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                  <text>Y añadían, enumerando parte del programa:E
puerta de Aciualida-tes, y también pararor, la atención
-¡La bella CJ,elito, Amalia la sevillana, Pepitalla
en aquel anciano que era objeto de la curiosidadfr de
granadina, La canción de la pulga, por la señorita
los comentarios del público. Luis hizo instintivamente
Cóhen!... ¡Tacas! ¡Tacas para ahora! ¡Que se va á em)' sin darse de ello exacta cuenta; un gest'! de so1&gt;pset;a,
de sorpresa desagradable, y Ramón. que ·tuvo sen· aquel
pezar'.
La canción de la pulga, una obscenidad grosera, can·
momento una como súbita revelación misteriosa,[dijó
tada y ejecutada por una ex corista del teatro C'ómico,
á su amigo:
que sin transición hahía pasado á ser estrella del plane-Ese viejo tan pulcro y tan acicalado qu~ se;dispota A ctualidades, era el clou de aquella bt·illante y provene á entrar en Actualidades, ¿será El Padrina de~t,¡ hlstoria?
; ·
c.hosa temporada.
Muchos transeuntes, de todas clase~ y condiciones
Luis, como si le molestasen el recuerdo. la-pregunta
sociales, se aprsuraban á adquirir localidades para tan
y la posibilidad de que aquél fuese el hombre que nunca
divertido espectáculo.
había querido conoc-er, rontestó, en tono displicente:
Los curiosos estacionados cerca de io~ revendedores,
-Creo que n&lt;&gt;... no ~é.. ya te he dicho que' 'no le he
pararon la ateneión en un anciano de mediana estatura, delgado, recto, 6, más bien, erguido, de facciones
finas y correctas, de sano y encendido color, con el pelo
y el bigote completamente blancos y primorosamente
rizados á fuego que S&lt;' acercó á uno de aquellos industriales voceadores y le habló en voz baja, en demanda.
sin duda, de una buena butaca. ,·
:
F,l anciano parecía vivamente contraria&lt;lo por haücr
llegado tarde, y pedía con insistencia una butaca de
primera fila, del centro, para la sección de las diez, que
pronto iba á comenzar. El revendedor no podía complacerle, porque ya sólo le quedaban butacas de filas
posteriores; lo sentía mucho porque el señor era buen
parroquiano, pero no lo po(lía. remediar. El anciano no
se conformaba con aquella explicación, y &lt;lirigiéndose
á otros revendedores y aun á las personas que le rodea
ban, dijo en alta voz:
-¡Una butaca de primera fila. del e-entro, cueste loque cueste!. ..
Al oir aquella proposición, un hombre relativamente
joven, de cara cetrina y duras facciones, con sombrero
cordobés, americana corta y pantalón ajustado, de aspecto insolente• y traza ordinaria, entre chulo apócrifo
y andaluz degenerado, acercóse al viejecito, con un papel en ,la mano y, encarándose con él, le dijo t~ano·1ilamente:
'
-¿Cueste lo que cueste?
-Cueste lo que cueste-repitió el viejo, con la seguridad del hombre á quien nada le importa el dinero.
-Tenía yo interés en ver eso de la pulga, que dicen
que es cosa de gusto; pero baza mayor quita menor, y
puesto que el señor tiene tanto interés, aqlÚ hay un,:,_
butaca de primera fila, del centro. ¡Cómo se pide!
-¿Cuánto quiere usted por esa huta.ca?
visto nunca y que sentiría encontrarle en mi cantino.
-I.o que usted crea que vale su capricho.
- --Pues si no lo es, merecía ~erlo.
El anciano, hombre fastuoso, de esos que se perecen
Los revendedores volvieron i gritar:
por atraer sobre sí la públic-a aterrción, apareció radian-¡Tacas! ¡Tacas! jLa bella Chelito Amalia la '"'' illate y satisfecho, por el doble motivo que se le presentafia, Pepita la granadina! ¡La cauci.Sn de la !n&lt;lgn.! ...
ba de realizar su capricho y de tener auditorio que ad¡Tacas, para ahora, que se va á empezar!..·
mirase su esplendidez. Tomó la butaca y puso dos du- ¿Quieres que entremos?-preguntó Ramón ,1 s,1
ros en la mano del hombre del sombrero cordobés, pr'"amigo.
guntándole:
-;No te da asco,
-¿Está bien?
-,,o, por cierto; aní se pasa el rato, y, además, p:r
-¡Pero que divinamente! ¡Me ha costado una~pe,edíamos averiguar quién es ese señor.
ta!. .. Los caprichos se pagan. Salud y que usted ·se . di - No tengo en ello el menor interés. Vámonos.
vierta.
Y apretó el paso, como si huyera de la peste.
Y se alejó á buen paso. Cuando ya,ei, anciano np ,po •
Cuando- Luis y Ramón entraron en la Puerta del Sol,
día oírle, dijo, en alta voz, alegremente, contemplandc
vendedor ambulante gritaba con toda la fuerza de
los dos duros:
sus pulmones:
¡Qué panoli es el agüelo' ... ¡Dos duros por oir La can- ¡A perra gorda, La de~esperaci61i de Espronced,ú ...
ción de la pulga á la señorita Cóhen y ver otras cosas
¡¡A perra gorda!!. ..
por el estilo!. .. Pá mi que es nn emperador disfrazao ...
Y los revendedores repetían por centésima ,•e:,,:
ú cosa parecida ... que va de indmito. ¡Dos duros!. .. ¿Se
-¡Tacas! ¡Tacas! ¡;Que se va á ~mpezar!'. ...
rán falsos?
El caballero anciano, con la alegría del glotón arte
Sonó repetidamente las monedas sobre las piedras
un plato suculento, entró radiante y satisfecho en el
de la calle :i, persuadido de que eran buenas, las metió
S11lón de A ctualidades, á oir y ver La canción de la pulen su bolsillo y se coló en una tienda de vinos, con aire
ga, por la señorita Cóhen.
&lt;lf' triunfador.
Ramón no se había equivor.ado:-~quel anciano era,
En aquel momento pasaban Luis y Ramón por la
efectivamente, El Padrúio.

=

é19IDIJ1º&gt;~eP®RIN,
P'ó f\ ..J6Al)UIN DICtNTA

---

céntimos

lLU) fRACIONt~ Df. A~U:&gt;TIN

�El Cuento Semanal

PRECIOS DE SUSCRIPCION

22~

OFICIHJlS: Fuencarral, núm. 90.--HADRID
,.

.

l

1

.,

JOAQUfN DICENTA

--~

~ . . . , ..~ ~::--~~~~~ .....,._

~

~

LIBROS Y REVISTAS

Eugenio ~oel

Reliquias , sonetos por .\ntonio de Zay!s. ,
lle aquí un noble y Cl'lshano poeta que .,uai d~
en su ~:itro, bien cnstellaJJo y lev_antado, t~,do de
- t· .· •mo la llravura v el alhvo donan e _e
cas 1c1s , .
.
d• ,
\
odo de rel!nuestro glonoso siglo e 01 o . .' . m
, .
caJ"io consena en su retina v1s10nes p1ec11sas
ele perso11ajes V cosas que llegaron IÍ. noso .ros
sólo •í través efe los espíritus fieles del GrJco Y
de V~lúzquez, de Calderón y de Góngora. n _su
decir hay alardes ele odebre que sólo un l~x11o
de extraordinario valor cultura~ .Y un e.scr upu 0
refinado de factura. puede1~ pernuhr. Es, __en sum~_,
i\.nlonio de Zayas, el últrrno poeta quizá que a
Castilla brava quédale de su I)léyade dorada Y
«in par en las epopeyas mundiales.
.
~ Su último · libro-que, primorosamente e_dit~do
por «Paco» Beltrán y con el nombre de R ehqui~g,
acaba de ponerne á la venta-e_s una agru~aCl n
ele s-0netoK en varias partes, titul~das as1. Prólogo, catedral, Liturgia, 11antua_Carpela_na, ~arcli nes Sombras de antaiio, Geórg1cas, Soliloqmos,
~l useo, Panoplia, Plutarco, P arnaso y Arte venatoria. Todos son admi i-.allles.. Y su lectura es-~º
sólo un placer ele dioses, smo algo ed_u.catn o
v redimülor que hace pensar en 1~ unción c~n
que recibíamos en la niñez ¡ay! le¡ana, el bano
inefable y soleJ11ne de las notas que ,el órgano 90rado -de cierto plateresco coro ver~1a )os dommgos sobre nuestras cabecitas casi _virgenes de
desilusión y pletórica~ d~ fe y alegria.
.,
Reliquias ... , ,&lt;;í; reh_qu~as es su "?ombre mas
adecuado y justo. Rehqmas son ?e arte 9.ue
pirarán á los devotos de la Poe.sia éxtasis s~ 1mes y á los demás el respeto que las cosas gianclas y homadas merecen. Zayas qu~da en el troho
de Ja poesía noble, correcta y castiz~.
Alcalá de los Zegríes , novela por Ricardo Leó~.
El autor de Casta de hidalgos y Comedia senltmenlal ha lanwdo á la circulación este nuevo
fruto ele su inromparable pluma.
. Que és ,l lcalá de los Zegries? Es un cuadro
co~umbrcs locales de And~lucía que, transcrito con una fidelidad inveros1m1l y un arte de
novelar excepcional, subyuga y eonvci:ice ~e" qu:
hemos estado en Alcalá de los ~egnes cll.,und
vez y conocemos á todos sus habtlanlc.s. i:-parle
do eso-su colorido local-, la n ove~a es mler~santísima y robos.a vida, luz,. pasión S. mov1mientn. Lo;; dos ri'111jeres que sirven de e¡e á la
a&lt;Tiún so 11 ele uua belleza y un acterlo que conmuev{'n hondamente. El protagomsta está sentido y colocado ante la atención _del. lector, _d e
una manera tan real, y al propio liemp? btan
moderna y bella, que las Lres figuras por si a.starían para consagrar (, Hicardo León c.?rno une~
ct.e los primeros novelistas que hoy en d1a ~1inrd
jan la. rica lengua ele Cervai~t~s . y Lope. . a
de los Zeqríes es, á nueslro JU1~10, la me1or novela ublicada por el joven escn tor y ha_
de figurnr
las bibliotecas todas en q_ue se rmda culio
ul arte tle emocionar, reproduc1enclo bellarnen e
la vida.

Cantidades reeibidas hasla la fec ha con destino
á la suscripción abierta por EL _CU_ENTO SEMANAL,
e11 su número 166, para conlnbmr ~ los gastos
ele la edición proyectada por algunos amigos Y
admiradores de Eugenio :Noel, d,e los valientes
artículos qu_e, bajo e~ título de «~otas d_~ un voluntario», \'Jene pubnrando nuestro queudo cole-

ga Espa11a .',ueta.
,

Pf.}ctas

5
5

Sr,i. í l.ª H. S. R. .
D. F . .\ gramo11t.e . .
» .J. Lorente .... .
» .\. Herllúnclez .. . .
» E. G. Bellido... .
» \V. i\"adal. ... . .
» .\ . .\rcaya . . . . .
u C. :--:avarro . .. . .
» C. l'rimelteis. . . . . .
.
» .\níhal Díaz-\'illagaJTía ..
Ool'io ele Gt..dex .. .. .
L:110 de tantos ..... .
D. Joa_quín Dicenta . . . .. .

5
2
2
2

O25
o'.25
3

1,05
5
2
5
37,55

T OTAL . .

/ :J de _\far~o !le /MU.

~I

Sr. S. ~-

\dce, eJ oota•
a u I om ovl•
1ata 1 dice; -U■
• bio profundo de
ct.,.•cia que no d,. li-da vfa comprea•
tela por el mWldo OD
10

1f:t

.(t"neral, ~ro ~ue , .,..

,r eJl&lt;lt&gt; y predice coa
un.- .;.ertes.a cx.traordlna•

-

J,.. F .-incea.. ~..::b o oburg, de
• e j~ n ta. d ire: - Lo que me•
orcd:cbo ha salido completa•

-

ner.te ~1..)r?"or-cto ea todos 111.8 deaJlc~

c1/

,R

' '

Número sudto: 3 0 cintimos.

A partado de Corr eos 409.
~

,

Madrid y provhcias: Trimestre, 3,50 pesetas.
Semestre, 6,50 pesetas. Aiio, 12. Extra:ijero: Semestre
10 pesetas. Año, 18.
Anu:icios á precios convencionales.

SE PUBLICA LOS VIERNE~ •

~

•. ll ...

AHO íV.-JB de Hurzo tle 1910.-HUH. lSB

i~• t.Tb..1rc. ~•-&lt;••;,..e • dice: -Ua
,.abio d e ;,nme, ,~rden, M.f' Je::,6 tal
v•da , 4ánd~tn~ laa tec:Jau, 101 ea""'
descripción ~~ lá gente J de loe inr:ic"ent~:s qut me h an ocwrlc!.~: y Jo qu.@ me
n•p rcsioo;, •oM ~- ou_~ 1~0 'º qu.. m-e ~
flT~dh.: h.,, y:t -~•

::,o~••no

/tlc,j-e &amp;u..., ¡,u ¡;.ar....,. c-1, ~•nt.a,n.prft-teloe
eontra un ,s.pe¡. m:1nclemc: el hb.preao_
HR~JW con J I\ teoha, )', si e., ooalble, la bora do
~" ns1&gt;imlento; y, múo4omc eclloa de neo por v4.lor de 2 J,taa- por el Importo

--~

del ma pa, eto., que le maudar6. No oJYid=
de wa11J.ar adjunt&lt;&gt; 1111 ..ottre oon au nom

... sus ~eña."·
'

Lo daré nna ¡,1anilla d esu vld.l
tomado delma-.,a. -,ara dem--

LlBRB OB

tra,.· qUt: ::erfe&lt;;ta .,. mi otcucia,

GASTO

llprof. ZJ:!ZR.H, ~º·t8:»~?u8T·

r,

Un Proluor eac,ribe, VD.

ASOMBRA V AYUDA

EL IDILIO DE FEDRíN
Era un soñador aquel montañés. La luz, casi
siempre gris en la :\Jonlaña, las nieblas que desde el otoño á los comienzos del estío la envuelven, habían penetrado el espíritu ele Pedrín, haciéndolo vivir en plena fan1asía, en completo
desdibujó de la realidad.
:"\o solamenle lo que llamamos alma era romántica cm Peclrín; lo eran también las líneas
carnales, el dibujo total del cuerpo.
Su cabello rubio ondeaba, palideciendo hacia
las puntas, como los remates de un sol poniente;
su frente se llloldeaba en forma &lt;le torreón gótico; en sus ojos azules resplandecía el éxtasis,
acenluado por la sombra que hacían las pesla fias. La nariz era recta; la boca de finísimos
labios ; apuntada la barba; marfilefio el tono
de la piel. Tenia las manos seiioriles, el talle
juncal; el andar lánguido, apoyándose poco en
tierra, como si tratara de ser vuelo.
¿ Cómo pudieron fabricar esta criatura dos
marineros aldeanos?
Recio el padre como un trinquete, basto como
una encina, coloradote, por obra de la mucha
sangre circulante en sus venas y del mucho vino
embaulado en su estómago, no resultaba muy
capaz. para tan delicado engendro.
Cierto que la madre fué hermosa. Aun á los
cuarenta mios, con todo el mal traer de su jornalero vivir, conservaba r estos de aquella su
hermosura. Por hermosa reinó en bailes, juntas y montañesas r omerías. De muy largo llegaban á requcbrarla los galanes ; más de una
_ca'beza quedó ·rota en su obsequio; no pocas
veces oyeron suspirar por ella olas y praderías.
Pero así y lodo, no ajustaba la belleza fuerte
y opulenta de la madre á las hech uras del hijo
que parió.
Los pescadores viejos recuer dan que allá, un
año antes del nacimiento ele P cdrín, vino á la
aldea cierto sefiorito rubio y flaco, que pintaba
sobre cach os de lienzliJ las monlaüas y el ma r.
Pasába:,;' las horas muertas encima dé las rocas, sin 1ablar con nadie, puesto oído á los
r umores del Cantábrico y ojos á las variaciones
del cielo. Buen sujetó por to demás, pron to á
copear con cualquier marinero, siempre que no
charloteara mucho, y á hromcar con las mozuca.s,
siempre que ellas fuesen bonitas.
P uede que el arribo del pintor, el •donaire de
la montafiesa y el cómpu to de meses y semanas
y días, expliquen el porqué material y moral
de Pedrín.
Valga añadir que P edrJn nació á los siete meses de casados sus padr es, y q ue el pintor, antes ele aban.donar la aldea, regaló al padre de
P edrín una ba rca.

:-,.;¡ esto es murmurar, ni traer honras en lengua. Es, sencillamente, buscar motivo á las líneas físicas y espirituales de un varón.
Destacó Pcclrín, desde pequeño, entre los
mnos del lugar, como destacaría una rosa té
entre un manojo de rosas encarnadas. Y una
rosa té parecía el infante. Como flor Jo crió su
madre.
Ella, que á sus demás retofios los trataba. igual
que á los suyos las otras pescadoras, tenía para
el prunogémto delicadezas exquisitas inverosímiles ternuras. Trataba á Peclrin con ' dulce respe_to, casi cou unción religiosa; tal que si fuera
criatura celeste _regalada á ella, en noche de
amores, por un d10s.
¡ Y quién sabe, quién sabe si no sería en la
memoria de la montaüesa algo como un dios
el pmtor ele los cabellos rubios! ... ¡ Quién sabe
s1 _el paso por la :\lontafia del pintor, su requerimtento á la moza, su conjunción con ella, no
s1gn1ficarC?n para ella aventura jupileriana, de
cuya realidad era pr enda viva el chiq uillo ojos
color de cielo y pelambre color de sol!... '
Lo cierlo es que ella veneraba á su cría como
al propio :-,.;ifio-Dios los marineros en la iglesia
románka. '.\o cambiara el humano por el celeste, aunque el celesre se volviera ele carne, y
ele oro la bola que pelotea ~ntre sus dedos.
De hilo finísimo eran las mantillas del mamón·
de bayeta. suave los pafiales. El gorro con má;
cm tas. y ringorran gos fué escogido en la tienda
para el; para él la más buena capa de cris tianar. ¿ Qué más noble empico á unas onzas
15ua!-'cladas por Teresa en cierto bolsillo, cuyas
1mcrntes no eran, precisamente las del padre
oficial de Peclrín?
'
·
De limpieza no hablemos. P or nada mudaba
y remudaba á su criatura, lavándole el blanco
cucrpecillo cun jabones de olor, empolvándoselo
de alto á bajo con polvos finos, «de los que usan
para blanquearse las señoras".
Cu_anclo le ponía á su pecho, cuando Pedrín
len15ueteaba en _los carmines del pezón, era la
rnuJer toda sonrisa; toda beatitud cuando el nifio
sorbía el jugo maternal; toda silencio cuando se
dormía haciendo de la te ta almohadón. Al depositar al _111ño en la cuna quedaba en pie ju nto á
él, perdido en el a ire el mirar, en treabierta la
boca para da~· escape .á u n suspiro.
¿Dónde iba el suspiro? A trasponer el cerro
que oc111ta la estación, á viajar sob re los car riles por donde él buyó, por donde huyó el tren
que le llevaba.
Que nadie molestara á P edrín; •ni la luz en sus
suei'íos, ni el a ire del mar en sus despertares, ni
el menor disgusto en sus velas.
De pegarle no h ablemos. La ma d re nunca lo
hizo. El padre . . .

�Una vez, ya tenia Pedrín cuat:ro aiios, el padre, en justo castigo á una diablura, se fué para
el chico con las manos alzadas.
-¿Qué vas á hacer'?-dijo ella.
-Pegarle-respondió el marinero.
-¿Pegarle? ... ¿A éste?
- Como á los otros, cuando hacen cosa mala.
- A los otros ... bueno. A los otros pégales, si
quieres. ¡A Pedrín! ¡Pegar á Pedrín tú! ... Vaya,
l\lon('ho, de por fuerza que bebi,ste hoy. A éste
no le puedes pegar.
-¿Por qué'/
-l\1ejor cuenta trae pa loo dos que no diga

el porqué. Echa las manazas abajo, deja en paz
al chico y comamos, que va á enfriarse la puchera.
Mancho no pegó á Pedrín; no intentó más pegarle.
Desechen mis lectores la idea de que Teresa
era mujer excepcional, tipo de novela romántica.
No hay tal con cien leguas.
Fuera parte lo relacionado con Pedrín, igual
era á las re tantes pescadoras. Como ellas vivía,
como ellas revendía peces en los pueblos del interior, como ellas juraba, y tebín también como
ellas. Con ellas hacía corro en la plazuela los
domingos, con ellas murmuraba y con ellas limpiaba el fondo de tas cestas y la barriga de los
peces en los escalones del puerto.
Sufría resignada las palizas de Mancho cuando
el marinero estaba borracho, y aceptaba sin rernCTrnmcia sus caricias cuando estaba acariciador.
u.u al tratarse de Pedrín se transformaba,
se transfiguraba., convirtiéndose en criatura de
elecr.ión.
¿De qué suerte explicar este cambio?
A realizarse la leyenda jupiteriana, á ser cierto que un dios había pasado por Teresa para de-

leilarse con el dis[rule de su virginidad. la explic11.ción no sería difícil.
l'n beso del dios había quedado prisionero e11
aquel alma ruda. Cuando aquel alma se ponía
en contacto con la pr·encla viva que el dios la
dejara como recuerdo de su paso, el beso celeste, la divina partícula se dilataba, se extendía.,
se apoderaba de tuda la mujer hasta convertirla
en un cacho de la divinidad. Ya no era ella. Era
el mismo dios, e11carnado en ella para acariciar
y proteger la existencia de su hijo.
Y aun no siendo verdad, aun r:o habiéndose
realizado en la pescadora. la avculura jupiteria-

na, bastaba al milagro que fuera cierta la histo:rit.
del pintor.
Acaso un beso de él quedó agarrado al alma
de ella. Este beso se apoderaba de toda etia para
divinizarla cuando ponía ojos y boca ~11 el hijo
del que partió, del que no volvería nm1ca ...
II

Vivían los padres de f'eorín en una casuca
apartada de la aldea como trescientos metros.
Solitaria se alzaba entre unos peliascos donde
rompía el mar. En !o,¡; peñascos hacían nido las
gaviotas; en la rasaca revoloteaban Pedrín y los
hermanos de Pedrín. En la misma ola donde hurn~decían las gaviotas sus alas bañaban los chiquillos sus pies. Los hermanos de Pedrín tiraban
piedras á las aves cuando volaban cerca de ellos.
Pedrín las dejaba volar en paz siguiendo con
los ojos su viaje.
r.1uchas veces se alejaba hasta de sus propios
hermanos para dar vuelta á los pefi.otes y avanzar por el acantilado y tomar asiento encima de
una roca tapizada con musgos. Sobresalía esta
roca del mar durante las bajas mareas, y se hun-

�clía en él, poco á pocod, hf;t~iir~:~~:~~~i~tr~
riws de espuma, cua11 0
plt;!~u~. sitio muy peligrosodPªl'.!r~f!i~~spitt~~f:
dos. Lle aht que Tel'esu an ~v1
d . o
lunle puru cvilur tas excurstun~s de.foe ~~1drín
lle poco la valia. Al menor escm de muscro
se escurría s\lenciosamenle ptor ~s~tzde la roc°a.
l a!Ja asiento en la pun a m
f'l
to1~~a ella se purllun las olus como ~onl~! ~~r~~
de un hacha silexiun~. Rotas sefu1anl de cr~cle la piedra paru monr en una p ayue a
º

1j

jarsrot,s.. la roca pasaba largos ratos Pedrín, inu Ie
. . d en el mar con los
móvil como pi,euru, s1gu1e11 .º el es¡)a~io el de
• . 1 ·ueo·, cte las Uo'UUS, en
?¿~s;,L~t,/-,. L.~s vielltus ºrna!'iuos vulviuu sus ca!Jcllo,-; nirót1.
.
nella postura no
C11n11du ~u tnn(~re le ve1_~ en·Í1~ule á liru11uzus
lleg ti.Ju á é\ gnlu11du,. a11 u11&lt; distu11cia quedul,a.
1
&lt;l~I ,;iti,1 pel1grusu. ~u ~¿~c~ ~outra el pecho, sus
Su calJeza tata me ~11c
hu!"1edecidos por el
ujt1s se ulznlJuná S?t1udul~~~ul que su Pedrín quee,;!Jozo de dos 1 gr)mas. ,'? ' 'é
asa!Ja el pinria á la roca el pintor.. 1 am!J1 n ~
inmóvil
tor horas y hor_as encima lle la igca, TambiéJ

ftss~i~í1~~ose~/\aJ~~f~ c~~1~~~tfn ~~ ~rón su melena.1 b
J'a de su éxtasis Teresa y avanzaba.
pd; efveºrJ: {apiz. 1pa de_ pun~i~ª~•u~ºcs~ti~P[¡
nas el musgo. con os p1e\odeaba con sus braviera,
zos, y llegaba.á¡udnllo
arrurn; 11 o e áde~\l1ento' sosteniéndole en

ga. Ofrecid~ es por la bija del mar á los monstru~s guard1ines.los marineros. Por eso no lle13le11 lo sa en
. t 'á la roca· por eso no
eran con sus barcas JUn o .
' .
1
tirun desde ellab sus 6ªf~~%opsi/!f1~ªs~~ ~e el tril\Iás de una arca
á d un pescador
pulan le tor~asebá apareecnef l\yl a~ra~trado al fonfué allí cogido ruscam

e

doNdoe ,l:~1ª1ii::;;~ral quien eslr11~ l°E~~~~;ij~odee\
la marea quien trag8: al ~ez~cam~l&lt;lilo! No ha ele
mar, es su abrazo. ,AIJr ue ao'aJ'k&gt; con la vida.
ser más qu_e uno,¡ y hadya qde la "roca alfon1JJrada
Ahí tenéis la eyen
con musgos.

III
Peclrín fné ú la eRc11~lu y a pre mili? pronto y
l' ense1wr el mue:; 1o.
IJi.!11 ('l]□ nto po( 18
'
mbre de espnliolas alEra éste, rontra, co:3 1u mác;
eo 11 trn cost umclens, un bnen prof_es~lér~as 1~1.ilrables y gozaba
bre lnmb1én,. pose1a
en un lanchón de pesca.
de roRa propia y lde par~~ilían no hm:er hiucap(é
Eslos bienes e ge:
este no hacer hinca_p1é
en alrasos de sue1 01, ':/ aba á no surrir ias 1men los haberes le au ºl1tenérselas tiesos con él,
posicion_es del. crd Ylos ediles y el alcalde. De
sin eno¡o oficia b' e nos de corresponder con
algún modo abh~1 t1~r epor cobrado lo nunca resu¡elo que s a.

vilo, ponía rumbo á la c~a~~caPedrín-exclamaba
-La r·oca ~s ll')UYd n u'' huy una cueva. En
la madre-.. Deba¡u e e ~ca más mala que la
esa cueva vive uuü rnu¡~r
· namente como

1
fJ~\ri~;S P~S~ttr:

l~:

11c~a;_'iC~a1~~i~
~01~~ ell; ~~s
y sale d_e su cueva Y cogei\~c; ¡~~ r~~~~!n á salir.
lleva b1,10 el a~ua, {a:~;e~~ p~esta al alcance de
Era la _leyen a n ',
. mozo la supu entera
la inínncr_a_. Al serdI edl ri~"IO á sirrlo de generacomo ha 1uo pasan o ce o
"
'
ción en, g~1eraci~~ae~~\';1~º~nª~\~~~\odo nácaDeba,o e a r ..
, l\aclie ha podido entrar en
1
res, corales Y P~ ª";,..1 ntescos pulpos y cuatro
él. Lo isuarda!1 os o o . r 1 os pulpos chupan
hol'riJJles ara nulas. de ma . rofanar la mansión,

"¿

la sangre al que '.a11ten~~ ~arne y trituran sus
las araiiotas muer en
d él
lrnesus ;,.:do q~~~~10r~~i~a ina mujer. Es la hij~
Dentro e .P"
é no liene dos h1mala del Occ~no. ~'crqu~ e1 0 \;ndades del mur;
jas, una que smlell1zda lo:u¿:spl~~fidias. Su grandeza
otra que resume o as
la i·eparlc~ l~s d?~· la hija mala del mar. Su cuEn el paiucw ,1ve. esmerolda. De alga, resetis es blf,_nco, su PU[Hla 1 matiz de sus cabellos.
ca poi· a1l'e:; Y sol~s, es e
los ramas de coral,
Sus l•.JI.Jios so11 ro¡o~ como e con nácar de las
sus die1•tes blnncu_s, herhos
arrranta y sus
1
0 08
marinas car-ut: \ d_IJ1~ 1~18~~•n ~10 ºse v~, se enhombros. El reds o 1aua por el sombraje ~e las
trcvé. Esfuma o se
ug11as lem~lunas.
e á los marineros cuanrl?
Esta n1uJer se apa;1:e~ cuando están solos enc1ra II solos en su ba1 ca
ma ele la roca; U s llamándoles con dulce voz,
Se u parece u e o.
a En sus ojos relaropacon palabra_ reclam~do_~ . sus labios palpita el
guea el ansia de gozabr' ~natr¿ye11tes, brindando
beso Sns brnzos se a re
el di~írute lolal de\?~e~rº~astrado va al fondo del
El abruz~ es ámolr d bruzos tentadores se entreOcéano quien
os

1

f

cibido.
l'l d
pedagócricas y sus
No obstante sus a_p 1 0 e~le al pr~esor sacar
nobles deseos, érale ,mpos1
fruto de sus educandos. odían con un remo (y
En cuanlo los ch_icos P s )odres á marinear,
aun sin poder), pom~~leE;·upobre el vivir pesca.y concluyó la esbeue ·s hacen falta para. echar
dor; lodos los razo
&lt;
avante la puchera.t
toleraba sin protesta las
Filósofo el maes_ ro,
prematuras deserc10n~s. que ciencia-deda don
-Antes mantenencm
Julián.
d
mantenencia era la
Como al reclamo ~ 1
'huir su hacienda
fuga de discípulo~, rdeJáb~lol~s padres el jornal
no bastaba á sal1s acer
ía necio don Jude los chicos. No basdla_nd1r~~~ión en li:-ibunales
lián, ha~r alegatos e ms
de hambre.
t mura maternal á
Pedrín. rescatado con 1 edel remo fué para
la servidumbre del lan~hó y sin hijo;-, no su
su maestro-hombre yrndo al. acaso andando
discípulo, su cnatura mle~e u el ' maestro, sería
el tiempo, cuando _1ónu~~ la escuela de marinePedrín su prolongac1 n
rillos chur~elosos. 1 a· cípulo pagaba con esplenVale decir que e is
Era aplicado Y
O
didez los afanes del pedaR~g c'omprensión fácil
bondadoso por ~tremge aprender ganó pronto
y con voluntad rme
ron to la envidia de sus
el primer luga.rE y mfs Ro diferencian aldeus y
condiscípulos. n es ºiras al que sobresale, se
ciudades. En un¡s { 0 sere~. y hasta de las cole odia. Es ley ~ os á de~ir i Vaya usted á
sas, me atreven~ y1e las pi~ámides los guare
saber qué pensarun
dacant&lt;;&gt;nes !
p drín con sus delicadas ~paGrac1as que e
'
uñas. El vivir libre
rienc1as, era de b~en~~rl~leció sus músculos;
por rocas Y arena s día r encinares Y mael vagar á solas noch_e y . &lt; ~sible al temor.
rinas covachas, le hizo mace e softl á solo, por
De ahí que en las luchads~sª soliera. llevar la
'dia provoca n ,
razón d e env1
d le embestían en grupo,
mejor parle. Cuan o
·

ª

i

f

dábanle ayuda sus hermanos. Y éstos era11 brutos, pero fuertes lo eran lambién. Viva. imagen puros de su madre, vivió; el espectáculo que le
ofrecían á diario olas y nubes, mar y cielo, le
del Moncho que los engendró.
predispusieron á la quimera, al sonambulismo
De lectura, esrritura y cuentas estuvo al cabo en
vigilias.
pronto. A más de geografía, historia, agricultura
Pura él eran voces moduladas en garganla.'3
y su miaja de física y química, aprendió algo
de bellas arles; lodo ello en nociones. No al- de curne los rugidos del oleaje contra los peñascanzaban á más los recursos educativos del cos, los desgurros del viento en las encinas, los
suspiros de la brisa entre las hojas del maíz;
maestro.
Lo que sí aprendió cabalmente fueron el rran- seres vivos los monstruos que fingían las rucas,
cés, la 1€y de comercio y la teneduría por par- las imágenes que sobre el espacio recor1aban
las nubes ; los fantasmas que entre los árboles
tida doble.
A estas úllimas enseñanzas debió su ingreso dibujaba la noche.
Cuando tuvo veinte años y fué libre para usuen el almacén ue don Urbano.
Verdadera arca de Noé, era aquel almacén. fructuar la biblioteca del maestro, topó en ella
buen golpe de libros, favorables á su moHabía en él de todo, hasla libros y polvos de los con
nomanía.
dientes. Dos superfluidades, dos lujos, dos vaGran aficionado el maestro de romanceros y
nidad-es comerciales. No existía memoria en el
almacén de haberse despachado un libro ni una poetas, ostentaba en su librería las biblias más
purus del romanticismo literario. Habíalas en
caja de polvos.
Don Urbano, excelentísima persona, dió aco- prosa, en verso, y en las dos cosas á la. vez,
modo familiar y sueldo decoroso á Pedrín. Pron- para elección libre del neófl lo.
El neófito no escogió, leyó, devoró todos aqueto llegó éste, por méritos de su honradez y de
su entendimiento, á ser el jefe de la tienda. y á llos libros, y se hizo á vivir con la imaginación
cobrar treinta duros mensuales. Un Perú, para el mundo falso que los tales libros mostraban.
¡ .Mundo fantástico, poblado por héroes sobrelo que supone vivir de hombre solo, en aldea de
la l\lontai'ía.
na.lurales, por heroínas antihumanas ! ¡ l\Jundo
Loca estaba. Teresa con los progresos de pe,. de ficciones, donde sólo era mentira la realidad!
En ese mundo quería, necesitaba vivir siempre
drín. l\Joncho le miraba asombrado.
el mancebo.
-No paece hijo mío-exclamaba-. A mal penViviéndolo, vagaba por las cuadras del castisar, diría que no lo es.
-A cualquier cosa llama éste mal pensar- llo ruinoso, interrogando á murallas y ojivas,
trepando por las rolas escaleras de caracol á la
murmuruban socarronamente los viejos.
A lo inteligente vale a.fiadir en el mancebo sus torre del homenaje para recorrer desde ella., de
prendas físicas y la natural elegancia con que una sola ojeada, tierras, cielos y mar.
Todos los minutos de su vida diera él por ser
llevaba. la ropa, limpia y bien corlada, como
hecha en la ciudad. Los saslres aldeanos sabían un minuto siquiera duelio de aquella fortaleza
de más con sal&gt;cr de blusas y camisotes de fra- en sus· épocas de esplendor.
¡Con qué arrogancia clavaría en lo .alto de la
nela. Los panlalones se recibían hechos en el
torre el rico pendón seiioriall ¡Cómo bajar/a de
almacén de don Urbano.
Claro que, á mozo de tal mérito, le hacía re- Ja torre acompa1iado de escuderos, pajes y homclamo todo el femenino solterío. Reclamo inútil. bres de armas al recibimiento de un rey que llePedrín, como si no.
gaba á pedirle ayuda para guerra de moros!
Aquel románlico de engendtadura había acen.. ¡Qué dulcemente, allá, en la noche, terminado el
tuado con el transcurso de los años sus cuali- yantar, se recostaría colltra el sillón gótico, la
casi ella na sobre el brazo, el neblí al hombro y el·
dades privativas.
lebrel á los pies para oír los romances de algún
El aislamiento en que, por carácter y por re- viajero
trovador!...

�Marsilla fuera en los amores; en las batallas
Cid, en los torneos Quiñones, el del Paso; en los
trovares Santillana, en la privanza de monarcas
un don Alvaro sin degolladura.
Vivir tales épocas, ser uno de aquellos caballeros, y, sobre todo, poner pasión en dama más
6 menos sujeta á malicia de encantadores 6 á
hierro de tiranos, ¿qué mayor ventura para él?
El nació para vivir tales tiempos y aventuras
tamañas.
¿No era en lo físico idéntico á loo personajes
de leyenda? ¿Por qué no serlo en la realidad?
¿Por qué no contenta la suerte con equivocarle al
nacer la cuna, equivocó también la fecha de su
nacimiento?
No trato de pescadores y pescadoras quería
él, ni aun lo apeteciera de mó.s altas modernM

¿Por qué iba á ser la leyenda mentira?
¿Ha recorrido alguien el fondo de los mares
para saber Jo que en él existe? ¿No será ese
fondo otro mundo dentro d-e nuestro mundo?
¿ No habrá en este mundo seres como los que
la leyenda describe? ¿No pintan mujeres así
los poetas en sus poemas y romances?
¡ Qué saben los hombres de lo que hay en las
entrañas de la tierra, en los seno.s del mar, en
la vaporosa matriz de las nubes! ...
Y si no lo saben, ¿ por qué niegan realidad á
las criaturas legendarias? ¿ No será la pintura
que de ellas hacen los poetas algo así como el
fruto de una revelación divina? Quizás; al fin y
á la postre, los poetas cosa divina son.
Acaso los simples de espíritu, los crédulos, los
ignorantes, andan más en Jo cierto afirmando

~f:Era%~~~~e~~
!~tr/~~eoj_os. Inútil esperar. L11
gran nadado
na aparec_er.

en la aldea. Ni bu[ a.el mozi:i. Nadie lo ganaba
. sistiendo hallaba igu~tii•1i1 avanzdando, ni reCierta noche d 1
s pesca ores.
roca. Sus ojos in~er~~! eS taba en pie sobre la
paren tes, brilladoras cg~ª~nál i~~s d~gufst tr!nsel f!)ndo creyó ver una figm:a blalc! ªii llá
g~s%~• que le llamaba con los brazo~ yg~~

etit

~f~ t~1~A

~fX{i~j~~n~~sepr~~itTt~ rggi~aq~i

ag~~e~~~!~ f~~a~e~~a~on los remol_i~os que el

ªJ

pone la tradición el pJf~cµegj
s1t10 en que
1
amor con la muerte.
~
on e se paga el
Es lugar espantabl • ·
.
estrépito de las olas \i:n~~~rr;pre terrible en él el
bren peñas con forma d : espuma se descuCuando se abren las a e ocas y de garras.
aquellas rocas profundidagdueas, myestran entre
B
6 l
s asesmas
uce e nadador y entró abism b. .
.
los los ojos, puesto el ru bo h ~ a a¡o, 8:bierlesca hendedura.
m
ac1a una g1ganA. un lado y otro de ell
-6
.
verdes, amarillas ber~ yi co{tmones de algas
natu_rales, que al movi~/:,S¡ dord1ados tapices
corrrnn y descorr·
n
e as aguas se
entre ellos pasab~;i:1ta~;ié~l~e fllos pasó; por
bles, que dejaban entreve
• es iezuelas horricn forma de tijeras tentá~ ynas peludas, bocas
sudor negro y pestilente. u os que sudaban un
La rotura hace g ¡ ·
•
Lejos, muy le. os el eria _a~1erta sobre el mar.
fosforosa, brtjesca
d!Slmgmó una luz vaga,
canción llegó hasta. su
0como el eco de t1na
¿Era canción? . E
·
grietas del rocaje:¡ ra rumor de agua entre las
No lo pudo saber El · l' t
su voluntad Je hizo d ms m o, más fuerte que
peñotes pa~a. tom~r ii::;_ un talonazo contra los
m~nte á la superficie ~4s~ Y volver rápidafixiarse.
· s ª a á punto de asCuando respiró c
d
de la roca vió en ~llau!n o pudo mirar á lo allo
los cabellos y grilaba
~oad~c, que se_mesaba
-¡Pedrín!. .. ·1Hi¡·o m1·01 z ·Peeadn15us, tia:
Aqu· t
.... 1 rrn
- Q i es oy, madre- respondió
.
-¿ ué has hecho? Q é- h
·
mó la mujer cuando ·1 ¿t u
as hecho ?-excla¿ ?or qué bañarte e_? uvo entre sus brazos-.
vive la hija mala dei8h1.
mar..,¡....¿ No sabes que ahí
¡AY, madre'-repuso él
.
gañes y viva/ ·
-. i O¡alá
no te en-

de cien hombres de armas d'ó
ma, mientras huía el
' i c_ara á la morisa.rmas y Téllez muri:i,ey. L?s c1~n hombres de
mole.
on Sm ce¡ar. De ahí el
Otro Téllez inquisido t d'
herejes á Ja hoguera r, an iestro en mandar
chillar moros
• '. como sus abuelos en acudejando á sa1vl11r/:~hª~:·gre~tauró el edificio,
para lo demás el domin. d ~riosa Y decretando
bre de gusto y con bo~ e pla\eresco. Homlran_sformó la viviend
as. herélteas_ á mano,
Envidia fué ella de rey!s en Joya. arqullectónica.
es hoy ante la. cual ha y prmc1pes; .maravilla
queólogos.
cen reverencia loo arLos Téllez no cejar
t
.
se rindieron á la usui~
eb!a morisma, pero
P'.11acio al pago de unas
~ teron de ceder su
n1 el rico y antiguo mo1~i- as: NaFda se salvó ;
Téllez á vivir casa hum·ld i 1ar10. uéronse los
cautó de la solariega. 1 e, Y el usurero se in-

aªi

Con su familia la hab'tab
para alquilarla en los i a durante el invierno
!adores que no repara;e;eranos, _s1 había alquiAque1 verano t
en prec10.
jeto con trazas d~v1d~- ~nfa dalquilador. Un sumo llegó á la aldea
im_s ra or ó de mayordofirmó el contrato ':: avistó c~n. el prestamista,
«Entrégueme las' Na~ó los antteipos Y. diciendo:
Yendl'án cuando así 1 ~s, los nuevos mquilinos
taló en la fonda si~ ¡uzgluen oportunon, se insenptablar relaciones c~n~~re:3¿~~ :ignadie y sin
or la firma del c t
una.
llevaba á la fonda on rato y por _las cartas que
nos que el arrendat:~iaatro suprnron los vecidon Bruno Hernánde e mn:ueble s~ llamaba
el fondista y los criadis J~rr¡b1éd~ supieron por
:mraba á diario u
e on ista, que se raprano en el dorm1r ;
pare~ en el comer, temnes.. De ahí no pasaron ami1~ _de conversacioClerla noche o er
s no icrns.
doso de bocinas y E~nefs ald1anos ruido estruencon el camino ~ec:i
empa me de la carretera
distanciadas de dosn:A ~parecieron cuatro luces,
zaban con avance v t' _os. Aquellas luces avancinazos y acompafi!~aigmosod, precedidas por boEran dos
t
. s por etonares sordos
atravesaron ¡~u c~móvile~. Llegaron á la aldea,
casa de los TéllezU~lar.,a Y pararon frente á la
Bruno, llave.s y F~ég~l1s~ prrta aguardaba don
Del primer t
• n
mano.
señoril._ De s~ui~~~:~ ~8JJa u~a dama de porte
v~elta iba de los pies á Jo h b pudo ver. Enpllo ropón Su r tr
s om ros por un arnde encaje..
os o lo encubría un tupido velo
Tras la dama apa e .
.
Mujer vieja debía sfr ci 6. una figur!ta encorvada.
se, que también ropó~ sm qr pudiera asegurarIV
En el se11undo a t Y ye O la embozaban.
. La casa de los Télle
¡
·
dos mozas; indud~~~óv11¡ venían do~ mozos y
hrpe que tenia sus ~• so ar famoso de una es- con los mecánic
men e eran criados que
de Cantabria se a1J:aª~~esp el _los propios duques
Guiados or 1::8' co¡np?nian la servidumb-re. '
De la fábri~a . r xima al castillo.
• naron todo~ me~~ ~~eviimente encendidas, gade muralla ado!!:;_1r¡;ativa sólo restaba un lienzo rró don Br~no el
n r:uno, )a escalera. Cey con un portón
co~ tres ventanas ojivales nicos en la cocher portalón ' . metieron los mecácampeaba el blasón ói~~oT~f s puro. Sobre él nimien to único de ªci~i~;ehi1ul~s .Y ft1é enlrete8 e via¡e de las samcorona ducal En I
ez, rematado por bras que la luz r
un gavilán s~s ala~s irugaríleles del escudo abría ios balcones plafeils~~aba sobre las cortinas de
un castillo y se adel' t ª sus cuatro almenas
Pronto, ni esa dist s._6
do por el turbante
una mano sostenien- nes cerraron sus hojacct n les restó. Los baleomoro. El otro cuar
e
eza cercenada de un la lunar ni más
as Y no hubo más luz que
roto cerca del puño tek o_stentaba un mandoble por las c~rnisas en se1mblbaraós que las proyectadas
s n secular de los Téllez.
mote_: Morí; no ceii a¡o el puño se leía este
Fue este cuartel d d á
V
f~nso en memoria d~ o blun Téllez por un Alvirtud salvaron el re no l e hazaña, por cuya Laura
Que era
muy
herrn
y u
osa 1ª dama, que se llamaba
boscada de los morof Fy osásuyos de una em- los vec·iR~.e
poseía gran caudal, llegaron á saber
. ern n Téllez, al frente

°

g

1?Ji~

~!fa

ci~

personas. Damas y caballeros del XVII para
atrás debían ser sus pares.
·
A buscarlos iba tras las murallas del castillo;
evocándolas, recorría torreones y cámaras á la
hora de la muerte del sol. Puestas en cruz las
manos, pedía al astro moribundo que se las
brindara en el marco de oro formado sobre la
muralla por sus rayos postreros.
También perseguía aquellas imágenes en Ja
iglesia románica. Allí estaban aún. Sólo que eran
áe piedra.
El las revivía, ayudado por la semisombra
que proyectaban los vidrios de colores. Hablaba
á los caballeros y las dam,a s de mármol. Muchas
veces, tras de interrogarles, hada una pausa y
quedaba inmóvil, con el oído atento, aguardando
la réplica.
Pero ningún sitio más de su preferencia que
la roca alfombrada con musgos.
Desde que oyó 1a tradición y le fué descrito
el palacio habitado por la hija del mar y los
encantos de ella, su ansia consistía en que la
hlju del mar se le apareciese.
Que aquella mujer sólo era cuento, fábula de
ancianos á la luz de la lumbre, canto de nodriza
al borde de las cunas. Eso afirmaba la razón ;
pero la razón, ¿ eslá siempr-e en lo cierto?

esas tradiciones, que los sabios y los incrédulos
negándolas.
-¡ Quién sabe!... ¡ Quién sabe! - repetia el
mancebo-. Para mí, la hija del mar existe.
Esa hembra-diosa de ojos verdes y labiós coralinos-existe. Brinda su amor á los hombres,
no para matarles, para premiarles con su amor,
si son bravos, si vencen á los monstruos. Ella
es su cautiva. Quien logre libertarla, logrará
poseerla.
A la. roca iba en las noches de luna por si era,
bajo la égida poética del astro, cuando hacía la
hija del mar sus apariciones; en las obscuras
noches por si, devota del misterio, sólo en el
misterio y en la sombra s-e quería entregar.
Iba en los días de aguas serenas y de cielos
tranquilos por si en el plácido espectáculo de la
Naturaleza buscaba complicidad para sus perfidias.
Iba en los días de mar bravo y horizontes plomizos por si el disfrute de la hermosa sólo con
peligro de muerte podía conquistarse.
-¿Por qué no he de verla?-se repelía siem·
pre--. ¿ Por qué no viene á mí y me llama y me
tiende sus brazos? Yo iría á ellos, aunque ir á
ellos me costara dejar de ser...
Y esperaba, esperaba siempre que la hija del

ae?af

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era grnve,. ú nn tiempo despólira '! dnlre. Su~
Del caudnl 11teslig11abnn el 111.jo de su tren,
cabellos porerían helJras ele r·aulla, suellos, pos
lo rico y vade, de sus trajes, las ¡oyn~ qni,nrr- &lt;lían ronr1111dirse con las matas de algas reseca
día en sus orejas V en s us dedos Y os d e_ es por el •viento y el sol.
•
que don Bruno cambiaba en el almacén e1s1m. Fuera parte' su nombre, su belleza y su lu¡o,
pú.tico don ürbano.
nada más pudo saberse ~e ella.
. ·rr
Su nombre, ella lo dijo. Su hermosura, con
Don I3ru no era i11acres1ble á preguntones, 'ºua1
mostrarse la pregonaba.
.
d
la vieja sefiora, parienta pobre a~aso, tal vez
Alta sin exa,1eracio11es, esbelta. sin ílacuzi, e dama de compaiiía. Esta senora iba con una
manos blanca~ y de pies SNl}Ofll~sefect~ enª~~! de las sirvientas á la compra cliaria. A s~ ~arB~
gracia y ma¡estad á la. vez. J _un 8 d anes ni andaban los pedidos y las cuentas menu a .
líneas, ni una afectación en :sus • em
l'd
graneles se ocupaba don l3runo. .
.
?
una mancha en su c11tif• de valencianas pa J e- 1as A uién diricrirse para hacer ave11guac1ones.
ces. Sus ojos eran verdes, profun~os, so~rreg~
,X lo~ criados/'También era inútil. ¿.l'~r gne los
¿ . dns de Laura conslituían en el gremio inverodos Por negras y torcidas pcsluñus • su na dz,
.
b'
modos
ramas
ecocna
,.,
•
griego ([ibu¡o; susbl1a ius, ccºmo la espuma de las simil. excepción?
á
·u
r "l ·, sus dientes, ancos {!
.á
S
oz
No Por otra causa m s senc1 a.
""
·
olas.
su piel tenia 1os refl e¡os del n e. ar. · u. v ·--

Ir:
1

,,..."

., .
' . '..

1
,.-

Los mecánicos eran alemanes y sólo hablaban
alemán; de los servidores, uno era también alemán, ingleses los reslanles.
Como en el pueblo nadie conocía estos idiomas-ni el maestro, que hablaba solamente frar1cés-, N:'Sulluba imposible todo lingüü;lico comerr-io cnl r e forasteros y aldeanos:
En íuerza de bondades y esplendideces se hizo
perdonar LauJ•a el misterio que rbdeaba á su persona.
Ya es conseguir en una aldea.
Téngnse e11 cuc11ta, á beneficio del milagro,
que Laura no regaLeó una cuenta jamás; que,
pur el servi&lt;:io más leve, duba un par de pesctu.s;
que no había chiquillo á quien no fériara golosinas, ni grande á quien se negara á proteger.
Socorría á lus pobres; era con los ricos cortés;
con todos generosa. Los mismos beatos no hincaban diente en ella. Cumplía con la Iglesia y había regalado mil pesetas al cura para que comprase un manto á la virgen. Después del regalo,
¡,qué bea ta iba ft traer á la donnnte en lenguas?
¡ 011eno se hubiese puesto el Padre! El podía no
comprar el manto; pero ¡permitir que murmurasen á la donadora! ¿Para cuándo las excomuniones?
. .
Gusl·aba Laura de pnséar junio nl Océano. Escalaba. las rocas, perseguía entre ellas los cangrejos; muchas veces se _descalzaba y remangándose IÍMlc1 mectin pierna, entraba agua adentro á
la ca pi ura de crustáceos, á la busca de percebes
y lapas.
Para sus paseos elegía los sitios solitarios.
En ,más de una o,casión pasó frente á la casuc.á 4e F.'ed(ín y_Iué á s.entarse, con un libro abierto ' enfre· llls manos, sobre la roca tapizada con
m.usgos, en el sitio dond13 la roca dibuja ancho
sfllón. de piedra.
Era este sillón el de Pedrín. Laura no ootor. baba en'tonces ·a i. mozo: el mozo fué á la ciudad

antes de venir ella. A compras y negocios del almacén le envió don Urbano. Quince días llevaba
por allá.
Otro capricho de la dama, que llamó la atenC'ión grandemente y fué mo1ivo de chismes, asombros y murmuraciones, fué su ·manera de bañarse.
No le placía ir al balneario á meterse en una
caseta y á snlir rorrienclo por In plnya pnra ser
espectáculo lascivo de hombres y chismorreo de
mujeres.
A ella le gustaba bai'iarse mar 11de'ntro, &lt;londe
el pie no halla fondo, doncle las olns son mont¡:if1as que oscilan y p11ciai1 s in romper, llla ndamente. Flolar sonre ellas, acostarse en ellas entornando los ojos, dejándose mcrer como en una
hamaca. Así es como ella quería dn r su cuerpo
á los besos del mar, no manchando la entrega
con salpicaduras fangosas.
·
Para conseguir su propó~ito había contratado
una lancha y mandado construir en su popa una
liendecita de campana.
Dentro de ella substituía el trnje usual por el
de b:ii'io. Airosa, gallarda, ceiiidu sub~ la rodilla
el corto pantalón, ajustmla la blusn, mol sujetos
sobre la nuca los cabellos, salía Laura de la
tienda, subía al borde de la ln11ehn, y, al agua,
á jugar con la espuma, .•á-"recostarse en el cojín
blando de las olas, á dejnr que una ola y otra
trajeran y llevaran su cnerro, rendido, entregado lánguidamente al abrnzo del mar.
A veces, sus manos se abrín n en el 11ire, su alto
per·ho se erguía sobre In monlai'ia verdosa, sus
cnbellos fle esparcían entre la espuma, y un grito
dulce que parecía un requerimiento de amor brotaba por los corales de su boca.
Llamaba á alguien entonces. Y si llamaba á
alguien, ¿á quién era? El nombre no se oía. Era
el grito indeterminado, coníuso.
Igual que con la voz, pasaba con el hermoso

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cuerpo; también sus lineas se €1Sfumaban, se oonfundían bajo las aguas
azulosas.
Sólo se veían, distintoo, en los labios de coral, la sonrisa, el relámpago acariciador en los grandes ojos oomereida.
VI

Fué en noche de luna cuando ocurrí? la 8 Parici6n.
Pedro llegó tarde de la ciudad, Y, sin defenerse en la aldea, hizo rumbo á
su casa.
Absorto en sus imaginaciones, pasó ~r frente á la marisma.
Había llovido hasta el obscurecer. J\~n
traía Pedro sobre los hombros el
impermeable de capucha y sobre las P1 mas las altas y ajustad8'8 botas de

�cuero. Ceüido el cuerpo por una guaynber a
azul y por una boina la cabeza, caminaba
bajo los rayos de la luna que, al aparecer sobre
~l horizonte, puso eu fuga á las nubes.
Luz de poesía y de misterio la del astro, daba
mística palidez al semblante del mozo, ensoñadora vaguedad á sus ojos azules, matices áureos
á los mechones de su pelo.
Dejó la marisma y entró en el encinar como
en una selva encantada.
Cada encina era un árbol de plata, cada rama
un joyel, cada hoja un colgante perlino. Polvo
de marfü parecían, cernidos por la:s hojas, los rayos lunares; las sombras se transparentaban; por
entre ellas se veía ir y venir fantasmas: eran arbustos balanceados por la brisa. Un ruiseñor trovó á su hembra, guardadora del nido.
Y fué por el encinar
por donde pasó ligero
á la infantina á buscar
el caballero.
Quería ser el primero
en llegar.
Así murmuró Pedro, recordando una vieja
trova, leída en la biblioteca del maestro. Y así,
imaginando ser el caballero buscador de la heI'mosa infanlina, atravesó el bosque de leyendas
y desembocó frente á los peñoles donde asentaba su casuca.
;-.;o fué á ella. '.'/i la luz que cabrilleaba en los
vidrios, ni la voz de su madre, que dentro de
la casa reía, llamaron su atención. Tomó por el
acantilado y puso pies en los arranques de la
peli.a alfombrada con musgos.
Desde su altura recorrió el panorama que enlucía el faro de la noche.
A sus espaldas, dibujándose enlre los vapores
de la ría, descubrió el ruinoso castillo, erguido
bravamente en la atmósfera, retando aún por
las bocas de sus almenas á la I ierra y al mar.
Junto al caslillo la casa de los Téllez, vuelta
acero por los reflejos de la luna, mostraba fierament.e el muro donde campea el Jforl; no c&lt;'[é.
l\lás arriba, la iglesia románica agujereaba el
cielo con sus lorres; servían de fondo á la resurreoción mediocva los Picos de Europa, las montali.as en cuyas crestas, mejor que en Covadonga, aebió e'rnpezar la Reconquista.
A la derecha de Pedro, las aguas limpias de
la ria avanzaban con marcha dormilinu, con
suave y franquilo rumor hasta tropezar con la
barra y encresparse contra ella y abrirse en
abrazos de espuma para entregarse al Océano.
A la derecha subía la montaña, esmalladn con
el verdor de las praderías, con los topacios del
maíz, con el plomo de las encinas y el bronce
de los manzaneros. Frcnle á ella aparecía el
mar, solitario, silencioso, como una rámara nupcial bajo el pabellón de los cielos á la luz del
astro cadáver.
Pedro, dando vuelta al ángulo que describe la
roca, buscó el sillón de piedra.
Recostada en él estaba la visión de sus ensoñares: la hija hermosa del mar.
Ella sólo podía ser la que se ofrecía á sus ojos,
con la. cabeza calda hacia atrás, la. cabellera
color de alga rastreando en la roca, y las verdes
pupilas fijas como retánrlola á competencias de
hermosura en la Uiana de los poetas.
Tal. como describen la hija del mar en la leyenda marinera f'ra. aquella mujer.
Su vestido blanco debió tejerse con espumas
del oleaje; su piel, con nácar de las marinas

caracolas; con parlículas de igual n§car sus
dienles, asomados á una sonrisa abierta sobre
los corales de la boca. De alga reseca era el
color de sus cabellos; robado al cóncavo de las
olas en-tempestad el color de sus ojos. Y luego
su voz, la canción que la. voz entonaba suspirando las notas:
Ven á mis brazos;
ven, que te espero;
ven. marinero;
vf'n, pescador.
- ¡. Quién soy·?-preguntas.
-Soy el amor.
Así cantaba la mujer. Las palabras, acompañadas por la música de las olas, subían al espacio, y se perdían poco á poco con dulce y suave
gradación.
-Es la hija del mar, la habitadora del palacio
que defienden los monstruos-murmuró Pedro,
avanzando hacia la mujer.
Al ruido de los pasos ést.a se alzó, prorrumpiendo en un grito.
Pedro, al verla en pie, al abarcar de un solo
golpe aquella prodigiosa hermosura, cerró los
párpados, miedoso de cegar. Sin abrirlos permaneció, inmóvil, con las manos juntas, en súplica
y en oración.
Cuando quiso mirar, la imagen había desaparecido.
A Pedro no se le ocurrió volver sobre sus
pasos y perseguir á la aparecida por el camino
de la aldea, por el único que pudo seguir.
Corrió hacia el borde de la roca, registró el mar
con la vista. En el fondo iba y venía un blanco
luminoso.
Era un rayo de luna. A Pedro se le antojó un
encaje de la túnica con que la hija del mar adornaba su cuerpo.
Por entre las aguas huyó la hija del mar. ¿ Qué
otro camino podía ser el suyo? A su palacio descendió; allí eslaba, dormida, como perla que rra,
en el hueco de una concha lapizada con a1gas.
Fuera del palacio rondaban los terribles monslruos guardianes.

1

VII

Supo al otro día el romántico monlniiés lo que
no pudo saber anles por motivos de ausencia.
Durante su viaje á la ciudad arribó á la aldea
de Laura. Don l'rbano le dijo cómo había llegado y cómo vivía en el palacio de los Téllez,
sin que nadie supiera á ciencia cierla quién
fuese y qué razones la tenían como desterrada
en aquel rinrón dr la casia.
-Por cierto-al1adió don Urbano-que anoche,
según doña Luisa, la St&gt;l1ora vieja que la acompaiia, se llevó doña Laura un susto mayúsculo.
Parece ser que estaba sen tuclá en la roca de
junto al la11goslcro, cuando se le apareció un .
hombre haciendo tan extrafios vis.ajes y · di- .
ciendo cosas tan extraflas, que lomó espanto y
apretó á correr. Creyó habérselas con un loco.
Por la cuenta, el loco hns sido tú. En lo de hacer
visajes y decir cosas estupendas no hay quien
te aventaje en el mundo.
- Yo fui-contestó Pedro.
La hija del mar se defivanecía ·olr-a.-'Vei eri'lar
realidad ; pero quedaba una hermosa mujer, toda
misterios, y quedaba en Pedro la obligación de
disculparse con ella por el sobresa!lo que la proporcionó.

•

r r

Buscó ocasión de hacerlo y hubo de hallarla aldea único para s~guir discretamente un diáel día mismo, bajo los eucaliptos que embalsa- logo y guardará una sef\ora aquellas atenciones
man un monte próximo á la aldea. Laura estaba que saben llegar al rendimiento, sin locar en la
allí, y allí condujeron á Pedro sus vagares.
servidumbre, y á la galantería, sin echar el resYa no era blanco el traje que llevaba la dama; pelo abajo.
•
azul era, de un azul sombrío, plomizo, semejante
¿Qué otro amigo podía encontrar en la aldea
ul del Océano en las calmas precursoras de sino el mozo de ojos azules y de cabellos rubios?
lempestad; un sombrerillo de paja cubría su Simpático, instruido, un mucho soñador y unas
cabeza; por detrás de él trepaba ondulando la miajas poeta, era solo en aquellos lugares para
cabellera de algas. Había lomado asiento en un tratoo de mujer educada y á las veces fantaseatronco roto por la centella y sr entretenía en clo:a como él y como él dispuesta á viaja)' por
hacer rayas sobre el césped con el regalón de la paises de ensuefío.
sombrilla.
Xo rebasaba por esto loo límites de la simGorra en mano, lle[.!óse Pedro á saludarla.
patía el afecto que hacia Pedro sentía Laura.
-Perdone usted, sei'iora-dijo-. A los objetos Distraíale su conversación; agradábanle sus maele merecer otro perdón obedece este que re- neras y su porte; Je interesaban el contrasentido
clamo.
existente entre su procedencia humilde y su conEl lenguaje del mozo y su simpática figura lla- tinente sei'íoril. Acaso llegó á sus oídos la histomaron la atención de Laura, quien, poniendo en ria del pintor, y la historia se lo hizo más simél sus ojos verdes y sonriéndose afablemente, pático. Pero de ahí no pasaba.
repuso:
En él sí; en él fué el afecto recorriendo todas
-No merece perdón un saludo. Dígame por las escalas amorosas hasta com·ertirse en delirio, en pasión desapoderada y frenética.
qué otra rnzón lo solicita.
Lógico era que acaeciera así.
-Yo, sei'iora, soy el mrntecato que anoche,
Aquella mujer hermosa, elegante, distinta á
cuando estaba usted en la roca de la hija del mar,
las que trató siempre, igual á las ensoi'í11das destuve el mal gusto de asustarla.
pués de sus lectoras y románticas imaginaciones,
-¡Usted! ...
había de cautivar su espíritu.
-Yo.
Después la forma misteriosa con que llegó á
-La verdad es que surgió usted tan de re})('nte, y fué tan rara su actitud, que le creí un la aldea, el no saberse á punto fijo de dónde venía, quién era, ni qué razón la hizo á ella, gran
aparecido.
-Una aparición fué usted para mí. Por eso dama, buscar ó cárcel ó retiro en un lugarejo
monimiés, servían de espolique á las ansias del
mi actitud, mis palabras ...
-¡Já, já!-contestó ella-. ¡Aparecida yo! ... joYen.
Si no la hija del mar, la criatura habitante en
No pensé tener hechuras de espectro ni aparienpalocio de nácar y de perlas, la matadora implacias de santa.
cable de hombres, era Laura ser de misterio,
-Pero tiene usted gran srmejanza con la hija resurrerción
plástica. de las heroínas novelescas,
del mar, según la pinla la leyenda.
aparirión romtml ica surgida de noche, romo por
-¡. La hiia del mur? ¿Alguna tradición?
. conjuro ó •mcantamiento, en la morada de los
-Sí, señora.
A inslanrios de Lanra rrpitió el mozo la le- Téllez.
sabe si por cnsligo ó por venganza
yenda. Parte por la leyenda misma, pnrte por de ¡ Qnién
algún poderoso vino fonada á rel'lniri.e en
el entusiasmo con qne el mozo la refrría, ovóla 11q11ella
YiYien&lt;ln! ... ¡Qnién sabe si llorfrndo amarL&lt;1ura con grave atención, en algunos pas·ajes
paseaba los sef\oriales nposenlos!. .. ¡Quién
ron entusiasmo, como si viviera el cuenlo po- guras
sabe si en ellos aguardaba la presencia de urt
pular.
liberludor ! ...
- ¡ Hermosa, mny hermosa leyenda! - dijo
l\lil veres pensó esto y mil veces, pensando en
ruando ella lerminó-. Ya quisieran muchos poe- e,,lo, rondó á las altas horas el solar de los Tétas haber imaginado una por el estilo. Pero, en llez, puesta la mirada en e_l heráldico blasón y en
ftn-añndió-, fuera parte el sitio donde yo me el mote gallardo.
cnconlraba, uo creo tener semejanza alguna con
Ni con palabras, ni con actos, dió el mozo á la
esa hiia del mar.
joven noticia de- su enamoramiento. ¿Por qné ni
-Muchas tiene usted. Como los de ella son para qué? El hijo de unos pesradores no tenia
sus ojos, sns cabellos como los de ella son; es- derecho á hablar de amor á tma gran señora.
toy por decir que de una misma rama de corales 13astante hacía ella con otorgarle su amistad. En
se lnbraron los labios de ella v los de usted.
el alma de él quedaría para siempre el secreto.
-Gracias por la lisonja. SirÍ duda es usted foEso decía; pero el secreto- guardado por los larastero.
bios se le escapaba por los ojos. Laura lo cono-No. seiiora. Soy aldeano.
ció, y cuando los ojos azules del mozo se fija-¡Aldeano con esa figura y con ese lenguaje!, .. bn nen ella adoradores, supli&lt;'anles, había en los
-Alde1rno; hiio de una pescadora Rldeana. He ojos verdes de Laura un relámpago de piedad.
tenido desde chicuelo afición á estudiar, ansias
de ser algo que no soy, que, desgraciadamente,
VIII
no seré nnnca ... Y ahora, le repito que me perdone, y me utiro para no molestarla.
Bajo los rayos matutinos camina la barca. Ten-¡Perdonarle! ... No huy causa. El susto de rlida en uno ele los banros mirA Lnura el ir.y
ono&lt;'he me proporciona el plarer oe su trato. venir de las gaviotas. Frente á ella hojea su anFrecuente usted el mio; no abrigue temores;
ciana compRi'\era un libro. Desde la roca alfomsoy buena persona, incapaz de matar á nadie. brada con musgos sigue Pedro el viaje de la emAdiós, amigo, hasta cuando quiera.
barcRción.
¡Incapaz de matar! ... Mttl herido de amor salió
Por la abertura de la tiendecita de campaña
Pedro de la entrevista. Y más fué la herida en- se ven todos los arreos de baJio. El traje azul
conándose según que sus relaciones amistosas prusia, la graciosa cofia de goma, la sábana turcon Laura tomaron mayor intimidad.
ca, la tina de 11gua dulce, la esponja, los peines y
Gustaba ella de hablar con Pedro por ser en la loo frascos de aguat&gt; de olor.

�el abundante cabello, era como fruto en sazón
ofreciéndose á los picotazos de un pájaro goloso.
Tras la cabeza surgió el cuerpo gentil, la maravillosa estatua de carne, mostrando por los
remates del trajeci!Jo azul la codiciable desnudez de brazos y piernas, de hombros y garganta.
Todas aquellas desnudeces, levemente teñidas

de las ondas, Laura, distraída en sus ensueños,
cayó en la vaciante.
Cuando los de la lancha quisieron avisar, ya
Laura, absorbida ppr el reflujo, era arrastrada
hacia las rocas.
Allí todo el mar es violencia, todo furioso encrespamiento, todo puntas rocáceas · pronta,s á
apuñalar. Quien da allí se apro-xima á la muerte.

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-Buen •día nos hace, Gaspar-dice al manne
.
ro 1a anciana.
-:-No es ma_Io-responde éste--; mejor está
::[r1ba que abaJo; un poco de mar de fondo hailo·
d e;ipeza~ que se empiece, la vaciante "ª á tiral
ti:n/roe. don a~ora las mareas vivas y esta ría
s emomoo en la arena.
-¿Lo. dices por la hija del mar?-pregunta
L aura r1~ndo á carcajadas.
re;::~º digo
tant-0 de que cuando dice la may ~llá/ºY·, _pocos nadadores saben sesgarla
11
dur!ºfr
la onlla; pocas lanchas, cuando viene
h b a mar, pu~den, por muchos que sean los
om rets Y por bien que remen hacer á la ma
rea con ra.
'
·
-¡ Bah! Exageraciones.
-Verdades, señ.orita.
N -¿Q~ieres decir que debo suspender el bañ.o?
ad? bien Y, como miedosa, no lo soy.
· · ··
-, Tanto que no bafiarse!. .. A la cuenta yend
al rem_a1:1s0, por mucho que tire la ma~ea n -O
1:1ay cmd1ao. Tal es el remanso que, en las ~ar;
~got:r lancha que entra en él lancha -salva
s e una yez ha ootao en él la mía como e~
~na balsa, mientras tóa la mar era un hervidero
t e es~umas. En el remanso pué usté bañarse sin
emor, alueg-0 tomamos al ras suyo, y la vaciante

éf

se queda con cuatro palmos de narices Ahor
que no yale sahse del remanso y dirse pa la ro a,
ls~rhi~~i~~l ~~\fque~lo et s malo; nadador
mideros
va.cian e escape de los su-

i:

~!

camtfa~s d~ªr~!ª;:a~e e~l r!~~ns:?io ~~~o !ª;ta
laredénl11cdo, ~~ucía Soy buena muchacha. n~ vi~
l
a consigna.
'
S?llm-iente y gallarda metióse Laura en la tien
deci a, cerrándola tras ella
·
¡Mañana hermosa del Agosto!. .. Como una as
~~f-c1!1tiaJraebspalasndelcía el sol. Desde los azul~
.
u uz en escala de rayos. t
d1da ~ar~ía á los anhelares de un místioo Su:~~
era . e aire; á sus impulsos se rizaban ias on-

ti;•c~\~1~~~ i1e
i~:~o,

g~~~~f•1~º~~~t~ ~~

f~~d:e~~T
.,,man Junto á él sus bloques esmeralda El barsueltos lo~ remQ1l y caídos los br~zos sila:
a U!Ja canción; la vieja señora leía En la
~~cPetJf;_zada con musgos se dibujaba la· silueta

Laura apareció sacando la cabeza por entre la
1ona que sus manos breves descorrían
l ~ente la boca, atrevidos los ojos encendida
a ez y repretada. la gorrilla d,e g~ma contra

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~~:sl!!!ll¡ao--a;¡aa.;._

Allí se iba acercando Laura sin que el remero,
en rosa, se erizaban en granillos dorados al roce
temeroso de estrellar su barca en las peíías y
de la brisa.
.
En pie Laura sobre la borda, cimbreó gracio- de sucumbir él, se atreviera á ir en su socorro,
samente el cuerpo, se inclinó hacia el mar, an- sin que los gritos de la anciana sirviesen más
guló los brazos por encima de la cabeza, dejóse que á poner espanto en el corazón de la nadacaer y partió las aguas, desapareciendo bajo ellas dora.
En vano ésta braoeaba para ir sesgando la
para reaparecer á los diez metros sacudiendo la
cabellera de algas. Lentamente fué cortando las corriente y volver al remanso. Eran muy débiles
ondas. A poco rato se dejó caer pecho arriba en sus hermosos brazos de mujer para reñir con el
.
ellas, como en una cama nupcial. A medio abrir Océano y alcanzar la victoria.
Y llegaron el tironazo decisivo y el oofuerzo
los ojos, á medio dibujar la sonrisa, en cruz los
brazos, el pecho tremante, era la esposa aguar- postrero. La hermosa mujer fué vencida. Arrastrada por la corriente penetró en el ancho circo
dando al amado.
de rocas, en el trágico abismo, en los dominios
········································································ asesinos de la hija del Océano.
El barq_uero dormía en proa, haciendo de las
Pedro, que vió llegar á Laura envuelta por las
manos co¡ín; la dama leía con profunda atención;
olas, no dudó. Despojándose de aquellas prenpor junto al remanso gruñía la marea.
Sin que los de la lancha pudieran advertirlo, das que podían estorbar sus acciones, saltó desde
sin intervención voluntaria, por manso empuje la roca y, peleando á brazazo limpio con el mar,

�haciendo c.ara á la corriente, llegó donde Laura,
de Laura esquivando sus invitaciones, provencidu, su1 defensa posible, giruba y regiruba jarse
cura~do .no encoutrarse con ella; huyéndola en
entre remulii,os siniestros.
para seguirla ocultamente y poseerla
-¡Auimu!-griló lJedro-. ¡Aquí estoy yo!. .. apanenc1.a
con los o¡os y llamarla suya con los labios cerraQuédese quieltt y no me estorbe.•
de par en par abierta.
Agar~ó por el sobaco á Laura, y con un solo dos y elvióalma
aquel amor, ella peuetró la grandeza
brazo libre, allo el pecho, arrogantes los ojos, deElla
aquel amor; ella supo, sin que el joven hapresentó batalla á la mar.
q~e por un minuto de amor correspondido
Fué homérica la lucha. El mar defendía su pre- blara,
el ¡oven todos los minutos que le restaban
sa; el hombre peleaba por arrancársela, cuerpo ádiera
vivir.
á cuerpo, ue poder á poder.
Lo
supo, lo. sabía.
Tan pronto desaparecía con Laura bajo un
Al
repetirse
mentalmente que lo sabía, las pumonte de espuma como reaparecía por un boque- pilas esmeralda
de Laura se clavaban en el este ru~idor ó topaba con las garras pétreas de pacio
como un interrogante.
un peuón pronto á destrozarles. Aquí les golpeaba una ola, allí olra los tapaba, otra más lejos
los alzaba en el aire para oejarles caer en concavidades sin fiu.
X
Y trus la ola con su pelea franca, el remolino
con. .su tra,cwnero pelear, la espiral de la hoya
-¿No comprende usted que es locura?
cog1e11dolus de _prunlu, u11iéu&lt;.10:;.e á eUu.s !:Jara
-Lo será; pero no hay razón que me quite de
hrur el.e ellos é irlos !rugando poco á poco línea realizarla.
á linea, hasta no dejar rastro.
'
-¿Acaso le ama usted?
Fué bárbara la pelea entre el hombre y el
-¡Amarle!. .. Bien sabe usted, Lucía, que mi
Océano. El hombre triunfó.
amor sólo á uno pertenece.
- Entonces ...
Con decisivo brazazo de titán ganó Pedro un
-No olvide que soy artista y que soy mujer.
rei:i:1anso y llegó con Laura hasta la playa de
gmJarros.
A la mujer la enorgullece ser tan noblemente queEn ella quedó Laura tendida.
rida. Quien satisfaC&lt;! nuestro orgullo, cerca de poSu cab~za se apoyaba en una rodilla de Pedro. seernos anda. A la artista... Todo en él predispoEste, pálido, ~horreante d.e agua, de sangre y de ne á la simpatía de una artista. Es bello y de
sudor, s011re1a con sonrisa triunfal· su mirar alma ensofiadora ... Los ensofiadores se encuentodo amores caía como un beso de l~z sobre el tran. El me ha dicho que soy para sus sueñ.os
rostn;¡ de la desmayada mujer.
trasunto de esa hija del mar habitadora de la
roca. Acaso desde la noche en que me aparecí
á sus ojos en el asiento poético de musgo, no
trasunto, la propia hija del mar vengo siendo
IX
para él. ¿Por qué no realizar el ensuei10 de ese
pebedora á !='.edro de la vida, Laura quiso pre- hombre? Una sola noche de amor concede la hija
del mar á sus queredorcs. Luego ...
miarle, couced1é11dole más amistosa intimidad
-La muerte.
haciéndole compuüero de sus excursiones, sen~
-Acaso. Pero una noche de amor, ¿ no puede
tándole á su mesa, pagándole con afecto sincero
la deuda que contrajo con él.
valer toda una vida? Llámeme usted loca, si
Conocía al joven de sobra para tratar de pa- quiere. El necesita esa noche de amor. Yo se
garle con presentes más ó menos valiosos. Uno la daré.
-¿Para qué?
le hizo en recuerdo material de su hazafia. El lo
-Para dársela. Para pagar mi deuda.
cogió temblando; más pálido estaba al recibirlo
que cuando la salvó.
-¿ Y si la contrae más grande aún?
Era un retrato aquel recuerdo.
-¡ Bah!. .. No se muere de un gran amor per.En e~ aparecía Laura vistiendo vaporosa tú- dido. De él y para él se vive. Aiíos hace que yo
mea gnega que descendía hasta sus pies desde estoy viviendo de un amor que perdí.
el arranque de los desnudos hombros· un artísti-¡ Loca, más que loca! Una noche de amor;
co ceñidor sujetaba contra la cintura la tela. Suel- ¿y después?
-¡ Después! ...
to el pelo, coronada de flores erguíase la divina
cabeza; sobre eJla se elevaban los brazos desnudos, sosteniendo una guirnalda con ros~s en
-Pedro-dijo Laura, inclinándose al oído del
capullo tejida; rosas adornaban su pecho; de joven- , á media noche esté usted en la roca de
rosas eran los brazaletes que rodeaban sus mu- la hija del mar.
ñ.ecas.
-Laura...
En el fondo de la fotografía se abocetaba el al- No pregunte. Irá usted.
-Iré;
tar de Venus. La diosa del Amor dormía en su
concha de nácar.
Al pie del retrato puso Laura esta dedicatoria:
«A su salvador. La hija del mar.»
XI
¡La hija del mar!. .. Abrazado á ella salió Pedro
de entre las olas. La salvó de la muerte abraI\oche sin luna fué, esclarecida por los astros
zándola y muerte fué el abrazo para él, muerte temblantes en la atmósfera. En el tranquilo mar
de amor.
apenas se movían las olas; cuchicheo amoroso
Amarla era ir.revocable destino, condena per- era su romper en la playa.
petua de Pedro. Amarla, guardando ahora más
Son.aban las doce cuando el joven llegó al anque nunca el triste secreto de su amor. Decirlo cho asiento natural que construye la roca.
antes fuera atrevimiento no más; decirlo ahora
Medio tendida en él encontrábase Laura.
fuera como presentar un recibo usurario, como
Un vestido azul pálido ceñía las líneas de su
pretender cobrar con réditos el precio de la exis- cuerpo; la cabellera de algas descendía sobre
tencia que salvó.
su nuca; tres vueltas de corales contorneaban
Nada, por consiguiente, dijo; hasta procuró ale- su garganta; dos perlas negras traía por pen-

dientes por adorno de sus ca.brllos ancha peincja. de curcy; sus ojos venles ~sta~an puestos
eii ef rnar; ,;u boca sonreía al silencw.
-Lauro....

--No hay que pronunciar ese nom~re; no es
.hora esta dr rralidncles. ~ledia noche de ensueño¡¡ es. Ensoñemos juntos. Yo soy
la hija del mar. Tú el amante que,
por amor de la hija del mar, desafía á la muerte. ¿Verdad que tú
me amas así? ¿Verdad que me
darías la existencia por un abrazo
mío? Desde la noche que me viste
Jo. solicitas con los ojos. Pidiéndolo con el temblor de tus dedos sobre la piel, me salvaste la vida.
l\leclia noche es de ensueilos. Va•
mm; á so,-1ar juntos.
Y f11é allí. bnjo el delo e.o;trellado, sobre In ro&lt;'a tapizada &lt;'Oíl
mus,ros, 111 ·nhueten1 1 a por las ul:'s
y por· la !)risa, donde la leyenda
se convirlió en renlídad; donde la
hija del mar ciñó con sus brazos
al hijo de los hombres; donde la
poética entrega se hizo carne de
amor.
Parpadeantes las estrellas, temblorosas de envidia contemplaron
la nupcia; el Océano la cantó; la
brisa recogió, para transportarlo
á los pies de Venus, el aliento de
los amadores; besos y voces de
ellos subían como incienso al espacio; los crujires sordos de las
rocéis eran suspiros de placer;
hasta el lecho de musgo llegaban
Jos gor¡eos con que en el encinar
trovaba el ruiseiior á su hembra,
guardadora del nido ................... .

Dobló Pedro la esquina y desembocó frente l\l
. ,palacio plaleresco.
. .
r
Ccrrauas halló sus ventanas y puertas. No era
est il 'n c·11st 11rn l&gt;re. ¿ Qué pouía ocurrir para tan
·absurdo re"lurdo'?
La mano temblorosa de Pedro se. aferró al

..·~HM. ·a.~.i~t~. ei ·¡;r;;;{é~~·-· ·E~· ~i

gusto. La leyenda debe seguir
hasta que la aurora noo traiga la
realidad. Jura que no hará.s por
seguirme, por mirRrme partir. Es
preciso que lo jures y lo hagas.
-Te lo juro, y lo haré.
-Adiós.
-Adiós ahora. ¿Y mafiana? ...
-¡Mañana!... Cuando quieras
ve mafia.na al solar de los Téllez.

~

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.

XII
~__,,_},¡;;~~
Más temprano que de costumbre- fué Pedro á casa de los TéHez mordisqueándose los laJJIOS para saborear los aldabón de bronce, cuando otra mano le de-bes~s que Laura puso en ellos. Rep~tidos iban tuvo.
á ser, jnnto á las ojivas esbeltas, b"a¡o las cua- · Pertene&lt;:ía· ella á don Urbano.
-No llames- dijo el comerciante...:.... Es inútil.
les triunfaba la corona ducal y campeaba el mote
El pájaro voló.
fanfarrón.
-¿Qué? ...
l\euliund se hizo en la media noche la leyenda
-Fuése como vino. Sin que ninguno lo _pende •la hija del mar, sobre. el amplísimo sil~ún
lapizado con musgos; real iba á hacerse la o, rtt sara. Peor aún que vino se fué. I;,legar la -y1mos.
leyenda, la de la caslellana hermosa y el pasa- malamente. Marchar no hubo qmenes la vieran.
jero trovador, en aquellas estancias donde flo• Ni que fuesen personajes de fantasía;
-Pero ¿ qué dice usted?... ¡ Expllquese, por
taba la sombra de diez siglos.
··
Laura, su Laura, porque ya era suya, porque Dios! ...
-Pues, hijo, que esta madrugada, sobre las
·suya sería siempre, le aguardaria en el camarín
gótico medio tendida sobre los paños árabes, tres y media, oyeron, los que lo oyeron1 ó l~s
fraído~ por un Téllez de la conquista de Granada. que dicen que lo oyeron, ¡ vete á averiguar.,
Acaso no eslaría allí; acaso, impaciente por et ¡ taf ! ¡ taf ! de los automóviles. Que el maverle le esperuría en 111 antecámara, entre las yordomo, ó Jo que sea, ha dejado en la fonda
férre;s armaduras, y las armas lucientes, y los una carla con las llaves de la finca para el pr~tapices rapiilados en J3reda por otro Téllez, com- pietario; y que todos se. han hecho noche, sm
decir «pásenlo ustedes bien"· Del mal en menos
paii.ero de Spínola:
' ·

�XI\"

que no dejaron picos á pagar. De la casa, aún
les -sobre un mes: de un billete que en el almacén me entregaron para cobrarme de una
cuenta, treinta y ocho pesetM &lt;:on seis céntimos.
- Pero ¿ habla usted de veras?
- ¡Ta, ta, ta!. .. Corno te lo digo. ¡Volaverunt!...
Pa mi que no eran cosa de este mundo.
Recostado contra la pared, clavándose las ufias
en las palmas nerviosas de las manos, oía Pedro
al oornerciante.
-Sombras eran-grufió éste.
-¡ Sombras !...-repitió Pedro-. ¡Sombras!
¿ Dónde hallarlas? ...

I

,,
,

~

fI

la entrante donde ondularon sus caderas. En esta
saliente del musgo apoyó su cabeza.; por esa
arista se destrenzaron sus cabellos ...
Todo fué allí, y ya nada era; nada podría
nunca ser.
Mujer de leyenda, criatura real, hija del mar
ó de los hombres, Laura desaparecía para siempre. Poco importaba que desapareciese bajo las
olas ó que se perdiera en el mundo.
Lo cierto es que ya no volvería.. Abrazo asesino
fué el suyo. Corno el de la hija del mar, traía la
muerte aparejada. Gozado una vez ó gozarlo
siempre ó morir. Ser arrastrado al fondo de las
aguas ó al abismo de la separación ; ¿ qué más

,,.
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j/".
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--~---.
~

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.,,....,.,

. ..

-¡ Sí es buena comisión! ¿Dónde encontrar
seres del otro mundo? Habría que buscarlos allí.
-Cierto-murmuró el joven.
Y añadió, separándose de don Urbano:
-Si ese es su mundo, no tardaré mucho en
encontrarla.
XIII

Dejó llegar la media noche.
Noche era tambien estrellada, de mar tranquilo, de aire suave, de poética soledad.
Pedro abandonó cautelosamente su &lt;:aSuca y
echó á andar, con los pies descalzos, por la roca
lapizada con musgos.
Llegó frente al sillón de piedra y tomó asiento
en él, recorriéndolo con las manos, tanteando con
sus dedos los sitios ocupados por ella en la media noche anterior. Los dedos se crispaban dolorosamente en el reborde donde apoyó su nuca,
en el hoyo donde descansaron sus hombros, en

.

daba? Peores monstruos que los pulpos gigantes
y las formidables arafl.otas eran desengafio y
ausencia. Aquéllos sorben la sangre y pulverizan los huesos; éstos machacan la esperanza
y tragan la dicha.. Muerte J!Or muerte, es más
generosa la que brinda Ia hija del mar.
Pedro no vaciló. Tranquilo, sonriente, murmurando el nombre de Laura, llegó á la punta c1e
la roca y se dejó caer silendoso, sin un gesto, sin
una voz.
Pero si no su voz, otra voz vibró en el aire
con angustia:
-t Pedro!. .. ¿Qué haces? ... ¡Pedro!-gritaba
aquella voz.
-Era la madre. Oyó salir á su hijo, y temerosa, por presentimiento invencible, le siguió,
le observó, le vió cuando se lanzaba al Océano,
con cruzamiento suicida de brazos.
- ¡ Adiós, madre!... ¡ Adiós !-dijo Pedro.
-¡ Adiós, no! ...-respondió la mujer-. ¿ Quieres irte solo? ... ¡ No le irás! ... Soy buena nadadora, Pedro. ¡ O te salvo ó me voy contigo!. ..

Yo-dijo C'l viejo nrn,..slro dP_ la csrueln al:
cleana -podía morir; 1wro 11&lt;,• po&lt;ha de¡ar qu~ m1
buena madre muriese. Porque ella no muriera,
\'ÍVÍ.

- ,\hí tiene usted mi hi,doria afia&lt;hú-. Ese
rs mi idilio; el idilio ele aquel Pedrin, hoy ~arslro
de escuela, humilde e11,;ci11dor &lt;I•• rn:irmenllos

rrbrhle.-;. :\'ada ,¡uecln de cntonees. 1ligo mnl.
Queda rsto.
.
.
Sus nrn11os tc1nblorosas &lt;1bneron un rn¡ón del
armar:o, y pu::;if'roll fr-cnle á mis oj?:-- el _retrato
de 1111a mujPr r&lt;irornt1la &lt;11• flores. eu¡oye&lt;'ldn. eon
perlas ,. corales.
- Esia &lt;'S la hija ele! mur-murmuró n,n voz
dulce el anciano.
Aún huho e11 sIIs 1,j, s 11:1 ru~·o clr pasiún: nún
ruveron sus miradas Robre el retralo, como un
beso de luz...

�t

~~~€-t_C_u_c_n_t_o_S_¡manal
~

fl Cuento ·Semanal

30 céntimos

REVISTA ILUSTRADA

Redacción

Administración, Fuenc arral. 90.
NÚMEROS

,.• Jacinto Octavio Picón: Dumcanto.
a.• Jacinto Benavente: La sonrisa de GiocQt1dti,
3.• Cregorio '.\l artínez Sierra: Aventura,
4.• E&lt;luanlo Zamacois: La cita.
5. • Salvador Rueda: la guit,Jrra.
6. • Antonio Z.ozaya: La maldita culpa,
7.• Emilia Parrfo Bazáo: C,uia uno ...
8! Joaquin Dicen ta: Una ktra de cambi'o.
9: Velipe Trigo: Reveúulor«-4.
to, José f-"rancés: El alma via era.
1 1. E,luarclo :i.t arquina: La carm,ana.
r2. Juan Pére ~ Zt'tñiga: La Soltdad thl campo.
l J, Petlro de: k~µi&lt;le: Dtl RaJtro á Maravillas.
14., Manuel Rueno: Gu,♦lkrmo tl aja.nOn,u:lo.
15. Manut:I Linares Rivas: La esj&gt;uma tlelcltampagne.
16. Pedro :\lata: Ni amor ni arte.
t¡. Amado Nervo: Un sue,ú,,
18. Alcjancl ro Sawa: Historia tú una reü1n.
19. F. \'ilJacsµesa: El miLtgro d, las rouu.
20. S. y J. Álvarez Quintero: La 11u:dredta,
21. Sinesio Delgado: El.fin de una 4rnula.
23. E. Ramírez-Ángel: Dt corazón en corazón,
23. A. Larrubiera: La conqr,úta dtl iándtilo
24-. Mauricio López-Roberts: LaJ Trt, Rriua.s,
25. C.:010 10 bine: El tuoro del CtUtil/.o
26. F. Serrano de la Pedrosa: ;Por malas.
27. Pablo Parellada: Pom)a, d, a/nin.
28. Ramón Pérez de Ayala: Artemisa.
29. i1anuel Ugarte: La leyem/.,_, tÜlgauclt.o.
30. Mariano Vallejo: D11,dajagada.
3 1, Arturo Reyes: La Moruchita.
3:i. Ángel Guerra: Al «j'allo».
33, Rafael Leyda: Sanüficará.s lasfiestas,
34. Cristóbal de Castro: Luna, Lunera.•.
35. R icar&lt;lo J. Catarineu: Alma.1 errantes.
30. Francisco F. Villegas (Zeda): Conftswn.
37. Clandio Frollo: Cómo murió Arriag-a.
38. Antonio Palomero: Don Claud·io.
39. Pum pe yo Gener: (Jltünos momentos de Mi"gutl Servet,
40. Carlos Luis de Cuenca: Lo que ,on la, cosas.
4 1, J. López Pinillos: Frente al mar.
4:i. Blanca de los Rios: Las hijas de do11. Juan.
43. Julio Camba: El destierro.
44. ~ligue] Sawa: La 1.Wuiú&amp;a.
45. Luis Bello: El &amp;oruón de jesús.
46. J. l-'errándiz: El «Die.s irtu• de Sa11 Hubtrto.
47. A. R. Bonnat: Un ltomDre uri'o.
48. Alberto lns(1a: La.rs11UJrita.1.
49 J. M! Salaverría: El litera.to.
50. Apeles ~les tres: La es¡ada.
5r. 81:.tnro-Belmonte: La ciencia tkl dolor,
52. Rafael Salillas: Quiero str santo.
53. NúM.ERO-ALldANAQU1': Del &amp;ami1101 por Joaquín Dicenta.
Precio: so &amp;lntimo.r.
54. Manuel Linares Rivas: Un fitl amador ...
55. Antonio Zozaya: CJm&lt;,, deli11que1' loJ vit¡O.r.
56. Eduardo Marquina: «La Muutra».
57. Arturo Gómez-Lobo: La senda estiril.
58 Sinesio L&gt;clgado: Esjiritu ;uro.
59. Pedro de Répide: El solar d, la /Jokra.
60. Eduardo Zamacois: El Collar.
61. J. P'rancés: Mi11ttrM las horas duermen.
63, Gabriel )tiró: tVómada.
63, Ramóo A. Urbaof&gt;: El óaróero del u.sla.
64. Pascual Santacruz: Nabina obliga.
65. José M. • M atheu: lln 6onito negocio.
66. Leonardo Sherif: los &amp;Ntrno.r d e la luna.
67. Francisco~-. Villegas (Zeda): Lajáórita.
68. Blanca de los Ríos: Madrid goyesco.
69. l'elipo Sassone: Vimd, la .,;da.
70 y 7 1. Benito Pérez Galdós: G1rona.
72. Jacinto Octavio Picón: /Uvnles.
73. G . Martínez Sierra: To,.,-1 tú marfit.
74. A. Hcrnárirlc.z-Catá: Elj1eado original.
75. A r tim,Reyes: El Niño de los Cair,lts.
76. F . Garcia-Sancbiz: Hútoria romántica.
77 . Felipe Trigo: El gran simjáli&amp;o.
78. Ramón M. Tenreiro: Eml&gt;ru1amz't,ito.
79 Cristóbal de Castro: Las insadaólu.
So. Joaquín Diccnta: La gaMnia.
8 1, C..olombine: Snidcro.rtU vida.
82. SaJvacior Ruerla: El ;oema de lo.r ojo.t.
83. J osé Santos Chocano: La cruzy ti sol.
84, Claudio Frollo: Las cuairo m ujeru.

-.-

MADRID

PUBL [ OADOS
Ecluardo ~íarquina: Conula sinitura ...
~Jau ricio López•Roberts: En la cu,,rt,, pr,ma.
A. Zozaya: La pririu~ita de Pan;, Afie/ .
Peri ro &lt;le R pi&lt;le: ,Voclu perdida.
~lanud Ugarte: La sombrad" la ffuulr,.
P echo )lata: Cuesta aóaio.
F. Serrano cie la Perlrosa: El «.Em¡,u,wri,.
J oaquín l&gt;i..:enta: G,,ler11a.
93. J . Be na vente: Nuevo coloquio de l&lt;H perroJ.
94. A . '.\lartínez Olmedilla: Por dJnde vine /,, dicka.
95. Conclcsa &lt;le Par&lt;lo Bazán: Atlnuü la 11e-rdad.
96. J . Ortiz de Pinerlo: La didta lmmitde.
97. Erluar&lt;lo Zamacois: E . }rtralltico.
98, Felipe Trigo: L,i.s Pos,td,u del Amor.
99. J, :\l.• S;i. la verría: Ahwdo su6terrá1ttO,
100. A. llu111.:ilc1.-Blanco: U,i amor de provi,lf.·tll
101. J . Lóµez Pinillos: Lo, ettemi'gos.
10:i. Antonio Zuzaya: La baln fría.
103. Con&lt;tcs.a &lt;le Parrlo Bazán: Btklbú.
104. Juan Pérez Z1H1iga: El cocodrilo az"l .
105, )lanncl llueno: El b,!Q,, dt Aquik.r.
1o6. Enrique López Alarcón: la Cruz tul C,triiw
107, J. Téllcz y Lóµci: A-/Jitu admiral,i'tis.
108. R. Urhano: La .Vrmta Fe.
109. F. f-''lores García: El P,u/rino.
1 10. G. )1 artíncz Sjerra: Egloga.
u 1. Felipe Trigo: /..,,,n irrt;ara/Jk.
1 n. J. J. 1,orente: Futros dt la car,,e.
11 3. J. Bcoavente: A 11er que haet u.n lromhre
1 q . Cijes r\µaricio: la Veugan::a.
11 5. F. Periquct: Exlmu.st.t,;.
t ro. Lópcz &lt;le l laro: Vu g ,iridad.
t r7. Cristóbal &lt;le. Castro: IJ11 honitay laje11,..
118. Eugenio Sellés: En:meilos de muñecas.
r tQ, Luis Calµ1.:na: lj,, mil,1.gro del Arte..
120. Pcrlro :\lata: La Cel ,¿., fk Alo,lJo Quijm,o.
121. R. rlcl \'alle-lncláo: ll1ta tertulia de antllJlo.
1 23, José ;\I_. ;\l;i.thcu: E11trttloroy/asa11grt.
123. A lbcrto Insi'1a: C,imo cambia tl amor.
12,4.. Pedro G. '.\lagro: Hid,:lgJfi,, morisca.
125. R icarclo 1~eón: Amor d, carid,,d.
1 20. F. Serrano tJ~ la Perlrosa: la broma.
127. Emilio Carrére: Hl dolor dt llegar.
128. Etfuar&lt;to )larquina: Re.to dtoro.
1 2 0 . Guillermo Hcrnánrl z '.\lir: Peda::o.r dtvida.
130. José Francos Ro•lríguez: La ltora íe/iz.
131. Eugenio Noel: A 1ma de ,anta,
r 31. L uis de Tapia: rlsl en la Titrra...
t 33, Juan A . Ca \.'estany: La Ni,&amp;a de lo.r ruble.s.
134. L uis Antón rlel 0lmet: Por qui soy un óolw,do.
r35. E. '.\lenénilez y Pclavo: El 1lfolt.
l Jb, Bcrnar&lt;lo Herrero Oé:hoa: la esfingt de lrt'tW.
137. L uis l-l ui&lt;lobro: C,irucko.
138. Feilerico Urrecha: F.l sm'cidio de Regúle:i.
13q, J . Puus y Pagés: El l,nmhrt bueno.
140, Alfonso Ca reía rlcl Busto: Su:Ao de l,og-ar.
141 . Benigno \'arela: /,a frrrorista.
141, Anrlrés González~ Rlanco: El cmtigo.
143. Francisco \'illacspesa: El último Ahtkrramán.
q.4, E. Cómcz Carrillo: .Vue.,;tra Seiú,ra de los Oios Verda.
q ,;, ft. Fale;:ro ;\larquina: ,'ard Avis.
I 46 Felipe l'rigo: A JotÚJ lwttor.
147. Ramón Pérez &lt;le .-\yala: Seutinwital Club.
1-48. C'armen rle Burgos ( ('olombine): E11 la g,urrti.
149. Rafael Lóp'-'Z rle Ha.ro: /)1J raio t'1l la Ribtra.
15u. Eciuarrlo .\l arquina: Rosudesn.11cre.
r51 . l\Jartiocz Cuenca: Sema1ta de PaJ"i1í1t.
15~. Concepción Gimcno rlc Flaquer: Una Eva moderna.
153. Alber to lnsl,a: El crimen dt la calledt...
154-. Carlos Feruán&lt;lcz Shaw: El Poema dt Carat:ol.
155. Luis Cánuvas: El obsiticuL,,
156. Sofía Casanova: La pri,icesa del amor ltermo.ru.
157. ~l igue) Ramos Carrión. La reina de lo, ft1ag4J,"ru.
158. ~alvarlor Ruerla: El poema d la 1111~/tr.
1 5Q. Peitru ite Répicie: U,i aeenu, dt vie.-a s.
1óo. l&gt;oriu ite Gádex: Por el camillo tk lastollúrtas...
161. Arturo Reyes: /Je mi 11fmi1ir.
161. Vicente Almcla: La smda triste.
163. J•laquío Bel&lt;la: Utt bailtdetr,y·u.
164. &lt;"arios Miranda: Mi 11iiia.
165. Benigno V arela: Re'ám; igos de ml v ida.
166. Antonio ~I. Viérgol: La tragedi, p11líti'ca.
16 7. Felipe Sassone: En carne vi!Ja .
85.
86.
87.
88.
89.
go.
91.
93.

11.A. ~ECONQUIST.A
P OR

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ANTONIO DE HOYOS Y VIHEHT
.. Ilustraciones de SANTAWA BO.RILLA

�</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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              <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 168,  Marzo 18</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>Relatos cortos</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Imprenta de José Blass y Cía </text>
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              <text>Dicenta, Joaquín, 1862-1917, Colaborador</text>
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              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Asombra y ayuda</name>
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      <name>Joaquín Dicenta</name>
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      <name>Libros y revistas</name>
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      <name>Novela El Idilio de Pedrín</name>
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