<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20202" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20202?output=omeka-xml" accessDate="2026-06-10T19:19:35-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16571">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/426/20202/El_Cuento_Semanal_1907_Ano_1_No_49_Diciembre_6.pdf</src>
      <authentication>df0d5328e577475bb7a9c360d3a79e70</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="562693">
                  <text>Consultorio &amp;rafológico &amp;HltHTftEH
=--- Respuestas

=

·

. _M. Teh Déje'.-:- Sen~ibil_idad exquisita; desvelo; gran. amabilidad; conciencia bien cqu1l1brada; voluntad pacienzuda; vivacidad; naturaleza replegada sobre si misma; imaginación graciosa; amor al dmero; carácter bastante al~Rte; gran generosidad;
temperamento inmaterial; gran desconfi mza. Mandé la anterior semana la carta que me hizo usted el honoT de confiarme y
siento que su amiga de usted la reciba.con tanto retraso, péro
me ha sido inlp'osible contestarle á usted más pronto por no ha. berJe.Jlegado el turng. . . . .
. . • . . . .
. • • •• . • ••
Un rana, Zaragoza. -SellSj.bilidad -que cae -en la susceptib!lidad; C!lráct~r bastan!~ interesado; n_aturaleza que se deja fácilmente invadir por la tristeza; descon!Janza de si mismo; carácter bueno y tierno, pero incapaz de defenderse en la vida· intuición extraordinaria; temperamento linfático.
'

¿ DESEA USTED SABER

~~__:ft?

CUAL ES El EST~BLECIMIENTO MAS. POPULAR lN

s o MmCANUS
B R E R ~ sYDE ou. R

-

~

~,4 , oar.ato que
"';NADIE! Yo

SUCESOR DE DUPUY - 21 Preciados 21 - Portada verde

AGUSTÍN G. FOV ES

::r~uu~:;:::
corbatas, guantes y artlculos de fantaslo. - Jabón POVES
UNA PESETA CAJA - Agua de Colonia y Quina POYES,
CINCO PESETAS LITRO - PRECIADOS 24 DPLDO.
FRENTE A LA DE CAPELLANES ====

El [uBnto SBmana~

Admiradora, Madrid - M,e menda usted cuatro ó"ciilco lineas escritHS, cu¡indo yo pict;o cuatro págin&amp;s de carta par¡¡ hacer
un esbozo grafológico: convendrá usted en que es m11y paco.
Naturaleza orgullosa, ámante del lujo_y del fausto¡ propensión
á los celos; generosidad que cae en la prouig,1lidad, sensualidad;
gran imaginación; poca expansión ·y sólo con los extraños,
·
Una guipuzcoana. - Sensibilidád muy despierta algo áe
egoísmo; habilidad manual; grandes disposiciones para tos quehaceres domésticos; voluntal1·seguida; graa prudencia; ·amabilidad.
. .
•
Don Lope de Machi d. - Prudencia excesiva; sincendad nativa; algo ae vanidad; mucha amabilidad en el trato social; espíritu cultivado; voluntaJ muy débil; lealtad; actividad bit:.n reglada; culto del recuerdo; temperamento inmaterial.
· · ·Ludwig:~ Espirita fino y 'hábil; co·rtesht: te1n·p~rari1enlo' riefvioso-sanguineo; propensión á la economía; buen !(U Sto artístico;
baslante lógica; carácter replegado sobre sí mismo; aficiones de
gastrónomo; •ptitudes organizadoras; voluntad seguida; conciencia bien equilibrada.

p ÉREz MOLI NA

Para comprar alhajas tanta- - - - - - - - - - sia, recomendamos esta casa.
• ■ • • CARRERA DE SAN JERÓNIMO 23 ■ ■ • •

GARCI'A MOYA

ru ~SASTRE rururu~roru
BARQUILLO 8 ru PARTICIPA

HABER RECIBIDO LOS GÉNEROS INGLESES Y DEL PAIS

EPILEPSIA Ó ACCIDENTES NERVIOSOS

NOVELA roR J .

Curación radical, aun en los casos en que fracasa la medicación polibromurada, con las PASTILLAS ANTIEPILÉPTICAS DE OCHOA. No quitan el apetito. No deprimen. Cortan rápidamente los accesos. rurururu(;t;j

t7-&gt;=~==
Café supBrior Bn grano
MANUEL ORTIZ -

EL LITERf\TO
DE FE D RE RO é!ill!l ■ Sl!ll!ll!illil

6,50· EL KIL0-6,50

4

,

EL AGUILA
M AD R I D
CALLE DE PRECIADOS, 3 -

Al anunciar al público que esta importante Casa ha inaugurado recientemente secciones de camisería, corbatería, bastones, paraguas,
zapatería, artículos de viaje, géneros de punto, etc., etc., nos permitimos recomendar á nuestros lectores visiten las lujosas y bien
~~~~~~~~~~~ surtidas instalaciones. mmmmm~zssm1&gt;'!lmm

l

SUC URSA'LES:
Málaga, Granada 63 (esquina MénBarcelona, Plaza Real 13 (esquina
Vidrio).

dez Núñez).

Valencia, Peris Valero, letra E (an-

Valladolid, Santiago 57 (esquina

tes Paz) esquina Luis Vives.
Sevilla, Sierpes 72 (esquina Jovellanos).

Claudia Moyano).
Zaragoza, Independencia 1 (esquina
Plaza Constitución).

SALA-

VERRÍA == ILUSTRACIONES

PUERTOR~~ºC~RACOLILLO

CALLE DE PRECIADOS

!"\.

~:::::::::::::::::::::=:::::::::::::::::::::::=::::::::::::::::::::::=:::::::::::::::::::::::=::::::::::::::::.::::::=:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::-

ESPECIALES BUÑUELOS DE VIENTO - REPOSTERÍA ALEMANA - Espoz y Mina 14, MADRIU

30 Cñnts.

�El [uEnto SEmanal
Se

publi ca los vie rn es
Ol!cina s : Fu e n carra 1 9 O
Telélono 2 0 54
Apartado de Correos n úm. 4 0 9

¡/"\adrid

Líbros y Revistas
Dra m as de S h akspeare . - Casa Editorial ;\lancci. Barcelona.
. .
b &lt;l
á ¡
Esta importantisima Casa e&lt;litonal aca a e poner
a
ven ta los t res primeros vol_ú,_nene~ d~ _las ob~as completas
de Shakspeare. &amp; una e&lt;lició,1 lmd_isun a, pmnorosamente
ilustrada y encuadernada con gran luJo.
..
El primer tomo compren I? la_ célebre tra?uccioi~ qu~
hizo de fftunld D. Leandro I&lt; ernande, i\lora_tm, Y El re;
.Lear y Cimbelina, traducidos por A. Blmco Prieto.
.
El segundo volumen comprende El mer~ader de Ve,uczo'.
Macltóet, Romeo y Julieta y (}/¿/lo, traducción del emmentprofesor D. ?&gt;larcelino l\le,~imll~z l'elayo.
.
El tomo tercero, muy ~ten ttaducido ~?r J~Arn~ldo :\la~quez, comprende Julio Caar, Como f&lt;Ust¿,s, l.ome,ba ,il equ1vocac1,m,s y Las alegr!s comadr¿s !te Wmdso1 . .
Los aficionados á la buena literatura estan de enhorab uena.
Libro de l os Ca ntar es. Poesías de Enrique IIeine. Traducción en verso y prólogo de Teodoro Llorente. - Casa
Editorial i\laucci. Barcelona.
Tocia la mus:i, dulce y amarga á la vez, del gran bardo
alemán, resplandece en este volumen, q:'e Llore_n'.e• el ilust re poeta valenciano, ha vertido al esp'\nOl mag,s,ral!nente.
A Heine todos le queremos; Je conocimos cuando eram~s
adolescen tes; sus melancolías v:in ligadas á _nuestras am~Jciones p'rimerns y á la tristeza de nuestro pruner desen¡pno
de amor. Por eso, porque sabe hacerlas llornr, las mujeres
adoran en él.
Almas 4e htego, por Felipe Sissone. - Lib rería de
Pueyo. Madrid.
l•'orman este volumen siete cuentos largos, llen?s d, emotividad y ele color, que dibujan perfectamente la mteresante
personalidad literaria ele su autor. ,
.
.
d
A propósito d_e ~sto, Eduardo Zamaco1s, prologuista • e
la obra, dice lo s1.gmente:
«Almas de fuego es un libro vario; á yeces, irónico; á trozos, vigoroso y romántico; á ratos, también, refin_ado y de~adentc, donde surgen y se descomponen, cual pmtadas piedrecillas de un kaleidoscop10, las diferentes «penumbras de
alma» del autor.
.
li
»Cnentos hay, como Fetiquismo, enfenmzamente comp cados de una psicología dolorosa y «bodelere_sca», donde
la feli~idad total del protagonista reposa exclu~1vam_ent': en
el contraste de unas medias negras sobre la smfon_1a _n~eve
y rosa ele unos muslos de mujer; el rotulado t fft:s~crua?,
donde campean un {uerte ambient~ de cosmopolitJsm? ~
una penetración alqtútarada y mmuciosa_ del ~lma fememna,
los titulados La diosa Ca, ne y / Oh ~aó,a, c1'1Stw11a_ mansedu11iórel, escépticos, burlones, cual s1 el ~utor hubiese empleado, al escribirlos, la parte más d~scre1da Y n_iundana de
su es &gt;íritu· y entre otros de muy desiguales matices, El d~fmso~. cu¡nt~ de una ironía á lo ;\[aupas~ant, y La bufaard,lla, á mi juicio el más tierno, 1 más delicado, el meJor de

tod~~lmas de juego tituló Felipe Sassone ~ su libro, Y i por
mi honor que hizo bien! En esta obra, mas aun CJll:e. en su
noYela JI.falos amores, late una humanidad deseqmhbrad_a,
b roniana y ardiente. La ttiste noche de amor que dese1?1aza
1~ relaciones del pintor «lllarcelo RottJ» ~on_ «Claucli!1-e»,
la linda obrerilla de L e Printemps, en Fef,qutsmo, ¿que es
sino una crisis de histerismo? ... Y la _castidad de « Oiga», Y
el tr · o-ico fin de «Julián Fons», y el ,medo que el autor d:clar:1fiaber tenido á su buhardilla vacía, ¿no son estremecimientos morbosos de un espíritu colocado, por In abund¡r
cia de lecturas y &lt;le emociones, en un estado de aguda 1perestesia ?»
.,
A lmanaqu e de ,,La llustració_n". - La llustraczo11 EsfJañol,ty Americana acaba de pubhcar su Alrnan:ique para

ANO 1 • 6 Diciembre 1907 • N.º 49

Precios de suscripción:
/Y\a drid y provin cias : T rimes tre _'.3,25 pesetas.
Semestre 6 pese tas. A no ti. _
Extra n jero: Semestre 10 pes e tas. Ano 18.
A nuncios á p rec ios conve n cionales.
Número suelto:

3Q CéntiffiOS

el año de 19()8, compuesto bajo la inteligente dirección de
D Antonio Garrido y en el que colaboran: Acebal, Alcázar,
A~gel Guerra, Bergen, Cavestany, C!arán, Coullaut Valera,
Cuenca Díaz Huertas, Estrada, Fernand~z Bremón, Fernández Sh;w Garrido Gil, Jiménez, Larrubiera, Llorente, Martín , Meuzier, :\lota; Nogales, Ortiz de Pinedo, Pedrero, P érez
y González, Pérez de Guzmán, Ruii !,ópez, Sandoval, San~a
,,!aria, Sellés, Sentenach , Sorolla, Sourel, Vera, Weczerv1k
y Zirges.
. bl
.
Es un elegante volumen, ad!Illra emenre impreso.
De l ce rcado aje no, por En_rique Díez-Canedo. - M. Pérez Villavicencio, editor. ;\ladncl.
,
.
En este libro, el delicado poeta D1ez-Canedo ha ye_rttdo
al castellano, en armoniosos y serenos versos,_ c_ompos1c1,ones
de Shelley, de Rossetti, de Richeprn, de Vt!hers de l IsleAdam, de Rimbaud, ele :\lallarmé, de Yerhme, de Moreas,
de Mreterlinck, de Gregh, de D'Annunzio, etc., etc.
Del cercado aieno empieza con un soneto en el que el
poeta se aconseja á sí mismo :
.
« DeJa por hoy tus íntimas canciones.
Libre, á la cita con la ;\lusa falta.
Hoy una recia tentación te as_alta,
y eres como escolar en vacac10!1es..
Explora el campo en todas direcciones;
vadea ríos y cercados salta.
Ni fruta dejes de alcanzar, por alta,
ni flor extraña, tímido, abandones.
Nadie viITTla, nada te rehusa
la tierra fértil; pasajeros, vanos,
han de ser los enfados de tu ~I usa : .
después, en el secreto de tu estancia,
podrás acariciarla con tus manos, .
que tendrán de tus hurto5 la fragancia.»
Rom eros del d olor . Novela, por Miguel A. Ródenas. -

M . Pérez Villavicencio, editor. Madrid..
.
.
Es una novela «rústica», una narrac16n ca1npes1~a, escrita
en limpio y ,·igoroso estilo. Hay una gran exacttt~d ~ la
descripción de los paisajes, y las figuras aparecen cli'?uJadas
con energía y sobrie_dad. A_umen~a el mérito de este hbro u n
bonito prólogo de G . Martinez Sierra.
Zarza florida, Poesías, por J. :\luiíoz San Román. - Librería de Fernando Fé. Madrid.
c:=
===O&lt;□
xoic:==•,O
O,O(
OC==&gt;====,===•OOOO&lt;IOX&gt;O-===;:::=:&gt;

La Semana Teatral
El estreno más importante de la semana anterior fué ~l
se,1orito, comedia lírica con música del maestro Cal)eJa Yonrinal de. .. (¡ni Loreto lo sabía la noche del estreno.) .
g El seiiorito triunfó completamente: el asunto, el diálogo,
la trabazón ele las escenas, todo es perfecto. Es la o bra de
un literato.
Y el público se preguntaba:
- ¿ De quién será esto?
.
Pero la «incógnita» era un penetrable. Después, Pepe
Loma «tiró de la manta» desde El Liberal, y todos hemos
sabido que el autor de la nueva obra era José Francos Rodríguez. Por cierto que la noche del estreno estuvo Francos
en Price y luego en el café de Leva~te, y hubo de hablar, co,~
varios amigos que venían del Có,mco, y que trataron a .E
se,iorito con cierto desdén: unos encontraban la obra lenta,
otsos la juzgaban sosita...
. .
. d'
Hace muchos años, Francos Rodríguez escnb16_u!I 1m 1simo cuento, cuyo protago:1isla! _para conocer la opimón
de él tenían sus amigos, se fing10 sordo, con }o que rec1 1
innúmeros desengaños. Ahora le ha. ocurndo a él algo _s~me. te con el misterio en que se h~bta envuelto. '.l[ora\ep. No
Jan
,
·
·
-• p eliaro
expongas
nunca a, tu meJor
amigo
,u
., de Juzgarte
cuando cree que tú no has de oule.

i~i

J. fl\.A SALA VERRÍA

EL LITERATO
I

no podía ser en aquel momento más halagador.
Otaño tenía treinta y dos años, era de figura bien
TAÑO, el joven y célebre escritor, entró en
parecida, alto, di' rostro claro y benévolo; era sonsu &lt;'uarto y se tendió e n la cama, dando riente por lo común y sabía recatar e l fondo de
un largo suspiro; cerró los ojos, abrió los tristeza que había en su carácter; era amable, quebrazos, se desplomó.
rido; acaso se le preparaba un risueño porveni r
Estaba tan cansado, tan hastiado, de tal modo dentro de la sociedad. Ocho días atrás publicó
sentía el agobio de la existencia, que en aquel mo- una novela, que la crítica acogió con gran entumento hubiera querido morir.
siasmo; los editores le solicitaban; ganaba ya bas«El hombre, pensó, debería tener la vida como tante dinero; sus artículos empezaban á ser cocogida de un hilo; ahora yo cogería ese hilo sutil, mentados por todo e l público; aquella misma malo rompería con un esfuerzo levísimo, acabaría dP ñana había salido un artículo suyo en el periódico
fatigarme ... &gt;
de mayor importancia de Madrid, artículo que proTendido como estaba, con los ojos cerrados, dujo honda sensación. Su carrera literaria llegaba
abandonado en cuerpo y en espíritu, comenzó á al máximo de potencia, su reputación era indiscurepasar los sucesos del día, los azares anteriores, tible, no tenía que hacer ya más sino abandonarsP
el tumulto entero de su breve é intensa carrera de al éxito, dejar que el nombre circulase y llegará
escritor. Pasaban por su mente los hPchos, las cuanto se pueda llegar: á la Academia, á la direcideas, los mil detalles de la vida, como en una ción de un gran periódico, á un b11en puesto políronda veloz y atropellada; él los veía pasar á totico, á la traducción de sus obras en el extranjedos y los iba recordando: unos le asustaban, de te- ro.
Su inteligencia, en suma, entraba en aquel
rribles como eran; los otros le sugerían un amable punto admirable de madurez y de equilibrio, y su
dulzor; pero estaba tan cansado, que solamente estilo era vibrante, fuerte, hermoso y fluido.
adquirían fuerza en su memoria los recuerdos más
- ¿Por qué, por qué esta tristeza? ...
amargos.
Venían sus recuerdos atropelladamente, y acu- ¡Qué triste es todo esto! . . .
dían los más pequeños y lejanos; todos tenían parSe volvió de lado, hundió la cabeza en la al- ticipación en aquella ronda espesa que ensommohada y suspiró nuevamente:
brecía su mente. Recordó su niñez, sus pobres
- Sin embargo, ¿por qué, por qué esta tris- años de miseria y de tristezas familiares, su primeteza? ...
ra jm·entud, exenta de alegrías y amoríos turbuEn efecto, el aspecto exterior de sus asuntos lentos, su timide7. contumaz, su torpeza, su ensi-

O

�punto muv alto y muy puro, formado de todos
los atributos' de la divinidad. ~n aquella altura
ideal, la gloria participaba de lo mefahle, de lo superhumano; era lo bueno, lo bello, lo más noble
de la existencia; serda &lt;le aureola á los guerreros, á los mártires, á los conduct?r~s ~e pueblos,
á los poetas. Asi su ~l~1a, que '.mgrn_ana y f~rn?amentalmente era rehg1nsa, me1or chclv&gt;, ~1st1ca,
inyentó un dios para su consuelo y para satisfacer
sus impulsos de a&lt;loración.
.
,
Junto con esta ~evoc~ón_ de la glona, tema
Otaño una reverencia optimista y generosa de la
opinión. Consideraba que en el mundo, por de~tro
de la humanidad dispersa, rc\·ue~ta y, en_em1ga,
latía 1111 aliento de comunidad y s1mpatla ideológicas que los grandes ~- fue~t~s talent?s lograban
infundir; este aliento 1deolog1co servia como de
espíritu universal que hacía con~xas_las al_m~s más
distanciadas; y las almas, las 111t~hgenc1~s, para
expresar concr~t~1;1cntr _su concx1~11, vahanse de
la opinión, del pucw critico que S\iha apa:e~er en
forma prrcisa ante la ohra del gemo; la ,op_tmdn ~ra
como una melodía surgit'ndo de la armumca umón
de las infinitas y disper!-aS inteligencias.
.
Ota110, pues. creía rn la rc~l~za ~e la glona,
creía en la unanimidad de la 0¡&gt;101611. fal como el
juicio crítico de la humanid~d se muestra a_cor~e
ante un problema matemático ó una expenenc1a
química se mostraría igualmente unámme ante
una obr;1 suhlimr de arte ó de filosofía. El pen~amiento del escritor pasaría claro y ¡n~ro, reve~tldo
de arrogantes imágenes, al pcnsa~11ento umv_ersal; la emoción del autor promm·ena_una emoción
semejan te en el alma de la humanidad; el ~lma
del autor se fundiría en la gran al_ma del umYerso; el uniYerso reflejaría lo recóndito de la mente
del escritor. . .
.
Otaño trabajaba con un ardor, _con u~a P3:il6n
y una fe, con un entusiasmo que 111 los anos n1 l~s
naturales fracasos pudieron enfriar. Per~ ~sa visión que él tenía de la gloria y de la op11116n se
mantuvo fuertr mientras el esfuerzo del avan_ce
ocupó toda su atención. Entre tanto q~e traba1aba preparando el éxito grande, su espmtu no po-

1111

mismamiento de solitario. ¡De todas las cosas agradables había carecido!
Pero precisamente porque careció &lt;le todo p~so
su ambición, desde muy jon~n, en poseer un t1_tulo de prestigio que le per~1ities~ pPnetrar l~1en
en lo hondo de la rxistencia social y rcsar~1rsc
allí de su escasez y humil&lt;lad pasadas. Conciu1~~a1ía un nombre que fuera como un tít11~0 n~b1hario, merced al cual su persona circulana digna y
libremente; conquistaría, aclem:ís, puesto q_uc era
enérgico y laborioso, una fortuna, y _ll_egana á la
gloria. SPría fuerte, respetallo, y adm1t1do por sus
obras espirituales; entraría á gozar del mundo;
tendría poder, mando ...
' ' toda la energía de su voluntad, reconcen1
'
tracia
y terca,
la empleó en alcanzar este_ ¡·111. I'ero
ahora que !u alcanzaba, ahora estaba. triste, rendido, con una tristeza y un cansancio abrumadores.
.d d
- Quisiera que la \ida estuviese prench a e
un hilo sutil. .. - pensó otra yez.

II
Otaño te-nía formado de la gloria un concepto
puramente rom,íntico é idealista. Cuando renunció á sus creencias de la infancia puso en el al~ar
yacío de su alma al dios de la gloria; á est~ dios
rogaba, adoraba, y en él creía. Para él la gloria era

día detenerse á analizar la esencia de la gloria y
de la opinión uni\·ersal: aun no las había alcanzado. Solamente al llegar arriba, en el reposo de la
llegada, su fuerza analítica cogió los ídolos de su
juventud, los giró y remiró, les dió cien vueltas,
y al fin sintió que su sér se anegaba en llanto.
Rompió á llorar interiormente, dando suelta á
esas lágrimas inmateriales y ocultas que manan de
ojos escondidos y que caen copiosamente en los
senos del alma. Este llanto y desencanto nacieron
precisamente cuando su novela logró aquel ruido
de aplausos y cuando sus artículos periodísticos
atraían sobre él la atención y simpatía del público.
- ¡Miserable público! - exclamaba el joven
literato Cf\n sorda irritación.
El suponía antes que las ideas de su mente
pasaban íntegras á la mente del lector, y que de
este modo el genio podía avasallar al público y
tenerlo pendiente y atado. Concebía á la idea
como formada de un modo total, redondo, pleno;
pero ahora observaba que la idea de su cerebro,
el hijo de sus soledades, al lanzarse al universo,
adquiría formas diversas, matices múltiples, y se
descomponía hasta el infinito. Conoció que la idea
no es una y total, redonda, plena, y que no moldea los cerebros á su misma capacidad, sino que
los cerebros del público son quienes moldean las
ideas á su medida. Cada mente era capaz de esta
ó de aquella magnitud ideológica; cada cerebro
era un recipiente que el destino había conformado caprichosamente, y las ideas se ajustaban á esta
capacidad caprichosa de los infinitos cerebros. Xo
era la idea quien vencía, avasallaba y moldeaba el
cerebro, sino el cerebro era quien cogía la idea y
la hacía suya. Entonces Otaño se dijo:
- ¿De manera que no soy yo quien triunfa,
sino mis lectores? ¿Yo labro mis ideas para que
otros las utilicen y les den forma á su placer? ¿:Mis
idras son siervas de mis lectores? ...
Al pensar de este modo, su orgullo se sublevaba y le hacía rugir de ira. Comprendió además
que, así como no existen dos cabezas iguales, tampoco hay dos formas ele mentalidad idénticas. Y
exclamó Otaño:
- ¿De m:mera que mi idea, concebida y depurada por mi, en cuanto pasa al dominio de los
lectores se transforma en tantos matices como IPctores hay en la tierra, y se anega en la multiplicidad de las mentes, y se pierde, se diluye en el infinito? ¿De manera que mis ideas, en cuanto salen
de mí, ya no son mías, y se me mueren y hacen
extrañas? ¿Es como si pariese hijos y se me desaparecieran?
Aquí Otaño empezó á afirmarse á sí mismo
que un creador de ideas lo mejor que puede hacer es guardárselas y no entregarlas á la inclusa
de la humanidad. No escribir más, en fin ...
Entonces se levantó del lecho, corrió hacia la
mesa de trabajo, agarró la pluma y la rompió, como
quien ahoga 6 despedaza á su tirano.
- ¿Qué me ha valido el pulir, educar, engrandecer mi inteligencia?- exclamó, desalentado.
La crítica había entrado en el campo de sus
producciones, y las había analizado: aquel análisis
arbitrario y contradictorio, vago, pedante y huído,
es lo que más descorazonaba al joven escritor.
Cierto crítico se fijaba en un aspecto solamente
del libro, y sacaba de él una consecuencia equivo-

cada; otro crítico aseguraba que la tendencia de
sus ideas era de tal forma, cuando, en realidad, era
lo opuesto; parte del público se detenía en ciertos
episodios ó aspectos que carecían de interés en
los propósitos del autor: la idea inicial y neta de
su libro y de sus artículos nadie la quería descubrir. Unos decían que la esencia de su talento era,
principalmente, descriptivo; otros, en cambio, opinaban que era discursivo; algunos le aconsejaban
que hiciese dramas; un editor le pidió una obra
sociológica; el director de un periódico le ofreció
la plaza de redactor jefe ... Ninguno acertaba á
Yer, al través de las obras, la idea y el ser del autor. Si él lanzaba un libro á la voracidad del público, el libro era dividido en fragmentos: cada lector cogía el libro y lo hacia suyo, lo interpretaba
como quería. ¡Su libro, al salir de sus manos, ya
no le pertenecía!
Aquella misma mañana publicó Otaño su celebrado artículo, y escuchó con asombro las diversas opiniones que sohre él íbanse forjando. Había
quien lo elogiaba por la precisión de la forma; otro
Yeía en la tendencia del trabajo demasiado atrevimiento; alguno lo motejaba de afectado; otros se
fijaban sencillamente en ciertos párrafos radicales;
nadie comprendió el artículo entero, completo de
forma y de idea, tal como saliera de la mente de

�mente, y cada día en diferente forma, piruetas
su autor. ¿De qué
ante la multitud...
le servía, entonces,
- ¡Ah miserable público, monstruo grosero Y
haber lanzado su
ba¡·o que p'irles siempre sangre nueva!. .. ¡No seré
hijo á la vida, si es)
. ya más.'
yo quien
me dé á ti en sacn.fi c10
te hijo era cogido
por la multitud y
III
deformado, has ta
adquirir tantos maOtaño no podía calmar la agitación de su sér,
tices, tantas idiola inquietud, el coraje de su pecho. Levantó la
s in cr as ias como
cortinilla de la ventana y
lectores existían?...
miró á la calle.
El público no
Por allí pasaba, bajo un
entendía ni aceptacielo plomizo, en la incierta
ba de corazón sino
luz de la tarde, la gente que
aquello que fuese
marchaba tevuelta y aprisa
bien sencillo y raá buscar su pan, su vicio ó su
so· admitía congodolor. Niños andrajosos, anzo' las superficialicianos mendicantes, obreros
dades, lo bonito, lo
de aire c, nsado, un ciego que
irónico, lo que le
tocaba el violín, una yieja
divertía; las obras
trapera, mujeres, jóvenes y
complicadas las cogía é
opulentas mujeres que ~ban
interpretaba como quede tiendas ó de conquista.
ría, sacándolas el jugo
Dejó caer la cortinilla y
conveniente. El público
era un tirano que, como
compraba las ideas, hacía
de ellas luego el uso 9-ue
le placía. Y los escnt~res, en el fondo, continuaban siendo juglares,
que unas veces cantaban ~ellas trovas, _otras
veces hacían piruetas, y s1emp_re_ tra?a¡aba~
á sueldo ... ¡Valla más no escnb1r! El es~ntor se descomponía como una cosa dócil Y
débil en el oceano de la muchedun:b_re.
Al llegará este punto en_su análts1s atormentado, Otaño se levantó de la cama Y co- .
menzó á pasear; de tal manera le ahogaba la ira.
- ¡Puercos lectores! - . rugía, apre~ando los
puños - . ¡Ignorantes, va01&lt;;1osos, nec,10s lectores! ... ¿Y á vosotros es á quien yo hab1a demostrar lo oculto, lo triste, lo inefable y amoroso de
mi espíritu?... ¡Ah, no, no! ¡Nunca más _volveré á
escribir! ¡No vale la pena de. daros, necios le&lt;:tores, la vida y el dolor de la vida, la flor de la vida,
por un miserable aplauso!
- ¿Qué era la gloria, finalmente? Cuando la
veía desde lejos, Otaño se la figuraba como un
algo completo y conexo, como un estado permanente que había de ofrecer una constante valoración del mérito, un grado de po~er estable, un
prestigio que el tiempo no podna alter'.1r. Pero
ahora Otaño veía todo lo opuesto: la glona era un
estado accidental, difuso; surgía la gl?ria _POr sorpresa, sin saberse cóm?, á veces ar~1tranamente;
h unanimidad del elogio duraba un ~ns~ai:ite, luego el elogio se dis~ersaba y hac}ase mdl\'ldual, se
disgregaba la glona, desaparecia; sólo ~n e'.ecto
de inercia la mantenía al fin con apanenc1a de
realidad. Hasta que llegaba otra obra nu_e~a, y la
gloria volvía á crecer: era como u~ arco 1ns. ~ara
mantener en auge la gloria, necesitaba el escntor
dar siempre nuevas y fuertes obras, _qu_e se renovase, que buscase la atención del publ~co, que lo
adulase, que sangrase el corazón contmu":mente,
que el autor siguiera sin cesa: la ondulación caprichosa del gusto de la multitud. Hacer eterna-

a

dió la espalda á la calle, al mundo, las mujeres.
- Yo pensé un día que las mujeres. . . ¡Pero
esas son bestias blancas, pedazos de carne caliente! Carne, carne blanca... ¡Eso no sirve para nada!
Pero oyó una música extraña que venía de la
calle, y estuvo un momento inmóvil, con el alma
atenta, escuchand().
Sin duda aquella música era su preferida, la
voz íntima y familiar que había escuchado otras
veces con sin igual delectación.
La música venía de un extremo de la calle, y
consistía sencillamente en uno de esos antiguos
armoniums que los viejos mendigos suelen usar todavía en las grandes ciudades.
Era un organillo del antiguo régimen, contemporáneo de la buena y sentimental época romántica, de aquel tiempo que fué como una convulsa
erupción de todas las amarguras, de todos los entusiasmos, idealidades y arrebatos humanos; de
aquel tiempo que nació enfermizo, como parto de
la revolución.
El organillo venía tocando un aire de la época,
una romanza de Rigoletto. Pero como el instrumento era ya muy viejo, la romanza llegaba desarticulada, tal como si la can tase un sér anciano y
jadeante; y á veces el tumulto de la calle, el estrépito de un coche, el grito de un vendedor, cubrían
la música del organillo y la ahuyentaban. Pero
nuevamente la música volvía á sonar, dulce, apagada, melancólica, lle na de una suave ternura,
fresca é insinuante aún, con la frescura amable de
aquella época sentimental y graciosa en que existían poetas, revoluciones y mujeres pálidas!
La música hablaba de cabezas hermosas, de
melenas románticas, de ojos febriles, de grisetas
que aman á los escritores, de escritores que mueren tísicos ó que se suicidan. Y mezclado con
la figura de Rigoletto, surgía la visión de toda
aquella multitud convulsa é incoherente del romanticismo: las barricadas de Los miserables, la
figura altiva de Ilyron, la griseta de l\Iusset, la
queja de Leopardi, las Orientales; las orgías de
Espronceda, levitas entalladas, corbatas pasmosas,
castillos feudales, claustros conventuales, grabados
de Gustavo Doré...
Otaño oía deleitado, hundido en un arrobo, la
música del organillo. Sin duda la había antes oído
muchas veces; sin duda era una voz amiga que venía por las tardes, cuando llovía, cuando caía la
vaguedad del crepúsculo, cuando el alma se siente más propicia á divagar y á evocar sueños queridos; y venía á remover en el alma de Otaño
aquel mundo sentimental, romántico, quimérico,
que estaba escondido bajo la capa de un modernismo racionalista y de última moda.
Levantó, pues, la cortinilla, atisbó la calle, vió
al músico callejero; abrió la ventana y arrojó una
moneda. Luego el organillo cambió de música,
tocó una marcha de Garibaldi, juvenil y vivaz y se
alejó por la calle _abajo, hasta extinguirse, como
un batallón de qmmeras que se desvanece...
IV
Volvió á sentarse junto á la mesa de trabajo.
Entonces se fijó en un cuadernito negro en donde
solía anotar sus ideas y proyectos á medida que
surgían en su mente; precisamente las últimas ho-

. - ¡¿/j:'I(!(

e

; ~"'t ,

jas del cuadernito estaban llenas de pensamientos
y párrafos sugeridos por aquella misma inquietud
que en el momento le embargaba. Ojeó el cuadernito y leyó en voz alta, como si quisiese penetrarse bien del sentido de sus amargas reflexiones:
«El público es un niño, ó es un monstruo voraz, ó es una mujer: aunque vista de diferentes
modos, aunque lleve levita y guantes, aunque tenga en el cerebro unas cuantas ideas cultas, el público siempre es como aquel público de los pueblos campesinos, compuesto de hombres brutales
que ven saltará los pobres gimnastas, que Yociferan, ríen, aplauden las piruetas más grotescas y
piden ejercicios arriesgados, en que haya peligro
de muerte, y al acabar dejan una moneda ó una
injuria. Si el público es así, ¿cómo puede imaginarse que un carácter orgulloso haga piruetas delante de él? El público es un tirano que pide al autor
sumisión completa: le manda, le dirige, le esclaviza ... &gt;
,•¡Ah, yo no soy ni más ni menos que una mujer! La mujer necesita que le elogien el brillo de
los ojos, la b lancura de los dientes, lo liv iano del
talle; y la mujer busca el elogio y lo compra aun á
costa de su libertad, su orgullo ó su honor. La
mujer adorna su cuerpo, adoba su cabellera y su
piel, se cubre con galas fantásticas y rrlucientes,
para que el hombre la admire; y la mujer se tiende
á los pies del hombre y se entrega á él, desvanecida, dócil, esclava. Yo también busco el elogio
desatinadamente, pulo mi estilo, exprimo mi cerebro, agoto la sensibilidad de mis nervios, me
adorno, me adobo, me exhibo desnudo, y me entrego dócilmente al lector que me acaricia; y sus
caricias me hacen desvanecer, con un desvanecimiento de hembra insaciable. ¡Ah, yo no soy digno de mi! Yo me entrego y me reparto; me doy en
venta á la multitud; sé ya lo que gusta á la multitud:
cuál adorno, cuál gesto, cuál sonrisa ó mohín doloroso le gusta á la multitud, y salgo á ofrecerle
al ~úblico lo que le gusta, y él me paga con una
cancia y con una moneda, á veces con una injuria.

�Ahora sondo ante la canc1a, ahora lloro ante la
injuria. Al despertar pienso en el público, y al dormirme sigo pensando en él: yo soy la man_ceba del
público. El público es un amante muy exigente, y
yo soy la amada siempre dócil. . . &gt; • ,
«El lector ama notablemente la 1roma: sólo los
grandes ironistas han tenido la verdadera y consecuente estimación del público. U na forma de estilo put&gt;de dar celos á los irónicos, y esta forma es
el sarcasmo, la indignación vibrante á lo Juvenal.
Por donde se infiere que el público es una selva
de almas inmundas, que sólo aullan ante el látig~
ó ante las muecas pintorescas. El lector busca a
quien le grita con gran~es voces,. á quie~ le de~cubre simas de inmoralidad, á quien fustiga los tiranos y los poderosos; el público, que es un hato

1

1

1

de plebeyos cobardes, busca al escritor que le trae
carne fresca que devorar, porque nada hay que la
canalla agradezca tanto como la decapitación de
la grandeza, de lo noble, de lo sagra_do: el qu~ t~nga bastante abnegación para servirle al publ~co
diariamente carnaza fresca y noble, ese será bien
querido y solicitado. Un rey podrido_, un papa abyecto, un genio falso, un héroe mentiroso, ~n ~lósofo desprestigiado, eso es lo que ama el publico:
escándalo, grandezas caídas, voces iracundas~ adulación á la canalla ... La canalla gusta, ademas, de
la ironía; los buenos escritores, los que saben s~nreir finamente, con sonrisas de dos filos que hieren igualmente al autor ó al _público, á la verd_~d
como á la mentira, esos escntores que salen diariamente embadurnados de yeso y que hacen bonitas piruetas, que entretienen, no molesta? mucho, son lindos, suaves, que tienen algunos pinchos
discretos, que ríen, que sonríen ... áesos los bu_sca
el público siempre. ¡Si comprendieran los escnto-

res de todos los siglos que la ironía es un signo de
abyección, un tributo á la canalla!. . . &gt;
•
Pero interrumpió la lectura del cuadernito negro, porque, á medida que i~a leyéndolo, su pecho se llenaba de mayor coraie.
Se levantó demudado, con los ojos chispeantes; crispó los puños: hubiese querido tener en
aquel momento, unidos en un haz, los pescuezos
de todos sus lectores, para retorcerlos y ahogarlos
de una vez.
Después volvió el pensamiento hacia los escritores, sus compañeros de fatiga. Los vió endebles de salud, llenos de histerismo, atormentados
por la envidia, decepcionados,, irrit~dos contra su
suerte, incapaces de abrazar a la VI?ª con _abrazo
viril; sin energía, sin voluntad, nerviosos é mtran-

quilos, sensibles á la menor impresión,_pob~es, con
grandes ambiciones y sin ninguna acción vigorosa
en el mundo de los negocios, del amor, de nada.
Desgraciados séres que se reunían en algún rincón de la ciudad para hablar de sus grandezas
imaginarias ó para contar, en un contraste i_-idículo el dinero que cobraban ó el que cobranan, el
d~stino que poseerían, el personaje político que
los protegería...

V
Otra vez levantó Otaño las cortinillas de la
ventana, y nuevamente dejó errar sus ojos por la
calle.
Era aquel momento indeciso de la huída_ de la
luz de la muerte del día, de la llegada tácita de
la ~oche· aquel momento crepuscular que en pleno camp~ suele tener tan suave, tan resignada melancolía, pero que en el fondo de las grandes po-

tranvías, y únicamente se veían figuras
y escenas lamentables: una pareja de
guardias, una castañera, dos golfos que
se calentaban al fuego, y la gente, la inmensa, la revuelta y acelerada gente
que caminaba tropezando, lo mismo
que un río de aguas turbias.
De repente Otaño palideció. Una
mujer joven había doblado la esquina
que daba enfrente de la ventana, y sus
ojos, vueltos hacia arriba en un movimiento instintivo, automático, tropezaron con la mirada del escritor.
Otaño palideció y quiso ocultarse,
soltando la cortinilla y metiéndose dentro del gabinete. Pero sin duda aquella joven y hermosa mujer tenía hondas raíces en su sentimiento, porque
Otaño, sin poderlo evitar, volvió á la
ventana y levantó la cortinilla, y otra
vez tropezaron sus ojos con los de la
mujer.
La mujer sonrió y levantó la mano, con un ademán gracioso de inteligencia; luego se dirigió al
portal y penetró en la casa.
- ¿A qué viene esta mujer trapacera? - murmuró O taño - . ¿Qué me quiere ese fardo de frivolidades? . ..
Pensó que aquella mujer estúpida, tan bella y
relarnpagueante como un faisán de adorno, no
vendría á su cuarto más que para turbar la grave
complicación de sus pensamientos. Quiso cerrar
la puerta y ahuyentarla como á un gato bonito;
pero la mujer se adelantó y llegó á la puerta antes
que él. Y penetró en el cuarto violentamente, dando saltos menudos y vivaces, sonriendo y hablando, iracunda y melosa, todo á la vez.
- Aquí estoy, Otaño, aquí estoy yo.
Se sentó en una silla, levantó la pierna, hurgó
entre las faldas y se entretuvo un momento en
arreglarse la liga. Luego se entretuvo en acicalarse el peinado, en componerse el lacito del cuello y en mirarse al espejo con cien diversas actitudes y femeniles marrullerías. Y no cesaba de
charlar, rápida, frívolamente.
- Pasaba por ahí, ¿sabes?, y te vi. .. Te vi, y
me dije: «Ahí está el ilustre Otaño, el que ya no
me quiere, el que me p osterga á las princesas de
sus sueños... • Y entré, ¡claro que entrr!, para demostrarte que yo no soy princesa...

blaciones adopta un matiz grisáceo, triste y desconsolador.
Otaño se acord.ó de su niñez. Pasó por su alma
como una ráfaga de aire libre, y pasó también un
cuadro idílico lleno de la dulce inocencia de los
primeros años. Cuando él era niño, cuando acaso
presentía la inexorable crueldad de su destino,
solía apartarst&gt;: de la ciudad é íbase por el malecón
del muelle á sorprender el último rayo del sol; y
allí quedaba extático, mudo y perplejo, viendo
cómo la luz crepuscular se diluía en la naciente
sombra y cómo los perfiles de las colinas se dibuLa princesa está pálida,
jaban limpiamente en la violácea serenidad del firtriste está la princesa . . .
mamento. Entonces se quedaba absorto y ensimismado, aguardando á que amaneciesen los lu¡Já, já, já!. .. Yo no soy princesa, ni ganas de
ceros, y cuando la primera estrella brotaba en el serlo; pero soy una mujer de corazón . .. ¿Te entecielo como una flor brillante y diminuta, el peque- ras? S oy una mujer de corazón, ¡de corazón sí de
ño O taño se conmovía hasta la raíz del alma, que- corazón!
' '
ría cantar versos, quería llorar, hubiese querido
. Y com~ si esta suprema y noble palabra huvolar, morir, conv ertirse en ángel. .. Y muchas biese agobiado á su frágil y pueril espíritu, la hertardes concluía por llorar de veras.
mosa mujer se tendió en la silla y puso en su rosMientras que ahora...
tro un gesto de cómica indignación.
Apenas si se divisaba una línea de cielo entre
Sentada en la silla, con el busto doblado lio-elos dos tejados de la calle, y aquel trozo de cielo r~mente, con el entrecejo obscuro, con los at~rera de una horrible suciedad. En lugar de las som
c iopelados ojos negros clavados en la alfombra,
bras fluctuantes, en vez de las nieblas indecisas aquella mujer sugería ideas de sensualidad más
y de los rumores suaves del crepúsculo, aquí, en bien que ideas de compasión 6 de ternura. Toda
el fondo de la calle, oíanse los ruidos agrios de aquella mujer era un conjunto de sensualismo .
los coches, de los vendedores ambulantes, de los Transcendía de toda su persona un aroma lúbri-

�- ¿Qué dices tú á eso? ¿No tienes nada que
co, tentador y vehemente. Parecía un sér excepcional creado expresamente por la Naturaleza para decirme? ... ¿Y te estás así, callado como un topo?
rodar entre los hombres, como objeto de lujuria, ¿No soy nadie yo? ... ¿O crees que tus pensamiencomo prenda de amor, de pasión primitiva, de tos valen más que mi persona? ... ¡Hijito, ilustre
sabio ó lo que seas, ten en cuenta que el tacón
concupiscencia.
Andaba por los cafés y los escenarios como de mi zapato vale más que todas tus ideas!
- ¡Bueno, basta! - exclamó por último Otauna pelota de juego, como un animal bonito que
brincaba ante el aplauso, que reía ante los gritos, ño, y se levantó con ademán resuelto-. Habíaque se embriagaba con la hirviente aura de la mul- mos quedado en que tú y yo...
- Habíamos quedado en que tú eras un potitud. Y era como un sér de condenación, inocenbre
chico, y en que yo no podía perder el tiempo
temente perverso, encargado de encender las más
torpes pasiones. Cuando la multitud hervía entu- con tus simplezas.
- Pues bien, Cielito, hermosa Cielito; eso
siasmada, cuando en el ardor de la danza su cuerpo vibraba lo mismo que un haz de fuego, enton- quiere decir que no nos entendíamos y que hicices ella se enardecía todavía más que el público, mos bien en separarnos. Ahora...
- Porque tú eras un pobrete, por eso no nos
y acentuaba sus ademanes lúbricos; y entonces
que el público rugía, como una bestia celosa, ella entendíamos. Tú eres un pobre hombre lleno de
temblaba desde los pies hasta el cabello, y hubie- vanidad, que te crees que las demás hemos nacise querido ofrecerse, de una vez, completamente, do para servirte ...
- Al contrario; yo te quería para lo otro...
al monstruo encandilado de la multitud.
para amarte.
- ¡Yo tengo corazón, sí, corazón, corazón!. .. - ¡Já, já, já!. .. ¡Qué tonto, qué romántico es
volvió á decir, mientras se incorporaba bruscamente. - En cambio, otros no lo tienen ... ¡No, señor; este ilustre sabio! ¡Para amarme como á las prinno lo tienen! Hay personas ridículas que se creen cesas pálidas! . . . ¡Já, já, jál ...
- Yo te quería para amarte, no como á las
severas, y son nada más que farsantes . ..
Pero el mutismo de Otaño debió de producirle princesas, sino como se ama á las mujeres que
una honda contrariedad, porque se fué hacia él, transitan por nuestro lado. Pero me equivoqué,
se plantó firmemente, puso los brazos en jarra, y me resultaste una...
- ¿El qué? Acaba de decirlo ...
chilló:

- Bueno, 0-elito; terminemos, porque estoy
en un trance moral que no consiente divagaciones.
:-- ¡Lo que hay es que tú eres un egoísta, un
vanidoso, un hombre fatuo! ...
- Basta, Cielito...
- ¡Y_que me cogiste para distraerte, para hacer conmigo u:1a pausa en tus trabajos ridículos! ...
- ¡Ea, acabemos!
- ¡Pero el tacón de mi zapato roto, vale más
que todos tus escritos necios! ...
Al_llegar_ aquí, Otaño avanzó hacia la puerta,
la abnó Y m!ró á ~a buena moza con tal imperio,
con tan ternble mirada, que la mujer vivaz y turbulenta c~lló amedrentada y traspuso la puerta
con pas_o hgero._Pero al llegar al pasillo, y cuando
~e v1ó libre del imperativo gesto de Otaño, la muJer_ ~e desató nuevamente en improperios y en
ch1lhdos.
- ¡~al escritor! . .. ¡Fatuo!. .. ¡Canalla! ...
. Otano se encogió de hombros, cerró la puerta
violentamente y se sentó ante la mesa. Luego apoyó_ la frente en la mano, y dejó que su espíritu sigmese anegándose en el mar profundo de su tristeza.
. - ¡Qué estúpido episodio el de esa necia muJer!: .. Pedazo de carne blanca, nido de lujuria,
vanidad de un placer enfermizo. ..

VI
Una mano llamó á la puerta.
- i No estoy! - gritó Otaño - . ¡ Al diablo
todos! . ..
Pero la mano volvió á repiquetear con más
fuerza que ant~s, de una manera autoritaria, y se
oyó una voz atiplada que decía:
- ¡Soy yo, Otaño; ábreme!
Como no le contestaran, la voz gimió nuevamente:
- ¡Otaño, Otañito, ilustre escritor! .. . 1·Abre
pronto, que soy yo!
Golpeó la puerta con furia, y gritó desaforad amente:
;-: i Abreme, Sltaño, que vengo con grandes
noticias! ¡Que traigo mucha prisa! ...
En~onces Otaño abrió la puerta de mal humor,
y entro turbulentamente en el cuarto un jovencillo feucho, mal fa~hado, de sombrero inverosímil,
d~ cuerpo mezquino, con unos ojos saltones que
m1raban descarada y burlonamente á todos los
lados.
. - ¡Hola, querido Otaño! Vengo á hablar contigo de un asunto muy grave.
S_e sentó en seguida cerca de la mesa, se repantigó muellemente, cogió un cigarrillo del ca•

�jón, lo encendió y comenzó á fumar, á escupir, á apura se muere. ¿No me ves á mí? Yo no tengo
mirarlo todo y á removerse inquieto, mientras reía prisa. Yo soy un ilustre dibujante, como tú sabes
con una risa mezcla de candor y de truhanería bien ... ¡jí, jí, jí! Pero no me apuro ni envejezco
como tú. Yo reservo parte de mi juventud para
ratonil.
- Fumas buenos cigarros, dicho sea entre pa- las buenas mozas ... ¡Ah, escucha! La Cielito creo
réntesis... ¡Jí, jí, jí! Comprendo muy bien que con que te es infiel; no te fíes.
- Yo no tengo nada que ver con esa mujer.
esta ayuda se escriban las gloriosas páginas que
- ¡Vamos, no disimules! Todos sabemos que
tú escribes. Un buen cigarro es un gran colabohabéis tenido vuesrador de la intelitras uniones ilícigencia. Si Homero
tas ... que habéis ...
hubiese fumado ...
¡Vamos, Otaño, no
Otaño se levanseas hipócrita!
tó, y dijo:
- Eso fué an- ¡Bueno, contes, en otro tiempo;
cluye!
eso ya pasó ...
- ¿Qué? ¿Qué
- Pues sabe
es eso? ... - chique ese trasto de
lló el jovencillo.
Cielito está Pn in- Que concluteligencia con el
yas, que digas lo
imbécil de Roda~.
que habías de de¿Y qué me dices tú
cirme.
de Rodas, del imEl jovencillo se
bécil de Rodas?
arrellanó en la silla,
¿Has visto en tu úpuso una pierna SO·
da un congrio más
bre la mesa, y exgrande? ¿Has leído
clamó con acento
los artículos que
meloso:
publica en El Es- ¡Oh, mi adtandarte?
.. . ¡Chimirado escritor, mi
co, te confieso que
ilustre y querido
estas cosas me
genio! Tú tienes
sacan de quicio!
prisa por dejarme,
y yo, por el contrario, desearía morirme á tu lado, ¡Cuánto imbécil anda suelto por ese mundo del
sin separarme de ti ni un momento de la vida. arte! ... ¿Pues no se atreve Urrutia á decir que
No comprendéis vosotros, los genios, que la lla- Rodé!;S es un muchacho de talento? ¿Tú crees que
ma de vuestra inteligencia nos atrae á nosotros, Rodas puede tener talento? ... Vamos á ver, sé
franco: ¿Tú crees que Rodas piensa, ni que bajo
corno la luz atrae á las ...
- Mira, Pino del demonio, no estoy ahora aquella bola cerebral guarda ni siquiera tres
para oirte, ni tengo ganas de paliquear. Acaba de ideas? ... ¿Y qué me dices de Urrutia, hombre?
¡Yo no he conocido un majadero más tonto que
una vez; dime á qué vienes, y márchate.
- ¡Bien, ilustre literato, bien por las energías! ese Urrutia! S_e figura que con ponerse grandes
Así me gustan á mí los hombres: rápidos, francos corbatas de lazo nos va á epay decididos. Pues yo también quiero ser franco y tar á los pobres burgueses...
rápido, y te diré, por no andar en circunloquios ¿Tú qué dices de !_a s corbaestériles, que hoy no he almorzado, qu~ necesito tas de Urrutia?
Otaño pensaba en aq~el
cenar á todo trance y que vengo á pedirte cinco
momento que la vida literaria
pesetas. ¿Te parece bien, ilustre escritor?
Otaño sacó una moneda de cinco pesetas, se era la más pobre que pudiera
darse en el mundo.
la dió al jovenzuelo y aguardó de pie.
- ¿Y siempre esto, siem- Toma, ahí tienes la cena. Ahora, déjame
pre, hasta morir, esta pobre
en paz.
Pero el jovencillo vivaz no tenía sin duda mu- vida de murmuración y mez- ·
chas ganas de marcharse, y con voz atiplada, con guindad? ...
- ¡Ay, Otaño de mi vifrase pintoresca y entrelazando muecas nerviosas,
saltos en la silla y carcajadas guturales, habló sin da! - siguió diciendo el jovencillo-; ¡tú vives en una
cansarse:
- No seas precipitado, Otaño; no te precipi- región fantástica de ideal, y
tes; atiéndeme á mí, que soy más viejo en este pQr eso no te enteras de las
mundo del arte. ¿Vas á trabajar? ¿Piensas pasarte miserias de este bajo munq.o!
la juventud trabajando? ... ¿Cuántos años tienes? Haces bien, haces bien. ¡Yo
¿Treinta, treinta y dos! . . . Ten calma, hombre, estoy asqueado, completaque ya llegarás. El porvenir te aguarda, el hermo- mente asqueado! No hay más
que imbéciles por Madrid, maso porvenir... ¡Jí, jí, jí! ...
Encendió otro pitillo, escupió á ambos lados las lenguas, lenguas viperinas.
de la silla, se limpió la baba de la boca con el re- ¿Crees que tú estás á salvo?
Pues qo lo estás, no; también
vés de la mano, y prosiguió:
- No vale apurarse, querido Otaño; quien se tú tienes que pagar el tributo . ,.,#.

á la perfidia humana. Por ejemplo, ayer decía en
~ornos ~l tonto ~e García que tu novela es un plagio_ de D Annunz10, que te traes las ideas de Anatollo France, que...
:¿Y para esto agoto mi sensibilidad, pensaba
Otano, y malg~s~o la flor de mi alma, para que me
muerda la env1d1a ocultamente? Si pudiese pesar
el ~r~ Y. el contra de la opinión, las alabanzas y
las 111JUna~, ¿acaso no pesarían éstas más que aquéllas? ¿Y nu carrera será entonces una caminata por
entre mal_vados, que me acechan en la sombra y
que me siguen mordiéndome, y yo nunca podré
con~cerlos á todos, y sentiré que hay algo que me
hos:1ga y mina, ojos que me celan, lenguas que
me mfa~an, manos que me hieren sin que que yo
pueda librarme? .•. ¿Y no conoceré al amigo y beberé, acaso,, co~ mi enemigo? ...
- Garcia dice - pro~e~uía entre tanto el jovenzu~lo - que está escnb1endo un artículo para
la revista La L~ctttra, en el que piensa atacarte
de un modo ternble. As~gura que tiene muy buenos datos, que ha recogido de tus obras anteriores un sinnúmero de vaciedades, no pocos galicismos y bastantes citas equivocadas. Añade García
que tú erP.s un hombre inculto ... ¿Qué dices á eso
Otaño? ¿No piensas defenderte?
'
«Me acosarán entre todos, se unirán para de-

rribarme; la rabia y la impotencia propias les dará
fuerza; no podrán consentir mi triunfo ... ¡N'o, no!
¡Nunca más escribir!•
- ¿Qué_ pi~nsas, Otaño? No me dices nada ...
Oy,e, necesitare de ti dentro de pocos días. En el
«Circulo• pensamos organizar una Exposición y
Y,º pr~sentaré 1;1nas acuarelas... ¿Me harás un ~rt~culo, ¿~I_e daras un bombo?... El imbécil de Urruha v_a diciendo por ahí que tú no entiendes nada
d; pmtu_ra. .. Voy á fumar otro pitillo. Toma, fuma
tu también.
Entonces ?taño, que sentía rebosar su alma de
asco y de fatiga, y que ya no podía resistir por
m~s t~em~o aq1;1ella repugnante exposición de las
m1senas !tteranas, se _levantó, cogió al jovenzuelo
del brazo y lo llevó nolentamente hacia la puerta.
:-- No seas bruto, Otaño, no seas incivil! ...
¡Chico, 9ué maner~ de despedir á la gente!. ..
Otano lo empujó al fondo del pasillo, sin hablar palabra, y se volvió á su gabinete.
- ¡Te aco~darás de esto, Otaño! ... ¡Me vengaré! ... - chillaba el jovencillo.
Pero Otaño cerró la puerta y se sentó, abrumado, más hastiado que nunca.
Tal era,el turbión de ideas que en aquel momen_to_ bulha en su mente, que Otaño se propuso
escnb1r l.ln artículo: ¡el último artículo!

�Pudo más en aquella ocasión el hábito que la
angustia de su alma y el desfallecimiento de sus
ideales. Estaba corrompido por la costumbre de
escribir, de darse al público en sus más intimas
ondulaciones psicológicas.
_
Pero se acordó de que había roto la pluma ...
Sin embargo, buscó en sus bolsillos, encontró un
lápiz y escribió rápidamente, sin pararse, sin titubear de un solo tirón, el siguiente artículo:
• LOS INMORALES
,La profesión más inmoral de todas las profesiones es la del escritor. Xo hay oficio tan humilde y desgraciado como el oficio de la literatura.
Sin embargo, nadie hay tampoco que sea tan altivo como el escritor.
•¿Y qué derecho tiene el escritor para sentirse
altivo? ¿Por ventura el literato es un centro, y un
fin, y una cosa única que se basta á sí misma? ¿Es
dueño, señor de sí mismo, el escritor?
,El escritor, al contrario, no es dueño de si
mismo, ni se pertenece, ni tampoco le pertenece
su renombre; este renombre, y su misma personalidad, no son pertenencias del escritor. El escritor, por consiguiente, si fuese lógico, habría de ser
humilde, puesto que es un servidor del público.
,El público manda en el literato, la fama de
éste pertenecr al público; el público es como un rey
antiguo, autoritario, que puede quitar y dar mercedes. Un tendero, barrigón y lucio, pasa por la
calle, me Ye, se acerca á mí y me sonríe paternalmente, me pasa la mano por la espalda, me aga- grado de su sér se enturbie y se haga febril, para
rra del hombro, como si tomara posesión de mi que las páginas resulten bien atormentadas, bien
persona, y elogia mis escritos.
febriles y originales. Retuerce el pescuezo á sus
,.\1 elogiarme, el rústico tendero realiza un pasiones más íntimas, para que su obra literaria
acto de benévola superioridad. En aquel momento degt:ile y caiga como un licor refinado, mortal y
yo soy suyo, yo no me pertenezco á mí, sino que
te ...
dependo del tendero barrigón y lucio¡ sin su bene- sorprenden
&gt;Coge las flores de su alma, las mariposas de su
plácito, yo, como escritor, no existiría. Vivo yo fantasía, las alas impalpables de su imaginación, el
gracias á la benevolencia de mi amigo el tendero. velo azul de sus sueños, el oro de sus esperanzas,
Y si le llamase imbécil y me rebelara, dando vue- el polvillo luminoso de sus ilusiones, la blancura
lo á mi altivez, ¿no tendría razón el tendero en in- de sus creencias, el plumón cándido de su virtud,
dignarse, como aquel á quien arrebatan una cosa la llama tímida de sus amores, y con todas estas
que es suya?
virginales excelenrias hace un compuesto y lo des,¿No es del tendero mi fama? ¿No me la otorgó tila, como un licor exquisito, terrible ... ¡Es como
él graciosamente? ¿}fo le debo yo cuanto soy y un ladrón de sí mismo, que se roba su mejor ricuanto valgo? ¿No está en su arbitrio el quitarme queza, para ofrecerla en homenaje... ¿A quién?
cuanto yo tengo, puesto que es suyo? El tendero
,Esa cruel é insaciable amada, es la vanidad.
es quien mide el mérito de mi trabajo, porque mi
• El escritor se arrodilló á los pies de la vanidad
trabajo no es nada por si mismo, sino mrdiante la y le ofreció cuanto él poseía: virtud, orgullo, inde·valuación ajena. Xo es mi trabajo como un puente pendencia, talento. Entonces la vanidad le exigió
ó como un par de zapatos, obras humanas que son más, todavia más, siempre más, hasta que no quepor ellas mismas, y dentro de ellas llevan el fin, el dase dentro de él ninguna cualidad de soberbia. Y
objeto de su valor, y son útiles y buenas sin ne- el escritor se hace siervo de la ,·anidad, y para ella
cesitar de ninguna extraña concesión ...
por ella muere...
•Perola inmoralidad del escritor estriba, prin- vive,,Los
escritores somos los juglares eternos, que
cipalmente, en su humillación continua¡ y es, ade- saltamos sobre la cuerda de la posteridad. Y para
más, inmoral, porque transforma los valores per- nosotros no hay remedio, no hay esperanza: toda
sonales y porque miente y enturbia la visión de la eternidad nos toca saltar sobre la cuerda del
todas las cosas universales.
circo. En el circo está sentada la humanidad, aten• El escritor necesita que las cosas se acomoden ta; salimos nosotros á la arena y nos lanzamos soal fin de su literatura, y no vacila en exagerar, en bre la cuerda, y brincamos á más y mejor: el púcorromper, en alterar el aspecto del mundo, con blico aplaude, el público ríe, y nosotros nos inclital de que cada una de sus páginas tenga un
dándole las gracias.
fuerte sabor de originalidad. Como además el es- namos
&gt;Cogemos la pelota de nuestra personalidadcritor saca del fondo inefable de su sér toda el y en la pelota va toda nuestra riqueza interior, los
alma de sus escritos, procura que ese fondo sa-

sueños, el ansia, las visiones, los pensamientos, los
dolores y las alegrías -¡ cogemos la pelota y la
echamos en alto y h~cemos con ella bonitos juegos. Y la ~elota va girando á la luz, ofreciendo sus
colores ?n!lantes ó siniestros; colores múltiples
que el publtco admira, aplaude y paga.
, •_Después que hemos alegrado la ociosidad del
publico con nuestros juegos, nos metemos en el
fon?o del barracón, en la gran feria de la vida.
A!h ~omemos nuestro pedazo de pan y roemos las
m1gaJaS de la _alabanza. El vino de la gloria nos
aturde; la vamdad, nuestra amada, nos azota sin
parar.
&gt;Allí, en el fondo del barracón, todos los juglares del arte nos mezclamos, y por una miga-

ja de pan gruñimos, Y por un pedacito de alaban~a trabamos fuerte pelea, mordiéndonos con
una ira reconcrntrada, allá en la intimidad del barracón.
•Luego salimos otra vez al circo. El público lleºª, I_as grndas, )as mujeres hermosas sonríen, la
n:1us1ca suena tnunfalmentc. Nosotros salimos disimulamos las heridas, tapamos el dolor, y j~gamo~ nuevamente con la pelota de nuestra personalidad ...•
VI

Pero_ de repente, cuando escribía con más calor y fl~1dez, )e.asaltó de nuevo la idea de que él
no deb1a escnbtr, de que el público era un miserable; él, (?~o, quería ser el saltimbanco orgulloso que h1c1era una mueca de desprecio ante el

�público y huyera del circo y del barracón. Sonrió
amargamente y murmuró:
- ¡No vale !a pena de contarle nada al público!
Y para afirmar definitivamente su propósito,
rompió también el lápiz, cogió el tintero y lo arrojó contra la pared; y el tintero, al estrellarse, metió un gran estampido y dejó en la pared un enorme chafarrinón.
- ¿Qué me queda por hacer ahora? ¿En qué
emplearé la vida? ...
Emprendería un trabajo honrado, digno, útil á
1a ouena marcha de la humanidad; sería comerciante, mecánico, agricultor. Pero, ¿lograría olvidar
su pasado, su intuición artística, su vicio de exprimir las ideas y sensaciones en artículos, en libros? ...
Delante de un crepúsculo de verano, ¿podría
resistir la opresión de una oficina 6 de un taller?
Cuando pasasen las golondrinas en primavera, ¿no
sentiría que se le llenaba el alma de ensueños inefables, que en seguida querría traducir en páginas
Ji terarias?
Al contemplar el divino cuadro de la Naturaleza, los mares rugientes, los horizontes azules, las
montañas· al oir el eco de los conflictos sociales;
al sentir 1~ vibración del mundo, ¿podría resistirá
la obsesión del artículo, ahogar sus ideas, guardárselas y callar?. . .
_
Ya no podría contemplar la Naturaleza con OJO
indiferente; ya no podría asistir á la tragedia humana como un silencioso espectador. Estaba condenado ya á producir imágenes é ideas, á ofrecer
sensaciones; su cerebro se había acostumbrado á
la creación; sus labios moldeaban la frase armónica inconscientemente; su hábito del análisis y de
la crítica no le permitían sosegar ante la ola de los
pensamientos que continuarhente se levantaba en
su cerebro. Y luego, la vanidad, el vicio del aplauso, la horrible é insaciable vanidad...
Era escritor por ley de su destino; ya no podría ser nada más que escritor. ¿Cómo contener
el turbión de ideas, comentarios, imágenes, sentimientos? Dentro de él se formaba diariamente
como un aluvión de aguas ideales que rebasaban
de su sér y saltaban fuera por conducto de la pluma; si dejasen de saltar aquellas aguas copiosas,
llegaría un momento en que no cupiesen dentro
de él y lo anegarían. Se formaba dentro de ~¡ una
concepción ideológica; una preñez angustJ.osa é
impaciente le embargaba cada día, hasta que se
abría en el parto, y entonces sentía una impresión
de júbilo y de sósiego. Si ahora quisiera encarcelar el aluvión de su inteligencia, las ideas romperían la cárcel y saldrían como locas...
- ¡Sí, yo terminaré por volverme loco!
De tal manera le agobiaban los pensamientos,
que ·por un instante se los figuró como dotados de
personalidad; ya no eran id~as inmateriale~ las que
rondaban por su cerebro, smo séres enemigos, séres corpóreos y tangibles ... Hast~ creía distinguirlos unos de otros, á sus pensamientos, y unos
eran rojos y le hacían muecas cínicas, otros eran
negros y le hacían guiños espantosos, y todos ellos
le perseguían, le acosaban, le mordían, y él no podía ahuyentarlos de ningún modo.
- Indudablemente, yo comienzo á desvariar.
Concluiré por volverme loco.
·

Se llevó la mano á la frente y observó que tenía calentura. Pensó en acostarse ... Pero en seguida que lo pensó, sus ideas dieron un brinco terrible en su cerebro y se le aparecieron más feroces que nunca. Unas eran rojas y le hacían muecas
cínicas; otras eran negras...
Tanto se asustó, que en lugar de acostarse cogió el abrigo y corrió hacia la puerta. En la puerta
notó la falta del sombrero ...
- ¡Sí; yo concluiré en loco!
Salió, en fin, y tomó la calle adelante, sin rumbo fijo. Nevaba copiosamente.

VII
Los copos de nieve voltejeaban en el aire y
sembraban la negrura de la noche con puntos blancos infinitos. La gente corría apresurada; como
aquella nevada era tan insólita, todos los transeuntes se asombraban viendo la nieve y prorrumpían en exclamaciones de admiración y de sorpresa. ¡Qué blanco, qué suave espectáculo! . ..
Los teatros se vaciaban en aquel preciso instante, y los buenos espectadores dominguero~,
que aun retenían en los ojos las visiones fantásticas de la escena, quedaban maravillados al ver
aquel otro espectáculo, blanco y tímido, con que
les obsequiaba la Naturaleza.
Una multitud de mujeres bellas y elegantes
llenaba el vestíbulo del teatro Real; los ojos femeninos, llenos todavía de la sqñadora poesía del
Lohengrin, los ojos que se habían anegado en la
blancura de Eisa, en la blancura del cisne mágico
y en la blancura del río misterioso y le2;endario,
se abrían asombrados al contemplar la nueva blancura de la nieve, de los levés y voltejeantes copos
que punteaban la negrura de la noche. «¡Qué lindo, qué blanco! ... • exclamaban las mujeres.
Otaño se detuvo en mitad de la plaza, y aguardó largo tiempo: parecía que deseaba sumergirse
en aquella limpia blancura, anegarse en frío y en
olvido. . . Después volvió á caminar, sin rumbo y
sin plan, como un sonámbulo.
Veía á los golfos que andaban como perrlejos,
como pájaros despavoridos; la nieve les había sorprendido de pronto, y buscaban en los rincones
algún lugar confortable en doade e_sconder s~s
pies descalzos. Sobre la capa de la 111eve, los ruidos de la ciudad se amortiguaron, se apagaron temerosamente; algo de siniestro, algo que tenía de
silencio triste, de asombro y de miedo, flotaba
en el ambiente. Poco á poco la ciudad fué enmudeciendo; aquel contraste de silencio actual con
el tumulto anterior, hacía que la capital de España apareciera como una ciudad que moría, que se
acababa. Interrumpiendo el raro silencio invernal,
los gritos de los vendedores atronaban de repente
la calle: eran vendedores de billetes de la Lotería, que gritaban agriamente:
- ¡Hoy sale, hoy! ¡Llevo la suerte! ¿Quién
quiere la suerte? ...
Después callaban también los gritos y todo se
sumía en el gran silencio de la nieve.
Desembocó Otaño en la Puerta del Sol. Vió la
plaza vacía, abandonada y sola. En medio de-la soledad nquella, como si la capa de nieve fuera un
tapiz blando y primaveral, un perro negro, lanudo1

vivaz, corría henchido de
júbilo, brincaba y se revolcaba en el suelo, hocicaba en la blanca alfombra, lanzaba las patas al
aire, rompía á correr una
carrera desenfrenada, ladrando alegremente.
Torció Otaño por la
calle del Príncipe y estuvo vagando mucho tiempo por sitios escondidos é
ignorados. La nieve le
azotaba el rostro, le cubría el cuerpo totalmente; pero él seguía como
un autómata, insensible á
los agentes exteriores,
ensimismado en su interna batalla moral.
Se paró de pronto, y
como si respondiese á
una terrible pregunta interior, exclamó en voz
alta:
- En fin de cuentas,
¿para qué vivir? ... ¿Qué
tiene esta vida de interesante? ...
Rompió á andar nuevamente y fué á dar en
la propia calle de Toledo,
allá por la parte de la Cebada. Vió unos cestos de
hortaliza arrumbados junto al mercado, algunas
verduleras arrecidas, un
carro en mitad de la calle,
casi cubierto por la nieve. Después, siguiendo
el extraño rumbo que le
marcaba su automatismo,
Otaño embocó una calle
estrecha, solitaria, que le
condujo al mismo corazón de los barrios bajos.
Por allí anduvo vagando á la ventura, sin
encontrar apenas gente:
la miserable gen te de
aquellos barrios estaba
guarecida en sus cuartuchos, al amparo de los braserillos centenarios, ó bebiendo vino en las angostas tabernas. De estas tabernas salía un vaho espeso, mezcla de vino, humo, aceite, harapos; los
hombres que bebían allá adentro tenían las caras
contraídas, los ojos apagados, los cuerpos encogidos; en los rincones más abrigados veíase la catadura de algún mozo de cuerda, triste como un día
sin pan, ó la borrosa facha de algún obrero, que
bebía silenciosamente para calentarse.
Ütaño vió una taberna abierta y entró incontinente. ¿Para qué había entrado? No sabía qué
hacer allí dentro... Pidió una botella de cerveza,
llenó el vaso y se lo bebió sin respirar. Miró en su
rededor: el dueño le contemplaba atentamente,
con una mirada que era toda una profunda interrogación; los parroquianos cesaron de charlar y

también le observaban curiosamente; hasta el gato
se le quedó mirando con gran extrañeza. ¿Qué
buscaba aquel señorito á tales horas y en tan inconveniente lugar? ... Pagó el gasto y se marchó.
La nevada iba cediendo poco á poco; la noche
se tranquilizaba: entonces adquirieron las calles
una dulce poesía invernal, una paz como de ensueño ó como de leyenda germana. La ronda de
Toledo aparecía como una gran vía fantástica,
toda blanca, toda limpia y con la nieve completamente incólume. Los árboles destacaban de la total blancura, lo mismo que si fuesen personajes
tácitos y pensativos puestos allí de centinelas del
ensueño. La luz de los faroles amarilleaba sobre
el nevado pavimento, y estaban los faroles colocados de tal manera, á lo largo de la extensa calle,
que se les veía perderse en la bruma del horizon-

�te, ni más ni menos que si se tratase de una fila de
lámparas perdiéndose en el Infinito... Todas aquellas cosas inusitadas, irreales, imaginativas, hacían
que la mente de Otaño se enturbiase cada vez
más, y que el trajín de sus ideas adquiriese las
proporciones de una verdadera locura.
Había llegado al paseo del Prado, y se le ocurrió detenerse enfrente de una ventana que tenía
las persianas corridas herméticamente. Algo de
singular le debió de atraer, y sin duda este algo
fué la música, velada y discreta, de un piano que
sonaba tras de aquellas herméticas persianas. Y
sucedió que la música estaba como hecha á la medida del estado ie alma de Otaño, porque la ventana, suavizando las •iotas del piano, sólo dejaba

pasar un rumor melodioso muy débil, muy apagado, semejante á una música que viniese de lejos,
ó semejante á una de esas músiras mentales que
únicamente se oyen cuando se sueña.
Otaño entonces traspuso la linde de lo material y alcanzaba el punto definitivo en que todo el
sér se deshace en sueño, en inconsciencia y en
fantasía. Las cosas de la calle no las miraba en su
verdadera forma, sino esfumadas, envueltas en
bruma; los árboles no los veía como árboles, sino
como objetos taciturnos, hieráticos; la nieve se le
figuraba una masa fluida que llenaba todo el mundo, y que ya no existían cuerpos pesados, ni la
tierra tenía solidez, sino que todo era fluido, flotante, blanco. ..

Bruscamente la música se hinchó, se agrandó
y se hizo robusta; ocurrió algo parecido á una ola
repentina que viniese tronando y envolviéndolo
todo. Se abrió, en fin, la ventana de par en par.
Entonces las cosas se materializaron nuevamente;
la luz fué más viva y verdadera, las notas del piano sonaban fuertes y chillonas, las fantasías y las
incoherencias se fueron, se escaparon. Una voz femenina sonó clara y vibrante para confirmar, de
un modo absoluto, la realidad de la vida.
Y Otaño despertó. Al tiempo que despertaba,
oyó que decía aquella voz de mujer:
- ¡Qué bonita está la nieve! ... Mira, Pilar,
mira qué encanto...
El encanto fué para Otaño, viendo la bellísima
mujer de la ventana. Era una joven pálida, morena, de grandes ojos garzos, de aire aristocrático é
inteligente, peinada con dos ondas que le caían
sobre las sienes y dábanle al rostro un fino matiz
romántico. A Ota.ño se le figuró aquella mujer la
más bella y espiritual del mundo entero; sintió
que el alma se le llenaba de ternura, sintió deseos
locos de poseer aquella mujer, de abrazarla y
amarla.
- ¿Por qué no había de ser mía esta joven? ...
Inmediatamente se puso á divagar su fantasía.
Si él lograse poseer aquella mujer, ¡ah, entonces
sí que tendría un objeto magnífico la vida! Amar
y ser amado, confundirse en una pasión inmensa
y ardiente... Puesto que la gloria era una ficción
engañosa, el amor vendría á completar y á llenar
su pobre existencia, y viviría una vida rica y elegante, con palacios, con habitaciones mullidas, con
viajes remotos, con alegría y con cariño...
Pero en el preciso momento &lt;.&gt;n que la fantasía
de Otaño alcanzaba su mayor altura, salió á la ventana la otra mujer, que era una jamona opulenta,
y los sueños del literato se desvanecieron.
Decía la opulenta jamona, bajando la voz y
sofocando la risa á duras penas:
- Pero chica, ¿estás loca? Tienes ahí al novio
muerto de frío ...
- ¿Qué novio?- respondió la bellísima joven.
-¿No le ves ahí? Y te mira como para comerte. .. ¡Já, já!
- ¡Qué cosas tienes, mujer! ¿~o comprendes
que es un cesante, que no habrá comido aún?
- ¡Chit, que nos oye! Pero... calla, yo le conozco.
-¿Quién es?
- Es Otaño, ese escritor que dicen que va
para académico.
- ¡Jesús, un académico mi no\'io! ...
- IJá!, ¡jál, ¡já!. . .
Las dos mujeres unieron en una sus carcajadas, y para reir más á gusto se metieron dentro de
la habitación. No contentas todavía, cerraron la
ventana, corrieron las persianas; y al poco rato
volvió á oirse la voz opaca, remota, sentimental
del piano. Otaño se restregó los ojos y arrancó á
andar nuevamente.
Mie~tras se perdía en las calles tortuosas de
Madrid, Otaño oía distintamente las carcajadas
con que las dos mujeres le despidieron; pero la
carcajada de la mujer joven, la pálida y divina joven cuyo amor había ambicionado un momento,
aquella carcajada le estaba sonando en el mismo corazón.

-¡Qué miseria esta! pensaba-; ¡qué
suerte de fracasos sentimenta1es!. .. ¡Y qué
vacía esta pobre
existencia mía!
Un coche
pasó á su lado
dando tumbos,
le rozó la espalda,casi le alcanzaron las ruedas. Una pobre
anciana, viendo
el riesgo, lanzó
u n chillido; 1a
gente se paró
consternada; el
cochero detuvo
los caballos; todos se alarmaron, menos Otaño, que apenas
si se &lt;lió cuenta
del peligro que
acababa de amagarle.
-En último
caso, ¿qué importaba? Si me
hubiese cogido
el c0che debajo, si me hubiera muerto, ¿qué importaba? . . .
Se encontró enfrente de su casa. Estaba cansado, muy cansado y muy triste. Subió, pues, á su
cuarto y cayó en la cama cuan largo era.

VIII

Sr agarró la frente con las dos manos, cerró
los ojos, se abismó dentro de sí, con un gran deseo de llorar. Estuvo en esta forma largo tiempo.
Y cuanto más se abismaba dentro de sí, sus ideas
negativas le atormentaban con mayor furia; y luego vinieron sus recuerdos á saltar en lo obscuro
de la imaginación, ¡sus recuerdoc; grises, feos, tristísimos! Vió la vida pasada, la miserable juventud, llena de fiebre y de angustia por llegar. Se le
apareció la vida como una llanura rasa; el cielo
era frío y gris, el horizonte negro é insensible ...
Todavía tuvo su ilusión un instante de alegría.
Pensó en una vida clara y sonriente, tal como su
alma, bC'névola é inocente en el fondo, solía muchas \'Cces imaginar. L'n río manso y profundo,
con molinos en la orilla, con suaves laderas verdes plantadas de cerezos y manzanos en flor. ..
Una casa blanca junto á un recodo del agua. y allí
dentro las gallinas, las dóciles reses, un perro ladrador, unos niños, una mujer que sería de buena
y cariñosa como lo fué su madre ... Una montaña
con pinos y robles, grillos que cantasen en las noches de Junio, mariposas bonitas, sol, aire puro y
blando... Una playa grande y solitaria, donde viniesen las olas á romper rumorosa y gravemente...
Los pinos se quejarían de un modo inefable, en
las horas cálidas del medio día; á lo lejos se ele-

�varían las montañas, doradas cuando el sol muere, blancas en el invierno, azulinas en el estío,
embozadas en mantos de bruma allá en la hora
religiosa del principio d~ la noche... El cú-c~, las
hojas movidas por el viento, el resonar contmuo
del agua limpia, las voces y estremecimientos de
la alta, solemne y profunda noche. ..
Sin embargo, estas imágenes amables y venturosas, en Jugar de reanimarle, por un efecto de
-fatiga, le sugirieron todavía ideas más negad?r~s.
Vió, en efecto, que todo aquello que él amb1c10naba en sus horas de recogimiento, aquello con
que soñó y para cuya conquista empleo él tanta
voluntad, ya no podría disfrutarlo en paz: estaba
corrompido hasta la entraña. La ambición, la literatura, la vanidad, el hábito, el público, le tenían
esclavizado, le corrompieron definitivamente.
En este punto de su derrotero ideológico, Otaño se puso de pie en mitad del gabinete y se afirmó á sí mismo que todo había acabado para él.
- Mi vida es ya imposible. Mi vida era la
pluma, la pluma, la síntesis de mi sér. He roto la
pluma. Ahora sólo me queda...
Dió un grito y exclamó:
- ¡La muerte, la muerte! ...
Corrió hacia la mesa, abrió un cajón, buscó
precipitadamente entre los papeles y sacó una
pistola reluciente, de dos tiros. Sus ojos se habían
abierto despavoridos, como si contemplasen un
fantasma alucinador. Temblaba todo su cuerpo.
Ante la súbita idea - la exacta, la precisa, la
culminante idea de toda su vida-, Otaño se estremeció hasta la raíz del pelo.
Fué á un extremo del gabinete, adonde esta-

ba el alto y gran espejo, se puso delante de él,
apuntó á la sien con la pistola...
Se vió á sí mismo, y se aterró de verse. Sus
ojos tenían un color desconocido; parecía que el
alma se asomaba á ellos. Quiso gritar, quiso bajar
la mano ...

~·-------------------------~
CASA EDITORIAi"' MAUCCI
BARCELOHA: tallB dB Mallorca, 166 _, SUCURSAL: [allB dB Espoz y Mina, 15 - MADRID

· · L~ ·b~~n~ ·s~fio;a· qu·e · 1~ ~~r~í~ y· c~id~b~ :__:
¡quién sabe si conducida tan oportunamente por
algún genio benévolo! - abrió la puerta del cuarto en aquel crítico instante, y dijo con acento maternal y cansado:
- Aquí tiene, don Miguel, el vaso de leche
caliente. Bébalo, porque hace mucho frío. ¡Qué
noche, Virgen santa, qué noche! ... ¡Pobres marineros, á quienes les coja esta nieve en el mar!
La buena señora, lamentándose y renqueando,
salió del cuarto. Y Otaño se encontró solo otra
vez ...
Miró el revólver, miró en su torno, y sintió una
gran vergüenza de verse en aquel trance y con
aquella arma en la mano. Escondió, pues, el arma,
y suspiró fuertemente.
Sus nervios se distendieron; la angustia que le
oprimía antes la garganta, desapareció; sintió un
raro alivio, un descanso ... Bebió, en fin, la leche
y se sentó en su banco de galeote, frente á la mesa
de trabajo.
Abrió un cajón de la mesa, buscó por allí hasta encontrar una pluma; la armó, preparó cuartillas, otra vez suspiró fuertemente, y por último se
puso á escribir un artículo.
- Esto no tiene remedio - murmuró-. La
fatalidad lo ha dispuesto así. ..

'
FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empicado en e~ta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de Jos~ Blass Y Cía., San Mateo 1, Mad11d.

Principales obras del Catálogo
BIBLIOTECA DE ARTE Y LETRAS
Es, sin duda alguna, la colección más cuidada,
más interesante y mejor presentada de cuantas se
han publicado hasta el día.
Los tomos, esmeradamente impresos, van elegantemente encuadernados en tela, con artísticas
planchas doradas en las tapas.
Los autores fueron elegidos entre los más famosos, y en cuanto á los extranjeros, I::~ traducciones
están es~rupulosamente hechas por l.te:atos dístinguidos y concienzudos, que ocupan en las letras españolas envidiable puesto.
A ·más, todos los tomos van profusamente ilustrados por los mejores artistas nacionales y extranjer1s. - Precio de cada tomo: 3 pesetas.
Dramas de Guillermo Shakspeare, traducidos por
D. Marcelino Menéndez Pelayo, 4 tomos.
F.ortµ11y, por José lxart, 1 tomo.
'
Cuentos, por, ndersen, 1 tomo.
Vida del escudero Marcos de Obregón, por Vicente
Espinel, 1 tomo.
Dramas de Schiller ( traducciones de José lxart),
3 tomos.
La hija del Rey de Egipto, por Jorge Ebers, 2 tomos.
El Nabab, por Alfonso Daudet, 1 tomo.
La razón sacial Fromont y Risler, por Alfonso Daudet, 1 tomo.
Mireya, por Federico Mistral, 1 tomo.
Odas de Horacio ( traducciones de los mejores ingenios españoles, coleccionadas por Menéndez
Pelayo), 1 tomo.
María (novela americana), por Jorge lsaacs, 1 tomo.
Sainetes de Ramón de la Cruz, 2 tomos.
Perfiles y colores, por Fernando Martínez Pedrosa,
1 tomo.
Fausto, por Juan M(•lfang Grethe(traducción de Teodoro Llorente), 1 tomo.
Bocetos califomia11os, po• Bret Harte, 1 tomo.
Tres poeslas, por O. Wallin, T. Schiller y T. de Andrada ( traducciones de J. E. Hartzenbusch y
J. Ixart), 1 tomo.
Quinti11 Durward, por Sir Walter Scott, 2 tomos.
Poesías de Ramón de Campoamor, 1 tomo.
El hijo de la parroquia, por Carlos Dickens, I tomo.
La niña Dorrit, por Carlos Dickens, 2 tomos.
Narracio11es de la selva negra, por Auerbach, 1 torno.
Romancero selecto del Cid, 1 tomo.
Nora, por la baronesa de Brackel (prólogo de don
Juan Mañé y Flaquer), 1 tomo.
Mujeres de Grethe, por Pablo de Saint-Víctor (traducción de José lxart; prólogo de Urbano González Serrano), 1 tomo.
Viaje artístico de tres siglos, por Pedro de Madrazo,
1 tomo.
Elena de la Seigliere, por Julio Sandeau, 1 tomo.
Novelas escogidas de Mateo Bandello (traducción de
José Feliú y Codina), I tomo.
Músicos célebres, por Félix Clement, 1 tomo.
Dramas de Víctor Hugo, 2 tomos.

La Regenta, por Leopoldo Alas (Clarín), 2 tomos.
Mil y un fantasmas, por Alejandro Dumas (padre),
1 tomo.
El conde Kostia, por Víctor Cherbuliez, 1 tomo.
Dramas musicales de Ricardo Wagner, 2 tomos.
La dama joven, por Emilia Pardo Bazán, 1 tomo.
Poesías. - Libro de los cantares, por Enrique Heine
.. (tra_ducciones de Teodoro Llorente), 1 tomo.
¡HIJO mw/, por Salvador Farina, 1 tomo.
Cabellos rubios, por Salvador Farina, 1 tomo.
Oro escondido, por Salvador Farina, 1 tomo.
Murillo. - El hombre. - El artista. - Las obras,
por Luis Alfonso, 1 tomo.
La mariposa, por Narciso Oller, 1 tomo.
Misceldnea literaria, por Gaspar Núñez de Arce,
1 tomo.
El anacronópete, por Enrique Gaspar, 1 tomo.
A orillas del Ouadarza, por J. Ramón Mélida, 1 tomo.
Cuentosfantást,cos de E. Teodoro Hoffman, 1 tomo.
Historias extraordinarias, por Edgard P, e, 1 tomo.
Faustina de Bressier, por A. Delpit, J tomo.
Ana Karenine, por el conde León Tolstoi, 2 tomos.
Magdalena, por Julio Sandeau, 1 tomo.
Leoni Leone, por Jorge Sand, 1 tomo.
Leyenda del rey Bermeio, por Rodrigo Amador de los
Ríos, 1 tomo.

OBRAS DE EMILIO ZOLA
Las tres ciudade~.-Lourdes, 2 tomos.-Roma, 2 tomos. - Pans, 2 tomos.
·
Los cuatro evangelios. - Fecundidad, 2 tomos. Trabajo, 2 tomos. - Verdad, 2 tomos.
Epistolario de Emilio Zola.
Precio de las obras antes indicadas: Cada tomo en
rústica, 2 pesetas. Encuadernado en tela, con
planchas doradas, 2,50.

OBRAS POÉTICAS
Obras poéticas de Espronceda. Magnífica edición
ilustrada con ocho primorosas láminas, 2 ptas.
Obras completas de Ramón de Campoamor. Cuatro
tomos ilustrados: l.º Los pequeños ·poemas. 2. 0 Doloras y Humoradas. - 3. 0 Poemas. -4.º
Poesías y cantares. Cada tomo, 2 pesetas.
Los trovadores de México.- Poesías líricas de autores contemporáneos. Un tomo, 2 pesetas.
Parnaso argentino. - Poesías selectas recopiladas.
Edición ilustrada con veintiséis retratos. Un
tomo, 2 pesetas.
Parnaso venezoldno. - Selecta recopilación de las
mejores poesías, impresas sobre magnífico papel satinado. Un tomo de 470 páginas, ilustrado
con más de treinta retratos, 2 pesetas.
Poeslas completas de José Santos Chocano.- Nueva
edición cuidadosamente corregida por el autor,
con un prólogo de M. González Prada. Un tomo,
2 pesetas.
Poeslas escogidas de juan de Dios Peza. -Unica edición autorizada por el autor y aumentada con
varias composiciones inéditas. Un tomo, 2 ptas.

�El [usnto Ssmannl
RlmonoquB dB ,,El tuBnto 5Bmonol" para 1908
Estamos preparando un Número•Almanaque, que constará de 40 páginas
y que contiene, además de,t.ma novela inédita de uno de los colaboradores
de Et Cuento Semanal que más éxito han obtenido. numerosos trabajos

literarios.
La novela tendrá las rnismas dimensiones, aproximadamente, que las que
hasta ahora venimos publicando, y los demás trabajos, entre los que figuran

cuentos, artículos festivos, poesías, etc., irán firmados por Jacinto O. Picón,
Eduardo Zamacois, M. Linares Rivas, E. Marquina, Salvador Rueda, J. Pérez
Zúñiga, Luis Gabaldón, E. Carrere, M. Machado, A. Palomero, Ortiz de Pineda
y otros renombr.ados y prestigiosos escritores.
La portada, á todo color, es de Tovar, y firman las ilustraciones interio-

res (bicromías y tricromías) E. Estevan, Pedrero, Francés, Lozano, Alvarez
Dumont, Apeles Mestres, Karikato, etc.
Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
•

NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

11

=

(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

l

~

'I

i¡ 1il
1
11

11

Respuestas

=====

lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

Perfume CAKE - VALK Ruy - Ram
EL MÁS NUEVO Y PERMANENTE

O

DE PEDRERO

Pida.se tu todas las perfumerías

CafÉ superior En grano ·•'RTº ·~~.tRACOLILLO

6,50 - EL KILO- 6,50
MANUEL ORTIZ - CALLE DE PRECIADOS 4

BODAS, BAUTIZOS Y CRUZAMIENTOS
PARA ESTOS ACTOS RECOMENDAMOS VISITEN
LA EXPOSICIÓN DE CAJAS DE LA CONFITERÍA

DE HIDALGO 1'. 9 CALLE DEL BARQUILLO 9

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
AGUA DE COLONIA ORlVE, DESDE 3 REALES FRASCO.
POR LITROS, HASTA 4 PESETAS CON ENVASE, PIDIÉNDOLA DESDE 4 LITROS Á SU AUTOR, BILBAO, REMITIENDO SU VALOR
==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

• l!I l!I

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="426">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560756">
                <text>El Cuento Semanal</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560757">
                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562156">
            <text>El Cuento Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562158">
            <text>1907</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="53">
        <name>Año</name>
        <description>Año de la revista (Año 1, Año 2) No es es año de publicación.</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562159">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562160">
            <text>49</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562161">
            <text>Diciembre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562162">
            <text>6</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562163">
            <text>Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562180">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562157">
              <text>El Cuento Semanal, 1907, Año 1, No 49, Diciembre 6</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="39">
          <name>Creator</name>
          <description>An entity primarily responsible for making the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562164">
              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562165">
              <text>Cuentos</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562166">
              <text>Narrativa</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562167">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562168">
              <text>Cultura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562169">
              <text>Relatos cortos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562170">
              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562171">
              <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562172">
              <text>Salaverría, José María, 1873-1940, Colaborador</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562173">
              <text>Pedrero, Ilustraciones</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562174">
              <text>06/12/1907</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562175">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562176">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562177">
              <text>2020342</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562178">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562179">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562181">
              <text>Madri, España</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562182">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562183">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36317">
      <name>Consultorio Grafológico</name>
    </tag>
    <tag tagId="36325">
      <name>JM Salaverría</name>
    </tag>
    <tag tagId="3588">
      <name>Libros y revistas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36324">
      <name>Novela El Literato</name>
    </tag>
    <tag tagId="36314">
      <name>Semana Teatral</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
