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                  <text>eoltcdón Jlritl
LEOPOLDO LUGONES

El PROBLEDIR FEDIIIISIR

euaderno 70
1916

SAN JOSE DE COSTA RICA Imprenta Grei'las

C. A .

��COLECCXON

A.RIEL

Coletdón Rrlel

REPERTORIO AMERICANO
PUBLICADO EN CUADERKOS QUINCENALES POR

J . Gll.Rlillll. Ml!lNGE
S R N

J

c., SE 'D B

ee

S T 1\

R l e 7\.

e•

LEOPOLDO LUGONES

11.

c o n d i c io nes;
J,a 11erle de 12 cuadernos ( en coda Rica): C1t 3 .00.
¡ ,. Merie de 12 tuaderoos ( eu el Est ranjero): $ 2 ,00 oro am •
~ú me ro 11uelto: &lt;!!, o .25

EL PBOBLEIIIR FEIIIIHISIR

7 69 pági n.8-1",
Olhl llbro11 111' e,ienglda, ,-arlada '/ reront.trtante literatura
PO I~ T H ES COLONES

EL SENON.ITO CHULO
Ta\ ts el thulo ,le un m1gnfftcc, artícu lo que publica Eugenio Noel en el número corriente del semanario ·•E-.paña".
En dicho número, que es, en conjunto, uno &lt;le los
mejores del gran semanario madrileño, aparecen tamh\ér¡, entre otros. los sie:uientes trab'ljns f1ATAL1:'Ñ.l
COMO LÁTIGO, pnr Luis Olariag-a, UNA YAGA OP INJÓN - -~
SOBRE AS1'URU.S, por Jo~é Ortega y Gasset; L.1~1,:~Aa:,C"
y.\SC-'RAS, por Ramón Pérez de Ayala; NUF.STRO
PINTOR ·pRL"{CJSOANO, por J\!;in ch· la Encin:&gt;_, N
0
.AMOR Nl cosoCIM1ENTO, por E. Diez- Canrdo, y L\ "--- -LJII
CUESTlÓN DEL OÍA p ir una alta p •rsonali&lt;iad, que
h:1bla &lt;le las reformas del Ejército con la firma X .
Pase a h11u,1rlo a /1, Lihnría de do1i" ./lfar(a v. áe Li,us
A 10 d nlimvs dejemplar .

'

11:'JIDLIOTECA

CENTRAL

_ _ _ _ _ __:U~-~A.~N~.!:L:...._ _ _ __

BI BLI OTEC A AY ACUC HO
( HISTOR l ,\ DE A \1ERTC,\)
1. ,lhmurias dd gmeral {Y úa ry.
Vende t:!&gt;tas obras la LIBRE.RIA de 1lon J'IME TORMO,
frente 11.\ Correo

1916

SAN JOSE DE COSTA RICA- C. A.
Imprenta Greilaa

,

J_

�APRECIACION
~E

visto los comienzos de este otro

J. J y americano "spectacle magnifique".

.
a,n, a, zeers- Luego,
Los t,·a.ba.10s que v
L,:ft 1v.f1CIO]f
se rep1·oducen, de
J •..,
.
con, eL con,•
:1. B~~en,os j1 ires,
e . . to d,eL a,d,m,ira.:io Lusen,timien,

gon,es

-

--------

Enorme suma de condiciones geniales apoyadas por la más potente y sana voluntad.
E ncontrábame en lo vivo de mi sabida campaña intelectual, en la querida gran ciudad de Buenos-Aires, cuando un día se
presenté en nuestra ,·ibradora hermandad
del Ateneo un joven que, al rno~trar sus
credenciales rimadas, fué considerado ya
triunfante. ¡Un astro! nos comunicam.os
todos, con el gentil entusiasmo que allí
animaba a coetáneos y menores . .Nuestra
unanimidad vaticinó cosas grandes. Para
saludar tal orto escogí la más sonante y
dorada de mis trompetas. Y todas las previsiones tenidas se han ido cumpliendo.
La obra de Leopoldo Lugones, es según
la expresión de uno de sus críticos ''\•asta
y bella como una creación natural", o bien
"como una vasta serie panorámica de montañas.' 'I-Cn verdad,las que han atraído mayormente en esa encantada cordillera,

�.--=4_ _ _ _ _ _--=A=..Plt:c:.:E:..:C.=IA:..:Cc::.cIÓ:.=N

_ _ _ _ _ __

son, por el brillo de sus cumbres, por la riqueza de sus entrañas, por más de un misterio cabalístico o miliunanchesco, las
Montañas del Oro. Fijaos bien en las
otras alturas: hay amontonamientos de
rocas, entre las cuales históricas ruinas;
hay colinas fértiles, con pequeñas ciudades, jardines y quioscos ele arte; hay aglomeraciones clefábricas con chimeneas y casas de veinte pisos como las de los yanquis;
hay intrincadas y sabias arquitecturas,-y
abajo, la extensa pampa con sus bíblicos
ganados. Pero las Montañas del Oro, que
conocen bien tan sólo los simbades del castellano, montañas que consagrara la Primavera, y en donde tiene su palacio la Ju Yentud, digo en verdad que atraerán siempre a todos los buscadores de milagro y cateadores de poesía. ¡ A u reo, bravo, caro Lugones ! Vigoroso por temperamento, nutrido de los mejores saberes y remiso en toda
aplastadora apretura escolar, desde muy
temprano, supo apro,·echar el don, rarísimo si se mira bien, dela autocomprensión
y Yalorizamiento propio. Tal, por mayor
suma de aristocracias, se denunciara anarquista de los más encendidos. La violencia del color-¡aplaudido sea el profeta!fué ·con el tiempo comida por el sol, no

\

í

I

LEOPOLDO LUGONES
(Caricatura de R'
D
,os, e Nosotros. Buenos Aires.)

�6

APRECIACIÓN

sin que hoy subsista el nato combativo
caza- coronas y amigo de la república francesa, a pesar de las Españas ancestrales:
Antiguamente dedan
A los Lugones, L1111oms,
Por ve11ir estos varo11es
Del gran castillo. Y tenían
De Luna los sus blasollis.

Su geneología mental- ¡ por Dios, siempre descendemos, o ascendemos de alguien , y ha existido el Adán literario !-¿le
emparenta con cuales antecesores? pero
ning ún espíritu encuentro más fraternal
para el suyo, q ue el de Edgar P oe,- tant o en todo va b uscando su equilibrio nuestra balan za continen tal. ¿1\las, a don de no
llega la vista, a cualq uiera de los puntos
cardinales que se dir ija, desde la cumbre
de su s montañas?
L ist o p ar a t odos los combates, - ·apolíneo, hercúleo, perséico, dad dico, ello
trans mut ado en san gre neomundial, su
in iciación en el or den del Arte, queda como un acontecimiento en la hist oria del
pen samien to h ispan o-american o, y no un o de mis men ores org ullos el haberme
t ocado ser , en días floridos, A nquises de
t al Marcelo.
Todo conq uistado: renombre, respeto
y consideración en los propios patr.ios as-

APRECIACIÓN

7

?edrines, admiración y afecto entre sus
iguales. Todo, hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos
la verdadera comprensión de ciertas cosas
s~yas al lado de las cuales se ha pasado
sm penetrar lo que dentro se contiene.
Mas, ¿desde cuando es comunicado a todos el schiboleth?
L~ _ohra primigenia ~e tal hér_?e, cuyo
a11;á~s1s se~ para estud10sos y mmuciosos
c~1ticos, h~ceme pensar en las adolescencias proféticas, en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores sino en el bosqu~ entre los leones. Hay'aní
sob~etodo, u_n mfuso conocimiento de cosas rnme~onales que se han trasmitido a
través de mnúmeras generaciones, y que
hac~ vaga_~ente reconocerse, apenas, con
a~gun rans1mo contemporaneo, en un ráp1d_o choque de miradas, o en la similitud
de mterpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.
Y a en 1~ tarea de ideas, revélase la inag?table mm~ ".erbal, la facultad enciclopédica, el domm10 absoluto del instrumento
Y.la preponderancia del don principal y dist~ntt:70: ~a_fue~za. ~ropaganda patriótica,
c~enc1a c1v1l, h1stona, cuento, enseñanza,
discurso ocasional, todo es pletórico, todo

�8

APRECIACIÓN

está lleno de Yital y Yiril fuerza. Verdad
que oiréis un son de flauta. en los ~repú~culos del Jarclín . . Acordaos ~e P?hfemo que canta Teócnto y Pom:;s111 pinta.
Y luego: ¿"Quid dulcius melle et qu1d fortius leone? ¿No habían Yibrado antes en
una lengua de potente amor Yersos capaces de encender estatuas?
No creo } o que en nuestras ~ierras de
Amúica haya hoy una personahda~ superior a la de Leopoldo Lugone~, q U1en a~te:, de llegar al medio def cammo &lt;;}e la nda, se ha le, antado ya mconmonble pedestal para el futuro monumento. Las
l\.lontarins del Oro, Los crepúsculos del
jnrdín, rr imperio jesuítico__ La guen?
"1t1&lt; ha Las fuerzas extnmas, Lunann
~entim~ntal, Piedras liminares, Didáctica, Prometeo. Odas seculares.*
Allá en la lejana Córdoba del Plata,
una anciana tiembla aún de temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre
el de usted, para ser llrrndo en la Catedral
de las glorias argentinas! ...
RIJBE~ DARIO.

-;-¡ñadimos: El l.i/Jro Jiel, Lu R,finna Educaáv11nl, Historia de
S&lt;1nnimto, El,&gt;JÚ&gt; de Am&lt;gkino.

EL PROBLEMA FEMINISTA

N

agente de disolución social tan
activo como el feminismo, que otra
vez más aparece en la historia marcando
un contraste de la civilización.
El fenómeno es conocido, en efecto, Cada crisis disolvente de las que sufren los
pueblos en determinadas épocas, para
transf.&gt;rmar sus conceptos y caracteres socia1es, presenta en el feminismo la expresión más grave de su trastorno. Como se
trata de revoluciones, la subversión inherente a tales movimientos parece materializarse en ese supremo absurdo de la mujer
igualada al hombre, contra toda razón y
todo interés natural, presentando al fin de
cuentas, como consecuencia forzosa, los
resultados constantes del unisexualismo:
la esterilidad y la corrupción.
Es conocido el método de perseguir la
lógica hasta sus últimas consecuencias,
para saber si opera comci instrumento de
la verdad. Es el método seguro, y el único
INGÚN

�___::_10=..___ _ __ _LE_OPOLDO LUGONES

además, como que en_ él. se aduna 1~ certidumbre o sea el cnteno matemático, a
la realid;d de las ciencias experimentales.
En ese desarrollo lógico estriba toda la
crítica filosófica, pues es, regularmente, el
fruto más positivo de la filos?fía.
.
Y bien: aplicando ese metodo al feminismo, pronto se obtiene el res_ultad? que
antes formulé, como consecuencia racional:
si las mujeres fuesen iguales a los ho~bres,
no existiría sino un sexo, y la especie humana se habría vuelto estéril. Ahora bien:
el amor estéril (porque el amor subsiste
dentro de la doctrina feminista) es la suprema corrupción, al constituir uri placer
sin la compensación del resultado que normalmente produce, o sea la procrea~i6n de
hijos. La mujer y el hombre, unificados
por la igualdad, formarían un m~nstruo, el
andrógino, o sea el producto típico en que
se complace la imaginaci6n enferma de l~s
decadencias. Lógicamente, pues, la doctrina produce una monstruosidad, lo cual es
harto significativo; porque si el método de
la finalidad lógica reviste el carácter q~e
más arriba le atribuí, ha de haber tamb1en
en ello una realidad experimental.
Es, en efecto, lo que ccurre. Cada_ crisis
feminista ha coincidido en la historia con

EL PROBLEMA FEMINISTA

11

una crisis de esterilidad, lo cual asimila
desde luego el feminismo a la prostitución.
Cuando la mujer honesta abandonó en
Grecia el gineceo para entregarse primeramente a las c9mpetencias del lujo callejero
con las cortesanas, y frecuentar después
las escuelas de los filósofos, los conciliábulos de la política, en virtud de derechos inh_erentes a su pretendida igualdad, ya teorizaba con los mismos argumentos de
ahora, la civilización griega sucumbió en
la ~~ble .~st~rili~~~ de la materia y del esptntu. ¡S1 pudteramos tener hijos sin
mujeres!", sería la última exclamación de
su pesimismo. No los tuvieron, porque las
mu1eres habían empezado por querer tenerlos, confiando a las esclavas la función
m~terna, así degradada en reproducción
animal, y con ello perdiéronlo todo: libertad, patria, honor y genio. Hasta el genio,
que foé a esterilizarse también en la aridez
de la retórica alejandrina.
La inmensa Roma viril de las conquistas había de ver repetido el fenómeno. La
matrona abandonó el hogar para lanzarse
al lujo de la calle, cuyo tono, hoy como
ayer, lo ~ió siempre la cortesana. De eso,
f~~ a la literatura, a la filosofía y a la poht1ca, con los mismos argumentos actuales

�12

LVOPOLDO LUGONES

sobre su igualdad y su derecho. Ju venal
lo expuso en sus sátiras, como lo había
hecho Aristófanes en sus comedias, y estos
documentos adquieren de nuevo la ª:tuali;
dad más completa. La consecuencia fue
que las matronas renunciaron a la epónima
tradicional maternidad. Y Roma se hondió
en la iniquidad, en la sangre; vió rebajarse
su espíritu en la retórica: dejó de ser.
El espantoso cataclismo medioeval que
tiene su fórmula histórica en los terrores
del Año mil, foé, ante todo, una crisis de
maternidad. El aborto y el infanticidio
disminuyeron la población de Europa hasta acabar con ciudades enteras. El Tíber
llegó a convertirse en un inmenso pudridero con los cadáveres de los párvulos •
arrojados en él. ¿Y qué era? Que la corrupción de Bizancio, con el ejemplo de
sus princesas literatas y adobadas por todos los artificios de la perfumería oriental,
practicada en un laboratorio inmenso donde la química más sutil se cerraLa en un
misterio de santuario, por Zoe, la emperatriz, aquella lujuriosa dídima de las cróni cas-era que eso, dije, se había propagado
por el Occidente con el ~fecto habitual.
Corrupción tan espantosa causó el secular
desangramiento de las Cruzadas.

Et PROBLEMA FEMINISTA

18

Repetición del fenómeno, en significativo sincronismo con _las grandes guerras, y
la profunda corrupción, y la espantosa iniquidad del Renacimiento. Florencia y Venecia,. aquellas Atenas medioevales, sucumbieron de eso. Edad de tiranos, de
lujo, de esterilidad y de retórica. Es el
momento en que las lenguas romanas tanto perc\ieron con la pedantería humanista,
como tn el anterior ciclo medioeval, la crisis intelectual consiguiente se caracterizó
por el abandono definitivo del latín y la
adopción de los dialectos bárbaros en que
se había descompuesto.
.
. Nueva crisis de feminismo como principio y fin de la Revolución Francesa. Damas que abandonan el hogar por el lujo
de la calle, por la literatura, la filosofía, la
política. Dos cortesanas que hacen política,
señalan, efectivamente, el principio y el fin
de aquel sangriento período: madame de
Pompadour y Theresia Cabarrús. Aquella
saludable catástrofe que señaló el principio
del fin a la civilización monárquica, o sea
al último ciclo cristiano, se repite, por lo
que concierne al feminismo, en la crisis
presente, con asombrosa fidelidad. Y desde
luego, en su rasgo más característico: la
esterilidad, sugerente de las mismas la-

�14

LEOPOLDO LUGONES

mentaciones, diagnósticos y remedios que
en el siglo xvn1. Son, efectivamente, aquellos dos países donde la mujer es más dueña y está más orgullosa de su personalidad,
los que presentan la natalidad más pobre:
Francia y los Estados U nidos.
Observamos, entretanto, como su útil
recapitulación, que el feminismo ha preludiado y acompañado siempre a las crisis
sangrientas con que acaban las civilizaciones. Así en la civilización griega, en la
romana, en la feudal de la primera edad
media, en la comunal que la sucedió, en la
monárquica finalizada con la R evolllción
Francesa. La ley es constante, como se ve,
para el mundo greco latino, y se repite
con progresiva frecuencia, porque la aceleración de los ciclos históricos es una
consecuencia del progreso generc,l. Así
nuestra sociedad vuelve a encontrarse e n
el mismo estado que la sociedad de la Revolución.
Esa constancia del fenóme no, es significativa y comporta una prueba de suyo,
hasta que la contraprueba la convierta en
demostración.
Los éxitos de la civilización que los pueblos disfrutan en la prosperidad y en la
paz de las ideas, coinciden a su vez con el

EL PR.OBLEMA F.tMI_N_IS_TA
_____
15'---

estado exclusivamente doméstico de la mujer. La madre de familia, que no es tan
sólo la productora de hijos, sino principalmente la formadora de hombres, resulta,
en efecto, el elemento más importante de
la sociedad de la civilización. Más importante que el hombre, porque sin ella no
hay hogar ni patria; tampoco existe para
ella ni es posible que exista condición más
alta sobre la tierra. De aquí que su permanencia en ella, caracteriza las civilizaciones felices: aquellas e.n que el miedo de
1~ vida inse~ura no _suprime el goce superior, la heroica ple01tud de las posteridades numerosas. Así, cuando las civilizaciones son más robustas y más amables,
c~ando aseguran a todos con mayor eficacia el encanto y la utilidad de la vida, la
mujer hállase reclusa en el gineceo griego,
en la casa romana, en el castillo medioeval, en el inviolable domicilio hidalgo. Allá,
como la semilla oculta, está renovando la
patria que así viene a constituir una emanación de su ser, pues en su seno fecundo
y en su enseñanza, fórmanse los héroes,
los trabajadores, los pensadores que engrandecen y que ilustran la patria. Ocupada como las plantas nobles, de florecer y
de fructificar, cualquier otra misión resul-

r

�16

LEOPOLDO LUGONES

taríale inferior y absurda. Por esto, ella
misma la -prefiere y busca, y se enorgullece
de estar colocada así, mientras no la per turba el desorden de próximas cat ástrofes.
Que entonces, · cuando en vez de su libertad femenina equivalente a un reíno, el
reíno del hoge1r, donde tie~e como todo
soberano el deber, dijéramos constitucional
de la residencia; cua ndo en vez de esto,
quiere la libertad del hombre, abdica; y
así caída de su maj estad natural · en nna
condición aj ena, su destino conviértese en
esta triple fatalidad: o la mala ~adre, ese
monstruo; o la solterona, esa víctima lamentable; o la cortesana, esa alimaña venenosa.
En esta degradáción va implícita la ruina de la patria y el horror de la guerra.
Porque el hombre, o sea el defensor de la
patria que su compañera forma y renueva,
el guerrero, el eterno combatiente, no es
sino un bárbaro primitivo cuando le falta
su dama. Es ella, la reina de la casa, del
"domus" antiguo, la "domina", la ''dama"
nuestra, quien ''domestica", en efecto, y
"domina" la fiera siempre despierta en el
combatiente, pero también, por la misma
razón, quien la instiga a toda ferocidad: la
responc:able de toda guerra, porque sólo

EL PROBLEMA FEMINISTA

17

por ella, por su a mor, pelea el hombre.

La guerra bajo todos sus aspectos, operación táctica de ejé rcitos, revoluciones
políticas, huelgas, atentados anárquicos,
obedece siempre a este móvil recíproco en
los adversarios: tentativa de uno que quiere aumentar su haber con el haber de otro,
y ~esistencia de este último a dejarse despoJar.
Mas ¿para qué quiere ese haber el hom•
bre? Para engrandecer y embellecer su hogar, que sin la mujer no existiría. Porque
es ella quien ha exigido para asegurar el
éxito de su misión materna, la civilización
estable del hogar. Y la pareja re pite, aun
en los mayores refinamientos de civilización, el estado de la caverna primitiva: ella
es quien se q ueda dentro, el elemento permanente ~e civil ización útil que empiez~
con la cocina, y de estética caracterizada
en el arreg lo del rudime ntario menaj e; él
es quien sale y comba te para asegura r la
existen cia común: el que vuelve con la
presa. Faltá rale a quel estímulo de estética
y de bie nestar, y nu nca dej aria de ser un
cazador salvaj e.
E l objeto adquisit ivo de las g uerras, es
la apropiación de b ie nes desproporcionados
con las necesidades de los ·gobernantes y

�18

tEOPOLDO LUGON'ES

jefes que los aprovechan, en cua?to e~as
necesidades provienen de sus ex1genc1as
personales; pero no cuando se tr~ta ~e
satisfacer el lujo que es una ex1g~nc1a
femenil. Para esto quiere el hombre riq~ezas desmesuradas, y así es como la mu3er
resulta la responsable de la guerra. E l
sólo, para él mismo, contentaría.se con ~uy
poco. Su civilización sería rud1m~ntana Y
sobria. Es la mujer quien le estimula al
bienestar y a la belleza, nunca d&lt;:genera dos en pasión exhibicionist_a, en lu30, cuando ella sabe limitarse al reino de su ?ogar.
EntoÓces basta al hombre el traba30. N o
necesita combatir, o sea volv~rse por u_na
exageración de su ~nergí8:, violento _e injusto. Cuando la muJer exa3era sus exigencias, el trabajo normal que es un encanto
solidario, no basta. Sus frutos resultan escasos o tardíos. Y entonces los reemplaza
el despojo que exige combates.
Cuando el patrón obstinado y cruel que
se niega a aumentar. en unos cuantos cen tavos el salario bien miserable de sus obreros, nos dice que no pue~e, esta declaración no expresa un imped_imeoto P:rsona~.
El sabe que sus obreros tienen razoo, qu~ zá le conmueve aqutl reclamo d~ la_ m~seria. Pero si cediera, su venta d1smrnm-

EL PROBLEMA FEMINISTA

19

ría, y con ella el presupuesto de su hogar,
que es opulento, mas no cómodo; porque
las exigencias de la sociedad donde actúa
son cada vez más tiránicas, no sobre él,
sino sobre su mujer, sobre la reina que nadie ni nada debe atreverse a tocar. El se
sacrificaría, pero es incapaz de sacrifica.ria
a ella. Y entonces, no queda más que la
g uerra sin solución posible, porque su causa no está en el patrón atacado; en el res
ponsable visible de la iniquidad, sino en
una influencia más fuerte que la suya.
Así la guerra social en que estarnos com
prometidos, tiene por· causa y por respo11sable a la mujer. -Es su abandono del
hogar el origen de todos esos males, por9ue la echa a las competencias del lujo, al
JO~electualismo, a _la política, a todas las
exigencias insaciables con que pretende
substituir, sin conseguirlo nunca, la verdadera superioridad de la condición abandonada. Es que la mujer no resulta inferior
al hombre porque sea desigual a él. Repito
que, al contrario, es superior como elemento social, puesto que representa la
estabilidad, el bienestar y la estética de la
civilización. Su error está en que se compara, y en que así comparada, resulta inferior al hombre intelectualmente. Pero el

�20

LEOPOLDO LUGON"ES

hombre, a su vez, resulta inferior a ella en
otras cosas. El feminismo no revela, así,
sino la ignorancia femenina en filosofía y
en historia. La lógica nunca fué un tesoro
femenino; y en cuanto a la historia, desdeñada por una pedagogía excesivamente
racionalista, como asignatura mnemónica,
representa la gran deficiencia de la cultura
contemporánea. Si las mujeres supieran
historia, advertirían que el feminismo es
uoa doctrina de infamia y degradación.
Atendamos, en tanto, una objeción que
hace rato formularon las lectoras de estas
líneas.
La igualdad que el feminismo pregona,
no es la de los sexos, sino la de los derechos inherentes a la condición humana. Y
así la esterilidad deducida como una consecuencia del sexo único, es un sofisma.
Queremos que la mujer se iguale al hombre, pero sólo como e ntidad jurídica.
Desde lu ego, insisto una vez más en la
esterilidad efectiva que coincide con las
épocas del feminismo; en el menosprecio
de la maternidad, que el intelectualismo
femenino comporta; en el abandono de la
maternidad que ocasiona el lujo. Es que
todas esas, son formas de egoísmo, mientras la maternidad significa una generosi-

EL PROBLEMA FEl!INl8TA.

2L

da? supr~ma. Belleza, seguridad, salud,
q u1~tud, lib~rtad, los mejores encantos de
la vida ego_,s~a, todo lo sacrifica la mujer
madr~ al d1v100 dolor de fructificar para la
es~ec,e, _con ~a ~ta frecuencia, ay de mí,
baJo el nego umco de las lágrimas.
Pero es que al reclamar la igualdad de
derechos, sólo se piensa en ellos abstractamente: ~orno si fueran una cosa que la ley
puede dispensar "ad libitum'', o los deberes humanos ejercer y disfrutar sin atención ninguna a sus diversas condiciones.
Nadie ignora que sucede precisamente lo
contrario. Los derechos son una consecuencia de aquéllas, provienen del carácter
moral, )ntelectual, fisiológico, que reunidos
determinan a su vez la actividad normal
d~ los individuos; de manera que una actividad normal distinta de la masculina, ha
de engendrar y exigir también distintos
derechos. Y es lo que pasa. No basta la
condición ~umana, pues los niños la presentan, y sin embargo, no tienen los mismos derech0s que el adulto. Al contrario,
cuanto más c\istintos sean al hombre y
la mujer más profunda resultará la armonía social, más agradable la vida en común, y más fecunda sexualmente hablan.
do; pues la acentuación del dimorfismo

�22

LEOPOLDO LUGONES

sexual estimula la inclinación mutuamente
complementaria que recibe el hombre del
amor. Cuanto más hombre sea el hombre,
y más mujer la mujer, más robusta ha de
resultar la pareja y más intensa la atracción que la ha formado.
Esto nos lleva otra vez al fondo de la
cuestión práctica, que no es, como va vién•
&lt;lose un mero desarrollo lógico. Es precisamente una feminista quien lo ha demostrado hace poco, por medio de un libro
poco &lt;lifor.dido, aunque a la verdad interesante. La señorita Arria Ly &lt;lió mucho
que hablar h vez pasada con motivo de un
desafío lanzado por ella a lln periodista,
con todas las reglas masculinas del caso,
dos padrinos, o mejor dicho testigos, para
eludir con el común de dos la necesidad
un tanto irónica de decir madrinas, pues
se trataba de &lt;los señoritas; pistola o espa da, a elegir; acta y sangre.
Como el provocado no aceptara, la señorita hubo de abofetearle en público, aunque sin mayor éxito a los efectos del lan ce; pe.ro lo más interesante en esto no es
el desafío mismo. Desqe el ya clásico con
que se disputaron a puñaladas el amor de
Filipo de Macede,nia, Olympias, madre de
Alejlndro, y otra princesa degollada por

EL PROBLEMA FEMINISTA

23

aquélla en el lance, los duelos femeninos
son cosa vista. Menos frecuente es el caso

de la señorita Ly, si b ien existe, en literatura al menos, 'el clásico de Clorinda.
Pero repito que no es esto lo interesante,
sioo la causa del incidente, o sea una crítica adversa a cierto libro de la señorita
Ly, titulado de esta significativa manera:
"¡Vive Madernoiselle!" Fácil es adivinar la
tesis: el matrimonio . es una desventaja para la mujer. El estado de señorita es su perior al de señora; y en cuanto al porvenir de la especie, no es cosa que deba
preocupar a las mujeres, ''víctimas" de la
maternidad. Esta consecuencia egoísta y
epicúrea, coincide, como fácilmente se echa
de ver, con la propaganda crist:iana de la
virginidad, que la iglesia decla·ra estado
superior al materno; pues toda doctrina
co ntraria al desarrollo normal de las condi~iones naturales de los sexos conduce
fatalmente a la esterilidad. El cristianismo
proclamó también, en teoría a lo menos, la
ig ualdad de la mujer....
En cambio, el libro en cuestión tiene el
mérito de la franqu eza y de la lógica: descubre la última consecuencia del feminismo, o sea la monja laica, todavía más quimérica que la antigua amazona, pues ni

�24

LEOPOLDO LUGONES

siquiera entiende que el sentimien~o del
honor, tanto como sus consecuer etas sociales, son cosas distintas en el hcmbre y
en la mujer. Las amazonas guerreras, las
Clorindas, . las Ju a nas de Arco, las rusas
exterminadoras de Sacher Masoch, en dos_
palabras: los marimachos soldadescos, las
"varonas", sólo interesan al sentimentalismo degenerado de ciertos histéricos; pero
la feminista es una plaga general, un elemento de corrupción, que si ayuda, ciertamente, a disolver esta civilización cristiana tan poco apetecible, resulta intolerable, sin embargo, al comprometer con su
desvarío el desarrollo normal de la vida,
o sea la propia condición fund,1mental del
mejoramiento futuro. So origen y hasta su
consecuencía son cristianos, vale decir, retrógrados en su aparente audacia revolu ·
cionaria.
Pero la literatura feminista acaba de
enriquecerse con otras dos obras, si bien
de muy diversos caractere~, móviles y propósitos. L:1s memorias de la princesa Luisa de Sajonia, lanzadas hace algunos meses a la publicidad, y las actualísimas de
doña Eulalia, infanta de España. ·
Inútil añadir que lo menos interesante
de estas producciones, es para mí el es•

EL PROBLEMA FEMINISTA

25

cándalo, después de todo me9iocre, pues
en esta capital de la revolución, no hay
cosa más {;ulgar que una princesa destornillada. Lo cual ya es de suyo un triunfo
sabrosamente revolucionario. Un destino
trascendental en su aparente ligereza, hace
que París sea el quebradero de las monarquías, el sitio donde la gente de sangre real
viene a exhibir todos los vicios y las bajezas, La compostura y la dignidad han quedado para los plebeyos jacobinos de la re
pública. Así también, entre nosotros, no
está abajo, en la capa directamente limítrofe, la supervivencia de la indiada.
Los seudo libros principales tienen una
importancia indirecta pero grande para el
asunto, al comportar dos rebeliones en el
seno de esas familias inmóviles de la monarquía, donde, naturalmente, el dogma
de obediencia que esa forma de gobierno
representa en su plenitud, impera absoluto. Como ejemplo, será indudablemente
nefasto para todas las mujeres chifladas
de aristocracia, que viven de imitar en las
princesas lo más fácil y vistoso, o sea las
malas costumbres; pero dichas damas no
merecen una profunda piedad.
Sucede lo mismo con las casas reales,
donde todos los sentimientos, empezando

�26

LEOPODO LUGONES

por aquellos más nobles, hállanse subordinados a las conveniencias de la política,
haciendo de tales familias despreciables
raleas cuyos mismos dolores son farsas
indignas de compasión. Lo que interesa,
como digo, en aquellas aventuras, es la .
rebelión inherente, o sea el procaso interno
de destrucción que revelan en las dos monarquías más reaccionarias de Europa: las
dos casas cuya unión representó durante
el auge absolutista el máximo poderío.
Algo quiere decir, sin duda, que la princesa real de la beata Sajonia, una Hapsburgo-Borb6n, y de los ultra-reaccionarios
Borbones de Nápoles, se eche a arrastrar
por media Europa, en un escándalo periodístico, el honor de su marido y de su familia con el vengativo cinismo de una
criada despedida; así como que una infan ta de España salga declarándose ''feminista rabiosa", socialista y enemiga de la
Inquisición, aunque luego se retracte para
no perder la pensión que la sirve su necesitado país, por el trabajo de haber nacido
pr10cesa.
Pero ello significa algo más: que ninguna mujer, por reina que sea, puede liberarse sin escándalo de la tutela del hogarTodos esos libros son, antes que nada,

KL PROBLE\lA PEMINISTA

escandalosos, y en ello estriba su deplorable valor; .pues de lo contrario, apenas
habría nada menos interesante que las calav~r~das de la princesa de Sajonia y el
feminismo de la 10fanta de España.
Revelan estos actos una cosa más importante aún: la extensión de la calamidad
que se ha infiltrado por do quier y que
t~do lo corr?mpe, imponie_ndo con urgencia la necesidad de correctivo. Ello requiere, ante todo, la acción de las mismas
mujeres a quienes es necesario revelar
claramente la falacia de semejante empresa; pues una apreciación superficial puede
presentárselas tolerable, a título de mal
entendida solidaridad.
Los países jóvenes y ricos deben evitar
en lo posible toda emigración de las enfermedades que sufren estos más antiguos,
como resultado de la miseria y del desgaste. Su juventud y su anhelo de progresar, suelen arrastrarlos a una imitación
excesiva que no discierne entre lo provechoso y lo nocivo, sacrificando, en ocasiones, excelentes pre.odas nativas a novedades de dud~s~ ~tilidad. Tal, por ejemplo,
esa cultura 1hm1tada de la mujer en establecimientos preparados para los hombres,
o sea la apertura de las enseñanzas secun-

�28

LEOPOLOO LUGONES

daria y superior, sin reflexión rrevia, por
inercia, por imitación, por defi~tente apreciación de lo que es la ver.dadera cultu:ª·
Desde luego, el acceso d: nues~ra~ muJeres a la ilustración masculrna, co10c1de con
una visible deficiencia de su ~ducación.' co!1
un desborde espantoso de luJO y con 10cl1naciones callejeras cada vez más desarrolladas. Estos son, en todas partes, los
prodromos de la esterilid~d, las causas
esenciales de toda corrupción. Sal-v:o excepciones rarísimas, el ho1:1bre sa_cnficará
siempre al lujo que su mnJer le p~da to?o
principio moral; de tal manera es tmpenoso en él el in stinto de proteger y agradar
a su compañera, la formadora y conservadora del hogar. He dicho y~ que _tº?ª la
ambición masculina de ennquectmtento
proviene de ahí, y por_ e_ll?, el supremo ?r•
gullo del rico es la exh1b1c1on de una muJer
lujosa. Del propio i:1?do, el esfu~rzo por la
gloria, por las pos1c10nes ho~onficas, persigue como supremo coronamiento, aunq?e
más o menos indirecto y obscuro, la satisfacción de ser algo ante una mujer. Así
es ella quien nos civiliza ~ n'?s degrada, a
costa, sin duda, de un sacnficto como lo es
para ella el amo~; pero esta es la. ler de
justicia sobre la tierra: no hay supenondad

EL PROBLEMA FEMINISTA

29

que no exija un sacrificio correspondiente,
y aquélla es la primera entre todas. Así, la
misma alternativa compensadora que constituy e la vida de las cosas y de los seres
la ley suprema, puesto que a ella nada escapa, está ense ñándonos la quimera del
egoísmo que pretende hacer de la existencia un continuo goce: subordinarlo todo a
la satisfacción individual.
Ahora bien, el organismo de la mujer,
constituído ante todo para la maternidad,
es egoísta de suyo, al resultar, así, absorbente, centrípeto, eminentemente conservador. Desde el movimiento instintivo de
la defensa, el hombre opone sus brazos al
peligro: la mujer los aprieta so~re su seno.
Luego, la envidia que constituye la crisis
negra del egoísmo, constituye una afección
bien femenil; y no es difícil percibir sus
efectos en la pretensión feminista de la
igualdad con el hombre: todos los derechos
de é,,te, pero también todos los de la mujer. Con poco esfuerzo probaríase, entretanto, que los derechos masculinos son una
consecuencia del destino combatiente del
hombre, de su condición de guerrero; precisamente de aquello que la mujer no será
jamás por imposibilidad física; pero no
hay, por ahora, tiempo para demostrarlo,

�30

:EL PllOl3LEMA FEMINIS'l'A

Ll!OPOLDO tt1GONl:S

y cualquier persona inteligente sabrá hacerlo, por lo demás, si le interesa. U nicamente quiero advertir que para mí esos
derechos no son, como suele afirmarse, una
compensación del servicio militar. El hombre es el eterno combatiente de la libert~d
y de la justicia, y por ello el organizador
de ese combate. En esto consisten sus
derechos y para esto son. A la mujer incumbe custodiar y convertir en bien privado la justicia y la libertad que ha conseguido el hombre.
No extrañe el lector si en vez de una
crónica sobre el feminismo y sobre las memorias de las princesas he preferido hacerle la filosofía del asunto. Aquéllo érame
más fácil; pero entiendo que esto resulta
más útil. El escándalo no interesa a ningún esplritn recto; y tanto esas memorias
de damas aristocráticas como las ridículas
comparsas de "suffragettes", son esc.:ándalo
liso y llano. Eso es lo que hace ruido, lo
que se oye y puede parecer por lo mismo
fruto de porvenir. Error profundo. Allá en
el silencio de sus hogares, millones de ma•
dres silenciosas y fecundas como la tierra
útil, son las verdaderas autoras del porvenir que aseguran prolongando la vida.
Ellas no hacen ruido, ni teorías, pero ha-

31

~en _h_ijos, que es mejor. Pueden decir con
JUSltcta que_ cada una de esas vidas inteligentes equivale a muchos libros; que con serv~r una patria y formar una raza, es
más tmpo_rta~te que constituir gobiernos y
mandar eJércttos; que aun siendo inculta y
g rosera, vale más la fecundidad de una
madre 9 ue la producción intelectual de
una doctora, porque las doctoras son reemplazables por los doctores, mientras sin
madres deJa de existir la patria.
Pnrls.

1912

�EL PROBLEMA

NUEVAS VICTIMAS DEL ORDEN

C

OMO era de esperarse, la reapertura de
las sesiones parlamentarias, no obstante su desusada solemnidad, puesto que con
la primera ha entrado la _l~y de la autonomía
irlandesa en su fase dec1s1va, hubo de contar el inevitable incidente sufragista, si bien
provocado esta vez por los dipucados ~onservadores. Las intrépidas propaga~dt?tas
del voto fe menino, eviden temente eliminadas por la coladera polichl, no tuvieron
ocasión de exhibir sus energías. Pero ellas
andan manifestán&lt;lose por esas calles y paseos, con la agresiva vivacidad de cost u~bre. Esta persistencia, comunica al m~v1miento un carácter de seriedad que es imposible desa~ender y que ciertamente 1,e
1
asegura el triunfo, tan luego c~mo un po,_t·
tico inteligente comprenda su 1mporta~c~a
re(J'eneratriz ante el progresivo desprest!g10
del sufragio. Aquí está la coyuntura favo·
rabie que un día u otrJ convertirá_ en ley
esas aspiraciones, comportando, srn duela,
el desengaño habitual, pero señalando tam·

FEMINISTA

83

bién con ello la adhesión de tales energías,
hoy extraviadas, al gran movimiento de
transformación social cada vez más emancipado de la tramoya política. Cuando vot~n las mujeres que desean votar, adquiriendo, así, la experiencia negativa del voto,
pues ello es inevitable, su esfuerzo dejará
de gastarse en la rotación de ese volante al
vacío, y su descontento, bien expl icable a
decir verdad, engrosará la imponente masa
cuya resistencia pasiva aisla paulatinamente a los gobiernos en un círculo vicioso de
impotencia y de inutilidad.
Entretanto, cometen desórdenes, embarrullan, comprometen la quietud de los pri.
vilegiado~; y mientras éstos llegan a comprender el precioso refuerzo que esa nueva
masa de electores comporta en su misma
aparente hostilidad, el castigo suministra a
la causa los mártires necesarios rodeándola
de la simpatía que suscita como una protesta natural, todo esfuerzo injusto o excesivamente perseguido.
Así sucede con las sufraguistas condenadas a trabajos forzados por tentativa de
incendio y vías de hecho contra dos ministros, sentencia excesiva, como todas aquellas que ca, tigan intenciones, y agravada
hasta la crueldad por la alimentación forza-

�34

L EOPOLDO LtrGONES

EL PROBLEMA FEMINISTA

sa de los reos, decididas a hacer la huelga
del hambre, mientres no se las traslade de
la prisión donde están mezcladas con asesinos y prostitutas.
Tratándose de gente honesta, condenada
por delitos de opinión, aquella ide.ntidad
con semejantes perdidas, es atroz y deses·
perante. Pero los defensores del ord~n, no
sabeo ni pueden distinguir. La rebelión es
para ellos el crimen supremo, sobre todo
cuando alardean de demócratas y campeones de la justicia social, no habiendo, como
es sabido, cuña peor que la del mismo palo.
Agentes de un dogma que estab_lece la
diferencia social y política de la muJer por
imoo~ición de obediencia, no como resultado· natural de una conformación dis~inta,
niéganse a ver en este movimiento,
extraviado sin duda, una consecuencia
de la iniquidad social y como de ésta
viven y prosperan a fuer de g o l.,ernantes,
castigan como rebelión contra un orden de
cosas para ellos naturalmente ventajoso, lo
que no es sino uu fenómeno enfermizo de
aquella misma iniquidad.
El hogar desordenado por la explotación
\ capitalista de que los g obiernos son humildes servidores, ha lanzado al mundo una
enorme masa de mujeres, las cuales, subs-

traídas a la maternidad y al trabajo doméstico, que en toda sociedad bien organizada
compensa la actividad exterior del hombre,
asegurando la estabilidad de la familia así
constituída, por el rendimiento equivalente
de uno y otro sexo, afirman su derecho a la
vida, siquiera sea defectuosa y antisocial,
ejercitando actividades anormales, desde
que presuponen una COfT!petencia artificial
con las masculinas. Este desarrollo unilateral de las energías humanas, es la causa del
desequilibrio que nos trastorna. Fuera necio pensar que la mujer, llamada a instruirse, no aplicará al mejoramiento de su vida
los resultados de aquella instrucción. Cuando el destino de los sexos se completa en la
integración de la familia que imperiosamente tienden a constituir, la mujer aplica
esos co11ocimientos al desarrollo de su actividad normal: quiere instruirse para ser
mejor esposa y mejor madre. Alcanzado este objeto, nada más desea; pues el concep•
to de la felicidad, estriba para cada ser en
el desarrollo normal de sus actividades. El .
hombre procede, necesariamente, del mismo modo. Y así es como la determinación
recíproca de los sexos en ei desarrollo de
sus actividades peculiares, somete toda la
vida humana a la ley de amor cuyo impe •

85

�L'EOPOLDO LUGONSS

rio constituye la dicha individual y social
en un común resultado de armonía. Fuera
de esto; no hay sino egoísmo y esterilidad:
vida inútil, como lo es toda fuerza obligada
a actuar en círculo vicioso. La mujer com petidora del hombre, es un contrasentido,
según lo demuestran las mismas consecuencias de esa pretendida emancipación. E l
movimiento feminista, blasona de hostilidad contra el hombre, el aislamiento sexual,
la capacidad quimérica de vivir sin su con •
curso, es decir, el suicidio de la especie co mo término de tan absurda evolución.
Pero la superioridad de la especie
humana, consiste en que ella es voluntaria
y racionalmente capaz de vivir para un
ideal desinteresado, en ese sacrificio permanente del bienestar individual a la feli cidad colectiva, que es el fundamento del
progreso social. Así vive la mujer para el
hijo y el hombre para la patria; así es como
únicamente pueden ambos vivir, en el concepto humano de esta palabra, sin estar
sometidos a la fatalidad del instinto. Por lo
mismo que el ser humano puede, con su
voluntad y su inteligencia, modificar el re•
sultado de sus actos a semejanza del animal, la diferencia entre éste y aquél es
absoluta. De ahí proviene la responsabili-

EL PROBLl!MA

FE:lfl_N_rs_TA=------=3:.:..7_

dad_ en cuya virtud somos provechoso~ o
nocivos a la -especie, según sacrifiquemos
o no a las satisfacciones egoístas nuestra
propia actividad.
La suciedad actual padece y se desmorona porque ha erigido en ley suprema el
egoísmo. El error del movimiento feminista, estriba en la creencia de que la emanci pación impuesta a la mujer, su expulsión
del ho~_ar mejor dicho, la d_esíntegración de
la famdn engendrada por una explotación
feroz, comporta un progreso. La mujer que
acepta ese resultado y lo fomenta y propaga ~orno un bien, autoriza su propia degradación. Mas fuera soberanamente injusto
echar sobre ella sola toda la responsabilidad. Ella es, por el contrario, la menos resP?nsable. No ha hecho más que seguir el
eJemplo pernicioso del egoísmo masculino,
aceptar las consecuencias de una situación
que no ha creado. Al faltarle el hogar y el
hombre, su vida carece de objeto. Entonces
en tra a competir en el único género de activid~d que le resta. La ley del egoísmo,
que impera con terrible simplificación, ha
convertido el mundo en un inmenso rebaño
de siervos explotado por unos cuantos pastare~. Hogar, creencias, esperanzas, están
sacrificados a la ley inexorable de vivir a-

�38

EL PROBLEMA FEMINI_ST
_ A_ _ _ _ 39

LEOPOLDO LUGONES

quellos como las bestias de labor, costeando ·con un máx1mun de actividad una existencia reducida al mínimun de las satisfacciones puramente orgánicas, para que los
otros, los privilegiados, gocen correlativamente hasta un exceso nunca visto. Y la
mujer ha caído víctima de esta fatalidad,
como que al no existi_r hogar, creencias ni
esperanzas, su divina misión de fecundidad
y de consuelo, concluye sobre la tierra.
He aquí otro de los grandes crímenes del
orden que los gobiernos representan. pues
aquél consiste, como es sabido, en el sostén
de los privilegi-J s cuya subsistencia determina la constitución de la sociedad actual.
La mujer arrojada de ~u paraíso conviértese en el elemento de disohci6n y de dolor
que preveía la terrible leyenda; entonces el
demonio del orden, monstruo de egoísmo,
corno que es la expresión y el guardián
celoso de aquella calamidad, castiga en la
pobre extraviada las consecuencias de su
propio crímen. La encarcela y martiriza en
esta Inglaterra de los gentlemen, en esta
tierra de libertad, en esta patria de aquel
único William Shakespeare, 'ª cuya dulce
magia eternizáronse en belleza el amor y la
piedad, que personifican como suaves perlas de dolor Oesdémonas y ulietas.

J

Estúpida como siempre, la bestia autoritaria empéñase todavía en justificar la empresa quimérica, en agrandar el abismo de
aisla:n iento que separa los sexos y va convirtiendo la sociedad en una casa de fieras,
inferiores a aquellai; mismas del bosqt.ie.
Porque leones y tigres están sujetos a la ley
de amor, renegada por los humanos como
si fuera un principio de esclavitud, un consenti miento de oprobio. No comprende que
en esa aceptación de su aislamiento, la mujer
som étese todavía a la fatalidad de las instituciones tiránicas, que esa lucha por los derechos políticos P.S un acto de fe en la miserable comedia parlamentaria, una alianza
implícita con el ord~n; y lejos de apreciarlo así, empéñase en desengañar a la víctima,
en precipitarla hacia los desenlaces que no
busca y que están naturalmente fuera del
orde n como todas las actuales aspiraciones
de libertad.
.
Yo no soy un feminista, desde luego.
Entiendo que esta doctrina, lejos de procurar la dignificación de la mujer, sistematiza
el desalojo de su posi : i6n augusta, obligándola a entrar en competencias imposibles
cuyo res.ultado es la corrupción y la miseria.
Por lo mismo que le atribuyo una importancia tan grande, como que sin ella no

�40

LEOPOLDO LUGONES

hay a mi modo de ver, familia ni patri~, su
pretensión de convertirse en una especie de
semihombre, inferior desde luego a su de
chado masculino, me parece la más deplorable de las quimeras. Conforme en que lu che por mejorar su lamentable estado per?
de acuerdo con el hombre que padece analoga. injusticia, y no para áejar de ser mujer, sino para serlo conforme a la l~y de :a~,
monía natural violada por una sociedad tnlcna. El feminismo es una enfermedad socialun mero agente de destrucción. La mujer
no padece por falta de igualdad ni de_derechos políticos que el hombre posee sin ser
más fdiz con ello. Lo que causa su desve n
tura, es, por el contrario, la igualdad· an ~e
la miseria, ante los trabajos de competencia
masculina, ante deberes que no le incumben.
Cuando ella trabaja en el hogar, como esposa y como mad~e, ha ce ~a _parte de la??r
que le concierne, en su max1ma expres1on
de rendimiento útil; porque el hoga r así formado, es el fundamento de la civilización y
de la patria. Sus derechos son de carácter
interno, por que no le compete la vida exterior. Pero en su santuario cerrado, ella
gobierna, que es decir, dirige, con tanta
eficacia como el hombre. El hogar es más
necesario que el parlamento, porque sin

- - - - - -41-

EL PROBLEMA FEllIINIST4

parlamento se puede vivir, pero sin fami-

lia no.

Mas con esto no se niega a la mujer el
derecho de discutir. Como todo ser inteligente, la libertad· de pensar, de propagar,
de equivocarse· también, que sólo errando
se aprende a ~alir del error, es inherente a
su condición humana.
De aquí que toda violencia contra ese
derecho, merezca la más enérgica condenación. La Iucha por la libertad, es respetable
hasta en sus mayores extravíos pues la aspiración que la engendra existe en todos los
corazones como un gérmen de distintiva nobleza humana; y después de todo, la mujer
no deja de ser tal por el hecho de querer
con vertirse en hombre.
El gobierno liberal, que tolera ahora mis.
mo la incitación a la guerra civil predicada
por los legisladores unionistas, se muestra
implacable con esas pobres mujeres cuyo
delito consiste en querer votar sometidas a
la ley, como cualquier ciudadano obedien.
te y tranquilo. Es que aquello forma parte
de la política, vale decir del orden de cosas
que los gobernantes explotan en su provecho, y que por lo tanto les resulta infinita.
mente respetable; pues de este modo es co-

�LEOPOLDO LUOONES

42

mo entienden los políticos la consabida. cantilena del bien público.
Todo ello no será obstáculo para que las
sufraguistas consigan su_ pr_opósito. ~sto ~ad a remediará, pero es ciertamente 111ev1tab1e. Tengo observado que entre los propagandistas dominicales del Hyde Park, s
oradoras reunen el auditorio · más nutrido.
El día que puedan votar, sus adheren tes,
desenO'añadas de la falacia poHtica, habrá
consú~ado el desengaño público respec
a ese ídolo infantil y vano cuyo vientre i
fiado de boletas pare siempre el mismo r
tó:.. Bajo este concepto, es preferible qo
lo consigan cuanto antes. La política se po~
drá más divertida, lo cual no· es poco decir.
tratándose de prof~sión tan ingrata para
pueblo que la costea.
Londres. 1913

EL JARDIN VENENOSO

e

l suic_idio involuntario de una damisela
prostituta y borracha quien se fué de la
mano en sus habituales dosis eterómanas
ha inspirado a la prensa de París tal canti~
dad de crónicas,comentarios y grabados, que
durante una semana fué dicha persona una
heroína de leyenda. Todos lo_s diarios, des~e el_ más casquivano hasta el más grave,
rivalizaron en celo para informar a sus lectores sobre aq_uel drama repugnante y vulgar; pues lo cierto es que hasta en el mundo_ del ·vicio, los eterómanos son ya persoD~Jes cursis. Pero lo más singular es que
ningun a de las publicaciones en ·cuestión
!uvo un ~ palabra de comentario para la
1nmoral1dad del asunto, consecuencia de
una desastrada vida, hecha andrajos por la
más t?rl?e degradación a la juvenil edJa
de veintidós años. Ninguna evidenció como
serfa_ útil, el horror de esas caídas que
convierten un ser humano, desde las misnt¡¡s puertas de la infancia, en pozo de
deyecciones a tarifa, acumulando sobre

�44

LEOPOLDO LUGONES

esta suprema infamia l?s vicio_s _mortíferos cuyo efecto presenciamos dtanamente.
Abundaron, por el contrario, los detalles
gratos al ejerciéio de la carrera que ejercía
la persona en cuestión, desde su estreno
infantil, celebrado por la literatura pornográfica a la cual debió fama y seudónimo,
hasta su "colocación" eventual en manos
de tal o cuai personaje, sus instalaciones
fastuosas, su elegancia irreprochable, su
espiritualidad celebrada y hasta su especialidad en bailar el tango completamente desnuda. El mismo vicio que la ha llevado al
sepulcro, resultaba elegante manía, paraíso
artificial lleno de dulces tentaciones en su
propio riesgo; su muerte, extinción poética
de doncella tendida entre flores-pues así
la describían-rodeada de coronas valiosas,
visitada por numerosa concurrencia de personas elegantes entre las cuales no faltaban
los indispensables argentinos...
La propaganda y el respeto del vicio resaltaban en toda aquella información. Notábase un verdadero interés por presentar
la carrera infame de la her'ofna bajo los
rasgos más halagüeños y divertidos, sin
una sombra, sin un desagrado, antes con
exajeración favorable como aquella relatia a su inteligencia y espiritualidad; pues

t;:L l'RO:l!Lt;:MA FEMINISTA

45

cualquiera deducirá el estado intelectual
de una persona entregada desde los trece
años al ejercicio de la prostitución y al
abuso del éter.
Y no se crea que la prensa aprovechaba
el incidente, como suele a veces acontecer,
por falta de noticias interesantes. Abundaban éstas, por el contrario, tanto en lo relativo a los asuntos balcánicos que amenazan embrollarse de nuevo, como en lo que
respecta a los disturbi~s irland~~es o a las
recientes grandes mantobras mtlttares. Por
esto mismo la extraordinaria publicidad
acordada al caso en cuestión, adquiere una
deplorable importancia.
Fácil es inferir los estragos que causará .
entre las muchachas pobres a quienes la
miseria y las tentaciones de la gran capi~al
i'ncitan a traficar con sus encantos. La misma muerte de la cortesana, vista a través
de esas crónicas, adquiere un romanticismo
trastornador para las imaginaciones juveniles. La pornografía ha abandonado ya
aquel argumento hipócrita en c~ya vi_rtud
describía la inmoralidad para est1gmat1zarla con filosofías que resultaban inoficiosas
o necias. Y es que el vicio, al tener por atmósfera natural el escándalo, no reconoce
otros correctivos eficaces que la incomuni-

�_46=--'------

LEOPOLDO LUGONÉS

caci6n y el silencio. La exhibición, yor ,i~famante que sea, tórnalo, al contrario, c1n1co y audaz. Es él quien tri?~fa en aquéll a,
poniéndola luego a su serv1c10. ·
_
Ahora bien, todo esto causa un ,fano
enorme a la moralidad interna y al presti•
gio exterior de la Francia. Sus verdaderos
amigos, los que no la queremos para gozarla como a una meretriz, según lo piensa y
practica la clientela del bnlevar, sino para
amarla mejor en la intimidad de su noble
espíritu, observamos con pena esas demasías que tampoco podemos callar sin mengua de la verdad debida a nuestros propios
países. Porque su influencia es tan poder~. sa, que habemos menester combatirla sm
descanso en cuanto pueda resultarnos perjudicial.
·
.
. . .
Suelen los franceses decir que la op1016n
del extranjero inspírase sobretodo en la
novela de exportación. Pero la prensa de
París no está escrita con ese objeto; y cuan·
do la vemos emprender con tanto ahinco
la apoteosis de la cortesana, debemos suponer que sus lectores lo exigen o que ella
padece el más lamentable error.
De ahí resulta que la libertad de espíritu
tienda a confundirse con el desenfreno,
justificando la moral represiva de absolutB·

1':L PROBLEMA FEMINifTA

47

tas y clericales; que el vicio constituya una
señal de distinción, que los individu.os
ingenuos disfracen su pobreza espiritual
con la arriesgada frecuencia de los peores
espectáculos, en los cuales creen saturarse
de esencia ultra parisina. El lucro inmediato
que se realiza con semejante clase de extranjeros, redunda en perjnicio incalculable
para el prestigio francés, pues como los
dichos son la mayoría, y sobretodo la mayoría que hace ruido, tienden naturalmente
a generalizar para la nación entera los re~
sultad os de su experiencia deplorable; con
lo cual sufre detrimento aquello mismo
que constituye la verdadera superioridad
fra ncesa.
He dicho el lucro, y aquí está la verda.
dera razón del extravío comentado. La
cortesana empezó, efectivamente, por imponerse al comercio, en vista de ser ella
quien más y con mayor desprendimiento
gasta y hace gastar; lo ·que en una civilización tiránicamente dominada por el comercio, es motivo de éxito respetable. Bastaría esta circunstancia para caracterizar
le1 bajeza. de semejante civilización, demostrando, por otra parte, fa superioridad de
aquellos principios que no dan provecho
material, pero sí honra y nobleza de espí-

�48

LEoPOLDO LUGONES

ritu; pues como no me cansaré de afirmarlo las verdaderas excelencias de la Yida
e~tán dentro de nosotros, constituyendo
dominio privado en el cual solamente se
dignifica criando alas de espíritu la fiera
bestia carnal. De este modo, no hay comparación posible entre las satisfaccio11es
materiales de la cortesana, y la suave serenidad espiritual que constituye la dicha
de las puras; mas esto requiere enseñanza,
para que cada ser humano aprenda a gozar de su alma, y no se muera como l~_s
paralíticos, sin haber paseado su propio
jardín. No hay comparación posible, repito, entre una y otra cosa, porque son de
calidad diversa, de combinación impracticable; estribando en esto que la inocencia
no desee al vicio, como éste, a su vez, la
desdeña. Mas cuando la enseñanza consiste, al contrario, en fomentar y elogiar tan
sólo los éxitos materiales, la satisfacción
interior desaparece, la moral no es ya un
estado de conciencia, sino ur.a cadena, y
la fiera así contenida aumenta, como es
sabido, en ferocidad. Las revoluciones más
sangrientas han demostrado cómo educan
en realidad los principios que ellas renega•
ron. Sus siniestros agentes son, desde luego, productos del régimen caído.

EL PROBLEMA FEMINISTA

49

. ~n esto_ c~nsiste el peligro profundo del
v1c;10 ~mn1st1ado ayer, glorificado ahora.
lmpos1ble, entretanto, capitular con el vicio; no porque Dios o las conven iencias·
sociales lo manden, sino porque aquél,
como todo abuso de la vida, atenta contra
la vida misma. En este concepto inconmovible y verdaderamente humano de la mor~!,_ concílianse todas las opiniones. El
v1c10 es malo, no en virtud de mandamientos divinos~ de las leyes humanas, sino
por9ue sacrifica a una actividad parcial de
la vida toda esta compleja función, engendrando con el exceso de placeres materiales, enfermedad, miseria, ruina, embrutecimiento, cobardía, esterilidad.
A c~usa de que la moral no significaba
eso, siendo una expresión despótica del
dogma de obediencia, sólo había de producir inmoralidad. Y es lo que pasa. Conforme a un símil famoso, esas mismas damiselas son en su brillante frivolidad, en su
vag~bundo casquivano, de apariencia despreciable? bala_~í, las moscas azules, agentes ~e d_1soluc1on cadavérica. Van por
doquier, 1ofestándolo todo. Las mujeres
hon radas entran a competir con ellas; el
teatro y la literatura revisten de especiosa
alcorza su sexcesos. Esto nada significa

�50

LEOPOtDO LUGONES

para el observador de pacotilla literaria, el
necio que disfraza de elegancia su escasez
mental, el mtntecato c11ya superioridad
escéptica es con mucha frecuencia un ardid de encubridor; pero si bien se mira,
siendo el objeto de la civilización, en sus
tres cuartas partes, el bienestar de la mujer, las peores calamidades que la amenazan provienen también de esta última. Civilizar, significa organizar progresivamente
la vida civil cuyo fundamento y objeto definitivo es la instalación, la seguridad, la
mejora del hogar. Sin éste, no existe la
civilización; y nadie ignora que el hogar
es el santuario levantado por el hombre a
la madre y a la esposa.
Ah ora bien, la cortesana es por excelencia el enemigo del hogar; d.e suerte que
cuando su influencia predomina, peligra
con éste la civilización.
Basta observar lo que al respecto enseñan esas grandes reuniones mundanas,
donde por las audacias del traje y de las
maneras es cada vez más difícil diferenciar
a la dama de la meretriz. El lujo excede
ya en aquellas mujeres los más famosos
caprichos de las reinas antiguas. Cada una
consume, transformado en dinero, el trabajo de millares de hombres. Son las es-

. EL PROBLEMA FEMINISTA

51

posas y las mancebas de este banque:º'
aquel ministro, esotro potentado de la 10dustria o del comercio: los que gobiernan,
en una palabra. Cada año, cada día, sus
mujeres exigen más lujo para esa áspera
competencia material, que al revés de la
distinción del alma, encanalla . igualando
bajo idéntico atavío la infamia y el decoro.
La explotación de los hombres que producen la riqueza no puede cesar, ni atenuarse,
ni inspirar lástima siquiera, pues cómo ha
de vacilar el explotador, entre la satisfacción de la bien amada y los dolores de la
anónima cuadrilla que le suda oro en la
sombra. Pero el prodigioso aumento de
los tesoros a cuya producción sacrifica el
hombre lo mejor de su inteligencia, tampoco basta. Entonces es menester emplear
los métodos bárbaros del despojo a la
fuerza, y la guerra inicia su negocio siniestro. Para saber qué se hace de sus productos no ocurramos a la morada del pobre
diablo, soldado heroico ayer, trabajador
servil ahora, como anteayer y como ma~
ñana. Este, a lo sumo, tendrá laureles,
sin contar el glorioso aditamento de un
brazo inútil o una pierna rota. Los palacios
de los potentados, el lujo de sus mujeres,
nos revelarán el secreto. No sino para esto

�52

LEOt&gt;OLDO LUGONES

se negocia con los instrumentos de matar
y con la sangre humana que vierten.
El hogar obrero, destruido a su vez por
la explotación despiadada, que no reco_n?ce edad ni sexo, aumenta con su desqu1c10
los elementos de la prostitución y del crimen. De ahí salen las moscas azules- que
propagan por todas partes la podredumbre. Estimularla es agravar y acelerar la
sangrienta crisis que, amos y siervos, nos
arroja unos contra otros.
.
Insistamos, pues, en nuestro decente silencio sobre ciertos delitos y ciertas famas
lamentables. País joven y sano, pero también llamado a realizar enormes esfuerzos,
si ha de ocupar con el poderío que soñamos su puesto entre las naciones, irremediable sería el despilfarro de su juventud
en la malhadada imitación de tales excesos. La justificación del vicio a título de
refinada distinción, fué en todo tiempo
un ardid de las aristocracias corrompidas.
Teugamos el sano orgullo de nuestra sa1ud
democrática. Nada n,ás necio y ridícu 1o
que esa pretensión de hacerse a París, frecuentando sus tabernas y sus mujerzuelas.
Quienes así proceuen, sólo demuestran la
clase d e París qu e les corresponde. No es
el foco luminoso, gloria y espera1~za de la

EL PROBLEMA

FEM!NTSTA

53

humanidad, quien tiene la culpa. A él acuden juntamente el sabio en su vigilia, y en
su vagancia el insecto. Sólo que uno saca
provecho de su luz, mientras el otro se
tuesta aturdidamente en ella.
Hay dos m odos de conocer París. U no
que comienza a las once de la noche, tomando por hito las aspas del Moulin Rouge, para rematar a las siete de la mañana
el peregrino, ahito de explota~ión desvergonzada, de lubricidad grosera, de vergüenza ante su pro.pía estupidez, de tango,
de c?ampagne caro y mediocre; otro que
empieza a las ocho de la mañana, constituyen do la jornada habitual de todo hombre
laborioso. Añadiré que es este el de los
grandes y profundos encantos. En París y
en todas partes, no hay compañero como
el sol.
Mientras tanto es deplorable que en todos estos escándalos ruidosos figura la
clientela argentina como elemento indispensable. La crónica mencionaba singularmente a los individuos de nuestra nacionalidad en el cortejo de la damisela· suicida.
Esto nos pondrá_ de moda, pero a costa de
nuestro buen nombre, más apreciable, sin
duda, que la notoriedad. Basta y sobra
con el tango, cuyo carácter y procedencia

�55

LEOPOLDO LUGONES

EL PROBLEMA FEMINISTA

nadie ignora, pero que sirve para justificar
la desvergüenza so pretexto de exotismo.
Pues muchas personas, generalmente más
necias que corrompidas subordinan el decoro a su situación geográfica. Así, a los
tangueros de por acá, que para deshonra
nuestra justifican con el rótulo arge~tino
su inn c ble coreografía, corresponden muchas curiosas de por allá, que so pretexto
de exotismo a su vez, y haciendo gala de
altanera despreocupación, presencian espectácu1os enteramente inaceptab~es para
una mujer honrada.
El pretexto de q!le eso es conocer las
cosas de París, constituye una hipocresía
miserable. Todo el mundo sabe lo que se
puede conocer en ciertos medios, así como
lo que el pudor no puede conocer sin
mancharse. Nadie, sin estar predispuesto
va a engañarse con el rótulo de "artístico''
puesto por algunos espectáculos a los llamados "desfiles de modelos" que no son
sino desv ergonzada5 exhibiciones de desnudez, ni concurrir so pretexto de una rareza, que no es sino extravagante tontería,
a los famosos "cabarets" donde reinan notorios el alcohol y la prostitución. Hay
señoras argentinas que van, sin embargo,
allá; y cumple a la más alta cortesía varo-

nil decirles que se deshonran ·con ello. No
les vale la habitual absurda pretensión de
ser casadas. El estado de matrimonio exige un pudor todavía más intransigente que
el de la virginidad; pues si la soltera no
compromete más que a su persona, la esposa mancha cuando falta, a su marido y
sus hijos. Aho ra bien: el pudor es virtud
de tal naturaleza, que nunca queda enteramente ileso al contacto voluntario de_la
infamia. No discuto, por ej ~mplo, la inte·
gridad corporal de las esposas, que frecuentan un teatro consagrado a la glorifi.
cación del adulterio; pero sé que sus almas,
o sea lo más interesante en verdad, no
pueden quedar tranquilas después de haber presenciado espectáculos semejantes y
el hecho mismo de que los soporten por
mal entendida vanagloria de cultura extranjera, es ya un indicio de detrimento
moral. Cuánto más no ha de serlo la contemplación de escenas directamente encaminadas a la pr~ctica del vicio .
. Por este camino se va pronto muy lejos.
Siempre recordaré a propósito la patrióti
ca indignación co n que un amigo me decía
haber enconcrado en cierto hotel de Niza
rodeando una mesa de juego, 4 ó 5 señoras interpoladas con otras tantas c;ortesa•

54

�56

LEOPOLDO LUGONES

nas, por ellas mismas conocidas como tales, en una verdadera intimidad de tertulia.
No quiero, naturalmente, presenciar detalles; pero este recuerdo me da pie para una
advertencia necesaria. Es un error atenerse al otro conocido pretexto de que en el
extranjero nadie nos conoce: socorrida autorización, por otra parte, pues para man·
tener el imperio de la ley de honor, basta
conocerse uno mismo. Hay quienes ven y
aumentan más de lo que pudiera creerse.
Afortunadamente, nuestras costumbres,
imponen todavía su noble severidad allá
en la patria que ojalá nunca las pierda.
Pero no conviene arriesgarse demasiado,
y d-icha advertencia concierne sobre todo
a las gentes de más alta posición social,
porque suya es la responsabilidad en la
materia. Mientras el país conserve intacta
esa facultad de reaccionar, tendrá vida
sana y carácter propio. El tesoro ·más precioso de la patria es la honra de sus muje- ·
res. Y por de contado que no concibo esta ·
virtud como un resguardo material, sino
como aquella integridad de alma y cuerpo
cuyo símbolo pusieron los poetas en el
aroma de la flor; de tal suerte que aun
hallándose invisibles la flor y el alma, están perfuman~o en torno por emanación

EL PROBLUIA

FF.:\l INISTA

57

natural de su ser. Las mujeres argentinas
cometen el más grande error, cuando modifican o disimulan con arreglo a tipo extranjero su personalidad tan llena de hermosura y de nobleza. Y esto, aun en los
pequeños detalles. He visto más de una
vez por los vestíbulos de los grandes ho -.
teles, señoritas argentinas, que en ingenuo
remedo de las parisienses de figurín habían aprendido a caminar como los maniquíes vivos de los grandes costureros. Semejante costumbre, causábame la peor
impresión, pues aquel paso constituye en
la calle una gracia equívoca que evitan las
personan dece ntes. Ahora poco, encontré
de nuevo algunas de esas mismas señoritas de Buenos Aires. Ya no caminaban así.
Habían tomado de nuevo el porte gracioso y distinguido que tan noblemente caracteriza a la porteña; y puedo asegurarles en nombre de la estética, que estab an mucho mejor. El padre Horacio, auto·
ridad en la materia, llama'' decentes" a las
Gracias....

�EL PROBLEMA FEMINISTA

El MERCADO DE LA MISERIA

e

s difícil concebir lección de cosas más,
terrible qne una visita a las ferias de
reventas autorizadas en todas las grandes
capitales para el comercio de viejo, o mejor dicho, para el mercado de la miseria;
pues no otra cosa significa esa valorización de los más innobles desechos, codiciados y adquiridos por criaturas humanas
cuya condición resulta más degradada todavía.
·
La sociedad, sin saberlo, ni quererlo,
por la propia fatalidad lógica del móvil
que principalmente la impulsa, viene, así,
a juzgarse y a sentenciarse. Después de
haber erigido en principio fundamental el
comercio, vése obligada a respetarlo bajo
sus aspectos más innobks, con tal que
ellos comporten una transubstanciación en
dinero; pues este elemento, al igual del
fuego sagrado, todo lo purifica y ennoblece. Fuera tiránic0, sin dud'I, impedir que
el propietario de una ropa usada o de un

59

sombrero viejo los venda exactamente como hacen con sus artículos el joyero y el
modisto de la Rue de la Paix; pues una
vez reducidas a dinero esas prendas, quedan ya igualadas bajo el mismo respetable
denominador, al no existir diferencia de
calidad entre la moneda del opulento y la
del miserable. Un franco vale lo mismo en
mano del señor y en la de su lacayo. Por
eso tienen inevitablemente un espíritu inferior la colectividad o el individuo que
regulan bajo el patrón de la fortuna su
respeto y su menosprecio. La fórmula del
cuánto tieni-:s tanto vales, es un dogma
comercial, sin duda, pero no representa
ninguna excelencia humana. Por el contrario, entre los valores que constituyen este
estado superior, y los que el comercio
aprecia, existe una incompatibilidaq completa. Valor es, en efecto, sinónimo de
precio en materia comercial; mientras en
material moral, los valores se caracterizan
por no tenerlo. Nada valen en dinero; y al
mismo tiempo todo el dinero del mundo
no alcanzaría para comprarlos. Las sociedades que olvidan esto. y es el caso de la
actual, son colectividades inicuas y tristes,
donde la felicidad hállase substituida por
el placer, el respeto por el miedo, el amor

�60

L~OPOLDO LUGONES

de la libertad por _la concupiscencia de la
tiranía. En vano la democracia ha intentado remediarlo. Sólo ha conseguido substituir las tiranías personales por el despotismo, quizá peor, de la masa. El estado
de esclavitud material y moral en que el
soberano democrático se encuentra, ha variado tan poco desde los tiempos dé la
esclavitud legal, que por el camino de la
política deberá contar con su par de millones de.años para conseguir una diferencia
apreciable. A la vista de esos mercados de
la mise.ria, como el que recorrí hace pocos
días en los alrededores de la plaza de
Italia, no puede uno menos de reflexionar
sobre esta cosa siniestra de la historia: el
progreso no es para los miserables. Resulta increíble lo poco que ha variado la vida
pa:ra el pobre en los dos mil años de nuestra civilización cristiana. Quien vea en su
tabuco de Londres, de París o de Buenos
Aires al zapatero remendón, al tachero, a
la costurera; en su pescante al cochero, en
su chalupa al pescador, habrá contemplado
exactamente las mismas imágenes de la
Roma cesárea. El traje, el calzado, la comida son casi los mismos. El hombre de
cultura media lo ignora, porque está acostumbrado a considerar la antigüedad clá-

EL PROBLEMA. FEMINISTA.

61

sica bajo una falsa idea de museo escultórico. Si se le enseñara la historia como es,
vería que la misma injusticia abarca todos
los ramos de la actividad humana. Pero
esto resultaría incómodo para los moralistas felices que predican el encanto del
dogma de obediencia. Todos hemos asisti do en nuestros libritos de lectura primaria
a la consabida escena en que el niño rico
y anémico encuentra" dur_ante un paseo
por la campaña al rozagante labradorcillo
que le ofrece huevos frescos y flores, repleto de salud, aunque no tiene vestidos
lujosos, juguetes caros ni carroza: todo
ello para sacar en consecuencia que el
campesino pobre disfruta una condición
superior a la del ciudadano rico, y debe,
por lo tanto resignarse a su suerte. Mas,
fuera de que hasta hoy no se ha visto un
rico de la ciudad trocar sus "detestables"
millones y su "pompa engañosa" por las
"delicias" de la miseria labriega, mientras
abundan los campesinos que han hecho y
aspiran muy justamente a hacer lo contrario,
las estadísticas están ahí enseñándonos que
la mortalidad infantil es mucho más numerosa en la campaña.
Al mismo género de mentiras pertenece ·
la aserción en cuya virtud los beneficios

�tEOPOLDO LUGONES

de la ciencia permiten vivir al ganapán
contemporáneo en mejores condiciones que
el señor de la Edad Media; pues mientras
hoy, como ayer, aquél tra~aja con e~ceso
para ganarse una mísera v ida, padeciendo
frío, hambre, desnudez, el barón no trabajaba, vivía harto, disfrutaba de todas las
corr.odidades existentes entonces, o sea de
las únicas que podía apetecer, resultan?º
así, entre su vida y la del mísero, la misma diferencia de ahora.
No falta en ningún hogar miserable de
nuestras ciudades el candil de botella en el
cual sobrenada un poco de aceite que embebe un pábilo aboquillado, como mecha
por un tubito de metal. Los pobres de la ·
Roma cesárea, conocían igual utensilio. El
fuego invernal de millares de casas inglesas está alimentado por la misma turba hedionda y fuliginosa que encendían, con
igual objeto los primitivos británicos. &lt;;uando examinamos los documentos antiguos,
como aquella famosa tarifa de Diocledano
y las diversas estimaciones que hacen sobre
los precios convenientes y sobre los salarios muchas leyes romanas, sorpréndenos,
en verdad, la diferencia escasísima del costo entre aquello y n nestros artícul~s de
limentación. La naturaleza y la cahdada

EL PROBLE'.MA FBMINIS'l'A

63

d~ éstos, tampoco ha variado; si alguna
diferencia apreciable existe, es en contra,
debido a la perfección científica de nuestras falsificaciones. Todo lo cual no significa en ningún modo cantar "las delicias del
tiempo viejo". Por el contrario, para el pobre, tode,s los tiempos han sido igualmente
malos. No hay, en consecuencia, sino un
medio de abolir la iniquidad, y es suprimir
la miseria. Mientras exista este azote el
mismo progreso resulta una maldición ~ara la mayoría de la humanidad, puesto que
multiplicando los medios de mejorar la vida, no sabe tornarlos accesibles a quienes
más los necesitan.
¡Abolir la miseria! Los ilusos que esto
con_cib 7n_ por 1;1edio de las famosas leyes
de JUSt1c1a
social, y como obra de oo-obiernc'
,
d e b enan pasear un momento por esos mercados siniestros que las grandes capitales
no se avergüenzan de exponer a pleno sol.
Entonces verificarían cómo el cimiento de
iniquidad y de miseria en que la sociedad
descansa ha permanecido inconmovible, a
la. manera ~e una. estructura geológica,
mientras vanaba, feliz y engañoso, el revoque superficial.
La aludida feria de la Avenue d'Italie, o
el mercado de comestibles horrorosos que

�64

LEOPOLDO LUGONES

he visto e_fectuarse en"tre la niebla y el lodo de la callejuela de . Whitechapel, es
una evocación viviente de las suburras y de
los ''ghettos". Podría aplicársele punto por
punto la noticia romana o la crónica medioeval. La gente que circula por ellos, está revelando iqéntica supervivencia de barbarie.
Sus facciones expresan con una especie de
dolorosa brutalidad, el tipo primitivo de la
raza. Abundan lo's craneos y las mandíbulas que en la craneología de los museos
caracterizan a la humanidad de las cavernas. Entre la basura de las callejuelas
sórdidas aquellos individuos causan la im. presión de ser basura a su vez. Recuerdo
haber andado horas y horas por Whitechapel, sin encontrar una sola persona
cuyo traje no indicara la doble o triple reventa. El mercado de pingajos tiene en
París centros importantes, lo cual revela
el crecido número de gente que se viste
con ellos: así los contornos de Saint Severin, el centro del Marais, la isla de San
Luis, la zona trasera del Panteón y los alrededores de la plaza de Italia.
La feria de· esos artículos desarr6Ilase
sobre más de un kilómetro de calle, en la
avenida del mismo nombre. El calzado viejo y los comestibles forman los más abun-

EL PROBLEMA FEMINISTA

65

dantes renglones: medias remendadas tres
o cuatro veces, hasta haber perdido comp_l_etamente el pie, botines igualmente traSIJados; y entre los alimenticios un cajón
de azúcar negro como la arena mojada
que hierve literalmente de moscas. La can~
tida_d de conejos colgados en los puestos
sug1e~e a un compañero ocurrente, esta
reflex16n: "conejos usados.... en experienciencias científicas"; pues efectivamente,
estarrics en un barrio de hospitales. El más
c~rcano e_s el hospicio d; Bicétre cuya siniestra clientela proporciona, según se ve
de un visitante a la feria. En otro puesto
. venden llaves viejas, cerraduras falseadas
llamadores rotos, bisagras y alcayatas des~
parejas. En otros, abanicos del mismo
jáez, y esta mercancía sórdida entre todos:
pelo postizo, de suciedad sospechosa, descoiorido, opaco, sugerente de miseria y de
cmnen. Hacen macabra compañía, las dentaduras con sus cepillos correspondientes,
los aparatos de ortopedia y de otros tratamientos, fatigados hasta la ruina por el
uso de personas diversas.
Si me atrevo a insistir sobre estos detalles es para que se aprecie con la debida
alarma el inmenso peligro de contagio implícito en la tolerancia de semejante co-

�6é

tEOPOLDO LUGONES

EL PROBLEMA PE)IINTSTA

mercio. Toda ciudad rica y moderna como
las nuestras debe prohibirlo con tiempo,
inexorablemente; porque una vez establecido caerá bajo la protección que disfruta
]a: propiedad. Esto para no mencionar la
degradación que semejantes transacciones
fomentan en comerciantes y compradores,
puesto que a la sociedad mercantiliz_ada
poco le importa los valores morales. Quien
vende o compra pingajos, acabará necesariamente pl'r degradarse, pues semejante
hábito de satisfacer sus necesidades le
acostumbrará a la vida innoble, aboliendo
en su ser toda idea de mejoramiento viril;
y como ese kilómetro de feria copiosa re- .
vela con claridad no menos la extensión de
tal comercio qu.e el número de su clientela,
el resultado es positivamente horrible.
Y sin embargo, esa triste humanidad
del tugurio posee esencialmente todos los
sentimientos nobles, todos los gérmenes
de reacción superior que constituyen y
exaltan la dignidad.
Aquellos siniestros abalorios y adornos
de desecho, aquellos postizos lúgubres, re\'elan un resto de coquetería, una preocupación de belleza que la más dura miseria
no ·ha alcanzado a abolir. La tarea de
agradar es un acto solidario, en el cual va

'

67

implícito el encanto más delicado de las
~elaciones sociales. Del propio modo los
Juguetes, que ~amLién los hay, indican
en esos desgraciados una supervivencia de
ternura paterna, ciertamente conmovedora
?ado lo terrible de su condición. ¡Y qué
Juguetes! Muñecos de palo, toscos perendengues exactameute análogos a los que
hallamos en las tumbas prehistóricas o en
man.os de los indios. :E:l progreso, que ha
realizado tantas maravillas en la materia,
tampoco alcanzó hasta los juguetes de los
pequeños miserables. Para hallar mama rrachos tan primitivos como los que he visto en Whitechapel y en la Avenue d'ltalie
hay que ir a los museos etnográficos, a lo~
bosques centrales de Africa y de América.
De ta! m_odo, mantenida y fomentada
por la m1sena, está la barbarie en el seno
de 1~ civilización. ¡Y esta pretende todavía
castigar con. l_as mismas leyes, o imponer
la responsab1ltdad de los mismos derechos
.a.esos primi_tivos y retardados de sus propios su~urb10s! Injusticia tan estúpida no
puede smo engendrar las más ciegas reacciones de venganza.
Así se explica la exclusividad con que
predomina en el barrio la prensa de combate cuya argumentación torpe y brutal

�68

_ _ __

Ll:OPOLDO Lt:GONES _ _ _ _ _

EL PROBLEMA FC_MJN_IS_T_A_ _ _ _.;;.:69~

_

excita las indignaciones de la gente delicada. Así se comprende cómo entre los
habitantes de una misma ciudad pueden
mediár abismos pasionales y psicológicos.
En semejantes medios no se concibe otra
reacción \'iril que el odio, otra reivindicación que el despojo violento.
Las clases gobernantes mantiene_n en
ellos el orden a la fuerza, la moral del terror, pero no la justicia. De esto no pueden jactarse el absolutismo ni la democracia. Y mientras la sociedad siga prosperando sobre estos fondos de miseria, de
barbarie, de contaminación, de lodo humano, en una palabra, su solidez será muy
discutible. Por otra parte, esas basuras son
combustible de volcán. Un día fomentan y
estallan. Y contra toda lógica, contra toda
conclusión filosófica o científica, descúbrese que, en esas ciegas reacciones está el
único progreso positivo de la humanidad.
La evolución es siempre un movimiento
circular. Sólo la revolución avanza o retrocede, porque es un desplazamiento de los
centros normales que determinan la actividad evolutiva, conservadora de suyo.
Las revoluciones son buenas y malas, como todo en este mundo; pero el bien de

la li~ertad col_e ctiva sólo es asequible por
medio de la revolución.
Hay que abolir la miseria, esto es evidente, si la civil_ización va a reinar alguna
vez ~obre la t1err~. Pero ello equivale
ta?'b1én a hacer sa1tar en pedazos los cimientos de la sociedad. Abolir la miseria
e_s cambiar la constitución social en lo que
tiene de más inamovible; y he aquí lo
que pensaba el fi16sofo, mientras iba contemplando aquella feria donde las sórdidas
carnazas, los innobles pingajos, la quincallería residual, sugerían, derramadas sobre
las aceras l!enas de sol, la idea de recientes bocanadas de metralla.
París. 1913.

�INDICE
Páginas
APRECIACION •..•••• , • • ••• •• ••••••••• •, • • • .•• • • •, • • • • • • • •

3

EL PROBLEMA FEMINISTA... • • . • . . • . • • • • • . • . • • • . . • . ••• •

9

NUEVAS VICTIMAS DEL ORDEN • •• ••• •• ,.... ... ....... ...

32

EL JARD!N VENENOSO ........... , ....... , . • •• , •• ,.......

43

EL MERCADO DE LA MISERIA ...•••• ••• . . • •• , . . . .• . . . . • •

58

�A~TORES MEXICANOS MODERNOS
(E DJCJOXES P O!l&amp;t.A)
Enrique Gtm:álti ,Varline:: -

-

Los senderos ocultos {Poesfas) .•• . . . . . . . •..... ,(//, t , 50

La muerte del cisne \Poesías) •.•••• • • • .•••.•.. (J/,

l

50

1
1.

50
50

2

00

Problemas filosóficos . ,.. . . . .... . . . .. . . &lt;Jt
r;nriqut F"nd,rdtz GratUJt/c,s: - Mirtos (Poeslas) • . . ..... C!t

AnM,io C,m,: -

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ADOLFO POSADA y OTROS - Derecho usual.
PEST A LOZZI.-Cómo enseña Gertrudis , sus hijos.
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J. F'. HERBART - Pedagogía general d&lt; ·vada del fin dela educación.
TH. DAVIOSO:\' - La educación del pueblo griego.
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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