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                  <text>olección Rriel
AÑO XI - VOL. 11

SU:M:ARIO

1

PETER ALTE-NBERG.. . .. . De diecisiete a treint/1
JOAQUIN MONTANER .• •• El viajero
HUGO D. BARBAGELATA. Influencia de las ideas francesas en la Revolución de Hispano-América.
OSCAR LINARES.. . ... ..... La perfecta alegría.
FEDERICO UIIRBACH.. . . Simiente de agonías
ALBERTO NIN FRIAS..... El culto de la madre
MANUEL MARIA MUÑOZ.. Del cercado bíblico
LEOPOLDO LUGONES .. . Un buen queso
RAMON PEHEZ DE AVALA La sclfreliance
REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

e u ad e r n o 8 5 .
San :José, Eosta "Rica, Setiembre 1. 0 de •~16
Imprenta Gr"llla•

��ARl'ICL
REPERTORIO AMERICANO

COLECCION

PUBLICADO EN CUADERNOS QUINCENALES POR

J. G 1\RI11 ME&gt;NGE
S 1\ N

J I!) S B

D B

e

t, S T 1\

R I e 11 ,

cs.

COLEOCION ARIEL

R.

Condiciones:
La serle de 12 rusderuos ( en Costa Rlra ): &lt;!!, 3 .00.

La •erle de 12 cuadernos ( en el F.:dranJero); $ 2. 00 oro am.
NO mero •uelto : &lt;/J: 0.25
7 68 páginas,

Dt ditCiSittt a trtinta

dos libro• de escogida, variada J reronfortnnte literatura

POR TRES COLONES

Trad. de Manzu! I){az Rodrlgwz

EDICIONES DE

LA LECTURA

Entré una vez casa del primer peluquero

Pa,eo de Recolt!tos, !25, Marlrid.

•
CIENCI A

de la ciudad.

Y EDUCACION

OBRAS PUBLICADAS
L. IlRACKENBU RV . - /,a e,,sc1ia11m de la Gmmdtira.
GilJBS, LEVASSEUR Y SLUYS.-Lae11sc11a1Zz11,l,l,z Get\t;r.ifía
LA VI S:,;E, ~10NOD, ALTA~l!RA Y COSSIO -/,z enmi,w::,1
de la Historia.
EDi\lU:S:DO LOZANO.-/_,,, wscña11oa de tu cimciar jf&lt;ims y

nntur11ler.
COi\l PAIRE.-Prs1&lt;1/o,:z1, llerb,r•t y 1/erbert Spmrer (3 volúmen~s.)
J\flEL REY.- úi¡:ka. Et,"cn y Ps11olo,,:ía. (3 volúmenes.)
JULIAc'! BE:5TEIR0.-Jui,io.r w1/,!/l{OS "npriori"'. s~,;1í11 A~mt.
ADOLFO POSA O A y otros.- D,ntho Usuat.
p¡.~:,;TALOZZL Co11u&gt; cnse,ia Gertmdis a s11.r hijos y El .INtMo. (2
volúmenes.)
W. R E IN . - Resu1tu11 de P,:d,f1,1/0JfÚ1.
]. r. HERBART.- Pttl,r.trogfn g,11eral derivada dd fin de l.1 ed11•
tadón.
1'11. DA VI DSO:sl. - /,a ed(ltauf11 del p11rbl&lt;&gt; .!fn~,;&lt;&gt;
p BARTII.- Ped,~!?~r:' ~- (Tomos I y II. PARTF. Gi-:1\F.RAI. y ES•
PE&lt;:JAI •. )

H Wl::IMER.- /hr/oria de la Pedn.t:-t!;!"
LL'IS DE ZlJLUETA .- El ,11,wtro.
P. NATOí&lt;P - Curso de l'ed.1!!,!,'Ía y l'tdilf!&lt;!f?lrr snr,rrl. (2 Ynli.J
FRA:\'Cl'-CO Gl:-:ER DE 1.0.~ RIO:... -H11sa¡•,1ss,&gt;l•rc ed11r,1,~··11. •
R. AL TA~ll RA -Fdo.r~fl11 de/,, llislana y Teorfa de /,1 rh•lli:,1cM11,
~1 ILTON. /Je ed11r,1ri,:11. '/'¡;1,/u,·ci1i11 ,Id iJ~, 11,,... fnr .,_\~1Mlia Cd's,io.

· -: • ....

~

,

.•

~

Olía a .Agua d.e Colonia, a servilletas recién lavadas y a suave humo de cigarrillos. . . . Sultán flor, cigarrillos de las Princesas egipcias.
Ocupaba la CaJa una muchacha muy Joven, de sedosos y rubios cabellos.
u¡.Ah!" pensé "un Conde te seducirá, ¡oh,
encantadora!" Ella me vió con una mirada
que decía: Quienquiera que tú seas, uno entre miles, yo te digo que la Vida está delante
de mí, la Vida! .... ¿.No lo sabes?
Yo lo sabía.
ª¡.Ah!" pensé ubien podrá ser un Principe".
Se casó con un mozo de café que murió
al año.
Tenia formas de gacela. Seda y terciopelo
no realzaban su belleza . ... y probablemente
era más bella desnuda.
BIBi..t":&gt;TECA

CENTRAL

U.A.N.L

�258

-- .
~

ooUOOJ6•ÁJUSL

El mozo de café muri.ó.
La encontré por la calle con un niño. Y
me miró con una mirada que decía: .A
pesar de todo, tengo la vida delante de mí,
la Vida . . . . ¿.No lo sabes?
Yo lo sabía.
Un amigo mío tenia el tifus. Era un compañero de juventud, rico, y habitaba la villa
del Lago.
Cuando le visité una jóven dama de sedosos y rubios cabellos, preparaba las sábanas
frías. Sus tiernas manos estaban completamerzte agrietadas por el hielo. Me miró.
¡Esto es la vida! .... ¡Le amo! .... ¡porque. eso, eso es la Vida! ....
.Al estar bueno y sano él abandonó la dama
a otro joven rico.
.
Se separó de ella f dcilmente, muy fácilmente.
Eso pasaba en estío.
J.1ás tarde lo sorprendió a él la nostalgia . . . . en otoño.
Ella lo había citidado, había fundido en él
su dulce ezterpo de gacela.
Le esc,-ibió: ¡ Vente!
Una tarde, en octubre, la vi entrar con él
en el salón encantado en donde resplandecen
ocho columnas de mármol rojo.
La saludé.

_____ ......,.. _______

-------- -

I&gt;B I&gt;Ill:élstll:'n A 'I'llUN!'A

2M

Ella me miró: La Vida está detrás de mi,
la Vida! ... ¿·.No lo sabes?
Yo lo sabía.
.
Volví casa del primer peluquero de la
ciudad.
.Aún olía a .Agua de Colonia, a servilletas
recién lavadas y a suave humo de cigarrillos . ... Sultán flor, cigarrillqs de las Princesas.
En la Caja se hallaba sentada otra muchacha de crespos cabellos brunos.
Y ella me miró con la gran mirada
triunfaldelajuventud-profetis Divae Au- ..
gustae Victrici-: Quienquiera que tú seas,
uno entre miles, yo te digo que la vida se
extiende delante de mí, la Vida., .... ¿·Sabes
lo que es eso?
Yo lo sabía.
"¡.A!" pensé "un C01;ide te seducirá . ...
bien podrá ser un Príncipe" . ...
PETER ALTENBERC.
(La Rroí.sta. Caracas.)

�'lt,

€1 vialtro
os "tipos" de viajeros conozco esenD
cialmente distintos: Dante y Ulises.
Tienen de común el "viajar" pero se diferencian en el por qué del viaje. En Ulises el viaje fué motivado por la fatalidad.
Expatrióse por de1?er, y a su ~etorno. los
dioses le entorpecieron el cammo, dejándole ver tierras y hombres. Y Ulises no se
expatrió nunca porque su_ patria estaba
dentro de él.
Dante, sí. Dante no amaba a su tierra, v cuijndo se quiso alejar de ella se
separó para siempre de sus moradas, de
sus colinas y de sus árboles. Su tierra era
otra distinta &lt;le la que hollaban sus pies,
y el airecillo que respiraba otro airecillo
diferente. Paseaba por las calles sin verlas,
olía los olores sin olerlos, y no pisaba lo
que quería pisar. Llevaba dentro de sí
otra patria de sueño, y se naturalizó en
sus dominios fantásticos a fuerza de meditación y de silencio. Es decir, Ulises y
Dante viajaron de opuésta manera, pero

VUl&amp;RO

261

los dos fueron curiosos. Aunque también
se diferenciaron en la curiosidad, porque
la curiosidad de Ulises era' motivada por
un sentimiento de nostalgia, de añoranza, y la del poeta florentino por una preocupación retórica.
.
De los dos viajeros tiene algo D. Miguel
de Unamuno. Quisiera llamarle "nuestro
D. Miguel'', pero no p~edo, porq u~ D ..
Miguel no es nuestro. Ni de Vascoma m
de Cataluña, ni de Castilla, ni de nadie.
Unamuno es de él, y precisamente P?rser
tan de sí mismo viaja. No sé la curiosidad,
la razón de existencia de los grandes viajeros. Es algo más propio y menos de los
demás que la cur_iosidad. E:1 _los ~iajeros
de la casta de Uhses, que naJan sm querer viajar, la razón no existe porque la
causa de los viajes es generalmente la fatalidad, el sino. En los del linaje de Dante, en cambio, la razi'&gt;n es más explicable
e idéntica: viajan por voluntad de cncon•
trar fuera de ellos el aire, el sol y la tierra
que llevan dentro de sí.
Unamuno tiene más de esta manera de
viajero de Dante,,que de la de Ulises .. Pero no se expatria ni puede expatriarse
nunca porque donde quiera que vaya se
descubre más a sí mismo. Hasta que se

�262

COLEOOIÓN ARil!.L

descubra del todo y acabe por viajar eternamente desde su pedazo de tierra.
Ulises fué viajero en unos años de su
existencia tan sólo: en los que duraron
sus trabajos. Luego, en su reino, en sucasa, volvió a la tranquilidad de su vida
de buen rey, y como su conciencia no le
acusaba de deslealtad ni de impureza, finó sin grandes remordimientos, iluminados sus ojos viejísimos con la claridad del
recuerdo de sus heróicas hazañas. Todo
esto, porque murió en su tierra, y él había
besado su tierra.
Pero Unamuno, pasa de largo por la
tierra. Le tuesta el sol y le endurece la
piel el aire. Pero no mira con sus ojos
materiales. Dentro de ellos vigila constantemente el espíritu, y la fortaleza del espíritu le deforma las imágenes y le trastoca todo, y constantemente se pelean sus
sentidos con el mundo exterior, venciendo siempre sus sentidos, que están gobernados por un Señor, y no por un ama de
llaves.
Ninguno de lo~ españoles ha llegado ,a
abarcar tanto, m ha penetrado en tantas
reconditeces como D. Miguel de U nam uno.
Todo le ha sido m·a teria apropiable, y en
todo ha sabido encontrar un matiz o un

n vwno

263

descoyuntamiento. Pero esto ha sido y es
engañarse a sí mismo. En el fondo de todo, a mi entender, no existe más que una
duda terrible, que un misterio. Y al traves de sus obras, ahondando un poco,
se descubre siempre esta vena corriente
en toda su intensidad, siempre impetuosa. U nas veces se esconde como el río
Guadiana y parece que se pierde; pero
más allá sale de nuevo con más brío y
con más empuje. Y, o ella ha de acabar
con don Miguel o D. Miguel ha de acabarla a ella.
Esta manera de viajar de D. Miguel
para descubrirse cada vez más a sí propio,
se ve mejor que en su prosa en sus versos. Ahí duerme su famoso' 'Cristo de
Velázq uez". Yo no sé por qué llama a su
Cristo "El Cristo de Velázquez". ¿Acaso
es "su" Cristo ese Cristo, ni otro de nadie? Leyendo esta obra estupenda se adivina el esfuerzo de creación, el hermetismo de este viajero. De un Cristo, de muchos Cristos que ha mirado D. Miguel
con sus ojos, ha tomado el arranque para
crear el suyo. Y se vé cómo va dándole
vueltas, amasándolo casi, como si fuese
una bola de arcilla gue tomase contornos
de hombre; como s1 el escultor pugnase

�OOLIIOOIÓ• AatKL

por meterle un espíritu dentro de la ma•
sa. Y o creo que s1 un día o una noche D.
Miguel, torneando su figura de Cristo,
viese que se animaba.el brazo y se articulaban sus miembros y la pasta se hacía
carne, y se movían los ojos y tomaba calor de vida su cuerpo, yo creo firmemente, que D . Miguel no se asustaría. Le parecería este portentoso milagro la cosa
más natural del mundo. ¿Para qué, si no,
había viajado con él, y dormido con él, y
le había dado su misma vida?
Y este trabajo gigantesco, sólo por temor, por un temor de negrura, de oscuridad, por apego a la tierra. Por esto el
viajero busca su negrura y dice que la ama. Pero la ama porque teme hallarla
para siempre y cree que vale mucho más
acostumbrarse a ella poco a poco. ¡Si él
adivinase con alguna ra7,6n un poco de
luz, un rayo declaridad!. ... Entonces no
viajaría más D. Miguel de Unamuno. Los
últimos años de Ulises serían sus últimos
años ...
JOAQUIN MONTA~ER
( R.rp.,ña

~!adrid,)

INFLUEJfCIH DE LBS IDERS FRHNCESHS
En la Revolución de Hispano-América

e

s ya por demás ~abido que las teorías de
los filósofos franceses del siglo XVIII, así
como los principios divulgados a sangre y
fuego por los hombres de su Revolución, ejercieron no poca influencia sobre el grupo de intelectuales de cada uno de los pueblos de Hispanoamérica, que encontraron, en cierto modo, en los caudillos los brazos ejecutores de
sus ideas emancipadoras.
Hasta curas como el mejicano Hidalgo fueron semieociclopedistas.
Acaso nunca como en la Revolución Francesa y como en la de la Independencia del
Continente sudamericano anduvieron tanto
en marchas paralelas la acción en las teorías,
el brazo que ejecuta con la cabeza que piensa
y ordena.
Ocioso fuera. pues, insistir en un corto artículo periodístico sobre la influencia que las
ideas francesas ejercieron sobre el general Miranda, precursor de la Revolución Hispanoamericana, jefe francés de los tiempos glorio10s de Valmy y de la toma de Amberes, alma

�é'üi'opea. de la mol~ Btaropa, ai no~
dmieoto, por ~aeaci6a 7 por teadenaa
meaos. FÜé Mitaada como esas A ~ de
dos eabnas que ornan escudos de dos pafaelt,
a loa que representan con toda la exteriot:i-

diúi del sfmbolo, no siempre arm6aico, ai
siempre simpitico.
1
Cambia de aspecto el asunto cuando q ~
moa referirnos a la iatlaencia que las idea• y
los ejemplos fra~ceses ejercieron sobre loe
grandes hombres que, de una manera o de
otra, fueron primer-ds en la Revoluci6a de la
que nos consideramos hijos y defensores.
. Por suerte, la historia, no siempre pródiga
ea datos ex,actos sobre nuestro pasado, que,
sin embargo, es de ayer, nos permite -obattvar aquella influencia entre los que, CODJO
Bolívar y San Martío, por ejemplo, son pa_dres indiscutibles del movimiento al que debemos nuestra existencia de naciones mdependientes.
V fueron Bolfvar y San Martio, de com6n
ascendencia hispana, los que, poniendo de la.do su originali6ad nunca desmentida, dieron
más pruebas de inspirarse para la ejecaci6n
de sus actos ea las obras de los pensadores
franceses.
El estratega de los Andes, el ilustre vencedor de Chacabuco y de Maipo, bebió la teoña
de sus campañas militares, iniciadas ~n España, en los libros del Conde Hip61ito de Gaibert, q •1e hicieron época en su tiempo, al que

Jlláá con sus lacabraoio11e1 táctico qtte
aua eeeritoe acamédiéoa o con eas rom4aamqres con Mademoiae1le de Í'Bspinaae:
Y qué decir de Bolfvar, quien, después de
iar a fos enciclopedistas franceses v de
a Bnileau y a Mme. de Stael, nutrió su
'tu con los libros, ingleses en su mayotfa,
Bentbam, de Helvetius, de Hume, de Bol' de Hobbes, de Spinoza y de Montes.. u, al que completó, seg6n la feliz afirman del profesor antillano E. M. Hostos. De
nth~m, al que la Convención hizo ciudadafran~és y al que Brissot-quien a principios
1793 propuso el Comité de Salud Pública
expedición contra las colonias españoacompañó siempre en sus frecuentes visia la primera República; de Helvetius, que,
que de origen extranjero, nació en Frao• de Hume, que pasó toda su primera ja•
tad en Reims anteli de venir a París como
talrio de Lord Hertford (1761), lo cual le
motivo a que trabase estrecha amistad
RoussJ!au; de Holbach, al que unieron fuer•
vínculos intelectuales con su tráductor
• on, y con Diderot y too Lagrange; de
ibbes, que discutió mano a mano con Des~. que fuera antes su amigo a la par que
iteo; de Spinoza, en fin, cuyo nombre encietodo un programa de filosofía y que se
•6 en 11} carrera siguiendo los pasos de
1mismo Descartes.
la influencia de Rousseau sobre Bolfvar

�268

OOLECIÓN A.RIEL

INFLUENCIA DE LAS IDEA.a FRANCESAS

atribuye el distinguido historiador venezolano Gil Fortoul su misantropía prematura y
la manifiesta tendencia del héroe a dramatizar todo; influencia que se ve clara en su correspondencia epistolar "de estilo pintoresco
y a menudo musical en el que estallan a veces
explosiones de cólera y estremecimientos de
impaciencia".
En la famosa carta que dirigió a Olmedo
juzgando su canto a la Victoria de]unín, carta acaso la más literaria que el Libertador escribiera,se notan la gran autoridad que sobre
él gozaban, tanto como los clásicos latinos,
los autores franceses de renombre. "He oído
decir, advertía Bolívar a Olmedo, que un tal
Horacio escribió a los Pisones una carta muy
severa, enla que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador M. Boileau
me ha enseñado unos cuantos preceptos para
que un hombre sin medida pueda dividir y
tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y rítmico."
Y párrafos atrás agregaba: ''Usted debió
haber dejado este canto reposar como el vino
en fermentación, para encontrarlo frío, gustarlo y apreciarlo. La precipitación es un
gran delito en un poeta. Racine gastaba dos
años en hacer menos versos que Vd., y por eso
es el más puro versificador de los tiempos modernos".
Sintetizaba, en fin, una observación muy
justa en esta frase: "También me permitirá

269

Vd. que le observe que este genio icca que debía ser más leve que hablador y embrollón lo
que _no le han perdonado los poetas al b~en
Enrique en su aren_ga a la reina Isabel; y ya
Vd. sabe que Volta1re tenía sus títulos a la indulgencia"...
•
Es notorio que, antes q11e sobre Sao Martín
.y sobre Bolívar, los citados :filósofos influyeron sobre 10:5 hombres que presintieron nuestra Revolución; desde aquel limeño Olavide
qu_e. a causa de sus ideas sufrió destierros ;
P,nstones y al que Voltaire dijo por carta: "serta de desearse que España tuviera cuarenta
hombres como vos", hasta Nariño, por citar
otro más moderno, que en 1793 publicaba en
Bogotá una traducción de los Derechos del
Jf&lt;?mb~e y q1;1e proyectaba fundar centros pohttc&lt;;&gt;-hte.ra~10s en cuyas paredes sólo se vieran mscnpc10nes extractadas de los libros del
propio Voltaire, de Montesquieu y de Rousseau.
Todos sabem_os el juicio que al autor de "El
espíri!u de las leye_s" inspir1;1-ron América y
Espana, dos potencias sometidas a un mismo
amo qu~ l~s trataba como a señor y a vasallo; nadie ignora que su cariño por la vida de
naturaleza llevaron al pensador del "Emilio"
a en~alzar las virtudes de los habitantes del
contto~nte colombino; es notorio, por último
3ue el Inmortal hij_o de Poitou afirmaba qu;
por más desgraciados y bárbaros que nos
parezcan los pueblos del Nuevo Mundo, son

�270

COLECCIÓN ARIEL

aún más superiores en -inteligencia y sobre todo en felicidad a los salvajes de Europa, es
decir, a los paisanf)S que van a la iglesia y al
ejército".
No fué, pues, una admiración no compartida la que los ~telectuales primitivos de América profesaron por sus maestros franceses.
Por eso, refiriéndose a su influencia en el momento en que debió estallar nuestra Revolución, ha podido afirmar el malogrado historiador francés Julio Mancini, en un libro
primigenio, que será el mejor monumento elevado a su memoria: "Muchos jóvenes de Méjico, de Nueva York, de Nueva Granada o del
Plata fueron a Europa, a Francia especialmente, a impregnarse de la atmósfera intelectual que tantos extranjeros iban a respirar a
París: los criollos que quedaban en América
aprendían el francés y se iniciaban en su literatura con celo más ferviente que el que mostraba la juventud europea. En parte alguna
''El espíritu de las leyes" fué más comentado,
ni Montesquieu, el inspirador de la constitución de los Estados Unidos, más admirado
que en los centros intelectuales de las colonias
españolas. En "La historia filosófica" de Reynal los jóvenes americanos aprendieron su
historia. Rousseau suscitaba fogosos discípulos. En las sociedades literarias que se fundaban en todas las ciudades coloniales se leían,
se recitaban con pasión las tragedias clásicas
francesas. Se entusiasmaban con las respues-

INFLUENCIA DE LAS IDEAS FRANCESAS

271

t~s de los personajes de Corneille, con las alusiones de Tancredo.
"La injusticia produce al fin la independencia.", y con el frenesí de las heroínas de Racine
que se disponían a resucitar en las admirables
amazonas de la Revolución americana. "El
mundo" era así más ''francés" todavía de lo
que imaginaba Rivarol".
Hasta la misma España llegaron por intermedio de criollos, los ecos de las ~uevas teorías libertarias, hasta las mismas Cortes de
Cádiz, en las que hizo oír su voz de "Mirabeau
ame~ican~" el notable quiteño José Mejía Lequenca, digno co.mpatriota del enciclopedista
~anta Cruz Espejo, que, según escritor espa~ol c&lt;?ntemporá~eo, no fué soportado por los
~er~tles como liberal, pedisecuo de Condillac
e 1m1tador de Destutt-Tracy", ideólogos que
no desdeñaron la práctica y que contribuyeron al nacimiento del idealismo moderno.
El Centenario de la Revolución Argentina
de Mayo celebrado hace pocos años en el Plata, probó con sus abundantes ediciones bibliográficas que la influencia de aquellos pensadores fué también eficaz en esa tierra que
tuvo al fr~ncés Liniers como virrey, después
de haber sido héroe de la Reconquista de Buenos Aires contra los ingleses en 1806.
Pu~den decir los porteños a los bogotanos
que s1 en los albores de la Revolución fué Nariño el primero en traducir los "Derechos dd
hombre", Mariano Moreno le quitó la gloria

�272

- - - ll&lt;FLUENCIA

COLECOIÓN ARIEL

de ser el único y la de enriquecer ~l original
con un prólogo que le honra. También en las
"Memorias" de Belgrano se encuentran las
palabras siguientes, qu_e valen más que las
congeturas de los eruditos y que las ~fir~aciones más o menos fundadas de los historiógrafos: ''Como en la época de 1789 me ~allb?en España, y la revolución d~ la Francia. hiciese tambien la variación de ideas, y par_ttcularmente en los hombres de letras _con qutene_s
trataba se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el
hombre, fuese donde fuese, disfrutara de unos
derechos que Dios y la Natu;aleza le }tabfan
concedido y que aún las mismas sociedades
habían ac~rdado en sus establecimientos indirectamente."
.
Y si de Buenos Aires pasamos
Montev~deo, nos apercibimos _de que también en ese
rincón platense las ideas francesas echaron
raíces en lo más fuerte de su guerra.
En 1816, en pleno gobiern&lt;;&gt; artigu!sta, el
presbítero Larrañag~, ~l_?. su d1scur~o inaugural de la primera_ bibltotec_a pública que tuvo Montevideo, hizo el elogio y recom~ndó la
lectura de la constitución de la República Italiana por Napoleón, y su famoso código ?el
pueblo francés, exclamando, aden:iás_, a guts~
de epílogo de un párrafo patnóbco-:erudito-repnblicano: "confesemos, como dec1a ~aciano Bonaparte, a la faz de todas las nac10-

ª.

'

DE LAS lDEAS FRANCESAS

~i3

nes y de todos los siglos, que Dios es tan necesario como la libertad al pueblo francés, y
plantemos el signo augusto de la Cruz sobre
la cima de todos los departamentos".
Mas si la cruz la propia España la tenía ya
plantada por doquiera, no pasaba lo mismo
con los libros de origen extranjero, que se adquirían por contrabando, y sólo se leían a
hurtadillas, hasta que con la fundación de
aquella biblioteca se popularizaron en el Uruguay actul:1.1 las obras francesas de naturalistas como Buffon y Tournefort o de químicos
como Chaptal, Macquer y Fourcroy que fuera diputado de Paris a la Convención de 1792.
Hoy nadie discute la real y eficaz influencia
de las ideas revolucionarias francesas en la
guerra por la emancipación de Hispanoamérica, así sobre doctos como los ya citados,
como sobre otros indoctos, dignos compañeros de aquellos negros esclavos de Coro que
se lanzaron a la revuelta para libertarse,
después de haber oído, de boca de sus amos,
describir, con riqueza de detalles, la toma de
la Bastilla, el fusilamiento de Luis XVI y las
escenas del..Comité de Salud Públic:1 y de la
Convención. En lo que suelen diferir las opiniones es en la manera de apreciar dicha influencia, que algunos espíritus conservadores
creen más bien perniciosa.
Desaparecerá la discrepancia si se la juzga
por los efectos que aquélla produjo sobre los

�274

OOLEOOIÓN ABIEL

más grandes capitanes del Continente: Bolívar y San Martin.
Las nociones generales filosófico-politicas
que los citados autores dieron al genial Bolívar-quién llegó a ser profeta en su tierra-no
cabe suponer hayan sido perniciosas a su causa como no lo fueron las sabias teorías aprendidas por San Martín en los libros de Guibert.
Huelga ponerse a investigar si todos los
que en Hispanoamérica se inspiraron en los
principios de la Revolución Francesa se mantuvieron consecuentes con ellos hasta el fin
de su vida politica. Debe, en cambio, dejarse
constancia de que las doctrinas revolucionarias de 1789 fueron uno de los factores prin•
cipales de aquel movimiento insurrecciona!
que, sin una preparación previa y sin comunes ligaduras, se propagó por todo un Continente; en el que se produjeron para una
misma época convulsiones semejantes en distintos centros, al igual de esas flores bellas
que parecen dispersas, en un mismo amanecer,
luciendo colores idénticos y formas homogéneas porque son producto de igual polen
salido de una sola antera en una tarde propicia a la fecundación a la distanci\.
HUGO D. BARBAGELATA
Parfs, 1916.

(la Nota. Buenos Aires.)

[a perfecta alegría

LAS

Florecitas del buen San Francisco, en
una tarde inolvidable, vertieron en micorazón su aroma le collados vírgenes. Por gracia
del aroma, aquella tarde pasó alada, hacia la
muerte, sin la más~leve pesadumbre.
La crónica del pobrecillo de Asís y de su Orden es, en verdad, como un continuo florecer.
Aquí oímos palabras del Santo, sabias y simples,
tal pedrezuela_s que despreció el palurdo y que
eran diamantes caído~ en el camino; un lobo se
reconcilia con los hombres; los pájaros hacen
silencio de oración y vuelan, a una palmada del
Santo, signando una cruz en los aires, bajo el
azul vibrant~. Donde caen las gotas de su sangre, el Santo recoge rosas!
Y todo se sucede en paisajes de Italia: en aldeas blancas: entre pinares oscuros, a la orilla
de los arroyos purísimos ...

•
Pero de entre la crónica, ligera y sonriente, que
guarda la gracia cautivadora del paisaje, surgió

algo más vivo,-claridad de claridades,-cotno

�276

OOLEOOIÓN A.RIEL

otro milagro franciscano, a llenarnos el espírit
de emoción.
Según San Francisco y la crónica de su ÜI"
den, la perfecta alegría, no era otra cosa que 1
suprema humildad. Y mi emoción más profun
da estaba en reconocer, mezclándola con la má
cruel amargura, por nuestra vida y por las cosa
presentes, una estupenda verdad en la homilí
franciscana; verdad que, siendo única, pareci
llegar tarde y apenas remover en el corazón
apretado en púrpura de vanidades, una esperan
za vergonzante de antaño y, sin saberlo, puest
en suplicio: doncella olvidada en el fondo de u
na cárcel obscura, cuyo suplicio pedía ahora
arrastraba el llanto a los.ojos!
A un lado la forma militante q,ue la bumilda
toma entre las filas de la Orden, en guerra co
los enemigos y falsos devotos del buen Jesús, 1
cuales infestaban el mundo; y aparte tambié
-porque no era para nosotros y nuestro tiempo
-el carácter de renunciación religiosa que con
fundía a cada paso la humildad con la pobre
por la pobreza misma, algo de la eterna
pura humildad tocó aquella tarde mí espfrit
como a la puerta de una iniciación ...
En el libro cerrado, pero sin marchitarse nun
ca, porque eran ~rendas de amor et_erno, qu
daron las florecitas del buen Francisco dan
en silencio su aroma de collados vírgenes,

LA PERFECTA ALEGRÍA

277

nto se alzaba sobre mi espíritu, con dulce imrativo, la lección inaplazable:¡ Ser humilde!
Sobre la. tierra oscura, el Angelus levantaba
enorme basílica de la tarde. El día era, al ca• , un fulgor colorido, lejaqo, en los vitrales góticos del crepúsculo.

*

l Ser humilde!¡ Serlo a nuestro modo y confore a cada naturaleza !
Comenzaría por aceptarme a mí mismo, con
~queñez y flaquezas; sin punto de confusión las
'°88~, el am?r y el dolor serían entonces pura y
nc1lla realidad, y el traidorzuelo o el hipócrita
~ ar~a_straría ~ mis ojos ingenuos con ingenua
d1c1ón de sierpe, cumpliendo con su natueza.
Por~ue la humildad enseña a serpuro-quie.
decirse, conforme a sí mismo-y a ver la pu:ra de las cosas, en el agua o el fuego!
~ntre los otros y yo, no habría más ocasión a
o Y confusiones, porque ahora, por sobre los
hondos prejuicios, había un modo de ver
ue lo refería todo a la más pura y sencilla reaad, de donde, como de la materia el perfume,
. conceptos se redimían, en definitiva, mís-

lioos....
*
Tal suerte de ingenuidad, serena y olímpica,
mo nacida en la Hélade, sacudía de sí toda a-

�278

OOL'ICCIÓN AB.IBL

dulación para el poderoso,-aun para aquél co
quien los otros se perdonasen la vida ; y, de con
tinuo, se interrogaba en siletié:io a qué hacerse
perdonar también, de falsos maestros, las pala
bras y las acciones. Para el amor y el dolor no
había amos ni maestros posibles!
Los seres y las cosas amanecían ahora com
nuevos y aun conforme al primer amanecer de 1
vida y así, por virtud de una emoción prístina.
de enamorado o de niño, acaso gozara Jll divino
placer de nombrar los seres y las cosas por la
primera vez, en un éxtasis paradisiaco: el ár
que da sombra; la rosa apenas nacida y ya· muerta; el pájaro que voló sobre el gajo más alto y
da un trino, o fué nota amarilla o muy roja en e
aire diáfano y tembloroso.
Porque la humildad enseñaba, conjuntamente con ser púro-a imagen del agua o del fu
go-a ser libre!

*

Si amaneda en torno infortunio y pobrezas, el
amanecer no sería menos un milagro. La choz
del ol vitlo, por real, buena; el alero de desamparo
alegre. El paisaje alejaba por todas partes deso
lariones: el valle árido, las colinas rojas y abrup
tas; pero un zagal tañía, a lo lejos, su flauta pri
mitiva y, en una rama seca, saludando las cosa
• del amanecer, un pájaro cantaba. Todo era bue
no y alegre.

JtB.P&amp;CT.&amp;. ALJtGBf.&amp;.

279

Al zagal y al pájaro, su hermano menor, les
bastaba, por ser humildes, con reconocer su liber•
tad, para darla sin esfuerzo y con devoto regocijo,
en aquel grado supremo de libertad, que es la
expresión.
Porque la humildad enseñaba, juntamente
con ser puro y libre a ser artista, al modo fra.
terna/ del muchacho y del pájaro!

*
Y más luego y por último, en toda grandeza
discurría, de un principio o a poco, según debía
verse desde limpidísima certidumbre, un raudal
de humildad, a la medida que, de propio y sencillo móvil, la grandeza se diera punto por punto
en sf misma, sin afectación ni timidez. El místico,
el poeta, o el héroe al igual del águila, el árbol o
el río, que sin afectación ni timidez, dan de un
todo en el vuelo, la majestad o la corriente.
De donde, por inversión de los términos, todo
lo lento que se quiera, pero perspicua y serenamente, la humildad enseña también a sergrande, aun en cuanto a proporciones humanas se
comparase. Y en el espíritu y la naturaleza tan
grande venía a ser, según la humildad, el insecto
como el águila, y n6 le era menester, perdonarse
de ésta porque volase de las cumbres cerniéndose al medio día sobre el césped!

•

�280

OOLEOOIÓN ARtEL

La lección de Francisco llenaba el mundo, Y
era apenasel balido de una ovejuela! Pero su ver•
dad, por todas partes impresa, sólo en los corazones , sería vida y sendero ....
Sobre la tierra obscura se cerraron, tachonadas
de estrellas, las puertas de zafir de la noche de
primavera. Para quien se abriesen, como azul y
do rado misterio, la palabra del Santo sería viva
realidad del corazón I Porq ue¿ qué era fa perfecta alegría, sino la gracia que vive esparcida en
las cosas y los seres y que en el laude del pobrecillo de Asís se r ecoge oriente en la perla, sin dejar de ser pura y libre?
Para algún corazón de poeta, cada estrella seria una florecita franciscan a , y fuera el testimonio poético de que, realmente, sobre los obscuros
caminos, un día floreciera aquella, la perfecta
alegría, perfumando el mundo....
OSCAR LINARES.

Simi~nt~ dt agonías
, No debemos prrg1111/amos si los que lloran tienen, 111oti1..10 para ello o 110 lo tienen. sino sencillamente qué podemos /iacer para que no lloren.
M. MAETERL/NG.

Dolor de la miseria, dolor de las mezq uinas
alarmas terrenales, dolor de las pequeñas
angustias de la vida, ¡ cu án so rda mente minas
las existencias p álidas que trágico domeña s !
No hier es co n la saña de indómitas pasiones,
pero en sigilo el ánima t orturas lentamente,
y la fugaz, la frágil paz de los corazones
con el presagio inq uietas de una ansiedacl cr ecient e.

Valencia, junio de 1916
(La Revirta. Caracas.)

l\Iás ínt imo, más t riste, más cauto, más sombrío
que el drama de la muerte y el drama del ha stío,
del alma que emponzoñas t e ocultas en el fondo;
Y si un esquivo rayo de compasión te alcanza,
te escudas con tu estoico fracaso de esper anza,
tor vo dolor sin lágrimas, tan mísero y tan hondo !
Dolor el m ás amargo de n uestra a marga vida,
dolor de la m iseria , solo dolor sin ga.usa,

�282

SIMIENTE DE AGONÍAS

COLECCIÓN ARIEL

I

muriendo eternamente por una nueva herida
y eternamente inquieto por una nueva causa.
Dolor que sigilosb te envuelves en la sombra
de tu girón de harapos para celar tus huellas,
fa la esquivez altiva que tu pudor asombra
devuelves un difuso relampaguear de estrellas;
Dolor de la miseria, dolor de la amargura
de carecer de todo, ¡ de todo !, en la insegura
senda del fugitivo tránsito hacia la muerte;
Dolorqueenlas tortuosas revueltas del camino
la tregua de un instante demandas al destino
para cegar los ojos de la contraria suerte;
Nada tu melancólico ensaflamiento iguala,
dolor de inconmovibles, de acerbas persistencias,
tan plenq de congojas, que tiemblas bajo el ala
de la piedad que acorre tus mudas impotencias

283

Dolor clemente y pródigo, que desolado gimes
del corazón las ansias y heroico te redimes
para otros corazones soñando el bien perdido.
Dolor de la miseria, dolor de las silentes
concentraciones íntimas de un tímido aislamiento,
dolor de las amargas derrotas inconscientes·,
trémulo y angustiado dolor del desaliento.
Germen de taciturnas t ~ndencias agresivas,
y claudicantes ansias propicias a la entrega,
de humíllaciones trágicas en el desastre altivas
y de altiveces frágiles transidas en la brega.
Dolor de la miseria,.simiente de terrores,
simiente de agonías sin quejas, sin cl~mores
que turben el opaco silencio de tu abismo; .
Triste dolor perenne, tan sordo, tan callado,
que de tus propios ayes te alejas desolado
y para no sentirte te embriagas de tí mismo._

Y nada la tristeza dramática domina
ni la zozobra amengua de tu escondido llanto;
si la misericordia tus heces ilumina
su lumbre diafaniza recóndito el espanto.

¿Zozobra?¿ desaliento?¿ terror? ¿ inelancolía?
¿ locura de abismarte?¿ tristeza de rendirte?
Cada un dolo;, y todos, presagian la agonía
con que solloza el alma la angustia de sentirte.

La exaltación y el crimen son llamas del momomento.
y t~, fatal, perduras, dolor del sufrimiento
de la humillante lástima y el desdeñoso olvido ....

Burlado eternamente por el azar, recelas
de todo aventurero y alucinante empeño,
y para no engañarte con la esperanza, vuelas
muy lejos de la dulce promesa del ensueño.

•

�284

COLECCIÓN ARIEL

La dicha, la quimera de dicha que sostiene
las ansias del terreno peregrinar, no tiene
para tus lobregueces un compasivo halago;
Dolor de ver la vida pasar, sin que deslumbre
un resplandor de aurora fugaz tu pesadumbre,
ni aclare una sonrisa tu deambular aciago.
A veces turba el vasto silencio en que clausuras
• la espíritual tragedia de tus meditaciones,
un tormentoso oleaje cotno de crispaturas
y un ulular siniestro como de imprecaciones.

SUIIÉNTE l&gt;E AGONÍAS

285

Si piérdese en la sombra y extínguese en el
viento
de tus lamentaciones el plañidero grito,
con tus lamentaciones forja un remordimiento.
como la culpa, ingente, y como tú, infinito.
No temas nuevos golpes ni más adversidades;
nada hay sobre las vastas, las negras tempestades
que el pávido ll\Ísterio de tu recinto asordan.

Y sé, para la vida falaz que te rechaza,
un treno, una quimera, un eco, una amenaza
de todas las miserias que tu caudal desbordan.

Dialogas con la vida, de arrestos que fracasan,
de empeños que se rinden y fuerzas que se agotan,
y entre la vida estéril y tus demandas, pasan
nuevas infaustas horas que tu afanar derrotan.

El alba, la esperanza, la dicha en flor, aleves
esquivan la infinita desolación terrena ......
tú solo, como Cristo, te exaltas y conmueves
con la inextinta lágrima de la amargura ajena.

Con el vigor indómito del tormentoso oleaje,
del ulular siniestro con el gemir salvaje
ampara y fortifica tu míseria flaqueza ....

y has exprimido en todos los odres el veneno

Y así, en el gran silencio donde hosco te encastillas,
si una obsesión de abismos te dobla las rodillas,
que una visión de cimas te yerga la cabeza.
La súplica, la instancia, la persuación, no llegan
jamás a la inconciencia con que la suerte escuda
la sórdida avaricia, ni adoloridas ruegan
sin que al dolor que evocan otro dolor acuda.
o

Tú solo, que has sabido de todos los azares
del vino de la vida, los llantos seculares
compartes, sollozando con el dolor ajeno.
Tú solo, del milagro· de consolar al triste
la comunión conoces, que sólo tú sufriste
con elclamordeangustiaqueotramiseriaarranca,

Y sabes, en tu e1_1sueño de comunión propicio,
que emerge del celeste y heroico sacrificio
toda radiante el alma serenamente blanca.
FEDERICO UHRBACH.

�EL CULTO DE LA MADRE

61 culto de la madre
CONFERENCIA LEÍDA POR EL DOCTOR ALBER1'INO NINFRÍAS EN EL SALÓN DE LA. "ASOCIACIÓN CRISTfAN.A.

DE JÓVENES", EL VIERNES 12 DE MAYO 191G.
Ex-tolo carde.

e

hombre de letras, como el pintor y el
escultor, tres seres qt1e buscan interpretar a la naturaleza al trav6s de sus almas,
amantes de la belleza, recogen en el camino
sus mejores inspiraciones. El tema de esta r_eunión, de un alto significado moral, me ha s1d?
dado como una visión, al atravesijr un~ bulliciosa vía de nuestra metrópoli. En el frente de
una gran vidriera había un cuadrito encantador fresco y saludable corno las brisas de la
mafiana sobre las campiñas verdes y odorantes. Representaba un claro de frondoso bosque
y ocupando el_ plano principal veíase a una madre, esposa sm duda de alguno de los guardianes deL religioso asilo de la naturaleza; vestía humildes ropas, y su cabello, algo desgreñado evidenciaba a lo lejos, a la mujer hacendosa' del hogar. Pero su sacro gesto hací!'olvidar todo ello para concentrarse en ~u divina maternidad. Levantaba de un carnto de
manos a su hijito de las entrañas, a la supreL

287

ma ilusión y lnz de sus monótonos días
El artista en color~s, cuyo nombre ignoro,
supo lo que era el cariño de una madre su abnegación, su dulzura y aun más; el h~cho de
escoger el artista como ambiente de sn expresión artística un bosque, prueba cuan hondo
era su pensar. En efecto, ¿qué palabra lleva
en_ s! u~ concepto más profundo y está, si quer~ts, mas cerca de Ja idea de Dios, si no es pre•
· c1sameute el vocablo naturaleza? En todos
los idiomas veis acoplado ese término al de
madre. Madre naturaleza, dicen los filósofos
los artistas y los físicos.
'
La madre es, a todas luces, lo que está más
cerca al impulso admirable e insomne que
muestra todas las fuerzas en nuestro derredor. Ella está en una comun~ón más intima
con la esencia del mundo; ella penetra con
mayor facilidad lo invisible, taller maravilloso de toda la vida y de todas las vidas. ¡Qué
clara es la visión espiritual de la mente mat~rna! Posee u_na_ intuición sorprendente; pres1ente la prox1rn1dad de los acontecimientos·
adivina de una manera precisa el carácter d;
las personas con quienes sus seres más queri~
dos entran en relación.
¡Con qué tacto la madre refiere al hijo todo
aq~ello que le puede perjudicar, que le puede
herir y con cuanta energía le alienta!
Las acciones mejores de los hombres son las
r~alizaciones de la idea de una madre. Ella
vtó, el vástago ejecutó.

�EL CULTO DE LA MADRE

288

289

COLEOCIÓN AR1!1,

Cuánto hermoso cuadro se levanta ante mí,
de esas escenas de la invencible amistad de la
madre con su hijo. La madre ha rodendo tiernamente el cuello del hijo y así enlozada, su
mirada en la de él, le habla con convicción firme y profética de las cosas de su porvenir.
El hijo ha ingresado triste, en los brazos de
la autora de sus días, sale contento y esperanzado. Preguntada un día, la nobilísima
Cornelia, aquella matrona de la Roma consular, por una amiga que la visitaba: "¿dónde
están tus joyas?" contestóle aquélla, atrayendo hacia sí a sus dos hijos: "llelas aquí".
Y esos dos jovencitos fueron más tarde los
más grandes tribunos del pueblo Romano.
No podía ser de otro modo. Detrás de todo
gran hombre, hay una gran madre, y el caso
no es una excepción, aunque tratéis de hombres tan opuestos como ser Goethe o Napoleón. hluy poco, en comparación de las madres 1 oís hablar de los padres, en las memorias de estos dos héroes del pensamiento y de
la acción. Lo mejor y más divino de sí mismo,
lo atribuye el autor del Fausto, al alma de
alta distinción espiritual de su madre. Ella
t.ra, fuera de toda duda, la clase ue madre que
esperamos para un poeta genial. ''Fué", dice
uno de los mejores biógrafos del escritor,''una
de las personalidades más gentiles de la literatura A.lemana, y la que se ha hecho un lugar
prominente entre ellas." Fué de naturalez~
sencilla, dotada de un gran contento de ánt-

mo y un corazón afectuoso que se hacía querer de cuantos la trataban. Para resumir en
po~a.s palabra~ tanta grandeza, diré fué "la
delicia de los mños, la predilecta de los poetas
y de los príncipes".
Refiérese que después de entrevistarse con
ella un culto espíritu, exclamó: "Ahora comprendo cómo el gran poeta baya podido llegar_ a ser el hombre que es".
. Ningún cumplimiento más hermoso ni más '
Justo para su memoria.
En unos versos autobiográficos, el artista
declara: ..
.
"'Von Mlitterchen die Frobnatur
Die Lust zu fabuliren."
'
"De mam:l me viene mi. disposición a la alegria
y el amor de narrar cuentos,"

Cuando el vencedor de Austerlitz es coronaen Nuestra Senora de. Pans, _su primer preocupación es que
prese~cie la_ sin par ceremonia de hierática
mag01~cenc1a, la anciana madre.
¿Quién p_odría apreciar mejor que ella la carrera -:ertiginosa del hijo? Napoleón era sim- '
p}e ~~m~nte c~ando el saqueo de "las Tullenas ; diez y siete años más tarde, amo de la
,Europa.
. Las dos figu(as más patéticas de la histo. na, son los dos hijos de Eduardo IV, Rey de
Inglaterra. Muerto el popular Monarca en la
~or de su edad, dejó tras sí a hijos demasiado
Jóvenes para las responsabilidades del caso.

~º emperad&lt;?r de los. franceses,

�290

COLEOOIÓN ARIEL
EL CULTO DE LA MADRE

Puesta la regencia del Reino en man&lt;?s. del
tío, el Duque de Gloucester, éste ambicios?
monstruo buscó deshacerse de sus ,do.s sobn•
nos. Sabía harto bien, el astuto pnncipe, que
mientras permanecieran los adolescentes al
lado de su madre, ella sería para ellos su más
segura defensa.
.
.
.
El primer paso hacia el cnmen que meditaba el regente, en el fondo tenebro~o de su conciencia, fué separarlos de la re~n~. Hay un
cuadro que comenta este acontecimiento y es
de los más tristemente conmovedores que se
han concebido. La acción tiene lugar en ~estminster Hall, soberbio salón de grandiosas
proporciones. A un. lado, !emos a la augusta
madre en una trág1ca actitud de ~~sesperanza y asida fuertemente de sus dos htJOS cuyas
faces baña con lágrimas de sangre. E.sa noble
señora sabía que se despedía 1¡&gt;ar:i,. siempre, Y
el que hoy estudia el hecho histortco y sabe
como terminó, participa de ese dolor, ante el
cual todos ellos se desvanecen como la noche
al abrirse el dia.
¡Pobre madre!
Si tiene capacidad para la dicha más alta,
también el dolor arremete contra ella sus más
furiosos atagues.
Rodin, el Miguel Angel de los modero.os
tiempos, ha esculpido una cabeza de muJer
que obsesiona en verdad.
Le ha llamado el dolor. Solo es menester
darle una rápida ojeada para saber de qué

291

dolor se trata: la horrible e indescriptible angustia de una madre ante la desaparición de
su hijo amado.
Cuando era pequeñuelo, presencié un suceso
semejante; jamás se borrará de mi ser, mientras viva. Hubo de arrancarse por fuerza a la
madre del lecho donde yacía un cuerpecito
frío; sus sollozos sumían en la pena más
acerba.
En una de las grandes novelas del siglo "El
Sendero de Dios" por Bjornson, hay una des.
cripción de este· asunto altamente sentida.
Han operado a un niño muy próximo a la
muerte, y la madre, sugestionada por su angustia, va a ver si vive aún. Se ha escapado a
la severa vigilancia que ejercía la familia sobre su descanso. Dice el novelista: "No dijo el
niño una palabra, ni movió parte alguna de
su cuerpo por temor de volver a sentir el dolor de antaño; y a ella parecíale como que su
espíritu volaría del sitio si se movía y si ella
le tocaba o enunciase palabra alguna. Pensaba que su respiración aun pudiese ser demasiado fuerte, buscó hacerla casi imperceptible,
ni movía manos ni cabeza; en esta quietud serena parecíales estar bajo la sombra de alas
de ángeles. Era un momento parecido a aquel
en que le había dado el ser, al oir los primeros
rumores de la voz viviente. Y ahora la vida
volvía por segunda vez con respirar temblo. roso. Los ojos. del hijo eran como luz en la
nieve. No se cansaba ella de su fresca lumino-

�292

OOLEOIÓN ARlEL

sidad; flotaban en los suyos; anhelaba ella que
esta situación no terminase nunca.
"Mas el muchacho fué vencido por el poder
de sus ojos y se entregó al sentimiento de s.eguridad que le inspiraba su presencia. Volvió
a entornar los ojos, abrióles de nuevo una o
dos veces ... Sí, ella estaba allí, y en ese pensamiento durmióse".
¡Qué derroche de muda ternura se experimenta al leer ese trozo! ¡Cómo llega el escritor
al fondo eterno de la madre todo amasado de
intuición y el más fino de los amores! A todo
hogar penetran en su danza loca, las horas
tristes, las horas amargas, las horas en que
un confuso destino parece anonadarnos. El
mundo en este momento está sembrado de
esas horas fatales. Sobre ningún ser hace
mayores estragos la guerra actual que sobre
las pobres madres. La Conflagración presente
de los pueblos, es la tragedia de las madres.
Pero, con qué entereza se han hecho a esta situación sin precedentes en la historia de la
raza. ¡Madres maravillosas! las ha calificado
un periodista.
Se ha recogido una carta, cuidadosamente
guardada contra el pecho de un oficial ruso,
muerto en el campo de batalla. Era de sumadre. He aquí algunas frases de ese ajemplar
documento:
"Tu padre murió luchando muy lejos nuestro. Ten presente que tú eres el hijo de un héroe. Mi corazón rebosa de pena y llora al pe-

•

EL CULTO DE LA JIIADRE

293

d_irte seas digno de él... No wivimos para
siempre en este mundo. ¿Qué cosa es nuestra
vida? Una gota, acaso, en el océano de la
Hermosa Rusia.
..
" ...Cuando seas enviado a realizar alguna
gran acción, no te acuerdes de mis lágrimas
sino tan sólo de mis bendiciones. ¡Que Dios
te guarde, amado hijo mío! Por todos lados
se dice que el enemigo es cruel y sal\raje. No te
dejes guiar por la venganza ciega. No levantes tu mano sobre una cabeza caída; sé misericordioso hacia aquellos cuya suerte sea el
caer prisioneros tuyos ... "
. El amor de madre es sublime, heroico, grandilocuente; desdeña fijarse en lo bajo, lo egois-,
ta, y despliega la belleza de sus anchas alas
en toda ocasión solemne. Vive v muere en la
belleza. No vacila, hace; tiene Ía grandeza de
las antiguas leyendas. Ese amor está hecho
de la pasta de los héroes, cuando se trata del
hijo.
El hogar es quien da carácter a un país. A
pesar de cuanto se me dijese otrora, siempre
tuve fe profunda en la salud moral del pueblo
francés. La base de mi creencia estaba en la
insuperable terneza de la madre en Francia,
su inteligencia, su espíritu previsor, su alegría
y energía del vivir.
¿Quién no se inclina hoy ante esta nación,espléndida en su heroísmo y en su resistencia?
Recuerdo haber leído un episodio de la guerra queme quedó muy grabado. Se trataba de

�294

OOLECCIÓN ARJEL

una madre que no solo había perdido a su esposo, sinó también a sus dos hijos. En el
momento de comenzar el relato de su caso,
estaba de pié, al lado de la cama de su tercer
hijo. A este acababa de serl~ ampu~ada ~na
pierna. La lámpara de la vida del Joven tb~
extinguiéndose poco a poco.
Al día siguiente, la infeliz madre tuvo el
valor de ir a despedirse y agradecer a la enfermera por las atenciones que había recibido
su hijo en sus últimos momentos: C:on frases
hondas tributó su eterno agradec1m1ento, luego dirio-ióse completamente enlutada, con paso dig~o a la puerta de salida, por entre una
doble fil¡ de camas; al llegar al dintel, volvió
la cabeza en dirección a la cama vacía de aquel que hasta ayer había sido su postrer
esperanza.
U no de los más valerosos generales de Francia, en la expedición a la península de Galipolí el General Goura.ud fué por dos veces tan
~al herido que tuvo que cortársele el brazo
derecho.
Al regresar a París, buscó ocultar su pérdida a su querida madre, pero al abrazarle se
dió cuenta de lo sucedido y retrocedió horrorizada. Se echó a llorar sin consuelo. Gouraud la tomó cariñosamente con el brazo
restante y le dijo: "¿Por qué lloras?-no te
alegras de verme?" y de esa suerte a~ogó su
llanto y borró con un beso sus lágrimas de
dolor sincero.

EL OULTO DE LA !,[A])RE

295

En todas las circunstancias de la vida este
culto a la madre es un freno a los malos impulsos; es un salvaguarda contra las desilusiones del vivir.
Jamás se perderá por entero el que siente
fuertemente este afecto y aunque se halle en
el abismo del pecado o en los tormentos de
una pésina situación, podrá por sobre toda
aflicción, elevar a Dios su alma, porque ha
amado a su madre.
Con cuanto entusiasmo entonces recordamos esos versos de Rudyard Kipling, que cometiendo quizás una profanación poética,
buscaré traducir aquí:
Si se me ahorcase sobre el pico más alto,
Madre mfa, madre mía
Y o sé quien seguiría mis pasos,
Madre mfa, madre mía.
Si me ahogare en la mar más profunda
Madre mía, madre mía
Yo sé las lágrimas de quien vendrían hacia mí,
Madre mía, madre mía.
Si yo fuera condenado en cuerpo y alma,
Madre mía, madre mía
Yo sé qué oraciones me rescatarían,
Madre mfa, madre mía.

�296

-

COLECCIÓN A.RIEL

A este poema solo le encuentro dos cosas
comparables en el dominio de las artes: "el
Dolor" de Augusto Rodín y ''la Pietá" de Miguel Angel.
Me parece verla, a esta última, la efigie simbólica de todo dolor: es la madre del Cristo
que murió por salvar a infinitas generaciones
de hombres. ¿A quó pena puede compararse
la suya?-¿No era su hijo el más irreprochable y bien intencionado de los hom bres?-¿No
hería su frente sin mácula un rayo inextinguible de bondad y de amor? No solo llora a su
hijo, sol)oza por la humanidad entera que ha
sacrificado en él, su dicha, su quietud, su a•
gradecimiento. Para haceros concebir cuan
grande es este tesoro del amor maternal, os
he hablado de su aspecto triste y doloroso.
A.sí lo exigen los tiempos que corren, pero lo
ha sido también por aquello de que nunca es
tan grande nuestro afecto hacia alguna cosa como cuando la perdemos.
Cerremos esta parte con la reminiscencia,
entre todas trágicas del Antiguo Testamento,
de aquella madre cuyos siete hijos fueron colgados para servir de pasto a las fieras y a los
pájaros del aire. Un escalofrio de horror hiela la sangre de nuestras venas, cuando sabemos a la infortunada madre en continuo ace•
cho para ahuyentar del lugar del suplicio a
toda persona que pudiera dañar a esos cuerpos mutilados. Con su constancia logra dar
tranquila sepultura a todos ellos.

EL CULTO DE LA MADRE

297

Sin embargo cuánto recuerdo nos evoca la
madre a pesar de todos estos horrores descriptos.
Escuchad éste de las románticas regiones
de Escocia, fuerte y bella tíerra de grandes
corazones. Espera su turno un jovenzuelo para hablar con el coronel. Ha estado haciendo ejercicios de recluta desde algunos meses.
-"Qué puedo hacer por tí?" le pregunta el
paternal jefe.
-''Yo deseo marcharme a casa", responde
el tímido muchacho.
-"Y por qué?" contéstale tan solo.
-"Yo no vine a9uí para hacer ejercicios;"
y agrega con énfasis, "yo me enganché para
pelear".
·
Era este el hijo único de una viuda . pero
~lla consintió con buena voluntad en dejarle
tr al frente. El fundamento del edificio social
está en el corazón de la madre. De ahí manarán las virtudes y prosperidades de la patria.
Si ella dedica su vida a un fin; si ena vive de
una existencia superior para que los que la
sigan vivan mejor, si ella subordina su mentalidad perseverante y conservadora a la satisfacción de un noble porvenir para sus hijos:
entonces nada puede derribar las fuerzas de
su puro amor.
Ella es quien vence o sucumbe en la batalla
moral de los pueblos.
¿Qué hay en el fondo de ese culto a María
tan lleno de ingenuidad, de frescor de corazó~

•

•

�298

COL'IOCIÓN ARI'IL

y de los generosos impulsos de la juventud,
si no es un tributo a la maternidad? En In. glaterra especialmente, dedicábase a la madre
de Jesús, el mes de Mayo, el más hermoso y
florido del año. Asociábasela conmemoración
al retorno de la vida de las plantas. Iban los
innumerables festejos y servicios religiosos
como envueltos en las sutiles aromas de los
azahares y madreselvas. ¡Cuanto significaba
expresar su ser en la alegría del más cándido
y pristino de los amores, tenía cabida en el
poético mes de Mayo!
María, la virgen María, la dilecta del Señor,
la princesa de Davídiéa estirpe, reunía en su
persona a todos los afectos individuales para
constituirse en el arquetipo de todas las madres.
Y aún hoy día, en estos tiempos de menos
poesía, pero si de más tragedia, en cuántos
pechos no arde todavía esa pasión sagrada.
Los campos, la montañ.a, el mar, siempre fueron los últimos asilos de la naturalidad en el
hombre.
Romain Rolland ha escrito una obra que
viene a ser para nuestro siglo, lo que fueron
''Los Miserables" para las letras del pasado.
Su héroe es un hombre de genio y como tal
un martir a su manera. Como toda alma
grande, Cristóbal no cuida de las convenciones sociales. En perpetuo choque contra individuos mezquinos y faltos de comprensión,

EL CULTO DE LA lllADR.11:

290

obligado Kraft, a huir de su patria enada al culto de la fuerza bruta
No .ha tenido el coraje de comu~icar su reJuc160 al ser que más quiere, y anda perple• como ocult~rle su propósito. ' Mas lo ioetable llega siempre.
Es un _Domingo lleno de sol. La tarde está
r declinar suavemente. Madre e hijo han
ta~o conversando de manera afectuosa. Ha
h1do de ref?Cote un~ pausa en el coloquio
la ~obre Luisa, rendida de caosaocio, hase
rm1do ~on el grao libro de todo hogar cris•
o, ab1ei:to sobre sus rodillas. Unos pálirayos 01mbao su fisonomía' estóica y regnada.
Está tranquila, estd serena.
·
¿N.? est~ cerca de su hijo amado?
Ast la v1ó por .~!tima v~z el hijo genial, y de
suert~ tambteo o.s deJo, amigos míos, con
evocac16n de una imagen parecida, imagen
fuerza y de reposo, de amor y ternura por
uella que es única en la vida de todo ser.
ALBERTO NIN FRIAS

•

�t&gt;a. OIBOilO BJBLtOO

-

1

Dtl ctrcado bíblico
Vosotros, pues, pondrélspoesfaen
tro trabajo; y sólo as! recibiréis nna Yida

cbosa•en pago de vuestros esfuerzos.- E
GoNZALEZ BUNCO. Jmú tú Ntu/ll'dA.

,

-

-Lahrador, labrador, tu lucha es vana,
estéril es tu ajdn: verds mañana
que se cubren de abrojo~
/,os surcos que regaron
•
el agua de tus ojos
· y el límpido relente
.
que la fatiga salpicó en tu frente.
Y a no amards la tierra
que la semilla encierra¡
tu heredad desolada
serd de los reptiles la morada.
Con la simiente riega poesía,
si anhelas que lozana
la mies resurja de la madre pía·
al lucífero albor de la mañana . ...
- Herrero, noble herrero
de fuerzas giganteas

en el yunque golpeas
duro bloque de encendido acero
templarás tu fragua
'
vertida en- infierno
vivirds en un martirio eterno
rJJios y sin amor, sin pan, sin agua.
rJ'ara que la existencia te sonría
t11s. ensueños el dolor no trunque1 •
compás del martillo poesía
arce en dulce calma
ndo forjes el hierro sobre el yunque . . . •
orque el son del martillo es armonía
ra aprender la mús_ica del alma!
- Maestro, las lecciones
dictas en el aula
los incautos niños
ulliciosos gorriones
idos en la jaulariles serán como la. avena
arrojó el labrador sobre la arena
quieres que el fastidio
·
la esc~la no espante la alegria
convierta en lóbrego presidio
rama poesía
'

I

�302

OOUOOIÓN AllllL

en la lección, y el niño
marchará con cariño
como dócil cordero
por el arduo sendero
de la sabiduría . • • •
.
.A si, hablaba Jesús de,,,Galilea
d ·1
r
el bar¡Jo murmuró: j'.oen i o sea. -

J

MANUEL MARIA MUNOZ
(Colombiano)
Bolivia) enero de 1916.
La Paz (
'
CW1f, Pú/Jliea de Colombia. Bogotá.
(De la Revista tú la /nslnl&amp;

Un butn ~UtSO

N

O, no; el Amor es bueno y nunca desampara
a sus pacientes. Qye mi dulce amiga la historia de Inés y Florencia, para que te convenzas
de tan importante verdad.
Inés y FJorencio, ambos nacidos y criados en la
opulenta finca donde servían, eran dos gallardos
muchachos que se adoraban desde la niñez. Hast a aquí todo va bien, y aun ha de parecerte mejor
si te digo que los chicos se besaban como unos
glotones cuantas veces podían, con el incentivo
de esas brisas campestres que en la primavera
hacen estremecer tan profundamente a los bos.
ques venera bles. Cuanto podían se besaban, y
hadan muy bien, a despech~ de tu aspaviento
convencional; cuanto podían, porque, ¡ ay I no
aiempre les era dado.
La señora, una viuda ya entrada en años, era
muy beata y se escandalizaba al sólo nombre del
Amor, como no fuera éste el divino. No obstante,
sus amigas afirmaban, que en su devoción a San
Antonio, por ejemplo, no todo era desinterés celestial, llegando uno de sus primos, viejo entre

�304,

OOtBOOIÓN ARlEL

santurrón y calavera, a afirmar que Santa Rita
compartía aquella predilección ....
Lo cierto es que había sido devota del buen
santo hallador de novios, desde su más tierna juventud: y tanto, quese rezaba de memoria la novena y los trece martes.
La señora quería mucho a Inés, pero desconfiaba de Florencio, habiendo opinado' ya varias ve.
ces que creía llegado el momento de buscarle empleo en la ciudad. ¡ Cómo abominaba Inés en esos
momentos la palidez que la cubría l
Para ella eran las preferencias y hasta los mimos compatibles con la rigidez aristocrática de la
dama; pero¡ a qué precio! precisamente poresto,
apenas podía hablar con su novio. Cuando no
trabajaba con la vieja ama de llaves, doña Catalina, una flacucha de:rigidez gendarmeril, bordaba junto a la señora en el costurero cuya suntuosidad tenía algo de bazar, mientras aquélla, en
compañía de una hermana solterona quelaacompañaba, consunúa las horas descifrando charadas
y fugas de vocales. Esto formaba su rr.anía y su
vanidad. El resto del ·día lo consagraba a la
oración.•
Sólo en la mesa tenían algún esparcimiento los
muchachos. Después de servir Inés a las señoras,
almorzaban con doña Catalina, en un recogimiento casi terrorífico; pero a veces llamaban de
adentro (generalmente para averiguar alguna fe-

305

UN BUBN QUISO

cha) y el ama acudía.¡ Ah, besos furtivos, caricias
miedosas, dramitas en dos pelliscos ! Era el mo. mento de entregarse las cartas en letra menudísima y sin apartes; el minuto suspirado de decirse tantas cosas yno acertar más que a estrecharse
las manos : fugacidad deliciosa que les alegraba
un día entero como una exhalación de perfume ....
Ahora bien, cierta ocasión de esas, Inés y
Florencio tuvieron un gran disgusto. Aquella negó rotundamente a éste un rulo que la pedía, y
hasta le reprochó que hubiese mezclado aturdidamente el día anterior la leche de los quesos.
Lo primero fué una coqueterfa y lo segundo
merece una explicación.
Inés hacía unos quesos riquísimos que la señora
prefería, motivando esto mil querellas como la
mencionada. Eran de comerse frescos, pero tenían
un término de treinta horas que la chica respetaba con veneración; y por esto aquel reproche
asumió caracteres muy serios para Florencio.
Tres días después, como la coqueta no cediera,
la escribió que se iba a envenenar; y ella, alarma,
da al verle tan triste y para evitar que lo hiciera
durante el almuerzo, le respondió con amoroso
sobresalto:
"Mi rico no fué usté ya sé adorado bien de mi
alma, hoy en la mesa te daré si acaso llaman, y
con esto recibe muchos besos de Inés".
Hizo con_el papelito una cedulilla bien apreta-

�da :, la gaard6 en. el
· a la
oportunidad.
Fabricaba hada rato uno de sus q
1ecberfa, dando el áltimo amasijo a la
cuando sintió pSIOS. ¡ Los ele él r•••• Con
1il1a en la mano, aguardó palpitante, pero
del amado noviecito, apareció dofla Cata
persona.
La oedulilla rodd por entre loe dedos de lalí
sobre~ pasta, que autmanoa oprimieron coa in1,.
tintiva precipitación. Por fortuna no la habla:
visto, y en cuanto se fuera. ...
Pero en vano retardó su obra. La vieja no N
movió de allí, y como empezara a regaAar por la
tardanza, el queso entró en el molde y puó a la
despensa,sin que lainfeliz hubiera podido retirar
de sus entradas el secreto de su amor.
¡ Qué dos días aquellos 1 1 Con qué aPJlliedad
~ntó una y mil veces la puerta de aquella nefa•
ta despensa en procura de una remota casuaU•
dad! ¡Cuántos ingeniosos hurtos concibió! ¡Cuántas promesas hizo a los !l'lntos I Pero dofla Ca•
lina no candaba nunca en falso, y los santos suelen ser tan ocupados....
Por fin una noche, mientras servía a la mesa.
la catástrofe se produjo. El ama trajo, con cierta
prosopopeya de mal augurio, un nuevo queso 4111
la seftora se dispuso a cortar. (Era esto un capricho de golosa, harto honorifico para Inés, bi~ so

de-.) Un baenqu_eac,. 1Serfa eee?... •No
era,porque parecía mú ...,: pero Id debía de
~ . porqtae tenla una depnslóa en el borde....
81 cachUJo entró leota,,,.,t.e.... entró .... en•· DeaprendicSle la tajada.... ¡ Ah, quf 1atia-

l ¡ No era 1 '
~ al cortar

e\ segundo boeado, la ae&amp;&gt;ra no-

lllg:o dtll'O en la pasta, ucarb6 un poco, y el
jltipl maldito apareció.
s,C: ;1',aa.lsae6litoera aquello, que produjo un solem"M ililen6io. La seftora, con una talma fria, más
\el'ril)le que 1aa amenuas de los profetas, deaJlablaba lentamente la ce4u1illa;y en esemomentv Ja eblca, desde el fondo de su anonadamiento,
\alblt.Qe6 al azar, con una voc en que desfallecían

tólloloe~
..-$e me cayó del aeno....

Bl papel acabd de deaenwlYerae.
Y¡ oh t cincuenta veces oportuno "Tyrothrix

íU fptmi1"

y otras tantas sublime "bacterium
.,, "bacillua butyrricui"1 cuantossuculentoe
ínfcn&gt;bios, acedan, SUODan y maduran-esas ma.
-.villat del arte caseoso: toe ácidos de la fermenta:é;i6n hablan decolorado ta anilina, y s61o aparedan vagamente, en un matiz rojizo, palabras
auettu; sin ningwi significado al parecer:
~

Mi i no 111
adorado bien de mi alma,

�COL~OIÓN

AJlmt.

en la mesa
s ca
llama, con sto rec
e os e es
Las cejas de 1a señora se fruncieron ante tan

profanas palabras ....
.... Pero ¿ qué cambio es ese en sus facciones?
¿ Por qué mira abara a Inés con enternecida benevolencia?

Es queacaba de dar con el secreto del involuntario criptógamo y comprende lo temerario de su
sospecha,
En efecto; ¿ no correspondían exactamente
esas palabras a la oración del noveno martes de
San Antonio?
"Mi divino Jesús, único y adorado bien de mi
alma. que en la mesa eucarística os llamáis, con

justo derecho, el pan de los fuertes .... ".
¡Chica ejemplar! Se pasaba copiando oraciones
durante sus asuetos¡ quién lo creyera 1¿ Reprenderla? Nunca; pues ¿a qué mayor gloria podfa
aspirar un queso?

Y desde entonces, bajo la advocación complaciente del beato paduano-mi patrón quetidoqué besos, qué locos besos se dieron los chicos al
almorzar.
LEOPOLDO LUGONES
(BdUWIUS M{nittta.s. Buenos Aires.)

ca stlf rtlianct
La sustancia de la demQcracia es, pues, una
creencia aplomada y entrañable de que los
hombres, cada uno de por sí, tomado aisladamente, alimenta las ralees de su personalidad
en un elemento divino, que cada ciudadano
posee una dignidad espiritual inalienable, la
cual, por dignidad también, hemos de consentir que se manifieste y afirme libremente, en
tanto no veja o acosa la dignidad de un tercero. Pues este sagrado derecho a no admitir
jerarquías espirituales sobre nuestra propia
alma, a sabernos jueces de nuestra conciencia

y árbitros de nuestra conducta, a no aceptar
opiniones ajenas que no hagan eco íntimo y
veraz en el recinto último e inexpugnable de
nuestro sér, todo esto, tan helénico, tan sajón,
tan democrático, es la selfreliance, la confian•
za en sí mismo de que nos habla Emerson. La
confianza en sí mismo nada ti.ene que ver con

la seguridad del triunfo. La confianza en sí
mismo es el cumplimiento del deber, triúnfese
o no se triunfe de primera intención; es la buena voluntad por la causa de la justicia y de
la verdad; es, por consecuencia, la meditativa
consideración de obstáculos y posibilidades
antes de emprender la acción; la cautela, la serenidad, el cálculo, es poner plomo en los pies
en lugar de alas en los homóplatos.
RAMON PEREZ DE AYALA

�REPERTORIO BIBLIOGRAFICO

tos oalorts littrarios

e

'

de esperarse que Azorín diera a uno de
sus libros el título que lleva el último:
Los valores literarios. Excesivo para este volumen de artículos sueltos cuyos temas son a
veces las discusiones (en otro lugar plausibles)sobre los toros o el duelo; más digno de
una obra compacta,el título sintetiza las tendencias de la labor crítica de Azorín.
Su esfuerzo aspira a la formación o a la renovación de las tablas de valores en la literatura española. Representa el sentido literario
de la actual generación, que cree en la necesidad de ir al pasado, pero renovando o &lt;lepuraudo los valores tradicionales.
¿Lleva consigo este esfuerzo las condiciones
de su eficacia? Quizás no todas. La crítica de
Azorín, atada a la volandera forma de artículos periodísticos, ejerce influjo rápido, momentáneo, sobre el público que lee la prensa
de Madrid. Y este influjo, repetido, deja a la
larga un sedimento de criterio renovado en
un corto número de lectores. Temo que no
vaya mucho más lejos. En los inconexos volúmenes de artículos de Azorín, aunque corre
un espíritu, falta la organizaci611, el otro eleRA

REPETTORIO BIBLJOGR.ÁFIOO

311

mento sin el cual no existe el libro, sólo capaz de producir revoluciones ideológicas. El
efecto, aunque no se pierde, se diluye v aminora.. Obsérvese la influencia de Nietzsche, y
qué d1ferentes procesos atraviesan el que le
va leyendo a pedazos, en sus volúmenes de
aforis1:11os, y el que lee desde luego un verdadero libro, como El origen de la tragedia:
conozco más de un caso de revolución intelectual iniciada por esta obra.
Además, la crítica de Azorín es a posteriori.
Aunque toda crítica lo sea, existe una quepara el público se presenta como simultánea
con _la obra juzgada: es la de los prólogos.
Crítica que será molesta en los libros de autores contemporáneos; pero indispensable en
las ediciones de clásicos destinadas a público
numeroso.
El clásico no es libro abierto para el lector
que carece de cultura histórica; y la mejor forma de presentarlo es una interpretación sobria. Como son las de la bibloteca inglesa de
E,;eryman. Como,sin ir muy lejos, la que trae
la novísima edición de La Gala.tea de Cervantes, por Schevill y Bonilla.
Para que las ideas de Azorín sobre los clásicos españoles alcanzaran éxito definitivo,
ningún medio mejor que exponerlas en prólogos de eiliciooes populares, como esperamos que haga con El Criticón de Gracián.
No solamente los prólogos: la selección de
las obras que se reimpriman tiene valor críti-

�312

COLEOOIÓN ARIEL

co. En la formación de bibliotecas clásicas
españolas ha prevalecido el desorden. Principian a apartarse de él las colecciones de La
Lectura y de Renacimiento; pero mucho hay
que enseñar todavía, y mucho podría enseñar Azorín: así, debe corregirse el rutinario
olvido de escritores de primer orden, como
Juan de Valdés y el Arcipreste de Talavera,
más importantes que otros constantemente
reimpresos, como Luis Vélez de Guevara. Para nuestra América, que ya necesita conocer
a sus clásicos, ha acometido labor semejante,
con excelente instinto crítico, Rufino Blanco
Fombona, cuyas virtudes intelectuales, aunque diversas de las de Azorín, también representan el sentido literario moderno.
Tal vez Azorín ha desdeñado la necesaria y
eficaz labor de las ediciones críticas, por su
propia hostilidad-de intensidad variable, y
más a menudo implícita que confesada-contra la erudición. Hostilidad explicable; pero
injusta. Explicable, porque la erudición española anterior a don Manuel Milá v Fontanals, aunque significa trabajo enorme y dig•
no de respeto, fué a menudo indigesta e inexacta, y no es precisamente un placer la consulta
aun de Jos más insignes eruditos, como Ga•
yangos o Amador de los Ríos. Pero injusta:
no sólo porque la erudición española ha ganado en seguridad de método y claridad de
exposición a partir de Milá y del creciente influjo extranjero,-al punto de que España

REPERTORIO BIBLlOGRÁFIOO

319

ofreee hoy, en don Ramón Menéndez Pida!,
modelo de investigador sobrio y de espíritu
amplio,-sino porque la erudición es el instrumento previo de la crítica; es el conocimiento
exacto de las obras y de la historia literaria.
Puede el erudito no llegar a crítico: entonces
su papel es acopiar materiales para la verdadera crítica. Puede el crítico no ser erudito,
pero está obligado a saber sacar el fruto de
la investigación ajena, a saber manejar la erudición. Erudición y crítica deben completarse; y si se dan en un mismo escritor,-SainteBeuve, o Mr. Saintsbury,-mejor aún. Como
tampoco se empecen crítica y creación: así en
Lessing, o en Coleridge, o en Walter Pater,
o en Anatole France.
La hostilidad general de Azorín contra el
criterio académico, estancado en tablas de
valores dignas de exterminio, es sin duda la
que motiva su hostilidad contra la erudición,
que en España acostumbraba ir unida a aquel
criterio. Y es también la que motiva su hostilidad, inmerecida, contra don Marcelino Menéndez y Pela yo. Al romper con el mundo académico, a que oficialmente perteneee don Marcelino, Azorín niega al maestro. Sin advertir
que este puede ser un aliado de los modernos,
aunque parezca serlo de los antiguos. Blanco
Fombona se muestra más avisado que Azorín
al entenderlo así, como también al hacerse
editor de clásicos, función erudita que el vulgo
no espera del artista creador.
. .

�314

OOLEOIÓN ilIEL

Azorín, urgido por necesidades de polémica
y de oposición, no sólo ha negado a don Marcelino, sino que ha dejad~ de leer much.as de
sus obras; sólo así se explican sus negaciones,
rotundas y extremas.
·
Porque Menéndez y Pelayo tiene limitaciones, pero aun con todas ellas, es uno de los
mayores críticos.
.
.
.
Azorín se queja de su estilo oratorio! la sinfonía marcelinesca, como solemos decir entre
amigos; pero, ¿por qué se niega a ver que ese
estilo fué templándose con los años? ¿No ley6
las declaraciones del maestro en el nuevo prólogo a la Historia de los heterodoxos españoles? ¿No ha leído, por ejemplo, el sobrio discurso en memoria de Milá?
Dirá Azorín: templado y todo, conserva la
orientación fundamental hacia la elocuencia.
Y bien: ¿por qué hemos de rechazar sie-r:nl!re el
estilo elocuente? Es excelente cosa escnbtr como Marco Aurelio; pero ¿no tuvo Cicerón derecho de escribir? ¿Confundiremos la elocuencia de Menéndez y Pelayo con la insoportable retórica que suele multiplicar sus frondas en losparlamentos?Si en ocasiones fatiga
el estilo del maestro, o el arrastre verbal le lleva a la inexactitud, no pretendamos declarar
que esto sucede siempre: ni siquiera predomina.
Azorín no sólo se queja del estilo, que es la
contra posición del SU)'.O propio. Su. censura
principal es para la crítica, que el estima aca-

REP&amp;RTORIO BIBLIOGRÁFICO

315

démi.ca. Para mí, el crite~io académico es el que
con~ibe el arte como artificio y lo somete a un
conJunto de reglas fijas; reglas que históricamente se derivan de las postrimerías del Rena&lt;:im_iento y so~ i!lterpretaciones de los procedimientos arttsbcos de la antigüedad: faleas, cuando se refieren a Grecia; menos falsas,
cuando .se refieren a Roma, el primer país de
tendencias académicas.
.Y como empecé por conceder, sigo concediendo. que en Menéndez y Pelayo haya influído el sistema académico, el espíritu del siglo
XVIII.español. Es Blás: aunque su criterio pasó rápidamente del formalismo de la preceptiva a la síntesis estética, nunca rompió por
completo con la retórica. Nadie como él hizo
burlad~ los ridícul.os excesos en que cayó la
preceptiva académica del siglo XVIII en España: al hablar de las polémicas de Hermosilla
y otros personajes de aquella época de gusto
lamentable, D. Marcelino se vuelve hasta hu~orista. Y. sin embargo, leyendo su exposictón_de l1;ts ideas deLessing se advierte que no
se atrevió a romper-acaso no sintió el problema-con la teoría fundamental de la retórica, la teoría de las reglas. Concedamos toda via más a Azorío: Menéndez y Pelayo no se
propuso renovar los valores literarios, y a veces, sobre todo en su primera manera, dejó intactas valuaciones notoriamente equivocadas. Por último, aunque atenuó mucho, nunca perdió del todo, con relación a co¡¡as de

��!118

OOLBOClÓN ARI'&amp;L

co, pero ni toda su labor e~ c~tica, ni es tan
vasta ni tan rica en apreciaciones como la de
Mené~dez y Pelayo. De los otros críticos y
eruditos anteriores a él, o contemporáneos
suyos, no hay para qué hacer me~~ria; o son
notoriamente inferiores, o sólo h1c1eron trabajos parciales. De los últimos es Cla.rin, que
representa el tránsito hacia los nuevos rum
bos críticos.
La diferencia principal entre la critica de
Menéndez y Pelayo, y la que Azorín propone
y muestra, proviene quizás ~e que. aqu~lla ve
la obra literaria en perspectiva histórica, en
valor tradicional, y esta la ve como fuente
de gustos y experiencias individuales,. actuales. Menéndez y Pelayo, con su actitud d,e
historiador, se creé obligado a conceder igual estudio a Graciáo, que todavía nos enseña, y al P. Mariana, que poc~ n~s dice hoy.
Azorín se contenta con prescmdir de Mariana.
Pero sin la historia literaria de Menéndez Y
Pelayo no habríamos llegado a la crítica
individua.lista. de Azorín. Y bien podemos conservar las dos. Ambas nos hacen falta.
Reconózcase, ahora, que Azorín trae un sentido nuevo al entendimiento de las letras españolas. No es lo que vul&amp;arm~nte se llam~
impresionismo. No es escéptico, smo afirmat!vo. Es una especie cle individualismo, e1;1emi•
go de las fórmulas acumuladas, abstracciones
que tienden a quedarse vacías por el uso; se

REl&gt;ER'l'ORtO BIBLIOGIÚ.11'100

319

d_irige a la obra sin prejuicios, y en Jo posible
s1.n preconceptos, y la estudia como cosa individual y concreta, libremente, interpretánd?la por las enseñanzas que ofrezca en expen_enci~ huIJ?ana y en recursos literarios. La
historia misma.se.contempla de modo personal_. Los proce_d1mientos de selección y de sínte~i~, necesar~os a toda historia v a toda
critica, los aplica Azorín a sorprender nuevos
aspecto~ y a ens::iyar síntesis nuevas.
El ha mtr?ducido, por ejemplo, el elemento
de la sugestión o de la asociación inesperada
Así cuando habla de la extraña ligereza de D.
Esteban Ma_nuel de Villegas, y aun nota, d~
paso, el .realismo de aquel súbdito: No quiero,
d_el rústico que roba el nido en una cancioncit~ del poeta .. Cuando reconstruye la psicologia, de emociones temblorosas, de San Juan
d~ la Cruz. Cuando traza el retrato imaginario de Don Juan Manuel. Cuando al hablar
de la .segunda parte del Quijote (la preferida
también por ~enénde2 y Pelayo, la preferida
por nuestro siglo), evoca los grises de Veláz.
que~ Y aun I&lt;;&gt;~ dos sorprendentes cuadros de
la Villa Méd1c1s: de estas intuiciones necesitaba la crítica española.
Y también necesitaba rectificaciones como
la excelente que toca a Don Juan Valera· como la que toca a l_os ditirambos de Cej~dor.
Próx111;10 ~ te~mmar, he recibido, en admir~ble C&lt;;&gt;tnc1denc1a, cartas de amigos, hispanistas Jóvenes, que hablan de Azorín. Uno,

�390

OOLBOOIÓJI AlUZL

desde París, dice: "Azorín completa nuestro
entendimiento de cosas de España. Vivíamos
demasiado exclusivamente bajo la influencia
de D. Marcelino". Otro, desde México: ''Artfculos admirables: sobre Don Juan Manuel;
sobre Hita...Pero a veces habría que acordarse de GracfAn: "No dar en paradoxo por huir
de vulgar". Otro, el más entusiasta: "Muchos hombres como Azorin necesita España.
Aceptemos que en crítica literaria podrá no
ser demasiado ecuánime, por reacción contra
los Gil y Zárate que han existido, pero nadie
puede negar que hace pensar ... No vive e!1 el
mundo abstracto, donde todo se va volvtendo símbolo de ahorro de esfuerzo; donde para vivir se ahorra la vida en abstracciones:
vida algebraica en que las personas no se entienden ... La crítica de Azorín como fundamento de un pensamiento_ español.. .." .
Los tres no dirán lo mismo; pero si vienen
a dar en esto: que tenemos en frente a nueva
fuerza critica de las letras españolas.
PED RO H ENRIQUEZ UREÑA
H abana, julio de 1914.
(El F{g'a,o, Habana.)

T.r,. lJ:lrE~- Las kl oradas. Por don T omás Navarro.
SO DE MOLINA - T eatro. Por D . Américo Castro.
CILAS O - 06ras. Por D. Tomás Navar ro.
VANTE S-D01t Quijote de la 1Vtlnck,,. Por D. Francisco Roriguez Mario, de la Real Academia Española. (8 vols. )
VEDO - Vida del Buscón. Por D. Américo Castro.
RRES VILLARRO EL - Vida. Por D . Federico de Onís
QúE DERIVAS- Romances. Por D. Cipriano Rivas Clier ifT
('t vols.)
JU-AN DE AVILA - Epistolario Espiritual, Por D. Vicente
García de Diego

CJPREST E D E H IT A- Liórv de Bum Amor. Por O.Julio
Cejador (2 vols.)

U,LEN DE CASTRO - Las moredad,s de Cid. Por D. Víctor
Said Armesto

lrQUES DE SA)ITILLANA - Ca11do11es y decires. Por D.
Vicente García de Diego.
~:SANDO DE ROJAS. -La c~lestmna. Por D. Julio Cejador.
(2 vol~ .)
LLE GAS-i!nftims o amatorias. Por D. Narciso Alonso Cortés,
E'MA Df~ MIO CID. Por D . Ramón Mcnéndez Pida! de la
• R;..al Academia Española.
•
A VIDA D E LAZARILLO D E TORMES. Por D, Julio Cej ador.
ftRNA:,; 0 0 OE HERRERA. - Poesía.,. Prólogo y notas por
D . Vicente García de Diego.
~.RVA NT ES -Nowlas ejemplares. Prólogo y notas por D. Francisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Espafiola.
• LUIS DE LEON - De los nombres de C.-,sto. Tomo l. Por
D. Federico de Onís
,i¡, ANTO:--:JO DE GUEVAR.\ - .llvu,s-prerü&gt; de corte y alalHut:" de
Edición y notas de l\J. Martfnez de Burgos.
]EREM BERG -- Epútol,uio Por D. Narciso Alonso Cortés.
U E VEOO- Los suClio.,. Tomo I. Por D. Julio Cejador.

,,t,t,,,.

EDITORIAL-A MÉ RICA
llIREC1'0R:

R. BLANCO-F(Jl)lBONA

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H 125 varas del Parque Central
Esta imprenta se encuentra
instalada yá en su nuevo y espacioso local, situado en la Calle 4.ª Sur, entre las Avenidas
4.ª y 6.ª Oeste , á 125 varas
del Parque Central, construido
especialmente para tipografía y
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