<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20207" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20207?output=omeka-xml" accessDate="2026-07-02T08:45:43-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16576">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/426/20207/El_Cuento_Semanal_1908_Ano_2_No_69_Abril_24.pdf</src>
      <authentication>e3c32f82deab3dd63d0ea475f679e402</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="562698">
                  <text>- Apareció un bulto en lo alto de la c;alle: era
el médico.
- ¿Qué haces? - preguntó al pastor.
- No me dejan entrar.
- Ven conmigo.
- No quiere ella. ..
Don Rufino penetró en la casa. Poco después
salió. Acercósele Gaspar.
- ¿Como está? - preguntó ansiosamente.
- Caso perdido... Se empeñó en volver á la
fábrica y la fábrica la mata, como ya ha matado á
otras, como matará ¡quién sabe á cuántas! ...
- ¡Oh, la fábrica! - rugió el pastor, dirigiendo una mirada colérica á la alta chimenea que se
destacaba negra en medio de la noche, esclarecida por el reflejo pálido de la nieve.
- Sí - siguió el médico-; ella envenena la
sangre y la vida de la gente moza; con sus máquinas tritura los cuerpos; con la gente forastera que
ella nos ha traído, las honras y las costumbres; con
sus desperdicios empozoña el aire... Hasta el cielo mancha con sus bocanadas de humo...
Y se alejó murmurando todavía violentos apóstrofes.
*

taba la cruz, con su delgada cadenilla de metal,
que durante años había acariciado el seno florido
de Magdalena.
- Gracias - murmuró la enferma; y apretand0 la cruz contra sus labios, la besó, la besó .. . y
su último beso fué también su ú ltimo suspiro.

El [usnto Ssmanal

***
Entonces oyó Gaspar desde la calle sollozos.
gritos, pasos precipitados. Se acercó el pastor al
umbral. Abrióse la puerta, y F elisa, con voz entrecortada por el llanto, le dijo:
- Ya puedes entrar. '

***

A la noche siguiente, cuando dormía Magdalena su último sueño• en un rincón del camposanto~
y mientras la nieve caía lenta y silenciosa, un
hombre se acercó á los muros de la fábrica. Durante largo rato estuvo vagando en torno del edificio, yendo de una á otra de las rejas del sótano,
en donde estaban. almacenadas las mercancías. De
cuaritlo en cuando•, brillaba en sus manos una luz.
Luego echó á andar, v0lviendo á menudo la.
cabeza para contemplar el sombrío edificio.
* *
Aun no había andado medio kilómetro cuand0
Siguieron deslizándose lentas las horas de se detuvo, y en su semblante se pintó una expreaquella noche trágica. La casa de la señora Juana sión extraña de gozo salvaje. De la planta baja de
continuaba sumid:t en profundo sikncio, y el in- la fábrica se escapaban rojas llamaradas, que bien
cierto resplandor de la habitación de la enferma pronto se convirtieron en formidable hoguera. Las
seguía filtrándose por las rendijas de las ventanas. llamas se elevaron al piso superior, brotaron por
Inmóvil, blanca como la cera, Magdalena hu- las altas ventanas, coronaron el techo con diadema
biera parecido muerta á no ser por la agitada res- de fuego y se extendieron en derredor de la alta
piración que se escapaba de sus labios entreabier- chimenea, que elevaba su roja silueta entre el
tos. A uno y otro lado de la cama, la señora Jua- humo y las chispas del incendio.
Gaspar, sentado en lo alto de una peña, con
na y la Fefüa contemplaban angustiadas aquel suelos codos en las rodillas v la cara entre las mano~
ño precursor de la muerte.
La enferma abrió los ojos, cogió las manos de miraba con expresión feioz el incendio que alumsu madre y con voz débil, que parecía venir de braba el lugar y el valle con claridad semejante á
la del día... Luego oyó la campana de la iglesia
allá, de regiones desconocidas, dijo:
- Madre, busque usted en el arca ... una que llamaba apresuradamente y como loca á la gencaja... saque usted mi cruz, la cruz de plata que te del pueblo desde lo alto de la torre ... Después.
usted me puso al cuello el día de mi primera co- llegó hasta sus oídos confuso griterío y vió, al resplandor de las llamas, el hormiguero humano que
munión.
La señora Juana escarbó con manos febriles en se agitaba en torno de la hoguera.
- ¡Gritad, gritad - decía el pastor agitand0
el arca que guardaba la ropa de su hija.
· - Aquí está - dijo, enseñando una caja cui- sus puños amenazadores.-: ni ladrillo sobre ladadosamente atada con una cinta. La abrió: flores drillo, ni piedra sobre piedra!
Y lanzando carcajadas que tenían algo de somarchitas, una estampa, un rizo de cabellos... los
restos sin valor de una historia de amores. Allí es- llozos, echó á, co-rrer hacia las cumbres de la sierra.

UIENDO Lfl \/IDfl
==

NOVELA DE fELIFE

S.A.SSONE

=

CIONES DE /V\ENÉNDEZ

•¡

Febrero 15 de 1()08.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañía. Imprenta de )osé Blassy Cía., San Mateo 1, Madrid.

ILUSTRA-

•

-30

Csnts.

�El CuBnto SBmanol
Se publica los viernes

901 /V\adrid

Oficinas: Fuencarral
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

flDVERTENCifl
Con objeto de contribuir de algún modo al esplendor
de las fiestas del Centenario, aplazamos la aparición de la
preciosa novela RIVALES, original de D. Jacinto Octavio Picón, que teníamos anunciad'l para el viernes, día
l.0 de Mayo, y en su lugar publicaremos una OBRA
INÉDITA ck

B. PÉREZ GALDÓS
cuadro animadísimo y trágico (san.gre y hollin) de la
guerra de la Independencia.
Aprovechamos esta ocasión para dar aquí público testimonio de nuestro agradecimiento á D. Benito Pérez
Galdós, maestro de novelistas y modelo de patriotas, el
cual nos ha cedido generosamente el derecho á publicar
su obra.
Y felicitamos también á nuestros lectores, á quienes,
coa la mayor alegría, brindamos la fragancia vigorosa de
esas páginas.

Libros y revistas
La caída de la mujer, p or Augusto i\fartinez Olmedilla
- Librería de Pueyo, Madrid.
Doce cuentos componen este libro, escrito en correcta
y fácil prosa. Para la obra de Martíne~ Olmedilla ha hecho
Felipe Trigo un prólogo, en el cual diserta elocuentemente
acerca de esa «enorme cosa desconocida» que llamamos
«amoo&gt;. Luego dice:
«7\lartínez Olmedilla, que además de Doctor en leyes es
pedodista, trae en su estilo claro, simple, directo, el _frescor
del periodismo; y esta es una encantadora condtc1ón de
aquella amenidad, de aquella flwdez ligera y fresca, «como el
chorro de una fuente».
y añade refiriéndose á los que algunos timorat_os podrían
llamar «atrevimientos» del autor, y á la resbaladtza "t poco
consistente honestidad que éste concede á las heromas de
sus cuentos:
.
«En cada linda chiquilla de este mundo, y por debaJO de
la. coraza de los soci:tles artificios que la defienden... 6 que
la abruman, se dan, si no en acto, al 1~enos e,~ int~nción, allí,
en el secreto más secreto de su angélica conc1~ucia, esos~~pulsos de venganza, esas curiosidades con no unporta quien
que esté á su mano, y es1s estratagemas de lucha que, al fin
y al cabo, sólo la igualarían con el hombre»_.
,
Añadiremos por nuestra parte, que el hbro de Martinez
Olmedilla e5 una obra seria, constelada de interesantes pun•
tos de vista psicológicos, y que merece ser leí~a con atención. Y constituye, además, un ges_to_ de rebeld1a, un n,uevo
paso contra ese miedo á «lo proh1b1do» que durante ,anto
tiempo ha suprimido del arte literario su parle m~ human~,
y por lo mismo que era h más humana, también la mas
hermosa.
Plestns galantes, por Paul Verlaine. - LibrerÍl de Fernando Fé. :\iadrid.
.
Comprende este volumen, primorosamente traductdo al
castellano por Manuel Machado, los !'oemas satu rnianos, La

AÑO 11 - 24 de Abril de 1908 = N.º 69

Precios de suscripción:
/Y\adrid y provincias: Trimestre, 3,25 pesetas.
Semestre, 6 pesetas. Año, 11.
Extranjero: Semestre, 10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.
Número suelto:
CéntiIDOS

30

buma canció", Romam.as sin palabras, Sabiduría, Amor, Parábolas y otras poesías.
Verlaine es el más grande de los poetas franceses contemporáneos. Es solo y único; toda el al,~a d~ hoy,_tan c_ompleja, tan melancólica, tau llena de asp1rac1ones mde~1sas,
palpita en sus versos. El aut_or de Fusta! g_alantes constttuye,
en medio del enorme y admtrable florec1m1ento de la moderna lírica francesa, la más exquisita de las flores. El prodigio
de su arte no debe clasificarse en ninguna de las más flamantes escuelas poéticas. Se pue?e ser_ parnasi3:no, simb~lista, naturista, etc. A Verlaine es 11npos1ble seguirle. Verlaine es «él», único y asombroso.
Aumentan el raro mérito de este libro, un prefacio de
Francisco Coppée y un prólogo de Gómez Carrillo.
Los vencedores, novela de l\L Ciges Aparicio. - M. Pérez Villavicencio, editor. Madrid.
La acción se desenv_uelve e~ medio d_el siguiente pai~aje:
«Días asturianos. Cielo baJO y plomizo. La fina llov!ZOa
destila incesante, llenando de laxitud mi ánimo, acostumbrado á zonas tropicales, donde el_ sol abr3:sa y la sangre _bulle
de pasión. Los altos ~ontes circunvecm&lt;?s están cub1ert~s
de intenso verdor, dulcificado por la suavtdad de la luL gnsáce~ y las nubes ruedan solemnes sobre las húmedas cimas.
»Forman el pueblo grupos de casas, y W1 río que corre al
lado es negro y silencioso, co'!'o los río~ infernales ... La
paz reina en este valle... De tiempo en tiempo, sobrecoge
el ánimo un importuno silbar de locomotora, y un tren, pequeño y férreo, pasa veloz... La calma vuelve á reinar más
amorosa que antes... Por los altos mont~s, vestidos. de nubes, nieblas y azul, sube atrevida una vagoneta y baJa otr~;
pero su ruido es tan leve, que parece esconderse en los tupidos robledales y pomarcdas que cubren la falda».
Así empieza este libro, el más int7resan~e quizás ~~ cuantos lleva publicados el notable novelista C1ges Apanc10.
El país de la selva, por Ricardo Rojas. - Garnier Hermanos, Libreros-Editores. París.
«Llámole «país de la selva» - escribe el autor - á la región argentina que se extiende desd_e la cuenca de lo~ gra~des ríos, hasta las primeras ond:11ac1one~ de la m_on(ana. Dicha región abarca en la _actualidad v~na~ provmc1i:s, pero
constituyó una sola en tiempos del vurernato espanol. Por
atávico instinto de libertad y de belleza agrestes me ha seducido la comarca así, con límites salvajes, amojonada de montes y mensurada de ríos. He ahí por qué su nombre, aun siondo susceptible de precisión geográfica, adqwere, como epígrafe literario, no sé qué sugestión, de reino lírico, en cuya.
virgen espesura vamos á penetrar. A ella, en efecto, _pertenecen los episodios y personaJes de este hbyo, pequena ~fr~nda prometida por mi corazón á aquella_ tierra donde v1vi la
infancia, y donde ahora muertos de m1 sangre duermen al
suave arrullo de sus frondas.
»Cuento en estas páginas - cuyo nombre á si propio_fácilmente se explica, - la vida de nuestros bosques mediterráneos. Refiero el palad inesco arrojo de los co~quistadores,
Ja fe visionaria de los evangel1Stas, el choque v10lento de _las
razas la sucesiva transformación de las épocas, la formación
Jejan~ de los mitos, las excelencias del hombre americano... »

El alma española. (Ens_ayo so~re la moderna literat_11;a
castellana) por Ricardo Rojas.- F. Sempere y Compania,
editores. Valencia.
Contiene este volumen ,·arios trabajos muy interesantes
acerca de algu~as obras de ?lúñe, de Ayce,.de Blasco lbáñez, Pompeyo Gener, Pérez C,aldós, BaroJa, Echegaray, Rueda, Dicenta y Rubén Darío.
Tanto este libro como el titulado El pais de la stlva, acusan en Ricardo Rojas un escritor de gran cultura y de excelente gusto artístico.

FELIPE SASSONE

VIENDO LA VIDA
I
mediar la tarde, Jorge Huguet adormilóse
en el diván, bajo el narcótico influjo de la
semipenumbra tibia y suave que inundaba
el recinto. Tres estatuas de mármol: una Diana,
una Venus y un Centauro, insinuaban en los rincones sus contornos inciertos, y sobre el rojo tapiz
de las paredes, algunos cuadros alardeaban magníficos de arte. Eran copias valiosísimas de l&lt;embrandt, Velázquez, Murillo, Leonardo el JJivino,
Andrca dt'l Sarto, Sandro Boticélli, Rubens, todos
esos Grandes que aprbionaron en sus paletas los
milagros emotivos y estéticos de la línea y del
color. Contrastando con la mística espiritualidad
de una mad&lt;1na, la coloración caliente de unos
muslos desnudos, hinchados de vida; cercc1 de una
mujer lasciva, tentadora y morena, la rubia castidad de una aristocrática dama; al lado de una
cabeza de estudio vieja, rugosa y pobre, la faz
tersa y delicada de un monarca español, melancólica y pálida sobre la negra severidad de su
vestido ...
La maja desnuda, de Goya, aparecía solitaria,

A

L

amenazando caer sobre el arábigo diván en que
reposaba Jorge. La soberbia piel de un tigre se
extendía á sus pies.
Muebles diversos decoraban la estancia. Una
estantería de palo de rosa, con ediciones lujosísimas de Osear Wilde y del marqués de Sade, de
los románticos espai'ioles y de los simbolistas
franceses; una peque11a mesa morisca c, ,n dos
grandes narguiles; un escritorio de madera tallada, con incrustaciones de nácar, dcmde un Mephisto de bronce sostenía en la diestra un globo
de luz...
De las paredes pendían en profusión alfanjes,
panoplias, puñales japoneses, espadas egipcias,
panderetas españolas, telas orientales y mantones
de Manila, luciendo,caprichosamenteprendidos en
las sinuosidadt'S de sus pliegues, algunos retratos
de mujeres hermosas.
En el hueco de la ventana, en dos floreros de
cristal, desmayábanse, á la sombra de una palmera, las violetas y los crisantemos; y el piano, en
cuya tapa danzaban su inmóvil danza las figulinas vVatteau, de porcelana, mostraba la enorme
dentadura de su teclado, como riéndose, con gi-

�gantesca y silenciosa risa, del caprichoso y confuso anacronismo que reinara en el salón.
Por entre el aterciopelado paréntesis de unas
cortinas, veíase el dormitorio tapizado de moiré
celeste, con lecho sin barandillas ni dosel. Llenaban la habitación espejos y mesitas con los complicados instrumentos para un tocado minucioso.
Notábase en el ambiente la delicadeza, la puerilidad femeninas, y el olor fuerte, sensual, mareante,
propio de las cortesanas, que llegaba hasta la contigua sala de baño, atravesando las rendijas de la
puerta vidriera de cristales esmerilados.
Todos los elegantes de Lima envidiábanle á
Huguet su lujosísima ventana de reja (1) y procuraban averiguar, con ese afán de entrometerse en
la vida ajena tan frecuente en las ciudades pequeñas, de dónde obtenía el danct;, de la capital peruana el dinero que para tantos lujos necesitaba.
Jorge nunca tuvo otra fortuna conocida que la de
su abolengo: era el último descendiente de una noble familia catalana, que residió en Lima, y de la
cual heredó únicamente, á la vez que el linaje, uno
4ue otro objeto antiguo, una que otra chuchería
de las que adornaban su casa. Huérfano á los quince años, y sin más pariente cercano que el prójimo, hubo de luchar con la vida en lucha desigual
y valiente. Toda su instrucción reducíase al hábil
manejo de las armas y á algunas rudimentarias
nociones de contabilidad; pero, aunque de inteligencia muy mediana, como era audaz y emprendedor, pronto logró abrirse paso trabajando en varias Casas de Comercio. Durante la última guerra
civil habló mucho, con fácil palabra, capitaneó un
grupo numeroso de jóvenes decididos,~ batió valientemente en las calles de la ciudaá y tuvo la
suerte de entrar con los vencedores. El Gobierno
le protegió. En Europa fué adjunto de varias Embajadas de su país, y de vuelta á Lima obtuvo en
un ministerio una agradable sinecura. Pero, sin
duda alguna, la renta de su empleo no le daba lo
suficiente para ser socio del :Jockey-Club, de los
Nacional, Unión é Internacional Revólver, ni para
perder, sin apurarse, cientos de soles (2) al tresillo, hacerse vestir por el sastre de moda, comer
siempre con vino de Burdeos, regalar joyas á las
actrices y gozar, en fin, de la vida fastuosa y galante que llevaba. De aquí que muchos de sus
amigos murmurasen acerca de la procedencia del
dinero. Opinaban unos que el Gobierno, agradecido á sus servicios, hacía la vista gorda y le dejaba robar; hablaban otros de la prodigalidad de
una vieja rica co.1 quien Jorge tenía amores; pero
no era fácil probar tan malévolas suposiciones. A
despecho de la murmuración y de la envidia, Jorge Huguet, á los veintiocho años, era uno de los
jóvenes más distinguidos de la creme y más requeridos por las damas, y ya se había hecho famoso
en los círculos elegantes de la vetusta ciudad, que
renegando de su proverbial mojigatería, aspiraba
á ser tan concupiscente y coqueta corno cualquiera europea capital del vicio. Nadie metía con la
seguridad de Jorge cinco balas seguidas en el blanco; raro competidor le igualaba esgrimiendo un
(1) Llámase así, en el Perú, á los cuartos de piso bajo
con ventana á la calle.
(2) Monedas peruanas que valen cerca de tres pesetas
españolas.

florete, y pocos, muy pocos, gobernaban tan hábilmente un potro desenfrenado, ni pateaban la
bola del joot-ball, ni bailaban el cake walck, ni dirigían un cotillón, ni vestían la levita, ni se anudaban la corbata con tal maestría y elegancia.
De las mujeres más notables por su belleza y
posición social, había dado que decir Jorge, y los
maldicientes aseguraban que las virtudes más
acrisoladas se habían rendido á las insinuaciones
irresistibles de ese don Juan moderno, que si bien
no cortejó jamás á criadas y mercenarias de poco
valer, podía anotar en su lista gran número de bailarinas, de actrices. . . y de señoras casadas. Era
fama que no solía ocuparse de las solteras, pues
como gran positivista en los negocios de amor, rehuía las conquistas sin fruto. El.flirt inocente ó la
pasión platónica no existían para él.
Sin embargo, lentamente habíase levantado la
sospecha de que cortejaba-con una corte idealá la señorita Mariana del Prado. Pero lo de la idealidad era completamente falso; muy por el contrario, existían entre ambos jóvenes relaciones tan
íntimas como secretas. Aunque hija de un libertino, á quien mataron sus vicios, y de una mujer
hermosísima, cuya hermosura no corrió jamás parejas con su honradez, pertenecía la del Prado á
familia de elevadísimo copete. Mariana era una
mujercita anormal; quiere decir que en ella no
predominaba, como debe predominar en la mujer
perfecta, nacida para cumplir la misión augusta de
la maternidad, el sentimentalismo, la delicadeza
piadosa y dulce, sobre un temperamento sensualmente tibio, no; en ella, por una malhadada herencia patológica, por atavismo, ejercía su dominio
despótico el ardor insaciable de la carne. Era piadosa en el fondo, caritativa y tierna, pero estos buenos sentimientos yacían escondidos bajo los hábitos de una educación libertina, obra de malos
ejemplos y de lecturas precoces, y de una vanidad
odiosa, tan frecuente en las mujeres bonitas que
conocen su belleza porque la han oído alabar desde niñas, y á las cuales se ha amaestrado en el arte
de agradar y en los secretos del tocador.
Mariana, adormecido el corazón por un orgullo
sin límites, no había amado nunca sino á sí misma,
y se r.omplacía en secreto contemplando ante el
espejo su desnudez soberbia, sus formas de guitarra, de morena carne, que vibraba todas las melodías del deseo. El prurito de gustar, innato en la
mujer, había adquirido proporciones gigantesc-as
en la del Prado, que buscaba á los hombres, lisonjeándolos al principio, rindiéndolos con el encanto
diabólico de su refinada coquetería, para desdeñarlos después. Contaba á la vez con cuatro ó
cinco adoradores. A los veintitrés años tenía ya
una gran historia de amor, y fué causa de un suicidio y de un duelo; pero si podían tacharla de
cruel é insensible, de frívola y variable, nadie hubiera con derecho alardeado de merecer sus favores, porque Mariana, que conocía bien la vida, no
ignoraba que toda la riqueza de una mujer soltera
consiste en ser inaccesible. Por cariño á sí misma,
pues, hálló siempre fuerza para dominar las violencias de su sensualidad.
En el último baile, ella, tan cortejada siempre,
hubo de notar con amargura que Jorge Huguet, el
hombre á la moda, se preocupaba muy poco de
su belleza.

mento nada más, y respondió ofreciéndola el brazo:
- Temía, sí. .. pero es inútil es- '
quivar lo que ya ha sucedido; y pues
no hay medi0 de conjurar tan delicioso peligro, perezcamos en él y
valsemos.
Se alejaron del corro girando rápidamente al son de la música, se·guidos por el eco de las murmuraciones de los que escucharon su brevf.&gt;, pero significativa conversación.
Y desde entonces, en todas las
t~rtulias de la buena sociedad, Manana y Jorge fueron tema obligado
de aristocráticas hablillas.

Herido su amor propio, sintió la necesidad de
aumentar con el esquivo Jorge su corte de adoradores, y se prometió á sí misma interesarle y rendirle. Mientras la orquesta atacaba un voluptuoso
vals de Strauss, acercóse á Huguet, que discurría
en un corro de damas y caballeros, y le dijo picarescamente, con admirable de,enfado:
- Usted, Jorge, no me invita á bailar. ¿Teme
acaso, enamorarse de mí?
Huguet enrojeció un momento, pero ;un mo

Ella habíale sabido seducir con su belleza y sus
ardides; él había logrado marearla con la aureola .
de irresistible que le circundaba y con la locuaci- '

�dad de las frases amorosas aprendidas en las novelas francesas. Pero la joven quemábase las alas
en el peligroso fuego de amor. Jorge, audaz, seguro de la impresión que causaba, iba dominándola,
y_Mariana sentíase enardecer temblando como una
enferma bajo las caricias. Tanto gozaba con estas
libertades peligrosas que concedía á su sensualid_ad prisionera, cuando en el florido rincón de un
jardín, en el hueco poco iluminado de una ventana, ó tras las pesadas telas de una cortina, ofrecía
sus labios al amado, que resolvió atrevidamente ir
dos veces por semana á las habitaciones de Jorge.
Allí, enervada por el pecaminoso ambiente, entregábase al amor, corrompiendo su espíritu, pero sin
darse jamás completamente.
Desde entonces.Jorge, de acuerdo con su amada, se abstuvo de cortejarla públicamente y resignóse con la dolorosa semiposesión.
Sin embargo, aquella tarde, como Mariana se
retrasase en acudir á la cita, Jorge, no pudiendo
vencer el cansancio de una noche de orgía, habíase adormilado en el diván, envuelto en amµlia bata
japonesa, con el cigarrillo humeante aún entre los
dedos. De repente, un retemblido de la vidriera del
baño le hizo despertar. Mariana, penetran•io ·por
la puerta del pasillo que Huguet dejara á propósito sin llave, avanzaba, llamándole, hacia el salón.
Su perfume suave de miosotys inundaba la estancia, y el sonido de su voz atenuábase dulcemente
en las blandas sinuosidades de los tapices. Jorge
oprimió entre las suyas las enguantadas manos que
Mariana le tendía, y pe1 maneció frente á ella,
aturdido, sin besarla, mirándola con ojos soñolientos.
- ¿No me besas? - murmuró la joven. Y luego, reparando en su actitud-: ¡Ah! ¿Dormías?
¡Cuánto me quieres, con qué ansia me esperabas!
Y retiró sus manos con un gesto de reproche.
Pero él la estrechó entre sus brazos, y la besó
en los labios largamente, silenciosamente...
- Has tardado tanto ... soñaba contigo - exclamó en el intervalo de dos besos.
- Di, di, ¿por qué has tardado? - preguntó
después, atrayéndola al diván.
- ¡Ay! A punto he estado de no venir, Jorge;
tuve miedo de decirte á solas.J.o que debo decirte;
pero luego, tras un momento de reflexión, he confiado en tu cariño... y aquí me tienes. ¡Jorge, Jorge mío, escúchame! - prosiguió, mirándole cariñosamente con sus grandes ojos claros.
El la interrumpió:
- Te escucharé, pero quítate el so~brero; así
no puedo acariciarte - é intentó llevar sus manos á tos nudos del velo; Mariana le contuvo.
...:.... Hoy no es día de caricias - dijo gravemente
- ¿Qué pasa? ¿Algo grave, algo que amenaza
nuestro amor?
- Sí, grave, muy grave; amenaza de muerte
nuestro amor si no eres razonable; nos promete la
dicha si tienes la conformidad necesaria.
Luego, bruscamente, precipitando las palabras, corno si no quisiera oirse, concluyó:
- ¡¡Jorge, me caso!!
.
Huguet, lívido, se levantó de golpe, como impelido por un resorte.
- ¿Qué te sucede? - murmuró ella con su voz
autoritaria y melodiosa de las seducciones.-¿Co-

mienzas á hacer el loco? Vamos á ver: _¿qué hay,
qué tiene-;?
- Nada-rugió Jorge-, nada; nada, no tengo
nada; es que no es cierto, que no puede ser, que
no será; que no te casas, Mariana, que no te casas; que no quiero]
- ¿Estás decidido tú á casarte conmigo? -repuso ella con calma.
Jorge enmudeció y dejóse caer en el diváo,
con la cabeza entre las manos.
Mariana prosiguió dulcemente:
- Ya ves cómo callas, cómo no tienes nada
que oponer. ¿No eres tú acaso quien me ha enseñado á conocer todos los horrores del matrimonio,
todo el prosaismo de un amor monótono, sancionado por las leyes sociales, sin contratiemµos, sin
sorpresas? ... Además, aunque quisiéramos no
podríamos casarnos; desde el primer día de tu
amor me confesaste que era imposible. .. y luego,
el matrimonio sería la muerte de nuestro cari110.
Pero yo no puedo permanecer soltera, yo tengo
ante la sociedad una misión que cumplir; qué no
dirían las envidiosas si yo me quedase «para vestir san tos... •
Jorge levantó la cabeza.
- ¿Y por el «qué dirán&gt; vas á abandonarme?
- ¿Y quién ha pensado jamás en abandonarte?. . . Después, Jorge, después ...
Pero Huguet la interrumpió bruscamente; se
había puesto en pie, rojo de ira:
- No, Mariana, no; á mí no se me engaña como á un chiquillo; tú quieres engatusarme, prometerme nn paraíso de venturas, ya lo sé, para
que yo no sirva de obstáculo á tus µJanes, y una
vez con~eguido tu objeto abandonarme; pero esto
no será: vas á ser mía, mía ahora mismo, ¿lo entiendes? ¡Ahora mismo! ...
- Suelta, suelta... ¡ay! Me haces daño; eres
brutal. ..
Pero él la oprimía con furia las muñecas.
- Ya veremos - murmuraba furioso-, veremos si te casas...
Siguió una breve lucha. No se escuchaha sino
la respiración anhelante de los dos y el ruido de
algún bi"belot que caía al suelo y saltaba en pedazos. Mariana, al fin, logró desasirse, y protegiéndose detrás del escritorio, levantó con ambas manos,
en amenazante actitud, el Mefistófeles de bronce.
-¡Si das un solo paso, te descalabro, cobarde!
Estaba lívida; sus ojos claros resplandecían
como los de un felino, y su mandíbula inferior
temblaba nerviosamente.
Jorge, poseído de un repentino abatimiento•.
jadeante y con los ojos llenos de lágrimas, permaneció inmóvil en medio de la estancia. Ella, dejando la estatua, siguió hablando:
- Bueno, hemos concluído; no eres razonable;
me voy. No nos veremos más, ¿lo entiendes? No nos
veremos nunca; entre nosotros todo ha concluído.
Hizo un movimiento para marcharse. Jorge se
acercó á ella suplicante:
-No me dejes así; tú sabes que el mundo me
parecerá un desierto sin tu amor.
Y arrodillándose á los pies de Mariana y abrazando sus rodillas, acariciándola á través de las
sedas de sus ropas, murmuraba lloroso:
- Yo soportar.é todo, yo seré tu esclavo; pero
no me dejes, Mariana... no me dejes. •.

La joven se inclinó hacia Huguet y le besó
-conmovida.
-¡Ah, como sabes que te quiero, cómo abusas!
- Ven - repuso Jorge con voz opaca, atra-yéndola hacia el diván -; ven, cuéntamelo todo.
.¿Quién es el novio?
Mariana se dejó conducir, y sentándose sobre
fas rodillas de Huguet,acariciánr:lole el rostro con
·su aliento perfumado, comenzó á narrar:
- Anteayer, después de la cena, mamá me
llevó á sus habitaciones para anunciarme que el
noble florentino Barón Luis de Ancona pretendía
mi mano. No puedes imaginarte cuántas reflexiones me hizo: que si en Lima escaseaban los buenos partidos; que si por ser extranjero mi preten•diente é ignorar la historia de mis coqueterías,era
•el único que podía atreverse á tomarme por esposa; que si era aristócrata, rico, bueno, guapo;
_que si estaba muy enamorado de mí; en fin ...
Y'.°º pedí tiempo para reflexionar, y ayer, tras considerar d,.tenidamente los consejos de mi madre,
.acabé por compromekrme. Me caso dentro de
quince días ... ¡Oh, pero no te pongas así, mi vida; ¿qué querías que hiciera, di?
Jorge callaba, anonadado. Ella continuó:
- Yo no quiero á nadie más que á ti. A Luis no
le he dicho ni una sola palabra de amor; ayer hablamos una hora, é insistió tn ser mi marido, aun.que yo le confesara lealmente que no le amaba.

- Lealmente - repitió Jorge como un ec,, -;
lealmente . .. vosotras las- mujeres no sois leales
sino en la ruptura.
- ¿Comienzas de nuevo?
-No, no; ¿qué he de cumer,zar? Dentro de
quince días serás su mujer, vivirás con él. .. y yo,
yo... ¿qué haré sin ti, Dios mío, qué haré sin ti?
- Escúchame, Jorge, escúchame. Sé dócil. ..
Oye. . . Pasado el primer mes de matrimonio, te
concederé una cita... y seré tuya, tuda tuya, enteramente tuya...
- ¿Y si él te vigila?
-¡Oh! Nada puede la vigilancia contra una
mujer que ama.
- ¿Y si me engañas?
- Si no tienes confianza en mí,es inútil hablar;
pero si confías, seremos felices, séremos ricos. nos
amaremos eternamente, y no con el amor prosaico de los casados: nos amaremos con el ard,,r
prohibido y encantador, lleno de emociones y de
sorpresas.
Y c9giéndole la cabeza comenzó á besarle con
avidez en la frente, en los párpados, en los labios.
- Hágase tu voluntaci, rt&gt;ina mía - sus¡ ,iró
Jorge, dulcemenre, ya vencido.
Mariana del Prado se puso en µie.
- Ahora deja que me vaya.
- ¿Cómo, tan pronto, sin tomar una taza de tél
- No, querido; es ya muy tarde, no debo in-

�fundir sospechas; si me descubren me pierden; cuya belleza presintiera, viendo, bajo la saya visademás, hace diez minutos que he oído volver al tosa, el pie aprisionado en pequeñísimo chapín, y
coche; me espera, sin duda-, repuso, y se dirigió entre los pliegues del manto que cubría el rostro
de la dama, un trozo de frente marfileña y uno
al cuarto de dormir.
Mientras arreglaba su tocado ante el espejo, sólo de los ojos tentadores.
Jorge permaneció preocupado un instante breMariana continuó hablando:
- Durante estos quince días no vayas por mi vísimo, pues era hombre incapaz de tener penas
casa, ¿eh? Yo tampoco vendré aqui, pero asistes al duraderas; luego exclamó, pensando en voz alta,
matrimonio, y te muestras indiferente, tranquilo: resueltamente:
- ¡Bah!, más vale así.
sobre todo al barón, felicítate, adúlale; conviene
Mientras recogía los objetos y retratos caídos
que seáis amigos.
- Y después ... - exclamó Jorge en una queja. durante la breve lucha, una voz engolada y aguda
resonó tras de la puerla principal.
- Después ... seré tuya, toda tuya, entera
- ¿Se puede, niño Jorge?
mente tuya.
- Entra, Domingo - dijo Huguet.
Caminaron abrazados hasta la puerta vidriera
Domingo era un criadito negro, hijo de losandel baño, allí resonó el último beso, y Marian'a
salió, d!:"jando tras sí el enervante recuerdo de su tiguos servidores de los padres de Jorge, que adoperfume. A través de los cristales de la ventana raba á su amo.
- Niño, tengo dos cartas para su mercé y un
vió Jorge alejarse á su enamorada, cuya elegante
silueta disonaba en el fondo arcaico de la calleja paquete. El paquete lo trajo doña Clara y le esgris, de edificios vetustos y deteriorados. Era un cribió aquí mismito, en el escritorio. La otra carta
rincón de la antigua Lima colonial, donde algún me la dió en el club el señor don ... me se ha orhidalgo aventurero, cazador en vedado, manchó vidao, niño; pero me dijo que andara con mucho
corí sangre de mestizo la limpia hoja de su ague- cuidao con eya. No sé, pues, lo que será, niño.
Jorge abrió una de las cartas.
rrida tizona, y algún virrey español, enamoradizo
«Vidita mía: He venido á darte una sorpresa
y poeta, madrigalizó ante la clásica tapada limeña,
esta mañana, pero inútilmente; tú siempre
tan callejero. Le he dejado al negro un pequeño recuerdo para ti, porque hoy hace
un año que nos amamos. Espérame mañana
. á las cuatro, mi amor. Te besa locamente tu
apasionadísima
CLARA. &gt;

ri

- ¡Uf! - murmuró Jorge-, la vieja; ya es 1~ calleja donde se alzaba el vetusto portón, acritiempo de que esto concluya.
billado á balazos (1), de la casa de Jorge. Lima es
Lu!:"go abrió el paquete, que contenía un anillo así: una mujer sonriente y triste, mitad vestida de
de oro con rubíes y brillantes. Examinó la joya un harapos, mitad emperifollada.
momento y se la puso en el dedo me«Ellas y ellos&gt; paseaban murmuranñique. ~espués rasgó el otro sobre, que
do sus amores; los capitalistas, gordos y
/
contema un cheque por valor de cincoloradotes, lanzando al aire el humo
'
cuenta esde sus riquísimos habanos, hablaban de
terlinas.
negocios;
-¡Calle!
en los banes cumplicos de piedo D.C!audra, discudio; contían de liviene que
t era tura
siempre
unos cuanpierda.
tos boheUn remz·os, muy
lámpagode
pocos, poalegría ilubres p áj aminó los
ros prisioojillos del
neros en
negro, y la sonrisa que abría sus labios dejó ver un ambiente -estrecho para el arte Allá, al fin del
los dientes blancos como perlas, contrastando paseo, el sol, con su man to de púrpura y violeta,
fuertemente con el ébano de la piel.
se hundía en el tranquilo mar lejano, mandando
- ¿Has dicho á Gastón que ensillara? - pre- su último beso de oro al heroico Francisco Bologguntó Jorge.
.
nesi, magníficamente eternizado en un bronce de
- ¿Cómo no, niño?; lo dejé que Mascarilto Querol.
estaba casi listo; no debe tardar, niño.
Jorge, mientras saludaba á sus conocidos, sal- Bueno; prepárame el vestido de montar.
tando sobre la silla, al trote largo de su alazán,
Domingo obedeció.
repetía mentalmente, hablando consigo mismo:
A poco, en los cristales de la ventana repi«Después ... después seré tuya, toda tuya, enquetearon los artejos de una mano, mientras un teramente tuya. •
caballo piafaba fuera nerviosamente. Jorge abrió.
- Hola, Gastón; voy en seguida.
II
Luego pasó al cuarto de dormir; vistióse el
pantalón de garnuza,que le ceñía los muslos, la:,. alEnorme gentío aglomerábase á las puertas de
tas botas de charol y una americana azul. Se miró la iglesia de la Merced. Sobre los bancos de la
al espejo, que le reproducía de cuerpo entero; su plazuela y encaramada en los faroles, la chiquilleexpresión era entre distinguida y melancólica, no- ría curiosa procuraba ver el interior del templo;
ble y truhanesca;el cabello negro, brillante, untado desde la entrada distinguíase allá, hacia el fin de
de cosmético y dividido en dos porciones iguales, la nave central, el altar mayor, con sus cirios ensemejabá una calotte, sobre el rostro rigurosa
cendidos triunfando del fondo penumbroso, con
mente afeitado, pálido, con palidez azulada, que un amarillento claror de hoguera; bocanadas de
tenía algo del pierrot funambulesco y del galán jo- o)oroso incienso llegaban hasta la calle, envolven de las comedias modernas.
viendo á la comitiva que salía de la iglesia. La hiDomingo le entregó el latiguillo y el sombrero lera de coches, al moverse en busca de sus duede fieltro gris, acompañándole hasta la acera.
ños, ondulaba como una gigantesca serpiente.
Jorge acarició el cuello del alazán.
Terminaba la ceremonia nupcial de la señorita
- / Mascarillo, Mascaritlo!
Mariana del Prado con el barón Luis Ancon"i. El
El caballo volvió á su amo los ojazos húmedos cortejo pasó por entre la doble fila de «gomosos&gt;
y tiernos.
que esperaban la salida. El novio, correctamente
- Está demasiado g ordo - dijo Huguet al vestido, enfuñdado diríase, en la levita negra, que
mozo que le tenía el estribo-; y luego, arreglán- 1~ ~eñía como un ~uante ciñe la mano, no lograba
dose en la silla, añadió dirigiéndose á Domingo: d1s1mular su emoción. Un leve temblor agitábale
- Tú, prepárame el frac; volveré á las ocho. los labios finísimos, y su cara angulosa y distinEl caballo partió al galope. Al lle6ar á la pla- guida resaltaba pálida entre la barba azabache y
z1,1ela de la Micheo encontróse al tren, que iba al el cabello entrecano. La novia, caminando muy
Callao, y por una absurda disposición cruzaba la quedo, casi sin tocar el suelo con sus pies, llena
plaza, molestando á los transeuntes con su silbato de velos y de azahares, era una silueta blanca lany su campana.
guida, cuya albura inlerrumpía tan sólo el ;ubor
- ¡Oh, qué país! - murmuró Jorge, sujetando del rostro, en donde dejaba su perlada huella una
al bruto, que se encabritaba. Azotóle luego y si- franca sonrisa de satisfacción. Las beatas del pueguió hacia el paseo Colón.
blo, con sus mantas (2) desliadas y grasientas, se
La tarde, primaveral y serena, caía mansamente sobre los blancos edificios del paseo Colón, el más aristocrático de Lima, un rinconcito - (1)_ Mu-has casas de Lima conservan aún, desgracialas huellas de la última guerra civil.
de la Eu_ropa elegante, con sus parques ingleses, dameme,
(2) Mantón negro, característico, con que se cubren
sus obeltscos--y sus fuentes. ¡Qué diferencia con hasta la cabeza las mujeres del Perú y Chile.

�aQalanzaban hacia el aristocrático cortejo, murmurando cumplidos.
Doña Isabel, viuda del Prado, madre de la novia, levantó á su µaso un murmullo desaprobador. Era demasiado llamativo el color fresa del
traje con que vestía las redondeces exageradas
de su carne voluminosa, desbordándose como una
inmensa masa líquida por bajo del corsé, ajustado 611 demasía.
Alguno se fijó en la manera de recogerse la
falda, en el balance que imprimía á las blandas
montañas de sus caderas, y finalmente, en los vivQs colores de su rostro pintarrajeado.
- No puede negar que ha sido una gran pecadora.
- ¡Ah, vieja verde!
-Gallina que come huevo, aunque le quemen
el pico (1).
Tales expresiones surgían entre las risas ahogadas de los petimetres.
A la señora Isabel del Prado dábale el brazo
el general Fernando Romero, padrino de la boda,
erguido, con militar apostura, á despecho de sus
sesenta años cumplidos.
- Buena laya de viejo - dijo uno.
- Buen soldado; fué de los valientes - exclamó otro.
Algunos pisaverdes se acercaban á los coches
para curiosear los bajos de las mujeres que subían.
La concurrencia, que era muy numerosa, seguía saliendo del templo. Grupos de limeñas bonitas, aquellas de los ojos negros, del pie pequeñísimo y de la boca de cereza, ataviadas con la clásica mantilla blanca, parecían españolas, y pasaban ufanas, sonriendo, vanidosas, bajo la lluvia de
requieb1 os con que los hombres celebraban su
nunca bien ensalzada preciosidad. Finalmente, apareció Jorge Huguet, irreprochable con su levita
gris, último figurín. Venía charlandv animadamente con dos amigos suyos: bajo y menudo de cuerpo el uno, de perfil de pájaro, mirando insolente
á través de su monóculo; desastrado y sucio el
otro, envuelto por holgada levita color ala de mosca; en su rostro acarminado y escamoso se leían
todos los vicios, y mientras cubríase con un sombrero de copa de auriga de punto, tirábase con
la mano libre, haciendo una mueca de disgusto, los
pelos; ya rojos, ya negros, ya canos, de su barba
rala y descuidada.
Una vez en el coche que había de conducirles
á casa de la novia, la conversación giró sobre dos
aspectos distintos. Claudia Araoz, el del monóculo, joven reporter de los salones, cuya pluma legaba á la posteridad el importantísimo dato de los
tocados femeninos, íntimo adulador de Jorge, á
quien tenía por árbitro de la elegancia, preguntaba á éste su parecer sobre los atavíos de las damas que habían concurrido á la ceremonia.
- ¿Qué te han parecido las toilettesr
- Chico, lo de siempre; algunas, muy pocas,
elegantes y de buen gusto; lujosas y sin elegancia
otras, y sin lo uno ni lo otro las demás.
- ¿A las hermanas Mendoza las encontrarías
bien?
- ¡Quita, hombre! Feíllas no son, ciertamente;
pero se visten iguales, ¡siempre iguales!, como los
(1) Refrán pernano.

pares de banderillas. ¡Qué ha de ser elegante esor
- ¿Y madama Bonard, la esposa del ministre&gt;
francés?
- Esa no viste mal; pero tiene predilección
por los taillettrs. El que lleva hoy está muy bien,
cortado; pero ¿no has visto cuánta rigidez en las
líneas, qué poca Yida en el color gris, qué dureza.
qué falta de gracia en todas las prendas? Nada encuentro tan odioso como la invasión de indumentaria masculina en las modas de las mujeres; una
mujer vestida con solapas y faldones, con cuelloalto y pechera almidonada, carece de delicadeza,
de frescura; no sabría cómo decírtelo, de vaporosidad: es la caricatura de un hombre e!E&gt;gante. En
cambio, Elena Rivas, qué bien estaba: todo en esa
mujercita es supremo, emana un aliento delicioso
de chic parisien; la sencillez de su traje de fular,
lamiendo dócilmente las ondulaciones serpentinas
de su cuerpo; el punto de Venecia que rodea su
cuello; la combinación armoniosa de colores claros.
tenues, vagos; la graciosa manera de recogerse la
falda, el zapato angosto, alargado, la media calada
que descubre la carne, todo, todo; es, en suma, una
adorable parisién. ¿Verdad, Gutiérrez?. . . Pero
¿qué tiene usted? ¿Por qué no habla?
Francisco Gutiérrez, médico sin enfermos, á
quien sus compañeros del club llamaban el chismoso por sus líos, era un cínico que, á fuerza dehablar mal de todo el mundo, de la Medicina y de
sí mismo, había echado á perder su carrera. Vivía
milacrrosamente del juego y de los amigos que le
convidaban para disfrutar de su charla amenísima
y cruel. Sus frases intemperantes acerca del honor·
olían á alcohol, salían de su boca con un aliento
de crápula.
.
- Pensaba - dijo respondiendo áJorge - que
hemos asistido al más inhumano y absurdo de los.
sacrificios: al suicidio moral de dos seres.
- Por eso usted no se ha casado, ¿verdad? exclamó Huguet.
- ¡No, quiá! No me he casado... sencillamente, porque no lo ha querido la casualidad, sob&lt;:·
rana absoluta de este pícaro mundo. Por casualidad nacemos, de casualidad vivimos, por casualidad morimos. Pero si me hubiera casado sería filósofo, ¡ah, sí!, tan filósofo como lo será el barón.
- No sea usted malévolo - insinuó el periodista.
- No, esto no es malevolencia;es que abrigo la
esperanza sincera de que muy pronto Mariana y
su esposo aprenderán á embellecer su vida aborrecible de e-asados, merced á ciertas tolerancias
discretas. Ella coqueteará... y él aparentará no
advertirlo. Reconozco que tal conducta es la única.
lógica y deseable. En el adulterio de la mujer y en
la complacencia del marido estriba la única felicidad del odioso matrimonio: es el epílogo necesario y consolador de tan inmenso disparate.
Hablaba despreciativamente, sin dejar de
arrancarse los pelos de la barba con nervioso
ademán.
A estar los dos acompañantes de Jorge en eh
secreto de sus amores, hubieran adivinado lasatisfacción con que el dandy escuchaba la charla
profética del médico, desgraciadamente interrumpida al detenerse el carruaje ante la casa de la familia del Prado.
Los invitados apenas cabían en los salones. El

senador don Antonio Valle, que paseaba por ellos,
tropezando con todo el mundo y luciendo su monstruosa gordura, su calva luciente y sus bigotes de
foca, dedicábase á inspeccionar, con sus ojos de
miope, los regalos de boda que la novia mostraba
ufana á sus amigas. El barón, pálido y mudo, como
alelado, repartía apretones de manos á diestro y
siniestro, y la suegra lloraba lágrimas grises, porque su llanto arrastraba en su caída el tinte exagerado de las ojeras.
Se sirvió el almuerzo. La mesa estaba dispuesta con sencilla elegancia; sin flanes, ni torres
de dulces, ni fruteros. Un camino de flores esparcidas, adornaba el centro. Fueron invitados solamente los a-nigos íntimos; entre éstos figuraban
Jorge y la señora Clara Valle, la que habla enviado á lluguet una sortija quince &lt;lías antes. Era
una mujer alta y gruesa, con la majestad de las
antiguas matronas romanas. Un traje marrón dibujaba sus formas, que la madurez había rf'dondeado. Bajo el marco de su abundante cabellera,
empol\'ada para disimular las canas, la corrección
de las líneas del rostro, ajado por la edad y los
vicios, decía reminiscencias de una magnífica belleza. La piel comenzaba ya á ponerse flácida y
colgante en los pómulos y bajo la barbilla, y la juventud toda parecía haberse refugiado en los ojos,
negros y preciosos, resplandecientes de sensualidad. En sus movimientos procuraba enseñar siempre la mano, blanquísima y tersa, y el pie breve,
que el tiempo destructor, infalible, respetaba aún.
En esa mujer, de espíritu joven, á pesar de sus
cuarenta años, un observador sutil hubiera adivinapo un gran apego á la vida, un deseo loco del
placer que huía y que pronto la sería vedado. Durante. el almuerzo, sentada frente á Huguet, su
piececillo nervioso buscaba á cada instante los
pies de su adorado. Al Champagne, los brindis
abundaron. Después de que el general, con el
acento bélico de su voz, aunque cascada, sonora,
lanzó estentóreamente su brindis, como si lanzase
una proclama, Clara levantó la copa para brindar
ella también por los recién casados; pero sus palabras hubiera querido dirigírselas á Huguet, y
decirle:
« Jorge, bebamos por nuestro cariño; tu enamorada de los amores platónicos se va; yo quedo,
yo soy tuya, y tú debes ser mío.:. En una mira&lt;la
intensa, desesperada como una súplica, envolvió
al amante, mientras éste se consolaba viendo á
través de la copa en que bebía otra mirada, la de
Mariana, posándose en él, expresiva y cálida, con
toda la elocuencia de una promesa.
El marido de Clara, obeso y miope, sin reparar
en nada, se chupaba el bigote, húmedo de Champagne.
III

Once meses hacía que ~fariana del Prado y el
noble barón florentino Luis de Ancona se habían
casado. Sola en su gabinete, ante un escritorio
muy cuco, modern-style, Mariana meditaba, con la
frente apoyada en ambas manos. La agitación nerviosa de que era presa no la permitía conservar
por mucho tiempo la misma actitud. Levantaba la
cabeza, miraba hacia el techo en actitud interrogativa y suplicante, y un suspiro hondo, convul-

sionado, se escapaba de su pecho, como un sollozo sin lágrimas. Emprendía luego febrilmente algunos paseos rápidos por la estancia, y volvía
á sentarse, abatida y anonadada. Con frecuencia
oprimía el timbre llamando á la doncella:
- María, ¿ha venido el señorito?
Y cada momento su pregunta envolvía ansiedad
mayor.
La respuesta era siempre negativa.
Mariana vestía una bata roja -de crespón; en
sus idas y venidas, la delgada tela ceñíase á su
cuerpo con caprichosas ondulaciones, dibujando
toda la esbeltez de sus formas, como abrasándolas
en una gran llama. La pantalla de la luz del escritorio proyectaba sobre su rostro un reflejo cerúleo, muy tenue, muy claro, aumentando su palidez
levemente morena. El óvalo impecable del semblante tenia ese aspecto melancólico y enfermizo
de las enamoradas, esa expresión de cansancio
voluptuoso y dulce, producido por grandes deleites. Las mujeres que hacen del momento d'e amor
todo el leit-motif de su vida, suelen tener un
gesto místico de resignación y de sufrimiento, que
engaña con facilidad á los observadores poco experimentados. El rostro de Mariana, apareciendo bajo dos bandós de oro viejo, cenicientos, sin
brillo, parecía el de una de esas vírgenes de los
pintores que - enamorados de la vida - no han
podido, ni aun al pintar una santa, aibstraerse
completamente del influjo sensual. Acaso por eso,
por la forma humana de las imágenes, el misticismo puro no existe en el arte pictórico. El arco violáceo de las ojeras aumentaba el fulgor de los ojos,
claros, verdes é inquietos, alternativamente luminosos y obscuros, con algo del flujo y reflujo del
Oceano. En las comisuras de la boca el dolor había
dejado su huella rugosa, rompiendo la sinuosidad
de los labios, carnosos y sangrientos como los
claveles dobles de Andalucía.
¿Qué podía torturar el corazón de Mariana?
Durante los primeros meses de matrimonio,
todo habíase realizado á la medida de su deseo;
ni la más leve sospecha de su marido turbó el
placer de las citas con Jorge, á las cuales acudía
puntual, cumpliendo su infame promesa de soltera.
A Luis no podía sufrirle; casada con él sin amarle,
y entregada completamente á otra pasión, las caricias del hombre que, teniendo derecho á su amor,
trataba en vano, con tino y delicadeza, de conquistar su corazón, la parecían odiosas como insultos. Aunque intentaba fingir, no le era posible;
la sinceridad de sus nervios la traicionaba; un
movimiento de repulsión inconsciente, mecánico,
rechazaba la solicitud afectuosa de Luis. Este, ó
supo algo de la traición abominable, ó hubo de
notar la malquerencia de su esposa, porque un día
le habló resueltamente:
- Mariana, creo que me he equivocado- le
dijo sin alterarse, con aquella tranquila cortesía
que usaba siempre·-; me he equivocado al juzgar
posible la conquista de tu corazón. Hay tales diferencias en nuestra manera de ser y de pensar,
tal abismo entre nuestros caracteres, que no podremos querernos nunca. Tú no me amas y yo
siento que tu repulsión es contagiosa, y que, á mi
vez, voy acostumbrándome á no quererte tampoco.
- ¿Qué quieres decir? - interrumpió ella vi-

�vamente, en el atemorizante presentir de una catástrofe.
- Déjame continuar-:- prosiguió el barón con
calma-, déjame continuar. ¿Has leído á Campoamor, ¿verdad? ¿Recuerdas aquello de cla soledad de dos en compañía? Y.o, aunque soy italiano, siempre que conviene suelo seguir los aforismos de los grandes hombres de otros países; yo...
Pero Mariana no le dejó concluir. Altiva y orgullosa, acostumbrada á dominar y cautivar, la
pasividad de Luis, re~ignándose á no ser querido,
parecióle un intolerable ultraje á su hermosura y
á su irresistible seducción, y ya, fuera de sí, dispuesta á jugarse el todo por el todo, gritó poniéndose de pie:
.
- Si crees que he faltado á mis deberes, que
he- manchado tu honor, no es esta la manera de
proceder. Cuando un hombre pundonoroso se
cree ofendido por su esposa, no se anda con rodeos; si le falta valor para matar á la infiel, la
arroja de su casa, y yo estoy dispuesta á marcharme ahora mismo, sin explicaciones que me
rebajan y que juzgo innecesarias.
-- Ni yo te las he pedido, ni hacen al caso respondió el barón, sin perder su habitual sangre
fría-. No me juzgo ofendido, ni te considero capaz de una traición. Me casé contigo sabiendo q:ie
no me amabas, y soy, pues, el único culpable de
cuanto aéontece. Pero vamos á ponerle remedio.
¿A qué molestarnos recíprocamente?; ¿á qué dar,
con la pública separación, un escándalo que redundaría en perjuicio tuyo? Además, tú no me has
ofendido - y subrayaba su frase con una de esas
sonrisas terribles que muerden el corazón -; trátase, solamente, de nuestra incompatibilidad de

caracteres, y el remedio es fácil y podemos usarlo
sin dar pábulo á murmuraciones enojosas. Para los
demás, para los extraños, seguiremos viviendo
como marido y mujer en perfecta armonía; pero
en la intimidad, todo ha terminado; separamos
nuestras alcobas y viviremos tranquilamente, cada
uno por su cuenta, gozando de nuestra santa libertad. Yo espero, amiga mía, que por bondad y
por conveniencia has de aprobar mi determinación.
- No puedo sino agradecerte-respondió Mariana fríamente, con altivez de soberana ofendida;
y envolviéndole en la más desdeñosa de las miradas, salió del despacho de su marido, dando un
portazo.
A partir de aquel día, Luis dejóse ver muy
poco en su casa. El criado, con movimientos de
autómata, como si nada supiese ni notase de cuanto acontecía, llegábase á las habitaciones de su
señora á pronunciar, servil y ceremonioso, la invariable frase:
- ¡La señora baronesa está servida!
Y Mariana iba al comedor sola, mientras su
marido se entretenía en el Círculo.
El barón de Ancon·a dióse á un género de vida
completamente distinto al que llevara de soltero;
formó, con un grupo de amigos, adinerados como
él, un nuevo centro de sport; encargó varios caballos á Inglaterra, fundando el stud «Fénix», que
con los colores azul y blanco ganaba casi todos los
primeros premios; concurrió á los juegos de foot(Jall; organizó grandes partidas de caza, y convirtióse en un verdadero sportman. Los semanarios
ilustrados publicaron su retrato y alabaron su entusiasmo é intrepidez, y en los salones de la buena sociedad las damas disputábanse las atenciones

y. cumplidos de aquel nuevo árbitro de la elegancia, que con tan buen éxito se lanzaba á la vida
intensa y galante.
A causa de la comunidad de sus aficiones,
Luis de Ancona y Jorge Huguet reuníanse con
frecuencia, y aunque eran contrarios en todos los
juegos de sport y aquél ponía especial empeño en
vencer á su. rival, las afectuosas relaciones de
amistad que mediaban entre los dos inducían á
creer que el· barón ignoraba las relaciones de Jorge
con la baronesa. Sin embargo, el doctor Gutiérrez
alardeaba de perspicacia y de infalibilidad profética.
- Lo sabe, lo sabe - murmuraba pica1escamente -; pero es filósofo. ¿No lo decía yo? Hace
bien, qué diablo; es un hombre, todo un hombre
moderno - y continuaba arrancándose, con su
constante ademán de tedio, los pelos rojos, negros
y canosos de su barba rala y descuidada.
Mariana, al principio, no sufrió por el alejamiento de su marido; era feliz con su Jorge; la dejaban en libertad; ¿qué más podía pedir? .. .
Pero muy pronto Jorge, conseguido ya su objeto, demostró sin quererlo su aburrimiento; á
cada momento, y pretextando graves pérdidas de
juego, la importunaba pidiéndola dinero, y ella,
• enamorada y pródiga, se dejaba explotar; cuanto
obtenía de su marido para sus gastos, iba á manos
del amante. Luis, por su parte, jamás quiso examinar las fabulosas cuentas que Mariana le presentaba. Mariana sufría; no era digno, ciertamente, el proceder de su Jorge; pero ella le amaba, le
amaba tanto, que quería retenerle aunque fuese
tan sólo por interés. Hubiera preferido la miseria,
todas las vergüenzas, todas las torturas, antes de
ver á su amor en brazos de otra querida.
Pero el cansancio de Jorge iba en pavoroso aumento; él, antes tan audaz, tan impetuoso, tan despreocupado, revestíase de una
prudencia exagerada, casi ridícula. Esquivaba sus citas y hasta sus miradas; parecía otro
hombre. Su amor moría; de amante fiel, sumiso, habíase convertido en déspota, egoísta y
codicioso insaciable; nada calmaba su sed de
riquezas. Para Mariana, que no podía ir á las
tertulias porque su marido negábase á acompañarla, toda su distracción, aparte esas visitas de pura fórmula, embarazosas y breves,
era el amor; y cuando éste faltó, regresaba de
las citas triste, muy triste, llevando en los labios la sensación helada de besos tomados
por fuerza. Sintióse sola, completamente sola
y desdeñada, en ese mundo donde reinó de
soltera.
Jorge, porque ella le negó una cantidad
que por el momento no tenía, llegó á abofetearla vilmente. Aquel día, Mariana, al entrar
en su casa, transida de dolor, encontróse á
Luis en un pasillo, é impelida por esa necesidad que sienten las almas tristes de contar
á alguien sus dolores, hizo un movimiento hacia él, ansiosa de una palabra, de un saludo,
de una mirada que ofreciese pretexto á la
conversación. Pero su marido aparentó no
verla siquiera y alejóse impasible, mudo,corno
una sombra acusadora.
Mariana le siguió con la vista, mirándole
interesada, con extraña curiosidad.

- ¡Oh! Y :es muy elegante - pensó-, muy
distinguido ..., ¿Por qué ,no era así cuando me lo
presentaron? .. .
Un acontecimiento muy lisonjero para el barón
de Ancona activó la revolución moral que lentamente operábase en el corazón de la adúltera.
Fué un: domingo de primavera, en el Hipódromo del :Jockey-Club. Lo más granado y hermoso
de la aristocracia femenina se apiñaba en las tribunas, resaltando como joyas sobr~ la masa compacta de los demás espectadores, que se agitaba
con ondulaciones de Oceano. En la riente pradera,
bajo el beso tibio y suave del padre sol, algunos
cuerpecitos de mujer se erguían, dando su nota
clara y perfumada corno flores entre el césped. Y,
según el color de sus vestidos, semejaban flores diversas: ¡violetas de Parma, crisantemos del Japón,
rosas de Alejandría, claveles de España! En el pesage discutían los brook makers; allá, lejos, voceaba
el pueblo. Se iba á correr la gran carrera de jinetes dilettanti, montando los caballos sus propios
dueños para disputarse el premio de honor, la
copa de oro, regalo de Elena Rivas, madrina del
Club, la belleza más bella de ese hervidero de bellezas que se llama Lima.
Un run-nín de abejas en torno de la miel
oíase por todas partes. Apostaban, discutían. Las
primeras carreras no habían despertado interés en
los espectadores, ansiosos del campeonato de jinetes caballeros, como rezaban los programas, para
distinguirlos de los profesionales. Los empleados
de comercio, endomingados y alegres, jugábanse
sus salarios.
- Tú, ¿qué caballo llevas?
- Yo llevo al Cid quince boletos, á placé.
- No seas sonso, compadre, que Manón va á

�gai:iar; la monta Huguet, que con ese mozo no hay
quien pegue.
Algún negro acercábase solapadamente á un
tendero italiano, que reflexionaba dudoso ante la
lista de los caballos.
- ¿Quiere apostar, patronsito?
- ¡Váyase, váyase, déqueme estar; io non
apuesto!
. - Mire que va á ganar, que no falla, que va á
1r amarrao como apueste al que yo le diga.
- ¡Déq11eme, le digo, perla santa Madonna!
_El negro, insistiendo C'0n gran misterio, decía
casi en secreto:
. - Como '?e dé sinco riales, le digo una cosa;
m1re, patrons1to, que yo oí lo que hablaban en el
peso ... ; no deje escaparse la suerte ...
Vencido por la codicia,~¡ italiano cedía á las
proposiciones del negro.
- Ecco los chinco reales; pero dígame cherto,
c1,a/e va d ganar . .. ¡Per Dio!

.................... . ........

. De pie, en un landó descubierto, Mariana, radian te de hermosura y de elegancia, departía amigablemente con Clara Valle. Los gomosos, que
1odeaban el coche, anúncianles la salida de los caballos:
- Ese es Moro, de Villegas, buen caballo;
pero es mucha distancia para sus fuerzas - opinó uno.
- ¡Miren ustedes, miren - exclamaba otro Pierrot, qué bonito animal, qué blanco· parece de
m~rmol! Y lo monta mister Jeffers; apu~sto por él,
senoras.
- Aceptado-respondió, sonriendo, Clara-;
pongo por el caballo qe Huguet.
- Y yo también - agregó Mariana.
- ¿Qué apostamos? un·a sombrilla contra un
bastón; seis corbatas contra seis pares de guantes.
. - No, no; un regalo á elegir - opinaba Manana.
Una estruendosa salva de aplausos les interrumpió. Jorge Huguet había aparecido en su yegua Manón, un soberbio animal, alazana, fina de
cabos y de gran alzada, de ojos vivos y atentas
orejai, temblorosa por el ansia de correr; y mientras evolucionaba, ante las tribunas, en un galope
preparatorio, el público vitoreaba la habilidad del
jinete.
Las dos mujeres dirigieron á él sus gemelos.
Mariana vió pasar luego, entre otros que no despertaban interés, el caballo Amor, que montaba
su marido.
Claudio Araoz, el cronista,, iba y venía agitadamente delpesageal coche de Mariana.
- ~u Amor se cotiza muy mal, baronesa; no
dan nada por él.
- Protesto-respondió Mariana, con un mohín
gr~ciosís)mo -; ~i Amor no, el de mi marido; el
m10 no tiene prec10.
- Muy bien, con mucho esprit - corearon
los gomosos.
- Pues á mí no me disgusta el caballo del barón; si no apuestan por él es por lo desconocido,
no por malo, seguramente - opinó uno.
- Manón es el favorito - chilló Araoz con entusiasmo-. Ella sola tiene más apuestas en su
favor que todos los demás juntos.
Un clamoreo an:mció que iban á partir los ca-

bal(os. Claudio saltó al pescante, provisto del anteoJo. Observaba atentamente, inclinándose siguiendo el ir y venir de los caballos en las p~rti-·
das falsas.
- ¿Parten? - preguntó Ciara.
- ¡Ya!, una, dos, muy desicruales· no vale
vuelven á su sitio - respondió el perio,dista.
..
De repente, á un murmullo de la muchedumbre, siguió el suyo, entusiasta:
- ¡¡Ahora!! ¡Buena partida; Jorge, delante!
Los caballos pasaron luego al galope muy cerca del coche de Mariana. Del vertiginoso grupo,.
envuelto en una gran nube de polvo, se destacaban tres caballos: Pierrot, A1oro y Manón. Jorge
Huguet, que montaba la yegua, iba á la cabeza de·
todos. Al pasar cerca de las tribunas, resonaron algunos aplausos.
- ¿Se decide la carrera? - preguntó con ~n-·
siedad Mariana.
- _Tod~ vía no, señora baronesa -respondióle
Claud10, mirando con el anteojo-; ese Pierrot va.
muy fresco y queda todavía mucha distancia.
De pronto comenzó á gritar:
- ¡Demonio! ¡Lo alcanza, lo alcanza, lo ha pa-•
sado! ¡Vence Pierrot!
En efecto,
el caballo del incrlés
encerraba á su
•
D
contrano contra la valla, ciñéndose á él cortándole el paso.
·
'
- ¡ Eso no es lícito - gritaban algunos - .
Pierrot está fuera de reglamento.
Se escuchaba vagar en el ambiente un voceríoquejumbroso de disgusto, porque el favorito no
vencía. Pero Jorge, aprovechando un momento.
oportuno_, mejoró su terreno, chivó la espuela y,,
con un vigoroso arranque, logró tomar nuevamente la delantera. Miles de manos se agitaron aplaudiendo.
- ¡Ahora sí, ahora sí! - gritaba Claudio - ..
¡Bravo, Jorge, bravo; la victoria es segura!
Mariana apenas si podía ver allá, lejos, los cuerpos de los jinetes; pero distinguió perfectamente
la blusa roja de Jorge Huguet.
- ¡Ahí le veo!-exclamaba con júbilo-. ¡Viene solo, delante ... ; otro caballo se ha destacadodel grupo de atrás!. ..
- ¿Es blanco?
- No; ¡y cómo corre, Dios mío! ... ¡Ay, sL
está ya muy cerca de Manón!
- ¡A ver! - exclamó, atemorizado Araoz - .
¡A ver! ¡Caracoles, si es el de Luis, y le va á los.
alcances!. .. ¡Quién lo diría!. ..
- ¿Mi marido?- preguntó asombrada Ma-·
riana.
Del público salía ya uno que otro grito:
- ¡Bien por Amor, bravo Amor!
Los caballos tomaron la recta de las tribunas;.
Amor y A1anón venían delante juntos, iguales, con
las narices dilatadas y el cuello tendido. Un mis-·
mo impulso, un mismo vértigo los arrastral:ia.
J?rge y Luis, mirándose con odio, castigaban furiosamente á sus cabalgaduras, como si quisieran
azotarse el uno al otro.
El público, ya entusiasmado por lo reñido de
la lucha y por el esfuerzo increíble del barón, gritaba el nombre de su caballo: ¡A11tor, Amor!, y
cuando éste logró, estirándose como una serpiente, pasar á su enemigo y llegar antes á la meta..
la ovación rayó .e n delirio.

.,
1

Hasta los perdidosos aplaudían.
- ¡ He perdido - exclamaban - ; pero, ca- ·
ramba, qué buen jinete!
. - ¡¡Bien corrido!; así se corre; ¡vivaaa!
La muchedumbre bajaba d&lt;' las tribunas en
tropel, á manera de río que se desborda. Alguna
IT)aldición sorda salía, y algún brazo levantábase
en alto, con la mano de avarientas garras crispada, arañando el aire en la locura de su codicia
defraudada; pero todo lo cubría un solo entusiasmo, un solo grito que, como si la Naturaleza llamase á su verdadero Dios, vibraba en el espacio:
- ¡Amor, Amor,.Amor!
Mariana vió pasar triunfante á su marido, desde el pesage hasta el palco de Elenita Rivas, que
le entregó la copa del premio.
¡Pobre Mariana! Una cólera inexplicable é invencible
atenazó su corazón. De buena
gana hu b i era abofeteado á
E!ena Rivas, porque premiaba á su marido; y cuando Luis
volvió á pasar entre vítores y
felicitaciones, vibró toda, roída por secreta angustia, se
mordió los labios y lluró.
- ¿Qué te sucede? - preguntó Ciara.
-l¡Oh, nada, nada; la emoción!
La muchedumbre seguía
gritando:
-¡¡Amor, Amor, Amor!!
Mariana volvió de las carreras á su casa presa
de indeéible agitación. Tenía constantemente ante·
los ojos el gentío aglomerándose en el Hiµódromo,
y en sus oídos resonaba aún la palabra fatal:
«¡Amor, Amor!• Ese grito de la muchedumbre
frenética, entusiasmada, aclamando á Luis, antojábasele una imposición, un mandato de querer á
su marido, que descendía de allá arriba, de donde
cae como un rayo sobre las humanas cabezas todo
lo inexplicable, lo absurdo, lo misterioso y dogmático, todo aquello que su espíritu moderno no podía creer, pero que su corazón supersticioso y
católico sentía muy hondamente. Y es que, á despecho del entendimiento, se cree con el corazón;
se siente, y en amor como en religión, tanto vale,
y acaso más, sentir que creer.
Mariana, considerando apenada su soledad y
el hastío de Jorge, solía decirse á sí misma, pensando en Luis:
- ¡Si pudiera ser! ¡Si lograse quererlo! ¿Ignora mi traición? ¿Lleva este tren de vida galante
porque me desprecia ó por olvidarme?
Y así, lentamente, su fantasía exaltada de mujercita loca iba exagerando la aureola triunfal que
circundaba á su marido, y fué creyéndole un hombre excepcional, que la humillaba con su grandeza y con su desdén. Algunas noches, una nostalgia
invencible de caricias la arrastró hasta la puerta
de las habitaciones de Luis. Escuchaba: parecíale
oírle agitarse en el lecho, suspirando, sollozando
quizás.
- ¿Qué pasará? - se preguntaba-. ¿Me desprecia ó me ama? Su modo .de proceder, ¿es obra

de su carácter, ó una prueba de desdén hacia mí?
Y volvía á escuchar.
- ¡Oh, si sufriera por mí!
Más de una vez deseó penetrar en el cu ·rt o
de su marido y romper la situación insoportable
y odiosa; pero un resto de altivez la contuvo, y
avergonzada, huyó por los pasillos con pa50 quedo
y cauteloso hasta su alcoba, bajo cuyas cortinas
muchas noches tembló de frío; un frío intenso, implacable, que la helaba por dentro.
Por aquel entonces actuaba en' Lima una compañía de ópera italiana. L, tiple dramática, Gemma
Ferrieri, había cautivado al público con las ricas
sonoridades de su voz y los refinamientos exquisitos de su escuela de canto, y por la co'1quista de
su espléndida hermosura empeñóse torneo reñidísimo entre los elegantes de la capital.
Jorge Huguet y el barón Ancona se contaban entre losadoradores más asiduos. Aquél,
particularmente, con el dinero que su buena suerte ó sus
malas artes le daban en el juego, y con el que pedía á Ciara
y á Mariana, obsequiaba á la
artista, tratando de deslumbrarla con el brillo de las joyas. La Ferrieri aceptábalo
todo, pero sin ocultar la profunda anti¡,atía que la inspiraba el galán. Sus atenciones,
sus sonrisas más insinuantes,
sus miradas más incendiarias
eran para Gigetto, como ella
llamaba cariñosamente á Luis, el preferido entre
su corte de caballeros. Pronto corrió la voz de que
la Ferrieri habíase rendido al barón, y ellos mismos confirmaron las hablillas, haciendo público
alarde de sus relaciones.
El prestigio de Jorge iba declinando poco á
poco, para dejar paso al nuevo soberano Luis Ancona, en quien ya reconocía la fama al sportman
invencible y al seductor afortunado.
Mariana lo supo todo. Ciara Valle, desesperada por el desvío de Jorge y sus nuevas relaciones
con la joven baronesa, intentó aprovechar los
acontecimientos para conseguir la reconquista de
su amado. Sabíalo vil, indigno; pero lo quería, lo
quería locamente, con ese querer furioso é incansable de las viejas. Fué á visitar á Mariana, la refirió detalladamente cuanto ocurría y llevó hasta
más allá del propio recato la sinceridad de sus
confesiones y sus quejas.
- No, no niegues, no niegues; si hablo por tu
bien - la decía atropelladamente, cogiéndola ambos manos-. Sé tus relaciones con Jorge, y quiero que sepas las mías, y otras que él tiene; quiero
salvarte.
La tortura de amar sin ser amada, el egoísmo
de su apasionamiento, eliminaba todo resto de pudor. Contó con pormenores y detalles sus amoríos,
sus amarguras, la explotación de que había sido
objeto, las infamias de Jorge y sus malos tratos.
- Es un cobarde; mira - y soberbiamente,
descarada en su excitación, enseñaba sus brazos,
amoratados por los golpes-. No esperes á que lo
haga contigo, déjale; ha querido nuestro dinero

�para derrocharlo en otras conquistas-le decía-;
es un miserable, un miserable sin corazón. ¡Ah,
vale bastante menos que tu marido! Luis sí que te
quiere.
- Sí - respondió Mariana-; me quiere y me
abandona.
- De cuanto suceda tú tienes la culpa, amiga
mía. Luis ha ido á buscar al teatro lo que no encontraba en su hogar; vuelve á él, vuelve á él; deja
á Jorge; sálvate, deja á Jorge.
Mariana sentía que las revelaciones de su amiga la herían en lo más hondo; un profundo desprecio hacia el amante traidor, aventurero, sin dignidad y sin ley, invadía su alma; juzgábase empe-

Encima de su tocador había un sobre dirigido
á ella. Se apoderó de él ansiosa, febril, pero pronto dejó caer los brazos desalentada, y quedó inmóvil como una estatua que representase el Dolor.
La carta, firmada por el barón, contenía una
sola palabra: « Adiós. •
En la calle, un perro aullaba lastimosamente.

queñecida ante ,su-marido, que la humillaba posponiéndola á otra~mujer, y uri sentimiento, mezcla
extraña de amor propio ofendido y de pasión nueva, repentina, sedienta, llenaba su corazón.
La entrevista, embarazosa al principio, tuvo un
final tierno. Las dos pecadoras, reconociéndose
juguetes de la misma desgracia, cayeron una en
brazos de la otra, llorando á gritos.
Por eso, aquella tarde, después de la visita de
Clara, Mariana esperaba con ansia á su marido,
para confesárselo todo, rogarle que la llevase consigo muy lejos y pedirle perdón. No podía más.
Acodada sobre la mesa de su escritorio, y paseando nerviosa por la habitación, dejó transcurrir
la noche, y la aurora inundó con su claridad fría y
rosada la estancia, sin que Luis volviera.
- Se divertirá con la otra - pensaba Mariana.
Luego, vencida por el cansancio, se echó en el
lecho ...
Cuando despertó daban las dos en el reloj del
comedor. Llamó á la doncella.
- ¿Ha venido el señorito? - preguntó.
- Sí; creí que la señora baronesa le había visto; ha estado aquí. ..
- ¿Que entró aquí, dices? - exclamó Mariana
saltando de la cama.
- Sí, señora baronesa; se cambió de ropa y
entró aquí.
- ¿Qué hora era?
- Poco menos de las siete, señora baronesa.
Mariana, presintiendo una desgracia, volvió los
ojos en derredor suyo, como interrogando á los
muebles de su dormitorio.

gada; había poquísima gente. En la biblioteca algún curioso hojeaba las revistas extranjeras, y al
rumor que hacían las páginas":al ser vueltas, se
mezclaba el rítmico chocar de las bolas producido
por los que caramboleaban en la vecina sala de
billar. Haciendo pendant, como centinelas cansados, dos viejos se adormilaban~en sendas mecedoras, incli,,ando pausadamente sus calvas brillantes sobre las ñoñeces de un periódico de la tarde.
En uno de los comedores reservados jugaban al
bacarrat Claudio Araoz, el general Fernando Romero, el doctor Francisco Gutiérrez, el barón Luis
de Ancona y Jorge Huguet. Este ganaba. Algunos
curiosos rodeaban la mesa comentando los azares de la suerte.
Monsieur Garmant, capitán de Caballería de la
misión francesa instructora del ejército peruano,
se acercó, saludando afectuosamente á los jugadores.
- ¡Hola!, parece que Huguet os despoja, ¿eh?
- Sí, capitán-dijo el aludido-; la suerte me
favorece.
- Y no puede ser de otra manera - arguyó
el barón - , desgraciado en amores ...
- ¡Cómo, cómo! - exclamó el capitán-. ¿Usted, Jorge, desgraciado en amores; usted, el conquistador irresistible? Vamos, el barón bromea,
no lo puedo creer.
- El barón habla así porque una imbécil, la
Ferriere, una mujerzuela, no ha querido honrarse
aceptando mi pasajero entusiasmo...
- No me parece correcto que se exprese usted de tal modo, refiriéndose á una buena amiga
mía - díjole Luis en son de protesta.

IV
Mientras Mariana esperaba en vano el regreso
de su marido, desarrollábase en el Club de la
Unión una violentísima escena.
Eran aproximadamente las tres de la madru-

I

- No creo· que cometa usted la necedad de
amarla...
- ¿Y si la amase?
- Sería usted un necio - concluyó Jorge que,
adivinando una provocación, no quiso volverse
atrás.
- Mida usted sus palabras, señor Huguet.
- ¡Hablo como lo merece su impertinencia,
señor barón!
Todos se habían puesto de pie. Luis continuaba sarcásticamente:
- Usted no respeta á nadie, ni á las mujeres,
y hace mal. ..
- ¡Hao-o lo que me da la gana!
- Hac"'e usted mal; á las mujeres y á las cartas se lo debe todo, todo: cuanto tiene, cuanto
vale, cuanto es ... usted...
Pero no pudo continuar insultándole: una tremenda bofetada de Jorge, que nadie supo evitará
tiempo, le azotó violentamente la cara. El barón
enrojeció sin devolver la agresión.
- Está bien - dijo tranquilo y siniestro -.
Está bien, creo que nos entenderemos.
- · Aquí, fuera, donde á usted se le antoje,
miserable! - gritaba Huguet furioso, forcejeando
con los amigos que le sujetaban.
Ya las demás personas que había en el Club
llegaban presurosas, atraídas por las voces y el
ruido.
- Bueno, basta, muchachos -decía el general
Romero-; nada de escándalos, y á cumplir con
vuestro deber de caballeros.
El duelo á espada quedó concertado para aquella misma mañana. El general Romero y el capitán Garmant apadrinarían al barón, y ClaudioAraoz
y el doctor Gutiérrez, á Jorge Huguet. El último
padi ino serviría de médico á ambos combatient~s.
Se restableció la calma; un murmullo sordo y misterioso, comentando el suceso, vagó mucho tiempo por los salones del Club.
.
.
Luis Ancona quedó en reumrse á sus padnnos
en casa del general para evitar sospech~s en la
suya, á la que iría un momento á cambiarse de
ropa y poner en orden sus papeles.
Jorge Huguet salió del Club acompañado por
sus representantes.
- ¿Te explicas la vi;ilencia de ~se hombre?_Está loco sin duda - dec1a Araoz mientras calillnaban bajo los pórticos de la plaza principal.
- Ya lo creo que me la explico; y lo triste del
caso es que el asunto, para mí, carece de importancia - respondía Jorge-; pero peor para él: de
todas maneras le abriré un agujero en la barriga.. .
- Esto sí que se llama tras de cuernos, pa_los
- sentenció con su habitual acento despreciativo
el cínico Gutiérrez.
Al llegará la calle de la Unión, se separaron.
- Venid por mí dentro de tres horas - recomendó Jorge.
Las voces de sus amigos le siguieron confortadoras:
- Calma, ;eh? .. . mucha calma ...
Jorge mar'chaba lentamente, azotándose las
piernas con su bastón de junco, mirando á su sombra prolongarse grotescamente sobre 1:1 acera, bañada por la luz azul de los focos eléctncos. Pensaba. La figura del barón aparecía tenaz ante él, co~
algo de misterioso y de atemorizador, como s1

fuese el destino. Siempre su contrario, ·en todos
los deportes, en todos los juegos, y ahora hasta
para jugarse la vida. ¿Por qué? Reconstruía en su
mente la última escena y recordaba las frases de
Luis: «Creo que nos entenderemos, y la serenidad
helada con que las dijo, y la sonrisa amenazadora
con que las subrayó. Un momento, su cuerpo todo se contrajo en un escalofrío, sintió qne toda la
sangre afluía á su corazón y que ¡3e le erizaba el
cabello. Una cortesana nocturna, envuelta en negro manto, apáreció súbitamente en la esquina, y
Jorge, de un salto, loco de miedo, huyó hacia el
otro lado de la calle.La mujer lanzó una carcajada,
que resonó cruel en el silencio de la noche. Huguet se detuvo bajo un foco de luz, avergonzado
de sí mismo. Entonces meditó con más calma. Su
vida había sido una continua lucha: primero con
la miseria, después con la obscuridad. Había trabajado en las casas de comercio como un negro,
en busca de dinero para satisfacer sus ansias de
lujo; se había batido en las calles de Lima; sintió
silbar las balas cerca de sus sienes, y nunca temió.
El fué un triunfador siempre: ¿por qué temía ahora?
Si ese hombre lo derrotaba en el duelo, iba á caer
de golpe todo su prestigio; no, era necesario, indispensable, aniquilar al barón.
·
Y Jorge, ante la inminencia del peligro que le
amenazaba, tuvo el valor desesperado que produce el miedo. Se irguió, sacudiendo sus miembros,
y dijo en voz alta, como para infundir en su ánimo un convencimiento tranquilizador:
- ¡Triunfaremos! ¡Afortunadamente, tiro muy
bien!
Y un momento antes de llegará su calle, se
puso en guardia y la emprendió á estocadas con
el bastón contra su misma sombra, que se agitaba
en el muro.
Penetró en su casa por el pasillo, y despertó á
Domingo, el negro, que dormía acurrucado junto
á un baul.
- ¡Hala, despierta; vete á Gastón, dile que
enganche ahora mismo la ckarrette y regresa en
un vuelo! ¡Anda, anda, aprisa, que la cochera no
está cerca!
Iluminó luego completamente el gabinete y el
cuarto de dormir. Se sintió acariciado por la blanda tibieza de sus habitaciones: le parecieron más
cómodas, más lujosas; un cariño inefable á sumorada, un apego desesperado á la vida, l&lt;; enterneció como no le enternecieron nunca ninguna de
sus historias de amor. Contempló arrobado su
pequeíio palacio, el templo de sus aventuras....
¿Era la última vez que la vería? Queriendo desechar las ideas melancólicas que lo asaltaban se
puso á preparar él mismo su café; no era nervio~o,
y la aromática bebida lo desperezaba. ¡Qué nea
la encontró!; era un néctar desconocido y delicioso, el mejor café que tomara en su vida. Lue~o
descolgó un {l.orete de la panoplia y la emprendió
á botonazos con la pared.
- Vamos, no estoy mal de agilidad.No sabien·
do qué hacer tomó un libro; pero no podía leer;
su imaginación danzaba en otras id&lt;;as. S~ es~iró
en el diván á fumar, y apuraba el quinto c1garnllo
cuando el negro volvió.
- Ya viene Gastón, niño.
- Bueno, dame unas friegas de agua de Colonia; necesito fortalecer los. músculos.
I

�Mientras el
negro cumplía
las órdenes de
su amo, éste le
hablaha cariñosamente:
- ¿Sabes,
Domingo?, me
voy á batir.
-¿Y qué es
eso, ntiio?
-Que voy
á reñir con un
hombre; que tal
vez te quedes
sin patrón ( 1 ).
-Ay, no hachilló el negro con an-

ble así, niíio, por Dios gm,tia.
. Jorge mirábase al espejo el cuerpo rojo por las
fnegas, cóntemplando el milagro voluminoso de
sus robustos bíceps.
- ¡Que todo esto se acabe por una estocada!pensó; µero luego, queriendo darse ánimos, exclamó resueltamente:
- Es necesario, y sabré vencer; le mataré.
El coche y los padrinos lleaaron casi al mismo
tiempo.
"
- ¿Listo y valiente? - preguntó Araoz.
- Listo y valiente - respondió con voz firme
Jorge Huguet. Después agregó:
- He mandado enganchar la charrette para
despistar á los curiosos; creerán que es un paseo
matinal.
Despidió al cochero y ocupó su sitio entre los
dos padrinos. El negro iba detrás, ocultando debajo del asiento las espadas de combate y et botiquín dPl médico.
- ¿Hacia dónde vamos? - preguntó Jorge.
- Hacia las inmediaciones del vkjo Hipódromo; no ha habido tiempo para conseguir sitio cerrado.
El caballo arrancó al trote. Eran poco más de
las siete de la ma1'ía11~; las calles comenzaban á
animarse. Los vendedores de comestibles, viejos
chinos de tez amarillenta y pergaminosa, pregonaban con voz nasal y monótona, corno 11n quejido:
- ¡Paaan, con chichalón, calentito! (2).
Curas y beatas, trajeados de negro, cruzaban
de prisa, yendo á sus devociones.
Las madrugadoras maritornes volvían ya del
mercado, con sus abultados pañuelos de hierbas,
entre cuyos pliegues aparecían los repollos y ·10s
tomates, la cola plateada de un pez 6 la colgante
cabeza roja de un pavo muerto. Las serranas vendedoras de frutas del país, con sendos canastos
colgados de los brazos y llevando á la espalda, entre dos largas trenzas, la manta, que, atada al cuello, envolvía á una criatura de pocos meses, gritaban cadenciosamente:
- ¡Buenas paetas (3), buenos plátanos, piñas,
chirimoyns! ...
Otras serranas, trotando en su mula, que mon(r) Americani,mo.
(2) Pan con chicharrones, desayuno de los obreros en
Lima.
(3) Hahuacates.

taban á horcajadas, con dos cántaras de latón á
los lados de la silla, sonreían satisfechas bajo el
amplio y apócrifo jiµi-japa:
- ¡La lecheraaa! - y terminaban el pregón
con un graznido-: ¡Jaiii... \
Los horteras - hítmedo y despeinado el cabello y enrojecidos los ojos por los rezagos de sueñn - abrían los almacenes, haciendo resonar los
aldabones y las cerraduras de cobre, limpios y reluciPntes como si fuesen de oro.
Un ejército numeroso de chiquillos vendedores de periódicos corría agitando los papeles desdoblados, frescos aún de tinta; sus gritos estentóreos atronaban el espacio como el bélico vibrar de
una trompetería guerrera.
- ¡ El Comeráu y La Prensa, acaban de salir!
¡El Tiempo, con la desgracia de ayer!
Todo este espectáculo vulgar producía en Jorge una muy triste impresión: la ciudad se despertaba á la vida; él iba tal vez á la muerte.
Una vez en el campo, la charrette recorría, saltando, los caminos amarillos, blandos y polvorientos, en los que hundía sus rued.a s. Los labradores
inrlígenas, torpes y recios, la miraban pasar con la
mirada estúpida de sus ojillos, pequeños y negros
como agujeros, escondidos tras los pómulos punteagudos y cobrizos.
Algunos gallos que picoteaban delante de las
chozas, atemorizados por el cochecillo, huían cacareando, seguidos por la cohorte de sus plumadas
concubinas.
Allá lejos, dos caballos, libre al aire la abundosa crin, relinchaban, alegres. El agua rumorosa
y cristalina de los arroyuelos besaba la fresca hierba; el viento, suave como una música, se metía cari1iosame nte entre las frondas. Jorge, mudo en su
asiento, contemplaba arrobado la Naturaleza, que
se fecundaba á sí mbma.
Cuando llegaron al sitio escogido, el barón y
sus representantes descendían de un coche de
punto. Los cuatro padrinos cambiaron un saludo,
y mient:as disµonían los preparativos del lance,
los dueltstas desembarazábanse de sus ropas. La
camisa de Jorge, almidonada con exceso, brillaba
como una coraza al ser herida por el sol. Luis, mirando con sorna á su adversario, se desnudó cornplNamente de medio cuerpo arriba, mostrando su
tórax huesoso cubierto de vello.
Jorge le imitó con ademán violento: los músculos temblaban bajo la piel fina y sin pelo, como la
de una mujer.
El general Romero tiró al aire una moneda
para que ella, al caer de cara ó cruz, decidiera sobre las espadas que dt•bían emplearse y la persona que había de dirigir el combate. La suerte favoreció á Luis: se emµlearían_sus espadas italianas, dirigiendo los encuentros el capitán francés.
Desinfectada por el doctor Gutiérrez la punta
de los aceros, y colocados en su sitio los ·combatientes, Garmant, dando una palmada, pronunció
la frase sacramental:
- Alley_, messit urs.
Ambos cayeron en guardia. El barón,-bajo cuyo
bigote negro blanqueabcr una sonrisa sarcástka,
atacaba de prisa, buscando ansioso el pecho de
Huguet. Este, lívido el rostro, pero serena la actitud, esperaba tranquilo el momento propieio para
la respu~sta, paranclo con la corrección académica

-de quien está en una sala de armas. De repente
-estiró el brazo.
- ¡Alto! - exclamó Garmant.
La sangre manchaba el hombro derecho de
Luis; no era nada, un rasguño; podía continuar.
-:- Vamos bien; está seguro de sí mismo -dijo por lo bajo Araoz al doctor Gutiérrel, que se
tiraba de los pelos de J-a barba sin ·responder, mirando á los duelistas otra vez en guardia.
Jorge, que hubiera querido terminar el duelo
con la primera estocada, nervioso é imµaciente,
pero confiado en su superioridad, atacaba seguidamente, con un juego complicado y ceñido. Luis,
-esgrimista menos hábil, sin poder seguir el hierro
de su adversario, se defendía á saltos con agilidad
de felino. Pero ésta no le valió: llegado al límite
-del terreno, estrechada la distancia, un á fondo
·formidable de Jorge fué á herirle en un costado.
Et acero había penetrado mucho )' la sangre
manaba en abundancia.
- No puede continuar-opinó el médico examinando la herida.
- ¡Sí puedo; me mantengo aun de pie!
.._
- Pero la pérdida de sangre le va á debilitar
-dentro de pocos minutos; está usted en condiciones desventajosas; la agitación podría producirle
una erisipela... No, no, de ninguna manera; no
puede continuar.
El barón insistía:
- Me siento aun fuerte; soy el ofendido; esto
no puede quedar así. ..
l,,:.;. L os padrinos discutían acaloradamente, mientras los rivales se miraban insultándose, diciéndose todo su odio con los ojos.
Gutiérrez había exagerado las proporciones y

la importancia de la herida, leve y superficial, deseoso de que el duelo terminara sin funestas consecuenóas; pero el general Romero, con su severidad de miltar, hizo prevalecer los derechos de su
apadrinado: debía continuar el lance.
El barón se colocó en guardia; una guardia
baja, á la siciliana, terriblemente ofensiva; plegado el brazo cubríase con el codo la última herida,
y agazapándose, encogiéndose como un tigre en
acecho, trataba de guarecerse tras lá ancha taza de
su espada, lo mismo que un gladiador tras el escudo. Huguet, receloso, le miraba sin atacar, amagando fintas y cavaciones, dudando .. .
Los padrinos, ansiosos y asustados, presintiendo un desenlace fatal, temblaban.
De pronto, en un momento en que Huguet se
descubría, el barón se tiró á fondo rápidamente,
estirándo::.e cuan largo era, decidido, seguro: las

�buque. El marinero, poniéndose de pie, consultó
el cielo, y convencido de que el Pacífico no hacía
traición á su nombre, volvió á sentarse en el enrollado calabrote, guardóse la pipa en la blusa y
entonó una canción á media voz. Era una que
aprendiera en su juventud durante sus viajes por
Europa, en el riente golfo de Nápoles. Música
bella y sugestiva por lo espontánea y sencilla,
triste y alegre; había en ella la rústica grandeza
de todo lo inspirado en el instinto sano del pueblo; su primer tono menor decía una tristeza que
no se puede describir, porque no se parece á ninguna otra, ni al llanto desesperado de los amantes
de ópera seria, ni al lamento monótono de las odaliscas. Era una tristeza suave, dulce y exótica, que
describía perfectamente el carácter de los napolitanos soñadores, · ardientes, que soportan riendo, con alegría melancólica, las congojas de la
vida; sentíase en las notas de la canció)1 todos
los ardores del Vesubio, que mancilla con su penacho de humo el azul purísimo del cielo y todos los quejidos del Mediterráneo, que el golfo
napolitano ciñe amorosamente entre sus brazos de
tierra.
La orquesta del Oceanoacornpañabalacanción.
De pronto, un ruido extraño que venía de
pepa, algo así como un sollozo ó una queja, interrumpió el cantar del marinero. Se levantó á in-

espadas, al rozarse, silbaron como serpientes,
y una chispa de fuego nació de la cópula heroica de los aceros.
Los cuatro padrinos precipitáronse en socorro de Jorge, que cayó de rodillas, abriendo
los brazos. El doctor Gutiérrez examinó la herida de una sola ojeada: era una pequeña man- .;
cha violácea, el picotazo de una avispa, apenas
sangraba; un chorrito caía desde !a tetilla derecha, resbalando silencioso coroo una lágrima
roja. El herido inclinó la cabeza sobre el hombro, y Gutiérrez, después de contraer los labios con significativo mohín, dijo rápidamente
en un tono de voz que era una sentencia de
muerte:
- Pronto, pronto; el coche.
Inmóvil y mudo, bajo el pórtico frondoso
de dos árboles, Domingo el negrito rompía á
llorar.

quirir la causa. En la barandilla de popa, con los
codos en ella y la cabeza entre las manos, un hombre miraba al mar.
- ¡Eh, señor!
Luis Ancona se volvió asustado; estaba tan
solo con sus penas, sus ideales rotos, sus amores
perdidos, sus ilusiones muertas, abstraído en apurar la amarga copa de sus recuerdos, que la voz
del marinero le sorprendió. Avergonzado, como ~i
le hubieran cogido cometiendo un delito, limpióse
de prisa, con el dorso de la mano, una lágrima que
temblaba en su rostro, sin caer.
- Señor - dijo el marino-, ¿se marea usted?
El barón respondió por decir algo:
- Sí, sí; me mareo.
- No tema usted á la mar, señor - continu•ó
con vanidad el viejo lobo-; es muy buena, yo la
conozco; aquí no hay tormentas y, en cuanto al
mareo, ya pasará, señor; todo es acostumbrarse ...
Y el barón, con una sonrisa triste y helada que
el marinero no hubiera podido descifrar nunca:
- Sí - le respondió - , todo es ·acostumbrarse; ya pasará.
Callaron. Serenóse el tiempo y el buque rimó
sus crujidos con el gemir de las olas. A poco los
delfines aparecieron saltando, siguiendo al barco,
como una cabalgata fantástica que galopase bajo
la luna y sobre el mar.

Madrid y Febrero, á 5 de 1907.

** *
El buque, balanceándose lentamente, abandonaba el puerto. La hélice propulsora crujía
en sus revoluciones, marcando su ~stela, que
ondulaba corno una sierpe de plata bajo la claridad lechosa de la luna. Allá lejos, el Callao se
perdía, hundiéndose en el agua, que parecía
incendiarse al reflejar en su movible espejo las
luces de la ciudad.
Sentado en el rollo de un cable, un viejo
marinero, insensible á las heladeces de la brisa
marina, fumaba su pipa, cuyo humo negro envolvíale la cabeza; una cabeza chata de lobo
de mar, de piel áspera y curtida, de ojillos
grises y saltones, de nariz roma y bermeja, de
boca grande con dientes ennegrecidos y desiguales. Recia barba rodeaba su garganta, como
un babero cerdoso. Sobre su frente deprimida, algunos rizos rebeldes y grises, escapándose de la gorra, encasquetada hasta las orejas,
temblaban agitados por el viento. Tenía el
busto pequeño, ancho y atlético, las manos velludas, regordetas y cortas, y cruzaba las piernas musculosas jugando con los dedos de sus
desnudos pies.
A poco el puerto desapareció completamente de su vista, y el buque navegó en alta mar.
Silbó el viento su poderosa sirena y se hinchó
el Oceano. Las olas furiosas, rugiendo encrespadas como gigantescos leones de melena blanca, reventaban con estrépito en el casco del

FIN

t

1

~eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbado's de Ourá y Compaflia. Imprenta de JoséBlass y Cia., San Mateo 1, Madri&lt;i

�' El Guento Semanal

El Cuento 6Bmanal

~

~JO

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

== RIUflLES ==

e

Novela de JACINTO OCTAVIO PICÓN

El CuEnto 5Emonal

Pou.r les annonces frnn~aises dans cette Revue s'adresser
a la Lib,alrie Puel de Lobel 53, Ruede Lafayette - París.

NUMtKUli PUlillliAUUI&gt;

FABRICA DE CORBATAS

l.º Jac111w uctav10 Pleon: LJesmcanto.

CRMISHS, 6URNTES, GÉNEROS DE PUNTO
ELEGHNCIR, SURTIDO V ECONOMfH

2.• Jdcilllo beua,eme: Lu sonnsa de uiocconda
3.• Gre¡¡ono Marllnez .:,1e11 a: A ventura.
4.º Ld.uaruo L.a111dCu1s: La cita.

5.º ~alvauvr l&lt;úeda: La ~uttarra.
6.• Autvn,v Zvzaya. La ma1&lt;1ua culpa.
7.º e.milla 1-"aruu Ba:tan: Laua unu ...
8.º Joa4u1n l&gt;ocenta: Una lezra de cambio.
9.º Felipe ·1 n¡¡u: J&lt;eve,uúurus.
10 Jvse 1-rauc,s: 1::.1 a/111a v,u;era.
ti. 1:.Uuaruu Man¡u111a: La caravana.
12. Judu 1-'érez tú111ga: la soledad del campo.
13. l&gt;ed10 ll&lt; l&lt;épode. LJel J&lt;ustro a Maruv1/lus.
14. tnanuel bueno: Uu11/ernw el apusw11aao.
15. M. L,uares l&lt;ivas: La espuma aet cham-

¡

~

pugne.

16.
17.
18.
19.
20.
21.
22.
23.
24.
25.

Peu,v 11\ata: Ni amor ni.arte.
Amauo Nervo: ú11 sueno.
A1e¡anuro Sawa: fJISlorta de una reina.
F. Vlllaespesa: 1:.1 m1tagru de
rosas.
S. y J . Alvarez 1,¡ulnt&lt;ru: La madrecita.
Sines,o Delgado: 1:.1 fm de una leyenda.
E. Ramlrez-Angel: LJe corazon e11 corazón.
A. Larrub,era: La conquista del jándalo.
Mauricio Lopez-Roberts: las Tres l&lt;emas.
Carmen de burgos (Colombme): El tesoro

26.
27,
28.
29.
30.
31.
32.
33.
34.
35.
36.
37.
38.
39.

P. Serrano de la PeLrosa: ¡Por malas/
Pablo 1-'arellada: Pompas de jabón.
Ramón Pérez de Ayala: Artemisa.
Manuel Ugarte: La leyenda del gaucho.
Mariano Valle¡o: Deuda pagada.
Arturo Keyes: La Mo1uchtta.
Angel t,uerra: Al ,Jallo".
Ratael Leyda: Santificarás lasttestas.
Cristóbal de Castro: Luna, lunera _..
Ricardo J. Catarineu: Almas errantes.
Francisco F. V,llegas (Zeda): Lonfesión.
Uaud,o Prollo: Cómo mu,tó Arr1aga.
Antonio Palomero: D011 Claudlo.
Pompeyo Gener: U/timos momentos de Mi-

u,.

del castillo.

guel Servet.

40. Car1osLuisdt Cuenca:¡Loquesonlascosas/
41_ J. López Pmillos: Frente al mar.
42, Blanca de los Rios: Las hl}u~ de don Juan.
43. Julir, Camba: El destierro.
44. Miguel Sawa: La Muñeca.
45. Luis llello: El corazón de Jesús.
46. J. Perrándiz: El ,Oies irtz• de san Huberto.
47. A. R llonnat: Un hombre serlo.
48. Alberto lnsúa: Las señorllas.
49. J M.• Salaverrla: El literato.
50. Apeles Mestres: La espada.
51. Blanco- Bel monte: La ciencia del dolor.
52. Rafael ~a tilla,: Quiero ser santo.
53. Número - Almanaque: Del camino, por
Joa~uin Dicenta. - Precio: 50 céntimos.
54. Manuel Linares Rivas: Un fiel amador.. .
5.',. Antonio Zozaya: Como delinquen los viejos.
56. Edm,rdo Marquina: La Muestra•.
57 Arturo Gómez-Lobo: La senda estéil.
58. Sinesi" Dell(ado: Espirita puro.
59. Pedro de Répide: El solar de la bolera.
60. Fduardo Zamacois: El collar.
61. José Francés. Afientras las horas duermen ...
62. Gabriel Miró: Nómada.
6.1. R. A. Urbano: El barbero del usfa
64. P sc11al Sant,cruz: Nobleza obli¡¿a.
65. José M.ª Matheu: Un bonito negocio.
66. Leonardo She, if los cuernos de la luna.
67. Francisco F. VillCl(aS (Z d.o): Lafdbrica.
68 Blanca de los Ríos: Madrid goye.co.
Est"s nov, las se venden, a1 pr-=cio de 30
céntimos ejemplar, en nuestra Administraclón, Fuencarrat, 90, y en las librerías, kloscos y puestos de periódicos de toda España.

Q.:,.,---

PRECIO FllO ~ 12, CRPELLRNES. 12 ~ PRECIO FIJO

¿ DESEA USTED SABER
CUAL ES El EST~BLECIMIENTO MAS POPULAR EN

~

1

...a~ bar-dio que

"'; NADIE! &gt;'o

SUCESOR DE DUPUY - 21 Preciados 21 - Portada verde
PARA BAÑO, POR SU AROMA Y PRECIO INSUSTITUÍBLE
AGUA COLONIA ORIVE. DESDE 3 REALE:, FRASLO ,

CORSES fiB NOVIA Epilepsia ó

..."

-

n

~

~
~

U&gt;
[l;

::e

O-

&lt;C

~

(1)

o

-l

O-

"

~

#'o

l\'UEVO MOOEl.0

CONDE Of X/QllfNA, 2
(Antes Salesas)

accidentes
ne-rvio''s os
CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la m~oicaclón polibromurada, con las

Pastillas antiepilép•
ticas de OCHOR
No quitan et apetito
No deprimen
Cortan rápi 'amente

los accesos.

ESQUINA A PRIM

El mBjor alimEnto

para Niños
Contiene la leche pura de los ,J,vs p.tslvs de l&lt;elllosa.
Adoptada por Consultorios de Niños de pecho. 1,50 bote.

CHAMPAGNE BINET
SUPERIOR

REIMS
A TODOS LOS DE IGUL PREC 10

la Santa Fé.
Novela, porRAFAEL URBANO
Ilustraciones de SANTANA BONILLA

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="426">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560756">
                <text>El Cuento Semanal</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560757">
                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562296">
            <text>El Cuento Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562298">
            <text>1908</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="53">
        <name>Año</name>
        <description>Año de la revista (Año 1, Año 2) No es es año de publicación.</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562299">
            <text>2</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562300">
            <text>69</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562301">
            <text>Abril</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562302">
            <text>24</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562303">
            <text>Semanal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="562320">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562297">
              <text>El Cuento Semanal, 1908, Año 2, No 69, Abril 24</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="39">
          <name>Creator</name>
          <description>An entity primarily responsible for making the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562304">
              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562305">
              <text>Cuentos</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562306">
              <text>Narrativa</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562307">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562308">
              <text>Cultura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562309">
              <text>Relatos cortos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562310">
              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562311">
              <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562312">
              <text>Sassone, Felipe, 1884-1959, Colaborador</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="562313">
              <text>Menéndez, Ilustraciones</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562314">
              <text>24/04/1908</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562315">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562316">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562317">
              <text>2020347</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562318">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562319">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562321">
              <text>Madri, España</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562322">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="562323">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36338">
      <name>Felipe Sassone</name>
    </tag>
    <tag tagId="3588">
      <name>Libros y revistas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36337">
      <name>Novela Viendo la Vida</name>
    </tag>
    <tag tagId="36336">
      <name>Pérez Galdos</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
