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El [11ento Semanal )

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· NOVELA F'OR F. SE ..
. RRANO D.E LA FED~USA

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ILUSTRACIONES

DE

A.

LOZANO

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�El tuBnto&amp;Bmanal
Se publica los viernes

911c1nas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Kipsco de .. El

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1

/v\adrid

tuBnto SEmanal"

Alcalá 31 (acera de Apolo)

Se admiten suscripciones y anuncios. Se
venden números atrasados y colecciones.
Cuantos deseen comunicar con esta Revista, pueden dirigirse á nuestro Kiosco.

ADVERTENCIA
A todos los suscriptores de ,.EL CUENTO SE-

MANAL" en Madrid .que deseen recibir el ptr16dico
ea provincias durante los meses de Julio, Agosto y Sep11embre, se les enviará sin aumento de precio si remiten á L1 Admlnistracl6n de este peri6dlco las señas de
la nueva dirección y el importe anticipado por el tiempo
de su ausencia.

=
Libros y Revistas
Hbtorlu perveraaa, por Ramón del Valle-Inclán. Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En este libro resplandecen aquellas exquisiteces de for111&amp; y de pensamiento á que el autor de J:,p1ta/omio nos tiene
acostumbrados: la vivacidad en las descripciones, b riquea elegante del léxico, la sobriedad é impecable tersura del
estilo y la belleza de las figuras, refinadas y caballerescas.
1.a verdadera redención, por Rafael: Ruiz López wa Editorial Maucc;i. Barcelona.
Los rasgos culminantes de esta novela, una de las que
meJor definen la personalidad de Rafael Ruiz L6pez, son la
ternura y la pasión. Diríase que dentro del alma artista del
antor conviven un hombre y un niño.
1.a cueva de lo• buboo, por Luis Liípez- Ballesteros. Sáenz de Jubcra, Hermanos. l\ladrid.
Forman este volumen, además de la novela cuyo titulo
:figura en la portada del libro, otras novclitas y cuentos rnuy
notables, tales como El uimm d.: don l,1Qa11cio, 7eójil", J:.l
rn11niÍI&gt; dt las almas, etc.
López-Ballesteros es un novclador original, pintoresco
y robusto, cuyo verbo libre y caliente i11nora esa fría ecuanimidad empachosa de los estilistas. Creo que no debe
dolerse de que ello sea como digo. Las pasiones, esas grandes corrientes del alma que, cuando se desbordan, de todo
triunfan, ~iempre son íncorrectas.
Los aficionados á L'\ literatura deben desear que Luis
López- Ballesteros, que hace años descolló en la novela
con Ludia extra,i11, y en el teatro, con l.a butt1tr11t11t11ra,
no olvide el «jardín s:igrado» dd libro.

. Cantes gitano,, pnr El f/acl,11/er A,,tada. - Imprenta
Moderna. Logroño1

AÑO 1- 28 - JUNIO
1907 - N.º 26
--Precios de suscripción:
l'\odrld y provincias: Trimestre 3.25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convenclonales.

Número suelto:

3Q CéntiffiOS

Componen este libro algunos centenares de solearu,
uguiriyas gitanas y se-rr,mns, que rdlcjan fielmente el esplritu ,·ehemenle y dol9rido de nue5tro pueblo.
81 Clnemató~raln llu"trado. - Con este título, y bajo
la dirección de nuestro dlStinguido compañero en la Prensa D. Ramón '.\lendoza, ha comenzado á publicarse en Madrid una revista decenal.
Deseamos al colega muchas prosperidades.
Azul ... , por Rob~n D11rio.-F. Granada y C.", Edi•
tores. Barcelona.
De este libro, publicado diecinueve años' ha, dccin don
Juan Valern .
• • • &lt; Desde luego, se coí\oce que el autor es mny Joven:
que no puede tener mh de veinticinco aiios, pero que los
ha aprovechado marnvillosamente. l la aprendido muchlsimo, y en 10,lo lo que sabe y expresa muestra singular
talento artístico ó po¡\tico. Sabe con amor la anti~ua literatura gnega; sabe de todo lo moderno europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano ..• »

La preexcelenle labor que despuh ha realizado Rubén
Darlo, justifican plensmente estas palabras, casi proféticas
entonces, del maestro inolvidable.
Cuadros de miseria. Copiados del natural por José
Nakens. - Imprenta de Domingo Blanco. Madrid.
Resplandecen en esta obra aquel estilo robusto lleno
de concisa virilidad, aquella voluntad espartana, aquella
honradez sin tacha y aquella inamovible firmeza de criterio, que han granjeado á Nakens, juntamente con la admiración ferviente de sus partidarios, la simpatía y el respeto
de sus enemigos.
00CO

f.

•

SERRANO DE LA FEDROSA

occ:

i FO R JV\ALASI

La Semana Teatral
A polo. - Con un «lleno» enorme celebró, hace ~ocas
noches, su beneficio el popularlsimo actor Emilio Carre•
ras. Nosotros queremos mucho á Carreras; es quizás el
hombre á quien debemos más horas de risa.
Se estrenaron dos obras; El príndpe fi."uroki, que valió
á su autor, Sr. Gilli, muchos aplausos; y ÍA suer/t /qca, ori~inal de Amicbcs y (.;arcía Alvarez, menos afortunados en
esta ocasión que otras veces.
El público, no obstante, celebró mucho una especie de
tan~o donde la bellí~ima Rosario Soler luce y derrocha
á dntaros la picante ssl de su escultura.

Gran Teatro. - Sin las preciosas decoraciones de Mar1inez Gari, la dirección magistral do Enrique Chicote y los
prodigios de travesura y de ~racia de l.oreto Prado, es
e'&lt;'idente que Ln anloreha tÚ lfimmto habría fracasado rui•
dos amente.
La obra es del corle de ¡Al _,1gt111 patos/ y de 5.m 7ua1t
,ú Lus, pero bastante menos chm&lt;&gt;sa q ae nqoéllas.
l)islinguiéronsc en la interpretación las Sras. Franco y
Blanc, y los Sres. Ripoll, Soler y Llaneza.
Circo de Parlsb. -- llan ,ltbutndo en el hermoso Cin:o
de la Plaz:i. del Rey la Srta. Rosa de 1'"rance, bajo cuya
dirección un puñado de perros a rnacstrados realizan sorprendentes ejercicios, y Los Cltimmlas. dos cantantes de
gran originalidad.
&lt; Todo Madrid» pasará por el Circo de Parish.

L

A _s~ñora

d~. Andilla era una jamona g uapa;
sus &lt;lo~ h1Jas eran muy bonitas; la sobrina
de Mermo, u~ia ~mchacha muy hermosa· las
&lt;l?s _hermana_s ele_ (,uttérrez Baliza, monísima~; la
\ !u~a del bng~d1er (n~intinueye años), una prec10~1&lt;l_ad; _las chicas de don Ele uterio, dos buenas
mozas .. ; ' era, &lt;:~fin, una tertulia de hellc-zas.
Ilab1a t~mb1en una _fea, Antoñita; tal vez e l
acaso la hab~a llevado alh para que siry iera de unidad de medida a l apreciar la excelencia ele las demás; e ra co~o l_a figurita humana q ue pone el pintor en un pa1saJe de monta11as para dar idea de la
gran_cleza de las cumbres. Pero hasta esta fea tenía
gracia y no poco partido entre los much·tchos
Y había, por último, en &lt;·ste musco d~ muJ~res
guap.~s, algo que con?!laba á Antoñita, y este algo
~ra ~.len.~, la hermos1s1ma, la arrebatadora Elena,
I,~ marav~lla, el asombro, la perfección; la que e n la
c&lt;1lle hacia ,·oh·er la cabeza 110 sMo á lus hombres,

~i.no á las mismas mujeres; la que en el paisaje h11fl 1era e~taclo representada por la blanca nube que
o ta_á mmcnsa altura sobre las cumbres más soberbias.
. Sin la. presencia de Elena, Antoñita hubiera
sido senc1llamente la fea de la reunión. ahora
Elena
•
b a uno ele los extremos
·
'y ',\nto-'
_.
re pnsenta
mta
extremo or~uesto; e n medio quedaba e l
monton de las mediocres.
Así les ~lc~í.t ella cuando i enía á pelo:
-:- .\qm, !:.lena es la primrra tiple, yo httiple
cómica y ustedes el coro.
. Algunas corútas hubieran preferido que las hubiese llamarlo feas.
'
. .
na· De bu_&lt;:na gana_ hubieran querido odiará Ele'. P:rn, e&lt; {¡~1!&gt; odiar á un soberano que trae dinei o a _la nac1011 y a_demás renuncia á su sueldo?
A~~uell.i ~crmosur~. incomparable a traía á los mue '.1ch1'.~ a la rcun~on de la señora de Andilia, ,
los atr.i1a · con drsmtcrés, sin entablar relacione~
amorosas con ninguno.

:1

�De die1., nueve
El amigo que lo presentaba lo había anunciase resoh-ían inme- do en estos términos:
diatamente á dar
- Un perfecto caballero, una verdadera notacelos á Elena con bilidad en la ciencia médica, un hombre muy listo
alguna de las otras y un excelente partido para la muchacha más exichicas; y como Ele- gente.
na continuaba en
Y la amable Conchita, que llevaba la bondad
su indiferencia y hasta el punto de poner su amor propio en el núlas amigas favore- mero de matrimonios que salían de su tertulia,
cidas eran bonitas, repitió aquellas palabras la víspera de la presenlos despechados tación entre las chicas que aun estaban vacantes.
acababan por afiTodas las miradas se volvieron hacia Elena.
cionarse m u y en
- ¿Te rendirás ahora, Gibraltar? - le pregunserio á las que ha- tó Antoñita.
bían querido uti- ¡Ah! Pero ese caballero, ¿viene metido en
lizar como instru- un sobre en que se lee mi nombre?
mento de ven- Es la costumbre - replicó Antoñita con
ganza. Dicho se acento de cómica resignación.
está que, sabedo- Pues bien; si no es tuerto, ni cojo, ni enano,
ras e 11 as del pa- ni habla gangoso, ni es cabezota con el pelo rizapel de víctima que do, y si vosotras me lo cedéis y él no lo lleva á
sus novios preten- mal. ..
dían asignarles, en
La dueña de la casa intervino en la discusión.
cuanto lograban
- La verdad es que Elena se defiende mucho.
encalabrinarlos
- Doña Concha, eso quiere decir que me dey coger ellas lo alto de la cuesta, les hacían rodar fiendo demasiado.
de lo lindo y los trataban á zapatazo limpio. Hacían
- No, hija mía, hace usted muy bien; el matrimonio es una cosa muy seria. Pero, en fin, como
Jlerfectísimamcn te.
Ejemplo, el pobre Juanito Cansino. Al ir por usted no ha tenido desengaños...
la mañana al :\Iinisterio, había de dar unos paseos
- No tengo motivo para tanta cautela, ¿verpor enfrente de la casa de su novia, hasta que ésta dad?
- Parece poi· lo menos que ...
levantase un visillo y le saludara con la manita;
-desde el Ministerio, telefonazo entre once y doce,
- Y hasta se puede creer que estoy tan ory en seguida á escribir la carta que, al terminar gullosa de mi persona, que no encuentro quien la
Jas horas de oficina, llevaba un ordenanza; por la merezca.
- No, eso no - dijeron á un tiempo muchas
tarde, paseos por la acera de enfrente hasta que
voces; y Antoñita prosiguió:
fa doncella bajaba con la consigna; á escape, en
.seguida á la cuadra para alquilar un caballo, ó al
- Todas sabemos que eres tan modesta como
teatro para tomar una localidad, según el empleo guapa, y por lo mismo es necesaria una explicaque la niña diera á la tarde, ó bien á meterse en ción; hay que dar una explicación; pedimos una
el portal de enfrente si llovía, esperando las aso- explicación. (Así habla mi padre en el Congreso).
madas de la novia tras de los cristales con reca- Sí, sí; que se explique-exclamó el coro.
&lt;litos y tarjetas 1·espaldadas,intercaladas en el tex- Pero, niñas, eso es escudriñarme. No me ha
to; y llegada la noche, á comer con embudo y á solicitado nadie.
- ¡Quiá!
vestirse de prisa para no quedarse sin localidad ó
- Yo misma no sé por qué...
para acudir á casa de Concha, que así se llamaba
- ¡Quiá!
la de Andilla.
Hubo un silencio apremiante.
Más descansados estarían, seguramente, los
- Bueno-dijo Ell'na-;¿me dan ustedes per.sitiados de Puerto-Arturo; pero así son los noviajes en nuestra tierra. Si los futuros cónyuges son miso para que me ponga colorada?
- Concedido.
ricos, el noviaje así entendido constituye uHi'l '- :- Ahora que tengo el permiso, me parece más
&lt;:ciente preparación para lo que ha de ser única
ocupación del marido: esto es, prevenir y realizar difícil decirlo.
los gustos de su mujer; y hasta se puede afirmar
- ¿Es un secreto?
- No; es una preocupación, una manía. Suque la luna de miel durará diez ó doce días.
Si los novios no son ricos y el marido ha de pongamos que... en fin, cuando yo era niña leí un
trabajar y conquistar un puesto en el mundo, esta cuento en el cual se trataba de dos hermanas, una
manera de amar á la española, que suspende todo muy hermosa y otra muy fea; las dos estaban catrabajo social del hombre á la edad en que debe sadas y á la fea le iba muy bien en su matrimonio
ser más vigoroso y decisivo su esfuerzo, aportará y su marido la quería cada vez más, porque tenía
.segura1nente al matrimonio una renta de patatas, un ángel que la protegía y que le había dado un
alubias, lagrimitas y palabras gordas, que basta frasco de sal para que echase cada día un poquito
para encanijar á los hijos y matar al más débil en el plato de su marido.
- Hay feas con suerte - interrumpió Antode los cónyuges. :No hay que decir que es el
ñita.
marido.
- A la hermosa le iba cada \"Cz peor, y todo
Basta de noviazgos y vengamos al momento
en que iba á ser presentado Ramón Brieeño á la se volvía disgustos y peloteras en su matrimonio,
hasta que un día se presentó en casa de la fea dise;inra de Andilla.

11

,,j 1
l

tra menos fea; en cambio, el que
se acostumbra á una guapa...•
Antoñita no dejó á Elena terminar el cuento. Se arrojó frenéticamente, en sus brazos, y entre un
chaparron de besos, le decía:
- Tú sí que eres mi angelito
protector. ¡De1a que te coma á besos, preciosa!, que me has dado
consuelo para toda la vida.
Se interrumpió bruscamente y
después de una pausa, exclamó:'
. - Bueno; ¿y cómo meter esa
idea tan hermosa en la mollera del
pr_imer zanganito que se presente?
Mira, me dirás cómo se llama ese
libro; compraré dos ó tres docenas, y desde esta noche me colocaré en la puerta, y conforme vayan dejando los abrigos, «¡zas! ¡Lea
usted eso!»
- Con que ya ven 1,1stedes continuó Elena poniéndose como
una guinda-, que si pierdo la cabeza Y me cuento entre las guapas,
he de contar también con más desengaños que otra cualquiera en mi
matrimonio.
.- Di - preguntó Antoñita-:
¿qmén era ese talento monstruo,
autor del cuento?
_- Carlos Rubio; mi padre dice que era muy
amigo de Sagasta.
- ¡Ah! Entonces le habrá conocido papá seguramente. Se lo preguntaré.
.,- Ahí viene.
- Es verdad. Di, papá, ¿tú sabes quién era
Carlos Rubio?
--:-- ¿Carlos Rubio? ... ¡Ah, sí! Un chiflado. Siempre iba muy sucio.
La indignación de Antoñita no encontraba pa)abras para desbordarse. Poniendo los brazos en
Jarras y meneando la cabeza, dijo á su padre:
- ¡Así está el país!
El papá, acostumbrado á estas salidas de Antoñita, se encogió de hombros y pasó á otra sala.
Ella, como si aun pudiera oírle, le lanzó á través
del cortinaje estas palabras:
- Pues sepa ·su señoría que si su señoría me
ha hecho fea, Carios Rubio me ha hecho feliz.
. El grupo de . muchachas rompió en una carcaJada.
II

•
ciéndole: «Mi casa es un infierno y tú tienes la
culpa.• «¡Yo! ¿Por qué?, «Porque soñaste en alta
voz cuando el ángel te dió el frasco de sal, y yo,
antes de que desperta:as, te quité la mitad y la
voy echando en la co1!uda de mi marido; y no sé
cómo es esto; pero á ti te prueba muy bien y á mí
rematadam~nte.• Entonces se les apareció el ángel y les d110: «Esa sal se llama la costumbre. El
que se acostumbra á una fea, cada día la encuen-

Ya_ necesitaba Ramón Briceño ser un Don Juan
T en_ono para correspond_er á la expectación que
h~?1 provocado el &lt;lnunc10 de su visita. Nunca se
VIO la señora de Andilla tan estrechamente rodeada de sus amiguitas. Hasta la brigadiera mostraba aquella noche un empeño tan decidido en
no apartarse de Concha, que hubiera desao-radado
profundamente al brigadier si hubiera vu~lto del
otro mundo.
, Y la verda~ es que la figura de Ramón no tema n_~da que impresionase á primera vista, como
se VIO cuando, acompañado de Meseguer, sa-

ª

�f"

- Usted es un hombre excepcional. Ninguno
ludó á la dueña de la casa y tomó asiento junto
de nuestros contertulios conoce á Carlos Rubio.
á ella.
Era correcto, casi vulgar. Los ojos sí, eran ne- Es inicuo.
La de Andilla se había separado del grupo, y
gros y de mirada dura, agresiva, dominadora; Ramón ofreció su brazo á Antoñita y continuaron
aquel mirar parecía que calaba muy hondo, que
registraba é inventariaba el espíritu. Después, paseando.
- Dígame usted, señor Briceño: ¿es verdad
como si no hubiera encontrado en el inventario
que
ese escritor era muy sucio?
cosa alguna digna de atención, la mirada se apa- Esa fama ha dejado, pero disculpable. Cuangaba ó se distraía. Dijérase que los ojos de aquel do el cerebro consume demasiada energía, queda
médico habían contraído el hábito de la disección: poca actividad para los cuidados de la existencia.
funcionaban como escalpelos, y satisfecho el estu- Carlos Rubio tenía el aseo caro. Dé usted á un pedio, abandonaban la carne hecha piltrafas.
timetre una botella de agua, y la administrará tan
La conversación tampoco era brillante. En el
sabiamente que tendrá agua para todo. Otros, en
discreteo que en seguida tuvo que mantener con cambio, necesitarían un baño oriental; pero si se
media docena de señoritas, no parecía el jugador
impetuoso que, con peligro de perder unas cuan- les diera, serían aseados.
- También los hay muy cerdos.
tas piezas, avanza hasta dar un jaqne, sino el ju- Es que el cerdo es un animal muy calumgador machucho que conserva su fuerza en buen niado. Se revuelca en fango porque no le ponen
orden, aunque adelante !entamen té. Sin embargo,
Colonia.
alguna que otra réplica tan viva como ingeniosa agua- de
Me parece que usted no ve dificultades, y
y un impetuoso rapto de entusiasmo, al hablar cree que todo es cuestión de emplear estos ó los
precisamente de la disciplina y el dominio del sistema nervioso, demostraban que en aquel carác- otros recursos.
- Así es.
ter, limpio y cuidado como un paseo público, las
- Sin embargo, hay en este mundo muchas
avenidas más largas y tiradas á cordel podían descosas imposibles.
embocar en cráteres volcánicos.
- ¿Cuáles?
Las cuatro palabras que cambió con Elena no
- ¡Bravo! Esa es una pregunta valiente; pero
tuvieron gran importancia. Ramón recurrió en la contestación también es de mucha fuerza. Pueaquel momento á la perfidia que emplean los adu- den ser imposibles las cosas que dependen de la
ladores con los soberbios; cuando el hombre tiene
ajena.
aires de estatua, basta sustituir el pedestal por voluntad
- ¡La· voluntad ajena! Se la conquista y se la
una nube para que la estatua vacile y se rompa
dorna.
las narices.
Antoñita miró atentamente á Ramón.
Briceño quemó en cuatro palabras tanto in- ¿Le parece á usted fatuidad?
cienso, que otra que no hubiera sido Elena se hu- Precisamente porque me parece usted un
biera aturdido y bamboleado; pero la joven con- hombre serio, me sorprende esa seguridad de
testó con tal modestia que desarmó á su contenatraerse á los demás.
diente. Fué un tanteo que duró un momento, y
- Pues es positiva.
pasado el cual, los esgrimidores levantaron los flo- ¿De manera que tiene usted un talismá 1?
retes, se saludaron cortésmente y se dirigieron
- Es posible.
cada uno por su lado.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué mal repartido anda
El interés de cuantas personas formaban el
todo!
corro estaba satisfecho. No había flechazo. Ramón
- ¿Por qué dice usted eso?
no pretendería á Elena, y si la pretendía ~- !dría
- Porque usted que tiene prendas y condiciocon las manos en la cabeza.
nes para hacerse amar por sí mismo, tiene además
Y nada más. Cada una de las muchac'.:: que un talismán para que le quieran; mientras que yo,
no tenía novio se propuso aprovechar la ¡, r;mera pobrecita de mí, no tengo una cosa ni otra.
ocasión de cazar al nuevo contertulio; los bailari- Usted es un encanto.
nes volvieron á su delicioso ejercicio; los señores
- ¡Señor Briceño! Vamos por partes. Yo soy
de espada-mala-basto siguieron regañando al que la fea de la reunión, y aquí está prohibido atentar ganaba y regañando al que perdía; Elena continuó á mi soberanía de coquito; ¡cuidado con ello!
en su apacible serenidad, y Ramón, que daba una
- Es deliciosa - decía Briceño riendo.
vuelta con la señora de Andilla, se encontró de
- Lo que sucede es que soy buena y me gusmanos á boca con Antoñita.
ta intervenir y meterme en una porción de cosas,
- La señorita de Almeida.
siempre con buena intención y á título de amiga
- ¿Usted es hija de don Ulpiano?
desinteresada. ¡Forzosamente desinteradal, que si
- Sí, señor; y sobrina de Carlos Rubio.
pudiera. . . Pero estoy segura de que todas mis
- ¿Del escritor?
amigas me prestarían el novio para baila,.
- Del mismo.
- Harían mal.
- I&gt;ero, señorita, si Carlos Rubio viviera po- ¿Otra vez? Pues sepa usted que lo hacen,
dría ser abuelo de usted; pero tío...
siempre que están cansadas. Cuando alguna se
- Es que yo le he declarado mi tío adoptivo. sienta y viene el no\"Ío á sacarme, veo yo que anCreo que si viviera no me negaría ese favor.
tes le habla ella al oído. Y es que le dice: «Hom- Al contrario; se sentiría orgulloso de esa bre, haz bailar á la pobre Antoñita.• Y alguna vez
distinción.
replica él, seguramente diciendo el muy borrico:
- Por lo que observo, usted conoce las obras «¡Es tan fea!, Y observo yo que replica ella, ¡claro!,
de... mi tío.
le dirá: «Pues por eso.• En seguida viene el novio
- Conozco un torno de cuentos.

•

o

y me saca. Y yo les digo
i todos: «Es usted muy
amable.•
Briceño soltó la carcajada y Antoñita continuó:
- Sí, sei"íor; yo soy,
en cuanto al amor, una
pobrecita de pedir limosna; yo, si no fuera por mi
cetro, me pondría á la
puerta de esta casa para
decir á los que salieran:
«¿Me da usted un corazoncito, aunque sea moruno, por amor de Dios?,
Por eso me interesa mucho eso del talismán; porque usted podrá estar
equivocado, pero habla
u~ted en serio, y si tuviera usted razón ... ; porque yo tengo mucha fe en
los inventos y en las cosas científicas, sí, señor;
Y aquí ya sabemos que
usted es un médico que
tiene hecho pacto con Satanás, para curar á todas
las princesas moribundas
c?n u~a m~tita de perejil,
s1, senor, s1; todo se sabe.
Briceño se reía de
muy buena gana· hacía
mucho tiempo que' no disfrutaba de una conversac_ión de mujer tan divertida.
- Vamos á ver sei'ior Briceño; habl~mos
con toda seriedad: ;es
posible que alguien que
no sea usted se enamore
de mí?
- ¿Y por qué no he
de ser yo?
- Porque usted no
me gusta. Así; las faltas
de .. : compostura hay que
castigarlas. ¡ El demonio
del hombre! En tramos en
~l terreno de la formalidad y todavía le quedan
ganas de reir. ..
. --:_ Basta, ~asta- dijo
Bnceno-; ehJa usted entre sus amigos y conocidos, Y usted verá que no
la engaño.
- Ni una palabra más.
Ahora eche usted fuera
la media docena de preguntas que está usted rabiando por hacerme.
- Allá van - contes~ó Briceño mirando á
su _interlocutora como
quien firma un pacto-:

¿tiene Elena relaciones?
- Xinguna.
- ¿Sabe usted si su
corazón se ha interesado:
- Xo se ha interesado.
- ¿Es acaso que está
engreída con su belleza?
. - Xo, señor. Es que
tu:"ne mucho miedo.
- ¿I lan hablado ustecles_ esta noche después
de m1 presentación?
_ - ( Co1t tristeza). Sí,
senor.
- Le he producido
mal efecto...
- Ni malo ni bueno.
- De manera que
todo e I esfuerzo de la
primera impresión se ha
perdido...
- Completamente.
- Así me había pa
recido.
- Supongo que, por
eso, no desistirá usted.
- ~o sé clesistir. Sé
únicamente que si yo me
h_u bies e enamorado de
]•,lena, podría asegurar {t
usted que antes de ,eint&lt;.&gt; días Elena estaría enamorada de mí.
Antoñita experimentó cierta emoción al recibir aquella confidencia.
Ramón hablaba como un
loco ó como un hombre
capaz de hacer milagros.
- ¿Y se ha enamorado usted de Elena?
- Ya hace tiempo.
La conocía sin tratarla.
Desde esta noche ya sé
que la amo. Y me amará.
- Usted es seguramente digno de ella; pero
ya sabe usted que ...
- Es té ustecl tranquila; me querr{1 antes de
1 cinte días.
- No se lo ackertiré
porque no es un peligro'.
- Es indiferente.
·

** *
Ramón y su amigo
;\feseguer salieron juntos
de casa de Anclilla.
- ¿Qué tal? - preguntó el segundo.
- l\Iuy mal. La primera impresión ha sido
un fracaso.
- ¿Qué ha ocurrido?

�pleaba ahora una ingenuidarl afectuosa y ~encilla;
·11 o así romo el trato de un hermano, to &gt; amrn
~. Ti·a1~queza. Por este camino había aclelanta(~O mu,h ,
1 , ·mo &lt;i&lt;' Ekna; ¡&gt;&lt;'ro ésta no hacia otra
primer~ \'ista 6 nunca. Pero confiesa q1H' tu no has c o &lt;n e ,tm
cc&gt;rres
cosa que
estado mu y hábil
ponder á lo que
que digamos.
creía amistad Y
- Tienes ralealtad, sentimienzón.
tos que pueden llr_ Ese sistema
var al am0r como
de marear á fuerza
10 s callgrrjos nos
de alabanzas, sú!o
lle,·an á casa, danes bueno para hado antes la \uelta
cer cacr á cscn topor las cinco parres emine 1tes, artes del mundo.
tistas notables \
Ramón estaba
otras , ·anidacks
ya desespc:~do,
hambrientas de i'1cuando surg10 un
cicnso.
incidente que le es_ ¡Qué quieperanzó de nuevt,&gt;,
res! :\le acordé Cil
Juanito Cans1aquel momento de
n O desprendió e 1
cómo caycí uno de
primer copo de una
esos gwios, vok~bola de nieve. Era
dq por sus enemisobrino de la de
gos, que I&lt;' adulaAnclilla, y por paban á toda:, huras.
sar la tarde con su
Era un hombre c•xnovia, que había de
cclente y le hicieir al día siguiente á
ron creer que tenía
mostrar á Concha
un gcnio t&lt;'rriblc y
unas labores, dijo á
que era jaque y _treesta última:
mendo y c:xplos1vo.
- Tía: si me
Daba pena y risa.
das de merendar,
- Pues amigo,
vendré mañana
la mujer está más
tarde.
acustum!nada al
-Y aunque no
piropo y no muerhubiera meriende ese cebo tan
da también ven"rnsero. ¿Y quf
drías- contestó la
"pil'nsas hacer-.
de Andilla, quc ha- Camhi:, r de
bía pe1wtrarlo la in•
t.íctira.
tención dc su so-&lt;:\[ostrarte
brino.
indiferente?
_ ¡,,o, no; rc1Cá! De eso
clamo la merienda,
s(• ríen ellas. Xo;
f&lt;n-malmente.
aunque un poco
- Bueno, homtarde, apelaré á la
bre, la tendrás.
sinceridad.
_ ¡Quién tu-¿Y si también
\ iera ·una tía y un
falla es e recnrso?
.
_ ¡.\h! Entonces... si no me· quiere por bue- buen estómago! - exclamó un señor ~ayor, que
debía de carecer de ambas cosas ..
nas, me querrá por malas.
- También hay para usted, n~1 g(•neral. .·
- Hombre - elijo su companero de tr~s1llo.
clon Fabián - , si por un poco &lt;le poca vergu&lt;'nza
TI 1
se mcriencla yo mc apunto.
.
· _ y yo ~e disparo_ añadió don Ul1m~no.
Desde aquella noche, Ra!llón fué e) _contertu~
_ .y)'º
, vol_ dijeron muchos, contmuanl
, • •
lio más asiduo de la de Anchlla y tamb1en el más
do
la
broma.
, _
_ , .•
. ¡· ºta(l&lt;1 · Los• muchachos
le preguntaban una cosa,
so ICI
·
1
nta- Pero, señores - dcc1a Concha - ' esa se1 ia
los \·iejos otra, las muchachas... no e pregu
una merienda de negros. .
,
.
han nada, pero le daban cuerda.
. .
- Justamente; convert1remos !a rasa &lt;n una
Fn cuanto llegaba le hacían prcs1d1r un corro
..
.
de chicas, en el cual las cuestiones iban tom~n~, ranchería, en un campamento..
- Pero sin ac,'ptar la menenda - ch¡o la hncada día mayor vuelo. Elena formab~ parte, del c rro, pero sin gran asiduicla~. Ramo~ hab1a cam= gadiera.
_¿Qué?' ~
biado de táctica con ella. Le3os d~ 'olcarle el pe
_ ¿Cómo es eso?
destal con el explosirn del elogio forzado, cm-

-

Lo p&lt;'or: que no le h&lt;' producido imprcsibn
ninnuna.
.
t · f á
·: _ :\la! negocio. De las mu3cres S&lt;' ~11111 a '

•

•

- ~IU) !-&gt;&lt;'ncillo. Propongo que cada uno traiga con qu(• nwrendar y cada familia se coma lo
que traiga, formando rancho aparte; y cada grupo
tienda su mantel donde buenamente pueda: en
una mesa de tresillo, en una b 1taca, en el suelo,
&lt;'omo si estm·ic~ran10s c·1 e! campo.
Un palmoteo ct•rrado de la gente jo\'l'n acogí(,
la proposiri{m.
- ¡Será cli\'ino!
- ¡l'..nc-antador!
- Trat-ré mi instantánea.
- l~sta l'a ¡uita se pinta sola para idear diabluras.
- .\miga mía - le dijo un tresillista machu&lt;'h,, , eso de sentarse en el sucio St' queda para
usted, que tiene ...
- ¡Don Joaquín! - interrumpió á tiempo la de
.\ndilla.
- Pero ¿por qué quiere esta sefiora que me
sie:itt· en el suelo, si estoy e,1 los huesos?
- Rectifiquemos; habrá mesitas para la gente
de eda,I.
- Muy bícn - dijo d general - ; así tiraré los
huesos á los pollos que me rodeen.
- J !ablando seriamente, debemos hacer como
en las Exposiciones: á metro cuadrado por persona; que se apunte cada familia lo que necesite, y
que lo acote ele antemano.
- Con unas estaquitas cla,·aclas en el suelo.
- Estaquitas, no; pero algo que señale la instalación, sí.
- Tiendas de campa11a, sería muy bonito.
- \' árboles, y una carretera con carros y mulas - decía Concha, aterrada.
- :\"o te asustes, Conchita. Señores, hay que
pensar en cosas que ocupen poco espa: io; por
ejemplo, cada grupo traerá una pantalla, un bastidor, así, de medio metro, y que pinte en él lo que
quiera: la fachada de una casa, la de la Plaza de
toros...
- Yo, un cuartel - dijo el general.
- Yo, una casa de socorro, por si hay borracheras y puñaladas - dijo Ramón.
- ¡Jesús! ¡Se han vuelto locos! - decía lonc ha; y luego añadió: - Paso por todo, menos por
eso de que cada cual traiga su merienda. Xo me
arruinaré por dar á ustedes de merendar.
- ¡No, no, no! - gritaron treinta voces - .
Queremos traer lo que nos dé la gana.
•
- Y nada de obsequios.
- Kada. Se dará una señal, y á sentars~cada
cual en su puesto, como los albañiles al ciar las
doce.
- ¡Ah! - dijo Antrn'íita - ; cada familia debe
traer su sirviente que lernnte los manteles y YU&lt;'lva á arreglarlo tocl 11. El salón ha de quedar dispuesto en seguida para el baile.
- Entonces, digamos cena.
- Pues sea cena; ¡qué más da!
- ¡Sí, cena, cena!
- Otra cosa- dijo ,\nto11i1a - : para aclarar
algunos bastidores que estarán mal pintados, ¡porque se prohibe darlos {1 pintar!, se exige algo de
tocado en la cabeza; por ejemplo: el que haya pintado la fachada de la Plaza de toros, puede ponerse un:i montera; el general, un casco, y así los
demás. Eso puede venir con la meriendd, y no se
llama la at&lt;'nción en la calle.

- Mu) bien, muy lncn.
-- .\ l11s so!tcros - continuó ,\ntoñita - se
les prohibe en absoluto que traigan sin ientas
(¡sabe Dios lo que traerían!); ellos mismos cogerán su mantclito por las ruatn, puntas é irán á san1dirlo á la cocina. ( Risa gcncrnl¡.
- Es usted implacable coa los S.Jlterus.
- ¡Toma! ¡Como ellos conmigo!
;
vociferó e! general.
1Artículo último! - ¡,\ \er, á ver!
- Se prohibe añadir ni una palabra más al
proyecto.
- ¡Brarn!
- Sí, falta una palabra - exclamó don Ulpiano.
- ¿Cuál?
- La fecha.
- Es ,erdad. Y ,·a á ser difícil.
- Xo: pasa&lt;Jo mañana es \iernes, y como estamos en Cuaresma no es día de compromisos.
¿Les parece á ustedes buen día pasado mañana?
-¡Sí,sí!
- Yo pcnsaba casarme e l viernes; pero lo
aplazo.
- ,\ usted no lo casan los once curas, ¡camastrón!
- Está dicho: el viernes, á las nueye de la noche, la cena gitana.
- ¡Viva la cena gitana!
- Y esta noche se sortearán los puestos del
aduar.
- ¡Viya Concha, la caiil!- gritaba Cansino,
que se empeñaba en ,itorearlo todo.
- ¡Ay, churumbel, sobrino!, ¡buena la has armado con tu merienda!
- ¡Si esto va á ser delicioso, tía!
- Está bien; por mi parte, quieran ustedes ú
no quieran, yo pondré una mesa que pueda sen 1r
á cada cual de complemento.
- ¿Para los que quieran ir al robo?- prcgun tú
un t1-:.!sillist;, .
- Eso '.!s; pero sin dejar sus cartas.
- Es i'lútil - decía don Fabián, que era tragón - ; piens , t:·acrme bola.
- Y además yo le daré á usted co.ii'lo- concluyó el general.
*

* *
Aquella misma norhc se sortearon los sitios.
!as mesas, los ,·eladores, los talmrC'les y los cuadros de alfombra; tocio menos la mesa del comedor, que sólo había de servir de aparador.
Ramón, que ,cía con simpatía aquella idea
extravagante, tuyo también un ale,.(rc'&gt;n en el sorteo. Le tocó un metro cuadrado de santo suelo,
(Antoñita había ::.ido implacable), pl'ro á los pit·s
de Elena.
- ¡Qué felicidad! - le dijo Ramón - ; cenar{junto á usted.
- Sí; pero... en cl piso bajo.
- 'Usted podría cleyarmc ;í la altura de las
personas de Yelaclor.
- El regla¡nC'nto ele la cena lo prohibe.
Las dos últimas frases tu vieron respcctiramente los acentos de una declaración y unas calabazas.

* **

�Pasada la sorpresa, Ramón continuó su paseo y su
soliloquio:
- Supongamos que esas
jóvenes no quieren dejarse
convencer y encuentran más
poético entregar su corazón
al que acertó á ponerse una
corbata colorada ó hace un
gesto especial para sonreír
con media boca. Supongamos, en fin, que por darme
gusto se han casado sin pasión súbita ni emoción misteriosa. ¿Es que la vida conyugal, con toda su intensidad de adaptación, no ha de
engendrar el amor? l\lás aún:
si, como ellas creen, no nace
ese amor novelesco entre
los cónyuges, ¿no es bastante que el hombre y la mujer
estén bien educados para
que la mujer no eche el
amor -de menos?
Cuando por la tarde Ramón daba cuenta á Mcseguer de sus reflexiones, :\1eseguer se reía como un bendito.
- Está visto - dijo que, aun siendo un sabio
como tú, no se conoce el
matrimonio desde fuera.
- ¿Estoy equivocado?
- En algunas cosas. Sobre todo, es deplorable que
la mujer sólo se deje impresionar por prendas de ropa
y no por prendas de carácter; pero no es posible prescindir de impresionarla. Preséntate á ella si es
preciso metido en una armadura y cubierto con
un casco con plumas negras; pero enamórala. Sin
eso, no te cases.

-- En último extremo - decía Ramón al día
siguiente á los árboles próximos al Observatorio
.\stronómico - , yo estoy seguro de hacerme amar
ele Elena á la hora que quiera; pero ... ¿es que no
merezco yo la suerte de Pedro, Juan, Francisco, etc., que sin otros recursos que su físico y sus
IV
ruegos lkgan al corazón de la mujer? ¿Que no llegan todos? Com·enido. Pero tampoco yo estoy_ en
el caso de dar crédito á paparruchas como la simA las nueve y cuarto de la noche siguiente, los
patía inexplicable, la pasión súbita y otras tonte- salones de casa de la bondadosa Conchita presenrías por el estilo. Xo. El amor puede nacer de- un taban un aspecto rarísimo.
trato inclifcren te, nutrirse al principio de estimaApenas había sitio desocupado, y la multitud
ción 1 aumentar con la frecuencia y la costumbre que los llenaba parecía haberse escapado de una
de v erse y hablarse, y acabar por constituir una casa de locos.
necesidad; todo lo demás es monserga. Pero ¡ya
Caballeros y señoras vestlan los trajes habituase Ye!, es una monserga que estas niñas han lc•ído les, pero el general cubría su cabeza con una antien cirn novelas tontas, la han tragado como ar- gua gorra de cuartel con sus galones y su borla;
tículo de fe, y hoy, si al \'Cr por primera vez á un seguramente la última que había usado cuando
hombre no estornudan ó no sienten un chasquido eran de reglamento. Un poco inclinada sobre la
en el tobillo, dicen: « No m&lt;' he &lt;'namorado. • « Ese oreja, daba al simpático general un aspecto alegre
hombre no puede hacer mi felicidad.•
y emprendedor, como si hubiera conseryado en el
- ¡Pues no, señor! ¡Todo menos eso! - dijo forro las ideas y los ardimientos de otros tiempos.
enérgicamente· un hombre alto y delgado, que cruEl bastidor representaba, como el general haz{¡ por delante de Ramón y se alejó, apaleando con bía anunciado, un cuartel; el soldado que hacía la
el bastón el sc•to de la senda.
·
centinela á la puerta tenía el poncho que llevó la
Era otro que hablaba solo. En el Retiro son l infantería á Marruecos, y estaba rodeado de quinfrecuentes estos encuentros.
ce á veinte señoritas, debajo de las cuales se leía

•

•

esta pregunta en letras gordas: ¿Estd el teniente
- ¡A ver!, ¡mis pistolas!
Carrillo?
- ¡Ay!-gritú el otro viejo con voz de tiple-,
El general fué muy felicitado por este episodio ¡mi bote de ungüento! Que este bárbaro me ya á
histórico.
disparar un tiro á quemarropa... y va á matar á la
Don Fabián había tenido una inspiración de portera.
mal gusto. Comía con su señora, y el bastidor
- ¡Toma el taburete, pelmazo!, ¡y así hayan
plantado á un lado de la mesita representaba una clavado c-n él una aguja!
jaula de espesos barrotes de las que sin·en para la
Al ruido de las carcajadas que prorncaba la
exhibición de fieras.
contienda llegó Conchita, y enterada de lo que
A pesar de que la broma pasaba de la raya, ocurría, mandó traer una sillita baja.
como todo el mundo sabía las continuas disputas
Aun no se consolaba el perdidoso que, lleno
de aquellos cónyuges, que no tenían otro defecto de rencor, dijo á su amigo:
que el de pasarse la vida discutiendo, la ocurren- Al freír será el reir.
cia ~e don Fabián fué también muy celebrada.
- ¿Por qué?
l~l domador llevaba en la cabeza un gorrito de
- Tú te llevas el taburete, pero yo me he
piel y no había podido conseguir que su mujer S&lt;' traído unos perdigones en chocolate ...
encasquetara una magnífica melena de león que
- ¿Y no me darás?-preguntó el otro, ponienhabía adquirido para el caso.
'
do una cara como si oliera las perdicillas.
Elena estaba lindísima con un casco que imi- ¡No! - repuso ferozmente el amigo.
taba la cabeza de una paloma; y el bastidor, que
- ¡Toma el taburete!
•
representaba un palomar, era un cuadrito de Ho- Si no lo quiero.
rado Lengo.
- ¡Toma el taburete, ó te doy con él en lo!.
La brigadiera, defendida con su bastidor, copia sesos!
,
'·
del palacio de Trianón, estaba arrogantísima con
Y esta ,·ez acabó la con tienda á gusto de amsu artístico peinado y su cabeza empolvada.
bos respetables señores.
.
Ramón había pintado la fachada de una Casa
Por todas partes se producían incidentes pade Socorro, á cuya puerta llegaban unos camille- recidos.
ros conduciendo sobre parihuelas un corazón enorUn académico no quería que se les llamara
me chorreando sangre y atravesado por la simbó- comensales, puesto que faltaba la mensn, y decía
lica flecha.
que eran comientes á secas; y un aficionado al
Las muchachas se habían despachado á su
mosto se alarmaba al oir lo de •ÍL secas• y pedía
gusto comentando los defectos de la pintura, que otra palabra. Por fin vinieron á una transacción
estaba muy lejos de parecer un Velázquez.
patriótica, aceptando los tres la denominación de
- ¡Ay, qué pena!, ¡cómo han puesto á ese po- tragantes.
bre animal!
Los bastidores eran objeto de las más severas
- ¿Qué animal? ¡Si es un corazón!
críticas; como quiera que cada cual sabía que el
- ¡Ay!, perdone usted; creí que era un bicho suyo era muy malo, se desquitaba burlándose de
que traían al Matadero.
los demás.
- Señorita, ¡si es la Casa de Socorro!
Pero el que más dió que hablar fué el de Jua- ¡Cuidado que soy torpe!
nito Cansino.
- ¿Y en qué se conoce que esto es una Casa
Xadie sabía lo que aquello representaba: el
de Socorro? - preguntaba otra.
lienzo estaba dividido en dos partes por una línea
- En el farol, en este farol rojo.
ho~izontal; la parte superior pintada de blanco y
- ¡Toma! Por eso no la conocía yo. Si el farol
la 111f~rior de gris sucio. Ni una figura, ni un adorme parecía el morrión del portero.
no, m nada que revelase el mistrrioso asunto.
- Tiene usted razón, porque la cabeza del
- Yo necesito saber lo que es eso - decía
p_ort_ero está toca_ndo al farol; pero por algo soy Antoñita, en cuya cabeza bailaba un tremendo goc1ru1ano; ahora mismo le corto la cabeza al por- rro de plu~as.
tero...
- Adivínelo usted - decía Juanito mirando
- ¡No, por Dios! ¡No queremos verlo!
de soslayo á su novia.
. Y las muchachas huyeron lanzando alegres
Esta no quería mirarle. Sabía lo que significansas.
ba la pintura, y como el papá no autorizaba las
En un gabinete inmediato, dos señores que pa- relaciones, encontraba la broma un tanto atrevida.
saban de los cincuenta disputaban por un tabu- Pues á mí me parece que eso no es el mar.. .
rete que ambos tenían asido, y no estaban lejos (l,,fovimiento de negación de :Juanito) ni el río .. .
de quedarse cada uno con la mitad.
(ldem) ni el campo...
- Te digo que no lo suelto.
- Nada de eso.
- Ni yo tampoco.
- Y ese paraguas, ¿tiene que ver con la pin- Pues nos estaremos así hasta la consuma- tura?
ción de los siglos.
- Tiene que ver.
- Pero, ¡malvado!, ¡si sabes que me tocó en
- ¿Qué es?
suerte!
- ¿No se lo dirá usted á nadie?
- No, señor; ya dije entonces que este tabu- Lo juro por su vida de usted.
rete no se sorteaba.
- ¡No! Por la de mi futuro suegro.
- ¿Y q1:)ién eres tú para decirlo?
- ¡Pobre señor!
- ¿Yo? El padre del taburete.
- Pues lo blanco es una pared y la faja gris
- Lo creo: porque también tienes cuatro es la acera de enfrente, donde me paso la exispatas.
tencia.

�- Me parecerá exquisito.
- Elena lo hizo como lo había dicho, y Ramón
tragó el pedacito de pan.
- ¿Sabe usted lo que esto significa? - le preguntó ella.
- Usted dirá.
- Que hemos partido el pan y la sal y ya no
podemos dejar de ser amigos nunca.
- ¡Elena!
- ¿En tan poco estima usted mi amistad, que
no queda contento?
- Yo estimo la amistad de usted en mucho;
pero quiero más.
- ¿Y quiere usted que le mienta?
Ramón bajó la cabeza y no contestó.
De su doloroso ensimismamiento le sacó la voz
de Elena que le decía:
.
- Amigo llriceño, ¿querrá usted sacarme .í
bailar en cuanto empiece el baile?
Como sucede en estos casos, Elena y Ramón
discutieron, argumentaron, alegaron y no se avinieron. La Lógica es una señora muy pedante y
entonada, y Cupido es un chiquillo muy alegre y
rebelde á toda disciplina.
El ünico silogismo que el Amor admite es el
siguiente:
Premisa mayor: Yo te amo.
Premisa menor: Yo amo á otro.
Co11c/11sión: ¿Quién me compra un lio?
V

•

Antoñita se echó á reir, y la novia de Juanito,
que comprendía sin duda el asunto de la conversación, lanzó á Juanito una mirada fulminante.
La cena fué animadísima: se brindó por Concha, por la brigadiera, hasta por Juanito Cansino,
y se obtu\lieron instantáneas de todos los grupos.
- ¿Se ha fijado usted, Elena, en que estoy de
rodillas á sus pies? - decía Ramón cuando la cena
iba á terminar.
- Va ust~d á cansarse.

- Xo; porque esta es la postura de la adoración y yo no puedo cansarme de adorar á usted.
Elena reflexionó un momento. Ramón se había
puesto muy serio y parecía esperar con ansiedad
una contestación.
- ¿Ve usted este pedacito de pan? - dijo
ella.
- Sí.
- ¿Se lo comerá usted aunque lo espolvoree
con un poquito oe sal:

e

••

Pasaban los días sin que la situación se modificara en lo más mínimo.
La inquietud de Ramón iba en aumento. - «El
día menos pensado - decía - se la presenta un
mequetrefe que le causa á primera vista cierta.i~presión, ella se cree enamorada y entonces m1 situación será horrible. ¡Xo! Xo espero más.&gt;
Como Antoñita estaba en autos y veía que el
médico no imitaba á los demás buscando una víctima entre las señoritas disponibles, le dijo una
noche:
- Usted debe ser un amante modelo, para
sostener relaciones puramente espirituales.
- En efecto; soy tan sensual como el que m.á?.
- No; si digo lo contrario: puramente espmtuales.»
- Pero Antoñita, ¡si estamos diciendo lo mismo! ¿A qué llamamos relaciones puramente espirituales? A las que establecen la vista )' el oído, ¿no
es esto? Pues la \ista y el oído son dos sentidos, y
á todo lo que les pertenece se debe llamar sensual.
- ¡Puf! Eso es un chiste barato.
- No tanto Antoñita. Que se ponga un neJO
á mirarla á usted todo lo tiernamente que quiera
ó á pintar su amor con la elocuencia de Cicerón:
¿á que le da usted calabazas? Donde hay juven~ud
y amor éste es siempre sensual, corporal, material,
grosero, como usted quiera llamarle ..En ocasiones
sale por un cauce ancho y en otras tiene que correr por un alambre estrecho, como la electricidad
y hasta por un filamento, como un cabello al llegar
á la lámpara. ¿Y qué sucede? Que al encontrar ese
cauce estrechísimo la violencia con que pasa por
él lo incendia y nos alumbra. Lo mismo en el amor.

�•
Cuando dos amantes no pueden hacer otra cosa
que mirarse, las miradas forman un arco voltaico
que lo pone todo en claro; no necesitan palabras.
- Pero, en fin, se llama así: «amor espiritual»
- dijo Elena.
- Cl¡i.ro; porque si echamos al espíritu de los
ojos, ¿dónde diablos va á meterse? ¡Como no haya
vino en el estómago!
- ¡Ah, materialistón! - exclamó Antoñita - .
Ya está enseñando la oreja. Bien se ve que está
usted acostumbrado á emplear el hipnotismo y á
convertir en muñecos á los pobres enfermos.
- ¡El hipnotismo! El hipnotismo es el sello de
hostia; la medicina que encierra es la sugestión, y
esa la emplea usted y la empleamos todos,
-¡Yo!
- Pues, ¿qué es la amistad, sino sugestión? ¿Y
el amor? ¿Y el respeto del criado al amo? ¿Y el
prestigio que da la fama? Se aproximan y hablan
dos personas; cada una tiene su opinión; sin embargo, una de ellas cede á la voluntad de la otra.
¿Por qué? Porque la arrastra, la sugestiona como
amiga ó como amante.
- Perdone usted, Briceño - dijo una joven
del coro-; el amante y la amiga se resisten, discuten ...
- Y el hipn'otizado también. Antoñita sería un
sujeto terriblemente razonador y rebelde.
- Es de familia. Como papá es progresista...
- ¿Quién de nosotras es más fácil de dormir?
- preguntó la brigadiera.
- Elena - contestó Ramón.
-¡Yo!
- Usted caería como un pajarito.
- Buena cosa me ha dicho usted. Voy á huir
de usted cielos y tierra.
- ¡Cá! Está usted ya luchando entre el temor
y el deseo.
- ¡Yo! - exclamó Elena-, no lo crea usted.
Y añadió en voz baja al oído de Antoñita -: ¡el demonio del hombre:. ¡Si parece que adivina!
- Debo advertir á usted que los farsantes rodean el hipnotismo de un aparato ridículo completamente innecesario. ¿Ha observado usted que,
para dormir, se nos vuelven los ojos hacia adentro
y arriba? Pues una cosa parecida es nuestro artificio; una postura de los ojos que desvía el curso de
la sangre en el cerebro y produce un sueño que
tiene muy poco de particular.
- Lo agradezco; pero...
- Vendrá usted á pedir que la duerma.
-¡Yo!
- Ahora mismo querría usted estar lejos de
aquí, pero no se siente con fuerzas para marcharse.
Elena se sentía mal, y por disimularlo con~~&amp;

.

- ¿Y por qué he de marcharme? Para que vea
usted que no le temo, voy á sentarme.
- Hace usted muy bien en no temer. Dentro
de pocos momentos la habré dormido á usted y
verá que no le pasa nada.
- Lo veremos - dijo Elena dejándose caer en
una butaca.
- ¡Ya lo creo que lo veremos! ¿Qué decía usted, Antoñita?
Antoñita no decía nada. Recordaba la afirmación de Briceño y recordaba también cómo había

traido el hipnotismo á la conversación, cómo había
envuelto poco á poco;¡á Elena; comprendía, ya tarde, toda la habilidad con que había llegado el médico á aquel punto, y veía, en efecto, á Elena
como un pajarito pronto á sufrir la fascinación de
la serpiente.
La conversación se fraccionó, y Briceño aprovechó el descanso en que le dejaban para mirar á
Elena.
Fué una mirada de paz: ambos se miraban
como se miran y sonríen dos buenos amigos que
no están conformes y han agotado sus argumentos.
Pero en el alma de Ramón había una tremenda
ansiedad en aquel instante. ¡Con cuánto trabajo
había llegado á lo que en mecánica se llama un
disposi#vo! La luz iluminando de lleno el semblante del médico, Elena ya preparada y mirándole sin
desconfianza, las conversaciones fundiéndose en
un charloteo confuso, que era más bien un ruido
aislador; así el fenómeno tendría las apariencias de
un accidente casi fortuito, de.los que no obligan á
pedir permiso á la familia, reunir gente y desplegar una práctica de sacamuelas.
- Si suena siquiera un reloj antes de que la
duerma, todo se ha perdido, po'rque no volveré á
verme en otra - pensó Ramón.
Decíamos que Elena miraba al médico con ojos
y sonrisa de niño travieso, como diciéndole: «¿Ve
usted como no me duermo?&gt;
Ramón también la miraba fijamente; pero su
sonrisa era enigmática. Lo mismo podía significar
«Usted ha ganado», que «Ahora verás lo que te
espera.»
Y cumo había algo de reto en la actitud de la
joven, ésta no quería apartar los ojos porque no
se achacara á miedo, á pesar de que la fijeza de la
mirada iba haciéndose molesta. El amor propio,
origen de tantas caídas, la sostenía en aquella inmovilidad peligrosa.
Hubo un momento en que dudó de si miraba á
Ramón porque quería, ó porque los ojos de él la
sujetaban; sintió la angustia del que, inadvertidamente, ha caído en un lazo, y el miedo la hizo desfallecer, como á esas personas que en sueños se
ven acometidas por un asesino y quieren gritar y
no logran producir sonidos; entonces vió que la
.expresión de Ramón había cambiado y revelaba la
satánica alegría del que dice á su víctima: «¡Ya
es tarde!»; sus ojos se llenaron de agua; su vista
y su inteligencia se nublaron ...
Ramón se incorporó bruscamente, y exfendiendo sus manos, dijo con acento duro é imperioso:
- ¡Duerme!
Elena dobló la cabeza sobre un hombro, cerró los párpados y por sus mejillas resbalaron dos
lágrimas.
Fácil es comprender la sorpresa y el revuelo
producidos entre las muchachas; pero Ramón se
adelantó á las consecuencias, diciendo con autoridad profesional:
- Si hacen ustedes el menor ruido, no respondo de lo que ocurra.
- ¿Se ha dormido?- preguntaron en voz tan
baja como si estuvieran en la iglesia.
- Sí. Sin querer. Un momento en que se ha
quedado mirándome, y yo, distraído, efecto de la
costumbre, he dado la orden.

-- Pero ¿no le pasará. nada?
- Nada, si ustedes callan-. Y dirigiéndose á
Elena, la tranquilizó; le dijo que estaba sumergida
en el sueño hipnótico; que seguramente se encontraba tr.anquila y gustosa (afirmación de Elena);
que la despertaría cuando ella quisiese, y que, entre tanto, no tenía otra comunicación con el mundo que él, á cuya voluntad estaba sujeta.
Elena se estremeció ligeramente al oir esto último, y Ramón continuó:
- ¡Oh, ya verá usted que soy un tirano muy

Ramón practicó así esos juegos iniciales del
hipnotismo y le sugirió la idea que más le interesaba.(
-'- Se encuentra usted perfectamente-dijo-,
y siempre que la hipnotice á usted será para experimentar igual sensación de bienestar ·y de placidez.
- Sí, sí - diJt&gt; neryiosamente Elena, como si
Briceño hubiera esperado aquella respuesta.
- Así es que en cuanto me vea usted otra noche, deseará'usted que vuelva á hipnotizarla (li-

soportable, pero tirano al fin! Por ejemplo: yo no
quiero que levante usted el brazo derecho, y no
puede usted levantarlo. Hará usted los mayores
esfuerzos y no logrará levantar ese brazo. Pruebe
usted.
Elena expresaba una fatiga visible. Se adivinaba que hacía esfuerzos inauditos, pero en vano; el
brazo permanecía inerte.
- No puede usted. Pero ahora le mando yo
que lo levante (Elena levantó et brazo como 11n rmtómata) y que le sea imposible bajarlo (Aquí se repitieron los esfuerzos de antes y ta1t injructzeosos
como aquéllos). Bájelo usted ya.
Cayó el brazo de Elena.

gero 1,wvimientJ de protesta de Elena,
ahogado por la palabra enérgica é imperiosa del hipnotizador). ¡Sí! Deseará usted vivamente que vuelva á
dormirla, y si yo tardo en proponérselo, usted no podrá resistir á su
deseo y vendrá á reclamar de la
Ciencia la desaparición de ese malestar que la curiosidad ha hecho
nacer. Esto lo digo yo, y sucederá.
- Sí; sucederá - articuló Elena
con voz débil.
- Bueno; ahora voy á despertar
á usted. No recordará usted nada de
lo sucedido durante su sueño, y se
encontrará usted en un perfecto esta do de ánimo y contentísima de
haber realizado este experimento.
Frotó un instante con las yemas de los pulgares los párpados de Elena y ésta abrió los ojos.
- ¡Calla! ¡Me he dormido! Mejor dicho, me ha
dormido usted, doctor, ¿verdad?
- Así es.
- ¡Qué alegría siento! No me acuerdo de nada.
¿He soñado alguna tontería?
El asombro de las demás muchachas no estaba
exento de miedo. No hay cosa que entregue tanto
el ánimo como ver dormir hipnóticamente á otro.
Cualquiera de aquellas jóvenes hubiera caído en
plena hipnosis al simple mandato de Briceño.
Pero no entraba en los p lanes del médico que
Elena se convirtiera en espectadora. Toda aquella_

r

•

•

�,

S&lt;'SÍÓn de hipnotismo había durado cinco minutos;
Xadie, sin embargo, St' asustaba por semejante
había salido bien, no había llamado la atención de velocidad. Elena era una beldad en extr.!mo codinadie y había senido para infundir la idea de la ciable, de esas cuya posesión legítima parece un
repetici6n.
monopolio y un abuso, algo así como un latifundio
Briceño se apresuró á salir del gabinetito don- de belleza, cuya propiedad hubiera debido fracciode se había verificado la iniciación. ) á poco fué narse. Esta era, al menos, la opinión pecaminosa
alcanzado en C'l salón por Antoñita.
de los que forman calle á la puerta ele los teatros
- Ahora ya no lo dudo; le t1uerrá á usted en cuando sale la gente. Pero aquellos mismos inúticuanto usted se lo mande...
les que invocaban la propiedad colectiva, faltos de
- V sin mandárselo.
cualidades para ser due1'ws absolutos, se drscu- Y hasta se tirará por un balcón, si usted se brían respetuosamente al paso de la fC'liz pareja,
lo dice. ¡Pobre Elena!
y era su saludo el homenaje que- nunca se regatea
- ¡!'obre! ¿Tan mal cree usted que le va á ir á la virtud indiscutible.
con mi cariño?
Los amigos de él sabían que se había enamo- Sí, sí; me da miedo. Es mucho atar un alma. rado locamente de Elena y que, contra su costumSería preferible hasta que le engañaran á uno.
bre de pensar mucho las cosas, se había casado en
- ¡Pero .\ntoñita! Todo esto no es más que un seguida; de donde inferían que no era un amur
ahorro de tiempo.
pasajero el que se había posesionado de su es- Y á usted, ¿quién le hipnotiza? ¿Quién res- píritu.
ponde de que usted querrá á Elena como ella le
Y en realidad no era falta de amor lo qur hava á querer á usted?
bía reducido á ruinas la dicha de aquel matri- Yo estoy profundamente enamorado de monio.
Elena.
Ruinas, sí; la luna de miel había sido para ellos
- ¡Ojalá! Pero lo dudo; no hubiera usted teni- muy corta.
do la habilidad y la sangre fría que ha demosAl año de matrimonio no habían tenido sucetrado.
sión, y sabido es que, faltos de este elemento aglu- Eso no; cada cual ama á su manera.
tinante de la familia, los matrimonios no son una
- ¡Hum! - Y haciéndole la señal de la cruz se combinaci6n, son una mezcla.
apartó del médico.
Oigamos á la misma Elena contar á la señora
de Andilla y á ..\ntoñita, que habían ido á visitarla, el relato de sus penas.
VI
- l\Iire usted, Concha, esto no hay quien lo
entienda. Yo no puedo dudar de que Ramón me
Una nuch(· calurosa, apoyados Ramón y Elena quiere; yo le quiero con toda mi alma; no tenemos
en el alféizar de una ventana, y dormida ella por un sí ni un no; yo sé que Ramón me es fiel. .. y,
la tiránica n1luntad de su nue\·o señor, éste, exas- sin embargo, él es desgraciado ) yo no puedo ser
perado por la resistencia pasiva de Elena, siempre feliz.
obediente, pero no enamorada, puso fin á un dis- \TerdadC'ramen te es una charada lo que está
creteo que se hacía muy largo sin llegar á un usted '1iciendo, Elena; pero créame usted, yo tenacuerdo, con cstas frases:
go alguna experiC'ncia de estas cosas: todas esas
- Hay que quererme, hay que desearme, hay niñerías acaban t'n cuanto \'iene el primer hijo.
que identificarse conmigo, alegrarse ó c-ntristecer- Xo, no - contestó Elena mordiéndose los
se con mis alegrías ó mis tristezas. ¡Hay que amar- labios y saltándosele las lágrimas-; nosotros no
me! - terminó con ruda energía, dand,&gt; con el ta- seremos felices nunca.
cón en el suelo y clavando sus ojos en la hipnoti- Pero, niña, ¿qué fundamento tiene ese diszada como dos garfios de abordaje.
disgusto?
¿Qué pasó entonces en el alma de Elena? Su
- Xo puedo adivinarlo; indudablemente yo no
rostro se tiñó de carmín, moviéronse sus labios sin sirvo para casada, por bruta, por incapaz. La verpronunciar palabra alguna, y sus manos se junta- dad es que siempre he sido muy pava, y ahora me
ron sobre el pecho. La hermosísima cabeza se al- atasco donde otra más lista resolvería la cuestión
zaba ansiosan1C'nte hacia Briceño como buscando en dos manotadas.
su norte.
- Una en cada carrillo de él - interrumpió
.-\1 choque poderoso d&lt;' la férrea \·oluntad de
.\ntoñita.
él parecía haberse roto el delicado fanal que guar• - Yo no digo tanto - objetó la ele Andilla -;
dara el amor ele ella, esparciendo por todo su sér pero ¡\·aya!, que cuesta trabajo \·erla á usted sufrir
la inquietante y rmbriagadora esencia que nos sin motivo. ¡Una chica tan guapa, tan virtuosa, tan
arroja en brazos del sér querido, con la incontras- enamorada de su marido! ¿Qué más puede pedir?...
table fuerza de una reacción química, que termina
- La primera V&lt;'z que le hable - dijo Antorn la formación de un cuerpo nuc\·o.
ñita - va á tener que oirme.
Desde aquella noche venturosa tocio había ido
- i Xu, por Dios! - dijo tlena -; comprená las mil mara\illas y á paso de carga: declaración
dería que yo había hablado dr ello y sería peor.
oficial, petición de mano, preparativos, formalida- Pero usted le ha preguntado...
des y boda.
- Sí, señora; lo único que me dice es que yo
En tres meses, Ramón había llegado á la meta no debo mortificarme, porque la culpa es suya.
de sus deseos, siendo el ingeniero de s'u. propia Nada, que había soñado con una Elena y ha envida, determinando previamente el trazado de la contrado otra muy distinta.
línea férrea de su dicha y lanzándose por ella en
- Vamos, no digas tonterías, hija. Si yo me
un expreso loco.
casara y me saliera luego el gaznápiro de mi ma-

•

(

•

(

,.

•

rido con que se había equivocado, la emprendería
con él á bofetadas hasta que nos llevaran á la dt·lega, como dicen los chulos.
.
Poco más hablaron las tres muJeres hasta la
llegada de Ramón, que venía de visitar sus enfermos.
Ramón se mostró jovial; parecía el hombre más
ctichoso de la tierra, y la conversación fué desd_e
aquel momento un tejido de hipocresías y mentiras impuestas por el decoro.
.
Antoñita se contentaba con abnr de vez en
cuando unos ojos como platos, al oir ciertas cosas
y recordar la procesión que andab~ por dentro.
Por último se marcharon las v1s1tantes, y Ramón quiso aprovechar el ficticio ?uen humor de
que había hecho gala, para sugestionarse y sostenerlo de veras.
Iba á proponer á Elena ir por la noche al teatro, cuando ella, que adivinó su pC'nsamiento, se
adelantó y dijo:
- Ramón, ¿te parece que \·ayamos al teatro
esta noche?
Una nube de plomo que le cayera encima no
le hubiera puesto más desesperado. Con acento de
infinita amargura, exclamó:
.
- Muy bien; ¿por qué no á la Comedia?
- Es precisamente el teatro en que estaba
¡1ensando.
Ramón lanzó un rugido y salió á escape de la
habitación.

VII
Algunas noches después Ramón se s_entó ante
sus disrípulos para darles la clase gratuita de enfermedades nerdosas, que le ocupaba los martes,
jueves y sábados.
.
.
La habitación era la últtma de la casa, próxima
á una escalera de sen·icio, por la ·que subían los
&lt;'Studiantes.
.\ntes de que Ramón se pr&lt;'scntara, los estudiantes habían puesto un papelito sobre la mesa,
como acostumbraban siempre que le pedían algo.
Ramón tomó el papelito, lo leyó, ) tu\O que
hacer un esfuerzo para disimular su emoción. El
papelito decía: «Se suplica al scño~ proresor qur
nos diga algo acerca del amory el hipnotismo.•
Fué para Briceño una p~ñalada. .
Largo rato pasó, coor~mando sin dud_a sus
ideas, cosa que los estuchan tes . no extra,na_ron,
puesto que le obligaban á impro~1,sar. Por ultimo,
haciendo un ademán de resoluc1on, c-mpezó con
voz no muy segura:
- Señores: no me sorprende la petición de ustedes; por el contrario, me la explico_ y aun la celebro. Es w1a desgracia que muchos ltbros d_e te?&lt;to estfo escritos, no por los que hacen _la ciencia,
investigando y encontrando verdades, smo por especuladores que llevan minuciosa cuenta de lo que
trabajan otros, y se enriquecen con ello. .
.
Estos ruquitos, estos majaderos, estos 1mbéc1-

�•

•

•

les ( ~o_rpresa de los alumnos, acostumbrados á una
exquiszt~ correc~ión de lenguaje en las explicaciones
de Ramon) sacrifican y ocultan la verdad siempre
qu~ choca, á juicio de ellos, con el pudor ó con la
sen~·lad¡ esa seriedad del asno, incompatible con
la ~1enc1a, corno si un libro de ciencia fuese una
~ev~sta de moda~ que hubieran de hojear las sen_ontas, ó C?~º s1 no fuera asunto serio el que encierra la felicidad de toda la vida.
&lt;;oged un li?ro d_e Anatomía y veréis con qué
sob_nedad de~cnbe ciertas cosas; hojead una Fisiol?gia Y ve~é1s que pasa como sobre ascuas por
c1~rtos ~ap1tulos; y en cuanto al amor, al impulso
pn1;11ord1al de la humanidad, á la llave de la Pato!o~ia humana en su_s nueve décimas partes, esos
1d1ot_as autore~ de libros lo dejan en el tintero, y
sonnen des~enosamente ante esa nüierla; como si
ellos no hubiesen andado en su tiempo con la ¡¡:ui1

tarra al hmnbro, y como si hubiesen dejado más
tarde la ~area de perpetuar su nombre al cuidado
de lo~ cnados de la casa. (Tremenda explosión de
carca;adasy aplausos de los estudiantes),
¡De cuántas desgracias son responsables estos
explotadores de las ideas ajenas!
Veng~mos_ al asu_nto. En el amor hay dos clases de hipnotismo, o por mejor decir, dos clases
de sugestión; pues, como ustedes saben, aquél no
es más que e~ procedimiento para producir ésta.
Hay la sugestión suave, lenta y sana, que emplea
para hac~rse a~~r tod? el mundo, y hay también
la sugestión rap1da, v10lenta, agresiva, ¡criminal!,
que se logra con los procedimientos hipnóticos,
. To~ios ustedes conocen el fenómeno: entre un
h1pnotlzador y _una hipnotizada, á poco que el prime'.o se empene, es asunto de media docena de
l!~s1ones que la mujer se enamore del hombre que

e

•

ha secuestrado su albedrío. Este procedimiento
es una puñalada para la mujer y un veneno mortal para el hombre. (Ramón pasa su mauo por la
cara con violencia, como si quisiese aplanarla borrando las Jaccionts; despttés, mds tranquilo, continúa):
Tratemos del primer procedimiento.
El hombre se encuentra en presencia de la
m'Jjer á quien ama y, al declararle su pasión, lo
hace con la misma zozobra que el jugador que
arriesgara su último dinero y tuviera que pegarse
un tiro en caso de pérdida. No sabe si saldrá su
carta ó la contraria. Más aún: no ha hecho nada
para lograr que sea la suya la que salga. Todo lo fía
á la suerte, lo cual sería imperdonable pudiendo
ser él y no la suerte quien decidiese; pero más
imperdonable todavía no siendo él ni la suerte,
sino un cerebro femenino que se da á conocer sin
esfuerzo, al que quiere estudiarle y que, sorprendido y halagado por las circunstancias que prefiere, otorga en seguida el •sí• que se desea.
¿Qué circunstancias, qué condiciones personales son estas? El trato con la mujer lo revela pronto; el asunto es, como en las cajas de caudales,
formar una palabra con la cual cerró la Naturaleza el corazón de la mujer; «inteligencia•, « fuerza», belleza•, elegancia• , «melancolía,.,•, y una
vez hallada la palabra, el corazón se abrirá, mostrando su riqueza amorosa. (Pausa). De cada diez
veces, en nueve formen ustedes, desde luego, la
palabra «fuerza• (Risas de los nl111nnos). Entre las
más delicadas y porcelanescas beldades de un salón es objeto de muchos mimos el poeta; pero á la
hora de bailar le quita la pareja el sportman.
De cualquier modo: ya sea haciendo alardes
de matón, ya de hombre económico, bien de místico, bien de bohemio, tal vez de melancólico, tal
otra hablando mal de las patatas fritas, hay que ir
al asalto del corazón de la mujer, después de haber estudiado los caminos que á él conducen.
Si, como es probable, entráis en la fortaleza,
tened mucho cuidado con la sugestión, Tan peligroso es abandonar el poder hipnótico que nos da
nuestra condición de hombres, como abusar de la
imposición hasta matar el menor asomo de independencia, Precisamente el encanto de la vida
conyugal se cifra en ganar una tras otra esas batallas minúsculas que ofrece el trato íntimo; y es
mayor todavía si tenemos la suerte de perder alguna de vez en cuando, porque así animamos al
contrario, peleamos con más ahinco y es más gustosa la victoria siguiente. Es la lucha del maestro
de armas y su discípulo,
Bien entendido que hablamos siempre de mujeres medianamente educadas, por lo menos; no
de esa clase de bestias irreductibles que, para mover la maldita lengua, se ponen detrás del Código
y no hay manera de taparles la boca si no es yendo á la cárcel, como se ve frecuentemente en las
clases populares.
Pero con mujeres que merezcan el nombre de
tales, la sugestión bien administrada es un encanto
eterno ... Sin duda Ramón iba á continuar los elogios de
la armonía conyugal; pero se detuvo, se ensombreció su rostro, frunció el entrecejo, y al cabo
rompió, como quien suelta de los hombros un peso
abrumador:

e En cambio, señores, no hay nada tan horrible
como el amor logrado por la violencia, por la coacción del procedimiento hipnótico corriente. Para
que haya armonía, se necesitan dos ó más notas
distintas; el do y el ,ni y el sol armonizan en el
acorde de tónica; pero, ¿se puede llamar armonía
á la suma del do y el mismo do? ¿Es posible que
suene bien un piano si, teniendo pisado el do, pisáis también el mi y éste suena también como do?
La vida, señores, es un perpetuo roce con el
mundo exterior; el músculo necesita, para vivir y
fortalecerse, pesos que levantar y resistencias que
vencer; si éstos faltaran, el músculo se atrofiaría;
el tubo digestivo lucha á sus horas para separar
lo útil de lo inútil, y transformar convenientemente lo primero; dadle sustancia alimenticia prepa. rada ya de tal suerte que nuestros jugos nada tengan que hacer en ella y pueda pasar en el acto á
la sangre,y desorganizaréis el tubo digestivo y mataréis al paciente; el aparato respiratorio necesita
eliminar el ázoe y absorber el oxígeno; dadle oxígeno puro y abrasaréis los pulmones y acabaréis
co¡¡ la vida; en una palabra: nuestro cuerpo vive
luchando y venciendo resistencias, y tan mortal
sería para él suprimir la resistencia, la lucha que
ésta provoca y el esfuerzo que ello exige, como la
falta de vigor para obtener esas victorias de cada
momento y sucumbir'arrollado por el obstáculo.
Y si esto sucede con órganos y sistemas de
condición secundaria, ¿qué no sucederá con el cerebro, el primero, el más delicado, el más noble
de todos y, por lo mismo, el más sociable, el más
necesitado de ese ejercicio vivificante que se llama
controversia?
Es necesario á la vida del cerebro el choque
con la opinión ajena.
.
Solamente los brutos creen tener razón en
todo,
No puede vivir el cerebro sin reducir contradicciones, sin dar y tomar ideas, sin comercio intermental: el aislamiento lleva directamente á la
locura.
Dad un paseo por el campo y acabaréis hablando solos.
Porque, notadlo bien: la contemplación de la
Naturaleza despierta en nosotros multitud de
ideas, pero estas llegan á ser en tal número y se
mueven tan desordenadamente, que el pensamiento gira como un torbellino sin producir cosa
alguna de provecho y se pierde en un laberinto de
incongruencias;si entonces se abren vuestros labios
para lanzar alguna frase, veréis que la palabra, colgada como una señora gorda del brazo del pensamiento, le contiene, suprime los torbellinos vertiginosos y le encamina paso á paso hacia un objeto
determinado. Con ayuda de las palabras, el hombre extiende la doctrina, articula sus principios,
construye el sistema y determina una tras otra las
aplicaciones, (Aplattsos, en seguida contenidos para
no perder la continuación). Y es que la palabra no
sólo es un elemento regulador de la actividad del
cerebro, sino también su excitante más poderoso;
es que la idea que sale formulada en palabras por
la boca vuelve á entrar en el cerebro por el oído
y, como si fuera opinión ajena, estimula nuestro
pensamiento invitándole á la contradicción, á la
rectificación, á la depuración de la propia idea. El
que habla solo, discute con su propia voz; el que

�•

)9

mesa, afianzando la mano izquierda al ~orde y señalando con el índice de la d~re~ha, gntó:
«Pues esa, ¡esa es la obra mlame de la sug_estión hipnótica! Envuelve el cerebro de la mujer,
,aprieta las ligaduras, descoyunta y rompe los resortes del pensamiento, destruye toda fuerza de
Jnde¡iendencia y lo arrastra. e? _p~s del n_uestro,
matando su personalidad, su 1111ciativa, su h~ertad
y su gracia; y dejando el n~estro c_omo musculo
·sin pesos, como estómago sm trabajo, _como pulmón quemado por el exíg~n?, como piltrafa 1~erviosa impropia para la felicidad y para la vida.
JSííííí! ... •
Con la cara al ras del tablero de la mesa, Ramón babeaba las palabras:
.
«Es indudable - contmuó sm abandonar tan
-extraña postura, - es indudable que así como
Dios hizo al hombre libre para quererle ó para
.odiarle pudo sujetar su corazón, pudo negarle ese
.albedrí~ y que todas las criaturas hubiesen ama.~o
y amase~ eternamente f la divinidad.:. Pero Dios
no lo quiso porque sa~1a lo que los miserables humanos tan amigos de imponer amores y resp~tos
por la 'ruerza, ignorarán todavía por muchos anos:

Dios sabía que el amor, si no es espontáneo, no
satisface.•
,
Dos estudiantes se habían abalanzado a él y
procuraban incorporarle.
. .
En esto se oyó tras de la puerta v1dnera el
ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo. ,
Ramón se puso en pie, levantando con él a los
que le sujetaban. Estaba terri_ble, de,scomp~esto.
_ ¡Ah!-gritaba :--,¡cuán -~1en dec1'.'-el emmente fisiólogo inglés miss Antomta, sobrina, de Carlos Rubio: c¡Es mucho atar un alma! ¡Sena preferible hasta que le engañaran á uno!•_
.
Abrióse la puerta vidriera y saltó una cnada
llena de susto.
- ¡Señorito!. . .
.,
Ramón levantó el tintero para arroiarselo á la
cabeza.
· - ¡Fuera de aquí! ¡Todo e~tá roto!. ·.._
Y cayó desplomado en el sillón, respnando fas
tigosarnente.
.
- ¡Está loco!-decían en voz baja los alumnos.
Unos le rodeaban, otros ayudaron á la criada
á. levantar á Elena, que había caído desmayada en
el pasillo.

.ll3 F ~brero 1&lt;yJ7.

escribe, contiende con su propia letra, y en uno y
otro caso, al decir «discute• y «contiende», quiero significar que contradice y purifica la verdad
perseguida en aquel momento. Así como el diamante sólo se talla con polvo de diamante, las palabras son también las partículas con que se labran las facetas del pensamiento, . (Los estudiantes rompen en una ovación delirante y prolongada.
Un estudiantón que está en primera fila, coge la
mano del profesor y le contempla embobado y sonriente).
Cuando Ramón consiguió calmar con sus ademanes el frenesí de sus discípulos, había desaparecido de su semblante la animación producida
por el entusiasmo científico. Sólo quedaba en él
la excitación oratoria, pero apuntada, sin duda, á
la zona negra del asunto, á la que venía bordeando sin afrontarla, por temor á poner el dedo en la
llaga propia. Ya era irremediable; había que enlazar aquella fisiología cerebral con el amor y
el hipnotismo, que era lo que aguardaban los
alumnos.
« Hemos dicho antes que la palabra que hablamos ó que escribimos excita nuestro cerebro
como si fuera ajena, como si no reconociéramos
nuestra voz ó nuestra escritura y discutiéramos
con otra persona. Y es que el mayor placer y el
más fecundo del cerebro es ese: la comunicación
con otro cerebro, el choque de ideas, la discusión,
el ejercicio que conserva la salud del órgano.
Y como también hemos dicho antes, la nota
producida por el otro cerebro ha de ser distinta
de la que el nuestro produce: si nosotros damos el
do, la mujer debe dar el mi ó cualquiera otra de
las notas que con el do armonizan, que son todas·

menos el si, ¡cosa curiosa! La nota característica
del que en música se llama acorde de sétima dominante, y fuera de la música significa que no hay
marido que transija con ese acorde de la señora.
Ahora bien; ¿qué armonía, qué trato, qué vida
es posible cuando el cerebro de la mujer no da
una nota distinta, sino exactamente la misma que
nosotros y de una manera insistente, monótona,
infalible, que taladra el oído, perfora el cráneo y
desgarra como un proyectil nuestro cerebro?,
Al decir estas palabras, Ramón · había ido poniéndose en pie, y cogiendo un libro que tenía sobre la mesa, lo arrojó de plano contra ella á la conclusión del párrafo.
Entre los alumnos se produjo un silencio en
que se mezclaban la sorpresa y el temor. No sabían lo que le pasaba á don Ramón, pero era indudable que le pasaba algo.
Ramón, como asustado del ruido y corno avergonzado de aquella violencia, continuó:
« Ko; no hay trato ni vida posible cuando el
cerebro de la mujer es como un pedazo de nuestro
propio cerebro, cuando la idea que ha de salir al
paso de la nuestra es la misma idea que ha brotado en nuestra mente, cuando hasta las palabras
con que íbamos á formularla (Estrujando el papel
que habían escrito los alumnos) salen por la boca de
la mujer en vez de salir por nuestra boca. •
Las manos de Ramón temblaban. Su voz pasaba repentinamente d e ronca á chillona. La mayor
parte de los alumnos estaban sobrecogidos; algunos, alarmados y llenos de zozobra, habían visto
moverse los visillos de la puerta que daba paso al
interior de la casa.
De pronto Ramón, echando el cuerpo sobre la

•
FIN

¡ ti
literario -,, No se devuelven los orlglneles.
Reservados to-fas
los derechos
de p~~,z;~~I
i"m;r::1a de Jos~ Blass Y Cia., San /\'\ateo 1, l'\adrld.
Fotograbados
de Durá
y Compañia.
-

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\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

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.

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La lectura como arte.
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Tomo primero: La polltica.
Tomo segundo: La administración.
TEATRO (en un acto).
Gabinete magnético.
El pais del abanico (zarzuela).
El lazareto (zarzuela).
El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
La pelota en el tejado.
Por unos dias.
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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