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                  <text>eeLEeeieN 1\RIEL
euaderao c,c,

Noviembre 15

J05E ENRIQUE RODO.... El Centenario de Cervnntes.
ANTONIO MACHADO..... Por tierras de Alvargonzález.
P. HEXRIQUEZ UREÑA. .• La poeslade Enrique Gon2:Uez
Martínet.
J LAGOS LISBOA.......... Lavandera.
CORNELIO HISPANO:..... Los templos.
ENRIQUE FERNANDEZ G. Poeslas.
APOSTILLAS.

191S

SAN JOSE DE

COSTA RICA.- C. A.

Imprenta Greftas

��COLI-CCCION

(!E)LE(!(!IE)N 1\RIEL

A.RIEL

REPERTORIO HISPANO-AMERICANO
PUBLlC.!DO EN CUADERNOS QUINCENALES, POR

J. G11RelA MeNGB
S7'N J8SB DB eesTa Rlea. e. JI.

El CENTENARIO DE CERVANTES

Condiciones,
La aerle de 12 cudernoa ( en Coata Blr.a) : &lt;!t 3.00.
La serle de 12 eaader■os ( e■ el Extralljero); $ 2 .00 oro am.

:u.ero auelto : &lt;!l, 0.25
768 pll.ginas,
doa llbroa de Hco«lda, nrlada r reeoaronaatAI llhratara
POR. TRES COLONES

ESPAÑA
El número de "ESPA&amp;A" correspondiente al jueves último, lleva estos trabajos: SE VAN, SF: VAN, por
J os(; Ortega y Gasset; Los PROBLEllAS DEL BACHILLE·
RATO, por L. de Hoyos; EL E SCULTOR JULIO ANTONIO,
por Juan de la Encina; CR1s·m1A DE SUECIA, por R.
Pérez de Ayala y Los Es l'A.SOLES PINTADOS POR ~í Mis·
l!OS, por Antonio Zozaya.
En l:i parte gráfica destacan los retratos de TODAS
LAS PRIMERAS AC'l' RICES que actuarán en Madrid esta
temporada, el de Lr.OYD GEORG E con su semblanza, una
curiosa fotografía en que aparecen juntos EL KAIS ER
y FEI,Il'E u, una divertida historieta de Bagaría y la
página en colores por Moya del Pino.
Precio del númeo DIEZ CÉNTIMOS. En la Li•
brería de la Srra. v. de Lines.

e

SPAÑA se dis pone a celebra r, dent ro de pocos
meses, * el centenario de la mu erte de Miguel
de Cervantes. Un centen ario más, como el de Calderón y el de Velázquez- ocasion es, no m uy lejanas, de fiestas semejantes,-no im portaría gran
cosa. Las solemnidades de la pompa oficial, las declamacion es de la vanida d oratoria , los re buscos de
la erudición pedantesca, b astarían para mantener
el consecuente ritual de conmemoraciones de esa
especie. Pero debe fiarse en que la sugestión y el
estímulo de la oportunidad enciendan en el alma
de la j uventu d española- donde hay prometedoras potencias de meditación y poesfa,-la inspiración q ue concrete en estudio, poema u obra de
arle, la grande ofrenda que aun debe España a
su más alto representante espiritual, que fué a la
vez el mayor prosista del Renacimiento, y el más
maravilloso creador de caracteres humanos que
pueda oponer el genio latino al excelso nombre
de Shakespeare.
•

En elmes de Abril de 1916. (N. del D,)

~--a-,-a~L'""'.l~O~T;.-;;E~C~A:-;C~E~NM1TrRR~A;:¡:L~--\

IL-------~u.~A.~N.::.::'-~----

�2

JOSÉ ENR1QUE RODÓ

La ocasión obliga, con igual imperio, a esta
América nuestra. El sentimiento del pasado original, el sentimiento de la raza y de la filiación
histórica, nunca se representarían mejor para la
América de habla castellana que en la figura de
Cervantes. Cualesquiera que sean las modificaciones profundas que al núcleo de civilización
heredado ha impuesto nuestra fuerza de asimilación Y de progreso; cualesquiera que hayan de
ser en el porvenir los desenvolvimientos originales de nuestra cultura, es indudable que nunca
podríamos dejar de reconocer y confesar nuestra
vinculación con aquel núcleo primero sin perder
la conciencia de una continuidad histórica y de
un abolengo que nos da solar y linaje conocido
en las tradiciones de la humanidad civilizada. Y
esa persistente herencia no tiene manifestación
más representativa y cabal que la del idioma,
donde ella se resume toda entera y aparece adaptando a sus medios connaturales de expresión las
adquisiciones y evoluciones sucesivas. Confirmar
la fidelidad a esa forma espiritual que es el idioma Y glorificarla en el recuerdo de su escritora_rquetipo, es, pues, el modo más adecuado y más
smcero con que América puede mostrar el género
de solidaridad que reconoce con la obra de sus
descubridores y civilizadores.
. No ~ay otra estatua que la de Cervantes para
s1mbohzar en América la España del pasado co-

EL CKNTENARIO DE CJlJRV:!NTES

3

món, la España del sol sin poniente. Los reyes
que la abarcaron con su cetro, aun cuando mereciesen alguna vez mármol o bronce, no podrían
encarnar jamás en mármol ni bronce americano,
porque representan la autoridad de que nos
emancipamos y las institacfones que sustituimos.
Solo la noble imagen de isabel la Católica dominaría sin incongruencia en suelo de América, rescatando en gloria perenne las joyas que costearon
la aventura sublime, y figurando como el numen
maternal de nuestra civilización. Pero el símbolo
requiere en este caso formas más recias y viriles
que esa suave fisonomía de mujer. Los portentosos capitanes de la Conquista, los legendarios sojuzgadores de mares y de tierras, tienen un cadcter que excluye la entera apoteosis americana,
como personificaciones de la ejecución brutal,
consumada con sacrificio del indio, que también
es carne y alma de América. Los colonizadores,
gobernantes o misioneros, en quienes se apacigua
y endulza la empresa civilizadora, proporcionan
más de una figura capaz de ser glorificada en la
parte del Continente a que se contrajo su influencia; pero ninguna de magnitud continental. En
cuanto al Descubridor, a España pertenece su
gloria, sin duda, pero no su persona; y las esta,
tuas que reproducirán infinitamente su imagen,.
de uno al otro extremo del mundo concedido a
su fe, no son las aptas para significar el genio roi-

�4

EL CENTENARIO DE CERVANTES

JOsi ENRIQUE ROD6

e

ginal Y propio de la civilización transplantada.
Sólo queda buscar el símbolo personal en el
mundo del espíritu, donde esa civilización forja
sus normas ideales y sus medios de expresión, y
escogerlo en quien tiene dentro de ella personalidad más característica y más alta. Hay, además
entre. el genio de Cervantes y la aparición d;
Aménca en el orbe, profunda correlación histórica. El descubrimiento, la conquista de América,
son la obra magna del Renacimiento español, y
el verbo de este Renacimiento es la novela de
Cervantes. La ironía de esa maravillosa creación
abatiendo un ideal caduco, afirma y exalta d;
rechazo un ideal nuevo y potente 1 que es el que
determina el sentido de la vida en aquel triunfa¡
despertar de todas las energías humanas con que
se abre en Europa el pórtico de la edad moderna
A un objetivo de alucinaciones y quimeras, com~
el que perseguía el agotado ideal caballeresco,sucede el ~rme objetivo de la realidad, abierta a los
fines racionales y a la perseverante energía de los
hombres. El mundo imaginario que había dado
t~atro a las hazañas de los Amadises y Esplandianes se desvanece como las nieblas heridas por
el sol, Y lo sustituye el mundo de la naturaleza
redondeado Y conquistado por el esfuerzo huma~
no; _la América vasta y hermosa sobre todas las
fic1:~ones, que con su descubrimiento completa la
noción del mundo fiscfo, y con el incentivo de su

5

po'i&gt;sión ofrece el escenario de proezas más inauditas y asombrosas que las aventuras baldías de
los caballeros andantes.
La filosofía del "Quijote" es, pues, la filosofía
de la conquista de América. La radical transfor•
mación de sentimientos, de ideas, de costumbres,
para la que el hallazgo del hemisferio ignorado
fué causa concurrente, es la que adquiere forma
poética imperecedera en esa epopeya de la burla,
donde el jovial espíritu del Renacimiento dirige
sobre los últimos vestigios de un ideal moribun ·
do, las mortales saetas de la ironía. América nació para que muriese Don Quijote; o mejor, para
hacerle renacer entero de razón y de fuerzas, incorporando a su valor magnánimo y a su imaginación heróica, el objetivo real, la aptitud de la
acción conjunta y solidaria y el dominio de los
medios proporcionados a sus fines.
Mientras muere vencido el Ingenioso Hidalgo
y perece con él el tipo de héroes de las fábulas de
caballerías, melancólicos como Tristán, vagos e
inconsistentes como Lanzarote, inmaculados como Amadis, se consagra en las tremendas lides
de América el nuevo tipo heróico, rudo y sanguíneo, de los Corteses, Pizarros y Balboas, perseguidores de realidades positivas; apasionados,
tanto como de la gloria, del oro y del poder.
Mientras la armadura herrumbrosa y la adarga
antigua y el simulacro de celada del iluso caba-

�6

7

JOSi KNRIQU!.: RODÓ

EL CENTENARIO DE CERVANTES

llero, se deshacen en rincón obscuro, respla ndecen
al sol de América las vibrantes espadas, las firmes corazas de Toledo. :\fientras Rocinante, escuálido e inútil, fallece de vejez y de bam_bre, se
desparrama!\ por las pampas, los montes y los
valles del Nuevo Mundo los briosos potros anda¡ uces, los heróicos caballos del conquistador, progenitores de aquellos q ue un día habrán de formar, con el " ga ucho"y el "llanero", el organismo
del centauro americano. Mientras se disipan en
el aire los mentidos tesoros de la cueva de Montesinos, fulguran con deslumbradora realidad la
p lata de Potosí, el oro de Méjico, los diamantes y
esmeraldas del Br~sil. Mientras fracasa entre risas burladoras el mezquino gobierno de la Insula
Barata ria, se ganan de este lado del mar imperios
colosales y se fundan virreinatos y gobernaciones
con que se conceden más pingües recompensas
que las que rey alguno de los tiempos de caballería pudo soñar para sus vasallos.
Así el sentido crítico del "Quijote" tiene por
complemento afirmativo la grande empresa de
Espa1ia, que es la conquista de América. Así, al
figurar una vi va oposición de ideales, dejó escrita
ese libro la epopeya de la civilización española,
deteniendo, como hechizada, en el vuelo del tiempo, la hora culminante en que aquella civilización
Hega a su plenitud y da de sí nuevas t ierras y
nuevos pueblos. Y así el nombre de Miguel ele

Cervantes, no sólo por la suprema representación
de la lengua, sino también por el carácter de su
obra y el significado ideal que hay en ella, puede
servir de vínculo imperecedero que ~ecu~rde a
América y España la unidad de su h1stona y la
fraternidad de sus destinos.

JosE
Montevideo, 1915.
( La Nol&lt;,. Buenos Aires.)

ENRIQUE RODÓ.

�LA·TJERRA DE ALVARGONZÁLEZ

LA TIERRA DE ALVARGONZALEZ
7TNA mañana de los primeros días de ocU tubre, decidí visitar la fuente del Duero
y tomé en Soria el coche de Burgos que había
de llevarme hasta Ciclones. Me acomodé en la
delantera cerca del Mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su
alde~ ~atal, esco~dida en tierra de pinares, y
un vteJo campes100 que venía de Barcelona
donde embarcara a dos de sus hijos para La
Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla
sin encontrar gentes que os hablen de tierras
de Ultramar.
Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma,
bordeado de chopos que el otoño comenzaba
a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda ent~e grises colinas y cerros pelados. Soria, mística y guerrera, guardaba antaño la puerta
de Castilla, como una barba cana hacia los
reinos moros que cruzó el Cid en su destierro.
El Duero, en torno a Soria, forma una curva
de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección
del venablo.
El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo
escuchaba al campesino que discutía con el

9

mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Durcielo, una joven vaquera había
aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a ~n
rico ganadero de Vl:!-ldea':ellano, preso P&lt;;&gt;r 10dicios en la cárcel de Sona, como autor mdudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba
de la justicia porque la víctima era pob~e. En
las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan
del juego y de la política, como en las grandes del arte y de la pornografía,-ocios de
me:caderes-pero en los campos, sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los
crímenes de los hombres.
-¿Va Vd. muy lejos ?pregunté al ~ampesino.
-A Covaleda señor, me respondió. ¿Y Vd.?
-El mismo c;mino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la
vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.
-Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le
libre de una tormenta por aquella sierra.
Llegados a Ciclones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano que continuaba su viaje en la diligencia hasta San
Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.
Siempre que trato con hombres del campo,
pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros
ignoramos, y en lo poco que a ellos importa
conocer cuanto nosotros sabemos.
El campesino cabalgaba delante de mí, si-

�10

- ---------

ANTONIO MACHADO

lenci~so. El hombre de aquellas tierras, serio
y tac1t~rno, habla cuando se le interroga, y

es sobrio en la_respuesta. Cuando la pregunta
es tal que pudiera excusarse, apenas se digna
contestar. Sólo se extiende en advertencias
útiles sobre las cosas que conoce bien, o ·cuando narra historias de la tierra.
Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos
a nues~ra espalda. La iglesia con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuela sobre unas cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino rea l destácase
la casa de un indiano, contrastando con el
sórdido caserío. Es un hotelito moderno y
mundano, rodeado de jardín y verja. Frente
al pueblo se extiende una calva serrezuela de
rocas grises, surcadas de grietas rojizas.
Después de cabalgar dos horas, llegamos a
la Muedra, una aldea a medio camino entre
Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos
un puente de madera sobre el Duero.
-Por aquel sendero, me dijo el campesino
señalando a su diestra, se va a las tierras de
~lvargonzález; campos malditos hoy; los meJOres, antaño, de esta comarca.
-¿Alvargonzález es el nombre de su dueño?
le pregunté.
-Alvargonzález, n;i.e respondió, fué un rico
labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama
como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras·
de Alvargonzález a los páramos que la ro-

LA TIERRA DE ALVAROONZÁl,EZ

11

dean. Tomando esa vereda llegaríamos allá
antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando elhambre les echa de
los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas q?e fueron de
Alvargonzález, hoy vacías y arru10adas ..
Siendo niño oí contar a un pastor la historia de Alvarg~nzález, y sé que anda inscri~a
en papeles y que los ciegos la cantan por berras de Berlanga.
Roguéle que me narrase aquella historia, y
el campesino comenzó así su relato:
Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus
padres rica hacienda. Tenía casa &lt;:ºn huertas
y colmenar, dos prados de fina hierba, c_am·
pos de trigo y de centeno, un trozo de encmar
no lejos de la aldea, algunas y untas para el
arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.
Prendóse de una linda moza en tierras del
Burgo no lejos de Berlanga, y al año de conocerl; la tomó por mujer. Era Polonia, de
tres hermanas, la mayor y la más herm&lt;;&gt;sa,
hija ile labradores q_ue llamaban los Pen~áñez, ricos en otros tiempos, entonces duenos
de menguada fortuna.
Famosas fueron las bodas que se hicieron en
el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuegos al uso valenciano. D~, la
coma..-ca que riega el Duero, desde Urb1on,

�12

ANTONIO MACHADO

donde nace, hasta que se aleja por tierras de
Fuegos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días,
porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla
y truena.
Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su
esposa y el medro de sus tierras y ganados.
Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor
a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y
mandó al menor a estudiar en Osma, po rque
lo destinaba a la iglesia.
Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de
Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el
buen padre tuvo nueras que antes de darle
nietos, !e. trajeron cizaña. Malas hembras y
tan codic10sas p:3ra sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte
de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban, no goza han lo que tenían.
El menor, a quien los padres pusieron en el
se°:1inario, prefería las lindas mozas, a rezos y
latmes, .Y colgó un día la sotana, dispuesto a
no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba resuelto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los
mares, y ver el mundo entero.
Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dió a su hijo cuanto había de
heredar.
-Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te
acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras

LA. TIERRA DE A.LVARGONZÁLEZ

13

tu padre viva, pan y lecho tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.
d
Ya tenía Alvargonzález la frente arruga a,
y por la barba le plateaba el bozo azul de la
cara. Eran sus hombros todavía robustos Y
erguida su cabeza, que sólo blanqueaba en las
sienes.
.
d
Una mañana de otoño sah6 so1o e su casa,
no iba como otras veces, entre sus finos galgos terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador n~ pensaba en cazar.
Largo camino anduvo baJO lo~ álam~s amarillos de la ribera, cruzó el encmar y, Junto a
una fuente que un olmo gigantesco sombreaba detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su
fre~te, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.
y a solas hablaba con Dios Alvargonzález,
diciendo: "Dios, mi señor, que col~aste las
tierras que labran mis ll)anos, a quien de_bo
pan en mi mesa , mujer en mi lecho y por quien
crecieron robustos los hijos que engendré, po_r
quien mis majadas rebosan de blancas mert:
nas y se cargan de fruto los árboles ?e mi
huerto y tienen miel las colmenas de m1 abe·ar- sabe Dios mío, que sé cuanto me has daJ '
.
do, antes' que me lo qu1t~s.
.
,
Se fué quedando dormido mientras asi rezaba· porque la sombra de las ramas ! el agua
qu~ brotaba la piedra, parecían decirle: Duer
me y descansa.

�14

ANTONIO MACHADO

- Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no
había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.
Y Alvargonzález soñó que una voz le hablay ve~a como Jacob una escala de luz que
iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja
de sol que filtraban las ramas del olmo.
Difícil es interpretar los sueños que desatan
el haz de nuestros propósitos para mezclarlos
eon recuerdos y temores. Muchos créen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños
Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan:
En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son
estos sueños memorias de lo pasado, que teje
y confunde la mano torpe y temblorosa de un
personaje invisible: el miedo.
Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra
campana de la cocina y en torno al fuego, sus
padres y sus hermanos. Las nudosas manos
del viejo acariciaban la rubia candela. Lamadre pasaba las cuentas de un negro rosario
~n la pared ahumada, colgaba el hacha relu~
ciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.
Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus
mejores días de mozo. Una tarde de verano y
un prado verde tras de los muros de una huerta. A_la s?mbra, y sobre la yerba, cuando el
sol caia, tiñendo de luz anaranjada las copas
de los castaños, Alvargonzález levantaba el

?ª•

15

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

odre de cuero y el vino rojo caía en su boca,
refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres
y las tres lindas hermanas. De las ramas de
la huerta y de In yerba ~el prado se _elevaba
una armonía de oro y cristal, como s1 las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer
dispersas e~ el cielo silencioso. c_aía la tarde
y sobre el prnar obscuro, aparec1a, dorada y
jadeante, la luna llena, la h~rmosa luna del
amor sobre el campo tranquilo.
Co~o si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón
de ~egra lana, ensombrecióse el soñar. de Alvargonzález, y una puerta do.rada abnóse lastimando el corazón del durmiente.
Y apareció un hueco sombrío, y al fon?º•
por tenue claridad iluminado, el hogar desierto y sin leña. En la l?ared colg~ba de una es·
carpia el hacha bruñtcla y reluciente.
._
El sueño abrióse al día claro. T~es ~11?-os
juegan a la puerta de la casa. Lamu3ervig1!a,
cose y a ratos sonríe. Entre los mayores brmca u~ cuervo negro y lustroso de ojo acerado.
-¿Hijos, que hacéis? les pregunta.
Los niños se miran y callan.
-Subid al monte, hijos míos, y antes que
caiga la noche, traeclm~ un brazado de leña.
Los tres niños se ale3an. El menor, que ha
quedado atrás, vuelve la c_ara y su madre lo
llama. El niño vuelve hacia la casa los hermanos siguen su camino hacia el encmar.

r

�lG

ANTONIO MAOilADO

LA TIERRA DE ALVARGoNzÁLgz

~ es otra vez el hogar, el hogar apagado y
d_es1erto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.
Los mayores de Alvargonzález vuelven d~l
monte con la tarde, cargados de estepas. La
madre enciende el candil y el mayor arroja
as~illas y jaras sobre el tronco de roble, y
qutere hacer el fuego en el hogar. Cruje la leña y los tueros, apenas encendidos se apa·
gan. No brota la llama en el lar de Álvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el
muro, y esta vez parece que gotea sangre.
-Padre, la hoguera no prende; está la leña
mojada.
Acude el segundo y también se afana por
hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar.
El más pequeño echa sobre el hogar un pu•
ña~o de estepas, y una roja llama alumbra la
coc10a. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.
-Aunque el último has nacido, tú eres el
primero en mi corazón y el mejor de mi casta;
porque tus manos hacen el fuego.
Los hermanos pálidos como la muerte se
alejan por los rincones del sueño. En la dies•
tra del mayor brilla el hacha de hierro.
Junto a la fuente dormía Alvargonzález
cuando el primer lucero brillaba en el azul,
una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que
brotaba en la piedra parecía relatar una his-

y

17

toria vieja y triste: la historia del crimen en
el campo.
• b
·1
Los hijos de Alvargonzález c~m1n_a an st en·
ciosos, y vieron al padre dormido Junto a la
fuente. Las sombras que alargaban la t_arde
llegaron al durmiente antes que los asesm~s.
La frente de Alvargonzález tenía un tachon
sombrío entre las cejas, como la huell_:,l de una
segur sobre el tronco de un roble. Sonaba Alvargonzález que sus hijos veoí_an a matarle, y
al abrir los ojos vió que era cierto lo que soñaba.
l
Mala muerte dieron al labrador, los ma os
hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en _el
cuello y cuatro puñaladas en el pecho pus
ron fin al sueño de Alvargonzález. El hac - a
que tenían de sus abuelos y que tanta lena
cortó para el hogar, tajó el robust~ cuello que
los años no habían doblado todav1a, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan
moreno que repartía a los suyos en torno de
la mesa hendido había t:l más noble corazón
de aqueÍla tierra. Porque Alvargo_nzález era
bueno para su casa, pero era también mucha
su caridad en la casa del pobre. Como padre
habían de llorarle cuantos alguo~ vez llamaron a su puerta o alguna vez le vieron en los
umbrales de las suyas.
Los hijos de Alvargonzález no saben lo q~e
han hecho. Al padre muerto arrru:tran hacia
un barranco, por donde corre un no que bus-

1t

�19

ANTONIO :r.tACllADO

LA ~!ERRA DE ALVARGONZÁLEZ

ca al Duero. Es uo valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.
Y lo llev~n a la L_aguna Negra, que no tiene
fondo y alh lo arroJan con una piedra atada
a los pies. La laguna está rodeada de una
muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres.
Las gentes de la sierra en aquellos tiempos
no osaban acercarse a la laguna ni aun en
l~s. días claros. Los viajeros que, como Vd.,
v1s1tan hoy estos lugares, han hecho que se
les pierda el miedo.
Los hijos de Alvargonzález tornaban por el
valle_, ~ntre los pinos gigantescos y las hayas
decrepitas. No oían el agua que sonaba en el
fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al
verles pasar. Los lobos huyeron espantados.
Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro
cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por
el bosque para tornar a su aldea con la noche
cerrada , y los pinos, las rocas y los helechos
por todas partes les dejaban vereda como si
huyesen de los asesinos. Pasaron otra vez
junt? .ª 1~ fuente, y la fuente , que contaba
su vwJa h1~toria, calló mientras pasaban y
aguardó a que se alejasen para seguir contándola.
Así heredaron los malos hijos la hacienda
dt:I. ?uen labrador que una mañ;rna de otoño
s,lto de su ra~a, y no volvió ni podía volver.
Al otro dh se encontró su manta cerca de la
fuente y un reguero de sangre camino del ha-

rranco. Nadie osó acusar el crimen á los hijos
de Alvárgonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna porque hubiera sido inútil. La
lagunajamás dev11elve lo que se traga. Un
buhonero que erraba por aquellas tierras fué
preso y ahorcado en Soria, a los dos meses,
porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.
La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.
La madre murió a los pocos meses. Los que
la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y
agarrotadas.

18

*
* *

El sol de primavera iluminaba el campo ve~de, v las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días d~ ma)'.~·
Crotoraban las codornices entre los trigos Jovenes; verdea bao los álamos del camino y de
las riberas, y los ciruelos del huerto _se llenaban de blancas flores. Sonreían las tterras de
Alvargonzáiez a sus nuevos amos, y prometían cuanto había rendido al viejo labrador.
Pué un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron
a descargarse del peso de su crimen, porque a
. los mal vados muerde la culpa cuando tet?eo
al castigo de Dios o de los hombres; pero s1 la

�LA TIERRA DE ALVARG.::.ON:;.:Z=.:Á:.:L:..::F.=.Z_ _ _ _
21_

20

AN'l'ONlO

MACRAl&gt;O

fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan
alegremente, como si estuviera bendito.
Mas
codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando lleaó
0
el ~erano s!guiente, la tierra empobrecida, parec1a fruncir el seño a sus señores. Entre los
tri.g_os ha b_ía más amapolas y. hierbajos, que
ru01as espigas. Heladas tardías habían matado ea flor los frutos de la huerta. Las ovejas_morían ~or docen~s porque una vieja, a
quien se tema por bruJa, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y
los Alvargonzález venían tan a meno!', como
~han a más querellas y enconos entre las muJeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio
había envenenado la leche de las madres.
Una 1:oche de invierno, ambos hermanos y
sus moJeres rod~aban el hogar, donde ardía
un fuego mezqu100 que se iba extinguiendo
poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado pen~trn ba por las re1:dijas del postigo, y se le
01a bramar en la chimenea . Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos
las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la
puerta.
-¿Quién será a estas horas? dijo el mayor.
Abre t6.
Todos permanecieron inmóviles sin atrever-.
se a abrir.

!ª

Sonó otro golpe en la puerta y una voz que
decía:
- Abrid, hermanos.
- ¡Es Miguel! Abrámosle.
.
.
Cuando abrieron la puerta, cubterto de nieve y embozado en un largo capote entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía
de las Indias.
Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos
cerca del hogar. Todos quedaron sil~ncioi;:os.
Miguel tenía los ojos llenos de lá&amp;nmas, Y
nadie le mira ha frente a frente. M 1guel, que
abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su bogar,
mas no sospechaba de sus hermanos. Era su
porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las fiebres de _DI·
t ramar dejan siempre huella , ·pero en la mira·
da de sus grandes ojos brillaba la juventud.
Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello casfaño caía en finos bucles. Era el más bello de
los tres hermanos, porque al mayor le afea~a
el rostro lo espeso de las cejas velludas, baJO
la estrecha frente, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre ast uto y cruel.
Mientras Miguel permanecía mudo Y abst raído, sus hermanos le miraban al pecho,
donde brillaba una gruesa cadena ~e oro.
El mayor rompió el silencio, Y d 1J0 :
-¿Vivirás co~ nosotros?

�LA TIERRA Dll:. ALVAROONZAL!-Z_ _ _ _ _23
_

22

ANTONIO hlACIIADO

-_Si quer~is, contestó. Mi equipaje llegará
manana.
-Unos suben y otros bajan, añadió el seg':ndo. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni
lena tenemos para calentarnos
El viento b~tía la puerta y ei postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande
que estremecía los huesos.
'
Miguel iba a hablar cuando ·llamaron otra
vez a la puerta. Miró a sus hermanos como
preguntándoles quién podría ser a aquellas
horas. Sus hermanos temblaban de espanto.
Llama~on otra vez, y Miguel abrió.
Apareció el hueco sombrío de la noche y
una racha de viento le salpicó de nieve rl r'ostro. No vió a nadie en la puerta mas divisó
una figura que se alejaba bajo lo~ copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el
umbral_había un montón de leña. Aquella noche ard16 una hermosa llama en el hogar ele
Alvargonzález.
Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus
hermanos. Décidió afincar en aquella aldea
donde ha?ía nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, ks compró una parte, dándoles por ella mucho más
oro del qu~ nunca había valido. Cerróse el
tratn, Y ~1guel comenzó a labrar en las tierras mald1ta5:.
El oro devolvió la alegría al corazón de los
malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el

vicio, y tanto mermaron su · ganancia, que al
año volvieron a cultivar la tierra abandonada.
Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la
tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los
campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de r~bias y
macizas espigas. Sus hermanos le miraban
con odio y con envidia. Miguel les ofreció el
oro que le queilaba a cambio de las tierras
malditas.
Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los
til'mpos del viejo labrador. Los mayores ~astaban su dinero en locas francachelas. El Juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina.
Una noche volvían borrachos a su aldea,
J,o··que habían pasado el dia bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el may&lt;;&gt;r
el reño fruncido y un pensamiento feroz baJO
la frente.
-¿Como te explicas tú la suerte de Miguel?
dijo a su hermano.
•'La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.
-Brujería y artes de Satanás, contestó el
segundo.
Pasaban cerca de la huerta·, y se les ocurrió
asomarse n la t opia . La huerta e~tab:i cnajada de frut' s . Bajo los árboles, y entre los ro-

�T,A TIERRA t&gt;E ALVAROONZALEZ

2-i

25

--------

ANTONIO MACHADO

sales
di isaron un hombre encorvado hacia
la
ti¡rra.v

-MJrale, dijo el mayor. H as t a d e noche
trabaJa.
-¡Eh! Miguel, le gritaron
Pero
el hombre
· 1vía la cara. Seuía
trab
. d aq ue'I _no vo
g
ªJªº
o
en
la
tierra
t d o ramas
o arrancando h'terb as Los 'cor
dos an
rrachos, ach~caron 1· .
.
ª tó at'tos boba la cabez1 el a vmdo que les aborrasca,
cerco e luz q
,
rod ear la figura del hort I
ue parec1a
hombre se levantó
e ano. pespués, el
mirarles, como si
avanzó hacia_ ellos sia
huerto _para seguir t~:~:~:n~~ro rmcón del
bre tema el rostro del . J I b · Aquel homlaguna sin fondo bab'vteJo. a rador. ¡De la
para labrar el huerto~: ;t1do lvargonzález
Al día siguiente a b ~ue ·
han haber bebido' m:c:s :rmano~ recordararas en su borrachera o
~ visto cosas
do su dinero hasta erd l s1gu1_eron gastun-

b

1f

;10.0

:t-;~;::.'"ba sus r,m!:,; ti::,: :r::a:~
Los mayores volvieron
·
nas la sangre de C ,
a s~nttr en sus vemen les azuzaba al a_10, y el recuerdo del cri. .
crimen.
Dec1d1eron m a t ar a su hermano V a•1' 1
·c1·e
, . " o
h1 roo.
_Ahogároole en la presa del molía
nana a pareció Miguel fl t d o, y una maLos malvados llo
o an o sobre el agua.
lágrimas fingt'da
raron aquella muerte con
s, para aleJar sospechas eu

la aldea donde nadie les quería. No faltaba
quien les acusase dd crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a \ajusticia.
Y otra vez volvió a los malvados la tierra
de Alvargonzález.
Y el primer año tuvieron abundancia porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo, la tierra se empobreció.
Un día, seguíd el mayor encorvado scbre la
reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.
Su h ermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vió que de
la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor
corría por su frente.
Otro día, los hijos de A.lvargoozález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.
Cuando caía la tarde, cruzaban por entre
las hayas y los piaos.
Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.
Al llegar a la laguna contemplaron un momento el agua tranquila.
¡Padre! gritaron, y cuando en los huecos de
las rocas el e~o repetía: ¡padre! ¡padre! ¡padre! ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.
ANTONIO MACHADO

�_

LA POESIA. DE E . GONZÁLEZ M

R
_EP--=.EQTOQIO
:::
BIBLIOGQBFICO
La poesía de Enrique González Martínez

e

(*)

L ansioso llegó ad
d .
de la sabiduría. on e v_,ve el maestro

-Toda mi juventud h
los caminos de la t"
e marchado por
des ni a buscar pi ,erra, y no a ver vanidaaceres M h
en las cosas· much
.
uc o observé
Pero la sabiduría ~ei~r~ de los hombres.
tos del mundo é
~ ora de los secre. a ti.
, sa me ia1ta· B use ándola
vine
-Demasiado pides.
-Muéstrame siqui
marchas rumbo ~I . e~a, 1~ ruta en que
si no lo descrifro ~1steno u]niv~rsal. Que
como algo más ' . menos o sie nta en mí
que interrogacié,n
El
·
le dijo:maestro le t ocó sob re los párpados,
y
- Ya estás e o el camino.
.
... . Cuando de nuevo
al maestro, dijo:
se e ncontró frente
-He vivido largos d '
. _
en la ruta del mi t .
,as , anos tal vez?
•
s eno, y sorprendí la luz

b)

;.rólogo al próximo libro del
, , El\~\~ pr6Jogo dice Sanln Cano~neth:- La mu,rt, dtl cis,u.
go e Henñquez Ureila es una rcvelac16n'".
de Julio de 1915·

'*"~~

27

de mi espíritu, y vi que iluminaba mundos
nuevos, y me sentí llenarme del alma universa\. ¿Cuál es tu secreto?
-Cerré tus ojos. Bajo la actitud inmóvil, h acia adentro marchabas. El camino
eres tú mismo.

** *

Imag ino así la ruta espiritual de este
poe ta . P arte d e la múltiple visión de las
cosas, de la riqueza de imágenes necesaria
al hombre de arte, y, camino adentro, llega
a su filosofía de la vida universal. Su poesía adquie re doble carácter: de individualismo y panteísmo a la vez. Las mónadas
de L eibniz penetra n en el unive rso d e Spinosa gracias al milag ro d e la síntesis esté tica.
I

l ntere!&gt;antísima para la h istoria psicoló g ica de nuestro tiempo es la formación de
la corri.,n te poética a que pertenecen los
versos de En rique González Martínez.
E sta poesía de conceptos t ranscende ntales
y de emociones sutiles, es la última trans for mación di~I romanticismo: no sólo del
romanticismo interior, que es de todo
t iempo, sin o también del romanticismo en

�28

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

cuanto
.
. forma h1'stó nea.
Co
vo1uc16n triunfante
mo en toda relas literaturas no ' len_ el romanticismo de
vo atinas la d'
.
graves fueron ¡
.
s 1sens1ones
as tn ternas E F
.
-a 1a que seguímos d d .
n_ rancia
con devoción ú . ' es e hace cien años
los pueblos de k~a, para bien Y para mal'
la poesía romá t' gua castellana-, junto~
mar ti ne y Mu:s1ecta pdura, la de Hugo, La•
, esnuda e
•,
·
t o d a rnquietud i'nd·1v1'd ua1 ím xpres1on
t
. de
'
peI u que rnun da b a desbordánd ose a vec
una nueva ret6ri
. ,es, _os cauces de
.
ca, surg10 V1
e Iog:10 del silencio
su
gny, con su
crát1cos; surgió Ga Y. s desdenes aristo, .
ut1er con su
. .
• '
curiosidad
hed 001st1ca y su
Parnaso se le
aristocrática ironía. El
vanta como
contra el exceso de .
p~otesta, al fin,
su _estética, pobre
;iolenci~ Y desnudez:
o limitativa al me p 0 su actitud negativa
nos, quedó t d
•
a 1a del romanticismo
ª ª a Y sujeta
contradicción T
por_ el propósito de
· ras Ia tesis r á ·
engendra la antítesrs
. parn ·om nt1ca' que
y aun dura, la sfntesi .
a_s1ana,_ aparece,
tanta violencia .
s. ~! smzbolismo. Ni
do cabe en la p~~!fanta impasibilidad. Topor sfm bolos T d ' pero todo se trata
.
·
o o se depu
ce, se vuelve, tambié
, ra y ennobletracto. De a uf
n, mas o menos absto, el peligr¿ ' ahora, el lirismo abstrae.
que está engendrando la

LA POESfA DE E, OONZÁLEZ ?d,

29

reacción, la antítesis contraria a la actual
tesis simbolista bajo cuyo imperio vivimos.
Esta es, entretanto, la fuerza que domi•
na en nuestra poesía hispanoamericana: el
simbolismo. Hemos sido, en América, clá•
sicos, o, mác; a menudo, académicos; hemos
sido románticos, o a lo menos, desmelena•
dos; nunca supimos ser en verdad parna•
sianos o decadentes. Nuestro modernismo,
años atrás, sólo parecía tornar del sírubolismo francés elementos formales: poco a
poco, sin advertirlo, hemos penetrado en
su ambiente, hemos adoptado su actitud
ante los problemas esenciales del arte.
Hemos llegado, al fin, a la posición espiritual del simbolismo, acomodándonos, más
que a sus difíciles tanteos estilísticos de
ayer, al tono lírico que de él heredó la
poesía francesa conternporáneá.
lI

Así lo demuestra la obra de Enrique
González Martínez; así lo demuestra el
culto que: suscita entre les jóvenes. Aunque muchos en América no le conocen to•
davía, González Martínez es el poeta a
quien admira y prefiere la juventud intelectual de México; fuera, principia a imi•
társele en silencio.

�30

Raras veces conocerá los valores li"te1-arios de México quien no visite el país; porque la crítica se ejerce mucho más en el cenáculo que en el libro o el periódico.
¿Quién, en nuestra América, no conoce
las colecciones de versos, populares entre
las mujeres, de poetas mexicanos que florecieron antes de 1880? Sus nombres ¿no se
repiten como nombres representativos entre
los lectores medianamente informados? Pero la opinión de los cenáculos declara {y
con verdad) que México no tuvo poetas de
primer orden entre las dos ce nturias trans.
curridas desde Sor Juana In és de la Cruz
hasta Manuel Gutiérrez Nájera. Este es,
piensa Antonio Caso, la personalidad literaria más influyente que ha aparecido en
el país. De su obra, engañosa en su aspecto de ligereza, parten ,incalculables direcciones, para el verso así como para la
prosa. Con su aparición, que históricamente es siempre un sig no, au nque no s iempre
haya sido una influe ncia, principia a for.
marse el grupo de los dioses may ores.
S e is dioses mayores proclama la voz de
los ce náculos: G utié rrcz N ájera y Ma nuel
J osé O thó n, mu ertos y a; Salvador Díaz

31

LA POESfA DE T. GONZÁLEZ )(.

PEDRO HENRfQUEZ URESA

. • Amado Nervo, L u is G). Urbina Y
Miren,
ál Martínez ( I •
Enrique Gonz ez
randes poetas anteCada uno de \osGg ález Martínez es
r ·
riores tuvo su hora . onz
el amado y pre1enel de la hora presente,,·0·1cian como al
.6
es que se
,
.
do por los J ven .
clero en la mten-0 mverna
,
b
calor de extran
d cultura que so resa actividad de arte y e si ilosa, entre las
.
enclaustrada Y g .
vive,
d. lución socia.
.
1
amenazas de iso .
tributan bomenaJe
Este poeta, a qte~s de su patria, lleíntimo las almas she ec eoas cuatro años.
· tal ace ª P
•
1
g6 a 1ª. cap1
n solícito entusiasmo, os
L e acogieron, co
d la tra d·1
1c'ón , en la Acarepresentantes e
de la moderna
demia; los representantes
Traía ya cuatro 1·,_
cultura, en el Ateneo.enderos ocultos, a d m ibros· el cuarto, Los s
. . s donde pasó
' V eni'a de las prov10c1a '
rable.
la juventud.
. ronunciada en e
n elegante confcrenc;a p oo esta selección
(i ) :S:o hace ~fcho!n~idla espontáne~mcn1 de !caza, ausente
Ateneo de Madric 1.' coi
ta D. Fr.1nc1sco . mente la primera
1!n México sobre.la
el distinguido ~ít f°rioraños atrás. P~0
de su pals de e a I criterio que pre, a e ·uentrn e n La, ,un
declaraci~n oficl~l clepoetas nacionales, se.¡oda por los Sres. Cas·
si¡:nilicac1ó'\ de os..
antologla compi 3
)
Este, por su
11
mrJo1m ~r;q:r:.::;::-i"~{~rcaclo y
:~~\:¿.,{1&gt;J¿,~1ros,ddecGlar;~e~
i ro ,ea •
. 1
ubhcado en
"La poesfa e o
p arte, en art,cu o p 'ó la más joven: . •
este poeta iba a
nombre de su gcncrac1 n '¡ " L a influencia fque Reyes en rn ar•
Martlnez es nues1~a ~~s ¡u unciaba Y~ A\~~s~o la R,úsla d,·
ejercer sobre los J ve .,,,os uullos (19u ), rnse
t lculo sobre Los """'
A f/Úrica, de Parls.

-

/&gt;.~

1~

hl

�32

PEDRO IllNRÍQUll:Z UREj¡,A

III

rrió. .. ¿Qué mundos de experiencias reco. este_ poeta, capaz de tantas en lo
vernte
.
,entre las
d 1 anos
. qu
. e t ranscurrieron
a o escenc1a impresionable y la .
·1
madurez? s
,
Juven1
d 1
·.
u . poes1a esconde toda hueUa
d!ste etstenc1~ exterior y cotidiana. Es
tual· b os dcom1en~os, autobiografía espiri~
. 1º ra e ar_te simbólico, compuesto no
con os materi ales nativos
.
,
esttia ideal del pensa mient~ ti~ºe~~;ió~a
cendidi:~ ,est~uvo, des?e su despertar, en~
JO imas ansias y angustias. Pero ob servó e n torno su . 1
d .
rodigio d I
r
yo, e se OJO el
P
e as 1ormas y lo
1
maravilJa del sonido:
s co ores, la
Yo ama ba sola
t ¡
,
las nubes y los ca:peno/ los ~brepusculos r ojos
. d
' a n era y el mar
Del Jar
fn me atraía l ·
····
(la sangre de la rosa l n ~ Jazmí~ y la rosa
, a nieve del Jazmín)
Ha 1agaban mi oíd 1
····
la balada del vient o las voces de las aves,
.
o, e canto del pastor ....

Entonces ~e .componen los inevitables
sone~os descriptivos; se consulta a v· T .
se piden temas a la G recia decorat1í~~1 ~o,
losppoet~s fra nceses; se tra duce a Herediae
. e ro Junto a las rientes escenas mitol6 .
g
los. p a1saJes
· · d e escuela mexica-·
naicas,
(la entre
q
ue com:enza e n Pesado y c u1mtna
•

LA POERfA DE E. GONZÁLEZ )(.

33

n Pagaza y Othón), flotan reminiscencias
mánticas: arcaicas invocaciones a la on marina y al rayo de las tormentas; voconfusas que turban la deseada armoa. En este conjunto que aspira al reposo
rnasiano, suenan ya notas extrañas: se
deslizan modulaciones de la flauta de Verlaine. ¡ Ay de quien escuchó este son

-poignantl
En el bosque tradicional, atraen al poeta
dos símbolo~: el árbol majestuoso, la fuenJe escondida. De ellos aprende, tras los
primeros delirios, la lección de recogimien •
to y templanza. Ellos le librará n de dos
embriagueces, peligrosas si persisten: la
interna, d dolor metafísico de la adolescencia torturada por súbitas desilusiones;
la externa, el deslumbramiento de la juventud ante la pompa y el deleite del mundo
físico.
Halla su disciplina, su norma: el goce
perfecto de las cosas bellas pide ''ocio
atento, sile ncio dulce''; y el goce de las al tas emociones pide el aquieta miento de los
tumultos íntimos, pide templanza:
Irás sobre la vida de las cosas
con noble lentitud ....
Que todo deje en ti como una huella
misteriosa grabada intensamente ....

�34

PEDRO BENRÍQUEZ UltERA

Porque este sigilio, esta templanza, le
llevan ahora lejos del culto de los ídolos
impasibles; le llevan a escudriñar bajo esuntuoso velo de las apariencias. A la imal
gen decorativa y vana .del cisne, sucede el
símbolo espiritual &lt;le! buho, con su aspecto
de interrogación taciturna.
Yo amaba solamente los crepúsculos rojos ....
Al fenecer la nota, al apagarse el astro
i oh sombras, oh silencio! dormitabais también ...

No: ahora procura "no turbar el silencio
de la vida", pero afina su alma para que
pueda ''escuchar el silencio y ver la som
bra". Su poesía adquiere virtudes exquisitas: se define su carácter de meditación
solemne, de emoción contenida y discreta·
~u ambiente de contemplación y de ensue~
no; su clara melodía de cristal; su delicada
armonía lacustre Extasis serenos ante "el
alma de las cosas", ante los rumores del
misterio universal.
Busca en todas las cosas un alma y un sentido oculto ....
Hay en todos los seres una blanda sonrisa
un dolor inefable o un misterio sombrío.... '

•Todo es revelación; todo es enseñanza
-dice Rodó-; todo es tesoro oculto en
las cosas''. Todo l!S símbolo:

LA POESÍA DE E. GONZÁLEZ M.

35

A veces una hoja desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida ....
.... Que no sé yo si me difundo en todo
o todo me penetra y va conmigo ....

He aquí cómo, después de salvar las sirtes de las embriagueces juveniles, alcanza
el poeta la suprema y tranquila embriaguez ael panteísmo:
En el santo abandono de un éxtasis profundo
palpitaré al unísono con el alma del mundo ....
Y me hundiré en el sueño inefable y profundo ...

Pero no se extinguió la vieja sabia romántica; la experiencia del dolor, sie_mpre
personal, íntima siempre, es _acaso qu1:n la
remueve,-como aquella tristeza ~nt1gua
que interrumpió su felicidad olvidad1zat:
Yo podaba m! huerto y libaba ~i vino ....
Y la vieja tristeza se.detuvo a ffi1; lado
y la oí levemente decir: ¿ Has olvidado?
De mis ojos aun turbios del placer y la fiesta
una lágrima muda fué la sola respuesta ....

La inquietud le pide que mire hacia
adentro:
Te engañas: no has vivido mientras tu paso incierto
surque las lobregueces de tu interior a tientas....

Halla su camino. Está ante las puertas

�36

LA POESfA DE E OONZÁLEZ M

37

!&gt;EDRO HENRÍQUEZ trR~A

de_ la madurez. Ha conquistado su
equilib no, su autarquía:
.. ··Y sé fundirme en la 1
.
y en los milagros de 1a\P eganas del paisaje
l\Ias en mis reinos b. ~z crepuscular ....
do sólo yo sé peoef:a iet1vos
se agita un alma con s'
su impulso propio y _usdglo ces ex~lusivos,
su O or particular.
IV

, La autobiografía lírica de Enri
zalez Martínez es 1 1 .
.
que Gons1.6 n perpetua H .a listona de u na ascenro, a la vez h . ac1a mayo~ ser~nidad; pe, ac1a mayor s111cendad h .
m á s severo y h d
, ac1a
Espejo de nuest;ans 1:/oncepto de la vida.
anhelos, esta poesía es hts, voz de nuestros
tro siglo y d
P enamente de nuese nuestro mu d
T
.
tempestades azot
n o.
err1bles
t
ero Ném · · _an ª nueS ra América·
es1s vigila p
.
,
P
desmayo
toda v ... c·1' '6rontTa a castigar todo
'
n I ac1 n.
amp
entre e: , 1 . oco pretend amos olvidar
.
mvo os Juego
s, _entre
devaneos ingeniosos el d b
de construir, que el ~o
e ~r de edificar,
tro credo no
mento impone. Nuessímbolo de n puede ser el h_e donismo; ni
faisán de oro uoestlra~ preferencias ideales el
' fi
e cisne de seda ·Q é ·
ni can las Prosas ,1, , r,
. e u s1grío, cu · 0
rro_¡anas de Rubén Da} s senderos comienzan en el jardín

florido de las Fiestas galantes y acal•an en
la sala escultórica de Los trofeos? Di . ersi6n
momentánea, juvenil divagación en que reposó t'l espíritu fuerte antes de entcnar los
Cantos de vida y esperanza.
La juventud de hoy piensa que eran,
aquellos, "demasiados cisnes";· quiert! más
completa interpretación artística de la vida;
más devoto respeto a la mce-..idad de inte
rrogaci6n, al deseo de ordenar y construir.
El arte no es halago pasajero, destinado al
olvido, sino esfuerzo que ayuda a la construcción espiritual dd mundo.
Enrique Goozález Martínez da voz a la
nneva aspiración estética. No habla a las
multitudt&gt;s; pero a tra, és de las almas ~electas viaia su palabra de fe, su consejo de
meditación:
Tuércele el cuello al ci, ne

a~ engañoso

plumaje ....

;11ira el buho sapiente... .
El no t iene la gracia del cisne, u~as su inq uiet a
pupila, que se clava en la sombra, interpret a
el misterioso libro del silencio nocturno.
V

Bajo las solemnes contem placion es del
poeta, vi,·e, con amenazas de tumulto, la
inquietud antigua. Así, bajo la triunfal armonía de Sbelley, arcángel cuya espada

�38

PEDRO HElmfQUEZ UREÑA

flamígera señala cumbres al anhelo perenne, solía gemir, momentánea, la nota del
desfallecimiento.
El poeta piensa que debe "llorar, si hay
que llorar, como la fuente escondida"; debe
purificar el dolor en el arte, y, según su
religión estética, transmutarlo en símbolos.
Más aún; el símbolo ha de ser catarsú: ha
de ser enseñanza de fortaleza.
Pero la vida, cru el, no siempre da vigor
contra todo desastre. Y entonces, el artista cincela, con sombrío deleite, su copa de
amargura, c!.lyo trágico esplendor seduce
como filtro de encantamiento. En las pági •
nas de La muerte del d sne luchan los dos
Ím?ulsos: el de la fe; el de la desesperanza,
la voz sollozante y conmovedora de los
días inútiles v del huerto cerrado.
Son duros Íos tiempos. Esperem os .... E speremos que el tumulto ceda, cuan do baje
la turbia marea de la hora. Vencerá , en•
tonces, la sabiduría de la meditación, la
serenidad del otoñ o.
P EDRO H E NR ÍQU E Z UREÑA.
Washington, marzo de 1915.
( Cuba Cofltemporáflea. Habana.)

LAVANDERA
A ARMANDO D ONOSO

Ca e la tarde. El estero
pasa las yerbas rozando,
y jacta_ncios? y artero
va ind1screc1ones charlando .
Junto a alameda frondosa
la joven cantando lava
y se duele ruborosa
de p enas h ondas escla va.
E n su afán al agua in1plora
y al viento penas deslíe ...
(Ella ve que el agua llo;ª¡
y el agua pasa ... y sonne •)
"Tú -la dice ingenttamente,t ú que sabes mi aflicción,
co~o refrescas mi frente
refresca mi corazón!"
"Tú, que curiosa escudriñas
la inocencia y el peca do,
de mis locuras de niña,
,,
borra manchas ... si has h allado 1.
"¿Aquéllo? ... Amor, fr~nesí,
que tú ya sabes.:. pasó ·,
(Su candor percibe un s1
y el agua rezonga n6.)

�40

LAVANDERA

"Verdad que e
. .
naufra é . n mar tra1c1onera
(S
. gu .. 1 Qué se ha de hacer I"
usp1ra una enredadera
.
y el agua !Íe aJ correr.)
''Fué escollo el que soñé
i Todo el que sufre delira~~erto ...
(Unavemedita·Esc· t
y el a
. . .
ier o
gua lílS!S t e : i Me11tiraÍj
"D~olt_ra pasión insondable
1
oys e iquios ... nunca más "
(p el aoua
·
·
"' suena implacable.!.
ues ya verás, ya verás!) .
y así, sentada a la orilla
rumorosa del estero
lava y 1~ cuenta sen~illa
sus deslices af artero ...
y ni ve que hasta la Jeve
say
1 a que sus formas vela
e agua a saltar se atreve•
y va esplorando en la t e1a.
l\1ueve el dolor su alma
.
como el viento ávida fla~:st1a
y el agua ensaya
•
rimas para un e _en su angustia
p1grama ...

Ella apura. su agna
. copa ...
~es~ emlbnaga en la ilusión
ue avando la ropa
q~eda blanco el corazón l
/Del vol_umen Yo t!J.i sol.,
Santiago de Chile. 19i5¡

J.

LAGOS LISBOA

LOS TEMPLOS
O

Et'IERE

Diógenes Laercio que Epicuro, el se-

.1'\, reno enemigo de los Dioses en la Grecia decadente, era asiduo visitante de los templos.
Yo también tengo esa piadosa costumbre, y no
hay ciudad, ni aldea cuyos templos o iglesita de
espadaña no despierten en mí irresistible curiosidad de conocerlos y de santiguarme en sus piscinas con sus aguas benditas. A los coloniales templos de la ciudad de Buga, mi tierra natal, con
sus apolillados cuadros de Angelino 11edoro, pintor romano, sus altares dorados, sus custodias
cuajadas de pedrería, sus ornamentos y sus platas
labradas, debo la primera sensación de belleza y
de piedad, y a los de Popayán y Bogotá, ricos en
suntuosos a rtesonados y artísticas obras de talla,
mi amor de las cosas sagradas. Y es porque yo
experimento una rara emoción, que me huelgo
en saborear y multiplicar, al penetrar solo en estos solitarios refugios de los espfritus selectos y
apasionados, al ponerme delante de esos cuadros
fascinadores, de anchísimos y pesados marcos con
guirnaldas de ángeles, lienzos enriquecidos con
la pátina de los tiempos, que representan, en fon-

�¡,

42

CORNELIO IDSPANO

dos celestes, ermitaños de venerables calvas, torturados y medio desnudos, que agarran en sus
escuálidas manos las Sagradas Escrituras, y a
quienes acompaña, en su perpetua soledad, un
león de indómita cabellera o la trompeta del juicio final. Lienzos que hacen desfilar a los Patriarcas de la antigua ley, enmedio de rebaños y
gavillas, o a la Samaritana, con el cántaro al
brazo, que se dirige al antiguo pozo, o a los israelitas, de regreso de la tierra de Canaán, que traen
a cuestas, como muestra de su milagrosa fertilidad, enormes y lozanos racimos, purpurados
por la tarde.
Los templos convidan a soñar en cosas terribles
y deleitosas, a la vez. Cerca de las tinieblas y
las fulgurantes llamaradas de los infiernos, de las
horribles muecas de los demonios empedernidos,
aparece, en un muro bañado por la luz matinal,
un huerto fresquísimo, con diáfanos arroyos de
agua, y la casta Susana, desceñida la túnica, y
tan blanca y tan tímida como los corderos pascuales.
Los templos me recuerdan lecturas que han
dejado honda huella en mi espíritu, me reviven
los primores de esos libros llamados vejestorios
por el vulgo de a ctualidad, que contienen en
caracteres góticos, con estampas magníficas, bajo un grueso forro de dorada piel de camero,
las Vidas de los Santos Padres del Desierto,

43

LOS TEMPLOS

.
tores griegos o la Leescritas por antiguols bª~naventurado Santiago
ie ·¡Y enda D orada. de
de San Bas1·1·10
.
0 las Homt 1as
de Voragma,
del Método que debemos
Magno, en que habl~'b s de los gentiles,* o las
seguir para.leez: los t rocuando dirigiéndose a la
de San Juan Cnsóstomo,_
asf· "Una vez más
· empieza
•
malvada Eud oxia,
á ueña ver la car
na vez m s s
d
Herodíades e ira, u to" Todo en estos libros
beza de Juan en un ~lad r·· la rustir.idad de las
• bl y fascina o •
.
es admira e . f ble senc1·11ez del relato ' la mimágenes,
. 1·ngenuidad, la des.
. la me
ºóna, la . d"1vma
~emosa
invenc1
iumbradora elocuencia.
la lectura de los
Los protestantes condenabr?n I s Padres de la
En cam 10
filósofos paganos.
1·aron y los monies
.
d·a on y esco 1
,
.
iglesia los estu i r
. del monte Casmo,
de Italia, en el monast~1~a antigüedad,y en la
conservaron los tesoros etºb rtinas leían los au·1·d d d sus sedes i u
'
tranqu1 1 a e
d Escrituras.
tores gentiles con las S_agr~ asme incite a más seNada que me sobre~oJalm f'. yde mis propias pisa.
ue oir e eco
ria meditac16n q
d
capillas ocultas,
d s losas e esas
das sobre las sor a
o santuario agolóbregas en cuy
.
penumbrosas Y
te aceite de ohvas,
de transparen
niza en un vaso
en los rincones,
,1 ma bermeja. Parece que
una la
. mos ublicado esta fa.

°

.

- . -.n el número 27 de 1'.' Coleccúfn Arul he
p
mos!\omilía ele _S an Bls1lboén
la Dtfe11s,1 de Eut,-qj&gt;ro, de San Juan
Hemos publicado tam 1
Crisóstomo •

�44

CORNELIO HISPANO

duermen los largos dejos de las vísperas crepusculares o los últimos resonantes arpegios del órgano sonoro, y se respira un ambiente ultraterrestre en que se confunden las esencias de las
flores marchitas, de los óleos y resinas aromáticas, con el sacro olor. de las ceras amarillentas,
de los linos y vasos de las consagraciones.
Pienso que por estos presbiterios vetustos, en
las .grandes solemnidades, en las pomposas liturgias, han pasado con sus rostros de verde ancianidad, sus puros cabellos blancos, sus capas pluviales, sus rojas casullas y albas sobrepellices los
austeros Prelados, dechados de santidad y amor
de Dios Y que aquí, ante la mesa del banquete eucarístico, se postraron temblorosas de fer vor
y castidad, legiones de impolutas vírgenes, de
matronas veneradas, de severas esposas, u ofrecieron para siempre su corazón, como un presente, cándidas prometidas, ruborosas por la primera vez, y coronadas de azahares.
A un eximio orador sagrado de Bogotá le oí
decir en brillante festividad: "Santa Teresa, esta
Safo del amor divino!" Cuando visito los templos, cuando recorro estos solitarios refugios de
los espíritus selectos y apasionados, y respiro el
ambiente de las cosas sagradas, yo siento toda la
intensidad de esa frase dulcísima.
CoRNELIO HISPANO

Caracas. 19u
( El Cojo Ilustrado. Caracas.)

EL VINO DE LESBOS
Si queréis de mi lira
oir los sones,
dadme vino de Lesbos
que huele a flores !

y si queréis que dulces
amores cante,
venga Lelia a mi lado
y el vino escancie !
Pero no en cinceladas
corintias copas,
por que el vino de Lesbos
se liba en rosas !
El Amor nos lo brinda,
y el que lo bebe
arder en sacro fuego
feliz se siente !
Es suave como el néctar
que en los festines
de Olimpo, Ganimedes
alegre sirve !
Que venga Lelia hermosa,
y sus hechizos

�46

E. PERNÁNDEZ GRANADOS

celebraré en m.is cantos
bebiendo vino'!
Veréis cómo la niña
si oye mis co~las
me da el vino de Les b os '
.
pero en su boca l
1 Por que el vino de Lesb·o~' .
se liba en rosas !

EL BRINDIS
Coronadas las frentes
de mirto y ros
descubiertos los senosas,
y altas las copas
por el cantor de L aura
.
'
brindan las moza
y a los brindis
suceden s
.
nsas sonoras
El, en tanto, beodo,·
el vino toma
y, olvidando
b. a su a mad a
rinda por todas·'
y al apurar del néctar '
la última gota
nnalá gnma
·
ardiente •
deja en la copa.

POESÍAS

EL BANO
Atraviesa el Guadalupe
deslizándose tranquilo
entre frondosos laureles,
rosas, naranjos y mirtos,
eterno amor murmurando
en su lenguaje argentino,
un lugar lleno de flores
en la montaña escondido.
El aire que allí se aspira
es suave, apacible, tibio,
y está lleno del aroma
de los labios purpurinos
de Laura, la Primavera
de aquel feliz paraíso,
donde sus más tiernos cantos
ensaya el ave.! en su nido,
son más risueñas las frondas,
es más rumoroso el río
y siempre se mira el cielo
azul como los zafiros.
Que siendo aquellos vergeles
de t._ql Primavera asilo,
jamás, con su helada corte,
llega el Invierno aterido.

47

�APOSTILLAS

48

E' FERNNÁOEZ GRANADOS

Apenas florece el alba
viene la virgen al río, '
que se estremece de gozo
al presentir sus hechizos
Sonriendo, sobre la gra~a
desata el blanco vestido ,
desprende su cabellera ,
que ~ubre su espalda e~ rizos,
Y de¡ando descubiertos
sus hombros alabastrinos
con sus dedos sonrosados '
conteniendo los latidos
de su delicado seno
desabróchase el co;piño
y muestra al sol, ruborosa,
de su hermosura
el prod'1g10
. • •••
L
d
on as, al recibirla
exhalan tenue suspir~,
Y blanca llu via de perlas
baña su cuerpo divino·
Y se quedan cintiland~
aquellos senos tao lindos
como botones de rosa '
salpicados de rocío.

ª

ENRIQUE FERNÁNJlEZ GRANADOS,

( De Myrlos.

EDIC!Ol&gt;ES PORl(ÚA México•

1915 J

PURISMO DE OLLA PODRIDA

El otro día, al abrir Los lunes del Imparcial, tuvimos un violento sobresalto al creer
tropezar con un espectro: el de D. Antonio de
Valbuena. Suponíamos que este buen señor
había dejado de existir hacía medio siglo o
cosa así. Aún vive, eterno cancerbero del purismo de la lengua.
Con humor y solaz, ¡qué divertido ensayo
psicológico podría escribirse sobre el purista!*
Su misión consiste en esforzarse por que el
idioma nativo conserve su ranciedad, su sabor a olla podrida y fritada de aceite. Nada
de palabras nuevas o exóticas, nada de giros
extraños. Para los que tales crímenes cometen, el purista tiene siempre a mano un vocablo aplastante: ¡galicursis! Si el purista fuera
consecuente, tendría que indignarse de que sus
hijos crezcan, de que sus hijas celebren coyunda, de que las sociedades humanas cambien,
• Una admirable contribución a esta psicologia del purista
puede hallarla el lector en la obra Camino de Ptrftedón del egregio escritor venezolano Manuel O!az Rodr(guez .

�APOSTILLAS

de que la corteza terrestre se modifique, de
que los mundos siderales se transformen; en
suma, de que todas las cosas, en virtud de leyes físicas o biológicas, sufran el eterno proceso del cambio. El purista ve en el idioma
un objeto de museo, algo fósil por el cual hay
que velar celosamente. ¡Nadie lo toque! Si
hubiera estado en mano de los puristas, no
habría más que un idioma: el cavernario,
compuesto de unos cuantossonidos onomatopéyicos. Pero los ríos no corren cuesta arriba
'
y las lenguas cumplen las leyes de su desenvolvimiento a despecho de todos los Valbuenas y "Chicos del Instituto" que pretenden
detenerlo con sus palmetas, tan inocuas como risibles.
(D e Espa,ia. Madrid.)

UNA VICIOSA COSTUMBRE
Sefialaré un a desviación causada por su
ejemplo. * Los que le ei,cuchábamos y leíamos con atención y respeto de neófitos entre
1880 y 1885 , tendíamos a creer, naturalmente, que la mayor parte de las voces usuales
" El_ ej~mplo del colombiano Luis Eduardo Villegas "hombre
docto, ¡unsconsulto de muchas letras, y ardiente ador:1dor de la
hermosa lengua castellana."

APOSTILLAS

51

eran provincialismos, o eran incrustaciones
artificiales procedentes del contacto con otras
lenguas, señaladamente la francesa, que la enseñanza elemental ponía al alcance de muchas
mentes. Esa tendencia se completaba con el
anhelo de buscar la palabra castiza entre los
términos poco usados. Existía la palabra
aceiter~ de uso corriente. Si llegábamos a
enterarnos de que la palabra alcuza significaba lo mismo y aparecía en un escritor castellano de nota, la palabra aceitera llevaba todas las probabilidades de morir arrinconada.
Una tarde, guiado por uno de los empleados del instituto, me acerqué a ver las notas
con que el Dr. Villegas señalaba el_anda~ de_ la
clase. Eran una revelación. Dee1an, st bien
me acuerdo: Arreitigorrea hizo novillos. Elejalde marró. Barrenccbe. Exposición nutrida. Optimo." Hacer novillos y marrar son
voces castizas; pero las h a y igua lmente sanas
que a nda n en b oca de todos. De esta tende~·
cia del Dr. Villega s provino, sin duda, el vicio, reconocible toda vía en algunos escritores,
de preferir entre dos palabras la menos favorecida por el aura popular, y el de trasegar
por nuestros buenos autores del siglo XVI Y
XVII en busca de giros y vocablos que la gen-

•

�52

•

APOSTILLAS

APOSTILLAS

rese más y con más inteligencia por ese arduo
problema.
Ven, sin duda, que mientras por una parte se
prosigue el esfuerzo inicial, por otra éste se tuerce insensiblemente y al cabo toma un rumbo peligroso. La escuela que responde al concepto
moderno del estado libre es la escuela laica. Las
razones son obvias. Pero entre nosotros se han
multiplicado y prosperan las escuelas confesio-

te ha puesto a un lado. Esta viciosa costumbre tiene por coronamiento el trasegar de día
y de noche por el Diccionario de la Academia
en busca de palabras extrañas para echar
mano de ellas, y en solicitud de las usuales
que el centón no acoge para arrojarlas al olvido. Dicen memo porque está en el Diccionario, aunque nadie usa la palabrt'ja, y no se
atreven a decir prescindencia o evanescente
o velívolo, si les viene a cuento, porque dormía sobre sus laureles el a.cadémic-o a quien
por acaso le correspondió redactar esas páginas del Diccionario.
B . SANIN CANO.
( Hispa11ia. Londres.)

EL MAESTRO PUBLICO*
Cuba independiente se ha esforzado no poco
por ganar el tiempo perdido; y ha dedicado buena parte de sus energías a la obra fundamental
de educar a sus futuros ciudadanos. Obra reparadora y previsora. Pero usted y, con usted, no
pocos hombres perspicaces han advertido que se
hace necesario que la conciencia pública ~e inte• De una carta del Dr. Varona al Presidente de la F,mdaciún
Luz Ca6ailtro.

53

J

nales.
Claro está que no intento poner siquier a en
entredicho el perfecto derecho que tienen los
maestrc,s que rigen esos establecimientos y el no
menos perfecto de los padres que envían a ellos
a sus hijos, los someten a esa disciplina y consienten que señalen a sus vidas la dirección que
alli se les da.
Pero afirmo que cuantos miran con ojos claros
por el porvenir de la patria deben dar la voz de
alerta no a los convencidos, no a los creyentes,
sino a los imprevisores, que suelen ser los más.
La reacción, que entre nosotros va sordamente
ganando terreno y cada día intenta el asalto de
un nuevó reducto, en nada pone más empeño
que en dominar la escuela.
En toda sociedad pequeña resulta siempre fácil que se coliguen elementos poderosos, e imperen. Entre nosotros, mucho más fácil, por
circunstancias históricas bien conocidas. Esto

�54

APOSTILLAS

obliga al país a vigilancia incesante y a esfuerzos
reiterados. Par desgracia, desde el punto de vista
cívico, no es el cubano ni vigilante, ni esforzado.
En materia de educación popular parece contentarse con el saludo a la bandera y el canto del
himno. Bueno es lo uno y también lo otro. Pero
como partes de un todo, como exponentes de un
espíritu. El espíritu inspirador de la revolución,
que abrió sus aulas para todos, con iguales dere·
chos, con igual dignidad; no para que subrepticiamente se deslice en ellas la práctica de esta 0
la otra confesión sectaria.
El maestro público desempeña un cargo de alta
confianza; a que no puede faltar sin hacer traición a sus deberes. Si su conciencia lo obliga a
ser propagandista de un credo, debe dejar de ser
maestro público. Puede abrir enfrente de la escuela pública una escuela confesional,
No hay que tergiversar mis palabras; y esto
no va con _usted, doctor. El maestro público
puede ser smceramente cristiano, mahometano
budhista o fetichista; pero no catequizar en s~
aula, ni dentro de los muros de su escuela. Eso
es todo. Lo cual no quiere decir que sea poco.
La escuela pública, como el cuartel, como el tribunal, como el palacio, como todo lo que pertenece al estado, tiene que ser neutral. El maestro
y el magistrado pueden mantener una capilla en
su casa; pero no en la residencia o la mansión
oficial.

APOSTILLAS

55

Insisto en esto, porque lo considero capital;
pero ello no implica la menor lesión para la personalidad moral del maestro. No se quebranta
porque se le señale el circuito dentro del cual ha
de moverse.
Precirnmente soy de los que creen que el maestro de primeras letras debe disfrutar de no pequeña libertad en sus relaciones con los discípulos. No me parece conveniente que se le asfixie
bajo la balumba de preceptos meticulosos. Y
esto, porque la verdadera enseñanza en ese período no corto de iniciación es individual, de
maestro a discípulo, a cada discípulo.
Hay reglas útiles y necesarias, pero no deben
resultar al cabo cadena inflexible para el que enseña. El fin de ésta es hacer hombres, no ma•
niquíes. Por eso el maestro no debe ser a su vez
un maniquí, que adiestra hábilmente a otros
como él.
Con hombres convertidos en maniquíes se ha·
ce lo que el mundo está viendo hoy con asom·
bro y dolor. Máquinas tremendas para destrozar. Aspiramos a que nuestra pequeña república
sea la morada pacífica de hombres dueños de sí
mismos, de hombres que se respeten y se inclinen con respeto ante el derecho de sus iguales.
ENf&lt;IQUE JOSE VARONA
(C116a Contemporá1ua. Habana. 1915j

�56

cao•••s.s.••

APOSTILLAS

Henríquez Ureí1a
Léase el admirable pr61ogo de
·
González Ma1·a LA. Y.UERTE DEL CISNE d e E urique
tíuez egregio poeta de Méjico.
'
la enta de LA. UUBR·
Tenemos ejemplares para v
TE DEL CISNE¡ a t 1 5Q.
LAS CIEN .MEJORES POESÍAS
También tenemos dt,
Pr .
ll.EJICANAS a que alude _el citado prólogo:
emo:
'
•·
0 Ennque Fert 0.75. De otro buen poetameJtcan '
roo
n~dez Granados, tenemos ejemplares del ~
MYRTOS
Muy elogiado por Gutiérrez NáJera.

UNA SOLA DISCIPLINA
Un pueblo no es la suma de sus especialis tas;
nn pueblo puede muy bien no ser inteligente v
est a r ma t erialmente lleno de sabios; un sabio
- en el sentido alemán de especialist a , de investigador de una disciplina- puede ser perfectamente un hombre tosco, sin ninguna finura intelectua l.
He observado que en los pueblos pequeños
de escasa mentalidad se atrib uye el summun
del talento, de la habilidad, de la cultura, a
los abogados. Para un ignorante, un abogado es un hombre que sabe de todo, que entiende de todo y q ue pa rla de todo. Hay que oir a
los abogados charlar con perfecto desenfado,
haciendo uso de una maquinilla, de una lógica
abogadesca, para producir ideas. A nadie se
le ocurre pensar que ese abogado puede ser
u na eminencia en Procedimientos Judiciales y
un perfecto botarate en todo lo demás. La int eligencia más b ien se pervierte que se desarrolla con el cultivo constante de una sola disciplina. La pa ciencia experimental n a da t iene
que ver con la agilidad, con la frescura del espíritu. Un sabio no t iene otra a utoridad que
la del radio de la disciplina que cultiva. Yo, al
menos, conozco sabios mny brutos e ig noran- ,
tes muy int eligentes, mucho más inteligentes
que los sabios de mayor monta.
JOSE SANCH EZ ROJAS .
( Hispania. Londres.)

Precio: \l!i
..H. 0.75.
.
:!!'RANCIA vors10También tenemos J A.RDINES DE
'
.
iws poética-; de autores franceses, por Enrique
González Martinez, a &lt;I!: 2. oo el tomo.

++++------+++t

iPROSAt
ARTICULOS DE

+
\
+
Un volúmen de 15◊ -págs,, &lt;t ◊, 5 ◊, +
+
+
t+++--------++++
EKNEST~l\KTIN

D E V ENTA.. EN LA.. IMPRENTA. GREIAS

;¡

\

�LA NOTA
Revistn Semanal, editada en Buenos Aires. 1&lt;::x1ie•
lente. Cuenta con la colaboración de e:-;critores
distinguido:; del Uruguay y de la República ,Ar·
gentina: Rodó, Lugones, Zorrilla. San Martín, Becher, Ugarte, Ingenieros, Rojas, etc.
En prueba de ello, el interesantísimo artículo de
Rodó: EL CENTENARIO DE CERVANTES. De LA NOTA lo hemos tomado.
S11,.~eric.ió11: 12, ¡u.-·o., ,irge,1t,,.os el aiio.

La recomtintl.amos a nuestros ami~os y estudioso~.

Libros - Verl6dlcos - Folletos
Hof as sueltas
Recibos talonarios - eheques

Imprenta Greñas
Calle Central Norte
Tarjetas de visita
Pactaras- Etiquetas -1 nvltaciones
VREe1es

Meo1ees

v::::=====~..,:::=====~"~

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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text>Colección Ariel, 1915, Cuaderno 66, Noviembre 15</text>
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              <text>García Monge, Joaquín, 1881-1958, Director</text>
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              <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text>García Monge, Joaquín, 1881-1958, Director</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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