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                  <text>' El Guento Semanal

El Cuento 6Bmanal

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26.
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29.
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35.
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cuyos autores ó editores nos remitan dos ejemplares.
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Velasco.-0,50 pesetas.-En las primeras página. de
esta obrita está descrito con bastante exactitud y sabor
clásico aUJ1que quizá con seora de palabras rebuscadas,
el episodio que dió nombre á la hoy calle de la Arganzuela, de esta corte. La protagonista es la mujer del
pueblo en aquella época: la maja. A continuación estudia
el; autor la degeneración de este clásico tipo de mujer
que, de escalón en escalón, pasa por la manola, la gata
con t-ibetes de señorita, la nincha, la j1,rcia... El señor
Vela.seo cree que esta desgraciada fu.reía de hoy es la
tataranieta de su maja Sanchita, y dolido de ello nos
dice al final de la leyenda «Ciégo será quien no vea tal
r epugnante cuadro.
, Y se desprende, como cabo de esta leyenda, que la
r aza de Sanchita se va, se va...
,Se va el }.fadrid chulo sin demostrar franca y de UJ1a
vez para siempre, si lo que lleva dentro es un fraile ó
UJ1a fiera.&gt;)
La aprenslva.--Se ha impreso y puesto á la venta
este boceto de comedia, primera producción dr amática
del conocido publicista Dr. Corral y Mairá, que tan favorablemente fué acogida por nuestro público.
Exodo,-Hemos recibido el núm. 3 de esta revista mensual vallisoletana que publica interesantes trabajos de
Alta.mira, L apí, 'I'axonera, Cagigas, González Blanco,
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-No, señor.
-Pues yo le digo á usted que :,1.
- Bueno, pero como ...
No pude oír más, porque aumentando de pronto la velocidad del tren, el ruido de las ruedas y
el trajín de la marcha me impidieron percibir con
daridad las demás palabras de aquellos compañeros de viaje, que ib~ discutiendo desde la estación de partida. Interesado, no obstante, en
saber lo que no había podido oir, me incliné hada ellos. Pasábamos entonces sobre un puente
de hierro, y resultó inútil mi movimiento. Me
puse en pie, y acercándome á los interlocutores
-pronuncié algunas palabras para entablar conversación. El más joven me contestó secamente
una frase de esas que finalizan un diálogo, y yo,
más que ligeramente molesto, fui á sentarme al
utro extremo del coche.
Pasamos el puente, disminuyó la·· velocidad
'Cl.el tren, y mis camaradas cesaron de hablar.
La noche había cerrado completamente, y co-

mo el paisaje ofrecido por la única ventanilla
abierta, apenas era visible por las sombras que
lo velaban, improvisando de mi portamantas
una almohada, me tendí sobre el asiento, dispuesto á dormirme hasta la próxima estación,
por cierto muy distante.
Mis compañeros me miraron con extrañeza.
- ¿Pero va usted á dormirse?-me preguntó
el más viejo con cierta admiración.
--Si ustedes me lo permiten...
-Por nosotros no hay ningún inconveniente.
¡Oh, puede usted hacerlo! ¡Pues no faltaba más! ...
Mire usted-continuó el más joven, que era quien
me hablaba-yo soy republicano... Perdone usted
si le ofendo.
-Me es igual.
-Bueno, ya me entiende usted-replicó guiñándome un ojo-. Quiero decir, que puede usted hacer lo que quiera. Y o creo que todo el mundo es libre y dueño de obrar como le guste y convenga; sin molestar á nadie; como Dios manda.
¿No es eso?
Asentí con una inclinación de cabeza, me incor-

�poré en el asiento y quedé sentado sobre el portamantas.
-No, no; acuéstese usted-dijo el viejo-. No
vaya usted á desvelarse por nosotros.
-De ningún modo. Realmente no tengo sueño. Lo que tengo es un aburrimiento insoportable-contesté, y comprendiendo lo incgnveniente de semejante declaración, me apresuré á suavizarla continuando:-No por ustedes... ya comprenderán; pero estos viajes tan largos ... con estos trenes tan pesados ... En fin ...
--Sí, sí; la verdad es que nuestros trenes van
despacio... Por supuesto-prosiguió el joven,
ofreciéndonos su petaca- se ha progresado bastante, y ya no se tarda meses y meses en atravesar la península, como en tiempos de las célebres
galeras aceleradas. ¿Eh? ... ja... ja... ¡Tendrían
gracia los viajes aquéllos!. .. ¡No apague usted!
Le dí mi cerilla, y mientras ~1 encendía un pitillo, el viejo, que tenía aspecto de militar retirado-'-----era un hombre de sesenta años, con ojos verdes y bigote y perilla blancos-dijo:
-Había de todo, señor mío. Sepa usted, pues
este caballero debe saberlo- dijo por mí-, que el
progreso no ha sido absoluto, ni en todos los órdenes.
-¡Cómo!
-No; no hay que asustarse. Antes habia de
todo, y las deficiencias de lo material se sobrellevaban con paciencia, por la gran cantidad de moralidad que poseíamos.
Y dicho esto por el viejo, se puso con fruición
su gorra de viaje, con un ademán tan airoso y elegante, que pareció una autocoronación por las
frases que acababa de decir.
--Sí, sí- prosiguió como hablando consigo--,
eran buenos días aquéllos ...
- Había buenas mujeres- apuntó con malicia
el joven.
-¡Hombre, también! Y se echaba una cana al
aire, pero siempre guardando las formas y el respeto. No como hoy. Entonces no había juergas.
Juergas-recalcó el viejo- . Si eso es juergas.
¿Han oído ustedes jamás una palabra más fea?
¡Es horrorosa!
Ladeó cómicamente la cabeza, abrió las manos, como si tuviera en ellas un libro de verdad,
y murmuró:
-¡El progreso!
El joven, que era un comisionista en tejidos,
según dijo después, y que sólo tenía esa eultura

desdichada, mil veces peor que la absoluta ignorancia, esa cultura desdichada, digo, que se adquiere con la asidua lectura de un solo" y único
periódico de partido, presentó algunas objeciones contra las ideas del viejo; y de palabra en
palabra, caímos los tres en una de esas disputas
donde la razón escapa por el ruido de los gritos.
El viejo, que era un militar, hombre ilustrado,
verdadero creyente, desplegó el álbum de sus conocimientos, y haciendo del tema una lucha, se
parapetó tras el justo inedio, arrojando desde él
un fuego graneado de razones sentimentales y
prácticas mezcladas á ratos con proyectiles prohibidos en la táctica de guerra. Quiero decir,
que inventó algunas citas, forjó unas autoridades indiscutibles, y me arrebató, en fin , el asentí-

miento varias veces con el conocido anzuelo: Como usted sabe; como usted no ignora, etc. , etc.
Y sucedió lo que sucede siempre que se pone
en parangón el pasado y el presente, que finalmente la cuestión quedó reducida á la posibilidad de un sujeto religioso. Y el que nosotros discutimos fué ... El milagro, sí, señores. Tenía razón
el viejo. No hemos adelantado nada. Hablamos
todavía de lo mismo, porque una falta de fe hace
eternos los problemas.
No iba yo contra el militar. Sus ideas se parecían más á las mías que las del joven, y sin embargo, no puede decirse que fuéramos contra él
el militar y yo. Lo que sucedió fué que, siendo
yo, como todos los desequilibrados, un equilibrista mental, una especie de japonés de circo ó
de malabar sublime que se empeña en sostener

de punta las ideas, las mias, sostenidas así, vaci- de caballero. Había jurado defender á las instilaban, inclinándose unas veces al uno y otras al tuciones mucho antes de aquel brusco levantaotro. Yo afirmaba, no la posibilidad del milagro, miento, y no podía en modo alguno traicionar
sino su existencia; más aún, su actualidad, ase- mis principios y despojarme del propio honor por
gurando, por supuesto, que tales afirmaciones el honor de la idea. Aplacé, pues, la resolución
procedían más de mi modo de pensar que de mi del drama interior, y cumplí dentro de los míos
propia experiencia.
como bueno, cumpliendo sólo lo ,estrictamente
-¿Cómo de su experiencia?-preguntó el vie- preciso para servir por igual á mi honor y á mis
jo-¿Es que tiene usted la osadía de creerse un ideas. Creo que fuí un héroe, y sobre todo
bienaventurado para ver las maravillas, no con un hombre, en la vieja y olvidada acepción
la reflexión, sino con los ojos del cuerpo? ¡Vamos, castellana.
hombre!. ..
Cambió de postura el narrador, se aproximó
-¿Pero ha visto alguien alguno? ¿Lo ha visto más á nosotros, y añadió con simpático desenusted?-dijo el joven sin poderse contener.
fado:
-¡Sí!
-Ustedes me permitirán este elogio, digno de
Lo categórico, rotundo y enérgico de la contes- perdón, por ser hijo de incurable é irremediable
tación nos dejaron perplejos. El
vanidad. Mi vida iba para draanciano clavó en nosotros sus
ma, y si hubiera querido dar
obstinadas pupilas, y después,
gusto al público de teatro, con peencendiendo una pipa que había
garme un tiro en el tercer acto
sacado antes de un bolsillo de su
hubiera dado fin á la obra, aunabrigo, un abrigo peludo, de heque no hubiera resuelto el prochura francesa, con los bolsillos
blema-cosa menos esencial que
perpendiculares sobre el pecho,
el número de jornadas-. Pero yo
añadió:
preferí hacer mi vida más larga,
--Si no les molesta á ustedes,
añadir algo y transformarla en
les referiré una historia. No; una
novela, con un término más
historia, no. Es un suceso real,
agradable y sencillo, como el que
auténtico, histórico... Sí, eso es,
piden para todas las ficciones las
una historia... ¡Tienen tantas
almas buenas... En fin, no quiero
acepciones las palabras, que estoy
recordar aquellos días, ni remopor no referirla!- murmuró con
ver olvidados recuerdos, que para
disgusto, después de una pausa.
nada hacen falta en esta historia.
Sonreímos disimuladamente el
Los episodios de aquel año poco
joven y yo, y esperamos el relatienen que ver con este relato, y
to. Eso sí, cuando el hombre quiso empezar, sólo á la ligera sirven de prólogo al mismo...
le detuvimos nosotros, porque entonces encen- ¿Quién de ustedes me hace el favor de una cedimos los cigarros.
rilla?
El joven sacó su caja de fósforos y le ofreció
uno encendido.
II
-Gracias ... Pues bien, estando yo en Fuenterrabía, á consecuencia de un balazo que recibí en
El viejo empezó así:
este muslo-señaló su derecho-, pero ya en es---El año 73 era yo capitán del batallón caza- tado de prestar servicio, me mandaron salir una
dores de Barbastro, uno de los más heroicos de- noche para reconocer personalmente un caserío
fensores del Gobierno de Madrid, enfrente de los inmediato, donde, según confidencias, acudían
ejércitos levantados por Don Carlos en el Norte. unos sospechosos. La comisión era poco digna
En el fuero interno, debo confesarlo con franque- de mi cargo, y más que impuesta, puedo decir
za, la causa enemiga érame más simpática que la que hube de solicitarla para calmar algunas murpropia, porque ésta, más que mía, fué un tributo muraciones sobre mi larga enfermedad. No había
que pagué á mi honor de hombre y á mi palabra razón para semejantes miserias; pero, señores,

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. ...-.,; ;...._,,

---- -

-~
..
~zrr,

hay miserias en toda¡¡ partes y también las hay
en campaña. No pueden ustedes imaginarlas.
Horrorosas, terrib1es... ¿Tiene usted la bondad
de? ... --dijo dirigiéndose á mí, haciendo ademán
de encender un fósforo.
Encendió nuevamente su ·pipa; dió varias chupadas con energía, y pro~iguió más animado que
antes:
-Fuí destinado á otro batallón. Aquella tarde
había nevado copiosamente y la nieve cubría el
suelo como si fuera una alfombra de terciopelo
blanco que tuviera un palmo de espesor. A las
nueve salí abrigado con mi capote de marcha,
llevando un bastón con una contera de trapo para
no resbalar. Antes hice-ir al caserío á dos soldados y me quedé con tres números que me acompañaron hasta la puerta.
Hacía buena noche. Una luna enfermiza, rodeada de un nimbo amarillento, iluminaba el paisaje. La luz caía fina, de color violado, sobre
aquellas mortajas del invierno, sin producir casi
sombras donde no iluminaba. Una línea blanca
separaba el cielo de los montes, y éstos apenas
si podían distinguírse. El conjunto parecía el paisaje de un sueño; un paisaje ahogado, sumergido
en el mar. Sí; en muchísimos instantes me hice
la ilusión de supervivir á un naufragio y de hallar
me, por un raro privilegio, dueño de poder recorrer los abismos del Océano ...
El camino que tenía que atravesar no era del
todo agradable, pero aquel silencio abismal, si

......

ustedes me permiten la palabra, me encantaba
y hubo momentos en que, olvidado el objeto de
mi viaje, alcancé un goce supremo dándome
cuenta de mi vida. Cuando llegué al caserío despedí á los números que me acompañaban, que me
aguardaban, mejor dicho, y les hice que volvieran al puesto. Mi objeto era conocer únicamente
á los sospechosos y poder verificar así á un tiempo un copo en toda regla. El peligro, además, era
nulo. No había nada que temer. Los sospechosos
eran sencillamente algunos oficiales que querían
pasarse al enemigo, y para efectuarlo juntos
habían de decidirlo en aquel sitio, alojamiento
de uno de ellos.
El caserío era una finca pequeña, de dos pisos.
La parte superior estaba destinada á dormitorio
y á despensa ó granero. Tenia dos puertas, la que
daba al corral y la de entrada. Al llegar á ésta me
detuve, porque me pareció oir un gruñido. Distinguí unas voces, y ya me disponía á empezar
mis observaciones, cuando apareció un s0ldado
en actitud de recibirme. Aquel encuentro me desconcertó un poco. Se disculpó el hombre como pudo, y asentí á su disculpa. Por lo demás, aquello
era justo y natural, dadas las circunstancias,
pues no una vez, sino varias, el enemigo, confiándose en las sombras de la noche, se arriesgó
á penetrar, no en aquél, sino en otros caseríos
más próximos de nuestras fuerzas. Estas cosas
parecen inconcebibles, pero en las guerras civiles
nada tan fácil, porque el enemigo conoce exactamente el terreno, se alberga á nuestro lado, y es
también con frecuencia quien nos aloja.
Dí un paso y entré. La primera habitación ya
pueden ustedes imaginarse cuál sería. Casi siempre suele ser la codna, santa, sabia y hermosa
construcción tradicional. El caserío de Mariate-

guí no se apartaba en.eso de la costumbre. Sucocina era amplia, señorial, magnífica. Su pesada
campana, ennegrecida por el humo de la carrasca consumida á su amparo, era impohente. Tenía
algo de fragua, de altar y de calabozo. Esos santos hogares, más grandes, más amplios que aquellos primitivos fogones, donde los griegos y los
romanos celebraban sus cultos, han desaparecido de las ciudades y los vemos alguna vez en los
pueblos. Nada más que en los pueblos. El gran
hogar, ese hogar donde por arder un bosque no
necesita vestales, ha sido aniquilado por el
progreso. ¡Qué barbaridad! del gran culto del
pasado no nos queda sino la lamparilla de Edison y el braserillo para los pies, que algunos
conservamos todavía. Vean ustedes.
Apartó un poco las piernas, é inclinando la cabeza, nos mostró un calentador de alcohol, en
que no habíamos reparado todavía.
-Este es el culto de ayer-añadió poniendo
sus pies encima.
-Pero usted lo pisa-apuntó con enojo el ·
joven.
-¡Lo utilizo, señor! Ustedes, en cambio, perdóneme usted, amigo, han matado lo de abajo y
lo de arriba. Han perdido el pasado y no tienen
porvenir. Continúo.
Cruzó las piernas y prosiguió reposándose poco
á poco, recordando sus pensamientos, como si
recordara las palabras de algo referido muchas
veces:
-Cuando entré, seis soldados y la dueña, una
vieja consumida y seca, disputaban á gritos. Las
voces, las actitudes, las llamas del hogar y lo rojo
del pantalón del uniforme daban á aquel cuadro
un color vivo y un sonido interesantes. Un sonido, sí; el sonido es lo más grande que ha producido el Creador, y por la música nos unimos con
lo que realmente queremos estar juntos. (Tendría
que decirles á ustedes muchas cosas sobre esta
opinión.)
Mi presencia hizo cesar el tumulto. La mujer
se quejaba de algunos desafueros que los soldados habían cometido en la cocina, y ~quéllos á su
vez de no sé qué ocultaciones por parte de
ella. Resolví la cuestión á favor de los míos;
pero la vieja juró y perjuró, en vascuence y en
castellano, que no tenía nada que ofrecer fuera
del vino, pues la gallina que para ellos reclamaban, necesitábala una su hija que había dado á
uz el día antes un niño muerto.

Calmáronse los ánimos poco á poco, y empezó
á correr de mano en mano una bota de chacolí,
hasta que entró en lucha con ella una jarra desportillada llena del mismo líquido.
Confieso yo que también á mí me roía el gusanillo, como vulgarmente se dice, y así supliqué
á la casera, con el mayor encare&lt;;irniento, una
nueva requísa en su despensa, por si había cometido algún descuido, del que yo pudiera cuídarme más de un poco.
En esto del hambre y de la sed pasábamos el
tiempo, cuando abriéndose la puerta de repente,
apareció un hombre de semblante curtido, con
sombrero ancho, una capa viejísima y mugrienta
y un báculo.
-¡Ave María!-dijo pausada y solemnemente.
Esperó la respuesta paseando sos ojos por nuestras caras, y cambiando de tono preguntó:-¿Hay
algo para el romero?
Le miré yo con extrañeza, y todos nos mirábamos como diciéndonos con la vista: &lt;&lt;¿Un ~omero en la guerra? ¡Vive Dios, que es un espía!i&gt;
Alguien aventuró una frase mortificante para
el romero; no faltó quíen quísiera ir más allá del
insulto, y el hombre, más abochornado por lapatrulla que por mis propias miradas, iba á salir,
c11-ando trasponiendo el umbral entró el perro
que le acompañaba, el cual conducía atado con
un cordel. Y nadie hubiese advertido su entrada,
á no haber aparecido ladrando de un modo tan
~
extraño y particular, que parecía naturalmente
ronco, como si ladrase de lejos, en una cueva profunda ó en un arca de ropa.
-Pobre bestia-dijo uno-, ha visto al Papa.

�t

-Oye tú-apuntó
otro-, los perros que
peregrinan, ¿van al cielo
después?
La casera acarició al
animal, que se le puso
de manos, agitando la
lengua y provocándola á
juego. El perro era un
hermoso y bien cuidado
ejemplar de casta pequeña, figura· alargada
y baja, con las patas delanteras hacia fuera; lo
que siendo un defecto á primera vista, era, bien
mirado, una coquetería de la raza para mostrar
un pecho noble, viril y enérgico. Era un perro
de San Roque, ni más ni menos que esos perros
que vemos en los altares, con un pedazo de pan
cerca del bendito abogado acusador de la peste
é intercesor del apestado incurable. Dió un tirón de la cuerda el romero y el perro salió siguiéndole. Yo me quedé recordando la preciosa
figura del animal y su color perla.
Los soldados, silenciosos un momento, empezaron á cuchichear después...
En este instante se abrió la portezuela del coche, y el revisor nos pidió los billetes. El interés
que el relato despertara en el joven y en mí nos
hizo juzgar intespestiva la entrada del empleado. Con tal motivo se abrió un paréntesig, administrativo-ferroviario, del que salieron gananciosas y elogiadas todas las Compañías extranjeras, que tienen un personal más discreto, según
dijo el comisionista, y unos vagones de tercera
que valen más que los de primera nuestros... •
,7
.__J

-Pues bi'!n, quedábamos en que los soldados se hablaron al oído, y desde luego habrán
ustedes adivinado que no fué cosa olvidada en
aquellos cuchicheos el perro del peregrino.
Me dí cuenta tan exacta como ustedes de las
ideas que cruzaron entre sí todos ellos; pero
comprendiendo al fin lo justificado del caso. Esto
no pueden ustedes comprenderlo, aunque sonrían-añadió por vía de paréntesis, cambiando
un poco la voz, como si estuviese muy firme én
sus ideas ó temiese manifestarlas claramente.

__.:_ La sensación de
hambre - continuó en
tono apologético y exaltado-es algo más que
una sensación cualquiera; es un sentimiento, ó
las palabras no dicen lo
que quieren decir. Es
preciso pasar estado semejante, y hasta pasarlo de nuevo, para llegar
á comprenderlo. Es el
sentimiento que se olvida más pronto, y aquel
cuya satisfacción se agradece más que otra alguna en el momento que se satisface. Sin ser
desesperada la situación de nuestras tropas,
porque en verdad ya iba de· vencida la pelea,
puedo decir que no teníamos nada más que lo
justo para nuestro mantenimiento, y que en los
caseríos se carecía de todo.
"~y ahora, fíjense ustedes en que lo justo
s;°ele ser casi siempre el umbral del dolor. El organismo se ha prostituído tanto como el sentimiento moral, y es preciso algo más de lo debido
para dar las gracias y sentir un poco de agradecimiento. Me repugnan estas infamias, pero
no dejo de reconocerlas. En todo se quiere algo
más de lo justo; la exageración en las ideas y el
peso corrido en las cosas. ¿Qué mérito tiene lo
normal entre nosotros? ...
Se detuvo un momento y continuó en seguida:
-Es preciso que me perdonen ustedes estos
paréntesis... Debo hacerlos, porque no quiero
que se formen un mal concepto de mis muchachos. Mis soldados eran como somos todos colocados en un medio sin freno para los propios instintos. Más que en la paz, estado artificial, de
hipocresía, de falta de valor y confianza en el propio esfuerzo-es un armisticio para lucha; el
Evangelio lo dice recordando nuestra miseria:
Si vis pacem para bellum-es en la guerra donde
se revela el hombre. ¿Quién conoce á los que no
han combatido? ¡Nadie!. ..
Mis hombres, cuando pensaron apoderarse
del perro, obraron como verdaderos hombres;
como fieras hambrientas. Les bajaron las ideas
al estómago ó el estómago se les subió á la cabeza.
-¡Pero, señor!---objetó el joven-¡Estáis haciendo una defensa del robo!
El narrador lo miró con lástima, y dirigiéndose

á él como diciéndole: &lt;&lt;Lo que voy á decir es para apurando la maldad que positivamente existía
usted soloi&gt;, contestó:
en los cómícos que representaban las obras de
-Usted será todo lo moral que quiera. Yo lo Esquilo, de Shakespeare, de Calderón ... Sí; esos
soy tanto como usted; pero mientras refiera mi hombres no hacían más que estudiar, que estruhistoria, es preciso que me coloque en el mundo jar, que revelar toda la maldad de aquellos permoral de aquellos á quienes hago referencia. Mi sonajes reales que luego representaban los suyos.
objeto es referir, no evitar. ¿No es eso?-Y pidió Por eso no hay un personaje que falte ni hay un
asentimiento á su pregunta dirigiéndose á mi.
personaje que sobre. Escribían como los grandes
-Bien, pero ...
perversos: pensando en la compañía que debía
-Bueno, hombre-interrumpí yo-, deje us- ejecutar la obra; haciéndola para ellos... No, no
ted que siga.
se admiren ustedes; no me den ustedes tampoco
-Pues, en fin, el caso fué que uno de los mu- la razón, porque ustedes no han llegado á este sachachos, sin decir nada, silenciosamente, abrió ber por mis mismas experiencias. El mal teatro
la puerta y salió al campo. La vieja, que á mi presente, es precisamente bueno por eso, porque
lado_ seguía como yo aquella maquinación, diri- los pobres autores no escriben para las compañías,
giéndose á mí y en voz alta, para que todos la porque sobran así muchos personajes, porque
oyesen, denunció la acción del soldado. La mujer les falta alguno, porque, en una palabra, todo lo
adquirió en su santa indignación esa elocuencia que pasa en la escena contemporánea es una somagnífica de la cólera y el arrebato, negándose lemne mentira, una pura falsedad. ¿Ustedes
por anticipado al préstamo de los adminículos creen que todos los actores de tal teatro combinanecesarios para el festín. Vi indecisa mi autori- dos, como los ha combinado un autor, llegarían
dad, y estallar una lucha entre mis necesidades á efectuar realmente el drama que representan?
y mis ideas, y salí de la casa, fíjese ahora el joven ¡De ningún modo! El drama es bueno, por todo
-dijo mirando al comisionista-, para no dra- lo que tiene de falsedad y de mentira. He ahí una
matizar la vida.
señal de la superioridad futura y por qué odio
-Noto-le dije-que tiene usted un horror el teatro. No puedo decir más.
marcadísimo al teatro.
Prosigamos--continuó---. Salí al campo para no
-Le diré á usted. La miseria moral de las gen- decidir. Al poco rato vi llegar al que salió á vetes me ha hecho un poco egoísta. Desprecio á los rificar el robo. Me oculté, y le pude ver sin que
demás... Entendámonos-añadió suavizando la lo sospechase. El soldado andaba pesadamente,
franca brutalidad de sus frases-. No quiero ser rechinando al pisar y moviéndose como un beoun espectáculo de gozo para el mayor número. do. No distinguí bien al perro, pero sin duda lo
La multitud pide siempre sacrificios. Fíjese us- llevaba en brazos, obedeciendo á tal carga la onted en la finalidad de los juegos públicos: siem- dulación de sus pasos. Entró y una explosión de
pre hay una víctima, el toro, el vencido, el que júbilo llegó hasta mí, durando mucho tiempo el
pierde, el héroe trágico, que á pesar de su gran- eco, hasta perderse despeñado y en fragmentos
deza, muere. ¡Hasta en lo cómico!... ¡Oh, en lo en los últimos límites del paisaje. Las carcajadas
cómico se conoce la perversidad humana! A la y las voces salían al campo, esfumándose de
víctima se le quita la elegancia y la razón. Toda pronto, deshaciéndose, con la misma rapidez que
la dignidad: la del cuerpo y la cfel alma... ¿Están se deshace el humo de un tren en marcha. Así,
ustedes conformes? Es repugnante. Las bestias, igual que esas nubes--dijo señalando la venlas nobles bestias, no tienen comedias. Los sal- tanilla.
vajes, cuando llegan á pervertirse, cuando se deMiramos, y en efecto, las nubes del vapor se
gradan hacia arriba, cuando se civilizan, como despeñaban como fantasmas, tanto más de prisa,
decimos, entonces empiezan á tener comedias... cuanto con más rapidez marchábamos.
No, yo no odio el teatro. Odio el mal teatro, ese
-No sé-prosiguió-lo que ocurrió dentro,
teatro que llaman ustedes bueno y que es verda- pero imagino, como imagitlé entonces, que á viva
deramente malo; un teatro que por fortuna ya no fuerza arrancaron á la vieja una sartén. Entré
existe, porque ya no se sabe hacer ese mal. El de nuevo, y la mujer me suplicó, llorando, la limejor teatro es ese que ha desaparecido: el malo, bertad del perro. Un breve murmullo, tenue priese teatro que escribieron los mejores trágicos mero y más elevado después, se percibió en la

�que no!.. Lejos. Aquí se da una carrera de baquetas á todo los peregrinos que molestan...
El hombre se fué, y me parece que le sentí so-

l

cocina. El cabo, cuadrándose ante mí, me dijo
resueltamente:
-Mi capitán, tenemos hambre.
-¡Asesinos! ¡Herejes!- les gritó la vieja.
-Bien. ¿Dónde habéis cogido ese perro?
- Me lo he encontrado yo-replicó con resolución el atrevido.
-¡Señor, si es el del romero!-gritó enloquecida la mujer.
-¡Embustera!-&lt;lijeron dos soldados á la vez.
La escalera que daba acceso al granero y al
dormitorio de arriba crujió de pronto y apareció
en ella el comandante Fieschi, un viejo de origen
ruso, pero español de ·n acimento, que había hechoJas dos guerras anteriores en uno y otro bando para conquistar sus grados. Los soldados callaron y y.o-Je saludé. Mi presencia le sorprendió
un momento, pero dis{rimló el enojo, y haciéndose cargo a.el pleito, tomando el perro por el cuello, se lo dió á fa inujer, diciéndola con imperio:
· - ¡Aquí nadie se muere de hambre, señora!
Que lo pongan con patatas.

La mujer cogió la bestezuela y sollozando se
fué al interior del caserío, rezando la letanía de
sus odios: &lt;&lt;Pillos, granujas, judíos... ~
En la puerta sonaron dos golpes, como dados
con un palo.

IV
Se abrió la puertá y apareció el peregrino.
Lo esperábamos:
-¡Av.e Maríar..-murmuró
Nadie contestó.
Miró el hombre con inquisitorial mirada, y después de un silencio embarazoso, preguntó con
dulzura, afianzándose en el báculo: ·
_;.¿Han visto ustedes á mi perro?
Un silencio sepúlcral, obstinadísimo, fué la
.contestación. Pareció que todos obedecíamos á
una consigna. Volvió á preguntar el romero, y
Fieschi, arrojándolo de pronto al campo, le gdtó
encolerizado:
- Fuera, canalla... ¡No· lé han dicho á usted

llozar. El cabo fué al interior, donde había ido
la vieja, y los demás nos pusimos en corro alrededor del fuego. La presencia del peregrino nos
había impresionado, y sin cometer exageración
alguna, puedo decir que durante un gran rato
todos, menos el comandante, pensábamos lo
mismo y del mismo modo. Un grito ahogado,
de sorpresa y de agonía, llegó á nosotros del interior de la casa, y volvimos la cabeza hacia el
sitio de su procedencia.
-Ya ha caído-dijo uno.
-¿El qué? .. .
-El perro... -murmuró el preguntado con un sigilo religioso.
Volvió á quedar silenciosa la
gente. Yo tomé un tizón para
entretener el tiempo y Fieschi
empezó á dar grandes zancadas·
por la estancia, andando con las
manos cruzadas á la espalda
moviéndose como un marino de
teatro que jamás ha conocido un
mar en calma. Poco á poco los
mozos se fueron animando como
un pueblo comercial que se despierta. Se empezó á hablar recio
Y los gritos dominaron después el
ambiente. Se disputó sobre la

limpieza del gato y del perro, sobre sus cualidades, su talento.
-Es más sucio.
-No, -señor; el perro es más limpio, y sobre
todo más fiel.
Esta frase me exasperó.
-Debíamos haberle zurrado.
-Buena paliza tiene ya-dijo, otro.
-No; no es eso. Dicen -que las carnes castigadas son las mejores.
-Así dicen. En mi pueblo adobamos á los
gatos con vinagre; pero hay que dejarlos al sereno.
-Qué brutos sois en tu pueblo.
- Ya lo ves; vecinos tuyos.
-Sí; que lo laven con vinagre-interrumpió uno que lo había estado pensando un rato-.
Así echará todo lo malo: la ruin.
- ¡Ja, ja! ¿Pero tú sabes lo que es la ruin?
Eso es lo que tienen los cachorros en el rabo y
lo que se les corta para que crezcan, idiota.
-Pues que lo laven si tiene todo el rabo.
-¡Que lo laven!
Y salieron algunos de ellos hacia la pocilga,
seguramente con el propósito de ayudar al
cabo y á la vieja en su gran obra.
La mujer apareció en la puerta del cuarto interior. Me hizo una seña y fuí hacia ella. Hasta
entonces no había reparado en su semblante.
Tenía esa vejez extraña, intensamente marcada,
que casi caracteriza á las viejas del N_orte. Su
rostro de amarillo marfil, de ojeras cárdenas y
profundas, acusaba una gran resistencia para

�el dolor. Era una de esas viejas de las que alguien ha dicho que &lt;&lt;presenciaron la agonía del
Cristo~. En aquellos momentos no lloraba, se
mantenía serena, y hasta puedo decir que un
si es no es extraña á los sucesos. Lo que quería
decirme y por fin me dijo, fué que moderásemos nuestras voces, pues su hija estaba peor.
Volví al puesto, cogí de nuevo el olvidado tizón. y me puse á mirar estúpidamente el juego
de las llamas. Los leños crujían como si saltasen en su interior muelles de acero, dejando escapar sus gases con un suspiro infinito, semejante á la última palabra de un moribundo; se
retorcían como seres vivos que no se resignaran á la muerte y al herirlos las llamas abriendo
sus heridas, silbaban como si realmente los espíritus del fuego se retiraran amedrentados.
Con mi espíritu puesto en el fuego, rezando sobre las leñas como acaso rezaban sobre el ara
pagana los mejores sacerdotes del viejo culto,
mecía mis ideas, cuando una explosión de júbilo
me sacó de aquel éxtasis. El motivo ocasional fué
la entrada del cabo con unas tablas.
-¡Ea, ya tenemos mesa!-gritó, y colocándolas sobre dos mesas distanciadas, armó en un periquete un tablado, transformando la cocina en
comedor. A Fieschi y á mí nos señalaron los extremos de la mesa, concediéndole á él la cabecera,
que supusieron cerca del fuego.
El comandante seguía haciendo de marino de
zarzuela, paseando por la estancia; yo permanecía en mi puesto, observando con precaución sus
movimientos, fingiendo distraerme con los leños.
Aquella situación era molesta. Para los dos no
podía sostenerse mucho tiempo, porque él seguramente sospechaba mi visita.
-¿Y cómo está usted aquí?-me preguntó parándose ante mí con las piernas separadas para
sostener un equilibrio que no hacía falta.
-Me han mandado-contesté un poco turbado-para recibir un canje que ha de efectuarse
mañana...
-Ya ...
Fieschi dió media vuelta, y poniéndose las manos en los bolsillos del pantalón para ensancharlos, volvió á pasear en su actitud favorita.
Después de un rato me levanté y me dirigí al
interior de la casa. La puerta que daba paso á las
demás habitaciones era el comienzo de un corredor, en cuyo término vi al cabo que venía con una
olla. En realidad no pude ver nada, pero me dió

asco imaginar al animal desollado, y me volví
de espalda, disimulando, haciendo sitio para
que pasara el cocinero. La vieja salió entonces de
un cuarto que daba al pasillo, y yo, resueltatamente la abordé, herido por una feliz idea.
- Perros, judios...-murmuró la mujer-.
¡Pues no querían que lo asara!. ..
Tranquilicé á la anciana, y para realizar una
aproximación que me convenía la pregunté por
por la enferma. Me miró fijamente, y volviéndose de espaldas me dijo que estaba bien.
--Si usted quiere que la vea no perderá nada.
La mujer se excusó, y yo, deseando averiguar
cuanto antes lo que necesitaba, empujándola
hacia el cuarto entré en él con ella.
-Vamos á ver, tiene usted que decirme la
verdad, toda la verdad, pero sin ocultarme nada.
La mujer cayó
de rodillas y empezó á gemir.
-Vamos, levántese usted y
hablemos.
Pareció ·comprenderme entonces y se puso en
pie, empezando á
retocar dos velas
amarillas, colocadas frente á un
crucifijo que había sobre una cómoda antigua, una
de esas cómodas de Vitoria, más semejante á
un túmulo que á un mueble para la rop.a. La
cama estaba deshecha, como si hubiesen intentado echarse en ella. Es decir, así me pareció
á mí á simple vista, pero después observé que
alguien se había acostado en verdad, pues las
almohadas y el colchón ofrecían señales inequívocas de haber soportado un peso. Las cárceles
antiguas no creo que tuviesen una capilla de
aspecto más religioso y lúgubre que aquella estancia. La habitación era pequeña y una sola
ojeada me bastó para ver cuanto había.
Me miraba la vieja de un modo tan particular, que si otro la hubiese visto habría creído ver
en ella una alegría que no había desde luego, á
mi modo de ver, en sus ojos. Me pareció, sin embargo, tan extraña é inexplicable su actitud,
que perdiendo el valor que llevaba enmudecí

unos instantes creyéndome hallar frente á una
de esas locas que tantas veces he visto en las
provincias del Norte. Reponiéndome un poco,
la dije al fin resueltamente:
-Bien; ¿han estado aquí ayer otros militares como yo, así con galones en la manga?
-Ayer... hoy...
-¿Ayer ú hoy?-le interrogué con ansiedad.
-Ayer unos y hoy también los mismos arriba.
Me contrarió la noticia. Comprendí en seguida qúe sospechando algo los tránsfugas se reunieron dos veces acaso para tomar otro acuerdo en
1a segunda entrevista. El disgusto me hizo reflexionar unos instantes, y mirando casi sin ver
el lecho del cuarto, sonriendo irónicamente mi
p.esgracia me quedé delante de la vieja.
-Es la cama de rni hija-dijo la mujer animándose de un modo incomprensible.
-¿Se ha levantado?
--Señor ...
- ¡Ibáñez, la comida!-gritó desde la sala, cocina y comedor el comandante.
Sali del cuarto y la vieja cayó de rodillas delante de la cómoda, probablemente para rezar.

f

de ataque, remedando finalmente el ladrido de
un perro.
-¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
La gracia hizo reir. Yo mismo no pude menos
de reirla; y tuvo tanta fortuna aquella broma,
que perdiendo los soldados la gravedad y el respeto disciplinarios, empezaron á corear al jefe'
imitando los ladridos de la víctima.
-¡Guauuu! ¡Guauuu! ¡Guau! ¡Guau!
De pronto, en una de las pausas de aquel conV
cierto canino, detrás de la puerta se oyó un ruido extraño. Se levantó el comandante furioso,
Había empezado el festín.
-Vamos, hombre, tome usted asiento-me resuelto á maltratar á quien llamaba, y al abrir
dijo el comandante con aquel aire de protec- apareció ... ¿Quién dirán ustedes? ...
¡El perro del peregrino!...
ción que sabía dispensar á sus inferiores.
-¡Señores!-prosiguió el viejo, transfigurán-Me sentaré, pero no tomaré nada.
dose al llegar á este punto del relato-; nos pu-Bueno.
-Puedo asegurarle á usted que no tengo simos todos en pie instantáneamente, como heridos por un rayo. El animal avanzó hasta el
ganas.
centro de la estancia, levantó un poco la cabe-Como usted quiera... Sabe á jamón.
za, echando atrás las orejas, que parecían dos
El cabo asintió cogiendo una costilla.
-¿Por qué le han quitado la cabeza?-pre- rizos, y arqueándose, despatarrándose, arrastranguntó el comandante, después de buscarla inútil- do el vientre por el suelo y agarrándose al piso,
empezó á ladrar con un ladrido ronco, velado,
mente en la cazuela.
como si no estuviese allí, sino lejos, muy lejos,
--Se ha quedado la vieja con ella.
-Cabo Rodríguez, pídale usted la cabeza á en una sima profunda ó en un arca de trapos...
El milagro lo vimos, lo vimos todos. Lo vimos
la vieja-gritó con furia el comandante.
sin comprenderlo, como se ven diariamente otros
La mayoría se rió del equívoco.
-Demonio-continuó Fieschi-, pues si lo milagros, como los ven los no bienaventurados,
sin entenderlos, ó entendiéndolos sin verlos.
mejor de los enemigos son las orejas...
Se levantó el cabo y fué al interior en busca como esas vistas cansadas por la lente de la inde la mujer, y el comandante, cogiendo una pier- vestigación obstinada.
na de la víctima, llevándosela á los labios como
El viejo empuñó cariñosamente su pipa, y un
si fuera una corneta, empezó á remedar un paso

�poco sugestionado por la redondez y elegancia
del depósito, la llevó con voluptuosidad á sus
labios. Aspiró con fuerza, entornando los ojos,
y se oyó ese ruido inconfundible de la pipa agotada; el producido por la entrada del aire en la
canilla del aparato.
-Al poco rato-&lt;::ontinuó, contrariado e;1. su
gusto--entró el peregrino, y llamando al perro
desapareció con él. La puerta quedó abierta, y
la luz violada de la luna, cayendo sobre el monte cubierto de nieve, daban al paisaje, comprendido entre el dintel y las jambas, el aspecto de
una elegante lápida de mármol azulado, con reflejos metálicos, y brillos de agua, como un friso
que estuviese sin secar.
Repuestos de la emoción, el comandante mandó llamar á la vieja. Dos soldados la trajeron
á rastras. La mujer vino pálida, desgreñada. Su

'/

~\
~~

- -....!

postura, su abandono y el desorden de sus ropas
ofreciéronla con esa indignidad ·que transforma
á los seres en pingos descolgados, dejando adivinar la punta de donde han pendido. Intercedí en favor suyo, pero la indignación del comandante era tan grande que mis frases sirvieron
sólo para dejarla que se pusiera en pie.
He dicho - continuó - que parecía un pingo, un trapo descolgado, y esto me parece exacto. Noten ustedes que eso es lo que parecen por
lo común las personas manifiestamente débiles.
Un caído, no es otra cosa. ¡Caído! ¡Qué horriblemente hermosa es esta palabra! ¡Caído!. .. Pero
ya no la usamos en esa acepción-dijo, dirigién·d ose al joven-; las ideas nuevas hacen decir

un dérrotado .. : ¡Qué barbaridad! Un derrotado en
la lucha por la existencia. ¡Qué necedad! ¡Qué
falta de poesía y de verdad en las pafabi:as! ...
La cólera que procede del engaño es terrible
en los soberbios. Sólo ellos la sufren y la pueden
soportar. La cólera se apoderó de aquellos hombres y se animaron á sí mismos para .el más horrible de los crímenes y de las infamias.. : Pero
antes debo decirles á ustedes, aun_q ue visiblemente pierda interés mi relato, que la reo de pregunta en pregunta llegó á confesar que ni tenía hija
alguna, ni enferma, ni buena, ni habíamos comido perro sino cerdo. Sucedió que habiendo sufrido varios saqueos por las tropas de uno y otro
bando, la mujer para conservar un lechoncillo
que tenía ocultábalo en la cama del cuarto bajo;
haciéndolo pasar, merced á la obscuridad y á la
naturaleza. del engaño, por una su hija, convaa
leciente de un próximo alumbramiento. No explicó la mujer la substitución del perro ni su libertad. El interrogatorio se hizo en forma, lo
mismo que si se hubiera tratado del más terrible consejo de guerra.
. Cerramos la puerta.
La cosa iba á tomar un giro cómico, cuando
alguno de los soldados lanzó una palabra que
decidió el drama. La palabra fué: envenenamiento.
Y a saben ustedes lo fáciles que son de sugestionar las multitudes. La sospecha de un
crimen es más creíble que la de una virtud. Si el
lechoncillo no estaba envenenado, ¿por qué
substituyó al perro? Un aura pánica enfrió los
semblantes, escurrió las mejillas y dilató nuestras pupilas.
Un supremo momento de silencio reinó en la
sala.
Todos nos escuchábamos la vida, y deseábamos, por absurdo que parezca, un pequeño dolor, no para saber nuestro envenenamiento, sino
para calmarnos. Lo cierto es que nos sentimos
envenenados, y entonces, atropellando los bancos y la improvisada mesa por precipitarnos...
sí, yo también fuí bastante miserable para ello,
nos precipitamos sobre la vieja y la echamos
dentro del hogar sobre las brasas...
A sus gritos horrorosos y fuertes retemblaron
las paredes del caserío...
Y en esto ábriéndose la puerta, apareció en
ella un liom'bre con un farol en la manó y un sacerdote á caballo.:.

VI

· Calló el viejo, nos miró fijamente al joven y á
mí, y bajando la ventanilla del coche murmuró:
-Creo- que no llegaremos nunca-y volvió á
callarse.

¡- Se trata de una· cosa seria-dijo el joven des-

pués de un rato, y poniéndose grave, afectando
mayor gravedad que la que realmente tenía·,
Pasaron cinco minutos, y el comisionista, mo- continuó así: --Soy comisionista en tejidos por
lestado en su asiento y no hallando acomodo, un puro · accidente del trabajo... ~e la existense puso en pie. Después de vacilar, de mirarme cia. He sido un admirable creyente, tanto como
de hito en hito, acercándose al viejo le preguntó: usted, queridó ·coronel-dijo dirigiéndose al vie- Bien, ¿y se salvó la vieja?
·· -. t ~· : jo-, pero he· enderezado mi vida á su tiem-¿No lo habéis adivinado?-contestó:"-r~I'J po. No quiero· molestar ·á ustedes en sus creen-Oiga usted-apunté yo-. ¿Y la· substitu-· cias, pero es lo cierto que yo he tenido unos princión del perro cómo? ...
cipios muy deplorables.

/ /,

.

\ u;¡,rrqt~ .
.

k~

J¡.:

f//J ~ \1 .

I \

- He ahi la parte final de mi historia. La piedad de la mujer fué más grande que su avaricia...
- ¿Pero... el rnilagro?-interrumpió el joven.
-¡Hombre!-dijo el viej()-. Así no se cuentan las historias. El ~'agro soy yo, porque el
milagro es la llegada de la fe, es la llegada del
Señor. Y el Señor llegó como fe á mi espíritu...
Callamos los tres un gran rato, hasta que el
joven, poniéndose en pie, apoyando sus dos
manos en los hombros del anciano, mirándole
fijamente, después de reirse, le dijo:
- Yo también soy un milagro. Vea usted cómo
yo hice de Dios hace ya unos cuantos años-.

Hijo de una humilde familia burguesa, recluído en un colegio de sacerdotes cuando me estaba formando, creo en realidad, Dios perdone
á los buenos maestros, que me han entorpecido
la vida hasta que he sabido rectificarla. Mi padre, como-todos los padres de este mundo, como
todos los padres de la generación presente, tenía
la obsesión de las leyes, del derecho, de la abogacía. Creía firmemente que todos los revolucionarios_del mundo habían sido abogados y que por
serlo Robespierre, Saint-Just y algún ot ro que
no recuerdo, la Revolución Fsancesa fué un éxito en el mundo y trazó la norma d~ los pueblos.

�En los primeros momentos, los ejemplos que la mitad de estos datos, que remití al profesor
me ofrecía eran puramente nacionales. Todos en cuestión. El agradecimiento que me testifilos hombres del 68 habían sido abogados, los có el curioso investigador de la Universidad de
hombres de la desvinculación, los de la desamor- Colombia fué muy superior, sin embargo, á la
tización, los grandes escritores, los grandes oi:aJ conciencia de mi trabajo. Entré en relaciones
dores del 68 y del año 12 hasta el-mismo 68, en con él y á él le debo la representación de una
el que se había fijado mi padre, habían sido abo- casa de tejidos ingleses á quien he logrado un
gados. Yo tenía que recibir la muceta roja. Yo gran reclamo y un excelente nombre en España.
tenía que ser abogado. Mi porvenir estaba seguNo pasé del preparatorio de derecho, porque
ramente en el foro.
me asustaron los maestros. El primer día de claCuando dejé el malísimo colegio privado de ·se, el profesor de literatura, ponderándonos la
la calle del León, me matriculó mi padre en el importancia de semejantes conocimientos para un
preparatorio de leyes. Y comencé la carrera.
abogado, concluyó recomendándonos la mayor
Recuerdo todavía con horror el primer día atención para la asignatura, asegurándonos que
de clase. Como mi padre, aunque buen hombre, constituía grupo. El de historia crítica repitió lo
era un hombre vulgar y un hombre corriente; mismo y el de metafísica diciéndolo en el fondo
había, por de contado, en el mundo muchísimos del mismo modo, lo expresó con unas palabras
ciudadanos como él, que derrotados en su exis- definitivas que recuerdo todavía:
tencia se empeñaban como él igualmente, en
-&lt;&lt;Para esta asignatura reclamo de ustedes la
rectificar su vida en sus engendros, y en hacer preferencia en el estudio. La filosofía, como veque sus hijos realizaran el programa que ellos remos durante el curso, y han de ver ustedes
no pudieron realizar. Mis compañeros de clase en las demás asignaturas de la carrera, es la vereran seiscientos setenta y cuatro. ¡Pobrecillos! dadera base del derecho. Si no pudieran ustedes
De aquella séptuple hecatombe ofrecida por los aprobarla en Junio, ni en Septiembre, en el caso
padres á la diosa Themis, sólo cuarenta y uno más lamentable, de abandono, habrían perdido el
concluyeron la carrera. Diez y seis se suicidaron, año, porque no puede estudiarse con las asigcuarenta y ocho abandonaron el estudio, ciento naturas de facultad. Constituye curso,&gt;.
veintinueve prosiguieron la de filosofía y letras, ¡· Yo me río, señores-añadió el joven con el
treinta y dos abrazaron la carrera eclesiástica, mejor humor--como se ríen ustedes, pero la versesenta entraron en las Academias militares, dad es que he encontrado otras cosas menos resuno se hizo doctor en ciencias, veinticuatro se petables al parecer que realmente constituyen
dedicaron á la música, doscientos once fueron á curso. La verdadera juventud, por ejemplo. Soy
engrosar las industrias, ciento diez y ocho pasa- mucho más viejo de lo que parezco, pues tengo
ron al periodismo y los pocos restantes se ma- cuarenta y dos años, aunque apenas si representricularon en farmacia antes de llegar al derecho to veintinueve. He representado siempre menos
romano.
edad que la justa, de tal modo que se dice en mi
Esta información inverosímil-añadió, obser- familia muy seriamente, que cuando tenía yo dos
vando nuestra risa-es completamente exacta, años, apenas si había nacido.
porque he tenido la suerte de hallarme coloca-Buena es esa, amigo mío-apuntó el viejo
do seis años en la secretaria de la Universidad. al viajante.
Me ha servido además de gran provecho, pues
-Es la más fresca que me queda-dijo el jogracias á ella he podido contar con la protección ven-entre todo lo viejo y lo muerto que llevo
que me ha puesto á las puertas de la fortuna.
todavía.
Un profesor de Norte América dirigió en mi
Mi poca ciencia, mis escasos éonocimientos me
.,,tiempo de empleado una pregunta á la U niver- precipitaron por el peor de los caminos: la cultura.
El viejo hizo un signo de regocijo y de extrasidad sobre la constancia en los estudios de nuestros alumnos. La pregunta se juzgó natural- ñeza que no puede expresarse por medio alguno,
mente como una extravagancia de los Estados y al que renuncio describir.
-Sí, señor-prosiguió el viajante-. Cuando
Unidos y por broma se me encargó que la contestase. Yo tomé el asunto en _serio, y movien- usted estaba hablando, me han dado ganas de
do y removiendo expedientes, adquirí más de asentir con usted á sus críticas contra el progre-

so, por lo que tiene esa palabra de cultura, de
-No; no me enfado.
mentalismo, de abogadismo, de artículo bara-Pues no, señor, el más beneficiado en vuesto y de á real y medio la pieza. Estoy conforme tro caso ha sido, perdone usted que lo diga, el
con usted, pero viendo la cuestión desde este perro, nada más que el perro, que se salvó y repunto. Perdónenme ustedes si digo una barba- cobró la vida amenazada por ustedes.
ridad, pero nuestro mal y el atraso de este país
-Y mi alma, señor mío-gritó desaforadaestá en la cultura. España es el país que tiene mente el viejo-. ¿Es que la purificación, la elelos pobres más ilustrados del mundo. Al viejo vación de mi alma, la nueva noción' que adquirió,
hidalgo, que todo era poner por de fuera y por la iluminación que recibió por aquellas circunsde dentro miseria, ha substituído ese bachiller por tancias no vale absolutamente nada?
de fuera que es un inútil por de dentro.
• -Vale más la conservación de una vida-dijo
-Es verdad, mucha verdad-interrumpió el reposadamente el joven.
·
militar que seguía con interés las
-¡Qué barbaridad!-añadió el
palabras del joven.
viejo.
-Lo que hace falta aquí-prosi- Y qué egoísmo el de usted.
guió el viajante-son hombres para
-Es usted un majadero-dijo
la vida, hombres para la lucha, prácfuera de sí el militar levantándose
tice&gt;s; y el porvenir de la patria está
otra vez del asiento.
en las manos de los viajantes y de
- Calma, señores- interrumpí
los hombres de negocios. Si lo pienyo-; la cosa no es para tanto; no
san ustedes un poco, me darán ustemerece la pena...
des la razón. La antigua aristocracia
-¡Usted también!-me elijo el
ha entrado en el negocio de los vianciano clavándome una mirada funos, como el burgués incipiente en
ribunda-. Vaya, vaya, déjenme usla contrata de obras y las órdenes
tedes en paz y que le cuente á usted
religiosas en la venta de chocolates.
este señor cómo ha sido el Jesús y
Es un comienzo.
el precursor de nuestra industria.
-Bien, pero hasta ahora-dijo el
¡Qué monstruosidad!. ..
viejo-usted no aparece más que
El buen viejo tomó su manta de
como un Bautista industrial. ¿Cómo ha sido us- viaje, se tapó los pies con ella, y afectando un
ted el Cristo?
insolente desdén intentó dormirse en un rincón
-Voy á eso, señor-replicó algo enojado el del coche, apretando los ojos y cruzándose de
joven-. No tengo la menor duda de que he sido brazos.
de verdad la mismísima Providencia una vez
que lo he querido ser.
VII
-Veamos.
-No creo que sea difícil demostrarlo. Y mi
--Si usted lo estima conveniente-me dijo el
milagro, señor, ha tenido además sobre el de us- comerciante bajando un poco la voz y volviendo
ted un principio de utilidad que yo no he visto la espalda al viejo-le contaré á usted mi caso.
en el suyo.
Le hice un gesto en que quise indicarle que no
-¿Cómo?
se hiciera cargo de la intemperancia del mi-Como usted lo oye-dijo exaltándose el via- litar, y adivinándolo mientras buscaba algún
jante-. Yo no sé una palabra de religión, ni de objeto en la maleta de viaje que llevaba entre
esas cosas, pero creo que sin ninguna utilidad sus piernas, me dijo:
en la acción milagrosa, el milagro no tiene razón
-Verá usted. Todo lo que acabo de decir viede ser. ¿Quién sale beneficiado en esa historia ne á cuento de que á pesar de la bondad de mi
que usted nos ha referido?
padre, y de mis años de colegio con aquellos bue-¿Qué, quién?- replicó el viejo levantándo- nos curas de la calle del León, el hecho es que yo
se-. ¡Yo! ¡Yo! Nadie más que yo. Yo que no llegué á los veinticuatro años completamente
creía y que desde entonces creí.
convencido de que toda la enseñanza religiosa no
-No se enfade usted.
es más que una simple preparación para entre-

�tener á los jóvenes hasta que
entren en el mundo de veras.
r-- - Pero, amigo mío ... ! ,
¡:;:--Sí, sé lo que me va usted
a decir; pero déjeme usted
continuar. Yo soy después de
todo un hombre religioso. Lo
quiqno creo es en la tiranía
del Papa ni en esas cosas que nos cuentan los curas. No matando, no robando y cumpliendo
exactamente nuestros compromisos con el prójimo, somos religiosos. Todo el mundo reconoce
que hay personas decentes y hombres que son
unos santos aunque no tengan religión. esa religión á que llaman religión únicamente los fanáticos. Pí y Margall ya sabe usted, como yo, que
fué una excelente persona, Figueras, Sorní y todos los grandes hombres de nuestra revolución.
-¿Y usted cree-apunté sonriendo-que esos
hombres irán al cielo?
- Usted no cree en esas cosas como yo- me
contestó también sonriendo.
-Perdone usted, pero yo creo firmemente e:i
un acto final de justicia, en una recompensa que
ha de recibirse alguna vez.
-Usted sabe que sólo nos basta con la satisfacción de la conciencia. Lo demás son cuentos.
Pero J/0y á mi asunto.
Se' puso la maleta sobre las piernas, apoyó en
ella los brazos como si estuviese asomado á un
balcón ó delante de una mesa y continuó:
-Hace años, que se estrenó el célebre drama de Echegaray El loco dios, que usted conocerá seguramente. Es un hombre que se cree
que es la propia Divina Providencia y por eso
comete una serie de locuras, incluso la de incendiar su propia casa. Hace años, digo, cuandO&lt;Se
estrenó esa obra nos impresionó de veras á va-

rios amigos quel"como tales nos tratábamos con
frecuencia y vivíamos juntos en la misma casa.
Es tan magnífica esa obra, que ya sabe usted
que no pudieron excomulgarla ·á pesar de los
esfuerzos que se dice hicieron algunos curas
para ello.
-No conocía ese detalle.
-¡Sí, hombre! Si eso lo sabe todo el mundo.
Pues bien; entusiasmados con ese drama estuvimos cerca de un año todos los amigos llamándonos según nuestras actitudes y nuestro carácter por los nombres de los principales personajes de la obra. Un pobre estudiante de farmaci~, al que llamábamos antes el co-huésped atrevido, porque sin reparo alguno recorría todos
los c11artos para arrebatarnos los cigarros, se
llamó desde entonces don Esteban, que es el personaje bipócrita de la obra, y á cuyo actor se
asemejab1 muchísimo aquel pobre muchacho.
A otro le llamábamos Paquito, por recordarnos
la tontería del que figuraba con tal nombre en
el drama; y así nos fuimos rebautizando todos
con 103 nombres de la obra. A rní por llamarme
Medina de apellido- José Medina, comisionista
en tejidos como le he dicho á usted antes- me
llamaban el loco dios, que en el dralna se llama
don Gabriel Medina.
Este pasatiempo inocente tuvo, es natural,
algunos momentos enojosos por los que extremábamos en ocasiones la realidad del drama; pero

tuyo también un episodio que es precisamente
el que quiero referir.
- Tiene gracia.
-¡Oh, no puede usted imaginarse lo que nos
ha divertido la cosa! Esto que parece y que fué
realmente una chiquillada, una broma de casa
de huéspedes, nosotros lo hicimos así, pero si
repara usted la colección de periódicos de entonces verá usted que, dos ó tres individuos, uno
creo que era Murcia, se sintió también loco dios
por lo trágico, y loco de veras incendió su casa y
hasta quiso matar á su familia, para purificarla por el fuego.
El poder sugestivo de la obra es grandísimo y
yo que lo he sufrido comprendo con claridad
que no dos ó tres, como acabo de decir, sino todos los que han presenciado ese
drama se llegaron á confundir
con el protagonista.
La locura de nuestro círculo
no llegó á esa exaltación tan tremenda, pero en mí, excepcionalmente, confieso de verdad que me
llegó á perturbar un poco, como
va usted á ver.
Para acomodarme á mi papel,
que me agradaba muchísimo, me
dejé crecer el pelo á media melena, me abrí raya á lo nazareno,
dejé mi barba como un Cristo y
quedé transformado en un remedo
de Díaz de Mendoza representando al protagonista. Una noche que entré en Fornos, con mi
gabán largo, como el que sacaba
Mendoza, atraje todas las miradas hacia mí, cuando mis compañeros me llamaron á gritos por el apellido: &lt;&lt;¡Medina! ¡Medina!&gt;&gt; Aquel antiguo templo del buen humor y
de la bulla quedó en silencio un rato y de todas
las mesas se volvieron los asistentes para contemplarme. Después cada uno comentaba mi
figura, y alguno sostuvo seriamente que yo había inspirado á Echegaray su obra y á Mendoza
el mejor desempeño del papel. Una estupidez.
Cuando en traba por la noche en Pornos ya me
llamaban el loco dios los de las m esas inmediatas
Y no pocas desventuradas de última hora, delante de un vaso de leche ó de un café promediado
me dirigían miradas magdalénicas; vamos, suplicantes de aproximación y arrepentimiento,

·como las designaba uno de nuestro círculo.
Yo llegué á sentir una verdadera embriaguez,
una pequeña locura, tranquila, sin furia, es cierto, pero firme y sostenida. Sabía yo-es claroque no tenía nada, absolutamente nada del
protagonista cuyo nombre me arrogaba, pero
desde que formé aquella actitud µiodifiqué mi
carácter como supe después, al cabo de los años,
cuando ya concluyó la broma. En aquella época
leí los Evangelios y La vida de Jesús de Renán.
Me volví más serio, un poco, porque antes no lo
fuí ni lo más mínimo, y devoré una barbaridad
de libros que hablaban del Cristo más ó menos
remotamente.
El triunfo positivo que saqué de este estado
semiloco fué una noción, una idea tan completa del esfuerzo y de la voluntaJ, que poniendo todo mi trabajo
y todo mi deseo sobre las cosas,
realizaba sobre ellas verdaderos
prodigios. Es claro que no pretendía cosas absurdas, pero el hecho es que en esa época logré los
,!
mejores resultados en el comercio de la vida.
Una noche que habíamos prolongado nuestra estancia en el
café hasta el amanecer, intenté
realizar la prueba definitiva.
- ¡Acabe usted, hombre! Acabe usted-gritó de pronto el militar levantándose de su rincón y
viniendo hacia nosotros.
Sonreí para dulcificar su actitud, y sentándose frente á nosotros, metiéndose la maleta entre
las corvas, dijo reposadamente:
- Les he qído á ustedes todo y ya tengo interés en conocer lo que dice este señor. Perdonen
ustedes mi inconveniencia anterior.
- ¡Hombre! eso no es nada-dijo el viajante.
-Pues andando-dijo el viejo, y después de
registrarse los bolsillos nos pidió un cigarro.
- Ahí va-dije ofreciéndole mi petaca.
- Aquella noche-continuó el joven-habíamos visto en el Real Fausto. La obra del diablo
me pareció excelente, aunque el artista que cantó su parte no logró los favores del público. Yo
salí impresionado del teatro, porque no había
visto nunca la ópera y conocía del Fausto lo que
todo el mundo conoce. Conocía el asunto muy

�vagamente y creí hasta entonces que pertenecía á esa obra una tontería que cantaba mi padre en los ratos de supremo aburrimiento, cuando se paseaba por el pasillo de casa con las manos en la nuca:
Pobrecita
Margarita.
Es un puro cardenal.

-¡Ja, ja!
- Tonterías---&lt;:ontinuó el joven-. Mi madre
se llama Margarita. Y mi padre era un infeliz.
Lo digo á ustedes por eso del cardenal.
-Adelante-interrumpió el viejo impaciente.
-Pues bien; aquel Fausto también me impresionó profundamente, y uniendo esa sugestión
á la que ya sufría, se me ocurrió realizar una
gran cosa. La mañana era fresca. Desde la acera
de Fornas, en Madrid, la calle de Alcalá parece,
mirando á espaldas de la Puerta del Sol, un puerto de mar. La neblina del alba grávida y transpatente parece un finísimo cendal que fuera
hundiéndose en el suelo poco á poco, como esas
gasas de magia que desaparecen por escotillón
en el teatro. Las nubes de fuego y nácar, rosa y
ópalo, mejor dicho, aseméjanse á colosales bambalinas y todo el paisaje hubiera sido para Wagner la realización de su ambicioso ideal de crear
un arte nuevo. La nueva bella arte que trató de
legarnos.
Separándome de los amigos, me dirigí hacia
la calle del Príncipe. Ustedes recordarán la antigua iglesia de San Ignacio. Hoy creo que ha sido
reconstruída y el sabor jesuítico que se ha puesto en ella, si le ha dado esa dulzona alegría que
iguala los templos de los padres á los nosocomios extranjeros, le ha quitado aquel aspecto
de terrible y tormentosa piedad que hoy sólo,
conservan algunas iglesias de pueblo y acaso el
viejo oratorio del Olivar.
Llegué á la puerta del templo y animado de
una idea diabólica entré. Me creí Fausto y Cristo
en una pieza.
- ¡Pero hombre!. ..
-Déjeme usted-dijo el joven al vteJo que
le había interrumpido- . Entre, tomé el agua
bendita con la misma devoción que la hubiera
tomado el diablo y con la torpeza del no~creyente,
del que no sabe andar en los templos, despacito,
como si anduviese en la cámara de un enfermo,
me dirigí á una de las capillas donde estaba el
Señor crucificado. Era la capilla más pobre, la

más pequeña, la más obscura. Una verdadera
cámara de conciencia.
Por via de observación me permitirán ust~des que les llame la atención sobre un particular que parece del más alto interés.
Se acomodó nuevamente en su asiento t:
joven y prosiguió:
-¿Se han fijado ustedes en todas esas capiijas
consagradas á Dios Padre? Acreditan que ne
hay esa religiosidad de que nos vanagloriamos
todos. Al pobre crucificado se le relega á un
rincón, á la parte más obscura del templo, al
sitio menos agradable, donde no hay ninguna
cosa que solicite la atención de los fieles. En
esas capillas no parece que haya nada cristiano.
A mí me parece que es otro culto, un culto que
subsiste por misericordia, por pura consideración.
-¡Hombre! ¡Hombre!-interrumpió el viejo.
-Déjeme usted seguir. Lo que quiero decir,
es que ese culto no es cristiano de verdad. Si el
Señor ha resucitado, si ha subido definitivamente á los cielos, después de redimirá los hombres, ¿por qué hemos de presentarle sangriento, martirizado y ultrajado por los hombres?
¿No creen ustedes que el mismo Dios si hubiera
de presentarse á los hombres, si se presenta alguna vez á uno de ellos, se ha de presentar glorioso, conservando sólo la huellas de su martirio, pero no ofreciéndose atormentado? La piedad infinita que atribuyo á Dios, y que ha de
tener de fijo, le ha de hacer presentarse á los
hombres hasta sin esas señales, que testifican
á quien se aparece la parte que ha tomado en
su martirio.
,
-Pero en las apariciones á los santos, á Santa Teresa, á San Francisco...
-Sí, sí; comprendido. Ahí voy. Esta aparente impiedad que ustedes vislumbran en mí, no
es más que puramente una apariencia. Yo creo
que jamás se ha presentado Dios á ningún santo, llagado, coronado de espinas, con la túnica
del escarnio ó enclavado en su cruz.
-¡Está usted loco!
- Haga usted el favor de dejarme un instante. Todos esos accidentes de la aparición, de
que nos hablan los santos y las personas piadosas, cuando refieren sus visiones, son verdaderos y son falsos. El Señor, en su infinita piedad,
en su amor por los hombres, en el divinísimo
olvido que tiene por la redención que ha hecho,

no puede presentarse á nadie así. Se presenta
sin dolor, afable, cariñoso, tierno, como se presentó á sus discípulos, después de resucitar, y
como se apareció á la misma Magdalena.
-Eso es una barbaridad.
-Déjeme usted seguir-dijo el joven en
tono suplicante al anciano-. Todos los accidentes de esas apariciones son creaciones del
sentimiento de dolor y de arrepentimiento de
las propias personas que las refieren.
La caridad de San Francisco le hizo poner al
mismo Cristo las llagas de sus heridas, unas llagas que el Señor ya no conserva en su cuerpo,
pero que podemos colocar en él cuando pensa-

mos con verdadera piedad en la parte que nos
ha tocado en su martirio. Eso es todo; y
nada más.
-Pero el caso de Santo Tomás apóstol- objetó el militar.
- ¿Quiere usted que se lo explique?
- A ver.
- Es muy sencillo. El santo, que comprendió como ninguno la gran obra de redención
del Señor, no pudo verlo primeramente, sino
libre de toda huella, de toda llaga, gloriosow
radiante como el que ha subido al cielo. Sólo
pudo verle la herida del costado, y poner sus dedos en ella, cuando, pensando en lo pasado, tomó

parte de nue,·o en la tragedia del deicidio. ¿Están ustedes conformes?
- -De ningún modo.
-Pues yo estoy convencido de todo ello; y
creo que mi religiosidad es por eso mucho más
grande que la de todos cuantos necesitan una
imagen sangrienta y ultrajada, pára recordar
una parte en el martirio que de otro modó ni
remotamente se atribuyen.
Kos miró unos instantes deseando un asentimiento á sus palabras y reanudando su relato,
continuó:
-Pues bien; ya le he explicado á ustedes el
por qué de mi repugnancia á esas capillas ,donde
más que el culto á Dios, me parece que se rinde culto á la sangre, al horror, al crimen ... Sí,
s~, no me interrumpan ustedes. Ese recuerdo
terribl~ de la crucifixión es el que se ha puesto
siempre ante los hombres para martirizarlos,
para llevarles á las hogueras del Santo· Oficw,
para subirles al patíbulo ... ¿Por qué? ¡Ah! señores, yo tengo la seguridad de que Dios mismo protesta desde el cielo- de esa exhibición
de sus dolores.
-Pero cuando un hombre muere...
~¿Cuando muere, qué? ¿Es que la muerte
de cualquier hombre, por bárbara, por atroz
que sea, puede ser igual, puede servir de comparación á la muerte de un Dios que mueré por
redimir á los hombres? Convengamos, amigos
míos, en que estamos equivocados.
- Tiene usted una religiosidad muy extraña-apuntó el viejo.
- Es verdad.
- Y o no creí que fuera usted tan religiosoañadí dirigiéndome al joven.
-Pues ahí ve usted.
-Pero hombre, ¿y esas máquinas y esos
progresos de que nos hablaba usted antes?murmuró el militar con alguna malicia.
- Todo se concilia, señor-dijo el joven- .
Vera usted. Lo que no quieren comprender muchas personas es que los progresos de la industria y de las artes tienen muchísimas cosas espirituales, aunque no lo parezca para nadie.
Lo que pasa es, que nuestra poesía estádemasiado retrasada, es demasiado vieja, y que el
poeta presente, como ei' mismo músico, no ha
logrado entrarse en la vida y extraer de ella, de
la modernidad que contiene, ese elemento de
entusiasmo que !le,:a en sus entrañas.

�El Cuento Semanal

Voy á continuar con mi caso. Entré, como he
Yo no creo que haya una máquina que no
dicho,
en la capilla del Cristo y permanecí unos
tenga espíritu, que no tenga un alma, y me painstantes
en ella, cegado por la obscuridad y
rece que todos los progresos de la relojería suipor
la
sombra
que la envolvía. Dos lamparillas
za se deben sencillamente al rígido, mecánico
é imperativo intelecto de Calvino que, influ- de aceite, dos vasos de piedad y de pobreza
yendo de veras sobre toda la vida de Suiza, ha parpadeaban inquietas, quejándose en la lladado al pueblo entero un sentido de precisión ma. La capilla se iluminaba de · cuando en
y regularidad que se traduce perfectamente en cuando, como se abre á la luz un moribundo
lo meticuloso, en lo detallado, en lo maravillo- que parpadea, con esa lentitud que nos adso del ajuste de esas piezas pequeñísimas, per- vierte una próxima quietud y un absoluto refectas, que constituyen un reloj. ¿Han podido poso...
El Señor, con sus brazos abiertos, clavado
inventarse los relojes en el Sur de Europa?
en la cruz, inclinada la cabeza, rendido por el
Desde luego que no.
dolor no podía mirar á los hombres. Yo le velé
- Pero los antiguos...
creyéndome
solo, avergonzado un momento
-Hombre, déjese usted de antiguos. Hablo
después,
animado
y repuesto, con más luz en
de esos relojes de bolsillo, como éste-y mostró
mis
ojos
escudriñé
la capilla, y vi que había
el joven el suyo-; de estos relojes mecánicos
otra
persona.
Una
pobre
mujer, anciana, rezasencillos, portátiles, que son una verdadera
maravilla, y la mejor comparación que puede ba, brillándola los ojos tanto de piedad como
de angustia. Mi resolución adquirió toda su
utilizarse cuando se habla de moral.
Si me dejan ustedes proseguir-añadió tras fuerza, y acercándome á la mujer, parándome
ante ella un instante, le entregué el dinero
una pausa-completaré mi pensamiento diciéndoles &lt;•la bomba final». ¿Saben ustedes cuál que llevaba en el bolsillo diciéndola con graes el fin principal de la mecánica, del progreso, vedad mientras señalaba trágicamente al
de todas las construcciones é invenciones del Cristo:
-En nombre de Ese, mi Padre que está en los
genio humano? Pues, realizar de verdad, del
modo más completo, la redención de la tierra, cielos, toma. El también te ha oído...
Calló el joven, nos quedamos silenciosos todos,
De la tierra, sí; no de los hombres únicamente.
y
tomando
él la palabra, añaciió:
La redención no ha podido ser para el hombre,
-Creo
que
hice de Dios en aquel instante y
sino para todas las obras que el hombre ha realizado antes, cuando estaba bajo la acción del que realicé un milagro.
-Usted cree que obró por cuenta propiapecado. Todos los productos que el hombre hadijo el viejo al viajante con cierta ironía.
bía trabajado antes de liberarse han sido ma-No le entiendo á usted.
los, perversos, estaban teñidos de falsedad, de
-Es muy sencillo-prosiguió el militar-. A
mal, como las obras de un niño, de un hombre
veces la Providencia envía ciertas ideas, sugiere
ignorante. La era de los descubrimientos y de
ciertas acciones, y siempre, créame usted joven,
las grandes invenciones es posterior á la obra
siempre obra en la vida por medio de los homdel Cristo, y sólo por su redención ha sido posible. Cuando yo elogio la mecánica y el progre- bres.
-Vamos, usted cree-dijo el joven-que yo
so material, eso que tan malamente suena á los
que viven atormentando á Dios, crucificándole fuí víctima de un engaño.
-No es eso.
á diario, no hago sino continuar la obra de
-¿Pero usted cree que á un hombre de mis
Dios, la obra de salvación, que no ha sido libeaños, á un hombre de ciencia le puede engañar
rarnos de una marcha, sino ponernos en la menadie? ¡Ni Dios!
jor situación para vivir en la gracia...

El Padrino.

1

!l

30 eéms.

@

~@@

Novela, por f. f lQRE.S Gf\RCI/\
Ilustraciones de AGUSTIN

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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              <text>El Cuento Semanal, 1909, Año 3, No 108,  Enero 22</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Urbano Rafael, 1870- , Colaborador</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Novela La Santa Fe</name>
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      <name>Rafael Urbano</name>
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