<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20203" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20203?output=omeka-xml" accessDate="2026-05-18T02:37:00-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16572">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/426/20203/El_Cuento_Semanal_1907_Ano_1_No_52_Diciembre_27.pdf</src>
      <authentication>00139bbd94694952c4464e3519d3c12b</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="562694">
                  <text>El [usnto Ssmannl
RlmonoquB dB ,,El tuBnto 5Bmonol" para 1908
Estamos preparando un Número•Almanaque, que constará de 40 páginas
y que contiene, además de,t.ma novela inédita de uno de los colaboradores
de Et Cuento Semanal que más éxito han obtenido. numerosos trabajos

literarios.
La novela tendrá las rnismas dimensiones, aproximadamente, que las que
hasta ahora venimos publicando, y los demás trabajos, entre los que figuran

cuentos, artículos festivos, poesías, etc., irán firmados por Jacinto O. Picón,
Eduardo Zamacois, M. Linares Rivas, E. Marquina, Salvador Rueda, J. Pérez
Zúñiga, Luis Gabaldón, E. Carrere, M. Machado, A. Palomero, Ortiz de Pineda
y otros renombr.ados y prestigiosos escritores.
La portada, á todo color, es de Tovar, y firman las ilustraciones interio-

res (bicromías y tricromías) E. Estevan, Pedrero, Francés, Lozano, Alvarez
Dumont, Apeles Mestres, Karikato, etc.
Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
•

NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

11

=

(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

l

~

'I

i¡ 1il
1
11

11

Respuestas

=====

lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

Perfume CAKE - VALK Ruy - Ram
EL MÁS NUEVO Y PERMANENTE

O

DE PEDRERO

Pida.se tu todas las perfumerías

CafÉ superior En grano ·•'RTº ·~~.tRACOLILLO

6,50 - EL KILO- 6,50
MANUEL ORTIZ - CALLE DE PRECIADOS 4

BODAS, BAUTIZOS Y CRUZAMIENTOS
PARA ESTOS ACTOS RECOMENDAMOS VISITEN
LA EXPOSICIÓN DE CAJAS DE LA CONFITERÍA

DE HIDALGO 1'. 9 CALLE DEL BARQUILLO 9

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
AGUA DE COLONIA ORlVE, DESDE 3 REALES FRASCO.
POR LITROS, HASTA 4 PESETAS CON ENVASE, PIDIÉNDOLA DESDE 4 LITROS Á SU AUTOR, BILBAO, REMITIENDO SU VALOR
==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

• l!I l!I

�El [uBnto SBmanal

Se publica los viernes
Oflclnás: Fuencarral 90 (
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409 1

/V\adrid

Camino adelante
Muy pronto, el día 4 de Enero, hará un año que apareció
el primer número de EL CUENTO SEMANAL,
S uestro periódico había tenido una gestación laboriosa
y activísima de más de cuatro meses.. Durante este tiempo,
cuantas opiniones se formularon acerca de nuestro proyecto
fueron pesimistas.
.
&lt;1En España se lee poco - decían-; al público, más que
una novela, Je interesa un telegrama ó la relación pintoresca
«del crimen de anoche». Por otra parte, aquí no hay cuen•
tistas•..»
Sin embar~o, como la idea era nueva y bonita, las simpati:is estaban con nosotros; todos deseaban que triuníásemos,
y la Prensa, siempre generosa, nos dispensó desde el primer
momento una protección que nunca agradeceremos bastante.
A cada momento nos preguntábamos: «¡Prevalecerá nuestro empeño?» Era esa inquietud, mezcla de alegría y de angustia, que únicamente co1\ocen los que de una vez y á una
sola carta arriesgaron todo su amor propio.
Y llegó el 4 de Enero. Fué un día espléndido, uno de esos
días rientes y azules de invierno, en que la gente siente necesidad de salir á la calle para caminar despacio y bañarse en
sol. El sol, nuestro aliado en aquella jornada memorable, aceleró nuestro triunfo: los vendedores trabajaron con ahinco;
el título de ¡EL CUENTO SE~IANAL! ... , repetido por centenares de gargantas, formaba un gran grito, ,qne parecía tremolar
sobre fas calles como una bandera; los tr:mseuntes, serenos
y contentos en la placidez tibia de la mañana, compraban el
periódico nuevo; que nada afüa tanto la curiosidad ó prurito
de saber qué pasa fuer2. de nosotros, como el «sentimos bien».
Como en Madrid, nuestra revista triunfó eu toda España;
aquella semana las cartas de íelicitación llovieron sobre nues•
tra mesa de trabajo. La campaña, por tanto, comenzaba bajo
augurios risueños; el camino mostrábase e,q,edito; á nuestros
anhelos ambiciosos, la Fortuna había respondido largamente.
Comprendemos, no obstante, que aun no hemos logrado,
ni con mucho, Jo que en la relatividad de todo lo humano
puede llamarse «defuútivo». La batalla primera está ganada;
el terrible reducto que la indiíerencia del público opone sistemáticamente á «lo que nace», quedó vencido. Pero dema·
siado sabemos que más diíícil que «llegar» es «conservar»
las posiciones merecidas, pues el esfuerzo personal se debi' lita y la opinión voltaria suele aburrirse hoy de lo que ayer
fué para ella motivo de curiosidad y regocijo. Por consiguiente, son numerosos y de grave cuantía los obstáculos que aun
esperan.
1 nosHasta
ahora nuestra labor ha sido de exploración 6 tan·
teo, y sin miedo á las «firmas nuevas» y á los nombres mal
conocidos ó un poco olvidados, fuimos aceptando cuantos
'trabajos nuestro criterio, demasiado indulgente quizás, estimó
publicables. Queríamos ofrecer á la mentalidad española un
-cauce libre, desenfadado, donde cupiesen las galla1das rebeldías del arte; queríamos que, bajo la protección de los «maes- .
tros», de los «consagrados», la juventud inédita, que nada
puede hacer por si misma, tuviese una buena tribuna, una
tribuna respetable, adonde asomarse. Si alguna vez nos equivoé.1.mos, sírvanos de disculpa aquel honrado propósito que
nos obligaba á ser benévolos.
·
•
Pero ya creemos conocer las tendencias del púhlico, ya
sabemos qué autores pr~fiere y, por tanto, desde aquí en adelante nuestto trabajo será cfé ··«selección y mejoramiento»,
tanto en lo .que atañe á la parte literaria como en lo concerniente á la parte decorativa, pues tenemos puesto todo nuestro empeño.en que, el tiempo andando, EL CUB:&lt;iTO SE)IANAL
neirie á ser ·\a revista literaria más culta y más genuinamente
art1stica de luantas se publican en España.
Con este objeto, á partir del próximo Enero empezaremos
árepetir dos ó más veces, aquellas firmas que mayor' éxito
-Obtuvieron en el transcurso del año que ahora concluye, y
con, ellas alternarán los autores premiados e!' nuestro Con-

AÑO 1 - 27 Diciembre 1907

N.º 52

Precios de suscdpción:
/Y\adrid y provincias: Trimestre :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

30

CéntiffiOS

curso y varias personalidades ilustres cuyos nombres están
en la memoria de todos y que todavía no han colaborado
aquí Así, poco á poco, iremos venciendo esa difícil cuesta
arriba que todas las empresas humanas - y como humanas
incompletas - necesitan recorrer antes de llegar á la períección anhelada. Tal s son nuestros propósitos.
Ahora bien: ¿Venceremos? ¡Seremos vencidos? 1Consesuiremos que entre nosotros prevalezca la nouvtlk, esa lindísuna
fonna literaria de la que son maestros los autores franceses
y que tan á mara\-illa responde al frívolo y sobresaltado vhir
de la sociedad contemporánea? El porvenir resolverá.
Entre tanto, seguros de prestar con nuestro esfuerzo un
alto servicio á la mentalidad nacional, continuamos nuestra
obra, que es obra &lt;le Belleza; y allá vamos todos, el público
y nosotros, camino adelante. ..

RAFAEL SALILLAS

La Dirección

=·o•~oc===o0&lt;co,c:,===-x::100&lt;====000,===-,ac:===&gt;

i

Libros y Revistas

I

A flor de piel. - Novela por Antonio de Hoyos y Vinent. - Imprenta de Idamor Moreno. Madrid.
La musa de Hoyos y Vinent es retozona, picaresca, amablemente. amoral, como la de Willy. Es un «refinado» que
describe la vida tolerante de los salones aristocráticos sin
acritud, echando sobre todas las fragilidades de sus personajes uná gran sonrisa de il'dulgencia evangélica. Y al vencedor 11¡tractivo de este criterio hay que añadir la tersura del
estilo1 pintoresco y íácil.
La Lectura. - Esta importante revista publica en su número de Diciembre notables artículos de Emilia Pardo Bazán,
Maragall, Urruti y Posada; un trabajo de A. Buylla, relativo
á «Caestio)'les íundamentales de Economía política»; un estudio acerca de «El Greco», por Rafael Domenech, y otros
originales de Bemaldo cte Quirós, Angel Guerra, M. Tenreiro! etc.
J'.rimicfas. - Poesías por Agustin Ginés. - Imprenta de
J. Gárrido Marín. Linares.

Consultorio Grafológico Gtacbtner

=

RESPUESTAS

=

r Antonio Castro. -Gran sensibilidad é intuición; buen grado
de inteligencia; combatividad por el dinero; temperamento inmaterial y absolutamente desprovisto de energía; amor al confort
y muy pocas ~anas de trabajar; satisfacción de su personaliJad;
bondad y dulzura.
C. Rhodes. - Inteligencia viva y cultivada; actividad hsica
casi febril; esplritu fino; naturaleza muy nerviosa é irritable; voluntad dominadora con accesos de arrebatos; carácter entusiasta
y algo exagerado; gran generosidad; naturakza poco ó nada ex•
pansiva y muy rencorosa; lógica extraordina:ia; temperamento
nervioso sanguineo.
Con - esa. - imagin:ición graciosa; gran gusto artistico; temperamento sensual; naturaleza dada á los celos; habi 1Jad manual; mucha amabilidad; voluntad viva; actividad bien reglada;
ninguna expansión.
Impertinente de P P y W. - Imaginación mu¡ v,va; amabi•
lídad; conocimientos variados; carácter muy rencorosn; sensibilidad apasionada; temperamento nervioso; voluntad muy débil;
generosidad prudente; conciencia ancha; poca expansión y sólo
con los extraños; algo de orgullo y de vanidad.

QUIERO SER SANTO
I
cúso,11m_. .. ¡No! No es acusación, porque no
es delito.
.
Me confieso... ¡Tampoco! N o es confesión, porque no es pecado.
Es. . . ¡no lo sé calificar!. .. Soy muy poco conocedor, muy poco psicólogo.
. Me pasa. . . ¡Eso es!. . . ¡Lo he dicho muy
bien! . .. Me pasa que en ocasiones cambio mi manera de ser, la sustituyo por otra y no soy el que
era; soy lo que me influye.
¿~~ un defecto de constitución mental? ¿Es una
deb~hdad neurasténica 6 histérica? ¿Es, por el contrano, _una desapoderada fuerza de asimilación?
Gmándome de lo poco que sé en cosas de la
mente, he de decir que me clasifico entre los visuales, entre aquellos cuyas representaciones di~anan preferentemente de las sensaciones recibidas por los ojos. Si veo repetidamente una cosa
a_l cerrar los ojos se me reproduce y en much~
tiempo no la puedo desechar. He visto huertos de
n:i-~anjos, y, al acostarme y cerrar los ojos, en vig1ha, _seg~ía viendo naranjos y naranjos en una
~uces1ón sm fin. He visto revistas militares, y, de
igual_ modo_, no me dejaba conciliar el sueño aquel!~ cinta cmematográfica que se desenvolvía en
m1 cabeza.
Ha y influencias de la misma índole que me

A

preocupan más hondamente. Al leer escritos con
ortografia deplorable ya no puedo escribir desenvuelta~ente en algunas horas, porque inevitab!emente mcurro en los mismos defectos. También me resulta peligroso, muy peligroso, observar con aten_ción á una persona, porque no tardo
en reprodu~1r de algún modo, como lo deben hacer los cómicos, el rasgo singular que la distingue
Y alguna vez me ha ocurrido parecerme que es~
persona estaba en mí.
. Quien l? sepa podrá decir si, en determinadas
c1rcunstanc1~s, estas son condiciones apropiadas
par_a producir estados de alucinación ó de obsesión.
¡yo n_o lo sél En mi sinceridad y en mi ignorancia, digo lo que siento.
Y de este modo justifico lo que voy á contar
un caso que, aunque no merezca llamarse sorpren~
dente, e_s la demostración palmaria de mi cualidad ó m1 defecto.

II
J:?urante muchos años de mi trajín profesional,
he visto C?n monotonía renovada á diario una de
las más miserables situaciones de la vida.
Me refiero á la vida penal, en cárceles y presi-

�ll

dios, en calabozos y cuadras, en patios y talleres.
Ya no sabré decir la primera impresión que me
produjo, pero seguramente fué muy grande, porque siempre he sentido con viveza. De muy joven, estudiando segunda enseñanza, vi ejecutar á
un reo y lo vi luego desprenderlo del garrote, colocarlo en el ataúd y llevárselo en procesión funeraria la Sangre de Cristo. Parecía no estar ni
poco ni mucho impresionado y que la curiosidad
únicamente me movía. Entonces no podía saber
lo que antes he manifestado, que soy un visual y
que tos que devoramos impresiones con los ojos
nos preparamos auroras y crepúsculos, y también
relampaguean tes tormentas. Así estalló mi primera tempestad en las primeras y apenas condensadas sombras del incipiente sueño. Desperté dando
un grito de horror. ¡El patíbulo, el verdugo, el
reo, la amenazadora mueca del estrangulado 1•••
Durante varios días padecí la alucinación y me
tuvieron que velar el sueño. Así me aparté para
siempre del patíbulo.
Si con las escenas presidiales no me ocurrió lo
propio - no lo recuerdo - es seguro que sólo
conocí de referencia, que no es lo mismo para el
efecto de impresión, las más horribles, las análogas, las sucedáneas de aquella escena capital. Por
otra parte, en cierto período de la vida ya tenemos el sentir apicarado y no creemos. Conforme
avanzamos en edad se nos va enfriando el egoísmo y nos acuden las ideas y conceptos desdeñosos. - «Déjalo y que lo ahorquen.• - «¡Que se
pudra!• - «No le hagas caso, es un maulón.•
1Cuántas veces he consentido hablar de esta manera, quedándome sin saber qué hacer ni qué decir! Y me ha ocurrido en esta incertidumbre que,
sin duda, relampagueó en mi pensamiento alguna
fulguración retardada de aquellas angustias juveniles, y me pareció ver en los desdeñosos y en
los desdeñados una mueca particular, como si
cada uno de ellos tuviese agarrocada una parte
muy sensible de la vida.
Y no era alucinación el presumirlo. Todo tiene
su eco~ lo tiene la alegría; lo tiene el dolor; lo tiene la locura; lo tiene la indiferencia; lo tiene el
menosprecio desdeñoso. El eco del tirano es el
servilismo, porque considerándose aquél mu y
grande, los demás se achican, se achican y se anulan. La pequeñez y la bajeza depende de contragolpes del magnate.
No lo digo para rebajar, para igualar, para alterar las cosas y que las altas torres d~sciendan á
adoquinar el suelo. No soy utopista. Lo grande
será grande, aunque con las grandezas por comparación no rija el precepto. ¡El que empequeñece para sobresalir es el mezquino! Y toda mezquindad es un mal trato, mándelo quien lo mande, dígalo quien lo diga, códigos, ordenanzas, reglamentos, leyes ...
Yo lo he comprobado en mi trajín profesional
y en una de las más miserables situaciones de la
vida. Vi el rebajamiento en acción. Los hundidos,
los maltrechos, los estigmatizados, desdeñados,
mancillados y apostrofados, no se erguían, no se
levantaban. Connaturalizados con el envilecimiento, hablaban convencidos de su mezquindad. e Somos muy malos, muy miserables, muy ruines.•
¡Se habían hundido en la desconceptuación reinante!

III
No se dirá que acudo á nada alambicado y culto al exponer tales ideas. Son ideas corrientes,
muy corrientes. Circulan en todos los cerebros y
no hay ánimo donde no palpiten y de donde no
fluyan con vengadores ímpetus. La condenación no
ha tenido otra palabra que esa. Es la voz general,
la voz de todos, la voz del pueblo, y nunca más
propiamente se la puede llamar vox Dei. El ángel
caído fué precipitado con sólo esta sentencia:
¡Que se hunda!
Tampoco nos debe sorprender que lo humano
se ampar~ en lo divino. Una fuerza de proyección
más poderosa que la del arco que despide la voladera flecha, nos identifica con la superioridac\, y
aunque alguien vitupere el pensamiento, me atreveré á decir que ciertos orígenes divinos son suplantadores y viciosos. Luzbel se ha remontado
muchas veces envuelto en la pomposidad humana.
Siempre que el hombre se ha creído un Jehová,
llevaba el diablo dentro, el diablo de la magnificación, del envanecimiento y la soberbia nutrida de
privilegiados é intolerantes egoísmos, que han tratado á lo opuesto á su manera de ser, á lo que la
contradecía de algún modo, con el mismo dictado
omnipotente que hace de la representación de los
antros de la tierra una víscera devondora que ha
de abrirse cuando la sentencia colérica pronuncie
el lacónico y decisivo:
¡Que se hunda!
Y no son las grandes potestades las únicamente capacitadas para decretar el rebajamiento, la
anulación y el exterminio. En cada naturaleza
alienta lo absoluto. Cada hombre se ha considerado rey, ¡nada menos que de la Creación! Elyo instala su trono en la más insignificante anatomía. En
el niño, en esa poquedad de hombre, se manifiesta antes que otra cosa el endiosamiento personal;
y en el hombre, que suele no ser más que un niño
grande, se exageran esas avasalladoras, crueles y
exterminadoras niñerías. Los niños, esos supuestos ángeles, son los más eficaces creadores y mantenedores del infierno. Cuando caen por precipitación ó por torpeza, no se saben culpar á sí mismos, culpan al suelo y patalean irasciblemente para
castigarlo. ¡También los hombres han desencadenado su ira ciega sobre los hombres que eran su
sostén!
Yo no sé si esto, que por tan particularizado en
todo y tan extendido á todo parece una cosa natural, es trasunto de la propia manera de ser de
la Naturaleza, que parece que en interminable sucesión se devora á sí misma y resurge de sí misma, mereciendo unas veces que se la llame próvida y otras que se la inculpe de implacable. Yo no
sé si en nosotros mismos se desenvuelve en sucesión una especie de trasunto estacional y si nuestras voliciones, juntamente con los sentimientos y
juicios, tienen, conforme á cada variedad é influjo, hálitos de primavera, destPmplanzas de invierno, bocanadas de estío ó indecisiones otoñales.
Evidentemente en nosotros, en cada uno de nosotros y en la asociación orgánica de todos, hay
algo de esa transitoria avalancha de exterminio,
siendo, tal vez, nuestras pasiones y nuestras frialdades equivalentes á los sacudimientos atmosféricos y á las convulsiones de la tierra. El simbolo

no es nada artificial. El símbolo es la analogía de
las cosas. IIay símbolos de exterminio, como hay
símbolos de sujeción, como también hay símbolos
de vida y libertad. ?lfezquina interpretación la de
considerar al hombre aislado atribuyéndole que lo
que manifiesta en su manera de ser es cosa suya.
Cada acción es una resultante de fuerzas conocigas é ignoradas. El hombre es un exteriorizador
tendencioso de las fuerzas de la naturaleza. Ha
exteriorizado en tendencias, creaciones y maneras

suyas el extermm10 natural. Además~ lo ha simbolizado en diferentes personalizaciones, incluso
las religiosas. El ángel exterminador no es un ángel ni luminoso ni florido, y parece que está formado de bocanadas de fuego y de témpanos de
hielo. De lo mismo parece formada la Edad Media. llay estaciones y hay épocas en que vivimos
bajo la mortal impresión del hundimiento, pero se
intercalan -épocas y estaciones en que surge el florecimiento de la vida natural, surge también la lo-

'

�para que no quedase ni una partícula tan sólu del
zanía del espíritu y también el sentimiento se eninflujo.
grandece. Lo más hermoso en toda la sucesión pernicinso
~le tranquiliza la serenidad de mi propio penhistórica, es el surgir de los hundidos, porque en samiento, que ve las cosas sin cristales de color.
todos esos momentos á la obra primitiva y predo- Me parece que mi humor cristalino no está empaminante ele la condenación, la sustituye la de sal- pado - según la suposición de Huarte - ni con
\·ación.
una gota de sangre, ó de cólera, ó de flema, ó de
En esa obra estamos. Es un programa de re- melancolía. Lo conceptúo limpio, con limpieza increneración natural en lo social. La Higiene es una di,;pensable para la experimentación de ver las
~ah-adora con la perenne expresión de la alegría cosas claras. En cambio, esa impregnación puede
del vivir. Salva de las decadencias de la enferme- ser el yicio colectivo de una mirada colectiva, indad; salva, por lo mismo, de los hundimientos de fluyente en la tonalidad de los juicios, en las dela muerte. La 1Iedicina es una sal\'adora, y de eny los procedimientos.
fermos reputados incurables. Se ha identificado cisiones
Y siguiendo al poeta que atribuyó el ser de las
con la Xaturaleza, haciendo del sol una medicina: cosas al color del cristal con que se miran, yu ¡mela helioterapia. Se ha identificado con las purezas do atreverme á exponer una rectificación á las miatmosféricas, elernndo á los hundidos en la tuber- radas sombrías, quitando los alterantes de la luz.
culosis á las restauradoras alturas del San.1torio. Yo puedo ver con buenos ojos lo mismo que se ve
La Economía política es una salvadora: lucha por con malos ojos. No podré decir rotundamente que
aminorar la miseria. La Pedagogía es una salvado- los malos son buenos, pero sí que los malos no son
ra y se esfuerza en hacernos á todos de la misma tan malos como los califican y los hacen, porque
fortaleza corporal, mental y moral. El nue\·o De- el calificativo es como la factura de la condición.
recho penal es un salvador de los hundidos en los Podré decir también que la maldad perpetua, la
infiernos del delito y de la pena fraguados por el de que el malo es siempre malo en aquel mismo
antiguo Derecho penal. E' antiguo Derecho con- género de maldad en que incurrió una vez, es el
denaba y condi&gt;na é imponía procedimientos con- vicio colectivo de una mirada colecth·a que por
denatorios en señalados lugares de aflicción. El influjo de una larga tradición mira de ese modo.
moderno Derf'cho reconoce lo que sintéticamente Y podré añadir que esa impresión constante de
e~puso doña Concepción .\renal al decir que el maldad es la perpetuadora de los males, es la que
vieio es debilidad y la fortaleza ·virtud. Los con- impone el estigma de la condición, la que cierra
denados no son más que débiles necesitados de los caminos de retorno, la que franquea las sendas
tú~la. La tutela es siempre una sostenedora del tortuosas, la que asocia á los viles después de hacaído con aspiraciones á ser elevadora.
cerlos convencer de su vileza y la que mantiene
. EYidentemente, en la humanidad hay algo ele- el infierno de la vida, llenando los abismos de la
vador, algo que se eleva, algo que no puede elede condenados.
varse y algo que se hunde. De igual modo en las condenación
Yo puedo pensar que el hombre no viYe de sí
tradiciones sociales hay maneras que, lejos de co- mismo, que no se sostiene á sí mismo, que lo sosrresponder á ese algo elevador, que ha de ser lo tienen sus modos de vivir. Lo que lo alimenta es
más expresivamente humano, tienden á hundir lo su sustento, y no se alimenta únicamente de proque no puede elevarse y á sepultar lo que se ductos naturales por la boca y por las narices; se
ha hundido.
alimenta también de productos sociales, de esenEsa tradición hay que anularla. Es preciso ele- cias espirituales y morales, por los sentidos y por
var. ¡Ese es el único programa de los fuertes para las potencias asimiladoras y transformadoras del
compensar con sus energías á los débiles!
cerebro. Hablando de la alimentación fisiológica,
solemos decir que una persona está bien tratada ó
mal tratada, y atribuímos á ese tratamiento los
resultantes del estado personal. Al tratamiento
fisiológico atribuimos consecuentemente los buenos estados y l0s malos estados, la rouustez ) la
fuerza, la debilidad y la atonía, el vigor de la sanY he aquí una manera de \'er las cosas que gre con la lozania del aspecto, y la pobreza de la
pudo serme adversa. Yo estoy en entredicho y se sangre con los apagamientos de color. Le atribuime acusa y se me atribuyen muchos males, suble- mos, en la evidente concordancia de las cosas, la
vaciones, motines, crímenes y muertes. Yo soy un alegria del vivir y la tristeza del morir, porque la
malvado, un malvado como jamás se ha conocido. tristeza es el camino de la muerte. Y le atribuimos
Para calificar la maldad que me atribuyen, no hay hasta la lucidez de las ideas. ~[etafisico estás.•
que acudir al Código. Eso es poco, muy poco. En
que no como.•
el Código penal hay catálogos de delitos, pero no •EsYo
puedo pensar, sin divorciarme en lo más
fuente de delitos. La fuente del mal es lo peor de mínimo de ese común sentir, recogiendo el pensatodo, y en ese origen se halla mi sentencia, por- miento común á sabios y á ignorantes, que si el
que las sublevaciones, motines, crímenes y muer- mal trato origina malas consecuencias, la transfortes son, seguramente, consecuencia de mi bon- mación se puede operar con el buen trato, camdad de corazón.•
biando así el aspecto de las cosas sólo con variaJ
De seguro que, si mi ánimo fuese timorato, de influjo. Y pensando así rectifico, aunque yo no
me sobrecogería, porque no solamente no quiero lo quiera y aunque no lo quieran los que ven con
hacer el mal, un mal determinado, uno solo, sino lentes ahumados, la opinión generalizada é incon •
'lue no quiero ser espíritu del mal. ¡Ni pensarlo secuente con otras maneras de ver que parecen
siquiera! Con conciencia de que mi bondad de co- limpias, de que los hombres permanecen constanrazón era fuente de males, me ahogaría yo mismo

temente en la manera de ser que se les atribu- hombre, será l:3- colectividad. Hay hombres que
ye, en la constancia de su personalidad y su ca- con la sola privanza del poder que ejercen, son
más 9ue hombres, porque de ellos emana algo que
rácter.
No, no es así; no puede ser así. La vida es un trasc1en?e y cr~an en el ambiente en que viven
equilibrio inestable, con tránsitos de inestabilidad un medio particular que afecta más ó menos inpara reponerse, y por eso ni la alegría, ni la tris- tensamente á la colectividad regida. Si el hombre
teza, ni la actividad, ni el reposo son cosas per- es i:noral, la m?rali?ad _trascenderá á todas partes
";lanent~s; pasan, y se recobran; vuelven, y se di- y eJercerá su mfluJO. S1 el hombre es inmoral el
sipan. En un dla, en una hora, en un minuto se va- vicio penetrará en todas las junturas del áni~o.
ría de aspe~to. Y _no se varía porque sí, porque el Este poder de emanación de un hombre influyenhombre quiera, smo porque las relaciones de la te en los demás hombres, transforma el aspecto de
vida y los estados de la vida nos hacen variar. La las colectividades. Ya lo dijo el comandante Cavida se nos aparece como un juego de reconstitu- nalejas, qu" fué un experimentador en largos años
yentes y alterantes. Nos acostamos siendo unos: de gobierno de las colectividades penales: «Todos
todos nos acostamos un poco neurastenizados. Nos los actos del jefe superior han de contribuir á aulevantamos _s_iendo otros: el sueño, como repara- mentar su fuerza moral en el concepto y ánimo
dor, es equihbrador. Podemos decir si nos acos- del penado, para que sólo su nombre sea suficientamos_ tristes, m~ñan:3- estaré alegre'. y podemos te en todas las cosas y en todas partes.• Un homexperimentar la mqmetud en nuestros estados dP. bre, un hombre solo, armoniza y desarmoniza, restaura ó debilita, eleva ó deprime, purifica ó coalegría, de que nos amague la tristeza.
. Ahora_ bien; yo, en mi juicio, con mi informa- rrompe. Un hombre, un hombre solo, hace yariar
ción y m1 experiencia en el proceso de mi vida el aspecto de una colectividad entera. La colectiinvestigadora y estudiosa, fallo contra las califica vidad no es como aparece calificada, porque á todones permanentes, porque no hay estados per- das las califican con el estigma de la condenación;
manentes, y fallo de igual modo contra las atribu- es decir, las califican de igual modo. La colectiviciones indi,iduales, porque el hombre no es indi- dad es según el influjo personal á que se la so\'idu~lmente en su grandeza lo que se supone que mete.
¿Qué importa que en la mayoría de los lugares
es, ni tampoco en su mezquindad sobre todo la
mayoría de los hombres, el montón humano en de condenación predomine el aspecto de las cosas
donde la individualidad aparece menos diferen~ia- mancilladas y vejadas? ¿Es, acaso, demostrativa
da. Y fallo así, ~o en lo fisiológico ni en lo psíqui- esa manera de ser tan uniforme? No, porque ha\
co solamente, smo en lo moral y en lo jurídico. :No demo~traciones en contrario. ¿Que son pocas?
es verdad que un hombre bueno sea siempre, y en Ta~b1én son _µocos, también constituyen una mitodo_momento, ~ueno. La religión así lo dice: «El nona excepcional los hombres que tienen en sí
más JUSto peca siete veces al día.• Xo es verdad fortaleza de espíritu con energía transformadora de
tamp~co que un hombre malo sea siempre, y en los rebajamientos y aflicciones. Esos pocos homtodo mstante, malo. ¿Por qué no admitir que el bres se singularizan por transformar en un solo
más ~iecador, el que peca á todas horas, tenga sie- concepto todo el yejatorio aparato de la rigidez.
te mmutos de bondad? El todo bueno y el todo En una sola frase se define su personalidad y su
m~lo es una cosa inadmisible, por~ue el tejido y obra:
- La penitenciaría sólo recibe al hombre· el
el Juego de la vida es una mixtión de las dos com'
binaciones é influencias, y en unos, los menos pe- delito se queda á la puerta.
Así habló Montesinos.
cadores, los contactos del mal se reducen á la más
- Estos hombres son hombres, y los trataré
~ínima ~xpres!ón, y _en los otros, en los relapsos,
a la i:náx1ma. Y ?tra idea: esos contactos que de- como tales.
Así habló Machonochic.
termman las acciones malas, así romo las buenas,
- Acépteme por consejero y por guía, y mi
no se establecen en virtud de una sola causa, no
se deben á la determinante individual al movi- afecto no le faltará jamás.
Así le hablaba Obermeyer á cada uno de los
~iento del á~imo pecador, porque lo externo, que
tiene su acción penetradora en nuestro interior que ingresaban.
:Montesinos suprimió en su establecimiento la
fisico y en nuestras profundidades anímicas actúa
estableciendo las buenas y las malas union~ pro- g_uardia militar, el aparato extremoso de las segud~~tora~ de las tendencias, y en tal caso una in- ndades materiales, y dispuso de sus penados ind1v1duahdad, sea como fuere, se modifica en bien cluso para defender el establecimiento de los asaló en_mal, según el mal influjo ó el buen influjo que tantes políticos. Hizo más: anuló la reincidencia.
. ~achonochic cambió el horrible aspecto de las
consigue penetrarla, modificando las disposiciones
pns1ones de la isla de Norfolk, y enseñó las made su propia contextura.
Hablemos concluyentemente. Los hombres no neras de dignificar al hombre y de levantar al
son calificadamente buenos ni calificadamente ma- caldo.
Obermeyer cambió también el aspecto de las
los. Los calificados de este último modo y condenados como tales, pueden seguir siendo malos y c?sas. «Los más malos participan de esta influenaun acrecentar su maldad, ó pueden manifestarse c_m, )'. entre los mejores, entre aquellos que el caucoi:no bue~os y llegar en definitiva á serlo, según tiverio más prolongado ha imbuido elementos reparadores, el éxito del tratamiento á que se los
la 10fluenc1a que los rija.
Hay muchos lugares de condenación donde som~te está comprobado por una serenidad de exvan los sentenciados á penas, regidos por hombres presión y una dulzura de fisonomía que no deja
en cuyas manos la ley y la tolerancia colocan un lugar á duda alguna.•
¡Pero la excepción es la excepción! La regla e.s
l'.Oder personal de los más absolutos. Según sea el
t

�la del hombre entallado en los conceptos restringidos en la rigurosa rigidez. Han de ser las cosas
corno fueron y no pueden ser de otro modo. Han
de ser las cosas corno las practicamos y no pueden ser de otra manera, porque nosotros somos
así y las cosas no pueden ser diferentes de nos?tros mismos. Todo nos apoya en este régimen de
igualdad de procederes. A nosotros no~ ha igualado un igualador común que tiene más fuerza que
las cosas singularizadas, y por eso prevalece y lo
demás se extingue. Ilay que ser como nosotros somos ó dejar de ser. No podemos consentir que se
descomponga el cuadro, y se descompondría si
cundiera el mal ejemplo. Donde rige el mal por
mal y rige por dictado de jurisconsultos clásicos;
donde rige la aflicción por aflicción y rige por precepto de la ley, la bondad es malvada, la bondad
es delincuente, la bondad es una acción contraria
á lo que la ley dispone.
Tú eres un malvado. Tú eres causante, con tu
mal ejemplo bondadoso, de la propagación del
mal. Has causado ya muchos males: sublevaciones,
motines, crímenes y muertes, propagados á distancia á toda la Península y más allá.
El delito está descubierto, la sentencia dictada; falta la ejecución.

.

.

~- ·,

.
'/

'~.-

1/
~

V

Al leer el escrito en que se me decían tales cosas, aunque con otras frases, que tien&lt;&gt;n la misma
fuerza acusatoria con que las interpreto, se desdoblaron todas las impresiones de la vida penal que
en mis recuerdos tenía acumuladas, y vi, efectivamente, el tradicional fundamento de mis acusadores implacables.
Vi el hierro de la ley en la propia ley, y vi los
hierros de la pena sujetando á los rebeldes. El
hierro tenía toda la razón legal y toda la fuerza
de la realidad y la costumbre. El hombre de hierro sólo cree en el hierro: hierro en las puertas,
en las rejas y en las carnes.
¡También hierro en el alma!
La realidad era verdaderamente abrumadora. La realidad se imponía. Era más
fuerte que la revolución de
las ideas. Las ideas habían dejado un rótulo y nada más:
«Odia el delito y compadece
al delincuente. » La realidad
lo había titulado de otro modo: La casa negra llamaban en
Cartagena á su presidio. Allí
desembarcó el galeote, y desembarcó con sus hierros y cordeles, libre tan sólo de las cormas, vestido de rojo, con capote, chaqueta, gorro y pantalón.
También desembarcó el
cómitre, y no se dejó olvidado
su rebenque, ya innecesario
para la maniobra forzada, pero
no para el castigo, pues en alguna ocasión se disponía que,

, sin ninguna intermisión ni demora, se conducirá
al criminal al cañón de corrección y se le darán
doscientos azotes sin perjuicio de la causa, y sin
más preparativo que el de formar prontamente la
tropa necesaria, y la asistencia de un capellán
por si quisiera confesarse, para caso de que expire.»
La dureza. del hierro, el eslabonamiento de
los hierros y la tradición férrea, que imponía que
unos estuviesen amarrados con cadena, apareados; otros, en ramal; otros, con grillete grueso, y
otros, con grillete delgado, transcendió á los Códigos y eslabonó la pena, y la
denominó como pena de cadena perpetua ó temporal. ¡El
hierro, el hierro siempre! En
el garrote, el hierro de la argolla; en la prisión, los grillos,
denominados por Quevedo
«ruiseñores del diablo•; en el
calabozo, la cadena fija á la
pared, para amarrar en blanca; en los almacenes, el depósito de férreos artefactos, tan
antiguos como la Edad Media y tan usuales como entonces; en la herrería, la pequeña maza, el pequeño bloque y
el pequeño cortafrío para remachar ó cortar 'la chaveta, y
en los procedimientos, las decisiones duras, enrojecidas y
forjadas á martillo sobre el
yunque, echando chispas.
Sin duda estas consideraciones hicieron desenvolver
en mi cerebro todo lo archi-

vado de la historia penal, y como si se personali- papel, pero no cambian las naturalezas en su arzase en un estado de obsesión histórica vi surgir, mazón de carne y hueso. Yo vivo en las entrañas,
flamante, de las hondonadas de los sótanos, yapa- y de las entrañas resurjo tal como fuí siempre. Me
recérseme, un sér extrañamente vestido, de fiso- miran mal los galeotes, sin atreverse á mirarme,
nomía dura, fulgurantes ojos, tez morena, cabello y poniéndose su máscara de disimulo para aplacar
barba negros, actitud desafiadora, formas hercú- mi máscara ceñuda; pero me miran bien los capileas y apostura de carretero al fustigar la reata tanes de las galeras de la vida, porque yo las
muevo, porque yo represento siempre el movipara avivar el viaje.
- «¡Yo soy el cómitre! - me dijo arrogante- miento: soy el rigor y soy la utilidad. ¡Dos cosas
mente-. Yo soy el cómitre calabrés, fustigador eternas! Las dos columnas de la dominación. No
de espaldas españolas. Yo forcé la maniobra, per- hay nada más allá. Te lo dice este Hércules y sus
siguiendo al enemigo ó huyendo de él. De las des- hazañas. Te lo dice el cómitre, que es más que el
héroe que muordenadas fuerrió y que pasó
zas del delito
á la historia.•
hice motores
La visión se
útiles y consuhabía insinuado
mi las sangres y
y transformado
las vidas para
de manera que,
generar el moen vez de disivimiento. Antes
parse, me paque apareciese
recía diluída en
la hulla negra y
la trama de mi
que se utilizase
propio pensala hulla blanca
miento, haciénen máquinas
do rn e consideobedientes é inrar la coincidensensibles, e m cia de los alarpleé la hulla rodes fantásticos
ja. Lo que arrocon las realidajábais antes al
des vistas y senverdugo, lo sutidas. No hacía
jeté al banco, lo
mucho que, visiacomodé al retando un cierto
mo y lo consumí
establecimiento
como se consupenal, oíamos
me el carbón en
desde la entrael hogar para
da, y al través
que d agua se
de un muro, un
evapore y emrechinar y golpuje al émbolo
pear de las cacon su fuerza
denas de los enexpansiva. Sin
mí, las cinco escuadras de galeras españolas hu- cadenados y, recordándolo, me parece que, en su
bieran estado flotantes en el puerto como boyas. actual transformación, algún aparecido pudo deY, en pago á tal servicio, cuando la galera fué de- cirme, como la aparición histórica: «¡Yo soy el cóclarada inútil, se me dejó en la orilla, licenciado, mitre!&gt;
Entramos, y al frente de la comitiva vi un homdesocupado, despalmado. Y, entonces, riéndome
de la desconsideración y acariciando la venganza, bre, trajeado con distintivos oficiales, que llevaba
por vengarme me embarqué de nuevo en otras ga- levantado el brazo derecho, y de la muñeca, penleras, surcando otros mares de la vida, de la vida diente y e? exhibición, un rebenque, un vergajo,
como se dice ahora. ¡Era el símbolo del cómitre,
penal.
»¡Yo soy el cómitre! La ley no me abandona, que le hablaba á la multitud de esa manera!
Entonces recordé otra huella del aparecido,
me revive. Mi rebenque domina, Mi forzado, con
sus trabajos duros y penosos, allí está. Si desfa- inscrita en las sucias paredes de un calabozo obsllece, le mosqueo las espaldas; si se irrita, lo apla- curo:
«Aquí estuvo el celador,
co sacudiendo; si protesta, lo arrizo para azotarlo
¡lo recuerdo con horror!,
en forma, y si aun tiene humos, arrecio en peor
cejijunto, atrabiliario,
parte, y repito lo que le oí á un capitán que tuve:
con facha de curtidor
de pieles de presidiario.»
«Mal conoce vuestra merced á estos ladrones, que
son como raposas: hácense mortecinos y, en quitándolos de aquí, corren como unos potros, y otros,
por un real se dejarían quitar el pellejo.•
VI
•¡Yo soy el cómitre, el eterno cómitre! ¡Mírame en otro traje, en otros tiempos, saltando las
Era entrada la noche, y salí de la prisión. El
revoluciones, prevaleciendo sobre las filosofías!
Ríome 1e apóstoles, renovadores y teorizantes. Hijo empleado de cancela me dió la noticia de que acade la fuerza y el rigor, mis renovados padres me baban de llegar nuevos ingresos.
Me lo dijo empleando una locución jerga!:
sostienen. Cambian las ideas en sus soportes de

�- La Guardia civil acaba de traer ocho cadenas.
Es la jerga muy expresiva, muy representativa,_ muy denunciadora. No lo han presumido los
jurisconsultos, y por eso no ven cómo se traduce
la esencia de las leyes. «Ocho cadenas• son ocho
rematados, provinientes de los presidios de Africa donde se cumplen las penas de cadena perpetu~ ó temporal. De este modo, en la jerga penitenciaria se representa la justicia al peso, y un recluso de una condena breve está poco cargado, y
otro de cadena ó reclusión, está muy cargado.
Salvé la cancela, crucé el claustro, penetré en
la oficina de filiaciones y· vi que, tras la reja, la
Guardia civil hacía entrega de los conducidos, retirándose después de formalizarla.
Me acerqué y me asomé. Los recién ingresados no me miraban. Retratábase en ellos una doble y ceñuda indiferencia: la de la fatiga y la de la
condición. Venían de un viaje largo, muy largo, del
otro lado del Estrecho, y sobre esto, desde la lejana estación á pie con el petate al hombro.
Muchas veces acostumbro á proceder como lo
hacen los experimentadores. No es cosa nueva.
En la vida, aunque lo hagamos sin saberlo, no seguimos otra norma. Y es lo comúi:i que la siga'?os
interesadamente, influya ó no el mterés afectivo.
A quién no le ha ocurrido, al ver preocupada á una
persona á quien se quiere, preguntarse, planteando la delicada ó curiosa experimentación: ¿Qué
tendrá? ¡Qué de mohines, mimos, picardihuelas,
travesuras, enfados, caricias y súplicas par~ conseguir lo que estos experimentadores afectivos se
proponen: desarrugar el ceño!
.
He aquí lo que yo me propuse y lo que hice.
Claro está que, en el sentir de al~unos, no hi~e
bien. Estos que son ceñudos por sistema, nec_es1tan, como aparato imprescindible,del entonamiento jurisdiccional, algo semejante á la máscara trágica: «¡A ver ése!. .. ¿Cómo se entiende? ... ¡Alza!
Y tú, ¿qué te has creído? ... ¡En fila! ¡Y tú, de frente!. .. ¡A cuadrarse!•
Lo que yo digo es que tales maneras me produce igual efecto que el de cerrar puertas, correr
cerrojos y dar vuelta á las llaves cuando en la galería vuelven los reclusos de la transitoria é higiénica expansión de los pas~os, y todo se queda
en silencio como una faraónica sepultura. En el
interior de cada uno, con parecer pequeño, hay
infinitamente más celdas que en las galerías de
muchísimas prisiones celulares, y esas celdas también se cierran cuando se siguen procederes carcelarios; y así como en la celda cerrada, inco1:1unicada, sepulttera de piedra, de que habló Rouvier,
se buscan comunicaciones disimuladoras, en los
hombres y en los pueblos cohibidos, no se &lt;:1esarruga el ceño ó lo desarruga la_ m_entira, la hipocresía, la humillación, el rendimiento aparente,
quedando dentro lo que queda en todo lo cerrado: algo en descomposición, que se corrompe.
A mí, en la tramoya del carácter, no me gusta
otra intervención que la de descorrer telones para
que lo velado se manifieste con sinceridad Y_ no
se encubra, y por eso no quiero que se me a~nbuyan, de primera intención, movi~ientos_sent1mentales, porque muchas veces, é ~nvenciblemente,
actúo nada más que como expenmentador, como
tramoyista que descorre.

?

- ¿Fuma alguno de ustedes?
He de advertir que tengo la costumbre de no
tutear, en lo que me parezco al famoso coronel
Montesinos.
De pronto no contestó ninguno. No me causó
extrañeza. La sensibilidad del hombre, cuando la
embotan, también se hace tarda en responder.
Además, entre hombre y hombre, de igual _modo
que en las líneas telegráficas, hay que pedir vía
libre. La sinceridad y la franqueza deben ser algo
semejante á la telegrafía sin hilos.
- ¿Fuma alguno de ustedes?
Uno de los ocho, más resuelto que los demás,
se atrevió á mirarme con alguna precaución, y al
quitársele el recelo me contestó:
- Yo fumo -. Y recogió y encendió el pitillo.
- ¿Nadie más?
Ya hubo otro confiado, con doble confianza,
pues señaló como fumador á un compañero.
Sólo los tres fumaban. Y no muy á gusto.
Yo sabía por qué. En aquellos cuerpos, asendereados por el molesto viaje, se sentían otras querencias, muy fácilmente presumibles, pero qu~ no las
quise interpretar porque mi experimentac1~n había de consentir en que hablasen ellos mismos,
recobrando una confianza largamente perdida en
un viaje muchísimo más largo, muchísimo más molesto, muchísimo más abrumador que el que acababan de traer.
Y, efectivamente, uno de ellos, respondiendo
á su necesidad, me hizo una petición, que fué atendida. Otro pidió lo mismo. Ya entonces se empezó á notar en el conjunto una cierta libertad de
movimientos, como cuando la Guardia civil les había quitado las esposas. No era otro el efe~to. ~n
aquel instante se les desencadenaba el mt~nor
atraíllado; se les rompía la chaveta de ur1os grillos
morales ó se les desprendía la invisible mordaza.
Uno de' aquellos hombres, que parecía renacido,
se atrevió á expresarse con ansiosa vehemencia y
á decir:
- ¡Tengo sed!
No tardó en tener un botijo entre sus manos,
y lo levantó para beber á ~horro y beb~a como
cuando cae la lluvia torrencial sobre la tierra en
año estéril; y los demás siete gaznates secos lo miraban, al principio con solicitud, luego afanosamente y después con ira, porque el hombre no cesaba de beber. ..
Todos bebieron, bebieron, se apagaron, aunque más tarde volvieron á lo mismo, porque su sequedad era mucha, y, probablemei;te, al qued~r
cada uno en su celda, la sed renacena, y en el agitado sueño, tal vez el primero que habló y que
bebió volviera á repetir una y más veces:
- ¡Tengo sed!

VII
La escena me habló, mientras la contemplaba,
á lo vivo de todos mis recuerdos de la vida penal.

Aquellos hombres eran el _d&lt;:shecho d~ una obra:
deshacíamos nuestros presidios de Afnca.
Me acordé de Ceuta, de la primera vez_ que estuve y me acordé con simpatía.
Se despertó en mí la inquietud que me pro-

dujo durante el viaje la lectura, tendido en el camarote del sleeping de la impresionante obra de
Relosillas Catorce meses en Ceuta. ¡No me d~jó
dormir!
Recordaba que, al embarcar en Cádiz en el
IVilliam Haynes, sentí una temerosa indecisión.
¡:V1e daba miedo aquel presidio! Era un presidio
suelto. Además, era un presidio en banderías. Los
capuletos y montescos del presidio eran allí sin Romeo y Julieta - los andaluces y los aragoneses. En estos dos bandos se dividían los presidiarios de la Pen'í nsula y Ultramar. Las renova-·
das luchas matonescas de los jefes de los dos bandos, con muerte de uno ú otro, y en ocasiones de
los dos, producían el estremecimiento de un régimen despiadadamente sanguinario. Lo último que
contaba Relosillas era el colmo de la saña. Se batieron el jefe de los andaluces y el de los aragoneses, y este segundo fué vencido y muerto. Se
presentó otro aragonés á ocupar el puesto, y comenzó la lucha, que también le fué adversa.. En
las angustias de la muerte aun tuvo coraje para
reaccionar y darle una puiíalada en el pecho al
jefe andaluz, que al herirlo había resbalado y
caído. Al ir por su pie al hospital, el andaluz
cayó súbitamente muerto: tenía interesado el corazón.
Esta era la nombradía del presidio, del de
Ceuta más que de ninguno, pero del presidio en
general. En parte la realidad, y el romance principalmente, habían hecho del presirlio un matonesco campo de batalla. Según esta leyenda, meterse en el presidio era entrar en una jaula de leones. El comandante antiguo se prestigiaba como
domador y presumía de imponerse por sí solo. Los
que dejaron fama, la dejaron por su planta presidia!, parodiando la locución torera. Eran, como
dc;!cía un clasificador, comandantes de medio cuerpo abajo.
Al dar frente á Ceuta, en la desembocadura
del Estrecho, cambié por completo de impresiones. El monstruo que había de aparecer, y que yo
llevaba formado con la sugestión de la lectura, se
convirtió en una doncella hermosa, de nítida blancura en su ropaje. Ceuta es bella, ó, por lo menos, yo la recuerdo bellamente. No parecía, por
ninguno de sus aspectos, una ciudad de presidiarios. Ni siquiera hecha por presidiarios. Y esto último era una verdad incuestionable. Ceuta nunca
ha tepido obreros libres. Fué siempre una población de desterrados: desterrados al servicio de
armas, los unos; desterrados á las obras de fortificación, los otros. Ceuta, como dije en otra parte, «puede decirse edificada sobre las espaldas de
los forzados. •
Esta consideración me reconcilió con el presidio y me enojé con los cronistas que se complacen en ocultar lo bueno. El presidio ha hecho la
ciudad y sus defensas. Ha hecho más el presidio.
Recorrí mis apuntes y encontré que tenía incluso
muy buena historia militar. En I 717, quinientos
presidiarios que llevaban los útiles para el trabajo,
practicaron una salida para demoler las obras
avanzadas del enemigo. En 7 de Abril de 1726, salieron ochenta presidiarios armados con chuzos,
llevando fuegos artificiales, con las compañías de
granaderos de los regimientos de Saboya, :Flandes,.Africa, Badajoz y Ceuta. En I 751 los presi-

diarios volvieron á salir á la descubierta á demoler otras obras avanzadas. En I 754 hicieron lo
propio cincuenta presidiarios para destruir un
puente delos mauritanos. Lo propio hicieron otros
presidiarios para destruir un cañaveral que ocultaba á los moros...
No pude continuar la consulta, porque habíamos llegado al desembarcadero. Entré sin intranquilidad en Ceuta. Asomado á uno de los baleo-.,
nes de la fonda, vi el presidio suelto, no en desorden, sino con la soltura de la vida y en convivencia con la población civil. Aquel aguador que
distribuía el agua de casa en casa, conduciéndola
en sus borricos, era un presidiario. Aquellos otros
que arreglaban las calles, eran presidiarios. Aquellos otros que iban y venían realizando diferentes
menesteres y urgencias, lo eran también. Y aquel
que lleva los niños al colegio. Y aquel otro que
vuelve de la compra. Y un tendero, y un fabricante, y un industrial. Y los profesores del colegio
de segunda enseñanza. Y los operarios de las
maestranzas y talleres. Y los criados, y los jornaleros ... ¿Quiénes, quiénes no lo eran?
Los malos presos. Regla de utilidad: al buen
preso no se le mira el delito. La utilidad hizo esta
organización. La utilidad, por aprovechar los
hombres como remeros de galeras, los libró de la
horca. Si no es piadosa, es de efectos piadosos.
La utilidad moderó los castigos, porque no quería
que le inutilizaran á los hombres. La utilidad, entre nosotros y entre los ingleses, le abrió al presidio puertas para la relación social. Ella supo hacer el sistema progresivo. Los ingleses sistematizaron y reglamentaron lo que la utilidad había
hecho. La ciencia, que no es tan original como se
cree, y que suele aprovecharse de lo qt:e encuentra definido, lo convirtió en doctrina. Nosotros,
en la espontaneidad de los procedimientos, cosechamos la obra; pero no tuvimos tratadistas, ni
entre los encuadernadores universitarios, ni entre
los atadores de balduque. Importamos como novedad lo mismo que se producía en nuestro
huerto.
Aquel primer aspecto de una ciudad-presidio,
donde las gentes libres confraternizaban con los
llamados enemigos del sosiego público, encon trando precisamente su sosiego y su bienestar en los
repudiados por la ley, y utilizándolos muy apropiadamente para los fines activos de la vida, cambió
ante mis ojos aquella misma tarde, ar visitar en el
campo exterior el cuartel de Jadú, que era más
bien que otra cosa un cercado donde estaba en
aprisco parte del rebaño penal. Aquello era presidio, con sus mismas angustias de confinamiento y
la propia incuria y dejadez que en todas partes.
Un encierro de hombres, sin ningún estímulo para
las actividades del cuerpo y para los despertamientos del alma. Monotonía que obscurece el horizonte sensible de cada sér, que lo iguala todo en
la misma tonalidad y que deprime, engendrando
con la apatía el propio menosprecio, y con éste la
degradación.
Regresamos á Ceuta, muy cercana la hora del
crepúsculo, y al ausentarse el día y al empezar la
noche, me encontré en el patio del cuartel Principal, en aquel patio de los desafíos y luchas matonescas, en el centro de un cuadro cerrado por sus
cuatro frentes con filas de hombres en formación,

�11

...

que en junto eran más de mil, vestidos de pardo
con ribetes amarillos.
Después de pasar lista, tocaron oración, que
todos oímos descubiertos, y se iba á empezar á
distribuir e l rancho. La luz mortecina de la tarde
sombreaba las fisonomías y hacía brillar los ojos,
y proyectando sobre aqnellas sombras los prejuicios que todos tenemos archivados para hacer más
resaltante la maldad, poco á poco se reconstituía
fantásticamente un cuadro del infierno. Cada hombre era un protervo y tenia en sus vísceras su atormentadora maldad. Con la alucinación del miedo,
se hubieran visto salir llamaradas de las bocas, enroscarse culebras en el cuerpo y destacar sobre
las rapadas cabezas la cabellera de Medusa.
Interiormente temblaba . .Me sentía dominado
por la leyenda del terror que nos colocan al lado
mismo de la cuna, con el espantajo del coco, apartador de las espontaneidades del sentir y el querer. Enturbiaban mis ojos los sedimentos de las te-

rroríficas tradiciones que forman en nuestra educación una Edad Media horripilante. Esa misma
tradición me hablaba al oído para señalarme algunas celebridades siniestras. En aquellos hombres
no se señalaba otra cosa que la mancha criminal
que con la sentencia condenatoria había borrado
el pasado y el futuro. - «Ese es el que hizo tal .
estrago. &gt; Desde que lo hizo, eso era, eso sería y
eso había de ser eternamente.
Aun me duraba la impresión de angustia, aunque la recatase, cuando estábamos en la Comandancia general y la conversación se repartía en detalles del viaje, en referencias de lo que pasaba en
:Madrid y en preguntas acerca de mis impresiones
desde mi llegada.
- ¿Se ha portado bien el eochero?
- Muy bien. Guía admirablemente.
l\le dijeron aparte:
- Ese cochero cumple condena por asesinato.

Todavía seguía alucinado y se me repre~entó
un demonio con librea.
- Los señores están servidos.
Mi recatado cicerone me dijo por lo bajo que
aquel criado tan correcto era otro criminal.
- ¿Y estos que nos sirven?- le pregunto durante la comida.
- También son presidiarios. Y el cocinero y
el pinche. No es una excepción. En cada casa hay
algo parecido. Si los presidiarios se fueran, Ceuta
se quedaría sin brazos y sin pies.
Se comprenderá que más que por las fatigas
del viaje y la inspección, caí en el lecho de mi
cuarto en la fonda rendido por el sacudimiento de
las encontradas emociones.
La fonda era incómoda. Disponía de una alcoba, con cierre de cristales, y de un gabinete que
era habitación de paso. El mucho sueño no me
hizo reparar en escrúpulos, y sin ningún recelo,
como si estuviera en el seguro de mi hogar, coloqué sobre la mesilla de noche mi reloj y mi cartera, donde llevaba todos mis haberes para el
viaje.
Me dormí profundamente, aunque no con sueño libre de quimeras. Siempre sueño algo, y á veces en mi sueño se entrelazan fantasías y realidades. No sé lo que soñé. Sin duda se atropellaron
muchas impresiones y no dejaron rastro. La única
que se caracterizó
fué la del delito.
El sueño es una
parálisis. Yo lo he
comprobado alguna
vt?.z. La primera impresión del sueño es
la de sentir como esposadas l as muñecas. En los tobillos
se manifiesta luego
análoga impresión .
Cuando soñando nos
encontramos en un
trance que obliga á
reaccionar para huir
un peligro, la parálisis nos coloca en situación cohibida.
Yo vi, sin despertarme, que uno de
aquellos hombres
del cuartel Principal
abría con mesura la
puerta de paso algabinete, y, yendo de
puntillas, se acercaba al cierre de cristales. Me quise incorporar y no pude.
Quise también echar
mano á mi cartera
para salvarla, y quedé como atado en
cama de cordeles.La
puerta de cristales
se abrió. El hombre siniestro se apareció ante mi.
No había remedio. No me podía defender. Si me
quería matar, me mataría; si me quería robar, me
robaría. El hombre avanzó resueltamente acercán-

dose á la silla donde había puesto mis ropas, y
prenda tras prenda las cogió una á una. Desaparecida la visión, se calmó mi angustia, respiré con
afán y volví á dormir tranquilamente.
Nada me faltaba cuando desperté, ni tampoco recordé la pesadilla. Ilice mis abluciones,
me vestí, salí á tomar el desayuno, vinieron á buscarme y nos encaminamos. á la calle para continuar visitando las dependencias del extenso presidio.
En la puerta de la fonda había á cada lado un
penado con galones de cabo. Los había puesto el
director para estar á mis órdenes. 1Ie fijé en uno
de ellos y lo reconocí.
Entonces, como una fulguración súbita, se me
representó la pesadilla, que fué realidad telepática
en mi ensueño.
- ¿Ha entrado usted Pn mi cuarto esta mañana?
- Sí, señor; á coger las ropas para limpiarlas.
¿He despertado al señor?
-No.
Ni me despertó en las mañanas siguientes. Ni
despertaban tampoco á los vecinos de Ceuta que
tenían las puertas de sus casas enteramente francas á los criminales, que con toda honradez y todo
esmero los servían.
Este era el presidio que ahora se deshace y
envía esos despojos
á los encierros que
en l a Península lo
sustituyen.

\'Ill
El vigilante de
servicio empezó á
hacer las comprobaciones de filiación, á
anotar en los libros
y á extender los doc u me n tos de ingreso.
- ¿Cómo se llama usted?
- ¿Los nombres
de sus padres?
U no de los ocho
respondió:
- No los he conocido. ¡Hasta en
esto he sido desgraciado!
Otro no respondía, ni atendía: miraba al techo, á los lacios y al piso errabundamente.
Desde e I fondo
vi que uno, mirándome con intención, se
ponía el dedo índice en la sien, haciendo taladro
en la cabeza, como si quisiera decirme: «Está tocado... &gt;
Lo miré. No cabía duda. Estaba loco.

�- ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Me gusta este pala-cio! ¡Estoy contento!. ..
¡Otro loco!
E l mismo que desde el fondo me hizo señas,
me señaló á un vecino que, musitando y accionan•do, mantenía una conversación callada.
¡Tres locos de un presidio á otro presidio, y los
Tribunales y la Administración tan satisfechos de
-que las cosas se hacen bien!
El acento señaladamente provinciano del que
en aquel momento respondía á las preguntas, me
hizo fijarme.
- ¿Profesión?
- Astudiante...
¡Estudiante!. .. No lo parecía. Dijera jornalero
ó cosa tal y no cabría duda. Fisonomía vulgar, embrutecida y aviejada; actitud en dejadez; maneras
.astrosas; el cuello de la sucia camisa, desceñido;
la ropa como queriendo desprenderse del cuerpo
abandonado.
¿Estudiante?. . . ¿Estudiante? . . . ¿Será él? ...
¡Imposible! El está en presidio, y en el presidio de
cadenas, pero no puede ser una cosa tan distinta.
1No puede serlo! Era de la juventud dorada, elegante, ostentoso, renovador de apariencias y de
gustos, apurador de placeres, eterno contertulio de
la orgía. Eso lo condujo á atentar contra la vida
más sagrada, la de.su madre, sacrificando á la disipación el sentimiento y la naturaleza.
Hace pensar en aquel admirable apólogo de
Bartrina. Una mujer de las que no ~e sacian agotando el rendimiento de su amante, le pide á éste
.aquello que sólo la pasión esclavizada otorgaría.
¡Le pide el corazón de su madre! Y él, loco, sin
duda, aunque fuera loco de pasión, realiza la monstruosidad. Y bajando precipitadamente la escalera con la entraña preciosa entre sus manos, tropieza y cae, y del corazón sale una voz cariñosa
que le dice: ¿Te has hecho daño, hijo mío?
¡Sí, se ha hecho daño, mucho daño, santa ma&lt;lre! Al quererle llevar á la insaciable orgía hasta
la sangre de tus venas, cayó, como Luzbel, en la
hondonada, en el abismo. No en el fuego, en el
--cieno. En tres años de revolcarse, ya es enteramente otro.
¡Se ha hecho tanto daño, que ni su santa ma-&lt;lre, si lo viera, lo conocería!

VII
J
1

La escena fué relativamente breve; pero, para
mí, de una peligrosa intensidad.
He empezado por contar lo que me pasa cuando me fijo mucho. Y no es una excepción. Más ó
menos, aunque no se den cuenta, á todos les ocurre. Damos limosna, porque la caridad también
-obedece á una mecánica psico-fisiológica. Nos representamos el dolor del pobre, y al representárnoslo, lo padecemos en nosotros mismos, y para
curarnos de la pena, damos la limosna, que nos
nace bien, porque en aquel instante nos alivia del
peso de la angustia representada.
A mí no me sucedieron las cosas de ese modo:
me entregué tan fija y subordinadamente á la re·presentación, que me sentí identificado, y sutil-

mente, corno si cambiara de cuerpo y el mío se
fuera á tumbarse pesadamente y á dormir, me
transporté al otro lado de la reja y fuí uno de los
ocho, no sé si el errabundo, el ensimismado, el delirante, con delirio de grandezas, ú otro de los
aparentemente sanos; lo que sé es que no fuí el
estudiante; hay cosas que no me las representaría.
Un vigilante, el que identificaba, abrió la puerta del cuarto de filiaciones en que estábamos, lo
seguimos corredor adelante, llegamos á la cancela
donde estaban tumbados los petates que habíamos traído al hombro, los volvimos á cargar y entramos puerta tras puerta, hasta una especie de
rotonda, donde había una especie de fanal gigantesco y dentro un hombre que registraba unos colosales libros y nos iba llamando á nosotros uno
á uno.
Miré con curiosidad temerosa y vi á mi espalda una galería enorme en forma de un enorme
ataúd, y á lo largo de este ataúd, una sobre otras,
á distancia del piso, tres filas á cada lado de entristecidas luces. Me representé lo que debía ser
el interior de una pirámide. Aquello me parecía
mortuorio. ¿Dónde estaban los muertos?
Me fijé más y vi en cada piso de la gigante sepultura y á distancia simétrica, una puerta, otra
puerta, otra puerta ... Son los nichos, me dije.
¡Allí están! Y añadí con sobresalto: ¡allí voy!
No me equivoqué. Nos llevaron á uno de los
cinco enormes ataúdes, me señalaron una puerta,
la abrieron, la salvé y me quedé solo y en la obscuridad, un poco atenuada por la claridad de la
noche que me descubrió el entramado de los hierros de mi reja. ·
Yo he sufrido pesadillas, muchas y muy intensas, como si fueran realidades, y sé que aun en
las pesadillas hay asomos de reflexión y que uno
se pregunta si aquello es verdad, sucediendo que
esta interferencia razonadora la anula la tenacidad
del ensueño.
- ¿Pero es verdad?- me dije-. ¡Yo aquí!
¿Por qué?
Y el ambiente me daba la respuesta. Un nicho,
sí, un nicho abovedado, nicho mayor para enterrar en vida; una cama de hierro, con su jergón
y su manta; allí la mesa empotrada en la pared y
el banquillo enfrente... ¡La celda! ... ¿Qué he
hecho?
Si un justo peca siete veces al día y si los que
no lo somos pecamos á granel, de tanto pecar sedimentado en los recuerdos, puede salir cuando
nuestra mente queda en abandono y lo pasado y
lo presente se entrecruzan, á veces en afinidades
monstruosas, de muchos pecados y de muchas intenciones de pecar, y aun más que de pecar, de
delinquir, puede surgir, ya que no en concreto, la
representación del delito, de un delito real con
todas sus circunstancias y accidentes, un estado
de conciencia delictuosa lleno de las mortificaciones é inquietudes del mal causado, de las responsabilidades contraídas y de los tormentos y vejaciones de la pena. Y eso es lo que sentí, que había hecho algo que me había conducido al deshonor y á la vileza. ¿Pero qué? No lo sabía, no lo podía discernir y lo buscaba tenazmente penetrando
en lo más recóndito de la memoria, y agitando de
esa manera las asociaciones dinámicas de los re-

cuerdos más ocultos, y de ese modo se desvelaron
mis sentidos.
El del oído se afinó de modo que me pareció,
en el silencio de la noche, percibir nna conversación muy recatada. No era en el patio. Me encaramé á la ventana y sólo percibí el «alertaaaa... &gt;
que el centinela respondía. Seguía el rumor; descendí al suelo; me aproximé á la puerta; hablaban
en la galería, no lejos de mí·; me tendí en el suelo
y acerqué la oreja al ventanillo.
- Sí, es él, no cabe duda.
Y pronunció mi nombre.

Me aproximé más para no perder palabra y
contuve la respiración.
No oía; hablaban quedo. Percibía únicamente el
murmullo de las palabras, distinguiendo alguna
q~e otra que avivaba mi curiosidad. El apasionamiento fué elevando el tono y empecé á oir claro
frases enconadas, despiadadas, implacables. U no
~e los interlocutores, aunque no me defendía, mitig':1-b~ las acusaciones de su compañero, pero éste
se 1rntaba más y le oí decir en voz alta:
- ¡Muy mala persona! ... ¡De muchísimo cuidado! ...

�Mi defensor le opuso algún reparo, pero tan nioso me lo han vestido á mis espaldas mientras
vacilante y tenuemente, que no llegó á mí lo que vivía honradamente confiado. ¡No fiéis de los indecía. Lo que llegó á lo vivo fué la afirmativa con- dicios! ¡Mezquina lógica! ¿Sabéis qué es la calumtraria.
nia? La muñidora de indicios más activa y aviesa.
- No lo creas. Las cosas no- pasaron de ese La calumnia es Yago, sugeridor de indicios á la
modo. Este periódico
fácil susceptibilidad
lo dice. Ha tratado la
de Otelo.
cuestión en muchos
¡Yago! ... Miradle
números. Lee aquí.
bien ... ¡Aquél es! No
Callaron, sin duda
me tengáis por loco;
mientras leía el requeno lo soy. ¡Aquél es!
rido, y atendí con inSi lo mataron en Vequietud ya rayana en
necia, resucitó al mola angustia.
mento. Aquél es y
- De manera que
aquél otro. Es la mislo mató...
ma figura repetida en
Sentí un estremela variación de un tipo
cimiento y puse toda la
inacabable. Siempre
atención en mis oídos
envidioso, no de Capara saber á qué se
sio, sino de cualquiera
referían, y supe que
que ocupe el puesto
era á mí, aunque me
que ambiciona y no
merece. Ansia de dolo negué y o mismo,
desechando la idea.
minar es lo que sufre.
-¡Matar! ... ¡Yo! ...
Quiere, en la embriaguez de su codicia auNo puede ser. No hatoritaria, que todo se
blan de mí.
le deba, y aquello que
Así lo dije, .incorporándome de súbito
no hace ó de que no
y mirándome las maparticipa, 1o sacude
con su desdén para
nos y la ropa, como si
humillarlo. Como mubuscara las huellas de
chachuelo díscolo y
la sangre.
mal criado, importuna
- Lo asesinó.
á las gentes con des' Al oir esa afirmaticonsideradas id as y
va, un sudor frío me
vueltas, gestos, dessurcó las sienes, creí
plantes, muecas, paladesfallecer y me apobrotas, groserías imyé en el muro.
púdicas y alguna graQuería sustraerme
al apuñalamiento acusatorio; pero el que hablaba cia de mal gusto. Es tan infantil en sus rabiecontra mí, descompuesto y airado, en vehemente tas, que quiso derribar un alta torre escupiendo
y altaner?- locución, lanzaba á granel todo el re- colérico á los sillares de la basa. ¡Se necesita tropertorio de las peores circunstancias del Código pezar con el esforzado y bonachón Otelo para que
penal, y yo las recibía como lluvi~e balas en el al noble cuerpo lo derrumbe el vérti_go del deshonor, y el miserable, en actitud triunfadora, lo
cuerlJO herido y casi inerme.
- Se quiso aliviar con lo de violentado por mancille con su pie, exclamando con malvada sonuna fuerza irresistible, con que lo hizo para evi- risa: ¡Ecco il leone/
¡Que no os guíe la calumnia, ni la desconceptar un mal, y también con que obró en defensa de
derechos ... Ya lo sabes: las eximentes. Pero, 1quiá!; tuación, su prima hermana! Padecen de dislocar
alevosía, recompensa, males innecesarios, astucia, las cosas ó de verlas desfiguradas, retorcidas ó con
abuso de superioridad, ignominia, desprecio, rein- efectos de luz afeadores. Eso es la calumnia: hacidencia. . . ¡Agravantes, todas agravantes! Fué cer lo hermoso feo; convertir á la inocente Desdémona en ramera. Eso es la desconceptuación:
condenado á muerte.
¡No sé qué me pasó! Si los interlocutores lo transformar el simple defecto, ó el desliz, ó la encontaran, dirían que oyeron un estrépito en mi fermedad, ó la miseria en monstruosidades que se
celda, que acudieron á abrirla y que encontraron deben relegar á la condenación ó al exterminio.
Son hijas de la noche, engendradora de endriagos
mi cuerpo desplomado.
y quimeras, brujerías y maleficios, asechanzas y
espantos. Un pueblo en la noche sin fin de su estacionario quietismo, vive la encogida vida del
IX
rincón, siempre asediado por la inquietud de que
el enemigo circula y que contra él sólo valen las
- ¡Calumnia! ... Yo no soy asi. Si hubiera es- puertas atrancadas, las celosías y las rejas de enpejo de imágenes morales y me mirara en él con tramados barrotes, además de la precaución de
la figura que han querido hacerme, no me conoce- tener otros enemigos en el seguro de otras somría. Si tuvierais ojos para distinguir lo contrahe- bras clausurad.as fuertemente. Y con ese influjo,
cho, no os cabría duda de que el disfraz ignomi- avivando la suspicacia y el recelo, la desconcep-

tuación va engendrando la duda y habla de oído
en oído, haciendo creer que tras de la sonrisa se
oculta el veneno, tras del cumplido el puñal, y
que la mala intención se disfraza con halagos.
¡Yo soy una de las víctimas de la sombra, sin
duda por estar enamorado de la luz! Si algo hice...
No sé lo que he hecho. . . No sé de qué me acusan ... Jgnoro los considerandos y resultandos de la
sentencia y la severidad del fallo. ¡Lo ignoro todo!
Mi cabeza es un torbellino inquiriendo lo que ocurre. ¡Matar yo! ... ¡Imposible! Ni aun matando por
equivocación ó imprudencia. Ni aun matando por
obsesión. Sí; también se mata de ese modo. Recuerdo un caso excepcional. Figura en los archivos de una Audiencia, en la de Zaragoza, y lo encontrarían de primera busca, porque es muy reciente. Unos padres dormían matrimonialmente y cerca de ellos reposaba en la cuna una hija suya. La
madre se despertó, se incorporó y puso el oído
atento para atender solícita. Miró del lado de la
cun~ y vió espantada un monstruo. Despertó á su
mando y también lo vió, é inquietos por su hija

'i

¡

1
1

1.Jl1t íJ1L
r. ~

'

.
11

"'"

se precipitaron de súbito contra la horrible aparición, descargaron animosamente sobre ella todos
los proyectiles que pudieron tener á mano, despertaron á los vecinos con el alboroto, y al entrar
éstos con luces... ¡Oh, desventura!. .. ¡Lo que
apareció es el cadaver de la niña terriblemente
magullada!
¿Habré visto otro monstruo como la buena madre y sobre alguna cuna en que durmiera algo
donde tenía puesta mi afección y mi vida? ¡Habré
descargado sobre el monstruo airados golpes y
dado muerte á lo mismo que quería defender!

X
- Vamos, ¿qué tal? Parece que se está tranquilo. Todo pasa. Tome usted esta medicina y se
curará del todo.
·
- ¿Dónde estoy?
- ¿No lo ve usted?; en la enfermería.
- ¿Y usted quién es?
- Un enfermero.
- ¿Empleado aquí?
- No; yo soy un preso que tiene el cargo de
enfermero, y me ha tocado estar de imaginaria
desde que lo trajeron á usted en la camilla. Todo
esto habrá sido del mal viaje.
Dicen que viene usted de Ceuta. ¡Muchas horas, mucho calor,
mucha molestia!
- No sé de dónde vengo.
- Vamos, á tranquilizarse y
á no delirar.
- ¿He delirado?
- ¡Mucho! ... Casi tenía miedo de estar solo. Yo no soy de
aquí\ de estas casas. Ni estoy
por nada malo. Vamos, hice un
mal, pero por acaloración, y sobre lodo, por defender á mi padre, que lo atropellaban malamente.
- ¿Qué decía cuando deliraba?
-¡Uy!. .. ¡Tantas cosas! Me
daba usted pena, no por estar
enfermo y delirando, que esto
á todos, á cual menos y á cual
más, nos ocurre alguna vez.
Cuando yo tuve el tifus me dijeron que deliraba; pero no daba pena, porque decía tonterías.
Pero usted, ¡ Dios bendito! ...
Pero en fin, ya pasó; serían locadas de la cabeza.
- ¿Qué decía? ... Lo quiero
saber. ..
- Vamos... ¡Muchas cosas!
Como repetirlas, no tengo disposición para ello; pero, vamos,
á mi manera me figuré que todo
tenía la misma composición.
- ¿Cuál? . . .
- La de que usted no ha
hecho lo que le acumulan. Así
lo he entendido; porque usted

�sólo decía medias palabras, aunque seguidamente.
- ¡Y no lo he hecho!
- Por mí. ..
- ¿Qué? ...
_ l\le conformo. Pero como dicen muchos lo
mismo, vaya usté á saber.
- ¡Tiene usted razón!. . .
.
_ Y á más, ya no tiene otro remedw c¡ue cu!Dplir día tras día, si no hay quien le apadrme el indulto.
_ Lo dicen muchos; ¡pero lo dicen delirando
como yo!
- .Mire usted, eso. mismo me hizo fuerza. Yo
me decía: ¡pobretico, no habla él, habla la calentura y puede que diga la verdad!
- ¡Puedes jurarlo!
.
..
.
_ Sí, lo juro; pero ¡pobret1co! N1 Jurando tiene
remedio. ;La ley es la ley!
,
~ ¡Vamos, hombre! No se desanime. ¡Se me ha
vuelto á cáer! ¡ \'amos, hombre! Tom~ otr_a poca
de medicina, que par&lt;'ce acertada. ¡As!! As1éntese
usté. Aguarde, que le traeré otra almohada de
prestado.
El pobre mozo me arregló cuidadosamente, Y
creyéndome tranqui_lú y te!11iendo que su co~,·ersación me hubiera sido peligrosa, se mantmo en
silencio, mirándome de cuando en cuando como
queriendo que lo invitase á_~ablar.
- ¿Qué piensas? - le d1Je. .
.
.
\'acilo, como si no se atreviera á dec1rlo, )
tuve que animarlo repitiéndole la pregunta.
_ Aunque me entrometa, me paeee, me
paece ...
- ·Qué?
vofvió á callarse y á vacilar de nuevo.
- ¿Qué?
_ Pues lo diré. Que usté necesita confesión.
- ¿Estoy tan malo?
- No es por eso.
- ¿Por qué?
_ Porque usté sólo le puede contar lo que
tiene dentro á uno que se lo crea, y sólo lo puede creer un sacerdote, porque en el confesonario es en el único lugar donde no nos atrevemos á
mentir.
:\fe admiró el discurrir del mozo y lo invité á
que llamara al sacerdote.
- No todos sirven para el caso.
Xuevamente volvió á maravillar~e.
_ Pa mí, que así c~mo hay o~c1ales de cada
oficio también h¡iy oficiales de misa, y ésto_s, pa
lo co:riente de las bendiciones y los rez?s, s1rv_en
como cualquiera, ¡aunque hay algunos ... •. Mire
usté era yo pequeño y estaba oyendo misa e_n
la igÍesia con mi padre. Ya sa~e usté que los chicos no tenemos correa y decimos lo que pensamos. El cura que decía misa, ,·amos, qu~ no me lo
hubiera querido encontrar en un cammo, Y me
quitó la devoción. ~uando ~onsagraba, se me ocu:
rrió una imprudencia y le ~iré de la manga á ~ 1
padre, que se abajó p~ra 01ri:11e - . «Paece mentira - le dije - que Dios baJe á esas mano~, - .
«¡Qué ha de bajar! - me contestó muy seno. Enviará un peón».
.
El ocurrente y expansivo joven me hizo sonreir.
á ·
1
_ ¡Vamos, ya parece que tenemos mmos ....
Adelante. Si viniera un sacerdote que yo conozco,

lo dejaría á usté tan tran&lt;;1~ilo. Ya es muy anciano y dice misa por devoc1on nada más, por9ue se
retiró hace tiempo. Y otra cosa: fué canómgo e~
Ceuta. ¡Cuántas cosas como la de usté_ ~abrá.I S~
usté quiere, usté lo pide y yo le escnb1ré á m1
padre.

X
:\Ie sentí poco á poco _invadido_ de una difusa
placidez, que yo la llamana la placidez de los creyentes.
.
Los creyentes, sólo por serlo, son bienaventurados, porque pueden disfrutar de e~e goce de que
yo disfrutaba, y que con~iste, á m1 entender, en
que la sensación de las t_nstezas y amargu!as de la
vida se desecha como s1 fuese una obsesión mezquina, sustituyéndola la realid~d de una esperanza inefable que se va á cumplir. Hoy se preocupan los médicos de una ~osa que l_e han d_ado el
nombre griego de eutanasia, que quiere decir buena muerte, y nada podrá se~ com¡,arable, po~ mucho que se invente, á la unción de la ,eut~n~sia espiritual que yo sentía, y que me hab1a ahv1ado de
la mortificación de los recuerdos.
.
.
Me sentía entre dormido y despierto, mcapaz
de emoción, sin que las cosas, que poco antes me
perturbaron y que aun las tema presentes! m_e parecieran algo más que un indife~ente art1fic10. Y
esas cosas se achicaban, se ach1&lt;:aban más cada
vez, hasta desleírse, y esto ocurrió al que?arme
poco á poco dormido en un sueño que. deb1~ ser
la última reverberación del abandono mfant1l de
mis primeros años.
Dormí no sé si poco ó si mucho, porque, lo que
satisface no se ajusta á tiempo, y desperte como
me había dormido; y si entonces poco á poco Y
muellemente me fuí hundiendo en el sopor, al des:
pertar también salí gradualmente á flote, Y abn
los ojos, como he visto algunas veces descorrerse
los celajes de la aurora.
- ¡Padre mío!
En pie, á mi cabecera) con una de sus manos
apoyada sobre mi frente, estaba un venerable anciano de elevada estatura y semblante severo Y
bond~doso, que vestía el traje talar.
Se sen tú á mi cabecera después de . h~berme
examinado, adoptó una actitud de recog1m1ento Y
me dijo:
- Ilabla, que te escucho.
.
Le hablé como si no fuera un homb~e, como s,
fuera algo espiritual y como si no estuviese delante, sino dentro de mí. II_asta_ me pa_rece q~e no le
hablé sino que mi conc1enc1a se hizo l~mmosa _Y
él la leía con los ojos cerrados y en acl!t~d meditabunda. Esta luz interior sólo se enciende en
nuestros estados de pureza, y sólo_ es estado de
pureza aquel de tan pura abnegación que hasta
suprime el sacrificio, que no lleva cue_nta de trabajos y pesadumbres, que anula el ménto y la obra
personal y los merecimientos y ~as re~ompe~sas,
para ir adonde lo destinen, obediente a los dictados de una ley infinita.
Ko le hablé de mí, ni le dije, aunque él_lo comprendiera, nada de mi angustia intei:ior, ?1 de ese
dualismo cruel en que lo que somos mten_orment:
se contradice con lo que de nosotros piensan )

fallan los demás. No podía decírselo. Yo estaba
En mis paseos - y aquí está la parábola conformado. Esa contradicción la aceptaba como
me
fijé mucho desde que por primera vez lo vi, en
si benéficamente se me hubiera imp11esto para hacer una buena obra. Yo no era quién para pregun- un trabajador, en un penado que trabajaba solo
tar é inquirir el por qué mi partícula vital había en uno de los tajos de la obra, y trabajaba alzando
y descargando el pico y rompiendo la tierra casi
de ser de esa manera. Debía contentarme con la sin
descansar.
luz que me alumbraba interiormente y que alum¿Qué por qué me fijaba? l\Ie fijé en muchos y
braba mi camino, que otros desventurados siguen
en la obscuridad y tropic,an y caen y se hunden. en casi todos, considerando lo que eran y lo que
habían sido. Todos, ya por su traje, ya por la conYo me mostré obediente, obediente del todo, con
la voluntad sumida y entregada, sólo con la re- dición en que vivían, ya por no sé qué de despreserva de recobrarla para la acción dispuesta. Yo ocupado, de ceñudo y áspero, me parecían delindije, contrito: «¡Aquí estoy! ¡Cúmplase la santa ,·o- cuentes, aunque no por ello los mirara sin lástima. Yo he pensado siempre en estas cosas sin
luntad!&gt;
ningún resquicio de venganza. :\Ii pensamiento lo
El anciano y venerable sacerdote levantó pauhe visto interpretado hace muy poco por persona
sadamente la cabeza, abrió sus ojos hundidos en
de mucha autoridad, de autoridad muy alta. «Las
la órbita, me cogió una mano entre las suyas y
penas deben ser elegidas por la Justicia y ejecucon evángelica placidez me habló lo que voy á
tadas por la Caridad». Lo firma: «Alejandro Groidecir:
zard, presidente del Consejo de Estado».
- Escucha una parábola. No lo es con toda
Tal vez mi contemplación pecara de importupropiedad, pero así la llamo. Escúchala y entiende
na, porque un día, en un momento de descanso,
su sentido:
apoyada la una mano sobre el pico y con el codo
Conozco, conozco bien, por haberlo visto año
tras año, tu miserable modo de vivir, aun más mi- de la otra enjugándose el copioso sudor, me preguntó sin acritud, más bien con cortesía:
serable todavía, porque entonces era de rigor lo
- ¿Por qué me mira usted tanto, padre cura?
de «llevarán siempre una cadena al pie, pendiente ¿Qué tengo?
de la cintura, se emplearán en trabajos duros y peMe acerqué y le dije, con el amor que lonosos y no recibirán auxilio alguno de fuera del sentía:
establecimiento.»
- Te miro, porque no me pareces lo que
Conozco, conozco bien, por haber vivido mueres. Te :miro, y al mirarte no me pareces crichos años junto á la desventura, lo que es trabajo minal.
duro y lo que es no recibir auxilio. Oye este caso,
:\le miró con fijeza, con tanta como si me quique lo sé de referencia. Lo refiere Sánchez Barsiera hablar y por los ojos le brotase la respuesta;
bero, aquel gran poeta latino, alter Apolo, que por
pero se repuso, volvió á empuñar el pico y á seel delito de ser escritor doceañista murió de pre- guir trabajando sin dPcirme palabra.
sidiario en el presidio menor de que nos habla.
Lo volví á ver algunas veces y lo miré como
Dice que el huerto del gobc•rnador de la plaza de siempre, aunque sin pararme, no obteniendo otra
.Melilla estaba tan alto, que no tenía riego, y, no
cosa que una cierta mirada agradecida y un callaobstante, era un huerto de lozanos árboles, visto- do saludo.
sas Aores y sabrosos frutos. ¿Sabes cómo se regaUn día, á la caída de la tarde, al regresar de
ba? Con una noria humana. Cada presidiario de los
mi paseo, me salió al camino. Sin duda por aguarque bajaban con la cuba vacía para subir con la darme, se quedó rezagado. Estábamos enteramencuba llena, era un cangilón. Y del mucho subir y te solos.
del poco comer, los cangilones se volvían éticos,
- Padre cura, me dijo, sólo un hombre, sólo
los transportaban al hospital y al cementerio y los
un sacerdote tiene derecho á conocer mi confesustituían otros en la cadena transportadora de las sión, porque sólo él me distinguió inocente.
aguas. ¿Sabes cómo llamaban á ese huerto? El huerSacó de entre su pecho unos papeles que el
to de la sangre.
correo le había traído el mismo día, y me los di&amp;
Conozco, conozco bien, la manera de trabajar á leer.
del presidiario. La vida en Ceuta es monótona, y
¿Sabes lo que era? La declaración que ü, armás entonces, que no había campo exterior. Para
ticulo mortis hacía el verdadero criminal, el autor
mí, apenas había otros caminos que el de la catedel delito que al infeliz se le imputaba. Y agitandral, el de mi casa y el de mis paseos. Paseaba por
do aquellos papeles con la alegría más pura de mi
hacer ejercicio y por recurso, y siempre que povida, y diciendo con emoción y vertiendo lágridía buscaba la salida del campo, huyendo de la ciu- ¡nas: •¡Corro á salvarte!•, me los arrebató y los
dad vieja y de la nueva.
rompió en menudos fragmentos, dejándome sin
Aun tengo en mis oídos el sonsonete de los es- saber qué decir ni qué pensar.
labones. Quiero decirte que en mis paseos me en- ¡Qué has hecho, desventurado!
contraba á los penados trabajando. y que era un
- ¡Padre cura! Hace años, muchos años que
trabajar que rechinaba, como si se publicase de ese arrastro mi cadena. Aquí lo he dejado todo: jumodo el trabajo aAictivo. ¡Torpe humanidad! Tra- ventud, afectos, memorias, anhelos, esperanzas. La
bajar con cadena es hacer de los oprimidos pere- resignación y lo pasado me han hecho á esta vida.
zosos. Por fortuna, el trabajo es redentor y rompe El que habló, habló tarde, al morirse, y habló vicódigos y artificios inútiles. Así se desencadena- llanamente para que yo, por recobrar una quimeron los de Ceuta, por la utilidad y eficacia del es- ra, ¡que la libertad ya lo es para mi!, cometiese una
fuerzo. Al construir el cuartel del Valle, cayeron infamia. ¡Sí; es una infamia! Ese hombre deja hide los andamios algunos que trabajaban con gri- jos, nietos, una familia que vive en el ambiente de
llete.
la honradez, no mancillada por la condenación, y

�con los pape~
les malditos
que he roto
quería que
yo, salvándome, señalase á
los hijos, á los
nietos, á la familia del atroz
asesino. ¡Yo
no he querido
envilecerme y
proclamar mi
inocencia como verdugo
que marca con
el hierro infame! ¡Yo no publico el anatema!
Lo dijo con
tan ta fe, con
tanto amor de
humanidad,
que caí de rodillas y besé
la cadena de
aquel santo.
.
.
Desde entonces quedó en m1 pensamiento u~a
idea indecisa, incierta, indefinible, sin aclarar, sm
duda porque las ideas no se aclaran hasta que un
estado de realidad las revela del to~o, y eso me
acaba de ocurrir, y con la espontaneidad con que
lo he pensado te lo digo.
.
Entre los Mandamientos de la ley de Dios, fa!-

ta uno y es
éste;eldelsanto presidiario:
¡N'omancillarás!

en mi recuerdo, ante mi vista, se me reprodujo lo
que el doctor lionés escribió en el álbum penitenciario del Congreso de Roma: «En nuestros tiempos, la justicia marchita, la prisión corrompe y las
sociedades tienen los delincuentes que merecen.•
Y un anhelo de regeneración invadió mi alma,

regeneración destructora de las miserias que nusotros mismos fomentamos, y acordándome de súbito de la esencia de mi pasado ensueño, exclamé
con fervor, mirando religiosamente á las alturas:
¡Sí: quiero ser santo, como el buen hombre del
grillete, para rasgar el anatema!

XI
Unaluzme
iluminó de súbito y me hizo
abrir los ojos.
Era la luz del
día que entraba alegremente por los desgu ar ne c idos
cristales. Era
la aurora rica
en colores, armonías y esen•
cias, y además
de rica, generosa.
Me sentí restaurado, alegre y animoso, y me
lancé del lecho á buscar la purificación del baño
frío.
En el jardín , las hojas de los árboles ~e mecían con el remusgo matinal, las flores hab1an sacudido el sueño y se mostraban frescas y ostentosas y los millares de gorriones armaban una d~sveladora algarabia.
Al desviar la
cabeza se fijaron
mis ojos en la fachada de lineales y
simétricas aberturas guarnecidas de
rejas; la fachada exterior de la primera galería de la cárcel, fachada de
Tántalo que ve la
libertad y el animoso bullici:o de la vida sin poderlos coger.
Entonces se
volvieron á agitar
en mi cabeza las
memorias de la pasada noche, y en
vertiginoso torJ?ellino vi leyes, códigos, ordenanzas,
destilando sangre,
despidiendo negrura con la herrumbr~ del antiguo rigor y el antiguo
tormento y los roñosos eslabones de
l os vetustos aparatos, y más que

Pabellón de la Prisión celular de Madrid, 25 de Septiembre de 1907.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Espaftola. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Blass y Cía., San Mateo 1, Madrid.

�El [usnto 5smanal

•

Regalo de tapas á nuestros suscriptores
A cuantos, durante todo el próximo mes de Enero,
se suscriban directamente en esta Administración
por un año á EL CUENTO SEMANAL, se les servirá
gratis el juego de tapas para encuadernar-en dos tomos
las cincuenta y dos novelas de que consta la colección
de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las
tapas.
El precio de las tapas para el público es el de cuatro

rcv· ---::._~_=:::::::::::::~~~==-=::-::::::
/'

pesetas.

Advertimos á nuestros lectores que las suscripciones
hechas en fecha posterior á la arriba indicada no dan derecho al regalo de tapas.

11

CaH supsrior BD grano

PUERI'O R\~~o~RACOLILLO

---~----=--- 6,50 MANUEL ORTIZ -

EL KILO- 6,50

CALLE DE PRECIADOS

4

Colecciones de 1907
DE

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IOUAL PRECIO
PARA CURAR POR FRICCIONES LOS DOLORES REUMÁ-TICOS NO HAY NADA COMO EL PRODIGIOSO BÁLSAMO ANTIRREUMÁTICO DE ORIVE; 2 PESETAS FRASCO.
Su fama es universal en la curación brevísima y
radical del Catarro de la vejiga. Suprime en absoluto la sonda.
~ ~ ~ VENTA: Depósitos de específicos y farmacias

VESI CALINA

===

CORONHS

EPILEPSifl

.,@"

ó accidentes nel"liosos

Especialidad para
el té de la

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
pollbromurada, con las

REposteríil Alemilna

Pastillas antiepilépticas de Ochoa.

Espoz y Mina 14

No quitan el apetito.
No deprimen.
Cortan rápidamente
los accesos

Teléfono 2629

EL CUENTO SEMANAL
Se venden en esta Administración, lujosamente
encuadernadas en dos tomos, al precio de 25 pesetas colección.

·~·~·~··~·~·~·
Acaba de publicarse

Desde mi butaca
(Apuntes para una_psicologia de nuestros actores)
POR

Eduardo ZAMACOIS
SUMARIO: Consideraciones prellmlnares.-Maria
Guerrero. - Dlaz de Mendoza. - Rosario Pino. - Enrique Borrás. - Maria Tubau. - La vanidad en los
actores. - Los derechos del actor. - El adulterio en
el Teatro. - Teatro de acción y Teatro de ideas. Los orlgenes de la risa.- José Santiago.-¿osé Rublo.
Balblna Valverde.-Matllde Rodrlguez.- oreto Prado. - Emilio Carreras. - José Monea yo. - La risa en
el Teatro. - El arte escénico. - Teatro nuevo. - El
apuntador.- La tristeza del comediante.

Un volumen de 300 páginas. TRES pesetas
De venta en esta Administración, en Ca .,a d e M. Pérez
Villavicencio, editor, y en las principales librerías.

Lfl ,,MlJESTRf\"

NO~ELA

DE EDUARDO /'\ARQLJINA

=

1LUSTRACIONES DE FEDRERO

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="426">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560756">
                <text>El Cuento Semanal</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560757">
                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562184">
            <text>El Cuento Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562186">
            <text>1907</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="53">
        <name>Año</name>
        <description>Año de la revista (Año 1, Año 2) No es es año de publicación.</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562187">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562188">
            <text>52</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562189">
            <text>Diciembre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562190">
            <text>27</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562191">
            <text>Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562208">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562185">
              <text>El Cuento Semanal, 1907, Año 1, No 52, Diciembre 27</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="39">
          <name>Creator</name>
          <description>An entity primarily responsible for making the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562192">
              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562193">
              <text>Cuentos</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562194">
              <text>Narrativa</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562195">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562196">
              <text>Cultura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562197">
              <text>Relatos cortos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562198">
              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562199">
              <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562200">
              <text>Salillas, Rafael, 1855-1923, Colaborador</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562201">
              <text>Pedrero, Ilustraciones</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562202">
              <text>27/12/1907</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562203">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562204">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562205">
              <text>2020343</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562206">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562207">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562209">
              <text>Madri, España</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562210">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562211">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36317">
      <name>Consultorio Grafológico</name>
    </tag>
    <tag tagId="3588">
      <name>Libros y revistas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36326">
      <name>Novela Quiero Ser Santo</name>
    </tag>
    <tag tagId="36327">
      <name>Rafael Salillas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36314">
      <name>Semana Teatral</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
