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12tí~t1ea
A~o XII

BARCELONA 17 DE JULIO DE 1893 ,... _ _ _ _ __

N ÚM. 603

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

NOBLEZA, escultura de Eusebio Arnau
( Sal6n Parés)

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

poeta que ha llenado con su gloria la mitad primera
del siglo.
Entre estas mujeres inmortales contaba Quinet á
la mencionada condesa de Guiccioli por una de las
más bellas formas que ha podido revestir la inspiración sobre nuestra tierra. Y así aquella mujer, que
había encontrado al poeta en la mitad de su camino,
Texto. -/¡furnmradones europeas, por Emilio Castelar. -Los cuando la desesperación le hervía más rugiente en el
edificios de la Exposición de Chicago, por M. A. - RtcuerdJJs pecho, cuando la fe se le apagaba casi con la vida, y

NúMERO 603 .

NúMERO 603

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LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

rir un corazón solitario, la esperáis indiferente. No tenéis con quien compartir ni penas ni alegrías. El alma que, partida en dos, se agranda hasta lo infinito,
en el egoísmo se encoge y seca á la manera de esas
frutas caídas verdes del árbol. Cuando las fuertes

emociones de un corazón varonil, cuando las rudezas
de un carácter que ha peleado mucho no están por
la sonrisa de una mujer querida, templadas, toman
algo
de salvaje, como los campos abandonados de
del ctnltnan·o rojo. L"is XVII. fl. ÍA obra sin nombre, por le sonriera como sonríe la luna entre los nubarrones
Emilia Pardo Bazán. - La ,n,r: dt hie"o, por Manuel Amor de la tempestad, y le calmara con sus lágrimas como cultivo. Después de la tempestad no hay calma; después de la noche no hay aurora; después de la duda
Meilán. -Nuestros grabados. -Anie (continuación). - SEC·
la lluvia el hirviente Océano, y le sugiriera versos se- no hay fe; después del dolor no hay consuelo. Una
CIÓN CIKNTÍFICA : Varios.
Grabados. -Nobleza, escultura de Eusebio Arnau. - ústtli• renos cuya dulzura entró en la miel más sobrosa que vida sin amor es un cielo sin astros. Miss Chaworth,
.fidos de la E.xposició,i de Chicago, cinco grabados. - Los guarda el universo espiritual de las artes, y le moabandonando á Byron, acaso le cortó las alas con las
tk·oraUJdos e Vidon"a&gt; y cCamperdown&gt; y rtlratodtlvicealmiviera con empeño á acciones inmortales como la lu- cuales s.e hubiera remontado al cielo, y lo dejó entrerante Tryon. -El dt/fln; El tajJaltro Simóll; Atarla Auto·
flitla ante el tn·b"nal rtv0b4CUnario; E1uierrode Alar/a An- cha por la emancipación de los griegos, cuyo recuer- gado á sus propias pasiones y á la soledad de su penlom'tla e1i la Come,:ferla. - Flores dt invierno, dibujo de Fran· do queda entre los heroísmos y los sacrificios mayo- samiento, entre los torbellinos del mundo. Antes de
cisco Maura. - La can-tra d pie, bajo relieve de Mariano Ben· res de la historia, aquella mujer es una de esas sublilliure. -A11/011io Vito. - Figuras I y 2. Vaciado de una im· mes musas que pasan cantando, como :una bandada partirse quiso verla el poeta. En efecto, tuvo valor
para arrostrar la mirada de aquella mujer, feliz en
presión de un cuerpo humano sobre una masa de mortero. La t.slatua dtl dlebre aslró1101110 Arago. -Distracción, escul- de blancas aves místicas, sobre los horrores y las tris- otros brazos que no eran los brazos de su primer
tura de Venancio Vallmitjana.
tezas del mundo. Yo creí siempre que la condesa de amante. Pisándose el corazón y las entrañas, penetró
.., .. ,,. .,.,.,.••••.......... •••••"•••••••••••••-.,.•••••.. ••••• .. •••••"••-,, ... ,.....,r .,-..r,.-..r ,. ... ,-.,...,..,...,..,.._.
Guiccioli, después de haber sonreído á Byron en Ve- en aquella estancia que había creído destinada de sunecia, después de haberle llevado á Ravena, después yo á ser templo de su felicidad. La rubia cabeza se
'
de haber paseado con él melancólicamente á las ori- inclinó para saludarle. Las miradas de los dos amanMURMURACIONES EUROPEAS
llas del Amo, bajo los pinos verdinegros de Pisa, tes, separados para siempre, se encontraron en aquel
POR DON EMILIO CASTKLAR
había muerto al día siguiente de la muerte del poeta
Aficiones de París á las literatui-as extranjeras. - Libros varios sobre la tierra de Grecia. ¿Qué podía hacer ya en el supremo adiós. Byron le dijo que su único deseo era
acerca de diversos pueblos. -Traducciones y comentarios de mundo? ¿A qué vivir, cuando jamás volveríaá ver en la felicidad de su amiga y que se iba contento viéndola feliz; que sentía un gran dolor, pero que ante
estas traducciones. -La Doro/ta, de Lope. - Un libro de
Rabbé sobre las mujeres predilectas de Byron. - La condesa la tierra el ruiseñor misterioso que á su lado cantara todo y sobre todo sentía una amistad infinita por ella,
Cuiccioli como historiadora de su amante. - La primer novia y transmitiera estos cantos, no al aire vago, cuyos hasta el punto de ser capaz de amar á su esposo porde Byron. - Lady La.mb. - Casamiento de Byron. - Reflexio- giros los repiten y los disipan en la brevedad de un
que amaba con pasión á la predilecta de su alma, prines. -Conclusión.
instante, sino á la gloria, dispensadora de la inmor- mer aurora del amor en su recuerdo. Cuando veía
talidad? No podía yo pensar que la muerte hubiera
No podría hoy argüirse á la gente literaria france- arrastrado á Byron y perdonado á la condesa. Creí al hijo de aquella su primera novia, el cual apenas
contaba entonces dos años; cuando descubría en su
sa de menosprecio por las literaturas ajenas. A diaque sus almas se hallaban confundidas hasta el punrio se publican testimonios de una consideración ra- to de vivir ambas de una misma vida y en un mismo fisonomía rasgos de la fisonomía del padre, su cora·
yana en culto. Las traducciones menudean y nuestros cielo, como esos astros de una constelación que ja- zón se partía de celos en mil pedazos; pero cuando
lo observaba más y veía los ojos de su madre, lo esgrandes literatos no se quedan á la zaga. Emilia Parmás se ven separados y que desde el principio de los
do Bazán, Gaspar N úñez de Arce, José Echegaray, tiempos se contemplan mutuamente en la inmensi- trechaba contra su corazón y lo besaba hasta sofocarlo.
Benito Pérez Galdós, Juan Valera, Manuel Tamayo,
dad del espacio con amorosa mirada. Eloísa no huHay dos mujeres que han dejado en el ama de ByArmando Palacio Valdés y otros muchos no me debiera pasado á la posteridad, no, de haber tenido
jarán por embustero en esta incontestable aserción otro pensamiento que el pensamiento de Abelardo. ron inextinguible huella. Hay dqs pasiones que han
sido la clave de su destino; pasión adúltera la una,
mía. Durante los últimos meses un erudito acaba de
Para vivir en todos los tiempos ha necesitado morir pasión legítima la otra; desgraciadas ambas, causas
publicar la Doro/ea, el drama-novela de Lope, tan
en el charco de sus lágrimas, sobre las piedras frías generadoras de todos sus infortunios. Carolina Lamb
gustado por nosotros, drama cuyos retruécanos de
del claustro, viuda inmortal del filósofo. Su corazón es la primera que emponwñó sus días. Hija de una
dicción y cuyas alusiones á las letras y ciencias de
vive tanto como la ciencia de su amante, porque el de las principales familias inglesas, educada para las
aquella edad parecían hacer de él un libro únicamen- corazón de Eloísa encerró lo infinito por al amor,
letras, de nervioso temperamento, de imaginación exalte gustoso á nuestro paladar español. No cabe duda:
como encerró lo infinito el pensamiento de Abelar- tadísima, su amor á las lecturas romancescas, su entu~
la literatura y la lengua hispanas van saliendo de
do por la inspiración y el mciocinio. La violencia y siasmo por la poesía exacerbaron casi todas sus paaquella sistemática elipsis en que las tuvieron los
el odio los separaron; pero ahora sus huesos duer- siones, prestándole invencible inclinación por las avenprimeros escritores franceses á principios del siglo
men juntos, confundidos dentro de su sepulcro, en turas. Fluye corriente ponzoñosa siempre del error
corriente. No se comprendería hoy un libro semejanel calor eterno de la llama que los animó durante la que consiste en no trazar la línea divisoria entre el
te al clásico de Chateaubriand que, dedicado á mosvida. ¿Pero qué ha hecho la condesa de Guiccioli? mundo de la poesía y el mundo de la realidad. Aquetrar la supremacía de las artes y letras cristianas soHa vivido. Y no sólo ha vivido, sino que se ha casa- lla joven era, pues, una heroína de novela. El maribre las artes y letras antiguas, ignorase por completo do con un marqués rico y senador de Francia, con el
do suyo no parecía idóneo á contrastar estas exaltaautor como quien escribió el Afágico Prodigioso, y
marqués de Boissy. Y no sólo se ha casado, sino que
no mentase para corroborar sus tesis obras tan excel- viuda de éste ha escrito un libro sobre Byron en dos ciones de una fantasía lanzada como continuo cohete
incendiario en medio de las realidades prosaicas de la
sas como las obras españolas. Mas ahora, los ojos
gruesos volúmenes, inspirados por óptima intención, vida. Pero aquel matrimonio fué algún tiempo feliz.
del espíritu francés van convirtiéndose hacia nosotros
pero enojosos como toda difusa apología. He recoy el pensamiento suyo concentrándose con verdadera rrido las mil doscientas páginas de sus dos volúme- Ora proviniese su felicidad de mutuo amor, ora de
reflexión en el pensamiento nuestro. Bien es verdad nes, sin encontrar ni una nueva noticia, ni un rayo que ninguna ocasión había encendido la fantasía de
que igual ó mayor atención prestan los franceses á de inspiración. El cielo no ha querido concedérsela Carolina, lo cierto es que sus días se deslizaban tranquilamente en la paz doméslica. La joven lefa sus estodas las literaturas extrañas. Compréndolo muy bien,
á esta marquesa rica, senadora, patricia, que cubre critos á una sociedad reunida en espaciosa bibliotetratándose de las letras rusas, por la estrecha y corcon flores de luciente seda el esqueleto de su amandial alianza establecida entre Rusia y Francia con te. La condesa faltó á su primer marido por Byron. ca, y aquellas ocupaciones llenaban su vida, y aquellos aplausos satisfacían su ambición. Ningún matrianudadísimos lazos, á causa de la comunidad en sus
Esta falta sólo podía tener una excusa: la eternidad
intereses frente á Germanía. Mas es incompr~nsible de su amor. ¿Cómo ha llevado la condesa Guiccioli monio más feliz en Londres que este matrimonio.
Pero cierta noche se encontraron Byron y Carolina
para mí, si no lo explico por devoción al mérito de
su luto eterno? Llamándose la marquesa de Boissy; en casa de Lady Jersey. La joven se sintió herida súlas literaturas extranjeras, el empeño con que traduy muerto este cuitado, escribiendo un libro voluminocen y comentan hoy obras de pueblos tan ajenos á so, inacabable, sobre Byron, libro que es un apolo- bitamente por aquella mirada de poeta. Ella, que tansus intereses como los pueblos escandinavos. Así co- gético enfadoso, cuando debiera ser la poesía lírica tas veces pintara el amor, no lo había sentido hasta
nozco tres volúmenes compactos sobre los dramas escapándose de un alma enamorada. Yo estoy seguro aquel momento de perdición. Las fantasías de sus
de Ibsen. ¿Qué más? Después de Alemania y Rusia que otro libro escribiera si en su viudez moral se en- novelas se cristalizaron en una pasión que vino á ser
no hay pueblos tan reñidos como Francia é Inglate- cierra, si arrastra el luto hasta que Dios la hubiera toda su alma, toda su existencia. El magnetismo porra. En Egipto, en Túnez, en Marruecos, en Terra- llamado, si va á buscar para tejer una corona al poe- deroso que poseía como un talismán aquel genio
nova, en Cochinchina, en Madagascar se cogen á ta las bien olientes violetas del cementerio de Pisa, extraordinario, la atrajo invenciblemente. Las fuertes
manos llenas los conflictos anglo-franceses y no pasa en vez de buscar las flores de trapo de los salones pa- alas de Caroli,1a quedaron pegadas al corazón de Byron. Ya desde aquel momento no hubo para ella ni
día sin que las revistas isleñas publiquen cálculos so- risienses, que sólo huelen á perfumería.
arte ni poesía; mundo, cielo, idea, vida, fueron para
bre un espantoso choque de las dos naciones rivales.
Byron fué desgraciadísimo en su primer amor; y
Y sin embargo, Francia sigue prestando preferente de tan capital desgracia, como de una raíz venenosa, el amor. No la había seducido; la había fascinado.
atención á las letras inglesas. Un escritor tan com- provienen todas cuantas han amargado su vida. El Sin respirar, sin pensar, dirigfase hacía aquella pasión,
petente como Rabbé me ha rejuvenecido, ponién- amor, sólo el amor pudo haber creado para Byron en cuyos círculos caliginosos iba á dejar la felicidad,
dome á la vista, en volumen recentísimo, lecturas un mundo de felicidad y esperanza. Pero el amor más la honra y la existencia. El mundo le ofrecía toda
de mis mocedades tan amadas como las historias intenso de su vida, el primer amor verdaderamente suerte de atractivos, la riqueza sus tesoros de placer,
y tradiciones respecto de los amores del gran Byron, grave de su corazón no encontró la correspondencia la sociedad su respeto, las letras su miel y no su acíá quien todos admiramos, de moros, con verdadera que acaso fuera su eterna felicidad. ¡Amar y no ser bar, el matrimonio su santa serenidad, tres hermosos
y constante admiración. Así he devorado aquellas amado! ¿Concebís mayor tormento? El corazón soli- hijos ese amor que debe rebosar en el corazón de una
páginas consagradas á un argumento de suyo dramá- tario sólo engendra serpientes como el desierto. Na- madre; y todo lo olvidó por su loca pasión. Nada
tico, en que los golpes de su corazón desordenado, die se cura de vuestra vida, ni se interesa por vues- vió, de nada se acordó; ninguna batalla sostuvo con
pero amantísimo, forjan y cincelan hermosas figuras, tra suerte. Los más bellos pensamientos caen por su su propia conciencia, á ningún remordimiento pleg6
las cuales parecen idealizadas y mentidas. Con decir propio peso en el abismo del alma, pues no tenéis á su voluntad; la honra y hasta el pudor huyeron arrancómo yo me tragué un dfa los dos volúmenes publi- quien comunicarlos, y la hieren y la destrozan. Po- cados por aquel rayo que se desprendió rápidamente
cados por la condesa Guiccioli respecto de Byron, déis salir de vuestra casa sin que nadie os detenga y de un cielo sereno. Carolina creyó en aquella noche
ambos pesadísimos y abrumadores, paréceme inútil volver sin que nadie os aguarde. Como la salud es que desde toda una eternidad había sido predestinadecir el deleite con que habré recogido las amenas vuestra solamente, la exponéis al primer peligro, la da para Byron, y que lanzarse en, sus brazos era tan
páginas de ~abbé sobre las mujeres preferidas por el jugáis á la primera carta. Como la muerte ha de he- natural á su ser como á los cuerpos inertes buscar su
centro de gravedad. El fatalismo sirve siempre para

·1,__~

::---

EXPOSICIÓN DE CHICAGO. -

disculpar la voluntad ante la conciencia. Pero no se
contentó con revelarse á su amado, se reveló al mundo. La historia no recuerda un suicidio semejant~ ~e
Ja honra. Nombre de su esposo, gloria de su fam1ha,
amor de sus hijos, los instintos más poderosos del alma todo fué arrojado á las llamas de la pasión con
est;épito, llamando loca furiosamente al mundo para
mostrar el crimen, y riéndose de la tonante .v~z de
Dios, que debía reson~ ~n su alma con la sm1estra
resonancia del remord1m1ento.
Esto no podía continuar así. Hubiera corrido Byron gravísimos peligros por una mu¡er amada, pero
no por una mujer de quien ~ólo gustó un instante.
Cuando se disgustó de la pasión, se refugió en lamoral. Escribíale cartas bruscas, recordando muchas veces brutalmente á Carolina sus deberes de esposa Y
de madre. Encarecíale todos los peligros que ambos
corrían por sus imprudencias y la _necesidad de acabar con aquella situación a~gusllosa. Carohna, en
cambio, se imaginaba señora del corazón_ de Byron Y
defendía tal propiedad y señorío con v10lenc1a. Celábale, seguíale á todas partes. No hay para qué referir ni ponderar las infidehdades de Byron. Cier\a
noche recibe en su casa á una dama. Apenas babia
entrado,. cuando aparece á la puerta un P?stillón que
rápidamente se metamorfosea en una muJer. Era Carolina B)'ron mismo califica este suceso de cEscena
del F~ublas.&gt; No tenía remedio. Igual empeño en
ambos: en él por romper aquella pa~ión y en ella l_)Or
conservarla. No había respeto social que Ca'.olina
no atropellase para atraerse el amor, la compasión al
menos del hombre fatal á quien había entregado su
alma. Sácanla cierta noche á bailar en .uno de los
más brillantes saraos de Londres. Y tímida, ruborosa, dirígese al poeta para pedj¡le permiso. Sin duda
recordaba los lamentos de Byron cuando se que¡aba
en sus primeros versos de q?e profanos brazo,s entrelazaban en rápido vals la cintura de su Mana. Pe~o
Byron responde bruscamente que er~ inúlll pedir
permiso á quien no tenía m derecho m voluntad d~
ejercer sobre ella ningún dominio. Entonces Caro(•·
na se exalta, grita, se retuerc~ de dolor en ~resen~ta
de todo el mundo, ni más m menos que s1 est~v1eran solos. La malignidad general se reía del glorioso
poeta perseguido incesantemente por aquella loca pasión. Miles de aventureros se acercaban á la 'pobre
desdeñada, deshonrada, ofreciéndole su amor Y una
venganza. Carolina dijo á uno d~ ell~s que no le ~maba • pero que ofrecía entregarse a él s1 provocaba a un
d~elo á lord Byron y lo mataba. En todo esto veía
Byron la exaltación de una _fantasía desordenada;
pero en realidad era la exaltación de un corazón enamorado. Esas locuras eran pruebas de amor, pru:~as
de celos, pruebas de que su pasión_tocaba en delmo.
Un día no pudo sufrir más, y decidió vo)ver á casa
del poeta, echarse á sus pies, bañarle en lagrimas las
manos pedirle su amor ó pedirle la muerte, menos
temibl~ viniendo de sus manos que aquel prolongado
martirio. Entró en la habitación, en aquella habitación á la cual se hubiera reducido ¡,or toda una eternidad con tal de tener á su lado el mgrato. No había
nadie. Carolina se gozó en recorrer todo el salón, y

--- ---

.

Palacio de Mineria

en registrar todos los . muebles con eia tenacidad pasada, que era su torcedor presente; por todo porvecon que las almas apasionadas se unen a cuantos ob- nir el desprecio del mundo y el torce_dor de la conjetos alimentan su pasión. Reclinóse en los almoha- ciencia · por toda esperanza el tnste olvido y la muerte:
dones donde Byron se reclinaba. Sentóse en la silla una enfermedad moral, seguida de una enfermedad fídonde se sentaba Byron. De pronto vió sobre la me- sica, la postró pronto en el perdurable desmayo de un
sa el libro favorito de su amante. Enternecida por los abatimiento que debía prolongarse hasta el sepulcro.
recuerdos, embriagada por el aroma que se despren- Un día, el poeta, á quien aquella mujer había descrito
día de aquellas páginas queridas, cogió un lápiz, lo besó, lo humedeció en
aquel beso, y luego trazó, dejando
caer allí mismo algunas lágrimas, esta
súplica de aquel corazón destrozado:
«1R,m,111b,rme! ¡Acuérdate de mí!
Byron, que estaba decidido á no

conmoverse, vió en el ruego una amenaza. Cogió febrilmente su pluma, y
trazó estas palabras que le envió bajo
un sobre: «¡Acordarme de ti! Hasta
que el Leteo no se haya sorbido el
ardoroso torrente de tu vida, el remordimiento y la vergüenza resonarán en
tus oídos, y te perseguirán como un
delirio en la fiebre. ¡Acordarme de ti!
Sí no lo dudes; me acordaré. Y también se acordará tu marido. Ni uno
ni otro te olvidaremos. Para él fuiste
una adúltera y para mí fuiste un demonio.&gt; Caso cruel éste. Carolina sintió la herida y juró vengarse. El amor
se convirtió en odio. No pudo esgrimir un puñal, y esgrimió una pluma.
Llenó de veneno su tintero, y lo volcó
sobre el nombre de Byron. Reveló al
universo su propia vergüenza. Enseñó
á la sociedad su seno adúltero, como
Agrípina su vientre desnudo cuando
fueron á matarla despiadadamente los
esbirros de su hijo. En seguida la sociedad entera huyó de su lado por no
envenenarse con aquella peste moral
que despedía su alma. Glenarvon se
llamaba el libro de su venganza, y en
él describía á Byron como el genio
del mal, con la seducción y con la
perversidad de la serpiente que perdió la primera mujer. Olvidaba que en
aquel caso Byron no había sido seductor sino seducido. Fué adúltera
Caroli~a, pero pagó caro su adulterio.
Envejecida en la juventud; desgraciada en el seno de un hogar espléndido;
maldecida de la sociedad donde tanto
había brillado; enterrada viva con un
marido que era su juez y unos hijos
que eran su castigo; miserable en su
riqueza estéril; infamada por sus pr?pias obras literarias, con cuyo fehz
éxito se divulgaba más y más su deshonor y su vergüenza; llorosa siempre
y siempre delirante, pero sin alcanzar
la compasión; por vida la fiebre, por
consuelo el recuerdo de una felicidad

CHICAGO. -

Estatua de B. Franklin en el Palacio de Electricidad

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMÉRO 603

El palacio de Minas y de Minería está situado
La más amplia escala de los frentes septentrional
muy cerca y al Oeste del de Electricidad, paralela- y meridional y su carácter más monumental han su1 1
mente á él y viene á tener próximamente las mismas gerido al arquitecto la idea de ocupar cada uno de
.\ 1
dimensiones. El arquitecto Beman, de Chicago, á los siete espacios ó divisiones susodichas con un gran
!, • 1
1
quien se confió su construcción, ha adoptado para su arco; estando los de los pabellones angulares cerra'¡ f 11
traza un estilo que participa algo del Renacimiento dos con vidrieras, y los intermedios abiertos con dos
ii!i
francés, en el que predomina un espíritu práctico, galerías; la central, que constituye la entrada, tiene
¡, /
pero sin caprichos y sin sacrificar ninguna cualidad naturalmente un elevado pórtico sobre el cual corre
,' I .
esencial del arte.
1 '
un historiado cornisamento que sustenta un frontis·1
Las dimensiones de este palacio son 700 pies en picio en el que descuellan algunas de_ las esculturas
:
su mayor longitud y 350 en su anchura máxima. El mencionadas.
plano general de este edificio, cuyo interior debería
Este pórtico, aunque elegantemente decorado, no
estar ocupado por grandes masas de minerales debí - interrumpe la armonía con el resto del edificio; sus
&lt;lamente clasificados y por máquinas y artefactos de proporciones son adecuadas al conjunto de la fachatodo género de los que se usan en la explotación de da, echándose de ver que M. Beman ha sacrificado
las minas, y requería gran espacio y bastante altura, ha á este conjunto la esbeltez que sin duda se propuso
sido trazado por el arquitecto con notable inteligen- dar en un principio á la entrada principal del palacia y prescindiendo en lo posible de columnas que cio. No la coronan estatuas, como en las de otros paentorpecieran más ó menos las instalaciones, aunque, lacios, sino simplemente dos banderas á uno y otro
como fácilmente se comprenderá, ha apelado á ellas lado que ondean sobre bonitos zócalos.
para sostener la techumbre y las galerías laterales, las
Los pabellones de los extremos terminan en bajas
cuales tienen 60 pies de anchura y están alumbradas cúpulas que rematan á su vez en linternas circulares.
con grandes claraboyas. A estas
galerías se sube por espaciosas
escaleras.
' ~ . ·,..Q.1, ,,..~fl• \1,
El hierro ha sido el principal
material que ha entrado en la
~.., .., 1
'
~~~]
'"-' :&gt;.
..... .;, .
. ,. ,-,~.,tt,
', '
construcción de este palacio, so·
r ¿,~~~
·1
bre todo en su parte interior, ha'
-=~
'
biéndose invertido en junto más
'1' 1
de 700.000 kilogramos de él.
. \.\
Una de las dificultades con
que tropezaba M. Beman era la
de aplicar á este edificio una ar\
quitectura que, sin dejar de ser
1
más ó menos adecuada á las demás construcciones que lo rodean, pues ya hemos dicho que
\
todos los arquitectos que han to'
- -~~ . !{J ¡,.,. - mado parte en esta exposición
' \ \ .··.
---=- _;,,
han procurado armonizar las líneas
generales de sus respectivas
Estatua de un guardaagujas en el Palacio de Transportes
obras, se adaptase al destino que
(Se des.cribirá en el próximo número)
se había de dar al palacio de que
tratamos.
como un malvado, murió en Grecia como un héroe.
M. Beman ha salido airoso de
Su última voluntad pidió el depósito de sus cenizas este difícil empeño, y haciendo que su ?bra guardara
en la patria ingrata que no había querido honrarse relación, tanto en su distribución intenor cuanto en
con su genio. Carolina salió casualmente á tomar un el aspecto exterior, con los productos, toscos y rudos,
rayo de sol á la verja de su quinta. Aquel rayo de por decirlo así, que debían exhibirse en aq~élla, ha
sol buscaba al través de las nieblas el ataúd del ge- levantado un edificio, sólido, robusto y macizo, que
nio, amante de la luz. En aquel mismo minuto pasa- para cuantos no tienen en cuenta la idea que ha insban por el camino, por la puerta del castillo, ante la pirado su traza puede parecer un tanto desprovisto
verja donde Carolina estaba, pasaban hacia la tierra de elegancia y de belleza.
eterna, hacia el descanso eterno, los huesos de ByLa estructura interior con su elevada techumbre
ron, aquellos huesos que cuando irradiaban la vida está naturalmente en conexión con las fachadas, en
abrasaron en deseos impuros el seno de la solitaria las que campean gruesos estribos ó pilastras, que pacastellana. Un féretro los encerraba; un paño fúne- recen construídas de recia mampostería.
bre los cubría; un perro acompañaba el féretro, danEl edificio tiene cuatro fachadas, una de las cuales,
do lastimeros aullidos. Carolina lanzó un grito desga- la del Sur, da á la gran plaza de la Exposición y la
rrador, y cayó al suelo. Su familia la alzó para llevar- opuesta al lago Míchigan, adornadas ambas de esculla consigo á su cama. No volvió jamás á levantarse. turas y atributos relativos á las diferentes industrias
De aquella cama pasó á la tumba. El casamiento de que tienen conexión con la explotación minera y
Byron fué la mayor de sus desgracias. Pero no con- otros puramente artísticos ó simbólicos. Como mues•.
tinuemos. Hablaré otro día sobre tal asunto. Heme tra de estas esculturas, incluímos un grabado que re.
demasiado extendido ahora. Con Dios. Hasta la pró- presenta la estatua de la diosa de la Fortuna, la dio,...,..._;::;-.~~·.....__.- - "1
xima quincena.
sa de los mineros.
Tanto una como otra fachada tienen grandes aber·
Madrid, 30 de junio de 1893
•• ,,.,,.•.,., •.•., •• ,.....,,.,••••, •••.•• ,•••••. , ......,.,¡•1,,,,, .•••••, ......,....,,,.,,••,,.,,.•,..,,.,...,,.,,..,,.,...,,.......
turas ó divisiones, de las cuales la central y las de
Estatua de )a diosa de la Fortuna
los extremos están construídas en forma de pabellones,
LOS EDIFICIOS
la primera de 80 pies de anchura, cual corresponde á
la entrada principal del edificio, y las segundas de
A fin de obtener la correspondencia necesaria enDE LA EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE CHICAGO
60 pies, dimensión correspondiente á las galerías que tre las masas monumentales que forman los extre111
van á parará ellos. El espacio que media entre cada mos del edificio y la parte longitudinal inferior de los
Siguiendo el orden que nos hemos trazado para la abertura, ó mejor dicho la separación entre una y otros lienzos con sus nueve aberturas en los lados
descripción de estos edificios, toca ahora ocupar- otra la constituyen, como dejamos dicho, robustas pi- oriental y occidental del mismo edificio, el arquitecnos del palacio destinado á la exposición de cuanto- lastras de mampostería que sirven de pedestal á un to ha creído necesario establecer en la abertura cense relaciona con la industria minera, tan importante cornisamento, al parecer demasiado severo en com- tral de cada uno de estos lados una distribución proporcionada, repitiendo la traza de los pabellones angulares con su alto cornisamento y coronándolos
con un frontispicio, pero tratando el arco central como una entrada secundaria.
El arquitecto Beman no se ha atenido á observar
en el conjunto de este palacio el estilo clásico con
toda precisión, y á decir verdad, en el desarrollo de
las fachadas ha aplicado necesariamente un carácter
moderno. Con todo, obsérvase en ellas la influencia
del ejemplo de los grandes cornisamentos de modillones de los palacios italianos del siglo xv1, así como
una porción de detalles de la mejor época de la arqui. Frontón central del Palacio de Agricultura
tectura italiana, mezclados con los más elegantes caprichos del moderno Renacimiento francés, y hasta
en el modo de tratar las balaustradas y repisas de sus
en los Estados Unidos, en muchas de cuyas comar- paración con los de otros edificios del grupo y el loggia y en el orden dórico que las sostienen se nocas es la industria por excelencia. Por esto se le ha cual sustenta zócalos en los que hay empotradas ele- tan ciertas reminiscencias de la ornamentación de la
concedido una parte tan principal en aquel certamen. gantes astas-banderas,
Roma de los Césares. - M. A.

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RECUERDOS DEL CENTENARIO ROJO
LUIS XVII
V. -

LA OBRA SIN NOMBRE

Hay en la historia iniquidades á las cuales sólo se
puede aplicar la profunda frase de las brujas de Macbeth: deed vithout name, obra sin nombre, por honra
de nuestra especie, en el lenguaje humano. Simón,

lujSTRAcióN ARTÍSTtcA

cuerpo y duplicado la grasa de sus tejidos, con malsana y antinatural obesidad. Tal vez e~ el vaso d~
"'.inazo, que al pronto repugnara á sus dehcados sentidos encontró algún día el olvido de las penas y el
sueflo de las maternales caricias... , y por eso admitió
aquel degradante consuelo, como .ª?mitiría más g~stoso el de morir. La zapatera utilizaba al reyec1to
haciéndole fregar, barrer, servir á la mesa, limpiarla
el calzado y traerla el calentador; y en los viles menesteres á que se le dedicaba, poco á poco desaparecían la espontaneidad y la gracia de la gentil criatura,
dejando en su lugar el aplanamiento del mísero idiota.
Su madre, entretanto, depuesta toda altivez, vencida por sentimientos que suprimen el orgullo, pedía
de rodillas que la permitiesen ver á su niño un instante, sólo un instante, aunque no le pudiese abrazar. Convencida de que nunca se lo otorgarían, acudió á una estratagema. Con paciencia de reclusa,
aguzando mucho la vista y el ingenio, advirtió que la
era posible ver cruzar al niño por la escalera del guardarropa. «El único goce de mi madre, dice Madama
Royale, era ver pasar á mi hermano por una rendi·
ja.» El paso del niño era una chispa solamente, pero
chispa que bastaba para calentar é iluminar el corazón de la madre. Muchos días no obtenía ni ese fu.
gitivo bien: entonces la prisión era más dura, más
negro el porvenir.
El martes 30 de julio se contó en el número de
los días en que María Antonieta pudo ver á su hijo.
¡Nunca le viera! Al través de la rendija ensanchada
por ávida mano, •distinguió claramente á Luis. Llevaba el gorro frigio y la carmañola, y Simón le seguía

NúMERO

603

NúMERO

603

LA

ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

Simón quiso obligar á su alumno á que gritase ¡Viva la RepúbliGa!; pero ni puñadas ni amenaza~ de
muerte bastaron á lograrlo. «Haga usted lo que quiera,
dijo el niño, ¡yo no doy ese viva!» Y tal fué su aspee. to y tal su mirada al expresarse así, que Simón, s~byugado, retrocedió exclamando: «Informaré al gob1erdo de vuestra conducta.» Era la primera vez que no
tuteaba al lobezno.
Pocos días después Simón presentó, al niño una
canción obscena contra su madre y le mandó cantarla. «¡Nunca!, » exclamó el inocente, que sin comprender la torpeza sintió claramente el ultraje. Simón, furioso, le arrojó á la cabeza un morrillo de la
chimenea; si el golpe da dos líneas más arriba, parte
la sien de Luis. ¡Cuántos dolores le ahorraría!
Seguro de que nada conseguiría por la viol~ncia,
pues el niño había resuelto dejarse matar, Simón
adoptó el método que sabemos: embrutecer á la criatura con vino, hambre y comida. Cuando nublaron
su razón los vapores del alcohol, no fué difícil lograr
que cantase todo lo que se le antojaba á su carcelero. Ya salían de los labios lívidos la Carmaiiola y
Madama Veto, las coplas callejeras húmedas de sangriento fango. Y no obstante, es tan difícil asfixiar
un alma, es tal la persistencia del carácter individual, que habiéndose sabido entonces en París las
victorias del ejército realista en la Vendea, y preguntándole Simón á su discípulo qué haría si los vendeanos le libertasen, aún contestó regiamente: &lt;&lt;¡Te perdonaría!»
Era urgente, sin embargo, acabar de pisotear el ~llo de la suave flor. El acusador público, Fouquier

de palabras que salen sin ton ni
son; hablaba poco, pero 1~ ~~e
hablaba hacíalo con recto JUICIO
y claro ingenio. Había en su
acento un tinte de melancolía
que cautivaba; de cuando en
cuando, un iuerte suspiro brotado
de lo más hondo de su corazón
hacía que su semblante se ensombreciera un momento; entonces
no parecía sino que por sus profundos y negros ojos desfilaba un
cortejo de penitas y amarguras:
Bastián no era feliz del todo m
mucho menos.
¡Bien lo sabía la ingrata Mercedes, aquella á quien tanto amaba!
Era esta una muchacha de hasta diez y nueve años de edad, morena, de rasgados ojos, negr?.s
como el abismo; de rosadas meJ1llas, de sedosa y negra cabellera,
de cintura breve y flexible, alto
seno, cuerpo escultural y menudo
pie. Cuando pasaba arrogante y
llena de majestad, derramando
sal y cautivando corazones con
su porte de diosa por delante de
la fragua de Bastián, éste sentía
de stfüito que oleadas de fuego
subían á su rostro, que sus ojos
se nublaban ... y daba más fuertes
martillazos al enrojecido hierro,
hacía saltar innumerables chispas
doradas y rojas, y cantaba, cantaba para distraer sus penas:
¡Qué torpe y qué ciega
es esa justicia,
que no ve que tus ojos traidores
así me asesinan!

El delfín Luis Carlos Capelo
María Antonieta ante el tribunal revolucionario que la conden6 á la guillotina

el preceptor de Luis XVII, que tenía ya recibida la
consigna que sabemos, iba á recibir otra de mayor
alcance y sentido... Respecto á esta consigna, los cronistas, careciendo de datos positivos, proceden por sutiles deducciones, como el juez que, sin prueba testifical, llega á adquirir, coordinando indicios, una
convicción moral robustísima. Sábese que el 21 de
septiembre - días antes de iniciarse el proceso de la
reina, - dirigióse al Temple el siniestro Hebert, y encerróse con Simón en el aposento más retirado de la
torre. La conferenc;ia duró largo rato. Generalmente
las visitas de los diputados y de los individuos del
Consejo municipal se traducían en alguna modificación del régimen interior del Temple, algún aumento
de precauciones, algún nuevo vejamen á los prisioneros: esta vez no fué así: nada se cambió, ni se pudo
inferir qué objeto llevaba la visita. De los muros espesos y sombríos, de la cerrada estancia donde platicaron Hebert y Simón, sólo transpiraron dos palabras vulgarísimas, pero que dados los acontecimientos pueden encerrar tremendo sentido. «Hasta pronto,&gt; había dicho Hebert, en tono significativo, al
separarse de Simón.
¿Qué órdenes fueron las de Hebert al zapatero maratista?
No podían ser las de maltratar con ferocidad sañuda al prisionero, porque ese sistema ya venía practicándolo Simón celosamente, sin que hiciese falta
excitarle á cumplir su oficio de atormentador.
Había vestido á su alumno la librea del Tenor: la
carmafiola · roja y el gorro frigio. El rey niño hizo al
gorro decidida resistencia. Fué la única humillación
que no quiso aceptar. Golpeado, amenazado de muerte, no se encasquetó el sangriento gorro. «Déjale,
Simón, exclamó la esposa del zapatero. Ya se convencerá.» Era muy cierto que había de convencerse,
y la arpía encontró el medio: rapó á punta de tijera
los admirables bucles rubios, aquella corona natural
que parecía aureola mística de la ungida cabeza, aquel
nimbo de seda y oro, delicia de una madre; y como
sus antecesores los reyes merovingios, hizo en Luis
Capeto la afrenta de la decalvación lo que no hicieran los golpes: la vergüenza le puso el gorro frigio.
«¡Hola, Capeto, eres jacobino ya!,» gritó el ayo.
Diariamente aprendía Luis Carlos, entre puntapiés
y risotadas, las innobles coplas del arroyo y las fúnebres chanzonetas del patíbulo. Para mejor desorganizar su inteligencia y anularle, dejábanle sin alimento
largas horas, y cuando ya 'el hambre le espoleaba con
su impulso ciego, le presentaban comida abundante
y vino y aguardiente en vez de agua. Estimulado por
la sed, iba acostumbrándose á la bebida, y tan dañoso régimen había detenido el crecimiento de su

Facsímile de la firma de Luis XVII y de la del zapatero Sim6n, puestas al pie de la declaraci6n que este (,!timo le oblig6 á escribir
contra su madre. (Consérvase en el archivo nacional de París.)

acosándole con dicterios, patadas y blasfemias. Igno- Tinville, se quejaba á la Convención de no hallar
raba hasta entonces la madre en qué manos había cargos que formular para la acusación de la reina.
caído Luis; temía, pero también esperaba. Aquella Una diputación del Consejo general se traslada al
vista dió en tierra por segunda vez con la constancia
y la fortaleza de un ánimo varonil. «¡Las lágrimas de
mi hijo me han goteado sobre el corazón!,» exclamó
dejándose caer sobre su camastro de prisionera. «¡Dios
se ha retirado de mí: no puedo ni rezar!,» añadió repitiendo sin pensarlo una gran frase trágica de Shakespeare. «¡Dios mío!, secreteó por la noche Madama Royale á su tía Isabel: ¡qué triste, pero qué triste ha estado hoy mamá todo el día!» Pocos después - el 2 de
agosto - venían á sacar á la reina del Temple, á separarla de lo único que la restaba - su hermana y su hija
- y trasladarla á la Conserjería, de donde sólo había
de salir para el cadalso. Al cruzar la poterna del
Temple, la frente de María Antonieta, poco avezada
á inclinarse, chocó con la piedra. La preguntaron si
se había hecho mal. «Ya no hay cosa que pueda hacerme mal,» respondió la madre que había visto á
su hijo temblando y aleteando entre las garras de
Simón.
Repito que ciertos pormenores de este drama no se
creerían si no constasen en documentos. El mismo
día que sacaron á la madre del Temple, Chaumette
envía juguetes al rey niño. ¡Extraña blandura y mimo extraño, si no supiésemos que entre tales juguetes figuraba una guillotina para descabezar pajarillos!
Un municipal de guardia en el Temple mostró pertenecer á la humanidad, quemando el horrible juguete antes que llegase á manos de Luis.
Al resolver el fin de María Antonieta, la revolución, que aún guardaba ciertas formas, quería fundar
en algo el holocausto de la reina: en algo que la infamase de raíz, haciendo su memoria perpetuamente
execrable. A tal propósito respondían las instrucciones reservadísimas de Hebert á Simón. La obra sin
nombre era conseguir que la mancha eterna de María Antonieta se la arrojase á la faz el hijo más idólatra, el niño más prendado de su madre, la más respetuosa y tierna criatura, Luis XVII.
La empresa no era fácil ciertamente. Leyendo sus
hechos y dichos, asombra el carácter y el heroísmo
que reveló el niño de ocho años para defender su co·
razón y su dignidad filial.
Con motivo de la fiesta cívica del ro de agosto,
Ji;l zapatero Sim6n, guardián del delfin

j

Temple: Sim6n, avisado de anterna.no, había tenido
á su esclavo treinta y seis horas sin probar alimento
ni beber; la mañana del día señalado, en cambio, le
hartó de manjares regados con aguardiente. El niño, ebrio y casi inerte, es interrogado: se le hace res·
ponder á gusto de la comisión; su mano trémula firma la declaración infame en que se acusa á la madre
de abominaciones que la pluma no puede estampar... ,
y la infeliz criatura recae sobre su jergón, donde inconsciente y aletargado duerme el plúmbeo sueño de
la embriaguez.
Cuando el espantoso documento fué leído en presencia de su madre y ante el tribunal revolucionario,
preguntaron á María Antonieta si tenía algo_que alegar para vindicarse. Ella alzó la cabeza, y maJestuosamente, sin cólera, miró al acusador, á los jueces y después convirtió la mirada al público que asistía á los
debates. «¿Hay aquí alguna madre?, preguntó en voz
fuerte y clara ¡Pues á ella apelo!» Brotó en 1~ sala
un murmullo de indignación y piedad; y Robesp1erre,
apenas supo este incidente sublime y hor~endo, rompió con el tenedor el plato - es de advertir que estaba almorzando -y gritó: «¡Imbécil de Hebert! ¡Ha he·
cho de una Mesalina una Agripina, y le ha dado á la
austriaca, en su última hora, todo el prestigio de la
compasión!»
Condenada á la guillotina, en la madrugada del
mismo día en que subió la fatal escalera,. María Antonieta escribió extensa carta de despedida á su cuñada Madama Isabel. En ella. se lee el siguiente párrafo: «Tengo que hablarte de una cosa que me oprime el corazón: me refiero al niño, que sin duda te ha
causado un disgusto terrible. Perdónale, he:~ana
mía del alma. Acuérdate de que es muy pequemto, y
es bien fácil hacer que un niño diga todo lo que se
le quiera hacer decir, y más si no lo comprende. Día
vendrá en que se haga cargo... ))
.
Aquella misma mañana, en el Temple, S1:nón y su
mujer habían h echo una apuesta. La zapatera no
creía que fuesen capaces de guillotinar á la r~ina d~
Francia: el zapatero estaba seguro de que s1 la guillotinarían, por ser cosa resuelta de a~temano Y
sangría indispensable á la salud de la nación. Sostuvo cada cual su parecer y apostaron unos cuartillos
de aguardiente. P~cas ho~~s ~espués, _segada ya _la ca·
beza de la reina Simón d1JO a su muJer: «Perdiste la
apuesta: tienes 'que pagarla.» Oyólo el niño, y con
sencilla curiosidad preguntó qué apuesta era aquella
ganada por Simón. &lt;!No· te importa, gruñó ,e~ ayo;
pero estáte calladito y obede&lt;;e, que t~. tocara tu parte de lo que se apostó.» Y as1 fué. TraJose el agua_rdiente¡ sentáronse los carceleros á la mesa; encendió

- ¿Sabes lo que se mienta por
el pueblo, Bastiancillo? ¿A que no?
su pipa Sim6n, y escanciando al niño una copa le
- Qué es ello?, preguntó el herrero sin alzar la
hizo beber y brindar por las ganancias. El niño, sin vista del bruñido yunque.
sospecharlo, brindaba por la degollación de su madre.
- Que Mercedes se casa.
Paréceme que no
exageré al titular este
episodio de la vida de
Luis XVII obra sin
nombre, de esas que estremecen de horror á
los siglos venideros.
EMILIA PARDO BAZÁN

LACRUZ DE HIERRO
Dando fuertes martillazos sobre un hierro
hecho ascua y sujeto
por negra tenaza, pasábase Bastián el santo
día en un rincón de la
herrería y no lejos de la
fragua, atento á mirar
las innumerables estrellas de fuego que al golpe del martillo brotaban del pedazo de enrojecido hierro que sobre el yunque se apoyaba.
Era Bastián uno de
los más arrogantes
mancebos que vió nacer jamás el cielo de
Córdoba transparente y
purísimo; alto, moreno,
de fuerte musculatura,
de grandes y brillantes
ojazos negros, de negrísima y naturalmente rizada cabellera, labios
carnosos, espaciosa
frente, anchas patillas
y aguileña nariz. En el
conjunto de su persona
toda había un no sé
qué de majestuoso y de
grande que atraía; ~u
conversación era agradable; no era su boca
manantial inagotable

Encierro de la reina María Antonieta en la Conserjería, de donde sali6 para el cadalso

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OBRAS MAESTRAS DEL ARTE CONTEMPORÁNEO

LA CARRERA A PIE, bajo relieve de Mariano Benlliure
Parte de friso destinado á decorar un . gabinete del opulento capitalista americano l\Iarqu:m;l

�LA
¿Con Benito?
- Con Benito.
- Siempre me lo había_figurao. Él la quiere y ella
le ama. ¡Pues na, que D10s los haga muy dichosos
que ella se lo merece y él!..
'
Y Bastián quedó inmóvil, con la tenaza y el hierro
sobre el yunque, así como el martillo, en cuyo mang_o apoyó s~ braz~, permaneciendo el herrero larguísimo espac10 de tiempo como abismado en negros y
dolorosos pensamientos.
Después se puso á trabajar con nuevo y más grande afán, con más ahinco de cada
vez, cantando, cantando siempre
aquella copla, fiel trasunto de sus
pensamientos.

Y llegó el día señalado para la
boda de Mercedes. Todo en casa
de ésta era alegría, bulla, animación, algazara, bromas y bailoteo.
Aquí, un vejete más alegrillo que
de costumbre, suelta un pellizco
por lo bajo á alguna graciosa mozuela que le dirige una mirada capaz de incendiar el hielo y de pulverizar las piedras; más allá, en un
corro, unos cuantos jóvenes, vaso
en mano, cantan qu~ se las pelan
alzando infernal jolgorio; allí, un
estudiante recién salido de las
aulas universitarias arenga al pueblo-rey, ensalzando las excelencias
del estado matrimonial y declarando guerra á muerte á célibes y
solterones, mientras con el rabillo
del ojo hace maliciosos guiños á
una morena que le escucha embelesada; en una silla sentado, puestos los pies en los palitroques y
encorvado el cuerpo, un airoso
mancebo rasguea en las cuerdas
de la guitarra hasta casi petrificarse las yemas de los dedos, mientras canta una copli!Ja que á los
novios sábeles á gloria; éstos bailan envueltos en el torbellino de
los danzantes, que no desperdician la ocasión de estrechar una
cintura breve y sentir en sus mejillas el calor de otro aliento, y en
sus ojos las miradas abrasadoras
de otros ojos que los fascinan y
marean.
El padre de Mercedes charla
con unos convidados, viejos y lealísimos amigos; y la madre, entretanto, en un corro de vecinas, escucha con cierta delicia y saborea con refinada fruici~n los felic_es augur~os de las comadres. Su hija será
feliz, ¡pero sm ella, sm su madre!
A este solo pensamiento, los ojos se le anublan y
llora ... porque su hija, porque su Mercedes va á ser
dichosa en brazos del hombre amado ...

***
Ter~jnó el bullicio\ la jarana y la alegría.
Ret1raronse los novios á la alcoba nupcial, hecha
u~a taza de pl~ta según lo blanquísima y pulcra. Med10 lelo el n?v10, contempla con amorosos ojos á su
Mercedes mientras ésta siente subir á su rostro todo
el fuego que arde en su pecho ...
De pronto Benito fija su mirada en ia cabecera del
lecho, donde se destaca una negra cruz de hierro1 admirablemente rematada, obra de tan fina labor que
no hay ya más que pedir en justicia.
- ¡Buena cruz!, dice Benito rompiendo el silencio.
- Es regalo de Bastián, dice la novia sin atreverse
á alzar los ojos del suelo.
·
- ¿Sabes que me llamó la atención no verle esta
noc~
·
- Habrá tenido que hacer.
. - En esta~ ocasiones no hay quehaceres. Pues
mna, el regalillo no es malo en verdad. Cuando le
vea, ¡nova á ser apretón de manos el que le voy á dar!

***
Pero _cuando lo vió fué á la noche siguiente, yendo cammo de casa de Mercedes el bienaventurado
Benito.
Verle y querer abrazarle fué todo obra de un momento, pero le impuso el fosco semblante del herrero. Sólo se atrevió á decirle:
- Gracias por el regalo, Bastián.
Este, por toda respuesta, sacó de su bolsillo una

ILUSTRACIÓN ARTÍST!CA

NúMERO

enorme navaja 9-ue brilló un momento como sierpe
de plata en medio de la densa obscuridad de la noche·
lanzó Benito -~n gemido agudo y penetrante, y poc~
despué~ Bas~1a~ cerraba la navaja bañada en sangre
y _s~ aleJaba md1ferente, como si nada hubiera hecho,
d1c1endo:
- Debí hacer lo mismo con ella y antes de la bo··,pero nunca es tarde para la venganza. ¿Qué me
importa ya todo cuanto hay sobre la tierra si ella no
ha de ser mía?
Aquella misma noche, el cuerpo inerte de Benito

?ª·

603

nozca algu~a debilidad, y esta que acabamos de indicar ha sido la de Vico.
_Poco más de treinta añ~s hace _que ofrec!6 ~ este mismo pú·
blico de Barcelona las aun vacilantes pnm1cias de su arte·
hoy, _a! cabo de tant? tiempo y en el momento de emprende; .
su Viaje á Buenos ~1res, s~ despide de él dejándole el grato
recuerdo de_ su ~em~ a_rtlshco á_ la vez que el sentimiento de
una separación _mdetimda. En Justa ~eciprocidad, los barceloneses le despiden con frases de canño y atror.adores aplauS?S que repercutirán sin duda en todos los países de la América española.

Jfl&lt;?res de invierno, dibujo
or1gmal de Francisco Maura.
- No forma parte Francisco Maura del
. .
.
grupo de esos modernos pintores que se
yacía sin vida sobr~ el _lecho mortuorio; á sus pies hm1tan á reproducir la naturaleza ó el modelo que eligen con la
lloraba desolada la mfeliz Mercedes y á su cabecera p~s?1osa facili?ad de la cáma~a fotográfica. Comprende' que la
destacábase negro y tristón el regalo de boda la cruz m1s1ón del artista no puede m debe ajustarse únicamente á la
exactitud de la ejecución; otro ha de ser su objetivo y más elede hierro.
'
vados sus propósitos. Maura tiene el temperamento de vercladero artista, y como tal siente y discu_rre, escogiendo para sus
MANUEL AMOR MEILÁN
producciones asuntos que revelan la vida Intima de la sociedad
"'''•""'.....,.......... ,.........,••••••,.••.••,.............,....,., ....,.1,,,.,., ••,.•.••••••.•••, ....,.,......,.•••••,.......
en que vi~imos. \'.ivo está _todavía el recuerdo de su precioso
cuadro Sin traba;o, premiado en la Exposición nacional de
1890: Flores de inviemo, aun siendo un mero dibujo perteneNUESTROS GRABADOS
ce al mismo género y resulta no menos sentido.
'
La _carrera á pie, bajo relieve de Mariano

La c~rta, _pero brillantfsima campaña que está llevando á ca- ~enlliure. - La antigüedad, es~a fuente perenne de inspirabo este mspuado actor en el teatro del Eldorado, antes de embarcarse para América, nos ha inducido á publicar su retrato
reproducci~n fiel de una reciente fotografía.
'
Entre el mcomparable actor, única gloria hoy de nuestra escena en el g~nero ?ramático, y el p_úblico barcelonés, media,
c_omo ha me~1ado s1empr~, una comente de simpatía que justifica la e~ecc1ón q~e e! pnmero ha hecho de nuestra ciu"dad pa·
ra despedme t~am1t?nament~ de la escena española y las espontfneas y rmdosis1mas ovaciones que el segundo diariamente
le tnbuta.
Ve~dad es que Vico se encuentra en el apogeo de su talento
artishco y que en todas las o~ras que en esta breve temporada
ha p~esto en ~scena ~a tra~aJad~ con fe, con entusiasmo, sin
desalientos, sm escat_im~r m un atom~ de sus probadas fuerzas
y avasallando al aud1tono con su admirable expresión, con sus
sorp~ende~tes deta!le? y con sus asombrosos recursos escénic?s, 1mpos1bles de 1m1tar, ~or ser siempre hijos de la inspiración del momento y poqulsm1as veces de un detenido estudio
de los efectos.
Y esta fe, est_e e~tusiasmo, este esfue~zo del genial actor son
!anto i:nás mentonos cuanto que trabaJa bajo la desagradable
11npres1ón de dos adversas circunstancias: el dolor de tener que
separa~se de su buena esposa Y,de sus hijos, á los que profesa
un canño q~e raya e~ 1do!atna, y el recelo, instintivo en él
de toda la v!da, fatld1~0 é mv~ncible, de cruzar en un barco
el Océano; circunstancia la pnmera que le ha hecho ir constante~ente acompañado de su numerosa familia en todas sus
excursiones art)st1cas, al paso que la_ s~gunda le ha obligado á
desechar repetidas veces las propos1c10nes más ventajosas de
cuantas se han podido hacer á un artista.
Apenas hay hombre notable en la historia del que no se co-

603

LA

1LUS'l'RACION ÁRTÍST!CA

ANIE
NOVELA POR HÉCTOR MALOT, - ILUSTRACIONES DE EMILIO BAYARD
I
(CONTINUACIÓN)

Nobleza, escultura de Eusebio Arnau (Salón
Parés) . - No trató Eusebio Arnau al
modela_r el notabilísimo busto que reproduc1mo~ de representar plásticamente la genuma personificación de la nobleza de la sangre. Otra aspiración fué
la del artista, tan elevada cual el arte
que con tanto aprovechamiento cultiva.
La nobleza del espíritu inspiró al jove~ ~scultor, y preciso es confesar que
s~ ultima producción, cual todas las que
eJecuta el artista inspirado por cuanto
lo eleva y engrandece, es verdaderamente genial. .Modelada con tanta gallardía como facilidad, bastaría la obra
de Arnau para acreditarle de distinguid~ escultor, si otras de no menores
alientos no le huliieran dado ya á conocer como uno de los más discretos escultores catalanes.
El. desas~re del «Victoria.&gt;_
El vice.almirante Jori;re Tryon.
- Conocida por todos es en estos momentos la. h~rr~ro_sa catástrofe que el
dia 22 d~ JUn,io ultimo ocurrió en aguas
?el Med1ter~aneo mientras la escuadra
mglesa mamo?raba delante de Trípoli:
un_a fa!~ maniobra del buque almirante
Vutona hizole chocar con el Camperdown, sufriendo en el choque tal ave·
ria que á los pocos minutos hundlase en
el mar,arrastrando consigo poco menos
de 400 hombres. El Victoria fué construido en Newcastle y lanzado al agua en
1890: su desplazamiento era de rn.
470
toneladas y su maquinaria desarrollaba
una fuerza de 14-000 caballos siendo su
velocidad máxima de 27 mili~ y cuarto
por hora: tenia 340 pies de eslora y 70
de manga. El grueso de su coraza variaba entre 16 y 18 pulgadas: iba artillado
con dos cañones de retrocarga de 111
tonela~as, uno de 29 y una porción de
otras p1~ de menor calibre, y su coste tot~l, mclusas maquinaria y artillerfa,
se estimaba en 817.841 libras esterlinas
(20.446.025 pesetas). El vicealmirante
Tryon contaba sesenta y un años: entró
en la marina inglesa en 1848, y en la
toma de Sebastopol, en la guerra de Crime~ en la campaña de Abisinia, en Australia y, en sum_a, dondequiera que se
h~lló prestó valiosos servicios á su pa
t~1a: s~ valerosa muerte fué digna de su
vida e;emplar de marino.

ANTONIO VICO

NóMERO

ción, ~a dado nuevamente al gema! escultor Mariano Benlliure
matenal para una creación a_dmirable. La escena no puede ser
m_á, sencilla: el espectador llene delante de si un segmento del
Circo; avanzan á la carrera y en compacto grupo los corredores
que, doblado ya el extremo de la espina, se precipitan hacia la
meta. En el fondo, amplias graderías llenas de gente, en el centro de las cuales descuella el palco imperial. Clásico el asunto, re_sulta también clásica la manera con que lo ha tratado
Benlliure: en los menores detalles de la composición luce la verdad estética más absoluta, la que no tiene necesidad de deseen·
der al verismo trivial ni al repugnante naturalismo. Mariano
Benlliure ha hecho es~e baj~ relieve P?r encargo de un americano muchas veces m11lonano que qmere decorar un gabinete
de su palaci_o con obra~ de ~ytton, Alma Tadema y de nuestr? compatnota. El ba;o relie~e que publicamos es parte del
foso que debe completar Benlliure con obras sucesivas.

. Distracción, escultura de Venancio VallmitJana. - ~n esta ,época en que la mayor parte de los escultores
vense obligados a luchar _á brazo partid_o con el tanto por ciento, _trocando alguno~, _obligado~ por la imperiosa ley de la necesidad, su noble _m1s1ón de a~hstas_ por la de meros ejecutores,
grato n?s es cons_1~nar qu_e aun existe entre ellos quien, como
Venanc10 VallmllJana, m se doblega ni sucumbe. Maestro de
la m~yorla de los j?venes escultores que tanto honran á nuestra ciudad, ha sabido siempre ajustarse á las corrientes de la
época. _De ahi que á la vez que de su taller de la Rambla de
Catal~na salen obras de carácter verdaderamente clásico, cual
La Piedad, produzca también esas preclosas escu lturas de salas ó grupos tan notables como el que damos á conocer á nuestros lectores, sorprendido por el artista en cualquier rincón de
Barcelona, en la playa 6 en la campiña.

- Reciba usted mi felicitación, señorita; es usted la primera novia de cuantas he visto
que se halle dispuesta á la hora fijada

Anie, del brazo de su marido, iba de unas mesas á otras - ya sin su velo, dirigiendo á todos, ya algunas palabras afectuosas, ya una dulce sonrisa: El
elemento. militar habíase agrupado en una parte de la tienda, de la que había
tqmado posesión. Allí sucedía todo lo contrario de lo que ocurrió en la reunión
de pésame de la famila, reunión en la cual todos recibieron á Sixto muy fríamente: en esta ocasión fué con Anie con quien se guardó visible reserva. Tan
evidente fué esa reserva, y sobre todo en las señoras, que el capitán juzgó necesario explicar á su mujer lo que motivaba aquella actitud.
- Si supieses, le dijo, cómo y cuánto envidian las muchachas pobres á las
señoritas que se casan ...
- No acabo de creerlo.
-¿No crees tampoco que la señor.i ta Laurencia Haoraca, la hija mayor de mi
jefe, es la única entre ellas que tiene un sombrero de Lebel y un traje de París?
Las otras cuatro no traen sino imitaciones hechas por ellas mismas: labor casera.
- Eso está á la vista, pero no me parece que esa sea razón suficiente para que
yo me vista ó deje de vestirme de la misma manera. ¿Te figuras que no he conocido en otros tiempos esos recursos de muchacha pobre? Pues yo no tenía
modelos de Lebel para imitarlos.
Pasando de unas mesas á otras llegaron los recién casados á una en rededor
de la cual estaban sentados el barón y algunas jóvenes de la comarca. Como
el Sr. de Arjuzanx había ido directamente á la iglesia, todavía no se habían visto
él y Anie. Hubo entonces un rato de silencio bastante embarazoso, al cual puso
término Arjuzanx felicitando á Anie y estrechando la mano á su amigo.
Todos experimentaron al separarse una sensación muy semejante á la de quien
se quita gran peso de encima, si bien ninguno quiso manifestarla.
- ¿Sabías ya que el barón estaba de vuelta?, preguntó Anie á su marido.
-No.
- Yo tampoco.
Una hora después, mientras la mayor parte de los convidados se paseaban
por el jardín, Anie, que volvía de despedir á sus padres, á quienes había acompañado hasta la verja, se halló frente á frente con Arjuzanx, que se dirigió resueltamente hacia ella.
Fingía el barón mucha calma y completa indiferencia; era fácil, no obstante,
adivinar que su sonrisa forzada velaba una emoción profunda.
El barón saludó á Anie y le dijo:
-Amaba á usted tanto, tanto, que ni sus desdenes han podido matar mi amor;
amaré á usted siempre y nunca amaré á otra.
Antes que Anie volviese de su sorpresa el barón se había alejado.
TERCERA PARTE

Como el templo y la alcaldía, situados frente por frente, se hallan á menos de
trescientos metros del castillo, se había acordado que, en el caso de hacer buen
tiempo, no se utilizarían los carruajes para trayecto tan corto. Cuando la comitiva hubo llegado á la plaza encontró allí á los doce boro beros del pueblo en hilera, y la charanga saludó á los novios con las notas de una marcha.
En aquella iglesia, demasiado pequeña, no se habían visto nunea tantos uniformes; los rayos del sol, pasando con toda libertad por las ventanas sin cristales,
hacían brillar el oro de los galones y de las charreteras con resplandores que
llegaron á deslumbrar al cura, hombre de carácter sencillo y tímido, el cual en
vez de decir las palabras que desde mucho tiempo antes tenía preparadas para
esta ceremonia, se limitó á leer, casi deletreándola, la alocución que le servía
para todos sus feligreses.
En realidad, aunque el señor cura hubiese estrenado con toda la unción apetecible y por él apetecida su discurso inédito, no habría conseguido que la concurrencia (acerca de cuya religiosidad no cabía Ja más leve sombra de duda) le
escuchase; los allí congregados no tenían oídos, tenían ojos solamente, y en las
miradas concentraban todos sus sentidos en aquel momento.
Entre los militares ninguno conocía á la novia; muchos parientes de los Barincq veían entonces á Sixto por primera vez. Todos, por consiguiente, los miraban1 los estudiaban, les pasaban revista con extremada curiosidad; los militares
calculaban la fortuna de la mujer; los parientes pensaban en el porvenir del
marido.
- No reunirán menos de ciento cincuenta mil francos de renta.
- ¿Es de veras? Entonces tendrán un palacio en París.
- Y de todas maneras darán bailes en Bayona.
No eran menos variados los comentarios en lo que respecta á las condiciones
físicas de la novia: indudablemente Anie era algo bisoja; no sería extraño que
acabase en tísica; era seguro que se teñía el pelo;_ ~o podía decirse que su traje
fuese muy rico, eso no; pero sí tenía un gusto pans1~nse re_almente escandaloso.
Sixto que hasta entonces había pasado por el oficial meior mozo y más guapo
de Bay~na tenía todo el aspecto de un hombre humillado.
- ¡Es m~y natural! Al fin y al cabo se ha vendido...
_ .
La sacristía era demasiado pequeña para tan numeroso acompanamtento, razón por la cual se había resuelto que todos pasasen al castillo y qu~ no hubiese,
como suele haber en estas solemnidades, dos categorías de convidados: unos
que comiesen y otros que viesen comer. .
.
Barincq cifraba todo su orgullo de prop1etano en aquel lunch, coml?uesto ~xclusivamente de productos de su finca: salmones pescados en sus viveros, Jamones de su ganado de cerda, faisanes de su corral, caza de sus sotos, flores y
frutas de su jardín y de sus estufas.
.
.
.
El banquete tuvo, para hablar con verdad, meJOr acogida que ~os_ no~Ios; hubo unanimidad de pareceres en declararle mu~ b~eno, no muy d1stmgmdo, eso
no; pero de calidad excelente, lo cual no es difícil para las personas que no saben lo que gastan.

I
Cerca del mar, cuyas brisas quebradas por las dunas refrescan la temperatura, en la confluencia de un riachuelo y de un hermoso río, justamente en el
punto mismo en que éste forma una curva elegante y airosa, rodeada por paisajes verdes y opulentos, como son los de Normandía, frente de una extensa llanura cuya lontananza se pierde de vista en valle extensísimo, sería Bayona una
de las más lindas ciudades del Mediodía si no la afeasen sus fortificaciones.
Para no estar enjaulados entre esas fortificaciones dichosas, cuya moda pasó
hace ya mucho tiempo, los habitantes á quienes no es absolutamente necesario
vivir en el interior de la ciudad han, labrado viviendas en la carretera de España, en el valle de Nives, siguiendo la corriente del Adour, frente por frente de
un hermosísimo paseo flanqueado por corpulentos árboles y al que llaman las

Calles Marinas.
Justamente una de esas casas era la que Barincq había escogido para sus hijos; no era de las más ricas, pero sí cie las más elegantes; por su aspecto parecía
una quinta con su arimez festoneado por plantas trepadoras; en medio de un
jardín de árboles constantemente verdes, de magnolias gigantescas, con altozanas de que surgía espesísima vegetación digna de las pampas. Dos plazoletas del
jardín habían sido destinadas á juegos de agilidad y destreza y una habitación
del piso bajo á billar.
Los recién casados recibían una vez á la semana: en ese día instalaban en el
comedor un ambigú en que había de cuantos productos daban las feracísimas
tierras de Ourteau y que justificaba los ciento cincuenta mil francos de renta que
se atribuían al matrimonio y hasta los doscientos mt"l que algunos estómagos agradecidos se sentían dispuestos á reconocerle.
¿Se debía eso al ambigú? ¿Se debía á los atractivos de Anie? ¿Consistía todo
sencillamente en que los recién casados formaban ya parte de la familia militar?
La verdad del caso es que Anie había sido aceptada como una gloria para todos,
-Tenemos á la señora de Saint-Christeau, decían, y creían haberlo dicho todo.
Como suele verse á menudo en el mundo de la milicia, habíase unido el nombre de la mujer al del marido, sin que pensase nadie en discutir esto, porque
todos lo tenían á gala.
Y aun agradecían más á Anie que hubiese aristocratizado al capitán, porque
la joven concedía muy poca importancia á eso, y no pensó nunca en aprovechar
su nacimiento para formar, como el vulgo dice, rancho aparte con las de otras
señoras linajudas (de las que anteponen el de á su apellido) de la guarnición.
Los jueves de los Saint-Christeau estaban tan animados, tan concurridos que
comparadas con ellos las recepciones de la generala parecían tristes; en más de
una ocasión hubo quien insinuase á la recién casada que debería organizar otra
re.unión semanal para los domingos.
Anie, sin embargo, consideró que un día á la semana era muy suficiente como
tributo al compañerismo.

�LA Iu1srn.Ac1óN ARrisrtCA

NUMERO

603

Además los domingos estaba ya acordado que pertenecían á sus padres y á
cua~do ya _era posible formar una idea de lo que el cuadro sería, llegaban las
Ourteau, y l~s demás días á su marido, á la intimidad, al amor.
ma111festac1ones de admiración y de asombro.
Aunque S1xto se hallaba sometido á un servicio muy asiduo al lado del gene- ¿Sabes, de~ía el capitán muy á menudo, que hay días en que deploro que
ral, que ya no podía escribir absolutamente nada y que en muchas ocasiones
no tengas necesidad de vender tus cuadros?
guardaba _cama duran~e semanas enteras y no salía de sus habitaciones sino para
- Pues yo no lo deploro por varias razones: la primera y principal porque tal
caer rendido ~n una silla, abrumado por el esfuerzo que había realizado á toda
vez
_las ofertas d~ los compradores no estarían á la altura de tus elogios.
co:ta, tenía, _sm embargo, algun~s horas de libertad ~or la mañana y por la tarS1xto no admitía semejante hipótesis.
de, horas felices en las que pod1an ser uno de otro sm que nadie llegase á coloDesp?és de un_ ~at,o de conversación ó de un paseo por el jardín visitaban su
carse entre ellos.
caballeriza
Y se dmgian al comed?r. D~spués de comer, si hacía. buen tiempo,
Por la mañana muy temprano paseaban á caballo. Anie durante unos días
daban
un
~aseo
por el ~ue~le, ó bien, si no estaba muy seguro, tomaban asiento
pasados en casa de una amiga, recibió unas cuantas leccio~es de equitación y
aun cuando _no era una amazona perfecta, se ~enía bien á caballo, y su agilid~d en la galena de s? hab1tac1ón, que da~a vista al río; allí, sentados muy cerca
natural, su ligereza, su osadía, su destreza, umdas á los consejos de Sixto com- uno de otro, contmuaban su conversación, contemplando el movimiento del
Adour; cuando llegaba la hora de la marea distraíalos el variado espectáculo de
pletaban la obra.
'
S;guían los jinetes las orillas del Adour hasta la valiza de B/anc-Pignon; allí l~s vapores que llegaban con sus faroles encendidos, el remolcador que encenp~rnan sus caballos al ~alope, sobre la arena blanca sembrada de piedrecillas ~1ª su máquma para sacar de la barra algún buque de vela, y así se deslizaba el
rops; atravesaban l?s pmares que cantaban sus canciones dulcemente tristes y tl_empo, como en perpetuo encanto, sin que ni Anie ni Sixto tuviesen conciencon sus aro_mas resinosas perfumaban el ambiente hasta el semáforo ó hasta el cia de las h?ras que pas~ban. De pronto, en medio del profundo silencio de la
noche, elevabase un rugido sordo que iba creciendo rápidamente.
lago de Ch1berta.
- ¡El expreso de París!
Desarrollábanse ante ellos horizontes sin límites, y á sus pies morían suavemenEra,
en efecto, el tren descendente que bajaba á toda máquina de la llanura de
te la~ olas en la_arena, cuando no tomaban por asalto la playa lanzando al viento
las
Landas;
muy luego llegaba á Boucan; veíase después el farol de la locomo~l bnllante polvillo de sus blancas espumas que azotaban los rostros de ambos
Jmetes .. Entonces con un movimiento simultáneo que obedecía á un común tora que _par,ecía llegar á precipitarse sobre ellos; poco después pasaba, su rapidez d1s~mma poco á poco antes de desaparecer en la estación.
pensamiento _det~níanse A?ie y Sixto para mirar en lontananza las blancas velas
Iban a dar las once; había terminado aquel día.
de un barco mclmado hacia la verde superficie del mar ó el penacho de humo
que se elevaba ~esde un· vapor próximo á desaparecer en el azulado horizonte,
II
allá donde el cielo y el mar parecen .una sola y misma cosa. Después, continuan_do ~u paseo, seguían la grada ó bien los peñascos de la costa hasta el faro
Y ... sin embargo, en _aqu~l cielo tan sereno, t~n límpido, aparecían dos punde ~1amtz, y ya no pasaban de allí porque evitaban adrede el entrar en la potos
negros: el uno, que mqmetaba vagamente á la hija; el otro que atormentaba
blación; regresaban á casa por camin_os en los que veían más probabilidades de al padre.
'
estar solos y de prolongar por más_ tiempo su conversación. Ocurría casi siemCu,an~o
el
día
mism~
d~
la
boda
oyó
Anie
al
Sr.
de
Arjuzanx
decirle que la
pre que á fuerza de c~arlar y de mirarse en el viaje de ida, se habían retrasado
am~na
siempre
y
que
~ nmguna o_tra ~maría, la confusión y la sorpresa de la
un poco y era necesario apre~urar~e al_ vol~er para recobrar el tiempo perdido;
la ho~a se acer~aba; apenas s1 el mfehz Sixto tendría el tiempo necesario para recién casada ha_bían sido extraordmanas. Mucho rato permaneció como aturdicambiar de traJ~ antes d~ pre~entarse al general, que furioso consigo mismo y da_y fué nece~ano_ un gran esf?erzo ~e su volu_ntad para que se presentase, tran·
c?ntra lfs _de?Ja~ por la m~cc1ón forzosa ~ que es,ta~a condenado, no permitía qm!a en apariencia, á su mando y a los convidados. Pero la impresión que en
111 la mas ms1g_111ficante sena! de barro 111 los mas imperceptibles granillos de Ame habían producido las _palabras d~l barón ~o se desvanecía por completo; si
cuando estaba al lado de S1xto se olvidaba Ame de Arjuzanx cuando quedaba
polvo en el umforme.
sola
volvía á verlo, recordaba la palidez de aquel rostro, el fu;go de aquella mi·
-:: ¿Cómo puede ~st~d trabajar si se queda usted ya derrengado desde por la
manana? Eso prescmd1endo de que huele usted á mar de una manera insopor- rada, el temblfr de aquellos labios cuando decían: «Amaré á usted siempre y
nunca amaré a º!ra » ¿Por qué había pronunciado el barón aquellas palabras?
table.
¿Con
qué pr?pós1to? ¿Habían s~do exp~esión _espontánea de su dolor? ¿Las ha(?ler á mar era ~na falta que el general no habría perdonado si no hubiese
temdo ~anta necesidad de Sixto; pero al menos aquella falta era casi la única bía_pronunc1ado1 por el contrario, con mtenc1ón determinada? Anie habría ne·
ces1tado contar a su marido aquella escena; pero no se atrevía temerosa de disque el Jefe le echaba en cara.
gustarlo,
Yademás porque todo lo que se referla al barón, su recuerdo su nom- Es un oficial muy inteligente, muy brillante, de aspecto distinguido siempre sabrá colocarse á la altura de las comisiones que se le confíen sean l~s que ?re, era muy _desagradable p~~a Anie. Cuando, transcurrido algún tieO-:po, vió la
Joven g~e ArJuza~ no los v1s1taba, como ella temió en un principio, comenzó á
fueren, pero huele á mar.
'
Grave falta era esta para quien, ~orno ~¡ general ocurría, solamente olía á ca- tranqmhzarse; _era mdudable que el _barón hab~a dicho aquellas palabras impul•
sado por _lo v10lent? de la contrariedad sufnda; las había dicho sin saber que
taplasmas, cuando no á láudano ó a menJurges y potingues desagradables.
9tras ve~es en lugar de montar á caballo, lo cual siempre ocasionaba alguna las decía, mvol~ntanamente, y Anie se compadecía de él. ¡Pobre muchacho!
Esta compasión no había ido muy lejos, eso no· habíase mezclado no obsfatiga á A~1~, se embarcaban en una }ancha amarrada siempre delante de su
casa1 y segun la marea, ó _navegaban no abajo con el reflujo, ó remontaban la tante, con ~lgunos dejos de simpatía: Anie no podía' aborrecerá un hodibre por~orne~1te con las olas; Ame se sentaba al timón, Sixto tomaba los remos, y así que ,la ?ub1era ~mado, porque la amase todavía, sobre todo cuando ese ltm0r no
hab1a sido obsta.culo para que ell~ se cas:1ra co~ _Sixt?- Pero éste, poco tiempo
iban
1 sm cansarse
b , mucho hasta, que. los movimientos de la alta ó la ba·a
-J marea desrués,_ que todos los días daba a su muJer not1c1as circunstanciadas de cuanto
os tor?a ~n a casa: en e_s~s d1as S1x~o, según su general, olía á cieno.
Ordmanamente el ca~itan volvía a casa pocos minutos después de las once h~~ia m1ent!as estaban separados, le contó que había recibido en la oficina la
para almorzar, y en el hndo comedor, muy adornado de flores delante de la v~s1ta de ArJuzanx; Y. c_omo ~nie se_ ma~ifestase muy sorprendida, el capitán mamesa ya puesta encontraba á su mujer que, vestida y arreglada para recibirle le mfestó que aquella v1s1ta tema exphcac1ón sencilla y natural en la intención de
esperaba. El almuerz,o lo servía ~na linda criada que entraba y salía y un m~zo demost:arl~ qu~ no le ~~ardaba rencor por s~ derrota; su presencia en la boda
de comedor que sub1a de la cocma los platos; Anie y Sixto podían hablar libre- Y:1 fué s1gmficat1va; la ~1s1ta de ahora 1~ era mas todavía. ¿Cómo responder á esto
m~nte, y cuan?º de~de lo más recó~dito de su alma salía á sus labios un senti- sm conta~lo to_do? Ame dudó por un mstante; después resolvió decididamente
~1ento demasiado t1er~o para ser bien expresado con palabras humanas, expre- guardar s1lenc10._ Al fin y al cabo, tal vez tuviese razón Sixto, y en este caso hasab~nlo_ con un beso. Cuando las alegrías del presente y la confianza en el por- bí~n de ser cons1der~das aquellas palabra~ pronunciadas el día de la boda por
vemr, s1e~pre sereno, les llenaban el alma, siempre tenían, corno todos los que ArJuzanx como el gnto de un dolor demasiado cruel para dominarlo. Sin embargo, por mucho que Anie se ~ijo á sí misma en este sentido, no se tranquilizó por
han padecido mucho, recuerdos de angustias pasadas.
completo, Y cuando, poco tiempo después, le habló Sixto de una segunda visita
- ¿Quién me hubiera dicho?..
del ~arón, despué~ d~ ~tra, comenzó á preguntarse qué amenaza se ocultaría
- ¿Cómo había yo de creer?..
_ Pocos minu~os antes de la una era menester que se separasen; Anie acampa- debaJO _de aquella mtim1dad por Arjuzanx con insistencia procurada.
Es cierto que ~l barón no _se habí~ presentado en casa de Anie y de Sixto;
naba á_ su mando hasta la verja del jardín, y ocultos por una espesura se besaban
pero
¿qué debena hacer la Joven s1 alguna vez los visitaba el camarada de su
por_ ú,ltima ~ez, pero no se abandonaban todavía: después de haber partido el esposo?
cap1tan, Amy le seg~ía con los ojos hasta que caballo y caballero desaparecían
. Est~ pre~unta, 9ue A~ie se dirigía á sí misma muchas veces, le ocasionaba
baJo la Puerta Marma.
cierta
mqmetud, mdefimda, vaga, ~ero persisten~e. La joven deseaba tranquili·
Permanecía entonces Anie al~uno_s minutos como aturdida y desorientada·
después, par~ ocupar en algo el tiempo que le parecía interminable, subía á s~ da~ para ella y más aún para su mando; pero era imposible la tranquilidad si netaller Y trabaJª?ª un par de ~oras. Como allí no tenía los mismos asuntos que cesitaba defenderse contra uno que la amenazase con amor eterno. Anie estaba
para_ sus estud10s le proporcionaba en Ourteau el Gave con sus vegetaciones muy seg~ra de_ no dejarse conmover nunca por semejante amor, pero comprencapnchosas, su~ bosques, sus praderas, Anie copiaba lo que tenía á la vista· el día,al mismo_ tiempo que sería para ella molesto, enojoso, insoportable. La simaspecto de la na con la_ marea alta, el movimiento de las lanchas pescador¡s ó pati~ 9ue Ame había sentido al principio por el amante desdeñado se trocó en
~e buques, aquellas colmas verdes sembradas de arboledas de peñascos de ca- hostih~ad ~ontra el enamorado perseverante. ¿Por qué no la dejaba en paz?
Las mqu1et?des del p_adre, aunque eran de muy diferente naturaleza, no dejasitas blancas con tejados rojos que bajan desde las llanura; de las Landa'.s hasta
ban de tener 1mportanc1a y de molestarle.
las plateadas aguas del tranquilo río.
Cuando _qued_ó convencido que_Sixto y ~n_ie se casasen, creyó Barincq que
. Para los que ~st~n acostumbrados, como Anie lo estaba, á la luz pálida del
cielo ?e Pa~1s, lo ~as sorprendente á medida que descienden hacia el Mediodía a9uel_ matnmomo pondría acabamiento defi111t1vo á la intranquilidad de su cones mtens1dad, siempre en aumento, del brillo de los objetos· la comarca del ciencia, Yque el t~stamento de Gastón, ese testamento que tan á menudo, en las
Lo1re parece más ciar~; la Gironda más clara todavía; el Adou(. á ciertas horas noches de ~nsomm?, le pesab~ C?n pesadumbr_e _inme~?a como horrorosa pesadideslumbra. Lo qu~ Ame procuraba reproducir en sus cuadros era esa luz dulce lla, quedana_ reducido a una ms1gmficante y l1V1ana líoja de papel. Realizada la
vaporosa q~e no tiene lo claro ni lo áspero del verdadero Mediodía; cuando caí¡ boda, ¿qué importaba aquel testamento? Que Sixto disfrutase de la fortuna de
como _heredero de éste ó como marido de Anie, ¿no era de hecho exacla ~arde Ame abandonaba su caballete. Vestíase entonces con apresuramiento y Gastón
tamente lo mismo?
'
'
salia á devolver alguna_ de las numerosas visitas que recibía los jueves, arreglánPrecisament_e impulsado por esa idea, estimulado por esa esperanza había
doselas de mod~ que siempre estaba en casa cuando volvía á ella su marido.
Desd~ aquel mst~nte se pertenecían por completo uno á otro; la consigna pro~urado realizar aquella boda; habíalo procurado con empeño y lo vió con indecible alegríai considerándose dichoso; pensaba haber alcanzado con esto1 no
era tern:imante: nadie, absolutamente nadie y bajo ningún pretexto podía moles- solamente
la dicha de su Ame
· Y¡a de s·1xto, smo
· su prop10
• reposo su sat1sfac.
tarles 111 llegar hasta ellos.
.
c1ón personal.
'
Por de pr?nto Sixto subía al taller para examinar Jo que Anie había hecho
¡Qué dulce consuelo!
duran~e el dia; c~ando el e~tudio no estaba más que esbozado se limitaba á obcontra lo que Barincq esperaba, aquel consuelo dulce no resultó en la
servaciones sm 1mportanc1a; pero cuando la obra iba tomando vida y color,
rea I a tal cual el padre de Anie se lo imaginara en sus meditaciones, y aque-

!ª

~-~ºd

NúMERO 603

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

lla hoja de papel que creyó ligera como una pluma, comenzaba á ser tan pesada
como antes ó más que antes. No experimentaba ya aquellas alucinaciones, aquel
sentimiento de ansiedad, de opresión, de angustia, aquellos sudores de muerte
que acompañaban á su remordimiento cuando, de sus razones fútiles, había decidido que Sixto no tenía derecho alguno á la fortuna de Gastón; pero de todas
maneras, el peso de aquel papelillo volvía á ser demasiado grande para dificultar
las digestiones de Barincq.
Consistía esto muy principalmente en que cuanto más iba conociendo á Sixto tanto más profundamente se convencía de que, en efecto, era hijo de Gastón;
era en todo y por todo un retrato suyo.
Siempre que Gastón, cuando se hallaba sentado á la mesa, quería decir algo
interesante á los que estaban en su rededor, comenzaba invariablemente - sin
echarlo de ver ni darse cuenta de sus movimientos - por separar á derecha y á
izquierda las copas que delante de sí tenía, dejando aquel sitio de la mesa completamente despejado: Sixto hacía lo mismo, tan exactamente lo mismo, que
cuando se le veía parecía que se estaba viendo á Gastón: ¿no era esto muy significativo?
Gastón al reírse levantaba las mejillas y el labio superior, con lo que resulta·
ba la nariz corno recortada: la expresión del rostro de Sixto, cuando se reía, era
exactamente la misma.
Por último, siempre que Gastón discutía acompañaba sus razonamientos con
movimiento de la mano, movimiento que le era peculiar: accionaba primeramente con el dedo pulgar; poco después agregaba al pulgar el índice, y por último
reforzaba á los dos el de en medio que, al parecer, venía á completar la demás
acción; Gastón hacía esto metódicamente, con el orden mismo que no variaba
nunca y que en ningún caso se invertía: pues bien; Sixto repetía idénticos movimientos y en el mismo orden.
·
¿Qué probaban todas es1s semejanzas? Probaban hasta la evidencia que Sixto
las había heredado de su padre y que por lo tanto constituían un acta de reco·
nacimiento más convincente que cuantas hubiesen podido levantar todos los al·
caldes y todos los notarios del mundo.
Y siendo esto así, Gastón, que tan á menudo había tenido á su lado á Sixto,
no había podido seguramente cerrar los ojos á la evidencia, ni rechazar la abso·
!uta, la completa certidumbre de que aquel niño, que era una copia fiel y exacta
de su rostro, de sus maneras, de sus costumbres, era y n·o podía menos de ser
su hijo.
Que hubiese dudado de la fidelidad de su querida, era muy probable; pero
dudar de su paterpidad, no Je habría sido posible.
El hecho de retirar el testamento de manos de Revenacq no tenía, por consiguiente, no podía tener el significado que Barincq y el notario le daban equivocadamente; era seguro, segurísimo, que Gastón no había pensado ni por un
momento en desheredar á su hijo, ni en hacer, entre su hijo y sus herederos legales, particiones que en nada se fundaban sino en caprichos de la imaginación
dominaba por el cálculo del interés personal y por las sugestiones del egoísmo.
En realidad las razones que Gastón había tenido para recoger su testamento
no eran conocidas; pero solamente en esto había obscuridad: sobre todos los
demás puntos se había hecho la luz, y tan clara, que ningún hombre honrado,
después de leer el testamento, podría dudar ni un solo minuto en afirmar que
Six-to era el heredero único de Gastón.
Y él, Barincq, él que en todas las circunstancias de su vida solamente había
obedecido á los mandatos de su conciencia, ¿podría regatear y dudar en lo que
no dudaría ningún hombre honrado?
Si nada tenía que echarse en cara, ¿por qué su conciencia, siempre su amiga,
protestaba con tanta violencia después del matrimonio de Anie y de Sixto?
Era necesario reconocer y confesar que aquella boda no había sido otra cosa
que un expediente inspirado por el sofisma y el subterfugio.
.
¿De qué podía quejarse Sixto si de un modo ó de otro venía á disfrutar la
fortuna de su padre? ¿No era exactamente lo mismo que la disfrute como heredero de Gastón ó como marido de Anie?
No, señor, no; no era lo mismo; si el capitán Sixto no se que)aba e~a porque
desconocía la existencia del testamento; pero quien como Banncq s1 la conocía, ¿era posible que rechazara sus escrúpulos y dijese con serenidad que nada
tenía por qué avergonzarse?
Para esto habría sido absolutamente preciso que en el contrato de boda Barincq se hubiese despojado, en favor de Sixto, de toda la fortuna de ~astón. Y
haciéndolo así, ¿habría dado á su yerno algo que á éste no perteneciera? Pero
como no lo había hecho así, como las cosas se habían arreglado de otro modo,
siempre que Sixto daba las gracias, por cualquier _nuevo regalo, á su suegr~,
éste se ruborizaba, porque ... ¿acaso aquella generosidad suya no era una restitución?
Como Barincq continuaba engolfado y perdido en medio de estas cavilaciones sin resolver nada, inclinándose hoy á una decisión, inclinán~ose al d~a siguiente á otra, fué necesario que realizase una visita_ para que p~s1ese térm_mo á
sus vacilaciones· fué esta visita la de uno de sus parientes, su pnmo Pedeb1dou,
con quien habí¡ tenido en sus años juveniles relaciones de buena, amistad y que
posteriormente había mediado muchas veces entre él y Gastón a fin de reconciliarlos.
•
.
. .
Este Pedebidou, que tenía la primera casa de conservas ahment1c1as de Orther y de Bayona, pasaba por muy rico, y Barincq lo tenía en ese concepto;
pero á las primeras palabras que se cruzaron entre ellos en aquella entrevista,
pudo convencerse de que en aquel momento no era ~ico Pedebidou. ,
.
- Querido primo, dijo Pedebidou sin embarazo m cor~edad, ~e~go a pedirte
8o.ooo francos que necesito imprescindiblemente para mis venc1m1entos.

era, no, libre, ni dueño de su fortuna; al firmar no comprometía su firma, sino
la de Sixto.
- ¿Sabes dijo sin saber cómo salir de aquel atolladero, sabes que si hubiese
yo prestad; todo lo que, desde que estoy en el país, me han pedido, no me
quedaría gran cosa?
- ¿Cuánto has prestado?
-Nada.
- Entonces te queda todo.
-Pero...
- Por último, ¿puedes ó no puedes hacer lo que te pido?
,
Reinó entonces un rato de silencio, cruel para ambos, pero acaso mas c~uel
para el que no se atrevía á contestar que para el que espera?ª la co~testac1Ó~Pero Pedebidou era hombre resuelto y de los que obedec1an al pnmer moVI·
miento: se levantó, pues, y dijo á Barincq:
- Está bien; eres un mal rico; deploro, lo deploro con toda mi alma haberte
puesto en el caso de demostrarlo; nunca hubiese yo creído esto de un hombre
que ha sido pobre como lo has sido tú.
- Te juro que no puedo.
- Tu fortuna te pertenece.
- No; pertenece á mi hija.
-Adiós.
Barincq pasó una noche terrible; al día siguiente partió para Bayona en el
primer tren, y al llegar corrió á la casa de comercio de su primo. Al entrar en
el despacho en que Pedebidou, completamente _solo, despachaba el correo, le
dijo:
- Vengo á traerte mi firma.
Al oir aquellas palabras Pedebidou se levantó precipitadamente, corrió á Ba·
rincq y le abrazó.
- Haz que preparen el documento, dijo Barincq, equivocándose acerca de las
causas de aquella emoción.
- No puedes, no podrás imaginar nunca lo que tu generosidad me conmue·
ve; pero es ya tarde, querido amigo mío; ahora no puedo aceptar tu firma.
- ¿La rehusas ahora?
-Ayer pude pedírtela porque estaba seguro de que tu dinero no corría nin·
gún riesgo; hoy, sabiendo, como sé, que lo perderías, no puedo aceptarla; ac~bo de recibir noticias de otras quiebras; todo ha concluído para mí, estoy arru1·
nado.
Aunque aquella noticia fué muy dolorosa para Barincq, éste reconoció, ave:·
gonzándose en lo más recóndito de su alma, que tan inesperada solución le aliviaba de un enorme peso.
- ¡Pobre amigo mío, le dijo, pobre compañero!
Y durante algunos minutos hablaron ambos de aquel desastre.
Pero cuando Barincq estuvo fuera de aquella casa, cuando se halló solo en la
calle, reconoció con estupor que había sido otra vez un mal rico, según le había
llamado su primo.
¡Oh! Estaba decidido á n~ serlo por mucho tiempo.

III
Era menester que el testamento fuese entregado á Sixto y que la fortuna que
en virtud de ese documento le pertenecía pasara por completo á sus manos.
El reposo, la dignidad, la honradez de Barincq lo exigían.
Además, por muy heroica que á primera vista pareciese esa restitución&gt; no era

-- ¿Tú?
·
·
·
'b"l"
'
¡Así es el comercio! Algunas qmebras
extra~Jeras
1mpos1
1,1tan, hace ma_s
de dos meses, la aceptación de mis giros, y ademas tengo contraidos compromisos de alguna importancia.
. ..
_ Pero, chico, yo no tengo 80.000 francos: la boda de m1 h1p,_ los gastos de
-Amaba á usted tanto, tanto, que ni sus des\!enes han podido matar mi amor...
su instalación, lo que me cuest~n las obras que hago en esta propiedad ...
- No te pido tu dinero; te pido solamente tu firma. ·
- Firmar es pagar.
. , . .
.
.
- Conmigo no. Ven á casa, allí exammar~s mis hbros; la s1tuac1ón en que me tanto en realidad; que la fortuna de Gastón continuase en poder de Barincq 6
que pasara á ser propiedad de su yerno, siempre sería Anie quien la disfrutase,
hallo es de apuro pasajero, pero está muy leJOS de ser desesperada.
Barincq estaba trastornado; si hubiera sido.dueño ab?oluto d~ ~u fortuna ha- porque Sixto, tal cual Barincq le conocía, no era capaz de malgastarla ó de•
bría dado, sin vacilar, la firma que su campanero y pan,ente solicitaba ~on tan- rrocharla.
ta franqueza y en la seguridad de que no podrían rehusarsela; pero Banncq no
( Continuará)

�470

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO 603

año pasado una abertura que daba acceso á dos pequeños subterráneos, situados uno junto á otro, y á ESTATUA DE ARAGO EN EL OBSERVATORIO DE PARÍS
los cuales se llegaba por dos escaleras laterales. ConEn 1886, con ocasión de celebrarse el centenario
tínuáronse las excavaciones, y el arquitecto encargado del nacimiento de Arago, las personas que se habían
de los trabajos tuvo la suerte de descubrir primero encargado de organizar esta solemnidad creyeron que
tres tumbas vacías y luego otra de grandes dímensío- los homenaje~ que se habían tributado en provincias
~es, que databa del siglo XI y que contenía gran can- al eminente astrónomo no eran bastantes para lo que
LA IMPRESIÓN DE RESTOS HUMANOS EN SCHLESTADT tidad de restos de objetos varios y entre ellos un éste merecía, y resolvieron perpetuar el recuerdo de
bloque de mortero que llamó poderosamente la aten- aquel grande hombre erigiéndole por suscripción naCreemos que nuestros lectores leerán con interés ción del arquitecto, pues creyó ver en él la impresión
cional una estatua en París, delante del Observatorio
e! relato _de un importante descubrimiento arqueoló- de un cuerpo humano.
.
que tanto había ilustrado con sus importantísimos
gico realizado durante los trabajos de restauración de
Hízose un vaciado, y grande fué la impresión, la trabajos.
emoci?n casi, que experimentaron cuantos vieron que
A este efecto constituyóse un comité presidido por
el vaciado era un busto de mujer tal como lo reprodu- el almirante Mouchez: este sabio director del Obsercen los grabados (figs. 1 y 2) que publicamos. ¿Quién vatorio ocupóse con gran actividad y entusiasmo en
era aquella muerta de fisonomía tranquila y dulce y recoger las suscripciones y en solicitarlas haciendo
cuyas facciones melancólicas llevan impreso el sello valer los grandes servicios que Arago durante su herde una nobleza evidente? Tal ha sido el problema mosa carrera prestó á la ciencia y á su patria.
que desde entonces ha preocupado á los arqueólogos:
«Su vida, decía el almirante Mouchez en la circualgunos han querido ver en ella á Hildegarda, pero lar que se redactó para fomentar la suscripción, es
pronto esta creencia hubo de quedar destruída por demasiado conocida por todos para que sea necesario
cont~adicciones cronológicas irrefutables, y hoy se recordar al presente otra cosa que los principales rasadmite, y con razón, que el precioso hallazgo se re- gos de la misma.
fiere más bien á la hija de la condesa Hildegarda, su muy amada Adelaida, como
la llamaba en la carta de fundación. De
todos modos, á juzgar por las huellas que
en el molde ha dejado un tejido de admirable finura, de nipe sin duda, el cuerpo
debía pertenecer á una persona muy distinguida y dada á las prácticas religiosas,
pues no se nota ninguna señal de joya.
A fines del siglo x1, una epidemia de
peste negra asoló la Alsacia, y la historia
pret~~de que Hildegarda, lo mismo que
su htJO _Conra~o y que su hija Adelaida,
sucumbieron a la terrible enfermedad:
esta circunstancia explicaría el procedí
miento de inhumación profiláctico que se
adoptó para sepultar el cadáver, y sin embargo el rostro de éste no revela la menor
Fig. 1. Vaciado tomado de una impresión de un cuerpo
h~rnano sobre un~ masa de mortero, del siglo XI, descuhuella de sufrimiento físico. De este debierto en una cnpta sepulcral de la iglesia de Saintetalle podría deducirse que Adelaída padeFoy, en Schlestadt (Alsacia). Vista de frente.
ciendo quizás de otra enfermedad'1 falleció extenuada por la fatiga y por el dolor
la ig!esia de Sainte-Foy ,· e.n Schlestadt (Alsacia.). de haber perdido á su madre y á su herSamte-Foy de Schlestadt, construcción romana mano, y que los sobrevivientes, presa de
muy notable, debe su. origen á la condesa Hildegar- terror, la enterraron como á una apestada,
da, madre de Otón, obispo de Estrassburgo y bisabue- conservando de este modo lo que ~hora
1~ del famoso emperador Federico Barbarroja: esta constituye un importante descubrimiento.
piadosa dama había hecho construir en 1087 debajo
Ahora bien: ¿cómo se explica que una
del antecoro una reproducción del Santo Sepulcro de capa de mortero basto haya podido conJerusalén, de las mismas dimensiones que éste con servar huellas en algunos puntos casi milo c~al atrajo á aquel lugar una muchedumbre d~ pe- croscópicas? Según opinión del canónigo
regrmos cada vez mayor. Sin embargo, el fervor de Dacheux (1) (el sabio presidente de la
éstos acabó_ por ~nfríarse, y si el recuerdo de la cripta Sociedad para la conservación de los monuno nos hubiese sido conservado por el antiguo autor mentos históricos de A/sacia, á cuya amaBeatus Rhenanus, muy pronto habría sido dada al bilidad debo la mayor parte de los datos
olvido porque fué cegada en época indeterminada consignados y las fotografías que los dos
pero seg_ur;imente ~osteríor f_ la época en que Rhena~ grabados reproducen), la cal que contenía
nus escnb1a. La misma bas1hca antigua, cuya restau- el mortero filtrándose á través de la arena
y del casquijo se endureció rápidamente
sobre el cuerpo, y la masa entera acabó
por formar un solo bloque y cuando el cadaver se descompuso quedó el molde
guardando intacta, durante siglos, la imagen del cuerpo que en él se había incrustado.
El sepelio debió hacerse muy precipiLa estatua del célebre astrónomo Arago, inaugurada en París
tadamente, pues la cabeza inclinada ligeen rr de junio de 1893
ramente sobre el hombro derecho parece
haber cedido al peso del casquijo y de los escombros
»Por una excepción única en los fastos del Instituto,
con que á toda prisa debieron cubrir el cadáver. El Arago fué nombrado á los 23 años individuo de la
lado izquierdo ha sufrido: el ojo se halla hundido en ~cademia de Ciencias, al regresar de una importantísu órbita, la mejilla, la oreja y los cabellos están algo
s1112a y mu~ afortunada expedición geodésica por Eschafados y la nariz ligeramente deprimida hacia la pana y las islas Baleares, en donde durante tres años
derecha. En cambio, el lado derecho, el cuello y Ji su vida hallóse muchas veces comprometida en cirgarganta han sido respetados. El pecho aparece cu- cunstancias criticas, nacidas de los acontecimientos y
bierto por una camiseta de punto de lana cuyas ma- de las guerras de aquella época. Los servicios prestallas se dibujan perfectamente.
dos, sus raras facultades, su notable elocuencia le vaDesgraciadamente falta la parte inferior del cuerpo lieron en 183oel nombramiento de secretario perpetuo
que fué destruída por la piqueta de los demoledores'. de aquella corporación, y desde aquel alto puesto no
á lo sumo si los fragmentos del molde nos revelan la cesó hasta el fin de su vida de ejercer la más podeexistencia de huellas de telas de extremada finura una
r?sa y bienhechora influencia en el progreso de las
y más bastas otras.
c1enc1as, ya por sus propios descubrimientos, ya por la
Lo repito: el aspecto de esta mujer, salida casi viva
f~cunda y ~enerosa co_operaci?n que prestó a los prinde su tumba después de ocho largos siglos, produce c1p~les sabios de su tie~po, a quienes alentaba y sosJ
una emoción fácil de comprender, y sirviéndome de
tema con toda su autoridad. A él se debe especiallas mismas palabras del canónigo E&gt;acheux, terminaré
mente el descubrimiento del principio fundamental
diciendo: «No es una obra de arte lo que á nuestra de la telegrafía eléctrica y él fué también quien hizo
Fig. 2. El mismo vaciado visto de perfil
vi~ta se ofrec.e, sino la misma naturaleza con la exvotar ~~r las ~ámaras como diputado su aplicación
presión viva de un ser real.))
al servicio público cuando el gobierno pretendía reserración ~ompleta se ordenó hace muy pocos años, hubo
varse el uso exclusivo de la misma como del antiguo
CLEMENTE DREYFUS
de sufnr durante los ocho sigl9s de existencia varias
telé~rafo Ch~ppe. Profundamente liberal y consagrado
transformac~ones más ó menos bárbaras.
(I) L. Dacheu~, Sai11te-Foyde Schlestadt. S11 Santo iSep11l- al bien público, Arago utilizó toda su influencia en la
Removiendo el suelo de la iglesia se encontró el c:·oy sus tumbas. Estrassburgo, 1893,'
Cámara de diputados y en el Consejo municipal de
1

NúMERO 603

47 1

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

París, del que fué muchos años presidente, para hacer
adoptar todas las medidas favorables al mejoramiento
moral y material de las clases populares en los diversos ramos del servicio, como la instrucción pública,
la higiene, la vialidad, el saneamiento de la ciudad. A
él se debe, entre otros, el pozo artesiano de Grenelle
que nunca se habría terminado sin su perseverante voluntad.
» Dotado del espíritu y de la pasión por la vulgarización de las ciencias, creó y siguió durante veinticinco
años el admirable curso de astronomía popular que
tanta gloria &lt;lió al Observatorio de París y á su ilustre
director. A él se debe también la publicidad de las sesiones del Instituto y de las actas de las mismas. »
Este llamamiento &lt;lió grandes resultados, y el día 11
de junio último se verificó la inauguración de la estatua de Arago, en presencia del ministro de Instrucción
pública, del hijo de Arago, actualmente embajador de
Francia en Berna, del director del Observatorio y de
representantes de autoridades y corporaciones.
La estatua ha sido modelada por el escultor M. Oliva, que falleció poco después de terminarla, y fundida
en bronce por Durenne: Arago está de pie, mirando
al Observatorio, envuelto en una capa que recoge con
la mano izquierda, y con la mano derecha levantada
y los dedos estirados en ademán de demostración:

tiene á sus pies un instrumento astronómico. La estatua se alza sobre un gran pedestal de piedra en el
cual se lee la siguiente inscripción: Francisco Arago, 1786-1853. Suscripción nacional.
El monumento esta situado delante de la verja del
jardín del Observatorio, en la plaza que se extiende en
el ángulo que forman el boulevard Arago y la calle
Faubourg Saint-Jacques. Edificado en la línea de la
avenida central del jardín, el monumento resulta estar
en el meridiano de París, como la de Verrier, colocada al otro lado del Observatorio.
GASTÓN T1SSANDIER

(De La Nature)

CUIDADOS QUE DEBE~ PRESTARSE Á LOS LESIONADOS
POR LAS DESCARGAS ELÉCTRICAS

El doctor Assmann ha publicado recientemente en
el Das Welter un curiosísimo estudio acerca del tratamiento que debe aplicarse á los que por desgracia
sufren lesiones, más ó menos graves, por efecto de
las descargas eléctricas. Según el sabio doctor, son
diversos los efectos producidos por las descargas,
conforme lo demuestran los numerosos e&gt;-'!)erimentos

comprobados, puesto que de ellos se desprende que
no es única la fuerza, sino varias, subdivididas en múltiples ramificaciones. La fotografía ha venido á demostrar que al resplandor vivísimo del relámpago sucédense otros más débiles que surgen en diversas direcciones. De este antecedente puede inferirse que la
potencia de los últimos resplandores es menor que la
del producido por la corriente principal.
El doctor Assmann cita en su interesante trabajo
un accidente ocurrido en los alrededores de Berlín
durante el verano de 1891: hallábase un pelotón de
soldados haciendo el ejercicio y sobre ellos prodújose una fuerte descarga eléctrica. El oficial y un trompeta cayeron exánimes, volviendo á la vida el primero al :cabo de algunos momentos, no así el infeliz
trompeta, que quedó tendido sobre el césped, muerto, inanimado. Repuesto el oficial, dispuso se aplicara á su subordinado el método de respiración artificial que con tanto éxito se utiliza con los ahogados.
El éxito coronó tan humanitarios esfuerzos, recobrando el trompeta la vida. El doctor Assmann supone
que si este tratamiento pudiera ensayarse en los campos de batalla con los combatientes derribados por
las explosiones de la pólvora y á los que se considera
como muertos, recobrarían la vida cual aconteció con
el soldado que se refiere.

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�472

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

NúMERO

603

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-----------~----------~--Quedan reservados los derechos de propiedad artística y literaria
IMP, DB MONTANER Y SIMÓN

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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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