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                  <text>(

COLECCION

ARIEL

SUTu'.I:ARIO
J OSE ENRIQUE RODÓ . .. .

La \i1era1ura posterior o. la gm·rm

J..\VfER DE VlA'.'!A ... .... . . La borrega guach.i (C11t'IJl0)
;\ \ Al1R f C10 MAETER-

LIXCK ....... . .. .. ....... .
JUA:-.- E. ()'LEARY.
M I GUEL DF:

·ENRHJL'E

J.

L:\'A1,Jl!:--l0.

VARONA.

(iOXZALO ZALDü:\J!HOE.
ROBERTO $0UTHEY .....
HíSPAl\"O

El lwroismo
Poe:sfr1s.
Papc-letá:- ;i. la :1lenrnna
Tcc11icismo y filosofía
Cómo Jebe leers1.1 el Qnijotr-

t:n nmahlc estudio de V. Ga1·cia Calderón
La bata1\a de Blcuheim
Uu cnntor de raza

SAN JOSE, COSTA RICA, FEBRERO 1~ OE 1916
l111prent,,1 Greñas

*

CUADERNO 71

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��Coi....:icccioN

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REPERTORIO AMERICANO

tol~cción Jlrid

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ADEnxos QUINCE'·
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768 Página,.;
YA

•

Po•~ ; R ; - : , ~•o•onrortante
- - -

literatura

LO~Es

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA
me pregunta si creo en el adveniS miento
de una ''literatura de la gueE

rra", de una literatura en que la guerra
encuentre su expresión. Se me pide además que manifieste mi idea del sentido
en que ha de producirse la evolución literaria después de los acontecimientos que
parecen remover el eje del mundo. He de
separar, ante todo, esta última inquisición . Concedo escasa fe a los augurios
en materia histórica, ya se trate de historia literaria o política. Téngalos por
nel..'.esariamente falsos, a lo menos cuando se procede por vía de razonamiento, y
no de intuición inspirada, como el que
goza del don de profecía. El razonamiento es incapaz de dominar, en su complexidad infinita, el génesis del hecho histórico, que escapa así a cualquiera anticipación que no sea la concedida al visionario. Todo hecho, todo eslabonamiento de hechos, son cosa esencialmente
nueva y única, y la experiencia del pasa-

&amp;IB~IOTECA CEM'TRAI.
U.A.ILL

\

�66

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

COLECCIÓN ARIEt

do no puede cooperar a la previsión del
porvenir en mucho mayor grado que el
análisis de los sorteos puede dar luz S?·
bre la bolilla que caerá mañana. Nadie
como el gran Schopenhauer ha m~strado la radical vanidad de ~odo calculo
que se aplique al curso desigual Y errabundo de la historia; de toda ley q_ue
quiera imponerse en ella a título de ~nducción y la sonrisa helada ?el g~n.i al
misántropo se ilumina en mi_ esi:intu
siempre que veo renovarse el empe~10 de
arrebatar, con los medios de la logica, el secreto del futuro.
.
Pero es indudable queladtfic~1ltad l?u~de ser menor cuando el propóstt_o se h~ita a una previsión !1º afirmativa, smo
negativa: no a definir aq~ell_o que ha de
ser, sino simplemente a eltmtoar algo de
lo que no ha de ser.
.
Los que esperan, o temen, º.1:ª~1teratu·ra de penacho heroico, patnotica en el
tono guerrero, narradora y· s?ñadora
de batallas, es proba ble que a&lt;-;iert~n en
cuanto a la inmediata y trans1ton~ repercusión que esta tremenda realidad
que presenciamos tendrá en el desperta~
de la imaginación humana; p_e ro ~s casi
, seguro que se equivoquen, s1 entienden

I

----- --

..IAR-.t~:::&gt;

A:..:1Tv f1A

-'.M .A .U:

~

67

que ése puede ser el carácter duradero de
la evolución literaria en que verdaderan:iente trascenderá la obra social y espirit ual de la guerra. Asistiremos a una
e~plosión es_truendosa y fulgurante de E.
nsmo marc_1!l y de las narraciones épicas, de pas10n y orgullo de patria y de
alardes de fuerza y poder; pero nada de
ello brotara de las hondas entrañas de la
conciencia social, donde se preparan aquellas direcciones ideales capaces de
prevalecer por largo tiempo y de marcar
h uella en el mundo. Será, por decirlo así,
el "~cto reflejo" con que la imaginación
fascinada responderá a la primera impresión de la victoria. Pero el gran impulso de renovación literaria que infali~
b~emente ha de sobrevenir, llegará más
b!en_como reacción que como desenvolvimiento de esa fugaz literatura guerrera.
_
En los albores del siglo pasado todo
er~ guer:a en ~1 mu_ndo, y milagros ht&gt;rotcos, e 1naud1tos eJemplos de la tran!-form8:dora fuerza de las arma!-, y las gener&amp;c!ooes que abrían lüs ojos a la luz
re~ogian de la viva realidad imágenes
mas, portentosamente épicas que l:ci ~ que
podian ofrecerles la ficción ni la historia.

�LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

68

69 .

COLECCIÓN ARIEL

Una literatura caduca y exánim e prolongaba ficticiamente sus moldes, mientras la atención humana se concentraba, toda entera, en aquella maravillosa
realidad . Todo annnciaba que la transformación literaria había de ser tan vasta y profunda como la transformación
social y política. Y del ambiente predispuesto por el glorioso cuarto de siglo de
la Revolución y de las guerras napoleónicas nació, realmente, una de las más radicales transformaciones literarias de
que haya ejemplo en la historia de la humanidad; pero esa transformación fué el
romanticismo, literatura nada heroica ni
triunfal, más íntima que colecfr,a más
inclinada al recogimiento melan~ólico
que al estrépito de las batallas aunque
demasiado complexa para que pueda negársele, sin relativa inexactitud, ninguna de las cuerdas de la lira. De aquellas
generaciones infantiles cuyo deslumbramiento ante la gloria de las armas y las
pompas de la apoteosis imperial pintó
tan animadamente Alfredo de Musset en
las primeras páginas de la "Confesión
de un hijo del siglo" salieron, pocos a ños más tarde, los nostálgicos soñadores, los heridos del amor trágico, los

atormen~ados del tedio y de la duda,
para. qutenes el espectáculo del mund o
extenor era apenas un episodio subordinado al drama de la propia conciencia.
En el temperamento épico de Víctor Hugo halló la leyenda napoleónica colores
y armoní~s. que la glorificasen, p~ro esta
r~ma de hnsmo rememorador de victonas que_da confundida y dominada en la
fi_:ondostdad del más espeso roble de poesta que h~yan contemplado los siglos.
~a gl&lt;:na de la guerra, como motivo
de mteres humano que trascienda en el
art~, es cosa superficial, efímera, y para
decirlo en una sola palabra, "infantil."
1:fe r_efiero al arte de los tiempos de civihzac_10~ madura y complexa. El mismo
sentimiento de grandeza nacional de ostentaci~5_,n de imperio, de predo~inio y
exp~ns10_n de una raza encumbrada por
la v1ctona, es escaso y precario como
fondo de una literatura. Lo másfrecuente es que apenas la voluntad heroica de
un pu:bl o ha alcanzado para él la más
alta c1n: a de la fortuna y del poder, el
pens~mtento de ese pueblo, movido por
el deJo amargo de toda aspiración satisfecha, t ome el declive de pesimismo que
lleva a considerar, por abajo de las glo-

�70

COLECCIÓN ARTEL

rias del mundo, la irreparable miseria
del destino humano. S9n , por el contrario, las razas humilladas, los pueblos en
secular esclavitud o abatimiento, pero
que mantienen dispierta la conciencia de
su ser colectivo, los que encuentran fuentes de honda y persistente poesía en el
sueño de gloria nacional, que entonces
se levanta sobre ellos con la· idealidad de
todas las Tierras Prometidas.
La relación entre el carácter social y
el literario se establece a menudo en forma que lo que este último interpreta es
el anhelo, acaso inconsciente, del primero, de ser lo que no es, de adquirir lo
que le falta, de romper los límites del
hábito y las imposiciones del ambiente.
La vida de la imaginación es el desquite
de la vida real. Por la imaginación pacífic::i tenderán los pueblos a quitarse el
sabor de la guerra. Pasa colectivamente como en lo que se refiere al carácter
que cada autor infunde en sus escritos: la
parte de personalidad puesta en transparencia por la obra no es siempre la
misma que el hombre manifiesta en la
sociedad y en la acción, sino, con mayor
frecuencia, otra más íntima, tal vez contradictoria con aquélla y que busca el re-

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

71

gazo de Ja fantasía para tregua y olvido de la realidad. Los poetas-soldados
del Renacimiento componían églogas e
idilios. Moliére y Moratín rdan poco, y
tenían poco de que reir en el escenario
del mundo.
La guerra traerá la renovación del
ideal literario, pero no para expresarse
a sí misma, por lo menos en son de gloria y de soberbia. La traerá porque la
profunda conmoción con_que tend~rá ~
modificar las formas sociales, las mstituciones políticas, las leyes de la sociedad internacional, es forzoso que repercuta en la vida del espíritu, provoca ndo,
con nuevos estados de conciencia, nuevos caracteres de expresión. La traerá
porque nada de tal manera extraordinario, gigantesco y terrible, puede pasar en
vano para la imaginación y la sensibilidad de los hombres; pero lo verdaderamente fecundo en la sugestión de tanta
grandeza, lo capaz de morder en el centro de los corazones, donde espera el genio dormido, no estará en el resplandor
de las victorias, ni en el ondear de las
banderas, ni en la aureola de los héroes,
sino, más bien, en la pavorosa herencia
de culpa, de devastación y de miseria: en

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COLECCIÓN ARIEL

la a ustera majestad del dolor humano,
levantándose por encima de las ficciones
de la g loria, y proponiendo, con doble
imperio, al pen!-amiento angustiado, los
enigmas de nuestro destino, en los que
t\&gt;da poe~fa tiene su raíz.
JOSE EXRIQUE RODO.
( LA NOTA. Buenos Aires.)

Nada hay más repulsivo que ve1' a gentes agitarJe en favor de una rect[t ud general
asbfracta, cuando no se atreven a alzar los
bi-azos contra la maldad concreta.
'l'.

ROOSEYELT.

Suele suceder que ''sal y pimienta;, res1eltan frecuentemente excesivas, imprecisas, y
que el propósito irónico no pasa de i'ntento
frustrado. Tanto la ironía como el lwmo1'ismo son terrenos literarios donde es fácil
nsbalar. Quien intente moverse en ellos, o
ha de dar rimda sueltri al caudal espontáneo de su espíritu, y en ese caso hay el riesgo de descubúr el contenido mental, o ha de
ser síntesis de una cieltura muy varia i·n.
tensa y trabada.

LA BORREGA GUACHA

T

familia continuaba aún de sobremesa
cuando Julia regresó de la cocina cargada
con la vajilla que, como de costumbre, había levantado en un santiamén.
-Apurate en levantar la mesa pa zurcirme en
seguida la boca, el poncho grueso,-ordenó don
Pablo.
-Está bien, tata,-respondió ella con su humildad habitual,.
-Y hacé ligero, porque dispués tenés que dir
al arroyo, porque ya sabés que no me gusta
amontonar ropa sucia.
-Está bien, mama.
-Pero antes,-intervino J aime, - tenés que
plancharme la bombacha blanca.
-Ya tengo la plancha en el fuego.
Y las órdenes dadas, ninguno se preocupó más
de la muchacha, quien, con asombrosa celeridad
zurció el poncho, planchó la bombacha y, luego,
echándose al hombro un gran Ho de ropa, se dispuso a partir para el lavadero, mientras los
otros ganaban sus camas respectivas para dor•
mir tranquilamente la siesta.
Abrumada, más que por el peso de la carga

W

A

�74

COLECCIÓN ARIEL

por el dardear feroz del sol de enero, Julia recorrió las diez cuadras que mediaban entre las ca·
sas y el lavadero.
No se le ocurrió una queja ni un r eproche.
Aquella desconsideración era tan antigua, que
habíase acostumbrado a considerarla como algo
natural, lógico y hasta de perfecta justicia.
¿ Qué derecho tenía para protestar? .... Tanto
como los bueyes a radores o el matungo carretonero, pues, al final de cuentas , ella era, cual
aquéllos, un animal doméstico, obligado a pagar
con su trabajo el sustento y el albergue que le
daban.
Había nacido en la chacra, hija.de una ''peona"
que murió al darla a luz. No hubo nadie que re •
clamara su paternidad, ni nadie que la solicita1 a
invocando derechos de parentesco. Doña Paula
se dió la pena de criar la guacha. La calaba za
que servía de biberón iba del hocico del c·achorro o del cordero a los labios de la chica, sin
cambiarle siquiera el trapo que hacía de tetina.
Eran guachos todos. Y como todos los guachos,
creció ruin, pequeña, delgaducha, fea y afeada
más aun por esa humildad que obliga a hacerse
lo más insignificante posible, a ocultar cuanto
pudiese darle algún realce,-mimel.ismo moral,
basado en las conveniencias de pasar inad vertido, como compensación de la carencia de armas
de defensa.

LA BORREGA GUACHA

75

Poesía una cara pequeña, fina, aborregada, y
de ahí que todos la apodaran : la "Borrega guacha", mote ofensivo que nunca hizo mella en su
alma de escasa sensibilidad.
¿ Experimentó alguna vez ansias amorosas?
Quizá; pero en todo caso fugitivas y desde
mucho atrás anuladas, expulsadas de aquel cuerpecito, donde las fatigas cotidianas agotaron
t empranamente los escasos encantos juveniles.
Sin embargo, el capricho del destino le t uvo
reservado papel de protagonista en un drama
emocionante.
Aquella tarde, al disponerse a regresar, ya en
el gris del crepúsculo, terminada su tarea, fué
bruscamente sorprendida por la aparición de un
desconocido en el claro del lavadero.
-No se asuste, moza- díjole con voz suave y
t riste, el forastero;-no vengo p'bacerle mal, sino
más bien pa pedirle ayuda.
Algo tranquilinda por la sincera afabilidad
de aquella voz, J ulia se atrevió a mirarlo. Era
un mozo apuesto, de rostro casi lampiño y densamente pálido. Por debajo del ala del chambergo se advertía u n pañuelo blanco, manchado de
rojo, que le vendaba }a frente, y otro pañuelo de
seda blanco, que le cruzaba el pecho en bandolera, ofrecía también grandes máculas de sangre.
-Vengo mal herido-continuó diciendo;- y la
polecfa me persigue de cerca.... Ya no tengo

�76

COLECCIÓN ARIEL

juerzas nipa peliar nipa juir .... Usté ha' e conocer en este monte algún lugar seguro don.de refugiarme durante tres o cuatro días .... y si quisiese
ser güena ....
Súbitamente se le llenaron los ojos de lágrimas
a la mansa '' Borrega guacha".
-Sígame-respondió; y a través de estrecha
y tortuosa vereda lo condujo hasta un sitio del
bosque que parecía un cenado"r natural construído con murallas de árboles colosos y disimulado
por lujuriante vegetación de zarzas y enredaderas: una verdadera cripta sobre el ras de la tierra. Al pie de un guayabo centenario amarilleaba
la paja de un ranchejo de dos metros de largo
por uno de alto y otro de ancho.
-Aquí vivió seis meses el matrero Lucas Peña,
sin que pudiesen descubrirlo tres policías que lo
perseguían a pleito y que l'olfatiaban pu'acá
-dijo Julia, con la expresión más natural del
mundo ....

Quince días habían transcurrido, y durante
ninguno de ellos le faltó a la "Borrega guacha"
algún pretexto para visitar al asilado, llevarle
alimentos y curarle las heridas.
Rápidamente se estableció entre ambos una
franca camaradería. El le contó sin recelos toda
su historia. Se llamaba Faustino Sierra, era

LA tl.ORREGA GUACltA

77

"guacho" como ella, había crecido sin afectos,
sin dirección, sin amparo y después de mucho
rodar, con poco amor al trabajo y menos aun a
la subordinación, terminó por dedicarse al cont rabando de haciendas. Varias veces su cuadrilla
anduvo a los tiros con las policías, y en el último
encuentro, mal herido y bajo una persecución
tenaz, llegó a aquel paraje, donde la bondad y
la discreción de Julia le permitieron abrigo seguro y medios de restablecerse rápidamente.
- ¡ Usté ha sido mi madrecita !-exclamó emocionado.-Y si quisiese ser más güena entuavía,
sería mi novia, y al calor de nuestros cariños secaríamos las ropas que durante tuita la vida
hemos llevao sobre el alma!. ...
- ¡ No diga esas cosas !-exclamó la Borrega
con voz ahogada y con el rostro con vertido en
una ascua .
Y a poco:
-Aura que ya está juerte, vayasé y .... olvidesé de mí.
-Olvidarla, nunca. Vamonós juntos, matreriemos juntos, cu.semos nuestras tristezas.y d'ese
casal nacerá la alegría!. .. .
El hablaba con voz cálida, insinuante, sincera.
Ella temblaba y sollozaba, repitiendo invariablemente:
-¡No! ·¡ 'ho !. ... ¡ vayasé !. ...
Faustino la vió vencida. Bruscamente la es-

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79

COLECCIÓN ARI.EL

LA tlORliEGA. GUAC11A.

trechó entre sus brazos y le besó frenéticamente
los labios.
Julia desfallecía ante aquella caricia, la primera recibida en la aridez de sus treinta años. El
violento latir del corazón la ahogaba. Una cortina roja le nubló los ojos y la voz se apagó en su
garganta.....
Serenado, Faustino explicó: .
-Yo he conseguido un buen caballo y un apero ... . Cuando cierre la noche y los viejos se haigan acostao, venite .... Yo soy baquiano y te garanto que al amanecer estaremos del otro lao de
la frontera .. .. ¿ Vas a venir? ...
-¡ Sí !-contestó ella, sin saber lo que decía, y
escapó rápidamente hacia las casas.
Como autómata, en completa i nconsciencia de
sus actos, hizo la cena, la sir vió, lavó el servicio,
levantó la mesa y se r etiró a su cuarto, todo con
la misma regularidad de siempre, sin que ninguno hubiese advertido en eila algo anormal o insólito.
Encendió la vela, sentóse al borde de la cama
y permaneció abismada, intentando vanamente
un raciocinio que le permitiera orientarse en
aquel tan obscuro y complicado trance de su
hasta entonces simple y monótona existencia.
Largo tiempo permaneció así. Luego se puso
de pie y sacó del baúl sus prendas demingueras,
que fué extentiendo prolijamente sobre el lecho.

Luego se quitó la bata y la pollera, y tomando el
peine fué a arreglarse frente al pedazo de espejo
enclavado en el m uro.
·
Se observó" con pena. Encontróse fea y vieja.
Ni su rostro ni su cuerpo podían ofrecer el menor aliciente al más benévolo de los amantes, y
experim~ntando por primera vez el sentimiento
de rebelión contra las injusticias del destino,
rompió a llorar, y estrujando con rabia las prendas domingueras, las volvió de nuevo a la obscuridad del baúl.
Luego lloró, lloró por largo tiempo, regando
con s;i llanto los pétalos ~e su única ilusión deshojada al nacer. ...
Cuando logró un poco de calma, tomó un pedazo de papel y un lápiz, y escribió en toscos caracteres:
"Vay asé. V ay asé solo, porque yo .... ¡ yo no lo
quiero l... ."
.
Tornó a llorar copiosamente y al final salió,
corrió, llegóse con sigilo a l escondido potril. A la
entrada encontró el caballo de F austino, ensillado, pronto para la p artida. Con una espina de
tala clavó la esquela en el cojinillo y se marchó
con la misma premura, sin que F austino hubiese
tenido tiempo de advertir su presencia.
Y al d[a siguiente; la "Borrega guacha", con
el corazón sereno, con los ojos áridos, conformada, curada de aquella repentina cuan insensata

�80

COLECCIÓN ARJ1:L

crisis emotiva, retornaba tranquilament e a ssu
rutinarias tareas de animal doméstico.
J AVIER DE VIANA
(Mundo Argentino. Buenos Aires.)

EL HEROISMO.

Del Uruguay es Javier de Viana. Autor de varias colecciones
de admirables cuentos camperos: Macachines, Le,7a Seca, Ytryos.

" Sí-dijo Carlyle ahora tiempos-la idea de
wn soldado testarudo: que obedezca ciegamente,
que dispare aun contra su propio 17adre, a la voz
de un oficial, es un gran refugio para las mentes
aristocrd.ticas."
.
La misión tl,el periodista, en caso de que haya
una verdadera rnisi6n para los del 9ficio, tiené las
apariencias de un sacerdocio, y una de las miserias con que el sacerdote ha de luchar ordinariamente es la que le hacen sufrir la indiferencia del .
público y la incapacidad orgánica de las multitudes para percibir las verdades de alcance remoto.
B. S.A.NÍN O.A.NO .
Era un perfecto alemán, un hombre que s6lo ve
el anverso de las cosas, nunca el reverso; un hombre de una sola tesis, sin antitesis, y por lo tanto,
sin síntesis, que es lo que enriquece indefinidamente el espíritu del hombre.
LUIS AR.AQUISTA.IN.

U

N A. de las sorpresas consoladoras de esta

guerra , es el heroísmo inesperado, y, por
decirlo así, general que se revela de súbito en
cuantos pueblos toman parte en ella. Creíase
de buena fe que el valor, la resistencia física y
moral, la abnegación,el olvido de sí mismo, el
renunciamiento a todo bienestar, la facultad
de sacrificarse y de hacer cara a la muerte, no
pertenecían sino a los pueblos más primitivos,
menos felices, menos inteligentes, menos capacitados para razonar, para darse cuenta del
peligro y represent~rse con la imaginación el
espantoso abismo que separa a esta vida de
la que no conocemos. Poco faltaba para que
todos se pers uadiesen de que las guerras se extiogurían alguna vez por falta de soldados, es
decir, por falta de hombres bastante ciegos o
desgraciados para aventurar, en provecho de
una idea más o menos invisible, como todas
las ideas, las únicas realidades· incontestables
que cada cual posee en el mundo, es decir, su
salud, su _b ienestar, la integridad de su cuerpo

�82

83

COLECCIÓN ARJEL

EL HEROISMO

y, ante todo, su vida, que sobrepuja a cuanto
existe. Tanto más natural era que se cediese
a este razonamiento, cuanto que a medida
que la existencia se hacía más dulce y los nervios más sensibles, los medios de destrucción
en la guerra se iban afirmando más y más
crueles, implacables e irresistibles. Parecía cada vez más verosímil que ningún hombre hubiera ya de soportar los horrores infernales
de un campo de batalla, y que después de las
primeras hecatombes, los ejércitos enemigos,
oficiales y soldados, presa de pánico incoercible, huirían, volviéndose la espalda, en u n
espanto natural y simultáneo, de los azotes
sobrehumanos que van aún más. allá de las
monstruosas previsiones de aquellos que los
desencadenaron.
Y he aquí,con gran asombro nuestro, que es
lo contrario lo que ocurre. Con estupor echamos de ver que, hasta nuestros días no teníamos más que una idea harto incompleta, harto
inexacta, del valor del hombre. Lo considerábamos como virtud excepcional, y a medida
que remontamos el éurso de la historia, tanto
más admirada cuanto más rara. Recordad,
por ejemplo, a los antepasados de todos nuestros héroes: a los de Homero. Miradlos de

cerca. Ellos, que son los primeros profesiooanales, los primeros maestros de la bravura,
que se la han enseñado a toda la antigüedad,
cuyos modelos eran, no son muy valientes en
el fondo. Tienen un saluda ble temor de los
golpes y heridas y un miedo ingenuo y manifiesto a la muerte. Sus empeñados combates,
declamatorios y decorativos ante todo, són
harto poco sangrientos; hay en ellos más ruido que daño, y se habla más que se hiére. Las
armas defonsivas, y ello es característico, son
muy superiores a las ofensivas, y la muerte es
un acontecimiento insólito, imprevisto, casi
incoveniente, que introduce la confusión en las
filas, y con la mayor frecuencia para ·en seco
el combate o determina un sálvese q uien pueda, que parece perfectamente natural. Las heridas se cuentan, describen, cantan y deploran
como fenómenos considerables. Son, en cambio, frecuentes las huidas menos confesables,
los pánicos más vergonzosos, y el viejo poeta
los re.fiere sin vituperarlos, como incidentes
ordinarios, impÚtables a los dioses e inevitables en toda guerra.
Esta clase de valor es, poco más o menos,
el de toda la antigüedad. Pero, sin pararnos
en ello, sin detenernos más en las batallas de

�84

COUCCIÓN ARIEL

la Edad Media y del Renacimiento, en que las
peleas más encarnizadas de los "condottieri"
no dejaban a menudo en el terreno más que
media docena de victimas, llegamos ya a las
grandes guerras del Imperio. En ellas, el valor empieza a parecerse al nuestro; pero hay,
sin embargo, diferencias notables. Primeramente, que se trata sólo de profesionales. No
es la nación entera la que se bate; es una delegación, una i,elección guerrera, que se va extendiendo, es verdad, poco a poco; pero sin
que nunca llegue, como hoy, a cuantos, de los
diez y ocho a los cincuenta años, son capaces
de sostener un arma. Después, y, sobre todo,
que toda guerra se resolvía en dos o tres batallas, es decir, en dos o tres momentos culminantes, esfuerzos inmensos, pero de algunas
horas, a lo más de un día, en que se polariza·
ban toda la energía, todo el heroísmo acumu-.
lado durante largas semanas o largos meses
de preparación y de espera. Luego, con la victoria o la derrota, se acababa todo, venía la
relaj ación, el descanso, la vuelta al bogar; no
h a bía que hacer frente a l destino más que una
vez; y sabido era que en el encuentro más
espantoso había veinte o treinta probabilidades contra una, de escapar a la muerte.

EL HEROISMO

85

•••
Ahora todo ha cambiado, y aun la misma
muerte no se parece ya a lo que era. Entonces
se la veía de cara, se sabía de dónde venía
'
quién la enviaba. Tenía una forma que, terri
ble como era, seguía siendo humana. No erandesconocidos sus hábitos, sus prolongados
sueños, sus breves vigilias, sus días malos,
sus horas de peligro. Ahora, a todos sus horrores, añade el espanto intolerable del misterio. Ya no tiene rostro, ni hábitos ni sueño
' en ace-'
ni reposo. Está siempre tensa, siempre
cho, presente en todas partes, dispersa, inasible y densa, insinuante y cobarde, difusa, obsesionadora, innumerable; surge de todos los
puntos del horizonte, emerge de la tierra y
cae del Cielo, infatigable, inevitable y llena
todo el espacio, llena todo el tiempo, durante
días, semanas, meses, sin un minuto de .interrupción, sin un segundo de remisión . El hombre camina, duerme, vive dentro de su red
fatal. Sabe que el menor movimiento a la d~recha o a la izquierda, el inclinar o levantar
la cabeza, el encorvar o endereza r el busto
detiene y fija su mirada y su rayo. No habí~
ejemplo de semejante preponderancia de las

�87

COLECCIÓN ARIEL

EL HEROISMO

fuerzas de la nada. Nadie había creído hasta
aquí que. los nervios del hombre pudieran resistir a tal prueba. Los nervios del hombre
más valeroso están templádos para hacer
cara a la muerte en el espacio de ~n abrir y
cerrar de ojos; pero no para vivir más que en
la espera de la muerte. El heroísmo era una
cumbre áspera y aguda que se alcanzaba. un
momento, pero que había que dejar en seguida, porque las cumbres no son habitables.
Hoy es un llano sin límites, ta~ inhabitable
como las cumbres, pero del que no se puedf!
ya bajar. Así, en el momento m_ismo en que el
hombre parecía más agotado, más sujeto a la
molicie del bienestar y de los vicios de la civilización, en el momento en que se sentía más
feliz y parecía necesariamente más egoísta, e;
que con un mínimo de fe buscaba en vano un
ideal nuevo y parecía menos capaz de sacrificarse por una idea cualquiera, se ve de pronto
frente a un peligro sin precedente, ante el cual
es seguro, o poco menos, que no hubieran resistido ni aun siquiera pensado en resistir
los pueblos más heroicos de la Historia; y, en
cambio, él, ni siquiera piensa que sea posible
no resistir. Y no digáis que no tenía dónde escoger, que el peligro y la lucha eran 10ev1-

t ables, que babia que defenderse o morir est rangulado, y. que en casos por el estilo ya
no hay cobardes. Eso no es cierto: tenía, tuv_o
siempre, tiene aún donde escoger. No va en
ello su vida, sino la idea que se forma del ho
nor, de la felicidad: de los deberes de su vida.
P ara salvar la vida, no tenía más que ceder
ante el enemigo; el invasor no le hubiera ext&lt;'rminado. A un pueblo grande no se le extermina, aun es imposible sojuzgarle seriamente
y hacerle desgraciado por mucho tiempo. Sólo
tenía que temer la vergüenza. Ni siquiera ha
visto apuntar en el horizonte de sus temores
más instintivos la tentación infame y ni aun
sospecha que pueda existir; y, sean c~alesquiera los sacrificios que le aguardan, nunca la
echará de ver. No se trata, pues, de un heroísmo que sólo sería una manera de ir tirando de
la desesperación, el heroísmo del animal acorralado qne lucha ciegamente para retrasar
en un segundo la llegada de la muerte. No; es
el heroísmo libremente aceptado, deseado,
aclamado, unánime, el heroísmo por una idea
y por un sentimiento, es decir, el heroísmo en
su forma más pura, más neta, más virgen, el
sacrificio sin mezcla y sin segunda intención,
por lo que se considera como deber para con-

86

�COLEOIÓN ARIEL

88

sigo mismo, para con los suyos, para con la
humanidad y lo porvenir. Si la vida y la ausencia de riesgo fuesen más preciosas que la
idea de honor, de patria, de fidelidad a las
tradiciones y a la -raza, había, repito, y hay
aún medio de escoger , y acaso jamás, en niogun.a guerra, fué la elección más fácil, porque
nunca los hombres se sintieron -y estuvieron,
en efecto, más libres para escoger.
Pero, ¿tenéis seguridad de que esta facultad
de elección, que, como acabo de decir, ni siquiera ha osado asomar su sombra rastrera por
los más bajos horizontes de las conciencias
menos nobles, no se hubiera echado de ver o
no se hubiese hablado de ella en otros tiempos
que tenemos por mejores y más virtuosos que
el nuestro? ¿Podréis hallar un pueblo, aun entre los mayores, que, en el curso de una guerra junto a la cual todas las demás guerras
parecen juegos de niños, de una guerra que amenaza y élgota su vida entera y cuanto posee, podréis hallar, digo, en la Historia, no ya
un ejemplo-que no lo hay-sino alguna analogía que os consienta presumir que tal pueblo no hubiera fla,queado, no hubiera, por lo
menos, aunque sólo hubiese sido un instante,
bajado los ojos a una paz sin gloria?

EL HEROISMO

89

•
Parecían, sin embargo, mucho más fuertes
que nosotros, todos los que nos han precedido.
Eran rudos, austeros, estaban más cerca de la
naturaleza, eran pobres, y, a menudo, desgraciados. Tenían pensamientos más sencillos y
más rígidos, estaban acos_tumbrados a los
sufrimientos físicos, a las fatigas y a la muerte. Pero no creo que nadie osará sostener
que hubieran hecho lo que hacen nuestros
soldados, que hubieran soportado lo • que
vemos soportar en torno nuestro. ¿No tenemos, pues, derecho a deducir de ello que la
civilización, al revés ele lo que se temía, lejos
de enervar, depravar, debilitar, disminuir, rebajar al hombre, le eleva, le purifica, le afirma,
le ennoblece; le hace capaz de sacrificios, de generosidades, de actos de valor que no conocía?
Es que la civilización, basta cuando parece corromper, añade inteligencia; y que la inteligencia, en el día de la prueba, es altivez, nobleza, heroísmo en potencia. He aquí, como
dije al empezar, la revelación inesperada y
consoladora de esta horrible guerra; podemos
contar difinitivamente con el hombre, tener
plena confianza en él y no temer ya que, si se

�COLECCIÓN ARIEL

90

aleja de la brutalidad primitiva, pierda s us
virtudes vir.iles. Cuanto más adelante va en
la conquista de la naturaleza, tanto más parece apegarse a los bienes materiales, pero más
aún, sin embargo, sin darse cuenta de ello,
allá en el fondo, en lo mejor de sí mismo, se
hace capaz de desprenderse de sí, de inmolarse
por la salud de todos, tanto mejor co~ prende que nada es si se compara con la vida eterna de sus muertos y de sus hijos. Tan grave
era la prueba que, antes de la guerra actual,
nadie hubiera osado mirarla di: frente. El porvenir de la humanidad estaba en · entredicho;
y la magnífica respuesta que de todas partes
nos llega viene a tranquilizarnos · plenamente
en cuanto al resultado de otras luchas más
formidables, que, sin duda, nos esperan cuando no se trate ya de combatir con nuestros
semejantes, sino de hacer cara· a las fuerzas
más crueles y más poderosas de los grandes
enemigos misteriosos que la naturaleza tiene
reservados en contra nuestra . Si es cierto, y
lo creo así, que la humanidad vale lo que vale
la suma de heroísmo virtual que en sí guarda,
puede afirmarse que nunca fué ·más fuerte ni
mejor, y que llega en este momento a uno de
sus puntos culminantes, en donde puede

91

EL HEBOISMO

afrontarlo y esperarlo todo. De ello, por encima de ·nuestros pesares, tenemos derecho a
felicitarnos y congratularnos.
MAURICIO MAETERLINCK.

Yo trato débilmente de hacerle ver que la libertad no es lo que se posee, sino lo que se busca; que
no es la sumisi6n a ser gobernado, sino la aspiraci6n a gobernarse; que es m!is libre quien se queja de no serlo o desea aumentar su libertad, que el
~ue se tiene por bastante o excesivamente libre.
LUIS AR.A.QUIST.A.IN.

La inteli,qencia de un pueblo se mide, más bien,
por su rapidez en la percepci6n. Un hombre inte ligente es el que siempre se halla de vuelta ante las
coscts. Un pue'Jlo inteligente, no es el que hipoteca
Slt opini6n en manos de una casta, sino el que discute, deshace y rehace a todas horas sus proyectos.
JOSÉ S..I.NCHEZ RóJA S.

La tendencia bitrocrática, que se ha Cl)nS iderado
la enfermedad de la Amé,.ica latina, ha penetra do
la enseñanza1 porque el pro/esor busca un empleo
tnás o menos transitorio y el alumno piensa en ser
mañana competidor de·su profesor.
JUAN

B. TER.ÁN.

�A Mt H!JA

A MI HIJA
Flor de mi juventud1 hija querida1
.Alegre compañera de l«s horas
Más dulces de mi vida1
¿En qué región del universo moras?

¿Por qué me dejas padecer la pena
.Más honda y más cruel, sin que a nt:i llanto1
Idolatrada nena1
rJ?.espondas en la paz del camposanto?
¿Será posible que de ti no quede
Sino un poco de polvo ceniciento1
Que bajo el soplo leve
Se esparcirá del implacable viento? ...

Te busco en mi horfandad y no te veo,
Te llamo y no respondes a mis cuitas,
Y sorda a mi deseo
.Ante mi pena cruel no resucitas.

En medio de mi angustia me golpeo La frente, en vano, por saber lo ignoto.
Por ver lo que no veo
rJJel sepulcral abismo en lo remoto.

¿.No escuchas mis palabras, no te espanta
Lo horrendo del dolor que me devora1
Hija amorosa y santa1
.Ni ves al pobre mártir que te llora?

La noche nos rodea1 e impenetrable
Se interpone el .Afisterio en el camino.
Guardando el espantable
Enigma de la Vida y del (/)estino .

¿En dónde estás estrella luminosa
(Perdida de la tumba en el arcano,
Por qué la dolorosa
Senda no alumbras en que lloro en vano?

l'Pero mi .Amor, más fuerte que la nada,
Y mi dolor, más grande que la muerte1
Hace hablar la callada
Tumba en que yace tu materia inerte.

¿ En dónde estás fragancia de mi huerto1
Incienso de mi altar1 lumbre encendida
En el templo hoy desierto
rJJe mi brillante juventud florida?

93

Y si tu voz no escucho1 hija querida1
Y si tu grata imagen no contemplo1
Gua/. vida de mi vida
Sobre mi propio espíritu te- siento.

�94

COJ,ECCIÓN ARIEL

En las horas sin luz de mi agonía
Gravitas de mi alma en lo profundo1
Y siento· que eres mía
Y que sigues mis pasos en· el mundo.
· En mis noches de insomnio1 cuando velo1
rBajo mi pesadumbre enloquecido1
'Tú bajas desde el cielo
H asta mi corazón adolorido!
T ú me sostienes en la lucha impía1
Y cuando cedo al fin 1 y desjallezco1
Hija del alma mía1
En tu recuerdo me repongo y crezco.
Yo sé que en el hogar estás presente1
Que junto a mi carninas sin ventura1
Y llenas wµestro ambiente
Con los efluvios de tu alma pura.
Yo sé que mi dolor no te es extraño1
Y que al cumplir la ley de tu destino1
Heridos por un rayo
Fuimos al mismo tiempo en el camino.
Y o sé que te he de hallar1 que tú 11ie esperas,
Prolongación eterna de mi vida1
Y que en otras riberas
Entre mis brazos te veré algún día...

A MI ItTJA.

Mas ¡ay! en la horfandad de tu cariño
Ro hay fe que me consuele poderosa1
Y lloro como un niño
.Ante la amarga realidad odiosa!
Flor de mi juventud1 hija querida,
.Alegre compañera de las horas
Más dulces de mi vida1
¿En qué región del universo moras?
Asunción, julio 14 de 1915 .

i MUERTA!
Sobre mi pobre m esa de trabajo
Y a la luz de la lámpara
Que ilumina mis noches de vigilia1
Entre las cuatro tablas
0e tu ataud1 tendida para siempre1
Te vi dormir callada
El sueño de la muerte1 sempiterno1
El. sueño que no acaba!
rRosa entreabierta1 de perfume llena1
En la primer mañana
0e una tranquila juventud dichosa,
Por la mano tronchada

95

�¡MUERTA!

96

97

COLECCIÓN ARlEL

0e tu destino cruel1 rodaste mustia
Y empapada en mis lágrimas1
Hasta el oscuro fondo de la tumba
Que tus despojos guarda!
Y eras de mi existencia la alegría1
Y e-n mis rudas batallas
.Alentadora fuerza 1 fé constante1
Inmortal esperanza.
r:Bajo la sugestión de tu cariño,
Vibrante en tus palabras
Y en la acariciadora luz divina
0e tu dulce mirada1
La dicha florecía e-n mi camino1
Y la perfidia humana
Se estrellaba a mis pies1 sin conturbarme1
Impotente y huraña1
Mientras en otros mundos mis ensueños
.Agitaban sus alas!

***
Oa sis de paz y amor en el desierto
0e nuestra vida amarga1
En ti descanso hallaba a mis fatigas 1
Olvido a mis desgracias 1
Consuelo a mi dolor o a mi tristeza
Cuando al hogar tornaba1
Tras la lucha diaria de que sale

En girones el alma1
Herido el corazón por la calumnia
(J)e las gentes ingratas
Y por tanta maldad que nos acosa
Con inclemencia bárbara!
.Aún tu presencia llena nuestro ambiénte;
.Aún llenas nuestra casa
Con los recuerdos1 frescos todavía1
0e tu risueña infancia.
. 'lit alcoba1 saturada en tu perfume1
rJ'arece que te aguarda1
Y tu mudo piano1 entristecido1
'Tu larga ausencia extraña.
En cada objeto que tocó tu mano
fParece que nos hablas1
Y tu nombre repiten por doquiera .
Las aves y las plantas
0 e ese' Jardítf, en que cruzar aún vemos
Tu silueta blanca1
Y escuchamos los ecos que dejaron
'Tus últimas pisadas!

***

Imposible creer que ya no existes1
Que ya no queda nada
0e todo lo que fueras en el mundo1
Y entre las cuatro tablas

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COLECCIÓN ARIEL

(Duermas de tu ataud el largo sueño,
El sueño que no acaba! .. . .

***

Y yo te contemplé sobre mi _mesa,
Envuelta en tu mortaJa,
y puse un postrer beso al separarnos
Sobre tu frente hela1a_.
Yo te seguí, rebelde a mi infortunio,
Cual pálido f antas1:1-a, .
Y te dejé en la puerta misteriosa
(/)e tu última morada.
Y o vi cómo las sombras de la tumba,
Sobre ti se cerraban,
M ientras velando al pie de tu sepulcro
La muerte se sentaba,
Para guardar lo que de ti allí queda:
Polvo, m iseria, nada!
J UAN E. O'LEARY
Asunción, Julio 20 de 1915.
Del Paraguay. De O'Leury dice Rubén Dari? en al~una p~r:
te· " Ni hemos de omitir tampoco el nombre de q uien ha sido cahfi
ca'do como el mas brillante .de los poetas nue_vos'del Paraguay: Juan
E O ' Leary, periodista valiente y autor de libros evocadores.

Y yo creo y opino que el viaje d _E spaña-a p~sar di: la indiferencia, por no decir malquerencia
con que aqui se nos acoge- debe ser. comp lemen·
tario para la educaci6n de todo americanoR.

BLANCO F OMBONA.

PAPELETAS A LA ALEMANA

U

discípulo mío que acaba de llega r de
Madrid me ha contado un dicho muy significativo, y es que, hablando con un compañero suyo, que trabaja en uno de esos llama ·
dos seminarios de investigación científica, le
dijo éste: "No sabes, chico, las ganas que tengo de que derroten de una vez a los alemanes !" " ¿Y por qué ?"- le preguntó mi discípulo. ''Pues porque entonces- le contestó- podrían a caba rse estas condena das papeletas,
en redactar las cuales, o en copiarla s, se nos
va el tiempo. ¡Nos dicen que eso es trabajar ...
a la a lema ná!"
La anécdot a, rig urosamente hist órica , está
lleca de enseñanza, y nos presenta en escena
a un joven español, muy español, es decir, según alg uien creerá, muy indisciplinado.
Pero es que a es to cabe replicar a quello que
dicen replicó el generalísimo J offr e a un oficia l
alemá n, que le decía una vez que el soldado
francés era, sí, excelente, pero que ca recía de
disciplina. "De la vuestra"' re plicó Joffre. Y
así debemos replicar cua ndo se nos a cuse de
no tener disciplina. Pues mientras no sepan
los que nos .dirigen ·implanta r una disciplina
N

�100

COLECIÓN ARIEL

a la española, y, sobre todo, 9ue deje ~a~P?
a la rebeldía y a ta libre críttca, _las. d~sc~phnas traducidas nos harán más mdisciplmados cada vez. Y, sobre todo, la _disciplina a la
alemana. O a la turca.
Y francamente, la disciplina esa de las papeletas es un poquito fuerte. Figurémonos que a
un estudiante de arquitectura que va a las
obras de una gigantesca ca!e?r.al a que el
arquitecto director de éstas le micie en su arte,
le manda el tal arquitecto que se ponga, cercha
y pico en mano, a 13:brar pi~dras, y _que al ca~o
de haber labrado diez o vemte o mil, se va sm
haberse enterado de la traza general del monu•
mento. ¿Creen ustedes, lectores, que este estudiante se conformará con que le echen un ser·
moncito sobre la utilidad de la especialización
y que no debe descuidarse ni la ~ás menu~a _pie•
dra del edificio y otras andrómmas y retoncas
cientificistas y metodológicas por el. estilo?
Porque ¡sí, señor! hay una retónca metodológica, o si se quiere, una metodología retó·
rica que no es menos retórica q~e la otr~,
que la tan injustamente desacreditada: El silogismo medieval y el teorema algébnco de
hoy son tan figuras retóricas como la paradoja, pongo por caso. Y como aq~el19: frase
sacramental que suelen emplear losJesuitas en
sus sermones cuando, después de una demos·
tración, no quedan muy seguros de que el pú•
blico quede convencido, y és que añaden:
'' Queda, pues, evidentemente demostrado,

PAPELETAS A LA ALEMANA

101

etc.:• Y !os que no empleamos esta retórica
l?gica, smo otra, pasamos por unos arbitrarios y extravagantes paradojistas.
¡Qué se le va a hacer!
Y a propósito de jesuitas, me acuerdo de aquel que en una cátedra del Colegio de Deusto
les de.cía a sus alumnos: '·est.e argumento co~
mo tiene fuerza es en latín, ¡en latín!" ¡Estupe~do ! ¡Un argumento que prueba más en
l~~m que puesto en castellano! Y hay así tarubien 3:rgumentos que como tienen fuerza pro. batona es en alemán. Lo que se aplica a las
papeletas.
Mis lectores de Barcelona habrán oido hablar del hombre de las papeletas que fue un
cat: drático de griego como yo, e1'Doct.or Balan: Y se murió sin haber publicado más que
un hbro de ... ¡papeletas!
El_ homb:e de las papeletas puede llegar a
sufr!r un smo tan terrible como el que suele
sufnr el hombre del diario. Sabido es en efect&lt;;&gt;, que el desgraciado que se·pone a llevar un
d_rano, acaba por hacerse el hombre del diano, Y. en vez de apunta: en él lo que se ha visto, 01do, pensado, sentido o sufrido en el día
V~ 9: ver, oir, pensar, sentir o sufrir para eÍ
dtano, y tanto sus penas como sus goces, se
ven perturbados por la preocupación de lo
que hará despúes de ellos en el diario.
, Yo tengo desde hace años un amigo en Berhn que me preguntó una vez si guardaba sus
cartas-que no son ni pocas ni cortas-, y al

�102

COLECCIÓN ARIEL
PAPELETAS A LA.

contestarle que sí, me pidió que se las enviase, y me las devolvió encuadernadas y con un
índice de materias; ¡con un verdadero Sachrtgister! ¡Y ~sí pasarán a la posteridad! Lo que
no sé es si ha hecho encuadernar las que yo
en varios años le he escrito - que tampoco
son pocas ni cortas, pues he sido un epistológrafo formidable-, y si las ha provisto también de su correspondiente Sachregister, para
que los futuros investigadores de mi obra y
mi acción literarias puedan sacar de ellas papeletas a la alemana.
Y es fácil que esos futuros investigadoresiº?• la investigación!, ¡die Untersuchugn!-de
m1 obra, cuenten cuántas veces empleo en mis
cartas la palabra amigo o arbolo trama o
mentecato o ramplonería, y establezcan cuidadosas estadísticas comparativas de mis giros en las cartas y en los artículos públicos ...
Porque esto del estudio estadístico del estilo
es una cosa llena de porvenir. Estilista que no
se basa en la estadística, es cosa al aire y sin
fundamento. Mientras no lleguemos a poder
p~nsar, medir y co~tar el estilo, a poder cubicarlo como se cubica la grava para el asiento de las carreteras, estamos perdidos. Es menester saber qué tanto por ciento de veces el
ilQstre López emplea el gerundio, y qué tantQ
de veces la oración con el relativo qué. ¡Todo
lo demás es retórica!
No faltará lector que me diga que el estilo
no es, en rigor, sino retórica. Bien; pero ¿dón-

ALEMANA.

103

de se ha visto que un retórico, por bueno que
como tal sea, pueda h~blar competeotemr_nte
de la retórica, y más s1 babia de ~l~a retón~Rmente? ¿Quién hace caso de la cnt1ca poética
que un poeta haga de otro? ¿Es que a un hombre, metodológico, verdaderamente metodológico, ocupado en sacar papeletas _de Shakespeare, pueden convencerle los poéttc?s c&lt;;&gt;n:1entarios que del gran poeta dramát_1co _mglés
hizo aquel otro gran poeta, también mglés,
que se llamó Coleridge? ¿Es que los en~ayos
sob re Shakespeare• de este otro• maravilloso
· d
soñador, pueden s:1tisfa~r a un mvestlga or,
lo que se dice un mvestJgador, del gran dramaturgo?
La investigación es, ante todo y sobre todo, papeleteo a la alemana.
.
¿Que las papeletas hacen falt~? ¿Y quién lo
duda? ¡Como hacefalta Alemama!Y l~reco~ocen los más radicales germanófobos, si pasión
no les quita conocimiento. Hace falta Alemania y hacen falta las papeletas a I:1 alemana, pero ... Pero lo que dice el humorista norteamericano Oliver Wendell Holmes, hablando
de los hechos-de aquellos hechos q!'-'e recomendaba el inmortal Tomás Gradgnud de
la novela de Dickens-, y es qu_e no por9~e el
pan sea bueno y sano y necesario y nutr1t1vo,
ha de permitirse que le metan a uno un mendrugo de él por la garganta cuando está hablando.
¡Y, además, las papeletas nos traen en Es-

�104

105

COLECCIÓN ÁRIEL

TECNICISMO Y FJLOSOFTA

paña tan melancólicas, tan tétricas asociaciones de ideas! La papeleta nuestra típica, castiza, tradicional, es la papeleta de empeño. Y
al querer adoptar la papeleta a 1a alemana,
investigativa, ¿no corremos el riesgo de que se
nos convierta en otra papeleta de empeño
más? Sobre todo, tratándose, como se trata,
de un:t ciencia que tom.1mos a·préstamo.

res contrastando con la anestesia de los más,
dei' pueblo en general. Diríase que unos cuantos se sienten obligados a indignarse por lo
que los demás no se indignan. Y como esos
cuantos suelen ser los que más valen, creo que
no estaría de más que templasen su indignación cou algo de serenidad. O acaso con algo
de humor.
El humor en ámbitos morales como el nuestro hoy es un gran derivativo. Le impide a
un¿ cocerse en· su propia sangre ·enfebrecida.
El humor es un desahogo. ¿Habría surgido
acaso el Quijote sin el humor que templó la
sangre espiritual de Cervantes?
Mas vengamos a lo que yo decía en aquella
mi pecaminosa pequeña elucubración sobre
eso de las papeletas a la alemana. ¿Las condenaba? No. Como no se me ha ocurrido nunca condenar ni aun la erudición-que es muy
otra cosa que la filología-y eso que me es
muy poco simpática. Mas creo que no sé poner la razón y la justicia sobre mis simpatías
y antipatías. Porque no me conmueve la música, y hasta ,la tengo miedo como a la morfina, no se me ocurriría nunca suspender un
concierto, aunque pudiese hacerlo.
Sí, las papeletas a la alemana y el tecnicismo filológico están bien, muy bien, pero ...
Decíame.José Ortega Gasset en una de nuest ras conversaciones últimas que lo característico de la cultura alemana, de esa Kultur a
que he hecho tantas veces blanco de mi

TECNICISMO Y FILOSOFIA
"f.;;¡¡ E dejado pasar algún tiempo antes de
• J hacerme cargo de ciertas protestas que
provocó en algunos de mis mejores amigos y
compañeros en la lucha por la cultura, mi artículo "Papeletas a la alemana", aparecido
en este mismo semanario,* en su número del
5 de -Diciembre pasado.
Parece ser mi sino esto de no ir mucho t iempo concorde del todo con un grupo cualquie•
ra. Y es que soy rebelde a toda consigna . No
comprendo que treinta hombres suscriban
t~ei?ta artículos de fe . Ni menos que por disc1pl~na de escuela baya uno de callarse ciertas
cosas.
Me apena, por otra parte, la hiperestesia de
que sufren aquí en Espar.a muchos, losmejo~ Nuevo M1111do cie Madrid,de· &lt;lond~ hemos tomado ambos artículos. .
·

•

�100

COLECCIÓN ARIEL

chanzas, no es precisamente el especialismo ni
la t_éc1;1ica, sino la filosofía. Que cualquier espec1~ltsta alemán, el más especificado, el más
técotco y más tecnicista, lleva implícita una
concepción total filosófica, lleva una filosofía,
que o aprendió costosamente, o la ha absorbido, por así decirlo, en un ámbito intelectual
filosófico . Y creo que tiene razón·. Y que esa es
la verdadera fuerza de la Kultur, piense uno
lo que pensara del espíritu filosófico que la informa.
Sí, c?n~zco obras alemanas muy específicas,
m1;1y ~e~ntcas, en que para nada se habla de
pnnc1p1os _g~nerales filosóficos, en las que no
hay metafís1c~ expresa, y que están, sin embargo, henchidas de jugo metafísico. Más
mucho más que los libros que sobre filosofí~
aquí se e~criben, y en los que, por lo común,
no hay nt el más leve sentido filosófico.
Benedetto Croce, en el apéndice bibliográfico de su Estética, al juzgar la "Historia de las
ideas estéticas en España" de nuestro Menéndez y Pelayo, escribe e3ta's palabras: "Menéndez y Pelayo se inclina al idealismo metafísico; ~ero parece querer acoger algo de los
otros sistemas, y hasta de las teorías em píri~as; y_la obra sufre, a nuestro parecer, de esta
mcerttdumbre del punto de vista teórico del
auto~"· Lo que me parece muy:Justo. Porque
~e~endez y Pelayo no tuvo nunca una conv1cc1ón_ fil&lt;;&gt;sófica, ni siquiera un sentido filosófico, s1qu1era escéptico o dialéctico. .Todo

TECN!CISMO Y

FILOSOFIA

107

aquello del vivismo no pasaba de ser una fantasía entre lite_raria y patriótica. Y si no tuvo
ese sentido no fué por diletantismo-el diletantismo es algo muy respetable-ni por literatismo; fué, creo, por cobardía espiritual.
Tembló siempre de asomarse a la boca de
ciertos abismos; se arredró ante ciertos problemas. Y así se daba el caso de que para él la
música y hasta la religión, no parecía ser más
que otro género literario y que escribiese sobre el misterio de la eucaristía como fuente de
inspiración de los autos sacramentales en una
prosa elocuente, sí, pero en la que se nota la
falta de aquel calor intimo que le comunicaría
un creyente en la eucaristía que frecuentase el
sacramento de la comunión.
Entre algunos de aquellos que se han doli;fo
de mis chanzas a las papeletas a la alemana,
es frecuente el hablar de la endeblez íntima de
la crítica de Menéndez y Pela yo. Y esta ende_.
blez no dependía de su técnica ; dependía de
aquella su incertidumbre de punto de vista filosófico. Aquella especie de escocesismo a la.:
catalana que salió de Barcelona, de Llorens y
de Milá y Fontanals, aquella pseu..do-filosofia
a ras de tierra-en la que no cabe elevar!'e
mucho más que se elevó Bala:es, y fué bien·
poco-no bastaba para fundar una crítica sólida y fecunda. Era un sistema de escamotear
los problemas.
.
Pues bien, a la nueva escuela crítica y filoJógica que ha s~cedido a la de.Menéndez y Pela~

�108

OOLECOJÓN' ARJEL

yo, derivada e~ gran parte de la de éste, dígase lo que se quiera, puede ocurrirle lo mismo
y por la misma causa, por falta d; certidumbre en el punto de vista filos6fico. Y no sirve
tra.er y a.dap~ar las papeletas y la técnica de
la mvestigac1ón, de la Untersuchung, si no se
tra; ? no se saca de dentro un criterio y un
esp1ntu filosóficos, expresos y no sólo implícitos, que las informe.
Y no quiero decir nada de la otra erudición
d~ la de los comentaristas, más o menos inge:
ntosos y más o .menos leídos, que no sólo carecen de formación filosófica, sino que la desdeñan, o por lo menos temen metene en
honduras de donde presumen habrán de salir
co1,: jaqueca y con los pies hechos un puro sab~nón. No, no pongo a estos bibliófilos al
mv;l de aquello~ honrados investigadores.
S1, le tengo miedo, le tengo mucho miedo a
la técnica cuando viene sin raíces.
Es una escuela de humildad y de veracidad,
lo sé. Pero me temo que se convierta en otra
forma de jugar al tresillo o de hacer solitarios, en .otra forma de pereza espiritual. En
otra rutina.
H~ oído quejarse a alguno de los jóvenes sometidos ~ ~sa rigurosa disciplina. Y si le oyese
a un nov1c10 de una orden monástica quejarse
de los ejercicios ascéticos a que se le somete,
supo~dría gue no tiene fe ni vocación alguna .
Y s1 esos Jóvenes carecen de fe y de vocación
para la ciencia, es ante todo y sobre todo

TECN'lOISMO Y FJLOSOFIA

109

porque no se ha sabido mostrarles cuál es el
paraíso a que la ciencia lleva, cuál es la finalidad de ésta, porque no se ha sabido darles filosofía. Nadie atraviesa con fe y resolución el
desierto si no se le ha dado antes una visión
de la tierra de promisión. Porque eso de encontrar placer en la .investigación por la investigación misma, eso de deleitarse en la
caza técnica de pequeñas verdades, eso es algo
tan patológico como matar el tiempo haciendo solitarios con la baraja. Cuando no es un
opio para matar profundas penas. Y esto no
puede pedírsele a un joven.
En una novela cultural, Amor y Pedagogía,
puse hace años en boca de un personaje de
ficción la especie de que el fin del hombre es la
ciencia, y el de la ciencia catalogar el universo
para devolvérselo a Dios en orden. Si se nos
hace creer que Dios nos pagará este trabajo,
acaso ello baste para meter filosofía, y hasta
religión, en el papeleteo técnico.
MIGUEL DE UNAMUNO.

La educación ele un pueblo es algo más qué idea,
libros .Y conocimientos j es una actitud espiritual
frente a los hechos de la vida, un smtimiento,
frente a una disposición altruista de la voluntad,
un amansamiento de la bestia trágica que suele a
ratos poner todo el material de su cu,ltura al servicio de una barbarie redíviva.
E. NESLON.

�REPERTOQIO BIBLIOGRBFICO

e

COMO DEBE LEERSE EL QUIJOTE

se ha escrito sobre E l Quijote, en lo
que va de año, que bien fundadamente puede creerse que este libro apacible y deleitoso habrá tenido algunas docenas más de lectores de
los habituales. Y con toda llaneza confieso que
ése me parece el resultado más apetecible de todo este continuado rumor de plumas y discursos.
No vaya a presumirse que esto envuelve censur~, ni asomo de censura siquiera, de la glorificación de este centenario. El entusiasmo tonifica
Y fortifica, sobre todo, si, como en este caso, el
entusiasmo es genuino y legítimo. Soy cervantista de la antevíspera. Leí el Quijote de niño; y fué
para mí manantial de risa y acicate de la fantasía. Dormí muchas noches con un viejo espadín
debajo de la a lmohada, descabecé en sueños muchos endriagos, y encanté y desencanté, no pocas
Dulcineas. Lo leí de manee bo ; y la poesía sutil de
las cosas antiguas se levantó, como polvo de oro
de las páginas del libro, para envolver en una
atm?sfera de encanto mi visión del mundo y de
la vida. Lo he leído en la edad provecta; y me
parecía que una voz familiar y amiga, algo casca.ANTO

ltEl'ERTORIO BJBLIOGllÁFICO

111

da por los años, me enseñaba sin acrimonia la resignación benévola con que debe nuestra mirada
melancólica seguir · la revuelta corriente de las
vicisitudes humanas,
Pero es natural que, habiendo encontrado en
esta lectura fuente siempre fresca y abundosa de
impresiones acomodadas a la disposición de mi
ánimo, desee a otros muchos el mismo refrigerio.'
De aquí que haya acabado por creer que la mejor manera de honrar al autor de El Quijote sea,
no aumentar la secta de los cervantistas, sino
acrecer el número cielos lectores de Cervantes.
Esta implica, lo confieso, cierto temor de que
se malogre ese justificado deseo; que no tengo
por mío exclusivo, sino de todos los que a porfía
elogian y encomian el peregrino libro. Y mi temor nace de dos clases de consideraciones.
Ha dado sobre El Quijote una legión de comentadores, intérpretes, levantadores de horóscopos,
descifradores de enigmas y adivinos, que asombran por su número y desconciertan por la
misma sutileza de sus invenciones. A fuerza de
querer encontrar un sentido acomodaticio a las
frases más sencillas, y una fotención recóndita
a los pasajes más claros, hacen sospechar a lbs
desprevenidos que esa obra de verdadero y mero
entretenimiento pueda ser un apocal{psis o un
tratado de metafísica hegeliana.
A los familiarizados con el libro, este intento

�112

COLECCIÓN ARIE:::L:;___ _ _ _ _ __

de hermenéutica profana divierte o enoja, según
los casos; pero no perjudica. l\fas no es entre ellos
donde se han de buscar los nuevos lectores. 'A éstos debe decirse y repetirse que El Quijote es uno
de los libros más llanos que se han compuesto ;
claro como río sereno, y caudalo&amp;o de ideas, sin
confusión; de estilo añejo, como el buen vino,
•pero no anticuado; que habla dél tiempo viejo,
pero no de un tiempo tan separado de nosotros
que el alma de sus personajes nos parezca extraña y distante de la nu~stra. Tantos ejércitos maravillosos d~scriben esos exegetas, que el lector
puede amilanarse, o encontrarse chasqueado,
cuando se desvanezca toda esa fantasmagoría.
Otros han tomado por distinto atajo. De tal
suerte extreman el elogio, que más parecen corifeos entonando un ditirambo, que escritores que
recomiendan una exquisita obra del ingenio
humano.
No les niego yo su perfecto derecho a sustituir
las razones y aún la razón por perpétuos j e~ohé !
¡ evohé ! Cada cual expresa su delectación íntima
a su manera; pero, desde el punto de vista en
que me coloco aquí, temo que el efecto de sus
desmesuradas hipérboles sea contraproducente.
Lo de desear son lectores sinceros, que va:yan, sin
prejuicio de snobismo, a apurar el contenido de
esa rica copa en que ·escanciaron las gracias; y
no individuos que se estén palpando y mirando

ltEt&gt;ERTCRto lltBILtOGRÁFICó

118

por dentro con susto, si por acaso no se encuen.
tran, desde las primeras páginas, en un mundo
de ¡,rorligios, y no se ven rnspendidos, en cada
caµítulo, a la re-gión de los encantamentos pregonados.
Hacen, sin quererlo, estos críticos, tan poco
criticistas, el papel del ingenioso Chanfalla en
El Retablo de las Maravillas. A fuerza de
anunciar portentos, que ellos ven y manosean,
parecen declarar memos y bolos a los que no
miren por sus ojos y con su mismo ángulo visual.
El pobre lector se azora, y aunque dice para sus
mientes ¿ si seré yo de esos?, proclama a voces
que se cierne a dos dedos del empíreo. Ninguno
de los confusos espectadores del retablo quería
ser judaizante; y ninguno de los atortola dos lectores quiere pasar por imbécil.
Aunque me· acusen de algo sanchesco, prefiero
para los qti.e lean El Quijote, la disposición de
espíritu del estudiante del cuento, que se solazaba tendido en mullido césped y reía a pedir de
boca en los pasajes de risa. Ese de seguro no tenía entre las manos ningún Quijote comentado y
puntualizado. Los que han leído la deliciosa fábula por esparcimiento, y la han celebrado con
risa franca y sana, son los que luego la recuerdan
con suave emoción y pueden descubrir la vena
de plácida tristeza que va, casi a flor de tierra,
serpeando por todo su contexo,

�CóLECCIÓN AR!:ilL

114

-"Mirad, escribano Pedro Capacho, decía el
alcalde Benito, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano." Cervantes
escribió a derechas; no subamos en zancos a sus
lect ores.
ENRIQUE JOSE VARONA .
9 de mayo de 1905,

UN NOTABLE ESTUDIO DE V. GARCIA CALDERON
García C~lderón acaba de mostrarnos, de elegantísima manera, que el mejor
crítico es el verdadero artista, y no el profesor
artillado de sistemas, que toma de asalto las
obras maestras e instala en el libre dominio del
arte la tiranía de su método. En la actual y ya
larga crisis de la crítica, en espera de un nuevo
Taine, o mientras venga a sacudirla de su torpor
algún brusco y magnífico Barbey ·d' Aurevilly,
nos contentamos con glosas sutiles que prolongan la resonancia espiritual de la emoción, la sugestión o la belleza inclusas en la obra a que
acudimos. Era, no hay duda, airosa la arquitectura que levantaba ciertos principios dir ectores,
en forma que se creía capaz de dar ordenada y
"

ENTURA.

V

NOTA.-Se refiere el Sr. Zaldumbide al estudio La Literatura
Peruana ( 1535- 1914), escrito recientemente por U.Ventura Garda
Calderón. Dicho trabajo lo ha publicado "La Revue Hispanique"
de París. y es la primera de una serie de historias literarias de los
pa!ses de América, encomendadas a diversos escritores. La de
Costa Rica ha sido encomendada a don José rabio Garnier.

llEPERTORIO BIBLIOG._
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ea lderón los posee
De ahí 1 'd d en grado excepcional.
a vi a e estas pá ·
gan su fuego a cald
grnas_suyas, ora ponolvido, ora evoque ealr manuscritos ateridos de
n a vuelo con
· 1.
gracias pretéritas del ol . . '
magra igera,
c omaje, ornato profuso y

:ª

�116

COLECCIÓN A.RIEL

leve de una existencia por tantos otros respectos
ahogada y pobre, ora sonrían de inocentes afanes
de poesía, importados romanticismos o melanéolías nativas.
La condensación forzosa de este género de resúmenes le ha obligado a darnos u n "comprimido" de literatura peruana. No ·era del caso que
desarrollase ahora, e·n grandes frescos, la historia
suntuosa y vacua de la holganza limeña en el
esplendor de la colonia; ni que hiciese a cada
paso alarde de menuda y premiosa precisión efe
erudito. Rasgos vehementes, pequeños golpes de
segura percusión, toques elípticos, repentinos, de
un relieve sorpren·dente, van grabándose corno
netas incisiones de la imaginación que de suyo
las amplifica hasta figurarse el medio, la época,
el pergeño viviente de sus tipos. La historia, y su
filosofía, y su trascendencia a la literatura, hallárnoslas refundidas, sirviendo de fondo y sosteniendo el vigor de estos dibujos suscintos. Acaso
se da, aquí o allá, al detalle pintoresco y al caso
excepcional, un valor sintomático de la época
algo exagerado, un color que se destaca demasiado sobre el gris muerto de la realidad restante: es lo que pasa al querer hacer cuadro significativo. Pero todos esos trazos acentúan con feliz
intención el· aspecto expresivo de la ciudad.
Lima aparece así, mos&lt;:;rando en la viñeta galante, su fisonomía deliciosa de malicia y \'olupt uo•

REPERTORIO BlBILIOGRÁFICO

117

sidad. La diseña con visible delectación. Ama a
su Lima este parisiense,-sobre todo a su·Lima
del siglo XVIII-depurada en doble, exquisita
nostalgia, en la ilusión del tiempo y de la distancia. Visión aguda, de artista, tal vez exacta vívida siempre. Picaresca de inclinación, versaÍlesca por los gustos suntuarios, por ia policía de los
hábitos cortesanos y la elegancia de sus liviandades; criolla por la enjundia y la •"lisura" de su
natural, refleja todos sus aspectos en su varia
l.Tteratura . ''Limeña fué exclusivamente la literat ura peruana," dice García Calderón, pero añade :
"Lima no es el Perú; a lgunos creen que es lo
contrario del Perú." Como quiera que sea, lo representa_brillantemente: la provincia alucinada
la imita, la sierra.bravía ha abdicado de su hurañerfa '! aspira a fundirse en la blanca metrópoli
que disuelve antes que plasma. De las ciudades
que España estableció en ultramar, la .de los
Reyes fué la mimada. Guarda con amor el lustre
de su blasón colonial. Es en América el último
- ¿ no fué el único ?-residuo de aristocracia en
el cundiente aplebeyamiento. Preserva del olvido, encerrada por su literato más nacional en la
form~ más ascendrad~ment e limeña, la parte
afectiva y consubstancial de sus tradiciones y
p~rsist7en la risueña villa el perfume de la ~rac1a antigua. Mas no basta a · consolar asuenamorado historiográfico de no haberla gozado en
su siglo de oro.

�118

COLECCIÓN ARJEL

Nos muestra con particular cuidado las correspondencias del espíritu de la ciudad arcaica con
su literatura de circunloquios. Mas donde su regocijo toca al lirismo es al oir la risa de Ca viedes. E l encrespado culteranismo, yendo de par
con el boato de las costumbres, había ahogado
la espontaneidad nativa. Al cabo, a la manera de
los fabliaux que se abrieron paso de suyo por
entre los centones de la literatura heroica y caballeresca, surge, y refresca esta aridez, la alegrí&amp;
del viejo burlón. Es la vena nacional.
De verle a García Calderón tan entretenido en
reir con ese malicioso, o prestando oído tan c~rioso a los cuentos de nodriza del viejo Palma,
tan sutilmente intrigado, en fin, por ia pícara
osadía de la "tapada" y los donaires de sus taimadas de saya y manto, le creeríamos sensible
únicamente a los halagos de esta Capua despreocupada. Pero: tope con un alma erguida o una
noblé causa, y héle ya férvido y serio.
Tal a su encuentro con González Prada: acaba
de ceder una vez más a la seducción limefia de
las " Tradiciones", a la charla deliciosa del "archivero sentimental", cuando pasa a "Horas de
Lucha" y "Páginas Libres". El tono cambia, se
eleva; contenido, no es sino más intenso: "Rencores de González Prada, que van dejando al des·
nudo las aristas del estilo y del alma, como el

REPERTORIO BIBILIOGRÁFJCO

119

ácido en el cobre de la agua fuerte· ! Alentado por
muchos, cuántas obras maestras hubiera escrito!
En cambio trabajó solitario y vejado, acorazándose en su arrogancia, que pudo sólo parecer sequedad agresiva a quienes no le vieron nunca en
la intimidad mudar el rostro leonino para un
urgente disimulo de lágrimas". Y es admirable la
silueta que traza de aquel anciano, de cándida y
fuerte belleza marmórea, que el escultor no necesitaría ennoblecer para hacerla digna del pedestal.
Es uno de sus más envidia bles dones el de pasar, sin forzar su sinceridad, de la risa heiniana
o tunante, o de la desmemoriada voluptuosidad,
al entusiasmo decisivo, a la gravedad ardiente.
Su sonora sensibilidad multiplica todos los ecos.
Un libro, una voz, una sugestión cualquiera, y
su lucidez impaciente, adivinatoria , galopa adelante, adelante. Ve la espiga inminente en el
grano, discierne en seguida la pepita de oro entre
la bruna escoria. Y así su cólera, certera y rápida, como su borbollante generosidad, sirven por
igual a l hombre y al escritor, dejando entrever en
él, como quería Pascal, que el hombre sobrepasa
al artista.
Espíritu de natural tan abierto y simpatizante, no desdeña en este breve recuento sino a los
por dem:is tibios e insignificantes. Penetra con
igual sinceridad en la intención de los que él

�120

COLECCIÓN A.RIEL

llama "poetas umbríos" como Buendía, y en la
claridad centelleante de poetas meridianos como
Chocano. A modo de aquel Lunarejo de quien
hace tan vivo elogio, y que escribió un "Apologético" de Góngora sin contagiarse de gongorismo, García Calderón sonríe encantado por la
enrevesada gracia de los culteranos y excusa sus
flaquezas sin caer en ellas. Elegante actitud, la
de defenderlas sin compartirlas.
Relativamente rica en tiempo de la colonia, la
literatura peruana lo es también hoy en día. La
generación de 1900 cuenta con un historiador del
fuste y substancia de Riva-Agüero, que limita
una fuerza capaz de cargar con los archivos del
mundo entero a discernir y fundamentar los in•
tereses vitales de su país ; con un poeta como
José Gálvez, abundante y fino, vasto en sus designios cuand0 la épica le tienta como hábil miniaturista cuando mira en torno, algo enternecido; con un pensador, escuchado, admirado ya
en toda América, Francisco García Calderón.
Un escrúpulo de extrema delicadeza le obliga al
autor a mentar tan sólo el nombre de su hermano. Habría tenido que darle lugar eminente. Fué
el iniciador del actual renuevo de la cultura, el
que ha disciplinado a la europea el arte de pensar y de estudiar las cosas de América. Empapado en la más alta ideología contemporáñea,
atento a las más arduas solicitaciones intelectua-

REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

121

les, trabajado por un enorme afán de síntesis,
nos ha dado ya obras de alto y sostenido vuelo.
Le apremia una fuerza lúcida e inapaciguable, le
sobra aliento: pronto nos dará obras mayores.
Tiene, en fin, un prosador de rara estirpe.
Ventura García Calderón es uno de los más singulares escritores de América. En medio a la
manía de extra vagar que llaman modernismo
los destrozadores del castellano en América, este
innovador conser va una pureza escrupulosa. Su
instintivo, aristocrático horror al lugar común,
le aleja al mismo tiempo de la anarquía improvisada, de la arbitrariedad verbal. No consiente a
su inteligencia actitudes flojas o desgarbadas.
Enhesta todos los desmayos de la perezoza condescendencia al menor esfuerzo. De ahí lo apretado de su prosa: a veces rechinan las junturas.
Prosa cenceña, toda nervio e inteligencia, avezada a las sabias gimnasias del estilo, que queman
las grasas inútiles: ripios, pleonasmos, redundancias. Prosa densa, tensa, bruñida, despide a ratos
como una eléctrica crepitación. Tiende, por movimiento ya natural, a la elípsis; y ajusta su ceñida curva la precisión del epíteto sobrio y rico.
Este no es aquí gala de quita y pon, sino el punto en que culmina y vibra la fuerza interna del
pensamiento. Cualquier página suya da esta impresión de la maestría de un artista urgen te
muy dueño de sí: dueño de sí, no para moderar-

�122

COLECCI ÓN ARlEL

se o transigir, sino para soltarse por entero, sin
perder la medida en el ritmo raudo. Las bellas
frases pasan, enarcadas, reticentes, el ojo vivo.
GONZALO ZALDUMBTDE."

LA BATALLA DE BLENHEIM"'

París, diciembre de 1915.
(Et Fígaro. Habana.)

"'[JL caer de la tarde de verano, terminado el
trabajo, el viejo Gaspar ballábase sentado al sol poniente, en la puerta de su choza , y
cerca de él, en el césped , juga ba su nietecita
Guillermina;
Vió ella que su hermano Pedrito rodaba por
el suelo una cosa grande y redonda, que bahía encontrado jugando cerca del riachuelo;
se acercó el niño a preguntar qué era éso que
se había encontrado, t a n grande, tan liso y
tan redondo;
Gaspar lo tomó de las manos del muchacho,
que aguardaba ansioso la respuesta ; sacudió
la cabeza el anciano y, dando un suspiro, dijo:
"Es el cráneo de algún infeliz que cayó en la
gran victoria;
Suelo encontrarlos en el jardín, porque h ay
muchos en estos lados, y a veces, cuando estoy arando: Ja reja los desentierra, porque

n

" L legará un dia, decía Gambetta, en. que la
política, traida a su 00eto verd,adero y arrebatada
como recurso a los mañosos y a los intrigantes;
un día en que habiendo renunciado al uso de las
maniobras desleales y pérfidas, al espíritu de corrupción, a toda esa estrategia de disimulación y
se subterfugios, vendrá a ser lo que en efecto es
ngcesario que sea, una ciencia moral, que exprese todas las relaciones entre los intereses, los hechos y las costumbres; llegará im día en que se
impon drá así a los espíritus como a las conciencias
y dictará las reglas del dt;recho a las sociedades humanas." E sta es la n oción rnodernfl, de la política,
de las relaciones entre los hombres y los pueblos.

• Del Ecuador. "Uno de los más sutiles crfticos de América,
después de Rodó. "

" Se dió esta batalla- una de las grandes batallas de la lib'ertad-el 13 de agosto de 1704.

�124

OOLEOOJÓN ARJEL

fueron muchos miles de hombres los que murieron en la gran victoria"¡
"Pero cuéntanos de que se trataba-le grita
Pedrito; y Guillermina lo mira con ojos llenos
de asombro: cuéntanos de qué se trataba en
la guerra y por qué se mataban los unos a los
otros";
"Fueron los ingleses quienes derrotaron a
los franceses, pero por qué se mataban es cosa
que no pude averiguar; empero todos decían
entonces que había sido una grao victoria¡
Mi padre vivía en Blenheim, allá junto al
arroyuelo¡ quemaron su casa, la arrasaron
por tierra y tuvo que salir huyendo¡ así, con
su mujer y su hijo huyó, sin tener en donde
recostar la cabeza¡
A sangre y hierro devastaron todo el país
por estas partes, y murieron muchas madres
que estaban criando y muchos niños recién
nacidos¡ pero por supuesto, que estas cosas
tienen que suceder en toda gran victoria;
Dicen qne era un espectáculo horrible el del
campo, después de la victoria, porque había
en él miles de cuerpos que se estaban pudriendo al sol; pero estas cosas naturalmente, tienen que suceder después de toda gran vic•
toria;

f,A BATALLA DE BLENttEIM

125

Grandes alaba.n zas ganó el Duque de Marlborough y también nuestro buen Príncipe
Eugenio." ''·Pero todo eso era una cosa tnuy
l
h ..
perversa!"-dice Guillermina. "Nu, n~, 1J_t~,
-contéstale Gaspar-fué una gran victoria.
••y todos alababan al Duque que tan gran
victoria había ganado." "Pero, ¿qué bien
resultó de todo aquello?" preguntó Pedrito.
"Eso no lo puedo yo decir, pero fué una
. . ,,
gran victoria.
ROBERTO SOUTHEY.*

(Trad. de Hispa11ia. Londres.)

A sí para M azzini como para Fichte, el
primer problema era el de la salvación personal, el de la conciencia. M azzini escribió Los
rio los deberes del ciudadano. Fichte expu.so un sistema filosófico que
DEBERES DEL HOMBRE,

se suele denominar, junto con los ele Schelling
y Hegel, idealismo absoluto, el ciial consiste,
empleando términos toscos y s,nneros, en hace1·
del Yo centro y epítome del Universo.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA..
~oeta laureado de Inglaterra (1774- 1!43.)

�121

trN OANTOR DE RAZA

primera v ista ; leída a la luz de sus escasos
versos, resplandece como acero . incendiado
por el sol. Dice:

UN CANTOR DE RAZA

e

las hojas secas que arrastra este
cierzo de guerra, ensombrecedor de nuestros días, recojo una, roja de sangre como tantas otras. Lleva el nombre de un predilecto
de las musas, sin duda también, amado de los
Dioses, porque se lo llevaron en plena primavera, apenas entreabiertas las rosas. Vagaba
por valles y collados, por urbes y por campos,
recogiendo el rumor de la naturaleza y de la
vida y modelándolo en estrofas, que soltaba al
viento, como abejas runrunantes y errabundas. Oyó la voz de guerra, y, como en todo
cantor de raza a nida el luchador, acudió al
combate, el más a ustero de los poemas. Lo
llevó la suerte al viejo mar de Grecia, azul como el ensueño y rítmico al espíritu, con el
aleteo invisible de memorias luminosas en la
noche de los siglos. Como Byron, hubo de
morir bajo ese cielo, que arropó la cuna de
Apolo y de Minerva. Se llamaba Rupert
Brooke. La biografía que publicaron los diarios, es de una aridez de arena calcinada, a
NTRE

"l\ació en Rugby, Agosto 3, 1887.
Estudió en el King's College, 1913.
Teniente de Marina, Septiembre de 1914.
Expedición de Amberes, Octubre 1914.
Expedición al Mediterráneo, Febrero 1915.
Murió en el Egto, Abril 1915."

Acaso a ún en opbre prosa quede un eco remoto de la divina nota de su verso. Poco a ntes
de su partida ele Inglaterra, ap~reció un soneto, que, vertido al castellano dice:
"Tan sólo recordad esto de mí, si yo muriere: que allá,
en algún extranjero campo, hay un rincón que por siempre jamás será como Inglaterra misma. Ese palmo de tierra enriquecida, ocultará una ceniza, más rica todavía;
ceniza que de Inglaterra brotó, a la que Inglaterra modeló
y lP. dió conciencia, y sus flores para que las amara Y sus

caminos para vagar pcr ellos, y u:l cuerpo que fué de
ella, que respiró su atmósfera, que bañaron sus ríos Y
que sus patr ios soles bendijeron .
"Y pensad que este cor.lzón, libre al fin de todo ímpetu
perverso ya vibración en ·la eterna Mente, no por ello, menos habrá de devolver en alguna región del infinito, los
pensamientos de Inglaterra recibidos: sus aspectos Y sonidos; sus sueños, tan felices como sus dlas; y el reir entre
amigos aprendido; y \a ternurn de los corazones ingleses, en
paz, bajo el cielo de Inglaterra."
HISPANO

( /Jispama. Londres.)

�128

OOLSCCIÓN .a.R!It

Para Cunservadores J' libtrales espafwles,
e' ·
s ;- f rr"' ,td
(.,11.:zd
o
, a e rp t,rl d,· Er. E ·••np10 1
t. I \ .iu,
.11/o!icre Reco1da i el coloquiuenlre A1-ga11
y su hermano Beraldo. •·Pero, enji11, veng-amos al hecho. J Qué ltacer cuando se está e,i
firmo f", pregunta A rg(ln. "Nada, hermano mío", replica Beraldo. "¿Nada?", loma
a preguntar, lleno de asotnbro, A rgan. De
raldo, sosegadamente, con la frescura y la
tranquilidad, con la frivolidad y la inco,uciencia de un conservador o de un Nberal espaiioles: "Nada. No se necesi'ta más que per•
manecer en reposo. La naturaleza, ella misma, sin necesidad de nada, cuando la dejamos hace,,, se libra dulcemente del desorden
en que ha caído. 11.'uestra inquietud, nuestra
impaciencia es lo que hacen que todo se eche
a perder,· casi todos los hombres mueren de
sus remedios, no de sus enfermedades.''
Beraldo es el vivo retrf!to de 1,ut!stros gobernantes. 11fiedo a las respunsab:lid(1áes,
miedo a fa acción, miedo a fas nformas, miedo al cambio, miedo al porvenir: lze aqní toda ,zuestra mcntal:"d,:dpolítica. D ejemos qtte
el país siga marchando él mismo; permaneacamos en reposo. Las dificultades se resolverán ellas mismas.
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Fe. PUIUlTA. 1)BL SOlp •

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�Un Ruevo libro de Rnskin, EL REPOSO DE
Mncos, y otro de 1"outenelle, Co1.oquros IOBRB
LA PLT;RALIOAD UE LOS :MUNI&gt;OS, acaban de enri•
•1n~cer el Catálogo ,fo la C11s11 .PROMETEO, do
Valencia.
No e~ necesario c&gt;l t'logio de estas obras fam
en todo el mundo. Pero RÍ hay tp1e hacerlo
traducei6n, C!Orreeta, cnicln.doAA y exn.ota, 11
a &lt;·abo con una fülelidad y un primor literario ver•
da.foramf'nte recomenilttbles.
Muy bien preE-r-ntadas, se ve1Hll'n estas obras a
t'IX&lt;TENTA t'EXTUIOS en todas h~ bul"nas librarlas
&lt;le esta ciu'1ntl.

Libros - Perl6dlcos - Polletos
Holas suelta•
Recibos talonario• - ebeque ■

Imprenta Greñas
Calle Central Norte
Tarletn ■

de visita
Pacturas- Etlqaetas - lnvitaclones
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