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aitrté!C10t)

11tí~t1e21.
A&amp;o X

- - - - - -,~ BARCELONA 14 DE DICIEMBRE DE 1891

NÚM. 520

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRIT ORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

JACOBO MEYERBEEit, copia de un retrato pintado en 1857 por E. Desmaisons

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO 520

de un jardín, estudia las leyes de la selección natuMILAGROS
ral; con lo que se regocijan con regocijo satánico los
( CRÓNICA CONTEMPORÁNEA)
Texto. -La belleza del cuerpo lmmano en el porvem'r, por Jo• enemigos de las Musas.
se Ecbegaray. - .Milagros (Cróniea conlempordnea), por ~le·
Y así, y en este compás y con estos fúnebres tonos,
jandro Larrubiera. -El fantasma, por F. Moreno Godmo. conti □úan los positivistas de la cie□cia y los profetas
A D. fosé Femándei Bremón
-Llamamiento á los artistas catalanes, por Juan Fastenrath.
- La Jiermosa Nalalia (conclusi6~), por Carlos Iriarte,. con de la ruina y destrucción de la Jerusalén del arte:
I
ilustraciones de Marold, traducido por E. L. Verneu1I. - los poemas mueren, las lenguas se transforman per•
Nuestros grahados. - Libros enviados á esta redacción por diendo pompas vanas y co□ virtiéndose en cronoméautores 6 editores: Memoria sobre puertos ostreros, por don trica maquinaria del pensamie□ to: los cuadros de los
Con cómico furor, Alejo, el hombrecito de catorCándido Hidalgo Bermúdez; Torqu,!tuida , drama de ~ktor
ce años, estrujaba entre sus manos la deshilachada
grandes
pintores
se
gastan,
la
polilla
está
al
acecho:
Hugo, vertido al español por ~ranc1sc&lt;? Calcagno; D_iswr·
gorra cuyas entrañas de algodón asomaban á la suso leido en la Sociedad filantn$pua artlstua de Val/adobd, por Rafael dentro de pocos siglos no será ni un nombre;
D, Luis Zapatero y González; Tratado del culfivo de la re• estatuas y monumentos caen en polvo y sólo la idea perficie como nubecillas en un cielo negruzco.
- Que yo, ·decía el pillete paseaado una mirada de
1110 /ad,a azucarera, por Jorge Dureau, traduculo por Wl~- cientifica dura.
dimir Guerrero¡ Atan·do y 11mj~r, por el conde León Tols~01;
desesperación sobre el corro de granujas que le es¿Qué
más?
Hasta
el
cuerpo
humano
es
cada
día
Esti,dios j urldic~s, P?r l{obushano Vera¡ Zarag-oz~artlstua ,
cuchaba, el primerito en las pedreas, el que por un
mom111ie,ual ! liistórua, por A. y P. Gascón de Gotor; UJ• más feo, y en cambio el cráneo es cada día más potima jornada sobre la dictadura , por Ismael Valdés Vergara. tente. Los contornos se encogen, los músculos · se trampantojo se lía á puñetazos con toas los del barrio,
Grabados. - /acabo Afeyerbeer, copia de un retrato pintado achican, las curvas redondeadas graciosamente se me eche á temblar ante esa mocosuela ... ¡Vamos! ...
en 1857 por E. D~smaisons. - Plaza dt las frutas en Trieste ,
Y aquí el señorito Alejo hacia de la tagarnina que
cuadro de Ernesto Croci. - E1: buenas manos está el pandero, convierten en ángulos vigorosos, toda la plástica por resquemaba sus labios blanco de su coraje, mejor didecirlo
así
se
reseca,
y
poco
á
poco
el
hombre
se
cuadro de D. Enrique Luque Rose lió. - Afaniobras ,de arti•
1/erla 1 cuadro del pintor militar D. Román Navarro. - Mau· convierte er. un manojo de nervios que van bajo la cho, de sus dientes, parecidos al marfil antiguo.
-¿Y qué será esto? ... Yo no la conocía á eya, eso
soleo que ha de erig.irse en. la Hab~na en honor de l~s vein· piel hacia el cerebro por el camino más corto.
tiocho víctimas del incendio ocurndo en aquella ciudad el
en primer lugar sea dicho; eya no sabía quién soy
Dentro
de
poco
¿dónde
encontrarán
modelos
los
17 de mayo de 1890, obra de los ? res. D. Agustín Quero) ,
yo ... y aún no lo sabe ... ¡Pa el caso que me hace!
escultor, y D Julio Zapata, ar'J.ultecto, que obtuvo el pn- escultores y los pintores para sus estudios al desUn día entro yo ea ca del Sr. Lucas el buñolero.
mer premio en el reñido cencurso verificado en dicha capi• nudo?
.
tal - .Retrato, por Alma Tadema. - Safo , estudio al óleo de
El desnudo, según la Estadistica y la Fisiología, «Adiós, chico, ¿qué traes?» me pregunta. cNaa, le
Carlos Gehrts. -Lavaiero en Alcalá de Guadaira, cuadro es cada vez más imperfecto y más vergonzoso.
respondo, lo de toas los días: ¡más hambre que Made D. Juan García Ramos. - Descamo durante la /Uffa á
tusalem!.
» Se ríe el hombre, me siento yo en una
Si no es bello es rid!culo y es inmoral; y la belleEgipto cuadro de ~urillo,existente ene! Ermitage Imperial
banqueta más arrugaa y pringosa que mi agüela, ¡Plas!
de San' Petcrsburgo. -D. Evaris~o Armls, estatua en. bron· za va aniquilándose en la carne.
ce de O. Pedro Carbonell, Tundida en los tallere.; de los
Pasaron los tiempos de la estatuaria griega, voci- ¡Plas!, llamo con la mano. Acude el esmirriao del
Sres. Cabot, de Barcelona.
feran los enemigos encarnizados del arte y de la mozo: &lt;,Qué va á ser?,» dice. cLo de siempre; un
vaso de á diez céntimos y media ocena de churros.&gt;
poesía.
Los griegos, dice Mr. Taine, tenían por la pureza ¡Me trato yo mu bien!,que es lo que dice tío Redoble:
LA BELLEZA DEL CUERPO HUMANO
de la forma, por la proporción armónica de los miem- cPa lo que uno desfruta en el mundo, güeno es aleEN EL PORVENIR
bros, por todas las bellezas desnudas un amor que grar la andorga»... Pus señor, me traen el café y los
liegaba hasta la misma adoració□: la belleza para el churros ... ¡Me río yo de los servicios de Fornas! ... Eshubo
pueblo helénico era sagrada. Sófocles antes de can- taba en mis glorias y el vaho del enjuague me ponía la
En toda, partes hay y en todos los tiempos
tar en público un himno á los dioses de la Grecia finosomía mesmamente que paecía que había llorao, y
profetas de desdichas.
Los hay que anuncian el fin del mundo: los hay por la victoria de Salamina se despojó de sus vesti- ¿á que no sabis lo que ocurre?.. . Pus na: entra en el caque profetizan el fin del arte y de la poesía. U nos dos, se quedó en puras carnes y aun se cree que dió fetín una chicuela de mi igual, mu arreglaíta y emven ya en las más remotas regiones del firmamento algunas piruetas y saltos más ó menos artísticos á butía en un mantón color rata ... Me queo mirándola
el espantoso cometa que ha de trituramos con su manera de danza; de todas maneras es hecho positi- con el churro en la mano, asina, como estáutico ...
masa ó que ha de coosumirnos en su fuego; que de vo y averiguado que para mayor decoro del himno ¡Qué ojos se traía y se trae (que á Dios gracias, eya
todas maneras, dado el choque, el fuego es inevitable. y para mayor inspiración echó fuera con desembara• vive pa darme la desazón); negros como dos borroOtros saben á punto fijo que el anticristo está para zo túnicas y lienzos, mostrando al concurso su bello nes de tinta china que acaban de caer en un papel,
el pelo mu peinaíto; la boca así, más chiquitina que
nacer de un instante á otro, según telegrama que cuerpo de estatua marmórea
¡Oh tiempos felices y prodigiosos de la antigüedad una monea de á céntimo; luego me fijo en el vest!o
han recibido de las caóticas esferas de la nada. Para
los últimos, en fio, el anticristo del arte y de la clásica, en que los hombres célebres podían presen- azul y en los zapatines, y me digo: ¿Dónde he visto
poesía ya nació hace mucho y se llama la ciencia: tarse en traje de baño y aun algo menos á las entu- yo una cosa así? ... ¡Ah! Ya caigo: en un altar de San
Francisco hay un ángel vest!o de chiquilla probe que
siastas y archiartísticas muchedumbres!
con la ciencia ni hay poesía ni arte posible.
acompaña
á un vejete con muchas barbas y que paece
¡Tiempos felices en que poetas, trágicos, filósofos,
Refiere Mr. Guyán, en un libro del cual ya hemos
too
un
santo
... Güeno; la chica se ~ueda en medio
sabios
y
guerreros
estaban
modelados
como
hoy
Jo
hablado en estas crónicas, que hace unos cuarenta
años y al fin de un banquete en casa del pintor están las estatuas de los museos, y as{ pod!an, sia de la buñolería y mira aquí y mira allá. ¡Había paHaydon, el poeta Keats levantó solemne y trági- temor al ridículo y aun sin temor á las pulmonías, rroquia de largo! .. , Sr. Lucas va y la dice: (¡ Ponte
camente su copa, proponiendo este brindis: &lt;¡Maldi- dado lo robusto de su naturaleza, mostrar su torso, ahí, muchacha!&gt; Y la señala mi mesa. Eya se sient~
sus pectorales y sus músculos todos de brazos y de frente á este cura, y con una voz mu dulce y poh·
ción á la memoria de Newton!»
¡Asombro general, que interpretó Wordsworth, piernas á la multitud en todas las ocasiones solem- da pide un vaso de á cinco céntimos y media ocena
pidiendo una explicación antes de que el brindis se nes ó en todas aquellas en que la seriedad del acto de buñuelos ... Yo seguía estáutico mirándola, y con
el aquel del embobamiento se me va á pique en el
consumase! Explicación que el poeta Keats dió en exigiese traje de etiqueta!
¡Ya seda fácil que en estos tiempos nuestros de vaso medio churro ... Y pa que eya echase de ver
~stos términos:
«Pido que brindemos execrando la memoria de decadencia y mezquindad se presentasen en la plaza que era yo finústico pedí cucharilla pa sacarlo. DimNewton, porque él... él fué quien destruyó para pública nuestros grandes oradores, nuestros' grandes pués, como toa una presona1 hice un pitiyo, y ¡hop! 1
siempre la poesía d,l arco iris, convirtiéndolo en un artistas, nuestros sabios, nuestros generales vencedo · ¡hop!, fumé tragándome el humo y haciendo la mar
res en aquel primitivo traje en que Sófocles entona· de monerías; pero eya como si no, chicos. Me mira·
prisma.»
y todos, convencidos, bebieron á la eterna confit · ba himnos en honor de los dioses griegos vencedores ba con aire de desconfianza. ¿Qué se figuraría de
mf?... ¡No, lo que es pa otra vez que me ocurra
sibil de Newton, que osó explicar el admirable arco en Salamina!
de colores por reflexiones y refracciones de los rayos
¡Un gran orador parlamentario después de pro- me traigo futraque y la torre Infiel de chistera que
de sol en las gotas de lluvia, convirtiendo en mise• nunciar un discurso de tres horas, aparecer en el tie en el tenderete del Rastro mi señor papá!; porrabies prismas de cristal á las poéticas perlas del pórtico del templo de las leyes, mostrando al público que si le ven á uno vestía de lana le llaman borrego,
asina sea hombre de cercunstancias .. . Terminó la
espacio, y al sublime fantasma en la prosaica conse- arrebatado su estatuaria íntíma!
¡Un general vencedor, despojándose de espuelas, moza su desayuno, pagó, y terciándose con mucha
cuencia de una ley físic_a.
y la maldición contra la ciencia en nombre de la tricornio, faja y botas, elástica y calzoncillos para gracia el mantón se largó á la calle (¡Vaya usté con
poesía continúa; y en cambio continúan los desde· entonar ante el' altar de la patria el cántico del Dios, cachito é rosa doble!, » la digo poco menos
que tartamudeando ... Ni se rió ni naa; pasó por denes de sabios y filósofos contra poetas, idealistas y triunfo!
Moltke pudo vencer á los franceses, pero no hu- lante como una reina ofendía. cNo, pues tú no te
soñadores.
marchas de vado,» me digo, y salgo tras eya ... Y anPasea\ dice que no hay gran diferencia entre el biese resistido esta prueba.
oficio de bordadora y el de poeta.
Y todo ¿por qué? ¿Por ser otras las costumbres? da que te andarás hecho yo un mudo, la sigo por la
otra acera, y dimpués de atravesar el viaduto, calle
y Montesquieu supone que los poetas no son más ¿Por decoro? ¿Por honestidad? Nada de eso.
que fabricantes de adornos, gue abruman la natura·
El hombre no se muestra hoy desnudo al público Bailén y bajar la cuesta de San Vicente, embocamos
leza y la razón con oropeles y lentejuelas como una en los grandes actos, y en cambio se cuelga el frac en el níar, es dicir, en el río Manzanares ... Allí,
modista disfraza grotescamente á las mujeres hermo- y se aprieta la corbata blanca, no por pudor, sino por cerca de un lavaero, topo con el Pamplingao (ya sab!s,
sas con los ridículos perifollos de la moda.
miedo al ridículo; porqué ya el hombre no tiene en ese méndigo que tie en la cara una ventana de meSpencer compara la ciencia á la humilde y modes- nuestro siglo ,las proporciones de los Hércules ó de nos). cTú, ¿ónde vas?,» me dice. «A un asunto,»
tísima Ceniei,11/a que se pasa la vida junto al fuego los Apolos, sino ridículos contornos encanijados ó digo. «,Cuálo?» «;Ese!» Y le señalo á la chicuela
del ·hogar doméstico, mientras sus orgullosas herma- gorduras fofas, aguachonas y linfáticas. Y algo pare· que iba á meterse en el lavaero de la Fiada. Pamplinnas lucen trajes de relumbrón en fiestas y saraos tan cido sucede con la mujer, aunque como ésta no ha gao se rie, y echando una bocanada de humo que ni
inútiles como inmorales. Pero al fin, agrega, la pobre decaído tanto, algunas bellezas conserva y puede la máquina del ferrocarril, va y pregunta: «,Es tu
Cenicienta muestra que es la mejor de la familia, y mostrar todavía con cierto orgullo artístico; y esas novia?» &lt;;Qué ha de ser!&gt; «Entonces, ¿por qué la
asi vendrá un dia en que la Ciencia reine como so- las muestra 1 ¡ya lo creo que las muestra!, siempre que sigues?» (Pus ... por eso ... ¡porque me gusta, homllega una ocasión pública y solemne, como por ejem- bre!» «;Y á mí!,» dice de ,formaliá el mu desaugao.
berana.
Vendrá un tiempo, dice á su vez Mr. Renan, en plo, en bailes y teatros, aunque no tenga que can- Y sigue: «,Conoces tú á Milagros?» «,Qué Milagros?»
que el ¡gran artista! sea algo viejo, gastado é inútil, tar los himnos de Sófocles á los dioses de Grecia.
«Pus. esa chica, grandísimo topo.» «No» «Paece
y en cambio la ciencia valdrá más y más de dia
cuento; pus eya habita en la calle de la Ruda, dos
casas más arriba que tú.» «¿De veras?» «;Como hay
José EcHEGARAY
en día.
Si el abuelo de Darwin consagró su vida á compoDios! ... Su madre, la señá Quica, es la que lava los
ner malos poemas, su descendiente Carlos Darwin,
trapos á lo mijor de Madrid, y vive en un prencipal.»
~n vez de escribir insulsos versos sobre las bellezas
Y Pamplingao me contó otras hestorias de la chica,
SUMARIO

NÚMERO 520

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

que_si era mu formalita y tal y cual, con lo que me
II
metió á mí en deseos de hacerla mi novia: en risumen,
que ya eran las once de la mañana cuando aparecí
- Pus señor, que dende tal día tengo yo algo
en el Rastro con el bote de las coliyas más vado que abarquillao el sentía, porque, como cuentan los

PLAZA DE LAS FRUTAS EN TRIESTE,

estógamo de cisante ... ¡En un tris, mi padre me tira
á la cabeza un chirimbolo!
Aquí hizo alto el caballero granuja en su larga
historia; el pelotón de truchimanes que la ola pidió
en medio de una gran zalagarda la continuación: accedió Alejo, diciéndoles:
- ¡Ahí va la segunda parte, pa que sus enteréis!

cuadro de.Ernesto Croci

romances que canta tío Aleluya por las calles, me he
enamoricao de Milagros, mesmamente como aquel
señor de Roger de la hermosa Blancaflor .. . La chica
vale mucho, ¡vaya!; pero á mí me da mala espina eso
de que eya Runca se dé por aludía de mis osequios
y destinciones: ¡como si no! Mus vemos taos los días
en la bufiolería; entra, se sienta, llama al mozo y pi-

EN BUENAS MANOS ESTÁ EL PANDERO,

de el desayuno; yo la miro hecho un bobo; tomamos
el café como dos estautas. Ni siquiera me atrevo á
decirla: «;Por abí te pudras, pimpollo!,» porque aun,
que soy mu hombre me queo debajo de la mesa

delante de eya. Hay veces que al verla me dan intinciones de cogerla, asina entre mis brazos, y besuquearla, y decirla (¡no sus riáis, que lo digo como lo
siento!): «Milagros, drento de pocos años, si tú
quieres, mus echarán los latines y demás requilorios
del casorio. Tú en el río, yo en el tenderete y Dios
por medio; verás qué bien lo vamos á pasar. Quié-

cuadro de D. Enrique Luque Roselló

�LA 1LUSTRACIÓN
eme asina, como novia; y por ti, ¡vamos!, ... que ende mañana me güelvo una presona más formal que
D. Jeremías, el cura que vive en el seg~ndo d_e mi
casa ... y no voy más á las pedreas m me aJunto
con granujas. (¡No sus creáis que lo digo por vosotros; que aunque yo le dijer~ eso á Milagro~, siempre quearía un rato pa divertume_ con los amigos!.._.)
Otras veces me pongo más mumo que u1:_ peón sm
punta ... Si yo fuera como M;an~lo, el h1JO del ~eñor Pablito, que gana sus seis nales t?os los d1a_s
en la emprenta, iría á ver á señá Qmca y la diría: «Señá Quica ... » pues ... eso ... es decir: «Señá
Quica, gano tanto más cuanto y:" acétera ... ¿i:ne
quiere usté dejar que hable con Milagros como Dios
manda?» Y eya me contestaría: «Güeno.» Y enton-

y así las banquetas estaban desvenciJadas, prin~osas,
las mesas cojitrancas, caído el barmz y recubnendo
la madera una capa sucia de mugre: los vasos, platos
y demás del menaje, desportillado y roñoso: el as.pecto total de la buñolería repugnaba: sus paredes
ahumadas y grasientas y su techo barnizado por el ho·
llín la acercaban á vetusta cocina de pueblo no enjalbegada en muchos años más que á público establecimiento en la corte. «i Pa los duques y condesas
que aquí vienen! ... » replicó Sr. Lucas en cierta oca·
sión á un parroquiano que le echó en cara aquel descuido censurable.
En verdad que la concurrencia mediocre que
allí acudía no era cosa mayor para gastarse unos
cuantos duros en ofrecerla comodidad y aseo. Y si

MANIOBRAS OE ARTILLERÍA,

III
Como siempre acontecía en las primeras horas de
la mañana, el cafetín del Sr. Lucas encontrábase
en todo su apogeo. Poblaba el estrecho recinto una
nube humosa, pesada, asfixiante, en cuya formación
tenían parte las bocanadas de humo_ de tagarninas y
tabaco malo que consumían los parroquianos y aquellas espirales de vaho grasiento que se escapaban del
fondo de la caldera en donde se freía la masa; amén
de esto, que á los profanos causaría extraña picazón
de ojos y garganta, el hálito de las respiraciones y el
olorcillo nada grato que exhalaban los cuerpos y
vestimentas de los allí congregados, gente pobretona,
enrarecían el poquísimo aire respirable en tal sitio.
A intervalos colábase por la entornada puerta de
cristales una ráfaga de viento procedente de la calle.
Oscilaban las luces del gas y bamboleábanse caprichosamente las nubes humosas replegándose al interior de la tienda. El cafetín del Sr. Lucas tenía
luenga fama, y á él acudían como moscas los vecinos
del barrio de los Estudios: el mobiliario del establecimiento acusaba en su dueño una gran indolencia,

que llena el cafetín del Sr. Lucas; la otra, la de
paso, compuesta en su mayoría de criadas de servir,
horteras artesanos, mendigos y gente de poco más
ó meno;, arma un baturrillo grande en el tinglado
.
que se levanta en la puerta de entrada. L~ mu1er
del Sr. Lucas, una jamona fresca, con camilos que
parecen tiznados de bermellón, no se da punto de
reposo en el trajín de servir_ á tantos co~o de continuo la asedian con sus pedidos de «medias copas,»
vasos de café1 churros, tortas y buñuelos. Unid al
ruido que se produce en la avanzadilla del es~abl~cimiento, aquel otro, estruendoso, que en el mtenor
del mismo forman las conversaciones en voz alta, la
interjección brusca, el palmoteo de los impacientes,
el sonar de las monedas en el mármol del mostrador,

cuadro del pintor militar D. Román Navarro

(Véase lo que dijimos acerca de este artista en el n~tm, 513 de

ces- sí que no me cambiaba por el i;nesmísimo Papa
Santo ... ¿Estamos? ... ¡Pus no, señor, no estamos!;
porque yo, salvo el tenducho de mi padre, no tengo
sobre qué caerme muerto, ni sé pizca de letra, ni
jota de arizmética ... ¡y eso que cuento too por los
deos! Cualsiquiera va con tales cantinelas á señá
Quica ni dice palotada á la mocosa! ... ¡No serían calabazas, que digamos! ¡Que no digo naa, ¡ea! Y el caso
es que los días caen como agua y Milagros va aupa
y está guapa de suyo, que es un gozo. Ya lo veréis:
el día menos pensao, cualsiquier señorito le hace el
amor por too lo fino, y... ¡adiós, Alejo! ¡Que sí, hombres, como lo cuento! Y lo pior no será pa eya,
¡quia!, que al fin es muchacha que por sus hechuras
pue ser algo, sino que ... yo ... (pero no se lo digáis
á naide) la quiero ... tanto como á mi madre, ¡y eso
que ésta es pa mí la primer mujer del mundo!. ..

NúMERO 520

ARTÍSTICA

LA IL USTRACIÓN ARTÍSJICA)

alguien dudase del aserto del 'sr. Lucas, no tenía
más que asistir á la tienda cuando comienza á clarear el alba: vería una porción de mujeres sucias y
desgreñadas, lavanderas de oficio, tomando la «mañana,» mejor dicho, una copa de triple ó «tiple»
anís, que dicen ellas; un pelotón ñe muchachas alegres, que sazonan su charla con dichos y desver·
güenzas aprendidas en el corredor ó en el arroyo;
todas llevan cruzado al pecho el mantón color ceniza, y sirven de marco á sus rostros, paliduchos los
más, los pañuelos de seda regalados por «ese»; ese
es el novio, el amante ó el ,marido; son cigarreras
que antes de ir á la fábrica se desayunan con un
vaso de la achicoria dulce, disfrazada con el agua
blanca ó leche mentida de oveja: en tal mesa, cuatro
albañiles; en cual otra, dos viejas que tienen á sus
lados sendas cestas de «escarolita la nieve,» «coliflor
pa el huevo» y «pimientos riojanos;» allí en un rincón, una maritornes y un hijo de Marte: es el dúo
militar que se interrumpe á veces por el prosaico
ruido que producen los buñuelos al ser triturados
por los dientes; formando rancho á parte, unos chicuelos de desarrapado empaque, que parlan á un
mismo tiempo y ríen de corazón las simplezas que
se les ocurren; en un velador, un sereno, chuzo entre
piernas, y un municipal, éste echando pestes de la
«cosa pública» y aquél ejerciendo de gacetilla escandalosa del barrio; solo en una mesa, un mozo de
cordel con El Imparcial á dos dedos de los ojos deletrea que deletrearás con voz velada y trapajosa los
sucesos del día; allí, en comandita, unos individuos,
grandes súbditos de la Corte de los Milagros, que lo
mismo sirven para pintarse llagas y fístulas en los
remos, que para mancárselos... de mentirijillas; y
por último, entre la gente del bronce, la libélula del
vicio, la última y más triste nota que surge del concierto social... ¡Pobre mujer! Abandona el burdel
con el último amante de una noche y va á refocilarse á su costa con el humeante líquido que despachan
en la buñolería.
&lt;;::on 111uy. pocas variantes, tal es la parroqqia fija

el eterno «¡Va en seguida» de los mozos, y por último, el chirriar del aceite que se requema en la caldera, y semejante á tenue silbido, el hervor del café
metido en una zafra de hoja de lata con espita y hor·
nillo debajo, y tendréis una idea del cafetín de los
barrios bajos, que al romper el alba se ve lleno de
gente que en sí representa la última estofa que pulula en las grandes capitales.

***
Alejo penetró en la buñolería, y después de pasear una mirada inquisitorial sobre el heterogéneo
concurso, fué á sentarse en una banqueta y apoyó
los codos en la mesa aquella que por espacio de
muchos dí;,.s sirvió de testigo paciente en el idilio
de amor más puro y hermoso que pueda registrarse
en las crónicas truhanescas de la hampa madrileña.
Surcaba la frente del héroe una profunda arruga, y
en su rostro, tostado por el sol y ennegrecido por la
intemperie, había en aquella mañana un no sé qué
de contrariedad é inmensa amargura. «No ha venido aún Milagros... Y con este ya son tres los dfas que
no la veo,» masc12llaba el chicuelo consigo mismo.
Y sus ojos clavábanse con insistencia en la puerta
de entrada é iban á fisgar el trozo de calle desde tal
punto visible ... ¡Por Dios, y cuánta melancolía se
apoderó del espíritu del mozo ante esta negativa de
la suerte!.;. Y Alejo, el granujilla riente y chistoso,
el inventor de maulerías, frases y diabluras, halló el
cafetín en semejante día apestoso é infernal. De un
solo trago tomó el contenido de su vaso, sacó del
fondo de la faltriquera una porción de tabaco que
lió en un papelillo de fumar, encendiólo y quedóse
pensativo, la cabeza apoyada en la palma de la dies•
tra mano, mirando absorto el vagar del humo de su ci•
garro que iba á estrellarse blandamente en el techo.
«¡Val No viene, no viene,)) repetía con amarga con•
vicción. «¿Estará enferma?» Y al hacerse esta pregunta, sintió tristeza y juraría que sus ojos se le entur•
biaron por las lágrimas.

. • en la Habana en honor de las veintiocho víctimas del incendio ocurrido en aquella ciudad el 17 de mayo de 1890
Mausoleo que ha d e engirse
I escultor' y D. Tulio Zapata, arquitecto, que obtuvo el primer premio en el reñido concurso verificado en dicha en pita!
Obra de los Sres, D. Agustin Quero,

�LA

790
Pag6 el gasto hecho, y en vez. de dirigirse al centro de la corte, su campo de operaciones, se intern6
en la calle de la Ruda y estuvo, como amante en
acecho rondando la casuc:t en que habitaba la seño. ra de s~s pensamientos. Pugnaban en Alejo la ansiedad de inquirir noticias de Milagros y el reparo
de que al verle de tal traza y catadura se riesen de

to por señá Quica, porque mi madre me ha mandao
á recoger la ropa que eya tiene pa lavar.
- Pues hijo, añadi6 la viejecilla más afable~ente,
tan cierto como ahora hay luz, que señá Qu1ca se
murió de dolor de costao, mismamente hoy hace tres
días.
Alejo á tal noticia sinti6 un estremecimiento y
balbuci6:
- ¿Y su hija Milagros?
- ¡Qué sé yo! Vinieron unos parientes y se la llevaron.
- ¿V no sabe usté d6nde vive?
- No, no me han dicho ni palabra.
- ¡Está güeno!, murmuró Alejo con voz en que
había muchas lágrimas.
Sombrío, triste y desesperado, giró sobre sus talones, y sin decir palabra ~alió del portal y fuése á su
casa. Se encerró en el zaquizamí que le servía de alcoba, tendióse en el catre y sollozó.
¡Acababa el pobre mozo de ver rasgarse la nebulosa de su grande amor hacia Milagros!

IV

RETRATO,

por Alma Tadema

él y no le dieran raz6n de lo que tanto le interesa•
ba ... Perplejo y vacilante, opt6 por ir al río: «Acaso
haya madrugao estos días más que yo,» se dijo. Y
enfil6 camino del lavadero. No vi6 en las bancas á
señá Quica, y apesadumbrado, volvi6 de nuevo á la
calle de la Ruda. «Vamos á ver, ¿y qué digo yo á la
portera?,» se preguntaba todo medrosico. Y como si
hallase soluci6n al aprieto, sonri6se y penetr6 resuel ·
taménte en el portal. Par6se ante la Argos, una viejecita enclenque y feúcha, que entretenía sus ocios
en hacer calceta.
- ¿Qué quieres aquí, muchacho?, pregunt6 con
voz de enfado.
- ¿Está señá Quica?
·
- ¡Sí, en el otro mundo!, replic6 con sorna brutal
la portera.
- Señora, no vengo pa guasas, ¿está usté? Pregun-

NúMERO 520

ILUSTRACION ARTISTICA

Entre los feligreses de la parroqui~ de San Ca~etano tiene el padre Gómez gran predicamento: dicen
de él que, á pesar de ser tan joven, es un santo y un
sabio, y á él acuden de bonísima gana cuantos han
menester, ya de los socorros de la flaca na~uraleza,
ya de fos auxilios del espíritu. El tal padre vive modestísimamente en un piso principal de la calle del
Amparo· y si á su ama, una señora viuda con más
edad de 'la que los cánones marca á las mujeres para
servir á sacerdotes, preguntáis por la vida y milagros del cura, después de deciros ~asta la saciedad
que dicho señor es un modelo de virtudes y que nada
de lo que tiene es suyo por ser todo de los pobres
mendicantes que de continuo llaman á su puerta;
después de ensalzaros el clarísimo talento y gran
ciencia que el padre Gómez atesora; hecho el enco•
mio de sus sermones, que tan grande como justa fama
le han conquistado, os dirá que todo ello resulta un
grano de anís ante la fuerza de voluntad que el sa•
cerdote ha desplegado para llegar á tal punto, dado
que todo lo que es lo debe á sí propio, sin que jamás
el favor de nadie le haya servido de escalón para alcanzar sus miras é ideales.
Y si intimáis con el ama, señora de suyo comunicativa y parlanchina, os relatará en medio de una admiración perpetua la odisea del padre Gómez, el
sacerdote más querido que paseó manteos por la calle de Embajadores. «Padre Gómez fué en sus mocedades colillero, dirá misteriosamente. Se enamoró de
una chicuela del barrio que hacía de él tanto caso
como yo del moro Muza. Un día no la vió más, y en
tróle al pobre chico tal morriña, que anduvo alicaído
una porción de tiempo pensando en la mocosa que
tal le había puesto la mollera U na tarde vagaba el
mozo por los alrededores de un convento de jesuítas;
salió de tal sitio un fraile con tan mala fortuna, que
al ir á bajar una de las gradas del pórtico resbaló y
cayó cuan largo era. Alejo, es decir, el hoy padre
G6mez, acudió en su auxilio, metiéndose con él en el
convento. Gustó á la comunidad el acto caritativo
del granujilla, y después de obsequiarle largamente,
uno de los jesuitas le dijo: «Muchacho, el día que
quieras hacerte hombre de provecho ven por aquí.»
No ech6 en saco roto la advertencia. Alejo, que, como
va dicho, había perdido su natural alegre y expansivo, tornó al convento á los dos meses y dijo al jesuita que sali6 á recibirle: «Vengo á que me hagan
ustedes hombre, porque ya estoy harto de ser un vago y no servir para nada.» Pues hijo, con tan buen
pie entr6, que los jesuitas le dieron los estudios necesarios, inclinando su voluntad á que se ordenase de
sacerdote, y ahí le tienen ustedes hecho un santo
que no hay más que ver.»
Si tal relato aguijonease vuestra curiosidad y trataseis de ahondar en el alma del padre Gómez, el ama,
siempre complaciente, os manifestaría que D. Alejo
nunca trae á colación aquellos sus amores que le han
transformado de vagabundo en dignísimo sacerdote:
únicamente recordando esto, atrae á cuantos granujas halla al paso y los exhorta á que abandonen la
senda viciosa que ningún beneficio ha de traerles y
sí el desprecio y odio de la sociedad.
Conque ya sabéis quién es el celebérrimo padre
Gómez.

V
El rayo de sol que atravesaba los cristales de colores de la ventana del coro caía de lleno á.Ios pies
del altar mayor, y con sus tonos violáceos y azules
arrancaba antes plácidos reflejos á la corona y lentejuelas de oro de la Virgen del Amor Hermoso, co-

locada cerca de la barandilla en un artístico templete; el humo embalsamado del incienso subía tenue,
esparcíase por las naves é iba á envolver en nubes
blanquecinas al Cristo emplazado á la cabecera del
altar. Las luces de los cirios y las velas contrastaban
grandemente con la vaga claridad que poblaba el sagrado recinto ... Temblequeaban sus pábil&lt;í&gt;s y las lucecillas de las lámparas oscilaban ...
Salió de la sacristía el padre Gómez recubierto con
las vestiduras sacerdotales; detrás marchaba un monaguillo conduciendo el misal y fas vinajeras.
En la grada del altar veíanse arrodilladas cuatro
personas: eran unos novios. y sus padrinos. Resultaba una nota alegre el pañolón de Manila rameado
sobre fondo blanco que se ceñía al arrogante torso
de la novia, .. Comenzó la representación del santo
sacrificio de la misa. Era domingo y el templo se
veía lleno de fieles; el pueblo arrodillado semejaba
una masa negra y compacta á cuyo frente aparecía
padre Gómez envuelto en nubes de incienso; oíanse
claramente las frases latinas que llenas de unción
pronunciaban sus labios y á intervalos el monótono
silabear del monaguillo, y como rumor de colmena
el mascullar de rezos, las conversaciones á media voz
que entre sí traían las beatas, y aquí y acullá las toses, ya débiles, ya roncas, de los fieles y algún que
otro lloriquear de los niños de pecho; dominándolo
todo y con desesperante monotonía la voz aguda del
sacristán, que abriéndose paso por entre las filas de
concurrentes, llevando en ristre el cepillo, murmuraba: «¡Para las benditas ánimas del purgatorio!» Y
oíase el caer de las monedas en el fondo de la caja,
arrancando de ella una nota metálica que llc!naba de
rumoroso eco las naves.
Fué cosa extraordinaria y de la que nadie pudo
sospechar el cambio brusco que se operó en el plácido rostro del padre Gómez cuando hubo de volverse hacia los de la boda: sus ojos tuvieron una
llamarada de anhelo y sorpresa indescriptibles: sus
labios temblaron perceptiblemente, palideció su rostro, y como presa de extraña temulencia manifestóse
torpe al cubrir con el yugo á los contrayentes ... Al
preguntarles las frases de ritual, sus palabras parecían
salir atropelladas por una emoción inusitada... Los
novios y padrinos, hondamente preocupados por lo
solemne de la ceremonia, apenas si pararon mientes
en la agitación cada vez mayor del pobre cura.

Terminado el acto nupcial, padre Gómez internóse apresuradamente en la sacristía, corrió hacia el libro de «Matrimonios» y hojeóle con febril impaciencia.
Un monago que allí andaba colocando en su sitio
los ornamentos sagrados le oyó decir estas palabras,
que eran la expresi6n fiel de un afecto grande que
revivía al cabo de muchos años:
- ¡Sí, es ella!... Milagros ... la hija de «señá Quica.»

NúMERO 520

LA

nidad. Las conciencias y las costumbres tenían misterios y los
masones servían por lo menos
para espantar á las gentes timoratas.
Hoy todo se va perdiendo en
una nivelación universal, que al
cabo de algunos siglos degenerará en monotonía desesperadora.
Madrid, sobre todo, se va civilizando estúpidamente,
¿Qué se ha hecho de aquel
Madrid lleno de iglesias, conventos, alcantarillas, manolas, chulos, guardias de Corps y otras
zarandajas? ¿Dónde están las
peinet.~s, mantillas de encaje,
basqumas, capas mujeriles b_ordadas de colores, medias caladas
y zapatos de tabinete de cruzadas
cintas? ¿Dónde están aquellos
soldados que como el titán llevaban un mundo sobre sus
hombros, al llevar morrión con
plumero, corbatín, charreteras
mochila, sable, cartuchera y ba'.
yoneta? ¿Qué se ha hecho de
aquellos frailes, abates, petimetres, toreros con chupa y chivata, consejeros de Castilla con
guirindola de encaje y covachuelistas cargados de oro y pedrería?
Pero en fin, la parte exterior
es lo de menos. Ahora tenemos
otras cosas tan ridículas, pero
más variadas: por cada petimetre
hay cien gomosos, por cada manola mil cocottes, por cada consejero de Castilla diez diputados
que rajan de lo lindo, y por
cada iglesia derribada veinte cafés, colmados y cervecerías.;
Hemos ganado en extensión
del planeta, pero hemos perdido
el cielo, que cuanto más le aproximamos por medio de nuestros
telescopios, más se va alejando
de nosotros,
Hemos perfeccionado la almilla, pero nos vamos quedando
sin alma Y ya sin alma, nos hallamos reducidos á
átomos, con el solo privilegio sobre los demás animales de poder pensar que más ó menos pronto
caeremos en la nada del pensamiento.
Esta digresión casi filosófica no ha sido inútil

lLUS'fl&lt; AC IÓN ARTISTICA

791

r

SAFO,

estudio al óleo de Carlos Gebrts

para que el lector pille al vuelo la parte psicológica
de este verídico relato, cuyo protagonista, anticipándose cincuenta años por lo menos á su época, hallábase en ese estado de átomo de que acabo de
hablar.

En efecto, Juan de Arévalo (se
apellidaba así, no porque fuese
natural de esta población, sino
porque tal era su apellido) era un
joven de veinticuatro años de
edad, que se creía librepensador
consumado. Tenía un buen patrimonio para aquel tiempo en
que aún no se había subido el
precio de las localidades Je las
plazas de toros, ni se conocían
calcetines á veinticinco pesetas
el par; y desde que murió su padre, como hijo de viuda camp6
por su respeto, haciendo un viaje
desde Arévalo á París, lo cual
entonces era casi tan trabajoso
como el ir hoy día desde Cuenca á la China. En París aprendió
bastante mal el francés, pero lo
bastante para leer á los enciclopedistas, que por segunda vez
hacían furor, y á los que no había podido leer en España, en
donde sus obras estaban prohibidas. Cansóse de Francia, volvi6 á España, pues era español
neto, y cansóse, no porque París
no le gustara más que Arévalo,
sino porque allí no hacía ningún papel y en Arévalo era una
notabilidad. Desde su viaje al
';!Xtranjero, no fué ya sólo notabilidad, sino oráculo. Sus paisanos decían que tenía pico de oro.
Sin embargo, muchos de ellos .
esquivaban su trato, porque les
asustaban ciertas ideas de Juan.
Había sido éste religiosamente educado por sus padres, que
fueron chapados á la antigua española, y desde la edad de nueve años su mayor placer era
ayudar á misa, con conatos quizá
de - poder celebrarla algún día;
pero ¡vean ustedes lo que labra
el tiempo, la edad y los viajes al
cerebro de Europa! Juan de acólito habíase transformado, como
queda dicho, en librepensador.
El joven volteriano (Voltaire era su autor predilecto) era juicioso, y como su manía era brillar y ser
escuchado, nunca había estado en Madrid, en donde
presentía que, como en París, no haría papel. No seguía ninguna carrera ni se dedicaba á nada, como

., ..

,.;"

..

J

Es fama que desde aquel día padre Gómez se
muestra más taciturno y sombrío. A veces el recuerdo de Milagros y sus ilusiones de niño, que han venido á trocarse en las frialdades del sacerdocio, le
arrancan un estremecimiento de ansia amorosa que el
pobre cura ahoga con un poderoso esfuerzo de voluntad inquebrantable ...
La gente del barrio, siempre que del padre Gómez
se habla, dice respetuosamente:
- ¡Es un santo! ¡Cuando muera irá derechito á la
gloria! .. ."
ALEJANDRO LARRUBIERA

EL FANTASMA

I
¡Qué época la _del año de 183 ... ! Fué la última
de tranquilidad que hubo en España. Los negros, es
decir, los liberales, decían que aquello era la paz 'de
Varsovia; pero lo cierto es que desde la feliz restauración del trono del señor rey D. Fernando VII, ya
en sus postrimerías, el país estaba como una balsa
de aceite. Entonces todavía había creencias arraigadas, no convencionales como ahora, y por conse·
cuencia el carácter nacional tenía colores tan pro·
nunciados que parecían esculturales. E;ntonces todavía se creía en Dios, en el rey, en los endemoniados,
íncubos y súcubos; y chicos y grandes sabían á qué
.atenerse y esperaban con paciencia su parte de eterLAVADERO EN ALCALÁ DE GUADAIRA,

cuadro de D. Juan García Ramos

�DESCANSO DURANTE LA FUGA A EGIPTO, CUADRO DE MVRILLO, EXISTENTE EN EL ERMITAGE IMPERIA L

DE SAN PETERs.BUR GO

�794
hubiera deseado su madre, no porque lo necesitase,
sino porque ella creía que el notable . talento de su
hijo debía ser aprovechado. He aquí los inconvenientes de las épocas de atraso: en la actualidad,
Juan hubiera podido pronunciar magníficos discursos en el Congreso, pidiendo la separación de la
Iglesia y del Estado.
II

•

Juan se trasladó á la corte de España por el si·
guiente motivo.
Un hermano menor de su madre emigró á América casi niño, inducido por no sé quién, y hacía treinta años que ni en Valladolid ni en Arévalo, en cuyas
dos poblaciones tenía familia, nadie sabía de él. Los
indianos de aquellos tiempos eran así, misteriosos, y
gustábales regresar á su patria por sorpresa, abrumados de dinero; y esto sucedió con D. Pedro de Henestrosa, indiano perulero, puesto que había hecho
su fortuna en el Perú explotando una empresa de
guano; y por esto la madre de Juan recibió una carta
inesperada en la que aquél noticiaba á su hermana
que había llegado á Madrid, donde pensaba establecerse y en donde les invitaba á pasar una temporada
en su compañía. Bien hubiera querido Doña Casilda
(este era el nombre de la buena señora) complacerá
su hermano, á quien hacía tantos años que no veía y
que era tan rico, como él mismo confesaba en su carta;
pero sus achaques de reuma perpetuo hiciéronla aplazar el viaje para cuando pasase el invierno, que entonces comenzaba. Para Juan, joven y robusto, no existía este inconveniente, y su madre le rogó fuese á
Madrid á saludar y conocer á su tío y prima; pues se
me ha olvidado decir que el indiano era viudo y tenía una hija de diez y siete años de edad. Tal vez
Doña Casilda pensó en que los primos podían agradarse y en la boda consiguiente.
Juan, complaciendo á su madre casi de mala gana,
se trasladó como he dicho á la corte, y á fe que no
le pesó, no bien hubo llegado; pues hallóse en su tío
un hombre simpático y campechano, y en su prima, la
joven Inés, una indianita que habíase traído en sus
ojos toda la luz del sol americano.
D. Pedro Henestrosa había comprado y se había
establecido en una casa, hermosa para aquel tiempo,
situada en la calle del Nuncio ...
El lector no comprenderá que un hombre rico y
acostumbrado á las claridades americanas hubiera
podido meterse en tan sombría callejuela; pero el
lector debe tener en cuenta que el Madrid de entonces no era el Madrid actual, y además que aquella
barriada de San Pedro era en aquel tiempo una especie de arrabal de San Germán de Madrid. En
aquel recinto, que comenzando en Puerta Cerráda
terminaba en las afueras de la población, agrupában •
se entonces grandes casas solariegas y aristocráticas,
entre las que pueden citarse las de Bélgida, Maceda,
Revillagijedo, J avalquinto, Villafranca é Infantado.
Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que D. Pedro
el indiano vivía en la calle del Nuncio con su hija,
dos criados peruanos, un ayuda de cámara alcarreño afinado, una doncella madrileña, una cocinera
vizcaína, un cochero asturiano y un lacayito gallego.
Porque D. Pedro, á fuer de indiano respetable, apenas llegado á Madrid se echó un coche de aquella época, tirado por mulas, en una de las que iba montado
el cochero, calzado con botas de montar, con trasera
para el lacayo, que se colocaba en ella de pie, y con
una banquetita que se zangoloteaba colgando en la
parte posterior del vehículo y que servía para subir y
bajar de éste. Además de los seres racionales que he
mencionad0, D. Pedro tenía en su casa algunos animales: conejos en un patio jardín, un mono muy travieso cautivo en el zaguán, un galguito inglés de su
hija y en el estrado un papagayo muy dicharachero.
El buen señor ofreció á su sobrino hospedaje en su
casa, aunque no con insistencia, por no considerar
enteramente correcto el que un joven guapo y despabilado viviera bajo el mismo techo que su hija; pero
el joven de Arévalo no aceptó la oferta, aun cuando
le hubiese agradado habitar cerca de su prima, y
fuése á vivir al fin de la calle de las Tabernillas en
compañía de un primo suyo de Arévalo, estudiante
en Madrid.
Aparte de sus ideas volterianas, Juan era un muchacho expansivo y se enamoró muy pronto de su
prima Inés, por la que fué correspondido; y D. Pedro, aunque observó en seguida este amorío, hizo la
vista gorda, por no parecerle inconveniente; lo cual
fué una fortuna para el joven librepensador que, entretenido con aquél, libróse de ingresar en la masonería, cual era su proyecto.
Aunque D. Pedro hubiese echado coche por como·
didad, era un hombre llanote y poco amigo de lucir
y sí mucho de descansar de las fatigas que le había
costado su fortuna. No pretendió adquirir relaciones

LA

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

NúMERO 520

NúMERO 520

LA 1LUSTl&lt;./\CJON

AKTlSTlCA

795

y se limitaba al trato de algunos amigos de la infancia, valisoletanos como él, establecidos modestamente en Madrid, entre los cuales eran los más íntimos
un tal D. Lesmes, que tenía una botica al final de la
calle de la Concepción Jerónima, y otro tal D. Jerónimo, dueño de una tienda de paños situada en los
portales de la de Toledo, anexos á la plaza Mayor,
que aún no ostentaba la lápida constitucional. Después de haber visto en compañía de su hija lo mejorcito que había entonces en la villa y corte y de
haber asistido una tarde á la salve de Atocha con
objeto de Gonocer á la familia real, estableció el
buen indiano una vida muy retirada y metódica, permaneciendo casi siempre en su casa, excepto las tardes que hacía buenas, que solía pasear, á pie ó en
coche, con la joven Inés por la Ronda ú otras afueras y pocas veces por el Prado ó Recoletos. Al anochecer tomaba chocolate con roscón y bollos de la
tahona de Jesús, á cuyo refrigerio solía convidar á
sus habituales tertulianos, que eran el boticario y el
pañero susodichos.
Debo advertir á los lectores jóvenes que, según
co.stumbre de aquel tiempo, D. Pedro comía' á las
dos de la tarde, y que por consiguiente el chocolate
crepuscular era un piscolabis intermedio entre la CO·
mida y la cena.
La tertulia del bueno del indiano era bastante sabrosa. Allí, al amor de la lumbre de una chimenea
francesa (¡cosa rara en áquel tiempo!), los antiguos
amigos valisoletanos recordaban las traves1:1ras de
so juventud y los trabajos que habían pasado para
asegurarse el bienestar en la vejez. D. Pedro, con
sus narraciones de América, pintorescamente exageradas, por supuesto, y D. Lesines, que era muy ha•
blador y bromista, que había hecho su carrera far.
macéutica como estudiante de la tuna, llevaban el
peso de la conversación. Sin embargo, tampoco el
pañero de la plaza Mayor se quedaba atrás, poniendo á la reunión al corriente de los sucesos del día.
Tenía un primo ujier de la Casa Real, y por él estaba enterado de las intrigas palaciegas. El infante
D. Carlos habíase ya declarado en rebeldía, y el regí.o alcázar era un hervidero de camorras por la debilidad de carácter del rey, que fluctuaba entre los
amigos del antiguo régimen, partidarios de la ley sálica (recientemente abolida) y la imposición de la
reina Cristina y de la impetuosa infanta Doña Lui•
sa Carlota. Además D. Jerónimo, ósea el pañero,
era devoto y miembro de varias cofradías y estaba
enterado de los acontecimientos de conventos y sacristías.

ventando contra las afecciones del hígado, basado
en las propiedades del O/eum serpmtorum, ó sea
aceite de alacranes. Algunas veres cuando salían de
la tertulia, el joven de Arévalo, dando un rodeo para
irá su casa, acompañaba hasta la puerta de la suya
al boticario, y en aquel trayecto se desahogaba algún
tanto de la bilis que habíanle hecho tragar, sobre
todo el místico pañero D. Jerónimo, que como ya
se ha dicho, estaba saturado de milagros y cofradías. Una noche, poco después de reunida la tertulia, dijo D. Pedro:
- ¿Saben ustedes la gran novedad del barrio?
- Me l.a figuro, Sr. D. Pedro, contestó el comerciante en paños. ¿Alude usted al fantasma?
- Precisamente.
- ¿Qué fantasma?, preguntaron á dúo Juan é Inés,
que se incorporó en su mercedora.
- Un fantasma estupendo, prosiguió diciendo el
indiano, que según noticias ha hecho su aparición
en estos barrios hace dos ó tres noches.
- Bien le ha calificado usted de estupendo, señor
D. Pedro, dijo entonces el boticario; pues por lo que
me ha contado mi dependiente, ::io se ha conocido otro igual en Madrid, con haber habido tantos.
- ¿Pues qué tiene de particular?, preguntó don
Jerónimo. ¿Será más temeroso que el que se presentó hace años en la calle Ancha de San Bernardo,
que llegaba con la cabeza á los tejados?
- Morrocotudo fué aquél, observó D. Lesmes, y
no menos notable el que apareció posteriormente en
el Barranco de Embajadores, que se disolvió en las
nubes á fuerza de exorcismos; pero el actual es de
un tipo nuevo y extraordinario.
- ¿Pues qué tiene?, preguntó la americanita abriendo desmesuradamente sus grandes ojos,
- Tiene una particularidad que no se ha observado en fantasma alguno. Generalmente esta clase de
aparecidos no promueven ruido, y sólo alguna que
otra alma en pena ha solido proferir gritos y exclamaciones ininteligibles ...
- Y bien: ¿qué hace éste? ¿Habla? ¿En qué se diferencia?
- Repito que todos los fantasmas han sido silen:
ciosos, como verdaderos espectros que son; pero el
actual ...
- Bueno: ¿qué?
- El actual, según informes de mi dependiente,
unas veces se desliza sin ruido y otras arrastra una
cadena.
- ¡Ah!, exclamó Inés asustada.
- Anteanoche viósele vagar por el friso de la capilla de San Isidro anexa á la iglesia de San Andrés,
III
y posarse sobre el nido de la cigüeña, que l;myó esComo los librepensadores suelen ser, cuando jó· pantada con todos los cigüeñitos. No hacía ruido y
venes, algo libres y desordenados en sus costum- afectaba la forma blanca desvanecida de todos los
bres, es indudable que Juan de Arévalo se hubiera fantasmas ...
descarriado en Madrid, á no encontrar una familia
F. MORENO GODINO
tan simpática y una primita tan agradable. Embe(
Concluirá)
becido en sus amores, fué juicioso á carta cabal, resistiendo á las seducciones galantes y político-filosófico-sociales que entonces 0frecía la corte de Espa·
LLAMAMIENTO
ña, agitada ya por las ocultas convulsiones de la
próxima revolución; así es que los echadizos agenÁ LOS ARTI S TAS CATALANES
tes masónicos que vinieron á solicitarle perdieron el
tiempo, y eso que le ofrecieron el ingreso en la orEl regionalismo catalán, que acaba de celebrar
den á mitad de precio de entrada. Estaba verdade· un triunfo brillante si los hubo en el Teatro Espa1iol
ramente enamorado de su prima, la cual, como toda con la admirable tragedia de Guimerá Mar y cielo,
americana que sale fina, tenía mucho gancho, y casi ha alcanzado también calurosos aplausos en Alemano se acordaba de Voltaire. Pasábase en casa de su nia con las hermosas concepciones de los atistas Cutío todo el más tiempo que podía, y excusado será sachs, Fabrés, Galofre, Roig, Tusquets y otros.
decir que era el más asiduo tertuliano de la casa de
El campo más á propósito para lucir sus facultades
la calle del Nuncio. Bien hubiera querido el amoro- y lograr fama universal ha de ser para los artistas
so joven constituir él solo la tertulia de su tío; pero catalanes, los dignos sucesores de Fortuny, la ciudad
tenía que resignarse á los demás comensales, no sin del arte por excelencia, Munich, donde el año que
sufrir algunos 'berrinches interiores por lo mucho viene habrá un gran certamen internacional de Be•
que érale forzoso reprimirse. Tenían todas aquellas llas Artes.
personas chapadas á la antigua ideas tan opuestas á
No se trata de una de esas Exposiciones anuales,
las suyas, que le atacaban los nervios. Costábale sino de un certamen de más importancia que ha
trabajo el no saltar de la silla cuando oía decir á tomado bajo su protección el príncipe regente de
D. Jerónimo que la Compañía de Jesús era el miste- Baviera, que cifra su orgullo en ser patrono del arte
rioso faro que guiaba á la humanidad á la felicidad y de los artistas, y la infanta Doña Paz, que lleva
celeste y terrena; pero Juan era discreto y procuraba recuerdos gratísimos de Barcelona y es tan aficionano asomar la oreja de librepensador, aunque hacién- da á las artes como á las letras catalanas, se ha comdose mucha violencia. Comprendía que se hallaba prometido á impulsar á los artistas de su patria (Essobre un volcán religioso y realista, que la menor paña) á concurrir al certamen de Munich.
imprudencia suya podía poner en combustión. TeYo que he visto este año con qué satisfacción sepanía dulces compensaciones que hacíanle sobrellevar seaba la princesa con Moreno Carbonero por el Pasus contrariedades, viendo á su prima mecerse en su lacio de Cristal que se encuentra en la capital de
silla á la americana, enseñando sus piececitos y abra• Baviera, entusiasmándose ante las obras de arte que
sándole de vez en cuando con sus negros ojos de pregonaban el nombre español, me complazco en
matadora.
ser el heraldo de Doña Paz alentando á los artistas
Con quien más simpatizaba de sus tertulios era catalanes á acudir al certamen de Munich. Allí tencon el farmacéutico, por el carácter de éste, amable y drán un mercado para sus obras y han de ganar
franco, y por cierta gracia pintoresca que tenía, aun nuevos laureles para la idolatrada Cataluña.
hablando de asuntos serios y científicos; como por
ejemplo, al ocuparse de un específico que estaba inJUAN FASTENRATH

Natalia habíase levantado al oir el crujido de la arena bajo mis pies é inclinábase sobre el antepecho de la terraza

LA HERMOSA NATALIA
POR CARLOS IRIA RTE. -ILUSTRACIONES DE MAROLD
(CONCL US IÓN)

No se había vuelto á decir nada sobre aquel doloroso episodio de mi vida, cuando tres meses :aespués
del día en que asistí al templo evangélico, un desconocido dejó en mi casa un paquete con mis señas
exactas, pero sin ninguna indicación respecto á su
procedencia,
Era un libro, El Paraíso perdido, de Milton, edición inglesa moderna, con el Ensayo del Dr. Channing y la Crítica de Addison: en la primera página
estaba escrito el nombre de mi amigo con las siguientes palabras: «Christ's Church, 1854, Oxford.» Abrí
el libro con profunda emoción; en las más de las
hojas vi anotados con lápiz al margen de mano de
Sir W... los pensamientos que le había sugerido la
lectura de su poema favorito, y deduje que aquello
era un recuerdo de su juventud, del tiempo en que
asistía á la Universidad, cuando su corazón comenzaba á sentir profundas sensaciones y el joven iba á
disfrutar de ]a vida. Mientras hojeaba el ejemplar,
cayeron algunas hojas escritas, y parecióme que habían sido arrancadas de uno de esos libros de uso
particular donde se apuntan los. incidentes de ca?a
día para recordarlos. En una .de ellas, fechada en JU·
nio de i86¡, en el mismo día que nos vimos por
primera vez, Sir w... había anotado nuestra c~nversación, indicando con dos palabras muy expresivas y
cariñosas el vivo recuerdo que de ella conservaba.
En cada una de las demás hojas, '?i _nombre se
repetía á menudo, mezclado con los incidentes _del
día, como si aquel hombre tímido y benévolo hubiera
querido, en la soledad y secreto de sus desahogos,
resarcirse de la reserva de su carácter, y babíalo hecho
con un entusiasmo amistoso cuya expresión póstuma

reavivaba más aún el recuerdo que de él había con- Londres y reanudar en el Museo Británico, en la
servado.
G1lería Nacional y en la sociedad inglesa mis antiMas /por qué se me bacía semejante envío tan guas relaciones, interrumpidas por largos viajes. Una.
misteriosamente? ¿Por qué la reticencia respecto de vez ~l!í, tomé parte en los pasatiempos de aquella
aquel á quien estas páginas revelaron que yo existía vert1gmosa Seasón durante la cual los insulares disy cuál era el lugar de mi domicilio, así como también frutan en un día más placeres que nosotros en una
la intimidad de los lazos creados entre el difunto y semana en nuestro febril París; pero muy pronto,
yo? Los que tenían derecho á leerlas sabían que yo saturado de reuniones, de partidas de campo, de
había tomado gran parte en la vida parisiense de match, y de otros recreos, alegres, sí, pero triviales y
Sir W... ; que hasta el fin le fuí fiel; y pensé que el buenos tan sólo para hombres muy jóvenes, contesté
paquete no podía proceder sino de una persona de al fin con una excusa á las diez invitaciones recibitierno corazón, de una mano compasiva, que con das por la mañana, que me ligaban para ocho días
aquel recuerdo quería dar una prueba de su gratitud. más. Arreglé mi maleta y fuí en busca del tren que
Sin duda esto era algo, pero no suficiente para mí. presta el servicio de Londres á Portsmouth. Pocas
Hubiera querido oir un grito del corazón, sentir un horas después embarcábame para las islas del grupo
impulso, alguna cosa más espontánea, el llamamiento de Wight y llegaba á Cowes, donde me detuve en una
de un padre, de una madreó de una hermana, que deliciosa posada, cuya muestra me pareció extrava•
fueran los confidentes de nuestra común amistad por gante por su título: El cangrejo y la lango.sta.
la lectura de aquellas páginas de ultratumba. ParecíaEs la tal posada una de esas pintorescas hosterías de
me que allende el estrecho, sumidos en la incerti- la época de Jorge IV, tal como las vemos representa&lt;lumbre y la ignora_ncia respecto á la muerte del hijo das en las bonitas estampas iluminadas del siglo
y el hermano, precisamente en el momento en que pasado que representan á una criada en el umbral
le espera~an á cada instante, lle_no de vida y de es- de la puerta, á los tres J o/y Pc1st Boy de la canción
per~nza, Joven, alegre ~ fortalecido con una nueva ; popular á punto de vaciar sus vasos, y en el lugar
~m1s~ad, sus _P~dres hu~i~ran peseado desvanecer su I del relevo la pesada silla de posta de caja amarilla
10qL:1etud, d1S1par la_s t1meblas Y recoge! todos los I c_on un postillón de peluca rizada y dispuesto á mordetalles sobre los últimos momentos de Su W... Pero hficar á la hostelera. Un escritor inglés muy refinacomo siemp;e, debía encontrar ent_re mí y aquellos ª.º. y sin preocupaciones, me había indicado aquel
que yo quena conocer esa barrera 1~fra~queable le- sit10 com? ~na compensación de los grandes hoteles
vantada por el ca!ác~er y las conv7menc1as.
.
~~tropolztams y Terminus, donde se oprime á los
En el verano s1?mente, perseg~ido por el mismo viaJeros, se les cataloga y cotiza al tipo de su gasto per•
recuer~o, persuadime de la necesidad de r7conocer sonal. En la posada de que hablo, por lo menos no
por mi mismo los progresos de las colecciones de había camareros vestidos de negro, rígidos y graves,

1

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

ni corredores inmensos, silenciosos y solitarios donde el viajero extraviado vuelve siempre al mismo
sitio, ni ascensor imponente que os conduce á vertiginosas alturas, á la celda numerada, única á que
os hacen merecedor vuestro reducido equipaje,
vuestro tranquilo continente y vuestros modestos
modales. En aquel nido de verdura todo era limpio,
pulcro, alegre, simpático é inesperado; desde mi ventana disfrutábase de una vista deliciosa, y como el
techo era bajo, parecía que me hallaba en un bonito
camarote sobre el puente de un buque, pero desde
allí divisaba el Pier con todos los yachts anclados
y la gran escollera que enlaza las islas, Lo peor que
podía sucederme era que las criadas se rieran de mi
acento y pronunciación y que se me dispensara un
trato demasiado nacional, ó bien que algunos amigos
ingleses, á quienes tal vez encontrara en la isla, renegaran de mí por haberme hospedado en un lugar tan
poco distinguido. En cuanto á mi acento, iba á Londres decidido á ser ridículo unos días, á fin de serlo
menos más tarde, perfeccionándome en la lengua inglesa. El alimento nacional de un país es el que
siempre merece mis . preferencias, pareciéndome lógico aceptarle; y en fin, por Jo que hace á cierta cla·
se de: personas que hubieran podido criticarme, poco
me importaba su opinión y aun hoy me complazco
en arrostrarla.
Ese grupo de las islas de Wight, Cowes, Byde,
Shanklin, Nidles y Ventnor, constiLUye para los ingleses una encantadora residencia de verano, y hacia
fines de julio y durante todo el mes de agosto es de
buen tono ir allí á descansar de las fatigas del invierno. El vigor de la vegetación es tan exuberante,
que se creería estar en un país meridional; las plan
tas exóticas prosperan naturalmente; las lianas y los
árboles de follaje de color alcanzan proporciones
enormes, y desbordándose de los jardines proyectan
su sombra sobre la cabeza de los transeuntes hasta
en los caminos más hondos. que parecen frescos y
verdes túneles Todos los de la isla están enarenados lo mismo que las avenidas de un parque; y así
como esa naturaleza se ofrece á la vista engalanada,
pulcra y coqueta, de igual modo los paseantes parecen corresponder por su elegancia á la belleza del
paisaje. Las pintorescas casitas, de plano irregular,
que ocultan bajo un aspecto rústico el refinamiento
de las comodidades, no se revelan entre las espesuras sino por las espigas y las veletas de los tejados,
que atraviesan las cúpulas sombrías, ó bien por las
elegantes celosías que protegen las ventanas en forma de arco. Acá y allá algunas barreras campestres,
en armonía con aquella naturaleza un poco artificial,
dejan entrever frescos prados donde la luz se refleja
en un lago de reducidas dimensiones, poblado de
cisnes, y por doquiera. según la estación, vense grandes arboledas y arbustos cuajados de fucsias, mientras que el rododendrón mezcla su matiz rojo con el
rojo sombrío. Los muros son desconocidos, las cercas floridas sirven de límites divisorios, y á veces el
mar baña las terrazas de las quintas; de modo que
cuando sobre Londres pesa una atmósfera de plomo,
la brisa de alta mar refresca toda la isla, haciendo
muy agradable aquella residencia.
Yo había sabido en Londres que el padre de
Sir W , después de largos servicios en el mar, se
había retirado á Cowes para terminar allí el resto de
sus días; y allí también reposaban sin duda los restos
de mi amigo. No se debía á la casualidad la elección
del anciano almirante. sino á que Cowes es la isla
más marítima del grupo y sirve de cuartel general á
los yachts de casi toda Inglaterra. Allí se ha formado
un elegante casino, especie de oficina Ven'tas, donde
los aficionados de ambos mundos obtienen todos los
informes relativos á la navegación, el rumbo que ca·
da barco toma, su itinerario, sus escalas, la fecha
segura de la salida y la del regreso probable. Ports·
mouth, el gran puerto militar, está enfrente de la
isla; y he aquí por qué Cowes era el refugio más
á propósito para un viejo marino acostumbrado á
vivir á bordo de su buque y que hasta el último instante de su vida quería oir el rumor de las olas y ·ver
flotar los pabellones en la punta de los mástiles.
Al llegar á la posada de El cangrejo y la langosta,
lo primero que hice fué pedir flores para llevarlas á
la tumba de Sir W... La sirvienta de la posada no
pudo reprimir una sonrisa al verme formar un magnífico ramo, creyendo sin duda que yo me proponía
hacer un regalo galante; pero quedó algo confusa
cuando la pregunté sencillamente qué camino conducía al cementerio.
Agrupados alrededor de las iglesias, los cementerios de los evangelistas tienen un aspecto de gravedad que no se observa en los nuestros, donde arrojamos las flores á manos llenas y las renovamos sin
cesar. cual si quisiéramos oponer la vida á la muerte.
En Cowes, la suavidad de la temperatura, el sitio

elegido para camposanto, siempre al abrigo del viento, y la rica vegetación peculiar de esas islas han
convertido el cementerio en un fresco jardín sembrado de cruces que desaparecen bajo la hiedra. Un viejo
sepulturero, el mismo que había abierto la fosa de
Sir W... supo indicármela sin vacilar; la tumba estaba cubierta de flores frescas, depositadas allí recientemente; y sohre la piedra, aún blanca bajo el
nombre de mi amigo, reservábase un espacio para
los que fueran á reposar después de él.
Al salir del sagrado recinto dí la vuelta á la isla,
bien resuelto á no dar paso alguno para ver á la (a
milia de Sir W... , ni á revelar tampoco mi presencia;
pero no quería marcharme sin ver antes la morada
del anciano marino, aquella casita de Beldorny, conocida de todos y cuyo nombre se repetía sin cesar
en los relatos de Sir W...
Beldorny se eleva en el fondo de un jardín lleno
de sombra, discretamente oculto á las miradas y
abierto tan sólo por el lado del mar, del que no le
separa sino una terraza, que parece como suspendida
sobre el camino que conduce al muelle ó desembar·
cadero. La casa desaparecía casi bajo el follaje; dí
la vuelta á su alrededor y por entre los claros de la
cerca observé que todo estaba silencioso, como si
nadie viviera allí. Al llegará la suave pendiente que
conducía al mar, iba á retirarme, costeando la tercaza para volver al puerto, cuando un rumor de voces
sobre mi cabeza me hizo levantar la vista. A la entrada de un pequeño pabel16n de rastrojo, destinado
á resguardar del viento del mar, tres personas, con la
mirada fija en el horizonte, parecían observar el fin
del día. contemplando la puesta del sol. Un gran telescopio en su trípode, junto á una mesa cubierta de
diarios y libros, constituía el primer plano de aquel
cuadro en cuyo centro estaba un anciano de barba
blanca, cubiertos los hombros con el plaza escocés;
junto á él, silenciosa y grave, vi sentada una mujer
pálida y triste, de cabello blanco y austeramente vestida de negro. La tercera persona era una hermosa
joven alta, casi una mujer, vestida también de luto;
habíase levantado al oir el crujido de la arena bajo
mis pies, é inclinábase ligeramente sobre el antepecho de la terraza, con los brazos fuera, dejándome
ver su esbelto talle y graciosa silueta, que se destacaban sobre el fondo de verdura.
Eran los dueños de Beldorny; á no dudarlo, hallábame frente al anciano almirante \V ... y su esposa;
y en cuanto á la hermosa joven, no podía ser otra
sino Natalia, la hermana de mi difunto amigo, de
quien éste me hablaba tan á menudo en nuestras
largas conversaciones con una ternura mezclada de
entusiasmo.
Estábamos tan cerca uno de otro. que hubiera podido alargar la mano y decir á la hermana de Sir W...
que e1 extranjero en quien fijaba la vista por casualien aquel instante, había llegado de Francia para depositar flores en la tumba de su hermano; que le
contristaba el silencio de aquellos que debían llorarle aún, y que les traía con ti recuerdo más vivo y más
puro el eco de la última palabra de Sir W...
Pero el movimiento había sido rápido como el
relámpago; la hermosa Natalia se echó con viveza
hacia atrás apenas se encontraron nuestros ojos; el
almirante se levantaba lentamente de su asiento de
mimbre para mirar sobre el ramaje que me ocultaba;
y en cuanto á la pobre madre, sin fijarse en aquel
trivial incidente, dejaba pasar al extranjero sin dirigirle siquiera la mirada.
La tarde que pasé en mi alojamiento me pareció
interminable y la noche fué penosa; era preciso pensar en la marcha y traté de engañar el tiempo desde
que amaneci6; pero el barco no saHa hasta las tres,
y apenas era la una. Tenía mi maleta preparada,
había pagado mi cuenta y acababa de despedirme
de los posaderos de El cangrejo y la langosta.
Sin explicarme la inquietud.que me hacía adelantar
así la hora, comencé á recorrer el muelle sin hacer
aprecio del pintoresco espectáculo que ofrecen los
viajeros que desembarcan de los yachts y los que
pasan á bordo; y sin echarlo de ver apenas, seguí la
playa y halléme de nuevo frente al terrado de Beldorny. Bien hubiera podido avanzar en Hnea recta ó
retroceder; mas impelido por no sé qué necesidad de
emoción, introdújeme en el camino hondo que contornea la casa y fuí á parar á la entrada de ésta, La
pequeña puerta de madera con su ancho alero que
desaparecía bajo la hiedra hallábase entornada, y
el cartero acababa de entregar la correspondencia.
Sin darme cuenta de lo que hacía, acerquéme y alargué mi tarjeta al criado, que mirándome con asombro invitóme á entrar. Le seguí al jardín y esperé
allf largo tiempo paseando por delante de la ventana
del piso bajo.
Los visitantes debían ser muy raros, pues veía sombtas pasar y repasar por detrás de los vidrios y com.

NúMERO 520

prendí que mi presencia causaba cierta agitación. Ya
me disponía á retroceder; pero de pie en el umbral
de la puerta, el que me había introducido invitábame
á entrar y se retiraba dejándome solo á la entrada de
un vasto salón cuya puerta estaba abierta de par en
par. En el fondo de la estancia, el anciano que a~tes
hahía visto con las dos señoras vestidas de luto mstaba á éstas á retirarse é impelíalas suavemente hacia
la salida, como si ellas hubieran insistido en quedarse; hablábalas en voz baja, temiendo sin duda que le
escucharan, y le oí repetir vivamente las mismas palabras: «¡No hagáis ruido ... no hagáis ruido 1»
Retrocedí vivamente hasta el jardín; pero el an·
ciano, con los brazos abiertos y el semblante risueño,
fué á buscarme allí y con hospitalario ademán 'invitóme á entrar. Al principio se excusó de recibirme
so1o, y díjome que su hija ·Natalia, que hablaba admirablemente el francés, le hubiera servido en aquel
instante de mucho. Yo iba á exponerle el objeto de
mi visita· pero como si desease evitar toda alusión
penosa, :Ue cort6 la palabra é hízome comprender
que mi nombre solo era suficiente para ser introducido, pues sabía de mí todo cuanto pudiera desear
por las cartas de su hijo. Resuelto al parecer á no
enternecerse1 apenas el criado dejó sobre un velador
una bandeja con una botella y dos vasos, dirigióse á
la mesita, escanció el vino, y como hombre que no
oye bien y que habla alto á fin de que se le conteste
en el mismo tono, cuadróse delante de mí ofreciéndome un vaso y me preguntó:
- tAreyon good sailorf (¿ Es usted buen marino?)
Contesté que no lo era cuando sopla la tempestad;
pero que habiendo sido la travesía favorable, pude
soportarla bien; y con este motivo referíle que en
cierta ocasión, obligado á permanecer cinco días en
el puerto de Ceuta, á causa de no ser posible des·embarcar por el mal tiempo, padecí mucho de mareo,
por lo cual no pude comer sino naranjas y beber un
poco de ron.
Al oir esto el buen anciano comenz6 á reir á carcajadas, tal vez con alguna exageración; y chocando
su vaso con el mío á la francesa, díjome que para él1
en todo tiempo, y aun entonces si la edad no le hubiese cerrado la carrera, no existía en todo el globo,
al que había dado la vuelta tres veces, ningún punto
en que pudiera estar tan á su gusto como en el pu~nte de un buque, balanceado por las olas en el centro
mismo del Atlántico. Cowes le agradaba porque desde su terrado, cuando la atmósfera estaba clara y sin
bruma, podía pasar revista á la flota inglesa; y cierto
día, su corazón de marino latió con fuerza al ver pasar su propio buque almirante, aquel en que había
enarbolado por última vez su· pabellón.
Con este motivo fué preciso brindar por Francia
é Inglaterra, que, según dijo el anciano, hubieran
bastado por sí solas para dominar el mundo «si hubiesen sabido entenderse.»
Todo esto era muy cordial, pero el tiempo pasaba
y hasta entonces no habíamos pronunciado el nombre
de Wiliam sino para evitar toda alusión á tan triste
asunto. De pie hacía un instante ante el anciano,
que estaba vuelto de espaldas á un pequeño inver·
nadero contiguo al salón, yo podía sin ser visto seguir tras el follaje el movimiento de dos siluetas
sombrías y distinguir á la hermosa Natalia, que creyéndose oculta trataba de escuchar la conversación.
Al alejar á su esposa y su hija, el almirante había
querido evidentemente evitar una escena dolorosa; y
aquí chocaba otra vez con ese respeto humano que
retrae de dar á conocer á los demás su emoción.
El reloj marcaba las dos; el barco no esperaba á
nadie; había resuelto no alejarme sin aliviar mi remordimiento, y por una suprema explicaci6n que yo
debía á la familia, disipar la ignorancia en que debió quedar al recibir la funesta noticia. Así, pues,
sin preparativo ni transición y colocándome de modo
que la madre y la hermana de William no pudieran
perder ni una sola palabra de lo que iba á decir,
pronuncié simultáneamente el nombre de mi amigo
y expliquélo todo con tono bre,·e, justificando mi silencio y el suyo Hablé de lo repentino del ataque,
de mi sorpresa, de mis esfuerzos inútiles y por último
de mis te ntat~vas siguientes, que no merecieron sino
frialdad é indiferencia Ni aun quise eludir el relato
sobre la lúgubre ceremonia á que asistió lord H ... ,
y en la que, convencido de mi deber, me contuvo no
sé qué pudor inhumano y la inexorable ley de las
conveniencias. No siéndome ya posible hacer más,
quis.e por lo menos olvidar, cuando de repente aquel
envío de una mano misteriosa, el Mi/ton y las hojas
desprendidas del librito de memorias, al que mi
amigo había confiado el secreto de nuestra rápida
simpatía (envío que hizo evidentemente alguien de
la familia), reavivó mi recuerdo. Entonces, poseído
de una idea fija, resolví marcharme á Cowes para
arrodillarme en la tumba de William, desvanecer las

NúMERO 520

LA ILUSTRACIÓN ARTISTICA

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banme con su ramaje cargado jardi~ero; mi presencia imponía á la familia, deseosa
de flores blantas.
de dispensarme sus atenciones, un cambio en su
U na vaga inquietud que no género de vida metódico.
carecía de encanto me impedía
En cualquiera otra circunstancia habría disfrutado
acostarme, y lleno de no sé qué mucho de aquella pintoresca excursión: dominándolo
ilusiones y con la vista fija en todo desde mi asiento, conducido por un elegante
aquellos horizontes tranquilos gentlemán, que había solicitado el favor de reemque yo miraba sin ver, el cuadro plazar ~¡ c~chero, iba rodeado de risueñas jóvenes
de mi vida se desarrolló de repen- muy d1vert1das, con sus frescos trajes de verano
te ante mí y parecióme que mi ~uy propios para la circunstancia, acompañada;
existencia se desvanecía poco á hb~emente de hermanos y amigos, alegres como copoco llena de mil incidentes y legiales.
sin embargo vacía, con muchas
A nuestros ojos deslizábanse como en un panorarelaciones pasajeras que sólo me ma_ dos magníficos paisajes llenos de encantadoras
proporcionaban algún placer casitas, sep~radas por cercas en flor, y de vez en
cuando yo aspiraba á la felicidad. cuando d1V1sábase entre dos pendientes de terreno
,,,,
Y me pregunté si no sería ya que formaba~ un estrecho valle, la verde superfici~
tiempo de fijarme en algo, si no del Océano nzada por una ligera brisa ó los rayos
habría en alguna parte un ser del sol reflejándose en la punta de cada 'ola.
que pudiese amarme, vivir con
A_l regresa_r, mis ojos habían visto muchas cosas,
mi vida, disfrutar de mis placeres Y. m1 ~emona conservaba un recuerdo bastante prey compartir mis dólores. Llegaba ciso pa_r~ contestar á las preguntas del almirante y
ya la hora en que esa embriaguez su familia, q_ue estaban muy orgullosos de sus islas;
constante que acompaña á la ju- pero ~n rea(idad había estado distraído, acosado por
ventud iba á desvanecerse, de· una idea fiJa, y durante la comida, cuando mis ojos
jándome ver el porvenir en toda se encontrab~n con _los de Natalia, apenas podía
su realidad; y me dije que no es sostener su mirada. Sm embargo, era llegada Ja hora;
bueno vivir solo, que era preciso yo de?ía s_aber _qué suerte me esperaba, y sin debilibuscar una compañera, y sobre dad m reticencias llevar á cabo mi proyecto.
todo conocerla bien, pues temía
Después de levantarnos de la mesa fuimos primeuna alianza desigual, no por la
dudas de l_os que le lloraban, y abriendo por última clase y la raza, sino por el carácter y el corazón. ¡Qué ro á dar u_na vuelta por el jardín y después á Ja tevez su henda, tratar de cicatrizarla. En adelante su destierro y qué dura esclavitud no sería para mí rraza; y mientras el almirante y su señora descansatristez~ profunda, inconsolable, reavivada sierr:pre verme unido para siempre á una mujer dulce y en- ban á la sot?bra del pabellón, un poco lejos de nospor la idea de aquel fin misterioso dejaría de ser cantadora que solamente viese tinieblas allf donde otros, Nat~ha y yo ~os_ sentamos. Desde allí podíatan angustiosa, convirtiéndose en u~a melancolia no yo veía luz, que no comprendiendo el sentido de mi mos seg~1r el movimiento del puerto, donde Jas
exent~ de dulzura. Con esto tranquilizaba mi corazón; vida no participara de mis éxtasis ni de mis des- ~mbarcac1ones de blancas velas y los ligeros esquifes
también_ el suyo debía calmarse, y por Jo menos po- alientos, y que cuando creyera haber llenado mi co- iban y venían en torno del vapor que iba á salir de
día asociar al recuerdo de William el recuerdo de razón y cumplido sus deberes, me hiciera volver á un momento á otro, y á veces el viento llevaba en
aquellos que le habían amado conservando sus fac- cada momento duramente á la tierra ó me dejara solo sus alas hasta donde nos hallábamos los acordes de
una b~nda_ de música militar instalada en el puente
ciones en mi memoria.
'
en las alturas adonde mi espíritu se remontaba!
del Vtctorta.
Mientras así hablaba, la puerta del invernadero se
~n el momento de cerrar los ojos, una i?lagen,
Muy pronto vimos cómo el barco desviándose
°"abía abierto, y sin que lo echara de ver el anciano pálida aún, que apenas reconocía, aparec1óseme
que me escuchaba con la cabeza baja hundido e~ para desvanecerse después en los vapores del sueño, lentamente de la orilla, se abría pas~ entre los desu sill6n, Natalia se adelantó lenta~ente con la volver con persistencia durante éste y dejarme por más; dentro de un instante iba á pasar por delante
frente alta, la mirada fija, bebiendo mis p~labras y la mañana su vivo recuerdo. Esa imagen era la de de nos?tros, y en el momento mismo de cruzar y
dando el _brazo á ~u _pobre madre, pálida, vacilante y Natalia, tan dulce y altiva á la vez, fuerte y cariñosa c?mo s1 nos saludase soltó su andanada, cuyo estrécon los OJOS enro¡ecidos por las lágrimas como una grave y ligera, á quien apenas conocía, pero cuy~ pito, aunque fuer~ esperado, nos hizo estremecer.
Entonces .t:lataha, extendiendo la mano, me señaVirgen de los Dolores.
'
mano estrechó la mía sinceramente y de cuyo cora- ló con expres16n bur_lona _el vapor en que debí haber
. Cuando hube aca?ado de hablar, con una espe- zón estaba ya seguro como si le hubiese conocido
marchado, y yo le hice fiJar la vista en el sitio donde
c!e de _alegre exaltaci~n, que me probaba que al ali- hacía largo tiempo.
me de~uve al pie del tenado y desde el cual la vi
viar mi pena proporcionaba también á la familia un
Sí, Natalia sería á la vez esposa y hermana, firme por pn_mera vez.. En tal momento no pude menos
consuelo supremo, Natalia me ofreció su mano y es- en el dolor, dispuesta á tomar parte en la lucha de
d; decirle que si había pasado tan lentamente Ja
trechó la mía con efusión, diciendo:
la vida, como si la comprendiese ya; y así debía ser, vispera por allí, fué porque mis ojos encontraron los
- «¡Gracias ... gracias!&gt;
puesto que su hermano, que se exaltaba ante mí soAl oír la voz de su hija, el anciano se había levan- lamente con nombrarla, habíame respondido de ella. suyos; que en adelante no dependía ya de mí quetado; la pobre madre se dirigía hacia mf, y allí está- Aquella era la mujer que yo buscaba; veíala pasar darme ó marcha~; que una palabra de sus labios, un
ademán, una ~1rada, bastaría para alejarme ó retebamos todos, casi confundidos en un abrazo cuando delante de mí, y era preciso que fuese mía.
nerme toda la vida, y que esperaba el ademán ó la
de repente el estampido de un cañonazo ~e estre·
Sin esperar más, en el instante mismo, al revolver palabra como un fallo supremo.
meció.
de un sendero de aquel jardín que se extendía á mis
Al hab(ar así, arranqué una rosa de la planta que
- ¡Ya es demasiado tarde!, exclamó el almirante pies, á dos pasos de sus padres, que me habían tenía á m1 lado y se la presenté.
con expresión casi alegre.
dicho la víspera, al darme las buenas noches, que
Natalia fijó en l?Í una de esas miradas que van á
El vapor de Portsmouth pasaba por delante de nos- veían en mí un reflejo del hijo perdido, debía ir á buscar el más íntimo pensamiento hasta el fondo
otros y ya no me quedaba más remedio que volverá buscarla, arrodillarme á sus pies y pedirla permiso
la posada de El cangre.fo y la langosta para esperar para amarla toda la vida. Pero de pronto, un dolola misma hora del día siguiente, 6 aceptar la oferta roso pensamiento cruz6 por mi mente. ¡Y si no estudel anciano, que habiendo recobrado toda su sangre viera libre su corazón! En la soledad en que vivía,
fría y sin esperar siquiera mi contestación, daba or- tal vez se reservaba para otro que debiera presentarden de ir á recoger mi equipaje al despacho del va se á ocupar su puesto en el hogar doméstico y á repor. Al mismo tiempo su esposa y su hija, después clamar la fe prometida.
de enjugar sus lágrimas y volviendo á ser mujeres
No era ya Natalia la joven indiferente que no se
prácticas y dueñas de la casa, iban presurosas á pre- cuida del porvenir y que no se conoce aún, sino una
parar la habitación.
joven de tranquila reflexión, que sabiendo lo que
No intenté siquiera resistirme, pues todo aquello quiere, impone sus voluntades y apenas tolera las
me seducía; y tal vez mi presencia era un beneficio de los otros, sin fijarse jamás sino en aquello que
para todos, puesto que conservaba el recuerdo de un llena su coraz6n y su pensamiento. ¡Y si hubiera
ser amado. Mientras las señoras se ocupaban de mí, dispuesto ya de su mano y estuviese ya prometida á
el almirante, más atento de lo que yo hubiera podido otro!. .. Era preciso averiguarlo cuanto antes, en el
esperar, quiso enseñarme toda su posesión de Bel: acto, y si ya no era libre, alejarme con el corazón
dorny, el jardín, la cuadra y los invernaderos, y des- apenado para no volver jamás.
.
.
pués fuimos á sentarnos' bajo el pabellón donde se . . . .
Aquella misma mañana se convino en que. yo no
reunieron con nosotros madre é hija para tomar el
te. El resto del día se pas6 en agradable coloquio, debía abandonar las islas sin verlas todas, á lo que
sin emociones ni tristezas; y á decir verdad, aliviado me guardé muy bien de oponer: la menor 0bjeción
ya de un gran peso, comprendí que mi presencia era El retraimiento en que por raz6n del luto vivía
aquella familia no la permitía acompañarme; pero
saludable para mis nuevos amigos.
La noche, corta y tranquila, se anim6 por ~l buen como entre la hora del almuerzo y el mediodía quehumor del anciano marino, evidentemente satisfecho daba tiempo suficiente, habíase pedido para mí un
de mi compañía, y poco á poco experimenté un bien- asiento en el .Drag, coche que sale diariamente, y
recorriendo todas las islas permite visitarlas sin moestar que no había conocido hacía largo tiempo.
La habitación que se me había señalado estaba lestia y hacer una ex~ursión m~y agradable.
y 0 hubiera preferido no sahr de Beldorny, pero del corazón, y después, como si hubiese leído la sinen el segundo piso, sobre la gran ventana de la fadurante
las horas matinales todos sus habitantes ceridad en mis ojos, alarg6 lentamente la mano
chada; desde allí divisaba el Océano, y apoyado en
estaban
muy
ocupados: el buen anciano no podía cogió la flor y desapareció detrás del follaje ... N~
el balc6n podía seguir la estela de los barcos que
salirse
de
sus
costumbres; agradábale dar su paseo volví á verla hasta la noche,
entraban en el puerto; mientras que los _grandes ro•
muy
temprano,
leer el Times, conferenciar con el
La velada fué corta¡ estábamos unos junto á otros,
sales, sobresaliendo por encima del teJado, rodeá·

�LA
sin romper apenas el silencio, como si, un.idos ya
por el corazón, estuviéramos todos confundido~ en
un mismo pensamiento. Llegada la hora de retirarnos, y en el momento en que buscaba con la vi~ta
el libro que yo solfa leer en cama_ y que había dejado sobre la mesita de noche, v, en su lugar una
pequeña agenda muy deteriorada que una mano
desconocida había depositado allf: era la misma en
gue mi amigo Sir W ... tenla costumbre de anotar
sus impresiones. Abríla al punto, y me entretuve
en recorrer sus páginas hasta las altas h?ras de la
noche: en el sitio donde faltaban las hoias que me
fueron enviadas en otro tiempo con el Mi/1011 vi una
página doblada', cual si yo no debiese leerla, ó por
el contrario, como si se quisiera llamarme sobre ella
la atención.
Con emoción profunda rrtis ojos se fijaron en un
pasaje en que Sir W... confundía mi nombre con el
de Natalia, deseando á ésta que encontrase un ho'?·
bre que respondiera á su corazón como yo respond,a
al suyo, y expresaba el deseo d~ ver realizarse algú~
día la esperanza que su pensamiento habla concebido rápidamente.
.
Natalia debía haber leído aquel pasaie, puesto
que estaba señalado; sin duda conocla el deseo del
difunto, y de consiguiente su corazón había habla·
do. ¡Estaba libre!
Por la mañana, mucho antes de la hora en que
acostumbraban á levantarse todos, ya estaba ~o de
pie, agitado entre el temor y la esperanza y baJo la
impresión de la fiebre que prod~ce una noche sm
sueño. Temiendo despertar á mis amigos, abrí suavemente la ventana á fin de respirar et aire puro, y
después de colocar en su sitio en la agenda de
Sir W ... las páginas que faltaban y que siempre llevaba en mi cartera, esperé la hora de reumrme con
mis amigos, contemplando el paisaj_e. Muy poco
después vi el vestido bla~co de Nata_lia que desaparecla en un sendero del ¡ardfn, y ba¡ando con precaución lancéme en s:: seguirrtiento.
La encontré en el mismo sitio que la víspera, con
la mirada fija en el horizonte; y resuelto á saber m1
suerte de una vez y á sofocar en mi alma la ¡,asión
que sentía nacer é in~adirme ó á entregar _m1 extstencia entera, devolví a Nataha la agenda de su hermano, preguntándole con gravedad si er~ eHa quten
había rasgado las páginas escritas PD! Wilham para
enviármelas, si había señalado la s1gu1ente, Y por
último si la había leido toda.
.
A cada una de mis preguntas contestó sencilla·
mente, sin rodeos y mirándome con fijeza, sin falso
pudor ni turbación, y después tomó la mano que yo
la presentaba.
Jfotonces ante aquellas olas tranquilas y aquellos
magníficos horizontes en el silencio de la naturaleza!
á la hora e'n que tod¿ se despertaba á la vida á m1
alrededor, doblé la rodilla ante la hermana de aquel
á quien tanto había querido, y p~fle permiso para
amarla mientras viviera.
TRADUCIDO POR

E. L.

VERNl!UlL

NUESTROS GRABADOS

Jacobo Meyerbeer, copia de ~ re~rato de
E. Desma.isons. - Cien aíios han cumplido rec1ente~ente

desde que vino al mundo el gran compositor cuyas vida y
obras son universalmente conocidas. .
.
Meyerbeer fué un gran revolucionano_en el arte musical, y
viene á ser el punto de unión-entre la antigua escuela que todo
lo sacrificaba á la melodía y para la cual los cant~ntes era~
el elemento principal, y en sentir de algunos composttor~ casa
único en una ópera, y la escuela moderna que profun~1zando
en el estudio psicológico y buscando ~entro d_e la ficción del
drama lírico la mayor suma de realidad posible, no ve en la
voz humana sino un instrumento más, uno de tantos detalles
que coadyuvan al conjunto armónico.
. .
.
Las obras de Meyerbeer tienen una grand1os1dad que admira y un sentimiento que encanta; hay en ellas aún ciert~ convencionalismo que plenamente justifican las circunstancias del
tiempo en que fueron escrita;;; pero son tan~as las ~llezas que
contienen, revelan tal esfuerzo por sacudir la rutma en qu,e
basta entonces se habían encerrado la mayoría de los compos1•
lores, por romper los antiguos moldes de la música italiana en
aquella época en boga, que el paso por Meyerbeer dado constituye uno de los más inmensos progresos en el divino arte.
Hace pocos días el teatro de la Gran Op~ra de París_ c_onsagró una función á conmemorar el centenario del natahc10 del
maestro que, si de origen alemán, fué francés de corazón, y en
Fram:ia desenvolvió su actividad y obtuvo sus más grandes
triunfos. El homenaje resultó hermoso, tanto más, cuanto que
con él no se trataba de desenterrar una glo ria olvidada, sino de
solemnizar una fecha excepcionalmente memorable en los anales del arte de la mí1sica, la del nacimiento de un compositOr
cuyas óperas, á pesar de las nuevas corrientes artlsticas, se representan y se aplauden de continuo en todos los teatr'os del
mundo.

Plaza de la.a frutas en Triaste, cuadro de Er-

nesto Oroci.- En la Exposición general de Bellas Artes
de Barcelona el imperio austriaco tuvo digna rcpresentaci6n,
y Trieste fué la ciudad de aquel estado que rrayor nítmero de

ILUSTRACIÓN ARTISTICA

NúMERO 520

obras rem iti6. Entre ellas figuró un bonito lienzo de Ernesto
Croci que ya dimos á conocer á nuestros lectores, no sólo por
ser una de las más notables producciones de este discreto ar·
tista, sino tnmbién por haber 11::imado justamente la atenci6n
del público. l loy que reproducimos la Pla:.a de la1 frutas! que
es uao de sus últimos cuadros1 nos complacemos en consignar
que C:-oci, dentro del género q~e cultiv~, es uno de los pinto•
res austriacos que más honran a su patria, no s61o por el asunto de sus obras, de cadcter puramente nacional, sino por sus
cualidades y por la valía de sus producciones.
Laborioso y amante de su país, fija su empeño en el deseo
de dar á conocer cuanto le rodea, cuanto evoca en él agradables recuerdos de sus primeros años ó representa lo que le
rodea y constituye la vida, las costumbres y el modo de ser de
su ciudad querida .

trasladó á Bruselas y en 1869 estableció definitivamente su residencia en Londres.
Su especialidad son los cuad ros que reproducen escenas. de
las antigüedades griega y romana, y de tal modo ha sabido
apoderarse del sabor loc~l de las épocas ~u~ pint~, que sus
lienzos más que reproducciones parecen revmscenc1as de las
costumbres y de !Qs personajes de aquellas hermosas civilizaciones.
Mas no se crea que enamorado de lo antiguo descuida ó desdeña lo nuevo; también de cuando en cuando deja de mano
los asuntos de Grecia y de Roma, y demuestra que para un
temperamento y una educación verdaderamente artísticos todos los género:; son unos y que el pincel que tan admirablemente pinta los personajes, trajes y objetos de las remotas edades puede con igual maestrla trasladar al liento la figura de
una miss de nuestros dlas como la que reproduce nuestro graEn buenas tn.anos está el pandero, cuadro de bado, obra maestra d"entro de las tendencias más modernistas.
D. Enriqu e Luque Roselló.-No es mala loterla laque
le ha ca ido al in fe lit borrico: harto de' trabajar, que no de coSe.fo estudio al óleo de Carlos Oehrts. -Cuanmer, pues la pitanza no está en proporción con la faena, y
cuando sus extenuados miembros y su exhausto estómago re- do se tr~ta de la reproducción de una figura histórica ó legenclaman imperiosamente el pesebre donde reparar sus fuerzas, daria cuya personalidad flsica no conocemos, importa ante
apodérase de él una turba de desarrapados chiquillos que tra- todo ver si la obra del artista responde al modo dt: se r moral
tan de encaramarse sobre sus flacos lomos, y aunque algunos que la ' caracterizaLa y que puede deducirse, dentro de cie1to
patr,1n su atrevimiento con tumbos y costaladas, no cejan en su cálculo de probabilidades, de los hechos que la historia ó la
empeño de cabalgar en el desdichado animal que con pacien- tra'1ición le atribuyan ó de las obras que su ingenio legó á. la
posteridad y basta nosotros han llegado.
cia sufre tales improperios.
La célebre poetisa de Mitilene, aun despojándola de las exaEste cuadro del Sr. Luque Roselló es un bellísimo est~dio
de la naturalezn, lleno de vida, de movimiento y de expres1!.n : geraciones que la fábula ha acumulado sobre ella, se nos revehay verdad en el paisaje, en las figuras y en los m:l.s nimios la en sus composiciones poéticas como dotada de un alma
detalles, demostrando todo ello un gran espíritu de observación ardiente, apasionada, soñadora. Así se nos presenta en su
Himno á Vt11us y en su Oda á tma 11111/er querida, asf nos la
y un conocimiento notable de los recursos del arte. .
Y ya que de este artista hablamos, hemos de consignar que retrata el inspirado vate D. Víctor Balaguer en su hermosa
su Salve Rerina, que publicó LA [LUSTRACIÓN ARTÍSTICA tragedia y en el erudito trabajo que á. modo de prefacio la
en su ní1mero 475, ha sido premiada con medalla de oro de acompaña.
Esto sentado, el busto del pintor alemán Carlos Gehrts ¿se
segunda clase en la última Exposici6n [nterna~io11al de ~el)as
Artes de Berlín. Felicitamos á nuestro compatriota por d1stm- ajusta á la relación que la fantasía se complace en establecer
entre los rasgos éticos y los físicos de una personalidad deterción tan honrosa como merecida,
minada? ¿Existe armonla entre el rost ro de su Safo y la fisonoMausoleo que ha d e erigirse en la. Habana en mfa moral que má.s generalmente se atribuye á la desdeñada
honor de Jas víctimas deJ incendio ocurrido en amante de Faón? En nuest ro concepto, esa relación y esa araquella ciudad en 17 de mayo de 1890. Obra monla existen de una manera perfecta en la obra que nos ocude D . Agus tín. Querol, escultor, y D . Julio pa y con decir esto creemos haber hecho su mejor elogio.
Zapa.te., arquitecto. - Recordarán nuestros lectores el ~oUn detalle para terminar: para_este estudio si rvióle de morrible siniestro ocurrido hace año y medio en la capital de la isla delo á Gehrts una artista alemana residente en Roma, la repu•
de Cuba: fué un desast re horroroso que conmovió profunda- tadagrabadora Cornelia Wagner, cuyas obras tan conocidu y
mente á la población de la Habana, no ya por sus pérdidas admiradas son en el mundo dd arte .
materiales, á pesar de ser muy considerables, sino por el nú•
mero y calidad de los que en tan triste jornada fue ron m.Írtires
Lavade ro en Alcalá de Guadalra, cuadro de
de un deber, tanto más meritorio, cuanto más voluntario. La D . Juan García Ramos.-Cacta uno de los lienzos que
brigada de bomberos de la Habana compónese en su mayor produce Juan Carda Ramos es una nota más que agrega al
parte de los jóvenes más distinguidos de la sociedad habanera: extenso catálogo de sus bellas composiciones y una nueva mamuchos de ellos perecieron en el incendio del vasto estableci- nifestación de la brillante escuela sevillana. El Lavaátro en
miento de los Sres. Isasi, y aún no se ha borrado de nu~tra Akalá de G11adaira ofrece especial atractivo por la riqueza del
men1oria lo que leimos acerca de la imponente manifestación color y por los derroches de luz que repr&amp;ducen con fidelidad
de duelo que hizo la capital entera con motivo del entierro de los bellisimos contrastes y los varios tonos que produce la tieaquellas veintiocho victimas.
rra andaluza cuando la ilumina y esmalta su llermoso sol mePara perpetuar su recuerdo promovióse, simultáneamente por ridional. Los encamos de la naturaleza, que tan pródiga, bella
el ayuntamiento y el .Dian·o de la .Afarina, una suscripción y fecunda se presenta en aquel rincón de la patria española,
pública, que llegó ;{ reunir unos cuarenta mil duros en oro, con los tipos, los cuadros de costumbres cobran nueva vida cuando
el objeto de erigir un mausoleo en el grandioso cementerio de los transporta al lienzo este pintor sevillano, ya que brotan de
Cristobal Colón, que guardase los restos de aquellos héroes. su paleta esas combinaciones de color&lt;Jue sólo puede concebir
Reunida la suma que se consideró necesaria para dar forma á quien como él cultiva el arte con entusiasmo y conoce y siente
tan levantado pensamiento, procedió la comisión ejecutiva ;{ el pafs en donde halla asuntos que trasladar al liento.
circular una amplísima convocatoria á los artistas de todos los
Juan Garcla Ramos es, no sólo uno de los dignos represenpaíses para que enviasen sus modelos al concu rso. Veintidós tantes de la escuela sevillana móderna, sino también uno de
escultores de Europa y América han enviado igual nú~ero de Jos más discretos pintores de género y costumbres,
modelos, algunos de ellos notables, que demuestran, no sólo el
mérito y las aptitudes de sus autores, sino también cuánto se
Descanso durante la fuga á Egipto, cuadro
han iden1ificado los artistas con el pensamiento de la comisión
de ?durillo, exiwmte en el Ermitage Imperial de San Peorganizadora.
tersburgo. - Catalina U, Alejandro [ y Nicolás I, he aquf los
Tres modelos llamaron desde el primer momento la atención tres Sl'lberanos rusos á. quienes se debe la existencia del actual
del público y de los inteligentes, siendo premiado el que re• Museo de Bellas Artes de San Petersburgo: la primera mand6
sultó ser obra del escultor D. Agustín Querol y del arquitecto
construir para su uso particular el antiguo Ermitage; el segunO. Julio Zapata. Bello y original es el momumento, hallándose
do hizo de él un museo público, y el tercero, en vista de la inen él armonizndos el esfuerzo de la escultura y la arquitectura,
que determinan en el conjunto de la obra cierto carácter d,e suficiencia del edificio, le agreg6 el nuevo Ermitage, confiando
la construcción de éste á Klenze, el célebre autor de la Pinagrandiosidad que cautiva é impone. Constitúyelo un z6ca.lo coteca
de Munich.
perforado en sus cuatro frentes por igual número de graderias,soLas riquezas artisticas que el Ermitage contiene son innubre el que se elevan dieciséis pilares sosteniendo ocho tímpanos
de verja y cadena que limitan el contorno. Dichos pilares sin- merables y de incomparable belleza, dignas, en una palabra,
tetizan la idea del misticismo del mausoleo, puesto que sus de la capital de un gran imperio y de un gran pueblo.
Entre sus más preciadas joyas figura el magnifico lienzo de
cuatro caras y la planta forman el símbolo del cristianismo,
asl como recuerdan los colgantes que penden de las cadenas Murillo que reproducin1os y acerca de cuyas bellezas nada polas lágrimas que el dolor arranca, y los murciélagos que rema• drlamos tlecir que no fuese repetición de lo que tantas veces
tan la verja simbolizan la muerte. Veintiocho nichos, empla• hemos consignado hablando de las obras del que con raz6n ha
zados en el cuerpo del monumento, cobijados por arquerfas, sido llamado príncipe de los pintores españoles y las cuales se
destinanse á encerrar los restos de las victimas de la catástrofe estiman como tesoros de excepcional valor.
cuyo retrato se destacará en su respectivo medallón. Una cor•
Estatua en bronce de D. Evaristo Amús,
nisa, en cuyos cuatro extremos se apoyan las estatuas de la Abnegación, el Dolor, el Herolsmo y el Marti rio, terminan este obra de D . Pedro Carbonell , fundida en los talleres
segundo cuerpo,que remata en una soberbia columna en laque de los ~rell. Caix&gt;t, de Barcelona. - Un año ha transcurrido
se hallan artlsticamente colocados varios trofeos fo rmados con desde la fecha en que dejó de existir el Excmo. Sr. D. Eva·
los útiles y herramientas de los bomberos, destacándose en la risto Arn(1s, y justo es consignar que á pesa r de las condiciones
cara principal una gran rodela que contiene la inscripción de la especiales de la vida moderna en las grandes capitales, Barcelona
fecha conmemorativa del suceso. En el capitel figu ran los es- guarda vivo y respetuoso recuerdo á aquel distinguido prócer,
cudos de España, Cuba, la -Habana y de los bomberos, y como que después de haber amasado con su trabajo una cuantiosa
feliz remate un grandioso grupo que representa el Angel de la tortuna, sirvióse de ella para fundar benéficas instituciones,
Fe sosteniendo en sus brazos el cadáver de un bombero y con- fomentar las artes y la industria y socorrerá los desgraciados.
Todos recordamos la simpática figu ra de aquel anciano, tan
duciendo su alma á la gloria al amparo de la cruz.
Tal es la obra de Querol y Zapata y tal esel triunfo alcaaza • afable como sencillo, al que jamás envanecieron los honores
do en este q"ue pudiéramos titular Universal palenque. Reciban ni la fortuna . Justo y merecido tributo es el que le rinde su
uno y otro nues tros sinceros pl.ícemes, extensivos á la ciudad familia erigiéndole una estatua en uno de los salones de la
de la Habana, por haber sabido honrar de manera·tan comple- casa de banca que fundó y dirigió, pero no dejarla de serlo
ta y sentida la memoria de aquellos veintiocho héroes que también que esta manifestaci6n intima la acogiera Barcelona,
puesto que D. Evaristo Arnús figura rá siempre y con justicia
merecen figurar en el número de sus preclaros hijos.
en el número de los más preclaros hijos de la ciudad de los
Retrato, por Alma Tadema. • Este pintor, holan• condes,
El escultor D. Pedro Carbonell, que acaba de obtener un
dés de nacimiento, pero naturalizado desde hace cerca de cualro lustros en lnglaterra, cuya soberana le entregó con sus triunfo en el concurso recientemente celebrado en Madrid por
propias manos la carta de ciudadanla, pertenece al ní1mero de su estatua de Vives, ha sido el que ha modelado la del Sr. Araquellos escogidos cuya fama se ha extendido por todo el orbe nÚ¡:1 que es quizás un tanto realis1a, pero bien ejecutada como
y cuyos cuadros se pagan á precios fabulosos. A los quince todas las producciones de este discreto artista catalán, al que
años de edad pintaba, sin haber recibido lecciones de nadie, felicitamos, puesto que ha sabido imprimir carácter y distintiva
su retrato y el de su hermana, que fueron expuestos en 11na ga- expresión á su obra.
lería holandesa: después de uaa gravísima enfermedad, ingresó
en l_n Academia de _Artes de Amberes, desde donde pasó al esJABON REAL
JABON
tudio del célebre pintor belga Leys; en 1861, es decir, cuando
contaba veintitrés años terminó La educodún de los hijos de oETHRIDAC l
VELOUTINE
Clodovto, lienzo que cimentó su sólida reputación; en 1863 se latoa,..Cdo1 ,or ltt(.rif&amp;b1 aN!ru flll la lif{llt 41 la Pill J klll'JI úl Callr

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NúMEKO 520

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

799

Las ca.saa e~lljeras que deseen anunciarse en LA ILUSTRACIÓN ART1STI0A dlrfje.nee para Informes á los Sres A. Lorette, Rue Caumart!D,

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y Conoalecenctaa1.contra las J&gt;iamiu y las Ateccwnu del B1tomaoo y los tntesttnoi.

en el momento

deiaMenstruacionyde

EPILEPSIA

Cua.ndo se trata de despertar el apcUto, asegurar las dJgesttones, reparar las tuerzas.
enrtquecer la sangre. enionar el organismo y precaver la anemia y las epldemtas pro,oCld.as por los calores, no se conoce nada superior al "••• de 9ui.aa de .t.rou.d.

LA

Ro, fflO_.,or. en Pario, en casa do 1. FERRÉ, Farmaceirtio,, 102, me Richelieo, Sucesor dtAIIOOD.
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GBLINEAU
toda,
la, Fnrmacla,

En

EXIJASE "i!ºt': ARDUO

J.IDUSIIER1C",oleuu1,o,ea&lt;,1ar11

Participando de las propiedades del Iodo
y del Hierro, estas Plrdur..s se empican
espcclalmentc contra las E1croru1as, la
Ti:sh y la Debnt4ad de temperamento,
asl como en todos los casos( PáUdos colores,
Amenorrea,&amp;.•), en los cuales es ncccsarto
obrar sobre la sangre, ya sea para ctcvolverla
sn riqueza y abundancia normales, ó ya nara
provocar 6 regularizar su curso pcrJói!iCo.

Lu
Pe110Du tU COlltUI lH

PILDORASt!DEHAUT
•

110

OE PAAI S

t1_tubean en purgarse, cuando Jo

Dece11tan. No temen el asco ni el esa ..

;anclo, porque, contra lo que sucede con
~s demaa purgante,, este no obra bien
sino ~uando se toma con bueno, alimentos
;y beb1daslortJ.ticsntes, cual el vino elcaf;j
el U. Cada cual escoge, para purgárse, Js'
hora Y la corzuda gue mas Je convienen,
seyua 1us ocupac,onea. Como el causan
c10 que la purga ocasiona queda com ..
pletamenteanuladoporelefectodela
buena alimeneacioa empleada uno
,. decide l4eümente 4 volvér

• empenrcuantar veces
101

necesario,

~ ~ rarmacenuw, eo Parl!,
Ru• Bonaparte, 40

NB

El Joduro de h1crro Impuro O;lJterado
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las verdaderas Plltlorrrtt ~ :nauco-rd,
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Querido enfermo. -Ff&amp;t Vd . .t mi lart• experiencia, los Fabr icantes para lareprcstón de la íals1•
Q
1 hat• uao dt nutttro1 BRANOSdt $AWO,pue, t i/os Ocación.

le curarán de ,u con1t1pacion1 ft darán 1petHo le
derof,erjn el ,ueño 1 la 1/etm. - A11 r,r/r.t Vd.

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d; 11,.,,.

.Ap_r'!bados ~or /a Acndsmia de Medicinn de Paria~ inaertadoa en 11\ t...oJeco,ón
Oficial de Formulas Lagalea por decreto mfo,a,erJal de 10 de 111Jar.zo de 185-f,
e Una com pleta lnnoculd&amp;d, un4 eficacia ¡,c1rcctamontc comprobada en el Catarro

eptdemtco, las BronqutU1. Catarros, Reumas. Tos, asma e trrttucton do la gargauta han
grangeado al

JARA13E

Y ~ASTA

lit: AOBERGIER

una htn1cu~a fama,»

'

(B~ 1racto del Formulano JUdaco del 5" Boudardat talectrdtieo d, la Fi1eullad de Mtdicina (!6, ,dittdtt)
'
Vcu~a por mayo~: COMAR y e•. !S. Calle de Sl~Claude, PARJS
•
•

•

•

•

•

•

•

•

DEPOSITO EN -~LAS Plll:,iCJPAu:s
BOTICAS
,.~ ' , i . \ l . ;

�LA

800

NúMERO 520

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

vida austera y laboriosa, es prenda segura de la
bondad de las obras que de su pluma salen. Marido y mttjer es una novela interesant!sima, sencilla, admirablemente concebida y desarrollada y
que entraila un pensamiento profundo y una lección elocuente de las causas que insensiblemente
pueden convertir en una afección poco distante de
la frialdad el más apasionado cariño de los esposos.
El libro\elegantemente editado por los señores
Sáenz de Jubera hermanos, de Madrid, forma
parte de la Colección de libros escogidos y se
vende en las principales librerias al precio de 3
pesetas.

LIBROS ENVIADOS A ESTA REDACCION
POR AUTORES Ó EDITORES
MEMORIA SOBRE PUERTOS OSTRER0S, por don
Cándido Hidal¡o y Bm111Jdez. 7 L~s condiciones
de esta sección y de nuestro periódico no nos per•
miten analizar el problema que plantea el autor
del folleto y c.iya solución considera factible .. Di·
remos ímicamente que el asunto nos parece digno
de estudio y que su importancia, caso d7 ser fac•
tibie la idea, puede com¡irenderse temendo ~n
cuenta que el Sr. Hidalgo se pro~one con su sis•
tema sustituir con grandes ventaJaS las obras de
escollerado por construcciones ostrícolas natu•
rales.

•••

•••

ESTUDIOS JURÍDICOS, por Robustia110 Vera •
- El ilustre jurisconsulto chilenti Sr. Vera ha emprendido desde hace algunos años la noble tarea
de difundir en el extranjero el conocimiento de
la legislación de su patria, y para ello no ha cesado de publicar en revistas españolas, francesas,
italianas, austriacas y americanas interesanúsimos estudios sobre importantes temas jurfdicos,
que le han valido generales elogios. Algunos de
ellos han sido coleccionados recientemente en
Chile y el tomo en que aparecen reuniaos ofrece
no poco interés para todos los que á la ciencia del
derecho se dedican.
El Sr. Vera es autor de infinidad de obras de
derecho, de cuya enumeración prescindimos porque nos ol;iligar!a á traspasar los limites d: esta
sección,

TORQUEMADA, drama de Vlctor Ht,¡o,_ v~rti~o
al espaflol por Francisco Calcag110. - El distt~gu1•
do poeta americar\0 Sr. Calcagno ha publicado
una esmerada traducción en verso de este drama,
conservando en ella las bellezas que á manos llenas derramó sobre su hermosa ~oncepción el más
grande de los poetas de nuestro siglo.

•
••
DISCURSO LEIDO EN LA SOCIEDAD FILANTRÓ·
PICA ARTÍSTICA DE VALLADOLID, por D. L1tis
Zapatero y Gom:ález. - En el ~olenine acto de la
inauguración del curso académico de 1891 á 1892,
el Sr. Zapatero, secretario de la Sociedad, pro•
nunció este discurso en que se demuestra con
buenos argumentos, exp~es!os en correcto es.tilo,
la importancia de la asociación para conseguir la
instrucción de! individuo.

•••
ZARAGOZA ARTÍSTICA, MONUMENTAL É JIIS·
TÓRICA, por A. y P . Gascón &lt;Ú Gotor. - Hemos
rebibido los cuadernos 46 y 47 de e.ta interesante
obra, que contienen, además del notable texto,
cuatro excelentes fototipias que representan: arcos
árabes del palacio de la Aljafer!a; la cúpula de la
iglesia de San Miguel, parroquieta de la Seo; tres
capiteles árabes de la Aljaíer!a, existentes en el
Muse• Provincial de Zaragoza, y un fragmento
árabe de un ancho friso superior del castillo de la
Aljaferfa, que se conserva también en el referido
Museo.
Suscr{bese á esta obra, digna de figurar en las
mejores 'llibliotecas, en casa de les autores, Contamina, 25, 3.•, Zaragoza, y en Barcelona en
la librería de D. Arturo Sim6n, Rambla de Canaletas, 5.
El precio de cada cuaderno (ocho páginas de
texto y aes láminas sueltas en impresión fototlpica) es de una peseta.

•••
T RATADO DEL CULTIVO DE LA REMOLACHA
AZUCARERA, por /orge Dl'rtatt, lradttcido por
Wladi1111r Gl'errero. - El interés que en todo
tiempo ha tenido cuanto con la ~gricultura se re•
laciona aumenta por modo considerable en mo•
mentos como los actuales en que las naciones eu·
ropeas y americanas, llevadas de un egoismo ~al
entendido, se aperciben á una lucha econ6m1ca
cuyos funestos resultados se tocan ya y se dejar~n
sentir más intensamente cada dla En estas cu•
cunstancias, todo lo que tienda á ensancha~ la.es•
fera de producción de un pais ofrec~ especial 1~portancia y merece atento y med11ado estudio.
El cultivo de la remolacha azucarera ofrece por
(&amp;'.a razón anchos horizontes á la iniustria agri•
cola de nuestra patria, y el Sr. Guerrero, disti_n·
guido ingeniero agr_ónomo! ha prestado á _misma un buen servicio vertiendo á nuestro 1d1oma
la excelente obra de M. Jorge Dureau y anotándola considerablemente.
El libro, que lleva ocho hermosas fototipias,
se vende al precio de 8 pesetas en Granada, en la
librerla de los Sres. Viuda é Hijos de P. V. Sabatel ¡Mesones, 52¡ y al de 9 en las demás principales de España.

!ª

•••
ULTIMA JORNADA CONTRA LA DICTADURA,
por Ismael Va/dls Vergara, Secretario general de
la escuadra co~gresista chilena. - Constituye este.
libro una carta dirigida á D. Diego Barros Arana,
en la que se hace una relación sumaria de las
operaciones de la guerra civil en Chile desde 3
de julio á 28 de agosto de 1891, 6 sea desde el
levantamiento de la escuadra basta la batalla de
Placilla, que dió el triunfo definitivo á la causa
constitucional.
Es una obra digna de ser leida por cuantos se
han interesado en los últimos sucesos de la Repú ·
blica chilena, pues en ella está tratado en vigOl'o•
so y sobrio estilo cuanto á los mismos se refiere.

•••
MARIDO y MUJER, por el co11de leó,i To/stoi.
- La justa y universal nombradía conquistada en
el mundo literario por el noble ruso que despreciando los lujos y costumbres mundanos, causa
según él de la casi totalidad de los males que afligen á la humanidad, se ha retirado al campo á
predicar con el ejemplo las excelencias de una

· , y.,&amp;f.lADE8••1E1ro,.
\iJ~
a
..,,,,

DON EVARl~T0 ARNÓs, eslalua en bronce, obra de D. Pedro µrbonell,
fundida en los talleres de los Sres. Cabot, de Barcelona

ª AlimEt~~,~~~~ 16!!1!!.~pandor-.

Enfermedadesd,,Pecho

VINO
FERRUGINOSO AROUD
Pepsina Boudault
T

cox TODOS LOS nuccmos tnJnlTIVOI »• u

CABHB

e.a.an. mll!!IIII• .,_ ellD&amp;t Dtes m01 de mio conUna&amp;do 1

!prüaia por la AC&amp;DEIU H mico,

PREIIO DEL INSTITUTO AL O' CORVISART, EN 1856
1114a11u •• l&amp;o hpo1lclou1 l1tonadoo&amp;l11 do

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todu las emineDCIU m6dlcu preubla que 811~ UOCllCklD de la Clarae, el alene y la
9CIJaa oouaULuye el reparador mu enc:nrtco que 18 conoce para curu : la Cwrdní, la
.lM!llflJ, lU
dolorolU, el Jf•,olwte(tttúnlo 11&amp; -'.lteroelolt 41 14 &amp;af19r,,
el RaQum1JNO, w -'./~ tser0/'11,1411111 IWWlnlliau, ele. &amp;1 WI■• •ernstM.. t1e
.u.•• ea, en etec&amp;o, el único que reune lodo lo que en&amp;ona y Corlalece loe orpnoa,
reguJ~ coordena y aumen~ oonalclerablemcn&amp;e lu tuersu ó tnflul&lt;le a 1&amp; MIIINI
empobl'Ul:lda y c1el00lor1&lt;1a : 81 '"""· la C04orllCWII 1 I&amp; lttergfa ottiu.

"""'l'IIIICWflU

.Por. .,.,..• laril, ea wa de J. F!RÚ, fU"1111U111it.o, tOt, nae Richelieu, Sa.cetor a, ilOUD.

a

'QICD•

IUI TODAS 1.U PIUMClPü.U IIOTIC.LB
11
1

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:=: AROUD

P. LAMOUROUX
Antu, Farmao4utico

65, Calle Vaanlllera, l'art1.

E! l arab, de Pierre Lamourouz ,,
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POLVOS, de PEPSINA IOUDAULT

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4e ¡oma J dJ aba.1&gt;01e1, convtene 101&gt;r1 -,oao i tu peraonu -deucac1ü como
mQJere1 J lllnos. su &amp;111to e:r.cetente no perJucltca en modo l.l¡uno , 1u incacta
l. contra 101 USRl!DOS 'f toclu lU IIPUJUCJOIIS del PECIO J de 101 DTESffllS. .J

, ... 14,

DE

DIIIIT. . .

BAJO Ll FORll.l DI

•

Jarabe Pectoral

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• • - • • ' - • O,ALL• • •

&amp;rrou. i10,

ltp6alto Gt1eral : 45, Cllll fmllllen, 45,!WS
8• rende en todu /u bu111u farmacia,.

.W'•rt11cae. . .

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~eo.._n•JUU'd, Gueraant, eLc. ; ha recl.l&gt;tdo la COAl&amp;~actcSa 481 \lempo: en el

GRANO-DE LINO JARIN F~Rt~'ó~~s
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~PITE EPILATOIRE DUSSER
..

:f:tnir
h~ta lu RAICES el Yl!LLO del rostro de lu damu (Barba, Blrcte, etc.). IID
de :ia
para el cutiJ. SO Año1 de Íldto, y millam de tesllmonlos prantuan la eftcada
pellg!O

1 111, ~ la barba. y en 1/2 01111 pan el bigote ligero), Para
los bru:e':;;:.:e(:
j:}11º.,ºU.U.B,
•
D"O'SSER, t ,rue J .. J.•Rouaaeau.Paria.

Quedan reservados los derechos de propiedad :irt!s1ic:1 y literaria
btr.

DF.

MONTANER Y SIM ÓN

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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