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                  <text>l\leluyas lapidarias,-chocantes y extraordinarias

¿,Es El Cuento Semanal? ...
¡Un numerito, chaval!

¡Caray¡ tiene un gran sumario!

¡Que

bien cuenta aquí Picón

¡No es caro el extraordinario!

El drama de una pasión!

Prueba, sin~una'"peseta,,
Carrere, aqui, que es poeta.

,~ Silva con:chulaperia

Nos pinta males endémicos.

Trovador ... Lebrel .. , Princesa...
"¡Reóforos .. de Villaespesa!

Maeztu. ¡Gran atracción!
Filipica de un sermón.

La "cocotte" lnsUa trata .
buen'a, bonita y barata,

-

Zayas con sus "académicos',

~

E'I [usnto Ssmanill

Cubre bien la mercancía.

~N.
l

{¡

"'EL COJO".~CAMPEÓN

V-~
En los versos de Machado

Mucha sal se ha derramado.

= = = = = POR=====

.

A estos monos de To-.,ar
No les falta más que hablar .

MANUBL ARANAZ CASTELLANOS

Pues ser'lor, con este Cuento

Me he quedado tan contento.

I

I

I

Ilustraciones de JOSÉ ARRÚE .,,

�El Cuento Semanal
SB PUBLICA LOS VIERNES
lo lo lo

-·

·•, lfltlNAS: fuencarral, nom. 90.-HABRID
Apartado de: C(lrreoa 409.

,-

IBD v.-21 de Enero de 111.-IUH. 213.

M. ARANAZ CASTELLANOS

PRECIOS DB SUSCRIPCION
lla4rld y prerillclu: Trlmealn, 3,68 peaetu.
somaatn. a.&amp;O peaetu. Aio, 12;, Bmalljen: Bom■lro
10 pa1otu. üo, IS.
~uncl■ á proclla CIDllllCIIDII■.

Nllmcro · suelto:

ao céntimos.

..,,.,.,,.,.,,.~
¡ .
. -1·

NUESTRO NÚMERO PRÓXIMO

PUBLICARÁ

''EL COJOC':, C.A.~FEÓN
-.

SANGRE GITANA
/'

•
POR

!11,~go de regatear con efüis corno si de una llur-

llllizn se trúlase 1 era lo que se Hmna 1 entre los

ARTURO REYES

REGALO DE TAPAS
PARA ENCUADERNAR LA COLECCIÓN DE

EL CUE~TO SEMANAL
bl .da en años anteriores, á todos los que
Siguiendo la costumbre esta ec1
año á esta Revista se les rese suscriban duran~fie el mes d~ Ene:~~
f:crust;ciones y reliev~s en oro,
galarán unas magm cas tapas e cu
para encuadernar la colección de 1910.
esta Administración, FuencaLas suscripciones pueden hacerse en

1::

rral, 90, Madrid.

.\ q 11el!u bJcidt&gt;\11 e:.;;1 il(, l .l!i.-; X\-, U L uiti \"YI
~egún nlg.unos, que con su.s a horros comprara
el cojo á unas pobres 1raperas de _la montmi.a,

buenos cicli::ilas, todá_ una sefiora máquina. Seflon:1 por su ,mtigüedad, por- el grosor de sus
)11ezas y por su peso enorme, por sus achaques,
por sus extraiios chirri;ires de trasto viejo, y,
!-inbre todo, por estar ex presamente fabricada
pin·,:1 damas. ¿Pero qué- más iba á pedir el b omJire por solo cuatro pesetas? ... Después qne la
1finlase, que forrara con hifodillo su manubrio
·enmohecido, que raspara con papel de lija aque1fo es pecie de musgo q ue le había nacido sobre
los níqueles, y que remoza.se bien los juegos con
un poco de aceite de coci11r1, ó de manteca, segummenle pareceria olra cosa. Ese, al menos,
era el cálculo que el cojo se había hecho al conlcmplar sobre el Cllévano de la vende dora lo que
ya era su máquina, medio enredada entre los
t1b0Uaclos ct1 ch ivaches de cien clases y los varillajes de puraguas pat r iarcales que las traperas
1,1mbién voceaban.
Había, sin embargo, que trabaja r de firme.
Purque 1 entre otr as nimiedades, un adminículo
c:-;encial1 esencialísimo, fallaba á la bicicleta para
que el hombre comenzara desde luego á usarla,
ú em1)render con ella las excursiones y carreras
que constituían el suefio dorado de to da su vida.
Lus neumáticos, los l)ícaros neumáticos. Las ratas, por lo vislo 1 habfan terminado á dentelladas

r,,n lu:-; qnL' tuviera en ti empos mej_ores, dán-

&lt;kJse con ellos los grandes ban quetes, y apenas
~¡ en las l!nntns Yacías quedaba como triste re-

t:uerclo de un pasado de esplendor alguna que
olrn tira de goma podrida. Diez afias de servicio
JHU·ticultll\ otros diez ele vida de alquiler entre
chiquillos que la trataron á pa tadas y porrazos,
.r cinco más esperando en los húmedos rincones
ele un desyán que las imperas llegasen, tenían
la culpa de todo. Pero no era cosa de arredrarse
po r detnlle tan insignificante. Ya inventaría él,
porque el comprar tu bula res no ent raba por
ahora en sus cálculos, algo con que reemplazar
aquello. Por. de pron to tenia la base. Jo esen ciial
en lodo edificio : los ci mientos.

En a quel tien1p o, y á excepción de las noches
de invierno en que, pert r echándose con el can di!
y el cedazo, se ib a por los muelles, cerca de las
desembocaduras del alcantarillado, á pescar las
angulas por que tanta idolatría tienen los bilb aínos, el cojo se dedicalla ¡:¡J pu.saje entre la grú,1
grande y el final del Campo de Volantín. Un
J1erro oflcio. :\Jelióse humildemente en su cha•
nela, el pequelio bale sin quilla con que, á cinco
céntimos por barba, se ganaba la vida pasando
gente de una á otra orilla, instaló en ella el ta•
ller de reparaciones y comenzó á laborar como
un negro. :rid en uda tarea. Sólo en desarmar la
máquina, en l impiar una por una todas sus piezns 1 en reemplazar algunas por clavos, y olras,

•

�las ntás esrnciales 1 por pcdacillos de
acero ó de hierro viejo. encon trados
en el muelle, empleó el cojo más Je
una semana.

En su garage flotante, acaso el
único de esta clase que haya habido
en el mtmdo 1 el hombre hizo vcrdacleros prodigios. Jamás mecánico alguno tral,ajó con mayor desprecio

del frío, de l viento y de los chaparrones que con...;tantemen te caianle
encima. Pero tampoco ha habido
uunca tbane.lero, á contar desde
que montara cl .establecimícnto, que~
~-ialie.se por jornal menor que el suyo.
Si le cogían los viajeros muy ensimismado ya podían ofrecerle llasla
die?. y quince céntimos porque lrs
pasara al ol ro :lado.
- ¡Ni por un rial tampoco! - re.s-

pondia, enfrascándose JTiás en la. l-0..-

,.ef
- _l.
..
' ~i"""•~:Lr-llH
t:.

bc,r-. ¡.\ntes es esto!.
Ernba.du.rnado, por fin, su armatoste con la pintura bcrn1ellón que
de rn1 barc-o de la Vasco ~Andaluza
le regalaran, resuelta la cuestión
ne.urnllti cos con dos llern1osos pe1laZq!:&gt; de ca.labrote que se ajustaba 8iL las Uanlas vacías como si los hubieron trenzado exclusiv.a rnenle con
lal objeto, y engrasada la máquina
con tanto derroche de aceite que
por ningún sitio podía rog('r~rla

sin exposición ele pringars.::, el cojo se consi
deró feliz. Tenia ya biciclelc1, y 1:1penas ':3L al
ca nznba ú nueve ao1·lfas Jo q ue en !tts r-eoaraciones. se había gastado. Ahora, ahora verían
sus colegas de chanelismo, los que tanto se le
burlaban po r sus aspiraciones ciclistas 1 siende,
cojo de las dos, lo que valia un hombre como él
monlado en aquel cmTomato, en aquel pedazo
de chatarra que haría rodar kilómetros y más
kilómetros, hasta ganar, si no por velocidad, si
por resistencia, los premios que habrían de servirle para emanciparse de aquel trabajar tan
soso y tan poco productivo.
-Esto pa el gato-decíase el hombre- . Pa los
que no puedan más con la canina.
Estaba decidido. Que pasnra olro ú la gente,
que fuera el nuncio 1 si le daba la gana, á pescar
las angulas ele marras. EJ, el cojo, halláb.ase
reservado para m ayores destinos, para labores
de más resonancia. Y por cinco duros, todos en
pesetas, un pantalón de pana, dos camisetas y
un reloj de níquel, prenda que consideraba esencial para calcular distancias y velocidades, vendió á un amigo su chanela, el cedazo para las
angulas Y el candil. :\"o quería 1 en caso de que
al comenzar su nuevo oficio tro11ezara con obstáculos, contar de ningún modo con el recurso
de volver á la ria. Había que. jugarse el todo
por el todo, quemar los barcos, corno dicen que
hizo no recordaba quó mc1rino célebre. O semos,
ó no semos.
-Una condisión na más te pongo-advirtió al
comprador de la chanela-. Que no fe hagas
· dueño hasta que yo me desembarque.
Formó luego nn lío con el pa ntnlón, las ca' ~isas, el telO{ y las veinticinc-o pesetas, y coinenzó á disponerse. Lo que ibfl · á hacer, ante
lodo, era present arse, cAballer-o en su .borrica,
á los veteranos del ciclismo bilbaiqo, á los que
manejaban todo aquel barullo de las apuestas
y los campeonalos, plira que· fueran tomando
nota de quién era él, ele lo que se proponía y del
puesto á que por encima de todos aspiraba. :Ki
m0110s que iba á quitar el hombre en cuanto le
pusieran en fiJa con aquellos que ganaban tantos
_premios.
0

- ¡Porque yo· te·ngo de ser campeón, ya. verdis!-decía el coio, empinándose sobre el único
banqu illo de la chanela..:..._. ¡ El primer campeón
de Espafia!. .:

Tuvo que agunrdnr &lt;.lún rres C1íc1s parn der,embarcar su npnrcdo. T!'CS díns de impaciencia,
lle emoción y clest1sosiego 1 1r·es dias morlflles.
Áqu ella maldita pintura no acabnba de secarse
:nunca. P ero llegó una tarde. La pintura se había
,.;eca.do, el aceite no pringaba ya tanlo 1 y no ern
posible aplazar por más tiempo la empresa en
que tenía puestos todos sus entusinsrnos.- l-Ia_bia
que lanzarse, á pesar de qt_1e aún llovía un poco 1
de que el piso estaba enlodado.
-Bueno, que os vaiga bien -dijo como despedida-. Y leáis los periódicos.
Salió por la escalerilla del campo de VolanUn,
cojeando más que nu nca á causa del peso de la
máquina, coreado por los aplausos burlones y
las risas de sus compaJieros de oficio. Pero no
le importaba. El caso es que por menos de un
duro, por cuatro cincuenta1 él tenía ya bicicleta,
una bicicleta ... que hasta andaba. De lo demás,
de lo de llega r á ser el prirne1· campeón de España, ya se encar gar ían sus piernas y sus pulrnones1 porque para lograrlo estaba dispuesto
aunque fuera á matarse.
-Conque, que os vaiaa bien-repitió por última vez.
Era el adiós definitivo Metió luego el lío con
su ajuar por entre el pech o, formándose con ello
un monumental abdumen, se sujetó á las canillas con unos· cordeles los bajos de los pa11talones, encasque.tóse bien la boina, se abrochó cuidadosamente los primeros botones de la ch aqueta, levan tó con majestad solemne su pierna derecha, la má.s coja, y rnnntó. Una carcajada formidable se alzó entonc~s en las orillas de la ria.
Porque el coio, en corvado sobre aquella máquina de sillín tan bajo 1 de forma tan especial, tan
rabiosamente pintada de bermellón, movida con
indescriptible pavoneo por sus piernas ele a1a11r bre, más que un cicl_ista parecía un bicho rar,o.
Un carram,arro, según a~inada expresión del ad·quirente de su chanela,· uno de esos vulga:res y
ridículos marisco5: que en J~ _baja mnrea paséanse torpemente por entre el suave musgo de las
pellas.

-¡Cocheee! ..-gritaba el hoin b re para que se
enterase de su paso la gente-. ¡Cocheee!. .
Era el momento de más tránsito. El cojo, r ebosante de júbilo, viéndose encaminado hacia un

�porvenir de popularidad y de ganancias, pedaleaba con las piernas extraordinariamente azambadas, porque los estribos le quedaban muy cortos, y rodaba despreocupado sobre la grava sin
apisonar que cubría entonces la carretera. No
tenia miedo ninguno, absolutamente ninguno, ele
que se le reventaran los neurnúticos. Algo había 1
sin embargo, que le hacía fruncir el ceño de
cuando en cuando. A pesar de la grasa y de los
perdigones de enza con que hahííl reemplnztHlo

mediatamente. Y allá, delante del gentío que riendo y bromeando se había amontonado en rededor del gi-11po y de los periodistas que hasta intentaron hacerle un retrato, el coio sacó á la luz
pública su nbrlomen arlificü,1, y peseta tras pesefü pagó las veinticinco en que, por no tener
más, convinieron la indemnización. Luego, dado
su nombre al municipal y á los periodistas, y
pensando en la recomendación que había hecho
á sus compaíieros ele oficio para que leyeran la
1

1
1
1

las rotas bolas de los juegos, su bicicleta sonaba como lata vacía de pelróleo atada á la cola
•&lt;le un perro loco. Aquello era un escándalo.
De pronto, una imbécil mujer, una vieja, que
llevaba en la cabeza un ceSto enorme, se interpuso en su camino deteniéndose con espanto ante
él. La facha del ciclista, y sobre todo el ruido,
la habían atolondrado.
-¡Ahí va!. .. -gritó el cojo procurando esquivar el encuentro--. ¡Ahí va!...
Pero ya era tarde. La rueda delantera tropezó con el obstáculo, y la vieja, el coio, la máquina y el enorme cesto fueron á parar cada cual
por su lado.
El tránsito se interrumpió con aquel percance
y se arremolinó gozosa la gente. Lo que el cesto
contenfa eran· huevos, una grandísima cantidad
'de huevos, los cuales, según el municipal que
intervino en la cuestión, había que valorar in-

Pr·cnsn, lnn,-;ó á. la vieja el úllimo apóslrofe y
tornó á montar en su armatoste. i\Ial, muy mal
empezaba el hombre su carrera de campeón.
-¡Cocheee!. .. -lornó á gritar á voz en cuello,
creyendo ver cestos con huevos por todas partes-. ¡Cocheee!..

En la Federación Atlética Vizcaína le recibieron más amablernente, muchísimo más de lo que
él esperaba, haciéndole pasar con bicicleta y
tnclo, poi-que de ningún modo quiso dejarla en
la puerta, al salón ele lectura y de juntas. Estaban alli el presidente y cuatro individuos más
de la directiva, todos con la insignia de la Saciedad bordada vistosamente en sns gorras. Salucláronle afectuosos, mirándole con cierta extra
fi.cza 1 y luego de obligarle á cubrirse y ofrecerle un asiento, prcguntáronle por el objeto de ~u

visila en tanto que miraban de soslayo hacia la
bic-ic-lcla que el hon1brc había dPjado apoyada
cuntl'a la pared.
El cojo dutló un niomento antes de responder.
En aquella habitación, en aquella especie de templo drl sport cuyas paredes se hallaban casi cubiertas con retratos de alletas desnudos, de ciclistas célebres, de esgrimidores, de boxeadores,
de luchadores de jiu-jitsu, de gimnastas, de andarines, de moLociclislas, de jugadores ele [ootball, ele nadadores en traje de concurso, sentíase el h0mbre cohibido por la amenazo. (olográflca
de tanto músculo y la aparatosa exhibición de
lales representaciones ele la fuerza y la agilidad.
Por fln, se repuso y habló:
- Yo, francamente-, qucllria ser campeón ...
Sus oyenles se miraron sonriendo, mirúronle
luego á él 1 no con burla, sino con amable compasión, y para animarle y darle lugar á que se
explicase, llamaron al conserje y pidiero11 de beber. ¿Unos wishlJS con soda, verdad? ... Aceptó
el cojo pensando en que ya comenzaba á soplar
algo que no era vino de pellejo, algo ele lo que
tnn sólo estaba reservndo pnra los paludures ele
los campeones, y una sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios.
Despachado el primer toisf.:y, el h01Ylbre comenzó á explnyarse, ú conlar quién e;11 y de
dónde procedía, á detallar algunos sucesos de
su vicia para que le fuesen tomando en serio.
Ilien comprendía ól que con aquella cara tan efe!gada, con aquellos brazos lru1 largos, con a.quellas piernas de mosquilo y con aqueJla facha de
coitao, nadie le !ornaría 11or un hombre fuerle.
Pero á pesar de eso y de su cojera, estaba clispueslo á desaíiar á todos, incluso al presidente,
de quien ya subía que también tenía rota una
pala1 á quién hacía más barbar-idncles.
-¿"Ya saben ustedes la música del baile inglés?-pregunló ele pronto.
Y como le respondieran que sí, pero que no
la recordaban, api-csuróse á decir levantándose:
-Pues bien, yo mismo 11ie voy á cn ntar para
que vean ustedes.
Acto seguido, sin cuidarse del lío que llevaba
en el pecho, empezó el hombre á tararear rabiosamente, á bailar, recorriendo todo el salón con
las nalgas casi tocando al suelo, aquel baile inglés en que no só.lo )lacia adelante, sino también
haciu los lados y aun hacia atrás, estiraba y en-

cogía sus piernas con flexionar vertiginoso. Lo
qu 0 es ú r(·mos ú nadir le envidiaba. Y como Ll
presidente y los ulros nüembros ele la Junta clirrcti'"a, sorprcncliclos ante la fuerza y agilidad
de piernas que aquel danzar loco representaba,
le uplnudieron ron entusiHsmo, el tlspirnnle ú
campeón tornó á tararear y bailar para complacer-les con aquel bis, terminando por resbalar y
darse un grnn golpe contra una esquina de la
chimenea.
-:'•fo, no apurarse 1 no es nada-dijo quitándose
la boina y pasándose por la cabeza una mano
que se manchó toda de sangre-. Eslo, sicalrisando bien con cofülc se qui la.
Cortósele el pelo en el silio ele lu hei'iclJ 1 que
no era de tanta importancia como la que revelabm1 algunas grandes cicatrices vecinas, se le
administraron unas cuantas copas por fuera 1 Y
airas· cuan las por dentro, y luego de vendado
con gnsa iudoformadJ, se le ofreció acompafinrle has la su casa. ¡ De ninguna manera!. ..
El no se iba hasta que no queclal·a·n bien enterados de Lodo lo que se proponía, pcirque para eso
exclusivamente había venido 1 y poi' aquel gol11esito no iba á ucoburclarse y quedar al principio de la campaña, en la sopn, por asi decirlo 1
del banquete de triunfos que le aguardaba.
Antes de comenzar la narración de su historia,
ctescalzóse rápidamente el pie derecho1 se quitó
el calcetín y luego una larga venda de franela,
que le subía hasta cerca de la rodilla 1 y puso
todo, incluso la pierna 1 sobre la mesu de lectura.
Había que fijarse Lien en las heridilus. Tan
grancle era el t,u¡ern q11e tenía desde la planta
hasta el empeine que una pluma ó un lápiz de
aquellos que sobre la mesa habia 1 y dos juntos,
si querían apostarse algo bueno, pasaban fácilrn.enle de un lucio á otro.
- Lo l/les1no que por un tubo ...
Era uquello, sin embal'go, á pesar de la gran
catástrofe que le ocurriera por apoyarse, sin
querer, sobre un hierro candente pueslo de punta, su pierna más fuerte, la pierna .en que más
confiaba pura sus éxito~ futuros. La otra, que
no estaba más que alao torsida por causa de un
golpe, tenía el defecto de ser más gorda, un
poco más gorda, y llevar, por tanto, aparejado
el clcfeclo de la grasa. En cambio ésta, como no
tenía. más que el hueso y tres ó cuatro nervios
que parecían cuerrlas, no se Je cansaba nunca
1

�y arreaba co¡1 ella lodo cuanto quería, todo cuanto le daba la gana.

El co¡o, que había nacido en De11sto, el pintoresco pueblo donde acaso con el tiempo le elevarán una estatua 6 pondrán su nombre á una
calle, comenzó á ganarse la vida de pinche de
cocina en un barco. Ni aproximadamente podía
calcular las galletas que desde el capitán hasta el

úllimo marinero le daban todos los días. Luego,
y gracias á su buen comportamiento, había ido
poco á poco ascendiendo, h asta que una noche,
precisamente al salir de Bilbao, el limonel, que
estaba rendido de cansancio, le confió el gobierno
del barco luego de darle su capote.
-¡ Siempre proa á la luna !-le dijo, sefialando
con un dedo hacia el astro.
Tres horas después, muerto de frío y hastiado
de aquel o{isio tan poco entretenido, el cojo comenzó á cerrar los ojos y á envolverse cada vez
más carifiosamente en el capote, hasta que al
cabo de un rato se durmió. Aún ·recordaba lo

qne S-O!ló entonces, como si lo estuviera viendo.
Que hnbía alquilado una bicicleta, una Jlamanlísima bicicleta, y que por las calles de Liverpool, donde en el viaje anterior estuviera, corría
que se las pelaba, zigzagueando por enlre los
lranvías y los coches.
-¡Proa á la luna, animal!- intenurnpióle en
lo más sabroso del sueño la voz del timonel.
Antes de que pudiese hacerse cargo de la nueva
situación, sin siquiera darle· tiempo para desmontar, una lluvia de respetables bofetadas, que
seguramente no bajarían de cincuenta, cayó sobre sus dos carrillos, poniéndoselos calientrs
calientes, mucho más calientes de lo que fuera
su gust.o el tenerlos. Y no había sido suya la
culpa, sino del barco, que, por lo vislo, tenía
querencia á Bilbao. El condenado había ido poco
ó. poco dando la vuelta completa, y no solamente
no avanzaba su proa en dirección á la luna, sino
que la luna se había quedado á popa, y la enlracla del puerlo, alumbrada por las luces verde
y roja del muelle y del rompeolas, estaba otra
vez cercana. Lo menos cinco horas de tiempo
perdido y de carbón gastado en balde. ·
Se había lucido el hombre en calidad de marino. Como que si tarda el timonel media hora
más en desperLnrse, chocan contra el muelle y
naufragan.
Diéronle como castigo, además del de las bofetadas, el bajar de palero á las máquinas, y allí,
· trabajando en pelota noche y día, fué donde d
cojo se convenció, á fuerza de aguantar calor y
de vencer á todos en aquello ele echar car bón á
la caldera, de que ténía unos pulmones como
para sí los quisiera el mejor caballo. Día tuvo,
por estar enfermo otro de los paleros, de trabajar sin cansarse, cosa extraordinaria en la ruda
labor aquélla, más de diez y ocho horas seguidas.
Aburrióse luego de ser marino, de recorrer el
mundo metido siempre entre carbón y entre agua
sucia, pudiendo muy· rara vez desembarcar en
los puertos y darse el gustazo de alquilar bicicletas, y en la fábrica donde encontró empleo
comenzó por tener un percance mny serio, bastante más serio que aquel de traspasarse el pie
con un hierro, ocurrido meses más tarde. También iba á contarlo.
Acababan de poner el tejado á una casa de
cinco pisos conslruícla no muy lejos de la fábrica,
y varios compafieros de trabajo, con quienes

siempre estaba discutiendo cuestiones de agilidad, de fuerza y de r esistencia, apostáronle un
asumbre de blanco á que no subía al piso último
mientras uno de ellos contaba en voz alta hasta
v·einticinco. El cq¡o aceptó. Antes de que llegasen á contar v~inte, seguro estaba de ello, habría
alcanzado el último tramo y ganado la apuesta.
Convinieron en darle la salida en el portal, puesto un pie en el primer peldaño, y que en cuanto
llegase arriba, se asomara por la barandilla, es
decir, por la misma escalera, pues la barandilla no estaba puesta todavía, y avisase dando
una voz.
-A la una, á las dos ... ¡y á las tres!
Emprendió el co¡o la asce11sión con velocidad
pasmosa, subiendo de tres en tres los peldaüos,
y aun de cuatro en cuatro, y cuando el que abajo
contaba iba por las diez y sielc ú diez y ocho,
ciertísimo de poder contar con toda tranquilidad
lo menos hasta treinta, la cabeza del ex marino
apareció allá en lo allo, gritando c:on voz poderosa «¡Ya he Uegao!», y acto
seguido, tropezando con todas las salientes de los pisos,
rebotando como una pelota
por la caja de la escalera. y
levantando tras él nubes de
polvo y de ca,! con tan inesperado descenso, el co¡o cayó
pcsp.damente entre los e5pectaclores ele la ha:;.aña y los
que con él apostaron. El
asomarse demasiado precipit_adamente había sido la causa de aquella colosal caída.
-De entonses son estas
otras sicatrises-dijo sencillamente, ensefiando
las de la cabeza, que ya ·1e vieran antes.
Porque lo peor en aquella desdichada apuesta,
e¡ue él había dicho que ganaba, y ganó, no babia
sido el último porrazo, el recibido al llegar al
suelo, sino los porrazos más chiquitos, pero muchos, que había ido recog'ienclo durante el descenso. Después de todo, gracias á ellos no estaba
muerto. Le habían quitado tanto la velosidacl,
que, aparle del susto qne se llevaron los otros,
la cosa_ había resullado i'gual, sobre poco más
ó menos, que si sólo hubiera caído desde el piso
primero ... ó segundo.

Los de la directiva de la Federación Atlética
\'izcaína, á quienes el co¡o contó después su
oficio de chanelero y de pescador ele angulas,
dejándose decir de paso, y sin dar á la cosa importancin ninguna, que había salvado la vida,
sacándolos á nado, á tres ó cúatro individuos
que en diferentes ocasiones se habían caído, ó
se habían lirado al agua, no salían de su justill-

cado asombro. Aquel cojo de traza tan extrafía
era un hombre realmente extraordinario, un
buen ciudadano que se dejaba muy alrás ú los
más valientes socios de la entidad que dirigían,
á aquellos que aseguraban formalmen te, y hasta
lo practicaban, que el ideal de lodo buen federado debía ser la muerte por accidente deportiva.mente buscado. Pero les daba pena, una profundísima pena, que el hombre picase tan allo,
que aspirase nada menos que á cai'.npeón ciclista, precisamente donde tan veloces y tan resistentes corredores había, cuando ú. lo que el coio
debiera aspirar, á lo sumo, era al campeonato
ele inválidos, allá en Francia, ó al lítulo de recordman de los golpes, de las heridas y de las

�desventuras aquí en Espmia, ya que, por Jo que
Y ú voz en grito, para que todo el mundo se
había contado, tan grandes méritos tenía ad- enterase, desafiaba, para mejor ocasión, no á
quiridos.
diez n1ell«s en In P](]za Elíptica, sino á quinien-:'\ada, seliores, nada ... - insislió el cojo, que, tas ó mús, donde les diera la gana, á aquellog
aparte del cofiac de la cura, habíase bebido cua- ciclistas que acababan de dejarle tan en redículo.
tro ó cinco wislq¡s como si de vasos de agua se .\qnello no ero luchar en condiciones iguales.
tratara-. Campeón quiero ser ...
Celebróse luego la carrera á pie, y el coio,
Xo hubo medio de convencerle, á 11esar de al- que ya se hnbía conquistado cierta popularidad
gunas indirectas mortiflcantes para su múquina, cnll'e el públic:o, lomó parte en ella, corriendo
que él considcrnba mús pesad¡¡, por de 11ronlo, poco menos que al pin-pin, y tornando á ganarse,
que la q11e más, y por lo menos Lan fuerte como en las primeras vnellas, colosales abucheos y
la primern, y para unas caneras c:iclislas y oYaciones en guasa. Pero el clcsquilc estaba allí.
pedestres que dentro de quince días habrían de Poco á poco fueron cesando los espectadores en
cclebra:·se en la Plaza Elípiica, se Je inscl'ibió la general burla, á ponerse serios, viendo que
en Lada regla, excusándole del pago ele la cuota. el co¡o, muy cerca del que marchaba el primero,
El hombre, sín atreverse á contar su tropezón no perdía terreno, y cuando llegó á la mela, en
con la vieja del cesto, para que no fueran á el segundo lugar, galopando macabra y desafocreer que hapía siclo por guiar mal, dijo que no radamente, una ovación Yerdad, sinceramente
tenía dinero ... porque se lo había gastado en entusiasta, Je indemnizó ele los pasados malos
unos huevos. Conque, gracias, muchas grac:ias, ralos. Había ganado cuarenta pesetas.
y hastn el día de la carrera, la primera carrera
de su vi~a en que iba á tomar parle, y en la
cual se proponía demostrar, no solamente en
Por si acaso l ropezaba con algún otro cesto,
bicicleta, sino también corriendo á pie, que sus Jas dejó en casa. En realiclacl, no le hacía falta
pretensiones de Jtegur á cam1)eón ciclista de ~sdinero para el gasto de la calle. Había hecho
pafia, aun con m¡uellas piernas, eslabun razo- \'al'ins amislade,:, y cuando se lomaba algún
nadamente funclaclus. Bíen podínn haberlo apre- vaso de vino, ó algnna jarra de chacolí donde
ciado al wl'le clnnzar lan maravillosamente el J,11siano, todos se aclelanlnban á pagar para evidifícil baile inglés.
tni le el rlisgusto . .\Iercecl A. aquellos amigos se
enteró de que iban á celebrarse muy pronto en
\'ilo!'ia unas carreras con irn11orlanles premios,
Llegó el gran día, el día tan ansiosamenle y ele que ellos no concurrtrinn, porque era preciso
aguardado, y si no interviene en su favor el ju- conocer muy bien ln pist~ del paseo de la Florado de la fiesta, libet-túndole á viva fuerza ele rida si no quería uno ~rse. El cojo se fijó
las garras de los municipales, debuta yendo á en este úllimo detalle ;: comenzó á pensar. Si
la cárcel. El cojo, al ver con los brazos y con Je prestaran una buena bicicleta, alláº se iba de
los muslos al aire ú los cmrerislas de la Fede- cabeza.
ración .\llélica, quiso ponerse en condiciones
Logró su propósito, sin descubrir para lo que
iguales de luthn, y ú la vista ele lodo el público, la quería, diciendo solamente que iba á ver si se
pocos segundos anles de clispnrurse el tiro de entrenaba un poco subiendo cuestas, y un viersalidu, quitóse apresuradamente sus ropas ma- nes, ú. )as cuatro ele la mañana, ele noche aún,
yores y quedó en unos calzoncillos que apenas salió de l3ilbao l1Or la carretera ele l\liraflores.
tenían lela mits qne en la cintura. Se le obligc'.,
Aquello, aquello que montaba entonces era
á adecentarse un poco, ¡iúsosele en fila, y 11ara una bicicleta. Lo otro, lo suyo, más parecía una
cuando quiso dar marcha ú su máquina, aquella rueda de afilar. Ahora apreciaba la gran difemáquina de C!Ue lodos los espectadores se reían rencia, la enorme ventaja entre esla máquina
con sonoras carcajadas, desa1rnrecieron sus con- y aquel inútil cacliarro.
trincantes pedaleando furiosamente. Entonces,
En cuanto conociese bien la temida pista, y
sólo entonces, se convenció el coio de que, para seguramente le bastaría para ello con media docompelir con ellos, necesitaba una máquina erna ele morrallas y las vueltas que pensaba
ciar allí por la larde y durante lodo el ctía del
mejor.

súbado, no iba á haber el domingo quien le sacarn una rueda de distancia.
Ko podía ir para el viaje, para aquel viaje que
tan lleno de esperanzas emprendía, más convenientemente pertrechado. Llevaba á la espalda,
envuelto en pel'iódicos para que nadie se enternse, y cuidadosamente sujeto, un bacalao de
d peseta libra, que á fiado le habían proporcionado en una Henda donde creyeron que la biciclf'la era suya; y escondido en una esquina del
pafiuelo, que se arrolló con un fuerte nudo al
pescuezo, el úllimo duro que ele su primer triunfo, no como ciclista, sino como andarín, le quedaba todavía.

'"ª

1

Tres ó cuatro kjlómetros antes de llegar á Vitoria, allá por las orillas del poético Zadorra,
descendió cauteloso de la máquina, miró con
prevención por todas partes, y Juego ele bien asegurado ele que nadie le veía, descolgóse el equipaje ele ln espalda, y sac:ó á la luz del día el hermoso bacalao. Apl'ision6lo después fuertemente con un lnrgo cordel, crnzúfldolo ele c.:ola ú cabeza varias veces, y también por el espinazo; y
atando al otro extremo ele la cuerda una gran
piedra, calculó la profundidad en un remanso,
y ¡ zús ! f Pndeó el bacalao, el sabroso lmculno
que allí, en aquella agua tan dulce, tan transparente y tan tranquila iba á dejar á remojo.
l'n conlelilo más fino, unido por una punta ú
la cola del rico pescado en momia, y que en la
~
otra tenía un corchQ de botella, para hacer de
flotante boya, le ina~ía el sitio preciso ele la
fonclcaclu!'a, facilitándole el desancle para cuando llegara el caso.
Y así vh·ió el cojo en Vitoria hasta la mañana del domingo. Dormía en una posada donde
le cobraban dos reales, con lavabo y todo, y en
cuanto llegaban las horas de comer, de mercndm· y ele cenar, comprnba dos penas de pan
y una de queso, mús medio cuartillo de vino.
por el que le cobraban quince céntimos, á de\'O lver el casco, ~- montando en la Liciclela. ibase en un periquete hasta el remanso del Zaclona, aupaba el bacnlao, dúbale un buen corte ... y los grandes banquetes. No había en el
Hotel Quinlnnilla nadle que comiese más á
gusto.
El domingo, al mediodía, después de la carre-

rc1 ya íuó olra cosa. Por no hnbPrse presentad) ú la lucha más que ciclistas ele segunda fila,
hubia ganado el tercer premio, setenta y cinco
pE-setus, y cogido a&lt;lemás media docena de preciosas cintas bordadas por seiíorilas, por las
canles le dieron algunos pollos ele la créme vitoriana, los novios ele ellas sin duda, nada menos que diez duros. Antes de regresar á Bilbao
con aquel capitalazo, ,con aquel dineral que en
su vida había tenido, dióse en un taberna un
banquete de tripacallos y morros, bien acompafiados ele peleón, para solemnizar con toda
solemnidad aquel su hermoso triunfo. Tres raciones se despachó el hombre de cada uno de
los platos.

-¡ Ahi le pudras pa siempre !-murmuró á
media tarde, cuando al volver hacia Bilbao pasaba frente al remanso donde aún quedaban
restos ele su stock alimenticio-. i Qué salao estabas, condenao! ...

Aquel triunfo, más que po·r su importancia por
las pintorescas circunstancias que lo habían rodeado, y por la fuerza de voluntad y espí!'ilu de
sa&lt;·rificio que en el cojo revelaban, dióle al hombre cierta nombradía y conquislóle no pocos respelos aun entre los ciclistas de primera fila,
siendo entonces admitido como socio en la Federación Atlética Vizcaína. Bien alimentado y
enlrenándole con método, tal vez pudiera llegar,
para otrn aiio, á conquistar, en una carrera no
muy fuerte, un quinto ó sexto puesto entre los
corredores de empuje. Pero el cojo, á quien ya
lodos se afanaban en proteger, porque él á todos
se preciaba en agradar, desapareció á los pocos
días de Bilbao, sin despedirse de nadie, y fuése
á un pueblo, de donde más tarde llegó el notición de que acababa de hacer otra barbaridad.
Con las ciento veinlicinco pesetas que se trajera
ele Vitoria... se había casado.
Pasaron meses y meses, sabiéndose tan sólo
de él que vivía entregado á sus amores y más
fuerte que nunca, porque en los ratos que la
mujer y el trabajo le dejaban libres se daba en
bicicleta caminatas enormes, y poco á poco comenzó á olviclársele. Una mañana le hizo recordar la P1·ensa local. Un ciclista apodado el co¡o,

�y que lo era, bajando á toda velocidad una cuesLa en un pueblecillo cercano á Bilbao, había tropezado contra un perro y cla vúdose en el pecho una botella que
por entre la camiseta llevaba
·guardada. En el hospital ballú'b ase en '.estado grave, muy g·ruVe1 con m1.1y pocas e$peranz.as
dé salvar}~, porque los cascos le
·h abfan casi llegado al corazón.

-¡El cojo! ... -decían-. ¡Ei
coio! ...

Era en efeclo él, él 1 que con
todo el blanco jersey manchado
de sangre, porque en los lreinLa
kilómetros desde Bilbao habíansele abierto de nuevo algunas
herid,as del pecho, bajaba hacia
la campa á toda velocidad y no
con laS manos en el guía 1 sino
sosleniendo unu flauta con la
que alegremente tocaba un paso
doble de zarzuela.·
-¡Bravo! ... -clamaron lucios- .
¡ Rm.vo!. ..
Enardecido el cojo con aquellos vivas del alma, con aquellos
aplausos 1 quiso quedar bien, como á su categoría ele nmanle de.l
peligro correspondía. y luego de
caracolear por entre los árboles
de la campo, enderezó haciu el
río, po-r la parte más allá del
muP.lle, y, con bicicleta y todo,
como cuando se presentó por
vez primera en In Socic-dad,
e a y ó es,trepitosament.e ·en el
agua.
- ¡El coto.r .. .-tornaron á de-

El hecho, contado por él mismo con voz débil, casi agónica 1
había sido el siguiente. ~uda en

total.
Yendo de paseo una tarde, de
paseo á treinta lÚlómetros por
hora como término medio, entró
á descansar en una taberna y
pidió algo con que refrescar el
yra:,nate .
- ¡ Bonito chacolí!-exclarno,
después de beberse un gran
vaso.
Y pensando en su mujer, decidido· á llevarla ·un obse_quio,
hizo que le llenaran una botella
y se la guardó donde en otro
tiempb su ajuar.
Del tropezón con el perro,
¡:rnnque el cojo no llevaba freno, no tuvo él la culpa. El culpable fué el animal.

' Luego, lo que ocurre á veces
én.estos casos. Tanto se exageró la gravedad ele el cojo, tan
d,esesperados informes dieron de él una noche
en el hospital, no dejando verle, que corrió -la
voz de que había muerto y de que ·ni siquiera
podía asistirse á su entierro, porque estaba e,nterrado ya.
¡ Pobre cojo! ... Bequiescat in pace.
Se sintió su muerte de verdad, tan de verda;d,
que el domingo de su resurrección, dos me&amp;es
más tárde, ru·é un domingo de sana alegría, de
regocijo inmenso para los muchos y sinceros

cir-. ¡El cojo! .. .

amigos que entre sus compafieros de sport tenía
ya el hombre. Se había captado el cariño de
todos.

No escogió mal el escenario para su reaparición. Era el día en (!Ue la Federación Atlética
Vizcaína en masa, unos á pie, otros en bicicleta,
á caballo otros, en motocicletas y automóviles no
pocos, celebraban su excursión anual ú la som-

breada campa ctel castillo de Butrón. Parn más
ele cien federados se había prepurnclo allí el almuerzo.
En el momento de sentarse á la mesa, cuando
ya casi todos se habían bafiaelo en el río después
ele jugar al tug-o/-war, ele hacer esgrima, de
saltar á lo alto y á lo largo, de luchar á la grecoromnna y de ejecutar diferentes ejercicios olímpicos, oyéronse unns voces que gritaban con sorpresa y alborozo :

:'\o hnl.Jía necesidad de repelido, porque bien demostrudo·
estaba .que era él, el aspirante
á. campeón, quien medio minuto
lltlt18~u6s, cuando todos le creían
empotrado en el fango del río
ó sujeto, por las hierbas del fondo, y se di-sponían á s.aJvnrle,
asomaba risueño á la sup-erficie
.sin apartar de sus labios ia flauta y continuando el paso doble
como si na.da hubiera ocurrido.
Su naciente popularidad qued9.ba désde entonces acrecida y consolidada. De. aquella burrada hecha con lanta naturalidad, con ta1 desinterés, tan sólo por agrarlecer de un modo risuefio el recibimiento que se le dispensara, no
habí.a precedente entre los más templaos de la
Federación Atlética Vizcaína. Bueno le iban á
poner de cocido para indemnizarle del remojón.

�Subiósele entonces la gloria á la cabeza, crePasó algún tiempo. Cuando en el mes de No•
yendo que podía llegar á ser campeón en lodo
viembre se corrieron los cien kilómetros del
y ganarse quinientas pesetas allá en donde para
campeonato de Vizcaya en carretera, el coio,
disputarlas, sea como fuere, las ofreciese alguque durante las fiestas de Agosto había ganado
no, y una noche, en el Circo del Ensanche, azuun segundo premio en el concurso de natación,
zado por varios ciclistas de buen humor, que
y un primero en una curiosísima regata de chale decían que lodo aquello era mentira y que allí
nelas, demostró estar entonces tan admirable·
tenía una nueva ocasión de lucirse, el coio
mente entrenado para pedalear, que llegó, aundesafió á Rakú, el famoso japonés, profesor de
que á bastante distancia del primero, nada me¡iu-iilsu, insultándole desde el anfilealro con
nos que en cua1io lugar. Iba ya progresando,
unas cuantas palabras inglesas que sus amigos
colocándose poco á poco entre los carreristas de
le dictaron, y bajando por fin á la pista con además nombradía.
mán amenazador. Rakú tardó un segundo en
~Iás tarde, y luciendo en todas las luchas un
vencerle.
jersey á rayas amarillas y negras, que le daban
-Porque no me ha deiao engancharle á mi
cierto aspecto funerario, y un gorro de dormir,
gusto ... -decía el coi o como disculpa.
metido hasta el cuello, y con el cual parecía un
Meses después luchó con uno de los boxeadofariseo, tomó parte el coto en varias carreras res que en el mismo Circo del Ensanche traba•
ciclistas verificadas en los pueblos, y por haber jaron, con Petler Brown, y tales bofetadas y
ganado en ellas cuatro ó cinco primeros pre- tan velozmente seguidas dió el coio al inglés que,
mios, le fué regalada por una casa constructora enfadándose éste, dejó!'e de bromas y Je largó
una máquina nueva, una excelente máquina, á un formidable golpe en el vientre. El campeón
la que tomó desde el primer momento más afecto de Espaíía, á quien, por lo vislo, siempre hacían
que á las niíías ele sus ojos. Con aquella, con
daño las chuletas, cayó sin sentido.
aquella iba á ser.
-¿Este es el crue anunsian con tanto bombo?
Y fué, aunque en victoria muy discutida.
-preguntó despectivamente apenas le reaniPoco acostumbrado á comer carne, vegetamaron.
riano por desdichada obligación, creyó el homY llenando de asombro á cuantos le escucha•
bre que, atracándose de chuletas, se iba á poner ban, explicó con toda sencillez el tono de desmuchísimo más fuerte, y cuando la Federación precio con que había hecho la preguntita. En
Atlética Vizcaína le dió fondos para acudir al California, hacía ya muchos años, cuando fué
campeonato de España en Gijón, tales cantida- una vez con el barco. había él luchado con otro
des y con tanta ansia se despachó el co¡o, que boxeador, con uno muy negro y muy alto. Aquél
de Bilbao hasla allá, viaje que hizo en bicicleta sí (!Ue era fuerte, fuerte de verdad, muchísimo
para llegar j uslamenle el día de la carrera, creyó más 0.ue este otro con (!Uien acababa de pelear,
morirse por culpa de sus desarreglos de vientre.
nada más (!Ue para tener el gusto de hacer la
De ciqco en cinco kilómetros casi, y por aquella comparación. Del primer pw1etaso, cuarenta y
tontería, tenía que apearse el hombre de la má·

sinco minuto:; le de)ó acruél sin sentido. Como

guina.
De ahí, de · esa debilidad, con la que seguramente no se hubiera puesto otro en línea, el que

que ya pensaban que no volvia.

se desmayara cuando llegó el primero á la meta,
el que después de aquellos cien kilómetros, en
los que tuvo que hacer esfuerzos formidables
de voluntad r,ara no reincidir en las innumera·
bles paraclilas del viaje, recogieran como un
trapo al que por sus indiscutibles méritos, y no
por las desgracias ocurridas á sus más temibles
contrincantes, se h abía ganado el Ululo de cam·
peón de España y las quinientas pesetas del pri·
mer premio. Sobre todo, a l menos para él, el
titulo de campeón.

-

diario act'.rrucado en un recodo ele la carretera,
ád' unos seis
ú ocho Jdlómelros de donde él , ,.1,..1a,
t
is~ues ~ á hincarle el diente en las pantorrillas,
meior dicho, en los huesos, y tirarlo de la máquma. Lo menos diez ó doce veces había rodado
por ('.ulpa suya. Para matal'lo, hnsta con el reloj
de mquel que Je diera el adquirente de su chanela le habia lirado. Pero el condenado, que era
mu~ listo, supo escurrir el bulto á tiempo y el
reloJ _se e~trelló contra el suelo. De ahí el que se
dec1d1era a pescarlo como si fuera una lubina.
Preparó un gran anzuelo con el más fuerte de
los srflalrs que rncont rara, púsole de cebo un
apetitoso trozo ele came, y aminorando la marc~a de la máquina cuando llegó al recodo, deternéndose casi, sonrió al Pernales mnablemenle v
le echg la tajada. El Pernales mordió.
•
Entonces, cuando el co¡o comenzó ú lomar
marcha, dispuesto á llevarse arrustrando al animalucho, ocu:Tió una cosa imprevista, una cosa
que él no esperaba. porque no sabía hasta entonces. que el Pemales tenía talento. Yaya que lo
l~n1n. Como que en vez de resistirse, en vez de
tirar en sentido contrario, apretó el perro ú cu·
,·1·er en su misma dirección, pan1 &lt;1ue la cuerda
se. c_unse:·vase flojn, demostrúnclole no solament,~
t[IIC sabía lo que se traín entre mnnos, es decil'
en 1~1 boca, sino &lt;JilC para ser un peno tan pe~
qu_eno, tan peludo y ele tnn malísima lrnzn, tO·
IT1a bastante. Esta habilidad, por la semejanza
c.Jn ln suya, fué la que Je movió á compasión.
Desde ~que! clía, desde que le quitó el anzuelo,
eran amigos tan íntimos, que el Pernales le
acompaüaba en todas sus excursiones. Lo único
que tenía que hacer, para no dejárselo atrás en
las cues~as abajo, era cogerlo por una oreJu,
que el mismo perro le ofrecía, y llevarlo colgando. Pero en llano Y en cuestas arriba, con tal de
q11e el cojo no fuera á mnyor velocidad f!Ue el
trote de vnu. persona. siem!)re ni lado.

Ei cojo, también por unos meses, tornó á au-

sentarse de Bilbao. Cuando reapareció, una tarde que llovía á torrentes y también estaban todas
las calles encharcadas, traía un extraño campa·
ñero atado con una larga cuerda al sillin ele su
bicicleta. Erase un perro que, según expresión
suya, había pescado.
Se llamaba Pernales, y hasla hacía poco tiempo había sido un encarnizado enemigo suyo. Dur ante semanas y semanas, se lo encontraba á

al I)Urecrr , y que para
. Lín detalle insignificante
.
muchos será sm duda lo más saliente en la bre~e historia que se va haciendo de este t an extra110 campeón ciclista, estuvo por aquel tiempo á
punto ele mlerrumpir su brillante carrera. Fué
un~ bur!'ada del corazón, no ya del cuerpo, qu¡,
para evitar sensiblerías va á ir dicha en muy
pocas líneas.

l;no~ vecinos lle el co¡o, los que allá en el pueblo cuidaron de su mujer y la atendieron mirnlras él estuvo en el hospital cuando lo de la botella, .viéronse en un ocrrave eaprieto , s·1 no pagaban cmcuenla duros que debían, illan á ser PI11bargados, judicialmente despedidos de la pobre
casa que habifaban.
El coio, sm decir nada, montó en su máquina
.,·_ llol'ando por lo que iba ú llacer: pero decidido:
v~no á Dilbao á toda marcha, embalando como
s1 de ganar una carrera se lralase. Quería vender la bicicleta, negoriarla por lo que le diesen,

con tal de que no fuera Pl 11rec1·0 meuor de cü.
curnta duros. Antes que t.oclo por rncima dP
lodo, salvar á sus vecinos.
'

Llegaron por fin los días de ruidosísima gloria
para el co¡·o ' los d'ias en que rl - mundo ciclista
esp.aI1ol había ele reconocerle por su campeón
lcg1l!mo, por su campeón indiscutible, á pesar
de que para los sanos de ambas piernas resullab~ una ironía el que por encima ele todos estuv1e1'n
un
.
. cojo de las dos , .v ele qt1e la coso pareciese una cruel burla de la suerte.
Allá por el mes de l\fayo último, una maiiana
en que los antiguos compañeros uc el co¡o, los
boteros que se dedicaban al pasaje entre la grúa
grande y el fina.! del Campo de Volantín, escuchaban al más ilustrado de ellos la lectura de

�El Liberal, coloreárnnse de pronto las mejillas ele

todos, no por vergüenza ni por envidia, sino
por un sano remordimiento, al oir que el hombre leía, abt·iendo asumbmdo los ojos y 1·011
voz velada por la emoción, un lítulo que anunciaba: El triunfo de «el cojo». Tres veces hir•it'•ronle repetir la lectura, dudando todavía ele que
aquello fuese cierto, )' no eonlenlos con eso aún.
convinieron en pasan,e de mano en mano el periódico para convencerse por sí propios de aquella tan gran noticia y saborearla en silencio, sin
comentarios, á solas con el recuerdo del abucheo

de la meta, que tuvo antes de llegar al viraje
ocho pinchazos, despegándose del pelotón ele cabeza, á pesar de lle\'ar la máquina desinllada,
.v llegando á aquel jurado el 9rimero con 600 meIros de ventaja, tuvo también al regreso otros
dos pinchazos y una fuerte caícla en un paso á
nivel, de la cual resultó con erosiones en una
pierna y en un brazo. A pesar de tanto contratiempo, y esto es lo que acredita los arrestos y
la flrmísima voluntad ele Yicente Illanco, el valiente carrerista llegó á la mela tan sólo dos minntos después del primero, siendo recibido con

y un corsé, para regalarlo á su sefiora, que Je
tocó en una rifa.
En Valencia, donde el próximo domingo se correrá el campeonato de Espaíia de este afio, seguro es que Vicente Blanco, á poca suerte que
Lenga, Yolverá á ganar, revalidándolo, el título
de campeón que ya hoy ostenta, y las quinientas
pesetas que el la! lleva adjuntas. Así sea, pues
bien lo merece ese sin par monumento del ciclis-

ullú donde por entonces se celebraba una Expo:;i1·iún de la 1111c t·o11sla11lc111cnlc estaban liablantlu l"s pel'iúdieus, enl ral'on lodos cu Ju tabenm
vecina ú la grúa y pidieron la primer ronda de
chiquitos de tinto.
ílien, bien le ibnn ú obsequiar cuando el hombre, ú su regreso, apareciera por allí, anhelante,
sin duda, por eoclearse y por beber una copas,
aun1¡ue lan Hl'l'ibu estuviese al1ora, con aquellos

mo, que tan conocido es aquí por el apodo de

que tanto le' animúon, y que le despidieron, no
lo negaría él, con la· primera ovación que había
escuchado en su vida.

el cojo.

Si este hombre extraordinario tuviera las dos
bien, ni poco que se reiría de los automóviles ...
y hasta tle los aeroplanos.»
Aunque esto de los aeroplanos no lo entendiesen muy bien los boleros, y aquello de la lotería
y el corsé les oliera un poco á pitorreo, convinieron en una cosa.
que dieran al antiguo compaiiero cuando formalmente les dijo adiós.
Lo que El Libernl de la mafiana decía, no en
la. última, sino en s u primera plana, y en sitio
muy prefere nte, era lo que se copia á continuación:
«Por noticias particulares recibidas ayer en la
federación Atlé ti ca \'izcaína, á c uyo bando ciclista pertenece el discutido campeón de España
\'icente Blanco (a) el co¡o, puede juzgarse de la
importancia del triunfo que el simpá tico corre.d ar
ha obtenido en la carrera l\Jadricl-Toledo-J.Jadricl,
131 kilómetros.
El cojo, que se cayó en el momento de salir

una ovación entusiasta y aclamado como si él
hubier_a sido el vencedor, cosa que La!). al contrario ocurrió cuando su té¡n discutida victoria
del afio pasado en Gijón.
Lo ganado por el coio en. la carrera MadridToledo-Madrid es lo siguiente : doscientas cincuenta pesetas del segundo premio; una valiosa
escribanía de piula, también de este premio, y
un reloj de oro, valuado en trescientas pesetas,
por haber llegado el primero al viraje. Durante
su estancia en i\Iadricl, ha ganado además el cojo,
campeón chanelis ta de esta ría, una regala de
boles en el estanque del Retiro, cuarenta pesetas
en medio décimo que jugaba á la pasada lotería,

Aquel no era solamente un triunfo de el cojo,
su antiguo y muy querido compaí'íero de oficio :
era también un triunfo de ellos, pues quien más,
quien menos, Je había animado á . lanzarse, le
había ofrecido su incondicional apoy,o, en la seguridad de las victorias que le aguardaban y que
tanta popularidad y tanto dinero habrían de
darle. E interrumpiendo durante un larguísimo
rato el pasaje, discutiendo cada vez más acaloradamente sobre quién de ellos había sid.9_, _ó ~r¡l,
más íntimo amigo de el coio, de aquel que había
vencido nada menos que en Madrid, y que por
las trazas iba á triunfar también en Valencia,

La noticia de que la carrera del campeonato
había sido suspendida el domingo para que fué
anunciada, por causa del mal tiempo, hizo crecer la impaciencia de los chancleros y de cuantos se interesaban por el triunfo definitivo de
el cojo. Todo el pueblo 10· deseaba, lo ambicio-

naba con entusiasmo Yerdad. El lunes de la semana siguiente no publicó noticia ninguna El
Liberal, ni por la mafiana pudo saberse nada
entre los boteros de lo ocurrido en Valencia el
día anterior, y aquello les dió mala espina. Ha.bría tenido tan innumerable serie de pinchazos
en aquellos neumáticos que no eran ya los de
calabrote, habríase dado tantas caídas, que ni
siquiera habría concluido la carrera. Por eso no
hicieron aprecio de algo que por la noch'e llegó

�en rumor hasta la grúa. A última hora ele la
larde había habirlo en Bilbao ,nm·imiento inusitado, cohetes, mú8ica, escándalo, un gentío inmenso corri&lt;'ndo y alborotando por las principales calles.
El Liberal, en otro artículo que también á continuación se copia, les cUó la clave á la mmiana
siguiente. Bajo el I ít uta La llegacla ele «el co¡o»,
decía así el periódico:
1&lt;Por habérsenos traspapelado unas cuartillas dejamos de dar cuenta ayer de la victoria,
en Yalencia, del simpalicísimo campeón de la Federación Atlética Vizcaína, Vicente Blanco (a) ··l
cojo, quien después de haber corrido brillantemente la carrera de 131 kilómetros ;\1adricl-Toleclo-l\ladrid, llegando allí rn segundo lugar á pesar ele las muchas anirías y caídas, ha obtenido
ahora en \'alcncia, corriendo los 100 kilómetros
del campeonato de Espai'ía, un t riunfo colosal,
delinilivo. El co¡o, que ya el aito pasado había
conquistado en Ast urias el hon roso título de
campeón espaliol, lo ha reiterado ahora ganándolo por segunda vez, cosa dificilísima si se tiene en cuenta que á eslu carrer a concurren todos
los mejores ciclistas ele la Península, admirablemente entrenados para la prueba.
Veintiún ciclistas han corrido en Valencia sobre una carretera infernal por culpa de las lluvias, y \'icen te manco, á quien no arredra nada,
ha hecho los 100 kilómetros del recorrido en cuatro horas un minuto, sacando sobre el llegado en
segundo lugar-el campeón ele Yalencia-lreinla
y cuatro minutos ele ventaja.
La nolicia de que el co¡o llegaría á Bilbao ayer
tarde se propagó velozmente por todo el pueblo,
y al efecto de que tuviera el campeón de Espaíia un digno recibimiento, la directiva de la Federación Atlética Yizcaína acordó salir ú encontrarle en el camino para retrasar su entrada en
Bilbao y dar tiempo á los preparativos. Los automóviles de D. Francisco de Larrea y de D. Feliciano Echevarría salieron para Llodio á las
tres de la tarde y allí esperaron la llegada del
t;'en correo en que. venía e/ cojo. .uespués de pasar con él un gran rato en Llodio, y ele merendar sucule1tlamente en Arela, los dos automól'iles viuieron corriendo en competencia hasta c-1
alto de Miraflores, donde se reunieron con gran
número ele ciclistas de la Federación Atlética ú
quienes se habían encomendado los detalles ele

la organización, y que en el citado alto medio
des trozaron n. el coin ú fner-za de abrazos y efusivas felicitaciones.
Dadas las ocho, se hizo la enlrada en Bilbao.
Las bocinas de las bicicletas, las sirrnas ele los
dos cochrs, y cientos de cohetes, comenzaron ft
embarullar el espacio.
En Achuri, donde se organizó la comitirn,
aguardaba una charanga contratada por la Federación, y unos cincuenta ciclistas con antorchas y farolillos á la veneciana. El coio, que iba
de pie en el centro del primer aula, saludando
al público ccrcmoniosamenle, muy conmoYido
an te los enlusiastas YiYas y calurosos aplausos
con que su victoria se saludaba por todo el público, fué llevado lrntamente, para que el pueblo
entero ltl\"iesr ocasión ele aclamarle, hasta el
domicilio de la Federación, y allí habló el ho111bre desde el mirador principal, agarrado á 1a
bandera ele la Sociedurl y con el rostro iluminado por los farolillos que en lodos los balcones
pcn~lían. El cojo, muy parco en palabras, dijo
en su discurso que él no sabía h ablar bien, pero
que sabía correr par a poner muy alto aquel pabellón que en la mano tenía, concluyendo con un
Yiva á Bilbao, que fué respondido por lodos los
oyentes. Hasta como orador de mitin Y de balcón obtiene triunfos este hombre.
Después, el co¡o, que ha regresado ele su brillan te tournée con unos zapatos tacón Luis XV,
unos calcetines verdes, unos calzonc-illos á listas
azules y unas cuantas varas ele vendaje en ambas piernas, co111enzó á dar sus impresiones.
Las peores carreteras &lt;le \'izcaya, aun en época
ele grava, son puro es[allo (1) comparadas con
las ele Yalcncia ... Y, en fin, que cuando más ha
corrido en toda esta /011,rnée , ha sido para escapar de unos gitanos, allá por Arancla de Due~o,
cuando iba á :l\laclrid en bicicleta, que se melleron con él para robarle la máquina.
A unos ochenla por hora dice que subió un repecho.
_
Frente al domicilio de la Federación Allética
Yizcaína estuvo tocando hasta las diez la charanga, y fuó muchísi rna la gente que subió á fe(1) .\\ día sictuienle. cuanclo el co¡o leyó El Lilirtal.
hizo respecto de esta palabra una aclaración ele unpt1rtancia. El sabía ele sobra que se dec ía as[all~, pero
dijo es[allo ... porque no había cenado Loclnvm.

licitar y abrazar á el co¡o. El domingo próximo
será obsequiarlo con un gran banquete en Ibarrecolanda y concurrirá como capitán de cabeza á la excursión nocturna á Asúa, que se verificará el próximo sábado.
Sea bien venido el monumental Vicente Blanco, campeón ele Espaiía y de todos los cojos ciclistas que pueda haber en el mundo, y reciba
nuestra más cordial felicitación. Eso es un
hombre."
Había dejado El Liberal sin decir lo más importante, lo más grato para el coio en aquella
noche memorable, en aquella noche que coronaba brillantemente las ambiciones ele sus más
preciados sueflos.
l\linutos a n tes de que la bulliciosa y alegre comitiva llegase ante el domicilio de la Federación
Atlética \'izcaína, una anciana, acompafiada de
tres ó cuatro pequeíiines muy simpáticos, había
entrado allí y pedido permiso para colocarse en
el mirador principal. Eran la madre y los sobrinitos de el coio, grandes adrniradores de su tío
y de las hazafias que la voz popular contaba ele
él. Y hubo que ver las veces que la buena mujer
gdtó ¡viva mi hijo!, mientras la multitud, allá
en las calles, Je aclamaba también deliranlemente. La anciana, como los chaneleros, se había
olvidado de las mil rifias que á el coto echara
siempre por su afición desmedida á la maldita
bicicleta, y de los disgustazos que por el tal chisme se había llevado.
El triunfo, cuando llega, todo lo cambia, todo
lo justifica. Por eso es triunfo.

Ilasla los adoquines del empedrado, tanta era
ya su popularidad, se levantaban á su paso para
decirle: ¡ adiós, cojo! En los escaparates de las
principales casas folográucas veíanse sus retratos, con el jersey y el gorrito de marras, y treinta
ó cuarenta golftllos, futuros campeones acaso,
escoltábanle siempre. Los más atrevidos, sonriéndole aclmiralivamenle, hasta se permilían locarie para ver de qué era.
-¡Quitéis, hombre, quitéis un poco!-deeía et
co¡o, apartándoles suavemente.
Los obsequios llegaron ú tanto y lan expresivo5
fueron, que en la primera semana tuvo que purgarse lres veces. El día que apareció por los

muelles, no con su boina, sino con un sombrero
hongo ele especiulísima forma inglesa, fué para
él memorable. Desde las once de la mol1ona hasln
las tres de la larde, tuvo por precisión que aceptar cinco comidas, en todas lus cuales le dieron
alubias, muchas alubias.

Pasados tres meses, cuando los agasajos, los
regalos, las enhorabuenas, las invilaciones y todo
aquel clamoreo que su triunfo levantara fuéronse acallando un poco, el coio y el presidente de la
Federación Allélica Vizcaína se reunieron un día
ó. almorzar solos en el famoso chacolí de Pantaleón. Para entonces, y con el dinero ganado en
aquellas carreras y en otras tres ó cuatro más
que había corrido después, el campeón de Bspaña
tenía ya en el pueblo donde se casara. y vivía,
en el tranquilo rincón de_ sus descansos, una
vaca, un serdo ... y la mar dP. gallinas.
-1\Iás tells que l!n pájaro, muchísimo más.
Llegados los post res, aquel extrafio ciclista,
que tan alto había sabido poner el pabellón ele
la Sociedad en que entrara tímidamente, caballero en su borrica, y por cuyos salones paseábasele ahora en hombros, desaló del manubrio
ele su bicicleta un gran paquete y clesenvolviólo
cuidadosamente sobre la mesa. Su rostro había
tomado una expr esión solemne.
-.\1e he traído esto por si hay que escribir...
Erase un estuche conteniendo una escribanía
de plala, la que ganó en :l\Iadricl, y eón la cual
se proponía hilvanar su historia, como Dios le
diese á entender, cuando tuviera á quien dictar
é hiciese un tiempo tan malo, tan malo que no
pudiera salir ele paseo en bicicleta. El quería
que se enterase todo Bilbao, toda España, de
que se llamaba Vicente manco, Vicente Blanco
y no el cojo. Bastaba ya de motes.
-Porque cojos había muchos, muchos ...
-Pero como lú, ninguno. .t\inguno en el
mundo.
-Sí; eso, verdad es. '.\i habrá .. .
Luego, mientras tomaban el café y echaban
al aire el humo ele unos habanos, Vicente Blancc
sonrió picaresco, anunciando que iba á contar
algo muy interesante, aunque no podía figurar
en la historia; miró después hacia su bicicleta,
aquella adorada máquina, gracias á la cual siempre llevaba ahora cinco pesetas en el bolsillo, Y

�enrojeciendo por la natural vergüenza de confesar que, allí donde se le veía á rl, tenía su palmito entre las damas, sobre lodo siendo casadas,
empezó á decir en voz baja :

-Un día, después de ganar

1m11

carrarn, me

se acercó la seriara de un tal...
Y contó la aventura.
Enero 1910.- Bilbao.

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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