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                  <text>�Editorial
Grata compañía
Xavier Villaurrutia / 6
Universidad Autónoma de Nuevo León
Rogelio G. Garza Rivera
Rector
Santos Guzmán López
Secretario General
Emilia Edith Vásquez Farías
Secretaria Académica
Celso José Garza Acuña
Secretario de Extensión y Cultura
José Javier Villarreal
Director de la Capilla Alfonsina
Biblioteca Universitaria
José Javier Villarreal
Editor Responsable
José Vela
Diseño Editorial
Rodrigo Alvarado
Nancy Cárdenas
Carlos Lejaim Gómez
Alfredo Iván Mata
Martha Ramos
Equipo Editorial
En portada y contraportada:
Composición a partir de la ilustración de
Julio Prieto, en México en el Arte, núm. 7,
primavera de 1949.
INTERFOLIA, Año 2, número 3, enero-junio
2021, es una publicación semestral, editada por la Universidad Autónoma de Nuevo
León, a través de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria. Avenida Universidad
s/n, Ciudad Universitaria, San Nicolás de
los Garza, Nuevo León, México, C.P. 66451.
Teléfono: +52 8183294015, www.capillaalfonsina.uanl.mx, cabuanl@uanl.mx. Editor
Responsable: José Javier Villarreal. Reserva
de Derechos al Uso Exclusivo en trámite.
Las opiniones expresadas por los autores no
necesariamente reflejan la postura del editor
de la publicación.
Prohibida la reproducción total o parcial de
los contenidos e imágenes de la publicación
sin previa autorización del Editor.

Cortesía
Dante y la ciencia de su época / 7
(Fragmentos)
Alfonso Reyes

Calendario
El edén subertido / 11
José Javier Villarreal
Recursos Digitales Abiertos UANL (Rediab UANL) / 42
Leticia Garza Moreno y Dagoberto Salas Zendejo
Ser como dioses / 44
Felipe Garrido

Gajo de cielo
El retorno maléfico / 47
Ramón López Velarde

El oro de los tigres
Canto de rebeldía, de amor y de muerte VII / 49
Geo Bogza
Traducción de Omar Lara

Fósforo
First Cow, de Kelly Reichardt / 50
Rodrigo Alvarado

Entre Libros

�Nú m ero 3

��Editor ial

U

n dinámico y nutrido rompecabezas este número de Interfolia, nuestro boletín
de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria. Alfonso Reyes nos recuerda la
grata y sabia pertinencia de revisitar el legado del poeta de Florencia, Dante

Alighieri. El abanico de los aniversarios también alcanza al autor de la “Suave Patria”, el
poeta de Jerez, Ramón López Velarde. Pero la “Suave Patria” también es alcanzada en su
primer centenario; ese poema que nos descubre y otorga un legado que solventa y enaltece nuestro sentido íntimo y puro, por qué no, de la patria. La inteligencia y sensibilidad
de Xavier Villaurrutia nos conducen por los laberintos del asombro que nos depara la
lírica lopezvelardeana. El oro de los tigres, nuestra colección de poesía internacional, le
rinde un homenaje al poeta y traductor chileno Omar Lara (1941-2021), quien nos regaló
una espléndida versión del poeta rumano Geo Bogza, que publicamos bajo el título de
Orión en nuestra plural y cuidada colección. Una impagable deuda que aquí tributamos.
La biblioteca, ese espacio dinámico y vivo, es pensada y meditada sabrosamente por la
lúcida atención del escritor Felipe Garrido. La tecnología, los buscadores que allanan el
camino a los investigadores y lectores, viene a sumar sus bondades en este espacio de incesante actualización. De esos recursos digitales abiertos nos hablan la licenciada Leticia
Garza Moreno y Dagoberto Salas Zendejo. Y Fósforo, ese guiño alfonsino al séptimo arte,
es evocado y azuzado por Rodrigo Alvarado, a través de sus pormenorizadas recomendaciones cinematográficas. Cerramos este nutrido rompecabezas —que es Interfolia— con

Entre libros, noticias sobre nuestros acervos bibliográficos.
Tiempos difíciles los que nos ha tocado vivir. Sin embargo, Interfolia, nuestro boletín,
es la confirmación de una voluntad por el conocimiento y el arte, por la difusión y la
creación del pensamiento crítico y su expresión que impulsa a nuestra máxima casa de
estudios, la Universidad Autónoma de Nuevo León, en sus diferentes frentes; siendo uno
de ellos, sin duda alguna, su Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria.

José Javier Villarreal
Director de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, Julio de 2021

5

�Grata C om pañía

Para Alfonso
con mucho afecto
Xavier

Ramón López Velarde. Poemas escogidos. Con
un estudio de Xavier Villaurrutia. México,
Nueva Cvltvra, 1940.
FAR PQ7297.L68 A6

6

�Cort e sía
Dante y la ciencia de su época 1
(Fragmentos)
Alfonso reyes

P

or docilidad a la poética de su época, la cual exigía que todo poema implicase alguna enseñanza, también por merecer esa gloria que se concedía más bien a los
sabios que no a los “rimadores”; y en fin, porque así lo quiso deliberadamente,

Dante se cuidó de las ideas, del rigor científico, de los desarrollos “construidos” como hoy
se dice. Con todo, hubiera sido el primero en admirarse de que algunos comentaristas
hayan tomado su obra como una suma del saber medieval y hayan pretendido calcular
científicamente las dimensiones del cono del Infierno o, con Galileo, la estatura de Satanás. Si Copérnico hubiese sido su contemporáneo, Dante hubiera padecido al ver caer
por tierra todo su sistema cosmográfico y su universo, concebido como un sistema de
esferas concéntricas; pero tampoco hubiera padecido más allá de lo justo, pues se sabía
y se deseaba, ante todo, poeta. Ya parece abandonarse al flujo poético, o ya frenarlo; en
ambos casos no ha hecho sino ceder a su instinto. El flujo es como esas corrientes marítimas que resultan más intensas cuanto más se encierran en pasajes estrechos. Si, en
Dante, queda a cuenta del pensador el asir las más sorprendentes analogías, veremos
fácilmente que todo este trabajo opera más bien en beneficio del poeta. Él mismo ha reivindicado con orgullo sus títulos de sapiencia y poesía, pues pretende ser poeta y sabio.
Veamos si siempre tuvo razón...
No le pediremos que nos recuerde punto por punto la cosmografía de Tolomeo, pero
sí conviene averiguar hasta dónde tal cosmografía estorba, o facilita al contrario, su viaje
poético del Infierno al Paraíso.
(…)
I. Cosmografía
A. La arquitectura del mundo, en Dante, es todavía la de la antigüedad mediterránea. La
Tierra se halla en el centro de un sistema de esferas que giran en “los cielos”, unos cielos
cada vez más vastos que envuelven a los cielos menores, cada vez más rápidos en su
giro. A los nueve círculos de los Antiguos, la Edad Media ha añadido un décimo círculo,
el Empíreo, inmóvil, que envuelve y encierra a los demás, morada de Dios y paraíso de
las almas humanas.
En cuanto a la Tierra, Dante se la representa como un globo fijo en el centro de la
Creación, el hemisferio austral apuntado hacia el sitio del Empíreo en que Dios reside.

1

Tomado de Alfonso Reyes, Obras completas, tomo XXV, Letras Mexicanas, México, Fondo de Cultura Económica, 1991, pp. 465-470.

7

�Era, en un principio, el hemisferio en que se hallaban los continentes. Pero, a la caída
de Lucifer, las tierras, espantadas, se hundieron bajo las aguas, dejando en su lugar un
océano, y resurgieron por el hemisferio boreal, único habitable en adelante y el más
alejado de Dios.
El viaje de Dante a ultratumba lo lleva de un punto X situado en la superficie terrestre, donde se halla la entrada de los Infiernos, hasta el centro, ocupado por el cuerpo
gélido o congelado de Satanás. El infierno dantesco es un embudo cuya boca o circunferencia está cerca de la corteza terrestre y cuya punta está en el centro del globo. Desde
este centro, Dante remonta, por un misterioso valle subterráneo, para cruzar todo el
espesor del hemisferio austral, y así desemboca en los antípodas de Jerusalem, sobre
una playa maravillosa, al pie de una montaña más admirable todavía, pues por su altura
toca el cielo; por su origen, está formada de la masa terrestre que retrocedió para no ser
tocada por Satanás, a su caída; por su destino, sirve de purgatorio a las almas, y en su
cima se halla el Paraíso terrestre. Una vez que ha ascendido hasta esa cima, Dante pasa
de ahí al Paraíso celeste, por una serie de saltos vertiginosos a través de los diferentes
cielos o esferas concéntricas.
He aquí, pues, a grandes rasgos, la cosmografía y la geografía de la Divina Comedia.
Pero, ¿cómo operan estos datos en el poema?
B. 1° En primer lugar, Dante esquematiza lo real y parece por instantes tener ante sus
ojos al universo como en modelo reducido. En vez de sentirse como un infinitamente pequeño ante un infinitamente grande, es el universo el que se empequeñece para prestarse a la contemplación del poeta. El planeta Marte es como una cascarilla o media esfera
atravesada por una cruz luminosa. El Paraíso es una inmensa rosa blanca que la mirada
de Dante abarca como un anfiteatro cuyos espectadores acierta a reconocer. El Sol, en su
marcha en espiral por toda la eclíptica, enreda su trayectoria en torno a la Tierra, como
una cuerda enreda al trompo.
Podría sostenerse que Dante, al pintarlo así, da al universo sus verdaderas proporciones espirituales. Sin saberlo, es idealista en el sentido moderno de la palabra; las realidades materiales le resultan imágenes propuestas al pensamiento y por el pensamiento.
Como a tales las trata.
2° Pero sucede, al contrario, que Dante añade algo a los datos de la ciencia contemporánea: construye y deduce. A su llegada a las playas del Purgatorio, contempla cuatro
enormes estrellas desconocidas. “Ha previsto la Cruz del Sur”, nos dicen los comentaristas, en vez de ver aquí un mero engendro de la imaginación poética. Bien sabía él que
nadie iría a comprobar su acerto, ni a visitar su isla montañosa. Dispone como le place
de cuanto puede servir a sus fines poéticos, remodela consecuentemente la Tierra, e
inventa su geografía. Con el mismo aparente cuidado por la precisión, Dante nos informa sobre la estatura de Lucifer, que Galileo, como lo hemos dicho, quiso medir efecti-

8

vamente según los datos del poeta, para concluir ¡que la óptica de Dante está errada! Al

�contrario: apreciemos aquí el triunfo del poeta. Si, en vez de hacer sumas y restas, nuestra
imaginación de lectores colabora con Dante, obtendrá lo que Dante quería precisamente
de nosotros: la imagen, teológica y racional a un tiempo, de una masa agotada, de una
cantidad pura: lo más inteligente de las criaturas divinas, convertida ahora en una espadilla o cardador, casi mineralizada en su vaina de hielo: sufrimiento mudo y repugnante, existencia reducida a movimientos automáticos, un maso y un ventilador. Nada hay
aquí del Satán de Milton, de Goethe, de Byron, de Vigny, de Carducci, de Baudelaire, de
Valéry: espíritu del mal, pero en suma espíritu, a veces hasta seductor. Este Satán ha sido
expropiado de su sustancia y ya confina con la nada. Asistimos a un desvanecimiento
o decadencia óntica, y es el espíritu a quien más da horror la presencia de Lucifer. La
fantasía de Dante manipula con el universo para hacerlo significar ideas: trata el mundo
como una manera de nemotecnia. No es posible figurarse que tamaña libertad, tan gran
señorío poético, sean un mero fruto del candor.
La cosmografía dantesca es una simetría llena de signos: Jerusalem, en las antípodas
del Purgatorio: Satán, en el centro de los infiernos; la Tierra, en el centro de la Creación.
Cuando el sabio moderno quiere representar al hombre entregado a la tarea de pesar los
astros, y dominando la Creación al punto de poder destruirla, con sólo que logre figurar
plásticamente lo que se imagina, llegará al supuesto candor que Dante revela en la Divina Comedia.
3° Una vez admitido el portento de una peregrinación a ultratumba, es normal que
la naturaleza esté ausente del Infierno y del Cielo. El Purgatorio ofrece paisajes montañosos y perspectivas marítimas, pero la naturaleza se ha transformado conforme a las
necesidades de la expiación: sus largos caminos desiertos y sus rudas pendientes son las
prefiguraciones de un mundo inmaterial. Pero, en lo alto de la montaña ya es diferente,
y allí reaparece otra vez la auténtica naturaleza. En el momento mismo en que podíamos
tener alguna lección pedantesca sobre la pureza y la libertad al fin reconquistadas, Dante pasa sencillamente al jardín y nos invita a pasear en su compañía.
Cuando se ha leído la Divina Comedia y se ha paseado entre los pinos parasoles de Ravena, a orillas del Adriático, se ve el bosque a través de los tercetos de Dante, y la ósmosis
poética es tan intensa que lamenta uno las diferencias entre el paisaje real y el imaginado. El bosque espeso y lozano del poeta, con todo, encierra las más extrañas visiones:
en aquel cuadro de verdor, con la enigmática y exquisita joven que canta, baila y corta
flores, el cosmos dantesco integra los mitos de la fábula, y funde en una sola realidad la
Edad de Oro y el Edén; introduce a Ezequiel y al Evangelio, y aun cierta anticipación del
suprarrealismo, ninfa toda en esmeralda y danzante que posee tres ojos. Ya no podemos
aquí distinguir lo que pertenece a Dante, o a la Antigüedad clásica, o a la Biblia, así como
en los líquenes no distinguimos el musgo de los hongos. Ahora bien, semejante simbiosis
de naturaleza, de antigüedad pagana y mística es nada menos que el Paraíso terrestre,
tal como Dante lo construye.

9

�4° Cierto estudio sobre el paisaje de la Divina Comedia concluía, hace pocos años,
asegurándonos que el Paraíso de Dante, por ser un sistema de esferas concéntricas, empobrecía la grandeza poética con su rigidez arquitectónica, y que la última de las tres
partes del mundo —el Cielo— era la menos unificada, la más medieval, la más alejada
ya de nosotros. No hay tal: mediante el juego de las comparaciones, toda la naturaleza
se transporta al Cielo en el poema de Dante. Ni siquiera se nota diferencia esencial entre
los siete primeros “cielos”, donde las categorías morales y sociales —si vale decirlo— forman una liga con el medio terrestre, y los tres “cielos” últimos, donde la distancia crece
entre los fangosos terrestres que somos los hombres y la “luz intelectual”, que acaba
por integrar ella sola el medio inventado por Dante. El acceso a estos últimos cielos se
abre… ¿cómo diréis? ¡Con un nido de aves, a la hora del alba! La imagen es una de las
más célebres, y la sigue otra que es sin duda la más perfecta del poema, y que une, a un
sentimiento complejo y ya moderno de la naturaleza, una limpidez, una transparencia
antigua en la evocación de un cielo de estío. Ella da testimonio de la universalidad del
sentimiento poético en Dante, ya al nivel del hombre moderno, el cual gusta igualmente
en la poesía de Esquilo, de David, de Shakespeare o de Goethe. Si la “risa” de “Trivia”
resulta una imagen tan extraordinaria, no es por la novedad de los objetos: la claridad
de la Luna rodeada de estrellas comparada al fulgor del Sol (la cual, en la cosmografía
de Dante, ilumina las estrellas) no es cosa nueva ciertamente. Si la imagen “suena” como
una leve risa difusa en la noche, es que el ritmo y las metáforas le dan una frescura y un
sugestivo poder realmente excepcionales. Es, sobre todo, porque la imagen resulta un

Ilustración de Julio Prieto, tomada de México en el Arte, núm. 7, primavera de 1949.

centro radiante de “correspondencias”.

�Calendar io
El edén subvertido *
José Javier Villarreal

I
Estoy en el norte y el calor es intenso. La luz llega y golpea; no acaricia, se impone.
Todo se ilumina y los sueños se prolongan bajo una fuerte resolana.
Yo la contemplo desde el interior de la casa. No tengo ríos caudalosos,
tampoco escarpadas montañas que me salgan al paso.
Adentro, una cama tendida, y afuera una barda de piedra que me limita el paisaje.
Estoy hincado, junto a la carretilla, recogiendo las piedras, limpiando el terreno.
Es seguro que Zeus, y Hera, su esposa, desde lo alto, entre la cerrada copa del árbol,
derramaron, imprudentes, los hilos de miel sobre mi espalda. Sobre el verde
del zacate el claro de tu cuerpo. Yo sentía el ardor en mis hombros
y los hilos de miel escurrir por mis brazos. Era alargar el sueño,
prolongar la mañana hasta muy entrada la tarde.
De hinojos, sobre el zacate, sigo retirando las piedras.
Me duele la cintura y me apoyo en la carretilla que quema mis manos.
Es julio y ayer inició la canícula. Las ramas están quietas, el humo de las brasas
ya no se distingue,
el zacate tiene claros que hay que rellenar y el cielo azul. Ninguna nube
que oculte o delate la presencia de algún dios.
***
A principios de 2012 di con este poema de Armando Freitas Filho titulado “Aire”:
Música de árboles.
No la de las hojas y las ramas.
Sino la otra, sólo la de percusión.
Madera, raíces, cortezas, nudos, gajos.
Todo lo que pide hacha, corte, golpe.
Lo que es duro —áspero— golpea y detiene.
Lo que estalla y crece de la tierra contra las estrellas.

Seis años después leo la “Suave Patria”, porque la relectura como tal se me deshace entre
las hojas. En esta lectura el poema dice:

*

Texto extraído de José Javier Villarreal, Los secretos engarces, México, Textofilia Ediciones, 2021.

�Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero

(Sé que hay un carpintero que picotea el tronco de un poema de Verlaine, y que presentifica el patrón rítmico a la vez que dialoga con este otro de Ramón López Velarde.
Pero mi falta de atención no me permite citarlo aquí como debiera. Sin embargo, en el
“Himno de los bosques”, de Manuel José Othón, aparece otro pájaro carpintero que debió
picotear muy cerca del oído del joven Ramón López Velarde; ya que
a unirse va con el golpeo bronco
del pintado y nervioso carpintero,
que está en el árbol taladrando el tronco).

Góngora, a inicios del XVII, nos señala los compases rítmicos de la que será la música
de Polifemo:
Cera y cáñamo unió, que no debiera,
cien cañas, cuyo bárbaro rüido,
de más ecos que unió cáñamo y cera
albogues duramente es repetido;
la selva se confunde, el mar se altera,
rompe Tritón su caracol torcido,
sordo huye el bajel a vela y remo:
tal la música es, de Polifemo.

Othón, otra vez, en su “Himno de los bosques”, sigue tal sinfonía:
Mas ya Aquilón sus furias apareja
y su pulmón la tempestad inflama.
Ronco alarido y angustiosa queja
por sus gargantas de granito deja
la montaña escapar; maldice, clama,
el bosque ruge y el torrente brama
y, de las altas cimas despeñado,
por el espasmo trágico rompido,
rueda el vertiginoso acantilado
donde han hecho las águilas el nido
y su salvaje amor depositado;
y al mirarle por tierra destruido,
expresión de su cólera sombría,

�aterrador y lúgubre graznido
unen a la tremenda sinfonía.

La “Suave Patria”, sosteniéndose en esta tradición donde al decir de Garcilaso:
¡Quién viese la escritura
ya que no puede verse la pintura!

Exclama:
¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!
Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.
Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco,
y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

Los compases son semejantes, los paralelismos por los cuales se desplaza la ficción lírica
siguen las barras de una rutina estremecedora tanto en lo visual como en lo sonoro. Es
cierto que la “Suave Patria” delata su entorno literario, la tradición que la sostiene junto
con el genio individual de su autor. Me refiero a las constantes de época. Un pasado que
incide en los accidentes del presente. Baudelaire con ese mundo enrarecido donde la locura, la enfermedad, la penuria, el deseo, la belleza, la muerte y la religión (me estremece
pensar en su “Oda a Satán”. Un poema de una humildad y dolor excepcionales), se funden
y confunden en un universo coronado de humanidad, de terrible humanidad. Pero también está el cromatismo, los brillos, los paisajes, las ninfas, la sexualidad y la culpa que
alumbran el entorno todo del poema, como sería el caso de la poética de Paul Verlaine.
López Velarde funda una expresión que emana de la tradición simbolista, pero cala y
recula en un escenario inédito. Pareciera que es mucho más que la provincia. Se trata del
“edén subvertido”, del día a día, de lo minúsculo y punzante; de ese “territorio interior”,
como lo calificara Yves Bonnefoy. Cito un poema de Verlaine que me viene al caso:
El rumor de las tabernas, el lodazal de las calles,

�los plátanos deshojados en la negrura del aire,
los ómnibus, torbellinos de barro y chatarra vieja
que gimen, mal asentados sobre sus cansadas ruedas
y vuelven pausadamente sus ojos rojos y verdes;
los obreros que caminan hacia el club, pausadamente,
dando el humo de sus pipas a la nariz de los guardias;
techos con viejas goteras y resquebrajadas tapias,
pavimentos desfondados, terrenos resbaladizos;
este es mi camino viejo ¡que me lleva al Paraíso!

(“XVI”, traducción de Luis Guarner)
Qué cerca me siento del “territorio interior” de “Hoy, como nunca…” de Zozobra. Con sus
calles rurales, su parroquia en penumbras y sus tremendos lodazales. Bonnefoy también
calificó a la provincia como “el mal absoluto.” Desde esta perspectiva es obvio que la provincia en la poética de Ramón López Velarde no es una añoranza, sino una realidad, un
estado donde se habita, un infierno que exige ser nombrado y cantado. Tal vez estemos
hablando del imaginario, del ritmo, de la respiración, de las obsesiones, los fantasmas
que devienen en imágenes, metáforas o comparaciones. De esas lecturas que detonan o
sitúan una determinada composición, de una necesidad creativa que se vive como expe-

Ilustración de Julio Prieto, tomada de México en el Arte, núm. 7, primavera de 1949.

�riencia de vida y se vuelve invisible —al decir de Rilke— en el poema. No confundir los
asuntos literarios, anecdóticos, con el universo plasmado en el texto. Tan provincia era
París para Verlaine, como “las náyades arteras” que se le aparecían al autor de la “Suave
Patria” en Ciudad de México. Pero sigamos con las marcas de época, con esa realidad que
tiene urgencia por expresarse.
***
Sabemos que Goethe escribió de manera dilatada —durante muchos años— una novelita
titulada El hombre de cincuenta años donde narra el enredo amoroso de un triángulo
conformado por un hombre (el narrador), su hijo y su sobrina. El protagonista se ve
obligado, por razones éticas y sentimentales, a renunciar al amor de la sobrina que, aparentemente, se ha enamorado de él, para que ésta se case con su hijo que son de edades
similares y que, finalmente, se han atraído. Al tiempo que el poeta de Weimar escribía
esta obra, a sus 72 años, se enamora de una jovencita de 19, de nombre Ulrike von Levetzow. Se hicieron los pedimentos, intervino en ello el propio archiduque Carlos Augusto
de Sajonia —amigo del poeta—, pero la chica no accedió. Goethe se retiró avergonzado
y con el reclamo de toda su familia. Antonio Cisneros toma este asunto y nos ofrece un
poema que viene a ser una emocionada y rotunda ars poetica donde nos muestra los fondos apasionados de la ficción lírica. Cabe decir que la última palabra no la tuvo ni Goethe
—en su novela— ni Cisneros —en su poema—, sino la propia Ulrike von Levetzow que
dejó testimonio de su aventura finalizando así una carta: “no se puede decir que no haya
sido un amor”. ¿El de Goethe, el de Cisneros, el de Ulrike? O el único que nos compete a
nosotros, los lectores: el de la literatura. Dice así, en alguna parte del poema, el yo lírico
del texto de Antonio Cisneros:
			Gracias a Dios
		

una muchacha bellísima (a cuarenta pies de mi

		

Pude así escribir un poema sobre la eternidad.

ventana) se detuvo por un instante exacto.
Aproveché algo del sol y los sauces llorones
del paisaje.
Las moras las eliminé por cosas de la rima. Agregué
un pino y un par de pastores.

Las imágenes se dosifican por su peso y radical singularidad. No sólo estamos ante un
manierismo formal, sino conceptual. Todo es lo dicho y todo pertenece al mundo. Pero
este mundo es plural, y nada es lo que parece. Estamos a la intemperie, a merced de una
sensibilidad extrema, apasionada e inteligente que nos da su relación de los hechos:

II

15

�		Las primeras lluvias son una oportunidad para
meterse en la cama.
		

Las siguientes para que los zapatos se desclaven y

		

para que la casa se inunde (+ líquenes + musgos +

		

para que el hígado engorde como un canto de guerra,

		

y después el silencio

		

que ya no ha de acabarse aunque cese la lluvia.

rechinen como tiza mojada en la pizarra,
culebras),

Nos dice Cisneros en una de sus “Tres églogas”.
El escenario emerge de lo cantado, y lo cantado es lo sufrido a través de un horizonte
lírico que se va levantando con lo más próximo y cotidiano. Todo tiene cabida en este
recuento. Lo poético se dispara y la fórmula y el lugar común se vitalizan, se vuelven
diáfanos por el filtro de la forma. Vuelvo a pensar en el sabio Pound.
***
Lucian Blaga no soy,
tampoco Darie Novaceanu que lo ha traducido.
En Concepción
compré pan y una botella de vino con Omar Lara
que también lo ha traducido.
No soy Lucian Blaga a quien leo,
un poeta rumano que nada tiene que ver conmigo.
No conozco su idioma,
nunca he estado en Bucarest.
Pero cómo incomoda saber que no soy Lucian Blaga
—a quien leo, siendo quien soy—
esta tarde en Monterrey.

***
La novela de Goethe la compré en mi primer viaje a Chile, en enero de 2009, en la librería Antártica, en Anibal Pinto 299, en el centro de Concepción. Sufríamos la pandemia de
influenza H1N1 y los aeropuertos estaban desiertos. Nos cancelaron una lectura ya que
veníamos de México y temían un contagio. Fue un viaje muy bello y no usé cubrebocas.
Ahora que lo recuerdo, me viene la imagen de un conejo suelto en el campo. Un campo
que se extendió desde El Araucano, en Concepción, hasta un departamento en Las Condes, en Santiago de Chile, pasando por Isla Negra donde tomé, frente al mar, un modesto
vino envasado en cartón. En 2010 volví y conviví algunos días con Antonio Cisneros que
se hospedaba en mi hotel y compartíamos el café de la mañana, los almuerzos y las cenas.
Era octubre y se trataba de la Feria Internacional del Libro, pero yo aún no había repa-

16

rado en estos poemas y quizá, todavía, a pesar de mis 51 años, no había leído la novela
de Goethe.

�Pero los años pasan y no sólo se notan en el rostro y en los cuerpos de la gente.
También en el color y consistencia de las hojas de los libros. Ahora sé por la brillante
memoria de Jaroslav Seifert que, en los Baños de María, o en los Baños Marianos, o en
Marienbad se encuentra una columnata que Goethe no conoció, pero lo celebra. Lo que
sí conoció, o pudo haber conocido, son unos zapatos que usó Ulrike von Levetzow y que
se encuentran en el museo de Loket. Ulrike murió sola, no se casó, y yo leí Dos húsares,
en traducción de Olga Korobenko. Una magnífica novela de Lev Tolstói. De adolescente,
después de mis compras en la librería Excelsior, me iba a los escalones de la fuente de
la Diana, a espaldas del Bar Diana’s, en Tecate, frente al parque Hidalgo. Un día se la
robaron. Los años pasaron, pasaron hartas cosas. Compré el libro de Seifert, pero no lo
leí. Compré la novela de Tolstói y sí la leí y me impresionó mucho. Sentí la vida pasar.
Un grupo de holandeses, parientes —me imagino— del señor Mateus, fundador del Bar
Diana’s, repusieron la estatua. El señor Mateus siempre estaba en la puerta de su bar.
En mis primeros años yo era su vecino. Su esposa, la señora Emma, me cargaba sobre la
cerca de madera, que dividía su casa de la de mis padres, y me daba una tortilla de harina; pero el señor Mateus sacaba las llaves de su bolsillo y amenazaba con cortarme una
oreja. Van Gogh nada tenía que ver con esto, pero a mí me daba pánico pasar frente al
bar. Vi a la Diana desde la Avenida Juárez y fui por mi madre y la llevé a verla. Mi madre
estaba malhumorada y con frío, sumamente molesta e incómoda. Para mí era un gran
acontecimiento. Carlos García Gual dice que si quieres saber del amor tienes que leer
literatura. Así, el amor en grande. La Diana está en su sitio, la casa de mi madre cerrada
y yo estoy por concluir el prolijo libro de Seifert. Es obvio que las elegías de Goethe no
muestran el paso del tiempo, pero sí los zapatos de Ulrike von Levetzow que se exhiben
en el museo de Loket. El Bar Diana’s, desde 1957, sigue en su sitio, la Diana, ahora lo está.
***
Siendo quien soy, por el hecho de callar,
no quería decir que estuviera de acuerdo,
que metiera mis dedos a la pecera de tu boca,
que absorto caminara por calles cuesta arriba
quejándome del clima, de la polución, del ruido.
Siempre de espaldas, viendo a otra parte.
Pero la otra parte también me observaba.
No sé hasta dónde era consciente de mi situación, de mi lejanía,
de la bruma, la niebla, la oscuridad de los cuartos.
De eso se trataba, de una mirada que veía, pero no veía, no quería ver; al menos
no quería ver lo que veía. Yo, con cierto titubeo, con una inseguridad
revestida de altivez, iba con tiento —calculado pudor, sonrisa acartonada,

17

�timidez autosuficiente y torpe, torpe en sus movimientos,
en mis declaraciones, en lo opaco de las frases—.
Te esperaba, es cierto, pero ya habías llegado,
estabas frente a mí y yo seguía dudando, contaba los minutos, veía la sombra de los
árboles;
aunque todo esto pasara en interiores, en espacios cerrados donde no había árboles
que dieran sombra.
Callaba, mas no por eso estaba de acuerdo, y si tú te llevabas mis dedos a tu boca,
yo entonces me abandonaba a una corriente
dulce y profunda, tan dulce y profunda, como debe ser el canto de las sirenas;
ese canto sólo destinado a los dioses.
1857 es un año clave en la literatura ya que aparece la primera edición de Las flores del
mal, y con ella una estética secreta, un mundo sórdido repleto de angustia y deseo, de
belleza y sufrimiento, de placer y culpa. En 1866, nueve años después del proceso judicial
en contra del libro de Baudelaire, Khalil-Bey, un diplomático turco que caerá en la desgracia económica y social, le pide a Gustave Courbet que pinte El origen del mundo. Este
cuadro permanecerá oculto —de espaldas al mundo— hasta 1995, cuando el Museo de
Orsay lo exhiba al público. Cuenta la leyenda que el psicoanalista Jacques Lacan lo tenía
colgado en su baño detrás de la puerta. Que el Estado francés lo recobra en 1981 pero que
lo mantiene bajo resguardo, debidamente embalado y almacenado, hasta 1995. Rubén
Darío, gran poeta y gran lector de Verlaine, lectura ejemplar y decisiva para el joven Ramón López Velarde, publica en 1905 su libro Cantos de vida y esperanza donde incluye su
poema “Filosofía”. Ya no se tratará del cuadro de Courbet, sino de la época misma que se
expresa. “Las eras imaginarias”, como diría Lezama Lima. Una estética, una percepción
que se impone. Dice Darío:
El peludo cangrejo tiene espinas de rosa
y los moluscos reminiscencias de mujeres.

López Velarde, bien sabemos, en su libro Zozobra, de 1919, en su poema “A las vírgenes”,
sigue pintando el lienzo, alarga el trazo, ese “territorio interior”, esa provincia o “mal
absoluto” que lo azuza, y la erótica de una realidad lo alcanza y obliga a nombrar aquello
que no tiene nombre, a contemplar lo semejante, ese cuerpo que lo seduce y atemoriza,
ese oscilar que de pronto lo suspende en el vacío cuando escribe, siguiendo el dictado de
una época que comienza a fatigarse y a exigir una nueva retórica, lo siguiente:
y las que en la renuncia llana y lisa
de la tarde, salís a los balcones

�los sexos, cual sañudos escorpiones.

El 29 de mayo de 2014 la performista Deborah De Robertis, bajo el mismo cuadro de
Courbet, en el Museo de Orsay, mostró su sexo a un grupo de espectadores que se encontraba en la sala. Argumentó que el artista no se había atrevido a mostrar la vagina de la
mujer, ya que el cuadro presenta los labios del sexo cerrados; y ella, en su performance,
se asumía como todas las mujeres. Obviamente que los visitantes que presenciaron el
espectáculo y aplaudieron la acción, como consta en el video que circula por las redes y
da fe de todo esto, no sabían que habitaban la resonancia no sólo de la obra de un pintor francés, sino que también eran parte del eco de dos poetas hispanoamericanos que
inauguraron la estética, a principios del siglo XX, de lo moderno. Lo más seguro —me
temo— es que la misma Deborah tampoco lo sabía.

III
Pero en el álbum que hojeamos al leer los poemas de Ramón López Velarde aparece
una destinataria de vestido oscuro, de húmeda cabellera, de balcones soleados donde
“un encono de hormigas voraces” se precipita en el cierzo gemebundo de una llama que
escapa de un horno en el postrer momento; en esos guantes negros, en esas misteriosas
presencias que maltratan y descomponen al yo poético en un tenso y angustiante estado
de total desasosiego. No sólo se tratará de la culpa y del deseo; el trapecio da para más.
No hay red entre el artista y su público. Estamos ahí, clavados en la gradería, viendo hacia lo alto, observando con asombro el incesante ir y venir entre la seducción del sexo y
de la muerte. La clave, otra vez, está en Baudelaire; pero la tradición viene de más lejos,
de otra latitud.
***
Algo nos hace falta,
un sello que no tenemos, un par de monedas,

Ilustración de Julio Prieto, tomada de México en el Arte, núm. 7, primavera de 1949.

a que beban la brisa

�algún billete de baja denominación. La gente,
que no nos conoce, nos ve de reojo, algo intuyen,
o acaso es que se nota demasiado.
Siempre que se lee con atención hay un epílogo,
una tarde que resucita a los muertos,
un momento de fragilidad al pie de una alta montaña.
No sabemos qué hacer, a quién hablar.
Buscamos y rebuscamos sin saber exactamente qué.
Estamos en medio de un río, pero no se mueve,
cruzamos un desierto, pero hemos perdido la caravana,
el pueblo elegido pasó hace tiempo, y ahora, que intentamos
el paso, las aguas comienzan a juntarse.
Todo lo teníamos planeado, todo estaba bajo control:
el brillo de los ojos, el tono de la voz, la actitud corporal.
El sol brillaba y el viento, por la ventanilla del taxi, nos acariciaba la cara.
No había duda, los cormoranes secaban sus plumas
y los ángeles nos acompañaban en silencio.
Atrás todo estaba por resolverse. Sin embargo,
las piezas iban embonando y nosotros nos hacíamos cargo,
el rompecabezas —con sus flores y su cielo azul—
iba adquiriendo forma sobre la mesa;
nadie lo tocaba, nadie —que no fuéramos nosotros—
se atrevía a mover una pieza.
Pero de pronto algo no combina, algo minúsculo pierde su ritmo,
quizá sea la blusa, el comentario o la mirada del taxista,
una pieza que se nos ha caído,
la inquietud de que algo se nos ha olvidado,
la incertidumbre
de que quizás, en el asiento de al lado, o detrás de nosotros,
no haya ningún ángel. El viento ya no entra por la ventana,
la fila es enorme y no avanza, todo se detiene
menos el tiempo,
el tiempo con sus bisagras, con sus inversiones a plazos,
con su mesa de dinero, con el sentimiento de culpa
que ha empezado a mover su abanico. Pero el viento
ya no entra por la ventana, ya no estamos en el interior del taxi,
no hacemos fila para comprar un café.

20

Estás sola, al pie de una alta montaña, viendo cómo la tarde resucita a los muertos,
sintiendo en tu cuerpo el dolor de que alguien, tal vez la empleada doméstica,

�ha guardado el rompecabezas y limpiado la mesa.
La gente —que tú no conoces— te mira de reojo
como intuyendo algo. Buscas en tu bolso, pero no sabes qué.
Los ángeles se han ido, los cormoranes no aparecen
y tienes que hacerte a un lado porque tu turno ha pasado
y la gente —que tú no conoces— sigue llegando,
siempre tan segura, tan dueña de sí.
***
Releer Las flores del mal es desasosegante. Primero, uno constata que nunca las ha leído.
Después te sumerges en un río de perplejidad: ¡Qué bárbaro! Las tenía todas consigo.
Piensas en Cervantes, en su libertad escritural. Vas desfilando y cayendo, das un paso y
tropiezas. Leer los poemas de Baudelaire es doloroso. Está la belleza, la pasión, el deseo,
el amor y la contemplación, pero todo desde una perspectiva difícil, incómoda. Quieres
señalar los poemas, subrayar los versos, pero no lo haces, sigues página tras página y
te pasmas por el vigor, por la gracia conseguida. Cierras el libro y lo abres. No se puede
correr, sólo caminar.
***
Me da la impresión que tendemos a leer en una sola dirección El cuervo, de Edgar Allan
Poe. Quizá las vanguardias de principios del siglo pasado han colaborado con ello. Es
obvio que los “cuervos” de Baudelaire y Mallarmé se han convertido en cimiento de
tales propuestas literarias. Desde la vorágine de la poesía maldita, por un lado, y desde
la calculada ebriedad del simbolismo, por el otro, El cuervo, de Poe, se nos ha convertido
en referencia, en lectura obligada que influyó en movimientos tan importantes como el
modernismo, en Hispanoamérica, o el orfismo, en Portugal. Pienso en la traducción que
hiciera Fernando Pessoa en 1924 o en las cinco que ensayara Enrique González Martínez.
Otro autor que incide en la modernidad de la narrativa de ficción iberoamericana es el
brasileño Joaquim Machado de Assis —Fuentes calificaba su literatura con el término de
milagro—. Machado de Assis en 1883 hizo su traducción de El cuervo. Es decir, el poema
de Poe ha sido visto como iniciador, generador de una literatura que se desprende —de
una o de otra manera— de la empresa conseguida por su autor, tanto en su poema como
en su Filosofía de la composición que hoy día son inseparables. Y desde esta literatura,
desde esta estética plural, que se ha venido expresando a lo largo de los siglos XIX y XX,
es como leemos el poema de la ausente Lenore, que en la posromántica y premodernista
versión de Ignacio Mariscal —de 1867— se nos convierte en la ausencia de la misteriosa
e inexplicable Felícitas.
Creo que hasta aquí queda claro que El cuervo, de Poe, es una pieza que apuntala
nuestra modernidad, y que la Filosofía de la composición se erige como una severa ars

21

�poetica que nos pasma y seduce. Estamos ante la construcción del texto poético sobre el
arrebato del poseso. Tal vez esta perspectiva se remonte más allá del siglo XIX y tenga su
origen en las fábulas mitológicas del siglo XVII, o en esos poemas narrativos, algunos interminables y soporíferos, otros equilibrados y punzantes, del siglo XVIII. Lo que se está
privilegiando en el poema es “la historia como la médula de la verdadera fábula”. Pero
una historia narrada desde los recursos propios del canto. Lo que me lleva a pensar que
la historia expuesta en el poema es una historia visionada, alucinada desde los sentidos
del alma. Es así como puedo explicar que la Lenore de El cuervo de Poe se convierta en
la Felícitas de El cuervo de Ignacio Mariscal.
***
Si decimos que la realidad de un cuadro sólo radica en la pintura, si el movimiento lírico-dramático que se despliega y tensiona a lo largo de una obra de teatro sólo se puede
dar a lo largo de los diálogos y acciones de dicha obra y no en otro contexto, podemos
pensar que la poesía narrativa, que asume la fábula como eje de rotación del discurso
poético, ha de crear —obviamente— una forma particular que habrá de incidir no sólo
en la historia presentada, sino en la temperatura y atmósfera de la misma. “Las puertas
de la percepción”, de las que nos hablara William Blake, se han abierto y aparecen los
gilia de la misma como nos lo demuestra en sus Pinturas negras y sus Caprichos.
Se trata de la focalización y del yo lírico como agente dramático de su
propio universo de ficción.
***
Como una fórmula, como un designio o
una regla de tres.
Esos problemas que implican la raíz
cuadrada de lo que no tenemos idea,
un conocimiento —quizá— para el cual
aún no estamos preparados,
o nuestro ADN, sencillamente, no iden-

Ilustración de Julio Prieto, tomada de Ramón López Velarde, El león y la virgen. México,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1942.

monstruos que no engendra el sueño de la razón, como escribiera Goya, sino la aguda vi-

�tifica.
Pienso en el poema de Joseph Brodsky donde todo se duerme
sin que necesariamente sea de noche.
Tal vez se trate de un lugar donde no haya nada,
un set cinematográfico en el que
—una vez apagadas las luces y cerrado el portón—,
no se encuentre nada de nada; lo que se dice nada.
Como en el teatro Kabuki donde la nieve —que no suena—, suena,
o el teatro isabelino donde la dulce Cordelia, la frágil Ofelia y la bella Miranda
son unos jovencitos de manos delicadas.
Esto también tiene que ver con la historia, con esos episodios vergonzosos
que los gobiernos dicen desconocer o niegan categóricamente.
Crímenes que nadie reconoce, pero que están ahí
en la memoria de un pequeño pueblo, o en el silencio —siempre aparente—
de un bosque de abedules.
Recuerdos que en realidad no duermen, poemas que no se escribieron,
problemas sin resolver, pero que no impidieron
—tampoco—
que acreditáramos el curso.
Las naciones siguen a pesar de sus razones de estado,
de esos secretos que se confunden con actos o decisiones patrióticas,
con hacer lo debido, lo prudente, aquello que sí nos lleve a acreditar el curso.
Sin embargo, hay tareas que se hicieron con esmero,
que se entregaron a tiempo y en el formato debido;
y, por alguna razón que nunca se esclarece,
no influyeron en la calificación final,
se perdieron en medio de Los trabajos y los días.
Está el caso del poeta Hesíodo que sin duda es importante,
pero siempre se le estudia en el mismo seminario donde se ve a Homero,
y Homero, con su Ilíada y Odisea, siempre exige nuestra atención
haciendo que Hesíodo se nos diluya, se nos traspapele a la hora del trabajo final.
Acciones, todas estas, que se quedan sin resolver, que no detienen el movimiento
de las aguas,
ese río que, tarde o temprano, con sus ramas y desperdicios,
que va acumulando
de aquí y de allá,
y que no logran
—tampoco—
frenar su marcha,
llega a la mar que es el morir.

�Pero yo hablo de esa otra agua, de esos metros cúbicos
que también bajaron de la montaña, que corrieron
entre las piedras y bajo la sombra de las ramas
que se agitan por las noches en las pendientes y cañadas.
Esa otra agua que atravesó por valles que no tenían fin,
que se extendían por horas que amenazaban
la estructura del día.
Esa otra agua que, pese a todo, fluía en hilos
muy delgados, en llanos muy extensos
donde se reflejaba todo el fuego de un sol muy lejano.
Esa otra agua que también bajó de la montaña, pero se evaporó
o perdió
a escasos metros del mar.
O esos gramos de menos que dicen que presenta un cuerpo dormido
y se los achacan a la ausencia del alma.
Son cosas pequeñas que se pierden, que forman parte de un todo, pero en su momento
—en su estricto momento—, nos representan la vida.
Pienso en esos sobrevivientes de la Ilíada que
un día, al cruzar la plaza o el mercado,
se detienen a escuchar el canto del rapsoda,
mas el rapsoda ha modernizado su repertorio
y ahora sólo canta las aventuras de Ulises,
sus amoríos y estratagemas para recuperar su reino.
De Troya, de sus motivos y consecuencias,
sólo las teorías de Schliemann;
o ese día cuando debutó Dmitri, el hijo de Nabokov,
que quería hacer carrera como cantante de bel canto;
sólo que ese día, en otro lugar, seguramente a distinta hora,
también debutó Luciano Pavarotti.
Así que Dmitri colaboró con su padre en la redacción al inglés de la novela Lolita,
en un chalet de Nueva Inglaterra,
a escasos metros del mar.
***
En 1773 leemos el poema Lenore, de Gottfried August Bürger. La noche y sus habitantes,
la ausencia y la vigilia van permeando el imaginario de una voz atormentada. Pero en
1797 el poeta de Weimar Johann Wolfgang von Goethe nos regala un soberbio poema

24

que lleva por título La novia de Corinto (Nervo también tiene su versión, pero en forma
de relato). Goethe introduce en el mundo de la duermevela, en los parajes caprichosos

�del deseo, la figura seductora y mortal de la belleza, de lo terrible en la figura de una novia errante a través de los confines de un universo percibido desde la locura y el delirio,
más allá de todo tiempo. Un año después, en 1798, aparecerá ese increíble y gélido viaje
que será La balada del viejo marinero, de Samuel Taylor Coleridge.
El escenario se va poblando. El mar, la soledad, el frío. Las señales se hacen patentes,
los seres rompen toda barrera entre la vida y la muerte. Los monólogos, los estribillos,
las agudas y terribles miradas. El peso del rapto y “el pago por la audacia acometida”.
Todo viene a tejerse y entretejerse en una inercia carente de viento alguno y la nave
flota —silente— a la deriva, como la mente atormentada del viejo marinero, como ese
albatros que, ahora, todos los lectores del poema llevamos muerto al cuello. Baudelaire,
mucho tiempo después, establecería un símil entre el poeta y esta ave en uno de los poemas de sus flores del mal.
Pareciera que estuviéramos ante una tradición poética de lo fantasmal, de lo inasible.
Una estética del amor fugaz. Las cosas y los seres no son lo que aparentan y el matrimonio entre lo físico y lo metafísico subraya una grieta que se nos vuelve herida por la cual
escapa todo aliento vital. En 1819 John Keats escribe un bello y desgarrador poema que
recoge todo el peso de esta tradición; se trata de Lamia. Aquí el mito de la mujer serpiente se sitúa en la Grecia clásica y la imposibilidad de los amantes se destaca como inexorable al final del texto. Lo blanco del mármol petrifica a los cuerpos y el hechizo se evapora
contra la dura realidad de lo imposible. El mundo que estos poemas van revelando es
el de los hálitos, el de las sombras y espectros que rodean al yo lírico que nos ofrece el
testimonio de su pérdida y el dolor eterno que ahora padece, ya sea como ánima en pena
o como cadáver sacrificado ante su pasión insatisfecha. Se trata de avivar el recuerdo,
de que la herida —lejos de cerrarse— consuma al desdichado. Si bien es cierto que se
presentifica el estado de imposibilidad de los amantes, lo que se pondera es el recuerdo,
la pena eterna e incesante que ha de condicionar y mermar hasta el extremo la vida del
“tenebroso, el viudo, el desdichado”, como cantara Gérard de Nerval en espléndida versión de Salvador Elizondo.
¿Pero qué nos falta para cerrar el arco que se ha dibujado en estos poemas?
***
“Mi ángel de la guarda, de mi dulce compañía.” El trapo o la bandera
con el que habla Elena encendida por el alcohol
que escurre entre las hojas de un papel corriente y amarillo que mis manos y mis dedos,
el reflejo del foco sobre el cristal de mis lentes, acompaña.
¿A quién, a Elena, a mi ángel de la guarda, a la soledad que se derrama en la piscina
de mi cuarto?
¿El frío —metálico y azul—,
tan lejos de mí, en una cajita de madera

25

�que me ve, acompaña, sin que Elena, mi ángel de la guarda, el camino entre los pinos,
el usurero de abajo, el vagabundo que cruza la calle, se enteren?
En esta habitación tan desprovista, tan solita, como diría de sí mismo Jaroslav Seifert
en un pisito de Praga, en los años ochenta, cuando esto que me rodea
ni siquiera asomaba con su paso de gallina, con sus alas plegadas y su mirada tan hueca,
con su cuerpo blanco y etéreo como una nubecilla en un rayo de luz
que no veo,
pero que aún hoy me es posible imaginar.

IV
Edgar Allan Poe en su Filosofía de la composición nos recuerda que no hay nada más profundamente poético que la muerte de una mujer joven y bella. El planto que ha de arder
por su pérdida y la obsesiva desesperación por no poder olvidarla. El cuervo se publica
en 1845 y su autor, junto con él, se introduce por la ventana de las principales literaturas
de Occidente.
Hace tiempo —gracias al consejo de mis alumnos, que agradezco— vi un episodio de
Los Simpson en el que se le rendía tributo al poema. Homero era el atribulado amante
que no podía dejar de pensar en su perdida Lenore (Marge), Bart era el cuervo que lo
atormentaba con su “Nunca más”, y todo se volvió amarillo como si la trama transcurriera dentro del sueño de un demonio estadounidense. Aquí me duelo de la magnífica
traducción de Ignacio Mariscal —al parecer la primera que se hizo en verso del poema
en lengua alguna— que omite esa línea de privilegio que Poe alcanzó a imaginar cuando
dice —en versión de Gómez Robelo—:
Y sus ojos, son los ojos de un demonio cuando sueña.

Poe escribiría:
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming

Edgar Allan Poe con El cuervo llegaba a un punto muy alto dentro de una tradición de
la literatura gótica que se valía del canto, de la pasión y nos presentificaba el mundo del
delirio, de la locura a lo largo de sus versos. La clave de la narratividad lírica del poema
la encontramos en la siguiente estrofa de la traducción de Ignacio Mariscal, la última que
él corrigiera, como nos advierte Balbino Dávalos en la edición que diera a la imprenta en
1911, en Madrid, de las Poesías de Ignacio Mariscal donde incluye, a manera de apéndice, sus traducciones.

�Asústome al oír tan pronta réplica,
Que ya no pareció casualidad:
“Tal vez —dije— la ciencia de este pájaro
Tiene esa voz por único caudal,
Y la aprendió de un loco o de una víctima
Del infortunio… ¡Mísero! Trovar
Quizá no pudo su canción monótona
Sin esa muletilla, y por final
De cada estrofa recalcó fatídico
Ese Jamás, jamás.”

Si convenimos que uno de los principales rasgos de modernidad es la crítica y la reflexión dentro de la pieza literaria; aquí se revela toda una geografía que nos define el
ars narrandi del poema. El cuervo es un “ángel exterminador” —como lo filmara Buñuel—, un emisario, un ángel de la conciencia amorosa que no permite el olvido y atenaza el recuerdo en el desdichado hasta acabar con él. Una vez que lo logra vuela a otra
ventana donde ha de encontrar a otro desdichado que se ha de ver presa de su fatídico
“jamás, jamás” que aprendió de un poema eterno y repetitivo, una rogativa sin fin y sin
salida que exige el recuerdo por los siglos de los siglos, amén. El cuervo, de Poe, construía
toda una escenografía que ya no habría de abandonarnos jamás.
La poesía narrativa, aquella que nos desmenuza un argumento por medio de una
trama pletórica de imágenes, metáforas y símiles; que utiliza ritmos, estribillos, encabalgamientos, silencios, versos de pie quebrado; que gusta de las introspecciones, retrospecciones y prospecciones; que erotiza todo aquello que nombra y presenta, había llegado
a una gran depuración y madurez con El cuervo, de Edgar Allan Poe. La traducción de
Ignacio Mariscal obedecía a una retórica posromántica a medio camino hacia otra retórica que vendría a brillar en manos de Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo unos
años más adelante. El cuervo, siendo un puerto de llegada de una larga tradición que se
remontaba a finales del siglo XVIII, en la lectura inusitada que hicieron de él sus traductores, se convirtió en punto de partida que habría de influir en la poesía de finales del
siglo XIX y principios del XX. El poema estaba ahí. Los traductores supieron reconocer
en él el espacio propicio donde levantar sus carpas. La de Ignacio Mariscal sigue no sólo
resistiendo, sino que nos incita a una lectura propiciatoria, a una tradición en marcha
que nos incluye, por qué no, a través de la inserción que llevó a cabo en la poética de
Ramón López Velarde, tal vez desde el simbolismo o, de manera más cercana, desde el
modernismo de Rubén Darío, por un lado, o de Leopoldo Lugones, por el otro, sin olvidar
el imaginario nocturno y agreste de Manuel José Othón. Son marcas de época, son los
dictados de la tribu que las antenas de la misma —los poetas— hacen resonar aquí y allá
de forma inédita y severa.

�***
La puerta, la pantalla del televisor.
A mi derecha una ventana,
la única ventana de la habitación.
El aire acondicionado trabaja todo el día,
no duerme;
está ahí sobre la ventana.
La ventana parece ser la protagonista del poema;
gracias a ella escucho todos los ruidos de la calle
que el aire acondicionado no logra sofocar.
Veo todo aquello que no está.
Lo que está es un paisaje muy discreto,
una calle de un solo sentido
con aceras muy angostas.
El paisaje termina cuando enciendo el televisor
o busco mis pantuflas debajo de la cama.
Durante los días que he estado aquí
siempre las he encontrado.
La puerta no se ha movido,
el televisor está apagado
y la taza del baño también se deja sentir
como los ruidos de los autos
que pasan por la calle
bajo mi ventana.
La única ventana de mi habitación.
Han pasado cuatro noches,
ésta será la quinta y última.
Terminé de leer una novela y un libro de poemas.
La novela parece que habla de mí, pero no es cierto;
el libro de poemas, no.
Nada se ha modificado
y ésta será mi última noche.
Hasta hoy no te he visto pasar bajo mi ventana.
Trataré de no dormir, de no distraerme con el sueño.
Sé que ésta es mi quinta noche,
y también sé que ésta es mi última oportunidad.

28

�***
Esta forma inédita y severa que vamos encontrando a lo largo de La sangre devota, y, no
se diga, en esa joya que es Zozobra, no se hizo de la noche a la mañana. Si leemos con
atención los poemas que conforman ese apartado de su obra que va de 1905 a 1912, y
constituyen sus “Primeras poesías”, encontraremos ese mundo nocturno lleno de hálitos
y almas en pena, de amadas que se marchitan o mueren, doncellas enfermas y pálidas
que agonizan entre suspiros y estertores. Por supuesto que hay poemas y versos que ya
han saldado las deudas con una retórica que obedece al estilo de una época, y percibimos
lo que será la letra inconfundible del autor. López Velarde es un adolescente que está
entre los 16 y 23 años, sus lecturas han poblado una geografía llena de adioses y finales
donde
nuestras cabezas
—flotan— sobre las aguas turbias del olvido.

El imaginario gótico de la poesía romántica alemana y sajona han permeado el tedio de
la poesía simbolista francesa. La morbidez, el cansancio, los amores raros, la desilusión,
lo otro, que aflorarán a principios del siglo XX, son colores de una paleta que el autor
de La sangre devota irá digiriendo y procesando hasta llegar a darle la justa expresión a
ese “mal absoluto”, a esa provincia que se expresará en ese punto donde la belleza y lo
terrible borran sus fronteras. Pienso en dos momentos que me conmueven. Uno, cuando
leo lo siguiente en el “Idilio salvaje”, que Othón fechó en 1904:
Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso!
¡Qué andar por entre ruinas y entre fosas!
¡A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!

El otro, cuando en 1915 López Velarde me detiene ante
un paisaje donde lo revelado hace que me duela el pensamiento:
Si vas dentro de mí, como una inerme
doncella por la zona devastada
en que ruge el pecado

Dos momentos que no admiten traducción.

Ramón López Velarde. La sangre devota. México: Ediciones Literarias, 1916.
CABU: FAR
PQ7297.L68 S35

�V
La “Noche rústica de Walpurgis” es uno de esos poemas que no nos sueltan. Los 22 sonetos que lo integran permanecen como grabados, como imágenes en blanco y negro sobre
una página que no termina de revelarse. Me acerco con cuidado.
Sube al agrio peñón, y oirás conmigo
lo que dicen las cosas en la noche.

Un escenario permeado por los aguafuertes del romanticismo, por sombras y figuras que
se difuminan, que sentimos, pero no vemos del todo. Presencias que se acercan y nos
rodean. Una naturaleza cuyos habitantes se desprenden del sueño para crear un paisaje,
una realidad donde la pesadilla establece su imperio. Contemplo la imagen que Julio
Ruelas hiciera para el poema. El árbol, en un extremo, lo cubre todo con sus ramas. De
ahí los frutos que se desprenden bajo su sombra. A un lado, el caminante y su perro; al
otro, la bruja y su macho cabrío, y en el centro un mundo pletórico, nutrido y disímbolo.
Los seres de un aquelarre que lo contiene todo, tanto la figura arrodillada que se duele
por la pérdida como el cuerpo tendido que, como un fruto podrido, nos presentan la escena. 22 sonetos que Ruelas supo leer desde la deslumbrante agudeza de una oscuridad
reveladora.
***
Villa Diodati aparece en la historia de la literatura. Se constelan sus protagonistas y sus
obras brillan. La mayoría llegó esa noche con un acervo que ya los presentaba, pero
otros habrían de partir precisamente de esa línea. Me recuerdo de niño oyendo historias
que me desasosegaban hechizándome con sus oscuros tentáculos. Cuentos, historias y
leyendas. Habitaciones donde nos reuníamos a contar pesadillas soñadas o por soñar.
Programas televisivos, películas que se veían desde la distancia de los cojines o desde
la algazara de un público aterrado y nervioso. Historias que no nos dejaban dormir.
Un universo que luego reencontraría en una colección de genio como es Corazón doble,
de Marcel Schwob. Me doy cuenta que pertenezco a una generación pregótica y dark.
Yo no lo sabía, pensaba que era parte de los plurales reinos de la infancia. Ésta, la mía,
transcurrió durante la segunda mitad del siglo XX y mis héroes y monstruos fueron los
de la Guerra Fría; sin embargo, si pongo atención, hay un siglo XIX que se me insinúa
permanentemente desde el brillo de sus espejuelos y bajo el ala de su sombrero en este
mórbido inicio del XXI. Cuánto no agradecer a Mary Shelley y al doctor Polidori, tutores
de un abigarrado imaginario. Un profuso imaginario repleto de vida. La poeta Lorine
Niedecker, en traducción de Natalia Carbajosa, deja caer una piedra sobre el estanque:

30

�¿Quién fue Mary Shelley?
¿Cuál era su apellido
de soltera?
Se fugó con el tal Shelley
a lomos de un burro
hasta tener que llevar el burro a cuestas.
Mary creó a Frankenstein
su ojo amarillo
antes de morir su esposo ahogado
Creó las noches de monstruos
tras Byron, Shelley
charlaba hasta agotar mecha y cabo.
¿Quién fue Mary Shelley?
Leía en griego e italiano
dio a luz un hijo
que murió
y luego otro hijo
que también murió.

Nace y crece en un lugar muy apartado. Los pantanos y las crecidas del río son parte
esencial del día a día. La madre entra en depresión y paulatinamente va perdiendo el
oído. El padre se aficiona a la bebida y decide llevar e instalar a su amante a unos metros
de la casa familiar. Los desplazamientos, los viajes, a la manera de Emily Dickinson y
Edith Södergran, no pierden de vista la cerca de la casa. La joven se entrega a la escritura, nunca la abandonará, y viaja a Nueva York donde se relaciona con algunos de los
principales poetas de su generación. Se embaraza, pero su amante, un joven poeta de
prestigio, le pide que aborte, y ella accede. Después, él se casa y tiene un hijo. Ella volcará su cariño a ese hijo que pudo ser el suyo, pero no lo fue. Le escribe una colección
de poemas que la pareja, los padres del niño, le impiden publicar. Ella regresa, pero en
realidad nunca ha salido de sus pantanos, de esas crecidas que la van acompañando
con su rumor y fuerza. Se emplea en lo que puede y estos trabajos terminan por borrar
su huella del mundillo literario. Se casa buscando compañía. El amor es otra esfera que
ella vuelca principalmente en su escritura. Su marido nada tiene que ver con el medio
literario. La quiere y acompaña. Su obra se publica a cuenta gotas, pero los lectores, sus
pocos lectores, le son fieles. La vida termina donde inició, pero la obra se abre paso. No es
muy conocida, pero tampoco desconocida. Un agente fronterizo, entre Canadá y los Estados Unidos, interroga a una poeta mexicana que ingresa al país; y en ese interrogatorio
descubren que comparten su interés y admiración por la obra de Lorine Niedecker. Yo
pienso en El Paso, en una cafetería de un hotel de tres estrellas donde se ofrece la cena a

31

�los invitados al Coloquio de Mexicanistas. En la plática de sobremesa aparece una mujer
rubia, alta y avejentada, cuya historia descansa en dos o tres capítulos donde apareció
de guardia en la telenovela General Hospital, que acompañó mi infancia como un río
lejano que alcanzaba a percibir cuando mi abuela, por las tardes, renunciaba a la siesta
y encendía el televisor. Wisconsin y una fotografía en la solapa de un libro de una Lorine
Niedecker con lentes, cabello corto, reloj de pulsera, blusa listada con un río detrás, ve a
otra parte, a una aduana entre Canadá y los Estados Unidos donde un guardia de frontera y una poeta mexicana sellan una complicidad que hoy evoco aquí.
***
Estoy leyendo un libro con notas a pie de página.
También contiene algunas fotografías del autor,
de su círculo más íntimo.
Del lado izquierdo, frente a la página del poema,
una fotografía de una mujer muy bella.
El poema se llama “Assia”
y me recuerda el arranque de otro poema
también dedicado a la muerte de una mujer.
Ese otro poema es de Ferreira Gullar
y se ubica muy lejos en una playa de Botafogo.
Assia era la amiga de Sylvia,
pero se enredó con el marido de ésta.
Durante el invierno
tuvo lugar la tragedia.
Sylvia murió, y Assia se casó con su marido y tuvo una hija de él.
Ted preparó la edición de la Poesía completa de Sylvia,
y Assia tradujo al inglés
varios poemas de Yehuda Amijái
que luego fueron reeditados en gran tiraje
en edición póstuma.
La traductora, junto con su hija, había muerto.
A mí me sorprendió la nota
y llamé a mi hija
que se encontraba en el interior de la casa
para contarle la historia.
Cuando salió al patio, donde yo me encontraba,
le dije: ve esta fotografía, ¿no te parece que es una mujer muy bella?

�Pues mira, ella es Assia, la esposa del poeta…
Me interrumpió, me dijo:
creí que era mamá.
Yo vi la foto, y le dije: sí, pero ella es Assia, la traductora de Yehuda Amijái.
Y le conté toda la historia hasta llegar a Cartas de cumpleaños.
Después ella se fue a recostar
y yo me quedé solo en el patio
viendo cómo la noche lo iba cubriendo todo.
Entré a la casa, encendí el foco,
y redacté esta nota
que no tiene poema qué explicar.
***
Me detengo y el reloj sale sobrando. Meses después de lo escrito contemplo la reiterada
y dura mirada a la que obliga Béla Tarr en su Caballo de Turín. Pero no sólo es la desolación, también una estética que me punza desde su cuidada y atendida construcción.
Sigo contemplando, y los meses pasan hasta que las horas se detienen ante un dique que,
paradójicamente, fluye en una muy lograda prosa gracias a la traducción de Ana Nuño.
Estoy ante El emperador de Portugalia, de Selma Lagerlöf. Esta circunvalación, este ir a
momentos y paisajes distintos donde se nos revela el abundante y cruel concierto de lo
desprovisto, me agudiza la vista, ese rastro del delirio al que me enfrenta Julio Ruelas en
este diálogo que sostuvo y sostiene con Manuel José Othón.
***
A través de la Revista Moderna (1898-1903) Julio Ruelas pobló el panorama de la literatura mexicana de cuervos, buitres y perros famélicos. Unicornios, mujeres-serpientes y
sátiros. Entre sus colaboradores el poeta Salvador Díaz Mirón, que por sus inclinaciones
políticas tuvo que exiliarse a Cuba donde, al parecer, fue maestro del niño Alejo Carpentier. Venustiano Carranza, siendo presidente de México, le permite el regreso a condición de que abandone toda actividad política. En su “Epístola joco-seria”, preámbulo
de Lascas (1901), leemos esa declaración de principios, esa poética que dice: “Forma es
fondo”. Tanto Díaz Mirón como Manuel José Othón leyeron a don Luis de Góngora. Lectores atentísimos de las “Soledades”, pero también, es obvio, sobre todo en Díaz Mirón,
de las “Letrillas”. El parnasianismo mexicano mostraba su veta romántica byroniana,
pero también su gusto por la poesía latina; en especial el epigrama y las elegías de atmósfera bucólica. López Velarde no fue ajeno a la seducción gongorina. Tenía muy cerca
a los maestros. La “Suave Patria” arranca con un homenaje a Virgilio. La sangre devota,
por otra parte, está dedicada a Manuel Gutiérrez Nájera y a Manuel José Othón, pero la
portada le pertenece a Saturnino Herrán, quien fuera alumno de Julio Ruelas. La oscuri-

�dad no desaparece, “las cosas en la noche” siguen hablando, pero su dictado es otro. Las
calaveras han encarnado y la pesadilla muda de cuerpo. La noche, con sus territorios
donde domina el misterio, ha sido asaltada por la duermevela del deseo. Es un rostro
femenino, una joven cubierta por un rebozo quien nos mira. Detrás de ella, la torre de
una iglesia. Los velos y el “luto ceremonioso” dan paso a los rebozos y mantones. Las miradas son inquietantes. Los cuerpos se cubren, pero a la vez se descubren, se desnudan
y revelan en una carnalidad que acecha y seduce. El mundo oscuro, irónico y mordaz de
Julio Ruelas cede ante una mirada rendida a los contradictorios encantos del deseo, a las
miradas y rostros, a los hombros y brazos desnudos, a una sexualidad que eclosionará
en la pintura de Saturnino Herrán. El diálogo sostenido por Julio Ruelas y Manuel José
Othón continúa en Ramón López Velarde y Saturnino Herrán. Una estética que evidencia
una Belle Époque sumamente propositiva en la lírica y el arte que será piedra angular de
la modernidad en México. Pero cuyos protagonistas no escapan a
…una íntima tristeza reaccionaria
adversa a los tiempos políticos que se iban imponiendo.

VI
Varios senderos se bifurcan. Zozobra es un libro mayor. Los poemas que lo integran
denotan una madurez que podemos percibir en su imaginario, en la perspectiva de lo
contemplado, en la adjetivación que lo trastoca y trastorna todo, en el ritmo que permea
la expresión conseguida tanto en sus compases melódicos como en sus fugas rítmicas. La
contundencia de las historias, sus límites, fronteras y picos de intensidad. Los patrones,
las reiteraciones de un universo lírico sumamente concreto y presentificado. Su espacio
escénico y los fantasmas que lo habitan. Me atrevo a decir que La sangre devota de 1916,
ya que no sufrió ninguna modificación como nos revela su autor, no sólo es el libro que
antecede a Zozobra, sino que habita y se prolonga, se recoge y desarrolla —sumamente
decantado—, en el universo poético de este último. En el poema “Todo…” encontramos
versos que nos maravillan por su sapiencia:
vivo la formidable
vida de todas y de todos

Pero casi de manera inmediata cierra el poema con aquellos versos con los que Octavio
Paz, en 1963, también cerrara su espléndido ensayo “El camino de la pasión”, dedicado a
la poética de Ramón López Velarde. Los versos son los siguientes:
con la ignorancia de la nieve
y la sabiduría del jacinto.

34

Vuelvo al “jardín de senderos que se bifurcan”.

�Un tópico en la crítica lopezvelardeana es señalar la influencia del poeta Jules Laforgue.
Este joven poeta que murió a los 27 años y que fuera celebrado por Pound y Eliot, escribió poemas donde lo musical dictaba el germen y desarrollo del texto. Aliteraciones,
rimas internas, juegos de ecos y espejos rítmicos provocaron una sintaxis peculiar, un
narrar —en el poema— que alcanzaba a veces las playas del sinsentido o del Nonsense
que se dio en la poesía inglesa de la época. La referencia es Lewis Carroll, obviamente
llevada al extremo con toda conciencia. Sin embargo, en los últimos poemas de Laforgue
encontramos una mano izquierda más firme en el manejo de la rienda. Los poemas se
amarran, por decirlo así, y potencian una perspectiva más densa y aguda del mundo
que nombran y presentifican. Pienso en los primeros versos de sus “Letanías de mi triste
corazón”:
Mi corazón, ahíto ya de todo, es una vieja y fúnebre carroza
que a la nada conducen caballos de la niebla.

La traducción es de Patricio Bulnes. Ahora voy a ese intenso momento de “Para el cenzontle impávido…” de Zozobra:
		

que la dicha de amar es un galope

del corazón sin brida, por el desfiladero
de la muerte.

López Velarde viene de regreso. Su universo poético, su provincia o “mal absoluto” se
materializa en un “territorio interior” que no admite la menor concesión; ya que pocos
años más tarde, en 1921, en un poema póstumo, como el citado de Laforgue:
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.

Pero ¿quién aparece resucitada? Hay un poema —otro— de Jules Laforgue que pudiera
darnos indicios, claves que vendrían a explicar el tono y la textura del “edén subvertido”,
los remordimientos que impulsan “el viudo oscilar del trapecio”, esa tremenda sexualidad que estalla entre los pliegues azul y blanco de la pureza femenina representada en
la virgen María, como escribió en un lúcido ensayo Hugo Gutiérrez Vega. Esa imaginería
que no se cansa de evocar “una nave en penumbras” o “el ceremonioso luto” que cubre
a los cuerpos femeninos. El incienso y la música que emanan de la lectura del devocionario es un sendero que lleva a la parte soleada del jardín. Pero está el otro sendero que
conduce a la parte sombreada, oscura, que no se ve, pero se imagina (esto del jardín es
un rendido homenaje a Oscar Wilde). En vano la vida pudo ser otra. Sin embargo, no se

35

�renuncia a esa posibilidad que se sabe perdida. El paraíso —bien sabemos— siempre
está perdido, no se puede volver a él sencillamente porque es demasiado tarde. Escribe
Jules Laforgue:
hubiera orlado de rubíes y de ópalos
el relicario donde la Madona de radiantes vestidos
uniendo con fervor sus finas manos pálidas,
eleva al cielo tan dolientemente sus ojos azules.

El poema, que ha traducido Patricio Bulnes y del que hemos citado sus últimos versos,
lleva por título “Demasiado tarde”, y este acicate inflama la hoguera donde arde el imaginario lopezvelardeano; por eso al final de Zozobra leemos estos últimos versos que
cierran el libro:
Todo está de rodillas
y en el polvo las frentes;
mi vida es la amapola
pasional, y su tallo
doblégase efusivo
para morir debajo de tus ruedas.

Pero al morir también cerraba el edén subvertido y surgían los fantasmas, la prima “con
un gesto de estatua” y Genoveva, representada en su “húmedo corpiño”, que ya no baila
“arriba del tejado.” Se cerraba un ciclo, pero no una vida. Aún quedaban dos años
con la vista en el cielo y la antorcha en las fauces!

Luego, llegarían Álvaro Obregón y José Vasconcelos, y con ellos un suntuoso entierro
pagado por el Estado mexicano.

VII
Hace muchos años, a mediados de los ochenta, mi padre necesitaba —bajo prescripción
médica— comprometerse con una rutina diaria de ejercicios. En Tecate el clima, durante
la mayor parte del año, suele ir de frío a tibio, con excepción de julio y agosto. Mi hermano Armando, un joven adolescente por esos años, tenía como proyecto someterse a una
férrea rutina de ejercicios para fortalecer su cuerpo. La complicidad entre padre e hijo
dio por resultado un gimnasio que montaron en el patio de atrás bajo un inmenso y frondoso árbol que también dio cobijo a mis fiestas de cumpleaños a lo largo de la década de
los sesenta (el árbol, es una pena, murió recientemente). Años después —muchos— leí
La lentitud de los bueyes. Memoria de la nieve, de Julio Llamazares. También hice un viaje

�en 2014 de Granada a León por carretera. Entre Madrid y León pasé por la región que
rodea al poblado de Llamazares. Sus ríos, sus campos, los árboles y el viento, y un cielo
pesado y plomizo que lo cubría todo. Antes de salir de España, rumbo a México, en una
comida con Jesús Munárriz, editor de Hiperión, éste me obsequió la edición de la poesía
completa de Llamazares, misma que leí a mi regreso. Hasta aquí tenemos dos piezas de
un rompecabezas. Nos falta la tercera.
A partir de los años setenta, pero con especial énfasis en los ochenta, empezaron a
circular ediciones populares de la poesía de Ramón López Velarde. La de Lecturas Mexicanas en 1983, y la de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica con el ensayo de Paz a manera de prólogo, en 1987. El corpus de la poesía lopezvelardeana suele
dividirse en los siguientes apartados: “Primeras poesías (1905-1912)”, La sangre devota
(1916), Zozobra (1919) y “El son del corazón (1919-1921: 1932)” donde se incluye, obviamente, la “Suave Patria” que —como todos sabemos—, está fechada en abril de 1921. Ya
con las piezas completas podemos armar el rompecabezas.
Mi padre nunca fue del todo constante en sus ejercicios y poco a poco se fue alejando
del gimnasio. Mi hermano Armando se casó y se mudó a la ciudad de Tijuana. Actualmente es un devoto del acondicionamiento físico. Mi abuelo murió y su casa fue ocupada
por mi hermano Manolo, por su familia. Había que desalojar la casa y el gimnasio, entre
pesas y sofisticados aparatos, se convirtió en bodega, en un inmenso cuarto de triques.
Al leer de nuevo, en 2014, la poesía de Julio Llamazares, me quedé perplejo porque
ahora los poemas tenían una realidad física que complementaban ese espacio vacío que
el lector debe llenar. No es que no hiciera mío ese “territorio interior” que aparecía al
leer los poemas, sino que ahora, que conocía el paisaje que había sido leído y, por qué no,
traducido por el autor, un ejercicio de placer se sumaba a mi dinámica, un círculo en mi
imaginario se cerraba. Me había inventado una complicidad mayor. Aquella geografía
que había visto en mi viaje por carretera ahora la podía contemplar en mi lectura.
Durante la década de los ochenta fue creciendo mi admiración por la poesía de Ramón López Velarde. A principios de 1987, previo al aniversario de su natalicio, di una
conferencia sobre su poesía —la primera— en el Ex Convento del Carmen, en Guadalajara, Jalisco. Otra, al año siguiente, en la ciudad de Tucson, Arizona, ante los miembros de
la asociación de charros de esa ciudad. Intensifiqué mis visitas a la ciudad de Zacatecas
y a Jerez. Mi devoción por el paisaje entre Monterrey y Zacatecas se asentó. Mi emoción
cuando atisbo la tierra colorada sigue manifestándose en mayúsculas, y no se diga de los
amigos que ahí tengo. Un privilegio de mi historia sentimental.
Estos primeros acercamientos a la obra de Ramón López Velarde los publiqué en 1997
bajo el título de “Los fantasmas de la pasión”. Hace un año, en 2018, leí un texto sobre
nuestro poeta que titulé “Dimensiones alcanzadas”, y que bien puede leerse como una
primera parte de este otro. Pero pese a la devoción, a la lectura constante de esta poética,
a la intertextualidad o rendidos homenajes en mi propia obra de creación hacia la obra

�de Ramón López Velarde, a mis botines que he comprado en reiteradas ocasiones en Jerez, aún falta colocar la última ficha para dar por terminado el juego.
***
Esto quisiera ser un poema, un relato o el comienzo de una novela.
El poderoso principio
que da pie al primer acto o la firme descripción de un personaje
que se irá imponiendo en la vida de sus lectores. Esto quisiera ser muchas cosas:
un lago entre montañas, las altas torres de una ciudad,
el rostro que nos busca entre la belleza y el misterio,
la escena donde la caída de la nieve se suspende y se da paso al momento decisivo,
ese momento que todo lo habrá de cambiar: un parteaguas, un antes y un después
que hará que nuestros ojos se humedezcan y nos tiemble —casi imperceptiblemente— la
voz.
Pero no, esta página, que como diría un poeta brasileño, estaba destinada a mejor suerte,
no sufrió los rigores de un naufragio, nadie tuvo que decidir
entre salvar a una muchacha de entre las enfurecidas aguas del mar Índico
o mantener en alto el manuscrito que habría de otorgar gloria a nuestra lengua y a
nosotros
—sus autores— con ella. No está marcada por un acto heroico,
no le tocó narrar o celebrar la victoria de un pueblo, no recogió la memoria
de ese momento,
de ese grande momento, que nos deja mudos, de frente, sin ninguna concesión,
ante la historia.
En realidad, quisiera en esta página poder darle la vuelta al fin de semana, abrir una
puerta,
o salir caminando como hace veinte años, o mejor todavía, corriendo, sin un punto
a dónde llegar;
sólo corriendo a la orilla de una carretera viendo los árboles, las flores, los rostros
de algunos conductores,
pensando como las nubes en el cielo que hacen y deshacen figuras, se agrupan, se
adensan,
pero basta una corriente, un cambio de dirección, un súbito movimiento
y ya estás en otro punto al igual que las nubes que nos van cambiando el rostro del cielo.

38

Sería muy pretencioso intentar un bosquejo, una acuarela, del rostro del cielo.
Hay batallas de ángeles y demonios que han sido cantadas con un dominio absoluto,

�viajes al más allá donde ciertos objetos y rituales acompañan el valor de los viajeros;
otros no se mueven, permanecen de pie atentos a una voz que lo va coloreando todo
(distinguimos una gama, un abanico que prefigura arquitecturas
donde las mañanas se confunden con las tardes y las tardes con las noches,
pero siempre sabemos a qué atenernos),
pero este colorido, estas pinturas que vemos en los rincones, al abrir la puerta
para cambiarle el agua a los perros,
se da en una atmósfera como la de esos poemas breves
que leemos uno tras otro y, al cerrar el libro, nos percatamos que seguimos bajo la lámpara
de siempre.
Estar bajo la lámpara de siempre o tener conciencia de ello nos acerca a la posibilidad
de poder intentar captar el rostro cambiante del cielo, o al menos
aproximarnos.
Pero la tierra y el fin de semana son exigentes. Las cosas menudas se imponen,
los pendientes salen de sus habitaciones y se pasean por la sala,
van dejando su rastro por todas partes. López Velarde hablaba de sus húmedas cabelleras
y temblaba por las ansias que lo acercaban al rostro del cielo.
Hoy amaneció con un poco de frío,
el día un tanto nublado y las flores de la buganvilia que se ha trepado al trueno,
que tengo frente a mi ventana,
logran un soberbio contraste sobre el fondo oscuro. El oscuro no es tan oscuro,
el frío apenas se siente, pero las flores, que no tienen conciencia de todo esto,
que no se saben parte del pequeño paisaje que se dibuja tras mi ventana, se imponen,
son las verdaderas protagonistas de esta página que no alcanzó los propósitos deseados,
que no fue la joya que debía brillar más allá de mi circunstancia, y que da razón
—precisamente—, de eso, de mi circunstancia,
de ese cromatismo que va del baño al lecho
a volcar sus fatuas cabelleras, y que hoy, en este fin de semana, las flores de la buganvilia
que se recortan en el marco de la ventana de una mañana un tanto fría y oscura,
me han subrayado las cosas que pueblan mi vida y que, sin mucha conciencia,
me acercan al cielo.

VIII
El gimnasio de la casa de mis padres cayó en un completo abandono. Un día amaneció
sin los aluminios de los marcos de las ventanas y de las puertas corredizas, no se diga los
cristales. Las inclemencias del clima y varios huéspedes furtivos fueron diezmando los
aparatos y las pesas. Las instalaciones desaparecieron, y un día, por razones de estricta

39

�seguridad, junto con el inmenso árbol que amenazaba con demoler la casa, fueron borrados del paisaje familiar. Sin embargo, meses antes de que esto ocurriera, mi curiosidad
me llevó a husmear las valijas que aún quedaban de la casa de mis abuelos. Ropa, suéteres, bufandas, abrigos apolillados, sombreros, documentos, papeles y más papeles, algunas boinas de lana y un álbum fotográfico de hojas de cartón negras. El álbum lo rescaté.
Se trata de fotografías de mis abuelos. En realidad, se trata de fotografías de jóvenes entre
los veinticinco y treinta años que se divierten a caballo, en la playa, en la plaza. Que igual
posan en un malecón rodeados de amigos o en una estación de ferrocarril, cruzando una
calle, en un día de campo junto con sus hermanos y hermanas. Fuera de mis abuelos, de
los padres de mi madre que por esas fechas ni en sueños aparecía, de dos tías abuelas
que conocí de niño ya instaladas en la tercera edad en un departamento de la ciudad
de San Diego, en la calle Washington del centro (esto lo escribo en la calle Washington
del centro, pero de la ciudad de Monterrey, y muy cerca, cada vez más, de la órbita “impecable y diamantina” de mis tías abuelas), pero lo que encontraba y sigo encontrando
en esas fotografías son jóvenes sonrientes y divertidos, sumamente despreocupados y
con toda la vida por delante. La fecha del álbum, la última pieza del rompecabezas o
la mula del dominó que viene a cerrar el juego y darle sentido a todo esto, es 1921, y
de pronto
convertirse al mundo veo
en un enamorado mausoleo…

Es muy peligroso, y quizá hasta perverso, renunciar a los regalos que los dioses nos ofrecen. Ramón López Velarde nos ha dejado un libro ejemplar: Zozobra, y poemas que nos
marcan derroteros de una sentimentalidad que ya es nuestra. Ahora que reviso estas fotografías de estos jóvenes que un día serán los padres de mi madre y otro, mis abuelos, la
lente está conformada de imágenes que me hacen contemplar una verdad y un silencio,
una estética y una razón del corazón que es nuestra. Veo a mi abuela, una joven de sombrero con estola que ve a la cámara con una sonrisa discreta y audaz, al lado de ella mi
tía Chalita muy, pero muy joven, con un gato en brazos; y lo que contemplo es esa estrofa
de “La ascensión y la asunción” que dice:
Dios, que me ve que sin mujer no atino
en lo pequeño ni en lo grande, diome
de ángel guardián un ángel femenino.

Al hojear el álbum soy presa de un hechizo, de una fascinación que me despoja y expone,

40

me suspende en un estado de emocionante lucidez

�Porque ha de llegar un ventarrón
color de tinta abriendo tu balcón.
Déjalo que trastorne tus papeles,
tus novenas, tus ropas, y que apague
la santidad de tus lámparas fieles…

Es verdad que mi abuelo escribía novelas tremebundas que nunca alcanzó a publicar;
que éstas seguían los dictados de las novelitas galantes que circularon a finales del siglo
XIX y principios del XX; que su imaginario seguía los dictados de esos amores inapropiados donde los cuerpos de mármol cantados por Efrén Rebolledo mostraban senos túrgidos y erectos, caderas amplias, muslos rollizos e inclinaciones lésbicas en sus protagonistas. La forma seguía los cauces de lo ensayado y los temas y situaciones, los argumentos y
tramas, un exceso que le daba la vuelta a un realismo que ya nos lo había ofrecido todo.
Sin embargo, y pese a ello, cuando leo la prosa de Manuel Gutiérrez Nájera, sus crónicas y cuentos, hay giros, frases y palabras, atmósferas, tonos y sabores que no me son
desconocidos ni lejanos, que forman parte de un mundo que mis abuelos me legaron y
que reconozco como propio. No supe si mi abuelo alcanzó a leer a Ramón López Velarde,
pero Darío y Nervo sí estaban en su librero. Lecturas que me abonaron el camino —mi
camino— para descubrir, mucho tiempo más tarde, la poética de Ramón López Velarde;
y este álbum familiar que rescaté entre ruinas de un tiempo que aparentemente no era
el mío, me ofrece ahora una onda de contemporaneidad con la obra de uno de los más
altos poetas de la lírica hispanoamericana.
(2019)

Ilustración de Julio Prieto, tomada de Ramón López Velarde, El león y la virgen,
México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1942.

�Mal de l ibros
Recursos Digitales Abiertos UANL (rediab uanl)*
Leticia Garza Moreno y Dagoberto Salas Zendejo

E

n este día tan importante para quienes trabajamos entre libros, queremos platicar cómo fue creado el instrumento Rediab UANL y en qué consiste. Surgió como
un proyecto de colaboración entre la Dirección de Tecnologías de Información y

la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, en el que comenzamos a trabajar en marzo
del año pasado, y fue hasta diciembre del mismo año que fue instalada la página web:
https://rediab.uanl.mx/
Sabemos que en la Universidad Autónoma de Nuevo León existen diferentes servicios
de información ofrecidos por medio de Internet, bajo la filosofía de Open Access, a través
de repositorios o sistemas de gestión editorial para revistas, libros, tesis; como la Colección Digital, Repositorio Institucional, Revistas UANL y Libros UANL, más los de nueva
creación. El problema de tener estos sistemas individuales repercute en las bibliotecas
de la Universidad, ya que tienen que capacitar a los alumnos y usuarios externos para
saber utilizar los diferentes sistemas de información, porque tienen que buscar ésta de
un sistema a otro. Por lo que estas dos dependencias universitarias planeamos y desarrollamos una solución eficaz implementando un metabuscador que realiza búsquedas
en todos esos sistemas y muestra los resultados en una sola pantalla. Esto se ajusta a la
nueva Estrategia Digital de la UANL, ya que facilita el trabajo a los estudiantes, maestros,
investigadores y al público en general, sin tener que salir de casa.
Así, con el Rediab podrán tener un portal fácil de usar en dispositivos móviles que
realice búsquedas en los diferentes sistemas de información ya mencionados, en los que
los resultados tienen filtros que permiten seleccionar colecciones, tipo de documento o
año de publicación, y esos resultados obtenidos se pueden imprimir o enviar por correo.
Además, tiene la opción de cambiar el idioma de la interface y cuenta con una sección de comentarios para obtener retroalimentación por parte de los usuarios. Facilita
búsquedas de material electrónico, como libros, revistas, tesis, en los sistemas de gestión
editorial de la UANL, a través de una búsqueda avanzada que permite examinar información en diferentes campos y delimitarla con ciertos parámetros.
Para los que administramos el Rediab UANL, éste nos permite concentrar en un 100%
todos los sistemas de gestión editorial de la UANL que contienen el Protocolo OAI-PMH

42

Texto leído en el evento anual del Día Internacional del Libro de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, realizado en colaboración con la Dirección
de Tecnologías de Información, que fue transmitido el 23 de abril de 2021 a través de la red social de este recinto.

*

�(Iniciativa de Archivos Abiertos – Protocolo para la Recolección de Metadatos), el cual es
utilizado para la transmisión de metadatos en Internet, también podemos generar reportes de estadísticas del uso del sistema y realizar la carga de información en un 100%
de los repositorios institucionales y de la Colección Digital que contienen este protocolo.
Además, cabe mencionar que el personal de Servicios al Público de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria elaboró un tutorial sobre el uso de Rediab para el Facebook
de este recinto, que se puede consultar con el hashtag #ServiciosBibliotecarios.
Esperamos que esta herramienta les sea de utilidad, y qué mejor que hoy en el Día
Internacional del Libro puedan tener acceso a miles de ellos con un solo clic.

Dagoberto Salas Zendejo, coordinador del Sistema de Administración de Bibliotecas Códice y de Rediab de la Dirección de Tecnologías de Información
de la UANL; y Leticia Garza Moreno, Jefa de Servicios al Público de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la UANL.

43

�Ser como dioses*
Felipe Garrido

M

il gracias a la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria; a su director, el poeta José Javier Villarreal; a los amigos de la Universidad Autónoma de Nuevo
León; por esta oportunidad de compartir con todos ellos y con el universo de

terrícolas al que nos permiten convocar los medios de comunicación actuales unos minutos de este día, 23 de abril, en que celebramos a los libros y a las bibliotecas.
***
En cierta ocasión escuché decir a un biólogo eminente, miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, excepcional rector de la UNAM, a don José Sarukhán,
que toda escuela, toda universidad, toda institución educativa debía ser antes que nada
una gran biblioteca; es decir, hoy en día, un gran centro de acopio y de información
que, además de libros, guarde todas las demás opciones de saber que nos han dado las
nuevas tecnologías; una gran biblioteca que se encuentre conectada con las aulas que
hagan falta para contener a sus alumnos. Y que sea el corazón de esa empresa formativa.
El sitio más concurrido por alumnos y maestros y trabajadores. Una fuente central de
energía y de inspiración. Un territorio de luz y de calor que nos dé los recursos que nos
hacen falta para protegernos y para vencer a nuestros enemigos ancestrales: la pobreza,
la enfermedad, las infinitas formas del mal. Sobre todo, porque esto es la causa principal
de nuestras catástrofes: la ignorancia y la simulación.
***
Insisto: es un alto honor y un gesto de amistad que mucho agradezco, el que se me haya
concedido la ocasión de estar ahora con ustedes, congregados todos en torno a la lectura
y la escritura, a los libros y todos los demás instrumentos de lectura con que ahora contamos, movidos por ese sentimiento de alivio y ciega esperanza con que, en una noche de
tormenta, uno se aproxima al luminoso optimismo de una hoguera que crepita oscuras
fórmulas de consuelo.
Pues, ya lo dije, esto son los libros y todas las demás formas de conservar palabras e
información. Son fogatas. Luminarias. Antorchas. Cirios. Veladoras. Faros. Faroles. Anafres. Lámparas votivas. La brasa del tabaco. Uno puede ver de esa manera una biblioteca,
una librería, los estantes donde atesoramos en casa los libros que tenemos. Un campo
sembrado de fuegos.

44

Conferencia leída en el evento del Día Internacional del Libro, transmitida el 23 de abril de 2021 en el Facebook de la Capilla Alfonsina Biblioteca
Universitaria.

*

�***
Yo conocí los libros digitales, en su forma más primitiva, en la FIL de Guadalajara, en
1989. Eran tres maquinitas. Las traía Franklin Electronics, parecían calculadoras de escritorio, y las tres juntas resumían lo que es una cultura, lo que es la civilización.
Había una Biblia, que es como decir que allí estaba la esfera del espíritu y la historia.
Había unas obras completas de Shakespeare, lo que era igual que tener en las manos el
atribulado corazón del hombre. Y había, por último, un diccionario, que era lo mismo
que estar en la biblioteca de Babel; tener enfrente no sólo todo lo que se ha dicho y escrito, sino todo lo que algún día futuro se dirá y se escribirá.
Eran los libros más estorbosos del mundo, pero todos sabíamos lo que iba a pasar con
ellos. Si en ese momento cada uno pesaba más de dos kilos y era imposible llevárselos a
la cama ni al avión, ahora cada uno de nosotros trae en el bolsillo máquinas que ponen a
nuestro alcance más libros de los que podremos leer en toda nuestra vida.
Un instrumento digital puede hospedar a cualquier libro, mapa, catálogo, revista,
diario… Ésa es su mayor ventaja. Pueden poner en nuestras manos todo lo que se haya
publicado o meramente escrito. En cambio, un libro, un volumen concreto, es un individuo, un ser único; no hay manera de que se convierta en otro. Y ésa es su mayor ventaja.
El ejemplar de La feria que Juan José Arreola me regaló en su casa de Zapotlán el
Grande es mucho más que las palabras que lo forman. El Quijote que, apenas adolescente, recibí de mi padre, me lo devuelve. En mis cinco tomos de la Historia de la ciencia en
México, obra monumental de Elías Trabulse, están no sólo sus sabias palabras, las ilustraciones y los textos que recoge, el excepcional diseño que le dio Rafael López Castro...
están además las muchas horas que los tres pusimos planeando y realizando el libro,
más el trabajo de linotipistas, formadores y correctores, más el de sus impresores y encuadernadores, todos ellos amigos que vuelven a acompañarme cada vez que regreso a
sus páginas en busca de luz y de calor.
Está claro que he vuelto al fuego. Vuelvo a ver, en los miles de volúmenes que nos
rodean aquí, en esta colosal biblioteca, desde el fugaz resplandor del cerillo que se extingue apenas se enciende, hasta la piedra vuelta brasa en la lava y la zarza inextinguible
desde la que nos habla el espíritu.
El dominio del fuego es un parteaguas en la historia del hombre y las antiguas culturas imaginaron mitos que cuentan cómo sus antepasados lograron robarlo a los dioses, siempre temerosos de sus creaturas. Para los zapotecas, en los valles de Oaxaca, el
humilde tlacuache metió la cola en una hoguera y salió corriendo con el rabo en llamas
para llevarles el fuego; de ahí que su cola no tenga ya pelos y sea de color cenizo. Para
los sapai, de las selvas brasileñas, Kumafari el Joven hundió los brazos en la tierra y dejó
que de ellos brotaran dos arbustos para engañar al zopilote y quitarle un tizón divino del
que nunca se desprendía. Un titán, Prometeo, desafió a los dioses para poner el fuego en
manos de los antiguos griegos.

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�Pero yo sé que estos mitos disfrazan un robo mayor. No es el poder sobre el fuego lo
que realmente acerca a las mujeres y a los hombres a la naturaleza divina. Lo que en
verdad nos confiere la capacidad de crear, lo que nos hace semejantes a los dioses, es el
lenguaje, y en especial la escritura, que nos permite trascender el espacio y el tiempo y
acumular experiencias, sueños, conocimientos, creencias, leyes, divagaciones.
La escritura, que es tan antigua como el lenguaje. No, por supuesto, la escritura alfabética, sino formas anteriores de hacer visibles las palabras. Pues en eso consiste escribir: en sacar de nuestro interior lo que sabemos, lo que esperamos, lo que imaginamos,
y objetivarlo fuera de nosotros en la piedra, el barro, el papel, un archivo electrónico.
Los libros son objetos únicos.
Los portadores de textos son proteicos, pueden albergar cualquier forma de manifestarnos y de expresarnos con palabras y con imágenes.
Unos y otros, todas las que son y las que serán posibles formas de interconectarlos
deben ser aprovechadas.
Durante el tiempo en que los hacemos nuestros y cada vez que volvemos a ellos en la
memoria, los textos que leemos y los que recordamos nos ponen en el trance de crear;
nos acercan a la naturaleza divina; nos hacen dioses.

El escritor mexicano Felipe Garrido durante la lectura de su conferencia en el Día Internacional del Libro 2021t

46

�Ga jo de cielo
El retorno maléfico
Ramón López Velarde

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.
Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.
Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.
Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: “¿Qué es eso?”
Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

47

�Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañábase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.
Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrica ubre prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que al párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita…
…Y una íntima tristeza reaccionaria.

48

�El oro de los t igr e s
Geo Bogza nació en Blejoi, comunidad del condado de Prahova, Rumania, en 1908. Fue
poeta, teórico y periodista. Entre sus obras más destacadas se encuentran Urmuz, Jurnal
de sex, Ioana Maria: 17 poeme, Cântec de revolta, de dragoste ᶊi de moarte. Murió en Bucarest en septiembre de 1993. La traducción directa del rumano es del poeta Omar Lara,
amigo de esta biblioteca y a quien recordamos tras su lamentable y reciente fallecimiento.

Canto de rebeldía, de amor y de muerte
Geo Bogza
Traducción de Omar Lara

VII
Virgen amarilla pariente de todos los desastres del amor,
así como las noches de insomnio son parientes de las epidemias del suicidio,
virgen amarilla con muslos deslumbrantes, con muslos como un embriagador juego de
artificios,
virgen amarila con las rodillas como un país de hielo, como un país de llamas,
con la sonrisa como un enviado de la fatalidad, como un comenta que trae el fin del mundo,
virgen amarilla —corazón mío— con la sonrisa como una carabela incendiada, como una
radiografía de la inutilidad, como una carabela incendiada.

�Fósf oro
Rodrigo Alvarado

Dirección: Kelly Reichardt Guion: Kelly Reichardt, Jonathan Raymond
Fotografía: Christopher Blauvelt Música: William Tyler Año: 2019
País: Estados Unidos Duración: 122 min

First Cow
Adaptación de la novela The Half-Life, de Jonathan Raymond, colaborador habitual de
la cineasta estadounidense Kelly Reichardt. La historia está situada en la primera mitad
del siglo XIX en Oregon, en una ruta dedicada al comercio de pieles. Cookie, un cocinero
de un grupo de cazadores, conoce a King-Lu, un inmigrante chino perseguido por una
banda de rusos, a quien ayuda a ocultarse. El filme, como apunta su directora, aborda,
en pocas palabras, la trama de estos dos hombres y la primera vaca llegada al territorio.
Ambos, en busca de hacer fortuna, deciden robar leche durante la noche para iniciar un
modesto negocio de repostería.
La película se instala en el reverso del western y nos implica con personajes secundarios de la gran narrativa del sueño americano. Durante la primera parte, Reichardt
presenta los vínculos afectivos por medio de las tareas domésticas que, alejadas de la
violencia del héroe del Lejano Oeste, apunta hacia un paradigma soterrado de la masculinidad, justo como el desenlace de los dos protagonistas.
El sencillo relato de la amistad entre dos varones, expuesto con la quietud y melancolía del paisaje, cuela una profunda crítica al mito del hombre meritocrático y sus victorias, ya que, retomando aquella famosa frase de Balzac, detrás de una gran fortuna hay
un gran crimen. Sin embargo, para los personajes de la historia de Jonathan Raymond,

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no es ni lo uno ni lo otro, se trata del fracaso de estos hombres en busca de fortuna y
felicidad. Una historia de dos soledades que ansían fraternidad en tierra extraña.

�En tr e L ibro s
Este número de Interfolia destaca el trabajo poético de Ramón López Velarde, razón por la cual incluimos
un registro de las obras del poeta zacatecano que la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria resguarda en
sus distintos acervos documentales.

4 Ramón López Velarde. Antología. Selección y prólogo de Wilberto L. Cantón. México,
Secretaría de Educación Pública, 1949.
CABU: FAR y FL
PQ7297.L68 A17 1949

4 Ramón López Velarde. El don de febrero y otras prosas. Prólogo y recopilación de Elena
Molina Ortega. México: Imprenta Universitaria, 1952.
CABU: FL y FAR
PQ7297.L68 D6

4 Ramón López Velarde. Don de febrero. Prólogo de Marco Antonio Campos. Zacatecas:
Gobierno del Estado de Zacatecas, Universidad Autónoma de Zacatecas, Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, Factoría Ediciones, 2002.
CABU: FMMYJJV
PQ7297.L68 D6 2002

4 Ramón López Velarde. El león y la virgen. México: Universidad Nacional Autónoma de
México, 1942.
CABU: FAR y FL
PQ7297.L68 L4

4 Ramón López Velarde. El minutero. México: Imprenta Murguía, 1923.
CABU: FL
PQ7297,L68 M5

4 Ramón López Velarde. El minutero. Prólogo de Marco Antonio Campos. Zacatecas: Gobierno del Estado de Zacatecas, Universidad Autónoma de Zacatecas, Instituto Zacatecano
de Cultura “Ramón López Velarde”, Factoría Ediciones, 2001.
CABU: FMMYJJV
PQ7297.L68 M5 2001

4 Ramón López Velarde. Novedad de la patria. Explicado por Felipe Garrido. México:
Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2009.
CABU: FL
PQ7297.L68 A 2009

4 Ramón López Velarde. Obra poética. Edición crítica, José Luis Martínez. Madrid:
ALLCA XX, Fondo de Cultura Económica, 1998.
CABU: FL
PQ7297.L68 A17 1998

51

�4 Ramón López Velarde. Obras. México: Fondo de Cultura Económica, 1971.
CABU: FL
PQ7297.L68 A6 1971
4 Ramón López Velarde. Poemas escogidos. Con un estudio de Xavier Villaurrutia. México: Cvltvra, 1935.
CABU: FPRV
PQ7297.L68 A6

4 Ramón López Velarde. Poemas escogidos. Con un estudio de Xavier Villaurrutia. México: Cvltvra, 1940.
CABU: FAR
PQ7297.L68 A6

4 Ramón López Velarde. Poesía. En la voz de Guillermo Sheridan. Producción y coordinación de Luz María Frenk Mora. México: Fondo de Cultura Económica, 1997.
CABU: FL
PQ7297.L68 A6

4 Ramón López Velarde. Poesías, cartas, documentos e iconografías. Prólogo y recopilación de Elena Molina Ortega. México: Imprenta Universitaria, 1952.
CABU: FAR, FL y FFDR
PQ7297.L68 A16

4 Ramón López Velarde. Poesías completas y El minutero. Edición y prólogo de Antonio
Castro Leal. México: Editorial Porrúa, 1953.
CABU: FMMYJJV y FL
PQ7297.L68 A17 1953

4 Ramón López Velarde. Prosa política. México: Imprenta Universitaria, 1953.
CABU: FH
F1234.L89

4 Ramón López Velarde. La sangre devota. México: Ediciones Literarias, 1916.
CABU: FAR
PQ7297.L68 S35
4 Ramón López Velarde. El son del corazón. Poemas. México: Crisol, 1932.
CABU: FAR
PQ7297.L68 S6

52

4 Ramón López Velarde. La suave Patria. Novedad de la patria. Edición de Héctor Ávila
Ovalle y Carmen Fernández Galán Montemayor. México: Factoría Ediciones, Dosfilos Editores, Gobierno del Estado de Zacatecas, Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López
Velarde”, 2001.
CABU: FL
PQ7297.L68 S8 2001

�4 Ramón López Velarde. Suave Patria. México: PRI. Comisión Nacional Editorial, [s.a.].
CABU: FL
PQ7297.L68 S8
4 Ramón López Velarde. La suave Patria. Edición de Juan José Macías, montajes de Gonzalo Lizardo, prólogo de José de Jesús Sampedro, epílogo de Marco Antonio Campos. Zacatecas: Dosfilos Editores, 1996.
CABU: FL
PQ7297.L68 S8 1996

4 Ramón López Velarde. Zozobra. México: Ediciones México Moderno, 1919.
CABU: FAR y FRC
PQ7297.L68 Z6

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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