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                  <text>1'

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1 1

Mariano Miguel de V al
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11811.--1

de·-

de • .,,,.. J9IÍ

ROBERT L. STEVENSON

PRBCIOS DB _StJBCllll'CION

111111N' llmlHIII: trbaNin, .........
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.

Anlill•. ,rNlli OlfflieÍtaa1tl.
J'{iimcro eudto: DO clntimoe,

.

NUESTRO NÚMERP PRÓXIM9.,PUBLICARA

LO QUE~ NO \71\LE Lf\ PENA
'
i

.

1

( CUENTO OR.IGINAL DE

¡'

.'

MANUEL LINARES RIVAS
.l

'1
11

...

El uulor 11•~ El nlmlr•11au e} 11110 1lr In:,; Jll11·os lo, de m•gi:lr d.c simu,_ de blun("O de nieve para
e-seritorc-s que uúu lrihulan kspcto al idioma y u&lt;lmiración y plae'er de~ bjo:;; y almas que 1'slim
habiluudos á apraéiur ert-i breve espacio las divitrabnj.nn :,:i!C'nlos ú h,wer obta literrufa con las
nus concepciont&gt;s del Giojlo, las nolus orienlnles
· Siiñ'pfos -priinerlt.~ :11ñ.f(',:;,t!-;7tl•l arle y el ingenio.
,Su ~f'usihilida&lt;l PxtrP111uda•:1c hncl' t·oloi·ur \ns de Snn ~lurcos y tfls fürftH.nticns rcmembra11zU!-ldel rol'l.ancólieo PI\Jfmle
los Suspiros.
~ fúbulus t,e :-;n~"" 1·rnfl'l'!llias··-y .novela:-1 en un amLo qut? )W l'&lt;LU!
¡,rl,1c1, es, p11es, un e1w11to
lrienle ubs11l11l1Út.lf'I1. t/' rPfriwt;irio ú In chahacaneríu ó á la "·0ncupis¡:,e11rin. En ~l-1! J"t'SJ)í'do es triste y clelicudo, l'J,Ue rebosa ingenio y poesía.
·;111izú el 1•s1·ri_tnr nhJdel'fió. 1
B•! aproxima mús.• \"w•slros lectores hnllnrhn, !,l'g11ra11u,11te, en sus
t•ll1re 110:-:,dn1:-- n esi! ~er ;rih~inJt&gt;rahlP que se, púginas el e!,pirilu• del aulür que tantn.s veces
_ll;:min,Jw!J.lliL._B "'11aF'nh·. cJmu &lt;·I, l)i'J"~iguP la: :mpo c'-OnmoverlPs y ap\uudicron e11 la Comedia,
rf'úlidUd ¡wfy;~)::,a di' ln:::; ,iliti1':i c~t.·ogióa.s, la de~~ en Lun1 y en esla mismh publi&lt;·aci{1n para honra
nuestra y contento dri Ins per$0HU~ cultas.
1.ila l'll los pn1krn~-:-; al&lt;llllhi(f.UPs de su talonlo y
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la. Yif'l'lí'.' c•n }¡¡.:; enarli1lus Y''ilirln d1~ clir¡ucta.
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E:-i;lo l!UciJ q11e :--u obra h,1~·a sido cornnmla por
et é;;.Üi) · Sü~rnprc.· SuS p:--ll'&lt;'ni,s han mert• .. ido el
OBRAS PUBLICADAS
aplauso u~~milllf'
~IJS ll()Y,,.ljilns hnn !,,i{fo leídas
CUH Uc\'oc1un y lidc1le de loú&amp;5.
F'OR
·-·EL 'ccE\Tu ;,;1-:,1\,_\L prl.l~i1qr1 i11:,;t'rlarú una de
ella:;;, tilulada /.11 ,¡w• ,,o n1fr la, rw111t. En ella •
dejó su huella indeleble l'I :j11~enio de nuestro
clogiadti. -sú pec:uliarfaimo ~slilo, siempre el4'·
MARYUeS DE VILLASINDA
gnnle y lmninoso, viste el lproceso psiwl~gico
de un nmor conyugal que se tompe con el acierto
Sombras chineScas· (recuerflos áe un viaje al
máS graude y Ju 1iuelidaJ mis sugeslivu.
Celeste Im-pério) 1 dos' tomos -ert -~·º
Y al leer sus .atildados págjirrns, unu duda asalVisto y só&amp;ado (novelas cortos).
la al lcclor val critico. ¿Es; el autor dramálico
D•I anlafio quimérico (cuenl06).
t1ue novela? ~¿Es el cuentistai uclmiruble c¡ue plaalma· de Dios (nov~la).
nea. un drama hondo y subyÚgador?
El lilóS&lt;ilo y 1a· tiple (novela).
En toUos los casos Pl artCiPs 111ucho, la origiDe la muerte al amor.' (n'óvela).
nulidatl no menos, el clelcitel grandísimo y todo
C'l cuento imtt joya preciosa, i·onHJ esas delicadas
Els PRCPARAC!ON-

,! .

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~,lf

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.•.

.....................~························

r

LUIS VALERA
Un

labores de Ycnecia, que la destreza dC'l orfebre
confecciona con trocitos brill4ntes de azul U.e cie-

La raíz

de

mariilrágora (novela),

EL PIAJ3LO EMJ30TELLAPO
Er&amp;Sie un hombre de la isla de Hawai, el cu.u.!
vive todavía y cuyo nombre es prOCilso guardar
secreto. Por tanto, le llarnaremos Kive, en ra•
zón de que había visto la luz no lejos de Honaunau, lugar· donde los huesos del rey Kive el
Grande yacen ocultos en una cueva.
EsLe hombre era pobre1 valiente y activo. Sabia leer y esori.bir como un maestro de escuela.
Era, además, excelente marinero; viajaba de

cuando en cuando en los vapores que recorren
las islas del Mar del Sur, y a veces servia también á bordo de un ballenero en la costa de Hamakúa.
En una ocasión entró Kirve en ganas de ve.r

más mnndo y de conocer las ciudades del exlranjero. Así, ]?UOO, se alistó en un barco qu,e iba á
San Francisco de Oalifornia..
Es San Francisco una ciudad hermosa, con su

¡
1

1

1

'

�l é innúmeros ricos pobladores. En
buen
o es_pewu
. 1,....enle
una colir:::i que está
ella espuer
de nolar
.. ,
cubierl'.1- de dpa~acl~s-,e lleno el bolsillo de dinero,
Un ella an aba "l..la'·ch' a colina y contemplando
·
b por toPaseándose so re l
gozoso las grandes casas que se a1za an
das parles._
son &lt;!Slas !-estaba pen-¡ Qué lind8;8 ca~s , ~!ices deben de ser las
san
do elque
hombre-y
cuidado
genLes
v,1ven enI qeulfa~, sin nincrún
0
ael ma~ana_ !
este nsamienlo cuando s.e

}~;;P~~~1~~1~%~~

:i

en~~-~f f~~~;}:~~ne~;~f1\ ~1
deTf!uS, pero
alones de aquella casa bl'lllaun ¡uguele.l Lolsberu~icla. las orlas y acirates ~el
ban cual P a a
'
d fl
• los cris-

f:81~:f

~iind;era:j~~~fa~~t~!i~~~na~?f
;n~f~
Kive se delf'º• e:ts~a~o~stando así parado,
de cuanto con einp
había un hombre que le
se hizo cargo du que á través de una ventana
miraba desde li-~asa, d'a verle como se ve un
t~~ ~ir~ qa!r1::i;~ 1:gda,, de un charco de la
plaE~\ombre era v,iejo; tenía la cabeza calv~
El
ar se pmlaba en su rv~
la barba negro.
pesndo amarcramenle. Y la
0
lro y estaba suspira_
b e v que el
,·cr:dad es que Kive _miraba al 11~1~ :no· de ellos
hombre miraba á K1ve y que ca
lenía envidia aJ otrob
sonrió movió la caDL'
~~~l~e~la
ht~i~:
~_que
e~lrara y fué á
be
za,
t d 1 d1fic1O
recibirle á la puer
e, e la ~ía.-dijo el hom-Es muy hermosa casa e
• :-,::
bre, y suspiró de n~evo cor amargura-. ¡, - o
gustaría usted de ve1 ! , I'ive por todo el inDicho lo ou_al,. con. u¡o ª '- cuevas hasta las
lel"ior ~el ed,ific1O11, . 00~J~s allí que no fuese
buhardillas. :\o ª ia &lt; •
edó
mado
porfocto en su géneler~J-~(¡~Tv~e-que~ herrr"io-Verdade.ramen
·
¡
e css·
viviese en una 1gua, m
sa
est~
cadsal
.
dl
yelo
d1'a
.
Cómo
es
por
tanto,
que
O
taría r1en o o
· 1,
'
' ·?
usle{I s,usprra. .
esponclió el hombre-para
-No hay razon-r
d lodo punlo jcrual
c1ue no tenga usted un_a
desea la!. .. ¿~uá ésta y aun me¡or, s1 us.
.'
pongo que trae usted algun dmer_~nos-respon-Tengo cincuenta pcsols 'a.ám~~s que eso una
dió Kive-; pero ya cos ai I
casa
como est.a.
á echar unas cuenlas menEl hombre
S€ pu5?_

.
la pelota
dicto;
pero 1a botella rebotaba dcomo
ñ
de un n.iño Y no sufrió~~~% itv~'......... Por su
-Extraña cosa ei5 bo·tella parece de cristal ...
aspe{t~i d!l c1:l;~•1-!espondióle el hom_bre, i\~s,;
pirando más musli¡=i.mente que nu?cªua..J!~ del
unfi crisla¿eiY:o ~~~ f~~~¿~~~~e e;n f~ende, trasgo
m erno.
d t 1 ente es lo que se ve
ó di~rdot lae~o~bi~~eriorª de la bo Lella .. Por lo
mov1 n ~~ , len o entendido. Ahora bien : s1
menos, ts'. JO mpfa el frasco 1 tiene desde ese
~~~~~o r:1ºdiablo p~ra
servidor,ai c~:gt~st!
1
desee, amor, fsª11A~'st~ ~1~~!¿esc~~mo la ciudad
casa, y, vamo ,
·n más que el
de San Francis_co, todo efei~Yº~ss;yó ln. botella,
trabajo de pedirlo~ ~!ii~mán ~legó á ser el rey
y, merced á tamano
, 'ctió y de ahí vmo
del mundo. Per&lt;;&gt; al fin la '~ntamb.ién un tiempo
0
su caída. El capitán ~ 0~
de ella, descubrió
due~o. de la _bolell~ Y' pél también la vendió un
l~nl1S1mascr JSla!reci~ºasesinado en Hawai._ Pord!a, y lueºo E sled que una vez vendida_ la
que ha de sa er u
' a de su protección
botella, _el vendedor no goz1e yen adelante se cony eficacia, Y, á mentos1gdae ~e sucederán terribles
tente con lo que ei •
lances.
_y á pesar de todo eso-di¡·o Kive-, ¿ habla.

~tra

1

usted de vendert la b~~¿li1~!ear y me estoy vol-Poseo cuan o pu
b
Tenga usted
viendo viejo-replicó el hom re-. tá fuera del

~,:~i~;fl;rl¡~~f:ct ~i~ t~

~~i!~ntelq~fabl~?
demás, no es ana
·ere que cabe
bolella tiene una ci~trt0 1 s~~~~mbre que la
poner unn~ef:grie ve~derla a~ tes de morirse, arpo sea, y
1 . fi rno
derá_ eternam!f1~ea enc;nt~~!; reparito !-excl~mó
:-1 y v_aya ue er con tales gajes, nad~ qmero
K1ve-. 1 Lo q. te chisme' Gracias á Dws, puesaber de seme¡an
casa. ·pero algo hay que no
do pasarme sm una
'
d
es conquisiera hacer por nada en este mun o, y
der,,::-,rme para el _otro. ted tan súbito y reflexione
-)lo se delermm_e us ombre- Piense usted
un poco-respo~di(!le e\t bolella
valerse con
en que ~~be a qu1~~r de su diablillo, después de
moderac1on del tºd.
led á otra cualquier perlo cual se la ~ená erit d~e la vendo, y concluiría
sana, como yo us e
, sto
usted su v~da. con l~~l~~~ª~!\~e goucurren dos ob·
-l3u_eno' pde:.º Kve- Es la primera que eslá
servac10nes- 1l 0 1
·.
una mucha.usted suspirando de conllnu~,a coq~e0 vende usted
lalme_nlc, Y luego di¡~~ª usloo más dinero, por- cha
enamorada,
y
la
segu~.
-Stcnto que no po ar á uste-d disgustos en lo
1
que
elloIr;puede
botella Pclº: hmuáy u~d pgtqº~é suspiro-dijo
porven
pero acarree
yo s la doy á usted en los cin- esta
-Ya le he te O
•
l
me van
el hombre-. Suspiro porque sien ~~~~ted miscuenta pesos.
ó K'
-·Me da usted la cas•a!-exclam
ive.
falta_nd&lt;? la salud Y ed vi~~;eila;ºpara cualquie;
-~o, la ca,sa, no repuso _el hombre-, p:~ mo mdicó, es ~uy e e se le lleve á uno e,
0
0
sí 1á botella. I_&gt; f~ue d~-~ ie~;z~~l~~iqfoertuna ra, eso de morrseá 1a ~~zón ele vender tan batodo lo neo Y e iz q 1 •ardín han salido de
~ebo exp~~;r Ja~st~u;~~~
~~~1:otlll~s~~e_c~ate~d~~ 1~1ás de un litro de ca- cunst~nc1a pecul1~r dfl dT!b1¿ trajo al munuo la
bida. Aquí la tiene USled.
ó de ella
El hombre abrió una alac~na y sac
. - ~~?el~:,~~~íac~;i~ in\recio !/e;~~~1~f~~~í
1
un frasco panzudo Y dfe;i;no ~;~º'ci~;~?b°¡a~:s vendida, en ~~ :füo~~~ªJ~ dollars. Ahora bien :
una porl:'B:da d 1 botella que ha de venderse
;~o~,~~!11~~ccºo~~~l l!dr~ooir~5-~ioed~rg/~nd~v{1~~! es cond1~óné
Si la vende alguien á "igual
vaaamenle algo move iz '
siem_pre
p ~ i o; 61 fué adquirida, la botella
sombría.
.
o precio en qu dp 1 endedor con la misma segu·d 1 na paloma
-Esla es la botella- di¡o el hombre. ysco,emd? torna. á manos e v
.
- d"ó. . '\o me cree u e • ridad con que reg'.esa á su _ntoªen\icrlo huya
Kive s.e riera, ana 1 -~1, '.
la botella TraPue-s pruebe us_t~d por sí mismo
.
mensajera. De ~~m qu;~L~eels~grecio de la botella
ido cay~ndo con ltt~ul1a,~ barata Yo la compré á
le ilev~ªt~~f !~t~~~s la botella y la arrojó al
suelo y la Yolvió á arrojar hasta que estuvo ren- ~niu~e ~~sr~souderosos vecino~ de este collado.

ª

f~ f~

Jª

g~

y

efe~ 1:

~~~~l~a ,~L~~!~

i~:

t~~

Jd:

Pagué por ella no más que noventa pesos. Po-¡Esto sí que va de veras!
dría, pues, venderla á usted en ochenta y nueve
A continuación, Kive oompró en una tienda un
pesos y noventa y nueve centavos de peso; pero
no en un centavo más, porque volvería á mis sacacor·chos y s,0 marchó al punto al -campo.
manos indefectiblemente. Todo eslo trae consigo Allí, en paraje solitario, intentó sacar el corcho
dos engorros, ó, si se quiere, dificultades gran- de la botella; pero, cuantas veces metió el sacaeles. Es la primera que, cuando ofrece usced una oorchos, otras tantas le sacó sin el lapón. Por lo
demás, el Lapón se quedaba Lan entero como
botella tan notable por tan poco dinero, la gente antes.
se figura que anda usted de broma. En segundo
-¡Este es un tapón de nuevo género!-exclamo
lugar ocurre que .. . pero esto no es cosa de momento, y no hay, por lanto, para qué entrar en I&lt;ive, y, de pronto, rompió á sudar y á tembleel asunto. Lo que importa es que recuerde usted quear, porque le estaba dando miedo la botella.
Al regresar hacia el puerto, vió Kive una tienque la botella sólo puede ser vendida por dinero
da cuyo dueüo ven&lt;lía conchas y maderas de las
acuñado : en moneda.
-¿Y cómo voy á saber que es verdad cuan tu islas salvajes, idolillos, monedas antiguas, pinturas de la China y del Japón y toda suerte de ¡;ousted me dice?-preguntó Kive.
-Puede usted· oomprobar en s·eguida la exadi- sas como las que suelen traer los marineros en
tud de algo de Jo que he expuest.o--=repu,50 el hom- sus arcas y baúles. Y á Kive se le ocurrió una
bre-. Deme usted los cincuenta pesos, tome la idea. Entró en la tienda y ofreció la botella al
botella y desee encontrar.se al punto con los cin- mercader por un centenar de pesos. El lendera
cuenta peso,s otra vez en el bolsillo. Doy á us- comenzó por tomar el asunto á risa y declarar
ted palabra de qu:e, si allí no los encuentra ooted, que sólo daría. cinco pesos por el frasco ; pero
luego, como el hombre se fijara en lo curíoso de
desharé el trato y le devolveré el dinero.
-¿No me está engañando usted?-pl'egunló la botella (que m&gt; parecía fabricada por manos
de hombre, Lan lindos eran lo.s colores que iriKive.
El hombre se comprometió ;ei!ltonces con unos saban su blancnra láctea, y tan extraña la sombra que se divisaba en el interior), después de
juramentos solemnes.
-Bien está--dijo Kive-. Con eso me arries- regatear un rato, según la costumbre de los mergaré á la prueba, pu,e-., de ella no puede sobreve- caderes, acabó por dar á Kive sesenta pesos,
y colocó el frn.,ro en el escaparate d'e la tienda.
n.irme perjuicio alguno.
-Ahora que he vendido la botella en szsenta
Y Kive entregó el dinero al hombre y recibió
pesos, cuando por cincuenta la compré, ahora
ele! hombre la botella.
-¡Diablo de la botella!-declaró luego Kive-. sabré la verdad acerca de otro de los puntos que
Quiero que vuelvan á mi bolsillo los cincuenta me señaló aquel hombre-dijo Kive para sus
pesos-. Y á buen seguro que, apenas hubo di- adentros-. Y á seguida se fué á su barco y en
-cho tales palabra,s, cuando tornó á sentir -en su llegando á él, abrió su baulillo. Dentro estaba la
bolsillo la misma carga que sentía antes de entre- botella, que había venido más pr.onto que Kive.
Tenía éste á bordo un compafiero llamado Logar el dinero al hombre.
-¡En verdad que es maravillosa esta botella!- paka, el cual, viendo á Kive, dijo:
-¿Qué te ocurre? ¿Por qué contemplas boquiexclamó Kive.
abierto tu baúl?
-Y ahora, amigo, ¡buenos días!-re,plicó el
Como estuviesen ambos solos sobre el castillo
hombre-, ¡y que el diablo que me deja á mí oo
de popa, Kive hizo jurar á su amigo que Je guarvaya con usted!
daría el secreto, y le puso después al tanto de
-¡Aguarde!-gritó Kive-. Basta de bromas. todo.
¡Ea, cargue ust,ed otra vez con su botella!
-Muy raro es el negocio-declaró Lopaka-,
-Ustoo la ha comprado por menos de lo que
me cootó-rep11có el hombre, restregándose las y mucho me temo que la botella te acarree almanos-. A usted, pues, pertenece ahora, y á gún disgusto serio. Ahora bien; hay algo que está
mí sólo me importa ya ver cómo s·e larga usted muy claro para mí. Del disgusto no te librarás:
pronto de aquí-. Dicho lo cual, el hombre llamó trata, por tanto, de sacar provecho á la botella.
Piensa bien qué es lo que más puedes desear y
á un chino, criado suyo, é hizo que pusiera á
ordena al frasco que te lo procure. Como tú lo
Kive de patitas en la calle.
Ahora bien, Kivc, así como s·e vió fuera, -con alcances, yo te merco la botella. Así como así
la botella debajo del brazo, se pu·so á reflexionar. ando comido de ganas de ser duefio de una go~
lela para irme en ella comerciando de isla en
-Si es verd'ad todo lo que me han dicho, he isla.
hecho un mal negocio-pensó-; pero puede que
-Yo no quiero una goleta-respondió Kive-;
el hombre haya estado burlándose de mí.
pero sí gustaría de una hermosa casa en la cosY á seguida, lo primero que hizo fué contar su
clinero, y le halló cabal. Tenia cuarenta y nueve ta de Kona, donde he nacido. Una casa con jarpe.sos en moneda americana y un peso de ChHe. dín, mucha luz y muchas flores, cristales en las
ventanas, pinturas en las paredes, alfombras
-Eslo ya me va pareciendo cosa &lt;le verasmurmuró Kive-. Hagamos ahora otra prueba µor el suelo y, en las mesas, chirimbolos lindos,
el if-erente.
de todo pun lo como en la casa donde hoy estuLa.s canes de aquella parte de la ciudad estaban ve, si bien con un piso más v una veranda iodo
limpias como la cubierta cte un barco, y, aunque alrededor, igual que en el palacio del rey. Y
era m ediodía, por ellas nq transitaba nadie. Kive habría de ser para vivir allí sm cmdados, de
colocó la botella en el arroyo y echó después á fiesta con mis amigos y parientes.
-Pues bien-dijo Lopaka-; llevémonos la boa.ndar. Dos veces volvió la cara hacia atrás, y
clo.s veces vió -etl panzudo y blanco frasco quieto tella á Hawai, y, si todo sale como tú lo indicas,
te la compraré, &lt;Xlnforme he dicho, y yo, á
en_ el m~smo lugar donde acababa de dejarle. yo
mi vez, pediré la goleta.
~.hró lueg-0 una tereera vez y dobló una esquina.
Así lo acordaron los dos amigos, quienes no
'. h~ aquí que, ap·cna.s lo había hecho, cuando
sintió algo que por detrás le golpeaba en el codo. lardaron mucho en regresará Honolulu, llevando
· 1-!.:ra el largo y saliente cuello d"el frasco, cuya consigo la botella. Apenas_ habían desembarcado,
panza aparecía embutida oe1J1 uno de los bo1sillo~ cuando toparon en la playa con un conocido suyo,
rle la· chaqueta de Kive!
el cual habló en seguida á Kive como para consolarle y tlarle pésame.
·
Y Kive dijo:
Y Kive rreguntó:

�¿Por qué me das el pésame?
-¡Pero es posible que no le hayas enteracto!respondió el amigo-. ¿.No sabes que se murió tu
fío, aquel buen viejecito, y que tu primo, tan gallardo mozo como era, se ahogó en el mar?
Kive, con esto, llenóse de aflicción y, rompien.
rlo en lloros y lamentos, se olvidó de la botella.
Pero Lopaka andaba discurriendo, y á poco, ai;í
romo se hubo mitigado un tantico In pena ele
Kive, dijo de este modo:
- He estado dando vnellas al asunto. ¿~o poseía tu tio nnas tierras en la isla de Ha wai, por
1'1 distrito de Kaú?
-En Kaú, no-rnspundió Kive-. Las tierras
están en la falda de la monlafia, un poco hacia
el Sur de Holrnna.
-Y ahora, ¿serán luyas?
-Sí que lo serán-replicó Kiw, y loruú ú lamentar la muerte de sus deudos.
-Déjate de lamentos por ahora-interpuso Lopaka-, y sigue mi pern,amienfo. ¡.Qué si 1,1 ornrrido fuese obra de la botella? Así lo creo, pnr_que ya te encuentras con terrenos donde rolo('ar la casa que deseas.
-¡ Si ello es así-exclamó KiYr-, mal me sirve la boteUa con malar á mis parientes! Pero ...
quizá sea cierto, porque yo me pintaba la casa
en tal lugar como las tierras de mi tío.
-La casa, sin embargo-añadió Lopaka-,
aún no está construida.
-No-repuso Kive-, y se me antoja que no
llegará á estarlo; pues si bien mi tío poseía unos
cafetales y unos platanares, no darán unos y
otros más que para sustentarme con relativa
holgura. El resto ele las tierras no es más que
negra Java ele los volcanes.
-Con todo-elijo Lopaka-, Yámonos á ver al
notario, porque todavía me fü,!á escarabajeando
la misma idea en el caletre.
Ahora bien, cuando llegaron los dos amigos á
casa del notario, salió á relucir que el tío de KiYe
se había vuelto monstruosamente rico en los últimos días ele su vida, y que había un buen r"Urlal á la disposición de Kive.
-¡He aqui el dinero para la casa!- exclamó
Lopaka.
-¿Está usted pensando en construir unu casn
11ueva?-pregunt9 el notario-. Pnes aquí tengo
la tarjeta ele nn arquitecto cuya pericia me han
: !abado mucho.
-¡l\-lejor que mcjor!--gritó Lopaka-. Ahora
sí que está la cosa clara. Prosigamos obooceiendo las indic&lt;.1C'iones de la botella.
Y con esto s,c fuernn Kive y J..opaka á ver aJ
n rquilecto, á (J1.ltlen hallaron delante de su mesa,
con unos dibujos de casas.
-Usted desea algo fuera ele lo corriente-dijo
el arquüecto--. Pues bien: ¿qué le parecería á
nsled ele una casa por el estilo?-y á la vez
lendía un d.ibl1jo á Kive.
Este, en echando los ojos sobre el papel, rompió en un gruto, porque alli veía su pe-nsamienlo pintado con exaclilucl pasmosa.
-Vaya por e,sla casa-pensó-. Poco gusto yo
d(IJ camino y modo por cl{mde me viene; pero,
con tocio, la tornaré, porque tonto sería de no
aceptar lo bueno con lo malo.
Así, pues, Kive exphlcó al arquitecto cuáles
eran sus deSiCos, entrando en pormenor,e_s acerca
de cómo ~e había de alhajar la casa y sobre las
pinLuras para. acJo.rno de las pa,redes y los chirimbolos y talarrcles para las mesas. Y también preguntó Kive sin ambages ni rodeos cuánto habría de costarle lodo.
El arquitecto hizo, á su vez, muchas preguntas, y lomó su pluma, echó sus cuentas y, al

fin y á la postre, pidió la misma ca,nt.idad quP
había heredado Kive. Lopaka y Kive se miraron y s,e hicieron mutuas sef1as.
-Está cla,ro-pensó Kive-. Qrniera que no
quiera, esta casa ha de ser mía. Del diablo me
viene, y mucho me temo que poco he de ganar
con semejante negot:io. De algo puedo, sin embargo, estar seguro, y es de que no volveré á
formular ningún deseo mient:11as sea mía la botella. Pero, por de pronto, como no me puedo
zafar de la oas,a, ha:ré bien on aeept.ar lo bueno
con lo ma,Jo de ella.
Kive, por tanto, oerró el !ralo con el arquitecto, firmando ambos unos papelotes. Después de
lo cual, Kive y Lo:palm tornaron á embarcars~,
yóndose á Aus1.raHa, porque habían convenido
entre sí que no intervendrían más en el asunto,
sino que dejarían al arquileot.o y al duende embotellado que allá se las compusiiesen para adornar la casa á gusto suyo.
El viaje á Aus:h,aJia fué, en verdad, muy bueno: pero Kive, durante tocio él, anduvo meLlénilosc á sí mismo el resuello para adentro, porque
había jurado no formular ningún deseo nuevo
~' no pedirle al diablo más favores.
Cuando vo.lvió K.ive á su tierra, acababa de
vencer el plazo seiíaJado para la constmcaión
ele la casa, y e&lt;l airquit.edo declaTó que ésta estaba. ya Esta para ser vivida. Kive y Lopaka
lomaron, pues, pasaje á bordo de un barco llamado el Jlall, y en él se fueron, por la costa de
Kona, á inspecdonar la casa y ver si todo se
había bocho conforme á la idea que tenía Kive
pintada en las enlrel.elas ele su mollera. Ahora
bLen, la casa se alzaba en una ladera de la. montafia y cm visible desde los buques que pasan
J}Or allí delante. Encima &lt;le ella snrgía una selva
q11e iba ú ocultarse entre las nubes. Más abajo
&lt;le ella se veía la negra lava de los acanlilndos,
donde ~,acen en sus turnb-as los royes ele ot,ros
1iempos. En dC!I"redor había primero un jMdin
ron flores de todos los matices; de un lado m,
huerto plantado ele papayas, y del olro lado
ol ro huerto plantado de bananos. Y por delante,
hacia el rnar, se JcYanlaba un rnásl-il con su bandera enarbolada. En cuanl-0 á la casa, contaba
lrcs pisos, lodos con piezas amplias y verandas
anchurosas. Las vonlanas eran de cristal, de un
1Tista1 tan claro como el agua y tan lucien le
corno el dia. Toda suerte de muebles adornaba
las habitaciones. De las pa11ecles, en marcos ele
oro, colgaba multilucl de cundros : pinturas
que representaban buques, hombres combatiendo, mujeres lindas y paisajes peregrinos. En
ninguna parle del mundo existen pinturas de
colores tan brillantt1s como las pinturas con que
1, iYe se enconliró en su rasa. Por lo que hace ll
lús chirimbolos y !ntarrclcs, no cabía que fuesen
mús lindos ni variados : relojes de sonería y cnjas de música, monigotes de los que balancean
acompa.sada.m-0nte la c&lt;:1bcza, libros llenos de ei,tampas, preciadas armas df' los más opuestos rinrones del orbe y rompecabezas ingeniosos, muy
á propósito para soJazar los ocios de un hombre
solitario. Y como á nadie le poclría gustar vivir
en tales habilacion('s sin salirse de ellas ni tener
más diviorsión que la de contemplarlas, el arquitecto se había c-uidado de haoor muy ancho:i
los balcones, de modo que en ellos cupiese A
gusto un pueblo entero. Kive no atinaba á deC'idirs.e aecrca de qué le llenaba más: si el pórtico de la fachada poslerior. rlesclc el cual se
goza ele la brisa del monte y se contemplan los
huertos floridos, ó si la. Yeranda del frente, donde
sp beben los aires del mar, se admira el acanlilndo y se ven, ora {)] Ilall pas•anclo una vez ca:da

�semana entre Hookena y los collados de Pe~é,
ora los barqll'itos qve van bordeando la cosn1
en -busca de bananas, de ava y de maderas
finas.
Cuando todo lo hubieron contemplauc bie11,
Kive y Lopaka fueron á sentarse en el pórtico.
-¿ Y qué?-preguntó Lopaka-. ¿Está todo
como tú lo imaginabas?
-No sé cómo ponderarlo-respondió Kive-.
Todo está á las mil maravillas; mejor de lo que
yo soñaba. Tengo un hartazgo de contento.
-Sólo queda, entonces, un punto por dilucidar-d'eclaró Lopaka-. Puede que todo ello sea
muy natural y haya ocurrido sin la menor in tervención del diablo embotellado. Y si yo comprara
la boteila y, no obstante, no consiguiera mi goleta, sería jugar con fuego en balde. Ya sé que
1,emgo empeliada mi palabra; pero presumo que
no repararás en que pongamos previamente á
prueba la botella.
-Y yo te digo que he jurado que no pediría
al diablo más favol'es-respondió Kive-. Con lo
hecho ya estoy bastante hundido.
-No me entiendes-repuso Lopa1rn-. No se
trata de favor ninguno. Lo que pido es no mfu~
que ve.r al propio diablillo ó duende de ese fras-co. Con ello, ¿qué vamos á ganar? No hay, pues,
por qué tener escrúpulos. Considera que, con sólo
verle, estaría al cabo de mis dudas. Anda, préstate á mi d•eseo, y déjame contemp1ar ese diablillo. Si lo ha-ces-aquí está el dinero, en mi
mano-te oompraré el frasco con Jo qu-e hay
en él.
-Sólo tengo que poner un reparo á tu ca1wicho-respondió Kive-, y es que el diablo d'e la
botella puede ser muy fe.o para visto, por donde,
si pones en él los ojos, quizá se te quiten las ganas de concluir el trato.
-Soy hombre que cumpJ.e siempre su palabra-Lopaka respondió-. Y, -en prueba de ello,
aquí pongo, entre loo dos, el dinero prometido.
-Está n1en----&lt;.:oi:J.testó Kive-. Así como a.si,
no siento yo menor curiosidad. Conque ea: s-eíior
diablo, enséñanos esa carn.
Apenas hubo hablado Kive, cuando el diablo
sacó de pronto la jeta d;eJ interior de la botella
y se volvió á colar dentro, con la presteza de un
lagarto. Kive y Lopaka se quedaron hechos unos
marmolillos; y la noche se J.e15 vino encima antes
de que ambos atina:sen á formular un pensamiento y diesen con las palabras precisas para darle
á conocer. Enton-ces fué cuando Lopaka -empujó
el dinero ha.cía Kive y tornó en cambio la botella.
-Soy hombre esclavo de mi palabra-dijo-,
y bien es mene:ster que lo sea, porque de otra
f1uerte no tocaría yo esta botella ni con la punta
del pie. Pero ya que ando metido en ,esto, veré
de conseguir la goleta y unos cuantos peoos para
mi bolsillo. He-cho lo cual, me zafaré cuanto antes de .seme¡a.nte diablo, porque en verdad que
me ha apabullado el aspecto de él.
-Lopakfu-dijo Kive-, no pienses mal de mí,
como puedas remediarlo, porque bie[l yeo que es
de noche y sé que están los caminos malos y
que bay peligro en pasar, á hora tan tardía,
cerca de la tumba c\:e los reyes; pero te confieso
que, desde que he visto esa cara de dentro del
frasco, no podría dormir, nl comer, ni rezar,
mie,ntras no esté rejos de mí. Yo te daré un farol,
y también una cesta para que metas dentro el
frasco, y t-OTna tú cu.ilquiera de las pinturas ú
otro hermoso objeto de los que más te gusten
en mi casa, oon tal de que te vaya.s e.n ,seguida
á dormir á Hookena.
-Kive-replicó Lopaka-, muchos tomarían á
mal lo que me dices, y más -cuando arabo ele hacerte favor tan grande como el de guardar mi

palabra y comprarte el frasco. Hecho est-e trato,
la noche, la obscuridad, el paso cerca de las tumbas, todo ha de ser diez veces más peligroso
para un hombre sobre cuya alma pesa pe•caúo
tan grande y que ll&amp;Va debajo del brazo tal botella. Pero estoy yo también tan espantado que
no te-ngo valor para echarte en cara tu conducta. Voyme, pues, ¡y plegue á Dios que soos dichoso en tu casa nueva y que yo alcance buena
suerte con mi goleta, y que ambos, tú y yo,
vayamos á la postre al cielo, á pesar del diablo
y la botella!
Con esto, Lopaka descendió de la momaña y
Kive se quedó en el balcón del frente, atento al
resonar de los cascos del caballo de su amigc,
y observando la luz del farol por la vereda abajo
y á lo largo del acantilado donde están las cuevas en que yacen los antiguos muertos. Y todo
el tiempo se estuvo Kive temblundo y alzando
las manás cruzadas, y rogó por su amigo, y dió
gracias á Dios por haberse librado él de tan temerosos lances.
Pero llegó el siguiente día, y era este tan luminoso y la casa nueva lan agradable para contemplada, que Kive echó sus lerrores. en olvido.
Y á un día siguió otro día, y Kive vivió en su
casa en continuo gozo. Su lugar favorito estaba
en el pórlico de atrás : allí comía, allí se pasaba
regaladamente las horas muertas, allí leía cuentos y los periódicos de Ilonolulu; pero, cuando
alguien pasaba por cerca de la casa, Kive le llevaba dentro y le enseñaba los cuartos y las pi11t uras. Y así corrió, de boca en boca, la fama de
la casa, á la que en Kona dieron en llamar KaJiale-Nui, ó sea la Casa Grande, y también, á
veces, la Casa muv lucida, porque Kive lenía un
criado chino que se pasaba los días quitando el
polvo y sacando lustre á las cosas, por donde
los dorados, y las preciadas estofas de los muebles, y las pinturas brillaban con el resplandor
de la maliana. Por lo que hace al propio Kive,
no se daba el caso de que se pasease por sus
habitaciones sin ir cantando; tanto era lo que se
le había ensanchado el corazón. Y cuando pasaban buques por el mar, Kive se apresuraba á
saludarlos, enarbolando en el mástil su bandera.
Y fué transcurriendo el tiempo, hasta que una
yez se marchó Kive de visita, no menos lejos
que Kailúa, donde residían unos amigos suyos.
Estos le trataron á cuerpo dé rey y le guardaron
con ellos hasta la mañana siguiente, en que Kive
salió de regreso, tan pronto como pudo, y cabalgó deprisa, porque estaba i~paciente d_e _gozarse de nuevo en la contemplación de su v1v1enda herniosa. Además, ocurría que la noche de
ese dia era la noche en que los muertos de otros
tiempos salen de sus tumbas para recorrer las
laderas de Kona, y como Kive había andado en
tratos con el diablo, por lo mismo le atarazaba
más el miedo de toparse con difuntos.
Y sucedió que, como estuviese un poco más
allá de Honaunau, y mirase lejos delante_ de él,
vió Kive á una mujer bañándose en la orilla del
mar. Parecióle que la mujer era una niña ya espigada; pero Kive siguió su camino sin de~~:
nerse á reparar en ella. Mas luego, á poco, v1_o
Kive cómo flameaba una camisa blanca, al 1r
á ponérsela la moza, é hirió sus ojos el. color
rojizo del hololw ó sayal de ésta. Y a\ l1emp-0
que llegó Kive donde ella estaba, la rnña, que
ya se había vestido, y venía andando y apartándose del mar, se paró en la orilla del camino.
Lucía su rojo hololw; estaba fresca y lozaneada
por el baño, y eran sus ojos tiernos y brillantes.
Y apenas la vió así Kive, cuando Kive detuvo
su caballo.
- Pensé que conocía á lodo el mundo en esta

canciones. Ya no era tan sólo Kive quien se
apartaba para llorar en los rincones, pues los
dos, marido y mujer, se alejaban mutuamente, yendo cada cual á senta.rsti en un ,ext:remo de
la veranda, con todo el ancho de la casa lucJda
ele por medio. Kive estaba t.an hundido en su
afüooión, que apenas ,si notó este cambio, y aun
hasta se alegró de t.e.ner más horas en que estar
solo y cavilar sobre su triste suerte : ya no te11ía tan á menudo que fingir una cara alegre
con el corazón rebosando de amargura.
Y una vez, así las cosas, como Kiva estuvies&lt;'
andando sin ruido por la casa, oyó una voz
cual la de un niño que se lamenta, y se encontró luego con Kokúa, tendida por el suelo de la
veranda, con la cara oculta y llorando comu
llora quien lo ha perdido todo.
.:-Bi~n haces en llorar en esta oasa, Kokúad1¡0 Jüve-. Y, sin embargo, yo daTía mi cabeza
porque siquiera tú fueses feliz.
-¡F,eliz !-exclamó ella-. Kive, cuando vivías
solo en tu mansión lucida, te enseliaban en la
isla con el dedo para muestra de hombre •afor1unado. Canciones y I'isas tenías en los labios
y era tu cara como un amanecer alegre. Dc1:;pués, te casaste con esta pobre ICokúa, y sane
Dios lo que habrá de malo en ella, pero es el
caso que desde ese dia no has vuelto á sonreírte. ¡ Ay !-gritó la pobre-, ¿. cuál es mi culpa?
Pensaba que era linda y sabia que tú me amabas. ¿ Qué hay en mí par.a qu.e mi esposo esté
como ent.re sombras?
-¡Pobre Kokúa!--dijo Kive, y fué á senlansc
al lado de _ella y tr_ató de tomarle la mano, pero
eila la retiró deprisa-. ¡ Pobre Kokúa-repil,ió
Kive-, pobrecilla mía, mi linda niña! ¡Y yo
que me estaba tan creído en que sabía disimular
y no causarte pena! Pues bien, ya que ha ocurrido lo de hoy, todo voy á revelártelo. Entonces
tendrás siquiera lástima de Kive el infeliz; entonces te harás cargo de lo mucho que te ha
amado, pues se arriesgó al infierno por gozarte,
y de lo mucho que aún te ama, ¡ oh, mísero
condenado!, pues aún sabe sonreír cuando te
mira.
Y con esto, lo refirió todo á Kokúa, desde un
principio.
-¡Has he-cho todo eso por mí!-excla.mó
ella-. ¡ Ah, entonces, qué me importa lo pasado !-y le abrezó y lloró sobre él.
-¡Ay niña !-dijo Kive-. Pero cuando me
acuerdo de las llamas del infierno, entonces no
deja de imporlmme á mí.
-¡No. me lo digas!-griló ella-. ¿Qué hombre habrá que se pierda y se oon&lt;lene sin más
culpa que la de amar á su Kokúa? Yo te digo,
Kive, que oo s,alvaré con estas manos o que me
condenaré contigo. Pues qué, ¿me amabas y
vendiste tu aJma, y piensas que yo no sabré morir para salvarte en pago de tanto amor?
-¡Ay, amada mía! Podrías morirte cien veces
y las cosas ya no mudarían, salvo en lo de dejarme solo aquí, hasta que llegara -el momento
de mi condenación.
-Sabes poco ó nada-replicó ella-. Yo he sido
e~ucada en una es-cuela de Honolulu, y no soy
ninguna moza vulgar. ¡Yo te digo que te salvaré,
oh, amado mío! Tú hablas de un centavo; pero
no con,s1deras que no todo el mundo es americano. En Inglaterra gastan cierta monedilla que
llaman tarthing y que vale la mitad de un centavo, sobre poco más ó menos. Mas, ¡ay!, que
esto no lo arregla, porque el comprador de la
botella tendría que perderse, y no be de encontrar nadie tan valiente como el Kive mío. Pero
a_hora n:ie acuerdo que existe Francia, y en Francia se s1rven de una moneda que llaman céntimo,

y con cinco de e,stos se llega al valor de un centavo escaso. ¡No podríamos -encontrar mejor salida á nuestra dificultad! ¡Vámonos, Kive, vámonos á las islas de los franceses, vámonos á Tahiti, todo lo deprisa que pueda transportarnos
el buque más ligero! Allí dispondremos de un
margen de cuatro céntimos, cie tres céntimos, de
dos y hasta de un céntimo. Cuatro cambios ó
ventas son aún posibles, y noootros somos dos
para hacer más fácil el negocio. ven, Kive, dame
un beso y sacude lus pesares. Kokúa te defiende.
-¡Oh, don del cielo!-exclaÍnó Kive-. Me resisto á creer que Dios puó.'iera castigarme por
amar y desear algo tan bueno como tú. Hagamoti
lo que dices, llévame donde quieras: pongo mi
vida y mi salvación entre tus manos.
Temprano, al día siguiente, andaba Kokúa haciendo sus preparativos. Tomó el baúl que Kive
había llevado ·en sus anci:anzas marineras. En un
rincón de él colocó cuidadosamente la botella, y,
luego, acabó de llenarle con los mejoroo trajes
suyos y de sn marido y con los más lindos chirimbolos. de la casa.-Es men~ster-pensó-que
nos con•s1deren como á gente nea, porque si no,
¿qnién creería en el poder de la botella?
Todo e-1 tiempo que el.tiraron los preparativos
anduvo Kokúa alegre como un pájaro; sólo cuando miraba á Kive se le saltaban las lágrimas á
los ojos y le era preciso interrumpir su faena
para correr á él y darle un beso.
Por lo que hace á Kive, se le había quita,do
un peso áel alma, y ahora que había compartido
su secreto y que sentía alguna esperanza de redención, le parecía ser un hombre nuevo. Sus
pisadas tornaban á ser leves, y Je ,e,ra otra vez
grato el resrfrar. Pero aún tenía el terror á sus
espaldas y, de cuando ,e'IJ cuaná'o, así como el
viento mata una candela, así moría la esperanza en él, y de nuevo veía las llamas movedizas
y el rojo fuego del infierno.
I~ive y Ko(&lt;~a dieron á entender en la isla que
se iban de vrn¡e de !'e-creo á los Estados Unidos.
La gente lo encontró extraño, pero más extraño
hubiera parecict•o la v€rclad, de haber podido adivinarla alguien.
Kive y Kokúa se mar&lt;:haron en el Hall á Honolulu, y desde allí, en el Umatilla, á San Francisco, en compañía de una multitud de haoles. En
San Francisco tomaron pasaje á bordo de un
bergantfn correo, El ave de los trópicos, que iba
á Papeete, la ciudad principal de los franceses
€n las islas del !\far d-el Sur. A Papeete llegarnn
un hermoso día, después de agradable viaje. Vieron la costa, donde rompían las olas blancas, y
Motuiti, con sus palmeras, y los barcos bailando
en la bahía, y la ciudad recostada á lo largo
de la _playa, entre la verdura de los árboles, y,
por cima, los montes y las nubes ele Tahiti, la
isla sabia.
Determinaron que lo más acer::1,10 s'1 in nlquilar una casa, y así lo hici-eron, lu111:·111d11l,, i,cnte
por frente al Consulaúo inglés, á n,, de hacer·
mucha muestra de su dinero y de lucirse con coches y caballos. Ninguna dificulta.a había ein esto
mientras estuvieran en posesión de la botella'
porque Kokúa era más osada que Kive y no s,e,
andaba ron chiquitas para evocar al duende embotellado y pedirle una veinteina ó un ,centenar
de pesos. Y, de este modo, pronto fueron notados
y ~onocidos en la ciud'ad. Loo dos extranjeros
recién vemclos de Hawai, ·sus coches y caballos,
y los hermosos holokúes de Kokúa y sus encajes
finos, t?do fué bien pronto terna para mucho comentarm y mucha conversación entre la·s gentes.
Al Cdbo ue poco tiempo, Kiv!) y Kokúa lograron componérselas con el lenguaje tahitiano, que
en verdad se asemeja por extremo al de Hawai,

�salvo en que algunas letras 'san dislinlas. Y, a:;í
como tuvieron facilidad
v dominio lmstante dl'
palabras, comenzaron iL
ofrecer su botellita. Al
llegar aquí, debe consitlerurse qul' 1111 era el 111 gocio de lo:; lJIIC !icner·
llana la enlrad·1 rn n1nleria, y que no era Uwil
q11I' Ki\·e y Kokúa wrs11arlie:-;en fl la gente 4u;:
eslahan hablando dr , ...
ras al ofrer1•1· por r11r1tro céntimos un venern
inagotable clP riquews.
Era le~, a&lt;le111ús, preciso
entrar en pnrmenor1·,
explicar las razones de
la \'Cnta y los peligros
que traía ('I frasco. Entonces, ó bien se negnban los o,·rn!Ps ú- r1•per
mm pizca· clt•I !'aso, &gt;' s.echaban á reir, ú IJil'll :,;,,
paraban mús en la parle
fea y tenebrosa del as 111110, &gt;. se ponían muy ·serios " llenos rlc gru\'cdad, y desprclían á Ki\·e
y ú Kokúa como á personas que andan en malos tratos con el diablo.
Y así, en Yez ele. ganar
terreno, eslns dos infPlires Je iban pereliend11
cada clía, y In gentr. dii',
rn ir a1rnrlán&lt;lose &lt;Ir
ellw;, y los nifios, i•11
Yi0nclolos, sn1ían grilalido y de estainpia. Eslo
úllimo era pura Kokúr
inlolerable cosa.
En cuanlo {1 los ealólicos, se persig11aban al
Yer á los cxlrunieros, ,.
ln&lt;lo el mundo, cual &lt;le•
&lt;·O1ll(in acuerdo, los dió
de lado \' l'Phu\'ó los
anrnr('s qi.1r Pllos ·1es hacían.
Y nsí se ahaliernn s11s
cspíril 11s y se llcnarn11
lll1lbos ele afli!'!'ión. Solían Sl'lllars(' j11n:os. JIOl'
In 11uehr, rn sn 1111eva
rnsn, al cubo de• cada din
(lp ~ll_f"Ca .I' 1ráfago UIIS)()~J~llTIO, , . nn cambiaba II paln bra, .,· sólo SI'
rompía ('l silrnrio cn11
a lgi'111 repen I ino sollozo
de Kokt'la .. \ wce~ r"zaban junios: ;'1 veces saca !Jan la bnl1'ili1 1· la cól&lt;H'Hbnn dcln11lp ¿le ellüs,
en el sueio, r $-~ pasaban
las horas conle1nplnndo,
fusrinados, la sonibra
que sr rebullía en el inleriur de rila. En tales
UL'H-~ioues, h•s daba lneqo
mi&lt;&gt;du de ir ú acoslnr!:'''
y ·dPs&lt;:ausar. Tardaba
111ucho el sne11O en "llP1·
snhre sus ojos, y, si se

· dormía al fin uno lle los dos cu11:;o1·lcs, era, ó
para despcrlu r:se pronlu y lwllur al olro llorando
silc11ciosumentc en lus linielJla:;, ó para encon1rarse solo y con que el otro había huido de la
tasa y de la vecindad de la botella y andaba
da1Hlo vueltas bajo los bananos del pequeüo jardín ó errante por la playa, ú In luz de la luna.
,\sí sucedió una uoche en que Kokúa desperlaru. !&lt; ive hulJíu huido La 111oza palpó la ramu.
El sitio de su esposo e:,luba frío. Ento11cPs cayó
el terror sobre Kokúa, y Kokúu se sentó en el
lecho. Entraba un poco de la luz de lu luna por
las rendijas de las conlraventanas. Eslnba rlaro
el cuarto, y Kokúa. di\'isó la botella. sobre el
suelo. Fuera, soplaba recio el aire, gemían los
grandes árboles de la calle y las hojas caídas corrían por la veranda con bullicio. En medio de
estos rumores, notó Kokúa otro sonido, un sonido del que no supo discernir SI provenía de un
hombre ó de una fiera; pero era más triste que
Ju muerte y le llegó punzante al alma. Se levantó
despacio y con cautela, abrió la puP.rta y miró

al p,tliu, il11mi1tado por la lu11u. \llí, al pie de ll!S
hu1tm1us, yada Kiw, hu11dida Ju boca en el polvo, g11uiendo cc,11 espantosa ungustia.
El primer pPn::;amicuto de Kokúa estuvo en
correr y consolar ú su lllarido; pero el segundo
la hizo purursr L'l1 tlrrne. Kive :;e había portado
siempre delante de su 111ujer c:01110 se porta uu
lwmlJrc valeroso. :-.Ju! hubiese estado en ella, en
nquel punto de flaq11l'ZH, a,;crgunzarle ron su
presencia repenliua. Hcflexionaudo en e:;to, Kokúu tornó ú eutrar en cusa.
- ¡ Ciélos ! pensó-. ¡ Qué descuidada y débil
11,r he mostrado! El es, nu yo, quien corre u11
peligl'O eterno. l!.:I es, no yo, quien tornó la maldición sobre su alma. Pur mi, por amor á una
niaturu lan ruin y que pura tan poco sirve, co11lem11lu ahora cercanas las llama:; del infierno y
olfatea el h111110, lirado ahí fuera. por la tierra,
bajo lo. luz dr ht luna. ~· el azote de los vientos.
¿. Será que tan torpe y corta soy de alcances qu,·
hasla ahora no he comprendido cuál es mi obligación'? ¿Será que, conociéndola, roe he apar-

�'i

1

tado hasta ahora &lt;le ella? Como quiera que sea,
ahora, movida de amor, empuñaré mi alma y la
haré cumplir con lo que debe; ahora me despediré
para siempre de las purrlas del cielo y de los
que allí me aguarden. Amor por amor, ¡ que al
ele Kive corresponda el mío! ¡ 1\ lma por alma,
y sea la mía quien perezca!
Kokúa era mujer diestra ae manos; pronto esluvo vestida. Tomó el cambio necesario, pues
tenían de continuo preparados los céntimos que
habían menester, ya que es moneda poco corriente y de la cual cuidaran, por lo mismo, de
proveerse en las oficinas del Gobierno. Cuando
Kokúa se encontró en la calle, el viento había
traído nubes y estaba la luna oculta. Dormía la
ciudad. La moza no sabía hacia donde volver
sus pasos, hasta que oyó á alguien tosiendo e1,tre la sombra arrojada por los árboles.
-Buen viejo-dijo Kokúa-, ¿qué hace usted
aquí, en la noche fría?
El viejo, con la tos, apenas si podía hablar;
pero ella logró averiguar que el hombre era extranjero y pobre.
-¿Quiere usted hacerme un favor?-le pregm,tó Kokúa-. Como un exlraüo ayuda á otro, como
un anciano á una moza, ¿quiere usled ayudar a.
una h1¡a de Hawai?
-¡Ah!-dijo el anciano-. ¿Con que es usted la
bruja de las ocho islas y procura usted embaucarme y robarme el alma? i✓ues sepa que yo he
oído hablar de usted, y puedo desafiar todas sus
maldades.
-Siéntese á mi lado-replicó Kokúa-, y présteme atención- . Y Kokúa refirió al viejo toda la
historia de Kive y la botella.
-Y ahora-añadió al terminar-, sepa usted
que yo soy la mujer de Kive, aquella que él compró á costa de la salvación uel alma suya. ¿Que
es, por tanto, lo que me loca hacer? Si yo luese
en persona y dijese á mi marido que quiero comprarle la botella, él se negalia á vendérmela.
Pero si usted va, él se la venderá de buena gana.
Yo aguardaré á usted en esle mismo sitio. Usted
la comprará por cuatro céntimos, y yo se la
compraré á usted por tres. ¡Dios me dé ánimo,
infeliz de mí!
- Si usted estuviera pensando en engañarmedijo el viejo--, creo qn~ J?10s heriría á usted
aquí mismo de muerte subita.
-Si que me heriría-gritó Kokúa-; sí, créalo
usted. No podría ser artera. ¡Dios no lo cansen,
tiria!
-Deme usted los cuatro céntimos y aguárdeme-dijo
hombre entonces.
Así que se hubo ido éste, y eu sintiéndose Kokúa sola, desfalleció el espíritu de ella. Mug1a
el viento entre los árboles, y la moza creyó estar
oyendo ya el rumor de las llamas infernales.
Sombras de las ramas cruzaban la luz de las farolas callejeras, y á Kokúa se le antojaron garras de los espíritus malignos. De haber temdo
fuerzas para ello, hubiese echado á correr; y, de
haber tenido alientos, hubiese prorrumpido en
gritos; pero, en verdad, no podía hacer ni lo
uno ni lo otro, y allí se estuvo queda y temblando
en el arroyo, como un medroso niüo.
Y Juego vió al anciano qne regresaba, trayendo la botella entre sus manos.
- Cumplí el encargo ue usted- dijo--. He dejado á su marido llorando romo una criaturita.
Esta noche dormirá en paz. Y tendio á Kokúa la
botella.
-Antes de estregármela - resolló Kokúa - ,
lome usted lo bueno con lo malo. Pida verse libre de la tos.
-Soy un viejecito-repuso el hombre--, y me
veo demasiado cerca de las puertas de la muer-

te para andar pidiéndole favores al demonio.
Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué no toma la botella? ¿Ahora duda?
-¡No, no dudo!-e'xclamó Kokúa-. Es que me
apoco y que me aflijo. Aguarde nada mas que un
momentico. Mi mano se resiste, mi carne se encoge toda al contacto del maldito objeto. ¡Nada
más que un momentito, por favor!
El viejo miró á Kokúa con ternura.
-¡Pobre nifía!--dijo-. Teme usted; le falla el
ánimo. Pues bien; déjeme y me quedaré con la
botella. Viejo soy; ya no puedo ser dichoso en
este mundo, y, en cuanto al otro ...
-¡Démela!-sollozó Kokúa-. Aquí tiene el dinero. ¿Cómo ha podido usted creer que sería yo
tan cobarde y traicionera? Deme, deme el frasco.
-¡Dios la bendiga!-respondió el vieJo.
Kokúa ocultó la botella entre los pliegues de
su holoku, se despidió del anciano y echó ~ _caminar por la avenida, sin saber á dónde, m 1moortarle. Todos los caminos eran ya iguales para
ella todos conducían al infierno. A veces andaba, ~tras corría, á veces daba voces en la noche,
a veces se arrojaba al suelo y lloraba sobre el
polvo. Todo lo que ella h~bía ~ído dec_ir del Infierno volvía á su memoria: veia relucir las llamas, olfateaba el humo, sentía las carnes suyas
achicharrarse entre carbones.
Cercano el día, serenóse Kokúa un poco, Y. regresó á su casa. Alli estaba Kive :cual _el anc1a1:o
le dijera: durmiendo como una crtalunta. Kokua
s,8 estuvo un rato quedamente y mirándole la
cara.
á ·
-Ahora esposo mío-murmuró-, te toca h
dormir. C~ando te despiertes, te llegará el turno
de cantar v de reírte&lt;. En cuanto á la pobre Kokúa, ¡ay de mí, que nunca _quise ~l _mal!, para
ella no habrá ya jamás canc10nes m aeleites, así
em la tierra como en el cielo.
En diciendo lo cual se recostó en el lecho, al
lado de su esposo. Y -era tanta la congoja Y el
cansancio de su espíritu, qu,e en segmda -cayó
sobre ella un suefío profundísimo.
.
Tarde por la maflana, la desp·ertó su maflldo
y le dijo la buena nueva. Pareda atontado por la
aJ.e,&lt;1ría pues no reparó en la tristeza de Kokúa,
auiZque harto mal disimulaba ella su pes~r. Kokúo. no lograba decir ni dos palabras ¡untas,
pero importaba poco: !Uve se bastaba para la
conversación, suelta la taravilla a:e su lengua.
Ella no ,comió; pero ¿quién había allf para notarlo siendo así que Kive arrebañaba todos los
platos? Kokúa le oía y Je veía como se oven y se
ven las cosas en los sueños. Momentos había e!1
qne s•e olvidaba de lo ocurrido, y entonces reclinaba la frente entre las manos. Saberse condenada y estar oyendo la charla alegre de1l esposo,
le parecía cosa fantástica y. mon,str~ooa.
Y todo el tiempo estaba Klve comiendo y parloteando, haci{mdo proyectos para el viaje de regn:so, dando las gracias á Kokúa por haberle
,;alvad:o y nombrándola su ampara.dora y su remedio. Y se reía del viejo, que fué bastante tonto para comprarle la botella.
- Parecía en verdad un anciano r espetabledijo-- pero no se puede juzgar por las apariencias. ¿Para qué querría .ese bandido la botella?
-Esposo-murmuró Kokúa humildemente---,
puede que fuese bueno su propósito.
Kive s-e rió como un hombre que está enfadado.
-¡Música!-gritó !Uve-. Es un tuno, te lo
diao yo y además un majadero; porque ya era
11;'rto dif(cil venct·er la botella j)Or cuatro -céntimos y por tres será imposible. No hay margen
bastante para otros cambios, y ya comienza el
asunto á oler á chamusquina. ¡ Huy !-exclamó,
tiritando con el miedo-. Verdad es que yo la

compré por un centavo; cuando no sa):&gt;ía que
existen otras monede..;; de menos valor aun; pero
fui un tonto, y ya no se dará otro tonto igual.
Quien tenga ahora la botella, con la botella cargará hasta el infierno.
.
.
.
-¡Oh, marido!-gritó Kokua-._ ¿No p1~nsas
que es terrible cosa hallar la propia salvación á
costa de la condenación eterna de otro? l\le parece que yo, en tu lugar, no podría reírme en
modo alguno. M-e sentiría humilde, me sentiría
llena óe melancolía; rezaría á Dios por el poseedor de la botella.
Entonces Kive, sintiendo la verdaa de lo dicño
por Kokúa, se puso aún más enfadado.
-¡Pamplinas!-gritó Kive-. Abrúmete la melan-colía, si te place; pero I:º debería de portarse
así una esposa buena. ¡S1 pensaras en mf un
poco, te daría vergüenza lo que dices!
Y, con esto, se marchó, y se quedó sola Kokúa.
¿Qué probabilidades tenía de veno:er la botella por dos céntimos? Calcuio que ninguna habría. Y aunque la hubiera, ¿para qué ya, cuando con tanta prisa pretendía su marido irse á
Hawai, una tierra donde no hay monedas inferiores á un oentavo? Además, en la misma mañana en que ella se había sacrilicado, ya eslaba su
marido abandonándola y echándole en cara
faltas.
Y Kokúa ni siquiera intentó aprovechar eil
tiempci que aún le queá·aba de estar en la isla
de Tahiti, sino que se quedó en la casa, donde
á ratos sacaba la botella para contemplarla con
espanto, y á ratos, con espanto, la escondía apresuradamente.
Al cabo de algún tiempo pe,gresó Kive, empefíándose en sacar á su mujer de paseo en coche.
--l\larido, estoy enferma-dijo Kokúa-. Tengo mal cuerpo y poco humor. Di:spénsarn1::, pero
n-0 estoy ahora para diversiones.
Entonces sí que se enfadó de veras Kive: con
ella, porque se la imaginaba pesarosa por el viejo; consigo mismo, porque no podía menos de
pe,nsar en que no le faltaba á Kokúa la razón,
y á él le daba vergüenza su alegría prop!a.
-¡Conque esa es la fe, ese el amor que me
tienes!--gritaba Rive-. Acaba de salvaree tu
marido de la eterna condenación en que C;uyera
por lograrte, y no si-entes tú contento algune&gt;_
¡Kokúa, tu corazón es falso!
Y así prosiguió enfurecido, y se marchó y estuvo correteando por la ciudad el día entero. Topó
con unos amigos, y bebió con ,eJloo, y todos juntos alquilaron un carruaje y en él se fueron de
juerga al camr-0, y en el campo tornaron á beber.
Pero todo el tiempo anduvo Kive inquieto, asl
porque se divertía mientras estaba afligida su
mujer, como porque bien S"C le alcanzaba que la
razón -estaba de parle de Kokúa. Y el saberlo
y comprenoerlo fué causa de que Kive bebiera
más y más aquella tarde.
Ahora bien, emborrachándose oon Kive andaba un haole muy bruto y viejo, que había sido
contramaestre de un barco ballenero, y también
vagabundo, y minf!ro en una mina de oro, y luego
presidiario. Era hombre perverso y mal hablano, que gustaba de beber y de hacer que bebi•etran los demás. Y así empujaba á Kive para que
empinara má.is el codo; y, de esta suerle, pronto
se encontraron sin dinero los ó-Os y sus demás
amigos.
-Oye, ahora que recuerdo-dijo el hombre--,
siempre te- has dado pisto de ricacho. ¿No ha"blabas sin parar de una botella de raras virludes
ó de otra oosa por el estilo?
--Sí-replicó Kive-, soy rico. Iré á casa y petlil·é dinero á mi mujer, quien lo guarda para m1- ~fala costumbre es esa, amigo-contestó el

contramaestre-. No t-e fíes nunca de faldas para
guardar dinero. Las mujere,s son traio·oras como
el agua. ¡Ojo con la_ tuya!
.
Como Kive estuviese mareado por la bebida,
tales palabras causaron impresión en la mente
de él.
-¿Qué de particular tendría que Kokúa me
fuese falsa'?-pensó Kive-. ¿Por qué, si no, .eslaría ella lan triste cuando me he salvado? Pero
yo le probaré que Goy hombre que no aguanta
burlas. Ahora mismo iré á sorprenderla.
Y de acuerdo con lo dicho, en regresando á la
ciuctad, Kive indicó á su amigo que Je aguará'ase
cerca del calabozo antiguo, á la vuelta de la esquina, y se fué solo por la avenida hasta la puerta de su casa. Había caído olra vez la noche., y
se veía dentro luz; pero no se oía rumor alguno.
Kive, entonees, dió media vue_tla, dobló la esquina callandito, abrió con suavidad la puerta trasera y miró en el interior.
Allí estaba Kokúa, de rodillas sobre el suelo,
una lámpara á su laoo, y delante de ella un fras-.
co blanco cual la leche, de redonda panza y cuello 1ar&lt;10. ~Iientras le contemplaba, Kokúa retorcía ~us manos en silencio.
Largo ralo se estuvo Kive quieto y mirando
por la entornada puerta. Al principio se había
quedado hecho un tarugo; luego le entró mieoo
cte que hubiese habido algún error fatal en lo de
la venta de la botella y de que la botella hubiese
vuelto á él como volviera en San Francisco. Al
ocurrírsele esto último, flaquearon sus rodillas
y los vapores del vino s,a disip~n en su me_nte
como se disipa con el alba la mebla o·e los nos.
Más, después, se Je ofreció otra idea, ~!1ª idea.
extraña, que hizo subir fuego á sus me¡lllas.
-Tengo que poner este asunto en clar?-pensó Kive, y cerró la puerta, y dobló, d~spac10, (!tra
vez la esquina, y luego entró haciendo ruido,
por la puerta delante,ra, tal corno si acabase de
llegar. Apenas había abierto la puerla, y ya
no se veía bolella alguna. Ko1,.,úa estaba sentada
en una silla y danuo un l'elSpingo como quien
acaba de despertarse de repente.
-He estado bebie-ndo y divirtiéndome todo el
día~ijo Kive-. He andado de fiesta con unos
buenos amigos míos, y ahora sólo he vuelto -e~
busca de dinero, para irme á beber más y á divertirme tociavía.
--Eres muy duetio--respondió Kokúa- , y haces bien eu gastar Jo tuyo.
Su voz sonaba temblorosa.
-Todo lo que yo hago está. bie,n hecho- :respondió Iüve, y se fué derec~uto _al armario y
tomó dinero. Y, al tomarle, mlfó s1 estaba la botella allí, donde solfa estar guardada· pero allí
no había botella alguna.
Al percatarse de tal ausencia,. pareciól_e ~ Kive
que &amp;a le venia el armario encima, y smtió que
la casa se bamboleaba toda como si hubiese un
taremoto, porque comprendi~ lo ocurri?º• y
que ya estaba perdido para siempre y sm remedio.
-Ha pasao·o lo que me temía. Ella compró el
frasco-dijo para sí.
A poco, logró Kive repone_J1Se, y se alzó del
suelo, por donde rodara un mmu(&lt;? antes; pero, el
sudor corría por su cara más copioso que la huvia y más frío que el agua-ni·eve.
- Kokúa-dijo-, hoy te hablé y le tralé como
no debía hacerlo. Ahora voy á volve.r á la fiesta
con mis alegres compafieros, y me sabría mejor
el vino si llevara conmigo lu perdón.- Y, al decir
esto, Kive se reía con risa extrañ_a y q,uiela.
Kokúa abrazó al punto las rodillas de K1ve y
luego se las besó, con lágrimas abundantes.

�- ¡ Oh !-exclamaba la pohr&lt;' . ¡ Sólo pedía de
ti una palabra de ternura!
-Kokúa-replicó Kive-, nunca volvamos á
pensar mal el uno del otro.- Y, á seguida, se
marchó de la casa.
\hora bien; Kive no habla lomado más dinero
que unos cénl imos ele los que se proveyera á su
llegada á la isla de Tahili. No estaba él para bebidas, ni era es" zu propósito. Su mujer había
vendido su alma por salvarle; ahora le tocaba
á él vender la. suyo. para rescatar la de su esposa.
:\:o le cabía otro penso.m1enlo en lu cabeza.
En la rsquina, cerca del calabozo anlig110, estul&gt;a aguardándole et mari11cro viejo.
~fi mujer ti&lt;&gt;11e la bolella--dijo Ki\'e- , y, á
rnenos q ue me ayudes lú á re,;obrarlu, ya no podremos trnrr dinero ni bebicl,,s Psln noche.
¿~o me vas á dedr que hablas de Ju botella
e11 serio?-griló el rr,áriuo.
-Aquí estoy bajo la lm de una farola-respondió Kivc-. :\lírame cle~pacio y dime si tengo
caru de estar de broma.
-En wnlad que no-rrpuso el ronframnestre-. Tienes una jeta rnúc; lrist,! que un fantasma.
-Purc; bien, aquí lie11e;; dos céntimos. \'&lt;'le á
casa, acércate á mi mn;er y ofrécec;elos á trueque
de la botella. Seguro estoy, ó murho me engar1o,
de que le In dará r n seg11ida. Trá1•lela aquí, y yo
volveré á comprarla, cfándotr por ella un céntimo, porque has de saber que es condición de la
botella que siempre se la compre por menos dinero que antes. ¡ Ah, y hazle cargo de que, é:ualquiera cosa que se te ocurra y digas, no debes
!::&gt;ollar prenda acerca de rslos trutDs que contigo
rstoy haciendo!
-Amigo-gritó el marinero-, ¿qué monsergas
me cuentas? ¿Pretendes tomarme el pelo? ·
-);i lo pretendo ni hay por qué tomártelorespondió Kive-. ¿A qué conduciría?
- A nada, en verdad-dijo el marinero.
- P ues, entonces, no dudes de mi y haz u_na
prueba. En cuanto salgas de la casa, sólo tienes
que desear encontrurte con el bolsillo lleno de dinero, ó con una botella de ron entre las manos,
y ya conocerás lo. fuerzo. mágica de mi frasco.
-Bien, bien, Kanaka-repuso el marinero-.
Haré la prueba; pero s[ 1·esulla que te has burlado de mi, ya sabré quitarte del cuerpo el buen
humor á puñaladas.
Y el ballenero se fué por la avenida arriba, y
Kive se sentó para aguardarle. Estaba cerca del
lugar donde aguardara Kokúa al viejo la noche
antes; pero Kirn ai1daba con más resolución

que su mujer: no titubeó &lt;&gt;n su propósllo, aunque tenia el alma sumida en desconsuelo amargo.
Anlojósele que era mucho el tiempo que había
tenido que nguardar, hasta oir una YOZ que se
acercaba ca,~tando en las sombras de la calll•.
Rccunoci6 Kive la \'OZ del marinero, mas parceióle de pronto la la! voz mucho más vinosa y
rcmca que antes.
Luego, de pronto, el hombre apareció, dando
tumbos y traspiés, á la luz de las farolas.
Traía la botella del diablo metida entre su pecho y la cho.quetu bien abrochada. En la mano,
otrn botella, que alzó en llegando para echarse
al coleto un trago largo.
-¡Tienes la bolella!-dijo Kive . Ya la veo.
-i Eh, manos quietas! - gritóle el hombre,
dando un l&gt;rinco hacia atrás-. Si le arrimas á
mí de un solo paso, te machucaré el morro á
golpes. ¿. Pensabas y piensas que ibas á eng&lt;,1flarmc y ú servirte de mí para tus fines-? Pues
le equivocas de medio á medio.
- Pero ¡.qué dices?-clamó Kivc.
-¿Qué digo?--rcspondió el rnarin&lt;&gt;i:o-. ¡ Digo
que esta es una botella estupenda; digo que no
sé cómo me la hnn dado por dos céntimos, y digo
que lo que es tú, no la tendrás por uno!
-¿. PretPndes no wndérrnela '?-resolló Iüve.
-¡Quiú, hombre, quiá! - gritó el marinero-.
Pero, si gustas, le ciaré un traguilo.
-~lira dijo Kive-, mira que, el hombre que
posee esa botella, en el inflPrno ha de parar.
- ¡ Psch ! Allí he de parar de lodos modos-rrspondió el marinero-, y &lt;•sin botella es la cosa
mejor con que he toparlo nunca pura llevarmr
allí. -¡ ~o, hombre, no !-gritó otra vez-. I.a
botella. rs mía ahora, y ya puede-; ir en busPa
de otra.
-¿Pod.rá ser verdad lo que esto~• oyendo?exclamó Kive-. ;Te lo ruego, por tu propia salvación ; véndemela !
-Ea, basta de charla-repuso el marinero- .
Te figuruste que yo era un lila y un primo. Ahora
caerás &lt;&gt;n la cuenta de que no lo soy, y punto
concluido. i-:,i no quieres un trago de ron, le
tomr&gt;ré yo ú tu salud. \'aya por ti, y buenas
noches.
Dicho lo cual, el marinero clió la vuelta y se
marchó por la avenida abajo.
Y así de::;aparecr de la presente historia la
botella con su diablo embotellado.
Pero Kive corrió ú juntarse con Kokúa, ligero
como el \·iento. Grande fué la alegría esa nochl'
en la cac;a de ambos, y grande, desde entonres,
ha sido la paz de sus díoc; en la mansión Incida.

ROBERT L. STEVENSON

Traducción directa del inglés por Luis V alera y MarUn, .\Jarqués de Villasinda

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Relatos cortos</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Stevenson, Robert L. (Robert Louis), 1883-, Colaborador</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Luis Varela</name>
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      <name>Manuel Linares rivas</name>
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      <name>Novela El diablo enbotellado</name>
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      <name>Robert L Stevenson</name>
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