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6
■

QUIE:RE USTED9
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�1110 v. -11 de Marzo de 1911. - IIUH. 220

El Cuento Semanal

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dt l d:s faHo, y bm1ca11do, crujie n do rec h innndo
~ambo!efmduse sobl'e }u'.-; de.$iguaJ~s adoquines:
1.n te rnuse po r el segu ndo trecho de Ju calle de
?t•nan11i u111tnu.zm1do ú l'Uda bo tr dcsburalur~c
o volrar, ~llfH.lo en tierra con la damu i1ue en
é! RC r efugw r a. Yu clla (•sta ú la reulida&lt;I por el
m rerna! trn q ,.1c lC&lt;J del fementido si111rjn, miró
P.~ 1• la ,·entun,Hc:1 , ni l1·u,·é~ de la ,·0 1·tina rlc !1 11 ~

dad d e !us fucos de ,tlguna.-; tie ndas que ofreciori
L'tiC •~specto de. cl~lul'ill11 que ofrecen siemp r é
las ltendus exi·(·nt r'ic·a~, 111md rnban rápid11s u lgu11_0s lranseunlcs, mnlJigdüs en sus ob:wuros
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suC'ius coj ines del vc hkulo; hundió la nari z con
v ~a~ para uverig'u.ir Hi /legul.&gt;n al término de :-;11
fruición en el enorme 1·a1110 dt' ,·ioJelus que Jucin
VHIJC.
s~~r~ el pech o, prendido al aslrakán del abl'igo ;
~! agun_, que caía ú ruudalcs del ciclo gris, ploe...,l1ro~e el e:s JJeso ,·eJu ele enrnje con un geslo'
nuzo, &lt;:&lt;1s1 negro por Ju J\J'oximilhid &lt;le la nol'he
maquinal de mujer ekg;111h• y tuilú de reunudu r'
hacía aú~ lll(lS I ri.-;tc rl IJ'i!-ite nepús(·.ilo illYf'r~ el hilo ele sus pen~•111iit•1110~, rolo por las v·iolen nt'.I. 1_rnb1un fHl~Hdo ya 1H eal!f: de c..;uyu y Ja nni - lns s;w11Uidas del t·11clH'.
plla v1:i hacía~c 111ás melaneólico y solilaria según
\'ulviú, Jlll~'s, ú 111edilar en el prolJie n u (¡ úe
s~ all"Jaba del ('_entro. E n el arroyo, cor tado por lrnsturnaba .su ,·ida. ¡ 1;1111 ! ¿ Por qué llunwr ú'
guindes dw1·eos, e!l qup temblaba el r-e fl ejo de Ju 1..:or11pli1·nciún1 surgitb en su frívolo \·ivir, p ro~
l~ r~verlJer(;~ dt• gas, apenas ...,¡ ponía unn 11ota blcma '! En la Y ida no exi~ten ·¡noblemns; Jos1
de Vida el fnl_igo~o l'mla1· de algún nlquilún que problemas son términos de 111alemáticas q llc~
1
pasab~1, h11nd1é11do~t• en el hnrro, ó el raudo ro- poetas y no~·eJistus se hun empeilndo en aplicar
rrer d~ llll nt1tc111U,·iJ que salpicaba. de Í.U}H{l t'l ú In existenein . La ,·id11 es demasiuclo varia ..de-1
los contados peatones que se áventurnJJ:1n á ~-rnn111simlo compJeju, demnsi1:1Uo cnmnleóntica in1r~
zar la calle. P O!' In:, ncera~, y 1.f la blnncn dari&lt;fll(? ninguna cosa pueda eslablecer:se en eJla

co.1

J

�términos claros, concisos, inalterables. Uno. palabra, un gesto, un movirniento, un impul!;o
,:te ira, de lúslima-1 de amor, unos minulos de
~traso ó adelanto 1 bastan á cambiar por com;[&gt;lelo la esencia de las cosas. ¿ Pues qué 1 aquella
'misma cnláslrofe que le amagaba no había surgido conLra viento y murea 1 arrollando los cálculos mejor hechos·?
Ella, ton sus puntos y ribetes de sabihonda y
de Dlósura 1 guardó siempre una gran dosis de
senlido prúc.:lico en n1ediu de lus niayores locu_ras. Habm heeho sensatamente los 111ás grandes
disparo.Les, cuidando siempre de cubrirse las espalllns y Lencr ex1)edila fa rclirada. En los momentos en que parecia entregada ú. locos desvaríos, meditaba inanienlc el pro y el cuntrn de
cada cosa 1 c.:altulaba 1 pensaba, sabiendo dcscntrufiar et sen:ido oculto de coda gesto y cada
palabrn. En aquel ntismo lio con Gonzalo Cortezur, á P.esar de haber puesto en él todos sus
violcnt1si1uos ardores de pasional y todo el afán
de mujer madura que siente que aquel amor será
el ú.llimo, meditru·a ntuchas veces en la rnaneru
de evitarse un dolor probable: el del ronipirniento. Sentw ella ar1ucllos catorce aIi.os que le separaban de los treinta triunfales arios de su a11ügo, corno un ittanto de hielo para lodos invisible,
pero que hacia temblar su pobre corazón, aterido
de frío . ;,.,1uc:hus veces, al regresar foligadu rle
las amorosas citas, en que los placeres, llevados
hasta los bordes ue un abismo de locura, le dejaban vencida corno una flagelación, pensó en
el aún lejano rompimiento. Aquel amor sería
su Ultimo niuor. Tras él se deslizaria mansamente, callncla1nenle en la ve~ez. I\'o ucubaria en una
escena de viulentius, de celos ni de abandono,
sino que insensiblemente la pasión se dor111iriu
al arrullo de una inmensa amistad. Ella sabría
envejecer. SuS cuarenta y tantos a\los perdunarian v.chemef!.::ins á !us seis heroicos lu~:ros del
amnnto 1 y poco á poco él iría encontrandYen su
querida, en vez de pasionales arrebatos, un carino niunso, tranquilo, igual, inspirador de confianza. Lu nmjer dejaría pa5o ú la andgn; seri'l
su conlidenle, su conse~era. Reiría como una
abuela cautiva de los grw.;ias del nieto los lances afurlunados, que él contariole con donjuanesca fanfarronerio; le guiaría ·con sil' experiencia del corazón femenil en los pasds difíciles, y
seria su amparo y consuelo en las penog y desengailos. Y he uquí que, fallúndole los cálculos
rt1cjor l1echos 1 sutgía, enrarnado en su propia
hija. el cleslino implacable, despiadado y burlón
para los esfuerzo~ de los pobres humanos, deshaciendo de ~n soplo los edificios mejor hechos.
¡Nieves! ¿Cómo adivinar una rival en la dulce
nilia que vivia junto á ella cual sombra melancólicu y pensativa? ¿Có1rn? adivinar que él la
an1arín, que al borde mismo del cenagoso amor
naccria como flor de cnsuefio aquel carino?
¿Cómo pensar que á ella, tan s·util, tan hábil
adivinadora de pensamientos, escaparía el proceso de aquel amor hasta que fuese ya una gran

pasión? ¿Cómo pensar que el rompimiento vendría antes de Que los últiuws rescoldos &lt;le\ amor
se extinguiesen en su pecho? ¿Uuién podw predecirla que al soplo de los c:cl1Js se reavivaría
aquel ruego hasta tomar proporciones de vorac1sit110 incendio'!
El p1·i111er movimiento fué de sublevación, de
afán de lucha1 de ira, de despecho; luego sobrevino una tristeza inmensa, un dolor siu l1miles,
un ansia de consuelo y de abandono, una cxlrafia s1.;nsación de in1potcncia 1 preceditlcJ de enorme descurazonaJJJiento, trnído por la Julia de fe
en sí misnia, algo como una parálisis de la vulu,ntad, la impresión de vejez, de delJilidu&lt;l y,
pur tin, un furt1ddablc tlese;unciertu que le hada
vat:ilur sin salJer á dónde volver ros ojos, si á
los hot11iJres 1 en Quierws no creia 1 ó si á Dios,
en quien no creia la111poco.
Ellu 1 la deliciosa dileümlU de la literaturn; ella,
que lein á Plutón, Kunl y Desearles; que .clccia.
cutnprendcr á l\'il'lst.:he y posaba de escCplica y
hm;la casi, c:usi de cütit.:U, hubiu sen!iLl.u pur lJn
insLunte el i1Hpubo de busntr cuusuc!u en un
más allá, en algo que lo: ainpurusc é inl'i:nt'.iesc
valor á su vacilan.le VCJlunlnd. Elln, (lUC en ulros
tic111p9s ntús dkho~cs en que Juvc11 y fuerlc Caminaba firra, posando el pie vcncetlul' subr·c !a
viUa, hidcra suyu aquella múxi11;a de Schoponhaucr: c1Dio::- no es $ino In. garon'. ia puesta a
lu eternidad por el hombre que f\Q quiere 111u1·iru¡
y uquella otra, ainicn, ,de Anulule Frantc: u.La
virtud es 001110 los cuervos; sólo unida en .las ru1nus1,, y que apuntara en su librn ae 111emorias
la inquietunle interrogi¡c:ión: c1¿Pur qué el vit:io
es amable y la virtud r.un ó.ridtr?)), sintiú \'a:·ius
veces el iiupulso ele caer de rodillas é implorar
piedad &lt;le !a 1¡Listeriosa potencia en que no creia,
El úo\or nos l1a ce coburdcs cuarido nós convcnCPlllos de la i.npositlilid.ud de V}"triCer, volvemos
los ojós al 111isfcI"io con la esperanza de que él
nus saque con Uien 1 y Leonor, en uqucl n111nrgo
trunce, senliu, .no renacer su re, sino vud\ar su
csr·cplit:iSn10. Pero c:ua.núo yn, juntos las munus,
iba ú caer arroclilluda, volvía á sus lobios la sonrisa. burlona de niujcr fuerte y busc-uba en s_u
yo uquel}a-cnergiu que mo111entos antes ibct á tinp!orur de ·oct,Jltas put.cntias. ¡Re_?ar y· !l.orrtr!..
nur.no para las pcd11-e~ burguesós que l111iilan
sus hurizonks ú un humilde v.egctar en ·c1 olvido del hog;r El.om(:slico, ~in otra~ iln~innP!': r¡11e
el rnarido y los hijos; pero, pa.rn .ella, la posional,
la luch'adora, no se habia hecho la resignación
máscara de la tobardía.
Cuando · niios antes, en los comienzos de su
azaroso vivir, -bardó de su existencia !odas oqueHas extraordinarias trabas de ultroLumbn que
se conocen por premios y castigos, infierno y
cielo, salvuc:ión y condenación e1ernos, lrnhas á
que ella, en sn fuero interno, llamaba prejuicios;
y barrió también los no menos abracadabrantes
fantasmas que los hombres, ternerosos siernpre
de la amplitud de la existencia y con un timorato anhelo de limitación y encauzamiento, han al-

• a• •

•

NI LVCcS

zado ante sí mismos con los nombres de honor
deber, obligaciones mundanas, conctencia y le:
yes mo~ales'. respiró, satisfecha, convencida de
haber s1mpllficado inmensam~nte su vida. Así
sma, en un balance supremo de
valo~es p~seía Ja clave de la vida. No creía ni
en Dws, m en sí, ni en los demás·, no ten·1a1 pues,
que contar con otros factores que los hechos
concretos y su voluntad, Y. la vida era á modo
de partida de ajedrez, que 90n arte había que
,ganar. Pero ante el dolor, sus ide:as evoluciona-

~e~••~

'

ban y comenzaban á .sentir la ausencia de aquellas trabas. Los humanos, en su cobardía, han
buscado una solucióa para-cada conflicto1 un gesto con que ocultar cada dolor, y el que· sabe acatar sus leyes encuentra en ellas un misterioso
a~oyo. ·'?"demás, ¡es tan -fácil dejarse ir por el cammo. tnllado!, ¡tan cómodo aceptar los hechos
consumados á pretexto de la dignidad, del sefior~o y de otras zarandajas! No hay que luchar
ru ca:-1-sarse con fatigosos quebraderos de cabe~
za, sino sólo aceptar lo que· los otro&amp; nos dan

�h.8-ch~ en caso de que los consuelos humanos que pasaban por el mundo entre risas1 devarieo~
no~nos basten, ahí están los de la _religión. ~a y desvergonzados decires, y pronto hubb de ~?paciencia, la rcsignación 1 la fe en D10s 1 el uD10s tar que no le eran gratas, que había en su h1Ja
fl}e lo dió, El 111e lo quita. ¡Bendtto sea su nom- una dulce reserva, algo así como la exquisita senbre!)) En el libro de Job está toda ,la filosofía de sibilidad de esas flores que cierran sus pétalos ó.
IÁ vida.
la proximidad de un extraño.
l En el fondo no era sino una pasional, una criaTodo lo que tenía de fastuoso, de llamativo,
l~ra que no Yivia siuo del a111or y para el amor. de turbador y de inquietante su belleza1 teníalo
Todas aquellas filosofias, la fría máscara de es- de suave1 dulce y armónico la de Nieves. En v~z
ctpticisrno y de cínico desdén, representaban l~- de :,u aire do1I1inad01\ magnifico, evocador de la
yjsima corteza, pronla á resquebrajarse al pn- soberbia y la lujuria, tenía Nieves una serenida:d
n1er choque con la realidad. ¡ Una pasional! Y llena de rnelancólico encanto, un modesto recato
eSo era precisamente lo que hacia terrible su tra- acarici~dor, dulce, angélico. En la palidez un podo
gedia. Cuando en la vida tenemos un _ideal -~ue enfermiza' del rostro ovalado· y bajo el cabello
está más alto de la vida misma-el amor de Dws, de ébano, las enormes pupilas negras brillaban
Ja gloria, los hijos, In. redencióo humana, la gl?- con luz de paz que inspiraba confianza. Alta, el
ria de nuestra patria-el tiempo se nos antoJa pecho un poco hundido, todos sus gestos teníah
largo y con los ojos en el futuro anhel~mos que pausada gravedad no exenta de gracia. i\uncµ
pase pronto para llegar á nuestro sueno; pero1 J)l'otestaba de nada nunca se irritaba; cuando
'
en~cambio, cuando nuestro ideal es limitado-be- a,lgo Je desagradaba ,ó hería su delicadeza, a.Izaba
lleza, juventud, amor, placer-, vernos _con ho- los ojos, Henos de reprochadora extrafíezu..
rror correr las horas; cada minuto que pasa adPoco á poco la veheme:Qle naturaleza de Leoquiere un trágico misterio y quisiésemos parar nor se encontró cohibida por nquelln melanco.Jíu,
las manecillas del reloj de. la vida, porque cada presentida en su hija, y sintió el malestar de los
movimiento nos aleja más de nuestro ideal Y nos ojos que, udivinaclores 1 se íljttbun en ella, P~~,
acerca á la vejez y la muerte.
eso cuando poi· raro capl'id10 del m:ar pu recio
Era UJJa criatura loda pasión, nacida para el desperlnrse una gran simpalia en la rnudwcha
goce v el amor. La Naturaleza sabia dióla ar- poi' Gonzctlo (el amunle), sintióse lihl'e de un
mas 1;ru·a defenderse, é ig~a.~ ~¡ne da ui'las á l~s enorme peso y dedicóse con nhinco á fbmentarln.
galos y garras ú los tigres, dióle á ella astucia ¿ Qué mejor poclia suceder? Y eon su falla o.bsoy felina agilidad espiritual'. Sabia agazaparse Y lula de sentido morhl, pensó, encahlada, y lal
sabía saltar.
vez un poco irónica; én los caprichos del desElla, pues, había ido montando el tinglado de tino, que salvaba de la hecatombe justamente
su existencia a.signando un papel á cada uno de
¡á su amante!· los qUC la rodfaban, llegando sol~m.cnte ha~La
. y de pronto, sin saber por qué, presintió .la verdonde se puede llegar, cuicJ.adosa siempre de. no
dad, todo. la crue! verdad. ¡ ;'\/ieve!; amH.ba :í GOil·
quemar las na ves. Por eso iniraba ahora, sor- zalo y Gonzalo le un1a.ba ú e!Ja ! Y tthorn ...
prendida, Ja catástrofe qu~ a.menazaba desb~·aEl coche se deluvQ, y Leonor saltó al suelo.
tar todo, arrebatándole de ull golpe amor, t1 anquilidad, cariüo, hija, , an1~te...
,
.
¡Nieves! ¿Cómo imaginárselo? Ella cre1ale 1.gnorunle y feliz. Verdad qu~ la veía siempre trisII
te, grave y silenciosa, con sus gestos vago·s Y su
mirada plena de ensoñadora melancolía; pero
Se estiró, con 4n¡ gesto eleganUsimo,. milad
atribuialo á esrmcial condició;n de su carácter Y perezoso, miU1d voJuptuoso, un gesto de \1~resa1
no á ningún recóndito pensar. Creía. de buena qMe hizo destacarse, 1bajo la albura de la .piel, la
fe, en su egoísmo, haber ct.¡.mplid? OC:n su del:}er,. . elasticidad felinu de los músculos, y suspiró quePriliH.:.ro, entregándola .en manos de la~ buenas damente:
madres para que formasen su corazón; despues
-¡ Ya no me quieres!
y ya adolescente, internándola un afio en un
Toda desnuda-;' repo-saba de la hora pasional
cole&lt;TiO de Inglaterra y otro en uno francés, para sobre el diván turoo 1 á que algunas mortecinas
acabar de darle un barniz de civilización. Digu- llamuraclaS cte la chimenea dnban, en la semi•Q10S.J en honor suyo,. que cuando llegó el mo.p_enumbra. del ,saloncito 1 el 11ago prestigio de un
rrt,enlo de tenerla consigo no vaciló ni un in~fant~, oriétllaiism·o de ensueüo. Sob~e eJ obscuro· fondo
.ni sintió esos irrazonado~ celos por s·u JUveml ·ele JoS cojines destacá·base la albura n~vada ~e
.belleza que siénten algunas madres, ni 1atnp'ocu aquella ·humana estatua, esculpi~a, no en ~rio
,temor defuturas emulaciones; por el (:ontrar.10, manual, sino en carne, :earne tibia y elástica-,
.acogjóla con cordial alegria, mirándola, .más ~u1:: {J_ue tenía elegarlcias 1As_civas de ánfpra e,n _t-as
s;ofüo 5. urta hij,:i, como á una camarada. Pronto, cadeta:s; fli1os (OJ:néados en las ·piernas y ?s;J!nsin embargo, · sintió involtintririó respeto p~r Ja &lt;loras durezas -en los globos ele los senos~1 puniot:le y soyera gravedad_·ae· ~anilla~ In.consc~en..~e léúd0-s db rosa. Una .de sus piernn.s tendiase ~
,e]et _petigro, mezclóla ·con la:s gen.tes. de. su t~1~oa, .Jo larao del diván, Co1ño-· en las estatuas clás1ho1J1l&gt;res y mujeres d~ una nn)or.alidad delJc10Sa 'Gá1, ;· ~1°i. ólra, ctOblada en la l'odiHÜ, 'se~nlzaba al

aire, rompiendo la nobleza del conjunto, como
en un mármol de Clodión, y sus brazos, finos ritos, algo así como uno ele esos sutiles venenos
y redondos, se unían, paru abrirse, al llegar á de Oriente que probara en sus perversas curiolus mullecas, brindando el apoyo ele las palmas sidades de bíasse, y de cuyas borracheras salía
al mentón. El rostro, ele eucurislica blancura, enloquecida, atontada, fluctuante entre cruento
dolor y placer quimérico.
era una carútula de histrionisa, mejor de Pie¿Cómo habia podido engaliarse de aquel modo?
11tot1 mancha.do en los pómulos 1:or rojos J'Oselunes y orluelo de cnbellos bermejos, incendiados Había sido indudablemente su voluntad, su píahora por el reflejo c!el hogar, carátula en que cara voluntad que le fingía realidades donde sólo
había suellos. No tenía sino pasear los ojos en
l~t boca de fobios finos, como levísimo trazo de
dUJ•mí.n, ponia exlraúa ironín, cruel, mientras los torno á sí para adquirir la cruel certeza de su
ojos redondos, en1purpurados de sangrientos rc- engallo. Las pru·edes, ilustradas con caricaturas
11ejos, íljos y acechadores, miraban vesLirse á picarescas (ni aun siquiera libertinas), reproduG'o11zalo, que tranquilo se anudaba la corbata ciendo escenas de Café cantante; la luz blanca,
cruda, fria, sin el discreto velo de las pantallas;
ante el espejo.
' Sin hacer gran ca.so del examen de que en, los cortinajes comprados hechos en casa del traobjeto el muchacho, se arreglaba pausadamente. pero, sin misterio, vulgares, en sus pabellones
J\'i nquellas facciones inoorrectas, vulgares, ni de terciopelo; los muebtes híbridos, inexpresilos ojos azules, muy claros, cnsi grises, ni la vos1 que no denunciaban gustos ni aOciones;
frente demasin&lt;lo ancha por culpa ele las grandes hasta el pequefio refrigerio, vulgar, encargad9
entradas, ni el cabe!lo _castmi.o clnro, más bien á cualquier mercenaria, el tenteempié obligado,
escaso que abundante, hubiesen dieho nada ni que se le antojaría á la portera ó criada compraá una llrtist.a, ni á nna ehuln. Era un tipo de do1·a, digno de los mayores esplendores de Hehombre, p11ru m11je1·es de munclo, que mimn el liogábalo ó I\lesalina-los emparedados de japrestigio socinl 1 el grnn nombre, el cartrl y Ju 1nú11, .!os dulces, el Jerez, el coliac-y junto á las
clegnncin. Y espiritualmente, aún mús sencillo alimenticias magnificencias las cajas de cigarros
y vulgar. Inútil b11,scll.l' en él la~ nemóticas in- toseas, Ol'dinarias. En todo el cuarto, desde el
&lt;,tuietudes místicas de .\u1·elio Hivulln, ni las eró- allar de amor, frío y hostil como lecho de hotel,
hasta la mesa de escribi.r, donde no escribía nafü:n.s perversidades de Federico ~01·iega ni lu
1
áeTtil lascivia de JcHaro ,\rcli-rna. Calavera y die, tenia ese aspecto desabrido de los cuartos
juerguista, pero á la antigua esp;_1J!ola sin las de soltero frecuentados por mujeres galantes.
~nfermizas exquisi!eces que nos han venido de Comparó mentalmente aquel antipático nido de
~Uende eJ Pirineo, netamente castizo, cl'isliano amor con los confortables rincones donde le reviejo á machacamartillo, caballero, buenazo, cibían sus otros amantes, y evocó los transl_úciiranco y leal, para él, el amor, era una ftinción dos Cristos de marfil y las esmaltadas Vírgenes
9"atuni.l 1 necesaria para su juventud, pero en lo. que sobre el fondo de los viejos brocados bizanQue no ponía el co1·azón, que re!-;ervab;:i para el tinos contemplaban con sus ojos estático::, los
díu en que 1 un ·poco cnr1sndo yn, llegase Ju hora amatorios desvaríos de Aurelio Rivalta; sonrió
~e penSar en cosas serias y enlontes clú: selo al recuerdo del pisito de Federico Noriega, cínico
y desvergonzado como un prostíbulo pompeyapor entero á la madre de sus hijos.
L¿_CQ!no p1:1do suponerle capaz de saborear e1 no, con su media luz, filtrada al través de vidrieacre encanto de fruta madura, un poco dallada 1·as historiadas de mitológicas escenas en que
quizá, de sus nueve lustros pasaclos?-rensa.ba~· ninfas y faunos cainpaba.n por sus respetos, su'S
la dama.....,... El no l_a había amado nunca.; la tomó objetos de formas "lascivas, turbadoras y, sobre
porque encontróla atravesada en su camino, .. todo, aquella bib.lioteca secreta en que, ilustrado~
corno encontró otras y otras que acudütn, alrai- por lámina_s de un illlpudor admirable,· gullrda~
das por la vapida.d, y conservólu luego por lás- ba (lesde las obras ja_ponesaS en que musnies
tima, por incapacidaél de un gesto de cruefrlad frági~es como muflequillas se contorsionaban en
espiritual, porque ella se adhería á él con el nn- absurdas. posturas de lascivia sabia, hasta los
libros r!ue nos ofrecen en voz baja en la Puersia deses1Jernda de sus afios. Además de lodo,
él era un niño, un niño grande que, pnsaclos los ta de·t Sol; y detúvose con extrafiada complacenmomenlos de amor (aquellos en que quizú. vol- ci,;1 en el entresuelo de Jenaro Ardanñ, estrepivies-e más cruel), reía y jugaba libre de las_con- ·~'So y pintoresco1 clásico y jocundo com9 el
tlirbnüoras surnezas anímicas que Lortvraban á pua.rto de· un torero ó de una rumbqsa maja de
su amiga, libre lambién de los enfermizos sen- Lavapiés; lleno de taurinos trofeos enriquecidos
timentalismos que la sumían en &lt;;rjsis de d.escon- de joyantes capotes, feroces cabezas disecadas,
suelo y descorazonamie!}to; .;y ..á ~~ h~bía que asesinos estoques y rizadas· banderillas; con sus
rui.adir que Gonzalo para el ·.a.mor era un sér t)Ji;: carteles de hórridos colorines llenos por el presmitivo, y ella.ya no estaba pc1ra aqffellos prirni'- tigio de las figuras populares-Jás chulas y le-livo$ e'xCesOs 1 sinb que el amor pmn elln, maes- chisperos, las pintadas éalesas y léls alegres platra en er artc .. qne glosaron O\'idio y Ar'=lino, .zas-, y como remate, llcnándu!o toµo, • las - &amp;'!iera cosa exqui,sita· y quintv:esenciúda, 11ena {Je iarras y las panderetas, los pitos de Snn ISidro
misLebosos deliquios, de raros é inconfesfl.bles y las castai'íuelns y; ·por fin, .!Os mantones de Manila en orgía de colores, en loco florecer de ro1

1

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.·-11.
sas y claveles de geranios y jazmines, entre \09 •
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·
de sus Pº:
que exóticas aves
paseaban la maJeza
Jícronos plumajes, borrachera de tonos y matices manchas de sangre y vino sobre las que él
gu¡taba de verla erguirse como una Venus canalla.
.
.
·.
¡Qué lejos estaba Gonzalo, en su ¡uverul_ ll~eza de todas aquellas contrahechas comphcacione~I E l era un nifio, un niño grande q~: a~~ba
el aire libre, el campo, la caza, el e¡ercic10 flsico,
y en lo moral, la paz, el afecto reposado, res?etuoso, duradero. Por eso cuando Nieves, recién
salida de.l colegio, volvió á casa de su ~adre,
simpatizaron, y donde Leonor vió alambicadas
perversidades, no vió él sino alegría, confianza,
simpatía de camaradas. Pero poco á poco, tal
vez por la fuerza misma del contraste con aque·atmósfera en que se ahogaba, según 18: fué
conociendo, creció la atracción; de ella nació el
carilio, y un buen día sin darse cuenta, sin pen-

lla

sar en ello, se encontró con que el amor habla
hecho de las suyas y un lazo más fuerte que su
voluntad le ataba á la pobre nina tod8: d~lzura.
Leonor hubo un momento en que smtió rasgarse· eJ velo que le impedía ver, y aqu:l amor
adivinado alzóse ante ella como un castigo formidable. Demasiado inteligente para luchar con
lá«rimas y reproches, intentó hacerlo con el
pi;sligio de su belleza, con el i~pulso de su pasión. Sabía muy bien que suphc~r era confes~
su vencimiento, era acudir á la. piedad, y la piedad es la cosa más refractaria del amor que
existe. Luchó, pues, tratando de retenerle aunque no fuese más que por los lazos de eso q~e
Jos místicos llaman la carn¡¡, y redobló los rn!Ss
terios del templo de los placeres. P_ro~~o com, dió, .sm· embarcro
p1en
º , que todo era mutil, y en
supremo llamamiento á su orgullo y á su amo~
propio de mujer, hizo un esfuerzo sobre su vo
!untad, que flaqueaba, y decidió plantear el rom-

pimiento: dejarle antes de que él le dejase á ella.
Con ese propósito había acudido aquella tarde
ó. la cita. Tendría el valor de acabar, de darle
un supremo adiós, y con él, otro á la juventud,
fL ,la vida. No sería .el lento deslizarse en la vejez que ella sofí.ara, sería una caída inmensa en
cf vacío de los afias desde aquellas cumbres en
que fulguraba espléndido el ocaso de su juventud
triunfal.
Pero al verle, al sentirse junto á él, al respirar el encanto de su juvenil fuerza y alegría experimentó esa sensación de ternura enfermiza,
esa ansia de renunciamiento que nos lleva á desear convertirnos en objeto, en cosa sin energía
ni voluntad entre Jas manos de la persona amada, ese anhelo mitad psíquico, mitad sensual que
llevó al martirio ó á la tortura á los antiguos
creyentes y á las más bajas y abyectas humillaciones á reinas y emperadores de la antigüedad.
Gonzalo concluía su arreglo y clavaba al de.sgaire enorme perla en el nudo de su corbata.
Leonor tornó á suspirar:
-¡ Ya no me quieres!
El pareció no eir.
-¡ Lo ves, lo ves !-repitió ella-. ¡ Ya no soy
nada para ti! ¡ Ya no me quieres!
El encogióse de hombros con un vago gesto
de desdén.
Ella tendió la blanca garra y le cogió por un
brazo:
-¡ .:\'o seas así! ¡ :\'o me trates con ese despego! i No ves que no tengo más que á ti en
el mundo!
Gonzalo murmuró vagamente :
-i Qué tontería 1 ¡ Vaya unas chiquilladas que
se te ocurren!-y suavemente desasióse, y sacando un pitillo de argentada 11etaca, lo encendió.
Leorwr agazapóse en el diván con un gesto
magnífico de pante,ra en acecho, que hizo resaltar bajo la piel de terciopelo la acerada energía
de los músculos. Sus cabellos rojizos temblaron
en torno á la cabeza con un vaivén de tragedia,
mi«:mtras los ojos, grandes, redondos, fos_forescenles, teliidos de púrpura, seguían los gestos
pausados de Gonzalo como si esperasen el momento de caer sobre una presa. Así, lentamente,
arrastrándose sobre los almohadones, llegó al
borde del sofá. De pronto, su torso se arqueó,
sus músculos se distendieron como cuerdas demasiado tirantes de un arco que se rompen, y
de un salto se abrazó á su amnnte.
El muehacho trató de resistir la acometida,
que le in vitaba á una nueva batalla pasional;
sorprendido, descuidado, el cigarillo que sostenía en sus labios cayó sobre et hombro de la
mujer y trazó una leve mancha rojiza.
-Perdona-formuló él-. Eso por briHcar como
una gata. Anda, suéllame, no seas loca.
Pero los ·iabios de la faunosa le mordían voraces y experimentaba la sensación semivoluptuosa, semidoliente de los dientes menudos y afila-

dos que se clavaban en su cuello, en sus orejas,
en su mentón. Los duros senos se moldeaban á
su cuerpo, los áureos cabellos le azotaban, y
sentía '.a fascinación de las rojizas pupilas, que
se clavaban en él llenas de perverso anhelo. Al
mismo tiempo, entre chasquidos de besos y enlrcchocar de clientes, oía la voz de la tigresa, una
voz opaca llena de cálidas sonoridades, rota en
absurdos trémolos y de ahogadas pausas, entreco1·tada de balbuceos y suspiros, voz de espasmo
y ele transporte, que murmuraba cosas inconexas, sin otro sentido ni significación que el
desrnrío pasional:
-¡Gonzalo!. .. ¡mi vicia! ... ¡cielo!. .. ¡gitano!. ..
¡.\Iálame, rómpeme, quémame, pero quiéreme! ...
¡ Ves, vida, ves! ¡ De ti no me molesta nada!
¿ Que me quemas? ¡ l\lejor ! ¡ Es fuego!... ¡ fuego
c:umo tus besos!... ¡Vida! ¡Vida!
El, primero trató de resistirla; luego cedió ante
el huracán de pasión y la sintió en sus brazos
gemir y suspirar en un espasmo interminable,
que le hacia retorcerse, descoyuntarse y temblar
como una poseída.

III
t;na vez más se contempló en el espejo, y sus
labios se plegaron en una mueca dolorosa que
no me atrevo á llamar sonrisa. La azogada luna
le devolvía su imagen envejecida, como si en
vez de unos cuantos días hubiesen. transcurrido
alias y el tiempo nevado muchos inviernos sobre su esplendorosa belleza.
El cabello, casi blanco; el rostro, marchito,
surcado de vagas arrugas; los labios, descoloridos." De toda aquella hermosura, un poco artificiosa, sólo los ojos, las magnificas pupilas fosforescentes de tigresa, habían resistido las injurias
de las penas, y para eso yacían ahora hundidas
en un cerco de livores.
¿Fea? N'o, eso no. Avejentada, marcada por
íntimo sufrimiento. La coquetería, que, -ó. su pesar, vi vía aún en ella, movió su mano, y los
dedos, largos, ágiles, sabios, atusaron los lacios bandós sobre la frente, empolvaron las mejillas y tifieron de púrpura los labios. ¡No! ¡no!
Rabiosa, deshizo la obra casi inconsciente y
tornó ú mirarse. Quería estar fea, vieja, repulsiva á ser posible, para encontrar en el desdén
de los demás las fuerzas qne no hallaba en si
misma.
Desde la tarde de la cita había adquirido el
fatal convencimiento de (!Uc e!'a inútil luchar,
de que 110 había fuerza humana que pudiese retener á Gonzalo, de que si no se resignaba á un
suave rompimiento, rompería él violenlamente.
rur otra parle, Nieves cayó enferma. Aquella
mtlancolía que pesaba sobre la dulce niña se
hizo más amarga, más negra, más profunda.
La naturaleza física no pudo resistir el misterioso dolor moral que le minaba, y cayó en cama, postrada por la fiebre. ¿Anémica? ¿tubercu-

�losa? ¿simplemente déb il? El doctor recomendó

reposo, a usencia de pr.cocupacione.s, ahon;o ele
cualqu~er emoción. Y la pobre mujer, amenazada
de perder ele un so!o golpe á su amante y á su
hijéti se decidió al sacrificio, al renunciamiento

de todo lo que sigrliíicaba juven tud, alegría y
vida. Pero en vez de aceptar resignada los hechos, cruzarse de brazos y esperar, salió al encuen tro de los acontecimientos.

Su naturaleza ardiente, llena de apasionamientos y ve hemencias, no podía conformarse al pasivo papel Oe los resignados;- a.sí que, ve h emenLc
en el Sacrificio como en el amor, quiso que aquella· felicidad, forzosamente cimentada Pn su propia desgracia, fuese obra exclusivamente suya.
Ni por un insl.anl.c sintió escrúpulos de moral

'.

J

ni de reli_gión, Para ella, la moral era una cosa
convoncional inventada por la hipocresía del
mundo; y en cuanto á la religión, era algo altruísta, propensa á todos los bellos gestos, que
acogía· en su-s brazos los trágicos sacrificios y
los· grandes dolores 1 que amaba las cosas hipcrbóhcas y CxLrafia.s 1 significadoras de grandes catástrofes anímicas; la religion ·era Santa Teresa
y San Francisco; era nmor1 apasionamiento,
transporte y mar tirio; era algo ardiente y doloroso en que se arrojan las almas anhelosas ele
luz, como las mnripo&amp;1s en la. hoguera que las
ciega.
Así, pues, con un r,lacer rnosochiste, dedicóse
CO!l todas las potrncia.s de su alma á alzar el
edificio de aquella felicidad. Sintió protestar su
pobre corazón ensangrentado, y lo arrojó al suelo; lo sintió gemir, y anduvo sobre él. Presa
de una mística eJtaltación, complacióse en el
&amp;.acrificio, y halló un áspero placer en su martirio.
Por fin había llegado el día suprerno de su entre-vista definitiva con Gonzalo, y por eso se
prepa.I'aba ante el espejo con un renunciamienlo
de belleza precursor de un renunciamiento absoluto.· Sin poderlo- remediar, evocaba el calvario de. aquelLÓs treinta días ·m:1 que había vivido
todo el dolof de envejecer que la Naturaleza sabia rCpartc en anos. Evocó también las piadosas
1_ncnliras1 que eran un suplicio más que se infligía para despislar á Nieves... Padecía dolores Iorlísimos ele cabeza, y el médjco hahíale
aconsejado dejarse de teliir el pelo ... :El colorete
le había i rritado la cara ... La caja de afeite se
le había concluido y no acababa de llegar de
París ...
Y no ·Pra un lento descenso, era un desplome
&lt;le su · bC'lleza, que resultaba lamentable para
cua..lquiPra, trágico pri.ra quien conociese su S('-creto. Sólo Gonzalo no nolnlla el desmoronami('nto. El hacía mucho que la -veía así, mucho que
no encontraba en la querida ninguno de aquellos
atractivo$ que ostentaba la mundana, mucho
que bajo pl:-9abio estucado adivinaba las nacientes arryg8.s:
Con un.esfuerzo de ·vóluntad alzóse de su asien to, y se en~runinó al. rnueblecito Luis XV, icn;l~.

guardaba SU8 recuerdos de amor. Era precisn
deshuccrse de aquellas dulces memOrillS que l•~
ataban aún al pasado. Sacó del cajón un coJ:·~cito, y con temblorosa mano alzó la La1,a. Drr1•
tro, cnrtas, flores marchitas 1 un corazón de esmalte, retratos. Fué contemplándolos uno á uno:
eran fotografías vulgnres, la mayoría obrit d'e
aficiona&lt;los, en que aparecía Gonzalo con _atnvios de sport-de polo, de tennis 1 de caza-; Jur,go, un pretencioso retrato en traje de gala de
gentilhombre del Hey 1 y otro, ,·estido de turco.
Ante la caJ'tulina. amar illenla y deslucida sonrió
melancólicamente. En UQuella traza le vió por
VC'Z primera, cuando en el triunfo ele su bell eza.,
vestida de emperatriz legendaria, se hizo conducir en dorado palanquín por cuatro fornidos negrns al baile de trajes dado en el palacio de la
ele! Solftr ele las Victorias; en aquella fiesta murmuró él las primf'ras p.nlabra.5 galantes á su oido,
y leyó l'lla en sus ojos por VC'Z primera el deseo.
Prosiguió su inventario: cartas;· cartas arrugadt1s1 f'Stritas con muy mala letra, la mayoi-ia
rn papel del Club, del Casino 1 ele la Pella; Ci.U'las concisas, a1wrmiantrs, casi imprratiYns, lruzaclas c-on laconismo, !rus f'\ (!IIC se arlivh'iaba
lo. impacienC'!a di."! df'H'o. Cornpar6la.s con lús
rartas de .\urelio íli\"alln, :,;11tiles y extnirws,
impregnadas rn el fonclo de una inq 11irlwl 111 itad sPnsua! y mifacl rnisti(·c1 1 llt1na tle alani!Jicuclas filosofías y nu-as sensaciones espirituales,
y esrrilas, en cuanto á la forma, r n un !frico estilo, magn iílro y sonoro, á veces i~uminado de
románticos desplanles 1 otras con el fuego de una
rabiosa ironía, nacida de su escepticismo elegante
de cortcsm10 de !os .;\ léclicis . .Aquellas eran más
artificiosas, eran lileratura, mientras que en las
de Gonzalo se adivinaba una verdad, la única
verdad: el deseo.
Con un suspiro de pesar fué reuniendo todos
aquellos objetos en un paquetilo, con idea de enLregárselos en su próxima entrevista. A tólo lodo
con una cinta de seda ro ja y lo besó con pnsión.
Su volunla.d flaqueó un instante. ¿;Por qlié desprenderse de toOo aquello? ¿.Por qué no guardar
un recuerdo, uno solo, que le sirviese de consuelo en las horas de tribulación y sciledad? Desh izo
el paquete y sacó de él una carla ¡ la primera!
y el retrato de· trnje. ¡ 13ah ! , él ni aun se acordaría de nquellas prendas ele una pasión pretérita. Tornó á atar el paquete y encaminóse á la
puerta.
Ahora, á ver á su hijo., pura cobrar fucrzn:;;
1urgo. á

verle á él.

¡Valor!. ..
En la puerta ele! cunrto de Nieves lropezó de
manos á bo('a con el doctor 1\ lonc11da. En efusivo
impulso de sirnpalía le tendió ambas manos.
- ¡Queridó doctor!
Con su redonda barriga, sus piernas cortas, su
cabeza pequeña erizada de escasos pelos negros,
duros y tiesos como alambres, y sus ojillos ratoniles luciendo perspicaces trns lrn,; lentes monta-

dos en oro, resultaba altamente simpático el buen
doctor.
·
·
Alás que profunda ciencia méclica 1 poseíala deI
corazón humano, y más aún del corazón femenil.
En lo~ muchos años que llevaba de ejercer su
profesión había adquirido la, seguridad de que la
mayoría de los males de las mujeres residen en
el espíritu ó en el corazón y allí acudía con el remedio. Tenía una manera de entonación especial
pai~a aquel u¡Jlija. mía!n, que no se le caía de
los labios, inspirador de confianza. Luecro era Ju
discreción personificada; nunca atQsiaaba á s1:is
clientes con pregunlas indiscreta'.s, · ni. con pretexto de su ministerio intentaba arrancarles In
confesión de sus debiliclades 1 sino que aparentnba adrniti~ la.verdad convencional que le decían
y luego él iba enumerando los síntomas de la
v~rdadera en.(ermedacl. Rara vez equivocábase,
y con arreglo á sus convicciones recetaba, á ªran
sa[tsfacción de los pacientes, que veían e~ él
ui:i- mago extraordim1rio que, rece.tanda para dolencia~ imaginarias, cur1;1ba males verdaderos.
Y pafa remate, no se asustaba de nada ; sabín
coirfprencler y plegarse á los caprichos. Nunca
hncia aspavientos nnle la5 pretensiones de seudojuventud de sus clientes ni se m_oslraba refra.c-•
tµ.riO á._ sns exigenéias de drogns y menjurjes
para vivir en una primavera arliflcial, sino que,
praclicnnclo aquella pructenle máxima Hclel mal.
el menosu, prescribíales cosas 1nofensJvas, qu~
{:i~bslituían, si no con ventaja 1 á lo ,menos con
boq&lt;lad, los peligrosos p r oductos de la alquirr¡ía

fran~esa~

·

~

.....

.....

·

, A Le_onor conocíale ele antiguo y había siiguido
el proceso d~ .su heroiCa ·1ucha con los años y aun
~~~_ipistról~ armaS para la batalla. Cuando pre•
_sintió la derrota,. y aunque su inverosímil rapi9'ez descdncertóle por un momento, calló, adivinando. un rpi~Lerioso drama que precipitaba fli
9caso. en la vida de s1.,1 amiga.
·
-¡Doctol'! ¡Doctor! ¡Estaba ya Sobre ascuas
por lo que tardaba!
El • d9clor sónr-ió benévolamente, sacando . su
pesado re.loj de oto:
· --¡Pero, hija,." mía, sj no son más que las seis,
y nunca vengo antes1
~
-¡Estoy tan inquieta! ¡Paso tan malos ratos!
· -Hijita, no s~'l usted vehemente. Por ahora
no ha,y; cuidado.
-ND me eng'ruie. usted, docLor, por Dios; no
me engalie usted. Mire que no vivo.
El galeno tornó á Sonreir con su bonachona
sonrisa de fauno viejo:
-·-¡Cuando yo le digo!. .. Vay~ vaya, no apurarse ...
~ -;;-Pero ¿qué 1icnc? ¿lisis? ¿anemia? {nervios?
:\loncada. frun c1ó el ceiio y sumióse en profundn
meditación. Luego formuló su diagnóstico:
- Como tener, por ah·ora no tiene nada determ inado. Está . déhil.. un poco de pasión de ántrn q.. ~asa por !a edad crítica, -y como ella. no
es muy fuerte, ep eso~reside el peligra _.. AhoFa
!a levantaremos dentro de un par de días, y en

seguida al campo; .aire, luz,- ejercicio1 aus¡mcia
de preocupaciones: . _ Conque, no aplll'arse¡ que
no será nada ...
Se despedía, y Le(?nor, al verle Partir, sintió
a~mentarse su angustia; perü 1 sobreponiéndose,
11120 un esfuerzo y penetró en el cuarto de su

hija.

Era la habitación un verdadero nido de colegiala en vacaciones. Nada de esa eiegarrciq un
poco decadente que;· aman las muchachas del
día; nada de los muebles antiguos que (\an á Ías
celdas de las modernas vírgenes aspecto de
cuarto de cortesana det siglo xvm; ni pan~udas
cómodas, ni misteriosos biombos, ni equívocos
divanes; mucho blanco y azul 1 demasiado bjanco
y azul; rp.uselinas 1 venecianas 1 muebles inconfortahles laqueados de blanco 1 butaquitas de pª'ja,
rinconeras con chirimbolos hípridamente -pueriles, y sobre una mesa con albo mantelillo una
imagen de la Concepción· y un molletudo Niño
J esús, entre fl oreros. Ni un .rincón discr~to ni
un. cálido refugio; aquella albura tenía una hostilidad de virtud demasiado Iría.
. ·.
, U
En ,el ·leoho, pPquei'ío. y sencillo, un lecho inglés de dorado bronce, yacía Nieves. La semipenumbra crepusCula.r destacaba sobre· ia holanda de las almohadas el marfil del rOStrO, ' ~imbado por P.l pelo de azabache 1 que formaba á modo
de fúnebre. coj ín de· raso negro. La enfermedad
había empalidecido aún .más la cá.rita de azu•
cena, en que se abrían al misterio los ojoS 1n:
mensos, adivinadores; había afilado la nariz corÍ
cadavérica delgadez y ,narchitado las rosas de
las meji1las y los geranios de 18 boca.
Al entrar Leonor, la enfermHa volvió á ella
sus ojos tristes, y sonríó t enuemente. · ·
· ··
La mund;,tna aproximóse al lecho de su }lija
tras contemplarla un momento, besóla larga~
mente en la.frente. .
· ._
·
-- Nena... ¡pobrecita mía!.. ¿Estás mejor?'
La pobre nena tomó á sonreir, infci"ando un
vago gesto de aquiesce ncia, y luego quedóse contemplando fijamente, con esa mirada extraiía
que pare6e fr mds _allá, una de sus ·manos lárgas;
translúcidas, esquel"ética.s, que reposaba sobre IEÍ.
seda azul de la colcha. comO un amuleto de marfil -sobre el -. forido de un estuch e.
Al verla tan pálida, tan triste, t~n Caída, pensó
la pecadora., presa de fiebre de ·sacrificio:. (;¡y
era hora!n Un afán inmenso de anulación de
renunciaffiien"to, ·casi de martirio,. hízole .pe¿sai
en el dolor de -esas !)f'rsonas que se dejá.n .Süngrar para dar salud ú ún enfermo ó arrapc8.r
un tror.o de carne !Xtra Salvar á 1:1n m.ufila.do.
¡Ya era: hora!" Hora dr- (!llC. ella renunciase. á la
vida para que Nie.V(ls· pudics9 v.ívfr; hórn.. de rc:nuncia.r al amor para qur I\irves pudiese ·amar.
La grandeza. misrria. df'I sacrilicio la electrizó .. ·
-¡Vamos! ¡no seas .mfrnoSa. ni pongas ésa
cara de nii'ia enfenri.lLa!- Quiso · rnostfarse.· ale,..
gr.e, y su alegría.sonó á falso--. ¡No se;s tontita
11..L hagas .mir:nosl ~le ha d.icho Moneada que es..t~&amp;. rr¡ucno mejor,
1

y;

a

�Y como la nena la mirase con sus inmensas
pupilas llenas de tristeza, continuó, haciendo ac0pio de ,·alor:
-iVerás1 verás qué bien! Al campo á correr 1
á saltai- como cuando eras chica, á ponerte gorda
y colorada, y cuando estés bien-hizo un esfuerzo supr_emo para que la voz no sonase desgarrada-... Y cuando estés bien, á casarte ..
Nieves inició un gesto de asombro entre alegre y curioso. Leonor lomó respiro y concluyó
diciendo:
- ... A casarte con Gonzalo Cortezar.
La nena se incorporó; fulgores de alegria en
los ojos y én los labios 1 roséLS de vid8. en las mejillas. La pobre vencida quiso aparentar alegría
ante aquella transformación, y rió con risa que
so.n aba lúgubre:
-¡ Ya sabía yo que cuando le diesen la noticia
á la señorita, los mimitos se iban como por ensalmo! Pues si Gonzalo ha pedido tu mano.
Pero ya Nieves se había dejado caer sobre la
almohada, descorazonada . .Con voz débil murmuró:
:_Tan mala estoy, qne se me da todo lo que
pido ... ¿ Me voy á morir? Di, mamá, por Dios, di,
¿me moriré?
Por un instante olvidó Leonor todos sus pesares y fué sincera, fué madre.
-¡Nena! ¡Mi vida! ¡Chiquilla! ¡Pero estás
loca! ¡Qué hablas de morirte! Te juro que estás
mejor,- mucho mejor, que es cues_tión de días,
que dentro de una semana 6 dos nos v_amos al
campo y que tu novio vendrá: con nosotras.
La enferma la miraba con desconfianza y en
el fondo de su alma se formulaba por vez primera una pregunta extraña : ¿ por qué si todo aquello era cierto y ella no estaba herida del mismo
misterioso mal que consumió á su padre como
un fuego diabólico doce años antes; por qué si
iba á ser feliz unida al hombre amado, que era,
además, bueno, noble, rico; por qué aquella extrafía turbación de su madre, aquel dolor que trataba de ocultar y que se le escapaba e.n rotos balbuceos? ¿Inquietud? ¿, Temor?
Un criado anunció :
-El señor marqués de Cortezar.
Leonor se puso en pie. Estaba livida y en sus
redondas v.upilas ardía una llama de locura.
-Voy.
En el saloncito, y sentados frente á frente, permanecieron silenciosos. Leonor se había dejado
ca,er en amplio butacón junto al fuego, y allí, al
amparo de la escasa luz que se filtraba por la
pantalla rosa de la única lámpara que ardía en
el cU.arto, permanecía encogida, escalofriada, sintiéndose morir. Gonzalo, turbado, molesto, con
aire 1amentable de torpeza, maldecía en su fuero
interno de la malhadada hora en que aceptó aquella cita 1 y diera gustoso cualquier cosa por verse
á cien leguas de distancia. Muy pálida, marchi•
ta, envejecida, con solo un lucir de vida en las
magnificas pupilas, parecla ella ungida por el

beso de la tragedia. Encogido, desconcertado, un
poco ridículo, tenía él aspecto de héroe de comedia.
El silencio se prolongaba, aumentando la angustia de la situación; la pantera, encogida sobre si misma, fijaba en su 1;U1tiguo amante los
ojos de brasa; ei muchacho, inquietísimo, jugaba con los guantes. Al fin Leonor inició un gesto
trágico y comenzó á hablar:
- Yo soy vieja ... -luego calló con loca esperanza de una réplica negativa por parte de Gonzalo; pero él, concentrado en sí mismo, seguro
de su inutilidad para aquella clase de torneos, no
dijo nada.
Defraudada en sus ilusiones 1 prosiguió :
-Yo soy vieja y tú ya no me quieres ...-tornó
á callar, acariciando una vaga ilusión de equivocarse, de ver en él un arranque de pasión. Pero
como su interlocutor callase siempre, repitió rabiosamente1 ensañándose en su propio dolor:
- ¡ Yo ya soy vieja y fea y tú no me quieres!y tras de una pausa ¡la últirña! reanudó-: Para
qué engañarnos... ¡ Tú ya no me quieres! Yo no
soy-continuó--de esas mujeres que se aferran á
un amor1 que lloran y reprochan, que espían,
persiguen, hacen escenas... Tengo demasiado
buen gusto para arrastrarme en inútiles humillaciones, para convertir la ruptura en pelea de
mujerzuelas y rufianes; estoy demasiado bien
educada para insultar, y ¡ no sé llorar l
Hubo un silencio plagado de angustias. Al
fin cogió Leonor nuevamente el hilo de su discurso:
-Cuando comprendí crue envejecía, que tú comenzabas á hastiart.e de mí, luché; cuando tuve
la certeza de que todo era inútil, renuncié á batallar. No te hubiese visto más; claro que te hubiese encontrado en el mundb que los dos frecuentamos; pero hubieses sido el marqués de
Cortezar, Gonzalo Corteza.r, no Gonzalo, mi Gonzalo, el dulce nombre que amé tanto1 el que tantas veces pronuncié con ternura, sino un comensal, conVersador ó bailarín, en que sólo se piensa
cuando se tiene delante, ~ro al que se olvida en
el momento en que se aleja. A solas, • frente á
frente, con lqs ojos por espejos "';{ los labios por
confidentes, no te hubiese visto más.
Nueva pausa, durante la que Leonor pare:ció •
hacer acopio de energías. Después 1 con los ojo:::
fijos en un punto indefinido y voz impersonal de
hipnótica, oonlinuó hablando muy despacio:
-Esto que voy á decirte ahora es algo tremen•
do, enorme; algo que no -parece de la vida real 1
sino arrancado de una de aquellas tragedias griegas en que la fatalidad jugaba con los personajes
como con müfíeoos; es algo que está ..más allá
de la esfera de las conciencias humanas, porque
la naturaleza con sus pasiones crea conflictos
que la conciencia no sabe resolver.
Hablando se exaltaba, y el sentimiento dejaba
paso ó un algo de teatral que había en ella. Y era
sincera y afectada A un tiempo mismo, sentía y
pero:raha, sufría y se escuchaba..

\

�-Ahora viene lo tremendo-hilvanó-. En esta
casa no he sido yo sola la que se enamoró de ti,
no ha siclo á mí sola á quien has robado el cora•
zón. Kieves, mi bien, mi único bien, se ha ena·
morado de ti, muere de. tu amor. Ella no tiene
mi naturaleza de acero, no tiene mi corazón en·
callecido J_)Or los desengafios, y muere de tu amor.
Y entre perderte sin perderte (pues á tal equi•
vale una banal ruptura) Yperderla á ella, ó con•
servar á mi hija, aunque entre tú y yo se abra
un abismo inmenso, más profundo que el mar.
ó se alce un obstáculo más alto que todas las
montaiías de la tierra-era patética-, prefiero
perderte para siempre, ya que de ti los afias irh·
placables habían de alejarme y de ella sólo puede separarme la muerte.
Hablase puesto en pie; con un gesto de león
sacudió sus cabellos, incendiados en las llama•
radas del hogar, y sus ojos enormes, fieros, fijá·
ronse fascinadores en su amante. Siguió:
-Nieves te ama; para su triste adolescencia tú
eras la vida, la alegria, el misterio de lo que está
por venir. Para mí eres el pasado que huye sin
que podamos detenerlo. Tú quieres á Nieves. Tú
no has nacido para la vida turbulenta de la pasión
ni para beber la voluptuosidad en viejas án[oras.
En el fondo tienes un alma de burgués, de cristia·
no viejo; eres pueril, recto, alegre, incapaz de tur·
hadaras inquietudes; has nacido para ser feliz
y hacer feliz á una mujer honrada, para vivir en
el seno de tu hogar con lu esposa y tus hijos,
pata ser hombre de orden, para ser un sostén
de la sociedad. Cásate con Nieves, hazle Jeliz y
sé dichoso tú. Yo te perdono.
._
Gonzalo aventuró un gesto de resistencia.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Dudas ahora? ¿ Vas á tener es·
crúpulos de conciencia? ¿ Y así eres noble, bue•
no, leal? ¡ Escrúpülos de conciencia !-rió sar·
cástica-. ¡ Escrúpulos de c◊nciencia, cuando no
los has tenido para matarle á ella y herirme A.
mí!. .. ¿Pero no la quieres, di, no la quieres?
Se puso en pie y, acercándose á él, clavó su
garra en el brazo del muchacho, mientras las
pupilas de rubí le fascinaban. Repitió la pregunta:
-¿No la quieres, di, no la quieres?-Y á un
gesto de afirmación casi invisible de é'l :-¡Ves!
¡Ves-cómo· la quieres! ... ¿Pues entonces? ... ¿Es
por mí? ¿Por mí? ¡ Pero no ves que soy vieja,
vteja y fea!-Sacudió la melena con ademán
desesperado--. ¿No ves llli J)elo blanco, mis ojos
escaldados de llorar, rris labios marcliitos de ha•
ber besadb? ... ; No, Gonzalo, no! Yo estoy muer·
ta, muerta para ti y pflra todos. Cunndo me veos
junlo ú vosotros, lmngínnte que soy un cadáver
galvanizado, un cadáver que marcha y habla y
ríe. Estoy muerta; siento el frío de la lumboi
dentro de mi cabeza el vacío de la nada y en mi
corazón los gusanos que entran y salen dándose
un banquete. No, Gonzalo, no; mi traje de des•
posada es la mortaja; mi Jecho de amor el ataúd.
Soltó su presa y dejóse ir en la butaca. H.ubo
una pausa silenciosa. A lo lejos ladró un perro,

y un reloj dejó caer en el espacio siete campanadas. Al fin, Leonor alzóse lentamente. Parecín
serena ya. Con voz pausada formuló :
""
-Quedamos en eso. Has venido á pedirme la
mano de ~ieves y te la he concedido.

IV

Sobre un tapiz de blflncas rosus, entre búcó.·
ros de cristal, en que lucían la magia de su pres•
tigio cándidas azucenas, la Santa Virgen 1\Iaría
erguíase en murillesca evocación. Por l?s coloreadas vidrieras entraba ú raudales el sol, pbniendo estelas de brillantes, ele zafiros, esmera'.1das, topncios y rubíes en la blanca sinfonía, in•
cendiando en polícrona irisación de resplandores
la celeste escala por donde descendía flngélicn
procesión ele concerlanles.
El templo de ese banal seucto•gólico de lris
modernas igli!sias, era demasiado claro, demasiado alegre, con sus paredes Llancas llenas de
doradas senlencins, sus amplios ventanales por
donde penetrilha descarndamentc la claridncl del
mediodía y sus imúgenes de talla pinlaclas de colorines.
Lna mullilucl profann 1 cleguntisimn, acrecen•
luda á cada momento por gentes que blqsonados
coches y ruidosos automóviles depositaban á la
puerta, hablaba y reía, cuchicheaba, espinba A
los recién llegados, comentaba, criticaba, sin importarles gran cosa ni la santidad del lngnr ni
la gravedad de la próxima ceremonia.
Trajes elegantísimos que evocaban en sus plie·
gues la nobleza de las vestiduras clásicas; sombreros inverosímiles, que apenas dejaban adivi•
nar los rostros; modernos atavíos, moldeadores
procaces de ocultos encantos, regias preseas, lucían aprovechando la ocasión de aquella boda
sensacional.
Al fondo de la iglesia, jllnto á la pila del agua
bendita, un corro de maldicientes comentaba.
En primer término la condesa de la Campanarla,
magnífica con su collar de perlas, digno de u1vL
soberana oriental, y junto á elln i\lnria l\1onta•
raz y el imprescindible Julito.
-¡Lo que larllan! - suspiró la condesa, pen•
sanclo nostálgica en el futuro almuerzo.
-Se estará despiclienclo ... - insinuó maléYolo
María.
-Es un precedente-corroboró Ju lito con la irt•
tención de un Miurn- -. 1! ¡ Lo saben las madres! i ¡.
como en los anuncios de la Emulsión. Es la rnodn
n ueva , tomar t\ cala. los novios de h.1s hijas, com'o1
si fuesen melones.
1
-La v erdad es- saltó ,·ivaz i\laría-que no t(
nemas ni pizca ele vergü enza.
1
- Confesión de parle ... -rnlificó muy serio Jti·
lito.
-¡ ;-io seas majadero! - protestó indlgnadn lo
morena dnmn-. Lo dig_o p(!rq~e.)1,82}~9s_~1;,i~~
ver esto.

,

1

La deja Campanada creyó llegado -el momento
de legislar sobre moral social.
-En esta clase de asuntos no puede uno darse
por aludido por meras apariencias. Mientras no
hay un escándalo ó los mismos interesados ...
-¡Y quién se atreve á arrojar la primera pie•
dra!-suspiró con énfasis la pedantona de la viu-•
da de Vargas Serrano--. En muchos de los he·
chas que nos parecen á primera vista frívolos,
que nos mueven á risa ó provocan un comentario burlón, hay un drama doloroso, terrible, más
amargo por las condiciones mismas del mundo
en que estamos, que nos hace ,·ivir dos vidas:
una externa, del dominio de las gentes, en que
sólo reímos 1 y otra interna, que únicamente nos•
otros mismos alcanzamos á ver. ¡Quién sabe
cómo tendrá Leonor su pobre corazón!
Las mujestuosas notas de la marcha imperial
de Lohenarin sonaron en el órgano, primero dé·
biles, después fuertes, fastuosos, y elevándose ú
las elevadas bóvedas, tuvieron ~irtsólilns magni·
ficencias; las puertas del templo abriéronse de
pnr en pnr, y lento, pausado, en deslumbrante
lucir ele unif01•111es entró el cortejo.
Primero Nieves, más bella, mús tenue, mils
espil'itual que nnncn, con nlgo ele superilumana
abstracción, vestida de blancas seda.s enguimal•
cladus de azucenas, envuelta en nevados tules,
tras lris'"que lucían los fulgores de las inmensas
pupilas de mislerio, apoyándose en el brazo del
iluslre general don Pedro narnón Alfonso Rami•
ro Hernando Gumersindo Sinforoso Fernández
de Haro, nivalta, Pérez de las Olivas y Roncal de
TorqÜemacla, concle•duque de Frinueva, marqués
de las Olivas del Hey, conde de Torquemada y
de Jiloca, que con el rojo uniforme de la I\Jaes•
tranza, sus piernas· zambas, su rostro apoplético
y su peluquín zanahoria (última coquetería con
que pretendía fascinar al bello sexo, al cual era
harto aficionado), lenía el aspecto completo de un

cangrejo. Detrás Gonz.alo, arrogante con el blan
co uniforme de Calatrava, y apoyada en su brazo,
muy pálida á pesar del colorete, pero altiva, al
parecer serena, eleganlísima con su traje gris
bordado en plata, Leonor. Y, por último, los tes•
ligas, vistiendo uniformes de fantásticas órdenes,
cruzados lcis pechos por bandas y adornados de
exóticas cruces.
Cruzaron todos el templo, y arrodillados ya
ante el altar, comenzó la ceremonia litúrgica.
María murmuró al oído ele Julito:
-Fíjate en Leonor. Parece un reo ...
El otro rió irónico :
-En capilla.
Cruzó vacilante el saloncilo que precedía á su
alcoba; detúvose mnquinalmente ante un espejo
y retrocedió horrorizada. Los ojos estaban hundidos en cercas ele un azul tan obscuro, que pa•
recia negro; los labios, blancos, se crispaban en
mueca de amurgura, y en el centro de las meji•
llas lívidas, las dos manchas de colorete le da•
han el extrnño nspecto ele nn cadáver vestido de
mtlscara. Alejóse ele su inrngen y anduvo un momento errante por el cunrlo. ¿Qué iba á ser de
ella nhora? Perdía ú su hija y perdía á su amor,
y no para verles caer en la nnda, sino par(l mirarles vivir dichosos. Perdía paz y juvenLud.
¿ Qué hacer? ¿ Yolver ú empezar? ¡Imposible!
Aquella ruina ele su vida era la garantía de la
felicidad de su hija. Eslaba condenada á viv-ir
sola, triste, olvidada. Y la pobre mujer tembló
de arigustia. Sus ojos pasearon despavoridos por
el cuarto, que comenzaban á invadir las tinieblas nocharniegas, y detuviéronse en el crucifijo
colgado junto al ,lecho y que parecía tenderle
los brazos con supremo ademán de piedad. Dió
algunos pasos y se dejó caer á los pies del Cris•
to, sollozante.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Ten piedad de mí!

SEGUNDA PARTE

Una vez mó.s a.somóse al barandal de la terra•
za y oteó la lejana ruf.a que como blanco sendero hendía la monlafla y serpenlenba sobre los
ac-an1 ilaclos que formabon la costa. Defraudada
al no ver alma viviente en el camino 1 volvió los
ojos al mar, que se lenclia á sus pies, azul, reful•
gente, inquieto, rizado por leves olas que se rompían contra las rucas en cataratas de espuma. En
aquella pequeña playa del i\lediodia francés, si•
luada á diez minutos de Biarrilz y media hora
de San Sebastián, tenia el paisaje una tosquedad
un poco hostil, un salvaje encanto primitivo, de

que gustaba su alrr;ia bravía; un bJ.rbaro encanto, acrecentado en las noches de borrasca, dormitrmte ahora bajo el cielo ele intenso azui coballo1 en que brillaba el sol como enorme disco
de fuego.
Las rocas milenarias mostraban sirn ¡)icachos
á flor ele agua como grupas de yncent.es monstruos mari.nos, trazando un semicírculo en torno
de la requefia ensenada, qne los hombres no
profanaron aún con sus feas 'construcciones modernas; riscos y pefiascales enormes, cpn fantúslico aspecto de ruinosas fortalezas, formaban
las laderas de la montafía; en las doradas are•
nas de la playa_n _o se veían esas hórridas caser

�•
1

f

tas de madera que manchan sus similares, y el
mar, perdida la quietud de que hace gala en el
Puerto Viejo de Binrrilz y en la española Concha
de San Sebastián, iba y venía, murmuraba sordamente arrastrado por la resaca ó rugía con rugidos de monstruo satisfecho al 'romper de las
olas.
Debajo de la terruza 1 que avanzaba hacia el

mar, el jardín, con algunos pmos y bojes, tenía
también un aspecto inculto que nrmonizaba á
maravilla con el paisaje. Junto á una de las tres
puertas que comunicaban con el chalet, tía Gerlrudis, _las gafas cabalgando en la punta de la
nariz, ha.cía labor. Hundida en el butacón de
puja, tenía un aspecto encogido y modesto, acrecentado- por el ~encillo traje negro y el anticuado
peinado, que partía en bandas sus argentados ca-:
belloS. En la carita, · menuda y apergaminada 1
brillaban los ojÍ.llos grises con seren¿ luz de bon-

dad. Leonor quería y estimaba á la vieja parienta tal vez por hallar en ella una absoluta antitesis de sí misma, y espantada de In idea de su soledad (aquella soledad buscada para huir de la
otra soledad en medio de las gentes que hubiese
podecido en los balnearios elegantes)i habíala
llevado (l. pasar el ver~no con ella.
Después de nflo y medio de separación, en que
no vió á ?\ieves ni á Gonzalo, y después de pasar por lerribles crisis de nervios, parecía Leonor rejuvenecida. Gonservaba el cabello blnncu,
pero en el rostro, terso, brillaban las magníficas
pupilas de ligresa, y los labios, delgados y rojos,
Sonreían cruelmente. Su cuerpo, esbelto, elástic_o, portentosamente moldeado, lucía bajo el traje de lienzo avellana, y st1s movünientos, inquietos, elegantísimos, tenían felina gracia, que prestaba bellezas de escultura á los ademanes preludiados en su, impaciente ir y venir.

Tía Gertr~dis acabó por alzar la cabeza.
-Hija--rió benévola-, qué inquieta estás.
-No lo puédo remediar. ¡ Aüo y medio· sin
verles!
La vieja la contempló risueña por encima de
las gafas y comenló:
-Estás guapa.
Halagada, rió Leonor.
-jTía, por Dios 1 qué cosas se la ocurren!
L¡i otra siguió su comentario :
-Pareces ... pareces .. . Gata no diré porque eres
demasiado fuerte y dura; te falta la melosidad.
Pareces ...
-Una pantera vieja-completó Leonor.
Ahora le tocó el turno de reir á la anciana.
-¡ Qué cosas tienes !
La pantera volvió á la baranda, y apoyando en
ella las manos 1 miró al camino.
¡ Qué impacienci~ ! No podía pasar quieta ni un
instante. Ver á. ;\ieves, la hija adorada, á quien
.en un momento de neurótica exaltación sacrificó
la felicidad de su vida. Verá Gonzalo 1 verle á él,
al único hombre que quiso y que había perdido
para siempre. Y sin querer1 evocó los pl'imeros
días después del sacrificio, cuando su sobr·eexcitación de histérica tomó la forma· de un apasioIlado mislicisrno y pasaba las horas en oración,
antojándosela en sacrílega cale11tt1l'a ver en las
facciones de los torturados Cristos las amadas
facciones de Gonzalo. Y luego los días de postración, en que la parecía flotar en el vacío sin sensibilidad ni pensamiento, y, por· fin, la larga convalecencia.
De pronto sonó la bocina de un automóvil, y
Leonor gritó :
· --Tía, ya eslán ahí.
Y como el coche subiese raudo por la vereda
del jardín 1 corrió á su encuentro.
El primero .en saltar fué Gonzalo, que 1 c'ül·dial,
le tendió la mano; después :\'.ieves, á quien se
adivinaba más delgada bajo el guard~polvo1 y
que cayó en brazos d~ su madre.
-¡ iVlamá 1 mamá! ¡ Qué guslo verte!
Leonor, mientras la estrechaba contra su pecho1 la examinó; estaba mucho más flaco, el
rosLro muy pálido, espir·ituaJizndó á la luz triste
de las enormes pupilas negras. Gonzalo también
estaba más de1ffado, afinado, ai'istocratizado, con
más inteligencia en el rostro y más serenidad en
los ojos. Parecía corno que Kieves hubiese afinado su espíritu 1 como si el trato con aquella crialura desposada con la muerte hubiese despertado su alma dormida. Dolorosamente impresionada Leonor1 murmuró:
-Os encuentro á los dos inás delgádos 1 pero
sobre Lodo á ti, Nieves .. .
-Venía muy bien- aseguró la pobre niña con
su voz tenue y su sonrisa triste de elegida-,
pero en I3 urdeos escupí un poco de sangre, muy
poca 1 unas gotas .. .
Siguió hablando, explicando su supuesta anemia, los insomnios, la los persi.stente 1 los sudores que le acometían, su iriapetencia ... Pero Leo-

nor no le escuchaba ya; sus pupilas habían sal.
tado por encima de la pobre enferma y acechaban los ojos de Gonzalo.

11 ·
Con' un gesto de cansancio inmenso desprendió de sus cabellos el gran sombrero negro 1 empenachado de plumas blancas 1 _y lo arrojó con
desdén en ona de las butacas de mimbi'es; después acodóse á la balaustrada y suspiró honda•
mente, rendida por los acontecimientos.
Había sucedido una hora antes 1 al volver del
Casino de htanüz, donde habían ido á pasar- la
ve½ada. &gt;iieves aquel día mostrábase más alegre
y locuaz que nunca. ~lientras Leonor se lanzaba
en el juego como en un río de olvido 1 la enferma,
muy mejorada al parecer, bahía reído y bromeado y hasta llegado á valsar. Luego, en el automóvil que les llevaba desde la veraniega villa á
su montaraz residencio, habló pueril, haciendo
descabe'.lados proyectos parn el otoiío y ponderando el resurgir de belleza en su madre; más
tarde, y de vuelta ya, entrelúvose comentando
las peripecias de la noche. Súbitamente había palidecido y, cerrando los ojos, llevádose las manos al pecho con un gesto de suprema_angustia,
mientras un hilillo de sangre manaba rojo 1 fino.
persistente, de sus labios. Habíase tan1baleado1
y entonces, como Gonzalo corriese á ella, desplomóse en sus brazos.
Una hora de lucha desesperada con la muerte,
que intentaba lleYarse á su presa, y al fin las palabras tranquilizadoras del médico (á quien e1
auto lrnbía ido á buscará toda prisa) y que anunció partiéndose los guantes:
-Vaya, pasó ya. Por el momento no hay peli•
gro-habían tranquilizado algo á Leonor.
Ahora, tendida en la meridiana, dormitaba Nieves b8jo la vigilancia de tía Gertrudis y de Gonzalo, y su madre, rendida por la lucha, salía á
respirar el aire fresco 1 impregnado de salinas
emanaciones.
ExU¡.tica, en una especie de doliente Nirvana,
mecíase su espíritu en densas nieblas, mientras
sus ojos vagaban por el paisaje. La noche, cálida, tenía una oriental belleza llena de voluptuosidad y de misterio. Bajo el firmamento, de heráldico azuL en que pendía la luna como enorme
per.la, más pálida en el diamantino titilar de los
luceros, dÓrmía el mar en un rítmico Yaivén. A la
escenográfica claridad lunar, la playa adquiría el
prestigio de una romántica evocación medioeval,
mientras allá lejos las luces de Biarritz temblaban en el agua.
Abstraída de la realidad, su alma turbada, trataba de leer, como los viejos astrólogos, en las
estrellas el misterioso arcano de la vida. ¡ Qué
cruel había sido con ella la Naturaleza! ¡La Naturaleza! He ahí la única verdad. Inútil que pretendamos burlar sus leyes, inútil que intentemos
·a1go si ella no quiere. ¡ Qué importa una arruga

�más 6 menos ó el color del pelo si ella no quiere
que envejezcamos y dentro de nosotros arde el
fuego sagrado de la vida! Hay gentes que 1 jóve•
nes, agonizan en precoz decrepitud, mientras que
otros se conservan jóvenes en los linderos de la
muerte. La :\faluraleza:~e había reído de ella 1 de
sus románticos sacrificios, de aquel renuncia•
miento,, diclado por -enfermizo neurotismo.
Amaba á Gonzalo. J\lienlras Nieves, en la flor
de la juventud agonizaba, ella senlinsc, en el de_clinar de la existencia, fuel'te, ,apta al amor, ar·
di-ente y fj.erá, como rúsUca faunesa.
Imploró en el silencio de la.noche piedad de las
ocullas fuerzas y murmuró CQmo maléfico con•
jur.o: u¡ Gonzalo! ¡ Amor mío! ¡ 11i amor! ¡ l\li
ún~co amor!)) Y una voz doliente contestó á -su
lamento:
-¡Se nos muere!
Volvióse rúpida, y vió junto á si á Gonzalo. So•
hre el· rostro vulgar del muchacbo gravitaba una
sombra de trisleza que empafiaba sus ojos y se•
!Jaba con doloroso rictus los labios.
Sintiendo subirle una ola de amargura inmensa
del corazón á los labios y olvidando por un mo•
mento que la mujer que .:1gonizaba el'a su hiJa,
para acordarse ton sólo de que era su rival, filo.
soló siguiendo en yor. · alla el hilo de su oculto
pensar:
. . . . . .A_sí es la vida. Unos mueren porque no son
bastanle fuertes pura i-esislir la felicidad, y otros
que tienen fuerza han• perdido Ja dicha para
siempre.
Alzó la cabeza, extrafiadÜ de . ballar aquellos
::;;uliles conceptos en unos labios donde sólo creía
encontrar apóstrofes de dolor, y como viese bri•
llar en Jas pupi-las de tigresa no sé qué lunáticos
destellos~ límilóse á repetir con un vago dejo re•
prúchador:
-¡Senos muere!
Le mfrú desafiad0ra 1 fiera. El velado reproche
y la honda pena que mo.Lizaban sus palabras 1 le
hirieron come una injuria.
. . . . ._¿Para qué mentir?- Entre el amor y la muer•
te, con el cielo por techo y el mar por horizonte,
pod~.m os ser .sinceros y poner al de'&amp;nudo la ver•
dad de nuestras-almas-. ~-Ié\b,laha teatl-~.l, trágica
y magnifica-. Te quiero, Gonzalo; le quiero c_on
toda ·1a -energía de mi. naiurn.!eza jpven, con un
amor reroz, hecho de celos y deseo, de ansia de
posesión. y de ausia de mµerte~ no con ese pálido
amoI"¡ coFl: qu,e le arria la pobre moribund~.: Te
quiero-y-te quis€; ;· ni un insiunte dejé de arharte,
y pqrque te amé, quise renunciar á . ti, y como
sin ti 1-ajuventud y la vldn me ernn inútiles, qui•
se contigo r.e nunciar á ellas. Pero la Natµ.raleza
se burla de nosotros, y al ver lo baldío .demi sacriftclo, .. s-iento, que no debí-de h9-Cerlo nunca,. que
es PfeCiSo que seamos egoístas, salvajemeflle
egoíslas 1 fuerles, q ue 1 como las fieras del de•
sie~to, .d~jemos morir á los débiles, á . Jos enfe1·n1os, á los cobardes.
Turbado, desconcetlado en su recto sentir y
en la apacibJe y burgue,s.a _serenidad de su vid,1 1

incapaz de sentir la. grandeza trágica de aq.1.J
drama, no viendo en él sino la parte desagra ln•
ble," violenta, dificilísima de resolver murmuró:
-Estás excitaclli 1 ínala. Las emociones le hacen dafi.o. Debías acostarte.
Rió sarcá:stica, con una risa que re.sonó lráJ.[ica1 escalofriante, en el silencio de la noche. Con
irania. rabiosa, habló canlurrea·ndo:
-~
-¿Por qué no me &amp;consejas una tacila rle
tila?-Y de pronto 1 sin transición, con a})ocalíp·
tico ademán. de beroina de tragedia:-¡ GOnzalo,
le quie'ro, te quiero y po,: encima d'e todas laS -Je.
·):es divinas y humui1as me Siento arrastrada ,\
li por el Destino!
El ca"Uaba, denegando suavemente con la ca•
bez8 1 esperanzado de que la crisi"s de exaltación
pasase pronto. Pero ella· sen! íase mala 1 cruel.
Una fercicidad extrafia naéía en ella, Un ansia de
hacer daño, de martirizar, de ver correr la san•
grc y oir lbs lamimtos, los riyes de~spe'rados· de
la. víctima, el crujir de huesos, el rechinar de
dien!es, el desgarrarse de las carnes, de sentir
el calor de la sangr·e y ele· las lágrimas 1 de inferir á los demás atf-oces torturas físicas y mo•
rales.
- ¡Ah! ¡Sí! ¡ De verdad !-apostrofó con VOZ
silbante-. ¿ Quieres lúnlo á esa pobre muñeca
que se muere? Entre ella, qttc no puede brindar.
te ·sino_unos labios marchitos, y yo, que le ofrez .
ca el arcano de la vida 1 ¿la prefieres á ella, di?-=-Y apasionada, loca, arrebatada en dantesco vér•
tigo:-¡Gonzalo! ¡GGnzalo! ¡Mi vida! ¡Amor
mío! ¡ Xo mé rechaées ! ¡ Xo me digas que no
me quieres!
· Y como él hiciese ademán de partir, cogióle por
los brazos, clavándole Jas uiías hasta hacerle
daño.
-¡Gonzalo! ¡ Gonzalo!-irnploró buscando sus
labios.
- Tu hija se muere-apostrofó él como un
.conjuro.
· ...:____¡Qué me iml)ortu! ¡Hija, familia, vidn, sal•
vación 6 conderiación nncja me importa a.nle tu
amorl
-¡Estás Joca! Déjame ya, pobre mújér-y procuró ·ae&amp;asfrse.
E"lla. forcejeó, tratando de guardar !u ptesn_. Al
·fin, exa'.sperado 1 la sacudió, y con un gesto brus-~
co '-OrrOjóla contra el barnndal.
En aquel momento apareció en In puerta tí;:t
Gertrudis :
-Nievecitas va mejor. La hemos acostado ~•
pregunta por ti, Gonzalo.
El muchacho se inclinó pnte Leonor:
-Hasta mañana.
1

do la noche insomne, devorada de calentura, ob•
·sesion-a da por terribles alucinaciones. Como las
poseídas de las viejas leyendas de milagro, ha•

sania ofreció su vida, su salvación 1 lodo á cam•
bio dé una liara de amor.
Saltó del lecho1 y febril; decidida, como si 9be-

-..____;

.__,___

r

!

1

',
III
Un rayo de sol que pcr;ietró en la estancia,
mediado_ ya el _día, la encontl'ó sentada en el le-

cho, los ojos dilatados1 secos, secos los labios
y abrasadas en llamas las mejillas. Hnbía pasa,

bínse retorc;:ido en el lecho, que se le antojaba de
npJienle brasa y había llamado al amante. Y
como el nrl1ante no venía, imploró· á Satanás,
conjuró al demonio de las lujurias para q-ue-tra·
jcse en su busca al deseado, y en un ansia de ve•

deqiese á oculto mandato, dirigióse, tras vestir•
~e ligera balá, al gran ar.m aria ·ae espejo: Una
vez junto á él, abrió la compuerta y comenzó á
revolver 1 buscando_algo; sus dedos torpes, im•
pacientes, tiraban las pilas de ropB. blanca, ·vol-

�caban los frascos de perfume, echaban á rodar
los estuches, que, al abrir~e: 'rriostraban las joyas de raros fulgores.· Se impacientaba. Al fin
sus manos apresaron una cajita de ébano y marfil. Trató de ubrirla. Imposible. ¡ La llave! Tornó
á buscar. l\'ada. Impacientísima, incapaz de dominarse, la arrojó al suelo, donde se hizo trizas.
¡ Al fin! De entre los rotos pedazos cogió un retrato y una carta. ¡ El primer retrato y la primera carla!
Mirólos un instante, y con ellos en la mano,
marchó hacia la puerta y, ·tras franquearla, siguió por el salón. Caminaba rectilínea, los ojos
en el espacio, las manos crispadas, guardando
contra el pecho su presa; caminaba erguida, con
ese algo misterioso de las alucinadas. Su aspecto
era trágico ; los cabellos, despeinados, cercaban
de un nimbo de locura el rostro lívido, donde los
ojos, muy abiertos, redondos y enormes, brillaban con fulgores de maleficio. Caminaba movida
por un ciego impulso de locura ó crimen. ¡ La
mataría! l\lataría á la rival odiada que le robaba
el amor del único hombre que quiso en el mundo. En su delirio, la hija había desaparecido de
escena y sólo quedaba la amante. Y su imaginación enferma le mostraba escenas de una lubricidad inmunda, en que Nieves y Gonzalo, conYertidos en dos seres monstruosos como los qne
Yernos en los cuadros de Bosco, se fundían en
abrazos absurdos. ¡ La mataría! Ya no se usa,
como en otros días más felices, el puñal ni el veneno, pero aquella carla y aquel retrato serían
el arma homicida.
Gritos que venían de la tenaza, cuyas puertas,
abiertas de par en par, dejaban entrar el aire
del mar, la despertaron. Abandonó sobre el piano los trágicos papeles y salió á ver.
El cielo, tan puro la noche anterior, estaba
gris, cubierto de opacos nubarrones. El mar, encalmado, dormía inmóril, como lago de plomo, y
en la playa, que amarilleaba, veíase un grupo de
gentes.
- ¿Qué pasa ?-preguntó Leonor á tía Gertru. dis, que, cruzadas las manos, parecía rezar.
- -¡ No ves !-advirtió la vieja, interrumpiendo
su rezo y sin volver la cabeza-. Un niño que se
ahoga y la madre que está como loca. Quería timrse al agua.
'.\1ir6 Leonor donde la indicaban. Sobre la lámina de cinc veíase aparecer un rostro cadavérico y dos manitas que, crispadas de horror, imploraban socorro. Un hombre nadaba vigorosamente hacia el moribundo, mientras en la playa
una mujer se debatía furiosamente con los que
intentaban contenerla y hasta Leonor llegó un
trágico lamento :
- ¡Hijo! ¡Hijito! ¡Vida mia!
- - Como si acabase de volver en si de una pesadílla, tuvo noción exacta del crimen que ·iba á cometer y pensó en las cartas. ¡Aquella rival
€'!'a su hija! ¡Su hija, que agonizaba! Echó á
correr.
¡ Era tarde ! Al entrar en el ~alón vió á Nieves

que, co~ los fatales documentos en la mano, se
desplomaba en tierra, como un cuerpo muerto.

IV

Oyó al médico que murmuraba á su espalda,
asediado á ansiosas preguntas por tía Gertrudis
y Gonzalo:
- ·¡ Xo hay esperanza! ... Cuestión de horas ...
Si se repite el ataque de disnea...
De rodillas; junto al lecho en que agonizaba
Nieves, sin acertar á encontrar una oración ni
una palabra de ternura ni un ruego, ahogábase
la pobre mujer en el abismo sin fin de su pena.
Arrancada por el dolor de su catástrofe de aquel
alto papel de heroína de tragedia de Sófocles, sufría horriblemente al ver morir á su hija, ¡ á su
hija, que casi inconsciente había matado ella!
Salieron Gonzalo y la vieja acompañados del
doctor. Leonor ni se movió. Ansiosamente seguía los progresos de la muerte en el rostro de
la triste niña.
Sobre la blancura de las almohadas destacábase el marfil del rostro lívido y demacrado como
el de una santa bizantina. Sobre las mejillas
marchitas, las largas pestafias tendían su sombra azulada y algunos mechones de pelo negro
caían lacios, pegados á la frente por el sudor de
la agonía. Con infinito cuidado apartó la matadora los cabellos del rostro de su víctima. Abrió
Nieves los ojos y paseólos lentamente por la estancia. Después fijólos en su madre con expresión que á la pecadora se le antojó de reproche.
Con voz que imploraba, formuló Leonor :
-¿ Te sientes mejor, mi vida?
No obtuvo respuesta. La moribunda dejó caer
lentamente el telón de los párpados, velando el
arcano de las pupilas. Luego permaneció inmóvil, más pálida aún.
La respiración de la enferma parecía haber·
cesado, y Leonor, aterrada, imploró :
-¡Nieves! ¡Nieves! ¡Mi vida! ¿Oyes? ¿Di,
me oyes?
El mismo temeroso silencio fué la respuesta.
- ¡ Nieves, mi vida-gimió la infeliz- , contéstame! ... ¿Es que no me quieres, di, es que no me
quieres?
Ansiosamente había cogido una de las manos
de la enferma y la oprimía convulsa. La manu
estaba yerta, empapada en helado sudor.
-¡Hija! ¡Hija mía! ¡Hija de mi alma! ¡No
t'l mueras, no rne dejes sola!-clamó, perdida
ya toda noción de la realidad, sacudiendo el brazo, que pendía inerte.
De pronto, la idea terrible que pesaba sobre.
su corazón como una losa de plomo, subió á sus
labios:
- ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Nieves, piedad! ¡Yo te
h e matado! ¡Soy un asesino, peor mil veces que
una fiera!. .. ¡ No me maldigas; ten compasión
de mí!
Enloquecida, en una crisis de remordimiento~

y de horrnr, se retorcía, se arm1aba, mesábase
cabellos y golpeábase el pecho.
-¡ :\iieves ! ¡ Vida mía.! ¡ l\li bien! ¡ :\10 le mueras! ; Perdúnnme ! ¡Perdóname! ¡ :.\lírame una
vez siquiera!
lina ~1ano se posó en su hombro, y una voz
co111p&lt;1s1va murmuró á su oírlo:
-lléjnlu; le haces más dnüo-y Gonznlo avudc,Ja á levantarse •v la acom¡miió á •i.-." p uer,u.•
d , iesp11és volvió lentamente J·unlo á ,..
.,1eves. El
o 1ur le t~onsfiguraba. Hnbía en su rostro varu111 l u11'.1 ~r:sl~za tun honda, que inspirnbu miedú
1,nudllluse J.inlo ol lecho .v. , cocriendo
Ju h eJ·ud n
~
nwrio, besóla con pasión.
i\'ieve_s entreabrió los ojos y sonrió débilmente
á un leJuno ensuelio_ de vida.

Un relúmpago incendió el espncio y a I inslnnt0 rel11mbó un trueno formidable, que llizo 1em-

Ll.1 r lil _cns.a. Lermor, con los cnbellos erizndos
y los OJOS dilatados de horror, acogiúse á una
venl¡¡nn.
Fuera, el huracán silbaba siniestro, y el mar,

embravecido, erguíase como rabioso monstruo y
acometía con furiosas embestidas los acnnlilados
de. lo cosla. A la lívida luz de los _relúmpa¡zos
ve1anse las aguas alzarse en enormes monlafias
para estrellarse en calaratas de hirviente espt1mu.
Leonor siguió lentamente, con pasos de fantasma, su camino. Al fin llegó á la c;nmara mor-tuoriu, con\'erlida en capilla arc\ienle. En el suelo,
sobre un pafio de raso blanco festonr.aclo de plata, durmía, en albo ataúd, so eterno sueno, :'\ieves. Una enorme brazada de azucenas pudrínnse sobre el cadáver, y azucenas y rosas blnncas
alfombraban la estancia ..\ la amurillentu luz de
los cirios destacábase la cer-úlea transparencia
del ros:ro encuadrado, como en nimbo &lt;le santidad, en monjiles tocas. En un rincón de la estancia dormitaba. una monja.
Leonor dejúse caer de rodilJus junto á la caju
Y miró á todas partes, temerosa, como un ch~nin_nl. que no quiere ser sorprendido. nespués
mcl1nose lenlamente y posó los labios en la frente de la muer·ta. Sintió el frío del cadúver, que
le helaba los huesos y le paralizaba él corazón.
.\1 fin alzóse lentamente. Frente ú ella estaba
Gonzalo, y entre ambos, como una barrera dec
eterniclacl, se tendía el cadáver de In pobre niiia.

�números publicados de EL CUENTO SEl1AffAL
Afio 1.--:--Primer semestre.-1.• Jacinto Oclavio Picón: Desencantu.-2_. Jacinto Benavente: La sonrisa de Gioconda.3.: Gregorio Martine~ Sierra: Aventura.-4.• Eduardo Zamacois: La cita.-5.• Salvador Rueda: La guitarra.-6.• Anto-

r;i10 Zo~aya: La maldita culpa.-?.• Emi!ia Pardo Bazán: Cada uno ... -8.~ Joaquín Dicenta: Una letra de cambio.-9.· Feltpe Trigo: Reveladoras.-10. José Francés: El alma.viaiera.-11. Eduardo Ma.rquina: La caravana.-12. Juar¡. Pérez Zúñiga: La soledad del campo.-13. Pedro de Répide: Del Rastro á Maravillas.-14. l\Ianuel Bueno: Guillermo et apasionado.-15. Manu1c:I Linar~s Hivas: La espuma del champagne.-16. Pedro Mata: Ni amor ni arte.-17. Amado Nervo: Un
sue,io.-18. Ale1a_ndro Saw~: Il_istoria de una reina.-19. F. Villaespesa: m milagro de tas rosas.-20. S. y J. Alvarez Qui'ntero:_ La madrecita.-:--21. Sm~s10 Delgado: El fin de una leyenda.-22. Ram.irez-Angel: De corazón en cora-zón.--:-23. A. Larrub1era: La conqtusla dol Jándalo.-24. Mauricio López-Roberls: Las tres reinas.-25. Co!omb"ine: Et tesoro del castillu.
26. F. Serrano de la Pedrosa: ¡ Por mata!
Segundo semestre.-27. Pablo Parellada.: Pompas de jabón.-28. Ramón Pérez de Aya.la: Artemisa.-29. Manu~l Ugarte: L_a lependa del oaucho.-30. Mariano vanJ,·o: Deuda pagada.-31. Arturo Reyes: La Moruchita.-32. Angel Guerra:
Al «¡allo&gt;1.-33. I1.ah1el Leyda: Santificarás las íestas.-34. Cristó!Jal de Castro: Luna, lunera ... -35. Ricardo J. Calnrineu·.
Alma~ errantes.-3~. Francisco F. Villegas (Ze a): Confesión.-37. Claudia Frollo: Cómo murió Arriaga.-38. Antonio Palomero: JJon Claudw.-39. Pompeyo Gener: Utimos momentos de Miguel Servet.-40. Carlos Luis de Cuenca: Lo que son
l~s cosa.s.-41: J. López Pinillos:.Frenle al mar.-42. Blanca de los Ríos: Las hitas de D. Juan.-43. Julio Camba: Et destierro.~44. l\liguel Sawa: La mm1eca.-45. Luis Bello: El corazón de JesUs.----4G. J. Ferráncliz: Et «Dies ir.e" de San
lluberto.-47. A. R. BonnaL: Un hombre serio.-48. Alberto Insúa: /,as señoritas.-49. J. M." Salaverría: Et literato.-50.
Apeles Mestres: La espada.-51. Blanco-Belmonte: La ctenrJia del dolor.-52. Rafael Salillas: Quiero ser santo.
Año. 11.-Pri~er semestre.-53. NúM.ERO-ALMANAQUE: Del camino. por Joaquín Di'centa. Precio: 50 ct!ntimos.-54. Manuel Linares íllvas: Un fiel amador ... -55. Antonio Zozaya: Cómo delinquen los viejos.-5G. Eduardo r..Iarquina: «!.a
mueslTan.-57. Arturo Gómez-Lobo: La send4 esteril.-58. ~inesio Delgado: Esp1Tilu puro.-•59. Pedro de Répide: El solar
de la bolera.--60. Eduardo Zomacois: El collar.-61. J. Francés: Mientras las horas duermen.-62. Gabriel Miró: Nómada.
63. Ramón A. Urbano: El barbero del usta.-64. Pascual ~antacruz: Nobleza obli9.a.-65. José l\l." l\fatheu: Un bonito
negocio.-66. Leonardo S0etil: Los cuernos de la luna.-67. Francisco F. Villegas (Zedl:l): La fábrica.-68. Blanca de ·os
Ríos: Madrid goyesco.-69. Felipe Sassone Viendo la vida-70 y 71. Benito Pérez Galdós: Gerona.-72. Jacinto Oclavic,
Picón: Riyales.-73. G. · J\.larlínez Sierra: Torre de mar/il .-74. A. Hernández-Catá: El pecado originai.-75. Arturo Reyes: El Niño de los Caireles.-76. F. García-Sanchiz: Jiistoria romántica.-77. Felipe Trigo: El gran simpático.-78. Ramón l\l. Tenreiro: Em.bruiamienlo.
Segyndo semestre.-79. Cristóbal de Castro: Las insaciables. -SO. Joaquín Dicenta: La gañanía. -81. Colombin'!:
S~nderos de viéla.-82. S8;lvador Rueda: El poema de los otos.-83. José Santos Chocnno: La cruz y el sol.-84. Claud10 Frollo: Las cuatro muicres:-85. Eduardo Marquina: Co11teia sinieslra ... -86. l\fauricio López-íl.oberts: En la cuarta
plana..-87. A. Zozaya: La princesila de Pan y Miel.-88. Pedro de Répide: Noche perdtda.-89. Manuel Ugarte: La som/Jra
de la madre.-90. Pedro i\lala: Ctiesla abajo.-91. F. Serrr no de la Pedrosn: El itl\mperaor".-92. Joaqtún Dicen ta:
Galerna.-93. J. Benave11lc: Nuevv coloquio de los perros.-lJ4. A. Ma.rlinez Olmedilla: Por dónde viene la dicha.-95.
Condesa de Pardo llazán: Allende la verdad.-96. J. Ortiz de Pineda: La dicha humilde.-97. Eduardo Zamacois: Ti:l
paral11ico.-!J8. Felipe Trigo: Las posadas del Amor.-99. J. l\1." Salaverria: .Mundo subterráneo.-100. A. GonzálezBlanco: Un amor de provincia.-JOl. J. López Pinillos: Los en~mir,os .-!02. Antonio Zozaya: La bala /ría.-103. Condesa de Pardo Bo.zán: Belcebli.-104. Juan PCrez Zúflign: El cocodrilo a;:;ul.
Afio lll.-Primer semestre.-105. i\lanuel Bueno: El talón de Aquiles.-100. Enrique López Alarcón: La Cru;:; del Carifto.-107. J. Téllez y López: Maler a.dmirabilis.-108. R. Url nno: La Santa Fe.-J09, F. Flores García: El padrino.-110.
G. I\Jadínez Sierra: Egloga.-111. Felipe Trigo: Lo irreparvble.-112. J. J. Lorente: Fueros de la carne.-113. J. Benn\·enle: i A 'Ver que hace un hombre!-114. Cijes Aparicio: La venaan;:;a.-115. F. Pcriquet: Exhauslo.-116. López de 1-Iaro:
Vulgaridad..~1l7. Crislólml de Castro: La bonita y la /ea.-1I8. ·Eugenio Sellés: E11suefws de mm1ecas.-119. Luis Calpena: L'n mtlaaro del Arte.-120. Pedro !\tata: La celada de Alonso Quijano.-12l. R. del Valle•Inclán: Una terlul'ia de
antmio.-I22. José .\1." i\.latheu: Entre el oro y la sangre.-123. Alberto Insúa: Cómo cambia el amor.-124. Pedro G. M1:1.gro: Hfrlalr,uía 111orisca.-125. nirardo León: Amor de carirlad.-l2li. F. Serrano de la Pedrosa: La broma.--"127. Emilio Carrére: El dolor de llegar.-128. Eduardo '.\1arquino: Beso de oro.-129. Guillermo Hernández: Peda;;os de vida.130. Jasó Francos Hodrí¡;ruez: La hora [eli;;.
Segundo semestre.-131. Engenio Koel: Alma de sanla.-132. L11is de Tapia: Asi en la lierra.-133. Junn A. C:avestuny: La Ni?"'l.a de los rubies.-13ft. Luis Antón del Olmet: Por r¡ué soy un bohemio.-135. E. Menéndez y Pelayo: Rl
~o!e.-I3G. B~rnardo Herrero Ochoa: La esfinge de hielo.-137. Luis Huidobro: Carucho.-138. Federico Urrr.cba: El suicidw de Regule;:;.-139. J. Pous y Pagés: El hombre bueno.-t40. Alfonso García del Bu~to: Sue1io de honar.-141. Benigno Vareln: La Terrorisla.-142. Andrés González-Blanco: F:l castigo.-143. Francisco Villaespesa: El último .1wderram1n.-.144. E. Gómez Corrillo: Nuestra Se11ora de los Dios Verdes.-145. _F. Falero I\Iarqnino: Rara avis.~146. Felipe
Trigo: A todo honor.-147. Ramón Pérez de A.rain: Senlimenlal Club.-148. Carmen de Burgos (Colombine): En ta guerra.-14n. íl.nfael López de Tlaro: Del Tajo en la ribera.-150. Eduardo r..1arquina: Rosas de sangre.-151. Martínez Cuen•
ca: Semana de Pasión.-152 Concepción Girneno de Flaquer: U11a Eva moderna.-153. Alberto Insúa. El crimen de la
calle de ... -154. Carlos Fernández .Suaw: El poema de Cararol.-155. Luis Cánovas: El obstáculo.-156. Sofía Casanova:
La prinrpsa del amor herrnoso.-157. Miguel Ramos Carrión: La reina de los l\tadgyares.
Afio IV.-Primer semestre.-158. Salvador Rueda: El J)oema á la muter.-159. Pedro de Répide: Un cuento de. vieias.-160. Dorio de Gáclex: Por el camino de las tonlerias ... -161. Arturo neyes: De mi almiar.-162. Vicente AlfJlela:
La senda lriste.-163. Joaquin Belda: Un baile de trajés.-164. Carlos Miranda: Mi núla..-165. Benigno \.arela: Relámpagos ·de mi vida.-lGG. Antonio l\l. \'iérgol: La tragedia politica.-167. Felipe Sassonc: En carne viva.-168. Joaquín
Dicenla: El idilio de Pedrin.-169. \Valclo A. Inslla: Vida truncada.-170. Prudencio Canitrot: El seiiorito ruraL-171. Angela Barco: Fémina.-172. A. Hernández Catá: La dislancia.-173. E. Marquina: Fin de ra.:a.-174. Antoriio de Hoyos v
Vinent: La reconquista.-175. Luis Huidobro: La casa número 1s .......:.1?6. José i\laría Tenreiro: La a,qonia de Madrid.
177. Emilio Correre: Elvira la espiritual.-178. Gustavo Vivero: Amelia.-l70. Concha Espina de Serna: La ronda de
los galanes.-180. ~lark-Twain: El capitán Tormenla.-181. Anatole France: Kor111n «el Atríbala&gt;).-182. Francisco Rodríguez ~!arln: A.::ar.
Segundo semestre.-1S3. León Tolstoy: Valor.-184. Felipe Trigo: Además del frac.-1S5. Coletle \Villy: /\li alma era
callliva ... -186. Alberto Insúa: La camarera del Bar hlglés.-187. Alfonso Daudet: Calvario.-188. CharlPs Baudelaire:
La Fanfnrló.-189. Antonio de !Ioyos y Vinent: La estocada de la larde.-190. Robert L. Stevenson: El diahlo embolellado.-191. ~lnnuel Linares Rivas: Lo aue no vale la pena. -192. Emilio Carrere: Aventuras de Amber, el lu.chador.193. E¡;a de Queiroz: El difunto.-194. José ~1." SalaYerria: NicC:foro, el tirano.-195. Paul Hervieu: Los ojos verdes Y
los o¡os a.::ules.-196. Juan Tomás Salvnny: Quinientas pesetos.-197. Benigno Varela: La humilde curiosa.-198. Joa.qufn llelda: So ha11 burlas con el casero.-rn9. A. González manco: Idilio de a~tlea.-200. Emiliano Ramirez An.irel: Tuventud, Jlusión 11 Compafüa.--201. José Francés: La venganza del rto.-202. Augusto Marlinez ülmedilla: El precipicio.
203. Federico Jaques: La ültima iugada.-204. Alejandro ;.,arrubiera: na Paz.-205. Julio de Hoyos: Eva.ngelina.-206.
Manl'icio López Roherls: Mar adentro.-207. Luis Antón del Olmet: La risa cM fauno.-208. Pedro de Répide: Un conspirador rle m¡er.-209 Núi\U:ílO F.XTRAORDI:-JARIO. López Silva: El palio tranquilo
.Afio V.-Primer semestre.-210. Francisco Villaespesa: La ve.nqa.nztt de Aischa.-211. Eugenio Noel: El rny se divierte.
212. Isaac l\luñoz: Los oios de Astarlé.-213. !\.1anuel Arana1. Castellanos: El cofo, campeón.-214. Arturo Reyes: Snn_qre
tiifrrna.-215. Emilio.no Rarnirez Angel: Historia sin desenlai:e.-216. José M. Matheu: Después de la caida.-217. J. López
PinHlos: El ladron;;uelo.-218. f. García Sn.nchiz: Pastorela.-219. Vicente Pastor: Los amores de Vicente Pastor.

Todos estos números están á la venta en nuestra Administración, Foenca1ral, 90, al precio de 30 céntimos ejemplar

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                <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752431&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>El Cuento Semanal, 1911, Año 5, No 220,  Marzo 17</text>
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              <text>Zamacois, Eduardo, 1873-1971, Fundador</text>
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              <text>Relatos cortos</text>
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              <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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              <text>Hoyos y Vinent, Antonio de, 1885-1940, Colaborador</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Waldo A Insua</name>
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