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                  <text>Ha de aceptarlo,~no lo dudes; eres su último capricho ...
Iba á contestar Gourmont. La rusa le había
herido en 16 más recio de su orgullo.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta.
Tuvo Sofía un presentimiento. Miró por un tragaluz del taller, que daba á la escalera.
Muy pálida, volvióse para decir:
- Es ella ... ¿me marcho? ...
Había una vehemencia frenética en la pregunta de Sofía.
Sintió Gourmont-Abel que el deslino inexorable clavaba en él sus ojos de acero.
Y aquel austero voluntario, acallando la tempestad de su corazón, con una calma donde no
faltaba heroísmo, dijo sencillamente á Sofía:
-- Recíbela tú.
Luego se internó en su cuarto.
Sofía estaba radiante. La venganza era cabal.

XVI
- ¡Oh, no; nada, nada, amiga mía! . .. Deciros
adiós ... Me marcho á Niza ... Ya sabía, ya sabía...
Debí figurármelo antes ... ¿Y os comprendéis,
verdad? ...
- Los dos amamos el arte ...
- ¡Felicidades! ... Salgo escapada ... Si algo
4!_ueréis, á Niza... ¿verdad? ...
El aplomo de la dama era perfecto.
Ya se retiraba, cuando pasando por delante

del cuadro pecaminoso, volvióse para decir á Sofía con la mayor naturalidad:
- Se lo habría comprado... Pero me gustaba
poco, la verdad ... Y luego confiesa que el procedimiento para encajármelo fué poco delicado ...
¡casi un chantage! ... ¡Oh, estos artistas, estos artistas! ... Y á propósito: León viene conmigo.
- ¿Otra novela? - insinuó Sofía.
- No llegaremos á tanto: un «viaje sentimental&gt; y nada más; abur.
Se besaron.
Madelon salió.
Sofía, un tanto conmovida, ganó el cuarto donde Gourmont se había encerrado.
- Abre - dijo.
Abrió el pintor.
- ¿Qué haces?
- Mira; nada. . . Es preciso que vivamos ordenadamente. Hay que llevar nota de los encargos... Esos editores belgas que me encargaron el
retrato de Gorki me parece que acaban de estafarnos; mira, cuenta...
- A ver, á ver. ..
Sofía se inclinó. Gourmont seguía:
- Doscientos cincuenta á comisión, con el
veinticinco por ciento de descuento, tú verás...
Contaban.
En el taller, la deliciosa mujercita de la «muestra• parecía sonreír. La envolvía, como un nimbo,
toda la poesía de una vida.
Y adentro del recuarto, monótonamente, batían los números un compás de marcha prosaica.

g

Madrid, 16 Diciembre 1907

El Cuento Semanal

Lf\ SENDfl
ESTERIL
NOVELA POR ARTURO
Gófv\EZ- LOBO

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ILUS-

TRACIONES DE CÉSAR
ALVAREZ-DUMONT 1efli
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t&lt;eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Slass y Cta., San Mateo 1, Madrid.

•

30

Cínts.

�El Cuento Semanal

ANO 11 - 31 de Enero 1908 · N. 0 57

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 9 0
Teléfo n o 2054
Apartado de Co_rreos nllm. 409

: Madrid

Libros y revistas
Parnaso cubano.-Composiciones poéticas colecciona-

das por Adrian del Valle. - Casa Editorial Maucci. Barcelona.
Es un libro muy interesante, en que rc:splandece esa poesía objetiva, 6 mejor dicho, «panteísta», que caracteriza á los
pueblos meridionales; regiones ardientes u.. nas de luz, de
perfumes y de savias, donde la hermosura esplendorosa del
«marco» resta m¾crnitud á las figuras. En esta antología figuran los nombres más preclaros de la literatura cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda,José ;\[aria Heredia, Gabriel de
la Conct!pción Valdés (Plácido), Joaquín Lorenzo Luaces,
etcétera; y entre los má s modernos, Manuel S. Pichardo, Bonifacio Byrne, Fernando de Zayas, Enrique J . Varona y otros
muchos,
Lo que yo pienso ( Cúnfidencias de U1lfl tiple dd gi11 ero
chic1,J, por Julia Fans. - :\L Pérez Villavicencio, editor,
t\Iadrid.
La princesita de las sonrisas diabólicas, «la gatita blanca», Juma Fons, en fi.n, nos ha sorprendido con un libro íntimo, lleno de amenidad, donde su autora descubre un rinconcito de su alma romántica.
Y el buen pUblico, que habla y juzga superficialmente de
las cosas, dirÁ:
- ¿Pero !'S que la Fans tiene ribetes romá.nticos?
Sí lectores amados: dentro de su corsé «modernlsta»,Julita F~ns se aburre y bosteza, cPor qué nof El caso no es
nuevo. Son muchas, muchísimas las actrices que, en medio
de los aplausos de sus cortejadort!s y de las risas, se mueren
de tedio.
«Lo que m9.s anhelo - dice - es qut: nadie se ocupe de
mi; lo que más anhelo es pasar inadve!tida. Es posi~le que
desee esto por lo mismo que soy cózmca, pero lo cierto 1::s
que lo deseo. Quisiera vivir tranquila, consagrada á lo que
me gusta y no á lo qu&lt;! la vida me impone. Verdaderamente,
hay que hacer esta reflexión que todo el mundo ~a _hecho:
que no hay mayor tormento que el de tener que reir siempre
con ganas y sin ellas».
.
.
.
SI, muy cierto. Mas puesto que en este mgr~to y baJO
mundo la fatalidad nos obliga á esco;!cr entre la nsa, el fastidio y el llanto, créanos, fulia: ¡mejor es reir!

Revhtta Críilca. - Con este título empezará á publicarse
el mes prliximo una lujosa Revista dirigida por Carmen
di:: Burgos Segui (Colombine), la cual se ~cupará especialmente de la crítica de arte, sociología y literatura. Con un
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tura espallola y extranjera, dedicará una sección especial á
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Le deseamos un éxito completo.
Ho1as bohemias, por Francisco Legua. - F. Sempere y
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cuentos parisinos y espailOles, versos, cuadros, caricaturas,
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Hl dependiente, por Myrtil Lorient.-Librerfade Pueyo.
Madrid.

Fuencarrat 29

Semestre 6 pesetas. Año 11.
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Número suelto:

30 CéntiffiOS

Bl Teatro por dentro. - Almanaque para 1go8. Madrid.
Hemos recibido el bonito Almanaque de esta interesante
Revista, que dirige nuestro compañero el'l fa prensa D. Antonio Velasco.
Colaboran en él Antonio Zozaya, Sinesio Delgado, Pedro
Barrantes, Felipe Trfgo y otros distinguidos escritor,,:s.
La mujer educada, por Myrtil Lorient. - Imprenta de
A. :\[amo. Madrid.

Obras de \[anuel Acuña. -Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En la memoria de todos viven los primeros versos de
aquel Noctunzo:
«¡Pues bien! Yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón ... »
Versos bellísimos, llenos de tt!mpestuoso arrebato, que
por sí solos bastarían :i perpetuar el nombre de quien, «si t~n
prematuramente no se roba á su propia gloria», como di.Jo
,,iúñez de Arce, hubiese sido una de las figuras más sobresalientes de la literatura mejicana.
Sabido es que 7\lanuel Acuña se suicidó con cianuro. Y
J11an de Di,os Peza, .en _el prólogo _que esc;i~ió para este li~r.o,
pinta con trazos ene.rgtcos y sobrios su últmrn conversacton
con d infortunado p ,eta:
« ... Me dijo al despedirnos:
- »Mañana, á la una en punto, te espero sin f.dta.
- »tEn punto?- le pregunté.
- &gt;&gt;Si tardas un minuto más ..
- »¿Qué sucederá?
- »Que me iré sin verte.
- &gt;&gt;¿Te irás adónde?
- ,&gt;Estoy de viaje.,. sí. .. de viaje .•. lo sabr~s despal!s&gt;!Al día siguiente, en efecto, «se marchó». Murtó como vivió: en •artista. Su suici,lio, tal vez, ful! el más bello gesto de
su obra.

-

===========••===a==

Consultorio 6rafológico 6RACHTHEH
=Respuestas=

Luisa Catalana dé Barcelona. - Carácter able-rto; tempera
mento nervioso; naturaleza algo interesada_ en cuestión de dinero· ausencia total de v0Juntad; allción á d1scJtir; carácter muy
reitcoroso; naturaleza .senci!la y candida,
Joaqutaita G. Gata, - Na1uraleza tierna y buena; expan!ión,
sobre todo c"On los extranos; voluntad dominadora; amor á la discusión; gran equilibrio en las facu,ltades; inc!inaciones materiales;
carácter prudente; deseo de ser sieu pre meJor.
Carmen la Lista. - Sensibilidad que se domina; gran ·economia; carácter dado á la tristeza; voluntad, ter~a; buen grado_ de
actividad física; espiritu sed"ctor¡ imag1~ac16n bastante viva;
temperamento sanguln'eo.
J. M. G , Madrid. - Inteligencia cultivada¡ .sensibilidad exquisita; espíritu tino y delicado; lógica, v1vac.idad; d~seo de amparar- naturaleza orgullosa· temperamento 1nmatenal; volunta_d
débil;' imaginación gracios'a; gran actividad; ligero canSanc10
flsico.
Violeta Blanca. - Carácter alegre y ben equilibrado; educación seria· sentimiento de la justicia y del deber: naturaleza bastante firm~; aptitudes para los ,Q~ehacer~s d&lt;J:més!icos y la '.organización en general; gran actividad física; mtellgtncla c~ara y
bastante cultivf\da; generosidad bien entendida; voluntad terca;
salud resistente .
'

COMPAÑY,

FOTÓGRAFO

Fuencarrat 2 9

.1

ARTURO GóMEZ- LOBO
'

\

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\

1

LA SENDA ESTERIL
AR IA

humilde, llano aband onado: ¿á qué lugar de ventura llevaron los pájaros sus nidos? ¿Dónde suena la canción del agua y el
cuento murmurante de las frondas? ¿Qué dice el
aire bajo los viejos aleros, junto á las puertas cerradas, con esa música obscura que parece un salmo de muerte? ¿Y tus amapolas-sangre, y tus espigas de luz, llano, hermanas de aquellas risas que
corrieron con su juventud por sobre tu suelo sin
amor?
¡La tristeza del cielo se abraza con la tristeza
del llano!
La hostilidad de tu silencio fué sólo una vez
rota por un relámpago----:- llama de pasión - que
iluminó tu miseria.
Unos arbolillos tendieron sus brazos á la luz.
fugitiva; los cerros grises abrieron sus entrañas al
fuego y quedaron en la sombrai luego, llorando
tanta desventura.
¿Qué gemido es este, monocorde y errabundo,
que va por los campos?
¿Es una oración?
Son los palos rígidos, las Cuerdas tendidas del
telégrafo, que cuentan por los caminos historias
d e olvido y de dolor.
No hay un grito de vida. ¿Dónde un beso sob:-e la locura riente de unos labios amados?
La flauta de Pan, la dulce flauta de Pan, tuvo
miedo de verter su son en la religiosa soledad de
la llanada.

L

L ANO

El vuelo cauteloso de los grajos rueda sobre
los despojos sangrientos de las bestias muertas.
El silencio que viene del azul, se torna cantar
en el viento.
Ves aquel monte, tierra. En él hay encinas,
que son la voluntad, De él bajan las aguas, que
son el amor. Son sus piedras albergue y sus árb oles nidos. El azul que lo viste pone ante tus
ojos tela de esperanza. Tu hermano e l monte, que
tiene sus pies sobre tu frente, no te envía vientos
de salud, ni pájaro de sol.
·
Ves tus caminos, llanO. Pasan estrechos- cintas de luz - entre el verdor de las siembras. En
sus carriles profundos guardan el polvo de cien
cosechasi el sudor de los hombres, ofrenda de
humildad. Por sobre ellos hay siempre la caricia
lenta de las ruedas chirriantes,
Y cuando ya no cruzan por tus surcos, tierra,
entonces se hacen caminos ruidosos, carreteras
anchas, por donde peregrinan las cascabelinas alegrí&lt;!-S de las diligencias, Y alguna vez bajo el solllama líquida - el vino, el vino de sangre, vierte
su risa sobre la blancura del camino real.
Pasa un tren por tus lomos, llano. El puente
triunfador, el terraplén ó el desmonte le han tendido lazos suaves, encurvando su andar, metiéndole en un túnel, aBá al lejos, donde la tierra, tu
tierra le abraza. Y va orgulloso con el triunfo de
su marcha, saltando un río, besando unas sierras,
cantando á su modo, en la dura orquestación de
los hierros, el amor del campo.
Y al cruzar tu llanura huye airoso y magnífico,

�Una sacudida parece conmover el suelo. El
porque viene del mundo, y para tornar á la vida
viento no se mueve. La luna en el azul, transpaha de saber el dolor de tus suelos.
¿No ves este tu sol, tierra, este sol que te seca rente y clara, mira inmóvil. De los surcos parece
subir un incienso votivo. Y en el silencio místico,
las charcas y te arruga la frente?
Más allá del cendal de los montes, entibia el la vibración del bronce cristiano se extiende en
suelo, fecunda las semillas, abre los capullos, hin- oleadas lentas que vienen de una torre, de un camcha los senos de las siembras. Es salud, es fuego panil, de una cúpula, de cien pueblos, en nombre
que se hace carne, es claridad y esperanza, es ma- de cien almas que van pisando el jardín de la
nantial de vida. En sus ti~rnos cauces, su herma- vida por mirar al cielo ...
Ven, alma, alma primitiva de la tierruca llana;
na el agua lo espei-a y, abrazados luego, se meten
suelo abajo, cielo arriba, sembrando amor, dejan- ven á la vida y di tu maldición, que oraciones habrá de otras almas para aquellos labios de sangre
do en cada rama y en cada piedra una semilla.
que tuvieron una clara y loca risa de esperanza, y
Tu enemigo, llano, es el sol.
Tu triste río Guadiana nace ancho y cantari- que cantaron para morir como el pájaro legenna, porque irá ofreciendo su gloria á las tierras se- dario.
dientas. Corre riente buscando sombra de árbol,
remanso de ensueño, saltos de espuma y de crisHISTORIA DE ALMAS
tal. Pero el camino es solitario; el suelo no bebe la
clara linfa redentora, y el sol entonces raja impla« ...He tenido un gran alivio al comenzará escable la gleba secular.
El buen río, que ha visto cómo los hombres le cribirte, ¡oh, amigo! ¡Si vieras qué horas tan duradejan pasar sin ungir sus frentes en sus senos, se mente amargas las de esta noche, las de todas las
hunde de pronto tierra adentro para decir á su noches, desde algún tiempo á este año! ¡Qué bien
dormía yo antes! ¡Cómo recuerdo aquellos sueños
hermana:
«Tierruca, tierruca mísera, hermana mía: arri- profundos, llenos de ensoñaciones gozosas, de lenba, el sol enemigo te se calas fuentes. Aquí, en la tos despertares, que serenaban mi espíritu, posombra, haremos el tálamo de nuestras nupcias. niéndome en los ojos la ternura de una melanYo algún día levantaré tu pecho y regarás los colía y en los labios el calor de los amores nuecampos. 1Tierruca, tierruca mía, somos el amor vos!
Sustentábame de' mi propio intelecto, porque
laborando bajo la costra del llanol•
él me daba los
Y el Guaplaceres del
diana camina
sufrimiento y
duke y relilas realidades
gioso bajo el
1 --.- más propicias
suelo, huyená mis deseos.
do de los hom
¿Te acuerdas?
bres y del sol.
No quería
¿No sabes,
más que dortierra hum ilmir; enconde, dejar tu altrar siempre
ma en las canmi cuarto en
ciones? ¿Por
sombras; volqué no cantas,
ver ácaeren el
si canta el mar
olvido, al soy la montaña?
n ar de unas esEl ibero y el
quilillas mon- ·
moro, ¿no te
j iles, al tin tidejaron en el
n ea r de las
aire un grito
cencerras de
de pasión? ¿No
unas cabras,
hay en ti el
apenas oyendeseo atordo ruidos esmentador de
paciados en la
la carne-alma
concavidad de
del mundo?
la calle.
Tu piel se
Tanto dorva arrugando
y tienes la color morena como la esposa del Can- mir me producía un sopor laxo, del que me desembarazaba lentamente. Todas las cosas las veía
tar, «porque el sol te la estragó.•
Para ti, llano amado, hay el arroyo sin flores, como veladas, y el contacto de los cuerpos erael viento sin perfumes, el cielo sin cantares, las para mí siempre una sorpresa. ¡Cuántas veces me
encontraste inmóvil sobre la cama, en aquel raro
espigas hermanas con tu hermana la siembra.
Tú eres camino para todas las cosas que hu- estado del que no podía salir como no tuviera próyen. Purnte entre dos vidas. Estación triste. No- ximo el ruido de una voz, un golpe violento, una
sacudida inesperada!
che entre dos soles. Huerto abandonado.
¡Y ahora, qué mal duermo, amigo, qué terror
Amasaste corazones con tu tierra y humildes
viven como tú, sin apenarles su desamor y su me recorre el cuerpo cuando llega la hora de acostarme, la hora en que los otros duermen!
secura.

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Esta 1!ocli.'~ mis ojos permanecían abie1·tos con
un~ obst111ac1ón de locura. Cuando firmemente
qmse dormirme, mis nervios se irritaron en protesta atormentadora contra el pensamiento conso!ador del descanso. La sangre parecía correr
n~a~ Y con más fuego. Se me llenaba el cerebro de
vis10nes fantásticas. Sentí un deseo cosqui\leante
de s~cu d'ir 1os músculos, de emprender un largo
caminar, de hablar en voz alta mientras se me
ª~3:recían, lúcidas en la mente 'todas las figuras
v1v1das Y sona
- das con una corporeidad
'
que me
causaba dolor fisico.
la ¡Si _h~biera podido retener una idea, acariciar, do1 nnrme abrazado á ella, como hiciera otras
veces! No. Ahora veía la imposibilidad de pensar
en c~lma. Hubiera querido llorar tener algo imprevisto, _hacer una gimnasia vioienta para obtener la fatiga del cuerpo.
, ¿~óm_o do~mir, ~eñor; c'.5mo dormir? Llegaba el
dia. El stlenc10 deJÓ en mis oídos un rumor vagoroso. Una codorniz cantó. Este cantar me trajo
olor á _campo, el ruido de una noria, el verde de
unas siembras. «¿Me iré á dormir?•, pensé.

De pronto, creí fuera la cama un plano inclina-

~º- Me agarré á la ropa con fuerza. La sangre me

rnundaba la cara...
. Pasó la fi,cción y quedé mirando al techo siguiendo las. lineas de sus viejas maderas, forn'iand~ Y desha~1endo aquella randa incomprensible de
nus sel?sac10nes. Repentinamente, el techo perdió
su real~dad. C?menzó á bajar despacio, reduciendo el aire, achicando el cuarto, lentamente como
seguro de ahogarme. Parecía tener una piedra sobre el pecho...
Y ~eme aquí entre mis libros amados sobre mi
~esa, rnsomne y triste, diciéndote estas ~osas que
tu acog~s benévolo? sabiendo ya mis pesadumbres
Y conociendo también cuánto· se desinfla el globo
d~ nuestras I_ocuras en un rato confidencial escribiendo al amigo.
Viví mucho de mi propia sustancia. Gusté con
exceso del amor fugitivo, de ese amor que pasa
ante nosotros con un beso y una risa en un perfuo:,e. Sé de la n~iel de_ todas las flores, y en el vértigo de_esta ex1stenc1a, mi ansiedad inventó extravagancias que me alejaron de la rectriz de la vida.

�En mi estúpida alquimia, quise sacar el oro de todas las ¡.,iedras, y á cambio de un poco placer he
dado mi salud. ¡Ay, amigo: tú, que ahora vuelas,
ya conocerás la usura del goce andariego!
Este mal mío, ¿será producto de alguna herencia? ¿Habré estado siempre enfermo? He tenido
una gran lástima de mis sueños, recogidos y formados con dolor. ¿Seré frívolo, egoísta, miserablemente egoísta? ¿Acaso no justifica esto el deseo de
mis viajes diarios?
Pero no. Yo siento ternuras ante cosas, ni descubiertas siquiera por otros que pasan, y si huyo
los dolores es cuando amenazan destrozarme, buscando entonce:, con las ruinas de mi juventud un
rincón de sombra.
Amo lo pasado con verdadero fuego, porque
tengo conciencia de que fué, y su evocación lo
hace ideal. Amo el porvenir, porque es el Misterio. Odio al presente, porque es el dolor; pero el
dolor físico, material, que acogota y extermina.
En estos mis días crepusculares, por donde
voy busco soledades y desconsolanzas para gustar la esencia de las cosas sufridoras y los espíritus herma~os. Y siempre, entre lo viejo y entristecido, encuentro alguna alma buena, que pasa
ante mis ojos como perfume de flor - ¡flor de melancolía!
Este pueblo es tranquilo, estúpidamente callado y monótono. En él hay un barniz de vida. Tengo una larga hermandad con esta llanura. A pesar
de su reposo, me marcho. Mañana iré á otro pueblo, que será más triste, pero que, al lejos, veré
otros montes, y por la noche tendré otra cama.
¡Si yo encontrara un amor, una boca que me
besara la frente! ¿Y por qué ahora, en el momento, no lo tengo, junto á los labios voraces, entre
los dedos agitados, ante los ojos luminosos?
El sol mancha mi mesa. Ruidos lejanos suenan.
A mi espalda se oyen pasos blandos y palabras
medrosas: «¿Cómo tan temprano, hijo~&gt;
Ves, ahora tengo sueño. Ahora que viene el
sol, me duermo... •
« ...Hoy he tenido un encuentro, no sé si feliz
ó desdichado. Muy de mañana salí para hacer mi
primer visita al paisaje. Es. el escenario igual que
en toda la meseta: el llano in~enso, la alegría del
sol, un montecillo, los rebaños.
Las últimas derivaciones de una sierra, tímidas
y terreras, se meten llanura adentro, con el frescor de unas fuentes, con el bálsamo de sus retamas, con la blandura de unos musgos, oliendo á
monte entre la música de algún pájaro cantor.
Sobre la gracia dorada de los montículos blanquean legendarios, como viejas reliquias, unos molinos de viento. Se mueren con la soledad de las
ruinas, y en su quietud parecen añorar á Don
Alonso el Bueno. Algunos aun viven, moviendo
lentos sus brazos rendidos - aquellos brazos viriles que apalearon al ensueño bajo la encarnadura
del Quijote.
¡Ay, molinos de viento! No habéis visto pasar
una nueva y santa locura por el llano. Parecéis
a(repentiJos en vuestra calma mística. Bajo vuestros brazos, abiertos en oración eterna, yo tengo
palabras ungidas de amor para aquel valeroso
Hermano. ¡Llorad, molinos, llorad vuestro arrepentimiento!

Al subir á un altozano, tuve una sorpresa.
¿Te acuerdas de aquella muchachita pequeña
y morena, cándida y callada, delicia de mi amor
primero? Estaba sobre la hierba, dobladas las rodillas, inclinado el cuerpo sobre el espejo de una
fuentezuela, de la que cogía el agua con el cuenco
de la mano.
¡Si vieras qué nítida albura la de su traje; qué
fuego de rosa sobre la piel de la cara!
El agua, del suelo á su boca se vertía, y en la
boca formaba burbujas, ruidos claros, hervores
chispeantes, que más parecían cantares. Y el sol
ponía oro en los chorros líquidos y en las manos
húmedas, y cuentas de plata sobre el pelo castaño.
No tenía sed. Aquello era un juego. Rayaba el
sol sus dientes, poníale lumbre en la boca, y la clara linfa le daba la salud de su frescura.
El traje blanco, blanco, azuleaba sobre el verde de los líquenes, y el gris de la sombrilla rimaba con la palidez de las piedras.
Rendida, santificada por aquella ablución matutina, tendió su cuerpo á la luz, queriendo arder
en su llama, hundiendo sus ojos curiosos en el
suelo.
·¡Hubieras de ver, amigo, por entre aquella línea obscura que le trazaban los párpados, qué saltar de chispas de lumbre, qué brillo de blancos relámpagos, entre el fluir de unas lágrimas, lágrimas
de alegría ofrendadas á la luz celestial!
Hundía los dedos entre las hierbas, con una
caricia profunda, manchándose las uñas de tierra,
que se diría sangre. Su pecho se levantaba sereno
y jocundo con largas ritmaciones. Su vientre estéril parecía implorar fecundidad del cielo. Por sus
piernas ágiles, plenas &lt;le armonía lineal, corrían
estremecimientos espasmódicos.
Era como una bestezuela suelta á la vida, libre
y amorosa; como un animalejo que tuviera para
todo una risa, para cada cosa una canción.
¡Qué dulce carne; qué dulce jugo había de
guardar tan soleada fruta!
Solicitado por aquel espectáculo, avancé resuelto, á mi pesar, y mi presencia fué advertida.
Levantóse rápida del suelo, golpeando en menudas palmadas la espuma de su traje. Su cuerpo
se irguió mostrando la altivez de la forma. Sus manos, con la inquietud de la sorpresa, arreglaban los
cabellos, rebeldes en el aire. Unas florecillas cayeron de su falda, alegres en morir por haber besado á aquel cuerpo.
La voz tranquila de la madrugadora, un poco
tímida, llamó:
- ¡Alonso! ¡Alonso!
Tal vez pienses que fl.!€ incomprensible, al
cabo de los años, el que yo sintiera viva tristeza
mezclada de ira al ver aparecer por sobre las rocas á un hombre moreno, de rostro simpático, cubierta la cabeza por un gran sombrero, y que traía
en la mano un ramo de flores, mostrándolo en alto
con la jovialidad de un muchacho.
- Voy allá, voy allá, nenita.
Y al hablar fuerte, se notaba en su garganta
una dulce flexión que decía bondad y contento.
Por sus ojos azules pasaba el reposo de un corazón sano.
- ¿Qué me querías, nenita?, ¿qué me querías?
Llegó hasta ella y en sus manos puso las flores.
Me pareció que era mía la muchacha; mía como

.,...

entonces, ¿te acuerdas?, con toda la salud de su
sangre y todas las blancuras de su cuerpo. Pensé,
en el momento, que me robaban el amor deshaciéndome el encanto de su carne, tendida en un
monte, en una blanca mañana de verano.
Las manos de Alonso quisieron jugar con las
manos de la madrugadora, y sus labios llenos de
ansiedad, desearon juntarse.
'
El sol me puso ante los ojos el color de la sangre... Y avancé, en la mano el sombrero en !a
boca una sonrisa, inexperto y estúpido cdmo un
chico atolondrado.
'
- ¡Matilde! ¡Matilde!
Mi sencilla exclamación quiso ser alegre y
amical.
Su gesto ensombrecido se obscureció más.
Alzó los ojos, y en un ademán benevolente me
tendió su mano.
'
- ¡Ah! ¡Quién iba á pensar! ... Y mirándome
con aquellos _ojos serenos que me hicieron querer
nrnc~o, un tiempo, á un bello madrigal, en tanto
tend1a su brazo señalando á Alonso, dijo poniendo
en sus palabras una ligera entonación cómica: «Mi
marido.• Y mostrándome á él con sus manos levantadas: «Un antiguo amigo.•

. Hablamos de cosas indiferentes, de mil banalidades que llenaban los largos silencios de embarazo. Mi aparición _algo súbita y extraña en aquellos momentos felices, y esa sombra de los viejos
recuerdos que deja acentos medrosos en las voces, puso tímidos cambiantes en las miradas ha
ciendo un camino penoso nuestro conversar.'
Ella habló poco al principio mostrándose sobrecogida sin alzar los ojos. Seg~ro estoy que, de
haberle puesto la mano sobre el pecho, hubiera
not'.1do la carrera loca de su corazón. Luego pareció hacer gala de su jovialidad hablando de todo
incoherente y lo~a, con una clara y suave risa, baj~
unos suaves y humedos ojos.
El era un hombre afable. Su eterna conversació~ ~obre la ca:ª. aparecía llena de expresiones
fam1hares y estnb1llos cariñosos, envueltos siempre en aquella dulce flexión que hacía de su voz
una música.
Al co!11_enzar á bajar el monte, me despedí de
ellos. Sohc1tos me ofrecieron su amistad y su casa.
He prometido visitarlos.
Aunque ya hacía calor, quise descansar un rato
en la quietud sedante, bajo el silencio.
Somos así, amigo. Ahora me parece más apeti-

�de no sé qu(: componentes que determinan la actosa, más espléndida de prodigalidades esta anti- ción 11at11ralmoife - que se llama Vo.'imtad.
gua novia, mi primera pasión, que ri:!nace al pre;1lc resuelvo á obrar algunas veces, á pesar del
sente enriquecida por la plenitud de sus bellezas. esfuerzo que me cuesta. Pero llega un vago reEl sol se me ha metido nervios adentro, y ol- cuerdo - una de esas dulces añoranzas que en la
vidado de mis males, exultado por este baño de inquietud de nuestros días imprimen una acción
Naturaleza, tengo el deseo vivo y mordente de su calmante - y allí me detengo á gustar su placer,
boca de fuego y de sentir sobre mi pecho el paso destruída ya la acción del pensamiento, solicitado
fugitivo de su corazón.
por el deseo de no obrar. Y conducido por la Petle hundido mi cabeza en las mismas aguas y reza y la Tristeza, vagabundeo en todos los entendido mi cuerpo sobre la misma huella que ella sueños y por todas las mentiras y las imaginaciodejara. lle mirado al mismo sol, y he visto en sueengañosas.
ño un río de oro, una cortina de luz, una llama nes Si
y0 tuviera en la vida el valor de mis congigante que abrasaba al mundo.
vicciones, hoy buscara la dicha, aun á costa de
El aire dice un cuento entre las aspas viejas otras vidas, y triunfante el amor, esta mujer exde los molinos. «¡Llorad, llorad, molinos! ¡Xo ve- traña de la que sabrás una historia, me besaría
réis pasar de nuevo á don Alonso Quijano!•
la frente.
Ten, pues, aciuellas energías que solivian la
existencia y marcan el camino de la alegría. Ten
« ... ¿A qué vine yo á este pueblo?, me pre- aquella Voluntad que determina la Plenitud y ciue
gunto al fin, abiertos los ojos en la sombra.
Equilibrio.
Ko duermo. Un enfermo se queja constante. se llama
Nosotros somos hijos del llano y, fuertes ó déUna mujer, canturreando, duerme á un niño que
biles, hemos de andar enllora, y un perro atado
vueltos en su aridez, con
que arrastra su cadena,
su foscura y su pobreza.
aulla lastimero.
Su sol ha quemado nuesHe hundido aquí totros coraznnes y su infidas mis pompas ideolónitud germinó en nuesgicas, para encontrar la
tras almas el l\listerio•.
calma entre las realidades minúsculas.
Tengo una plácid~
... Quiero descanevocación diaria que me
sar. Pienso en la sereniacompaña en la noche
dad de las cosas inmudacon la dulzura de las imables, de los horizontes
ginaciones volanderas.
claros y lejanos, de las
La memoria la tengo llealmas buenas que sufren
na largas horas con la fiy callan.
gura de Ella. Es de un inEl «Genío de las Estenso placer caminar del
pecies•, aquel buen gebrazo de estas sombras
nio del viejo filósofo, diamables que nos solivian
ce en mis oídos leyendas
la vida, porque son el
de lascivia.
¿Cómo dormir, Señor?
amor.
Pero la idea de lo inAl fin, abandonando
conseguible, el pensala alcoba, he buscado la
miento de que se ha percalle. Hay en el viento una densidad que se hace
dido para siempre lo que en el porvenir queremos tangible á los labios. Hay en la noche azul la meque sea nuéstro, hace asomará mi cabeza la gana
lancolía de una guitarra.
terrible del mal.
Pasé por su calle, y en el balcón, apoyada la
Yo veo en ti una calma extraordinaria; una in- cabeza sobre las manos, fijos los codos en el batuición fácil de las cosas; una resolución para cada randal, parecía esperar. ¿Qué esperará esta pobre
pensamiento; todo eso, en fin, que es síntesis de víctima de la miseria espiritual, héroe de la virtud
un estado de capacidad y jtterza.
sacrificio?
Si mis mÍlsculos obedecieran á su cerebro, sal- y elSintió
mis pasos. Contestó á mi saludo con un
taría todos los obstáculos para llegar á la con- temblor de asombro en la voz, y los vidrios del
secución de mis deseos, llevando en camino de balcón, silenciosos, se plegaron.
triunfo) al egoísmo. Harían ellos brillar la verdad
En el reposo de esta noche estiva, tálamo muy el amor por sobre todas las cosas humanas, y el do de los amores geórgicos; entre este silencio
sufrimiento de los caídos me daría la medida del que parece envolver la obra de la fecundación
placer y del éxito.
universa, me ha llegado á los oídos una música
Observo cómo las cosas suceden y pienso cómo que rememora mis días luminosos, aquellos días
debieran ser, según mi visión del mundo, con que yo ennegrecí con mi estéril locura.
arreglo á las leyes naturales del vivir. Arrebatos
Era ella, mi novia primera, ¡ay!, casada, tosensibleros ó desordenados no borran á mis ojos cando en el piano aquel cuento mfantil que tantas
la verdad, y el interior de las almas se muestra veces me cerrara los ojos llenos de melancolía, en
preciso ante la serenidad de mi análisis. Pero horas lejanas. La evocación tuvo tal fuerza, que
á pesar de esto, que demuestra vigor en las facul- vi claramente, con la plasticidad de las cosas reatades mentales, me falta una Puerza - resultado

)es, el_ pasado idílico de mi vieaquel lienzo obscuro que resurgía ahora patinoso
Y atrayente en un amado cantar, ~n una noche de luna.
. En el lecho cálido de las
hierbas campesinas, dormí desfallecido. Tuve ensoñaciones
rememoran tes que me laxaron
l~s nervios. Los dedos finos del
aire ~adruguero me abrieron
los OJOS. Las estrellas parecían
bañarse en un mar lácteo. Olor
á plantas que renacen, ofrecieron al día el sacrificio de sus
perfumes.
El sol, en la altura de un
m~nte, se reía de mi pena. Un
pá¡aró cantó.
¿Por qué el Amor será Engaño?•
Jª pasión -

. « ••• Queridísima: Sí, me divierto. Pa~eo mucho por el
campo; á pie unas veces; otras
en la yegua que tú conoces
aquella que n~e regaló Alonso;
q_ue tantos dias me ha conducido_ por los_ largos olivares. Es
un tierno animal que parece saber mi descuido cuando ¡0 monto. Tiene un blando y largo andar, con el que parece mecerme_, llevándome por los sitios
amigos, abandonadas las riendas sobre la brava crin.
Alonso es bueno. ~1e quier~ co1~ toda la delicadela y la
smcendad que son hacederas
en un tan buen corazón. La casa_, rica~1ente amueblada, fué
mi capricho en sus decorados
más nimios. :Mi gusto aparece
en cualquier sitio, por insignificante que parezca.
Tenemos fincas de recreo
cotos de caza, caballos, coche~
que no usamos, porque en este
P_ueblo, sobre su inutilidad, sen~ un_a ostentación que no dice
bien a nuestra modestia.
_No h.ago nada, queridísima.
c;mdo mis pájaros, me baño dianamente en el agua fresquita
de un estanque que hay en el
huerto; me baño en el sol me
baño en los olores del m;nte
en todas las cosas buenas qu~
toe_an mis
· OJOS
· ó mis manos; me
bano, ya ves, hasta en mis recuerdos, en aquellos recuerdos
que conservo lúcidos y que vienen del pasado, triste á veces
á veces alegre, en que yo tuv~
un amor Y tú un desamor y
nueS t ra madrecita se moría'
¡Si vieras con qué pl~cer

�--------

•

me hundo en aquel pasado! Ue)~ correr _el alma
or todos los pensamientos acanc1ant_es, 1_1bres~de
ias ataduras de la realidad. ~Ieto mis o¡os anos
adentro y abraiada allí, á mis bellas cosas-. esas
hermos~s esreranzas, un día, que _nunca saltero~
á flor de la tierra para saber de 1~ vida - lloro co ena, lloro con alegría, porque tu sabes que, á pe_
far de todas mis buenaventuras, sólo tengo el pla
cer de las lágrimas.
S d
p
·Sabes que está en el pueblo Pedro an ova.
Lo ~irnos una mañana que paseábamos Alon;.º y
o por el monte. Está más palido y delgado. \ iste
ron elegancia, con aquella dist_inción que sabeés
.
e . ,Nos diJ. 0 que venia ,á curarse no.• s,·
tuvo s1empr
ué enfermedad nerviosa, contra1da en su nv1r
~aitado En breves visitas, Alonso y él se han hecho gra.ndes camaradas.
D ,
¡Qué tristezas, hermana! ¿Te acuer&lt;l:a~? i , ec1a
Pedro, entonces, quererme tanto! ¡Qué !el1z tu entonces también! Bien pronto emprend1mo~ rutas
diferentes: tú, por la senda Alegría; yo, can:uno del
Dolor.
t
Cada vez que me acuerdo de nuestra rup ura,
en ese instante le odio.
.
h
·íómo pudo ser tan duradero su eno¡o por abe;:i;e sorprendido mirándome atenta '.'-1 cnstal d~
la yentana, mientras él leía unos malditos ver~or
·T
e ueña debió verme entonces, que novo ~ii: ~e~acer su amor! ¿Qué de?ía importa~!~ que
no me cautivaran sus lecturas s1 yo !e quena. Todos sus libros, de entonces acá publicados, _los he
leído cien veces, sin entender algunos. Y, sm embargo... ¿Te acuerdas?
.
~
.
I !oré mucho en silencio. Estábamos a punto
de q~edarnos solas en la vida, porque nuestra madrecita se moría.
.
· 1 1•C á ·Cuántas oraciones perdidas en el c1e o I u n
1
•
lt
1
tos votos perdidos en mis a ares.
,
El buen don Alonso, enamorado de ~1 con 1a
fuerza de los treinta años, vino á s~r, segun nues·ra madre una salvación. y á medida que su ca~iño crecí~ aumentaba mi amor á Pedro.
.
1\fadre~ita murió. Don Alonso ~asó conmigo.
Tú realizaste tu ensueño, y eres fehz.
No me avergüenzo de mostrarte mis llagas,

hermana, porque sabes mi incapacidad para~¡ !11ª1;
de contarte mis pesares, porque de no escnb1rtelos me mataría.
h
d·
'Como por un soplo ,JP huracán se a encen !do en mí de nuevo aqu?I viejo amor que parec1a
dormirse ya que no olvidarse.
.· .
Pase~ por los sitios que él frecuenta. lle ns1tado cien veces la fuentecilla y el p.ado de nuestro encuentro. Lo creo Yer en tod:1s pa_rtes y e~cucho siempre su última com·ers:1c1ón. Es un ~esbordamiento de deseos q!-1e ~1e tten_e sobre~og_1da~
en un sacudir constante a mis n_ernos, que imen
ta en las noches pesadillas ternbles, que me persi ue como una ilusión y como una amenaza.
g ¡Si yo' pudiera escribirte cómo son algunos de
mis ratos de dolor!
V• d
Hay noches que no duermo. Deber, irtu ,
Amor, Arrepentimiento, son una cadena que tortura mi pobre carne como á ~na loe~.
.
Alonso duerme tranqmlo, cogidas mis manos
en las suyas. 11e dan deseos de de~pertarlo de
pronto para contarle la r~beldia de m1 c?r_azón; d :
ponerme á sus pies, suplicante de gracia, _de 1
garme de su brazo andando un largo camm~, orando en su pecho; de abrirle mi_ pensamiento
como á un padre. El duerme tranquilo, con la_rga~
respiraciones que me dan miedo, en la cara fi¡o e
último gesto de amor.
Deslizo mis manos de entre las suyas recoiéndome al extremo de la cama, y me pa~ece
J..1onso un hombre extraño, al que me hub1na
vendido por unas monedas, sin amor, en un lecho
impúdico.
•·
11
y
i ·\y hermana mial Entonces qu1s1era º~ª:'
mis ~jo~ se abrasan en una gran secura. Q_ms1era
huir de mi casa, sin ser vista, en busca de m1 amor~
recorrer el mundo como una llama. Pero aque
manos buenas, cruzadas ~ implorantes, par:cen buscarme el cuerpo, reteméndolo en un lec o
de pagada lascivia.
.
Al
- ¿Qué te p~sa, ?enit:? - me dice . onso,
despierto por mis 111qu1etudes.
.
Sus ojos azúleos tienen en la sem1lm un raro
brillo de metal.
calor
- Xada, nada - le digo - . i Hace un

~f

Ílas

tan- grande! ¿Por qué no descorres et mosquitero?
El va y viene, preguntándome solícito, arreglándome la ropa, mientras oigo la carrera loca de
mi corazón.
Atormento la casa tocando La Primavera, de
Grieg, aquella canción que tanto enamoraba á mi
novio. ¡Si vieras con qué delectación escribo las
palabras •mi novio•! Lo más . horrible, herrr,ana
mía, es que se ha encaprichado Alonso con mi
Primavera, y él me la pide tantas veces como yo
deseo tocarla. ~lientras mi~ dedos van sacando al
aire la nobleza lirica, la suavidad amorosa de la
canción, mi marido va besándome los labios, tocándome los ojos, hundiendo su cabeza entre mi
pelo, ungido por la música, que no va naciendo
para él, sino que busca á su amigo.
Aunque mi vida sea una tortura infinita, yo
seré fiel á mi virtud, que es la tuya, que fué la de
nuestra madre. Alonso se merece un gran cariño.
Yo le haré crecer, mejor, brotar por la fuerza. Seré
mi propio verdugo, y todas mis tristezas las ahogaré en lágrimas.
Ven, hermana, y sabrás al oído la fuga de mis
esperanzas.
11ándame á tu nena para alegrarme las horas
con sus risas.•
• ... Era una mañana clara, estallante de alegrías, llena de sol. La luz parecía líquida, llenando
el aire de una llama gigante, poniendo entonaciones de brasa sobre los tejados y las torres, en los
cantos lucientes, incandesciendo la tierra con una
vibración ele apocalipsis. Llegaba olor de paja y
de polrn sutil; el temblor estridente de los aldcranes, un zumbido vagoroso que venía de todas
partes: del campo, de la altura, de los más escondidos rincones, de los albergues más callados, como una voz imperativa que mandara el silencio.
El aire tiembla estremeciendo las cosas, trayendo al espíritu el recuerdo consolante de un inquieto velo de agua. El cielo, sin su azul, parece
anegado en polvo. La sombra tiene tal corporeidad, que finge hondas brechas baj~ los aleros. El
cántico de los grillos rima con esta vieja y larga
canción de verano.
Asi era el día en que yo amanecí con un inesperado renacimiento de mis energías; despiertas
las pasiones con toda la fuerza de un claro cielo
de salud. Estaba rendido por la constancia de mis
imaginaciones; extenuado por la esterilidad de
tantos sueños; dolorido por la infecundidad del
pensamiento; victima del deseo inconseguido y
del morbo de mi abulia.
«Iloy tengo amor á la vida• - he pensado-.
Amor á todo lo corpóreo que pueda ofrecerme el
placer tangible de una realidad. La exaltación de
n:ii egoísmo, del santo egoísmo, alma de los destinos humanos, quiere, con el imperio de las necesidades, vida para el cuerpo, sol para los nervios, un desenvolvimiento equilibrado de la máquina orgánica.
Hoy tengo voluntad. Tal \·ez sea un raro fenómeno que obedezca á una crisis de mi padecin:iiento; un ataque súbito de histerismo degenerativo que me arroje después en las negruras de la
neurastenia. Pero yo siento la salud como el más

animoso, y en este día he de luchar con todas mis
estrategias por la consecución del placer.
El mundo y su orden de vida caen deshechos
ante mis ojos ávidos y felices. Hoy puedo pasar
por cien cadáveres por hurtar un beso.
lloy comprendo la alegría y el triunfo de los
que van derechos á su objeto, armados de todas
las armas, sin prenderse en la trama de las vacilaciones y los embarazosos raciocinios.
Es esto que siento una oleada de ansia de
vida que me ha ensanchado el corazón.
¡Amor, amor! Yo iré á ti para enseñará tus labios á besar la boca del amado, y á tus dedos las
sabias caricias, y á tu pecho los cantares que duermen esperando á su elegido, y á tus cabellos rubios como las espigas y las hebras de la miel á envolver los cuerpos locos y bárbaros que dicen
un himno á la fecundidad.
Engalanado con refinamiento de coqueta, ágil
mi espíritu, ligero como el polvo, fuí resuelto á
obtener mi triunfo á costa de la dicha ajena.
Cuando el timbre sonó dentro del patio de mi
amigo Alonso, dudé todavía, y, en el temblor de
mi perplejidad, estuve por arrojar al suelo el ramo
de flores que llevara en las manos, volviéndome á
casa.
- Sabía que Alonso tuvo que salir muy de
mañana al campo - dije esforzándome por aparecer desenvuelto-; pero, aun ausente mi amigo, y contando con su bondad, he querido traer á
Lilí este ramo de flores.
¿Por qué la disculpa? ¿A qué decir en aquel tímido prólogo la confesión de un pecado? ¿No iba
yo resuelto á por el éxito?
Bonito comienzo. ¡\ punto estuve de salir huyendo, azorado y ruboroso como un escolar.
Sonó hueca mi voz; los ademane~ fueron torpes; mis ojos no resistían la mirada serena de Matilde.
- ¡Qué hermosas; qué hermo$as! ¿Y cómo en
este tiempo? ¡Lilí, Lilí, mira cuántas flores! ¡Se lo
agradecPmos tanto, Pedro!
Sus claras palabras volaron como pájaros por
la frescura del patio.
Tras de la cancela se veía la verdura del
huerto. Bajaba del toldo la sombra como una bendición.
En las altas columnas, entre las macetas, junto
á los balcones, dejaban unas jaulas la alegría de
sus canarios.
Una fuentecilla formaba en el centro leve encaje liquido. Llegaban coplas soñolientas. De la
concavidad de la calle, pasos cansados. Zumbaba
agorero un moscardón.
Las manos infantiles deshacían las flores en
lluvia de sangre, que hizo temblar el agua de la
fuente, cubriendo los búcaros, manchando gaya la
negrura del piano.
Aquella desenvoltura de mujer, que no parecía esperar de mí sino las palabras vulgares, el
conversar aburrido de una visita, y aquel mirar
sereno que, sin dureza, mostraba el limite de una
cortés galantería, humillaron mi orgullo.
:\fovido por la vergüenza de la inferioridad fuí
dueño de mi palabra, que surgió con todas las
arrogancias de los ímpetus imprevistos, con la firmeza de una superioridad que me llevaba por los
terrenos difíciles, sorteando el obstáculo, dete-

�•lffll1, .

¡,&gt;;risura del traje. Su garganta blanca, que se abría
en dos suaves líneas buscando la gracia de los
hombros, insinuaba el
alentar de su pecho.
Habló con una medrosa voz - voz que parecía de sombra - , levantando las manos con
ademanes tímidos, bajándolas rápidas como atemorizada de sus acciones,
deslizándolas por las piernas; tirando, Juego, de la
falda en las rodillas para
cubrir el lineamiento de
sus carnes.
- Ella-seguía-no
era como otras, víctimas
del amor de un hombre
y del amor de una madre. ¡Las in felices debían
encontrar rn á s amargu•
_·.:.ras de calvario en suma--;¡¡¡:;-···
trimonio, en su libertad
de pobrecitas abandonadas! ¡Debía parecerles su
I
casa y su lecho, el lecho
,,,y la casa de un hospital!
Por sus ojos pasó un
relámpago brillante y en
su cara hubo un gesto de
llanto.
Un fuerte huracán
golpeó las puertas, entur-bió el aire del patio con
un remolino de hojas y
polvo, agitando el toldo como en un aleteo de ave
gigante.
.
.
La sugestión y el deseo mflamaron m1 cuerpo,
empujado por una ráfaga emocional al campo de
mis incertidumbres. Yo quise saber toda la verdad interior de aquella mujer, porque es preferible la línea tenebrosa de las negaciones, llena de
esqueletismos desconsolantes, que la f~~ula de
los ensueños, viciadores de nuestros espmtus.
Encendido en las llamas del Jttego encantado,
he querido saber todas las rec~nditeces,. por ese
algo impreciso que _pas3: en la lmea gesticulante,
como insinuación m1stenosa que no escapa al análisis.
Dije de mi pasado, de nu~stro pasado, en u_n
manso decir de recuerdo quendo. La manera amtcal, casi confidente, de mis expresiones, inquietó
sus ojos, humillándole el busto.
Si. Ella recordaba toda la lejanía de las horas
huídas - que yo escudriñaba complacido, ~orno
si el amor pasado fuera presente - pero sm la
real corporeidad del pasado.
·Luego eran tan tontas las mujeres! No se har1
'
. de
taban
de saber
que el misterio era e ¡·mcenttvo
los apetitos, ni de ver cómo se mueren las ro;as
que dan su fragancia. ¡Las pobres muieres segu1an
dando la plenitud de su amo~ al hom~r~ que no
le sacian ciento! Ellas eran siempre v1ct1mas de
alguna ajena vanidad ó de algún extraño egoísmo,

..

niéndome con hábil perversidad en los conceptos
ambiguos. Toda mi energía de antes, toda~ las
fuerzas raras, pero verdaderas, que me sublimaron en aquella fresca mañana, rr_iostrárons&lt;: plenas.
Me complacía en oir la sonond~d de mis voc~s
correr en el patio como una música. Ante el ftmr
de las palabras, los ojos de Matilde, ca~tivados, s_e
fueron perdiendo en un profundo mirar, caminando tras mis evocaciones.
Le hablé de su matrimonio, de los días lejanos
de nuestra amistad, de la rápida sucesión de
acontecimientos familiares habidos ~urante la ausencia· y ante la insinuación de las sonrisas y las
pregu~tas corteses, ella hab!ó, dejando en_ sus labios una amargura que qmso ser, estérilmente
cien veces, risa de felicidad.
Ella era dichosa - decía - . Lo fué siempre,
porque supo en breves días el aprendizaje del sufrimiento resignado. Pero ahora, su C?~tento era
real. Alonso le trajo el sol de la felicidad, y su
vida estaba llena de placeres. Al casarse, la o~scuridad de su pasado se trocó en aurora de glona.
Sus deseos como sus ambiciones, estaban cumplidos, y esta plenitud de goces le ,trajo tal c?l~o
de buenaventuras, que sólo quena, como umco
bien posible, la felicidad de los otros.
Estaba en actitud recogida; enla;;:adas las manos finas sobre el regazo; un poco endurecido el
gesto por la luz cenital, manchando el suelo con la

perdiendo en el juego el albedrío de sus almas.
Su voz se hizo más medrosa y temblóle en los
párpados ülia lágrima. Por sobre el pecho, las
blancas manos iban y venían inquietas.
Mi evocación la sumergió, poco á poco, en una
semi-inconsciencia desconcertante, como en un
tibio baño. A sus nervios volvieron redivivas las
viejas sensaciones que yo hacía renacer, dueño
del pensamiento y la palabra, avivados por el brillo de la imaginación.
En su carne hubo un estremecimiento de miedo y deseo.
Sonó en largas vibraciones un reloj.
El aire parecía entrar por la boca como una
llama líquida. En el silencio se oía el cascabeleo
de la fuente y el tictaqueo de una péndola - eterna negación del tiempo.
Lilí manoteaba en el agua, salpicándose el vestido de una leve lluvia. Al ruido canoro del chapoteo los canarios trinaron alegres. La risa de la
fuente y de la niña hicieron un pareado.
Lilí, fatigada y enloquecida por el juego, quiso poner sus manos lucientes en la cara de Matilde.
Tuve el atroz deseo de lo no poseído, de lo
largo tiempo amado; el fuego de la pasión que resurge con el imperio de las necesidades. Transtornado por una punzante emoción, me levanté con
una extrema actitud afectuosa, besando á la niña,
que bullía locuela en los brazos de Matilde.
Ilubo en mi cara el cosquilleo de unos rizos,
fragancia de cuerpo sano, olor de manzana solea-

da. A mis oídos llegaba la fuga loca de de su corazón.
El cuerpo de Matilde, agitado por esas zozobras indefinibles y recónditas que estallan ante la
exaltación y la proximidad de otro cuerpo amado,
estaba inmóvil y pasivo aún; pero vencido el esfuerzo del pensar, que se obscurecía en la tempestad del deseo.
Busqué su boca y hallé en ella dulzura de panal.
Bebí de su linfa, ávido como un sediento, embriagándome en un largo olvido. Sus párpados me dejaron en los labios un recuerdo de sedas calientes,
y en mis brazos temblorosos cayó su pecho-,
carne de alegría, tierra fecunda del amor.
Olía á tierra mojada, á desperezo de jardín.
Una copla - abrazo del amor y la muerte - llegaba con su tristeza, ora sí, ora no, y los pájaros parecían cantar más fuertes, festejando aquel
sacrificio, en el que se ofrendaba una virginidad - la virginidad del amor, único y eterno,
que corriendo por bajo la piel, un día salta en una
fuente.
De pronto, empujado por un viril esfuerzo, caí
sobre las losas del patio.
Hubo un silencio enemigo y desconcertante.
Matilde hundió su cara en las manos, marchándose despacio, anegada en lágrimas, dejando en el
ritmo de su andar una estela de desilusión.
En mi cabeza oí el reflujo de la sangre. Me
llenó de vergüenza la humillación sufrida y el desencanto de la innoble derrota. La bestialidad secular de la raza debió asomar á mis ojos. En la

�madera sin savia, si somos manantial de alegría?
Nuestra planta, roja como una llama, retorcida
como el dolor, como la tristeza, seca, debía sazonar en cardos. ¿Cómo no morir?
Cantad, vendimiadores; cantad, podadores; bebed el fruto de mi dolor.&gt;
Cantan· los olivos: «Somos óleo santificador de
las cosas. En la suavidad de nuestro fruto, va todo
el amor de madre de la tierra. Ofrendamos piedad,
misericordia, remedio de males. Somos el árbol
hermano de las llanuras. tPor qué so_n de acero
nuestras hojas; por qué esta plata en nuestras ra•... lla comenzado para mí el crepúsculo de mas y este tronco centenario y viejo? ¿Cómo no
una larga noche de angustias. Mis nervios, sueltos morir?
Cantad, aceituneras; apalead nuestras ramas,
á la emoción de todo lo imprevisto, sufren de nuevo los ataques torturadores de la neurastenia. La tundid nuestra humildad. ¡Cristo nos dió para voscalma ejercida sobre mis sensibilidades por la vi- otras el óleo de la vida!»
Canta la luna: «¿Qué silencio es este? ¿Cómo
sión del campo, ha sido extinta por el reflorecino se alza una voz amante para mí? En los ríos no
miento vigoroso de los viejos amores.
Estoy largas horas inmóvil, cara al llano, sin- me veo; los bosques no me tienden blandura de
tiendo la comezón cosquilleante de las convulsio- lecho; las montañas no buscan mi luz. Blanca eres,
h~rmana mía, hermana llanura, casta y dormida
nes epilépticas.
Mi cabeza, desintegrada por un exceso de cul- como yo.&gt;
tivo mental, es el centro de mi vida - vida clamorosa y neurótica.-En estas crisis pierdo el senEspiga, olivo, Yid, humildes y pródigos: motido de la normalidad y del equilibrio.
Me tienes ahora hundido en un reposo de em- rid. No ser fuente de vida. No crear con dolor. La
brutecimiento desde la mañana trágica y gloriosa luna os tiende la blanca mortaja.
de mi visita á Matilde.
Amé á la vida y ella me destruye. Es de todas
las amantes la más avara de la propia sustancia.
H[STORIA DE ALMAS
Un día moriré solo y abandonado, y ·cuando
salten rotos mis nervios, no habrá para este pobre
« • . • Llevo un mes bajo la influencia de unas
corazón ni el aria lírica de las oraciones amanalucinantes
visiones nerviosas. El pueblo que yo
tes ... &gt;
creí remedio para mis males, me aguza los sufrimientos con cruel satanismo. He sentido una gran
rebeldía contra mi estado, porque las tristezas
CANCIONES DEL LLANO
vuelven formándome un anubarramiento en el cerebro. La impotencia de los actos me esteriliza
¿Qué voces son éstas, viajeras en el viento, que como nunca. Me avergüenza este automatismo de
suer:.an en una su;.ive acordación musical? ¿Qué le- imbecilidad. El deseo del viaje continuo me aguijonea. Ahora, atormentado por la fiebre, sal~ría
yendas dicen?
Cantan las espigas : • Somos humildes. En entre el silencio, abandonando esta casa hospitanuestros granos hay la bondad de la tierra; por laria.
Huyo de todo, recorriendo la escala de los denuestras cañas sube la sangre de la vida. Nacimos
en un alborear de invierno. Un día sentimos el seos y los rencores. Se va desgarrando la tela de
fruto en las entrañas y ofrendamos á los hombres mis esperanzas. De avanzar el mal me mataré, pornuestro pan, humillando las frentes. El sol nos ha que no quiero perpetuar con algún postrero amcr
secado dejándonos el oro en las espigas, y el aire el crimen de mi vida.
Abro el balcón. El humo de un tren rueda por
nos ha dicho todas las tristezas, todo el desamor
de nuestro suelo, el aire aquel que nos contara la el suelo. En el gris fosco de la lejanía hay manchas
historia de los frutos soleados que pueden verter verdes salpicadas en cuadros, que fingen frescor
en las bocas el dulce y la frescura de sus carnes. de lagunas llano adentro, hasta la sombra de los
¿Por qué vestirnos este duro traje de guerra montes.
El amor convulsionará mis nervios hasta la úlsi nosotras somos la humildad? Cantad, galeras;
cantad, cigarras; cantad, aventadores, que e~ lle- tima hora. El hoy es dueño de mí, y loqueando me
llevará no sé adónde. No lo tuve nunca como aho~ada la cosecha del oro.&gt;
Cantan las vides: «Som.o s la alegría. Cuando ra, con esta profundidad de honda raigambre, imlas cosas mueren, en los otoños caducos, ofrenda- perioso en el deseo y señor de mis acciones, esmos los racimos á la sombra de las pámpanas, lle- poleado por el imperativo de la posesión.
No es el amor fugitivo de otras veces - aquel
nos de la más dulce sangre que corre bajo el suelo.
Nuestro fruto parece hermano del río, parto de amor que yo llevara del brazo unas horas como se
los prados, hijo del sol, rima en todos los canta- lleva una flor en el ojal - , sino el amor íntegro de
res. ¿Por qué nace en el. llano, entre esta secura, las atracciones uní versas, sin banalidades artificioterrero y polvoriento, sin levantar su triunfo de sas. Es el amor todo ceguedad; instinto materialiámbares para ver los horizontes? ¿Por qué esta zado en la nobleza de unos nervios de hombre.
corteza de leña montaraz, de tronco estéril, de Es el amor humilde, sabio y poderoso que, entre el

quietud del patio, la paz cantarina de la fuente me
pareció una clara risa de ironía.
Ya en la calle, sólo vi color de sol, color de
sangre, albeante blancura: silencio y asfixia. En
la cabeza tenía un río de luz. Me acometió el terror de caminar, porque el suelo se me antojó de
una fra&lt;rilidad vidriosa, como si fuera á abrirse
una huclla profunda que me hundiera en la tierra.
Una ola de incendio me abrasó la cabeza&gt;.

dolor de la vida, va busca_ndo el tálamo sagrado en
donde salte la llama que inflame al mundo.
Si tú, amigo, sientes ese amor y !a mujer deseada está sujeta de por vida á otro hombre, ¿qué
harías? Si te matas- aunque deseos dan y motivos
hay á veces - destruyes lo que se sabe no vuelve á tener conciencia de su vida, cometiendo la
imbecilidad del que se atravesara el pecho al entrar en lucha con el enemigo. Si te arrancas ese
amor, pasas en
blanco un largo y placentero capítulo
del libro de los
años.
El instinto
de conservación y el de la
perpetuidad
de la especie,
en rudo combatir, andan
sembrando
por la tierra la
esterilidad y
las lágrimas.
Los hombres,
legislando sobre el corazón, han aventado los odios.
Por sobre
esta trama
inextricable
de los destinos
humanos, sólo
hay un poderoso instinto que debe
triunfar á costa de todas las catástrofes: Egoísmo, siempre que
sea justicia del derecho á la vida.
Esta mujer, mi amor, de la que es dueño Alonso, está á él sometida por la ley, por el deber, por
el falso deber que impone una ley mecánica, que
no puede saber nunca la ondulación de las almas.
¿Por qué no triunfa el instinto Vida? La moral
al uso, práctica y de circunstancias, aceptada por
el rebaño humano con admirable ingenuidad, reveladora de la estupidez y la altitud de miras de
los hombres, ha ido cortando los vuelos del pensamiento, reduciendo la claridad del criterio á un
sucio y risible sofisma.
La religión, pintando el cuadro feliz de la vida
ultraterrena, nos ha hecho olvidar al mundo dejándonos impasibles ante la cabalgata del dolor y
las tristes ruinas de la VIDA.
La virtud y el sacrificio, que en su puro sentido S?n siempre nobles formas del egoísmo, son
también el espantajo medroso de la tradición, ó
el pensdmiento de los antepasados hecho piedra.
Necesito por sobre todas las cosas á esta mujer,
Y debe ser mía; lejos raptos envidiosos porque otro
la posea.
La envidia - sentimiento natural que tan cuí
dadosamente ocultamos - no es otra cosa que la
autonegación del mérito personal, que los más nobles la destruyen y los más imbéciles la sufren.

Los ojos de Matilde me anuncian con claridad
cenital que tiene iguales sentimientos que yo, aunque se oculten tras una pobre máscara. Si así fuera, en la estación otoñal de nuestra juventud hemos de levantar un canto de esperanza.
Pronto ha de venir, porque si no moriría. Los
desengaños me pesan como sedimentaciones inservibles. Al escribir, cada palabra que estampo
deja en mi cerebro un surco que viene de lejos,
que se abre
con dolor: con
el dolor de las
tierras vírgenes rajadas
por el hierro ... &gt;

«Queridísima: Me paso
i
el tiempo penl'¡
sando cómo
encontrar un
achaque que
justifique
nuestra salida
del pueblo por
unos meses, y
soy tan atolondrada ó tan
sin recursos,
que no lo encuentro.Seme
hace mucho
más difícil,
porque ahora
está mi marido más cont en to que
nunca de vivir, de cazar y divertirse por esta
tierra.
M:e da remordimiento destruir su bienestar
con mis palabras. Yo misma me espanto ante mis
propósitos. ¿Por qué huir? • Debo aguantar firme
los golpes del infortunio y sacar ennoblecida mi
virtud de entre la impureza de esta pasión, escudando la debilidad de mis deseos con el tierno
amor de Alonso, pienso.• Pero esta idea pasa fugitiva por mi pensamiento, delatando el miedo de
mi cobardía.
¿Tengo culpa, hermana, de que haya renacido
tan fuerte mi amor á Pedro y que me envuelva
como una onda primaveral? ¿No hago por destruir-•
lo? &lt;He retenido el pensamiento alguna vez con
delectación pecadora, recordando el pasado? Y á
pesar de mi seguridad de ser inaccesible, ante sólo
una idea he visto ya cómo soy juguete de un amor
que me llena de vergüenza y que deja en mis días
huellas de placer de lágrimas.
¡Qué triste mi casa! Ya no la veo como antes,
nido caliente con una clara risa de sol. Oculto mis
pesadumbres en todos los rincones obscuros; en
las habitaciones ocultas; por los largos paseos del
huerto; en los crepúsculos inacabables, llenos de
melancolía y desilusión.
Me parece mi casa el lugar de un crimen, en
donde queda visible una mancha de sangre. Creo

�que en ella hay, sobre cada baldosa, flotando sobre
los muebles, entrando y saliendo por las puertas
abiertas, una profanación bestial que tiene la
densidad de una sombra, que envuelve las cabezas en pesadillas terribles, que va cubriendo con
tristes velaturas las luces de las lámparas en un
vuelo blando de pájaro mortal.
No salgo al sol porque me da pena. No me
baño - mi placer favorito - por no verme el cuerpo, que me parece una mancha de impureza.
A ti, hermana mía, puedo contártelo todo sin
rubor. Sabes que nunca quise casarme con Alonso; pero que nuestra buena madre me dejó en herencia este bonito negocio. Le quise después, por
costumbre, y la dicha comenzó á conducirme. Hoy
he visto que no le amaba sino como á hermano ó
amigo, como á un hombre bueno que me prodigaba delicadas atenciones.
¿Qué hacer hoy? Olvidar es muy fácil cuando
no !&gt;e tienen ojos; faltar al deber, muy difícil cuando se tiene conciencia. ¿Quién es la víctima? El
pobre corazón. Tentada estoy de seguirle, porque
su sendero es la verdadera vida.
¿Por qué no decírtelo, aunque me tiemble la
mano? Pedro me besó. Era una siesta. El amor
inflamó mi casa. Alonso estaba en el campo. Pedro me besó. ¡Ay!, mi boca está encantada; mi
boca dice siempre el elogio de sus labios, mi boca
está santificada por el único beso.
Una ráfaga de voluntad me evitó la caída.
Desde entonces son mis ojos fuentes de dolor, y
mi boca manantial de alegría.•

«Alonso vino anoche un poco tarde. Yo dormía. Llegó hasta mi cama y desperté. Me hablaba
lamentándose de su tardanza, mientras se despojaba las ropas, con esa su voz tierna y jovial que tú conoces - que parece una música.
Tuve lástima de su felicidad y de mi desgracia. Me avergoncé ante la idea de que aquel hombre se acostara en el mismo lecho que yo.
Aproximándose cariñoso, medió un beso. Bajo
la influencia de mis ideas y ante lo inesperafo
de la caricia, tuve un movimiento de repulsión
hacia la boca, que me pareció extraña.
Un brillo siniestro cruzó por los ojos de Alonso, y yo, pasiva entonces, me dejé acariciar.
Pedro se marchaba pronto. Lo había anunciado con naturalidad en una conversación indiferente aquella misma noche.
Cuando lo escuch¿ creí alegrarme, viendo próxima la separación. Luego en la realidad, ahora
en el silencio de la alcoba, junto á mi marido, que
tiene un extraño mirar, siento el vértigo del gow
que huye, de la dicha que se hunde, del amor que
se condena á morir.
¿Por qué?
Me senté en la cama. Alonso dormía con largas respiraciones que brotaban roncas por entre
la boca abierta. El cuello, estallan te de sangre, se
arrollaba en un grueso pliegue de carne por sobre la camisa. Su cuerpo, abandonado, tenía un
feo ademán.
Yo no podré nunca decirte lo que sentí, hermana mía. ¿Fué una bestial idea de crimen? Una
larga onda vibrante me recorrió los brazos.

Amaneció y aun me escuchaba, las manos en
el pecho, la fuga loca de mi corazón ... •

, ... Entre el diagnóstico que haces de tu enfermedad, hay en tus cartas un himno al amor. Al
amor duradero que vive alimentado por las historias milenarias, altivo y eterno como las esfinges.
Has llegado á creerte, ¡oh ermitaño de la llanura!, que amas ya de veras, y no es tu pasión
sino uno de tantos anhelos de las naturalezas curiosas, que se disipará una vez satisfecha.
Tus cariños deben ser el aire y el campo; el
buen vino y el buen manjar, desterrando de tu
casa el papel impreso.
Gran alegría tuviera yo de verte sano y fiel
amador. Propicio es á ello el escenario en que te
mueves, pero temo que tus nervios no puedan subir la cuesta que van bajando. Si consigues á esa
mujer y no te aburres, he ahí el remedio.
Esta vida heterogénea y voraginosa de nuestra
corte prende como una tela de araña con su perversidad. De entre su red invisible hay que encontrar un camino: el hilo laberíntico que guíe á
la propia vida. Yo encuentro esa senda, pasando
como espectador, con un lúcido juicio, con una
serenidad crítica y una sonrisa benevolentes, por
sobre todas estas cosas parlanchinas é intrigantes
que se llaman hombres.
La ruindad del medio es un mal, pero mal necesario para conocer la miseria.
El Desengaño y la Desesperanza van cubriendo el azul de nuestro cielo infantil, y el porvenir,
como el ensueño, se pierden en la lejanía de los
horizontes. Las tristezas muerden en nosotrós, y
la muerte del Deseo nos lleva á la aniquilación.
En mis paseos por este menguado campo de
Madrid, he leído tus cartas buscando su espíritu.
Ilay sol. Sobre la ondulación amarilla de los
desmontes, en esta hoscura de miseria; bajo la vibración soñolienta de los relojes que dicen la agonía de la cadncidad ambiente; ante el lienzo rojo
del sol crepuscular, de los rojos conventos - almas de la esterilidad del paisaje-, he tenido un
recuerdo de enamorado para nuestra llanura, para
esas almas pequeñas, llenas de bondad y de ignorancia, que viven mezcladas en nuestro vivir, y en
manos de las que tal vez seamos hombres.
En medio de la sutil variedad de esta vida favorable al apetito, saciadora de sensaciones para
los nervios curiosos; que exalta ó abruma, que
acaricia 6 muerde, tengo una visión constante en
el cerebro. Es la n·ostalgia de lo pasado, favorecida por el azul de las lejanías y el eh1bozo de lo inconseguido, que me aleja de la frivolidad y el vértigo hacia los silencios conventuales del ensueño.
De no fingirnos la imaginación un cuento en
cada noche, desdeñando la verdad por las mentiras piadosas, es necesario tener una cabeza capaz
de afrontar lo Imprevisto y de confiar en el propio triunfo.
Vengo de la calle. Unas luces rojas se meten
suelo abajo en un ziszás sangriento con el brillo
de la lluvia, y leves sombras huyen junto á los
muros. En la inmovilidad de un coche hay reflejos
de charol. El caballo duerme, baja la cabeza, casi
vertical el cuello. Del pescante vacío surge la fusta

como 1:1na ad~1iración. Una luz va y viene al lejos.
BaJu un larol rnJO hay una 1110zuela que cubre
su cuerpo con un chal. Le brillan los ojos cansados, bajo el pelo partido en b11nd6s. Al paso de
los hombres, sonríe y canta cantares perversos.
El pataleo de un café cantante surge de pronto. Las faldas ligerns de la impúber se pierden
en la noche cun el eco de unas tristes y falsas
palabras de amor.
Si no encuentras
el hastío en la posesión de esa mujer serás salvo, y debes,
entonces, á costa de
todas las dichas,
construir la tuya.
I'ero piensa que ese
tu amigo tiene tanto
rlerecho á no perder
la suya, y te juegas
en ello la vida que
buscas.•

RENACIMIENTO

El pueblo despierta perezosamente, rompiendo el crepúsculo el renquear
de las galeras y el
campanilleo de las
yuntas. El calor, soliviado por alguna
ventolina montaraz,
deja enervamientos
musculares. La luz
matutina aureola un
cerro; la tierra se llena de sol, y en la
alegría del amanecer
surgen oraciones de
la tierra.
El patear de unos
caballos alborota las
calles dormidas. Alg1111 ventanillo se entreabre curioso mirando á los madrugadores. Van ataviados con arreos de
caza, ginetes en bravos potros, en sus
caras la esperanza
de un día sin pesar,
atropellados entre
los perros, que ventean las presas en saltarinas
inquietudes.
~lonso y sus amigos van de larga excursión
al Cazadero. Pedro y Matilde, que les acompañan,
re~ornarán desde el Purnte acompañados de un
criado, para emprender, aquél su viaje y descansar ésta en su casa.
Pedro se encontraba realmente enfermo amed_rantado ante_ el ~ir? de sus sensaciones y ~u pastón. _Su asedio, t11111do casi siempre, más bien romántica galantería, fué infructuoso, y la ineficacia

del esfuerzo le exacerbó su neurastenia. Había
que partir, comenzar de nuevo la ruta inacabable
de judío errante.
. 1:os caballos levantan una nube de polvo. La
Jau na ven tea en los rastrojos, enloquece á los gritos de los ginetes, brinca gozosa entre las patas
de los potros.
Huertas y quinterías esparcidas por la llanura,
blanquean al sol.
Huele á paja quemada - olor de verano.
Los caballos saltan sudorosos, y
crecen las conversaciones entre el ruido
de los herrajes. El
vino borbotea en las
gargantas, y los perros corren - las
orejas inquietas, la
lengua colgante.
En la altura de
los ribazos, en la sumidad de los eriales,
en los linderos infinitos, bajo las zanjas, en los recuestos,
junto á las ruina~, en
los sitios humildes,
allí crece la flor de
malva, festoneando
el gris campesino,
ofreciendo una nota
fresca en el fuego
del campo.
·
Llegaron los cazadores junto al juncal de un riachuelo,
levan tan do vuelo
de aves, y bajaron á
tierra. Entre abrazos
y bromas hubo m1a
larga despedida de
camaradas.
Matilde y Pedro,
precedidos del viejo
servidor, em prendieron la vuelta.
Caminaron largo
trecho - sus caballos juntos- sin que
las palabras llegaran
á interrumpir lamonotonía de la marcha.
Temieron sentir
vergüenza de su proximidad si se miraban ó de
escurrirse en la pendiente peligrosa de las i~timidades.
Y ¿cómo seguir tan juntos, con la indiferencia
de un hastiado matrimonio, si en sus entrañas había, duramen~e sujeto, el latir de una pasión, alentada por el acicate de la dificultad y el romanticismo de lo inconseguido?
Sus cabalgaduras difundieron en el aire el temblor vagoroso y tierno de sus relinchos.
Pedro se marchaba, aguzado su padecimiento,

�lleno d espíritu de una infinita amargura, porque amor, como en un relámpago que levanta el velo
su suerte y su cobardía le perdieron un amor, el de la noche.
Al incendio de sus apetitos, libres del imperio
único sano, digno del mejor de los hombres. Y
ahora, al partir, cuando él mismo se marchaba cerebral, temblaron en sacudimientos que se habuscando nuevos infortunios para ahogar otros, te- cían casi angustiosos. La tierra quería ser el tánía junto á los ojos, cerca de la boca, casi entre lamo de sus nupcias - la tierra, que nunca tuvo
consolación de acequia, dulzura de hontanal, ni
los brazos, á la mujer deseada.
Tuvo remordimiento de aquella impotencia caricia de lluvia buena.
Las plantas morían abrasadas por la consunque le esterilizaba con ambigüedades é irresoluciones. Removido por· el orgullo - único balnarte ción de un sol implacable, por la pereza de una
en el que se defendía-, acicateado por la vani- raza, como las almas sedientas, sobre la lumbre de
dad de un posible triunfo y alegre por un relám- la gleba secular.
Una voz del viejo guía - ya oJvidado - los
pago optimista que inoculaba la mañana; ante la
serenidad de la mujer que parecía ofrecerse, sin- dejó inmóviles.
Aun triunfó aquel cuerpo, no rendido, ante el
tió, como en otro día, el imperio de las palabras
subyugadoras llenas de plasticidades pictóricas, y grito imperativo de la raza.
los hábiles atrevimientos insinuados entre la galantería de un caballero amante.
La idea de la soledad desamorada hahía heSIESTA
cho de Matilde su víctima, obscureciéndole la
mansedumbre de su cielo con un cendal de lágriEs la siesta. Sólo se oye el estridir tremante
mas. Pedro se iba, y con él la ternura única de su
de
las
cigarras. En la casa hay el frescor de los
existir; la felicidad prometida, que se alejaba ante
la magnitud del obstáculo. Vió envejecer su cuer- pozos.
Pedro y Matilde tienen el contento de los nipo sin la florescencia de una pasión, apagándose
ños, la jovialidad de los adolescentes. Corren por
en la obscuridad autumnal de su existencia.
Ante la separación inmed_iata que los exalta- las habitaciones solitarias, de las que sale olor conba, bajo la vibración solar que aceleraba la san- fortativo de limpieza, haciendo de las flores, robagre., movidos por un impulso de rebeldía, se to- das á las macetas, lluvia y alfombra.
El piano sonó loco y romántico, impetuoso y
caron las caras con un movimiento espontáneo,
de atracción orgánica, por las que temblaba el suave, bnzando por el patio todos los cánticos del·
amor: el lirismo de Grieg, la Serenata de Schuhálito santo.
Se miraron los ojos, profundos en la limpieza man, la galantería de una Gavota: una Sonata. La
matutina; se estrecharon las manos, y ya sólo fue- pasión voraginosa y mortal de Tristano; la poesía
ron libertad, almas. fecundas, corazones rendidos, romántica de Lohengrin; la polifonía eurítmica y
manantiales de vida. Se encontraron las bocas y evocadora de la Pastoral de Beethoven. . . Tose perdieron en el vértigo de las dulcedumbres, dos los gritos profundos que decían en el aire:
ron la voracidad de los que han hambre de VIDA.
Habían perdido el sentimiento de la realidad
amar.
Los caballos marchaban unidos, expandiendo y la orientación, obedeciendo sólo á los mandatos
en la claridad blanca del aire su&amp; blandos relin- que venían á través de las generaciones, acrisolachos, removiendo el polvo, que parecía un incien- dos en los nervios de los antepasados, · triunfanso votivo de la tierra al amor. El aire les tendía tes de todas las decadencias y las esterilidades
religiosas.
·
á la luz sus colas triunfantes.
Festejaron el triunfo de su amor, próximo ya
Verdean en la carretera dos hileras de árboles. Unos cerrillos pasan por el cielo sus líneas el sacrificio primero, vertiendo en sus bocas las rivagorosas. Las mulas giran en las norias chirrian- sas del Champaña. La inconsciencia los llevó de
tes. Andan trabajosamente; andan llenas de pere- la mano por un sendero de locura.
Cantaban los pájaros en sus jaulas. La fuente
za y de calor, tapados los ojos, moviendo las colas. Un agudo silbo hiende el aire; las mulas colo- decía un secreto infinito. Las hojas de las flores ponían blandura de alfombra al paso de los amantes.
can rígidas sus orejas y se paran, acechando.
En el huerto se hizo una música de árboles.
Abrasa el rojo sol. Paz en el silencio. Luz en
La atmósfera sofocante oprime la cabeza, difila luz.
Matilde y Pedro bajaron de sus caballos, bus- cultando el respirar. El cielo cárdeno viene sobre
cando el agua de un arroyo que corría e ntre el la tierra, achicando el ambieRte. Un golpe de
verdín de las piedras. De una suave ladera llegaba viento, que parece venir de una hoguera, arrastr.a
olor de retamas. La rotundidad de las cosas exul- las hojas, hace retumbar las puertas que se cierran, trae claros sonidos de cristales que se romta á los ojos.
Ya no eran esclavos del deber ni de las con- pen, retumbar de carreras.
El sudor baña el cuerpo, hundido en pereza
ciencias falseadas. No tenían memoria, ni los atasoñolienta.
ba ni desunía ningún cálculo. Eran la tierra hecha
Hay unos largos minutos de profunda calma,
carne, que emergía á la vida; el universo hecho
tras
de la que surge un vago olor de tierra mojaalma para crPar sin tristeza; el munchl hecho homda, y un relámpago seguido de un trueno balumbres, nuevos cantores de la fecundidad.
Se retorcieron como las llam;1s á los troncos, boso y rodante.
Fuertes hilos de agua chapotean las piedras.
secos por un largo tiempo de espera; se hundían
en sus cuerpos, como el agua en la tierra, tras las Se diría noche.
Pedro y Matilde, agobiados bajo aquel peso
sequías infinitas; descubrieron la claridad de su

mortal, agitados como por influencias magnéticas
p~saron po_r las estancias obscuras, lentos y ren~
d1dos, camino de la consagración.
. Un trueno estremeció los cristales con estrépito de mina.
·
La lluvia azotaba la calle con un ruido de
presa rebosante.
. Ante una puerta abierta, Pedro y Matilde, co~idos de la mano, un poco inquietos, vacilaron un
instante, mirándose á los ojos.
- No importa- se dijeron resueltos.
Y la habitación conyugal los envolvió en su
penumbra, regalada de ligeras esencias.
Los truenos cesaron y la llm·ia se oía lenta
co_mo un arrullo, cantaleando prometedora en lo~
cnstales.
. Crisol de una nueva raza había de ser aquel
nncón de Amor y Desamor.

OCASO

¿Qué hálito terrible es este que corre por la
casa? ¿Q~é viento de muerte ha tronchado una
flor de vida? ¿Qué maldición hay sobre esta tierra
seca?
El balcón de la alcoba está abierto. Una claridad de agua alumbra la estancia.
l\.Iatilde tiene inclinado el busto sobre la cama
en~arfiadas las manos entre la ropa, revuelto eÍ
pe!nado, en los ojos un gesto loco, en los ojos
a~1ertos y sobrecogidos, en sus suaves ojos de
v10leta.
El cuerpo de Pedro está sobre la cama bajo
de las ropas, hundida la cabeza en las al~ohadas, extendidos lo brazos, que parecen mostrar
la huella de otro cuerpo, levantados en una
postrera arrogancia las volutas rojas de sus bigo-

�tes: en la frenle un surco vertical, huella de su
muerte ...
Digno término de una vida de amor. Las infinitas esterilidades que atormentaron su existencia, hoy se habían de tornar hondura de goces,
mostrándole el camino de la salud y del equilibrio, consagrados en la posesión de un amor sin
término, como
las evolucio~ nes cósmicas.
Ahora que
en el ayuntamiento de los
cuerpos inAam ad os podía
poseerá la vida, hecha mujer, en una bella síntesis, saltaron rotas las
cuerdas líricas
de sus nervios,
y su sangre,
sazonada de
todas las torturas, extrabasada por una
ú I tima fiebre
de acabamiento y degeneración, ardiendo en la hoguera del supremo erotismo - abrazo al mundo - le derramó en su cuerpo, le anegó el cerebro cegándole los ojos, ¡trágico río de
su vida!
Fué Senda estéril lo que él quiso fuese camino
de amor, lo que él pensara fuese camino de
triunfos, tras el pesar de las lágrimas y las torturas más atormentadoras. ¡La Senda estéril, por la
que tantos enamorados de la VIDA van desgranando las músicas de sus corazones y deshojando
el breviario de sus almas.
Tuvo mied9 l\1atilde de la muerte y de la inmensidad de su infortunio. Tuvo el resurgimiento
momentáneo de la verdad y el contacto de su
vergüenza, sin corporeidad precisa, mezclados en
tempestad cerebral, pero que la herían como una
piedra que tuviera sobre el cráneo.

Gote;iban los árboles el agua de la lluvia; lucía
en las hojas el pálido sol; los pájaros cantaban una
acción de gracias. Los sapos silbaban en su monvtonía el elogio de la tempestad.
Un mueble sonó en un leve crujido.
l\Iatilde levantó sus ojos y encontró la mirada interrogante y fría de Pedro Sandoval.
Una flauta
escribe en el
reposo de la
tarde la resignación melancólica de un
epitafio.
ORACIÓN

Salve, monte sin abrigo,
hoy esfinge
del dolor. De
tus senos huyó la esperan,.
za. Trono eres
de la reina del
..
, , : ~"-,¡llano, la Tris:,,j 12,,v :pí~':' ' teza.
Salve, camino. Senda
eres hoy de
dolor. Tu lecho polvoriento ha envejecido, esperando ver pasar la cabalgata VmA. Tu gloria no
vendrá.
Salve, llano. Tu corazón se ha muerto, porque
los siglos te vistieron con una coraza de miseria.
Ya no eres un crisol, sino una tumba.
Salve, río; río sagrado, humilde río Guadiana;
tu hermana la llanura ha muerto. Hincha tus linfas,
desborda tus márgenes y haz de la tierra una laguna mortal.
No cantad, aceituneras; no cantad, segadores;
no cantad, vendimiadoras. Vuestras preces son
himnos de dolor y se ha secado el óleo de nuestra humildad.
Salve, espiga, olivo, vid; no sed fuente de vida,
no cread con dolor. La luna os tiende su blanca
mortaja.

--

~

~-

~

.

Obras dB EDUARDO ZAMA[Ol5

..,.,..

Acaba de publicarse con éxito extraordinario

DESDE MI BUTACA
(Apuntes para una psicología de nuestros actores)
POR

EDUARDO ZAMACOIS
SUMARIO: Consideraciones preliminares. - María Guerrero.
Díaz de Mendoza. - Rosario Pino. - Enrique Borrás. - Maria
Tubau. - La vanidad en los actores. - Los derechos del actor.El adulterio en el Teatro. - Teatro de acción y Teatro de ideas.
Los orígenes de la risa. - José Santiago. - José Rubio. - Balbina Valverde.-Matilde Rodríguez.-Loreto Prado.-Emilio Carreras. - José Moncayo. - La risa en el Teatro. - El arte escénico. -Teatro nuevo. -El apuntador.-La tristeza del comediante.

Un volumen de 300 páginas, TRES pesetas

.

Del mismo autor
NOVELAS
La enferma.
Punto-negro.
Tik- Nay (El payaso in-

imitable).

Incesto.
Loca de amor.
El seductor.
Duelo á muerte.

CUENTOS
FIN

CRiTICA

Memorias de una cortesana ( dos volúmenes).
Sobre el abismo.
Río abajo (crónicas).

De carne y hueso. Horas crueles.

Impresiones de arte. De mi vida.

De venta en esta Administración, en Casa de M. Pérez Villavicencio,
editor, y en las principales librerías.

Reservados todos los derechos de propiedad artlslica y literaria. No se devuelven los originales. El papel empicado en esta
revista es de la Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía, Imprenta de José Blass y Cía., San Mateo 1, Mad,íd.

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�El [usnto Ssmanal
ColECCiODES dE ,,El CuEnto 5Emanal"
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encuadernar en dos tomos las 52 novelas de que
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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