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                  <text>paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

�El [uBntoSBmanal
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡M.a drid

flDVERTENClfl
Por una ausencia inesperada d e nuestro colaborador artístico Medina Vera. no ha podido
ilustrar dicho artista el presente número. Como
cuando recibimos el anuncio de su viaje estaban
ya impresas las portadas, y en semanarios de tan
considerable tirada como EL CUENTO SEMANAL no
es posible improvisar un segundo tiraje, cosa que,
de ser factible, hubiPramos dispuesto sin reparar
en gastos, al anunciar al público que los dibujos
son de Lozano Sidro, esperamos que sabrá perdonarnos la errata.

AÑO I • 1.º Noviembre 1907 • N.º 44

Precios de suscripción:
l"\adrld y provincias: Trlme.si~e :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 peselas._.e,.ño 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelt.o:

La Semana

3Ü

C é n ti ffi OS

r.

Comedla. - La co
con que este teatro inauguró
el sábado la temporada, r
~~mogénea y ac.:ptable en conjunto, como
ro vaudevill.,sco
qu.:, al parecer, trata tMe
ar exclusivamente
este elegante coliseo.
!...J
,
La ZtZncadilla y El 111atrmffltl
'r,o, obras elegidas
para la prest!ntación d~ la compaílfA, olttuvi.:ron esm.:r•da
interpretación, mereciendo cilarse la Srta. Oria y los señores Calvo, Mendiguchía y Ramírez.
El público se vió gratamente sorprendido con la reforma, largo tit!mpo demandada en vant&gt;, de un café elegante,
confortable y ~en servido. Tirso Escud.:ro la ha realizado,
tomando por su cuenta d café del teatro de la Comdia, que
se ve concurridísimo, y que es hoy por hoy d cenáculo y
mentidero de la gente de letras.

Gra,n Teatro. - La compañía que dirige el aplaudido
actor Sr. Salvat - que, como de ello suponemos enterados á
nuestros rectores, hará una t.:mporada en dicho coliseo, ofreJCCC
CCIXi
ciendo al público arte bueno por un precio inverosímild.:butó el sábado con el vaudeville de Luis de Larra Jl,Iodtrnis11Ío, que no produjo frío ni calor al respetable.
Libros Revistas
, Modernismo es obra vaciada en antiguos moldes, y aunque á ratos hace reir, no ofrece ori¡:inalidad en las situacioGulgnol, por José Francés. - l\I. Pérez Villavicencio,
nes y tipos. El diálogo, chispeante é int.,ncionado, es lo meeditor, Madrid.
jor de la obra.
José Francés es uno de los escritores más notables de la
El Sr. Salvat füé bastante aplaudido por el público numeúluma g,meración. Entre su novela Abrazo mortal y los cinco
roso que ocupaba el teatro.
cu.,nios de su Gu'gn ol hay mucha distancia. De año en año
Zarzuela. - El éxito indiscutible de las obras estrenadas
este autor s" perfecciona; da á su sintaxis fl x:bili,lad eleen teatros de género chico en lo que va de temporada, es ingante, enriquece su léxico y depura la originalidad de sus
dudablemente para los Quintero. La patria chica gusta más
{ábulas,
Guig11ol e, un libro triste, intensamente triste, que derra- , cada noche, y es la obra que más llenos está proporcionanma por d espíritu del lector laxitud mortal. Esta emC'ción ' do á la empresa.
Esta procura dar variedad a1 cartel, intercalando obras
de melancolía persiste largo rato. Hemos leído la última pádel antiguo repertorio. Ullimamente se han representado en
~ina, y, sin motivo concreto, permanecemos absortos, desel precitado coliseo los Madgyares y una traducción de Paori.:ntados "º la rndancolía de que todo cuanto hagamos
gliacci al castellano.
por sustraernos al «dolor de vivir» es inútil. La juventud, las
ilusiones, l~s risa~, todo es efímero; en el «guignol» humano
Belava.-/ Anda la diosa/ Este es el título de la obra estre, ólo h•y u11a ,.,aJi&lt;tad: la muerte.
nada la semana anterior eo el llamado templo de la ~icalip0/rwdns dt v ida es un cuento inspirado por el pesimissis, y ésta la frase con que comentaba la g.:nte el abucheo
mo más d.:solador, pero hermosamente siniestro, con bellecon que fué acogida la obra. ¡ Anda la diosa!, que es un arreza punzant" inolvidable; U11a tardt fru,¡uita de Mayo•.. e-s
glo - desarreglo han dicho algnnos rotativos - de Orfeo m
una narración allamente poética, de dulzura inefable; en La
los infiernos, carece de muchas de las condiciones exigibles
ltyenda rota hay un breve soplo de salud y de vigor; en
á las obras de su género.
Cuando las hojas caen, suena p ia1tissimo la elegía de los amoEllo no obstante, sigue representándose, y como hay tires concluidos; en La fuente del mal, la duda triunfa, y ante
ples guapas, lujoso atrezzo, etc., etc.• el público se fija más
la esfinge que no habla, «Diódolo», el filósofo escéptico,
en los buenos palmitos que en los chistes trasnochados, y
«cruzado de brazos, sonríe».
váyase lo uno por lo otro.
El libro de Francés es bello, muy bello, pero malsano.
LaAlegre Trompetería continúa representándose con creDespués de leerlo, el escritor rompería su pluma; el pintor
ciente éxito.
colgaría su paleta; el industrial cerraría su fábrica; el labrador entregaría el surco á la cizaña.
¡Oh juve ntud! Tú que eres fuerza, esperanza, alegría, fe,
¿por qué te complaces en llamar al dolor? - E. Z.

·'

..

y

CHAMPAONE BINET
REIMS

Accediendo á reiteradas súplicas de nuestro• lectores y coleccionistas, hemos comenzado á reimprimir
los diez y ocho números agotados de BL CUBNTO SBM.ANAL.

B.ia edición, que en algunos números, como sucede
con los firmados por J. Octavlo Picón, J. Dicenta y algún
otro, es In euarta que de ellos hacemos, exige cuantiosos desembolsos á esta empresa. Ello no ob•tante, deseando corresponder al favor con que el público nos
distingue y honra, el precio de dichas nuevas ediciones
continuará siendo el de 30 céntimos ejemplar.

SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
VIVIR CON LA SALUD SUJETA Á LAS CONSTANTES MUDANZ._S DEL TIEMPO, ERA EL TRISTE DESTINO DE LOS
REUMÁTICOS MIENTRAS EL BÁLSAMO DE ORIVE FUÉ
DESCONO 'IDO DE LA HU\\ANIDAD. 2 PESF.TA&lt;: FRASCO

LA HABANERA, loyBrla y Platerla
Vende las cadenas de oro de ley con la garantía del contraste oficial, á menos de 4 pesetas el gramo. l\lontera, 31.

l"\IGUEL SAWÁ
(

r

r '

•. ~CGr·
t Z!

.

LA ·MUÑECA
QUELLA noche - como todas las noches el marqués de H ugo estaba completamel}.te borracho.
• ·
- Créame usted , amigo mío : d espués del
cham pagn e - ¡oh, yo e ntiendo mucho de estas
cosas! - , no hay nada mejor que el cognac; así
como, después de l cognac, no hay nad a mejor que
el champagne.
Hizo una pausa.
- No hablemos de mujeres. ¡ Mala peste en
ellas! Yo opino como Salomón: «Entre mil hombres, h ay uno bueno; entre tod as las mujeres del
mundo, no hay una bue na. »
Los ojos del marqués se iluminaron de repente con luz de fuego; luz de fuego instantánea
como la del relámpago, tan pronto encendida
como tan pronto apagada.
- ¡No, no hay una ouena! - gritó-. ¡Oh ,
las conozco muy bien ! Cincuenta y dos años
- ¡toda u na vida! - dedicado á estudiarlas ...
Sé mucho, por eso, d e psicología femenina. Como
Gcethe, yo he sometido á la investigación y al
análisis el alma de mis que ridas. Y '1.e llegado á
esta tremenda co nclusión: ¡ni u na b ue na!

A

~:)

: ,;!
1' '

ti':

;¡:!"!

..!

'

El marqués a puró d e un t rago su c:opa de
cognac, y re~itió iracundo :
')
- ¡Ni u na buena!
Y d espués de una larga pausa:
- Voy á contarle á usted, en apoyo de nii
tesis, la h istoria de mis amores con la Fanny
I-Iarrison, la célebre Fanny Harrison , qu e hizo
popular en todo el mundo su sobrenombre de
la llfuñeca. ¿Llegó usted á conocerla? Fué la
mejor mujer d e su tiempo, un encanto de criatura .. . Pero sin corazón, como todas: sin corazón.
Otra pausa.
- Sí. . . voy á contarle á usted ... Afortunadamente, estamos solos. Esta j uventud de ahora
es poco aficionada á trasnochar. ¡Si viera usted,
hace años, cómo estaba el Casino á eso de las
cuatro! ... Pero ya la gen te - repetir é la frase
de los viejos - no sabe d ivertirse.
Y n uevamente y fugazmente llamearon sus
pupilas con fulgor rojizo.
- Sí. . . voy á contarle á usted . . . ¡ Oh , es
una historia muy interesante ! IIoy me siento expansivo. Efectos del cognac. Con su permiso, voy

�á servirme otra copita. llay que acabar la botella. Luego nos dedicaremos al champagne.
Y apuró de un trago la copa.
- ¿Efectos del cognac ó mandatos imperativos
de la conciencia? ¡No lo sé! El hecho es que siento una i1J1periosa, una irresistible necesidad de hablar, de contarle á alguien ... ¡Oh, ya verá usted;
es una historia que µarece una novela! Escuche
usted. Y nada de interrupciones. ¡A interrumpir
al Congreso!
Y el marqués comenzó así su relato.

** *

-

- Sí que parecía una muñeca, una divina, una
adorable muñeca de carne... Sus ojos azules, de
extraña inmovilidad, eran como dos astros extáticos en el cielo de su cara; su boca, de labios sangrientos como los bordes de una herida, se prolongaba, se alargaba en una sonrisa, en una contracción banal; era su pelo de sol, partido en hebras doradas y fulgurantes; teñíanse sus mejillas
con la púrpura de las rosas... Una mmieca, una
divina, una adorable muñeca de carne...
Su cuerpo no, su cuerpo era exuberante de
sexo, de gracia femenina. ¡Ave, mujer!
Alta, delgada, el cuello ancho y largo, lleno de
vida, los senos pequeños pero audazmente erectiles, el vi'entre «como una taza &lt;le plata&gt;, que dijo
Salomón, los muslos fuertes, bien nutridos de carne, las piernas ligeras, ágiles, duras, como torneadas por un artífice.
Para completar este esbozo de retrato, debo
hablarle á usted de las manos de la Muit, ca - largas, finas, transparentes, suaves, acariciadoras,
casi inmateriales - y de sus pies, invisibles por
lo pequeños, que había que descubrirlos con el telescopio como á los astros, pies especiales de bailarina, hechos para posar sólo en el espacio.
¡Oh!, había que verla cuando se presentaba en
escena de muñeca, vestida, muy ligeramente vestida, de sedas y encajes, suelta y desparramada
sobre la espalda la cabellera áurea, el seno desnudo, las piernas y los brazos al aire...
Un foco de luz, que iba gradualmente cambiando de color, la iluminaba con todos los esplendores del iris, en una constante apoteo,is.
La J,[uñ, ca paseaba por la escena, andando á
saltitos como los pájaros, y sonriendo siempre, con
su sonrisa banal y acariciadora.
La orquesta acompañaba sus pasos con los sones alegres de un vals de Strauss, y ella miraba
fija y distraídamente al público con sus ojos extáticos, llenos de misterio ...
Fanny cantaba luego, con su ligera vocecita
de niña, una canción inocente como una égloga, y
que, sin embar~o, entusiasmaba á aquel público
canalla, titulada la A/u,zeca en el bosque.
Quiero contarle á usted la historia de mis amores con Fanny sin omitir el más mínimo detalle. Todo lo pequeño puede ser grande, y viceversa.
Asunto de La !,f11iicca en el bosque.
Pues señor, érase que se era una chiquilla que
despertaba todas las mañanas con el sol, y á hurto
de sus padres, se escapaba al campo para andar

descalza p.:,r entre las hierbas, húmedas de fresco
rocío.
Y Fanny se quitaba sus zapatitos de raso, mostrando al público la monería de sus pies desnudos - dos preciosos juguetitos de carne blanca y
rosada, del tamaño de un beso-, y corría loca por
la escena, riendo á carcajadas.
Luego venía la madre y castigaba á la niña con
sendos golpes. La "Jfitñt'ca lloraba á gritos, y con
sublime impudor mostraba al público las partes de
su cuerpo maltratadas por su madre.
Después de La !,/wieca en el bosque, Fanny repre~entaba un drama mímico, digno por su asunto
de Merimée, titulado EJ cuchilla y la rosa.
El bandido Alejandro, merodeando en el bosque, encuentra á la bella Dorotea, que ha ido á
contarle á la Luna, la eterna confidente de todos
los enamorados, sus cuitas de amor.
El bandolero admira codicioso las ricas joyas
con que se adorna la desesperada, y enarbolando
su cuchillo, se dirige á ella, decidido á ase~inarla.
Dorotea entonces comienza á bailar una danza
voluptuosa que enloquece de deseos al miserable-. «¡Tu amor!&gt; - grita frenético. Ella sonríe
y le ofrece el ramo de rosas que florece en lo alto
de sn corpiño-. ,¡Ven!&gt;
El bandido, después de besarla, enamorado, en
la boca, la entrega su cuchillo-. «11.átame, si no
has de quererme.&gt; Dorotea coge el arma en sus
manos, juguetea con ella, y de pronto se la clava
al bandido en el corazón.
Alejandro muere. La Luna se torna roja. Y
Dorotea llora, arrepentida de su crimen.
Había que ver á la Muñeca bailar la danza que
enloqueciera al bandido Alejandro.
Era la bacante ebria del vino nuevo y del amor
nuevo, excitando al pecado con la actitud, el gesto y el movimiento, convulsionada y frenética.
Pero lo más interesante de la !,fmieca en aquellos momentos eran sus piernas, flexibles y nerviosas como las de un potro árabe, sus piernas
«inteligentes&gt;, poseídas por el vértigo de la danza, que parecían grahar en el espacio signos y palabras misteriosas, sólo comprensibles para los iniciados en la alta hermanéutica del divino artP de
Terpsícore.

* **
- Todas las noches, al comenzar el espectáculo, ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando impaciente que se alzara el telón
para gozar una vez más de la presencia de la
1,/mkca.
Era una especie de sugestión hipnótica la que
aquella mujer ejercía sobre mí. Mis sentidos adquirían al verla mayor sensibilidad, mayor potencia.
Al aparecer en las tablas, mis ojos, fascinados,
ya no podían dejar de mirarla; y mi nariz se rlilataba, como la de un animal en celo, para aspirarla
mejor, para gustar mejor el perfume de mujer que
transcendía de su cuerpo.
Todas las noches, al salir á escena, Fanny me
miraba fijamente, con sus ojos extáticos, y prolongaba la sonrisa banal de su boca sangrienta.

\'o temblaba al
\'et la, cumo :í la presencia de un peligro,
presa de extraño
m a I estar físico, y
contestab:i, pálido de
emoción, con una leYe sonrisa :'t su oonrisa acariciadora.
Después parecía
ol\'idarse de mí y ya
no me miraba ni me
sonreía en toda la
noche. Esta actitud
de estudiado desdén
me irritab:i, mecxaspcrab:i hasta la locura.
Algunas veces;
para llamar su atención, la interrumpía,
aplaudiéndola, en el
comienzo de uno de
sus co11plcts.
Ella seguía cant~nclo impá\'ida, sin
dignarse volver :í
fijar en mí sus ojos
de misterio.
Y todas las nochc:s me marchaba
del teatro desesperado, jurando no ,·olver, y maldiciendo
del amor y de las
mujeres.
·Pero á la noche
siguiente ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando, impaciente,
que se alz:ira el telón para goz:ir una vez más de la presencia de
b 1lfo1,ccrr.
Estab:i perdido de amor por aquella mujer.

*

* *
LleJué ú ser un «habitual, del teatrucho donde s~ e_xl~ibía Fanny.
l~l umco_ acon_10dador del coliseo, antiguo bastrn~ero! ya hcenctado por sus años de no sé qué
bailes tnmundos, me saludaba todas las noches á
su modo, _encasquetándose la gorra, y me preguntaba sonriendo:
- ¿_I;a butac~ de siempre?
- S,, la de siempre.
d' Ta_?1 bién la. florista - una arrapieza como de
. 1~2 anos,de OJOS pen·ersos y hablar desvérgonza ~ - me trataba como, á antiguo conocido y
,·cni~ en todos los entreactos á ofrecermé su ~anaSt1llo de pobres flores niustia·s.
- ¿~a&lt;:emos un ramito para la llf11iiecrr?
tro ~I publ_ico canalla qúe llenaba á diario d tea' ugest1onado ·c ómo yo por la belleza de Fanny, comentaba mi prese1Ícia ¡le diversos modos.
- Es un marqués.
• •
- Dicen qul~ ha sido ~ií1istro.

- \' que es algo de Palacio
- Está loco por la J,1111iecrr. ·
- ¿Ilas \'isto c&lt;'&gt;mo la mira&gt;
- l~ues ella no está por él.
- Ella ... ella está por el dinero.
- ¡Nones! ·
.
,
- Enséñale un Cabarrús y verás.
- Para mí lo quisiera.
- ~ aunque sea un Quevedo:
-1ampoeo.
- Cuando yo te digo ... La llfufíeca es como
todas las mujeres de su clase.
- ¡:\lentira!
- Vamos, que para ti la ./Jf1tiieca y la Virg&lt;'n
de la Paloma...
- ~o tanto.
:- Parece mentira que seas hijo de Madrid y
nacido en la calle de Los Tres Peces.
- Otros los hay más brutos.
- ¿Es alusión?
- C~ll~, que nos está oyendo el marqués,
- ¡"\ahente marqués!
Y yo los oía, sí, aterrado de mi degradación,
pero sm rnluntad para huir de aquel antro.

** *

�-

ttsd tl3%

MÍít

- Una tarde, aquí, en este mismo saloncito,
me contó el pobre Cienfuegos, muerto hace poco
tiempo, y de quien seguramente fué usted amigo
- era uno de los hombres más populares de Madrid-, la historia de Fanny.
- ¡Vaya si la conozco! - me dijo-. ¡Demasiado! Yo he sido uno de tantos que han sufrido
amor por ese adorable monstruo. Pero al fin me
convencí de que era una mujer imposible. Y la
dejé antes que ella me dejara á mí. En la guerra,
como en el amor, no hay como una retirada á
tiempo. Debe ser terrible eso de oir á una mujer:
«¡Ahueque el señor!• ¡Terrible!
Sí. .. ¡vaya si la conozco! Una mujer distinta á las demás, una mujer extraordinaria. ¡Tenga
usted cuidado con ella! Nada de liarse. Hay que
huir de toda complicaci6n con Fanny. Si llega usted á caer en la red, está perdido. Y a no oodrá usted escapar. ¡Mucho cuidado, joven!
·
Y como respuesta á una interrogación mía:
- Cuando usted quiera. Es mujer que no se
niega al que sabe solicitarla. Pero insisto: nada de
enfrascarse. Fanny no es capaz - al menos yo no
la creo capaz - de querer á nadie. No hay quien
pueda vanagloriarse, no hay quien pueda decir en
verdad que ha hecho sentir á esa mujer. Fanny es
una verdadera muñeca de carne. En ella
«no hay una fibra qne al amor responda»,

como dijo el poeta.

Yo la creo incapaz de toda emoción física. ¿Me
comprende usted? ¿Falta de sensibilidad ó exceso
de sensibilidad? ¡Vaya usted á averiguarlo! Estas
cuestiones son muy hondas. Y o no sé de psicologías, ni quiero. Pero, en cambio, como le he dicho
á usted antes, sé escapar á tiempo.
Conozco á muchos don Juanes, hombres expertos en el amor, que han tratado de animar el mármol de su cuerpo. ¡Inútil empeño! Fanny es incombustible como el amianto. Puedo asegurarle á
usted que esa mujer está virgen de toda sensación
amorosa. De ahí que sea más apetecible. Pero no
olvide usted que quien ama el peligro, en _él muere
¡Psch! Después de todo, yo creo la empresa
dificil, pero no imposible. Ya le h~ dicho_ á usted
que en otro tiempo .. . Pero para ciertas aventuras
hace falta el valor de un Quijote. Y yo toda la vida
me he sentido algo Sancho.
·
Además, me encuentro sin fuerzas. Estoy en
los sesenta y cinco.
«¡Funesta edad de amargos desengaños!»

A mí déjeme usted de fantasías. Mujeres como
la Mztiieca, para usted, que todavía no ha pasado
de los cuarenta. Yo he decidido ya jubilarme. ¡Pero
con un haber de recuerdos gloriosos que otros
para sí quisieran! ¡Y que me quiten lo bailado!
Y como yo le instara nuevamente para que me
contara la historia de Fanny:
- Una historia muy accidentada, como todas
las de esas mujeres; una historia digna de ser llevada al libro ó al teatro.
Los padres de Fanny fueron famosos en su
tiempo, allá por los primeros años de la Res-

tauración. Seguramente, más de una vez
habrá usted oído hablar de ellos. El, el padre, era inglés, jockey de profesión - un
gran jockey, una especie de centauro á la
moderna - , y le llamaban de mote lo misrno que á su caballo predilecto: Perfecto IX.
Ella, la madre, era andaluza, nacida en Cártama, pueblo de la provincia de Málaga,
bailaoray cantaora de oficio, y conocida con
el sobrenombre de la Merengue. ¡ Ilustres
progenitores los de la pobre Fanny!
Es sabido el poder que las andaluzas
ejercen sobre los ingleses. Ver Perfecto IX
á la Merengue y enamorarse de ella fué todo
uno. Y como la Merengue, al fin y al cabo,
era una moza honrada, y corno la pasión quita conocimiento, Perfecto IX, después de
pensarlo mucho, acabó por irse á vivir con
ella, sin duda para que le cantase y le bailase á él solo.
Al decir de la gente, el inglés y la andaluza fueron muy felices en su matrimonio.
Curra, según la llamaba su madre; Fanny,
según la llamaba su padre, fué el principal
elemento de esta felicidad.
Pero las dichas de esta vida son de corta, de bien corta duración. Un día de carreras, Perfecto IX(el caballo), al saltar un obstáculo, tropezó y cayó, dando en tierra con
Perfecto IX (eljockey), que, á consecuencia
del porrazo, sufrió tan fuerte conmoción cerebral, que á las tres horas del percance entregaba su alma á Dios.
La Merengue lloró, mientras tuvo dinero, la muerte de su marido; pero después,
obligada por la necesidad, volvió al tab/ao
en busca del pan nuestro de cada día. Sólo
que, para olvidar sus penas, bebía ahora
aguardiente, todo el aguardiente que le pagaban, y la mayoría dP. las nocht&gt;s, al regresar á su casa, llevando corno única compaúía á su hija, iba agarrándose á las paredes
para no caerse, y llorando á lágrima viva en
recuerdo de su malogrado Perfecto.
Y claro, á fuerza de beber perdió la voz,
l~s años la hicieron engordar, y como al público le
titó por meterse con ella, acabó por no tener teat:o
ni café que la contrataran.
La pobre Merengue no servía para otra cosa
que par~ cantar soleares y seguirillas y bailarse
11nas sevillanas ó un tango ó lo quP. se «terciara•.
S; le cerraron las «puertas del cante, - como decia ella-y se encontró de pronto sin medios para
defender su vida y la de su hija. ¡A morir los caballeros!
La Merengue no tardó mucho tiempo en adoptar una resolución. «El quinto. . . no estorbar»
(frase admirable en la que ella sintetizaba su modo
de ser filosófico), y una noche, después de besar
mucho á Fanny, se dirigió al Viaducto, y aprovechando un descuido de los guardias se encaramó
~obre la barandilla, y... , ¡púm!, allá fué su pobre
cuerpo, después de dar unas cuantas volteretas
¡,or el espacio, á estrellarse en el empedrado de
la calle de Segovia.
d De modo que Fanny vino á quedar huérfana
e padre y madre á la edad de trece años.
Su primer protector fué el duque de las Tres

Gracias, gran spormant, amo un tiempo de aq·11e1
pobre Perfecto IX, muerto gloriosamente, en el
ejercicio de su profesión, una tarde de carreras.
El duque de las Tres Gracias era hombre que
pasaba de los sesenta cuando tomó bajo su amparo á la hija de su antiguo jockey.
Aquel don Juan gotoso, que tenía, como Barba
Azul, su leyenda trágica de amor y de sangre,
gustaba, á pesar de sus años, y quizá por sus años,
de la carne joven y fresca.
El caso es que Fanny tuvo que huir de su compañia, horrorizada. ¡Buen modo tuvo de conocer
el amor la pobre niña! ¡Y todavía nos quejamos de
su insensibilidad y de sus repugnancias!
Fanny sustituyó al duque de las Tres Gracias con el célebre transformista Capuani, un bellaco de gran hermosura, que imitaba á la perfección á las estrellas de París y muy especialmente
á la Cleo.
Aquel demonio de Capuani - ¿se acuerda usted de él? - , cuando salía á escena caracterizado parecía completamente una mujer. Había
que verlo con su traje ceñidísimo de mallas, para

�mejor lucir las formas, haciendo piruetas y batimane.; y enviando besos al público con sus mano:;
pequeiias y finas, blanqueadas con polyos de
arroz.
Más de una gran dama quiso verle de cerca y
le di6 cita en su casa, cá condición de que se caracterice usted como en el teatro. ¡Oh, imitando
á la Cleo, está usted delicioso!,
Capuani no hacía caso de tales citas. e Si fuera
á dar gusto á todas esas señoras, hace tiempo que
me hubieran enterrado.,
l'cro alguna vez estas cartas iban acompañadas de unos cuantos billetes del llaneo. •¿Quién
resiste á estos argumentos? •, decía el muy canalla. Y hubo noche, según cuentan, que asistió á
tres ó cuatro de estas citas misteriosas.
Pero todo el dinero que ganaba - y era mucho - se lo llevaba el juego. «¡Pcr Baco, me persigue la jdtahtra 1, Y para consolarse de su mala
fortuna se emborrachaba con Yino del más barato
y se iba á escandali1.ar por las calles, siempre dispuesto á disparar su revólver sobre el primer transeunte que osara mirarle. «;P.·r Bnco, per Baco!,
para mí no hay hombres.•
Obligado ,í trastocar tocias las noche:, su sexo,
{1 dejar de ser Capuani para convertirse en la
Cleo, en la Otero ó en la Guerrerito, había llegado á sent;r un gran desprecio hacia las mujeres.
•¡Hijas de Satan:ís! ¡1falditas! •
¿Por &lt;7ué se encaprichó de fa:111y? ¡Vaya usted
á averiguarlo!
La pobre Fa!rny s:1friú muc!10 en la compañía ele Capuani. Aquel b{irbaro, ,í pesar de sus
apariencias de mujer, tenía las' fuerzas de un titán, y la golpeaba, hasta hartarse, todas las nocl1es, con furor de borracho. •¡11ala bestia, mala
bestia!•
Fanny no se quejaba, no protestaba siquiera
de los malos tratos de que la hacía \ íctima el
transformista. ¡Acaso prefería los go_lpe_s de éste á
las caricias del duque de las Tres Gracias!
Capuani fué quién la inició en la \·ida del arte
(sin duda coa fines interesados, con el propósito de
explotarla), y él fué quien la bautizó con el sobrenombre de la l,fuíieca. c¡ Ah, maldita, si tú quisieras! . .. Condiciones no te faltan. Y como bonita,
¡más bonita que la Jfadú1ma!•
Una noche de borrachera el italiano disparó
su revólver sobre un cronpier, el !,fanitas de Oro,
á quien acusaba de robarle con malas artes el dinero, alojándole una bala entre la sexta y la séptima costilla.
Capuani tuvo que huir, que pasar la frontera,
para evitarse las molestias de un proceso y la estancia de unos cuantos -años en la cárcel.
Fanny le siguió, sumisa, en su fuga. Por aquella época comenzó su carrera de artista, en la que
le esperaban tantos triunfos. Ya conoce usted sus
éxitos de París, de Lond res, de Viena ... de todas
las grandes capitales de Europa. Durante algunos
años la 11/uiicca triunfó de todas las romanciéres, de
todas las gommcusrs, de todas las chrmtmses en
moda.
Por aquel entonces, recordando el estilo de su
madre, sólo cantaba so:eares y seguiriltas. París
~staba loco con ella. Para la gente del boulevard,
Fanny era la verdadera encarnación de aquella
Manola •descubierta• por Gautier:

«Un jupon serré sur ks anche$,
un peine énormc ít son chignon,

1111 manera, haciéndot~ sufrir. Sé que alguna vez te
he pegado más de lo Justo. El maldito vino. Por
~so, lo mejor es que me rnya. De seguir viviendo
J~ntos, acaso acabaría por darte un mal golpe. ¡Y
t1emblo, por las consecuencias!
Perdóname eso de los trescientos mil francos
y no me denuncies á la justicia. Tú estás en disposición de ganarlo. Yo, en cambio . . . Me siento
agotado, completamente agotado. ¡Ten compasión
de tu pobre maestro y amigo! ¡Líbrame de la cárcel y de todo otro mal!
Adiós, pequeña. Aunque no me creas, te juro
que estoy muy emocionado en estos momentos
que casi tengo ganas de llorar'.
Pero Dios nct me ha concedido,
como á los cocodrilos, el consuelo
de las lágrimas.
Ad i ós, pequeña. ¡Separarnos
después de haber vivido tanto
tiempo juntos! Pero así lo quiere
el Destino. Resignémonos.
¡Adiós otra vez! ¡Que seas feliz!
¡La !,[ad()1ma te guíe! ¡Adiós, /if1t1,ccn! - Tuyo,

jambe nervcusc et pie&lt;l mignon,
reil de fcu, tcint pale et dcnts bl:mches
¡alz~, ola:
¡voila'
la veritablc Manola.»

Los periódicos decían de ella:
«¡Oh, la bella española! Nadie como esa mujer
para el cantar doloroso de su tierra; nadie como
ella en d arte de la danza. \'iéndola, hay que admirarla; viéndola, hay que gritar: ¡\'iva la Andalucía!,
El canalla de Capuani, retirado provisionalmente de la escena, cya sabes, pequeña, que si
me descuido me meten en la cárcel•, era ahora su
apoderado y administrador.
Ya no jugaba. Poco á poco se había ido aficionando al dinero. • Tú no seas ton ta, y aprovéchate•, le decía á Fanny. Estas rachas pasan pronto.
¡El éxito de los artistas es tan fugaz! .. Ya me ves
á mí. '¿Quién se acuerda de Capuani? Y, sin embargo, tú sabes que en otro tiempo yo he sido el
ídolo de los públicos. Y ahora ... ¡ya me cuentan
entre los muertos!,
Y el italiano, á fuer de hombre práctico, dejaba en completa libertad á la .~fwicca para que aumentase su capital con toda suerte de ingresos
extraordinarios.
En poco tiempo, en menos de tres años, Fanny
llegó á reunir un capital de cerca de trescientos
mil francos. ¡Una fortuna, una verdadera fortuna!
Y lo que era de suponer: Capuani, que, como
ya le he dicho á usted, se había aficionado al dinero, se ºalzó un día con los fondos, dejando á la
pobre Jlmieca sin más recursos que su crédito
personal, lo que no era poco.
También rl muy cínico la dejó una carta llena
de consejos, que Fanny guarda en su joyero como
la mejor de sus alhajas, y que le aconsejo á usted
que lea si por casualidad llega á sus manos.
El marqu(-s interrumpió su narración para decirme:
- La carta á que hacía alusión Cien fuegos la
tengo aquí - y sacó la cartera-; se la robé una
noche á Fanny, y voy á leérsela ,í usted. ¡Oh,-es
un documento curiosísimo!
•1li cara pequeña: :\le yoy ... ¡Per Baco, estaba ya harto de aguantarte! l\[c voy ... llevándome
tu dinero. Poc:1. cosa, no creas; unos trescientos
mil francos. ¡Bien me los he ganado!
· Me voy ... El robo es un derecho concedido á
todos los que administran fondos, bien sean del
Estado ó bien de particulares. Hay que respetar
los precedentes.
Ya no tienes necesidad de mí, ya estás lanzada. Ahora, á poco que quieras ... Pero ha1.te valer.
Los hombres ele dinero, que por lo general son
muy brutos, aprecian á las mujeres según lo que
les cuestan. Xo olvides esto.
Oye mis consejos: no dejes el teatro. La escena es un gran lugar de exhibición, un gran escaparate. Con traje de mafias no se puede pasear
por los boulevarcs. Lo prohibe la moral del Estado. Y con traje de mallas, ó sin él, puedes presentarte en las tablas. Además, las mujeres de teatro
tiene n mucho partido entre los hombres.
A tu edad y con tu cara . . . Ya te digo: á poco

q_ue quieras el mundo se rá tuyo. Pero á condic~ón de que no te enamores. Quien más pone, más
pierde. El corazón, ¡en el bolsillo!
!~ara dominará los hombres no hay como desp~cc1arlos. El látigo tiene más aplicación para los
b1pedos que para los cuadrúpedos. Y créeme: el
hombre sería el animal más ruin de la creación si
no existiese la mujer.
~horra todo el dinero que puedas; sé mejor
t~c_an~ que J~ródiga. Ahora estás en la edad de ga11,11._ l ero la Juventud pasa pronto. No lo olvides.
La Juventud es flor de un día.
_11ir~, pe_queña: estos consejos, fruto de mi expenenc1a, btea \'alcn los trescientos mil francosno c~mpletos - que me llero.
Creo que no tendrás quejas de mí. Todo lo que
eres,_ todo In que llegan\s á ser, se lo debes á
tu Capuani. El te ha lanzado al mundo, como
u~d buen padre, después ele enseñarte á ganar la

,1

a.

Créeme, pequeña: aunque no te lo haya den1o~trado - ¡soy un hombre tan especial para las
muieres! .. - yo te he querido siempre. Pero á

Y comu posdata:
e Olddame ... No vuch·as á
acordarte más de mí. Y sigue mis
consejos y la vida será tuya.•
(Una línea de puntos suspensivos.)
«Acaso alguna vez esté en condiciones de de\'olrerte los trescien tos mil francos. Pienso poner
una casa de juego. ¡Si la suerte me
ayudara! ... &gt;
(Otra línea de puntos suspensiros.)
«¡Por Dios, no me denuncies á
la justicia!•
Concluída la lectura, el marqués volvió á guardar cuidadosamente en la cartera la epístola de
Capuani.
- Indudablemente aquel canalla tenía mucho
talento.
Y despu~s de sen·irse una copa de cognac:
- Tcrm1ncmos la historia de Fanny. Sigue hablando por mi boca el pobre Cienfuegos.

*

* *
- Vea usted si las mujeres son raras - contin'.16 mi amigo-; la Jll111icca, no sólo no denunció
á Cap_uani, sino que sin lió de tal modo su fuga ¿estana enamorada de él?, ¡vaya usted á saberlo!
- que dejó de trabajar durante unas cuantas noches, y al reaparecer en escena lo hizo vestida de
lut~ _Y despojada por completo de flores y alhajas.
I ampoco tra~ajaba ya con la alegría de antes.
Algunas veces miraba entristecida hacia las cajas.
Ya no estaba allí Capuani, como en otro tiempo,
para aconsejarla: e ¡Esa pierna más alta!• e Pero,
perra, ¿por qué no miras al público?, «¡Voy á romperte un hueso, á ver si aprendes á reir!•
El público comenzó á cansarse de ella. Ya se

�- &lt;Mira, Fanny - seguía-, la mujer es igual
oía murmurar á la gente: «Algo le pasa á la Mztñeca.• «Parece que trabaja de mala gana.• «No es que el vino . .. Un sorbo... un beso... otro sorla misma de antes.&gt; • Y está más delgada.• • Y bo ... otro beso... ¡Beber! ¡Amar! Estos son los
únicos placeres de la tierra ... •
no ríe.&gt;
Fanny bebía en silencio, sin contestarle paSu empresario llegó á aconsejarla que se marchase á América: «Hija, ¡qué quiere usted!, el pú- labra.
El seguía impertérrito de~variando:
blico es tan voluble ... Todos los artistas tienen
- «Sí; tú serías el alma del cognac si el cognac
su época. La de usted pasó ... En los Estados
Unidos tendría usted un gran éxito. Allí gusta- tuviese alma ... ¡Has debido de ser concebida en
una noche de embriaguez!
rían mucho sus trabajos.•
¡Mujer!, bebamos y amémonos. ¡Quiero mezSí, estaba en plena decadencia. Echada del
clar
el cognac con tus besos! ¡Doble borrachera!
Olimpia, echada del Casino, tuvo que buscar refugio en un cabaret de m~la muerte, donde gan~- Créeme, la vida no es más sino una serie de traba diez francos por función. ¡Ella que, no hacia gos. ¡Ay de los que ya no pueden beber!•
Y acometido de súbita crisis nerviosa se echamucho, había insultad9 á un empresario que tuvo
la avilantez de ofrecerla mil francos por noche! ba á llorar.
Estas escenas se repetían todas las noches. «El
¡Oh, el penoso descenso de los artistas!
Yo iba á visitarla de vez en cuando al cabaret. hijo de Musset• había llegado á convencerse de
Fanny, burlada por el amor y engañada por los que Fanny era un espíritu alcohólico en forma de
hombres, cansado el cuerpo y cansada el alma, se mujer.
- Vámonos - me decía la pobre-, me da
aburría.
- ¡Si no fuera por el cognac! ... Porque debo miedo ese hombre. Necesito respirar el aire ...
advertir á usted, que á la pobre - ¡terrible señal Me ahogo... Estoy algo borracha.
Ya en la calle, Fanny se cogía de mi brazo, y
de decadencia! - le había dado por la bebida.
excitada aún, me contaba sus penas.
- ¡Si no fuera por el cognac! ...
- Estoy aburrida, estoy desesperada... Vivir
Y me miraba con ojos de extravío.
¡Así deben de mirar los hartos de la vida, los así, no es vivir. ¡Oh!, ese canalla de Capuani, ¿por
que creen que en el suicidio está la solución de qué me habrá abandonado? Se fué él y vino la
desgracia.
todas las soluciones[
Al llegar á los puentes se detenía unos moLa había iniciado en el vicio, la había acostummentos
y sus ojos volvían á mirarme con extravío.
brado á beber, un poeta melenudo, decadente y
- ¿Estará ahí la felicidad?
majadero, gran parroquiano del cabaret, á quien
- Seguramente no - la contestaba yo brolos artistas del «establecimiento• llamaban en
meando-. Ahí, en el río, no encontrará usted
broma « el hijo de Musset&gt;.
El poeta, cuando se emborrachaba (una noche más que catarros y pulmonías.
Ella seguía mirando el correr de las aguas.
sí y otra. .. también), aburría á la pobre Fanny
- ¡Pues no hace frío, que digamos, para tocon sus discursos estrambóticos.
mar
ahora un baño! - continuaba yo. - Además,
- «Choquemos nuestras copas - la decía-.
Me parece que este licor pálido - «el hijo de Mus- observe usted que el Sena huele siempre mal. Hay
set • bebía siempre cognac - está compuesto de que no tener olfato para arrojarse á él. Yo, de intu sangre enferma, que al beberlo gusto de ti ... &gt; tentar alguna vez ahogarme, lo haría en un baño
de champagne.
Fanny, asombrada, se reía.
Y empujándola suavemente:
- «No, no te rías - continuaba el poeta -.
- Vámonos de aquí. ¡Está usted más chiflada
Tú tienes una extraña semejanza con esta extraña
que
«el hijo de Musset!&gt;
bebida. ¡Tú eres el alma del cognac!
Ella suspiraba:
¡Míralo! - gritaba - . ¡Míralo! Es rubio y pá- Tiene usted razón. ¿Por qué no esperar?
lido como rubia y pálida eres tú. ¡Sí, Fanny, tú eres
Todavía,
todavía...
el alma del cognac!•
Una noche, el «poeta• nos dió el gran disgusY después de apurar la copa:
- «¡El alcohol es la locura! ¿Qué es la embria- to. Cuando yo llegué al cabaret estaba ya comguez sino la pérdida temporal de la razón~ Por eso pletamente borracho. Fanny se sentaba á su mesa.
vamos para locos todos los que mezclamos el amor El la había cogido por los hombros, y mirándola á
los ojos, la decía:
con el vino...•
- «Ven... acércate á mí. .. ¡No te veo, no te
Y arrojándose sobre Fanny y besándola freoigo! Más cerca aún ... Así, juntos, juntos los dos...
nético:
.
- «¿Ves?, me he equivocado de vaso y he be- ¡Oh, qué bien estoy ahora!
¡Pero no llores! (Fanny no lloraba, ni había
bido ahora en tus labios. ¡Y qué daño hacen, pero
por qué; Fanny, según las crónicas, es mujer que
qué bien saben estos besos de fuego!•
no ha llorado nunca). ¡Si tú supieras lo feliz que
Fanny comenzaba á asustarse.
- «No, Fanny, no _te entristezcas - gritaba el soy en estos momentos! ¡Oh, sí, muy feliz! ¡Sient"
poeta-. La embriaguez debe ser alegre, estruen- un bienestar tan grande en todo mi sér!. .. Ya no
dosamente alegre... ¡Riámonos hasta la convul- me duele nada, ya todo mi pobre cuerpo es alesión! Yo me siento en estos momentos atacado de gría y satisfacción y goce. Ya que he sufrido tant0,
todos los deseos y de todas las ansias. ¡Te digo he dejado al fin de sufrir.
Y verás qué cosa más rara, más extraordinaque no hay nada en el mundo comparable á este
licor de dioses enfermos! ¡Bebamos hasta reven- ria: me parece que yo ya no soy yo, que soy otra
persona distinta, otro hombre.
tar!•
Mírame bien, mujer, y verás como no soy el
Y de un trago apuraba la copa.

mismo. Mírame: ¡si eso tiene que saltar á la vista;
si eso deben verlo hasta los ciegos!
¡Qué transformación más maravillosa! Mi cerebro no es ya una miserable piltrafa de carne y
hueso; mi cerebro es un colosal diamante de facetas rojas y deslumbradoras como la llama ... Mi
cerebro es el cerebro de Shakespeare, de Gcethe,
de Rugo ... ¡Qué cosas más admirables pienso!
¡Qué grandeza en las ideas! ¡Es la luz del genio la
que alumbra mi cabeza sobP.rana! ¡Prostérnate,
mujer, ante mí, y admírame!
Y escucha: mis ojos no ven como veían antes;
ahora todo lo que miran me parece bello y luminoso. ¡Para mí no hay nada negro, nada obscuro;
para mí no hay noche, ni sombras, ni tinieblas;
para mí todo es luz y resplandores!
Tú no sabes de qué visiones más hermosas
puede gozar la vista. Ahora te miro y me pareces
otra. Acércate... más... Quiero contemplarte á
mi sabor. ¡Qué soberana, qué suprema belleza!
En tus ojos azules hay todos los colores del prisma; no, muchos más colores, ¡muchos más! Tu
boca me parece de fuego, roja y ardiente; - ¡qué
bien deben saber tus besos! -; tu cabellera suave
se me antoja de oro y seda, y tu carne, ¡ah!, tu
carne, blanca y rosada, carne de tentación y de
pecado... ¡Divina Eva!
¿Pero sigues llorando? Ven, que quiero beber
tus lágrimas. Acaso ellas calmen la sed de mi fiebre. ¡Qué amargas me saben, qué amargas! ¡Parece
que me he llevado á la boca toda el agua salobre
del Oceano!•
(Imaginaciones del poeta; Fanny seguía mirándole asustada, los ojos secos, sin derramar ni una
lágrima).
«Mira, quizás me vaya á morir. ¡Pero no llores!
¡Si ·morir es dejar de padecer! Verás: la vida es
como una luz; viene la muerte y sopla. Obscuridad.. . noche. Y entonces se acaba todo. ¡Ya ves
que no hay nada tan sencillo!
¡Si yo fuera como el sol! ...
El sol no puede apagarse. de un soplo. ¡Aunque la muerte tiene unos pulmones! . . . ¡No hay
luz que se le resista!
¡Qué feliz voy á ser cuando me muera! Yo creo
que debe haber un lugar de promisión para los
q_ue han sufrido mucho en la tierra, un paraíso, un
cielo, una gloria ... como quieras llamarle. Y allá
iré yo, seguramente.
Pero aunque no exista ese lugar de bienaventuranza; aunque aquí acabe todo y no haya un
más allá, la muerte es el descanso, es el reposo
eterno. ¡Y yo tengo unas ganas de descansar! ...
,Qué frío siento! Aquí. . . en el pecho, en el
corazón ... Mira, la muerte acaba de entrar.•
. Todos los que estábamos en el cabaret nos dirigimos espantados á la mesa que ocupaba el poeta.
«Sí. .. acaba de entrar. .. ¡Mis ojos la han visto! ¡Qué sér más extraño! Es como una sombra...
No logro verla la cara... La tiene tapada con un
velo negro, muy negro . . . ¡Qué alta es y qué delgada! Ahora se acerca á mí y me mira de un
modo... ¡Tengo miedo! ¡Mujer, dile que se vaya,
que se vaya!
Sigue el frío helando mi pobre carne. . . La
muerte me coge en sus brazos y me besa en la
fre~t~ ... ¡Ya soy suyo! ¡Qué bien me ha hecho su
caricia! ¡Así me besaba mi madre!

¡Oh, siento un bienestar ahora! .. Ya no me
duele nada, ya no tengo frío ... La luz se apaga ...
La vida se me va... ¡Me muero... soy feliz!. . .•
Y, efectivamente, al decir estas palabras, «¡soy
feliz!,, «el hijo de Musset• cayó desplomado sobre
la mesa. ¡Una apoplegía fulminante! Cuando le reconoció el médico ya estaba muerto. ¡Pobre muchacho! Decididamente no conviene abusar de las
bebidas alcohólicas.
Fanny, horrorizada, huyó del cabaret dando
gritos. Yo estaba tan trastornado por aquella súbita desgracia, que no la vi salir del «establecimiento.• Cuando llegué á la calle había ya desaparecido. Pensé en el Sena. «¿Estará ahí la felicidad?• Sí, indudablemente en Fanny había una suicida. ¡Pobre muchacha! Y llorando por dentro único modo de llorar que nos es permitido á los
hombres - me fuí al Americano á beberme una
botella de champagne.
***

¿Qué fué de la Muñeca?
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Durante unos días-tres ó cuatro lo menos me dediqué á buscarla por teatros y cafés. ¡Pero
París es tan grande, y yo soy tan mal policía! ...
Una noche me pareció verla en Montmartre, del
brazo de un distinguido apaclte. ¿Era ella? No puedo asegurarlo.
Después, después ...
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Ahora dicen que está en Madrid, en un teatrucho de la calle de Embajadores, un poco envejecida, pero hermosa siempre. Esta gen te desaparece de pronto, como los buzos en el agua,
para volverá aparecer cuando menos se les espera. ¡La pobre Fanny! Tendría gusto en verla para
recordar aquellos tiempos. Yo la he querido siempre bien.
Y el pobre Cienfuegos terminó diciéndome:
- ¡Marqués, mucho cuidado con la MuFtecal
Esa mujer es muy peligrosa. Siga usted mis consejos. ¡Nada de liarse! Hay que huir de toda complicación con ese monstruo adorable. Si se enamora usted de ella es usted hombre perdido. Aun
está usted á tiempo. «Retirarse no es huir&gt;, ha
dicho un gran estratega.

** *
- Comprenderá usted que no hice ningún caso
de los prudentes consejos de Cienfuegos. Desgraciadamente, el amor no entiende de razones. Ya
sabía yo que Fanny era una mujer peligrosa. Pero
quizás por esto la deseaba más, quizás por esto,
cada noche, al verla de nuevo, acrecían mis ansias. Pero, asómbrese usted: yo, el gran despreciador de mujeres, sentía ante la Mztfíeca timideces
de adolescente.

�paredes para no caer, y tambaleándome como un
hombre ebrio.
Ya en el piso segundo, vi sobre una de las
puertas una gran tarj eta, escrita con letras rojas,
en la que me pareció leer:

LA MuRECA

Empujé la puerta y entré. Fanny estaba desnudándose ante el espejo. Al verme - ¡figúrese
usted la cara que tendría yo en aquellos momentos! - pareció asustarse. Luego sonrió, mirándome fría y serena, con sus ojos de misterio.
- Hace mucho tiempo que le esperaba.
La emoción no me dejó articular palabra. Ella
recibió impávida la ofrenda de mis caricias, sin
corresponder á mis besos con sus besos, sin un
estremecimiento de su carne, cerrando los ojos
para no verme.
En aquellos momentos, yo debí recordarla al
duque de las Tres Gracias.

** *

j

l

il
1

Me daba miedo llegar, «ascender» hasta el:::...
¿Cómo contenerme teniéndola al alcance de mis
manos?
Pensando en Fanny, me sentía capaz de la violencia y del atropello, como uno de esos sátiros
impulsivos, desbravadores de ninfas, de que nos
habla la leyenda mitológica.
Pero una noche... ¡El fuego del deseo me abrasaba en sus llamas! Mi cerebro, congestionado por
la acumulación de sangre, no me dejaba pensar.
Allí donde miraban mis ojos sólo veían manchas
rojas. Parecía que el corazón, en su palpitar furioso, iba á salírseme del pecho. Perdí la noción
de la realidad y creí morir.
Por un esfuerzo soberano de la voluntad me
levanté de b butaca y subí tropezando, como una
fuerza inconsciente y ciega, la estrecha y empinada escalerilla que conducía á los cuartos de los
artistas.
Hice un descanso al llegar al primer piso. Luego seguí mi penosa ascensión, agarrándome á las

Luego se vistió.
Yo me sentía ya más tranquilo, más dueño de
mí mismo, capaz de la reflexión y de la palabra.
Mis ojos, que lo veían antes todo rojo, ahora lo
veían todo azul, del color de las pupilas de Fanny.
- Perdona ... No he podido contenerme ...
Estaba loco ... Estoy loco... ¡Oh, si tú supieras
lo que te amo!
Y cogiéndola una mano y besándosela:
- Desde que te conozco mi vida no es vida ...
Siempre pensando en ti, á todas horas, en todos
los momentos ... Siempre pensando en ti, de día
y de noche . ..
La 'J1tt1zeca suspiró.
- ¡Cuánto le envidio á usted, cuánto te envidio!
- ¿Que me envidias? ¿Por qué?
- Porque amas.
Pasó así como una sombra por sus ojos azules,
y dejó de sonreírse.
- Yo no he amado nunca- continuó -. Dicen que no tengo corazón. Yo no he amado nunca.
Vol vió el azu I á sus ojos y volvió á sonreirse.
- l\1ira; yo no soy más que una muñeca, una
pobre muñeca de carne, sin alma y sin entrañas.
Haces mal en quererme. Yo soy insensible como
la piedra. La Naturaleza me ha hecho impotente
para el amor. Y ya la diosa Venus, sorda á las
súplicas de los mortales, no es capaz de repetir el
milagro de Pigmalión.
Como respuesta á sus palabras, volví á cogerla
las manos y á besárselas.
- Yo te quiero tal como eres.
La 1lfo1icca suspiró:
- ¿Dónde hallar la fuente que sacie mi sed?
La apreté ambas manos con fuerza, y mirándola fijamente á los ojos:
- ¿Y Capuani?

Volvió á obscurecerse el azul de sus pupilas.
- ¡Ah! ¿Conoce usted mi historia?
Y después de una pausa, exclamó solemne:
- ¡No; Capuani, no! ¡Ese, menos que ninguno!

** *
El marqués interrumpió bruscamente su narración para preguntarme:
- ¿Usted se hubiera enamorado de la J,fw2eca?
Y antes de que yo le contestara:
- Desconfíe usted de los hombres que no son
capaces de amará ciertas mujeres.
*
* *

- No, no fuí muy feliz-siguió el marqués el_ año _escaso _que viví con Fanny. Los primeros
d1as, s1, ~~recia contenta, pero después ...
- Deiame, yo me conozco; el teatro es para

mí una distracción; temo aburrirme en estas noches tan largas.
Yo protestaba.
- ¡No!, ya no han de verle más ojos que los
míos.
Ella insistía suplicante.
- ¡Qué tonto eres! ¿Pero es que vas á tener
celo:? ¡_Qué importa que siga desnudándome ante
el publico! Ya sabes que mi cuerpo no tiene misterios para nadie. ¡Llevo tantos años exhibiéndome!. .. Hasta en las postales me puede ver quien
quie~a tal y como soy.
Estas palabras, en boca de otra mujer, hubieran n?ª!ªd? en mí toda ilusión de amor. Pero yo
trans1gia_ siempre, sumiso á sus caprichos, porque
me sentia cada vez más locamente enamorado
de ella.
*

* *

. Yo no puedo asegurarle á usted si aquella muJCr ?ra buena ó mala; sólo puedo decirle que me
hacia sufrir _mucho.

�Una noche, sentada á mis pies, sus manos entre las mías, se empeñó en contarme, á pesar de
mis protestas, la historia de sus amores.
- No, no quiero saber nada... Calla... ¿A qué
atormentarme? Olvidemos el pasado. Yo te lo perdono todo. Tu vida comienza para mí desde que
nos amamos. Ya sé que has sufrido mucho. ¿A qué
recordar ahora? ... Quiero vivir en la ilusión de
que has sido sólo mía.
Ella insistió.
- Es un caso de responsabilidad ... Vives engañado... Es preciso que sepas. . .
La tapé la boca con las manos.
- Lo sé todo y te lo perdono todo.
- ¡Que vida la mía! ¡Figúrate! ¡Rodando por
el mundo desde los trece años!
La alcé del suelo y la senté á mi lado.
- Bésame y calla. ¿A qué hacerme sufrir recordando? ... Ya te he dicho que lo sé todo, tus
amores con el duque de las Tres Gracias ...
- ¡Oh, no me hables de eso! ¡Qué vergüenza!
- Tu amistad con el canalla de Capuani...
- Sí, tienes razqo; canalla y más que canalla.
- Tu vida en París. ..
- ¡Vida de abominación y de escándalo!
- Tu amistad con «el hijo de Musset &gt; ...
- ¿Lo sabes todo y me perdonas?
La besé en los ojos.
- Sí, te perdono porque te amo.
- ¡Qué bueno, qué generoso eres! Pero ya lo
ves, yo no soy digna de ti. Haces mal en quererme. Yo soy muy mala. Cualquier día.. . La fidelidad, la constancia, son virtudes que no ha querido darme Dios.
Volví á taparla la boca con mis manos.
- ¡Calla! ¡No hables así!
Pero ella insistió.
- Yo soy muy mala... Cualquier día... Créeme, es una desgracia que te hayas enamorado
de mí.
*

* *
Una mañana, al levantarse, me enseñó sus brazos desnudos.
- ¿Te has fijado en esta cicatriz? Es un recuerdo de Capuani. Una noche llegó desesperado. Había perdido todo su dinero - . «¡ Per Baco!, creo
que tú me traes la mala sombra... ¡Voy á matarte!• Se tambaleaba al andar. ¡Aquella noche la había tomado en grande el caballero! - «¡Perra, más
que perra, me estás arruinando. Desde que cometí la estupidez de traerte conmigo, para que me
calentaras la cama, la suerte me ha vuelto las espaldas. ¡Cochina! ¿Sabes cuánto he perdido esta
noche? ¡Mil doscientas pesetas! ¿Te enteras, perra?
¡Mil doscientas pesetas! ¡Te voy á deslomar!, Y
cada vez más furioso me amenazó con el bastón.
Pero yo era más fuerte que él y se lo arrebaté de
las manos-. ¡Borracho! ¡Conmigo te atreverás! •
- «¡Ah, me insultas!» Y de repente se arrojó sobre mí. Luchamos. Pero el miserable iba armado
de una navaja y me hirió en un brazo. El terror
me hizo gritar-. «¡Asesino!&gt; Al verme llena de
sangre se echó á llorar-. «¡Por el Santo Padre,
no me comprometas!&gt; Yo seguía gritando: - «¡Asesino, más que asesino!&gt; - «Calla y te compro un
collar de perlas., Y se arrastraba á mis pies sollo-

zando: - «¡Perdóname, perdóname; te juro por la
Madonna que no volveré á maltratarte.&gt;
Y para vergüenza de él, aquí está esta señal,
reveladora de su crimen; esta señal que, como
castigo, le he hecho besar tantas veces.
¿Por qué Fanny se complacía en contarme estos horrores? No lo sé. ¡Qué extraña psicología la
de aquella mujer!

***
Una noche me dijo:
- ¡Qué mala soy! ¿Verdad? ¡Qué mala soy! Yo
debiera quererte, aunque no fuera más que por
agradecimiento. Pero ya te lo dije la primera vez
que hablamos: yo no tengo corazón, yo estoy vacía por dentro.
¿Ves cómo no te mentía cuando te aseguraba
que la Naturaleza me había hecho impotente para
el amor? Es una desgracia, ¿verdad? ¿Qué haría yo
para ser como las demás mujeres? ¿Qué haría yo?
Mira, no quiero engañarte. Yo podía decirte,
si fuera como tantas otras, una mercenaria, una
profesional, que habías realizado el milagro santo
de hacerme sentir. .. Pero me repugna la mentira.
¡No! Mi alma y mi cuerpo están muertos y no hay
modo de darles vida. Amarme á mí, es lo mismo
que amará una sombra.
¡Vete, sí, vete y déjame! Yo no merezco que
me quieras como me quieres. Bien hacen los hombres en huir de mí. Yo soy el peor de los pecados: el pecado estéril.
Ya has podido convencerte que en mi cuerpo
no hay calor de vida, sino frío de muerte. ¡La Muñeca! Yo no soy más que eso: una muñeca.
Sí, vete, déjame. Busca el amor de una mujer
que sea mujer.No vengas á llenar tu cántaro en mi
fuente,porque mi fuente está seca y no hay en ella
agua para tu sed. Yo no soy Rebeca, sino Fanny
Harrison, la hija de la Merengue y de Perfecto IX
En el gran silencio de la alcoba, sentí el rechinar de sus dientes. La besé en los ojos. Sus ojos
estaban secos.
- Llora, Fanny, llora.
Fría como una muerta, y sin decir palabra, se
arrojó en mis brazos. Su cuerpo se estremecía convulsionado.
- Llora, Fanny, llora; eso te hará bien.
Vi brillar en la obscuridad sus ojos espantados.
- ¡No puedo! ¡No puedo!
Y rechinando los dientes:
- ¡Vete, vete, ó me iré yo!
La cogí de nuevo en mis brazos, y con palabras seguidas de besos la dije emocionado:
- Yo te quiero tal como eres, fría, insensible... Yo te quiero tal como eres. No hay mujer
que me haga sentir como tú. Tú eres mi único
amor, mi último amor. Desearía ser poeta para decirte todas estas cosas en verso.
«En tu boca roja y fresca
bebo, y mi sed no se apaga ...»

Decirte todas estas cosas acompañadas de la
música de mis besos.
¿Por qué desconfiar del amor? Yo sé que ha de

adoro tal cual eres! Basta á mis deseos con que te
dejes querer. ¡Pero de mí solo! ¡De mí solo y de
nadie más!
Y de pronto, irritado por su silencio:
- Sí, ya no puedes ser de nadie más que de
mí. ¿Lo oyes? ¡Más que de mí! He tomado de por
vida posesión de tu cuerpo. Ya no te pertenece~,
ya eres mía, ya eres de mi propiedad.
Ella entonces me besaba asustada.
- ¡Tuya, sóln tuya!
Yo seguía gritando exaltado:
- ¡Oh. la idea de perderte me vuelve loco! Ya
no podemos separarnos; ¿es verdad que ya no podemos separarnos nunca? La suerte está echada;
lo que sea de tí será de mí. ¡Unidos para siempre,
unidos en vida y en muerte!
Fanny seguía besándome para calmar con sus
caricias la furia de mis celos.
- . .. Y si tú me abandonases por otro hombre ... ¡Oh, no quiero pensarlo! Si tú me abandonases . .. ¡iba á espantar al mundo con el horror
de mi venganza! ¡Tú no sabes quién soy Yf?, tú no
sabes de lo que yo soy capaz! ¡Teme á mis celos
corno al mayor de los males! ¡Imagínate si se trocara mi amor en odio! ¡Imagínate! ¡Ni Dios, con
todo su poder, podría librarte de mi furor! ¡_Oh,
entonces, ya que no he podido hacerte sentir el
placer, yo te aseguro que te haría sentir el dolor!
Y la estreché en mis brazos furioso, con el pro* *
pósito de ahogarla.
- ¡Oh, dueño mío, cuánto me quieres!
.
Estas horribles escenas se repetían todas las
Avergonzado de mi brutalidad, besé sus pies
noches. Fanny, fría siempre como una muerta, me
contrito, en demanda de perdón.
abrazaba suspirando. Yo procuraba consolarla.
- ¡Pero júrame que no me abandonarás nunca!
- ¡Pero no te aflijas! ¡Cómo decirte que te

llegar un día en que hemos de adorarnos al unísono, que ha de llegar un día en que han de arder
nuestros cuerpos en un mismo fuego y nuestros
corazones en una misma llama.
- ¡Oh, si tú pudieras hacer ese milagro! ...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
- Me pasaría la vida á tus pies, adorándote.
Yo seguí hablándola con la elocuencia sugestiva de la pasión.
- Pues basta para el milagro con sólo tuvoluntad. ¡Entrégate á mí entera, en cuerpo y alma!
¡Oh, si tú quisieras, si tú quisiera_s!. .. Todo
es sensible en la Naturaleza; desde la piedra hasta
la planta, todo' es sensible. ¿Cómo no has de se~lo
tú, pobre criatura! Blasfemas al asegurar que Dios
ha podido,equivocarse haciéndote impotente para
el amo1. Pero si es así, rectifiquemos la obra del
Creador. Yo me siento con fuerzas para todo.
Mira, yo soy capaz de robar el fuego de! cielo sólo
para calentarte los pies. . . ¡Pero quiéreme un
poco! ...
Su boca se unió á la mía con un beso que terminó en un suspiro.
- ¡Ay, dueño mío, si bastara sólo con la voluntad!
- Probemos.
- Probemos.
*

�- ¡Te lo juro!
- ¡Que no amarás á nadie más que á mí!
- ¡A ti solo! ... ¡Te lo juro!
- ¡Mía para siempre!
- ¡Sí, para siempre! ¡Tuya, sólo tuya!
Apoyé mi cabeza sobre su seno y lloré hasta
quedarme sin lágrimas.
*

* *
- La señora salió esta mañana temprano y
aun no ha vuelto. Ha dejado esta carta para el
señor marqués.
Subí como un autómata las escaleras, llegué
á la alcoba y di luz.
- ¿Qué será esto? ...
Mis manos temblaban al romper el
sobre.
- ¿Qué será esto? ...
El marqués interrumpió nuevamente su narración para
apurar otra copa de
cognac.
- ¡Diablo! Esta
botella no se acaba
nunca.
Luego sacó de la
cartera un papel
arrugado.
-Aquí tiene usted la carta que me
escribió la .llfuiieca. ¡Oh, las mujeres, las mujeres!
¡Ni una buena!
Y con voz que hacía temblar la emoción, comenzó á leer:
«¿Yes como soy muy mala?¿\'es comonoten"gO corazón? Queriéndome como me quieres, me
voy y te dejo. ¡Dios mío! ¿Qué clase de mujer soy
yo? ¡Mal fruto echó á la tierra mi madre!
No te pido perdón. No lo merezco. Además, el
odio puede perdonar alguna vel, pero el amor
nunca. Y tú, á pesar de todo, continuarás queriéndome. ¡Sí!, d pesar de todo. Te he herido de
muerte en el corazón. Me voy tranquila, porque sé
que no hay mujer en el mundo que pueda hacerte olvidar á tu .llfuTteca.
~Por qué te abandono? ¿Por qué te dejo? Yo estaba decidida al sacrificio, yo estaba resuelta á no
separarme de ti en la vida. Pero ha venido Capuani, y ese hombre tiene sobre mí un poder de
sugestión irresistible. Ante él no tengo voluntad.
A una voz suya, á un mandato suyo, le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
¿Que por qué ejerce sobre mí tal poder ese
hombre? No he querido decírtelo antes por no
herir tu susceptibilidad, por no provocar tus celos. Capuani - ¡perdona, pobre enamorado, esta
declaración que las circunstancias me obligan á
hacerte!-, es el único sér en el mundo que me
ha hecho sentir el amor. Y por eso le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
Ese hombre es mi hombre. Y ese hombre
es un miserable; lo sé, me consta... Mala soy
yo, pero comparada con él. .. Te digo que no tie-

ne una condición buena. Un miserable completo.
¡Oh, !o conozco bien! Su único amor en la vida
es el dinero. Por el dinero ha sido ladrón, por el
&lt;linero acabará en asesino.
Ya estoy en su poder y sé la Yida que me espera. Yo no soy para él sino un vil objeto de explotación. Me lanzará de nucyo al teatro, me buscará
un «señor• de dinero ...
¡Oh, pero tengo la esperanza de que alguna noche, Yencido por mis súplicas, se digne ser mi
amante por unas horas!
Me queda aun mucho que sufrir en la vida. Ca¡JUani será tu yengador. Ese hombre ha venido al
mundo para mi castigo. ¡Si vieras lo que le odio!
¡Si vieras también lo
que le amo!
Me \"Oy lleYándorue mis alhajas y el
dinero que había en
el sccrctaire. Es decir, me voy robándote. Capuani me ha
obligado á cometer
este nuevo delito. Yo
me resistía. Pero llegó á pegarme. Y cedí, cedí como siempre. Ya te he dicho
que su voluntad es
mi ley.¡Oh, ese hombre! ¡Cómo se complace en degradarme! ...
No trates de Yolver á verme. No sé
en definiti\·a qué planes son los de Capuani. Me ha
hablado, vagamente, de un viaje á la Australia. El
estuvo allí, hace tiempo, y ganó mucho dinero. «Oh, una gran colonia, pequeña; la mayor del mundo, más de tres millones de habitantes: ¡calcula si
hay allí gente á quien explotar!•
Capuani, que en el fondo es un gran cobarde,
teme que des parte de mi fuga á la policía y me
mandes detener. • - Sí, pequeña; hay que poner
tierra de por medio.•
Yo sé que no cometerás tamaña locura. Tú eres
quien erE&gt;s y yo soy quien soy. El marqués de Uugo
no puede degradarse hasta el extremo de perseguir
á la .llfuíieca. Sería concederla demasiado honor.
¡Adiós! Ya no volveremos á vernos más. Olvídame, si puedes. ¡Qué mala he sido contigo! Tú,
en cambio ... ¡Como que eres el único hombre que
me ha amado en la vida! ¡El único!
¡Adiós! Odiame, pero no me desprecies. Después de todo, soy digna de lástima. ¡"Ko me desprecies! ¡Y adiós para siempre!•
Y luego, á modo de posdata:
•¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón!•
El marqués guardó cuid:i.dosamente la carta y
quedó en silencio algunos minutos. Después se
echó á reir y blasfemó á gritos, en un terrible acceso de cólera:
- ¡Cuando le digo ú usted que todas son unas
perras!
*
* *
- Vamos con el final de mi historia:
Leí yo no sé cuántas veces la carta de la Jin-

iieca sin enterarme de lo que leía. • - ¿Será verdad, será \'Crdad?• Luego apagué la luz y caí sobre la cama sollozando. Me pareció ver brillar en
la obscuridad los ojos fosforecentes de Fanny.
• - ¡Oh, ven, ven y te lo perdono todo!• Y estuYe llamándola á gritos, hasta enronquecer, yo no
sé cuanto tiempo: e - ¡Fanny! ¡Fanny!•
Dcsf)ués se apoderó de mí un furor frenético,
y arrojándome de la cama, corrí por la habitación
como un loco, destruyéndolo todo, rompiéndolo
todo: el espejo en que Fanny se miraba desnuda
antes de acostarse, nuestra cama, la chaissc-longue,
pequeña y estrecha, en que nos sentábamos para
hablar de nuestros amores ...
Pasado el acceso nervioso rompí de nuevo á
llorar. Después perdí el sentido y ya no sé lo que
fué de mí en mucho tiempo.
Estuve más de un mes entre la vida y la muerte. La fiebre me consumía. Los médicos llegaron
á desconfiar de mi salvación. Pero al fin sané del
cuerpo, ya que no del espíritu. «¡Bicho malo nunca
mucre!•
La convalecencia fué larga, muy larga. Un día
se me ocurrió mirarme al espejo. l\Ic costó gran
trabajo reconocerme. ¡Dios, á lo que había quedado reducido el marqués de Rugo!
Era el tipo perfecto del don Juan dccadeQtc,
el pelo y la barba blancos, la frente surcada de
arrugas, las mejillas flácidas, la mirada muerta.
Lloré mi juventud agotada y juré vengarme de
la infiel que así había dcstruído mi vida.
***

\

Recorrí palmo á palmo todo Mat.lrid en busca
de la ingrata. Lo del viaje ú la Australia me parecía una patraña inventada por Capuani para despistarme. Pero todas mis pesquisas fueron inútiles. El pájaro había volado. Pasó tiempo. Yo seguía siempre firme en mis propósitos de vcnganz:1.
Por fin, un día, alguien me dijo: e - ¿La 1l[niicca? No hace mucho que me pareció verla. ¿Dónde fué? ¡Ah, sí!, en París, en no recuerdo qué calle
del Barrio Latino. Debe trabajar en algún teatrucho ele aquel quarticr.•
Aquella misma tarde tomé el sudcxprcso y me
fuí á París. Mi amigo no me había engañado. Una
noche ...
El marqués se sirvió una nueva copa clccognac.
Después continuó:

- Una noche. . .
Estamos en la «casa• de los grandes «cancioneros• del q11artier, en el cabaret de Los gatos.
¿No conoce usted ese cabaretr Es uno de los
más curiosos de París. Yo se lo describiré. Tenemos tiempo. ,\un queda cognac.
Sentados en altísimos taburetes, fumando sus
pipas, el bock de cerveza en la mano, se hallan los
artistas del «establecimiento».
Entre ellos creo adivinar ú Capuani - ¡á Capuani! - , cuyo retrato vi hace tiempo en un periódico de teatros.
Oculto en un rincón, observo á los artistas.
¡Qué admirables tipos! El uno me recuerda á nues-

�..

1

I

tro Espronceda, con su gran melena negra, lustrosa de pomada, su bigote y perilla románticos, y
sus ojos de mirar vago y triste, absortos en la contemplación del ideal.
A su lado se sienta un hombrecillo con pretensiones de elegante, un parisiense á la moda, el bigote encrespado á lo Rostand, la cabeza peinada á
lo Cleo, la mirada insolente, el gesto altivo...
Un viejo gordo, de cabeza calva y ojos saltones, la nariz torcida, la boca desdentada, parece
presidir la reunión, y la anima, desde luego, con
sus ruidosas carcajadas.
A su lado se sienta Capuani, que entretiene al
público, desde su alto taburete, imitando el canto
del gallo ó el arrullo amoroso de la paloma.
Un tanto separada del grupo de los artistas, se
halla una joven vestida de azul, rubia, blanca, delgada, espiritual, la cabeza apoyada en la pared,
los ojos fijos en lo alto. Es la «musa» del cabaret.
En el mostrador, un anciano de barba blanca,
con enorme monóculo en el ojo izquierdo, vestido
de frac, pone en orden las botellas de la anaquelería.
Un gato de Angora, blanco como la nieve, de
patas sobre una mesa, maúlla con lúgubre acento
su canción de amores.
El cabaret está lleno de gente y hace un calor
insoportable.
***

Comienza el espectáculo.
«Abre plaza• el hombrecillo con pretensiones
de elegante, quien recita, con voz molesta de falsete, unos versos lúgubres, insultando á la Luna.
Luego aparecen el romántico á lo Espronceda
y el hombre gordo, y cantan á dúo unos couplets
sin ingenio y sin talento, que corean los espectadores.
Después entra en escena la joven vestida de
azul, que musita una candón indecente titulada
Toute la lyre.
De pronto el público prorrumpe en gritos:
- ¡Eh! ¡Eh! ¡La llfuñeca!
Y apareció Fanny.
Yo no sé que pasó por mí al verla. Fué aquello como una suspensión, como una paralización de
la vida. Creo que por espacio de algunos segundos - ¡t:xtraño fenómeno patológico! - , agotadas
de pronto mis energías físicas, dejaron de funcionar el corazón y el cerebro.
Cuando volví á la vida, Fanny se adelantaba
al público, sonriendo como siempre, con sonrisa
banal y acariciadora.
Mis ojos no se cansaban de mirarla. Estaba
muy cambiada. Ya no era aquella chiquilla alegre
de La Mu1ieca en el bosque, que andaba á sal titos
como los pájaros y reía á carcajadas.
Había envejecido; sus ojos azules no brillaban
ya como brillaban antes, con luz tomada del mismo sol; pálida, á pesar del colorete con que manchaba sus mejillas; la boca contraída por una mueca dolorosa que quería parecer una sonrisa, la pobre Fanny no era ya sino una somhra de aquella
otra Fanny de mi adoración.
¡Y su cuerpo! ¿Qué se había hecho de aquella
carne que yo besaba tanto? ¿Cómo en unos cuan-

tos meses se había marchitado, se había secado
aquella flor de amor?
Yo la encontraba hermosa, sin embargo. Su
belleza había adquirido en el sufrimiento cierta
dulce majestad. No era ya, no parecía ya la Magdalena pecadora - frivolidad y vicio-, sino la
Magdalena arrepentida - pena y amor.
Mis ojos no se cansaban de verla. Pero toda mi
cólera, todo mi odio habían desaparecido. Ya no me
sentía capaz de matarla. Recordé aquellas palabras
de su carta: «Me queda aun mucho que sufrir en
la vida. Capuani será tu vengador. Ese hombre ha
venido al mundo para mi castigo.• ¡Sí; bien estaba
pagando su traición!
De pronto, el público, puesto en pie, comenzó
á gritar:
- ¡El cuéhillo y la rosa! ¡El cuchillo y la rosa!
Cayó la cortina y á poco volvió á levantarse
para la representación de la pantomima.
Fanny apareció, como yo la había visto tantas
veces, triste y llorosa, contándole á la Luna sus
cuitas de amor.
¡Oh, qué hermosa me pareció entonces! ¡Y
pensar que aquella mujer había dejado de ser mía!
Y sentí que el fuego del amor volvía á abrasarme
el alma.
Pero apareció Capuani á representar el papel
del bandido Alejandro, y al llegar el momento en
que éste y Dorotea se besan, vi cómo la llfuñeca
se transfiguraba, y volvía el brillo á sus ojos, y el
color á su cara, y la sonrisa á sus labios.
Loco de celos, pensé matarla en aquel momento. «¡Ah, sigue enamorada del italiano! ¡Bien clarn
lo he visto! ¡Y yo, insensato, que estaba dispuesto
á perdonarla. •
Fanny comenzó á bailar. Cerré los ojos para no
verla. «¡Ah, pérfida!• Y aprovechando un momento en que el público, puesto en pie, aplaudía entusiasmado, abandoné cautelosamente la sala.
Ya en la call-e, examiné tranquilo mi revólver
Browing. Estaba bien cargado. Y esperé. Al dar la
una, cogidos del brazo, salieron por la puerta del
escenario ella y él, la Muñeca y Capuani, dirigiéndose, por el boulevard Saint-Michel, camino de los
puentes.
Seguí sus pasos con andar silencioso, esperando una ocasión en que poder abordarlos.
Iban disputando. La voz femenina de Capuani
se enronquecía al gritar. Algunos transeuntes se
detenían para observarlos.
· - Ahí va la ll111ñeca.
Llegamos al Puente Nuevo. Miré receloso á un
lado y á otro. ¡Estábamos solos! ¡Ellos y yo, y nadie más! Saqué el revólver y grité:
- ¡Eh! ¡Tú! ¡Fanny!
Volvió la cabeza asustada.
- ¡Dios mío! ¡El!
Capuani se dirigió á mí amenazador.
- ¡Mala peste de apaches! ¡Eh, compañero, cuidado conmigo, que yo también sé defenderme!
Le apunté con el revólver.
- ¡Vete y déjame con Fanny, ó te mato aquí
mismo como á un perro!
- ¡Compañero!. ..
La ,A!uñeca intervino.
- Es el marqués de Rugo.
- ¡Diablo! ¿E.! marqués de Hugo?
-Sí.

1

gañé, faltando á la fe jurada... Puedes matarme,
estás en tu derecho.
Y después de una pausa:
- No querrás creerme si te digo que hace
mucho tiempo que te esper,0 impaciente. ¡Oh',
¿cuándo vendrá el vengadór? - me preguntaba
todas las noches-. Ya estás aquí; ¡bien venido
seas! Ya estás aquí. Ahora no perdamos tiempo.
Yo besaré, agradecida, la mano con que me hieras.
Pero acaba de una vez y no prolongues más mi
suplicio. ¡Acaba de una vez!
Hizo una pausa, se ahogaba, y después continuó:
- ¡Si vieras qué alegría tuve cuando me lla*
* *
maste en el Puente! Luego, debo confesarlo, he
sentido un poco de miedo. Pero ya no; ya estoy
tranquila; ya espero, resignada, la muerte.
Estábamos solos, ¡solos los dos!
Y de pronto, con voz que hacía enronquecer la
- Levanta la cabeza y mírame.
cólera:
- No puedo ... no me atrevo.
- ¿Has visto cómo huyó el cobarde? ¿Has visLa cogí la cara con ambas manos, á pesar de
su resistencia, y estuve contemplándola unos mo- to cómo huyó sin defenderme?
La respondí con una injuria,
mentos en éxtasis.
- Para tal señora, tal caballero.
- ¡Siempre hermosa!
- Tú no sabes lo que me ha hecho sufrir duPor fin se atrevió á mirarme. Me pareció que
rante
este tiempo - siguió diciéndome Fanny - .
el azul de sus pupilas se había tornado negro.
¡Oh, he llegado á lo último! Yo no sé ya quién es
- Acaba. .. Puede venir gente.
Me sentí acometido por un nuevo acceso de más miserable, si él ó yo...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
turor.
- Tú has venido á salvarme... ¡Oh, verme li- ¡Silencio! ¡Tú no tienes derecho á hablar!
bre de él, romper las cadenas que me sujetan á
¡Ven aqui!
ese hombre!. ..
La arrastré hasta un farol inmediato.
Cayó de rodillas, p uestas las manos en cruz.
- ¡Quiero ver las manchas que ha dejado en
- Ahora que voy á morir me perdonarás todo
tu piel la baba de Capuanil
el
mal
que te he hecho, ¿verdad? ¡Oh, déjame que
Ella protestó suplicante.
- No me martirices... Acaba de una vez... te bese los pies! Humillándome á ti me ensalzo.
Yo seguía miránd0la, mirándola con ojos de Ya sé que he sido muy mala contigo, muy mala ...
¡Déjame que te bese los pies!
loco, que debían asustarla.
La levanté del suelo, donde se arrastraba y,
- ¡Acaba de una vez!
sin
poder contenerme, la besé, apasionado, en la
Me eché á reir.
- No tengas prisa ... Tenemos tiempo de so- boca.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
bra. ¡Si yieras lo que gozo viéndote sufrir!
Ella se resistía, forcejeando por desasirse de
Y después de una pausa:
- ¿Qué haría yo contigo?, ¿qué haría yo con- mis brazos.
- No... , ya no es posible.
tigo? Quitarte la vida me parece poco. ¡Un casti- Pues entonces - la grité colérico - , ¡prego más grande! ¡Ah, quisiera tener en estos mopárate
á morir!
mentos la inspiración de un inquisidor! ¿Qué haría
- ¡Haz de mí lo que quieras!
yo contigo!
- ¡Ah! ¿De modo, que con todos menos conElla seguía mirándome aterrada, sin atreverse
migo? - seguí furioso-. Pero, ¿qué te he heá decir palabra.
- ¡Habla; te autorizo para que hables! Díme cho yo? . . .
- Sí, con todos, menos contigo, porque tú
qué debo hacer para castigar tu traición. Tú que
eres maestra en la maldad, debes saber de estas eres el único hombre en el mundo á quien quiero,
eosas de crímenes y venganzas. ¡Habla, mala hem- del modo especial que yo soy capaz de querer.
- ¡Calla! ¡No mientas más! La verdad es que
bra, habla! ¡ Ya ves si soy insensato que todavía
sigues
enamorada de Capuani.
gusto de oir el engaño de tu voz!
Declaro á usted que, en aquellos momentos,
Ella seguía callada, mirándome con ojos de esestaba completamente loco, y no podía, por tanpanto.
- ¡Ah! ¿No quieres hablar? ¿No quieres defen- to, ser responsable de mis actos ni de mis palabras.
derte?
- ¡Prepárate á morir! - la grité.
. La cogí por ambos brazos, sacudiéndola fu- Preparada estoy - me respondió con voz
noso.
entera.
- ¿No quieres hablar?
- ¡Reza!
- Suéltame, me haces daño - gimió la mi- ¡No sé!
serable.
- ¡Llora!
Y luego, con una voz muy triste, que yo no le
- ¡No puedo!
habla oído nunca:
Pero, á pesar de mi cólera, no me decidía á
- Sí. .. , acaba de una vez. , . Mi vida es tuya;
dispón de ella como te venga en gan:1, .. Te en- matarla, Tiré el revólver al suelo.

- ¿El marqués de Hugo?
Y el miserable echó á correr acometido de súbito terror, perdiéndose á poco entre las sombras
de la noche.
Cogí á Fanny de un brazo y la llevé arrastrando hasta Nuestra Señora.
Ella no opuso la menor resistencia.
Sólo la oí decir:
- ¿Para qué. mancharte las manos de sangre?
Si quieres, ahí, en el Sena, yo misma...
La respondí con una carcajada.
- ¡Calla, perra!

�~ue,·amente clamú &lt;ioloritla la ,·oz ele Fanny:
- ¡,\caha de una \'ez!
demasiado noble para ti ... U na na\'aja ... ¡Si tuYo hice como que no la oía, y conlinué implaviera una navaja!. ..
eablc:
).le registré los bolsillos febrilmente.
- De modo que, ni corazón para sentir, ni ce- ¡lTna nanja!•.. ¡Una navaja!...
.
rebro
para pensar; que eres una muikca, una verY de pronto, arrojándome furio~o ! obre la indadera muñeca de carne, ¿no es eso?,
fortunada:
¡Qué birn te conocía Capuani! El te bautizó
- Voy á ver si efectivamente eres una muñeco:1 ese apoca. ,\quí, en el pecho, todos tenemos
uo denigranuna piltrafa de carne que se llama cote: ¡La Ji/,;razón. ¿Qué tienes tú ahí dentro? Voy
1iccn!
;í Yerlo, aunque, para ello, sea preciso
Dieron las
destruir el precioso mecanismo de tu
dos.
cuerpo. ¿Qué tienes tú ahí dentro?
--No creas
Y, mirándola fijamente ú la cara,
que porque
con ojos de loco:
he tirado el
- ¡Sí!, el insensato he siclo yo, que
revólverme he ('namorado de una muiieca. Ahoseguí dicienra que te contemplo sin pasión, me condo -- te pervenzo de que no eres más que eso: un
dono la \'ida.
húbil artificio de mujer, una apariencia
Esta es tu
engañosa de crialura humana.
íil tima no¡Xo te aprieto más en mis brazos,
che. ¡Lástiporque temo
ma no haber
romperte!
traído una
¡Débil es la
na,·aja! Pero
arcilla con
me basta con
que la Xatumis manos.
raleza consQuic-:·11 sentruyea l homtir,alahogarbrC'; pC'rnm,ís
te, cómo podébil es la
co ;í poco \.e
pasta - ¿se
ya acabando
llama biscuit.'
tu yida. ¡Ah,
- con que
quiero que
estás hecha
sufras, quietú.
ro castigar tu
Pero ¿cócarne con tomo es posidos los torble que mis
mentos del
ojos no hayan
dolor!
visto antes
Y de pronlo que ahora
to, en un acven? Todo
ceso de locuen ti es posra, la cogí por
tizo, artifiel cuello, decial; todo en
cidido á ahoti está muergarla.
to ... ¿Qué
l'erosenmano mistetí mis manos
riosa mueve
humedeciel hilo que
das por. sus
davidaá
lágrimas.
tu cuerpo?
¿Lloras,
Fanny,
lloras?
le
pregunté.
¡Sí!, ere!&gt; una muñeca con apariencias humanas,
:\'o me respondió.
una pobre muñeca... ¿Ves? Por mús que busco no
- ¿Lloras?
te encuentro el corazón ... , por más que busco,
- ¡Si'. - me contestó entre sollozos.
por mús que escudrii\o.
La cogí, conmoYi&lt;lo, en mis brazos.
¿\' pensar? ¿Piensas? ¿Tienes cerebro y en el
¡Sí que lloraba! ¡El milagro estaba hecho! ¡La
cerebro ideas? Ya sé que,desgraciadamentc, eres
capaz de la palabra. .. ¿Pero hablas mecánicamen- muñeca se había coll\·erlido en mujer'.
- ¡Pues si lloras, estás sah'ada!
te, como los fonógrafos? ¡Dime la verdad, no me
Se separó de- mis brazos, y con yoz resuc\t;i:
mientas! Ya ves que estamos solos y nadie ha de
- ¡~o! ¡Quiero recibir la muerte de tus maen tcrarse ele tu secreto.
nos!
¡Así Dios me perdonará!
Dime; ¿es que tienes en el cerebro una mú- ¡\'etc!
quina ele producir ideas? ¡Xn me extraí'íaría! Yo
- ¡~o!
creo en todos los progresos de la ciencia. ¡Vién- ¡Te perdono'.
dote á ti, cómo no creer en ellos!
-

~o ... , esta es un arma demasiado diJna,

- Pues entonces...
Y echó á correr con dirección á los puentes.
Yo la seguí á gran distancia.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
Siguió corriendo. De pronto se detuvo y gritó:
- ¡Adiós para siempre!
Y de un salto se arrojó al agua.
- ¡Fanny! ¡Fanny! - clamé desesperado.
Todavía la oí decir:
- ¡Adiós, amor mío!

. . . . .. . .. . . . . . . . . .

. . . .. . . . . . . . . . . . . .

La botella del cognac se había terminado. Y el
marqués, ya completamente borracho, me miró
con sus ojos ele fuego, nublados ahora por las lágrimas, y me dijo suspirando:
- ¡También las aguas del Sena pueden ser purificadoras como las del Jordán!
Luego, repitió maquinalmente (ya no se ciaba
cuenta de lo que decía):
- ¡Ni una buena, ni una buena! .. .

.. .. .. .. . ..........................
. ....... . ... ... .. . ......... . ........ .

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad art1s1ica y literaria. No se devuelven los ori&amp;inaks. Et papel empleado en esta
revbta es de la Papelera Espaftola. Fotograbados de Ourá y Comp&amp;llia. Imprenta de José Blass y Cia., San Mateo 1, Mad,id,

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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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