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                  <text>eeLEee1eN JIRIEL
........ 57

LEGIUBDS ·DE DZOBII

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JOSII D11 COSTA IIICA, C, A,
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POR TRES COLONES

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BBKilARIO DE LA VIDA BA.OIOWA.L

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PROJLll!S B!CIOULIS • ARTK •
1

1)()0E GBAIJDES PÁGINAS DE TEXTO F.IRJüDA8
POB LOS 11.Á.S ILUSTBBS BSCBITORF.S NAOIONA•
LU Y EXTBAN.JEBOS. -GRABADOS EN NEGRO Y
D COLOBBB, 001' ORtGllfALES DE LOS MÁS
BENOJIBBADOS ARTISTAS

REDACTORES

Jo~ Ortega Y Gasset, Plo Baroja, Ra-

miro de ll.faezlU, Ramón ~ de "Yl'lil,
Luis de Zulueta, Eugenio d'Ors, GR'gorlo Marúnez Sierra y Juan Guisl.

P.KE0IOS DE 8U8CBIPCION
MADRID y PROVINCIAS S lilF:JS MESES •• •• •• 11.50~
•• l UN AAO......... 5 00 ARo ........................ 111,00 ....,
lflJEIRO R lu Llllnrfaa • TRU08 DCIIL J

EXTRANJERO: Uw
A 18 dXTlll08

a la .. la TI0D.l DI LIKD.
Escelen~ semanario. Lo recomr.ndnmos a nuestros aml&amp;p.&amp;.

SAN JOSE DE COSTA RICA, C. A.

�APRECIAC ION E S

El atildado Azorín es la faz opuesta de
Baroja. Nos encontramos aquí con el ejemplar perfecto, puro y terminante del "hombre de letras". Si la profesión literaria mereciese llevar uniforme, Azorín lo habría de
vestir irreprochablemente. Y es una inj us.:
ticia de la época que no se le hayan concedido al escritor de las "pequeñas cosas"
esos destinos pedectamente literarios, como
director de Biblioteca o Museo, miembro
de la Academia, senador vitalicio.
Es uria de las más acabadas figuras lite~
rarias del momento. Trasciende todo él a
libros, a papeles, a lectur as. Ultima mente,
cansado quizá de sus devan eos políticos, se
ha entregado del todo a la postura que 1f
conviene más y q ue mejor le cae: se ha en
cargado, puesto que otros no lo hacen, de
resucitar personas medio olvidadas o m uertas del todo. Se ha vuelt o de cara al pasa-

Junio de 1915

I

-

�4

5

APRECTACIONES

APRECIACIONES

do, procurando darles vida a los clásicos españoles. Y nadie corno él tan dotado de
cariño y de unción por las cosas viejas, por
los autores pretéritos.
Azorín, en realidad, no vive contemporáneamente. Su espíritu habita otras regiones
lejanas. Parece pasar sobre los sucesos de
hoy como un sonámbulo, sin rozarlos. Aunque viste a la moda y circula en el momento actual, fundamentalmente se halla lejos.
Si a los hombres pudiera situárseles en el
siglo que más les conviene, Azorín se encontraría gustoso y adecuado en pleno siglo

instinto, al partido conservador. Y en él está en su centro, con su conservatismo "ilustrado", que se atreve con los agrios problemas modernos. Igual que sus antepasados
del siglo XVIII.
He aquí un clásico todo pulcritud y contención. El apasionamiento del siglo XIX
apenas ha rozado su alma. Está libre de
todo fárrago. Puede encarar los asuntos sin
la presión de la fiebre romántica. El mundo, la hirviente contrariedad continua del
siglo, no podrían enardecerlo. Si vive en la
hora presente, si comenta los hechos sociales, pronto los deja; vierte una nota de interés, perfectamente educada, como espíritu cortés que no sabría rehuir la atención
en que bullen sus contemporáneos, y luego,
cumplida su especie de cortesía, vuelve a
los antiguos, a los recuerdos, a sus cuadros
castellanos.
En la pintura de esos cuadros se ha mostrado incomparable. Ninguno entre los modernos, ha podido reflejar a Castilla con tal
exactitud y tanto afecto. A estos cuadros
le debe su gloria.
En tal sentido, Azorín ejerce una poderosa influencia sobre las letras actuales. Y éste es uno de tantos misterios como a hundan

XVIII.

Tiene un "progresismo" contemporáneo
de Carlos III. Conversaría animadamente
con un abate culto, con Cabarrús y Jovellanos. Es de la madera de aquellos hombres
que leían casi en secreto a Montesquieu y a
Voltaire; que amaban las ciencias y él "progreso", pero al estilo de la época; que eran
liberal€·s, sin perdonar la misa ni el acatamiento realista. Muchos de aquellos "liberales", transportados al día de ahora, se
harían retrógrados o conservadores. Así
también Azorín, que atolondradamente voló entre las furias anarquistas dura nte algún tiempo, fué a derivar, por lógica y por

�6

.A.PRECI.ACTONES

en la literatura. Con toda su riqueza de
pensamiento, de imaginación y de emoción,
Baroja influye porn o no influye nada; en
cambio Azorín, sobrio de pensamiento y
con una emoción circu:b.scrita a dos o tres
invariables matices, arrastra detrás a muchos imitadores, casi forma escuela.
¿ Es beneficioso a España este influjo?
Desde luego, ha puesto Azorín cierto orden
en el habla, cierta compostura de formas.
En cambio, no puede decirse que un espíritu como el de Azorín impulse a un pueblo
tan decaído y desorganizado. El espíritu de
Azorín es, en el fondo, quietista o estático.
Tal vez reporte un beneficio su vuelta a la
tierra, su fervor de casticismo, su culto de
los clásicos, con frecuencia olvidado todo
esto por España, la gran olvidadiza y la
gran negligente.
Pero al mismo tiempo hay en Azorín un
recreamiento enfermizo por lo que es ruina,
quietud y muerte. Más artista que sociólogo, el pasado y el fracaso del pasado, desde
su punto de vista artístico, le merecen sólo
un amago de lágrima, una pincelada sentimental. Se ve que no gusta sumergirse demasiado en la hondura de los problemas.
Su complacencia de artista cree haber he-

.APRECIACIONES

7

cho bastante con delinear y darle vida al
cuadro, y pasar.
Es una mente tímida, levemente nostálgica, que se deleita con lo viejo. Es el poeta
parco y elegante de la mediocridad castiza.
Estima evocar los pueblos que duermen a
la sombra de los recuerdos; halla una sensual delectación en ir por esos pueblos y en
figurarse que él mismo sea uh habitante de
pequeña ciudad manchega o levantina, un
Azorín pacato y levemente sentimental, un
un pequeño filósofo.
Estima sobre todo los libros. Estos le
arrancan estremecimientos de alegría, y escribe casi siempre a estímulos librescos. As!
como hay autores que dan la sensación de
estarse arrancando las páginas que escriben
de su propia sangre, Azorín, por el contrario, se llena la mente cada vez que lee un
libro, y se vierte después.
En este sentido también es un autor profundamente literario, hombre de letras, es
decir, capaz de reflejarse en el mar convencional de la literatura, mucho mejor que en
el mar de la vida. Dentro de su sér no percibe el rumor de marea de otros escritores;
está inmejorablemente situado sobre el plano neutral del puro objetivismo; su alma

��10

APRECIACIONES

carta das; más valor y eficacia concedemos, por ejemplo, a los ferrocarriles-obra
capital en el mundo moderno-que a los
hechos de la historia concebida en su sentido tradicional y ya en decadencia. Una
preocupación por el poder del tiempo compone el fondo espiritual de estos cuadros. La
sensación de la corriente perdurable - e
inexorable-de las cosas cree el autor haberla experimentado al escribir algunas de
las presentes páginas." En verdad, la noción del tiempo parece que fuera para Azorín una sensación de tacto. La presenta
con relieves de estatua y la anima con palpitaciones musculares. . Estaba indicado por
la naturaleza para hacer la síntesis de ~a vida en pueblos y razas, un autor a quien la
naturaleza dotó conantenas de insecto para
tocar el hilo de las horas.
B. SA~IN CANO.

( Hispania. Lc-ndres.)

LECTURAS DE AZORIN

JUAN EL DE JUAN PEDRO
Juan el de Juan Pedro nació en los
Prietos, un caserío de La Roda. F ·u eron
sus padres Juan Pedro y Antonia Maria.
Juan Ped 0 era el manejero de los Prietos. Los Prietos pertenecían a un señor
muy rico que vivía en Madrid. Donde
nació Juan, la llanura se extiende inmensa y m0nótona; la tierra tiene un color
de ocre. Al lado ile la casa se ven unos
olmos viejos; no pían en ellos los pájaros. No hay pájaros en toda la llanura.
Unas palomas grises revuelan lentamente, _muy lentamente, sobre el cielo azul,
siempre limpio; a ratos se abaten sobre
las sembrados; al anochecer tornan al
palomar.
Cuando Juanico tenía cuatro o seis meses, un día que lo habían acostado en un
poyo y que su madre estaba fuera, entró
un cerdo en la casa, se llegó al niño y co0

�12

.AZORÍN

menzó a mordiscarle y roerle un brazo.
A los gritos acudió la madre.Juan quedó
para toda la vida con una gran descarnadura en el brazo. Dos años más tarde
murió Antonia Maria. Juan Pedro se
volvió a casar con una viuda que tenía
dos hijos.
La madrastra quería poco a Juanico.
Apenas le alimentaba; le daba grandes
golpes; le encerraba largas horas en las
falsas de la casa. Entonces fué cuando
Juan Pedro comenzó a beber. Todas las
faenas de la casa andaban descuidadas.
El amo, que vivía en Madrid, se arruinó;
los Prietos pasaron a otro dueño. El nuevo propietario despidió a Juan Pedro.
Juan Pedro se fué a vivir al pueblo; trabajaba muy poco; un año después murió
y Juanico quedó con la madrastra en
compañía de sus dos hermanastros. A
los ocho años Juanico no daba señal ninguna de inteligencia; no lo llevaban a la
escuela; no aprendía a leer ni escribir•
"Es muy bruto este chico", decían: "¡Jesús, qué zagal más porro!", exclamaban.
J uanico recibía más golpes que antes y

JU.AN EL DE JUAN PEDRO

13

apenas comía nada. Era alto, escuálido,
moreno, feucho, pero tenía unos ojos anchos, unos ojos melancólicos, unos ojos
luminosos. A los doce años Juanico entró
a servir en una casa de labranza; era el
guadapero que llevaba la comida a los
jornaleros que estaban labrando lejos;
hacía las faenas más rudas; soportaba
las bromas más brutales y feroces de los
mozos de la casa. Una noche de San
Jpan, por divertirse, los labriegos comenzaron a mantearlo; una de las veces que
1o lanzaron por el aire cayó al suelo y se
rompió una pierna. Estuvo dos meses en
una cuadra, acostado sobre un montón
de paja, curándose la fractura. Cuando
ntuvo un poco bien, cuando ya podía
andar y moverse de un lado para otro,
ocupándose en las faenas de la casa, se
cometi6 un robo en la labor.· del cajón
del mayoral o encargado quitaron unas
monedas. Juanico no sabía nada del robo; pero lo 11evaron al pueblo y lo tuvieron tres meses en la cárcel.
La mujer del carcelero se compadeció
de Juaoico, el preso no daba nada ,pe

�14

AZORÍN

hace!", no decía nada, no se quejaba nunca. Dos hijos del carcelero cayeron enfermos de viruela. Como Juanico inspiraba
confianza a todos,_ andaba por la casa
del alcaide de la prisión y hacía todos los
menesteres de ella; dur.ante la enferme·
dad de los dos chicos él no se separó jamás de su cama. Los atendía, les daba
las medicinas; vela ha todas las noches,
sin dormir una hora, junto a ellos.
Al ponerle en libertad , Juanico no sabía lo que hacer. Buscó trabajo, entró a
servir en una casa de Villa_rrobledo y allt
estuvo ocupado en labrar seis años la
tierra.
Como las cosechas iban mal, el propietario de la finca hizo reducción en e1 personal; Juanico no tenía mujer ni hijos; él
fue el que se quedó sin trabajo. Anduvo
durante algunos meses por los caminos,
durmiendo en las afueras de los pueblos,
comiendo los mendrugos que le daban de
limosna. Un día encontró en una carretera a un grupo de labriegos que se mar·
chaba a un puerto de mar. Le dijeron
que se fuera con ellos y él comenzó a ca-

JUAN EL DE JUAN PEDRO

15

minar en su compañía. Doce años estuvo
fuera de España, en América.
Cuando volvió a la Mancha todo estaba lo mismo. Juanico era también el mismo de antes. No tenía a nadie en el
mundo, ni tenía nada. Pidió trabajo en
algunas labores y labró las tierras. Un
matrimonio de jornaleros Je da b.a albergue en su ca~a; J uanico les retribuía con
lo que ganabá. En 1885 se extendió el
cólera por España. Juanico estaba entonces en Criptana; las familias pudientes del pueblo se ausentaron. Se suspendieron o redujeron a lo indispensable los
trabajos del campo. Juanico se quedó desocupado. En Criptana él entraba en las
casas de los coléricos; ayudaba a los médicos; se acostaba en la misma cama de
loe enfermos para hacerlos reaccionar.
Uno de los médicos se compadeció de él y
le dió trabajp en una ficca suya.
Tenía Juan el de Juan Pedro entonces
cerca de cuarenta años; era tan delgada
Y estaba tan pá lido como cuando adolesCfflte. Se levanta ba a las cuatro de la
mañana; sacaba de la cuadra la yunta;

�16

JUAN EL DE JUAN PEDRO

AZOBLN

aparejaba las mulas y se marchaba con
ellas a las tierras que tenía que labrar.
Todo el día, de la mañana a la noche, lo
pasaba en la inmensa llanura abriendo
surcos simétricos, larguísimos, paralelos.
Unas picazas revolaban en el cielo .azul;
otras yuntas caminaban lenta~, muy lentas allá a lo lejos. Al anochecer, cuando
el sol hacía rato que se había puesto,
Juanico volvía a la labor. Cenaba enton-ces con los demás jornaleros y se acostaba.
Al cabo de estar siete años en la hacienda del médico, cuando murió el propietario y la finca fúé dividida entre los
bertderos, Juanico volvió a quedar sin
trabajo. Ya entonc:es estaba más pálido
y más delgado que nunca. Apenas tenía
fuerzas; le daban de cuando en cuando
unos profundos desmayos. Se encontró
sin trabajo y no supo qué hacer ni dónde
ir. Comenzó a andar por los caminos;
eran sus compañeros las avecicas del cielo y los canes perdidos. Llevaba un zurrón a la espalda y en él metía los
mendrugos que le daban. Un perro va ga-

17

hundo y extenuado, con unos ojos brillantes, se incor por ó a él y no le dej ab a
en sus cami nat as.
Juanico le cobró cariño y juntos comían el pan que recogían de puerta en
puerta. Como hacía mucho tiempo- desde niño- que no había estado en los P rietos, y como n o tenía que hacer nada, un
día se le ocurrió ir allá a ver si la casa estaba lo mismo que antes. Era en invierno; llegó a los P r ietos al anochecer de un
día crudísimo, en que había estado nevando. Juanico conversó un rato con el
encargado de la casa y le pidió albergue.
Le indicaron un cobertizo lleno de estiér-·
col. J uanico se acostó en el muladar. A la
mañana siguiente lo encont raron muerto; junto a él, se atado en dos patas, con
la cabeza le vant a da al cielo, estaba aullando el perrit o .
(Espafia)

�EL MAR

EL MAR
Un poeta que vivía junto al Mediterráneo, ha plaiíido a Castilla porque no
puede ver el mar. Hace siete siglos, otro
poeta-----el autor del Poema del Cid-llevaba a la mujer y a las hijas de Rodrigo
Díaz desde,el corazón de Castilla a Valencia; allí, desde una torre, los hacía
contemplar - seguramente por primera
vez-el mar.
Miran Va/enria como iaze la , ibdad,
E del otra parte a oio han el mar

No puede ver el mar la solitaria y melancólica Castilla. ~stá muy lejos el mar
de estas campiñas llanas, rasas, yermas,
polvorientas; de estos barrancales pedregosos; de estos terrazgos rojizos, en que
los aluviones torrenciales han abierto
hondas mellas; de estas quiebras aceradas y abruptas de las montañas; de estos mansos alcores y terreros, desde
donde se divisa un caminito que va en

19

zigzags hasta un riachuelo. Las auras
marinas no llt:gan hasta estos poblados
párdos, de casuchas deleznables, que tienen un bosquecillo de chopos junto al
tjido. Desde la ventanita de este sobrado,
~n lo alto de la casa, no se ve la extensión azul y vagorosa: se columbra allá
en una colina una ermita con los cipreses rígidos, negros, a los lados, que destacan sobre el cielo límpido. A. esta olmeda, que se abre a la salida de la vieja
ciudad, no llega el rumor rítmico y ronco
del oleaje: llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del mediodía, el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería.
Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no contemplan el mar: ven
la llanada de las mieses; miran, sin verla,
la largura monótona de les surcos en los ·
bancales. Estas viejecitas de luto, con sus.
manos pajizas, sarmento~as, no encienden, cuando llega el crepúsculo, una luz.
ante la imagen de una Virgen que vela.
por los que salen en las barcas: van por·
las calleja s pinas y tortuosas a las nove-

�20

AZORÍN

nas, miran al cielo en los días borrascosos y piden, juntando sus manos, no que
se aplaquen las olas, sino que las n ubes
no despidan granizos asoladores.
No puede ver el mar la viej a Castilla :
Castilla, con sus vetustas ciudades, sus
catedrales, sus conventos, sus callejuelas
llenas de mercaderes, sus jardines encerrados en los palacios, sus torres con
chapiteles de pizarra, sus caminos ama·
ríllentos y sin uoso~, sus fonditas destartaladas, sus hidalgos que no hacen nada ,
sus muchachas q_ue van a pasear a la s
estaciones, sus clérigos con los balandranes v::erdosos, sus abogados - muchos
abogados, infinitos abogados-que todo
lo sutilizan, enredan y confunden . P uesto
que desde esta ventanita del sobrado n o
se puede ver el mar, d~jad que aquí, en la
vieja ciudad cast ellana, evoquemos el
mar. Todo está en silencio: a llá en una
~ra del pueblo se levanta u na t enue polvoreda; luego, más lejos, apa rece la sie-rra baja, hosca; sin á rboles, sin viviendas. ¿C6mo es el mar? ¿Qué dice el mar?
¿Qué se hace en el mar? Recordemos, co-

EL MAR

21

mo primera visión, las playas largas, doradas y solita rias; una faja de verdura
se extiende, dentro, en la tierra, paralela
al mar; el ma r se a leja inmenso, azul, verdoso, pa rdo, hacia la inmensidad; una
banda de nubecilla s redondeadas parece
posa-rse sobre el agua en la línea remotísima del horizonte. Nada turba el pano...
rama. La suave arena se &amp;leja a un lado
Y a otro hasta tocar en dos brazos de
tierra que se internan en el agua; las olas
vienen blandamente a deshacerse en la
arena ; pa sa en lo alto, sobre el cielo azul,
una gaviota.

* * *
Cambiamos de evocaci6n. No estamos
ya de día junto al mar. Ahora es de noche; el pobla do está remoto; apenas si se
percibe una lucecita en la lejanía. El mar
se halla frente a nosotros; no Je vemos
a~enas; sabemos que aquí, a nuestros
pies, en lo hondo de este acantilado co.
'
~1enza la extensión infinita. Pero percibimos el rumor ronco, incesante, de las
olas que se estreUa n contra las peñas. En .
la negrura del firmamento brillan luce-

�22

.AZORÍN

ros. Pasarán siglos, pasarán centenares
de siglos: estas estrellas enviarán sus
parpadeos de luz a la tierra; estas aguas
mugidoras chocarán espumajeantes en
las rocas: la-noche pondrá su obscuridad
en el mar, en t:I cielo, en la tierra.· Y otro
hombre, en la sucesión perenne del tiempo, escuchará absorto, como nosotros
ahora, el rumor de las olas y contemplará las luminarias eternas de los cielos.
En la noche,juoto al mar, e~ también visión profunda, henchida de emoción, la
de los faros: faros que se levantan en la
costa sobre una colina; faros construídos
sobre un acantilado; faros que surgen,
mar adentro, por encima de las aguas,
asentados eo un arrecife batido por las
olas. En la noche, los faros nos muestran
su ojo luminoso, ya permanente, ya con
intermitencias de luz y obscuración ¿Qué
ojos verán desde la inmensidad negra
esos parpadeos? ¿Qué sensaciones deepertarán en quienes caminan de la tierra
nativa hacia lejanos países?
* * *
De la noche, tornemos otra vez al mediodía radiante. Ya no paseamos sobre

ELM.A.R

23

la arena de una suave playa. Nos hallamos en lo alto de una montaña;sus lade-

ras son suaves y gayas de verdura. Lejos
está el tráfago y la febrilidad de la urbe;
hemos escapado a nuestras inquietudes
diarias. Gozamos de este mundo de paz
y de mar ancho. Inmenso se despliega
ante nuestra mirada: no es el claro Mediterráneo, es el turbulento y misterioso
Atlántico. Las laderas del monte acaban
en unos peñascales; una aguda restinga
ae destaca de la costa y entra en el mar;
las olas corren sobre su lomo, van, vienen, hierven, se deshacen en nítidos espumarajos. Ese movimiento tumultuoso se
presenta a nuestro ojos contrastando
con la quietud, la inmovilidad del mar
allá en la lejanía. Su color es vario a trechos: azulado, terroso, verde, pardo,
glauco; una banda de color de acero divide un vasto manchón azul. Allá en los
confines del horizonte apareceun puntito
que va dejando detrá.s de sí, en el cielo,
un rastro negro. Al cabo de un minuto
ha desaparecido; las olas, al pie de la
montaña, se encrespan, chocan con las
rocas, se deshacen en blanca espuma.

�24

EL M.A.R

.A.ZORÍN

Y traídas por estas evocaciones surgen
otras. Vemos los puertos populosos cuajados de barcos de todos los tamaños y
de todas las naciones, con el boscaje de
sus velámenes, cou las proas tajantes,
con las recias chimeneas; en el ambiente
se respira un grato olor a brea; van y
vienen por los muelles hileras de carros;
rechinan las grúas y las gruesas cadenas
de hierro. Un vapor se mueve lentamente
hacia el mar libre; resuenan tres espaciados toques de sirena; un rato después
el barco se pierde a lo lejos, entre el cielo
y el mar. Vemos las calas plácidas y los
surgideros tranquilos de los pequeños
pueblos; los freos o canales angostos,
que penetran entre dos montañas tierra
adentro; los médanos o bancos de a rena,
que se dilatan en suaves veriles hasta
perderse bajo el agua límpida, transparente; las mañanas turbias en que todo
es gris; el cielo, las aguas, la tierra, y en
que nuestro espíritu se hinche de grises
añoranzas; los días de furibundas tormentas-tan soberbiamente pintadas por

25

Ercilla-en que el vendaba! dobla los árboles de las colinas, salta el agua sobre
los acantilados, se abren profundos senos, súbitamente, en el mar, se levantan
las aguas a increíbles alturas, baten las
olas, bajo un cielo negro, los a·rrecifes de
la costa.
.. . las hinchadas olas rebramaban
en las vecinas rocas quebrantadas.

* .. *
Pero nuestras evocaciones han termi~
nado; desde las lejanas costas v olvemos
a la vieja ciudad castellana. Por la ventanita de este sobrado columbramos la
llanura árida, polvorienta;el aire es seco,
caliginoso. Suenan las campanadas lentas de un convento. Castilla no puede
ver el mar.
(Castilla.)

�LOS FERROCARRILES

LOS FERROCARRILES
¿Cómo han visto los españoles los primeros ferrocarriles europeos? En España
los primeros ferrocarriles construídos fueron: el de Barcelona a Mataró, en 1848;
el de Madrid~ Aranjuez, en 1851. Años
antes de inaugurarse esos nuevos y sorprendentes caminos habían viajado por
Francia, Bélgica e Inglaterra algunos escritores españoles; en los relatos de sus
viajes nos contaron sus impresiones respecto de los ferrocarriles. Publicó Mesonero Romanos sus Recuerdos de viaje por
Francia y Bélgica, en 1841; al año siguiente aparecía el segundo volumen de
los Viajes de Fray Gerundio. Más detenida y sistemáti~amente habla Lafuente
que Mesonero de los ferrocarriles.
D. Modesto Lafuente fué periodista humorístico e historiador; nació en 1806 y

27

murió en 1866. Compuso la Historia de
España que todos conocemos; hizo largas y ruidosas campañas como escritor
satírico. Acarreóle una de sus sátiras, en
1814, una violenta agresión de D. Juan
Prim~entonces Coronel-; vemos un caluroso aplauso a esa agresión en el número VI de la revista El Pensamiento.
D. Miguel de los Santos Alvarez dirigía
esa publicación; colaboraban en ella Espronceda, Enrique Gil, García y Tassara,
Ros de Olano. Rehusó Lafoente batirse
con Prim; negóse a responder al sentimiento tradicional del honor. "Las injurias personales-decía El Pensamiento-,
en todos los países, personalmente se
ventilan. España, esta tierra clásica del
valor y de la hidalguía, ¿desmentiría con
su fallo su noble carácter?'' "¿Se asociaría -añade el anónimo articulista- al
cobarde que acude a los Tribunales en
lugar de acudir a donde le llama su
honor?"
Un escritor que de tal modo rompía
con uno de los más hondos. y transcendentales aspectos de la tradición había

�28

AZORÍN

de ser el primero que más por extenso y
entusiastamente nos hablase de los ferrocarrile~: es decir, de un medio de transporte que venía a revolucionar las relaciones humanas. Fray Gerundio viaja,
brujulea, corretea por Francia, por. Bélgica, por Holanda, por las orillas del
Rhin; lo ve todo; quiere escudriñarlo y
revolverlo todo. Observa las ciudades,
los caminos, las viejas y pesadas diligencias, los P arlamentos, las tiendas, las calles, los yantares privativos de cada peís,
Su charla es ligera, aturdida, amena;
aguda y exacta a trechos. Lafuente se
reservó su llega da a Bélgica para tratar
de los caminos de hierro, "por ser Bélgica el país en que los caminos de hierro
están más generalizados y acondicionados". Minuciosamente va haciendo nuest ro autor una descripción de los ferroca·
rdles.
"No todos los españoles -dice Lafuente-, por lo que en muchas conversaciones he oído y observado, tienen una idea
exacta de la forma material de los caminos de hierro." De la construcción de la

LOS FERROCARRILES

29

línea, de los túneles, de los viaductos, de
las estaciones, de los coches, nos habla
Fray Gerundio con toda clase de detalles. No nos detengamos en ellos; el tren
va a partir; subamos a nuestro vagón.
"El humo de carbón de piedra que saliendo del cañón de la máquina locomotiva
de bronce obscurece y se es¡.,arce por la
atmósfera, anuncia la proximidad de la
partida del convoy." Han unido ya a la
máquina diez, quince, veinte coches. Se
clasifican los carruajes en tres categorías:
las diligencias o berlinas, los coches o
char-á-bancs y los vagones. Las berlinas
constan de 26 ó 28 asientos, cómodos,
mullidos; divídense en tres departamentos que se comunican por puertecillas.
Los char-á-bancs constan de una sola di-visión y son de cabida de 30 personas.
Los vagones van abiertos y sirven "para
las gentes de menos fortuna y para las
mercancías." Han sonado unos persistentes toques de campana. Suben los viajeros a sus respectivos coches. Un dependiente que va en el último vagón del tren
-toca una trompeta; contesta con otro

�30

AZORÍN

trompetazo otro empleado situado a la
cabeza del con voy. Y el tren se pone en
marcha. Poco a poco el movimiento se
va acelerando. "Los objetos desaparecen
como por ensalmo". Conviene que el viajero no mire el paisaje que se desliza junto al vagón, sino a lo lejos. Si se mira a
los lados no fe verá "más que unR cinta
que forma,y se irá la cabeza fácilmente."
Mesonero habla también de la rapidez
con que desaparecen de la vista los objetos cercanos, y dice que por esto "es conveniente fijarla en la lontananza, o, por
mejor decir, no fijarla en ninguna parte."
La celeridad con que se marcha es de
ocho a diez leguas por hora. "Recuerdo
-escribe Mesonero-haber hecho en una
hora y dos minutos la travesía desde
Brujas a Gante, que son doce leguas."
En 1840, cuando Lafuente y Mesonero
observaban los ferrocarriles extranjeros,
ya corría un trenenCuba,entre la Habana y Güines. Nos habla de ese ferrocarril
el desbaratado romántico donJacinto de
Salas y Quiroga, el amigo de Larra y de
Espronceda, en el primer tomo ?e sus

LOS FERROCAR.RILES

31

Viajes-dedicado a la Isla de Cuba-publicado en el citado año. Un solo viaje
hacía diariamente ese treo de la Habana
a Güines; cuarenta y cuatro millas era el
recorrido. "Desde luego-dice Salas-noté menor velocidad que la que otras veces había experimentado en Inglaterra."
"Apenas andábamos -añade-cuatro leguas españolas por hora." Al llegar Salas y Quiroga a Cuba, y al contemplar el
destartalamiento de las fondas y la incomodidad de las ciudades, junto con el camino de hierro,. en extraño y clamador
contraste, recordó una frase de un famo10 amigo suyo. ''Vino naturalmente a la
memoria-escribe-aquel célebre dicho de
mi amigo Larra: En esta casa st: sirve el
café antes que la sopa.''

* * *
Pero continuemos nuestro viaJe en el
ferrocarril belga, acompañados de Fray
Gerundio. Nada más ·cómodo que viajar
en el tren. No hay temor, como algunos
aseguran, de dificultad o ahogo en la respiración. El movimiento es suave: "una

�32

AZORÍN

especie de movimiento trémulo y vibratorio." Se puede ir hablando, jugando o
leyendo; a lgunas veces los empleados van
escribiendo en un coche destinado a oficina. Una muchedumbre de viajeros llena
los trenes y circula por todos los caminos. Las gentes se encuentran en los caminos con la misma frecuencia que en las
calles de París, de Londres "y a un de
Madrid ." Toda Bélgica es una gran ciudad. Todo el mundo viaja con una facilidad extraordinaria. Fr.:-cuentemente se
ve a una linda j oven, •'elegantemente
vestida", penetrar en un coche del tren.
Aun estando el carn.iaje lleno de hombres, no h'ly miedo de que nadie se desmande ni haga ni diga nada que pueda
ofender o ruborizar a la viojera. "Lo que
es un CUS') igual-escribe Lafuente-sucedería en España lo puede suponer el curioso lector." De pron to el tren entra en
un largo y elevado viaducto."Espectáculo raro'' es entonces ver el rápido convoy
marcha r por encima de los carruajes que
allá abajo pasan por los arcos del puente. Otras veces el tren penetra en un tú-

LOS FERROCARRILES

33

nel. "Imponente" es ese momento. El
ruido de la máquina junto con el estrépíto de los coches resuena h6rridamente
bajo la bóveda; s6lo acá y allá una lucecita rompe la densa obscuridad; pasan
veloces en las tinieblas, rasgándolas, las
chispas y carbones desprendidos de la
máquina ... Y bruscamente, aparecen de
nuevo la luz, el paisaje, el campo ancho
y libre. ¿Qué sensadones más gratas,
más artísticas que éstas? Mesonero Romanos protestaba contra los "señores
poetas" que, existiendo el ~•asombroso
espectáculo" de los caminos de hierro,
afirman que, "el siglo actual carece de
poesía". Describe Mesonero la poesía de
loe caminos de hierro en sus diversas faees, ya de día, ya durante la noche.
Encantaba ese espectáculo también a
Lafuente. "Magnífico y sorprendente
cuadro-escribe-; mil veces aún más interesante y más poético cuando se pretencia en horas avanzadas de una noche
obscura.'' Sí; tienen una profunda poesía
los caminos de hierro. La tienen las anchas, inmensas estaciones de las grandes

�34

AZORÍN

urbes, con su ir y venir incesante-vaivén
eterno de la vida-de multitud de trenes;
los silba tos agudos de las locomotoras
que repercuten bajo las vastas bóvedas
de cristales; el barbotar clamoroso del
vapor en las calderas; el zurrir estridente'
de las carretillas; el tráfago de la muchedumbre; el llegar raudo, impetuoso, de
los veloces expresos; el formar pausado
de los larg0s y brillantes vagones de los
trenes de lujo: que han de partir un momento desf.)qés; el adiós de una despedida
inquietant~,; que no sabemos qué misterio doloroso ba de llevar en sí; el alejarse
de un treo hacia las campiñas lejanas Y·
~alladas, hacia los mares azules. Tienen
poesía las pequeñas estaciones en que un
tren lento se detiene largamente, en una
mañana abrasadora de verano; el sol lo
llena todo y ciega las lejanías; todo es
silencio; unos pájaros pían en las acacia•
que hay frente a la estación; por la ca•
rretera polvorienta, solitaria, se aleja un
carricoch~, hacia el poblado que destaca
con su campanario agudo, techado de
negruzca pizarra. Tienen poesía esas

LOS FERROCARRILES

35

otras estaciones cercanas a viejas ciudades, a las que en las tardes del domingo,
durante el crepúsculo, salen a pasear las
muchachas y van devaneando )entamen-'
te a lo largo del andén, cogidas de los
brazos, escudriñando curiosamente la
gente de los coches. Tiene, en fin, poesía,
la llegada del treo, allá de madrugada, a
una estación de capital de provincia; pa~
sado el primer momento de arribo, acomodados los viajeros que esperaban,• e}
silencio, un profundo silencio, ha tornado a hacerse en la estación; se escucha e}
resoplar de la locomotora; suena una·
larga voz; el tren se pone otra vez en
marcha; y allá a lo lejos, en la obscuridad de la noche, en estas horas densas
profundas, de la madrugada, se colum-'
bra el parpadeo tenue, misterioso, de las
lattcitas que brillan en la ciudad dormí~
da: una ciudad vieja, con callejuelas estrechas, con una ancha catcdral,con una
fonda· destartalada, en la que ahora, sacando de su modorra a l mozo, va a entrar un viajero recién llegado, mientras
nosotros nos alejamos en el tren, por la

�36

AZORÍN

LOS FERROCilRILES

campiña negra, contemplando el titileo
de esas lucecitas que se pierden y surgen
de nuevo, que acaban por desaparecer
definitivamente.

rro, y especialmente la del novísimo de
Madrid a Aranjuez. El autor canta entutiasmado las ventajas de los nuevos caminos. Sus resultti.dos serán incalculables
para las relaciones internacionales y para
el bienestar de los pueblos. "A los caminos de hierro-dice el autor-deberemos
los que hasta aquí no han podido conseguir ni los más profundos filósofos ni los
diplomáticos más hábiles." Cuando en
una semana se pueda recorrer toda Europa, conoceránse mejor los nacionales
de todos los países, podrán unirse todos
con otros vínculos distintos de los de
una falaz diplomacia. Se establecer{l entre todos una mancomunidad indisoluble de intereses, ideas y simpatías. "En
fin-termina el autor-, será tan diñcil
hacer la guerra como es hoy mantenerse
en la paz; y los pueblos, tendiéndose las
manos, serán felices merced a los caminos de hierro."
No podíau sospechar el ingeniero inglés
y el escritor español-así como todos los
que hablaban en el mismo sentido allá
en el alborear de los caminos de hierro-.

* * *

En 1846 se publicó en Londres un libro
titulado Railways; tbeir rise, progress
and coastruction; with remarks on railway accidents and proposals for their
prevention. Su autor es el ingeniero Robert Ritchie. No podría encontrarse,
para su época, uo tratado más completo
sobre ferrocarriles. "Los ferrocarriles
-escribe Ritchie-removerán los prejuicios y harán que unos a otros se conoz•
can mejor los miembros de la gran fami•
lia humana; tenderán así a promover la
civilización y a mantener la paz del
mundo." Cinco años después, en 1851,
el mismo año en que se inauguraba el ferrocarril de Madrid a Aranjuez, se publicaba una Guía de esta última ciudad; la
publicaba Francisco Nard. Lleva ·como
apéndice esta Guía-dedicada a los viajeros del ferrocarril-un apéndice en que
se hace la historia de los caminos de hie-

37

�1.

38

A.ZORÍN

no podían sospechar, al hacer a los ferrocar riles propagadores de la paz universal, el alcance qe sus palabras: alcance
en sentido opuesto, negativo. Cuando
ante el amago de una guerra-dice h oy
el proletariado internaéional- podamo~
hacer que cesen de m archar los trenes,
la paz del mundo será un heeho. Los ferrocarriles será n la pa z.
( Castilla.)

L AS NUBES
Ca listo y Melibea se casaron - como
sabrá el iectór, si ha leído La Celestinaa pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín.
Se enamoró Calisto de la que después
había de ser su mujer un día en que entró en la huerta de Melibea persiguíendo
un halcón. Hace de f'Sfo diez y ocho
años. Veintitrés tenía entonces Calisto.
iven ahora marido y mujer en la casa
solariega de Melibea; una hija les nació
que lleva, como su abuela , el nombre de
Alisa. Desde la ancha solana que está a
la parte trasera de la casa se a ba rca toda la huerta en que Melibea y Calisto
pasaban sus dulces coloquios de amdr.
La casa es ancha y rica; labra da escalera
de piedra arranca de lo hondo del zaguán. Luego, arriba, hay salones v astos,
apartadas y silenciosas camarillas, corredores penumbrosos, con u na puert eci-

�40

AZOBiN

LAS NUBES

lla de cuarterones en el fondo, que-como
en Las Meninas, de Velázquez-deja ver
un pedazo de luminoso patio. Un tapiz
de verdes ramas y piñas gualdas sobre
fondo bermejo cubre el piso del sal6a
principal: el salón, donde en cojines de
seda, puestos en tierra, se sientan las damas. Acá y allá destacalf:&gt; silloncitos de
cadera, guarnecidos de cuero rojo, o sillas de tijera con embutidos mudejara;
un contador con cajonería de pintada y
estofada talla, guarda papeles y joya;
en el centro de la estancia, sobre la mel&amp;
de nogal, .con las patas y las chambra·
nas talladas, con fiadores de forjado hierro, reposa un lindo juego de ajedrez coa
embutidos de marfil, nácar y plata; en el
alinde de un ancho espejo refléjanse las
figuras aguileñas, sobre fondo de oro, de
una tabla colgada en la pared frontera.
Todo es paz y silencio en la casa. Melibea anda pasito por cámaras y corredores. Lo observa todo; ocurre a todo. Lol
armarios están repletos de nítida y hice
oliente ropa-aromada por gruesos mem•
brillos-. En la despensa un rayo de aol

hace fulgir la ringla de panzudas y vi-

41

driadas orcitas tala veranas. En la cocina son espejos los artefactos y cacharros

de azófar que en la espetera cuelgan, y
loa cántaros y alcarrazas obrados por la
mano de curioso alcaller en los alfares
~inos, muestran, bien ordenados, su
vientre redondo, limpio y rezumante. Todo lo previene y a todo ocurre la diligente
Melibea; en todo pone sus dulces ojos
verdes. De tarde en tarde, en el silencio
de la casa, se escucha el lánguido y melodioso son de un clavicordio: es Alisa
que tañe. Otras veces, por los viales de
la huerta, se ve escabullirse calladamente la figura alta y esbelta de una moza:
es Alisa que pasea entre los árboles.
La huerta es amena y frondosa. Crecen las adelfas a par de los jazmineros;
al pie de los cipreses inmutables ponen
loe rosales la ofrenda fugaz-como la vida-de sus rosas amarillas, blancas y
bermejas. Tres colores llenan los ojos en
el jardín: el azul intenso del cielo, el blauco de las paredes encaladas y el verde
del boscaje. En el silencio se oye-a

�42

.AZORÍN"

igual de un diamante sobre u n cristalel chiar de las golondrinas, que cruzan
r a udas sobre el añil del firmament o. De
la taza de mármol de una fuente cae deehilachada, en una franja, el agua. En
el aire se respira un penetrante a roma
de jazmines, rosas y magnolias. " Ven
por Ias paredes de mi b uerto", le dijo
d ulcemente Melibea a Calisto hace dia
y ocho años.

* * *
Ca listo está en el solejar, sent ado
jun to a uno de los balcones. Tiene el
cod o puesto en el brazo del sillón, y
la mejilla reclinada en la mano. Hay ea
su casa bellos cuadros; cuando siente
apetencia de música, su hija Alisa le~
gala con dulces melodías; si de poesía
siente ganas, en su librería puede coger
los más delicados poetas de España e
Italia. Le adoran en la ciudad; le cuidaá
las manos solícitas de Melibea; ve contin uada su estirpe, si no en un varón , at
menos, por ahora, en una linda moza,
de viva inteligencia y bondadoso cora•
zón. Y, sin embargo, Calisto se halla.

LAS NUBES

43

absort o, con la cabeza reclinada en la
mano. Juan Ruiz, el arcipreste de Hita,
ha escrito en !é' U libro :
. rl &lt;rei l,1 fa rilla
Que dis: Por lo pasado no e,tés mano en mejilla.

. No t iene Calisto nada que sentir del
pasado; pasado y µresentt: están para
El al mismo rasero de bienanclanza. Nada puede conturbarle ni entri\,tecerle:
Y, sin embargo, Cali\,to, puesta en la
mano la mejilia, mira pasar a lo ltjos,
aobre el cido azul, las nubes.
Las nubes nos dan una sen~ación de
ine~tabilidad y de eternidad. Las nubes
100-como el mar-siempre varias y
siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y todas las cosas
corren hacia la nada, en tanto que ellas
-tan fugitivas-permanecen eternas. A
estas nubes que ahóra miramos, las miraron hace doscientos. quinientos, milr
tres mil años, otros hombres con las
mismas pasiones y las mismas ansias
que nosotr os. Cuando queremos t ener
aprisionado el tiempo-en un momento
de ventura-vemos que han pasado ya
ICIDanas, meses, años. Las nubes, sin

�44

AZOBÍN

embargo, que son siempre distintas, en
todo momento, todos los días, van caminando por el cielo. Hay nubes redondas, henchidas, de un blanco brillante,
que destacan en las mañanas de primavera sobre los cielos translúcidos. ·Las
hay como cendales tenues, q·u e se perfilan en un fondo lechoso. Las hay grises
sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocásos inacabables,
profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitos iguales
é innumerables, que dejan ver por entre
algún claro un pedazo de cielo azul.
Unas marchan lentas, pausadas; otras
pasan rápidamente. Algunas, de color
de ceniza, cuando cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la. tierra una
luz opaca, tamizada, gris, que pre!"ta su
encanto a los paisajes otoñales.
Siglos ~espués de este día en que Calisto está con la mano en lu mejilla, un
gran poeta-Campoamor-habrá de dedicar a las nubes un canto en uno de sus
poemas titulado "Colón". Las nubes
-dice el poeta-nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿ qué es sino
un juego de nubes? Diríase que las nu-

LAS NUBES

45

bes son "ideas •que el viento ha conden•
sado"; ellas se nos representan como un
"traslado del insondable porvenir".
"Vivir-escribe el poeta-es ver pasar".
Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en
lo alto, las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo en
un retorno perdurable, eterno; ver volver todo-angustias, alegrías, esperanzas-como esas pubes que son siempre
distintas y siempre las mismas, como
esas nubes fugaces e inmutables.
Las nubes son la imagen del Tiempo.
¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el Tiempo, la de quien
vea ya en el presente el pasado y en el
pasado lo por venir?

* * *
En el jardín, lleno de silenci9, se escucha el chiar de las rápidas golondrinas.
El agua de la fuente cae deshilachada
por el tazón de mármol. Al pie de los
cipreses se abren las rosas fugaces, blancas, amarillas, bermejas. Un denso aroma de jazmines y magnolias embalsama
el aire. Sobre las paredes de nítida cal
resalta el verde de la fronda ; por encima
del verde y del blanco, se ex.tiende el añil

�.AZORÍN

46

del cielo. Alisa se halla en el jardín, sen•
tada con un libro en la mano. Sus me•
nudos pies asoman por debajo de ll:!, falda de fino contray; están cal:tados con
chapines de terciopelo negro, adornados
con rapacejos y clavetes de· bruñida plata. Los ojos de Alisa son verdes, como
los de su madre; el rostro, más bien a lar.:
gado que redondo. ¿Quién podría contar
la nitidez y sedosidad de sus manos?
Pues de la dulzura de su habla, ¿cuánt os
loores no podríamos decir?
En el jardtn todo es silencio y paz. En
lo alto de la solana, recostado sobre la
barandilla, Calisto contempla extático
a su hija. De pronto, un halcón aparece
revolando rápida y violentamente pot:
entre los árboles. Tras él, persiguiéndole, todo agitado y descompuesto, surge
un mancebo. Al llegar frente a Alisa, se
detiene absorto, sonríe y comienza a ha•
b larla.
Calisto lo ve desde el carasol y adivina sus palabras. Unas nubes redondas,
blancas, pasan lentamente, sobre el cielo azul, en la lejanía.
(C,,stilla,)

PRIMAVERA, MELANCOLIA, , ,
- Un amigo llega a mi casa después de
una larga correría por Europa.
_
- -Ahora- me dice-me marcho a ence~
rra r me en el pueblo. Y a lo conoce usted.,
Es un pueblo claro y silencioso de Levante. No quiero hablar con nadie ni
ver a nanie. Tengo una casa en los linderos de la ciudad. Tiene un jardín delante y un huerto detrás. Las habita~ones son espaciosas y ventiladas. En~
tra el sol a raudales en invierno. En ~eraoo corro las persianas, entorno las
maderas y reina en las estancias u n~
grat~ penumbra. En la primavera observo cómo la lu~ va cambiando; todas
las co_sas parece que sufren un profundo
c~mb10 al pasar del invierno al yerano.
~ o paseo en las mf ñaoas por el jardín y
~uerto. Me levanto t~mprano.
_Los gorriones de los árboles me des•
p1ertan con su_s gritos nerviosos. Los

�AZORIN

PllDLA VERA , ~( ELANCOl,ÍA . . .

conozco á todos. Oigo las campanas lejanas tocar a las primeras misas, Hay
en esta hora matinal una viveza y una
transparencia que no hay en las demás
horas del día. El aire parece de cristal;
las montañas remotas parecen de porcelana. Resuena una tos de un viejo labriego que pasa. Luego, las viejecitas vestidas de negro, con sus manos pajizas, discurren por las calles camino de la iglesia.
Salgo de casa y llego hasta la plaza del
pueblo. Hablo algunas palabras con los
viejos madrugadores. Los viejos parece
que esperan todos impacientes, ansiosos, la llegada de las primeras luces del
día. Inmediatamente que cla rea el cielo,
salen de sus casas y dan pequeños paseos por los soportales. Son viejos labriegos, viejos amigos de la tierra, que
han vivido toda su vida viendo colo
rearse el cielo con los resplandores del
alba. Son amigos de los gorriones mañaneros y de las campanas que tocan a
la primera misa. Tosen encorvándose y
tienen alg ún pronóstico para lo que ha
de ocurrir durante el día.

Cuando vuelvo a casa ya está todo en
orden y limpio. No tolero que den grandes y ruidosos golpes en los mueb!es.
Quiero que se limpie todo en silencio. Un
rayo de sol entra hast:l. la mesa en que
yo tomo mi des-iyuno. Respiro a plenos
pulmones el aire saturado de jazmines y
lilas. Una abeja, temprana, laboriosa,
viene ya diligente a esta hora hasta las
flores. Le corre prisa, mucha prisa, por
llevarse las patitas llenas de pegotes
amarillentos. Los cetonios panzudos y
dorados, todavía están durmiendo en el
seno sedoso de las rosas. Necesitan mucho sol; quieren que el aire esté muy pesado, muy denso. Hasfa q~e no promedie la mañana no saldrán de sus escondrijos y no revolotearán pesadamente
de un lado a otro. Mi can ha dado unas
vueltas por el jardín. Lo hace para que
yo no crea que descuida el primero de
sus deberes: la vigilancia . Sin embargo,
no vigila nada. Sa be él que nada ocurrirá, y después de andar por el jardín un
poco aburrido, vuelve a recostarse al
pie de la butaca en que yo leo.

48

40

�50

.A.ZORl ~

Los libros q_ue yo leo son sencillos . y
cla ros. Detesto los lib ros lar gos y confusos. Cua ndo h asta mí llega una ca rta
muy larga, no puedo entera rme de ella.
A los a migos y a los conocidos leja nos
les entero de mi vida en c~atro letras
menuditas y simétricas sobre un pa pel
blanco y sin brillo. No sé t ocar el piano;
pero teng0 una pianola y cerca de ella,
al alca nce de la mano, un -rimero de piezas de Beethoven, de Mozart y de Wa gner. En las paredes de mi casa no hay
ningún cuaclro al óleo; como no puedo
poseer grandes lienzos de Velázquez,
Veronés, Tiziano y Goya, tengo de ellos
hermosas fotografías. Me gustan, sobre
todo, Tiziano, Goya y Velázquez. Cuan·
do me canso de leer y escrib ir, me siento,
en una mecedora y do rmito frente a l jardín, lleno de aromas y de silencio.
Mi mesa es sobria No me gustan las
cesas complicadas. Cómo principalmen·
te vegetales y frutas . Me place conser·
var, des pués de levantarme de la mesa,
la sensación de no haber comido nada.
Para mí sería algo muy penoso el verme

51
obligado a tornar una cucharada de bicarb onato. Quiero ver la mesa limpia,
nítida; la crist a lería ha de relucir y brillar. Sobre el mantel pongo un haz de
rosas y de hierbas sil vestres. Amo todos
los hierbajos de la montaña: el romero,
la mejorana, la salvia, el cantueso. Me
t~aen una impresión que no me proporcionan las flores y plantas de los j a rdines; una impresión de soledad, de libertad , de fortaleza y de sinceridad.
Voy por las tardes a dar largos paseos por mis tierras. Converso con los
labriego~. Les pregunto mil cosas relativas a la la bra nza. Me cuentan la s impresiones de sus vidas : vidas vulgares
uniformes, en las cua les no ha ocurrid~
nunca nada. Si a lg uno ha pasado por
Ma drid pa ra ir a segar a tierras lejanas,
me dice lo que le h a pa recido Madrii
Beb o el agua fresca de los h onta na res
del mo nte. Observo entre los lentiscos
cómo tienen las silenciosas a rañas tendidas sus telas . Si levanto una pesada piedra, veo los glomeridos removerse molestados con la luz y con el ruido. En

�52

AZORÍN

algún remanso o estanquecontemplo los
girinos • dar vueltas y revueltas, trazar
sus círculos. Envidio a estos animalejoscuya misión se reduce a correr constan,
temente sobre el agua con sus pataslargas. Observo cómo riega·n los bancales
y los herreñales. Ver correr el agua por
las acequias y observar cómo la tierra
!&gt;edienta la recibe y se desposa con ella,
es una de mis mayores satisfacciones.
Después, cuando llega el crepúsculo,
permanezco absorto observando cómo
el cielo se va obscureciendo poco a poco
y cómo las cosas vuelven a su reposo
después de la lucha del día. Las estrellas
comienzan a destacarse en lo alto. Se
oye a lo lejos una canción larga y melancólica. Han callado los pájaros En
la lejana ciudad brillan las lucecitas
eléctricas. Cuando vuelvo al pueblo, si
a 1 pasar por alguna calle solitaria, oigo
las notas de algún piano que canta en el
crepúsculo alguna de esas músicas vieja•
y románticas-una música tocada por
algunas manos finas y blancas-siento
tristeza, una tenue e indefinible tristeza,

PRIMAVERA, MELANCOLÍA ..•

53

invadir mi espíritu. Dentro de doscientos, de trescientos años, otras notas tan
melancólicas como éstas, tan largas,
tan suaves, sonarán también en esta calle, en este crepúsculo. ¿ Quién las escuchará? ¿ Qué manos tristes y ensoñadoras las tocarán? ¿ Qué ensueños y que
melancolías suscitarán?
( Lecturas Espa,i olas)

�UNA LCCE( ITA ROJA

UNA LUCECITA ROJA
De los oios t&lt;111 fuale mintlrt lorú11do ....

Poema del Cid

Si queréis ir allá, a la casa del Henar,
salid del pueblo por la calle de Pellejeros, tomad el camino de los molinos de
Ibangrande, pasad junto a las casas de
Marañuela y luego comenzad a ascender
por la cuesta de Navalosa. En lo alto,
asentada en una ancha meseta, está la
casa. La rodean viejos olmos; dos cipreses elevan sobre la fronda sus cimas
rígidas, puntiagudas Hay largos y pom·
posos arriates en el jardín. Hay en la
verdura de los rosales, rosas bermejas,
rosas blancas, rosas amarillas. Desde
lo alto se descubre un vasto panorama:
ahí tenéis a la derech:i, sobre aqu ·lla
!omita redonda, la ermita de Nuestra
Señora del Pozo Viejo; más lejos, cierra
el horizonte una pincdada zarca de la
siei·ra; a la izquierda , un m:agador hace

55

serpenteos entre los recuestos y baja
hasta el río, a cuya margen, entre una
olmeda, aparecen las techumbres rojizas
de los molinos. Mirad al cielo: está limpio, radiante, azul; unas nubecillas blancas y redondas caminan ahora lentamente por su inmensa bóveda. Aquí en
la casa, las puertas están cerradas; las
ventanas están cerradas también. Tienen los cristales rotos y polvorientos.
Junto a un balcón hay una alcarraza
colgada . En el jardín, por los viales de
viejos árboles, avanzan las hierbas viciosas de los arriates. Crecen los ja?.mineros sobre los frutales; se empina una pa·
sionaria hasta las primeras ramas de
los cipreses y dl!sde allí deja caer flotando unos floridos festones.
Cuando la noche llega, la casa se va
sumiendo poco a poco en la penumbra.
Ni uoa luz ni un ruido. Los muros desaparecen esfumados en la negrura. A esta
hora , a llá abajo, ~e escucha un sordo,
formidable estruendo que dura un breve
momento. Entonces, casi inmediatamente, se ve una lucesita roja que aparece en

�•

56

.AZORÍN

la negrura de la noche y desaparece en seguida. Ya sabréis lu que es: es un tren
que todas las noche5, a esta hora, en este
momento, cruza el puente de hierro tendido sobre el ríu y luego se esconde tras
una loma.
.. * *
La casa ha abierto sus puertas y sus
ventanas. Vayamos desde el pueblo hasta las alturas del Henar. Salgamos por
la calle de Pellejeroi,;; luego tomemos el
camino de los molinos de Ibangrande;
después pasemos junto a las casas de
Marañuela; por último ascendamos por
la cuesta de Novalosa. El espectáculo
que descubramos desde arriba nos compensará de las fatigas del camino. Desde
arriba se ven lus bancales y las hazas
como mantos diminutos formados de
distintos retazos-retazos verdes de los
sembrados, retazos amarillos de los barbechos-. Se ven las 1.:himeneas de los caseríos humear. El río luce como una
cintita de plata. Las sendas de los montes suben y bajan, surgen y se esconden
como si estuvieran vivas. Si marcha un

UN.A LUCECITA ROJA

57

carro por un camino diríase que no a vanza, que está parado: lo miramos y lo miramos y siempre está en el mismo sitio.
La casa fstá animada. Viven en ella.
La habitan un señor, pálido, delgado,
con una barba gris, una señora y una
niña. Tiene el pelo flotante y de oro la
niña. Las hierbas que salían de los arriates sobre los caminejos hao sido cortadas. Sobre las mesas de la casa se ven
redondos y esponjados ramos de rosas:
rosas blancas, rosa·s bermejas, rosas
amarillas. Cuando sopla el aire, se ve en
los balcones abiertos cómo unas blancas, nítidas cortinas salen hacia afuera
formando como la vela abombada de un
barco. Todo es sencillo y bello en la casa. Ahora en las paredes, desnudas antes, se ven unas anchas fotografías, que
representan catedrales, ciudades, bosques,
jardines. Sobre la mesa de este hombre
delgado y pálido, destacan gruesas rimas de cuartillas y libros con cubiertas
amarillas, rojas y azules. Este hombre
todas las mañanas se encorva hacia la
mesa y va llenando con su letra chiquita

�58

UNA J,UCECITA BOJA

AZOBÍ~

las cuartillas. Cuando pasa así dos o
tres horas, entran la dama y la niña. La
niña pone suavemente su mano sobre la
cabeza de este hombre; él se yergue un
poco y entonces ve una dulce, ligeramen
te melancólica sonrisa en la cara de la
señora.
.
A la noche, todos salen al jardín. Mi·
rad qué diafanidad tiene el cielo. En d
cielo diáfano se perfilan las dos copas
agudas de los cipreses. Entre las dos copas fulge-verde y rojo-~n lucero. Los
rosales envían su fragancia suave a la
noche. Prestad atentos el oído: a esta
hora se va a escuchar el ronco rumor del
paso del tren-allá lejos, muy _lejos- por
el puente de hierro. Luego bnllará la lucesita roja del furgón y desaparecerá en
la noche obscura y silenciosa.

* * *
(En el jardín. De noche. Se perci~e el
aroma suave de las rosas. Los dos c1preces destacan sus copas alargadas en el
cielo diá fano . Brilla un lucero entre las
dos alongadas manchas negras.

5!)

-Ya no tardará en aparecer la lucecita.
-Pronto escucharemos el ruido del
tren al pasar por el puente.
-Todas las noches pasa a la misma
hora. Alguna vez se retrasa dos o tres
RJinutos.
-Me atrae la lucecita roja del tren.
-Es cosa siempre la misma y siempre
nueva.
-Para mí tiene un atractivo que casi
no sabré definir. Es esa lucecita corno algo fatal, ~er~urable. Haga el tiempo
que haga, rnv1eroo, verano, llueva o nieve la lucecita aparl.'ce todas las noc-hes
a su hora, brilla un momento y luego se
oculta. Lo mismo da que los que la contemplen desde alguna parte estén alegres
o tristrs. ~o mismo da que sean los seres n:iás felices de la tierra o los más desgraciados: la lucecita roja aparece a su
hora Y después desaparece.
. La ,,oz de la niña: Ya está ahí la Jueec-,ta.)

***
La estación del pueblo e¡,tá a media
hora del caserío. Rara vez desciende al-

�60

.AZORÍN

UNA LUCECI1'A ROJA

gún viajero del tren o sube en él. Allá
arriba queda la casa del Henar. Ya está
cerrada, muda . Si quisiéramos ir hasta
ella tendríamos que tomar el camino de
los molinos del Ibangrande, pasar junto
a las casas de Marañuela, ascender por
la pendiente de Novalosa. Aquí abajo, a
poca distancia de la estación, hay un
puente de hierro que cruza un río; lueg&lt;;&gt;
se mete por el costado de una loma.
E!;ta noche a la estación han llegado
dos viajeros: son una señora y una niña.
La señora lleva un ancho manto de luto; la niña viste un traje también de luto. Casi no s~ ve, a travl:s del tupido velo, la cara de esta dama. Pero si la pudiéramos examinar, veríamos que sus
ojos están enrojecidos y que en torno de
ellos hay un círculo de sombra. También
tiene los ojos enrojecidos la niña. Las
dos permanecen silenciosas esperando el
tren. Algunas persosas del pueblo las
acompañan.
El tren silba y se detiene un momento.
Suben a un coche las viajeras. Desde allá
arriba, desde la casa ahora cerrada, mu-

da, si esperamos el paso del tren, veríamos cómo la lucecita roja aparece y luego, al igual que todas las noches, todos
los meses, todos los años, brilla un momento y luego se Olulta.
( Castilla)

61

�tos

LOS VIEJOS
Estos son unos viejos, muy viejos. Llevan un pantalón negro, un chaleco negro, una chaqueta negra de terciopelo.
Esta chaqueta es muy corta. Ya casi no
quedan en el pueblo más chaquetas cortas que las de estos viejos labriegos. Van
encorvados un poco y se apoyan en cayados amarillos. ¿E .. qué piensan estos
viejos? ¿Qué hacen estos viejos? Al anochecer salen a la huerta y se sientan
sobre unas piedras blancas. Cuando se
han sentado en las piedras permanecen
un rato en silencio; luego, tal vez ur..o
tose; ofro levanta la mano y golpea con
ella abierta la vudta del cayado; otro
apoya los brazos cruzados s?bre el bastón e inclina la cabeza pensativo ... Estos
viejos han visto suceders: las gencraci?nes; las casas que ellos vieron construir
están ya viejas, como ellos. Y ellos salen
a la huerta y se sientan en sus piedras
blancas.

\'IEJOS

63

Va anocheciendo. El pueblo luce intensamente dorado por los resplandores del
ocaso; las palmeras y los cipreses de los
huertos se recortan sobre el azul pálido;
la luna resalta uidoca.
Y un vie-jo levanta la cabeza y dice:
- La luna está en creciente.
-El día 17-observa otro-será la luna llena.
-A ver si llueve antes de la vendimia
-replica un tercero-y la uva reverdece.
Y todos vuelven a callar.
Cierra la nod1-; un viento ligero mece
las palmeras que destacan en el cielo fuliginoso. Un vitjo mira hacia Poniente. Este viejo está coro pletamente afeitado, como todos; sus ojuelos son grises, blandos;
en su cara afilada, los labios aparecen
sumidos y ie prestan un gesto de bondad
picare~ca. Este viejo es el más viejo de
todo~; cuando camina agachado sobre
su palo lleva la mano izquierda puesta
sobre la espalda. ~ira hacia Poniente y
.dice:
-El año 60 hizo un viento grande que
derribó una palmera.

�AZORlN

-Yo la ví-contesta otro-; cay ó sobre
la pared del huerto y abrió un boquete.
-Era una palmera muy a lta .
-Sí, era una palmera muy alta.
Se h ace otra la rga p&amp;usa. Los murciélagos revuela n ca lla da mente; brillan las
luces en el pueblo . Entonces el viejo más
viejo da dos g olpes en el s uelo con el cayado, y se levanta.
- ¿Se marcha usted?
- Sí; ya es tarde.
-Entonces nos marcharemos todos.
Y todos se levanta n J e sus piedras
blancas y se va n a l pueblo, un poco encorvados, silenciosos.
( A 11/011io A :orí,z.)

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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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