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                  <text>El Cuento Semanal

Voy á continuar con mi caso. Entré, como he
Yo no creo que haya una máquina que no
dicho,
en la capilla del Cristo y permanecí unos
tenga espíritu, que no tenga un alma, y me painstantes
en ella, cegado por la obscuridad y
rece que todos los progresos de la relojería suipor
la
sombra
que la envolvía. Dos lamparillas
za se deben sencillamente al rígido, mecánico
é imperativo intelecto de Calvino que, influ- de aceite, dos vasos de piedad y de pobreza
yendo de veras sobre toda la vida de Suiza, ha parpadeaban inquietas, quejándose en la lladado al pueblo entero un sentido de precisión ma. La capilla se iluminaba de · cuando en
y regularidad que se traduce perfectamente en cuando, como se abre á la luz un moribundo
lo meticuloso, en lo detallado, en lo maravillo- que parpadea, con esa lentitud que nos adso del ajuste de esas piezas pequeñísimas, per- vierte una próxima quietud y un absoluto refectas, que constituyen un reloj. ¿Han podido poso...
El Señor, con sus brazos abiertos, clavado
inventarse los relojes en el Sur de Europa?
en la cruz, inclinada la cabeza, rendido por el
Desde luego que no.
dolor no podía mirar á los hombres. Yo le velé
- Pero los antiguos...
creyéndome
solo, avergonzado un momento
-Hombre, déjese usted de antiguos. Hablo
después,
animado
y repuesto, con más luz en
de esos relojes de bolsillo, como éste-y mostró
mis
ojos
escudriñé
la capilla, y vi que había
el joven el suyo-; de estos relojes mecánicos
otra
persona.
Una
pobre
mujer, anciana, rezasencillos, portátiles, que son una verdadera
maravilla, y la mejor comparación que puede ba, brillándola los ojos tanto de piedad como
de angustia. Mi resolución adquirió toda su
utilizarse cuando se habla de moral.
Si me dejan ustedes proseguir-añadió tras fuerza, y acercándome á la mujer, parándome
ante ella un instante, le entregué el dinero
una pausa-completaré mi pensamiento diciéndoles &lt;•la bomba final». ¿Saben ustedes cuál que llevaba en el bolsillo diciéndola con graes el fin principal de la mecánica, del progreso, vedad mientras señalaba trágicamente al
de todas las construcciones é invenciones del Cristo:
-En nombre de Ese, mi Padre que está en los
genio humano? Pues, realizar de verdad, del
modo más completo, la redención de la tierra, cielos, toma. El también te ha oído...
Calló el joven, nos quedamos silenciosos todos,
De la tierra, sí; no de los hombres únicamente.
y
tomando
él la palabra, añaciió:
La redención no ha podido ser para el hombre,
-Creo
que
hice de Dios en aquel instante y
sino para todas las obras que el hombre ha realizado antes, cuando estaba bajo la acción del que realicé un milagro.
-Usted cree que obró por cuenta propiapecado. Todos los productos que el hombre hadijo el viejo al viajante con cierta ironía.
bía trabajado antes de liberarse han sido ma-No le entiendo á usted.
los, perversos, estaban teñidos de falsedad, de
-Es muy sencillo-prosiguió el militar-. A
mal, como las obras de un niño, de un hombre
veces la Providencia envía ciertas ideas, sugiere
ignorante. La era de los descubrimientos y de
ciertas acciones, y siempre, créame usted joven,
las grandes invenciones es posterior á la obra
siempre obra en la vida por medio de los homdel Cristo, y sólo por su redención ha sido posible. Cuando yo elogio la mecánica y el progre- bres.
-Vamos, usted cree-dijo el joven-que yo
so material, eso que tan malamente suena á los
que viven atormentando á Dios, crucificándole fuí víctima de un engaño.
-No es eso.
á diario, no hago sino continuar la obra de
-¿Pero usted cree que á un hombre de mis
Dios, la obra de salvación, que no ha sido libeaños, á un hombre de ciencia le puede engañar
rarnos de una marcha, sino ponernos en la menadie? ¡Ni Dios!
jor situación para vivir en la gracia...

El Padrino.

1

!l

30 eéms.

@

~@@

Novela, por f. f lQRE.S Gf\RCI/\
Ilustraciones de AGUSTIN

�.El CuBnto &amp;emallal
Se publica los viernes.
Oficinas: Fuencarral, 90. -Madrid.

~O

m. 29 Enero 1909. Núm. 109 .

fRAN C5CO F LORES GARC~

PreciosJde suscripción:
Madrid y provincias: Trimest re, 5,50 pesetas .
Semestre, 6,50 pes etas. Año, 12.
Extranjero: Semestre, 10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

Apartado de Correos núm. 40 9 .

80

céntimos.

~

Examen de manusctritos
Muy enojoso es siempre tener que destruir una
esperanza 6 que! apagar una ilusión, pero también es doloroso cauterizar una llaga... y sana.
Los jóvenes, ó viejos (que de todo hay}, autores
de novelas y cuentos, más ó menos... novelas,
más 6 m enos cuentos, que espontáneamente han
depositado en este periódico los frutos de su ingenio, son ciertamente acreedores á un examen
at ento é imparcial de sus obras y á una respuesta
decisiva á sus apremiantes anhelos de publicidad.
Contestar, una por una y privadamente, á sus
demandas sería demasiado gravoso para mis ocupaciones: darles en cambio un br eve, pero ajustado juicio de sus obras en este sitio, encubriendo
sus nombres naturalmente, y procurando ¡nada
menos! que llevar á su buen sentido el convencimiento de que EL CUENTO SE~IA..'&lt;AL rechaza su
envio con justicia, es labor que me atrae y acaso
sea de algún interés para la gentil lectora, que puede optar entre la sonrisa burlona ó el mohín comµ asivo ante estos malaventurados Icaros litera~ios y para el curioso lector q,te ~oce ¡e 5 tan humano!.. . ¡ con el espect áculo un :,o::o cmel de !
caza ae gazapos... aje;1os.
¡Pero no tembléh,. novelista..; en agraz! só,o ha
de decirse el título del manuscrito y, ni aun pol
la m ás lejana alusión, podráse percatar nadie de
quién es el autor desafortunado del cuento ó novela puesto en solfa.
Entiéndase bien que sólo se ha de tratar en este
&lt;&lt;Examen~ de obras que esp ontánea»umte se nos
hayan remitido, pues por ningún concepto se ha
de hablar aquí de las que E L CUE~TO SE~1A..."'&lt;AL
haya solicitado ó solicite directa ó indirectament e.
1, Y, por último, como pudiera ocurrir que alguno de esos colaboradores espontáneos, al leer es
tas lineas, temiese el ridículo de verse incluido en
este sección, no la comenzaremos en el presente
número á fin de que los disco1úormes ·con la idea
puedan escoger sus manuscritos durante toda las semarta que hoy empienza, quedando sentado qu;)
los que asi no lo hicie,¡en se someten de buen grado á la estrecha, pero nunca acre ni despectiva
censura, de quien, con cierto sentimiento, se ve
obligado á poner su firma al pie de esta ingrata
y antipática labor.
¿Habrá algún descontento de esta iniciativa?
No lo espero. Si, no obstante, lo hubiese, de antemano le pide perdón,

Francisco Agramonte.

Números atrasados d1l
Cuento Semanal.

º~~

~)

"~~

Resuelta las :dificultades que lo impedian, hemos puesto á ta venta ejemplares de todos los números atrasados del
El CUENTO SEMANAL dedes el t.º hasta el actual.
Participamos con este motivo ~á tos
que nos habían honrado con sus pedidos,
que los recibirán á las mayor brevedad.

PASTILLAS
CRESPO
,

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c.::

r r'

1

. Era un día d e los últimos del otoñ o del añ o 1, ,o . .. ,
que m á,5 parecía de crudo invierno , po r lo frío, áspero
y desapacible; un día gris, molesto, antipático, im propio de la esta ción -cosa esta última no ext rañ a ni
.d esusada e n esta villa y corte. donde reina, capri cho
samente, como niño m al educado, el clima más varia ble del Uni verso. viva imagen de la v ida política. que
aquí nace, crece, medra y se d esarrolla .
El viento, en polvor osos rem olinos, a rrastraba por los
paseos, plazas y anchas vías, las bojas secas y a m ar illentas caídas de los árboles,
(+Hoj as del árbol caídas,
.
j uguetes de l viento som)
cuyas ramas, d esn u das del vercl.or que foé s u gala y her mosura, semejaban b razos d escarnad os d e seres fant ásticos que imploran piedad , é infundían por su des
,nudez trist eza melanc-ólica, como si ofrecieran /¡ l a mi~
rad a compasiva del h ombre ben évolo y gen eroso, el

Al ilustre Doctor en Medicina D . Luis Ortega Morejón .
Por amistad y po r deber.-EL AUTOR.

cuadro asolador é imponente de una naturaleza muerta.
Grandes jirones de n ubes pardas y cenident as cruzaban y manch aban la atmósfera, ocultando á g r andes trechos el puro azul del firmamento, y el sol , nn sol
pálido, desencajado, t ristón y medroso, asomaba de
vez en cuan do y por espacir, b reve, s11 faz descolorida,
por ent re los r asgones de las n u bes, como avergonzado
de su impo t encia ...
Parecía como q ue se había entablado un a lucha titáuica ent re el viento qu e silbab a y las n ubes que int en
tab an cubrir el cielo y ahuyentar al sol. ..
Acaso fué en un día como ést e c uando preguntó Zorrilla·
t¿Qué quieren esas nubes qµe con fu ror avan zan
del_ancho firmamento por la región azul?•

'F
'

�Y de.seguro no-fué en un dfa.-semejante cuan.do dijo
Espronceda:
•Para y óyeme, ¡oh, sol! Yo te saludo
y estáticc ante ti me atrevo á hablarte.
Ardiente como tú mi.fantasía ....,

••

En lo único que habria acertado el autor de El Diablo
Mundo hubiera sido en llamar de tú al sol qne, en tal
día, no merecía ningún respeto.
Caía á cortos intervalos una lluvia menuda, que :'I
veces alternaba descaradamente con el sol, lo que prueba, como dejo anotado, que en ciertos días y en det er minadas circunstancias todo el mundo se atreve con el
astro-rey (rey constitucional en muchos casos), y todo
hacía presumir que al cerrar la noche el tiempo se metería, formalmente, en'.:agua ...
Serían las ct::1tro de la tarde. l~na buena paJte del
buen pueblo madrileño, que en toda oc;asión y momento prefiere las anchuras y expansiones de la calle al recogimiento del hogar, discurría por las at·e1udas y los
paseos de su predilección, despreciando el viento y la
lluvia, sin duda para dar á sus pulmones el aire que
tanto echa de menos en sus estrechas viviendas.
Confundido entre la multitud. como perdido en ella
y acaso más solo que si vagase á la ventura por el
paraje tnás solitario, extraño á cuanto le rodeaba, sin
paraguas ni impermeable y acaso sin percatarse del
rigor de la temperatura, bajaba la calle de Alcalá, por
la acera de las Calatravas, un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de estatura regular, más
bien alto que bajo, delgado, esbelto, de aspecto sim
pático y actitud que pudiera llamarse cansada y que bien podría ser abatida. Vestia, decentemente, un terno de americana, á la última moda y hasta con cierta
elegancia; pero, con el natural descuido y desaliño del
que no pone el más 111Ínimo empeño en el adorno y atavío de su persona, triunfando, no obstante, de la desidia, la nativa distinción. Sus ojos eran grandes, negros,
expresivos, de mirada triste, soñadora y errabunda;
la nariz, aguileña; la boca, digna, por lo pequeña, de
pertenecerá una mujer bonita y coqueta; la barba, negrísima, terminada en punta; el resto de las facciones
de una perfecta corrección, y perfecto el óvalo de su
rostro moreno y pálido. En la barba brillaban ya algu~
nos hilos de plata, que hacían digno pendan/ con otros
que asomaban, imprudentes y prematuros, por entre el
ensortijado cabello.
Caminaba, como digo, á la• ventura, é iba tan abstraído en sus propios pensamientos, tan ensimismado,
que más de una yez hubo de tropezar con transeuntes
que iban en dirección contraria, sin darse cuenta, al
parecer, de tales tropezones; roas en una ocasión el
encontrón fué tan recio que, el tropezado, parósele deante, gritando:
-¿Va usted ciego?
-Usted dispe,n se.
-¡Luis!
-¡Ramón!
Y ambos amigos-porque amigos eran-se estrecharon las mano. La fisonol11Ía de Ramón reflejó satisfacción vivísima en aquel ll}Omento y. por el contrario, la
de Luis manifiesta contrariedad, como si tal encuentro
le molestase.

** *

Ramón era un sujeto de la misma edad próximamente que Luis, tal vez a lgo mayor, aunque parecía más
joven, y la más completa antitesis de su amigo, físicamente considerado. l'!Iás bien bajo que alto, metido en
carnes-por lo cual su estatura parecía aún más corta-, de abultadas facciones, de· encendido color-color
.sano, como se dice en los pasaportes y en las cédulas
personales~y, aunque lujosamente vestido, también

á la últ ima moda, de traza vulgar. Su aspecto, simpático y atractivo, era el de hombre satisfecho, de esos que
en el más apurado trance dicen: ,,Peor fuera no verlo•,
y parecía como que respiraba salud y alegría por todos
los poros de su cuerpo y hasta por el tejido de su ropa
nueva...
Después del apretón de manos y de cuatro frases vacías y banales acerca de la temperatura-tema socorrido cuando no se sabe qué decir-preguntó Ramón:
- ¿Adónde vas?
- No lo sé... á cualquier parte ... donde va la gente ...
á dar un paseo.
- ¿Con este tiempecito has salido por gusto, sin tener nada que hacer ,. sólo para disfrutar de las delicias
del paseo?
- Como casi toda esta gente que ves, por no decir
toda. Además, el tiempo cambja ... mejora...
- Con efecto, había cesado la lluvia, el viento, se había echado, era mucho menos fuerte, faltándole poco
para entrar en la categoría de céfiro suave, templaba
la atmósfera y el sol había de nuevo aparecido menos triste y medroso que anteriormente. ¡Caprichos del
clima de i\Iadrid! Contra todas las racionales predicciones, la tarde se componía y hasta er a posible que
terminara en bien y entrase la noche espléndidamente.
Luis, visiblemente molesto y contrariado, alargó la
mano á su anlÍgo, diciéndole:
-Vaya, adiós... celebro mucho ...
-¡Ca! ¡No te suelto! Tenernos que hablar seriamente;
y puesto que nada tienes que hacer ahora ni vas á un
"itio determinado, te propongo que interrumpas tu
«gra.dable paseo y que tomemos unas ostras y unas caas de manzanilla en casa de Morán. Allí hablaremos.
ñ -Vamos allá-contestó I ,uis, después de vacilar · un
momento y como el que se somete, resignado, á un sacrificio.
Ramón le cogió del brazo y emprendieron la marcha por la misma calle de Alcal á en sentido inverso al
que antes llevaba Luis, volviendo á hablar de la temperatura y de otras análogas t rivialidades.
** *
La casa de Morán era-y es-una taberna ilustrada,
de buen tono, aristocrática-aunque tales adjetivos
parezcan paradójicos, por lo cual, sin duda, la han
puesto el mote de restaurant que campea en su muestra. Entonces estaba situada en la calle de Peligros, esquina á la de la Aduana. Ahora está un poco más arriba, en la primera de dichas calles y cerca de la de J ardines.
La casa de )iorán tiene de antiguo excelente reputación y merecida fama por exhibir en su atractivo y sugestivo escaparate los mariscos más frescos y exquisitos
que recalan áMadrid; por tener en su bien provista bodega la más legítima manzanilla de Sanlítcar, y por servir
en sus cuartitos misteriosos, sencilla y cómodamente
amueblados, con la mayor equidad y aseo, callos á la
andaluza, arroz á la valenciana,. bacalao á la vizcaína,
pollos asados, pescados y mariscos de todas clas~-1·
otros platos castizos y regionales tan suculentos como
apetitosos.
A casa de Morán concurre asiduamente, por la sugeshón del escaparate y por tradición de la casa, lo más
distinguido y alegre de la sociedad masculina madrileña, buen número de hermosas mujeres del estado llano
y lo más florido y adinerado de la gente del bronce... en
el sentido más delicado que puede darse á esta clasificación. Quiero decir que, la gente del bronce que va á
casa de Morán, no es la usual y corriente, sino otra muy
distinta de la que por tal conoce el vulgo, y de sobra
me entiende el lector discreto y conocedor de la vida
madrileña.
Pasado el mostrador (hablo de la primitiva casa de
Morán), babia un largo pasillo y á uno y otro lado del
111Ísmo los cuartitos interiores de que dejo hecha mención, en número de siete ú ocho. Los llamo misteriosos,

sencillamente porque cada uno de esos cuartos tiene
su puerta correspondiente, y cerrando por dentro puede quedar en el misterio cuanto en ellos tratan la~ personas que los ocupan accidentalmente.

• **
Un cuarto de hora después del encuentro de los dos
amigos, hallábanse éstos en uno de aquellos cuartitos
misteriosos, el más apartado del ,mundanal ruido,,
sentados
~Junto á una mesa de pintado pino,,
sobre la cual había colocado simétricamente el simpático_ Antonio (primer camarero del establecimiento y sobnno de Morán), una docena de ostras y seis cañas de
manzanilla.

,

..

r

Una vez solos y apuradas, respectivamente, las dps
primeras cañas, Ramón habló de esta manera:
-Permíteme, querido Luis, que te llame á capítulo
y hasta que te reconvenga y te riña por tu extraña conducta para conmigo.
-¿En qué he podido molestarte ú ofenderte?
-En no abrirme tu corazón. confiándome _tus penas
¡porque las tienes! siendo, como somos, amigos de toda
la vida, y amigos verdaderos; al menos, por mi parte..
-¿Penas, yo? Te equivocas ... Esas son cavilaciones
tuyas .. te aseguro...
-¿También hipócrita? Veo que no tiene el diahlo por
dónde desecharte. ¡Pero, á mí no me la das!. .. Tú, hombre alegre, decidor, comunicativo y bullicioso, generalmente, desde hace seis meses te has vuelto sombrío, taciturno, misántropo, tienes aspecto de funeraria y, en
lugar de Luis Valladares, podías y debías llamarte A 1calá, 60. Huyes de los amigos y, cuando te encuentro,
por rara casualidad, te muestras reservado y procuras,
como hace poco, abreviar nuestra entrevista. ¡No frunzas el entrecejo, ya sabes que es verdad cuanto te digo!
Otra cañita... y desembucha pronto. ¿Qué te pasa? ¿Es
que no me crees digno de poseer tu secreto? ¿Es que no
me concedes talento y cariño suficientes para aconsejarte? ¿Para consolarte, si el mal no tiene remedio?
Después de una pausa breve, respondió I,uis:
-Pues bien, sí, algo me sucede: tienes razón en quejarte de mi conducta; pero Il1Í reserva no obedece á tibieza en mi amistad ni á desconfianza en la tuya. Soy,
en verdad, muy desgraciado; mas es tan raro lo que me
sucede y acusa tanta debilidad por Il1Í parte que, el te•
mor de parecerte ridículo, ha sido la causa única de mi
silencio.
. -De~echa ese pueril temor. Aunque paso por es&lt;"ép
tico y ligero, á causa de tratar en broma las ridiculeces
que muchos toman en serio por seguir la corriente vulgar, soy tolerante con las flaquezas del prójimo y, tratándose de mis amigos-y tú lo eres de verdad-voy
con ellos hasta el error y participo de sus extravíos, si
por acaso los padecen. ¡Animo, pues! Otra cañita... y
venga esa historia.

** *

-Se trata de una historia de amor...
_-M~ lo figuraba. Eres el de siempre. Por ti no pasan
anos 01 desengaños. Al paso que llevas, espero verte

representar el papel de Diego M arsilla con la cabeza
blanca y !os dientes postizos. ¡peor fuera no verlo!
Vaya, cu.Sntame esa historia novelesca, ábreme como
siempre, tu corazón, y lloremos juntos, si hay que llorar ~u desventura, ó busquemos el remedio, si hay remedio para tu mal.
Después de un momento de reflexivo silencio, pr osiguió Luis:
-Hace poco más de dos años andaba yo triste melancólico y retraído, á causa de haber terminado ~opinadamente mis relacionf's, después de cuatro meses de
dulce intimidad con una muchacha preciosa, encantadora, que bruscamente se había ausentado de Madrid
y de la cual estaba muy enamorado.
. -¡Como de todas las que ves! Lo repito, eres el de
siempre. En eso de los líos amorosos, cuando no estás
preso te andan buscando. Pero, aquéllo pasó. Esto debe
ser cosa nueva. Sigue.
-En tal estado de ánimo y vagando una noche al
acaso, por la misma calle donde esta tarde me has 'encontrado ...
-Se conoce que esa es la calle de tus amarguras.
- ... cerca del teatro de Apolo, juntó á la puerta de
San J ~sé, me ~ncontr~ con una antigua arniga 111Ía, doña
Manohta, mu¡er de cierta edad y de cierta hi storia anti~8: y modef;1a-:acompañada de una joven preciosa,
e~pmtual, distmguida... y en quien apenas fijé la aten ción.
-Si apenas te fija~te_en ~lla, ¿por dónde averiguaste que era prectosa, dishngmda y espiritual?
-Apenas fijé en ella mi atención ... aquella noche.
-Comprendo; después fué cuando .. .
. -:Mi amiga me presentó aquella joven, me dijo que
v1via ,con ella como señora de compañía, en la calle de
tal, numer~ tantos, que estaban solas casi siempre y
que tendrian mucho gusto en que yo las visitara. La

�joven expresó el mismo deseo. Después de una breve
conversación, reducida á los cumplidos usuales en tales
casos, me separé de ellas con el propósito de no aceptar
su invitación, creyendo, como era natural, que tal ofrecimiento no era otra cosa que una mera fórmula de
cortesía. Sobre todo, mi amiga no estaba en su casa; la
casa era de aquella joven á quien veía por primera vez,
y no me parecía muy airoso mi papel de visitante de la
señora de compañía. Cinco minutos después había olvidado aquel encuentro.
Transcurridas tmas dos semanas, U11a tarde volví á
encontrar á las dos amigas en la Costanilla de los Angeles, y ambas se mostraron quejosas de que no las hubiera vistado, como había pmmetfdo. Euto11ces me fijé
detenidamente en Enriqueta, que así se llamaba la joven, y quedé enc-antado.
-¡Ah, vamos! En la segunda presentación fué cuando advertiste ... Eres la exageración personificada; te
impresionas al primer golpe de vista.
-Más que su belleza, lo que me impresionó hondamente fué la singular expresión de su rostro angelical,
la mirada profunda y dulce de sus hermosos ojos azules, de un azul intenso y purísimo como el cielo de Andalucía, su sonrisa plácida y tranquila y un ne sé qué
de atrayente y fascinador en toda su gentil persona.
En vista de aquella, al parecer, cariñosa insistencia,
me excusé lo mejor que pude por no haber ido á verlas
cuando había dicho, y prometí formalmente vistarlas
al siguiente día á las cinco de la tarde. Enriqueta se ruborizó ligeramente, cambió lllla rápida y significativa
mirada con doña Manolita, y ésta se apresuró á decirme:
-El caso es que ... á esa hora ... ¿Le es á usted lo mismo á las nueve de la noche?
-Exactamente igual; para mí todas las horas son
buenas-contesté.
-Lo digo, porque ... las c-inco no es buena hora para
nosotras, y ...
-Repito que es igual, iré,..á las nueYe. Hasta mañana, pues.
-Hasta rilafiaña-me contestó Rnriqueta, alargándome la mano, que me apresuré á estrechar entre las
mías-·. Que uo falte usted- añadió, sonriendo graciosamente.
Y ambas mujeres se alejaron á buen paso con dhección á la plaza de Santo Domingo.
Yo me alejé lentamente de aquel sitio, en dirección
contraria, pensando: ~¿Por qué las cinco no ser,\ buena
hora para ellas, es decir, para ella?»
Ella, Enriqueta, era, indudablemente, la que no podía recibirme á esa hora. Cuanto á doña. ).Ianolita, ya
sabía yo que estaba fuera de cuenta y de horas... por
~ de que ella creía lo contrario.
· ¿Qué clase de persona era aquella joven, que tenía
co,mo única 'familia y como señora de compañía á una•
mujer como doña l\Ianolita? Entregado á estas cayiJaciones estuve hasta las altas horas de la noche; me dormí pensando en Emiqueta ... y soñé con ella.

* **

-

Al día siguie,.nte, á la hora convenida, me presenté
en casa de mi nueva amiga, que por tal tenía ya lt a9.ueJla joven, aguijoneado por viva• curiosidad y, -¿por
qué no decirlo?-puerilmente lisonjeado en mi vanidad
ante su insistencia por mi visita. Cuando tiré del cordón de la, campanilla, el corazón me palpitaha aceleradamente: Doña l\lanolita me abrió la puerta y me
condujo á una sala amueblada con severo lujo, gusto
exquisito y elegante sencillez, donde encontré á Enriqueta envuelta en riquísima bata de seda color grana,
que realzaba el color blanquísimo y sonrosado de su rostro encantador. Me recibió con la misma discreta familiaridad que hubiera podido recibirá un antiguo amigo, y empezamos á hablar de cosas nimias é insubstanciales, como ocurre siempre al comienzo de esa clase de
visitas, echando mano desde luego-¿y cómo no?- del

socorrido tema de la temperatura, que es el recurso de
los tímidos y de los que no tienen cosa mejor que decir.
La conversación se filé animando por grados, salimos-;gracias á Dios!-de la meteorología y abordamos otros temas más amenos é interesantes. En seguida eché de ver que Enriqueta, si bien no revelaba una
sólida instrucción ni una extensa cultura, tenía lo que
se llama trato de gentes, finura nativa, viveza de imaginación y talento natural. Era andaluza, jerezana, y
el acento de su país, unido á una voz dulce y pastosa,
era un nuevo encanto, quizás el principal que poseía...
poseyendo tantos y tan irresistibles.
-Ella, andaluza, tú, andaluz, ambos de la tierra de
::lfaría Santísima; ella, bonita y asequible, tú, inflamable y mujeriego ... preveo Ul1 idilio. Ya me interesa tu
relato. Prosigue, querido Luis.
-Yo hablé de arte, de literatura, de viajes ... y de no
sé cuántas cosas más; pero, hablé mucho, tanto que, si
no es por doña l\Janolita que me llamó la atención acer,

-Siempre te pasa lo mismo y puede decirse que tienes una abundante cosecha de moras verdes y maduras. Profesas la teoría de que el amor es subjetivo, y
cambias de sujeto con pasmo~a facilidad. Tu corazón
es manantial que no se agota. Dios te conserve el venero, y yo que lo vea. ¡Otra cañita!
*

* *
Luis y Ramón dieron fin á las ostras, apuraron la última caña y · encendieron nuevos cigarrillos. Luis prosiguió:
-Doña ~fanolita, mujer práctica y experimentada,
ducha en el cumplimiento de su obligación, nos dejaba
solos algunos ratos, y confieso que las primeras veces
que esto ocurrió me encontré turbado y confuso como
un principiante, sin saber qué de&lt;;ir ni qué actitud tomar...
- ¡Ja, ja, ja! ¡Eso tiene mucha gracia! ¿Turbarte
tú, en presencia de una mujer bonita?
-Eso te probará que estaba seriamente enamorado;
ya se sabe que el verdadero amor es vergonzoso y tímido en sus comienzos.
-Y hasta platónico en muchos caso~, según dicen;
aunque yo no lo creo.
-Una noche que Enriqueta, con pretexto de buscar
no sé qué cosa en su tocador, nos dejó solos á .doña Manolita y á mí, entablamos el siguiente diálogo:
-¿Qué clase de mujer es ésta?
-Clase extra. Una mujer de historia.
-¿Tan joYeu, y ya? ...
-Veinticuatro años. Historia corta; pero, historia,
al fin.
-¿N'o tieue familia?
-En Madrid tiene una prima; pero, 110 se tratan; su
madre y su hermana residen en Jerez.
-¿Es rica?
~No.
-¿Quién paga y sostiene este lujo?
-El Padrino ... No de bautismo, sino de ...
-¿Quién es Fl Padrino?
-Un señor muy viejo y muy rico, que la protege.
-¿Pero? ...
En esto entró Enriqueta; el diálogo quedó cortado
en el pllllto más interesante, y yo quedé sumido en tm
mar de confusiones.
LPues la cosa era bien clara; al menos Jo parecía.
,-Visto desde la parte de fuera.
~Es verdad. Por algo se ha dicho aquello de
&lt;,Porque ciega la pasión
y quita conocimiento.,,

ca de la hora, á las doce y media, tal vez me hubiera
sorprendido el alba en el uso de la palabra.
-En el abuso, querrás decir.
- Al despedirme, me dijo Enriqueta, en un tono que
no admitía réplica:
-Hasta mañana á la misma hora. Que no falte usted.
Al acompañarme doña l\Ianolita, para abrir la puerta de la calle, me dijo que había estado ameno y elocuente y que había producido gran efecto.
Vold al día siguiente y al otro y al otro ... y todos los
días, y al cabo de dos semanas comprendí la verdad de
aquel cantar que dice:
&lt;,Si tu amante te ha dejado,
no tengas pena maldita;
que la mancha de la mora,
con otra verde se quita.•&gt;
Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta, y
el recuerdo de la ingrata fugitiva, habíase borrado por
completo de mi memoria.

-Yo estaba apasionado y quería á todo trance ver
las cosas á medida de mi deseo y bajo un prisma de idealiqad_ incompatible con la realidad crnel y grosera... Ese
Pádrino (pensaba yo) debe ser algún pariente lejano,
protector desinteresado de esta joven. No seria el primér caso; y siendo tan viejo como dice doña )Ianolita
se explica fác-ilmente ...
-Lo que no se explica de ningún modo es que un
hombre de tus año~ y de tu experiencia, no procurase
aYe:1guar desde el primer momento quién era aquella
mu¡er, de dónde procedía, hacia dónde se encaminaba
Y qué podía dai; de sí.
-¿Con qué objeto? :Sada de eso me importaba al
P;incipio de conocerla, porque no me inspiraba interés
111 curiosidad.
-Por no importarte nada entonces, te importó luego demasiado.
. -!,o singular del caso fué que, con mis dudas y vaC1lac1011es, con el disgusto qué aquella noticia me había. ocasionado, aferrado á la explicación candorosa y
opt11nista que á iní propio._me daba, no iuteuté ahondar
más en tan desagradable cuestión... por miedo de encontr,ar una verdad que, por decoro, me hubiese alejado de-aqüella casa.

-Veo que estabas irremisiblemente perdido. A tal
altura, ya no te ibas de ningún modo.
-Tienes razón. Pocos días después y en ocasión de
encontrarnos otra vez solos doña Manolita y yo, dicha
señora me dijo rápidamente:
-Le gusta usted mucho, dice que le hace usted mucha gracia. Un capricho ... ¡Qué suerte tiene usted! Aproveche la ocasión; pero, nada serio, ¿eh? Una aventura
de ocho ó quince días... y eclipse total. De otra suerte
á carrera larga, esta mujer cuesta mucho dinero y d~
muchos disgustos. Cuando yo le hablo á us(ed de este
modo, comprenderá usted ...
Volvió Enriqueta, y el monólogo de doña l\fanolita
quedó interrumpido.
Lejos de agradecer, como era justo. aquella confi&lt;lencia, le cobré cierta antipatía á doña l\Ianolita y hasta
pensé que calumniaba á su amiga y protectora.
Después de nuevas, hondas y enmarañadas cavilaciones, hube de convencerme, con amargo pesar, de lo
que debí comprender desde el primer día, y hasta me
pareció razonable, juicioso y conveniente el consejo de
doña Manolita. Resolví, pues, aprovecharme de la ócasi6n, tener con Enriqueta una corta aventura y eclipsarme después. ¡Cuánto me engañaba!
Con la seguridad que me había dado aquella buena
mujer de que yo gustaba á Enriqueta y le hacía gracia
lo cual halagó atrozmente mi necia vanidad, perdí e~
un momento la timidez de los primeros días, y aquella
misma uoche me atreví á declararme y pude obtener
no sin la conveniente resistencia, una cita para la siguien'.
te noche, á hora avanzada de la misma, en su misma
casa y sin testigos importunos. Y o me llevaría la JJave
de la puerta de la calle, y ella, Enriqueta, me abriría
sigilosamente la de su cuarto en cuanto yo diera sobre
la misma unos golpecitos.
·
AquelJa noche apenas logré conciliar el sueño y en
los pocos momentos que dormí no hice otra co;a que
soñar con Enriqueta y en la dicha que me aguardaba ...
*

* *de las cuatro de la tarde
Al día siguiente y á cosa
me sorprendió, y aun me sobrecogió, en mi propia casa'
la presencia de doña l\Ianolita, que me llevaba segú~
dijo, un importante recado.
'
Lo primero que sospeché fué que Enriqueta se había
arre_\)~ntido de su condes~endencia 'Y se apresuraba á
partlciparme su arrepentimiento. Mi ansiedad fué de
corta du1ación. Doña Manolita se expresó en estos términos:
, -Enriqueta quiere. jugar limpio con usted y me env1a, para que yo le diga de su parte lo que ella 110 se
atrevió á decirle anoche, por razones fáciles de comprender; pero que usted debe saber para que no pueda
llamarse á engaño el día de mañana.
Sú~itan~ente me acordé del Padrino, de aquel prot~ctor m1stenoso, y el rubor, la ira y el despecho encendieron mis mejillas.
_-¿Qué es ello?- pregunté, procurando disimular
1111 emoCJ611.
-Pues ... que
-:-Pues que Enriqueta tiene unas relaciones que no
qmere romper, porque desea no serle á usted gravosa·
pero neasit~ al mismo tiempo que usted Jo sepa, par~
que en rungun caso pueda decir que ella le ha engañado
l\Ie quedé frío, y casi tartamudeando, pregunté:
·
- ¿De suerte que... ese... Padrino? ...
- Ya se _lo dije á usted ... ¿A santo de qué se iba á
ga_star el runeral que representa esta instalación y el
luJo que ostenta la individua? ...
-E_n ese caso, comprenderá usted que no es digno
por
parte ,aceptar una situación tan ... ¡vamos! tan ...
-¿Por que? ¿Qué va usted perdiendo en ello?
-La dignidad, el decoro, acaso la honra.
·
-Esa es una cavilosidad impropia de un hombre de
su talento ~ de su mundo. Suponga usted que se trata
d_e una mu¡er casada (y le he conocido á usted varios
t10s ~e esa clase) y que se la pega al m~rido. ¡He v.isto

=

•

�tantos maridos burlados por usted!. .. Figúrese que éste
es uno más.
-Eso es verdad; pero ...
--Con la circunstancia, favorable para usted, de que
en esta ocasión se trata de un marido honorario, por decirlo así, pues tiene más ele ochenta años, y es bombre
razonablt:, de buen sentido... y no les ha de estorbar
para nada. El pobre señor va á las cinco de la tarde,
charla con nosotras un cuarto de hora, media hora, á
Jo sumo, se va... y hasta el otro clia, y así sucesivamente.
Entonces me expliqué por qué las cinco de la tarde
no era buena hora para aquellas señoras y el aprieto en
que las puse cuando intenté visitarlas por primera vez
á dicha hora.
Doña Manolita prosiguió:
-Como ella dice-y esto no:deja de sorprendermeque de usted no quiere más que cariño, porque de Jo
demás no necesita nada; la situación de usted no puede ser más airosa ni más simpática. Las mujeres como
Enriqueta suelen tener dos amantes: uno para el gasto
y otro pata... Jo otro. Ella aspira á que usted sea su
amante del corazón; pero, vuelvo á decirle lo que ya
otra vez le dije: No se enamore, no se enfregue... una
aventura de un mes, á lo sumo, y desaparezca usted,
despidiéndose á la francesa. Esto me parece lo más raYazonable. ¡Y nada de escrúpulos!
Inútil es decir que me dejé convencer por doña Manolita. No deseaba otra cosa.
Antes de separarnos, convinimos en que yo pasaríapara la portera y los vecinos de la casa-por pariente
cercano· de doña Manolita, un pariente cariñoso que la
visitaría diariamente. Enriqueta gozaba de buena reputación en la vecindad, y de ese modo quedaba á salvo su reputación.

•

•••

Aquella noche comenzó la época más feliz de mi vida
Era tan dichoso que, por serlo tanto,
estaba asustado, sabiendo, por triste
experiencia, que aquello no poclia durar,

en la calle de la Madera Alta, mucho más alta (la
buhardilla) que la más alta madera conocida, y cuyo
alquiler pagaba su generosa amiga.
¿Por qué había conservado aquella mujer su miserable vivienda, no teniendo necesidad de ellaT Primeramente, para verse allí de vez en cuando con cierto sujeto aficionado á la arqueología-que hay gentes para
todo y gustos que merecen palos-y después, y con especialidad, por si llegaba el caso, como llegó, de imponer su capricho y valerse de sus puntadas.
Cuando más tranquilo estaba, me sorprenclia desagradablemente la desaparición de aquella maldita mujer.
-¿Y doña Manolita?-preguntaba yo, momentos
después de entrar en casa de Enriqueta y no ver allí á
mi antigua amiga y flamante payienta.
-Se ha ido á su casa, muy enfadada conmigo, porque he sostenido, con calor, según ella, que en materia
de colores prefiero el rosa grana al rosa pálido. Eso la
ha molestado y ofendido mucho, y se ha marchado,
decidida á no volver. ¿Cómo va á sufrir la pobre señora tales vejaciones?
Sabiendo, como sabía, que yo entraba en aquella casa
á título de pariente suyo y que al desaparecer ella mis
visitas no tenían posible justificación sin dar pasto abundante á la maledicencia de la vecindad, era evidente
que aquella infernal mujer trataba de molestarmeconociendo lo enamorado que estaba de Enriqueta-y
de p;irjudicar á la pobre joven que tanto la había favorecido.
La conducta de doña Manolita me indignaba, me
enardecía rabiosamente; pero, &lt;'Omo no quería, por nada
del mundo, romper aquellas relaciones y menos comprometer á Enriqueta, tragando bilis y haciendo de
tripas corazón me iba á la buhardilla de aquella señora,
le daba explicaciones y satisfacciones en nombre de su
amiga, le suplicaba, la adulaba, le hacía algún regalo en
efecti,,o y, por fin, la convencía y ella se resignaba á vol-

«que es la dicha mudable y transitoria,
y al dolor permanente•,
y esperaba de un momento á otro el
palo de ciego de la ciega fatalidad,
la presencia del dolor, mi antiguo y consecuente amigo ...
Enriqueta se mostraba más enamorada cada día; era celosa, exigente, absorbente, mejor dicho; pero, todo ello
en forma suave y cariñosa, por lo cual
no poclia ni debía incomodarme con
ella.
Doña Manolita estaba asombrada y
solía decir frecuentemente: &lt;•Esta chica
está desconocida, no parece la misma,
nunca la he visto tan encaprichada.• Y
parecía que estaba como perezosa ó
envidiosa de la dicha que la rodeaba.
Y así debía de ser, por cuanto los primeros disgustos que tuve con motivo
de aquellas relaciones, fueron los que
me dió doña Manolita.
Aquella buena señora, que antes de
aparecer yo en escena había vivido un
año en casa de Enriqueta en una paz octaviana, desde el comienzo de mis r elaciones formales con dicha joven, habíase
vuelto susceptible y quisquillosa hasta
un punto inconcebible. Por la cosa más
nimia reñía con su amiga y protectora,
y se marchaba, fulminando la amenaza
de no volver.
Es de advertir que doña Manolita, á
pesar de vivir en casa del Enriqueta,
tenía, además, su casa, una: buhardilla

r

r

ver; pero volvía protestando de todas veras de que lo
en medio de una calma perfecta y como por senda de
hacía únicamente por mi, porque me quería más que á
flores.
las niñas de sus ojos....
Visitaba á Enriqueta todos los días á las cinco en punA- los pocos días se repetía la misma función, y allá
to de la tarde-nunca por la noche-y su visita duraba
iba yo, heróicamente resignado, con una temperatura
de quince á treinta minutos. Si estaba enfermo ú ocude· cuarenta grados á la sombra (estábamos en el rigor
pado ó n o podía ó no quería ir por cualquier otro motide un verano riguroso), á subir ciento Y pico de escalovo, á las doce de la mañana enviaba un sirviente á casa
nes v á tomar un baño ruso en la bohardilla de la Made Enriqueta con el siguiente lacóníco y &lt;'ortés recado
dera Alta. Algunas veces me acompañaha Enriqueta,
QE\ señor no puede venir esta tarde y ruega á la seño
para que fuese mayor la satisfacción de nuestra dulce
rita que le dispense.,&gt; Cuando pensaba ir á distinta hora:
amiga. lintre los dos la convencíamos, repitiendo yo
lo cual acontecía muy rara vez, también lo avisaba de
siempre el regalo en efectivo, que era el argumento caantemano, _con prudente antelación, y, ádemás de ser
p,tal, y nos hacía el favor de volver.
puntualísimo en la hora de acudir á la cita, llamaba
Pero, doña 'l-.Ianolita no tenía enmienda. Cuando no
de un modo particular, dando tres campanillazos con
reñía c-on Enriqueta-porque ésta había tomado el parpequeños intervalos... No cabía la menor duda era él
tido de estar siempre de acuerdo con ella en todo lo huquien llamaba.
'
mano y lo divino-decía que estaba enferma, se iba á
¡Qué admirable buen sentido! Un hombre de más de
su casa y se metía en la cama por tiempo ilimitado. En
ochenta años, amante oficial de una hermosa joven de
tina de sus primeras enfermedades la envié un médico
veinticuatro, poclia encontrarse desagradablemente
amigo mío, y éste. dei;pués de vistarla, me dijo:
sorprendido presentándose inopinadamente en casa de
-Esa scflora está buena y sana: disfruta, á Dios grasu amada, si la naturaleza cumplía sus ·1e,-es, como era
cías, de una salud insolente.
de esperar. ¿Medio de evitar cualquier lógica desagraYiendo que era completamente imposible reducir á
dable sorpresa? Hacer lo que hacía El Padrino· dejar
tal mujer á términos razonables, acordamos pasarnos
libre á Enriqueta veintitrés horas y media de 1a'..i veinsin ella, y al efecto i:ne procuré una llave de la puerta
ticuatro del día y, por si en la media hora restante aún
de· la calle, conviniendo en que yo, en lugar de ir, como
subsistía algún inconveniente, que todo podía suceder,
de costumbre, á las :°~eve de ~a noche para marcharme
llamar de cu¡i&lt;e/la manera, para que el inconveniente
á las doce ó la una, 1na despues de la una de la madru- __ tuviera tiempo sobrado de ocultarse en las habitaciogada, procurando que _no me viese el sereno a~rir la~1;1es interiores, sin miedo de ser descubierto, puesto que
puerta, y me ~archana al rayar el alba. J-~rnruta, la
el, El Padrino no era curioso y jamás pasaba de la sala.
d_oncel~a de Ennqt~e!a, nna muchacha muy fiel y _muy
Se contentaba-según doña 'Manolita-con emplear
sunpática, me abnna la p~erta d~l cuarto, °?"ediante
aquella media hora en amable y sencilla conversación.
un mo?o de lla~1ar converudo. As1 no me ven_a nadie
Sus pretensiones no poclian ser más modestas.
y creenan la vecindad y_ la porte~a, como era_ )ógtco, que
De tarde en tarde convidaba á almorzar á Enriqueal ~esaparecer nu parienta hab1a yo tamb1en desapata al restaurant más caro y más de moda, ó á su· propia
recitlo.
casa, invitando también á algunos de sus íntimos amiEmpecé nuevamente á ser dichoso, sin que la más ligos, cuyos almuerzos no tenían otro objeto, al parecer,
gera nube empañara mi felicidad.
que el de exhibir á su querida. Otras veces, asimismo
A los cuatro ó cinco días de poner en práctica este
de tarde en tarde, paseaba con ella en coche descubiernuevo plan, doña 'l-.lanolita, asombrada, sin duda, de
to por la Castellana ó el Angel Caído, á la hora de manuestro retraimiento, debió decirse á sí propia: ,Na que
yor_concurrencia en dichos paseos, con el mismo prola montaña no viene á mí, iré yo á la montafia.,, Y espósito de exhibición, siendo piedra de escándalo y mapontáneamente, por propia iniciativa, volyió á casa de
teria de acerba crítica entre sus muchas relaciones. Los
Enriqueta, di·ciendo que estaba perfectamente curada
que _no 1~ conocían le tomaban por abuelo de aquella
de su última enfermedad, que no abrigaba el temor de
preciosa ¡oven...
una recaída y que nos quería más que á las niñas de sus
. Tales exhibiciones revelaban una vanidad pueril,
ojos. Esta era su muletilla obligada, tal vez por algún
1mprop1a de un hombre de sus años y de su posic-ión,
autiguo resentimiento con las mencionadas 1ii~as...
pues_ se trataba de un diplomático distinguido, muy
Tinriqueta la recibió benévola y cariñosamente, me
r elacionado en el mundo político y en la aristocracia.
comunicó la bue-na nueva, rogándome que fuese genePor su clara inteligencia y mediante su cuantiosa forroso con la pobre stñora., y todo volvió á su punto
tuna, había representado á España con dignidad y esde partida: á ir yo á las nueve, á-salir los tres la mayor
plendor en varias cortes extranjeras.
parte de las noches, unas veees al teatro, otras al café
Yo le profesaba-de reflejo y sin haber tenido el hoó á pasear en coche, Y, como doña Manolita no podía
nor de conocerle-sorda, tenaz é invencible antipatía.
ya molestarnos, se decidió, mujer práctica, como era,
Desde le¡os me molestaba aquel señor; buscaba con emá sacar el mejor partido posible de la situación, tomanpeño el lado ridículo de su conducta, para poder desdo el papel simpático de mujer amable, condescendienpreciarle, y he de confesar ingenuamente que no lo ente Y conciliadora...
• "· I[
contraba, á pesar de los almuerzos y de los paseos apa*
ratosos; por el contrario, creía que él' era quien tenía
* *
derecho á despreciarme, por ser mi conducta más cenEntre tanto El Padrino, aquel protector generoso,
surable y ridícula que la suya. Esta conclusión de una
a,mante honorario de mi amada-según me habían dilógi~a fatal é ineludible, me enloquecía, y má; de una
cho-seguía, para.mí, envuelto en las sombras del misvez intenté abcrdar con Enriqueta la cuestión de inteterio.1'i por incidencia me había hablado Enriqueta una
reses, manifestando mi ardiente deseo de que ella des◊la yez de dicho personaje Y, por yo no sé qué secreto
pendiese sólo de mí, sin necesidad de ningi&lt;na otta perpudor é instiutiva repugnancia, tampoco había yo insona. A la primera insinuación en tal sentido, me cortentado hasta eutonces tratar con ella cuestión tan
taba la palabra, diciendo:
eJpinosa; pero dolía l\Ianolita, que estaba de la parte de
-No hablemos de eso, es completamente imposible
afuera, moralmente hablando, me hablaba alguna que lo que deseas, por muchas razones; la primera y prinotra vez del personaje en cuestión, sin duda para refresC!J)al, por~ue en ese caso no podría demostrarte que te
car mi memoria, llevándome á la r ealidad.
qmero desmteresamamente, sin mira egoísta de ningu.A juzgar por aquellas referencias, E l Padrino era
na clase. De ti no quiero más que mucho cariño, lás flodiscreto y ayisaclo como pocos, filósofo convencido y
res que me mandas á diario, algún palco de teatro y
:unable hombre de mundo, poseyendo en grado máximo
e~os sen~illos obsequios que me prodigas y que prodigael sexto sentido, que es el de hacerse caYgo, por lo cual
nas de igual modo á una novia con quien te fueses á
su existencia se deslizaba plácida, tranquila y alegre,. casar. Repito que no hablemos de eso.

�'!'i no podíamos seguir hablando del asunto, porque
si intentaba la más sencilla réplica, la más leve objeción,
me cerraba la boca con un beso...

*

**

Poco después de habe,se humanizado doña Manolita,
en vista, como he dicho, de que ya no podía molestarnos,
mis visitas eran más frecuentes y más largas. Además de
ir, como de costumbre, á las nueve de la noche, para marcharme de madrugada, iba muchos días á las dos de
la tarde y me retiraba á las cuatro y media ó cinco menos
cuarto; otras veces iba á las once de la mañana y estaba
hasta la una. Aquello era un verdadero frenesí...
Más de una vez y á vivas instancias de Enriqueta, iba
á las siete de la tarde y comíamos juntos en su propia
casa, á condición, impuesta por mí, de pagar yo la comida, que mandaba llevar del hotel de Roma, que era el

día en punto, para tratar asuntos interesantes; de haberlo sabido con tiempo, habría enviado el recado de
costumbre; lo sentía mucho, mas no podía remediarlo,
por haber dado su palabra... etc., etc. Y se fué, con la
misma prisa que había venido.
Aquella situaC'ión inesperada y la forzada espera á que
hube de someterme me contrariaron grandemente: los
diez minutos me parecieron una hora mortal de indefinible angustia. Enriqueta reapareció, y con acento apasionado é infantil alegría me dijo:
-¿Ves cómo no te ha pasado nada ni te ha comido
nadie?
No contesté una palabra; pero tal disgusto debí manifestar en mi gesto y en mi actitud, que no volvió~ á
intentar repetir la suerte.
Aquello pasó como ligera nube de verano, y todo volvió á su ser y estado normal.
¡ Al verme de nuevo tranquilo y feliz volví á tener miedo, imaginando por dónde y en qué forma vendría ah&lt;:&gt;ra la desgracia. Y vino, como de costumbre, á cumplir
su triste misión cuando más daño podía causarme, en el
momento en que yo estaba más persuadido del amor sincero y desinteresado de aquella mujer encantadora.
A la entrada del invierno y al salir una noche á última
hora del teatro de Apolo, Enriqueta cogió un fuerte catarro; del cual no hizo caso al principio, que bien pronto
degeneró en pulmonía y más tarde en una tisis aguda,
que en tres meses la llevó al sepulcro ...

**•

que teníamos más cerca. De ese modo, comiendo yo allí,
estábamos m:\.s tiempo juntos.
En ocasiones, cuando iba á las dos, se empeñaba Enriqueta, secundada por doña Manolita, en que no me
fuese ya hasta la madrugada del siguiente día. pretensión á que yo me negaba resueltamente, sabiendo como
sabía que á las cinco había de ir El Padrino; y aunque
jamás estaba en la sala, por lo cual no tenía que esconderme, ni que moverme siquiera, me repugnaba coincidir allí, bajo el mismo techo, con aquel antipático personaje, á quien tanto aborrecía; mas ella, que no cejaba
en su empeño, un día se dió tales trazas y me entretuvo
y -me distrajo de tal suerte, que volando el tiempo, inadvertidamente para mí, se echó encima la hora de la cita
oficial, y de pronto hirieron mís oídos los tres consabidos campanillazos, en la forma que yo:de referencias conocía. Sentí honda y viva emoción, la sorpresa me fué muy
desagradable, y Enriqueta, satisfecha y sonriente, por haber conseguido su propósito, se dirigió á
la sala, seguida de doña Manolita. Yo permanecí en el gabinete
interior, donde me encontraba
presa de cruel ansiedad y de no
menos cruel incertidumbre. Tentado estuve de presentarme en
la sala y echarlo todo á rodar;
pero el temor de dar á Enriqueta
un tremendo disgusto, que tal vez
ocasionara la ruptura de nuestras relaciones, me contuvo.
¡Todo antes que concluir con ella!
Aquel hombre, que hasta inconscientemente era discreto y conciliador, aquel día sólo estuvo allí
diez minutos y dijo en alta voz,
que yo percibía claramente,
cuanto tenía que decir... Estaba
ocupadísimo, no podía detenerse,
le esperaba un amigo en la cervecería Inglesa, á las cinco y me-

Al llegar Luis á este punto de su relato, le interrumpió
Ramón en tono cariñoso:
-Eres de lo más original que he-conocido. No te atrevías á contarme esa historia por el temor de ponerte en
ridículo 1 ven todo eso no encuentro nada de particular.
Es una hi.storia sencilla, romántica, interesante y conmovedora; pero no veo por ninguna parte, ni aun en el
menor de sus detalles, ni la censurable debilidad.de_que
te acusas, ni la rareza de que me has hablado. !'l. 11:t.[i
-Lo raro, lo anómalo, lo excepcional viene ahora. La
debilidad no es de entonces, sino..,de estos~momentos.
Escúchame hasta el fin.
-Me maravillas. En las novelasv en los dramas, cuando muere la protagonista se acab~ la obra. Aquí, por lo
visto, sucede lo:contrario. Ahora:me interesa doblemente
te· pero, oye, Luis, «los duelos con pan sonfmenos, y la
vida hay que;"pasarla á tragos•; creo que.,debíamos.,tomar.otras ostras y:otras:'cañas.
, ..
_ ' .. ~~t:: ,~--:'
-Yo ahora no tomo nada; toma tn lo que qmeras. ,
Ramón llamó al camarero, pidió media docena~de os-

tras Y dos cañas de manzanilla, y se dispuso á escuchar
atentamente.
Luis encen_dió un nuevo cigarrillo y prosiguió:
-A_los vemte días de habt'r caído en cama y estando
ya he:1da de muerte, según el médico que la asistía, hubo
n~ces1dad de llamar á su madre, que residía, como ya he
dicho, en Jere~: La pobre anciana vino inmediatamente
al lado de su hiJa, desarrollándose una triste y conmovedora escena en el momento de su llegada.

d:ino Y abandonase á su hija en aquella tristísima situacrón. Su actitud era lógica después de todo
Enrique~a arrostró valientemente la situación. Sin
ambages ru rodeos ni ~ufemismos de ninguna clase, confesó toda la verdad; di¡o que mandaba en su casa y en su
persona; que su madre podía volverse al pueblo si lamo!estaban aquellas relaciones; que estaba resuelta á todo,
incluso á romper con El Padrino, antes que dejar de
verme, y que si yo desaparecía. ella se dejaría morir negá~dose á tomar todo alimento y toda medicina. Desp_u~s de una escena violentísima, la madre hubo de transigir: no tenía otro remedio.
Doña Manolita me contó la escena con todos sus deta~es; pero sin duda, para destruir su efecto, en su afán
mveterado de echar una de cal y otra de arena añadió
con la mayor naturalidad:
'
-Aseguro á usted que no acabo de entender á Enriqueta. Hoy le prefiere á usted s~bre todas las cosas, y
hasta.hace poco le ha estado enganando miserablemente
Quedé atónito; me zumbaban los oídos y al pronto n~
comprendí el sentido de aquellas palabras.
-:-¿Cómo? ... ¿Qué dice usted? ... ¿Que me ha engañado
Ennqueta? .. .
que usted oye. Le ha engañado á usted con el
vecrno que vivía aquí en el cuarto de al lado, que se mudó ~ace dos meses, para marcharse, según creo al extran3ero.
'
Quedé anonadado, mudo de asombro y de estupor y
de buena gana hubiera estrangulado á aquella muj~r
aun teniendo la prneba y la certeza de su delación...
'
-¿Le consta á usted... eso?
-Con toda evidencia.
-¿Y por qué no me lo dijo usted oportunamente a
su debido tiempo?
'
-Por evitar w1a desgracia. Estaba usted ciego loco
por esa mujer, habría usted provocado segurament~ una
cuestión con el vecino... y ¡Dios sabe Jo que hubiera pasado! ¿Debía yo Pº°;':_1" en ese tran_ce á un amigo á quien
qmero _com? á las runas de ll1lS o¡os? Y a dije á usted á
&gt; su deb11o tiempo que no se enamorase de Enriqueta y
que hic1~ra mutis después de una corta aventura. Con
estas mu¡eres no se puede hacer lo que usted ha hecho.
~oy recoge usted el fruto de su indisculpable imprudencia... y no puede llamarse á engaño.
Despué~ de esta cati~aria doña Manolita se separó
de mí_ radiante de alegria, con la satisfacción del deber
Era ~oña Antonia ~onzález, viuda de Sierra y madre
cumplido.
de Ennqueta, una mu¡er como de sesenta años bien conserv:ida, alta, enjuta de carnes, rubia comos~ hija y de
facciones corr;ctas y un. ta1;1to pronunciadas. A simple
VlSta se conocra que babia sido en sus tiempos una hermosa y arrogante mujer, y al cruzar con ella la palabra
notábase también en seguida, juntamente con un mar~
cadísimo acento andaluz, su falta de instrucción y de
cultura! echándose de ver al propio tiempo la malicia
c~mp_e sma, por una desconfianza invencible y una susp1cacra exagerada.
Examinando atentamente á la madre, comprendíase
claramente la posición equívoca de la hija.
Doña Manolita, que ya la conocía de haberla visto y
tratado en Madrid dos años antes con motivo de otra enfermeda~ de Enriqueta, me presentó á aquella señora
con el nusmo carácter que ya me conocía la vecindad
esto _es, como pariente suyo, al objeto de que yo pudier~
segu1r frecuentando la casa sin el menor inconveníente.
Fenómeno illexplicable: yo no la ahogué entre mis
Doña Antonia se tragó al parecer la píldora por el brazos.
~ronto! aunque noté desde luego que no le había sido
•*
simpático. ¡La suspicacia campesina! Bien pronto se
Después, analizando fríamente la conducta de dofia
puso al cabo de la calle. Al ver que yo ponía cuidadoso
Manolita, tenía que reconocer, á mi pesar, que me había
em_Peño en no coincidir allí jamás con El Pa,it-ino (persohecho un favor. Bécquer ha dicho:
na¡e á qwen nunca he visto) y al coger al vuelo algunas
palabras cambiadas rápidamente entre Enriqueta y yo.
&lt;,Cuando me 1o contaron sentí el frío
s?spechó la _verdad y tuvo con su hija y con doña Manode una hoja de acero en las entrañas·
li_ta_ una ~ena y fuerte explicación, concluyendo por exime apoyé contra el muro, y un inst~te
gtr_1mpenosamente la inmediata ruptura de nuestras rela conciencia perdí de dónde estaba.
lacrones. La buena mujer temía que se enterara El Pa-

--:-Lo

•

.................

-

••

4

.. . . . . . . ~

••••

..1

�Pasó la nube del dolor.. : con pena
logré b~lbucear breves palabr3:s... .
¿Quifa medió la noticia? Un fle~ atn1go.. :
¡Me _h acía un gran favor!. .. Le di las gracias.~
Parece pues que Jo indicado hubiera sido dar, por mi
· ' gracias
' á d oña .uano
u
lita; pero yo , menos· geneparte· las
roso que el ilustre poeta, ó acaso más conf?rme con
las leves de nuestra flaca naturaleza, cobre~ odio
profu~do á la tal señora. Verdad es que llov1a sobre

cierta responsabilidad moral al
acometer u.na empresa en la cual
llevaba todas las
de perder.
- Por usted

mojad_o.
..
- JHi ·
'
Aquella noche no pude conciliar el sueno.
pn.
roer pensamiento
fne, d esaparecer bruscamente
.
, pro.
curando en cuanto fuera posible olvidar tan desdichada aventura· pero esto me pareció .:ruel, so1:~e
todo en los mo~entos en que ella acababa de ren1r
una batalla con su madre por sostener nuestras rel_aciones. Después se me ocurrió la idea d~ despedirme atn1stosamente, pretextando la nece;idtd ~e u;eto,~ste;-"sa~ificio-me
viaje á mi país para urgentes asuntos
a;111~
ne 'dijo ral fin- ; es u11 ptfto
F.nriqueta estaba gravemente enferma; a ,1 eab ed~ v - tarde- pero yo haré cuanto
'
,
h O rrible y me parec1a co ar
,
'
1
no volvena á ver a era
,
pueda y cuanto sepa ... v
11 c·r
villano, ~ pesar de todo, aband?narla ;_~ :¿~:t:~ ~ ~
¿quién sabe? ... no hay que
cunstanc1as. Una fuerza snRenor :í
"-'· • • - ~
perder la esperanza... es
retenía al lado de aquella nm¡er.
ª •
re á
muv joven... tal YCz su
Yolda cien veces sobre el asunto, Y 1lcgaba sie:p d'
nat~iraleza
no sería el
la misma conclusión. Examinanrl.o un dí_a el
erco:
primer ~a•~ .. repito que
doña Manolita desde el comienzo &lt;le 1:11s re atc!Oll':Sper,
hav q-ue perder por
110
· ó s'1b1tamen e m1
·
1·¡
Enri queta, un ray? de luz nmm · t , R ciociné de
completo la esperan1.a.
samiento y abrí 1n1 corazón /i la esperan ª· ª
I· ,, ~Las medias palabras del
este modo:
ntos memédico indicaban clara-Esa mujer ha procurado siempre, po~ ~ 18 •
t y
mente el estado de la en.
a .1.mnqnerchó
ª
dios estuvieron
á su a ¡canee, molestarnos
.
ferma v lo que se pod'ta
.
á llll, á mí sobre todo. Habla de un vecino que se ~a . .
'
esperar...
al extranjero.
Imposible comprobar su aseve r a c1ón
. con
:ón
dl.cho su¡·eto y más imposible aún tener una exphcac1
*
' t ª .á las puer* *
de tal índole' con Enriqueta, hallá n d ose es
rJ.
I,a
madre
de Enriqueta
tas de la muerte ... Doña l\fanolita ha mentido. ha1~:~
me recibía fríamente, con
lum.niado cínicamente, procurándose-ante todo la
una rlispliccncia cTe no
completa impunidad.
.
,..,
r da
trataba de ocultar; hablay como lo que tnás conYenía :'t mt alma.,enamo :,t
ba conmigo lo menos poer a tomar por calumnia aquella tremenda acusac1tn.
sible, y no lrnda otra ro, a
busqué, Y eµcontré, toda clase de argumentos para "e
que soportarme, puesta en
gar á la eondusión que des~aba.
r. r
la terrible disyunth·a de
¡Doña l\[anólita ha me•,ttdo! ¡Qué feliddac1!
&lt;
abandonar á su hija enfer"'r!
lc.il
m a ó de transigir con mi
* **
enojosa presencia. TomÍ'
Sos echando yo que el médico que asistía á Enriqu~el partido de no darme
p
Hipócrates ni mucho menos y que habta
ta ~o erad u~ enfermedad incliqué la ecnveniencia de
por e11terado de aquella
eqmvoca o a
·
·t' 1 n robres
sorda hostilidad.
ue se celebrase una consulta, y hasta c1 e os o
fiYo iba siempre n las
de los doctores que debían componerla, e~tre ellos el de
ocho de la noche. 'A los poun ami o mío muy querido, en qmen tema Y.tengo una
cos minutos de haber llefe cieg!. Fué atendida mi indicación; celebrose la congado, doña Antonia y doulta
con efecto, mis sospechas no eran mf!111dadas
ña llfanolita se iban á ce·
~esgr·ariadamente; el métlico de cabecera no sab1a_lo que
nar al comedor y quedaba
traía entre manos h abía perdido un tiempo precioso, y
solo con la enferma como
acaso a no fuera tiempo de salvará la enferma, por ha~
cosa de una hora. Me senber si~o contraproducente cuanto había recetado. ::s1
taba á la cabecera del lese lo demostraron palmariamente sus sabios comp~necho y formulaba la oblios el hombre se marchó confuso y aturdido, pero hbre
rde toda
'y r esponsa1)1"lidad , con la música á otra parte ... tal
gada pregunta de todas
las nocl1es. Siempre rne
vez á seguir equivocándose.
decía que estaba mejor,
.
Es una suerte para los profesionales hechos '.1c la madesonriendo tristemente y como queriendo endulzar aquera
aquel médico que ciertos d elitos no esten c~mpreullas horas amargas.
.
didos en el Código penal, y es una ver dadera lástim~ ~ue
No, no estaba mejor; yo veía, por el contrano, los proe l C'ódigo adolezca de esas y de otras análogas dcflcrengresos de la terrible enfermedad y cómo aquella en~~ntadora mujer se iba lentamente demacrando y munencia~ vivas intancias é insistentes súplicas mías se encardose un poco cada día... Cuando me h ablaba de sus proó d la enferma el doctor que había llevado la voi canyectos para el porvenir, asociándome i todos ellos, me
fant: en la consulta y que á mi juicio era el más sab10
partía el corazón y tenia que hacer grandes esfuerzos para
de todos (siendo el más joven), sin que en ~ste convenco11tener las lágrimas...
.
cimient o que yo tenía entrase por na?a la ti~rn_a y can:
En aqu ellos momentos, oyendo á Ennqi:eta, me acorñosa amistad que le profesaba. Rabiase resistido á lll1
daba de la infame delación de doña Man,ohta, Y _me aft
deseo que era también el de Enriqueta y su madre, P?r
rraba tenaimente á la idea de que habla mentido. No
entender que habíamos acudido tarde y que contrata

t

1

(roce

ii

de

era posible que
aquella mujer angelical me hubiese engañado. :No
obstante, á mi
pesar y contra todo mi deseo, allú

tüicación por haber cuidado á E nriqueta hasta la llegada
de su madre. Doña l\fauolita me dió cuenta de aquella
generosidad,con el solo propósito de que yo correspondiese por mi parte, y correspondí, si no con la largueza
de El Padrino, porque yo no era rico, desgraciadamente,
con una no despreciable cantidad. F,n cuanto pescó los
cuartos, sabiendo que á Enriqueta le quedaban ya pocos
días de vida y que el filón estaba agotado, desapareció,
sin despedirse y sin cuidarse ya - ¿para qué?-de explicar ó justificar su ausencia.
'
~.. Si hubiera ~ecesida0. de simbolizar gráficamente la
maldad m~s refinada y la más refinada ingratitud, con
hacer un 1etrato al carbón de doña l\Ianolita, estaba conseguido el objeto.
::IIi situación.se hizo &lt;lificilísima en aquella casa. Doña
Antonia, la madre de Enriqueta, sabía la verdad; pero
la ¡;ortera y los Yecinos t enían que extrañar lógicamente mi asiduidad, habiendo desaparecido la persona objeto aparente de mis visitas; mas por nada del .lllllndo,
murmurasen ó no, hubiera dejado entonces de ir á ver
á Enriqueta.
Había que velará la enferma y yo la vel&amp;.ba todas las
noches. rnas veces me acompañaba doña Antonia, cuya
resistencia á sus años parecía increíble, y otras J uanita,
la doncella de Enriqueta, que en aquellas circunstancias se portó muy bien, demostrando Yerdadero cariño
á su señorita.
Bien porque agradeciera el interés que demostraba
yo por su hija, ó ya por la simpática atracción que inspira la comunidad de sentimientos, sobre todo si éstos
nacen de una profunrla tristeza, es lo cierto que la madre
de F.nriqueta modificó ostcnsib!ement,, su actitud para
conmigo, llegando hasta e l punto de tratarme, si no con
cariño, c-on amistosa consideración.
T'na uod1e, á poco de llega;r yo, me llamó aparte y me
dijo, procurando emplear el tono más dulce y cariñoso:
-Don I,uis... espero á El Pndríno .á las diez. ¿Quiere
usted que lo presente á ese señor como aruigo ó pariente
mío, y así no tiene usted necesidad de marcharse?
l\Ie apresuré á contestar:
-No, no, señora; muchas gracias. l\Je be propuesto
no conocer á ese señor. l\Je iré á las diez menos cuarto,
esperaré en la calte, y cuando lo vea salir volveré.
-En ese caso, mejor será que se esconda usted en el
gabinete interior cuando él venga; llama de un modo
particular. y jamás pasa de la sala y de la alcoba de la en
ferma.
Accedí desde luego; oí por segunda vez los tres
campaniltazos á las diez en punto, y me oculté en el ga·
binete interior.
¡Qué tristes consideraciones, qué amargos recuerdos
se agolpaban á mi memoria!. .. ¡Qué lejos estaba el día
en que también hube de permanecer oculto en aquella
misma habitación 1nientras El Padrino bacía su visita
oficial, y cómo habían cambiado los tiempos!. ..
Como en la otra ocasí6n, El Padrino estuvo allí escasamente un cuarto de hora, y de la propia manera habló
alto y en el mismo tono tranquilo é indiferente. Casi vino
á decir to misn'io. Después de informarse del estado de
la enferma, agregó que estaba ocnpadísimo,.que le esperaba un amigo para un asunto de interés, que sentía
marcharse tan pronto ... etc., etc.
Y se marchó.
Era un hombre perfectamente equilibrado y metódico

l!n et foudo'.dc mi pensamient o tomaba cuerpo la calum nia. surgía Ja duda y me
atormentaba el pu!17ante dolor de los celos, de unos celos &lt;'rueles que ni siquiera
podía manifestar . porque ...
¿cómo pedir á Enriqueta '.lll3
e:xpli cación en tal sentido,
hallándose en aquel estado?
Hacía frecuentes y rápidos
viajes de la confianza á la
du&lt;la de la e~peranza á la
desil~sión, sin saber por último á qué carta quedarme ni
qué partido toma r. ¡Cuán
cierto es que los hombres se
rngañan m/is veces á sí
pios que á tos demás! La ~1abótica máxima «Calnm 111 a,
que algo queda&gt;&gt;,Se cumplía en
mí con rigurosa exactitud ...
En esfa letal incertidumbre
pasé dos meses, al cabo de los
cuaks el médico, mi amigo,
me hizo concebir alguna esperanza diciéndome que acaso si no había nuevas complicaciones, podría salvar á
la enferma. J,a idea ele que
Enriqueta pudiera recobrar
la salud r eanimaba mi espÍ·
ritu. lleYando á mi pensamrento id e as consoladoras.
Cuando esté 'buena- pensaba-', proYocaré una expli•
cación delante de doña l\1anolita · si resulta que es ,·erdad 1~ que ésta me ha dicho,
me apartaré para siempre de
Enriqueta, ann cuan&lt;lo separarme de ella hubiera de
costarme la Yida; pero si,
como creo, ha im•entado una
calumnia, haré)!sentir át:esa despreciable mujer todo
el peso de mi justa indignación.
.
Desgraciadamente, la tímida profecía del médico no
*•
pasó de un buen deseo; surgieron las complicaciones que
~Ramón, que al principio había escuchado á Luis ton
se temían, y el est ado de la enferma llegó á ser por torlo
ciérta indiferencia, oíale ya con vivo interés y atención
extremo alarmante.
profunda, sin hacer caso de las dos últimas ostras y de
la postrera caña de manzanilla, hecho en verdad digno
***
de notarse.
Llegó e l día del santo de doña Manolita, y El Padrino,
fiiLuis encendió un nuevo cigarro y prosiguió:
hombre espléndido y generoso, que hacía las cosas en
ffl{- Dos ó tres días antes de la muerte de Enriqueta, ya
grande y de manera delicada, hizo á la tal señora, para
fué totalmente imposible mi presencia en aquella casa.
que ésta se comprase lo que fuera de su gusto, un buen
El Padrino y algunos parientes lejanos de la enferma
regalo en metálic-o. En realidad aquel r egalo era una grase inst_alaton allí para esperar los acontecimientos, y yo,

prn-

•

�que sólo era pariente de doña Manolita, habie~do ésta
desaparecido, nada te,na q1,e hacer en aquel íntimo cónclave ...
Ante la evidencia de la próxima muerte de mí amada,
estuve tentado de echar por la C"allc de en medio y presentarme en aquella casa, si?t
ningú,i titulo para ello, y
armar el escándalo con~iguiente, á trueque de permanecer á su lado y tener
-,~
el triste consuelo de recoger su última palabra y
~
cerrar sus ojos. . . Pero
pronto abandoné tan loca
idea, por no dar tan tremendo disgusto, en tal situación, á una mujer que
tanto había querido, que
tan penoso~ saC"rificios había realizado por mí y que
tan degamente a 111 a b a
desde que la habían calumniado á las puertas de
la muerte...
,
En tan desesperada si- ;
tuadón, ocurrióseme una
idea descabellada, q u e
quise, no obstante, poner
en práctica inmediatamente: ¡recurrir á doña ~fanolita!. .. tener con e-lla una
explic-nción amistosa y pedirle, suplicarle, si necesario
era, qut' v'.llviese á casa de Enriqueta, en c-uyo caso
podría yo continuar ,·iéndola sin extrañeza de nadie·
Estaba seguro de convencerla, empleando en último
extremo el argume11to capital del regalo en efectwQ.
Hasta estaba resuelto á conocer personalmente á Fl Padrino hecho inaudito al que siempre me había opuesto
tena;mente. Quería apurar todos las medios.
Mucho me repugnaba volver á cruzar mi palabra con
doña ~!anolita; pero no había otro remcclio ni quedaba
otro recurso, y á la calle de la Madera Alta me encaminé
sin perder momento. ¡Cuántos recuerdos desp~rtaba ~n
mi memoria aquella calle y la casa y la buhardilla haC'la
dondemedirigía!. .. Al penetraren el portal, salióm _al
7
paso la portera, una chula de rompe y ra~ga, y me dtJ&lt;_&gt;:
--Si busca 1,sté á la señá Manurla, no se canS&lt;.' en subir
la escalera. F,l pájaro, digo... la pájara, ha i-olao. Ya no
vive aquí ni ha defao las señas de su nue,·o domu,lio, que
put· que se, un hotel de la Castellana. Ahora, está rn mdales y se marchó diciendo que una señora como ella no debe
vivir en una inde&lt;'ente guardilla. ¡Adiós, título! ¡Miá q~e
indecente la guardilla!.. ¡,11iá qm.• ella señora! ... tanto _tié
la guardilla de indecente como la s~11á :Ma_nu~la de ~nora ... ¡Señora!. .. Yaya usted con Dios, senonto Luis, y
y que haiga salud.
_
.
No quedaba ninguna esperanza; dona Manohta, con
nuestro dinero había mejorado de vivienda, y no era empresa fflcil dar con ella.
Acostumbrado I¡ los profundos dolores y á los ¡,-andes
sacrificios me resigné á no voln:r á \'er II Enriqueta, recordando '10s ama~gos versos de un po&lt;.'ta, que ha dicho.

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•Yo aprendí después de verlo,
que en este mundo afanoso,
basta para ser dichoso
con resignarse á no serlo.•
1
• Dicha menguada por no decir negativa, la que pue'
,. no ser e1·1ch oso 1..
de ofrecer esa resignación'
¡Resignarse"
Para evitar la imprudencia que podía cometer la enferma preguntando por mí al notar mi ausencia, pregunta que podía formular en presencia d_e las personas
que rodeaban su lecho, mi amigo el méd1c-o se encargó
de decirla en un momento en que estuvo solo con ella.
que yo había recibid~ un ~&lt;'legrall1:a _urgentísimo ~e mi
pals' para el cual hab1a sahdo precrp1tadamentc, sw te-

'\

ner tiempo de despedirme de ella ni de nadie, y que esta
rfa de vuelta al cabo de cuatro ó cinco días.
Dos gruesas lágrimas brotaron de sus ojos al oir esta
noticia, y dijo tristemente y con voz alterada y algo borrosa:
-Cuatro ó cinc-o días... á ver si para entonces estoy
ya mejor.
.
¡;:.!&lt;'jor!. .. Antes del plazo fijado por ella entró la infe,
liz en el descanso eterno ...

•
••
Yo iba á casa del médico dos veces al día, á la una de
la tarde y á las nueve de la noche, á informarme del estado de Enriqueta, que siempre era desesperado...
Al tercer día de mi fingido viaje no encontré al médico
en su casa por la larde ni por la noche, creciendo con tal
motivo la horrible ansiedad que me consumía. Lo busqué inútilmente por cafés, teatros y otros sitios adonde solía concurrir... y nada! Pareda que se lo había tragado la tierra.
Cerca de las dos de la madrugada, cansado m{ls de espíritu que de cuerpo, vivamente inquieto y profundamente angustiado, me retiré á mi domicilio. i::obre mi
mesilla de noche encontré una carta cuya letra reconocí al momento: era del médico, y al contacto de aquel papel honda emoción embargó rni ánimo, se me heló la
sangre y estuve {¡ punto de sufrir un desvanecimiento.
Con mano trémula rompí el sobre y leí lo siguiente:
•~li querido Luis: Esta mañana se agravó Enriqueta
extraordinariamente. Nada ha bastado para contener
la marcha destructora de su enfermedad: ni el interés
que me inspiraba la muy querida amistacl de usted, ni la
angust.ioM situación de nuestra bella y simpática enfer-

ma, qüeesta tar.
de á las dos ha
entregado su alma á Dios. Tomo
grandísima parte
en el dolor que á
usted afligt' en estos momentos, y
le deseo resignación cristiana.
Su afectísimo,
Antonio.•
La muerte de
Enriqueta estaba
por nú descontada desde muchos
días antes; la esperaba, me la ha\
;;eJ bía anunciado el
médico repetidas
veces, y sin embargo, la lectura de aquella carta me
causó el efecto de un rayo:que hubieS(' caído á mis pies...
Si he de expresar lo que senti aquella noche, he de copiar nuevamente á mí poeta favorito, al delicadísimo
Bécquer, cuando dice:

1,2•

•Dejé la luz á un lado, y en el bord!'
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz, y en mis balcones
reía el sol.
No sé tampoco en tan terribles horas
en qué pensaba 6 qué pasó por mí;
sólo reuerdo que lloré y maldije.
y que en aquella noche envejed.•
Indudablemente esos versos fueron escritos para pintar una situación análoga á la mía ...

.

..•

Pensando como era lógico que aquel Padrino, con
quien no querla encontrarme, iría al entierro, y deseando
al propio tiempo ir yo también, para rendir el último
tributo de mi cariño á la
memoria del ser adorado,
entablóse·nueva y dolorosa
lucha en mi agitado espíritu.
No me sentía con fuerzas
para el nuevo sacrificio¡era ya demasiado!-y re.
solví asistir al entierro.
¿Que había de encontrarme forzosamente con El
Padrino al pie de la sepultura de Enriqueta y que tal
encuentro me sería muy
desagradable? Desde luego;
pero ¿qué remedio había?
Afrontaría la situación. l\Iás
desagradable, más penoso,
más imposible era renundar
al cumplimiento del que yo
consideraba deber sagrado
é ineludible.
¿Y si El Padrino tenía
la audacia de preguntarme
quién era yo y con qué derecho asistía á aquel acto? En
ese caso, le haría yo la mis.
ma pregunta y acaso le demostrara que me asistía me.
jor derecho que áél. Al llegar

á este punto de mis reflexiones, no pude por menos que
sonreir con triste y dolorosa ironla. ¿Qué había de preguntarme el hombre correcto y pr11de11te de los tres campanillazos? Mi temor era tan infundado como pueril.
Para reforzar mí derecho á acompañar el cadá\·er de
mí amada, en las primeras horas de aquel día envié, con
un criado de confianza, una carta á doña Antonia, incluyendo en la misma la C"antidad que juzgué necesaria para
un entierro decoroso y una sepultura á perpetuidad, rogando encarecidamente á dicha señora que; emplease
aquel dinero en tales fines y que tuviera la bondad de
enyiarme á decir á qué hora se verificarla el entierro.
Volvió el criado y me notificó que el entierro era á las
dos de la tarde. Cuanto á /o demás, la señora le habla encargado me dijese que me estaba muy agradecida y que
procuraría complarerme.
¡Que lo prornrarla! ¿Por qué no afirmaba que me complacería desde luego? ¿Qué obstáculo existia? ¿Quién podía oponerse á mi justo deseo? El Padrino sin duda, el
hombre prndente y Precavido, que haría gala una vez más
de su generosidad, haciendo, como siempre, ostentación
de su riqueza. ¡Siempre El Padrfoo!

•••
Poco antes de la hora señalada tomé un coche de punto y &lt;.'ncargué al cochero que fuera á situarse en la esquina de la calle donde estaba enclavada la casa mortuo
ria. Ya estaba allí la carroza que había de c-onduc-ir el
féretro, y en seguida eché de ver que doña Antonia no
había podido complacerme. Aquella carroza no correspondía al entierro decoroso que yo habla propuesto: era
la más lujosa, y, por consiguiente, la más C"ara que pudiera encontrarse. Aquella carroza era ,·h·a muestra de
la fastuosidad de El Padti110. ¡Me sentía humillado!
,Siempre E! Padri110/...
Por una terquedad senil, que resultaba irónica y satf.
rica, aquel hombre se había empeñado, desde tiempo
atrás, en economizar mi dinero, prodigando el suyo en
todo aquello que lógicamente era de mi obligación.
Poco después de llegar yo, llegó una rica y elegante
berlina que se paró junto á la carroza mortuoria .
-Ahí sin duda está El Padrino-pensé. Y no qnise
salir de mi modesto pesetero.

�Baja1'0n el ataúd, que era riquísimo sobre toda ponderación, y la carroza y la berlina se pusieron en marcha.
En uno de los balcones estaba Juanita, la doncella de
Enriqueta, llorando amargamente. Y? dije ~ mi cochero:
-Sigue á esa berlina á prudente distancia.
Iba pensando:
-Ahora ya no hay remedio; In voy á ver ... ¿Qué traza,
qué aspecto tendrá ese hombre' singularísimo? ¿Qué efecto me producirá? Pronto saldré de dudas.
Al atr,, , ; l • , principales calles, noté que el fúnebre
cortejo llamaba la atención de los transeuntes y excitaba
su curiosidad. El caso no era para 1nenos, al ver una carroza de todo lujo, sobre la cual descansaba un ataúd no
menos lujoso, seguida únicamente por dos c?c_hes, uno
de los cuales, el que yo ocupaba, de modestistma apariencia.
-Debe ser algím•personaje extranjero-oí murmurar
cerca de mi .coche.
-Si es difunta y se llamaba Soledad, va bien servida-agregó un pollo elegante, de esos que persiguen la
frase con ensañamiento.
-Ahí sobran caba,llos y faltan peones-concluyó un
tercero, que debía de ser aficionado al ajedrez.
Realmente no se explicaba aquella riqueza de
la carroza mortuoria con
la pobreza del acompañamiento.
Al llegar al cementerio
el corazón me lat:a c, ,n
violencia. ¡Iba á ver, :í conocer á aquel Padrino misterioso, especie de esfinge,
que tanto me había preocupado durante un año!..
Aquella idea casi borró de
mi pensamiento por un
in~tante el móvil que allí
me conducía...
Antes deque parase la
berlina hice parar mi coche, del · cual descendí r:ípidamente. Paró á ·s u vez
la berlina, y con asombro,
con estupor, vi salir de
dicho carruaje un hombre
joven, decente, pero llana:itente ve~tido, de aspecto
vulgar y completamente
afeitado. Aquel hombre
no era El Padrino. ¿Quién
era aquel hombre? t;na idea sinie~tra cruzó como
abras¡¡,dor relámpago por mi atormentado cerebro, y
una ola de sangre pasó ante mis ojos. ¿f;ería aquel hombre el vecino de quien me había habhdo doña Manolita? ~¡ era /!l . . ¡que Dios tuviera piedad de uno de los
do.,!. .. Tanta fué mi impaciencia, tan grande mi ansiedad
y tan angustiosa mi incertidumbre, que sin reflexionar
que acaso cometía una grave imprudencia y que podía
equivorarme en mi sospecha temeraria, me acerqué al
desconocido y le hablé en lo-, términos siguientes:
-Caballero... perdone usted si por acaso cometo una
indiscreci6n; pero ... desearía saber... si mi curiosidad no
le molesta... si es usted amigo A pariente de... de...
En los gruesos labios de aquél hombre se dibujó una
sonrisa bonachona y contest-'i, amablemente y sin vacilar:
-Ni pariente ni amigo. Yo soy el ayuda de cámara
del señor de M . El Padrino, como le llamaba la difunta'
y he venido al entierro por orden suya y en su repre~entación ..
Con qué satisfacción respiré ante la ingenua sencillez
de aquel honrado funcionario del orden doméstico!
-:Muchas gracias y usted perdone mi curiosidad- le.
dije apartándome de su lado.

En esto llegaron unos hombres, tomaron la caja y se
internaron con ella en el cementerio. Kosotros seguimos
silenciosamente al fúnebre cortejo.
Me asombró y--¿por qué no decirlo?-me contrarió
la ausencia de rl Padrino. Antes temía encontrarme allí
con él, y luego, al no verle y al saber que había enviado
una delegación para que. le representase en acto de tal
naturaleza, sentía cierta sorda irritación contra él...
¿Qué clase de hombre era aquel Padrino, tan discreto,
tan. tolerante, tan gen¡!roso en ,·ida de Enriqueta, que
ahora confiaba la custodia de los despojos de la mujer
que tanto había querido. á su ayuda de cámara? ...
Discurriendo de es.te modo, me acerqué nuevamente
:í. aque~ hombre y le pregunté con mal disimulada ironía:
, -¿Y cómo el señor de :11.. ese I'adrino generoso y desinteresado, que tanto debía querer á su ahijada no ha
venido al entierro?
-Le ha sido completamente imposible.
-¿Está tal vez enfermo á con~ecuencia del dolor sufrido por la muerte de esa pobre joven?-vol,·í á_preguntar ron más acentuada ironía.
-No, señor. A flios gracias, goza de e:,.~dente salud
y se conse,va muy bien. Ko ha podido venir, sintiéndolo

mucho, porque está·-ocupadísimo. Esta matiana :í. las
diez íué á la casa niortuoria á rlisponer el entierro, ~ las
once ha tenido que ir al Picadero·á presenciar la prueba
de un magnífico tronco inglés que ha de llamar !a atención, y á las dos. precisamente á la hora del entierro. lo
esperaban en el hotel di' la marquesa de la Tramontana
¡;ara ultimar los detalles del baile hen~/ico que ha de verificarse uno de estos días. ¡Qué acth·idad la suya'. No
descansa 1111 m0111ento. A no ser por tan urgentes ocupa·
ciones, seguramente hubiera yenido, porque distin ,•u ía
mucho á esa pobre muchacha, como lo prueba el lujo
desplegado en el entierro. V á propósito, ¿es usted el
pariente de doña Antonia que ha enYiado esta mañana
á dicha señora una modest1&gt; cantidad para el entierro? ..
-"L señor; yo soy ese ... pariente, y me extraña que
no se baya accedido á mi deseo ... con la 111ode~ta cantidad
queendé .
- Se ha accedido e11 p~rte.
--¿C'ómo?
- El señor, qne es muy bueno y muy conciliador y
muy transigente, buscó una fórmula. Primero se negó
en redondo, alegando que aquella cantidad era insuficiente para un entierro digno, y que donde él está no paga nadie mas que él. Después reflexionó un mome'nto y

dijo: ~Transijamos: yo pagaré la carroza, que esta encargada y es la mejor que hay en Madrid y el ataúd, y que
ese caballero pague la sepultura.• Y así se acordó. Con el
dinero de usted se ha pagado una sepultura de primera
á perpetuidad.
Causóme tan inesperada noticia profunda y viva satisfacción. La carroza desaparecía concluido el entierro
para reaparecer periódicamente al servicio de otras vanidades, y ella, Enriqueta, la mujer adorable y por mí
adorada, aquel cuerpo divino que por tan breve espacio
revistió humana forma, tendría ya para siempre
~lejos del mtmdanal ruido-,
procurado por mí ¡mío! al cual podría yo ir á visitarla
libremente, á todas horas, á la luz del día, como el que
va á su propia morada, sin el cobarde recelo de oir impensadamente los tres campanillazos! ...
Tal fué mi emoción, que estreché efusivamente lamano de aquel hombre, diciéndole:
-Tenga usted la bondad de dar en mi nombre las gracias á ese señor.
-De su parte. ¿Qué nombre le digo?
-El nombre no hace al caso: el pariente de doña Antonia.
Habíamos llegado con la fúnebre comitiva al borde
de la sepultura de Enriqueta, de_mi sepultura, gracias
al espíritu transigente de El Padrino. Pnsieron la caja
en el suelo y mandé desclavar la tapa. ¡Quería verla
por última vez!
Sencillamente amortajada con hábito del Carmen y
casi cubierta de flores, apareció la adorada muerta. Clavé ávidamente la mirada en aquellos queridos despojos
y un mtmdo de recuerdos surgió en mi memoria... Creyérase dormida por la dulce serenidad de su pálido semblante... Estaba más bella qne nunca;
da muerte fué tan piadosa,
que no quiso destruir los encantos de tan angelical criatura ... El mismo gesto de bondad, qne fué su principal
atractivo, la misma ingenua expresión de su boca, en cuyos labios parecia vagar una leve sonrisa, como dándome gracias por haberla librado á última hora de la tutela
y dependencia de El Padrino, ofreciéndola aquella tranquila estancia.
&lt;,de los últimos amores...~
Yo permanecía inmóvil y aquella gente se impacientaba.
-Basta... es demasiado ...-me dijo tímidamente mi
acompañante. Y mandó cnbrir nuevamente la caja.
Los martillazos al clavar la tapa me sacaron de mi es-

/"

tupor y resonaron en mis oídos como ecos dolorosos de
funeral campana que anunciaran el fin del Universo...
Descendió el féretro, sujeto con unas cuerdas, al fondo
de la sepultura, y al chocar sobre el mismo la primera paletada de tierra, produciendo un ruido seco y estridente
sufrieron mis nervios tal sacudida, fué tan agudo t a~
intenso el dolor que sentí, que estuve á punto de ca~r en
tierra ..
Terminada la operación de llenar aquel hueco
tLa piqueta al hombro,
el sepulturero
cantando entre dientes
se perdió á lo lejos.•
Yo permanecía quieto y como alelado ...
Mi acompañante repitió:
-Basta ... es demasiado ...
Me cogió del brazo, y casi a viva fuerza me sacó de
allí.
Yo me alejé pensando:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!...

** *
Luis guardó silencio y apoyó la cabeza entre las manos, como abismado en tristes y dolorosos recuerdos.
Ramón, que había escuchado con suma atención, in•
teresándole vivamente aquella historia, tomó la palabra
y dijo en tono cariñoso:
-Vuelvo á repetir, concluída esa historia-y ahora
ya la doy por rematada, porque en la muerte todo concluye-, que no veo por ninguna parte ni la rareza ni la
debilidad de que hablaste al principio.
-Y yo vuelvo á decirte que me escuches hasta el fin,
porque no terminó mi calvario, como supo:qes, con la
muerte de Enriqueta.
-¿No? ¿Hay epílogo? Pero ..• ¿qué pudo pasar más de
lo que ya ha había pasado, faltando el personaje principal? En fin ... sigue tu narración: ahora !lle interesa más
que antes y no volveré á interrumpirte.
-Ya te he dicho que la infame condncta de doña Manolita, coronada con su última escapatoria, me autorizaba á creer que había calumniado á Enriqueta al contarme aquella aventura del vecino, cuando éste había
desaparecido y yo no podía humanamente pedir explicaciones /\ la snpuesta culpable.
Analizando la conduc-ta de Enriqneta en sus relacio;nes
conmigo, me afirmaba en la idea con~oladora de que me
había sido fiel. Contra la predicción de doña Manolita,
de que aquella muier me iba á costar mucho dinero y á
causarme muchos disgustos, estaba el probado desinterés de Enriqueta y su ternura inagotable. Me costó el dinero que yo
qnise gastarme con ella en obsequios
y superfluidades, bastante poco, por
cierto, y en lo tocante á disgustos,
sólo sufrí los que me proporcionó la
propia doña Manolita, y ya quedan
referidos.
Si siempre se había negado á
aceptar dinero mío, y por consiguiente, ningún provecho material
obtenía de nuestras relaciones, tenía
derecho :í creer, sin pecar de fatuo,
que me quería por mí mismo, desinteresadamente, de verdad y sin
mira egoísta de ninguna clase. Siendo esto así. ¿con qué objeto, á qué
fin engañarme? No era lógiro, no
podía ser, no me había engañado.
Firme en esta creencia, guardaba en
mi corazón y en mi pensamientodescontadas las amarguras que me
ocasionaron su larga enfermedad y
su triste fin-un recuerdo agradable

�y profundo de aquella inforttmada mujer. A los tres
meses de su muerte, conservaba su recuerdo tan vivo
como el primer día. Tan honda me había caído, que no había medio de restarla de mi existencia.
Con la misma tenacidad recordaba la calumnia de
doña Manolita, la analizaba de mil diversos modos, y
siempre llegaba al convencimiento de que Enriqueta era
inocente y de que siéndolo, yo estaba en el deber de rehabilitar su memoria, buscar las pruebas de su inocencia v con ellas confundir y anonadar á la calumniadora.
¿Pe~o cómo realizar este generoso propósito? Nada más
fácil- pensé-. Buscar á Juanita, la doncell~ de Enriqueta, é interrogarla con maña acerca del !?articular. Yo
la había gratificado frecuentemente con eterta largueza
y estaba seguro de que me diría la verdad; mas ¿dónde
encontrará Juanita?
En el cuarto que habitó Enriqueta vivía á la sazón un
afamado modisto, y la portera no sabía nada de la ~uchacha que yo perseguía. Recorrí en poco~ días vanas
agencias de sirvientes sin resultado satishctorio, y cuanto más lejos veía la posibilidad de encontrar la persona
que buscaba, más vivo era mi deseo de lograr el fin que
me había propuesto.
No negaré que mi deseo tenía alg?, y ann mucho,. de
contradictorio y de pueril. Porque s1 estaba convenci~o
de la inocencia de Enriqueta. ¿á qul- tomarme el t~a~aJo
inútil de averiguar Jo que ya sabía? Una contradicción.
¿Para confundirá doña Manolita? Una puerilidad.
Me hacía este lógico razonamiento, y sin saber por qué
persistía tenazmente en mi propósito de interrogar á
Juanita sobre tan espinosa materia.

Y era que, á pesar de los pesares, no quería confesarme
á mí propio que no estaba tan convencido como aparentaba de la fidelidad de aquella mujer ...

•••

Como todo llega, llegó delia en que sin buscarla, por
obra de la c-asualidad de la fatalidad, diré mejor, m e encontré á Juanita de ~anos á boca en una call~ solitaria.
¡Vi el cielo abierto!. .. Rlla por su parte, también se alegró mucho ele verme, me dijo que babia sabido oportu-

namente lo de mi viaje, en el cual no había creído doñ_a
Antonia, y me habló de lo~ últimos momentcs de Ennqueta en los términos siguientes:
-¡Pobre señorita! ¡tau ¡oven, t_an g1;1apa, t'.111 buena...
y morirse tan pronto!. .. La ag?°.1ª ft'.e larga, pero
servó el conocimiento hasta el último mstante, Y la última palabra que pron_uució !ué el nom~re te usted.
-¿De veras, Juamta? ¿No me enganas.
.
-¿A santo de qué? Ya sabe usted que yo,1101111ento.
-¿Y estaba allí El Padrino? ¿La oyó?
-La debió de oir, como la oímos todos.
- ¿Y qué dijo?
.
-Nada. ¡Qué hahía de decir! Como s1 tal cos~. Ya sabe
usted lo prudente que era. La se_ñ orita _lo quena á usted
con locura· bien lo sabe usted. Bien satisfecho puede usted estar de que lo ha querido más que á ?_adie.. .
Y adujo innumerables pruebas del canno que me había profesado su señorita.
.
.
Cualquiera en mi caso-~o s1~ndo u_n m_sensato-ha
bría desistido de toda eno¡osa mvest1gac16n, dá~dose
por satisfecho y considerándose feliz en las, revelaciones
de Juanita. Yo por el contrario, encontre en aquellas
halagadoras paÍabras el argumento de?siv? para tocar
sin miedo tan delicado punto. Y digo sm m1e&lt;lo, porque
á las muchas pruebas que poseía del amor de Enn_queta,
podia agregar las muy expresivas q~e acababa de oir, que
eran sin duda por su número y calidad, las más c?ncluycntes. Una mujer que me había consagrado ~u nl_ttmo
pensatniento, como deseando penetrar en ~1 nusteno de
lo eterno con la idea de mi amor, para que este fuese perdurable, no podía haberme engañado. Siemp~e y por todos los caminos llegaba á la trusma conclusión. Gallardamente apoyado en mi idea ~~ja, hablé de este modo:
-Pues esa mujer tan carmos~, tan buena,_ tan leal,
que tanto y tan de veras me que.na ... ha sido vil _Y groseramente calumniada. Me han dicho que un vecmo, que
vivía en el cuarto de al lado ...
Aquí me atajó la palabra Juanita, diciendo con sencilla ingenuidad:
-En eso no la han calumniado.
-¿Eh? ¿Cómo?
- Lo del vecino es verdad.
Quedé petrificado. P.n aqu~I momento hubiera querido que la tierra se ~briese_~ mis pies para sepu!tarme con
mi despecho y m1 verguenza, en el más msondable
abismo.
J nanita prosiguió:
_
.
-Eso se lo habrá dicho á usted dona Uanohta. ¡Buena pájara!. .. Lo que no le ha~rá dir~o seguramente es
qne ella, comprada por el vecmo, f~e. ;1men 111czt6 á la
señorita /, cometer aquella locura, d1c1endole que usted
tenía relaciones con una cómica y que debía pagar el engaño en la misma moneda. Ella fué crédula, se arrebató
y por vengarse ... Aquello fu_é una ventolera ... Sólo dos
noches entró el vecmo despues de haberse usted marchado, y fué doña :IIanolita quien le abrió la puerta. DesJ?ués,
cru¡ y raya. La señorita era muy buena, muy s1mpntica...
pero . . ¡vamos! era asi ... en 1;1n pronto: .. Y eso no se puede remediar. A usted lo quena con dchno, más que á mngrmn, eso lo sé yo y puede usted creerlo¡ pero... ¡vamos!
era así ...
Creo que J nanita dijo algo mAs qne 1_10 recuer~o, como
no recuerdo tampoco la forma en que me desped1 de ella,
ni si la dí alguna gratificación por el favor que acababa
1
de hace rme...
S61o recuerdo que al poco rato me encontraba muy
distante del lugar de aquella escena y que repetía con
insistencia:
- ¡Era así! .. ¡Ern asU ¡Y eso uo se puede remediar!. ..

:º~-

**•
y aquí entra lo anómalo, lo raro de esta historia; lo
que yo llamo mi censurable y riclicula dehilidad.
.
- ;Gracias á Dios qne al fin llegamos al punto culm111ante' Soy todo oídos.
· · --, -

-l'ilientras creí que habían calumniado á Enriqu~' su recuertado, aunque triste, como lo es siempre el del
bien perdido, era al propio tiempo agradable y consolador. J,a muerte, contr a la cual no hay posible rebeldía,
me había arrebatac1o á la mujer amada; pero aquella
mujer, joven y hermosa, generosa y sensible, simpática
y desinteresada, había sido núa, mía exclusivamente
durante un año, no sólo en lo tocante al riquísimo y codiciado tesoro de su cuerpo, sino también-y esto era
lo más esencial-en lo que se refería á la espiritualidad
de su ser. ¡Yo, yo solo había reinado-en su corazón ...
Ahora, cuando ya la duda no es posible, ante la des~arnada y brusca realidad de su impremeditada é incomprensible traición, plenamente demostrada, en vez
de odiar su memoria, como fuera natural y lógico, procurando olvidar tan desdichada aventura, su recuerdo es
más vivo, más punzante ... ¡y más amado!..
Creo sinceramente la ingenua declaración de Juanita;
pero creo también que he cometido una indignidad y una
profanación al remover, airado, los huesos de la pobre
muerta, en busca de delitos, faltas ó pecados que habían
prescrito en lo humano-que no hay juez en la tierra que
traspase los limites del sepulcro-y que acaso la justicia
divina habría ya juzgado y perdonado ...
Sobre todo, ¿con qué derecho removía yo aquellas cenizas? ¿Era mi mujer? ¿Había ddo siquiera una de esas
queridas que arruinan á sus amantes?
El hombre que recibe de una mujer los favores que yo
recibí de aquella iiúeliz Enriqueta, debe ser más benéYOlo, más generoso, más agradecido y pagar de otro modo tales favores.
Comparo mi conducta con la de El Padrino, á quien
había intentado ridiculirar más de u:;ia Yez, y me consided~ro muy inferior en todos ronceptos á dicho personaje
y bastante más ridículo que él. El, que tenía indiscutible
derecho á fiscalizar los actos de Enriqueta, porque lapagaba espléndidamente, no sólo no la vigiló jamás, sino
que la dejó en libertad completa para que procediese á
su antojo, llevando su tolerancia hasta el extremo inconcebible de poner á aquella mujer al abrigo de toda sorpresa por parte suya, mediante los tres famosos c-ampauillazos, su falta de curiosidad por conocer las inleric•ridades de la casa, sus recados pre1·io.; y la brevedad de sus
visitas. Yo, por el contrario, sin poder alegar sus derechos y aprovechándome de su tolerancia y de su generosidad para eugaiíarle, había llevado mi irracional ¡. injustificada desconfianza hasta el punto de Yigilar, para descubrir s.us faltas y encontrar sus debilidades, á aquella
mujer, que pagaba El Padrino para mi delicia, llevando
la crueldad de investigación más allá del sepulcro, cuando ya había pagado con sn vida el derecho al eterno descanso ...
Pens:indo estas rosas me desprecio á mí mismo, el despecho atiranta mis nervios y la memoria de aquella mujer, m(ls vive ahora que antes, es mi obsesión de todos
los días, mi martirio de todos los momentos, mi remordi,niento perdurable...
Confieso con rubor que amo su memoria después de conocida su falta, con más intensidad que nunca, y pienso
con espanto que si esa mujer viviese sería capaz de perdonarla, á trueque de segtúr amándola y de que ella continuase dispensándome sus favores ...
Dime ahora, querido Ramóu, imparcialmente, con la
sinceridad que debes á mi amistad probada, si esta crisis
de mi espíritu no acusa uua censurable debilidad que
pugna con la moral corriente y que me pondría en ridículo ante cualquiera que no fuese tau indulgente
como tú.
~uis guardó silencio, como esperando la respuesta de su
amigo, y éste, después de meditar unos momentos, dijo
con la mayor naturalidad y como si ya tuviera resuelta
la cuestión:
- Los acontecimientos que acabas de referirme constituyen una interesante novela romántica, tu nm·elacada uno tiene la suya- y podías y debías escribirla

para recreo de gente soñadora y enseñanza y corrección
de espíritus exaltados é impresionables. ¿Su título? El
Pad~ino. Protagonista hn-isible para el público, pasivo
en cierto modo, pero con derecho innegable á ocupar ese
primer puesto, por más de que no tiene el relieve ni la
originalidad que tú le concedes, por ser como eres juez
y parte en causa que te llega á lo vivo. Desde la parte de
afuera, el lector Jo reduciría á sus proporciones justas y
naturales.
El tipo no es nuevo ni complicado y _pudieran citarse
hasta con nombres propios muchos de sus congéneres.
Ya hubo aquí años atrás, entre otros, un duque archimillouario, muy conocido, muy popular y también muy
anciano que paseaba con La Trini (una muchacha muy
bonita, recogida del arroyo) por la Castellana en lujosa
C'arretela, siendo la tal Trini, por sus trenes soberbios y
sus joyas riquísimas, la admiración y el asombro de la villa y corte.
El duque de La Trini era tan previsor, tan prudente
tan tolerante como El Padrino de tu Enriqueta y bas-,
tante más espléndido, y La Trini, práctica como todas
las mujeres de su clase, tenía también su amante.delcorazón, el cual amante, más avisado que tú, más vivo,
como ahora se dice, se gastaba alegremente con ella viviendo á su costa, el dinero del duque, cosa que ést; no
ignoraba, según cuentan las crónicas, sin importarle
poco ni mucho el engaño de que era víctima voluntaria.
Muchos de esos grandes señores, casi todos, singularmente si son ancianos, no ponen en sus queridas oficiales, de clase inferior, cariño, pasión ni interés, ni siquiera
apetitos carnales; éstos, por la sencilla raz6n de que ya no
los tienen, ni podrían satisfacerlos, aunque los tuvieran,
por carencia absoluta de medios adecuados. Sólo ponen
en tal empeño sus intereses y una vanidac1 pueril y ridícula, igual á la que experimentan al exhibir un magnífico
tronco de caballos que no tiene semejante en el precio,
un brillante raro por su tamaño excesivo ú otra cualquier magnificencia de esas que acusan una fortuna cuantiosa.
¿ Qué sacrificio representaba para ese Padrino de tu
historia el sostener con lujo á su querida oficial, siendo
tan rico como dices, si esa querida le daba tono y servía
á maravilla su vanidad, una vanidad senil que por viril
quería él hacer pasar? Con los almuerzos á que la invitaba en presencia de sus amigos, con los paseos en coche
descubierto por los sitios más concurridos, con tenerla
instalada en buena casa y con visitarla reglameutarianzente, se cobraba con creces los desembolsos que hacía
que, romo digo, no suponían para él el menor sacrificio.
Que F.nriqueta hubiera sido fea, y á ver si obtenía la protección desinteresada de ese ni de ningún otro Pad,·ino.
¿Cariño hacia ella? El mismo que pudiera sentir por su
yegua favorita...
.
El Padrino de tu cuento, de la carrera diplomática,
seguía siendo diplomático en la vida privada: eso es
todo.
Doña l'llanolita tampo co es la excepción. Hay muchas
criattiras, muchísimas, por desgracia, de una tan grande
perversión moral, innata, que practican sistemática é
instintivamente lo que pudiéramos llamar el arte por el
arte, es decir, el mal por el mal, sin propósito, sin objeto,
sin finalidad de ninguna clase. Se es malvado como se
puede ser rubio ó moreno, y doña Manolita es perfecta
en su clase, la suma perfección. Tales seres son los borrones involuntarios del Hacedor Supremo al trazar las
páginas de la creación, aberraciones de la Naturaleza.
Cuando se topa con uno de esos monstruos se debe decir: &lt;,Borrón y cuenta nueva•, poniéndose á respetable
distancia del borrón, que es lo qne tú debiste hacer con
doña Manolita al persuadirte de su maldad .
Y ahora voy contigo y contra ti. Al juzgarte en este
caso no estoy de acuerda con tus apreciaciones. Eres
sencillamente un hombre de corazón, impresionable,
exageradamente nervioso, de viva imaginación y tierna sensibilidad, un romántico, en suma, que llega con

�retraso considerable á una sociedad decadente Y mr,der
nista, en la cual no hay ambiente apropiado para tus
pulmones.
Sentada esa base, tu conducta, mejor dicho, tu desgracia, lejos de parecerme censurable y ridícula, me parece sublime, con la sublimidad trágica de las grandes
pasiones y de los supremos infortunios. Estabas enamorado á tu manera, apasionado, y procedías con arreglo
á tu temperamento y á las circunstancias que te rodeaban. Ofuscado por esa pasión, tá mismo has agravado
tus dolores, añadiendo un número á la ya incontable
serie de ct,riosos impertfoentes que en el mundo han sido,
y esto, en un hombre de tus años y de la experiencia que
debieras tener, es imperdonable, aunque no ridículo. En
tales casos, no ya tratándose de mujeres como Enriqueta, que al fin y al cabo era una de tantas, sino de otras
más consistentes, la duda es preferible á la realidad, y tú
estabas en las mejores condiciones para mantenerte en
la duda, no sólo por tener como tenías claras pruebas
de su amor, sino también y principalmente porque aquella mujer no podía ponerte en ridículo ni manchar tu
nombre. Entre El Padrino y tú hay un término medio,
que es el justo y el que debiste adoptar.'. Ni una tol~rancia excesiva, ni una desconfianza suspicaz. Sm la
última, innecesaria y enojosa investigación, tu do~or
Se habría ya calmado y el recuerdo de tu amada se hubiera ido perdiendo poco á poco, por gradación natu~al, en
la lejanía melancólica, clara y tranquila de un honzonta
sin nubes-ahora negro y tempestuoso. No es deb1lidao
sentir lo que sientes; más bien es desgracia. Has pecado
de irreflexion, y tu error ha consistido en abultar los hechos con arreglo al cristal de tu fantasía.
4Bienaventurados los que lloran.&gt;&gt; Aún eres joven y
puedes gozar de la vida. Ya vendrán días mejores ...
Cuanto á Enriqueta, la bella, simpática y sugestiva
heroína de tu novela, ignorando, pero suponiendo su
vida anterior y en presencia de su injustificada aventura con aquel vecino, cabe preguntar: ¿Era una Manón
Lescaut? ¿Era una Margarita Gautier? ¡Quién sabe! Por
lo menos puede asegurarse que tenía su madera y¡:que tal
vez en otro escenario y en otras circunstancias..,habría
dado el mismo juego que aquéllas. Esas grandes creaciociones de la fantasía tienen semejantes en la realidad.
Por eso son grandes; y en último término, vienen á probar, por el éxito que obtienen, los sentimientos que inspiran y la poesía que derrochan, que el romanticismo, pese á la transformación de las costumbres y al influjo de cierto género literario que quiere proscribir el
sentimiento y la poesía, es de todos los tiempos, resiste
á todas las extravagancias de las modas nuevas y vivirá
tanto como el hombre. El romanticismo no es otra cosa
que la exaltación del sentimiento hacia un puro ideal,
hacia una aspiración suprema, y no se concibe al hombre sin aspiraciones y sin ideales.
Enriqueta, aunque era así ... como decía gráficamente
J uanita con cruel ingenuidad, era también al propio
tiempo, en su clase, una buena muchacha, una excelente
joven, romántica, á su modo, el tipo de la querida ideal
para un hombre de tus condiciones, y tú debes, desde
este momento, que podemos llamar solemne, poner punto final al intrincado, complicado y caviloso monólogo de tus desdichas, más imaginarias que reales, procurando encontrar cuanto antes la indispensable mora
verde que te ha de quitar la mancha de esa última mora
malograda, arrojando por la borda, á ser posible, el lastre romántico que aún te queda. Eso es todo. Corte de
cuentas, vida nueva... y aprovechar la vida, que es corta.
** *
Ramón guardó silencio un instante, cambió la expresión de su fisonomía como para indicar que cambiaba de
asunto, miró su reloj, hiw un gesto de sorpresa y exclamó alegremente:
- ¡Caramba, las ocho; no creí que fuese tan tarde!. ..
¡Cómo pasa el tiempo cuando es interesante la conver-

-sación y grata la compañía! Oye, Luis, vamos á comér
aqtú mismo, para ahogar en vino los últimos y ya desvanecidos fantasmas de tu espíritu. ¡No me digas que
no! Las ostras me han abierto el apetito. ¡Mozo! ¡Camarero! ¡Antonio!
-.y empezó á tocar las palmas como si aplaudiera el final de un largo parlamento en quintillas.
\.ntonio se presento; Luis, abismado aún en los recuerdos que acababa de evocar, no opuso la menor resistencia al deseo de su amigo, y &lt;'Ste se encargó de que
el menu fuera selecto, abundante y apetitoso, en cuya
materia estaba mucho más fuerte que en psicología,
siendo, no obstante, como era, á juzgar por las consideraciones que le hemos oido, un psicólogo consumado.
Después de una exqui~ita y bien sazonada sopa de
hierbas, lo mejor y más fresco del bien provisto escaparate de Mor{m fué trasladado á la mesa de los dos
amigos.
Aquí fuera de rigor decir, como es uso y costumbres
al pintar los enamorados de las novelas, que Luis no
probó bocado, 6 que comió poquísimo, ocupado exclusivamente en suspirar y en atender á su dolor. A creer á
esos novelistas, los tales amantes viven del aire, como
los camaleones.
El narrador de estos sucesos faltaría á la verdad si
tal dijera. La naturaleza cumplió sus leyes imperiosas,
el estómago realizó sus necesarios fines y Luis comió lo
que generalmente comía, no mucho, porque era sobrio;
pero tal vez algo más de lo ordinario, animado por la
amena y pintoresca conversacijn de su amigo, que hacía lo posible por distraerle, y estimulado por la t,,ne~adel pollo y la frescura de los langostinos. Cuanto eá Ra
món que no era de los que comen para vivir, sino de
los ~ue viven para comer, hombre que atendía más á
1a materia que al espíritu, devoró, como acostumbraba,
con verdadera delicia y en cantidad respetable. Y hablaba tanto como comía y con la misma fruición. Aquello de 40veja que bala pierde bocado,,, no rezaba con
él. Se desquitaba ampliamente del largo silencio que
había tenido que guardar escuchando la historia de su
amigo.

A los postres intentó Luis volver á tocar, tímidamente el asunto de sus desventurados amores, acaso para
aciarar alguna duda ó agregar algán detalle; pero al
primer intento Ramón le cortó la palabra, ejec':'tando
una rápida maniobra, tan cómica como expresiva, la
cual maniobra consistió en apretarse los labios con las
puntas de los dedos índice y pulgar de la man~ derecha, agitando al propio tiempo la izquierda haCJa fue·
ra, repetidamente, como si tratara de espantar una
mosca im1ortuna. ¡Y tan importuna como era la mosca que R:a.món trataba de ahuyentar! Aquella mímica
graciosa y expresiva, quería\- decir: •Punto en boca.
A qttéllo está muerto y enterrado y no hay para qué volver sobre aquéllo.•
Luis lo comprendió, adivinó el cannoso interés de
su amigo y le estrechó la mano efusivamente. Ramón
repitió la pantomima, como para remachar el clavo, se
miraron con fijeza, y en aquella mirada convinieron,
tácitamente, en que, aquéllo estaba muerto y enterra• do y no había para qué volver sobre tu¡uéll.c ...

,

.

Tornaron á hablar de política (enfermedad endémica de los españoles), de literatura, de las intrigas de
bastidores, del último estreno, de la novela próxima á
publicarse, del crimen de ayer, del proceso sensacional.
de lo divino y de lo humano, de todo ... m0nos de aquéllo. Era cosa resuelta.
*

* *

Cerca de las diez ~alieron de casa de ~Iorán, lanzando al espacio espesas y aromáticas bocanadas de humo;
lo cual quiere decir en_ buen romance que 110 tenían la
desgracia de fum ..r tabaco del estanco, por lo cual no
,·arrían el peligro de envenenarse. Ramón llevaba siem
pre la petaca bien provista de riquísimos habanos.
Los dos amigos torcieron hacia la derecha, pasaron
por delante del café de Pornos y, doblando la esquina,
entraron en la calle de .Akalá, dirigiéndose á la Puerta
del Sol.
¡Lo que ~s este didwso clima de Madrid! En cuatro
horas, próximami-nte, había cambiado el tiempo por
completo y había totalmente variado la temperatura.
Más que la noche de uno de los últimos días del otoño,
parecía una de las más bellas y apacibles del verano.
El vera11illo de San Martín quería despedirse dignamente y, con tan ostentoso alarde lucía sus ricas galas,
que casi, casi parecia un verano hecho y derecho ...
El viento, frío, polvoroso y molesto, que reinaba por
la tarde, arrastrando las hoja~ caídas é intentando cevar á los transeuntes, habíase convertido en brisa suage y acariciadora; la atmósfera era templada y transparente; babíanse disipado las nubes y lucía-más valiente y más afortunada que el sol- la luna lfena, haciendo resaltar, con su luz clara y dulce, el brillo de innúmeras y gráciles estrellas que tachonaban el puro
azul del firmamento ...
Esos cambios bruscos, repentinos, son muy frecuentes en Madrid, en todo tiempo, especialmente en las estaciones intermedias.
Con la luz de la luna, el fulgor de las estrellas y los
grandes focos eléctricos de columnas y escaparates, la
claridad era completa; pero la mezcla de los diversos y
contrapuestos luminares que concurrían á formarla,
daban á aquella claridad 1111 tono extraño, fantástico
y eu cierta manera, poético y fascinador. Un poeta tal
vez hubiera rucho que la calle de Alcalá semejaba aquella noche una ancha cinta de plata...
Numeroso y abigarrado público invadía las ar.chas
aceras, ocupadas de trecho en trecho-dejando por la
parte de afuera el necésario espacio para la circulacióncon las mesas de los· cafés, á las cuales sentábanse apresuradamente innumerables desocupados.
Ciertos transeuntes, políticos, cómicos, literatos ó
bolsistas, impacientes por conocer alguna noticia para
ellos interesante, repasaban, sin dejar de antlar, los
periódicos de la noche.
La animación á tal hora en la calle de Alcalá es siempre extraordinaria, sobre todo cuando como en aquella
noche convida á frecuentarla lo apacible de la temperatura. Desde la esquina del Siúzo hasta la esquina de
la Puerta del Sol, es, qttizás, el sitio más animado de
Madrid .
El bulle-bulle, el rnmor de las conversaciones de paseantes y estacionari~s (los que interceptan las aceras,
molestando indebidamente al público) y las voces de
los vendedores ambulantes, que ofrecían simultáneamente el Heraldo, Lt1 Correspondencia, una vara de nardos, el premio gordo de la lotería y otra porción de cosas que fuera prolijo enumerar, daban tono y color al
cuadro, que resultaba alegre y pintoresco.

•

• *
Al dar Luis y Ramón los primeros pasos en la calle
de Alcalá, gritll.ba_n varias pequeñas flori,stas ambulantes.
-¡A dos perras· gordas 1-a v.ara de nardos! ¡A dos perras gordas/
·

Una muchachuela como de doce á trece años, bastante espigada, morenilla, de grandes y e:iq&gt;resivos ojos
negros, nariz carnosa, corta y graciosamente respingada, pobremente vestida, peinada á la moda
chulesca, una golfa, et\
fin. con todas las trazas y apariencias d~
que en un porvenir
próximo esquivaría
también las miradas
de los guardias, acercóse á Luis y le ofreció, mimosamente, con
voz acariciadora, una
vara de nardos. I,uis
aceptó el ofrecimiento
y entregó una peseta
á la chicuela, indicándola que se guardase
la vuelta.
~Salud y que Dios se lo aumente-dijo la muchacha, y se alejó, corrienq~ y brincando de alegría.
Luis aspiró con delicia el penetrante aroma de la que
era su flor predilecta, paseó su mirada por la multitud
que bullía á su alrededor, la elevó después baci3: el firmamento dibuj6se en sus labios una leve sonnsa de
dulce satisfacción, acaso la primera que sentía desde
hada mucho tiempo, y dijo, casi á media YOz y como si
hablara consigo mismo:
- ¡Hay que viYir! ¡Qué hermosa es la vida!. ..
Ramón le oyó, y agregó, presuroso:
-¡Y que lo digas y que no se te olvide! No conozco
nada mejor que el vh-ir, y aun en el caso más apurado
de la existencia, siempre diré que peor fueran~ ver_lo.
Los dos amigos cruzaron á la acera de la tzqmerda
y entraron en la Central de Teléfonos, donde Ramón,
que era corresponsal de un periódico de provincias, tenía que expedir un despacho urgente, dando cuenta de
lo que en España es el pan de cada día, de unos rumores de crisis, rumores que, según los ministeriales, carecían de fundamento ...

** *
En la misma acera de la izquierda, un poco más abajo de la Central de Teléfonos y cerca de la Puerta_ del
Sol, está el Salón de actualidqdes, la cuna, puede decirse,
del género ínfimo, sicalíptico. como ahora ~e dice, por
no &lt;lecir pornográfico- que hasta el lenguaJe se ha hecho hipócrita.
.
.
En la época á que se refiere esta 11arra,c1ón, Actu~lidades estaba en todo su apogeo. Compart1a, hasta cie~to punto, su gloria y su prestigio el Sa~ótt J r:Ponés, _situado en la misma calle, junto al cafe Suizo; Y digo
hasta cierto punto, porque Actualidades l!evaha la _mejor parte en aquella compet.encia y obtema la predüección del público, por acentuar y extremar la nota sicatíptica mucho más que El Salón Japonés.
En ambos coliseos (de algún modo hay que llamarlos) se cantabah couplets verdes, se ej~cutaban bailes escandalosamente obscenos y pantotmmas de una plasticidad vergonzosa, se representaban diálogos y monólogos picarescos y se hadan otras muchas cosas. todas
ellas edificantes, cargadas de mostaza de la más fuerte
y sazonadas con sal de la más gruesa; pero, A ct11altd~des se llevaba la palma, y las palmas,. como queda _dicho, por e-xagerar hasta un grado indecible la nota sica1-íptica.
,
A la misma hora en que Luis y Ramón salí~n de c3:sa
de Morán, un gran grupo de curiosos se hab1a estacionado á la puerta del Sal6n de Actualidades, y los revendedores gritaban desaforadamente:
- ¡Tac'as! ... ¡Tacas!- (Léase butacas, que es lo que
ellos querían decir y lo que el público entendía)-. ¡Tacas! ¡Taras, para ahora!. ..

�Y añadían, enumerando parte del programa:E
puerta de Aciualida-tes, y también pararor, la atención
-¡La bella CJ,elito, Amalia la sevillana, Pepitalla
en aquel anciano que era objeto de la curiosidadfr de
granadina, La canción de la pulga, por la señorita
los comentarios del público. Luis hizo instintivamente
Cóhen!... ¡Tacas! ¡Tacas para ahora! ¡Que se va á em)' sin darse de ello exacta cuenta; un gest'! de so1&gt;pset;a,
de sorpresa desagradable, y Ramón. que ·tuvo sen· aquel
pezar'.
La canción de la pulga, una obscenidad grosera, can·
momento una como súbita revelación misteriosa,[dijó
tada y ejecutada por una ex corista del teatro C'ómico,
á su amigo:
que sin transición hahía pasado á ser estrella del plane-Ese viejo tan pulcro y tan acicalado qu~ se;dispota A ctualidades, era el clou de aquella bt·illante y provene á entrar en Actualidades, ¿será El Padrina de~t,¡ hlstoria?
; ·
c.hosa temporada.
Muchos transeuntes, de todas clase~ y condiciones
Luis, como si le molestasen el recuerdo. la-pregunta
sociales, se aprsuraban á adquirir localidades para tan
y la posibilidad de que aquél fuese el hombre que nunca
divertido espectáculo.
había querido conoc-er, rontestó, en tono displicente:
Los curiosos estacionados cerca de io~ revendedores,
-Creo que n&lt;&gt;... no ~é.. ya te he dicho que' 'no le he
pararon la ateneión en un anciano de mediana estatura, delgado, recto, 6, más bien, erguido, de facciones
finas y correctas, de sano y encendido color, con el pelo
y el bigote completamente blancos y primorosamente
rizados á fuego que S&lt;' acercó á uno de aquellos industriales voceadores y le habló en voz baja, en demanda.
sin duda, de una buena butaca. ,·
:
F,l anciano parecía vivamente contraria&lt;lo por haücr
llegado tarde, y pedía con insistencia una butaca de
primera fila, del centro, para la sección de las diez, que
pronto iba á comenzar. El revendedor no podía complacerle, porque ya sólo le quedaban butacas de filas
posteriores; lo sentía mucho porque el señor era buen
parroquiano, pero no lo po(lía. remediar. El anciano no
se conformaba con aquella explicación, y &lt;lirigiéndose
á otros revendedores y aun á las personas que le rodea
ban, dijo en alta voz:
-¡Una butaca de primera fila. del e-entro, cueste loque cueste!. ..
Al oir aquella proposición, un hombre relativamente
joven, de cara cetrina y duras facciones, con sombrero
cordobés, americana corta y pantalón ajustado, de aspecto insolente• y traza ordinaria, entre chulo apócrifo
y andaluz degenerado, acercóse al viejecito, con un papel en ,la mano y, encarándose con él, le dijo t~ano·1ilamente:
'
-¿Cueste lo que cueste?
-Cueste lo que cueste-repitió el viejo, con la seguridad del hombre á quien nada le importa el dinero.
-Tenía yo interés en ver eso de la pulga, que dicen
que es cosa de gusto; pero baza mayor quita menor, y
puesto que el señor tiene tanto interés, aqlÚ hay un,:,_
butaca de primera fila, del centro. ¡Cómo se pide!
-¿Cuánto quiere usted por esa huta.ca?
visto nunca y que sentiría encontrarle en mi cantino.
-I.o que usted crea que vale su capricho.
- --Pues si no lo es, merecía ~erlo.
El anciano, hombre fastuoso, de esos que se perecen
Los revendedores volvieron i gritar:
por atraer sobre sí la públic-a aterrción, apareció radian-¡Tacas! ¡Tacas! jLa bella Chelito Amalia la '"'' illate y satisfecho, por el doble motivo que se le presentafia, Pepita la granadina! ¡La cauci.Sn de la !n&lt;lgn.! ...
ba de realizar su capricho y de tener auditorio que ad¡Tacas, para ahora, que se va á empezar!..·
mirase su esplendidez. Tomó la butaca y puso dos du- ¿Quieres que entremos?-preguntó Ramón ,1 s,1
ros en la mano del hombre del sombrero cordobés, pr'"amigo.
guntándole:
-;No te da asco,
-¿Está bien?
-,,o, por cierto; aní se pasa el rato, y, además, p:r
-¡Pero que divinamente! ¡Me ha costado una~pe,edíamos averiguar quién es ese señor.
ta!. .. Los caprichos se pagan. Salud y que usted ·se . di - No tengo en ello el menor interés. Vámonos.
vierta.
Y apretó el paso, como si huyera de la peste.
Y se alejó á buen paso. Cuando ya,ei, anciano np ,po •
Cuando- Luis y Ramón entraron en la Puerta del Sol,
día oírle, dijo, en alta voz, alegremente, contemplandc
vendedor ambulante gritaba con toda la fuerza de
los dos duros:
sus pulmones:
¡Qué panoli es el agüelo' ... ¡Dos duros por oir La can- ¡A perra gorda, La de~esperaci61i de Espronced,ú ...
ción de la pulga á la señorita Cóhen y ver otras cosas
¡¡A perra gorda!!. ..
por el estilo!. .. Pá mi que es nn emperador disfrazao ...
Y los revendedores repetían por centésima ,•e:,,:
ú cosa parecida ... que va de indmito. ¡Dos duros!. .. ¿Se
-¡Tacas! ¡Tacas! ¡;Que se va á ~mpezar!'. ...
rán falsos?
El caballero anciano, con la alegría del glotón arte
Sonó repetidamente las monedas sobre las piedras
un plato suculento, entró radiante y satisfecho en el
de la calle :i, persuadido de que eran buenas, las metió
S11lón de A ctualidades, á oir y ver La canción de la pulen su bolsillo y se coló en una tienda de vinos, con aire
ga, por la señorita Cóhen.
&lt;lf' triunfador.
Ramón no se había equivor.ado:-~quel anciano era,
En aquel momento pasaban Luis y Ramón por la
efectivamente, El Padrúio.

=

é19IDIJ1º&gt;~eP®RIN,
P'ó f\ ..J6Al)UIN DICtNTA

---

céntimos

lLU) fRACIONt~ Df. A~U:&gt;TIN

�</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Examen de manuscritos</name>
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      <name>Francisco Flores García</name>
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