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                  <text>'

De pronto, uno de los herreros se dirigió á
felipe.
-La verdaq es que, á pesar de todo, la Blan-

¡1

chotte es un8. .buena rnuchacha y muy uecente
y muv formal. Yo creo que seria una esposa
&lt;lignu y honrada.
Los otros n&amp;inlieron.

:r
1

i
1 ,,

:

f

1

-Tienes razón.
1

-.\demás - cpntinuó el qu_e habia habl8..do
prirnero-1 ¿tiene la culpa de haber sido débil'? La habían dicho que se casarian ~on ella,
y 111ús de una y de dos conozco yo á qllienes
se las respeta mucho y que; han hecho otro
tanto.
Los olros 1:1.sintiei·on.
-Tienes razón.
-Sólo Dios sabe lo que ha sufrido esa pobre
mujer para criar y educar este nilio sin amparo de nadie; lo que ha llorado sin salir nunca
mus que para ir á la iglesia.
Los otros asintieron.
___,,.Tiénes razón.
Hubo upa pausa. Solo se oia el resoplido de la
fragua:
·Felipe salió bruscurnentc de su ensimisrnai mienlo.
-\' e; y dile ú tu madre que iré esta noche a
hablar con, ella.
Luego empujó al niüo fuera de la fragua.
Volvió á su tarea y á una volvieron á caer los
•cinco martillos sobre los yunques. Hasta 1a no&amp;e golpearon el hierro, fuertes, poderosos, alegres, en una alegría casi humana. Pero así como
el bordón de una catedral domina en los. días de
:ies~a el sonido de las demás campaoas 1 así ei

martillo de Felipe caía y s.e levantaba más fuerte que el de los otros causando un estrépito ensordecedor.
Pal pitaban las estrellas en el cielo cuando fué
ú llamar á la puerta de la Blanchotte. Vestía
su blusa de los domingos, llevaba la camisa limpia y la barba recién cortada.
La joven abrió la puerta y le &lt;lijó dulcemente,
casi apenada:
-Hace usted mal en venir de noche, Felipe.
~l q\tiso contestar; pero le faltó !a voz.
~ Ya comprende usted que debo evitar el que
se murmure de mí.
Entonces, él, ele_ pronto, con lodu su. alma,
repuso:
-¿Qué intporla eso, si ~sted quie_rc ser mi
mujer?
No le contestaron; pero en la sombra de la
habitación se oyó ~nei&gt; un cuerpo.
Enh'ó inmedíatanlc~lte y Simón, desde su
cama, oyó un beso y la voz de su rnadre pronunciando palabras ~ntrecortadas.
Luego se sintió leYantaclo por los braz~s de
su amigo que le decía:
---:J\lafiana les 4ices á tus co111paüeros que tu
papá se llama Felipe nenny y que dat'á uñ. tirón de orejas .al que te moleste.
·•
_ ,\l. día siguiente, cuancl_o escuela eslqba llena
é. iba· á empeznr la _c lase, Simón _se levunló muy
púliÚo, c.;on la poca ten1bl_qrosa1 y dijo:
-Mi papá se llama Felipe R,e.m1y y ha clicho
que dará un tirón de orejas al que me mo}est~,
Esta vez no ·se rió nadie, porque_ conocian. á
Felipe Rern1y1 y sabían que erU un papá del _cual
se podía estar orgulloso.

El Cuento Semanal

'ª

Trnducción de Silvia Lago .

.. ,

¡•

MAR

ADENTRO
POR

MAURICIO LOPEZ-ROBERTS
Dulraclones de Sutua BonWa

�AftO IV.-9 Diciembre de 1910.-~. 206.

El Cuento Semonol
2i!

~

OFICINAS: Fuencorrol, núm. 90.-HADRID

Númuo suelt~: i10 Gintimos.

Apartado de Correos 409.

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

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' '
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SB PUBLICA LOS VIERNES
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/"\AURICIO LÓPEZ-ROBERTS

PRECIOS DB SUSCRIPCION

ADENTRO

-------------i

Pl:JBLICARÁ , •.

LA RISA o ·EL FAUNO

I

POR

LUIS 1\.NTÓN DEI.J OL~IET
ADVER.'FENCiA
Insistimos en recordar á nuestros favorece1lores espontáneos, que esta e_mpre_s~ ha acordarl,,:
por abara, no publicar J:?~S ongmales que lus
que ella udirectamente solicite" d~ _sus autores.
También se ha visto en la prec1s10n de aconl.ir
que los manuscritos que en adelante le sean t'Oviados uno serán devueltos».

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tliaríu cí Libro de .\lemurias para 1911, que ha
J•'ll",to ,. la ,, •n':1 l:t Ca-'a E,Jitorial DaillyI?aillier0.
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i

Había poca luz ya para seguir cosiendo. Brígida dejó caer sobte sus rodillas el delantal que
repasaba, y, abandonando Jas manos, miró hacia adelante, reposó su vista, cansada de fijarse
en la tr ama menudn del zmcido. La amplitud
serena del mar recibió la mirada de Brígida,
halagándola con su suave tinta gris.
El mar dormía en aquel anochecer de primavera . .'\i una sola onda rizaba la inmensa exlensiún y hasta perderse á lo lejos, el matiz gris
continuaba, sedoso, trnnquilo, e,·ocador de mundos quiméricos donde la calrna fuese eterna, büjo
la cúpula &lt;le un cielo nuboso como üc¡uel que
cub1·ía entonces el dormido Océano. Cna impresión &lt;le paz, de reposo imnenso, en\'olvió ú Brígilla; la hizo suspirnr honda, felizmente. Sonrió sin saber por qué, y mientras entornábnnse
sus ojos &lt;1 w, como el mur, erun grises y estaban serenos, las nwnos resbalaron de las 10dillas hasta tocar la,; 1111:11.:etas que en el amplio
balcón saledizo rodeaban la silla de la muchacha.
Los tallos nuevos de Jas plantu,;, cargados tle
hojas, de botones hinchndos y enhiestos, acaricinron las manos de llrígicla, y entre el fresco
follaje, el dedal ele pla ta brilló como un cupullo
mura \'illoso.
.\1 contacto lle las plantas, Brígilla abl'ió los
ojos; miró otra yez al mur, qne poco á poco se
cubría de sombras. En la cúspide del monte,
la luz de un furo empezó á ¡iar¡,aclear. {¡ inter\'atos regulares, enl'Ujei:iendu momentúnenmentt!
el e!:'pa&lt;::io pum des¡mé~ ocultur,-e y tornar luego
á ludr con fulgorc:- bre,·es, ril!11irus, tJue valpitubun en el aire como ,·bibJes latidos ele un co1·azóu luminoso.
..-\&lt;¡uellns luces inte1rnile11tes parecieron traer
al cerebrn &lt;le Orígidu una itleti, una idea alegre,
•¡ue la hizo lernntarse de In silla baja, atusándose lus pelos con mano l'ó.pida : des¡més nlrnecó
la falda, pegándoln unos snuws guJpec itos; e,-liró In blusa pum t¡uilarla nnuga,-, y cuando
juzgó en punto sn tocado, se indinó sobre el
barandal del balcón y miró bacín fuera. El mnlecón estaba desierto. Junto á la escalerilla, algunos bote,; cubeeeabm1, mecido&lt;; por la tranquila rc&lt;;pin1cióll del mar. L as casas negrenhan

en irregu]nr alineación, y aqu í y allá los huecos
da las ventanas se esclarecían con el reflejo
amarillo de alguna luz. Del mar, oculto ya en la
noclle, llegaba un hálito fresco, inransc1ble, que
soplaba blandamente, trayendo aromas vigorosos ele las lejanas llanuras líquidas. E ntre la
sombra del alto cielo pasaron im·isibles aves,
croando ú compás, con salmodia triste y salvaje.
13rígida escudriüó ansiosa el malecón, y, por fin,
descubrió lo que quería. Es decir, lo entrevió,
pues las sombras disimulaban el contorno de
quien llegaba. Su voz, sin embargo, disipó toda
eluda; subió, fuerte y alegre, ni través de la
noche, y llegó hasta el balcón.
-Destle lejos le Yi-clijo el recién llegado--; la
bluncnrn t!e tu traje parece ti ue espanta la obst:uridud.
-·Pues yo, Santiago-repuso 13rigida, sonriendo el rostro, entre\'isto en Ja penuuibra-, no te
he Yislo hastn que llegaste aquí debajo. Y eso
que 1ne desojé, mirando por el malecón, Lacia
la ea,-,a de ,\lienza, para cleseubril'te en cunnto
rnlie:ses tlel escritorio. Hoy habéis concluído tarde, ¿ Yerclacl?
Sn11tiugo explicó entonces á ,;u uo,·ü1 que uquel
día eru el del correo &lt;le _\mérica y que en tal
fedIU el trubujo crecía mucho. Por eso fué el
rt!trnsu. Culllo :Santiago era el más antiguo del
e;;critorio, lwbíu tle ordenarlo todo, distribuir el
lrnlmju, ejerct)1· funciones de rigilante, ya que
.\lienza cunliabn en él.
IJuba todus estas explicaciones con gran reJJO::;u, como per::;ona que sabe le han de t.:reer,
y Brigitla Je oíu confiada, contemplando sonriente el rostro sirnpá tico del muchacho, donde
la bal'ba jo\'en ::;e r izuba, negreando junto á la
piel cmtida. Los ojos de Santiago cambiaban
francas rnirndas con Bl'igidn, y cuando concluyó
su ex¡,Iicnción, quedaron un 111omento mudos,
ab,-01·tus en su mutua Yista, mientras del lejano
mar lJegalla un soplo más fuerte ele viento, rizun&lt;lo por un instante el agua inmóvil.
-¿ Y tu madl'e'?- preguntó S&lt;llltiago.
- Igual. Hoy parece que los dolores la han
dejado un poco de re~piro ... Ya Yeremos si sigue
mejor... L a pobre ...
Y Brígida sus1Jiró, contristada ante la imagen
rle clc,fia Conrhn, infeliz mujer sujeta perenne-

�mente á su sillón por un reúma tenaz y enconado.
Deseoso de alejar aquella tristeza, Santiago
contó entonces á Brígida un encuentro que había tenido al ir al escritorio. Iba muy tranquilo 1
cuando de pronto se lopó en una esquina con
i\iliguel, con J\liguelillo Zárate, aquel Miguel que
de pequeño había corrido con ellos 1 por montes
y por valles, que después se fué á América, al
Perú, y que había vuelto para pasar una temporadila en la patria y marcharse luego otra vez.
Erigida le recordaba muy bien. Todas las remembranw.s de los novios eran comunes; se mezclaban desde la lejana niñez, creando en torno
de sus espíritus una red poderosa. Siempre habían vivido juntos. De chicos jugaban, de muchachos se quisieron y sus vidas no aparecían
aisladas en ningún instante, enlret~jiéndose
como los hilos de una trama. Erigida -se acordaba perfect_amenle d~ JVÜgllel. y su n?mbre la
hizo exhumar- mil memorias del_ tiemp~ pas_ado1
de los días felices y vacíos de_la, niñez.· Santiago
también tenía bllena memoria, 1Y · 10s _dos charlaron, rieron ~_nte aC1uellas fE:s.urrecciÜnes de· los
mios muertos, ·~hundidos entr.e ,la sombra de lo
que fué. Sus risas,sona}?an al.ta~, yig~rosas, rasgando alegr.e&amp; , el_ silencio de la expect~te noche, y sólo _de ,vez en ve~ µ.µ _s_ordo rumor llegaba de la mar, algo como tµia_ r~mota voz agorera que gruñía ¡3.llti, lejos·, _en. a_lgún lugar distante, donde J.I:).: tormenta ~cqrría veloz sobre el
mar, hendiendo .Jas _agllas. ~El vieP,to s_e hacia
más fuerte; ·no _:soplaba y8. Con intermi_tencias,
sino constante,. deci4ido. Los cabellos de Brígida
revolaban inqutetamente, las plantas del balcón
estremecían _SU$ hojas, y e_n_ la calle, Santiago
hubo de retener su •sombrero, qu~ el aire empujaba. Un soplo. más ;· enérgifO tr.ajo contra el
muelle el lomo ondulante y enhiesto. de la primera ola, y con ruido de cristal el _agua $e derrumbó junto á las piedras.
-Va. á haber _tempestad-dijo Brigida-. Y
señalando con _un dedo·•al horizonte donde, entre
lo negro, surgían las masas más obscura,s de
un nubarrón, afiadió: -Mira, por allá viene;
del mar adentro.
-Verdad-observó Santiago-; del mar adentro llega.
-Anda, vete; vete deprisa, antes de que llueva. Luego volverás y charlaremos más tranquilos en el comedor.
-BieQ, me marcho, ya que me echas-rió Santiago.
- ¡ Jesús! ¡Qué hombre más tonto!
-~I uchas gracias. ¡ Qué muchacha tan fina!
~l\Iira, lárgate. No vale la pena, de que una
se preocupe de tu salud para que luego te rías ...
-Si no me río, preciosa. Al contrario, si se
me cae la bab4- dijo el hombre, sin moverse
de bajo el balcón.
-i\IIJ,y amable, muy engañoso - repuso ella1
también sin ganas de suspender la plática.
-Bien sabes que jamás te engañaré-habló
Santiago, apasionadamente---; te quiero dema-

siudo para eso. Eres para mí lo único que hay
en el mundo. Ya lo sabes. ¿Y tú me quieres así?
-Tont.o, tontísiino-rió Brígida, inundada de
alegría-; yo te quiero más, mucho mas ... Santiago, Santiago-gritó de pronto, viendo que su
novio vacilaba, empujado por el embate tremendo de una bocanada de aire que venia del
mar ·con el ímpetu de un torrente. Al brutal empellón, las plantas de los tiestos se inclinaron
como si fueran á desgajarse ; el traje de Brigida
crujió, ferozmente sacudido, y la muchacha,
mienlras se agarraba el barandal para no caer,
cerró los ojos un instante, cegada por la ráfaga.
Cuando los abrió, Santiago gritaba, entre los
silbidos del huracán : HAdiós, adiós ; me voy ..
Hasta luego.. ¡ Maldita tempestad! u Y desapareció, mientras del mar llegaba con ruido terrible el clamor del ejército tumultuoso de las
ol~s, que mostraban entre la obscuridad la claridad lívida de sus altas cabezas, espumeantes
y _amenazadoras. Erigida estuvo un instante
má,s en el balcón viendo marchar á Santiago.
Después empe_zó á llover; el viento arremolinó
la lluvia, y la muchacha, cerrando el balcón,
entróse adentro.
Al cerrar la vidriera1 todo el tumulto exterior
se alejó; perdióse en un sordo ruido, que parecía
no poder ti:-Q.spasar la débil barrera del cristal.
La.. sala 1 donde el.1.tró Erigida, estaba en sombra;
sólQ. w1 escaso reflejo que venía del comedor por
la puerta entornada 1 esclarecía algo la estancia.
En lo ohscurp 1 la muchacha detuvo un momento
su marcha,_ junto á una consola de madera negra, que soportaba en su tablero de mármol un
reloj pélrado, dos jarrones de porcelana blanca,
Henos de flores artificiales, y tres caracolas del
,\lar de la India, que sonrosaban sus volutas,
entre cuyos repliegues el mar dejó dormido el
eco de sus furias pasadas.
Apoyando la diestra sobre uno de aquellos
mudos testigos de las tormentas de antaño, Brígida aguzó el oido para tratar de recoger Jos murmullos que venían del comedor, donde una voz
sonaba incansable, tan procelosa como la del
vienlo que silbaba en el muelle. La joven parecía
demorar su entrada en el comedor por uno de
esos sentimientos instintivos que nos delienen
antes de ejecutar un acto desagradable. Al fin
se resolvió; anduvo un poco~ abandonó los rosados caracoles, la calma tenebrosa de la salita,
donde tan bien se podía soñar 1 al compás de la
tormenla, y entró en el comedor.
Doña Concha monologueaba bajo la tranquila
luz que descendía de la lámpara. La inmovilidad
a que la obligaba el reúma, no había alcanzado
á su lengua, y cual si quisiese resarcirse de su
quietud forzada, la buena sefíora no paraba de
hablar, y sólo durante el sueño aquella incansable lengua reposaba algo, si bien no mucho,
pues á menudo la dama soñaba alto y la charla
incoherente de sus pesadillas movía ágil su lengua, ahuyentando el plácido silencio nocturno y
apurando á la infeliz Brígida, quien 1 por compartir con su madre la alcoba, se encontraba obli-

g'ada á escuchar los parlantes ensueños de ln reu mática. Y lo más triste, lo que apenaba indeciblemente á Brígida, era que esla interminable
cha rlatanería de su madre no era una conversación plácida, ni siquiera tenía las alternativas
de agrado y displicencia que se observan en la
generalidad de las pláticas. La charla de doña
Concha tampoco era insípida, ni menos maldi~ie?te, ni tampoco curiosa é invesligadora. Era
umcamenle gnu1ona, agria como el acíbar y
tan. desapa_cibJe, que sólo un santo de los ~ás
pacienzudos podría tolerarla arriba de un cuarto
de hora. Cual si el universo mundo y sus habit~ntes fuesen la causa de que el reúma considerase á doña Concha como á uno de sus domin ios preferidos, la pobre señora pasábase

el día exhalando iarnargas queja.s, encontrándolo todo mal y mezclando los ayes que el
dolor la arrancaba con perennes recriminaciones, gruñidos y otras encantadoras señales de
su pésimo humor. Lo único que podia. encontrarse tolerable en tan amenos discursos era la
entonac~ón, que no era iracunda 1 ni se subía de
t~no, sino que se recomendaba por su suave
di~pasón, gracias al cual el furor perpetuo ele
dona Concha fluía tranquilo, sereno, y tan dulce
ni oído como el rnurmuHo arrullador de una
plática de enamorados .
-_¡ _Tanto balcón, lanla charla, y una aquí,
rnuncnclose de dolor, tan so.la en este cuarto
como lo estaré en la sepultura á donde Dios
quiera. llevarme pronto!-gimió clofia Concha 1
al ver entrar á su hija y sin diricrirse á ella
.
Pues .1~s º'.ª~iones
de la reumática "presentaban'
la origmahdad de que no parecían dedicadas á

níngún ser vívíente, y cna1 fas de Snn J uan eñ
~l Desierto,. sólo tenían por auditores á obJetos
mcapaces de respuesta. A pesar de tan descon-

certt~rlora impersonalidad, Erigida tomó aquellas
palauras como dirigidas á ella, y respondió suavemente:

-Vamos, mamá; no digas esas cosas ni pienses así... ¿ Te duele más la rodilla? ~ Quieres
que te dé una friega?
S~ ª.cercó al sillón diciendo esto;· sus manos
c~ntattvas mostraron sus patmas 1 prontas á aliviar~ el U.°lor. Dofía Concha gritó, cual si su hija
h ublf'sc intentado asesinarla.
- ¡ ::--Jo, no; de ningún modo, de ninguna maner.a; no me toques! ... Tus friegas no me sirven
de nada, ni te pido que me las des .. . Además,

traerás lus manos como el hielo ... -~siguió, buscnndo ya el puente pura pasar de la negativa
absolut~ á la aceptación-y me pondrán peor ...
i Ay, D10s mío, \'irgen de la Espina! ¿ Qué hice
para pasar tanto? ¿ En qué os ofendí? No puedo
moverme, no puedo servirme ni de mis manos
1ü de mis pies.. Estoy muerta en vida, enterrada en este sillón; soy una cosa inútil, un
estorbo, . un mueble viejo ... No, si no te digo
nada. á l1. .. Anda y diviértete; diviértete mucho,
pásalo bien-siguió, mientras Brícrida
impávida
0
iba hacia un armarillo y sacaba un¡ botella d~
aceite alcanforado y un trozo de franela para
empezar las friegas . Después se arrodilló junto
á su madre y empezó á frotar suavemente la
pobre rodilla hinchada, en tanto que sobre su
cabeza el turbión de las amargas reconvenciones pasaba con furia igual é interminable.
- ¡Ay, ay, ay!-dijo doii.a Concha, cuando su

�mercaderes ricos de ;11a dn·d • dejando á las poí
bres gentes de la costa lo peor de cuanto Ira ~n
las lanchas. Antes, en los afíos de su ya re~o a
juventud, nunca vt. ó la cocinera nada
. par~c1do.
t d
·l ,
los lencruados las J11b111as, o os
La me1 uza,
"'
.'
1 ueblo
los peces exquisiloR, quedabansc en e p
. ,
.
e :1 ;1l•Hlrid fuesen unas cuantas
y grncms qu &lt; • '
,
e otro
ium1s de atún y de bacnlao, y alg~n qu
' ele sarclmas
.
barril
su1ne1as. E•i1':'erra. cm
. auguraba
ª.
randes catástrofes y creía prux1mo alºun_ te~rible suceso, tal vez el n~ del mundo, anunciado
ior a uel ictiológico apetito ele la corle.
. cr
l. l"n ~ ª" ! de &lt;lofia Concha, prolongado y lucubre co~~ una salmodia r,merana, ~ortó los pr_o·
p1eui'&gt;stieos ele Engrncia, la l11zo
ac l1vnr
• los•falda
... 1· ·os ele h cena aguijoneada por Bi º ' '
1&gt;&lt;uc1 t, ·
'
'
.
,. y porque verti(J rúpicla la sopa en la sope~a,
.
tenndo el pa nz11do re&lt;"eptáculo en
lró en el comedor, donde la reumáth:n, ya flespiertn, había reanudado
su gemir.
.
Doiía Concha acogió la com1_da
con protestas ele sn desgana ~ mapelencia. Ya no se le antoJnba
nndH, ningún plato del mundo podría aul'irle el apetito, pues en el
vastísimo dominio del arte cnlmnrio no existe manjar alguno que
haga hacer comer á un muerto.
Ella estaba semidifunta; así es que
súlo pasaría dos ó lres cucharadas
ele caldo, y eso, únicamente: por
no afligir á su hija, en gracrn de
quien se callaba la mayor ¡,ar~c
de sus penas, dejando sólo salir
al exterior aquellas que, de tener.
cruarcladas
la ahogarían antes de :iempo.
]
alcanfor, fugitivo, fresco, picante, llenaba el
asA opesar de tan
' lucluosos va t·icm1os,
· ·
dona Concuarto.
1
a
trasecró
á
su
estómago
loda
la
sopa
que la
La sensación de alivio procurada ror los fro~
;~sieron
~n
el
plato,
~
para
acompa~arla
e~
les hizo entornar algo los ojos á dona Concha,
aquel
viaje
la
envió
¡unta
con
medio
pan;
detuvo, por breve ralo, su fac_undia inlole~able.
·uo maslicado lenta y gemebunclamente. No
l\lienlras su madre dormía, nng1da fué pornendo
~~sl~nle
sus quejas, la re~.1mática conserv:!:
In mesa. 8igilosnmenle, sacó los platos_ del c~1un
apetito
muy regular, y siendo los de _l~ m
nel'O donde reposaban la vajilla y la cnstaleria,
urcle~adus en correcta formación, interr_ump1da los únicos goces que su salud la perml11a, trapor naranjas y membrillos, que amanllea~an taba de satisfacerlos, si bien sazona_dos con la
sobre fruteros de porcelana. Las manos _ágiles sal v el condimento ele su eterno plaii1r. Después
la sopa, la dama se tomó dos hu:vos, una
de la joven tendieron el mantel, lo estiraron
hasta dejarlo lerso, sin una arruga, ostentando chuleta un gran plato ele lechuga, bien ade_relos toscos n11nos que intentaban ª'.lamascar la zadita, 'y puso fin al banf1u~te con regular ración
urdimbre. Luego, andancio de punllllas, la mu- ele almendras y una naranJa.
l\Iientras su madre iba tragando tod~ esto,
chacha colocó los platos, las copas, la botella
Brígida
la contó cuanto refirió su novio : . la
del agua, uno ele los fruteros del aparado~, una
Jleaada
de
llliguel Zárale, su probable vemda
bundejilla con almendras y pasas, acerco_ un~
aq~ella
noche
á la tertulia casera del -~omedor:
. silla al sitio que había de ocupar, desp1:1-b1ló la
También
vendrían
doiia Teresa y su h1¡a Lu~e'
mecha del quinqué y, después de cerc10rars?,
así
es
que
doña
Concha
podría jugar su partida
con rápida mirada, que doña Concha dorm_ia
de
brisca.
El
amor
ú
los
naipes era un? ele lot
siempre se escurrió, ligera como un s1l_fo, hacia
azos
que
unían
con
el
mundo
al condolido_ esp l
la coci1i'a, donde la Engracía, única cnacl~ que
e •
• "d
ritu
ele
Ja
seiíora.
Oyendo
á
Rrig1
a, 1os .OJOS
. de
poseían las dos mujeres, se afanaba e~t1 e. pu0
doiía
Concha
se
animaron,
y
por
un
mov1~1ent
cheros y cawelas. Allí cuchichearon algun t ie11:1instintivo
la
reumática
agitó
sus
dedos,
mtenpo señorila y sirviente sobre la compra del d1a
próximo, sobre la carestía de todo, !~asta clel lando saber si aquellas falan_ges encorvadas y
nudosas podrían manejar fácilmente las cartas.
pescado, que se llevaban, á fuerza de dmero, los

&gt;n1pezó á frotarla-. Qué manos tan duras
t b t~
tienes, qué ásperas, qué. frias... l;las a, as ~
Déjame mujer, si Lu no sabes cuidar e1:
ni et~tiendes más que de estarte de palt1¡ue c:01~ el tontaina ele Santiago lns horas y l~s
.. . '"
1 crue no tendréis poca gana de que y o
l.,inª"···
,
•
t ·bo al
me muera, porque yo os esto1bo, yo es ot
mundo entero. i Oh! :\"o tengas cuiclaclo, ya me
it-é pronto; me iré, y tocios contentos ... i Ay, ay,
por Cristo cruc:ilicaclo ! ... no me frotes más, que
me anancas el pellejo ... ya, ya basta ... no más,
·av!-Y un último quejido salt0 de su pecho,
i'-r~P!anflo el monwnlúnro rrposo que la pro~·uraban las friegas. Brígida Yolvió ú entr_ap~Jar
In rodilla rntre las bayl'las flUe la cnvolnan, se
alzó di'! suelo y guardó la hotPlln. el trapo. Sus
manos brillaban uceitosns, )' un leve aroma de

i ...

Jllji1 t:

r:~~os

c1:

Después de hacer esto, levunló los ojos de sus
pobres manos enfermas, y viendo que Brígída
sonreía involuntariamente, volvió á gemir, extinguió la alegre luz momentánea ele sus ojos,
recriminando á su hija dos ó tres olvidos imaginarios.
i\Jienlras sonaban lo;; procelosos acentos ele
la cólera maternal, Brígida quitó la mesa, había
guardado vajilla y copas y recog.ido el mantel.
Luego que lodo estuvo en orden, cubrió el tablero con un tapete verde, donde la luz del qum&lt;rué se extendió dulcemente, y colocando en el
ce11tru 11110s naipes y una salvilla para las puestas, empezó muy lrunquila á hacer labor de gancho, mientras en el jardín, á donde daba el balcón, sobre las plantas, ya verdes, á las que el
p1·óximo sql prirnavernl llennrín. ele flores, oíase
,·aer la llnvia con un rnido constante y triste.

lI
Aquel ruido arrullador de la lluvia, lo 11abia
01do Brígida lanlas y tantas veces, que, al escucharlo una más, evocaba todos los recuerdos
tle su vida tranquila, igual y monótona. Cuando
se murió su padre, el buen don Francisco, llovía
á mares, con esa desesperante continuidad con
que cae el agua en los pueblos costel1os del Xorte
de Espaiia. Aquella lluvia inverniza, bajo la cual
se alejó el pobre muerto, entristeció los días, ya
lejanos, de la infancia. Bajo el perdurable chaparrón, B!igida se veía asistiendo á la escuela,
abrigada con una especie de hopalanda lanuda
que la cubría de arriba á abajo, y donde el agua
se cuajaba en golas, entre los largos pelos enmaraüados. De los canalones, ele los aleros, se
desprendían chorros transparentes que chascaban conlm las losas del empedrado, para correr
luego en regalos turbulentos y sucios. La silueta
de los montes vecinos se esfumaba al extremo
de las calles entre nieblas bajas, blanquísimas,
que corlaban el violeta de las sierras (;On iargas
bandas vaporosas. Y así, durante dias y días,
el agua bajaba incansable, acompafiaba la existencia de Brígicla, mezclándose con las palabras
amorosas de Santiago, con el perpetuo gruñir
de la reumática, prestando á lodos los actos de
la vida un aspecto gris, melancólico, que parecía
encalmar las pasiones, desleír igualmente en su
perpeluo caer la amargura de los sacrificios y
el dulce dejo del amor.
La serenidad triste de la vida en aquel pueblo tranquilo, hacía grata la existencia ele Brígida. Su alma reposada no aspiraba á más.
Estaba hecha al Lranquilo huir de los días que
se iban al pasado sin sucesos imprevistos, y así
no apreciaba, ni sospechaba siquiera, la perpetua caridad de sus actos, encaminados todos á
aliviar los males de clotia Concha. La absorción
de su vida por el perpetuo cuidado de la reumática, dejaba en segundo término las otras afeceiones ele su corazón, y sin imaginarlo, Brígicla
ponía antes que el afecto á sí misma, que el
amor á Santiago, la perenne abnegación inspi-

rada por dalia Concha, que sujetaba su alma,
buena y obediente, bajo el martillear_ constanle
del mal genio de la set1ora. Como casi lodos los
espíritus vcrduclerumenle altruistas, la joven
desconocía la grnnde:r.a de su conduela, la consideraba natural y justa, sin pensar por un momento que el egoísmo absorbente ele dor1a Concha pudiese la\ \'ez protlncir su tlesgi-acia, pues
la monotonía de su vidn, la repeticiqn de actos
idénticos los despojaba de significación, los hacía
tan sencillos y nnlurnles como esos moYimientos
rítmicos del cuervo, que sólrJ api•eciamos cuando
nos fallan. Pnl"a Brígida, sucrif1carse por clofü1
Concha, era como respirar. La mediocre hacienda que el clif11nto don Fmncisr:o heredó de sus
mayores y gumc\6 cuidadoso y legó á su gente,
~aslub[L para aseg1irn r los gastos modestos de
lus dos mujeres, lns daba la indepentlencio necesaria para no teuel' que ayudarse con su lrn;Jajo y poder ronlinuar la vida medio oeiosa, medio aclivn rle las semihidulgas de los pueblos.
:'\i dotia Concha ni Drígida necesitaban coser

para otras, ni asislir en las casas cuantl0, algún
suceso, monjío, boda, nacimiento, solicitaba el
auxilio ele manos mercenarias. Brígida se hacía
ella misma sus vestidos, repasaba la rop9. de la
casa. Algunas marianas, muy puesta de delanlal, limpiaba los muebles de la salita, los chirimbolos de la consola, y tlurnnte el día iba un
par de veces por la cocina para enterarse de la
marcha ele los guisos y de los 1Jrecios de las
vituallas. Pero el resto de las horas pasábalo
en el comedor, junto á su madre, cosiendo muy
tranquila, salvo aquel rato, siempre bre,·e, en
que al anochecer se ponía al balcón para charlar con Santiago. Salía muy poco. A misa, alguna vez á casa de su amiga LuJle, y durante
el Yerano, en vez de charlar desde el balcón
con su novio, hablaba con él, sentados los
dos, en el parapeto del muelle, bajo la vigilante miraJa de doiia Concha, quien desde su
butaca, instalada en el balcón, saboreaba la placidez del crepúsculo y grm1ía algo menos, alidados sns dolores por la tibieza del ambiente
eslirnl. Una vez al afio, el día de la Virgen de
Gnaclalupe, iba Brígida de jira con su amiga y
algunas otras muchachas á un huerto que la
mamá ele Lnpe poseía allá, en lo alto de la montaña. En tal fecha, se divertían mucho las chicas, jugaban como locas, brincnban vor los pe-

�Ílascales y lraínn á sus casas inocentes recuer- mucho tiempo 1 sin mnrearse, 1n. inexdnguib1e
dos con que reir Unrnnle tres meses. Esta vida charla de su amiga¡ pero esto no era verdad,
sin lances era la de Lotlas las muchaclw.s del sino que, al conlrario, la reumática gozaba
oyendo nquel hoblar si.n freno, y su perpetua
pueblo. Brígida no ansiaba olra1 y aun se creta
acritud perdía fuerza, se dulcificaba al conlaclo
muy feliz 1 pues tenía un novio bueno, gunpo y
trabajador; fénix por el que muchas de sus co- de la oratoria amable, fútil y entretenida de
doña Teresa.
nocidas suspiraban inútilmente.
La gorda la emprendió desde su entrada con
Anunciado por un fogoso repiqueteo de la campanillo, el fénix llegó aquella noche antes que los el tiempo, con la lluvia y con el próximo verano,
que traería á la ciudad su habitual contingente
otros tertulianos. \'enia chorreando ngua, pues
de baf'¡jslas y viajeros. Esla cuesti.ón del veraneo
la LormentJ, después de haber rugido un poco,
conlentóse con verter sobre la villa todas las ca- constiluía la piedrá angular de las plálicas de
ambas amigas. Doüa Concha, confmacla en su
taratas del delo, y dichosamente se guardó para
casa, no comprendía cómo las gentes se iban
otra ocasión los estragos del huracán y de la
centella. Así es. que no había. suceso alguno que de Ceca en i\Ieca por esos mundos de Dios, y
lamentar; las harcas entraron sin tropiezo, y á d011a. Teresa, que no paraba en todo el santo día,
veía en los viajes el sumo placer. de la vida,
lo. mañana siguiente el mar estaría tranquilo.
· Todas estas interesantes noticias las comunicó y. como su escasa .fortuna la impedía andar
Santiago á dofia Conchn, quien le interrogaba &lt;leambulnnclo por la tierra, se resarcía de esta
con seyer•o acento. La reumática parecía en tafos privaciú11¡ alabando extremadamente á cuantos
inslanles personificar el prototipo de la súegra., viajalmn y juran&lt;lo que ella, á la primera ocatal y como la. pinta la musa festiva, y Santiago sión, lurguríase del pueblo y rompería á andar
se atortolaba por completo anle ella, sin poder con el empuje irresistible de un nuevo judio
·
recobrar su presencia de espírilu. Dichosamente, eLTillllC, parJnnc·hín y obeso.
,\sí se Jo_ Ll.ijo &lt;H1uella noche á la re_umática,
&lt;lofin Teresa y LUpe entraron á pot:o. Doi1a
Teresa era unH seii.ora muy campedrnna, muy y sus pulabras tuvieron nún más rnlor que o\ras
gorda; muy rozagante y fresca. Eslos super- yeces, por11ue. Um'i.u Teresa Gslaba encnlnbrintula
lativos .· la hncían extrernadarnente simpática, con el regl'eso de i\liguel Zúnüe, quien, según
la hubít1 dicho doi'ia ~lareelina 1 la confllera 1 traia
pues nadie, á -no esl11r del todo ogriudo, podía Contemplar~ ~in regocijo el ¡¡ncho rostro, grandes recuerdos d~ sus viajes por América y
Europa y_ c~ntnba_ ponne~1ores inauditos y curiosonrosado y 11eno de do!1a Teresa, ni oir con
.sísirno.s
de 1a vill&lt;-\ transallántica.
disgusto su c·harl-a amenísirna, alegre, llena de
-Dire ~lnrcelinn-habló dofía Teresa con fluivida y de c:hiSt~sos- disparalones, hijos 1egíli;de;i: ciceruninna-(!lle i\liguelito empieza y no
m-o-s de su ignorancia y de su 1ocua.ddad. -Lune
•concluye.
lla visto sin fi~1 de pueblos, de gentes
habia heredcÚlo algurn1~ tle estas cualidades tle
raros, husta indi~s con plumos y taparrabos.
su 1m1u1á, y también era muy c1nimada 1 muy
-En unu villa C!ue llaman la :-./ueva York subió
ílecidifüt )· muy lozana, si bien nO hnlJln.ba tan
sin ti-no, -y ht ,juventud limilaba en .eJla la exube- ú un tren que .;in.da 1)or los. lejudos y vi~ _casas
.que se mueven de un lado a olro 1 montadas en
1-ancia algo excesinl notada eu su sefiori1...maruedas, Qomo si fuer-an coches. Luego en París,
dre1 · quiell, pura no nienlir, esluba un .poco más
obesa de lo que ordenan los cúnones e_slé~icos. ¿,snbe .. ust_ed?,. en Francia, pues allí se encaraPero: á pesar de esto, dolla Teresa, aun "c.on grq.- mó. en esa torre tan altísima que 1\aman no sé
cóm.o, y desde mT·iba dice q_uc no :5e distingue á
sas y todo, resultaba muy agradable de ver y
la genle .de á pie. ¿Qué le parece? ¡Cuánta cumás aún. de oir.
,riosidatl
y .cosa buena ha visto ese muchacho!
Besuqueó la gorda estruendosamente á. Brigicln
Y una 3:quí ra1)iando de mirar siempre lo misy á clofia Concha. Lupe también se entregó a
ruidosos transportes de cai-i1'i.o, y durante unos mo : el tejado do enfrente, la casa de enfrente,
minutos clrnscaron en el comedor sonoros óscu- la tienda cie enfrente. ¡ Ay, Dios de mi alma!
Eso es porque nací mujer ... Si nazco hombre,
los. Después, dalla Teresa se sentó, respit'ó con
me hago ma.J'inero y me voy mar adelante, como
estrépilo y empezó ú hablar ..
Oirla hablai\ dc1ba en seguida idea de lo que Colón cuando 11uso el huevo de punta.
Doña Concha se horrorizó grandemente oyenes el tumulto de un torrente alpino, la agitado
tales palabras. La otra señora defendió su
ción infmila de las aguas del n1ar, la fuerza
idea y la exlremó con grandes aspavientos,
eruptiva de un vÜlcán, todas las manifestamientras las dos muchachas y Sanliago reían,
ciones tumultuosas de las fuerzas naturales,
oyenQo la discusión. La llegada de i\liguel Zárate
pues la facundia de la gruesa seüora se ::;alía
de los estrechos lí1nites humanos y entraba en puso fln á aquel incidente.
Hada seis afios que ~Iiguel dejó el pueblo. Bríel dominio de los pocleres físicos 6 geológicos
gida y su madre le encontraron muy cambiado,
que ignoran toda traba. Dofi.a Teresa hablaba
dislinlo casi en absoluto de lo que era cuando
con el mismo ímpetu con que caen las cataratas
del Kiágara. Resistirá su empuje era tmposible; se fué.
Doüa Concha y su hija lo saludaron con granel atrevido que lo intentase, se vería derrotado
des extremos. Pasada la primera efusión, la teren absoluto.
Dalla Conclrn asegurubn que no podía. resistir tulia divicliúse en dos porciones. A un lado, algo

dislonles de la luz , San!iaao
y 8 r1g1
. •a a pegaron
l·
o

hobrn. La_s dos viejas, Lupe y i\figuel, junto
a la m~sa, JUgnron á las curtas, entreverando
la.':i partidas con fútiles charlas, en las que ¡Herrnt~an los preguntas de i\liguel con las de las
m~1Jeres. Las risas, las exclamaciones los tér
mmos del juego sonaban en la calma d~l cuarto-1
sobre ~l sqsurro continuo de los novios y fuer
cu_al s1 acompasa~e con su caer monól~no y rí~~
nuco aquellas ex1stencias tranquilas, la. lluvia
sonaiJa pcrpetuam~nle, igual, serena, ahogando
c~n _su menudo rmdo la queja del mar, de las
h1n·1cnlcs olas que venían desde una lejanía
d

,~isteriosa. para llevarse mar adentro cuanto pucliernn nrrancor de ln costu.
~o_mo comenln.rio práctico, Sanlifigo refería ú
Il1·1g1cla algunas ele las cosas que le contó 1,1iauel.
!a h_nblaba de los negocios gigantescos de :11ra~
ma_1, de ~as empresns que más allá del agua espe.1aban d l?s hornb1·es de empuje Y de corazón.
:~\guel hab,a referido ú Santiago y á su padre
1 Ramón tnles cosHs, que parecürn fábula y
n?
ern.1~, pues de aquellos enl'iquecirnien\os
subitos1 1\lwuel
o
110c.Ji·c1 d ar, fe y aun presentarse
c~m~ un ejemplo de ellos, ya que en .los seis
anos _de su permanencia en el Perú se había
~~~'.1ciaclo un _capital muy redondito. Con él volt. ta en otono otra vez á aquellas próvidas
;e:r~s remotas, Y Dlos sabe hasta dónde podría
1~bm ._ Don Ramón estaba entusiasmado.
-}.11 padre-decía Santiago á su novia- lóco

!º

'

'

chica, loco de veras. Dice que si él fuese joven
cruzaba el charro y se iba. Ya ves; cuenta. :,.,¡¡_
guel que, .sólo con el rnníz, se hacen allá fortu1~a_s m.agn1flcas, Y lo mismo con el ganado, con
lc1s fmmas,
con los Barcos ' con todo ... Cuano
d
·'
me u1 de casa, dejé al pad1·e dando paseos por
l~t. galería y co~iéndose un cigarro apagado.
Estaba como quien tiene cnlenLura. Ya sabes
1_0 que él se en.tusiasma con cualquier cosa ...
"Te_ acuerdas como se puso ·cuando' lo de los
molinos elóctricos?
~rígida asin~i? con frases vagas, síntiendo nace, en su esp1r1tu el indeciso temor que surgía

siempre al evocar Sanli~go la imagen de cion
Ra1:1ón, eterno sorlaclor unpeni!ente

cuyos

~oc10s ,d:scabe!lados llev{u·onse de c'ulle los 11~:
~~~o~~u:1~o~is ~:el tto~)ista y _de su mujer, inf:iiz
, ,
ei ª_ lfü'Ja ya tiempo. Santiago he1 edo de su madre la clocihdacl respetuos
que ar11tclla mnier se vió a1-i-uinm· .· 1 ~ con
labra y , - · .
, sin e ecn- pa' ~ ern mu1puz de oponerse á una orden
de don Hamón
e
·
·b
.
.
. ' 1u1cn I a viviendo merced al
sucldo1 no muy crecido de S t'
soslén de l
..
•
an mgo, que era. el
u ca::ia . ,\mbos !adores la
1
caso. l' los 1 b
,
ren n es. , .._.
. e e eres f1liales tenían la cul a de
1Jng1cla y Snntiílgo no se h u b"iesen casado
pe
que
a.ún
esperand~ ~acientes un aumento de sueldo, a]g~
que les ~1~cic~e posible lc.1. vida matrimonial.
~e~¡)Ucs de recordar el asunto de los molinos
d~sd1eh_ada especulación en que el arbitrista per~
d1ó el importe de tres prados y de un caser10,
.

�chicos, no os arrulléis tanto; venid aquí un poco
últimos restos del haber conyugal, Brígida preá charlar con nosotros, á darme la bienvenida.
g,ml6 á su novio :
-¿ Te ha hablado don ::--:il'.asio del aumento de Ya aprovecharéis otro día el tiempo.
Los novios abandonaron su rincón, fueron hasuelclo?-Don Xicasio eru el jefe ele la casa ele
cia la mesa. La cirnrla. se hizo entonces más anicomercio donde Santiago trabajaba, y Jos dos
mada v los naines oueclaron sobre el lapele, sin
jóvenes lo considerab::in como una especie ele
lfue n;clie Yolvi-era ~ ocuparse de ellos, seducida
ser todopoderoso, en cuyas manos yacía su porla rtención por la facw1dia ele Zúrate, que, hosvenir.
tigado por doña Teresa, no concluía ele narrar
-Le hablé hoy otra vez-explicó Santiago, memara villas, sucesos extraordinarios, historias
lancólicamente-y· me dijo que, por ahora, no
cu.·iosas y estrafalarias.
podía tratarse de eso, que ha habido muchos
Oyéndole, doña Teresa sentía calentura, y todo
gastos extraordinarios últimamente, que lo ;;ensu figurón, macizo y colosal, temblaba de entutía ... en fin, que no-. Calló un momento y dessiasmo; parecía querer huir ele aquel cuarto y
pués expresóse con más viveza.
volar
por la tiefra, sobre los mares iracundos
2Es terrible, "tenil,le ele verás; esta e.e no
poder salir adelante. Te aseguro que á veces me y los ardientes desiertos. Doña Concha gozaba
enti·an ganas ele echarlo todo á rodar y casurno_s ti~ un momento ele respiro en sus dolores y podí..L
en seg,üda ... Pero después, pienso en el poco cll- interesarse con tales relatos, y Lupe, absorta,
nerp y me asusto de la pobreza, no por mí, ~ino había fijado sus ojos en el rostro varonil y repo( ti, por ti, á quien quiero más que á nadie- suello ele i\Iiguel, y allí los detenía, cual si las
palabras del mu chacho adquiriesen más valor
Y cbncluyó á media voz-y por lo que pudiese
si se las ve!.1 0rotar de los frescos labios carven-ir.
n ·i sos del narruclor, que tmnllién la miraba de
J.3)-ígitla rió dulcemente oyendo á su novio.
continuo.
Luego, con el tono sencillo de quien trata nn
Apenas se sentaron los novios, cliéronse cuenta
a:-unlo ya concertado, elijo: -- ¡Tonto! Preocui;arse por lo que ha ele venir, cnanclo ah[ te- ele annellas ojeadas, y después de sonreír ante
nemos ya nuestra preocupación-y su índice se- e I descubrimiento, trata rnn -de ubsorlJer la atención de las mamás, pura que su vigilancia no
Iiuló cli~creto la mesa donde doíia Concha apoestol'll_:1 rn la ocular correspondencia de los otros.
, abJ sus entrapajadas manos y luego al muro,
i1-;1s el ,ual, en un paraje impreciso, vagaba don De ello se aprovecharon i\liguel y Lupe pum
Hnibún, runtiundo las nolieias 11orlentosas c:ue mimrse cunnlo quisieron, y sólo la campana del
Ja!'go reloj ele caja, que se clisimulalla rígido en
trnjeru :-.1ig11el.
un rincón, logró corlar la plá1ica, sonando las
Hemos tle lPner connanzu en nosotros, Sandiez,
hora consagntcla por la costumbre rara
lingo sig11iú la muchacha- ; no nos hemo_s de
terminar aquellas reuniones ..\1 oir el cunlo del
apti rn r. Ya yes; ¿ de qllé nos iba á servu· el
impncienlnmos·? Lu felicidad la tenemos. con reloj, doña Teresa vegó nn respingo. Sus nervios, soliviantados con el palique, lograron el
nosotros; está ahora sentada en estas dos sillas,
milagro de levantar la mole del cuerpo con ligeesperúmlonos mañana á Ju tarde, en el balcón,
reza inverosímil, y la seüoru se alzó, tambapurn yolver otra vez por la noche aquí, á este
leándose algo: -¡Jesús, parece que estoy corno
rinconcito.
-Eres mús IJuena, mús lJucna -dijo Santiago bonacha !-exclamó-. Las cosas que dice este
demonio &lt;le chico se la suben á Lma á la cabeza.
quedamente.
Se ha Jlasado la noche en 1111 ubl'ir y cerrar ele
El puelllo todo lo !te llenaclu de recuerdos
de este cariiio tan grande que le tengo. .1\o hay ojos. ¡, \'erclad, cluña Concha? ¿\'erclad, Lupe?
-\'enln.cl-af1rmó lu muchacbu, mientras sus
calle ni casa que yo no mire con agrado, porque
ojos
se posaban otra vez en los ele l\1ignel, Y enpieiíso que en todas las piedras, hasta en las
mús chicas y ocultas, se han fijado tus ojos como contrándolos 11jos en ella, turbábanse, se corrían
se hnn Hjado los míos ... Ya ves; viviendo siem- á sus manos, á la pañoleta que se cruzaba blanch
sobre su pecho, evitando la mirada del joven.
pre aquí, no hay nada que no conozcamos. ¡Oh!
-siguió Brígidu como ensimismada- , me _en- Luego, de pronto, umbos vol\"ieron á encararse
{rislcc-e pensar en a11scncias ele nquí, en camb10s. ~- enrojc&lt;.:icron ú la vez, oyendo una tosecilla ele
:\ecesilo ele lodo esto, pueblo, mur, muelle, mon- Santiago que los contemplaba sonriente.
Tornaron .:1. sonar los besos estrepitosos. Doña
tniius, flores del lJakón, pnru l!lle mi c:nrilio hacia
Teresa
puso en marcha la voluminosa máquina
1i sea como C!';, tan hondo y tan fuel"le ... A&lt;1uí es
de
su
cuerpo.
Lupe quedó citada. con Brígida
lloncle he subido que eres bueno, qne ·eres mío,
para
la
tarde
siguiente,
en la que su amiga iría
&lt;l ,1e nte quieres con toda tu alma ... Y por eso á
!ns piedras y á las plantas qne te ven pasar lo- á enscíiarla un complicado punto de encaje; se
dos los días las adoro... Sí, sei\or, las adoro, despidió :\Jiguel, dijo adiós Santiago, se fueron
aunque te rías-concluyó, sonriendo á la risa todos, haciendo sonar en el silencio ele la noche
feliz ele Santiago, que escuchaba á su novia sus- los ecos sonoros de la escalera, donde se alrne'penso. Cuando calló Brígida, los dos jóvenes se caba el sordo mielo de los pasos. Por un instante se les oyó andar en la calle ; luego el ruido
miraron profunda, intensamente.
De aquel éxtasis los sacó la voz de Miguel, del agua, que caía siempre, volvió á cantar sólo
~ue desde ~a mesa los in~errogaba riendo : -Pero su melancólica suspirona serenata.

ílajo 81 clólor &lt;1ue volvín, dolía Concha suspi l'ó hondamente. Tras el suspiro, llegaron las
quejas. Ya no podía aguantar más, no; no
podía sufrir en silencio ... Sólo por consideración ú los lerlulianles no gritó su sufrimiento
t:nando estaban allí, para que su hija no dijera
lu privaba de una distracción. Brígida, que otras
veces la oía sin chistar, aquella noche tuvo la
imprudencia de decir: -Pues creí que habías
estado bien. Como te vi tan animada.
¡ Tan anim¡¡da' ¡ Santo Dios, Santo Fuerte,
Sunlo Inmortal, \'irgen ele la Espina, Potencias
todas del cielo que tal injusticia oísteis!
D011a Concha las tomó por tesligo ele tan grande insullo hecho ú su paciencia.
-:-.Ji por un momento, ¿lo oyes?-clijo con
, acritud suma-, he dejado de rabiar con la punzada ele la rodilla y con otra nueva que se me
ha fijado en este hombro. Estoy como si me
mordiesen perros, como debió estar el bienaventurado San Bartolomé cuando le iban arrancando el pellejo á liras. Pero, claro: eslo no lo voy
á gritar por los tejados, ni ''ºY á echar un pregón para que la gen le me compadezca. ¡Oh!
Xo, no; nada de lástimas. Yo me guardaré solita
mis dolores, me los pasaré sin contárselos á
nadie ... ¿Para qué'? Cada uno tiene sus cosas,
• sus entretenimientos, sus ocupaciones ... ~n nn,
gracias á que me moriré Jlronto; entonces descnnsal'é-. Y cubriéndose con una mano los ojos,
pareció como que lloraba.
O rígida hubo ele clesagra \'iai·In ; la acostó, la
abrigó bien, y luego la clió ft-iegas largo rato.
La alcoba de la reumálirn estaba á media luz.
Del cuarto próximo venía, al través ele unos
cristales, la pálida claridad temblorosa ele una
lampal'illa. En el silenc-io, sólo sonaban los leves
SUSJ)il'OS de doJia Concha, el roce casi impercepl1ble ele las manos ele Brigitla que se movían incansables, y ú lo lejos, un reloj desgranaba ele
wz en ycz el collar de las lentas horas, que iban
pasundo purn Brígicla monótonas, iguales, llenas
, tle un rngo temor, ele una angustia imprecisa,
' mudo hernldo Lle nlgún mal tal vez vecino, y
tan rn11eclre11lmlo1· y sinicslrn cumo Ull fantasma
nocturno.

III
Du1iu Teresa ¡,useía en :;u n1sa un at'leíuclo
&lt;¡ttc ent nsumbro del pueblo y vuniducl de su
feliz propietaria. ,\un&lt;¡uc el tul mueble re::;ult111Ja a11lic11aclo y fuera de moda v ú pesar de
(file inventos recientes lo relegaban al olvido
de desvanes y buhardillas, todos los puisanos
de dotia Teresa. lo consideraban como un porlento ele Ju más refinada civilización, seguían
pasmándose ante él y creyendo que jamás, ni
en los palacios del César, ni en parle alguna,
,llbergóse prodigio tomo aquél, muestra tan cab:tl del humano ingenio. De vez en Yez, en fechas
:-,:mudas,
. cuando era preciso deslumbrará alaún
o
ex lnm¡ero ó solemnizar ele modo extraordinario
cualquier gran feslela, una comisión ele vecinos
iba ú casa ele la gol'cla para alcanzar ele su mu-

niílce-nda, .v como inefable favor, que prestase
por algún tiempo el maravilloso al"lilugio. La
senara, halagada. por esta demanda, accedía á
l,t súplica, si bien encareciendo mucho la merced que hacía y rodeando de mil precauciones,
cuidados y ceremonias la traslación del aparato
aquel, delicadísimo fruto del arle. Los comisionados, henchidos ele 1111 profundo gozo y rebosando respelo hacia la magna obra maestra,
cai·gaban con ella casi lan clevotamerrle como los
israelitas poi-tearon el An:a ele la .\lianza, y si
bien ante esle cortejo no DgurÜba ningún rey pul-1
snndo el arria al co111!1ás ele 1m litúrgico bnile,
no fultaba algún Yecino que, ejerciendo ele maes•
1ro de ccr~monins ó de heraldo proclammlor,
fuese á la cabeza ele la comitiva annnciundo ú
lodos los lranseunles que, ror tal ó cual solemne
motivo, clolia Teresa había prestado su famosa,
extraordinaria y jamás bien alabada caja ele
música.
Esta cnja ele músit:n la aclquil"ió en Francia
un abuelo de la se,iora, allá por el mio 1830. Finas maderas la revestían ron talJleros bl'illnntes,
don.de embutidas en arabescas labores fulgían
hebrns de cobre, mientras sobre la tapa, un cuadrúngulo de mela!, rezaba el nombre del fabl"icunte y !ns eorles á quienes surtía de cnjas como
1H111í•lla. Dentro ... ¡oh!, dentro se encerraban maraYillosos cantos, sublimes trinos, y al impulso
de un resorte, unos rollos, tan erizados de púas
cuma nn puerco espín. rodaban lentanienle, encomenclanclo ú una especie ele veine metúlirn la
lnrea de herir sus pinchitos cortos v desiguales, que hacían sonar angélicame;te las
púas t!el peine. Y entonces, con una lentitud majes[ uosu, casi melnncólica, la caja ele música
clesgranabn los u ires anticuados, las ronHmznic;
ele Semíramis, del ).latrimonio secreto, de la
llul innn en .\rgel, algún vals dulce y machacón,
dos J)okas sallarinaR, que parecían sonar inf'until111enle, semejanles á una múf\iea compuesta
para r¡ue la bailasen muCTecos.
~las aquellas eantilenas se les antojaban á sus
auditores las.mejores del mundo, y nadie pensaba al oírlas en lodo cuanto signincabtm, en la
tristeza ton que la vieja caja ele música Jus iba
dejando escaJ)ar, sin esperanza ele que sus sones
hiriesen alegremente ya los oídos de los bailarines de anlafio. Apal'te ele prestarla ú sus amigos, doüa Teresa también disfrutaba de su caja
Y la hada sonar en los días que estaba gozosa,
Y así, desde el descansillo de la esutlera, sabía
el visitante si la seüorn se ltallnlJa de buen humor ó no.
Cuunclo aquella tarde llegó Brígida ú. casa 1le
Lupe, y oyó el cánliL·o ele la cajn, pensó : -Hoy
está la pajarera abiel"la. J\lús vale así. Se le aiegm á una el alma.
i\ada rnús regocijador que la 1no1·ada de duna
Teresa en aquel día. La seiíora abrió en tal fecha_· todos los balcones para permitir que el sol,
rad!ante en el ciclo la vado por la tormenta de la
víspera, se colase alegremente dentro de la casa
Y saltara ele mueble en mueble, apoyando sus

�dedos de luz en las superficies pulida~ de las
1nadel'as , de las camas de broncó, ¡lucientes· sY
.
aman·11as , en las láminas tersas de os espeJo
d b n
Varios tiestos de plantas fr?ndosas ver ea a .
Sobre las cómodas, en las rinconeras, en unos
· b,ie, y eran
sustentáculos muy cucos de m1m
. cual
heraldos del verdor perenne que adornaba l~s
balcones de dofta Teresa, donde, como en bob1lónico pensil, se mostraban las mas variadas es-

traba en el cuarto, como se largaba de nuevo,
alejada de allí por su humor vagabundo.
La labor aquella era una de esas obras _complicadas inútiles y puerjles, que entretienen
los larg~s ocios de las muchachas. A fuerza de
pasar y repasar hilos, habían de formarse con
eJlos unas flores, semejantes, por lo aplastadas,
ú unos huevos fritos, y en las que sólo una
lcntul'lcnto. imaginación podía ver algo parec1co

. de aue se ufana la botánica casera. A1U
pec1es
•
n ·s infini
1 .ª I .,
había ruda, romero, salvia, mena,
tos hierbajos de uso medicinal ó culinario y, e~
medio de tan útiles plantas, que son algo a~1
como servidores vegetales, lucía..¡~ pom~a _d.ele1table de las flores tempranas: linos pu1 p~eos1
pensamientos, alelíes multicolores y, semeJante
á una reina destronada, en lo más alto de OTI
tallo se erguia una rosa blanca _Y fraga?~e.
Lupe, tarareando, salió á,. abrir á Br1gida. La
pajal'era estaba en día glorioso.
.
Las dos amigas fueron juntas á la estancia
donde dofía Teresa y Lupe estaban sie~pre. ~n
el cuarto de junto, por la puerta á med10 abrir,
se oía á la caja seguir cantando una ende_cha
apasionada, que la gracilidad de los sonidos
transformaba en chin-chín insulso. Las much_achas se pusieron á trabajar en tanto que dona
Teresa iba y venía por la coso., y tan pronto en·

~r

á. una rosa1 nornbre con que la inventora de

labor bautizó su creación.
Lnpe era bastante torpe. Sus dedos .se e.ngarabitaban. Brigida, con incansable paciencia, hab' de ir desenredando Jos terribles barullos que
laia inexperta joven armaba ca d a do s por tres ·
Estas interrupciones dejaban libres las _1enguas1
Y poco á poco, de la lnbor de gancho, i~a escu;
rriéndose la conversación á otros tópicos ta
vez más interesantes y candentes.
-Mira, ¿ves ?--dijo Brígida-,. ahora pasas f' 1
hilo por acá haces un nudo, estiras la hebra un
poco la:-vu~lves á anudar, retuerces cuatro veces ~mno si hicieras cordón y asi concluyes la
vuelta 1has comprendido?
-Si:___;cplicaba la· otra, tal vez imprudente·
mente-. Recojo el hilo, lo trenzo, lo anudo ...
·A ffos!
·Qué fastidio! No puedo entender este
1
1 Y,
• i
r wne otra
diantre de cosu ... Jesús .. , A ver, exp ,e

1

vez ... Ya me dijo Miguel anoche que yo no servía para labores de gancho ... De modo que cojo
la hebra ... -y alargaba hacia Brígida s_us manos ignorantes y torpes de donde pendían los
hilos del encaje;
-Así, así-dijo Brígida moviendo los dedos-,
¿te enteras? ... De modo que Miguel te decía anoche... ¡ Qué gracioso! ¿ Qué sabe él lo que tú
puedes hacer?
-Ya ves-rió Lupe algo Iorzadamente- ; los
hombres son ... Dueno, ahora paso el hilo y ..
Está guapo, ¿ verdad?
-¿Quién, criatura?
-Miguel... ¿quién quieres que. sea? Adiós, ya
me equivoqué otra vez.
-Y ciento, porque hablando de Miguel pie_r.
des el tino.
-Yo ... ¡Ave I\'laria: qué dis1rnrale!-proles_tú
la torpe encajera, enmarañando en su turbación
los hilos de manera terrible-; ¿cómo puedi:;s
creer?.. ¡Vamos!
-Pero, hija - repuso Erigida con calma.- 1
¿crees que soy tonta, que no vi anoclie las miradilas? De fijo que -cuando volvisteis á tu casa
ibas tú delante con i\Jigu.el, y detrás Sanliago
con tu madre. ¿ Es ó no verdad?
Lupe .se arreboló intensamente. Sus mapas
abandonaron definitivamente la lnbór y la dejaron caer sobre las rodillas, mienlras la lurbada
doncella miraba con susto ú una pnrl_e'y á otra
cual si temiese lu llegada ele un importuno.
Tranquilizóse al ver que por ningún lado surgía persona viviente, y entonces, Ucerc:únclose ú
su amiga, la confló á media voz un tremendo
arcano.
-.Como no se lo dirás á nadie, le lo voy ú
contar todo.
-¿Pero, mujer, ya 11i.ly lodo?-exdmnó 1Tn1y
o.sombrada Brígida.
-Sí, todo. Anoche se me declaró :\-ligue!, me
dijo que me quería mnl.:ho, que se iba á casar
conmjgo en cuanto yo le dijese que sL
-¡Qué atrocidad! ¡Qué entusiasmo! Y de ese
modo1 á las veinticuatro horas de haber vuelto
á Espafia.
-Dice que se fué enamorado de mi, que todo
el tiempo pensaba en rrú, que no ha visto mujer
como yo-concluyó Lupe, tratando de enrojecer
modestamente y no consiguiéndolo.
-Se fué enamorado de ti...-repitió Brígida,
sin volver de su asombro ante aquel amor.
-Ya ves ... Y Yo sin sospechar nada1 sin pensar que aquel chiquillo pudiese querer á nadie ...
¿ Te acuerclas de l\Hguel cuando se fué? Siempre
con los calzones rotos, lleno de araflazos, laván•
&lt;lose poco-porque se lavaba poco, eso no se puede negar-1 rill.endo con los otros pillos de la playa.,. ¿Quién se iba á fijar en él? A mt lo digo
por primera vez de mi vida, me resultab~ siempre simpático; estas cosas son mutuas. Cuando
á una la quieren, una se apercibe, y ... Doña Teresa entró de pronto. Lupe suspendió la máxi_ma filosófica que improvisabn, y a!anóse sobre
!a infeliz labor de gancho, donde los hilos se en,

redaban cual la inextricable vegetación de una
selva tropical.
-No he podido dormir, chica-clamó la gorda
dama, deteniéndose en medio de la estancia y
agitando como una bandera el trapo que tenía
en la. mano-, con todas las historias de Miguel.
Oyendo esas cosas se la ensancha á una el cora.
zón, parece que los pies tienen alas, y que con
un poco de arranque se va á andar el mundo entero en dos brincos. Aún me dura lá alegría, ya
lo ves-y su mano agitó el trapo hacía donde
llegaban las armonias de la caja. Después de
aquella declaración, la sei1oru sacudió el ·pol\·o ú dos ó tres muebles, y salió olra vez del
cuarlo con el andar resuelto ele un Hernán
Col'tés.
Las mu chachas In vieron p:.1rlir risneflas. Luego que el rumor de sus pasos se alejó por
19s retnolos pasillos, L11pe reanudó sus c:onfidencias.
Pues sí, J\Iiguel Se la habin declarado; la habiu
dicho tales. cOsas de amor, que tampoco la ·c"i-1irn
pudo pegur los ojos _en lada la Sfmla noche.
Y Como Con e1 ·amor llega ·casi siempre el miedo
de pCI'dcI"lo, Lup~· andaha .muy E1purncla pen-s·ando que tal
dofm ,Terc_$a. se o.nusiese ó.- ·aquc~
l!as .reJucione"s, _ó que. !\ligue! sólb la galanteara
por entretenerse, por . pasnr más. distraído la
terfl.1l□ rada que iba á permanecer en el pueblo'.
¿Qué pensaba Rrig{da ele est~s CO$U.s? ¿,Com~
pal"tia los temores de. Lupe, los creía con fu'.t}cla•
mento?
'",.,...
Brígida. hizo un ademán de duda. Ella no:subia ciertmnenle si :.\ligue] pensaba en Se)"'.io• c~nnlo ~lijo á Lu1rn.
·
·
- Ya ves, eso es Lan dificil, hay tanto de·.. casualiúad en todas ·esas · cOsns ·del. c.:1riñn, q'ue:no
se puede decir. llada.. ¿ Q-u_i{'n 10· sctb.e? :'.\l"i''tú 1nis•
ma... ¿Le has dicho que sí'?
NO. Lupe aún no· habü1 eonle.s!aclo, pues aunque el sí se ic salía· de· 1{1. boca, tuvo, sin embnrgo, bnstcmle· fúerza cie voluntad ]1élra. Callár·
selo, para decide ú :\ligtle1 que t'\'!_n•ia que pensar
en aquéllo; pei1sarlo mucho ...
-¿ Cuánto?-preguntó Brígida, interrumpiendo sonriente á Lupe 1 que hablaba con una locuacidad digna de su madre.
-~lujei\ pues ocho dias 1 una semana ... Yo primero quise un mes 1 y se puso tan pesado, tan
machacón, que tuve que ir quitando tiempo, has•
ta que reduje el plazo lo más posible. Y, ya ves,
aún le parecía demasiado. No, si yo creo que
me quiere, qtle me quiere de veras- concluyó,
volviendo á ucaricü,1.r la ·i dea de que Miguel la
adoraba sin restricción ninguna.
- También yo me inclino á creerlo-:--repuso
Brígida.
-El caso es que á :mamá la p.nrezca bien.
-¡Hija!, pues claro. ¿Qué inconveniente va
á tener?
-¡ Qué sé yo ... ! Como nos tendríamos que
marchar de aquí, irnos á América ... pues ...
Brígida se echó á reir. Ese temor no existía
con dofia Teresa. ])e fijo que_ de_ no teper ~u fu-

,;ez-

1

1

�t11ro yerno otra cmdidad que la de viajero. lo
acepta cnn los ojos cerrados.
-Pregúntaselo ... usí eumo quien no &lt;ruie1·e la
cosa.
¡ .\y, no! L11pe 110 se att·evcda jamás á tanto.
Pero si Erigida queda lanzarse ú tan arriesgada
cm1JI·m;a, su amiga se lo agradecería mucho,
pues así se la quitaría un peso de encima. Brígida prometió hacer-lo, ú la primera ocasión.
Despu&amp;s siguieron hablando, mientras la labor
de;;ransuba inerte sobre las rodillas de Lupe.
Calrnlaron cuándo caeda la fecha en que Lupe
había de dar á su novio la ansiada respuesla, y
tlesn1brieron, por más grnnde dicha, que sería
en domingo, lo cual facilitaba mucho la tramitación de aquel negocio, dado que al salir de misn
podrían reunirse las dos amigas y acercárseles
.\ligue! sin llamar la atención. Luego de resuello
tan delicado asunto, Brígicla habló algo de sus
amores, ele la pena suerte que los entorpecía
t:on obstáculos nimios, constantes ...
-Te aseguro-dijo con acento desengañado-,
que ú veces pienso que Santiago y yo no nos
casaremos jamás.
-¡ Qué tontería !-exclamó la olro.
-Xo, no lo creas, no es lonte:-ín, es como un
presentimiento, como esa especie de desasosiego
que se siente antes tle tener una enfermedad. ,\
nosotros no se nos arregla nucta. Es inútil que
Sunliago trabaje y trabnje ... Xunca vemqs luz ...
-Te apnrns sin 1·uzún-urguy(r Lupe, que queI'Ía \'er todo por el lado bueno-. Un día vendrá
en que podréis casaros, en que seréis felices.
- ¡.\y! ¿Cuúndo ser¡'1, Dio,; mío?-suspil'ó
Brígidu tristemente-, ¿euándo? Si vieses qué
falla me hace un poc-0 de confianza en el ror\'enir. Contigo me expansioTio nlgo, h~1blo sin miedo ... , pern éste e:,¡ un respiro ele nada. Tú y Santiago dais alegda ú mi vida ... Tú le n1t11'clwrú,;
pronto, y él..., él no ;;é ... , tal vez lo piel'rla tambi(•n- . !-:&gt;us ojos se bujal'On, r p11ra evilar que
Lnpc Ju.-; viese l1úmedos, ;;e detu,·iernn tenazmente en ln 1·c,·uella unlimbre del encaje, ,:ne le parecía ú llrígitla la inwgen vi~ible tle su vida. Lupe
no sabía qué decir. .\(¡iteltas \'agus ang11slias
vcnc[an las fuerzrn; de su ntletre, q11e no encontraba las palabrns ¡,recisas para disipar las
tristezas de su an1iga. Intentó consolarla, pro111111ció las frases de ritual C!lle nacen solas de
los labios cuando es preciso demostrar simpatía
por un dolor &lt;¡ue nu se colll!irencle ele modo
clnro.
.\lns ú poco, L11pc, impulsada por un sentimiento irrrsistible, había vuelto á hablm de .\liguel.
.\quella charla sin tino terniinó bruscamente al
entrar dofta Terc::m eu el cmn·Lo. Yiendo á su
mamá, la entusirn;madu joven enrojeció y se
puso tl estudiar la labor tle encaje con interés
profundísimo. Ddgitln, entonces, a¡iroYechó la
ocasión é inlenogó á doi1a Teresa sobre el vunlo
que tanto interesaba á Lupe. Principió por hablar de los viajes en general. ,\Lraída por una
conversación tan ele su gusto, la gorda se acomodó en una silla junto á las dos muchachas.

A las dos ú tres frases pl'onunt·i,Hlas ¡,or Brígicla, doña Teresa exdumó : -Tú eres de las
mías, tú com;1rendes lo bueno c:11e resulla andar
1101' ahí viendo tierras y mn1·c,::. Contigo se puede
Íwbla1· de estas cos,v•, y no con lu madre, :·ue
ni oirllle se ,,ueda corno si viese al ,\n\erristo. .
Bdgida pr~lestó de tau rotunda afirmación.
Había que perdonar á la reumática ... sus males,
sus trislezas ... La gorda interrumpió.
- Sí, sí, mujer, si lo com!wendo perfednmente.
Tu madre tiene pretextos de sobra para creerme chiflada... Pero estoy muy en mi juicio..
Ahoru, que me gosta eso de irme por el mundo,
y claro, rabio al ver que he de quedarme aquí,
hecha una sosa, sin saber nada ele nada, Y pasnnne así la vida hasta que un d[a reviente, Y
entonces ya no conoceré más tierra (!Ue la de
mi sPpullura.
Las dos muchachas gritaron, llenas de susto,
ante tan terrible suposición. Lupe se entristeció
algo, hizo un par ele pucheros, en tanto que doña
Tet·esa r¡:uedábase cejijunta, pensando en el reposo finnl é inlerminable donde yac~ría su cuerpo. Entonces Hrígicla, para conclmr con aquel
incidente, dijo: -Pero, señora, ¡,por qué ha de
pensar en eso? Usted está fuerte y sana, le quedan años por delante. Lupe se casará tal vez co_n
nlgún' fot astero y entonces tendrá uslecl que 1r
v Yetür...
· --¡ Jesús, qué tontería !-exclamó dofin Teresa.
Erigida explicó entonces sus palabras. No era
nin,n:;n disparate ... Todo es posible.
Al fin, Brígida inlenogó diredamenle á la
gonlu : -\'amos, doña Teresa; ¿ dejaría usted
c:usur á Lupe con alguien que se la llevase ele
u,¡u!?
Doiia Teresa miró fijmnenle á su interlocutora,
'tlcspués á Lupe, afanada sobre la labor. Era lo
1.mstanlc perspicaz pnru que se Ju hubiese escapado ln conduela de .\ligue[ y la lu1·bación visible de Lupe. Estuvo un momento sin hablar, Y
luego se levantó diciendo :-Si era por su bien,
¿ú qué vendría el oponerme?
..
-¿ Aunque se fuese muy lejos? ... ¿A .\n~er1ea
por caso ?- siguió Brigida, para aclarar btcn el
asunto.
--:\°o importaría el l11gnr. Yo me iría con Lupe
y con stt marido, ¡iues tnm!lOt:U sería justo que
;ne quedase aquí sola- . Se paseó un instante
por la eslnncia. Las dos muchachas guardaban
silencio y en el cuarto el sol se iba poco á poco,
permilie;ldo á las sornbrm; nacer en _los l'incones. De la caja seguían brotando cantilenas melancólicas.
La gorda detuvo su anclar junto á Lupe, apoyó
In mano en su llomb1·0 y la contempló callada,
mientras la chica intentaba trabar los hilos del
encaje. Lu!:lgo, con voz profunda, algo tremanle,
repitió:• :'\o es cosa de quedarse sola, á 1111s
aiios, con recuerdos tristes .. ¿ Verdad, Lupe?
¿ Verrlad que tú y .Miguel me llevaríais con \'OSotros?
Al oir esto Lupe salló de su asiento, rodó la
labor por tierra y la madre y la hija se abraza-

ron estrechamenle. La muchacha había apoyado
su cabeza en el ancho hombro de dofia Teresa,
y allí, sobre aquella interminable planicie, lloraba ¡rueda mente, murmurando : - ¡ Qué vergürmn, crué vergüenza!
I.1 gorda !&gt;asú !JOr su;; ojos una mano morcillucla y des!rnés hizo levantar el rostro á Lupe.
- ¡ Qué vergüenza ni qué niño muerto !-dijo
campechanamente-. Ningún hombre ni ninguna
mujer hnn de avergonzarse por quererse como
Dios manda. A ti te gusta ~ligue], él te hace
cocos ... pues casaos y que os vaya bien. ¿ Te
has ele !)Oner colorada :1or eso? ¿ Por hacer Jo
que yo hice? ¿ Lo (!Ue han hecho todos? Xo, hija
mía, no; te casará::; con él y nos iremos los tres
al Perú, y allí \'eré por fin indios, aunque, á la
verdad, os lo diré en confianza: creo que, cuando me encuentre con un salvnje cara á cara,
tendré. miedo y echaré á correr lodo cuanto me
lo permitan las carnes.
IV
.\quello misma tarde, Santiago se lo elijo á Brígida. Fu6 ú poco ele volver de casa de Lupe cuando la muchacha supo que don Ramón
se empeñaba en enviar á su hijo á
Arné1foa. Las historias de Miguel,
aquellos fantásticos ,sucedidos, seme¡antes ú ensuefios realizados, habían
revuelto el flaco ·calGlre ele don Ramón ~' lo anaslrabap con empuje de
hurnt:án. De no senl.i rse yiejo para
Lrnbajar, él, y no su hijo, hubiera
tentado· la aventura. Pero ya que él
súlo no podía, Santiago era el indicado para marcharse y don Ramón
le n&lt;.:ompaiinría gustoso, pues si sus
achaques le impedían locla labor, no
Cl'un lo baslante fuertes para privarle del gustazo de \'er ,\mérica, de pasear sus ulo¡,ías v
sus ilusiones por wruellu liel'!'a prnpicia [t lo~
;,oiíadores.
Después, cmmdo en pocos nño;; la fo1·t111w llegura rápida y estable, volverían ricos al p11eblo
para ,·ivir dichosos y tranquilos. Don Hamón
hu hía liablndo eon l\ligucl. Este duba graneles
scg1u·irlurles de t1xilo, allanarín lns pri111;ras dillrnllwles que lanto descorazonan, y pensaba
que, yendo mediunan1cntc las cosns, en unos
diez niios podría F;untiago traerse 111 p11cblo su
millón ele re,iles. Es cleeir, la llolgnra y el eles:
canso para toda la vida. Don Ramón esperaba
gozar de aquella tardía l'iqueza lo más posible,
Y lnl ye;r, s11 secreto egoísmo fuese la verdadera
razón que le movía ú acompmiar ú Santiago,
pnes así, en el primer clnro que se g,1stasc, él
tornaría su parle.
Desconfiando algo ele Jo clil'lw poi' tlon llamón,
s•1 hijo se había avistado con ~ligue] y, a1)arte
,le alguna exageracioucilla del utopista, todo
cuanto dijo, lo confirmó Zárale. En diez ó quince
arios, tal vez antes, podría labrarse Santiago
una fortunila, sin graneles apuros, ni matándose

á trabajar. .\demás, .\ligue! le confió su propósito ele casarse con Lupe; así es que ni siquiera
falla ría á Brígida el consuelo de tener con ella
ú su omiga predilecta.
Desde el muelle desierto, encarado eon el balcón, donde Hrígida eslaba entre sus plantas, envuelta en el chal, Santiago había dicho todo
esto.
Al concluir esperó la contestación de su novia
que fijamente sería entusiasta.
'
Brígida siguió silenciosa un momento. Continuaba acodada en el barandal, fija la vista en
Santiago. Detrás ele él hunclíase el sol, como
una hostia de fuego, en el inmenso cáliz del
mar. Al lucir sangriento del astro, el agua se
incendiaba, adamascándose á trechos en \'etas
de escarlata, que corlaban con ráfagas violentas
de llama, otras sábanas líquidas, donde el rielar
ele la luz se dormía en cambiantes grises y plateados de una dulzura inefable. Junto al arder
del mar la costa parecía negra. Las barcas, las
rocas manchaban ele obscuro el agua y, esfumándose en la lontananza misteriosa del Oceano, una voluta ele humo serpenteaba, lenta, maciza, al ras del agua. Sobre el resplandor del

crepúsculo, Santiago se recortaba como una silueta tenebrosa y callada, en espera de la contestación que no venia.
Brígida suspiró hondomente, se alzó algo de
la barandilla, volvió á tecoslan;e otra vez y luego, enrolviéndose en los pliegues del 111untó11
como si sintiese el frío de un viento sólo sensible para ella, preguntó á su novio, con acenlfJ
lrurnJuilo : ¿ Cuú ndo Le irás?
-Xos iretnos ú principios ele Octubre- repuso
ól, usando el pl urnl, sin fijarse en lo dicho poi·
!frígida- ; pum entonces dice r.Jiguel que es
bnanu época.
- ¡Ah!, es buena época...
repitió Brígiclu,
apretando más el c:hal contra su cuerpo. De;;pués volvió ú quedar callada. En el horizonte, el
sol moría, iban npngándose las ardientes ascuas
del crepúscnlo, El agua perdía sus reflejos, y
sobre el manto glorioso del atardecer flotaba u11
cendal ligerísimo de sombra, nuncio de la noche.
Brígida sintió que sus ojos se mojaban ele litgrimas.
-Es buena época, buena-repitió dos ó tres
veces, doblándose más sobre la barandilla-. Al
inclinarse, su rostro sintió la caricia de una ra-

�Santiago creyó oir arriba el rumor angusma de los tiestos, y corno si el roce la desperlase de un sueño, la joven se irguió, sus ojos lu- tioso de w1 gemido y preguntó cariñoso á su
cieron y las manos apresaron fuertes el áspero novia.:
-Pero .. hija ... ¿estás llorando?
hierro de.la barandilla. Santiago, que la contem-¿ Yo? No. ¡ Qué tonLerla !-replicó ella con
plaba desde la c-a1le 1 creyó verla crecer, tan
arrogante, tan ·derecha se colocó en el centro del viveza-. ~acla de eso ... no lloro ... Anda, vete ...
balcón. Así estuvo un momenlo1 y después, con Parece qu2 va á. llover .. .
Inslintivamenle, Santiago miró al cielo obsculo. voz lranquila de quien habla de algo indiferente! de algo lejano en absoluto a su vida ha- ro. Una gota ancha, fuerte, cayó en sus labios.
bilual, Brígido. dijo: -Si te vas en Octubre, Estalla a.rnarga y tibia, y cuando iba á interrogar
l\egnrús allí. .. -se del11vo un instante-llegarás ele nuevo á sn novia, oyó en lo alto un rumor de
fnltlus crujientes, y lnego, con golpe seco, se cerró
á .\mérica hacia fin &lt;le uito ...
-L1egriremos--inlerrumpiú él, e:xtrai1ado de el bnlcón. Brigicla había penetrado en la habitaoirá su novia expreirnrse en ~ingular-, &lt;1i 1 lle- r·ión. Snnlingo, pemmlivo1 echó á andar hacia
garernos. Parece como si pensases permanecer s11 casa.
11rígidu intentó ir hncia. el comedor; pero sns
aquí; dejarme ir solo ... ¿Ilc1s decidido eso?siguir), · alarmándose ni ver que Rrígidn no pro- pies negáronse á llevarla y cayó en un siUón1
teslnbá. ni parechl oir- . ¿ Te nsusta el viaje? j1111to ú la ron8ola, donde reposnbnn los ~rande,s r-,nw:oles lle color ele rosa. J ,e pesaba tanto
¿Se té lrnée tnn dificil marc-lrnr conmigo? ·
La 1Tlurbadrn calló. Sus manos apretaban el L1. cabeza, que hubo ele apoyarla en un l)razri
barandal, y sin mover lós ojos, sin a1entar 1 es- que arodú ~,'.}brc el mármol del mueble. La olr&lt;.1
cuchaba. ú Snnliago como si oyese la sentencia mano se desplomó inerte en las rodillas y la
de muerte. Abfljo 1 'entre la somlJl'a de la próxima joven quedóse inmóvil, petrificada, mien! ras el
noche, el novio se impade11laba 1 y en su nmor, }cnto llunto iba naciendo de sus ojos y goteaba
buscando disculf)ns nl silencio de Ürigida, clecía: con leve ruido mnte sobre la lana del vestido.
Llorosa, Brigida pensó en lo que pasaría si se
-Comprendo que te cxlrai'íe mi resolución y que
estés sorprendidi:1. .. pero.. dime que vendrás ib;t nm Sanl k1go. Su alma buena se encogió ante
conmigo, que n.o me dejarás ... Ya ves; nuestro la itlea. de aquel viaje 1 que suponía. el abandono
mismo amor nos imrione mard1nr ... Aqul nunca de doüa Conrha, incapaz de emprenderlo 1 ni de
encontraríamos oc.;asión de una. forluna rá1Jida ... inlenlarlo siquiero. Claro es que 13rigicla podía
Sornns jú\·cnes, hemos ele prerrnrar nuestra vida dejar á su madre, encomendarla á otros cuida•
ful Hn1 1 asegurae ~l porvenir, los afias próxi- dos 1 lomar una sirviente ele confianza que la
mos que nos verán junios, ([Ueriéndonos, que- sust.iluyese ... En el pueblo no fallaban sollel'oriendo á los hijos que Dios nos envie ... ¿~o com- nas nec.;esi1adas y hábiles, viudas piadosas y con
prendes que tengo razón'? ¿ Xo le alegras nl pen- poco peculio, que se trasladarían, medianle un
sar que el día de mafianu nuestros hijos podrti.n estipendio, á casa de la reumática y la darían
querer á quien se les anloje sin temor U esta lns friegas y la acompmlnrian y la nguantarian
el rnul humor y las quejas. En un rápido recuenescasez nuestra que nos ala de pies y manos'?
-Sí. si-munnurú Brígidn, volviendo á indi- to menlal, I3rigida pensó quién reuniría las conrntr el cuerpo, mientras sus ojos tornaban á diciones predsas ... Doüa. Tecla ... Purita Ramionenturbiarse con lágrimas cercnnas-; tienes ra- do .. 1:1 de Ilcrnándcz ... Ja viuda del carabinero ...
y, al recordarlas, las dcsechat-a. con premura,
zón, hnblas bien ..
sin encontrar en ningnnn aquel ser, probable- Entonces 1 ¿estás conforme?
Ln. mucha.cha calló. Desde el muelle1 Santiago mente único, compuesto de dulzura, paciencia y
volvió á interrogarla. La. voz del joven sub¡a ya bondad, que se necesitaba para soporlar á la
entre lo obscuro. Apenas si en la lejanía del mar pobre doña Concha.
Y luego 1 aun cuando aquel dechado pareciese
oscilaba aún una tenue luz grisácea. Toda la
pompa del sol 1 ele las aguas sunluosas, se hobía y consintiera cuidar á la reumática 1 ¿ sería basocultado con la noche. Una calma profunda, el tante? ¿ Le consagraría el cuidado de cada moreposo sin !1.n de los mundos muertos, parecia mento, preciso á la señora? ¿No tendría alguna
llegar del Océ.:mo, sumergir la muda tierra con la vez un involuntario gesto de desagrado, un mocallado. inundación de su s·ilencio. La voz de San- hín de disgusto que amargaría de fijo durante
semanas y semanas el ánimo susceptible y quistiago sonaba exl rafíamente en el aire inmóvil.
quilloso de doíí.a Concha? Pensó que aquello no
-¿Estás de acuerdo conmigo? ¿~le acampa
podía decidirse tan de súbito, pues trutábase de
ñarás?
-Te acompañaró ...~dijo al ftn Erigida eritre- cosas enredadas y difíciles. Algún medio llabría
corladamenle-. Sil iré contigo ... -aunque me que diese la solución1 y pensan:1.0 1 pensando1 ya
cuesta mucho... ¡Oh! Tú no sabes ni sabrás se daría cpn él.
l\Iás se.rena con aquella dila.ción 1 que caJ.maba
nunca lo que me costará irme de aquí.. dejar ...
algo
su alma a.tormentada, Brígida secó sus ojos.
Su voz se cortó un momento. Después siguió
con 1nás valentía: -Adiós, Santiago; vet'e ya ... Volvió á pensar en el viaje de Santiago. El buen
sentido la deda que su novio estaba lleno de
Es muy tarde ... Esta noche no vengas ... quiero
razón. En el pueblo no era posible hacer fortuestar sola con 1namá.. la he de decir ... yn ves :
na; á lo sumo podía conseguirse lo preciso para
la pobre, la pobre ...

. ' .
vivir, y gracias. El vinje era preciso, imponlase
cm~o base de todo plun ele porvenir.
Esta paJubra asustaba á Brígicla. i Porvenir!
Pensar on lo futuro equi\'alia á encararse con
un punorama sombrío y lrisle donde vagos aspect~s1 l'11 vez favorables, tal vez amenuzu.clores
rnovwnse entre ti_nieblas. La joven cerró los ojo~
J~~ra p~der dommar mejor su pensamiento, y
\ ió ~ue el cuadro ob_scu~o se ennegrecía más y
que Junto á las apariencias, ya hnbituales de la
e~c~sez, de lo.s sacrificios, de la enfermedacl, el
vrnJe d_e _Santiago hacía nacer olrns de nspeclo
mela~cólico, ~lesconsolado, que la miraban con
los OJOS lagrnneantes de las novias olvidadas,
de las amanles que se ajaron en la soledad, inconsolables l)or el silencio de los
que se fueron, prometiendo
volver. Aquellas figuras desoladas parecían e;onsiderur
""===j
á Ui·ígida con afecto fraternal. Y la joven exhumó cn1onces de su memoria el
'.·ecuerdo de una infeliz vieJa,_ cnc0f!Llimia, risible, ó.
~1111e11 conoció siendo pequena, Y que sólo guardaba,
C"Omo recuerdo de una juven! wl lejana, el nomb,·e,
grncioso c.rntes, ridículo después1 de doria Francisciui•
la, la del lunar.
i Pobre dofia Francisquita,. la del lunar! ¡Lo que
i:;e reian de ella los chicos
._".'"_______

por la distancia, después por la costumbre tal
v~z luego por un nuevo amor. ¡Oh, no; eso n~ podia suceder, era in1posible que pasara! Para evita.i: tal cat~s~rofe, Brigida sentíase capaz de cualqwer hero1c1dad.
{!n hondo suspiro que venía del comedor
arrancó
l
hh de su ensimismamiento á Br/01'd
ca,ya
muccr ac. a fuése con su madre, que en la butaca_ cerrna sordamente. Por azar extraño c .·
milagroso, doi'ía Concha no estaba aquella ~oc~1~
de tan mal humor como siempre.
. Al natural impulso de su alma, que la empuJab~ aquella noche hacia la-enferma con mayor
fue1 za que otras veces, Brígida se llegó á la gru-

il __.,_]
!

rl

..:;(.J.Lj;.J..il,_..J.J.jJ..J.L._______.J

lo _({Lle se bul'lnbnn los g~andcsi :\'i uno solo

1\onc.1,
.
.
, ¡ ln orarii.:ió
. 1 la mimó , u"'l'recrJó
::,
m1nuc·1osun r los nltnohadonl's del sillón !·
!
p1 ei:,untm a la mfel1z vieja poi· su novio J'Or J; 1s rudilln. J, .· ..
.
, a man a ne
.
. s. ,et \ ieJd se deJaba ¡¡uereJ· C"tlhda
aquel gal~ardo Amacleo que se fué ú ,\m'(,rien
:'i/11
fi
..
,inv1r
el
telln
tanto
como
oh~as
lH~::h:s cp ';.
sesenta anos '•mies • 1•
. \ Y·11 cona
,
.
1 ,. Frilnc1squilu.
Ja dns o tres ve ·e.
· u
i
a· , . .
~· s un canuto de sonrisa pareciú
del lunai.\ no sa_~ía nada de Amacleo, pues· el
¡ le~&lt;11 sus Jctbios, .Y cum1do Bl·ígicla conclu\•ó su
ausente Jamás d10 seüales de vfrlü. Anle
1
perdurable silencio cualquier hembra. se hu~f~:e tnl'~~'.' -~ª_,rem_1:1úlicn la dijo con Cono cllsi of;ble:
G, &lt;~can::;;, IUJU, ll1U&lt;·ha.s grac:ias. La \'er&lt;lad es
l~artad~, pe1·? dofia Francisquila, la del lunar, i1uc l1enes unus mnnos lnn ligeras ...
se paso la. VHla aguardando al nmable Amadeo.
Aquel ~~rada ele su ntadre fué pura el es )íriLas chanzas de sus convecinos no parecían nltetu de Ilr1g1da como un bálsamo, alivió parle! del
mr sn dulce conílérnza y sólo aJaunn e
c¡jaún
o
t
V Z 1 en
p_eso que abrumaba á la joven. Como sucede
0
. momento de desahogo, revelando un poco
siempre después de una gran tcns1·ó11 de
...
1
· '"
esprna r1steza de su corazón, decía, mientras balan- t B · ·d
ui ng1 a necesitaba encontrar algo que sir.viecenl;&gt;a su cabeza blanca : -Algún día será el d
su regreso. Ya vend.rá1 ya vendrá ·Y
t
e se de f~ndamen to pura un poco de alegria
no le
·¡.
···
en onces aqu~Ba mesperada amabilidad de dofia Con~h~
permi iré irse otra vez
. Ah
1
Enton es 1
··· 1 , no, no ....
la h1z~ ercer en un posible alivio del reúma. en
.
e
e cogeré del brazo Y le diré : No te
u~~ m1Iagrosa curación de su madre que la )ern~urchas, AmD¡deo. Te quedas aquí; pues a
1~1tiesc
aleja.rse. del pueblo1 poder marchar lean
estoy escarmentada y ninguna nilla debe dej:r
e _la y con Santiago. La sola suposición de tal
que su cortejo se vavu . Tu' !1a
ll
'
á t
• · i
s vue o pero d1cha .b~stó para hacer revivir las esperanzas
cu n os quectáronse para siempre al otr~ 1 d
'
del amargo mar¡
a o de Dr1g1da.
En alas de su alegría puso la mesa en dos lrnnLa infeliz dofia Francisquita se mu .. 6 .
al olvidad· A el
ri sm ver
cos,_ preparó los postres, avivó las tareas c~litoria
_1~0
ma eo; y recordando la triste his- narias de Engrac,·
·
,
a, qmen,
á veces, ante los pudad , Bng1da pen~ó con espanto en la posibiliche10s1_
cabeceaba
dormilona.
Durante la comide que su nov10 la olvidase también se fuedn, dona Concha siguió sin grufiir en demasía.
se mar adelante, lejos1 lejos, y se qued~se aUJ
en aquellos países remotos, retenido primer¿ S~l h~blar, fu~ auslero, pero reposado, y á Br1g a e pm ec1ó tan dulce como una música, á la
HJ)Hldc'.ibase de ella y la a 1..
, cr
• ,
.
.
o an 1)roffin · c1lll8is! ía en

i

lll(

�e ue sus oídos no estaban hecho~ . des~e hacia
!r1os y afios, y la velada transcurr10 as1, en una
placidez inusitada.
. ,
C ndo Brígida entró en su cuarto no sabia ,o
.ua, ·. -aba Je pareció que el ruunclo estaba
que e pas '· ,
·11
t ce
,··t111tJ·1aclo cine algún cataclismo tern) e si. "deri11 ú ht' portentosa llltHlanza, pnes· no e1"1
. ' pe•
sible que tales _trastornos se veri_ficas.en s1~ c~n:
secuencias exteriores. Aquella impensada a ~
biliclacl de su madre revolucionaba el alm~ ~-e
Brí«icla mucho más que la presun_ci~n del via¡e,
"'.. aún que el posible rompmnenlo de su
Y
mas . con Sanllago.
,. .
\'ºiendo. á doi1a Con1nall'imomo
.·
·ha enlrecrada á su cm mo, si-·n acibarárselo
.. con
L
"'
hbras ' Bng1cla
se
reeonvenc:iones
Y ma1as pa'
.
so1a,·i
I n·irla
senlía incapaz de a b amo
'
' ele
. dc¡ar
., 1a ..
al cuidado de manos mercenarias. Ial ,-ez s
aq11ella noche doña Concha hubiera es_tado ?muo
Drícr1da
v1e1oncle costnmbre, hecha una ílern
l
'
"' ª - "' ·nzaría su flaqueza apoyándose en _los re.,,a11~\ in. t s en las rabotadas sin motivo para e e
~~~:, ºs:1 amor y no dejarlo marchar. Per? asf,
viendo á su madre como un cordero, dócil, ca._. - "'ª resicrnada sin más amparo que el s~yo,
11110.. ,
"'
'
1 sus manos·' as1 .no
sin otras caricias que las le
·o
en posible abandonarla. Todo menos eso. De ~~
' , 1· ba un milagro y doña Concha curan se 1 ea iza
¡· · ·, se aJrro y
les por lo menos a ivwr1c1
º
se de sus ma ' h . con Santiao-o y con ella ...
e 1ltonces se marc aria
º
.
.
Dios mío! Si no, Brígicla tencln_a.
s1 no ... 1AY,
.
so se h rompen u
mucha pena, un do~or 1_1;menl :orazó~. pero no
el alma y se la har1a tnzas e e
'
se iba, no se iba.
\'
\I · . o obstante aquella última resolu~ión téll1
fü'-m~~ ~rígida dejó pasar un día y otro sm
verse á decir á Santiago que no contase. co~ e '
.
- . l· .. c1..mérica. Tales dllac10nes
para acompanar "
retextos
intenlaba justificarlas la muchach~ contpba para
.
u amor mven a
'
1
~:;\ :~.;1}:. ~~e~-;1~:~t~t: ~e su penosa explicació1u1~
, corno los consue1os 8
Ernn aquellas clemoias
¡)remos que se le dan á UI1 condenado á muerte,
t b ¡\
a •
• Brírrida
resuella ú sacn·t·icnrse ' no
. acera
.
0
)
'
l
,
·
sacnfic10
liallar momento adecua&lt; o a su
d'el
J&gt;e este modo fueron pasando los ias, y
t·e1111lo tru¡·o entre ,,ns horas las que formaban
1
conla
fecha memorable eleg1•c1a por, Lupe para
l mingo
t , : i\liguel. Era un dommgo, un e?
les ai a - .
1 ' ol radiante. La misa maalegre, ll~ c1el0 azu ) ~ ella fueron doíla Teres,\
yor ci·a a las nueve .. '
. "
. I ... lfrí,,icJa '.\J!"uel y Santiaoo.
..
y i;u UJ&lt;I,
"' '
.º , .
!ática proces1on,
Frn una misa irtu) ot con p
'
h a y
,
. !mente duraba su áb
or
música
emito. Gene1a
'
. .. 1. salida form anse
tres cuarlos. Despues, a a
.b', de paseo
•
,; y •ilgnnos se I un
grupos lle amigo.' · ' ,
mar hasta el
l ." ·ll·imeda qne bo1 rleaba el
JlOl'
"
'
'
b
r, ro otros clescernHan á la playa, useaban con.
ªh S' J·ugaban re¡an, hasta la&lt; hora de almorzar.
~
cEstas
a ' costumbres
'
,
de rigor en verano.
ernn
d En
de
. .
o se sustiiuian por paseos alrede or
mviern
·
·
d b n
la plaza, bajo los arcos que la circun a a .

ati;t~

ª-

·
Brirrida
estaba re-Cuando concluyo. la misa,
"'
ll " hablar á Santiago durante el paseo. Ba
~ll~·n
a aá la p\aya v allí, ante el mar, que los
¡a11a
' ·
· · l
e er'i'
separaría pronto, la muchacha dma o qu
preciso que dijese.
.
.
Salieron de la igle,;i.1, c¡ue quedó vac1_a, _8L 1e_n. .. lle11a del varro l1umo nzulaclo del mt1ensn.
rtoSd, · '
"'·
J 1e y
,., el 11órlico i;e detuvieron las muJeres. ,u1 .
.lSll
.
am11an t e e.0 l 1 &lt;a]rr•mas
1JrícricJa c·harlnron un ms
o·
, "'
tanto que doüa Teresa se oreaba con ~ugds, en ,
. . d
abo.meo
. , la far. sudorosa, e::;gnn1ten o un_
~~lonne, que pmecín, por lo g1·ande y &lt;llapreaclo,
h col11 de nn flllVO real.
.
·a 1
' P
.. poco ron socarronería inocente, ~11,,ue
oco d
,
¡
ele
las
\' Santiago rneum n&lt;·er&lt;'úndosr a grup 0
.
;nuchachas.
... ·eiies fuéronse las
. d acercarse 1os Ju,
'
.
.
A poco ~ ·. 1 clcspeclirse ron l'if-1tas malla1mgas, despt:s; e llenas de subentendidos. J,as
uosns Y con i ns s
.
l·:i. )risa hacia la alnpiearnelas marcl_rnba~ ~ l~1c;blm visto y crilicar
merla para referir cu&lt;ln o
.
'º Dofia Te. á las felices qnc lemnn no\l . .
de paso
.
.
leliheraron un mslante
resa se acerco ª\-g1_~\P~,n t procesionalmente, :\1 iú dónde se ibluil~ ·1le' S·u1lin«o y Bl'igida acompao-uel v T.upe le c11 ' • '
º
. l )l·1vn
"'
• . l - . Tcres·1 fuéronse harta a l ' J ' '
fiando a l on,1
'' 1 . ·e esl·1ria mús á
donde había poca gen e ) :s
. '
1

• uslo.
.
. Itas rocas
,.., 1 a phya exlendiase n1 pie de 111s a '·1
' 1
,,
,
·1lz·1b·1 En aquella wra e
donde el pueblo s_e &lt; \,:-~ndo libre una gnm
n1&lt;1 r se halJía aleJado,
J
•
donde
. . de ·1rena fina, compacta, tersa,
c:xtens1on
'
.
.1 as blancas de alde ve~ en vez lucwn la mani; i, . d
ale1a
, 1 verdoso enca¡e e un °' ·
gunm, conchas o e
'U'lVe que im·ituba
tllor~a l_a tizr~:j::~ed~'c ~~~r:r 'c1ulcemente en el
á lo::, pies
.
n ás rompía contra la
agua límpida, que a coi ple ,. frúrril de las olas.
"'
arena e 1 cuei'Pº L1·ansparen J
·d é inerte
.
el mar azuleaba, dorm1 o . .
A lo le¡os,
1 . i llegaba un viento mdebajo el sol, y ele 1~ _e¡a~ a entornar los párpados
ciso, aromoso, huc1en ~ nda paz de la mañana.
para recrearse en l~ pro, u 11 · Doña Teresa y sus
Poca gente se veia por a l.
t d el nladuvieron alrro gus an o
i·
acompaitrmles an
l 1-' li~o donde los pies
cer de pisar aquel sne º. e as
' . ñales húr
s y cleplmn leves se
caminaban tgero
, ' , lo absorbidas por
medas que desaparec,an pr on '

r

la arena.
. . . .. L en el mismo orden
\ nrlnvieron ast algun ra o,
l
San' .
1 iglesia La gon a con
que aband?~aron a
~Ji~uel delante, charlantingo y 1:lrig1da, Lup_~ y I ~s olros dos iban cado como dos desco~1 º1s. e., dot-l'' Teresa monolob.
esvuuru qu
ª
•
liados; ten . .
_
·u charla era suficLente
gueaba sin r:SJJll'O _) q~~~b;loso 'á 1111 cementerio.
para presttu aspe~to. J do que la escuchaban,
Escuchándola, 6 . ac1e·~·1b1"''. ib[tn mudos: enlos novios no tlecian p,t ' "' ..
t • aterrada
L" go en sus provee os,
simismado S nn ia
· "
do trance.
Ilriaida por la proximidad. llel ho:1len más bien
º
d - Teresa. tito un g11 o,
De pronto ona
.
•ó de Ja bue1 •do pues toda marnfestac1 n
un a an '
. m re de los límites de 1a
na señora pasaba s1e pñ t s la interrogaron.
·dad
Sus
acompa
an e ~
normal t
•
¿ Qué era? ¿ Qné sucedía?

La sefiora, bajandu rápidamente el diapasón
de su voz hasta convertirla de trompeteo escandaloso en un murmullo, dijo mostrando á un punlo:-l\lirad, callaos; mirad, ahí hay una chirla-,
y sn diestra sefialó con el gigantesco abanico un
ag11jern casi imperceptible, seíiul de qne en Jo
hondo, metida entre la arena mojada, esperando la próxima subida del mar, se escondía una
almeja. Después de realizado este descubrimiento, la seüora vió que el signo revelador se repetía e11 los alrededores. Todo aquel paraje estaba lleno, atestado de chirlas, y bajo los pies ele
!_os paseantes yacía el primer elemento ele ,.m
arroz á la marinera. La_gorda, á tal _pensamiento, no pudo resistir mús. Dejóse caer sobre ,,¡
suelo con la pesadez de una morsa que toma tierra, y allí, valiéndose de un palo recogido entre
la arena, empezó á el:lcarbur y extrajo pronto el
mnristo, una concha bivalva, de color melado,
sobre In que parliculas ele arena, se prendían
rubias y diminutas. Dofia Teresa mostró su conquista al mundo ,·isiblc, alzándola en alto, y
dCSJJUés conminó á sus amigos ú que imitasen
su maravilloso ejemplo y explotasen aquel criadero tan abundante.
Los rnuchachos no se hicirron de rogar y, cogiendo otros palitroques, fuéronsc en parejas.
,\ poco, la sociedad habíase dividido en tres.
T.11pe y '.\lignel estaban arrodillados no lejos de
dofia Teresa, y riendo iban desenterrando almejas y más almejas, que colocaban pulcramente
encima de un paiíuelo; la señora, casi yacente
sobre el suelo, extrnía las chirlas con ligereza
i1werosímil, y más lejos, junto á una roca que
i!Somaba algo entre la urena, Brígida y Santiago
se habí1111 detenido, parecían mirar con atención
al suelo, cual si b11scasen alguna cosa perdida.
Santiago sel1aló á su novia una ligera ondulación de la playa, al agujero imperceptible que
delataba al marisco escondido.
-Ahí tienes una-dijo; é inclinándose revolvió el suelo con el bastón; la arena se amontonó
en pequefias eminencias y entre ellas brotó a
luz la concha, cerrada, inmóvil, semejante á un
guijarro pulido. Dentro de aquel caparazón, el
animalejo debía estremecerse de susto, adivinando, en las brumas espesas de su instinto rudimentario, el peligro que Je acechaba al exlerior,
la muerte próxima, la boca del pez, el pico del
ave, la tenaza férrea del cangrejo. Fuera, el
hombre y la mujer, consideraron un instante su
captura; Sanliago la sopesó en la pnlma de la
nrnno, mientras el sol rielaba sobre la tersura
luciente y fresca de las valvas.
-¡Qué grande es, qué hermosa!- -dijo Santiago
con acento triunfa11te.
Brígida contempló con cierta melancolía la concha, aquel envoltorio calcáreo que parecía tan
inanimado corno una piedra. Luego, con voz triste y señalando á un poco de agua que se estancaba junto al negro pico de la roca, le elijo á Santiago:
- Echala ahí, déjala que viva. ¡Pobre bicho!
-Mujer, es lástima ... ¡Si todas las que pille-

mos las soltamos después, valiente negocio vamos á hacer!
-Anda, échaia en el agua... ¿Qué te importa?
-Como quieras, hija, hágase tu voluntad-hablú Santiago, dejando caer la t;hirla en el transparente y diminnlo lago que había junio á la
pena-, ya está libre. La verdad es que no rne
explico tu afán ... Todavía, si fuese una mariposa... un páju ro ... un uninial bonito ... Pe!"o eso ...
-y selialó á la nlmeja que había ~aí&lt;lo en el
ag1w.
Brígida suspi1·ú: -¿Enlonces sola mente liemos
de hacer algo por lo que nos resulte agradable
de ve!'"/ ... Hien. estú ... Los pújan.&gt;s, las f!o1es, 1
las 111ar-iposas, son los únicos que merecen un
poco de carifio ... á lo den1ús del mnncto que :o
parta un rayo. Pobres ele los viejof', de los que
pndecen de enfermedades ú ele Ie,1 lela el, que es
dolor perpetuo ... pobres, pobres ...
Se quedó pensa!in1 un ínstan!e. Sus mnnns
ternhlaban algo prendiendo muellemente las puntas volanclrras del velo que revoloteaban sobre
el coqJii1o. Santiago la miró atónito.
-¡Qué atroci&lt;lacl, mujer, qué seria te pone::s
pura decit" esas cosas! De fijo c¡ue á nadie se Je
oc tuTe entristecerse, ni f1losofar con menos motivo. \ Santiagó rió un poco para ver si su novia
se animaba.
Pero l3rígicla no se alegró. Al contrario. Sus
labios se estremecían como si fueran á gemir.
Sin embargo, se rehizo, y al lravés de la envoltura de su rostro se transparentó el esfuerzo del
alma, que se erguía, prnnta al sacrificio.
-l\'o soy filósofa, ni sabia, ni nada-habló serenamente, encarándose con la rubia arena pura
no mirar á Santiago-; soy una pobre m11chacha tonta que sólo tiene un poco ele caridad con
los demás. ¿.Comprendes? '.\Je compadezco de las
cosas, de los auimales, ele las gentes. Así, tal vez
encuentre consuelos el día en que sea desgraciada.
-¿Desgraciada tú ?-exclmnó Santiago-. !\'0
lo creo, no lo espero ... Es más ... me opongo. Tú
serás feliz, dichosa como una reina. Vivirás mucho, nos querremos siempre ...
-Nos querremos siempre-repitió ella como un
eco-, siempre, siempre ...
Callóse un instante, y luego, de prnnto, con
el ademán desesperado de quien se tira por un
balcón, dijo á su novio:
-Oye, Santiago mío, yo no puedo ... yo no
puedo acompaüarte ú América. Es preciso que
vayas tú solo.
-¿Eh?-preguntú el muchacho, sin acertar á
comprender-. ¿Qué dices"/ ¿,Te has vuelto loca
ó yo estoy trastornado?
-l'ii tú ni yo hemos perdido la cabeza. Estamos en nuestro juicio, hablamos sabiendo lo que
decimos y ninguno de los dos soñamos. Lo que
te he dicho es la verdad, la verdad de mi pensamiento. Yo no puedo acompañarte en tu viaje;
es imposible.
-¿,Por qué?-inlerrogó Santiago cefíudo, mirando ú Bríiicta fijamente.

�•
lf Yn lo pensó, yn lo meditó Brígí·
enen rada
lom'.'\o, no poc n.
equiYocn-~li maure replicó 1a muJer,
r,
.
o
Comprendía
que lnl yez se
h
.
ncriílcabn snbil•n c1n su no\·io, oponiendo al rclnmpae,neo nn- dn. mue ·
se . sabía que haciéndolo ns1 se s
g~abn.
C" ·ati\·o de los ojos del hombre In calma .de sus
•
. "
ero otra cosa repu
..
crincaba
á
Sanhar,o
...
P
que
In
ame~u,pilus screnus. Luego enmudeció, cual s1 aquede lal modo ú sulespíori~~r;~: ~l~n distinta ma11
1 palabras dijesen todo.
nazarnn de nrner e n
..
º~a~l~~ago callóse también. Por un mon~~nát~~~:
•
.
f ente ó. frente m11 en
, .
de todo, lo que yo mAs sicndos permanecieron r
. ' s rostros nera. .
-:\l1ra, S..rnliago, h
hacerte pasar un ralo
,· no se conocieran, romo s1 en su
t angustias al
com~ s1
nuevos facciones distintas de to es darte eslo. mula _or~, '
surglesen rasgos
,
triste, ailigirtc, porque \:CO
e ..
las que arnaron.
g da saber que vo no podré ir conl1go.:; Santiago ron
1
Alejándose por los azares de lo p~sca, a ordi-Yo tni;1poco voy- inlerrmn~t acento colériy los IlO\.·IOS s e mostraban como siluetas per

que

co de un niño
furioso-. ~o me
marcho á Arnérica, y aquí me

quedo para loda
ln ddu, aunque

no snlgn de pobre ...
-Lo que yo
más temía- habló Brígida es
iiue me llijcses
eso ... :--;-o, tú no
le i1ucdas: te vus
('011

~ligue\,

h n j a 8 allí,

ll'U-

en

aquellos pníses
tan ricos, te hat:

es

pode1·0s0 ...

y O no puedo cargnr mi cundencia con el remordi111ienlo de ha-

ber roto tu porvenir. C1·eo que has
de volYcr ú. bus-

•

t

.
' - l&gt;eru&lt;·ión &lt;lel ::;ol. En el honzon e,
11,,s bnJo la n.:\ e1
. lenbo.n, recorto.dos solos inmutables mo~les ozfue le "Sa1llia110 v Brí1 d I Cielo v r n
lH'C la cúpu a e
'~

o ,., &lt;

i:-,

•

•

ll'i

g ·,cta el mar repo5aba, toUL'iHeando .ª&lt;111uluys nola's•
c. e ra ·o de
prendiendo en. los ond~1.lan l es. l oinos. un
1 f i\gor pmm1cro Y 'lhumnnlmo de
. J
e '
á la roca íiltrámlose por las capas
luz. Junto
, 1
te! rl1a1·,·o •1·ecíu.
l
~
l·nrcl'iores de la uren_n, e agua
1,,s c·1belle1·as
,·e,·des
1
mansamente, espon1:mt o l· o'qucdades del pe1
de los al_gas _que -~r~~~~L~ 1~~ic¡~s jugaba en el agua
nasco. llf-n bd1ochceo¡ n ,,•,, movimiento imperceplib_le,
y en e un i
d' en lo. •uenn 1 iba. csrom1Iénla chirla se hun ia
•
clase sin parecerlo.
Santiago dijo:
.
pueda ir con nosotros,
- Tu madre, lal , ez
,
,. lu cuidare como si fuese su
ncumpnfiurnos ... J.O
hijo...
. . no sabes cuán re-Gracins, mu chus gl'llCLHS, mposible ~Jamá
-d t estoy
pero es i
•
conoc1. a e
..o sin fuerzas, para una traestá sin mov1m1enl '
.
1 del cuarto.
diao?,
ni para sa ir
'
vesia lllrga, ;qué
..,
...,
"bl
a.
es-Pero
impos1 noe. hay manera ... ¿..
. ~o puedes
dejar
e,
. 1e, que 1.i atienda.
algnien que la cmt

.

.

.

le esperaré siempre, hasta

l'arme. lo te espei 0 ~
.•
,
6 le vamos
,¡tic me caiga de vieJH. S1 ltUI dnlso.d..aqeu"lll ¡1ena ct~
.
Si vuelves pron o...
~
. ,.,.
a hfü•er... .
1 .. efio una pc~nd11ln ...

. . rt!cerá un rna ~u
1
11oy 11u~ 11. t1
, . a mucha ronlionzu ...
\'rll' vete. tengo con 0Mnz('
·1 l s
vJ. 1..,,,
~ ,·u'z lemhló ul repetir ª.quellnsl
e es1or",,'zªón'

que en nmo lrnlnb::m de infu_ndlr en
.
·n adf algo de su vigor.
ele la sarn ,e~ L
•
lma lut'haba el
•
ontestó En su a
Sant1aµo no e
. .
. . , de la pro. B •(T·da contra la lluSlOll
umor hurta n~1
. nu·o de su padre, que
1
bable ~01¡iun~~~ e~:~:~~ ~~~ ~e~tajns del fructuoso
c-ncomw n.i 'ci
. d combnlienles lenfnn paro.
destieno . .\quellos
os_ l a del
l onqu1s
. alma del ¡·oven, el
uym\arles en ª e
·ajes de las tierras
misterio:,;o encanto de 1
cil/dades remotas,
1
nucnls, el ~spej:sn.10 c. ~e alegria exqberante y
Jlernis de lupJ exóllcol, ltaban contra aquel po·
v todos uc ~
(lesconot'lt1a, J
.
sin novedad, y que
11 01 ba un lugar seme1,re anwr lugnreüo,
s l. senc1
dQ ocupa
en el alma de ·an Hle,.
d los montes, ó. In
¡·ante á la perpetua. Imela . er otro accidente del
l l nar 6 ó. cuu quie
h
sabana e e 1 l nde los ojos del muchnc o
,a,,orama habitual, co o
1
no descubdnn nadn ~uev .
·do á. no darles la
J'ero nunca le lrnb1esen venc1

º\;~

misma Brigida el arma más potente, cuando
pur-;o aute Santiago la posibilidad de ,·olver ú
la Jmlriu y recoger de nuevo el amor que dejaba.
Esta trcg:Ju, esta dilac-iún sin pluzo fijo, dió ul
espíritu del jo\·en el argwnento mús temible, el
urmu tn1idura &lt;le las componendas 1 de esos comprnmisos n1gos que, pareciendo at-reglar todo,
confían en que el tiempo dispondrá las cosas del
modo más desenble. Si Sanliago pensaba volYer,
aquella separación era dolorosa, terrible, pero no
ndquiríu el aspecto desolador de lo deliniliYo.
En el espiritu del muchacho existiu entonces el
deseo flrmísimo de türnur U su patria en cuanto
adquiries~ H([uella fúcil fortuna que le iluswnoba.
To&lt;l&lt;&gt;s los i.H:Cidentes de lu uusenciu, el ent1biumienlo ele! &lt;·uri!lo. necesitado ·de ver1 el oh-ido,
las posibles infidelidades, Ju enfermedad, tal vez
la muerte, el fin &lt;le todo, lejo::. 1 en el ai:slnmiento
de cuunlos se umarun 1 que ignoran la catástrofe,
las mil eYentualidades &lt;le tristeza y &lt;le dolor
que rodear1 la miserable \"idu huma11u 1 á lns que
sólo un amor firme y pre sen te puede tal \·ez ulejur, se habiun borrado ele la mem0rü:t del viajern. Sólo existía p,.11-u él un iudetinido periodo
de tiem1J01 y mienlms durara, las leyes naturale.s estariun c:umo suspendidas, sin atrernr:sl!
á herir ni ú N ni ú B1·igitla. Y ani111ado entonces
por aquella menticla seguridud, uhogundo la v0z
de su carillo con tul c:u111iunza 1 dijo :::iantiugo:
-Tienes ruzóu. Te escucho. :\le :sw.:riJioo ...
me iré ... pero me has de prometer esperurrne,
¿verdad·? ¿ :\1e e!:iperarás siemp1-e·? ...
Brígidu se sintió apresada por el destino. Inslintivrunenle miró hacia el charco. La chirla
habiu. desapurecido 1 sulvadu, Ol'Ulta en la arena.
Por un rnomento le pai•cció U Urígidn que cualquiera de las cosas cn~u&lt;lns, aun Ul!Uel humilde
animalejo, al que su inten·enciún momenl'J.nea
salvú lu Yida, ern mús feliz que ella. :"\o pudo
hahlur. !:;e le hu!Jía Jrncsto un nudo en la garganta y su.s ojos nubludos ,·eíun il. Slmtil.1gu borro~urnente, cual :;i u11u 11urno Íll\'isible se lo
hubiera llenulo muy lejos. á donde ello no había
de llcgur . .\lin10~un1entc, deseando asegurarse
más di:: que no hucía nut.lu malo al irse, el jo,·en
Yolvió á interrogur a Brigidu.
-¿lile espcral'ús'? ¿),le espernrás siempre'?
La Síl&lt;Tilicada hizo un e:-;fuerzo titánko para
hablar y, al Jln, c:ogh.&gt;ndu ú su HoYio de la mnno,
le dijo Gon voz ronca:
-Siempre, toda mi vi&lt;lu.
Luego liró de él, y sei1alundo al charco, cada
Yez mayor, (.'Ollclllyú:
-.\nda n'.unonos. Ya esto tc1-minó. El rnar
sube.
1

\]

El tiempo que faltabn para el Yiaje de Sant_iugo
pusó lentu y rápidamente á la vez. Cno á uno
fueron sucediéndose los hechos. Se casaron Lupe
y l\Jiguel, levunlú la cw;u dolla Tercsa 1 ,·endió
algunos muebles, conservó ol ros, entre ellos la
fnmo~a caja de música, que, cuidudosnmente
embalada, se il&gt;u hacia el Perú para encantar
nlli á las per:-;onus de gusto. Uon nnmón y San-

llago tamblL'n se lJrepararon. y en la ogilnción
de tales lances, los día~, las semanas sucedían~e, lle,•úndose al pasado aquellas hora!-..
El'u inútil que Sa11tiago hnbln~e {1 sn n-0,·ia de
la &lt;llegria del retorno y de lo que hal'ian. Y ¡,aru
que ni oun momentúnemne11te la sncritlcada pudiese pensar en la remota certeza ele aquel porYenir, sil•mpre esb1ha junto á ella1 invísible 1 ridiculo y conmovedo1\ el fantasma de doJia Francisquita, la del lunar, la novia que murió aneianu de:;pués de ,·ivir en la espera constunte
del 110,·io que se ful•.
Si Brígida hubiese querido ilusionarse, no se
lo pcrmiliría aquella melancólica aparición que,
corno la sombra al cuerpo, seguía Riempre ti la
!:ianinc:udu, cual si la dijese: -:\lirame, contém1ilumt&gt;, cuenta los arrugas de mi cara, examina la tristeza de mis ojos, el temblor e.le mi
cuerpo il1feliz. Piensa en todllS las lágrimas que
he vcrlidü, en la soledr1d irúlil y arnurga ,le mi
c:xisl':'nciu, en la muerte, crue me cenó los ojos
1
no sudados por la \"isla de mi uinur. La ,·ida
se repite. Trae siempre las Hlismu.s dichas y
los mismos pesa.res. Xingún dolor hurnuno e~
11ue,·o- ·- Y aquella tuntilenn melancólica sonaba
perJJetuamente en lo.s oídos de Brigida, subrayaba las frases de ~anliago, sus proyectos, como
el campaneo fúnebre de un loque de únimus.
.\l fin ,·ino el otario y con él la fecha en que
se ilJa Sai10ago. Desde el amanecer estaba levantada Brígida, sin que sus ojos se· hubiesen cerradu durante la noche entera. Aquel día último en
lJlie ,·eía ú su no,·io 1 llegó sereno, \'elmh.t_.. su !Jermos111·a !Jül' cenda.l de niebla que nudu de los
hú11wdus eu111pos, de las hojas mucrta~ 1 umuntouadus en lus cunetas de Jus curninos.
bt desvidicron en el c.:omedor. Sus adio'cie~ souarun 11Jclancólicos y \·alientes. ~inguno de IO.\:I
dos lloró; en cambio, á doiia Concila le femblequeul&gt;a algo la voz, y una \'ez ul pusar Drigida
junto ú l'lla, la acarició suavemente con la ruano.
IJc~puL·~ permitió á su hija que acornpafiara a
Santiago ha!:ita la escalera.
El corto trayecto desde el comedor á la puerta
pare&lt;.:iU iutcr•rninnble á los uovios. :-;o se decían
nada, les era imposible hablar, caminando juntos. unidas las manos1 hacia el agujero negro de
la puerta por donde Suntiugo se irío, tal vez pura
no voh"er. El ruido de los pasos re!3balando so~
hre la estera, subrayoba el silencio de los novios 1
i!Ja aconipaflundo su marcha hacia el destino,
hada el pon·enir mislerio.-;o é inquieto.nte. Al fin
llegaron ú la puerta. Alli se detuvieron un momento, pmlieton hablar. Apenas cambia.ron algunu.-; frases, llenas de la insulsez de Jos adioses.
-¿:\le escribirás todos los correos?-pregunló él.

-Todo~.
-Yo también ... Cuídate mucho, no le ajetrees
dernasiado.
. -Yete tranquilo ... Y tú haz lo mismo. \'o
enfen11es.
-Aquel es un país sano. Te rnnndaré fotografias pnra que lo c-onozeas.

�finn trnbazún de las cuerdas, las columnas macizas ele las chimeneas. El buque se aproximaba.
Ya se le oía mugir, se escuchaba el sedoso rumor con que las ondas se abrían bajo el corlnnle tajamar. La niebla prestaba á la marcha
del
barco un encanto indeciso 1 lo hacía seme-Acliós 1 adiós.. Esto parece un sueüo, no
jante á un bajel hechizado que partiese para
puede ser otra cosa.
--Si, un suelio, un suefi.o-repilió ella; y mi- ulgún viaje misterioso.
rando al novio que se iba, que se alejaba irre- · El corazón de Brjgida saltaba dentro del pemediablemente, murrhuró :-El fin de un sueño. cho. Sus manos se habían adherido á la ruda
:'\o tuvo fuerzas de ir al comedor. Entró en la piedra de la muralla y levantaban el cuerpo cual
solita, cayó en una de las butacas y allí lloró. si quisiesen acercarlo al barco que venia. Pronto
La pesadumbre de lo irremediable abrumaba estuvo tan cerca, que Bríg:ida pudo ver clarasu ulma. Ya no vería á Santiago, no le oiria mente cuanto adivinó ante3. En los flancos, los
quién sabe poi- cuánto tiempo. Cuando volviese., iguales ojos de los tragaluces la miraban con
las muerlas pupi1a.s de sus cristales redondos.
:-,i totTtaúa, los afias habrían transcurrido, cambilrndo ú las gentes, variando las almas. ¡'\i elln Sobre cubierta algunas personas se agrupaban,
ni él serían los mismos. Tal vez no armonizasen imposibles de reconocer aún, igualadas por los
sus corazunes 1 y después de haber ambicionado abrigos, por los chales que las envolvían.
Brígida sinlió que no podía respirar. Entre
la ditha de volverse á ver 1 sufririél.n el inmenso
aquellas genles estaba seguramente Santiago.
de:-engaüo de descubrir que mnaron á otros seres
_\brió mucho los ojos, concentró toda su vida en
distintos de lo que entonces serfon.
la mirada y, por un instante, el resto de su
Esta sensaciún fué tan penosa para Brigicla,
cue1'po
no existió; estuvo como si la. muerte lo
que lu hizo leyantarse, salir al pasillo, á la ese.llera, impulsada por un pensamiento. Aún po- hubiese herido.
El bRrco acercóse más, mugió sorclnmente la
día ,•er un inslante más á Santiago. El buque,
múL1uina, y en el agua los hojas muertas se
p¡_1ru salir del puerto, habia. de pasar Jw1to á
utorbellinaron, se hundieron en remolinos rápiIn .\lnmeLh1, 1•ozc:ir ~asi el alto murallón del pados para surgir de nuevo, salpicando de oro y
se rJ ,mtes ele perclerse en la mar. Desde alli, Bride sangre la blanca espuma hirviente. Brígida
güln. uh:anzariu la suprema felicidad de Yer una
yez mas al amado, ele consern.1r una última viú JH:l~ur el barco ante ella, pudo distinguir á
lo:.; viajeros, reconoció á Lupe y á dona Teresa,
iinflpen. Tul vez S&lt;.intiago iría en el puente, poú :\ligue}, á don Ramón, á lodos los que se ibah,
&lt;lrím1 grituu.;e adiós ...
á todos 1 menos á Santiago, quien tal vez llorase,
:-,..;¡1iió faern. andnvo depri:'lfl. En nqnella hora
oculto en su camarote.
lt&gt;!nprtllW nadie pa~aba pot el rnueHe ..\ lo lejos,
Fué una visión rápida. El barco se alejó antes
},J;-; 1JrlJ11le&gt;- de la ulamedn, olmos, plátano,;, chode que la enarnornda pudiese darse cuenta clara
piJ.-,;. colon'!úbanse otollales entre la neblina. Hade lo suredido . .Entonces gritó, clamó:
da ello:-; Loniü Bdgidu.
-¡~antiago! ;Santiago! ·
El 1rnseo e:-;tabn üesierto 1 silencioso. De yez
Su YúZ se alzó agmla. cnlre el tmnu\lo de las
e1i vez, niian hojns muertas 1le:-.de el alto raaguas
revueltas, Hegó hnsla el barco y Lupe
mnje y ú. Jo:-::; impulsos inderto:-; del nire rerodebió oida 1 pues 13rigida la vió correr por el
1,ibnll un poco, uuit'mlose ul fln con sus olrns
puente 1 hundirse por una escalera en busca de
h~rinauus, ~·acentes en tierra U meridns por el
Sm\liago, mientras el buque se alejaba, se perdía
ugua inquieta del mar, que colwnpiaha dukernente los anchos ahnni1'os rojizos &lt;le los pli1tu- entre la neblina.
Ya iba lejos, cuando In abandonada, fijos siemúos. el oro púlido de las bojas pequeúus. DríJlre los ojos en su dicha que partia, entrevió dos
gida se acodú en el parapeto. mirú hacia la ,·illa.
::;ornllrns, dos ,,agas é imprecisas siluetas, que
:--:a,lu se di\'i~Jba uún. Entre la niebla dormían
ugitnban sus pofiuelos, y pudo imaginar que
lus L:u:-;as 1 los montes .. \Jguna bana se iba lenta
Santiago y Lupe la decían adiós.
al mar. Subiendo entre lof; árboles, nn chopo
Luego la visión se borró, y sólo se vió en
puntiagudo te,mhlaba sobre el delo gris como
lontananza la sombría forma del barco que perunu alta llama amurilla, y bajo aquel cloro fuldíase mar adentro, dejando como única señal
p:ur !ns ulras copas enrojecian con matices arde su 1iaso la estela espumosa donde flotaban
rli,?ntes de bronce:-; y de hierros .•\" egreantlo al
las hojas muertas. Ilrigida miró entonces un
lnlYl'~ de Jos celajes, una gran marn 1\otante
in~tanle más nl Océano, se-cóse los ojos, y desaparedú lejana. El ban:o Yenia.
pués, con paso firme, echó á andar hacia el
lll'igida se inclinó rnús. Sus ojos parecían
imantarse con Rquella Yista, atrayesaban la nie- pueblo.

-Sl, mándalas·.. . Luego ella, con valor inaudito
pronunció la palabra definiliva:---,-Adiós, Santiago.
Vete. Que Dios te proteja.
Santiago suspiró hondamente 1 apretó convulso
la mano de Drigidu y después dijo:

•

,,,

li
''

:l

bln. mlh·i1rnb11n In silneta podero~a del casco, la

Spie::. ILaao de Thoune\ Sui::.ct, Agoslo 1907.

:: :: NÚ/t\éRO :: ::
fXTRI\ORDINI\RIO

Originales de Jacinto Octavlo PICÓN (d
Ramiro de lil/lEZTU, Josl! LÓPEZ SILII~ ~ R. &lt;'l. E.), lllberto'. IHSÚ/1,
MIICHIIDO, Emilio C/IRRERE e , nltonlo de ZIIYIIS, Manuel
V , ranc seo \llll.llESPES,, -

=

lluttraclonea de SIMONET MEDINA V
VÁZQUEZ"CALLEJA, AallsrfN HU1~:Rg· de MÉAEZTU, SANTA.NA BONILLA
1 GUTI
'
RREZ URRAYA y TOVAR

�</text>
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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>El Cuento Semanal, 1910, Año 4, No 206,  Diciembre 9</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>Relatos cortos</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>López Roberts, Mauricio, 1873- , Colaborador</text>
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              <text>Bonilla, Santana, Ilustraciones</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Luis Antón del Olmet</name>
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      <name>Risa del Fauno</name>
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