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•

Regalo de tapas á nuestros suscriptores
A cuantos, durante todo el próximo mes de Enero,
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de 1907.
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El precio de las tapas para el público es el de cuatro

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Número suelto:

3Ü

1

1

Abiertos los sobr~s secretos correspondientes á estos oriTemíamos (,por qu:, no decirlo ahora qae el peligro pas6?1
ginales, aparecieron como autores los señores siguientes:
que nuestro Coucu!so fuese un fiasco. :-los ,~o~·ían á pausar
:S.úmero 176, D. José ;\!aria ;\[atheu; núm. 181, D. Leoasí, primero 11;s dihcultades q~e o(rece. escnb1r un cuento
nordo Sherif; núm. 235, D. Ramón M, Tenreiro; núm. &lt;)O,
br&lt;&gt;o, de arquitectura y d11nens1ones casi.novelescas, y ~uego
D. Federico (;arcía-Sanchiz; núm. 325, D. :"\Iauricio Ló pez1:,. desconbnza injustitica,la q,ie si~nte la JUV_mtud lnc1: los
Roberts; núm. 65, D. Andrés Gonzilez-Blanco; núm. 59, don
Concursos. Afortunad:unente, la n:tdectuahdad esp:mola,
Juan T~llez y Lópec; núm. 206, !J. Juan José Lorente (de Zamucho más abundante)' vi;oro-a de lo que creemos, responragoza); núm. 173, D. Pedro González :\!agro; núm. 250, don
dió á nuestro lhmamiento, y de Stl gran csfucr,o ha resulta(;ui\lermo Hernández :\!ir (de Sevilla); núm. 230, D. ;\ligue\
do un cert1men brilhntisimo, no sólo por b«cantidad», sino
A. Ródenas; núm. 22, D. Bernardo Herrero Ochoa; núm. 295,
por la «calidad» de los o riginales recibidos.
.
D . .\lfonso G.uch del Busto; núm. 303, D. Jaime Ordóñez
Reunidos anoche e~ nuestra Redacción los tres ilustres
Lecároz; núm. 16~, !J. S,llvador \lartínez Cuenca; núm. 2S1,
novelistas que componían el Jurad~, Sres. D. Ramón del Vadoña ,\ngeh Barco (&lt;l.e Valladolid).
lle-Inclán, 1). Pío B.1roja y !J. Felipe Trigo, acordaron, «por
De 1, adquisición de estos diez y l&lt;els originales recounanimidad» conceder las 500 p~•etas del P HJ.\U,K PREm~ndados, la Dirección tratará particularmente con los au,'110 al cuento n111n. 25S, titul.,d,) Noma.da y firmado por El
tores seo-ún indicamos en la base 2.ª de «:sluestro Concurso».
bachiller Sans(m CJ.rrasco. R:1s"ado el sobr hcrado, donde
(V¿a;e é1 número &lt;le EL CuEXTO SE~axAL correspondiente
constaban el nombre y señas dc1 a~tor, resultó s~r ést~ don
al II de Octubre del año pasado).
, ;abricl :'lliró (de Ali~ante), á qmen desde a,¡m ennamos
Para concluir, felicitamos calurosamente á todos los autonuestra enhorabuena más cordial.
res recomendados, y damos una vez más las gracias á nuesDespu~s. y en vi,ta de que habü muchos cue1:tos dignos
tros queridos amigos D. Ramón del Valle-[nclán, D. Pío Bade ser a,lmitidos, el Jurado,. de acuerdo con la D1r~cc1ón de
ro¡a y D. Felipe Trigo por _la gran actividad y la p ~rspicacia
este periódico, acordó ampliar á diez y seis el numero de
clarísima con que han sabido hallar lo «meJor» en este Conorio'i.1ales rc~o1ncndodos.
curso, donde tanto «bueno» se ha presentado.
.,Estos son, por su orden &lt;l.e importancia, los signientes:
Cuento núm. Ií6, Un /,ouittJ 11t_l{oáo1 Pap::unoscas; númeLa Dirección
ro 181 U1s cuernos d! la lu. 1w, 'frota.conventos; núm. 235,
;\[adrid, 21 Enero de 1908.
/'.'111br),ja111imto, Cardenio; núm. 90, ffistoria rom&lt;Í•tli~a, Borregucnts; núm. 325, ~-,,... la_ o,arla flaua, .:\tamert?; nmn. 65,
Importante. - Los originales no admitidos quedan en
Un awor d: rrovi11d,1, Enn,¡u~ de Ofterdmgen; num. 59, Jllaesta RedacC'ión y á disposición de sus autores hasta el día 15
ltr ndmm1bilú, Pirrón; núm. 2o6, F11uos d, la c11nu, Radamés; núm. 173, Jlida~~fttia .morisfn, 1\[a~se Pe&lt;lro; n~'1:'· _250,
del próximo mes de Febrero.
Pedazos de vida, ;\lomo; nmn. 230, fíumo dt hoga1#, \&gt;rtsostoPasada esa fecha se inutilizarán.
mo; mím. 22, La e.rjiu1;, dt /,ido, Augusto Miquis; ~úm. 295,
Los interesados residentes en provincias que deseen recoSueúo dt ho¡:ar, El príncipe t'lorencio; núm. 3.&lt;?3, /· 11 la p,~,brarlos pueden decírnoslo, incluyendo en su carta un sello
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=

TELÉFONO Z599

I
0URMONT-ABEL, cuando yo le conocí, estaba
muy lejos de ser en París este pintor «para
mujeres», cuyos triunfos constituyen hoy la
mitad del aliciente de la crónica de. salones y dos
terceras partes de la crónica escandalosa y elegante.
Por entonces, Gourmont-Abel vivía en Montmartre, en lo que es ahora rue Ca11/ai11co11rt, que
no era sino la senda de
una colina inurbanizada
y pintoresca; no solía almorzar todos los días; tenía nostalgias de la provincia recién abandonada; iba por las noches á
los cafés del Boulevard
Clichy; solía tomar impresiones macabras del
llfoulin de la Galette, en
su apogeo entonces, con
Toulouse-Lautrec, su
amigo íntimo, y hasta
creo que había dibujado
sombras para el Chat
noir, y alentado y amparado á la nerviosa y admirable Jeanne Avril, en
sus comienzos coreográficos.
Gourmont-Abel iba
siguiendo aquella vid a
fácil, con todas las reservas mentales que su
temperamento egoísta,
ambicioso, calculador y
frío le sugería instantemente.
Todas las madrugadas, al regresar, tambaleante de absintio ó de
cerveza,ásu taller, cuando había dado en el puente el último arretón de
manos al último de sus
amigos trasnochadores,
..,
que vivía en un sexto
interior de la Plaza Clichy, Gourmont-Abel comenzaba á subir la cuesta que le conducía á su
taller, haciéndose las
mismas reflexiones ...
- No; verdaderamente, no valía la pena de
abandonar mi provincia y venir á París para llevar
esta vida improductiva y necia, que me gasta .. .
Sobre que los alimentos eran más higiénicos .. .
Exacto ... ¿Cómo comparar aquellos jarros de ma-

G

Fallo del Jurado

1

LA ,,/1\U ESTRA"

C é n ti ffi OS

NUESTRO CONCURSO

'i

EDUARDO f'\ARQUINA

AÑO 11 - 24 de Enero 1908 - N.0 56

=

CABALLERO DE 6RACIA, 48, ENTRESUELO - MADRID

dame Tocqueville, la lechera de la Plaza del Mercado, con estas botellas de absintio que parecen
embebidas en hu'rnos sulfurosos? ... ¡Y aquella
buena, afectuosa y grasa sonrisa de madame Tocqueville, la «orcita de manteca•, cuando por la
mañana me servía el desayuno, en la trastienda,
con mimos maternales, derritiéndose si yo le dirigía la palabra, por la fama de mordaz que tenía en
la provincia! ... Jeanne Avril tiene una cara más.
expresiva... Y en los ojos suyos, avivados de mixturas químicas, hay una
malicia y una perversión
más diabólica ... Pero ¡al
diablo los diablos! ... Entonces no me dolía el
estómago... ¡ay!. .. Y los
pobres debemos tener
buen estómago . .. Apostaré que aquella criatura
macilenta, que viene á
tentarme, con tan poca
animación y tanto frío,
piensa como yo . .. ¡Eh,
C!'ia tura desdichada, ven r
R.endido por la fatiga
de la cuesta, destrozado
el estómago por las ho rrendas libaciones
de poco precio, á
que acababa de
entregarse, Gourmont-Abel, á medio camino de su
taller, se agarraba
al poyo de un farol, arrollando en
él el brazo, y allí
mantenía con la
macilenta sacerdotisa de Venus,
que á aquellas horas rondaba todavía por el suburbio, muerta de frío,
un diálogo singular, que casi todas
las noches acababa de igual modo...
- ¿Tú eres provinciana, verdad?
- No, señor artista,
parigotte.

- Malo; de todos
modos tienes el aire de
una muchacha ejemplar; de una mujer de tu casa,
honrada y buena...
La chiquilla sonreía y aventuraba un empujón
que estaba á punto de hacer perder el equilibrio
á nuestro hombre.

�in

1

j

11

- No, no disimules; conmigo, hija mía, puedes espontanearte, contarme tus penas, pedirme
protección. Dime, dime, angel mío, ¿quién fué el
criminal? ... Porque tú y yo hemos nacido para
comprendernos ... No te canses; esa misma vida
ejemplar, burguesa. . . ¿por qué no decirlo? ... burguesa, que á ti te seduce; este orden, esta compost ura, esta buena apariencia ... y los vestidos
limpios... y los muebles bruñidos . . . y el mantel
planchado ... todo esto es mi ideal. .. No desdeñaríamos, ¿verdad?, un almuerzo bueno chez Roujun, ni un palco en la Opera...
- ¡Chouette! ... - se aventuraba á gritar la
muchachita con los ojillos encandilados y haciendo chascar sus dedos finos.
- ¡Angel de Dios!. . . ¿Quieres llegarte hasta
mi casa? .. . ¡Oh, es un cajón inmundo! ... Le faltan muebles, estilo... Pero tú le sacarás provecho... Tú tienes el instinto del hogar. . . no, no lo
niegues ... Me dirás lo que falta en mi casucha .. .
haremos inventario ... haremos inventario... Dame
el brazo. ¡Si vieras cómo sufro!. .. ¡ay!. .. ¡Y es el
absintio... ¿sabes? (Se han cogido del brazo). Yo
• solía desayunarme antes en casa de madame Tocqoeville... ¿la conoces? . .. ¡Claro que no!. .. Pero
habríais simpatizado; ya lo sé ... También una mujer de su casa, aquella buena señora.. . ¡y qué
limpieza! (Van andando; Gourmont-Abel tropieza
alguna vez). Estoy muy malo... ¿me cuidarás, verdad? ... Naturalmente ... Y si ves que me muero,
hijita mía, tú debes saber algunas oraciones ...
(Signo afirmativo de ella). ¡Naturalmente!. .. rézalas, rézalas ... mientras me voy muriendo, rézalas ...
¡es decorativo!
Llegan á la puerta del taller. No está más que
entornada. Gourmont-Abel empuja. Entran ...
Y á la mañana siguiente, ya ce.si al medio día,
cuando el pintor despierta con el mal gusto de
boca y de espíritu que le han dejado las pasadas
libaciones, y empieza á pasear por el taller inmundo sus ojos irritados y ve allí, en un rincón, sobre
l:t otomana, abrigadas las piernas con una alfombra sucia, á la infeliz mujer de la víspera, que duerme, todos los días es el mismo apóstrofe:
- ¡Eh, señora!, ¡á despertarse! .. . ¿Y mi desayuno? ... ¿Y el inventario? ... ¿Así se cuida de mis
cosas? ... ¿Este es su instinto del hogar? ... ¡Todo
está cochino! ... ¡más cochino que ayer, señora! . . .
¡No me sirve usted! ... ¡No nos comprendemos! .. .
Ha querido usted explotarme, ¡canalla! ¡Largo.. .
á la calle! ...
La infeliz muchachita se escabulle precipitadamente, creyendo de buena fe que acaba de pasar la noche con un loco...
Y todavía temblando del susto, en la calle, se
compone un poco el pelo rubio, saca un espejito,
se arregla los bandós sobre la frente y, desdoblando el pañuelito de batista, como hay en él un puñadito de algodón hidrófilo, embebido en polvos
de arroz, perfumados de «mimosa&gt;, se lo pasa pulcramente por la cara...

II
Yo no trataré de seguir paso á paso las aventuras de Gourmont-Abel, desde aquel indecente
cuchitril del Montmartre antiguo, al confortable
hotelito que hoy ocupa en Passy, cerca del Bois,

conocido de todas las damas que ha pintado Bol •
dini, y que no pueden privarse de unos cuantos
días de pose, chez Gourntont-Abel.
Lo verdaderamente curioso de este hombre es
el golpe de audacia que le valió bruscamente su
cambio de fortuna.
Lo he oído explicar diversas veces, seguido de
los más diversos comentarios.
Fué una página del París-escándalo que apasionó por algunos días á la alta sociedad, y que
tuvo el privilegio de hacer olvidar, en varias sobremesas, hasta los azares de la situación política.
En general, los hombres galantes abominaron
públicamente del proceder incalificable de Gourrnont-Abel y aprobaron la conducta de la· noble familia Dorval.
Pero en los «círculos&gt; y demás lugares equívocos, estos mismos hombres galantes no desdeñaban el trato de aquel hombre audaz que con una
«canallada• había echado á rodar la rueda de su
fortuna.
Por parte de las damas, la anécdota sufrió variadas alternativas de criterio. En público, las damas,
corno los hombres, condenaban. Pero lo público
no tiene interés; ya es sabido. Pasa como en las
comedias: la mejor se desarrolla en bastidores.
Donde las damas se pronunciaban abiertamenre sobre el proceder de Gourmont-Abel era en sus
cenáculos privados: antesalas de los modistos,
Ihea-room de la rue Rivoli, fiestas de caridad en
salones aristocráticos y puertas de las sacristías.
Solían decir:
- Este pequeño Gourrnont . . . ¡qué tupé!
- ¡Qué canalla!
- l'ero con genio...
- Es cierto ... Y sin tanta culpa corno ha pretendido dársele.. .
- La familia Dorval, por el buen ver...
- Es natural. .. pero convengamos en que la
pequeña Madelon ...
- ¡Unaalhajita!. ..
- Divorciada á los seis meses de matrimonio ...
- Tuvo relaciones con Willy, entonces, me
dijeron ...
- ¡Mujer! ...
- Me lo habían dicho ...
- Sí; fué un novelista, pero no Willy... Todo
lo contrario: un hombre de principios, un nacionalista decidido, que lleva un nombre ilustre ... No;
en eso ...
- Cubrió las apariencias.
- Exacto.
- Lo contrario ·del caso Gourmont, en una palabra.
- Me han dicho que ella estaba furiosa ...
- ¡Oh, se disimula tan bien!
- Yo creo que debió instigarle...
- Es una pervertida...
- Pero el pequeño Gourmont- Abe! tiene
genio ...
- Indudablemente; como casi todos los grandes canallas . ..
- ¡Qué horrores decimos!
- Está en el ambiente ...
- La tela de Gourmont era deliciosa...
- ¡Qué delicadeza!
- ¡Y qué intención!

palm·as, y realmente la frase hace fortuna . . .
No hace muchos días, un crítico americano,
realizando un estudio sobre p intura francesa, empezaba con ella una silueta de GourmontAbel. ..

III

- Sobre todo, ¡qué perversidad! ... ¡qué desvergüenza mordaz! Era admirable.
- ¿Le has visto en su nuevo taller?
- Todavía no; me han dicho que es exquisito
de trato.
- Un hombre espiritual. ..
- ¿Es cierto que la condesa... ?
- Sí; le empezó el retrato hace tres días.
- Esa condesa es un alma generosa. Ha querido rehabilitarle ...
- Expondrán el retrato chez Vollard. Iremos
á verlo. Será sensacional. ..
- ¡Oh, no dudo del éxito!
- Ni yo. .. Gourmont-Abel es de la prosapia
de Watteau .. .
- Pero más actual; más pervertido ...
- ¿Digo mi frase? ... ¡Oh, ha hecho fortuna!
La digo ... Gourmont-Abel, señoras mías, es el
genio elegante de vVatteau, con la joroba de
Lautrec. . .
- ¡Exacto! ¡Exacto! ...
El concurso de elegantes murmuradores bate

Antes del escándalo, GourmontAbel no perdía su tiempo picaresca.mente en las alturas de su incómodo
taller. Aquel hombre, nacido para el
regalo, la satisfacción sensual de todas
las necesidades, las buenas mesas y los salones
confortables, tenía vuelta en bilis, en su estómago,
toda la contrariedad de su vida miserable...
- ¡Dame un camino! ... - solía decir, agresivamente, á todos sus amigos, clavando en ello¡;
como una amenaza la fría excitación de sus pupilas de bilioso. . .
No podíais aventuraros con Gourmont por un
«boulevard• del centro, sin que al punto, si os
sorprendía saludando á un buen señor imponente, con apariencias de judío ó de aristócrata, no os
dijera:
- ¿Le conoces? ... ¿Le visitas? .. . ¿Es aficionado al arte? ... ¡Preséntarne! ...
Y aquel ¡preséntame!, subrayado por una sacudida brusca en vuestro brazo, estaba dicho en
un tono tan imperativo y conminante, que imponia la obediencia sin remedio.
Gourmont, cada vez más agriado, más bilioso,
más hipocondriaco, más malo, fué dejando la compañía de sus amigos trasnochadores, que no podían soportarle y ahora, ya, les saludaba de lejos,

�la obscuridad les obligaba á dejar el ventanal, estaban muchos días sudorosos y rendidos.
Sofía, la muchacha, dijo una tarde al pintor:
- Estuve ayer noche en la soirée de los Dorval. .. ¿Cómo no buscas tú quien te presente á esa
familia? Son amigos de los artistas ... Recibían á
Steinlein, á Willette, á Herman Paul. .. Pero han
roto con ellos á causa del «Dreyfusismo • . Los
Dorval son nacionalistas... ¿sabes?
Sofía no dijo más. Gourmont callaba.
En el taller miserable hacía tanto frío, que Sofia no se había atrevido á quitarse su abriguito de
pieles y se apelotonaba en él como una gata. Resplandecían, á veces, sus ojillos verdes como con
fosforescencias ...
Gourmont gustaba de acariciar aquella piel
tupida y noble del abriguito de su amiga. Hundía
con voluptuosidad sus dedos recios y menudos en
la tibieza blanda y confortable...
Sofía añadió:
- ¿Verdad que es hermoso este abrigo? ... Me
lo ha regalado Madelon Dorval; no lo había estrenado todavía. Esta muchacha adora á los artistas.
Volvió á callar Sofía. Los dedos de GourmontAbel tuvieron una presión extraña, al resbalar sobre la nutria espléndida. Pero el «rapín• calló otra
vez ...
Aquella noche Sofía no podía quedarse en el
taller; Gourmont-Abel, egoísta, miedoso de quedarse solo en la miseria aquella, intentó retenerla;
le había cogido el brazo, y su mano, como una zarpa, hacía presa en el abrigo, magullándolo. . . '
IV
- ¿Tienes concierto? ¿Tienes que estudiar? . . .
- En París - me decía una vez Gourmont- Te acompaño ...
No; no podía acompañarla ... Sofía no tenía
Abel - toda fortuna depende de la primera mujer
concierto;
Sofía no tenía que estudiar.
que tiene la intención de explotarte. Si das con
- Pues... ¿entonces ... ?
una virtuosa ingenua, has perdido tu vida.
- ¿Entonces ... ?
Gourmont-Abel dió con una insaciable.
Sofía acabó por confesarlo. Aquella noche volUna rusita rubia y sentimental, de ejos azules,
casi verdosos, fina como una serpiente, blanca vía al salón de los Dorval. Estaba invitada. Esto
como las estepas, insinuante y caprichosa como los pasaría ahora casi todas las noches. Los Dorval
niños viciados, frágil y voluntaria á un tiempo acababan de abrir sus salones. . . Y como había
como un lirio y un puñal, aquella almita llena de efervescencia... como los nacionalistas interesaansiedad, que por entonces era discípula del Con- dos en el proceso Dreyfus bullían febrilmente ...
servatorio, y á la que, por patriotismo de alianza, no podía preveerse nada, pero lo más probable
protegían muchas familias oficialmente aristocráti- era que los salones no se cerraran ni una noche...
cas de París, decidió de la fortuna de Gourmont. Estaban llenos. Se hacía música. Se hacía política,El antiguo «rapín&gt; adoró á aquella mujer como se conspiraba, se luchaba, se triunfaba tambié?-· .
Miró Gourmont-Abel á su Sofía con una mrraúnicamente pueden adorarse las cosas que son
da
de
odio implacable.
carne de nuestra propia vida. Ella cayó sobre su
- Vete - le dijo por todo comentario...
alma como el conquistador sobre su espada, y tuvo
- Volveré alguna tarde - dijo ella, prudente,
para el hombre insignificante y hosco los mismos
delicados mimos que tienen los gatos, á las ma- mimosa.
- No; voy á tí-abajar por las tardes; no vengas.
drugadas, para sus zarpas y sus uñas.
- ¿Cuándo nos veremos entonces? - preEn las alturas del taller innoble, después de
los raptos, cuando los dos amantes, descargados guntó ella con su vocecita más insinuante, más
del afán sentimental, descorrían la cortinilla sucia débil. ..
- Alguna noche...
que cerraba el ventanal, y en pie, el brazo de ella
- ¿Dónde?
descansando en el hombro de Gourmont, contemSonaban, palpitando, los corazones de los dos.
plaban el panorama enorme de París, en el incen- ¡En el salón de los Dorval!
dio de la puesta, á los pies de la colina ingente, el
- ¡Oh, mi César, te quiero siempre así!.
ansia dominadora se hacía tan vehemente en aqueY la gatita, febrilmente, evocando á la tigresa
l.los dos corazones ambiciosos, que les mantenía
que
dormía en ella, abrazó al «rapín•, que era en
inmóviles y rícridos como estatuas del deseo, apenas vibrátiles los labios y las ventanillas de la na- aquellos momentos como un témpano de hielo. La
riz, al soplo del aliento, que pasaba jadeante, ~~mo voluntad le congelaba, endureciéndolo.
Ya en la escalera fementida, volvióse Sofía para
en los galopes. Galopaban realmente sus espmtus
decirle
al pintor:
entonces en una correría de conquista, y cuando

cuando les encontraba, por las noches, en el puente, camino de su taller, adonde le aguardaban vigilias febriles de ambición y de impotencia ...
- ¿Has encontrado tu camino? ... - le gritaban ellos bromeando, locos, inconscientes. . .
- ¡Todavía no; pero lo busco! - respondía
Gourmont sin detenerse ...
- ¡Da un rodeo! ... ¡Da un rodeo! ... ¡La línea
recta es fatal, Gourmont-Abell ... Asusta á todos.
Y aun sonaban las carcajadas de los alegres
compadres en la plaza, cuando nuestro «rapín •,
ya á media senda, se decía:
- ¡Sí; daré el rodeo, locos! ... Daré el rodeo,
¡pero llegaré!
¡Llegar! . .. Había que oir esta palabra de labios de Gourmont ... Había que verle convertir
en prestigio inmóvil de triunfo toda la dinámica
torrencial que lleva en si. ..
¡Llegar!. .. Era todo, para Gourmont.. . Tenía
tales deseos de ello, que esta idea fija le sirvió de
disciplina y norma en la producción artística...
Le espoleó constantemente, y sobre todo organizó
su obra en cuerpo agresivo; fué Gourmont-Abel,
como todos los llamados «arrivistas•, un gran disciplinado, un gran técnico, un hombre enemigo de
perder su tiempo, su arte, é incapaz de hacerlo
perder á los demás . .. No salía plumada, trazo ó
pincelada de su espíritu, que no fuera embebida
de una ansia de dominación tenaz. Este es el secreto del «arrivismo&gt; .

.l
1

- Son nacionalistas ... No lo olvides...
Era como si dos ejércitos se separaran, en los
comienzos de una maniobra, para atacar por distintos flancos una misma fortaleza.
Y aquellas palabras, al parecer insignificantes,
que la muchachita acababa de pronunciar con su
vocecilla vana, recogiólas el pintor, en las alturas
de su taller, como una contraseña de guerra.
V

No se hablaba de otra cosa en el salón ni en la
mesa de los Dorval.
Aquella campaña insistente, personalísima, voluntaria, audaz, del descon oc id o
GourmontAbel, por la
santa causa
de Francia,
contra el semitismo, el
socialismo y
la impiedad;
aquella serie
de libelos
gráficos, armados de tan
venenosa intención, que
detonaban
en la atmósfera cargada
del París del
affaire como
otros tantos
latigazos de
un espíritu
hoscamente
adversario,
cruzando valientemente el rostro de la múltiple opinión, habían sorprendido á todos, habían intrigado á muchos, fueron el «suceso&gt;
durante algunas semanas y espolearon la curiosidad de amigos y enemigos.
Allí estaban, delante del grandios-.:- -,er, Jnal que daba á la serre, sobre la mesa-imperio, deliciosamente noble, entre unos bronces de Rodin, y
búcaros de cristal tallado con ejemplares raros de
flores anacrónicas, todas las revistas, todos los libelos, todos los pamfletos donde había ido apareciendo la obra caricaturesca de Gourmont-Abel .. .
Este nombre se hizo famoso en pocos días .. .
Del salón de los Dorval salió la idea de una suscripción para encargarle al genio desconocido un
álbum antisemita ...
Fué Sofía la iniciadora afortunada de la idea ...
- Pero ... ¿ha dicho usted que le conoce? hubo de preguntarle alguien.
La muchacha palideció. Hay que conocer, en
estos pequeños detalles, toda la fiebre, toda la
emoción, todo el supremo arte que pone en su
obra, en este complicado mundo de París, la mujer que os lanza.
. -Sí; le conozco vagamente ... Es un hombre
1~tratable, un salvaje ... Hace siglos que no le he
visto.

Madelon Dorval había hecho una seña á su
amiguita Sofía.
En aquel diminuto sofá Luis XV, del pasillo,
entre una mesita con bibelots japoneses y un m::nudo estante de maderas incrustadas con ediciones de bibliófilo, Madelon y Sofía hablaban, mientras los amigos de la casa iban y venían, por el pasillo, del salón al buffet, ó viceversa. Sabían ambas, con su experiencia aguda de mujeres, que el
sitio más adecuado para tratar de cosas trascendentales y secretas es aquel en que todo el mundo puede oiros. Se habla, naturalmente, con cierta malicia: levantando el tono en las palabras
insignificantes y bajándole en las que podrían
comprometeros. Nadie
sospechará,
al pasar, que
tratáis de algo secreto;
os ven entretenidos, os
saludan con
una sonrisa,
á lo más supondrán que
flirteáis ...
Madelon
decía:
-¿De modo que tú le
conoces? ...
- Un poco ...
-¿Y cómo es? ...
-Estáentero en su
obra; violento, voluntario, audaz ...
-No; el
hombre, el
hombre ...
Dime cómo
es el hombre ...
Sofía miró -..i 10s ojos á su amiga ... Había olfateado, instintivamente, un gran peligro. Replegósele adentro el alma, en un arrollamiento serpentino y continuó, impasible:
- Bajo, de la talla de César. Enérgico de trazos; las manos pequeñas y fuertes; la barba, los
cabellos recios, espesos y cortos; los dientes iguales; los labios finos, rojos; la frente de tenacidad;
los hombros de fuerza ...
Madelon paladeaba aquellas palabras y quedó
luego callada, suspensa, como en una soñación ...
Sofía, aviesamente, la dejó pensar ... Se había
inclinado un poco para arreglarse los pliegues de
la falda, que le ocultaba demasiado un pie, y alguien que)a conociera mucho habría adivinado entonces que su corazón estaba alterando ligeramente el ritmo de sus palpitaciones, por el movimiento de ondulación acelerada, en su escote finísimo,
á flor de piel ...
- Y hablando de otra cosa, amiga mía-dijo Sofía por fin . . . - ¿qué es de León, tu novelista? ...

�- ¡Oh, un farsante! - di~o Madelon con un
movimiento de desdén-. Quiso atraparme argumento para una novela ... y nada más ... Un
hombre viejo: hemos roto.
.
Ahora le tocó á Sofía quedarse pensativa.
- ¿Cómo podríamos - preguntó bruscamente

ponen en las personas demasido sa~isfechas, ~emasiado adormecidas en la monotonta de la vida
fácil los anuncios de un camt)io de actitud, de
una 'variación, de una novedad, de un interés nacien te.
Un- señor académico quiso obsequiar á las damas con hPlados. Venía ceremoniosamente á interrumpir su téte-a-téte.
Entonces dijo Sofía á Madelon, sin
dar importancia á las palabras y pasando ya su larga mano de pianista
por el hueco del guante para toma: la
cucharilla de manos del académico:

y solían darle de un día para otro algunas comisiones - Sofía Ivanowna, después de besar las
manos á madame Dorval y de presentar su frente
al bondadoso señor Dorval para que la besara, salió con Madelon hasta la puerta de la escalera,
suntuosa y abrigada, convertida en galería riquísima de cuadros, dijo la rusa maliciosa á la parisienne pensativa:
- Confiésame la verdad: ¿le amas ya un poco?
- ¡Oh, qué locura! - respondió Madelon, denegando con el gesto-. No lo digas . . .
Y en seguida, con mucha insistencia, echando
ya su medio cuerpo, blando y oloroso, por sobre
el barandal de la escalera, que era de nogal amplísimo:
- No te olvides; mañana, á las diez en punto,
me acompañarás, pequeña ... Veremos al editor.
En un refinamiento de simulación, la muchachita rusa, ya al pie de la escalinata, levantó la
cabeza, la sonrió cordialmente con los ojos, u¡i
poco avivados de picardía, y la mandó un beso
con la punta de los dedos.
VI

Madelon - averiguar la madriguera de ese monstruo?
- ¿De Gourmont-Abel?
- Sí; ¿no sabes dónde vive?
..
Meditó Sofía unos momentos; luego d1Jo:
- No; yo no recuerdo . .. Eso, un editor.
Puede írsele á ver para encargarle el álbum de la
suscripción y él se cuidará de dar con Gourmont;
no tengas miedo.
_
.
- Perfectamente; entonces mana na mismo veremos al editor ... ¿Te parece Pelletan?
- Admirable.
- ¿Me acompañarás?
- Con mil amores.
Volvieron á callar; los ojos de Madelon resplandecían luminosos, con este avivamiento que

- ¿De modo ... (pausa, porque un botón del
guante no quiere soltarse) de modo que tendré el
gusto de saludar á mi viejo camarada GourmontAbel en tus salones ... ¿verdad, Madelon?
- ¡Oh, es un empeño de honor! - respondió
ésta tomando con una sonrisa graciosa el" platito
que le presentaba el académico - . Es forzoso,
tengo que atraer á la fiera, aunque sólo s~a para
corresponder al interés de los buenos amigos de
la casa ...
El académico dijo unas cuantas banalidades,
mientras las dos damitas, á pequeños sorbos, probaban la deliciosa mixtura de crema, café y cognac
que les habían servido ...
Y aquella noche, cuando - la última de todos,
porque, además de amiga, era protegida de la casa

En 'el salón de los Dorval, aquella noche el
interés era vivísimo y la afluencia de gente extraordinaria.
Como en los grandes días, se había abierto la
puertecita de la serre que daba al jardín, iluminado de una manera que valió plácemes á madame
Dorval, con anchas flores de cristal bohemio, de
colores suavísimos ...
Los dos grandes salones, el de la mesa y el del
piano, estaban atestados ...
Las gentes habían invadido, inevitablemente,
la noble y modesta habitación de madame Dorval, que se componía de un sobrio menaje de muebles Luis XVI, blanco y oro; de una mesa, atestada de papeles y libros (porque madame Dorval tenía una inocente propensión á los ajfaires, un
virtuosismo de ministro del Interior) y de su lecho, en un rincón, igualmente blanco y oro, cubierto pulcramente de indianas caprichosas, recuerdo de una correría, siendo todavía joven, á
tierras del Asia . . .
Por su parte, el bondadoso y sonriente señor
Dorval se había refugiado, con sus amigos predilectos, en su cuartito recogido, donde tenía sus
libros, una mesa, una otomana y cuatro sillas de
roble viejo.
El pasillo, el buffet y todos los rellanos de la
escalera, hasta el vestíbulo, donde se había establecido el guardarropa, bullían de gente.
Los trajes claros, los admirables escotes de las
damas despedían, en ondas amplias, una fragancia quintesenciada y prestigiosa, que daba á toda
la atmósfera de la casa un recóndito y poderoso
valor de embriaguez.
En cuanto á Madelon, . no había descendido
todavía. Madelon, divorciada hacía dos años de su
primer marido, que le abandonó, escapando con
una prima suya, cariñosa y dulce, había continuado viviendo, independiente de sus padres, en el
segundo piso de aquel hotelito de la avenida Flandrín, conservando sus costumbres, sus hábitos,
sus relaciones y su vida, aparte de la de sus pa-

dres, quienes la invitaban ceremoniosamente,
como si se tratara de una forastera, á sus comidas
y á sus fiestas. . . Madelon era un espíritu desequilibrado y agresivo, que sólo hacía buenas migas con gente bullanguera y maleante ...
Se hablaba de algunas fiestas, en su propia
casa, que no parecían avenirse con los cánones estrictos de la moral reinante.
Madelon tenía una pobre opinión de la cultura
artística, del tacto mundano y del «saber recibir•
de sus buenos padres. Sin embargo, ella, que se
creía muy superior en todo esto, no había conseguido, á pesar de sus constantes esfuerzos, «tener
un salón•; y el de sus padres, tan poco mundanos,
á su juicio, era uno de los más famosos de París,
verdadera «puerta del mundo», cuyas invitaciones
se consideraban como patentes y certificados de
buena sociedad. Esto ponía á Madelon en un estado de irritación sorda contra el «salón• de sus
padres, y cuando se dignaba concurrirá él llegaba
siempre tarde, tenía un modo desdeñoso de mirar
las cosas, por encima y desde lejos, como dicen
que miraba á los hombres Jorge Brumell, y solía
hacer conversación aparte, en un rincón, con algunos descontentos, criticándolo todo y elaborando sordamente una escisión entre las relaciones
adictas á sus padres, con lo que esperaba ir preparando un reclutamiento feraz que acreciera, en
el momento oportuno, «su salón•.
Había tenido buen cuidado aquella noche madame Dorval de añadir, de su puño y letra, en las
cartas de invitación ceremoniosas, estas palabras
mágicas, causa indudable de la sofocante aglomeración que se notaba:
«Gourmont-Abel será de los nuestros.•
Aunque puede decirse que aquella conquista
del «hombre del día» era obra exclusiva de Madelon y de su amiguita la rusa, quienes habían
dado todos los pasos imaginables desde hacía un
mes para que llegase aquel momento; á quienes,
sin saberlo, debía Gourmont-Abel su último triunfo, el de aquel «álbum antisemita• que ya andaba
en la cuarenta edición y le había valido una fortunita; lo cierto es que, cuando Madelon, por la
mañana, sentándose á almorzar en deshabillé elegante, displicente y sola, in quieta y desconfiada,
porqite si, rompió el sobre con la cifra de su madre, y leyó la invitación con el aditamento consabido, tuvo un movimiento de viva contrariedad, y
murmuró cerrando sus puñitos:
- ¡Qué porquería! ¡Es una infamia!
Ella había pensado también en su GourmontAbel, para abrir, con el mismo aditamento que su
madre, sus salones de aquel año. Nada le había
dicho á la anciana señora que, por lo visto, se iba
dando unas mañas de mundanidad que Madelon
no sospechaba.
Gourmont-Abel era suyo; ella lo había «lanzado• ... ¿qué había hecho su madre por él? .. .
¿qué derecho tenía á semejante explotación? .. .
Y en todo caso, ¿por qué no lo advirtió antes?
¿Por qué no lo consultó con Madelon? ... ¿A qué
tantos disimulos? ... Ella y su madre, tal vez no
habíar, hablado dos veces del pintor.
Y la irritada personita seguía murmurando:
«¡qué infamia!•; y arrugaba entre sus deditos nerviosos la invitación, como si en realidad hubiera
sido un cartel de desafío, más aún, una sentencia

�definitiva y genial que, de una vez y para siempre, arruinara los problemáticos «salones• de Madelon ...
No almorzó la muchaC?hita; circuló nerviosamente, á largos pasos, por su cuarco; lloró, rompió su pañolito de batista; se dijo varias veces:
«¿cómo será Gnurmont-Abel?, ; y acabó por hacer
saber á su madre que se metía en cama con jaqueca...
A tanto como á justificar con su presencia
aquella «infamia, , no llegaba Madelon.

VII
Iba mediada la soirée. Gourmot-Abel, admitido
en el trato de todos, con una mimosidad y una llaneza muy poco «imperio• y muy «tercera república,, á pesar de las tradiciones nacionalistas de la
casa, había satisfecho á todo el mundo.
Tenía todas las condiciones del arrivista «perfecto,. Vulgar é insignificante de figura, lobastante para no despertar las rivalidades que un
aristocratismo cualquiera de la persona le habría
suscitado; de trato exquisito y urbano; muy en el
tono de la vulgaridad cortés; sin alardes geniales
ni refinamientos de selección personal; afectando
en el traje la misma compostura media que era
característica de su persona y de su trato, aquel
hombre hacía todo lo necesario por ocultar y hacerse perdonar la fuerza de vduntad, que era su
varita mágica; dominaba á la gente, sin que la
gente lo notara; triunfaba de ellos sin ofenderles;
ejercía un imperio que Je consentían todos, porque
no iba acompañado - Gourmont-Abel se habría
guardado bien.:.._de signos exteriores y aparentes.
En aquel rinconcito del pasillo donde, unas
semanas antes, Madelon y Sofía hablaban de él,
estaba, hacía rato, el pintor afectando la mayor
indiferencia, en un diálogo que mantenía con su
amiga la rusita ...
- ¿Es de verdad que no ha venido Madelon?...
- No la he visto en torla la noche ...
- ¿Viene siempre? . ..
- Es la primera vez que falta este año.
- ¿Sabía que estaba yo invitado? ...
- Debía saberlo...
- ¿Cómo es? ...
Superior al ambicioso en malicias, Sofía sonrió
esta vez.
- No te preocupes; viste bien, ha estudiado
las «poses• de tus modelos y, sobre todo ... «esto
hará ruido.,
Había pronunciado Sofía estas palabras con
una perfecta frialdad ... No podía señalarse qué
correspondía al cálculo, qué correspondía al despecho, qué parte tenía en ellas lo que podríamos
llamar la «ingenuidad feroz• de los eslavos.
Gourmont-Abel miró á Sofía.
- ¿Por qué has dicho «esto hará ruido»? ...
¿qué es «esto,?
Las gentes iban y venían... En pie, en aquel
rinconcito del pasillo, nuestros dos amigos, oprimidos por el flujo y reflujo de pasantes, estaban
tan juntos que sus hombros se tocaban ... Gourmont-Abel se sentía adivinado en sus planes por
Sofía... Sin embargo, aquel hombre positivo que
quería las cosas con tan enorme voluntad, era

incapaz de querer varias á la vez; tal vez de esta
aplicación unilateral y simplista de su voluntad
nacía su fuerza ... En aquel momento, más aún,
desde que Sofía le había dicho en el taller: «Madelon adora á los artistas•, el pensamiento fijo
del pintor era aprovechará Madelon para su triunfo. Ni por un instante se le había ocurrido que esto
podía herir la susceptibilidad de Sofía. La juzgaba
tan de su raza, que había creído inútiles las explicaciones...
- «Esto&gt; - dijo Sofía - es lo inevitable. No
vayas á creerte que me hago ilusiones: lee.
Y la deliciosa mujercita entregaba al pintor
una menuda tarjeta respaldada, donde se leían
estas palabras:
«Mi Sofía... ¡Búscame al pintor! ... ¡Oh!, ya
debe estar cansado de satisfacer la curiosidad de
todos en el salón de mi señora madre ... Dile que
una amiga del arte le invita á tomar un ponche al
é~r, sin ceremonias, á la buena de Dios, y - si
me atrevo á decirlo - entre camaradas. Estaremos los tres nada más. Subid sin que os vean.
,¡Ah, tengo pipas y tabaco inglés!
• Un abrazo.
»MADELON DORVAL.•

Cuando Gourmont-Abel hubo acabado la lectura, miró con gran curiosidad á su amiga.
- ¿Pero ... ?
- Madelon - dijo ella - no vive con sus padres. Tiene sus habitaciones en el segundo piso.
Hoy no ha descendido á la soirée pretextando
una jaqueca... Debe habérsele pasado ya, porque
hace una media hora me ha hecho entregar esta
tarjeta...
- Creo que deberíamos aceptar . . . Es una
atención ...
- Delicadísima--concluyó Sofía, con un acento intraducible.
Se miraron los dos. Las pupilas de la pianista
pobre estaban vidriadas, no llorosas. GourmontAbel había dado á las suyas una inexpresión
tenaz.
Sofía le dijo:
- Procura, disimuladamente, ganar la puerta
de la escalera... Hay cuadros allí. .. Puedes hacer creer á todos que los estás examinando ...
Yo iré á buscarte en seguida.
Como un río de pasión que repentinamente
bifurca su corriente, echaron cada cual por su camino. Gourmont, hacia la escalera; Solía, un poco
excitada, más locuaz, más nerviosa y más hermosa aún que de costumbre, hacia el bu/jet.

VIII
Había poca luz en la salita. Poca luz y tan discretamente agazapada por muebles y rincones,
que parecía un pretexto decorativo, más que un
servicio de necesidad ...
Muy cerca de la chimenea central, don&lt;le se
había encendido fuego todo el día, apeiotonada en
un sillón enorme, Madelon hojeaba unas revistas
que se había hecho traer previamente, examinando, por la centésima vez, con mucha detención,
toda la obra de Gourmont-Abel. ..
Era particular. ..

A todo el mundo había oído hacerse lenguas le has dicho, Sofía, que aquí se rinde culto á la lode aquellos diseños ... Y, sin embargo, la verda- cura?
- ¡Oh, no hace falta decirlo, amiga mía) Está
dera palabra acérca de ellos no la había pronuná la vista...
ciado nadie todavía.
- Y nos reímos de las grandes celebridades,
Madelon adivinaba la palabra aquella; sólo que
cuando están ausentes ...
no quería comunicarla á los demás.
- ¿Has leído la última novela de León?
Era la clave del enigma: sit clave del enigma,
- ¡Cocina! ... Este desdichado no podría esque nadie más había comprendido y que á ella le
esclarecía toda la obra y - orgullo y goce jun- cribir donde no escribiera nadie...
- ¡Es un farsante)
tos - le revelaba al hombre.
- ¿No le interesan á usted los libros, querido
Madelon no tenía el ardor de sus padres por
la«santa causa,. A Madelon le conmovían poco las Gourmont?
- A ratos.. . Suelo leer en mi taller, á solas,
alusiones políticas, todo el clamor de batalla social que atravesaba, como un grito de guerra, el cuando no puedo dormir...
- ¿Le gustan las novelas?
laberinto muelle de la obra de Gourmont.
- Leo á Diderot... No he salido nunca de él;
Lo que á la gentil desequilibrada le complacía más en la obra aquella, era la elegancia y la ¿para qué? ... Todo lo que Francia puede decir lo
gracia sensual de todas las figuras ... Pensaba Ma- ha dicho Diderot...
- ¿Nos ponemos serias? ... ¿Y tu famoso pondelon al contemplarla, en juegos de amor sobre
un fondo artificial y blando de pieles de nutria . .. che? ¡Una especialidad de la casa, Gourmont! ¡El
Con una perspicacia, que no era de la inteli- ponche, el éter! ... Tiene verdadero «sello.&gt; Y
gencia, sino de los sentidos, infinitamente más tiene historia: ha mareado á Saint-Saens, á Bruagudos, había sorprendido aquella mujer el secreto neau, á France, y estuvo á punto de matarnos á
Picard ...
de aquel hombre ...
- Tienes una manera de hacer el reclamo ...
Sofía conocía todas las interioridades de la casa
- ¡Excelente, para un nacionalista!
de su amiga.
- ¡Abajo la política!
Entró, como vulgarmente se dice, en torbelli- ¡Abajo!
no, seguida de cerca por Gourmont.
- ¡Y viva el ponche! ¡Juana! . .. ¡Jackl .. .
Decididamente, Sofía estaba aquella noche
más alegre, impetuosa, dicharachera y decidida ¡Miguel! ... Pero, ¿se han dormido tus criados? .. .
¡Oh, qué casa! ... ¿Me das una propina, Madelon,
que nunca.
Cuando Madelon levantó los ojos de aquellos si yo te sirvo el ponche?
- La que quieras ...
papeles que estaba revisando, le pareció Sofía
- ¡Oh, me es necesaria! .. . Quiero un recuerotra mujer.
- ¿Tú? - dijo con sincera dubitación en la do de esta noche.
- ¿Por ejemplo?
pregunta.
- Por ejemplo, esta esmeralda - dijo Sofía,
- Y nuestro amigo-añadió Sofía-, el hombre del día, que desde mañana será «el hombre arrancando suavemente un aro admirable del braá la moda, ... ¿no te parece afortunada mi compa- zo desnudo de su amiga.
Después de hacerlo, mantuvo todavía el brazo
ración, «figura de César,?
Sin darle tiempo á responder, Sofía volvióse á entre sus manos.
Madelon dejaba hacer.
Gourmont-Abel, y tomando la mano de su amiga,
Tenía Sofía cogido el brazo por dos partes.
dijo, preser, tándola:
Una mano en la muñeca, oprimiendo suavemente
- Madelon Dorval.
el haz de venas azuladas, que tenían una pulsaBesó el pintor aquella mano...
- Hija mía, nos hemos apresurado á aceptar ción divina y elocuente; la otra en lo alto, recotu invitación ... ¡Qué balumba abajo! ... ¡Qué ho- giendo la amplia manga japonesa, que en varrible! .. . Los salones de madame Dorval parece- no pretendía caer, velando el candidísimo desrán pronto los tés del Elíseo. ¡Hasta generales de nudo ...
Miró Sofía á Gourmont-Abel, que fingía disuniforme! ... Sólo falta un Delfín desdichado y alguna familia de reyes desterrados; si puede ser, traerse de una manera extraña.
Y luego, para dar las gracias á su amiga por el
una pareja con un niño... ¿no los tiene á mano tu
madre para las grandes solemnidades? ... Gour- recuerdo espléndido, levantó aquel brazo quepamont los ha echado de menos... Me lo decía su- recía el pedazo muerto de una magnífica escultura, que parecía también una serpiente aletargada
biendo la escalera...
por un opio suavísimo, y en el hoyuelo de con- ¡Qué calumnia! ... Señora, le aseguro ...
Madelon reía. . . reía á gusto; cortó un poco fluencia del brazo con el antebrazo, sobre el codo,
su risa para escuchar al pintor, y al ver el gesto donde la piel tenía una rayas exquisitas, como de
de sincera contrariedad que ponía el hombre atri- seda sutilísima arrugada en una presión, dejó un
bulado oyendo las inconveniencias de Sofía, soltó beso largo y sonoro.
Inclinóse Gourmont para depositar un leño en
el trapo nuevamente; rió Sofía también, de buena
gana, con una nerviosidad que hacía cantar su la chimenea.
Rió nuevamente Madelon y levantóse á perrisa en una gama de oro chillón, y acabó por reir
seguir á Sofía, que le había hecho cosquillas.
Gourmont-Abel, contagiado por la risa de ellas.
La rusita corría, corría sofocada, jadeante, miMadelon dijo:
- Choca, Sofía... y usted choque también, mi rando con el rabillo del ojo á Gourmont-Abel, que
querido Gourmont ... ¡Estamos redimidos de la no quería verla.
Cuando )a amiga salió del saloncito, quedaba
política! ... Somos camaradas, somos locos. . . ¿Ya

�prema caricia... También ella sentía en los labios
un calor. ..
Tintinearon los sones argentinos de unos vasos en la estancia próxima. Aflojó Gourmont sin
decir palabra, la presión con que sujetaba á 1~ selecta criatura.
- ¡Oh, es un abuso! - dijo ésta sofocada.
Y el pintor, sinceramente:
- ¡Perdón!
Llegó Sofía.
Desde que pudo verles y leyó todo el valor de
algunas miradas de su rival felina, la rusita imaginó todo lo que había pasado y algo más.
Y como no podía llorar, ni su temple de alma
se lo habría consentido, durante aquella media
hora que tardaron en apurar el ponche famoso inolvidable para Gourmont, inolvidable para la
Dorval, más inolvidable todavía para Ja rusa estuvo espiritual, brillante, feliz y oportunísima.
Habían llegado nuestros tres amigos á un pie
de camaradería tal, que al despedirse pudo decir
Sofía á Madelon, sin que la proposición pareciera
detonante ó de mal gusto:

todavía en él no sé qué tentación maligna, no sé
qué regusto sensual é irreparable que había nacido de su beso.

IX
' - Es loca, es loca - decía Madelon, volviendo á sentarse-. Pero es muy buena amiga.. .
La mujer, corno si quisiera borrar una impresión, con su mano se acariciaba el hoyuelo del
brazo donde Sofía había besado.
Repentinamente cesó en aquella tarea, y miró
el brazo detenidamente á la luz de una lámpara.
- ¡Me ha mordido -dijo, examinando bien-,
me ha mordido! Vea, mi querido Gourmont, aun
quedan huellas...
Invitaba la mujer al pintor á que mirara; ella
misma era ahora quien mantenía en alto aquella
holgadísima abundancia de la manga japonesa,
que pretendía caer, velando el hermosísimo desnudo.
Gourmont-Abel levantóse decidido:
- Es verdad; la ha mordido á usted ...
Para exarninºario bien, el pintor había cogido
la manita delicada y aristocrática de Madelon. Estaba ella sentada en el extremo del sillón monumental, y tenía todo el busto adelantado sobre la
mesita enana, de maderas embutidas, en que estaba la lámpara.
Tuvo que inclinarse un poco el pintor para
mirar bien aquellas huellas de que hablaba l\iadelon.
Y al inclinarse, la mujer se apelotonaba y encogía instintivamente, como si quisiera guarecerse

bien en el arco negro que formaba la recia figura
de Gourmont.
Este seguía examinando el brazo blanco, con
los hacecillos de venas azules que tenían súbitas
pulsaciones, solapados saltos bélicos en la nieve
deleitosa de la piel.
Sentía Gourmont una embriaguez indefinible
que le nacía del contacto de la mano aquella, de
la proximidad, del perfume y del aliento de aquella mujer desconocida y perfecta.
Sin decir nada volvió la cabeza, y vió que estaba su rostro á la altura del óvalo, delicado y
suave, de Madelon. Soltando su mano, el pintor
hincó el codo en la mesa, apoyó en el puño media
cara y envolvió á la mujer cerca, cerca, en una inequívoca mirada.
Madelon bajó los ojos.
- ¿Por qué?- preguntó el pintor.
- Me da usted miedo...
-¡No!...
,
- Esa mirada. . . parece que me busque dentro el esqueleto.. .
- O el alma .. .
- ¡Bah!
- O el alma, Madelon ... ¡Qué hermosa es
usted!
- V a á venir Sofía. ..
Audazmente, con una brusquedad de inexperiencia, Gourmont llevó su brazo izquierdo á la
espalda de Madelon, y en un zarpazo de fiera la
atrajo violentamente á sí, incrustando el revoltijo
de sedas, encajes y carne suavísima contra su corazón, potente y violento.
Acaso esperaba Madelon, resignada, una su-

,
I

. -, ¡Abraz~os! ¡Quedan suprimidas, en presencia mta, las hipocresías!
Y cuando, un poco en broma, pero un poco en
serio, Madelon y el pintor se abrazaron realmente
y el pintor - ¡oh, el éter del ponche Je había tras~
to:nad~! - ?uscab~ los labios de la mujer, c¡ue
reta, reia, reta nerv10samente defendiéndose Sofía
chilló graciosamente:
'
- ¡Tableau!
Y se escabulló como una gacela, sombras adelante, ganando la escalera, temerosa de delatarse
incapaz de contenerse, deseosa de achacar á 1~
furia de la carrera aquella punzada inevitable
cruel, dolorosísima, aquel picotazo de víbora qu~
le había partido el corazón.
- ¡Sofía! - exclamó la amiga desasiéndose.
- ¡Sofía! - gritó Gourmont á su vez volviendo á la realidad.
'
Era inútil. La muchachita había desaparecido.
Pero entonces, muy correctamente, el pintor
dijo á la dama:
- Mañana mismo, si usted no tiene inconveniente, empezaremos el retrato.
- Por la mañana. A las diez.
- A las diez la aguardo en mi taller. .. ¿Las señas?
- ¡Oh, las conozco bien! Por cierto que me cae un poco lejos; tendremos que variarlas.
Ella le tendió la mano, sonriendo.
El pintor besó respetuosamente
aquella mano.

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,

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.-

�X
Gourmont-Abel vivió aquella primera aventura de su vida con la gula y á la vez con la codicia de un avaro.
Volvía á encontrar en Madelon Dorval aquella sensación inexplicable que recorría todas los
nervios sensibles de su organismo, cuando hacía
cuatro meses, en su taller miserable, una noche
acariciaban sus dedos la nutria espléndida de cierto abriguito suave y opulento que enfundaba el
cuerpo ágil de Sofía.
No habría podido contestar el pintor si amaba
á aquella mujer. Sabía que Madelon le enloquecía,
que halagaba su ambición, que era su primer triunfo de artista. Ella, por su parte, gustaba de aquella
violencia, á la vez desordenada y voluntaria, del
pintor, que daba la impresión de una fuerte vitalidad.
Madelon - que era un poco frívola, que había
vivido de frivolidades-, por la primera vez de su
vida creía ir modelando con sus manitas delicadas un carácter férreo.
Gustaba de mostrarse caprichosa. Ponía un interés vivísimo en luchar con aquel hombre y dominarlo. Refinaba las seducciones.
Ella misma buscó el nuevo taller. Un hotelito
en Passy, cerca del río.
Compraba al pintor todos sus cuadros y tenía
delicadas tretas para no herir su orgullo 6, por lo
menos, su natural susceptibilidad de protegido.
- Traigo encargo de hacer compras. ¡Oh, esa
condesa se ha empeñado en llevar á su galería lo
mPjor de mi pintor!
Y apartaban, para la problemática galería de
aquella quimérica condesa, los dos amantes, apartaban telas, agua-fuertes, pasteles.
La determinación de precios era una subasta.
Gourmont daba los suyos. Madelon pujaba siempre. El pintor protestaba, argüía, daba sus razones ...
- Se asustarán; no querrán comprarme nada.
- Al revés: déjame hacer; conozco á mi
mundo.
- Pero es que el cuadro no lo vale... Es que
es ridículo ...
- ¿Tú qué sabes?
Y como es natural, triunfaba siempre Madelon.
Gourmont-Abel se levantaba temprano. Como
le había prohibido Madelon trabajar en pequeño,
para periódicos, par a revistas, hacer l' affiche,
•prostituir su firma», según ella decía, dedicaba
aquellas primeras horas de la mañana, horas perdidas para el trabajo grande (porque la impaciencia de la cita le desmenuzaba el tiempo en una sucesión de menudos arrebatos), en lo que él llamaba
la cocina del •agua-fuerte», es decir, preparar las
planchas, sumergirlas en los líquidos, aguardar á
que mordieran, corregirlas, sacar pruebas, hacer
los tirajes en color, etc., etc.
Madelon solía sorprenderle siempre en la misma faena. Madelon entraba con el sol en el taller
del artista. A las diez 6 diez y media. Traía la carita fría del aire mañanero; un poco húmedo el
pelotón de sus bucles de oro, que se habían embebido, al salir, en la niebla azul de junto al río.
Traía un perfume exquisito y penetrante á tocador. Un frou-frou de sedas; una soltura, una nove-

•

dad, una elegancia, una entonación siempre adecuada y justa, ligeramente audaz, de riquísimo
atavío.
Madelon comenzaba cambiando de sitio todas
las cosas; tiraba del cordón de algún visillo; graduaba la luz. Se quitaba el sombrero.. . las pieles.
Entre tanto, Gourmont-Abel, que estaba en el
recuarta lavándose las manos, despegándose de
las uñas y de los dedos, reciamente frotados en
un cepillo hirsuto, las manchas de color, hablaba
á gritos, pidiendo á :\Iadelon noticias del día, alabándole este detalle de su t raje, aquella rosa, aquella pluma del sombrero.
La mujer acababa retirándose junto al fuego,
desnudándose los altos guantes y pasando varias
veces los brazos casi desnudos por el relente cálido, como si garbosamente fuera amasando los átomos de la atmósfera impalpable.
Llegaba, en esto, Gourmont-Abel, ya correcto,
y besaba aquellos brazos, sobre todo el derecho,
y sobre todo aquel hoyuelo que - ¿sabes, Madelon? - tenía la culpa de todo.
La mañana, hasta las doce, era tranquila, afectuosa, ligeramente sentimental, llena de planes,
de propósitos, de ideas de labor.
Solían los amantes almorzar fuera de casa, en
un restaurant chic. Almorzaron varias veces en
casa de Madelon, que tenía una simpática despreocupación en punto á •guardar las conveniencias»,
y almorzaron también, alguna vez, en el taller.
La chimenea á todo fuego, el sol que, desde
las diez de la mañana hasta la puesta, no dejaba
los ventanales del taller, ponían en la atmósfera
una tibia calidad llena de vicio. Gourmont-Abel
trabajaba con luz artificial.
Las horas de claridad de la tarde se las llevaba el amor. Oficina refinada de sensaciones era
aquel recinto donde la voluntad poderosa y la
fuerza maleable de un artista, instigado por una
mujer curiosa, habían creado las formas, los modos, los artificios, las volutas más impensadas y
estupendas del amor.
Juegos de amor sobre pieles de nutria ... ¿No
estaba aquí toda la fórmula de arte de GourmontAbel. . . ?
El artista se arrancaba de los brazos de Madelon para ponerse febril á su trabajo .. . Quería ella
retenerle; su avidez autumnal pedía caricias; emergía de los encajes y las sedas su busto singular,
expresión mórbida de una voluntad impaciente
de placer . . . Los rizos de oro coronaban de llamas aquella frente estrecha y lisa; escondían las
orejitas coralinas, caían porel cuello y porlos hombros desnudos como una cascada de fuego .. . En
la fiebre que le quedaba remanente, Madelon
bizcaba un poco . . . Era un estrabismo de sibila
sobre el trípode; un fulgor felino y verdoso que
ahora se encendía en una pupila, ahora en la otra,
como si del cuerpo blando de aquella mujer surgieran y se apagaran, alternativamente, llamitas
de alcohol...
·
Sordo á sus voces, Gourmont-Abel trabajaba.
- Sigue, sigue - decía á la mujer, mientras
tenazmente iba fijando sobre la tela, con ayuda de
unas pinceladas de color amarillentas, verdosas,
falsas, suavísimas, toda aquella tensión de su figura, toda aquella ambarina llama de su cuerpo que
tenía crepitaciones misteriosas ...

. E_n pocas semanas de aquel trabajo tenaz, febnl, mcansable, tenso, Gourmont-Abel había realizado una obra y creado un estilo ...
Con los múltiples apuntes, con aquella profusión de geniales bocetos, enccrróse en su taller
toda una larga noche, y, á la mañana siguiente su
cuadro capital, Orqtddea, se parecía en el alto 'caballete central, resumiendo todos los prestigios de
aquella veleidad: complejo, sintético, dictatorial,
e~evan_do á definitivo arquetipo cada grito, cada
v_1brac16n, cada mohín de aquella delicada mujerc1ta, que era toda ella un mohín de la naturaleza
en un ocaso displicente ...
Gourmont-Abel estaba contento de su obra ...
La examinaba á las distintas luces ... De cerca ahora; ahora de lejos ... Cerraba los ventanales y encendía las lámparas para arrancarle toda
la secreta acción
de su artificio
sublime ...
Madelon le
sorprendió en
esta faena ... El
artista estaba
rendido, pálido,
febril,agotado ...
Madelon le quiso más que nunca ...
Gourmont la
contempló, al
principio con
cierta animosidad ... Te.nía
miedo de no haberle arrancado
bien todo su secreto... Una línea de su cuerpo, un temblor de su piel, el azul desvanecido de
una vena que se le hubiera escapado, pregonaría
una de~rota... _Duró algunos instantes aquella confrontación ansiosa, tenaz, voluntaria durante la cual
los ojos del artista tenían una seve;idad de juez ...
Como el cuadro era un desnudo, fué preciso
que Madelon se pre~tara voluntariamente á la confrontación completa . . .
Tenían un temblor las manos de GourmontAbel aquella mañana, que .Madelon desconocía ...
Y la hora inusitada, y la caricia relente del lecho, hacía poco abandonado, y el entumecimiento
natural del cuerpo entre las pieles rojas, sobre la
otomana, que Gourmont había dispuesto como
fondo, todo levantaba de las entrañas de Madelon un deseo imperial y magnífico de amor ...
Ya no veía el cuadro ...
:3us oji(los felinos seguían las alternativas y
ansiosas miradas del pintor, que iban del cuadro
á ella Y de ella al cuadro. En el abismo de su coraz_ón sintió Madelon, como en el abismo del mar,
fluJo Y reflujo, según la abandonaban ó la recogían
las pupilas del pintor . ..
Se había agazapado la mujercita en el revoltijo
~e sus pieles, como bestezuela menuda sobre la
tierra sangriPnta y roja, en el fondo de su madriguer~. Espiaba inquieta las primeras vacilaciones,
la primera condescendencia en la mirada del pintor, para caer sobre él ...

Pero la vacilación no vino; el entrecejo del
hombre, cargado de las preocupaciones de la creación, no se desarrugaba. Madelon comenzaba á
impacientarse ... Estaba irritada contra él ...
Tomó el pintor los pinceles, y, con mucho
ahinco, dió unas cuantas pinceladas en el cuadro;
era en el fondo: avivaba, en un sitio determinado
el r?jo de las ~ieles; ponía, en la cúspide de un~
rod1ll~, el refleJo atenuado de aquel rojo ...
Mientras tanto, había dicho distraidamentc á
Madelon:
- Ya puedes vestirte. Esto está bien.
Así, sencillamente, cesto está bien~;como Dios,
después de crear el mundo; •y le pareció bueno ».
¡Egoísmo y
orgullo y paz y
deleitación del
momento supremo!
Pero Madelon era incapaz
de comprenderlo. Y como no
lo comprendía,
se sonrojó. Sin.
tióse pospuesta
en el corazón
del artista á la
obra que, sin
ella, no habría
existido.
Sufrió su primera decepción
y se acomodó,
en silencio, la
elegancia estudiada de su
traje ...

XI
-¿De modo
que no almorzamos juntos?
-No.
- ¿No nos vemos esta tarde ... ?
- No. Tengo modistas.
- Está bien; pero lo siento ... Habría querido que almorzáramos en el taller ... ¿Te gusta mi
cuadro ... ?
Madelon estuvo torpe. El más feo pecado de
e~te mundo es la vanidad, porque él es el que más
directamente ataca y humilla á los demás . .. Y
Madelon, pensando vanidosamente que el pintor
la habí~ ofendido, no supo hallar el tono justo y
conv~111en~e p~ra responderá su pregunta ...
Miró, d1stra1da la tela prodigiosa, y murmuró:
- S1, me gusta; pero alguno de tus bocetos
me gustaba más .. .
Gourrnont-Abel le habría perdonado que
aquello fuese una mentira; lo que no pudo perdonarle es que fuera una necedad . . .
Fríamente respondió:
- Es mi única obra.
- Eso va á gustos ...
- ¡N?, va en leyes! - gritó Gourmont-Abel,
por la primera vez, oponiéndose á una afirmación
de Madelon, magnífico de fuerza . ..

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1

- Bien, bien, no discutamos: ya he notado, al
entrar, que hoy te sentías genio, amigo mío .. .
Decididamente, estaba torpe Madelon .. .
Cedió Gourmont-Abel á la necesidad imperiosa de mortificarla.
- Tal vez no te resulta parecido.
- Al revés; lo encuentro demasiado retrato;
el parecido es asombroso; pero eso le quita fuerza,
significación ...
- Yo lo veía caricatura! ... Estás ahí más canalla - perdón, es esa la palabra - más canalla
que de costumbre ...
- Sí; te has acordado un poco de tus aventuras de Montmartre mientras lo pintabas.
- ¿Por qué no ... ?
- Porque me parece una falta de delicadeza ...
- ¿Tanto?
- Si me hubieras dicho de palabra lo que has
puesto en ese cuadro, por muy genio que seas,
señor Gourmont-Abel, no te lo habría tolerado ...
- ¿Porque te ofende?
- ¡Porque me calumnia!
Ella estaba hermosísima de ira. A Gourmont
le temblaba en los labios el último insulto, el definitivo, el procaz ... Le daba miedo pronuncia1lo - . ¡Pero iba á vengarle tan bien!
Se decidió.
- ¡Y pensar que una caricia mía, un beso á
tiempo, un poco menos de emoción de artista, habría variado por completo tu criterio con respecto al cuadro!
Encendida de vergüenza, tenía las pupilas llorosas Madelon. Habría dado media vida porque sus
apasionamientos de antes no hubieran existido...

Se levantó.
GourmontAbel le dijo toda vía:
-¿No almorzamos juntos?
-No.
Madelon iba
á salir. El pintor - entonces,
precisamente
entonces-quiso darla un beso.
La tenía cogida
por la mano.
Fué tan brusca la sacudida
de la mujer para
desasirse, que
le crujieron los
omoplatos.. .
- ¡Ahora,
no!--gritó triunfando-. ¡Y delante de ese
cuadro, nunca
más!... El ó yo...
Escoge. ..
Y escapó,
encendida.
Gourmont-Abel movió la cabeza... Enfundó
las manos en los bolsillos de s11 pantalón holgado...
Encogió los hombros; tuvo una maquiavélica sonrisa contemplando la tela insultante y procaz, y
murmuró Pn voz baja: - ¡Era inevitable 1•.•

XII
A la hora, sirvieron el almuerzo.
Aquel almuerzo que él había encargado para
dos, esco,,.iendo premeditadamente los platos y los
vinos: aquéllos excitantes, capciosos éstos, con
una aenialidad de « hombre de mesa•, que si no
hubi;ra sido en él natural intuición, no habría podido adquirirla en los pocos meses que llevaba de
vida regalada. . .
.
.
Tenía el artista su pipa encendida y estaba medio tendido en la otomana, perezosamente, recogiendo con delicia las últimas emanaciones de perfume que había dejado en ella el cuerpo suave y
sensual de Madelon ...
Además de esto, lanzaba el humo al aire en
aros oblongos, haciendo para ello un movimiento
particular con los carrillos y los labios.
Además, iba dando órdenes al -maitre d hótel
que preparaba la mesa con dos mozos; y además,
de vez en vez, miraba su Orquídea y sonreía.
El cuarto se había llenado de sol ... á media
altura estaba tendida una ,;apa de humo azulada y
flotante, que se superponía en planos diferentes de
color y densidad.
En esto sonó bruscamente el timbre de la
puerta.
- Es particular - se dijo Gourmont, que esperaba aquella llamada-; no parece su modo de
llamar.
Y sin saber por qué retrogradó en su memoria
acústica á otros días miserables, cuando, á l¡is tar-

11

il

des, en el taller rancio de Montmartre, le arrancaba de sus negras meditaciones el cordón de la
escalera, sacudido por las manos de Sofía, de aquella misma manera brusca y conminante...
- ¡Sofía! - siguió pensando, todo ello con una
velocidad de sensación vertiginosa... - hace meses que no la he visto ... Desde mi primera entrevista con Madelon ... La noche del ponche al éter. ..
Cuando el beso aquel en el brazo ... Bien mirado,
Sofía tuvo la culpa. .. ¡Qué extraña mujer! ... Y
ahora... ¡tendría gracia!
Como el que hubiera llamado tardaba en entrar, se levantó el pintor.
No habría dado dos pasos, cuando penetró en
el taller, un poco pálida, pero segura de sí misma,
la rusa enigmática...
Mentalmente Gourmont-Abel comparó los ojos
de Sofía - indefinibles y tremendos - con los vagos ojos impersonales de Madelon, y tendió su
mano á la rusa.
Después del largo rodeo, los dos antiguos
amantes no tuvieron una palabra de reproche.
- ¿Esperabas á alguien? - dijo Sofía reparando en los dos cubiertos que estaban dispuestos
ya sobre la mesita.
- A nadie... Previsión nada más - respondió
Gourrnont-Abel con aplomo - . ¿Has almorzado?
- Todavía no ...
Sin consultarla, dió Gourmont-Abel las órdenes necesarias al mattre d hótel.
· - Sirvan ustedes: somos dos; no recibo á nadie; absolutamente á nadie.
Se inclinó el hombre imponente, y el antiguo
«rapín» dijo á Sofía:
- Almorzarás conmigo.
- Almorcemos ...
En los primeros momentos aquellas dos almas
iguales se espiaban. «¿A qué vendrá?• pensaba
Gourrnont; y la rusa calculaba: «¿Qué habrá su::edido? Porque la esperaba á ella; no me cabe duda.&gt;
En estas cavilaciones, iban comiendo los dos
en silencio y atisbándose...
- Tengo calor - dijo Sofía.
Se había desabrochado un abriguito de pieles
de marta. Hizo ademán de querer quitárselo. ..
Gourrnont-Abel se levantó ...
- ¿Te ayudo? - dijo.
- Me harás un favor-agregó Sofía-. «Esto»
está más abrigado que «aquello,.
Sofía pronunció esta observación á tiempo que
el pintor, á su espalda, ayudándole á sacarse el
abriguito, estaba considerando con delicia el cuello blanco, de cisne, que salía de la blusita de encajes, tan natural y fácilmente como el fino cho1-ro de agua del pilón de un surtidor.
- Tú estás más hermosa que «entonces» respondió recogiendo la alusión velada á su vida
anterior, que había en las palabras de Sofía.
Desde aquel momento la conversación fué una
delicia. Se multiplicaron las alusiones. Con cada
una estrechaban ambos el círculo, avanzando con
cautela, ganando siempre terreno hacia la cosa
trágica que en e'l momento aquel les interesaba á
entrambos por igual: sus dos corazones que sangraban. Imaginad dos felinos, con una presa entre
los dos. Cada cual pretende apoderarse de ella,
pero avanza la zarpa cautelosamente por no descubrir el juego á su adversario que, inevitable-

tnente, de un salto, á la menor sospecha, caería
sobre la presa, arrebatándosela...
Ninguno quería ser el primero en provocar la
explicación, porque aquel que la pidiera se colocaba en un plano de manifiesta inferioridad sentimental con referencia al otro.
Decía Gourrnónt-Abel:
- He trabajado mucho en estos meses.
- Así lo veo.
- ¿Te gusta ese cuadro?
Sofía le tenía ~nfrente.
- Mucho: es tu mejor obra.
- ¿Te parece un retrato?
- Es el parecido de un retrato; pero el interés
de un cuadro.
Callaron. Decididamente por aquella parte no
venía la deseaba explicación.
La rusa indicaba:
- Me he perdido dos veces al venir... Como
estos barrios están lejos ...
- Es verdad . . .
- Y creo que no había estado nunca aquí ...
- Yo mismo me confundo alguna vez... Distraído, torno el camino de Montmartre...
- Poco tiempo hace que dejaste aquel taller...
pero no tan poco tiempo...
- Un día es siempre una vida, si sabe aprovecharse...
- Es cierto.
Y volvían á estar graves ~ callados otra vez ...

I

u
/

�Reanudáronse las tentativas hasta la impertinencia. De arabesco en arabesco, la conversación
fué apurando todos los motivos triviales de relación en estos casos.
Como dos operadores quirúrgicos habían procedido aquellas dos almas, sacando una por una
con pinzas delicadas todas las vendas y gasas que
escondían la herida y dejándola por fin al descubierto.
Fué Gourmant-Abel el que, no pudiendo más,
habló á la postre:
- ¿Cómo no he vuelto á verte, Sofía, desde la
noche aquella del «ponche al éter• en casa de
Madelon?
- No necesitabas verme.
- ¿Tú qué sabes?
- ¿Tenías más que avisarme ó escribirme, en
todo caso?
Era verdad.
- No te has acordado de mí. No has tenido
siquiera la delicadeza de mixtificarme. Merecerías
que te hubiese pagado en la misma moneda, que
te abandonara á ti mismo cuando más cerca estás
de la derrota.
¡De la derrota! Sofía sabía perfectamente cuáles eran los modos de que había de valerse para
interesar á Gourmont.
Saltó éste como un tigre sobre la palabra intencionada.
- ¿De la derrota?
- Tú dirás.
- ¿Yo? ...
- Te dejé libre, camino de todas las fortunas;
te encuentro muerto, definitivamente encasillado,
al arbitrio de una mujer que te usufructúa en
nombre del gran mundo. Cuando parecía que tu
nombre iba á lanzarse á los cuatro vientos de
Europa, te dejé tranquilo. Pero en vez de hac1;r
hincapié en aquel estribo de oro que se te ofrec1a
para tomar carrera y lanzarte, te has dejado ~ncantar por la damita egoísta y te has convertido
en algo como su mueble de más precio ó su caballo favorito ... Pintas para su antesala.. . ¡Oh, el
tuvo es un espléndido mercado! Conocen tu nombre, además de los porteros de su casa, el ckauffeur de madame y la Jemme de clzambre, que todas
las mañanas pasa el plumero por tus cuadros con
la misma indiferencia con que coloca en el jarro
del salón las flores que lleva tu criado á «la señora.•
Gourmont callaba. Una sorda tempestad se
fraguaba en su entrecejo.
Sofía prosiguió:
.
- Has pretendido invadir, y te han conqmstado. Te armaste en son de guerra, y te han hecho prisionero. Eras un artista de genio, y te has
convertido en un «pintor-de cámara.•
Peintre de menage, dijo la rusita en francés, con
una acuidad de intención que no puede dar el
castellano.
- Hablemos claro, Sofía - rugió por fin el
pintor, yz. exacerbado-: tú misma me llevaste á
esta aventura.
- A la aventura, sí; á la situación que has
aceptado, no. Estás ahora peo: que ayer. De_ la
miseria has pasado á la esclavitud. En dos anos
tendrás calva y pintarás abanicos para Madelon.
Todo aquello era cierto, tan terriblemente

cierto que, como Gourmont no podía contestarlo,
se ponía iracundo y habría tapado con sus puños
la boquita de la rusa.
- En fin de cuentas - acabó por decir - ,
¿qué te propones?
- ¡Salvarte! No; salvarte, no; tú te salvarás si
quieres; abrirte los ojos nada más.
- Ya los he abierto.
- ¿Me das la razón?
- En cuanto has dicho.
- ¿Entonces ... ?
- Yo lo pregunto también: entonces ... ¿qué
medios hay para romper? ...
¡Medios! Nunca faltaban medíos en el magín
arbitrista de Sofía.. . Nunca, y en aquel instante
menos. A una mujer se le ocurren siempre medios
para triunfar de su rival.
.
Y, hay que confesarlo: desde la noche del ponche, Sofía estaba esperando aquel momento.
Era el rescate de sus largos meses de soledad
y de martirio.
Descontaba la ruptura y la quería escandalosa, brutal, inevitable, para que l.e sirviese de venganza.
Habían acabado el almuerzo.
Sofía sentóse en la otomana.
-¡Ven!
- ¿Qué medio? - seguía preguntando Gourmont, agresivo.
-Ven...
Furiosamente Sofía atrajo á Gourrnont por el
brazo y le obligó á besarla. : .
.
Volvió á encontrar el pmtor en los labios de
la rusa el impulso de su raza.
- No, no; dime antes, Sofía... dime qué medio, qué piensas, qué plan tienes ... Yo no puedo
continuar así; te necesito.
¡Oh, con aquella confesión dió el corazón de
Sofía, dentro del pecho, un bote de tigre!
Y apartándose del hombre, avanzando hasta
el cuadro solapadamente, contemplándolo con delectación infinita, dándole rodeos ceremoniosos,
escondiéndose las manos detrás de la espalda
como si temiese desgarrarlo con ellas, y hundiendo el cuello fino, esbelto, para verlo de cerca, de
cerca, para husmearlo, para embeber en el aliento
su olor á pintura fresca, Sofía acabó por llegarse
hasta él, lo tomó con ambas manos, lo alzó en alto,
en la atmósfera soleada y caldeada corno un escudo de guerra, y acabó por decir:
- ¡Este es el medio!
Luego Sofía y el pintor hablaron largamente,
ahincadamente, interminablemente, como los parlamentarios de dos potencias igualmente fuertes,
hasta noche entrada.
Y acabaron por convenir que el «medio• propuesto por Sofía, que luego conocerán nuestros
lectores, era oportuno, en efecto.

XIII
Aquella larga conversación trajo el escándalo.
Madelon había estado tres días sin asomar por
el taller. Le hacía gracia aquel mohín de displicencia, aquella nubecilla que venía á traer n1:1e:,,os
encantos á la igualdad no turbada de su lzatson
con el pintor.

Esperaba, á cada momento, una carta de éste
dándole excusas, una súplica, una cita, una petición.
Por su fantasía traviesa, alegre y casquivana
corrían ya ráfagas de perdón fácil, veleidades de
sorpresas, de farsas, de aventuras impensadas.
«Si hoy no me escribe, se decía aquella tarde,
al regresar á su casa temprano, porque tenía
«mundo•, iré mañana á verle. ¡Oh, debe estar furioso!•
Y la taimada personita sonreía, dándose de antemano la fiesta de todos los medi0s que iba á
emplear para calmar su enojo.
Efectivamente, en su casa encontró un sobre
con letra del pintor. ..
Guardóse, como una fiesta, la lectura para después de su toilette.
Vió, al pasar, que ya alguno de los invitados
aguard aba en el salón. Precipitó su tocado; no pasó
más de media hora en el arreglo de la cara, y abrió
el sobre.
Venía dentro un impreso, concebido en estos
términos:
•J. Gourmont-Abel tiene el honor de invitará
usted para esta noche, á las nueve-Galería Chanell - , donde inaugura la exposición de su cuadro Orq1tidea y de algunos bocetos, puntas secas
y pasteles.»
La sangre comenzó á batir duramente en los
pulsos de Madelon.
Estuvo á punto de desvanecerse.
No quería dar crédito á lo que estaba leyendo.
- ¡Pero esto es una odiosa cobardía! - pensaba-. Exponer este cuadro, equivale á cubrirme
de insultos en la plaza pública; peor aún, en mi
casa, entre mi gente, ante mi mundo.. .
- No es posible - proseguía - . Habrá cambiado el título . . . Pero él no tenía otro cuadro
acabado ... Lo habrá hecho en estos días ... Pero
los bocetos, los pasteles. . . En todos ellos estoy
yo... En cada uno un jirón de mi dignidad (no se
atrevía á decir de mi honor)...
- Yo no merecía esto - continuó, con un
resto de buen sentido-. Yo. . .
Dos lágrimas. Dos lágrimas de ira, de despecho, de sincero dolor; dos lágrimas irreprimibles
sobre el abandono, el desamparo y la frívola soledad en que se hallaba delante de aquella infamia.
- ¿Podemos servir á la señora?
«Es verdad - pensó Madelon - , tengo invitados» ...
Fué á levantarse. Vaciló un poco y tuvo que
apoyarse en el mármol de su tocador. . Sonaron
estremecidas todas las cristalerías . . . Madelon
echó mano del tarrito menudo, con cápsula de oro
y un rubí, de sales inglesas...
Se pasó la fina batista del pañuelo porlos ojos ...
Se miró al espejo; le pareció que quedaban huellas rojizamente plebeyas de la pasada borrasca
en sus párpados, y los bañó en un colirio perfumado... Empuñó segunda vez el lápiz chino y cubrió, con hábiles pinceladas, su dolor de corazón ... Se sintió realmente aliviada.
- Luego tomó la invitación y el sobre, mordióse
tres veces los labios para enrojecerlos bien, y dijo
al aparecer en su salón, donde algunos amigos la
esperaban:
- Esta noche, señores, acontecimiento: nues-

tro Gourmont-Abel inaugura su primera exposición.
Y, bravamente, afectando la mayor tranquilidad, dejó que la invitación pasara de mano en
mano...
Algunos dijeron:
- Ya la habíamos recibido; será sensacional. ..
Y otros:
- Iremos; ¿vendrás tú, Madelon?
- En todo caso, á última hora... Tengo mucho que hacer, pero no me resigno á perder esta
primicia...
Un diplomático respetable le dió el brazo.
El criado había aparecido, anunciando:
- La señora está servida.

XIV
Que la exposición del cuadro Orquídea y de
los bocetos y pasteles de Gourmont constituyó
un escándalo en París, lo saben ya nuestros lectores por haber oído los autorizados comentarios
de unas damas en los capítulos primeros de esta
historia.
Atribuyéronse al bondadoso y risueño señor
Dorval propósitos de llevar á los tribunales al
artista, persiguiéndole por aquella injuria y calumnia de nuevo cuño.
Como las fases de semejante proceso habrían
sido de un interés sensacional inexplicable, fueron
muchos los amigos que le animaban á ernprendelo, y ya los partidarios de uno y otro bando se preparaban á otro nuevo «affaire» mucho más picante y divertido que el que llevaban entre manos.
Condenaron los mundanos, en público, el gesto
de Gourmont; pero los artistas y escritores, ganados por la audacia y la factura genial del pamfletista, salieron con vigor á su defensa.
En las proximidades del proceso hizo Gourmont-Abel declaraciones hábiles en un periódko
semita, y á los pocos días todo París lo consideraha como un prófugo del campo nacionalista,
como un dejroqué del mundanismo tradicional,
que, habiendo visto con sorpresa el pantano cenagoso y corruptor en que sus arranques inconscientes del primer momento le habían metido, salía con indignación del sitio infame, no sin lanzar
antes con toda la potencia dictatorial de sus pinceles, su «yo acuso• formidable.
Madelon soportaba como podía su papel de
víctima.
En el fondo le importaba poco la calidad del
episodio, y no le descontentaba andar en lenguas
de la gente y hasta ser, durante tantos días, piedra de escándalo en París.
Pero lo que no podía tolerar era el abandono
y el olvido del pintor...
Era aquella su última aventura... Alrededor
de los ojos vagos de Madelon comenzaba la piel
á hacer arrugas, y en estas graves circunstancias
de la vida, una mujer que quiere amar pasa por
todo.
Ella no daba la culpa á Gourmont.
- Se ha querido vengar-pensaba-. Es que
me ama toda vía.
El mismo triunfo indiscutible del pintor después del escándalo, la apasionaba más.

�Su padre no oyó aquello. Pero Madelon salió
contenta de su casa, porque estaba segura de haber hecho abortar la idea del proceso.
En cuanto á la extradición que el bondadoso
progenitor acababa de fulminar sobre su cabecita ... ¿qué valor tenía para ella? .. .
Estaba en el siglo: los padres no nos comprenden.

1,

Madelon tuvo una entrevista con su padre.
Había que abandonar la idea del proceso, porque
ella no quería querellarse.
El buen señor oíala asombrado.
No quería querellarse. Había entre ella y el
pintor ciertas cosas que, nadie - ni su padre mismo, porque ella era libre - , tenía derecho á juzgar. Si. el mundo hablara, que _hablase. Ella ~frontaba las habladurías. Se consideraba supenor al
«suceso del día•. Prefería pagar una subvención á
los periódicos, que darles el derecho más mínimo
á lucrar con sus propias aventuras. Había en esto
un arranque sincero de raza. Por lo demás, ella no
comprendía el escándalo que había promovi~o
aquel fútil accidente .. . Verdaderamente, Pans
era muy necio ... Si algo quedaba pendiente, ella
sola podía liquidarlo con Gourmont ...
- Pero, ¿volverás á verle?
- ¿Por qué no? . ..
El bondadoso señor Dorval estaba rojo; si la
entrevista dura más, le da un ataque...

Volvió la espalda á Madelon.
Y en seguida, melosamente:
- Hija mía: hace tiempo que nosotros y tú no
nos comprendemos. He creído que venías á darme gracias por el interés que _tomaba en ~u defensa. Vienes á todo lo contrano: tal vez m1 gesto
te parece ridículo, poco moderno... No nos entendemos... ¿Por qué no viajas? . . . Te sería más
agradable estar lejos de nosotros y no vernos nunca que pasar todos los días por delante de nuestrl puerta y no poder cruzarla. La tranquilidad
de tu madre me impone este sacrificio: hija mía,
hemos concluido.
Y el bondadoso señor desapareció semilloroso,
arrastrando unas pantuflas indias y recogiendo
con una dignidad - á Madelon aquella dignidad
le pareció grotesca-, con una dignidad romana,
su holgada y blanda bata mañanera ...
- ¡Uf! .. - pensó, más que pronunció Madelon viéndole alejarse-. En esta casa siempre esta~os en tercer acto del Francés . . .

mercado propio: tienda propia.Ha habido unaligera revolución. Nuestros padres decían: «Beber en
nuestro vaso.» Nosotros corregimos: « Vender en
nuestra tienda.» Y,.1. la tienes. Acudía poca gente:
la «muestra,, la «enseña, era poco llamativa ...
No digas que mi consejo ha sido inútil.
- No lo digo.
- Te ha bastado seguirlo: exponer tu Orqnldea; colgarlo á la vista escandalizada del • Todo
París&gt; como «muestra, de tu tienda ... y ya lo ves
XV
- Sofía señalaba tres caballetes: había en los tres
otros tantos retratos comenzados de grandes daLas tardes aquellas del escándalo fueron ricas mas dreyfusistas -; el negocio marcha . ..
&lt;le sensaciones y de lucha para Sofía y el pintor.
Una infinita melancolía en el crepúsculo .. .
El golpe audaz les
Niebla sobre el río.. .
habí'l asustado á ellos
A
lo lejos el ruido inmismos la noche de la
menso de París ...
inauguración.
Sofía se acercó á
Contaban ambos
su hombre. Este cacon que la maledicenllaba. Aquella serpien•
cia descubriría semete peligrosa, corrupjanzas entre Madelon
tora, solapada, tenía,
y las figuras que el
en el crítico momento,
pintor había puesto en
miedo de perder á su
sus cuadros. Pero no
pintor... Se había senfué necesaria la maletado sobre sus rodidicencia ... Las figullas; le tenía cogido
ras eran verdaderos
con
ambos brazos por
.retratos y el ataque
el cuello.
, ,areció brutal.
-¿Te quejas de
Los mismos crítimí?
cos, ganosos de sentar
-No.
plaza de malici:i en sus
¿Por qué callas?
escritos, con tribu ye-No lo sé.. .
ron al apasionamiento
- Hace unos megeneral. Desde los peses, ¿recuerdas?, hariódicos de la clase
¡
brías dado lo mejor de
ianzáronse excomu'm
tu vida por lograr es11iones contra el pinte momento ...
tor iconoclasta. Se re- Y lo he dado...
cordaron y se glosaron en todos los tonos las paSofía tuvo un movimiento de ataque.
labras de Juvenal: •Dígase el vicio y el vicio- ¿Qué quieres decir? ...
so no.•
El pintor seguía callando. Se :1abía puesto en
. F_né entonces cuando, por instigaciones de So- pie. Sofía continuaba en la otomana, agazapada,
fia, hizo Gourmont-Abel sus declaraciones franca- encogida, espiándole.
mente dreyfusistas.
- ¿Qué quieres decir?
Festejaron los revolucionarios al recién veniEn este momento el pintor había llegado junto
&lt;lo... Acudieron las damas jacobinas al estudio del á su famoso cuadro Orquídea, que con el resto de
'.Ptntor.
la pasada exposición, aquella mañana habían deCitaron su caso los escritores avanzados. Le vuelto al taller.
-encargaron, en agua-fuerte, los retratos de Gorki y
Gourmont-Abel tomó el cnadro en ambas ma-de Gaponi. .. El paso estaba dado ...
nos. Después de contemplarlo unos momentos, dijo:
Y en el desbarajuste aquel del triunfo definiti-Tienes razón. Es mi «muestra•. Pero consivo, derramaba el pintor, por todo comentario, la dera que en la «muestra• suele ponerse lo mejor
-fnaldad de una sonrisa melancólica...
de la tienda. Yo he puesto mi corazón ...
. Sofía no le abandonaba. En la plenitud del
Esta confesión, Sofía la esperaba. El corazón es
tnunfo, s_u luchador perdía el gusto por la vida.
siempre de lo que se pierde. Además, Gourmont
La miraba á ella con cierta recriminación ine- amaba á aquella mujer. Sofía lo sabía bien. Un
fable en sus miradas.
hombre de menos temple que Gourmont no habría
Ya había llegado; sabe Dios á costa de qué sa- dado nunca el paso inexorable que el pintor aca&lt;:rificios . . . Pero ...
baba de dar.
Sofía le preguntaba:
Pero Sofía no pudo escuchar aquella confesión
- ¿No estás contento? . . .
sin un dolor humillante y real.
El respondía:
Se le llenaron de lágrimas los ojos.
- Sí. Pero me parece que he muerto. La vida
Irguióse. Echó á andar hacia la puerta.
-es demasiado fácil ...
A medio camino dijo:
- La vida es así. Todo el mundo organizado
- Estás á tiempo todavía: capitula y ella per&lt;:orno un vasto comercio. El triunfo está en tener donará ... Tienes un recurso: escapar con ella...

•

�Ha de aceptarlo,~no lo dudes; eres su último capricho ...
Iba á contestar Gourmont. La rusa le había
herido en 16 más recio de su orgullo.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta.
Tuvo Sofía un presentimiento. Miró por un tragaluz del taller, que daba á la escalera.
Muy pálida, volvióse para decir:
- Es ella ... ¿me marcho? ...
Había una vehemencia frenética en la pregunta de Sofía.
Sintió Gourmont-Abel que el deslino inexorable clavaba en él sus ojos de acero.
Y aquel austero voluntario, acallando la tempestad de su corazón, con una calma donde no
faltaba heroísmo, dijo sencillamente á Sofía:
-- Recíbela tú.
Luego se internó en su cuarto.
Sofía estaba radiante. La venganza era cabal.

XVI
- ¡Oh, no; nada, nada, amiga mía! . .. Deciros
adiós ... Me marcho á Niza ... Ya sabía, ya sabía...
Debí figurármelo antes ... ¿Y os comprendéis,
verdad? ...
- Los dos amamos el arte ...
- ¡Felicidades! ... Salgo escapada ... Si algo
4!_ueréis, á Niza... ¿verdad? ...
El aplomo de la dama era perfecto.
Ya se retiraba, cuando pasando por delante

del cuadro pecaminoso, volvióse para decir á Sofía con la mayor naturalidad:
- Se lo habría comprado... Pero me gustaba
poco, la verdad ... Y luego confiesa que el procedimiento para encajármelo fué poco delicado ...
¡casi un chantage! ... ¡Oh, estos artistas, estos artistas! ... Y á propósito: León viene conmigo.
- ¿Otra novela? - insinuó Sofía.
- No llegaremos á tanto: un «viaje sentimental&gt; y nada más; abur.
Se besaron.
Madelon salió.
Sofía, un tanto conmovida, ganó el cuarto donde Gourmont se había encerrado.
- Abre - dijo.
Abrió el pintor.
- ¿Qué haces?
- Mira; nada. . . Es preciso que vivamos ordenadamente. Hay que llevar nota de los encargos... Esos editores belgas que me encargaron el
retrato de Gorki me parece que acaban de estafarnos; mira, cuenta...
- A ver, á ver. ..
Sofía se inclinó. Gourmont seguía:
- Doscientos cincuenta á comisión, con el
veinticinco por ciento de descuento, tú verás...
Contaban.
En el taller, la deliciosa mujercita de la «muestra• parecía sonreír. La envolvía, como un nimbo,
toda la poesía de una vida.
Y adentro del recuarto, monótonamente, batían los números un compás de marcha prosaica.

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Madrid, 16 Diciembre 1907

El Cuento Semanal

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ESTERIL
NOVELA POR ARTURO
Gófv\EZ- LOBO

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ILUS-

TRACIONES DE CÉSAR
ALVAREZ-DUMONT 1efli
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t&lt;eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Slass y Cta., San Mateo 1, Madrid.

•

30

Cínts.

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