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                  <text>~

~trté!C101J

Ftí~t1ett
A~o XI I

BARCELONA 14 DE AGOSTO DE 1893 ..,._ _ _ _ _ __

NÚM. 607

REGALO Á LOS SEÑORES SUSCRITORES DE LA BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA
En el próximo número comenzaremos la publicación de la interesante novela de Pedro Mael UNA FRANCESA EN EL POLO NORTE,
ilustrada por Alfredo Paria

Monumento erigido en Budapest en honor de los &lt;honved~ (defensores de la patria), húngaros.
Obra de Jorge Zala

�LA ÍLUSTRACION ÁRTÍSTÍCA

Texto. - Verdades y mentiras, por R. Balsa de la Vega. - Lª
Exposirión universal de Chicago, por A. - Lo que vi de la
Co111u11a de París, por Archibaldo Forbes. -Afiscelánea. Nuestros grabados. -A11ie (conclusión), novela por lléctor
Malot, con ilustraciones de Emilio Bayard, traducción de A.
' Sánchez Pérez. - SECCIÓN CIIINTIFICA: La e/etricidad en
Ale111a11ia.
Grabados. - Mo1111111ento erigido en Budapest .en l,ouor de
·los chonved» ( defamores de la paria), h,íngaros, obra de Jor·
ge Zala. - Cuatro grabados correspondientes á la Exposición
1llliversal de C/licago. - .U11a sesión secreta de la Comu11a de
Parls. - Aspecto de la calle de Rlvoli e,i la Comuna. - L11,ha
en 1ma barricada del bulevard Haussmamz. - Los ra,1011es de
Afo11t111arfre en la víspera del 18 de 111arzode 1871. -Aba11do11ada, cuadro de Mateo Balasch. - Un desenga,10, cuadro de
IIéctor Tito, expuesto en la cRoyal Academy,&gt; de Londres.
- Ap1111tes, dibujos de Mateo Balasch, dos grabados. - Figura 1. Vista de un taller de Berlín que funciona por medio
de la electricidad. - l• ig. 2. Grúa eléctrica del puerto de
1/amburgo. - Ch11l11lo11gJ:om I, rey de Siam y Savangwada11a, rei11a de Siam.
_.,., ............., ......................., ••••••, ••••••1 ••••• .., ••••••, ........... ,.,,., ••••••, ......, •••••••••, •••••• , ••••••, ......

VERDADES Y MENTIRAS
Como flecha disparada por el vigoroso brazo de algún Robin-Hook marcha el arte á dar en el blanco
de una fórmula definitiva, así en lo plástico como en
lo que concierne á la idea.
Cumplíale á este siglo, cuyo dinamismo en todo
orden de ideas es tan grande, indicar el rumbo que
el arte habrá de seguir en los tíltimos años que aún
le restan (al siglo) de vida, y cómo debe hacer su entrada en la centuria próxima. Y ese rumbo señalado
ya viene á ser en apariencia - no más que en aparien •
cía - la negación de una de las más grandes glorias
conquistadas por la ciencia de estos cien años, que
en breve se extinguirán: el positivismo científico y
filosófico.
No más que en apariencia, dije, son las novísimas
corrientes que al arte empujan en estos días negación ó protesta del espíritu científico moderno, que
presta á la crítica elementos tan valiosos como los
que constituyen el determinismo. Bien meditado esto,
nadie podrá negarme que, en efecto, al positivismo y
á la experimentación científica débense en parte las
evoluciones de la estética dentro del camino de la
verdad. En parte, porque á la historia, á la etnografía y análogas no puede tampoco negárseles su influencia en este punto.
La ciencia moderna aportó al arte cantidad grande de nuevos elementos, si algunos inconscientemente adoptados antes de ahora por el artista, los demás
desconocidos para éste. Y tales elementos científicos
modificaron el punto de vista estético, haciendo más
sujetiva, más íntima y por eso para mí más delicada la emoción que produce la obra de arte ejecutada con arreglo á la amplitud que dentro de la verdad
más rigurosa esos elementos de origen científico señalan.
Taine ha demostrado de un modo admirable cómo
la influencia del medio social, la del natural, la etnográfica ó de raza, y por lo tanto el temperamento dominante en todos los individuos de un mismo pueblo, amén de la característica antropomórfica, son
tan varias cuantas son las distintas razas, pueblos,
c ulturas y naturaleza que existen en el mundo. Y no
cabe dudar que, en efecto, la producción artística y
literaria, como la científica é industrial, no solamente se diferencian entre sí según de donde proceden,
sino que suelen ser totalmente distintas.
Estas son las verdades que .el determinismo científico y el análisis filosófico de la crítica moderna han
venido á demostrarnos; si bien es verdad que en pasados siglos algunos pensadores adivinaron aquellas
verdades, como por ejemplo, el Dr. Juan Huarte, citado por mi querido amigo el catedrático de esta
universidad central Sr. Carracido, en una conferencia á propósito del regionalismo en las universidades,
cuando dice en su libro E xamen de ingenios: «Examinemos el ingenio y costumbres de los catalanes,
valencianos, murcianos, granadinos, andaluces, extremeños, portugueses, gallegos, asturianos, montañeses,
vizcaínos, navarros, aragoneses y los del riñón de
Castilla, ¿quién no ve y conoce que éstos difieren entre sí, no sólo en la figura del rostro y compostura
del cuerpo, pero también en las virtudes y vicios del
ánima. Y todo nace de tener cada provincia de éstas
su particular y diferente temperamento.»
Pero ha menester que 'n o desconozcamos, sin embargo, que por razón quizá de la diferencia en las
«virtudes y vicios del ánima)) de que habló Huarte,
el sentimiento estético como la imaginación son asi-

mismo elementos que se caracterizan en la obra de
arte de distintas razas y pueblos, determinando una
nota más ó menos idealista, según las fases del sentimiento generador. De ahí que no pueda ni deba
prescindirse de aquello por Zola indicado como quimera nociva, el ensueño, la ilusión, ese algo que en
el espíritu humano vive y vivirá eternamente, pues al
contrario de lo que el insigne novelista francés afirma, la ilusión ha movido siempre la humanidad en
impulso de avance. ¿Qué otra cosa que la ilusión de
alcanzar por medio de la ciencia, del positivismo
científico, la perfección soñada, es la que alienta al
mismo Zola?

Á cualquiera parecerá que estamos á gran distancia de la novísima fórmula, por ahora la que parece
definitiva, encontrada para el arte. Nada menos cierto. Estamos tocando con la mano esta cuestión, que
es la motivadora de este artículo.
Lo que queda dicho es únicamente para fijar mi
actual punto de vista. No quisiera que se me tachara
de idealista cuando tan poco tengo de. tal, y por eso
he procurado determinar hasta qué punto creo y tengo por artículo de fe las verdades que, entre hipótesis á porrillo, la ciencia experimental nos ha revelado
y que se relacionan directamente con el arte. Y esto
dicho, veamos si acierto á exponer claramente cuál
es la nueva fórmula de expresión del sentimiento por
medio del pincel, del palillo ó de la pluma.
Creyóse por la escuela naturalista que la misión
del arte en cuanto á la idea generadora debía ser la
investigación científica: claro está que pintando fon·
do y figuras del cuadro sin separarse ni una lfnea de
la verdad eterna, esto es, de la traza y color del modelo. Y con esta creencia por base, los naturalistas
modernos diéronse á ayudar á la ciencia en sus análisis, marchando sobre el firme del experimentalismo
y tratando de indagar por medio de la investigación
psico-física cómo y cuándo y de qué modo se producen los fenómenos patológicos y fisiológicos.
Hasta el presente, artistas de la escuela naturalista y hombres de ciencia no han podido ni inquirir
siquiera el porqué de una ley física. En vano echaron el microscopio á las células y celdillas más sutiles que envuelven, así el cerebro como las demás
partes del cuerpo humano. Si alguna hipótesis fundada en un caso aislado ha podido formular la ciencia,
esa hipótesis vino á ser destruída por centenares de
casos completamente distintos, viéndose por tal motivo incapacitada la ciencia de poder probar el determinismo que rige á la materia inerte. Pues bien; aparte de que el artista tiene por virtud de su sacerdocio
la misión de producir la belleza sin meterse en averiguaciones perfectamente ajenas al arte, la estética
naruralista aún causó mayor perturbación en el desarrollo de aquella entidad que el empeño científico
de crear tipos y caracteres con arreglo y á la medida de
lo determinado por la ciencia experimental, y esa perturbación fué la de obligar á una selección de motivos, de ideas y sentimientos que concurriesen á regular la marcha de la sociedad, encaminándola hacia la
perfección.
Los huesos de Proudhon debieron saltar de contento en su tumba. El gran socialista, pretendiendo·
un arte dogmatizante, moralizador y pedagogo, perfecta y exclusivamente utilitario, adivinó la estética
científica de los naturalistas. La fealdad humana, así
la física como la moral, tuvo su culto por exigencias
de esa tendencia pedagógica de la estética y por exigencias de clínica. No pudiendo el arte-ciencia penetrar más allá de la materia, abandonó al hombre moral, el espíritu, por serle inanalizable y estar envuelto
en las sombras del misterio donde la quimera se forja. Y el modelo, el caso clínico escogido, no lo fué
ali{ donde el equilibrio natural entre el cuerpo y el espíritu podía servir de punto de partida para, sin separarse un ápice del realismo, dar forma plástica al tipo
de belleza que naturalmente existe en la colectividad,
no; el modelo lo buscó el estético naturalista en el
ser desequilibrado, en el neurótico.
Borráronse, pues, de un solo golpe todos los esfuerzos de la labor artística de docenas de siglos, y se trató de disecar aquella parte de nuestro cerebro donde
residir puedan la inspiración y el sentimiento. El servilismo fué la fórmula plástica de estética de tan pequeños, de tan estrechos horizontes.

*

**
No en vano vive en nosotros y nos anima ese algo
que arrollando las flaquezas de la materia - como dice un pensador ilustre - es como el embrión de las
ideas, el núcleo de las sensaciones morales. Ese algo,
el espíritu, llegó á no poder prescindir de su atmós-

NúMERO
fera peculiar: la que le proporcionan las ~ensaciones
externas y que ponen en movimiento la fantasía; y
concluyó por rebelarse contra el estrecho y mezquino
círculo del estudio del mundo sensible en que se revuelve ahogadamente, respirando miasmas y contemplando deleznable materia,• el naturalismo. Protestó,
sí, el espíritu, en nombre de lo eterno, y lo eterno no
es ciertamente, para el arte sobre todo, aquello que
refleja tan sólo una parte de los elementos de que se
sirve para exhibirse. Vino, pues, la reacción, y como
ya he apuntado hace años, con un carácter eminentemente místico é idealista. Salifnos de un extremo
para caer de bruces en otro.
Zola mismo, llamando á la juventud al trabajo, señalando en las obras pictóricas expuestas en los últimos Salones de París cómo la Naturaleza (paisaje y
marina)es una de las manifestaciones plásticas del arte
que más le agradan, abdica en cierto modo de sus
intransigencias de escuela. Pero donde se advierte
más claramente el nuevo rumbo del arte y cómo va
imponiéndose la nueva fórmula, es en la última obra
del gran novelista de los Rougon, E l Doctor Pascual.
Claro está que la tal fórmula se advierte en esta
novela, como se advierte en una habitación al parecer herméticamente cerrada ligera ráfaga de aire, sin
que se sepa por dónde se cuela. La parte científica
de E l Doctor Pascual, el resumen de aquella larga
familia de alcoholizados, idiotas, alienados, etc., á
duras penas se lee, y si se lee es gracias al arte exquisito del gran maestro; se asfixia uno leyendo aquella
enorme historia de una familia atacada por la neurosis; en cambio aquellos capítulos descriptivos, así de
la escena en la era, como de los tipos del último de
los Rougon, sano de todo, y de su sobrina, serán leídos mientras existan artistas y aficionados. Pero obsérvese cómo el vientecillo de que hablo más arriba
se coló de rondón en el gabinete de trabajo de Zola,
porque si la mansedumbre y la bondad del Doctor y
la apasionada alma de su sobrina no son características de tipos románticos, confieso que no sé lo que es
romanticismo.

¡Quién podrá negar que el arte en general ha tomado rumbo hacia la fusión de las escuelas antagonistas, la que vive fuera del mundo sensible y la que
tan sólo de él se preocupa! Miremos hacia Inglaterra y veremos aunándose ya ese misticismo de que
tanto he hablado, ese idealismo, con la más pura realidad, así en la figura como en el paisaje y la marina.
Desde las melancólicas ensenadas de la costa de "Gales hasta los verdes valles de Escocia; desde las praderías de una extensión sin fin y cuyos horizontes
formados por montañas azules que velan blandas
pero compactas masas de brumas, hasta los matorrales de los condados de Norwik, toda la obra pictórica de este género tiene un suave velo que pudiéramos
llamar con Chesneau místico, tanto más amable
cuanta mayor es la verdad, el respeto con que está
pintado el natural.
Rusia, con sus artistas místicos cristianos de la fibra filosófica de Tolstoi y, como el célebre conde literato, realistas y originales y típicos, cuando dejando el pincel del fanático pintan las heladas estepas
y galopando por la blanca é inconmensurable llanura los pequeños y enjutos caballos que tiran del pesado trineo campesino ó el cosaco que se destaca
sobre el blanco deslumbrador de la nieve que cubre
oteros y rellanos, imprimen tal sello de melancolfa á
sus cuadros, que traen á la memoria el recuerdo de
las austeridades de los pintores ascetas de la España
de los siglos xv1 y xv11.
Austria y Hungría, como las mismas escuelas alemanas, entran á pasos agigantados en la senda que
forman la conjunción de la más cruda realidad con
el más dulce de los sentimientos que el amor de la
Naturaleza produce en el alma de los verdaderos artistas.
R.

LA 1LUSTRAC1ÓN ARTÍS!ICA

607

{
J

Edificio del Estado de San Francisco. -Trozo de calle con los edificios de varios Estados

cepto de la América del Norte; pues mientras los
ciudadanos han concurrido individualmente á la
grandiosa manifestación de Chicago, los gobiernos
de los distintos Estados han procurado presentar en
ella á los ojos de los extranjeros cuadros vivientes de las riquezas naturales, de los productos industriales y aun de sus sistemas administrativos con
el objeto, no sólo de mostrar á la faz del mundo
su estado de progreso y pujanza, sino que también de
atraer á sus territorios colonos de otros países.
La autonomía de los Estados que forman la gran
república es mucho mayor de lo que gene.:alment~
se cree en el viejo continente. Cierto que en vastfs1mos territorios de la Unión se observan la misma
configuración del suelo, el mismo clima y hasta el
mismo género de vida, razón po~ la cual son ~scasas
las diferencias que entre los habitantes de vanos Estados existen· pero éstos sienten verdadera adoración
por la que U:uchos han dado en lla mar patria chica,
únense estrechamente siempre que de defender sus
intereses se trata, y no consienten que el gobierno
central se inmiscuya para nada en lo que á su vida
autónoma se refiere, sin que por ello dejen de pres-

.El edificio de Inglaterra

BALSA DE LA VEGA

29 de julio de 18g3.

....,......,........... ,.,......,.............,......,,,,,, ...., ......,....,,,...........,.,,,,...,..,......, ......,....,.,,...,.,..,
LA EXPOSICION UNIVERSAL DE CHICAGO
En la parte septentrional de Jackson Park y cerca
del palacio de Bellas Artes álzanse multitud de edificios de los más diversos estilos arquitectónicos, pero
pintorescos casi todos ellos, que atraen con preferencia
las miradas de los visitantes de la Feria del Mundo:
son las construcciones levantadas por cada uno de
los Estados de la república norteamericana. Ocupan
en número de unos cincuenta un espacio de cerca
de medio kilómetro cuadrado, y por sí solos constituyen una exposición que permite formarse cabal con-

EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE CHICAGO. - Reproducción del buque de guerra norteamericano lllinois. (Dibujos originales de E. Limmer,)

�LA lurs\rRActóN ARTisTtcA
tarle el más decidido concurso en todo cuanto afecta
á las relaciones internacionales y al cumplimiento de
los tratados particulares que con él tiene convenidos
cada Estado.
•
.
Manifestación de este espíritu de independencia
fué el deseo de construir edificios propios para las
exposiciones que pudiéramos llamar regionales, habiendo votado los distintos Parlamentos las sumas
necesarias, que en muchos Estados excedieron de un
millón de dollars y en los demás alcanzaron cifras
muy considerables, que permitieron montar instalaciones notables todas y verdaderamente maravillosas
algunas.
Concebido y aceptado el proyecto, esforzóse cada
Estado por dar á su edificio el carácter de su propia
cultura, y así se ve hoy en aquel extremo -del parque
de J ackson que mientras los viejos Estados de N ueva Inglaterra han construído los suyos adoptando el
estilo colonial holandés ó inglés de los pasados siglos,
los del Sur han empleado con gran elegancia y habilidad las columnatas que tanto abundan en sus capitales y los amplios miradores y balcones desde los
cuales los dueños de las haciendas recrean la vista
contemplando sus plantaciones de algodón ó de caña
de azúcar.
Siguiendo este sistema, la Florida ha reproducido
el antiguo y sombrío fuerte de Marion, en San Agustín, y Tejas ha rodeado su esbelto edificio de acebos
y cácteas, árboles que tanto abundan en su territorio. Pero de todas estas construcciones la más grandiosa y la más notable es sin disputa la de San Francisco de California, que se ve á la izquierda de uno
de nuestros grabados, y es una reproducción exacta
de la antigua misión española de San Gabriel, que
sombreada por frondosos naranjos y parras existe todavía en la región meridional del Estado californiano. Y para que la copia recuerde de una manera más
completa al original, el jardín que rodea la misión
está plantado de palmeras, naranjos y limoneros y
por entre las balaustradas de las azoteas asoman las
ramas de las cácteas y las palmitas. El interior de
este edificio contrasta con el exterior: afuera, el pasado con sus recuerdos; adentro, el presente con todas
sus riquezas, representadas por los magníficos frutos
naturales de aquel bendito suelo que formando colosales montones llenan las magníficas salas, siendo la
admiración de cuantos visitan la antigua misión de
San Gabriel.
El Estado de Wáshington expone sus productos
forestales de una manera muy original: el edificio que
ha levantado en J ackson Park está construído con
gigantescos troncos sacados de sus extensas selvas, de
30 á 40 metros de altura y de 50 el que á modo de
mástil se alza delante de la construcción. Visitando
el edificio por dentro, se ve que la riqueza de aquel
Estado no estriba únicamente en los bosques, sino
que entran también por mucho en ella los terrenos
de cultivo, como de ello es buena muestra la reproducción en miniatura de una hacienda con sus campos, dependencias, graneros, trabajadores, etc.
Los edificios de los Estados de Indiana y Míchigan, que se ven á la derecha del grabado que antes
citamos, difieren esencialmente de los de otros Estados, pues en ellos en vez de exponer los productos
del suelo se han instalado clubs y salas de recepción
para los habitantes de los mismos que visiten la exposición, así como las oficinas para las comisiones
oficiales respectivas.
En otros edificios la exposición de productos tiene
un carácter secundario, de suerte que los mármoles,
maderas, muebles, cuadros, esculturas, vidrios pintados, etc., se han empleado simplemente los unos
como materiales de construcción y como adornos de
los recintos los demás. Algunos contienen una sección
especial destinada á expo'sición histórica, en donde
hanse reunido reliquias, estandart_es, documentos y
otros objetos relativos á la accidentada historia de
aquella república.
·
Muy cerca de este que bien puede denominarse
barrio norteamericano, encuéntrase el internacional,
es decir, el de los palacios erigidos por .Jas naciones
extranjeras que han concurrido al gran certamen en la
orilla del Míchigan y en la especie de península que
arrancando de éste separa el North-Pond de la inmensa laguna central.
Dejando para otro artículo la descripción de los
demás, sólo diremos en éste algo del palacio de In·
glaterra que uno de nuestros grabados reproduce. El
Vt'ct()ria Home, como le llaman los americanos, es
indudablemente uno de los que más interés ofrecen
al visitante: construído según el pintoresco estilo del
tiempo de Enrique VIII, consta de una planta ba•
ja de ladrillo, adornada con esculturas de terracotta,
sobre la que se alza un piso que cubren unos tejados
de madera obscura, del centro de los cuales surge
una airosa torrecilla. U na ancha escalinata da acceso

á un vestíbulo cuyos techo y paredes están cubiertos
de ricos artesonados y por el cual se entra en el club
y en las oficinas de la comisión inglesa.
Entre los muchos y notables objetos que llenan los
salones de este palacio llaman la atención los mapas
y documentos pertenecientes á Sebastián Cabot relacionados con sus viajes á América, con los cuales ha
querido sin duda Inglaterra recordar la parte de gloria que á uno de sus hijos corresponde en la historia
de los descubrimientos realizados en el continente
americano.
Si los países del globo han rivalizado en esfuerzos
por honrar con sus productos la Exposición de Chicago, correspondiendo de esta suerte á la invitación
que les dirigiera el gobierno de los Estados Unidos,
justo es decir que éste por su parte ha hecho cuanto
ha podido y debido para que aquélla tuviera toda la
importancia que las naciones extranjeras tenían derecho á exigir en un certamen que se les presentaba
como aconteciniento de caracteres verdaderamente
excepcionales.
En efecto, aquel gobierno tiene en Jackson Park
una representación brillante y en sus instalaciones
pueden admirarse los progresos de todos los ramos
de la administración pública, desde el servicio de correos hasta los más modernos adelantos en materia
militar y de la marina de guerra.
Un solo detalle dará á nuestros lectores idea de la
verdad de lo que decimos. Deseaba el gobierno central enviar á Chicago uno de los grandes acorazados
de su armada; pero á la realización de su propósito
oponíase en primer término la circunstancia de que
uno de esos buques de diez á doce mil toneladas, el
Illinois por ejemplo, no habría podido salvar por su
gran calado los bajos ·del canal de Welland, y en segundo que, aun vencida esta dificultad material, la
expedición hubiera sido imposible por oponerse á
ella los tratados existentes entre los Estados U nidos
y el Canadá, tratados que prohiben que ningún buque
de guerra norteamericano ó canadiense, excepción
httha de los pequeños guardacostas, permanezca en
los grandes lagos que á aquéllos separan y cada una
de cuyas orillas pertenece á uno de ellos.
En vista de esto, y no queriendo por otra parte el
gobierno yankee que dejara de estar representada de
un modo ú otro en la Exposición su marina de guerra,
concibió el original proyecto de construir un buque
de ladrillo asentado sobre estacas clavadas en el fondo del lago Míchigan. De ladrillo son efectivamente
el casco y las torres de la reproducción del Illinois,
que representa uno de nuestros grabados, y algunos
de los grandes cañones que constituyen la artillería (?) del barco son de madera cubierta de una capa de cemento; en cambio, todos los cordajes y las·
disposiciones interiores de los puentes en nada difieren de los que se ven en los buques de veras. Dentro del Illinois se ha organizado una exposición interesantísima de todo cuanto á la marina y á la navegación se refiere, pudiéndose admirar en ella, entre
otras cosas curiosas, mapas y planos con el sistema
de faros, señales y vigilancia de costas de los Estados U nidos y otros con los resultados de las expediciones llevadas á cabo por los norteamericanos para
estudiar las corrientes marinas, los tornados, los ciclones, los movimientos de los grandes témpanos en
las aguas de la Unión, etc., documentos que demuestran la parte importante que los yankees han tenido
en las empresas llevadas á cabo por el mundo civilizado para el estudio del mar y de la seguridad de la
navegación.
Completando lo que dijimos en el artículo anterior respecto de la calle del Cairo, publicamos hoy
la vista de esta exhibición, una de las más interesantes de Midway Plaisance, y añadiremos algunos datos á los que acerca de la misma tenemos consignados. Como obedeciendo á un conjuro mágico que
en el presente caso han sido el talento de los que
han dirigido la obra y la esplendidez del que la ha
costeado, hase levantado en los pantanosos terrenos
que se extienden junto al lago Míchigan un barrio
de la antigua capital egipcia tan fielmente y con tanto acierto reproducido que nada encuentran á faltar
en él los mismos que han visitado la ciudad tomada
por modelo: vense allí las mismas casas con sus fajas
horizontales blancas y encarnadas, y las misteriosas
celosías al través de las cuales brillan á veces unos
ojos negros que clavan sus ardientes miradas en los
que por las calles transitan; las mismas mezquitas de
artística arquitectura con sus grandes portales, sus
cúpulas filigranadas y sus esbeltos almimbares, desde
donde el almuédano invita todas las tardes á los fieles á la oración; los mismos pequeños cafés, bazares
y tenduchos, en donde se expenden los artículos de
las más variadas industrias orientales.
Y no se limita á los edificios la fidelidad de la re•
producción: si egipcias son las construcciones, egip•

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cios son también la vida y el movimiento que en
aquellas calles se notan. Por cientos se cuentan los
egipcios que, vestidos con sus pintorescos trajes, por
allí circulan y allí trabajan, confundidos entre los
cuales circulan el grave turco con su chaquetilla roja,
el corpulento sirio envuelto en su túnica azul por
debajo de la que asoman holgados calzones, el árabe
vistiendo el blanco albornoz y cubierta la cabeza
con el turbante, el negro á cuyo lado parecen algo
menos que mulatos los hombres de color del Sur
americano y tantos otros ejemplares de las. típicas
razas de Oriente, formando un conjunto abigarrado
de colores espléndidos sobre los cuales destacan
como feas manchas los antiestéticos trajes de las
civilizaciones modernas.
Como ya en otra ocasión dijimos, Midway Plaisance reune otros muchos atractivos además del que
acabamos de describir, y de algunos de ellos nos
ocuparemos en posteriores artículos. Para terminar
el presente y completar la descripción de los grabados que en este número publicamos relativos á la
Exposición de Chicago, réstanos solamente ocuparnos del interior del palacio de Horticultura, de cuyas condiciones arquitectónicas hemos hablado en
otro artículo, al tratar de los edificios levantados en
J ackson Park.
Pocos países han llegado en materia de floricultura y jardinería á la altura que los Estados Unidos,
que derrochan sumas fabulosas cuando de tales materias se trata. En todas las grandes ciudades hay
establecimientos importantísimos exclusivamente dedicados á la venta de las flores más preciosas y de
las plantas más raras, y las exposiciones florales que
todos los años se celebran en Nueva York, en Chicago y en otras capitales constituyen acontecimientos de primera magnitud en la vida social de las
mismas.
Con estos precedentes, lógico era suponer el cuidado especial que los organizadores del certamen
consagrarían á esa sección, y la verdad es que el espectáculo que allí se ofrece al visitante no puede ser
más hermoso. En aquellas galerías cubiertas de cristales osténtanse formando torres, pirámides y arcos
de triunfo colosales los más variados y ricos frutos:
allí se pueden admirar en toda su grandeza y variedad los inmensos tesoros de la flora del continente
norteamericano, especialmente en punto á plantas de
adorno y en semillas. Desde las raras coníferas y los
musgos del Norte hasta la esbelta palmera y el cocotero del Sur, admíranse en esa sección plantas de todos los climas y de todas las especies, figurando al
lado de las cácteas y pitas de los territorios de la
Unión que un tiempo fueron españoles los más preciosos ejemplares de otras plantas de México, de las
Indias Orientales y de la América Central. Pero más
interesantes aún son las bellísimas orquídeas de Venezuela, de una delicadeza de colores, de una elegancia y diversidad de formas y de una variedad tales
que es imposible formarse siquiera idea de ellas en
Europa. El que se pasea por entre aquellos grupos
de árboles, plantas y arbustos créese transportado á
una de las selvas vírgenes de las regiones meridionales del Nuevo Mundo, y apenas puede concebir cómo
toda esa vegetación que necesita los rayos de un sol
abrasador ha podido ser trasladada al frío Norte, á
las orillas del lago Míchigan.
La parte más hermosa de la sección de horticultura
es indudablemente la gran rotonda de cristales con
sus galerías construídas á 20 metros del nivel del
suelo, en las cualés hay instalados cafés y restaurants
desde donde la vista se posa sobre un océano de verdura que se ofrece á los ojos del espectador en toda
su magnificencia tropical.
En el centro de la rotonda hay una montaña artificial en cuya cumbre brotan innumerables cristalinas
fuentes que descienden por entre musgos y helechos
y á la sombra de palmeras de infinitas clases, humedeciendo con sus aguas orquídeas y flores nunca vistas y saltando por entre peñascos de cuyas quiebras
salen preciosas pitas que elevan sus ramos floríferos
hasta tocar las copas de las gallardas palmeras.
Esa rotonda es uno de los sitios más encantadores
de la Exposición y el lugar predilecto de la sociedad
elegante que á ésta acude. Una puertecita practicada
entre las rocas de la montaña artificial da acceso á
una preciosa gruta, cuyas paredes, techo y pavimento
están materialmente cubiertos de brillantes cristales
y estalactitas de mil formas á cual más variada que
reproducen la famosa Crystal Cave descubierta hace
pocos años en el Dakota meridional y que por su
grandiosidad y magnificencia recuerda á la célebre
Cueva del Mammuth de Kentuky.
Hagamos por hoy punto final en nuestra tarea de
describir las principales curiosidades de la Exposición Colombina que continuaremos en sucesivos artículos. - A.

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

LO QUE VI DE LA COMUNA DE PARIS

II
Algunos refuerzos esperaban á Dombrowski en el
muelle de Auteuil, protegidos en parte por las casas
contra el espantoso fuego que abrasaba aquel punto.
Las noticias que el general recibió fueron muy desagradables cuando llegó al Instituto de Ste. Perine,

Una sesión secreta de la Comuna

ocupado por una especie de cuartel general. El comandante del batallón 93 de la guardia nacional
era quien había ido al castillo de la Muette para decir á Dombrowski cómo habían sido arrojados sus
hombres de la puerta de Billancourt. Por los informes que allí obtuve rápidamente, supe que las fuerzas de aquel jefe, concentrándose después, extendiéronse por el parapeto del recinto, entre las puertas
de Billaucourt y Poin du J our, y por el Norte más
allá de la de San Cloud. Durante algún tiempo de·
fendieron las posiciones con tenaz porfía, bajo un
fuego terrible; pero al fin hubieron de retroceder sufriendo graves pérdidas, sobre todo por los disparos
de la artillería de Versalles y de las inmediaciones
del Bosque de Boloña. La puerta de San Cloud, así
como la de Point du Jour, cayó también muy pronto
en poder de las tropas del gobierno, que después de
ocupar el recinto con numerosas fuerzas, así como
las casas adyacentes, envió considerables destacamentos á reconocer las calles de Marvis y Billancourt. U no de ellos pudo penetrar hasta el viaducto
de la vía férrea, pero fué rechazado.
Dombrowski se sonrió cuando le comunicaron estas noticias, y entones pensé. en su «segunda línea
defensiva,» y en las seguridades de que «la situación
no era tan crítica.»
Entretanto, eran ya las nueve de la noche, y hubiérase dicho que los de Versalles concentraban sus
tiros sobre el recinto, pues el fuego comenzó á ser
muy vivo alrededor del Instituto, donde llovían los
proyectiles. Dombrowski y su Estado Mayor mostrábanse muy activos y audaces, y parecióme que su
gente estaba animada del mejor espíritu. Hubo algunos gritos de entusiasmo cuando se &lt;lió la orden de
avanzar, y las fuerzas, compuestas principalmente de
tiradores y hombres que vestían el uniforme de zuavo, según pude ver en la obscuridad, pusiéronse en
movimiento en dirección á la calle de la Municipali_dad (así se llamaba entonces, mas creo que ahora lleva
el nombre de calle Miguel). Dos cañones de artillería de montaña rompieron el fuego sobre la izquierda
de la citada calle, y protegida por él, la infantería
avanzó á paso de carga; pero casi en el mismo instante prodújose cierta confusión á causa de una nutrida descarga que partió principalmente de la pared
que circuye el cementerio de los Pobres. Los federales se desbandaron, por derech~ y por izquierda;
pero algunos concentraronse en el angulo de la pared
del cementerio, mandados por un joven oficial que
recordé haber visto en el castillo de Muette á la hora
de comer. Siguiéronse algunos momentos de nutrido
f~ego; después los federales cedieron, y muchos fugitivos llegaron á la carrera hasta donde estábamos,
pero sin su valeroso jefe. Entretanto parecióme que
se había trabado una lucha casi cuerpo á cuerpo en
el exterior del viaducto, pues oía el incesante silbido
de las balas y los gritos y maldiciones de los comunistas, no pocos de los cuales debían el valor que desplegaban á las influencias alcohólicas. De vez en
cuando resonaba un grito, seguíase una breve lucha
y oíase una descarga, acompañada de corridas. ·
Poco después de las diez era evidente que la lucha
había terminado casi para los federales. Hacía largo
tiempo que no veía á Dombrowski: un oficial me
dijo que le habían matado junto á la pared del cementerio, donde -cayó bajo su caballo, y otro me aseguró haber visto al intrépido general batiéndose contra un marinero de Versalles que le acosaba con su
bayoneta.
Después de aniquilada la Comuna se acusó á
Dombrowski de traidor á la causa que pretendía servir; mas yo puedo asegurar, por lo que de él vi, que

se portó como hombre sincero é intrépido soldado;
y habiendo perdido su vida en la lucha, no me parece verosímil que se hubiera vendido á los de Versalles.
Después hubo un repentino pánico, y me alegré
de poder retirarme á la «segunda línea defensiva, »
nada fácil de reconocer como tal, por lo cual supuse
que Drombrowski se había permitido una fanfarronada al hablar de este recurso. Una vez detrás de la
vía férrea, las fuerzas federales defendieron su terreno algún tiempo; las descargas que se oían á intervalos anunciaban los ataques de los destacamentos
sueltos de Versalles; pero á eso de las once reinó al
fin tal tranquilidad, que yo creí que todo había concluído por aquella noche. La pausa, sin embargo, fué
engañosa; los de Versalles debían haber suspendido
el fuego para descargar después un golpe más seguro,
é indudablemente sus fuerzas penetraban entonces
en el espacio situado entre el recinto y la línea de la
vía férrea, movimiento que practicarían silenciosa•
mente, mientras que ocupaban las encrucijadas con
sus cañones. Por nuestra retaguardia podíamos oir
cómo tocaban generala en las calles de París. Un
oficial de Estado Mayor que hablaba el inglés tan
bien como yo, acercóse á mí y díjome que desconfiaba de aquella pausa, temiendo que hubiese llegado
la hora suprema. ºEra cerca de media noche cuando
estalló un nutrido fuego de artillería y fusilería contra
el viaducto, y en el mismo instante percibióse el estrépito de nutridas descargas por el Norte. Alguno
gritó: «¡ Estamos cercados! ¡Los de Versalles entran
por las puertas de Auteuil, de Passy y de la Muette!»
. No (ué necesario más para que se produjese el pánico, y al punto oyóse el grito de «¡Sálvese quien
pueda!» También oí gritar: «¡Nos han vendido!»
Arrojáronse armas por todas partes; muchos individuos se despojaron de sus uniformes, y cada cual
confió su salvación á las piernas, dirigiendo muchos
oficiales aquella fuga. Creí, sin embargo, que ni
Dombrowski ni los individuos de su Estado Mayor
eran hombres para huir; pero á decir verdad, no vi á
ninguno de ellos. También se gritó que llegaban numerosas fuerzas por el Sud, y al oírse esto menudearon las blasfemias y aumentó la confusión; como si
esto no fuese bastante, llegaron batallones ó destacamentos arrojados de sus posiciones y aumentaron el
número de fugitivos, acrecentando el pánico y arrastrando á los demás en su fuga.
Hubo un intervalo de tumulto durante el cual, en
la obscuridad y en mi relativa ignorancia de aquella
parte de París, no pude saber adónde me conducía
aquella muchedumbre de fugitivos. El camino era
ancho, y eché de ver que le limitaba por la derecha
el Sena; según supe después, consultando el mapa,
acabábamos de atravesar el muelle de Passy. Al poco
tie:npo me separé de los fugitivos para dirigirme por
una silenciosa calle de la izquierda, y durante algún
tiempo anduve por ella sin saber dónde me hallaba.
El caso es que llegué al rayar el día á la plaza del
Rey de Roma (llamada ahora del Trocadero); la nie-

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bomba enemiga, y que vi entre los fragmentos de la
cureña; casi junto á estos últimos, y muertos seguramente por la explosión que destrozó la pieza, yacían
allí dos ó tres comunistas.
Cuando hubo más luz y la bruma comenzó á disiparse, vi las pendientes del Trocadero á mi izquierda
y supuse que estaba en la batería del mismo, de la
cual había oído hablar á Dombrowski la noche anterior. Mirando hacia el Oeste, á lo largo de la Avenida del Emperador (ahora de Enrique Martín), vi otra
batería que avanzaba al paso, ptecedida de algunos
destacamentos de marineros. No necesité preguntarme si aquellas fuerzas podían pertenecer á las tropas
derrotadas y fugitivas de la Comuna; no podía ser, y
á primera vista comprendí que eran tropas de VersaHes que iban á tomar posesión del Trocadero. A decir verdad, si no hubiese habido otra evidencia, su
manera de anunciarse, disparándose cuatro ó seis
tiros, era harto concluyente. No hice caso omiso de
la advertencia, y tomé la dirección de los Campos
Elíseos. Poco después hallábame en la magnífica
avenida que se prolonga junto á la calle de Chaillots,
como á la mitad de la distancia entre el Arco del
Triunfo y el Rond Point; y de pronto, alrededor de
la noble columna que conmemora el valor francés, vi
alineados en buen orden varios batallones, cuyos soldados llevaban pantalón encarnado. Hasta allí, pues,
habían conseguido invadirá París las tropas de Versalles en las primeras horas del día 22. Las fuerzas
regulares se apiñaban en la plaza de la Estrella tan
densas como eran las de los bávaros el día de la entrada del ejército alemán tres meses antes. No se
apuntaba hacia ellos ningún cañón desde la gran barricada federal de la plaza de la Concordia; pero
veíanse en ella algunos guardias nacionales, que de
,·ez en cuando disparaban un tiro inútilmente contra
las densas masas de las tropas de Versalles. Estas
últimas parecían tomar las cosas con mucha calma,
cual si quisieran asegurarse bien del terreno antes de
avanzar. Tenían una batería de mohtaña en acción
un poco más abajo .del Arco, y con ella barrían los
Campos Elíseos bastante bien.
Me dirigí hacia el parque Monceau, cuando encontré una persona que me dijo que las tropas de
Versalles, marchando desde el Arco por la avenida
de la Reina Hortensia (ahora de Roche), habían
caído sobre los comunistas, derribando una barricada, y evitándoles la molestia de concluirfa al tomarla
á la bayoneta. En este punto faltóme muy poco para
quedar cerc:rdo, pues mientras hablaba con dicha
persona resonó un grito, y vi un momento después
que numerosas fuerzas de Versalles, precedidas de algunos cañones, marchaban por la avenida de Friedland hacia el bulevard de Haussmann. Apenas tuve
tiempo de cruzar por su frente, y conseguido esto las
seguí por calles laterales. De vez en cuando hacían
un nutrido fuego, hasta que llegaron al fin al espacio
abierto que hay á la entrada del bulevard Haussmann,
frente á los cuarteles de la Pepiniere. Esta era una
posición muy ventajosa para dominar los alrededo-

Aspecto de la calle &lt;le Rívoli en tiempo de la Comuna

bla era muy densa, lo cual limitaba mi campo visual
y tan sólo sabía que estaba completamente solo. A
los pocos pasos me encontré á retaguardia de una
batería situada al Oeste, de la cual faltaban todos los
cañones excepto uno, desmontado sin duda por una

res, y fácilmente se podía comprender la táctica de
los jefes de Versalles. Ocupando con numerosas
fuerzas y artillería ciertos puntos del centro, de cada
uno de los cuales radiaban varias encrucijadas en diversos sentidos, su designio era dividir París en sec-

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607

LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

}

Lucha en una barricada del bulevard Haussmann

ciones y aislar éstas una de otra barriendo las ~a(les
limítrofes con un vivo fuego. Desde aquella pos1c1ón
de la Pepiniere, por ejemplo, se dominaban p~rfectamente el bulevard Haussmann hasta la calle Ta1tbout,
y el bulevard Malesherbes hasta la Magdalena, asegu1ando el acceso al gran bulevard y ,á la plaza Real, P?r
la que bastaba bajar para so_rprend~r por retaguardia
la barricada de los comumstas, situada frente á la
plaza de la Concordia.
Deseoso de ver lo ·que ocurría en otras partes de
la ciudad, dirigíme por calles desviadas Hacia el palacio real. Parecía que las bombas estallaban en todo
. París, y yo vi muchas granadas de mano reventar á
gran altura· varias de ellas cayeron cerca de la Bolsa,
cuando yo ~asaba; en los bulevares y sus inmed!a~iones del todo desiertos, no se encontraba alma v1v1ente, ~ tan sólo de vez en cuand_o veíanse pasar en distinta dirección algunos r~duc1~os d~s.t~came_nto_s de
guardias nacionales. Hubiera sido d1f1c1l decir s1 los
comunistas trataban de hacer frente ó de retroceder;
pero lo cierto es que por to~a_s p~rtes se levantaban
barricadas con mucha prec1p1tac1ón. De todas ellas
pude evadirme hasta que llegué á la plaza del Palacio
Real donde se construían dos, una á través de la calle d~ San Honorato, y la otra á la entrada de la calle
de Rívoli' entre el Louvre y el hotel del .mismo
nom,
. .
bre. Los materiales de la segunda cons1st1an pnnc1palmente un gran número de colchones de un almacén próximo, que se arrojaban por las ventanas, y de
otros de los cuarteles de la plaza del Carrousel. La
barricada de la calle de San Honorato se componía
de muebles con varios coches y ómnibus, y se me
obligó á todiar parte en su construcción,
Cuando se me permitió marchar, lo primero que
hice fué mirar la calle de Rívoli, y observé que los
comunistas habían levantado una gran batería á través de un punto de unión con la plaza de la Concordia armada de cañones que al pa recer hacían fuego
en 'dirección á los Campos Elíseos. Saliendo de las
inmediaciones del palacio real me encaminé hacia
el nuevo teatro de la Ópera, y apenas llegué al bulevard reconocí que los de Versalles debían haber ganado ya la Magdalena, pues entre ésta y su posición
de los cuarteles de la P epiniere no qu_edaba ya ningún obstáculo. H abían levantado una barricada, compuesta de troncos de árboles y barriles, á través del
bulevard de la Magdalena, y los comunistas tenían
otra compuesta en particular de carros, á la entrada
de 1~ calle de la Paz. Por el pronto no se hacía fuego,
y á la entrada de la tarde resolví volverá mi hotel en
la Cité d' Antin para almorzar.
Saliendo del bulevard por la calle de Taitbout me
encontré detenido por una multitud de gente al acer-

carme al fondo del bulevard Haussmann; mas á tuerza de empujones llegué á ocupar la primera línea de los
curiosos, y presencié un singular espectáculo. Frente
á mí en el lado más le1·ano al bulevard Haussmann,
, otro grupo, y entre éste y el nuestro extend'1aveíase
se el ancho bulevard donde las balas de las fuerzas
de Versalles caían si~ cesar por estar dichas tropas
á mil varas más de altura. Este obstáculo de fuego
de fusilería era lo que había detenido á la multit~~ á
cada lado, y comprendíase muy bie~ que no qms1eran seguir adelante, pues en el espacio que sepa_raba
los dos grupos veíanse no pocos muertos y hendos,
que pagaban su atrevimiento por haberse empeñado
en pasar. El hambre me aguijoneaba de tal manera,
que se antepuso á mi prudencia, y atravesé el bulevard sin más avería que un balazo que me traspasó
el faldón de la levita, y la bolsa del tabaco. Un_ muchacho que me siguió no fué tan afortunado; cierto

para presenciar una encarnizada lucha en el ataque á la barricada gue
había en el punto de intersección
de la calle Trouchet. Dos muchachos que estaban cerca de mí cayeroff heridos, y una bala chocó
contra la columna del farol que me
resguardaba. Una mujer se desvió
de la esquina de la calle de la Chaussée d' Antin, vino á recoger la bala,
y alejóse tranquilamente palmoteando con loca alegría.
. .
Después de comer y de escribir
un par de horas resolví ir á la esta:
ción de la vía del Norte para ver s1
podía conseguir por un medio ú
otro que se dirigiese u~a ca:ta mía
á Londres. En el cammo v1 cosas
muy extrañas. ¿Qué era, por_ ejemplo, una especie de ceremonia que
se celebraba en la calle de Lafayette esquina de la de Lafitte? Allí habi'a un vagón, un spahi negro como
la noche y un oficial con el acero
desenvainado; alrededor. veíase una
compacta multitud, y eri el centro
ardía un gran montón de papeles.
¿Quemaban acaso los libros del
Banco inmediato ó los títulos de los
propietarios? No: los papeles de un
batallón comunista era lo que destruían así, tal vez para que no se
pudiesen presentar pruebas compr?•
metedoras. El episodio me pareció
una indicación significativa del
principio del fin, y no falt~~an otras
señales para confirmar m1 idea, como por ejemplo, que se buscar~n
con ansiedad los pasaportes 111gleses.
Poco después se recibió la d~sagradable noticia de que ·los pru~1~nos habían detenido en San D10ms10
todos los trenes que salían de París, é imp~dían á
todo el mundo atravesar sus líneas; pero siempre
quedaba una probabilidad. Soborné á un empleado
d~ la vía férrea para que saliera de París por el túnel
del camino de hierro; y en el caso de llegar á ~an
Dionisio debía dar mi carta á una persona de quien
podía c~nfiar para que la expidiera. Mi emisario
ocultó la carta en una bota y púsose en marcha, habiendo prometido volver á mi hotel á las ocho de 1~
noche para darme ~uenta ~el ,resultado ~e su comisión; pero no volví a verle 111 ?1 hablar mas de él.
Cuando volvía de la estación del_ Norte m~ ~currió un incidente que pudo muy _bien. ser, tra&amp;1co.
Como oyese que hacían fuego en d1rec~16n a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, deJé la calle de
Lafayette para tomar la de Chateaudun; _mas_ al llegará la plaza, en cuyo centro se elev~ la _1gle~!ª• encontréme en el interior de un extraordmano triangulo

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'·......_'&gt;
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[ ....

Los cañones de Montmarlre en la víspera del 18 de marzo de 187 I

qué atravesó también mas no sin una herida en el
· uslo.
'
m Después de almorzar en mi hotel, situado junto á
la calle de Lafayette, corrí al punto en que ésta con-.
fluye con el bulevard Haussmann, y llegué á tiempo

de barricadas. Había una á través de la extremidad
de la calle de San Lázaro, otra al fin de la de Loreto,
y una tercera entre la iglesia Y el frente d~ la p)aza,
mirando~ la ~a~le de C\ia~eaudun. La part1culandad
de esta d1spos1c16n cons1st1a en que cada una de agué.

�~~.r--

ABANDONADA, cuadro de Mateo Balasch

UN DESENGAÑO, cuadro de Héctor Tito, expuesto en la &lt;Royal Academy,» de Londres

�L\

530
llas podía ser enfilada por el fuego dirigido contra las
otras; de modo que los defensores se exponían ellos
mismos á recibirle de flanco, por retaguardia y de
frente. Yo me preservé lo mejor posible en el pórtico
de la iglesia para observar el desenlace de aquel estado de cosas; pero mi curiosidad pudo costarme
cara, porque dos veces estuve á punto de ser fusilado,
primero por los comunistas, y luego por los versalleses que se apoderaron de la barricada de la calle de
San Lázaro. A última hora de la tarde, el grueso de
los comunistas que se retiraban pareció tomar la dirección de Montmartre, desde donde sus cañones hacían fuego por encima de la ciudad contra la artillería de Versalles, situada ahora en el Trocadero. Las
fuerzas del gobierno, por su parte, avanzaban también deliberadamente hacia Montmartre, y antes de
anochecer llegaron á la plaza de Europa, á espaldas
de la estación de San L~zaro. Desde este punto, por
el Norte, sus fuerzas avanzadas mantenían una línea
desde la calle Trouchet hasta la Magdalena, sosteniendo el fuego á lo largo del bulevard Haussmann,
mientras que con su batería 'd e la Magdalena habían
desmontado la de los comunistas del bulevard de los
Capuchinos á la entrada de la calle de la Paz. Los
rebeldes se hallaban indudablemente desmoralizados;
pero en todas partes mostrábanse muy activos en la
construcción de barricadas.
A eso de las ocho de la noche el fuego cesó en
todas partes, y durante un intervalo reinó la más
completa calma. ¡Qué extraño pueblo me parecieron
esos parisienses! El tiempo era magnífico, y la escena que se ofreció á mis ojos en las estrechas calles
inmediatas á la de Lafayette recordóme el aspecto
que presentaban las de Nueva York un domingo
del verano anterior al amanecer. Hombres y mujeres estaban sentados tranquilamente .á las puertas
de sus casas, conversando sobre los sucesos y los rumores del día; los niños jugaban alrededor de las
barricadas, y sus madres no hacían aprecio apenas
del lejano toque de generala ni del estrépito producido por una bomba al reventar, y sin embargo, la
b risa suave de aquella hermosa noche llevaba en sus
alas las fuertes emanaciones de la sangre y de los cadáveres diseminados por el suelo á menos de trescientas varas de distancia.

Nú.MElW 607

I LUSTRACIÓN ARTÍSTICA

La ópera Evanthia se cantará en breve en los principales
teatros de Leipzig y Colonia.
Londres. -En el Strand Theatre se ha estrenado una comedia de Mr. C. H. Abbott, titulada The Ste¿pwa!ker (l11 sonámlo), ele argumento ingenioso y complicado 9ue da lugar á escenas graciosas y hábilmente trazadas. Termmada la temporada
de ópera y hecho el resumen estadístico de las representaciones, resulta que en once semanas se han cantado veinticinco
óperas, entre ellas cinco complet¡¡mente nuevas para el público. londinense. Se han puesto en escena: / Pagliacci, doce veces; Cavalleria rosticana, nueve; Carmen, siete; Lohengrin,
Faust y Romeo y J11lieta, seis; Tamiha11ser y Las Walki1·ias,
tres; La Favori'la, El bttqttefantasma , Los Hugonotes, Los maes·
Iros cantores y Siegfried, dos; y La Hebrea, Tristán é Isulda,
l Ra11/za11, Rigoletto, Amy Robsarl y El velad~ profeta, u~a.
Como levers de ridea11 se han cantado: O,feo, seis veces; F1le111ón y Baucis, cinco; Djamileli y El amigo Frilz, cuatro, y
Los pescadores de perla~ é lrmengarda, una. Para la temporada
ele verano de 1894 se anuncian las nuevas óperas Da11mation
de Fausl, de Berlioz, William Ratcliffe y Vestalia, de Mascagni; Fafstaff, de Verdi; Manon Lescaut, de Puccini, y Signa, de F . H. Cowen.
·

..
I,

,.

Necrología. - Han fallecido recientemente;
Guillermo Bode, paisajista alemán cuyos cuadros son muy
celebrados por el sentimiento poético de la naturale~a que re·
velan y por la finura con que están ejecutados.
Menotti Themer, pintor inglés, individuo de la Academia,
cuyos cuadros son muy estimados especialmente en Inglaterra
y América.
J osé Isola, célebre pintor italiano, maestro de los principales pintores jóvenes de I talia, entre ellos el famoso .Barabino, y jefe de la escuela pictórica genovesa.
Isabel Rossi, condesa de Gabardi-Brocchi, notable escritora
italiana.
... ,., ........., •••, .............................., ...... , ••••••, ..........., ••••, •••••••••••••, ••••••, •••••J •••• ,.,......

,.J'••···

N UESTROS GRABADOS

Monumento erigido en Budapest en honor de
los chonved&gt; (defensores de la patria), húngaros obra de J or~e Zala. - Hace poco se ha inaugurado

en 1~ capital de Hungría el monumento nacional que reproducimos, en honor de los !tonved, de aquellos patriotas húngaros que en 21 de mayo de 1849 sucumbieron en el asalto que,
á las órdenes del general Gorgey, se dió contra la ciudad de
Budapest, arrojando de ella á la guarnición austriaca que man·
daba el mayor Hentzi. Sobre un pedestal en el que se leen las
~
inscripciones &lt;A los héroes anónimos&gt; y &lt;I849. 21 de mayo.
Por la patria libre,&gt; álzase la estatua de un honved apoyando su
planta sobre un cañón y los restos de una cureña y empuñan ·
do con la diestra el sable y con la izquierda la bandera de la
victoria; la gloria, con las alas extendidas, está en ademán de
APUNTE, dibujo de Mateo Balasch
ceñir las sienes del héroe con una corona de laurel. La impresión total que produce el monumento armoniza por completo
ARCHIBALDO FORBES
con la idea que en su erección ha presidido, y la obra es bajo
- Las tres grandes medallas de oro concedidas por el jurado todos conceptos digna de la fama del ilustre artista que la ha
(Continuará)
de la última Exposición internacional de Berlín lo han sido á los ejecutado.
•••• ,.,,.,.••,,.............1.,,.,,,........,,.•,,.,,.•,...,......,............., .•••••••, ................, ....,...................
siguientes artistas: la primera al pintor Pedro J anssen, de Dusseldorf, por su cuadro /11/enmuión detisiva del 111011/e Wafter
Abandona.da, cua.dro de Ma.teo Balasch. - PerMISCELÁNEA
Dodde y de los aldea!U/s en la batalla de Worri11gm. 1288; la tenece
el autor de este cuadro y de los Apimles que en esta pásegunda al pintor H ermán rrell, de Dresde, por sus tres cartopublicamos á la joven generación picJ.órica, y aunque na·
Bellas Artes. - En el Palacio de Cristal de Munich se ha nes para los frescos que por encargo del Estado ha de pintar gina
inaugurado la Exposición de técnica pictórica, organizada por en la Cdsa Consistorial de Hildesheim; y la tercera a l escultor cido á la vida artística en un período de transición, lleno de
la Sociedad para el procedimiento racional en pintura. En ella ruso Marcos Antokolsky, residente en París, que por vez pri- dudas y vacilaciones, no ha sentido de una manera marcada el
se encuentra reunido todo cuanto á la técnica, así antigua como mera ha concurrido á la Expo~ición berlinesa con cuatro obras influjo de las corrientes modernistas y sigue con preferencia el
estilo de la escuela idealista y romántica que se defiende todamoderna, se refiere, desde la del antiguo Egipto hasta la de nues- verdaderamente maestras.
vía de los ataHues del realismo. Pensionado en Roma, estudió
tros días. La referida sociedad, dando toda la importancia que
- De los cuadros que han figurado en la última Exposición
las grandes obras del arte y tuvo el buen acierto de cultivar el
se merece al hecho de que mientras algunos cuadros de no le- de la Asociación de Artistas de Munich han sido adquiridos
jana fecha aparecen con evidentes signos de deterioro, la in- por el príncipe regente: Madre é !lijo, de Artz; T11lipa11es y ja- dibujo y estudiar el natural, dos cosas que caben dentro de to·
mensa mayoría de los que cuentan siglos de existencia conser· cintos, de Korter; Palomas, de Pennasilico; P,lblico agradecido, das las escuelas. Su cuadro Aba11donada, al par que nos muesvan su frescura, se preocupa en estudiar las causas de la defi- de Schmuz-Baudis; Madona, de Clara Walter, y De luto, de Gi- tra al artista enamorado de lo dramático, revela un paisajista
ciencia moderna en materia de colores y en enseñar la manera rón: para la Pinacoteca, Primer cuartel de 1813, de Hackl; que sabe ajustarse á la verdad de la naturaleza, que elige como
de remediarla; y á este fin obedece la E xposici6n ha poco inau· Puerto de Hoom, de Janssen; En los campos, de J ernberg; Mo- escenario de los asuntos que imagina. Balasch ha obtenido, se·
gurada, en la cual hay obras pictóricas de todos los tiempos y 1mmenlo de la duquesa Max, de Rumann; Crepdsmlo, de Mi- gún parece, una bolsa de viaje de la Diputación de Barcelona
género~, que además de servir al indicado propósito utilitario, lesi; Recolección del heno, de Schleich; Campo de avena, de y se propone pasar una temporada en París, donde completará
permiten hacer un estudio comparativo muy provechoso para Volkmann; En el Cáucaso, de Roubaud; Molillo de aserrar, de su educación artística estudiando las obras del arte moderno,
la historia del arle.
Schindler; / lock 111y door, de Khnopf, y Lago de Gare, de cuya impresión no borrará de fijo la huella que han dejado en
Brown: varios particulares infinidad de obras, entre ellas algu- su espiritu los cuadros de los grandes maestros del arte antiguo. Balasch tiene talento, y si no le faltan fe y perseverancia
nas de nuestros compatriotas Mestres, Barbasán, Gatcfa y Ro·
dríguez y Sánchez Barbudo; y finalmente el representante de conseguirá tener verdadera personalidad, que es á Jo que debe
la Exposición permanente de Artes é Industrias Artísticas de aspirar siempre el artista.

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APUNTE, dibujo de Mateo Balasch

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Weimar varias obras de van Bosse, Canal, 'Caprile, Douzette,
Kubierschky, da Molin, Muhlig y Schwar.
- Reinaldo Bega.s, el famoso escultor berlinés, ha terminado
los modelos de tamaño natural de la estatua ecuestre y del genio que gula el caballo destinados al monumento nacional que
ha d~ erigirse en Berlín á la memoria de Guillermo I. Se está
trabajando también en los modelos de la ornamentación plásti·
ca del zócalo y del grandioso pórtico que ha de rodear al monumento y en el cual en vez &lt;le las estatuas de generales en un
principio proyectadas se colocarán representaciones alegóricas
de los reinos de Prusia, Sajonia, Baviera y Wurtemberg y estatuas representativas de las distintas armas. Se proyecta cubrir con una gran pintura la pared ele este pórtico cuya longitud es de 150 metros. La inauguración del monumento se verificará probablemente el 22 de marzo de 1897, fecha en que
' se cumplirán 100 años del natalicio del emperador.
- El comité encargado de levantar un monumento á Bismarck ha acordado aplazar la ejecución del mismo hasta que se
haya erigido el del emperador Guillermo, pues estima que sería poco respetuoso para el soberano honrar antes que al gran
emperador al que fué su canciller.

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Teatros. - Las representaciones ejemplares verificadas en
Gotha, de las que nos hemos ocupado en otra ocasión, comenzaron con la llfedea, de Cherubini, que se cantó en presencia
del duque Ernesto, del príncipe y de la princesa lierederos de
Meiningen y de muchos intenden_tes y· directores de teatros
alemanes. Siguió luego la representación de Caperucila mearnada, de Boildien, después de la cual se han puesto en escena
las dos óperas premiadas en el concurso ha poco allí celebrado,
E vanthia, de Pablo Umlauft y La rosa de Ponlevedra, de Forster. La mí1sica de la primera es de estilo wagneriano y en ella
abundan las bellezas, algunas de primer orden; la segunda
pertenece al género italiano y parece inspirada en las obras de
Mascagni, y aunque revela no escaso talento en su autor contiene algunas trivialidades.

Un desengaño, .cuadro de Héctor Tito. - En el
número 527 de LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA y á propósito
del cuadro Los zapatos nuevos dijimos a lgo acerca de este pintor que figura entre los más distinguidos de Italia. La obra
del mismo que hoy reproducimos pertenece á un género distinto de aquél, tiene un sello eminentemente dramático y presenta una escena que se desarrolla entre personajes y en un
medio aristocráticos, as! como la acción de la otra era de carácter popular. En Uu desmga11o se adivina el fin de una amorosa historia, el rompimiento tras una discusión violenta que
corta de pronto un pasado lleno ele dichas y esperanzas. El
cuadro resulta sentido y su ejecución intachable: la figura de
mujer es interesante, la reproducción en el espejo de la del
amante es de un efecto belllsimo y todos los detalles revelan
el gusto y el talento del autor.

El rey y la reina de Siam. - E l rey de Siam cuenta
en la actualidad cuarenta años, su figura es graciosa y habla
con facilidad varios idiomas, especialmente el inglés: su traje
generalmente consiste en un chaquetón blanco, pantalón de
seda y medias azules; pero en las ceremonias oficiales usa un
uniforme militar, compuesto de casco blanco, túnica del mismo
color y medias y zapatos negros. Come á la europea y á la siamesa: los platos que se sirven en su mesa van cubiertos con un
cono encarnado y sellados, y antes de que el rey los guste ha
ele probarlos un oficial de boca. El palacio en que habita es una
verdadera fortaleza circuida por una triple línea de murallas,
y en su arquitectura se nota una extraña mezcla ele los estilos
europeo y asiático, en la que destaca el tejado nacional en forma de tiara de los reyes de Siam.
El reciente conflicto con Francia, felizmente terminado, há
ciado cierta notoriedad al monarca siamés y á su esposa la reina
Savangwadana, que si no el trono, ha de compartir el corazón
' de su marido con otras 6oo mujeres que componen el harén del
1 rey de Siam.

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- ¡Doscientos cincuenta y seis mil francos!, exclamó el general. ¿Está usted loco?

ANIE
NOVELA POR HÉCTOR MALOT . -I L USTRACIONES DE EMILIO BAYARD

(CONCLUSIÓN)

Entonces Anie se desnudó con lentitud y se arregló un gracioso tocado de
noche; como Sixto había manifestado sorprenderse, casi enojarse, la primera vez
que su esposa le había esperado, no quería Anie que aquella noche sucediera lo
mismo; hallándola dormida, comprendería Sixto inmediatamente que su mujer
no pensaba dirigirle reconvención ninguna.
Pero Anie no se durmió, y si el tiempo le había parecido pesado cuando· podía moverse, ir, venir, pasear, empezó á ser verdaderamente insopc,rtable en la
obscuridad de la alcoba y en la inmovilidad del lecho; el reloj del vestíbulo daba
las horas y las medias, pero el intervalo que mediaba entre las unas y las otras
le parecía tan excesivamente largo que muchas veces se figuró Anie que el reloj
estaba parado.
Las once, las once y media, las doce, las doce y media, la una... ¿Ern posi-

ble? ¿Por qué no volvía Sixto? ¿Qué le había ocurrido? En la obscuridad de la
noche, ¿no podían liaberle sorprendido y asesinado en aquellos caminos desiertos? Anie veía como si estuviese pasando por ellos los sitios peligrosos, los recodos del crimen.
Inquieta, desasosegada saltó del lecho para leer el telegrama, que sabía de
memoria: «Hasta la noche;» esto no era decir: «Volveré tarde.» «Hasta la noche,» significaba evidentemente antes de las doce. Y sin embargo, era ya la una
y media; las dos, las dos y media.
Anie tenía calentura; había momentos en que escuchaba los ruidos exterio_res
con tal ansiedad y con tan vivo interés que su corazón parecía haberse detemdo
dejando de latir.
Por último, poco después de haber dado las dos y media reconoció la joven

�LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA

53 2

sobre la axena del jardín el paso con que tan familiarizados estaban sus oídos y
súbitamente una frescura consoladora sustituyó al ardor de la fiebre que la devoraba. ¡Era él! ¿Qué importaba ya, toda vez que llegaba, el motivo de su tardanza? Pues qué, ¿no había mil razones (que entonces se presentaban á su.imaginación, cuando pocos minutos antes no se le ocurría ninguna) que hubieran
podido detenerle?
La joven, sin embargo, advirtió con alguna extrañeza las precauciones que
tomaba Sixto para subir, así como se sorprendió de que su marido en vez de
entrar desde luego en la alcoba se dirigiese al despacho. ¿No sentía, pues, aquella impaciencia febril con que ella le esperaba?
No pudiendo dominarse más, pensó Anie saltar de la cama para salir al encuentro de Sixto y abrazarle y besarle apasionadamente; ¿pero no habría en es Lo
una especie de reconvención muda que podía entristecerle? Pensando esto creyó
que lo mejor sería no moverse y fingirse dormida.
Por eso cuando Sixto levantó el transparente y proyectó sobre Anie la luz de
su bujía la encontró sumergida en un profundo sueño, tan profundo que cualquiera otro que no hubiese estado tan perturbado como Sixto lo estaba se .habría preguntado seguramente si aquel sueño era natural ó fingido.
Entre sus párpados medio cerrados había visto Anie, iluminado por la bujía,
el semblante convulso y trastornado de su esposo, y esta observación, unida á las
muchas precauciones adoptadas para no despertarla, reproducía su alarma y sus
inquietudes.
¿Qué sucedía? O por mejor decir, ¿qué había sucedido?
La puerta de comunicación entre el dormitorio y el despacho estaba cerrada,
por consiguiente nada podía ver ni oir la joven de lo que pasaba en el despacho; y como no s~ atrevía á incorporarse en el lecho - lo cual le hubiese permitido dirigir sus miradas por encima de la meseta de la chimenea - no veía tampoco á su marido, lo cual.indicaba que éste debía de haberse sentado á la me,a
de escritorio, colocada precisamente delante de la chimenea.
Afortunadamente la disposición particular de aquellas dos habitaciones y de
sus mobiliarios respectivos favorecían los deseos de Anie: la cama, el cristal, la
mesa de escritorio de Sixto se encontraban en una misma línea recta, y en la
pared opuesta del despacho, como en la prolongación de la misma recta, frente
por frente de la cabecera del lecho había colgado un espejo con una inclinación tal que reflejaba la mesa de Sixto y la chimenea. Si Anie encontraba
una manera de colocar la cabeza sobre la almohada que le permitiese mirar al
espejo, á través de la ventana, vería lo que su marido estaba haciendo.
. La joven logró sin dificultad lo que se proponía, procurando no hacer movimientos demasiado bruscos que habrían llamado la atención de su marido; éste
á la sazón escribía.
¡Qué sombrío estaba su rostro! ¡Qué agitación se notaba en su mano! De vez
en cuando ·deteníase un momento y después volvía á comenzar con una decisión y un apresuramiento que demostraban tanto la claridad de sus ideas cuanto
la violencia de su emoción. Cuando vió Anie que su marido después de termi•
nar la carta rendía la cabeza entre sus manos, manifestando terrible dolor y desesperación y desaliento, sintióse acometida de un temor que no la dejaba respirar.
¿A quién escribirá? ¿Qué escribirá? Muy horrible debía de ser el contenido
de aquella carta cuando de tal manera trastornaba á su esposo.
Anie vió después que Sixto escribía algo en el sobre; por la brevedad adivinó que se trataba de un nombre solamente, corto como el suyo, compuesto de
cuatro ó cinco letras. Pero ¿por qué le escribía si sólo necesitaba abrir una
puerta para estar á 3U lado?
Había en todo esto un misterio que Anie, en la perturbación que sentía, no
lograba penetrar.
Además la joven seguía con la vista á su marido y no podía detenerse en reflexionar ni en hacer cálculos por su cuenta.
Cuando Sixto sacó de :m cajón de su mesa un papel en el cual Anie había
visto un sello, creyó reconocer la joven el testamento de su tío Gastón; pero el
movimiento hecho por Sixto para quemar aquel papel á la luz de la bujía y
arrojarlo después á la chimenea fué tan rápido que no pudo la joven cerciorarse de que había visto bien; una gran claridad de llama reflejada por el espejo
llegó hasta la alcoba, alumbrando por un momento aquella obscuridad, y sólo
duró dos ó tres segundos.
Casi inmediatamente entró Sixto en la alcoba y se dirigió al lecho; fué realmente un milagro que Anie no se vendiese cuando su marido, después de contemplarla unos instantes, la besó en la frente.
Poco después Gastón ocupaba su sitio en el lecho al lado de Anie y ésta necesitaba hacer un esfuerzo supremo para no arrojarse desolada en sus brazos.

XI
Los ruidos de la ciudad y del puerto comenzaban ya á confundirse á lo lejos,
cuando Sixto, aniquilado por las emociones, se quedó dormido, inclinada su cabeza sobre el hombro de Anie.
Ésta permaneció inmóvil durante una hora muy larga para no turbar aquel
pesado sueño;. aunque era grandísimo su anhelo de averiguar lo que contenía
el papel escrito por Sixto, acerca del cual su angustiada imaginación le hacía
sospechar las cosas más terribles sin que la pobre joven se atreviera á fijarse en
ninguna ni tampoco á rechazarla, no se movió del lecho. Si ella podía levantarse antes que su marido, podría ver el papel; si por el contrario Sixto se levantaba primero, Anie seguiría siendo víctima de su ansiedad y de su angustia.
Los cristales de las ventanas que daban á Oriente comenzaban á blanquear, ya en el cielo se dibujaban estas franjas de clarobscuro que anuncian la
proximidad del día; unos cuantos minutos más y la costumbre de levantarse á
determinada hora iba á despertar á Sixto.
Efectivamente el marido de Anie se movió un momento; creyó la joven que
ya se despertaba, pero Sixto se limitó á levantar la cabeza del hombro de su esposa y volvió á dormirse; entonces Anie pudo, con mucha precaución, deslizarse
de la cama al suelo.
Procurando no producir ruido se dirigió al despacho cuya puerta no había
sido cerrada y llegó á él conteniendo hasta la respiración. Precipitadamente fué
á la mesa y se apoderó de la carta que estaba encima; pero como el día no era
aún demasiado claro, no pudo leer lo que había escrito en el sobre, Anie se
aproximó á la ventana y separando una cortina leyó:
«Anie.))

NÚMERO

607

No se había equivocado: temblando de pies á cabeza como una azogada bajo
la mano pesada y fría de la desgracia que sobre ella caía, abrió el sobre con una
horquilla de las que sujetaban sus cabellos.
Antes de terminar la lectura Anie lanzó un grito espantoso, atravesó corriehdo el despacho y la alcoba y llegó hasta el lecho, donde se lanzó sobre su marido estrechándole entre sus brazos:
- jJforir tú!
.
Sixto la miró como aturdido; después, como viese que Anie tenía la carta en
sus manos, preguntó:
- ¿Has leído?
- ¿Acaso estaba yo dormida?.
- Pues si has leído, nada tengo que decirte.
- Estás loco.
- ¡Ah!
- Pero esta fortuna, todo lo que poseemos, te pertenece.
- He quemado el testamento.
- Sea tuya, sea nuestra, ¿qué importa si con ella podemos pagar lo que debes?
- Tu padre no debe nada.
- No le conoces; mi padre pagará como pagarías tú mismo; tu muerte no
vendría á resolver nada; y aunque algo resolviera, ¿crees que querríamos una
fortuna lograda á este precio?
- No quiero arruinará tu padre; no quiero arruinarte.
- Convéncete de que pagaremos; debiendo tú, debemos nosotros; esta fortuna
no es nuestra, es tuya, y aun cuando fuese nuestra sería lo mismo. ¡Dices que has
reflexionado! No, no has reflexionado; bajo el golpe de la desgracia está extraviada tu razón. ¿Puede haber para nosotros algo más precioso que tu existencia?
¿Te figuras, adorado esposo, amor de mi alma, que si tú murieses no moriría
yo contigo?
Mientras hablaba así con desordenada vehemencia Anie estrechaba á Sixto
entre sus brazos y sólo dejaba de hablar para cubrir su rostro de besos apasionados.
- ¡Ah! ¡Dices que me quieres! ¿Y demuestras tu cariño abandonándome? ¿No
es todo preferible á esta separación? ¡La ruina, la miseria! ¿Por ventura no las
conozco? ¿Qué sería para mí esa tranquilidad de que h:iblas? No quieres que
me vea empobrecida por causa de un marido culpable; ¿quedaría yo menos
empobrecida cuando pagásemos lo que has perdido?
Estas manifestaciones impetuosas de amor trastornaban á Sixto y comenzaban á quebrantar su propósito.
- No puedo pedir nada á tu padre.
Tú no, yo sí. Salgo para Ourteau. En cinco horas estoy de vuelta aquí con
mi padre; esta noche pagas.
- ¿Y dónde quieres que tu padre encuentre esa cantidad?
- No lo sé, pero la encontrará; hipotecará algo, venderá, hará lo que sea
preciso.
- Sí, venderá su tierra, que era su encanto.
- Su tierra no ha sido suya nunca; es tuya.
- Esa generosidad vuestra, ese sacrificio, ¿no me convertirán en el más miserable de los hombres? ¿Qué voy á ser después de esto para todo el mundo?
Estas palabras de su marido dieron ánimos á Anie, que respiró algo más
tranquila; cuando su marido pensaba en el porvenir era que empezaba a estar
convencido.
- ¿Ha deshonrado nunca á nadie una deuda de juego pagada? Quedando á
salvo tu honra, ¿qué importa lo demás? Con tal de que vivamos juntos, cualquier
rincón de la tierra me parece aceptable.
El tiempo apremiaba; era necesario adoptar prontas determinaciones; en la
situación de vacilaciones y dudas en que Sixto se hallaba en aquel minuto, no
podía conseguirse esto si Anie no se resolvía á dirigirlo todo. Comprendiéndolo
ella así, le dijo:
- Parto para Ourteau inmediatamente; tú vas á ir á la oficina como todos
los días, y en llegando allí confiesas todo lo sucedido al general; dentro de muy
poco la ocurrencia será conocida en todas partes; es preferible que tu jefe
sepa la verdad por ti mismo. Pero antes de separarnos vas á jurarme, poniendo
tus labios sobre lo míos, que puedo tener en ti confianza completa.
Tranquila ya, tanto por este juramento cuanto por el abrazo lleno de gratitud
y de promesas de amor y muestras de remordimiento con que Sixto se había
despedido, partió Anie para Ourteau al propio tiempo que su marido se dirigía
á la oficina.
No bien entró en ella fué llamado por el general; éste había pasado muy
mala noche, y para consolarse sentía la necesidad de tener alguien á quien reñir;
apenas vió á Sixto le preguntó:
- ¿Ha paseado usted esta mañana?
- No, mi general.
- En efecto, hoy no huele usted á mar.
- Sin embargo, he pasado parte de la noche fuera de casa, dijo Sixto aprovechando la ocasión que se le presentaba.
- ¿Con la Sra. Sixto? ¡Extraña ocurrencia!
- No, mi general. Solo; y la noche ha sido terrible para mí.
-¿Sí?
Inmediatamente Sixto contó lo que había pasado sin atenuar nada.
- ¡Doscientos cincuenta y seis mil francos! exclamó el general. ¿Está usted loco?
- Sí, lo he estado.
- ¿Y ahora? ¿Va usted á pagar ó no va usted á pagar?
- Mi mujer, que acaba de partir para Ourteau, afirma que su padre pagará.
El general, que en un acceso de cólera se había levantado, medía el despacho
arrastrando la pierna y murmurando por lo bajo:
- ¡Un oficial agregado á mi persona!
De pronto deteniéndose enfrente de Sixto le preguntó:
- Y ahora ¿qué se propone usted hacer?
- Desapareceré, mi general, si usted me concede mi libertad.
- ¡La libertad de usted! Me importa muy poco la libertad de usted ... No se
ha visto nunca una cosa como esta. ¡Doscientos cincuenta y seis mil francos
además de los setenta y cinco mil! ¡Esto es realmente insensato!
Después, advirtiendo que iba á dejarse dominar por la cólera y recordando
cuánto le perjudicaba el irritarse, se dominó y dijo á Sixto;
- Caballero, vaya usted á cumplir sus obligaciones.

NúMERO 607

533

LA ILUSTRACIÓN ARTÍST!CA

Al cabo de un cuarto de hora el general llamó á Sixto otra vez; el joven encontró á su jefe más tranquilo y esperó á que le dirigiese la palabra, como lo
hizo efectivamente preguntándole:
- ¿Está usted en disposición de oir un buen consejo? Váyase usted al Ton-kin. Mi hermano está indicado para una comandancia en aquel punto; si como
es posible no tiene persona de su confianza, acaso consienta en llevar á usted
con él. Dentro de dos años, cuando usted regrese, todo se habrá olvidado. Envíele usted un telegrama en este sentido.
- Esta última prueba de interés que usted me da quedará grabada en mi corazón.
- Da lo mismo; no comprenderé nunca que cuando tantos infelices pierden
su salud por ganarse la vida, haya hombres afortunados que encuentren placer en
destruir la suya.
Entretanto seguía Anie el camino de Ourteau estimulando al cochero para que
anduviese de prisa. Al verla entrar su padre lo mismo que su madre adivinaron
en la fisonomía trastornada de la joven que debían prepararse á resistir un
golpe cruel.
Anie explicó inmediatamente lo que había sucedido; escuchaba su padre
anonadado, y su madre la interrumpía frecuentemente lanzando exclamaciones
de indignación.
- ¿Se figura acaso tu marido, gritó la señora de Barincq, que vamos á pagar
también esta cantidad y á reducirnos á la miseria por causa suya?
Entonces Anie refirió la historia del testamento de Gastón; cómo lo había
encontrado Sixto; por qué no había querido utilizarlo; en qué ocasión lo había
reducido á cenizas, y después de haber contado todo esto dijo á su madre:
- Por consiguiente, lo que ha perdido era suyo.
Pero la señora de Barincq, no queriendo dar su brazo á torcer, preguntó:
- ¿Y qué prueba hay de que ese testamento era legítimo?
A esto contestó su marido:
- Es evidente que ese testamento era el mismo que Gastón había depositado
en casa de Revenacq y que era perfectamente legítimo.
- Legítimo ó no, ya no existe.
- Para los demás es cierto; para nosotros, como si existiera.
- ¿Piensas pagar?
- No veo la manera de hacer otra cosa.
- ¡Arruinada otra vez! ¡Cuánto más habría valido morirse que ver esto!
No se reducía todo á tener el propósito de pagar, era necesario saber dónde
y cómo se encontraría el dinero necesario. El Sr. Barincq y su hija se dirigieron desde luego á casa de Revenacq; pero cuando el notario hubo escuchado
la relación de Anie manifestó su desesperación elevando al cielo los brazos.
- No creo que haya quien consienta en prestar doscientos cincuenta y seis
mil francos sobre las tierras de Ourteau, que están ya gravadas con una hipoteca
de ciento diez mil.
- Pero estas tierras, dijo Anie, valen más de un millón.
- Eso depende de muchas cosas: del que haya de dar el dinero y de la ocasión en que se le pida. Consideren ustedes además que en la propiedad están
haciéndose reformas, que los trabajos emprendidos están principiando y que no
han de dar sus resultados hasta que transcurra mucho tiempo; que para muchas
gentes esos trabajos han disminuído en un cincuenta por ciento lo menos el valor de esas tierras. Este lenguaje que empleo ahora es el de los prestamistas. Indudablemente tendremos contestación satisfactoria para estas observaciones;
pero ¿cómo serán recibidas? De todas maneras, no tengo cliente alguno á quien
pedir prestada esa cantidad en tales condiciones.
- ¿Y no podría usted encontrar un prestamista dirigiéndose á otro notario?,
preguntó Anie.
- Encontraremos siempre las dificultades que acabo de exponer á ustedes;
pero en fin, podemos intentarlo en Bayona.
- Llevaré á usted y á mi padre allí en el coche.
Revenacq vacilaba aún, pero cedió por último.
Era la una de la tarde cuando llegaron á Bayona, y habían dado la-s-&lt;:uatro
cuando Barincq, acompañado de Revenacq, hubo concluído sus visitas á los siete aotarios de la población: de estos siete, cuatro rehusaban decididamente el
negocio y tres exigían tiem¡,o; era necesario tomar informes y valuar las tierras.
- No tenía yo grandes esperanzas, dijo Barincq, pero estaba en la obligación
de hacer la tentativa; ahora no nos queda más remedio que dar un paso y, por
muy doloro.so que para mí sea, es preciso darlo: ver al Sr. de Arjuzanx, que
debe de estar seguramente en su casa esperando á Sixto: vamos á Biarritz.
En efecto, el barón estaba en su casa y recibió inmediatamente á Barincq y
á Revenacq.
,
- No me presento á usted en nombre de mi yerno, dijo Barincq; me presento en mi nombre propio para sustituir al Sr. Sixto en concepto de deudor
de usted.
El barón permaneció impasible y en la actitud fría y altanera que desde el
principio de la entrevista había adoptado.
- Vengo por consiguiente como deudor de usted por la cantidad total de
trescientos cuarenta mil francos á preguntarle qué arreglo podría convenir á
usted para el pago de ese capital.
- ¿Arreglos?
- Se darán todas las garantías necesarias, dijo Revenacq acudiendo en auxilio de su antiguo compañero cuya emoción daba lástima.
- Y yo, continuó Barincq, añado á lo dicho por mi amigo que los plazos señalados por usted quedan desde luego aceptados con una sola condición: la de
que estén escalonados razonablemente.
- Usted es hombre de negocios, dijo el bar6n con altanería.
- Lo he sido.
- Y viene usted á proponerme un negocio; bueno como negocio, porque us
ted, propietario rico, viene á sustituir á su yerno que nada tiene y acepta usted
como suyas las deudas de Sixto.
Aquí Arjuzanx interrumpió por un instante su discurso, lo cual hizo que Barincq se creyese en el caso de contestar:
- Exactamente, hago mla esa deuda y me reconozco como deudor único.
Arjunzanx, que estaba sentado, se levantó y contestó con altivez fría:
- Ca1Jallero, no hago negocios; se trata de una deuda de juego que debe pag:irse dentro de las veinticuatro horas, no de una deuda ordinaria para la cual
se pueden pactar acomodamientos ante notario; no acepto á usted como mi
deudor; creo preferible conservar el verdadero.

- Usted mismo acaba de decir que ese deudor carece de fortuna.
- Precisamente por eso tengo empeño en que sea él mi deudor; esto demuestra que no soy un hombre metalizado, como sin duda usted creía. El yerno de
usted ha hecho traición á mi confianza, á nuestro compañerismo, á nuestra amistad. Me ha quitado la mujer á quien yo amaba; le quito su honra; estamos pagados.
Cuando Barincq y Revenacq se encontraron fuera de la casa anduvieron un
gran rato uno al lado de otro sin cruzar una sola palabra.
De pronto el notario, como si dejase escapar lo más íntimo de su pensamiento murmuró:
- ¡Qué hombre!
- ¡Y habría podido ser marido de mi hija! Por muy culpable que sea el desdichado Sixto, á lo menos tiene corazón.
Los dos amigos llegaron á la estación del ferrocarril; al penetrar en la estación
dijo Barincq sonriendo melancólicamente:
- Pues señor, para haberme pasado toda mi vida pensando en el bien de mi
prójimo, he despachado bastante mal los asuntos de mi familia y los míos.
- ¿Y ahora?
-Ahora no queda más remedio que vender las tierras.
- Pero en esta estación, en tales condiciones, la venta sera desastrosa.
- ¿Y qué hemos de hacer? Soportaremos el desastre.
- ¡Pobre amigo mío!
- Sí, el sacrificio será' duro; me había yo enamorado de estas tierras con ese
amor tenaz propio de la vejez; en ellas había puesto mis últimas esperanzas; pero
me digo á mí mismo que realmente no he sido nunca legítimo propietario de la
hacienda, y que si el testamento de Gastón hubiera sido presentado á su debido
tiempo, nada de lo que ha ocurrido habría pasado: yo no me hubiese establecido
en Ourteau, ni hubiese emprendido estas obras, el Sr. de Arjuzanx no hubiese
pensado en pedirme la mano de Anie, Sixto no se hubiera casado con ella y
hoy no caería yo pesadamente desde las alturas de una posición desahogada
al abismo de la miseria.

XII
Iban á dar las seis y media en el reloj de la Ofidna Cosmopolita, y Bernabé
en el hueco de una ventana acechaba á lo lejos por la carrera la llegada del ómnibus del ferrocarril de Vincennes.
En aquel momento el director, Sr. Chabertón, salió de su despacho, acompañado por un cliente, y todos los empleados en sus respectivas jaulas enrejadas
se pusieron con afán al trabajo.
- No se le distingue todavía.
- Pues ya que aún tenemos tiempo, dijo en son de súplica el cliente, déjeme
usted explicarle ...
Pero el Sr. Chabertón, sin prestar oídos al que le hablaba, se aproximó á uno
de los enverjados y dijo:
·
- Sr. Spring, que no dejen de estar arregladas para mañana por la mañana las
patentes inglesas del asunto Roux.
- Lo estarán.
Chabertón, dirigiéndose á otra de las jaulas, continuó diciendo:

-Sr. Barincq, elijo, ¿está concluido ese dibujo?

- Sr. Morisett, mañana asl que usted llegue ha de preparar un estado de los
gastos de Ardant.
-Sí, señor.
- Tiene usted que observar un dato de mucha importancia, dijo el cliente
empeñado en hacerse oir.
.
'
Pero Chabertón, que hacía oídos de mercader á estas recomendaciones de
última hora, prosiguió su correría por delante de las jaulas de sus empleados.
- Sr. Barincq, dijo, ¿está concluído ese dibujo?
- Lo estará dentro de media hora.

�LA

ÍLUSTRACíÓN ÁRTÍSTÍCA

- Suplicq á usted que no resulte demasiado seco, que tenga algo de chic; es
necesario colocarse dentro de las corrientes modernas.
Bernabé se adelantó y dijo:
- El ómnibus.
Chabertón entonces se echó al hombro el abrigo, tomó en la mano su bastón que hasta entonces había llevado debajo del brazo, y se dirigió apresur~damente hacia la puerta, seguido siempre de su interlocutor, el cual por lo visto
estaba resuelto á no soltarlo ni á tres tirones.
Cuando la puerta de las oficinas se hubo cerrado detrás de ambos personajes,
levantóse gran estrépito en los escritorios, é inmediatamente sacó Srping del
cajón de su mesa una lámpara de alcohol y la encendió.
- Ya se conoce que hoy es martes, dijo Belmanieres, ya principian las porquerías inglesas.
- Ya se conoce, replicó Spring, que hoy, lo mismo que todos los días, continúan las sandeces groseras del Sr. Belmanieres.
Contra su costumbre Belmanieres no se enojó; antes por el contrario, dijo con
mucha tranquilidad:
.
- Eso prueba que las costumbres no son como la existencia; en la existencia
hay variedad, en las costumbres hay monotonía. Yo, por ejemplo, soy tan grosero
y tan sandio hoy como lo era ayer y como lo era hace seis meses, y el Sr. Barincq
en vez de representar el papel de ricacho rural como hace seis meses, dibuja en
madera para la Oficina Cosmopolita, donde afortunadamente para él ha encontrado su antiguo puesto.
- No mezcle usted al Sr. Barincq en sus bromas, dijo en tono de autoridad
el cajero.
- Lo que digo, replicó Belmanieres saliendo de su habitación, nada tiene de
ofensivo para el Sr. Barincq; muy al contrario, proclamo y proclamaré siempre
en voz muy alta que un hombre de sesenta años cuando se encuentra repentinamente arruinado y tiene la suficiente entereza de carácter para volverá sus
antiguos trabajos sin lanzar una queja, merece toda mi estimación. Si en otras
ocasiones me he permitido dar alguna broma al Sr. Barincq, estoy resuelto á no
dárselas en lo sucesivo, y ya que se me ha presentado la oportunidad de decirle cómo pienso, se lo digo. Así soy: digo lo que pienso, todo lo que pienso,
francamente, y me importa un rábano que algunos se disgusten. Ya lo oye usted, Sr. Morisett, me importa un rábano, menos todavía.
Belmanieres gritaba esto delante del cuchitril del cajero, adoptando aires provocativos; de pronto la puerta de la oficina se abrió y esta circunstancia restableció el silencio.
- ¿Míster Barincq?, dijo una voz con acento extranjero.
- Aquí está, respondió Bernabé, conduciendo al recién llegado á la mesa del
Sr. Barincq.
- ¡Do you speak englishl
- Sr. Spring, gritó Barincq._
- El Sr. Spring apagó su lámpara de muy mala gana para acudir al llamamiento; entonces comenzó entre el Sr. Spring y el extranjero una conversación
en inglés.
- Dice este caballero, tradujo Spring, que ha visto en el Sa/6n dos cuadros fir.
mados Anie; que esos cuadros le han gustado y que desea comprarlos; como en
el catálogo ha leído ·que para esto es preciso tratar con usted en esta oficina,
pregunta el precio de estos cuadros.
- Mil francos contestó Barincq.
- Dice este caballero, prosiguió traduciendo Spring, que si le parece á usted
bien dará mil quinientos francos por los dos; y que si la señorita Anie tiene
otros cuadros del mismo género, es decir, que representen paisajes de la misma
comarca y del mismo colorido brillante, probablemente los comprará y quiere
verlos.
- Diga usted á ese caballero, respondió Barincq, que puede ir mañana ó pasado mañana á Montmartre, calle del Avreuvoir; indíquele el itinerario que ha
de seguir para llegar á esa calle.
.
Sin preguntar más, el aficionado entregó su tarjeta á Spring, se despidió con
una ligera inclinación de cabeza y salió de la oficina.
La tarjeta sólo contenía lo siguiente:

NúMERo

óo7

SECCIÓN CIENTÍFICA
LA ELECTRICIDAD EN ALEM AN IA
ASCENSORES ELÉCTRICOS . - GR Ú AS KLÉGTR I CAS. - EMPLEO DE MOTORES
ELÉCTRICOS EN LOS TALLERES

Las aplicaciones eléctricas son más numerosas cada día, y se comprende, pues•
to que la energía eléctrica se presta á una serie de transformaciones que pueden
ser en alto grado favorables para satisfacer las necesidades de la industria.
Entre los país~s de Europa en donde más abundan y prosperan esas aplicaciones preciso es citar á Alemania, cuyos industriales emplran la electricidad
para mover los ascensores, las grúas, las maquinarias de grandes talleres y otras
instalaciones mecánicas.
En las grandes ciudades alemanas son muy nµm erosos los ascensores que
funcionan por medio de la presión del agua procedente del conducto de la distribución general de la ciudad y recogida en un depósito en la parte superior de
la casa ó conducida allí por medio de una bomba y de un motor de gas. Si suponemos un ascensor de una fuerza de 500 kilogramos instalado en una casa
de 18 metros de altura que efectúe 100 viajes al día, el precio de entretenimiento para la carga máxima resultará á 1 1 287 pesetas diarias con una bomba y
un motor de gas, dado que éste consume 900 litros por caballo y hora y que el
precio del gas es de 20 céntimos el metro cúbico, y de 11 '07 !¡ con el agua de
la población calculada á 0'18 pesetas el metro 'ctíbico. En las mismas condiciones, un motor eléctrico realiza igual trabajo por 1'675 pesetas para la carga
máxima y de 0'968 para las dos quintas partes de la carga total, puesto que la
energía eléctrica cuesta 30 céntimos por kilovat y hora. Además de la economía
procurada hay que tener en cuenta que aplicando la electricidad á los ascenso·
res se evitan multitud de complicaciones en la instalación, en la explotación y
en el servicio de los mismos.
Entre las diferentes grúas eléctricas hasta el presente construídas menciona·
remos la instalada en el puerto de Hamburgo para descargar los buques, que re-

LA l LUSTJ.lACíÓN

NúMERO 607

535

ARtÍSTtCA

namiento que puede proden ser parados en el mocurar la transmisión de la
mento mismo en que no es
energía eléctrica en un
necesario su funcionamientaller, hay que tener tamto. Difícil sería, en el esta·
bién en cuenta la mayor
do actual, apreciar axacta·
seguridad que resulta de
mente la economía que
este sistema, pues supripuede resultar del empleo
midas gran parte de las
de tal sistema, pero cabe
transmisiones serán induasegurar que no serán pedablemente men os frequeñas y que compensa·
cuentes los accidentes
rán sobradamente los gaspersonales. Asimismo es
tos efectuados para reemposible con este sistema
plazar las actuales transmicolocar los generadores de
siones. En el primer térmivapor y los motores á bueno de nuestro grabado se
n a distancia cuando su
ve funcionar una máquina
presencia en la fábrica
perforadora portátil colopudiera constituir un pecada sobre un carretonciligro, como sucede, por
to móvil; por medio de un
ejemplo, en las fábricas de
cable fino se toma una deproductos químicos, de
rivación de corriente; á la
pólvora, de aserrar, etc.
izquierda y á la derecha
hay diversos motores y en
Por todas estas razones,
la parte superior un puenlas empresas de este géte móvil que puede correr
nero pueden adquirir gran
en toda la longitud del tadesarrollo y hasta alcanzar
tanta importancia como
ller y transportar las piezas
las del alumbrado.
de un extremo á otro.
En Francia existen po·
Y el día en que las aplicas aplicaciones mecánicas
caciones eléctricas adquiede la energía eléctrica anáran este desarrollo, las esFig. 2. Grúa eléctrica del puerto de Hamburgo
logas á las descritas; puetaciones centrales podrán
den, sin embargo, citarse
utilizar un material que ac·
algunas interesantes instalaciones, especialmente en brica de máquinas de coser establecida en París, en tualmente permanece inactivo y se abaratará consilos talleres militares de Puteaux, en los talleres que la donde las 128 máquinas funcionantes habrían nece- derablemente la energía eléctrica.
Compañía del ferrocarril del Norte tiene en Saint- 11itado una serie de transmisiones complicadísimas.
J. L AFARGUE
Ademas de las ventajosas condiciones de funcioOuen-les-Docks y sobre todo en los talleres de una fá(De La Nature)

,,,-utl·A-18f8PEJrR1s

~

8, F a ub. Saint•Denie
•

,disl.Qan casi IN STANTAN EAM ENTE los Accesos.

DE ASMA.YTODAS LAS SUFOCACIONES.

v~

'°""•

PARIS

~ -

las Fd

TIA 1RK,(/)

-

Lu

PILDORAS~~DEHAUT
DE PARIS

no titabean en purgarse, cuando lo
necesitan. No temen el asco rú el caurancio, porque, contra lo que sucede con
los demu purgetes, este no obra bien
sino cuando se toma con buenos alimentos
.1 bebidaslortilicantes, cual el vino, el calti,
el U. Cada cual escoge, para purgane, la
hora¡ la comida gue mas le convienen,
se(T'ln su, ocupacionea. Como el cause
c10 que la purga ocasiona queda completamenteanuladopor el efecto de 1~
buena alimentacion empleada,uno
,e decide 111.cilmente 4 volver
··11 empe.ar cuantas veces
sea necesario. "

J
,.~n;:,:::azco":i!'la

"" ......... ...,, flllJa
CAB, LENTE.f.U, TEZ
8ARPULLU&gt;OS, TEZ BARROS
,.
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.,.
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........,_.

UIT ~NnPBIILIQOI -

DICCIONARIO ENCICLOPEDICO

Barincq no tuvo tiempo para recibir las felicitaciones de sus compañeros porque anhelaba concluir pronto el dibujo para llevar cuanto antes tan buena noticia á su casa de la calle del Abreuvoir.
Cuando Barincq entró en el taller en que se hallaban su mujer y su hija,
Anie comprendió inmediatamente que había ocurrido alguna cosa agradable.
- ¿Qué sucede?, preguntó Anie con interés.
Barincq contó la visita del americano.
- ¡Hola! ¡Hola!, dijo sonriéndose Anie.
- ¡Hola! ¡Hola!, repitió Barincq como un eco.
- ¡Mil quinientos francos!
Y mirándose uno á otro, hija y padre comenzaron á reir.
- ¡ Hola! ¡Hola!
- ¡Hola! ¡Hola!
La señora de Barincq no tomaba parte en aquella escena de alegría; antes
por el con~rario, mirando á su marido y á su hija con extrañeza les dijo:
- Me admira que podáis reir.
- Me parece, dijo Barincq, que hay bastante motivo.
- ¿No te lisonjea este gran éxito de los paisajes de Ourteau?, dijo Anie.
- No me habléis de Ourteau en la vida, gritó la señora de Barincq.
- Mamá, hemos de ser justos: á Ourteau debo el estar casada con un hombre
á quien quiero con toda mi alma; aquellas tierras de Ourteau me han enseñado
á ver la naturaleza; si no hubiese sido por Ourteau seguiría confeccionándome
bonitas túnicas de papel para pescar un marido que probablemente no encontraría nunca. Y sin mi permanencia en Ourteau continuaría yo pintando cua• dros con arreglo á patrón de taller ... y los americanos no me los comprarían.
Si soy feliz, si tengo en mis manos un medio de vivir con desahogo y de que
vosotros viváis conmigo, ¿no vale esto tanto como una fortuna?
TRADUCCIÓN DE

A.

SÁNCHEZ PÉREZ

Fig.

1.

Vista Je un taller de Berlín que funciona por medio de la electricidad

presenta nuestro grabado fig. 2 . Est~ fijada en un inmenso puente~ móvil que
funciona sobre el muelle, y su mecamsmo va encerrado en un pequeno compar·
ti miento de hierro que sostiene una gran palanca de 10'7 S ~etros: en su extre·
mo hay una polea por la cual se desliza la cuerda que sostiene los. fard?s· La
fuerza de la grúa es de 2.500 kilo_gramo~. Un m?tor de 40 caballos 1mpnme el
movimiento á la cuerda para subir ó baJar las diferentes cargas y otro de 8 ca·
ballos permite hacer girar la palanca y llevar los fardos sobre el muelle. L~ energía eléctrica la suministra la estación de alumbrado del p~erto. Las mamobras
son sencillísimas y pueden ser ejecutadas con toda la rapidez deseable, y para
evitar los accidentes que pudiera ocasionar la rotura de un cable comple_t~n la
instalación una porción de aparatos se seguridad. El empleo _de la electnc1dad
en esa grúa ha permitido realizar notables economías que ascienden á 20 y hasta á 25 por 100 ~obre los sistemas de vapor.
Ocupémonos ahora de la introducción en los grandes talleres_.de l_o? motores
eléctricos que ofrecen ventajas inapreciables. Hasta ahora las transm1s1ones mecánicas se verificaban por medio de largos árboles, poleas y correas que se cruzaban en todos sentidos, sistema que además 4e las muchas complicaciones á
que daba lugar disminuía notablemente los productos, hasta el punto de que no
era caso raro el de que sólo se utilizase como potencia útil el 1 S ó el 20 _por
100 de la potencia total disponible de la máquina. Con los motores eléctn~os
se evitan todos estos inconvenientes. Nuestro grabado fig. 1 representa un importante taller mecánico de Berlín, en donde hay establecida una distribución
de energía eléctrica: cada obrero tiene delante de sí ó á su ~ado una toma ?e
corriente con su conmutador para alimentar el motor que qu iere hacer func10nar: todas las transmisiones intermedias quedan suprimidas y los motores pue-

HISPANO-AMERICANO
Edicl6n profusamente llnstrtda con miles de pequeños grabados intercaládos en el te~to y tirados
aparte, q,ue reproducen las düereotes tspecies de fos reinos animal, vegetal y mineral; los instrumentos
y aparatos aplicados recientemente • la, ciencias, agricultura, artes ~ indostnae; retrat~ de los personajes que más se han distinguido en todos los ramos del saber bum•no; planos de ondades; mapas
geogrificos coloridos; coplas exactas de los cciadros y demb obras de arte mb célebres de todas las

épocas

MONTAN EA Y S IMON, E D ITO R ES

llliS

fo.le

unido a los

. · if.t.DADESd•1Esro,i
\t.\i
-u~,,

'16Dico■ mu reparadores.

,~\1~DEFUE11,,

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1
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Pepsina Boudault

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PREMIO DEL INSTITUTO AL 0' CORVISART, EN 1856
llldallu en lu lhpollolonu lolernaclooalu de

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P.UIS - LTOI • Tim • PBIUDELPm • P!BIS

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l8'1i

186'1

1873

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•noa ÚJTO U

Lta

VINO FERRUGINOSO ARDUO
ci.uan, ..Eaa• .,_ •11111.&amp;1 Dles años de extto continuado y las afirmaclonea de
toéíu las eminenalu médicas preuban que esta asocl&amp;don de 1&amp; Cllll'lle, el Bierro y la

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?i

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niDgllll

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�LA 1LusrRAcróN ARrtrrscA

N úMERO

607

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                <text>Semanario de literatura, artes y ciencias publicado en Barcelona, España por Montaner y Simón. Redactado por Alarcón, Alás, Barbieri, Barrera, Benot, Brú, Castelar, Echegaray y otros. Contiene ilustraciones, grabados y dibujos.</text>
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              <text>La Ilustración Artística, 1893, Año 12, Tomo 12, No 607, Agosto 14</text>
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              <text>Semanario de literatura, artes y ciencias publicado en Barcelona, España por Montaner y Simón. Redactado por Alarcón, Alás, Barbieri, Barrera, Benot, Brú, Castelar, Echegaray y otros. Contiene ilustraciones, grabados y dibujos.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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