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                  <text>AílO

XII

- - - - - -•

BARCELONA

20

DE FEBRERO DE 1893 ,.__ _ _ __ _

NÚM. 582

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

..

LA VIRGEN NEGRA, cuadro de Pablo Quinsac

�LA

122

Texto. - Ci·ónica de Arte, por R. Balsa de la Vega. - E xposi·
ción amerii-ana en Madrid. La expedición Hcmeuway en las
salas de los Estados Unidos, por Eduardo Toda. - Suenos que
matan, por José de Roure. -En las mejillas, por J osé Fer•
nándei. Amador de los Ríos. - Nuestros grabados. - Cargo de
co11eie,uia(continuación), por JuanaMairet.-SECCIÓN CIEN·
TfFICA: La C/'011ofotografla. N111r,10 método para anali~ar el
movimiento en las ciencias físicas y naturales.
Grabados. - La Virgen negra, cuadro ele Pablo Quinsac. -

E_xf!osición americana. Sección de los Estados U11idos. Expe·
dzrzón Hemenway (de fotografía del Sr. Compañy). - Sa11 Se·
bastián, copia del celebrado cuadro ele G. Bazzi, llamado «el
Sodoma.» - Diploma concedido á los expositores premiados
e~ la Exposición ele Industrias artísticas, dibujo de J. L. Pe·
lhcer. - Medalla de oro concedida á dichos expositores que
han sido premiados con esta distinción, acuñada y vaciada por
los Sres. Castells y Beristain. -Sepelió de Mr. james G.
Blai11e en el ce111euterio de Oak Hill ( Wdslti11gto11 J. - .Míster
/ames G. Blai11e en su lecho de muerte. - ¡ Otra Afarga1·iJa!;
,!ixvoto; D!a feliz, cuadros de Joaquín Sorolla. Exposición
internacional de Bellas Artes de 1892 (de fotografia de Nico·
lás Capdevilla). - El sombrero de tres picos, cuadro de José
Carbonero. Exposición internacional de Bellas Artes de 1892
(de fotografia de Nicolás Capdcvilla). - Tres grabados refc.
rentes á la cro11ofotografía. - Vista ge11eral de Vil[o.

..............,......,......,......,......, ....................................................... ·, ..........., ......,......,..,...,
CRÓNICA DE ARTE
Silencio profundo, marasmo inmenso, algo como
somnolencia de un organismo debilitado por escenas
de actividad ó por luchas intelectuales gigantescas,
superiores á su potencia psico-física, tal es el est'.tdo
del arte español en estos días.
A las batallas de todo género libradas en el año
de 1892, sucedió mortal quietud. Maltrechas las hues•
tes tradicionalistas, rendidas las que combatieron en•
frente de la tradición, casi fracasado el esfuerzo he•
cho para romper lanzas en el palenque del último
cert'.tmen internacional de Bellas Artes, las gentes ar•
tísticas miran recelosas las probabilidades de una Ju.
cha nueva. Los vencidos temen á otra derrota, los
vencedores no cuentan con alientos suficientes para
tentar de nuevo la victoria, desamparados como hoy
se encuentran de poderosas fuerzas que lidiaron por
ellos con denuedo. Tal, repito, es en la apariencia el
estado del arte español. Pero en el fondo, allá en la intimidad de las colectividades y personalidades belige·
rantes, es otra cosa. Las luchas son más encarnizadas
que nunca. No se trata tan sólo de defender lo que
cada cual tiene ó pretende tener entre las uñas; se
trata de acaparar prestigios á costa de prestigios, de
imponer criterios á roso y belloso, de rematarse en
fin, no apoyándose ¡ay! en ideas y obras, sino en razones de disputa y en orgullos de particulares, no de
artistas.
Cuando todavía resuenan los chasquidos del látigo
con que la opinión pública y la crítica les fustigó;
cuando el imperio de una decadencia cuyo fin no se
adivina, les anula; cuando amenazan los bárbaros ci•
vilizados arrollar por entero el arte latino, disputándole el puesto que por tantos y tantos siglos ocupó
en el alto concepto de la vida espiritual; cuando se
litiga en las naciones cultas en favor de la indepen•
dencia de las manifestaciones artísticas oponiendo el
individualismo á las metafísicas doctrinales de todo
género de escuelas, aquí disputan esos artistas empe·
catados que tan mal lo hicieron en el reciente tor•
neo las escasas y últimas prerrogativas que todavía
prestan galvánica vida á corporaciones muertas ya,
ante la cultura y los ideales nuevo5i tratando de al•
zarse ellos con otro poder y con otra autoridad, imponiéndose por la audacia, no por el valer propio.
Pero no es la culpa toda de esas gentes, es ... ¡cuán
terrible y cansado repetirlo! de nuestros gobernantes,
de nuestros ministros de Fomento, los cuales, distan•
ciados por completo del medio artístico, sin criterio
alguno, obran empíricamente y caen al cabo en lo
absurdo. Tal fué la Real orden dictada para elegir
tribunal que excogitase las obras que de pintura y escultura habrán de figurar en la Exposición colombi•
na de Chicago.
En honor de la verdad, debo decir que gran número, la mayor parte de los artistas que figuran como
socios del círculo de Bellas Artes, tuvieron la honra,
con tan mal acuerdo dispensada á aquella sociedad por
el Sr. Moret, encargándole del espinoso cometido de
admitir ó rechazar cuadros y estatuas, como· honor
perfectamente perjudicial y además ajeno al espíritu
de una asociación cuyo fin es el de aunar voluntades
y atraer artistas, único medio de hacer mercado en
Madrid. Sin embargo, prevaleció el criterio de unos
cuantos deslumbrados por el honor recibido y... se
rechazaron obras de Muñoz Degrain, del maestro que

NúMERO

!LUSTRACIÓN ARTÍSTICA

cuenta medallas de oro en mayor número que de
bro!'lce todos los individuos del tribunal artístico; del
paisista recientemente laureado con primer premio
Morera, de ¡qué sé yo cuántos otros! El descontento
se acentuó; hubo una reunión magna y allí estallaron
como bombas los improperios... La academia de San
Fernando por su parte, según me manifestaron varios
académicos, dirigió un oficio al ministro de Fomento, pues el jurado libre eligió ó pretendió elegir - que
esto todavía no está en claro - las obras del Museo
Nacional que debían remitirse á los Estados Unidos,
y i estas alturas no sabe nadie, excepción hecha de
ciertas personas, si se anula lo hecho ó si al cabo pre•
valece. ·
Otra lucha sorda es la que, á propósito de ciertos
tiquismiquis oficinescos, se le está haciendo al escul•
tor Querol, con motivo del dictamen emitido por la
Academia respecto del modelo definitivo del frontón
de la nueva Biblioteca. Yo, que he leído dicho docu•
mento, puedo afirmar que á vuelta de censuras, los
inmortales del arte reconocen grandes méritos en la
obra del escultor tortosino y concluyen diciendo:
«Con las reformas que crea convenientes el autor, la
obra puede reproducirse en el mármol.» En vano he
tratado de explicarme las detenciones que está sufriendo el expediente en Fomento y el insistente ru•
mor de un absurdo que no me atrevo á estampar.
Quizá en el próximo artículo dé noticias interesantísi•
mas respecto de esto y del final que haya tenido para
entonces la batalla primera. Será otra Crónica. Me
figuro, por los barruntos, algo estupendo, algo que
serán platos rotos pagados por el arte y el buen sentido. ¡Ojalá me equivoque!
Y á todo esto, los modelos en yeso de las estatuas
decorativas de la Biblioteca alH están, sufriendo á la
intemperie los desgastes y roturas naturales de la li•
viana materia de que están hechas; y los artistas es·
perando pacientemente á que se resuelva el Estado
á cumplir el compromiso con ellos contraído, devolviéndoles esos modelos para reproducirlos en mármol
y cobrar sus estipendios. ¿Cuándo será eso? Por las
trazas me figuro que aún tardari el día.

***

Querol, á pesar de los contratiempos que le pro·
porciona el frontón, trabaja - valga el vulgarismo como un descosido. Además del infinito mímero de
bustos-retratos que hizo y hace, prepárase á reprodu·
cir en mármol el relieve titulado: (San Francisco de
Asís curando á los leprosos;» está dando los últimos
toques de palillo al modelo á todo el tamaño del mo•
numento que en la Habana habrá. de erigirse á los
bomberos muertos en memorable incendio; terminó
otro grupo que le encargó la R':!pública mexicana, en
el cual representa al P. Las Casas amparando á unos
indios, y en estos días se ocupaba también en el bo•
ceto de una estatua de Colón para la República de
Santo Domingo, si no recuerdo mal. Estos dos trabajos que cito últimamente no pasan de la categoría de
bocetos, aun cuando bastante detallados.
Al hablar de Querol viénese á la memoria el nombre de mi querido amigo el insigne escultor Mariano
Benlliure. De este artista contará pronto la villa y
corte una nueva estatua; la de María Cristina, cuyo
pedestal está casi terminado. Alzase frente al nuevo
edificio de la Academia de la Lengua, al museo y
parque de artillería y al restaurado Casón hoy museo
de reproducciones. Si viviera la última mujer de Fer•
nando VII no se quejaría de la compañía ni del ar•
tista que le cupo en suerte eternizarla en el mármol.
No fueron tan felices el gran Cervantes ni el inmortal
Velázquez.
Otra estatua se erigirá pronto en Santiago de Galicia á un prelado, al cual hizo célebre la fundación
que en favor de sus innumerables parientes instituyó
al morir. Me refiero al prelado Figueroa. Por si algunos de mis lectores ignoran los fines de la menciona•
da fundación, dire: Inmensamente rico el arzobispo
Figueroa (gallego) dispuso que las rentas de su capital se empleasen en dotar á las jóvenes de su parentela y en costear carreras á los hombres. La adminis•
tración de los caudales corre á cargo de un consejo
- .también de individuos de la familia. - Esta fundación cuenta, si no estoy equivocado, cerca de un
siglo de existencia.
Los ftgueristas agradecidos tratan de erigirle una
estatua, y el escultor que realiza la obra es también
figuerista y no desconocido ciertamente de los lecto•
res de LA ILUSTRACIÓN. Llámase Vida!. y Castro: la
capital aragonesa ostenta una escultura de este artista,
la estatua de Lanuza.
Hace pocos días vi el modelo de la de que vengo
ocupándome. Sobre un pedestal del Renacimiento, sumamente sencfüo, yérguese la figura del purpurado,
vistiendo el amplio traje litúrgico de seda y en actitud
de entregar los documentos de la fundación, los cua-

582

les tiene en la mano 'derecha; en la izquierda llevará
un libro. El principal escollo, á mi entender, con que
tiene que luchar el artista es puramente psíquico. En
la parte plástica la abundancia y ampulosidad de los
paños, en el modelo discretamente ( 1) interpretados,
simplifica las dificultades, que ante las otras son de
menor cuantía. Corre el riesgo el Sr. Vida!, si no estudia con amor el personaje, de que éste resulte por lo
menos frío y sin carácter.
Pronto tendrá España - si como espCiro no se en·
fría el entusiasmo - la gloria de elevar una estatua á
una escritora ilustre, poco conocida de su patria, pero
admirada y acatada como autoridad indiscutible en
materias penales en toda Europa. Me refiero á mi
ilustre paisana Concepción Arenal. Será, pues, la primera efigie que contemos de una mujer que alcanza
la perdurable gloria sin haber sido reina ni estar ca•
nonizada y tan sólo por los méritos de su genio.
Si de algo vale mi opinión, la estatua debe ser se•
dente. Hay dos razones para sostener este parecer
mío: la primera, puramente estética; la segunda, de
carácter simbólico. Estética porque vistiendo como
Yistió siempre la ilustre autora de Cartas á un m1or
modestísimamente, no podrá el escultor ofrecer una
silueta artística, elegante, ni caracterizar como debe
ser caracterizada la eximia escritora. Dada la indumentaria femenina de la clase media, en su aspecto
vulgar, esto es, una falda lisa y un jubón ó cuerpo,
aun cuando éste sea ancho, ofrecería la estatua la silueta de un cono mal trazado, y vestir la efigie con
traje de gran cola y abrigo ampuloso, además de quitarle carácter á la figura, trasunto fiel de la pensadora
ilustre, pronto las variantes de la indumentaria femenina harían ridícula la estatua. Porque en esto del
vestido mujeril, solamente ciertas y determinadas
épocas históricas lograron el triunfo del arte amalgamándole con el carácter de las soc;iedades; resultando
que, para rehuir el escollo dicho del ridículo, el ar•
tista - ejemplo, Benlliure en la estatua mencionada de
María Cristina - recurrió al histórico manto, el cual
envuelve en sus grandes pliegues la figura. La razón
segunda, ó sea la que yo digo simbólica, es también
importantísima á mi juicio. Representando sentada á
la gran publicista, además de quedar á salvo la esté·
tica, da idea del reposo necesario al pensador, rodeándole de un ambiente de quietud aparente, plás•
tica, y ofrece medios al artista para determinar la ca·
racterística de la estatuada por medio de la expresión
del rostro y de algún objeto apropiado que componga,
y perdónenme el uso de este barbarismo técnico.

***

Mi querido amigo el antiguo escritor y periodista,
Director general de Administración de Filipinas y
discípulo que fué del maestro Casado, Angel Avilés,
ingresó el domingo 6 del actual en la Academia de
San Fernando como individuo de número de aquel
cuerpo consultivo. Su discurso de recepción, que versa (puesto que está impreso) acerca de la acuarela,
es modelo de oraciones por la galanura del lenguaje
y por la frescura y espontaneidad de su estructura;
parece una «acuarela,» así como su hermosa obra El
Retrato es un cuadro al óleo, castizo y serio. Al recabar para el procedimiento que ensalza la gloria de
haber aportado la luz á la pintura moderna, dice así:
«La acuarela ante todo y sobre todo es luz. Y ¿será
preciso, señores académicos, hablar aquí de la supre·
ma importancia que en las artes del diseño, en la
pintura especialmente, tiene la luz? Mejor que yo lo
sabéis vosotros, y admirablemente lo ha dicho un le•
gislador de la estética, el profundo Hegel. En la escultura y la arquitectura - escribe - hácense visibles
las formas mediante la luz externa; en la pintura, por
el contrario, la materia, obscura por sí misma, tiene
en su seno el elemento interno, su ideal: la luz.
»Los divinos resplandores que en las &lt;1rtes plásticas y gráficas constituyen el alma y la vida, influyen
también, aunque por concepto más sujetivo, en la
poesía misma. Recordad, si no la invocación grandilocuente con que Milton abre el libro III de su incomparable poema ¡Salve, sagrada luz, hija primogénita

del cielo, destello inmortal del eterno Ser!
»Pues bien, señores: yo entiendo y creo firmemente que, por su historia y sus condiciones, la acuarela
ha sido para la pintura un esplendoroso fíat lux/&gt;

***

Mañana, 14 de febrero, tendré la satisfacción de
e~trechar la mano del infortunado autor del Expolia-

rmm.
R. BALSA DE LA VEGA
Madrid, 13 de febrero de 1893.
Perdóneme el eminente crítico Clarhz si á pesar de la
filípica que indirectamente me endilgó con motivo del número
extraordinario de El Liberal dedicado á la Exposición de Be·
\las Artes, sigo creyendo que hay obras discretas.
(1)

NúMERO

581

LA I LUSTRACIÓN ARTÍSTICA

123

EXPOSlCIÓN AMERICANA. - SECCIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS. - EXPEDICIÓN Hl!.MENWAY (de fotografía del Sr. Compañy)

EXPOSICIÓN AMERICANA EN MADRID
LA EXPEDICIÓN HEMENWAY
EN LAS SALAS DE LOS ESTADOS UNIDOS

tres y cuatro pisos, que se comunican por medio de los objetos que llenan su sala. Ascienden éstos á 46P
escaleras de mano.
~demás de algunos sueltos y de las 57 fotografía~
Esta raza india conserva s·u antigua religión, forma• mstaladas en la vitrina central.
~a por un. extens~ panteón de dioses y héroes, pero
.E! número r es un triste recuerdo de las misiones
La última de las salas de la Exposición norte-ame- s1_n _t~ner nmgtín d10s su~erior á sus compañeros. Sus
ricana ha sido dedicada exclusivamente á los objetos d1vm1dad~s perte_necen ,ª ó_rdenes distintos aunque cnst1anas de Tusayán: consiste en un fragmento de
procedentes de las investigaciones hechas entre los tengan uniforme ¡erarqma, siendo las más considera• la campana de la iglesia de A-wa-to-bi incendiada en
pueblos Ho-pi, merced al generoso desprendimiento das la !1ube de agu_a, el sol, las estrellas, la superficie el año r 700 y reducida hoy á informe 'masa de ruiPas
~a ind_ustria d~ los Ho-pi está representada po~
de una ilustre dama de Boston, la señora Mary He- d~ la tierra y el d10s germen. La gran serpiente cuvanos
ob¡etos. Ba¡o el nlÍmero 3 figura una colección
menway, que hace años dedica su capital y sus es· buta de plumas es entre aquellos indios un ser de
de leznas de_ hueso, cuchillos y agujas, que datan de
fuerzas al estudio de aquella casi extinguida raza occi- gran importancia, como veremos luego.
dos ó tres siglos y debían servir para hacer tejidos.
dental del Arizona.
A aquellos altos riscos llegaron también las creen~s la última de las salas, por su situación en el pa• cias cristianas, importadas por nuestros misioneros En el número 6 se ven unos palos encorvados talla)ac10 de ~ecoletos; pero no lo es ciertamente por la desde la_ ~poca de los al~ores de la conquista. Y la dos en án~ulo muy abierto, que arrojados con'cierto
1m~ortanc1a de los objetos que contiene, pues en ella lucha rehg1osa se ~ncend1ó en la comarca y ha deja• art_e adqu_1eren gran velocidad: sirven para cazar come¡or que en otra alguna pueden estudiarse en su do ésta llena de ru_mas. U~o de los pueblos antiguos, ne¡os, y bien dem~estran su objeto las pinturas necompleta plenitud los caracteres arqueológicos y etno- llamado A-wa-to-b1, es dec1r, sitio alto de la multitud gr_as que algunos tienen, rep~esentando á conejos cográfico_s de los H o-pi, los indios más primitivos y se• recibí?. en su se~o á !os apóstoles de J esús y vió á. m~n~o. Instrumentos parecidos tenían los antiguos
dentanos que actualmente habitan la parte meridio: sus h1¡os convertirse a la nueva fe. La ciu.dad era eg1pc1os par~ ~azar las gacelas, chacales y otros anina! de _los Estados Unidos, limítrofe á la Rep11bli- rica, fl_oreciente y p~derosa, tanto que en época de la males que v1v1an en los confines del desierto. Las ca•
cerías de c~nejos se organizan entre los Ho-pi con
ca mexicana.
conqmsta, el cap1tan Vargas hubo de enviar á ella
La Comisaría americana, única que hasta la fecha fuerzas muy numerosas para combatirla. Sin embar- gran s?l~mmdad, y aún parecen revestir cierto carácha completado y dado á luz los catálogos parciales de go, en los decadentes días del siglo XVII los indios de ter rehg10so, pues al regresar los expedicionarios á
todas sus instalaciones, ha dedicado un extenso cua• las demás poblaciones se sublevaron contra los rene- sus hoga_res con el producto de la caza, adornan á
derno á la expedición Hemenway, explicando prime- gados de su fe, despeñaron á los misioneros cristia- los cone¡os, y después de salpicarlos con harina les
ro las ~azas que investiga y los territorios en que tie- nos desde lo alto de las mesetas á los abismos sin cortan una parte del cu~rpo para echarla al fuego. En
ne1: asiento.
patria de estos indios Ho-pi es casi el fondo de sus precipicios y atacaron, rindieron y des- el número 9 hay también una colección de flechas
empleadas para la caza.
desierto. Habitan la provincia de Tusayán, situada en truyeron por completo á la ciudad apóstata.
Aqu! fi&amp;uran todos los objetos necesarios á la vida
!a parte Nordeste del moderno territorio del Arizona,
Des?e ent?nc~s_nadie ha molestado á los Ho-pi en
Junto al gran cañón del Colorado. Descubrieron esta el pacifico e¡erc1c10 de su culto. Sencillos y sobrios de los md1os. Vese la manta de las ceremonias, tejida
región los primitivos conquistadores de México, y de no aceptan ni practican la poligamia y tienen por l¡ con algodón y adornada con figuras, que nunca falta
ella te~emos algunas descripciones en los relatos de mujer el respeto que infunde la igualdad de clase. A entre los regalos de boda que el marido hace á la
las antiguas crónicas españolas. La provincia forma las mujeres, que no se venden y que son las compa• despo~ada; las cestas embreadas que sirven para lleuna exten~a llanura, elevada cerca de siete mil pies ñeras del hombre, pertenece la propiedad de las casas var ah~entos ó agua de un punto á otro; los zapatos
sobre el nivel del mar, de terreno árido y estéril, sur- y de los muebles y utensilios que encierran: ellas fa- de va~1as clases, entre los cuales se ve un par hecho
cada por cañones y cubierta de mesetas que cortan brican los objetos de barro, tejen los cestos y toman con piel de gato multicolor (fe/is concolor); las cuchaprofundos precipicios. Los ríos de la comarca mues• parte en las faenas del campo. Los hombres se distin- r~s de cuerno de cabra montesa, y cien otros utensitran ~n verano sus secos cauces, pero en invierno se g~en por su ~arácter industrioso, inteligente y reli- lios que llenan las sencillas necesidades del indio y
convierten en impetuosos torrentes merced á las g10so. Todos e¡ercen algún sacerdocio, están afiliados de su hogar.
fuertes lluvias de la estación. La veg~tación es pobre, á _algu_na cofradía ó t!e!len la ,iniciación en algún . Más importante es la colección de objetos religio•
Y escasa es, por lo tanto, la vida en la región que no m1ster!o sant_o. Su religión est~ constituída por un g10s_os, d~ útiles destinados al culto ó empleados en
recorren los bisontes y que sólo sustenta á algunos c?mpl1~ado sistema de cerem~mas y ritos que se re- las mfant1les ceremonias s~gradas del pueblo Ro-pi.
lobos, zorras y conejos.
piten sm parecerse, ya que vanan en cada uno de los Los productos del suelo tienen gran representación
Estas condiciones de existencia han limitado el meses del año. Nueve días al mes se consagran á e~ es~s ce:emonias: así el tabaco, que se fuma en
desarrollo de la raza Ro-pi; pues sólo cuenta ahora estas prácticas religiosas, iniciadas en el secreto de los pipa, simboliza ~on las _nubes de humo que despide la
unos dos mil individuos, distribuídos en siete pueblos santuarios Kib-vas donde los mortales no penetran ofrend~ hecha a )os d1!ses de la lluvia, siempre que
que edificaron en las cumbres de las mesas. Son cu• y concluídas en los bailes ptíblicos á que todos s~ haya s1d~ encendido en la lumbre del altar ó en la
mecha P1·l~1~-ko-ku cuando se celebra la fiesta de la
iosos sus _no~?res: ~e lla_man Wa!-pi, ~i-tcum•~•vi, entregan con singular regocijo.
luna
de d1c1embre. Las tablillas de sauce llamadas
e-~va, M1-con-m-o-v1, C1-mo-pa-v1, C1-pau-lo-v1 y
Sumariamente descrita la raza india revelada en
Orai-bé. Sus edificios son de piedra, y algunos tienen esta parte de la Exposición, vamos á ocuparnos de pah~ Y p~lvoreadas con harina forman la ofrenda
dedicada a todos los dioses de los cuatro puntos car-

1:ª

�LA
dinales, que se deposita en los altares al marcharse
los dioses después de las fiestas de la luna de agosto;
y si el paho es encorvado, se ofrece al rayo, que en
opinión de aquellos indios fertiliza la tierra y engendra la vida. La mazorca es considerada como hembra
de la serpiente y atrae las nubes á la tierra para fertilizarla con la lluvia. La harina, consagrada por medio
de ciertas fórmulas, es eficaz preservativo contra las
mordeduras de las serpientes venenosas y culebras
que los sacerdotes van á buscar para sus ritos. La
flor del girasol adorna la cabeza de las vírgenes en el
katcinrz ó baile del maíz, simbólico del crecimiento
de las cosechas.
Los animales desempeñan también funciones muy
trascendentales en aquellos ritos. A la gran serpiente
se consagra un baile en el cnal aparece el reptil cubierto de plumas y dibujos simbólicos de patas de
ganso y de rana, y en torno suyo danzan los sacerdotes, envueltos en mística manta de algodón, adornados los brazos con aros de metal, cubierta de plumas
la cabeza, en la cintura una piel ~e mamífero y en
bandolera otra tira de piel de gamo con el antídoto
que preserva de mordeduras venenosas. Esta gran
serpiente simboliza un antiguo héroe que, guiado por
el sol, visitó el interior de la tierra, y en su honor se
celebra cada dos años ·el baile antes mencionado,
llamado Manazanti, que dura nueve días y nueve
noches, tomando parte en él dos hermandades de sacerdotes, la de la serpiente y la del antílope. Durante
siete días las ceremonias de la danza se celebran secretamente en uno de los subterráneos de los templos llamados Kib-vas, y en ella los indios se dedican
á coger culebras venenosas, que bañan luego, y á preparar el antídoto contra sus mordeduras. En el noveno día los celebrantes aparecen en público, llevando dentro de la boca culebras vivas, que luego sueltan
en los campos. Todas estas ceremonias se celebran
en nuestros días con el mismo fausto y aun añadiré
con idéntica fe que en los días anteriores al descubrimiento colombino.
La zorra presta su piel á cuantos toman parte en
los bailes religiosos. Otro de estos bailes se celebra
en honor de la mariposa, símbolo también del sol,
de las nubes y de la cosecha del maíz. Las conchas
de las tortugas, las pezuñas de las ovejas y los colmillos de varias fieras tienen entre los indios Ho-pi casi
i1énüco significado que en los pueblos asiáticós de
credo budístico, es decir, sirven de adorno y de amuleto preservativo de muchas enfermedades.
Desde el número 63 hasta el 102 de esta curiosa
colección se exhiben una serie de muñecos, adornados con simbólicos trajes y peinados, que permiten en
muchos de ellos reconocer á los dioses del panteón
Ho-pi, y en otros ver á los personajes que concurren á las ceremonias religiosas. Estos muñecos, hechos con raíces de algodonero, son regalados á las
niñas en la fiesta de la Nimán ó despedida. Cúbrenlos á veces pieles de zorra, y están pintados con los
colores representativos de los cuatro puntos cardinales, ó sean el ocre amarillo, el rojo, el verde y el
blanco. Describiré los que creo más importantes.
La Salikoma es el ser que proporciona las semillas
á los indios. Se la suponé mujer de Saliko, el que
inicia á los jóvenes en las prácticas del sacerdocio, y
tiene en la cabeza un peinado en forma de escalera
para significar las nubes, y alrededor de la boca varias líneas curvas que representan el arco iris.
Saliko es también el dios del maíz, y está representado por un gigante, adornándose con el manto
de boda recamado de mariposas, dos cuernos en la
cab~za y una corona de plumas de águila.
El Talaviqpiki es el dios del rayo, bien comprensible con el haz de relámpagos que lleva en cada mano.
El Sió Hitmis es otro dios del maíz verde, cuya fiesta
se celebra en los meses de julio y agosto. Esta divinidad no es propia de los indios Ho-pi, habiendo sido
introducida en su panteón por los de Tusayán, quienes á su vez la tomaron de Zuñi.
Varios muñecos representan á los llamados sacerdotes glotones, ministros de carácter indefinido que
cuentan larga existencia en aquel rito y que parecen
consagrados exclusivamente al culto de los vicios.
Ejercen en secreto prácticas inmorales, y en las fiestas públicas se presentan ebrios, comiendo con exceso
y divirtiendo al pueblo, que los desprecia é insulta.
Finalmente, la expedición Hemenway de que nos
estamos ocupando exhibe en varias vitrinas los productos de la cerámica de los indios Ho-pi y de Tusa yán. En sus muestras se ven productos antiguos y
modernos: todos están fabricados á mano y revelan
escaso arte, que aún va en decadencia en nuestros
días. Comprenden, como puede suponerse, los utensilios diversos que el uso doméstico requiere, y sólo
se ven algunas formas de vasos y jarros para el ser•
vicio de los altares.
EDUARDO TODA

ILUSTRACIÓN ART1STICA

SUE~OS QUE MATAN
Los marqueses de Valleflorido son felices; todo lo
felices que se puede ser en esta vida misérrima. Y no
es caso raro ni extraño el de su felicidad, sino natural
y lógico.
Pertenecientes á una de las estirpes más linajudas
de la aristocracia española, unidos ya por vínculos de
parentesco y profesándose afecto mutuo, quisieron,
cuando estaban en las lindes de la edad madura, unirse también por el lazo del matrimonio, y la bendición
de un sacerdote ató aquellas dos voluntades y fundió
en una sola aquellas dos almas.
La juventud con sus explosiones de entusiasmo,
con sus arrebatos y sus perspectivas risueñas, con su
actividad de fiebre, su mariposeo incesante y sus anhelos insaciables, había pasado para ellos rápida y
dichosa, como pasa la brillante aurora de un día sereno, dejando primero en el horizonte ráfagas de fuego,
y más tarde en el alma un recuerdo lleno de poesía y
encanto que va borrándose, borrándose y se desvanece al fin en una noche preñada de misterios y lobregueces.
Desde el comienzo de su vida marital vivieron en
paz y en sosiego perpetuos, siendo su hogar honrado
templo de todas las virtudes.
Conservaban ambos la fe tradicional de sus abuelos,
y eran dichosos en aquel paraíso sin serpiente de la
calle Mayor, donde tenían su palacio.
A veces, horas y horas permanecían el uno al lado
del otro; las pequeñas manos de la marquesa, suaves
como la seda, entre las de su marido; ambos callados
y mirándose, mirándose con afán, con codicia, como
si en aquella mirada larga, insistente, pusieran toda
su alma y concentraran toda su vida.
Pasaron algunos años sin que nada alterara la existencia dulce y tranquila de estos esposos, que se adoraban y que veían transcurrir el tiempo como si un
sueño de color de rosa les embargara el espíritu. Pero
llegó un día en que el vetusto palacio de Valleflorido
apareció transformado, rota la normalidad de su existencia monótona y pacífica.
Allá, en el interior del edificio, se oía el ir y venir
apresurado de la servidumbre, un abrir y cerrar de
puertas extraño.
El bullicio, el cuchichear por los rincones ó tras las
ricas colgaduras de terciopelo de Utrech crecía de
modo notorio al aproximarse á las habitaciones de la
marquesa; y allí, el asombro de quien no estuviera en
el secreto subía de punto al escuchar el llanto estridente y desgarrador de un niño recién nacido. Y este
era el origen único de todo aquel trastorno, de la alteración de costumbres en la suntuosa vivienda.
La señora marquesa de Valleflorido á los cuarenta
y tres años había dado á luz una niña de carnecitas
rosadas y suaves; y ¡oh misterios de la Naturaleza!,
aquel ser, apenas nacido, ejercía ya una influencia decisiva en cuanto le rodeaba, y parecía que su advenimiento al mundo, su llegada á la vida, había traído
para aquellos sombríos salones de techos altísimos y
de paredes cubiertas de cuadros y de tapices antiguos
un hálito de juventud, y que todo se remozaba como
en una primavera espléndida, llena de flores y de
gorjeos _d_e pájaros. :. · · .
Pálida con una palidez mate, presa de dulces languideces el cuerpo y el espíritu de visiones rientes,
cerrándole los ojos invencible somnolencia, la feliz
marquesa reposaba en el lujosísimo lecho de la conyugal alcoba.
El marqués, que bañaba sus sonrisas en llanto, gozoso y henchida de placer el alma, iba sin tino de un
sitio á otro, ora balbuceando solícitas frases de cariño al oído de su adorada mujer, ora mirando como
en éxtasis, arrobado y venturoso, á la niña cuyo cuerpecito parecía forma.do con rosas y azucenas, al fruto
to de sus tardíos pero fecundos amores, que á veces
rompía en lloriqueo ruidosísimo y á veces sonreía
como los ángeles en el cielo.
Aquel vástago de aristocrática estirpe vino á hacer
completa la felicidad del ya dichoso matrimonio;
aquella'flor nacida en un otoño plácido, aquel capullo de rosa brotando cuando ya los cierzos anuncian
la proximidad del invierno, era un milagro de amor:
¡que el amor todo lo rejuvenece y hermosea!

El tiempo, cuando transcurre feliz pasa con rapidez grandísima, y cada año le parece al dichoso breve
como una hora.
Los marqueses de Valleflorido no se dieron cuenta
de que el tiempo pasaba, hasta que el primer disgusto les despertó de aquel sueño venturoso en que vivían sumidos, volviéndoles á la realidad.
Lolita, su hija adorada, la niña hermosa que era

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todo su encanto y constituía todo su orgullo, estaba
triste. ¡Horrible desgracia! Estando ella triste, ¿quién
en aquella casa podía dejar de estarlo? Todos los habitantes del palacio no hacían más que reflejar en
sus almas el estado de la de Lolita y en sus rostros
la expresión del de la niña: no se ha visto jamás tiranía como la ejercida, sin quererlo y sin saberlo, por
aquel ángel. Allí todos más que stíbditos eran esclavos suyos; sus menores caprichos tenían la fuerza
de un mandato imperioso; por el leve movimiento de
sus labios ó la dirección de su mirada se hallaban
acostumbrados á adivinar sus pensamientos y á anticiparse á sus deseos. Pero ahora estaba triste y todos
se afanaban por saber la causa, el origen de aquella
melancolía que nublaba el rostro bellísimo de Lolita,
y ninguno lo conseguía; y, ¡cosa más rara!, su tristeza
era interrumpida á veces por una alegría súbita que
se desbordaba en carcajadas frescas y sonoras, como
el agua de cristalina fuente al caer á borbotones en
la taza de mármol: ¡y es que la naturaleza juvenil,
que reclama las expansiones del entusiasmo y del
placer, reprimida por la voluntad de la niña antojadiza, rompía al fin aquellos lutos que la envolvían y
se presentaba deslumbradora, seguida de toda su brillante cohorte de risas, brincos y locuras, que son las
flores lozanas y aromosas de esa bella primavera que,
una vez pasada, no vuelve!
Los marqueses, atolondrados, no sabían qué hacer
para distraer y divertir á Lolita; pero los esfuerzos del
amor se estrellaban en la desdeñosa melancolía de la
niña, á quien todo desagradaba. Sólo la complacía
una cosa, la iglesia, y sólo volvían á su rostro la placidez y la alegría naturales á ~ años las funciones
religiosas.
Educada por aquella piadosa familia en el santo
temor de Dios y sujeta á las prácticas cristianas, el
templo había sido el sitio más frecuentado por Lolita,
y al templo tenía afición incontrastable, al principio
por un movimiento natural de su espíritu impresionable y de su temperamento nervioso hacia todo lo
poético, después mediante lectura de libros sacros,
guiada por la fe que henchía su corazón é iluminaba
su alma. Esta predilección que fué creciendo llegó á
constituir para la encantadora adolescente una verdadera necesidad, y no pasaba día sin que se la viera
entrar muy de mañanita, acompañada del aya, en la
iglesia de San Ginés y arrodillarse devotamente y oir
misa con el mayor recogimiento. A la tenue claridad
del templo, bajo las altas bóvedas, postrada junto á
un obscuro pilar parecía una angélica figura arranca·
da á los lienzos de Murillo ó desprendida de uno de
los retablos de nuestras catedrales. La luz escasa que
penetraba por los vidrios de colores de las altas ojivas la bañaba en una claridad fantástica: su cabello
de un dorado pálido, como el de las espigas de trigo
en el mes de junio, le caía sobre la espalda en larguísimas trenzas: su rostro hermoso, con una hermosu·
ra dulce y cándida, presentaba la expresión del éxta·
sis: sus manos estaban cruzadas y las tenía junto al
pecho, como si quisiera con aquel signo redentor
cerrar las puertas de su corazón á todo lo malo y pecaminoso: sus labios, frescos y puros, se movían murmurando fervientes oraciones. ¡Admirable y piadosa
niña!
El dormitorio de Lolita y su boudoir exhalaban ese
perfume de castidad y de inocencia que es el mayor
atractivo de la niñez; todo en aquellas dos habitaciones respiraba alegría y juventud. Gran número de
flores naturales en búcaros de porcelana aromaban
el ambiente: el decorado, elegantísimo, era blanco,
como símbolo de puzeza: nada faltaba allí de lo que
el lujo y la moda imponen; pero había algo que, si
bien pudiera creerse un adorno más, se hallaba colo·
cado con tanto esmero, se notaba en la niña predilección tan grande hacia ello, que parecía ser el signo
revelador de las propensiones incontrastables del espíritu de Lolita, la nota característica de sus gustos.
Junto á la cama, sobre las mesas, en todas partes,
con profusión extraña, se veían imágenes de J estís
crucificado ó de la Virgen, imágenes talladas primo·
rosamente en madera ó mármol y que á la vez que
objetos sagrados eran verdaderas joyas artísticas.
A pesar de advertir que la melancólica niña dese·
chaba su tristeza al entrar en la iglesia, y que al salir,
como si la hubiera dejado en la puerta, volvía á cubrir su faz divina con ella; á pesar de que no podía
pasar inadvertida para nadie la piedad extremada
de Lolita, que se pasaba las horas rezando al pie de
un crucifijo de roble que junto á su lecho en la pa·
red había, ni la servidumbre solícita ni los padres
amantísimos lograban averiguar el origen de aquella
sombra de dolor que velaba los claros ojos de la niña.
Una mañana muy tempranito, cuando todos dor·
mían aún en la casa, la marquesa, que había pasado
la noche en vela pensando en su hija, entró de pun-

SAN SEBASTIAN, copia del celebrado cuadro de G. Bazzi llamado «el Sodoma.»
Se conserva en la Galería degli Uffizi ele Florencia

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LA

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tillas, procurando no hacer ni el menor
convento; y ¡oh misterios del corazón!,
:uid~, en el dormitorio de Lolita, que
el amor que antes les había impulsado
1lummado por las primeras luces rosaá oponerse, les impulsaba ahora á condas del amanecer parecía fantástico casentir.
marín de hadas ó nido de celestiales
amores. Se aproximó al lecho: dormía.
***
La madre inclinó la cabeza y besó la
serena frente de la niña; al leve roce de
La celda se hallaba alumbra&lt;la por
aquellos labios amorosos, Lolita entrela luz amarilla de cuatro blandones, cuabrió los soñolientos ojos, echó los
yas llamas, agitadas por el vientecillo
blanquísimos y bien modelados brazos
que entraba por la ventana, se movían
fuera de las sábanas y, después de desen inciertas oscilaciones, aumentando
perezarse, sonrió á su madre. La marunas veces la sombra y otras ahuyenquesa volvió á besarla, desenredó con
tándola y desvaneciéndola con una fusus dedos el suelto cabello de la niña,
gacidad tal, que parecía algo así á moque como cascada de oro caía sobre
do de juego fantástico que fatigaba la
sus hombros de alabastro, y la dijo con
vista y poblaba el espíritu de seres disvoz que parecía una caricia:
formes.
sientes bien? ¿Te duele algo?
En el suelo, en medio de aquellos
¿E~tas contenta? ¡ Dímelo, hija mía!
cirios, en un ataúd blanco, vestida con
¿Tienes alguna pena, algún disgusto? A
el hábito de la Orden, yacía inerte, mulas mad~es se les debe decir todo, porda y rígida una joven hermosa: palidez
que nadie como ellas saben sacrificarse
violácea cubría su faz, que revelaba con
por el bienestar de sus hijos y nadie
elocuencia llena de horror las angustias
como ellas pueden consolarlos si supostreras. Sus labios entreabiertos, sefren.
cos y descoloridos, parecía que exhala- No tengo nada, ma~á, nada: si esban una queja ó murmuraban una 0ratoy triste no puedo remediarlo.
ción.
Y los ojos de la niña se humedecieJunto al féretro rezaban, llorando á
ron y en sus pestañas titilaron algunas
la vez, una señora anciana y una religotas de llanto.
giosa.
- ¿Lloras? ¡Tonta! ¡Si es que te quie¡Cuadro tristísimo aquel cuadro! ¡Esro mucho, y te veo triste y me aflige!
pantosa realidad la realidad de la
Dime por qué, y verás cómo yo lo arremuerte!
glo todo. Dios te manda no tener se¡Desdichada Lolita: desdichada niña
cretos para mí; y ttí, que eres buena,
caída en los brazos de la muerte despiano querrás que Dios te castigue.
dada y cruel, cuyas caricias espantables
Y cogiendo entre sus manos la rubia
y cuyos besos fríos habían helado la
cabecita de su hija, la acarició besándosangre en sus venas y apagado de un
la con transportes de amor infinito.
soplo la llama de su existencia!
Lolita se quedó pensativa: su pecho
Un año antes se la veía pasear por
virginal, cubierto por la fina camisa de
las solitarias galerías del convento, oculbatista, se alzaba en suaves ondulatando bajo la estameña del hábito las
ciones.
líneas armónicas de su cuerpo, las reDespués de un silencio embarazoso.
dondeces voluptuosas de su seno y de
miró á su madre de una manera fija y
sus hombros. La blanca toca formaba
resuelta y le dijo:
un marco de espuma inmaculada á su
- ¿Promete~ no enfadarte y hacer lo
rostro hermosísimo, y sus ojos, azules
que yo quiera?
como el cielo y como él profundos, te- Sí; pero explícate.
nían una expresión de vaguedad infini- Pues ... ¡que deseo ser monja!
ta, que podía ser lo mismo reveladora
Ante una manifestación de esta esde místicas abstracciones que de ensuepecie, la marquesa, aturdida y llena de
ños de virgen.
verdadero estupor, exclamó:
Ya no era la nifia: ya el botón de
- ¿Estás loca? ¡Monja! Nada, decirosa había abierto y mostraba su corola
didamente ttí has perdido la cabeza y
espléndida y aromaba el ambiente con
no sabes lo que te dices.
sus esencias: ya la Naturaleza, rotas las
- Sí, lo sé muy bien; deseo ser monligaduras con que la adolescencia la
Diploma
concedido
á
los
expositores
"premiados
en
la
Exposición
de
Industrias
artísticas,
ja, consagrarme á Dios.
sujetaba,
aparecía lozana, exuberante,
dibujo de J. L. Pellicer
- Pero, muchacha, ¿ignoras lo que
llena de atractivos y de gracias, con esa
eso significa? Encerrarse en un convenaureola luminosa y magnética que desto entre las cuatro paredes de una celda estrecha, re- ba en su tristeza sin que nadie consiguiera sacarla lumbra los ojos y arrastra los corazones. Tras las nanunciar al mundo ...
de ella.
turales metamorfosis había aparecido la mariposa con
- Lo sé todo, lo sé todo y lo deseo: conozco que
Las rosas de sus frescas mejillas iban desapare- sus alas de oro. .
la voluntad del Señor me lleva al claustro, y que ten- ciendo y su rostro poniéndose pálido como la cera.
Hermosa, con hermosura de ángel, era Lolita allá
go verdadera vocación. Antes de decidirme lo he
Los marqueses, alarmados, llamaron al médico, en los días de su niñez, esbozadas apenas sus perfecpensado mucho, mucho.
quien dijo que á todo trance era necesario que la en- ciones y apenas diseñadas sus bellezas; pero más her- Tú eres una niña alucinada, y no permitiremos fermita se fortaleciese, pues estaba muy débil, suma- mosa, con hermosura de diosa griega, era ahora, en
ese sacrificio del que quizás te arrepintieras después. mente débil; mas ella, antojadiza y terca, se resistió toda la fuerza de la juventud.
Cuando 11a comunidad se recogía, dichos los últimos rezos, ella, encerrada en su celda, después de
orar con fervorosa devoción arrodillada ante un crucifijo de talla, se despojaba del burdo sayal y se me·
tía entre las sábanas blanquísimas del lecho. Parecía
la púdica Venus saliendo de las espumas del mar.
Una noche hacía muchísimo frío: el viento azotaba los cristales de la ventana y la nieve blanqueba
los desnudos árboles del huerto. Lolita se acostó tiritando y se arropó bien: el helor de las sábanas Je
hizo estremecerse al sentir su contacto; pero el cuerpo juvenil templó pronto el lecho, y la hermosa monja comenzó á sentir un calorcillo suave y grato. Estaba sin moverse, quietecita; y así, dulcemente, en
aquella inmovilidad impuesta por el frío, empezó á
dormirse: sus párpados fueron entornándose, entornándose, hasta quedar por completo cerra.dos. Ese
crepúsculo espiritual que precede al sueño alumbró
con tenues resplandores por breves instantes su ser, y
Medalla de oro concedida á los expositores premiados con esta distinción en la Exposición de Industrias artísticas
quedó dormida.
de Barcelona, acuñada y vaciada por los Sres. Castells y Beristain
¡Cuántos misterios ocultan y guardan en sus senos
obscuros la noche y el silencio! ¿Por qué Lolita, ape- ¡Pero, mamá!..
á tomar los medicamentos y casi dejó de comer, pre- nas transcurrida una hora, principió á estremecerse
- Nada, nada: ¡no ha de ser!
textando desgana.
y á suspirar? ¿Por qué unas veces gemía, y otras, á
Y la marquesa salió del dormitorio dejando á la
Los padres ya no podían equivocarse; sabían la través de la sombra que envolvía la celda, se adivinaniña confusa y acongojada.
causa de todo. Una noche, después de discutir mu- ba una placentera. sonrisa en sus labios de grana?
Pasaron días y pasaron meses, y Lolita se abisma- cho, decidieron permitir á Lolita que entrara en un ¡Soñaba!.. ¿Y quién sabe lo que soñaba? ¿Quién des·

-p'e

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cifra un ensueño, que á. veces no es
más que un girón de niebla, á veces
el fugiti vo desfile de la linterna mágica, y á veces... á veces ¡tantas otras
cosas llenas de dicha ó de tristeza!
¡Arrullos de palomas, besos de ángeles, estremecimientos de placer, suspiros y quejas, soledad y frío!.. El
misterio es impenetrable: los ensueíios son las evaporaciones del espíritu, las ansias no cumplidas, las esperanzas deshechas, los amores sin
obieto. Los ensueños lo son todo y
no· son nada. ¡Infeliz del que sueña!
El desdichado en la realidad de la
vida, encuentra los goces y la. felicidad cuando duerme.
Al desp!'!rtar Lolita sintió su cuerpo desfallecido: un enervam iento
lánguido lo invadía; la cabeza le pesaba y le dolían las sienes: sus ojos
tenían expresión extraña de. melancolía asombradiza. Se salió del lecho
y abrió la ventana; el sol inundó la
celda; la nieve se había derretido á
los besos amorosos del padre del
día. La monja, medio desnuda, quedó junto á los cristales largo rato,
pensativa, mirando al huerto; después se vistió apresuradamente y fué
á reunirse con las otras religiosas
que ya en el coro entonaban cánticos al Señor.
Desde aquel día, triste siempre,
siempre con la hermosa. cabeza caída
sobre el pecho turgente como flor
marchita que se inclina sobre su tallo, parecía un alma desterrada de su
patria y que, en tierra extraña, no
encuentra la alegría y la felicidad.
En el oratorio, al pie de una imagen
de la Virgen, con frecuencia se la
veía rezando y gimiendo: sus labios
SEPELIO DE
murmuraban oraciones, las lágrimas
corrían por su mustia y dolorida faz,
y su pecho se alzaba henchido de sollozos que esta•
liaban en su garganta produciendo un sonido ltlgubre,
como de música funeral. 1
Triste y enferma, abrasada por la fiebre, poblada
el alma de vagos terrores, rebosando amargura su corazón, pasó aquellos meses eternos con la eternidad
del dolor, hasta que una mañana de mayo, cuando

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nía, y sus ojos ya sin luz, vidriados
por la muerte, se cerraban para siempre, y su cuerpo, después de estremecerse por última vez, se quedaba
inmóvil y yerto.
¡Contrastes de la Naturaleza, que
en el alma dejáis regueros de sombra y en el rostro surcos de llanto,
cuán hondos abismos encerráis en
vuestros senos obscuros! ¡Sencilla y
triste historia de la infeliz Lolita,
cuán amarga enseñanza guardas!
¡Sueños que matan, sí: de esos fué
aquel sueño de la pobre monja; y
noche de horrores aquella noche siniestra en que el viento azotaba con
furia los cristales de la ventana de la
estrecha celda y la nieve cubría de
blanco sudario los desnudos árboles
del huerto!
JosÉ DE Rou1rn
.........,......., ....,....•......, ...........,.,....................,.........,......,.....
EN LAS MEJILLAS
La verdad, que algunas Yeccs parece que el mesmo deseo de uno
arregla las cosas.
Aún no hace media hora hallábame yo en el cuartel sentao á la puerta del cuarto de banderas pensando
en aquella gracia y aquella sandunga
que por todos lados tiene el cachillo de cielo, que porque las cosas andan del revés está sirviendo al teniente Pando y á la remilgaa de su
esposa, cuando he aquí que en el
propio momento en que yo pensaba
de qué manera podría lograr el placer de volverla á ver y de quedarme
extático oyendo la música de sus palabras, asoma. los bigotes el mesmísimo señor coroné, y con aquella voz
MR. JAMES G. llLAlNE EN EL CEMENTERIO UE OAK l·IILL (\\'1\SIIINGTON)
qur. parece la de un hombre que está metía en una tenaja me dice:
la aurora brillaba en el cielo y las flores entreabrían
- ¡Oiga usted, Requena!..
sus cálices perfumados, y la vida latía en todas par- A la orden de V. S., mi coroné, le digo yo levantes, y el aire cargado de aromas penetraba por la tando la mano hasta la altura de la frente.
abierta ventana, y todo renacía y todo se mostraba
- ¿Ha visto usted al cabo Sarmiento?
alegre y risueño, como si la Naturaleza hubiera sido
- Sí que le he visto, mi coroné; por cierto que al
siempre joven y bella, Lolita, presa de crueles ansias probe le han salío tres flemones que le tienen un
y ele angustias tremendas, luchaba en una larga ago- lado de la cara de la mesma figura y tamaño de una

'

MR. JAMl!S G. llLAINE, SECRETARIO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, EN SU LECHO DE MUERTE

�¡orRA MARGARITA!,

cuadro de Joaquín Sorolla, premiado con medalla de oro en la Exposición internacional de Bellas Artes de
(De fotografía de Nicolás Capdevilla)

EXVOTO,

cuadro de Joaquín Sorolla. Exposición internacional de Bellas Artes de
(De fotografía de Nicolás Capdevilla)

1892

1892

ofA FELIZ,

cuadro de Joaquín Sorolla. Exposición internacional de Bellas Artes de
(De fotografía de Nicolás Capdevilla)

EL SOMBRERO DE TRES PICOS,

18g2

cuadro de José Carbonero. Exposición internacional de Bellas Artes de
(De fotografía de Nicolás Capdevilla)

1892

�130

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO

582
N úMERO

.,,

sandía regular, y se ha ido á que le vea el faculta·
tivo.
- Siendo así, usted se encargará de hacer lo que
iba á mandarle.
- Sí, señor, mi coroné.
- ¿Sabe usted dónde vive el teniente Pando?
- ¡Y cómo si lo sé, mi coroné!, dije yo con tanta
alegría como aquel á quien le entregan la absoluta;
Huertas, no sé qué número, pero conozgo prefetamente la casa. Es una asina de pequeñuela, con sólo
dos barcones y un hojalatero al lado y una verdulera
enfrente y una confituría mas arriba y un zapatero remendón á. la puerta...
- Bueno, me atajó el coroné: va á llegarse usted
en seguida y á decir al teniente que tengo que hablarle.
- Está muy bien, mi coroné.
- Qué es un asunto del servicio.
- Está muy retebién, mi coroné.
- Que venga al instante.
- Está prefetísimamente bien, mi coroné.
Y caléme la gorra, enciendo un cigarrillo de los de
á veinte la cajilla y me pongo en camino de la casa
del teniente Pando.
Y ahora digo yo: vamos á ver, Francisco Requena,
soldao de la cuarta del primero y ordenanza de banderas por enfermedad de Juanillo Moro, ya que se
han cumplido tus deseos, ¿qué vas á decir á esa güena moza, cuando después de haber llamao á su puerta te la abre de par en par como si fueses cualsiquier
presonaje?
Pues ahí tienes una cosa de que yo no sé ni pizca.
Quizá me quedaré alelao mirando aquella gloria de
cuerpo; quizá me dejarán mudo aquellos ojos grandones, luceros del cielo de su cara; quizá se me irá
el santo arriba y me pondré arrodillao delante de
ella de igualita manera que si fuese una virgen colocada en su altar...
¿Y estará esto bien, soldao Requena, de la cuarta
del primero? ¡Qué ha de estar, hombre, qué ha de
estar!
Se reirá de ti y con sobrada razón; que no son del
gusto de las mujeres los hombres miedosos que se
quedan callaos y como acobardaos delante de ellas,
sino aquellos otros que, cual convencidos de su propio valer, se les acercan, como verbo y gracias se
acercarían á Mariquilla el cabo Sarmiento ó el sargento ~arquez, si la suerte habría querido que fuese
cualsiquiera de ellos y no tú quien de la moza se
enamorara.
Y ¿cómo harían ellos, voto al chápiro verde, soldao Requena? ¡Pues mira que si han hecho cuanto
ellos cuentan, poco tiene que adivinar! Súpitamente y á seguida que la puerta les fuese abierta echarían con la valentía del mundo los brazos al cuello
de la muchacha; daríanle dos ó tres besos, y de esa
manera tendrían explicao si no todo la mitad de lo
que por ella sentían; porque verdaderamente, ¿qué
mejor manera de manifestar el querer que tiene uno
que un buen abrazo, fuerte hasta hacer P,erder el respiro, y dos ó tres besos que parezca que se quieren
meter dentro de los carrillos de puro apretaos?
Paréceme á mí que naide que odiase á otro sería
capaz de besarlo y estrecharlo de tal manera si no es
ya que era otro Ju das como aquel que le salió á
Nuestro Señor; y siendo asina y siendo los besos y
abrazos cosas tan buenas como que los padres se los
dan á sus hijos y los hijos á sus padres, ¿qué mejor
explicación, repito, de un cariño grande, grande como
es el mío, que dos besos muy apretaos y dos abrazos
más apretaos entavía?
Verdaderamente que ninguna, y tonto seras soldao
Requena, de la cuarta del primero, si no obrases como en tu lugar obrarían ellos. ¿Por ventura no eres
tú de la mesma madera que el cabo Sarmiento y el
sargento Márquez? ¿Es que te falta el valor necesario?
De verdad que no, y aunque te faltase podrías remediarlo tomando un par de copas de lo fuerte que,
al par que te entonasen el estógamo, te diesen fuerzas
para llevar á feliz término tu empresa .. .
Y así pensando Francisco Requena, soldado de la
cuarta del primero y ordenanza de banderas por enfermedad de Juanete Moro, siguió el camino hasta
llegar á casa del teniente Pando.
Forzosamente y á pesar del valor que tan sin modestia en su monólogo se concedía (¡y quién sabe si
sólo para entonar el estógamo!), hubo el soldado de
hacer parada ó estación en una ó mas tabernas donde á trueque de los cuarenta céntimos que por lamañana tenía, según me aseguró un compañero, le dieran algunas copas de ese Ucor infame que por aguardiente se expende; pues es lo cierto que cuando
Francisco Requena, subidas las escaleras de aquella
casa de la calle de las Huertas, cuyo número ignoraba, pero cuya topografía conocfa"tan bien, sonada !:J.
camp:rnilla y abierta la puerta, haciendo lo que en su

caso se figuraba habrían hecho el sargento Márquez
y el cabo Sarmiento, se precipitó sobre quien le abría
y le plantó dos besos, no conoció que era el mismísimo teniente quien los recibía.
Si no, ni se habría llevado las dos fenomenales bofetadas que con mano callosa y dura (que así las tenía Pando) le aplicaron en premio de sus caricias, ni
habría tenido que pasar cerca de dos meses en el calabozo llorando su atrevimiento, ni finalmente hubiese gastado tanta saliva en vano, repitiendo para disminuir su falta que «los besos y los abrazos no son
cosas tan malas cuando los padres se los dan á sus
hijos y los hijos á sus padres como prueba del amor
verdadero que se tienen. »
J osÉ FERNÁNDEZ AMADOR DE LOS Ríos

La Virgen negra, cuadro de Pablo Quinsac. Hay ciertos asuntos, tanto más dif1cilcs de tratar hoy, cuanto
que casi todos los pintores los han representado conformándose
á la misma tradición; verdad es que muchos, contentándose con
esta tradición, nos han legado obras maestras. Sin embargo,
no puede censurarse que un artista rompa con ella ó ensanche
por lo menos el reducido circulo de las interpretaciones y reproduzca con talento un tipo que habla mejor á su imaginación
que todos los admitidos por sus predecesores. Basándose en un
texto evidentemente simbólico del Cantar de los Cantares: Negra mm, sed formosa, Quinsac comprende á la Virgen María
tostada por el sol ele Palestina y vestida como todavía se visten las mujeres de aquel pafs legendario. En este cuadro, expuesto en el Salón del año pasado, el pintor ha roto con la tra·
nición, y aunque no se participe en absoluto de su opinión,
fuerza es convenir en que su obra demuestra profundos conoci·
mientas en el dibujo y en el colorido.

•

* *
San Sebastián, cuadro de J. A. Razzi, llamado «el Sodoma». - El renombrado autor de este busto que
se conserva en la interesantfsima Galerfa degli Uffizi de Florencia, ha representadó al santo mártir cual verdadero tipo
ele la florida juventud, con mórbida y lozana encarnación, ondulante y larga cabellera y magnificas lineamientos. Traspasa
su cuello una flecha, cuya herida le produce los espasmos de la
agonfa; de los abiertos ojos del mártir brotan ardientes lágrimas· la boca aparece abierta como si lanzara un ¡ay! causado
por ~l dolor fisico; pe!~ una fe inmensa l? reprime y exalta al
santo joven, el cual clmge su nmada al cielo, donde espera la
palma del martirio. Es una cabeza sublime.
«El Sodoma,» que nació en Vercelli en 1479 y murió en 1554,
hizo algunas pinturas en el Vaticano en tiempo de Julio II,
pinturas que se borraron por no haber satisfecho á este pontHice,
lo cual no obstó para que en su tiempo adquiriese bastante
renombre como pintor religioso, renombre merecido en verdad,
como lo prueba la cabeza que reproducimos en nuestro grabado, una flagelación ele Cristo, que algunos prefieren á las figuras
ele Miguel Angel, y otras varias obras.

• •*
Diploma concedido á los expositores premiados en la Exposición de Industrias artísticas
de Barcelona,· dibujo de J . L. Pellicer. -Tratándo-

Hasta ahora las medallas otorgadas como prenuo en las exposiciones y certámenes distinguíanse t'mica y exclusivamente por
la belleza de su alegórica composición ó por la habilidad del
artffice que había g rabado los troqueles; pero nadie había parado mientes que podía ser al propio tiempo, en lo que respecta
á nuestra patria, una manifestación genuina de la industria española. Esta que pudiéramos titular omisión la ha subsanado
con laudable acierto la Junta organizadora de la Exposición de
Industrias artísticas, acordando que las medallas concedidas á
los expositores premiados ostenten sobre el ·am·erso un precioso
nielado, ejecutado por el Sr. Beristain sobre el bronce, ya en
oro ó plata, según haya siclo la recompensa otorgada.
La que reproducimos representa la medalla ele oro, ósea la
de primera clase, c?ncecli?a á los editores Sres. Montaner y
Simón por la bella 1mpres1ón ele las numerosas obras q ue ex·
pusieron, que constituyen el extenso catálogo ele la casa editorial.

** •
Sepelio de Mr. Blaine en el cementerio de
Oak Hill (Wáshington).-Mr. James Blaine en el
lecho de muerte. - Oportunamente dimos cuenta en una
de nuestras anteriores Miscelá11eas del fallecimiento de Mr. Blai •
ne, secretario de Estado de los Estados U nidos de América y

131

L A I LUSTRACI ÓN ARTÍSTICA

*
* *
¡Otra Margarita!. - Exvoto. - Día feliz, cua dros de Joaquín Sorolla. Exposición internacional de
Bella;; Artes de 1892 (de fotografías de Nicolás Capdevilla).
- Sorolla pertenece al número de artistas que deben cuanto son á sus propios méritos. Huérfano en edad temprana, no
pudo contar con el apoyo de su padre y con los alientos que
pudiera prestarle el maternal cariño. Sólo á costa ele abnegación, laboriosidad y firmeza ha podido Sorolla avanzar en la
dificil y espinosa senda que emprendiera, logrando por fin \'er
paulatinamente recompensados sus afanes. Su primer triunfo
obtúvolo en Valencia, cuando apenas contaba diez y seis años,
por las tres marinas que presentó en la Exposición celebrada el
año 1881. A éste siguió el obtenido en la Exposición de 1884
por su gran lienzo inspirado en la jornada del dos ele mayo, titulado Defensa 'del Parque, y el que alcanzó seguidamente en
b de 1887 por su Entierro de Cristo. En la de 1892 ha merecido la primera medalla de oro, por voto unánime del Jurado,
por su cuadro ¡ Otra llfargarita!, que representa una escena
conmovedora y admirablemente sentida. Ex-voto, inspirado en
un acto ele fe, delicadamente expresado, y Día feliz, que representa una de las más puras afecciones de la familia, desarrollada en el modt:sto hogar, en la modesta cabaña del abuel0, po•
nen de manifiesto en el artista valenciano las notables cualicla·
des y delicadisimos sentimientos que enaltecen al artista que tal
clase ele obras produce y revelan al hombre que busca su inspiración en Jo más grande, en lo más intimo que nos rodea, el
hogar y los dulces goces ele la familia.

*
* *
El sombrero de tres ~icos, cuadro de José
Moreno Carbonero. Exposición internacional de Bellas

Artes ele 1892 (de fotografía de Nicolás Capclevilla). - El nom•
bre ele Moreno Carbonero significa una de las personalidades
artisticas más completas de nuestra época y una de las más
justificadas glorias del arte español contemporáneo.
Como pintor de historia pregonan su indiscutible valía: El
se de una Exposición ele Industrias artísticas, lógico era que el
diploma que se concediera á los expositores premiados fuese Príncipe de Via11a, La co11versió11 del duque df. Caudla, La m·
una gallarda manifestación artístico·inclustrial. Y preciso es con· frada de Roger de Flor m Co11sta11ti11opla, los cuales cuadros han
fesar que á nadie podfa confiarse su proyecto mejor que á nues· sido premiados todos en diversas exposiciones, figurando el se•
tro querido amigo el eximio artista D. J. L. Pellicer, quien ha gundo en el Museo nacional de Pinturas y el último en el salón
logrado dar á esa obra un carácter especialísimo que se ajusta de conferencias del Senado.
En la pintura de genio ha logrado también singularizarse
por completo á la índole de la Exposición, cabiendo aplauso á
los Sres. Sucesores de Narciso Ramírez por su inteligente inter- creando verdaderas maravillas, como lo son indiscutiblemente
pretación, ya que resulta una bella fototipia que nada tiene que los varios cuadros de caballete inspirados en escenas del Qui¡ir
envidiará los grabados de este género ejecutados en el extran· te y del Gil Bias de Sa11tilla11a, La z1enta del sevillano, y el
sombrero de tres picos, obra primorosa y magistralmente concejero.
bida y ejecutada, motivada por la lectura de la novela que lleva
el mismo título, original del insigne Alarcón.
*
* •
Moreno Carbonero figura dignamente en la primera fila de
Medalla de oro concedida á los expositores los artistas españoles, y como maestro en el arte que cultiva,
premiados con esta distinción en la l!lxposición merece respeto y consideración.

de I ndustrias artísticas de Barcelona, acuñada
y nielada por los Sres. Castells y. Beristain. -

582

uno ele los hombres que más han influído en la política ele la
gran República norteamericana en los últimos quince años. Como todos los graneles hombres que defienden ideas extremas,
contaba con partidarios entusiastas y adversarios decididos; pe•
ro el número de aquéllos era infinitamente superior al de éstos,
y aun los que combatían al hombre público admiraban su talento, respetaban sus convicciones y se sentían atrafclos por las relevantes cualidades del carácter de aquel político que tantos
servicios prestó á su patria y cuyo nombre ocupará un puesto
glorioso en la historia del pueblo americano.
Las simpatlas de que gozaba Mr. Blaine se demostraron elocuentemente con motivo de su entierro, al cual concurrieron el
presidente de la República, tocio el gabinete, los magistrados
del Tribunal Supremo, los altos empleados del Congreso y todo el cuerpo diplomático y que presenció una muititud inmensa, representación de todas las clases !sociales, que se agolpaba
en las calles ele Wáshington para contemplar el paso de la fúnebre comitiva.
F ormaban parte ele ésta los individuos de la familia ele míster Blaine, excepción hecha ele su viuda, que abatida por el
terrible golpe sufrido con la pérdida del esposo, no pudo abandonar su casa. Las coronas y ramos de flores enviadas por los
amigos y admiradores del difunto fueron tantas que hubo necesidad ele colocarlas en cinco carruajes.
Llegada la comitiva al cementerio de Oak Hill, el ataúd fué
conducido hasta la sepultura en donde el Dr. Hamilton, rodeado de los individuos de la familia y ele las personas más notables que formaban el duelo, pronunció las preces mortuorias,
terminadas las cuales se retiraron todos los circunstantes, excepto el hijo mayor ele Blaine, que permaneció junto á la fosa
hasta que la t'iltima paletada de tierra hubo caído sobre el ataúd
que encerraba los restos de su padre.
Mientras se verificaba el entierro se suspendió todo trabajo
en las oficinas públicas de la capital y simultáneamente con la
ceremonia ele Wáshington celebráronse solemnes funerales en
Angusta (estado de lllaine), ciudad en dando comenzó lllaine su
carrera política.

** •
'7:ista general de Vigo (ele fotografía de J. Prieto.
- Ciudad ele fortuna, como dice un ilustre escritor, heredera
de la vetusta Bayona, ni tiene historia ni puede evocar recuer•
dos ele prosperidad ó desgracia. Asentada en empinada loma al
pie &lt;le la cual rompen suavemente las olas, rodeada de fluidos
jardines, hállase orgullosa con su situación y su riqueza, entre•
gándose afanosa al tráfico que la engranclect:. Vigo ofrece el
aspecto de esas nuevas poblaciones, surgidas por ensalmo, sin
?arse _ele ello cuenta, cuya vida, cuya existencia cuesta á otra
mmediata la muerte. No cuenta monumentos, no tiene todavfa
historia, hállase en el floreciente período de su formación; pero
a~m ~sí, es ya una ele las poblaciones más importantes ele G~lic1a, Justamente cm:anecida, pues debe su grandeza á la !abono·
siclad ele sus hijos.

Recomendamos el verdadero Hierro Bravais, adoptado en los Hospllalcs de Paris y que prescriben los
mcdlcos, contra la Anemia, Clorosis y Dabilidad; dando
a la piel del bello sexo el sonrosado y aterciopelado
que tanto se des(a. Es el mejor de todos los tón'cos
y reconstituyentes. No produce estreiiimienlo, ni diarrea, teniendo ademas la superioridad sobre todos los
ferruginosos de no fatigar nunca el cstómai:o.

-- ..

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- Señorita, elijo, me contrista mucho turbar tan hermosa fiesta

CARGO DE CONCIENCIA.
POR JUANA MAIRET, CON PRECIOSAS ILUSTRACIONES DE A. MORE.\U
(CONTINUACIÓN)

- ¡Mire usted, Marta, cómo nos quieren en el país! Lo cierto es que pueden
hacernos esta justicia, pues nuestras dos familias han aliviado muchas miserias...
Esta nueva inquietud tuvo al menos un lado bueno: desde algunas semanas,
Marta se preguntaba cómo podría dominarse en el momento supremo, pues á
la luz de su pasión había descubierto en lo mas recóndito de su alma impul,os
violentos, propensión á los celos feroces y casi un sentimiento de odio, cosas
que la infundían miedo al par que vergüenza. Parecíale ser una abominable hipócrita cuando se elogiaba ante ella su abnegación y su bon~ad, su olvido absoluto de sí misma. Su cariño á Edmunda, que aún predommaba á pesar de
todo, cedía en momentos dados bajo el impulso de un espíritu de rebelión, de
un sentimiento casi de odio, así como en aquel famoso jueves, mientras la tempestad se preparaba, el aire abrasador agitábase de repe~te bajo el soplo de una
ráfaga de viento helado. Y también algunas veces su pasión por Roberto asemejábase mucho á la aversión; pero había conseguido ocultar todo esto bajo una
especie de indiferencia apática. ¿Le sería posible h~cerlo hasta ~l fm?..,
Y ahora pensaba en aquella singular malevolencia de la multitud mas que en
sus propias angustias, pareciéndole qué aún_debería proteger, dar P:uebas de
valor y de firmeza. A esta especie de llamamiento hab1a contestado siempre, y
contestó de nuevo· lo que en ella había de verdaderamente noble se anteponía
,
'
a todo, y lo conservó en adelante.
E l cortejo se formó á la puerta de la pequeñ~ iglesia. Ed~unda no era un~
casada pálida, temblorosa y confusa; estaba radiante de alegna, y ésta com~ntcaba á su belleza un encanto extraordinario. E l marqués, con la cabeza erguida,
se adelantó para ofrecerle el brazo, y antes de entrar ~n la iglesia volvióse y
dirigió una mirada á la multitud que se agolpaba en actitud, al parecer, mucho

menos hostil. La belleza es una soberanía ante la cual todos se inclinan como
por in~tinto, y jamas ninguno de aquellos campesinos había visto una joven tan
mara~1llosamente hermosa como aquel!~ casada rubia, de ojos casi negros, con
su traJe_ blanco de seda, su gran velo diafano cubriéndola en parte y los labios
entreabiertos por una sonrisa. Aquella visión influyó mas que la mirada altiva
del marqués.
Marta, q_ue habí~ querido servir de madrina á. su hermana, estaba envejecida,
p_ero la palidez de su rostro le sentaba bien; las damas de honor de la novia, luciendo todas ellas vestidos de color de rosa claro, formaban un pequeño batallón encantador, que se agrupó en la iglesia alrededor de la casada.
Fué la ceremonia tan breve como sencilla, y las pocas palabras pronunciadas
por el cura, que estaba muy conmovido, salieron del corazón y al corazón fueron.
Todos los _que habían conseg~id? entrar en la iglesia quedaron conquistados;
Mart~ lo v1ó, y sobre todo lo smttó, ella, que no se había tranquilizado ni un
solo mstante, que hasta el fin de la misa temió, sin saber por qué, algo amenazador y vag_o que esta~a en el aire hacía largo tiempo y que había entrevisto
aquella manana por pnmera vez.
_Algunas h?ras mas y Roberto se habría marchado ya con su esposa; estaría
leJos de las ~Iles habladurías y de las acusaciones infames, que cesarían al fin,
para ser olvidadas del modo como se olvida, es decir, muy pronto y completamente.
Y este deseo de ver á ~obert? en seguridad, fuera de alcance, era tan po·
deroso en Ma~ta, gue olvidó casi su dolor, sin fijarse en que aquel casamiento se había ven_fi ado ante ella, y e~ que Roberto y Edmunda cambiaban palabras que los unman para toda la vida, hasta la muerte. Sufrió menos aún de Jo

7

�132

LA

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

N úMERO

582
NúMERO

que había sufrido muchas veces al ver cruzarse entre los dos una mirada, ó notar la presión demasiado prolongada de una mano en otra ..
Edmunda salió de la iglesia cogida del brazo de su esposo, radiante como la
alegría misma, sonriendo á todos, saludando á derecha é izquierda como una
pequeña reina; y los semblantes de las personas que la miraban no tenían ya
su expresión burlona y maligna. Una madre que llevaba un hermoso nii10 en
brazos rozó la falda de seda de la recién casada; y al volverse Edmunda, la criatura alargó hacia ella sus bracitos.
- ¡A ti te quiero dar un beso, dijo la joven; tú me traerás buena suerte!
Un ligero murmullo acogió aquella graciosa caricia, y en aquel momento Edmunda tuvo á su favor todas las madres. El regreso al castillo se efectuó sin el
menor incidente y en medio de las risas y conversaciones de toda la juventud,
que estaba de fiesta.
Marta respiró, pareciéndole que la batalla estaba ganada.
En el campo, la gente no se contenta con un simple refresco y una recepción,
en que las personas pasan dejándose ver y se van. Muchos invitados habían venido desde lejos, y no se podía despedirles sin satisfacer su apetito, bastante
bueno, gracias al aire del mar. El comedor monumental, la sala de guardias de
los antiguos castellanos, que rara vez servía á. los propietarios actuales, habíase
abierto y adornado para el, objeto, y en ella veíase una enorme mesa con cincuenta cubiertos, resplandeciente de vajilla antigua, de cristales y de flores. Sin
embargo, ni aquella mesa tan bien serv.ida, ni las mujeres engalanadas, ni aun
el gran fuego de leña que ardía en dos vastas chimeneas en las extremidades de
la habitación, bastaron para alegrarla. Un poco de esa humedad propia de los
aposentos deshabitados y la falta de buena luz producían una impresión de
vaga tristeza. Hasta las risas de las jóvenes tenían como una nota falsa en la
inmensidad de aquel lúgubre salón.
Sin embargo, la comida se prolongaba... y Marta, en su calidad de ama de
casa, veíase obligada á sonreir y hacer lo mejor posible los honores de su mesa;
mas á. medida que el tiempo pasaba era más angustioso su pesar. Los recién casados, uno junto á otro, hablaban casi siempre á media voz; Edmunda, un poco
más pálida que de costumbre, sonreía no obstante y parecía feliz; y en cuanto
á Roberto, no veía ni oía más que á ella...
Los convidados se marcharon al fin; los coches llegaban uno tras otro hasta
la gradería; las palabras de despedida y las felicitaciones producían un rumor
menos ruidoso á cada momento; Edmunda se había escapado para ponerse un
vestido de viaje, y dentro de un cuarto de hora todo habría concluído...
Marta acababa de despedirse del marqués, dándole de nuevo gracias con la
mayor efusión. El noble caballero la miró antes de subir al coche, y díjole:
- Prométame usted, hija mía, que se cuidará y descansará, pues le aseguro
que bien lo necesita.
- Sí.. , ahora podré ya descansar...
Y su sonrisa era tan triste, que el buen anciano la atrajo bruscamente á sí y
besó sus mejillas.
- Ya sabe usted, amiguita mía, añadió, que si alguna vez me necesita estoy
y estaré siempre á su disposición.
'
Marta dió gracias con un movimiento de cabeza y sin atreverse á decir una
palabra por temor de descubrirse. Nadie quedaba ya en el salón más que la señora de Anee! y la tía Aurelia, y por lo tanto podría ausentarse un momento
para reponerse un poco antes de la marcha de los recién casados; pero en aquel
instante detúvola un criado.
- Señorita, dijo, un caballero desea ver al señor barón de Anee!, y no sé dónde encontrarle.
- Debe haber subido al cuarto azul, donde he mandado que dejaran su ma!eta. Avísele usted.
Después, pensando que quizás un amigo de Roberto que había lleaado tarde
para asistirá la boda venía á felicitarle, dirigióse al pequeño salón donde acababan de introducirle.
En aquel instante Roberto apareció en lo alto de la escalera.
- Mi cuñado baja ahora mismo, caballero, dijo 11arta al recién venido.
Desde luego le llamó la atención cierta rigidez en la actitud del joven que tenía ante sí y que se inclinaba respetuosamente, y sin saber por qué, tuvo miedo.
Roberto entró en aquel instante, precipitadamente, como deseoso de concluir
pronto, y creyendo, ~n ~fecto, que el visitante era algún conocido suyo; mas al
ver un extraño, sonnó ligeramente.
- Dispense usted, caballero, dijo; tal vez no sepa que acabo de casarme y
que dentro de pocos minutos debo partir con mi esposa...
Roberto había dicho «mi esposa» con cierta alegre petulancia; l\farta se estremeció involuntariamente, y el extranjero tomó una actitud severa.
- Dispense usted, caballero, repuso; ya lo sé, y he venido yo mismo p:na...
para hacerle algunas preguntas... á fin de evitar un escándalo.
- ¿Cómo un escándalo?
Marta se había acercado pálida y ansiosa; todo lo comprendió al punto; la
tempestad estallaba al fin.
Por toda contestación, el joven sacó de su bolsillo un objeto cuidadosamente
envuelto en un papel, y retirando éste, enseñó un pequeño revólver, una verda&lt;lera alhaja, pero enmohecido ya y estropeado.
-¿Reconoce usted esto?, preguntó.
. Roberto tomó el arma, examinóla, y contestó después con la mayor naturalidad:
- ¡Y~ 1~ ~r~o! Es un revólver que mi madre me regaló, y hasta hizo grabar
en él mis 1111c1ales, según puede usted ver. ¿Cómo es que se halla en sus manos,
caballero, y en tan lastimoso estado?
- Este ~evólver fué encontrado en un bosque cerca de la «Fuente de Virgnia,»
Y me h~ sido presentado por un. tal Isidoro Benoist, á quien se lo entregó un
campesmo, y se halla en este lastimoso estado porque desde el 20 de julio últi11:1~ estuvo oculto en una espesura entre la hiedra que cubre el terreno en aquel
s1t10. &lt;;:orno los ~rbustos estaban medio despojados de hoja, el aldeano Yió por
casualidad relucir el metal. El sitio de que hablo está. cerca de la bifurcación de
los dos senderos donde se encontró al capitán Bertrand.
- He aquí una cosa singular. ¿Quién ha podido robarme mi revólver? No
comprendo nada.
Roberto estaba tan_ sincer~ment: perplejo y tan distante de sospechar la verdad, que el desconoc1do se 1m~ac1entó un poco.
- En efecto, caballer~, replicó, al parecer no comprende usted que soy el
procurador de la República, y que vengo á. prenderle como acusado de asesinato.

Roberto miró á. su interlocutor, mudo de asombro.
- ¡Pero eso que dice usted es una insensatez!, exclamó.
- ¿Conque no sabe usted que hace más de un mes, desde que se desposó con
la señorita Levasseur, se le acusa en todo el país de haberse desembarazado de
un rival peligroso?
- ¡Ah!.. ¿Conque era eso?.. ¡Veamos, caballero, usted que es de nuestra sociedad y hombre de buena educación, debe comprender que esto es imposible, que
eso no se sostiene, que no hay en el mundo jurado bastante estúpido para creer
que yo, Roberto de Anee!, haya ido á ocultarme en un bosque con el objeto de
disparar traidoramente un tiro á un jo\'en á quien podía provocar lealmente en
duelo!
.
- El jurado podría contestar que el capitán era un antagonista temible; que
sus duelos tenían fama de ser muy desgraciados para los demás; que usted estaba loco de amor, y que los locos no saben bien lo que se hacen.
- Sí; pero usted que es hombre de honor, contestaría que no es posible. No
negaré, sin embargo, que tuve una discusión con Bertrand.
- Sí, en la cual le amenazó usted; desgraciadamente, el diálogo fué oído.
- Provoqué al capitán y quedamos en que yo iría• á fines de la semana á
TrouYille, donde encontraríamos un pretexto cualquiera para batirnos, á fin de
no mezclar el nombre de la señorita Levasseur en todo este asunto. Esta es la
verdad.
- A fe mía, caballero, que mi único deseo es outener una prueba de su inocencia, en la cual estoy dispuesto á. creer desde ahora, á fin de permitirle que se
vaya. ¿Dónde estuvo usted el jueYes, día en que la señorita de Lernsseur, según
parece, le esperaba en casa de unas amigas?
-¿Dónde estaba?, replicó Roberto visiblemente turbado. No puedo decírselo.
- Es muy sensible, replicó el procurador con sequedad.
Marta se adelantó entonces y puso la mano sobre el brazo de Roberto. Este
ligero ademán, dulce aunque poderoso, era el ademán de una mujer que amaba, y al procurador le llamó mucho la atención.
- Lo que mi cuñado no puede decir á usted, caballero, yo se lo din:. En el
momento mismo en que el capitán Bertrand debió ser asesinado, Roberto y yo
hablábamos en el fondo del parque. Yo le había dado una cita, porque necesitaba decirle cosas graves.
Mientras decía esto, Marta miraba al procurador, y conYencióse de que no la
creía.
Sin embargo, con el tono m,Ís respetuoso preguntó:
- ¿No la vió á. usted nadie, señorita, en el fondo del parque?
- Nadie, al menos que yo sepa. En la torre que habito hay una puertecilla
que da al campo, y de la cual me sirvo yo sola, pues los criados tienen pocas
ocasiones de pasar por allí.
- Dispénseme usted, señorita, si la ofendo... ; pero debo advertir que el señor
de Anee! es amigo de usted desde la infancia, y hasta se dice en el país que se
trataba de casar á ustedes. Hoy es su cuñado, y bien conocida es la ternura con
que ama usted á su hermana. Por lo mismo debe comprender que en tales circunstancias el testimonio de usted necesita confirmación; y he aquí por qué me
veo precisado á pedir una prueba, por ligera que sea...
En aquel momento oyóse la voz vibrante y alegre de Edmunda que gritaba:
«¡Roberto, Roberto!»
Los tres se miraron consternados al pemar que aquella alegría iba á. con\'crtirse en desesperación. Edmunda, preparada ya para el viaje y luciendo un gracioso vestido azul obscuro, entró en l:t habitación precipitadamente, aboton:índose los guantes.
- Vamos, señor esposo, exclamó. ¿Está bien que sea yo quien te busque?
Diríase que soy yo quien se te lleva de aquí. ¿Te parece que tengo bastante aspecto de señora con esta pequeña capota?
Pero de repente, en aquel salón obscuro Edmunda divisó al procurador.
- Ya me han dicho, añadió, que había llegado un amigo tuyo cuando estaba
conclufda la fiesta; pero las felicitaciones son siempre oportunas.
Edmunda se interrumpió súbitamente en su rápida charla, algo nerviosa, y
por instinto refugióse junto á. su esposo, que la rodeó con sus brazos. Ya no
buscaba protección junto á su hermana.
- Aquí ha pasado algo, dijo entonces. ¿Qué ha sido? Tengo derecho de saberlo, pues ya no soy una niña...
El procurador se adelantó de modo que ocultaba en parte á la hermana
mayor.
- Señorita, dijo, me contrista mucho turbar así tan hermosa fiesta; pero ha
sido indispensable hacer algunas preguntas al Sr. de .\ncel con motivo del
asesinato cometido en el mes de julio último.
- ¡Ah! ¡No es más que eso!.. , exclamó Edmunda, reponiéndose de un vago
terror. ¿Se ha encontrado al asesino? ¡Qué felicidad!.. Me inspiran horror esos
crímenes misteriosos en que no se conoce al culpable. Pues bien: supongo que
Roberto ha contestado. ¡Vámonos; el coche nos espera, y no es cosa de que perdamos el tren!
- ¿Quiere usted permitirme interrogarla un momento á su vez?, preguntó el
procurador.
- Ciertamente, pero le prevengo á usted que no tengo gran cosa que decir.
- ¿Esperaba usted al Sr. de Anee! aquel día en casa de sus amigas las señoritas de Robinsón?
- Sí, y por cierto que nos dejó plantadas.
- ¿Y no acompañó á usted su hermana?
- No; la pobre Marta tenía una jaqueca atroz, y yo la dejé en su otomana,
bien abrigada. Al regresar la encontré en el mismo sitio y díjome que había
dormido.
-¿No cree usted que haya salido durante aquel tiempo?
- ¡Seguramente que no! Apenas podía levantar la cabeza, y cuando padece
alguna de esas jaquecas no se mueve nunca.
- Sin embargo, dijo Marta con voz débil, bajé al parque.
- ¡Toma! ¿Y por qué no me lo dijiste?
- No pensé en ello, balbuceó la infeliz.
De nuern Edmunda miró á unos y á otros, y sobrecogida nuevament&lt;.: de
terror, comenzó á. temblar. Después casi en voz baja dijo á su esposo:
- Dime, Roberto ... ¿qué sucede aquí? ¿Por qué no nos vamos? Estamos casados ya, hemos de hacer el \'iaje de boda, é iremos al país donde el sol calienta
todavía. Aquí tengo frío .. , mira cómo tiemblo.
1
Roberto trató de sonreir no veía en el mundo nada más que aquel lindo ros-

582

LA

I LUSTRACIÓN ARTÍSTICA

1 33

ver á un abogado, el que me aconseje un antiguo amigo mío muy entendido en
la materia, y después obtendré, de los magistrados el permiso para que la señora
de Anee! y Edmunda puedan visitar al preso... ¿Quedaría usted satisfecha de mí
con esto?
- Sí; y gracias, mil gracias; pero sobre todo, que se hagan todas las pesquisas posibles para descubrir al culpable. Imítil me parece añadir que no habrá sacrificio alguno que no hagamos ...
- Esto, querida Marta, es asunto del tribunal; mas no la ocultaré que no
tengo gran esperanza de que la información conduzca á este resultado. La primera vez se hicieron pesquisas que fueron inútiles, largo tiempo ha; entre el mo·
mento del crimen y aquel en que se descubrió transcurrieron diez y seis ó diez y
ocho horas; y como del Havre, muy próximo, salen muchos carros, y el asesino
tenla dinero, puesto que lo robó á su víctima, pudo escapar fácilmente. Esto es
lo mismo que buscar una aguja en un pajar. No; debemos cifrar nuestra esperanza en una hábil defensa y en los antecedentes sin tacha de Roberto de Anee!.
El marqués despidió con esto á Marta, pues apenas le quedaba tiempo si
quería tomar el tren de la mañana. La señorita de Levasseur había hecho todo
cuanto dependía de ella, y ahora debía limitarse á esperar, comunicando á. los
otros un poco de su propio valor. ¡Ah! ¡Cuánto hubiera dado por obrar de por sí,
verse en la precisión de ir y venir, y olvidar de este modo, aunque sólo fuese por
un instante, aquella idea que no la abandonaba, la del sacrificio posible y hasta
probable que la esperaba!
No se atrevía á mirar su diario, ni osaba recordar cuanto en él había escrito;
mas no ignoraba que en el abandono de su absoluta seguridad había patentizado en él sus luchas, sus más secretos pensamientos, su triste amor, que con tanto
cuidado ocultó siempre y que en las páginas de su libro revelábase palpitante
entre sollozos. ¡Ella, que hacía meses no había tenido má.s afán ni otro propósito que ocultar su secreto! Y este triste secreto llegaría á ser presa de un público
ávido de nuevas sensaciones, se revelaría á la curiosidad de todos, y de esta manera Edmunda conocería la verdad, mientras que Roberto sabría que ella le había amado y le amaba siempre .. . ¡Esto no era posible! Jamás podría consentir
en ello, jamás intentaría descubrirse, ni aun para salvar á un ser querido! ¡También el alma tiene su pudor!
Pero Marta no quería pensar en esto. Seguramente se encontraría al culpable;
érale dado enviar agentes en su persecución; el tribunal haría sus averiguaciones
y ella también las suyas. Con dinero, mucho dinero, obtiénense resultados admirables algunas veces. El marqués por su parte había prometido al despedirse
ver si se podía intentar algo de esto ...
Aquel asunto tuvo gran resonancia, pues no tan sólo se trataba de un acusado perteneciente á muy buena familia, de un hombre ventajosamente conocido ya por sus trabajos, sino que las circunstancias de su detención comunicaban
un interés más picante á la historia.
Los gacetilleros de la prensa dieron cuenta del hecho á su modo: súpose
que la joven casada era hija de una actriz que durante largo tiempo había sido
la delicia de la sociedad elegante de París; en los artículos de sensación intercaláronse muchas anécdotas más ó menos verdaderas; los diarios, faltos de material hasta que se abrieron las Cámaras, entretuviéronse en comentar el tema á
su antojo, y el hermano de la víctima llegó á ser de pronto un personaje de importancia. Se hizo su retrato, poco parecido, pero muy patético, llorando aún la
muerte del hermano menor, ansioso de venganza y pidiendo justicia á gritos. El
Sr. Bertrand acabó así por aceptar el papel que se le prestaba, persuadiéndose de
que su apatía no fué nunca en realidad má.s que aparente, y que desde el primer
careo con Roberto de Anee! éste le inspiró sospechas.
En el castillo se recibían pocos diarios, y Marta hubiera querido suprimirlos
todos; pero Edmunda los reclamaba, pedía otros muchos y los leía todos, entregándose después á un acceso de indescriptible y furiosa rabia.
. D~spués, c~ando ya no se habló del asunto, esperándose el proceso, aquel
s1lenc,10 fué casi más penoso para ella; quejábase de no saber lo que pasaba, y
parec_1ale que el marqués, á. pesar de todo su celo, no procedía con el acierto necesario.
Y e~ el reducido círculo de las cuatro mujeres, pues la señora de Anee!, aunque
anunciaba cada día su marcha, permanecía aún en el castillo, no se hablaba más
que del desastre. Todos los amigos se habían apresurado á presentarse para ofrecer
sus servicios, ó por lo menos su buena voluntad; y á. fuerza de hablar una y
XIII
otra vez del asunto, revolviendo en todos sentidos esta triste historia se acabó
por ac?stum brarse a' el\a, por no temer ya como en los primeros días' encontrar
A la alegría sucedía la desesperación; al ruido, el lúgubre silencio.
un~ mtrada de desprecio tí oir una palabra malsonante de curiosidad ó de comEdmunda, casi enferma, permaneció en cama, rehusando hablar, comer y mo- pasión. A to~o se acostumbra uno en este mundo, y poco á poco la vida sigue
verse; en su dolor había una mezcla singular de irritación nerviosa y de sorda su curso habitual. Por lo pronto esperábase un permiso, prometido desde luego
cólera. La señora de Anee!, que se había quedado en el castillo, sobrecogida de pero que no llegaba nunca, para visitar al preso.
'
miedo ante la idea de encontrarse sola en su casa, parecía incapaz de dar paso
Los vecinos del campo se fueron marchando unos tras otros· el otoño se
alguno, y no hacía más que orar, derramando copioso llanto.
pres~ntaba frío y triste, y muy pronto se dejó sentir el aislamiento.'
Lo primero que hizo Marta fué ir á ver á su antiguo amigo el marqués, que
Cierto d1a, no mucho tiempo después de la detención de Roberto Edmunda
salió á recibirla ofreciéndola sus dos manos.
que había permanecido silenciosa largo rato con un bordado en la' mano dij~
- Sí, señor marqués, le dijo, ya sé que nos compadece usted mucho; pero de pronto á su hermana:
'
ahora necesito algo más que piedad. Usted me ha dicho que podía contar con
. - Jamás he comprendido, Marta, por qué dijiste al procurador que el día del
su ayuda, y con ella cuento ahora. En el castillo no tengo á mi lado más que mu- crimen, aquel en que_ te dejé tan enfer~a, habías bajado al parque ...
jeres, y ninguna de nosotras entiende la menor cosa en esos asuntos; encárguese
Marta se estremeció; hacía ~uc~o tiempo que esperaba estas palabras; pero
usted de nuestra causa, obre como si fuera un pariente de mi familia y defienda después pe_ns~ que en la emoción v10lenta que había sufrido, Edmunda olvidaría
el honor de ese infeliz Roberto, tan abominablemente acusado. ¡Es necesario tal vez un ~nc1dente del gue nada debía comprender. Sin embargo, la hermana
que le salvemos, es preciso!
mayor habia resuelto decir la ver?ad en caso necesario, ó por lo menos parte de
- Tranquilícese usted, hija mía, contestó el marqués; ningún juzgado le con- ella, puesto que al fin sería preciso revelarla; pero dejó transcurrir un instante
denará por simples habladurías de pueblo y por haber encontrado un arma. Si antes de contestar con grave expresión:
hubiese cometido el crimen, lo primero que habría hecho hubiera sido colocar
- Lo dije por1u~ en efecto, había bajado al parque.
de nue\'O el revólver en el sitio donde estaba antes, después de limpiarlo cuida- ¿Y qué P,od1a ~mp~rtarle al procurador que te hubieses paseado ó no?
dosamente...
~arta habia palidecido de tal manera, que las tres mujeres la· miraron con
-Admito que se le devuelva su libertad; pero si no se encontrase á tiempo creciente asombro.
el verdadero criminal, ó si, añadió Marta cambiando de tono ... , ó si no se pro- . - Escuch~, Edmunda, repuso, yo no hubiera querido hablarte de esta... sadujese alguna prueba irrecusable de su inocencia, siempre pesará sobre él en ltda ... pues ~•empre temo que en las cosas más sencillas veas algo que te alarnuestro país esa monstruosa acusación. Muchas personas dirán: «¡Quién sabe! .. » me. Yo hab1a ob~erv~do, como todo el mundo, las atenciones muy significativas
Y es preciso que no suceda así. Roberto debe salir de esa prueba con la cabeza de ~Roberto, y qmse mterrogarle. Yo tenía un cargo de conciencia; quise desembien alta; tiene ante sí un hermoso porvenir; puede hacer un trabajo. útil y ser penar _el papel d~ madre, del que me encargué desde tu llegada, y en su consefeliz, y esta perspectiva desaparecería para Roberto. ¡Esto no es posible, esto cuencia ~{ una ~•ta á. Roberto en, el fondo del parque. En el momento en que
no será!
se cometió el cnmen, los dos estabamos sentados al pie de la cruz de piedra
Edmunda se había levantado.
·
El marqués reflexionaba, y de pronto sacó su reloj.
- Tengo tiempo de sobra, elijo. Dentro de una hora marcharé á París; iré á
( Co11li1111ará)

tro de mujer, y sólo tenía un objeto: calmar sus angustias, tranquilizarla sobre
lo que había pasado y lo que debía pasar.
- No te espantes, amada mía, contestó; aquí hay una mala inteligencia que
no durará. mucho ni puede durar, y ahora me es forzoso acompañar á este caballero para explicar algunos hechos relativos al asesinato.
- ¡Pero no piensas lo que dices; eso es imposible; eso sería el colmo del ridículo! Ya contestarás á la vuelta ...
Sin hacer aprecio de los dos testigos de aquella escena, Edmunda rodeó con
sus brazos el cuello de Roberto, tomando así posesión de su bien; mas el procurador, muy disgustado, apresuró el desenlace.
- Señora, dijo, siento mucho todo esto, pero el tiempo urge. Desgraciadamente se ha encontrado cerca del sitio donde el capitán Bertrand cayó un revólver que el señor barón de Anee! acaba de reconocer como suyo, y que por
lo demás lleva sus iniciales.
Edmunda tembló más aún que antes, pero no desenlazó sus brazos.
- ¿Qué prueba eso?, dijo al fin valerosamente. Hemos visto muy bien Marta
y yo cuán fácil es saltar desde el jardín al despacho de Roberto. Un malhechor
habrá cogido el reYólver; ya ve usted si esto es sencillo. Supongo que no es á
Roberto á. quien se acusa de semejante crimen...
Y como nadie contestase, Edmunda dejó escapar un grito terrible: había
comprendido. Se llevaban á Roberto preso; y este era el viaje de boda tan soi1ado que debían hacer juntos á Italia, el país de los enamorados.
Roberto se desprendió suavemente de los brazos de su esposa y volvióse hacia
la hermana mayor.
- Tómala, Marta, dijo, y cuida bien á mi pequeña esposa...
Para ella, para Marta, cuyo semblante descompuesto tenía una expresión cien
Yeces más trágica que la del lindo rostro de Edmunda, no tuvo una palabra de
compasión, y solamente añadió:
- Ya explicarás todo lo que ocurre á mi madre y la consolarás. No será cuestión más que de algunos días. Caballero, estoy á las órdenes de usted.
- ¡Pero yo no quiero, yo no quiero!.. exclamó Edmunda, dejando escapar un
sollozo y forcejeando en los brazos de su hermana.
Los dos hombres salieron rápidamente.
Marta debió cuidar á Edmunda presa de un ataque de nervios, y consolar
después á. la madre de Roberto, que estaba medio loca y no podía comprender
lo que había ocurrido.
Ocupada en estos dos deberes, Marta no tuvo tiempo de pensar en sí.
Hasta mucho después, cuando al fin se halló sola en su habitación, mientras
Edmunda, agotadas sus fuerzas, dormía con el sueño de un niño, no trató Marta
de darse cuenta de lo que había pasado.
Para sa!Yar á. Roberto había confesado su entrevista con éste, que él, má.s que
ella, tenía empeño en ocultar, y no había sido creída; su palabra, á la cual no
faltó jamás, no era suficiente... ¡Se la exigían pruebas!..
¿Dónde encontrarlas? Bien sabía que nadie la vió; que el sitio en que diera la
cita á Roberto estaba aquel día completamente solitario, como de costumbre.
¡Ah! ¡Cuántas torpezas más temibles que crímenes se cometen á menudo cuando
sólo se trata de hacer bien!.. Si Roberto hubiese ido aquel día, como Edmunda
lo deseaba, á la reunión de las americanas, ni siquiera se hubiese pensado en molestarle.
Marta paseaba de un lado á. otro en su gabinete, sin poder estar quieta en un
sitio y sin hacer un esfuerzo para conciliar el sueño, que seguramente se alejaría de sus párpados. Sus miradas vagas fijáronse por casualidad en el pequeño
escritorio, y recordó que el día en que no pudo entregarse al reposo, como la sucedía entonces, había escrito...
Después permaneció de pronto inmóvil, cual si estuviese petrificada; sentíase
enferma y temía caer. Las palabras del procurador resonaban en su oído aún:
«Una prueba, por ligera que sea... »
Y esta prueba estaba allí encerrada en aquel gracioso mueble.
Marta cayó de rodillas, prosternada, y repitió como poseída de un acceso de
locura:
- ¡No, no; eso nunca: bien sabéis, Dios mío, que no puedo hacerlo... que no
podré jamás!..

�134

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO

582

y estampar del mismo modo los caracteres del movi- brillante iluminada por el sol, de tal suerte que la
miento? ¿Pueden relacionarse de algún modo los apa- imagen de esta bola impresione sucesivamente varios
ratos fotográficos á la serie de aparatos inscriptores puntos de la placa sensible. En esta placa resultará
que marcan los fenómenos de la Naturaleza en los una línea continua (fig. 1) trazada por la curva supeque las fuerzas están siempre en acción, la materia rior que representará exactamente la trayectoria sesiempre en movimiento?
guida por el cuerpo brillante. Si repetimos el experiHoy podemos responder afirmativamente á esta mento dando entrada á la luz en la cámara obscura
pregunta, y esperamos demostrar que la fotografía, de un modo intermitente y á intervalos de tiempo
LA CRONOFOTOGRAFÍ.\
aplicada de cierta manera, da nociones del modo más iguales, obtendremos una trayectoria discontinua
NUEVO MÉTODO PARA ANALIZAR RL MOVIMIENTO EN
exacto acerca de los movimientos que nuestra vista (curva inferior de la misma figura), en la que estarán
LAS CIE!'&lt;CIAS FÍSICAS Y NATURALES
no puede percibir por ser demasiado lentos, sobrado representadas las posiciones sucesivas efe! móvil en
Las ciencias progresan en razón de la precisión de rápidos ó muy complicados. Este método que vamos los instantes en que se han efectuado las entradas de
sus métodos y de sus instrumentos de medición. La á describir es la Cronofotografia, nombre adoptado la luz: es la curva cronofotográfica.
balanza, el termómetro, el manómetro han proporcio- por el Congreso internacional de fotografía reunido
Este método supone que el espacio de tiempo que
separa dos imágenes sucesivas ha de ser siempre el
nado á la Física y á la Química la precisión que hoy en París en 1889.
Si se considera la propiedad fisiológica del ojo hu- mismo y conocerse exactamente su valor. Para obteadmiramos en ellas. Estos diferentes instrumentos
mano, se ve que este órgano representa, desde el ner las mejores imágenes posibles es menester que el
punto de vista dióptrico, un aparato fotográfico con objeto esté vivamente iluminado y el fondo sobre el
su objetivo y su cámara obscura; los párpados forman cual se destaque perfectamente obscuro; además la
el obturador, mientras que la retina, en la cual se im- duración de las admisiones de luz debe ser muy corprimen las imágenes reales de los objetos exteriores, ta y los intervalos entre dos iluminaciones sucesivas
co.1stituye la placa sensible.
enteramente iguales.
1
Esta retina goza hasta cierto punto de las propieLa fig. 2 representa la disposición sucesiva que
dades de la placa fotográfica; Boll ha demostrado que habíamos dado al aparato cronofotográfico. Se hace
en su superficie se forman imágenes que á veces per- girar por medio de un manubrio un disco con ranusisten algunos instantes en la retina de un animal re- ras D, cuya rotación estaba regulada y perfectamente
Fig. I. Trayectorias sencilla y cronofotográfica de una bola
cién muerto, de suerte que la visión consistirá en la uniformada con un regulador. La placa sensible se
brillante que se mueve sobre un fondo obscuro
percepción que tenemos de imágenes fotografiadas en introducía con su marco ó chasis e en el foco del
nuestro ojo. Estas imágenes, lejos de ser permanen- objetivo O. A cada paso de una ranura (/), esta plaexpresan el valor estático de las fuerzas que están lla- tes como las de los aparatos fotográficos, son fugiti- ca recibía una imagen que representaba el objeto ilumados á medir; la balanza indica el peso actual de vas; sin embargo, persisten algunos momentos, pro- minado, con su forma y posición actuales. Pero como
un cuerpo equilibrándolo con pesos conocidos; el longando así la duración aparente del fenómeno que este objeto modificaba su posición entre dos imágemanómetro equilibra á su vez la presión del gas por las ha dado origen. Esta propiedad de la retina nos nes sucesivas, resultaba una serie de imágenes á las
la de una columna de mercurio.
permitirá estudiar cómo una
Pero estos instrumentos serían incapaces, en su imagen fotográfica puede reforma primitiva, de marcar las variaciones que ocu- presentar un movimiento.
rren á cada instante en el peso de un líquido que se
Si estarnos en un recinto
evapora y en la presión de un gas cuya temperatura obscuro, de suerte que no hase cambia. Así por ejemplo, para medir las variacio- ya nada que ponga en acción
nes que sobrevienen en la intensidad de las fuerzas la sensibilidad de nuestro ojo,
físicas, ha sido preciso crear nuevos instrumentos lla- salvo un punto luminoso ó un
mados inscriptores ó anotadores, merced á los cuales objeto vivamente iluminado,
se obtienen, en forma de curvas más ó menos sinuo- la imagen de este punto ó de
sas, la expresión de los cambios de peso, de presión, este objeto se retratará en
de temperatura, de tensión eléctrica, etc. Con ellos nuestra retina y conservareestudian los meteorologistas en cada punto del globo mos aún su impresión algún
las variaciones del estado de la atmósfera, los fisiolo- tiempo después de haber desgistas anotan )os cambios más delicados de la presión aparecido el foco de luz. Se
de la sangre, de la fuerza de los músculos, de la tem- ha estampado en nuestro ojo
peratura de los órganos.
la imag~n de un objeto en
Pues bien: todos los cuerpos de la Naturaleza pre- estado estático, esto es, de insentan caracteres exteriores acerca de los cuales nos movilidad. Esta operación es
informa nuestra vista, con tal que estos caracteres no idéntica á la que efectuamos
varíen de modo que hagan la observación imposible. sacando, por medio de nuesFig. 3. Hombre que corre. Cronofotografia sobre fondo obscuro
Se puede apreciar exactamente en su estado estático tros a para tos, la fotografía
la forma de los cuerpos, sus dimensiones, su posición de un objeto inmóvil. Pero
en el espacio, y aun sabemos desde tiempo inmemo- si el punto luminoso cambia rápidamente de lugar á de la bola ( fig. 1 ), que indicaban las actitudes y las
rial representar por el dibujo estos caracteres exterio- nuestra vista, conservaremos algunos segundos una posiciones sucesivas del objeto en movimiento. El
res. Pero tan laboriosa representación de los objetos impresión más compleja, la del trayecto seguido por intervalo entre las imágenes estaba perfectamente rees á menudo insuficiente, porque no es posible mos- el objeto en el espacio. Cuando un niño agita una gulado á 1/ 10 de segundo; la duración de las iluminatrar sino en estado de reposo muchos de los que va- varilla cuya punta está incandescente y se entretiene ciones era &lt;.Je 1/ '°º de segundo, y por último, habla
rían de forma ó cambian de lugar constantemente. en Yer la cinta de fuego que parece ondular en el una regla métrica con su graduación colocada delanLa fotografía ha venido á perfeccionar la represen- aire, lo que hace es fotografiar en realidad en su re- te del campo obscuro, en el mismo plano que el obtación de los objetos inmóviles; nos da sus imágenes tina la trayectoria de un punto luminoso; esta trayec- jeto fotografiado. La imagen de esta regla, reprodutoria no es muy larga, porque la retina no conserva cida en la placa sensible, servía de escala para medir
mucho tiempo las impresiones recibidas. En seme- el tamaño real del objeto y los espacios que habla
jante caso, una placa fotográfica daría la imagen en- recorrido en cada décimo de segundo.
tera y permanente del camino recorrido por el punto
La imagen as{ obtenida daba con toda la precisión
luminoso; sin embargo, todavía no es la expresión de un plano geométrico las dos nociones de espacio
completa del movimiento, puesto que esta imagen no y de tiempo que caracterizan todo movimiento. Sin
representa más que las posiciones sucesivas ocupa- embargo, estas dos nociones que se trataba de condas por el punto luminoso, abstracción hecha de la ciliar en la cronofotografía son en cierto modo induración de su recorrido.
compatibles entre sí, y para obtener las dos hay que
Para patentizar completamente los caracteres del recurrirá ciertos artificios, como vamos á ver.
movimiento, sería menester introducir en la imagen la
Para una misma velocidad de traslación, si el obnoción de tiempo; lo cual se consigue haciendo obrar jeto estudiado ocupa poca superficie en el sentido
la luz de un modo intermitente y á intervalos de del movimiento, se puede recoger gran número de
tiempo conocidos.
imágenes de él sin que se confundan sobreponiénAsí por ejemplo, si parpadeamos de un modo in- dose. En este caso s~halla el proyectil de que antes
terminente, verbigracia, dos veces por segundo, mien- hablábamos. La noción de tiempo es, pues, muy comFig. 2. Disposición del aparato para la cronofotografia sobre tras recibimos la impresión retiniana, la imagen de la pleta cuando la del espacio está restringida.
placa fija y fondo obscuro
cinta de fuego que se pintase en nuestro ojo presenPero si tomamos las imágenes sucesivas de un
taría interrupciones, y el número de las contenidas hombre que anda, la noción de espacio es más comcon los detalles más delicados; sabe reducir ó agran- en cierta longitud de la trayectoria luminosa expre- pleta¡ cada imagen ocupa una extensa superficie, é
dar su dimensión á una escala determinada y con una sar(a en medios segundos el tiempo que el móvil ha informa acerca de las posiciones que adquieren el
precisión á la que no podría llegar otro método. Por invertido en efectuar este trayecto. Tales son precisa- cuerpo, los brazos y las piernas. Pero por lo mismo
esto es el auxiliar más poderoso para ciertas ciencias, mente las condiciones de la cronofotografía.
que cada imagen ocupa más espacio, el número de
y las naturales, por ejemplo, no pueden prescindir de
Vamos á explicar de un modo sucinto sus métodos ellas que se puede tomar es menor, de lo contrario
su concurso; tanto es así, que el eminente astrónomo y sus principales aplicaciones.
habría confusión por superposición de estas imáJanssen ha calificado con mucho acierto las propiegenes.
dades de la placa fotográfica dándole el nombre de
Mfaooos
Fotografiado un animal grande, un caballo por
retina del hombre de ciencia.
ejemplo, el mimero de imágenes deberá ser muy li1.- CRONOFOTOGRAFfA SOBRE PLACA FIJA
Pues bien: esta retina maravillosa que percibe en
mitado, porque la longitu&lt;l de cada una de ellas, merapidísimo instante el aspecto de los cuerpos en su
Supongamos que se enfoca un aparato fotográfico dida en el sentido del movimiento, es muy grande y
estado estático ó de inmovilidad, y que estampa estos sobre un fondo ó campo obscuro, y que destapado el habría superposición.
caracteres de un modo inmutable, ¿puede sorprender objetivo, se lanza delante de este campo una bola
( Co11ti111111rá)

NúMERO

LA I LUSTRACIÓN

582

135

ARTÍSTICA

campo al autor para describir sus asombrosos fenómenos y sus
causas. En el Calor nos da á con0&lt;;er los grand.es ~rogresos
hechos en su estudio, del que han d1ma~ado aphcaci~nes l_an
útiles como los ferrocarriles, la navegación, las máquina~ m·
dustrialcs y otras. Por último, en la Meteorología se exphcan
minuciosamente las causas de los terremotos, huracanes,
erupciones volcánicas, etc.
Por esta rapidisima reseña. d~I contenido del M~~oo ~•f.
s1co podrá venirse en conoc1m1cnto de la gran ullhdad de
esta obra.

NUEVA PUBLICACIÓN

EL MUNDO FÍSICO
POR AMADEO GUILL EMIN
T RADUCCIÓN DE D. MA NUltL ARANDA Y SANJUÁN

GRAVEDAD, GRAVITACIÓN, SONIDO, LUZ, CALOR, MAGNETISMO,
ELECTRIC IDAD, METEOROLOGI A, FISICA MOLECULAR

CONDICIONES DE LA SUSCRIPCIÓN

La presente obra formará 3 tomos de re¡,1'\llares dimensio-

Edicwn iliutrada con gral!ados intercalados y lámina.,
cro11wlitogrqfiadas •
El erudito escritor, cuyo reciente fallecimiento lloran
los amigos de la ciencia, traz6 en esta obra un cuadro
fiel de todos los fenómenos de la Naturaleza que se relacio•
nao con la fisica del globo, pero con tal sencillez, en estilo
tan ameno y tan claro á la vez, que bien puede calificarse su
trabajo de obra verdaderamente P?Pu(ar. ~iguiendo en_ él el
· 'd
uantos de la c1enc1a fis1ca han escnto ¡ a·
. .
, o 1·
Plan a dmili· o por. e es pr1nc1pales
en cada una de ellas se
vide en vanas seccion
•
enuncia la ley que preside a los fenómenos de que trata, el descu· ·
d
tas leyes y las aplicac1'ones de cada una d 1
bnm1ento e es
e as
· d
b' ta
onoc'das
1
fuerzas fi1S1cas escu ier s Y c
·
Asi, después de tratar de los fenómenos y leyes de la Graveaad explica de un modo comprensible cómo esos fenómenos y

===
Muestra de los grabados de la obra -Audiciones
telefónicas teatrales

b

esas leyes han tra!do consigo el péndulo, la alanza, 1a pren_sa
ó
hidráulica los pozos artesianos, las bombas, la navegaci n
'
aér~, etc. A la teorl~ coi:npleta del So~~ agrega u_na enume·
rac16n de todas las apbcac1ones de la Awstua y de los mstrumenI
tos mus1'cales. La Luz da la descripción detallada de todos os
.
. .
á i
fi
·
aparatos 6pllcos y d~ sus aplicac1one~ . 1a otogra ~• microscop10, etc. El Magnetismo y la Electncidad proporcionan ancho

nes, divididos en unos 20 cuadernos cada uno, los que procuraremos repartir semanalmente.
.
Cada cuaderno constará de 40 páginas de texto, al precio
de 50 céntimos de peseta; pero en el ~o de qu~ lo ?esearan los suscriptores 6 de que por activar la terminación de
la obra se juzgase oportuno, estos cuadernos constarán de
8o páginas, á peseta cada uno.
.
.
Además de los grabados intercalados en el.texto, ilustrarán
la obra magn!licas láminas tiradas en colores, representando
algunos de los fenómenos más notables de la F!sica, asl como
,, .
,
mapas en que se expongan las variaciones atmos,cncas u o1ras
que afectan á la constitución del globo. .
, .
Cada una de estas láminas ó mapas eqmvaldrá á 8 paginas.
d
Por el primer cuaderno, que se halla de muestra en casa e
tros corresponsales se podrá juzgar del inusitado lujo con
nues fr
al úbtido esta nueva obra.
que o ccemos P

Se enviarán prospectos á. quien los reclame á. los Sres. Montaner Y Simón, calle de Ara.gón, núms. 30 9 Y 31l, Barcelona

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L.llT 411TÍPBÍLIQ1ll -

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PIIEIIO DEL INSTITUTO AL D' CORYISART, EII 1151

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POLVOS, •e PEPSIIU IOUD~ULT

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El m~s eficaz de los
Ferruginosos contra. la.
Anemia, Clorosis,
Empabrtelmianto da la Sangre,
Debilidad, etc.

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AJUltlGAI l'IIECO&lt;IEI
EFLOIIEICERCIAIJ
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contra. las diversas

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GrageasalLactatodeHierrode

GELIS&amp;CONTÉ
Aprobadas por 11 AcIdemJI de MedicJnI de Parls.

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al mas PODEROSO
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se conoce, en pocion

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l~ID!l}JH~•):llHffl~~,~I
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todu las em1nenC1as médfcu preub&amp;D q11e esl.a ISOCiaclon de la Clanae, el B1ern y la
ellJaa oonaUluye el rel&gt;&amp;ra4or maa eneratoo que ae oonoce ~ curar : la CIOrdlú, 1&amp;
111e11tfa las Jltflltf"IUICWltU 40ioro,u, el .lm110brecfmlfflto 11&amp; Álttr/JCWIJ de la Sangre,
el BaQJm,mo Ltl Á ( ~ UCf'O/IÜOIIU y eicorbUt1cal, elé. El Yill• ll'e11'1"11&amp;1■•ff dé
Ana• ea en' erecto el único que reune todo lo que entona y fortalece 1011 or¡anos,
regulariza' coordena•y aumenl.a oonsiderablemente lu tuerzas ó ln!unde a la san¡re
empobredda y descolorid&amp; : el Y(Qor, la Colof'IICWll 1 la 8Mr"'4 01tlU,

Pw 1141Vor e11 Paril1 en casa de J. FBW, Farmaceatico, tOI, rue Richeliea, Sucesor 4e AROUD.
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�L A I LUSTRACIÓN ARTÍSTICA

VISTA GENERAL DE VIGO

NúMERO

·582

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y retortijones de estómago, estreñimientos rebeldes, para facilitar
la tµgea~on y para regularizar todas las funciones del estómago y de
los mtesünos.
JARA.BE

a1Br0Inuro de Potasio
DE CORTEZAS DE NARANJAS AIARGAS

Es el remedio mas eficaz para combatir las enfermedades del corazon,
la epilepsia, histéria, migraña, baile de S•-Vito, insomnios, con•
vulsiones y tos de.los ni.lios durante la denticion; en una palabra, todas
1aa afecciones nerviosas.
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Fábrica, Espedieiones : J.-P. LAROZE r

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ESTREFllMIENTOS, CÓLICOS.

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so.

Lu

Pemiau qtt conoce• lu

PILDORASt~DEHlUT
DE PARIS

APJ:OL
de los O,.. JORET 8 HOMOLLE
, Querido enfermo. - F/ese Vd. Ami /arta experiencia,
y haga u10 de nuestros GRANOS de SALUD, pue, e/los
le ourarAn de ,u oonstIpaolon, le darAn apetito y le
derolrerAn e/ sueño 1 la alegria. - As, m irA Vd.
muchos año,, d11fr ut1ndo siempre de una buena salud.

El APIOL cura los do/ore,, retr110,, , up,..
llanee,,, fa, :.Pocu, as1 como las J14rdlda,,
Pero conrrecuencta es fal81f.lcado.El APIOL
verdadero, un.leo eficaz, es el de los inventores, los Drt• JORET y BOlllOLLE.
ME DALLASExp• Un/,._ LOND/IES f I BZ • PA R/8 f 119

Flr"BBIUT, 15D,ruhllnll,PWS

CARNE t QUINA

no titubean en porgarse, cuando lo
necesitan. No temen el asco ni el cau•
sancio, porque, contra lo que mcede con
los demas purgantes, este no obra bien
sino cuando se toma con bueno, alimento,
y bebidas fortificantes, cual elvino, el cal6,
el t6. Cada cual escoge, para J)fJJ'gane, la
bora y la comida que mas le convienen,
se,un ,u, ocupacfonea. Como el caasu
c10 que la pfJJ'ga ocasiona queda completamenteanuladoporelefectode la
buena alimentacion empleada,ano
se deci de facümente a volver
4 empeirar cuantas veces
sea necesario, '

11 Alimento mu npandor, llllido al 'l'bloo 11111 lllel'lkt-

Participando de las :r,rop1edades del IodD
y del Hle:r:ro, estas Plldoras se emplean
especialmente contra las • • oroflllu, la
Tisis y la Debutdad de tempeJ'IPlleDto,
as! como en todos los casos(Pálldoll4lolol'fl,
Amenorrea,••&gt;, en los cuales ea necesario
ollrar sobre la sangre, ya sea para devolverla
su riqueza y allundancla normales, 6 ya para
provocar 6 regularizar su curso pertódlc:o.

~;-A.,?f}s

rarmmtlr.a, en Pam.

~ R u e lonaparte, U
El loduro de hierro Impuro 6 alterado
N
, B, es un medlcamento l.Iitl.el é 1rr1tan te.
Como prueba de pureza y de autenticidad de

las verdaderas .PU doru de lJl4rM!a.rd,
exigir nuestro sello de pl1t1 re■ct1v1 1
nuestra firma puesta al pié de una etiqueta
verde y el Sello de garantla de la U11i6n de
los Fa brlcant ea para la represión de lafal.81·
ficac16n.
""SI!

HALLAN RN TODAS LAS PA.IUUClIAS

VINO IROUD CON QUINA

.,. COK TODOS tOI nmamos lnJDITffOS IOLtJBLU J)JI u CABn
·4'aan 1 Olllll&amp;t 10n los elementoe que entran en la comtlOlldon de este potente

19p&amp;rador de las tuerzas "11.ales, de este ,.r1iaea■.. p_er Neeíe11ela. De un 8'U81o auDWnenle a¡rad.allle, es aollerano contra la J.ne1111a 1 el J.J)()C4flfffflto, en las Calelttlfflll
7 Co110~1 contra las
7 las J.ftcCWMI del lllt"'fl4QO 1 loe fntutwi,
Cuando ae tma de despenar el apeUlo, aserurar lu cligesUonee reparar las tnerzu.
~
ecer la sangre. entónar el organismo y precaTer la anemia 1 lu eDi&lt;temtu provoCldli por loa calores, no se conoce nada supenor al .,... de . . _ . de &amp;rea
ltw ll!Qor. a Pw,a eua de 1. FEW, Farmauuttco, 10!, me Riculleu. Sacaarde&amp;IOOD.
,
h VJOO&gt;II JIU( TODAS L.tJI PIUIIQIP.&amp;.LU ~

IJ1a"""

. . EXIJASE ~~.;, AROUQ

.

PATE EPILAJOIRE DU SER

destruye hasta lu RAICEG el VELLO del rostro de lu damu (Barba Jlltote etc.) 111
niogan peligro para el ~ulil. SO Años de Ílz.tto, 1millares de tesUmonlo, garantlw 11 eftcadl
de esta preparacion. _(Sf 'mide en oaJ11, fata la barba, y en 1/2 oaJ11 para el blgoll&gt; Jigero)r Para
los brazos, em"Mei• t'l!!l l,1. t'UBJJJ. D"ó'SSER, l , rue J ..J.-Rouseeau, parta,

Quedan reservados los derechos de propiedad artística y literaria
IMP, DK MONTANKR Y S1MÓN

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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