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                  <text>- ¡ Oh !-exclamaba la pohr&lt;' . ¡ Sólo pedía de
ti una palabra de ternura!
-Kokúa-replicó Kive-, nunca volvamos á
pensar mal el uno del otro.- Y, á seguida, se
marchó de la casa.
\hora bien; Kive no habla lomado más dinero
que unos cénl imos ele los que se proveyera á su
llegada á la isla de Tahili. No estaba él para bebidas, ni era es" zu propósito. Su mujer había
vendido su alma por salvarle; ahora le tocaba
á él vender la. suyo. para rescatar la de su esposa.
:\:o le cabía otro penso.m1enlo en lu cabeza.
En la rsquina, cerca del calabozo anlig110, estul&gt;a aguardándole et mari11cro viejo.
~fi mujer ti&lt;&gt;11e la bolella--dijo Ki\'e- , y, á
rnenos q ue me ayudes lú á re,;obrarlu, ya no podremos trnrr dinero ni bebicl,,s Psln noche.
¿~o me vas á dedr que hablas de Ju botella
e11 serio?-griló el rr,áriuo.
-Aquí estoy bajo la lm de una farola-respondió Kivc-. :\lírame cle~pacio y dime si tengo
caru de estar de broma.
-En wnlad que no-rrpuso el ronframnestre-. Tienes una jeta rnúc; lrist,! que un fantasma.
-Purc; bien, aquí lie11e;; dos céntimos. \'&lt;'le á
casa, acércate á mi mn;er y ofrécec;elos á trueque
de la botella. Seguro estoy, ó murho me engar1o,
de que le In dará r n seg11ida. Trá1•lela aquí, y yo
volveré á comprarla, cfándotr por ella un céntimo, porque has de saber que es condición de la
botella que siempre se la compre por menos dinero que antes. ¡ Ah, y hazle cargo de que, é:ualquiera cosa que se te ocurra y digas, no debes
!::&gt;ollar prenda acerca de rslos trutDs que contigo
rstoy haciendo!
-Amigo-gritó el marinero-, ¿qué monsergas
me cuentas? ¿Pretendes tomarme el pelo? ·
-);i lo pretendo ni hay por qué tomártelorespondió Kive-. ¿A qué conduciría?
- A nada, en verdad-dijo el marinero.
- P ues, entonces, no dudes de mi y haz u_na
prueba. En cuanto salgas de la casa, sólo tienes
que desear encontrurte con el bolsillo lleno de dinero, ó con una botella de ron entre las manos,
y ya conocerás lo. fuerzo. mágica de mi frasco.
-Bien, bien, Kanaka-repuso el marinero-.
Haré la prueba; pero s[ 1·esulla que te has burlado de mi, ya sabré quitarte del cuerpo el buen
humor á puñaladas.
Y el ballenero se fué por la avenida arriba, y
Kive se sentó para aguardarle. Estaba cerca del
lugar donde aguardara Kokúa al viejo la noche
antes; pero Kirn ai1daba con más resolución

que su mujer: no titubeó &lt;&gt;n su propósllo, aunque tenia el alma sumida en desconsuelo amargo.
Anlojósele que era mucho el tiempo que había
tenido que nguardar, hasta oir una YOZ que se
acercaba ca,~tando en las sombras de la calll•.
Rccunoci6 Kive la \'OZ del marinero, mas parceióle de pronto la la! voz mucho más vinosa y
rcmca que antes.
Luego, de pronto, el hombre apareció, dando
tumbos y traspiés, á la luz de las farolas.
Traía la botella del diablo metida entre su pecho y la cho.quetu bien abrochada. En la mano,
otrn botella, que alzó en llegando para echarse
al coleto un trago largo.
-¡Tienes la bolella!-dijo Kive . Ya la veo.
-i Eh, manos quietas! - gritóle el hombre,
dando un l&gt;rinco hacia atrás-. Si le arrimas á
mí de un solo paso, te machucaré el morro á
golpes. ¿. Pensabas y piensas que ibas á eng&lt;,1flarmc y ú servirte de mí para tus fines-? Pues
le equivocas de medio á medio.
- Pero ¡.qué dices?-clamó Kivc.
-¿Qué digo?--rcspondió el rnarin&lt;&gt;i:o-. ¡ Digo
que esta es una botella estupenda; digo que no
sé cómo me la hnn dado por dos céntimos, y digo
que lo que es tú, no la tendrás por uno!
-¿. PretPndes no wndérrnela '?-resolló Iüve.
-¡Quiú, hombre, quiá! - gritó el marinero-.
Pero, si gustas, le ciaré un traguilo.
-~lira dijo Kive-, mira que, el hombre que
posee esa botella, en el inflPrno ha de parar.
- ¡ Psch ! Allí he de parar de lodos modos-rrspondió el marinero-, y &lt;•sin botella es la cosa
mejor con que he toparlo nunca pura llevarmr
allí. -¡ ~o, hombre, no !-gritó otra vez-. I.a
botella. rs mía ahora, y ya puede-; ir en busPa
de otra.
-¿Pod.rá ser verdad lo que esto~• oyendo?exclamó Kive-. ;Te lo ruego, por tu propia salvación ; véndemela !
-Ea, basta de charla-repuso el marinero- .
Te figuruste que yo era un lila y un primo. Ahora
caerás &lt;&gt;n la cuenta de que no lo soy, y punto
concluido. i-:,i no quieres un trago de ron, le
tomr&gt;ré yo ú tu salud. \'aya por ti, y buenas
noches.
Dicho lo cual, el marinero clió la vuelta y se
marchó por la avenida abajo.
Y así de::;aparecr de la presente historia la
botella con su diablo embotellado.
Pero Kive corrió ú juntarse con Kokúa, ligero
como el \·iento. Grande fué la alegría esa nochl'
en la cac;a de ambos, y grande, desde entonres,
ha sido la paz de sus díoc; en la mansión Incida.

ROBERT L. STEVENSON

Traducción directa del inglés por Luis V alera y MarUn, .\Jarqués de Villasinda

�FEDERICO JAQUES

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

PUBLICARA

TÍA FAZ

..

POR

ALEJ-AND·RO LARRUBIERA
y

TEODORO SE HA EMBORRACHADO
POR

GEORGES COURTELINE

0B~AS DE f,EOE~IC0 JR2UES
/

'

La muerte de Ba~b.a azdul,

6f/1~~~~nc(tne~o~~~~~
·

y dos cuadros; mus1ca. e
e
ción con O. Luis de Santa Ana.)
Las multas de Timoteo, _jugete

.
acto
ctm1t°
.
end;:11Sá.nta
v en prosa. (En cola.t?oraoi.ón con . UIS
\na y o

Mariano Pma.)

. mú

j}; ~!ºlfil\~11~i;º~~ ~l~or~~~J :n"61:°Mana=

,,

no• Pina.)
.
t 6 ·co en un neto
El hijo de Carranque, ll.i:fe e e ~ Luis de Sany en prosa. (En colaborac1 n con •

t,

ta L:i~!respondencia de Espada, s~teducti50 ~gº!t
to
d cuadros en verso· música e .
~e b __ y (F~ colaboración con d. Luis de Santa Ana.)
~ºNo~hebuena, _soine te encó u~ ~~ Yurin
en
Fruto amargo, 1ugue 1e
m1c

0

u~fo5°y

Los desgraciados, comedía en tres actos y en ,·erso.

La bala del riDe, zarzuela en tres actos, en prosa

y en verso; música de D. Ru~o cp~pl.

La barca nueva, juguete có~co-hnco en un acto
y en verso; música de D. GU11lermo Cereceda. (En
colaboración con D. José Jnckson Vcyán.)
Fraternidad viaje alegórico en 1:1n acto Y cuatro
cuadros, en v'erso; música de p. M1_guel Marqués.
El moro Ilusa, juguete có11uoo-lir1co. en un acto Y
en prosa~ música de D. Ruperto Chap1.
El sen.Gr barón, znrzueln cómico-l!r~ca en un acto
v dos cuadros, en prosa y verso; rnus1c.a de D. Cleto
Zavala.
.
t y en
Las literatas, juguete cómico en un o.e o
pr~f)ríncipe ruso, 1.a.rzueln cómica en un_ acto Y dos
cuadros en prosa· música de Jakobouski.
.
La raf)aza znrzdelo. cómicd. en un acto Y en pro,;
sa· música de D. Vicente Zurrón.

verso
·
en un a.do
Et iambor mayor, juguete- CÓ!fl1co-¡·n,co

E1 ángel caído, saine-te lirlco en up acto Y cuatro
cuadros, en verso; música de D. Apohnar Brull ..
La piel del diablo, opereta en un acto, música de

6t:°A~ng:inR~?/ (~~ e~:=
:!1n~~~:i~!~•si~~ti~
bor~óf\ con b. Conrado Solsona.)
d

ADVERTENCIA

, música de D Julián Romea.

Cuba libre, zanuela. en dos actos Y nueveC~~! ll~ •
. música de o Manuel Femé.naez o..ua.
•
enEre~i~lde de Stra~~t Z8\'ZUela en dos actos Y
en proso.; música do M~~:eia en dos actos y siete
c;;ut,~~ :eª~1r~~lisica. de o. Angel Rilbio Y don

J~?~ú~:~l~

JuD!n~ ; ~l con4!~tadoren,
eti úij. aclo .1 d'l' c u - ~
,
~º:O=~~~u~~Wmico-lhico ~ un acto Y en
verso, música de D. Angel Rubio.

D. Ruperto Cho.pí.

Insistimos en recordar á · nuestros f3.vorecedo-

res espontáneos, que esta empteaa ba acorda:
por ahora, no publicar mAs originales que
que ella «dlrectamen&amp;e 1011cfte,. de sus autores.
También se tia vlalo en la precls16n de acordar
qu&amp; los manuscritos que en adelante le oeaa aviados ,mo serán devueltosn.

LA ÚLTIMA JUGADA
Don Lino entró en el comedor con el gesto
adusto, Jrnlo 61 andar, crispadas las manos 1 temblorosos los labios y todos los signos, en fin, que
preceden al desbordamiento de la cólera largamrnte contenida.
Era don Lino un viejo militar, cadete allá por
el alio 60 del pasado siglo, que en la guerra de
Africa 1 por su bizarro comportamiento y una
herida grave que allí recibió 1 Iué ascendido1 por
el genrral O'Donnell, al empleo de alférez. Lentamente y sin gran fortuna, !ué siguiendo su carrero. hasta el empleo de coronel, en el cual cumplió la edad reglamentaria y tLivo que pasará la
situarión de retirado.
Sin a[erción alguna ele amistad, de lo que le
apartaba su carádcr retraído y enérg-ico 1 y sin
más familia que rm hijo de una hermana viuda,
fallC'dda d0s años antes del día en que comienza
esta, en su mayor parte, histórica narraCión 1 vivía el coronel retü·ado sin otra aspifación que el
logro del cariño y la educación de su sobrino Ricardo, á quien no conseguía apartar de la inconcrbiblc apatía que le dominaba, alejándole del estudio y de toda aspiración á labrarse un porvenir
honrado 1 ni del fatal vicio dd juego, en que le
veía enfangarse más cada día.
Tal era don Lino Gonzálvez, tíÓ y tutor del
huérfano Ricardo, qnien, amedrentado· y tembloroso, en un rincón dél comedor se hallaba cuando
de tan mal talante apareció en la habitación su
señor tío.
-Es la última vez que esto sucede. Ni yo estoy dispuesto á tolerar que faltes de casa á las
horas que tienes marcadas, ni pu6do consentir
&lt;JllC sigas haciendo ,la vida de disipación, holganza y vicio que hasta aquí has hecho.
Seis ar1os hace que comenzaste la carrera de
Derecho y todavía no has aprobado el segundo
curso; cuanto dinero da en tus manos va á caer
en eJ acto sobre el tapete verde 1 y á pesar de mis
amonestaciones 1 consejos y castigos, ni la autoridad que como hermano de tu difunta madre
debía,s reconocerme es por ti respelada1 ni siquiera has intentado una sola vez corregir tu
vergoniosa mariera de vivir.
SPis meses-te faltan para ser mayor de edad

y ... óyelo bien 1 si para entonces no ·tienes aprobado el curso y no has cambiado de vida al entregarte la herencia de tus padres me olvidaré
en absoluto de tu nombre y de que tal sobrino
me dejó en este mundo mi pobre hermana.
Siéntate á comer y ten presente que esta resoluciún es, como todas 1las mías, irnwocable.
-Si usted quisiera escucharme un momento ... - replicó tartamudeando Ricardo, quien,
realmente, uinguna razón seria tenía que· oponer
á la enérgica reprensión que su airado tío acababa de dirigirle.
-Ni W1a sola palabra te oiré ni una palabra
rnús he tle dirigirte; dos meses faltan para los
exámenes; el resullado que en ellos obtenga.s determinará la resolución definitiva que h e de tornar contigo.
1

•••

Los gritos y silbidos de los estudiantes amotinad.os á la puerta de la Universidad 6Tan la
causa de que un día, á las once de la mafiana,
obstruyeran la ~alle de San Bernardo, desde la
del Pez hasta la del Noviciado; los transeuntes
que allí se detenían, no con tanta curiosidad por
averiguar el motivo del escándalo como deseo
de presenciar las felices ocurrencias, los agudos
fhistes y los rasgos de ingenio que derrochaban
los escolares al protestar en aquella ruidosa forma contra una disposición del ministro de Instrucción Pública, que el estudio aumentaba, los
partidos de carambolas en las mesas de billar
disminuía y las dificultades para la prueba final
del curso duplicaba.
El claustro de profesores hallábase munido
en el decanato esperando al rector, á quien había
dado cuenta del suceso.
Los bedeles recorrían las galerías del edificio, cerrando las puertas de las aulas y procurando inútilmente apaciguar ilos excitados ánimos de los escolares.
Un grupo de éstos, en el que •figuraban cincuenta 6 sGsenta de los que con más ardor se
oponían al nuevo plan de estudios, dirigióse violentamente al decanato con decidido propósito de
arrojar de la Universidad á los profesores, entre
los que se hallaba un eminente. hombre púl?li~o.

�,,

Enérgicas detrrminacioncs quisieron tomar los
cnlcdrúticos con Jos autores de tan irreverente
atentado; pero su compaííero se opuso á ellas,
ofrrric1ndolcs cruc la violrnta (• irresprtuosa actit wl dP los rstndirintes crsaría ú la terminación
df'l discurso que les iba á pronunciar.
Jletuviérnnse, cfPctivamentc, los belicosos jóvenrs. al oir la voz del calerlrático crue, entusiasinaclo con el decto producido por, su peroración,
extendióse en filosóficas consideraciones; des-

InúlileR fueron las protestas del injustamente
neusaclo füC'nrdo; las malas notas que había obtrnido en casi todos los exámenes y su mala conrl11da co1110 rf'tudiante, lmstaron para que el ConRrjo dr disl'.iplina le aplicase la más dura pena:
p(•rditln dr rurso y prohibición de estudiar en Jas
l'nivc1·sirlarles del reino.
Esta SflttPnria drl tribunal universitario deter111inó el porvenir de Ricardo; al conocerla su tío
no le hizo reconvención alguna ni volvió á. diri-

no sufriera los rigorrs ron que de continuo los
amc·nazaba la falla de rernrsos En a(fuel triste y
deSalllpararlo canlinar ele la vida. La r_n~rgir·a rnl11nla&lt;I ele sn tío &lt;Ion Lino hizo
;lu_e n1cm·c~u, COlllO Dios quiso y con mediano
ex1lo, ternunara los estudios de la prime1:a v segunda (•nsrfianza. Concluída ésta, cuando el mu~
chacho habít~ rumplido ya diez y ocho afios oper~se, repenh'.1ª é inesperadamente, afort~na&lt;la.
h ansformac:wn en su casa.
La mue1·l_e ele un hermano de su madre que
solter~ y 1,'1ro, residía en Buenos Aires, y qu~
to.da ~u ~01 luna_ la de¡ó al morir, hizo que la pob1e vrnda se viera, euando menos lo esperaba
m desahogada posición.
'
y esta generosidad inesperada de la su6rte fué
&lt;·m,1~a d~
completa prr&lt;lkión de Ricardo.
n·1 pum
.
. Sin
. afwwn ui ap!itudPs 11m·a el estud1·0
•
lllnguna clasr clr trabajo, excesivamente con:cnhdo y mimado por su mad1·e, que Pn él tenía
I eri111c1•11trado todo su amor y por él tan s, 1
cu1Hpre1ul_ía la existenc-ia, bien pronto encontróº e~
fnlnl cnrnmo que Hl sufrimiento, al deshonor Y ú
la muerte le había &lt;le conducir
'
Guiaclo p~r un amigo, llegó á. una rnsn donde
aquel ti~n1po Jw1donaba una ruleta que era
&lt;'Hl&lt;n1r·es &lt;'1 JIIPgo de moda en ;\!adricl
Jugó aqud priu1fr día cuanto dine~'o consi&lt;ro
llevaba, y ú 1wsar ile haberlo ¡wrdido, sedúj~e
1lP tal -&lt;m•i·te ·1n11cll
·
•
'
... : ; 'l
a e1noc·JOJiante
é lllCOlll)li·c11sil~lc se~sa&lt;"1oi1 del azar, hasta rnt-onces por é,l des( rnu,_,·Hln, &lt;pie tm su ah na profun,Imncnte hizo
mn~igui· el vi&lt;"io del juego pnrn de él no nr-~e
ya,l1bre Pll _lo ({UC &lt;lt' vicia le quedase.
Cuauto drn1•ro eaía en sus manos pasaba i!lte"ro
desde lus cuwl 1.o.s,. 1as ¡·ill&lt;'as , los plenu ~
"
ni fondo común de la rnleta.
·
·'
Hirarclo no ganaba 11 unca.
Ja~nús ac!'rló una jnga,la, y, si11 embargo, Je
&lt;lonunaha de lal modo rl Yido qüe, para alimenlarlf', VPJH!ía &lt;·11antos ohjctos clr valor ú su maclrP podía sustraer.
. }li,'.n co~?da y lurnr.ntn ha la pobre viu,Ja la ho111bk pas1011 de su hijo; cuantos CRf11e1·zos hizo
J&gt;,~m destruirla fueron inútiles.
También Ricardo sabia que en el fopele verde
eslaha el fondo del abismo.
;\l1H"has ~eces, horrorizado, intentó de él scpa~'ars(•. ¡In_útJI propósito! Sucedíale entonces lu q1:e
,t la rnanposa
ante la luz,, lo que u.
.,1 ¡·1·¡ &lt;, uero en
.
P~'1'Rf'nc•¡¡1 de la fascinadora mirada
la set'JlU'11tr, lo que al habitante ele! llano cuando ,,¡
b1,nlc del precipicio se encuentra: irresistible 'v
fatal poder embargábalc la \"oluntacl y la rar.6;1
Y e,1_1
f?ndo _del abismo Je arrojaai:·
. . \1v1r sm el Juego cosa era que él-~nsideraba
un posible.
Su_s nnliguos amigns y cornpaiíero! \1e la. t:nivers1dad habían terminado la carrera, comenzalJau la clifídl lucha por la Yida y no volvió á salwr de ellos.
Su 111adre, virja y achacosa, 86l0 cuidar sabía
In. salll(l &lt;lPI cuerpo de su· hijo; que no se alterase Pl'a la constante prnornpaeión de aquella bue-

na se~ora, y era la idolatl'ía que al hijo de sus
eutnums prnfrsaba lo que sus fuerzas sostenía
para. continuar aquella exislenria únicamente de_rhcada ya ú satisfacer los 111rr1ores ca¡wichos de
su H1eardo y verle contento y feliz.
ERte .su afún uo conseguía Yerlo realizado; la
nw]¡¡ snerle (Jlle in\'Hl'iablemente ucompafiaba al
i11n_d1af'lio en eJ juego, le tenía siempre mohíno,
l111·1l11rno ./ mHlhumorado.
'
Y él, idlJlatm de su madre, comprendía el mal
&lt;rue la cai~aba 'este su raráeter agrio y adusto
lJlle no pó1ía mQdil1car y que los nobles impul~
sos ele s11 corazón ocullaba.
Pron lo cn111eI1zarc!u lambit'.!n ú manifestarse los

.

'

.''.i

por

arrollaclas en brillan t Pr- períodos ll enos ele inspimda y arrebatadora f'Jocnencia.
El fi11al dPI rliscnrso fu(• rlr un efcrto prrnligioso.
Entusia;;rnndos los f·ompttftPros del orador,
rompi eron en aplausos, y loi-; eslrnlinnles ... en silbidos y denuPsto;; c-on1ra rl dausti·o dr profesorPs, á qnirrn s muy poi:;o faltó para ir á terminar
en la c·nll'! la o\·1tción r1ne hac·í11n HI c-ompn11ero,
lanza.do,-; ·poi' Jo,; escolu res de;;dt' rl hnlrrin dPI
Jura! _(Jn.e. 1k1~1l .in.
" ·, El lfinlín !Í¡UÍ1Vllrgarlo
ú su npogco. El rer-lor
.
1/ J'lidiú r1xilio nl.Gohierno, y 11iw sección tle guai·dif'\ rl ·Sq.(111:iunil aparN·i(l en la calle de San
,J\n, ...,, &gt;, clh,rrn,an&lt;lo ú los c·ndosos y hariendo
~ &lt;"1''1
n·.,t•1wia q1;P los rsl11&lt;lia11tes h1rsen, poro
• º.'úpc:;,·, 1han&lt;luna•1·r10 la l 'nivcl'sidad.
·. !~t~slubkdosr, por fin, la ,·alma y dispuso rl
rrr-lor· la insl nl&lt;'&lt;"iún rlrl ror·1·rspondir.nle proceso
rlisc-;¡llinal'io.
Coi tan mala s11e1"1c llt&gt;g6 rn rste mommto ú
la (11h·t&gt;rsiüatÍ, sin 8,tb1.r lo que allí hahía ocuJ'l'i&lt;lu, !'I alumno clr lJerpd10 Ricardo Santos, que
-al aparecN C'll la galería clrl pi8o principal fué
cll'lenido por un lle&lt;lr&gt;l y p1·rsrn1ado á los profesores corno 11110 ¡Jp los pl'in&lt;"ipalrs causantes de,!
motín.

a-irle la palabra hasta el día rn que cumplió Ja
mayor edad y le entregó cuanto por herencia de
:.-ms padres Je corrc,spondía., dt&gt;spidiéndose de él
? onlenán&lt;lole que abandonase la casa y no volvi&lt;'I'a á a,·orrlnr;:;e rn su vi&lt;la rlPI que fné su tío
y tutor.
Era rlon Lino hombre incapaz ele fallar á s11
palabra, y esla Vf'Z cumplió exadamrntP lo fJlJe
ú sn sobrino hahia promrtido.
La inala snerte fué entonces, como en el reslo
d1• su dtla, la clrtcmlinante de arruélla y de todas
lus ,lemús &lt;le;:;,Uchas crur. rn rl infortunado joven
hicieron Jll'rsn, porcrue no era Hicardo un mu&lt;·haehn pPrni·so, ele condición avi6sa y malos
srnt iu1if'ntos, n o, al contrario; de carácter tímido y npocn&lt;ln, ra11M1l&gt;ale honda prna el mal del
prójimo y siernpre acdones caritativas le dictaba
s11 huPu c·on1zón, bue110 r•n se.ntido moral, por&lt;111e fisLnlógicnrnente, hacía bastante tiempo que
padrcía ar1nPI órgano pL'ofuntla y grave lesión.
Hijo dr. 1111 allo fnncinnm·io dt&gt; Hacienda, qur
había rnnrrtn df.jando á sn viuda úniramenle la
¡1rnRión qur Pn aqu0l concepto le correspondía,
no pudo, al pnder á su paclr,', por ser entonces
rlcmasiaclo nir1n, darse curnta del doloroso calvario qur, JleyúnrlolP &lt;1&lt;' la mano, recorrió su pobre
rnadrr, para ,lograr qne PI hijo de sus entrañas

&lt;l;

:1

pi·imerns síntomas de Jn afección cardíaca que
f'll no lejano plazo hnbía ele concluir 8.5
'de Ricardo.
\:,
Y esto fué lo (!IH! ya no })lldier
nt&lt;•ugnaclas furrzas de la p~r-e,
t,~11cPs _sostr11!das por el á..{~1
•
1:
dioso a su lu¡o a&lt;lora&lt;l6.
,:
~t
En pocos día:-;, sin nial, a
~,\. ·:
JlHl'a la ('iencin, pa;.;6 nl tlesc1
·, ·
rnnclt·e infeliz &lt;lll&lt;', con su am
i~
p1rclo hac-cr la fpl'ri&lt;lnd ele su
é¡:¡¡
huyó, inconscientemente, ú labrar,.~·
,tQ'.!
.• ~
aq11rl pobre ser á quien la avasallm,,i ·
· ·,Jñ ·
dl'! juego, el organismo y la razón liJ~af'f]rs~ .
trnído.
·•
Entonces se hizo cargo de 61 su lío don L1ni) 1{ 9
quien pronto conoció el Yicio fatal que le dorni: ~
naba; i11ás rumo, á pesar de su enérgico cárác- ·'
ter, no logró col'!'cgi!'lo, á su laclo le tuvo hasla
(fllt', c·11mpliflc1 In nrn~·or e&lt;lml, cles11i&lt;lióle de sn
casa, sPg1·1u IH•11111s 1i;;to.

·¡~•

f.t~ • \

�Alrededor y detrás de los diez y seis socios
Sin conocimiento alguno del mundo ni de las
necesidades de la vida, sin parientes ni amigos que por turno riguroso ocupaban, de hora en
r¡ue en aquel apurnclo trnnce le aconsejasen, al hora, los diez y seis puestos que la mesa lenía
separarse ele su tío, fué Ricardo á parar á una seüalaüos, ocho en cada tablero, á derecha é
izquierda tlel banquero, que se hallaba en el cencasa de huéspedes allá por las irnnediaciones de
tro, agru1,ábanse como un centenar de devotos
la Uni\·ersidad.
ele
aquel cullo, unos haciendo sDs puesLas por
El abigarrado y rna.ltrecho mohiliario del cuarto que le dEslinaron en el interior de la casa; encima de las cabezas de los socios que ocupala escasez y pésima cnlidad de los alimentos; ban asiento, ;;or los lluecos que enlre si dejaban
ar¡nrllos insolentes mocitos compañeros suyos de éstos ó como Dios les daba ú entender; olros,
hospedaje; el tenaz asedio que comenzó á sufrir eomplelamente ajenos al vicio de aquel recreo,
desde los primeros días por una sobrina de la como allí era llamado, presenciaban absortos la
patrona, \·indita andaluza y rubia, de provocati- di\'crsidad de sensaciones que de tan clislinlas
vas exuberancias y atreYi&lt;lm, manifestaciones si- mnnerus expresaban los jugadores.
Y no es solamente el resultado de las jugadas
ca.lipticas. bien prmilo le hic-ieron rnojoso y hasla
lo
que ofrecía interés al curioso observador, no;
insoportal.Jlc aquel alojamiento.
producíanse
allí, como consecuencia del juego,
~i él rstaba al"ost 1rn1brado ú tanto desorden
y r!Psaseo &lt;:omo en aquella e-asa imperáim, ni el es duro, olros raros incitlenles que difícil expliamor, nunqnc In \'Í\Hlitn con tan sugestivas rnani- cación lendríun pum quien no haya adquirido lu
frsln&lt;"io111•s sr lo of1·rc·iese, halJín lln111ndo ni lla- costumbre de presenciarlos.
La solicitud exlrematla de aquellos vividores
mada nunca ú sus srnticlos.
({lle
tucl1.t clase de servicios se brindnn á prestar
IÜc-ardo 110 cornprrn&lt;lía que la Yi&lt;Ll tn'viera otro
ú los que han ganuclo fuertes cantidades, para
ol;Jjeto quP PI ,lf' r-xpe1·i rnrnlar i11cPSf\1t!-emente
liis profunrlns v nr&lt;liPntr,- irnpr('simws del juego. lograr de ellos diuriamenle los lres ó cualrn duSnlió cl11 la c-asn &lt;l&lt;• l111éspedes ¡mrn i11staJarse rus, único recurso con que, lal Yez, euenlai1 para
('O!lfurl ublf•111rnl e &lt;-ll uno de los nwjores hoteles sostener su casa.
La v11Jgar y descanillu pue&amp;ta del galápago,
d,n 1111P ;\lurll'irl n1euta en las r·ercanías de la
r¡ue olrns, con gran lrunquiJ1dacl y desvergüen1&gt;1wl"f~ d!'I Sol.
za, eJec-ulun á cada instante.
1 ( :taro t'S q11r ni Hirnrclo apreriaha las rondicio¡Ualápago! -Asi llaman los j 11gudores á !ns
w•s &lt;lel alojamiento ni &lt;'1 precio de ésle estqbn f11
relacióll 1·011 Sll fm·luna; prr-o él S{' c•ucnntrabá. alH ¡rnesllls que colocan sobre el [apele los que van
!'1Ltusíns11incln ¡,orqnr ú un c·a,]Ja!lt'l"O que á su lado ulli por dinero á lotlo trance.
Consiste uc11iel nrtlill en ver rápidamente las
se sentaba en Pl c·o111Nlor, oyólG hablar con gran
elogio ele! juego del lwccarat, que numerosas :-,.· (·arlas (!lle entrega el /Ja1H¡ueru al jugador que
distinguirlas 1wrsonalitlacles había llevado, en ca- licua la manu, y cuanüu aquéllas suman un pun.li,lad clP socio:-, ú uno de los círculos más clistin- to que tenga todus las probabilidades de éxito,
guiclus de 1laclei&lt;l, donde aquel recreo ha!Iubase como el de ocho ó nueve, con gran disimulo
un'astran la ficha hnsla dejarla colocada en el
l'S1 ahlrciclo.
.\ las poc-as ~c:'sicmf•S tenidas eon aquel compla- sitio correspondiente de la mesu.
Este ingenio del galdpaao fué durnnte una
cic•ntr compañero r!P fonrla, sin haberse enterado
por completo de tocio lo que al lwcrarat concer- temporada lan clescaradamenle explolaclo por un
nía, se t'JÜU$iasmú ele la! suerte con este juego, buen seüor octogenario, que llegó ú ser la diverpara él ci!'sconociclo, que no cesó de rogar al buen sión de los jugadores y hasla de los demás sosPnur qne Pll tnn i11co1nparaLle y codiciado deJei- eios, que acudían con frecuencia á la sala ele
jnego para presenciar aquella célebre trampa
tc lr había iriirlado, le presentase como socio de
aquella espN:ie de paraíso doHclc e::! ansiado boc- del buen anciano, que, sin duela, inconscientemente, lo practicaba ya.
eara/ podía disfrutarse.
Con este motivo, un día que eslaba reunida la
Pocos elias {Í('spu(•s formaba parte Ricardo de
J unla directiva de la socie(lacl, y en la sala. de
a&lt;¡w,Jla antign,1 y prestigiosa gocieclad de recreo.
Esparioso salón, el más grande ele la casa, con- recreo se hallaba el señor de los galclpagos, fué
llamado éste por el presidente, quien le amonesfm·t11bleinenle amueblado, con potentes lámparas
ele luz eléctrica que con esplendidez lo ilumi- tó por aquella incorrección, que á diario, con
tanto descaro y sin enmienda come lía; ú lo que,
nun ele día y de noche, ern el sitio destinado ú
con gran naLuralidad, contestó el galapag·uisla,
rrndir fen·oruso culto al f'neanta&lt;lor juego que,
-Tiene usted razón, seií.or presidente; es verr·ual otro ,lm1j,1 milagroso, la fol"luna ofrece Ct
dad
que meto algunos galápagos; pero Je aseguloclo rl que r,c;n fe á él :oe dedica, á aquel idolatrnclo barcarat con que, de allende los Pirineos, ro á nsLed que, así y todo, pierdo dinero todos
nns ob5rquiaron nuestros generosos vecinos, en- los días. i Cómo serú el jucgnecito, eh !
Y tenía razón el l.Juen sef\or. Tal es, al menos
yi:'inrlonosle para har·&lt;'r nnrstra dicha y colmaren mi concepto, la índole de este mundial juego
nos de riquezas.
En el rc:nlro de la s11la dc:;tacábase sensacional del /Jaccarat, que yo creo, y en el mismo concepy prnlongatla mesa, sobre cuyo tapete verde de- to he oído expresarse á muchos jugadores de
positaban los fieles i11cesantes of1·endas á aquel toda la vida, que con él no puede ganar más que
la casa donde se halla establecido, aunr¡ne muy
idolalr:ido ídoio.

rnoc~eracla se_a la _cuota que cobre por c:atla la/la.
Tanto los mfel!&lt;:es puntos, manantial inagota~le y co!1stanle alimento de aquel i·ío de la úunca c¡ue ,Jn la cag11011c desemboca, corno el han&lt;¡ucro, ü'.Orlunarlo mortal, así considerado por
los q~1~ con la barnJu le ven quedarse después
aJcru·n
d"·1c1, pero,
,de1 flrelllda sul.Jasta, podrán Ocraw1r
&lt;
o
,1. m y ul cabo, concluyen todos por dejar sobre
el verde lapele cuanto dinero llega ú sus manos.
. Tan ~enerul es en,lrn ellos esta creencia, y abs111 do par~ce :111e as1 pcnsunclo no puedan librarse de la l1rnmn ele! vicio que de modo tan abs .
l11lo
·
&lt;,
. 1es• (l omma,
que alli,· en la mis1füt sula cled11..:a~la al_ buccaml, lle oído yu mil veces esta cupla n los Jugadores nias ca;;! igados por la suerle:

u_no:; segundos de sileucio, cerró la subasta el
su·\'lente en esta forma:
-Cualrncientos duros, el seüor Sautos.
Ya estalla Riumlo ocupando aquel puesio que
tanto había codidado.
Sacó de su l.Jicn provista e-artera dos billrll's
de Bunt:o de á mil pese las cuela lino y lc,s enl regó al crou1~ier, que en el acto pidió á \m sirviente el ca111b10 por fichas.
,
Barajadas las cm-tas, hízose la pregunlu reglmncntaria ele si algún seüor soc:io deseaba rortar, y c-01110 nadie lo solicitase, hizo el croupier

Lo~ puntos .v los lmne¡uems
ganen, nacla irn 11ortn':
lnrlos hnn de verse en euel"Os
ú la larga ó á la curla.

il unqne

\' es grnciosu c-onsidern r &lt;·&lt;'11110 lo::; niús 11 rruinn1los por el juego son los mús envidados en rl
Y los c¡ue mús repilen la c-opla, pcrfedamenle
&lt;'. .,m·en,:iclus, 111 ¡,ar&lt;:J&lt;:el', de In Yenlacl que encierni.
Por Ju tle111ú:-;, ¡qué especlú&lt;·ulo tun \'Hl"iado v
l"Ull1pleju ofreee uq11clln mes¡¡ del bacrnl"a/!
·
¡ Qué desbordamicnlo ele nlcg1·ín )" qué !"liarla
luu iJ1cesm1le y regodjmlll aquella de lus favore&lt;"iclns p111· la fol"! 111w ! ¡ (.!lit' tle ahugmlus s11:-;pirns
Y de n1u11os &lt;Tispmlus c;Jmumlu en In piel del
pecho la:-; 1!iii1s ele s11s dedos purn buscar, en el
dolor físico, lenilivo u! atroz sufrimiento ctcl
alma, los de ac¡ucllos ú quienes la suerte mallrala hasta dejm·l es, tul \"CZ, si11 el J'Hll ele sn~
hijos!
Pero siempre y en lucios los casos, ~-u sea fa.
vorable 6 adver;:;o el resulludo del juegu, la eclucuc.:ión de los socios hat:e que éstos permanezcan constanlcmen[e dentro de la más exquisita
corrección.
. E_n su casa, después, anle sus inocentes y perJ11d1caclos deudos, serú, sin duda, donde estalle
ln contenida lempeslacl.
*
**

.En el rnomento ele entrar Ricardo en el salón,
abandonaba el puesto el banquero y decía el
ct·m1pier al sirYiente encargado ele pregonar 111
subasta de la banca:

- .-lses.
-Talla para el baccaral grita cnlunces el sirvic•nle.
-Doscientos duros-contesta un soc1o.
-Doscientos duros. ¿Ilay al"gún seüor que talle
mús?
-Trescientos-exclama una voz.
-Trescientos duros. ¿Hay algún sefior que
talle más?
-Cuatrocientos- replica Ricardo.
-Cuatrocientos duros. ¿Hay algún seüor que
talle más? ¿Hay algún sefior que talle más?
Y como nadie mejorase la oferta, después de

esta pperación, colocando después la baraja so.
brc un apoyo de porcelana que para el efecto
hay sobre la mesa delante del puesto del banq 11cro.
--¡Danco!-dijo una voz.

Esto significaba que un socio hacía por sí solo
la jugada importe total de la banca.
nióle Ricardo los dos grupos de á dos carlas
cacla uno, pertenecientes á aml.Jos tableros de la
mesa, y después ele haber visto los naipes que ú.
él le corespondian, como entre los dos no sumasen ninguno de los puntos de ocho 6 nueve con
que clefinitivamcnle se gana si el contrario no
ha reunido ninguna de aquellas dos cifras (abatir llaman á esto los jugadores), exclamó Rica.rclo:
- Doy carta.
-:'\ueve- conlestó el que· hacía el banco vienclo el primer grupo de sus ca1·tas.
'
Y nueve también-repitió el mismo al ver los
otros dos naipes.
El croupier le entregó el importe tola! ele la
banca, excepción hecha de la cantidad corres-

�pundie11le ú la l'U:-w, (!lle con u1llclac-iún lwbia
sido retirada.
IUcurdo repuso al'lo seguido las dos mil pesetas.
-Eslú repuesta la uanrn-anunció el croupicr.
-Hagan juego-dijo Hical'do.
-¿. Está hecho? .:--o , a más.
Volvió á dar carlas y volvió á pet·tlcr en los
dos tableros.
Y una y otra vez, y toda la tarde y la noche
lo(la estuvo perdiendo canlidacles considernblcs,
i-etirúndose á su casa muy entrada la maiiana,

con lo. mitad menos de la herencia de sus padres, que le había entregado su tío don Lino.
El resto de su modesta fortuna no había de
tardar muchos días en Ycrlo desapar&lt;'cer.
Y curimlo eslo sueedió, ya no pudo continuur
en la fondá Uomle se hallnba hospedado, porque
al presentarle ul cobro la cuenta de una semana
-no tenia crédito pum más ele siete días-y no
e&gt;fccluar el pago, fué despedido e&gt;n forma tal, que
·aqne&gt;lla misma noche hubo ele refugiarse en umi
miserable casa de dormir.
·
De&gt;scle entonces fué su Yida un yercladero calvat·io.
En la. sociednd ú que todavía. continuaba perteneciendo, le huían los socios corno á un apestado; pero él, adosado hallábase continuamente
ú arnwlla mesa donde , ió clesaparecer su fortuita
allí ¡1e&gt;rdido Ya. el decoro, hacía toda clase ele irrcgulariclo1lcs para obtener alguna cantidad que le penniliera srguir alimentauclo su
clrsatcnlado y funesto vicio.
Esta sil uación, es claro que no podía dmar
11111cho tiempo y terminó bien pronto con la bo('homosa expulsión de la sociedad que hubo de
~ltfl'ir el desdichado.
,

v
&lt;

'

'

***
Sin carrera ni olido, sin afecciones ni aplilucl
para otra cosa que no fuese el juego, fruncido

sit&gt;111pn: t•I c1it1·ecPjo, lona In mirada, sin hrillo
las pupila1,,, co11lraí&lt;los los labios, flácidas las 111eji llns, el color arcilloso de la arrugada piel de
,;11 frl'nlc, aquel caminar lento é inseguro deteniéndose á cada. instante para opritnir con ambas nwnos su angosto pecho y hacet· de esln
modo mús fúdl la anhelosa inspiración que ú
sus pulrno11es había ele llevar el aire, aunque
sú•mpre en menos cantidad ele la que aquellos
órganos reclmnaban, demacrado el cuerpo y torllll'atlo el c:-píritu, daban á Ricardo aspecto senwjantc al ele un anciano decrépito á quien breves días fallasen para terminar su mi&lt;,;era exislencin.
Así aqnel desdichado se hallaba á !os veinliséis años sumido en espanlosa. miseria, ú
que le había conducido el Yicio
del juego, que no podía abandonar, y ({lle hasta el fin ele su
vida había de ,H.:ompañarle.
Ricardo no conocía ni fn.:' cuentnba en r-.Jadrid olrns silíos que las casas de juego. En
ellas vivía pidiendo dinero á
los jugadores aforlunudos ó
upodel'úndose de él euan&lt;lo algún deswido podía apro,·echar, y entonces, al senlir la
moneclu en su mano, inesislible fuerza le obligaba á cleposilarla sobre el la.pele para
ser en el acto recogida por el
banquero, porque Ricardo no
había logrado ganar una vez siqniera.
Quizá por esto sus compaíieros de vicio le compadecían y respetaban, aclmirando .la imperturbable tranquilidad y la amarga sonrisa con que
ú la contraria suerte, una y otra vez y siempre
1·ecibia.
Ya Ja,, casas donde el cuitado podía entrar
erun, úninunentc, las perseguidas por la ¡;olirín, u&lt;p1ellus tptc en i\ladricl llama la gente
e/tiria/as.

E11 u11u de éstas, que instalada se hallaba en
d fcrndo del llH'7.(luino y sncio palio ele una ruino;;n rasn, allú por aqurllas estrechas calles q\1e
en la de :\lesún de Purctlcs comienzan y por Jas
inme&gt;tliationes de las plazas de. la Cebada y ele
La\'npiés lerminnn, nllí, en u11a miserable hubitadútt de bajo y rPncgl'ido techo, ele pringosas
¡¡¡11•e¡lcs, rn las qne apenas se divisaban restos de
un amarillcnlo papel, mísera estancia, ú la que
por obscurn y largo pnsillo se llegaba y en la
&lt;[ilP Jan sólo. por angosta ventana al palio abierta, l'11l1,1ba. escasa lnz del día y menos aire del
HCl't•sni·io para la respiración de los veinte ó treintn 1ahmcs que ú todas horas la frecuentaban,
c-011telit•n&lt;lo en ella cuantas fullerías y desmanes pt1&lt;'fle cliclar la falta absoluta ele pudor y de
wrgücnza: allí, en aquella repugnante mansión,
lrnllúhase el clesvenluraclo Ricardo una noche en
la que el juego se liaba contrario á la banca.
En aqnella hora, cuando los puntos, con !a

hrwa cntrcalJiPl'la, la rt&gt;spirnción co11le11itla, tTis¡mdus las mauos sobl'e el bonle ele la lllcsa que
lus ~Has dei;lrozaban, dilatada la pupila y fija
la um·atlu ell los 11ai1&gt;es, true el uaw¡ucro, con
gr1111 sole11111iclatl, iba cnscüauclo, en aquel 11wlllenlo de inclesu·iptible ausieclacl turbó el sile1:do sepulcral de la estancia una , uí\ 1111e desde la
pucrla dedu:
-¡En 110111bre de Ju ley!
Como si las omlas sonoras 11ue estas ::;ds sílabas pruclujeroll lwbicnm furrnado i11111Pluoso
hurneún, así fUt•ru11 In,; efectos eausado:; 11or la
,·oz dl'l rnpre,;e11lm1le de la autoridad.
Se apagaru!l las luces, rodaron por el s11f'l11
1,1,.sus .v ;;illais, y, alropclladainen!l', lnnzúroIJsp
lus jugudnres ú la puerta JJuséando una salida
qut&gt; Hu le,; dejaron franc:a los agenfrs de policíu,
1111" habían sm·p1·p111liclo eu aquella llliscrahle
('hirlaia u11 delitu, &lt;1uc dPja dt• serlo ,·ua1tdo &lt;'ll
&lt;'Scenurio lllás lujoso y por adores con n,ás dcrnrwm i11du1nc11laria alaviadus P.e rjecuta.
Enln• los rleteIJidos hallúbase, es elarn, Hieardu San tus, y, c01110 sus corn pulit'ros, fué ll&lt;'varlu
al Juzgado dt' guardia.
Cnu pur utw fuero11 inl&lt;'rrogados los jugadodures JJUI' el juez, y cua11clo el !unto le tucó ú
Hicarelo, hallósc é!&lt;le en presencia de su antiguo
rumpafiero lle carrera, ele su querido amicro Et·uesto Sigücnza, que solamente al oü· el u6n1brc
r apellido de aquel dPsclichaclo pudo conocerle.
En el acto comprendió Ernesto la t1orrible siluarióu de su a1nigo, y olYidanclo la causa: de
ac1uel encuenfru, le estrechó cnl'ifiusa1nenle e11
sus brnzos.
-:'\o 111e cxtraiíu vet·lc así, Hicarclo... Acuértlale 11uc 111uehas veces te IH'011ostiqué este por\'('IlÍr.

-¡_Pul'... n·nir? Llegó !mee 111ucho liell!po.
¡l.)ué vida hus arrastrado!
-Lu del ho1ulJre malo. Juego y pierdo.
-¿ Y l!rorneas y sonríes en el C'Stado en (!lle le
lwllus?
-¿Qué he ele haced ... A mala suede buena
cara.
-Dien en la luya se refleja el suflfo1i&lt;'JJl0 ele
tu .ilmn.
-El del cuerpo me molesta 1nás.
Hace cuatro a,10s el corazón no rige bien; á
rnc,,s deja salir la sangre ú torrentcs, quc me
ahoga y el sentido me hace perder, y en otras
ul'asiones, estancada, la siento en el pecho, que
cu vano 111c esfuerzo en dilatar para darla salida.
Al mismo tiempo que estas palabras pl'onunciaúa, con la mano derechn, por debajo del raído
chaqué, el costado izquierdo se oprimía la respiración lornábase.le anhelosa, sus púr;a.&lt;los 1.e
. contraían, los ojos se rongeslionuban, doblúronsele las piernas, y, pertlido el conoci1niento, antes &lt;rue Ernesto pudiera socorrerle, cayó eles-.
plomado en el sucio.

***
En una alegrísima eslanda, en la que cluranle
toda 1n. maíianu entraba á LorrenLes el sol por

lljllllS il[I UZlllll HSU!-llld;;,1 11J V Uj.lJ!l[l! Ul).)IHC[ llll
Búi-btu·u, en a,¡uella lujosa habitación ele pare• des cu1Jierlas, no ,-:e podín distinguir al pronto si
de setlu ú paprl rulo!' ,·ertle pálido, donde, ade111ú,; de hermosu laYnlw adontndo ton mátrnol
1Jrnnce y amplio espejo de luna biselada, lucían'.
sP elegunle ch11i~c-/01111ue funarlu con le!'ciopelu
, e,·de y una primo1·usu lúmpara tle crisl,tl pendiente del lecho, en la ()lle 'descomponíanse los
rnyus solures, fornwndu como faulúslica ranas1illa tle piedras Jlrei·io;;n,;; allí, sobre í"n11lliclo led10, hallábase lan asc,mhrndo H.icnnlo cuando
1·e1·obrú el conoci111ienlo, &lt;¡ue no acertaba á dar
1-rétlilo á lo rrue s11s sc&gt;ntidos presenciaban, ere·' étulose llláS bien Yíl'i ima (]~ alucinaciones propias (le la tena?. y p1·oí1mclu doleticia que le mm·li:-izaba.
.
Crmw l,1 úllintn i111presiún &lt;1ue en s11 te1"elJr(1
rpiedú gndmcln fu(• lu del Juzgado de guardia, ú
d1.&gt;n&lt;lc le habían ru111J11,·iclu 1m1· el delito del juego, os dnru 1¡ué 110 poclia imaginarse que eu
ill(l1el lugm· y de aqnella fonna pudiese estttr sufrienrlu ln pena á que, segururnentc, :;egi'ln su
aee·ndn, hnbía siclo senlenciaclo. ·
' Ln vuz tle su b11en amigo Ernesto, que entrnlia en la habil1wiú11, le hizo darse cuenta de que
realidad ern lodo aquello que, como en múgico
sueflll, estaba preseneiando.
-.\:ab~t de decirme el doctor que el alw¡ue ul
roruzon que te ha tenido 1,,in conocimiento, postrado en ese lecho, hn terminado por ·coni]Jleto;
111e aseguró tmnhién &lt;¡lle, deulro de seis ú ocl10
díns, esl,mís lol11lnienle rei;!ablecido; pero que
si no cumbias de vida, en nwlquier 111omenlo
1&gt;llCcle repetirse el colupsu cardíaco V arnhar rúJ&gt;itlmnc11le ton tu cxistern;iu.
·
.\t{llí, en 11li casu, puedei; pernwuecer lodo el
tie1t1po 1¡11e sea uecesal'io para reponerte, no
sólo del intenso ataq11e (;Otl que ahora se hu nianifestado la grave eufennedatl (fue vienes. padeciendu, sino de in debilidad física v de la consundóu tnurul que le aniquila; ent/etanlu, proc111·aré yo enconlrnl'le alguna ocupación, en !u
1¡ue homadurnenle ganes el dinero uecesario
pum atender á lus necesidades y puedas aclqui1fr, al Prn11lu licrnpu, la cnhua y Ju reflexión que
tunlu fallu te hacen para lograr la curación de
esa llaga moral &lt;1ue el corazóu y el alma te dest.ruzan.
-Te reconozco, Ernesto: eres el amigo i11eontlicional y curiüoso Je siempre.
Queclóse Hicarclo un nwmenlo c:onfuso y nbs1raído; miró luego lt·istemeulc ú Ernesto y, lanzando profw1do suspil'o, rniadió :
- (!uién sube si el car-ilativo y frate!'11al cornpurlmnienlo tl LW con este desgradado has len ido, s ervirá mús bien pura sostener esa· llega de
que me halJlas, que para alcanzar la regeneración mía con &lt;¡,te tú suefias ! ~i el c_a sligo que
merecí me huLierus impuesto, Ju falla ele libertad me tendría, por fuerza, separado de lo que
ya hoy consliluye el único objetivo de mi exist.encin. La fuerza, sí, la fuerza que pueda privanne etc! libro ulbedrio, es solamenLe Jo q uc,

�mientras éste me falte, puede conseguir que no
entre mi cuerpo en las casas de juego, sólo mi
cuerpo, porque mi es1Jiritu, en tanto que se halle
Lmido á In matei-ia 1 estará siempre en el tapete
verde, sin que lus buenos ofici~s puedan evitarlo, como impedirlo no consiguieron nunca la~
súplicas y lf.!grimas de mi santa madre.
-Pero, ¿~s posible, querido Ricardo, que de
tal modo haya ese torpe vicio destruído tu cJ.ara inteHgencia? Tú
siempre fuiste uri muchacho de gene.rosas y honradas aspiraciones, y
no acierto á comprender cómo esa
repugnante pasión ha podido anular
ar¡ue\ talento que tus cornpafitros te
envidiábamos y arrojarle en esa hon-ible existencia que con tanto padecer y tan miserablemente vas o.rrastrando.
-jQue no cofnprendes mi existencia! ¡Ay, querido Ernesto! En ella,
e;omo en la de todos los seres de la
humanidad, hay algo, llámese destino, ~uerte ó como llamarlo quieras,
que nos ooncluce al término de la
vida por ramino distinto, tal vez, ·d~
aquel por nosotros elegido.
-rero cuando de •eso se tiene conciencia, como á ti te- sucede\ no creo
que s6a imposible cambiar de ruta
si á ello la •razón obliga á la vol un~
tad, es claro que á fuerza de trabajo
y teniendo valor para sllfrir .los arafiazos de los abrojos que han de encontrarse á cada paso en la nueva
senda.
-Todo es inútil. Cuantas reflexiones rné hagas, cuantos irrefutables
argumentos puedas emplear para
convencerme, me 1\os he-hecho yo á
mí mismo mil ve.ces, me los hago
constantemente, sin que con ellos
pueda dominar este vértigo que, contra mi razón y ni.i voluntad, de mí se
apodera y en el vicio me arroja.
-No importa; todavía no estás tn· ~
disposición de sal ir á la calle, y en
los días que forzosamerile has de
permanecer en mi casa, confío en poder modificar, quién sabe si curar del
lodo, esa funesta pas~ón que física
y moralmente concluye contigo. Mafiana dejarás el lecho y en seguida comenzaré
á poner en práctica el tratamiento que planeado
lengo, y con el cual, Dios mediante, he de lograr
lo que tú juzgas hoy un imposible.
Ten esperan1.a y pon de tu, parte cuanto puedas para reponer pronto tu salud. A la tarde ~olveré á verte.
Y despidiéndose cari i'\osamente' de su amigo,
salió Ernesto de la habitación 1 dejándole como
avergonzado y tristemente pensativo.
No dejaron de producir, por el momento, profunda y dolorosa impresión en el ánimo de Ri-

cardo aquellas cnril'íosas frases, aquel fraternal interés que con tanln solicitud le manifestaba su antiguo compañero de Universidad, que
muchos aiíos· antes había perdido de vista y á
quien encontraba ahora, no como juez que debía
casligarle por la falta ó delito cometido, sino
siendo su bienhechor, su ángfl bueno que, á todo
trance, de su cuerpo y de su espíritu pretendíe.

te1 sólo había de oir frases cam'íos1s1mas, sí,
pero mortificanles pura él, que bien compreÍl.día
la imposibilidad en que se haHaba de abandonar
como sn amigo queria, la deshonrosa y misera~
ble condición que tan fatalmente y tan en absoluto le dominaba.
Y así, luchando su espíritu con el carifíoso y
entrañable agradecimiento que por su generoso

♦

extirpar aquellos males que sóJo con la muerte
podrían ya tener fin.
El agradecimiento que por Ernesto sentía era
enloncrs muy grande y muy sincero, tanto como
debía serlo en aquel sensible corazón de Ricardo¡ donde no podía germinar otro pensam_ien to
que aquel de la más profunda y noble gratitud;
mas pronto vino á mezclarse con él otra sensación, que no. es extraüo experimentase : la vergüenza comenzó á apoderarse de aquel desgraciado y á hacerle imposible, desde entonces, la
permanencia en aquella casa, donde en adelan

amigo sentía y con el desasosiego y malestar que,
á los dos días después de restablecida su salud,
comenzó á producir.le la vida apacible y monótona que en aquella hospitalaria casa llevaba,
vióse impelido, fatalmente, por el frresistible afán
del juego1 á cometer una villanía que en 61 estado
&lt;le excitación en que se hallaba, ni la podía apreciar ni, mucho menos1 rechazarla, una vez concebida.

*

* * á la entrada de la
En el pasillo recibimifnto,
casa de Ernesto, había dos puertas que condu-

cían, una de ellas al despacho y la otra al cuarto
que ocupaba H.icardo, desde el día en que, acometido por repentino accid&amp;n~e cardíaco, cayó
desp.Iomado al suelo, sin conocimiento, en el despacho del juez de guardia.
Allí, en aquella confortable y lujosa habitación,
hallábase el contumaz jugador pe:qsando on la
manera de abandonar lo q}le ·él, ~ás que providencia,] asilo, consideraba ya intolerable prisión que del tapete verde
le separaba.
Espantosa era la Jucha sostenida
por los generosos impulsos del corazón de aquel dE!sdichhdo que permanecer le ordenaban en los fraternalc_s y-- abiertos brazos de Ernesto y 1a
fatal pasión, inv6ncible y dominadora, ~bligándole á rechazar aqueJ
amoroso abrazo -donde únicamente
podría ya encon trar: remedio para su
desventura.
Algunas veces, obligado por Ernesto, habío, entrado Ricardo en el
· despacho de su amigo y allí se estaba mientras éste concluia algún
trabajo urgente ó al descanso de las
cotidianas fatigas de su cargo se enlr:egaba.
U.n día en que.se hallaba de guardia Ernesto 1 tuvo éste precisión absolulu de abandonar, sólo por unos
instantes 1 el Jocal del juzgado para
ventilar en su casa, que tan ferca
se hallaba ·de la plaza d.e las Salesas,.
un asunto importantísimo de intereses.
No había transcur rido media hora
desde que entró en su despacho
cuando, por teléfono, recibió urgente
aviso para que, sin pérdida de momento, acudiese á extraviada calle
de los barrios bajos, donde se había
cometido sangriento crimen.
No podía ser, para un juez de guardia, más imperativa la llamada· así
es que no tuvo Ernesto tiempo Para
otra cosa que arrojar precipitadamente en el cajón de su escritorio
una buena cantidad de dinero que
acababa de recibir; en el acto tomó
el sombrero. y salió precipitadamente de su casa, sin cuidarse de un billete del Banco de España . de mil pesetas 1 que
dejó olvidado sobre la me.sn. •
Entretanto, Ricardo hacía extraordinarios é
inútiles esfuerzos para vencer las tortur as horrible~ que le producía su dominadora pasión por
el Juego! exigiéndole, con angustiosa necesidad,
que pusiera fin á la para él ya insoportable ausencia de aquellas miserables chirlatas donde
creía el desdichado que solamente podía hallarse su felicidad.
Ya era bien entrada la noche cuando Ricardo,
no pudiendo dominar por más tiempo la impa-

'
1

�1
►

1

; Hab1·í• l&lt;'YHHluclo st&gt;is, ocho, lrci nla IHIIICllS,
ciencia que sentía pul' di&gt;jat· arruella casa, sin
tal
vez!
ruusi!lcrur la falla de recursos y ele fnerzas en
iSt'ré rico! iI1111tcrn-m111eule rico!
q11e se hallabu, resolvió marcharse, ú lodo trnn¡Y no Yolveré á jugar nunca!
ce y para siemprr, de aquella morada donde,
¡( :orrn, r-on-o en busca de ln suerte, p11es q11c
ron tan cariñosa solirilud, la dolencia de su
cuerpo había sido atendida y el 1rnil de su espí- la suntc me llama!
Voy ú hacer la última jugada.
ritu trataban de curar.
¡ Ln úllinw jugada, porqne en ésta serú mía la
Coll aquel irrevocable propósito de la huírln
fortuna!
salió sigilosamente de su hahilarión, atravesó , 1
De un sallo llegó ú la puerta que al exterior
pasillo y, al descorrrr rl c-~rrojo ele la purria
concludn;
c&lt;m numo febril y de un solo golpe
f[U&lt;' al cxlrrior de la rasa cornl11cía, le sorprentlt&gt;sronió cerrojos y pestillos dejando libre la sadió la luz que á. torrentrs salía tl&lt;'l despacho por
la puerta que, &lt;'n su lll'N·ipitada 111archa, clcjó lida, y eo111t•11zó ú bajar las esealer-as ron vertiginosa rapidez.
abierta Ernesto.
En brcvrs inslu11t&lt;'s se c•ncuntró rn la calle lilnmefliatamente n•sol\·iú entrar allí, &lt;lonrl&lt;'
h1·c
rk toda tutela y &lt;'ll disposición de acudir :t
rnnsirleraba que estaría frabajando sn amigo,
satisfac-l'I', nntc el inpete yerclc, ar¡uel ansia clr
para exponerle con tocln franr¡ueza at1uelln su
e11HwiollPS que no gozalia desde que recluído se
inr1ue1Jnrntable rrsulutión, despidiéndose de él y
Yió en aquella e-asa qnt' allnnclonaha, y donde
&lt;lispursto, es claro, á no hacer caso de cuantas
PI i11(·11111¡ini·nblr amigo qur para siempre at"a1•pflexiones en contra tlr ella le hiciese.
hn1Jc1 ch' prnlt&gt;l' h• había C"olmaclo, es verdad, dr
,\sí pcnsaurlo r•nlró rn el despacho y se qurdó
L·uidndos y c·arifio, pero {t 1111 precio inaceptable
profunclamenlc • sorprendido al verse solo en
para Hit-arelo, que por nadie ni por na.da f'll c•I
aquella estancia donde las lurrs parecía que dernundll, era capar. tle abandonar aquella funesbían indicar la prcscnria de Ernesto.
Drsconcerlado por esta circunstancia no acer- ta pasión rlolllina(lma ele su alma, mientras ésta
t&gt;sl11virse unida al destrozado y caclueo cuerpo
taba ú darse cuenta de la contrariedad r1ue empezaba ú eausarle la falla ele su amigo, sin corn- tkl i11Ieliz j11ga&lt;loi-.
prender que esta coincicle1wia tanto p0&lt;lía favo*
**
rPcer su plan de fuga.
Y rs que Ricardo, sin darse cuenta de ello,
Con lodn la rnpidez q11e sus escasas ft11irws le
allá en el fondo de su alma, repugnaba la deler- pern1ilían, dirigióse Ricardo ú la casa rle juego
111inación que fatalmente se veía obligado á readonrle últimamente él estuvo y en la que fué delizar.
tenido por la policía.
l\1uy pensativo y nen·ioso se apoyó contra la
Grande fué su contrariedad y desnlien\o cuanmesa escritorio y allí, inconscientemente, comen- do allí, delante de aquel caserón sucio y viejo,
zó á remover con su trémula mano derechn
supo qne la autoridad había. renaclo para siemcuantos objetos y papeles había á su alcance.
pre aqt1ellu despreciable cltil'lata.
De esta manera llegó á tener ante sus asomi Y en qué momento encontraba cen-aclo aquel
brados ojos el billete de mil pesetas que Ernes- local, donde el iluso creía que, impaciente, estato dejó allí olvidado.
ba esperúndole la fortuna!
Las sensaciones que en aquel instante expePensativo y mohíno, caminaba al azar, sin
rimentó el alma del desdichado jugador fueron
darse cuenta del calvario que seguía, hasta qne
tantas y tan diversas, que imposible sería des- allá, en solitaria calle, inslintiYamente hallósi::
cribirlas.
parado frente al mugriento escaparate de una
La honradez de sus mayores heredada, y que taberna, en el que de ma nifieslo se hallaban
él no desconocía, obligábale ú dejar en su sitio
unos platos de comida tal, que con su repugnanaquel dinero perteneciente al hombre de quien te aspecto capaz era de acabar con el apetito
tantos favores acababa de recibir. La fatal paapremiante.
sión del juego, con fuerza insuperable, procura- más
Pero el pobre Ricardo se hallaba eslenuado;
ba, al propio tiempo, conducirle por distinto
desde quince horas antes no había tomado c1licamino.
menlo ulg'uno, y sus mermadas fuerzas no poY nOJ; éslp se deió llevnr, consciente Lal vez
dínn ya responder á la enérgica voluntad de
de la· ilfarnia que c~metía, pero falto ele valor y
nc¡uel desdichado que en llegar ú una casa ele
fuerza ele voluntad para rechazarla, aquel ser jnego cifraba la inclisculilile felicidad cte su vicia.
clrgenerado por el fango del maldito vicio al que
Pero allí, delnule de la Luberna, en presencin
en cuerpo y alma se hallaba entregado.
ele aquella despreciable bazofia, l1ízole compren-¡ Es la suerte, sí, la suerte que· por vez
der su estómago la imperiosa necesidad en qtie
primera á mí se acerca !-decía conlernplnndo
ya se hallaba de continuar su interrumpida funel billete con extraviados ojos- . Yo no despoción fisiológica.
jaré á. Ernesto de esta cantidad. :No.' ¡ Yo no
:No hay nada tan imperativo corno el ham"bre;
robo!
por esto, Ricardo, á pesar de las condiciones nada
Antes de que él se aperciba de la: falta de este apetitosas ele aquel ínfimo establecimiento, decidinero ya estaré yo aquí de vuelta.
. dióse á. entrar en él.
¡Habré hecho la jugada!

Se nce1-eú á lu puel'[u l·t ·1h1 ..
.. HtJuel
y nauseul.Jundu' ' .' . 'JO
. .V '•¡\ 1)]Sar
de lres clesvenciJ·achs·· in esp,1c(·w donde, ademús
'
esas no s
d.
d e 1o 'Jue eran tal . .,
· e po 1a saber
, ' 'ez ue made .. )
e l lai; acom¡)afio,1.1
' ra, cada una de
uu, 1JOr cuatro
.·
ble clasifltación .ó
asientos de im1Josi,.
.
, v1 enfrente el 1.
es¡Jec1e ele mos!ntdur tn
e ,t entrada una
fregoteando unos des1'Jo ·1'·1s1 del cuul se hallabu
· ¡no
· que puede fabric· 1 . 1 arios vasos del peor
v1c
robusto v colorado
ur se, un hombretón allo
•
, con la fre l
.
'
unos mechones rojo.
.
_n e cubierta por
sucias guedeJ·as des que Jlttrec:ian alborotadas y
una especie el
.
que le cubría to(!a l
e 1Hel de oso
.
' a cabeza.
Ld enrarecida y ,estll
,
curdo respiró al ·1b/ir l· ente utmosfern. que Rihizu retroceder ~ l . a Jlllel'!a de la taberna le
Jl'lgnunte del lo~a; ts11ect~ _desagradable y '1-eidea, que hnstn enloncee/ug1nó ní!iídamen!e la
lo difícil illeJ·o1· c1·1 1 .. no le hubm ocurido ele
. .
'
c 10, 1mpos·1 ¡
. '
ser Je Ciimbiasen en a(¡ 1 1 J Je que habia de
'
l
ue
U"ar
el
•··11
l
pese as ' único d"11l ero que l º ·,
u1 e e de mil
gusto q11e allí hiciese.
em,t para pagar el
. .o
U¡&gt;~
»cu1

que, efusivumente , .
· , es ¡rechó u! 'tS. ·' 1 cuH grnn c·u·i
' 11u, u ¡ paretuba á explicui-:e u'.11 Ji-al&lt;llo Hicanlo, que no acer. · de afecto.
aque u ex1)re si· va muni festacwn
1
-G
• racius ' t D"IUs ,¡ue vuel
·
anugo más quei-ido . !'{
vo a encuntr«r Hl
!uro, A1-Lur-ito el B. -~ o le acuerdas de mi'? Arusca comu le 1 . .
g,os en aquella inolvidalJle
, e ecw1s los ami1 sabrás que desde h
de
Ramón.
1_1rendiernn y nos ne . , '
Je en que nos sor.
.
va1011 al Juz"udo
el
0
se cerro uquello p· ..
e gumdiu
-Sí lo ac·1bo du1
volverse ú abril-.
'
'
'
e
saue1·
h
-\'aya vay"
ace un momento
·
- ?\o ,, , " con ··· J&gt;epe, ¿vu·dad?
. , ' ~ o me llnrno Ricardo
.
--.Es cicrlu, hombre es : .
la. mía! i~liru que codfundi~1~rto. ¡Qué cabeza
te encucutro rnás del tl u n,ombre! Pero,
la ullu1ta n z c1ue t
.
ga o. "\ erdad es que
., . , 1 ,
e v1, allá en el 1·
,.luc1 e as? Cuando te c1·.
uzgacto, ¿le
Harte ante el jne&gt;z no¡~ ~que! perendeque al haBai ud que huy p' . n abas mucho mejor de
t·
. . ucs nada Rica d"t
ieues, c:01110 cuando nos ' ,
r I o, a.qui me
cueHcia, sin UIJa peseta v&lt;,1amos con más freco1_1stantemen tc para. bu~~ eslruJando la sesera
gu1r el duro 6 ,los dos duros°r el modo de consePero ··1v h"
,
nuestros de cada d"
I'.' c ico! que mal a d
JU.
Ga11z·tr tJ1 . ¡·
n a hoy &lt;,sto de a1
'
u unento· con el c·
llie quedé sin los ~ni.idos ierre de aquella casa
tumbrados á n11·s
~ . ' que ya estaban acosser\'lc10s y á ya sabes, porque también
m1~--- bueno, tú
la competenci-1 có
t~ he visto hacerme
- ' , 1110 se las mgeni
viviendo; y eso &lt;Jue t.
a uno para ir
u recuerdo que
que, duro que pescabas d ,
er~ tan lila
acto. Pero ahora
, ' u_r o que perdías en el
, por lo nsto .
le111&lt;10 una buena rach 1
' parece que has
n
a, o contrario qu
- ueno, bueno, AJ"Lur·t
.
e yo...
mino, ya sabes q
I l o, no sigas por ese caue o conocemo ·
s igualmmte
l us dos. t-Jira si 11 11
'
11::
evas á un
donde haya mucha b
a casa decente
lar fuerte no pertl ~áncaly _donde se pueda apun'.
,..
'
er s e t1 6 mpo
-.1.a lo creo que te 11
.
ahora mismo. Sé yo dee~ muy_ cerca de aquí y
banqueros que tallan al a so~1edad donde hay
ele duros. ¿Vamos?
bacca, at muchos miles
eei-

u

ni:i"ª Juan

et'.~º

d11:º•-

Es!u con:;iderución le IIiz . .
por completo ele e 1[ .
,o J e11 uceder Y desistir
blecimiento done!¡ 11 ar en aquel miserable esta'
e a pro1l0 · ·,
de cambiar un biUet d
s1c1~n hecha por él
rn ocasionar dac~o eel t ~- tlal cantidad bien pudie'
"
1 IS e us1 e t
presentaba, nulural recelo , , e o_que Ricardo
nente taber-nern
al lierculeo é impo' que ya con cur· ·d
ucza en él fijaba la vista
ios1 ad y extraEncaminóse
·
.
' pues, calle arribn
•
c1 1ac10nes se dirigió
L
', Y, sm más vadían pe~ilirle sus , con oda la rapidez que pomenauarlas 1 ·
Puer-!a ele! Sol, donde L;clo lo )lemas, hacia la
mento necesitaba J)Od'
que en aquel mo"'f '
JU encontrar
" ecttvameilte en
1 .
.
mienlos, que en' aqu:iut quiera de los es!ablecibía de ser difícil l'
, ugar abundan, no le ha~
10cm por mon el
lJa y manuable aquellas mil
e a más pequepor otra parte, las men
p~setas, ele las que,
car á otro ob1·eto q
os posible pensaba dedi.
ue no fuera 1
l1ble pasión le im onia.
. e que su irresisconcurrido centro pde
al_li también, en aquel
donde aplacar su . lifiJ adnd, encontraría cafés
Jus cado ap n
mente no sería extr ~
e J o, y probablecon algún compafle1:no }ue l~eg~ra á avistarse
-Dentro de un instante·
. ' ant¡;s he de tomar, en
de juego donde
d"
q_ e le md1case una casa ¡;ualquier café ato-.
bilidad.
' "un alimento; me caigo de depu iera 1r en 1 l
'
la fortuna, que le estaba
e ac o en llusca de
i·o, espernnclo desde
' como él tenía por segu-Allí, en el Universal
donde
.
' Y estaremos á dos parosamen!e en cusa deq~~ se le an?Tició tan gene- sus ele
'_
voy a llevarte.
- \ amos pronto.
precioso billete del B· mesto~ brmdúndole aquel
Rendido de
ª1:co de España.
l\o cou la rapidez ue R.
cansanc10 llecr· á
Sol, y como en ella l '
la Puerta del ú aquella hora los c~ches icardo de~eaba, porque
en rase por ¡
1
y la aglomeración de
' automóviles, tranvías
las, pronto se encontró e .
a ca le de Carr-3difít:il
atrm
esa1·
la
JJ
gente
hacían en extrei110
cambio. En ella hi·
nf1 ente de una casa de
.
.
uerla del Sol 11
zo en seau "d I
m,
H1Cardo
y
su
d
h
·
, egaron, poi·
f
de mil pesetas, sin otra
,"'- i a ~ de su billete
esa ogaclo com ~
panero y amiconsiguiente descue11to Pªi.1 ~1eulanclad que la del go a 1 popular café
- . financiera.
su r1do en a que1la opera- dieron hallar ali, en €.l que, á duras penas puc10n
'
u en el fondo del l ¡
(le:-;ocupada donde - L
oca , una mesa
Cuando de allí salía con el .
.
ins alarse
.\
la
primera
llmnacla
·
_
.
nos, separando los billetes el d1~ero en las mnacud10 un camarero que
plata-, para en distinto b . e l~s monedas de ú petición de \i-t r
los
platos
que'
á
:qo,
~ulregó
á és!c la lista el¿
todo, hallóse con un ; . tol~rlJos u'lo guardando
8
0
uc
hora se servían en el
do Y de aspecto simpáti~~ ¡oven, no mal vesli- café.
se encaminó con los b ' que, ~l verle, l:\acia él
-¿Quieres que eJi - . ?
razos ab1erios, entre los su inesperado amigj_ª yo.-preguntó á Ricardo

~r'

ºº .

ª

�-Como quieras, pero que sea pronto.
-En seg·lida.
Pasó rápiclamenle la vista por la carla 1111e le
tlió el camarero y dijo á éstG:
- Pues sírvenos ... pero ú la canera, ¿estás?
-Sí, seüor, al Jllornenlo.
-Bueno; langostinos con mayonesa y chuletas
de foruera con patatas fritas y ...
-Ya es bastante-interrumpió Hicardo.
-Como quitTas.
-¿Desean más los seflores?-inlenogó el camarero.
- :"10-contestó; .-tul'o·--. Postres no hacen fal-

•'

ta; te ti-aes luego café con leche, con tostada,
¿sabes? ¡Ah! y vino, una botella de Rioja.
-En seguida estarán servidos los señores.
.\1 relirarse el camarero le detuvo Arturo, cliciéndo.le:
--Dos raciones ele cada cosa, ¿ch'?
-Sí, señor, sí.
-Porque supongo-dijo á Hicardo, después que
se hubo marchado el camarero--qne no pretenclerías hacerme el desaire de no convidarme.
-Pues claro, hombre, qué duda tiene.
-Ya sé yo, ya sé que tú, cuando tienes, no
desprecias á los amigos necesilados. T\o, tú no
eres como hoy son, desgraciadamente, la mayor
parte de los que uno trata y á los que uno sirve
y hasta adula uno, con la esperanza de que á uno
le den un duro cuando ellos han tenido la suerte
de ganar muchos y ...
-Uno ó dos ó más que lo necesitan y piden

suelen qucdnrse con las ganas ele que les den,
pol'quc hoy ya se·va haeiendo la gente muy dura
de pe.lar, querido .\rturo.
¡Y luego se quejan de que uno meta im galdpayo ó cobn un descuido, si ó. mano viene!
-¡Qué ha de venir!
- La vcnlad rs que lodo está muy malo y ...
lo que yo digo, si uno no se dedica ú esto, ¿á qué
se va ó. dedicar?
El tamarero, colocando en la mesa servilletas, cubiertos y platos inlcrrnuipió el diálogo.
St\guiüamenlc si1·\"Íó las tlos raciones de langostiuos, dcscorehú la IJoleHa de yino, llenó de éslc
lus copas y se retiró en espera del m01nwto en
,1uc por los co111cnsales fuese llamado.
A111bos se dedicarnn entonces, con gran fruición á saborear y éieg.lutir langostinos que, &amp;n
mu; pocos minnt¿s. quedaron reducidos al cascarón que los envolvía.
Llegaron después las chuletas y, acompañadas
ele buena canliclacl ele patatas fritas, ele vino y
de pan, desnparccicrnn del mismo modo que los
langostinos.
.
nicardo se clió por vencido, avisado siu duda
por su rstónwgn, &lt;!lte ya no podía recibir más
alimento; pt'l'o .\rturo despachó &lt;'n . un instante
un vaso tle café rnu lec!Íe, el otro que á su amigo c·o1Tc:,;p01Hlía y las tostadas de aml&gt;os.
Tan i111pttcienlc se ltallalm ya Hical'(lO, l!ltC
antes de &lt;111e su l'OIIIJ&gt;Ul1ero Cüllí'lll,Vese de Hj)UJ'HJ'
el vino &lt;1tH' en Ju botella quedal&gt;a y los restos
de café ): l(islada que delante de si tenía, llamó
al camarero, le pidió la cuenta del gasto hecho
y, cuando en el attó le fué entregada, se levantó de la silla v ,1 l sacar del IJolsillo el diuero pal'a
¡¡agai·, sufri0 un tles\·anednücnto (no causado
por la cantidad qne la cuenta representaba, que
bien pudiera serlu, :;i110 producido por la enfermedad que sufría) y cayó sobre· la silla sin perder por completo el conocimiento.
Anles de que en auxilio suyo acudieran ,\rturo y el camarero, que· bien se apercibieron de
su estado, creyóse restablecido. Se levantó, pn,.;ó
la cnenta y, seguido ele su amigo, se dirigió ú
la calle.
Con vacilante paso, pálido y descompuesto el
rostro, temblorosas las manos y anhelante la
respiración, así caminaba el infeliz Ricardo, haciendo extraordinarios csfuerzós para aligerar
la marcha y llegar cuanto antes á aquel deseado
lugnr donde, según él creía, había de salir ú recibirle la fortuna que seguramente le estaba esperando.
A1'turo, que sol'prendiclo quedó en el café al
presenciar el accidente sufrido por su compañero, le seguía intranquilo por la calle al ver f 1
cada momento más alarmante estado en que se
hallaba.
-:\1ira, Ricardo-le elijo-; yo creo que no te
encuentras del todo bien; puede ser que la comida al caer en el estómago tanto tiempo vacío,
según me dijiste, haya siclo la causa ele esa
indisposición que ahora sufres. Yo creo '!11e, ele:
bíamos tomar un coche y yo te acompanana a

tu casa. l\lañana ya estarás bien; te iré á buscar
y sólo serán unas porns horas-lo que lardes en
conocer la casa á donde yo creo que no estás
ahora en disposición de ir.
-No,_no; ele ningún modo. Yo quiero ir ahora
mismo. Cada minuto que tardo es una eterniclad que de la fortuna me separa. No, ,\rturo, no;
es preciso que llegue en segnida á esa casa.
-l\lejor estarías en la tuya; créeme á mí.
-¡En la mía! ¿Tengo yo casa, por ventura?
¡Ay, Arturo! Si conocieras la honible situación

Diez ó doce pelclalios había subido cuando, exhalando profundo suspiro, cayeron inertes sus
brazos, dobló la cabeza sobre el pecho y, á no
ser porque Arturo le sostuvo, hubiera dado en
el suelo con su menguado cuerpo, perdiclo por
completo el sentido.
La gente que en la escalera se hallaba y presenció el triste accidente, ayudó á Arturo á
transportar el cuerpo de su amigo á un coche
de punto, en el que fué llevado á la más próxima
Casa de Socorro.
Allí, tendido sobre una cama, le asistió inmediatamente el médico de guardia, que en vano
1&gt;rocurnba hacerle recobrar el conocimiento.
En vista de la gravedad en que se hallaba y
ele que Arturo manifestó que aquel desdichado
no tenía domicilio, dispuso el médico que fuese
preparada una camilla, y cuando estuvo dispuesta, en ella fué conducido Ricardo al Hospital.
*

**

en que me hallo, verías la razón que me asiste
para querer llegar al momento á ese sitio donde
me conduces.
Como si para pronunciar estas palabras hubiera hecho esfuerzo superior á sus fuerzas, se
vió obligado á detenerse y apoyarse en la pared.
-:\lucho temo, quel'irlo Ricardo, que no baste la voluntad para realizar tu deseo.
-¡Por Dios!, te suplico que me ayudes á llegar.
-Eso no es difícil, porque ya estamos á la
puerta; pero si consigues entrar en la sala, ¿qué
harás allí en la triste situación en que tu salud
se encuentra?
-¡Oh, si me veo en la sala! ¡Si me veo en la
sala donde el juego se halla establecidq, habré
conseguido mi felicidad!
l\Iás bien que por su pie, arrastrado por Arturo llegó aquel infeliz á un anchuroso portal, y
con trabajo ímprobo comenzó á subir los peldaños de amplia escalern, por la que multitud de
personas subían y bajaban.

Pronto sería la hora de la· visita de la maliana
en el Hospital Provinci&lt;ü ;· las Hermanas. de la
Caridad presenciltban con mucha alención la
limpieza que hacían los sirvientes en las -salas;
los practicantes preparaban las. curas para Jo::i
enfermos de cirugía que las necesilaban, ·:i para
todos ellos las libretas donde habían de anotar el
plan curnlivo y el ulinrnnto qne el i:nédieo pe~scribiese á cada enfermo.
En una de las salas de .\ledicina, en la q~ie ni
una s~la cama habfa desocupada, estaba Ricardo
ocupmúlo la seiíalada con el número 13 desde la
noche anterior, que, como hemos v'is-to, le· habían conducido allí desde la Casa de Socorro.
Xo llacíu mucho tiempo que la luz áe·l "i-tueyo
din iluminab·a la estantía cuanáo, de~Úmés de
profundo y prolongado suspiro, recobró el conocimiento aquel desventurado.
'
Cna I Icrniana de la Ca l'itlacl,. q-ue- ciirc·a. se hallaba de la cama, se dió cuenta al insta~te del
suceso, y solícita acudió ú la cabecera del lecho.
-¿ Cúmo se ·encuentra? Ya, gracias é. Dios,
pusú el desvanecimiento con que anoche le trajeron, y en su cara veo que no ha de ser de mucha
importancia la enfel'me&lt;lad que usted sufre. Ya
es la llora de la visita, y muy pronto vendrá el
seiíor doctor que, con la ayuda de Dios, le ha de
poner á usLed bueno en pocos días.
-¡Ay, Hermana! Mucho temo que mi enfermedad no tenga cura. Ya sé yo que los males del
corazón, como el que hace mucho tiempo vengo
padeciendo, podrán aliviarse algo y prolongar
· más ó menos la vida del que los sufre, pero curarse ... ¡ Ay, Hermana! Lo que es curarse...
-¿Por qué no se ha de curar? Usted es joven,
y en su semblante no se reflejan señales de una
enfermedad tan grave como usted piensa. Tenga,
tenga confianza en Dios, y ya verá usted cómo
sale de aquí sin mal alguno.
El sonido de una campana que allá fuera comenzó tí. repicar, hizo que la Hermana de la Caridad se alejase del lecho diciendo :

�-Ya está ahí el señor doctor. En seguida comenzará la visita.
Al quedarse solo Ricardo, contempló tristemente aquel asilo en que se hallaba, y donde la miseria entrega el dolor á la caridad.
Al ver allí, en la cabecera de su lecho, el número con que en aquellos establecimientos benéficos se sustituye el nombre del enfermo, exclamó con amarga sonrisa :
-Número trece. Estoy en el lugar que me corresponde. Aciaga me fné siempre la suerte; es
natural que, bajo este aciago número, acabe la
vida.
Con esta triste impresión se encontraba cuando entró en el local, seguido de varios esludianles de Medicina que con él praclicaban, el médi·
co encargado de la sala, y en el acto comenzó á
pasar la visita.
·
Poco tiempo le ocuparon los doce números anteriores á Ricardo; á unos les fué dada el alta
por hallarse completamente curados de las enfermedades con que habían entrado en el Hosp1tal, y otros, ó continuaban en igual ~stad?. en
que el médico los encontró en la anterwr v1S1ta,
ó estaban próximos á la curación de sus dolencias.
Llegó al núm. i3, y el practicant_e que es.tuvo
de guardia duranle la noche antenor y alll entonces le esperaba, le dijo :
- Entrado. Anoche, á las diez, vino, sin conocimiento y conuucido en una camilla, desde la
Cnsa de Socorro del distrito del Centro.
-¿ True antecedentes 6 cliagnóslico?-preguntó el doctor.
-Colapso cardíaco, nada mús, dice el pase-contestó el practicante.
Acercóse el médico á la cama y comenzó á
examinar detenidamente al enfermo, mirándole
los ojos, pulsándole en ambos brazos, auscullándole el pecho é interrogándole después en esta
forma:
-¿Respira usted bien?
_
-En este momento con ulguna dificultad, pero
con frec.uencia me cuesta mucho trabajo, Y á veces creo que voy á ahogarme.
-¿Siente usted algún dolor?
-Aquí, al lado izquierdo, siento, mús que _dolor, una opresión gran&lt;lísima y fuertes palpitaciones.
~
-¿ Hace mucho tiempo que padece usted eso.
- Si, seilor; muchos aüos. .
?
- ¿Se ha puesto usted en cura alguna vez.
- llAsla hace poco, que al sufrir un día uno de
estos ataqnes que suelen darme, y en_ los. que
pierdo el senLido, me trasladó un amigo a su
casa, donde me estnvo curando el seüo~ cloc:
n, no me había visto ningún facultativo _m
l or "1'.
había hecho remedio alguno. Ayer, por 1a mauana, saH de aquella casa y .. •
.
-Sin darle á usted de alla el médico, por supuesto.
.
.
.
- Eslaba impar1ente all1, molestando á m1

más dócil, y cumplir el tratamiento que á usted
se le ponga.
-Sí, seiior, lo ha.ré así, aunque bien sé yo que
no he de curarme nunca.
-No crea usted eso. Se curará, se curará usted pronto. No sea usted pesimista.
Y volviéndose á sus discípulos, á los que, ocultándose de Ricardo, hizo un gesto que descontento y l risleza envolvía, les elijo :
-Una lesión orgánica del corazón. Tal vez insuficiencia valvular.
Dictó al practicante el plan curativo, á la Hermana de la Caridad el alimento que debía. tle Inmar el enfermo y, después de recomendar 11
éste que tuviese confianza en su curaci?n Y obedeciese escrupulosamente el plan curativo á que
debía de ser sometido, pasó al número 14-.
Dos meses hacía que estaba Ricardo en el hospital y la impaciencia que sentía por dejar aquel
asilo hacíasE.le mayor cada día.
Cuaudo libre. se hc1llaba de los accesos, que
con frecuern;ia le acometían, era todo su afá~
clf'mostrar que gozaba de excelente salud Y_ lll
1111 momento dejaba de pedir el alta al médico,
quien al yer aquel estado de extrem~ demacr~dón y los rápidos es tragos que hacia la enfe1 medud en la menguada constitución del e~fE.Tmo,
no accedía á sus pretensiones, prometiéndole,
sin intención de cumplirlo, es claro, complacerle
en corlo plazo puesto que, según le aseguraba,
110 había de tardar mucho tiempo en restab.lecerse.
-?--;o quiero morirme aquí-murmuraba ª}
quedarse solo--. ¿Quién sabe si la suerte E.slara
ahora conmigo y por esta forzosa clausura no
puedo aprovecharla ... ?
.
.
.\tormentado con esta idea se hizo s~per10r á
sns fuerzas la permanencia en el hospital, Y E.ll
vista cte que no conseguía del médico el ~ll?- que
rn todas formas y constantemente sol'.cllaba,
adoptó extrema resolución m la ~ue .arriesgaba
la vida á cambio de recobrar Ja llb~rtad.
Ncgóse en absoluto ú tomar medicamento alauno levanté.base de la cama descalzo Y desnudo, i:echnzaba lodos los alimentos y . se_ rebeló,
en fin, contra órdenes, consejos Y_ suplicas del
médico, de las hermanas de la Cand~d y ele torlos cuantos intentaban reducirle á de¡ar aquella
conducta suicida que había adoptado. .
En vista ele tan grave situación y terr:iendo el
facultativo que aqur,l desdichado se muriese fu?ra de la sala, pues con frecuencia, cua~do podia
bmlar la vigilancia rle los enfermeros, mtent8:ba
escaparse y desnudo salía tL las galerías, patios
y hasta donde le dejaban llegar, l_e otorgó el alta
tan codkiada y que tan fatal habrn. de serle muy
pronto.
J.e fué entregarla Ja ropa que puest~ llevaba
c·1umdo le condujE.Ton al hospital y el din~ro que
rn sus bolsillos tenía, casi íntegras las rml pesetas que sustrajo á Ernesto, pues que solam:n::
le fallaban unos diez ó doce duros que le h b
costa.do el cambio del billete y el gasto hecho en
amigo...
1 a ele ser
PI café poi' él y Arturo.
- Pues aquí; si ustetl quiere curarse, 1

Al torar con sus crisparlas manos aqúel dinero, con el que contaba para conseguir la fortuna. de la que, como jamús le ocunió, ahora
no ilurlaba, á sn mente acudía el recuerdo de la
infamia que c-on su cariiiosísimo amigo había
&lt;.:ometitlo.
Y r,sfo era lo que, principalmente, motivaba su
impaciencia por llegar á la casa de juego, pues
seguro como estaba de tener la suerte propicia,
a11hrlaba ha('erla efectiva para corre!' á casa de
Ernc,sto y reintegrarle de aquella cantidad.
Después de terminada la visita de la manana,
qur es Ja hora en &lt;!UC los en ferinos dados de alta
salPn del establecimiento, ayudado por un enfer-

me.To, se vistió nicarcln y, rasi nrrastrúnclosr,
lngrú bajat· lns escaleras y verse libre ele! hospil al.
Difícilmente pudo atravesar el nrnplio espacio
&lt;[ue 11wclia entre el a.ntiguo casf'rón ele Limnpos
di' Carlos III y la ac&lt;'ra ele ,la calle de Atocha.
Al llPgai· allí, cuando ante aquella empinacln.
í'.llesfa se \'i(,, r·om rncióse &lt;le la imposibiliclarl en
f[IIP si' hnllaba de subirla ron ~n propio esfuerzo.
El l1·anYüt llegó ron 111ncha oport11nidacl para
r.-solvrr rl rnnnir-to en &lt;rnr el infrliz enfer1no se
rnc·01t11·aba.
Se m·P1•,·ó éstr, sal)(' Dios con cuúnlo trabajo,
i11tr11tú subir al ror hr, prro carecía de fueru1.
para 1·palizar s11 r!rs eo; gra cias á un pasajero
cr11r i !Ju rn la pla I a forma y al robraclor del tranvía q11r, al observar PI inútil r¡:;fncrzo &lt;le aqnrl
&lt;l&lt;'stlid1allo, ¡=;r compad&lt;'c:icron ele él y le prestaron :,;11 nyucln, ronsiguió verse instalaclo rn rl co&lt;·hp y Jlrgur así ú la Puerta del Sol.
Il&lt;'srk allí hasla la rnsa ele juPgo donde le llcYó
Arlnm y clpsr]p donde f11é l1·asJadaclo sin cono('i111iento á la C:a~a de ~ncorro, no había rnucha
distancia.

lfo1p1·e1Hlió, pues, aq11ella corta pero penosisicarninata r:on la ruano en el pecho, que in11l1lmente dilatar pre!Endía, presa de indescl'iptiüle angustia, con la respiración anhelosa y arrasl1_'U11clo los piPs r:01110 anciano decrépito y apenas
1'11l vida.

'."ª

?\Ierced á titánico y supremo esfuerzo, llegó al
lan des,,arlo lugar, objeto de lodos sus afanes y
c-au;:a ele todas sns desdichas.

*
**
l:n puesto había vacante en la mesa del baccarctt y, exlmíia coincidencia, era .el número 13,
el mismo (!ue hasta aquel día había estado ocupando Hicardo en el hospital.
Allí se sentó el incorregible jugador. Con crisparla mano sacó del bolsillo un pufiado de billetes y, sin enterarse de la ranlidad que represen-

tallan, los depositó sobre el tapete un segundo
nutes de que dijera el croupier:
-?-;o va más.
Apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza entre an1ha~ rnanos y esperó el resultado de la ju-

gada.

- ::\ueve-dijo, ensefinndo Jus cartr1s el JlWl/o
que lle1,a ha la mano.
'
Ei·a la vez )ll'imem &lt;JU/' en su silio quedaba, d11pl,cut!u, la J/llf'S/a del hasla e11lonces desdichado
jugador.
0!1·0 J&gt;11se fir,í f']
éste.

/11111q111'1·u,

y oln1 ver. ]Jenliú

Hícarrlo no &lt;'Hlllhiaba &lt;le aditud, y dejaba en
el mismo sit io tocio el importe de su ya cuadrnplicada puesta.
•
Y olm 1111se y nlro y cliez m{1s perdió el úw,r¡uero, r·on Jo c·1m l la ~uerte colocó una. enorme
can! iclaü de clinem subl'e aquellos billetes del jugador mús desafo1ü11 wclo que hnstn. aquel momento se hnhía conoddo.
El dinel'o de la vanea se conduvó al terminar
el c1·011picr &lt;le pugm· las vuestas.
banquero se
leYantó de la silla, liró la baraja sobre la mesa
y abandonó el puesto.
- Talln para el úaccarat- -dijo tres veces el siJ-vicnle. Y como nadie c:ontestase á esta oferta
~•efüó,;e el croupier, quedando interrumpido el
¡nego hasta que nuevo banquero se presentase.
- Ya no hay quien talle dijo uno. ·

El

�-Ese afortunado mortal hizo saltar la banca-afiadió otro.
-¡ Eh, amigo! Recoja usted esa fortuna-ordenó á Ricardo el jugador que á su lado se sentaba.
Pero Ricardo no contestó.

Entonces, aquel oficioso compaf'1ero le s~cudió
los hombros con fuerza, suponiéndole d~rr_n1do.
El cuerpo de Ricardo se desplomó, ngtdo, sobre el pavimento.
i La muerte había llegado al mismo liempo q11P.
la fortuna!

r

,

,

EL PAPA SIMON
f'OR GUY DE /1'\AUFASSANT

..

IIabtan sonado las &lt;lote.
Se abrió la puerta de la .es,·11eln y los chicos
se p1·edpitarot1 fuera, alrnpellúndose, emp.ujándose unos á otros para salir ·anles.
Pero en vez de se1)urarse rúpidamente é irse
á come!' como los demás días, se detuvieron á
poca distancia de la escuela formando grupos
y cuchicheando.
Era que uquellu maiwna había ido por pl'iniem vez á clnse Simón, el hijo de lu 13lancholte.
Todos hablan oído habkH' en sus casas de la
rnanc:holte. y , aunque no la acogiesen del lodo
·mal én 1'&gt;úblico, ·Juego1 las madres de los chicos,
bablüban de ella con cierto compasirn desprecio,
que lfabíit eoncluído por ganar lnmbién á los
. chico,,, sin sab~1· por qué.
.
En ·c1rnnto ·á- Simón, ni siq11iem lo conocw.n,
po1·que no salía nunca' de su tasa, n i c;on·eteaba
con ellos por las calles del 1rnebio y por las orillas del río.
.
Por eso habían acogido con cierto jubiloso
asombro la presencia del nue,·o c;ompal1ero, y
unos ú olros se repilieron eslas palabras, dichas
por un mucha1·ho de .c:alors.;e á quince uiios, que
parecía muy ducho en picardías.
- ¿ :'\o sabéis? Simón ... Ese Simón que ... Pues
bueno; no tiene papá.
,\! fin, apareció en la puerta .e l hijo de lá
Dlanchotte.
Tenía siete ú ocho aüo:;. Paliducho, de as1)eclo
tímido y torpe, iba muy limpio.~· bien vestido.
Echó á andar .camino de su casa y delrás de él
los grupos ele. sus camaradas, siempre cuchiui1eando y mirándole con esas miradas crueles
: de los niíios cuando msd-ilan algo malo,
De pronlo, le cercuron entre tocios. Simón
quedó en medio de ellos sorprendido, azorado,
sin comprender lo que iban á hacerle.
Enlonc·es el chico que dió la noticia á. los demás, orgulloso del triunfo obtenido, le interpeló.
-¿, Cómo te llamas tú?
-Simón.
-¿Simón qué?
El nifio, cada vez ml\s confuso y azorado, repilió :
-Simón.

-¡Bah! ... Así se puede llamar cualquier cosn ...
Simón no es un apellido...
·
El h.ijo ele la 13lancholle, ya con lágrimas en los
ojos, 1·epilió por lercera vez :
-Pues yo me llamo Simón.
Los chicos se echaron á reir. El otro levantó
lú \'07. ¡;ada vez más 01·gulloso de su triunfo :
-Ya Jo ,·éis cómo no tiene papá.
1
,Hubo un gran silencio.
Los niüos estaban eslupefactos ante aquel hecho extraol'(linario, imposible, monstruoso de w1
chko que 110 tiene padre. Le miraban como á
un fenómeno y senlfan nacer en ellos aquel desprecio- hasta entonces inexplicable-de sus madres por la Blanthotte.
§lmón hnbín leniclo que apo~•arse en un árbol
pura no eue1· al suelo. ,\llí permanecía como atenado poi· 1111- desastre irreparable. Quería explical'Se, ,i11sliUc:arne, defenderse; pero no se le
ocurría nnda, no encontrnba palabras para desmentir aquell_o tan afrentoso de no tener padre.
.\1 íln, lívido, in('onscienle, gritó:
-Sí ; tengo uno.
-¿ tJónde está ?-pregunlaron los chicos.
Simón calló. Xo lo sabía.
Los m11chachos reían cada vez más con insolente regocijo. Hijos del campo, acoslumbrado.s á la convivencia animal, sentían ese impulso
c1·uel de las aves de corral á rematar entre todas
á la que está herida.
!)e pronto, Simón .vió á un vecinilo suyo, hijo
ele llnu viud&lt;1, y á quien había conocido siempre
como él, solo con su madre:
--Tú tampoco tienes, papá-Je dijo.
- Si; tengo uno.
- ¿. Y dónde eslá?
El otro nilio irguió altivamente la cabeza.
-Ha muerto. Estú en el cementerio mi papá.
t..:n munnullo de aprobación recorrió las filas,
como si el hecho de tener el padre en el cementerio le engrandeciese, para aplastar más aún :'l.
Simún, LJLie ni siquiera lo tenía enterrado.
Y aquellos granujas, cuyos padres eran casi
tocios ladrones, borrachos y crueles con sus mujeres, se unía.n, se apretaban unos contra otros,
como si quisieran ahogar con el peso •de su legitimidad al que estaba fuera de la ley.
Uno ele ellos le sacó burlonamente Ja lengua:

�Hacía calor. El sol ardía en la hierba. El agua
-¡Xo tienes papá! ¡Xo tienes papá! ...
tenía
tersuras de espejo.
Simón le cogió súbitamente por los cabellos
Simón se Rentía invadir por esa languidez, por
eon las dos rnfmos y le empezó á dar furiosos
puntapiés en las piernas mientras le mordía la esa dulce beatitud que sucede á la lágrimas, y
le acometían deseos de dormirse alli mismo. socara.
Hubo un momenlo de confusión. Luego los se- bre la hierba, bajo el sol bondadoso.
Cna rana pequeñita salló bajo sus pies. Quipararon, y Simón cayó al suelo, bu.jo los puñeso
cogerla y se le escapó por lres veces. Al fiR
tazos, las paladas, los puntapiés de unos cuantos
logró asirla por las palas &lt;le alrás y se echó á
mientras los demás aplaudían entusiasmados.
Cuando pudo levantarse y empezó á limpiarse reir Yiendo los esfuerzos que hacía el animalito
maquinalmente el delanlal sucio de pol\"O, le gri- por escaparse.
Tan pronto curvaba como estiraba rígidas las
tó uno:
palas
tle atrás, agitando al mismo tiempo las
- Ancla, Ye ú decírselo ú lu papá.
delanteras
como unas manos.
Entonces sintió una profunda amargura. Eran
Simón
recordó
cierto juguete suyo hecho con
más fuertes que él ; le liabían golpeado, le habían colmado de insultos, y él no podía defen- tablilas clavadas unas sobre otras en ziszá.s, Y
derse, no podía mentir, porque, efectivamente, que, merced á un movimiento semejante al de
la rana, llevaban y traían unos soldados de
carecía de padre.
El orgullo contuvo lweves inslanles las lágri-- lalón.
La evocación del juguete le hizo pensar en su
mas que le ahogaban ; pero no pudo detenerlas
casa,
luego en su madre, y la tristeza de momás tiempo, y empezó ú llorar sordamente granmentos antes volvió á arrancarle lágrimas Y
des sollozos que le estremecían todo el cuerpo.
Una alegría feroz conmovió á sus enemigos, é sollozos.
Quiso arrodillarse, quiso rezar, como todas
inslinlivarnente, como los salvajes en sus terrilas
noches, al acostarse. Pero no pudo. Eran tan
bles regocijos, se cogieron de la mano y empezahondos,
tan grandes los sollozos, tan i1un~nsa
ron á dar v11ellas en torno suyo, cantando.
y
profunda
su pena, que no podía coo~d1~~r
-¡Xo tienes papá! ¡~o tienes pupá!
ideas ni veía nada en Lorno suyo, nada, m v1v1a
Pero de pronto Simón reRó ele llorar. La rabia
le secó las lágrimas. Tenía piedras á sus pies, en ac~uel momento más que para las lágrimas.
Súbitamente sintió una mano pesada y fuerte
,y,. cogiéndolas, las lanzó con todas sus fuerzas
sobre
el hombro, y una voz varonil y desconocida
contra sus verdugos. Dos ó lres las recibieron á
le
preguntó
:
pleno rostro y huyeron qu ejándose.
- ¿Qué es eso, hombre? ¿Qué te pasa? ¿Por
Era tal el aspecto de Simón, que cundió el pánico entre todos. Cobardes al fin-como lo es qué tienes esa pena tan grande?
Simón Jevanló la cabeza. Delante de él había
siempre la multitud frenle á un hombre desesun obrero allo, fuerte, con la barba y los cabellos
perado-, se desbandaron en poco liempo.
negros rizados, y un gran aspecto de bondad en
Ya solo, el niño sin padre echó á correrá campo traviesa, acometido de rina violenta resolu- todo él.
- :\le... me... han... pe ... pegado porque ... n•
ción. Quería ahogarse en el río.
ten .. . ten ... tengo papá... ¡ ?,;o te~1go papá! .. .
Recordaba que ocho días 11ntes se había suiciEl obrero sonrió.
dado de aquel modo nn mendigo. Simón estaba
-Pero si eso no es posible. Todo el mundo l•
presente cuando lo sacaron del agua.; y aquel
individuo de aspecto lamentable, tan feo, tan re- tiene.
Simón sintió aumentar su angustia.
pulsivo antes, tenía entonces un aspecto plácido,
-Xo... no ... Yo ... no lo ten ... go ...
con los ojos muy abiertos y muy tranquilos, las
Entonces el obrero se puso serio. Había recomejillas muy pálidas. En torno de Simón, los
nocido al hijo de la Blanchotte, y, aunque hacía
campesinos decían: «Está muerto, está muerto"· poco tiempo que estaba en el pueblo, sabía vaY alguien aüadió : «Ahora si que es feliz".
la historia.
Por eso quería matarse también Simón. Por- "cramente
- Vamos, hombre; tranquilízate, Ven conmigo
que no tenía padre, como aquel miserable no te- á casa de tu madre ... Yerás cómo tienes u11.
nia dinero.
papá.
Llegó junto al río y se detuvo.
Echaron á andar juntos, cogidos de la mano.
El agua se deslizaba mansa y clara. Algunos El obrero volvía á sonreír, contento en el fondt,
peces ponían de cuando en cuando la brillante por aquella ocasión de ver á la Blanchoite que,
movilidad de su cuerpo y saltaban á la superfi- según decían, era una gran mujer. Después de
cie para coger insectos y mosquitos.
todo, la que había faltado una vez, podía faltar
Simón dejó de llorar interesado por aquello.
otra
más .. .
Sin embargo, de igual modo que después de una
Llegaron á una casa muy blanca y muy limpia
tormenta pasan de vez en cuando grandes ráfagas -de viento que encorvan -los árboles y se pier- de aspecto.
-Aquí es- dijo el niño.
den en el horizonte, la idea fija volvía á dolerle
Y levantando la voz, gritó :
en el cerebro y en el corazón: «Me voy á matar
- ¡Mamá! ¡Mamá!
porque no tengo papá"-

Apareció una mujer en el umbrul, é instantá1tearnente dejó de soll!'eil' el obrero. Había comprendido que aquella mujer, pálida y altiva, que
pennanecía en la puerta de su casa como impitlienclo la enlruda á los hombres, después de la
tr~ici?n ue 11110 &lt;le ellos, no era lo que pensó al
prmc1p10.
Se quilú la gorra un poco azol'ado.
.- L_e lrnigo ú usted ú su hijo que se había perdido J Lmlo al río.
Pero Simón saltó al cuello ele su madre echán
dose ú llorar de nuevo...
'
. -:\'o, mamá; no me había perdido ... Es que
quería matarme, ahogarme, porque los otros
chicos me han pegado porque dicen que yo no
tengo papá...
La joven enrojeció, y, herida eu lo más profundo de su carne y de su alma, rompió á llorar
lari1bién, besando ú su hijo con besos anchos
violentos como mordiscos.
'
El obrero permanecía de pie frente á. ambos
sinceramente emocionado, sin saber cómo des~
pedirse.
Después de un ralo, Simón, desprendiéndose
de los brazos de su madre, corrió hacia él.
-¿ Quiere usted ser mi papá?
l lubo una pausa cruel, molesta.
La manchotle, muda., llena de vergüenza, permanecía en el umbral, oprimiéndose el pecho
con las dos manos, la vis ta fija en el suelo.
.Al iin, el niño, viendo que no le contestaban,
aüadió:
- Pues si no quiere usted serlo, me vuelvo al
río, á matarme.
El obrero se echó á r·eir, lomando la situnción
á broma.
- No, hombre, no. Yo seré tu papá.
- Entonces, dime cómo te Üamas })_ara que se
lo diga yo á los chicos cuando me lo pregunten.
- Felipe- contestó el ohrero.
Simón hizo una pausa como para entrar muy
dentro de sí el nombre y luego tendió los brazos
diciendo:
-Pues lú ere:; ya mi papá, Felipe ...
El obrero lo besó bruscamente, y, sin despedin;e de la madre, echó á andar á grandes zancadas.
II
Cuando al día siguiente enlró Simón en la escuela, Je acogieron sonrisas maliciosas. Pero á
la salida, antes de que el grandullón volviera á
sus bromas de la tarde anterior, Simón le arrojó
á la cara, como una piedra, estas palabras :
-Mi papá se llama Felipe.
Grandes carcajadas y gritos le respondieron :
-¡ ¡Uy, Felipe!! ¿Felipe qué? ... ¿Felipe de
qué"? ... ¿Qué es eso de Felipe? ¿De dónde has
sacado á ese Felipe?
Simón no contestó. Inquebrantable su fe, estaba dispuesto á dejarse martirizar antes que
huir. El maestro le libró de los golpes y lo llevó
á casa de su madre.

Durnnle lres meses, Felipe pasó todos los dias
por delante de la casa de la Blanchotte, y algunas
veces se atrevió á hablarla cuando la veía cosiendo deh-ás de la ventana.
Ella le contestaba cortésmente, siempre grave
y correela, sin reir nunca, ni dejándole entrar
denlrn. Sin embargo, Felipe, fatuo como todos
los hombres, se imaginó cr11e ella se ruborizaba
en cuanto le veía.
Empezaba ú mur-murm·se en el p,ueblo acerca
de aquellas inocentes enlreYistas. Cuando una
mujer ha perdi&lt;lo In reputación, lodo el mundo se
cree con derrcho á intervenir y discutir su Yida.
En tuunto á Simón, quería mucho á HSU papú»,
.v todas las lardes daba grandes paseos con él.
,\sistía puntualmente á la escuela y ni siquiera
se moleslaba en contestar á las bromas y pullas
de sus compal1eros.
Pern un día, el g¡-andullón de otras veces, le
dijo :
- Tú mienles. Xos has dicho que lenías un
papá que se Jla111aba Felipe y no es verdad.
Simón palideció.
~¿Por qué no·!
El grandullón se íroló lus manos, sonriendo:
- Porque si tuyieses un papú, sería el marido
de tu mamú.
.
Simón no pudo menos de reconocer la ¡usteza
de esle razonamiento. :\o obstante, replicó:
-Pues es mi papá.
- j 13ah ! Eso 1:uesta poco trabajo ...- aiiadió
el ulro, encogiéndose ele hombros v volviéndole
la espalda.
·
El hijo de la Rlnnchotle se dirigió entonces á
la fragua del tío Loizon. donde trnbajaba Fe•
lipe.
La fragua eslnba corno sepultatla entre árboles. Gna gnm obscuticlad la envolvía \' á la roja
luz del !lugar se veía cinco herrero~: desnudos
de medio cuerpo, golpeando con sus martillos
sobre los yunques.
Simón entró sin ser vislo y fué silenciosamente á lirn1· del delantal de cuero ú su amigo. Felipe se ,·olvió. Tocios los demú.s interrumpieron
el trabujo y, apoyados en los martillos, miraron
llenos de cw·iosidad.
í en medio de aquel silencio inesperado, tan
opuesto al fragor hordsono de momentos antes
sonó la débil vocecita del niño.
'
-¿:\o sabes, Felipe? El chi1:o de la l\lichnnde
me u.caba de decir que tú no eres mi papá.
-¿ Y por qué?- preguntó el herrero.
El niflo, lranquilamente, ingenuamente, respondió:
-Porque no eres el ma1·ido ele mamá.
Xadie se rió.
Felipe permanecía de pie, inmóvil. Había indinado la cabeza, descansando la frente sobre
el dorso de sus manos, apoyadas en el martillo.
Sus cuatro compm1eros le miraban fijamente, y
Simón, más pequefio y más débil que nunca en
medio de aquellos gigantes, esperaba lleno de
ansiedad.

�'

De pronto, uno de los herreros se dirigió á
felipe.
-La verdaq es que, á pesar de todo, la Blan-

¡1

chotte es un8. .buena rnuchacha y muy uecente
y muv formal. Yo creo que seria una esposa
&lt;lignu y honrada.
Los otros n&amp;inlieron.

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1

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1 ,,

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f

1

-Tienes razón.
1

-.\demás - cpntinuó el qu_e habia habl8..do
prirnero-1 ¿tiene la culpa de haber sido débil'? La habían dicho que se casarian ~on ella,
y 111ús de una y de dos conozco yo á qllienes
se las respeta mucho y que; han hecho otro
tanto.
Los olros 1:1.sintiei·on.
-Tienes razón.
-Sólo Dios sabe lo que ha sufrido esa pobre
mujer para criar y educar este nilio sin amparo de nadie; lo que ha llorado sin salir nunca
mus que para ir á la iglesia.
Los otros asintieron.
___,,.Tiénes razón.
Hubo upa pausa. Solo se oia el resoplido de la
fragua:
·Felipe salió bruscurnentc de su ensimisrnai mienlo.
-\' e; y dile ú tu madre que iré esta noche a
hablar con, ella.
Luego empujó al niüo fuera de la fragua.
Volvió á su tarea y á una volvieron á caer los
•cinco martillos sobre los yunques. Hasta 1a no&amp;e golpearon el hierro, fuertes, poderosos, alegres, en una alegría casi humana. Pero así como
el bordón de una catedral domina en los. días de
:ies~a el sonido de las demás campaoas 1 así ei

martillo de Felipe caía y s.e levantaba más fuerte que el de los otros causando un estrépito ensordecedor.
Pal pitaban las estrellas en el cielo cuando fué
ú llamar á la puerta de la Blanchotte. Vestía
su blusa de los domingos, llevaba la camisa limpia y la barba recién cortada.
La joven abrió la puerta y le &lt;lijó dulcemente,
casi apenada:
-Hace usted mal en venir de noche, Felipe.
~l q\tiso contestar; pero le faltó !a voz.
~ Ya comprende usted que debo evitar el que
se murmure de mí.
Entonces, él, ele_ pronto, con lodu su. alma,
repuso:
-¿Qué intporla eso, si ~sted quie_rc ser mi
mujer?
No le contestaron; pero en la sombra de la
habitación se oyó ~nei&gt; un cuerpo.
Enh'ó inmedíatanlc~lte y Simón, desde su
cama, oyó un beso y la voz de su rnadre pronunciando palabras ~ntrecortadas.
Luego se sintió leYantaclo por los braz~s de
su amigo que le decía:
---:J\lafiana les 4ices á tus co111paüeros que tu
papá se llama Felipe nenny y que dat'á uñ. tirón de orejas .al que te moleste.
·•
_ ,\l. día siguiente, cuancl_o escuela eslqba llena
é. iba· á empeznr la _c lase, Simón _se levunló muy
púliÚo, c.;on la poca ten1bl_qrosa1 y dijo:
-Mi papá se llama Felipe R,e.m1y y ha clicho
que dará un tirón de orejas al que me mo}est~,
Esta vez no ·se rió nadie, porque_ conocian. á
Felipe Rern1y1 y sabían que erU un papá del _cual
se podía estar orgulloso.

El Cuento Semanal

'ª

Trnducción de Silvia Lago .

.. ,

¡•

MAR

ADENTRO
POR

MAURICIO LOPEZ-ROBERTS
Dulraclones de Sutua BonWa

�</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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