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                  <text>r

\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

Pastillas Antiepilépti cas de Ocboa

.

No quitan el apetito
No deprimen
Cortan rapidamente
los accesos

CONFESION
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El derecho del pataleo.
Tomo primero: La polltica.
Tomo segundo: La administración.
TEATRO (en un acto).
Gabinete magnético.
El pais del abanico (zarzuela).
El lazareto (zarzuela).
El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
La pelota en el tejado.
Por unos dias.
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30 Cínts.

�El [uento Semanal
¡/v'\adrid

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Libros y Revistas
Rima■ del trópico, por Alfredo Gámez Jaime. - Imprenta de Arcbi.-os. Madrid.
Rs un libro sano; libro caliente, lleno de emotividad y
de color. Al frente del volumen figura un gallardo prólogo
de Salvador Rueda, del cnal entresacamos los párrafos siguientes:

«Acaba de llegará nosotros la voz de un poeta americano, cuyos versos transmiten al espirilo la emoción firme
y reconfortadora de la vida. Me refiero á Alfredo Gámez
Jaime, que, acaso por venir de la República americana
donde el idioma español se conserva más puro (Colombia),
trae en sus poesías la fórmula largo tiempo esperada (é iniciada yn espléndidamente por algunos) de la fusión, bajo
un troquel propio, de los elementos ambulantes que se observan en la lírica general de aquellos países.» •..••.••...•
.........« Canta lo mismo lo externo que lo interno, el
sentimiento que la pldstica, la armadura carnal del hombre
que sn alma. Es amplio de visión; abarcador ambicioso de
horizontes emocionales; inopinado, al ,·olar de unos asuntos á otros; perseguidor de la imagen, que muchas veces le
brota repentina como una lumbrarada.» .•.••
Marrueco■,

Politlca é lntereaes de Bapall.a en cate
Imperio, por Eduardo Caballero de Puga. - Imprenta de
E. Arias. l\ladrid.
Obra ilustrada, mu y bien documentad:i y de gran actualidad.
~
Azul. - Ha empezado á publicarse en Zaragoza, bajo
la dirección de Eduardo de Ory, esta notable revista, entre cuyos colaboradores figuran los literatos españoles y
americanos más eminentes.

El Nuevo Mercurio. - El núm. 8.'' de esca importante
revista publica una sección titulada ,,~Conoce 11stt:d E.-.p2ña?»,
en la que colaboran Paul Adam, René Bazin, jules Clarctie,
:More! Fatio y olros prestigiosos escritores.
Ademlls publica artículos de Miguel de Unamuno, Rubén
; &gt;ario, Pérez Tria na, E. Lora y P. Aumechian.
Páginua Ltb.-es. -

El núm. 7 de esta reví.ta publica el

siguiente sumario:
«El nuevo renacimiento», por Claudio Reina; «Consejos
útiles», por Clemencia Jaquinet; ~Los siete enigmas del Universo», por Fernando 1'arrida del Mármol; «Primeras civilizaciones: La India», por Ramón Baños Martínez; «Anarquía
é individualismo», por Teresa Claramunt; «Sumisión y rebeldía», por M. Meléndez Muñoz; Papel recibido; Folletín: «El
mundo y el hombre», por Ralph \Valdo Emerson.»
Burla Burlando. ·-Tales el título de un semanario frs(h•o ilustrado que ha comenzado á publicarse en Granada.
El periódico en cuestión abunda en notas de buen humor
y está todo él escrito con ingenio y t,Pril,
Deseamos toda clase de prosperidades al simpático
colega.
Hojas SelectaA. - Sé ha publicado el nürn. 6q de b revista mensual llo¡as Stltclas. correspondiente á ~cptiembre, cn cuyos pA¡?inas, pulcra mente ilustradas, se cons•gra la alcnción debida á los asuntos de culminantc actualidad.
Publica ademh las acostumbradas secciones de «Moda
parisiense», nota cómica, nota política y pasatwmpos.

Yeclanerfo1. - Colección de poesías de Maximiliano
C. Soriano. -- 'fipogr,ilia l\lodcma1• Elda.

f.

FRANCISCO
ARO 1 - 6 Septiembre 1907 - N.º 36

VILLEGAS
(Z EDA}

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
ExtranJero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

30 CéntiffiOS

CONFESIÓN

Por el Arte. - Publica esta revista, cuyo número correspondiente á Agosto hemos recibido, interesantes artículos
que firman F. ~Iontagud, J. :M. Alcoreno, Manuel Abril,
J. Huidobro, J. Villaseñor; profusión de grabados, noticias,
etcétera, etc.

I

N

Consultorio 6rafoldgico 6RA[ HTN E8
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

J. R. B., Zaragoza. - Sensibilidad exceslvn; Impresionabilidad; carácter amable; gran deseo de ganar dinero; actividad; espfritu de organización; Inteligencia culttvada; mucha prudencia
en los negocios y disposiciones para el comercio; combatividad;
vivacidad; naturaleza poco entrglca; temperamento bien equilibrado.
Un neurasténico verde. - Espíritu muy independitnte; gran
amabilidad; Inteligencia muy claro; buen grado de cultura: gran
propensión II la melancolía y al desaliento; carácter sensible, á la
vez que muy rencoroso; voluntad dominadora; i:ran sinceridad;
temperamento nervioso-sangulneo; desconfianza

Meflstófeles. - Naturaleza bastante Interesada; gran actividad lfsica; bastnnle vanidad; sensibilidad muy despierta; espiritu
vivo; gran nervosidad; afición á discutir; bastante tenacidaa en la
resistencia: expansión con los extraftos; conciencia generosa y
bien equilibrada: inclinación á lo misterioso; puede usted cultivar
las ciencias ocultas, de tas cuales me dice poseer algunos conoc,.
miento~, porque tiene usted disposiciones muy marcadas para
ellas; fijese ea el signo tan raro que en JU graf,smo adorna ta d
minúscula, y tendrá usted el secreto del signo de la curiosidad de
lo oculto.
facasse -Amor al dinero; deseo de proteger; gran intuición;
generosidad bien entendida; equilibrio en las facultades; formulismo; voluntad pacienzuda con accesos de terquedad; expansión
prudente y sólo con los extraftos; poca vivacidad.
M. Htscbvan, Barcelona. - Sensibílldad desequilibrada; esplritu muy fino; l(ran inteligencia: vivacidad; voluntad que se gasta á troche y moche y que hace falta en los momentos decisivos
de la vida; temperamento débil; inmaterialidad; actividad fisica;
carácter Incomprensible (insais/ssable); ninguna expansión.

Oazeful.- Espirituacaparador; gran facilidad de asimilación;
Inteligencia mlly clara: es usted de estas naturalezas privilegiadas que poseen comprensión tan viva, que vislumbra todas tas
cuestiones; pero cuidado, porque et defecto general de estas naturalezas es :onlar demasiado con su maravillosa facilidad, lo
que puede dar por resultado un espiritu muy brillante, pero algo
suptrficial; carácter amable; salud bien equilibrada; mucha lógica; voluntad dominadora; actividad; buen gusto arlfstico; vanidad; naturaleza ávida de honores y alabanzas; creo que podrla
usted cultivar las letras con txilo.
Carmen la lista -Sensibilidad moderada; la cabeza domina
el corazón; deseo de perfeccionarse; ninguna expansión; voluntad
tenaz, á veces terca y tiránica; buenas d1sposic1oms para ta •conomfa; conciencia bien equilibrada; inclinación á ta tristeza: bastante afición á los quehaceres doméstico,¡ temperamento san•
guineo-nc1v10s0; deseo de agradar y de seducir.

CHAMPAGNE BINET
REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IOUAL PRECIO

estoy de ali\ iar las pen~s
e n que mi corazón rebosa, depositando en un pecho amigo la narraci(m de ellas. Todos los periódico~ han traído y llevado mi nombre, y rcfendo y comentado, por supuesto, falseándolos, los hechos que componen el doloroso. drama en
que me he \ isto envuelto. lmpos1hle es, po~
consiguiente, que no haya llegado hasta ~1
la noticia de mis desventuras. Para que tu,
tan recto como clarividente.
seas mi juez ó para que, si
no quieres serlo, me compadezcas, ó en todo caso,
con el fin de desahogar, por
medio de algo así c~mo _una
confesión general, mt atnl:&gt;Ulada conciencia, te escnbc~
estos renglones, en los c uales he de ser tan sincere&gt;
como el creyente convencido lo es á los p ies de su
confesor.
En la casa que poseo lejos de mi patria, en esta riscosa soledad, en donde he
de permanecer el resto de
mis días, podré trazar puntopor punto, ser~na ~ impar~
cialmente, la h1stona de mt·
vida. Soy como un náufrago•
que, resucito á no embarcarse jamás, cuenta, desde su
roca solitaria, ,los incidentes.
de su desastrada navegación
al t ravés de los mares tempestuosos.

1

ECESITADO

** *
Hasta poco ha la vida era
para mí una llan_ura _monó~
tona: ni altos ni baJOS, ni
grandes alegrías ni gran~es..
disgustos. Las pasiones violentas me parec1an
cosa de teatro 6 de nm ela, ó cuando más, raras
excepciones, raptos de una especie de l~~ura
que solamente debía de atac~r á los e~pmtus
desequilibrados. Yo me cons1d~rab~ libre de
tal peligro. Vivia, ó vegetaba mas ? 'en, com?"
aparentemente vege tan todos los seres anodinos que com ponen e l rebaño humano.
:,\li jmentud fué como la de la mayor parle de

�los jóvenes burgueses: seguí á trancas y barrancas
una carrera universitaria, acabada más por la tolerancia dañina de los profesores que en virtud de
mis propios esfuerzos; adquirí, en vez de ideas,
unas cuantas frases que sonaban á ciencia, pero
que estaban huecas, y con las cuales, sin embargo,
logré conquistar una posición. A los veinticinco
.años, muertos mis padres, me encontré dueño de
un capital, cuya renta, unida á mi sueldo, me daba
ücupar en sociedad un puesto en\'idiable. ¿Quién
me tosía á mí con mis cuatro mil reales de ingreso
.al mes, mis veinticinco añus, mi figura no despreciable y mi salud á prueba de excesos '-iue, á decir verdad, rara vez cometía? Porque yo era como
suelen ser los jóvenes de la moderna clase media:
serio, ordenado y económico. Ya habrás reparado
en que el ideal de la juventud contemporánea es
el ser práctica, y yo realizaba ese ideal. :\Jis vicios,
que también los tenía, estahan sujetos, por decirlo
.así, á una rigurosa disciplina. Cuando podía satisfacerlos gratis no desaprovechaba la ocasión; cuan&lt;lo tenía que pagarlos, buscaba siempre lo barato.
Podría decir al céntimo lo que me han costado las
.1legrías de mi juventud. Todo, absolutamente todo, lo conservo apuntado, con la exactitud con que
.anota el comerciante las operaciones de su casa.

** *

Cierto que el medio no crea nuestro carácter
pero ¡cuánto no lo modifica) aun deforma! La ciudad donde nací, y en la cual he pasado mi juventud, es una de esas de Castilla en las que sólo vive
lo que está muerto: sus , iejos monumentos, reliquias melancólicas de una sociedad desaparecida.
,\ la sombra de sus vetustos paredones, duermen
más que viven, unos cuantos centenares de familias hurañas, apegadas á legendarias rutinas, aisladas unas de otras, conservadoras de los defectos y
vicios del pasado, sin ninguna de SLIS virtudes y
enemigas de todo progreso espiritual; allí el fanatismo sin fe, la codicia sin grandeza, el deseo sin
pasión, el odio sin valentía; la , ida ha quedado
estancada y se ha corrompido.
En tal mundo, la hipocresía se convierte en
una segunda naturaleza: la más leve falta, si se
hace pública, es motin1 de escándalo; las más naturales expansiones de la juventud, actos de cinismo; calificase de ridículo el entusiasmo; el amor
debe ser mesurado y andar oculto; la intimidad y
aun el simple trato entre personas de distinto sexo,
es cosa I irohibida. Bajo estas apariencias austeras el
diablo anda suelto, pero siempre imisible. Poco importa que no seas casto con tal de que seas cauto.

***
Un hombre serio, y yo lo era á los veinticinco
a1'íos, no est{t bien soltero; el matrimonio da respetabilidad y suele servir á una persona práctica
para doblar dr un solo golpe su caudal. En todos
los negocios se arriesga el dinero por la hipótesis,
más ó mcnos probable, de obtenc&gt;r una ganancia;
en el negocio del matrimonio, no; se juega sobre
!.eguro. Para la mayor parte de los jóvenes como
yo era entonces, la cruz del matrimonio es la cri,z
&lt;!el signo de la suma.
Eso fué mi boda: una operación aritmética.

11aría de los Angeles, Angelita, como su papá
la llamaba, es hija de un acaudalado señor, hombre respetable, mangoneador de la política provincial y diestro en manejar los asuntos públicos,
sin olvidar los prirados. Además de respetable es
práctico, cualidades que caminan casi siempre en
íntimo consorcio. No hay cuidado. de que se deje
llevar de ridículos romanticismos - son sus palabras-, y para él es romanticismo puro todo acto
que no nos acarrea alguna utilidad. Hizo contratas
con el Estado, administró fondos ajenos, prestó
dinero á réditos y se hizo rico; se casó, fué padre
de una hija y se quC'dó dudo.
Angeles es en lo fisico un tipo insignificante;
una rubia linfática, ojos apagadPS, carnes flácidas
y manos lindas. Tales manos son una agravante de
la pereza de ,\ngelita; su esmero en cuidarlas Ir
impide hasta pegar un botón; son un adorno d •
su persona, no instrumentos de trabaj ,.
Yo la conocía desde niño, cosa que nada tienr
de particular, porque á Angeles, desdr que saliú
del colegio, se la veía en todas partes: en el paseo,
en la iglesia, rn el teatro, en el balcón. Antrs de
nuestras relaciones tuvo los novios á docenas,
como que era uno de los mejores partidos de b
provincia. Pero los noviazgos duraban poco. En
cuanto el padre se enteraba de que el pretendiente era un pelagatos, le decía á su pimpollo: «Angelita, no sigas tonteando con ese muchacho... ,
no tiene sobre qué caerse muerto: esas relaciones
no son prácticas•; y Angeles, incapa,: de sentir el
amor y penetrada también inconscientemente del
positiYismo paterno, plantaba con la mayor frescura al novio inservible, que en seguida era sustituído por otro, el cual, á los pocos días, sufría
la misma suerte... Y así sucesivamente.

.,

El padre, que desde mis primeros escarceos
estaba como quien dice al cabo de la calle, )' que
tuvo buen cuidado de hacer inquisiciones análogas á las mías, sobre mi estado ji11ancie1·0, me recibió en palmitas. En un ,·erbo quedó concertado
el enlace. «Si mi hija lleva para cenar, pens~lx1,
éste lleva para comer.• Y yo me repetía: •S1 yo
llevo para comer, ella llcYa para cenar... • Xo po
día haber, por lo tanto, más perfecto acuerdo entre los contrayentrs. La boda quedó concertada
para unas cuantas semanas: después de nuestra
conferencia.

* *

El último de la serir fuí vo. Desde mucho
tiempo antec; había puesto los ,íjos en ella ... ; no
los ojos del amor, ni siquiera los del deseo, sino
los del interés. Procuré enterarme, tem!'roso de
1111 posible desengaño, de la cantidad á que ascendía la hijuela de mi futura, y me convencí de que
era abundante y saneada. Tal maña hube de darme en husmear los bienes de Angeles, que, sin
vanidad lo digo, antes de comenzar mis operaciones diplomáticas cerca de ella, habría podido hacer con toda exactitud y minuciosidad el inrentario de su caudal.
De este modo documentado, empecé mi campaña; adulé al padre, le pedí consejo - que no
necesitaba - para emprender no sé qué negocio;
cortejé á la hija, ensalcé la belleza de sus manos,
y cuando me penetré de que el padre me trataba
con visible deferencia y de que la chica no me miraba con sobrecejo, expuse á :-\ngelita mi atrevido
pensamiento.
La primera con,·ersación que sobre asunto tan
delicado tuve con ella, me comprobó lo que ya
sospechaba yo, esto es, que Angeles era «un pedazo de carne con ojos•. Tan flácida como su
cuerpo blanducho era su alma; ninguna pasión, ni
buena ni mala, podía agitarla. Era una masa mantecosa modelada por la rnlgaridad. «Yo. . . si es
verdad lo que usted dice ... Hable usted á mi
papá, y si él quiere... ¡Qué cosas tiene usted! ...
Todos los hombres dicen lo mismo... •

** *
\' llegó el día de la IJocla. \'estida ella ele ~!aneo, con el wlo y el ramo de azahar consabidos;
yo de negro, circunsprcto y gra,·e, como el _caso
requería; estirados y solemnes nuestros padrinos,
elegidos entre lo más granado de la ciudad, _Y
amigas y amigos hechlls un brazo de mar, nos_ d_1rigimos, todos en coche, á la iglesia, dando ennd1a
á la burguesía provinciana, que se asomaba á los
balcones á Yernos pasar y asombrando al pueblo
soberano, que se agolpaba á las puertas del trmplo.

** *
1

•

Pocas eran las ilusiones que me había forjado
yo acerca del carácter y atractivos personales de
mi esposa; tampoco, ya lo he dicho, pasó por mi
corazón, respecto de ella, nada que se pareciese

al amor verdadero. Esto es la verdad pura; pero
no lo es menos que jamás creí que pudiera existir
una mujer tan insensible y apática _como ella. ,Su
temperamento era como mech~ moJada, que n,111guna llama podía encender. S1 á veces en m1 el
deseo tomaba apariencias de amor, ~n~on~rábame
con una pasiúdad indiferente que 111 stqut~ra me
rechazaba. Cuando esperaba de ella un suspiro, me
contestaba con un bostezo; cuando daba yo á mis
palabras el calor de la pasión, solí~ ella interru~pirlas para hablarme de los d~sc~1dos ~e ~a ~oc1nera. En un principio aquella 111d1ferenc1a trntaba
mi amor propio. Después llegué_ á percatarme _de
que mi mujer era un sér refractario al amor. ¡Qmé_n
sabe si muchas castidades no son como la castidad ele mi esposa: la Yirtud de callar que tiene el
mudo!
*
* *
,\ todo llega uno á hacerse, y yo también hube,
al cabo de algún tiempo, de acostumbrarme á la
compañía de :\ngeles. ! lasta he de declarar 9-ue
me molestaba poco. No encontré en ella, es cierto esa comunidad de ideas y de gustos que, cuand~ se amasan co_n el amor, son la gloria en la tic-

�rra, y si aquél falta, lo suplen; pero en cambio, por
lo mismo que la penetración de mi mujer era escasa, me veía libre de suspicacias y sospechas, para
las cuales no faltaba algunas veces motivo.
Mi conducta era correcta, como correspondía
á mi cualidad de hombre serio, cualidad que iba
acentuándose conforme los años pasaban. Con
todo género de precauciones evitaba el escándalo; pero de cuando en cuando, como mejor podía,
buscaba compensaciones á las frialdades de mi esposa. ¡Ruines compensaciones que, si encendían
momentáneamente el deseo, causábanme después
tedio y hasta algo así como menosprecio de mí
mismo!
Y de este modo se pasaban los días y los años,
y pasaron diez, y durante ellos mi vida fué la imagen_.q_el limbo, sin pena ni gloria... un camino sin
cuestas ni hondonadas ... la llanura inacabable del
aburrimiento.
Conservaba, sin embargo, la vaga conciencia
de que existían en mí fuerzas para vivir otra vida,
fue_rzas que, como tantas otras, se perdían sin empleQ, anuladas por el medio en que la suerte me
había colocado.

II
Las vacaciones del verano de 190... (sabido es
que en el verano hay vacaciones para todos), no
sólo me dejaron libre de trabajos apremiantes, sino
que me emanciparon por algún tiempo de mimonótona vida conyugal. Mi mujer, para quien San
Sebastián era el mejor de los mundos posibles, se
extasiaba ante la Ídea de pasar en la capital donostiarra un par de meses. A mí la vida de San
Sebastián, en compañía de mi esposa, me aburría
soberanamente. El ir y venir á hora fija por el boulevard, el bañarme con ella todas las mañanas á la
vista del público, las veladas y cotillones del Casino, el contacto con gentes que yo no conocía y
que además me parecían cursis ... todo era causa
de que no me apeteciese el viaje veraniego á la
concurrida ciudad vasca. ·
Por fortuna, un acontecimiento inesperado vino
aquella vez á librarme de la obligada excursión de
todos los años. Hacía poco tiempo que h!1bíamos
heredado de un lejano pariente unas tierras de escaso valor en Andalucía, y yo, así se lo dije á mi
mujer, debía ir en persona á fin de sacar el mejor
partido posible de la ve1'1ta.
A Angeles le pareció de perlas mi idea. Ella
se marcharía con su padre á remojarse en las aguas
de la Concha, y yo, una vez despachado el asunto,
iría á reunirme con ellos.
Como se pensó se hizo, y el mismo día en que
mi mujer y mi suegro salían camino del Norte, yo
me alejaba en dirección al Sur.
En cuanto el tren que me conducía hubo salvado el puerto de Despeñaperros, me pareció pasar de un mundo á otro completamente distinto
de aquel de donde acababa de salir. Todo era diferente: la vegetación, los tipos, los vestidos, el
lenguaje, e l acento. A la aridez de las llanuras de
la Mancha y á la austeridad de los paisajes castellanos, sucedíanse las rientes perspectivas andaluzas: extensas vegas regadas por ríos de sosegado
curso, que ya se deslizaban por entre cenicientos
olivares, ya por extensas praderas en que retozapan potros de arrogante estampa ó pastaban toros

de feroz aspecto. De cuando en cuando un pueblecillo de blancas casas diseminadas en torno de
alegre torre, con sus huertos cercados por pitas y
chumberas, sus ramilletes de palmas y sus setos
de rosales.
, En una estación, de cuyo nombre no me acuerdo, dejé el tren para tomar la diligencia que había
de llevarme á Bellamar, el pueblecillo término de
m~ Yiaje. Amanecía. Entre las ramas de un árbol
enbrme plantado en medio de la plazuela en donde estaba el parador de la diligencia, piaba, saludando la venida de la aurora, un enjambre de pajarillos.
Como media hora duraron los preparativos de
la partida. Una desgreñada moza, descalza de pie
y pierna, ayudaba al zagal á poner maletas y baúles en la baca del coche, contestando muy -complacida á los chicoleas del mozo. El mayoral, en
tanto, iba sacando de la cuadra y enganchando al
enorme vehículo, una antigua diligencia con berlina, intetior y rotonda, hasta ocho caballos de largas crines, que al sacudir, como para desperezarse,
las cabezas, hacían sonar los innumec_ables cascabeles de sus colleras. Tres viajeros soñolientos esperaban el momento de marchar, sentados en et
b~nco &lt;le piedra que rodeaba el tronco del árbol.
Cuando estuvieron enganchados los caballos,
el mayoral, _un mocetón moreno, fornido y simpático, de ancho sombrero, pantalón ajustado y chaquetilla corta, gritó con acento andaluz muy cerrado:
- ¡Cabayeros, ar 'coclte!
Y mientras los viajeros soñolientos se acomo~
daban en el interior de la diligencia, yo trepé al
pescante, deseoso de disfrutar del fresco airecillo
de la mañana y de recrear mis ojos con la contemplación del paisaje. Montó el zagal en uno de
los caballos delanteros, chascó el mayoral la tralla,
oyóse el «adiós,, «adiós• de la moza, y el viejo
armatoste, arrastrado por los ocho caballos y dando saltos sobre el empedrado, recorrió una larga
calle y salió á la carretera, cuya cinta blanca, serpenteando entre campos y praderas, aparecía y
desaparecía á causa de los altibajos del camino,
hasta perderse en el horizonte.

alegres caseríos de blancas azoteas, rodea_dos de
palmeras y de plátanos. Numerosas acequ~~s que
se entrecruzaban hacían pensar en un prohJo bordado de piata s¿bre verde terciopelo. Veíanse á
uno y otro lado del camino extensos viñedos cuyos pámpanos y hojas, en vez de arrastrarse por
tierra merced á redes de alambre colocadas en
alto por medio de cañas, formaban extensos túneles de temblorosas bóvedas.Las chumberas extendían por todas partes sus pinchosas palas, como
grandes manos que _Pi?iesen Jimosma á los b?rdes
de la carretera, y limitaban las hereda~es o fo!maban macizas manchas en los oteros leJanos. En
los remansos del río, cuya línea tortuosa señalaban altos árboles, lavaban grupos de mozas que,

-..

'

~

~·• ....,
...

*

* *

Habíamos subido ya hasta la venta del Altorcao, que no era otra cosa que unos cuantos paredones cuarteados entre montones de escombros.
Un poco más allá había una cruz de piedra rodeada de cantos; cada canto representaba un Padre
nuestro rezado por el alma del que allí perdió la
vida...
.
Paró el coche en lo alto de la cuesta á fin de
dar algunos minutos de descanso al ganado. Los
mulos echaban un chorro de sudor por cada pelo.
- Mire usté - dijo el mayoral.
Allá lejos se extendía el mar, cuyas brumas
apenas dejaban entrever junto al horizonte lo_s cont ornos abruptos de un cabo. Del agua azul venía
hasta nosotros una brisa fresca y olorosa que templaba el calor del sol. La diligencia comenzó á
bajar rápidamente hacia la arenosa ribera. El paisaje, que por el lado de la cuesta que acabábamos.
de dejar atrás era árido y peñascoso, se había convertido d e repente en hermosísimo panorama. En
medio de valles frescos y apacibles, destacábanse

don Luciano Cárceles, que este era el nombre de
la persona que deseaba comprar mis recién heredadas tierras.
En el ancho portalón, delante del cual descansaba llena de polvo la desenganchada diligencia el fondista ó posadero, cómodamente repantigado respiraba satisfecho la fresca brisa del mar.
~ ¿Sabe usted- le pregunté - dónde vive et
señor Cárceles?
- Cárceles hay dos, sin contar con la de los
presos - contestó el posadero, no queriendo desaprovechar la ocasión de hacer un juego de palabras-. Usted ¿por quién pregunta, por don Juan
Cárceles, el maestro de escuela, ó por don Luciano Cárceles, el amo ó poco menos de este pueblo~

al sentir el cascabeleo de la diligencia, suspen&lt;lían
momentáneamente su labor para mirar el coche.
A medida que avanzábamos, el caserío era más
nutrido y la vegetación más espesa. Hasta nosotros llegaba ya el rumor del oleaje que se desh~cía en la arena dorada de la playa. Al doblar la diligencia un recodo del camino, apareció ante nuestros ojos, como á dos kilómetros de distancia, el
pueblo de Bellamar, parecido á un rebaño de blancas ovejas custodiadas por un viejo rabadán, que
tal parecía el torreón ruinoso de la antigua alcazaba, erguido sobre el cerro á cuya falda, mirando
al mar, se escalonaba el pueblo en forma de anfiteatro.

III
Mediaba el día, cuando después de asearme y
de variar de traje en la posada con honores de
fonda en que acababa de dar con mis huesos, molidos de la larga caminata, me dispuse á visitar á
~

'l •r#'/

,

- Por don Luciano pregunto - le respondí.
- Pues mire usted, echando por esta calle
abajo - el posadero se había levantado y accionaba delante de la puerta - y luego tomando á la izquierda hasta llegar á la plaza _de
la fuente y torciendo después .. : Pero 1~eJOr
será que le acompañe á usted Colás. ¡Colás,
niño! - gritó.
Por una de las puertas interiores del zaguá_n
salió el niiio, un mocetón de treinta años cumplidos, que olía á cuadra.
- Ve con el señor á enseñarle la casa de don
Luciano Cárceles.
- ¡l\lfuehas gracias! - dije yo, y eché á andar
detrás del ni,io.
El sol dejaba caer sus rayos de oro d~rretido
sobre los moriscos edificios del pueblo, enplbegados todos ellos· su blancura, herida por el sol, producía un resplandor que cegaba_ Hacía un calor
asfixiante; mas al pasar frente á las bocacalles que
daban al mar, sentíase suave carici¡i de fresc_ura.
Subimos y bajamos varias cuestas, unas polvone1:tas de carretera y ot:as empedradas con puntiagudos chinarros.Al cabo de unos cuantos m111utos.
de fatigosa marcha, llegamos á una plaza á la que
daban alguna sombra grandes y copudos castaños. En el centro de frondoso jardín, uno de cuyos frentes dominaba la marina, alzábase un hotel

�elegante y coquetón, por cuya verja de entrada
se veía una escalinata protegida por elegante marquesina y flanqueada de grandes macetas.
- Esa es - me dijo Colás - la casa de don
Luciano Cárceles.
La verja estaba abierta; entré, subí la escalinata, y empujando una puerta de cristales que ostentaban la cifra del dueño, me encontré en un
espacioso recibimiento, fresco y sumido en apacible media luz. En la puerta que daba frente á la
de entrada apareció una hermosa mujer vestida
de claro y con flores en la cabeza.
- ¿Don Luciano Cárceles? - pregunté yo.
- ¡Ah!, ¿pregunta usted por mi tío? - dijo la
joven con gracioso acento andaluz y con una voz
un tanto opaca, pero insinuante y sugestiva-.
Pase usted, pase usted. Voy á avisarle en seguida-. Y haciéndome e ntrar en un gabinete más
bien agradable que lujoso, con mecedoras de las
llamadas de Viena, cortinas de cretona clara y
persianas verdes en las d os grandes ventanas,
desapareció ligera y silenciosa.
- ¡Hermosa mujer! - pensé.
A los pocos momentos se presentó
por la misma puerta
por donde yo acababa
de entrar un señor
más que maduro, pero
fuerte y bien plantado, de fisonomía franca y movible, vestido
con un traje de dril
de blancura impecable.
- ¿A quién tengo
el gusto de hablar?
-Soy el dueño de
las fincas que usted,
según carta que recibí
hace algunos días,
quiere adquirir.
-¡Ah! ¡Usted
es! ... Siéntese usted,
siéntese usted ... Me
alegro tanto. De palabra se entiende la
gente mejor que por
carta...
·
- Eso he pensado
yo también.
- Las cosas claras - dijo sin hacer
caso de mi interrupción. - Ya se lo dije á
usted por escrito. A
mí me convienen esas
tierras. Otro empezaría á hacer ascos. Yo
no. A mí me gusta la
franqueza; e l pan,
pan ... Puesto que
usted está resuelto á
venderlas, he de decirle que nadie se las
pagará mejor que yo.
¿Sabe usted por qué?
Pues porque con ellas

redondeo mi finca del Almendral. Lo que yo ofrezco no será mucho, convengo en ello. La propiedad
aquí en Andalucía ha bajado tanto, y se comprende ...
- Si, es verdad - dije yo tratando de poner
un dique á aquel torrente de palabras-. Si á usted le parece, podemos tratar. ..
- Tiempo hay de sobra. Además, por mil pesetas más ó menos no hemos de reñir. De todas
maneras, si usted se empeña ... yo doy quince mil
pesetas ... lo dicho; tres mil duros, y apuesto á
que no hay en el pueblo quien le dé á usted dos
mil. Sesenta mil reales; ya se lo he dicho á usted
para redondear... Bueno. De modo, que si usted
acepta, mañana vamos á casa del notario ...
Hablé yo, volvió á hablar él, y después de una
hora larga de repetir los mismos argumentos y
frases, convinimos en que me darí1 18.000 pesetas.
- Y apara quiero presentarle á mi hija y á mi
sobrina. Mi sobrina es la joven que ha visto usted
á la entrada. ¿Guapa, eh' ... Pues ahí donde usted
la ve, está casada con un hombre que tiene mi

--

carnaba totalmente mi ideal. Su figura, su rostro,
sus ojos soñadores, las inflexiones de su voz, se
correspondían con la mujer creada por mis ilusiones y mis sueños. Sentía, sin embargo, con el gozo
de haberla hablado, no sé qué especie de disgusto
por haberla conocido. Su preseneia inquietante representaba para mí un deseo que me parecía imposible satisfacer. Bien ó mal_, yo iba caminando
por la vida sin pena ni gloria, como casi toq~s los
humanos. Estaba acostumbrado á la mediocridad
de mi existencia; ¿para qué venía aquel rayo de luz
á hacerme entrever un paraíso cerrado para mí?
Ni por un momento pude pensar que á aquella
mujer le pudiera inspirar yo más que indiferencia.
Casada ella, y por lo que había dicho don Luciano, enamorada de su marido; casado
también,
nuestro encuentro en la vida era la intersección
de dos líneas que se cruzan en un punto para no
volverse á encontrar jamás.
** *
No obstante estos razonamientos, esperé con
impaciencia la hora de ir á casa del señor de Cárceles. Me vestí con esmero, me acicalé con prolijo
cuidado y me eché á la calle.
Un cuarto de hora antes del medio día, apretaba con mano temblorosa el botón eléctrico de la
verja. Una doncella, muy repeinada y peripuesta
de blanco delantal, abrió la puerta, y en lo alto de
la escalinata apareció don Luciano, tan pulcro
como el día anterior.
- Pase usted, pase usted. Las muchachas están ocupadas en su tocado. Ya sabe usted, las mujeres se pasan las horas muertas delante del espejo... Es natura), están en la edad ...
Y cogiéndome del brazo, añadió:
- Venga usted, daremos una vuelta por el
jardín.
Bajo las extensas alamedas «no era enojoso el
estío.• El sol filtrábase con dificultad al través de
las tupidas copas de los árboles, formando de trecho en trecho, sobre la arena de los paseos, corno
una complicada blonda de prolijas y tenues labores.
Entre el verdor de los arriates y macizos se entreveían blancuras de mármol. Daban, como dijo
el poeta, olor sobeio las flores bien olientes, y se
oía el murmullo misterioso de un surtidor.
- ¡Esto es un paraíso! - dije, realmente asombrado.
Sonrióse don Luciano con satisfacción, y dijo:
- Todo es obra mía. Hace veinte años, cuando nació Lola, compré el solar, un huerto en que
no se criaban más que algunas docenas de hortalizas. A fuerza de cuidados he ido haciendo lo que
*
usted
ve: esos árboles los he plantado yo. He traí* *
No pude apartar del pensamiento la imagen de do flores de Valencia, de Murcia, de Galicia ...
Soledad. El i&lt;leal de belleza que nos formamos Desde que murió mi mujer este es mi mundo, aquí
de la mujer, esbózase confuso entre las nieblas de ·vivo hace veinte años, y aquí moriré.
En esto habíamos llegado á una plazoleta, en
nuestra imaginación. Pasa el tiempo, á veces toda
la vida, sin que la borrosa figura se concrete y de- cuyo centro se alzaba un gran cenador, fresco como
termine en una mujer real. Otras nos gustan, pero una gruta. En el centro estaba servida la mesa.
á todas les falta algo; ninguna es la imaginada, la Sobre blanquísimo mantel brillaba la vajilla de
sonada, la nuestra. Cuando ella surge ante nos- porcelana, la cristalería y la plata.
Una doncella, la misma que me abrió la puerotros, pare~e que despierta nuestro sér, y allá, en
)as profundidades del alma, brota un grito seme- ta, se acercó al señor Cárceles:
- Cuando el señor quiera.
¡ante al ¡eureka! del sabio siracusano.
- ¡Santa palabra! - exclamó don Luciano - .
Esto me acontedó á mí con Soledad: ella en-

misma edad. Con don Alberto Fuertes... Quizás
le haya usted oído nombrar. No es un viejo, pero
ya la vejez le anda pisando los talones. Y se quieren, ¡vaya si se quieren! Es un Otelo. Es natural,
cuando se tiene una mujer como Soledad, tan guapa y con tanto ángel. .. Viv~n en Almanzora, á
diez leguas de aquí. El e_st~ bien; y eso que es_aficionado á tirar de la oreJa a Jorge .. . ¿Qué quiere
usted? En algo se ha de pasar el tiempo. Ahora ha
tenido que hacer un viaje ... , cuestión de un mes;
y por no dejar sola á mi sobrina, nos la ~andó
aquí. Ella y mi l;lija hacen muy buenas nugas .. .
Pero estoy hablando, hablando. Lola, Soledad... .
Oyóse crujir de faldas y entraron en el gabinete las dos jóvenes. Lola, la hija del señor de
Cárceles, era delgada, insignificante. Hablaba muy
poco, como si el don de la palabra lo hubiese agotado don Luciano, no dejando nada para ella.
Soledad era morena, con esa palidez mate, propia de las mujeres levantinas y andaluzas; sedosas y larguísimas pestañas daban sombra á sus ojos
africanos. Tenía recta la nariz, finas las cejas, rojos y grosezuelos los labios y los dientes parejos y
bien formados, deslumbrantes de blancura. En su
cabello negro y ondeado ostentaban sus hojas sangrientas dos claveles. Era alta, ligeramente gruesa, de amplias caderas y de pecho abultado, que
temblaba al andar cadencioso de su dueño. No he
conocido otra que mereciera con más justicia que
ella el nombre de real moza. Su traje claro y vaporoso realzaba todos los encantos de su figura, y
el descote dejaba descubierta la garganta hasta el
límite que separa lo honesto de lo atrevido. Mientras el señor de Cárceles hacía las obligadas presentaciones, yo saciaba mis ojos en aquella hermosa imagen del deseo.
- Mañana - dijo el locuaz señor - nos pertenece usted. Al medio día, ¿eh? Comeremos á la
antigua española. A mí lo español me gusta más
que nada. Probará usted el vino de mi casa; le tengo de mi misma edad ... Datemos luego una vuelta
en coche: le enseñaré á usted el Almendral. Después tocará el piano Lola: es una profesora, aunque no está bien que yo lo diga, y oirá usted cantar á Soledad al estilo de la tierra . . . Tiene un estilo que... ¡Vamos, me río yo de las cantadoras
de profesión!
Corté como pude la palabra á aquel hablador
infatigable, y después de despedirme de las dos
jóvenes y de desasirme de la mano del señor de
Cárceles, que me fué hablando hasta la puerta de
la verja, me alejé á buen paso camino de la posada,
mientras el buen señor me gritaba:
- ¡Ya lo sabe usted! Mañana, al medio día.

yp

�¡Ea!, llama á las señoritas y di
que las esperamos.
No tuvo necesidad de dar el
recado la doncella. Por la escalera del hotel, que daba á la plazoleta, aparecieron Lola y Soledad, ambas con trajes claros y
mangas flotantes, escotados los
cuellos y en ellos cintas de terciopelo negro. Ambas también lucían rnjos claveles en el cabello.
- Hemos hecho esperar á ustedes - me dijo
Soledad, al mismo tiempo que me daba la mano.
- Tuya ha sido la culpa, papá - dijo Lola.
-¡Mía!
- Sí, de usted - replicó Soledad - . Lola ha
tenido que hacer el dulce de fresa que á usted le
gusta tanto ... - Y dirigiéndose á mí, añadió-:
Un bocado exquisito.
Ya estábamos sentados, y la doncella de antes
y otra también de buen palmito, limpias como las
venas del oro y vestidas con cierta coquetería, comenzaron á servir el almuerzo.
Por las muestras, el señor de Cárceles era un
gozernut refinado. Los platos eran castizos, platos
andaluces: aves, caza, pescados con salsas especiales... todo sazonado con exquisita delicadeza.
De los vinos nada hay que decir; allí el Montilla
oro, que en efecto oro líquido parecía; el Jerez,
rey de toda especie de mosto; el vinillo de Niebla,
la Manzanilla, el Málaga, daban á cada plato el
acompañamiento que la estética del paladar exige.
A decir verdad, yo, más que á la inagotable
elocuencia de don Luciano, atendía á Soledad, que
cada vez me parecía más hermosa y atractiva.
- Brindemos por el ausente - dijo el señor
de Cárceles levantando una copa. El ausente era,
sin duda, el marido de Soledad.
- Y á propósito - siguió don Luciano -;
puesto que somos amigos, porque yo le tengo á
usted ya por un buen amigo mío, ¿será inoportuno
preguntarle á usted por su familia? Au1_1 no nos ha
dicho usted si es soltero ó si está casado.
- Sí que lo estoy.
Y al decirlo miré á Soledad.,
- ¿Tendrá usted hijos? ...
- No; mi matrimonio, por esa parte, no ha

sido bendecido por Dios - contesté sonriendo.
- Estará usted ya deseando verá su esposa- •
dijo Soledad.
- Mejor que nadie puede usted juzgarlo, puesto que también se halla ausente de su marido.
- Es verdad - saltó don Luciano - . Los dos
están ustedes, como quien dice, viudos temporalmente. Los dos echarán de menos á sus
mitades. Por eso nosotros debemos esforzarnos, ¿verdad, Lola?, en hacerles llevaderas sus penas.
Soledad se sonreía; pero era evidente,
á lo menos así me lo figuraba yo, que aquella conversación le hacía poca gracia.
Ya habíamos acabado de tomar el café,
y Soledad propuso que oyésemos tocar á
Lola. A don Luciano le pareció de perlas
la idea. Nos trasladamos al salón, y allí,
mientras su hija hacía prodigios de ejecución y Soledad daba vuelta á los papeles,
el buen señor, tendido en una mecedora,
se quedó dormido al arrullo qe la música.
Yo, en tanto, contemplaba á mi sabor la figura
de Soledad, que se destacaba gentil en la grata
penumbra de la habitación.

***
El resto de aquel día fué también encantador.
A la caída de la tarde, las dos jóvenes, don Luciano y yo, dimos en coche un largo paseo por un
pintoresco ·camino que se extendía por la orilla
del mar en forma de cornisa. Lo apacible del ambiente, la solemne serenidad del paisaje, en que
se combinaban, por un lado la aspereza de las rocas con los tonos verdes de los parrales, y por el
otro lado el mar, en cuyas olas se apagaba lentamente el sol; los cantares lejanos y dolientes que
el viento nos traía de los hombres que trabajaban
en los huertos, todo derramaba en mis sentidos
indecible bienestar.
La intimidad de aquel día había hecho crecer
entre nosotros la confianza, como si nuestra amistad datase de meses y no de horas. Don Luciano
charlaba, como de costumbre, más que catorce;
Soledad me hacía notar las bellezas del paisaje;
hasta Lolá se aventuraba á decir alguna que otra
palabra. Yo me sentia más comunicativo, me encontraba á mí mismo. La alegría desbordaba de
todo mi sér, y nunca como entonces hablé con
tanta sinceridad. ¡Qué lejos me parecía mi casa sin
amor! ¡Qué tediosa mi existencia hasta entonces!
Sentía rota la integridad de mi existencia. Mi yo
de otro tiempo no existía, se había deshecho, para
dar lugar á otro yo. Mi alma, un alma nueva, nacía
entonces.
Al regresar de nuestro paseo y separarme de
mis recientes amigos, me dirigí á la posada. A la
puerta, con la capota llena de polvo, estaba la diligencia en que llegué días antes á Bellamar. Me
dió un vuelco el corazón, pensando que muy pronto me metería en aquel viejo armatoste y me alejaría, quizás para siempre, del hermoso rincón en
que acababa de gustar tanta felicidad.

IV
Hecha y firmada la escritura y recibido el precio de las tierras vendidas, nada justificaba mi per-

manencia en Bellamar. Había corrido ya una se- me decidí á emplear el mismo procedimiento que
mana que á mí me pareció un soplo, desde mi lle- el protagonista de Negro y Rojo pone en práctica
gada ~l pueblo. No hay que decir qu~ durante t~da para convencerse ó desengañarse de los sentiella, el señor de Cárceles me agobió á obseqmos mientos de la mujer amada.
y á agasajos, y que mi intimidad con ~l y coi: su
Por las noches, como he dicho, nos sentábasobrina é hija habían aumentado de d1a en dm y mos en la terraza del hotel frente al mar, ó lo conde hora en hora. i Qué excursiones por aquellos templábamos apoyados en la balaustrada. Don
hermosos campos! Durante ellas, don Lu'ciano me Luciano, dando descanso á su elocuencia, solía
hablaba de todo lo existente y de algo·más; yo le dormitar al arrullo del piano que Lola tocaba de
contestaba maquinalmente y seguía cov, Ja vista cuando en cuando en el contiguo salón: «Esta nolos graciosos movimientos de l¡is dos jóvenes, que che - me dije - en el mismo momento de asomar
correteaban por las prader&lt;l$, saltaban los arro- la luna, estrecharé la mano de Soledad; si ella me
yuelos y hacían ramos con las floreci_llas silvestres. rechaza, partiré mañana mismo de Bellamar.
Otros días paseábamos en bote, aspirando con de- (
*
licia la brisa y recreándonos desqe el mar con el
* * '
cuadro que ofrecía á nuestros ojos/el pueblo blanco
L- Ni la más tenue nube n\anchaba el satinado
y riente recostado con dejadez oriental á la som- azul del firmamento, salpicado aquí y allá de pábra de frondosos bosquecillos de plátanos, palme- ,1.idás estrellas temblorosas. Por el Oriente, sobre
ras y laureles,_
Í!as crestas de los montes lejanos, suave claridad,
Por .las noches, en la terraza del hotel, colum- ,cada vez más intensa, anunciaba la próxima salida
piándonos en -sendas mecedoras, frente á la mar de la luna; el murmullo quejumbroso del mar forazul que la. luna recamaba de plata, escuchábamos •,maba como el sordo acompañamiento de las notas
los sones del piano que Lola tocaba con rara maes- que lanzaba el piano. So\edad estaba junto á mí;
tría. Soledad cantaba también algunas veces á me- me envolvía el perfume que emanaba su cuerpo.
dia voz coplas andaluzas, á las que ella sabía dar Ambos guardábamos silencio; don Luciano dorincomparable encanto.
,, mía. Apareció en el cielo el borde plateado de la
El sentimiento que me inspiraba Soledad cre- luna en menguante, poco á poco fué asomándose
cía con la rapidez y violencia de un incendio. su faz dolorida por encima de los picachos de la
Nunca antes de entonces sentí yo aquel contcn- · sierra, y por último, se remontó en el azul del cielo
tamiento con que contemplaba á la sobrina del se- vertiendo torrentes de luz pálida en el mar é iluñor de Cárceles, aquel gozo con que escuchaba su minando con poética vaguedad jardines y caseríos.
voz acariciadora, aquella delicia con que aspiraba
En aquel momento cogí y estreché con pasión
el aroma con que ella embalsamaba el aire con sólo la primorosa mano de Soledad. Fijó la hermosa
pasar. Mi alma, ante Soledad, estaba en perpetua sus ojo, en mí con expresión, no sé si de tristeza
adoración. Hacía, sin embargo, inauditos esfuer- ó de asombro, y la delicada mano forcejeó algunos
zos para ocultar el estado de mi espíritu. ¡Oh!, instantes por desasirse. Al fin, como pajarillo pripero á ella no le pasaban inadvertidos ni mi amor sionero que después de inútiles tentativas renunni mis esfuerzos para ocultarlo.
cia á escapar de su prisión, se abandonó vencida
De mis labios no salia una palabra que indi- á mis caricias.
case ni sombra de enamoramiento;en nuestros diáEn aquel momento sentí como si se paralizase
logos la letra era vulgar, pero sin que yo me lo mi corazón, en tanto que se esparcía en oleadas
propusiese; antes bien, tratando de evitarlo, latía por todo mi cuerpo un deleite inefable, como jasiempre un sentido esotérico, que de seguro pene- más lo había sentido.
traba ella con toda claridad.
Pasó así no sé cuánto tiempo; Lola se apartó
¡Y era preciso partir, alejarme para siempre de del piano y se acercó á nosotros; el se!'lor de CárSoledad, sin decir le u na vez siquiera « te adoro•, celes se despabiló, y yo, soltando la mano de Sosin recoger de sus labios una frase que no fueran ledad, dije:
las vulgares de la conversación!
- Esta es la última noche que paso al lado de
El señor de Cárceles solía nombrar á menudo ustedes.
al ausente; aquellas remembranzas me ponían nerSoledad me miró en silencio largamente.
vioso: «Si estuviera aquí tu marido&gt;, decía en al- ¿Tan pronto nos deja usted? - exclamó
gunas ocasiones á Soledad, cuando paseábamos Lola.
por las pintorescas cercanías del pueblo; «estás
Y don Luciano, sinceramente contrariado, saltriste, no pienses tanto en él., A veces se enca- tó en seguida:
raba conmigo: «¡Qué lástima que no haya usted
- Eso no puede ser. Usted no se va hasta la
traído á su señora! ... ¡Hubiéramos tenido tanto semana que viene. Tenemos que hacer varias exgusto en conocerla!• A cada una de estas frases, cursiones. Es menester que visite usted también
se cruzaban instintivamente las miradas de Sole- la Alcazaba. ¡Estar en Bellamar y no ver lo que
dad y las mías.
hay en ella de notable! ... No, no lo consentireLa intención de hablarle una vez siquiera de mos. ¿Verdad que no lo consentiremos?
amor, me aguijoneaba con atormentadora impaHablé de ocupaciones apremiantes; dije que
ciencia. Escribirle pintándole el estado de mi co- mi detención en Be llamar iba siendo ya demasiado
razón, me parecía ridículo; esperar una ocasión larga; empleé, flojamente á la verdai, los pretexpara decirle algo de lo que llenaba mi alma, equi- tos de que se suele echar mano en casos semevalía á desistir de mi propósito, puesto que mi es- jantes, cuando se :aparenta resistir para ceder al
t~ncia en Bellamar no podía prolongarse por más cabo... El señor de Cárceles me interrumpió ditiempo. Dando vueltas á estos pensamientos, re- ciendo:
cordé cierto pasaje de una novela de Stendhal, y
-Nada, nada ... No se va usted mañana.

�sición se había gastado el hombre casi todo su
caudal: había allí clavos de las primitivas puertas
de la fortaleza, una herradura del caballo del rey
Zagal, un chapín descolorido y deshilac~ado de la
traidora amante de Aben Humeya, vas11as de extrañas formas fabricadas en el siglo xvn, cuando
prosperaba en Bell9-mar la industria cerámica; espadas, cascos, broqueles y cimitarras llenos de
herrumbre; tocas, marlotas, caparazones, frenos,
sillas de montar,
ladrillos, pedruscos, azulejos ...
qué sé yo.
Visitar la casa
de don Exuperio
era muy superior
á la paciencia del
que no la tuviese
benedictina-.
«No se puede usted figurar, me
decía el señor de
Cárceles, lo que
sabe es te hombre. De cada chirimbolo de los
que tiene en su
casa, cuenta una
historia que y o
no sé si será verdadera, pero que siempre es larga. Si usted quiere, le llevaré á que vea su museo.
- ¡No! - contesté aterrado.
Tal era el cicerone que nos acompañaba en
nuestra excursión al castillo.

** *

l

¡Pues no faltaba más! Comprendo que le aguijonee el recuerdo de reunirs.e con su esposa· pero
tres ó cuatro días pronto se pasan. Vamos,' Soledad, ruégaselo ttí.
Soledad, con tono entre suplicante y despechado, contestó sin mirarme:
- Si de algo sirviera nuestro ruego. . .
Lola añadió:
- Tiene razón papá; por tres ó cuatro días ...
- Usted, Soledad, ¿qué haría en mi caso?
- Yo ... quedarme.
- ¡Bravo! - gritó palmoteando don Luciano.
- Hasta el lunes - estábamos en jueves - es usted nuestro. Subiremos al castillo; esa fortaleza
moruna en ruinas que habrá usted visto en lo allo
de un cerro. Es un punto de vista excelente· se
d?mina d~sde al_lí un panorama _precioso. Según
dice don Exupeno, hay en el castillo cosas de mucho mérito? recuerdos históricos ... c¡ué sé yo ...
Y á propósito, llevaremos. á don Exuperio·, el buen
senor se perece por explicar... Es un sabio un
pozo de ciencia ... ¡Qué memoria la suya!
'
No me halagaba mucho, la verdad, la idea de
ir saltando escombros y trepando por torreo:1es
cuarteados. l\Iejor hubiera querido consagrar las
tardes que iba á permanecer aún en el pueblo á
rcc~rrer con Soledad, Lola y su padre, los valles
cubiertos de flores ó los tortuosos senderos de la
costa, q~c escuc_har disertaciones arqueológicas
entre rumas cubiertas de ortigas y jarnmagos.
Pero, ¿qué hacer? Subiría al castillo.

-

- ¡Poco que me gustan á mí - dije - esas excursiones! ¿Irán ustedes también?
- Iremos todos. Ni mi hija ni mi sobrina han
visitado las ruinas.
Me despedí: al estrechar la mano de Soledad
advertí que temblaba.
'
V

A las cinco de una hermosa tarde subíamos por
la tortuosa senda que conduce al castillo don Luciano dando el brazo á Soledad y yo qu~ daba el
mío á L ola. Detrás de nosotros caminaba don Exuperio. Era el tal como de cincuenta años bien corridos, largo y estrecho, amojamado y huesudo. Su
cata~ura rccorda~a 1~ de Don Quijote: usaba gafas
que el llamaba «v1dnos correctores,, y vestía con
el desaseo propio de los sabios. Llevaba un &lt;Tran
'.
t,
som brero d e paJa
y se apoyab:t en un grueso
bastón.
Nadie como don Exuperio conocía las antigüedades de Bellamar. El se sabía de memoria el texto
de c'.1antos do~um~ntos históricos se guardan en los
archivos cons1stonal y parroquial; tenía al dedillo
los linajes de todas las casas señoriales de la comarca, y se había echado y se echab:t al coleto
cuantos libros, directa ó indirectamente, tratab:tn
de algún _suceso ó persona de Bellamar, ó por lo
menos, citaban el nombre del pueblo. A los bibliotecarios y archireros de Almanzora, la capital de
lJ provincia, los traía locos. Su casa era un revuelto museo de cosas Yiejas, en cuya busca y adqui-

Hablando don Exuperio y oyéndole nosotros,
llegamos al torreón de Carlos V. Era un gigante
por fuera, todavía vigoroso, que alzaba su frente
coronada de almenas como si intentase defender
aún los montones de ruina que yacían á sus pies.
Salvando trabajosamente los escombros que le rodeaban, penetramos en la enorme torre. Parecía
aquello un hondísimo pozo que se perdía por la
parte de abajo en pavorosas profundidades y que
dejaba ver en lo alto un pedazo de cielo azul. Una
estrechísima escalera que junto al muro subía, desde las negruras de abajo, permitía ascender á la
plataforma que rodeaba, á guisa de corona, la parte superior del torreón.
Antes de que nadie pudiese impedirlo, Soledad comenzó á trepar por la escalera.
- ¡Soledad! - voceó espantado don Luciano.
- Vas á matarte - gritó Lola.
- Baje usted, baje usted - añadió don Exuperio.
- ¡No hay cuidado! - contestó Soledad, que
había salvado ya la mitad de los peldaños.
Yo la seguí.
- No miren ustedes hacia bajo - dijo don
Exuperio - . ¡Hacia arriba . . siempre hacia el
cielo! ...
Los escalones estaban carcomidos; un mal paso
podía hacernos caer allá, sabe Dios dónde, en las
hondisimas cavernas de la Alcazaba, que nadie conocía, ni el mismo don Exu perio.
Llegamos por fin á la plataforma.
Nuestros amigos, viéndonos en salvo, se apar-

tarun del torreón algo más· tranquilos. Era la primera yez que me encontraba á solas con Soledad.
Ansiaba decirle t-Odo lo que desde que la ví llenaba mi pensamiento; quise hablar y mis labios no
acertaron á decir una palabra.
Durante algunos momentos contemplarnos en
silencio la tersa superficie del mar. Del puertecillo salía en aquel momento lentamente un vapor, cuya sirena parecía despedirse con un adiós
ronco y dolorido.
Soledad rompió el silencio.
- ¡Qué triste
es ver un barco
que se aleja!
-¡Muy triste!
¿Pero no le parece á usted que es
tan triste para el
marinero abandonar el puerto en
c,ue ha encontrado hospitalidad ...
cariño?
-¡Ay del que
se queda!
-¡Ay del que
se va!
- El que se
va - siguió Soledad dejando vagar por el mar su
mirada soñadora - fácilmente olvida. Otros lugares, otros semblantes, la diversidad de vida y costumbres borran poco á poco los recuerdos del pasado. Pero, ¿cómo habrá de olvidar el que tiene
siempre delante de los ojos objetos y lugares que
le hablan del ausente? Aquí le vi por primera vez,
por aquel paseo fuimos juntos...-Soledad calló de
repente, como arrepentida de lo que acababa de
decir.
- ¿Le hablará á usted de mí todo esto que
pronto he de dejar?
Soledad, apoyada en una de las almenas, parecía -absorta en la contemplación del hermoso panorama que se extendía frente á nosotros; la brisa
del mar agitaba suavemente el velo que adornaba
su sombrero de paja.
- Oigame usted, Soledad. Son estos momentos supremos de mi vida. Hasta que la he visto á
usted no vivía, porque ignoraba lo que era querer.
Usted ha sido una revelación para mí, sí, una revelación de belleza, de ternura, de amor. Si pudiera mostrarle mi alma se vería usted en ella.
- ¡Por qué no nos habremos conocido antes!
- dijo como hablando consigo misma.
- ¡Oh, sí! - dije aproximándome á ella y apoderándome de una de sus manos, mientras el velo
de su sombrero, impulsado por la brisa, acariciaba
mi rostro-. ¿Por qué no nos habremos conocido
antes? - Después de una pausa, añadí: - Pero al
fin Dios nos ha reunido.
- ¿Está usted seguro de que ha sido Dios?
- ¿Quién sabe? El acaso se ha dicho que es
obra de los cielos. Me parece que antes de ahora
la conocfa á usted; mi alma, sin darse cuenta de
ello, la buscaba; se ~ncontraba sola porque estaba separada de usted ... Mis días eran corno noche obscura; faltaba en ellos el amor, que es la
luz ...

'

.

�Los ojos de Soledad, llenos de lágrimas, se fijaron en los míos.
-- Esas lágrimas-seguí yo - me responden.
&lt;Verdad que no me engaño? ¿Verdad que es nuestro amor más fuerte ·que nuestra voluntad, más
poderoso que nuestro deber?
- Sí; aunque usted me juzgue mal, he de decirlo: yo tampoco sabía antes de ahora qué cosa
era querer. .. Ansiaba hacer esta confesión. Por
eso he subido hasta aquí; sabía que me seguiría
usted. ¡Oh, Dios mío! ... ¡Y pensar que dentro de
unas cuantas horas se alejará usted de aquí. .. quizás para siempre!
'
- Volveré; juro á usted que volveré':
Desde abajo, Lola, don Luciano y don Exuperio nos hacían señas para que bajásemos. Fué preciso obedecerlos; yo delante y ella apoyándose en
mí, descendimos lentamente. El interior de la torre casi estaba en tinieblas. Al llegar al pie de la
escalera enlacé el brazo al talle de Soledad, la
atraje hacia mí y cambiamos un beso largo y apasionado, cuyo recuerdo aun parece que me quema
los labios.
***

- Vamos á echarle mucho de menos - interrumpió Lola.
- Si usted desea - expuso gravemente don
Exuperio - µormenores de la historia de este pueblo, de su origen, de sus primitivos habitantes, de
su fauna, de su flora, de sus costumbres antiguas ó
modernas, de sus hijos ilustres, en una palabra, de
cuanto aquí existe ó ha existido, no tenga usted
inconveniente en dirigirse á mí. Lo poco que yo
sé, cuanto soy y valgo, están incondicionalmente
á su disposición.
Algunos viajeros habían ocupado ya sus asientos en la diligencia¡ .las seis mulas sacudían impacieH tes sus colleras-.
- ¡Al coche! - gritó el mayoral arrellenándose en el pesc·ante y empuñando las riendas.
Di un abrazo á don Luciano, sendos apretones
de manos á don Exuperio y Lola, y estreché y retuve durante algunos segundos entre las mías las
temblorosas manos de Soledad, dejando en ellas
una carta en que le vaciaba mi corazón.
Subí al coche, agarróse el zagal al fr.eno de la
mula delantera, y el pesado vehículo empezó á
rodar por el enguijarrado suelo de la plaza con
gran estrépito de herrajes y campanillas.
Mis amigos se dirigieron á la bocacalle que enfi Iaba la carretera, y desde allí me saludaron agitando sus pañuelos. Poco después la diligencia
torció el primer recodo del camino, y dejé de ver
los blancos pañuelos que me decían «adiós».
Recostado en un rincón del coche, con los ojos
cerrados, me puse á rehacer, con no sé qué especie de pena deleitosa, el hermoso pedazo de vida
que detrás de mí acababa de desvanecerse.

- ¡Qué locura! - dijo don Luciano cuando
nos vió salir del torreón-. Hemos estado con el
alma en un hilo.
- Se descubre desde allá arriba - dije, dominando á duras penas el temblor de mi voz - una
vista tan hermosa ...
- Estás pálida - exclamó Lola acercándose
á Soledad y cogiéndola las manos.
-Es natural-apuntó don Exuperio-. El menor descuido hubiera podido causarles la muerte.
- ¿Qué, te sientes mala? - preguntó cariñosamente don Luciano.
VI
- No; no es nada. Un ligero desvanecimiento,
un mareo... Ya pasó.
Una vez en mi casa escribí á Angeles, excusán- Así se manifiesta - aseguró sentenciosa- dome con no sé qué pretexto de ir á San Sebasmeute don Exuperio - el vértigo de las alturas. tián, donde ella lo pasaba tan guapamente en com- Ea, ea, á casa - dijo el señor de Cárceles-. pañía de su padre, tomando nota en los paseos y
Dame el brazo, Soledad, aunque mejor será que por la noche en el Casino, de los trajes y moños
se lo des á Mendoza. El tiene mejores piernas que
que allí lucían las madrileñas, para copiarlos desyo. V en tú, Lola.
pués y asombrará las señoras y señoritas de X. ..
Y precedidos de don Exuperio, que á cada ¿Qué otra cosa podía ella desear? Además, las expaso se volvía para ilustrarnos con sus eruditas cursiones y viajes á Biarritz, San Juan de Luz y
explicaciones, iban don Luciano y su hija. Soledad Bayona la encantaban, principalmente á causa del
y yo cerrábamos la marcha.
placer de pasar de matute por la frontera galas y
La suave presión de su mano y el roce en mi perifollos comprados en Francia. Al padre de Anbrazo de su seno de diosa, me producían no sé qué geles le gustaban también tales expediciones. El
especie de embriaguez.
hombre, aunque nunca había llegado más allá de
Nos detuvimos un momento antes de salir del
decía luego dándose tono: «¡Oh, los viajes
castillo y contemplamos el mar, sobre cuyo azul Bayona,
por el extranjero ilustran mucho!•
se proyectaba la vaga claridad del crepúsculo.
Cuando al cabo de un mes Angela regresó de
Lejos se destacaba todavía, en el confín del hori- San Sebastián, reanudamos nuestra vida de antes.
zonte, el humo del vapor que poco antes habíamos Mi suegro no me molestaba gran cosa; enfrascado
visto salir del puerto.
en sus negocios no se fijaba en lo demás. Para él
su hija - y no se equivocaba - era feliz. No le
*
* *
faltaba nada: tenía buena casa y buena mesa, vesY llegó el día de mi marcha. El coche salía á tía con lujo, y su marido ganaba lo bastante y algo
las cinco de la tarde. Lola, don Luciano y don más para vivir con holgura. ¿Qué otra cosa podía
Exuperio me rodeaban en la puerta del parador, desear?
haciéndome mil protestas de amistad. Soledad
guardaba silencio.
***
·- Aquí - decía el señor de Cárceles - deja
Encerrad:&gt; en mí mismo, yo solamente pensaba
usted unos amigos que le quieren de1 v eras. Siem- en Soledad; saboreaba una por una todas las palapre recordaremos con placer estos días.
bras que había oído de sus labios; recordaba hasta

los pormenores más insignificantes de los días felices pasados en Bellamar; me representaba á todas horas la imacren de la mujer querida; la besaba con el pensa':niento, y cuanto de bello veían
mis ojos con ella lo relacionaba. Si se cruzaba conmigo en la calle una mujer hermosa, «no es tan
hermosa como Soledad•, pensaba yo. Nunca como
entonces me parecieron bellas las flores, ~o por
las flores mismas, sino porque podían servir p~ra
adornarla y realzarla. Las alhajas de las joyenas
me hacían imaginar cómo brillarían en los hombros de ella. ¿Qué más? ::\1e pasaba á veces delante de los escaparates de las zapaterías mirando el
calzado que, por su elegante forma, evocaba en
mi memoria el recuerdo de los lindos pies de Soledad, ceñidos por ajustadas botas de piel amarilla ...
Placíame por extremo pasear por sende~os solitarios, entre árboles espesos, le¡os del rmdo de
la ciudad. Allí podía pensar libremente en ella y
leer y releer sus cartas, á las que no podía contestar por temor á que dieran en otras manos que
las suyas. Sus cartas largas, trazadas con lápiz y á
menudo en párrafos truncados, revelaban bien á
las claras la intranquilidad con que habían sido
escritas. Casi todas lo estaban con fechas atrasadas y en papeles arrugados. «No sabes las veces
que he tenido que esconderla en el pecho.» En
ellas me contaba punto por punto su vida, sus
tristezas, sus ensueños; me entregaba, me abandonaba su alma toda entera. «Quizás me preguntes
por qué aborreciéndole, me he casado con un hombre que podía ser mi padre. Piensa en la clase de
educación que se nos da á las m 1jeres, en el desconocimiento en que estamos de la vida conyugal
cuando vamos al matrimonio. Antes de mi boda,
él me parecía un hombre respetable, bien educado
y cariñoso. Mi padre, que presentía ya su próximo
fin y que á todo trance quería dejarme colocada,
le trataba con gran consideración. A mí, yo no
quiero tener secretos contigo, me halagaba que un
hombre de buena posición, casi viejo, se mostrase

tan rendido y obsequioso. ¡Oh, cuánto nos engaña y hace engañar la vanidad! Ni había pensado
yo, ni podía pensar entonc~s, en_ los debe,res y sacrificios que supone el matnmomo. Ademas, yo no
sabía qué cosa fuese el amor. El amor, que dormía
en el fondo de mi 'alma, no despertó hasta que tú
lo llamaste ... Ir por los paseos muy elegante, cocrida del brazo de mi marido, dando envidia á las
~uchachas de mi edad, era todo lo que el matrimonio significaba para mí. •
.
.
Y continuaba desplegando ante mis o¡os el
cuadro doloroso de su existencia. •Al día siguiente de mi boda, ¡qué desengaño! El hombre aquel,
tan comedido y obsequioso en visita, era en la intimidad brutal, exigente y bajo, que bajeza grande
es obtener por fuerza lo que sólo debe otorgarse
por espontáneo cons~n timien to. Con forme ~asab_an
días mejor iba conociendo su carácter y mas odioso lo encontraba. Duro, celoso, irritable, comprende que me es repulsivo, que ha encontrad? en mi,
hasta ahora, la sumisión, la fidelidad maten al, pero
nada parecido al amor. Por esto se han recrudecido en él antiguos vicios; pasa las noches en el
Casino jugando y vuelve á casa á la _mad:ug~da, y
no siempre sereno. Esto aumenta mt ant1pat1a hacia él. .. Así he vivido durante cinco años, hasta
que ha entrado en mi alma, con tu cariño, un rayo
de felicidad. Cuando pienso que á cien leguas de
mí hay otro corazón que late al compás del mío;
cuando mis pensamientos te acarician como manos cariñosas, me parecen insignificantes todas
mis penas. ¿Qué valen ellas comparadas con este
placer, nunca sentido por mí, de querer y ser querida?,
* **

Pocos días después de salir yo de Bellamar, Soledad había ido á reunirse con su marido. Por sus
cartas conocía, como si hubiera vivido en ella, la
casa que en Almanzora, la capital de la provincia,
habitaba el matrimonio. Veía con la imaginación el
jardín y su cenador en medio cubierto de plantas

�~repadoras; los setos de jazmines y los rosales cuaJados de rosas; la azotea, desde la cual se dominab:i
el mar; la fachada con sus rejas enguirnaldadas de
claveles. También estaba enterado de los sitios
que frecuentaba Soledad, de sus vestidos de las
galas con que se ataviaba. Entre los plieg~ecillos
de ~us cartas me mandaba hojas de las flores que
hab1an adornado sus cabellos. Como todos los pri~e:os amores, el nuestro se complacía con esas
d1vmas nonadas, que constituyen lo más dulce de
la vida.
«Escríbeme, me decía en otra carta· mi marido va á estar ocho días fuera de Alman~ora: dirígele á él el sobre.• ¡Con cuánto placer cogí la plun:ial ¡Tení~ tantas cosas que decirle!. .. Jamás he
sido tan smcero como lo fuí entonces· los sentimientos en que rebosaba mi corazón ~e vertían
apasionados, sobre el papel. Le hablé de mi vid~
prosaica y vulgar hasta que la conocí á
ella, le confié hasta mis pensamientos
más íntimos, le hice ver toda la grandeza de mi amor, le mostré, en fin, lo
más hondo de mi alma ... Cerré la carta
y, por extremo de precaución, hice que
el sobre, dirigido al marido de Soledad,
conforme ella me indicaba, fuera de
otra letra que la mía.

estaba lejos, me acerqué á una
de las rejas. El corazón me latía
con tanta violencia, que sentía en
la garganta sus latidos. Golpeé
suavemente el cristal; una mano,
que yo bien conocía, levantó el
visillo, y vi á Soledad en pie, iluminada por el resplandor de la
lámpara.
- Soy yo - dije.
Por adivinación, sin duda,
hubo de conocerme, porque oir-

** *
Y pasaron algunos meses, y el viento de la ausencia avivaba de día en día
el _fuego de mi amor. La primavera, esa
pnmave~a. enfermiza de Castilla, que
parece tmtar bajo la amenaza constante de las escarchas y de los hielos, me
hacía soñar con la primavera exuberante y lujuriosa de Andalucía. Grande
era mi impaciencia por correr al lado de
Soledad; pero aunque mi mujer como
he dicho, se ocupaba poco ó n~da de
~i persona, tenía y~ que tomar precauciones, á fin de evitar un escándalo promovido
no por su amor hacia mí, sino por su amor propio'.

VII
Busqué un pretexto y e~prendí mi viaje; llegué al anochecer á la estación de Almanzora. Di
en la fonda un nombre supuesto y, ya bien entrada la noche, salí á la calle.
Por las cartas de Soledad sabía las señas de su
casa, y orientado además por el plano de la ciudad, que d~ ant~mano había estudiado, pude, sin
pr~guntar a nadie, dar con lo que buscaba. El piso
baJo de la casa tenia dos rejas adornadas al uso
de Andalucía, con macetas de ~laveles. Al través
de las entreabiertas maderas brillaba luz. Por la
c~lle apenas pasaba gente. Medio oculto en el quicw de una puerta, sin quitar los ojos del resplandor que se escapaba por las ventanas, esperé duran~e una hora. A cada persona que pasaba junto
á rru, de las contadas que transitaban me estremecía de terror, como si pudiera conoc~rme ó adivinar por qué estaba yo allí. Con este temor se
mezclaba mi impaciencia por ver á Soledad. Al
ca~o salió un hombre de la casa y se •alejó calfe
arnba. Le seguí con la vista, y cuando calculé que

vivir. Cuando recuerdo aquellos momentos de felicidad suprema, aunque después me han atormentado pesares horribles, no puedo maldecir
sinceramente el haber nacido. Amar y ser amado
es pasar, aunque sea rápidamente, por el cielo.
¡Oh jardín de delicias por cuyas espesas enramadas penetraban envidiosos los rayos de la luna
y cuyo ambiente embalsamaba el aroma de las
Aores! ... T odavía me parece oir el suave susurro
de las hojas estremecidas por el aliento de la noche, y ver los dibujos primorosos que formaba en
la arena la sombra del ramaje de los árboles. Allí,
dulces confidencias, placeres nunca sentidos ni
siquiera imaginados. ¿Qué cosa puede haber más
bella? Las estrellas en el cielo, la primavera á nuestro derredor y el amor en el fondo de nuestras
almas.
Descuidados, saboreábamos nuestra ventura.
El marido de Soledad, atraído por el juego, iba al
Casino á las primeras horas de la noche y no volvía
de allí hasta la madrugada. Para mayor seguridad
nuestra, Soledad había hallado modo para que las
criadas pasaran la noche fuera de casa.
A la una dejaba yo el h1.1erto; el resto del tiempo estaba en mi cuarto del hotel esperando que
llegase la noche. A veces, por no despertar la suspicacia de los huéspedes, salía de la fonda y me
dirigía á la orilla del mar, cuya azulada llanura se
armonizaba, no sé por qué, con el estado de mi
espíritu.
*

* *

me er~ difícil, y verme, imposible, á causa de la
obscundad de la calle. Abrió, temblando, la vidriera, y con un acento en que se juntaban la pasión
la alegría y la sorpresa, exclamó:
'
- ¡Eres tú!
- Sí, yo soy, que no podía vivir lejos de ti;
yo, que te adoro.
- ¡Y dicen que la alegría mata!
El contento brillaba en sus ojos al través de las
l~grin~as. Nos contemplamos algunos instantes en
silencio! c_on t:is manos enlazadas, y luego dijo:
- El iard111 de la casa da á una callejuela paralela á esta calle. Ve allá; aquí pueden vernos.
Obedecí; forman la callejuela altas tapias de
huertos, á las cuales se asoman las copas de los árboles. Rechinó la puerta de uno de aquéllos cntreabrióse, y un momento después Soledad se
ab:111donaba en mis brazos, mientras nuestros labios se juntaban en larguísimo beso.
** *
Por tediosa que haya sido nuestra existencia
y por amargas las hieles que en ocasiones hayamos apurado, hay horas é instantes en ella de tan
~xquisi~a dulzura, de tan glorioso placer, que nos
rndemmzan de todos los dolores padecidos y nos
hacen comprender lo que vale el don divino de

volveríamos ,í reunirnos para no separarnos nunca. Nuestro apartamiento no sería más que un
breve paréntesis en nuestros amores. Sin embargo,
no acertábamos á separarnos. Junto á la puertecilla
del jardín, que aquella noche estaba iluminado por
la luna en toda su plenitud, estuvimos abrazados
durante algunos minutos.
- ¿Volverás pronto?- me dijo apoyando su
cabeza en mi pecho y fijando en mis ojos los suyos
llenos de lágrimas.
- l\fuy pronto-le contesté-. ¿No sabes que
no puedo vivir sin ti?
Haciendo un supremO" esfuerzo, me desasí de
ella y salí corriendo.

** *

Llegué á mi hotel, me acosté y traté de dormir. Inútil propósito. La imagen de Soledad y el
recuerdo de sus ardientes caricias ahuyentaban
mi sueño. El tren partía de Almanzora á las cinco
de la mañana y á las cuatro ya estaba yo en pie.
Cuando llegué á la estación, la luna iba á ocultarse. Lejos, la ciudad dormía arrullada por el
murmullo monótono del mar.
Entré en un departamento de primera y me
instalé cómodamente en un rincón. Sólo había un
viajero que parecía dormitar en el lado opuesto al
que yo ocupaba. Momentos antes de ponerse el
tren en marcha subió al vagón un tercer viajero,
que al reconocer al otro empezó á hablar amistosamente con él.
Silbó la locomotora, y el convoy, con gran estrépito, salió lenta,mente de la estación de Almanzora; apresuró después su marcha y emprendió
1uego desenfrenada carrera en medio de la obscuridad.

Pasó una semana con la desesperante rapidez
con que vuelan las horas felices. Forzoso era separarnos, más que por otra cosa, por evitar que
se descubriesen nuestros amores. La proximidad
*
de esta separación no nos entristecía; teníamos
* *
trazados ya nuestros planes para lo porvenir. PenDe pronto, y cuando yo, distraído, contemplasaba realizar todos mis bienes; mi mujer se quedaría con su dote, que estaba intacto, porque yo ba, apoyada la frente en el cristal de la ventahabía tenido cuidado de no gastar de ella un solo nilla, el blanquecino resplandor que anunciaba la
céntimo. Mis rentas habían bastado y aun sobra- proximidad de la aurora, oí pronunciar á uno de
do para sostener los gastos de la vida conyu- mis compañeros de viaje el nombre de Soledad y
gal. Además, el padre de Angeles nadaba en la el de Alberto Fuertes. ¿Por qué se mezclaban en
opulencia; separándome yo de su hija no causaba su conversación aquellos nombres? Agucé el oído,
á ésta ningún quebranto; antes bien, dado su capero el estrépito del tren sólo me dejó percibir alrácter y su temperamento, lo pasaría mucho me- gunas palabras sueltas: «Jardín, infamia, sorprejor no teniéndome á mí á su lado. ¿Por qué, pues, sa ... &gt; Vago temor asaltó mi pensamiento. ¿Se nos
había de sacrificar mi felicidad por una mujer á habría espiado? ¿Se habrían hecho públicos mis
quien no quería y de quien tampoco era .querido? amores con Soledad?
lloras me parecieron los treinta minutos que
Por su parte, Soledad aborrecía á su esposo,
cada dia más soez y brutal. Me amaba y la amaba tardamos en llegar á la primera estación. Al decon pasión avasalladora. «En amor-ha dicho uno tenerse el tren, sustituyó al estruendo anterior un
de nuestros clásicos - no hay caso injusto. &gt; Hui- gran silencio, sólo interrumpido por el hervor de
ríamos juntos, romperíamos nuestras cadenas y se- la caldera de la máquina y por las voces de los
ríamos felices en América, sin tener allí que ocul- mozos, que parecían venir de otro mundo. El diátarnos, ostentando nuestro cariño á la luz de sol. logo de los dos viajeros llegó entonces distintaFácil había de sernos, aprovechando la pri- mente á mis oídos, y sus palabras fueron otros
mera ausencia de Fuertes, tomar pasaje en alguno · tantos puñal&lt;ls que se clavaron en mi corazón.
de los barcos que hacen escala en el puerto de
- Siempre tuve yo - dijo el viajero que había
Almanzora. Ya arreglaríamos las cosas de modo entrado el último en el coche - á ese Fuertes por
que ni rastro dejase nuestra fuga. Vida nueva_en malísima persona. ¿Qué dirá usted que ha declaun país nuevo también. Y t razanJo proyectos en- rado?
cantadores, pensando ea nuestro hogar futuro y
- ¿Pero ha prestado ya declaración? - presaboreando nuestro amor y nuestra esperanza, guntó el otro.
llegó la noche de mi marcha.
- Eso me acaban de decir en el Casino. Como
~uestra despedida fué larga; el dolor de la au- tenía que madrugar para tomar el tren, he pasado
sencia templábalo la seguridad de que muy pronto allí la noche. A eso de la una y media fueron á

�..

buscar al juez, que estaba jugando al tresillo. Fuertes acababa de asesinar á su mujer.
- ¡Eh! ¡Cómo! - grité yo saltando más que
levantándome del asiento-. ¿Que han asesinado
á Soledad? ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Soledad vive; diga
usted que vive!
Los dos viajeros me miraron con expresión de
estupor.
- ¡Hablen ustedes, por Dios! ¡No comprenden
que me han atravesado el corazón! ...
- ¿Es usted acaso pariente suyo? - me preguntó urto de los viajeros.
- Sí; pariente... Pero lo que usted ha dicho
es, sin duda, una equivocación. Soledad no ha
muerto. ¿Verdad que no ha muerto? ...
Los sollozos me ahogaban y no pude seguir.
- Deploro de todo corazón mi inadvertencia
- dijo el que había hablado primero-. Por desgracia, lo que acabo de contar es cierto. Esa señora pariente de usted, ha sido asesinada por su
marido.
. Sentí como si una oleada de sangre me invadiese el cerebro; nubláronseme los ojos, me flaquearon las piernas y me dejé caer en mi asiento
casi sin sentido.
Mis dos compañeros de viaje se acercaron solícitos á mí.
- ¿Se ha puesto usted malo?
- Tranquilícese usted.
Haciendo un esfuerzo violento, pude dominar
algo mi emoción.
- ¡Ha sido - dije - una sorpresa terrible!
¡Estaba tan aj eno!
- A todos los que conocíamos á esa señora
nos ha sobrecogido la noticia. Figúrese usted . ..
- ¡Oh, sí; cuénteme usted todo ... todo ...
- Según parece - siguió diciendo el viajero
que había pasado la noche en el Casino - , Fuertes, después de perder cuantos billetes llevaba encima, fué á su casa en busca de dinero. Asegura
c¡ue al entrar en su despacho, cuyas ventanas dan
al jardín, vió en él á dos personas: una era su mujer Y, la otra_ un ~om~re. Sigue diciendo que, ciego
c.le_ co_lera baJó al Jardm (el despacho está en el piso
pnnc1pal); el hombre había desaparecido. Fuertes
trató de seguirle, pero Soledad se lo impidió. Forcejearon, y él, loco de rabia, hizo fuego ... y ya
sabe usted lo demás.
Por fortuna, la claridad del día era aún escasa
y mi interlocutor ni su compañero podían adver~
tir la congoja y el espanto que sin duda delataba
mi rostro.
- Pero lo cierto es - siguió el viajero - que
:ºn su re(ato el tal Fuertes no ha logrado enganar á nadie. Su esposa era una señora sin tacha.
En una ciudad pequeña, como Almanzora, en que
todo se sabe, ¿cómo hubieran podido permanecer
ocultas unas relaciones ilícitas? El mismo marido
al ser interrogado por el juez, no ha podido meno~
de contestar que no tenía sospechas de nadie. A
S_oledad no se la veía ni en paseos ni en teatrós:
s1 de algo se la motejaba, era de huraña. Créame
usted: el relato d e Fuertes es un tejido de embustes. Yo me explico lo que ha debido de pasar de
este modo: Fue1·tes es un vicioso capaz de jugarse
la cabeza. La noche pasada perdió urra cantidad
crecida. Cuando se quedó sin un real - como si lo
hubiera visto - fué á pedir á su mujer el dinero

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que ella guardaba, quizás sus alhajas. Ella, á quien
su marido ha despojado de todos los bienes que
llevó al matrimonio, se negaría á entregarle lo que
él r~clamaba.. : Sobrevendrían las palabras duras,
los insultos, qmzás los golpes, y al fin e l asesinato ... Seguro estoy de que no hay en Almanzora
una sola persona que no piense como yo.
- Cierto - dijo el otro viajero-. Y el infame,
después de haber asesinado á su mujer, trata de
deshonrarla.
El golpe que acababa de recibir me había dej2do tan aturdido, que no podía ni pensar. Las
ideas flotaban sueltas en la inmensidad de mi dolor; me parecía caer, corno acontece algunas veces
en los sueños, en una mina ten ebrosa que nunca
se acababa; sólo me daba cuenta del horror de mi
caída. En medio de la confusión en que estaba sumida mi alma, únicamente anhelaba volver á Almanzora. ¿Para qué? Lo ignoraba, pero decidí
volver.
Muy alto estaba ya el sol cuando se detuvo el
tren en una estación, como abandonada en una extensa y rojiza llanura. Cogí la maleta y, despidiéndome de mis compañeros de viaje, salté al andén.
Apenas me hube apeado, el convoy emprendió de
nuevo su marcha, y yo, inconscientemente, me

quedé mirándole marchar, hasta que desapareció
Deliberadamente me hospedé en fonda distintras una colina lejana.
ta de aquella en que antes estuve alojado. En el
hotel, corno en todas partes, no se hablaba de otra
*
* *
cosa que del crimen de la noche anterior. Los pe¿A qué hora pasa el tren descendente? - pre- riódicos locales publicaban artículos y noticias
gunté al jefe de estación.
acerca del espantoso drama. La explicación dada
- A las cinco y cuarenta - me contestó.
por el criminal y hecha pública á pesar del secreMiré el reloj ; eran las ocho. Tenía que esperar to del sumario, era considerada como un tejido de
nueve horas mortales. La estaci5n distaba del pue- mentiras; el asesino no se había contentado con
blo unos cuatro kilómetros y al pueblo me dirigí, arrancar la vida de su víctima: la calumniaba desnecesitado como estaba de aplacar a lgo con el can- pués de muerta.
..
sancio mi exaltación nerviosa.
En cafés y corrillos se comentaban las pérdiLa dilatada extensión que mis ojos alcanzaban das de Fuertes en el juego; la venta ó hipoteca
á ver, limitada en la parte del Poniente por altas d:! la, fincas de su esposa, venta ó hipoteca aumontañas, era de color de sangre y estaba inte- torizadas generosamente por SolP.dad; el abandorrumpida á trechos por praderas pequeñas en las no en que durante años la tuvo su vicioso marido,
que pastaban escuálidos jamelgos. Al final del ca- reclnída en su casa como en una cárcel, y viendo
minejo por donde yo avanzaba lentamente, -se agru- día por día cómo se acercaba á ella el fantasma de
paban unas cuantas casuchas en derredor de uná · la miseria. La prensa describía el entierro de Sodesvencijada torre. En un campo lejano, un labrie- ledad: una manifestación de duelo en la que hago lanzaba al viento su canto monótono, cuyas no- bían tomado parte todas las clases sociales de Altas se arrastraban perezosas por la rojiza llanura. manzora, dando de tal modo rotundo mentís á las
¿Para qué ir al pueblo? Dejé el camino y eché pérfidas afirmaciones del criminal.
á andar por una senda que sabe Dios en dónde
*
terminaría. Aquel camino siri rumbo se hermanaba
* *
perfectamente con el estado de mi espíri~u. MuerCuando llegué á mi ca~a, después de un mes
ta Soledad, ¿qué objeto ni qué fin tenía ya para mí de ausencia, mi mujer, sin manifestar la menor
la vida? Volverá mi antigua existencia, nunca. En sorpresa, me dijo con acento indiferente:
ios últimos meses la seguridad de que había un
- Creí que no volvíás.
corazón apasionado que latía por mí, de que una
- Muy cerca has estado de acertar.
mujer enamorada me consagraba todos sus pensa- ¿Por qué lo dices?
mientos, me infundían halagadoras esperanzas y
- Es largo de explicarlo; ya hablaremos.
eran como la razón de mi vivir. Ahora, en un ins- Como si no me lo explicas. Ya te he dicho
tante, todo se había desvanecido.1¡0h, Dios! ¿Era muchas veces que nq soy curiosa.
posible que aquella mujer ad9rad~ que pocas hoAl día siguiente, sentados uno frente á otro en
ras antes palpitaba de amor entre mis brazos, es- el gabinete de Angeles, la hablé de esta manera:
tuviese rígida, inerte, t endida en el ataúd?
- Lo que voy á decirte, hace mucho tiempo
Y en medio de estos pensamientos, me aco- que no es un secreto para ninguno de los dos.
metían impulsos de cólera insensata, de rencor Angeles, tú y yo no nos queremos.
monstruoso contra el hombre que había manchado
Angeles se encogió de hombros y movió la casus manos criminales en la sangre de Soledad ... beza con expresión de indiferencia burlona.
¡Con qué gozosa rabia y refinado ensañamiento
- ¿Y ahora te desayunas tú de eso?
arrancaría yo poco á poco la vida á aquel infame!
- N'o; desde antes de nuestra boda ya lo sabía.
¡Con qué saña placentera le vería ª"'onizar! Ni esa
- Entonces, ¿por qué te casaste?
satisfacción me quedaba: le defend~n de mi odio
- Por la misma razón que te casaste tú; por
los muros de la cárcel. ¡Oh, pero su condena sería lo que se hacen tantos matrimonios como el nues~rri_ble; nadie sospéchaba de Soledad, y por con- tro; por desconocer que el único lazo que puede
s1g mente, el crimen sería considerado por los jue- unir para siempre dos corazones es el amor. Heces, no como la venganz:t de un marido celoso, mos \'ivido junt.os, y sin embargo, nuestras almas
n_o como el_ castigo de un agravio, sino como ase- han estado y están á tanta distancia una de otra,
sinato motivado por la codicia. ¡La cadena p:.::rpe- que ha sido imposible entendernos. ¿Por tu culpa?
tua!. .. ¡Quizás el patíbulo! Y mi d~sesperación ¿Por culpa mía? No lo sé; pero el hecho es evidense iluminaba con el resplandor de una alegría te. A medida que ha pasado el tiempo, tú lo safrenética.
bes, nuestro apartamiento espiritual es cada vez
_Después de caminar largo rato m~ senté en un mayor. Sinceramente creo que nuestra vida bajo
penasco al que daba sombra un árbol solitario, no el mismo techo es materialmente imposible.
muy apartado del sendero. Allí, sumido en mis do- ¡Ah, comprendo! - dijo Angeles con más
lorosas imaginaciones, permanecí brgo rato ... vehemencia de lo que yo esperaba-. En las coCuando advertí, como al d espertar de un sueño, rrerías de estos ú !timos tiempos, ya lo sospech,aba
que ya era muy avanzada la tarde, emprendí el yo, has encontrado por ahí alguna mujer que te ha
regreso á la estación.
sacado de tus casillas. No me lo niegues ... Pero
. _Aun tuve que esperar largo tiempo. A la hora si crees que por eso me va á entrará mí ni frío ni
md1c_ada llegó el tren, y á las ocho de la noche, calor, te equivocas de medio á medio.
rendido de cansancio, quebrantado el espíritu y
Cierto temblor en la voz, cierta nerviosidad
en ese estado de inconsciencia que sigue á las gran- c¡ue yo nu:1ca había sospechado en ella, me indi. d_es tempestades del ánimo, me apcab:1 en la esta- caban bie:i á las claras que lo que no pudieron
ción de Almaozora.
ni caricias ni ternuras lo podía ahora su vanidad
*
herida.

* *

�-Lo que quiero-seguí yo-es que sin ruido,
sin violencias de ninguna especie, convencidos
como estamos los dos de nuestro mutuo desvío,
nos separemos como dos buenos compañeros de
yiaje que, al llegar al punto en que sus respectivos caminos se bifurcan, se separan sin ira ni rencor para seguir cada cual su destino. Tu dote está
intacta; yo tengo lo suficiente para vivir; hijos no
hemos tenido. Ko hay entre nosotros nada que
nos una. ¿Por qué hemos de continuar sujetós por
la misma cadena? ... Esto es lo que tenía que decirte.
Y seguidamente, sin dar oídos á las alteradas
voces de mi mujer, salí
del gabinete y luego de
casa.

** *
Apesardelavio!encía de los primeros
momentos, los ánimos
de mi mujer y de mi
suegro se calmaron
pronto. Ella volvió en
seguida á su indiferente
tranquilidad, un momento alterada, y él,
que en lo tocante á negocios era un águila,
quedó en· cierto modo
satisfecho al ver que,
en punto á intereses,
que eran para el buen
señor lo supremo de la
vida, transigí
sin protestas
con cuanto qui¡'"
so proponerme.
Realicé mi
e apita I q u e , \~~
aunque menguado por las
habilidades d e
mi suegro, importaba lo bastante para con
sus rentas vivir modestamente, pero sin estrechez,
y me trasladé á un pueblecillo próximo á Almanzora, á esperar la solución del drama terrible comenzado con la muerte de Soledad.Después de la
celebración del juicio oral, dejaría para siempre
España.

i

VIII
Ocho meses pasaron antes de que se viera la
causa seguida á Fuertes por el asesinato de su esposa. Durante ese tiempo puedo decir con verdad
que solamente pensé en el trágico suceso. Reconstituía la escena sangrienta tal y como yo la imaginaba; creía ver á Soledad, suplicante, pidiendo
piedad; me parecía verla caer herida de muerte,
y contemplaba su cuerpo adorado bañado en sangre sobre el césped de aquel jardín, testigo de
nuestros amores. La idea de que el matador pudiera ser sentenciado á muerte, prodújomc al principio, como ya creo haber dicho, rencorosa alPgría. ¿Qué mejor venganza que verle morir infa-

memente? Mas á medida que pasaba el tiempo y
se acercaba el día en que el delincuente iba á ser
juzgado, aquel gozo perverso se trocaba en inquietud dolorosa. Las nubes de rencor se desvanecían
ante mi conciencia, que se iba levantando en mi
alma con resplandores de aurora. Ante esta luz,
cada vez más intensa, veía yo menos infame la acción de Fuertes, y más negra y villana la mía. Yo
había penetrado como ladrón en su hogar, y sorprendido sus más íntimos secretos ... «No hay
nada, pensaba, contestando egoístamente á estos
remordimientos, que no esté justificado por el
anrnr. .. • Pero ¿acaso no sentía también Fuertes
amor por Soledad? ¿No
le había dado su nombre, no había sentido
en presencia de la in\
fidelidad celos furio1
,·,,
'
sos? ¡Quién sabe si el
desamor de ella, su
desvío, su repulsión
--~
mal d~imu~da, exci,,,
taron las malas pasiones de su marido! Los
mismos vicios de
Fuertes, ¿°no se habrían exacerbado en
la atmósfera de aquel
hogar, en que faltaba
ternura, estimación,
hasta piedad?
A veces me acon) teda que la imagen de
la mujer amada se presentaba ante mi alma
en todo el esplendor
de su lozana hermosura, y me parecía oir su
voz y sentir sus caricias y respirar su
aliento, y entonces la
cólera y el rencor contra el matador me hacían enloquecer...
¡Ah!y aquello duraba
poco: la voz justiciera
de la conciencia acallaba los gritos rencorosos de
la pasión.
*

* *

Haciendo uso de una recomendación que difícilmente pude encontrar, entré en la sala antes de
que hubiese comenzado el acto.
,\ una señal del Presidente un hujier gritó:
«Audiencia pública», y por la puerta del fondo de
la sala, á empujones, insultándose y en confusión,
penetró abigarrada muchedumbre, cohorte pingajosa de golfos, mujerzuelas y vagos, para quienes
los espectáculos judiciales son mucho más atractivos y emocionantes que las funciones de teatro.
Aquietado el tumulto, dió orden el Presidente
de que entrase el acusado. Abrióse la puerta lateral del estrado, y entre dos Guardias civiles apareció Alberto Fuertes, vestido de negro, pálido, viejo y abatido. Toda mi sangre me afluyó al corazón,
y sentí no sé qué emoción indefinible, en la que se
mezclaban odio y piedad, compasión y remordimiento. Prodújosc en la sala un murmullo hostil

para el procesado; sentóse éste en. el ~a~1quillo,
situándose detrás de él dos Guardias c1v1les armados de carabinas, y una vez hecho el sorteo de
los jurados, y prestado por ellos juramento, empezóse el juicio.

***
- Yo - dijo Fuertes con voz temblorosa y entrecortada - volví aquella noche á mi casa antes
de la hora de costumbre. Iba en busca del dinero
que tenía guardado en mi despacho, para retornar
al Casino y probar de nuevo fortuna. Ll~vaba,
como siempre, la llave de la puerta, y nadie me
sintió entrar. Penetré en el despacho, por cuyas
ventanas entraba la luz de la luna. Abrí el cajón
en que guardaba el dinero, y u_n ruido_que venía .,
del jardín me hizo levantar la vista y mirar. Cerca
de la puertecilla falsa vi á mujer en los brazos de
un hombre.
Hubo en el público un largo rumor.
- ¡Orden! - gritó el Presidente.
- Creí que me engañaban mis ojos - siguió
Fuertes - ; me acerqué á una de las ventanas_ y
me convencí de que mi mujer me traicionaba. Ciego de cólera cogí el revólver, gue estaba_ guar_dado en el mismo cajón que el cimero, y baJé al Jardín, en lo qtÍe empleé algún tiempo, porque la
puerta de la escalera interior estaba cerrada, y á
causa de mi aturdimiento no acertaba á encontrar
el pestillo. Cuando llegué al sitio en que había v~sto
á. la pareja traidora, el hombre había desaparec1?º·
Mi mujer lanzó un grito. «¿Adónde vas?• me d1Jo,
cerrándome el paso. «Apártate•, le contesté. «N°O•,
.afirmó resueltamente ella, «no pasarás.• Traté de
separarla violentamente de la puerta, resistió y la
derribé. Entonces se abrazó á mis rodillas, gritando: «¡Te he dicho que no saldrás, y no saldrás!•
Furioso, sin saber lo que hacía, amartillé el revólver y disparé ...
Tuvo el Presidente que imponer de nuevo orden, para acallar los murmullos de indignación del
público. s\ las preguntas del juez y del fiscal,
Fuertes contestó invariablemente:
- Lo que he dicho es la verdad.
El desfile de testigos fué largo, y sus declaraciones todas adversas para Fuertes. La que más
impresionó al público fué la del señor de Cárceles.
Emocionado, con lágrimas en los ojos, dijo:
- Soledad era un ángel; quería á su marido y
le respetaba; en las largas temporadas que pasó
en mi casa de Bellamar, ni una sola queja salió de
sus labios. Yo la creía la más feliz de las esposas ...
El bueno de don Luciano se extendió en tan
largas consideraciones, que el Presidente tuvo necesidad de atajarle.
Fuertes soportaba con la cabeza baja todos los
cargos que se amontonaban sobre él. Yo sentía
tremenda angustia ante aquel hombre á quien meses antes habría ahogado con placer entre mismanos. Empecé por arrebatarle su honra, y ahora con
mi silencio le arrancaba la libertad, acaso la vida.
Mi proceder era peor que el suyo; mi crimen, más
bajo que su crimen. Así hablaba mi conciencia impulsándome á levantarme y decir la verdad toda;
pero cuando ya las palabras reveladoras iban á
salir á mis labios, me detenía el recuerdo de Soledad. ¿Era noble en mí hacer pública su falta, en-

tregar su memoria adorada al ludibrio de aquellas
gentes? ¿l labía muerto por mí y había de ser yo
quien cubriera de oprobio su nombre?
*

* *

En tanto, seguía el juicio. Al fiscal le costó
poco trabajo probar la delincuencia de Fuertes.
Llegó_el 111Qmen to de juzgar. Las dos horas que
el Jurado estuvo deliberando, me pareci~r9n dos
siglos. Al fin se abrió una puertecilla si~uada detrás del sillón presidencial, y los doce Jueces de
hecho, gra\'es y silenciosos, fueron á ocupar sus
asientos. Aunque estaba ya muy arnnzada la noche, ni una sola de las personas que asistieron
al comienzo del juicio había abandonado su puesto. Entre la multitud veía yo la cara anhelante de
don Luciano Cárceles.
Apretándome con la mano el c_orazón, caiei:ituriento, con impaciencia tan congoiosa que nadie
que no haya pasado por situación semeja1_1te pued_e
imaginar, esperaba la lectura del veredicto. Quizás el reo estaba menos intranquilo que yo.
En medio de solemne silencio comenzó á leer
el Presidente del Jurado; sus palabras caían sobre
mi corazón como gotas de plomo derretido. A todas las preguntas se contestaba de acuerdo con
la acusación fiscal. Ni una sola circunstancia atenuante. Fuertes era considerado como autor de un
delito de parricidio perpetrado con aleYosia y premeditación, y cometido por el estímulo de la codicia.
Un estremecimiento de satisfacción circuló por
la sala. El procesado, abatido por el golpe tremendo, sollozaba roncamente con la cabeza entre las
manos. Entonces sentí como si un vértigo invadiese mi cerebro; un impulso ciego, irreflexivo,
superior á mi voluntad, algo que venía de no sé
qué misteriosas profundidades de mi sér, y levantándome de mi asiento grité con voz que no me
pareció ser la mia:
- ¡El Tribunal se engaña:ese hombre ha dicho
la verdad. Su mujer tenía un amante, y ese amante
soy yo!
Tras breves instantes de estupor, alzóse en la
sala un clamor semejante al ruido del mar alborotado. De todas partes salían gritos:
- Está loco. Está loco.
El señor de Cárceles gesticulaba desaforadamente, y me dirigía desde su asiento palabras que
yo no entendía. Fuertes me miraba con extraña
expresión.
- Si el público no guarda silencio - gritó el
Presidente - haré despejar la sala.
- No, no estoy loco - dije yo cuando se hubo
restablecido algún tanto la calma-. Puedo probar lo que he dicho. Yo he penetrado traidoramente en la casa de ese hombre; estaba en el jardín
la noche del crimen, y me alejé sin que él me conociese é ignorando yo que había sido sorprendido.
Esa es toda la verdad.
- Son tan graves - dijo el Presidente - las
manifestaciones que aquí acaban de hacerse, que
el Tribunal tiene que deliberar acerca de ellas. Se
suspende el juicio.
*

:m declaración

*

*

fué ·eficaz; después de los trámites legales, en los que se emplearon \'arios me-

�El Cuento Semanal
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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Relatos cortos</text>
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          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
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              <text>Fernández Villegas, Francisco, 1856-1916, Colaborador</text>
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              <text>Pedrero, Ilustraciones</text>
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              <text>06/09/1907</text>
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              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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            <elementText elementTextId="562070">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Consultorio Grafológico</name>
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      <name>Francisco F Villegas</name>
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      <name>Libros y revistas</name>
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      <name>Novela Confesión</name>
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