en mi vida
que me he emborrachado, y todavía la recuerdo con
rubor. Dicho se está que fuí el héroe de Alcalá; que
me hicieron y me cantaron coplas políticas, y que
coincidiendo mi triunfo con la extinción de la gu~rdia real, los liberales de la localidad consiguieron
para mí del Gobierno la cátedra de primer año de
latín, lo que había yo visto en lontananza en mis
sueños más ambiciosos y lo que conseguí por mi va·
lor y no hubiera jamás logrado por mi suficiencia.
¿Fuí yo feliz al ver logradas mis aspiraciones y al
contar con un porvenir modesto, pero seguro? Ni
por pienso; en medio de mi dicha sentí que en las
profundidades de mi alma se agitaba un drama terrible que no me dejaba un instante de reposo. Acababa de hacer en mí mismo un descubrimiento psicológico 'extremadamente grave y seguía con ansiedad sus resultados. Se ha creído hasta el día que los
muertos no existen sino por el recuerdo que de ellos
conservamos y por la sagrada memoria que nos ins·
piran. Ese es un error capital de muchos ignorantes
filósofos. Yo descubrí que ciertos muertos viven siem·
pre; que su alma no desaparece como su cuerpo,
sino que por el contrario se mezcla con el alma de
los vivos, para aterrarla, para ;dirigirla, para guiarla,
según sus propias tendencias, al bien ó al mal. Aquel
joven oficial, á quien yo había asesinado, á quien había visto ensangrentado y muerto á mis pies, á quien
había visto enterrar y cuya tumba yo mismo había
tenido el valor de visitar, no había muerto, vivía en
mí, visible, casi palpable, burlándose unas veces, increpándome otras, turbando continuamente mi inteligencia y combatiendo mis ideas con las suyas.
Un indecible terror me dominaba; sudores fríos
de angustia humedecían mis sienes: todo el edificio
científico que á fuerza de constantes estudios é ímprobo trabajo construía para mis discípulos, se desplomaba sobre mí, dejándome presa del vértigo, fascinado, sin fuerza y sin voluntad para rechazar aquel
fantasma, que se evocaba á sí mismo dentro de mi
alma. Ni aquello era una alucinación ni yo estaba
loco: lo conocía en la lógica con que conducía mis
razonamientos; tampoco estaba enfermo, ni presa
por lo tanto de una excitación del sistema nervioso;
yo no estaba más que habitado por aquel muerto y
era su víctima. Todos los consejos que me daba eran
perniciosos, y con ellos pretendía sustituir en mí á
mi carácter dulce, tolerante y pacífico hasta el exceso el suyo violento, pendencioso, hábil en disculpar
el mal y dispuesto á todo género de placeres y de
vicios; sin duda había venido á refugiarse en mi
alma, después de su muerte, para vengarse del asesinato que yo había casi inocentemente cómetido en
su cuerpo. Me decidí, pues, á luchar contra él sin
descanso hasta conseguir una victoria tan completa
que me pusiera en absoluta posesión de mi ser real
y primitivo. Aquella lucha entre dos criaturas que no
formaban más que una, entre dos almas que se confundían en un mismo ser, entre dos tendencias unidas que se contrariaban sin descanso, fué larga, encarnizada, llena de peripecias extrañas que cansaron
mi valor, pero que no me anonadaron. Vencí, y desde
aquel día el oficial vivió en paz dentro de mí, dejándome volver á la existencia estudiosa y tranquila,
que fué siempre mi verdadera vocación.
He contado, demasiado minuciosamente quizás,
aquella aventura y las consecuencias psicológicas
que tuvo para mí; pero necesitaba explicar los curiosos fenómenos que en mí se desarrollaron, para que
se pueda comprender cómo he podido yo, sin parti·
cipación moral, cometer un. crimen inexplicable.
¿Cómo me enamoré yo de Julia? De la manera
más sencilla y natural. Viéndola tres ó cuatro veces
en la escalera de mi casa. Sonriéndome ella, saludándola yo; hablando de la lluvia un día de sus lin·
dos ojos otro; de mi soledad una mariana, de mi
cátedra una tarde. Su padre, que era el inquilino del
piso principal, me ofreció su casa y yo la frecuenté
haciendo la ~ertulia nocturna al padre y á la hija;
con el padre Jugaba al domin6, á la hija la tenía alguna vez las madejas para devanar. No eran ricos,
pero tampoco pobres. Poseían algunas haciendas en
la Mancha y vivían con holgura. Yo me armé de
valor, y un día, sin saber cómo, salió de mis labios
mi confesión amorosa. Debí estar elocuentísimo; ello

J)ON OASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS, estatua en bronce recientemente inaugurada en Gijón
Obra de D. Manuel Fuxá, fundida en los talleres de D. Federico Masriera y Compañía, de Barcelona

�534

LA

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

es que Julia se pus0 muy encarnada, que el padre impregnadas en aquella época de desatinos romántime dió una palmadita en el hombro y que tres me· cos. De todo lo que precede y de los esfuerzos que
ses después estábamos casados. No diré nada de mi yo hacía para agradar á mi Julia ~e han acusado d~
felicidad, porque no hay labios humanos que puedan, débil, y hasta han dicho que me deJaba pegar por m1
no solamente contarla, sino dar de ella la menor idea. mujer. Eso es una calumnia; yo quería que fuese fe.
Mi mujer era preciosa y yo la adoraba; la modesta liz y me arreglaba para estar de acuerdo con ella; y
dote que había aportado al matrimonio, la herencia ella no era ni exigente ni tiránica ni siquiera domide su padre, que murió á poco de nuestro casamien- nante. Tenía la sangre viva, era joven y un poco ceto, y mi sueldo de catedrático, unido á la renta de mis losa, pero nada más. Cierto que me atarazaba á peeconemías, nos daban una posición desahogada. llizos cuando yo miraba á otra mujer; y que de resulComo nuestros gustos eran sencillos, con los veinti- tas de haber yo dado dos ó tres veces la mano á una
cuatro mil reales de renta que reuníamos satisfa- amiga suya llamada Enriqueta, c,¡ue nos visitaba á menudo, la cobró un odio mortal; pero eso era muy nacíamos con ahorros todas nuestras necesidades.
Ya he dicho que yo ;doraba á mi mujer; pero no tural y no tenía nada de extraño.
Por cierto que la tal Enriqueta era una joven muy
basta amar, es preciso saber amar, y esa es sin duda
la más difícil de todas la ciencias. Yo la ignoraba amable, rubia, blanca, tímida; y su marido era un
por completo, y como todos los deseos de Julia eran buen hombre, bajito, calvo, gordiflón, empleado en
sagrados para mí, me esforzaba en cumplirlos, dán• el Ayuntamiento. •Enriqueta y mi mujer se querían
dome la alegría egoísta de agradará la que yo idola· mucho antes, aunque no hubiese punto de semejanza
traba más que á nada ni á nadie en el mundo. En entre ellas, pues tanto la una era dulce y tranquila,
los primeros tiempos de nuestro matrimonio quise cuanto la otra era viva é impetuosa. Teniendo en cuenperfeccionar su educación, que respecto á las bellas ta el distinto color de sus cabellos y la diferencia más
letras y á la Historia era bastante incompleta; pero marcada de sus caracteres, yo las llamaba «el día y
no pude conseguirlo. Cuando queriendo darla una la noche.» Alguna vez quise hacer á mi Julia algunas
idea de la hermosura de la lengua latina, trataba de observaciones sobre la manera un poco dura con que
hacerla comprender las bellezas del procumbit humt' trataba á su amiga, pero mi mujer me respondió que
bos, de Virgilio, ó las dificµltades del devium scortum yo defendía á Enriqueta porque le hacía la corte.
de la oda de Horacio á Quintio Hirpino, movía la ¡Qué atrocidad! Verdad es que yo tenía con ésta alcabeza con una gracia peculiar suya, y devanando un guna de esas familiaridades sin importancia, como
ovillo con rapidez vertiginosa me preguntaba: «¿Cómo chillarla al oído cuando estaba distraída, taparla los
se dice me cargas en latín?» Yo me echaba á reir, la ojos para preguntarla ¿quién soy?, cosas todas que no
abrazaba y se concluía la lección. Algunas noches la pasaban los límites de lo lícito. Pero mi mujer ponía
leía la «Historia de los emperadores romanos,» y no el grito en los cielos y me zarandeaba de lo lindo.
sin sorpresa la veía preferir á estas obras serias y es- ¡Pobrecita! Siempre la sucedía lo mismo cuando se
critas en lenguaje correcto las noveluchas ridículas la contrariaba. Antes la daban ataques de nervios

DE MI PUEBLO, escultura de D. Miguel Blay
(Premiada en la Exposición general de Bellas Artes de Barcelona)

NúMERO

504

atroces. En fin, á pesar de mis loables explicaciones
y de todas mis disculpas para destruir sus sospechas,
que nada justificaban, veía á Enriqueta con disgusto.
La había tomado tt'rrt'a, como ella decía.
Una escena insignificante en apariencia, y que
ejerció en mi vida influencia extraordinaria, vi-no á
romper las amistosas relaciones con nuestros dos
amigos. Era el tiempo de la feria, y hacía aquel año
un otoño magnífico. Una tarde, habíamos ido los
cuatro, mezclándonos con el prophanus vulgus, á ver
todos los puestos de cachivaches y baratijas. Julia y
Enriqueta, que iban elegantemente vestidas y qu.e se
habían hecho mil elogios mutuos, demásiado exagerados para ser sinceros, se detuvieron ante un puesto donde se exhibían juguetes, cintas, jabones y otras
chucherías. Enriqueta cogió un collar de cuentas de
ámbar transparente, que descansaba en una cajita
sobre una capa de algodón en rama, y preguntó su
importe. La pidieron tres ó cuatro duros, no recuerdo
fijamente, y mi amigo trató de convencer á su esposa de que el precio era exorbitante y no debía pensar en comprar tal bagatela. Devolvió Enriqueta el
collar entre dos suspiros, y continuamos el paseo,
ella triste, su marido contrariado por no habérsele
comprado, mi mujer diciendo con sonrisa irónica:
«El ámbar no sienta bien á las rubias; tu marido ha
dado un prueba de buen gusto no comprándote el
collar.))
Con este motivo las dos amigas disputaron acaloradamente, Julia con. su vivacidad habitual, y Enriqueta con una acritud que yo no la conocía y que
probaba la humillación que había sufrido al no lograr de su marido aquel regalo. El pobre empleado
del Ayuntamiento intervino en la discusión, y al llegará la puerta de su casa y cuando nos despedíamos,
dijo á su esposa:
- Vamos, caprichosilla, cálmate; mañana por la
tarde volveremos juntos á comprar el collar de ámbar
que te gustó.
Enriqueta dió un grito de alegría y abrazó á su
marido en medio de la calle y en nuestras barbas.
Todo el resto de la noche Julia estuvo de muy
mal humor.
- Esa Enriqueta, me dijo, es una coquetuela, á pesar de sus hipocresías, y su marido es un Juan Lanas, que no sabe mandar en su Gasa.
Yo me atreví á hacerla alguna tímida observación,
y me acosté sin haber podido calmar su implacable
agitación nerviosa.
Al día siguiente, cuando yo volví de mi cátedra
universitaria, Julia no estaba en casa, pues entró á
poco enseñándome, por vía de saludo, el collar de
ámbar.
- ¡Ah! Amable, dulce y buena criatura, exclamé
yo abrazándola, ¡qué bien sabes hacerte perdonar
tus arrebatos! Vamos pronto á llevará Enriqueta el
collar, que te agradecerá doblemente, ho sólo por
ser obsequio tuyo, sino porque asila pides perdón de
tus injusticias de anoche. .
-Te equivocas, me contestó mi mujer desasién·
&lt;lose de mis brazos; el collar me gustó ayer y por eso
le he comprado y por eso le conservo. Además, le
sentaría muy mal á Enriqueta que es rubia y sosa,
y me sienta muy bien á mí que soy morena y tengo
la fisonomía animada.
'
Se le sujetó á la garganta, y queriendo yo hacerla
entrar en razón, me respondió con muy mal modo:
- Si no la hicieras el amor, no la defenderías siempre delante de mí: que se fastidie; y si se incomoda
de veras, tanto mejor; que deje de visitarnos y todos
ganaremos con su ausencia.
Por la noche nuestros amigos vinieron á visitarnos.
Enriqueta con semblante triste, como de persona que
ha sufrido una contrariedad; su marido, riéndose
como siempre.
- La suerte nos ha obligado á ser económicos,
á pesar nuestro, me dijo; el collar ya no estaba en el
puesto y mi mujer se quedó sin él.
Yo me turbé al oirles, porque cuanto más había
reflexionado sobre el asunto, tanto más había encontrado la conducta de Julia agresiva y desconsiderada.
Al levantar los ojos Enriqueta vió el collar, cuyas
cuentas, alumbradas por la luz de la lámpara, brillaban como gotas de oro líquido en el cuello de Julia,
y dando un grito que no pudo contener, exclamó:
- ¡Ah! ¿Eres tú quien le ha comprado?
- ¿Y por qué no le habfa de comprar? Mi marido
no me niega nada nunca, y á Dios gracias, somos ricos para comprar lo que se nos antoje.
Comenzada _en este tono la conversación, degeneró_ pronto en. disputa, y mientras mi amigo y yo nos
m~rábamos sm hablar, las dos mujeres, rojas de ira,
gritando _á la vez se llenaban de improperios, hasta
que Ennqueta1 ahogada por las lágrimas, cogió del
brazo á su mando y arrastrándole fuera de la habitación, sin despedirse de nosotros, le dijo:

NúMERO

LA

504

TALLER DE TAPICES,

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

535

cuadro al 6leo de D, José Miralles Darmanin, (Premiado en la Exposición general de Bellas Artes de Barcelona.)

- Salgamos de aquí y no volvamos á poner los
pies en esta casa.
Presa de un dolor sincero al verles alejarse, por•
que aquella amistad era agradable para nosotros y
no había razón para romperla, quise decir algo á Julia, pero ella fuera de sí me respondió:
- Si los quieres más que á m~ puedes irte con
ellos, no seré yo quien te lo impida.
Se hubiera dicho que esta escena y la ruptura, que
fué su resultado, habían despertado en Julia sentimientos de coquetería que yo no sospechaba en ella,
á juzgar por lo que se esmeraba en adornarse y por
su tenaz empeño en no quitarse nunca el collar de
ámbar. Le limpiaba sin cesar, admiraba los rayos del
sol á través de sus cuentas, le usaba algunos días
como brazalete, y hasta saltó de alegrfa oyéndome
decir que los antiguos creían ver en las cuentas de
ámbar las lágrimas cristalizadas de las hermanas de
Phaeton.
Una noche en que Julia jugaba con su collar,
mientras yo leía, rompió el cordón, y todas las cuentas, despedidas violentamente, rodaron por el suelo:
se buscaron, se recogieron una á una, y Julia medió
el encargo, reuniéndolas en una cajita, de ir al día
siguiente á una platería para que me las engarzasen
en un hilo que no pudiera romperse. No olvidaré
nunca que al devolverme el platero el collar coro·
puesto me dijo:
- He reemplazado el cordón roto por una cuerdecita de violín, que desafío á usted á que la rompa;
tan sólida es, amigo mío, que podría usted estrangular á su mujer con ella.
Todavía me estremezco al recordar aquellas siniestras palabras, que no eran más que una chanza de
mal gusto.
Muchas veces me esforcé en conseguir de Julia
que visitara á Enriqueta y la pidiera perdón por lo
pasado; pero me fué imposible vencer su re~isten~ia.
Por efecto de la exageración con que las muJeres JUZ·
gan hasta las cosas más sencillas, Julia se había llegado á convencer de que la falta había sido de En·
riqueta por haberse querido apropiar un adorno que
deseaba tener su amiga. Sensible me fué no ver más
á mis amigos; pero era yo tan feliz en mi hogar doméstico, que acabé por olvidarlos, y no habría vuelto á verlos sin la horrible catástrofe que concluyó
con mi dicha.
Julia cayó enferma, y su indisposición, que al prin-

cipio parecía carecer de gravedad, tomó de repente
tal incremento, que yo abandoné mi cátedra, me constituí en enfermero continuo y llamé á todos los mé·
dicos de la ciudad. No economicé gastos, ni sacrifi•
cios ni cuidados, pero todo fué en vano: la sentencia
de muerte estaba dictada, y el destino tirano iba á
cumplirla. Cada noche, á la débil claridad de la lámpara de nuestra alcoba, seguía yo con espanto las
huellas que la enfermedad iba dejando en su hechicero rostro; sus dulces ojos se abrían desmesurada·
mente; se contraía y desfiguraba su linda boca, y sus
manos adelgazadas y transparentes erraban maquinalmente sobre la sábana como buscando algo indeciso. ¡Ah! ¡Qué noches! ¡Qué horrible silencio el de
aquellas interminables horas, interrumpido sólo por
los quejidos de la moribunda, por los latidos de mi
corazón y por la péndola del reloj antiguo de pared
que había señalado todas mis horas de felicidad!
Julia conocía que sus horas estaban contadas y
soportaba con valor sus sufrimientos para calmar mi
dolor. Al oírla prorrumpía yo en sollozos, corrían
mis lágrimas sobre su almohada, y la pobre mujer posaba sus manos frías sobre mi frente, como una caricia de nieve.
- Valor, me decía, no llores y conserva mi recuerdo.
De repente su razón se obscurecía y hablaba de
unos pájaros grandes que la azotaban el rostro con
sus alas negras. El acceso de dolor pasaba, y recobrando su serena resignación, me cogía una mano y
se dormía mientras yo tJO dejaba un instante de mirarla.
U na vez se despertó repentinamente: era una de
las horas solemnes que preceden á la última.
- Mira: prométeme, me dijo, que cuando todo
haya concluído dejarás en mi garganta mi collar de
ámbar, é impedirás á Enriqueta que vaya á robártele á mi sepultura.
Yo no sólo se lo prometí, ¡se lo juré mil veces!
-¡Pero tú no morirás!, añadí.
- ¡Calla, tonto!, me contestó; piensa en tu juramento ... no hables, déjame... estoy tranquila ... mi
alma sonríe... y yo no sufro ya...
¡Murió! No puedo decir lo que pasó por mí. Mis
compasivos vecinos me arrancaron de su lado. En
aquellos instantes en que mi alma caía en un abismo
sin fondo, vi aparecer en mí al que la había habitado tanto tiempo: ¡al maldito oficial! ¡Oh, fantasma

terrible!, ¿qué me quieres? ¿Por qué no me mataste
en los días de mi juventud para no haber conocido
la. felicidad que ahora me quitan? Todos los que me
rodeaban me creyeron loco. «El dolor le transtornó,»
dijeron. Y me mojaban las sienes, me hacían aspirar
vinagre y pronunciaban frases convencionales cuya
vulgaridad exasperaba· mi dolor en vez de calmarle.
Llegó la hora del entierro, y seguí á pie á los sepultureros, á pesar de todas las observaciones que
me hicieron. «Eso no se acostumbra; no es conveniente; no hacen eso las personas bien acomodadas.»
«¿A mí qué me importa? ¿Es que yo pertenezco á tal
ó cual categoría en la sociedad?»
A pesar de todos los esfuerzos conjurados contra
mí, yo iba donde mi corazón me llevaba; con la cabeza descubierta, aniquilado, sacudido por mi dolor,
como un árbol por la tempestad, sosteníanme mis
amigos, y yo los miraba absorto sollozando y buscando en sus miradas conmiseración por mi infortu•
nio, que por ser tan grande me parecía digno de
conmover á toda la humanidad.
Cuando en el cementerio oí caer la última espuerta de tierra sobre el féretro y escuché de los labios
del sacerdcte el último Requiescat in pace, me sentí
de repente iluminado por una luz interior que inva·
día todo mi ser, y allá en el rincón obscuro de mi
corazón despedazado ·vi surgir, semejante á un ángel resplandeciente ... á Julia ... á aquella dulce compañera de quien lloraba la muerte y cuyos despojos
había acompañado á la última morada.
- Aquí estoy, me dijo, con una sonrisa que hada
más interesante su intensa palidez; heme aquí contigo ... para ti ... y para siempre ...
Yo me levanté gritando:
- ¡Vive! ... ¡Vive! ... ¡Mi mujer no ha muerto!
Todo el mundo me rodeó, el sacerdote volvió al
hoyo relleno de tierra ...
- ¿Dónde?, me decían, ¿habéis oído algún ruido en
el féretro?
- ¡La he visto! ¡la he visto!, -respondí, levantando
al cielo mis ojos agradecidos.
- Pero ¿dónde?, me preguntaron de nuevo.
-Aquí: .. en mi corazón, respondía yo golpeándome el pecho.
- ¡Pobre hombre!, dijeron por fin los testigos de
aquella escena fúnebre, mirándose unos á otros y al•
zando sus hombros en señal de compasiva indifereQcia. ¡Está loco!

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SANTA ISABEL, REINA DE HUNGRÍA, ou·RANDO Á LOS LEPROSOS, cuadro de Murillo
(Existente en la Real Academia de San Fernando de Madrid,}

�NúMERO

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

504

completa y perfectamente organizada como las de cerrajería
No; yo no estaba loco, ni ·10 be estado nunca, ni aparición, la interrogué y no vi en ella ninguna señal areistica,
muebles suntuarios, etc., etc., hemos tenido ocasión
lo estoy aún. ¿Por qué culpar y calumniar á mi razón de cólera; sonreía dulcemente cuando la hice el elogio de admirar otros trabajos en bronce, ejeculados en modede
Enriqueta,
y
aprobaba
mi
conducta,
animándome
los de excelente carácter escultórico, de Nobas, Venancio y
si yo experimento fenómenos desconocidos á la ma•
á buscar en aquella intimidad, no el olvido, sino un Agapito Vallmitjana, Reynés, Llimona, Montserrat, etc.
yor parte de los hombres?
Réstanos agregar que actualmente se están preparando los
Cuando me trajeron desmayado á mi casa y me lenitivo á mi dolor. Todos aquellos mezquinos celos moldes
de la estatua ecuestre del héroe de los Castillejos, obra
que
la
habían
separado
de
su
amiga
parecían
haber
dejaron solo, al volver en mí, recorrí mi cuarto como
del escultor Sr. Puiggener, que debe erigirse en una de las pla·
si buscara al huésped querido que le había abando• desaparecido; y por la primera vez, después de un año, zas de Reus.
nado y toqué con una especie de recogimiento reli- pude dormir con el corazón menos oprimido.
Todas las noches, en lugar de encerrarme en mi
gioso todos los objetos que habían pertenecido á Ju* **
lia, que se sonreía en mi corazón, mirándome con casa ó de pasear solo por las calles, fuí desde entonDe mi pueblo, escultura de D. Miguel Blay
lástima. Corrían las lágrimas por mis mejillas. ¡Qué ces á pasar una hora con Esteban y su mujer.
(premiada por la Exposición general de Bellas {\rtes de Bartristeza en derredor mío! Los jilgueros permanecían
celona). - Discípulo del Sr. Berga, profesor de la Academia
Luis MARIANO DE L ARRA
mudos en un rincón de su jaula; las plantas que na•
de Bellas Artes de Olot, representa ya este joven artista una
die habíase cuidado de regar durante los últimos
grata esperanza para la escultura española. Pensionado en Pa( Conti1111ard)
rís por la Excma. Diputación Provincial de Gerona, ha logra·
crueles días, dejaban caer sus flores marchitas;la hado demostrar sus aptitudes y dar muestras de su inteligencia y
bitación que parecía haberse agrandado, estaba llena
habilidad. La Exposición general de Bellas Artes de Barcelo·
de un silencio espantoso; alguna cosa nueva había
na significa un doble triunfo para Miguel Blay, ya que las dos
entrado en ella ... la soledad que por tantos años
NUESTROS GRABADOS
obras que ha expuesto, la que reproducimos y la titulada R1111ordimiento, han sido adquiridas para figurar en Museos: la
habíamos arrojado de allí con nuestra dicha.
primera por el Excmo. Ayuntamiento, la segunda por la Exce•
Continuando mi lúgubre inspección, reuní todos
lentísima Diputación provincial. Ambas reproducciones acu·
Catedral
de
León.
Estatua
de
Nuestra
Señora
los objetos femeninos por o!llí diseminados; el dedal, 1~ Blanca, de la portada principal.- Nuestra Se- san
el mérito del escultor, las dos demuestran su genialidad,
las agujas, la labor que la muerte había interrumpi- nora del Foro y oferta de 1a Regla.-llablando de este Felicitámosle sinceramente y no titubeamos en augurarle lison·
do. Acababa de coger su libro de rriisa, cuando al- prec~oso monu~enco del arte cristiano español, que muchos han gero porvenir.
zando los ojos sobre la cómoda vi ... el collar de ám· considerado mas acabado y elegante que la tan justamente cele•
brada oatedral de Milán, dice un escritor ilustre y de indiscubar. ¡Miserable de mí! Presa del dolor que me había U~le
autoridad en p~nto á historia y antiguedades arquitect-6• **
afligido desde la muerte de Julia, había olvidado su mcas de nuestra patria, D. José M.• Quacuado: CAi desembo·
última recomendación, y las vecinas que la habían car por la angosta calle d~ la Victoria en la vasta plaza de Ja Taller de tapices, cuadro al óleo de D. José
Darmanin (premiado en la Exposición general
amortajado creyeron acertar quitando de su garganta catedral, 0~1ecese á los OJOS el más gentil espectáculo: que Mirralles
pudo combmar el arte y crear la fanta,ía. Descubierto por el de Bellas Artes de Barcelona). - José :Miralles Darmanin es
aquel adorno con que quería ser enterrada. ¿Qué trente y por el flanco, dominado por las agujas de cres(er!a de uno de esos artistas valencianos que, continuadores de la buena
hacer? Por más que torturaba mi imaginación, no en- dos_altas y robustas torres, erizado de pinaculos y botareles de escuela, tan alto han logrado poner el buen nombre y las tra•
contraba medio de reparar aquel lamentable olvido varias formas, reforzado por contrafuertes y arbotantes, ceñi· diciones artísticas de su patria. Residente en Orgerus (Fran·
desde hace algunos años, adonde le llevó el deseo de es•
que me hacía no cumplir el deber sagrado de una ?º de andenes y calados antepechos, perforados de arriba aba• cia)
su~ muros por dos órdenes de ventanas ojivales presentan· tudiar las_corrienlt:sque informan la pintura moderna, ha sabi•
moribunda. Miré á Julia: su rostro severo me entris• JO
do ~riple port~da al Occidente y triple portada aÍ Mediodla, do armo~1zar perfecta~~nte la nueva escuela con el especialisi•
teda.
cuaJadas de primorosas esculturas, tiéndese cuan largo es y elé· mo colorido de la trad1c1onal escuela española. De ahi que en
- Yo te juro que te conservaré siempre como un vase á su mayor altura el grandioso monumento permitiendo sus cuadros de género se observe, además de la elegancia en
las lineas, esa sobria á la par que vigorosa entonación que
sagrado depósito, la dije estrechando el collar contra abarcar en una sola mirada su incomparable arm~nia. &gt;
Tal es, considerada en conjunto, la catedral de León, de don• evoca_ el recuerd? de la_s obras maestras de Velázquez, de cuyo
mi pecho.
de son los dos fragmentos que reproducimos. De éstos el pri- estudio ha recogido M1ralles provechosas enseñanzas. Su Ta•
Julia movió su cabeza tristemente y se echó á mero representa la hermosa imagen conocida con el nombre de ller de tapices es una obra notabilisima, especialmente por el
Nuestra Señora la Blanca, que está ~rrimada_ al poste que corta c?l?rido, digna de figurar, conforme figurará, en el Museo mu•
llorar.
Yo reuní bajo un fanal el bouquet que había lle• en do;; el _port~l del centro ~el precioso pórtJco, ingreso princi- n_1c1pal de_ ~ellas Artes de Barcelona, ya que con tal objeto ha
d~ la 1gles1a. Esta bellísima escultura, objeto de gran ve• sido adqumda por el Excmo. Ayuntamiento.
vado á la iglesia el día de nuestra boda, la corona de pal
nerac!ón por parte de los leoneses, se encuentra encerrada en•
azahar, añadí á estos objetos el collar de ámbar y ~e cnstal~s y ostenta á su lado una inscripción recordando las
*
••
deposité aquellas reliquias en mi mesa de escritorio, mdulgenc1as desde 1456 concedidas á los que la invocaren. El
enfrente de mí para tenerlas siempre ante mis ojos. otro es uno de los m11_5hos detalles valiosos del claustro, y re- Santa Isabel de Hungría curando á los leproSe creerá que reunido indisolublemente, por de- p_resen!a á Nu~stra Senor~ del Foro ó ~e fa Regla: el relieve, que sos, cuadro de Murillo (existente en la Real Academia
la vida monásu~ en. que VIVIÓ aquel cabildo desde de Bellas Artes de San .l&lt;'ernando), - Este es uno de los cua•
cirlo así, dentro de mi corazón con la que yo ama- s1m~hza
el siglo once al doce, por medio de la figura de un canónigo d~os ~el ÍD!flortal pintor sevillano que tienen más accidentada
ba, y que muerta para el mundo entero, vivía sólo ofreciendo la catedral al niño Jes&lt;is, está colocado en una hor• h1ston~. Pmtado en la época en que Murillo se ostentaba en
para mí, era yo dichoso. Se engaña quien lo crea. Yo 11:acina á la izquierda de la entrada, y hasta hace muy poco la plemtud de su portentoso genio fué adorno valiosísimo de
era el más infortunado de los hombres. Por no ale• uempo todos los años acudía la ciudad en procesión á deponer uno de los templos de Sevilla hasta que en la época de la inva•
ofrenda ª?te la imagen de la Virgen el día 17 de agosto en sión napoleónica en España fué robado por los franceses y lle•
jarme de los sitios donde había vivido con Julia y su
conmemoración de la batalla de Clavijo.
vado. á Paris por _orden d~l emperador, junto con oh'as precia·
poder contemplar continuamente los muchos testidas ¡oyas del mismo artista, entre ellas los célebres Medios
gos de mi perdida ventura, conservé nuestra casa,
punto1 que representan la leyenda del llfilagro del cabállero ro•.
*
*•
mano. Del Louvre, donde fué colocado como precioso botín de
que era para mí como un-templo. ¡Debilidad humavolvió al cabo de algún tiempo á España para formar
na! ¡Allí fué, sin embargo, donde cometí el crimen, ~onumento ele.vado en Avignón, conmemo- guerra,
parte del museo de la Real Academia de Bellas Artes de San
mi verdadero crimen, el de haber hecho traición á rativo a.~ la anexión del condado del Venaissin F_ernando, á la que actua~mente lo reclama con insistencia, y
mis queridos recuerdos, más digno aún de castigo á Fr~nc1a. en 1791, obra del escultor M. Char- dispuesta á llevar la cuestión á los tribunales, la cofradía sevi•
pent1ez:. -Para conmemorar el centenario de este suceso im- llana, que se cree con derechos indiscutibles sobre el tan codique el accidente fatal que fué su consecuencia!
portantísimo _de la historia francesa se ha inaugurado recienteTranscurrí un año en esta pena constante, que se mente en Av1gnón el monumento que reproducimas y que es ciado lienzo.
A . 1~ verdad, compréndes~ que este cuadro despierte tales
exacerbaba á menudo convirtiéndose en dolor agudo. obra del notable escultor M. Charpentier.
amb1c1ones y _tales reclamaciones origine, pues contemplándo•
J:I monumento, cuya altura es de doce metros, está corona• lo se ve que s1 sólo por ser de Murillo merece el dictado de
Para todos los que me conocían yo no era más que
por la estatua de la Francia, que con el brazo izquierdo sos• obra maestra, el mé~ito que esto supone sube de punto cuando
un pobre hombre víctima de una desgracia, á la que ~o
tiene el asta de la bandera tricolor, cuyos pliegues se confun•
el Liempo debía traer su infalible remedio; pero para d~n con los del amplio ropaje, mientras el derecho aparece ten• con Jazón puede cahficarse el Santa Isabel de llna de las mejomí, que sabía de mis dolores todo lo que no quería d1do en ademán de paz y protección. Alrededor del pila¡ don• res creaciones del artista incomparable.
decir, yo era un miserable, tanto más digno de lásti- de se levanta es!a figura s~ colocarán (pues la obra no está en·
ter:imente termmada) vanos grupos en uno de los cuales el
• •*
ma, cuanto que la presencia interior de Julia me ha- ím1co
concluido, se ve á una joven agitando con una mano ~na
cía más insoportable su ausencia real. U na tarde que ram~. de laurel y con la ~ka presentando á la nueva patria á La mue!'te de 1~ monja, dibujo á la pluma de
D. Antomo Fabres. :-Todos cuantos elogios, y á fe que
al anochecer paseaba mi hipocondría por las orillas su h1Jo, que su esposo sosttene entre sus brazos.
El conjunto de este monumento es armonioso y elegante y no son pocos, hemos prodigado á nuestro asiduo y distinguido
del Henares, me encontré de manos á boca con mi
resultan deficientes tratándose de esta obra sor•
antiguo amigo el marido de Enriqueta. Se acercó á e°: todo él se revela el talento del escultor que obtuvo el pre• colaborador,
pre~dente, que es, en nuestro concepto, la mejor creación pro·
mio de honor en el Salón de París de 1890.
mí, me estrechó entre sus brazos compartió mis so•
duc1da ~ar su _autor en este _género, que como poquísimos ha
llegado a dommar. Los calificativos más encomiásticos las
llozos y me consoló diciéndome:
fras_es más laudatorias parecen pálidas alabanzas cuand~ se
• **
- Ven á vernos; todas nuestras quejas antiguas esaplican á una obra como la que hoy reproducimos del Sr. Fatán olvidadas: Enriqueta ha llorado á su amiga; me
D. Gaspar Melchor de Jovellanos, estatua en brés. _Mirese. ésta como se quiera, examínela el más lego en
habla de ti sin cesar, y en nuestra casa encontrarás bronce de D. Manuel Fuxá, f4ndida en los talleres de materia artística, analicela el más exigente en achaques de arte
el consuelo de una amistad que no debió romperse D: Fed~rico Ma~riera .Y Compañía, de Barcelona. -La indus• ~on el 1;&gt;rop6s~to. de descubrir en ella alg6n defecto, un pequetnosa V1l1a de G1JÓn hizo patente el dia 6 del actual su inmen• no desliz; en ultnn_o resultado el aficionado, el critico, el artisnunca.
gratitud hacia el más ilustre de sus hijos, al descubrir la es• ta habrán de rendirse ante esa revelación del genio y de pro·
Hacía tanto tiempo que yo amontonaba mis lágri- sa
tatua que ha levantado para honrar la memoria del insigne don cl~mar que L~ mu~rte de la 111011ja es un portento de senti•
mas en mi pecho, sin la menor expansión, que seguí Gaspar Melchor de Jovellanos.
miento y de e¡ecuc1ón1 en el que la pluma ha obrado maravillas
á mi amigo inconscientemente, no sin notar que JuA tan solem~e a~to as?_cióse España, puesto que no se trata hasta el punto de hacer olvidar la ausencia del colorido En
lia parecía contenta por reconciliarse en mí y por mí d_e un ~ombre a qm~n _G1JÓn de~ beneficios, sino de una glo• su con~unto impresiona ~rofon~a~1enté: imposible hallar ~ejor
con la amiga á quien había ofendido en vida injusta• na nac1o~al, de un ms1gne patnc10, de un español ilustre, que expresión á esa muerte s1~ sufn_m1ento, que _apenas deja huella
p~r sus v1~tudes, por s~ talento, por sus acciones y por sus es• en los que, no ya con res1g:nac1ón, con ansia esperan el feliz
mente. Enriqueta me recibió con cariñoso afecto; la cntos
se hizo acreedor a eterna gratitud.
momento d~ abandonar la tierra y tender el vuelo hacia el Dios
encontré poco cambiada, ·un poco más gruesa quizá,
Solemne fué ~l acto de descubrí! la estatua, al que concurrió de sus purísimos amores; imposible' componer con el color una
pero siempre bonita y conservando en sus ojos aque- en representación de S. M. la rema el Conde de Revillagige- palidez de las carnaciones tan exacta como la que el Sr. Fa·
lla mirada bondadosa y dulce, que era su mayor en- do }'. las autoridades, así como un represen.-.inte de la familia brés sólo con blanco y negro ha conseguido. En cuanto á los
ilustre prócer.
detalles del dibujo, mejor es abandonar la tarea •de llamar la
canto. No necesito decir que toda mi larga visita se del
. L_a e_statua qu~ corona el monumento erigido á aq!lel patri• atención sobre ellos: ¿quién es capaz de enumerar la infinidad
empleó en hablar de Julia.
c10 1~s1gne, ha sido modelada por el escultor D. Manuel Fuxá, de bellezas que la _mano y el genio del artista han prodigado en
- Ya sabe usted, me dijo Enriqueta, que yo estoy prev!o concurso en el que obtuv~ el primer premio, debiendo esta obra? Cualquiera la~ ve y las siente1 pero nadie osará precasi siempre sola. Esteban pasa el día en el Ayunta• cons1d_er~rse _como ~na de las meJores obras que ha producido cisarlas, y_si alguien á tal se. aventurara á buen seguro que más
d1stmgu1do artista, ya que ha sabido interpretar con no• que las sena.ladas serian_ las mvoluntar:amente por él omitidas.
miento y la tarde en el café; venga usted algunas ve• este
table ac(erto el carác~er del personaje. J ovellanos viste la toga
La muerte de la 111011;a obtuvo un triunfo en la Exposición
ces á hacerme compañía; hablaremos de Julia, y por del magistrado y sosllen~ en s~ mano izquierda el famoso e.In· Internacional de Muni~h de 1890, en donde el cuadro no fué
lo menos no vivirá usted como un oso, encerrado en forme sobre la ley agrana,ll siendo de notar su naturalidad y colgado en la pared, smo colocado por excepción honrosa en
la nobleza de su aclltud, asi como l!!. modelado en todas sus un caballete en el centro de un salón, y si no obtuvo la mayor
su pena y en su soledad.
9ue p~oducen un conjunto grandioso y admirable. De recompensa que en esas exposiciones anuales se concede fué
Aquella visita, que disminuyó el peso que me opri- partes,
doble d1mens16n del natural, ha sido fundida en los talleres de porque el reglamento n~ permite otorgar más que una 'sola
mía, lejos de disgustará Juli,a pareció serle agradable. D. Federico Masriera y Compañia, de Barcelona notable es• medalla de _oro á un artista y Fabrés la habla ya conquistado
En efecto, cuando me quedé á solas con mi querida tablecimiento, en el que al visitar la sección de f~ndición tan en un anterior certamen.

'

NúMERO

LA

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ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

VIZCONDESA
POR LEÓN BARRACAND. - ILUSTRACIONES DE EMILIO BAYARD
(CONTINUACIÓN)

en la ventana, parecía contemplar tristemente la luz pálida del nuevo día,
aquella aur~ra que _n_o ~olvería á ver más, con el pensamiento sumido en
l~s profundidades 1l~m1tadas del ensueño. Todo su cuerpo se estremecía
hgeram7nte ~e contmuo, y en sus mandíbulas producíase un movimiento
convulsivo mientras que le aplicaban las unciones: los presentes respondían en alta voz á las preces del sacerdote. De pronto el enfermo hizo
~n brusco esfuer~o como para escapar del lecho; pero la condesa de Cha·
heu, que estaba Junto á él, apoyóle una mano en el hombro y sujetóle
con fuerza. Al fin terminó la ceremonia y el abate re retiró.
. Algunas horas de~pués comenzó el estertor, que se oía en todo el castillo; y era co~a terrible ver cómo aquella vida tenaz, aquel cuerpo robusto y lle~o de Juventud luchaba bajo las garras de la muerte. Blanca no
p~ese_nc1ó aquella esp':ntosa y última lucha, pues la guardaban en su ha•
b1tac1ón, ~onde las sen?ras hacían lo posible para consolarla.
A~ declmar el día,_Gi)berto se_ encargó de los niños, de los que ya no
pod~a ocuparse la senonta de Samte·Severe, pues érale preciso permane•
ce_r Junto á la marquesa, que hacía algunos días, presa del mayor abati•
miento, no salía de su cuarto.
. G_ilberto cogió de la mano á Juana y á Guy y condújolos al fondo del
~ard1_n. Aquell?s dos huérfanos, que adoptaba ya con el pensamiento,
msptrábanle ~mcero cariño... Sí; cuidaría de Guy para hacer de él un
hombre, ~~gun el dese~ d~ su padre... Y Juana... ¡Qué encantadora era
aquella nma, cuyas gracias mfantiles había admirado antes en la madre'
'J'.~mbién podría contar con él; todo cuanto él tenía sería de ellos. y
mnos Y Blanca y él no formarían más que una familia.
_Ju~n~ Y ~uy, impresionados por la tristeza general, habían estado al
pnnc1p10 9metos; pero con la inmovilidad propia de sus años, acabaron
por sacudir aquel malestar, y ahora corrían y jugaban, olvidando el drama que tan cerca de ellos se desarrollaba.
De vez en cuando G~berto, haciendo un ademán paternal, aplicábase
un dedo á _l: boca y senal~bales el castillo para que moderasen sus jue•
gos. Los nmos, comprendi_endo al punto, se callaban, y Gilberto entregá•
base de nuev~ á sus reflexiones, con los ojos fijos en la inmensa fachada
que tan cambiada le parecía. El edificio señorial no tenía ya aquel aspee~
to de orgullosa alegría q~e obs7rvó en él en otro tiempo al divisarle con Pedro
desde la cumbre de las mm~diatas colinas: las miserias que ahora encerraba,
aquella ~uerte, a~uellas lágnmas, .aquellos padecimientos, parecían contristar
su extenor, Y á Gilberto ª&amp;radábale que simpatizara con su propio pesar.
Cuando entró en el castillo, al ponerse el sol, reinaba un silencio profundo,
espantoso, en el vestíbulo .Y. l~s corredores. Dejó á los niños para que se los
llevaran á su madre y se dmg1ó á la habitación del vizconde
Dos bují_as_ ardían junto_al lecho en una mesa con tapete bianco, á cada lado
de un crucifiJO Y de una pila de agua bendita con una rama de boj. Pedro es•

¡¿·~

.,
Gilberto se inclinó, y dejando correr sus lágrimas estamp6 un prolongado beso
en la frente de su amigo

Cuando Blanca se present6, precipit6se en los brazos de su esposo, y hubo·
una escena desgarradora. Pedro abrazó repetidas veces á Guy y Juana, mandó
después que se los llevaseu, y quedaron solos Gilberto, la vizcondesa y él.
El enfermo había cogido la mano de su esposa.
- Blanca, dijo, debes perdonarme... ¡Cuánto te he hecho sufrir!.. . Pláceme
que Gilberto esté aquí, porque es nuestro mejor amigo y sabe cuál ha sido mi
proceder, mi mala conducta ... Si hubiese vivido más tiempo, tal vez habría yo
reparado todo esto. Ahora escúchame atenta: de todos nuestros bienes apenas
nos queda nada, pero es indispensable que nuestros hijos vivan ... No me inquieto por Guy, pues irá á Saint-Cyr ó entrará en el servicio, y siguiendo la
carrera de las armas no necesita fortuna ... ¡Y que no pida el retiro, como yo,
que no renuncie á su empleo! Si fuera preciso, tú se lo impedirás ... En cuanto
á Juana, se le formará un humilde dote con lo que nos queda, y sin duda encontrará algún hombre honrado ... Educa á los dos bajo la idea de que están
destinados á una posición modesta, y así podrán ser felices ... más que nosotros ... ¿Me lo prometes? ...
Blanca, arrodillada é inundando con sus lágrimas la mano de Pedro, no podía contestar.
- En cuanto á ti, Gilberto, te ocuparás de ellos, ¿verdad?... también te los
confío ... os los confío á los dos ... Siempre te quise mucho, aunque tal vez no
te lo haya mar.ifestado bastante... Tú eres el único verdader0 amigo que jamás
tuve, y acaso aquel con quien menos he hablado; pero no me has de guardar
por ello rencor.,. Comprendía que tu alma estaba muy por encima de la mía, y
sin manifestártelo te admiraba y apreciaba en lo que vales ... Blanca lo sabe,
porque se lo he dicho muy á menudo... Cuando Guy se vaya haciendo hombre
le hablarás de mí, diciéndole lo que éramos uno para otro y que al seguir tus
consejos cumplirá con mi propia voluntad... ¡Dios mío, yo hubiera querido sin
embargo verle más crecido, y me separo de él cuando apenas cuenta cinco
años... cuando tan poco me conoce! ...
Pedro se entregó otra vez á sus tristes pensamientos, como si el esfuerzo que
acababa de hacer para expresar su voluntad hubiese sido el último de que era
capaz. Desde aquel instante sus ideas se confundieron; repetía las mismas fra.
ses, las mismas palabras... y fué preciso conducir á la vizcondesa á su habitación para que no presenciara aquel espectáculo.
Por la noche sobrevino el delirio, y entonces ya no reconoció á nadie; algunos criados le velaron; durante aquellas largas horas saltó algunas veces del
lecho; quería salir, marcharse, y suplicaba con voz doliente que se lo permitieran. Costó mucho contenerle; pero al amanecer tranquilizóse un poco y se
adormeció.
El cura de Mareuil, á quien se había llamado á toda prisa, llegó con los san•
tos óleos, y al punto se llenó de gente la habitación de Pedro. ¿Tendría éste
conciencia de lo que pasaba? Sus contestaciones á las preguntas que le hacía el
abate Souchón eran confusas, como murmuradas entre sueños. «¿Me reconoce
usted? ... He rogado á Dios por su alma ...» decía con voz robusta el cura, que
parecía disgustado porque no se le había avisado antes y que vaciló algún tiempo antes de dar principio á la ceremonia. Al fin se decidió á ello en vista de la
afirmación de la señora de Chalieu, que aseguraba que el enfermo conservaba
todo su conocimiento.
Pedro, trastornado por el ruido que se producía en su habitación, acababa
de incorporarse á medias, y apoyado en el borde del lecho, con la mirada fija

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.. . cogiéndole cada cual de una mano, le condujeron adonde estaba su madre

taba inmóvil, extendido bajo las sábanas, con la cabeza echada hacia atrás so·
bre la almohada, notándo~e en su rostro esa palidez sin reflejo, esa serenidad
gue sólo la muerte comumca.
_Todo había concl~ído; ya no padecía ni se agitaba, él, que tanto se había
agitado durante su vida y que aun en sus últimos días proyectaba tan hermosos

�LA

NúMERO

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

504

- ¿Y qué será de esa pobre Blanca?, preguntó de pronto la baronesa de
Tertre?
Después de un minuto de silencio, oyóse la voz de la señora de Chalieu, que
contestaba:
- ¡Bah! Se casará con el conde de Bagrassand. Es lo mejor que puede hacer...

IX

;:;¿

..,. .
;

~-•-•.-"!'f ··

El cura de Mareuil, á quien se había llamado á toda prisa, llegó con los santos 6Jeos

planes. Habíase lanzado en el_ mundo con el vivo deseo de apurar todos sus goces, creyendo_q~e todo seda magotable, salud, fortuna y actividad, los dones
que había recibido al nacer; mas ahora deteníase en medio de su carrera, herido de muerte y después de haber derrochado su patrimonio... Gilberto se inclinó, y dejando correr sus lágrimas estampó un prolongado beso en la frente
de su amigo.
Cuando salió de aquella estancia, dejando al difunto sólo con las mujeres encargadas de velarle, parecióle que se abría un gran vacío á su alrededor cual
si todos los que habi~ban en Mareuil, sus huéspedes ordinarios, se alejar;n de
él y huyesen al sentirle aproximarse. El profundo silencio aumentaba aquella
sensación de aislamiento; hubiérase dicho que la muerte de Pedro acababa de
romper algún misterioso lazo, el débil vínculo que le unía á una sociedad de
que no formaba parte... Cuando vagaba por los desiertos corredores encontró á
la señorita de Sainte-Severe, quien le hizo una seña para que entrase en la habitación de la marquesa.
·
La anciana estaba sentada en un gran sillón y tenía en la mano un pañuelo
humedecido con sus lágrimas.
- ¡Qué desgracia!, exclamó, ¡qué desgracia, señor Maujeán!
Y m~ábale con su habitual expresión resignada y angustiosa; mientras Gilberto, sm fOder hablar, sollozaba amargamente. La anciana le cogió de la mano.
- Sí, d1Jo la marquesa, usted le quería mucho... ¡Tiene usted tan buen corazón!...
La noche había cerrado del todo cuando Gilberto se retiró. Para volver á su
cuarto debía pasar por delante del aposento de la vizcondesa; la puerta estaba
entornada, y un rayo de luz, filtrándose á través de la abertura, cortaba las tinieblas del corredor. Gilberto oyó lamentos sofocados en el interior de la es·
tancia.
Al ruido de sus pasos entreabrióse la puerta un poco más, y vió á los niños
Guy y Juana, que se adelantaron silenciosamente hacia él como impelidos por
un movimiento instintivo y que sin pronunciar palabra, cogiéndole cada cual
de una mano, le condujeron adonde estaba su madre.
Blanca estaba sola; apoyados los codos en su mesita de escribir, ocultaba en
parte su rostro; pero vió á Gilberto, levantóse, y sin cuidarse de 1~ presencia
de los niños, que lloraban de nuevo, precipitóse en sus brazos y apoyó la cabeza en el pecho de Gilberto sollozando angustiosamente. Maujeán, señalando
á Guy y Juana, dijo á Blanca que era preciso vivir para sus hijos, á quienes se
debía, y para los que la amaban..•
- ¡Sí, usted! ... , balbució en su aturdimiento. ¡Sí, para usted, para usted!..,
Y seguía abrazada á Gilberto en medio de los espasmos que la estremecían,
como si fuese su único apoyo en aquella hora de tristeza. Al tenerla así entre
sus brazos, Gilberto experimentó una extraña sensación de doloroso placer y de
profundo pesar; compadecíala verdaderamente al verla tan desdichada, contan•
do sólo con su apoyo, abandonándose y uniéndose á él para siempre...
De pronto oyóse ruido, separáronse al punto, y como vieran que se acercaba la señorita de Sainte-Severe, Gilberto se retiró.
Un momento después salía del castillo sin dirección fija, y bajando á la primera terraza, dejóse caer en un asiento con que tropezó en la obscuridad. Allí,
oculto entre las tinieblas y con la cabeza entre las manos, entregábase á una
fúnebre meditación y concentraba sus pensamientos, adoptando resoluciones
para el porvenir ... Al día siguiente de celebrarse las últimas ceremonias partiría de Mareuil... Iría á establecerse en Chatillón, pues ya no le era dado permanecer más tiempo en el castillo; pero no estaría lejos de Blanca ...
De repente parecióle oir murmullo de voces más arriba del sitio donde estaba: eran la señora de Chalieu y sus amigas, que habían ido á sentarse en la
terraza.

Gilberto había realizado su proyecto instalándose en Chatillón, á la entrada
de la ciudad, en una casita con jardín que él solo ocupaba. Algunos árboles
ocultaban en parte la fachada del edificio: allí, escondido tras la discreta sombra, sin recibir visita alguna ni tener más distracción que las pocas personas
que por allí pasaban, vivía Gilberto muy tranquilo, pero acosado por la fiebre
del que espera,
En efecto, nada podía resolverse entre la vizcondesa y él antes de que transcurriera el año de luto.
¡Pero qué importaba el tiempo! Su felicidad estaba asegurada ya, puesto que
descansaba en su confianza en la vizcondesa. Esta confianza era tan absoluta,
que cierto incidente ocurrido á los pocos días de la muerte de Pedro, incidente
que habría debido chocarle después de las palabras que de boca de la señora
de Chalieu había oído, pasó casi inadvertido para él.
Tratábase de las formalidades necesarias respecto á la menor edad de los
hijos, y habíase pensado para el cargo de tutor en el hermano de Pedro, el
conde Juan de Cabro!. Este, á quien se había escrito en el momento en que la
catástrofe era inminente, no llegó á tiempo más que para presidir el cortejo fúnebre, y con este motivo se renovó la intimidad entre las dos familias; pero
cuando se le propuso la tfttoría, rehusó el cargo, pretextando su alejamiento y
la escasa probabilidad de volver pronto á Francia. Tal vez creyó que relaciones
demasiado frecuentes le crearan obligaciones respecto á su cuñada y sobrinos;
por otra parte, en la sucesión había mucho embrollo, y aquel diplomático no
queda intervenir sino en asuntos bien despejados. A falta de Juan de Cabro!,
se pensó en Bagrassand, que era el más próximo pariente de Guy y de Juana,
y el conde aceptó.
Blanca, por su parte, vivía en ~areuil muy retirada en el aislamiento y el
silencio que le imponían las conveniencias sociales; respetándolas también Gilberto no la visitaba sino de vez en cuando, y aun así nunca la encontraba sola.
Cuando no estaba allí la anciana marquesa, la señorita de Sainte-Severe no faltaba para tomar parte en la conversación,
Indudablemente, Blanca temía una conferencia á solas, y Gilberto, comprendiéndolo así, excusaba el sentimiento que la inducía á proceder de este modo.
En la situación en que se hallaban, en efecto ¿qué hubieran podido decirse que
no les hubiera inclinado á estrecharse en cariñoso abrazo si llegaban á estar
solos? Seguros de sí mismos, mejor era esperar, no precipitar nada, respetar las
tiranías de la costumbre, esa obligación moral que prohibe manifestar alegría
demasiado pronto después del duelo y buscar la felicidad en una muerte. De
este modo, el mundo y su propia conciencia no tendrían nada que censurarles.
Por otra parte, aunque Blanca no confesase lo que sentía, su actitud le hacía
traición. Cuando Gilberto llegaba, apresurábase á dispensarle la más favorable
acogida, y después de sentarse no separaba de él la vista un momento. Examinaba cada vez con atenta curiosidad todos los detalles de su persona, co•
mo si no le conociese aún, y parecía juzgarle, estudiarle de nuevo, felicitarse de
su elección é impregnarse de su imagen para el tiempo que no le viera. Es probable que hasta entonces no se hubiese ocupado apenas del personaje
físico, fijándose solamente en el hombre intelectual y moral. En esto último
era en lo que Gilberto destacaba del medio en que Blanca vivía y sin duda
esta era también la razón que la indujo á no hacer caso de Gilbertd al principio.
Más tarde, acostumbrándose demasiado á verle, quedó prendada de él, y día
por día el amor deslizó un velo sobre sus ojos para que no vieran con tanta
c~aridad. Este v~lo embellecía tal vez al señor de Maujeán; mas ahora que viv1an separados, y que la muerte de Pedro, trastornando su corazón había si no
modificado en el fondo por lo menos desviado los deberes, con;irtiendo en
simpatía lícita y natural una inclinación hasta entonces culpable, ya no era así.
Con sus hermosos ojos de viuda podía fijar en Gilberto y en la existencia que
se renovaba para ella una mirada más lúcida y más penetrante descartando de
ella prestigios ilusorios y prevenciones favorables ó no.
'
Sentado Gilberto delante de Blanca, ésta le veía tal como era en una actitud
de modestia y de plácida humildad, en que se revelaban el perfecto coooci-

NúMERO 504

LA

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

miento de las condescendencias debidas á los demás, de su propio mérito y de rita de Sainte-Severe adivinaba que esto era lo único á que debía las atenciones
lo que á él mismo se le debía. Todo cuanto Blanca trataba de representarse en de Maujeán. He aquí por qué cada vez que le veía adelantarse hacia ella costásu ausencia, cuando á veces su meditación llegaba hasta él, y siempre que se bale un poco reprimir la expresión de ironía y resentimiento de su sonrisa. Poco
proponía precisar un detalle ó una particularidad, recordábalo al punto, per- á poco, sin embargo, acostumbróse á ello y no se privó del placer de alarmar
suadiéndose de ello después con viva satisfacción ... ¡Ah! Sí, tenía la mano blan- la ternura de Gilberto, sugiriéndole dudas sobre la seguridad en que su corazón
ca, pequeña y bien hecha, los dedos afilados ... y esta mano comunicaba gracia se adormecía.
Insensiblemente, y sin que se hubieran necesitado declaraciones, acabaron
y algo de artístico á cuanto decía, aunque fuese muy sobrio de ademanes ... Y
las facciones no eran comunes; la nariz trazaba una curva aguileña sobre una por hablar de la vizcondesa, dándose por entendidos uno y otro, como de un
boca fina, cuyos labios describían graciosas sinuosidades sobre una barba algo hecho que no exige explicaciones, sobre la situación de Gilberto respecto á
pequeña y sin marcado carácter. Las mejillas, de color sano, estaban á veces Blanca. Esta situación parecía tan bien determinada para 61, que consideraba
un poco pálidas, como las de aquellos que durante largas horas se inclinan so- muy natural que no fuese un misterio para nadie y que sus palabras aludiesen
bre los libros, y en los párpados notábase un ligero tinte rojizo, efecto de fati- á ella. No hubiera podido decir cómo comenzó la cosa y no reflexionaba sobre
gosas vigilias. De sus ojos azules parecía emanar una irradiación límpida é in- lo que podía tener de anormal. La señorita de Sainte-Severe debió prestarse
tensa, como si tomase su llama de un foco siempre abundante, y al fijarse su ella misma á este papel de confidente dando los primeros pasos; y Gilberto que
mirada en los seres ó en los objetos hubiérase dicho que lo escudriñaba todo en la soledad en que vivía no tenía sino esta ocasión de hablar de aquella en
hasta en sus más recónditos repliegues: nada hubiera podido pasar inadvertido quien se fijaban todos sus pensamientos, no rechazó tan útil servicio, tanto más,
para ella. La línea de la frente, graciosa y recta, perdíase en las sienes, algo cuanto que siempre conservaba la impresión de que la señorita Albania ejercía
desnudas, en las cuales no se veían más que algunos ligeros cabellos rubios, un cargo subalterno. A causa de esto no pensaba sin duda en la humillación á
semejantes por su finura á los rizos de un niño. El pensamiento y la reflexión que la sometía, meiclándola así de upa manera secundaria en sus asuntos de
habían impreso allí su noble sello, no sin dejar la
huella de los estragos que ocasionan. La estatura
no pasaba de regular, y sin embargo parecía más alto
por la esbeltez de todo el cuerpo y por la anchura
del busto, bien asentado sobre las caderas y que
se erguía sin ostentación, así como la cabeza sin
altivez ni aire pedantesco. El pecho y los hombros
caracterizábanse por su perfecto desarrollo. En este
conjunto debía hallarse algo de la estructura del
padre Maujeáo; pero con un aspecto de fuerza y
robustez que teda algo de distinguido, sobre todo
si se reflexionaba que aquel vigor se había empleado en trabajos mentales, permitiendo tal vez profundizarlos más que otros hombres. Adivinábase
que en todas partes, en todos los lugares, en toda
sociedad, hubiera podido dominar é imponerse.
Manteníase obscuro por efecto de su buena educación, persuadido de que todo el secreto de las cos•
tumbres corteses y de la dulzura de las relaciones
está en el olvido de sí propio, para no eclipsar el
mérito de los demás, dejando á los más moderados
y más discretos la oportunidad de darse á conocer.
Cuando Gilberto se levantaba para despedirse,
Blanca permanecía sentada un minuto, contemplando silenciosamente su traje correcto, sin afectación, del cual no parecía ocuparse, su conjunto
elegante y lleno de atractivo, el encanto particular
que comunicaban á Gilberto aquella mezcla de
gravedad juvenil y de madurez intelectual y también su expresión alegre, en la que aún quedaba
algo del niño. Al observar todo esto, Blanca no se
cansaba de admirar y acaso también se interrogaba.
La vizcondesa, sin notarlo seguramente, era á su
vez objeto del atento examen de Maujeán, para
quien tenía un atractivo más la tristeza de su situación y su traje de luto. Observábase en ella la graciosa sonrisa de las viudas que aún están destinadas á figurar en el mundo, una sonrisa discreta,
velada, aún impregnada de lágrimas, pero llena de
esperanzas. Su belleza resaltaba más ahora en medio del cuadro sombrío que la rodeaba. ¡Con qué
lánguida gracia se destacaban sus lindas manos de
las largas mangas bien ajustadas á la muñeca! ¡Qué
bien contrastaban su graciosa cabeza y rostro pá... mientras.la señorita de Sainte-Severe y Gilberto paseaban por el camino central
lido con el esbelto y ajustado cuerpo, que marcaba
la perfecta forma del talle, y con el cuello alto, que
mantenía levantada su barba!
·
Gilberto pensaba en la hora feliz en que desaparecería aquel vestido negro, \ amor. Sin embargo, es probable que la señorita de Sainte-Severe se diera cuenta
aquella librea de la desgracia; en el día en que, luciendo las vistosas galas de de tal humillación y que si disimulaba el pesar y la vergüenza que le causaba
otras veces la conduciría del brazo. En fin, hasta en las frases sin importancia era porque tenía esperanzas de obtener alguna· ventaja para sí propia.
que entre ~llos se cruzaban había palabras de doble sentido, de ~ecreta inteliCierto ~ía, á principios del verano y como. el _cochero tardase en !_legar, la
gencia, que agitaban suavemente su corazón. ~. cuando al salu le acampa- conversación se prol_ongó más ~ue de ordmano; Guy y Juana, ~ qmenes se
ñaba hasta la puerta la presión de su mano, fam1har y prolongada, decía clara- había llevado á Chatillón, se cogieron del brazo de su buen amigo apenas le
mente: ¡Cuando lle~e el momento, cuente usted conmigo!...
. vieron? y _después comenzaron á corr~r por el jar~ín,. saltando _sobre las plant~s
Así se pasó el invierno y una parte de la primavera: el fin del luto se aprox1- I y pers1gméndose entre los árboles, mientras la senonta de Samte-Severe y G1lmaba.
berto paseaban por el camino central.
Sin embargo, Gilberto veía rara vez á la vizcondesa, si bien recibía á menúdo
._- ¿Por ,qué no ~a ve?ido ella ta~bién?, preguntó Gilb~rto. Pu~sto que los
noticias de ella. Frente á la casa que él habitaba, á la entrada del arrabal, ha- mnos veman, habna podido acompanarlos ... Ha transcum~o ya tiempo desde
llábase precisamente la posada en que se caT?biaba el tiro de caballos de la 1~ muerte de Pedro; el año de luto toca á su fin y esa reclusión no puede durar
marquesa cuando los criados debían irá Chatillón par~ hacer c~mpras ó ~esem• siempre._ .
.
.
.
peñar diversas comisiones. De pie, detrás de los cn.stales, Gilber~~ ~e1a á la 1
senonta d_e Samte-S~ver~ reflexionó un momento, de1aodo vagar en sus
doncella al lacayo y algunas veces á la señorita de Samte-Severe dmg1rse á la labios una soonsa que le mqmetó
ciudad; volver algunas horas después con las manos cargadas de paquetes.
- V~rda~ es que?ª pasado tiempo ... repuso la joven. Tal vez ahora ChatiEntonces salía, y mientras se enganchaban los caballos cruzaba algunas pala- llón 1~ ms_Ptre_ á la vizcondesa alg_lÍn temo~...
bras con todos aquellos á quienes conocía.
.
,
La mst1tutnz se detuv~ para mirar á su mterlocutor.
Ya se comprenderá que cuando la señorita de S~mt_e-Seyere estaba alh, á ella
-: ¡Temor! ... repuso Gilberto. ¿Y_po~ qué? .
. .
era á qu ien con preferencia dirigía la palabra. La mstitutriz no tenía al parecer
Sm co~testar á 1~ rregunta, la seoonta de Samte-Severe s1g~nó andando.
ningún temor de comprometerse con él y prolongaba como por gust? la con~er- E~ ngor, replico. después de una pausa, no podemos decir que no salga ...
sación paseando por el camino de un lado á otro. Al fin acabó por mtroduc1rse Muy leJos de ello, salimos mucho desde que ha vuelto el buen tiempo. Vamos
en el j~rdín, y una vez allí. dando la vuelta por los cami?ales, dirigía la mirada todos los día~ á la «estació~ del descanso~&gt; y allí pasamos la tarde ..: La lleg~al interior de la casa, al piso bajo, á la ventana entreabierta y de~pacho de da de las seno~as de Chaheu y de Preville no ha bastado para interrumpir
Gilberto donde se veían sus libros sobre una mesa. Era la habitación donde nuestras excursiones.
solía est~r siempre, la ünica que quiso adornar con algún cuidado, poniendo un
- !Ah! ¿Ya están de vuelta esas da:°as?
,
diván y algunas colgaduras.
. .
.
- ¡Vaya.1 Hace ya un _mes... y!ª senara de_Tertre también, ¿Cómo había de
Como la institutriz estaba en relaciones dianas con la _vizcondesa, de ella ~ra faltar? Y á propósito, senor MauJeán, no sé si debo confesarle una cosa...
de quien Gilberto podía obtener los detalles que más le mteresaban; y la seno- ¿Cuál?

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Cuando Gilberto se levantaba para despedirse, ..

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Y se les vió pasear largo rato solos por las alamedas

- Que usted ha desmerecido mucho en el aprecio de esas damas· y quiero
advertirle que ya no tiene más defensor que la marquesa, la cual se d~clara valerosamente en favor de usted ... Sin embargo, ha envejecido; ya no sale de su
habitación, y al ver cómo defiende á su amigo, se inclinan algunos á creer que
la edad... No obstante, yo que la cuido sé muy bien lo contrario; pero es curioso ver cómo la señora de Chalieu se da golpecitos en la frente cuando se
trata de la anciana.
- ¿Y en qué he podido desmerecer?, preguntó Gilberto.
- ¿En qué?... No faltan razones, y por lo pronto tiene usted el defecto de
ser un poao demasiado franco, señor Maujeán. Se ha perjudicado usted mucho
en los últimos momentos del vizconde... ¿Qué necesidad había de contrariar el
celo piadoso de esas damas?... Ahora ya no reparan en tratar á usted de hombre irreligioso y de librepensador, sobre todo delante de la vizcondesa.
- ¿Y qué diGe la señora de Cabro!?
- No dice nada. ¿Qué quiere usted que diga? No es posible defender. á un
hombre sin religión. ¡Ah! Mejor hubiera sido callarse... Lo mismo que cuando
habló usted de su padre, del hombre campesino de la Fonfreyde. ¿Por qué
hizo usted mención de él? ... Ahora les divierte mucho el asunto, y no se habla
de otra cosa. Sin duda es hermoso no tener que avergonzarse de su nacimiento, pero se han de prever las consecuencias. En cuanto á mí, ya conoce usted
mis ideas; eso no disminuye en nada el concepto que de usted tengo, mas
para esas señoras ... No pueden hablar del señor Gilberto sin referirse á su buen
abuelo; esto les hace reir, y acabarán por confundirle á usted con él.. . Sí; creen
verle con el cuerpo encorvado, la chaqueta de campesino y cavando la tierra
en La Fonfreyde.
A pesar suyo, Gilberto se resintió, y dijo algo vivamente:
- Dudo que la señora de Cabro! se divierta con estas pequeñeces.
- Pues bien: en eso se engaña usted, porque la vizcondesa se ríe también.
Y añadió con expresión inocente:
- Diríase en verdad que esas señoras tienen algtín interés en ponerle á usted
en ridículo ...
Siguióse una pausa, y después de dar algunos pasos, la institutriz prosiguió:
- Por lo demás, si ya no es usted el .favorito de esas damas, por lo menos
le han encontrado un sustituto.
- ¿Quién es?
- ¿No lo adivina usted? ... ¡El conde de Bagrassand!
- ¡Ah! ¿Visita el castillo?
- ¡Cómo que si le visita! ... ¿No es acaso tutor de los niños? Ha tomado muy
en serio el cumplimiento de sus deberes ... Ha ido durante todo el invierno
con la mayor regularidad, una vez á la semana y á hora fija ... Es un hombre
metódico, algo frío superficialmente; pero esto parece constituir parte de su distinción, aunque nada se puede asegurar de su interior. Desde que esas señoras
están en el castillo multiplica sus visitas, y para él son ahora hasta las más insignificantes atenciones, para él las alabanzas como las que se le tributaban á
usted en otro tiempo. Un hombre que tiene tantos millones y-tan gallarda presencia siempre es bien recibido en todas partes, como ya comprenderá usted.
En cuanto al conde, parece estar muy á gusto en Mareuil, adonde va muy á menudo y de donde no sale sin sentimiento ... Y bien, señor de Maujeán, ¿cómo
es que no me pregunta usted ahora, según su costumbre, qué dice de ello la
señora de Cabro!?
- Sí, repuso Gilberto. ¿Qué piensa sobre este particular?
- No lo sé; su confianza en mí no llega á tal punto, aunque me trate algo
como amiga; pero en. cuanto me es permitido suponer, paréceme que no le.
desagrada que le hagan la corte. Sí, la corte ... pues por ella va el conde á Ma-

NúMERO

504

reuil y la vizcondesa no abriga de ello la menor duda. ¡Oh! Una corte muy digna, muy conveniente, sin lirismo ni afecciones novelescas; en fin, una corte de
buen tono ... Sin embargo, hace ocho días ... preciso es que lo sepa usted todo,
puesto que estas cosas le interesan, al parecer ... sí, hace ocho días, y precisamente en aquel en que terminaba el luto de la vizcondesa, los dos se emanciparon ... Y se les vió pasear largo rato solos por las alamedas. Si al cabo de
todo esto resultara una boda, no debería extrañarse. Son personas de la misma
sociedad ... y ya comprenderá usted la importancia de esta palabra, señor Maujeán, sabiendo que hay una clase superior, que se elige y que cuenta sus individuos, como usted me dijo .. . El conde y la vizcondesa pertenecen á la misma
sociedad, son parientes, un poco primos, según creo, y viudos los dos ... Ese
casamiento no cambiará la posición de la señora de Cabro! desde e~ punto de
vista social, primera ventaja ... y además, bajo el concepto material mejorará
su estado, realzándola singularmente. Usted no ignora cómo están los asuntos
de la casa. Yo creo que el vizconde ha dejado más deudas que bienes ... ¡Reflexione usted lo que sería para la señora de Cabro! casarse con un hombre
diez ó doce veces millonario! ¿Es posible resistirá semejante fortuna? ... Por lo
pronto se evitaría la venta de Mareuil, que usted admira tanto. ¡Vamos, preciso
es convenir en que sería lástima, y por parte de la vizcondesa una locura!. ..
Gilberto la interrumpió con tono brusco y de despecho.
- ¿Le ha encargado á usted la señora de Cabro!, replicó, que me diga todo eso?
- No, caballero, la vizcondesa no me encarga de tales comisiones.
Gilberto se arrepintió de aquel impulso de colera.
- Ruego á usted que me dispense, señorita, repuso; no era mi ánimo ofenderla, y muy por el contrario, debo dar gracias ...
Y añadió, como hablando consigo mismo:
- Solamente me pregunto si la señora de Cabro! sabe que estoy al corriente
de todo cuanto pasa en Mareuil...
La señorita de Sainte-Severe se había dulcificado, y observaba que un horrible padecimiento contraía las facciones de Maujeán.
- ¡Dios mio!, exclamó. La vizcondesa no ignora que yo le veo á usted cuando vengo aquí, y debe suponer que me interesa. Por otra parte, hace ya algún
tiempo que no se oculta del conde, y aunque yo no le doy cuenta de nuestras
conversaciones bien debe suponer de qué hablamos en ellas ...
Aun después de éstas explicaciones, notábase cuán violenta era la situación
en que Gilberto y la institutriz se encontraban y de la que oportunamente vino
á sacarles el cochero avisando que el coche estaba dispuesto.
La señorita de Sainte-Severe llamó á los niños, pero antes de alejarse dirigió
una última mirada hacia el despacho de Gilberto. Hubiérase dicho que deseaba hacerle olvidar la triste impresión producida por lo que habían hablado y
distraerle de sus pensamientos.
- ¿Adelanta mucho su obra, señor Maujeán?, preguntó.
Gilberto hizo un esfuerzo para interrumpir sus reflexiones
- No, señorita, contestó; carezco de documentos y necesitaría irá Roma.
La señorita de Sainte-Severe le miró con cierto aire compasivo.
- Pues bien, repuso, ¿qué quiere usted? ... Es preciso aceptar lo que no puede evitarse. Si necesita usted irá Roma, vaya .. . ¡Es un viaje que yo también
quisiera hacer, pues mis excursiones más largas se han reducido á ir hasta la
«estación del descanso» ...
Mientras se dirigían al coche, la institutriz habló otra vez de sus paseos co·
tidianos á dicha estación, cual si hubiera querido grabar esta palabra en la
mente de Gilberto.
( lo11tinuarií)

NúMERO

LA

504

MEMORIA QUE LA SECRETARIA DE ESTADO EN EL DESPA·
CHO DE FOMENTO PRESENTA Á LA ASAMBLEA LEGISLATIVA
DE LA REPÚBLICA DE GUATEMALA EN SUS SESIONES ORDINA·
RIAS DE 189 1. -Coleccionados en un voluminoso tomo ha

LIBROS ENVIADOS A ESTA REDACCION
POR AUTORES Ó EDITORES
CÓDIGO CIVIL ESPAÑOL,

· 543

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

por D. León Bo11el y Sánchez. -

Se ha publicado el tomo cuarto de esta obra importantísima
que con tanto éxito publica el dignisimo magistrado de esta
Audiencia. Comprende el libro IV del Código, que se ocupa de
los contratos y obligaciones, y en esta como en todas las anteriores secciones demuestra el Sr. Bonel, sus vastos conocimien•
tos de la legislación general y de las leyes forales y extranjeras,
y en sus notabilísimos comentarios acreditase de jurisconsulto
peritisimo y de conocedor profundo de la ciencia jurídica, asi
en su parte filosófica como en la práctica.
Con este tomo te,mina la obra del Sr. Bonel que, como en
otras ocasiones hemos dicho, es indispensable á todos los que
con la administración de justicia tienen alguna relación y que
constituye un monumento jurídico, honu. de nuestra patria y
de la magistratura española.

publicado el referido centro oficial de la república de Guate•
mala interesantísimos datos sobre acuerdos gubernativos, con,
tratos, obras públicas, correos, telégrafos, vapores, ferrocarriles, agricultura, industria y comercio, etc., etc., correspondien•
tes al periodo mediado desde 1. 0 de marzo de 1890 á 28 de
febrero de 1891.

CIIATEAUBRIAND. BIOGRAFÍA y ESTUDIO CRÍTICO, por E
Zola. - La Biblioteca de extranjeros iltestres que publica en

Madrid la casa editorial de Sáenz de Jubera hermanos, se ha
enriquecido con la biografia del ilustre autor de Los mártires,
escrita, como las anteriores, por Emilio Zola, es uno de _los
libros más interesantes salidos de la pluma del gran novelista
francés.
.
Véndese este tomo, que es el octavo de la serie, en las prm•
cipales librerías á una peseta el ejemplar.

MIS MUJERES. NOTAS ÍNTIMAS, por S. Comila. llustracio•
por D . Ramón de Campoa111or.- nes de Carrasco. - El conocido editor de esta ciudad D. Inocen•
Formando parte de la Biblioteca selecta que publica D. Pas• te López acaba de publicar una colección de interesantes na•
EL DRAMA UNIVERSAL,

cual Aguilar en Valencia, hemos recibido esta bellísima obra
del gran poeta de las Doloras, cuyo mejor elogio lo constitu•
yen las numerosisimas ediciones que de ella se han hecho, ago·
tadas apenas han salido á luz. Los dos tomitos de que consta
se venden al precio de dos reales oada uno en las principales
librerías, y en Barceiona en la de D. Arturo Simón, Rambla
de Canaletas, 5.

rraciones del celebrado escritor Sr. Gomila, que se leen con
verdadero gusto, a5i por el fondo de enseñanza que todas ellas
entrañan como por la correcta y galana forma en que están
escritas.
El libro, que lleva bonitas ilustraciones de Carrasco, se ~en·
de en casa del editor, Rambla del Centro, 20, y en las pnnc1·
pales librerías, al precio de 2 pesetas.

Las casa.a extranjeras que deseen anunciarse en LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA diríjanse para informes á los Sres A. Lorette, Rue Caumartin,'
núm. 61. París.-Las casas españolas pueden hacerlo en la oficina de publicidad de los Sres. Calvet y C.•, Diputación, 358, Barcelona

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ora Yla comida !JUe mas le convienen
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cio que la purga ocasiona queda compketamen~e anulaqo porel efectode la
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�NúMERO

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rto,,ae, Aoedias, Vómitos, Eruotoe, y COliooa;
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, PREMIO
de 2000 r,.

JARABE Y PASTA ~}~::~ tlJtnf"/1,,?Jh
de H. AUBERGIER

con I.A.O'l'tl'~ {Jugo lechoso de Lechuga)

Una completa lnnoculdad., una eílcacla per!eclamente comproba&lt;la en el Cata"º
' ep(aémtco, las Bronquítfs, Catarros, .Reuma,, To,, asma é (mtacwn de la garganta, han
• grangeaao al J.A.R.A.'8E y PASTA &lt;le .A.UBERGIER una Inmensa fama. »
e

. (Bztracto dd Formulario MUico del S-• Bouchardat aateardlico u la Facultad u Medicina (!6o adicidn),
venta por mayor: COIIUR Y e-, :18, Calle de St-Claude, PARIS
DEPÓSITO EN LAS PftlNCIPALES BOTICAS

PATE EPILATOIRE DUSSER

Farmacenuco, en Parls,

~Rue Bonaparte, 40

.A.probados por la Academia de Medicina de Paris é insertados en la Colección
' Oficial de Fórmulas Legalea por decreto ministerial de 1 O de Marso de 185-4,

'

Partlci~ndo ae las propiedades del Iodo
del Hierro, estas PUdoras se emplean
eí:!,pcclalmente contra las Zacrofulas, la
T1■ls y la Debilidad de temperamento,
as! como en todos los casos(P&amp;ltdo• colorea,
Amenorrea, 6.•), en los cuales es necesario
obrar sobre la sangre, ya sea para devolverla
su riqueza y abundancia normales, 6 ya para
provocar 6 regularizar su curso periódico.
y

1

PREMIO DEL INSTITUTO AL O' CORVISART, EH 1858
1867

504

El io&lt;lurode hierro Impuro óalterado
N
• B• es un medicamento infiel é Irritan te.
Como prueba de pureza y de autent!cl&lt;lad de

las verdadera.- PUdoras de Blancard,
exigir nuestro sello de plata reactiva
nuestra firma puesta al pié de una etiqueta
verde y el Sello de garantla de la Unión de
loa f'a.brlcantes para la represión delafalslficactón. e,
• SE HALLAN EN TODAS LAS FARMACIAS

d~ln!Je huta lu RAl~EB el YELLO del rostro de las da.mu (Barba, Biro~. elt.), 111
IIIDglln peligro para el C11tíl. so A.iioa de Bnto, y millares de 1t1Umonios ramtiJaa la eflucla
esta preparaáon. (Se ffnde en oaJu, pal\. la barba, y en 1/2 oaJu para el blrott lirero), 'l&gt;ara
101 bruos, emplmeel l'l.LJ. f'UMIII. DVBSJElK, l,rueJ,.,J,.J\OUIH&amp;u, Parta.

o

Quedan reservados los derechos de propiedad artlstica y literaria
I MP. DR MONTANER Y SIMÓN

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