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                  <text>remat:hando el davo: -Lo enconlruron tendido
en mí charc:o de sangre cqn un balazo en \a ·sicn.
Carlota había pulideciuo intensamente.
.
- ¡ Calla!-nrnrmuró aprelando C'l brazo de su
amigo.
Jaime ,:e acercaba á ella galante y rendido.
-Ilan llamado. ¿Subimos'?
.
-Vamos.
Dejó caer el velo sobre su rostro, en discretos
celajes, y fuése despidiendo de sus amigos.
-¡Adiós! i Adiós! ; F eliz viaje! ¡ Enhorabuena.

Subió al tr&lt;'n, ú ac¡uel lr¡rn que debía llevarle
á la gloria y el lriu11fo. Le parecía_. ,'er el cadáver

de Aurelio Hivalta•, dolonJso y· grotesco, alruYesado en su ramina. ¡Bah! Ojos que no ven, corazón que no siente..\hora Parí", r,ondrcs, \'iena, los lagos suizos, las m:be-s ilalianas, las esluciones ele moda, á vivir, á triunfar, )"· Juego el
regreso á :\lndrid, la fortuna, su palaclo, el respeto de las gentes...
·
El tren annncaba, y la de Fuentes, sinliencto ·
el brazo de su marido en torno del talle, saludó
oún una yez ú sus amigos, sonriente, vencedora.

•¡

Ei cuento semanal

AMELIA
por GUSTAVO VIVERO

=

Ilustraciones de GARCÍA GUIJO

..

30 cénumos

�El Cuento Semanal
SE PUBLICA LOS VIERNES

222

OflCIKAS: fuencarral, núm. 90.--KADRID
Apartado de Correos 409.

AftO IV.-21 de Havo de 1910.-HUK. 118
PRECIOS DE SUSCRIPCION
!ladrid y provincias: Trimestre, 3,50 pesetas.

Semestre, 6,50 pesetas. Año, 12. Extranjero: Semestre
10 pesetas. Año, 18.
Anuncios á precios convencionales.

GUSTAVO VIVERO

1

Número suelto: 8 0 céntimos.

1

que seró.n/ sin duda ni omisión de ninguna clase,
\w;; ·que han de f.elicitarles y regocijarse }JOr tan

Á NUESTROS LECTORES
Reformas importantes en «El Cuento Semanal»
,

La empresa de csle periódico 1 d'eSeosa sicmpr&lt;:.'

'

l
l.

1isonjrro 6xilo.

,

de ocupar dignamente el allo lugllt"4uc sus favorecedores y colaboradores le han d,eparaclo en !n:s
letras espafiolas, se propone· introd1W,ir·cn la publicación reformas importantísimas, que seguramente han de merecer del público aman.le de la
bella lecturai consideración y agradrciµ1ier\lo.
Aún no es dado á esla Dirección expdner pun-

Consultorio gralotógico Grochtner
QUINTIN GARCIA

r..tt.':i dornü{anles de .50 carúctcr son el orgullo,
In pretensión ele espíritu y la complacencia en sí
mi!--mO; peró esto no obsta para que usted tenga
unu. natm~aleza amable y alegre y un trato sutualmente el deLalle &lt;lo eslas mejoras, pues, han . mamente simpátiro.
Su escritura indica una ])el\':,ona muy joven, que
de ullimar.se contratOs, autorizaciones, noV_edades de confección, ele., que, ·por causas ajenas ú aún IIO ha c'tmocido las decepci-Ones de la vida,
y ¡::u,·o &lt;::.n·itdl,et' no -está aún netamente definido.
la voluntad d-e la Empresa, no están definili\1.3,:
Su ¿~pirUu.•se afuma l)aslante acaparador. Vomente fijados .
luntad débil en genera.1 1 pero bastante pacienPero valgan estas ]íncaS de aYiso á nuestros
lectores constantes del propósito firme que nos zuda. Ternperamenlo poco vigoroso; salud re.anima de {';Onverlir EL CuE~TO SEMANAL en la. pri- sisten le.
Sincero, p0ro poto expansivo. Aclivida-0 d€Smera de las publicaciones literarias por su amenidad, mérito intrínseco y arte depurado en su igual: conciencia rstrecha. l3astanl-es aptiludes
presentación y confección generales.
oclrninislralivas.
Tendré mucho gusto en mandarle el tralado de
Esl.as reformas, qu-0 s,erán cl,elalladas en rl número próximo, comenz.arán d,enlro del mes de grafología que des-ea, y al cual tiene usted deJmüo corriente y no alterarán su precio ordina- recho.
Dr. GRACHTNER
rio de 30 céntimos ejemplar.
:\'or.,.-Escribase unu carla, en papel sin rayar,
al Dr. Grachtner, y se recibirá contestación en
el número siguiente de EL CUENTO SEMAKAL.
Precio de la consulta, cinco pesetas. Todo conCon Ja complacencia que nu.e slros lectores puesultante tiene derecho á un tratado de grafología.
den suponcri hemos leído en nuestro querido c.o--lega La Mmtana, que en el concurso de carteles
COLECCIONES ENCUADERNADAS
que había convocado la Sociedad Predsores del
Porvenir han sido premiados, respectivamente,
con un accésit de 500 pesetas, el trabajo presentado con el lema uFeu por nu,estro querido amigo
Las colecciones de los al!os 1907, 1908 y lllOi,
y dibujante Agustín López, y con una mención elegantemente encuadernadas en cuero, con ift..
honorífica de 100 pesetas el Litulado ((La. cigarra crustaciones de oro y en relieve, compllesta cada
y la hormiga)), del no menos apreciado colabora• una de dos tomos, se venden al precio de
25 pesetas para Madrid y provincia ■
dor nuestro, Luis IIuidobro. De todos nuestros
31
•
para el extranjero
lectores son sobradam,ente conocidos los méritos
A LOS COLECCIONISTAS
y la laboriosidad que ert ambos concurren.
Creyendo conlrlbuir al éxito de estos dos artistas, tan merecedores de encomio por su honradez profesfona.l ·y por su 'valer verdad, recogemos
En esta Administración y en las principales librerías
la noticia de La Mm1ana, y desde es.tas columnas
kioscos de toda Espatla, se venden ejemplafe6 de
unimos nuesLro aplauso más entusiasta y sincero yt.odos
los números publicados por EL CUENTO SEMANAL al precio de 30 céntimos ejemplar.
á los de cuantos conocen á Agustín y Huidobro 1
s

A.]Y.[ELIA.

un triunfo de nuestros dibuiontes

El Cuento Semanal

El Cuento Semanal

Todas las mañanas solía detenerme un momento ante aquel escaparate de la calle de la
Mnntera. El par de zaputilos rojos, expuesto
más á la c1iriosidad del público ocioso cual
acabada muestra de confección zapateril, que
como modelo de pies menudos 1 a trajo en un
principio mi atención, luego fué causa de que
pensase en su futura poseedora, y después, últimamente, á que inventara algo á modo de
novela, un poco romántica, que 1 por s-eüas, no
carecía de una protagonista bella y adorable 1 que
se casaría conmigo á la postre, no sólo para
tranquilidad y reposo del Cuerpo de Telégrafos,
á que yo pertenecía, sino para regalarle á mi
madre, pobre sefíora ya anciana, que vegeta.
ba pacíficamente en el lugar de mi nacimiento
una prole de media docena de hermosos moni~
gotes, mofletudos y traviesos.
Yo tuve siempre una imaginación muy acomodada á estas clases de fantasías, y sólo así

tie ne explicación que roe interesase el par de zapQ.lilos, lan tentadores, tan picaros, tan voceros.
Ellos eran la base de toda mi historia. Una
h\sloria mu:y linda, muy vaporosa, donde babia una rubia capaz de darle dentera de puros
celos á todas las princesitas de fábulas y Je.
yencla~. No so crea, sin embargo 1 que en mi
fantasrn de los zapatitos rojos hubiera nada de
P.ecaminoso. Ya he advertido que pensaba senamente en regalar á mi madre con media do•
cena de saludables mequetrefes, que dorasen
con luz alegre su vejez tranquila. Mis treinta
años me daban derecho á suspirar por un hogar, con sus dedaditas de ventura, en unión
d~ una mujer hacendosa, bella y enamorada.
S1 hasta entonce·s no babia conseguido nada de
esto, con harta pena de la autora de mis días
que perdía las esperanzas de educar cristiana~
mente y acariciar á sus nietezuelos 1 no fué mía
la culpa, ó, por mejor decir, mis recelos de
caer en manos de una mujer manirrota, que
no tuviera para alfileres con las pesetas que el

�Estaclo premiaba mis servicios, fueron la única

mzón de mi prolongada soltería.
.\las á pesar de todos mis recelos, tan pronto como vi el par de zapatitos rojos, una manana lluviosa de invierno 1 me dió el corazón que
alli estaba todo lo que apetecía y que de ellos

había de salir todo lo que buscaba. Desde la ·

primera vez que los vi en el escaparate, supn,&lt;:e, no sé por qué, que mi vida, mi porvenir, se
Iigt¿.ba á ellos estrechamente,- y cada día que

'

,1

pasaba, advertía que la impaciencia clavaba en
mí sus mil dentezuelos. Todos los días los veía
dos veces, y cuando los miraba allí, tentado-

res, pícaros, voceros, ensanchábaseme el alma,
respiraba con fuerza cual si se me quitase de
encima un peso enojoso, y tenía un recuerdo

:1

!¡
,i'

1

r¡

i ....'

para mi adorable rubia desconocida. ~lis temores se funtlaban en que desaparecieran de pronto sin yo conocer á la compradora.
¡Cuántas veces quedé pensativo, con el manipulador en la mano, imaginándome haber perdido para siempre la huella de los zapatitos, sin
saber quién fuese ella, destrozada la historia
de la heroina rubia de trenzas de oro y manos
martilellas! ...
f\.Ji buen senlido á veces se imponía á las sutilezas de mi hi$t □ ria. y entonces me avergonzaba de lo puel'il de mis cavilaciones. ¿Era justo que á los treinta aii.os se hilvanasen semojallles fantasías? ¿No era una locura, una ve1·dadera locura urdir· tales patrafías romu.nticas
tuando había tanta mujer buena y bonita en
el mundo1 Y Íllé en un instante de lucidez1 lo.
lucidez de mi lJUen sentillo, cu::mdo me resolvf
á poner remute á lodos mis desvanecimientos.
Entre -dos enterados pensé y convine conmigo
mismo en que lo mejor que podía hacer era comprar el par de- zapatos rojos, pedir una licencia á
mis jefes é irme al pueblo, en donde no m,e faltaría una buena muchacha, fresca y saluduble, honrada y hace·lldosa en quien cifrar mi Yentura.
Esta decisión sú.bita 1 después de tantos rñeses
de pueril idealismo, la adopté en un arranque de
vergonzoso disguslo. En ella intervenía ¡ay! la
vergüenza. La vergüenza, si, que sentí aquella
mafiana Yiendo reflejarse en el vidrio del escaparate mi figura, alta y di.stinguida, sin grosuras prosaicas, y mi faz morena y aseriada, al•
tivecida por la noble insolencia de mis bigotes,
cuidadosu1ncnte peinados á la usanza kaiserina.
t-.Ie ruboricé, con franqueza, nnte el pulido cristal, frente á aquel seftor aistil1guido, irreprochablemente trajeado, luciendo flor olorosa en
el ojal de la americana y armada la ·diestra de
un junquillo. Aquéllo, sólo aquéllo fué lo que me
mo\'ió á poner por obra mi idea. Era necesarjo
acabar de una vez con todos los lirismos.
Hasta que no me relevaron estuve como sobre ascuas; Cuando tomé la puerta de la Central respiré con fuerza y sentí dilatarse mi alma
en una paz dulzarrona. Pero al entrar en la
calle ele la ~Iolltera 1 otra vez se apoderó de mi
la 1lojedad1 la indecisión. ~o sé por· qué causa
clavé los ojos en unu modistilla encantadora,
de rostro apicarado, que bajaba hacia la Puerta del Sol con un paquete ~n la mano. Instintivamente reparé en sus pies, que ella no ocultaba1 que dejaba ver muy al descuido en un artificioso recogido de la falda. Eran grandes, no
mucho, pero sí de sobra para calzar los z.apatitos rojos. Y proseguí adelante, deseoso de acabar la historia 1 la única que compusiera en mi
vida. Mas cuando llegué junto al escaparate,
me detuve sorprendido, quedé clavado, con la
boca abierta y mndo dt asornbro.
·
Los zapatitos rojos habían desapareciúo.

11

!\lucho más de lo que yo creía apenó mi ánimo
la misteriosa desaparición de los zapatos rojos.
Su rec;ucrdu no se borraba ni un instante de mi
11iernoriu, ~· pensé con rnús ahinco que nunca en
la bellu. pose,cdura de los menudos pies que lo~
calzuríau. Pan1 mí estulm fuera de toda duda que
tenía que ser muy hermosa, y rubia, J)C\I' contera.
Y con la base de los zapatos, coffiencé á crear á
In desconocida tunforrne á mis gustos. El rostro
era un poco pálido, muy lindo, muy simpático,
ton dos ojazos azules como dos soles 1 de mirar
man.so. Oro puro tenían que ser sus cabellos,
abundantes y un tantico rizosos. Aquel movimiento encantador de Ju mano al recogerse los
rizos que yo ponía en mi bella 1 me volvía loco,
tan loco corno las grandes peslañas que sombreaban su rostro y la arrogancia y gentileza de su
tuerpo 1 sin las exuberancias vulgares de las mujeres rollizas. Debía ser alla 1 lo era sin duda algu11a1 y adcmús gruc_ioso. 1 con una picardía inotenlc, encantadora. Cuino á pies tan chiquitilos
teniau que corresponder u11as manos de iguales
JJrüporciones, me figuré que las lindas de Santa
Teresa le senla.rian muy bien á mi hermosa, y
se las puse. ¿. Quién me impedía hacer mi ideal
ú mi gusto, á rni capricho, como yo lo soliaba
y como yo lo quería'! Hasta me pareció que debía
po1H•rle 1111 uombre agradable, como lo habían
hec:ho tudos los por!u.8 con sus ideales. ¿Locura?
Pues yo estaba gustoso de mi Iocura ufano de
t&gt;lla, y en rnis ocios mr divertía vistiéndola á mi
a11luju, poniéndole las gracius y los encantos que
veía en las demús mujeres y adornándola de
·parles y condicio11es que no notaba en ninguna.
Unos hermosos ojos, una hermosa cabellera,
un andar pícaro, lo airoso de un talle, la agradable armenia de una yoz 1 todo me hacía pensar
en mi bella, representármela con aquellos ojos 1
con aquel cabello, con aquel andar ... Para mí era
ya una obsesión recordarla ó. ladas horas, tenerla
prescrite siempre que veía á alguna mujer y darme el gustazo de poner en ella todas las perfectiones_, todo lo que más me acrradaba en las de~
más. Lo que al principio no rué más que un agradable pasaUemp,o en la ociosidad de mi soltería,
habíase trocado en una necesidad, en algo real
que ya vivía en mí, que era algo mío. Los dias
que pasaban sin que descubriese sus huellas,
eran no más que aguijones que me forzaban á
pensar mús en ella, más deseos de hallarla, 11Licw1s impaciencias.
Verdad es que á veces asallábanme crueles
pensamienlos 1 henchidos de dudas, y entonces
recordaba á la hermosa modista de faz apicarada
ele la calle de la ~dentera. Indudablemente, en
ella. estaba lada la clave del misterio. Aquel paquelilo que llevaba en las manos eran los zapatos
rujas, los pícru·os zapatos que tan lindas cosas
me sugerían .a lgunas noehes. De lo que yo estaba
s-cguro era de que sus pies no los calzaban. Eran
demasiado gran9"es 1 lo había visto bien.
¡ De cuántos errores no fueron causa es las imaginaciones mías al cursar los despachos! ¡ Y
tuántas noche!';, ya hastiado de tantas sutilezas,
de tantas fantasías, resolví no malgastar más la.."3
horas en tales devaneos! Y no obstante, cuántas otras no torné á reincidir al verme solo en
mi cuarto ho~pederil de soltero, y pensé nuevameute en mi bella rubia, en sus ojazos azules,
en su andar gracioso y en la gracia de toda su
gentil persona y me sentí enamorado de ella.
Pero mi rubia no parecía. Los zapa tos rojos no
habían dejado iras de ellos. ni un débil hilillo por
doude yo pudiese guiar mis invesl igaciones.
1

Es decir ...
Verán us!edes cómo mi burna fortuna &lt;'Sa
buena forlu.~a de los enamorados. puso c1~ mis
man&lt;?$. el hilillo q1~e apetecía é iiu'm inó un poco
las l1_nieblas- de m1 desesperanza.
Ba¡aba. l_1~a . tarde la escaJerii de hospedaje.
pensan~o u_órncament-t: en el emperezamiento
de la digestión del cocido palronil, cuando oiao
una. voz temerosa que en la obscuridad me advertia:
- -;¡Estese quieto!. .. ¡Ay!. .. ¡Có¡aio! ¡Cójalo!
Nolé. que ~lgo s,e escabullía poJ• entre mis piern~s, extend1 la mano y alcé mi diestra poderosa
mada ~e, un enorme gatazo negro, que mau~.aba que¡a:5 de desesperación y se revolvía fupose1do tal vez d~ a_Je-ves intenciones conra la mano que lo oprunia. Aproxirnóse entonces la sombra que corría tr.as el gato, y á punto estuve de no soJtarle. ¡Era mi modista que
c9n una gracia encantadora, recogía el, _e-ato'
sm ~a~se cuenl-0 al parecer, de mi extraneza:
-¡P1~roütelo! ... ¡Toma! ¡Toma! Yledaba
Jda)almad1 tas. que podían -ser cari1i.osas aun tomas en seno.
_-ituchas gracias-me dijo con gentileza-.
8 1· no es po_r usted este pícaro se escapa. y ¡sabe
1os los drns que. anda perdido! 1·GolfÚ'
h Intervine pi~ié~dole per~ón pai:a el gáto trasd umante y of~ ec1éndole mis servicio~ para aJgo
~u m~s err:ipeno que cazar á _un !\licifús. Rióse
t Y egoc1¡ada la. adorable &lt;Tia fura y vi un inshante la. blancura tenlodora de sus dientes. ¡ Era
ermosa de verdad! ... pero morena. La du-efía de
los za~al-0s -era la. que me inlercsabq 4.rní, y me

ª'

/OS-O,

1

0

dispu:'-:&gt;-C 6 udarar mis duela::; ..\ln5 una voz suan~.
Y clellco.dt_l req,.1iriú _clenlro ú 1-n hermosu trinluru:
-.\mehn .... \ni,,Jin~r·ltmu1ha la voz.
-.\! ll(·ha.9 g-r1.wia:--..\diús-..-nic rlij,J cui.i atolon&lt;_lram1-cnlu la bl'lln, ~- de:3apnrcti1·1 por una puerl
qu,, nsfeuluba ,el siguiL'llie rótulo;
u

SRA. GUTIERREZ
BORDADORA

En la r.al!e, no_ se }JtJr qul11 vino á mi mPmoria
rl recue_rdo de mi madre y 1'1 de la media cJocPw\
de_ mo_rngotes que )tJ pensaba rl'galarlr ...
1 Cuu.la_clo qu.e ent h~rmGsn, la criulura en .aquei
su~ clrsc_m.do u~s~ro ! J &gt;e Plla ó para ella 110 serfrut
1~::; zup&lt;1tilus J0J0f'i: })Pro ¡vamos! que no Je ha:iun_ falla !~mp~K:o. l.o~ pies, c.lespul•s de lodo ...
1?.e~o, .c_n.~ct,mb1D, \lOs_r1a unas manos! ... i J\lanos
dtJC .... 1 Si .)O nu i°'t' tomo tenían fue.rza para wslencr.a.l cnorrne ga!uzo! ¿Por qué no sería rubia
.\mella? ...
Y aquella _tarde, manipulador en mano me entretuve en on· los golp-ecilos de los puntos'y ra.ya.s
c~_cl nombre_ Lle Ameli~. Sonaban ó toque de gJo1_ia .... \rnelw._. ..\mella ... Era bouit-o el 11ombre.
Hasta en la mita se me antojó agradable.
llI
Ejemplo de epístola materna:
uQuel'i&lt;lo hijo rníu: Tr1.•s ~ü-Os .sin v-~rnos, bien

�'

l

Ignacia, que ya vestía de largo, diluía en ella un
tinte melancólico, muy de tono en una novela
sentimental, donde forzosamente había de hal&gt;Pr
una dama lrnrlada. Confieso con sinceridad que,
cada vez que subía ó bajaba la escalera de la
casa de hub,pedes, el corazón me latía con violencia, senlüune dcsasosegodo ante la posibilidad
de ver á A111elia ó de descubrir la clave misle1·io~a que me diese á conocer ó. la dueña de los
zapatos rojos. :\los, a pesar de toda mi solicitud,
no pude ver A la hermosa muchacha hasta una
semana después de nuestro fortuito encuentro.
Tornaba yo de la Central, alegre por saberme
libre y hnbPr hecho Ju guardia y pensando en la
gran fortuna de Olelo, que podía wr_ á su ar:na
l\ todas los horas v alcanzuba el don mmerec1do
ele sus earirias. Caía una lluvia menudita, esa
lluvia tan propicia ú la mujer madrile1io, que
parece hacerla salir de casa. para lucir el garbo,
las bolas, algo de la media y el arranque de la
puntorrilla..\1 pasar por delante del ministerio
rlc la Gobernación, oí voces que me llamaban.
Em la ;;in par Ameliu, regocijada y ~ullicíosu,
que me saludaba con el agradable trino de su
voz, armoniosa y fresca..
-¿Eh"? ¡Don Pepe! ¡Don Pepe! ... ¡Aquí!
-¡Ah! ¿Pero sabe usted mi nombre'?--la pregnnté, apn,xirnándome, extra11ado.
-•¡ Qué reparón es usted! ... ¿.:\le presto. usted
su pamguas ·! ... La mitad ... la mitad nada más.
-Y lodo, Amclio, si usted lo quiere ... Pero me
agrada. mfJ.s que sea la mitad, porque tengo que
hablarla ... ¡.Se moja usted?
- -l:sled sí quo se moja.
:-:u... Dígame usted cómo estó. Olelo.
-Bueno. l\luchas gracias.
- ¡ Ay, Amelía, que es usted una pNsonila
«La nosa tiene un becerro muy mono. L1?rro1i.r rnuv burlona!
...:...y usted.. .
está muy malilo.n
-Dígalo ... Dígalo.
- nncno. Pues ... ¡ ~luy falso! ¡ Pero múy falso!
En descargo de mis conviccione:; políticos, en--Y eso c¡ue aún ...
tre integristas y conservadoras de las más mau- ¡ Que se moja, Pepe! ¡ Que se moja!
sas, me parece oportuno advertir que el Lerroux
- - ¡ Qué me importa, si la veo á usted! Es loba
á que hacía referencia mi madre en ::;u carla,
era un manso perdiguero, con quien yo solía sa- rabiando por verla, Amelía.
Poco habrá sido. Con bajar á casa ...
lir de caza en mis cortas estadas en el pueblo.
/. Y sus padres?
Antes de Lerroux tuvimos un corredor podenco,
:-:o tenemos.
que aten01a y acudía moviendo la cola al no~\·
¡, Tenemos?
bre de Salmerón. ¡ Eran éstas venganzas pollh·
-Sí, mi herrnana Elvira y yo.
cas de mi madre contra los hombres liberales
F.11lonccs, me permite ...
del villorrio !
- Poco á poco. Con una condición.
Como puede verse por la epístola, la buena se- Aunque sean diez.
l1ora tenía decidido eml){'iiO en llevarme á su
-Que no me hable usted de amor.
lado, siempre que no me µerju&lt;licaro. en la ca-¿ Eso?
rrera. Y en cuanto á sus temores y recelos, por
. -¡ Por Ignacio, Pepe! ¡ Por Ignacia que ya
demás fundadisímos, ¿quién era el guapo mozo
que los desvanecía contándole la historia de los viste de largo y está muy mona !-Y soltando la
zapalitos rojos, la gentileza y travesura de la en- casra,lita de su risa, se lanzó escalera arriba,
cantadora Amelía y la::; andanzas del díscolo d&lt;'jándome con un palmo de boco. abierta. Todavía, untes de oirla cerrar la puerta, llegó hasta
Olelo?
¡Amelía! ¡ Otelo ! Antes estos dos nombres ya mí su úll imu broma, aguda, en-vuelta en regocijo:
-¡ Que se mejore Lerroux!
amigos, se desvanecían todos los recuerdos. La
imagen de lo preciosa criatura no se borraba de
l\'
mi imaginación y, sin pena ninguna, advertía
que me iba engo_losinando con su morene~ r olYerán
ustedes
si
tuve
razón 6 no para presuvidándome de m1 rub10. l\forena eru y codiciable
mir
que
,\melia,
á
pesar
de ser un diablillo encomo la esposa de los Cantares, y yo comenzaba
ú estar gustoso de la negrura de sus ojazos y de cantador, 110 era muy esquiva á mis requiebros
Después de las donosos burlelas resus cabellos y de la risueJ1a malicia de su cara. amorosos.
á la gentil Ignacia y al honrado Lerroux,
¡ Pobre ideal! ¡ Desventurada Ofelia · de mis no- ferentes
no me cupo duda alguna de que la carta de
ches de insomnios! Una sonrisa, la promesa aca- ya
riciadora de unos dentezuelos muy blancos y la mi madre había ido á parar á sus manos. Y Ametravesura de una modista triunfaban sobre todas Jia, que por lo que yo colegí ardía en ganas de
estrechar nuestras relaciones, se sirvió harto
los espiriluulidacles ...
de. ella para satisfacer sus deLa historia de los zapalitos no podía tener me- cumplidamente
jor comienzo, si bien la semblanza de aquella seos, para verme y hablarme á su antojo. En-

merece un permiso de tus jefes, que te permita
pasar una corta temporada al lado de tu familia.
El se1ior cura, don Ambrosio, que tanto se interesa por ti y que tanta mauo tiene en casa de
don Gubino, me dice que por mediación de éste,
!'-i fuese preciso, alranzariamos esa licencia de
tus superiores.
»El mismo don Ambrosio me asegura que de
un día á otro trasladarán al jefe de este Centro
y quiere que le pregunte si te convendrá que anduviésemos los pasos para que ye11gas tú en vez
de otro. Esperamos tu respuesta.
»En tus carlas no me dices nada de tus proyectos para lo porvenir, y como yo no puedo
pensar que quieras quedarte soltero toda la vida,
á veces creo que hay algo en l\!aclrid que le retiene y hoce oh·idadizo. Haces muy mal en no
contarnos tus cosas, Pepe, y en ocultarme tus
afectos. El se11or cura piensa lo mismo, pero
dice que tú ya .-res un hombre y puedes a11dar
sin andaderas. Yo no te censuro. Lo que quiero
es que no me ocultes nada, que me lo cuet1les
todo, ¿sabes, nene?, todo. Si tienes algún amorío, si estás enamorado, dímelo, deseo saberlo.
"¡ Por Dio.s, Pepe, sé franco y dinos lo que te
ocurre!
»Escríbenos si te conviene el traslado ó no,
pues ahora lo podemos conseguir:
»Ignacio, la hija de dv....1 Jacmla, está muy
mona. Ya la han puesto de largo. :-;os pregunta
mucho por li y es ele !ns que mús se interesan
por que vengas al pueblo. ,·e11, Pepe, ven, y no
seas tonto, que no te pesará.
»Recibe un millón de besos y abrazos de tu
madre

l011ces,. entre seriu y hu1·lo11a, pregnntábome c::i
Yl\ha_bm_ dado respu~sta á mi madre, con las iJ~p1 t »c111d1bles me111onati para Ignacia que debía
e~.!nr muy Ill?llª pisáuclnse las faldas. DecíunH',
riu1dos&lt;?, que no fue,sc 1011l0 y emprendiera la
-mnl'c-ha al pueblo, que allí me a"11ar&lt;faba la dicha.
"
l'r~isnmenle todas estos burlas de
A1_11eha me 111osti:aba11 su interés por
iu1,. no. en el ser,tHlo de su ulegre pur,ena, s1110 en el otrn. en aquel que más
grato 111c. ern: en el de c:;u afecto. Lo
que .\mella prete11dia &lt;ra ('0110&lt;'.er lllis
piunes, Sl~ber ha:-;ta qué punto mi almu·
~ermm)~CHl hbre de toda ligazón amol&lt;?SU. Srn ser un co11;;11mado psicólog,,
,u nada que lo. equivaliese, advertía rl
pl~cer de Ameha en Jrnblan 11e v oir &lt;te
1_m boca la,::; hone.stati alabanias
ue
s_us encunlos _me :mgerían. La simqput!a no.s aproximaba poco á poco, cada '
\ ez más. Y como jamás YO le decía
tQdO lo que pensaba, Jli ella fué uunca
lo bastante franca pura decirme lo que
se le ocurría, de ello debió nacer el
afán de aquellos encuentro:;, fortuitos
al parecer y muy e;;tudiados en el
fondo.
f&gt;or _e;.;o, lodos los días, al vel'!a en
Pl pasillo tenebroso, á ¡8 hura en ue
):? !·egre--.;o.b!), el corazón pm·ecín qte1én;eme salir del pecho. Enorgullecíame prnsar que aquella lincla mncha
t·ha n1e arnab_n. Bien seguro estaba el~
qne Arnehu. discurría v hallaba ¡&gt;rete ·.
los para verme
·
x
v ha)&gt;lar,'.1e, y,
en s1lenc10, ie11
lo más profundo de mi alma
se lo agradería, porque
también para mí era unu
11ece;;idad Yel'in y hublarla.
Si en mí sólo hubiese e:-slado bu,;carla, muy pO&lt;'ns
veces nos hubiéramos vis.
lo. A pesar 1le lo&lt;los mis
deseüs de admirar su::; Irave nra::; y paladear s u :;
d1_anzonetas, mi timidez, e11
1111 habitual, vencía sobre
l"ltbalas y proyectos.
l\Jas no se &lt;-rea por esto
que yo hubiese olYidudo por
ent_ero la historia de los za.
pa~1los de pies de hada. ¡.\v,
no. Tul vez más que nunca
m~ u,·ordabo de ellos y ardía e11 ganas de aclarar
mis dudas un tanto nebulosas. Celaba la oca~ión
1)e enterari:ne en toda la verdad sin herir !ns re1elos de m1 bella amiga. pues temía que .\ melio
C?noce&lt;lora de mi interés, embrollase el ·asunto·
\ llegó_ tal cual_ yo la espenibn.
·
l.,u dia, al ba¡ar, la vi en Ju. escalera. Iba muy
puesta _de bata, una _b ala d~ tela sencillísima,
que le sentaba muy bien, quizá por su holgura
''. 11• poc~ exag:e1:ada. En aquella ocasión no pudo
'tzona1 su d1s1mulo y se ruborizó cuando yo le
e 1¡e &lt;(Ue había solido por verme.
-¡'.'.:aturalmenle! Y ú preguntarle á usted ,;t
me parezco á Ignacia ... ¡Que es usted m~y rn~l
pe~~~do'. \epe, Y se van á acabar las amislocles!
ues. ) o seré mús franco, Amelia. Tenia gan~s ele verla y me alegro de este encuentro que
me la depara á usted de bala, má~ hormos~ que

1~11nca. Es d~cír, tan hermosa como la primera
¿.1\. que no se acuerda usted?
-¡c¡men no se acuenla es usted!
--\ nrnos á verlo. ílnjoba usted por la calle de
lu :\Io11tera y nos alrm:esumos en el camino. Uste~I _1bn muy de prisa. Yo la
1111rc á nsled y usted me miró
á mí. sonriéndose.
-Después me mir(&gt; usted
de.~carndamente á los pies
;,:',le acuerdo?
·· ·
- i Con10 que qnería sabér si
€ron para usted los zapatitoo
que ac11habu. de comprar!
-¿.l'crn quién le ha dicho á
u.-;led f}i-;O?--y me miró lljan 1r11t~.
- C nos zapa tilos
muy monos que usted
lle,·aba en un paquete.. • A mí me lo cuentan lodo, todo '. .. Si es
uste1l frnnea conmigo, le diré lo 1íltimo
que me han contado.
-Dé usted el ejemplo.
-Sea. :\fe han con.
todo ... ¡No se ría u1,.
lccl! Que á usted le
ngrnda verme, que le
gusta _hablar conmigo
~';-- (\o se ría! ¡:'\o se
ria! ... Y que usted me
, q~i••rc 11 11 poquito...
¿,Es verdad?
• - ¿. Y si fuese men-

'ez que_ la vi. ..

li ru '!

-E;;o no es contestar.
-RUC'llO, pues ... Lo
ltun cngaiiado ... Como
lo tle los zupalilo.s.

;Eso sí que no! Quie11 me cuenta e~as cosas
no me engai\a nunca.
~
• ·
- -¡,~i'!... Dígame quien es.
• hl corazón 1 .\melia, el corazón.
-¡,\y que bien! ¡El corazón! ·Pero ·
lo más engarioso!
'
s1 e!So es
- Para quien no le tiene, Anielia.
- ;.Justo! ¡, Y usted lo tiene·!
- -\le p~rece que sf. ¿Y usted?
- El mio se lo comió Olelo
-¡:\lenlirosu!
·
-¡Embustero!
V

.\~n cuando Amelin me dob(l. ocasión para preRun11r fundudamente qne no era esquivo. á mis
galanteos amoro;,o,;, nunca níe dijo ni me dió á

�entender que se holla.c;e dispuesta á corre~ponderme. Burla_ lJurlnmlo, sacúbame las frasetS de
amor, la derlarnción en toda regla. :\las al pretender que ella conflrmose su Cllriflo con urn1 ~ola
palabra, rehuía los respuestas cotegórica.-;, dejándome anegado en la incertidumbre de sus eu-

femismos, tal yez para que adivina-se lo que ella
1

110 quería ó no !-it! atrevía á decirme. Su ro-

,,,¡

'

queterin, su ,·olubili&lt;lad de pájaro eran por naturaleza y 110 JllH\a artifi&lt;"icisas, por cúln1lo 6 es-

11

~las, á pesar de este deleclillo, á mi me gustaba sobre todo. ponderarión la avispada criatura. Desde que cumenzamus ó. jugar con lus sen-

11

tudio.

timientos que apunt-0.ban en el fondo d-c nuestras

1

¡
1

1

ción de la portera, supe que la señorita Amelía
trabajaba aquella semana en la mansión de un.a
señora viuda cuya hija iba á matrimoniar con
un condesito 6 algo así. Y fué tanta su amobi1idnd, que llevó su galantería hasta el punto de
decirme las señas de la rosa, muy cerquita de
la Castellana 1 y la hora en que regresaba la gentil modista.
Esto quiere decir que cambié mi lugar de acecho por la Cnstellona, entre oOOo y media y nueve de la noche. Y fué ello con ton gran fortuna,
que ronseguí lo que apetecía á las primeras de
cambio. ¡Estaba de .Dios que la ventura me favoreciese en todo!
Cuando Amelio. me vió no noté en ella indicio
alguno por el cual pudiese colegir que no esperaba el encuentro.
-¡ Ya me lo figuraba !-me dijo, riéndose.
-También á mí me dicen las cosas.
-Entonces le habrán dicho á usted para qué
he Yenido á esperarla. Y sentí un leve temblor
en la.s piernas.
-Le repito á usted que lo sé todo.
~le atr-gro... Dígame usted ó. qué he venido- . Y la v1.•rdad ero.. que no sabía cómo empezar ui qué decirla.
- .\ habla1'me. Y clavó en mí -sus grandes ojazos negros.
-¡'.'\'aturalmeule! ... Y ó. \·erla, y á oirla hablar
v reir. Es usted una adivina encantadora, tan
en&lt;'m1ladoru como -ese lunar que tiene en la
barba ..
Creí que lodo daba vueltas alrededor de mf.
~le zumbaban los oídos v la vista la tenía turbia. Lo (l,~1 lunnr lo hnbül. dicho al tuntún; pPro
ú rní me crn1staba que era cierto.
-¡Déjese usted de lunares!-repuso ella tranquilarnenle-. Le he dicho que á hablarme; pero
nn de qué.
-Pero me lo dirá.
-~o. Eso es ro~a de usted. Lo que yo le digo
es que ya puede empezar.

almas, el rccu1.•nlo de .\mella no se iba dr mi
imaginación. Siempre la tenía presente, y, á vccrs, muy por lo bajo, muy pasilo, repetía sus
palubra.s, qu&lt;' para mí eran la mejor y más guslosa piucba de su cariño. Y se lo merc-cia. ~lis
bellezas, incluso mi famosa rubia de tr~uzas d1•
oro, las que por tanto ticm1&gt;0 me cornpensaron
tun liberal y largamente de la carencia d-c un
ideal de carne y hueso, rompo.rudas ton mi hl'rrnosa vt&gt;tioa, la u&lt;lorablc clueila del trashumante
Otelo, eran blN\ poquita to!:&gt;a .
.\1nelio &lt;'ra hermosa de Yerdnd. Su cuerpo, más
que nwdiano, teuía todos los encanto~ de las mujt:'re!-:i menudas y las nobles propurr101,,:"!; de las
1.luem1.c, mozas. Quiero (lt-cir que lo era. Algún
rt:1pnr6n tul vez la hubiesl' hallutlo un puco delgada; !!ero para mí, su &lt;lelgadPz era gracia y
g;•ntilcza. Su rostro, ,te una rnorene1. púlida ugrudablc, lleno de cnenntadura mulicia, mostrubu.
una frunquezu risu1•ña ..\lús que muy ht•rmoso,
('ra muy simpático. ~f'gn.•s y profuudo!-1, grande!-!
y vivos sus ojos, pare&lt;.:ían ll'ner po1lerosidaü solJracla. para impuner.se á to&lt;ln, pura profundizar
r1L las almas y !:mcnr :.enrac-irÍ1udns los sentimientos. So boca,· u11 la11li4'0 f.{rtllldt', dt· rojos labios
sm1gti:t•ntos, plegúbasl! en un mohín de ile!-3tlén.
Pero lo mú.s hcHo, lo 111ús em:untuUor de todu 8\1
¡,Prso11a, de.,..pu(•)'; de sus mau~~ peqm•11it.us, el'tt
i-;11 cabeza, l:(ntciosa, fll'I íslica. &lt;'11rouada por la neVI
grun1 de un cabt•llo ulmnda11IP. Pero- lo que ú mi
me &lt;.·aulivabu más en toda ella . . ·nl su lunar en
¡ Qné de cosas se pueden decir en media hora
lllitad tle lo. .barba y su risa franca, ingeuua, bubien aprovechada! ¡ Y qu(: modo de pegar la
llic10so, freS&lt;'a cual chorro dP agua. Entonces, ul h••bra v charlotear el mío! Todo el consumo lo
r,·il', sus C'll{'◄~ndido.s labio:-; se co11traian graciosa.. hice ~·O..\l principio, .\melia se mostró ~Jable y
mente, siniendo dt' rojo marco al núcar de sus risuefla. Aclvertia&amp;e que le agradaba. mi charla
dentezuelos, que parecían una promrsa de ten- \" tenia prevista mi declaración amorosa.. Mientación, a.somún&lt;los.c curiosos lrus la línea. san- irns que mis palabras no rebasaron_Ias fro~ter~s
g-rienta de aquel paréntegis di' púrpm·a.
del curiíio pura adentrarse en la picara. h1storm
.\1 través de :-.us encantos t\(lorables, yo &lt;·reín
de lo~ zapatos, todo fué bien, y ,estuve seguro
\"C'l' su alma purai libre de lodn mulí&lt;'ia. y --t-o1110
&lt;le qtir- lo. aclornblc criatura no me rehusaría el
ubroquelada 1•11 los m:cros inrompibles de la d&lt;·.-:.- suvo, para mí tan codiciado. ~tas desde que sagracia. Para mi, que poco á poro penetraba en qu·é de la penumbra á los dichosos zapa.titos, con
la historia de aquello. vitlu, .\rndia no t·ra sólo
mis recur-rdos para su poseedora, rubia por fuerlu muí'hadrn akgre y .enr.antandora qm• tenia unu
za, y mis deseos de matrimoniar con ella, nusonrisa para lodo, si110 algo rnús, c¡u-e llegaba blúse por entero el cielo de mi felicidad y de mis
más .al corazón y envolvía ,el alma, en tenu--cs esprronzas. ,\rnelia torció el gesto y derramó en
red1' s de simpati8. Dentro de aquel frúgíl cuer- su rm;tro unn scrirdod esquiva. Comprendí enpeC'ilo de muñeca hahia un coruzón de hombr('
tonces que había ido demasiado lejos en mi sinpru·a la. lucha, una voluntad de n&lt;'ero paru venC&lt;'r
eeri&lt;lad.
las locuras de los grandes aball1uicntm;.
¿Y quién le dice :\ usted-me interrumpió
¡ Dichosos zapalito.c, ! A ,ello..-.;, sólo ú eHus, debía
ella--que no exi~te la duefta de los zapatos que
la fortuna dC' conocer ú .-\111elia y Of' poder pensar no Jo dejan dormir tranquilo'? Todavía puede usen las allus horas dt) la noC'hP rn una dif'ha soseted casar~ con ella1 si ella cree en su cariño, Y
gada, en unión de una mujer i1wompnruble.
si usted se hace querer de ella.
Aquellos tres días qne pawron sin que lo. vieEn el tono de voz con que matizó estas palase, pareciéronme tn·s siglos que no se acababan
brus adYertíase su enojo. Yo traté de recoger
nun&lt;'a. ,\\ pronto, rreí que :;e ucullulm rehu·
yendo las charles conmigo: dt&gt;~ pués supuse que velas.
-Es usted la mujer mll.s ideosa del mundo,
tal vez lo que quería era qne baja,se á su cosa
,\melia. ¿ Quién le dice A usled que yo quiera capara eslrechar más 11uestrus hasta entonees in- ~nrme con nadi-e? He querido contárselo todo, no
fantiles reloriu11e~. Pero gl'acius á una i11disc1·e-

~ult~rle que, aun ant&lt;.'S de que usted me conoc1~~e, ya pensaba .Yº ~n usted.
v ·. ada d1~0. ,\meha. fori~ó á quedarse cavilosa,
. .)O aprovec~é. la oportunidad de su silencio paru.
enm~mdar m1 llgerer.a, rcpiti(·ndole mis cuitas.
. -(., Yb su madre, P-epe'! Se olvida uslcd de Jguucia-o servó ella.
-; Ay, Amelia! Cr('a usted que en este instante
mr- acuerdo más de Ot-0lo.
ra~tran_tet un segundo los dentezuelos de la adorar~,cri~ ura ~aron su nácar por encima del
rn e. sus labios, y una tenue sonrisa de
ªsmor Prop1ó complacido, eles floró la seriedad de
u ros 1ro.
-¿ De ve rdad ?- me preguntó incrédula.
-se lo juro ...
-¡ O~ 1 i Jurar, no !-dijo con viveza
-¿ Ni por el lunar?
·
Su senedad me contuvo.

~lire us1-ed, Pr-pc. Para ~er arnigu:; me llene
i¡ui• Pr:c&gt;n 1r.lf:r u~h•d íurnmlidad.
·i. !--=(' -cnoJa usted'?
-No.
. Los d?S quec.la1110s sil&lt;'ntiosos .•\quel cambio
ldll brus.co que había notado cu el modo de ser
dP
.\mella,
deuw
1, y solJrl'· cxtrn1\'lrme
~
'
, me cobib'1a gran11 i .
a no era la eriutura oJegre risotera
Y purk1dora de otras vccel::i la que vo' e
,
.\hora era adusta, hosca, demasiad ~
_onoc1~.
lll~ll'ha&lt;"lrn. Y lodo ello había ocur~ids:r~~1 ~~l~
mu1ul1is· .\1 vi'rnos, ella misma ron sus pal b
~p.remmnt-cs,, me pültó la d,rci'aración am:r::a_s
~ &lt;11111 ,~w:;trooe complacida. al oirme balbucir 18.
sH_rla. ~&lt;. l~1gnreR comunes cou que quise ocultar
~~~ eseasez dr doles oratorias y enmendar el ol1 o de no haber pensado lo que tenía que decirla
pura con venc.crlél de la verdad de mi cariño. 1
de repente, sm motivo alguno, sin causa que lo

�1

!

sus propósitos de trasladarme al villorrio, fué
la rotunda negativa de Amclia. Todo mi amor
propio se había sublevado y mi orgullo me aconsejaba poner tierra de por medio entre la hermosa criatura y yo. l\li resolución era firme,
adoptada después de no pocas meditaciones. Aun
cuando no amase á Amelía, me mortificaban mucho sus calabazns, sobre todo no habiéndomelas
hecho presumir, y habiéndome dado mil motivos
pnra pensar que no se mostraba esquiva á mi
cari!'io ni hacía mal rostro á mis arrumacos.
Cuando profundizaba en esto, en lo brusco y repentino de su cambio, me volvía loco, y con mil
nuevas dudas embrollaba mis pensamientos. Su
seriedad, su aire taciturno y caviloso, su negativa formal y seca, después de mostrarse tan
risueña y revoltosa momentos antes, hasta el
punto de ponerme en el disparadero para que le
espetase la declaración, eran para mí cosas incomprensibles, que tenían un misterio que yo
ignoraba.
Por más que mi afecto para ella sólo fuese
pura simpatía, me desagradó mucho su proceder y sentí gran disgusto por la burla. Nuestras amistades habían terminado. Ya no nos veríamos ni hablaríamos más. Si ella me quería,
su cariño, imponiéndose á toda otra consideraVII
ción, la forzaría á entrevistarse conmigo para
desenojarme y pedirme excusas. Su repulsa,
Otra muestra epistolar:
cruel y amarga, y mi orgullo, me mostraban el
((Querida madre mía: Xada, absolutamente camino que debía seguir en adelante : rehuir todo
nada me retiene en 1\ladrid, ni nada le oculto á encuentro con ella y alcanzar mi traslado lo más
usted. para quien nunca luye secretos. l\li ma- pronto posible. Y hasta pensé con gusto en Ig...
yor dicha sería poder estar ó. su lado y recom- nacia
Pero mis fieros propósitos duraron menos que
pensarla largamente con mi carifío de la sepala vida de una flor. Cuando oí las ocho y media,
ración forzosa en que hemos viYido.
nPara complacerla á usted he pensado con de- noté que de mi severidad para con la hermosa
tenimiento en mi traslado y no hallo en él cosa Amelía no quedaban más que muchos deseos de
alguna que se oponga á sus deseos ó que pueda verla, de oir su voz y acariciar mis ojos ert la
perjudicarme. Trabaje usted el asunto y solicite Yisla d&lt;' su pícaro lunar. Y, á pesar de todas mis
y obtenga la ayuda de don Ambrosio, nuestro prevenciones, no pude resistir á mis deseos y
excelente párroco, con quien ya tengo ganas de me lancé escalera abajo.
Esta impaciencia mía fué la que guió mi fortucharlar un ralo, á la sombra de la parra, en el
na aquella noche, porque si espero á las nueve,
patio de nuestra casa.
&gt;,Quedamos, pues, en que YO deseo, en que yo no hubiese visto á Amelia. Un poco antes de llequiero, en que yo exijo-si· es posible que inc. gar á la portería la vi que subía. La hermosa
atreviese á exigirle nada á mi madre-, se inte- criatura me sonrió graciosamente, y toda mi serese usted en mi traslado y lo obtenga. Estar a riedad desapareció como por encanto. Y fué ella
que habló primero.
su lado y wrla feliz, sería mi mejor ascenso y lo -¿Supongo
que no estará usted enojado conel más gralo íln de mi carrera.
&gt;,Dígale usted á Ignacia que no soy olvidadizo migo? ... Yo soy así, y asi hay que tomarme.
Franca, mny franca para las personas que quiey que aún recuerdo lo monísima que estaba en
traje de primera comunión y el grato sabor del ro. T.,o de anoche pasó. Ahora á ser buenos
dulce que me regaló al terminarse el solemne amigos.
-¿.\migos nada más?-Y sentí renacer mi disacto cristiano á que asistimos todos los de casa. gusto. Usted habla de su franqueza, y para
nSupongo que Lerroux, nuestro leal y honrado
J,errottx, aún me recordará, y vendrá á mi mo- rni... ¡ :\'o me diga que las de anoche fu,eron su
viendo la cola y ladrando cariñosamente cuan- última palabra!
-Ya veremos, Pepe. Las cosas hay que ganardo me vea aparecer por la puerta. Cuídelo usted
mucho, madre m1a, que bien lo merece el re- las y no pedirlas.
-i\le promete usted entonces ...
cuerdo de mí padre y su carifiosa fidelidad.
-Yo no prometo nada ... Hablemos de otra
,,y como no quiero ser ingrato ni olvidadizo
para nada de lo que pueda traernos dulces me- cosa. ¿ Ac.epta usted una prueba de confianza?
-T ,a acepto.
morias de épocas más felices, vayan allá tam-Pues, entonces, véngase conmigo.
bién mis recuerdos á la Rosa y su becel'J'ete.
.\1 ver que yo dudaba, agregó:
»De don Ambrosio no le digo nada, porque ya
-Conmigo. A mi casa. Conocerá usted á llli
sabe usted lo que quiero á ese buen viejecito, que
fué para mí segundo padre Nuestro excelente h1·rmai1a Elvlra ... Le advierto que ella ya le
párroco debe de estar muy anciano, aunque sin conoce.
¿No había para sorprenderse con esta salida
perder sus bríos de siempre.
1&gt;Consérvese usted buena y reciba un millón de la hermosa muchacha después de confirmarme nuevamente en las calabaza.s? A mí me agrade besos y abrazos de su
dó mucho complacerla en sus deseos de q.u e la
PEPE.»
acompafiase á s.u casa, porque así, al menos,
Creo innecesario advertir que la única causa aunque remota, tenía alguna esperanza donde
que me movió á escribirle á mi madre, aceptando afianzar mi amorío. Decididamente se arregla-

juslificasc, su rostro se puso serio, acaba.ron todas las sonrisas y se mostró enojada en sus respuestas. ¿Por qué•? Por más que hice no pude
sacar,nada en claro ni razonar aquel disgusto de
la hermosa criatura. Desde entonces, cuantas veces quise sacarla de su mutismo, tantas otras
no me hizo caso. Caminaba de prisa, Ull poco
abatida sobre el pecho la linda cabeza. A buen
paso, moleslo.é intrigado, yo la seguía. Sin cambiar palabra, subimos los dos la escalera, y ante
su puerta nos detuvimos. Hice un esfuerzo. Quería saber su decisión, obtener una respuesta categórica.
-;. ~o piensa usted contestarme á nada? ¿),o
me quiere decir lo qu&lt;J piensa?-le pregunté.
--Ya Jo sabe usted, Pepe-repuso ella.
-¡Yo, Amelía! ¿Pero me ha dicho usted
algo'? ... Ve usted. Ahora soy yo quien exige franqueza.
-Pues bien, Pepe; con franqueza le digo á usted que no á todo.
Y sentí cerrarse la puerta suavemente, mientras una voz, dulce y cariiiosa, le decía á Amelía:
-¡Cuánto has tardado hoy! ¿Con quién hablabas?

ba el asunto, cobrando un aspecto original lleno
de_ enc~ntadorn:, sorpresas, á lo que yo ' resum1a. Aun era hempo de ganar lo perdido p y en
ganarlo p_ondría toda mi prudencia.
'
" Pero mis cavilaciones no pudieron ser muy lar3as, no por fal~ de asunto, sino por carencia
e espaCio. Rabiamos llegado ante la puerta
Amella introdujo el llavín en la cerradura,
q_ueándome la entrada á una habitación limpísima, deco~ada ~on harta pobreza. Algunos cua~ros y vana_s sillas componían su ajuar. Amella me empu¡ó suavemente hacia una puerta por
c,uyo huec&lt;? pasaba un chorro de luz, y se adelantó á ~1. Estábamos en la sala. Junto á un
veladorc1to, que contenía menesteres de costura
sen~d~ en u~a silla. baja, con un bastidor sobr~
las 1 ?d1llas, v1 á Elvira, tan semejante á Amelia
tan igual y pareja, que quedé agradablement~
sorprendido. Amelía la saluaó con las siguientes
palabras:
-Aquí le traigo á nuestro vecino, que quería
con~certe. José... Pepe Cobos... Mi hermana
Elvira.
.-Tenía ganas ele conocerlo-me dijo ella é
hizo un ~demán de alcanzar una muleta-. Ya' ve
usted .. Tiene que dispensarme.
-¡Dispensarla! Ustedes si ...
-¡Esa ~s buena!-salló riendo Amelia-. Aho':ª cortesias, .Y á 1~ franqueza ¡que la parta un
~ ayo! Pero s1 he sido yo, Pepito, quien Je trajo
a usted á casa, para que le cuente usted á Elvira esa hermosa .historia de los zapatos.
:-Pero, Amella, ¡por Dios!-la dije confuso1
mir~ndo á la gentil cojita con el rabo del ojo.
-,Pues por eso, Pepe! ¡No ve usted que Elvira es la d~efia de los zapalitos de hada!
_Y esparció p_or el habitáculo la cascadita armornosa de su risa, regocijada y fresca.

rr~l

de encuentro conmigo, y hasta volvía más tarde
á. su casa, por la noche, sin duda para no verme
111 hablarme.
-¿ Usted la qui.ere mucho?-la pregunté sin
dari~e cuenl~, á hilo_ de mis pensamientos.
-, Querer ª. Amelm, Pepe! i Eso es poco! i· Si
us led fa conociese!
~~ supe qué decirla. Tras aquellas palabras
~dn11!1aba un ca~ifio hondo entre las dos criatu1 as, igualmente rnfelices, y descubría la história
de a.qnel~as dos vidas gemelas, frente á la existencrn, SIJ?- u_n apoyo amigo, ganándose el trozo
de pan diario en medio de los peligros de su
belleza.
Elvira, también silenciosa, continuaba en la
tarea de su ~ordaclo, inclinadísima sobre el bastidor. Y deb1a de pensar en Jo mismo que vo
porq~e la suave ondulación de su pecho era si"~
no_ bien claro de una conmoción oculta. 1•Pobfe
cn_atura! .Aquel defecto físico que la afea ba la
od10sa co¡era, era una crueldad del Destino ' y
no sé por qué recordé mi Dello ideal mi r·~bia
encantadora, dueña de los pies de hadas, que

VIII

-:ª\ª convencerme,

necesito verlos, Elvira.
-:¿Si._. .. Pues ahora le toca á usted aguardar.
P~ciencia, Pepe, paciencia. Yo también la he temdo.
-·¿Es usted rencorosa?
-A veces, sí, y mucho. Una semana justita
hace hoy que prometió usted contarme esa hist(!ria y ahora me sale usled con esas cosas ... Le
digo á usted que no me engaiía.
-Vamos-pensé yo-. Amelía le ha contado á
ésta que á Ignacia la han puesto de largo-. y
en voz alta-. Pero conste que es usted tan hermosa como yo me figuraba.
- ¡Yeso que no soy rubial-me dijo, riéndose.
-¡A pesar de eso!
-¡Ah! Vamos. Para usted es un pecado ser
murena.
-Sí Y no, Elvira. Pecado cuando no se es bastante hermosa para ·hacerle olvidar á uno el recuerdo de otra mujer que es rubia.
-- ~luchas .gracias por la lisonja. Razón tenía
:\mella en pmt~rmelo á usted como algo poeta.
i Ar.ne!1a ! La moporlunidad de aquel recuerdo
me hmo vivamente.
-A propósito de Amelia-le dije, deseoso de
aclar~r mis dudas-. Hoy tarda mucho.
-Y ayer, y anteayer. No sé lo que le pasa-observó ella.
Yo sentí como una punzadila allá en el fondo
del al~a. Era verdad. La hermosa criatura había
C&lt;;1mbiado mucho en su modo de ser en algunos
d~as. Se ocultaba ó aparentaba ocultarse de mí.
No era ya la. ~uchacha reidora y picotera de
otras veces. Di¡érase que rehusaba toda ocasión

cal,zarían los tentadores zapatitos. Ahora lo veía
all1, á dos pasos, y no era rubia, y por ser imperfecto usaba muletas. Todas sus gracias y toda.;; ~us bellezas no podían ocultar su desventura m eran gran cosa para desvanecer mis eno¡os. iQué desilusión más grande! ¿ Valía la pena
pensar en algo agradable para que la realidad
lo deformase á su gusto? ...
-¿En qué pier:sa ust~d?- me dijo, enderezan.
do el talle cual s1 estuviese incómoda.
-En que tengo ganas de verla con el cabello
suelto.
Hasta que no dije la última palabra no me di
?uenta de lo que hallía dicho. Mi atrevimiento
impensado, me azoró. Afortunadamente ella n~
lo tuvo á mal.
-;-Antes quería usted ver mis pies-y se sonreia.
-Y u_sted no, quiso que los viese-repuse yo,
due!'io ya de mi, y con el aplomo de quien sabe
rn á. obtener lo que solicita.
-¡,Para qué?
-Sea usted complaciente Elvira-la dije mimoso-. Por una vez...
'
La _vi titubear un momento.
- l;n segundo nada más-insistí.
-?ue~o... Para que vea usted... ¡Pero uno
solo .... ¿.Lo ve,ya? ... ¿Está usted contento? ...
¿Para qué quena verlo?
En su modo de hablar y hacer las preguntas
se notaba su azoramiento.

�-Pronlo le ha lomado usted el gusto á nues•
(·as.a-me dijo. Luego, •encarándose con su
hermana, añadió:
-i\o te fíes mucho de Pepe, Elvira .. Es muy
vehemente ... Toma. El hierro. ¡Ya tengo ganas
Lle perder ele vista tanta medicina!. .. Por supueslu, Pepe le habrá distraído ... ¡Uf! ... Yea usted.
Es nuestra alcoba ... ¿Cómo va eso?-Y se sentó
ul lado de Elvin.1 1 rodeándola -con el brazo la
cintura.
-Bueno. Ba.sta ya ... ¿.\ que no se queda á
cenar con nosotr-as?-me dijo con su volubilidad
de pújaro.
- Hoy, 110 1 al menos. Y me levanté.
- ¡Pero se va ya!- exclamó E\vira.
- Y á escape.
En la puerta, al cerrar, me habló Amelia.
- Es usted terrible, Pepe.
-¿.Por qué, Amelia'?
- Porque tiene usted nn corazón muy grande,
pero muy grande 1 Pepe.
t ra

IX
¡ Para hrornilas e~taba yo! Aquel alfilerazo ele
la hennosa criatura me llegó al alma. Amelía ya
no era la misma para mí. Había cambiado mu&lt;"hn ~n mu~' poro tiempo y de una manera imprrnst..1. Los e,wuentros en la escalera, acabaron. y acabaron también nuestras ,enlrevistas y
nuestros delicio~os paliques. Es más, parecía
(·omo que Amcliu tuviese el propósito de esqui\·nrmr, ele rehuir torla. oca.sión de verme y de
hnblarme. Ilm;ta por las noches, regresaba muy
larde ú su c-a~a y apenas nos veíamos. Si vo no
udver!ín tanto ~u ausencia, era por Eivira, "aquelln mnclrncha con rostro ele niflo que me intere:-;nba poro á poro y á cu?n ladu me sentía tan
Jiicn, n1irándo!a trabajar silenciosa. en Ja delicada J;-ibor· ele seclerin. El contraste entre su seriednd ~- la travesura de su he11nana, á veces modamc á recorclnr· á. la ausente, con algo de tristew, f"Oll un J)O&lt;"O del desagrado del ·amor propio herido. Y alli 1 frente á ella 1 un poco románti&lt;'O. hilHrnaba mil historias de carifio, creando
!uR más atrocos ronílirtos. Como buen impresio11able, la úllirna emoción era la base de todos
mis sentirnientos y pensamientos. Y entre burla
y burla, broma y broma 1 empezaba á tomarle
~usto á la seriedad ele Elvirfl, con el mismo fue~º que días aJH('S me dí á pensar en Amelia á
todas horas.
Y verán ustedes las cosas que me hizo pensar
el úlfimo alfilerazo de Amelia. La hermosa. muchacha me había visto con buenos ojos hasta
que supo, la pícara historia de los zapatos. Desde entonces, varió para mí del todo, sin duda
por... ¿.Qué dirán ustedes qne- se me ocurrió?
P11es 1 sí: nara dcjarlP mi C"ariño á su hermana,
á la cajita, la duefia. de loo zapatos de hada. Pnra
mí no cabía eluda de que Amelia .se desposeía de
su afecto para regalárselo á Elvira, pobre ser
enfermo y desvalido. ··_f osí, viendo que yo fre-

1
1.
1

lr

1

~i

L.·.

cuentaba su casa y Je tomaba gusto á la amis-

- ?,-le. 15areda

m e11tirn que huhie&amp;C' pie wn pe·

{[ll é!lO.

P '"':"S ya sn h e c¡11 e lo hay.- Y, al sonrcir, mos.trafr . la -pru m e~a tentadora el-e s üs clicn [cs.
· -Sí. .\h ora, sí .. Lo s de us ted ...
- ¡ c\hi es tá .\rtie!ia !- dij-o al se ntir que.se abría
la puerta.
·
,.,_ A_l -entral', rñe sonrió Amelía, .amenazándÜrn.e
carulosamente con su · mó.heCitá.
---

tad de su hermana, nos dejaba solos, hacíase la
perdidiza ... ¡ Era un rasgo bonito de la linda cbiquilla!. .. ¡O un eles-atino mío!
Lo cierto es que, al lado de Elvira, las horas
s-e me hadan cortas, muy cortas, y me olvidaba
.ele lo pasado poco á poco. Elvira, muy seria
si('mpre. muy silenciosa 1 con sus diez y ocho
arios~- aquellos ojazos suyos lan serios, lan tranquilos, era lo bastante par0;, .impresionar á un
_33eI1.orete _como yo, ya t.allucli_tb, que no había tenido amor ning'mfo. Así Corño· füas antes ffi€

agradaba mucho oir la \·nz de Amelía, su rharla
· picotera y ver la pic-ardia de -sus ojos, nhora me
sabia rriuy bien aquella tranquilidad, aquella paz
y aquella calma que sr adYertía en ElYinL Y me
daba mucha Iá::;llma sttberl.a coja, y('rla clesgrac-iada, sin usar conmigo &lt;le las coqueterías de la
rnujer, conocc-d-0rn de su def.rclo y si1í. ilusiones
de enamorarme.
t-.Ias, á pesar de esto, aún viYía el recu('rdo
de Amelia .en mi memoria \. su desvío uie lastimaba. Las noch es que lu 1:)0día ver en su casa
era tan otra, tau indiferent e, tai1 fría para mí,
que -sentía !a mortific-ac-ión ele los celos . .\o me
hablaba ya y ponín todo su ernpcfi.o -e n quP no
nos queclásem-0s so!M,. Pero una vez triun[l' sobre sus mafias y pude soa1rla d.e su ('S!udiado
mutismo .. El vira revolvía yo no sé qué cosas allá
en la cocina, y ltasta. nosotros llcgabu -el rumor
de su muleta. Amelin s-e había inclinndo sobre el
bastidor, haciéndose la muy interesada en la
obra.
-Ya era hora de que pudi ese hablar con usted, 1\melia-la elije un poco corlado.
-Ust-ecl siemp.re tien,r, que hablar algo- me
contestó, inclinando más la hermosa cabeza.
- Es que quiero que me explique ...
- :\'o siga uslefi, Pepe·... Es mu~r duro, muy terrible qúe, después de sufrir muchos mi.os, venga
á hundirnos en la cl-csrspera&lt;:ión una persona á
quien hemos querido ... Yo no quiero que usted
engañe- á Elvira.. Elln ya c-rce en su &lt;'arifio ...
-Pero 1 Amelía, ¡por'Dios! ... Elvira no puede
creer eso ...
- Sí lo cree ... ; Y quizá no se engañe!
-¡, Y usted tamhién !o c-rec?- le pregunté, sofocado.
-Sí. .. Y Unripoco me engaño.
-nemasiado sabe usted ...
-:--i i\lós bajo, Pepe! ... Ya sé lo que me va a
decir .. Que me q111ere á mí ... ¿:\'o ,es eso'? ... :\fo
se ponga así .... \migos, .':ii usted quiere·1 otra
cosa, no. Yo lampoco me pertenezco.
-~o la creo, Amelía, no In erro.
~i:itonccs me miró mu;y seria, y, con una tranqu1hdacl que me hizo &lt;laño, me dijo:
-Se lo juraré.

X
Bueno. Las cosas como salen. Quiero decir que
tan pronto como me vi en mi cuarlo de sollero
se deshizo mi rabieta en un chorro de i11terro:
gaciones, _todas _ellas encaminadas t'i pr('guntarm0 yo mismo s1 dcbia tomar muy en serio las
P?-labras ele Amrlia, co11Jinuar siendo protago111sla dr \1!10 5 a~ ores tan entonraiindos y nebulosos, ó s1 !o mtJor r,ra lomar el lren é irme tan
guapamcnte a! pueb~o, sin aun decirle acliós á
las dos muchaclrns. ,\fas estos pr-0pósitos saludables no duraron muc-ho ,en mí. Por un lado me
.heria oon violencia el recuerdo de ,\melia v sus
ú]timas palabras, y por otro la ml"'morü1 cie Elvira1 _con _su cara de ni1i.o. tan seria. siempre y
lan .s1lenc1osa, Juc.-haban en mi alma (·un })río y
me impuls~ban á aclurar aqu el embrollo. Yo nO
le habrn dicho ,nuncu á Elvüa que la amnse 1 y,
en los pocos drns que la conoría y 1rataba aúu
~? se me había ocurrido qu e la pudi ese- q~crer.
S1 verdaderamente -exislitt en mí algún afecto
para un8: de las dos llermanas, la duefía de él
era .Arn.e!ia. ¿ Había, pues, razón nlguna para. sus
palabrris para qu,e creyese que vo amaba ya a.
Elvira?
~
~
j DiGho,;os zapaUlo.s ! Lo que había comenzado
rna1 no podta ·concluir bien. -La culpa, sin em-

bnrgo, era toda mía. ¿ ,.\ quién se le ocurría parar~-e ('Omo un papanatas á mirar un par de zapalos expu,eslo en un rsc.apar.atr? ¿Que eran muy
monos·? Bueno. ¡.i\lHy peque1ii!,0s'? ri.Jejor. ¡.Que
su duc!i.a debía ser una rubia encantaelo•ra'? ¿ Y
qué'? ¿. '{ que la duelia era E1vira, una {'riatura
mn~· !inch.l 1 pero morena y coja? Pues, mejor
para ella. Lo nec,rsariD para mí era lerminar d-e
una \'CZ la historia dr- tules amoríos y enviar al
demonio los- za palos y sus recuerdos. ¡ Ya vería
,\melia ([Uién era Pcpf' !
¿ Tendría novio ,\melia? ... ¡Ca! A pesar de
su juramento, yo t&lt;'nia la seguridad de que no
&lt;. xislía la! no vio. Lo que ocurría era no más lo
que- yo me figuraba. Amelia habíase trocado
hurafia y adusla para mí de.sd-c que· le conté la
famosa historia. Desde entonces ern .su cambio.
.\nt-'.:'S había sido amable y eari!i.ósa, y hasta me
dejó entrcvrr que podía amarme. Luego, yµ fué
otra; y si Elvira, en la intimidad, le contó mis
lisonjas y mis galanterías, pintándoselas como
fin:'zas de amor1 sus palabras tenían una justificación aparente, que á mí }n{' convenía dcsvanec:er. Después d.e· to&lt;lo, para mí eran lag. Qo.s
iguales y me importabnn lü mismo. l"n pocn ·de
simpnliu que se perdiese no era nada, coinj}arad-o con la tranquilidad que disfrutaría al ver•
me libre en aquel embrollo.
i Buen berrinche se iba á llevar ElYira !
Los golpecitos que di en la puerta, secos, pausado~, debieron de sonar en PJ corazón de la
hermosa rojita. .ru.al toque ele agbllía. Tan.1biéJ1
&gt;·-o E&gt;2nli un poquito de tristeza 1;11 oir el rumor
de la mule!a. Y .se nbrió la puerta.
-¿.Qué? ¿Está usted ahora contento?-rne clljo
Elvira, sonriéndose', al -notar que reparaba en
su cabello suelto.
·
--Está usted m,uy hcrmosa--...le conteslé con
algo de sequedad, enlranclo en la snliLa.
Eh·ira lomó asiento, yo la imité, v se hizo el
silenf'io. \'crdaderamcntc, aquel ca·bello suelto
estropeaba todo mi pian y colmaba mi ira. Era
nPce.surio busrar · por otro lado otro comienzo ...
Elvira hab'ía -reanudado su lar.ea. Yo .la miraba
y scnlia pesar por lo que iba A decirla.
~orno siempre, casi debajo ele la ventana, lrn~
brqnba la encantadora cojita, s-ent3da en una
Ril~a bnja. Como siempre, la luz del quinqué-un
qumqué de gran pantalla, vencirla hacia la parle
di'. \a alcoba-daba de lleno en el ro.siro, ún pocp
pulido, de Elvira. El velador, como otros días
!'iust r- nia un _monlón de r-11caj,es 1 cintas, carrete~
~- re!aZ '. )s .. \!lá en un rincón 1 sobre una silla, el
pf' r~zo.'H1 Ote!o hacía la maniobra de siempre:
¡:-:):11use en pie, alzaba la cola, combaba,. el lomo
~- sallab-/1 al ~udo pc\n1 lnnzarsc sobr~ mis rodillas, murmuJeando su mal humor. Y1 sin embargo, aqu\lla no('he- lodo me parecía cxlraiío,
se rnc anloJabn nuevo. Allí estaba Elvi.ra muv
indinada soJH'e ln lahor con el csbello-~uellÜ
&gt;' ,\"O veía en f'Hü un no Sé qué que no- había n;
1a&lt;l? nunca: parieríame vcrli:i. por primera vez.
Como hermosa, estaba. lwrmosa la cojita. Y
µcnsé C'on p~na en mis propósitos, J)recisamente
c-twndo la. lrnda rnuelrncha sr acordaba de mi
cl r•s,:'&lt;J ... Ella era 13: única mujer ele quien yo podia
clr~·1r_ haber obt.emdo tales pruebas de amistad ...
&lt;-'&gt;-(? iba ft proceder mal? ¿No hubiera sido mejor
110 ir ft aquella casn? ... Quizá por el peso de mi
rn1racla,_ ó aca~o por la fuerza de mis•pensamien1ns , Elv1ra. alzt: la cnb,eza y fijó en mí sus grandes
v hermosos OJOS tranquilos, muy abierto$. Entone.es, me decidí.
-- ~Quier~_usted ser fra_nca y l~al conmigo, Elv;ra. ·- la d1Je en vóz baJa, smlténdome conmo·v1do. ·0

1

,1

�-Siempre lo he sido-. Y había en su voz extrañeza.
-P~ro franca de verdad ... ¿De lo que sea?
-81 ... De lo .que sea.
-¿ Le ha dicho usted á Amelía que ... yo la
quiero á usted?
-¡ Nunca, Pepe !-repuso cerno ofendida. Des-

pués, con cierta tristeza, añadió:
-;, Cr?e usted que yo puedo pensar en eso?
Para m1, usted es un amigo.
Su salida me mortificó de verdad.
-¿Nada más? ... ¿Y para complacerá un amigo se suelta usted el cabello y se pone usted

guapa?

l\li franqueza la ruborizó.

-Usted ...

-No mienta usted, Elvira ... Para mí es

us-

\cd ~orno nadie. Buena, franca, leal... No me des1lus1one usted ... ¿Amigos nada más?
-¿ Y yo que le voy á decir?
Su yoz era tembloT-osa y una lágrima velaba
sus 010s. Su azoram iento, grandísimo haJae1aba mi amor propio.
,
t:&gt;
-Que me quiere-le dije un poco conmovido
en voz: muy baja, cual si temiese que me oyeran:
-¿Yo? ... ¿Creer?
Estaba hermosa, tan inquieta, balbuceando las
palabras, sin sab-~r qué decirme.
-Sí. ~sted. Co~o es:. la más buena, la mejor.
--Y cogt su manec1ta 1 srn saber lo que me hacía,
arrastrado por el encanto de sus grandes ojos
asombrados-. ¿Sí ó no?
--¿ Y era tflnta seriedad para ·eso?
-¡Como que , no quería que pasase de esla
noche!

1

XI

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-¡Ve usted! ;Ve usted como tenía razón!-me
dijo Amelia riendo 1a primera vez que me vió-.
Ya ha engafiado fü;ted á Elvira ... ¡Pero cuidado
que es usted una pe_rsonita mala! ... Dé usted gracias á que Elvira es así, tan buenola -y todo se
lo cree.
'
Y terminó su charl~ soltando la alegre cascadita de 1::ú risa, fresca .y alborotadora .
Este fué el único comentario que le sugirió la
noticia de mis amoríos con su hermana, y así
se lleshiio aqu,ella linda historia de heroísmo que
yo le colgaba· á A.meJia rara explicarme de algún modo la brusquedad y lo repentino de su
cambio. ¡Buen chasco el mío~ Como si cupiese en
cabeza humana que una chiqurna tan loca cual
Amelia, se despojara de su cariño para cedérselo á otra mujer, quizá para verla feliz. Y vo,
gran tonto, qne había llegado á componer tOdo
un drama pasional á costa de su desvío, y que
alribuí su delgadez y lo pálido de su rostro á
oculta lucha de sentimientos en su alma! Todo
para que ella fuese la primera en felicitarme y
reirse de rni infantil azoramiento ... Francamente, me avergoncé á hurtadillas de mis despropósitos.
Y la verdad era que á mí me complacía que
i\mrlia no hubiese puesto cara fosca al conocer
mi.s recientes devaneos amorosos. Desde el día
aquel en que me propuse firmemente acabar mis
relaciones amistosas con las dos hermanas y
periclité de modo tan vergonzante, indigno de un
caballerete de mis humos, tanto Elvira como yo
habíamos variado en la manera de ser, Nunca
supe ni atiné á explicarme por .qué rara casualidad se verificó en mí aquel trastrueque de s-enlimienlos1 al verme delante de Elvira, tascando
mis fierezas. Ello debió de ser por algo más que
por lá.slima y compasión. A mi que no me digan

que por eso se enamora nadie ni se conmueve
ante una muchacha bonita, que tiene unos ojos
muy hermosos y muy grandes y lleva. el cabello
suelto ... Tal v-ez buscando en mi prolongada soltería, quizá sabiendo que yo nunca había tenido
novia ni amistad con mujeres, y acaso profundizando en la emoción que me produjo aquel cabello suelto\ deseo mío que una linda muchacha
realizaba ... Probablemente, uniéndolo todo, alando cabitos y sacando consecuencias, mi trastrueque de S-C!)limien!os se hubiera explicado con
harla claridad. ¡ Pero para profundiz.ar estaba
y~ después del tremendo ridículo de mis suposietones acerca del desvío y la indiferencia de
Arnelia ! ¡ Como si la f.elicidad estuviese en otra
eosa que en la misma felicidad!
Para mí, lo único cierto era que yo estaba contento, que Elvira merecía. que se la quisiera y
aún se Yolvía un poco coqueta, y Amelia tornaba
á ser la loca criatura de siempre, tan risueña y
parladora corno otrA.s veces. Y lo cierto tambiéi:1
era, que ó. mí me gustaba mucho pasar la velada sentado junto á Elvira, solos los dos, diciéndole tonterías al oído. Poco á poco la gentil cojila se hacía duefi.a de mis pensamientos, y para
ella sola eran las agradables locuras que se me
ocurrían. Y, cosa eslupenda, ó por mejor decir,
cooa natural: el defecto de su cojera ,casi no existía para mí y me acostumbraba á pensar en Elvira con muJetas.
Como Amelia nos dejaba en completa libertad
y solía regresar muy tarde por la noche, Elvira
y yo pasábamos veladas deliciosas, á veces sin
hablar de nada. A pesar de todos mis esfue·rzos
aún no había _podido vencer su cortedad, y lo
más que obtema de ella eran palabras sueltas y
muchas sonrisas 1 y, en ocasiones, que me dejase
cogerle !a mano durante un minuto.
La seriedad y la timidez de Elvira me agradaban mucho, y me daba gozo ver sus ojazos muy
abiertos mirarme fijamente cuando envolvía en
intención y malicia mis palabras. Era una buenaza1 sin la picardía ni la travesura de Amelia.
A veces, á los dos 6 tres días, recordando cualquiera cosa que le dijese, me preguntaba las ra•
zones de mis palabras, y un asombro pueril
agrandaba sus ojos al .advertir que yo las había
olvidado y no tenía de ellas ni la memoria miis
remota. Su misma timidez me cortaba á veces,
haciéndome callar cuando hubiera querido hablar
mucho, decirle todas las cosas bonitas que se
me ocurrían y los gr;;rndes proyectos que fraguaba para lo porvenir. Desde que éramos no-vios, de lodo .se ave!'gonzab.a; su rostro Se encei:id(a por la frase más insignificante y ocultab&amp;.
cmdadnsa el defecto de su cojera. En cambio se
ernp-erejilaba más, cuidaba mucho d-e su persÜna,
y hasta en su postura para coser ó bordar notáhas-c su empeño de agradarme, de parecerme
bien. Lo que más gracia me hacía de ella eran
las precaucion,cs que tornaba para mirarme:
si.empre esperaba á que yo volviese la. cabeza,
que no la viera, una distracción mía. Y yo que
sabía esto 1 p.rocu.raba hacerme mil veces el distraído en la velada para que me mirase á su
gusto, gozoso de aquella ingenuidad.
A las 0~1ce . m~ retiraba todas las noches, y
has la el dia siguiente, ql1e se repetía todo exac•
tament.e: mis palabras, mis demoniuras 1 el rubor de Elvira, su cortedad y el silencio de los dos,
aquellos grandes silencios en los cuales ella debia pensar mucho en mí y yo pensaba mucho en
ella. Rara era la vez que Amelia aparecía antes
.de que yo me fuese. Por la noche, muy poco la
vi en las veladas. Recuerdo que sus tardanzas
n_ie intrigaron un poquito y aun le hablé de ellas

á Elvira una noche, ya en pie para marcharme.
-¿ Tiene novio tu hermana?

-No-me dijo-. Que yo sepa, no lo ha tenido nunca. Me lo hubiera dicho ... ¿Por qué? ...
-¡Ah! ¡Bah! Por nada ... ¡Corno no la veo!
-Ahora tiene mucho trabajo.. Ya no debe
tardar.
·
Yo no supe qué contestarle, y, con los pies cruzados, apoyándome en el respaldo de la silla
quedé pensativo. Y no sé por qué consorcio d~
ideas me asaltó aquel recuerdo de su heroísmo
y recordé su alegre risa al hablarme de mis nuevos amores y la ocasión en la que quiso jurarme que no se pertenecia.
Elvira, extrai'i.ada de mi silencío, alzó la cabeza y me miró largamente. Con el rabo del ojo,
yo la veia mirarme curiosa.
-~fe voy-le dije.
-Ahí está Amelia-me advirtió, al oi.r el ruido de la llave.
Amelia entró muy seria. Estaba muy pálida.
Puso sobre el velador el lío de ropa que traía y
se sentó frente á su hermana, en la sombra. Cnizóse de brazos luego, y guardó silencio. Elvira
la miraba intranquila, con un poco de sobresalto. A mí mismo me impresionaron su seriedad 1
su palidez y su abatimiento.
_-¿Estás enferrna?-le pregunlói mimosa, El-

-En nada--respondía con alguna sequedad.
-¿Ves? ... ¡Ya estás así!. .. Di que no estás
incomodado.
Para no reírme ant,e su apuro tenía que morderme los labios. Entonces, el único señor era
yo, y, como lnl seño-r, imponla mis condiciones,
que las más de las veces consislían en que me
dcjnse sns mnnecitas en rehenes un buen ralo.
Nada de crueldades. Como había conocido su carúctcr en seguida, chb.domc cuenta exacta del
cnrifi.o que existía tras su apariencia tranquila,
y como notase que no había para olla cosa más
mortificante que verme mudo y cavil060, Procu-

Vll'a.

-No sé.. l\Ie duele la cabeza.. ~fe acostaré-·
repuso el1a con voz apagada, con cariño.
-¡,Quiere usted que busque un médico?-dije
entonces, por decir algo, aunque fuese una tontería.
-¡ESo es! ¡Exagere usted!
-No, Amelia. Pero creo ...
-Usted cree muchas cosas1 Pepe-me contes•
tó secamente, con enojo.
Y esto fué todo lo que saqué en .limpio.
XII
Ni fu$ de importancia ni yo le concedí ninguna al malestar pasajero de Amelia. Por las noches continuaba volviendo tarde, de modo que
apenas la veía y la hablaba mucho menos. Toda
mi vida concentrabáse poco á poco en Elvira y
en su recuerdo. El gran milagro de su renacimiento se hacía pasito á paso.
Desde que la hermosa criatura se sintió ama•
da, su·seriedad juiciosa comenzó á aclararse con
un rayito de amable presunción, sonriéndose ya
frecuentemente con algo de ingenuo apicaramientc. La tranquilidad y calma de sus ojazos de
nifio, trocáronse en vehemencia y fuego. Además, advertíase en tnda ella el deseo de agradar,
el soiícito cuidado que ponía en sus manecítas,
en la compostura de su persona. Hasta en el ha; blar notábase más vehemencia, más pasión. En
Eldca renacía poco á poco el carácier ele Arnelia.
Yo creo que ni para ella misma existía el defeclo de su cojera. Se volvía algo orgullosa. A
pesar de -sus condescendencias y bondades para
oonmigo 1 veía apuntar en ella el pícaro amor
propio de s.entirse querida y de saberse hermosa.
Precisamente esto mismo forzábame á quererla
más. Porque en realidad, sobraba con una frase
mia, ó un ratito de hacerme el caviloso y discon•
forme para que el orgullo de la adorable criatu. ra desapareciese, para que cesara mi vasallaje
y la sei'i.ora absoluta se convirtiese en humilde
esclava.
-¿En qué estás pensando? - me preguntaba
entonces, invariablemente, alza·ndo de la labor
la hermosa cabeza.

rnbn.. sacar todo el partido posible de mis artimafias para obtener uruebas inocentes de su
afecto.
·
Elvira, después ele toJ.-0, no se mcrccia más
que car,ño. Pero yo no podía zafarme del encunlo ele verla seria y apurada, con sus ojazos
fijos en mí, sin atreverse casi á hablarme. Sólo
por el guslo de admirarla así me hice el incomo~lado vec~s innumerables. Aquella mirada suya,
intensa, interrogadora, al v-ermc entrar, tenía
para mí tal gracia 1 que jamás pude sustraerme
ni deseo el-e imaginar mil modos de presentarme
á ella p~ra que fuesen más continuas. Después 1
s-cntudo Junto ú ella, y con el perezoso y dormilón
Ot~lo _sobr:e m~s piernas, la veía trabajar, sigu1cnclo1 sllenc10s0, con la vista, las maniobras
de sus manecitas en aquella labor de bordado
tan llena de paciencia. Entonces, en los claros
del sabroso palique, lanzábame á los descubrimientos de. nuevas bellezas en la linda muchacha. Lo pálido de su rostro, con aquella ondulación que la delgadez hacía en la mejilla; la nariz,

�})Lo que sí quiero aconsejarte es que no te deguiar por la primera impresión; que consultes tus sentimientos y pie•nses bien el paso que
vas á dar. Elvira puede ser muy buena, sin
duda lo es, y su bondad y estado tal vez le hayan impresionado y creas es cariño lo que sólo
es compasión. Por mí te lo digo. Tan vivo fuiste
en el retrato de las dos hermanas, que se me
han saltado las lágrimas. Si quieres á Elvira,
cásate con ella, hazla feliz y goza con ella el
porvenir que has sabido crearte.
,1Quisiera que me enviases el retrato de las
dos hermanas. Ya creo qu-e las qniero. La juijes

la blancura del labio superior; la barba, redonda, donde propendía á indicarse un hoyuelo; los
ricitos que naturalmente se hacían en su nuca,
blanca y redornhta; la linea de la barba á lagar~anla, ondulosa, suave ... i Cuántas cosas bomtas
me hacían pensar! ¡ Qué de veces las acaricié
wn la vista! ..

Recuerdo que un día que miraba atentamente el sonrosado globito de la oreja derecha, no
pude contenerme al descubrir un lunar, hermano gemelo de aquel otro que voceaba su picardia
en la barba de Amelía.
-¡Gracias á Dios!-dije alborozado.

,,

-¿Qué te ocurre?-me preguntó ella sorprendida.

-¡Ya he encontrado lo que buscaba!

~

La malicia de mis palabras la alarmó.
-¡,Y qué buscaba.s tú? Y había en su ·voz re-

'

~

'

,:

celo.
-¿Que qué? ... ¡)Jada, fea!. .. ¡Un lunar como
un lucero! Y miraba el puntito obscuro casi
velado por el cabello.
-¡Amia á paseo!-me dijo ella, deponiendo su alarma 1 l!lBS un tanto ruborizada por

'-:

\
--~/ "".

-Bueno.. Pero oye ... Si te trasladan ahora,
le vas á ir en seguida?
-:\'os iremos, Elviru. l'\os iremos ... En plural 1
fea ...
Aforlunadamenle.. Bueno 1 si.. Afortunadamente, el traslado no venía tan ·ae carrera como
mi madre se figurara. Digo afortunadamente,
porque, la verdad, me gustaba palad-ear mi noyiazgo y mis coloquíos con Elvira, que, ya segura de mi cnriii.o, me sorprendía. con el encanto
de sus franquezas y no me ocul1aba su rimor, ni
en palabras ui C'n miradas y condescenclencins. '
.\qudla ((soledad de •f.19"~- en cornpaii.ía)) 1 jamás
¿.

.

'

'

-'
, A,,--

el descubrimie11to.

xrn
Qube darle una alegría á -Elvira le.yénUole una carla de mi madre, respuesta ú
ol ra rnin, en la cual le notificaba ,el asunto
tJ_• 1~:i:; nrnoi-íos y le exponía. mi plan de JleY:irnie las d~·s rnuchnghas al p1Jeblo.. ~iooo
se me antoJa advertir que en· mi eprntola
enumeraba una por una todas
las bueuas condicion.es ele las
dos hermanas, sus-virtudes y sus
bellezas. Adrede oculté la historia de los zapa.tilos y, prudenLeme.nte, atenué
un poco la derse n volt ura t.l l:"
.\melia.
Citaré los pá-

rrafos más sustaneio.s os de la
carta:
,iPepe, alabo
tu franqueza y
te la agradez~o.
Por mi parbe
nada ten~o que
oponer. Te veo

muy chiquita y regordeta; los ojos vislo·s de soslayo y con los párpados entornados, ca-si juntándose las hebras de las pestañas; la boca, algo
grande, sin labios abultados, pero gros-ezuelos 1
con menudas ondulaciones en ambos extremos;
la graciosa sombra de la pelusilla que obscurecía

tan entusiasmado y gustoso de tu novia, que ya deseo conocerla, á ver si es tan buena como tú la
ponderas. La JX)breza de Elvira y su hermana
no me disgusta. Así sabrán las dos lo que es la
vida y lo que cuesta ganarse en ella un huequecito.

ciosidad de Elvira, tan elogiada por ti, me hace
ver tu carácter serio y bondadoso. En cambio 1 á
juzgar por algun&amp;S palabras de tu carta 1 creo
que Amelia debe de ser un diablillo encantador.
Creo, como tú, que de efectuarse tu casamiento con Elvira, Amelia no debe separarse de vosotros.
11Don Ambrosio está contentísimo con tus proyectos y asegura muy formal que 1 aunque viejo
y achacoso, todavía le sobran bríos para irse á
[\fadrid conmigo 1 traeros al pueblo y echaros la
bendición.
uTu traslado es cosa hecha.
iilgnacia no pudo resistir por mucho tiempo los
efectos de su vestido largo y ya tiene novio.,,
Cuando terminé la lectura, vi en los ojazos de
Elvira una lágrima que pugnaba por desasirse
de sus pestafias.
-¿ Dudas ahora ?-le pregunté.
-Yo no he dudado nunca de ti-me dijo-. No
sé por qué te he creído siempre.
-Ya ves cómo no te has engafiado ... ¿,Quieres
leerle la carta á Amelía'?

turbada, nunca interrumpida, era el adorable
egoísmo, que me hacía pensar con pesadumbre
en la hora del traslado. ~las dicho sea en honor
d e la Yerr.lacl, no siempre ncontecia esto. También
pensaba con alborozo rn el día que ;Elvira me
per!e1wciera del lodo y en nuestra futura dicha
allá en el aldeorrio ...
Jlasl_a el trashumant-e Olelo, dormido en mis
piernas, debía ele pensar en todas aquellas cosas
bonitas que ft mí se me ocurrían viendo bordar
á .Elvira. Ot-elo debía imaginarse que, entre tanta
felicidad, lo menos que alcanza.ria era estar más
gord,o ~- r{'lamido.
Y allí, junio á Elvira, silencioso unas veces,
muy picotero otras, me pasaba las horas que me
dejaban libres mis quehaceres de la Central, esperando la orden de partida para ver realizados
todos mis deseos y gustar de aquella ventura que
lodos los dia.s reformaba un poco á mi capricho.
A veces 1 allí, junto á Elvira, viéndola. trabajar
en silencio, pensaba con amargura en lo que hubiera sido de las dos muchachas si en vez de dar
conmigo 1ropiezan con un hombre sin escrúpu-

�los, que, en un inslanle, hubiese hecho desgra&lt;.:iado aquel hogar. Instintivamente acudían il
m1 memoria la5 palabras de Amelia :
-Es muy duro, es muy terrible que después
de sufrir muchos allos, venga á hundirnos en
la desesperación una persona á quien hemos
qu~rido ...
-~·le parece que tarda mi traslado-le decía
entonces á Elvira, que se asombraba de mi s&lt;.1lida y me miraba con sus grandes ojos muy
abiertos.
XIV
1 '

1

Sin embargo, justo era reconocer que si el dichoso traslado se hacia aguardar más de lo que
yo quisiera, Elvira 1 con su carillo, me compensaba largamente de la tardanza en aquellas agradables veladas ele principio de invierno. Hasta
el suave calorcillo que se gozaba en la habitación parecía conspirar contra mi reposo, despertando en mí más deseos de calma, una mayor
intimidad con la hermosa criatura que bordaba.
junto á mi y que de vez en vez a~zaba la c3:beza :para mirarme con sus grandes OJOS muy abiertos. La paz rumorosa de la estancia, y el ambiente un poco cargado por nues tra respiración
y el humo de mi cigarro, me emperezaban en
recuerdos pasados, trayéndome á la memo1ia reminiscencias de otras veladas que se ligaban á
mi niflez. Y veía á. mi padre hablando con don
Ambrosio en un rincón lleno de penumbra de
la gran sala; á mi madre cosiendo en las ropas
caseras, empalidecida por el goipe ele 1~z 1 y I!1e
veía yo, muy pequelio, sentado en una silla baJa,
reclinada la cabeza sobre el regazo cte m1 madre1
endormiscado, medroso, sobresaltado á veces
por el gemir del aire enfur,ecido 1 acechando los
rumores de la madera reseca...
Después, de un pensamlet'ho pasaba á otro, ligando por una idea de recuerdo el pasaa~ con
lo futuro. Veía la misma gran sala y á mi madre y á Elvira departiendo juntas cariñosamente, con la labor interrumpida sobre el regazo; á
Amelia, cercana á la luz, picoteando con sus manecitas en un trabajo de seda, y á don Ambrosio
y á ml en la penumbra, con sendos cigarros en
la boca, cuya lumbre resaltaba como botones de
fuego en la oscurid1:1d, habla1"_1do. tal vez. de Jo
mismo que habló m1 padre, s1gu1endo qmzá su
conversación interrumpida por la muerte ...
La voz armoniosa de Elvira, preguntándome
lo que pensaba, me volvía á la realidad.
Nos ocurría á nosotros que, según aumentaba
nuestro carillo, nos hacíamos más cortos de palabras y más gustosos de silencio. ¡ Podíamos
pensar tantas cosas agradables l
.
Amelía continuaba jugando á la &lt;lesa.parecida.
Sólo nos veíamos muy de tarde en tarde. Conmigo usaba ya una familiaridad de hermanas.
Nada de bromas ni de frases de doble filo. Nada
que recordase lo pasado. Con su presencia, de
seguro, las veladas hubiesen sido rpás alegres,
más encantadoras, matizadas de risas, bromas
y burlas; pero nuestro ·cariiio probablemente- no
se hubiera arraigado tanto. Por eso yo no sentía
cosa mayor la ausencia de la perdidiza Amelia.
Además, por aquellos días, apremiada por .mí 1
Elvira había comenzado á prepararse las ropas,
y como las labores de las sábanas y otras prendas por el estilo- se prestaban á las frases de doble filo, complacíame ver encenderse el rostro de
Elvira en un sonrosado ,encantador.
, Recu.erdo perfeclamcnle que durante. unos
días la vi muy atareada en el calado y adorno de
&lt;I

:l

rierla prenda que no supe reconocer, quizá por
no poner mucha atención en ella, acaso por mantenerla Elvira lan recogid_a, plegada tan discretamente, que era dificil de todo punto conocerlll
y clasificai'la. i Qué zipizape se armó cuando por
un descuido suyo penetré el misterio de. la tal
prcpda ! Alli fueron de Yer sus ojazos muy abiertos, casi llorosos, sus mejillas encarnadas por
('l rubor y las agitadas ondulaciones de su pecho.
¡ ~o era nat.la la cosa! i La famosísima camisa
üe novia, nada. m enos que aparec ía casi ruborosa a mis ojos, pregonando agradables malicias! Después de aquel dia no volví á ver
más la encaoladora prenda, en la que debía
poner Elvira loda su alma y todo su orgullo de
mujer.
El descubrimiento produjo en mí gran complacencia. Descle aquel punto consideré á Elviru
como algo más que novia, y pensaba en ella y
la hablaba de airo modo que días antes. Era ya
una intimidad sin malicia, ír~nca, sin palabras
rebuscadas. Pero como todo tiene fin en este
mundo, las veladas iban á tenerlo muy pronto.
Mi traslado Yenía por la posta, según me aseguraba mi madre. A mí me entristeció un poco
la noticia y á Elvira le agradó mucho. Y como
no era cosa de sofi.ar más, desde aquel momento
comenzaron seriamente los preparativos para el
gran acto. Ameliu se prestó gustosa á ayudarl e
ú. su hermana, y en verdad que su ayuda no
pudo venir más a. tiempo ni fué de las menos
necrsaria. t-.Ias lo que me dalia en el alma era
la situación de las clo,s hermanas. Las ganas de
ofrecerle dinero para que saliesen ele apuros me
traían desasosegado. ¿ Cómo se lo ofrecería sin
mortificarlas en su amor propio? Yo adivinaba
los sacrificios que hacían para no recurrir á na•
die ni mostrarme su penuria. Y era para mí muy
penoso verlas á veces muy serias 1 disgustadas,
vergonzosas ... No sé los sudores y trasudores
que me costó aceptasen lo necesario para atender á lo más importante. Tuve que enojarme.
Estoy seguro de que, si no me pongo serio y me
hago el disgustado, no logro convencerlas. Pero
vencí, y se hizo lo que propuse.
A primeros de Enero recibí la fausta noticia.
l\li traslado al villorrio era una realidad tangible
y mi cese en la Central otra realidad. Cuando á
mediodía enlré en casa de Elvira, la adorable
criatura se estaba peinando y Amelia había.
salido.
-¡ Ya está aquí!-le dije gozoso, con ganas
furiosas de abrazarla, viendo su carita asombrada al través del ca.bello que le caía sobre el
rostro.
- ·¿ Tu traslado?-preguntó ella, comprendiendo mi alegría y gozosa también.
-Sí, feá .. ¡ Y el tuyo, y el de Amelía, y el de
Otelo!-Y así por los pelos dDI bigote al gato
lrashumant.e, qu-e comenzó á maullar quejas de
desespe_ración 1 mientras que 1 por vía de desquite, clavaba sus uñas at1ladas en mi mano.
-¡ No seas loco !-clamó Elvira 1 echándose el
cabello hacia atrás partido en dos mitades.
-¿Loco? ... ¡Pues ahora verás!. .. 1\le tienes
que dar lo que nunca te he pedido ... -Y antes de
que pudiera oponerse, le cogí las manos y la
besé en la boca.-¡ Eso!
- i Pepe! - Y había rubor, consentimiento y
enfado en su voz.
- Y ahora voy á hacer otra cosa .. La más importanle ...
- ¿Qué v.as á hacer?-•murmuró alarmada.
- Escribirle á mi madre para que os venga á.
busqar-. Y salí de estampía de su casa_.
·
1

XV

Pero ¡ay! que no existe ventura completa, y
la mía fué turbada por la nubecilla de la enfermedad de mi madre, que no pudo abandonar el
lecho para acudir á mi llamada. Por fortuna,
aquella desagradable impresión, de la cual le
tocó.no,. poca .parte,á Elvira, vino á disiparla en
buena hora don Ambrosio, trayéndome noticias
r ecientes de la mejoría de la enferma y muy
fü.spuesto á poner por obra mis deseos.
¡ Qué alegrón más grande me nevé cuando vi
aparecer por la menguada puerta del cuchitril
la figura ,simpática y bondadosa del venerable
sacerdote, encorvadito, con los dos mechones de

vi-ese y la juzgase sin prejuicios. Enterado por
él de que la. dolencia de mi madre no era cosa
mayor, sino achaque muy propio de su edad y
del invierno, ya sólo pensé en verle descansado
para visitar á Elvira, cuya agradable sorpresa
me figuraba . Asi, tan pron lo como vi á mi buen
párroco en estado de bajar veinte escalones, no
quise dilatar por más tiempo la entrevista y ca.si
lo arraslré. á la fuerza á casa de Elvira.
Pintar la sorpresa de ésta al verme aparecer
C'On don Ambrosio, sería tarea ardua. La vi palidecer, ruborizarse conmoverse, temblar l).n
poquilo 1 balbucir excusas que nadie le pedía y
asomarse á sus ojos una lágrima. En la atención
y el agrado con que la miraba don Ambrosio,
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blancos cabellos alrededor de la inteligente ca- juzgué que la hermosa criatura se captaba sus
beza, apoyándose en el añoso báculo! ¡ Qué simpatías y que desde aquel instante tenía un
abrazo más fuerte le dí, con toda mi alma, cual nuevo adorador.
La conv.ersación que siguió Ju.ego no pudo ser
si abrazase lo pasado 1 mis recuerdos de niüo !
ni más forzosa ni más delicada, pues aunque los
- ¡ Déjame que te mire !-:-decía respirando af1_1noso, y apoyaba su,s débiles manos sobre m1s dos parecíamos estar de acuerdo para no herir
la. timidez de Elvira, la ruborosa criatura aperobustos hombros.
-Estás hecho un hombre de verdad ... ¡ Caray, nas se atrevía á mirarnos. Le agradeci mucho
chico, y qué manera de echar bigotes! ... ¿_Y ella? á d-on Ambrosio que no hiciese alusión alguna á
Elvira ... Tengo ganas de conocer á esa .Jº)'.ª· A su misión. Mi buen párroco habló mucho y bien
tu madre la tienes embobada con la ch1qmlla ... de doña Antonia, mi madre, y como por inciden·
No creas. l\'Ji trabajo me costó hacerla desistir cia expuso los deseos de ella de conocer á las
dos hermanas.
del viaje.
Por dicha para todos, ap8l'eció Amelía, muy
-¿Pero está mejor?-le pregunté ansioso.
blanca, muy pálida, muy delgada. Después de
- ¡ Claro, hombre! Mejor, 1nucho mejor. ¿ Iba
á estar yo aquí si no? ... Pero déjame que me su natural sorpresa, soltó el registro de su risa
siente. Estas casas endemoniadas sólo lienen es- y sus bromas, é hizo reir de muy buena gan8: á
caleras.. ¿ Y dices que la muchacha vive aquí? ... don Ambrosio, encantándolo con su charla pmSupongo que este negocio acabará pronto. Te tor.esca y su volubilidad caprichosa de pájaro.
advierto que sólo tengo tres días .. . Por supuesto ¡ El demonio de la muchacha! Y á eso no más
que me quedo aquí. Dirrie algo de la. muchacha. se redujo la primera visita.
-¿ Qué?-le pregunté á ·don Arnbrosjo ·así que
No quise contestar al chorro de preguntas del
bu-en párroco acerca de Elvira. Deseaba que la hubimos dejado la casa de las dos hermanas.

,,
1

�_. cara.v con las muchachas! Elvirn vl!-le
cualquier ·cosa, pero Amelía ... ¡ Eso es un dm-

'

1

bl~~ ! qui.se saber mús, y le est rC'ché la mano
crozoso, alborozado.
b Pur la noche, abordé francamente ú Elvira ~Amelia.
.
Por la noche, abordé francamentto
á Elvira y Amelía.
-No disponemos más que de ~º1:
día·s. Es preciso arreglarlo todo. Nu,~
llcvaremn-s lo 1wincipal..
-· No tenga tanta prisa, Pepe!me \lijo .\melia-. Para lo que hay
que hacer sobra cn11 111,a hora.
-illás vale así. Pero ya ,;abe m,tcd que de pasado maiíana ...
-'i·a lo sé ... Sin apresurarnos se
'trrT·"lará lodo-r,'p11;:o rila. ·
' y t-no se habló mús. Sin embar"º no dejó de extrM1arme mucho.
f1 'clía siguiente, que sólo se preparasen las &lt;·mas de E.v11·a Y q1~e
Amelía 110 s-e· preocupara de lo Sll)O
para nada. Se des\·ivía por c011duir
el arre,rlo riel equipo de s11 he1·mm1(t,
qne 110..,se le olvi&lt;lase lo más p11eril;
ar·uclía á los m:rnores detalles Y ponía remedio ó. tnclo; pero de ella 110
se a&lt;·nrdaha. ElYirn misma se mm,tró sorprendida, aclarúrnh,;;e enlo11&lt;·es el mi!-terio.
- Pero ¡.v tú, ,\melia?-le pregun_tó.
- ¿.Yo? . .". :-So prei)("upnros de n11 clijn ella.
,. . . . .
-i\o, e;.;o no. ,\me,1a-111s1st10 .su
hermana.
- íluenn ... PneR ... l\lira, lo he pensailo..\hora os vais vosotros y rr¡ás
arlelanle iré vo... Cuando pase u1w
t.mporuda. ·
- jERtáR lo&lt;'a!-salló Elvira-. Tú
vienes c-011 110,.;olros.
- l'sted rn1 hará eso, .\rnelia-le
dije, inlervinienrl"
- Sí lo haré. Pene. Lo he pellSfHI"

ronlesló.muv senn
va 110 r, 1e1·on ltis lloros de El-

hif&gt;n- m :
,

"tt

~.,ra entonces, las admonic iones de
ro11 \mhrMio más larde, y rn1s rn r aos ,;iemnre. Nada akanzamos. E~
1M1": narecia que la irritábamos co11
n1• ·«trn «~rmoneo, y contef-taha r a,-i
,·011 malos modo'S. Elvira, des con 17nnacla afirmó ane ella no se iba
!ílm11oc·o. Pero ú ·regaiíadic&gt;úles trrminó su equipaje. ·
- ;Esa mueha,cha e;;tá loca !- me
,]i jo clnn Ambro sio -aquella noe~•"
:'P.firi{:ndose á la rahi:.;ca ele .\rnel1fl
- --,(1 lo crea usted. Ella es as!
r:uando vea ilise á su hel'rnana se
n bla11dará.
--- ,1\Iás vale asi!- mm·muró el hnf&gt; •1
0

pál'l'OC'O.

•---•Pero sabes que es bonitísimn!. ..
:Caray con las niiía:.,!- aún le oí m11 1·!!l!1jear entre diente~.

iY llegó el día tan esperado! i\1as
contra. lo que s upuse, ..-\ mel,ia ,se
mantuvo firme en s u te1·qne dad. Toilo
fué inútil. Como el lren s alía le m-

prano, hubo necesidad d~ ~aclrugar.; Y aunque
don Ambrosio y yo lo h1c1mos mucho, las dos
h&lt;'rmanas nos rngieron la delantera. Cuando baja111os ú llamnrlus, Elvira estaba ya _muy compuesta, monísüna, rogá!1clol~ á Amel1u,. _con lá¡.;rmus e11 lo,; (ljo,; y n111uos1dndes de 111110, qu~

tl

no se separase de ella. Desde la sala oímos que
le decía á su hermana, allá en la alcoba:
- ¡ Anda, Amelía!... ¿ Vas á querer que nos
separemos?... ¡ No seas mala! .. . ¡ Ya verás cómo
le pesa!... i Pero mujer, no seas así!
Ganas de perder el tiempo. Ni súplicas, ni llantos, ni consejos ablandaron á la arisca muchacha.
-¡ He dicho que 110, y no! - respondió á
lodo.
En la calle comenzó á oirse el rodar del coche,
que ya nos aguardaba. Entonces echamos el
resto. Todo en balde. Amelia se mantuvo firme
y Elvira se arrojó á su cuello llorando.
-¡ Pero si no es nada, mujer! L"nos días. Unos
&lt;lías nada más-le dijo Amelia.
Ella misma condujo á Elvira hasta la puerta,
y allí la besó y se despidió de todos.
- ¡ Que le acuerdes de mí, El vira, y que me
escribas!
Tuve que ayuda-r á Elvira á bajar la escalera.
La infeliz casi no podía valerse de la muleta y
los sollozos la conmovían profundamente. Mas
su verdadera pesadumbre fué cuando entró en

el coche. Entonces no pudo contenerse y rompió
á llorar.
-Ancla, Pepe, convéncela... Por lo que más
quieras.
--¡ Caray !-le oí murmurar á don Ambrosio,
mientras me lanzaba escalera arriba.
La puerta de la habitación estaba abierta y
entré en la sala. A la luz mortecina del quinqué
se me antojó es lancia mortuoria. ¡ Y rara casualidad! En un rincón vi olvidado el par de zapa.tilos. Estaban viejos, incoloros.'.. En la alcoba,
tirada sobre el lecho, Amelía lloraba con desesperación. ~le aproximé á ella, tocándola suavemente en el brazo.
- .\melia... Amelía ... :'.\o sea usted así. .. Oigame usled.-E hice que se incorporase-. ¿Será
usted capaz de hacer desgraciada á Elvira? ...
¿ Por qué se niega usted? ...
- ¿Por qué? - gritó en un arranque doloroso-. ¿Por qué?- repitió con rabia-. Porque te
quiero, Pepe; porque te quiero con toda mi alma, y estoy celosa.
Y se arrojó violentamente sobre la cama, llorando desesperada, convulsa...
-

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 178,  Mayo 27</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Novela Amelia</name>
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