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                  <text>leeeión 1\riel
AAO XI -

VOL. 111

SUJ'l.1:ARIO
Vnlor social d 1 .lrhol

l ,n ,lcgr!n de In guerra

r uru..s de cristal
Mrndacidad
E I secreto de la c.1 sn d&lt;' lo, euc-a llptus
~A'.'/ 1 OR • •• • • • •••

l..u c11,nc1as r.Murnlc-s rn la e cuela pnmaria
E pui,ntc de los suspiros ( Tra
duce ón de Rllfad Pomho)
U O HISPANO.... .. ll&lt; Vitr, cuem-ro
(,un¡;1derodoncs sol.re .. rJon

Jnan

euaderno 88

!ali

:Josr, Costa 'Rita, oqubrt
Impronta (;r,-fla•

1s

dt 1916

��COLE0810N ARIEL

UalorSOdal dt1 árbOI
bien de día desj,erlam:os en las tíWt_,
ravillow de Jvavarra. Es la -regi,6n
- ..uuo a los ttrboles. ©urante dos .se,na,,u;U
podido recorrer el llano y la S'iwf'a:,
las vegas de fJ&gt;era/,ta a las cumbrts d8
1mc::t.tt1,a lks, con esta deleitosa contemplade que el tlrbol es para los navarros al,.
efftre familiar y evangélico, principió ,
, como el Verbo en el Credo católicd.
&amp;i el cam,po y en la ciudad, en los h1'8'r•
pequeitos como en los bosques dilatadm,
tia'IJarro cuida los árboles con un amtw
nO'IJÍo y una ternura paterna/,. Se dirla
m el ciudadano y el campesino tienen coniencia de este apostolado; que nacen con el
a sus árboles, como con el culto a sus
ueros¡ que sienten toda la generosidad, toda
poesia, toda la utilidad social de los ár1.es, como Horacio o como Wat Withman;
,Porque el árbol, que da sus frutos y su
1StJlfnlwa1 sus troncos para construir y su k;ia para el hogar, es moralmente el stmboló
generoso, la dddiva sin interis, el biM .fi,i
miramientos de recompensa.

,- ~-&lt;dll"'"L-

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I

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818Lt0TECA CltNTIIAL
U. A. N. L.

�YALOa 800I.u,

OOLBOOl61' A.:BJKL

fl6

En el or/Ún poético, los árboles de Virgi•
lio y de fRousseau representan la suavidad
de las "Geórgicas" y la melancolia de las
"Confesiones'. Los árboles de Giotto y de
Leonardo, la ingenuidad de "La imida a
Egipto" y el desmayo inefable de la ".Anun•
ciación"¡ Los árboles de rBeetJwven y de Wag•
WlY, la gracia rústica de la ,Pastoral y el
gigante concierto de "Los murmt1L!os de la
selva".
,Pero, además, el árbol avanza socialmen•
te desde el campo a la ciudad no co11w un
paria, sino como 1m Liberto. En las gran•
des urbes modernas, las calles más lltjosas
y aristocráticas se marcan por dobles filas
de árboles. Los Jwteles más suntuosos tie•
nen como el mejor or1ialo sus frondas. Las
universidades, !os cuarteles, Los Jwspitales,
las iglesias, todo gran edificio niuivo, se adoma con la p01npa de sus ramajes. /f)iría•
se que el árbol es u,i nuevo barómetro de La
civilización.
El pleito entre la industria y la agr_icultura por la hegemonía social parece haber
hallado en el árbol un arbitrio prudente y
satisfactorio. ,Porque, en lo porvenir, los
campos no serán la gleba desolada y dura
que empujara a Espartaco y a la Jacquerie
contra la ciudad egoísta, sorda al dolor de

- -- --

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los escla
DEL ÁRBOL
la.
vosy dela .
61
ciudad ¡
tierra E
de su qutm1f:ade llevar al ~mn lo j,or'Uenir
cultor.
Y los conjuros d Po las magia;
©e hoy md
e su arte agrimasa gris
• Y triste
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la
deco la ciudad
. agonía de
casas a
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©ickens y las
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El campo e . ara Ver~c:=en las viera
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a la ciudad
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ario de sus firaga . sus d rbo, E!te doble a;aros escondidonetas, la arrustica de
v_alor social s.
campi~ e?~ y artede~e1,:bol-salud
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Y en, Le
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sus hoj'as. En
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rúst.
· Pan se
• Y T riptole
icos: Pan
viejo sdtiro ocu~ard al vert mo, el semóra-:
desnudo .Mque tiembla al e,_porque es
porque ¡s unas Triptolemo 1;:;rar un óra:~
lo al cuido ¿oven casto y fi
se ocultard
sus viñas ,,
sus laurele;erte, atento si
.
y ala Podade

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tk

CRISTODAL DBCASTRO

�LA ALEORfA DI LA OOBRR.A

ta attgría dt ta gutrra
T

A guerra es alegre. El cronista ha
W vis1tado recientemente el frente inglés
en Francia y jamás se ha cruzado con un
grupo de soldados británicos sin o irles
cantar canciones humorísticas. En cuanto se ha acercado al cañoneo, en cuanto
ha visto estallar granadas cerca de su automóvil no ha sentido más que un sólo
deseo: el de echar a correr hacia adelante,
el de asomarse a las trincheras de primera fila, el de agarrar un fusil y ponerse a
disparar tiros, el de embestir a la bayo°:eta. Y el cronista no es ningún valiente,
smo hombre profundamente susceptible
al miedo. Mas por lo mismo que sabe
muy bien que e[ miedo se apodera, en
cuanto se lo consiente, hasta de la última
de S?S fibras, también s~be que el placer
máximo del hombre consiste en dominarlo y superarlo.
Pero. este sentimiento
es en él nuevo '
.
y con Viene anahzarlo. El cronista se ha -

'

•

69

bía refutado con argumentos el principio
pacifista.
Por principio pacifista no entiende el
deseo de paz, porque éste debe ser común a todos los hombres de ideas morale~, sino la convicción de que la paz-la
vida humana-------es el valor supremo. Esta
valoración es falsa. Antes que la vida
está el honor. Por honor. entiendo la obligación que tenemos todos los hombres
de mantener la justicia.
El principio de la guerra por la guerra
es malo, porque la guerra es en sí un
mal. Pero peor que la guerra es la injusticia. La verdadera escala de valores es
ésta: l?, la justicia y la paz, que no necesita de ser interpretado; Z/, la justicia y
la guerra o la guerra por la justicia. Estos dos estados expresan categorías positivas de bondad. Después de ellos se
puede enumerar los siguientes: 3?, la guerra por la guerra, es decir, la guerra por
el placer de pelear. Este estado es un mal,
pero no tan malo como este otro: 4?, la
guerra por la injusticia, es decir, la guerra emprendida al objeto de · dominar o
explotar al extraño. Pero este mismo estado es muy superior a este otro: 5?, la
paz por la injusticia, es decir, la decisión

�10

OOLl!:OOIÓN AlUIL

de aguantar toda clase de injusticias antes de decidirnos a arrostrar la muerte
por la defensa del derecho.
De la justeza de esta escala de valores estaba perfectamente convencido el
cronista antes de visitar el frente. Su vista no ~a . alterado ni poco ni mucho esta conv1cc1ón fundamental. El bien máximo es ]a paz justa; el bien mínimo, la
guerra Justa. Pero el mal mínimo es la
guerra injusta. El mal supremo, el bochorno, la deshonra, la paz injusta. Antes la m~erte. Y esta escala de valores no
reza ~mcamen~e para los conflictos internac10nales, smo también para los internos.
. ~o que el cro_nista no sabía antes de
v1s1tar el frente. mglés en Francia es que
la guerra pudiera ser alegre. Sus ideas
sobre la guerra las había tomado de los
g:randes novelistas del siglo XIX y especialmente de Tolstoi y de Zola. Tolstoi y
Zola y much&lt;;&gt;s generales, pintan la guerra c?mo un mfierno de terrores, dolores
y fatigas.
El cronista no había reparado hasta
hace pocos a~os e? que la visión que
un buen n~ve)1sta tiene de la vida tiene
que ser pes1m1sta desde el punto de vista

LA ALEGRÍA DE LA GUERRA

r..

71

humano. ,y ello por la razón sencillísima
de que en toda novela nos pinta el paso
de un individuo, el héroe o la heroína,
por el mundo. El mundo queda; el individuo se va, y todos sus sueños de felicidad se desvanecen. Hay novelas en que el
autor termina anunciándonos la futura
felicidad del héroe. Sólo que esta promesa se queda en promesa y no se cumple
nunca. Las grandes novelas son las que
conducen el héroe a la muerte. Novela
que no acabe con la muerte del héroe no
es de primera clase.
De todos los aspectos de la vida, la
guerra es uno de los menos desagradables. Si en vez de buscar mis textos entre los grandes novelistas hubiese apelado a mis recuerdos de infancia, habría
caído en la cuenta de que la visión de los
novelistas es parcial. Cuando yo era niño
estaban frescos en torno mío los recuerdos de la carlistada. Carlistas y liberales
los evocaban a diario. Y claro está que
muchos de ellos no eran agradables.
Hambres, fatigas, fríos, insommos, hospitales, hedor de carne purulenta.
Pero ¿habéis conocido un soldado que
no se goce del recuerdo de los dolores de
la guerra? Por encima de la memoria del

�CD

la

upo mil'DO, el de aea
nljfüllato, en un ~c:i
.... 1111

•

algo lllÚ grande CJ•

lfo ~ que eate J?~ ee
que dirige loe
al P4?lftb&gt; que dirige la ¡uerra. Baa
timo aoldado llega. mú o._
aenoienda de atar pelrndó JI" u
U8a 1ttperior. Claro 9ltt 4JUAI lllC
aquf nierameote al ejhcitcrqueoo.rn•
por la ~etit.ia. Pero huta el I01d11•
• • aombata por uua cauu injusta
tamblá por algo superior a lf misia IOJdado que• dicé: "NoeiE qu·
ru6n en •ta guerra. Lo que al!
ae de eete lado pelean loe mb, :, co
eatoy", taml,ién puede 't.eaer
la MDciencia, aunque no tanto
aquel otn, que diga: "Loa mfaa ea
de eete ladc:i; la razón, del otro; 1 yo,

.119....
la algeneial

Jal'U6a."
La guerra puede aer honibJe cuando
oblip a pelear a un hombre oontra su
n · u: o cuando ae dirige DJ111 y ae
:, ..,_,. a loa soldaclG11 a ma7or cantjda4

dé privaciones o de tensióñea
de las que pueden soportar aus

~-NH

Pero cuando existe en el soldado Ja
'CODCienciade !ajusticia de su causa, cuan•
do au alimentación es suficiente, cuando
tiC!l;le bastante vestuario para afrontar
tl trio, cuando no abusa el mando de aus
fuerza.a y cuando se le trata con respeto,
la guerra es alegre, ha sido siempre alegre, tiene. que aer alegre. Si no fuera alerre, no la soportarían los hombres.
A la idea de la muerte se familiariza el
aoldado ya horas antes de entrar en fuego. Puede venir en cualquir momento.
Noes razón para entristecerse. Yase llabeque puede venir. Vendrá cuando Dios
quiera. Contra la muerte nada puede el
.liombre. Contra lo que puede es contra
el miedo. En esta batalla sf que no es poli.ble alcanzar la victoria. Y es cosa inexplii:able, pero positiva. En cuanto se ha
li:,grado dominar el miedo, el alma se nos
llena de alegría. Y esta es la alegría de
la guerra.
.
RAMIRO DE MAEZTU

�PAREDES DI: OBISTAL

Partdts dt cristal

P

ocos meses atrás, un' caballero, que está
recogiendo datos sobre ~l ?esarrollo material y moral de Cuba, m~ p1d1ó alg~n breve

escrito mío, sobre cualq~ter tema;_ sin duda

para que pudiera tenerse idea de m1 m&lt;;&gt;do de
discurrir y de expresarme. Con ese motivo escribí los siguientes párrafos:
,
"Acabo de releer esta frase, que le, ba~e. muchos años: "Las democracias han de_ v1v1r en
casa de cristal". Entonces me entusiasmó; y

ahora me ha entristecido.
"·¿ Es que la edad me ha ido petrificando
el
.
• ?
cerebro y me ha conve~tido e~ re_acctona~1O_.
·Hace daño la luz excesiva amis OJOS enveJec1áos? No por cierto. Todavía me regocija la espléndida claridad meridiana, y me hace encoger de hombros la idea de que los pueblos
puedan subir de nuevo y a reculones la cuesta
que bajaron. Ni el hombre, ni los hombres viven dos veces.

"Me ha entristecido, porque ha hecho surgir
ante mí el terrorífico escenario de Europa, cu•

na de la libertad, y campo ho_y del más _tremendo cataclismo que han podido producir la
demencia y la ceguedad de los hombres.

...

73

"Grandes democracias son Francia y la Gran
Bretaña; sobre el sufragio universal cree levantar la fábrica de su gobierno la Confederación Alemana. Y a pesar de las paredes transparentes de sus casas, ¿quiénes vieron los tremendos combustibles que se hacinaban y la
mano o las manos que lanz-aron la chispa que
bizo saltar un mundo?
"A los primetos resplandores del incendio,
vimos correr despavoridos, desde sus plácidos
retiros veraniegos, a jefes de naciones, que las
sintíéron amagadas en el corazón; locos de
sorpresa y espanto se precipitaban los directores de grandes partidos opuestos por principio a la guerra; y el común de los ciudadanos
se desbandaba en todas direcciones, sin saber
donde encontrar puerto de refugio.
''Me ha entristecido, porque en esa misma
democracia, gobernada hoy por nn letrado de
la misma escuela del autor del nítido aforismo, ¿logra nadie, por perspicaz que se crea,
penetrar en los meandros del cerebro del estadista o los estadistas que hunden hoy a un
Huerta y levantan mañana a un Carranza,
envían notas conminatorias a los poderes europeos beligerantes, y aceptan o parecen aceptar sus intrincadas y untuosas respuestas?
"Cuando era yo niño, tuvo fama el palacio
de cristal en que celebró Inglaterra su prime• ra exposición. Cierto. A través de su transparente armazón se veían las poderosas máquinas
CO!l que la industria había revolucionado el

�OOLaOCIÓlf .t.amr.

mando fabril. Lo que no ee vda, ni podfa verae, era el engranaje interno de ruedas y palancas, ni la voluntad directora que, por su medio, les comunicaba vida y las ponfa en movimiento."
He vuelto a leer ahora Jo que entonces ha
bfa estampado, y advertí que, aun circunscribiéndolo sólo a lo que se llama vida pública,
mi punto de vista alcanza tal generalidad, que
empezó por sorpenderme y acabó por convertirse en verdadera lección de mortificación y
modestia.
j Lo que se ha atronado nuestros oídos, desde hace Jo menos ciento cincuenta años, con
el dogma de la soberanía• popular! ¡Cuántas
tremendas sacudidas y cuántas sangrientas
revoluciones en América y Europa, para defender, sacar triunfante y afianzar ese nuevo artículo de fe! Solemnes constituciones, a guisa
de flamantes tablas de la ley, fueron promulgadas, y descansaban todas sobre esa amplia
bd. A cada uno nos tocaba nuestra parte
alícuota de soberanía.
Casi un siglo después los estadistas alemanes hicieron un peregrino descubrimiento. No:
el pueblo no es soberano. La soberanía se cierne mucho más alto, pata cobijarnos a todos.
No se encarna en la masa amorfa, ni en la masa organizada, ni en los hombres, ni en un
hombre. La soberanfa pertenece al Estado. Se
necesita leer a los tratadistas penetrados de
ese gran princlpio,en Alemania y fuera deella,

PuaDa N

a&amp;lft.U.

ff

para formaree id~ ~ la devoción, de la T ~
ración con que se mclinaban reverentes, casi se
prosternaban, ante esa deidad recóndita, omnicomprehensiva, permanente, exclusiva, ilimitada: ¡el Eatadof El triste soberano desposefdo, el átomo humano, mi vecino, yo con mi
cédula o mi planilla o mi infolio electora11 reducidos a cero, a menos que cero, a cantidad
negativa. La defenestración de Praga, la de
Belgrado.
Y sin embargo, si rodando por el polvo se
puede pensar, nos conviene convencernos de
que aunque la soberanfa del Estadonosparezca a primera vista más etérea que la del pueblo, no falta, ni ha faltado nunca quien la ejerza con mAs efectividad y por tanto más eficacia real que los lectores desperdigados o.colegiados. La soberanía popular ha sido y es un
mito. La del Estado lo parece; si no fuera
porque los que desempeñan esa función subordinada, secunrlaria, está uno por decir insignificante, del gobierno, la atrapan por los aires,
la vivifican, la encarnan y la ejercen.
Nuestros tratadistas se asombrarán y hasta
se indignarán por esa afirmadón necia, que no
atiende a la distinción profunda, a la separación completa, que establecen entre el Estado
y el gobierno. Lo reconozco: una cosa, lo superior, lo ideal, es el Estado, y otra subordinada, inferior, inferiorísima, el gobierno. Sólo
que el gobierno es real, lo ejercen hombres que
tienen en sus manos todos los medios reales y

�PAR'&amp;DZI D:&amp; OR18Til

78

79

OOLEOIÓN ARIEL

basta Ideales para actuar sobre otros hombres. Una bicoca.
To suck, to suck, tbe very blood to suck
Pues bien, supongamos, y no es poco snpo·
ner, que armado de mi boleta electoral del
todo consc_iente de la al.ta función que m¡ dispongo a eJercer; conociendo bien o bastante
bien, o ca~i bien a todos y cada n~o de los que
voy a eleg1_r pa_ra que me ~e~ leyes, me impongan contnbuc10nes, admm1stren la hacienda
pública, me gobiernen, representen a la nación
y la dirijan en sus relaciones con los demás
pueblos; sin que nadie ejerza sobre mi coacción
ni siquiera presión moral; seguro de que mi
voto ha de ser considerado cosa sagrada intangible, que nadie manosea, adultera o 'sustrae diestramente; segurísimo de que nadie ser~ osado a inflar o desinflar el número de
votos obtenidos por
. tales o .cuales candidatos·'

&amp;~pongamos, _repito, qu~ mt voto, uno, entre
e1ncuenta o cien o doscientos 1nil ha contri-

buído a elegir el gobierno de mi ~onfianza o
preferencia. Y supongamos que éste ha triunfado honradamente, sin violencias ni artimañas públicas ni secretas, con el desconsuelo,
pero con el respeto de sus adversarios.
En e~ta situación naturalísima, pero casi
fantástica, al menos por estas tierras de Hispano-América, ¿qué voy a ver yo, el elector
de marras, a través de las transparentes paredes cristalinas de las mansiones oficiales de
mis gobernantes? ¿Qué voy a saber de los an-

tecedentes genuinos de l~s resolucion':' q_ue
más me importan y conmigo a todos mis cm·
dadanos? ¿Quién me da cuenta de los ver~~deros móviles de actos que pueden ser dec1S1•
vos para el porvenir de mi pueblo, y que nunca
son indiferentes?
Comprendo que mi gravemiopia exasperará
a algunos que me pondrán, casi con lástima,
la mano e~ la boca y me dirán enarcando los
ojos: ¿Y la razón de estado?
El golpe es contundente. P;ro exista o no
esa famosísima razón, de que tanto se ba_escrito y sobre la que tanto se ha pretendido
edi{icar, me permito de~ir que, basta ahora al
menos los que la maneJen han procurado encerrarla algunos estados bajo tierra, lejos de
exhibirla en caja de cristal.
.
Si estamos enfrascados en sutiles y trascendentales negociaciones con uno o más poderes
extranjeros, segundarán mis sesudos maes·
tros, ¿vamos a salir tañen~o las campanas y
convocando a cabildo abierto, para que nos
tengan por idiotas, si no por locos de atar, los
estadistas que manejan el otro cotarro y rom·
pan sin más sus tratos con nosot_ros? .
Evidente me parece, de toda ev1denc1a; pero,
vuelvo a todos lados la cabeza y no distingo
por parte alguna las transparentes paredes en
que habíamos convenido que se encerraban,
para no estar encerrados, nuestros democráticos contratantes.
Puedo leer cada vez que quiera los mensajes

�80

OOLEOOIÓN A&amp;UL

que envía el Ejecutivo a las Cámaras, y en que
se enumeran ce por be los motivos razonados
de las leyes que se solicitan. Acabo de recibir
precisamente el mensaje del presidente de la
A:gent!na al Congreso en mayo de este año.
Tiene ciento ochenta páginas. Relata minuciosamente "cuanto se relaciona con la situación
política interna y externa" de esa próspera república. Es de cristal. Pero sospecho que hay
serpeando por esas páginas muchas venas
ocultas, de que nada sabela turbamulta de los
argentinos; y, por fuerza, menos que na8a los
que no somos argentinos. Claro está que este
es un mero ejemlo, y que lo mismo cabe decir
de nuestr_os mensajes y de cualesquiera otros.
El mal, si mal hay, no está en la nacionalidad
T odos quisiéramos que gobernar fuera otr~
c?sa. Pero no se trat a de lo que quisiéramos,
smo de lo. que es. Y por _desgracia la verda d
desnuda v1ve muy escondida y tiene parentesco muy remoto con la verdad vestida, q ue es
la que tratamos, 1:,a ardua función del gobierno impone en cas1 todos los casos la reserva
en no pocos el secreto. Hay fiestas de aparat¿
P'.'-ra los OJ'?s; hay negocios delicados que conviene, que importa no divulgar a destiempo.
Contentémonos con qne la reserva sea la necesaria, la legítima, y qne de ella resulte el éxito
a petecido, de donde debe salir siempre un be·
tleficio para la nación . ENRIQUE JOSE VARONA.
Vedad o, 10 d e agosto, 1616,
(Cw6a Ca,itm,pmi,ua. Habana.)

mtndaddad
'C)oc.1.s cosas me han abatido y edtristece

..

t' más el ánimo de español qne lo que o{ una
vez decir a un amigo mio, hombre agudo y de•
sapasionado, que había recorrido une parte
de Europa estudiando instituciones de en•
señanza pública y sobre todo residencias de
estudiantes,casas de pensión e institutos aná·
logos. Y es que venia muy dolido del mal con•
cepto que en general se tenía por ahí fuera de
los estudiantes españoles. Acusábaseles de va•
rias faltas y sobre todo se decía de ellos que
son, con los griegos, los más embusteros de
todos. La mendacidad aparecla como un tris•
te estigma inmoral de nuestro pueblo. Y es
cosa sabida que la mendacida d es hermana
mielga de la mendicidad. Es altamente simbólico esto de que sólo discrepen en un sonido las
sendas expresiones verbales de esos dos vicios
mellizos.
Hay que hacer observar, como creo haberlo
dicho otra vez, que ha habido un tiempo en
que los más de jóvenes que sallan de España a
estudiar en el extranjero no eran, ni con mu•
cho, de lo más escogido moralmente. Sol!an

�1lOD.á.CID.il&gt;

82

83

OOLJ:OOIÓN J.RIJ:L

ser muchachos de que sus padres no podían
hacer carrera, señoritos-¡esta hórrida clase
española! - que iban a pasearse dándose un
baño de europeísmo o a divertirse malgastándoles los cuartos a sus padres, o tal vez para
poder decir luego que habían estudiado en el
extranjero y traerse un titulo de esos de exportación que dan desdeñosamente a los que
no han de hacerles competencia. Sé de una ciu- .
dad extranjera donde durante mucho tiempo
se ha tenido a los señoritos españoles por cretinos-era la expresión-, juzgándolos por los
que conocían de un instituto español allí desde hace siglos establecido. Y no sé si la cosa
ha cambiado. Porque hasta los que nada tenlan en rigor de cretinos parece que llevaban
una vida, la del señorito español bien acomodado, a propósito para hacer creer en su cretinismo. O por lo menos en su filisteísmo, y a
las veces beotismo. Todo parecía interesarles,
si es que algo de veras les interesaba - lo característico del español es que fuera de casa
no le interesa nada-, menos los valores de
cultura.
Pero eso de la fama de mendacidad es cosa
terrible.
Pensando luego muchas veces en ello, he creído que de todos nuestros males públicos el
más fatal es éste de la embustería. No creo que
eeamos peores que otros pueblos en otros respectos, pero basta que seamos uno de los pueblos más embusteros para que todas nuestras

buenas cualidades no nos den el fruto que debieran darnos.
La -mentira es el arma de los débiles, y en
tal sentido defendió Schopenhauer la licit~d
de su empleo. Pero así co_mo hay una mentira
defensiva hay otra ofeus1va. Y es natural que
Schopenhauer defendiera el empl~o de una arma si la creía eficaz, pues es •ab1do que en su
casta llaman defenderse al agredir. En lo que,
por otra parte, no les falta razón, pues un lobo que se echa sobre una oveja para devorar•
la lo hace para defenderse del ham~re. Y asl
no es fácil saber cuándo una mentira es defensiva y cuándo es ofensiva. Lo que la experiencia enseña es .que cuando uno se acostumbra a esgrimir la mentira,. para defende_:9C
acaba por esgrimirla sin necesidad defensiva
alguna, por ejercitarse en s_u empleo y hasta
por pura virtuosidad y tecmqnería.
.
Acaba uno por enamorarse de la mentira
por la mentira misma. Se hace de ella un arte,
y cuando se hace un arte de la mentira, acaba
por no ser el arte más que una mentira. Y ya
a nadie se engaña.
Lo más desconsolador acaso de nuestro régimen de mentira es que ésta a nadie engaña,
y así nos acostumbramos a dudar _de todo, lo
mismo de la verdad que de la mentua. De aqut
nuestro tan característico esceptismo público.
"¿Y si no fuera mentira, si por casualidad
esta vez me hubiese dicho, contra su costumbre y acaso su propósito, la verdad?" Esta

�N

OOL:SOOIÓK ilIXL

duda le atormentaba una vez a un pobre
amigo mío ante ciertas manifestaciones que le
hizo un político español, es decir, un embustero entre embusteros. Porque el político espaflol es un embustero elevado al cuadrado o en
eegunda potencia, pues loes en cuanto español
y en cnautoprofeslonal de la política. ¿Y quién
no conoce aquello de los que engañan con la
verdad? Hay embustero que, sabiendo qne no
le han de creer, dice la verdad para que no se
la crean.
¿Quién ignora que entre nosotros, desde el
presidente del Consejo de ministros abajo, el
arte _supremo del político que ocupa el poder
consiste en escamotear la verdad? Mienten
cuando afirman, mienten cuando niegan y sobre. tod&lt;_&gt;, mienten cuando se callan. Po;qne
,:1 silencio puede ser una gran mentira. Y el
ailencio que oprime a España es un silencio de
mentira.
¿Y la genealogía de la mentira?
Somos holgazanes. Yo no sé si es que somos
holgazanes por ser pobres o es que somos pobres por ser holgazanes. Este problema que
tau _agudamente ha tratado el Sr. Salillas,
lo mismo en El Hampa que en su teoría básica de picarismo español, encierra un tremenqo
circulo vicioso.
Por ser holgazanes somos cobardes. y la
peor cobardía es la cobard!a para el trabajo
esa cobardía que lleva a tantos desgraciado;
a exponer su vida ante un toro, diciéndose con

KENDAOJD.il)

86

d . "¡más cornás da
el Espart,~ro q~el:;az:~ería
espiritual a su
O
!'hambre! Y a
a los aficionados, a la
vez lleva a los rdos~dmirar a los que arricecobardía menta e
a ue esa admiragan su vida ante el toro{ Ynoq de inteligencia.
ción no exi~e ffuerfa ~:'tos llamados ioteliPorque la 111te ,gene d las peores plagas que
gentes _en eso es una e
nos afligen.
rdioseros. NuesPor ser cobardes, somd_os pocla no es sino hija
tica men ,can
.
d
tra caracterís
uí se mendiga to o,
de cobardfa. Porque ª'!
la mendiga le
. t·,c~a· y a qmen
n 0 título más h ohasta laJUS
ho el
llaman soberbio. Que es y
norifico en España;
a mendigar, dicen que
&lt;;uando uno se ntegaaben mis lectores aquequiere Imponerse. Y~ _s
í7 ·No las tolello de: "¿Con imp~st~t~:=~uªd:s~ áe hacer jusro!" Que es e1 m~ o d" amente le contesta~
ticia. Si uno la pide d!fa"ciones y 'evasivas, y s1
con embustes o conh 'bilidades alza la voz de
harto de soportar . a la verdad entonces es
hombr~ lib~e Y esgnm~sí al medos, piensa la
que qmere imponerse.
, .

f

1

j
..

.

canalla.
.
mos embusteros. El ar?'ª
y por me~d,gos so el embuste. El mend•g?
de la pordiosería es
do a un mend1.
orque cuan
tiene que mentir, p . r con la verdad-y .se
go se le ocurre men11~ga ha tenido que monrha dado casos de e
ltado el tipo estupense de hambr~. O loa rlelsu Sabido es, en.efecto,
do del mendigo orgu oso.

�•

86

MENDACIDAD

OOLBOOIÓN .ABIZL

87

que el orgulto consiste en esgrimir la verdad y recerlo-y entre éstos se cuentan no pocos de
defenderse y atacar con ella. En cambio lo los que pasan por maestr~s co1;1sumados e!1
que se llama humildad o modestia no saete'ser habilidades -,ese hombre dtabóltco de que digo dejaba de parecer hábil con tal de serlo.
más que el artificio doloroso de la mentira.
Toda la reforma moral, y por lo tanto polí- Era, en fin, de los que saben hacerse el tonto.
tica, de España, no estriba más que en esta- Y en cierta ocasión de unas elecciones senatoblecer el amor y el respeto a la verdad y a la riales, decía a uno de los dos candidatos: "mire usted, señor X, yo no tengo tJ?ás reme~io
veracidad.
El amor no es más que veracidad y así que decir a Z que le he. de votar y hacer c~.r
aquellas palabras del divino Maestro 'de que que le votaré, ¡pero mt voto es para usted! ;
y luego se iba a Z, y le decía lo mismo con real que ama macho le será perdonado mucho
lación a X, y es que prom-eteria a éste su voto,
cabe traslad9..r diciendo que al que sea veraz
serán perdonados sus pecados. Sólo a un bom• pero para no dárselo, y al cabo se vino a mt y
me dijo lo que babia dicho a uno y a otro, y
bre prometió la gloria eterna él, el Cristo, y
cómo
aseguraba a X que engañaria a Z proeae h~mbre faé un bandolero que se confesó,
que fué veraz, que no calló lo que sentía de sí metiéndole su voto y al;eguraba a Z que engañaría a X prometiéndoselo. Y a mí, que no era
y del ot-ro.
candidato
ni mucho meoolil, no podía engaUn ámbito plúmbeo de mendacidad constrifie a nuestra vida pública. Y es la más terrible , ñarme, y me decía: "verá usted, mi papeleta
llevará tal marca." Y en efecto, salía una pamendacidad, la del secreto en que están todos.
peleta con aquetla marca de infamia. Y ~I
Todos, en efecto, están en el secreto, y por eso
hombre que hacía esto era un hombre hábtl
es más secreto a6n. La verdad puede pasearse
que no necesitaba mentir para engañar.
desn~da por las plazas sin que nadie la vea.
Acaso lo de decir siempre la verdad, créanla
Por tr desnuda no la ven. Y si se viste sólo
o no oportuna los hábiles y los discretos seven su vestidura'y no la ven a ella. Y la vestigún la feria, sea todo un programa y sin otra
dura de la verdad invisible resulta una terricosa alguna. Ponerse cara al oleaje del porveble mentira. Con esos vestidos visten un manir sin más soluciones que la de no callar la
niquf cualquiera.
~erdad y que de su declaración surja la solu&lt;;onocí un h~m~re diab61ico, especie de Mación
que haya dc.apl_icarse. Que si ante un hequ1q.velo prov1nc1ano, exento de la vanidad
cho se dice toda la verdad, toda y sola la verde su maquiavelismo. Es decir, que así como
dad, la verdad entera, y no más que ella, al
hay quienes dejan de ser hábiles con tal de pa-

1;

�_.;;M;;.,__ _ _ _ _~coLsooróx

.&amp;.:an:L

punto ee ponen todos los hombres de buena
voluntad de acuerdo en lo que hay que hacer.
Y ante el secreto o la mentira todos disienten,
aunque parezcan conchabarse. Sólo la verdad
une.

El sec1eto de la casa de tos eucanptus

MIGUEL DE UNAMUNO .

I
Carmen de Borja guardaba de la noche
en que los revolucionarios mataron a su hijo Carmelo, teniente de milicias en Santa Fé, un
sombrío recuerdo.
Era viuda y vivfa con Laura, su única hija,
en "la casa de los eucaliptus", como llamaban a
su est ancia a ocho legua·s de la ciudad, sobre el
arroyo "Leyes", rodeada de oscuros eucaliptus,
que en las noches de viento gemían como almas
en pena.
Carmelo Borja, su hijo, recién ascendid'b a teniente por el gobernador Bayo, había estado en
ella el día anterior. Corrían rumores de revolución y el joven los relataba con gusto, para lucir su valor ante su madre acongojada.
• Al medio día se despidió de ella y de Laura, y
volvió a la ciudad, a caballo, con su asistente,
&amp;iguiendo el ancho camino polvoso, que llevaba
a Santa Rosa, foco de las revoluciones .
. No t uvieron ningún mal encuentro. Ero invierno y la ruta estaba solitaria, aun en las cercanías del pueblo.

O

OIA

�'BI, REéRETO ••••

00

91

OOLEOCIÓN ABIEJ,

Pero esa noche, como, a las once, el teniente
Borja que volvía de una tertulia, al cruzar la
plaza de Mayo para ir a la policía donde él vivía, topó con un pelotón de jinetes que desembocaron al galope, de la oscura calle transversal.
-¡ Quién vive !-gritó el teniente sacando su
revolver.
-¡ La revolución !-le contestó el que mandaba la tropa; y como en aquellos tiempos eran
muchos los revolucionario~ por sport, sintió sin
duda la necesidad de completar la respuesta, y
añadió:
-¡El capitán Insúa!
Sonaron varios tiros, que dieron el alerta.
La guardia de la policía que dormía con el
arma al brazo, parapetada detrás de las gruesas
columnas del cabildo, rechazó sin grave esfuerzo
a los ·asaltantes, cuyo propósito de sorprenderla
dormida se había frustrado, y que, una hora más
tarde, regresaban derrotados por el camino de
Santa Rosa.
Sobre la gramilla verde de la plaza de Mayo,
con la luz de un farol, hallaron esa noche tres
muertos y en medio de la calle, encontraron al
teniente Borja herido de un balazo por el capitán Insúa.
La herida era grave, y él, que comprendió que
se ~o:ía, pidió que avisaran a stt madre, para
monr al lado de ella.

•

Cuando el chasque llegó a "la casa de los eu•
caliptus", eran las cuatro de la madrugada. Ladrá¡onle los perros y al ruido se despertó doña
Carmen y llamó a Laura.
-Alguien llega del pueblo-le dijo-, malas no•
ticias, sin duela.
Oyeron la voz del capataz, que desde afuera
anunciaba al chasque. Laura se abrazó a su madre y se echó a llorar, y ambas escucharon el
relato de lo sucedido.
-¿ No ha muerto, entonces?
-No, pavona; quiere verla.
Mandaron atar la volanta de tres caballos, y
un rato después, obscuro aún, doña Carmen y
Laura, acompañadas del capataz y de Magdalc•
na, su mujer, que había criado a Carmelo y noraba como una criatura sabiéndolo herido, se
pusieron en marcha a la ciudad. •
El camino era recto y parecía una cinta blanca, a la luz indecisa de las estrellas. Los gallos
cantaban al alba fria que se anunciaba, y lamadre no podía dejar de oi!, aunque estaban ya lejos, el rumor acongojado del viento en las copas
- de los eucaliptus que rodeaban su casa. ·
Llegó a tiempo para hablar con su hijo, que
murió como a las once, y al dia siguiente, ambas
,mujeres desoladas volvieron a "In casa de los cucaliptus", resuelta la madre a confinarse en ella,
para llorar mejor al muerto.
o

�92

OOLJ!OOIÓN A.RIEL

lL S&amp;ORffO ••••

. Laura tenía veinte años y era de una magnífica hermosura. Su madre había deseado casarla,
para no sacrificar su juventud y quizás con el
vago deseo de que los nietos repararan un día el
inmenso hueco que había dejado en su corazón
la muerte de su hijo.

II
La más caracterizada figura de caudillo revolucionario en esa época, era la de Ventura Insúa,
que usaba el grado de capitán, con que años an-'·
tes le agraciara un gobernador en la guardia naciona1.
Gozaba por su valor y su fortuna en campos
y haciendas, de un ilimitado prestigio en todo el
norte de la p_rovincia, principalmente en 'la costa, donde en un día a una voz, reclutaba 500 jine- ·
tes criollos o indios, que lanzaba como un torbellino sobre la ciudad abierta, sin más propósito
que mantener en constante alarma a los gobernadores enemigos.
A los treinta y cinco años, en el apogeo de su
fama, fuerte y bello, acostumbrado a salir ileso
de todas las· sangrientas algaradas, estuvo a
punto de morir en una de sus efímeras revoluciones.
Había entrado en la ciudad hacia la media
noche, y fué su ataque tan inesperado y violent&lt;?

..

93

que poco faltó para que se adueñara de lapolicía y apresara al gobernador en su casa, Pero
sus tropas esa vez eran escasas, y aunque se batieron con un soberbio desprecio de la vida, al
alba tuvieron que abandonar la ciudad, perseguidas por un piquete de soldados a caballo.
Ventura Insúa huyó de los últimos. Montaba
un caballo admirable y famoso, pero cansado ya
por el combate, y sus perseguidores no habrían
tardado en apoderarse del caudillo, si éste, que
conocía los escondrijos de las orillas del "Leyes",
no hubiera aprovechado las últimas sombras de
la noche, para esconderse entre las pajas altas
y tupidas que al!( crecían.
Cuando fué día claro, los soldados del gobernador debían estar lejos, porque sin el rumor de
los pájaros en las cañas, y el grito de los patos
que pasaban, siguiendo el curso del arroyo, el
silencio habría sido absoluto.
En aquellas vecindades no había ni gentes ni
haciendas. _Eran campos abiertos, de grandes
propietarios, mal poblados con estancias aisladas, a pesar de que la ciudad no quedaba a más
de cinco leguas.
En la refriega, el capitán Insúa fué herido en
el pecho de un balazo, y aunque su herida no
era mortal, comenzaba a temblar de fiebre, y
sentía que si no lo curaban, podía morir alli, echado en ·la tierra pantanosa, sobre algunos co-

�a. amoano •••.

-~-------=OO~LZOOl==Ó~lf;....::A.::ltRLc.=_ _ _ _ _ __

jinillos, junto a su caballo, que permanecía quieto, amujando las orejas a cada ruido sospechoso.
Todo el dfa ld pasó asf, devorado por la sed.
Sentía la bala hacia el hombro izquierdo, como
una quemadura. Al entrar la noche, resuelto a
desafiar todo peligro, montó a caballo con un
esfuerzo doloroso, para llegar hasta el riacho.
Bebió echado de bruces el agua turbia por la
greda, y parccióle que su fiebre disminuía.
La soledad del paraje le dió ánimos para seguir costeando el arroyo hacia el norte, en busca
de un vado para tomar el camino de Santa Ro·
sa, o esconderse en una de las isletas, de sauces,
como un paisano matrero.
Asf anduvo dos horas, pero la fiebre se hizo
tan violenta, que se sintió al fii¡ de sus fuerzas.
El ladrido de un perro anuncióle una casa o
una estancia cercana, y arriesgándose a todo,
trató de llegarse a ella.
Cuando estuvo cerca reconodó el paisaje en el
bosque de sombríos eucaliptus que rodeaban la
estancia.
La noche era limpida, sin viento y sin estrellas; la luna estaba por salir, y parecía una aurora, tan intenso era el resplandor que la precedía.
El capitán Insáa conocía la casa, aunque no
a sus dueños, y le tembló el corazón acordándose de la muerte del teniente Borja. Pero sintió

•

95

que iba a morir si pasaba una noche más a campo, y como alU podfan ignorar los detall~ de
aquel suceso que ahora le remordía, lleg~ sin-vacilar hasta la tranquera y llamó a gritos, que
provocaron la furia de los perros.
Eran como las diez y las gentes dormfan, pero
Insúa oyó abrirse una puerta , poco después entró a caballo, guiado por el capataz, que, por lo
extraordinario del caso, despertó a doda Carmen
de Borja:
-¿ El capitán Insúa ?-dijo ella con un ligero
temblor en la voz, que no advirtió el capataz.
-P.ide permiso para pasar la noche-explicó
éste.- Se encuentra herido y con fiebre.
Abrióse la puerta ante la cual se cambiaban
aquellas palabras. Laura encendió la luz y el capitán Insúa entró en el gran comedor, casi desnudo de muebles y adornos, donde las damas lo
aguardaban.
• No fué cordial el saludo; un misterioso resentimiento envolvía los gestos de la dueña de casa,
y su hija, cohibida por lo inesperado de la visita,
no se mostró más amable.
La luna habfa salido, pero la noche pareció
obscurecerse repentinam~te, porque la masa
~egra de los eucaliptus, proyectó una sombra
densa sobre toda la casa.

�96

OOLEOOIÓN ARIEL

EL SECRETO ••••

•

III
Durante cuarenta dÍas que dur6, con desesperantes alternativas, la enfermedad del capitán
Insúa, "la casa de los eucaliptus" apareció más
clausurada y misteriosa que nunca.
El gobierno habría pagado a peso de oro al
que apresara al caudillo revolucionario, pero
nadie sospechó dónde se alojaba, y llegó a creerse que se había ahogado, vadeando el arroyo.
Doña Carmen de Borja no se acercaba nunca
a su húesped. Disponía las cos~s con una obsequiosa hospitalidad, y dejaba que Magdalena, la
mujer del capataz, y aun Laura lo atendieran.
Una tarde, en el verano que ardí.a ya sobre
los campos, el capitan Insúa escttchaba un relato de Magdalena, en la galería del este, desde
donde se divisaba el riacho, por una calle abierta entre las resecas totoras de la margen. ·
Laura sentada allí cerca, escuchaba también,
con el corazón oprimido por una inexplicable
angustia, porque lo que relataba la mujer era la
muerte de su hermano.
-Yo lo crié-dec;íil Magdalena-y fué todo
mi cariño; lo recibi de meses, el mismo día en
que se murió el único hijo que he tenido y que
era de su edad. El cambio me consoló de perder
el mío. Ah! señor capitán; qué mal alma tuvo a.
quel que lo mató! Mi señora doña Carmen, que

n

97

habló con el niño Carmelo, poco antes de morir,
debe saber el nombre del asesino, y nunca nos
lo ha dicho.
Insúa se babia puesto intensamente pálido; la
mujer que contaba aquellas cosas, tenía los ojos
bajos, llenos de lágrimas, y no lo vió; pero Laura, a quien había intrigado siempre aquel miste~
rio, sintió .un agudo dolor en el alma, pues adivinó en el gesto del hombre que palidecía, la
p~gina sangrienta de aquella vida.
-Oh, Dios mío !-exclamó apretándose el corazón.
•
Magdalena se levantó, llamada por la señora,
y el capitán Insúa que oyó el suspiro de la joven,
se le acercó.
-Laura ! ¿ qué tiene?
Días antes, él, ganado poco a poco, por la suave y serena belleza de ella, le confesó que la a.
maba, y ella, simple en sus actos y en sus pensamientos, le declaró lo mismo, con toda la vehemencia de su alma virgen. Convinieron en que
él la pediría a su madre una vez que estuviera
fuerte y pudiera irse, y que cuando se casaran,
renunciaría él a sus locuras revolucionarias.
El único temor que asaltaba al capitán Insúa
era de que algún día, la noticia de que él mató
al hermano de Laura, p_udiera destruir aquel
amor que era ya toda su dicha.
.
Alguna vez sospechó que la madre lo sabí11 y

"

�98

•
.1

•

OOLBOOIÓN A.RIEL

EL SECRETO •• ••

esqu!v~ba su compañía; pero la bospitalid'ad y
el afecto de que lo rodeaban deshizo sus temores y lo confirmó en el propósito de guardar su
terrible secreto.
Esa noche Laura pensó que la muerte sería
menos triste que su vida. ¿ Qué iba a hacer ahora
que tenía la intuición de que la sangre de su
hermano la separaba como un río del hombre
que era su dueño ?
Su amor triunfó y también a ella le impuso el
secreto. Si lograba esconder en el fondo de su
conciencia a quel descubrimiento que había revelado a sus ojos con una luz despiadada la vida de él, y lo ocultaba de tal ffia1;era que ni él
llegara a saber que ella sabfa, ni su madre sospechara quién fué el que mató al hijo que lloraóa, ¿porqué no había de pode"r amarle aún y .
ser su esposa ?
•
En su alma sencilla, el problema quedó resuelto, Y al día siguiente, como si tuviese temores
de que sus ilusiones puciieran destruirse r ~aó a
'
&lt;&gt;
su novio que hablara con su madre.
•
El capitán Insúa, que había pasado también
una noc!ie de angustias , temblando por su secreto, comprendió entonces que Laura na da había
sospechado, y habló con la madte.
Y doña Ca rmen de B~rja tuvo a su vez que tepri.
mirlos latidos tumultuosos de su cora zón, que protestaba contra aquel amor imposible que le evoca-

•

99

ha la escena en que su hijo ensangrentado y moribundo le contó cómo había hallado la muerte.
Pero se jugaba la dicha de su hija, a la que no
podía condenar a compartir su sombría soledad,
y puesto que aquel secreto era suyo sólo, y podía
guardarlo para siempre, pues el mismo matador
parecía ignorar el nombre de su víctima, ahogó
su venganza y otorgó el permiso.

IV
Los tres, defendiendo el mismo secreto, quedaron así atados al recuerdo del muerto, y "la
casa de los eucaliptus" pareció tornarse más
misteriosa, entre la obscura faja de árboles que
gemían al viento.
A veces en las tardes serenas, los tres se reunían a conversar en la galería que daba hacia el
riacho, pero cruzaban algunas palabras y se quedaban callados, sin que ninguno de ellos pudiera explicarse aquellos inevitables silencios.
Sólo Magdalena, la criada, como un perro fiel
rondando el misterio parecía olfatearlo, y sus
ojos enconados por la tristeza, declaraban a to·aas horas, a los tres tácitos cómplices, que si ella
hubiera sabido, nunca habría perdonado.
G. MARTINEZ ZUVIRIA
(La Nota. Buenos Aires . )

�101

Las ciencias naturales en la escuela primaria
L,rales
dificultad de enseñar las' Ciencias Natues mayor en las escuelas de EnseA

ñanza Secunda!ia que e~ las _tJniversidades, y
en las de Ensenanza Pnmana mayor que en
las de Enseñanza Secundaria.
La dificultad de enseñar aumenta en sentido inverso al grado de enseñanza. La razón
es la siguiente:
En cada ciencia natural el material acumulado ~s tan enorme que la tarea principal y
no fácil del profesor es la selección de lo más
~ecesario, lo _más importante para la •ensenanza inmediata.
Es natur~l qu~ esta selección difícil para un
profesor umvers1tario, sea más difícil para el
profosor de enseñanza secundaria y primaria.
Tal vez en la prlictica no haya tal dificultad
porque la preparación del profesor de ense~anza .s•cundnria y primaria es generhlmente
msufic1ente y In selecei6n se hace fácil porque
el caudal d~ conocimientos no es muy grande.
La sclecc16n d~be ser más severa, más pensada, y hecha con más arte y ciencia en las
escuelas primarias y secundarias que en las
escuelas de enseñanza superior.
Y la causa es que interviene un factor nue-

LAB CI'INCIAS NATURALES ••••

vo: el alma del niño, su capacidad mental, sus
inclinaciones, los defectos y las ventajas de
su entendimiento, a los que el profesor debe
atenerse si quiere enseñar bien. El profesor
univ.ersitario no tiene esta tarea ante sí: para
él lo más conveniente es considerar al estudiante como un ciudadano que viene a apren· ·
der, que sabe lo que quiere y lo que debe, que
esalumnohov v seráamigo detareasmañana.
y para ·poder hacer esta selección con arte
y con ciencia el profesor de enseñanza primaria debe tener un caudal de conocimiento mayor que el profesor de enseñanza universitaria, y en la escuela del porvenir, donde los
intereses materiales no intervendrán tanto
como hoy en los problemas ele enseñanza, el
niño tendrá al profesor más reconocido, más
célebre, más sabio.
La enseñanza de las Ciencias Naturales en
la escuela primaria es por lo tanto una tarea
muy grave y las dificultades son tan "grand.es
, que es permitido preguntarse: tal vez conviene prescindir de esta tarea, pues si.el niño saldrá de la escuela con ideas falsas, perderá el
interés, el amor hacia la ciencia_ y en lo futuro aprendería sólo mecánicamente.
Ante todo es evidente el dilema: ¿qul: se elebe enseñar al niño? ¿El conocimiento de los
hechos de que tratan las ciencias naturales o
del cemento que une estos hechos, de las ideas
en que la totalidad forman la concepción del
mundo?

�:':,)

Ro hay ~11df que :,a de 1111a edad muy _ .
prana el níll.o debe apreadtt 1111 gran n6mao
de hrchoe, que ee refieren a la vida que Je m,.
dea, y por la capacidad de nmemoria ae Pfflt'
ta apto para apttnderlos, pero loe hechoe JlOi'
• al eolos no p~tan el saber y aislados
cerebro del ,milo quedarán pronto borradoil
¡,or nueva■ tmprmioaee y por eeta economla
de!• memori~ que ae resiste a guardar ma•
tcrial pa~o 1111 orden y eia ' cieacia · ee aabido qae el aillo olvida pronto lo qu~ apnmde
pronto.
Be paee neceearlo hacer ua srlecci6a en~
loe. hechos qae ee eneellan al nillo. ,¿Y coa qaf
gatane en ~ta aelecci6n? A ªª!litro modo del
ver 1.a ee~6n de loe hechoe del dominio de
Ju c1e11C!a• nata_ralee que ae eaeeiian al nillo
debe venficane aJastándoee a la .t tgla eiguieate: aquellos hechos qae demr,estran..-e /a aa.
turale.l'll es bella, qrtedartúJ grabados en la
memoria.:y-alma del niño.
• Paedé parecer aua paradoja: al aillo hay
que eneellarle la filosoffa de fas cienciae natural~, hay q_ae principiar con ellos donde
term!ºª el sabio. La vida no me,-rfa eer yj.
da, d1~ Henry Poiacaré, al terminar lllia vida
· Jabonosa y fecunda, si no fuera bella
BI nillo recibirá con mlls facilidad ~na imagen que una descripci6a de un hecho cualquiera, ae!'- muy exacta, muy verfdica y recibir4
eealmta 1ma~ coa c~riild, ai ea bella', porque el
a del níll.o ee emtfttea y flo aaalftica 1

en•

,

•

lo taufo ~ m'8 apta para 188 idea• de la
teai• y no del análiaie.
,))e laa impresione de . Jo bello vendri el c!'-·
• 0 y el am.or hacia ,e} an}vet'so, siempre m•
OIIO, y hacia las CtCIIClaB Natar!'les 9ue ae
iífan2:an por penetrar en ■na m1stenos, aArselos y apropiarse de ellos. •
Bien y en los dominios de las Cienctas Nata•
( ~. g. en minera logia y geolog{!' que son
aeatra
eepecialidad) hay matenal de eo11
"li,a para demostrar que la aataral~ ~ be,U., merece eer vivida, pensada y admirada.
Bl cristal con sua periecta~ formas geomé~ . CQD •n• col&lt;!re9 ll!ªgn(6cos, an verda•
ttero pñncipe del re100 m10eral, que_ como loe
pñnctpes necetiÍta condicion~ yecaharee para
desarrollo, libertad y eepacto ante todo,Bl -C(ietal que, nace, crece y maere y vtve
m'8 que millares de generaciones_ha~!'-1;1ªª; ':1'!ª
simple roca, un grano ·de gramto Vle,JO, VICJO 1
de 111111 v,jcz incalculable, qae ae destt'll:,e porel asna, por el viento, por el hielo Y. dest!"'·
:,&amp;doee forma una roca pucva _qnc ta'!1~1én
-rivirA para ser destruida y as{ BID fin, sv;1vir.y
morir, morir y vivir. Una montaña a)ta, ma·
~osa, inaccesible_, capaz de ~ugenr hasta
~ miedo en la imaginact6n ~1 mño, la moa- .
talla que crece, five y muere; el rio_ q~e COI!
una fuerza poderosa transporta mtllares de
toneladas de mineral desde la montAña hasta
loe vallee y el mar; el reino de fño ~pe~uo, '
de nieve penitente, de montañas de hielo que ,

.us

�t

104

OOLEOOION ARl&amp;L

se mueven lentamente hacia los valles para
alimentar los campos del labriego, o destruirlos si f!e les antoja; el rayo de sol que deshace
las piedras, y el· sordo ruido en la montaña
de las piedras desprendidas que llaman en la
imagen de los mineros, niños también, espectros de magos buenos y malos¡ el fósil, el resto de un ser ·orgánico que ha vivido millones
de años atrás y cuya imagen petrificada podemos contemplar, y mil hechos más, explicados al niño en una forma debida, tendrán el
efecto de que ya hemos hablado: despertar en
el alma del niño el amor y el interés hacia las
Ciencias Naturales.
La sabiduría fría, exacta, puntual, vendrá
después.
Enseñar al niño consideramos un arte, y el
maestro ·debería tener como tarea principal
amalgamar el arte con la ciencia.
MOISES CA!'.TOR
('Rmsl.z tú F,/4sojia . Buenos Aires).

El Putntt dt los suspiros
D e JIOOD

.Otra otra infortunada
'Ya
'
..'
cansada
de vivir.
Importuna despechada_
Que po,. fin logr6 morir.
Re;ogedla con. ~landura,
Con gentil solicitl,(cl.
. Cuá» delgada! Sri figura
~uenta aún su desventura,
Su belleza•y j uventud.
Co11;0 al niño los pafiales,
Como lienzos fun erales .
Se le adhiere el casto_traJe,
Do aún gotea el o[ea;e
Del naufragio del clo~-0~.
¡Recogedla sin ulfraJe.
¡Recogedla con amvrl
.Ni una burla ni un agravio . '
'Le hagan mente, o tacto, o labio. \
Pensad de ella como hermanos,
Como débiles humaMs;

•

�106

OOLl!IOOJÓN

.1.arxr.

Pensad sólo en sus -an!]UBtias
Y sus manchas ol11idad.
t Qué hay en esas forma,s mustias
Que no implore caridad1

t Quién 81'8 padres noa ·diria1

No hagáis honda, cruel pesquisa
Del conflicto que insumisa
La encontró con el deber;
Ya la muerte en su torrente
Llevó el fango. y solamente
Queda el oro de su sér

I Ah, en ,,z mund~ cuánto es rara
La cristiana caridad!
I Oh gran lástima! ¡oh avara
Inhumana humanidad l
¡ Que a 14 na víctima i~fensa
Falte hogar en esta ,nmens~
Babilónica ciudad!

.. Sus errores, sus deslices
¡ Son de tántas infelices
Hijas de Eva! . ... Su cgntagi4

Desvalida la encontró.
Por la herencia que nos toca
Enjugad en esa boca •
~ espumas del naufragio ... ..
Trago acerbo, 1pero el último •
Que el amor l,e prestJntó.
¡ Ricos era1i sus cabellos!
Componed/os cual solía
Cuando, mísera, esperaba
Y creía en el amor.
¡Ah! decidnos. gaj"os bellos,
¡,Dó está el peine que os peinaba1
,Dó el. humikl,e toca_dor1

107

SL pumrr&amp; DB L08 BUSPIBOB

, Tuvo 'hermana, tuvo 1iermano1
i o uno aca.so más cercano
y más caro todavía1

I Ya no hay padres. no hay hertnanos1
t Ya no hay vínculos hu~anos1
¡Beina, pues, la indiferencia
y el amor se deaterró1.
.
l y aun la santa Providencta
Á su grey desamparó1
Desde aquí tal vez la mísera
Al nocturno cierzo impío,
•
Recorría tántaa lárnpdras
Que .-eflej" anc°h? rí?,
y la tibia lus de innun_ieras
Galerlas y ventanas
.
Qtu3 pintaban en su _e11píritu,
Tras de velos y persia~a~,
Cada cual la paz Y el Júbilo
De un amor y de un 00.gar,·

el

•

�J08

OOLBOCIÓl'I' 4AUL

~fiettt~as ella, aislada y huérfl¡na
.no t~nia más gue lágrimas
'
Y ni dónde ir a llorar!
Y la endeble criatura
Tiritaba de hambre y frw
No de liistérica pavura '
Al mirar de tánta altur~
Relumbrar siniestro el

rio.

Ya palpaba los dolores
No sus duendes !/ terrO:.es.
Ya sab{a el cuento serio ,•
Que la vida le ensBñó.
y tentábale el misterio
Que la fácil muerte esconde.
El transporte de lanzarae ,
De ex~ialarse sn un segur:ao
:ara ir . ... ¡qué importa a dónde1
'yFuera? Juera de este mundo{
.
esa idea devolvió
Á su labio la sonrisa.
Dióse prisa y se lanz6.
Y en, alegre libertino
mirarte en esta dscena
·Que ameniza tu camino
Por el Támesis o el Sena.
Á.

109

'SL PVD'd DS t.08 817BPIBOII

Ven, recoge tus lawreles,
Y regálate cual sueles
En el baño y el festín.
¡ Brinda y bebe sin espanto
De esa espuma y sangre y llanto
Con que riegas tu jardín !

Recogedla con blandura,
Con gentil solicitud.
¡ Cuán delgada! Su figura
Cuenta aún su desventura,
Su belleza y juventud.
Componed sus miembros frígid-Os
Con esmero casto y pulcro
Antes, antes de que rígidos
Se revelen al sepulcro,
Y que al menos en s·u fosa
Paz y abrigo se les dé.
Y cerradle li,égo, luégo,
Esos ojos ya sin fuego, ·
Que parecen los de un ciego
Que nos mira y no 110s ve;
Porque alli quedó clavada
Sólo esa últimci mirada
Con que ansiosa y acosada
A abrazar la muerte/ué.

--

�110

•

OOL'&amp;ootÓN A.RIEL

, I Triste fin de una existencia
Aun más triste! En su demencia
La empujaron al abismo
La crueldad del egoísmo
Y la afrenta de su error.
Débil fue, mas no inocente.
Cruzad, pues, humildemente
Sus do~ manos sobre el pecho.
Cf!al s_i orara sin despecho
· Silenciosa y reverente .
/ Y delito y delincuenÍe
Dejad ambos al Señor!

Bolíoar, gutrrtro

•

guerrero pocos han luchado como
Bolívar y por tánto tiempo y con enemigos tan poderosos y disciplinados ~amo !o_s
que España le puso delante. Orgamzó y d1r1gió once campañas, desde la del Magdalena,
. en Nmeva Granada, en l.812, hasta la del Perú
en l.824 y 1825, y mandó en Jefe treinta y siete batallas campales, entre las que figuran las
dos de Carabobo, la de Araure, las de Boyacá y Bomboná, y, finalmente, la de Junín. Como guerrero, por otro aspecto, Bollvar es único, y apenas si pueden señalarse semejanzas
más o menos acordes con el escenario y la época en que actuó.
La disciplina y la aud¡,cia triunfan con Alejandro en los antiguos ~iempos. Las tres batallas que le abrieron el Asia fueron decididas
por las falanges macedónicas qne él mismo
mandaba y que arrojaba sobre masas estúpidas y confusas. En el Gránico y Arbelas vence
él con Grecia sobre Persia, la civilización sobre
la barbarie, la libertad occidentalsobre el despotismo de Oriente, pero el siglo de Alejandro
fue para Grecia el suntuoso y triste crepúsculo

C

RAFAEL POMBO
( El Marconigrama. Londres).

r

(í)

OMO

(1) Capitulo de: un libro inédito.

�113

112

COLEOCIÓN ARTEL

que precede a! oca~o del sol. Nadie le ha igu.alado en glona, nmguno en belleza heroica.
Aristóxenes refiere en sus Memorias que su
cnerpo exhalaba grato aroma; que manaba
de su boca y de toda su persona un olor delicioso 9u~ _Perfumaba sus vestidos. Sus ojos
eran v1v1s1mos, agrega Plutarco, llevaba el
cuello ligeramente inclinado hacia el hombro
izquierdo, y su tez era muy blanca y esa blancura tomaba el tinte de la rosa en el rostro y
en el pecho. Llevaba consigo la Ilíada, considerándola como el oráculo del arte militarpor la nochelaguardaba bajo su cabecera co~
su espada. Llegado a Troya, subió al templo
de ~inerva e hizo un sacrificio a la diosa y libaciones a los héroes; regó con aceite y colocó una corona sobre la tumba de Aquiles. Su
pasión fue la gloria, la fama su fin. Ser aplaudido y coronadó de rosas en Atenas hé ahí el
ideal de sus conquistas; mas no tr~spuestos
aún los umbrales de la juventud, embriagado
con las delicias de OrieEte, cubierto de laureles
fallece, como había nacido, porfirogénito, en-'
tre la P?rpu_ra y el vino. Nadie le ha igualado
en gloria, ninguno en belleza heroica por eso
decía Chateaubriand que es el hombr~ que más
se ha asemejado a los dioses inmortales!
Aníbal fue el primer militar que mostró dotes estratégicas, ,y, según Napoleón, no tuvo
par en la antigüedad. El, colocando la infantería en el centro, la caballería en las alas y al
frente la artillería, inventó el orden de batalla

que en las más tormentosas épocas del mundo
fué la cartilla de los guerreros, la de Gustavo
Adolfo, Condé, Turena y el gran Federico. Su
vida ~ué la más vasta, la más grande, la más
enérgica del mundo. A los nueve años ciñe la
espada y jura venganza en el altar de sus padres. Increíblemente audaz para correr hacia
el peligro y maravillosamente prudente en él,
nos_ ~ice Tito 1;,ivio; infatigable de cuerpo y de
espmtu, dorm,a sobre elsuelo,cubierto con su
capa; frugal, sufrido, descuidado en el vestir
se le distinguía sólo por sus armas y sus caba'.
llos; era el primero en llegar al combate y el
último en retirarse. Con una tropa de ;alva¡es, ~I decir de Polibio, escala los Alpes cuando
la m~ve cubre las montañas, y, desde su cima,
reamma los corazones de sus soldados most~ándoles con e! de~o las fértiles llanuras que
nega el Po, los ¡ardmes de Italia y la campiña
r~mana. Acampa en los pingües campos del
P,amonte, avanza sobre Turín, sobre Milán·
vence al enemigo en las orillas del Te~in des'.
pués en las del Trebia; franquea los Ape~inos
y los pantanos del Arno; desbarata al Cónsul
Flaminio en el lago de Trasimene· costea el
A_driático, desciende hacia Apulia: y, describiendo un semicírculo, se cierne, como un águila sobre su ~resa, so~re Roma. En Canoas parece sucumbir para s1empre el valor latino y
Anibal, ebrio de triunfos, se entrega a las d~licias de Capua, mas para luchar aún catorce
años, para desplegar todo el poder de su ge-

�114

OOLJ:OOI6N AltllL

:BOLÍVAR, GUERREt!O

nio, para marchar, correr, volar de ciudad en
ciudad, de confin en confin, para caer y levantarse y escapar y aparecer, como el Terror, ante Roma. Su fin fue la libertad de su patria, y
el odio inmisericorde a los enemigos de ella, el
resorte de su acción. Traicionado y perseguido, después de cincuenta años de brega, cuando ya no puede luchar más, toma el veneno y
muere por una causa santa; la más santa de
todas, la resistencia contra el usurpador extranjero.
El genio guerrero de Julio César se mostró
en el arte de acampar, asaltar y fortificarse
contra los ataques de los bárbaros. En menos
de diez años que ha durado su guerra en las
Galias, dice Plutarco, ha tomado por asalto
más de ochocientas ciudades, sometido trescientas naciones diferentes y combatido, en
batallas campales, contra tres millones de
enemigos. Es el mortal más completo que ha
vivido jamás. Tuvo todas las seducciones humanas: era fuerte, bravo, arrogante, elocuente,
noble, pródigo, elegante, hermoso; vencedor de
Grecia, respetó sus glorias y dió libertad a los
vencidos de Farsalia, diciéndoles: "os salvan
vuestros grandes muertos"; vencedor en Alesia, la destruye, la arrasa en sus cimientos, y
unce Vercingétoris a su carro triunfal. Tuvo
todas las virtudes y todos los vicios: gran político,gran orador, gran guerrero, gran escritor, gran seductor, y todo sin escrúpulos; fué s~
pensamiento triunfar y dominar sobre todos

y conquistar a Roma, su patria, que había conquistado el mundo. Mas, cuando sueña en ensanchar aún las fronteras del imperio; vengar
a Craso sobre los partos; domar los dacios y
getas y agregar a sus hazañas las de Alejandro, regresando de las márgenes del Indo circundado de gloria inmarcesible, César, como
una bestia feroz acorralada por los cazadores,
se debate en elSenado,entre los puñales de sus
amigos, hasta caer cubierta la cabeza con su
toga, al pie de la estatua de Pompeyo!
Federico, el grande, descubrió el arte de emplear las armas: infantería, caballería, artilleria, según las condiciones del terreno. En Leuthen, batalla que Napoleón llamó su obra
maestra, dió grande importancia a la infante•
ría, provista ya del fusil de bayoneta, inventada por Vauban, el primer ingeniero de su
tiempo, quien por tal reforma fue el verdadero
fundador de la táctica moderna. Pensaba que
la mejor defensiva era la ofensiva, y a su tenacidad en las retiradas y actividad en las victorias, sus más heroicas virtudes, debió el hacer frente durante siete años a una coalición
de naciones: Francia, Austria, Rusia. Guerrero extraordinario, genial administrador, fundó la grandeza de Alemania; político escéptico,
preparó la descuartización de Polonia; filósofo impío; elegante escritor francés; comentador de Maquiavelo y Montesquieu en sus
ocios de Sans-Souci; clásico historiador; poeta aun en los campos de batalla; amigo de to-

115

�11&amp;

OOLBOOIÓN ARIEL

BOLÍVAR, GUURBRO

do lo grande y todo lo bello, y amigo de Voltaire!
Napoleón dió importancia capital a la topografía y al estudio minucioso y científico de
los mapas, esto es, aplicó las matemáticas a
la guerra. "El terre_n o es el tablero de un general, decía; su buena o mala elección decide de
su talen to". Fue maestro consumado en la dirección de los movimientos generales, en los
planes de campaña y en el arte de escoger el
punto propicio para herir y de buscar, para
vencer, un aliado en el terreno y un presagio
seguro en la superioridad de la fuerza. "Calculaba bien, marchaba con celeridad, y la fortuna hacía el resto." Prefería a las grandes y
pesadas masas de combatientes, los pequeños
y ágiles ejércitos que movilizaba y hacía maniobrar como fichas de ajedrez: "No es el
gran número, conversaba en Santa Elena, el
que proporciona la victoria. Alejandro derrotó trescientos mil persas con veinte mil macedonios. Los planes más audaces fueron siempre los que mejor me salieron".
Napoleón fué también legislador y, a su pesar, propagandista de la revolución: ''He dado un código a Francia que sobrevivirá a los
demás monumentos de mi poder"; dió al mundo portentosa lección de energía, que guarda
in taeta, como preciosa herenéia, el pueblo francés; pero guerrero ante todo y sobre todo llevó el arte de la guerra a su perfección y dió la
última mano al gran cuadro heroico de la bis-

toria, prestándole una sublimidad cuasi divina que no podrán ajar los siglos. Su quimera
imperial ha devorado, entre 1804 y 1815,
más de u a millón setecientos mil franceses, a
los cuales hay que agregar dos millones de
hombres extranjeros, muertos a título de aliados o de enemigos. "Sólo tres bellos días cuen•
to en mi vida, decía: Marengo, Austerlitz y Jena". ¡Cuánta gloria en tres palabras!
Bolívar, sin inventar nada, reunió asombrosamente casi todas las pujanzas y virtudes de
sus predecesores. En Junín, Carabobo y Bomboná mostró el arrojo olímpico de Alejan•
dro; en la campaña de Boyacá fué un nuevo
Aníbal, más grande por haber vencido más
grandes obstáculos; tuvo la seducción, la elocuencia, el estilo, las debilidades y el genio
pasmosamente múltiple de César; el talento,
el buen gusto, la actividad. la constancia, el
rictus de impiedad del gran Federico; la visión
aquilina y la rápida y segura ejecución de Bonaparte, y, más que todo, la audacia, la f.érrea
voluntad, el sublime coraje, el sublime rencor
y el sublime ideal de Aníbal. Como él, Bolívar
lucha no sólo con los hombres sino también
con los elementos: "Si la naturaleza se opone
a nuestros designios, exclama entre las ruinas
de un terremoto, lucharemos contra ella y la
someteremos"; corno él, lo guía una divina
venganza, la más digna de las pasiones humanas, contra el brutal español y h.do lo que él
significa de fanatismo, superstición y tiranía:

117

.'

�118

COLECCIÓN ARIEL

BOLÍVAR,GUERRERO

"Diga usted a su rey y a su nación, le dice al
gobernador de Carta gen a que le proponía tratados de paz en nombre de Fernando VII que
el pueblo de Coloro bia está resuelto a
batir por siglos y siglos contra los españoles,
contra todos los hombres, y aun contra los
inmortales, si .éstos toman parte en la causa
de España"; recorre más espacio en América
que los T~me!-Janes y ~engiskanes en Asia; escala con e3ércitos salva3es las más altas montañas, acampa en los más inclementes desiertos y vadea los mayores ríos. En todas lascosas se ha instruido no por la especulación sino
por la práctica, y como Napoleón que se jactaba de que nada había en la guerra que no
pudiera hacer él mismo: "Si no hay nadie que
haga pólvora, yo sé fabricarla; sé construir
cureñas, sé fundir cañones", Bolívar era competente para todas las faenas, desde las más
elev_adas: estrategia, diplomacia, legislación,
hac!enda, hasta las más bajas y manuales, pero importantes para el éxito de la guerra.
Véase, si no, aquella célebre carta, escrita en
vísperas de Junín, en la cual daba minuciosas
instrucciones a sus intendentes y proveedores
sobi:e los potreros, pastos, aguas que debían
servi~ ~ara engordar las caballerías que iban
a dec1d1r la gran batalla; sobre la calidad espesor, dimensiones de las herraduras, cla~os
etc. Ante los asombrosos éxitos alcanzados
puede afirmuse, pues, sin vacilar, que todas
las órdenes, instrucciones, ordenanzas, decre-

co:n

.

119

tos del Libertador, fueron obras maestras de
previsión, de buen juicio, de tino, de genial
competencia.
Tenaz, cítiico, calculador, astuto, fecundo,
terrible, colérico, indolente, enamorado, cruel,
todo como et cartaginés, murió como .él en la
tristez~ y la desolación, pero _más afo_rtunado,
viendo vencidos a sus enemigos y hbre a su
patria. Sabio legislador, pero mal político, lo
mismo que Napoleón, no tuvo como él la ambición de Alejandro y de César, la de los conquistadores que aspiran a dominar y reinar
en una patria engrandecida por ellos. Aníbal
y Bolívar fueron héroes y !Dártires de la l~bertad y del derecho. Todos tienen sobre el Libertador es cierto, la excelsitud y esplendidez del
escen~rio yla maravillosa pátina de los siglos.
CORNELIO HISPANO
1916.

(Revista Moderna. Bogotá.)

�OONSIDERAOIONP::• SOBRE "DON .TUAN

consiaeraciones sobre "Don Juan"

CON

la visita a las tumbas de este gris no·
viembre, de nostalgias y esplines, llega todos los años la evocación de aquel simpático
descarado por quien las tumbas se poblaron, el
''gallardo Y calavera" Don Juan del alma mia.
Cinco teatros de Madrid representan el drama
de Zorrilla ante una sala llena. Enrique Borrás,
el prestigioso actor y el más ilustre tenorio de
este año, es un Don Juán mitigado pero admirable. ¿ Confesaré que me place la obra entrañablemente? Sonreiré por supuesto de algunos
"ángeles" o "palomas de amor'', sonreiré cuan~~- la metáfora adulzorada y sevillana tiene prohJ1dades de arabesco. Nuestro realismo minu.
cioso admite difícilmente espectros y ánimas en
• pena. Pero en conjunto "Donjuan" deja en nosotros la resonancia de un drama de Calderón.
"La vida es amor ...... " y sueño a ratos.
. Parece un acto sacramental, una tragedia mfs.
t1ca._El gran conflicto escolástico de los siglos
medios entre la predestinación y la libertad
aquí se resuelve de la más simpática y español¡
manera. ''Está de Dios" que Don Juan se salve.

11

121

Se respetará, sin embargo, su libertad, su albedrlo, pero, mostrándole en una fantasmagoría la
muerte próxima, se le invita eficazmente al acto
de contrición. Es un ºacomodo con el cielo'',
uno de esos santos tartufismos que inventara a
menudo la caridad peninsular y sobre todo la
andaluza. Triunfan la gracia santificante y la
voluntad de una mujer.
No olvidéis que estamos en la tierra de Maria
Santísima. Y es una delegada suya, una de esas
p:Uidas y meladas sevillanas de Murillo, la que
llega del otro mundo a rescatar el alma del amador. ¡ Cúal tarea más santa y cuál rescate
más profano 1 El pecador no sabe si se convierte o ama, la religión y el amor se asocian, la ruta
al cielo se transforma en un viaje de novios.
Pero hay muchos otros "españolismos" que
voy notando al pasar pára comprender el éxito
asombroso de este drama. Todo es innegablemente español aqui. Lo es la arrogancia fanfarrona con las mujeres. ~1irad en la calle el de~
senfado con que la requiere de amores el más
hampón transeunte. Recordad la facilidad con
que Don Quijote, a pesar de eu mala catadura y
su fino entendimiento cree y razona el amor
rendido de Altisidora. Es española-leed cartas
de novela popular y los "avisos" amatorios de
los periódicos-este intelecto de amor flo•rido,
este arábigo lujo de tropos con que se adorna

�122

OONSIDER.A.CIONES SO:SRE "DON JUAN"

OOLEOOIÓN ARllCL

aquí la frase apasionada. Y la aventura .donjuanesca, la conquista por la conquista más que por
la presa, el afán sin tregua ni término, están
delatando la voluntad antigua de Teresa 1 de
Quijote, de Ignacio. ¿ No es idéntico tesón con
objetos diversos? Un corazón, el cielo, la ínsula,
Dulcinea, doña Inés, todo es semejante .blanco
para la puntería de estas almas certeras y aceleradas. Esa misma recomendación devota, esa
idea del Cielo como un concurso en donde amistades Y compadrazgos pueden aprobar o suspender al postulante, ¿ no la hemos compartido todos, cuando creíamos? Y en fin, las vacilaciones
de Don Juan en el cementerio y en el banquete,
su brusca duda sobre la realidad del mundopor donde Calderón se acerca a la filosofía alemana-¿ no fué siempre como en tan castiza a ventura de Segismundo, el minuto de fatiga en el
esforzado, el minuto en que el árabe soñador
suplanta al capitán de tercios de matarifes?
Es español nuestro héroe, pero es también universal. ¿ Quién no lleva un Don Juan adentro?
Un Don Juan que no siempre puede salir a luz
pero sueña, por lo menos, en ver rendidas a todas ~as mujeres. El Tenorio es nuestro mal pensamiento, nuestro querido mal pensamiento de
los veinte años. Los tuvo siempre este hombre
Y fué tal vez su tragedia. La nuestra es no tenerlos sino una vez. Envejecemos. A la pereza de
I

123

corazón le llamamos fidelidad, y al miedo a la
aventura "sentar la cabeza". Pero con melancolía sedentaria miramos a los divinos nómades
del amor para quienes tiene un sentido terrible
la palabra eterno.
.•
Fué el resquemor de Don Juan. 1Canno ete~no ! ¿ Existe acaso? Cuantos han amado os dirán si son sinceros, que se disipa luego, por lo
me~os, la dulzura del primer diálogo Y la virginal torpeza del beso. Amarse e~ pronto una costumbre y un confort. No mudamos muchas veces de mujer ni de domicilio, por no desordenar
algunos pensamientos y algunos libros.
Pero allf en cualquiera esquina, emboscada
nos espera Ía mujer ideal-ideal porque es distinta, encantado.ra porque el hálito no la ha
desprestigiado aún. Si la aceptamos, pasará luego este minuto como los otros. En van~ los poetas, urgentemente cordiales, están urdiendo halos morosos para la pasajera santidad del amo~.
Toda la lírica no ha sido sino un reproche al cariño que se disipa, que no pued~ menos q~e disiparse. ¡ Pólvora en salvas I Qutzá no extste la Elegida, la única. No siempre fué mala ventur~
si no le dimos a Dulcinea tan soñado entendimiento de hermosura que en ninguna venta del
mundo la ·hallaremos. No me extraña que un
gran poeta haya tenido por compañera de su
vida a una cocinera. Si no llega la que no pue-

�12'

OOLEOOIÓN A.RIEL

de venir, ¡ qué más dan fregonas o marquesas 1
Vamos tropezando por supuesto con lo que
Schopenhauer llamaría las emboscadas de la es.
pecie. Esta mujer que pasa, es precisamente y
con urgencia, la felicidad. Sigámosla, abandonemos todo para seguirla hasta la esquina en
donde la trocaremos por cualquiera otra. La
primavera pérfida colabora a estos altos de gala
. ~n el camino. Todos hemos sentido en esos peligrosos días tibios, macerada el alma en ternuras, la necesidad de balbucear sandeces o penas .-viejas. HLJoró sobre mi chaleco", dice la burla
de Francia. ¿ Sobre cuántas blusas que pasan
vamos a hacer lo mismo ? Instalaríamos en un
pisito discreto a cada mujer y si nos niegan la
golosina, somos capaces de no dormir selún el
código r?mántico.
·
¡: ¡ •

¿ Compa~tió Don Juan tales ansias? Lo ante~or _me parece expresar precisamente "lo que no
smt1ó Don Juan". Tuvp demasiada salud espiritual para hacer el ridículo como Alfredo de Musset en Venecia. Estaba en primavera siempre.
Si quisiéramos valernos del manoseado mito
g~ego, diríamos que la flecha de este 1&lt;rquero
e¡emplar, iba directa al blanco. Era el halcón
de las monterías viriles y no esta golondrina nostálgica de aleros en que ha venido a -simbolizarse_ nuestr_o va~il_ante y ~barde amor. Mi amigo
G1ovannt Papm1, el admirable florentino, escri-

CONSIDERACIONES SOBRI.

11

D0N JUAN"

125

bió un cuento:" El hombre que no pu d o amar " .
Era Don Juan. Estoy de acuerdo si reputamos
al amor como un abandono, como una entrega.
y Don Juan no se ha entregado nunca. Le gus·
ta hojear mujeres. Es un precoz aficionado al
"reman psychologique" de cada vida. Le suponemos ahora como un Sthendal curioso infinitamente. No dirá, como los vulgares amadores,
que todas las mujeres son iguales. Sabrá ~iscernir en cada cu31 gracia y modales sm dupltcado.
Y concebimos que pueda sentir, al envejecer,
la melancol!a del químico moribundo sin haber
agotado las experiencias. Por este resquicio tiene cabida la mfstica. ¡ Miseria I No podemos acaparar todos los éxitos. Mil y tres dicen que
fueron los suyos. Pero hay millones de enamoradas probables. Y ante la melancolía de esta parquedad, excuso que un espíritu delicado vaya a
la iglesia para emplear su amor sobrante. Ya,
por lo demás, el amor a Inés significa 1~ fatiga
de Don Juan. Dice que ama en ella la virtud y
esto infiere vejez. Para los paladares estragadós
fué siempre condimento la pureza. Pero el buen
apetito de Casanova acepta todo, monja u horizontal, sin preferencias.
Se ha enmohecido la veleta. Desde entonces
ya no nos interesa o nos seduce de otro modo.
Nietszche hubiera seguido en este Juan amortiguado, la trepadora floración de la "mala con·

�. ."
&lt;;1~nc1a .

00LEOOI6N A.'Ril!!t

Considerado como 1
ic1smo en un alm f
a lucha del cato.
a uerte el d
Y se eterniza Don J '
rama se profundiT
·
uan es I · •
al vez prolonga la selvát·
. e mstinto joven.
bárbaro. Me lo figur
tea tndependencia del
.
o como un moz
. .
quien de pronto unos b b
o v1s1godo a
a llamar pecado s
dom re$ tristes le enseñan
uar orpáa•
S
gunos años, retando hasta tco. e va a reir al.
un desacato pueril y
a las sombras en
exagerado
está dentro y el mo b
' pero el morbo
se 11am
..
N o me digáis que esr osól
l a remord1m1ento.
cala vera. Toda Esp - o e drama de un mozo
con una tristeza impanta destá aquí debatiéndose
ora a de s
.
vez has vencido , Ga1·1
amana.¡ y otra
I eo !
Mas, combatiendo al am
do vida nueva a
orla Iglesia le ha daunque enfermiza Al h .
escarbarse la con .
.
·
ab1tuar a
c1enc1a e
tente, abre el camino d l n e1 examen peni.
· morosa" que tanto combat· e a1 "delec t ación
1eron os te61rea dos veces el p
d
J:Vgos. Se sabo.
eca o, al comet 1
1o. Además, el seduct
er o y al expiar.
·
or cobra el
..
ból1co
de Fausto M·
prest1g1o dia.
• 1entras má á d"
garita, más fácilmente la . ~ e n ida sea Mar.
convertir al pecad
l
m1s16n evangélica de
- I
or, a entrega d
na nés vence al b
esarmada. Doca o, mas no 1 "d
galeote de amor está
o v1 amos que su
.
Porque no podemo ya. un poco neurastémco
•
s imagina
D
·
tenido en una ave t
r a on Juan de
n ura. Aquí
•
del personaje de la ti º6
. no hablamos sólo
cc1 n, sino del "h0
·
mme-a-

ª

OONSIDE'RA.Oio:iU:9 soiRE ' 1DON .TUA.N"

127

femmes" que todos hemos visto alguna vez. Pone su genio en su vida como Wilde. ¿ Concebimos a un novelista que no escribiera más novelas porque la postrera fué exqelente? En el amor
hay también una especie de producción constante, de genio creador. Tal vez ninguna gloria se
equipara a la del viviente drama en tres actos,
a la del sublime tríptico: la frescura matinal de
la primera escaramuza, la gloriosa certidumbre
de poseer y la crueldad del abandono. ¿ Crueldad? Don Juan no puede mirar atrás. Su error
es ayer y su obra de arte es mañana. Manón se- ría su amante ideal; pocas mujeres se llaman
así; las más Ofelia o Gretchen.
Gajes del oficio son las quejas de la mújer preterida, pero muy útiles para el seductor las je.
remiadas. Por cada Ofelia muerta, se duplica el
prestigio de Hamlet, Y está probado que cuando se quema una falena en la lámpara, acuden
parvadas al reclamo. En el amor al peligro ha
hallado un francés filósofo la mejor base de la
moral. En el mismo fundamento reposa el amor
de las mujeres. Cuando la señora de Bovary se
va a la cita con Rodolfo, su mayor deliquio es
pensar que el excelente Carlos podría despertarse y sorprenderla. Por lo demás, poco les importa llorar después. Para consolarlas siempre hay
iglesias iluminadas, la fantasmagoría del enam'.&gt;rado místico. Tienen allí eI asilo las in váli-

•

�OQt,BOOIÓN ABl~L

1 1

128

das de corazón que verán a Dios. Y es la más '
admirable contribución del catolicismo al amor, 1
la de haber ense!lado a las victimas de Don Juan .
que hay un sabor e~celso en las lágrimas.

\

VENTURA GARCIA CALDBRON
(El Ffpro , Habana .)

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•

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�Imprenta Greña~

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Calle 4.ª S., entre F.lvenídas 4 y b

JII

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~ ~~~ódicos - Polleto:~=·
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Facturas - Etiquetas- Invitaciones
Programas
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ll~ = = = = ~
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·&gt;----=,*

,¡¡,_ - . -&lt;--

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F.I 125 varas del Parque Central
Esta imprenta se encuentra
instalada yá en su nuevo y espacioso local, situado· en Ja Calle 4.ª Sur, entre las Avenidas
4.ª y 6."

Oeste, á 125 varas

del Parque Central, construido
especialmente· para tipografía y
que presta grandes comodidades
para el trabajo.
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EDICIONES NITIDAS Y CORRECTAS • • •

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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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