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11tí~t1etx
ARO X

BARCELONA

2r

DE SEPTIEMBRE DE 1891

NÚM. 508

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

=

EL SUEÑO DE UN ÁNGEL, cuadro de Vianelll

�LA 1LUSTRACIÓN ARTISTICA

NúMERO

508

SUMARIO

508

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

595

pasar al Nuevo Mundo. Después de muchos años de fructuosos esfuer-~:~...:, ..:.. . .=:=;~
zos en Sierra Gorda, el padre Serra recibió el encargo de ponerse al
, ~-~~
--frente de las Misiones de California. En 2 de abril de 17 68 llegó al puerto
..,, ....~ :::.~~-.J/··•,..JI✓" ,
~ • - ~
de Loreto con quince asociados, y adoptó las disposiciones necesarias
:=e ..'é, . - - - -~;;
- ~ - - - para ocupar los diversos establecimientos de la península.
La primera Misión de la California Superior se fundó en San Diego,
-· ~
y antes de haber transcurrido quince días organizóse una expedición al
mando de D. Gaspar de Portola, que debía ir por la costa hasta Monterey para fundar allí otro establecimiento. Los geógrafos españoles conocían este punto gracias al viaje de Vizcaíno en 16021 en cuyo relato se
hacía un elogio de Monterey, diciéndose que tenía un puerto magnífico
donde podían anclar todas las naves del mundo.
Deberíamos extendernos demasiado para referir aquí todos los incidentes ocurridos en la expedición, sus fatigas y contratiempos, graves peligros que se corrieron, y cómo buscando Monterey se dió en la bahía de
San Francisco, siendo así conocido del europeo por primera vez aquel
t''r ,~
jardín del actual estado de California. Baste decir que después de llegar
~;-,
á la cumbre de una cordillera desde donde se ve lo que hoy es Searsville,
,;/..
en la gran extensión del valle de Santa Clara, y de contemplar el gran
estuario que su fundador describe como «mar Mediterráneo,» la expe·, ... ,
dición retrocedió otra vez hasta San Diego, obligada por la proximidad
de los fríos, la escasez de víveres y la hostilidad de los aborígenas.
Misión de San Buenaventura
Al llegar de nuevo á Punta Pinos, en el supuesto lugar de la bahía de
Monterey, empleáronse quince días en una activa exploración de la costa en busca del magnífico puerto descrito por Vizcaíno; pero las pesquisas resul1782. - San Buenaventura.
taron inútiles. La localidad no correspondía en ningún grado á las indicaciones
1786. - Santa Bárbara.
del viajero, y al fin se dedujo que alguna convulsión de la naturaleza habría he1787. - La Purísima Concepcho desaparecer el puerto. En su consecuencia, plantaron unagran cruz de ma- ción.
dera en la parte Norte y otra en la del Sur de Punta Pinos, como recuerdo de
1791. - La Soledad y Santa
su visita, grabando en la segunda las siguientes palabras: «Socavad al pie de Cruz.
esta cruz y encontraréis el relato de nuestro viaje.» El escrito decía así:
1797. -San Juan Bautista,
«La expedición que salió de San Diego el 14 de julio de 17691 al mando de San José y San Miguel.
don Gaspar de Portola, gobernador de California, llegó al canal de Santa Bár1798. - San Luis, rey.
bara el 9 de agosto y dió vista á la sierra de Santa Lucía el 13 de septiembre,
1802. - Santa Inés.
penetrando después en esta cordillera en 1 7 del mismo mes. El 1.º de octubre
Después de estos esfuerzos,
hallábase cerca de Punta Pinos y no pudo encontrar la bahía de Monterey. parece que el entusiasmo menExplorando siempre, llegó al fin á Punta Reyes y á los Parallones, en la bahía guó un poco; mas al poco tiemde San Francisco. Para esto fué necesario dar un largo rodeo, á causa de un in- po renováronse aquéllos, para
menso brazo de mar que se extendía á gran distancia. A consecuencia de esta fundar San Rafael en 181 7, San
y otras dificultades, siendo la mayor de ellas la completa falta de víveres, los Francisco Solano en 1823 y So1
expedicionarios debieron retroceder, creyendo que habían pasado por la bahía noma, situada en el último límide Monterey sin descubrirla.
te Norte á que habían llegado
»Hecho en este puerto de Pinos en 9 de diciembre er;i 1769.»
los padres.
Estas Misiones se destinaron,
por supuesto, para la instrucción
de los rudos aborígenas, y en::;,__..
señarles las verdades de la cristiandad, así como las artes de la
vida civilizada. El plan de vida
y disciplina fué trazado por los
jesuitas, que en los siglos xv1 y
xvn organizaron el más extenso
sistema de Misiones en todos
los puntos del mundo pagano:
India, China, El Japón, ambas
costas de Africa, una gran parte
del Asia Central y el Norte y
Sur de América, fueron teatro
✓-­
de sus infatigables tareas.
.".,,,. ...,.,,
Los franciscanos, que sucedie,,,
Púlpito y confesonario de San Buenaventura
ron á los jesuitas en California,
.·•
siguieron
su
sistema.
A
fin
de
-----c9inducir á los indios á renqnciar á su vida nómada, adoptando las costumbres
de los hombres civilizados, dióseles alimento y ropa, enseñándoles después á
•·-...;t!
cultivar la tierra para atender á su subsistencia. Muy pronto se erigió la iglesia
de la Misión, y construyéronse varias casas, utilizando la abundancia de made.- .
ras que ofrecía el país.
• , C'9 )
- _,,,_..)
El género de vida en la Misión es el siguiente: Al toque de maitines los indios
van á reunirse en la capilla, donde después del servicio divino reciben
La primera Misión en California (San Diego)
una breve instrucción religiosa. Terminada ésta, van á trabajar á los campos; á
las once comen, descansan hasta las dos, y vuelven á proseguir sus tareas hasta
A pesar de las dificultades, los misioneros no renunciaron á su empresa. En una hora antes de anochecer. Entonces, reunidos de nuevo, se les hace rezar el
1770 otra expedición, siguiendo el camino de la primera, cuyo diario les sirvió rosario, y luego quedan libres de entregarse á sus pasatiempos. Su traje consiste
de guía, fundó la Misión de San Carlos en la bahía de Monterey, cerca de la en camisa de lienzo, pantalones y chaquetón de lana. A las mujeres se les da
cual se estableció el presidio del mismo nombre. Más tarde, como aquel sitio cada año dos mudas de ropa blanca y un vestido nuevo.
.
no pareciera conveniente, el establecimiento se trasladó á otro lugar situado á
Los indios de California no son, ó por lo menos no eran, la vigorosa raza
algunas millas más al Oeste, á orillas del río Carmelo, dándose este último guerrera de la parte oriental del Continente, ni poseían la inteligencia de los
nombre á la nueva fundación.
naturales de la meseta de Méjico. Alimentábanse principalmente de piñas, nueMonterey es hoy día una famosa estación balnearia, á la cual acuden viajeros ces y otros frutos análogos, é iban completamente desnudos. Aunque no tede los puntos más lejanos. La antigua Misión,el Carmelo, poco menos que una nían la astucia ni la fuerza de los iroqueses, algonquinos y hurones del Canadá
ruina en la actuali4ad, sigue, no obstante, llamando la atención, á causa de lo no les faltaba sutileza, y por lo general eran traidores ó feroces, tanto que en más
pintoresca y por la circunstancia de contener los restos de los hombres venera- de una ocasión los misioneros sellaron con su sangre su amor á la fe, sacrificio
bles á cuyos piadosos esfuerzos se debe la creación de las Misiones y que echa- que, justo es decirlo, no arredró nunca á los franciscanos.
ron los cimientos de la civilización en California. Allí reposan
en el sueño eterno el Padre Junípero Serra, Juan Crespi y Rafael Verger.
San Diego y Monterey sirvieron para señalar el límite extremo
de la primera ocupación española. El espacio no poblado se
ocupó muy pronto, y el área de la conquista de las Misiones se
extendió poco á poco por otros establecimientos semejantes. Los
nombres de esas instituciones, fundadas en rápida sucesión, son
los siguientes:
1
1771. - San Gabriel, San Francisco y San Antonio.
1772. - San Luis, obispo.
'
' : " ~---::; •
·&gt; . -·, :
1 776. - San Juan Capistrano y San Francisco de Asís.
17 77, - Santa Ciara.
Misión de San Y.iguel, condado de San Luis, obispo

·-·

Texto. -Las Misiones de la alta California, por Juan T. Doyle, traducido por
Enrique L. Verneuill. - Pasionaria, por Alejandro Larrubiera. - Co111u11icación con los planetas, por Amadeo Guillemin. - Nuestros grabados. - Un drama en el mar, por W. Clark Russell, tra:iucido por E. L. Verneuill. - Libros
enviados á esta Redacción por autores ó editores: Tagedias, por D. Víctor Balaguer; Por n11estra 11ttisica, por D. Felipe Pedrell; Varias obras de D. Mdchor Gas par de J ovellanos y multitud de composiciones repartidas con motivo
de las fiestas celebradas en Gijón para la inauguración de la estatua de este
eminente sabio é insigne patricio; G. N 1'flez de Arce, est11dio biográfico-crítico,
por D. Marcelino Menéndez y Pelayo.

Grabados. -El meflo de

im ángel, cuadro de Vianelli. - Cruz colocada en
Monterey en el sitio en donde desembarcó Junípero Serra. - Misión de_ S~n
Antonio de Padua :í veinte millas de Monterey. - Misión de San José, d1bu¡o
tomado de un daguenotipo hecho en 1853. - Campanas y pila bautismal de
San José. - La primera Misióe en California (San Diego). - Misión ~e San
Buenaventura. - Púlpito y confesonario de San Buenaventura. - Misión de
San Miguel, condado de San Luis, obispo. - Misión de Santa Bárbara. - Capilla actual de San Juan Capistrano. - Misión y campanario de San Miguel,
cerca de los Angeles. - Misión de San Fernando, los Angeles. - Claustro Y
campanario de San Fernando.-Misión de San Luis, rey, condado de San
Diego. - Misión de Santa Inés, condado de Santa Bárbara, - ~füión de San
Juan Capistrano. - Interior de la Misión de San Luis, rey. - Interior de la
Misión de San Luis, obispo. - Puente de Chia11tla, México (de una fotografía).
-Entre prenderos, cuadro de D. José· Benlliure. - Víctor Duroy, miembro
del Instituto de Francia y ex ministro de Instrucción pública, autor de la
&lt;Historia de los Griegos,&gt; publicada en nuestra «Biblioteca Universal.&gt;

NúMERO

__ _

.,.....

----~--;

Misión de San José, dibujo tomado de un
daguerrotipo hecho en 1853, hoy pro·
piedad de J. L. Beard.

LAS MISIONES DE LA ALTA CALIFORNIA
Aunque la península llamada California Inferior había sido descubierta en
15341 haciéndose entonces muchas tentativas para colonizarla, España no la
ocupó hasta 1697. En febrero de este año, dos padres jesuitas, Juan María Salvatierra y Francisco Eusebio Quino, pidieron permiso para emprender la conquista espiritual del país, permiso que les fué otorgado mediante la condición
de que no se apelara al rey para
hacer gasto alguno, y que se tomara posesión del territorio terminantemente en nombre de la
colonia española. Provistos de
t
esta autorización y del consenti,-..
miento de sus superiores en la Or'r,
den, los dos misioneros comenzaron á recoger fondos para la em;.ji'
presa, y en poco tiempo obtu• 1
vieron suficientes recursos para
''"'
. '•\·'
comenzarla. Aquellos fondos, fa'f ¡
.{ . ·;... ..
cilitados por personas caritativas
' • )'.icuyos nombres:se han conserva·
,'~ ·~.
,1, '
do hasta hoy día, gracias al agra·
/,;
,. '...)
decimiento de les · padres, a umentaron con el tiempo, hasta
Cruz cólocada en Monterey en el oitio en donde
el punto de tener suficiente imdesembarcó Junipero Serra
portancia para que á menudo se
hiciera mención de ellos en la
historia y la legislación mejicana, dándoseles el nombre de Fondo piadoso de la
Ca/if(Jrnia. Más tarde constituyó la caja de las Misiones, y sirvió para sostenerlas en la costa Oeste del continente, y por el Norte en toda la extensión reclamada por España, designándose todo el territorio con el nombre de Californias.
Las trece Misiones fundadas por los jesuitas en la Calüornia Inferior extendiéronse desde el Cabo San Lucas, en la extremidad de la península, por el
Norte. No entraremos aquí en detalles respecto á ellas;nos limitaremos á decir
que se hallaban en un estado floreciente en la época de la expulsión de la Orden hacia 17681 y que los establecimientos se conservan aún hoy día, aunque
á la verdad ruinosos y abandonados por la población reunida allí, pero siempre
mudo testimonio del piadoso celo de sus fundadores.
En 1767 el monarca español decretó por una pragmática que la Compañía
de Jesús fuera expulsada de sus dominios, y con el mayor refinamiento de
crueldad disponíase que la orden se cumpliera en todas las partes del reino á
la misma hora. Eligióse para esto la más avanzada de la noche, cuando todo
el mundo dormía; á la puerta de cada colegio de los jesuitas detuviéronse algunos vehículos, se despertó á los porteros en nombre del rey, é intimóse á todos

.- .

Misión de San Antonio de Padua, situada· á veinte millas de Monterey

-

·•

los individuos de la co¡nunidad á reunirse al punto en la
capilla del refectorio. Vistiéndose apresuradamente, cada
cual dió cumplimiento á la
orden, preguntándose qué
podía ocurrir. Poco después
se les dijo que S. M. había
tenido á bien desterrarlos de
sus dominios. Los carruajes,
según hemos mdicado, esperaban ya, y teníanse preparados en el camino los caballos
necesarios para 1os relevos
hasta el puerto de mar más
próximo, donde á su vez debían encontrar barcos para
conducirlos fuera del reino.
Solamente se les concedieron
algunos minutos para coger
sus libros de oraciones, sus
rosarios y la ropa necesaria;
de modo que una hora después de haber llamado la autoridad á la puerta del establecimiento, todos los jesuítas que le ocupaban hallá.
.
banse ya en camino de la
Campanas y pila bautismal de San José
costa, desde la cual se les trasladó con la misma rapidez á Roma. Durante su viaje al punto de embarque,
prohibióseles hablar . con persona alguna, ni siquiera con los amigos que por
casualidad encontraban. De este modo salieron los jesuitas de España y de
todas sus posesiones en Europa, desvaneciéndose tan rápidamente como la
bruma de la mañana bajo la influencia de los rayos del sol.
No era posible' ejecutar este bárbaro decreto con la misma cruel precisión en
California, porque estaba muy lejos y porque á ello oponíanse muchas dificultades. Allí había sido necesario aumentar el número de individuos de las Misiones, pues de no hacerse así, los indios, á quienes se había hecho adoptar ya
costumbres civilizadas, hubieran vuelto indudablemente á caer en el salvájismo
y habría sido forzoso come~zar de nuevo toda la obra de la conquista. He aquí
por qué las necesidades de la situación modificaron la crueldad de los procedimientos en California. Los misioneros fueron reunidos en La Paz en febrero
de 17681 y entre las lágrimas y lamentos de los pobres indios, que de todas las
Misiones de la península enviaron delegados para acompañará sus padres espirituales, embarcáronse por fin en Veracruz el 13 de abril. Los hambrientos políticos de la época esperaban encontrar muy rico el Fondo piadoso y apoderarse
de él después de la expulsión, saqueando las Misiones de
California; pero la suma total que recogieron no ascendió
siquiera á cien duros.
Habíase hecho un convenio, por iniciativa del virrey, según
el cual los padres franciscanos, expulsados del convento de
San Francisco de Zacatecas, ocuparían el lugar de los jesuitas en las diversas Misiones; y adoptando las reglas y prácticas de sus predecesores, granjeáronse la confianza de los
sencillos indígenas y prosiguieron la obra tal como se había
comenzado. Hacia la misma época, siendo virrey de Nueva
España el marqués de la Cruz, fué e_nviado á aquel país
José Gálvez como Visitador General, revestido de poderes
extraordinarios. Temíase que los ingleses trataran de ensan•
char sus posesiones en América, sentando el pie en el Pacífico; no parecía prudente permitir que la costa Noroeste
siguiera más tiempo desocupada, y Gálvez resolvió colonizarla cuanto fuese posible. Hombre notable por su celo é
!
industria,
tuvo la suerte de encontrar un eclesiástico que era
.,1
la persona más propia para secundar sus planes: Ilamábase
Junípero Serra, presidente de las Misiones. Nacido en Ma: ~f':'{i
llorca en 1713, había manifestado desde luego su prefarencia á la vida religiosa, y terminados sus estudios se le admitió en la Orden _de San Francisco. Al cabo de algún tiempo
fué nombrado para formar parte de una Misión que debía

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�NÚMERO
NúMERO

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

508

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Misiones, casi hasta depoja.rlas del t~do. Nom?rár?~se adl
.
• •.,
ministradores que se apropiaron los bienes, y sm d1smrnlar-~- --- ~ . ~ , se en modo alguno tan vergonzosa expoliación, se vendieron
- ----..._ __, públicamente, no tan sólo el ganado, sino hasta las tierras
de las Misiones.
La ruina de estas últimas se completó por la conquista
A medida que americana. Los pocos indios que en ellas quedaban fueron ahuyentados, pues
la conversión pro- los invasores no querían entender nada de los hermanos misioneros y los sal·
gresaba instruía- vajes civilizados ni respetar cosa alguna; de modo que ninguno de los establese más y más á cimientos fundados conserva su primitivo carácter. En aquellos á cuyo alredelos jóvenes indí- dor se había formado una numerosa población, como en Santa Clara, San
genas, enseñán· Francisco y San Rafael, no había ya más que iglesias parroquiales. En algunos
doles varias in- puntos los colonos ahuyentaron á los sacerdotes, y en más de un caso los temdustrias además plos fueron sacrílegamente convertidos en cuadras.
El más considerable de los antiguos establecimientos era el de San Luis, rey,
del cultivo de la
tierra; y así es que que yo visité con un compañero en el verano de 1862. A primera hora de la
.. no faltaron cerra- mañana salimos de San Juan Capistrano y llegamos á San Luis á eso de las dos,
-·
....,..J
.
. . . . . . ..
.
jeros, carpinteros, sin encontrar ni un solo ser viviente ni siquiera una vivienda humana. Avanzá.. ... ··-~
tejedores, sastres bamos por la base de la sierra, siguiendo el surco de las ruedas de un carro que
y zapateros. Tam- nos sirvió de guía, y después de franquear muchos barrancos y de algunas horas
Misi6n de Santa Bárbara
bién se importa- de monótono viaje, vimos por fin, al salir de la cordillera, un valle encantador,
ron animales do- por el cual se deslizaba un riachuelo de cristalinas aguas, que á cierta distancia
mésticos, que se reproducían con !asombrosa rapidez, y en cuya cría y cuidado iba á verterse en el mar. En el centro del valle, en una eminencia, elevábanse
las torres de la antigua iglesia y el tejado rojizo de la antigua Misión, donde se
llegaron á ser los indios muy práticos y útiles.
A los barcos que visitaban la costa se les vendían pieles, cereales, vinos y di- reflejaban los rayos de un sol casi tropical.
El paisaje era magnífico, y nos detuvimos algún tiempo antes de examinar
versos frutos. Con parte del producto obtenido comprábase para los indígenas
ropa blanca, tabaco, tejidos, etc., y lo demás se empleaba para embellecer las aquellos parajes. Las paredes se conservaban bastante bien, y cerca de la entrada estaba el suelo tan bien enarenado, que se me figuró que no podía menos
iglesias, comprar instrumentos musicales, pinturas y diversos adornos.
Además de instruir á los naturales, las Misiones organizaron un sistema hos- de encontrar gente en el interior. Entré sin vacilar, y recorrí las habitaciones y
pitalario para todos los viajeros, que así podían encontrar en diversos puntos, corredores como buscando al sacristán que en mi imaginación me representaba,
á veces cuando más lo necesitaban, un refugio seguro y lecho
para descansar. Las casas destinadas á este servicio estaban separadas solamente por una jornada de distancia.
,\
,,b,,, • ·. ~-Las Misiones de California, en número de veintiuna, alcanza- :¡ . ¿1)--r, " ::;::;;;::;;: -;;-....--=-r:-;,;..-:r..-.-::a.
zaron su mayor prosperidad durante el primer cuarto del presen~
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te siglo. En todas reinaba la abundancia: provistas de huertos y ~~:;¡. •~ ·
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jardines, obteníanse en ellas los mejores vegetales, frutas de todas 'llí.. tlt . '· ~•.
. ,.,,V&amp;':.,:
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clases! y cultivábase ~n particular la higuera, el naranjo, el olivo
. .. .
..,.. ........,,,,, ·"' J.
y la vid; estos dos último~ se producían en tal cantidad, que después de usar~e lo necesario quedaba un gran sobrante para la
venta. También el ganado abundaba mucho, según se ha sabido por los datos pero fué inútil. No
.~ ,
de la Misión. Para formar idea basta decir que en el año 1820 la Misión llegóá vi más sombra
/;-,¡
tener 140.000 cabezas de ganado, figurando los caballos por la cifra de 18.000. que la mía, ni lle,, 11, r/1
El producto anual de cereales, por término medio, desde 1811 á 1820, se calcu• gué á percibir más
:í~iill~r./'f,"
16 en n3.ooo fanegas. Pero el aumento de pobladores blancos llevando con- sonido que el eco
f.'1,1
yN
sigo las necesidades, las ambiciones y la libertad de la vida ~oderna, era in- de mis propios pa-~~~;!. p.i:;;.,._~r
l.} :,.f~&gt; r:.,-..J
compatible con el buen éxito de instituciones basadas como las Misiones en sos.
1~"°).
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_,.
la autoridad paternal. _Los indígenas eran niños por t¿dos conceptos, exc;pto
En el patio in·:, ffi "1t, .., .
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porlaedadylacapac1dadparahacerdaño,ylos colonos no se sometieron á terior, en otro
, ,.,,. s~ ·,---,
«
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~.,_.-

india; más tarde la
Misión fué ocupada por nuestras tro
pas como puesto
militar durante la
guerra con Méjico.
Cuando dejó de
servir para esto, el
gobierno proyectó
hacer las reparaciones necesarias para
devolver el edificio
á su primitivo estado; pero cuando
supo que esto costaría dos millones
de duros, renunció
á la empresa.
Aún hoy día se
puede ver esa Misión, magnífica
hasta en sus rui1lisi6n de San Fernando, los Angeles
nas, monumento
de piedad, de in.
.
dustria y desinterés de los venerables mon1es que usan el hábito y el cordón
de San Francisco, y que fueron los primeros que trataron de colomzar la Alta
California.
JUAN T. D OYLE
TR ADUCIDO POR ENRIQUE L. VERNEUILL
,vv-~~~w~~~~~~w~~~~~~

PASIONARIA

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1

tiempo jardín lle-

~~r~: i~~i~~¡~~~

Entre aquellas otras ideas de venganza que bullían en su cerebro, la del suicidio era la que se levantaba prepotente desde ~acía horas. Lol~ amaba á Pepe
con delirio con frenesí· por él se hubiese sacnficado, habría sido su esclava:
era su pri~er amor una' pasión loca que la hacía ~orjar in mente escenas rebosantes de felicidad ... Ser la mujer de Pepe; cuidar de él y de su madre ya
achacosa por sus muchos inviernos; constituir una familia; repartir su cariño
entre estos dos seres y aquellos otros que la coyunda matrimonial formase como
lazos irrompibles de dicha: he aquí sus grandes ambiciones, su sueño dorado,

fi

~==iR

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:!:ot~:~~¡f~se ~~:r~:p~~slª~o~%1~o:~t;e~:~d~~:t~~~f~f;a:º; ~~:t~tr!lp~~~~
el_abundante ga_nado de las M1S1ones excitó la codicia de los colonos, que no
miraron la propiedad de los hermanos y de los indios desde el mismo punto de
vista que los europeos.
Bajo_ estas infl~e?cias, el C~n~reso mejicano aprobó en 1833 una ley para
secularizar las Misiones, con_v~rtiéndolas en parroquias, reemplazando además
con curas los sacerdotes m1S1oneros y emancipándose á los indios de su pupilaje respecto de la Iglesia.
Al amparo de esta ley los codiciosos políticos del día pudieron saquear las

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crecía una vegeta'~1~·11. . -.:-::-~ .rJ:r.¡: !/: Í / ?.'&gt;
ción espontánea,
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la maleza; la fuen. · : ·: 11~
'
te se había secado
· ··
y la cerca del jarMisi6n Y campanario de San Miguel, cerca de los Angeles
dín ocultábase
bajo una espesura de hiedra. De las columnas del corredor pend_ían grandes telarañas, y nada interrumpía el fúnebre silencio más que el gorJeo de algunas
aves.
Penetré en la antigua y venerable iglesia, y mientras hacía_ esfuer~os par~ qu~
mis ojos se acostumbraran á la obscuridad que en aquel recmto re:naba, vm? a
distraerme en mis reflexiones un grito singular y algo que se mov1a en el aire:
era un enorme mochuelo, que al fijar en mí su atención abandonó su lugar de
reposo en lo que antes había sido altar mayor, y fué á posarse en una ventana.
Después subí á una de las torres, donde aún quedaba una campana, en la cual
se veían grabados el nombre del constructor y la inscripción «Boston. 1820))
que claramente indica las buenas relaciones que los antiguos misioneros mantenían con los buques balleneros y con los comerciantes en pieles que hace
medio siglo invernaban en aquella costa. Probablemente estas campanas fueron
encargadas en 1818, pero la misión no las recibió hasta 1821 ó 1822, pues los
barcos, que entonces hacían la travesía por el cabo de Hornos, empleaban dos
años en cada viaje redondo. Los jardines de la Misión, sobre todo el que estaba frente al edificio, conservaban restos de su primitiva belleza; pero los bancos
rústicos se desmoronaban y los árboles frutales habían dejado de producir. De
los restos de la fuente brotaban aún dos chorros de agua, y en las orillas del
arroyuelo que habían formado crecían algunos berros del más puro color ver_de.
Antes de la conquista americana había existido allí una industriosa población

¡,.

Misi6n de San Luis, rey, condado de San Diego

Puede usted contarle con
los difuntos.» ... Fué una
Claustro y campanario de la l\lisión de San Fernando
puñalada aquella revelación tan brutalmente he•
cha ... Lloró como una Magdalena: su madre intentó calmarla en su aflicción:
«Hija, te hacías tú muchos castillos en el aire. Eso te servirá de escarmiento.»
Al amar mucho y sufrir el primer ultraje, queda una nota de escepticismo y
otra de esperanza. «Acaso vuelva,» pensó Lola. «¡Quién sabe! Rechazando yo
á todos los hombres, viviendo más recogida, Pepe vendrá á buscarme.»
Así pasó un poco de tiempo, no sé cuánto; ello es que para la pobre mujer
los días eran eternidades. Además, en el corazón faltábale algo que le robaba la
expansiva alegría de antaño.

....

Ahora que su desgracia era cierta; ahora que, por decirlo así, ar.ababa de
emborracharse en su infortunio, la rabia, los celos, la desdicha, zahiriéndola, parecían decirla: «¡Mátate!» En aquella noche del domingo, una vez que su madre
hubo terminado de cenar, retirándose después á su dormitorio, Lola, so pretexto de concluir una labor urgente, quedóse á solas en la sala: una sala abuhardillada, en la cual no se sabía qué admirar más, si lo pobrísimo del ajuar ó la
limpieza y orden con que todo estaba dispuesto. Inmóvil, de bruces sobre la
tabla de nogal de la máquina, fija y persistente la mirada en el
vértice del ángulo agudo que formaban en último término la
techumbre y el pavimento, Lola parecía la estatua del dolor
sumida en meditación ... A veces un ligero estremecimiento
recorría su epidermis, dejándola fría; después un suspiro, Juego ... nada: seguían sus ojos, abrillantados por la fiebre, fijos en
el vértice; dijérase que su organismo padecía momentánea catalepsia, Lola se hallaba en esos momentos en que el espíritu
se reconcentra en nosotros mismos y hace que poseamos una
doble vista y seamos espectadores conscientes de escenas de lo
pasado en que intervenimos. Lola vió desfilar ante sí los meses
de ventllra que tllvo con Pepe, sus ilusiones forjadas al calor
de una pasión correspondida, y triste, tristísima, la odisea de
aquel aciago día: del domingo. Habíasele impreso de tal modo,
que el tiempo, como si fuese un buril manejado por una mano
de hierro que ahondase despiadadamente en su cerebro, dábale mayor relieve. Aquello y el aislamiento moral en que se
hallaba serían los que la arrojasen al suicidio precisamente, porque, ante su
dolor, la vehemencia de éste valía más que los razonamientos que su limitada
educación podían sugerirle ...

.,,.

F.

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597

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

508

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la eterna pesadilla que desde que conoció á Pepe y fué su novia se la representa·
ba en todas partes y á todas horas, especialmente los d?mingos, días en que ella,
vestida á Jo chula honesta y decentita, y él á lo señorito, con chaquet y sombrero hongo, íbanse de paseo, camino del puente de_ Toledo ó Vallecas, donde,
por de contado, tomaban un piscolabis en cualq~ier ventorro_ fonducho de
mala muerte. Lola miraba con cierta complacencia á las fam1has de obreros
que, en pelotón, los chicuelos al frente canturr~ando, l?s padres á retaguar~ia,
el marido con un Partagas infumable de á diez ~énhmos en la boca, y_ a la
espalda, á guisa de regocijada enseña, la bota pendiente del bastón; la muJer al
brazo la cesta con la merienda, y reflejándose en el rostro de todos la franca
alegría de los que después de una seman~ ~e rudo trabajo ~an á aquellos sitios
á proporcionarse unas horas de solaz legihmamente conquistado._ Lola no los
envidiaba ... ¡Anda, no tardaría mucho en que ella fuese protagomsta en uno de
estos cuadros! ... Y tales dichas y tales esperanzas eran como los leños á la hoguera: le hacían adorar más á su Pepe.
- Mira chica1 en cuanto reuna un centenar de duros, que es lo que necesitamos par~ el casorio nos echan las bendiciones, y á casita con tu
madre, Je había dich~ Pepe ... Aquel día Lol~ lloró de ~legría, y
halló el cielo más azul y antojósele un palacio el zaqmzamí en
que habitaba ... ¡Optica engañosa del corazón! ...

?

De pronto, el hermoso edificio que ~u ~andor, la )e y ~¡ cariño
habían construido en el país de las ilusiones, vema á tierra, de
golpe, aplastando en su caída un corazón _virgen ... Un día Pepe
faltó á la cita que al anochecer tenían siempre á 1~ p~erta del
obrador de Lola. Esta extrañó aquello, pero no le d1ó importancia ... Pasó un día y otro y otro, y Pepe como_ muerto. Interrogó
la joven á un amigo de aquél: «¡Bah!, respond1ó el _tal, Pepe ~e ha
hartado de unas relaciones tan tontas; eso me ha dicho él rmsmo.

II
Es preciso hacer un paréntesis, explicar la odisea.
Aquella mañana del domingo Lola fué al obrador, y como de costumbre,
sentóse en una sillita baja, al lado de sus compañeras. Notó la joven que éstas
parecían mirarla con lástima, que muy bien podía confundirse con irónica conmiseración, y aun creyó oir su nombre en los cuchicheos que entre sí traían.
De pronto la aprendiza, una muchachuela enclenque y paliducha, dijo en son
de burla, mientras se agachaba para recoger del cesto de la labor una prenda:
- Paece mentira, y cómo cambean los tiempos. Ayer mucho te quería; pero
hoy, si te he visto no me a/cuerdo.
Soltaron una risotada las otras. Lola, como si le hiciese daño tal expansión
de alegría, preguntó á quién iba dirigida la indirecta.
- ¡A ti, boba!, replicó una de las oficialas; ¡pues así que la cosa no tiene malicia!
Y mirando en su derredor, como notase la ausencia de la maestra, prosiguió:
- ¡Chica, te tenemos que dar la gran noticia! ...

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Misi6n de Santa Inés, condado de Santa Bárbara

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ILUSTRACION ARTÍSTICA

NúMERO

508

NúMERO

LA I LUSTRACIÓN

508

ARTISTlCA

599 ,

-iCuál?
En días de fiesta, en aquella interminable fila de humanos que comienza en
- Una muy fresquita.
los soportales de la calle de Toledo y termina más allá del puente del mismo
- ¿Buena? ...
nombre, _el observador halla ejemplares de todos los elementos que forman esa
:-- Después de todo, no es mala: ello había de ser algún día; y cuanto antes
gran conJu?ta de clase burguesa 6 proletaria; desde el casero, ser místico y romeJor.
ñoso que vive ~e las rentas que le produce una casucha enclavada en la calle
- ¿El qué, Amalia?, preguntó ansiosa Lola.
de
la Esperanc11la, hasta el tosco albañil¡ formando escala el hortera que se las
- No te ~agas la iznorante, mujer: á estas horas acaso lo
sepas tú meJor que nosotras.
-No sé nada. ¿Qué es? .. . ¡Habla!
Amalia mir? al corro: las muchachas parecían estar pendientes de sus labios y por más que todas estuviesen en el secreto
g?zaban por anticipado del efecto que aquél había de produ'.
cu en Lola.
•;"·
:_•.! •.•
- P~es hija, comenzó la narradora, veníamos la aprendiza y
,✓• - ... ~--.:.~
·yo cammo del obrador, cuando al pasar por delante de San
'1 .,111'1,J'.
¡ '
Cayeta~o ~emos salir ~e la iglesia un diluvio de gente ... ¡la
mar, c~ica .... Las muJeres, todas con pañolones de Manila
.:1
auténticos, los hombres con los trajes de cirimonia. ¿Qué será?
nos preguntamos ésta (y señaló á la aprendiza) y yo. Estába'.
...._. :--:41
~os en estas dudas, cuando vemos salir á Pepa, la hija de ese
tJazo de Paco, carnicero _de la calle. del Ave-María, que tiene
más oro_que pesa, tan altgante, vestida de novia con mucho
raso, brillantes, sortijas, pulseras .. . El acabóse ~on ramo de
• r--:"f:i,.:.
-:J~ :-. ~
azahar y todo .. . Pus hija, ya sabemos lo q;e es y adónde
:·... !~,.. -··
·--~van á celebrar el jolgorio, porque uno de los convidados grita:
..

.. -dl .

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·,. ·;ij :~/

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- ...

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··~-- '..:ft .

11

'i.'1"" .

Mis ión de San Juan Capistrano

SECCIÓN A)!ERICANA, - PU ENTE DE CHIA UTLA, MÉXICO.

Interior de la Misión de San Luis, rey

«tHabís avisao á los ómnibus pa que nos lleven al ventorro de la Manca al
puente de Toledo? ... »
,
- ¿Y _qué ~e in_1porta á mí todo eso?, interrumpió Lola con marcadas muestras de impaciencia.
.- ¡Hij~, no sea~ tan sr'tpital ... ¿A que no sabes quién era el novio? ... y poquito esltrao que iba, hecho un caballero de levita y bimba y más alegre que
unas pascuas.
- ¿Quién es? ¡Acaba de una vez!. ..
- ~ujer! ¿1uién_ había d~ ser? ... Pepe, tu antiguo novio.
- ,Mentira., rugió más bien que exclamó Lola, sintiendo que la vista se le
anublaba y qu~ un tem~lor nervioso invadía todo su cuerpo.
- Como qmeras, r~phcó_ filosóficamente la parlanchina cronista.
Transcurrieron vanos mmutos en silencio; de repente Lola preguntó con voz
que en vano quería aparentar firme:
- ¿Y dices tú que iba contento? ...
-ya lo creo,_ mujer ... Boda de más rumbo en mi vida he visto otra ... Ya
ves s1 ten~a motivo el hombre para ir inflado y orgulloso como un pavo real.
A medida &lt;l,Ue la narradora hablaba, Lola sentía mayor angustia y á la cabeza un zumbido extraño.
Procuró sere~arse, y afectando indiferencia prosiguió en su tarea: de vez en
cuando un suspiro acusaba su verdadero estado de ánimo.

'

I

***

Interior de la Misión de San Luis, obispo

***
~orno día de inci~nso, los an~urriales del puente de Toledo encontrábanse
P,º lados de una abigarrada y pintoresca muchedumbre en su inmensa ma 0 •
~a ~ente artesana, que en tales sitios se hace la ilusión'de esparcir el áni~o
aciendo huelga en un campo yermo, merendando cara al sol y envuelto tod~
~onstantemente en las nubes de polvo que el trasiego de transeuntes y carruaJes levanta en la carret~ra; ó bien las familias prácticas, entre las que hallaremos no [ocas perten:c.1entes á la clase media, á pretexto de estirar las piernas
tn en usca de prov1S1ones para el resto de la semana, cerca de los Carabanchees, por el contado, con el sano propósito de burlar el pago de consumos Así
el pr~supuesto ~conómico-doméstico no resultará á fin de mes con déficit,· poros ,de\~ceite, cuatro ~el ~ocino, uno de la carne, medio de esto y cinco de
0
e m~s a , suman un p1qmllo de ahorro más que suficiente para pagar al
· casero
comprar unos zapatos al chico, y si es gente que ha venido á menos
sahumado resulta el ahorro y ya pueden reformarse los sombreros de las ni1ias'
volver el g_abán d~ ese (ese es el cabeza de familia), 6 permitirse el lu'o de cele'.
brar tertuhas los Jueves, como personas que han honra del prójimo, J

t~

• y lo más feo que tiene el pueblo en sus típicas fisonomías: la chula riente, que
rebosa gracia y derrocha sal, con cara de ángel, labios rojos como las cerezas y
ojos que parecen constantemente bañados por el sol, y la vendedora de los barrios bajos todo carnaza, de rasgos fisonómicos que parecen hechos de prestado; la joven que se pasa el día teclea que teclearás al piano, enclenque, anémica, de nariz afilada y ojos mortecinos, hija de empleados, y aquella otra de pelafustanes, robusta, briosa, que es una leona para el trabajo; tipos q ue nos
acercan á la teoría darwinista, seres que nos transportan al idl!al.
Muchas, muchísimas veces vió Lola aquel bullicio, pero nunca sintió mayor
tristeza; hadanle daño las expansiones de alegría de los demás: iba la pobre
mujer á enterrar su corazón; á que la realidad, sepulturero irónico, echase sobre sus ilusiones de otros tiempos la última paletada: quería ver por última vez
á Pepe, recrearse en su felicidad y en la de la novia, saborear la desdicha que
á ella pudiese corresponderle, hasta lo último; y aguijoneada por esta idea,
anhelosa, iba á paso rápido. Al llegar al puente de Toledo la fatiga le ahogaba;
pero no cejó en su propósito, siguió adelante, siempre adelante ...

~a de Narciso irresistible, el menestral, la maritornes zafia la doncella de
nea_ que par~ce un ~razo ~e mar con sus lujos adquiridos 'sabe Dios á cost~asa
qué, la pollita cursi, vestida más cursimente aún· la tra ·
d'
de
soldado viejo que hace del
d
. , .
viesa mo 1stue1a; el
m!edos, el pelotón de criadita~~l~rfilae d~á:~l~ij:t:fei :!~~~~ld el reclutf todo
y Junto al sombrero de copa alta lleno de in. uria
' º. o se ama gama,
flamante; rozando la falda de lanilla el charras~o des
el tiempo, el hongo
amigable consorcio el chaquet y el p~ñolón alfombrado ~~no c~racero; unidos en
1
~i!~:~t~~edf0 ~ª~ªa~~~~r/e~~;~ ::º~ed~; p~r el aire igu~l
~~i:;:;:::~~aú~t
1
llos, grotescos los de acá, b~rdos los de t~~~~~~t;~~:si?n de_~pos, finos aq~eque por una nonada arman tiberio· es
. s. man os cascarrabias
grac~osos pesados sin pizca de ingenio· !~j~:e~~:~;:;i~:tes con cara de risa;
sdacnfic~n con tal de reirse del vecino; ~eñoras con rostro
qu~ tod~ lo
e novios melazas que van sim re hech
M .
vmagre, pareJ1tas
novi_os de esos que en público ~ngen e~:r~;~~a s:~[;d~~s Y Leoneras, ó. bien
servirían de modelos para un cuento de B
. . d'
y luego en pnvado
ocacc10, iorama de lo más hermoso

:iº~

lis

J:sc?s,

t~:

A lo lejos, d;tndo la espalda Madrid con sus torres y cimborrios bañados por
un sol intenso, cerca el Manzanares y sus riberas rebosantes de luz y animación,
pobladas de tendederos de ropa que á la par algunos sirven de ventorros, donde
los ciudadanos forman corro de baile, ó más positivos, tendidos en el santo
suelo, cerca de la corriente del aprendiz de río, meriendan: esto es de suyo
pintoresco, y si se auna la vista del monumental puente de Toledo, cuajado de
personas que van y vienen, resulta un cuadro lleno de vida: los gritos, las canciones, el sonar de guitarras, el sonsonete de los organillos, el mortecino eco
de las campanas de la villa, los pitidos estridentes de las locomotoras de la
línea de circunvalación, el cascabeleo de las mulillas de ómnibus y tartanas, el
silbar de los mayorales del tranvía, el estrépido que arman las ruedas de tanto carruaje sobre las guijas, el trasiego de la muchedumbre, forman un concertante populachero con mil y mil notas. Y para que nada falte, formando contraste tristísimo, allá en lo alto de los cerros, como atalayas de la realidad, los
camposan~os, la penosa subida de algún cortejo fúnebre y el doblar de la esquila del último asilo humano.

. .

'

.

Lola. miró ansiosamente en su derredor. Encontrábase en el ventorro de la
Manca: sobre los mugrientos bancos y delante de las no menos mugrientas me·
sas adosadas á la fachada del edificio, hombres y mujeres departían ruidosamente mientras merendaban 6 bebían el pésimo mosto que con el pomposo
nombre de vino de Valdepe17as allí se bautizaba: en una de aquellas mesas, en
la parte menos visible, tomó asiento la joven y pidió á _cambio del sitio un

.

(De una fotografía.)

cuartillo de moscatel... Después, arrebujándose en el mantón, Lola miró á la
explanada de terreno que á su vista se ofrecía.
•
No la habían engañado en el obrador: allí, á algunos metros de distancia, encontrábanse Pepe y un centenar de personas en su mayoría hombres y mujeres
del pueblo: carniceros, empeñistas, tenderos, mondongueras del Avapiés, gente
de suyo rica, que, cuando llega el caso, vuelca el baúl y saca de su fondo, aparte
los centenes de oro, las prendas y arreos más lujosos y con ellos se atavía; los
caballeros parecían, aunque de una manera grotesca, unos tales, embutidos en
sendas levitas, con los sombrc!ros de copa puestos de medio lado: los más cuerdos vestían zamarra ó chaqueta de las de lujo, sombrero ancho y faja de seda:
como cosa de rúbrica, todos llevaban pendiente del chaleco enorme cadena de
metal con dijes como puños y en la pechera pasadores de diamantes: las m i oras envolvían sus bustos, algunos de ellos verdaderos fenómenos por lo grosazos, en pañolones de Manila negros, azules, encarnados, blancos, cuasi en su
totalidad exposiciones de chinos, kioscos, embarcaciones y fauna del Celeste
Imperio, bordado al realce y desprendiéndose aún el olorcillo á alcanfor y pimienta en que yacen sepultados; el peinado artístico, con altos y bajos, tufos y
flequillos, al descubierto para mejor lucir la peineta antigua de concha 6 metal,
ó la moderna orquilla de fantasía, ó el grupo de claveles coquetonamente puesto por la peinadora; de las orejas cuelgan arracadas de brillantes que al ser heridas por el sol reflejan el iris deslumbrando la vista; al pecho ramos de rosas
é imperdibles de oro que á la vez sirven de porta-retratos de algún ser querido;
los dedos cubiertos de sortijas con piedras preciosas; las faldas de seda ó raso
negro; los pies encarcelados en botitas de charol ó zapatos de rose! ó becerro
mate, ringorrangos éstos que al espectador traehambres producen.inconsciente
envidia al considerar avariento los miles de reales que representa su adquisición.
La escena que Lola veía resultaba en extremo animada; la parte caduca de
los convidados, tendida en el suelo, alrededor de los restos del festín nupcial,
que parecía remedo de aquel otro famoso de las bodas de Camacho; la gente
moza, de bailoteo y bullanga al son de un piano de manubrio, de esos en cuyo
registro junto á los aires populares se hallan los trozos selectos de ópera clásica; un enjambre de pobres que con sus harapos y repugnancias nunca faltan
en tales jaleos para explotar la caridad de los que se clivierten: he aquí los personajes. Lola pasó revista á todos: buscaba á Pepe, á la novia; quería ver sus
rostros, estudiarlos, recrearse en su felicidad ... y después ... una ráfaga sangrienta, un no sé qué de rápida temulencia en el cerebro, los ojos anublándosele, un grito de rabioso dolor á tiempo contenido: esto experiment6 la joven
al ver á los novias que bailaban muy agarraditos, cuasi rozando los labios de
Pepe la nacarina frente de su pareja; los rostros de los recién casados tenían
impreso un sello de suma alegría; los ojos de la novia sobre toda brillaban borrachos de dicha, los de Pepe parecían recrearse en aquellos dos elocuentes
heraldos de placer ... «Quienes así se miran se aman,)) pensó Lola, y ante esta

�ENTRE PRENDEROS,

CUADRO DE

D. JosÉ

BENLLIURE

�LA

602
reflexión, ¡pobre niña!, sintió sus ojos arrasados en
lágrimas; otra vez la ráfaga sangrienta nubló su vista
y tuvo un momento en que, apoyando su mano en la
mugrosa tabla de la mesa, intentó salir de aquel sitio, abalanzarse sobre el infiel y desbaratar para siem ·
pre su irritante felicidad; pero le faltaron fuerzas,
volvió á sentarse, su rostro tornóse huraño, sombrío,
amenazador ... Y aunque sentía terribles punzadas
en la víscera más sensible del organismo humano, el
corazón, la vista siguió contemplando á la odiada rival... No era una belleza, noj pero resultaba interesante con su mantón blanco de Manila donosamente
puesto, el artístico peinado sobre el que campeaba
una dalia, al cuello la gargantilla de perlas y cruzando el pecho como banda de incólume honor el ramo
de azahar ... Aquel atavío, aquel ramo sobre todo despertó en el espíritu de Lola recuerdos del ayer, venturoso con sólo las promesas de Pepe. Ella debía ser
su mujerj y sin embargo, ¡suerte irrisoria!, lo era otra ...
¡Otra! ... ¿Y por qué? ... Porque era rica, tenía dinero,
mucho, muchísimo, y ella sólo poseía un caudal inmenso de ternura ... ¡Nada!. ..

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

la luna daba de lleno en su rostro pálido sobre el
que resbalaban lágrimas de arrepentimiento.
.
Dios debió leer en aquellas lágrimas el pensamiento de Lola:
- Aún tengo un amor en el mundo que vale más
que el de los hombres ... ¡El de mi madre! ...
ALEJANDRO LARRUBIERA

COMUNICACIÓN CON LOS PLANETAS

NúMERO

508

sesenta veces más distante &lt;me la Luna, alcanzando
el diámetro de su disco 25'. Según Schiaparelli, los
objetos más pequeños, visibles en la ·superficie en
las circunstancias más favorables, ya se trate de una
mancha luminosa sobre un fondo obscuro ó de una
mancha obscura sobre un fondo luminoso, presentarán un diámetro igual á la quincuagésima parte del
planeta, es decir, 137 kilómetros aproximadamente.
Cierto es que este límite podría salvarse ("Qn el empleo de poderosos objetivos que permitan_ aumentar
el tamañoj pero aun así, no es menos evidente que
las señales luminosas visibles en la Tierra deberán
alcanzar en Marte dimensiones enormes.
Los habitantes de Marte, más adelantados que
nosotros en la ciencia astronómica, según supone uno
de nuestros espirituales astrónomos, discurren para
establecer con sus terrestres vecinos un cambio de
romunicaciones telegráficas r se verán obligados á dar
á sus señales diámetros que se midan por kilómetros
en todos sentidos. ¿Piensan en ello? La Tierra perdida entre los rayos del sol, é invisible para Marte,
no puede distinguirse más que cuando se halla precisamente en el solo movimiento de su '. paso sobre
el radiante disco, y aun así, preséntJ.se como una
mancha negra y redonda.
Termino, pues no quiero desanimar á los candidatos al premio de los 100.000 francos tan generosamente ofrecidoj pero á pesar de ello, afirmo que se
halla lejana todavía la solución del problema de la
comunicación interplanetaria. .

Esa maravillosa serie de descubrimientos que ha
realizado el hombre en todas las ciencias, que tanto
sorprenden r admiran, no tienen lugar desde hace
algunos años en la astronomía. Y téngase en cuenta
que no se debe á la inacción de los observatorios ni
á la falta de interés é importancia de los trabajos que
en ellos practican los astrónomos, bastando para
convencerse de ello leer las revistas en donde se da
cuenta periódica del resultado de la penosísima labor
llevada á cabo en ambos hemisferios por esos verdaderos sacerdotes de la ciencia. Uno de los trabajos
de más cuantía y de más fecundos resultados que
están efectuándose actualmente, es el que tiene por
No se daba cuenta del tiempo transcurrido; sólo objeto la confección de un mapa celeste con el
sí echó de ver la joven que los de la boda se diver- poderoso auxiliar de la fotografía, que permitirá cotían cada vez más estrepitosamente, que los pañolo- nocer la posición exacta de las estrellas, hasta las que
nes de Manila al balancearse al compás del paso que figuran por su magnitud en décimocuarto lugar. El
sus dueñas imprimían á un baile nada recomendable concurso de todos los observatorios para la realización
AMADEO G UILLEMIN
por lo honesto, ofrecían un efecto sorprendente: Lola de este trabajo colosal, muy er. vías de ejecución,
(De La Nai11re)
escuchó palabras sueltas, verdaderas guindillas á cos- promete un éxito seguro. Los problemas no resueltos
ta de los novios, dos ó tres pendencias entre otras todavía, las distancias entre las estrellas, sus movitantas parejas á quienes el alcohol había trastorna- mientos, las nebulosas, los pequeños planetas y nueNUESTROS GRABADOS
nado la cabeza... Llegó un momento en que la ale- vos cometas, y todo, en fin, cuanto se relaciona con
gría desbordó en todos y la diversión tomó trazas de la constitución de los sistemas siderales, podrá resolEl sueño de un ángel, cuadro de Vianelli. bacanal: corrían unos, gritaban otros, chillaban las verse positivamente por medio del atento estudio de Pocas
veces los pintores que han querido expresar por modo
mujeresj un Fulano iba al alcance de una Fulana ó vi- los clisés del nuevo mapa celeste.
gráfico el amor de madre han buscado sus modelos en lo que
ceversaj caíase éste, levantábase aquél; estotros canCierto es que estos trabajos no tendrán la reso- se llama gran mundo, y más bien han acudido á las clases baturriaban con toda la fuerza de sus pulmones coplas nancia que en el público determina la inesperada jas cual si de éstas fuese exclusivo patrimonio el amor de los
¿Será que tratándose de este purisimo afecto han tenpicantes, rayanas en lo obsceno; tal tocaba la guita- aparición de un cometa de larga cola; pero preciso am'ores.
dido á evitar que la ostentación fastuosa de los accesorios, nerra, cual otro bailaba medio borrachoj aquí carcaja- es tener presente que la importancia de las observa- cesarios en toda pintura, distrajese la impresión afectiva? ¿Será
das, allá estruendo, en todas partes una ruidosa ani- ciones astronómicas no se mide por el efecto que en que la vida modesta, pobre, si se. quiere, se avien~ c?n los &lt;;a·
mación en la que sobresalía de vez en cuando algún el vulgo producen. Seguramente, si llega á concederse racteres de abnegación y sacnfic10 que á tal sentmue~to di~por encima de todos los otros, más que
ex1st~ncia
«¡olé!» ó «¡viva tu mare, chiquilla!» de un cualquie- el premio de 100.000 francos que una distinguida tinguen
cuyo espacio en principal parte roban el lujo, las d1stracc1ones
ra que sentía rebullir en su sangre glóbulos de fla- dama acaba de legar á la Academia de Ciencias de y los placeres? Sea de ello lo que fuere, mer~~e aplausos el
menquismo,
Francia, será justa y legítima la emoción que el pre- pintor Vianelli por haber quebrantado la trad1c1onal_ costumInvadiP.ron aquellos campos las sombras del ano- mio produzca. Establecer una comunicación volun- bre demostrando con el encantador grupo de su precioso cuachecer, y á este punto los de la boda tomaron por taria y directa entre la Tierra y un planeta, ó mejor dro' que también entre rasos y encajes se oculta el_ más ~cendrado cariiio maternal, y que cuando la nota sentida esta tan
asalto los ómnibus ali{ apostados para regresar á los dicho, entre los habitantes del globo terrestre y los bien expresada como en El S11eflo de tm ángel, no son bastanMadriles ... Lola no pudo apreciar más que una gran habitantes de un planeta, serla empresa suficiente tes con ser tantas en su lienzo, las bellezas de los elementos
masa humana que se agitaba en la imperial de aqué- para despertar la curiosidad de todo el mundo; pero sec~ndarios para disminuir en lo más minimo la intensidad
llosj oyéronse las voces y arres de los zagales y ma- este empeño no producirla más resultados á la pobre del efecto por aquélla producido.
yorales, los cánticos de los viajeros, una Babel que al humanidad que los de sumirse en un mar de con- Puente de Chiautla (México). - Este grabado, to·
ponerse en marcha aturdía y llenaba el espacio de jeturas.
mado de una fotografia que de México hemos recibido, dará á
lectores una idea de lo que es la comarca de Chiautla,
ecos ... Las nubes de polvo ocultaron los ómnibus.
Dícese que la Academia hállase dispuesta á acep- nuestros
El bullicio fué debilitándose, debilitándose, hasta que tar el legado, y que á semejanza del premio Breant, uno de los más pintorescos territorios mexicanos, quebrado
pocos, de vegetación exuberante, con grandes riquezas
se extinguió por completo ... ~Entonces Lola pensó instituido para recompensar á los inventores de tra- como
minerales y regado por·una porción de rios y arroyos de accien regresar á su casa.
tamientos para la curación del cólera, destinará una dentada corriente que contribuyen á embellecer aquel hermoso
anualidad del legado de Mme. Guzmán ?ira faci- rincón de la naturaleza americana.
III
litar los descubrimientos relativos á la constitución
Entre prenderos, cuadro de D . José Benlliure.
de los cuerpos celestes. Ignoro si adelanto mi juicio - Es verdaderamente prodigiosa la diversidad de aptitudes
Era preferible la muerte á sufrir aquel cruelísimo al predecir que será preciso que transcurran algunos que para los más distintos géneros de pintura· posee el celebradolor que la abogaba. Lola abrió la ventana de la años para la concesión del premio, y consignaré al- do artista valenciano. Sin salirnos de los cuadros suyos que
hemos reproducido en LA ILUSTRACIÓN ARTÍS'l'ICA, puede
sala; una ráfaga de aire apagó la luz del quinqué; la gunas indicaciones justificativas de mi afirmación.
verse comprobada la verdad de nuestro aserto con s61o recor•
luna, en cambio, envió un rayo de blanquecina clariPara los que no ignoran los conocimientos actua- dar que del autor de La visió,i del Goloseo son Una distribució,i
dad hasta el fondo de la habitación.
les que poseen los astrónomos acerca del aspecto de premios en el Asilo de Vafe11cia, La cata del vino, El cepillo
Lola, encaramada al montante del alféizar de la físico de los astros de nuestro sistema, es evidente de las á11i111as y El descanso e,i la marc/1a.
Entre prmderos en nada desmerece de todos estos en punto
ventana, dirigió una última mirada á aquel espacio en que sólo dos de aquéllos se hallan en estado de no
á ejecución y á muchos aventaja por lo complicado de la com·
que se recortaban las aristas de las torres de las igle- defraudar las esperanzas de los que creen en la po- posición, cuyas dificultades ha sabido el autor vencer como
sias, las filas de tejados, y allá en la lejanía, apenas sibilidad de las comunicaciones interplanetarias, esto maestro consumado, salvando sobre todo la de la confusión, en
que tan fácil era incurrir, dada la índole del asunto motivo del
esfumada la cordillera; miró hacia la calle, las luces es, la Luna y Marte.
cuadro. En éste aparecen, destacándose con su sello especial,
oscilantes del alumbrado público le parecieron estreLa Luna, por su distancia, que no llega á 400.000 cada uno de los varios tipos que en la escena entran, y los obllas moribundas; sintió un vértigo, la gran altura en kilómetros, por la limpieza de su disco, por la faci- jetos
de carácter y procedencia más varios ofrécense á la vista
que se hallaba la atraía con irresistible tenacidad: lidad con que se distinguen con el auxilio del teles- del espectador en artistico pero no confuso 'desorden, formancomo ecos llegaban hasta Lola, en el silencio de la copio los accidentes que ofrece su reducida dimen- do un conjunto tipico con una riqueza de detalles que rnspennoche, los pasos de los transeuntes, el rumor de los sión, la ausencia de la menor nebulosidad que oculte de y admira. En presencia de este lienzo siéntese uno trans·
portaqo al barrio bajo sevillano q:ie en él se reproduce y en el
cánticos y el bullicio de las patrullas de gente alegre. sus manchas, hace que nuestro satélite reuna condi- cual
tuvieron sus reales á mediado; de este siglo, época en 4ue
«¡Perdóname, Dios mío!», murmuró la infortuna- ciones apropiadas para la transmisión de señales vi- está inspirada la obra de Benlliure, el barbero Lamparilla y el
da, clavando su vista en las negruras del firma- sibles que se hagan desde la Tierra. Preciso es creer librero de viejo que como novedad de sensación anuncia en car·
telón llamativo la verdadera historia dél bandido generoso.
mento.
que los habitantes de la Luna no se han preocupado
Aferró sus manos al alféizar, cerró los ojos. Iba á de tales señales, pues de lo contrario hubieran per· Víctor Duruy. autor de la «Historia de los
arrojarse en brazos de la muerte, cuando llegó hasta cibido á los numerosos observadores de su disco y Griegos.,-Los lectores lle l.A ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA
la joven el timbre de una voz fresca y varonil que entre ellos á los laboriosos autores de los mapas lu- habrán saboreado sin duda las infinitas bellezas que contiene
allá abajo, en medio de la calle, acompañándose de nares Beer y Mredler, Schmidt, etc. Pero ocúrrese- la Historia de los Griegos, que forma parle de nuestraBiólioteca Universal. Por su lectura habrán podido comprender el tauna guitarra, cantaba con sentida entonación:
nos preguntar: ¿Existen habitantes en la Luna, en lento extraordinario y la indecible suma de estudios y conoci•
donde falta el aire y el agua? La negación á esta mientos que posee el ilustre miembro del Instituto de Francia
y ex ministro de Instrucción pública. La obra de V!ctor Dupregunta es generalmente admitida.
Quise acabar con mi virla,
ruy cumple á maravilla el precepto de Iloracio, delectando paporque el amor me fué infiel;
En estas condiciones, parece ocioso ocuparse en riterque mo11endo; la historia tratada como él la trata, tanto es
mas me acordé de mi madre,
la Tierra de los medios de contestar á los habitantes libro instructivo, con un caudal de erudición que asombra,
tiré el arma y sollocé.
de la Luna ó provocarles con señales, puesto que el como libro de amena literatura, escrito según un sistema que
segundo cuerpo celeste á que podría interrogarse, el atrae y ea un estilo que encanta.
Aquello fué para Lela una revelación: abrió des- planeta :Marte, es infinitamente menos favorable para
JABON REAL
JABON
mesuradamente los ojos, miró como espantada á su el establecimiento de una telegrafía interrestral. MarVELOUTINE
alrededor, desprendió las manos del alféizar y cayó te hállase á 14 millones de leguas de nosotros, equi- oETHRIDACE
de rodillas sobre el pavimento de la sala. La luz de valentes á 55 millones de kilómetros, ó sea ciento &amp;eeomend1d01 por autoridades 1116diea1 para 11 Bi¡im 41 l1 Pitl 1 Bollu&amp; (el Colcr

......

1~

IVJ:OLETI
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LA

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

603

UN DRAMA EN EL MAR

Hallábame sentado junto á la ventana abierta de mi reducido gabinete; hacía mucho calor; á mis oídos llegaba de continuo un desagradable rumor de
pianos, acompañado de gritos femeniles, que partiendo de las casas contiguas
interrumpía el silencio de la noche; y como esto me molestaba, llené de nuevo
mi pipa, salí de mi alojamiento, y aunque eran ya las once encaminéme á la
playa.
La luna estaba muy altaj jamás había visto su órbita tan pequeña ni tampoco tan brillante; á su alrededor veíase un extenso círculo de argenteada neblina, y más allá de éste radiaban algunas estrellas de primera magnitud. Aquel
cielo sereno, tachonado de brillantes, confundíase á lo lejos con la inmensa
línea del mar; y la luz melancólica del astro de la noche reflejábase en las movibles olas del silencioso Océano, que coronadas de espuma iban á morir en la
tranquila playa.
Faltaba un cuarto de hora para que se produjera el reflujo, y las arenas formaban una extensa plataforma firme, que se extendía delante y detrás de mí,
blanqueada por los rayos de la luna. Las rocas se elevaban sombrías á mi izquierda, semejantes á una larga línea de bancales de hierro, destacándose bajo
la celeste bóveda y cortada tan sólo por algún boquete ó barranco. Tal era el
silencio de aquella dulce noche de verano, que hasta mí llegaban, aunque debilitados por la distancia, los dulces acordes de una banda de música que tocaba
en la ciudad, y cuyos sonidos mezC:ábanse con el rumor de la resaca, semejante al que pudieran producir innumerables fuentes. No soplaba la más leve brisa, y la naturaleza parecía estar completamente entregada al reposoj mas por
la parte del Sur parecíase ver flotar un buque, con su casco negro como la tinta y sus velas inmóviles.
Proseguí mi marcha pensativo, con la pipa en la boca, oyendo de continuo
el monótono rumor de las aguas en la playa, y creo que recorrí poco más de
una milla. En noche tan deliciosa no tenía prisa por acostarme, y pensé que me
sobrada tiempo para regresar á casa después de haber vuelto la marea.
A poco llegué junto á una mole de roca negra, en forma de meseta, cuya superficie estaba casi al nivel del agua, de modo que durante la alta marea debía
quedar sumergida é invisible. Un brillo particular, que al pronto me pareció
un rayo de luz reflejada, hízome fijar la atención en aquel punto; mas al mirar
de nuevo convencíme de que el extraño brillo no podía producirse por un rayo
de la luna, pues la mancha luminosa no cubría toda la roca, y tampoco debía
ser luz, pues yo veía un objeto blanco de las dimenúones del cuerpo de un
hombre. Tanto me pareció esto último, que excitada mi curiosidad me acerqué
para examinarlo; había arena seca en la roca, pero el agua se aproximaba mucho y había quedado alguna bajo el sitio donde estaba el objeto blanco. Cuando estuve á dos pasos de éste, reconocí que lo que yo había tomado por un rayo
de luz era el cuerpo desnudo de un hombre ahogado. Permanecí inmóvil, observándole el tiempo suficiente para persuadirme de que efectivamente estaba
muerto, y experimenté una impresión de tristeza ante aquel cadáver. El mismo
silencio de la noche, el fulgor de las estrellas y la melancólica luz de la luna,
todo contribuía á comunicar más horror á la cosa. En una noche obscura y
tempestuosa, no creo que semejante espectáculo me hubiera producido tan doloroso efecto ni excitado tanto mis nervios como en aquella ocasión.
Miré á derecha é izquierda, pero no vi ni la sombra de un ser viviente en
todo el extenso espacio ocupado por las arenas. Entonces, como fijase la vista
en la roca, recordé que á corta distancia había un pequeño promontorio, junto
al cual tenía su cabaña un guardacosta, y sabiendo que _ali{ encontraría algún
vigilante, dirigí mis pasos hacia el sitio, adonde no tardé en llegar. Allí estaba
el hombre, que me miró fijamente á medida que me aproximaba.
- Buenas noches, guarda, le dije.
- Buenas las tenga usted, contestó, observándome cada vez con más atención á la luz de la luna.
- Apenas aliento, añadí, porque he andado muy de prisa y la cuesta es bastante empinada. Vengo á decirle que en la playa hay un cadáver.
- ¿Dónde?, preguntó con la prontitud propia del marinero, mientras que se
adelantaba hasta el borde del promontorio.
- En aquella roca, contesté, señalándole el sitio.
- Ya lo veo, repuso. ¿Tendría usted inconveniente en acompañarme hasta
allí? Mi compañero tardará un rato en volver, y debo enterarme ahora mismo
del hecho.
Los dos nos encaminamos al sitio; el guarda, saltando á la roca, examinó
detenidílmente el cadáver, y después cogiólo por los brazos y lo arrastró suave•
mente hasta la arena.
- ¡Ah!, exclamó, harto temía yo esta desgracia; ese cadáver es sin duda el

del hombre que salió en un bote ayer para bañarse. ¡Infeliz! Deja una viuda
con dos hijos. Se ha ofrecido una recompensa de cien duros por su cuerpo, y
de consiguiente usted los ha ganado.
- Serán para usted, repuse, pues yo no necesito dinero ganado de esta manera.
El cadáver era de un hombre de treinta años poco más ó menos; tenía cabello rubio y espeso bigote, y debía haber sido en vida lo que se llama un buen
mozo.
- Pocos son los cadáveres que las olas arrojan á la playa tan enteros, dijo el
guarda; casi todos suelen estar medio devorados, de modo que apenas se les
puede reconocer.
- No sé por qué, repuse después de meditar un instante, me infunde tanto
terror ese cadáverj es un cuerpo muerto que ya no puede hacer daño; pero
aunque fuese una figura de marfil modelada por las espumas del mar, creo que
si la mirase largo tiempo ó se me obligara á permanecer junto á ella toda la
noche, se me trastornaría el juicio.
- Veo que aún tiene puestas sus sortijas, dijo el guarda inclinándose para
ver bien la mano del difunto.
·
- ¿Y qué se ha de hacer ahora?, pregunté.
- ¿Qué camino tomará usted, caballero?, repuso el guarda.
- Yo voy á la ciudad y á mi casa, repliquéj por esta noche he andado bastante,
- Pues entonces voy á pedirle un favor, y es que dé cuenta del hecho al
primer agente de policía que encuentre. Dígale que el cadáver está fuera del
boquete de Dawton, y si quiere hacerme el favor por completo tenga la bondad de ayudarme á llevar el cadáver hasta el pie de la roca por si acaso la
marea ...
- No, interrumpí, usted lo trasladó antes sin ayuda desde el sitio donde estaba, y lo mismo podrá hacerlo ahora. Si yo tocase á ese infeliz... ¡Vamos, no
quiero pensar más en ello!... ¡Buenas noches!
Y sin añadir palabra me alejé, dejando al vivo que se arreglara solo con el
muerto, sin tener yo más excusa que el profundo terror que me infundió la
vista del cadáver y tal vez algo de miedo. La presencia del guarda no contribuyó seguramente á disminuir tan desagradable impresión, y ahora pienso que
aquel fatídico espectáculo, precisamente cuando menos preparado estaba mi
ánimo para ello, pues me complacía en admirar los encantos de la naturaleza
en medio del silencio de aquella deliciosa noche de verano, me afectó doblemente más por lo inopinado é imprevisto.
Aceleré el paso cuanto me fué posible, y á medida que avanzaba parecíame
ver por todas partes cuerpos desnudos de hombres ahogados flotando hacia la
playa. Apenas llegué á la ciudad, lo primero que vi fué un agente de policía, á
quien comuniqué la noticia. Después dirigíme á mi alojamiento, y me senté
otra ,·ez junto á la ventana para fumar un rato; en aquel momento daban las
doce de la noche en los relojes de la ciudad,
EDtregado á las más tristes reflexiones, quedé sumido en tan honda meditación, pensando siempre en el cadáver desnudo·que había tenido la mala suerte
de encontrar, que bien pude creer que aquel recuerdo no se borraría jamás de
mi memoria. Sin embargo, al día siguiente volví á Londres, y al cabo de una
semana dejé de pensar en la aventura, acabando por olvidarla del todo.
Durante un mes tuve muchas ocupaciones, pues mi empleo me obligaba á
trabajar más de lo que yo hubiera querido, y con frecuencia hasta las altas horas de la noche. Pasado este tiempo y cumplidas mis obligaciones, resolví ir á
descansar una semana en la misma ciudad marítima cerca de la cual había encontrado el cadáver en la roca.
No citaré el nombre de esta ciudad, porque no quiero provocar el enojo de
los barqueros. «¡Oh!, exclamarían si yo dijese cuál es, cuando hubieran leído
mi historia hasta el fin, ¡qué criatura es ese hombre! Ha hecho poner eso en
los diarios por resentimiento, y ha inventado una fábula para alejar á los bañistas. Esa gente no nos quiere bien. Sin duda el autor trata de fletar un yacht
de recreo para conducir pasajeros á peseta por cabeza, y no le importa privarnos del sustento.»
Sí, esto diríais hijos de la playa, y á fin de que no pueda perjudicaros en
manera alguna la narración del hecho que consigno, callaré el nombre de vuestra ciudad para que el lector elija á su antojo el puerto ó costa del Reino Unido
que más le cuadre. Debo advertir, sin embargo, que lo que voy á relatar no es
puro cuento, sino un hecho verídico en absoluto y memorable.
Me hallé otra vez á orillas del mar en el mes de agosto, y por cierto el agosto
más ardiente que en mi vida conocí. Después de sufrir el intolerable calor de

�LA

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Londres y la fatiga que mis trabajos me ocasionaron, nada podía probarme tan
Al mirar á mi alrededor vi que nos habíamos alejado bastante del puerto, y
bien ni ser tan benéfico por todos conceptos como los baños de mar; pero entretúveme en contemplar el pintoresco golpe de vista que presentaban las
siempre me habían inspirado la mayor aversión esa especie de cobertizos ó ba- rocas, las casitas diseminadas más allá y la brillante línea de arenas que se extenrracas que se ponen á disposición del público. Primeramente, porque no hay día ante mis ojos. Nuestro bote era el único que entonces se veía en la superfibastante profundidad para nadar, ejercicio que constituye un verdadero goce cie del mar; pero cerca del muelle divisábanse las cabezas de muchos nadadores, que tan pronto aparecían como desaparecían. Los contornos de algunos
buques interrumpían la línea del horizonte, y á lo lejos divisábase un gran vapor
que se deslizaba majestuoso, dejando tras sí una espesa columna de numo
blanquecino, y levantando montañas de espuma por la proa mientras la popa
dibujaba en el agua una larga y brillante estela.
- ¿Qué hora puede ser?, preguntó de pronto el barquero.
Saqué el reloj, muy buen cronómetro de repetición por cierto, y satisfice su
curiosidad.
El hombre me dió las gracias y quiso saber también si yo era buen nadador.
- Por tal me tienen, contesté.
- Pues cuanta más profundidad tenga el agua, caballero, replicó, tanto más
agradable será para usted el baño. Me han dicho que pasando del sitio donde
haya seis brazas, la frescura es mayor á medida que aumenta el número de
aquéllas.
- No lo dudo, contesté. ¿Qué profundidades tenemos aquí?
- ¡Oh!, contestó el hombre con expresión desdeñosa, mirando á un lado y
otro; aquí no hay ni siquiera doce pies de agua. Ahora estamos precisamente
sobre un banco, y será necesario conducirle á usted á milla y media de aquí
para encontrar la profundidad que conviene á un buen naqador.
- Muy bien, contesté; no tenemos prisa, y, por otra parte, usted ya conocerá
lo suficiente estas aguas para saber dónde conviene detenernos. ¡Ah! Ahora me
acude á la memoria que cuando estuve aquí hace un mes encontré el cadáver
Grité al remero que se detuviese para que yo pudiera darle alcance
de un ahogado en las arenas.
- ¡Ah! ¿Fué usted quien halló el cuerpo?, preguntó el barquero mirándome
de una manera particular. Ahora recuerdo que se ofrecieron cien duros á quien
cuando los miembros están bien descansados y tienen toda su fuerza, y en se- lo encontrara. ¡Ojalá hubiera sido yo! La recompensa era apetecible, y según
gundo lugar porque me desagrada mucho bañarme en compañía. Por otra par- tengo entendido se pagó religiosamente á un guardacosta.
te, siempre es molesta esa multitud que vigila ú observa á los bañistas desde
- Es verdad, repuse, yo vi el cadáver en una roca y al punto me encaminé á
la playa ó el muelle. En resumen: para un nadador experto como yo, solamente la cabaña de aquel hombre para darlé aviso. ¿Sabe usted quién era el ahogado?
hay un método bueno cuando quiere bañarse en el mar: debe embarcarse en
- Los diarios lo dijeron, pero yo no recuerdo el nombre.
un bote, remar en el espacio de una milla ó dos, donde las aguas no están con- ¿Cómo se ahogó?
taminadas por la inmediación del puerto, y presentando el más puro color ver- Pues por haberse aventurado en mayor profundidad de la que debía.
de ó azul intenso á causa de su misma profundidad.
- Si la memoria no me es infiel el guardacosta me aseguró que el infeliz haEn la mañana siguiente al día de mi llegada, á eso de las siete, cogí algunas bía ido en un bote.
toallas y me en¡:aminé á un sitio del puerto donde tenía la seguridad de encon- ¡Qué sabe él! Aquí no se ahogó nunca ningún hombre que se bañara fuetrar un barquero. A pesar de ser todavía muy temprano, el sol era tan ardiente ra de un bote. ¿No leyó usted los detalles del caso en los diarios?
como si se hallase en su meridiano y la atmósfera presentaba un brillante color
- No.
azul. La brisa era tan ligera que apenas rizaba las aguas y no empañaba el cielo
- Pues bien: se supuso que al infeliz le sobrecogió un calambre, y á fe que
una sola nube, ni siquiera el más tenue vapor. En el puerto veb nse varias de no pocos se ahogan en toda la costa por esta causa, lo cual no es nada conveesas embarcaciones llamadas esmoques, fáciles de reconocer por su lona rojiza, niente para nosotros los barqueros, pues muy pronto se desacreditan los sitios
que se preparaban para hacerse al mar, y la suave brisa llevaba en sus alas hasta donde ocurren tales accidentes. ¿Por qué ha de salir un hombre de cierta promí los saludables olores de la brea y de la madera.
fundidad si no es buen nadador?
Al acercarIRe á la parte del muelle en que se reune el mayor número de esquifes y botes, un hombre que estaba de espaldas á mí, sentado en un poste y
mirando en dirección á las arenas, volvió la cabeza y, sospechando mi intención,
sin duda por las toallas que llevaba en el brazo, púsose en pie vivamente y me
gritó:
- ¿Quiere un bote el caballero? La mañana es magnífica para nadar, pues hay
calma completa.
Aunque había visitado alg.unas veces la ciudad, nunca permanecí en ella más
de tres días seguidos, y de consiguiente éranme desconocidos todos los barqueros.
- Sf, contesté al que me interpelaba; la mañana es buena y el mar no puede
estar mejor para bañarse. ¿Qué especie de bote es el de usted?
- El mejor que hay en todo el puerto, caballero, contestó el hombre, y desde
aquí mismo puede ver que no le engaño. ¡Es una alhaja!
Así diciendo, señalaba con evidente satisfacción un esquife pintado de azul,
con los toletes levantados, como se observa en todos los botes de los barqueros
del Támesis.
Contemplé un momento la embarcación, y pareciéndome conveniente contesté:
- Me agrada y servirá para mi objeto. Acérquela usted.
Hasta que estuve sentado en el banco de popa en el bote, no me fijé en la
persona del barquero, que después de soltar los remos hacía bogar su pequeña
embarcación con una celeridad que indicaba un vigor extraordinario en los brazos; pero al mirarle con detención, me chocó su aspecto extraño. Tenía la tez
curtida y muy morena; cabello negro como el azabache, formando sortijillas aunque era muy basto, y ojos brillantes del mismo color; sombreaban su ~ostro
unas espesas patillas, que parecían de cerda de caballo; la nariz era singularmente ancha y su curva muy deprimida. Llevaba en cada oreja un grueso anillo de oro, y en vez de sombrero una especie de gorra de piel. Por lo demás, su
traje era el usado comúnmente por los barqueros ingleses: chaqueta azul, pantalón ancho de lienzo y botas debajo de éste. Noté que su mirada tenía algo de
singular, y aunque fija en ocasiones, revelaba un carácter inquieto.
- ¿Es usted judío?, le pregunté.
- Nada de eso, contestó.
- No crea usted, repuse, que hago esta pregunta con ánimo de ofender. Los
judíos son un pueblo inteligente á la vez que interesante; pero me extrañaría encontrar un barquero de esta nacionalidad.
- ¿Será usted lo que llaman apostólico•romano?
- ¿Qué quiere decir eso?, preguntó el hombre con ojos de asombro.
De repente me ocurrió que el tipo de aquel individuo tenía cierta semejanza
por su color y el cabello con el del gitano, y preguntéle si lo era.
Aplicándome en el pecho la paleta de su remo izquierdo empujó vigorosamente
Al oir esto sus labios se entreabrieron por una sonrisa que me pareció algo
con la intención de sumergirme
forzada, y me contestó:
-A decir verdad, creo que, efectivamente, tengo algo de gitano en la sangre.
Con esto terminó nuestro primer diálogo. El barquero remaba silenciosaSiguióse una pausa, y el barquero continuó remando con mucho vigor, mienmente, pero hubiérase dicho que mis preguntas habían excitado en él alguna tras que yo, recostado en el banco, aspiraba la frescura del aire salino, contemcuriosidad respecto á mí, pues observé que me miraba á hurtadillas, fijando plan?º el majestuoso y brillante espectáculo que ofrecía el mar, en cuyas agua~
sobre todo su atención en mi traje y más particularmente en las sortijas que refleJábanse los rayos del sol. A intervalos dirigía también mis miradas á la cosadornaban mis dedos y en la cadena del reloj.
ta, que por sus diversos matices y caracteres, las rocas, las pendientes y pro-

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LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

dad para dar cuenta de lo ocurrido, y esto no le convenía al barquero, á menos
que se propusiese volver á su pueblo natal, aunque esto no le serviría de nada,
pues fuera donde quisiese al fin le prenderían.
El barquero hizo avanzar rápidamente el bote hacia la costa, en dirección á
una curvatura de la tierra, que se hubiera podido tornar por una bahía en miniatura; las aguas bañaban el pie de la costa, pero en la diminuta bahía á que
el barquero se encaminaba podía ver, cuando el bote se elevaba un poco, el
brillo de la arena. Nada se movía en las alturas, y cuando estuvimos á un cuarto de milla del citado punto noté que el paraje era muy solitario. El hombre
continuó remando hasta que el bote Uegó á las aguas de la bahía; las obscuras
rocas se elevaban á considerable altura corno una muralla gigantesca, y en cada
extremidad de la curva de aquélla había un poco de resaca.
El barquero dejó entonces los remos y púsose en pie.
- ¡Dérne usted el reloj y la cadena!, gritó.
Yo me había levantado también.
- ¡Venga el reloj y la cadena!, repitió con voz de trueno.
Al decir esto introdujo su nervuda mano en un bolsillo del pantalón, y sacando una enorme navaja abrióla al punto.
- ¡Nada de gritos, díjorne en voz baja, pues de lo contrario le degüello!
Sin replicar palabra puse el reloj y la cadena s9bre el banco, y el ladrón los
guardó rápidamente.
- Veamos ahora el dinero que lleva, díjome bruscamente.
Saqué toda la moneda en cantidad de unos quince ó veinte duros, y el barquero se los embolsó también.
- ¡Ahora, la sortija!
La saqué del dedo y se la dí. Entonces miróme de pies á cabeza, empuñando siempre su cuchillo, y después fijó su mirada en la pequeña bahía un instante.
- Ahí es donde voy á desembarcarle, dijo al fin. Usted es buen nadador, ya
puede saltar fuera.
- Si me desembarca usted aquí, repuse, seguramente me ahogaré, pues la
marea sube por momentos y no me será posible trepar por esas rocas.
- ¡Salte usted, le digo!, levantando \a mano con ademán amenazador.
- Sería preciso nadar mucho, repliqué, y yo no tengo ya fuerza. ¡Por amor
de Dios, acérqueme usted un poco más y tal vez pueda entonces salvarme!
El hombre vaciló un momento, é inclinóse después para coger uno de los
remos; mas en el mismo instante caí sobre él, impelido por la indecible angustia de mi ánimo y por lo que podría llamar el impulso de la desesperación. Me
precipité contra él con la rapidez del lobo que alcanza su presa, y antes de que
pudiera levantar los ojos le arrojé al agua. Después hice dar la vuelta al bote
con un remo, y colocados los dos en sus toletes me alejé de la pequeña bahía
con toda la celeridad posible.
Al volver la cabeza un momento después observé que el barquero nadaba
vigorosamente hacia la curva de arena al pie de la roca, y entonces comprendí
la suerte que aquel bandido me deparaba. Después de llegar á la arena quedaría aprisionado por las aguas, y como éstas subían rápidamente, la línea del mar
se eievaría muy pronto á varios pies del nivel de aquélla. No había nada en
qué cogerse ó apoyar el pie, y por lo tanto debía perecer ahogado irremisible•
mente.
¿Y qué historia habría inventado aquel infame para explicar mi desaparici6n?
Fácil era de imaginar: llegando tranquilamente al puerto hubiera amarrado su
bote sin decir palabra acerca de mí, á menos de que alguno hubiese visto que
me embarcaba por la mañana y preguntase dónde estaba yo. A esto contestaría
que, accediendo á mis deseos, me había dejado en la costa dos ó tres millas
más allá, por haberle dicho yo que prefería volver á casa paseando junto á las
rocas. Esto era muy natural, y fácilmente le hubieran creído, porque esto sucedía con m~cha frecuencia. ~uando se ~ncontrase mi cadáver en la bahía, y tomados los informes necesanos, se averiguaría que yo era la persona á quien el
barquero condujo y dejó en tierra, y la causa de mi muerte se atribuiría á cualquiera imprudencia de mi parte.
A todas estas reflexiones me entregaba yo, mientras me dirigía hacia el puerto, remando con toda la energía de la desesperación, pues aún estaba poseído
de espanto, ~maginá~dome que el criminal barquero podría perseguirme, detener el bote, mtroducuse en él y cortarme el cuello con la navaja que había visto brillar antes á mis ojos.
Llegado al puerto amarré el bote y salté á tierra. Había allí mucha gente y
por do9uiera _resonaban los gritos de los barq~eros, invitando á cuantos llegaban á ir á banarse ó á emprender una excursión de recreo. Ninguno de aquellos hombres fijó su atención en mí, ignorando todos probablemente que yo me
había embarcado en el bote del gitano y creyendo sin duda que regresaba de
alguna solitaria excursión por el mar. Internándome por el muelle muy pronto
encontré u~ agente de la policía del ruerto, y acercándome á él, le dije:
- Necesito dar parte de que un bnbón acaba de atentar contra mi vida.
El hombre me miró fijamente, é impresionóle al parecer mi agitación y aspecto.

NúMERO

NóMERO

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- ¿Qué ha ocurrido?, preguntó.
- Un barquero, con quien salí esta mañana, ha intentado ahogarme.
- Tenga usted la bondad de seguirme, caballero, dijo el agente.
Y me condujo á una casa de ladrillo, contigua á una serie de almacenes, que
tenía una reja muy grande; en ella vi un r6tulo con letras doradas que decía:

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ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

CIFRAS DECORATIVAS,,. PARA ARTES E INDUSTRIAS

El agente abrió la puerta y entró, después de asegurarse que yo le seguía.
Sentado en una banqueta de tres pies vi allí un hombre de aspecto rnilit~r,
alto, con espesas patillas de color rojizo; cubría su cabeza una gorra de. o~cial
de marina, y llevaba levita cruzada sobre el pecho. Estaba leyendo un d1ano, y
al entrar yo mirórne detenidamente por encima de los anteojos.
- Este caballero, dijo el agente, viene á dar parte de que uno de los barqueros ha tratado de ahogarle en ocasión de estar bañándose en el mar.
Y volviéndose hacia mi, añadió:
- Se halla usted en presencia del señor inspector.
El digno funcionario suspendió su lectura, se quitó los anteojos y preguntóme qué había ocurrido.
Yo le referí la aventura con todos sus detalles y el inspector me escuchó
atento, dirigiendo á veces una mirada al agente, que con la boca abierta no
perdía palabra de mi relato.
- Hágame el favor de dar las señas de ese hombre, díjorne el funcionario.
Hícelo así, con toda la minuciosidad posible.
- Ese es Bill el Gitano, dijo el agente.
- Sí, él es, añadió el inspector; y ese es también quien condujo á los que se
ahogaron hace un mes.
- Sí, replicó el agente, y ahora recuerdo que en el bote de Bill el Gitano
iban los que perecieron ahogados durante una excursión por el mar hará cosa
de un año.
- Largo tiempo ha me infundi6 sospechas ese hombre, y es preciso proceder
con energía,
Y dirigiéndose al agente, añadió:
- Freeman, llame usted á Jones y á Woodward; que se ern barquen en el
bote de la policía y vayan inmediatamente á prenderá ese hombre. La marea
no habrá llegado aún á toda su altura, y el tunante quedará cogido corno zorra
en una trampa.
Apenas hubo pronunciado el inspector estas palabras, parecióme que la sangre se me agolpaba en la cabeza y en los ojos, y perdí el conocimiento.
Cuando recobré mis facultades hallábame en cama en mi propio alojamiento. En mi bolsillo se habían encontrado todos los informes necesarios acerca
de mi persona en cartas y tarjetas; y como se hubiese avisado á mi hermana
por telégrafo, tuve el gusto de verla á la cabecera del lecho.
Cuando tuve ya bastante fuerza para hablar, se me dijo que el bote de la policía, después de haber penetrado en la pequeña ensenada, encontró al criminal
barquero y le condujo á la ciudad, donde se le encerró en un calabozo.
No solamente se le acusaba de haber querido asesinarme, sino que sobre él
pesaban otros delitos análogos, y en su bolsillo se encontraron las pruebas que
confirmaban mi relato, pues aquel bandido, olvidando, al ver que le perseguían,
que se había guardado mi reloj y mi cadena, con la sortija y el dinero, no tuvo
la precaución de ocultar mis efectos ó arrojarlos cuando llegaba el bote de la
policía.
Pero no se reducía todo á esto: dos personas. habían perdido la vida en un
año; el cuerpo de una fué encontrado, pues era el mismo que yo descubrí durante mi solitario paseo nocturno por las arenas, y sabiase que los dos hombres perecieron mientras se bañaban mar adentro. También se supo que ambas
desgracias habían ocunido con el bote de Bill el Gitano, y al practicar un registro en la casa de éste encontr6se un lapicero de considerable valor, unos
lentes y una cadena de oro. Los dos primeros efectos fueron reclamados corno
pertenecientes al hombre que murió ahogado el año anterior, y la viuda del caballero cuyo cadáver yo encontré pudo probar que la cadena de oro era la del
reloj de su esposo.
El barquero fué condenado á cadena perpetua, pero merecía la h9rca, p~es
por lo menos era culpable de dos asesinatos. Sin embargo, las circunstancias
que habían concurrido en los hechos no parecían suficientes para la aplicación
de la pena de muerte, porque no pudo probarse con toda certeza que aquel
malvado, después de haber precipitado en el agua á sus víctii_nas, siguiera ~emando tranquilamente y dejara que aquellos infelices se hundieran en el ab1s·
mo una vez sus fuerzas agotadas. Tampoco pudo probarse plenamente q~e los
dos ahogados no se sintieron atacados de un calambre que los sumergió de
repente en el mar, Pero de cuantos oyeron referir la historia ninguno abrigó la
menor duda de que el demonio del barquero gitano les dejó morir y aun, corno
estuvo á punto de ocurrirme á mí, precipitó su fin golpeándoles con su remo
POR

LA

508

Las casas extranjera.e que d aseen anunc1arse en LA ILUSTRACIÓN ART!STIOA diríjanse pe.re. informes á los Sres A. Lorette, Rue Cauma.rtin;
núm. el. París.-Le.s casas españolas pueden hacerlo en la oficina de publicidad de loa Sres. Calvet Y C.•, Diputación, 358, Barcelona.

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608

N Ú MER O

ARTISTICA

508

guer, es un profundo estudio, erudito y
concienzudo, acerca de tan debatido asunto.
La obra del Sr. Pedrell es una nueva
prueba de su valía y patriotismo, puesto
que en este pals, en que, por desgracia, tan
poco interés inspiran cierta clase de estudios y levantados empeños, no han sido re·
compensados hasta ahora sus esfuerzos cual
debieran por sus compañeros de profesión,
á quienes, en su inmensa mayorla, el concepto de la música se halla sólo circunscrito á las gráficas representaciones del pentagrama y á los instrumentos.
Prosiga como hasta aqul el ilustre maes
tro su glorioso camino, pues no dudamos
que á la postre habrán de verse recom·
pensados sus afanes, reconocido su mérito y ensalzada su magna y patriótica empresa.

LlBROS ENVIADOS A ESTA REDACC!ON
POR AUTORES Ó EDITORES
T RAGEDIAS, por D . V{ctor Balag11er. Bajo este titulo se han publicado y puesto
á la venta los tomos XXVIII y XX IX de
las obras de D. Víctor Balaguer. En t ilos
figuran las tragedias del inspirado vate ca•
talán, La muerte de An{bal, Coriolano, La
sombra de Cesar, La fiesta de T{bulo, La
muerte de Neró11, Sajo, La tragedia de Lli"via, La 1llti111a hora de Colón, El guante del
degollado, Los esponsales de la muerta, y su
última producci6n Los Pirineos, trilogía en
la que parece revivir el antiguo trovador
cantando las desgracias de la patria, y cobrar el poeta mayores alientos para verter
torrentes de inspiración.
La nueva obra puede calificarse como
una de las mejores joyas que ha producido.
Inspirada en una página interesante de
nuestra historia, cual es la luctuosa lucha
que comienza en los campos de Munt y
termina en Foix, ha podido el poeta verter
los encantos de su fantasía, exponer sus hermosas concepciones, retratando con gran·
deza y valentía el terrorlfico cuadro -de la
desaparición de la patria provenzal, del
pueblo latino, que significaba libertad y
progreso, ante las bárbaras huestes de Mon·
fort, de los ejércitos franceses, sostenidos
por sectarios tan intransigentes como crueles. Los personajes están presentados con
magistral acierto; el lenguaje es sonoro,
grandilocuente é irreprochable.
Los Piri11eos es un nuevo timbre de gloria á los ya innumerables alcanzados por
este ilustre hombre público y eximio poeta,
á quien la nieve de los años, en vez de
amortiguar el fuego de su inteligencia, parece prestarle mayor aliento, más inspiración y extraordinaria facilidad para la producción.

•••
V ARIOS. - Con motivo de las fiestas celebradas recientemente en G ijón para la
inauguración de la estatua del ilustre don
Gaspar Melchor de Jove llanos, la Comisión
organizadora de las mismas ha publicado,
costeadas por un gijonés entusiasta admirador de aquel insigne patricio, varias obras
de éste y multitud de composiciones que
durante aquéllas se distribuyeron con pro•
fusión. Figuran entre las primeras la tragedia Pe/ayo y la comedia El delinmente lton·
rado, y entre las segundas poeslas y trabajos
en prosa en dialecto asturiano, en castellano, en catalán, en vascuence y en alemán,
de Acevedo, Cuesta, Rubió y Ors, Franqueza y Gomis, Cabeza de León, Fastenrath,
Brañas, Asquerino, Flórez de Prado, Echegaray, Jove y Hevia, Ramos Carri6n, Ubach
y Vinyeta, Ruiz Aguilera, Barcia, Guijarro,
Vital Aza, etc., etc.

•
••

•••

G , N ÚÑRZ DE ARCE, ESTUDIO BIOGRÁ·
FICO·CRÍTICO, por D. Marcelino Jl,fenl,rde~ y

P OR NUESTRA MÚSICA, por D. Felipe
Ptdrell. -Tal es el libro que, á la vez que el
anterior, ha publicado el eruditísimo maes·
tro é inspirado compositor D. Felipe Pedrell, que si bien el autor afirma modestamente que sólo contiene algunas observa·
ciones sobre la magna cuestión de una escuela llrico-nacional, motivada por la trilogia Los Piri11eos, poema de D. Vlctor Bala-

Pelayo. - La colección d~ biografías de Pfr·
so11ajes ilmtres que recientemente pubhc6
la del P. Coloma, por la Sra. Pardo Bazán,
acaba de enriquecerse con la de N úñcz de
Arce, magistralmente escrita por el señor
Menéndez y Pelayo.
Forma un bonito libro, con el retrato y
autógrafo del biografiado, y se vende á
4 reales en las principales librerlas.

vfC'l'OR DURUV, miembro del Instituto de Francia,
e,c ministro de Instrucción pública, autor de la c Historia de los Griegos&gt;
publicada en nuestra &lt;Biblioteca Universal&gt;

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i.., .,...,.º'--~

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mis
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1867
lffi
1873
1876
1178
•• ••,u... 001' IL •noa

h tTO D

LM

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O ASTRITIS - 0ASTRAL01A8
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NB

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DiJtrun peligro para el tulil, 50 .Aiio■ de :il:r.lto,Jmil11tt1 de lelU■oniot(lfllltiua la eGcada
~-~,ancion. (Se , ellde ea eajaa,~~ la barba, 1 ea 1/2 oaJaa para el bleote llren),1'an
111 ......,, apl6ae el l'I.LI. J0.8111,; :DV.liHDR, l , ne J ..J,•l\eUHau. Parif.
.)

Quedan reservados los derechos de propiedad artistica 7 litcraria

114P, DI MONTANIII Y SUIÓM

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                <text>Semanario de literatura, artes y ciencias publicado en Barcelona, España por Montaner y Simón. Redactado por Alarcón, Alás, Barbieri, Barrera, Benot, Brú, Castelar, Echegaray y otros. Contiene ilustraciones, grabados y dibujos.</text>
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              <text>La Ilustración Artística, 1891, Año 10, Tomo 10, No 508, Septiembre 21</text>
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              <text>Semanario de literatura, artes y ciencias publicado en Barcelona, España por Montaner y Simón. Redactado por Alarcón, Alás, Barbieri, Barrera, Benot, Brú, Castelar, Echegaray y otros. Contiene ilustraciones, grabados y dibujos.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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