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                  <text>El [usnto Ssmanal
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I

e

gozoso bajaba saltando de peña en
peña por la falda de La Losera,al través de
retamas y helechos, Gaspar, e1 vaquero
más fuerte, ágil y arriscado de toda aquella serranía! ... Como que le aguijoneaba el amor, cuyos
arponazos tienen poder para avivar y sacar de
tino á los más apáticos mortales y aun para hacerles andar, según suele decirse, de cabeza.
Allá abajo, en el valle que riega y fecunda el
Povares, riachuelo llamado así por los muchos
povos 6 álamos que asombran sus orillas, le esperaba, sin duda, impaciente Magdalena, moza de
veinte abriles, fresca y lozana como rosa de Mayo 1
de talle flexible como las ramas de los fresnos 1
cuyo seno tenía las turgencias de la uva verde y
cuyas aterciopeladas mejillas ostentaban el color
de las manzanas que han dado tanta nombradía
al pueblo de Pomareda.
No es menester decir que el mozo, sin otro
pensamiento que el de llegar prontó al valle, no
fijaba su atención ni en las aguas del río que, formando &lt;plumajes de espuma,, descendía, como el
UÁK

pastor, dando saltos, ni e,1 el piar de los pajarillos que, asustados, emprendían el vuelo, dejando
trémulas las ramas en que estuvieron posados 1 ni
en la hermosura del valle, sembrado de caseríos,
cuyos hogares enviaban al cielo tenues jirones de
humo, ni en et argentino sonar de las esquilas de
los ganados, ni en los cambiantes de luz con que
el sol, ya cerca de su ocaso, teñía las cumbres de
los montes, ni en la paz augusta qut, como una
oración sin palabras, se elevaba hasta el cielo desde aquellos agrestes y pintorescos parajes.
Conforme descendía Gaspar, íbase el terreno
haciendo menos abruptoi el río, que antes se retorcía rugiente y espumoso entre peñascos, se
deslizaba ahora tranquilo al pie de los árboles
frutales de innumerables huertos¡ á los helechos y
retamas sucedían las tablas de regadío, cuajadas
de hortalizas, y al silencio solemne de allá arriba,
los cantares con que los trabajadores del campo se
despedían de sus faenas cotidianas.
Cerca se destacaba ya el lugarcillo de Pomareda con sus pardos paredones, sus tejados rojizos,
su vetusto campanario, y poco distante de él 1 y junto al río, la alta y humosa chimenea de una fábrica.

�Al pasar al pie de ella Gaspar, le dirigió una
mirada rencorosa. Aquel edificio de altas y recias
paredes, como· las de una prisión; su portal fangoso y los montones de negruzcos desperdicios
que se pudrían al lado de los muros, le parecían
al vaquero algo así como una especie de profanación. Algunos años antes, el lugar en donde hubo de construirse la fábrica era un verde prado
sobre el cual extendían sus copas, pobladas de
pájaros, hasta una docena de olmos seculares; el
río formaba allí un apacible remanso de agua cristalina, cuya temblorosa superficie dejaba ver hasta
las más menudas pedrezuelas del cauce. En aquella pradera, cuando muchacho, con otros chicuelos de su edad, fueron los juegos de Gaspar; á la
sombra de los olmos, ya desaparecidos, se hablaron por primera vez de amores él y Magdalena...
¡Y todo lo había invadido, manchado, deshonrado
aquel monstruo que resollaba como una mala bestia tras de los murallones de ladrillo! ... El hacha
abatió los grandes árboles, el césped no nacía ya
en la tierra pegajosa, surcada por hondos relejes,
y el río, antes tan límpido y transparente, era
ahora como sucia charca, en cuyas aguas, enturbiándolas, flotaban los sucios detritus de la fábrica.
- ¡Gruñe, gruñe! - rezongó Gaspar, amenazándola con el puño.
De cuatro zancadas salvó la distancia que le
separaba del lugar y entróse por las tortuosas callejuelas, sumidas ya en la semiobscuridad del
crepúsculo.

Yo le dije-: «Esta noche te quedas tú al cuido
del ganado. Mañana, poco después de salir el sol,
estaré de vuelta. Y aquí me tienes... Además,
queda decirte una cosa...
-¿Qué cosa?
- Una que me retoza de alegría en el pecho.
- Habla, hombre.
Pues ya se ve que hablaría; como que no se le
cocía el pan con el ansia de contárselo todo á
Magdalena.
- Figúrate que el amo - así me lo ha dicho
Bias - anda diciendo que ha de ponerme á mí de
mayoral de toda la hacienda que tiene en Pomareda. Cuando eso llegue, que por lo visto será allá
para San Miguel, no tendré que ir y venir, como
ahora, detrás del ganado: hoy acá, mañana allá,
siempre por lo más áspero de la sierra ... Viviré
en el pueblo y, con mi salario y la poca herencia
que me dejaron años atrás mis padres ( que estén
en gloria) .. . si tú quieres, ni los propios reyes lo
han de pasar mejor que nosotros. Conque, ya lo
sabes; por Nochebuena podemos estar casados ...
¿Qué me dices?
Conforme hablaba el vaquero, el semblante de
Magdalena adquiría marcada expresión de intranquilidad. Tras larga pausa, en que la moza ator-mentó con sus dedos nerviosillos el borde del delantal, dijo arrastrando las palabras que difícilmente salían de sus labios, y sin mirar frente á
frente al pastor.
- Yo, Gaspar, me alegro mucho de eso que
me dices. Ya sabes que te quiero bien... Pero mi
madre á nadie tiene más que á mí; va ya para
* **
vieja; con su trabajo sólo no podría vivir, y si yo
A la puerta de una pobre casucha, pero á la la dejo ...
- ¡Dejarla! Siendo tú mi mujer, ella será mi
cual daban alegría el aseo del portal, la ancha faja
de reciente enjalbegado que figuraba como doble madre.
- Ya sé que eres muy buena persona, pero
marco de la puerta y dos ventanas de madera
pintadas de verde, estaba en pie Magdalena, cu:ya yo soy joven todavía; puedo ayudarla, y para ella
gentil figura se destacaba vigorosa, gracias al res- sería un dolor no ser el ama de su casa . .. Más
adelante ... dentro de un par de años ...
plandor que salía de la casa.
- ¡Dos años!
- ¡Magdalena! - dijo con voz contenida el
- Acaso antes. El tiempo se pasa pronto, y si
pastor.
- ¡Tú! - exclamó la moza con más extrañeza tú no te arrepientes ...
¡Arrepentirse él!; aunque tuviera que esperar
que alegría. Y luego siguió-: En lo que menos
diez años.
pensaba ahora era en verte.
- Tú no te has percatado aún - dijo - de lo
- ¿De modo - replicó con cierto despecho
que eres para mi . .. Pero, ¿por qué esperar? LueGaspar - que no te acordabas de mí?
- Tampoco tú te acordarás de mí á todas go, por mucho que trabajéis tu madre y tú, ¿cómo
podréis vivir? Yo no quiero que pases hambre.
horas.
- Por esa parte - saltó Magdalena con cier- Yo, como te tengo metida aquí dentro dijo el vaquero dándose en el pecho-, ni un solo to dejo de orgullo - no hay cuidado. Yo no he de
casarme para que mi marido me mate el hambre.
instante te apartas de mi memoria.
- ¡Puede! - contestó ella entre desdeñosa y Tengo yo cinco dedos en cada mano para ganarme
un pedazo de pan.
lisonjeada.
- ¿Has creído - replicó todo turbado el mozo
- Tú - siguió él - tienes muchas cosas en
que pensar: hablas con tu madre, con tus amigas, - que lo que te he dicho es por rebajarte?
Y con acento que revelaba su emoción, siguió
con la gente que pasa; pero yo, allá arriba, en lo
alto de la sierra, ¿qué he de traer en el pensa- el pastor haciendo calurosas protestas de su cariño. ¡Ofenderla él que la miraba con el mismo resmiento si no es á ti?
peto que á la Virgen de la Peña! Si dijo aquello
- ¿Y cómo ha sido el venir ahora?
del hambre fué porque creía que á las mujeres les
- ror verte.
faltaban las fuerzas para ganarse la vida. Para eso
- ¿De \·cras?
- Sí; nada más que por eso. Dos meses se han están los hombres, que tienen buenos brazos y recumplido desde que bajé la última vez al pueblo. sistencia. ¡Co·n cuánto afán y con qué bríos trabaDos años se me han hecho. Ayer llegó á mi choza jaría para ella!
- Ya te he dicho - contestó amansada MagBias, el de la Alameda; iba por encargo del amo
para llevar unas reses al matadero de la ciudad. dalena - que en lo tocante al trabajo, como yo

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tenga salud, no ha de faltarme. Con lo poco que
nos da el huerto y con el jornal de la fábrica ...
- ¿El jornal de... ? ¿Tú vas á entrar en la fábrica?
- Y o, sí; desde el lunes que viene. Pero ¿por
qué pones e~a cara? Pues hijo, ni que fuese á meterme en el mfierno.
, Como un infierno miraba él aquel edificio sombno p_or cuyas ventanas salían rugidos de fiera
h~mbnenta y cuya chimenea manchaba el azul del
cielo con sus bocanadas de humo. No sabía por
qué; pero era lo cierto que le tenía á la fábrica
una tirria...

- Si yo pudiese, si pudiese, ni ladrillo sobre
ladrillo había de quedar de ella.
- ¿Se toma el fresco? - dijo en aquel momento un hombre alto, enjuto, que blandía en su mano
derecha una vara.
- ¡Hola, tío Saltamontes!
- Aquí se está mejor que allá arriba, ¿verdad?
- Y acompañó su pregunta con risilla picaresca.
- C laro que sí. .. Y usted, ¿va á parar mucho
en el pueblo?
- El sábado iré con unas caroas de vino á la
Alameda. Si estás entonces en L~ Losera echaremos juntos un cigarro en tu chozo.

�- ¿Tú que le has dicho? ... - preguntó á su
hija la señora Juana.
- La verdad, yo - balbuceó la moza - necesito, antes de casarme, ganar algo, hacerme ropa...
Ahora, con rl jornal de la fábrica, podré vestirme.
Además, dos años se pasan pronto.
- Dos siglos me parecerán á mí.
- \'amos - intervino la madre-, puesto que
os queréis, porque tú le quieres, ¿no es cierto?
- Y o ya le he dicho...
- Puesto que os queréis, se hará la boda para
el otro San Juan.
- Largo es; ¡más de un año!
- Todo llega, hijo; todo pasa y se queda atrás...
y ha$ta se olvida... Para San Juan del año que
viene será tu mujer.
Púsose .Magdalrna á mirar fijamente al suelo,
como si en él se le hubiera perdido alguna cosa, y
Gaspar, después de rascarse las greñas y de arreglarse con movimiento maquinal la faja, dijo con
firmeza:
- Está dicho: de San Juan en un año, la boda.

***

_ ¡Magdalena! - gritó una voz de mujer dentro de la casa.
_ ¡Mande usted, madre! - contestó la moza.
_ ¿Qué haces ahí?
.
_ Estoy hablando con Gaspar y el tto Salta~n~.
h
_ Ea - dijo éste-, hasta el sábado... y a ora que aproveche-; y se alejó, agitando su vara
de arriero.

** *
_ •Calle!
- exclamó saliendo de la casa la ma1
dre de 1fagdalena - , ¿tú por aquí, Gaspar? .
_ Sí, señora Juana. lle tenido que ba¡ar al
pueblo...
- Entra, hombre, entra.
.
_
Frisaba la señora Juana en los cincuenta anos:
era alta y flaca, el rostro color de barro, surcado
de hondas arrugas, canoso el_ cabello y negros Y
de extraordinaria viveza los o¡os.
Bien se echaba de ver, mirándola con alguna
atención, que no era mujer aquella de las que se
ahogan en poca agua. Los rudos embates de la
vida no pudieron abatirla; las penas arrugaron su
rostro, pero sin quebrantar la_ forta_Ieza de su corazón. Ni la muerte de su mando, ~1, antes, la_ pérdida de su hijo, que hecho una p1lt~afa volvió d_e
Cuba para morir en Pomared~, _hubieron ~e. qmtarle su vigor. Era menester vivir, y para Vl\lr luchar y la señora Juana seguía luchando por su
,·ida' y por la de su hija. En ella se reconcentraba
toda la savia de sus afectos; era 11agdalena como
el brote florido de aquel árbol de negra corteza.

·q~é

Je·

.......

to~~do

· · ~ ¿-P~r~
~~~¡¡ h~~
tú á la fábrica? - decía la señora Juana contestando á las
obstinadas denegaciones de Gaspar - . Las carn&lt;:s
se me abren cuando ,·eo yo á mi Magdalena venir

medio arrecida del monte de buscar una carga de
leña, ó sudando la gota gorda por el v_erano entre
las mieses. ¡Hija de mi alma! En camlHo ahora, en
la tabrica, estará como una reina. Allí da gus~o.
•Qué galerías de cristales! ¡Qué estufas en el m~ierno! ¿Y el trabajo? .. . ¡Vaya una c?s~! Hazte
cuenta de que las obreras se pasan el d1a ¡ugando,
que juguetes parecen aquellos telares, ó com? se
llamen, en que bailan los cordones de colores_, ¡untándose unos con otros, trenzándose y haciendo
mil figuras á cual más vistosa.... Y luego,_ no t_e
vayas á creer. .. ¡seis reales de J?rnal! .. Dime tu,
•adónde va una mujer á ganar seis reales?.:. Aho:
~a cuando murió la hija de la señá Catahna, as1
hlbía de mozas (y juntaba y separaba los dedos),
que querían entrar en la fábrica. Gracias á que me
agarré á buenas aldabas.. .
_ Con todo, yo... Vamos, que el campo es
mejor: el campo no da cordon~s, ni esas cosas que
usted dice; pero da flores, espigas y frutas ... y da
también salud y alegría... Mir~ usted á todas las
mozas que trabajan en la fábrica ... Todas están
sin colores, desmirriadas . .. echadas á perder.
- Esas - saltó 1kgdalena - son v_oces qu_e
hacen correr las envidiosas que no han sido admitidas en los talleres.
- Bueno - siguió el pastor - ; ello durará
poco. Cuando Magdalena se case, digo, cuando
quiera casarse conmigo... si es que usted cree que
yo la merezco.
•
Sonrióse la señora Juana y contestó:
- Si ella es gustosa. . .
,
_ Ya se lo he dicho: para Nochebuena podia
ser la boda. El amo, ya lo sabe ella, \'a á encargarme de todo lo que tiene en Pomareda ... Para entonces no andaré yo como ahora tras el ganado: • •
Pero ~lagdalena - siguió con pena_ Gas par_-:- dice
que hasta dentro de dos años ... S1 ~e qms1e~a la
mitad de lo que yo la quiero, más pm,a tendna.. - ,

Entre mohíno y esperanzado salió el vaquero
de la casa. Apenas hubo salvado el umbral, Magdalena, encarándose con la señora Juana, la espetó
con mal modo:
- ¿Por qué le ha dado usted palabra, madre?
- ¡Cómo! ¿Ahora salimos con esas? ¿No le
quieres?
- As! como para casarme ... en seguida...
- Dentro de un año no es tan pronto.
-Y luego ...
- Luego, ¿qué?
- Nada.
- ¿Por qué le has hecho cara entonces?
- El fué quien machacó tanto ...
- Gaspar es bueno, trabajador, buen mozo. Su
amo, ya lo has oído, le va á aumentar el jornal. ..
Sus padres le dejaron algo...
- Buen provecho le haga.
:Miró la señora Juana á su hija y, después de
una pausa, afirmó lentamente:
- Magdalena, tú no quieres á Gaspar.
- Yo no he dicho...
- Tú quieres á otro.
- ¡Qué idea! Le aseguro á usted que ...
- Mal haces en ocultármelo ... En fin, más
días hay que longanizas. Ya lo sabré yo; ni el fuego ni el cariño pueden estar ocultos mucho tiempo. De todos modos, yo moriría tranquila dejándote casada con Gaspar.
*

* *

Cenaron: con el bocado en la boca subió Magdalena al camaranchón que le servía de alcoba.
Muy despacio, y sin poner en ello el pensamiento, fué despojándose de sus pobres ropas. Ciertamente, aquel hermoso cuerpo, aquel seno apretatado y turgente, aquellas caderas de cunas estatuarias, más parecían haber sido formadas para
envolverse en finísimas holandas que en el burdo
tejido de lienzo casero.
No se cuidaba ella en aquel momento de sus
encantos, ni quizás pensó nunca en que los po,seía. Una vez desnuda, santiguóse maquinalmente

y se acostó, arrebujándose entre las toscas sába-

nas del lecho.
«¡Gaspar! ¡Qué fastidioso con su afán de casarse! ¿Que era bueno, y honrado y trabajador?...
¿Y qué? ¿Acaso no había en el mundo otros muchos hombres trabajadores, honrados y buenos? Y
luego tan tosco; bien se conocía que andaba siempre entre breñas, sin más trato ni roce que el de
las reses bravas. Entre él. .. ,y el otro, ¡qué diferencia! ¡El otro! Tan compuesto siempre, con su
bigote tan sedoso, sus ojos tan pícaros y aquella labia tan graciosa ... ¡Qué de cosas dulces le
decía cuando ella, contoneándose con el cántaro
á la cabeza, iba á buscar agua á la fuente! Todas
las mozas le miraban con amorosa codicia. Pero
él, ¡oh!, 11agdalena lo sabía. ¿Qué mujer se engaña en lo tocante.á la impresión que produce en los
hombres? ... El la prefería á todas las mozas del
pueblo... Bien segura estaba de ello.•
Y en estas dulces imaginaciones, en las cuales
figuraba en primer término, siempre, el otro, fué
sumiéndose, sumiéndose en las deliciosas profundidades del sueño...

*

* *
Ya el sol iluminaba el valle, asaeteando, con
sus flechas de oro, hasta lo más intrincado de robledales y alamedas, y formando reflejos irisados
en las cascadas y remansos del río, cuando 1fagdalena, fresca y colorada, asomóse á la ventana
de su zaquizamí.
A poco, por lo alto de la empinada callejuela,
apareció Gas par, con su pellico de borrego ceñido
al cuerpo, sus abarcas de cuero, su manta terciada
y el recio garrote pendiente de un brazo. Al verle,
Magdalena hizo un movimiento, como para retirarse; pero, advirtiendo que el pastor la había visto, siguió asomada.
- Adiós, Magrlalena - dijo el pastor.
- Anda con Dios-le respondió la muchacha.
- ¡Acuérdate, para San Juan!
- Eso está todavía debajo de muchas nubes - replicó ella, riéndose.
* .

* *

No, aunque pasaran muchos años, Gaspar no
variaría: la querría siempre. ¿Cómo vivir sin la esperanza de que Magdalena fuese su mujer, el dueño de su hogar, la madre de sus hijos?
Y, así pensando, pasó por delante de la fábrica,
cuya maquinaria resollaba como siempre, lanzando
por su alta chimenea densas espirales de humo.
En aquel instante, el portalón del sombrío edificio se iba tragando los obreros y obreras que
acudían al trabajo.

II
Desde que Vicente, el Madrileño, según le llamaban en Pomareda, llegó al lugar, la juventud
dorada del pueblo cambió radicalmente de costumbres, de gustos y de modas. \'icen te fué, desde el primer momento, el •personaje reinante•:
todos los mozos le imitaban; todos recogían sus
dichos y sus cantares. ¿Por quién, sino por él, se
trocaron los antiguos calzones por pantalones de
odalisca? ¿Quién desterró de todas las cabezas las
monteras de pellejo, sustituyéndolas por sombre-

�.tos cordobeses? ¿Quién hizo que el barbero del lugar cortase las greñas á lo chulesco, con los correspondientes tufos y persianas?
En el breve espacio de unos cuantos meses, la
presencia de Vicente había hecho una revolución
en Pomareda. Las antiguas danzas en que, hombres y mujeres, saltaban á honesta distancia, haciendo con los pies complicados trenzados y dando ágiles zapatetas, estaban ya relegadas al olvido. Ahora, mozas y mozos, estrechamente abrazados, «se marcaban&gt; schotis y mazurcas, ni más
ni menos que las parejas chulapas de Madrid en
los Viveros ó en las Ventas del Espíritu Santo.
Las rústicas canciones serranas no alegraban ya
los sotos y praderas. En su lugar resonaban los
tangos, importados por Vicente, de los teatrillos
de Madrid. Ni divertía á la mocedad pomaredense el juego de la pelota ni el de la barra. Una taberna, la de la Rufa, convertida en cafetucho, reunía dentro de sus ennegrecidas paredes, durante las largas tardes de los domingos, á aquellos
trabajadores de rostros curtidos por el viento y el
sol. Hasta por iniciativa del forastero se celebraban de cuando en cuando meetings socialistas...
Los dueños de la fábrica le trajeron á Pomareda µara que se encargase de los aparatos eléctricos. Era el tal un obrero inteligente, engreído
con su of½cio, guapo de cara, gentil de cuerro,
aunque no de mucha estatura. Vestía con esmero
á lo chulesco, cantaba con estilo, tocaba la guitarra y, cuando llegaba el caso, sabía tirar un duro.
Los mozos le respetaban, porque, en dos ó tres
camorras que le armaron recién llegado al pueblo, bien claro demostró que no era hombre que
se dejaba mojar la oreja. Un día tuvo él solo á
raya, con su navaja, á media docena de los más
valentones del pueblo ... Desde entonces, como
le temían, le adulaban. De las muchachas casaderas no había una que mirase con malos ojos al forastero. Tenía un «aquel &gt;, según ellas, que á todas
las traía 1·evueltas y alborotadas.

biente de los talleres, influía poderosamente sobre
su hermosura. Lo que había perdido en robustez
y apariencias de salud lo había ganado en finura y
suavidad de color y de facciones. No tenían sus
mejillas aquella tonalidad de las manzanas de la
sierra, sino el matiz ligeramente rosado de las llamadas flores de té, cultivadas en la tibia atmósfera de los invernaderos. Parecían más grandes sus
ojos, más delicada su belleza...
***

Cuantas muchachas del pueblo entraban á trabajar en la fábrica perdían al poco tiempo su silvestre lozanía. Y al uecir de don Rufino, el médico de Pomareda, sobraban motivos para ello. Había que oirle cuando, con su vozarrón destemplado,
hablaba de la industria que como una plaga había
caído sobre el pueblo. Aquello era un asesinato
consentido por las leyes.
- Estos imbéciles-solía decir furioso-, por
unos cuantos reales mandan á sus hijas al matadero...
Aseguraba que el polvillo que se desprendía
de los algodones y las lanas, coloreados por sustancias dañinas, respirado de continuo, atacaba y
destruía los pulmones. Entre aquellos hilos de colorines que se agitaban en rítmico movimiento, tejiendo complicadas pasamanerías, bailaba la muerte su lúgubre danza. . . Así, por lo menos, lo afirmaba el galeno del lugar.
Pero nadie hacía caso en Pomareda de las observaciones del médico. Eso del enfermar y del
morir, ¿quién podía adivinarlo? Lo que estaba de
Dios ... Si en el espacio de tres años habían muerto
algunas obreras, y si otras de las que trabajaban
en los talleres estaban desmirriadas y flacuchas,
¿qué culpa tenía la fábrica? Lo mismo les habría
sucedido si hubiesen estado trabajando en el campo. Y cono los jornales se pagaban puntualmente,
y aunque ruinPs, eran muy superiores á los que se
cobraban por las labores agrícolas, en cuanto la
muerte ó la enfermedad hacían alguna baja en las
*
filas de las obreras, por docenas se contaban .las
* *
La única que se mostraba desdeñosa con el fo- aspirantes á ocupar los puestos vacíos.
rastero era Magdalena. «¿A mí,ese fantasioso? ¡Que
*
* *
se quite de delante! &gt; Pero otra le quedaba. ¿Por
Como queda dicho, llevaba Magdalena un mes
qué, si no, se ponía encendida como una amapola
cuando él, saliéndola al paso y echándose atrás el respirando el aire emponzoñado de la fábrica. Tosombrero, le decía con aquel dejo madrileño tan das las mañanas, al dar las siete, entraba con sus
gracioso: «¡Olé, el cuerpo más bonito de la Sie- compañeras en los talleres. Ningún día dejaba de
rra! ¡Bendita sea la madre que la echó á usted al encontrar, ya en los alrededores del edificio, ó en
mundo!•, y otros piropos que á ella le sabían á el sucio portalón, ó en la escalera que conducía al
gloria, por más que, al oírlos, arrugase el entrece- piso superior, en que funcionaban los telares, á Vijo y frunciese la boca con un mohín de disgusto? cente, con su traje azul de mecánico. El joven
Segura estaba de que, aun cuando á todas las aprovechaba siempre el encuentro para recrear los
mozas las piropeaba el tunante del electricista, oídos de la moza con los mejores requiebros de su
solamente le salían del corazón las flores que á repertorio. Pasaba ella seria y erguida, fingiendo
no hacer caso del galán; quedábase él, hasta perella, á Magdalena, le echaba.
. Y después, en su casa, en el retiro de su alco- derla de vista, repitiendo sus chicoleos, y cuando
ba, ¡con qué deleitoso contentamiento saboreaba la muchacha estaba segura de no ser vista por el
las dulces palabras que, como gotas de miel, ha- galanteador, dejaba que resplandeciesen en su rostro la satisfacción y el contento. Cuando se ponía
bía recogido en su memorial
á la tarea, sus compañeras, unas envidiosas, otras
*
despechadas, la asaeteaban con sus pullas y alu* *
Un mes bien contado llevaba la moza traba- siones.
- La verdad es - le decía una mañana la Fejando en la fábrica, y harto se echaba de ver que
el cambio de vida, antes rústica y al aire libre, y lisa, una rubia de cara pecosa y greñas rojizas,
al presente entre cristales y saturada por el am- cuyo telar estaba al lado del de Magdalena - que

le tienes luquito... Cuando te ve, parece que quiere comerte con los ojos.
- ¡Como no me coma! .. .
-Pues hija, más de dos y más de
tres ... si él abriera la boca...
- Por mí, que la abra ó que la
cierre me es igual.
- Déjala, Felisa - saltó la Morucha, hembra de voz hombruna que se
ocupaba en llevar y traer paquetes-.
Muchas hay que, aun cuando se estén
recomiendo por un hombre, hacen
que le desprecian.
- Dices bien - apumó otra-;
quien desprecia, comprar quiere.
Magdalena no contestaba. Aquellos reconcomios de sus compañeras
no sólo no la molestaban, sino que lisonjeaban su orgullo. El envidiado,
con el placer de los envidiosos se go- ·
za... No es este el menor tormento
de la envidia.

***

\

..

;¡,;,i.
....

----·
,,

Diálogos como el anterior se repetían á menudo. Una mañana, al subir
la escalera del taller, Magdalena, que llegaba con
un poco de retraso, resbaló en uno de los escalones, y quizás los hubiera rodado todos á no estar
allí, á punto para cogerla entre sus brazos y levantarla, Vicente, que como de costumbre, la esperaba para verla pasar.
- ¿Se ha hecho usted daño? - dijo con cariño
y reteniéndola junto á sí más tiempo del que era
preciso.
- No, no ha sido nada - contestó Magdalena desasiéndose, mientras su rostro se teñía del
color de las cerezas.
- Creí-replicó el Madrileño-. Si no da «la
casualidad&gt; de que estoy cerca...
- Sí, es cierto... Gracias - murmuró la jo\'Cn, y echó á correr escaleras arriba.
Al llegar á lo alto, se volvió y dirigió al mecánico una rápida mirada, pero eri la cual Vicente
creyó ver, y vió en efecto, como á la luz de un relámpago, el tesoro de amor que en el fondo de su
corazón guardaba para él la linda muchacha.
***

Cuando las llamas del Amor prenden en un
alma, vanos son los mayores esfuerzos para atajar
el incendio. Deberes, respetos, salud, honra;· todo
se quema y consume en la devoradora hoguera.
_Ma~dalena no fué la excepción de esta regla
cas1 umversal. ¿De qué podían servir sus fingidos
desdenes? ¡Pobre artificio incapaz de resistir mucho tiempo á la incontrastable pasión! ¿Por qué no
había d e corresponderá aquel cariño que el joven
con tanta i_nsistencia y humildad le ofrecía, cuand? era lo cierto que ella, desde el primer día que
v1ó al forastero, tenía su recuerdo como hincado
en la _memoria? Con Gaspar no tenía ningún comp_rom1so forn~al. ¿Que eran novios? ¿Y qué? No sena ella la pnmera que dejaba unas relaciones por
otras. Había querido y seguía queriendo bien á
Gaspar; pero lo que sentía por Vicente nunca lo
había sentido por el vaquero. ¿Qué tenía que ver
la buena amistad que á éste le tenía, con la pla-

centera inquietud, con el goce ama1·go, el dulce
tormento, la sabrosa congoja que se apoderaba de
todo su sér cuando, por la noche, al salir de la fábrica, iba camino de su casa oyendo las palabras
apasionadas que el electricista, ducho en las artes
de enamorar, le iba dejando caer en el oído?
*

*

*

- Lo que estás haciendo - · decía á l\faodalena su madre - no tiene perdón de Dios. ..'\Qué
sabes tú quién es este hombre?
- Le quiero - respondía obstinadamente la
muchacha.
- La gente murmura, y con razón . ..
- Le quiero.
·
- En Madrid tendrá su novia, y quién sabe si
algo más que novia. Créeme, la gente madrileña
se burla ·de la de los pueblos.
- Le quiero.
Y con esta razón, «le quiero &gt;, razón suprema,
verdadero imperativo categórico ante el cual las
almas se doblegan corno las cañas ante el viento,
contestaba la moza á todas las sensatas amonestaciones de su madre.
*
* *

Los mozos y mozas de la aldea no se daban
punto de reposo en la poco caritativa tarea de despellejar con sus murmuraciones á la enamorada
joven: los hombres que en balde la habían cortejado, por despecho; las mujeres, por envidia. «¡La
formal, la desdeñosa! Porque un hombre la había
soltado cuatro lagoterías, ya estaba sin juicio...
¡La mosquita muerta! Cualquiera se fía det" agua
mansa... ¡Pobre Gaspar! ¡Bien se la estaban jugando de puño! . .. •
Y en el taller y en la fuente, y al salir de la
iglesia los domingos, y en portales y cocinas, las
hembras de Pomareda, que en esto del morder son
lo mismo que las de las ciudades, no perdonaban
ocasión de maltratar con sus lenguas venenosas á
Magdalena.

�Pero, ¿qué se le daba á ella de la maledicencia de sus convecinas? Ni siquiera se percataba de
sus dichos. Sólo en el Madrileño pensaba, para él
sólo vivía.
Y bien cierto estaba de ello el taimado mecánico. ¡Q.ué risita de satisfacción la suya cuando
alguien le decía que Magdalena «estaba por él!,
¡Con qué medias palabras, reticencias y guiños
significativos alardeaba de su victoria! Su actitud
podía traducirse por estas palabras: • ¡Si yo quisiera! . .. ,
Y no mentía; quiso... y los hechos le dieron
la razón.

***
Fué en una tarde del mes de Agosto, la tarde
del día de la Asunción. La gente de Pomareda celebraba la festividad de la Virgen, esparciéndose
por los alrededores del pueblo y engullendo sabrosos bocados, rociados con abundantes tragos
de vino; que en la sierra, como en el llano, la merendola y la borrachera son prácticas venerandas
del culto religioso.
Vicente no quiso ir con sus compañeros; prefería pasear con Magdalena, con su Magdalena,
lejos de la algazara de las meriendas. La señora
Juana había ido aquel día en busca de una carga
de fruta á la Alameda, de modo que la moza tenía
toda la tarde por suya. Juntos los dos, el mecánico y su novia, hablando bajo, el brazo de él apretando el pecho de ella y mirándose mutuamente á
los ojos, tomaron por el solitario camino que va á
terminar en la fuente de la Encina.
Extendíase la tortuosa senda, primero, entre
las peñas en que el pueblo se asienta; salvaba después el río por un puente formado por maderos
carcomidos; se retorcía entre callejuelas, formadas
por tapias de huertos, á cuyas bardas asomaban

sus copas, cargadas de fruto verde, los manzanos;
cruzaba luego una aterciopelada pradera, y se entraba, por último, en. las espesuras de un sombrío
robledal.
Allí, entre altos peñascos que tapizaban helechos y asombraba una encina, único árbol de esta
especie entre innumerables robles, brotaba un manantial de agua transparente y frigidísima.
Solamente interrumpía el silencio de aquel paraje !! litario, aromado por la menta y el tomillo,
el rumor monótono de la fuente.
- Sentémonos aquí - dijo el Madrileño, eli
giendo un ribazo cubierto de hierba, al que servía
como de respaldo el tronco de la encina.
- Debemos vol vernos-replicó Magdalena-.
Está esto tan solitario y tan lejos del pueblo...
- No son más que las seis - la interrumpió
el mecánico, sacando el reloj - . Podemos estar
aquí hasta las siete... Luego, en media hora...
apretando el paso.. .
- Tengo miedo - murmuró Magdalena.
- ¿Miedo, estando conmigo?
La joven no contestó.
- ¿No me respondes? Es la primera vez que
nos hablamos. .. así. . . á solas. En el pueblo siempre hay ojos que atisban detrás de. las ventanas,
oídos que escuchan por las rendijas de las puertas ... En cambio ahora, tú y yo juntos, sin más
testigos que estas peñas y estos árboles... ¿No te
gusta estar á mi lado?
¿Qué placer podía existir para ella mayor que
tenerle junto á sí? Lo que deseaba era eso ... no
apartarse jamás de él. ..
- Sin ti - dijo, mirándole fija é intensamente
á los ojos - no podría vivir.
Y lo afirmaba con tan ingenua sinceridad, que
Vicente sintió allá, en las profundidades de su sér,
algo así como un leve estremecimiento. Pero aquello pasó pronto. En el electricista faltaba el verdadero amor, que todo lo disculpa; corrompido
por sus triunfos fáciles de Tenorio de bajo vuelo,
aquella «paleta, sólo era para él lo que para el
glotón de paladar estragado una comida vulgar,
pero sabrosamente aderezada. Para ella, por el
contrario, el forastero era la realización de sus vagos y confusos ensueños, algo así como el hermoso caballero que iba á sacar de su encantamiento
á las doncellas de los cuentos que su abuela le
contara cuando la dormía sobre sus rodillas. Porque en Magdalena, como en toda mujer, princesa ó
pastora - y más en las pastoras que en las princesas-, había una gran cantidad de romanticismo.
La tarde caía y ellos, entretenidos en la charla, cada vez más íntima, de sus amores, no repararon en que el sol no doraba ya las cumbres de
la sierra, ni en que los pajarillos se daban á su
modo las buenas noches, entre las frondosidades
del robledal.
Aunque estaban seguros de que nadie podía
oírles, hablaban tan bajo y tan cerca los labios que
apenas si el aire podía pasar entre ellos. Al cabo
la conversación cesó y las bocas se juntaron.
***
- ¡ Dios mío! - murmuró Magdalena, desasiéndose de los brazos del joven-. ¡Ya es dc&gt; noche! - Y luego, con voz de sollozo, siguió - : ¡Qué
va á ser ahora de mí!

Enjugándole á besos las lágrimas, Vicente le
susurraba cariñoso:
- No llores; ahora te quiero más que antes.
- ¿Y me querrás siempre?
- ¡Siempre!
- ¿file lo juras?
El forastero lo juró hasta por su madre. ¿Qué
le importaba l. él juramento más ó menos? ... ¡Los
había hecho tantas veces!
- ¿Por esta cruz? - dijo la muchacha, sacando una crucecilla de plata del seno, que blanqueaba entre la abertura del corpiño, descompuesto
por las atrevidas manos del amante.
- ¡Por esa cruz!
- Bésala.
Besóla el galán, la besó también Magdalena, y
la guardó después la joven entre las redondeces
de su prcho, sobre el cual ajustó, avergonzada y
temblorosa, los pliegues d~l pañuelo.
***
Ciñéndole él la cintura, v con la cabeza ella
apoyada en el hombro del mozo, salieron lentamente del robledal, que para ambos acababa de
ser el Paraíso. Al llegar al claro, Magdalena miró
instintivamente hacia las fogatas que ardían en las
alturas de La Losera; le parecieron ojos de fuego
que la miraban furiosos desde la obscura lejanía.
Sin duda, alguna de aquellas hogueras ardía delante de la choza de Gaspar.
- ¿Por qué tiemblas? ¿Tienes miedo?
- No - contestó la joven-; es el fresco de
la noche lo que me hace temblar.
- Acércate más á mí, que yo te daré calor
con mi cuerpo.
Las luces del lugar formaban á lo lejos como
una constelación que se hubiese caído del cielo. De
cuando en cuando el aire, blando y perezoso, cargado de olores recogidos en los vecinos tomillares, traía á los oídos de la enamorada pareja como
jirones de canciones.
En el momento en que los dos amantes cruzaban el río por el puente de madera, sintieron detrás de ellos las pisadas de varias caballerías. Jinete en la que marchaba delante venía un hombre, á quien Magdalena conoció en seguida.
- Es el tío Saltamontes - dijo toda asustada.
Era, en efecto, el tío Saltamontes, el hombre
más cazurro y metijoso de toda la serranía. Se dedicaba á portear vino por las aldeas de la sierra,
y como acostumbraba á pasar por el puesto de La
Losera, más de una vez había traído á la joven recados del vaquero.
- Va á conocerme -- dijo la moza.
El tío Saltamontes, capitaneando su recua, estaba ya dentro del puente. Los amantes, en la imposibilidad de esquivar las miradas del arriero, no
pudieron hacer otra cosa que arrimarse lo más que
les fué posible al rústico pretil formado por troncos de árbol.
- ¡Buenas noches! - dijo el arriero.
- Buenas noches - contestó Vicente, mientras Magdalena procuraba ocultar el rostro.
- Se viene de paseo, ¿eh? ... Aquí da gusto,
¿verdad? Sin luz y sin moscas.. .
El hombre había detenido su cabalgadura.
- ¿Tiene usted por casualidad un mixto, buen
amigo? - dijo tratando de ver la cara de la joven.

- No fumo - respondió con tono impaciente
el mecánico.
- ¡Bueno!; tendré paciencia. En todo el camino no he podido fumar. Me dejé los mixtos en
el chozo de un pastor. .. allá arriba, en La Losera ... Ea, buenas noches y disimular. ..
Y sin decir más palabra, arreó á la mula. Pronto el tío Saltamontes y su recua fueron poco á
poco desapareciendo entre las callejas de los
huertos.
- Me ha conocido - pensó Magdalena.
Y siguió caminando hacia el lugar, silenciosa
y entristecida.

III
Después de aquel día, el amor, cada vez más
impetuoso de Magdalena, prescindió de toda prudencia. Para ella no había más que Vicente en el
mundo; lo demás le importaba poco. Se aseguraba
en el pueblo que más de un amanecer se había
visto al Madrileño saltar las tapias del corral de la
casa de la señora Juana.
A todo esto, la moza se desmejoraba con espantosa rapidez: los ojos le brillaban cada vez más,
parecían mayores, más expresivos, más hermosos;
pero las mejillas tenían el color amarillento de la
cera y los labios estaban marchitos.
Seguía trabajando en la fábrica, mas no abría
allí la boca ni para saludar á sus compañeras. A
la hostilidad de éstas, correspondía Magdalena
con indiferencia no fingida. Porque era lo cierto,
que en las largas horas de trabajo, mientras danzaban delante de sus ojos los cordones de colorines, su pensamiento vagaba muy lejos de los telares. Pensaba en él, en aquel hombre que la tenía embrujada y que no pagaba el cariño que ella
le tenía.
No eran pasados aun dos meses desde que
Magdalena hubo de hacerle generosa donación de
su cuerpo y de su alma, y ya el mecánico comenzaba á mostrarse tibio y hasta malhumorado con
ella. Dejaba algunos días de esperarla á la salida
del trabajo, y rara vez la aguardaba por las mañanas á la hora de entrar en el taller.
En tres días no le había echado la vista encima. Sin duda, Vicente esquivaba hablar con ella.
Y no era eso lo peor. Amigas bien intencionadas
le iban á menudo con el cuento de que el mecánico se pasaba las horas muertas en el cafetín de
la Rufa, una viuda fresca, ajamonada y todavía de
buen ver, que al oir los requiebros del Madrileño
se ponía tan melosa como los pasteles que servían
de banquete á las moscas del establecimiento.
Atormentada por los celos, martirizada por el
temor de perder el cariño de aquel hombre, al
cual se lo había sacrificado todo, ni dormía ni sosegaba.
- Vas á enfermar - le decía su madre, acon~
gojada al ver el cambio que en poco tiempo había
sufrido el semblante de su hija.
- ¡Mejor! ¡Ojalá me muera!
- Ese condenado de hombre ha debido de
darte algún bebedizo que te ha vuelto loca. ¡Maldita la hora en que vino á Pomareda!
- Ya le he dicho á usted, madre, que le quiero; que sin él, ni puedo, ni deseo vivir.
¿Y si te engaña? ... Ya oyes lo que dicen.

�- Aunque me engañe, aunque me insulte y
me pisotee, le querré siempre.
*

* *

Después de una noche de insomnio, saltó 1\fagdalena de la cama antes del amanecer; abrió sigilosamente la puerta de su casa y fué á plantarse
al pie del árbol secular, cuya copa enorme servía
de toldo á la plazuela en que la Rufa tenía instalado su cafetín. Empezaban á alegrar el cielo las
primeras luces de la mañana; en el frondoso ramaje del árbol cantaba un enjambre de pájaros;
la campana de la iglesia &lt;lió en lo alto de la torre
el toque del alba. Al cabo de pocos minutos de
espera, vió Magdalena abrirse la puerta del cafetín. Salió un hombre: era Vicente.

Sintió la moza que toda la sangre le afluía al
corazón. ¡Era él, el ingrato! ¡Y mientras ella pasa-·
ba la noche como en un lecho de espinas, pensando en el traidor, el infame descansaba gozoso
en los brazos de otra mujer! Nunca padeció dolor
tan agudo como aquel dolor que le atarazaba el
alma.
Temblando de cólera se destacó del árbol y
salió al encuentro de Vicente.
- ¿Tú aquí?- dijo frunciendo el ceño el electricista.
- Yo, sí; ¿qué te habías figurado? ¿Crees que
vas á poderme engañar como has engañado á
tantas?
- ¿Por qué dices eso?
- Si no te sirve disimular -- siguió Magdale-

na cada vez más exaltada-. Si te he visto salir
con mis propios ojos, de casa de esa.. . de esa.. '.
- ¿Qué de raro tiene - replicó el forastero - que haya entrado en el cafetín á tomar una
copa de aguardiente? Hoy tengo que ir temprano
á la fábrica ... ahí tienes por qué entré. . .
. - N'o, no te creo ... ¡Entrar á tomar el aguardiente antes de amanecer! ... Mentira, mentira.
- Y aunque lo sea, ¿qué? ... Ya me voy yo
cansando de tanta monserga.
- ¿Qué dices?
- Que estoy hasta por encima del pelo con
tus celos de todos 1os días. ¿Sabes lo que he pensado?
Miróle la joven con ojos de espanto.
- Pues he pensado, que para que tú no te
sofoques con mis faltas y á mí no me aburras más'
con tus sospechas . . . , pues cada uno por su lado
y si te he visto no me acuerdo.
Quiso hablar la moza, pero los sollozos ahogaron sus palabras, y como. anonadada por lo que
acababa de oir, se dejó caer en el asiento de piedra que rodeaba el árbol, y rompió á llorar.
Dió Vicente un paso con intención de alejarse; pero algo de lástima debió de escarabajearle
en el pecho ante aquel dolor tan hondo y tan sincero, porque, cambiando de intento, se sentó también en el banco, y rodeando con el brazo el talle
de la muchar.ha y acercando su cara á la de ella,
comenzó á decirle to9os aquellos dulces requiebros que bien sabía el taimado que llegaban al corazón de la afligida moza .
. - ¡Quita! ¡Déjame! - decía Magdalena, haciendo como que rechazaba las caricias con que
el galán trataba de secarle las lágrimas.
- Si ya sabes que yo sólo te quiero á ti. .. ¿Has
creído que por esa mujer podía yo dejarte? ...
P?rque lo has creído me he incomodado y te he
dicho lo que no sentía... Mírame; deja que me
vea en esos ojos...
Como el sol detrás de la lluvia, una sonrisa
iluminó el rostro de la joven.
- ¡Si fuera verdad! - suspiró.
- Tan verdad como esa es luz - afirmó el
forastero señalando el resplandor de la aurora -.
Te juro que si he entrado ahí ha sido para beber
una copa. .Mira - y le dió un beso en la boca ¿no te da el olor del aguardiente?
Estremecióse de placer la moza, y echando los
brazos al cuello del traidor, le dijo con apasionado
acento:
- Y aunque me engañes, te quiero y no puedo dejar de quererte.
Y pagó con usura los besos del galán.
·*
* *
Aquella mañana Magdalena, silenciosa como
de costumbre, saboreaba en el taller sus dulces
recuerdos, ajena totalmente á cuanto la rodeaba.
A veces sonreía, á veces sentía que los ojos se le
llenaban de lágrimas.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó Felisa, mientras Magdalena parecía mirar absorta el bailoteo
de los cordones en el telar.
No le pasaba nada; su genio era así; le gustaba
poco hablar...
- Pero si estás llorando - insistió Felisa.
- Calle, pues es verdad ... El polvillo sin duda

�de sangre. Y á aquella bocánada siguieron otras, y
de los cordones. Con él pican los ojos y lagar- la sangre salpicó los cordones que bailaban su
ganta... Yo desde que vengo á la fábrica toso acompasada danza, y roció el telar, y manchó el
suelo del taller, y empapó los vestidos de Felisa,
más .. .
- Oye lo que dice ésta - dijo una de las obre- que sostuvo entre sus brazos á la desfallecida
ras-, que el polvillo la hace llorar.
- De otros polvos vendrán esos lodos - saltó joven.
** *
la Morucha.
•
Una carcajada general comentó el dicharacho.
A puñados la llevaron al despacho del admi- ¡Cállate! - dijo la Felisa.
,
nistrador, en tanto que una mozuela echaba á co- ¡Callarme! - replicó la Morucha con des- rrer en busca del médico.
garro-. ¿Y por qué? La que quiera honra que se
Recostada en un diván, Magdalena respiraba
la gane. ¡Mucho orgullo antes ... y luego pucheros fatigosamente; un grupo de obreras, entre las cuales había algunas paliduchas y enfermizas, la miy dengues! ...
- Oye, ¿te he hecho yo algo para que te me- raba con estupor desde la puerta del despacho,
tas conmigo? - preguntó Magdalena con voz tem- y Felisa limpiaba de cuando en cuando los hilos
blorosa, encarándose con la deslenguada.
de sangre que se deslizaban por las comisuras de
- ¡Insultarte! Yo no te insulto; la que dice la los labios de la enferma.
- Habrá que llevarla á su casa - dijo el adverdad, ni peca ni miente.
- La que habla como tú es porque... ._ ·
ministrador, que en medio de la oficina no disi- Vamos á ver por qué - dijo la Morucha mulaba el mal humor que aquello le causaba.
poniéndose en jarras delante de Magdalena.
- ¡Ahí viene, ahí viene! - gritó entrando en
- Porque le rebosa la envidia, por eso...
el despacho, sofocada por la carrera, la muchachi- ¡Envidiao yo! ... ¿Y de quién voy á tenerla? lla que poco antes salió á buscar al médico.
A poco presentóse el galeno, un señor corpu¿De ti? ... ¡Ay, qué risa!
- Sí, de mí - replicó la hermosa joven cada lento de color cetrino y cuyos ojos, de duro mirar,
vez más exaltada. Envidiosa, más que envidiosa. á los que daban sombra unas cejas enormes, reve- ¡Queréis callaros! - gritó el jefe del taller laban inteligencia y energía. El cabello y la barque, metido en una garita de cristales, á un extre- ba eran canosos, y su aspecto más parecía el de
mo de la larga galería, garrapateaba números en un tratante que el de un hombre de ciencia.
- ¿Qué te pasa? - preguntó bruscamente á la
un librote-. A reñir á la calle.
Hubo unos momentos en los que no se oyó enferma, mientras le tomaba el pulso.
más que el repiqueteo de los telares movidos nerMagdalena, sin contestar, fijó en el médico una
viosamente por el vapor.
larga y ansiosa mirada.
- Vamos, ¿qué es lo que tengo yo que envi- Sí, haces bien; no hables. Estas me dirán ...
diarte? - dijo la Morucha en voz baja y fingiendo
Tres ó cuatro obreras trataron á un tiempo de
que solamente atendía á ordenar un montón de explicar lo que había P&lt;\sado.
madejas ... - Puede que te envidie la buena fama
- Que hable una sola - mandó el facultativo,
dominando con su vozarrón las voces de las muque tienes.
- Basta ya, mujer - dijo también por lo bajo chachas - . Habln. tú - siguió señalando á Fela Felisa.
- O será acaso tu novio .. . ó lo que sea... lisa.- Pues verá usted, señor: se puso á disputar
Bien te la está dando con queso ... Pregúntale á con la Morucha... por nada ... porque sifué ó por
la Rufa, otra que tal; pregúntale lo que dice si vino ... Cosas de mujeres. Claro, cuando una se
incomoda grita, y la Magdalena gritó, y cor, las
de ti. ..
:....... ¡Calla! - murmuró Magdalena haciendo es- voces debió de rompérsele alguna vena de lagarganta .. . y echó un poco de sangre.
fuerzos por contenerse.
- No me da la gana callar. .. Te has creído
- ¿Un poco nada más?
que el Madrileño iba á ser para ti. . . El ya sacó lo
- Un poco ... bastante.
que quería: ahora á otra... Y como guapa, vaya si
- ¡Como todas! - refunfuñó el médico. Y luego,
levantando la voz, preguntó á la enferma, poes guapa la Rufa.
- ¡Mientes! -- gritó Magdalena desencajada, niéndole la mano en el pecho-: ¿te duele aquí?
con el rostro encendido y avanzando amenazadoLa enferma hizo con la cabeza un signo afirra hacia la Morucha -. ¡Mientes, mala mujer, per- mativo.
- Papel y pluma - pidió, el médico.
dida!
Un golpe de tos le cortó la palabra.
El administrador se acercó á don Rufino, que
El hombre de la garita salió de su jaula y se este era el nombre del facultativo, y con tono medirigió hacia las contrincantes, echando pestes lífluo insinuó:
contrn ellas; acudieron también todas las obreras,
- ¿No Je parece á usted que estaría mejor en
mientras Felisa pugnaba por apaciguar á Magda- su casa que aquí?
lena, que entre golpe y golpe de tos, perdido todo
- Mejor que aquí en cualquier parte - conmiramiento, lanzaba á la Morucha cuantos insultos testó rudamente el médico.
- Yo lo digo - continuó el empleado de la
le venían á la lengua.
- Sí, mala hembra. ¡Y habla de fama la per- fábrica - porque en su casa podría acostarse...
- Usted lo dice - replicó el doctor - porque
dida! ... Yo he sido de un hombre, de uno solo ...
Pero tú, tú eres el desperdicio de todos los mozos aquí estorba . .. Ha dado ya á la fábrica cuanto tenía que dar, hasta su sangre ... Ahora, largo; á
del lugar.
De pronto palideció intensamente, se llevó las morirse á otra parte.
manos al pecho y sintió que se le llenaba la boca

siónL~~~j:sá ~e Magdalena adquirieron una exprer gica que antes El éd"
.
enmendar su brusquedad ct·· m ico, queriendo
car la voz:
' IJO procurando dulcifi- De esta no te mueres E
.
zón; aquí no estás b.
V . a, e1 senor tiene raNo te
A ien. amos á llevarte á tu casa
ver' (qui
. "é11 qmere
.
mano? muevas.
echar una·

refrenar sus imrres·
lor, abalanzóse a I g~~1p1~s, Dsuet 1,e manifestar su doo ·t
1
. e uvose la gente· d
p si aron as conductoras 1 ·11
' eangustiada madre se abra:ós1 af ~n ~11 sudelo, y la
dalena.
. ue o e Mag-

- Yo, yo - gritaron á una todas las obreras
Tú -é?t~e se acerquen las cuatro mejores mozas:
sill/ Así k:isrras dos ... Eso es. Levantad la
agu~ llen~ has~ lo~i~n: que lleváis un vaso de
marse ni una gota. An~a~¿¿_' que no ha de derra-

ia d;bi~~: de ~~s ;ntrañas! - gritai;&gt;a cubriéndodada ara mi . i • u 1 pena tan grande estaba guarmi vida~ ·D1·osve1~z. ¿Dqué te ha pasado á ti, luz de
• 1
mw 10s míol Q é h h
para que me casti, ues d
. ( u e echo yo
Magdalena háblam~e _ese modo? ¡Háblame,
Don R~fino
' que 01ga yo tu voz!
simular su em'o~fómentando su aspereza para diJuana:
n, se encaró con la señora

*

callars~º primero que tiene usted que hacer es

Y fué cosa triste de
.
gría luminosa de una
;!er, en med_w de la alegrupo que lentamen;anana de Septiembre, aquel
pasos, iba ~alva d
e
par~ndose cada veinte
1
fábrica de las e;pfn~~a~i~t~f ~ ª 1que separaba la
Con el rostr
.. a e1ue ~s del lugar.
de a ngustia 1/ ~r-angue, los tristes ojos llenos
sobre la faldr ~ ~nfas manos de cera cruzadas
cuatro de
, ag ~ ena, llevada en la silla por
enca·ada sus c~mp~neras, parecía aún más desJ
y dolorida a la cruda luz del sol M h
. are ab a á su lad l éd"
do los movfr:ie:o
~eñudo el rostro, vigilanpos de la enferma s e as mozas, y seguían en
cuales i·b
.
las obreras de la fábrica á las
an mcorporánd
. '
encontraban al paso.
ose cuantas mu1eres se

- ¡S! es mi hija!
- ¡Silenciol Por
..
reprimirse ... ¡Pues ~:t~ :ti!u hiJa de usted debe
dée de ese modo!
para que se la zaran.
· · · · ·E
1 a, en marcha!
s
ushtuyó la señora J
á
·
el cortejo, silencios
~ana . un_a de las mozas y
marcha.
o y tnste, s1gmó lentamente su

* *

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ICJ,

sar Alguien
á la e!. sin duda
J
' lm b O d e adelantarse á avidesaforads nora uana. La pobre mujer, con los
con que ¡°s ademanes, los sollozos y los gritos
a gentP. del pueblo, no acostumbrada á

Llegaron
•
enferma
do áRlafi casa, y mientras
acostaban á la
- L;rgon to~ n~ se plantó en la puerta y gritó:
guna falta.
o e mundo. Aquí no hacéis nin-

*

*

*

Magd
nos Cuando
blanco que
s a¡ena ~uedó ya en su lecho, mele aplicaron I
u car~ e azucena marchita, y se
co, \a señora %:::::~fóºl~~nnatousfi por el rnédimet1e ndo volver había b . d 0 I
no, que promaranchón y est' b
ªJª a escalera del caa a ya en el portal.

�-Dígame, por Dios-sollozó con acento suplicante la madre-: la encuentra usted muy malita,
¿verdad?
- Muy mala; sí, muy mala.
- ¡Hija de mi alma! - gimió la anciana.
- Pero no hay que desesperarse del todo.
Si no le repite el vómito de sangre ... puede .. .
puede ... Ella es joven ... En fin, lo que hace
falta es cuidarla mucho.
En los ojos llorosos de la pobre mujer brilló
un rayo de esperanza.
·
¡Cuidarla! Aunque tuviera que dar su sangre
toda por su hija, aunque fuera necesario no comer
ni dormir.
- Pero usted me la salvará. ¿Verdad que
me la salvará usted?
Y trataba de besar las manos del doctor.
- Basta de lagoterías. Vuélvase á la cabecera
de su hija, que no hable con nadie y haga usted
cuanto la he dicho ... ¡Ah! Y aunque la vea usted
mejorada, cuidado con dejarla volver á los talleres. . . Allí está la muerte.
Y sin decir más palabra salióse cejijunto de la
casa.
- ¡Esta condenada fábrica-refunfuñaba conforme se alejaba por la calle arriba - va á acabar
con toda la juventud de Pomareda!

IV
Dos meses llevaba Gaspar, desde que estuvo
en el pueblo, pastoreando reses por los vericuetos
&lt;le la sierra. Semanas enteras se le pasaban sin ver
más alma viviente que el mozuelo que le servía
&lt;le zagal. Al mediar Septiembre volvió con el ganado á los altos del puerto de La Losera.
Llámase así una gran meseta que sirve de paso
entre el valle formado por el Povares y el que
riega el Breffalar, río que baja despeñado desde
11110 de los más empinados riscos de la cordillera.
La meseta, limitada por altas cumbres cubiertas
de nieve, tiene de largo, entre las dos vertientes,
media legua bien medida; su anchura no es mucho menor. Cuando, después de fatigosa subida,
desde cualquiera de ambos valles llega el viajero
á aquella extensa llanura, le parece que se encuentra fuera del mundo. Solamente el zumbido
&lt;le algún insecto ó el piar de algún pajarillo interrumpe el silencio de aquellas alturas. Matojos de
retama cubren á trecho~ el suelo, tapizado de
hierba salpicada de florecilias carmesíes, semejantes á gotas de sangre. En el centro de la planicie
un grupo de peñas enormes, caprichosamente
amontonadas por algún cataclismo geológico, hace
pensar en las ruinas de un castillo ciclópeo.
Según refiere la gente del país, aquellos peñascos fueron durante mucho tiempo apostadero
desde donde partidas de bandoleros solían esperar á los caminantes que cruzaban el puerto para
ir del uno al otro valle. Después de cometidas sus
fechorías, los ladrones ·escapaban con el robado
botín á ocultarse en las cuevas de los montes vecinos. La. Guardia civil, allí, como en todas partes, acabó con los salteadores, y ahora, en las
quiebras de los colosales peñascos, teatro en otro
tiempo de escenas de rapiña y homicidio, tienen
sus majadas los pastores, y allí tenía la suya Gas-

par, mientras su vacada pastaba, esparcida, por la
extensa llanura.

***
Aunque muy entrado el día, los rayos de sol
no habían logrado penetrar la masa de nieblas que
gravitaba sobre La Losera. Sentados en el hueco
de una peña Gaspar y su zagal, envueltos en sendas mantas, se calentaban ante una enorme fogata.
Muy contento estaba aquel día el vaquero;
como que tan sólo tres leguas le separaban de Pomareda, y para San Miguel, como quien dice mañana, vendría otro pastor á hacerse cargo del ganado, y él, Gaspar, bajaría al pueblo y en él viviría y podría ver á todas horas á Magdalena.
- Tú no la conoces - le decía al zagal. Pues
hazte cuenta de que es . .. ¿Has visto la Virgen
de la Peña con aquellos ojos tan grandes y tan serenos y aquella cara tan fina y aquel pelo tan reluciente?. .. Lo mismo es ella. ¿Y cuándo habla? ...
No parece sino que aquella voz se le mete á uno
en lo más hondo del corazón . . . Ya verás cuando
me case, porque tú tienes que irá mi boda. Allá
para Junio, cuando verdée todo el valle y haya
flores hasta en las lindes de los caminos ... De
Septiembre á Junio, justo, nueve meses ... ¡Dentro de nueve meses! ¿Te parece poco? Una eternidad me parece á mí. Aquel día verán los mozos
de Pomareda si tiene rumbo Gaspar el vaquero.
El zagalillo oía arrebujado en su manta, sin
gran sorpresa, la charla del pastor. Durante tres
meses, la conversación de Gaspar venía á caer
siempre sobre el mismo tema.
Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado el
vaquero dándole que le das á aquellas dulces esperanzas, si no le hubiese interrumpido ruido de
pisadas y el tintinear de cascabeles de una recua
cuyos q:mtornos, esfumados por la niebla, se destacaban fantásticos cual si flotasen en el espacio.
Tirando del ronzal delantero, como si llevase á rastras á toda la reata, caminaba el tío Saltamontes.
Al verlo, se levantó de un salto Gaspar y se
plantó delante del arriero.
Paróse asustado el tío Saltamontes, y las mulas siguieron su ejemplo.
- ¡Eh! ¿Quién va? - preguntó con voz temblorosa.
- No se asuste usted, tío Saltamontes; soy yo,
Gaspar.
- ¡Ah!, eres tú - contestó respirando fuerte
y ya tranquilizado el arriero - . Como esas peñas
tienen tan mala fama y te vi salir al camino tan de
repente ... Y luego con esta niebla ...
- Pues ya se pasó el susto.
- Hombre, tanto como susto...
- Lo que haya sido ... Ahora véngase aquí,
junto á la hoguera; beberemos un trago y echaremos un pitillo.
- No vendrá mal lo uno ni lo otro - contestó
el tío Saltamontes.
Y poniendo debajo de un pedrusco el cabo del
ramal de la mula delantera, fué• á sentarse cerca
al fuego.
Sacó Gaspar del hueco de una peña una panzuda bota de vino; bebieron los dos hombres y el
muchacho; ofreció el vaquero la petaca al tío Saltamontes; liaron ambos dos cigarros tamaños corno

trancas, y echando humo por bocas y narices, entablóse entre los dos hombres el siguiente diálogo.
** *
- ¿Y qué hay por Pomareda, tío Saltamontes?
Miró el arriero el cigarro como si en él estuviese escrito lo que había de contestar, dió una
chupada á la tranca, soltó una bocanada de humo,
y dijo:
- Haber... hay de todo, malo y bueno ... ;
menos bueno que malo.
- Usted ya sabe por lo que yo le pregunto.
- Mira tú si no voy á saberlo. . . Pues sobre
ese particular. .. la verdad, lo que puedo decirte... así como para alegrarte... no lo es.
Pintóse viva ansiedad en el rostro del vaquero.
- La Magdalena.. . - siguió el tío Saltamontes - porque tú, por quien preguntas, es por la
Magdalena.
Afirmación enérgica de Gaspar.
- Anda malucha y alicaída de algún tiempo á
esta parte. ¡Se ha quedado la pobre muy desmirriada después del vómito de sangre!
Levantóse el vaquero como movido por un resorte.
¿Que Magdalena había echado sangre por la
boca? Estaba, según eso, muy mala; porque bien
se le alcanzaba á él que vomitar sangre era de lo
r1eor que podía pasarle á una persona.
- ¿Pero tú no sabías? - preguntó algo turbado el tío Saltamontes.
¿Cómo había de saberlo? En cuatro meses
aquellas eran las primeras noticias que llegaban
hasta él de lo que sucedía en el pueblo. ¡Magdalena tan enferma, quizás en peligro de muerte, y
él tan tranquilo, tan descuidado, tan contento! ..
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se dejó
caer en la hierba.
Hubo una larga pausa. Después, limpiándose
el llanto con el dorso de la velluda mano, preguntó con voz enronquecida:
- ¿Y cómo fué?
- Desde que entró en la fábrica empezó á
desmejorarse... Según se suena, el oficio aquel es
poco sano. . . y luego que tuvo allí no sé qué trifulca con otra moza... Nada, que se le subió la

sangre á la cabeza... Pero ahora - se apresuró á
decir el arriero - ya parece que está mejor.
¡La fábrica, la maldecida fábrica! ¡Si se lo daba
el corazón! No era Magdalena la primera moza que
dejaba allí su salud.
- Después de todo - siguió el tío Saltamontes, parándose á cada palabra-, el que Magdalena esté mejor ó peor, á ti debe de importársete
poco.
- ¿Por qué dice usted eso? - preguntó Gaspar, mirando fijamente al arriero.
- Lo digo porque ... la Magdalena, esté buena
ó mala, no es para ti.
- Para mi ha de ser por encima de todo.
- Eso... allá tú... Pero me parece á mí que
ella es de otro pensar.
Se levantó el pastor, y dando un paso hacia·el
tío Saltamontes, y con una cara que daba miedo,
le dijo:
- Hable usted.
- Si te pones de ese modo...
- Le he dicho á usted que hable.
- Pues digo que la Magdalena anda enamoriscada de otro. Por él fué la riña de la fábrica.
- ¡Miente usted! - gritó furioso Gaspar -.
¡Miente usted, miente usted! - y extendió hacia
el cuello del tío Saltamontes sus manos amenazadoras.
El zagal, encogido junto á la hoguera, miraba
espantado al vaquero. Por su parte, el tío Saltamontes, entre mohíno y asustado, se había puesto
en pie.
- La culpa la tengo yo - dijo, acercándose á
sus mulas, que echaban bocanadas de vaho, dando la impresión de bestias que fumasen.
Reprimió su cólera Gaspar, y suavizando en lo
posible la voz, habló al tío Saltamontes.
Un pronto lo tenía cualquiera. Al oir aquello
de Magdalena se le alborotó la sangre. .. Ya pasó.
Algún calumniador le dió sin duda al arriero la
falsa noticia... ¡Hay tantas malas lenguas en el
pueblo!
- Lo que han visto mis ojos no tenía que contármelo nadie.
- ¿Y qué es lo que usted ha visto? - interrogó Gaspar, con la voz alterada de nuevo.

�- He visto - respondió el tío Saltamontes á la l\lagdalena y á uno de la fábrica que le llaman
el Madrileño, salir, ya muy entrada la noche, del
robledal de la fuente del Almendro cooidos de la
. tura ... ; y para m1, que se besaban..."'
cm
Rugió como fiera herida el vaquero.
- Mire usted lo que dice, tío Saltamontes...
Mire usted que si eso fuese verdad ... á alguien va
á costarle la vida.
- Pregunta en el pueblo... No se habla de
otra cosa...
Y después de estas palabras, el tío Saltamontes echó á andar tirando de su recua.
- Escuche usted lo que le digo - gritó Gaspar -. Pronto he de saber si es cierto lo que usted me ha contado. ¡Ay de usted si me ha mentido!
Y mientras al arriero y sus mulas se desvanecían entre la niebla, el pastor, volviéndose al zagal, le dijo:
- Al cuidado de las reses te quedas. No sé
cuándo volveré, ni si volveré siquiera.
Y sin esperar contestación tomó á grandes pasos el camino de Pomareda.

***

No tardó cuatro horas Gaspar en
recorrer la distancia que media entre
el alto de La Losera y el pueblo. Durante su rápida caminata, un revoltijo confuso de odios, tristezas y dolores
hervía en su cerebro enloquecido. Conforme bajaba por la falda de la montaña iba apareciendo ante sus ojos el
hermoso valle iluminado por el sol;
pero en su alma traía él todas las nieblas de la sierra.
Al llegar cerca del poblado se ten7
tó la faja, como requiriendo un arma.
No llevaba ninguna; ni siquiera había
cogido su cayado. ¿Qué le importaba?y se miró con expresión feroz las manos grandes, duras, callosas, hechas
á derribar reses bravas y estrangular
lobos hambrientos.
¿Que estaba enferma Magdalena?
Castigo de Dios debía de ser por su
traición. Después de lo pasado, ¿qué
se le daba á él de que la ingrata viviera ó muriera? ... Pero nada de esto le brotaba del corazón ... El temor
de que ella pudiera morir, era como
un clavo candente hincado en su cerebro.
Atraído por fuerza irresistible 1 fué
disparado como piedra por la ho nda,
á la casa de Magdalena.
¡Oh, cómo le latía ei corazón al
acercarse al portal enjalbegado de
blanco. Ni cuando en las noches de
invierno vió brillar en la obscuridad,
á dos pasos de distancia, los ojos de
fuego de los lobos, hubo de experimentar agitación semejante á la que
en aquel momento sentía.
Llegó á la casa y se asomó tímidamente á la puerta; en el fondo del
portal, sentada al pie de la escalera por
donde se subía al camaranchón que servía de alcoba á Magdalena, la señora Juana cosía. ¡Qué envejecida estaba la pobre mujer! El dolor había borra. do su antigua expresión de energía; sus mejillas
enflaquecidas mostraban hondos los surcos del
llanto.
- ¡Señora Juana! - llamó el vaquero en voz
baja.
Levantó la mujer los ojos, y en su rostro se
pintaron súbitamente el espanto y la sorpresa.
- Vete - dijo la anciana.
- ¿Cómo está Magdalena?
- Vete, por Dios; vete que no te oiga.
- Dígame usted si está mejor. .. Mire usted
que yo no puedo resistir esta angustia. ¡Tenga usted compasión de mí!
- No está peor; vete.
- ¿Con quién habla usted, madre?- dijo una
voz débil desde el camaranchón, voz que Gaspar
tenía bien conocida.
- Con el señor Juan, el vecino, que me ha
preguntado por ti, al pasar.
- Me engaña usted, madre... Le he conocido: es Gaspar; que no entre, que se vaya...
- ¡ Lo estás viendo! - murmuró la señora
Juana, mirando irritada al vaquero.

- Adiós - gruñó d pastor, y salió restregándose, con furia, los ojos llenos de lágrimas.
***

Después de recorrer sin rumbo los alrededores del pueblo, volvió á entrar en él y fué á dar
con su persona en la plaza.
Una fuente de piedra, adornada con grandes
bolas y rodeada de ancha pila, en que se abrevaban mulas y bueyes, constituía, al caer de la tarde,
el centro de atracción de toda la juventud..de Pomareda. Junto á la fuente eran las citas de las muchachas con sus novios; allí se comentaban los sucesos del lugar, se
concertaban las
rondas, se despellejaba á los ausentes, y hasta se ventilaban á puñetazo
limpio y á repelones de moño, las
rencillas de los mozos y los piques de
las mozas.
Anochecía ya
cuando Gaspar entró en la plaza. A
aquella hora, terminadas las faenas
de la jornada, acudía al mentidero,
según costumbre,
la gente joven del
lugar. Varias muchachas casaderas,
mientras se llenaban sus cántaros,
charlaban ó retozaban con sus galanes; en diversos grupos, algunos hombres hablaban de
los incidentes del trabajo, de sus amoríos ó de sus
pendencias.
En el centro de uno de aquéllos, Vicente el
electricista llevaba la voz cantante. Jactancioso y
dicharachero, alardeaba de sus triunfos amorosos,
entre las risotadas de sus oyentes.
Uno de éstos hubo de hablarle de sus relaciones con la Rufa. .
- Esa - dijo el Madrileño con tono chulesco-, tiene también lo suyo.
- Anda alabándose - dijo otro del corro de que te vas á casar con ella.
¡Casarse él! Esas eran voces que hacían correr
los pavos... Lo del casorio se lo creen las mujeres en seguida ... También se lo creyó la Magdalena; pero él. .. de verano.
- La Magdalena - saltó el que había hablado primero - no está para bodas. Ya no es ni su
sombra de lo que fué en otro tiempo...
- Sí que era una gran mujer - afirmó el Madrileño.
- Eso nadie _lo sabe mejor que tú - apuntó,
guiñando maliciosamente el ojo, otro de los mozos.
Lisonjeado en su vanidad de conquistador, el
mecánico entró en explicaciones.
Pero fué el caso, que cuando más se regodea-

ba el libertino contando los íntimos pormenores
de sus entrevistas amorosas con Magdalena, destacóse de entre el pelotón de oyentes un hombre,
á quien Vicente no había visto en su vida.
- Tú no me conoces - dijo el tal con voz
ronca y acercando su cara á la del Madrileño.
Sorprendióse éste un tanto; pero repuesto al
punto, respondió con sorna:
- No tengo ese honor.
- Pues vas á conocerme m1,1y pronto.
Los tertulios todos de la fuente, presumiendo
que allí iba á pasar algo muy serio, formaron ancho círculo en derredor de los dos rivales.

- Yo soy un hombre - dijo Gaspar - que te
va á patear les hígados; granuja, hijo de mala
madre.
Echóse atrás el forastero buscando algo en el
bolsillo interior de la chaqueta; pero antes de que
hubiese tenido tiempo de sacar el arma, cayó sobre su cara la mano del vaquero, con tal fuerza,
que el electricista hubiese rodado por el suelo á
no r~cibir en el otro carrillo segunda bofetada, tan
formidable como la primera, que le hizo recobrar
el equilibrio.
Rugiendo de rabia y echando espumarajos sanguinolentos por la boca, Vicente dió dos pasos
atrás, y sacando una navaja, se lanzó sobre el vaquero.
Sonó un alarido en la plaza; las mujeres echaron á correr gritando: • ¡Que se matan!&gt;, y los
hombres, sin atreverse á intervenir, contemplaban entre espantados y complacidos la brutal contienda.
Esperó Gaspar la acometida de su contrario,
esquivó con agilidad el golpe, y cogiendo con un
rápido movimiento la muñeca del electricista la
retorció de suerte, que el chulo, profiriendo una
blasfemia, soltó la navaja. El brazo que la sostenía
quedó dislocado é inerte á lo largo del cuerpo.

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¿ ,J-'•::=-.:

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Negóse débilmente la madre; ·insistió la hija y
al cabo la miseria pudo más que el amor maternal. Magdalena volvió á la fábrica.
Cuando lo supo el médico, soltó la interjección
más enérgica de su repertorio y aseguró que si le
llamaban para asistir á la moza, no volvería á verla, aunque le llevasen á rastras.
** *
Aprovechando las horas en 4.ue la joven estaba
en el taller, entró una tarde Gaspar en casa de la
señora Juana.
-Esto no puede seguir - decía entre furioso
y compungido-. Don Rufino lo asegura siempre
que me ve.. «La fábrica la mata. &gt; Va á ponerse
peor, á morirse acaso, y usted tendrá la culpa. Por
Dios , señora Juana, dígale usted á Magdalena
que yo, á pesar de todo, la quiero más que á
mi vida... Agua pasada. . . Dígale que no pido
que corresponda á mi cariño; que sólo la pido que
se case conmigo para que pueda yo trabajar por
ella. Ya sab~ usted que el amo me cumplió su palabra ... Se lo juro á usted: como una reina estaria en mi casa.
Harto deseaba la señora Juana que su hija accediese á lo que Gaspar pretendía; pero á Magdalena era imposible hablarle de aquello. Cuando su
madre le insinuó la pretensión del pastor, «Primemuerta•, contestó. No quería vt&gt;rle ni oir hablar de él siquiera. Viniendo de Gaspar, ni la salvación de su alma aceptaría.

"º

*

Sin reparar e n que su contrario no podía ya defende rse, el pastor, enardecido por la lucha, se
precipitó sobre el Madrileño y le descargó una
lluvia de golpes. Rodó el forastero por tierra, y
aun teniéndole derribado, siguió golpeándole Gaspar con saña y furor crecientes.
- Déjale ya - gritaban los del corro-. Vas
á matarle.
Como muerto estaba, en efecto, Vicente, ensangrentado é inmóvil. Al darse cuenta de ello e l
pastor, se echó atrás, le miró un momento, y después, encogiéndose de hombros, salióse del con-o,
cruzó la plaza y se alejó del pueblo.
V
Pronto corrió por el lugar la noticia de la reyerta. A decir verdad, no hubo e n Pomareda un
mozo siquiera que no se regocijase del vencimiento del electricista. «Bien empleado le estaba. ¿Qué
se habla creído, que no había en el pueblo quien
fuese capaz de bajarle los humos?&gt; Lo mejor que
podía hacer ahora era tomar soleta. Si seguía en
el lugar, hasta los chiquillos acabarían por meterse con él.
Así debió de comprenderlo Vicente. En cuanto
se sintió un tanto repuesto de la soberana tunda
que hubo de administrarle Gaspar, con unos cuantos dientes de menos, estropeado un ojo y hecho,
en fin, una lástima, sin decir oxte ni moste, se afufó
del pueblo y jamás volvió á vérsele en Pomareda.

*

* *

La ausencia, ó más bien la fuga del forastero,
fué un golpe terrible para la pobre Magdalena. Le

seguía queriendo á pesar de todo; le quería tanto,
que ni al sacrificio de su honra daba valor. Se olvidaba de sí misma para no pensar más que en el
:Madrileño. Si á la joven no le hubieran faltado las
fuerzas, habría abandonado madre y hogar para
correr detrás de \'icente y seguirle hasta el fin
del mundo. Y allá, en su triste camaranchón, que
ahora le parecía horrible cárcel, se pasaba llorando las horas muertas.
IIacia Gaspar sentía odio de muerte. El era el
causante de su desgracia, él quien había destruido
sus esperanzas todas ... hasta su deseo de vivir. Que
no le hablasen de aquel hombre aborrecible: era
un criminal que, á traición, de seguro que á traición, había maltratado y casi asesinado á Vicente.
Y pasaron días. ¡Qué tristes los de aquel invierno! Sus fúnebres nieblas pesaban como losa
de plomo sobre el corazón de Magdalena... ¿Quién
vería brotar las flores de la primavera próxima?
La señora Juana pasaba casi todo el día fuera
de su casa. Era preciso ganar la vida, y la pobre
mujer no se daba reposo en la dura tarea de procurar para ella y para su hija algunos céntimos.
- Madre - le dijo un día la moza-, quiero
volver á la fábrica.
- ¡Estás loca! ¡A la fábrica! No te acuerdas de
lo que nos tiene dicho el médico.
¿Qué sabía don Rufino? Mejor que metida
entre las cuatro paredes de su casa, siempre á
solas con sus recuerdos, estaría entre sus compañeras. Por lo menos se distraería ... Además, ya se
sentía casi bien.
- Y luego, madre, que, bien lo veo, se está
usted matando á trabajar y con lo que gana no podemos vivir.

'* *
A todo esto, ya no era ni sombra de lo que fué:
la enfermedad iba día por día y hora por hora
devorando todas las perfecciones de su cuerpo,
poco antes tan apetitoso y tentador. No había ;a
ni turgencias en su seno, ni rosas en sus mejillas,
ni redondeces en sus caderas. Su cuerpo, marchito, parecía presentir las caricias de la muerte.
Por esfuerzo poderoso de su voluntad seguía
acudiendo al trabajo; pero sólo ella sabía cuánto
de angustia le costaba ir desde su casa á la fábrica, y, sobre todo, subir la escalera de los talleres.
- ¡Pobrecilla!- pensaba laFelisa-,¡qué malita está!
- ¡Esa - decía por lo bajo la Morucha, mirándola siempre con ojos rencorosos - no llega á
pájaros nuevos!
Asi pasaron algunas semanas.
Una mañana, una triste mañana, en que va1le y sierra aparecieron amortajados por una inmensa sábana de nieve, sintió Magdalena al levantarse que le faltaba aire para respirar. Quiso dar
voces y no pudo; trató de bajar la escalera, y las
pier?as le flaquearon y cayó al suelo, casi sin
sentido.
Al ruido del golpe subió la madre.
- ¡Hija, hija de mi alma! - clamó la señora
Juana-; ¡no me oye, no me contesta! Y abrió la
ventana y pidió socorro á gritos.
Acudieron algunas vecinas, y entre todas acostaron á Magdalena. La madre, d esesperada y sollozante, echó á correr en busca del médico.
- ¡Eso! - dijo don Rufino - ; estas imbéciles
no se acuerdan de Santa Bárbara hasta que truena. Cuand~ las cosas no ~ienen remedio, que venga el médico; y el médico es tan bruto, que se

cala el sombrero, coge el bastón y allá va, á remediar lo que no tiene remedio ... Eche usted adelante. Y refunfuñando y diciendo horrores contra
la fábrica, y los obre10"-, y el mundo entero, se dirigió á casa de Magdalena.
Al verá la e nferma su rostro se dulcificó. ¡Pobre
flor tronchada! Después, recobrando su aspecto
malhumorado, murmuró de modo que pudo oirle
alguna de las comadres:
- ¡A buena hora! Siempre pasa lo mismo...
¡Como si uno tuviera el don de hacer milagros! Y luego, dirigiéndose á una viejecilla, la dijo en voz
baja:
- Aquí no hace falta el médico. A quien han
debido ustedes llamar es al cura.
*

* *
Ya entrada la noche, sonaron en la vieja torre
de la iglesia las campanadas anunciando que se
iba á dar el Viático á un enfermo. Aquella voz de
bronce, que venía de lo alto, la misma que hacía
veinte años saludó el bautizo de 1fagdalena, y la
que, al día siguiente, había de doblar por su entierro, puso en conmoción á todo el vecindario de
Pomareda.
-Es la señal del Viático.-Van á dar el Señor
á L'l hija de la señora Juana. Y todas las mujeres
de Pomareda, tocándose apresuradamente con sus
mantillas, acudieron á la iglesia.
Ya reunidas las mujeres, las puertas del templo se abrieron de par en par. Apareció primero
un hombre con un farol, detrás el sacerdote, que
abrigaba entre los pliegues de su capa de brocado
el Copón con la Sagrada Forma, y á su lado un
monagu~llo con blanca sobrepelliz, agitando una
campamlla. Detrás, el grupo de acompañantes con
cirios encendidos en las manos; que daban á los
rostros un color como de sangre, murmuraba confusas oraciones.
El lúgubre cortejo atravesó lentamente la explanada que se extiende delante de la iolesia. La
.
.
"' pero la
meve
amortiguaba
el ruido de los pasos;
campanilla, sonando sin interrupción, marcaba el
camino que seguía la comitiva al través de las tortuosas callejuelas del pueblo.
Al llegar á la casa de la enferma, alauna de las
mujeres que formaban en el cortejo crtyó ver cerca de la puerta á un hombre que sollozaba hincado de rodillas.
*

* *
Entraron cura, acólitos y acompañamiento en
la vivienda de la señora Juana, ilumináronse las
v~ntanas de la alcoba de Magdalena y transcurrieron algunos minutos solemnes.. . Volvió á
sonar la campanilla, reflejáronse de nuevo las luces de los cirios en la nieve y la triste procesión
se alejó lentamente, con leve murmullo de oraciones.
En la calle quedó solo Gaspar, fijos los ojos en
las ventanas, por cuyas rendijas se escapaba tenue
resplandor. De cuando en cuando se acercaba á la
puerta y aplicaba el oído: reinaba dentro de la
casa fúnebre silencio, interrumpido á veces por
roce de faldas y discreto ruido de pasos, sin duda
los de Felisa, que en compaiiía de la señora Juana velaba á la enferma.

�- Apareció un bulto en lo alto de la c;alle: era
el médico.
- ¿Qué haces? - preguntó al pastor.
- No me dejan entrar.
- Ven conmigo.
- No quiere ella. ..
Don Rufino penetró en la casa. Poco después
salió. Acercósele Gaspar.
- ¿Como está? - preguntó ansiosamente.
- Caso perdido... Se empeñó en volver á la
fábrica y la fábrica la mata, como ya ha matado á
otras, como matará ¡quién sabe á cuántas! ...
- ¡Oh, la fábrica! - rugió el pastor, dirigiendo una mirada colérica á la alta chimenea que se
destacaba negra en medio de la noche, esclarecida por el reflejo pálido de la nieve.
- Sí - siguió el médico-; ella envenena la
sangre y la vida de la gente moza; con sus máquinas tritura los cuerpos; con la gente forastera que
ella nos ha traído, las honras y las costumbres; con
sus desperdicios empozoña el aire... Hasta el cielo mancha con sus bocanadas de humo...
Y se alejó murmurando todavía violentos apóstrofes.
*

taba la cruz, con su delgada cadenilla de metal,
que durante años había acariciado el seno florido
de Magdalena.
- Gracias - murmuró la enferma; y apretand0 la cruz contra sus labios, la besó, la besó .. . y
su último beso fué también su ú ltimo suspiro.

El [usnto Ssmanal

***
Entonces oyó Gaspar desde la calle sollozos.
gritos, pasos precipitados. Se acercó el pastor al
umbral. Abrióse la puerta, y F elisa, con voz entrecortada por el llanto, le dijo:
- Ya puedes entrar. '

***

A la noche siguiente, cuando dormía Magdalena su último sueño• en un rincón del camposanto~
y mientras la nieve caía lenta y silenciosa, un
hombre se acercó á los muros de la fábrica. Durante largo rato estuvo vagando en torno del edificio, yendo de una á otra de las rejas del sótano,
en donde estaban. almacenadas las mercancías. De
cuaritlo en cuando•, brillaba en sus manos una luz.
Luego echó á andar, v0lviendo á menudo la.
cabeza para contemplar el sombrío edificio.
* *
Aun no había andado medio kilómetro cuand0
Siguieron deslizándose lentas las horas de se detuvo, y en su semblante se pintó una expreaquella noche trágica. La casa de la señora Juana sión extraña de gozo salvaje. De la planta baja de
continuaba sumid:t en profundo sikncio, y el in- la fábrica se escapaban rojas llamaradas, que bien
cierto resplandor de la habitación de la enferma pronto se convirtieron en formidable hoguera. Las
seguía filtrándose por las rendijas de las ventanas. llamas se elevaron al piso superior, brotaron por
Inmóvil, blanca como la cera, Magdalena hu- las altas ventanas, coronaron el techo con diadema
biera parecido muerta á no ser por la agitada res- de fuego y se extendieron en derredor de la alta
piración que se escapaba de sus labios entreabier- chimenea, que elevaba su roja silueta entre el
tos. A uno y otro lado de la cama, la señora Jua- humo y las chispas del incendio.
Gaspar, sentado en lo alto de una peña, con
na y la Fefüa contemplaban angustiadas aquel suelos codos en las rodillas v la cara entre las mano~
ño precursor de la muerte.
La enferma abrió los ojos, cogió las manos de miraba con expresión feioz el incendio que alumsu madre y con voz débil, que parecía venir de braba el lugar y el valle con claridad semejante á
la del día... Luego oyó la campana de la iglesia
allá, de regiones desconocidas, dijo:
- Madre, busque usted en el arca ... una que llamaba apresuradamente y como loca á la gencaja... saque usted mi cruz, la cruz de plata que te del pueblo desde lo alto de la torre ... Después.
usted me puso al cuello el día de mi primera co- llegó hasta sus oídos confuso griterío y vió, al resplandor de las llamas, el hormiguero humano que
munión.
La señora Juana escarbó con manos febriles en se agitaba en torno de la hoguera.
- ¡Gritad, gritad - decía el pastor agitand0
el arca que guardaba la ropa de su hija.
· - Aquí está - dijo, enseñando una caja cui- sus puños amenazadores.-: ni ladrillo sobre ladadosamente atada con una cinta. La abrió: flores drillo, ni piedra sobre piedra!
Y lanzando carcajadas que tenían algo de somarchitas, una estampa, un rizo de cabellos... los
restos sin valor de una historia de amores. Allí es- llozos, echó á, co-rrer hacia las cumbres de la sierra.

UIENDO Lfl \/IDfl
==

NOVELA DE fELIFE

S.A.SSONE

=

CIONES DE /V\ENÉNDEZ

•¡

Febrero 15 de 1()08.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía. Imprenta de )osé Blassy Cía., San Mateo 1, Madrid.

ILUSTRA-

•

-30

Csnts.

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