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                  <text>El [usnto Semanal

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CORREDERA BAJA, 37

Mansión de paz
¡La casa aquella! Para el carninanle era un
hostal con una fontana de agua de cumbre, y
fresca· sombra para los ojos deslumbrados del
sol que reverbera, y arrullo para el oído, pues
susurraba el viento en los alamos del patio. Ebtaba allá e:Q. la suave y delic-iosa colina, orilla
del camina!, teniendo enfren le una rnontafia que
seguía á otra y ésta á otra, al modo que las
grandes vacos en el len to rebaiío; y detrás tenía
unos lrigo•s, un bosquete de aéreos pinos donceles, y más montai1as, calvos y g rises, con un
corral de color de manteca en una falda.
Desde que principiaba la huerta casera, una
tapia, de que rebosaban higueras y manzanos
y que agujereaba en un punto un regalo, bordeaba el sendero, ancho para la yegua de un
abad, ango-slQ en demasía para una carreta. Del
otro lado del camino, sobre la cleyación de un
ribazo, extendfase hasta el pie de la rrionlafia,

l&gt;landu y rebajado corno una playa arenosa, un
viiiedo que, mezclando sus pámpanos con las,
i-ubias espigas, podría coronar bien clásicamente la espadafia de aquella masía. En llegando ai'.
portalón, se engrandecía la tapia cual un retablo;
&lt;le altar mayor, y el canúno se remansaba en '
una plazoleta, la cual plazoleta guarnecíase de
un banco labrado en el mismo ribazo ; un co-,
1-ro de castaiios silvestres y fresnos abrigaba el;
asiento rústico; y puestos allí tan graves, pare-,
cía cuando los «principales» del pueblo a.scen-,
dían á la masada á ver al «scüor», y aguarda-'
ban, fonnando una media luna, á que éslc se
asomara al balcón y les ordenase subir. Des-·.
pués ya no se veían más que un corral con una
puerta rugosa y agrietada, y la era; y en es.to.
el camino que se hunde, y una superficie corno
el mar, y á una legua W1a puebla, collar desgranado, vellones desprendidos en la zarza, ociosas corderas en torno al pastor; el pastor era,
una torre más tostada, que una pipa Al fin de

�todo •Se. es-fumaba una serrnnia azul 1 (!ue cacln
i'lóché..,Jfoteciá. en una loquesca rosa de llamas:
in 1a sierra había cabras monleses y Ioi.Jos; por
~llí•se ponia el s0! 1 y allí, que comenzaba el misterio, nacía también la fábula: uquel dulce y
antiguo paisaje, que terminabn en _una brumu
fanlástica, hacíá' que los sentimiento,s sos-cgaclos
y apacibles que se despertaban á su vista, desvoria&amp;en al úllimo1 inventando ú creyendo leyendas de la serranía azul.
Entrar en el, patio era salir y olvidarse del
mundo. Detrás de la puerta, á la mano derecha, hallábase un monumento primitivo r ciclópeo, que al remate se resolvía en ser una
fuenle de agua ' que olía á romeros y que cuia
del cafio á una !)ila honda y redonda como un
timbal 1 y luego por un canalillo colábase adentro de cubierto con un grato murmurio que s,·
creería la risa .con que se mofaba de nueslr .. :-,
ojos, p.obres allicinados que perseguian -;us burbujas y quedaban burlados de repente, al huir
el riachuelo so ' lechado ...
!\. la mano s~niestra habfa un cobertizo, ani
p9,ro ele un montón de lefia seca y de un galrJ,l
que dormia en 'un ruedo de es-parto, cuando 11,i
lanzaba dentelladas á las moscas, y enton.;e:::
abofeteábase con sus orejas. ¡Oh, la encal:\cla
pilastra v la lnstrosa cstara en ella, de que pendían viejos, correosos y sudados arreos de ca
ba1!erias! ¡Soberbia y brava panoplia csc:rnJ,~.
ril... ! En tierra 1 las cenizas del fuego que encendió el Sancho eterno para cocer su gazp&amp;cho de migas, en a&lt;ruellas trébedes rofiosas que
ahora yacían patas arriba como un lagarto al soJ.
El patio era blanco y cui.ldrado, y sus ruuros
tenian numerosas rejas, ventanas menudas y
que hablaban d-~ amores rudos como un guil:.irri:co. ¿Y 0ué decir de IDS dos aftosos ú!arno:::.
en cada r;rha un rnUrmÚllo, como· el siglo cm
cada u-no de sus cien m'ios una historia·? Lu:s
dos gigantones, rnngn.iílcamentc barbados, UtDgían con majestad y con palriarcal condeH·cndi:liwiOht ·esa's hor·miguilas de los hombres: acaso
una rtLCha de vi-ento allcrnse su respir.acir)n y,
cre-ciendo su mn1;n1ullo, u,sustaba ul visitanle;
pero s-e apla'caiba en seguida, y 1 sonriendo, lnrí.zaba unas· hojas livianas y clornclas á la cabeza
del int1•11,so 1 y tLSi bendedaie ...
¡A la paz de Dios! La casn. c!r labranza. l'n
rd8.blo de ·•azulC' jOS. religioso, c::ulto ú ~ucsln.t
Señora del · Rooanu: mosaico morado berenje•
na, ,~ojo de puchero y u1na.riilo de yema de lrnl'Vo : -, la' cal del jalbegue invadla sus bordes; así
corno las hidalgas casonas solar-iegas muestran
en el pecho de sus fachadas sus tablel'os de armas, y al mismo cielo venden protección, que
se alaban de servirle de sostén, aquella humilde
casa labriega cuelga al pecho un escapulario y
ora pedigüeüa y desvalida. usan.to Dios, Santo
inmorla! 1 líbranos de todo mal...»
La puerta es redonda como la boca de un
horno. Ace-rcnos. En el aJféizar cantan unos jilgueros en sendas jaulas, leves como el frágil
4

est[udelo du ::;11:; l!ul;itanles. EnLrad. La almagrada puerta ln11z11 un gemido al chirriar. Ln
vaho fresr;o, clo-:· de !ierru regada. El t: g9-z..9ue

que chis-porrotcu su ladrido. Unn. voz omtnrina
que se u paga y sofc,ca en la di.stancia:
-¿Quién va'?
- Ave l\lurla ..
E! vin_iero adPlanta, y bajo sus botas surge
una gallina qnc cún su vuelo, cual un parpadeo,
y ai.Jril~IHlo !as !mtus como un diminuto avestniz, r-onc á e.-;c-aparsc; su -cacareo .es un temblm·. El pel'rillu gn10e. Sale una mujer con cara
uvinugtucla; pero nnle vuestra l)etii;:ión., ensancha !a frente y desmayo los frw1cidos labios en
una sonrisa.
-Soy un caminante. El_cansancio rne rinde.
¿No me da.rías un vaso d~ agua?
\'oso-tro-s os repanlingáis en una silla, que
cruje. Calló el gozque, un pcqueflo monstruo rabón. Se oyen los cacareos de 18.S gallinas en el
corral. En un úngulo hay un brazado de verde
y juµ, r.1 sa hierba; un momento asoma entre la
verdura la acarnerada cabeza, de enigmáticas
pupilas, largas y huecas orejas y, hocico blanco,
de un conejo; mueve la boca sin ·cesar; á lo mejor un estreinceimiento recorre su cuerpo, hecho una bola1 con la tiesa escarapela del rabo ,
La casera descuelga un jarro panzudo y lustroso; inclina una cántara, chorreosa de barniz, rn el brocal de la cantarera; llena el jai-ro'
de una sola lenguada del agua., y después srica
un larra con azúcill', una plana cuchara de palo
y un limón, de un armarito, como una caja,
empotrado en la p,flrOd. ¿Quién ha apurado tanto la infclicidu.d, que nunca gustó un refresco de
ést.os, simple, elaro, grato y risuefio como una
anacreóntica'? Lut'go C!UC ta cuchara tintineó
golpe.ando el h.tl'l'O, y a.sí que el rr20 azúcar S('
deshizo en el agua, cogéis cOñ. amiJas manos,
mús seclientns qne vues·tras fauces, el bllcuro,
y heb('is, bebéis: us descubrís para beber ... La
ensera os c:ontcrn:1la, los bra1.0,s cruz.idos en el
regazo. y con sus dcdOs, de m'ias d_uras y con
pliegues, sostiene la cuchara; cuando se termina, desparramáis las últimas gotas~en tieda Y.
lanzáis un suspiro de complacencia; lifnpic;,td · con
la lengua loo confitados labios; .devolvéiS el jarro á la mujer; ella sonríe y suelta la cuchara en
el búcaro. Se va. i\lientras, vosotros secáis con
un lienzo vuestra rociada y congestion~da . cabeza, y al fin decís esta cosa., un poco vaga,
mas elocuentísima :
-¡Ahaaa!. ..
Fuera, el sol hería con safía la albura de los
muros, el cristal del chorro en la fuente. La
blancor y el vidrio sonoro defendiaTTse con un
violenlo rebrillar. En el camino, el po.Jvo cubría
las zarzas; el moscardón bordoneaba; ardia· el·
cielo, blanquecino de luminoso; las sombras tle
los árboles, sobrias, prietas y negras, agarrábanse al suelo con desesperación .... ¡El sol batalla en a0uellas tierras como un caballero nuevo
que r&gt;ro~1ete á su dama una victoria inmortal!

Por el contrario, la casa está obscura y zumosa de frescura, igual que una cisterna. No
consigue filtrarse la luz, ni siquiera una de sus
innumerables lanzas arroja. La chimenea, de
enorme humero, aromada y sucia, con el horno
á su cobijo, está apagada: no más un rescoldo,
á cuyo tibio calor, como una caricia) un puche-

rete rc.spon.cle con un sabroso y plácido giu-glu ...
En un rincón se descubre !a artesa de amasar1 empavesada con los ntandile-s á rayas blanr·as Y azules, y encima vese un cedazo corno
un pandero 11 úngaro. Hay una mesa con una
indiana que la envuelve. En morttón varias hoces, lcgonas y unos capachos. El h~z de espa-

�claiías; la saltarina inquietud del conrjo, con sus
ojos hobos y sus !ubios de cornadre ... Paz, sosiego, beatitud...
La mujer que había desapa1w·ido torna á salir, cerrando Iras sí una puerta tlc cuarterones.
Se dirige ú. una silleta desocupada enfrente de
un poyo con una madeja de espartos, empuüa
una maza, se dis!1one á batanear; antes interroga:
-Y ¿á dónde se cmuina·?
Sin aguardar la 1·cspuesla se entrega á 11.arlillar las hebras Yerdes y e-enlosas. Aquel tantán, sordo é isócrono, es el Yenturoso latir del
corazón de la masía. ¿:\o ,-,e1tlís ansia de at:ordarlo con el Yuestrn, en aq11ella. Yentm·a, y ele
no caminar mús?

La rosa negra
En tal remanso yi\·ian un viejo, el tío Celrsliuo; su yerno, Ferlllín; la mujer de é;.;te, .\n: oniu; el netezuelo, Celeslinel, ~- unn herrno~a
hija, t odavía sollcra, que con s11 belleza ~- natnrnl te1uple llabia. rn11seg11ido &lt;!Lte la 1to111bn1sen «la Pulida».
Cuidaba el alrnrlo de la J;mel'!a. la guapa huc•1·la, pemlieule eomo u11 cubcrtor de gala ú un
lado &lt;ll'l casal. Fen1d11 rnnía con In dura brega
del unido, lrncuudu la ú1 illa costra cu espu11tosos surcos, ó bieu cavaba., y ú cada instante el
azadón relalllpagucaba en su grcfíucla tcs·a: en
tanto canl.aba, y unas yeces el aire es!)arda ú
ramalazos los sonidos, y otras, en las lardes de
paz, la canturía se diluía en el sereno ambiente.
llenándolo de armonía. A lo 11l(~jor 1i11tinea.Jm11
cla.ra.s y distintas cuatro ó cinco esquilas : era
el breve rcba.ilo de Ccll'slinct. qnr tn&lt;las las mafm11as salia con unas poeas lJon·rgas ú t n rasillo rodeado de cerezos, en donde 'Jloreeíun tiernos idilios c1uc fol'luahan la \·erdurn fresen 111•1
césped, el delo azul, los pájaros, las g11i11das,
la borrega negra de ojos rnnbarinos, la ingnrna
ruirarla dl'I pastor, su so111!Jrero engulanaclo de
hierbas...
Las mujeres se recluían rn casa, y ciaba vrnelm de su labor la cult111111n d1· liurno &lt;!llC e11so111brecía el tejado, abierto subrc los 1,1uros eo1110
una colosal y rofiosa alhanla vieja. .
Antonia, como la lllUyoría ele las eam pesinas.
en veje-ció al casarse, y c•rn u11n IJ1u·1m mujer
dulce que no lc·nía mús afc iIr' C!llC echarse el
pelo atrús cuanto podía, ali:-;arlu, al1rilhmtal'lo.
Su pecho flácido, ya co1t la ¡,ardw;r·a aureola de
u~ 11wlernidarl lal&gt;orio;;u. H!&gt;&lt;mls dc,slacaba en
el cor piüo; sus manos, rojizas y duras; el cuerpo, pobre; la expresión, sencilla; pero ¡ ern tan
blanda y agrudable ! Acaso ella presidía la ventura ele! casal...
La Pulida conlrastaba violenlarnenle con .\ntoniu. Alla, ondulante, agnilefia, pupilas moras,
reflexivas y lardas, brazo an1ucndo, seno ¡iocleroso y firme, voz resucl1a como el aclemán, color

dora&lt;lo, aguda nariz inquieta. Desde que los más
viejos eran jó\·enes no se recordaba en el pueblo
una bellezu igual. Desearla, la deseaban lodos ;
Llemo::;lrnrlo, algunos nada mús, así individual y
arrie_sgadamenle; en cuadrilla, también todos,
y si no 11ue lo digan las serenatas, nunca interrumpidas. Lo malo es que la Pulida á nadie escudwba. ¡ Carácter mús arisco! Se le creó una
leyenda de orgullo, y en fuerza de adivinurla y
de repetirla el viejo Celestino, la Pulida cayó en
ser orgullosa y altiva en verdad.
El pastor, rico entre pobrei:;; el carpintero,
úni&lt;.:o represen[¡rnte de la industria en C'l lugar; el hijo del alcalde; uno glorioso de la a.Idea, c1ue fué al servicio dl'l rey sin ninguna ca1egol'ía y tornó de leuiente, eso sí, en la reser\'a ... urnchos, y de los apersonados, pretendieron enamorar á la Pulida. A existir todavía los
úureos tiempos arcádicos, otra vez los bosques
se hubieran poblado de cabrHos poetas, amantes infelices que atronarían las quiebras con suspil'us y en los troncos de los árboles grabarían
el no:111Jre de una puslora ideal...
En dislint.a época vivimos, y los desdenes ele
In Pulida no inspirn!Jan más que despecho, y
ul pnl' una codida y una admirnción cad,l yez
muyol'es.
¿.CJ•1é ug 1urdul.la la Pulida para rendirse? C1;n
afHbilidad un 1,oco austera atendía al esmeio del
easal, sin ler11t1 rn, que sólo manifestaba en el
mimo de unas m·ecicas y en la prolijidad con
t¡t1e en días seüulados enlreteníase en el adobe
y ornato de Celeslinel, el paslorcín.
Las músicas que en el ancho tiempo bueno
menudeaban en la masía, bajo la lunaza de color de miel, si la halagaban, no bastaban á hacerla asomar á un ventano. Era la soledad dei
casedo propicia ú confesiones amatorias, y rarn
&lt;¡uien 11! pnso no entraba y, sosegada ó arrebatndamenle, no ofrecía ú la Pulida sus tesoros.
:--:o y no. ?\ing1mo la vencía, y ni fin cesaron de
i111porl111uu·la, i;omu antes, grandes y chicos.
Co1·lúronse los ¡ialit1ues ) desaparecieron aquellos caminantes que, rascándose la cabeza, procurnban sacar de su roca un hilo de agua que
clespertuse sed en la Pulida, ó no dedan nada y
pasaban de largo, ó, á Jo mús, ul cruzar junto
ú la puerta r elinchaban ¡,o&lt;leroi:;amenle; aquello
quería dedr: aqui estoy yo, que me muero de
cna1110-rndo.
Así como era perng1·i11a su belleza, su espíritu sentía auhelos in1p1·cc·isos, que la apartaban
del lermfío. Su innata elegancia gobernaba s u
vida, y desde las rnnclus que Lcjíun s us dedos
ítgiles de levantina, hasta las liguras en que se
seiíalaba cuando, á costa de un esfuerzo sobreh,mumo, lograban r11ie bailase en uno ele esos
minués campesinos tan ceremoniosos, sobresalía
un no aprendido arte, una exótica distinción que,
bien mirado, paraba más á. los preLenclienles que
la proverbial esquivez de la doncella.
La Pulida, mús que del comienzo de la sierra, parecía de a.bajo, del valle risuefio y 0orido

de alquerías y huertos: Sín conocerla casi, ai10raba la vida de los pueblos blancos, ca.raclerísticamente levantinos. Allí la JJlU]er se engalana
con brocatel y gasas constelnclas de lentejuelas.
Sus diminutas orejas florecen en arracadas
corno bajo el pámpano menudo un racimo d;
bolas de oro. El pie se descota en zapatos de
gayos e.olores, y el pelo se trenza en cestos, y
agujas que rematan piedras preciosas atra vié•s anlos. La mujer teje bolillos con sus brazos
desnudos bajo el chal lle seda, 1·enue\·a las flores
del retablo casero, confita las frutas de aquellos
lozanos huertos, engalana con rasados tapices
sus balcones pma la constante y periódica procesión. Es allí la mujer regalo, orgullo, fantasía,
grandeza...
En vez ele esta corte risuefia. v abundante 1 la
Pulida encontraba un casal mm;lesino, siem pre
solitario, y un lugarejo costroso sin ninguna rivalidad de belleza, y cuya juventud adoraba
brutalmente. En ocasiones la Pulida tajaba al
valle, un día de mercado, en una fiesta de re-

pique gurdo, y al rnlvcr sentía invencible repugnancia por la sequedad y la mansedumbre
habiluall's. En esta mansedumbre hallaba, sin
embargo, el consuelo : durante las hqras plácidas y contemplativas d~I caserío, la Pulida, con
los ojos muy abiertos y sin expresión terrena,
iba destilando los recuerdos de la excursión última. ¡Y cómo veni¡;¡. la tenlacion entonces al
compás de una inúsica callada que ensord~cía
sus oídos con voluptuosidad! '
Vivía en un país imaginario de gallardía y gracia . Le era extrm1o cuanlo le era ambiente. ¡ Oh,
si su]liesen los rústicos galanes que sus relinchos no sonaban en el alma de la P ulida á protesta viril de un contenido amor, sino á felices
imilucio11es de los auténticos relincl10s!
J&gt;orque la Pulida era la única criatura (ltJe en
aquel rincón de n10ntafia, donde el qu~ más
soflaba romo la lechera de la fábula inm01•ta1,
miraba las lejanías azules con vaguedad y suspiraba sin motivo, y sin motivo también, de
cuando en cuando, se sonreía...

EW!~

Romanee caballero-"illaneosc
A lo mejor estaba Ferrnín cavando y sentía
de improviso, en sus espaldas, el estornudo de
una. cabalgadura. Al volverse reconocía ú Juan
Pedro, con sus patillas, su chambergo ha.ldudo,

su pipa humosa, sus botones de plata en la
zamarra de panilla negra, con su aire guaJ&gt;O y
retador, en fin. Este Juan Pedro era· un buhonero
de relojes, zar cillos, sedas, collares de v idrio,

�fajas de siete y ocho vueltas, puñales, revólveres y otras muestras y refinamientos de las ciudadanas elegancia y majeza. !\Iontaba un jaco
agalgado y peludo, con su mosquero de filigrana, In. manta de borlas y con más colores que
el iris, unas alforjas de cuero, los éslribos en
forma vaquera. Encastillábase en la silla , y
desde allí miraba co11 compasión á las gentes,
y cuidaba mu~ho de agachar la cabeza cuando
pasaba bajo un árbol, aunque fuera uno de aquel)os cuya más baja rama no locarn.ni alzándose
sobre el rocin. Homances,ca jaclanda desprendíase del bravo Juan Pedr-0. Sus ojos eran puntas de daga; su nariz, un corvo pico; llevaba
melena, patillas redondas, un chambergo mosqueteril que le enfoscaba la mirada, un flotante
pañuelo al cuello, medio cubriendo la camisa,
bordada al realce; fumaba un piporro cabezón,
y como alarde guarnecían botones de plata sus
vestiduras. En las manos, anillos; en los empinados tacones, espuelas que tintineaban marcial1_plnte. ¡Vaya el señor Juan Pedro con Dios!
¡Viva el rumbo!
Mientras caminaba solo, complacíase en disparar sus pistolas al aire, y de cuando en cuando
se aliviaba de sus fatigas bebiendo á chorro,
sin refrenar el caballo, un añejo vinillo que guarda ba en una bota madura y dulce como una
breva. Si no, cantaba. Iba cargando la pipa,
atacándola con una navaja que relampagueaba
al sol, y canturreando cosas del querer y el
matar.
Arrímate á ml,
arrímate á mí,
y te contaré un cuento
que anoche aprendí...
Entraba en los pueblos de anochecida, luego
de enflacar una vara con flámulas de pañuelos,
fajas y demás !encetes. La chiquillería rodeábale
y Je aclamaba; las mozuelas asomábanse á mirarlo, y él las saludaba paternalmente. En la
plaza disponía un pregón: salía el tamborilero;
zurraba el parche; ayudánfüise con la mano,
puesta á modo de bocina junto á los labios, lanzaba á los cuatro vientos la buena nueva de la
llegada del sefior Juan Pedro, y el señor Juan
Pedro, allí muy tieso con sus flámulas. En esto
salían á buscarle los templados del lugar. Hasta
el día siguiente no comenzaba e.l comercio, precedía.le uno. noche de fausto y zambra. El seíior Juan Pedro tocaba la guilana con un primor que hacia llorar lágrimas dulces, jugaba
duros á las cartas, marchitaba los pellejos &lt;le
vino. Hablaban las gentes con su manso acento
pueblerino, y él, nerviosamente, ceceando, muy
flamenco, con la gracia de Dios. Llamaba á las
viejas «madrecitas»; á las doncellas, «chavalas»;
á los pequeños, «chipilines»; al percibir, «diquela.ru, y así por el estilo. ¡Oh, era irresistible
cuando, repentinamente atacado de un arreb_ato
de ca.riñosa rabia, revolvía.se contra la guita-

rr a, rasgueaba locamente y, de súbito, pa.rábase, no sin sollar dos zarnarraws en la ca!a del
rústico laúd'. Se quedaba erguido en la silleta,
y al cabo dr 1m rato, tierna, ínlima, gad1011amente:
Arrímate á mí,
arrímate á mí. ..
El coro se entusias111nba., y no sabiendo cómo
jalear al «torero» - le llamaban «lorei-o»- para
apagar su nerviosidad, embo1Tachábanse. Entonces se improvisaba la timba y era el ga1iar.
y los reniegos, los votos pintorescos, el hulltear
la. pipa, el ponerse serio. Por final contaba de
mujeres: Una vez...
¡Producían una inquietud en esas medio secas
colmenas serranas, donde no hay ni la más humilde representación ele Friné, los relatos, las
viciosas informaciones del amor y el placer! Tan
afrentados de su rui.udad quedaban los labriegC&gt;S y carbonerns, que ni siquiera se hubiesen
atrevido ú ofrecer al sefior Juan Pedro la florada de doncellez que en cada pueblo había,
cuanto menos las esrniniadas mujerucas prupias, tristes y miserables. Vainas á ver: ¿qué
encanto hallaría un hombre de tanta ,·isla eu
una roñosa hembra sin medias, después de haber contado con besos los agujeritos de u1w media calada, ali{. en el I\Iadrid? Y ¿qué er-a una
media calada?
En fin: el señor Juan Pedro bastante hada
con dignarse visitarlos de cuando en cuando,
y con instruirles. ¡Gn hombre corno él, que podía reírse del mundo! Pero él era así, gitano,
Joco, romántico...
Pues señor, he aquí que aniba, al pueblecillo
aquel que se divisa desde la era de la masía,
le hablan de la Pulida, de su peregrina hermosura y de su esquiYez. El señor Juan Pedro
escuchaba fingiéndose el distraído. Interrumpe
para otra cuestión. Toca la guita.l't'a sin acordarse de las insinuaciones dti antes. Be !Je, juega, gana, se despide ...
Al día siguiente estaba Fermín carnndo, y,
de pronto, sintió en sus espaldas el estornudo
de un caballo. Era el del señor Juan Pedro.
Y dijo el galán:
-Con Dios; ¿no me dirá usté si es esta la casa
del Collao?
- Sí; ¿qué quería?
-No apurarse, hombre, nada malo. Que me
guisasen de comer, y, en cambio, yo pagaría
con plata . ¿Hace'/
- .\.llí está mi mujer. Vaya y digaselo á ella...
Al trote más gallardo entró Juan Pedr o en el
patio de la masía. Et' perro se echó á ladrar.
Unos patos graznaron furiasamente. Todo se
alborotó. Al ruido, una lozana cabeza femenil
se asomó á. un ventano: era la Pulida. El señür
Juan Pedro se descubrió con cierta afectación,
desmontóse y, contoneándose al tintín de las
espuelas, se aproximó á la ventana.
- Mocila, Dios guarde á usted muchos afias ...

E11 r:=;fo ya había :=;ali&lt;lo también Antonia, v
á ella demandaba el Yiajero algo que comer : «si;,
miedo á gastar, ¿.eh? Aqní está quien pagn.»
¿Qué tal si matase un pollito de aquellos que
pululaban en el patio, y lo friese con aceite del
fino? El no se lo iba á comer todo, siempre andaba cl&lt;'~ganado. Lo que sobrase, para ellos.
El era así. ..
l\licntras Juan Pedro hablaba de esta suene
con Antonia, no quitaba ojo de I&amp; Pulida, qu~
corresponrlía mü-ándole fijamente, annque sin
intención, sólo con la curiosidad..\ ceptó la propuesta Antonia, y ambas mujeres retiráronse á
la cocina . .lnan PPdro las :=;iguió, y las entreturn
ron chistes y parrafadas. Las encantó. Avndólas ú qnebrar ramiza, Mscuartizó el pollo,· atizó
P] fnpgo. En punto de mediodía apareció el
abuelo CelPstino, y también á rl le !'eservaba
s11 n,arrullrrin: platicó 8eriamenlc del trigo ~·
lns vitic&lt;los. 1·rfirió observariQnes clr luenga.~
r11mpit'ia8. y en la! 1·ecl prendió al abuelo r al
remo. ¡ Qué hombre más extraordinario !-pensaban las pobres gen tes de la masía.
En acabando de comE&gt;r, los hombres Iuéronse

n :=;r:=;trar;

Antonia, á la artesa, y la Pulida, 'll
patio ron la fregada. llasla allí la acompañó
.J u1111 Pedro, é inf'pirándose en el murmurio del
agua, el susurro rlP los {.tamos, la brillantez del
sol, el sosiego de la hora, prrfiló un bonil,o disrnrso en torno á la Pulida y su fama de adusta
Llallló ecrri les á los rnozos, y á ella, joya exquisita, lucero, rosa de olor, ángel y arcángel,
estableciendo,, para el hatago, de la chica, lit
distinción entre ambas jerarquías celestiales. La
Pulida sonreíase, y le dejaba hablar. Despué.,
ella se a,·enturó á drcir algo, y él tan to lo crlebró, que la Pulida se animaba, y terminaron
en 1111 diálogo más confuso que el bordoneo del
cmio en la pila como un 1imbal, encresparla de
claras burbujas luminosas ...
Chirriaba su ardiente y libre estrofa la ciga 1-ra en los álamos, seguíanla cien más en el
bosque y Jns árbolrs del camino. La desbor dada
,·aba.rada del sol y el rstri_dor de las cigarrm'envolvían á Juun Pedro y la Pulida en apasionada locura, y de locura y de pasión decía Juan
Pedro al oído de la chavala, en medio de aquel
silencio abrumado de sonoridad ...

pastorela
Ha llegado el oto1io vendimiario, cuando el
segador que se coronaba de espigas tórnase I tr1
sátiro bajo la guirnalda de pámpanos, con las
carnes negruzcas por el vino y en la pelambrera
del pecho enredados los hollejos del racimo q11c
cruzó el aire en báquica fiesta
llru-la la cumbre de la montaña sube el al!.J0rozo, y turba la tranquilidad del halo. Es un
chozo de paja, con un caldero á la puerta, el trofeo de unas cuernas y abajo un serón. Están alli
un abuelo y el zagal Pablico, el cual acaba di3
enlerrar la torta, que amasó en piel de cabra,
entre unas cenizas que rojean si sopla la brisa :
con un palo cubre en seguida el ascua Pnblico.
Es una tarde diáfana y aromática, limpia como
el cristal. Hasta la cumbre asciende el bullicio,

~· pingo al Destino representar allí esta Pastorela, que copia el autor. Contemplando se hallaba el abuelo las nubes, y el za.galillo cuidaba
de la torta, cuando un grupo de vendimiadores
!-e aparece; algunos cantan:
Pin, pin;
á la loca, loca
del campanil.
En mis ,•üias
la vendimia comenzó;
toda la u va cuajó,
ni una sola se r!uedó
pura el rebaiío;
el rebaño al herbazal,
plis, plas,

�la campana del lugar,
loca, loca, llama á vendimiar ...
En medio del grupo, un hombre más alto lle\'a
un cesto colmado de uvas; dice:
-¡ .\.güelo, agüelo !
Abuelo.-iCon el siI1or San Dios! ¿Qué sus
trai?
Vendimiador 1.0 -Ka, agüelo: la gracia de Dios
vendimiador y de las vendimias: las uvas más
granás Ji llevamos, y ca aiíá güena será más
entoavía...
Vendimiadora 1.ª-Kenguno ha olvidao su racimico... de toas las vifias catará usté, como
los pájaros.
Abuelo.-Pues se agraece, y miray que vos
pagaré con amor.
Vendimiador 1.0 -¿Pus pa qué vinimos? Pa
·que no mos desampare y mus cuide bien á cadascuno su cabra que mos cría usté ... ¡El ciclo
que mos libre de la pcsla de la sarna!
Vendimiadores y .\lmeln.-¡,\111én!
Vendimiador J. 0 ---,-¡Y el agüelo y los sus rabadanes, de la zorra y del lobo!
Vendimiadorrs. -¡ Amén!
Abuelo.-Pus craro; ¡pero agora no hay lobos!
Vendimiádor 1. 0 -Ya aniharú el frío y bajarán
los lobos.
Pablico.-¡Ejadlos que s'acerquin ... ! (Tocios se
ríen.)
Abuelo.-iAY, Publico l'heroico!
Pablico.-Kon; pero Bandera y yo no perdonamos uno en sus cuevas...
Vendimiador 2. 0-\'crifico de V&lt;'rdad; y ¡qué
mal que Bandera seya un perro que no li gusten
las uvas!
Pablico.-¿Que no? ¿Es lonlo? 1 leteli el dedo
en la boca.
Vendimiador 2. 0 -¿Sí gustan? Yo li traigo un
cuevano.
Pablico.-¿Das palabra?
Vendimiador 1. 0-Y hechos damos. Y vaya,
tomi, c'aún mos queda !'otra banda del callao
que coger.
Abuelo.-Ricas; son ricas ...
Un grano tú, y un grano yo.
iAlupé, alupé, alupé!
¡Así partimos la uva yo y mi amor!
Guapas son, guapas ... ¡Ja! ¿A que no endevináis
qué pienso? ¡Ja, ja! Que si fuean cl'oro, ¡qué
pendientes ... pa la Pulida!
Vendimiadores.-¡ J a, ja, ja!
Abuelo.-¡Je, je!
Vendimiadora t.a-Sí, riiros, riiros. ¡Pa pendientes está la probe! ¿Ko sabéis?
Vendimiadores.-No; cuenta.
Vendimiadora 1.ª-Dirnpués de tanto despreciarnos á toes, ha ido y s·ha namorao d'aquel
gandul de forastero .. .
Vendimiadora 2.ª-Aquel que vino con tanta
majencia.

V cnrlimia&lt;lora 1. •-Ese ...
Vcn&lt;litniadora 2."--Pcro, (',-o ya lo sabíamos ...
Vc11di111iado1·a l.ª-Pc1·0, es c'hay más ... Es
que ele rcpenli s'ha escapao de su casa; como no
!'admitía á dél el pare de la Pulida; y agora los
dos andarán pcrclidos por la sierra...
Varios.-¡Otra! ¿Y cuándo fué?
\'endimiadora 1.ª-Ayer mesmo. ¿Sus acordáis
ele cuando enanl es m 'ha Jlamao Juslino, ese
qn'es de mi pueblo?
Vendimiador J.o. Sí, ahí en las nogueras.
Vendimiadora 1.•- Pos m'ha llmnao pa ecímelo: él subía del pueblo y se encontró la puerta
de la masía cerrá, y Capitán lndrando drenlo.
Y le elijo }.[igueln, la de mi tía ~liguela, que eslnbn por allí hit'iendo unos margujones, le elijo ...
eso: que s·lwbínn esn1pao el fornstel'o y la Pulida, y c1ue los pa!'es de la Pulidu la buscaban, Y,
en fin, un :sin 1i11 de lúslin as.
•
.\buelo.-;~í &lt;!lle es rnso! ; l'robcla'.
Yt•11tli111iadoru l.ª - Pos era pritiosa ... Pero
¿ (Jité se ni. á lHH'l'r·? Dimpués ele loo, sana dolrma. y el llllll'l'io al hoyo ...
Vendimiador 2. 0 Y el vivo al bollo...
Vendimimlor J. 0 -Güeno y adiós, que se va el
día y hay c·aprovt•r·harlo. (Se \·an.)
\'endimiarlores. - Santas y güenas lardes...
Diquiá aluego ... Con Dios.
Abuelo.-Ir con Dios.
l'ablic·o.-Tú, Hullo, la promesa de Bandera.
Ve11climiaclor Z. 0 - :\o fallará.
Pablic-o.-¡.\ n•1·! .\diós, Pepón, adiós ... Adiós .. .
Ilola, Bartolo ... Ahora vosotras, las corderas:
una. dos, tres ... c11at10... ¡.\!lo esa! ¿Le pondrás
un rtH'i1llico al reslo del Rullo, pa mí?
\'endinliaclora i.•-¡Y dos, si quieres!
Pablieo.-¡Flor de viola!
Vendimiadora 4. •-¡ Ga ,·i lún !
Pablico.-La \'irgen Pastora que t'acompañe...
¡Je, je, je! ¡Cyuyuuy la uifia!
(Desaparecen los vendimiadores entonando su
cnnción :

Ahuelo.-Pior, Pablo... C11anlimenos, la langosk1. no levanta ruido .. .
Pablico.-Pus, ¿y lo que icían de la Pulirla?
. Abuclo.-Olra crue te p&lt;'go. Güena está la Pulida.
Pablico.-Xo, pero la Pulida no tien culpa.
.\buelo.-Pero rivolvió la siena,
pa dos

.\Jrnnlo.-Si, rapnz, sí ...
Pahlico.-¡l'os cntonl't•t--! l'sté se burla, agüelo, y con pPrdón. ~·o no 1'alabo ... Quisiera que
sa tropezara usté á la Pulida ...
_\Jml'!o.-:-.lcjor sería qne te la troper.aras tú.
Por lo que te oigo, se lo ibas á agradecer al
ciclo...

afios, y entoavía no la calmao. Y enloavía la
rivuelve más. Tu eres mu chico pa entender
d'esto ...
(Pausa. Suenan las esquilas y gritos así: «Sioo
cabrra.u--«Aerri, aerri, aerri.,,-HJiira, ji ira.,,)
Pablico.-(IInciéndose el distraído, canturrea) :

Pablico.-¡Ay, agüelo, y usté al infierno!
Abuelo.-¿ Tan hermosa y. del infierno? ¿Qué?
¿Es una tenlaciónQ
Pablico.-lJna tentac·ión inesislible, sin aponderar, una tentación irrrsislible...
(Se oyen en su apogeo las esquilas y los paslo1·es. Los pastores repiten los gritos ele antes,
que se oyen con más elariclacl.)
.\buelo.-Gücno, basta de parola. Ya. están ahí
esos y queclrán comer ... ,\prepara el gazp•1cho.
Sitlro.-(.\bajo. ) ¡Pablico! ¡Pipipiohí! ¡Pablico!
Pablico.-(.\somándose al pretipicio.) ¿C'hay,
Sirll'o?
Sidro.-¿Eslá ahí l'agüclo?

"ª

Pin, pin;
á la loen, loca
del campanil...)
(\licnlras el coro se aparla con su canción, el
abuelo y Publico permanecen mudos. Publico
acaba de cocer la tortu y la saca de las cenizas,
arrojándola á la hierba rara que se enfríe. Comienza en eslo á sonnr mu:v cerca las esquilas
ele un rebalio invisible y las voces de sus pastores.)
Abuelo.- ¡Tropa del dimofio!
Pablico.-Ka más sirven d'eslorbo.
Abuelo.- Créilclo, rne entra una temblor cuando ca primavera prencipian á vendimiar.. . l\1'agínate que la rnonlafia está más quiota que una
balsa, está aclormilá ... Y allegan ellos, y loo lo
rivuelven, y qué chiflar, y qué rular las peiías,
y enfangan los abrevaeros...
Pablico.- La langosta paeccn .. .

Arriba y abajo,
abajo y arl'ibn,
subiendo y bajando
me v.aso la vida ...
Pero, agüelo ... ¿Uslé vió á la Pulida? ¿rsLé la
vió?

�Pab!i1•0.-Eslá 1 si.
Sidro.,..,-Dile que s·asome.
Pablico.-.\güelo.

Abueln.-¿Qué s'ofrece 1 Sidra'?
Sidru.-Baji un po&lt;"'o ..
Abuc!Ll . ...:,_¿Qué•! ¿Qné pasa·?
Sidro.-&lt;.)tie b,1ji u11 po&lt;.:o jle1iC'! Deseguicla su-

bimos -toos ...
Abuelo.-¿Tapues,ías C!llr s·ha en1bo1Tachao 1
y de bebio qu·eslú. ha hecho un estropicio'? No,
pos lo paga ...
Sidro.-Agüelooo ... (~ilba como á las cabras.)
Abuelo.-(Toma

~11

cayado.) ¡Tú 1 borrachón,

menos mandoso y .. .
Sidro.-¡Agüeloo ... !
Abuelo. - ¡Cristo con la rreaturn! (Sale cu-

Pablirn.-Ahi clrcnlo ..
(Entrn C'l Lhulador en el chozo y se oye un
ruido de Wbas que caen y chqcan.)
Pablico.~¡Ridiel y qué mula has venio!
(Sale el Chulad-0r, Lodo sofocado, y comienza
á arreglar el a.siento á la puerta de la caballa.)

Chulaclor.-Las volvel'emos del revés, si no
se \"a á Lanar ...

Pablico.-¿Quién.?
Chulador.-¡.\h! ¿e11la\'ia no Chas movio?
Pab!ico.-Gürnµ, h011thl'e. güeno ... Pacencia
(Coge la c'ánfara, vierte un poco de su contenido
en una cazuela 1 desmenuza un t row de la lor1a
l'e-cien!e.) Paccncin .. (Canturrea ndo):
Arriba y abajo,
abajo y arriba...

rriendo.)
Sidro.-¡Agüeloo!

(Pausa. Pablico, asomado adonde se hallaba el
abuelo 1 escudriiía la falda del monte. Se oyen las

esquilas; pero cesan los gritos de los pastores.
Los vendimiador~~ cantan en la lrjanía.)
Vendimiadores:

¡
1

Kiüa serrana,
moza galana,
moza galana
de su galán ..

Niña lozana
de la mañana.
de !a n1.a1iana
del seirnr San Juan ..
Asóniate á la \·e1itana:
mi corazón
ya toca á diana.
Dolón, dolón 1
dolón 1 dolón 1
dolón, do Ión ..
¡Jujun! ¡jun! ¡Uyuyuy!
(Pahlico y el Chulaclor, que Uega corriendo.)

Pablico.-(Apartó.ndose.) ¿Pero qué enredo e~
ese? Ha bajao l'agüelo, y de-seguida Sidra s'ha
puesto á bracear mu [urioso, y dimpués l"agüelo
iamién ha braceao más furioso 1 y de ripente,
l'agüe1o y Sidro y el Pepe las Jeringuillas se
marchan allaiquia el barranco, y el Chulador emprende una carrera pa aquí ...
Chulador.-(Desalentado.) ¡Pablico!
Pablico.-¿Qué tienes, hombre?
Chulador.-Na; oye1 de prisa, arregla ahí un
rBspaldo con .unas pieles ...
Pablico.-¿Qué, qué ... ?
Chulador.-Si no, aguarte ... Yo arreglaré las
pieles: tú, ¿tienes ahí la cántara de la leche?
Pablico.-¡Y la del vino!
Chulador.-Ejate de burlas ... Coge \orla y la
migas en la leche. •
Pablico.~Pero ¿qué pasa~
Chulador.-:-¿Onde has puesto las pieles?
Pablico.-¿.·No las ibas á poner tú?

Chulador.-Pero ¿dónde están?

-·

(En e.sto se oye sollozar allí cerca y murmullo
de una charla. Pablioo se levanta sobresaHado.)
¡ Eh, Chulador, ¿lloras? (Asomitn el abuelo, Sidro y Pepe tas Jeringuill_as con una mujer en
medio 1 que va destrozada y llorando. ) ¡La Pulida! (Pepe las Jeringuillas lleva un cabrilico reciPn narido al h(_)mbro.)

Abuelo.-\"iamos 1 httrmosa, vamos ... No llol\1agínale que yo soy tu pare y qu·éstos
son hermanos luyos ..
Pet}e.-Sí, hermanos tuyos ..
Sidro.-¡ Y te defenderemos hasta morir, leñe!
Abuelo.-Xo llores.. ,\hra tu hermanico menor ... Acércale, Pablo. ¿\"erdad que tú la quedrás mucho?
res..

Pablico.~¡Ridiel 1 qué pregunta!
(La Pulida no deja de llorar, en &amp;i.lencio.)

Abuelo. -(Acariciándola.) Lw pl'obe es muy
Ha sufría un rlernasiao sufrir pa esta
vida ... ¡Ese a.sesino de forastero que t'ha pegao!
Pegali á una 1nujer porque mos sigue y persigue d'enamorada ...
Sidro.-¡Si yo lo cazo!
Pcpe.-¡Ja, ja ... Qué corría en pelo le dábamos, Sidra!
Sidro.-¡Ja, ja ... !
Chulador.-(Acercándose.) Venga aquí,• llgüelo ... Que sa siente aquí.
(El abuelo se dirige con la Pulida al improvisado respaldo, y acomoda en él á.la "'Pulida; luego
la acaricia.)
Abueio.-No volverás á tus pares1 si no quieres ...
Pulida.-(Entre sollozos.) ~0 1 no ...
Abuelo.-Probe cordera... Tie vergüenza de
sus viejecicos.. Probe.. Pos mira, musolros te
Lcn'dremos hasta que güelvas á tu casa.. Musotroo quisiéramos que estuvieses siempre con
musot.ros ... Tú no quedrás.
Pulida.-Sí 1 sí. ..
Abuelo.-¡Ah 1 rapaza1 no lo creyas! ¿Y . qué
otra feliciá pa musotros?
Sidro.-Pero sólo ú. tus pares -te dejaremos ir ..
Chulador y Pepe.-¡Craro, era.ro!
gliena..

Abuelo.-Yo no te conocia ... Pulida ... Sí, te llamaré la Pulida, porque muy Pulida eres ... Yo
no te conocía, y agora ya te conozco, de setenta
aiios ... Con la cencia ele setenta aiios le veo resplandeciente de virtud y de hermosura ... ¡~1·acomelió una rabia cuando m'anlerao Sidro de
corno t'hallabas e11 el barranco, malhería por
aquel ladrón ... i El muy ladrón, que lo adora este
lucero, y no vale, y lo abandona! ¡ Te abandona!
(La Pulida redobla su llanto.)

Sidro.-¡Si no nos vengamos ... !
..\buelo.-Los pastores semos si!\'estres; pcru
semos de corazón. Y ascucha, niña: tú aquí es-

tarás, tú mos traís ... tú mos lraís á tú ... Vamos,
no sé finuras ... Pero ya sé que mos abocamos
á unos clía.s, sólo unos días 1 d'e.star alegres ..
.-\lida ponerte alegre á tú..

.\s('ucha, prencipio

poi' rigaln.ric cslo ... Torna ... en nombre de toos,
aqui !ienes nues,lro pan .. i\líalo qué dorao y por
drcnto qué Oranco ... i\lía!o, y ¡humea enlavía!
¡Toma tnmién estas uras nuevas! (Le cla un pedazo de torta y unas uvas, y se retira conmovido.)

(Los vendimiadores, á la sordina, y desde que
el pastor anciano está en sus . ofrecimientos y
mientras los otros imitan al anciano, cantan) :

�Lará, larú.
A una reja.
de la lorre YiPja
se asoma llli a111or.
Lará, larú.
Senor carcelero:
todo llli dinero
si suclla á rni al!lor.
Lará, lará.
.\ún lo cierro
con más fuerle hif'rTo,
mocita, á lu amor.
Lará, Iará.
Tomo una navaja
que lleva en la faja,
y mato por mi amor.
Lará, la.rá.
,\ la reja
de la torre vieja
salgo con mi amor.
¡Lará, Iat•á... !
Chulador. - Pulicla: yo l'ofrPzc·o este zurrón
n1íu, qu'es el mrjor dl'l mundo ... Está fnbrirao
de un cabrón entero ... y es rnnnchno y lié los
ojales guarnreíns y unos botoniros JH'alrnos .. .
Pcpe.--Es~r cabrilico que acaba de nnc-Pr .. .
fü,le c:holicu c·aún HO Jia ahiPrto Jns oj11s, y a(m
1•s'ú 111ojao... Lo ha pario una rabru rnía, la
Pinta ... Traíalo pa cuitlalo ~-o la noclw, -:,.· ahH'go
iba á bajar por la mar-e ... Pero ahí vu ...
Sidro.--Yo, Pulida, no tengo que orrrr·{'J'fi 111ús
que mi sangrr ... ¿Por qné kndrún c·anlinas las
masaclas? Por,!11&lt;' ellas fü•m'n cantinas no tengo
yo nada ... prro n1i sangre arde como el \'ino,
y tuya es ... ¡Lrfic y lefie!
Pablico.-(Qnc ha ido al chozo y vuelve.) Juegos de rapa;,:, juegos de rapaz... J\li caudal: estas dos cucharas de cuerna, míalas con dibujos,
y esta pastora, que hice con mi cuchillico y una
rama de sabina ... Esto es una pastora...
Pulicla.-(Que les ha escuchado, conteniendo
á duras penas el lloro.) Yo... (~o puede seguir,
y rompe de nuevo á llorar. Los pastores están
silcn&lt;'iosos en derredor, con los brazos cruzados.)
(Luego resuena esta cancioncica qne sigue. La
canta el tío Julián.)
Tío Julián.-(Se ve, cantando aún.)
Bartolo se ha ido al mercado
vender la vaca;
se la mercará el hidalgo
si la da barata.
Y el hidalgo engordará.
Y Bartola enflaquecerá.
¡Ay, ay,
cuánto te quiero, morena mía,
ay, ay,
yamos deprisa ú la \·ic-nría !
á

Y en risumcn:

Dé uslé la güella, siI1or corregior,
¡ pa que le viamos mejor!
Abuelo. - (Serenándose.) Hola, Julianico ; tú
siempre de ringo, rango... (Todos ríen, y la Pulida disimula el lloramiquear suyo.)
Tío Julián.-Pos si hay c'abrir los morros, ¿no
prifieres tú abrilos J a cantar, que pa boquear
&lt;!'hambre ó d'engnnia? (Se ríen. El tío Julián
repara en In. Pulirla y, dejando en el sucio el haz
ele hiel'bas que ll_e,·a al hombro, se acerca á mirarla. ) Pos ndrn, lú tainpoco le escuías... tamién
pillas la liebre ni bote ... (Se ríen los pastores y
la Pulida.) ¿.Dónde hns cortao esle perejilico'?
.\buelo.-D'un pnejil del obispo.
Tío Juliún.-G11losi11a pa rl papo cl'un obispo
es ... (Canlnnendo):

Abuelo.-Hapa, Julián, no ra ::-.ofoqnes, que
la quemas el rabo...
Pulida.-.\rrepúsesc, lío... ¿Quié uslé uva?
Tío .Tulián.-Güeno... El &lt;loló de qurrcr mis
gallinas no quila el doló del hambre; y en risumen...
Publico. - Dé usté una güelta, sifior corregior...
Tío Julián.--Pa que le Yiamos mejor... Conque
vengan las uvas ...
Sidro.-Ca; se las ha de ganar...

q11e li ponga 1111n amlivinanzn Puli&lt;la, y si J'an,¡,,\·i11n no eslú hPlJío..
Tío Juliún.-¡Hala!
Pulicla.-'.\o, yo no ...
Pepe.-Pos yo:
"Tam,u·,o como un r·a111ino
y ¡u:,a como un cochino» (!).
¿Qué es'?
Tío Julián.-¡Ilupa! ¡L'agua del arrnyo!

¡ ,\rrepara,
al111n eristio11a,
q11é ojo:, lii·11e la 111urrna... !
Si tiro.- ¡OJ{, ya el lío foli{m ! (TocloR sr ríen,
ú la Pulida :se lr I srnpa una rarrajada.)
.\l&gt;1wlo. -Pos Ir hacís gracin, Julián. ¿Por q11é
no te la 11&lt;'\·as al molino?
Tín Juliún. - Xo qurdrú. (Carcnjadas de los

r

J)OR(O!'('f:.)

Pulida. -(Siguicrnlo la hi'0111a.) ¿Por qué no?
.\lmP!o. E,; 11111 mozo pa tú.
Tío J11Jiún. '.\lás mozo que tú, ¿verclnd, princesa?
Pnlicln.- Yo rnr voy ron u~lé, tío Julián ...
PcpP.--¡A~·, Ir lla111a lío al novio!
Pt1li rla.-¿.\ 1 nm·io?
Si&lt;lro.-Sí: rl lío Julián te lleva !)a novia ...
Pulida.-?\C1, tío... Yo me voy con usló pa sobrina ... (Hisas del corro.) Pa hija ...
Tío .Tuliún.-~o, pa hija no... ¡:\le largo deseguía! ¡Con una hija m'ha sobrao pa aborrecerlas!
Abnelo.-1-Iombre, y ¿c'ha sío de tu l\lariuja?
Tío Juliún.-¡Pos eso! ¡Pos eso!
Chnlador.-Y usté qu'icía qu'el Caracol eru
tonto...
Sidro.-Sí, tonto en su carbonera ... Pero en
la cocina del molino ¿eh?
Prpe.-Y en rl corral... ¿ah, lío Julián?
Tío Jnlión.-¿'\'rs tú? ;Eso me duele! El ch!
rral. Porque lo otro, ¿quó? Que la borrica de
m'hija s'ampepitao con el Caracol y qu'nn día
se Yan y m 'abandonan... Pos, en risumen, de
10 suyo gastan ¡eah ! Y en risurnen:

Dé usté una güella, siñor corregior,
¡ pu q11e le viamos mejor !
PPro... ¿no es pa clerrnnu·lo en un sermón de
l'iglrsia qur 111e Yaríen el conal? ('fados se ríen.)
¡'.llis dos gallinicas s·hun llcH10, y no si lo csi11111111, y ,wisaré ú los ceviles, y ya hlincaremos,
.va, cuando le griten los ceYilcs al Cararol y á
la olrn... ! (Se ríen los pastores y la Pulida.)

Pulida.-Sí, que las gane ...
Tío .Tulián.-(Quilándose la montera.) Sefiora
hcnchicera...
Chulador y Abuelo.-¡ Ja, ja !
Pepe y Siclro.-¡Ja, ja! ...
Tío Julián.-iEh, eh!, que no estoy borracho ...
(Toma su CJl\'oHorio dr hierbas y se dispone á
marcharse.)
Abuelo.-'.\o jures en falso, tú ...
Tío Julián.-'.\o, es que lo eflendo...
Chulador.- A probalo... ¿.\ que no sabí qué es
aquello d'allá?
Tío Juliún.-¿Onde?
Chulador.- ¡Allá! (El lío Juliún se vuelve
de espaldas, y en el mismo momento gritan
lodos.)
Todos:
Dé uslé Ju güella, siüor corregior,
i pa que Je viamos mejor!

Tío Julián.-Güeno, adiós ... (Se va á ir enfadado.)
Pepe.-Asperc, tío ... Es c¡u'(,~los sí qu'cslún
bori-achaos ... Uslé no. Verúis: diga, tío J ulián,

Pepe.-'.\Iu bien ...
Chulador.-Agora yo:
«Tamaüa corno una al11'rndra
y toda la casa llrna.»

Tío Julián.-¡La luz!
Chulador.-¡ '.\lu bien, mu bien! ¡ :';o s·amborrachno del loo!
Sidro.-.\scuchc olra:
uTamafia como un aucso
y lié media ,·ara de ¿uello.»
Tío Juliú.n.-¡La sarlén!
Sirlro.-¡Leiie el tío Julián!
Tío Julián.-Lna tú, Pablico.
Pulllico.-Sí:
"Alcoba y alcoba
y en cada alcoba su dama.»
Tío Julián.-La nuez, homb1 e, la nuez ... ¡Si
eso es rnás viejo qne los moros!

�Pulida.-Ya la mía: (Riéndosr.) «Si endevinas
qué llevo en la cesta, le doy un raci1110.» (Todos
se ríen.)
Tío Julián.-¡ \'engan las uvas ct·nntes ! ¡ Jn,
ja ! ... (Le clan las uvas.)
Abuelo.- Pára el c·arro, tú, pára ... ¿Y la mía"?
«Las gallinas los punen. en la 1,arlén se 1rú&gt;n y
por la boca se comen.» ¿. Qué e"? ¡ Ja, ja, ja ! ...
Tío Julián.-Pos aBprea tu:
«Puntas delanlr,
ojos acle! rás...
¡Bnrro: las tijeras!
¿~o lo endevinarás?
¡ Je, je, je, je 1... (Se va riendo. )
Pulida.-¡Q11é clh·rrtido lío .l11!i{rn! .\!'ha ronsnlao un poco ... i\l'ha hecho riir ...

Sidro.-J\lusotros lamién sabremos hacerte rir.
r11lidn.- Y yo tamién á vusotros ... ¡ Qué güenus y r1nf de ley de Dios seis! Con v11solros
&lt;pilero vivir siempre ... Seremos familia ... Yo vos
rn idaré y vusolros me cuidaréis á mí... Beso
ci-;te 1¡an, agüelo: uslé lo lia prutío y ya veo
qu·es dorao por juera y por drentro nevao, y
.,·a sé c'hay qu'hacerlo así. .. En tu zurrón, Chulndor, yo guardaré la,; cosiluras que vos hagn:
ngora un chaleque, agora un pañolilo qu'orillo ...
Con tu c:holico, Pepe, yo m'haré pastora, y asina
podré vivir limpiamente en un halo ... Tú, Sidrn,
m'ayuarás en too, y estos sanlucos ele Pablico
a ornarán la casa nuestra ...
(Tocios sr ponen m pie.)
Abuelo.- Dcbajo su cerezal tan sagrao de cerccicas, la Devina Pastora que mos ayúe ...

Todos.-Amén.
.\buelo.-Tú serás la. mare que toos musolros
hayarnos prrdio ...
Sidro.-Si el lobo me hiPre, fú me curarás.
Pepe.-Y á mí.
Chulador.-Y á mi.
Pablic:o.-Y á mí.
Pulida.-¿Y á mí?
Sidro.-¡A ti no te herirá naide!
í.h11la&lt;lor.-Enja1rn\s 1'n liandonaremos, y si tenimos c'apartarnos 1lrl h11to, to ejaremos Bandera, que no d11rn1irú por hí, como agora no
cluarme para el ganan, allá bajo ...
Pulida.-Y me r:onlaróis rnenlos y ,·01 saréi.s ...
Pablico.-Pulida, yo arribaré á viejo contándote cuentos ... ¡C'alegria vivir con tú! ¿Quieres
que te canli una hi¡;toria? Hala, sí. .. ~lientras
s·acaba de arrrglar la yanta ... ¡Cna mu maja!
¡ Una hestoria mu guapa! ¡Como tú! (Salmodiando con la tonada monorrílmica de los romances
populares, y al 111ismo tiempo danzando en una
media danza ele anehas vuell as. El abuelo y los
olros pastores se agrnpan en torno á la sartén.)
Pastor. vela m fu majada,
hay un traidor me l1an dicho.
Corre un fantasma la sierra,
figura es rle ángel divino
y tiene ele diablo el alma
y rlrl brujo los h&lt;X'hizos.
El zagal que aquesto esrucha
alcanza su zamarrico
y &gt;'fH'a dél 11na honda
~- pone en ella un gran guijo.
Pastor, Yela en In mnjada,
hay un lrairlor me han dicho.
Pero rl pastor, de correr,
rstá. á la noche rendido,
y al asomarse la luna,
el pastor ya se ha dormido.
En pslo !Irga el traidor:
figura Ps rle ángel divino,
tiene e I J'O.S tro cte doncella,
de doncélla es su vestido.
Besa en la frente al zagal;
después le hace maleficio,
y el zagal corre tras ella,
del climonio poseído.
Al ti empo tobos y zorras
se llegaron de cantina,
.,· cholos, cabras y ovejas,
sin dejar una, han comido.
Pastor, no tornes al hato,
corre con tns amoríos:
las cabras y las ovejas
el traidor las ha comido.
Pulida.-¡Ay, cuánto m'ha gusitao, Pablico!
Pablico.- ¡Es mu maja l ' hestoria!
t&gt;ulida.- ¿(Juiés que le e-anti yo una copra? Te
cantaré, 1x1 pagarle, una copra...
Pablico. - ¡Sí, sí, qué bien! Agüelo, Sidra ...
tú ... ¡Pulida va á cantar!

Pepe.-Agüelo, que va á ranlar Pulida. (Todos la escuchan.)
Abuelo.-.\ esta hora de l'alardrda es c11andn
caut.an los jilgueros...
P•ilida:
Eslrellicas, sois llores del cielo;
floredc·as, sois esll'ellas del suelo;
y yo ele veros río y lloro,
floree-iras ele plata. y estrellas de oro.

Arriba de las montaiias
crece Ulll!, flor muy hermosa,
y es más blanca que la luna
y más fresoa que h1 aurora.
El sol se ha prendado de ella,
mas ha de secar sus hojas
si la mira; á un jilguero
también la flor enan1ora,
pero se romperá el lallo
si el jilguero allí reposa.
Y la 1lor
ve el amor
de un pastor y una pru,lora,
y llena ele envidia llora.
Eslrellicas, sois flores del cielo:
florecic:as, suis es trellas del suelo;

y yo rlP VCl'OS l'ÍO y lloro.
florrticas de plala y estrellas de oro.
.!P. jr. jr... ¡.Q11í• os paere?
Alrnrlo. QUl' si c¡ue nos ayúa la Devina Paslorn, y el scii11r San Juan Bautista se lo pagur...

1&gt;11!ida.- ¿Eh. l&gt;ablico?
Pablko.-¡ He&lt;li&lt;'I con el rediel!
E11 esto u11a voz varonil responde ~- glusa In
trova. en la sima.)

Estrellica.s, sois flores del cielo;
flore&lt;:icas, sois estrella del suelo ...
Puliua.- (Aleudiendo.) ¿Eh, respou&lt;leu? ¿Re~1JUnden, ,\güelo?
Voz:
Llegó 11n gu.lau ú lus 1uo11le;;
de la flor que es tan hermosa,
y apenas la viú el galán,
l'Cndido, la flor udol'a.
Si ha temido el sol sccarln,
el gaU111 sangre arclowsa
lie11e, y h a cogido la flor,
que ardor de sangre remoza.
En su oorazón la ha puesto ;
corazón: día es de gloria.

�De le. flor
ve el amor
de un pastor la pastora,
y !ll'11a ele en viclia Hum.
Pulida.-Agüelo, agüe lo, es él ... él... ¡Ay, agüelu, agüe lo, es él!
Sidro.•-.\goru sí que mus ayúu la IJc\'ina Pastora, AgGclo ... ¡Es l'usesiJ10. Chuluclor'
\ 'oz.-('.\ló.s cerea:)
Eslrellicu.s, sois flores del c;ielo;
florel'icas, sois estrellas del suelo;
y yo de \'el'l,s río y llurn,
flurecicas de vlala y estrellas lle orn.
Pulicla.-(Toda lí111ida.) ¡Es él, que Yieuc!
Sid!'o, Cltulatlor y Pcpc.-(TriuHfales.) Es él,
q u0 ,·ieue.
(Se descubre la airosa figura ele Juan l'eclro.
Pulida, precipiladamenle, se esconde en el chozo.)
J uan.-Buenas tardes.
l'as lores. -B ueuas.
(El Iornslero escudriiia, Jiugil'mlo LLH·ar alg ,. J
Clrnludor.-Oigu, seiwr, ¿se J'ha J)l'l'díu ulgc&gt;'!
Juun.-¿Te iiaporla 111LielJu·?
Chulador.-Es q1tc 111r presupongo qL:e se l'ha
perdía la honra, y cu111u ú 111uwtl'us 1110s sobra
honra, podrían10s Yellllerli ...
Sidro.-¡Ja, ja!
Pepe.-¡Ja, ja., ju!
(El forastero los mira con des!&gt;recio y se dirige al abuelo.)
J uan.-Es usted el jefe del halo, el palriurca
de la tribu, ¿\·erdad·)
Abuelo.-.\qui toos semos unos.
J uan.-:\Iuy bien; pero alguien lllandará .. .
Abuelo.-.\quí no manda, naicle ...
(Los demás pasto1·cs se rie11.)
Juan. - ¿:-fo 111u11da nadie·? (Los :iaslorPs redoblan la risa. ) ¡:.\lejor que rnejo1·. Eulunc:es, preparaos, que voy á mandar yo!
Sidro.-C'nc¡uí no manda naide ...
('I odos se ríen, m enos el forastero; pero, después de lllirar á unos y á otros, acaba por r eirse
también.)
Juan.- ¡Ea! Ya, veo que estáis de broma.
Pepe.-Con uslé no C:uerenios hromicas.
Juan. - Pues en serio ¡ea! Escuche usted,
abnelo.
Abuelo.-Diga.
Juan.-¿Qt1icre usted devolverme á mi mujer?
Ch11lador.-(Con sorna.) ¿ Quiel'i uslé clevolverrni á mi mujer?
Sidt·o.-¡.\ su 111ujrr! ¡Ja, ja!
Juan.-Sí, á mi mujer. ¿Qué hay? (Todos se
ríen.) Sé que está aquí. Dúrlmcla por buenas ...
Chulador.--(Con sorna.) ¡Que sabe que está
aquí!
Juan.-La he oído cantar... Conozco la voz.
Pepe.- Pos amigo, si cquirnca usté.
Juan.-?\o me equivoco: la he Yisto meterse
en ese chozo cuando yo llegaba ...

.\buelo.- '.'\o, no ...
.lim11.--Lc &lt;ligo á usted que sí.
Si&lt;lro.-¡Lcf1e! l'os sí y si. ¿Y qué?
J 11nn. -(J11e 111e la dt·,·olYáis.
Chuludor.-¡Si ella quiere!
Juan.-¡Ella quiere!
Todos.-¡Jn, ja, ja:
Sidro.-(Con aire de desafío.) ¡Pos anda á buscar-la!
Jn,rn. ·(Despurs ele unn pausa.1 ;..Jira, pastor,
lcngm11os la fiesta e11 paz, ~, ILO me sulfures, y
110 me sulfures ...
Sidro.-(Con furia.) Y no me silfures.
Jua11.-( \'ol\·iéndose. ) ¿Qué?
Chulador:

pegué... no só... porc1ue te quiero ... (La Pulida
baja la cabeza.) Porque Le quiero más que á
mi vida, porque no te puedo dejar de querer,
ni querré nunca á nadie más que á ti ¡por 111i
nombre!
P ulicla.-{:\l uy bajo.) Juan ...

pero el crnerer es el querer y con los años tiernos ... ¡ Quién los lu\'iera como tú, más que fuera
pa perderse!
Pulida. ¡ Agüelo !
.\buelo. - ¡Que la De\'inU Pastora te acompafie! (Se u¡mrla.)

J uan.-En fin .. . tú lo dices.. . Adiós ... Ahí os
la clejo ... (Cierra la navaja, la mira y la echa
al precipicio.) Ya no me hace falta. La llevaba
para defenderte. Cómo ha de ser. Adiós. (Da
unos cuantos pasos.) ¡Y que no sepas nunca
lo que es una pena como la que me llevo por li!
(\'a á salir.)
Pulicla.-(.\ rrojánclose en sus brazos.) ¡Juan,
Juan! {Llorn.)
Juan.-¿i\le perdonas, Pulida, me perdonas?
Pulida.-¡Juan!
Juan. - \'ámanos...
Pulida..- i \'ámenos! (Se aparta ele él.) .\güelo... tú... vosotros ... .todos... adiós. (Hornpe a
llorar desconsoladamente. El abuelo, perplejo,
se rasca la cabeza.)
Sidro.-¿ Te vas·!
Chulador .-¿.\diós á musolros?
Pulida.-¡ ,\güelo .. . !
Abuelo.-llija, ¿qué hi de hacer yo, prohe viejo... ? A las penas vas, que el querer te lleva ...

Juan.-(Arrastránclola suavemente.) Anda, vámonos... (Salen el forastero y su enamorada,
ella apoyada en él y llorando.)
(Los vendimiadores se acercan otra vez, cantando):

üé usté la güella, siüor corregior,
¡ pa q11e le viamos mejor!

(Todos los pastores sueltan la carcajada. El
1·a,;lero. furioso, se anoja sobre el Chulador.
El Cliularlor le repele. Se po!len en guardia los
dc!llús paslores. El forastero, indeciso á fuerza
dt: ira, se \'a al extre11w de Ju esc;e11a.)
J11a11.-¿:\le la devolvéis, sí ó 1Lo·1 ¡\'oh·&lt;&gt;d111e
llli lltUjer!
~idrn. (Con soma.) :\lira, pastor, no me silfc11 e~ y no 111e silfures...
juan.-¡Ea, se aculJó! (Swa una navaja y se
almlauza sobre ellos con la naYa]a abierta.)
Sidro.-¡Cna fucu!
Chulador.-¡Cna fa.ca! ¡Traidor!
Pepe.- ¡ Pega\ó. traidoría!
J ua11.-Los traidores sois vosotros.
Sidro.-¡Cna faca!
Juan.-¿:\Ie devoh·éis mi mujer, sí 6 no?
Sidro.-¡lJos no y pos no y pos no!
J unn.- ¡ Pues vosotros lo habéis querido! (Se
urrnja sobre ól.)
Sirlrn.-¡Lo has querido tú! (,\¡-remeten contra él todos, arniadcs con las c;ayudas, y casi
le dctTilJan. Sale Pu !ida. des!JU vorida.)
Pulida.-¡:\:o, no, no! ¡Jua11! (,:,e abraza al forastero, y todos los pastores retroceden.)
Sidrn.-¡Leiie! ¡Li clc!iendi!
Juan.- ¡Pulitla! ¡.\l fin mía, mía otra vez!
Pulida.- Xo, suella ...
Juan.-Vámonos.
Pulida.- l'\o, suelta ... déjame ...
Juan.-(Separáudose.) ¡,\h, no quieres venir
conmigo?
Pulida.-:\:o, Juan...
Juan.-¿;,,,o me quieres?
Pulicla.- :\I'has hecho muncho mal. .. Te quería ...
Pablico.-¡Eso, eso!
Pulida. - Estos han siclo buenos conmigo.. .
muy buenos...
Sidro.-Pus que lefíc, ¿que no?
Juan.- Está bien... Y para esto he pasado yo
la angustia que he pasado buscándote... ¡~lujer es!... DuscándoLe para decirte que me muero
de pena pensando en lo que he hecho... que te

Lucero-6
que a.lun11Jras en ei ciclo-6
y bl'illas-ús
ha;,:u la amanecitla-á:
te parcs-és,
sigue al sol y á la luna-á,
nunca te mai·ehes.
.\lrnelo.- ¡Tiumjoó. (Suelta un sollozo.)
Juun.-(.\lcjúndose):
Toquen las caml1anas ele oro
y las campanas &lt;le plata,
ya se ha reído 111i a1nante,
que estaba Luda enlutada.

�Pnhlirn. ¡Hidiel, lo mato! (Se dis.pone á cor1·pr; pP1·u los dmuíi-, saliendo ele su éxtasis, J.,
detiPt1t•n y e1u¡rnjan hacia el chozo.)
(l.ns ,·endimiadores !'Hnt1m 1i111y cerca):
Al carnpo-ó
111mianp1·ico salgo-6,

y al pueblo-ó
la noche entrada ,·1H'h'o-ó
La huerla-á,
lucero, me la guardes-és,
mientras yo duerma.
\lt1drill, l'(lmaval de /909.

LIBROS Y

REVISTAS

l'áisterio.-Se acaha de publical' la segunda ect1tables obras tíe_nen en prensa y preparación, por
dón de esta interesante novela de la exirniu es
tocio lo cual fehc1tamos efusivamen1e ú D. L. ~e('rilorn dol1a Emi!ia Pardo 13azán.
gnlá y C. Parpal.
~o creemos pecar de parciales si afirmamos
,¡ne su lectura es amenísima y dtilicada, llegando
algunos relatos que contiene la obra á conmover
La Teogonía de Hesiodo.-El culto é i111slrc rngrandemente nuestra alma y á deleitarnos en lo letll'útico ue la lJnive1·s1ctad cte Barcelona, "· 1.u1s
eonlernplación de lo sublime.
Sega!á Estalella, acaba de publicar una traducEl lenguaje es tan delicado y el eslilo tan purn ~1ón tle la magna obra. de Ifesiodo, muy supel'ior
que, nnido á la intensidad dramátic.a del relato a todas cuantas conocemos hasta hoy dta. En
y á las pintorescas descripciones de la é¡,o¡;¡¡, ella. maestra, á la par que su ']')rofundo conocillegan á absorber nuestra atención y á intere- miento del idioma griego, su gallardía de len!';.arnos de tal forma, que creemos estar viviend0 g,1a;e, que maneJa como 111uy ¡,ocos ue 11ui;,,,1 ""
aquellos mismos tiern1'0~ r•,p la eminente escri- literatos.
lora retrata con tanta fidelidad.
Lu uura es un dechado de perfección y b11c11
El a.rgwuen,o es, u&lt;.100 "" curuct.er histórico, de gusto, pues con muy sano crilerio ha recogido
gran interés, y su trama muy complicada, pare- varias de las ilustracione,s que para dicha obra
ciendo que eslam,os leyendo á Dumas ó á Conan hizo el eminentísimo grabador inglés Juan FluxDoyle, ó bien el diálogo es tan puro y sentimen- man, por lo que no dudamos en asegurar que es
tal, que se nos figu1·a estar ovendo las sentimen- la obra mejor editad.a en nuestros rnas.
tales poesías ele Campoamor· ó de Bécquer.
La infortunada vida del infante Carlos Luis,
Novelas cortas para jóvenes.-El bienaventuhijo del monarca Luis XVI, de triste recuerdo,
-cuyo interminable calvario y sufrimiento conti- rado Tomás, El delantal rosa y El pia11is1a,
nuo es objeto de narración escrupulo•sa rn el tres preciosas novelas en un lomo, traducidas
curso de la obra, tiene el doble car-ácter de nove- por la distinguida escritora cloñn Mnría de Echales::a. é hislórica, y de ahí su interés é impor- rri, originales de Charles Foley.
En ltLs páginas de estas novela,s, Charles Foley
tancia.
ha sabido describir con rara perfección un munEl amor de los amores.-Así se titula eJ nuevo do de sensaciones; en él juegun papel el amor,
libro de Riearclo León, castiza novela que, por la NaturaJeza con sus bellezas y los accidentes
:su interés, su fuerza y amenidad, supera á las cómicos, en forma la! que, agu LJOneanoo la cuanteriores del celebrado autor de «Casia de hi- riosidad del ledor, le hipnotizan y le obligan á
dalgos». Un crítico ilustre hace en pocas pala- no dejar la obra delante de su vista hasta lnnto
bras la apología ele uE! amor de los amores». haberla leído toda sin dejar una hoja ni !me.a,
uEste libro-dice--, es sencillamente magnífico. pues á cada paso se encuentra un incidente ó
Tiene la fe espafiola, brillante, encendida y ele- algo hermoso que subyuga.
Esta preciosa obra, editada con esmero por la
vada como un astro en sus entra11as; la visión
realista, saturada de mentalidad de nuestra raza; Cnsa editorial BaiJJy-Bailliere, se vende, al ¡n·ela magnanimidad, caballeresca y emprendedora cio de una peseta, en todas las librerías y en Ju
de la vieja patria imperecedera, y el habla ma- de su editor, Plaza de Santa Ana, 10, l\Jadrid.
jestuosa, rica, enlanada, soberanamente bella de
aquellos.' místicos maesteos de la lengua casteLa condesa Araceli de la Sierra enseña en su
Jlana. »
precfoso libro El arte de agradar, segunda ecliEs, en efecto, uEI amor de los amores" la obra ción, que acaba de poner á la venta con sumo
más vigorosa y perfecta de Ricardo León, la que gusto la Casa editorial 13ailly-13ailliere, á 1,50 pesel'íala el apogeo y madurez de sus maravillo- setas en rústica y 2 encuadernado, á hacernos
sas facultades de novelista y de poeta. Páginas graloo en las visitas, entender el valor de la
hay en este libro, como el himno á Castilla, el franqueza y de la confianza, saber salvar los escanto de Ja Primavera, los episodios trágicos y collos de la audacia y de la timidez, aprender el
las aventuras del protagonista en el campo de verdadero valor de las conversnciones, de las
Calatrava y Sierra Morena, que pasarán á las amistades, etc., etc., y, en una palabra, á esmeAntologías como dechados de emoción y de esti,lo. rarno,s en todas las ciI'Cunstancias en evila.r conEl volumen es14 _elegantemente editado por la trariedades y molestias á los demás y obtener
uBiblioteca Reuacimíenlo».
el dictado de agradables.
Biblioteca de Autores Griegos y Latinos.-Don
L. Segalá y C. Parpa! realizan una obra digna
&lt;le todo encomio y de que en ella fijen la atención lodos cuantos del arte se preocupan. ¡, Cuál
es esta obra? La publicación de una biblioteca
&lt;le autores griegos y lolinos, con la versión directa y la traducción literaria por eximios humanistas antiguos y modernos en todos los idiomas
y dialectos ibéricos, y á los módioos precios de
23 rilnlirnos cmln obrn.
Las obras publicadas ya, son : Odas I y II, de
Safo; A la Fuerza, de Erina; Amor fugitivo, de
Mosco; Teseo, de Baquilides; A noloaia de Só;rates, de J enofonte; Epodos 1-VI, de Horacio;
Olímpica I, de Píndaro, ele., etc. Otras muy no-

Entre todas las mujeres.-Novela, por Rafael
López de Raro. El género erólico realista llega
en este libro á su más afortunada expresión .v
modelo. Con absoluto dominio del idioma, López de Raro lo dice todo. El problema de la fidelidad conyugal, de la inmoralidad del matrimonio y de la monogamia, se plantean de un modo
interesantísimo y feliz. Afiádase á esto que C':
autor ha compuesto atrevidamente su complicada y sugestiva narración retratando á personas
conocidas de tocio Madrid.
Esta novela agotará muchas ediciones. "Entre
todas las mujeresu es un arierto de la ul3iblioteca Renacimiento". La portada, de Marco, inten- •
cionadfsirna, la presenta muy bíen.

�emanal

6
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QUIE:RE USTED9
GANAD DINE:RO ■

El tiempo es oro y aprovechando el tiempo
se tiene oro.
¿Cuál es el mejor sistema de aprovecharlo?
Usando la bicicleta

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Plaza de Isabel 11, 7· (rinconada)

38 cénUmos

LA PANTERA VIEJA======

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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